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Libro N° 8587. Cinco Novelas Cortas. Chéjov, Antón P.

Libro N° 8587. Cinco Novelas Cortas. Chéjov, Antón P.

 


© Libro N° 8587. Cinco Novelas Cortas. Chéjov, Antón P. Emancipación. Mayo 8 de 2021.

Título original: ©  Skuchnaia istoria, Duel, Palata nomer 6, Rasskaz neizvestnogo cheloveka, Tri goda Antón P. Chéjov

 

Versión Original: © Cinco Novelas Cortas. Antón P. Chéjov

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://www.academia.edu/8413104/Cinco_novelas_cortas

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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CINCO NOVELAS CORTAS

Antón P. Chéjov

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cinco Novelas Cortas

Antón P. Chéjov

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Antón P. Chéjov inventó una nueva modalidad narrativa en la que la extensión no venía dictada por convenciones genéricas sino por la propia materia del relato. En estas Cinco novelas cortas que ha seleccionado y traducido Víctor Gallego, vemos en cualquier caso su maestría para captar el tiempo y reflejarlo narrativamente, sin otro calendario que el que marcan las propias acciones −e inacciones− de los personajes.

 

Antón P. Chéjov

 

Cinco novelas cortas

 

ePub r1.0

 

Daruma 23.12.13

 

Título original: Skuchnaia istoria, Duel, Palata nomer 6, Rasskaz neizvestnogo cheloveka, Tri goda Antón P. Chéjov

 

Traducción: Víctor Gallego Ballestero

 

Diseño de portada: Daruma

 

Editor digital: Daruma

 

ePub base r1.0

 

 

 

 

 

 

 

 

Introducción

 

 

A excepción de una novela juvenil de corte policíaco, no muy afortunada, Chéjov nunca se embarcó en la redacción de una obra de ficción de gran envergadura. No obstante, a lo largo de su vida se ocupó de relatos de dimensiones medias, que no pertenecen al ámbito del cuento, pero que tampoco pueden adscribirse al de la novela: quedan a medio camino de uno y otro, en ese terreno difuso e indefinido de las narraciones que rondan el centenar de páginas.

 

Dice Nabokov que Chéjov no habría podido escribir nunca una buena novela larga porque era «un velocista, no un corredor de fondo». Sea como fuere, sí consiguió escribir un puñado de novelas cortas, no menos fascinantes y maravillosas que sus cuentos, y, en algunos casos, aún más complejas.

 

Las novelas cortas de Chéjov, como por otro lado toda su producción narrativa, aparecieron en revistas y publicaciones periódicas antes que en forma de libro, fueron profusamente leídas y suscitaron a veces no poca polémica, interés e incluso escándalo, como en el caso de «Relato de un desconocido», cuyo protagonista es un terrorista.

 

Las cinco piezas incluidas en este volumen abarcan un período de cuatro años, 1889-1893, y pertenecen a la plena madurez del escritor.

 

Poco dotado para sostener una trama compleja, para presentar un número elevado de personajes y seguirlos en sus vicisitudes y peripecias, Chéjov se concentra, por lo general, en uno o dos protagonistas, en torno a los cuales gravitan un puñado de individuos menores. Sus héroes son los de siempre, «hombres buenos incapaces de hacer el bien», como los define Nabokov, seres meditabundos, reflexivos, poco proclives a la acción, derrotados de antemano, conscientes de que sólo se vive una vez e incapaces, no obstante, de encontrar alguna manera satisfactoria de encarar la existencia. Demasiado nobles para resignarse a la indiferencia («la indiferencia es una parálisis del alma, una muerte prematura», dice el protagonista de «Una historia aburrida»), se devanan los sesos buscando una salida, una regla, una explicación, una esperanza («debo dar un sentido general a cada uno de mis actos, encontrar una explicación y una justificación a mi vida absurda en alguna teoría», se dice Laievski en «El duelo»), pero acaban abocados a la decepción, como el viejo profesor de «Una historia aburrida», o perdiendo el poco juicio que les queda, como el estoico médico de «La sala número seis», lector apasionado de Epicteto y el emperador Marco Aurelio, dos de los escritores favoritos del propio Chéjov. Además, todos ellos son conscientes de que, frente al desánimo y la desesperanza, no hay escapatoria posible, ni siquiera en la mudanza de las condiciones de vida: «Quien busca la salvación cambiando de lugar, como un ave migratoria —leemos en “El duelo”—, no encuentra nada porque para él la tierra es igual en todas partes».

 

El carácter único de la vida es un leitmotiv que aparece en casi todas las obras de Chéjov, tanto en la narrativa como en el teatro, y no podía estar ausente en estos relatos. Así, Laievski sentencia en «El duelo»: «La vida sólo se concede una vez y no se repite», y a continuación compara la trayectoria de una vida errada con una estrella que cae rodando del cielo y se pierde en la tiniebla nocturna. «El sol no sale dos veces al día y la vida no se concede dos veces», leemos en «Relato de un desconocido». Y en «Tres años» el optimista y emprendedor Yártsev concluye: «La vida es breve,amigo mío, y hay que vivirla del mejor modo posible».

 

«No hay nada que buscar en el pasado. El presente es el vacío. Y en el futuro no se vislumbra ni una chispa de felicidad, a no ser a la distancia inconcebible de doscientos o trescientos años». Tales son las conclusiones a las que parecen llegar, después de sus desventuras y tribulaciones, los personajes de los relatos y los cuentos de Chéjov. Cuando Láptev, al final de «Tres años», intenta infructuosamente comprender las motivaciones de sus actos y decisiones, se da cuenta de que no halla respuestas, y la misma falta de asideros y certidumbres se pone de manifiesto cuando escruta las nieblas del porvenir: «¿Qué me deparará el futuro?», se pregunta, y sólo acierta a responderse: «El tiempo lo dirá».

 

En las cinco piezas reunidas en el presente volumen, los personajes se interrogan incrédulos y perplejos, rememoran su pasado sin entenderlo, bucean en sus intenciones y sus móviles sin hallar una clave y acaban sucumbiendo a la falta de sentido de la vida, a la certidumbre de que no hay coordenadas ni variables que permitan establecer un modo correcto o inocuo de vivir. En todos los casos la felicidad se ha revelado un estado anormal y transitorio, un espejismo fugaz, una ceguera infundada, y a eso se reduce, en última instancia, el desarrollo de la trama: a un duro despertar, a la plasmación de una realidad descarnada, a la disipación de las brumas falaces que ocultaban el verdadero horror de la vida.

 

En «Una historia aburrida» (1889), un catedrático de éxito, ilustre y condecorado, repasa su existencia a la luz de una muerte inminente e inaplazable, y sólo halla errores, soledades y vanidad: nada que llevarse, nada que dejar, nada de lo que sentirse orgulloso. Y lo más llamativo: cae en la cuenta de que no ha entendido a personas con las que ha convivido durante décadas.

 

En «El duelo» (1891), quizá su obra más compleja desde un plano formal, asistimos a una paradoja sorprendente: todos los personajes parecen tener razón y en el fondo no la tiene ninguno. Separados, enfrentados, divididos, sólo coinciden en su fracaso, en su decepción, en su miseria. Hasta el positivista y decidido zoólogo von Koren, darwinista a ultranza, es en el fondo una absurda parodia de modelos más nobles y señeros.

 

«La sala número seis» (1892), que tanto impresionó al joven Lenin, no es esa alegoría tremenda de la Rusia de la época que muchos han querido ver, sino más bien una parábola desesperada del mundo, donde la cordura y la sinrazón, más que términos difusos, parecen conceptos intercambiables. Al referirse al impacto, a la impresión brutal que causa su lectura, Janet Malcolm escribió que es una narración que «apuñala».

 

En «Relato de un desconocido» (1893) aparece otro de los muchos tuberculosos y enfermos terminales que pueblan las obras de Chéjov (él mismo tuberculoso y enfermo terminal), sabedor de su fin, privado de toda esperanza, decepcionado hasta de sus ideales más sagrados, que ensaya, con las últimas fuerzas que le quedan, un postrero y temerario intento de ser feliz, y acaba estrellándose con la fatalidad, con la muerte y con una recompensa tan avara como fútil: el simple bienestar material de un ser indefenso al que su dolencia incurable le obliga a abandonar.

 

En «Tres años» (1895) Chéjov inicia la historia allí donde otros escritores más protocolarios la acabarían: en el momento de la boda, y se ocupa de ese proceso minucioso y preciso de decepción y desmoronamiento de un matrimonio desdichado, donde los afectos nunca acaban de confluir. Janet Malcolm afirma que es «quizá la más profunda de sus fábulas sobre la belleza, una adaptación moderna de la leyenda de la Bella y la Bestia, no una historia sobre la cultura comercial de Moscú,

 

como se la ha considerado erróneamente». En esa obra nadie es feliz, nadie es justo. Cada cual tiene sus razones y verdades, incompatibles con las razones y verdades de quienes les rodean.

 

Como dice von Koren en «El duelo»: «Nadie conoce la auténtica verdad».

 

Como ya se ha comentado, las cinco novelas cortas incluidas en este volumen se publicaron por primera vez en revistas y sólo después, en forma de libro. «Una historia aburrida» apareció en el número de noviembre de 1889 de El Mensajero del Norte. «El duelo» se publicó por entregas en Tiempo Nuevo entre el 22 de octubre y el 27 de noviembre de 1891. Las tres últimas obras vieron la luz en El Pensamiento Ruso: «La sala número seis» en noviembre de 1892, «Relato de un desconocido» en febrero y marzo de 1893, y «Tres años» en enero y febrero de 1895.

 

Para la traducción se ha utilizado la edición de Obras completas en dieciocho tomos que la editorial Nauka publicó en M oscú en 1985.

 

VÍCTOR GALLEGO BALLESTERO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Una historia aburrida

 

(De las memorias de un anciano)

 

(1889)

 

I

 

Vive en Rusia un profesor emérito llamado Nikolái Stepánovich de Tal y Tal, consejero privado y caballero; tiene tantas condecoraciones, rusas y extranjeras, que, cuando se ve en la tesitura de ponérselas, los estudiantes lo llaman «el iconostasio». Todos sus conocidos pertenecen a lo más granado de la aristocracia; al menos en los últimos veinticinco o treinta años no ha habido en Rusia un erudito ilustre al que no haya tratado durante algún tiempo. Ahora no tiene con quién relacionarse, pero, si echamos la vista atrás, la larga lista de sus amigos célebres incluye nombres como Pirogov, Kavelin y el poeta Nekrásov[1], que lo honraron con su sincera y cálida amistad. Es miembro de todas las universidades rusas y de tres extranjeras. Etcétera, etcétera. Todo eso, y muchas cosas más que podrían decirse, constituye lo que se llama mi nombre.

 

Mi nombre es famoso. En Rusia lo conoce cualquier persona educada, mientras en el extranjero se le agregan los calificativos de «distinguido» y «honorable» cuando se lo menciona desde la cátedra. Es uno de los escasos nombres afortunados cuyo menosprecio o mención vana, ya sea en público o en la prensa, se considera una señal de mala educación. Y así debe ser. Pues mi nombre está íntimamente ligado al concepto de persona célebre, de grandes dotes e indudable utilidad. Soy un hombre hacendoso y perseverante, lo que es importante, y tengo talento, lo que es más importante aún. Además, dicho sea de paso, soy educado, modesto y honrado. Jamás he metido la nariz en la literatura ni en la política, no he buscado la popularidad polemizando con ignorantes, no he pronunciado discursos en banquetes o ante la tumba de mis colegas… En suma, mi nombre académico no presenta ninguna mancha ni tiene motivo de queja. Es afortunado.

 

El portador de tal nombre, es decir, yo mismo, es un hombre de sesenta y dos años, calvo, con dentadura postiza y un tic incurable. Mi persona es tan anodina y poco agraciada como brillante y luminoso mi nombre. Mi cabeza y mis manos tiemblan de debilidad; mi cuello, como el de una heroína de Turguénev, se parece al mango de un contrabajo; tengo el pecho hundido y soy estrecho de hombros. Cuando hablo o dicto una lección, mi boca se tuerce hacia un lado; cuando sonrío, todo mi rostro se recubre de inertes arrugas seniles. No hay nada imponente en mi lamentable figura; sólo cuando me viene el tic mi cara adquiere una expresión peculiar, que debe despertar en cualquiera que me mire esta grave y dramática consideración: «Por lo visto, este hombre está a un paso de la tumba».

 

Mis conferencias siguen siendo interesantes; como antaño, soy capaz de concitar la atención del auditorio por espacio de dos horas. Mi fervor, mi dominio del lenguaje y mi sentido del humor llegan a enmascarar casi por entero los defectos de mi voz, seca, estridente y melodiosa como la de una santurrona. En cambio, escribo mal. Esa pequeña parte de mi cerebro que preside la facultad de escribir se niega a cumplir su función. Mi memoria se ha debilitado, mis pensamientos adolecen de cierta incoherencia y, cuando trato de fijarlos en el papel, siempre tengo la impresión de haber perdido el sentido de su vínculo orgánico, y la construcción resulta monótona y las frases, torpes y esquemáticas. A menudo no escribo lo que quiero; cuando llego al final, ya no me acuerdo del principio. A menudo olvido palabras corrientes, y siempre que redacto una carta me veo obligado a gastar muchas energías para evitar frases superfluas e incisos innecesarios, detalles ambos que testimonian una franca decadencia de mi capacidad intelectual. Lo curioso es que, cuanto más sencilla es la carta, más tortuoso es el esfuerzo que tengo que hacer para escribirla. Me siento mucho más

 

cómodo y ágil redactando un artículo científico que pergeñando una carta de felicitación o una memoria. Y una cosa más: me resulta más fácil escribir en alemán o en inglés que en ruso.

 

En lo que respecta a mi modo actual de vida, ante todo debo mencionar el insomnio que padezco en los últimos tiempos. Si alguien me preguntase cuál es en estos momentos el rasgo principal y fundamental de mi existencia, respondería que el insomnio. Siguiendo una vieja costumbre, sigo desvistiéndome y acostándome a las doce en punto, como antaño. No tardo en dormirme, pero después de la una me despierto con la sensación de no haber dormido nada. Me veo obligado a levantarme de la cama y a encender la lámpara. Durante una hora o dos recorro la habitación de un extremo al otro, contemplando unos cuadros y fotografías que conozco ya al detalle. Cuando me canso de andar, me siento a mi escritorio y me quedó allí inmóvil, sin pensar en nada, sin albergar ningún deseo; si hay un libro sobre la mesa, lo acerco maquinalmente y lo leo sin ningún interés. De ese modo, no hace mucho, me leí en una sola noche una novela entera que tenía este extraño título: Lo que cantaba la golondrina. O bien, para ocuparme en algo, me fuerzo a contar hasta mil, o me imagino la cara de alguno de mis colegas y trato de recordar en qué año y en qué circunstancias inició su actividad docente. Me gusta prestar oídos a los sonidos. A veces, dos habitaciones más allá, mi hija, Liza, pronuncia unas palabras en sueños, o mi mujer atraviesa la sala con una vela encendida, y sin falta se le cae la caja de cerillas, o chirría la puerta de un armario agrietado, o de pronto chisporrotea el quemador de la lamparilla, y todos esos rumores por alguna razón me intranquilizan.

 

No dormir por la noche significa darse cuenta a cada instante de la propia anormalidad; por eso espero con impaciencia la mañana y el día, cuando tengo derecho a no dormir. Pero pasan muchas horas angustiosas antes de que el gallo cante en el patio. Es el primero en anunciarme la buena nueva. Tan pronto como cacarea, sé que al cabo de una hora el portero se despertará abajo y subirá por la escalera, enfadado y sin dejar de toser. Luego, más allá de las ventanas, el aire empezará poco a poco a aclararse, se oirán voces en la calle…

 

La jornada comienza con la llegada de mi mujer. Aparece en enaguas, despeinada, pero ya lavada, oliendo a agua de colonia, con aire de haber entrado por casualidad, y todos los días me dice lo mismo:

 

—Perdona, es sólo un momento… ¿Tampoco has dormido esta noche?

 

Luego apaga la lamparilla, se sienta junto al escritorio y empieza a hablar. Aunque no soy profeta, sé por anticipado de qué asunto va a ocuparse. Cada mañana la misma historia. Por lo común, después de preguntar inquieta por mi salud, menciona de pronto a nuestro hijo, oficial destinado en Varsovia. Después del 20 de cada mes, le enviamos cincuenta rublos: tal es el tema principal de nuestra conversación.

 

—Desde luego es una carga para nosotros —comenta mi mujer con un suspiro—, pero, mientras no tenga una posición firme, nuestra obligación es ayudarlo. El muchacho está en un país extranjero, el sueldo es bajo… En cualquier caso, si quieres, el mes que viene le enviaremos cuarenta rublos en vez de cincuenta. ¿Qué te parece?

 

La experiencia diaria debería haberla convencido de que los gastos no disminuyen por el solo hecho de hablar a menudo de ellos, pero mi mujer no tiene en cuenta la experiencia y cada mañana me habla con pelos y señales de nuestro oficial, de que el pan, gracias a Dios, ha bajado de precio, mientras el azúcar se ha encarecido dos kopeks, y todo eso con el aire de estarme comunicando una novedad.

 

Yo la escucho, asiento maquinalmente, y, acaso por no haber dormido en toda la noche, se apoderan de mí unos pensamientos extraños e inútiles. Me la quedo mirando, presa de un asombro infantil. Y me pregunto perplejo: ¿es posible que esa anciana tan gorda y desgarbada, con esa obtusa expresión de preocupación por cuestiones menudas y de temor por un mendrugo de pan, con la mirada velada por incesantes pensamientos de deudas y apuros, que sólo sabe hablar de gastos y sólo sonríe cuando bajan los precios, es posible que esa mujer sea la esbelta Varia de antaño, de la que me enamoré apasionadamente por su despierta y clara inteligencia, su pureza de alma, su hermosura y, como en el caso de Otelo y Desdémona, porque «se compadecía» de mis conocimientos? ¿Es posible que sea esa misma Varia que una vez me dio un hijo?

 

Contemplo de hito en hito el rostro de esa anciana gruesa y desmañada, buscando a mi Varia, pero lo único que queda de la mujer de antaño es su preocupación por mi salud y la costumbre de referirse a mi sueldo como «nuestro sueldo», a mi gorra como «nuestra gorra». Me da pena mirarla y, para consolarla un poco, le permito que diga cuanto se le antoje, y hasta guardo silencio cuando expresa opiniones injustas sobre la gente o me reprocha que no dé clases particulares ni publique manuales.

 

Nuestra conversación termina siempre de la misma manera. Mi mujer se da cuenta de pronto de que todavía no he bebido mi taza de té y se asusta.

 

—Pero ¿qué hago aquí sentada? —dice, poniéndose en pie—. Hace tiempo que el samovar está sobre la mesa y yo sigo aquí charla que te charla. ¡Señor, que desmemoriada me he vuelto!

 

Se dirige con premura a la puerta y se detiene allí para decirme:

 

—Debemos cinco meses a Yegor. ¿Lo sabes? ¡Cuántas veces te he dicho que no hay que olvidarse de pagar a la servidumbre! ¡Es mucho más fácil desembolsar diez rublos al mes que cincuenta cada cinco meses!

 

Una vez traspasado el umbral, se detiene de nuevo y añade:

 

—Nadie me da tanta pena como nuestra pobre Liza. La muchacha estudia en el conservatorio, frecuenta a la buena sociedad y va vestida Dios sabe cómo. Lleva un abrigo con el que da vergüenza hasta salir a la calle. No tendría importancia si fuera hija de otra persona, pero ¡todo el mundo sabe que su padre es un famoso profesor, un consejero privado!

 

Y, después de haberme reprochado mi rango y mi posición, desaparece de una vez. Así comienza mi jornada. Y la continuación no es mejor.

 

Mientras bebo el té, viene a verme Liza, con el abrigo puesto, el gorrito y las partituras, ya preparada para ir al conservatorio. Tiene veintidós años, aunque no los aparenta; es bonita y se parece algo a mi mujer cuando era joven. M e besa con ternura en la sien y en la mano y dice:

 

—Buenos días, papá. ¿Te encuentras bien?

 

De niña le gustaba mucho el helado y tenía que llevarla a menudo a la confitería. En su caso, el helado era la medida de todo lo bueno. Si quería halagarme, me decía: «Papá, eres un helado de nata». Uno de sus dedos se llamaba «pistacho», otro «nata», un tercero «frambuesa», etc. Por lo común, cuando venía a saludarme por la mañana, la sentaba en mis rodillas y, besando sus dedos, decía:

 

—Nata… pistacho… limón…

 

Y también ahora, en recuerdo de aquellos tiempos, le beso los dedos a Liza y murmuro: «Pistacho… frambuesa… limón», pero mi actitud es muy distinta. Me muestro frío como un helado y me avergüenzo. Cuando mi hija entra en la habitación y me roza la sien con sus labios, me

 

estremezco como si me hubiera picado una abeja, sonrío forzado y vuelvo la cara. Desde que padezco insomnio, no dejo de darle vueltas a una cuestión: mi hija ve a menudo que yo, viejo y famoso, me sonrojo violentamente porque debo dinero a mi criado; ve cuán a menudo las preocupaciones por deudas menudas me obligan a dejar de lado mi trabajo y a recorrer la habitación de un rincón al otro durante horas, sumido en reflexiones. ¿Por qué en tales casos no ha venido nunca a verme, a espaldas de su madre, y me ha susurrado: «Papá, aquí tienes mi reloj, mis brazaletes, mis pendientes, mis vestidos… Cógelo todo, necesitas dinero…»? ¿Por qué, aun viendo cómo su madre y yo, sometiéndonos a convenciones falsas, tratamos de ocultar nuestra pobreza, no renuncia al costoso placer de estudiar música? No aceptaría su reloj ni sus brazaletes ni ningún otro sacrificio, Dios es testigo: no es eso lo que quiero.

 

Todo esto me trae a la cabeza a mi hijo, oficial destinado en Varsovia. Es un hombre inteligente, honrado y sobrio. Pero eso no basta para mí. Tengo la impresión de que, si yo tuviese un padre anciano y supiese que en ciertos momentos se avergüenza de su pobreza, dejaría mi puesto de oficial a cualquier otro y me ganaría la vida como un obrero. Tales pensamientos sobre mis hijos envenenan mi existencia. ¿Qué sentido tienen? Sólo un hombre estrecho de miras o amargado puede albergar rencor por personas normales por la simple razón de que no son héroes. Pero dejémoslo.

 

A las diez menos cuarto debo ir a dictar una lección ante mis queridos alumnos. Me visto y recorro una calle que conozco desde hace ya treinta años y que tiene, para mí, su propia historia. Ahí está el enorme edificio gris que alberga la farmacia; allí se alzaba en otros tiempos una casita con una cervecería donde más de una vez reflexioné sobre mi tesis y escribí mi primera carta de amor a Varia. La escribí a lápiz, en una hoja con el siguiente encabezamiento: Historia morbi[2]. Ahí está la tiendecita de ultramarinos; antes era propiedad de un judío que me vendía cigarrillos a crédito, luego la adquirió una mujer gruesa que quería a los estudiantes porque «todos tienen una madre»; ahora la regenta un comerciante pelirrojo, un hombre bastante indiferente a cuanto le rodea, que bebe té de una tetera de cobre. Y ya nos encontramos ante las sombrías puertas de la universidad, que llevan mucho tiempo sin remozarse; un portero de aire aburrido, embutido en una pelliza de piel de cordero, una escoba, montones de nieve… A un muchacho recién llegado de la provincia, que se imagina que el templo de la ciencia es un templo de verdad, esas puertas no pueden causarle una buena impresión. En general, la vetustez de los edificios universitarios, la oscuridad de los pasillos, el hollín de las paredes, la iluminación insuficiente, el aire sombrío de las escaleras, las perchas y los bancos desempeñan, en la historia del pesimismo ruso, un papel preponderante dentro de las causas que predisponen a ese estado de ánimo. Ahí está también nuestro jardín. Me parece que no ha mejorado ni empeorado desde mi época de estudiante. No me gusta. Sería mucho más inteligente que, en lugar de tilos tísicos, acacias amarillas y lilas ralas y desmochadas, crecieran en el recinto altos pinos y frondosos robles. Un estudiante, cuyo estado de ánimo depende en gran medida del ambiente, debe ver a cada paso, en el lugar donde estudia, sólo altura, fortaleza y elegancia… Que Dios le guarde de árboles escuálidos, cristales rotos, paredes y puertas grises revestidas de hule rasgado.

 

Cuando me acerco al porche de mi departamento, la puerta se abre y mi viejo compañero de fatigas, coetáneo y tocayo mío, el portero Nikolái, sale a recibirme. Después de dejarme pasar, carraspea y dice:

 

—¡Ha helado, excelencia!

 

O bien, si mi abrigo está mojado:

 

 

—¡Está lloviendo, excelencia!

 

Después echa a correr delante de mí y va abriendo las puertas a mi paso. Una vez en el despacho, me quita con tiento el abrigo y, mientras se ocupa de esa operación, se las arregla para informarme de alguna novedad de la vida universitaria. Gracias a la estrecha relación que existe entre todos los porteros y bedeles de la universidad, está al tanto de cuanto sucede en las cuatro facultades, en secretaría, en el despacho del rector y en la biblioteca. ¡Qué no sabrá! Cuando en el orden del día tenemos, por ejemplo, la dimisión del rector o del decano, le oigo hablar con sus compañeros jóvenes, mencionar a los candidatos y aclarar a renglón seguido que fulano no cuenta con el apoyo del ministro y que mengano renunciará al cargo, para luego entregarse a detalles fantasiosos sobre unos documentos misteriosos que han llegado a la secretaría, sobre una conversación secreta entre el ministro y el inspector, etc. Si se exceptúan esos detalles, en conjunto casi siempre tiene razón. Sus descripciones de los personajes son originales, pero también certeras. Si uno tiene necesidad de saber en qué año alguien defendió su tesis, inició su actividad docente, se jubiló o murió, no tiene más que encomendarse a la formidable memoria de ese soldado, que no sólo le indicará el año, el mes y el día, sino que le informará también de los pormenores que acompañaron una u otra circunstancia. Sólo quien ama su actividad puede recordar tales cosas.

 

Es el guardián de las tradiciones de la universidad. De los porteros que lo precedieron ha recibido en herencia muchas leyendas de la vida universitaria, y ha aumentado ese tesoro con conocimientos que ha ido adquiriendo en sus años de servicio; a quien quiera escucharle, le contará infinidad de historias largas y breves. Puede hablar de eruditos excepcionales que lo sabían todo, de estudiosos incansables que pasaban semanas enteras sin dormir, de innumerables mártires y víctimas de la ciencia; en sus relatos el bien triunfa sobre el mal, el fuerte prevalece siempre sobre el débil, el inteligente sobre el tonto, el humilde sobre el orgulloso, el joven sobre el viejo… No debe creerse uno al pie de la letra esas leyendas y fábulas, pero si las cuela le quedará en el filtro lo necesario: nuestras hermosas tradiciones y los nombres de los héroes genuinos, reconocidos de todos.

 

En nuestra sociedad el conocimiento del mundo de los sabios se reduce a algunas anécdotas sobre la sorprendente distracción de los profesores viejos y a dos o tres agudezas que se atribuyen tan pronto a Gruber o a Babujin[3] como a mí. Para un público educado no es mucho. Si su amor por el saber, los eruditos y los estudiantes fuese tan grande como el de Nikolái, su literatura contaría con numerosas epopeyas, relatos y biografías de los que, por el momento, por desgracia carece.

 

Tras informarme de las últimas novedades, Nikolái adopta una expresión severa, y a continuación iniciamos una charla sobre asuntos profesionales. Si en ese momento un extraño escuchase con qué soltura Nikolái aplica la terminología, podría incluso pensar que se trata de un sabio disfrazado de soldado. A propósito, los rumores sobre la erudición de los bedeles universitarios son muy exagerados. Cierto que Nikolái conoce más de un centenar de voces latinas, sabe armar un esqueleto, hace a veces un preparado o divierte a los estudiantes con una larga cita erudita, pero, por ejemplo, la sencilla teoría de la circulación de la sangre le resulta tan incomprensible como hace veinte años.

 

A la mesa del despacho, inclinado sobre un libro o un preparado, está sentado mi disector Piotr Ignátevich, hombre laborioso y modesto, pero falto de talento, de unos treinta y cinco años de edad, ya calvo y con un estómago prominente. Trabaja de la mañana a la noche, lee muchísimo, recuerda con detalle sus lecturas —en ese sentido vale su peso en oro—; en todo lo demás es una bestia de carga o, dicho en otras palabras, un cretino instruido. Estos son los rasgos característicos que

 

 

distinguen una bestia de carga de un hombre de talento: sus miras son estrechas y se limitan específicamente al ámbito de su especialidad; más allá de ese campo es ingenuo como un niño. Recuerdo que una vez entré en el despacho y le dije:

 

—¡Qué desgracia! ¡M e han dicho que Skobélev[4] ha muerto!

Nikolái se santiguó, mientras Piotr Ignátevich se volvía hacia mí y me preguntaba:

—¿Quién es ese Skobélev?

 

Otra vez, un poco antes, le anuncié que había fallecido el profesor Perov[5]. Y el bueno de Piotr Ignátevich preguntó:

—¿Y de qué daba clases?

 

Se diría que, aunque la mismísima Patti[6] le cantase al oído, u hordas de chinos invadiesen Rusia o se produjera un terremoto, no movería un músculo y seguiría mirando tranquilamente por su microscopio, cerrando un ojo. En definitiva, que Hécuba no le importa nada. Daría cualquier cosa por ver a ese tarugo acostado con su mujer.

 

Otro rasgo: una fe fanática en la infalibilidad de la ciencia, en especial en todo lo que escriben los alemanes. Confía en sí mismo, en sus preparados; sabe cuál es el objetivo de la vida y desconoce por entero las dudas y desilusiones a que tantas canas deben los hombres de talento. Hace gala de una reverencia servil por las voces autorizadas y no siente la menor necesidad de pensar por sí mismo. Resulta difícil hacerle cambiar de opinión y es imposible discutir con él. Cómo va uno a discutir con una persona que está firmemente convencida de que la medicina es la mejor de las ciencias, los médicos los hombres mejores y las mejores tradiciones las de la profesión médica. Del dudoso pasado de la medicina sólo ha pervivido una tradición: la corbata blanca que llevan actualmente algunos médicos. Para un estudioso y, en general, para cualquier hombre instruido, sólo pueden existir tradiciones comunes a toda la universidad, no privativas de la medicina, el derecho, etc., pero a Piotr Ignátevich se le hace difícil suscribir esa opinión y está dispuesto a discutir con uno hasta el día del juicio.

 

Me imagino con claridad su futuro. A lo largo de toda su vida hará centenares de preparados de una pureza extraordinaria, escribirá muchos compendios secos y precisos a más no poder, firmará una docena de concienzudas traducciones, pero no inventará la pólvora. Para ello se necesita fantasía, inventiva, el don de la intuición, y Piotr Ignátevich carece de todas esas cosas. Resumiendo, no es el amo de la ciencia, sino el criado.

 

Piotr Ignátevich, Nikolái y yo hablamos en voz baja. Sentimos cierto malestar. Un estado de ánimo particular se apodera de uno cuando detrás de la puerta el auditorio ruge como el mar. En treinta años no he logrado acostumbrarme a ese sentimiento y lo experimento cada mañana. Me abotono nervioso la levita, le formulo a Nikolái alguna pregunta superflua, me enfado… Podría pensarse que tengo miedo, pero no se trata de cobardía, sino de otra cosa que no soy capaz de definir ni describir.

 

Sin ninguna necesidad miro el reloj y digo:

 

—Bueno, es hora de entrar.

 

Y nos encaminamos al aula en el siguiente orden: delante marcha Nikolái con los preparados o con los atlas, a continuación voy yo y detrás de mí, la cabeza humildemente inclinada, avanza la bestia de carga; o, cuando es menester, llevan primero un cadáver en una camilla, seguido de Nikolái y de nosotros dos. Al hacer mi aparición, los estudiantes se levantan, luego vuelven a sentarse, y el rumor

 

 

del mar enmudece de pronto. Reina la calma.

 

Sé de qué voy a hablar, pero desconozco cómo lo haré, por dónde voy a empezar y dónde terminaré. No hay ni una sola frase preparada en mi cabeza. Pero me basta echar un vistazo al aula (en mi caso un anfiteatro) y pronunciar la estereotipada fórmula «en la última clase nos detuvimos en…» para que brote de mi boca una larga sucesión de frases, y entonces ya no hay quien me pare. Hablo con incontenible celeridad y pasión, y se me figura que no hay fuerza capaz de detener el flujo de mi discurso. Para dictar bien una lección, es decir, de manera que no se haga aburrida y resulte de utilidad para los oyentes, se requiere no sólo talento, sino también habilidad y experiencia, así como una idea clarísima de las propias fuerzas, de la clase de personas a las que se dirige uno y del tema de la disertación. Además, debe uno poner los cinco sentidos, estar muy atento y no perder ni por un instante el campo visual.

 

Un buen director de orquesta, al transmitir el pensamiento del compositor, ejecuta veinte actos a la vez: lee la partitura, mueve la batuta, vigila al cantante, hace una señal tan pronto al tambor como a la trompa, etc. Lo mismo hago yo cuando dicto una lección. Tengo ante mí ciento cincuenta rostros y trescientos ojos que me miran directamente a la cara. Mi objetivo es vencer a esa hidra de mil cabezas. Si a lo largo de mi intervención logro conservar en todo momento una idea clara de su grado de atención y de su capacidad de comprensión, está en mi poder. Mi otro contrincante está dentro de mí. Es la infinita variedad de formas, fenómenos y leyes, así como la multitud de pensamientos propios y ajenos que determinan. A cada instante debo ser capaz de extraer lo más importante y útil de ese inmenso material y, a la misma velocidad que el flujo de mis palabras, dar forma a mi idea a fin de que resulte comprensible a la hidra y suscite su atención, para lo que es necesario poner mucho cuidado en no exponer las ideas tal como me vienen a la cabeza, sino siguiendo cierto orden, indispensable para una correcta composición del cuadro que pretendo representar. También procuro que el discurso mantenga un tono literario, que las definiciones sean breves y precisas y las frases tan sencillas y armoniosas como sea posible. A cada instante debo frenarme y tener presente que sólo dispongo de una hora y cuarenta minutos. En suma, una tarea nada fácil. Hay que ser a un tiempo científico, pedagogo y orador, y las cosas se torcerán si el orador prevalece sobre el pedagogo y el científico o viceversa.

 

Al cabo de un cuarto de hora, de media hora, adviertes que los estudiantes empiezan a mirar al techo o a Piotr Ignátevich; uno saca un pañuelo, otro se acomoda mejor, un tercero piensa algo para sus adentros y sonríe… Eso significa que la atención ha decaído. Hay que tomar medidas. Aprovechando la primera ocasión que se me brinda, hago un juego de palabras. Las ciento cincuenta caras se distienden en una amplia sonrisa, los ojos brillan alegres, se oye por unos segundos el rumor del mar… Yo también sonrío. He recuperado su atención y puedo continuar.

 

Ningún deporte, ninguna diversión o juego me han procurado nunca tanto placer como dar clase. Sólo en esa actividad he conseguido abandonarme por entero a la pasión y he comprendido que la inspiración no es una invención de los poetas, sino que realmente existe. Y creo que Hércules, después de la más picante de sus empresas, no sentía la dulce languidez que he experimentado yo a la conclusión de cada lección.

 

Pero eso era antes. Ahora impartir clase se ha convertido en un tormento. No ha transcurrido media hora y empiezo ya a sentir una debilidad invencible en las piernas y en los hombros; me siento en el sillón, pero no estoy acostumbrado a hablar en público sentado, así que al cabo de un minuto

 

 

me levanto, sigo un poco de pie y a continuación me siento de nuevo. Se me seca la boca, se me enronquece la voz, la cabeza me da vueltas… Para ocultar mi estado a los oyentes, bebo agua a cada momento, toso, me sueno a menudo la nariz como si estuviera acatarrado, hago juegos de palabras sin venir a cuento y, por último, anuncio el receso antes de lo debido. Pero lo principal es que me avergüenzo.

 

Mi conciencia y mi razón me dicen que lo mejor que podría hacer ahora sería impartir ante los alumnos una clase de despedida, decirles mi última palabra, bendecirlos y ceder mi lugar a un hombre más joven y más fuerte. Pero que Dios me perdone, me falta valentía para obrar de acuerdo con mi conciencia.

 

Por desgracia no soy filósofo ni teólogo. Sé perfectamente que no me quedan más que seis meses de vida. Se diría que, dada mi situación, debería ocuparme ante todo de las tinieblas de ultratumba y de las visiones que visitarán mi sepulcro. Pero, por alguna razón, mi alma no quiere abordar esas cuestiones, aunque mi razón reconoce toda su importancia. Lo mismo que hace veinte o treinta años, lo único que me interesa, ahora que me encuentro a un paso de la tumba, es la ciencia. Cuando llegue el momento de exhalar el último suspiro, seguiré albergando el convencimiento de que la ciencia es lo más importante, lo más hermoso y necesario en la vida de los hombres, que siempre ha sido y siempre será la manifestación suprema del amor y que sólo gracias a ella el hombre triunfará sobre la naturaleza y sobre sí mismo. Acaso esa fe sea ingenua y carezca de fundamento, pero no puedo evitar pensar así y no de otra manera; en cualquier caso, me siento incapaz de renunciar a esa fe.

 

Pero no es esa la cuestión. Sólo pido que se tenga un poco de indulgencia con mi debilidad y se entienda que apartar de la cátedra y de los estudiantes a un hombre a quien interesa más el tuétano de los huesos que el objetivo final de la creación, equivaldría a meterlo en el ataúd antes de muerto.

 

Algo extraño me está sucediendo a resultas de mi insomnio y de mi intensa lucha contra la creciente debilidad. En medio de mis lecciones de pronto se me hace un nudo en la garganta, empiezan a picarme los ojos y de mí se apodera un deseo apasionado e histérico de tender las manos hacia delante y lamentarme en voz alta. Me entran ganas de gritar con todas mis fuerzas que yo, hombre famoso, he sido condenado a muerte por el destino, que al cabo de unos seis meses otro profesor enseñará desde esta tarima. Querría gritar que he sido envenenado: nuevos pensamientos, que hasta ahora desconocía, han envenenado los últimos días de mi vida y siguen punzándome el cerebro como mosquitos. En esos momentos mi situación se me antoja tan espantosa que me gustaría que todos mis oyentes, horrorizados, se pusieran en pie de un salto y, presas del pánico, con un grito de angustia, se abalanzasen sobre la salida.

 

No resulta fácil superar tales instantes.

 

II

 

Después de la clase, me quedo trabajando en casa. Leo revistas, tesis doctorales o preparo la siguiente lección; a veces escribo algo. Trabajo a ratos, porque me veo en la obligación de recibir visitas.

Suena el timbre. Es un colega que viene a hablar de algún asunto profesional. Entra con sombrero y bastón, me tiende uno y otro, y dice:

 

—¡No me quedaré más de un minuto! ¡Un minuto! ¡Siéntese, collega! ¡Nada más que dos palabras!

 

Ante todo tratamos de demostrarnos mutuamente que ambos somos extraordinariamente corteses y estamos muy contentos de vernos. Le pido que se acomode en el sillón, y él insiste en que me siente yo primero; durante esa maniobra, nos damos unas palmaditas en la espalda o nos tocamos los botones de la levita, y parece como si nos estuviéramos examinando y temiéramos quemarnos. Nos reímos los dos, aunque no decimos nada divertido. Una vez sentados, inclinamos la cabeza hacia delante y empezamos a hablar en voz baja. Por muy cordiales que sean nuestras actitudes, no podemos dejar de adornar nuestro discurso con zalamerías del tipo: «Como ha tenido usted a bien observar», o «Como ya he tenido el honor de decirle», ni podemos por menos de reír cuando uno de los dos hace una broma, aunque no tenga ninguna gracia. Una vez comentado el asunto que le traía, mi colega se levanta de golpe y, agitando el sombrero en dirección a mis papeles, empieza a despedirse. De nuevo nos damos palmadas y reímos. Lo acompaño al recibidor y lo ayudo a ponerse el abrigo, aunque él trata por todos los medios de declinar tal honor. Luego, cuando Yegor abre la puerta, mi colega asegura que acabaré resfriándome y yo hago como si me dispusiera a seguirlo a la calle. Cuando por fin vuelvo a mi despacho, mi rostro sigue sonriendo, probablemente por inercia.

 

Poco después vuelve a sonar el timbre. Alguien entra en el recibidor, pasa un buen rato despojándose del abrigo, tose. Yegor me anuncia que ha llegado un estudiante. Yo le digo que lo haga pasar. Al cabo de un instante aparece en el umbral un joven de aspecto agradable. Hace ya un año que nuestras relaciones son bastante tirantes: responde de manera desastrosa en los exámenes y yo sólo le doy «unos». Cada año cateo o me cargo, para decirlo en lenguaje estudiantil, a unos siete jovencitos como ese. Aquellos que no superan el examen por incapacidad o enfermedad suelen llevar su cruz con paciencia y no me reclaman. Sólo se quejan y vienen a verme a mi casa los individuos de temperamento sanguíneo, naturalezas generosas a quienes el suspenso en el examen les quita el apetito y les impide acudir con asiduidad a la ópera. Con los primeros soy indulgente; a los segundos los acribillo a preguntas en los exámenes.

 

—Siéntese —le digo al visitante—. ¿Qué desea?

 

—Perdone que le moleste, profesor… —empieza, balbuceando y evitando mirarme a la cara—. No me habría atrevido a molestarlo de no haber sido por… Ya me he examinado con usted cinco veces y … he suspendido. Le ruego que tenga la bondad de aprobarme porque…

 

El argumento que todos los holgazanes esgrimen en su defensa siempre es el mismo: han sacado notas estupendas en las demás asignaturas y sólo los han suspendido en la mía, algo tanto más sorprendente cuanto que siempre han estudiado mi materia con la mayor aplicación y se la saben al dedillo; su suspenso se debe a un incomprensible malentendido.

 

—Perdóneme, amigo mío —le digo al visitante—, pero no puedo darle un aprobado. Repase las lecciones y vuelva a examinarse. Ya veremos entonces.

 

Se produce una pausa. Me entran ganas de atormentar un poco al estudiante por anteponer la cerveza y la ópera a la ciencia, y le digo con un suspiro:

 

—En mi opinión, lo mejor que puede usted hacer es abandonar la Facultad de Medicina. Si con su capacidad no consigue superar el examen, es evidente que no tiene ni el deseo ni la vocación de convertirse en médico.

 

El estudiante sanguíneo pone una cara larga.

 

 

—Perdone, profesor —dice con una sonrisa maliciosa—, pero esa actitud sería muy extraña por mi parte. M e paso cinco años estudiando y de pronto… ¡lo dejo!

 

—Sí, claro, pero es preferible perder cinco años que ocuparse toda la vida de una actividad que a uno no le gusta —pero de pronto me da pena y me apresuro a añadir—: en cualquier caso, haga lo que le parezca. Repase un poco las lecciones y vuelva a presentarse.

 

—¿Cuándo? —pregunta el holgazán con indiferencia.

 

—Cuando quiera. M añana, por ejemplo.

 

Y en sus bondadosos ojos leo: «Venir, puedo venir, pero vas a suspenderme otra vez, bastardo». —Naturalmente —digo yo—, sus conocimientos no van a aumentar por el hecho de examinarse

 

otras quince veces, pero eso fortalecerá su carácter. Y debemos darnos por satisfechos.

 

Se produce un silencio. Yo me levanto y espero a que se vaya, pero él sigue allí plantado, mirando por la ventana, atusándose la barba y pensando. Empiezo a aburrirme.

 

La voz del joven sanguíneo es agradable, sonora; sus ojos, inteligentes, burlones; su rostro, bondadoso, un tanto ajado por el consumo frecuente de cerveza y las largas horas pasadas en el sofá. Es evidente que podría contarme muchas cosas interesantes sobre la ópera, sobre sus aventuras amorosas o los compañeros con los que se lleva bien pero, por desgracia, no es costumbre hablar de esas cuestiones. En cualquier caso, lo habría escuchado de buena gana.

 

—¡Profesor! Le doy mi palabra de honor de que, si me aprueba usted, yo…

 

En cuanto sale a colación la «palabra de honor», sacudo las manos con desagrado y me siento a mi escritorio. El estudiante se queda pensativo unos instantes y a continuación dice, cariacontecido:

 

—En ese caso, adiós… Perdone que lo haya molestado.

 

—Adiós, amigo mío. Que le vaya bien.

 

Pasa indeciso al recibidor, se pone el abrigo lentamente y sale a la calle, donde probablemente pasa un buen rato pensando en el asunto, pero, como no se le ocurre nada mejor que llamarme «viejo diablo», se dirige a un restaurante de mala muerte a beber cerveza y comer algo, y luego se va a su casa a dormir. ¡Descansa en paz, honrado trabajador!

 

Tercer campanillazo. Entra un joven médico con un traje negro completamente nuevo, lentes con montura de oro y, por supuesto, corbata blanca. Se presenta. Le pido que se siente y le pregunto qué desea. No sin inquietud, el joven sacerdote de la ciencia me comenta que ese mismo año ha superado el examen de doctorado y ya sólo le queda escribir la tesis. Le gustaría trabajar conmigo, bajo mi guía, y me estaría muy agradecido si le sugiriera un tema para su tesis.

 

—Me alegro mucho de serle útil, colega —le digo—, pero veamos primero si nos ponemos de acuerdo en lo que es una tesis. Por esa palabra suele entenderse una composición que nace como resultado de un estudio independiente. ¿No es así? A una composición escrita sobre un tema sugerido por otra persona, bajo cuya guía se redacta, se le debe dar otro nombre —el candidato a doctor guarda silencio. Yo me pongo furioso y me levanto de mi asiento—. ¡No entiendo para qué vienen a verme todos ustedes! —grito enfadado—. ¿Acaso es esto una tienda? ¡Yo no comercio con argumentos! ¡Por enésima vez les ruego a todos que me dejen en paz! ¡Perdone mi falta de delicadeza, pero es que ya me tienen harto!

 

El candidato a doctor sigue callado; un ligero rubor le ha cubierto los pómulos. Su cara expresa un profundo respeto por mi celebridad y mis conocimientos, pero leo en su mirada que desprecia mi voz, mi lamentable figura, mi nerviosa gesticulación. Ese ataque de ira me ha hecho aparecer ante sus

 

ojos como un energúmeno.

 

—¡Esto no es una tienda! —digo enfadado—. ¡No consigo entenderlo! ¿Por qué no quieren ustedes ser independientes? ¿Por qué les repugna de ese modo la libertad?

 

Digo muchas cosas, mientras él guarda silencio. Al final, voy calmándome poco a poco y, naturalmente, me doy por vencido. El candidato a doctor recibirá de mí un tema que no vale un céntimo, escribirá bajo mi supervisión una tesis que nadie necesita, la defenderá con dignidad en una discusión anodina y obtendrá un título académico que no le servirá de nada.

 

La campanilla puede estar sonando una y otra vez, pero en esta descripción me limitaré sólo a cuatro llamadas. Suena el cuarto timbrazo y oigo unos pasos conocidos, el susurro de un vestido, una voz tan querida…

 

Hace dieciocho años murió un colega oculista dejando una hija de siete años, Katia, y unos sesenta mil rublos. En el testamento me nombraba tutor. Hasta los diez años Katia vivió en nuestra casa, luego ingresó en un internado y sólo pasaba con nosotros las vacaciones de verano. Yo no tenía tiempo para ocuparme de su educación, sólo la veía de vez en cuando y, por tanto, no puedo contar gran cosa de su infancia.

 

El primer recuerdo que me viene a la cabeza y que más me gusta evocar es la extraordinaria confianza con que entró en mi casa y se sometía al examen de los médicos, una confianza que resplandecía en su cara. A veces se sentaba en un rincón, con la mejilla vendada, y miraba con atención alguna cosa; ya me viera a mí escribiendo u hojeando libros, o a mi mujer trajinando en la casa, o a la cocinera pelando patatas en la cocina, o al perro jugando, sus ojos siempre expresaban la misma idea, a saber: «Todo lo que sucede en este mundo es hermoso y razonable». Era de natural curioso y le gustaba mucho hablar conmigo. A veces se sentaba a la mesa, enfrente de mí, seguía mis movimientos y me hacía preguntas. Le interesaba saber qué leía, qué hacía en la universidad, si me daban miedo los cadáveres, en qué gastaba mi sueldo.

 

—¿Se pelean los estudiantes en la universidad? —me preguntaba.

 

—Sí, hijita.

 

—¿Y los obliga usted a ponerse de rodillas?

 

—Así es.

 

Le hacía gracia que los estudiantes se peleasen y que yo los pusiese de rodillas, y se reía. Era una niña obediente, paciente y buena. No pocas veces contemplé cómo le quitaban alguna cosa o la castigaban sin motivo o no satisfacían su curiosidad; en tales ocasiones, la constante expresión de confianza de su rostro se teñía de melancolía, eso era todo. Yo no me decidía a salir en su defensa, pero, cuando veía su tristeza, sentía deseos de atraerla y consolarla con el tono de una vieja niñera: «¡M i pobre huerfanita!».

 

Recuerdo también que le gustaba ir bien vestida y ponerse perfume. En ese sentido, se parecía a mí. A mí también me gustan la ropa de calidad y los buenos perfumes.

 

Lamento no haber tenido tiempo ni ganas de observar el origen y el desarrollo de una pasión que se apoderó por completo de Katia a la edad de catorce o quince años. Me refiero a su desmesurado amor por el teatro. Cuando dejaba el internado para pasar con nosotros las vacaciones, de nada hablaba con tanto placer y entusiasmo como de las obras dramáticas y de los actores. Sus continuos comentarios sobre el teatro nos fatigaban. Mi mujer y mis hijos no la escuchaban. Yo era el único que no tenía el valor de negarle mi atención. Cuando sentía la necesidad de compartir sus propios

 

 

entusiasmos, entraba en mi despacho y me decía con voz suplicante:

 

—¡Nikolái Stepánich, permítame que le hable del teatro!

 

Yo le mostraba el reloj y le decía:

 

—Te concedo media hora. Adelante.

 

Más tarde empezó a llevar a casa docenas de retratos de actrices y de actores, a los que adoraba; luego se aventuró a participar en varios espectáculos de aficionados y, por último, cuando concluyó los estudios, me anunció que había nacido para ser actriz.

 

Nunca compartí su devoción por el teatro. En mi opinión, si una obra es buena, no es necesario que los actores se esmeren para que produzca el efecto deseado: basta con que se limiten a leerla. Y, si es mala, ninguna actuación la salvará.

 

En mi juventud iba a menudo al teatro; ahora mi familia reserva un palco un par de veces al año y me lleva para que «me airee». Naturalmente, eso no me da derecho a emitir una valoración sobre el teatro, pero me gustaría dedicarle unas palabras. A mi juicio, el teatro no es mejor ahora que hace treinta o cuarenta años. Lo mismo que antaño, sigo sin encontrar un vaso de agua ni en los pasillos ni en el ambigú. Lo mismo que antaño, los acomodadores me cobran veinte kopeks de más por la pelliza, aunque no haya nada reprensible en llevar ropas de abrigo en invierno. Lo mismo que antaño, en los entreactos se interpreta sin venir a cuento una música que añade una impresión nueva y no deseada a la suscitada por la obra. Lo mismo que antaño, en los entreactos los hombres se dirigen al ambigú para tomar bebidas alcohólicas. Si no se advierten progresos en esas menudencias, es inútil que me ponga a buscarlos en cuestiones de mayor enjundia. Cuando un actor, lleno de los pies a la cabeza de tradiciones y prejuicios teatrales, se pone a recitar un monólogo sencillo y habitual del tipo «Ser o no ser» de un modo nada sencillo, sino, vaya usted a saber por qué, con voz sibilante y estremecimientos en todo el cuerpo, o cuando trata de convencerme a toda costa de que Chatski[7], que conversa a menudo con idiotas y se ha enamorado de una estúpida, es un hombre muy ingenioso

 

y  que La desgracia de ser inteligente no es una obra tediosa, veo sobre el escenario la misma rutina que me aburría hace cuarenta años, cuando se me ofrecían los clásicos alaridos y golpes en el pecho. Siempre que voy al teatro salgo más conservador que cuando entré.

 

Es posible convencer a la muchedumbre sentimental y crédula de que el teatro, en su forma actual, es una escuela. Pero quien de verdad conoce lo que significa la palabra «escuela» no muerde el anzuelo. No sé lo que sucederá dentro de cincuenta o cien años, pero en las condiciones actuales el teatro no es más que un entretenimiento. Un entretenimiento demasiado costoso para que podamos seguir permitiéndonoslo. Priva a la nación de millares de jóvenes sanos y dotados que, de no consagrarse al teatro, podrían ser buenos médicos, agricultores, profesores, oficiales; le roba al público las horas vespertinas, las mejores para emprender un trabajo intelectual o conversar con los amigos. Por no decir nada del derroche de dinero ni del daño moral que sufre un espectador cuando ve sobre el escenario un homicidio, un adulterio o una calumnia analizados de forma incorrecta.

 

Katia era de una opinión muy distinta. Me aseguraba que el teatro, incluso en su forma actual, estaba por encima de las aulas, de los libros y de todo lo demás. El teatro era una fuerza que reunía en sí todas las artes, y los actores eran misioneros. Ningún arte ni ninguna ciencia estaban en condiciones, por sí solos, de producir un efecto tan intenso y seguro en el alma humana como la escena; de ahí que un actor mediano gozara de mayor popularidad en el país que el mejor científico o pintor. Ninguna actividad pública proporcionaba tanto placer y satisfacción como el arte escénico.

 

Y un buen día Katia entró en una compañía con la que se marchó a Ufá, si no recuerdo mal, llevándose consigo mucho dinero, un montón de radiantes esperanzas y una concepción aristocrática de la actividad teatral.

Las primeras cartas, escritas durante el camino, eran sorprendentes. Cuando las leía, me quedaba verdaderamente maravillado de que esas pequeñas hojas de papel pudieran contener tanta juventud, pureza de alma, sagrada ingenuidad y, a la vez, tantos juicios sutiles y atinados, dignos de una perspicaz mente masculina. No se limitaba a describir, sino que cantaba las alabanzas del Volga, la naturaleza, las ciudades que visitaba, los compañeros, los éxitos y los fracasos; cada renglón exhalaba la credulidad que estaba acostumbrado a ver en su semblante, aunque al mismo tiempo había errores gramaticales por doquier y una ausencia casi total de signos de puntuación.

 

Antes de que pasaran seis meses, recibí una carta de lo más poética y entusiasta, que empezaba con estas palabras: «Estoy enamorada». Iba acompañada de la fotografía de un joven con el rostro rasurado, sombrero de ala ancha y una manta de viaje sobre el hombro. Las cartas siguientes eran tan magníficas como la anterior, pero ya incluían signos de puntuación, los errores gramaticales habían desaparecido y tenían un aire mucho más varonil. Katia me hablaba de lo maravilloso que sería construir un gran teatro en alguna ciudad del Volga, en forma de sociedad anónima, que pudiera atraer a los ricos comerciantes y a los propietarios de vapores; contarían con mucho dinero, las recaudaciones serían enormes, los actores participarían en la compañía… Puede que fuese un proyecto muy bonito, pero me parece que tales fantasías sólo pueden ocurrírsele a un hombre.

 

En cualquier caso, durante un año y medio o dos todo fue bien: Katia estaba enamorada, creía en su profesión y era feliz; pero después empecé a percibir en sus cartas claros indicios de desánimo. El primer síntoma, y también el más preocupante, fue que comenzó a quejarse de sus compañeros. Si un joven científico o literato inicia su actividad quejándose amargamente de sus colegas, significa que está ya cansado y no es capaz de cumplir con su tarea. Katia me escribía que sus compañeros no acudían a los ensayos y nunca se sabían su papel; la representación de obras absurdas y la manera de comportarse en el escenario demostraba una total falta de respeto por el público; para incrementar la recaudación, única cuestión que les interesaba, las actrices dramáticas se rebajaban a cantar tonadillas, mientras los actores trágicos entonaban coplas en las que se mofaban de los maridos cornudos, de las mujeres infieles embarazadas, etcétera. En general, parecía increíble que aquel teatro provinciano aún no se hubiese arruinado y hubiera conseguido agarrarse a un hilo tan liviano y podrido.

 

En respuesta envié a Katia una carta larga y, debo reconocerlo, muy aburrida. Entre otras cosas le decía: «En alguna ocasión he charlado con viejos actores, hombres respetabilísimos que me tenían simpatía. Esas conversaciones me han permitido comprender que su actividad no estaba guiada tanto por su inteligencia y su libertad como por la moda y el humor del público; los mejores de ellos, a lo largo de su carrera, tuvieron que actuar en tragedias, operetas, farsas parisinas y comedias de magia, y siempre tenían la impresión de que su trayectoria era coherente y de que su actividad resultaba útil. Así pues, como ves, no hay que buscar la causa del mal en los actores, sino en algo más profundo, en el arte mismo y en la actitud de la sociedad en su conjunto». El único efecto de esa carta fue irritar a Katia. Esta fue su respuesta: «Usted y yo estamos hablando de cosas distintas. Yo no me refería a esos hombres respetabilísimos que le han honrado con su favor, sino de una pandilla de bribones que no tienen nada de respetables. Es una reata de salvajes que han acabado en un escenario porque no les habrían admitido en ningún otro sitio y que tienen la desfachatez de llamarse artistas. No hay

 

ninguno que tenga talento, pero abundan los ineptos, los borrachos, los intrigantes y los chismosos. No logro expresarle la amargura que siento al ver cómo el arte al que tanto amo ha caído en manos de personas a las que detesto. Qué pena que los hombres mejores sólo vean el mal de lejos, no quieran aproximarse y, en lugar de intervenir, se dediquen a escribir en un estilo enfadoso lugares comunes y juicios morales que nadie necesita…».

 

Y a continuación añadía muchas otras cosas, todas del mismo tenor.

 

Al cabo de algún tiempo recibí esta carta: «Me han engañado de la manera más miserable. No puedo seguir viviendo. Disponga de mi dinero como lo estime oportuno. Le he querido siempre como a un padre, como a mi único amigo. Perdóneme».

 

Por lo visto también él pertenecía a la «reata de salvajes». Más tarde, a partir ciertas alusiones, pude adivinar que se había producido un intento de suicidio. Al parecer, Katia había intentado envenenarse. Es de suponer que después de ese incidente estuvo gravemente enferma, pues la siguiente carta la recibí ya desde Yalta, adonde, con toda probabilidad, la habían mandado los médicos. En su última carta me pedía que le enviara mil rublos a Yalta lo antes posible y concluía con estas palabras: «Perdone que esta carta sea tan sombría. Ayer he enterrado a mi hijo». Después de pasar en Crimea cerca de un año, regresó a casa.

 

Se había pasado viajando cerca de cuatro años; a lo largo de todo ese tiempo, el papel que representé en su vida, debo reconocerlo, fue bastante extraño y muy poco envidiable. Cuando primero me anunció que quería ser actriz y después me escribió en varias ocasiones para hablarme de su amor; cuando periódicamente se apoderaba de ella el deseo de gastar y tenía que enviarle, a petición suya, tan pronto mil como dos mil rublos; cuando me anunció que había decidido acabar con su vida y me comunicó después la muerte de su hijo, me sentía siempre desconcertado, y mi única participación en su destino se limitaba a prolongadas meditaciones y largas cartas aburridas que bien podría haberme ahorrado. ¡Y, sin embargo, era como un padre para ella y la quería como a una hija!

 

Ahora Katia vive a media versta de mi casa. Ha alquilado un piso de cinco habitaciones y lo ha dispuesto todo de manera bastante confortable, empleando para ello su buen gusto. Si alguien quisiera describir el mobiliario, el elemento preponderante del cuadro sería la indolencia. Mullidos divanes y cómodos taburetes para el perezoso cuerpo; alfombras para los perezosos pies; colores desvaídos, apagados o mates para la perezosa vista, y para la inteligencia perezosa paredes llenas de abanicos baratos y de cuadros minúsculos, cuya originalidad de ejecución prevalece sobre el contenido; un montón de mesitas y de repisas abarrotadas de objetos completamente inútiles y desprovistos de valor; trapos informes en lugar de cortinas… Todo eso, junto con el temor a los colores intensos, la simetría y el espacio, amén de la pereza mental, da fe también de una perversión del gusto natural. Katia se pasa días enteros tumbada en el diván leyendo libros, principalmente novelas y relatos. Sólo sale de casa una vez al día, después de las doce, para venir a verme.

 

Mientras yo trabajo, Katia se sienta en un sofá, cerca de mí, guarda silencio y se envuelve en el chal, como si tuviera frío. Será porque me cae bien o porque me he acostumbrado a sus frecuentes visitas desde que era niña, pero el caso es que su presencia no me impide concentrarme. De tanto en tanto le hago maquinalmente una pregunta, a la que responde con la mayor parquedad; o bien, para descansar un momento, me vuelvo hacia ella y observo cómo contempla, pensativa, una revista médica o el periódico. Y en esos instantes me doy cuenta de que su rostro no expresa ya aquella credulidad de antaño. Ahora tiene un aire frío, indiferente, distraído, como los pasajeros que deben

 

esperar un tren durante largas horas. Sigue vistiendo con sencillez y elegancia, pero su atuendo denota cierto descuido. Su ropa y su peinado muestran a las claras que ha pasado días enteros tumbada en sofás y mecedoras. Y ha perdido la curiosidad de antaño. Ya no me hace preguntas, como si lo hubiera experimentado todo en la vida y no esperara escuchar nada nuevo.

 

Poco antes de las cuatro se oye movimiento en la sala y en el recibidor. Liza ha vuelto del conservatorio, acompañada de unas amigas. Se las oye tocar el piano, ejercitar la voz, reírse. En el comedor Yegor pone la mesa, entre el tintineo de los platos.

 

—Adiós —dice Katia—. Hoy no paso a ver a los demás. Dígales que me disculpen. No tengo tiempo. Venga a verme.

 

Cuando la acompaño al vestíbulo, me mira severa de la cabeza a los pies y dice con enfado:

 

—¡Sigue usted adelgazando! ¿Por qué no consulta a un médico? Voy a pasar por casa de Serguéi

 

Fiódorovich y le diré que venga a echarle un vistazo.

 

—No es necesario, Katia.

 

—¡No logro entender a su familia! ¡Se diría que les da lo mismo!

 

Se pone el abrigo con movimientos bruscos y, al hacerlo, dos o tres horquillas caen inevitablemente de su cabello peinado con descuido. Es demasiado perezosa para pararse a arreglarse el cabello; además, no tiene tiempo. Acomoda con torpeza los rizos sueltos bajo el sombrero y se va.

 

Cuando entro en el comedor, mi mujer me pregunta:

 

—¿Era Katia la que estaba contigo? ¿Por qué no ha pasado a vernos? La verdad es que resulta extraño…

 

—¡Mamá! —le dice Liza con aire de reproche—. Si no quiere vernos, es asunto suyo. No vamos a ponernos de rodillas.

 

—Como quieras, pero es una falta de respeto. Se pasa tres horas en el despacho y no se acuerda de nosotras. En cualquier caso, que haga lo que le parezca.

 

Varia y Liza odian a Katia. Ese odio me resulta incomprensible; es probable que sólo una mujer pueda entenderlo. Apuesto la cabeza a que de los ciento cincuenta jóvenes que acuden diariamente a mis clases y del centenar de hombres maduros con quienes trato cada semana no hay apenas uno capaz de entender el odio y la aversión al pasado de Katia, es decir, al embarazo extramatrimonial y el alumbramiento de un hijo ilegítimo, y al mismo tiempo, no me viene a la cabeza el nombre de una sola mujer o muchacha conocida que no haya experimentado los mismos sentimientos, conscientemente o de forma instintiva. Y no porque la mujer sea más virtuosa y más pura que el hombre: en realidad, la virtud y la pureza no se distinguen mucho del vicio si no están exentas de un sentimiento maligno. Yo lo achaco simplemente al atraso de las mujeres. La amarga compasión y la mala conciencia del hombre de nuestros días ante la desgracia son, a mi modo de ver, signos mucho más evidentes de cultura y altura moral que el odio y la aversión. La mujer moderna sigue siendo tan plañidera y dura de corazón como en la Edad Media. En mi opinión, tienen toda la razón quienes aconsejan a las mujeres educarse como los hombres.

 

Además, a mi mujer no le gusta Katia por otras razones: porque ha sido actriz, por su ingratitud, por su orgullo, por su excentricidad, por los numerosos defectos que una mujer siempre sabe encontrar en otra.

 

Suelen comer con nosotros dos o tres amigas de mi hija y Aleksandr Adólfovich Gnékker, admirador y pretendiente de Liza. Es un joven rubio, de treinta años a lo sumo, estatura mediana,

 

muy gordo, ancho de espaldas, con patillas pelirrojas y bigotillo teñido, que confiere a su rostro liso y redondo cierto aire de muñeco. Lleva una chaqueta muy corta, chaleco de fantasía, pantalón a grandes cuadros, muy anchos en la cintura y muy estrechos en el tobillo, y botines amarillos sin tacón. Tiene ojos saltones, como los de un cangrejo, y su corbata se parece a la cola de una gamba; hasta tengo la impresión de que toda su figura exhala cierto olor a sopa de pescado. Viene a vernos a diario, pero ningún miembro de mi familia conoce su procedencia, dónde ha estudiado, cómo se gana la vida. No canta ni toca ningún instrumento, pero tiene cierta relación con la música y el canto, vende pianos no sé dónde, acude con asiduidad al conservatorio, trata a todas las celebridades, da disposiciones en los conciertos, expone juicios musicales con gran autoridad y, según he observado, los demás le dan la razón de buena gana.

 

Los ricos siempre tienen parásitos a su alrededor; los científicos y los artistas, también. No creo que haya en el mundo ningún arte o ciencia que esté libre de la presencia de «cuerpos extraños» como ese señor Gnékker. No entiendo de música y tal vez me equivoque con ese Gnékker, al que, por lo demás, apenas conozco. Pero la autoridad y la dignidad con que se sitúa junto al piano y escucha, cuando alguien toca o canta, me parecen bastante sospechosas.

 

Ya puede ser uno espejo de caballeros y consejero privado, pero si tiene una hija en edad casadera nada puede impedir que la vulgaridad que conlleva el noviazgo, la petición de mano y la boda acabe entrando en su hogar e insinuándose en su ánimo. Yo, por ejemplo, no puedo soportar la expresión solemne que adopta el rostro de mi mujer cada vez que viene a visitarnos el señor Gnékker; tampoco puedo soportar las botellas de laffitte, oporto y jerez, que sólo se ponen sobre la mesa para que pueda ver con sus propios ojos que nadamos en la abundancia y en el lujo. No aguanto tampoco esa risita entrecortada de Liza, aprendida en el conservatorio, ni su manera de entornar los ojos cuando tenemos invitados varones. Y, sobre todo, no logro entender por qué viene cada día a mi casa y come conmigo un ser completamente ajeno a mis costumbres, a mi profesión, a mi modo de vida; un ser completamente distinto de las personas que me agradan. Mi mujer y la criada susurran en secreto que es «un pretendiente», pero sigo sin entender las razones de su presencia; despierta en mi ánimo el mismo desconcierto que si a mi mesa se sentara un zulú. También encuentro extraño que a mi hija, a quien estoy habituado a considerar una niña, puedan gustarle esa corbata, esos ojos, esas mejillas flácidas…

 

Antes almorzar me resultaba grato, o al menos indiferente; ahora sólo me causa tedio o irritación. Desde que se me concedió el título de «excelencia» y se me nombró decano de la facultad, mi familia juzgó necesario, por alguna razón, cambiar totalmente nuestro menú y nuestros hábitos alimentarios. En lugar de los platos sencillos a los que me habitué en mis tiempos de estudiante y médico, me sirven una especie de puré, en el que nadan grumos blancos, y riñones al madeira. El grado de general

 

y  la fama me han privado para siempre de la sopa de col, de las sabrosas empanadillas, del ganso con manzanas y de la perca con gachas. También me han privado de la criada Agasha, una viejecita dicharachera y ocurrente, en cuyo lugar sirve ahora la mesa Yegor, un muchacho obtuso y arrogante, con un guante blanco en la mano derecha. Los intervalos entre plato y plato son breves, pero parecen desmesuradamente largos, porque no hay nada con que rellenarlos. Han desaparecido la anterior jovialidad, las conversaciones espontáneas, las bromas, las risas, las muestras de afecto recíproco y esa alegría que embargaba a los niños, a mi mujer y a mí cuando nos reuníamos en el comedor. Para mí, hombre ocupado, el almuerzo me proporcionaba la oportunidad de descansar y charlar un rato, y

 

para mi mujer y mis hijos constituía una fiesta, puede que breve, pero también animada y jovial, porque sabían que, durante media hora, me olvidaba de la ciencia y de los estudiantes, y sólo pertenecía a ellos. Hemos perdido la capacidad de embriagarnos con una sola copa, Agasha ya no nos acompaña, no se sirve nunca perca con gachas y ya no se oye ese barullo con que acogíamos cualquier pequeño incidente de la comida, como, por ejemplo, las peleas del perro y el gato debajo de la mesa o la venda de Katia cayendo de la mejilla al plato de sopa.

 

Una descripción de las comidas actuales resultaría tan insípida como su ingestión. El rostro de mi mujer expresa solemnidad y afectada importancia, así como su habitual preocupación. Mira con aprensión nuestros platos y comenta: «Veo que el asado no os gusta… Decid la verdad: ¿os gusta o no?». Y yo debo responder: «No hay motivo para que te preocupes, querida, el asado está riquísimo». Ella entonces replica: «Siempre sales en mi defensa, Nikolái Stepánich, y nunca dices la verdad. ¿Por qué Aleksandr Adólfovich ha comido tan poco?», y así durante todo el almuerzo. Liza prodiga sus risas entrecortadas y no para de entornar los ojos. Las observo a ambas y sólo ahora, durante el almuerzo, me doy cuenta de que la vida interior de una y otra ha escapado hace tiempo a mi observación. Tengo la sensación de que una vez viví en una casa con una familia verdadera, mientras ahora soy huésped de una mujer ajena y contemplo a una falsa Liza. Se ha producido en ambas un cambio brusco, sin que yo haya reparado en el largo proceso que ha desembocado en esa transformación; no ha de sorprender, por tanto, que no entienda nada. ¿Por qué se ha producido ese cambio? No lo sé. Puede que todo el mal consista en que Dios no ha concedido a mi mujer y mi hija las mismas fuerzas que a mí. Desde niño estoy acostumbrado a luchar contra las influencias externas

 

y  mi espíritu se ha fortalecido bastante; catástrofes de la vida como la celebridad, el rango de general, el paso de una existencia desahogada a otra que está por encima de nuestros medios, el trato con representantes de la aristocracia, etcétera, apenas me han afectado, y he seguido siendo el que era; en cambio, para mi mujer y para mi Liza, seres débiles e impresionables, todo eso se les ha venido encima como una gran avalancha de nieve que las ha aplastado.

 

Las señoritas y Gnékker hablan de fugas y contrapuntos, de cantantes y pianistas, de Bach y Brahms, mientras mi mujer, temiendo que se la tilde de ignorante en materia musical, sonríe con benevolencia y balbucea: «Una maravilla… ¿Es posible? Qué me dice…». Gnékker come con solemnidad, bromea con solemnidad y escucha con aire condescendiente las observaciones de las señoritas. De vez en cuando le entran ganas de decir algo en un francés horrible y entonces, no sé por qué, considera necesario dirigirse a mí como vôtre excellence.

 

Pero yo estoy de mal humor. Por lo visto, estorbo a todos y ellos me estorban a mí. Nunca había conocido de cerca el antagonismo de clase, pero ahora me atormenta un sentimiento de ese tipo. Me esfuerzo por descubrir en Gnékker sólo rasgos negativos, los encuentro en seguida y me descorazona que el prometido de mi hija sea un hombre que no pertenece a mi círculo. Hay otra razón por la que su presencia ejerce sobre mí una influencia negativa. Por lo general, cuando me quedo solo o me encuentro en compañía de personas a las que estimo, no pienso nunca en mis méritos, y, si alguna vez me vienen a la cabeza, se me antojan tan insignificantes como si hasta el día de ayer no hubiese iniciado mi actividad científica; en cambio, en presencia de individuos como Gnékker, mis méritos se me aparecen como una montaña altísima, cuya cima desaparece entre las nubes y a cuyo pie pululan, apenas perceptibles, los tipos como él.

 

Después del almuerzo paso a mi despacho y me fumo una pipa, la única de todo el día; es un

 

vestigio que me ha quedado de un mal hábito que tenía antaño, cuando no paraba de echar humo de la mañana a la noche. Mientras estoy fumando, mi mujer viene a verme para charlar conmigo. Lo mismo que por la mañana, sé por adelantado de qué vamos a ocuparnos.

—Tengo que hablarte de un asunto serio, Nikolái Stepánich —empieza—. Se trata de Liza… ¿Por qué no le prestas atención?

 

—¿A qué te refieres?

 

—Haces como si no te dieras cuenta de nada y eso no está bien. No hay que tomarse las cosas a la ligera… Gnékker tiene ciertas intenciones respecto a Liza… ¿A ti qué te parece?

 

—No puedo asegurar que sea una mala persona porque no lo conozco, pero ya te he dicho mil veces que no me gusta.

 

—Pero no puedes… no puedes… —se pone en pie y empieza a pasearse muy agitada—. No puedes adoptar esa actitud ante un paso tan serio —dice—. Cuando se trata de la felicidad de una hija, hay que dejar a un lado los sentimientos personales. Sé que Gnékker no te gusta… Muy bien… Si lo rechazamos ahora y lo mandamos todo a paseo, ¿qué garantías tienes de que Liza no nos lo vaya a echar en cara toda la vida? En los tiempos que corren no resulta fácil encontrar pretendientes y puede suceder que no se presente otro… Gnékker quiere mucho a Liza y, por lo visto, a ella también le gusta… Cierto que no tiene una posición estable, pero ¿qué le vamos a hacer? Si Dios quiere, con el tiempo obtendrá un puesto en alguna parte. Es rico y de buena familia.

 

—¿Y tú cómo lo sabes?

 

—Me lo ha dicho él. Su padre tiene una gran casa en Járkov y una propiedad en los alrededores.

 

En suma, Nikolái Stepánich, es de todo punto necesario que vayas a Járkov.

 

—¿Para qué?

 

—Allí podrás informarte… Tienes profesores conocidos que te ayudarán. Yo misma iría, pero soy una mujer. No puedo…

 

—No pienso ir a Járkov —digo con aire sombrío.

 

M i mujer se asusta y a su rostro asoma una expresión de intenso dolor.

 

—¡Por el amor de Dios, Nikolái Stepánovich! —me suplica, sollozando—. ¡Por el amor de Dios, quítame este peso de encima! ¡No sabes lo que estoy pasando!

 

M e da pena mirarla.

 

—Está bien, Varia —le digo con voz afectuosa—. Si así lo quieres, iré a Járkov y haré todo lo que me pidas.

 

Ella se lleva un pañuelo a los ojos y se retira a su habitación para llorar. M e quedo solo.

 

Poco después me traen una luz. Los sillones y la pantalla de la lámpara proyectan sobre las paredes y el suelo unas sombras tantas veces contempladas que se me han vuelto tediosas; al verlas, tengo la impresión de que ya es de noche y de que están a punto de iniciarse las horas malditas del insomnio. Me tumbo en la cama, luego me levanto y voy de un lado a otro de la habitación; a continuación me tumbo de nuevo… Por lo común, después del almuerzo, a la caída de la tarde, mi excitación nerviosa alcanza su punto más alto. Me pongo a llorar sin razón alguna y escondo la cabeza debajo de la almohada. En esos momentos tengo miedo de que entre alguien, como también de morirme de improviso, y me avergüenzo de mis lágrimas, al tiempo que se apodera de mí una angustia intolerable. Advierto que ya no puedo soportar la visión de la lámpara, ni de los libros, ni de las sombras en el suelo; tampoco el rumor de voces que me llega desde la sala. Una fuerza invisible e

 

 

incomprensible me arrastra sin contemplaciones fuera de mi casa. Me levanto de un salto, me pongo el abrigo a toda prisa y, sin hacer ruido, para que mi familia no se entere, salgo a la calle. ¿Adónde ir?

Hace tiempo que tengo preparada en mi cabeza la respuesta a esa pregunta: a casa de Katia.

 

III

 

Como de costumbre, está tumbada en la otomana o en el diván, leyendo un libro. Al verme, levanta la cabeza con indolencia, se sienta y me tiende la mano.

 

—Te pasas el día entero tumbada —le digo al cabo de un rato, una vez recuperado el aliento—. No es sano. ¿Por qué no te ocupas de algo?

 

—¿Eh?

 

—Digo que deberías ocuparte de algo.

 

—¿De qué? Una mujer sólo puede ser una simple trabajadora o una actriz.

 

Silencio.

 

—Podrías casarte —le digo medio en broma.

 

—No tengo con quién. Además, no hay ninguna razón para ello.

 

—No puedes seguir viviendo así.

 

—¿Sin marido? ¡M enudo problema! Si quisiera, tendría todos los hombres que se me antojaran.

 

—Eso no está bien, Katia.

 

—¿Qué es lo que no está bien?

 

—Lo que acabas de decir.

 

Viendo mi pesadumbre y deseando mitigar la mala impresión que me ha causado su comentario,

 

Katia dice:

 

—Vamos. Aquí. Así.

 

M e lleva a una habitación pequeña, muy acogedora, y me dice, señalando un escritorio:

 

—Ahí tiene… Lo he dispuesto para usted. Puede trabajar aquí. Venga cada día y póngase a trabajar. En su casa no hacen más que molestarle. ¿Trabajará aquí? ¿Le parece bien?

 

Para no apenarla con una negativa, le respondo que sí y añado que la habitación me gusta mucho.

 

Luego nos sentamos en esa habitacioncita tan agradable y nos ponemos a charlar.

 

El calor, el ambiente acogedor y la presencia de una persona simpática ya no despiertan en mí un sentimiento de satisfacción, como antaño, sino unas ganas inmensas de lamentarme y refunfuñar. Por algún motivo, tengo la impresión de que, si gruño y me quejo, me sentiré más aliviado.

 

—¡Las cosas van mal, querida! —empiezo con un suspiro—. M uy mal… —¿Qué pasa?

 

—Pues verás, querida. El derecho más elevado y más sagrado de los reyes es el derecho de gracia. Yo siempre me he sentido un rey, porque he hecho un uso ilimitado de ese derecho. Nunca he juzgado a nadie, he sido siempre condescendiente, he perdonado de buena gana a diestro y siniestro. Cuando otros protestaban y se indignaban, yo sólo daba consejos y procuraba persuadir. A lo largo de toda mi vida he procurado que mi compañía fuese soportable para mi familia, los estudiantes, los compañeros, la servidumbre. Y sé que esa actitud con la gente ha ejercido una influencia beneficiosa sobre todos los que han estado cerca de mí. Pero ya no soy un rey. Me está sucediendo algo que sólo

 

 

puede entenderse en un esclavo: día y noche revolotean por mi cabeza malos pensamientos, mientras en mi alma han anidado sentimientos hasta ahora desconocidos. Odio, desprecio, me indigno, me irrito, temo. Me he vuelto severo en demasía, exigente, irascible, descortés, suspicaz. Incluso lo que antes no era más que un pretexto para hacer alguna broma o reírme de buena gana, ahora despierta en mí sentimientos angustiosos. Hasta mi lógica ha cambiado: antes despreciaba sólo el dinero, ahora, además del dinero, detesto a los ricos, como si fueran culpables de su situación; antes odiaba la violencia y la arbitrariedad, ahora detesto a la gente que hace uso de la violencia, como si sólo ellos tuvieran la culpa, y no todos nosotros, incapaces de educarnos unos a otros. ¿Qué significa todo eso? Si esos sentimientos y pensamientos nuevos son fruto de un cambio de opinión, ¿a qué obedece ese cambio? ¿Acaso el mundo se ha vuelto peor y yo mejor? ¿O es que antes estaba ciego y me mostraba indiferente? Si ese cambio se debe a un decaimiento general de las fuerzas físicas y mentales (estoy enfermo y cada día que pasa pierdo peso), mi situación es lamentable: significa que mis nuevas ideas son anormales, insanas, que debo avergonzarme de ellas y considerarlas insignificantes…

 

—La enfermedad no tiene nada que ver con eso —me interrumpe Katia—. Lo que pasa es que ha abierto usted los ojos. Nada más. Y ha visto cosas en las que antes, por alguna razón, no quería reparar. En mi opinión, lo primero que debe hacer es romper de una vez por todas con su familia y marcharse.

 

—No digas bobadas.

 

—Ya no les quiere. ¿A qué viene seguir fingiendo? Además, ¿cómo puede llamarse familia a eso? ¡Son todos verdaderas nulidades! Si murieran hoy, mañana nadie repararía en su ausencia.

 

Katia desprecia a mi mujer y a mi hija con la misma vehemencia con que ellas la odian. En los tiempos que corren se ha vuelto casi imposible hablar del derecho de la gente a despreciarse. No obstante, si aceptamos el punto de vista de Katia y reconocemos ese derecho, nos damos cuenta de que tiene el mismo derecho a despreciar a mi mujer y a Liza que ellas a odiarla.

 

—¡Unas nulidades! —repite—. ¿Ha almorzado usted hoy? ¡Qué raro que se hayan acordado de llamarlo a la mesa! ¡M e sorprende que sigan acordándose de su existencia!

 

—Katia —digo yo con severidad—, haz el favor de callarte.

 

—¿Cree usted que me gusta hablar de ellas? Lo que daría por no haberlas conocido. Hágame caso, amigo mío: déjelo todo y márchese. Váyase al extranjero. Y cuanto antes, mejor.

 

—¡Qué tontería! ¿Y la universidad?

 

—Déjela también. ¿Para qué la quiere? En realidad no vale para nada. Lleva ya treinta años dando clases. ¿Y dónde están sus alumnos? ¿Cuántos se han convertido en científicos famosos? ¡Trate de contarlos! Y para multiplicar el número de esos médicos que se aprovechan de la ignorancia y ganan cientos de miles de rublos no se necesita tener talento ni ser un hombre de bien. Sobra usted.

 

—¡Dios mío, qué dura eres! —digo espantado—. ¿Cómo puedes ser tan dura? Cállate o me voy.

 

No estoy en condiciones de responder a las barbaridades que has dicho.

 

Entra la criada y nos anuncia que el té está listo. Gracias a Dios, en torno al samovar la conversación cambia de tono. Después de haberme lamentado, me entran ganas de dar rienda suelta a otra de mis debilidades seniles: los recuerdos. Le refiero episodios de mi pasado y, con gran sorpresa por mi parte, le cuento detalles que no sospechaba siquiera haber conservado en la memoria. Ella me escucha conmovida, orgullosa, conteniendo la respiración. Lo que más me gusta es hablarle de mis tiempos de estudiante en el seminario y de mis sueños de ingresar en la universidad.

 

—Tenía la costumbre de pasear por el jardín del seminario… —comento—. Y bastaba que el viento me trajese de una taberna lejana el son de un acordeón y de una canción, o que se oyera junto a la tapia el campanilleo de una troika, para que un sentimiento de felicidad llenara de improviso no sólo mi pecho, sino también mi estómago, mis piernas, mis brazos… Escuchando el acordeón o el tintineo de la campanilla apagándose en el aire, me veía ya médico y no paraba de figurarme escenas, a cual más hermosa. Y, como puedes ver, mis sueños se han cumplido. He obtenido más premios de los que me atrevía a ambicionar. Durante treinta años he sido un profesor respetado, he tenido excelentes compañeros, he disfrutado de fama y honores. Me enamoré, me casé llevado de un amor apasionado, tuve hijos. En suma, si echo la vista atrás, toda mi vida se me antoja una composición bella, ejecutada con talento. Ahora sólo me queda no estropear el final. Y para ello es necesario morir con dignidad. Si la muerte es en verdad un peligro, hay que afrontarla como se espera de un maestro, de un científico, de un ciudadano de un Estado cristiano: con valor y el ánimo tranquilo. Pero yo estoy estropeando el final. Me ahogo, corro en tu busca, solicito ayuda y tú me dices: ahógate, así es como debe ser.

 

De pronto suena el timbre en el recibidor. Katia y yo reconocemos el modo de llamar y decimos:

 

—Debe de ser M ijaíl Fiódorovich.

 

Y en efecto, al cabo de un minuto, entra un colega mío de la universidad, el filólogo Mijaíl Fiódorovich, hombre alto, bien plantado, de unos cincuenta años, con espesos cabellos grises, cejas negras y mentón rasurado. Es un buen hombre y un compañero excelente. Proviene de una familia noble de rancio abolengo, bastante afortunada y con varios hombres de talento entre sus filas, que han desempeñado un papel notable en la historia de nuestra literatura y de nuestra instrucción. Es inteligente, brillante, muy culto, pero no carece de rarezas. En cierto sentido, todos somos extraños y extravagantes, pero sus excentricidades tienen cierto carácter excepcional y no resultan inocuas para sus amistades. Entre estas últimas conozco a algunas que, cegadas por esas rarezas, son incapaces de ver ninguna de sus numerosas cualidades.

 

Al entrar, se quita con parsimonia los guantes y dice con su aterciopelada voz de bajo:

 

—Buenas tardes. ¿Están tomando el té? Pues muy a propósito. Hace un frío del demonio.

 

Luego se sienta a la mesa, coge un vaso y, sin más preámbulos, se pone a hablar. Lo más característico de su discurso es ese tono siempre burlón, mezcla de filosofía y chanza, como el de los sepultureros shakespearianos. Siempre habla de asuntos serios, pero nunca lo hace en serio. Sus juicios son siempre inapelables, injuriosos, pero, gracias a ese tono mesurado, ecuánime, burlón, su aspereza y zafiedad no hieren los oídos, y acaba uno por acostumbrarse. Cada tarde trae cinco o seis anécdotas relativas a la vida universitaria, con las que suele empezar, nada más sentarse a la mesa.

 

—Ah, Señor —exclama con un suspiro, moviendo maliciosamente las cejas—. ¡Qué gente más ridícula hay en este mundo!

 

—¿Por qué lo dice? —pregunta Katia.

 

—Hoy mismo, al salir de clase, me encuentro en la escalera con ese viejo idiota de N. N. Como de costumbre, caminaba alargando su hocico de caballo, en busca de alguien con quien quejarse de su jaqueca, de su mujer y de los estudiantes, que no quieren acudir a sus clases. «Bueno —pienso—, me ha visto. Estoy perdido. No tengo escapatoria.» —y seguía en el mismo tono, o empezaba así—: Ayer estuve en la conferencia pública dictada por Z. Z. Me sorprende que nuestra alma máter, mejor no nombrarla de noche, se atreva a mostrar en público a mentecatos y zoquetes de la talla de ese Z.

 

Z. ¡Es un estúpido de proporciones europeas! ¡En realidad, sería imposible encontrar otro como él en toda Europa aunque se lo buscara con lupa! Figúrense, habla como si estuviera chupando un caramelo: siu, siu, siu… Se amedrenta, no entiende bien su propia escritura, sus pensamientos avanzan a tirones, a la velocidad de un archimandrita en bicicleta, y, sobre todo, no hay manera de entender lo que quiere decir. Un aburrimiento tan espantoso que hasta las moscas caen en una especie de sopor. Un aburrimiento sólo comparable al que reina en el Paraninfo durante la inauguración del año académico, cuando se lee el tradicional discurso, que el diablo se lo lleve —y a continuación se produce un brusco cambio de tono—: Hará cosa de unos tres años, seguro que Nikolái Stepánovich se acuerda, me tocó pronunciar ese discurso. Un calor sofocante, el uniforme me apretaba bajo las axilas… ¡En definitiva, una tortura! Leo media hora, una hora, hora y media, dos horas… «Bueno — pienso—, gracias a Dios ya sólo quedan diez páginas». Al final quedaban cuatro páginas que bien podían no leerse y que contaba con saltarme. «Eso significa —pienso— que sólo quedan seis». Pero, figúrense, echo un vistazo al auditorio y veo sentados en primera fila, uno al lado del otro, a un general con una cinta en el pecho y al obispo. Los pobres estaban muertos de aburrimiento y abrían mucho los ojos para no quedarse dormidos, al tiempo que aparentaban prestar atención y fingían comprender y disfrutar de mi discurso. «Bueno —pienso—, ya que os gusta tanto, os lo suelto todo. ¡Para que os fastidiéis!». Y me puse a leer las cuatro páginas de marras.

 

Cuando habla, sólo sonríen sus ojos y sus cejas, como sucede con todas las personas socarronas. En tales momentos en sus ojos no se advierte rastro alguno de odio ni maldad, sino mucho ingenio y esa peculiar astucia zorruna propia de individuos muy observadores. En lo que respecta a sus ojos, he reparado en otra peculiaridad. Cuando coge el vaso de manos de Katia o escucha alguna observación suya o la sigue con la mirada al salir ella de la habitación, para ocuparse de alguna tarea, percibo en su mirada un destello de mansedumbre, súplica, pureza…

 

La criada retira el samovar y deja sobre la mesa un gran pedazo de queso, frutas y una botella de champán de Crimea, un vino bastante malo al que Katia se aficionó durante su estancia en aquellas tierras. Mijaíl Fiódorovich coge de un estante dos mazos de cartas y se pone a hacer un solitario. Es de la opinión de que algunos solitarios exigen mucha agilidad mental y concentración, pero, en cualquier caso, no se desentiende de la conversación mientras dispone las cartas. Katia sigue con atención sus movimientos y lo ayuda más con gestos que con palabras. A lo largo de toda la velada no bebe más que dos copas de vino, yo bebo un cuarto de vaso; del resto de la botella da buena cuenta M ijaíl Fiódorovich, que puede beber mucho sin emborracharse nunca.

 

Mientras hace el solitario, hablamos de diversos asuntos, sobre todo de orden superior, y el resultado es que lo que sale peor parado es lo que más amamos, es decir, la ciencia.

 

—La ciencia, gracias a Dios, se ha quedado anticuada —comenta Mijaíl Fiódorovich, alargando las palabras—. Ya ha dicho lo que tenía que decir. Así es, señores. La humanidad empieza ya a sentir la necesidad de sustituirla por alguna otra cosa. Ha crecido en un suelo de prejuicios, se ha nutrido de prejuicios y hoy día constituye la quintaesencia de los prejuicios, como sus decrépitas abuelas: la alquimia, la metafísica y la filosofía. En realidad, ¿qué le ha dado a los hombres? Al fin y a la postre, entre los cultivados europeos y los chinos, que no tienen ciencia ninguna, las diferencias son insignificantes, meramente formales. Los chinos no saben nada de ciencia, pero ¿qué es lo que se han perdido?

 

—Tampoco las moscas saben nada de ciencia —observo yo—, pero ¿qué se desprende de eso?

 

—No hay razón para que se enfade, Nikolái Stepánovich. Son cosas que digo aquí, entre nosotros… Soy más prudente de lo que usted se figura; jamás se me ocurriría decir algo así en público, ¡Dios me libre! La gente de a pie sigue creyendo que las artes y las ciencias son superiores a la agricultura, el comercio, la artesanía. Nuestra secta se alimenta de ese prejuicio y no seremos nosotros quienes lo destruyamos. ¡Dios nos libre!

 

Antes de terminar el solitario, también los jóvenes reciben lo suyo.

 

—La sociedad ha degenerado —suspira Mijaíl Fiódorovich—. De los ideales y esas cosas mejor no hablar. ¡Si al menos los hombres fueran capaces de trabajar y pensar como es debido! Viene muy a propósito eso de: «Contemplo con tristeza a mi generación»[8].

 

—Sí, una degeneración horrible —asiente Katia—. Díganme, ¿han tenido al menos un alumno excepcional en los últimos cinco o diez años?

 

—No sé qué dirán los demás profesores, pero yo no recuerdo a ninguno.

 

—A lo largo de mi vida he visto muchos estudiantes, jóvenes científicos y muchos actores… ¿Y saben una cosa? Ni una sola vez he tenido la fortuna de encontrarme no ya con un héroe o un hombre de talento, sino ni siquiera con una persona interesante. Todo es gris, mediocre, pretencioso…

 

Todos esos comentarios sobre la degeneración me causan siempre la impresión de haber oído por casualidad una conversación en la que se denigra a mi hija. Me ofende que las acusaciones sean infundadas y se basen en lugares comunes y espantajos como la degeneración, la falta de ideales o la referencia a un glorioso pasado. Cualquier acusación, aunque se pronuncie en presencia de mujeres, debe formularse con la mayor precisión posible: de otro modo deja de ser una acusación y se convierte en simple maledicencia, indigna de personas decentes.

 

Soy un anciano, llevo trabajando treinta años, pero no advierto degeneración ni falta de ideales y no me parece que las cosas estén peor ahora que antes. M i bedel, Nikolái, cuya experiencia en el tema que nos ocupa no carece de valor, dice que los estudiantes actuales no son mejores ni peores que los de entonces.

 

Si me preguntasen qué es lo que no me gusta de mis alumnos actuales, no daría una respuesta inmediata y prolija, sino bastante precisa. Conozco sus defectos y, por tanto, no necesito recurrir a la niebla de los lugares comunes. No me gusta que fumen, que tomen bebidas alcohólicas, que tarden en casarse, que sean despreocupados y a menudo tan indiferentes que permiten que haya entre ellos compañeros hambrientos y no pagan lo que deben a la sociedad de ayuda a los estudiantes. No conocen lenguas modernas y se expresan mal en ruso; ayer mismo un colega mío, profesor de higiene, se quejaba de que se veía obligado a explicar las cosas dos veces, ya que sus alumnos no saben casi nada de física y no tienen la menor idea de meteorología. Se someten de buena gana a la influencia de cualquier escritor contemporáneo, incluso de los mediocres, pero se muestran totalmente indiferentes a autores clásicos como Shakespeare, Marco Aurelio, Epicteto o Pascal, y esa incapacidad para distinguir lo grande de lo pequeño manifiesta ante todo su desconocimiento de la vida. Todas las cuestiones complejas de carácter más o menos social (por ejemplo, la emigración) las resuelven con suscripciones, no por la vía de la experimentación y la investigación científica, aunque ese método está a su disposición y es más afín a su formación. No tienen ningún reparo en convertirse en médicos internos, asistentes, personal de laboratorio, médicos externos, y están dispuestos a ocupar esos puestos hasta los cuarenta años, aunque la independencia, el sentido de la libertad y la iniciativa individual no es menos necesaria en la ciencia que, por ejemplo, en el arte o el comercio. Tengo

 

alumnos y oyentes, pero no ayudantes y sucesores, y por eso los aprecio y me conmuevo, pero no me siento orgulloso de ellos. Etcétera, etcétera…

 

Esa clase de defectos, por muy numerosos que sean, sólo pueden suscitar un ánimo pesimista o pendenciero en personas pusilánimes y tímidas. Todos ellos son de carácter casual y pasajero y dependen por entero de las condiciones de vida; bastan unos diez años para que desaparezcan o dejen su lugar a otros defectos nuevos, que son inevitables y que, a su vez, asustarán a los pusilánimes. Los pecados de los estudiantes a veces me irritan, pero esa irritación no es nada comparada con la alegría que experimento desde hace ya treinta años cuando converso con los alumnos, les doy clase, observo sus relaciones y los comparo con personas que no pertenecen a su círculo.

 

Mijaíl Fiódorovich critica, Katia escucha, y ninguno de los dos se da cuenta del profundo abismo al que los va arrastrando poco a poco una diversión en apariencia tan inocente como censurar a los demás. No advierten que una simple conversación va adentrándose paulatinamente en el terreno de la burla y el escarnio y que ambos empiezan a recurrir a métodos calumniosos.

 

—Hay algunos tipos ridículos —dice Mijaíl Fiódorovich—. Ayer voy a casa de Yegor Petróvich

 

y  me encuentro allí a un empollón, uno de sus estudiantes de medicina, de tercer curso, me parece. Con una cara… de estilo dobroliuboviano[9] y en la frente la impronta de la profundidad de pensamiento. Nos pusimos a hablar. «Así son las cosas, jovencito —digo—. He leído que un alemán (he olvidado su nombre) ha obtenido un nuevo alcaloide, la idiotina, del cerebro humano». ¿Y pueden creérselo? Se lo creyó y hasta adoptó una expresión de respeto, como si se dijera: «¡Buenos somos los médicos!». Y les contaré otro caso. Hace unos días voy al teatro. Me siento. En la fila de delante hay dos personas: uno era, por lo visto, un estudiante de derecho; el otro, desgreñado, de medicina. Este último estaba borracho como una cuba y no prestaba la menor atención al escenario. Se había quedado medio dormido y daba cabezadas. Pero, en cuanto un actor iniciaba un monólogo en voz alta o simplemente subía el tono, nuestro hombre se estremecía, le daba un codazo a su vecino y preguntaba: «¿Qué dice? ¿Algo sublime?». «Sí», respondía el otro. «¡Bravo! —voceaba el estudiante de medicina—. ¡Sublime! ¡Bravo!». Como ven, ese zoquete borracho no había ido al teatro en busca de arte, sino de algo sublime. Necesitaba algo sublime.

 

Katia le escucha y se ríe. Su risa tiene algo de extraño: las aspiraciones, rápidas y regulares, se alternan con las espiraciones, como si estuviese tocando el acordeón, y en su rostro sólo se distienden las aletas de la nariz. Yo me desanimo y no sé qué decir. Pero, al cabo de un momento, monto en cólera y, fuera de mis casillas, me pongo en pie y grito:

 

—¡Callaos de una vez! ¿Qué hacéis ahí sentados como dos sapos, envenenando el aire con vuestro aliento? ¡Ya basta!

Y, sin esperar a que acaben con sus murmuraciones, me dispongo a marcharme a mi casa. Además, ya va siendo hora: son más de las diez.

—Yo me quedaré un ratito más —dice Mijaíl Fiódorovich—. ¿Me da su permiso, Yekaterina Vladímirovna?

—Desde luego —responde Katia.

 

—Bene. En ese caso, ordene que nos traigan otra botella.

 

Ambos me acompañan con una vela en la mano hasta el recibidor y, mientras me pongo el abrigo, M ijaíl Fiódorovich dice:

—En los últimos tiempos ha envejecido y adelgazado usted mucho, Nikolái Stepánovich. ¿Qué le

 

 

pasa? ¿Está enfermo?

 

—Sí, un poco.

 

—Y no se trata… —observa Katia con aire sombrío.

 

—¿Y por qué no se trata? ¿Cómo es posible? Dios ayuda a quien se ayuda, amigo mío. Salude a los suyos y transmítales mis disculpas por llevar tanto tiempo sin visitarlos. Dentro de unos días, antes de partir para el extranjero, iré a despedirme. ¡Sin falta! M e marcho la semana que viene.

 

Salgo de casa de Katia irritado, asustado por los comentarios sobre mi salud y descontento conmigo mismo. Me pregunto si en verdad debería hacerme tratar por alguno de mis colegas. Y en ese momento me imagino que ese colega, después de auscultarme, se acerca en silencio a la ventana, reflexiona unos instantes y a continuación, volviéndose hacia mí y procurando que no adivine la verdad en su cara, me dice con indiferencia: «De momento no veo nada de particular, pero de todos modos, colega, le aconsejaría que dejara las clases…». Y eso me privará de mi última esperanza.

 

¿Quién no tiene esperanzas? Incluso ahora que he establecido mi propio diagnóstico y puesto en práctica mi propio tratamiento, a veces albergo la esperanza de que mi ignorancia me engañe, de equivocarme con respecto a la albúmina y el azúcar que detecto en mi organismo, y también con respecto al corazón y los edemas que he descubierto ya un par de veces por la mañana. Cuando, con el celo de un hipocondríaco, releo manuales de terapia y cambio a diario de medicamentos, tengo siempre la impresión de que acabaré encontrando algo que me alivie. Qué mezquino es todo eso.

 

Ya cubra el firmamento una capa de nubes o brillen la luna y las estrellas, siempre que vuelvo a casa alzo la vista y pienso que pronto me llevará la muerte. Se diría que en tales momentos mis pensamientos deberían ser profundos como el cielo, brillantes, sorprendentes… ¡Pero no! Pienso en mí mismo, en mi mujer, en Liza, en Gnékker, en los estudiantes y, en general, en los hombres; los pensamientos que albergo son ruines y mezquinos, pretendo engañarme a mí mismo; en esos instantes mi concepción del mundo podría expresarse con las palabras que el famoso Arakchéiev [10] dejó escritas en una de sus cartas privadas: «Todo el bien del mundo no puede existir sin el mal, y el mal es siempre mayor que el bien». Es decir, todo es repugnante, no hay razón para vivir y mis sesenta y dos años de existencia deben considerarse un tiempo perdido. Esos pensamientos me sorprenden y trato de convencerme de que son casuales, pasajeros, superficiales, pero acto seguido me digo: «Si eso es así, ¿por qué cada tarde te dejas arrastrar por esos dos sapos?».

 

Y me juro no volver nunca más a casa de Katia, aunque sé que al día siguiente volveré.

 

Al tirar de la campanilla en la puerta de entrada y luego, al subir por la escalera, siento que ya no tengo familia ni albergo ningún deseo de recobrarla. No cabe duda de que esos nuevos pensamientos arakcheievianos no son casuales ni pasajeros, sino que se han apoderado de todo mi ser. Con mala conciencia, deprimido, indolente, moviendo a duras penas los brazos y las piernas, como si hubieran cargado sobre mis espaldas un fardo de una tonelada, me voy a la cama y no tardo en quedarme dormido.

 

Pero luego viene el insomnio.

 

IV

 

 

Con la llegada del verano la vida cambia.

 

Una hermosa mañana Liza entra en mi cuarto y dice en tono de broma:

 

—Vamos, su excelencia. Ya está todo preparado.

 

Mi excelencia es conducida a la calle, acomodada en un coche y trasladada fuera de la ciudad. A lo largo del camino, como no tengo nada mejor que hacer, voy leyendo los letreros de derecha a izquierda. La palabra «taberna» se transforma en «anrebat». Sería un buen apellido baronil: la baronesa Anrebat. Después pasamos por el cementerio, que no me causa ninguna impresión, aunque pronto acabaré allí. Luego atravesamos un bosque y a continuación otro campo. No hay nada interesante. Al cabo de dos horas de viaje mi excelencia entra en la planta baja de una dacha y se instala en una habitación pequeña y muy alegre, empapelada de azul.

 

De noche, como de costumbre, vuelve el insomnio, pero por la mañana ya no tengo que oír a mi mujer y puedo quedarme en la cama. No duermo; es una especie de duermevela, de semiinconsciencia: sé que no estoy dormido, pero sueño. A mediodía me levanto y me siento, por costumbre, a mi escritorio, pero, en lugar de trabajar, me entretengo con unos libritos franceses de tapas amarillas que me envía Katia. Desde luego, sería más patriótico leer autores rusos, pero reconozco que no les profeso demasiada simpatía. Exceptuando a dos o tres autores ya mayores, toda la literatura actual no me parece literatura, sino una especie de industria artesanal que sólo existe para que se la jalee, aunque la gente se resiste a usar sus productos. Ni siquiera las mejores de esas creaciones artesanales pueden calificarse de excelentes ni elogiarse con sinceridad sin ponerles algún reparo, y lo mismo cabe decir de todas las novedades literarias que he leído en los últimos diez o quince años: no hay ninguna que sea magnífica, que pueda elogiarse sin un pero. En una se advierte inteligencia y buen gusto, pero no talento; en otra, talento y buen gusto, pero no inteligencia; en una tercera, por último, talento e inteligencia, pero no buen gusto.

 

No voy a afirmar que los libros franceses muestren talento, inteligencia y buen gusto. Tampoco ellos me satisfacen. Pero no son tan aburridos como los rusos y no es raro encontrar en sus líneas el elemento fundamental del arte: el sentimiento de la libertad individual, del que carecen los autores rusos. No recuerdo una sola obra nueva en la que el autor, desde la primera página, no trate de enredarse en toda clase de convencionalismos y de hacer concesiones a su propia conciencia. Uno tiene miedo de hablar del cuerpo desnudo, otro se ha atado de pies y manos al análisis psicológico, un tercero necesita «una actitud afectuosa con el ser humano», un cuarto llena intencionadamente páginas y páginas con descripciones de la naturaleza para que no le acusen de tendencioso… Uno quiere aparecer en sus obras como representante de la clase media; otro, como aristócrata, etcétera. Ideas preconcebidas, cautela, segundas intenciones, pero ninguna libertad ni valor para escribir como querrían y, en consecuencia, ninguna creatividad.

 

Todo eso se refiere a las llamadas bellas letras.

 

En lo que respecta a los artículos serios que se publican en Rusia, por ejemplo, sobre sociología, arte y demás, no los leo por simple timidez. Por alguna razón, de niño y de joven me daban miedo los porteros y los acomodadores de los teatros, y ese temor no me ha abandonado. Todavía hoy me dan miedo. Dicen que sólo nos asusta lo que no entendemos. Y en verdad resulta muy difícil entender la altivez, arrogancia y mayestática descortesía de los porteros y acomodadores. Al leer un artículo serio, se apodera de mí ese mismo temor indefinido. La extraordinaria pomposidad, el tono jocoso de general, la familiaridad con que se manejan los nombres de autores extranjeros, la habilidad para no decir nada sin perder ese aire de dignidad: todo eso me resulta incomprensible, me asusta y me parece

 

totalmente alejado de la modestia y el tono tranquilo de caballero al que me he acostumbrado leyendo las obras de nuestros médicos y naturalistas. Encuentro difícil leer no sólo los artículos, sino también las traducciones que hacen o redactan los rusos serios. El tono presuntuoso y condescendiente de los prefacios, las notas excesivas del traductor distraen mi atención, los signos de interrogación y los sic entre paréntesis, diseminados generosamente por el traductor a lo largo de todo el artículo o del libro me parecen un atentado contra la personalidad del autor y contra mi independencia de lector.

 

En una ocasión se me pidió que acudiera como perito a una sesión de la Audiencia Provincial. Durante el receso, uno de mis colegas me dijo que prestara atención a la rudeza con que el fiscal trataba a los acusados, entre los que figuraban dos mujeres con formación. Creo que no exageré lo más mínimo cuando le respondí a mi amigo que ese comportamiento no era más grosero que el que empleaban entre sí los autores de artículos serios. En realidad, esas actitudes son tan toscas que uno sólo puede comentarlas con pesadumbre. Al referirse a sus colegas o a los escritores que critican, hacen gala de una deferencia exagerada, con menoscabo de su propia dignidad, o bien, por el contrario, de una malevolencia más acusada que la que yo he empleado con mi futuro yerno, Gnékker, en estas notas. Acusaciones de irresponsabilidad, de segundas intenciones y hasta de toda clase de delitos constituyen el adorno habitual de los artículos serios. Y eso es ya, como les gusta decir en sus articulillos a los jóvenes médicos, la ultima ratio. Es inevitable que tales actitudes tengan sus repercusiones en la moral de la nueva generación de escritores: por eso no me sorprende lo más mínimo que en las obras literarias de los últimos diez o quince años los protagonistas se atiborren a vodka y las protagonistas no sean demasiado castas.

 

Leo libros franceses y miro por la ventana abierta. Veo las estacas de la cerca, dos o tres arbolillos escuálidos y, más allá, el camino, los campos, la ancha franja de un bosque de coníferas. A menudo contemplo a una muchacha y un muchacho, ambos rubios y desastrados, que se encaraman a la valla

 

y  se ríen de mi calva. En sus ojillos brillantes puedo leer: «¡Ven aquí, pelón!». Tal vez sean las únicas personas a las que no les importe nada mi celebridad ni mi rango.

Ahora no recibo visitas todos los días. Mencionaré sólo las de Nikolái y las de Piotr Ignátevich. Nikolái suele venir los días de fiesta, en principio por cuestiones de trabajo, pero más que nada para verme. Llega un tanto achispado, algo que no sucede nunca en invierno.

 

—¿Qué hay de nuevo? —le pregunto, saliendo a recibirlo.

 

—¡Excelencia! —dice, llevándose la mano al corazón y mirándome con el entusiasmo de un enamorado—. ¡Excelencia! ¡Que me castigue Dios! ¡Que me parta un rayo aquí mismo! Gaudeamus igitur iuvenes dum sumus!

 

Y me besa apasionadamente los hombros, las mangas, los botones. —¿Va todo bien por allí? —le pregunto.

—¡Excelencia! Le juro por lo más sagrado…

 

Como no deja de invocar a Dios sin venir a cuento, pronto me cansa, así que lo mando a la cocina, donde le dan de comer.

Piotr Ignátevich viene también los días de fiesta para ver cómo estoy y compartir conmigo sus pensamientos. Suele sentarse junto al escritorio, modesto, aseado, juicioso, sin decidirse a cruzar las piernas o apoyar el codo en la mesa, y con su voz serena y monótona no para de contarme con frases pulidas y librescas diversas novedades —que juzga muy interesantes y jugosas— leídas en revistas y libros. Todas esas novedades se asemejan y pertenecen al mismo tipo: un francés ha hecho un

 

 

descubrimiento, un alemán le demuestra que ese descubrimiento ya fue realizado en 1870 por un norteamericano, y otro alemán, más listo que ellos, les demuestra que han metido la pata, tomando los glóbulos de aire que aparecían bajo el microscopio por pigmentos oscuros. Incluso cuando quiere hacerme reír, Piotr Ignátevich se explaya y se pierde en detalles, como si estuviera defendiendo una tesis, haciendo una enumeración prolija de las fuentes bibliográficas utilizadas y procurando no equivocarse en las cifras, los números de las revistas y los nombres de las personas que menciona, de suerte que no dice simplemente Petit, sino Jean Jacques Petit. A veces se queda a comer y entonces se pasa toda la comida contando esas historias jugosas, que desesperan a los comensales. Si Gnékker

 

y  Liza inician en su presencia una conversación sobre fugas y contrapuntos, sobre Brahms y Bach, Piotr Ignátevich baja modestamente los ojos, muy confuso: le da vergüenza que delante de personas serias como él y yo se hable de tales vulgaridades.

 

Dado mi actual estado de ánimo, bastan cinco minutos para que sus comentarios me causen tanto aburrimiento como si llevara viéndolo y escuchándolo toda una eternidad. Odio a ese pobre diablo. Su voz serena y monótona y su lenguaje libresco me agotan y sus relatos me nublan la cabeza… Alimenta por mí los mejores sentimientos y habla conmigo sólo para distraerme, pero yo le pago mirándolo fijamente a los ojos, como si quisiera hipnotizarlo, repitiendo para mis adentros: «Vete, vete, vete…». Pero no sucumbe a mi sugestión mental y sigue allí sentado…

 

Mientras está en casa, no puedo dejar de pensar: «Es muy probable que, cuando me muera, le asignen mi puesto»; entonces me figuro que mi pobre aula es un oasis cuyo arroyo se ha secado, y me muestro desconsiderado, taciturno y sombrío con Piotr Ignátevich, como si la culpa de esos pensamientos la tuviese él, no yo. Cuando, como de costumbre, empieza a alabar a los científicos alemanes, ya no bromeo amablemente como antes, sino que farfullo con cara de pocos amigos:

 

—Sus alemanes son unos asnos…

 

Una reacción que me recuerda aquella ocasión en que el difunto profesor Nikita Krilov[11], bañándose con Pirogov en Revel[12], se puso a refunfuñar, enfadado porque el agua estaba muy fría: «¡Malditos alemanes!». Me comporto mal con Piotr Ignátevich y sólo cuando se marcha y distingo desde la ventana su sombrero gris al otro lado de la empalizada, me dan ganas de llamarlo y decirle: «¡Perdóneme, amigo mío!».

 

La comida es más aburrida que en invierno. Gnékker, al que ahora detesto y desprecio, come con nosotros casi todos los días. Antes soportaba su presencia en silencio; ahora, en cambio, le dirijo frases hirientes que hacen enrojecer a mi mujer y a Liza. Llevado de mi mal humor, a veces digo verdaderas tonterías, sin saber por qué lo hago. Así, un día, pasé un buen rato mirando a Gnékker con desprecio y al final solté de sopetón:

 

Las águilas pueden volar más bajo que las gallinas,

pero las gallinas nunca se alzarán hasta las nubes…[13]

 

Y lo que más me irrita es que la gallina-Gnékker se comporta de forma mucho más inteligente que el águila-profesor. Sabiendo que mi mujer y mi hija están de su parte, ha adoptado la siguiente táctica: responde a mis groserías con un silencio condescendiente (el viejo desbarra, ¿a santo de qué discutir con él?) o bien me gasta una broma bienintencionada. ¡Es increíble hasta qué punto puede llegar la mezquindad de un hombre! Me paso toda la comida soñando con el día en que se demuestre que

 

Gnékker es un aventurero, mi mujer y Liza se den cuenta de su error y yo pueda burlarme de ellas. ¡Y esas elucubraciones absurdas se me ocurren cuando estoy con un pie en la tumba!

 

Últimamente se producen malentendidos que antes sólo conocía de oídas. Aunque me resulte embarazoso, voy a describir uno de ellos, que se produjo hace unos días después de la comida.

 

Estoy en mi habitación fumándome una pipa. Como de costumbre, mi mujer entra y se pone a hablar de lo conveniente que sería, ahora que hace calor y tengo tiempo libre, que viajara a Járkov para informarme de la clase de persona que es nuestro Gnékker.

 

—Está bien, iré… —convengo yo.

 

Mi mujer, satisfecha con mi respuesta, se levanta y se encamina a la puerta, pero acto seguido vuelve sobre sus pasos y dice:

 

—Por cierto, quería pedirte otra cosa. Sé que vas a enfadarte, pero mi obligación es prevenirte… Perdona que te lo diga, Nikolái Stepánovich, pero todos nuestros conocidos y vecinos han empezado a murmurar que vas demasiado a menudo a casa de Katia. Es una mujer inteligente e instruida, no lo discuto, y resulta agradable pasar el tiempo con ella, pero a tus años y con tu posición social… ¿Sabes?, me parece extraño que encuentres grata su compañía… Además, tiene una reputación que…

 

De pronto toda la sangre del cerebro afluye a mis venas, mis ojos echan chispas, me levanto de un salto y, cogiéndome la cabeza con las manos, me pongo a patear el suelo y grito con una voz que no reconozco como propia:

 

—¡Déjame! ¡Déjame! ¡Déjame!

 

Es probable que la expresión de mi rostro sea terrible y mi voz extraña, porque mi mujer palidece de pronto y grita a voz en cuello, con una voz también ajena y desesperada. Al oír nuestros gritos, Liza, Gnékker y después Yegor acuden corriendo…

 

—¡Dejadme! —grito—. ¡Fuera! ¡Dejadme!

 

Las piernas se me han entumecido, no las siento en absoluto. Advierto que caigo en brazos de alguien, luego oigo llantos por un instante y a continuación sufro un desvanecimiento que dura dos o tres horas.

 

Ahora voy a hablar de Katia. Viene a verme todos los días a la caída de la tarde, detalle que, como es natural, no pasa desapercibido a los vecinos y a los conocidos. Entra sólo para recogerme y me lleva a dar un paseo. Tiene un caballo y una calesa nueva, comprada este verano. En general, vive a lo grande: ha alquilado una dacha cara con un gran jardín, a la que se ha llevado todos los muebles que tenía en la ciudad. Ha contratado dos criadas, un cochero… A menudo le pregunto:

 

—Katia, ¿de qué vas a vivir cuando hayas dilapidado todo el dinero de tu padre?

 

—Ya veremos —responde.

 

—Ese dinero merece una actitud más responsable por tu parte, amiga mía. Lo ganó un buen hombre con un trabajo honrado.

 

—Lo sé. Ya me lo ha dicho antes.

 

Al principio atravesamos los campos, luego el bosque de coníferas que se ve desde mi ventana. La naturaleza, como siempre, me parece maravillosa, aunque el demonio me susurra que todos esos pinos y abetos, esas aves y esas nubes blancas en el cielo, no repararán en mi ausencia cuando, dentro de tres o cuatro meses, deje de existir. A Katia le gusta guiar el caballo y disfruta del buen tiempo y de mi compañía. Está de buen humor y no pronuncia comentarios hirientes.

 

—Es usted una persona excelente, Nikolái Stepánovich —dice—. Un raro ejemplar; ningún actor

 

sería capaz de representarle. A mí o, por ejemplo, a Mijaíl Fiódorovich, podría representarnos incluso un actor malo, pero no a usted. ¡Me da usted envidia, una envidia tremenda! Porque ¿qué soy yo? ¿Qué? —se queda pensativa unos instantes y me pregunta—: Nikolái Stepánovich, soy un fenómeno negativo, ¿no es verdad?

 

—Sí —respondo yo.

 

—Hum… ¿Y qué puedo hacer?

 

No sé qué responderle. Sería fácil decirle: «Trabaja», o bien: «Reparte tus  bienes  entre los

 

pobres», o: «Conócete a ti misma». Y, precisamente porque es fácil decirlo, no doy con la respuesta.

 

Mis colegas terapeutas, cuando enseñan a sus alumnos cómo deben atender a los pacientes, aconsejan «individualizar cada caso». Uno no tiene más que seguir ese consejo para convencerse de que los métodos que en los manuales se consideran mejores y más idóneos para su uso general se revelan completamente inútiles en la mayoría de los casos. Lo mismo sucede con los desarreglos de orden moral.

 

Pero alguna cosa tengo que responder, así que finalmente digo:

 

—Dispones de demasiado tiempo libre, amiga mía. Tienes que encontrar una ocupación. ¿Por qué no vuelves a los escenarios, si tienes vocación de actriz?

 

—No puedo.

 

—Hablas y te comportas como si fueras una mártir, y eso no me gusta, amiga mía. Tú misma tienes la culpa. Recuerda que empezaste enfadándote con la gente y con las costumbres imperantes, pero no has hecho nada por mejorarlas. No has combatido el mal, tus fuerzas se han agotado, pero no eres víctima de una lucha, sino de tu propia impotencia. No cabe duda de que entonces eras muy joven e inexperta, pero ahora todo podría seguir otro rumbo. ¡Te lo digo de verdad, vuelve a los escenarios! Trabajarás, rendirás un servicio a un arte sagrado…

 

—Déjese de historias, Nikolái Stepánovich —me interrumpe Katia—. Pongámonos de acuerdo de una vez para siempre: hablemos de actores, actrices y escritores, pero dejemos en paz el arte. Es usted una persona magnífica, fuera de lo común, pero su comprensión del arte no es tan profunda como para creer sinceramente que sea sagrado. No tiene usted sensibilidad ni oído para el arte. Ha estado ocupado toda su vida y no ha tenido tiempo de adquirir esa sensibilidad. En cualquier caso… ¡no me gustan estas conversaciones sobre arte! —continúa nerviosa—. ¡No me gustan! ¡Ya lo han pervertido bastante!

 

—¿Quién lo ha pervertido?

 

—Unos lo han pervertido con sus borracheras; los periódicos, con su actitud irrespetuosa; las personas inteligentes, con la filosofía.

 

—La filosofía no tiene nada que ver con esto.

 

—Ya lo creo que sí. Cuando alguien se pone a filosofar es que no entiende nada.

 

Para evitar que la conversación acabe en disputa, me apresuro a cambiar de tema y después guardo silencio durante un buen rato. Sólo cuando salimos del bosque y nos dirigimos a la dacha de Katia, vuelvo a retomar la cuestión y le pregunto:

 

—De todos modos, aún no me has contestado: ¿por qué no quieres volver a los escenarios? —¡Nikolái Stepánovich, eso es una crueldad por su parte! —grita ella y de pronto se pone como

 

la grana—. ¿Quiere que le diga en voz alta la verdad? Muy bien… si es que tanto lo desea. ¡No tengo talento! M e falta talento y … me sobra amor propio. ¡De eso se trata!

 

 

Una vez hecha esa confesión, vuelve la cara y, para ocultar el temblor de sus manos, tira con fuerza de las riendas.

 

Cuando nos acercamos a la dacha, vemos de lejos a Mijaíl Fiódorovich, que pasea junto a la cancela y nos espera con impaciencia.

 

—¡Otra vez ese Mijaíl Fiódorovich! —dice Katia con enfado—. ¡Quítemelo de encima, por favor! Se me ha vuelto tedioso y molesto… ¡No lo soporto!

 

Hace tiempo que Mijaíl Fiódorovich tendría que haberse ido al extranjero, pero demora su partida cada semana. En los últimos tiempos, se han operado en él algunos cambios: ha adelgazado, el vino le emborracha, algo que nunca sucedía antes, y sus cejas negras han empezado a encanecer. Cuando nuestra calesa se detiene delante de la cancela, no oculta su alegría y su impaciencia. Excitado, nos ayuda a apearnos, no para de hacernos preguntas, se ríe, se frota las manos y esa aura de mansedumbre, súplica y pureza que antes sólo advertía en su mirada, se ha extendido ahora a toda la cara. Está contento y al mismo tiempo se avergüenza de su alegría, así como de haber adoptado la costumbre de visitar a Katia todas las tardes, y considera necesario justificar su aparición con motivos tan absurdos como este: «Pasaba por aquí y se me ocurrió hacerle una visita».

 

Entramos los tres en la casa; al principio bebemos té, luego aparecen sobre la mesa los dos inevitables mazos de cartas, un gran trozo de queso, frutas y una botella de champán de Crimea. Los temas de conversación no han cambiado: son los mismos que en invierno. Arremetemos contra la universidad, los estudiantes, la literatura y el teatro; a fuerza de tanta maledicencia, el aire se vuelve más denso y sofocante; ahora lo envenenan el aliento de tres sapos, no de dos, como en invierno. Además de la risa aterciopelada, de barítono, y de las carcajadas de acordeón, la criada que nos sirve la mesa oye también una risita desagradable y temblorosa, como la de los generales de los vodeviles: je, je, je…

 

V

 

Hay noches terribles, con truenos, relámpagos, lluvia y viento, a las que suele llamarse «noches de perros». He experimentado en mi vida privada una noche de ese tipo…

 

Me despierto después de medianoche y me levanto de la cama de un salto. Por alguna razón, me asalta la sospecha de que voy a morir de un momento a otro. ¿A qué viene ese temor? Ninguna de mis sensaciones corporales indica que el fin esté cercano, pero de mi alma se apodera un horror espantoso, como si de pronto hubiera visto un enorme resplandor siniestro.

 

Enciendo una luz a toda prisa, bebo un trago de agua directamente de la garrafa, luego corro a la ventana abierta. Fuera hace un tiempo magnífico. El aire huele a heno y a alguna otra planta embriagadora. Veo los picos de la cerca, los soñolientos arbolillos escuálidos junto a la ventana, el camino, la oscura franja del bosque. En el cielo, limpio de nubes, luce una luna serena, muy brillante. Reina el silencio, no se mueve ni una sola hoja. Tengo la impresión de que todo me mira y se apresta a asistir a mi muerte…

 

Me ahogo. Cierro la ventana y corro a la cama. Me tomo el pulso y, no encontrándolo en la muñeca, lo busco en las sienes, luego en la sotabarba y de nuevo en la muñeca, y cada una de esas zonas está fría, viscosa de sudor. Mi respiración se vuelve cada vez más acelerada, me tiembla el

 

cuerpo, las tripas se remueven en mi interior, y tengo la sensación de que mi cara y mi calva están cubiertas de telarañas.

 

¿Qué hacer? ¿Llamar a la familia? No, no es necesario. No sé qué iban a hacer mi mujer y Liza si entraran en mi habitación.

 

Oculto la cabeza debajo de la almohada, cierro los ojos y espero, espero… Tengo la espalda helada y se diría que se estuviera replegando hacia dentro; me asalta la sospecha de que la muerte va a abalanzarse sobre mí por detrás, a hurtadillas…

 

—¡Kivi-kivi! —resuena de pronto en el silencio de la noche, y no logro discernir si ese sonido proviene de mi pecho o de la calle.

 

—¡Kivi-kivi!

 

¡Dios mío, qué espanto! Me bebería otro trago de agua, pero me da pavor abrir los ojos y levantar la cabeza. Es un miedo cerval, incontrolable, cuya razón no alcanzo a comprender: ¿se debe a que ansío vivir o a que me espera un dolor nuevo, aún desconocido?

 

En el piso de arriba se oyen no sé si sollozos o risas… Aguzo el oído. Algo después resuenan pasos en la escalera. Alguien baja con premura y a continuación vuelve a subir. Al cabo de un momento se oyen de nuevo pasos abajo; alguien se detiene junto a la puerta de mi habitación y se queda escuchando.

 

—¿Quién está ahí? —grito.

 

La puerta gira, yo me arriesgo a abrir los ojos y distingo a mi mujer. Está pálida y tiene ojos de haber llorado.

 

—¿Duermes, Nikolái Stepánovich? —pregunta.

 

—¿Qué quieres?

 

—Por el amor de Dios, ven a ver a Liza. Le pasa algo…

 

—Está bien… ahora mismo… —murmuro, muy contento de tener compañía—. Está bien… Ya voy .

 

Sigo a mi mujer y escucho lo que me dice, pero mi agitación me impide entender sus palabras. En los peldaños de la escalera danzan manchas de luz proyectadas por la vela que tiene en la mano y nuestras largas sombras se estremecen; mis pies tropiezan con el faldón de su bata; jadeo y tengo la impresión de que algo me persigue y quiere cogerme por detrás. «Voy a morir aquí mismo, en esta escalera —pienso—. Aquí mismo…». Pero ya hemos superado la escalera, continuamos por el oscuro pasillo con una ventana italiana y entramos en la habitación de Liza, que está sentada en la cama con los pies colgando, sólo con el camisón, y solloza.

 

—¡Ah, Dios mío… ah, Dios mío! —balbucea, entornados los ojos a la luz de nuestra vela—. No puedo más, no puedo más…

 

—Liza, hija mía —le digo—, ¿qué te pasa?

 

Al verme, pega un grito y se me arroja al cuello.

 

—Papá, papaíto… —exclama entre gemidos—, mi papaíto querido… Bien mío, cariño… No sé lo que me pasa… ¡Estoy tan apenada…!

 

M e abraza, me besa y murmura palabras afectuosas, como las que le oía decir cuando era niña. —Tranquilízate, hija mía, por el amor de Dios —le digo—. Deja de llorar. Yo también estoy

 

apenado.

 

Trato de arroparla, mi mujer le ofrece agua, y ambos vamos y venimos en desorden alrededor de

 

la cama. Mi hombro choca con el suyo, y en ese momento me acuerdo de cuando bañábamos juntos a nuestros hijos.

 

—¡Ayúdala, ayúdala! —me implora mi mujer—. ¡Haz algo!

 

Pero ¿qué puedo hacer? Nada. La muchacha tiene un peso en el corazón, pero yo no sé qué es, no entiendo lo que le ocurre, así que me limito a murmurar:

 

—No es nada, no es nada… Ya pasará… Duerme, duerme…

 

Como hecho a propósito, en el patio se oye de pronto un ladrido, primero contenido e incierto, luego más alto, acompañado de otro. Nunca he concedido importancia a presagios como el ladrido de un perro o el grito de una lechuza, pero ahora el corazón se me encoge dolorosamente y me apresuro a buscar una explicación a ese ladrido.

 

«Bobadas —pienso—. Es la influencia de un organismo sobre otro. Mi fuerte tensión nerviosa se ha transmitido a mi mujer, a Liza, al perro, nada más… Esas transmisiones explican las premoniciones, los presentimientos…».

 

Poco después, cuando regreso a mi habitación para escribirle a Liza una receta, ya no pienso que voy a morirme de un momento a otro, pero siento tanta pesadumbre y fastidio que hasta lamento no haberme muerto de golpe. Paso un buen rato en medio de la habitación, inmóvil, pensando qué podría prescribirle a Liza, pero los sollozos en la planta de arriba han enmudecido, así que decido no prescribirle nada; no obstante, sigo sin moverme de mi sitio…

 

Reina un silencio de muerte, un silencio que, como dijo un escritor, hasta zumba en los oídos. El tiempo pasa despacio, las franjas de luz lunar sobre el alféizar no cambian de posición, como si se hubieran petrificado… Aún queda mucho para el amanecer.

 

Pero de pronto chirría la cancela de la valla, alguien entra con sigilo y, rompiendo una ramita de uno de los arbolillos escuálidos, golpea con mucho tiento mi ventana.

 

—¡Nikolái Stepánovich! —susurra una voz—. ¡Nikolái Stepánovich!

 

Abro la ventana y me parece estar soñando: allí abajo, apretada contra el muro, hay una mujer vestida de negro, alumbrada de lleno por la luna, que me mira con sus grandes ojos. Su rostro pálido y grave tiene cierto aire fantástico a la luz de la luna, como si fuera de mármol; le tiembla el mentón.

 

—Soy yo… —dice—. ¡Katia!

 

A la luz de luna todos los ojos de mujer parecen grandes y negros, y las figuras más altas y pálidas; por esa razón, probablemente, no la reconocí en un primer momento.

 

—¿Qué te pasa?

 

—Perdone —dice—. De pronto sentí una angustia insoportable… No pude contenerme y he venido hasta aquí… Había luz en su ventana y … decidí llamar… Perdone… ¡Ah, si supiese qué angustia sentía! ¿Qué está usted haciendo?

 

—Nada… El insomnio.

 

—Tenía un presentimiento. Bobadas, en cualquier caso —sus cejas se arquean, algunas lágrimas brillan en sus ojos y todo su rostro se ilumina con esa conocida expresión de credulidad que hacía tanto tiempo no veía—. ¡Nikolái Stepánovich! —dice suplicante, tendiéndome ambas manos—. Querido, le pido… le suplico… Si no desdeña mi amistad y tiene en algo el respeto que le profeso, le ruego que atienda la petición que voy a hacerle.

 

—¿De qué se trata?

 

—¡Quédese con mi dinero!

 

 

—¡Vaya lo que se le ha ocurrido! ¿Y qué voy a hacer yo con tu dinero?

 

—Márchese a alguna parte a curarse… Necesita ponerse en tratamiento. ¿Lo aceptará, verdad?

 

¿Verdad que sí, amigo mío? —me mira ansiosamente y repite—: ¿Verdad que lo aceptará?

 

—No, querida, no lo aceptaré… —digo yo—. Pero te lo agradezco.

 

Me da la espalda y agacha la cabeza. Probablemente el tono de mi negativa impide cualquier comentario más sobre el dinero.

 

—Vete a casa a dormir —le digo—. Nos veremos mañana.

 

—Entonces, ¿no me considera usted amiga suya? —pregunta abatida.

 

—Yo no he dicho eso. Pero tu dinero no me sirve de nada en estos momentos.

 

—Perdone… —dice, bajando la voz una octava—. Le entiendo… Aceptar un préstamo de una persona como yo… de una actriz retirada… Bueno, adiós.

 

Y se marcha tan deprisa que ni siquiera tengo tiempo de despedirme.

 

VI

 

Estoy en Járkov.

 

Dado que sería inútil, y aun superior a mis fuerzas, luchar contra mi actual estado de ánimo, he decidido que mis últimos días de vida sean irreprochables, al menos desde un punto de vista formal; sé muy bien que he sido injusto con mi familia, así que al menos trataré de hacer lo que me pide. Y, si hay que ir a Járkov, voy a Járkov. Además, en los últimos tiempos me he vuelto tan indiferente a todo que me da exactamente lo mismo ir a Járkov que a París o a Berdíchev.

 

He llegado a mediodía y me he alojado en un hotel cercano a la catedral. Me mareé en el tren y me resfrié por culpa de las corrientes de aire, y ahora estoy sentado en la cama, con la cabeza entre las manos, esperando que empiece el tic. Tendría que ir hoy mismo a visitar a unos profesores conocidos, pero no tengo ganas ni fuerzas.

 

Entra el viejo camarero de planta y me pregunta si la cama tiene sábanas. Lo retengo durante unos cinco minutos y le hago algunas preguntas sobre Gnékker, que es la razón por la que he venido aquí. El camarero es natural de Járkov y conoce la ciudad como la palma de la mano, pero no recuerda ninguna familia con ese apellido. Y, cuando le pregunto por las posesiones, obtengo la misma respuesta.

 

En el pasillo el reloj da la una, luego las dos, las tres… Estos últimos meses en que aguardo la muerte me parecen bastante más largos que el resto de mi vida. Y nunca he sido capaz de resignarme a la lentitud del tiempo como ahora. Recuerdo que antaño, cuando esperaba un tren en la estación o durante un examen, un cuarto de hora me parecía una eternidad; ahora, en cambio, puedo pasarme inmóvil en la cama una noche entera, pensando con total indiferencia que mañana la noche será igual de larga y oscura, y lo mismo pasado mañana.

 

El reloj del pasillo da las cinco, las seis, las siete… Va oscureciendo.

 

Siento un moderado dolor en la mejilla: las primeras señales del tic. Para tener ocupada la cabeza, recupero mi anterior punto de vista, cuando no era indiferente, y me pregunto por qué yo, un hombre célebre, consejero privado, me encuentro en esa pequeña habitación de hotel, sentado en esa cama con una manta ajena de color gris. ¿Por qué contemplo ese vulgar lavamanos de hojalata y oigo el tintineo

 

 

en el pasillo de ese abominable reloj? ¿Se corresponde todo eso con mi fama y elevada posición social? Y a esas preguntas respondo con una sonrisa irónica. Me hace gracia la ingenuidad con que en mi juventud exageraba la importancia de la fama y de la posición exclusiva que, según creía, llevaba aparejada. Soy famoso, mi nombre se pronuncia con reverencia, mi retrato ha aparecido en Campo y en La Ilustración Mundial, he leído mi propia biografía hasta en una revista alemana. ¿Y de qué me ha valido todo eso? Aquí estoy, más solo que la una, en una ciudad extraña, en una cama extraña, frotándome con la palma de la mano la mejilla dolorida… Las disputas familiares, la implacabilidad de los acreedores, la grosería de los empleados del ferrocarril, las molestias del sistema de pasaportes[14], la comida cara y malsana de las cantinas, la descortesía generalizada, la tosquedad en el trato: todas esas cosas y muchas otras más que sería demasiado largo enumerar me afectan en no menor medida que a cualquier ciudadano de clase media al que sólo conocen en el callejón en el que vive. ¿En qué consiste la excepcionalidad de mi posición? Supongamos que sea un personaje archiconocido, un héroe del que se enorgullece la patria; en todos los periódicos se publican informaciones sobre mi enfermedad, me llegan por correo cartas de colegas, estudiantes y gente de todo tipo en las que se me desea un pronto restablecimiento, pero ninguna de esas cosas impedirá que muera en una cama ajena, deprimido, en la soledad más absoluta… Naturalmente, nadie tiene la culpa, pero, pecador de mí, me disgusta mi popularidad. Tengo la impresión de que me ha engañado.

 

A eso de las diez logro conciliar el sueño; a pesar del tic, duermo profundamente, y habría dormido mucho más si no me hubieran despertado. Poco después de la una alguien llama de pronto a la puerta.

 

—¿Quién es?

 

—¡Un telegrama!

 

—Podría habérmelo entregado mañana —refunfuño, mientras cojo el telegrama de manos del camarero—. Ahora ya no hay manera de que vuelva a dormirme.

 

—Lo siento, señor. Como la luz estaba encendida, pensé que no dormía usted. Abro el telegrama y ante todo leo la firma. Es de mi mujer. ¿Qué querrá? «Ayer Gnékker se casó en secreto con Liza. Regresa».

 

La lectura de esas palabras me deja aturdido, aunque no por mucho tiempo. Lo que me aturde no es el comportamiento de Liza y Gnékker, sino la indiferencia con que acojo la noticia de su boda. Se dice que los filósofos y los verdaderos sabios son indiferentes. Mentira: la indiferencia es una parálisis del alma, una muerte prematura.

 

Vuelvo a meterme en la cama y trato de pensar en algo para tener ocupada la cabeza. ¿En qué puedo pensar? Se diría que ya he pensado en todo lo habido y por haber y que no hay un solo tema capaz de despertar mi interés.

 

El amanecer me sorprende sentado en la cama, los brazos alrededor de las rodillas, tratando de conocerme a mí mismo, a falta de algo mejor que hacer. «Conócete a ti mismo», excelente y útil consejo. Lo malo es que a los antiguos no se les ocurrió enseñarnos la manera de ponerlo en práctica.

 

Antes, cuando pretendía comprender a otra persona o a mí mismo, no prestaba atención a los actos, en lo que todo es relativo, sino a los deseos. Dime lo que quieres y te diré quién eres.

 

Ahora me examino a mí mismo: ¿qué quiero?

 

Quiero que nuestras mujeres, nuestros hijos, nuestros amigos y nuestros alumnos amen en nosotros no el nombre, la firma o la etiqueta, sino lo que somos como personas. ¿Qué más? Me

 

gustaría tener ayudantes y sucesores. ¿Qué más? Me gustaría despertar dentro de cien años y echar al menos un vistazo a los progresos de la ciencia. M e gustaría vivir diez años más… ¿Qué más?

 

Nada más. Paso un buen rato dándole vueltas, pero no logro encontrar ninguna otra cosa. En cualquier caso, por más que medite, por muy lejos que me lleven mis pensamientos, sé perfectamente que mis deseos carecen de algo crucial, fundamental. En mi pasión por la ciencia, en mi deseo de vivir, en el hecho de estar sentado en una cama ajena, en mi esfuerzo por conocerme a mí mismo, en todos los pensamientos, emociones y conceptos que me he formado, falta un vínculo común capaz de unir todo eso en un único conjunto. Cada emoción y cada pensamiento viven por separado, y en todos mis juicios sobre la ciencia, el teatro, la literatura y los estudiantes, en todos los cuadros que dibuja mi imaginación, ni siquiera el más experto analista conseguiría encontrar lo que se llama una idea común, o, dicho de otro modo, el dios de un hombre vivo.

 

Y, si eso falta, entonces es que no hay nada.

 

Ante tanta miseria, ha bastado una enfermedad grave, el miedo a la muerte, la influencia de las circunstancias y de la gente, para que todo lo que antes consideraba mi concepción del mundo, y en lo que veía el sentido y la alegría de mi existencia, se haya vuelto patas arriba y haya saltado en mil pedazos. Por tanto, no debe sorprender que haya oscurecido los últimos meses de mi vida con pensamientos y sentimientos dignos de un esclavo y de un bárbaro, que todo me dé lo mismo y ni siquiera repare en el amanecer. Cuando un hombre carece de algo que sea más elevado y poderoso que las influencias externas, basta un fuerte resfriado para que pierda el equilibrio y empiece a ver una lechuza en cada ave y a oír el aullido de un perro en cada rumor. En ese momento, todo su optimismo o pesimismo, así como sus pensamientos grandes y pequeños, adquieren el significado de un mero síntoma.

 

Estoy derrotado. Así que no hay razón para seguir pensando o hablando. Me quedaré aquí sentado, esperando en silencio a ver qué pasa.

 

Por la mañana el camarero me trae el té y el periódico local. Leo maquinalmente los anuncios de la primera página, el editorial, la revista de prensa, la crónica de sociedad… En esa última sección encuentro entre otras cosas esta noticia: «Ayer llegó a Járkov en el tren correo el célebre científico y profesor emérito Nikolái Stepánovich de Tal y Tal, que se alojó en el hotel Tal».

 

Por lo visto, los nombres ilustres han sido creados para llevar una vida independiente y aparte de quienes los llevan. En estos momentos mi nombre recorre a sus anchas las calles de Járkov; dentro de unos tres meses, grabado en letras doradas en mi lápida, resplandecerá como el sol, mientras yo ya estaré cubierto de moho…

 

Se oyen unos golpecitos en la puerta. Alguien me necesita.

 

—¿Quién es? ¡Pase!

 

Cuando la puerta se abre, doy un paso atrás, perplejo, y me apresuro a cerrar los faldones de mi bata. Ante mí está Katia.

 

—Buenos días —dice, respirando con dificultad después de haber subido la escalera—. ¿Sorprendido? También yo… también yo he venido aquí —se sienta y prosigue con su relato, tartamudeando y evitando mirarme—. ¿Por qué no me saluda? Yo también he venido a Járkov… He llegado hoy … Y, al enterarme de que se alojaba usted en este hotel, he decidido hacerle una visita.

 

—Me alegro mucho de verte —digo yo, encogiéndome de hombros—, pero me has dejado de una pieza… Apareces como caída del cielo. ¿Qué haces aquí?

 

—¿Yo? Pues… Simplemente he cogido un tren y he venido.

 

Se produce un silencio. De pronto se levanta de un salto y viene a mi encuentro.

 

—¡Nikolái Stepánovich! —exclama, palideciendo y apretando las manos contra el pecho—. ¡Nikolái Stepánovich! ¡No puedo seguir viendo así! ¡No puedo! ¡Por el amor de Dios, dígame ahora mismo lo que debo hacer! ¡Dígamelo!

 

—¿Y qué puedo decirte? —pregunto desconcertado—. No se me ocurre nada.

 

—¡Hable, se lo suplico! —prosigue ella, jadeando y temblando de pies a cabeza—. ¡Le juro que no puedo seguir viendo así! ¡No tengo fuerzas!

 

Se desploma en una silla y estalla en sollozos. Echa hacia atrás la cabeza, se retuerce las manos, da patadas con los pies; el sombrero ha resbalado de la cabeza y cuelga de la cinta; los cabellos se desparraman en desorden.

 

—¡Ayúdeme! ¡Ayúdeme! —me implora—. ¡No puedo seguir así!

 

Al sacar un pañuelo de su bolso de viaje, algunas cartas caen de su regazo al suelo. Las recojo y en una de ellas reconozco la caligrafía de Mijaíl Fiódorovich y leo casualmente parte de una palabra: «apasio…».

 

—No puedo decirte nada, Katia —digo.

 

—¡Ayúdeme! —solloza, asiéndome una mano y besándola—. ¡Es usted mi padre, mi único amigo! ¡Es inteligente, culto, ha vivido mucho! ¡Ha sido profesor! Dígame, ¿qué debo hacer?

 

—Te doy mi palabra, Katia, de que no lo sé.

 

Estoy desconcertado, confuso, conmovido por los sollozos, y apenas me tengo en pie.

 

—Vamos a desayunar, Katia —digo con una sonrisa forzada—. ¡Deja de llorar! —y a continuación añado, con un hilo de voz—: No me queda mucho tiempo de vida, Katia…

 

—¡Una palabra, al menos una palabra! —exclama entre lágrimas, tendiéndome las manos.

 

—Qué rara eres, la verdad… —balbuceo—. ¡No te entiendo! Una mujer tan inteligente y de pronto te pones a llorar como una loca…

 

Se produce un silencio. Katia se arregla el peinado, se pone el sombrero; luego estruja las cartas y las guarda en el bolso, y todo en silencio, sin prisas. Su cara, su pecho y sus guantes están bañados en lágrimas, pero su semblante es ya seco, severo… La miro y me avergüenzo de ser más feliz que ella. Hasta poco antes de la muerte, en el ocaso de mis días, no me he dado cuenta de que carezco de lo que mis colegas filósofos llaman ideas generales; en cambio, el alma de esa pobrecilla no ha conocido nunca un instante de paz ni lo conocerá en su vida.

 

—Venga, Katia, vamos a desayunar —digo.

 

—No, gracias —responde ella con frialdad.

 

Transcurre un minuto más en silencio.

 

—No me gusta Járkov —comento—. Es muy gris. Una ciudad gris.

 

—Sí, quizá… Es feo… No voy a quedarme mucho tiempo… Estoy de paso. Me marcho hoy mismo.

 

—¿Adónde?

 

—A Crimea… es decir, al Cáucaso.

 

—Ya. ¿Por mucho tiempo?

 

—No lo sé.

 

Katia se levanta y, con una sonrisa fría, sin mirarme siquiera, me tiende la mano.

 

Me gustaría preguntarle: «¿Significa eso que no vas a asistir a mi entierro?». Pero ella no me mira

 

y  tiene la mano fría, como si fuera una extraña. La acompaño en silencio hasta la puerta… Ya ha salido de la habitación y se aleja por el largo pasillo, sin volver la cabeza. Sabe que la estoy siguiendo con la vista y probablemente al doblar la esquina mirará hacia atrás.

 

No, no ha mirado. Su vestido negro centellea por última vez, el rumor de sus pasos se apaga… ¡Adiós, tesoro mío!

 

El duelo

 

 

(1891)

 

 

I

 

Eran las ocho de la mañana, la hora en que los oficiales, los funcionarios y los forasteros solían bañarse en el mar, después de una noche calurosa y sofocante; luego se dirigían al pabellón a tomarse un café o un té. Iván Andreich Laievski, un joven de veintiocho años, enjuto, rubio, con la gorra del Ministerio de Hacienda y zapatillas, encontró en la playa a muchos conocidos, entre ellos a su amigo el médico militar Samóilenko.

 

Con su gran cabeza rapada, sin cuello, colorado, narigudo, espesas cejas negras y patillas llenas de canas, gordo, adiposo y, por si eso fuera poco, con ese vozarrón ronco y marcial, el tal Samóilenko causaba una impresión desagradable a cada nuevo recién llegado. A estos se les antojaba un tipo tosco y desabrido, aunque, después de tratarlo dos o tres días, empezaban a encontrar su rostro extremadamente bondadoso, gentil y hasta atractivo. A pesar de su aire desmañado y de su tono poco ceremonioso, era un hombre pacífico, de una bondad desmesurada, afable y servicial. En la ciudad tuteaba a todo el mundo, prestaba dinero a cualquiera, curaba, concertaba voluntades, reconciliaba, organizaba meriendas campestres en las que asaban brochetas de cordero y preparaba una deliciosa sopa de pescado; siempre andaba ocupándose de alguien, pidiendo favores, y nunca le faltaban motivos para estar alegre. Según la opinión general, era un hombre intachable, y sólo se le atribuían dos debilidades: la primera era que se avergonzaba de su bondad y trataba de enmascararla con una mirada severa y una rudeza postiza; la segunda consistía en su manía de que los enfermeros y los soldados le dieran el trato de excelencia, cuando sólo era consejero de Estado[15].

 

—Respóndeme a una pregunta, Aleksandr Davídich —dijo Laievski cuando, en compañía de Samóilenko, se metió en el agua hasta los hombros—. Supongamos que te enamoras de una mujer y tienes una relación con ella. Vivís juntos, pongamos, más de dos años, y luego, como sucede a menudo, dejas de quererla y empiezas a considerarla una extraña. ¿Cómo te comportarías en una situación de ese tipo?

 

—M uy sencillo. Largo de aquí, querida. Y se acabó la discusión.

 

—¡Eso es muy fácil decirlo! Pero ¿y si ella no tiene adónde ir? Es una mujer sola, sin familia, sin un céntimo, incapaz de trabajar…

 

—¿Y qué? Se le dan quinientos rublos de una vez o se le entregan veinticinco cada mes. Y asunto concluido. Es muy sencillo.

 

—Supongamos que dispones de esos quinientos rublos, y también de veinticinco cada mes, pero la mujer de la que te estoy hablando es instruida y orgullosa. ¿Estás seguro de que le ofrecerías dinero? ¿Y de qué manera?

 

Samóilenko se aprestaba a responder cuando una ola enorme los cubrió a ambos, luego rompió contra la orilla y retrocedió siseando entre los guijarros. Los dos amigos salieron del agua y empezaron a vestirse.

 

—Naturalmente, es complicado vivir con una mujer a la que ya no quieres —dijo Samóilenko, mientras sacaba la arena que se le había metido en una bota—. Pero hay que actuar con humanidad, Vania. Si me sucediera a mí, no le dejaría ver que he dejado de quererla y seguiría viviendo con ella hasta la muerte —de pronto se avergonzó de sus propias palabras y, dando marcha atrás, añadió—: En cualquier caso, a mí las mujeres me importan un bledo. ¡Que se vayan al diablo!

 

Los amigos terminaron de vestirse y se dirigieron al pabellón. Allí Samóilenko se sentía como en

 

 

casa; hasta había un servicio especial para él. Cada mañana le llevaban una bandeja con una taza de café, un vaso de agua con hielo —un vaso alto, de cristal tallado— y una copa de coñac. Tomaba primero el coñac, luego el café caliente y por último el agua con hielo, que debía de saberle a gloria porque, después de beberla, los ojos le brillaban y, acariciándose las patillas con ambas manos, exclamaba, sin dejar de mirar el mar:

 

—¡Qué vista tan asombrosa y sublime!

 

Después de una larga noche ocupada en pensamientos tristes e inútiles, que le impedían dormir y parecían aumentar el bochorno y la penumbra, Laievski se sentía destrozado y maltrecho. El baño y el café no habían mejorado su disposición.

 

—Sigamos con nuestra conversación, Aleksandr Davídich —dijo—. No voy a ocultarte nada y te hablaré con toda franqueza, como corresponde a un amigo: mi relación con Nadezhda Fiódorovna va mal… muy mal. Perdona que te confíe mis secretos, pero necesito hablar con alguien.

 

Samóilenko, adivinando de lo que iban a hablar, bajó la vista y tamborileó con los dedos en la mesa.

 

—He vivido dos años con ella y he dejado de quererla… —prosiguió Laievski—; o mejor dicho, he comprendido que no la he amado nunca… Esos dos años han sido un engaño —Laievski tenía la costumbre de examinarse atentamente las rosadas palmas de las manos, morderse las uñas o estrujarse los puños de la camisa mientras hablaba. Y eso era lo que estaba haciendo ahora—. Sé muy bien que no puedes ayudarme —dijo—, pero te cuento estas cosas porque la única salvación de los hombres fracasados e inútiles consiste en hablar. Debo dar un sentido general a cada uno de mis actos, encontrar una explicación y una justificación de mi vida absurda en alguna teoría, en los modelos literarios, en el hecho de que los nobles hemos degenerado o en otras cosas por estilo… La pasada noche, por ejemplo, me consolé pensando todo el tiempo: «¡Ah, cuánta razón tiene Tolstói! ¡Es despiadado, pero tiene toda la razón!». Y esas consideraciones me aliviaban. En verdad, amigo, es un escritor soberbio, dígase lo que se diga.

 

Samóilenko, que nunca había leído a Tolstói, aunque todas las mañanas hacía propósito de leerlo, se turbó y dijo:

 

—Sí, todos los escritores se imaginan lo que escriben; él, en cambio, lo saca de la realidad… —Dios mío —suspiró Laievski—, ¡hasta qué punto nos ha desfigurado la civilización! Me

 

enamoro de una mujer casada, y ella de mí… Al principio vinieron los besos, las tardes tranquilas, los juramentos, las referencias a Spencer, los ideales, los intereses comunes… ¡Qué mentira! En realidad, huíamos de su marido, pero nos engañábamos diciéndonos que estábamos huyendo del vacío de nuestras vidas ociosas. Nos representábamos así nuestro futuro: iríamos al Cáucaso y, mientras nos familiarizábamos con el lugar y la gente, yo me pondría el uniforme de funcionario y trabajaría; luego, adquiriríamos una parcela de tierra, la labraríamos con nuestro sudor, plantaríamos un viñedo, cultivaríamos los campos, etcétera. Si en mi lugar hubieras estado tú o ese zoólogo, von Koren, probablemente habrías vivido con Nadezhda Fiódorovna treinta años y habríais dejado a vuestros herederos un rico viñedo y mil desiatinas[16] de maizales; yo, en cambio, me he sentido descorazonado desde el primer día. Si se queda uno en la ciudad le agobia el calor insoportable, el aburrimiento, la escasez de gente, y si sale al campo, se figura que debajo de cada arbusto o cada piedra hay una serpiente, un escorpión o un falangio. Y más allá del campo, montañas y desiertos. Gente extraña, naturaleza extraña, ignorancia: todo eso, amigo mío, no es tan fácil como pasear por la

 

avenida Nevski, bien abrigado, llevando del brazo a Nadezhda Fiódorovna y soñando con regiones cálidas. En este lugar hay que luchar a muerte, y ya ves qué clase de combatiente soy yo. Un neurasténico digno de lástima, un señorito… Desde el primer día comprendí que esas ideas mías sobre una vida dedicada al trabajo, al cultivo de un viñedo, no valían un comino. Y, en lo que respecta al amor, debo confesar que vivir con una mujer que ha leído a Spencer y se ha venido contigo al fin del mundo, resulta tan aburrido como pasar tus días con una Anfisa o una Akulina cualquiera. El mismo olor a plancha, a polvos y a medicinas, los mismos rizadores cada mañana y el mismo autoengaño…

 

—Un hogar no puede pasarse sin plancha —dijo Samóilenko, que se había ruborizado al oír la desenvoltura con que su amigo hablaba de una señora a la que conocía—. Ya me he dado cuenta, Vania, de que hoy no estás de buen humor. Nadezhda Fiódorovna es una mujer hermosa, cultivada, y tú eres un hombre inteligentísimo… Ya sé que no estáis casados —prosiguió Samóilenko, echando un vistazo a las mesas vecinas—, pero no es culpa vuestra y además… hay que dejarse de prejuicios y estar a la altura de las ideas modernas. Yo soy partidario del matrimonio civil, desde luego… Pero, en mi opinión, cuando uno se une a otra persona, hay que quedarse a su lado hasta la muerte.

 

—¿Aunque no haya amor?

 

—Voy a contarte una cosa —dijo Samóilenko—. Hará cosa de ocho o nueve años teníamos aquí como agente comercial a un viejecito más listo que el hambre, que solía decir lo siguiente: «En la vida familiar, lo más importante es la paciencia». ¿Lo oyes, Vania? No el amor, sino la paciencia. El amor no puede durar mucho. Has estado enamorado un par de años; ahora, por lo visto, tu vida conyugal ha entrado en un período en que, para mantener el equilibrio, por decirlo así, tendrás que poner en juego toda tu paciencia…

 

—Tú puedes creer a ese viejo agente, pero a mí su consejo me parece absurdo. Tu vejestorio era capaz de fingir, de ejercitar la paciencia y, en consecuencia, de considerar a una persona a la que no amaba como un objeto indispensable para sus ejercicios, pero yo todavía no he caído tan bajo. Si alguna vez me entran ganas de ejercitar la paciencia, me compraré unas pesas de gimnasia o un caballo testarudo, pero a las personas las dejaré en paz.

 

Samóilenko pidió vino blanco con hielo. Después de beberse un vaso, Laievski preguntó de pronto:

 

—Dime, por favor, ¿qué significa reblandecimiento del cerebro?

 

—Pues, cómo te lo explico… Es una enfermedad en que el cerebro se ablanda… es como si se licuara.

 

—¿Tiene cura?

 

—Sí, si se coge a tiempo. Duchas frías, emplastos… Algún medicamento de uso interno. —Ah… Pues ya ves a qué situación he llegado. No puedo vivir con ella: es superior a mis

 

fuerzas. Mientras estoy contigo, puedo filosofar y sonreír, pero en casa se me viene el mundo encima. Me siento tan deprimido que, si alguien me dijese, pongamos, que estoy obligado a vivir con ella un mes más, creo que me alojaría una bala en la sien. Y al mismo tiempo no puedo dejarla. Está sola, es incapaz de trabajar, ninguno de los dos tiene dinero… ¿Dónde iba a meterse? ¿Quién la acogería? No consigo encontrar una solución… Bueno, dime tú: ¿qué puedo hacer?

 

—Hum… —mugió Samóilenko, sin saber qué responder—. ¿Ella te quiere?

 

—Sí, me quiere, en la medida en que a sus años y con su temperamento necesita a un hombre. Le

 

 

sería tan duro separarse de mí como de sus polvos o de los rizadores. Soy un elemento indispensable de su tocador.

 

Samóilenko se turbó.

 

—Hoy no estás de buen humor, Vania —dijo—. Se ve que has dormido mal.

 

—Sí, he dormido mal… En general, amigo, me siento fatal. La cabeza vacía, el corazón helado y esa debilidad… ¡Tengo que huir!

 

—¿Adónde?

 

—Al norte. Donde haya pinos, setas, gente, ideas… Daría la mitad de mi vida por estar ahora en algún lugar de la provincia de Moscú o de Tula, bañarme en un riachuelo, tiritando de frío, y luego pasear dos o tres horas con el último de los estudiantes, charlando sin parar… ¡Y cómo huele el heno! ¿Te acuerdas? Y al atardecer, cuando vaga uno por el jardín, llegan desde la casa los acordes de un piano y se oye el ruido de un tren…

 

Laievski se reía de placer, algunas lágrimas asomaron a sus ojos; para ocultarlas, se inclinó hacia la mesa vecina, sin levantarse, para coger unas cerillas.

 

—Yo llevo ya fuera de Rusia dieciocho años —dijo Samóilenko—. Hasta me he olvidado de cómo es. En mi opinión, no existe lugar más maravilloso que el Cáucaso[17].

 

—Hay un cuadro de Verschaguin que representa a varios condenados a muerte que languidecen en el fondo de un pozo profundísimo. Pues tu maravilloso Cáucaso a mí se me antoja un pozo de ese tipo. Si me dieran a elegir entre estas dos posibilidades, trabajar como deshollinador en San Petersburgo o vivir aquí como un príncipe, elegiría lo primero.

 

Laievski se quedó pensativo. Al mirar su cuerpo encorvado, sus ojos fijos en un punto, su cara pálida y sudorosa, sus sienes hundidas, sus uñas mordisqueadas y la zapatilla, por la que asomaba un calcetín mal zurcido a la altura del talón, Samóilenko sintió compasión y, quizá porque le recordaba a un niño indefenso, le preguntó:

 

—¿Vive tu madre?

 

—Sí, pero no nos hablamos. No ha podido perdonarme esta relación.

 

Samóilenko le había cogido cariño a su amigo. Veía en Laievski a un buen muchacho, un estudiante, un tipo campechano con el que se podía beber, pasar un buen rato, hablar con el corazón en la mano. Los rasgos de ese joven que le resultaban comprensibles no le gustaban nada. Laievski bebía en demasía y a destiempo, jugaba a las cartas, despreciaba su trabajo, vivía por encima de sus medios, empleaba con frecuencia en su conversación expresiones indecorosas, salía a la calle en zapatillas y discutía con Nadezhda Fiódorovna en presencia de extraños: todo eso desagradaba a Samóilenko. Por otro lado, Laievski había estudiado en la Facultad de Filosofía, estaba suscrito a dos voluminosas revistas, solía hacer comentarios tan profundos que pocos lo entendían, vivía con una mujer instruida: todo eso le resultaba incomprensible a Samóilenko, pero le gustaba; de hecho, consideraba a Laievski superior a él y lo respetaba.

 

—Otro detalle más —dijo Laievski, sacudiendo la cabeza—. Pero que quede entre nosotros. Todavía no le he comentado nada a Nadezhda Fiódorovna, así que no digas nada en su presencia… Hace tres días recibí una carta en la que se me informaba de que su marido había muerto de un reblandecimiento del cerebro.

 

—Que Dios lo acoja en su gloria —suspiró Samóilenko—. ¿Y por qué se lo ocultas? —Enseñarle esa carta sería como decirle: «Vamos a la iglesia a casarnos». Antes hay que aclarar

 

nuestras relaciones. Y, una vez que se convenza de que no podemos seguir viviendo juntos, le mostraré la carta. Entonces no habrá ningún peligro.

 

—¿Sabes una cosa, Vania? —dijo Samóilenko, y su rostro de pronto adoptó una expresión triste

 

y  suplicante, como si se dispusiera a pedir un dulce y temiera que se lo negaran—. ¡Cásate, amigo mío!

—¿Por qué?

 

—¡Cumple con tu deber ante esa mujer maravillosa! Su marido ha muerto, de modo que la misma providencia te está señalando lo que tienes que hacer.

—Pero ¿no entiendes, alma de cántaro, que eso no es posible? Casarse sin amor es algo tan abominable e indigno de un hombre como oficiar una misa sin creer en Dios.

—Pero ¡es tu obligación!

 

—¿Por qué? —preguntó Laievski con enfado.

 

—Porque se la arrebataste a su marido y la tomaste bajo tu protección. —Pero si te lo estoy diciendo bien clarito: ¡he dejado de quererla! —Bueno, pues si no hay amor, respétala, cuídala…

 

—Respétala, cuídala… —lo remedó Laievski—. Ni que fuera la madre superiora… Eres un mal psicólogo y fisiólogo si piensas que, para convivir con una mujer, basta con respeto y consideración. Lo más importante para una mujer es el dormitorio.

 

—Vania, Vania… —se turbó Samóilenko.

 

—Tú, aunque viejo, eres un niño, es decir, un teórico; yo, aunque joven, soy un viejo, esto es, un práctico, así que no nos entenderemos nunca. Más vale que dejemos esta conversación. Mustafá — gritó Laievski, dirigiéndose al mozo—. ¿Cuánto te debemos?

 

—No, no… —se incomodó el médico, cogiendo a Laievski del brazo—. Déjame a mí. Te he invitado yo. ¡Apúntalo en mi cuenta! —gritó a M ustafá.

Los dos amigos se pusieron en pie y se alejaron en silencio por el malecón. Al entrar en el bulevar, se detuvieron y se dieron un apretón de manos.

—¡Qué mimados están ustedes, señores! —suspiró Samóilenko—. El destino te depara una mujer joven, hermosa, cultivada, y tú la rechazas. Yo, en cambio, me daría con un canto en los dientes si Dios me enviara a una viejecita contrahecha, con tal de que fuera cariñosa y buena. Viviría con ella en mi viñedo y … —Samóilenko refrenó su entusiasmo y añadió—: Y que la vieja bruja se ocupara de prepararme el samovar…

 

Tras despedirse de Laievski, se adentró en el bulevar. Mientras andaba, corpulento, majestuoso, con una expresión severa, la guerrera blanca como la nieve y las botas impolutas, abombado el pecho, en el que destacaba una orden de san Vladimiro, se sentía muy satisfecho de sí mismo y tenía la impresión de que todo el mundo lo observaba con aprobación. Sin volver la cabeza, miraba a uno y otro lado y pensaba que ese bulevar era un lugar muy agradable, que los jóvenes cipreses, los eucaliptos y las toscas y raquíticas palmeras eran árboles muy hermosos y con el tiempo darían mucha sombra, que los circasianos eran un pueblo honrado y hospitalario. «Es raro que a Laievski no le guste el Cáucaso —cavilaba—. Muy raro». Cinco soldados con fusiles se cruzaron con él y le hicieron el saludo. Por la acera de la derecha pasó la mujer de un funcionario con su hijo, estudiante de bachillerato.

 

—¡Buenos días, Maria Konstantínovna! —le gritó Samóilenko, con una afable sonrisa—. ¿Ha ido

 

 

a bañarse? Ja, ja, ja… ¡Saludos a Nikodim Aleksándrich!

 

Y siguió su camino, sin dejar de sonreír alegremente; no obstante, cuando vio venir a su encuentro a un practicante militar, frunció el ceño, lo detuvo y le preguntó:

 

—¿Hay alguien en la enfermería?

 

—Nadie, excelencia.

 

—¿Qué?

 

—Nadie, excelencia.

 

—Bien, puedes irte…

 

Balanceándose majestuosamente, se dirigió al quiosco de las limonadas, atendido por una anciana judía de prominente pecho, que se hacía pasar por georgiana, y le dijo en voz alta, como si estuviera dando órdenes a un regimiento:

 

—¡Haga el favor de darme un vaso de soda!

 

II

 

La falta de cariño de Laievski por Nadezhda Fiódorovna se manifestaba ante todo en el hecho de que, dijese ella lo que dijese e hiciese lo que hiciese, a él le parecía una mentira o algo semejante a una mentira, y consideraba que todo lo que leía contra las mujeres y el amor podía aplicarse a las mil maravillas a Nadezhda Fiódorovna, su marido y él mismo. Cuando regresó a casa, ella ya estaba vestida y peinada, y se había sentado junto a la ventana, donde tomaba café y hojeaba un número de una voluminosa revista con cara de preocupación. Laievski pensó que tomar un café no era un acontecimiento tan notable como para poner cara de preocupación y que no valía la pena que perdiese el tiempo peinándose a la moda, ya que en un lugar como ese no había nadie a quien seducir. Y en la revista vio también una mentira. Pensó que se vestía y se peinaba para parecer hermosa y que leía para parecer inteligente.

 

—¿Te importa que vaya hoy a bañarme? —preguntó ella.

 

—¿Y por qué no? Vayas o no vayas, no creo que se hunda la Tierra.

 

—Te lo pregunto porque no me gustaría que se enfadara el médico.

 

—Bueno, pues pregúntaselo a él. Yo no soy médico.

 

Esta vez lo que más desagradó a Laievski de Nadezhda Fiódorovna fue el cuello blanco, descubierto, y los tirabuzones sobre la nuca. Recordó que, cuando Anna Karénina dejó de querer a su marido, lo que más le molestaban eran sus orejas, y se dijo: «¡Qué verdad! ¡Qué verdad!». Vencido por la debilidad, la cabeza vacía, se retiró a su despacho, se tumbó en el sofá y se cubrió la cara con un pañuelo para que no le molestaran las moscas. Pensamientos desganados e indolentes, siempre los mismos, se arrastraban por su cabeza como una larga caravana en una desapacible tarde otoñal, hasta que acabó cayendo en un estado de somnolencia y abatimiento. Se sentía culpable ante Nadezhda Fiódorovna y ante su marido, de cuya muerte se acusaba. Se sentía culpable ante su propia vida, que había malgastado, ante el mundo de los ideales elevados, de la ciencia y del trabajo, y ese mundo maravilloso le parecía posible y real, pero no allí, a la orilla del mar, donde vagaban turcos hambrientos y perezosos abjasios, sino en el norte, donde había ópera, teatros, periódicos y actividades culturales de todo tipo. Sólo en el norte los hombres podían ser honrados, inteligentes,

 

elevados y puros. Se acusaba de no tener ideales ni una idea conductora en la vida, aunque sólo entendía de una manera vaga lo que quería decir con eso. Dos años antes, cuando se enamoró de Nadezhda Fiódorovna, creía que bastaría con marcharse al Cáucaso en su compañía para escapar de la vulgaridad y la vacuidad de la vida; ahora, en cambio, estaba convencido de que bastaría con abandonar a Nadezhda Fiódorovna y volver a San Petersburgo para alcanzar todo lo que anhelaba.

 

—¡Tengo que escapar! —murmuró, sentándose y mordiéndose las uñas—. ¡Tengo que escapar! Se imagino subiendo a un vapor, donde desayunaba, bebía cerveza fría, charlaba en cubierta con

 

algunas señoras; luego, en Sebastopol, tomaría el tren y partiría. ¡Hola, libertad! Las estaciones pasaban una tras otra, el aire se volvía cada vez más frío y recio, surgían los abedules y los abetos, pasaba por Kursk y por Moscú… En las cantinas servían sopa de verdura, cordero con gachas, esturión, cerveza; en resumidas cuentas, ya no estaría en Asia, sino en Rusia, la auténtica Rusia. Los pasajeros del tren hablarían de negocios, de cantantes nuevos, de las simpatías franco-rusas; por todas partes bulliría una vida animada, culta, intelectual, vigorosa… ¡Rápido, rápido! Ya llega, por fin, a la avenida Nevski, a la Bolsháia Morskaia; allí está el callejón Kovenski, donde vivió en tiempos con otros estudiantes; ya vislumbra el cielo amable y grisáceo, la llovizna helada, los cocheros mojados…

 

—¡Iván Andreich! —lo llamó alguien desde la habitación vecina—. ¿Está usted en casa?

 

—¡Estoy aquí! —respondió Laievski—. ¿Qué quiere?

 

—¡Los papeles!

 

Laievski se incorporó con indolencia y, medio mareado, arrastrando las zapatillas y sin dejar de bostezar, se dirigió a la habitación contigua, se acercó a la ventana abierta y vio en la calle a uno de sus jóvenes compañero de trabajo, que estaba depositando unos documentos oficiales en el alféizar.

 

—Ya voy, amigo —dijo Laiesvki con voz amable, y fue a buscar el tintero; una vez de vuelta, firmó los documentos sin leerlos y dijo—: ¡Qué calor!

 

—Sí, señor. ¿Va a ir usted hoy a la oficina?

 

—No lo sé… No me encuentro bien… Dígale a Sheshkovski que después de comer pasaré a verlo.

 

El funcionario se marchó. Laievski se tumbó de nuevo en el sofá y se puso a pensar: «Así pues, hay que sopesar todas las circunstancias y tomar una decisión. Antes de abandonar este lugar tengo que pagar las deudas. Debo cerca de dos mil rublos. Y el caso es que no tengo dinero… Claro que eso no tiene importancia: de algún modo me las arreglaré para pagar una parte ahora y el resto lo mandaré después desde San Petersburgo. Lo principal es Nadezhda Fiódorovna… Ante todo hay que aclarar nuestras relaciones… Sí».

 

Al cabo de un rato se le ocurrió que tal vez no fuera mala idea ir a ver a Samóilenko y pedirle consejo.

 

«Puedo ir —pensó—, pero ¿de qué me va a valer? Volveré a hablarle, sin venir a cuento, del tocador, de las mujeres, de lo que es noble e innoble. ¿De qué diablos pueden valerme esos discursos sobre lo noble y lo innoble cuando se trata de salvar mi vida lo antes posible, cuando me estoy ahogando en esta maldita prisión, cuando yo mismo me estoy dando muerte? En suma, debo meterme en la cabeza que seguir llevando esta existencia es una bajeza y una crueldad, ante lo cual todo lo demás se vuelve insignificante y baladí».

 

—¡Tengo que escapar! —murmuró, mientras se incorporaba—. ¡Tengo que escapar!

 

 

La orilla desierta del mar, el calor implacable y la monotonía de las montañas brumosas y lilas, siempre idénticas y silenciosas, siempre solitarias, le llenaban de pesar y, según creía, lo adormecían y le dejaban la cabeza en blanco. Quizá fuese un hombre de talento, muy inteligente y honrado; quizá, si no lo rodearan por todas partes el mar y las montañas, podría convertirse en un magnífico representante de la asamblea local, en un hombre de Estado, en un orador, en un publicista, en un héroe. ¡Quién sabe! Si un hombre dotado y útil, por ejemplo un músico o un pintor, para escapar de su cautiverio derribase el muro de su prisión y engañase a sus carceleros, ¿no sería estúpido discutir si se trataba de un acto noble o innoble? En una coyuntura como la de ese hombre, todo era noble.

 

A las dos Laievski y Nadezhda Fiódorovna se sentaron a comer. Cuando la cocinera les sirvió sopa de arroz con tomate, Laievski comentó:

 

—Cada día lo mismo. ¿Por qué no prepara sopa de repollo?

 

—Porque no hay repollo.

 

—Qué raro. En casa de Samóilenko preparan sopa de repollo y en la de Maria Konstantínovna también; sólo yo estoy obligado a comer este bodrio dulzón. Debe de haber otra explicación, querida.

Como sucede en la inmensa mayoría de las parejas, al principio no había almuerzo en que no se produjera alguna escena o en que uno de los dos no diera rienda suelta a sus caprichos, pero, desde que Laievski decidió que había dejado de quererla, se esforzaba por ceder en todo, le hablaba en tono cortés y respetuoso, sonreía, la trataba con cariño.

 

—Esta sopa sabe a regaliz —dijo con una sonrisa; hacía cuanto podía por mostrarse amable, pero no pudo contenerse y acabó diciendo—: En esta casa todo está manga por hombro… Si estás tan enferma o tan interesada en la lectura, deja que me ocupe yo de la cocina.

 

Antes ella le habría respondido: «Vale» o: «Ya veo que quieres hacer de mí una cocinera», pero ahora se limitó a mirarlo con timidez y se ruborizó.

 

—¿Cómo te sientes hoy? —preguntó Laievski con voz cariñosa.

 

—Bastante bien. Sólo un poco débil.

 

—Hay que cuidarse, querida. M e tienes muy preocupado.

 

Nadezhda Fiódorovna padecía cierta enfermedad. Samóilenko decía que tenía fiebre intermitente y le recetaba quinina; otro médico, Ustimóvich, hombre alto, enjuto, arisco, que se pasaba el día metido en casa y por la tarde paseaba en silencio por la orilla, sin dejar de toser, las manos atrás y el bastón a lo largo de la espalda, consideraba que tenía una dolencia femenina y le prescribía compresas calientes. Antes, cuando Laievski la quería, la enfermedad de Nadezhda Fiódorovna suscitaba en él compasión y miedo; ahora, en cambio, se le antojaba una mera mentira. El rostro amarillo y soñoliento, la mirada vidriosa y sus continuos bostezos después de los accesos de fiebre, así como el hecho de que durante los ataques estuviese tumbada bajo una manta, más parecida a un niño que a una mujer, y que en su habitación el ambiente fuera sofocante y oliera mal, destruían, a su parecer, la ilusión y constituían una protesta contra el amor y el matrimonio.

 

De segundo le sirvieron espinacas con huevos duros, y a Nadezhda Fiódorovna, como estaba enferma, gelatina de frutas con leche. Cuando ella, con cara de preocupación, se puso a tocar la gelatina con la cuchara y luego empezó a comérsela con desidia, sorbiendo la leche, el ruido que hacía al tragar despertó en él un odio tan profundo que hasta le entraron picores. Era consciente de que sería ofensivo albergar un sentimiento semejante hasta por un perro, pero no se enfadó consigo mismo, sino con Nadezhda Fiódorovna, que había suscitado en él esa reacción, y comprendió por qué

 

 

a veces los hombres matan a sus amantes. Él no llegaría a esos extremos, desde luego, pero, si en ese momento hubiera formado parte de un jurado, habría absuelto al asesino.

 

—Merci, querida —dijo después de la comida y besó a Nadezhda Fiódorovna en la frente.

 

Una vez en su despacho, pasó unos cinco minutos yendo de un rincón a otro y mirándose las botas de reojo; luego se sentó en el sofá y farfulló:

 

—¡Escapar! ¡Escapar! Tengo que aclarar nuestras relaciones y marcharme.

 

Se tumbó en el sofá y de nuevo le dio por pensar que quizá el marido de Nadezhda Fiódorovna había muerto por su culpa.

 

«Es estúpido acusar a una persona de haber amado o de haber dejado de amar —trataba de convencerse, levantando los pies para ponerse las botas—. El amor y el odio no dependen de nuestra voluntad. En lo que respecta a su marido, puede que yo haya sido una de las causas indirectas de su muerte, pero, una vez más, ¿acaso tengo yo la culpa de haberme enamorado de su mujer y ella de mí?».

 

Luego se puso en pie, buscó la gorra y se dirigió a casa de su colega Sheshkovski, donde se reunían a diario varios funcionarios para jugar a las cartas y beber cerveza fría.

 

«Soy tan indeciso como Hamlet —iba pensando Laievski por el camino—. ¡Cuánta razón tenía Shakespeare! ¡Ah, cuánta razón!».

 

III

 

Para no aburrirse y, al mismo tiempo, para aliviar la acuciante necesidad de los recién llegados y de los solteros que, debido a la falta de albergues de la ciudad, no tenían dónde comer, el doctor Samóilenko había organizado en su propia casa una especie de table d’hôte. En la época que nos ocupa, sólo contaba con dos comensales: el joven zoólogo von Koren, llegado en verano al Mar Negro para estudiar la embriología de las medusas, y el diácono Pobédov, salido hacía poco del seminario y enviado a la ciudad para sustituir al anciano diácono local, que había tenido que ausentarse por motivos de salud. Cada uno de ellos pagaba doce rublos al mes por la comida y la cena, y Samóilenko les había hecho dar su palabra de honor de que se presentarían puntualmente en el comedor a las dos de la tarde.

 

Por lo común, von Koren era el primero en llegar. Se sentaba silencioso en la sala, cogía un álbum de la mesa y se ponía a examinar con atención las fotografías desvaídas de unos hombres desconocidos con pantalones anchos y chistera y unas señoras con miriñaque y cofia. Samóilenko sólo recordaba el apellido de algunos; de los que se había olvidado por completo decía con un suspiro: «¡Un hombre excelente, inteligente como pocos!». Cuando acababa con el álbum, von Koren cogía una pistola de la estantería, entornaba el ojo izquierdo y pasaba un buen rato apuntando al retrato del príncipe Vorontsov [18] o se detenía ante el espejo y contemplaba su rostro moreno, su alta frente, sus cabellos oscuros y ensortijados como los de un negro, su camisa deslustrada de percal, con un estampado de grandes flores, semejante a una alfombra persa, y su ancho cinturón de cuero. La contemplación de sí mismo le procuraba una satisfacción casi mayor que el examen de las fotografías o de la pistola de magnífica montura. Estaba muy satisfecho de su rostro, de su barbita recortada con esmero, de sus anchos hombros, muestra evidente de su buena salud y robusta

 

constitución. También estaba satisfecho de su elegante atuendo, empezando por la corbata, que hacía juego con la camisa, y terminando por los zapatos amarillos.

 

Mientras von Koren observaba el álbum o se contemplaba delante del espejo, Samóilenko trajinaba alrededor de las mesas, en la cocina o en el zaguán contiguo, sin guerrera ni chaleco, con el pecho descubierto, agitado y chorreando sudor, preparando la ensalada, o una salsa o la carne, o los pepinillos y la cebolla para la menestra, al tiempo que miraba con inquina a su ayudante y lo amenazaba tan pronto con un cuchillo como con una cuchara.

 

—¡Pásame el vinagre! —ordenaba—. ¡No, el vinagre no, el aceite de oliva! —gritaba, dando patadas en el suelo—. ¿Adónde vas, animal?

 

—A coger el aceite, excelencia —decía confuso el ayudante con cascada voz de tenor.

 

—¡Date prisa! ¡Está en el armario! ¡Y dile a Daria que ponga un poco más de hinojo en el bote de los pepinillos! ¡Hinojo! ¡Tapa la nata agria, papanatas, o se llenará de moscas!

 

La casa entera parecía retumbar con sus gritos. Cuando quedaban diez o quince minutos para las dos, llegaba el diácono, un joven de unos veintidós años, enjuto, de pelo largo, sin barba y con un bigote apenas incipiente. Al entrar en la sala se santiguaba ante el icono, sonreía y tendía la mano a von Koren.

 

—Hola —decía el zoólogo con frialdad—. ¿Dónde ha estado usted?

 

—Pescando brecas en el muelle.

 

—Claro, ya veo… A lo que parece, señor diácono, no tiene usted intención de ponerse a trabajar. —¿Para qué? El trabajo no es un oso, no se escapará al bosque —decía el diácono, sonriendo y

 

metiendo las manos en los profundísimos bolsillos de su hábito blanco.

 

—¡Y que no haya nadie que le dé una buena tunda! —suspiraba el zoólogo.

 

Transcurrían quince o veinte minutos más sin que los llamaran a comer; seguían oyéndose los pasos del ayudante, que corría del zaguán a la cocina o viceversa, y los gritos de Samóilenko:

 

—¡Pon la mesa! ¿Dónde te metes? ¡Lávalo primero!

 

El diácono y von Koren, hambrientos, empezaban a golpear el suelo con los tacones, expresando de ese modo su impaciencia, como en el teatro el público del gallinero. Por fin se abría la puerta y el martirizado ayudante anunciaba que la comida estaba lista. En el comedor los recibía Samóilenko, colorado, enfadado, sofocado por los vapores de la cocina; los miraba con encono, levantaba la tapa de la sopera con expresión de espanto y les servía un plato a cada uno; sólo cuando se convencía de que ambos comían con apetito y de que el guiso les gustaba, suspiraba aliviado y se sentaba en un mullido sillón. Su rostro adoptaba una expresión lánguida y gozosa… Se servía sin prisas una copa de vodka y decía:

 

—¡A la salud de la joven generación!

 

Después de conversar con Laievski, Samóilenko, a pesar de su excelente humor, había sentido cierta inquietud en lo más profundo de su alma, que se prolongó hasta la hora de la comida; le daba pena de Laievski y quería ayudarlo. Se bebió la copa de vodka, antes de probar la sopa, suspiró y dijo:

 

—Hoy he visto a Vania Laievski. Lo está pasando mal. Su situación económica es desesperada, pero lo que más me preocupa es el aspecto psicológico. M e da pena del muchacho.

 

—¡Pues a mí no me da ninguna! —dijo von Koren—. Si ese buen hombre se estuviera ahogando, yo lo empujaría con mi bastón: ahógate, querido, ahógate…

 

—No es verdad. No harías eso.

 

—¿Por qué? —el zoólogo se encogió de hombros—. Soy tan capaz como tú de cometer una buena acción.

 

—¿Es que consideras que ayudar a que una persona se ahogue es una buena acción? —preguntó el diácono y se echó a reír.

 

—En el caso de Laievski sí.

 

—Me parece que a la menestra le falta algo… —dijo Samóilenko, que deseaba cambiar de conversación.

 

—Laievski es, sin duda, tan nocivo y peligroso para la sociedad como el microbio del cólera — continuó von Koren—. Contribuir a que se ahogue sería un acto digno de elogio.

 

—No te hace mucho honor esa manera de hablar de tu prójimo. Dime, ¿por qué lo odias tanto? —No digas sandeces, doctor. Odiar y despreciar a un microbio sería estúpido; en cuanto a eso de

 

considerar semejante a toda costa a cualquier persona con la que uno se encuentra, sin hacer distinciones, equivaldría, permíteme que te lo diga, a no razonar, a renunciar a una actitud justa con la gente, a lavarse las manos, en una palabra. Considero que tu Laievski es un miserable, no lo oculto y lo trato como a un miserable, con plena conciencia. Y, si tú quieres considerarlo tu semejante, que te aproveche; eso significa que te importa tanto como el diácono o como yo, es decir, nada. Muestras la misma indiferencia por todos.

 

—¡Cómo puedes llamar miserable a un hombre! —balbuceó Samóilenko, frunciendo el ceño con desprecio—. ¡M e parece algo tan sucio que no encuentro palabras!

 

—A los hombres hay que juzgarlos por sus actos —prosiguió von Koren—. Juzgue usted, diácono… Ahora voy a dirigirme a usted. Las actividades del señor Laievski se irán desplegando ante sus ojos como un largo pergamino y podrá usted leerlas de principio a fin. ¿Qué ha hecho a lo largo de los dos años que lleva viviendo aquí? Contemos con los dedos. Primero, ha enseñado a los habitantes de la ciudad a jugar al vint. Hace dos años ese juego era desconocido en la ciudad, ahora juegan todos desde la mañana hasta bien entrada la noche, incluyendo las mujeres y los adolescentes. Segundo, ha enseñado a los lugareños a beber cerveza, que también era desconocida; además, los vecinos le deben numerosas informaciones sobre diversas clases de vodka que en la actualidad les permiten distinguir con los ojos vendados el vodka Kosheliov del Smirnov número 21. Tercero, antes, si alguien vivía con una mujer ajena, lo hacía en secreto, ateniéndose a los mismos principios según los cuales los ladrones roban a escondidas y no a la luz del día; el adulterio se consideraba algo vergonzoso que había que ocultar de las miradas ajenas; en ese sentido, Laievski ha sido un pionero: vive con una mujer ajena abiertamente. Cuarto… —Von Koren se acabó la menestra en un santiamén y le entregó el plato al ayudante—. Al mes de conocerlo, había calado a Laievski —prosiguió, dirigiéndose al diácono—. Llegamos aquí al mismo tiempo. Las personas como él aprecian mucho la amistad, la proximidad, la solidaridad y todas esas cosas, porque siempre necesitan compañía para jugar a las cartas, beber y salir a tomar algo; además, son habladores y necesitan que alguien los escuche. Nos hicimos amigos, es decir, él pasaba a verme a diario, me impedía trabajar y me hacía confidencias sobre su mantenida. Desde el principio me sorprendió su extraordinaria mendacidad, que me daba verdadero asco. En calidad de amigo le reprendía: le preguntaba por qué bebía tanto, por qué vivía por encima de sus propios medios y contraía deudas, por qué no hacía nada ni leía un libro, por qué tenía una cultura tan escasa y sabía tan poco, y en respuesta a todas mis preguntas esbozaba una

 

 

amarga sonrisa, suspiraba y decía: «Soy un fracasado, un hombre superfluo», o: «¡Qué puede esperarse de nosotros, residuos de la época de servidumbre?», o: «Hemos degenerado…». O se perdía en consideraciones prolijas y descabelladas sobre Onieguin, Pechorin, el Caín de Byron y Bazárov[19], de los que decía: «Son nuestros padres en cuerpo y alma». Todo eso había que interpretarlo así: no era culpa suya que los paquetes de documentos oficiales estuvieran semanas enteras sin abrir o que él se entregara a la bebida y animara a beber a otros; la culpa la tenían Onieguin, Pechorin y Turguénev, inventor del fracasado, del hombre superfluo. La causa de la extrema depravación y envilecimiento no hay que buscarla dentro de uno mismo, sino fuera, en el espacio. Además, mire usted qué bien, el pervertido, el embustero y el miserable no era sólo él, sino también nosotros… «Nosotros, hombres de los años ochenta», «nosotros, progenie indolente y neurótica del régimen de servidumbre», «nosotros, despojos desfigurados por la civilización». En resumidas cuentas, debíamos comprender que un hombre tan grande como Laievski era grande incluso en su caída; que su depravación, su ignorancia y su incuria constituían un fenómeno histórico natural, consagrado por la necesidad; que nos encontrábamos ante causas universales, elementales, y que había que encender una vela por Laievski, víctima fatal de la época, de las tendencias, de la herencia y demás. Todos los funcionarios y las señoras se quedaban boquiabiertos escuchándolo; yo, por mi parte, tardé bastante en dilucidar si tenía que vérmelas con un cínico o con un astuto embaucador. Los tipos como él, con aspecto de intelectuales, una capa de cultura y una tendencia irreprimible a hablar de su propia nobleza, saben hacerse pasar por criaturas extraordinariamente complejas.

 

—¡Cállate! —estalló Samóilenko—. ¡No te permito que hables mal en mi presencia de un hombre intachable!

 

—¡No me interrumpas, Aleksandr Davídich! —dijo con frialdad von Koren—. Ya termino. Laievski es un organismo bastante simple. He aquí su estructura moral: por la mañana, zapatillas, baño y café; luego, hasta la hora de la comida, zapatillas, movimiento y conversación; a las dos, zapatillas, comida y vino; a las cinco, baño, té y vino; después, naipes y embustes; a las diez, cena y vino, y después de medianoche, descanso y la femme. Su existencia se encierra en ese reducido programa, como el huevo en la cáscara. Ya ande, se siente, se enfade, escriba o se alegre, todo se reduce al vino, las cartas, las zapatillas y la mujer. La mujer desempeña en su vida un papel fatal, agobiante. Él mismo cuenta que se enamoró ya a los trece años. Siendo estudiante de primer curso, vivió con una señora que ejerció sobre él una influencia beneficiosa y a la que debe su instrucción musical. En el segundo curso sacó a una ramera de un prostíbulo y la elevó a su altura, es decir, la tomó como concubina; la joven vivió seis meses con él y luego volvió con su madama. Esa fuga causó a Laievski profundos padecimientos espirituales. Tanto sufrió que tuvo que dejar la universidad y se pasó dos años en casa sin hacer nada. Pero no hay mal que por bien no venga, pues, una vez allí, tuvo relaciones con una viuda que le aconsejó dejar la Facultad de Derecho e ingresar en la de Filología. Y así lo hizo. Al acabar el curso, se enamoró perdidamente de su actual (¿cómo llamarla?) mujer casada, con la que tuvo que escapar al Cáucaso, en nombre de no sé qué ideales… Si no hoy, mañana dejará de quererla y volverá a huir a San Petersburgo, siempre en nombre de los ideales.

 

—¿Y tú cómo lo sabes? —rezongó Samóilenko, mirando con animadversión al zoólogo—. Come y calla.

 

Trajeron sargos cocidos con salsa polaca. Samóilenko sirvió un pescado entero a cada uno de sus pensionados y los cubrió de salsa con su propia mano. Pasaron un par de minutos en silencio.

 

—La mujer desempeña un papel fundamental en la vida de cualquier hombre —dijo el diácono—.

 

No se puede hacer nada.

 

—Sí, pero ¿hasta qué punto? Para cada uno de nosotros la mujer es la madre, la hermana, la esposa, la amiga; en cambio, para Laievski es sólo la amante. La mujer, es decir, la convivencia con la mujer constituye para él la felicidad y el objeto de su vida. Si se alegra, se entristece, se aburre o se desencanta, la causa es siempre la mujer. Si la vida se le vuelve insoportable, la culpa es de la mujer. Si se enciende la aurora de una nueva vida, si surgen nuevos ideales, de nuevo hay que buscar a la mujer… Sólo le satisfacen las obras y los cuadros en los que aparecen mujeres. Nuestra época, en su opinión, es mala, aun peor que los años cuarenta y sesenta, sólo porque no sabemos dedicarnos con abnegación al éxtasis amoroso y la pasión. Esos lujuriosos deben de tener en la cabeza una excrecencia particular, una especie de sarcoma que les oprime el cerebro y condiciona toda su psicología. Si observan a Laievski cuando está en compañía de otras personas, se darán cuenta de que, en el momento en que se plantea en su presencia una cuestión general, por ejemplo, sobre la célula o sobre el instinto, se aparta, guarda silencio y no escucha; parece cansado, desilusionado, nada le interesa, todo es vulgar e insignificante, pero en cuanto se habla de machos y de hembras, de que la araña, por ejemplo, después de la fecundación, devora al macho, sus ojos resplandecen de curiosidad

 

y  su rostro se ilumina; en resumidas cuentas, el hombre vuelve a la vida. Todos sus pensamientos, por muy nobles, elevados o indiferentes que sean, tienen siempre el mismo punto de partida. Si vas con él por la calle y te encuentras, pongamos, con un burro… ya está preguntando: «Dígame, por favor, ¿qué pasaría si se cruzara una burra con un camello?». ¿Y qué me dicen de los sueños? ¿No les ha contado sus sueños? ¡Son maravillosos! Tan pronto sueña que está casado con la Luna como que le citan en una comisaría y le ordenan que viva con una guitarra…

 

El diácono prorrumpió en una sonora carcajada. Samóilenko frunció el ceño y puso cara de pocos amigos, tratando de conservar la seriedad, pero al final no pudo contenerse y estalló en una risotada

—¡Todo es mentira! —dijo, secándose las lágrimas—. ¡Dios mío, qué sarta de mentiras!

 

IV

 

El diácono era un hombre muy risueño; bastaba cualquier bobada para que se desternillara y se partiera de risa. Se diría que el único placer que hallaba en la compañía de sus semejantes era que todos tenían un aspecto ridículo y a todos podía poner un apodo jocoso. A Samóilenko lo llamaba «La Tarántula»; a su ayudante, «El Pato», y se mostró entusiasmado un día en que von Koren tildó a Laievski y Nadezhda Fiódorovna de macacos. Examinaba con minucia los rostros, escuchaba sin pestañear y se veía cómo sus ojos se iban iluminando y sus rasgos se tensaban, en espera del momento en que pudiera dar rienda suelta a la risa.

 

—Es un tipo depravado y pervertido —prosiguió el zoólogo, mientras el diácono, que aguardaba otra expresión divertida, lo miraba fijamente a la cara—. No es fácil encontrar una nulidad semejante. Físicamente es un hombre débil, endeble, avejentado; e intelectualmente no se distingue en nada de la gorda mujer de un mercader, que se pasa la vida zampando, bebiendo, durmiendo en un colchón de plumas y teniendo relaciones con su cochero.

 

El diácono volvió a reírse a carcajadas.

 

—No se ría, diácono —dijo von Koren—. Es de tontos eso de reírse tanto. Yo no habría reparado en su nulidad —continuó, una vez que el diácono acabó con sus carcajadas— y no le habría prestado atención si no fuera un individuo tan perjudicial y peligroso. Es dañino, ante todo, porque tiene éxito entre las mujeres y, en consecuencia, amenaza con dejar descendencia, es decir, con donar al mundo una docena de Laievski, tan endebles y depravados como él. En segundo lugar, es contagioso en grado sumo. Ya les he hablado del vint y la cerveza. Un año o dos más y habrá conquistado toda la costa del Cáucaso. Ya saben ustedes la fe ciega que tiene la masa, sobre todo las capas medias, en la intelectualidad, en la instrucción universitaria, en las buenas maneras y en el lenguaje literario. Por muchas canalladas que cometa, todos creerán que hace bien, que así debe ser, porque es un joven instruido, liberal, con formación universitaria. Además, es un fracasado, un hombre superfluo, un neurasténico, una víctima de la época, y eso significa que se le puede permitir todo. Un buen tipo, un corazón de oro, siempre tan indulgente con las flaquezas humanas; condescendiente, considerado, asequible, nada orgulloso, con él se puede uno tomar una copa, chismorrear, soltar unas cuantas palabrotas… La masa siempre se inclina por el antropomorfismo en religión y en moral; sus divinidades preferidas son las que muestran las mismas debilidades que ella. ¡Juzguen ustedes qué campo más amplio para el contagio! Además, es un actor nada malo, un embustero habilidoso y sabe perfectamente lo que hace. Observen sus artimañas y subterfugios, por ejemplo, su actitud ante la civilización. Aunque la civilización apenas le ha rozado, no para de decir: «¡Ah, cómo nos ha desfigurado la civilización! ¡Ah, cómo envidio a los salvajes, a esos hijos de la naturaleza que no conocen la civilización!». Con eso deja entrever, fíjense ustedes, que en tiempos fue fiel a la civilización en cuerpo y alma, la sirvió, la comprendió a fondo, pero luego esta lo cansó, lo decepcionó, lo engañó; él es un Fausto, dense cuenta, un segundo Tolstói… A Schopenhauer y Spencer, en cambio, los trata como si fueran chiquillos, y les da palmaditas en la espalda con aire paternal. ¿Qué hay, amigo Spencer? Ni que decir tiene que no lo ha leído, pero qué expresión tan dulce adopta cuando, con ligera y despreocupada ironía, dice, refiriéndose a su dama: «¡Ha leído a Spencer!». Todos lo escuchan y nadie quiere comprender que ese charlatán no sólo no tiene derecho a hablar de Spencer en ese tono, sino ni siquiera a besarle las suelas de los zapatos. Únicamente un animal muy presuntuoso, mezquino e infame puede pisotear la civilización, la autoridad y los altares ajenos, cubrirlos de barro y burlarse de ellos con el solo propósito de justificar y ocultar su propia debilidad y su indigencia moral.

 

—No sé qué es lo que esperas de él, Kolia —dijo Samóilenko, que ya no miraba al zoólogo con inquina, sino con aire culpable—. Es un hombre como todos. Desde luego, tiene sus flaquezas, pero está a la altura de las ideas modernas, trabaja, es útil a su patria. Hace diez años vivía aquí un agente de comercio, un viejecito listo como pocos que solía decir…

 

—¡Basta, basta! —lo interrumpió el zoólogo—. Dices que trabaja. Pero ¿cómo trabaja? ¿Es que, gracias a su venida, han mejorado algo las cosas, los funcionarios se han vuelto más diligentes, honrados y serviciales? Al contrario, con su autoridad de intelectual con formación universitaria lo único que ha hecho es sancionar su falta de celo. Sólo se muestra diligente el veinte de cada mes, cuando recibe el sueldo; los demás días se los pasa en casa, arrastrando las zapatillas y adoptando una expresión con la que pretende dar a entender el enorme favor que está haciendo al gobierno ruso por el solo hecho de vivir en el Cáucaso. No, Aleksandr Davídich, no lo defiendas. Ni tú mismo crees lo que dices. Si de verdad lo apreciaras y lo consideraras un semejante, no le pasarías por alto sus

 

 

flaquezas ni serías tan condescendiente con él, y por su propio bien tratarías de neutralizar su mal ejemplo.

 

—¿Cómo?

 

—Neutralizándolo. Dado que es incorregible, sólo hay un medio de lograrlo… —von Koren se pasó un dedo por el cuello, para dejar claro a qué se refería—. Eso o ahogarlo… —prosiguió—. En interés de la humanidad y en su propio interés las personas como él deben ser eliminadas. Sin falta.

 

—Pero ¿qué dices? —murmuró Samóilenko, poniéndose en pie y mirando perplejo el rostro sereno e impasible del zoólogo—. Diácono, ¿qué está diciendo? ¿Estás en tus cabales?

 

—No insisto en la pena de muerte —dijo von Koren—. Si está demostrado que es perjudicial, busquen otro remedio. Si no se puede aniquilar a Laievski, entonces aíslenlo, despersonalícenlo, condénenlo a trabajos forzados…

 

—¿Qué dices? —se horrorizó Samóilenko—. ¡Con pimienta, con pimienta! —gritó con voz desesperada, al advertir que el diácono se estaba comiendo sin pimienta los calabacines rellenos—. ¿Es posible que un hombre tan inteligente como tú esté diciendo esas cosas? ¡¡Condenar a trabajos forzados a nuestro amigo, un joven orgulloso y cultivado!!

 

—Pues, si es orgulloso y se resiste, que le pongan grilletes.

 

Samóilenko, incapaz ya de decir una sola palabra, se limitaba a mover los dedos. El diácono echó un vistazo a su rostro aturdido, verdaderamente ridículo, y soltó una carcajada.

 

—Dejemos el tema —dijo el zoólogo—. Sólo te pido que recuerdes, Aleksandr Davídich, que la lucha por la existencia y la selección natural protegían al hombre primitivo de tipos como Laievski; ahora nuestra cultura ha debilitado de manera considerable la lucha y la selección, de suerte que debemos ocuparnos nosotros mismos de la eliminación de los débiles e incapaces; de otro modo, cuando los Laievski se multipliquen, la civilización se vendrá abajo y la humanidad degenerará del todo. Y los culpables seremos nosotros.

 

—¡Si se ahoga y se cuelga a la gente —dijo Samóilenko—, tu civilización y la humanidad se irán al diablo! ¡Al diablo! Escucha lo que voy a decirte: eres un hombre cultísimo, listísimo, el orgullo de tu patria, pero los alemanes te han estropeado. ¡Sí, los alemanes! ¡Los alemanes! —Samóilenko, desde que partió de Derpt[20], en donde estudió medicina, rara vez había visto a un alemán y no había leído un solo libro alemán, pero, a su juicio, todos los males de la política y de la ciencia se debían a los alemanes. Ni él mismo habría sabido decir a qué se debía esa opinión, pero se atenía a ella con firmeza—. ¡Sí, los alemanes! —repitió una vez más—. Vamos a tomar el té.

Los tres se levantaron y, tras ponerse el sombrero, se dirigieron al jardincillo y se sentaron a la sombra de unos pálidos arces, unos perales y un castaño. El zoólogo y el diácono se acomodaron en un banco, junto a una mesita, mientras Samóilenko se desplomaba en un sillón de rejilla, de ancho respaldo inclinado. El ayudante sirvió té, mermelada y una botella de almíbar.

 

Hacía mucho calor, unos treinta grados a la sombra. El aire sofocante se había serenado, hasta dejar de soplar, y una larga telaraña pendía inmóvil y flácida desde el castaño hasta el suelo.

 

El diácono cogió la guitarra que había siempre junto a la mesa, la templó y se puso a cantar en voz queda Los seminaristas junto a la taberna, pero hacía demasiado calor, así que se calló al instante, se enjugó el sudor de la frente y elevó los ojos al cielo ardiente y azul. Samóilenko se había quedado traspuesto: el bochorno, el silencio y el dulce sopor de la sobremesa, que no tardaron en apoderarse de todos sus miembros, le habían robado las fuerzas, produciéndole una suerte de

 

 

ebriedad: yacía con los brazos colgando, los ojos semicerrados, la cabeza hundida en el pecho. Dirigió una mirada enternecida a von Koren y al diácono y murmuró:

 

—La joven generación… La estrella de la ciencia y el candil de la Iglesia… En un visto y no visto, este santo varón de largos faldones será promovido a metropolita y habrá que besarle la mano… Así… lo quiera Dios…

 

No tardó en oírse un ronquido. Von Koren y el diácono se acabaron el té y salieron a la calle.

 

—¿Va otra vez a pescar al muelle? —preguntó el zoólogo.

 

—No, hace demasiado calor.

 

—Pues véngase conmigo. Me hará un paquete y me copiará unos papeles. Luego hablaremos de cómo debe usted ocupar el tiempo. Hay que trabajar, diácono. No puede seguir así.

 

—Sus palabras son justas y lógicas —dijo el diácono—, pero creo que mi pereza es disculpable, dadas las circunstancias de mi vida actual. Como usted bien sabe, la incertidumbre contribuye en gran medida a la apatía de la gente. Sólo Dios sabe si me han enviado aquí temporalmente o para siempre. Nadie me informa de nada y, mientras tanto, mi mujer sigue aburriéndose en casa de sus padres. Además, confieso que el calor me ha secado el cerebro.

 

—Bobadas —dijo el zoólogo—. Al calor puede acostumbrarse uno y también a vivir sin la compañía de una mujer. Hay que dejarse de remilgos y aprender a dominarse.

 

V

 

Nadezhda Fiódorovna iba a bañarse por la mañana, seguida de su cocinera Olga, que llevaba un cántaro, una taza de cobre, toallas y una esponja. En la rada había dos vapores desconocidos, probablemente navíos mercantes extranjeros, con sus chimeneas blancas llenas de suciedad. Algunos hombres vestidos de blanco, con zapatos del mismo color, iban por el muelle, dando gritos en francés, y desde los vapores les respondían. En la pequeña iglesia de la ciudad repicaron con fuerza las campanas.

 

«Hoy es domingo», recordó con satisfacción Nadezhda Fiódorovna.

 

Se sentía rebosante de salud y su estado de ánimo era alegre, festivo. Con su nuevo y amplio vestido de seda cruda y su gran sombrero de paja, cuya ancha ala se doblaba hacia abajo a la altura de las orejas, dando la impresión de que su rostro salía de una caja, se sentía muy atractiva. Pensaba que era la única mujer joven, hermosa e inteligente de toda la ciudad, que sólo ella sabía vestirse con gusto

 

y  elegancia gastando poco dinero. Ese vestido, por ejemplo, sólo le había costado veintidós rublos, y, sin embargo, qué bonito era. Era la única mujer que despertaba admiración en la ciudad, y como había muchos hombres, todos tenían que envidiar a Laievski, lo quisieran o no.

 

Le alegraba que en los últimos tiempos Laievski fuera tan indiferente con ella, tan comedido y cortés y a veces incluso tan grosero y vulgar; a sus desaires y sus miradas despectivas, frías, extrañas o incomprensibles, antes habría contestado con lágrimas, reproches y amenazas de abandonarlo o dejarse morir de hambre; ahora, en cambio, por toda respuesta se ruborizaba, lo miraba con aire culpable y se alegraba de que no se mostrase afectuoso con ella. Habría sido aún más agradable y placentero si la hubiese insultado o amenazado, pues se sentía totalmente culpable ante él. Creía que era culpable, ante todo, de no compartir sus ilusiones de una vida de trabajo, aspiración por la que

 

 

Laievski había dejado San Petersburgo y se había marchado al Cáucaso, y estaba convencida de que en los últimos tiempos estaba enfadado con ella precisamente por esa cuestión. Cuando ella iba de camino al Cáucaso, pensaba encontrar desde el primer día un rincón apartado en la orilla del mar, un jardín ameno y fresco, con pajarillos y arroyuelos, donde podría plantar flores y hortalizas, criar patos y gallinas, recibir a los vecinos, curar a los campesinos pobres y distribuir libros entre ellos; pero resultó que el Cáucaso consistía en una sucesión de montañas peladas, bosques y valles inmensos, donde había que pasar mucho tiempo eligiendo sitio, haciendo gestiones, organizándose; donde no había vecinos, hacía muchísimo calor y podían robarle a uno. Laievski no se había dado prisa en adquirir una parcela, y ella se alegró de esa tardanza; parecía como si se hubieran puesto de acuerdo para no mencionar la vida dedicada al trabajo. Como él callaba, Nadezhda Fiódorovna pensaba que se había enfadado porque ella no sacaba a colación ese tema.

 

En segundo lugar, a lo largo de esos dos años había adquirido en la tienda de Achmiánov, a espaldas de Laievski, diversas naderías por valor de unos trescientos rublos: un poco de tela, una pieza de seda, una sombrilla… Y poco a poco, sin darse cuenta, había acumulado aquella deuda.

 

—Hoy mismo se lo diré… —decidió, pero acto seguido paró mientes en que, dado el humor de Laievski, tal vez no era el momento más oportuno para hablarle de deudas.

 

En tercer lugar, había recibido ya dos veces, en ausencia de Laievski, a Kirilin, el jefe de la policía: una vez por la mañana, cuando Laievski había ido a bañarse, y otra, a medianoche, mientras él estaba jugando a las cartas. Al recordarlo, Nadezhda Fiódorovna se puso como la grana y miró a la cocinera, como si temiera que esta pudiera leerle los pensamientos. Las largas jornadas, aburridas e insoportablemente calurosas; los hermosos y lánguidos atardeceres, las noches sofocantes y toda esa vida, en que uno no sabía cómo emplear tanto tiempo libre; el pensamiento recurrente de que era la mujer más bonita y joven de la ciudad y de que estaba malgastando su juventud, así como la presencia del propio Laievski, hombre honrado e idealista, pero monótono, siempre arrastrando las zapatillas, mordiéndose las uñas y fastidiándola con sus caprichos, habían contribuido a que el deseo poco a poco acabara apoderándose de ella, hasta el punto de que, como una loca, no pensaba en otra cosa ni de día ni de noche. En su aliento, en sus miradas, en el tono de su voz y en sus andares sólo percibía ese deseo; el rumor de las olas le hablaba de la necesidad de amar, y también la oscuridad de la noche y las montañas… Cuando Kirilin empezó a cortejarla, no había encontrado las fuerzas ni la voluntad necesarias para oponer resistencia y se había entregado…

 

En aquel momento, vaya usted a saber por qué, los vapores extranjeros y los hombres de blanco le recordaron una enorme sala; junto a las palabras en francés resonaron en sus oídos los sones de un vals, y su pecho se estremeció, lleno de una alegría inexplicable. Le entraron ganas de bailar y de hablar en francés.

 

Con inmensa satisfacción llegó a la conclusión de que su traición no era algo tan terrible, pues su alma no había participado. Seguía queriendo a Laievski, como demostraba el hecho de que se sintiera celosa, de que lo echara de menos y se entristeciera cuando él no estaba en casa. Kirilin, en cambio, había resultado un tipo normalillo, más bien vulgar, aunque atractivo. Ya había roto con él y no volvería a verlo. Lo que había sucedido pertenecía ya al pasado; a nadie le importaba y, si Laievski llegaba a enterarse, no lo creería.

 

En la orilla sólo había una casa de baños para las damas; los hombres, en cambio, se bañaban al aire libre. Al entrar en la casa de baños, Nadezhda Fiódorovna se encontró con una señora ya madura,

 

 

Maria Konstantínovna Bitiugova, esposa de un funcionario, y con su hija de quince años, Katia, estudiante de bachillerato; ambas estaban sentadas en un banco, desnudándose. Maria Konstantínovna era una mujer bondadosa, entusiasta y delicada, que hablaba con mucha pasión, alargando las palabras. Hasta los treinta y dos años había trabajado como institutriz, luego se había casado con el funcionario Bitiugov, hombre de baja estatura, calvo (con los cuatro pelos que le quedaban procuraba cubrirse las sienes) y muy pacífico. Seguía enamorada de él, tenía celos, se ruborizaba cuando oía la palabra «amor» y aseguraba a todo el mundo que era muy feliz.

 

—¡Hola, querida! —dijo con alborozo al ver a Nadezhda Fiódorovna, adoptando una expresión que todos sus conocidos calificaban de «meliflua»—. ¡Cuánto me alegro de que haya venido, amiga mía! Nos bañaremos juntas: ¡será estupendo!

 

Olga se quitó rápidamente el vestido y la camisa y procedió a desvestir a su señora.

 

—Hoy no hace tanto calor como ayer, ¿no es verdad? —dijo Nadezhda Fiódorovna, encogiéndose al sentir el rudo contacto de la cocinera desnuda—. Ayer estuve a punto de asfixiarme.

—¡Ah, sí, querida! A mí me pasó lo mismo. No se lo va a creer, pero ayer me bañé tres veces.

 

Hasta Nikodim Aleksándrich se intranquilizó.

 

«¿Cómo es posible que sean tan feas? —pensaba Nadezhda Fiódorovna, mirando a Olga y a la mujer del funcionario. Luego se fijó en Katia y se dijo—: La muchacha no tiene malas formas».

 

—¡Su Nikodim Aleksándrich es amabilísimo! —comentó en voz alta—. La verdad es que estoy enamorada de él.

 

—Ja, ja, ja —estalló M aria Konstantínovna en una risa forzada—. ¡Qué maravilla!

 

Una vez liberada de la ropa, Nadezhda Fiódorovna sintió deseos de volar. Tenía la impresión de que le bastaría con batir los brazos para salir volando. Advirtió que Olga miraba con repugnancia su cuerpo blanco. Olga, aún joven, casada con un soldado, vivía con su marido legítimo y eso le daba derecho a considerarse mejor y superior a ella. Nadezhda Fiódorovna notaba que Maria Konstantínovna y Katia tampoco la respetaban y que la temían. Era una impresión desagradable, y para realzarse a sus ojos, dijo:

 

—Ahora en San Petersburgo está en su apogeo la temporada veraniega. ¡Cuántos conocidos teníamos mi marido y yo! Tendría que ir a hacerles una visita.

 

—Su marido es ingeniero, ¿no es verdad? —preguntó con timidez M aria Kaspárovna.

 

—Estoy hablando de Laievski. Tiene muchísimos conocidos. Pero, por desgracia, su madre, una aristócrata orgullosa, es una mujer de cortos alcances…

 

Nadezhda Fiódorovna dejó la frase a medias y se zambulló; Maria Konstantínovna y Katia la siguieron.

 

—En nuestra sociedad hay muchísimos prejuicios —prosiguió Nadezhda Fiódorovna—, y la vida no es tan fácil como parece.

 

Maria Konstantínovna, que había trabajado de institutriz para familias aristocráticas y conocía la alta sociedad, dijo:

 

—¡Ah, sí! No se lo va a creer, querida, pero en casa de los Garatinski había que vestirse convenientemente para el desayuno y el almuerzo; por ese motivo, además de mi sueldo, recibía una cantidad suplementaria para ropa, como si fuera una actriz.

 

Se había situado entre Nadezhda Fiódorovna y Katia, como queriendo apartar de su hija el agua en que se bañaba la primera. A través de la puerta, abierta sobre el mar, se veía nadar a alguien a unos

 

cien pasos de allí.

 

—¡M amá, es nuestro Kostia! —dijo Katia.

 

—¡Ah, ah! —cacareó Maria Konstantínovna asustada—. ¡Ah! ¡Kostia, vuelve! —gritó—. ¡Kostia, vuelve!

 

Kostia, un muchacho de unos catorce años, queriendo dárselas de valiente delante de su madre y de su hermana, se sumergió y siguió nadando, pero acabó cansándose y se apresuró a volver. En su rostro serio y contraído se veía que no confiaba en sus propias fuerzas.

 

—¡Estos muchachos son una cruz, querida! —dijo Maria Konstantínovna, ya más tranquila—. Basta que se dé uno la vuelta para que se partan la crisma. ¡Ah, querida, qué agradable y a la vez qué duro es ser madre! Siempre estás con el alma en vilo.

 

Nadezhda Fiódorovna se puso el sombrero de paja y salió a mar abierto. Nadó unos diez metros

 

y  se quedó flotando boca arriba. Veía el mar hasta la línea del horizonte, los vapores, la gente en la orilla, la ciudad; ese cuadro, junto con el bochorno y las olas blandas y transparentes, la excitaba y le susurraba que había que vivir, vivir… Junto a ella pasó rauda una barca de vela, cortando enérgicamente las olas y el aire; el hombre que manejaba el timón se la quedó mirando, y a ella le agradó que la contemplara…

 

Después del baño, las señoras se vistieron y se marcharon juntas.

 

—Cada dos días tengo fiebre, pero no adelgazo —dijo Nadezhda Fiódorovna, pasándose la lengua por labios, salados después del baño, y respondiendo con una sonrisa a los saludos de los conocidos —. Siempre he sido más bien gruesa y ahora tengo la sensación de haber engordado todavía más.

—Eso depende de la disposición, querida. Si alguien no tiene tendencia a engordar, como yo, por ejemplo, no hay comida que pueda ayudarle. M e parece que se le ha mojado el sombrero, querida.

—Da igual, ya se secará.

 

Nadezhda Fiódorovna volvió a ver a los hombres vestidos de blanco, que paseaban por el malecón hablando en francés, y, por alguna razón, su pecho volvió a estremecerse de alegría y le vino a la memoria la imagen imprecisa de una espaciosa sala en la que alguna vez había bailado o con la que acaso había soñado. Y algo en lo más profundo de su alma le susurró de forma vaga y confusa que era una mujer ruin, vulgar, despreciable, insignificante…

 

M aria Konstantínovna se detuvo a la puerta de su casa y la invitó a pasar.

 

—¡Entre, querida! —dijo con voz suplicante, al tiempo que la miraba con angustia, esperando que rechazase el ofrecimiento.

—Con mucho gusto —aceptó Nadezhda Fiódorovna—. ¡Ya sabe cuánto me gusta pasar un rato con usted!

Y entró en la casa. Maria Konstantínovna le pidió que tomara asiento, le sirvió café, le ofreció panecillos, luego le enseñó unas fotografías de sus antiguas pupilas, las señoritas Garatinski, que ya se habían casado, y después le mostró las calificaciones de Katia y de Kostia, que eran excelentes; no obstante, para que parecieran aún mejores, suspiró y se quejó de lo difícil que era en esos tiempos estudiar el bachillerato… Agasajaba a su invitada, pero al mismo tiempo lamentaba que estuviera allí, sufría pensando que su presencia podía ejercer una influencia perniciosa en la moral de Kostia y de Katia y se alegraba de que Nikodim Aleksándrich no se hallara en casa, pues, en su opinión, a todos los hombres les gustaban «esas mujeres», de suerte que Nadezhda Fiódorovna también podía ejercer una influencia negativa sobre Nikodim Aleksándrich.

 

 

Mientras conversaba con su invitada, a Maria Konstantínovna no se le iba de la cabeza que esa misma tarde se celebraría una merienda campestre y que von Koren le había rogado encarecidamente que no dijera nada a los macacos, es decir, a Laievski y Nadezhda Fiódorovna. No obstante, en un momento determinado se le escapó sin darse cuenta, y tuvo que añadir, roja como la grana y toda confusa:

 

—¡Espero que vengan ustedes!

 

VI

 

Habían acordado alejarse siete verstas de la ciudad, en dirección sur, y detenerse junto a la taberna, en la confluencia de los riachuelos Negro y Amarillo, donde prepararían la sopa de pescado. Partieron poco después de las cinco. Delante de todos, en un charabán, iban Samóilenko y Laievski; detrás, en un landó tirado por tres caballos, viajaban Maria Konstantínovna, Nadezhda Fiódorovna, Katia y Kostia, llevando la cesta con las provisiones y la vajilla. El siguiente carruaje estaba ocupado por el jefe de policía, Kirilin, y el joven Achmiánov, hijo del comerciante al que Nadezhda Fiódorovna debía trescientos rublos; en el asiento de enfrente, hecho un ovillo y con las piernas encogidas, se había acomodado Nikodim Aleksándrich, diminuto, pulcro, con sus cuatro pelos cubriéndole las sienes. Cerraban la comitiva von Koren y el diácono, que llevaba sobre las rodillas una cesta de pescado.

 

—¡A la derecha! —gritaba Samóilenko a voz en cuello cada vez que se cruzaban con un carro o con un abjasio a lomos de una mula.

 

—Dentro de dos años, cuando disponga de los medios y del personal necesario, emprenderé una expedición —decía von Koren al diácono—. Recorreré la costa desde Vladivostok hasta el estrecho de Bering y luego desde allí hasta la desembocadura del río Yeniséi. Trazaremos un mapa, estudiaremos la fauna y la flora y realizaremos detalladas investigaciones geológicas, antropológicas y etnográficas. De usted depende acompañarme o no.

 

—Es imposible —dijo el diácono.

 

—¿Por qué?

 

—Tengo obligaciones, estoy casado.

 

—Su mujer le dejará venir. Nos ocuparemos de que no le falte de nada. Lo mejor sería que, por el bien de todos, la convenciera de que se metiera monja, lo que le permitiría a usted tomar los hábitos y participar en la expedición en calidad de sacerdote. Yo puedo arreglarlo.

 

El diácono guardaba silencio.

 

—¿Conoce usted bien su materia, la teología? —preguntó el zoólogo.

 

—No mucho.

 

—Hum… No puedo ofrecerle ninguna indicación en ese sentido, porque también yo la conozco mal. Pero si me da una lista con los libros que necesita, se los enviaré este invierno desde San Petersburgo. También tendrá que leer las memorias de los misioneros, entre los que figuran buenos etnólogos y conocedores de lenguas orientales. Cuando se haya familiarizado con su modo de trabajar, le será más fácil ponerse manos a la obra. Y, mientras llegan los libros, no pierda el tiempo en vano: venga a verme y nos ejercitaremos con la brújula, estudiaremos la meteorología. Todo eso es indispensable.

 

—Sí, sí —farfulló el diácono y se echó a reír—. He solicitado un puesto en la Rusia central y mi tío, que es arcipreste, ha prometido ocuparse del caso. Si me voy con usted, lo habría molestado en vano.

—No entiendo sus vacilaciones. Si sigue siendo un simple diácono, que oficia sólo los días de fiesta y el resto del tiempo se dedica a no hacer nada, dentro de diez años será lo mismo que es ahora, con la única diferencia, quizá, de que le habrá salido bigote y un poco de barba; en cambio, si participa en la expedición, dentro de diez años se habrá convertido en otro hombre y se sentirá orgulloso de haber hecho algo de provecho.

 

En el carruaje de las señoras resonaron unos gritos que denotaban temor y asombro. Estaban pasando por una carretera excavada en un acantilado rocoso cortado a pico, y todos tenían la impresión de que avanzaban por una tabla fijada a un alto muro y de que los carruajes iban a despeñarse en el abismo en cualquier momento. A la derecha se extendía el mar, a la izquierda se levantaba un muro escarpado y marrón, con manchas negras, vetas rojas y raíces trepadoras, mientras en lo alto las frondosas ramas de las coníferas se asomaban al vacío como con pavor y curiosidad. Al cabo de unos cinco minutos volvieron a oírse gritos y risas: había que pasar por debajo de una enorme roca suspendida sobre la carretera.

 

—No entiendo por qué diablos he venido con vosotros —dijo Laievski—. ¡Qué estúpido y trivial! En lugar de ir al norte, de huir, de salvarme, participo en esta excursión idiota.

 

—Pero ¡mira qué paisaje! —exclamó Samóilenko, cuando los caballos torcieron a la izquierda y se abrió el valle del riachuelo Amarillo, cuyas aguas centellearon, amarillas, turbias, alocadas…

 

—Yo no veo nada de particular —respondió Laievski—. Cuando uno se pasa el día entero admirando la naturaleza lo único que hace es dejar constancia de su falta de imaginación. En comparación con las imágenes que puede crear mi imaginación, todos estos arroyuelos y peñascos son una nadería.

 

Los carruajes avanzaban ya por la orilla del río. Las altas y abruptas riberas iban confluyendo poco a poco, el valle se estrechaba y algo más adelante se transformaba en desfiladero; la montaña rocosa junto a la que pasaban había sido creada por la naturaleza con peñascos enormes, compactados con tanta fuerza que Samóilenko, cada vez que los veía, emitía un rugido involuntario. La sombría y bella montaña estaba atravesada aquí y allá por angostas grietas y hendiduras, que despedían un vaho de humedad y de misterio; a través de las hendiduras se veían otras montañas, parduscas, rosadas, lilas, humeantes o bañadas de brillante luz. De vez en cuando, cuando pasaban por uno de esos resquicios, se oía el rumor del agua, que caía desde lo alto y se estrellaba contra las rocas.

 

—¡Ah, malditas montañas —suspiraba Laievski—, van a matarme de aburrimiento!

 

A un lado del camino, en el punto donde el riachuelo Negro desembocaba en el Amarillo y sus aguas negras como la tinta entablaban combate con las amarillas y las manchaban, se alzaba la taberna del tártaro Kerbalai, con una bandera rusa en el tejado y un letrero escrito con tiza: «La Taberna de la Alegría». Alrededor se extendía un jardincillo con mesas y bancos, rodeado por una cerca, y en medio de los escuálidos arbustos espinosos se alzaba un ciprés solitario, esbelto y oscuro.

 

Kerbalai, un tártaro vivaracho, de baja estatura, con una camisa azul y un mandil blanco, estaba junto al camino y, con las manos en el estómago, hacía profundas reverencias a los carruajes, al tiempo que sonreía, mostrando sus dientes blancos y brillantes.

 

 

—¡Hola, Kerbalai! —le gritó Samóilenko—. Vamos a seguir un poco más. Llévanos el samovar y unas sillas. ¡Deprisa!

 

Kerbalai asintió con su cabeza rasurada y balbuceó algo que sólo quienes viajaban en el último carruaje llegaron a entender:

 

—¡Tengo truchas, excelencia!

 

—¡Tráelas, tráelas! —le dijo von Koren.

 

Los carruajes se detuvieron a unos quinientos pasos de la taberna. Samóilenko eligió un pequeño prado en el que sobresalían algunas piedras que podían servir de asiento y donde yacía un árbol abatido por la tormenta, con las velludas raíces desenterradas y las agujas secas y amarillentas. En ese punto un inestable puente de troncos atravesaba el río, y en la otra orilla, justo enfrente, se alzaba sobre cuatro pequeños pilares un secadero de maíz, que recordaba las isbas con patas de gallina de los cuentos[21]; una escalerita conducía hasta la puerta.

 

En un primer momento se apoderó de todos la sensación de que jamás saldrían de allí. Por todas partes, mirasen donde mirasen, se alzaban y se sucedían montañas imponentes, y por la parte de la taberna y del oscuro ciprés avanzaban a toda prisa las sombras del atardecer; de este modo, el estrecho y tortuoso valle del riachuelo Negro parecía más angosto y las montañas, más altas. Se oía el borboteo de las aguas y el incesante chirrido de las cigarras.

 

—¡Qué maravilla! —dijo Maria Konstantínovna, entusiasmada, exhalando un profundo suspiro

 

—. ¡Niños, mirad qué bonito! ¡Y qué silencio!

 

—Sí, la verdad es  que es  bonito —admitió Laievski, a quien había complacido la vista; no

 

obstante, después de contemplar el cielo y luego el humo azul que salía de la chimenea de la taberna se sintió triste, vaya usted a saber por qué—. ¡Sí, es bonito! —repitió.

 

—Iván Andreich, describa este paisaje —dijo M aria Konstantínovna con voz llorosa.

 

—¿Para qué? —preguntó Laievski—. La impresión es mejor que cualquier descripción. Esta riqueza de colores y sonidos, que cualquiera recibe de la naturaleza por medio de las impresiones, los escritores la revelan bajo un aspecto informe e irreconocible.

 

—¿Cómo dice? —preguntó con frialdad von Koren, que había escogido la roca más grande que había junto al río y buscaba el modo de encaramarse a ella para sentarse—. ¿Cómo dice? —repitió, mirando fijamente a Laievski—. ¿Y Romeo y Julieta? ¿Y la noche ucraniana descrita por Pushkin? Ante esos ejemplos, la naturaleza tiene que inclinarse hasta el suelo.

 

—Tal vez… —concedió Laievski, demasiado perezoso para argumentar y rebatir—. Por otro lado —añadió al cabo de un rato—, ¿qué representa Romeo y Julieta en realidad? Un amor bello, poético, sagrado, unas rosas bajo las que se trata de ocultar la podredumbre. Romeo es un animal, como todo el mundo.

 

—Siempre que se habla con usted de algo, acababa reduciéndolo todo… Von Koren se quedó mirando a Katia y no terminó la frase. —¿A qué acabo reduciéndolo? —preguntó Laievski.

 

—Si alguien dice, por ejemplo: «¡Qué hermoso es este racimo de uvas!», usted responde: «Sí, pero qué horrible cuando uno se lo come y lo digiere en el estómago». ¿A qué viene decir eso? No es nada nuevo y … en general, es una manera de proceder bastante extraña.

 

Laievski sabía que no le caía bien a von Koren; por eso le tenía miedo y en su presencia se sentía incómodo, como si alguien le estuviera echando el aliento en el cogote. Sin responder palabra, se

 

 

apartó unos pasos y se lamentó de haber emprendido ese viaje.

 

—¡Señores, vamos a coger leña para la hoguera! —ordenó Samóilenko.

 

Casi todos los presentes se dispersaron y en el lugar sólo quedaron Kirilin, Achmiánov y Nikodim Aleksándrich. Kerbalai trajo sillas, extendió una alfombra sobre la hierba y depositó unas cuantas botellas de vino. El jefe de policía, Kirilin, hombre alto y apuesto, que hiciera el tiempo que hiciera llevaba siempre un capote por encima de la guerrera, con su altanero porte, sus andares solemnes y su voz profunda y algo ronca, era el prototipo del joven comisario de provincias. Tenía una expresión triste y soñolienta, como si acabaran de despertarlo en contra de su voluntad.

 

—¿Qué es lo que nos has traído, animal? —le preguntó a Kerbalai, pronunciando lentamente cada palabra—. Te pedí que nos sirvieras kvareli[22], ¿y qué es lo que nos has traído, tártaro del demonio? ¿Eh? ¿Con quién crees que estás hablando?

—Tenemos mucho vino, Yegor Alekseich —terció Nikodim Aleksándrich, tímido y cortés.

 

—¿Y qué? Quiero que también haya vino mío. Participo en esta excursión y supongo que tengo todo el derecho a aportar mi contribución. ¡Su-pon-go! ¡Trae diez botellas de kvareli!

 

—¿Por qué tantas? —preguntó sorprendido Nikodim Aleksándrich, pues sabía que Kirilin no tenía dinero.

 

—¡Veinte botellas! ¡Treinta! —gritó Kirilin.

 

—No se preocupe, déjelo —le susurró Achmiánov a Nikodim Aleksándrich—. Lo pagaré yo. Nadezhda Fiódorovna estaba de un humor alegre y juguetón. Quería saltar, reír, gritar, gastar

 

bromas, coquetear. Llevaba un vestido barato de percal, con dibujo de lunares azules, unas sandalias rojas y aquel sombrero de paja que se había puesto por la mañana, y se imaginaba que era menuda, sencilla, ligera y aérea como una mariposa. Corrió por el inestable puentecillo y se asomó a las aguas un instante, para sentir el vértigo de las alturas; luego pegó un grito, pasó corriendo a la otra orilla y se acercó al secadero, sintiéndose admirada por todos los hombres, incluso por Kerbalai. Mientras, en la oscuridad que descendía veloz, los árboles se confundían con las montañas, los caballos con los carruajes, y en las ventanas de la taberna relucía una lucecilla. Nadezhda Fiódorovna subió a una montaña por una vereda que serpenteaba ente las peñas y los arbustos espinosos y se sentó en una roca. Abajo ardía ya la hoguera. Alrededor del fuego trajinaba el diácono, con la camisa remangada; su larga sombra negra giraba en torno a las llamas como un rayo; tan pronto echaba ramitas como removía el perol con una cuchara atada a una larga vara. Samóilenko, con el rostro entre púrpura y cobrizo, se ajetreaba alrededor de la lumbre, como hacía en la cocina de su casa, y gritaba hecho una fiera:

 

—¿Dónde está la sal, caballeros? ¿No la habrán olvidado? ¿Qué hacen ahí sentados como señoritos? ¿Es que no van a echarme una mano?

 

Sentados en el árbol caído, uno al lado del otro, Laievski y Nikodim Aleksándrich contemplaban el fuego con aire pensativo. Maria Konstantínovna, Katia y Kostia sacaban de la cesta el servicio de té y los platos. Von Koren, los brazos cruzados y un pie apoyado sobre la roca, estaba en la orilla, al borde mismo del agua, y parecía meditar. Las manchas rojas de la hoguera y las sombras que se desplazaban por el suelo junto a las oscuras figuras humanas temblaban en la montaña, en los troncos, en el puente, en el secadero; al otro lado, la abrupta y escarpada orilla estaba toda iluminada, centelleaba y se reflejaba en el río, y las tumultuosas aguas, que pasaban raudas, rompían en pedazos su reflejo.

 

 

El diácono fue por el pescado que Kerbalai estaba limpiando y lavando en la orilla, pero se detuvo a medio camino y se quedó mirando a su alrededor.

 

«¡Dios mío, qué hermosura! —pensó—. Los hombres, las rocas, el fuego, el crepúsculo, un árbol monstruoso: sólo eso. Y, sin embargo, ¡qué hermosura!».

 

En la otra orilla, junto al secadero, aparecieron unos desconocidos. Como la luz reverberaba y el humo de la hoguera iba en esa dirección, no fue posible distinguir a todos esos hombres en un primer momento; sólo se veía de forma fragmentaria tan pronto un gorro de piel y una barba canosa como una camisa azul o un montón de harapos de los hombros a las rodillas y un puñal terciado en la cintura, o un rostro joven y moreno con cejas negras, tan espesas y precisas que parecían dibujadas a carboncillo. Cinco o seis de ellos se sentaron en el suelo formando un corro, mientras los cinco restantes entraron en el secadero. Uno se quedó en la puerta, de espaldas a la hoguera, y, con las manos a la espalda, se puso a contar algo por lo visto muy interesante, porque, cuando Samóilenko echó unas ramas al fuego y las llamas se recrudecieron, echando chispas e iluminando con toda claridad el secadero, vieron en el interior a dos figuras serenas, que escuchaban con profunda atención, mientras los del corro se habían vuelto y prestaban oídos a la narración. Al cabo de un rato los que estaban sentados entonaron en voz baja un estribillo prolongado y melódico, semejante a los cánticos eclesiásticos de la cuaresma… Al escucharlo, el diácono se imaginó lo que sería de él dentro de diez años, cuando regresara de la expedición: joven sacerdote misionero, autor renombrado y con un pasado magnífico; lo promoverían a archimandrita; luego, a obispo; oficiaría misa en la catedral; con su mitra de oro y su panagia[23] saldría al ambón y, bendiciendo a la multitud con candelabros de dos y tres brazos en la mano, proclamaría: «¡Protégenos desde el cielo, Señor, contempla y honra con tu presencia esta viña plantada por tu diestra!». Y los niños, en respuesta, cantarían con voz angelical: «Dios santo»…

 

—¿Dónde está el pescado, diácono? —se oyó la voz de Samóilenko.

 

Una vez de vuelta junto a la hoguera, el diácono imaginó una calurosa jornada de julio en la que una procesión avanzara por un camino polvoriento: delante, los campesinos con los estandartes y las mujeres y las muchachas con los iconos; a continuación, los niños cantores y el sacristán con la mejilla vendada y briznas de paja entre los cabellos; luego él, el diácono, detrás el pope con el bonete y la cruz, y después, levantando una nube de polvo, una muchedumbre de mujiks, campesinas y muchachos, entre la que se encontrarían la mujer del pope y la suya, con el chal en la cabeza. Canta el coro, chillan los niños, pían las codornices, gorjean las alondras… De pronto la comitiva se detiene para asperjar el ganado con agua bendita… Luego reanudan la marcha y, puestos de rodillas, invocan la lluvia. Y por último toman un bocado, charlan…

 

«También eso es hermoso…», pensó el diácono.

 

VII

 

Kirilin y Achmiánov subieron a la montaña por el sendero. Achmiánov se quedó rezagado y se detuvo, pero Kirilin se acercó a Nadezhda Fiódorovna.

 

—¡Buenas tardes! —dijo, llevándose la mano a la visera.

 

—Buenas tardes.

 

 

—Pues sí —dijo Kirilin, contemplando el cielo con aire pensativo.

 

—¿Cómo que pues sí? —preguntó Nadezhda Fiódorovna, al cabo de un rato, dándose cuenta de que Achmiánov los estaba observando.

 

—Quiero decir —pronunció lentamente el policía— que nuestro amor se ha marchitado antes de florecer, por decirlo de alguna manera. ¿Cómo pretende que me lo tome? ¿Se trata de coquetería por su parte o es que me considera un tunante con el que puede hacer lo que le venga en gana?

 

—¡Fue un error! ¡Déjeme! —dijo con brusquedad Nadezhda Fiódorovna, mirándolo con temor y preguntándose sorprendida cómo era posible que alguna vez hubiera encontrado atractivo a ese tipo y hubiera aceptado su compañía.

 

—¡Ya! —exclamó Kirilin; guardó silencio un momento, con aire meditabundo, y comentó—: ¡Qué le vamos a hacer! Esperaremos a que esté usted de mejor humor; mientras tanto, me atrevo a asegurarle que soy un hombre íntegro y que no permito que nadie lo ponga en duda. ¡Conmigo no se juega! Adieu!

 

Se llevó la mano a la visera y se alejó, abriéndose paso entre los arbustos. Algo después se acercó Achmiánov con pasos indecisos.

 

—¡Qué tarde tan hermosa! —exclamó con un ligero acento armenio.

 

Era un hombre nada feo, vestía a la moda y se conducía con sencillez, como un joven bien educado, pero a Nadezhda le caía mal porque le debía a su padre trescientos rublos; también le desagradaba que hubiesen invitado a la excursión a un tendero y que este se hubiera acercado a ella precisamente esa tarde, cuando se sentía tan pura de espíritu.

 

—En general la excursión ha sido un éxito —dijo al cabo de un rato.

 

—Sí —convino ella y, como si de pronto le hubiese venido a la cabeza su deuda, añadió distraída —: A propósito, diga en la tienda que dentro de unos días pasará Iván Andreich y pagará los trescientos rublos… o la cantidad que sea.

 

—Le daría con gusto otros trescientos con tal de que dejara de recordarme esa deuda cada día. ¿Por qué menciona siempre ese asunto tan prosaico?

 

Nadezhda Fiódorovna se echó a reír; se le había pasado por la imaginación la ridícula idea de que, si su moral no hubiese sido lo bastante firme para impedírselo, habría podido saldar la deuda en ese mismo instante. ¡Le habría bastado, por ejemplo, con hacer que ese tontorrón joven y apuesto perdiera la cabeza! En realidad, ¡qué ridículo, absurdo y descabellado sería! Pero de pronto le entraron ganas de enamorarlo, desplumarlo, abandonarlo y ver después lo que pasaba.

 

—Permítame que le dé un consejo —dijo tímidamente Achmiánov—. Haga el favor de apartarse de Kirilin. Va diciendo por todas partes cosas horribles de usted.

 

—No me interesa saber lo que pueda contar de mí un estúpido —dijo Nadezhda Fiódorovna con frialdad; en ese momento se apoderó de ella una gran inquietud y la idea ridícula de jugar un poco con ese joven apuesto perdió de pronto todo su encanto—. Tenemos que volver con los demás —dijo—. Nos están llamando.

 

Abajo la sopa de pescado ya estaba lista. La sirvieron en los platos y se pusieron a comerla con esa solemnidad típica de las excursiones; todos la encontraron muy apetitosa y afirmaron que en casa nunca habían comido nada igual. Como sucede siempre en las excursiones, nadie sabía dónde estaba su vaso y su pan, perdidos entre un montón de servilletas, envoltorios e inútiles papeles llenos de grasa arrastrados por el viento; vertían el vino en la alfombra o en las propias rodillas, se les caía la

 

 

sal. Alrededor reinaba la oscuridad y la hoguera ya no ardía con tanta fuerza como antes, pero nadie era capaz de sacudirse la pereza y levantarse para echar un poco de leña. Todos habían bebido vino; a Kostia y a Katia les habían servido medio vaso. Nadezhda Fiódorovna se había bebido un vaso entero, luego otro, se había emborrachado y se había olvidado de Kirilin.

 

—Una merienda suntuosa, una tarde maravillosa —dijo Laievski, que gracias al vino se sentía más alegre—, pero yo cambiaría todo esto por un invierno de verdad. «El polvo de la escarcha plateaba su cuello de castor.»[24]

—Cada cual tiene su gusto —señaló von Koren.

Laievski se sintió incómodo: por la espalda le llegaba el calor de la hoguera y de frente, el odio de von Koren, hombre probo e inteligente; ese odio, que probablemente tenía razones fundadas, lo humillaba y lo debilitaba; sin fuerzas para contrarrestarlo, dijo en tono obsequioso: —Amo apasionadamente la naturaleza y lamento no ser naturalista. Le envidio.

 

—Yo, en cambio, no lamento nada ni le envidio —dijo Nadezhda Fiódorovna—. No entiendo que alguien pueda ocuparse seriamente de los bichos y de las sabandijas cuando hay un pueblo que sufre.

Laievski compartía esa opinión. No sabía absolutamente nada de ciencias naturales y, por tanto, nunca había podido congraciarse con el tono autoritario y el aire doctoral y sesudo de las personas que se dedicaban a las antenas de las hormigas y las patas de las cucarachas; siempre le había molestado que esas personas, basándose en el estudio de las antenas, las patas y no sé qué protoplasma (que él, por alguna razón, se imaginaba como una especie de ostra), pretendiesen resolver cuestiones relativas al origen y la vida del hombre. Pero las palabras de Nadezhda Fiódorovna le sonaron a falsas y, con la única intención de llevarle la contraria, comentó:

 

—¡Lo importante no son los insectos, sino las conclusiones!

 

VIII

 

Cuando empezaron a acomodarse en los carruajes para volver a casa, ya era tarde, alrededor de las once. Sólo faltaban Nadezhda Fiódorovna y Achmiánov, que corrían uno detrás del otro en la orilla opuesta del río y se reían a carcajadas.

—¡Vamos, señores! —les gritó Samóilenko.

 

—No habría que darle vino a las señoras —dijo von Koren en voz baja.

 

Laievski, cansado de la excursión, dolido por el odio de von Koren y extenuado por sus propios pensamientos, fue al encuentro de Nadezhda Fiódorovna, y cuando ella, alegre, contenta, sintiéndose ligera como una pluma, sofocada y risueña, le cogió ambas mano y reclinó la cabeza en su pecho, retrocedió un paso y dijo con severidad:

 

—Te estás comportando… como una cocotte.

 

El comentario había sido tan grosero que hasta sintió pena de ella. En el rostro enfadado y fatigado de Laievski, Nadezhda Fiódorovna leyó odio, compasión e irritación, y de pronto se sintió abatida. Comprendió que se había pasado de la raya, que se había comportado con demasiada desenvoltura; apesadumbrada, sintiéndose gorda, pesada, vulgar y borracha, subió al primer carruaje vacío que encontró, junto con Achmiánov. Laievski se sentó con Kirilin; el zoólogo, con Samóilenko; el diácono, con las señoras, y la caravana se puso en marcha.

 

 

—Así son los macacos… —empezó von Koren, arrebujándose en la capa y cerrando los ojos—. Ya lo has oído, a ella no le gustaría ocuparse de bichos y sabandijas porque hay un pueblo que sufre. Así juzgan a su semejante todos los macacos. Es una estirpe servil, maliciosa, atemorizada desde hace diez generaciones por el puño y el látigo; tiembla, se conmueve y adula sólo cuando se le obliga; pero, si sueltas al macaco en un espacio libre, donde no haya nadie que pueda cogerlo por la cabezota, se envalentona y se hace notar. Mira qué audaz es en las exposiciones de pintura, en los museos, en los teatros y cuando expresa sus opiniones sobre la ciencia: se le eriza el pelo, se encabrita, insulta, critica… Critica sin falta: una característica de los esclavos. Fíjese: los hombres que se dedican a profesiones liberales reciben más insultos que los granujas, y ello se debe a que la sociedad, en sus tres cuartas partes, se compone de esclavos, de macacos como estos. No sucederá nunca que un esclavo te tienda la mano y te agradezca sinceramente tu trabajo.

 

—¡No sé adónde quieres ir a parar! —dijo Samóilenko, bostezando—. La pobrecilla, en su ingenuidad, quería hablar contigo de un tema elevado, y tú ya estás sacando conclusiones. Estás enfadado con él por algún motivo y la has tomado también con ella. ¡Es una mujer maravillosa!

 

—¡Ah, basta! No es más que una mantenida, disoluta y vulgar. Escucha, Aleksandr Davídich, cuando te encuentras con una simple aldeana que no vive con su marido y no hace más que reírse, le dices que se ponga a trabajar. ¿Por qué en este caso te muestras tan timorato y no te atreves a decir la verdad? ¿Sólo porque en este caso quien mantiene a Nadezhda Fiódorovna no es un marinero, sino un funcionario?

 

—¿Y qué quieres que haga? —se enfadó Samóilenko—. ¿Que le dé una paliza?

 

—No hay que fomentar el vicio. Sólo lo condenamos a espaldas de la gente, y eso equivale a hacer la higa con la mano en el bolsillo. Soy zoólogo, o sociólogo, que viene a ser lo mismo; tú eres médico. La sociedad cree en nosotros. Estamos obligados a mostrarle la amenaza que supone para las generaciones presentes y futuras la existencia de señoras como Nadezhda Ivánovna.

 

—Fiódorovna —le corrigió Samóilenko—. ¿Y qué debe hacer la sociedad?

 

—¿La sociedad? Eso es asunto suyo. En mi opinión, el camino más seguro y directo es la violencia. Habría que mandarla manu militari con su marido y, si el marido no la acogiese, enviarla a trabajos forzados o ingresarla en algún reformatorio.

 

—¡Uf! —suspiró Samóilenko; luego guardó silencio y al cabo comentó en voz baja—: Hace unos días dijiste que a la gente como Laievski había que eliminarla… Dime… Figúrate que el gobierno o la sociedad te confiaran la misión de eliminarlo… ¿Serías capaz de hacerlo?

 

—No me temblaría la mano.

 

IX

 

De vuelta en casa, Laievski y Nadezhda Fiódorovna entraron en sus habitaciones oscuras, sofocantes

 

y  desangeladas. Los dos callaban. Laievski encendió una vela; Nadezhda Fiódorovna, por su parte, se sentó y, sin quitarse el abrigo y el sombrero, levantó hasta él sus ojos tristes y culpables.

Laievski comprendió que ella estaba esperando una explicación; pero explicarse habría sido tedioso, inútil y fatigoso; por otro lado, le apenaba no haber podido contenerse y haberle dicho esa grosería. Casualmente palpó en el bolsillo la carta que a diario se proponía leerle y pensó que, si se la

 

mostrara en ese momento, conseguiría que sus pensamientos tomaran otro rumbo.

 

«Es hora de que aclaremos nuestras relaciones —pensó—. Se la daré, y que pase lo que tenga que pasar».

 

Sacó la carta y se la tendió.

 

—Léela. Te concierne.

 

Y, tras pronunciar esas palabras, se retiró a su despacho y se tumbó a oscuras en el sofá, sin coger siquiera un cojín. Cuando leyó la carta, Nadezhda Fiódorovna tuvo la impresión de que el techo se hundía y las paredes la aplastaban. De pronto todo le pareció opresivo, tenebroso y terrible. Se santiguó tres veces con gestos bruscos y murmuró:

 

—Descanse en paz… Descanse en paz…

 

Y se echó a llorar.

 

—¡Vania! —llamó—. ¡Iván Andreich!

 

No obtuvo respuesta. Creyendo que Laievski había entrado y estaba detrás de la silla, se puso a sollozar como una niña y dijo:

 

—¿Por qué no me has dicho antes que había muerto? No hubiera participado en la excursión, no me habría reído de ese modo atroz… Los hombres me han dicho vulgaridades. ¡Qué pecado, qué pecado! Sálvame, Vania, sálvame… M e he vuelto loca… Estoy perdida…

 

Laievski oía sus sollozos. Sentía una suerte de ahogo y su corazón latía con fuerza. Lleno de angustia, se levantó, se detuvo en medio de la habitación, buscó a tientas el sillón que había junto a la mesa y se sentó.

 

«Esto es una cárcel —pensó—. Tengo que marcharme… No puedo más…».

 

Ya era tarde para ir a jugar a las cartas y en la ciudad no había restaurantes. Volvió a tumbarse y se tapó las orejas para no escuchar los sollozos, y de repente cayó en la cuenta de que podía ir a casa de Samóilenko. Para no pasar al lado de Nadezhda Fiódorovna, salió por la ventana al jardín, atravesó la cerca y echó a andar por la calle. Estaba oscuro. Acababa de llegar un vapor, a juzgar por las luces un gran navío de pasajeros… La cadena del ancla chirrió. Desde la orilla se acercaba veloz al vapor una lucecilla roja: era la lancha de los aduaneros.

 

«Los pasajeros duermen en las cabinas…», pensó Laievski, sintiendo envidia de la serenidad ajena.

 

En casa de Samóilenko las ventanas estaban abiertas. Laievski se quedó mirando una, luego otra:

 

en las habitaciones reinaban la oscuridad y el silencio.

 

—¿Estás durmiendo, Aleksandr Davídich? —llamó—. ¡Aleksandr Davídich!

 

Se oyó una tos y una exclamación inquieta.

 

—¿Quién está ahí? ¿Quién diablos es?

 

—Soy yo, Aleksandr Davídich. Perdona.

 

Al cabo de unos instantes se abrió la puerta. Brilló la pálida luz de una lamparilla y apareció la enorme figura de Samóilenko, todo de blanco, con un gorro de dormir del mismo color.

 

—¿Qué quieres? —preguntó medio dormido, respirando con dificultad y rascándose la cabeza—.

 

Espera, voy a abrirte.

 

—No te molestes, entraré por la ventana…

 

Laievski se encaramó al alféizar, se acercó a Samóilenko y le cogió del brazo.

 

—¡Aleksandr Davídich —dijo con voz temblorosa—, sálvame! ¡Te lo ruego, te lo suplico, trata

 

de comprenderme! Mi situación es insoportable. Si se prolonga un par de días más, me ahorcaré como… como se ahorca a un perro.

 

—Espera… ¿De qué me estás hablando?

 

—Enciende una vela.

 

—Ay, ay … —suspiró Samóilenko, obedeciéndole—. Dios mío, Dios mío… Ya es más de la una, amigo.

 

—Perdona, pero no puedo quedarme en casa —dijo Laievski, a quien la luz y la presencia de Samóilenko procuraron un gran alivio—. Eres mi mejor amigo, mi único amigo, Aleksandr Davídich… En ti tengo depositadas todas mis esperanzas. Lo quieras o no, debes echarme una mano. He de marcharme de aquí a cualquier precio. ¡Préstame algo de dinero!

 

—¡Ah, Dios mío, Dios mío! —suspiró Samóilenko, rascándose de nuevo—. Estaba a punto de dormirme y de pronto oí el silbido de un vapor que entraba en el puerto, y ahora apareces tú… ¿Cuánto necesitas?

 

—Unos trescientos rublos por lo menos. Tengo que dejarle cien a ella y yo necesito doscientos para el viaje… Te debo ya cerca de cuatrocientos, pero te lo enviaré todo… todo…

 

Samóilenko se cogió con una mano ambas patillas, abrió las piernas y se quedó pensativo.

 

—A ver… —murmuraba, sumido en sus cavilaciones—. Trescientos… Sí… Pero no tengo tanto.

 

Habrá que pedírselo a alguien.

 

—¡Pues hazlo, por el amor de Dios! —dijo Laievski, viendo por la expresión de Samóilenko que su amigo estaba dispuesto a facilitarle ese dinero y que, de una u otra manera, se lo procuraría—. Pídeselo prestado a alguien y yo te lo devolveré sin falta. En cuanto llegue a San Petersburgo, te lo enviaré. De eso puedes estar seguro. Oye, Sasha —añadió, animándose—, podíamos beber un poco de vino.

 

—Sí… Por qué no.

 

Ambos se dirigieron al comedor.

 

—¿Y qué va a ser de Nadezhda Fiódorovna? —preguntó Samóilenko, poniendo sobre la mesa tres botellas y un plato de melocotones—. ¿Va a quedarse aquí?

 

—Me ocuparé de todo, me ocuparé de todo… —dijo Laievski, sintiéndose anegado por una alegría inesperada—. Le enviaré dinero más tarde y se reunirá conmigo… Allí aclararemos nuestras relaciones. A tu salud, amigo.

 

—¡Espera! —exclamó Samóilenko—. Primero prueba esto… Es de mi propio viñedo. Esta, en cambio, es una botella del viñedo de Navaridze y esa del de Ajatúlov… Prueba los tres tipos y dime sinceramente… El mío parece un poco ácido, ¿no es verdad?

 

—Sí… Tu compañía ha sido un gran consuelo, Aleksandr Davídich. Gracias… He vuelto a la vida.

 

—¿Lo encuentras ácido?

 

—Yo qué sé. Al diablo con eso. Eres un hombre estupendo, maravilloso.

 

Al contemplar su rostro pálido, agitado y bondadoso, Samóilenko se acordó de la opinión de von Koren sobre la necesidad de eliminar a las personas como él, y Laievski le pareció un niño débil e indefenso, al que cualquiera podía ofender y aniquilar.

 

—Cuando vuelvas al norte, reconcíliate con tu madre —dijo—. No podéis seguir así.

 

—Sí, sí, lo haré sin falta.

 

Guardaron silencio un rato. Cuando terminaron la primera botella, Samóilenko dijo:

 

—También deberías reconciliarte con von Koren. Ambos sois personas excelentes e inteligentísimas, y en cambio os miráis como lobos.

 

—Sí, es un hombre excelente e inteligentísimo —convino Laievski, que en esos momentos estaba dispuesto a alabar y perdonar a todo el mundo—. Un hombre notable, pero me resulta imposible tratar con él. ¡Imposible! Nuestras naturalezas son demasiado diferentes. Con mi temperamento débil, apocado, complaciente, quizá en un momento propicio podría tenderle la mano, pero él me daría la espalda… con desprecio —Laievski se tomó un trago de vino, se puso a pasear de un lado a otro y al final se detuvo en medio de la habitación—. Comprendo perfectamente a von Koren. Tiene un carácter fuerte, decidido, despótico. Como ya sabes, está siempre hablando de esa expedición, y no son palabras vacías. Necesita el desierto, una noche de luna: alrededor, en las tiendas y bajo el cielo raso, hambrientos y enfermos, extenuados por la fatigosa marcha, duermen sus cosacos, sus guías, sus porteadores, el médico y el sacerdote; él es el único que no duerme: como Stanley, sentado en una silla plegable, se siente el rey del desierto y el amo de esos hombres. Él sigue adelante, avanza sin parar, no se sabe adónde; sus hombres gimen y mueren uno tras otro. Pero él sigue, sigue adelante; al final muere también él, pero queda como déspota y rey del desierto, pues la cruz de su tumba, que las caravanas ven a treinta y cuarenta millas de distancia, domina todo ese espacio vacío. Lamento que ese hombre no haya ingresado en el ejército. Sería un caudillo excelente, genial. Sería capaz de hundir en el río a su caballería para hacer un puente de cadáveres, y esas gestas son más necesarias en la guerra que todas las tácticas y fortificaciones. ¡Ah, lo entiendo perfectamente! Dime, ¿por qué languidece en un lugar como este? ¿Qué se le ha perdido aquí?

 

—Está estudiando la fauna marina.

 

—No. ¡No, amigo, no! —exclamó Laievski con un suspiro—. Un científico que iba en el vapor me contó que la fauna del Mar Negro es muy pobre y que en sus profundidades hay un exceso de ácido sulfúrico que impide la existencia de vida orgánica. Todos los zoólogos serios trabajan en las estaciones biológicas de Nápoles o Villefrance. Pero von Koren es independiente y testarudo: trabaja en el Mar Negro porque nadie trabaja aquí. Ha roto con la universidad, no quiere saber nada de los científicos ni de los colegas, porque ante todo es un déspota, y sólo después, un zoólogo. Ya verás cómo hace algo grande. Ya está soñando con desterrar de nuestras universidades la intriga y la mediocridad y con meter en cintura a los científicos en cuanto regrese de su expedición. El despotismo en la ciencia es tan fuerte como en la guerra. Ya es el segundo verano que pasa en este villorrio apestoso porque prefiere ser el primero en una aldea antes que el segundo en una ciudad. Aquí es un rey, un águila. Amedrenta a todos los habitantes y los oprime con su autoridad. Los tiene a todos en un puño, se inmiscuye en asuntos ajenos, se mete en todo y todo el mundo le teme. Yo no caigo en sus garras, y él se da cuenta y me odia. ¿No te ha dicho que habría que eliminarme o enviarme a trabajos forzados?

 

—Sí —respondió Samóilenko, sonriendo.

 

Laievski también sonrió y bebió un trago de vino.

 

—Sus ideales también son despóticos —dijo, riéndose y mordiendo un melocotón—. El común de los mortales, cuando habla del bien general, tiene en mente a su prójimo: a ti, a mí, en resumidas cuentas, al hombre. Para von Koren, en cambio, los hombres son insectos, nulidades, criaturas demasiado insignificantes para constituir el fin de su vida. Trabajador incansable, emprenderá su

 

 

expedición y se dejará la vida en el empeño, pero no en nombre del amor al prójimo, sino de abstracciones como la humanidad, las generaciones futuras, la raza humana ideal. Se preocupa de la mejora de la raza humana, y en ese sentido para él no somos más que esclavos, carne de cañón, bestias de carga; a algunos los eliminaría o los enviaría a trabajos forzados; a otros los metería en vereda, los obligaría, como Arakchéiev, a levantarse y acostarse a toque de tambor; pondría eunucos para salvaguardar nuestra castidad y moralidad, les ordenaría disparar sobre cualquiera que se saliera del círculo de nuestra estrecha moral conservadora, y todo eso en nombre del mejoramiento de la especie humana… Pero ¿qué es la especie humana? Una ilusión, un espejismo… Los déspotas siempre han sido unos ilusos. Yo entiendo perfectamente a von Koren, amigo. Lo aprecio y no niego su importancia. El mundo se mantiene en pie gracias a personas como él; si nos encargaran a nosotros solos de su custodia, a pesar de nuestra bondad y nuestras buenas intenciones, haríamos lo mismo que las moscas han hecho en este cuadro. Sí —Laievski se sentó al lado de Samóilenko y añadió con sincera emoción—: ¡Yo soy un hombre vacío, insignificante, acabado! El aire que respiro es vino, es amor; en definitiva, hasta ahora he comprado la vida al precio de la mentira, la ociosidad y la cobardía. Hasta la fecha no he hecho otra cosa que engañar a los demás y engañarme a mí mismo, y he sufrido por ello, pero mis sufrimientos han sido vulgares y deleznables. Ante el odio de von Koren doblo la espalda avergonzado, porque de vez en cuando yo mismo me odio y me desprecio — Laievski, de nuevo muy agitado, empezó a dar vueltas de un rincón al otro de la habitación y al final añadió—: Me alegra ver con claridad mis defectos y reconocerlos. Eso me ayudará a emprender una nueva vida, a convertirme en otra persona. ¡Si supieras con qué pasión y con qué angustia anhelo esa regeneración, amigo mío! ¡Te juro que volveré a ser un hombre! ¡Te lo juro! No sé si hablo bajo los efectos del vino o es verdad lo que digo, pero tengo la sensación de que hacía mucho tiempo que no conocía unos momentos tan radiantes y puros como estos.

 

—Es hora de dormir, amigo… —comentó Samóilenko.

 

—Sí, sí… Perdona. Ya me voy —Laievski se puso a rebuscar por los muebles y las inmediaciones de las ventanas, pues no se acordaba de dónde había dejado su gorra—. Gracias… — balbuceó, suspirando—. Gracias… El afecto y una palabra amable valen más que cualquier limosna. Me has devuelto a la vida —cuando encontró su gorra, se detuvo y se quedó mirando a Samóilenko con aire culpable—: ¡Aleksandr Davídich! —dijo con voz suplicante.

 

—¿Qué?

 

—¡Permíteme que pase la noche en tu casa, amigo!

 

—Bueno… ¿por qué no?

 

Laievski se tumbó en el sofá y se quedó conversando un buen rato con el médico.

 

X

 

Dos o tres días después de la excursión, Maria Konstantínovna se presentó inesperadamente en casa de Nadezhda Fiódorovna y, sin saludarla ni quitarse el sombrero, le cogió ambas manos, las apretó contra su pecho y exclamó, presa de la mayor agitación:

—Querida mía, me he quedado anonadada, estupefacta. Nuestro amable y simpático doctor le comunicó ayer a mi Nikodim Aleksándrich que al parecer su marido ha fallecido. Dígame, querida…

 

¿es verdad?

 

—Sí, es verdad, ha fallecido —respondió Nadezhda Fiódorovna.

 

—¡Es terrible, terrible, querida! Pero no hay mal que por bien no venga. Su marido seguramente era un hombre maravilloso, admirable, un santo, y las personas así son más necesarias en el cielo que en la tierra —todos los rasgos y facciones de su rostro se estremecieron, como si bajo la piel se le hubieran clavado unas agujas diminutas; luego esbozó una sonrisa meliflua y dijo con entusiasmo, toda sofocada—: Ahora es usted libre, querida. Puede llevar la cabeza bien alta y mirar de frente, con atrevimiento, a todo el mundo. De hoy en adelante Dios y los hombres bendecirán su unión con Iván Andreich. ¡Qué maravilla! Tiemblo de alegría, no encuentro palabras. Yo seré su madrina, querida… Con lo que la apreciamos Nikodim Aleksándrich y yo, debe usted permitirnos que bendigamos su unión pura y legal. ¿Cuándo piensan ustedes casarse?

 

—Todavía no he pensado en esa cuestión —dijo Nadezhda Fiódorovna, liberando sus manos. —No es posible, querida. ¡Claro que lo ha pensado! ¡Cómo no va a pensarlo!

 

—Le juro que no —afirmo Nadezhda Fiódorovna, riéndose—. ¿Para qué íbamos a casarnos? No veo ninguna necesidad. Seguiremos viviendo como hasta ahora.

 

—Pero ¡qué dice! —se horrorizó Maria Konstantínovna—. ¡Qué dice usted, por el amor de Dios!

 

—Las cosas no irían mejor si nos casáramos; al contrario, empeorarían, porque perderíamos nuestra libertad.

 

—¡Querida! ¿Qué está usted diciendo, querida? —gritó Maria Konstantínovna, retrocediendo un paso y levantando las manos en señal de asombro—. ¡Qué extravagante es usted! ¡Dese cuenta de lo que hace! ¡Ya es hora de que siente la cabeza!

 

—¿Y por qué debo sentar la cabeza? ¡Aún no he empezado a vivir, y me pide usted que siente la cabeza!

 

Nadezhda Fiódorovna recordó que en verdad aún no había empezado a vivir. Al acabar sus estudios en el internado, se había casado con un hombre al que no quería, luego se unió a Laievski, con quien había pasado todo el tiempo en aquel aburrido y desierto rincón de la costa, en espera de algo mejor. ¿Acaso se podía llamar vida a eso?

 

«En       cualquier    caso, deberíamos casarnos…»,        pensó,    pero, acordándose de      Kirilin         y       de

 

Achmiánov, se ruborizó y dijo:

 

—No, no es posible. Aunque Iván Andreich me lo pidiera de rodillas, me negaría.

 

Maria Konstantínovna estuvo un momento en el sofá sin pronunciar palabra, apenada, seria, la mirada fija en un punto; luego se levantó y declaró con frialdad:

 

—¡Adiós, querida! Perdone que la haya molestado. Aunque no me resulta fácil, debo decirle que a partir de este momento todo ha terminado entre nosotras y que, a pesar de mi profunda estima por Iván Andreich, la puerta de mi casa está cerrada para ustedes —lo dijo con solemnidad, y ella misma quedó consternada de la severidad de su tono. Su rostro volvió a estremecerse, adquirió una expresión dulce y meliflua. Tendió las dos manos a Nadezhda Fiódorovna, que estaba asustada y confusa, y le dijo con voz suplicante—: ¡Querida, permítame que desempeñe por un instante el papel de su madre o de su hermana mayor! Seré tan sincera con usted como una madre.

 

A Nadezhda Fiódorovna la embargó tan sentimiento de calor, alegría y compasión por sí misma como si en verdad su madre hubiera resucitado y estuviera delante de ella. Abrazó de improviso a

 

 

Maria Konstantínovna y apretó el rostro contra su hombro. Ambas se echaron a llorar. Luego se sentaron en el sofá y pasaron unos minutos sollozando, sin mirarse y sin fuerzas para pronunciar una sola palabra.

—Querida, niña mía —empezó Maria Konstantínovna—, voy a decirle verdades muy crudas, sin callarme nada.

 

—¡Hágalo, por el amor de Dios!

 

—Confíe en mí, querida, recuerde que de todas las señoras de la ciudad soy la única que la ha recibido en su casa. Desde el día en que la vi me inspiró usted horror, pero me faltó valor para tratarla con desprecio, como los demás. Sufría por el noble y bondadoso Iván Andreich como por un hijo. Un hombre joven e inexperto en una tierra extraña, débil, lejos de su madre… ¡Ah, cuánto he sufrido por él! Mi marido no quería tratos de ningún tipo, pero yo insistí… Lo convencí… Empezamos a invitar a Iván Andreich, y, por tanto, también a usted, pues de otro modo él se habría ofendido. Tengo una hija y un hijo… Ya sabe usted: la tierna inteligencia infantil, el corazón puro… «Quien escandalice a uno de estos pequeños»[25]… La recibía a usted y temblaba por mis hijos. Ah, cuando sea usted madre, entenderá mis temores. Todos se sorprendían de que la recibiera como si fuera usted una mujer decente, perdone que se lo diga, y me daban a entender… Bueno, ya puede figurárselo: rumores, hipótesis… En lo más profundo de mi alma la censuraba, pero era usted desdichada, digna de lástima, extravagante, y yo sentía compasión.

 

—Pero ¿por qué? ¿Por qué? —preguntó Nadezhda Fiódorovna, temblando de pies a cabeza—. ¿Qué mal le he hecho a nadie?

 

—Es usted una grandísima pecadora. Ha roto la promesa que le hizo a su marido delante del altar. Ha seducido a un excelente muchacho que tal vez, de no haberla conocido, se habría unido de por vida a una compañera legítima, eligiendo a una joven de buena familia y de su círculo, y ahora sería un hombre como los demás. Ha arruinado su juventud. ¡No diga nada, no diga nada, querida! No creo que los hombres tengan la culpa de nuestros pecados. La culpa es siempre de las mujeres. Los hombres son muy ingenuos en la vida diaria, le hacen más caso a la cabeza que al corazón, y no comprenden muchas cosas; en cambio, la mujer lo comprende todo. Todo depende de ella. Se le concede mucho y, por tanto, también se le exige mucho. Ah, querida, si en ese sentido la mujer fuese más necia o débil que el hombre, Dios no le habría confiado la educación de los hijos. Además, querida, ha entrado usted en la senda del vicio, ha olvidado todo decoro; otra en su lugar se habría ocultado de los demás, se habría encerrado en casa, y la gente sólo la habría visto en el templo de Dios, pálida, vestida toda de negro, llorosa, de suerte que cualquier día habría dicho con sincera aflicción: «Oh, Dios, este ángel pecador ha vuelto de nuevo a ti…». Pero usted, querida, ha olvidado todo recato, ha vivido a la plena luz del día, de la manera más extravagante, como enorgulleciéndose de su pecado, pasándoselo a lo grande, riéndose a carcajadas. Yo, al verla, temblaba de espanto y temía que un rayo del cielo destruyese nuestra casa cuando estaba usted allí. ¡No diga nada, querida, no diga nada! —gritó Maria Konstantínovna, advirtiendo que Nadezhda Fiódorovna quería decir algo

 

—. Confíe en mí; no voy a engañarla ni ocultaré a su alma una sola verdad. Escúcheme, querida… Dios señala a los grandes pecadores y a usted la ha señalado. ¡Recuerde esos vestidos tan horribles que se pone! —Nadezhda Fiódorovna, que siempre había tenido la mejor opinión de sus vestidos, dejó de llorar y se la quedó mirando con estupor—. ¡Sí, horribles! —prosiguió Maria Konstantínovna—. Por lo rebuscado y llamativo de su indumentaria cualquiera podía juzgar su

 

 

conducta. Todos, al verla, se reían y se encogían de hombros, y yo sufría, sufría… Y perdóneme que se lo diga, querida, pero va usted bastante sucia. Cada vez que nos encontrábamos en los baños, me echaba a temblar. El vestido puede pasar, pero la enagua, la camisa… ¡Me ponía colorada, querida! Al pobre Iván Andreich nadie le hacía el nudo de la corbata como es debido, y en su ropa y sus zapatos se veía que en casa nadie se ocupaba del infeliz. Además, tesoro mío, siempre estaba muerto de hambre; no es de extrañar que se gastara la mitad del sueldo en el pabellón, ya que en su hogar nadie se preocupaba de prepararle el samovar y el café. ¡Y su casa es un horror, un verdadero horror! En toda la ciudad no hay nadie que tenga moscas, en cambio aquí no la dejan a una en paz, y todos los platos y platillos están negros. Y mire, las ventanas y las mesas están llenas de polvo, de moscas muertas, de vasos… ¿Qué hacen ahí esos vasos? Con la hora que es, y no ha recogido usted la mesa, querida. En cuanto a su dormitorio, hasta da vergüenza entrar: ropa blanca tirada por todas partes, objetos de tocador colgados de las paredes, tazas aquí y allá… ¡Querida! El marido no debe saber nada y la mujer debe presentarse ante él pura como un angelito. Yo me levanto cada mañana en cuanto amanece y me lavo con agua fría para que mi Nikodim Aleksándrich no me vea con cara de haber dormido.

 

—Eso son naderías —dijo Nadezhda Fiódorovna estallando en sollozos—. Si al menos fuese feliz, pero ¡soy tan desdichada…!

 

—¡Sí, sí, es usted muy desdichada! —suspiró Maria Kosntantínovna, haciendo un esfuerzo por no llorar—. ¡Y le esperan en el futuro desgracias terribles! Una vejez solitaria, enfermedades y luego tendrá que responder en el Juicio Final… ¡Qué horror, qué horror! Ahora el propio destino le tiende la mano en señal de ayuda y usted la rechaza de la manera más insensata. ¡Cásense, cásense cuanto antes!

 

—Sí, sería lo mejor, lo mejor —dijo Nadezhda Fiódorovna—, pero no es posible.

 

—¿Por qué?

 

—¡No es posible! ¡Ah, si supiera usted!

 

Nadezhda Fiódorovna sintió deseos de contarle el asunto de Kirilin y de confesarle que la tarde anterior se había encontrado con el joven y apuesto Achmiánov y se le había pasado por la cabeza la idea descabellada y ridícula de saldar la deuda de trescientos rublos, que esa idea le había hecho mucha gracia y que había vuelto a casa muy tarde, sintiendo que se había convertido irremediablemente en una mujer depravada y venal. Ni ella misma sabía cómo había ocurrido. Y ahora quería jurar ante Maria Konstantínovna que pagaría la deuda sin falta, pero los sollozos y la vergüenza le impedían hablar.

 

—M e marcharé de aquí —dijo—. Iván Andreich puede quedarse, pero yo me marcho.

 

—¿Adónde?

 

—A Rusia.

 

—¿Y de qué va a vivir? No tiene usted nada.

 

—M e ocuparé de alguna traducción o… abriré una pequeña biblioteca…

 

—Déjese de fantasías, querida. Para abrir una biblioteca se necesita dinero. Bueno, ahora voy a dejarla. Tranquilícese, piense en lo que le he dicho y mañana, ya más alegre, venga a verme. ¡Será estupendo! Bueno, adiós, angelito. Déjeme que le dé un beso.

 

Maria Konstantínovna besó a Nadezhda Fiódorovna en la frente, hizo sobre ella la señal de la cruz y salió en silencio. Reinaba ya la oscuridad, y Olga había encendido la luz en la cocina. Sin dejar

 

de llorar, Nadezhda Fiódorovna pasó al dormitorio y se tumbó en la cama, presa de un violento acceso de fiebre. A continuación se desnudó, tiró el vestido a un lado y se hizo un ovillo debajo de la manta. Tenía sed, pero no había nadie que pudiera llevarle un vaso.

—¡Lo restituiré! —se dijo, y en medio del delirio se imaginó que estaba sentada al lado de una enferma, en la que se reconocía a sí misma—. Lo restituiré. Sería estúpido pensar que yo, por dinero… Me marcharé y le enviaré el dinero desde San Petersburgo. Primero cien… luego cien más… y después los cien restantes…

 

Ya bien entrada la noche llegó Laievski.

 

—Primero cien… —le dijo Nadezhda Fiódorovna—, luego cien más…

 

—Deberías tomar quinina —dijo él, y pensó: «Mañana miércoles sale el barco, pero no me marcharé. Eso significa que tendré que quedarme aquí hasta el sábado».

 

Nadezhda Fiódorovna se puso de rodillas en la cama.

 

—¿He dicho algo? —preguntó, sonriendo y entornando los ojos, porque le molestaba la luz de la vela.

 

—No. Mañana por la mañana habrá que llamar al médico. Duerme —cogió un almohadón y se dirigió a la puerta. Desde que había tomado la resolución definitiva de marcharse y abandonar a Nadezhda Fiódorovna, había empezado a compadecerse de ella y a sentirse culpable. Se avergonzaba en su presencia, como sucede delante de un caballo viejo o enfermo al que se ha decidido sacrificar. Se detuvo en el umbral y se volvió para mirarla—. En la excursión estaba enfadado y te dije una grosería. Perdóname, por el amor de Dios.

 

Y, tras pronunciar esas palabras, pasó a su despacho y se tumbó, pero tardó mucho tiempo en conciliar el sueño.

 

A la mañana siguiente, cuando Samóilenko, luciendo su uniforme de gala, con charreteras y condecoraciones, como exigía la jornada festiva, salió del dormitorio de Nadezhda Fiódorovna, después de tomarle el pulso y examinarle la lengua, Laievski, que estaba en el umbral, le preguntó con preocupación:

 

—Bueno, ¿qué me dices?

 

Su rostro expresaba terror, extrema inquietud y al tiempo cierta esperanza.

 

—Tranquilízate, no es nada grave —dijo Samóilenko—. Una simple fiebre.

 

—No me refiero a eso —exclamó con impaciencia Laievski, frunciendo el ceño—. ¿Has conseguido el dinero?

 

—Perdóname, amigo mío —susurró Samóilenko, volviéndose hacia la puerta, todo confuso—. ¡Perdóname, por el amor de Dios! Nadie tiene dinero disponible y he tenido que ir pidiendo cinco rublos a uno, diez a otro… En total he reunido ciento diez. Hoy hablaré con alguien más. Ten paciencia.

 

—Pero ¡la fecha límite es el sábado! —musitó Laievski, temblando de inquietud—. ¡Por todos los santos, debes tenerlo antes del sábado! Si no me marcho el sábado, ya no necesitaré nada… ¡nada! ¡No entiendo cómo a un médico puede faltarle dinero!

 

—Eres muy libre de no creerme —murmuró Samóilenko con apresuramiento y cierta tensión, y de su garganta salió un débil chillido—. Lo he prestado todo, me deben siete mil, he contraído deudas por todas partes. ¿Acaso es culpa mía?

 

—Entonces los reunirás para el sábado, ¿verdad?

 

 

—Lo intentaré.

 

—¡Te lo suplico, amigo mío! ¡Si tuviera el dinero en mano el viernes por la mañana…! Samóilenko se sentó, recetó una solución de quinina, kalii bromati, tintura de ruibarbo, tincturae

 

gentianae y aquae foeniculi, todo ello en una mixtura, a la que había que añadir un poco de jarabe de rosa para que no resultase tan amarga, y se marchó.

 

XI

 

—Por la expresión de tu cara se diría que vienes a arrestarme —dijo von Koren cuando vio entrar en su habitación a Samóilenko con uniforme de gala.

 

—Pasaba por aquí y he pensado: «Voy a hacerle una visita a la zoología» —dijo Samóilenko, sentándose junto a una gran mesa que se había fabricado el propio zoólogo uniendo unos simples tablones—. ¡Buenos días, reverendo padre! —saludó al diácono, que estaba sentado al lado de la ventana, copiando un papel—. Me quedaré un momento y me iré corriendo a casa a preparar la comida. Ya es hora… ¿No les estaré molestando?

 

—En absoluto —respondió el zoólogo, depositando sobre la mesa unas cuartillas escritas con letra menuda—. Estamos haciendo unas copias.

 

—Ya… Ah, Dios mío, Dios mío… —suspiró Samóilenko, acercando con mucho cuidado un libro lleno de polvo en el que había un falangio muerto y seco, y comentando a continuación—: ¡Vaya! Imagínate que un escarabajo verde va por su camino y de golpe se encuentra con semejante monstruo. ¡M e imagino el miedo que pasará!

 

—Sí, supongo.

 

—¿El veneno es para defenderse de sus enemigos?

 

—Para defenderse y también para atacar.

 

—Ya, ya, ya… Todo en la naturaleza tiene un sentido y una explicación, amigos míos —suspiró Samóilenko—. Pero hay una cosa que no entiendo. Haz el favor de explicármelo, tú que eres tan inteligente. Como sabes, hay unos animalillos no mayores que una rata, muy bonitos de aspecto, pero viles y dañinos en grado sumo, te lo digo yo. Uno de esos animalillos, supongamos, va por el bosque, ve un pajarillo, lo caza y se lo come. Sigue adelante y encuentra entre la hierba un nido con huevos; ya no tiene hambre, está saciado, pero de todos modos muerde un huevo y arroja los demás del nido con una pata. Luego se topa con una rana y se pone a juguetear con ella. Después de atormentarla, se relame y sigue adelante, hasta que tropieza con un escarabajo, al que propina un golpe con una pata… Va destruyendo y estropeando cuanto encuentra a su paso… Penetra en madrigueras ajenas, destroza sin motivo los hormigueros, aplasta los caracoles… Si se encuentra con una rata, lucha con ella; si ve una culebra o un ratoncillo, no deja de ahogarlos. Y así el día entero. Bueno, dime, ¿para qué sirve un animalejo de ese tipo? ¿Para qué ha sido creado?

 

—No sé a qué animal te refieres —dijo von Koren—. Probablemente se trata de un insectívoro. ¿Qué es lo que no entiendes? El pájaro ha caído en sus manos porque ha sido imprudente; el nido con los huevos lo ha destrozado porque el ave no ha sido habilidosa, lo ha construido mal y no ha sabido camuflarlo. En cuanto a la rana, probablemente presenta alguna particularidad en la pigmentación, de otro modo no la habría visto. Y así todo lo demás. Tu animalillo destruye sólo a los débiles, a los

 

menos hábiles, a los incautos; en definitiva, a aquellos ejemplares con algún defecto que la naturaleza no considera necesario transmitir a las generaciones futuras. Sólo sobreviven los más aptos, los más precavidos, los más fuertes y evolucionados. De modo que tu animalillo, sin sospecharlo siquiera, sirve a los supremos fines del perfeccionamiento de la especie.

 

—Sí, sí, sí… A propósito, amigo —dijo Samóilenko con desenvoltura—. Préstame cien rublos. —Vale. Entre los insectívoros hay especies interesantísimas. Por ejemplo, el topo. Se dice que es

 

útil porque acaba con los insectos nocivos. Cuentan que un alemán envió al emperador Guillermo I un abrigo de piel de topo y que el emperador ordenó que lo amonestaran por haber acabado con tantos animales útiles. Pero lo cierto es que el topo no es, ni de lejos, menos cruel que tu animalejo y, además, resulta muy perjudicial, porque estropea completamente los prados —von Koren abrió con llave un cofrecillo y sacó un billete de cien rublos—. El topo tiene una poderosa caja torácica, como el murciélago —prosiguió, mientras cerraba el cofrecillo—, huesos y músculos extremadamente desarrollados y una boca de una fuerza impresionante. Si alcanzara las dimensiones de un elefante, sería un animal indestructible, capaz de destrozarlo todo. Es curioso que, cuando dos topos se encuentran bajo tierra, ambos, como si se hubieran puesto de acuerdo, empiezan a allanar un pequeño espacio para luchar más cómodamente. Una vez listo, se enzarzan en una batalla cruel que no concluye hasta que el más débil sucumbe. Toma los cien rublos —dijo von Koren, bajando el tono de su voz—, pero a condición de que no sean para Laievski.

 

—¿Y qué pasa si fueran para Laievski? —pregunto irritado Samóilenko—. ¿A ti qué te importa? —Si son para Laievski, no puedo dártelos. Ya sé que te gusta prestar dinero. Hasta al bandido

 

Kerim le harías un préstamo si te lo pidiese. Perdóname, pero si es para eso no puedo ayudarte. —¡Sí, te los pido para Laievski! —dijo Samóilenko, poniéndose en pie y agitando la mano

 

derecha—. ¡Sí! ¡Para Laievski! Y ningún demonio ni diablo tiene derecho a darme lecciones de cómo debo disponer de mi dinero. ¿Vas a prestármelos o no?

 

El diácono se echó a reír.

 

—En vez de enfadarte, vale más que razones —dijo el zoólogo—. Hacer un favor al señor Laievski es tan estúpido, en mi opinión, como regar la maleza o dar de comer a las langostas.

 

—¡Pues yo creo que estamos obligados a ayudar a nuestros semejantes! —gritó Samóilenko. —¡En tal caso ayuda a ese turco muerto de hambre que está tirado al pie de la valla! Es un

 

trabajador y, por tanto, más útil y necesario que tu Laievski. ¡Entrégale estos cien rublos! ¡U ofréceme cien rublos para mi expedición!

 

—¿M e los vas a dar o no?

 

—Dime con franqueza: ¿para qué necesita el dinero?

 

—No es un secreto. Debe marcharse el sábado a San Petersburgo.

 

—¡Ya veo! —dijo von Koren, arrastrando las palabras—. ¡Ah! Ahora lo entiendo. ¿Y ella se marcha con él o se queda?

 

—De momento se queda. Él arreglará sus asuntos en San Petersburgo y le enviará el dinero para que también se vaya ella.

 

—¡Qué listo!… —dijo el zoólogo con su voz de tenor, acompañando el comentario de una breve risita—. ¡Qué listo! Muy bien pensado —se acercó con pasos veloces a Samóilenko y, cara a cara con él, lo miró a los ojos y le preguntó—: Dime la verdad: ¿ha dejado de quererla? ¿Eh? Habla. ¿Ha dejado de quererla? ¿Eh?

 

 

—Sí —confesó Samóilenko, cubierto de sudor.

 

—¡Qué repugnante es todo esto! —dijo von Koren, y la expresión de su rostro reflejaba el asco que sentía—. Una de dos, Aleksandr Davídich: o estás tramando algo con él o, perdona que te lo diga, eres un pánfilo. ¿Es que no entiendes que te está engañando como si fueras un niño, de la manera más desvergonzada? Está más claro que el agua que quiere separarse de ella y abandonarla aquí. Ella quedará a tu cargo y luego tendrás que mandarla a San Petersburgo a tu costa, no te quepa duda. ¿Será posible que tu maravilloso amigo te haya cegado con sus méritos hasta el punto de que no veas las cosas más sencillas?

 

—Sólo son suposiciones tuyas —dijo Samóilenko, sentándose.

 

—¿Suposiciones? Entonces, ¿por qué se va solo? ¿Por qué no se la lleva? Pregúntale por qué no la manda a ella primero y se marcha luego él. ¡Es un caradura redomado!

 

Abrumado por imprevistas dudas y sospechas sobre su amigo, Samóilenko sintió de pronto que le abandonaban las fuerzas y bajó el tono.

 

—¡No es posible! —exclamó, recordando la noche que Laievski había pasado en su casa—. ¡Sufre muchísimo!

 

—¿Y qué? ¡También los ladrones y los incendiarios sufren!

 

—Admitamos incluso que tengas razón… —dijo Samóilenko, pensativo—. Admitámoslo… Pero se trata de un joven que se encuentra en una tierra extraña… Es un hombre con estudios, como nosotros, y en este lugar no hay nadie, excepto nosotros, que pueda prestarle ayuda.

 

—¿Ayudarlo a cometer una villanía sólo porque en momentos distintos acudisteis ambos a la universidad, sin que a ninguno de los dos os sirviera de mucho provecho? ¡Qué bobada!

 

—Espera: vamos a analizar el asunto con sangre fría. Supongamos que hiciéramos lo siguiente… —sopesaba Samóilenko, moviendo los dedos—. M ira, yo le entrego el dinero, pero le exijo que me dé su palabra de honor y de caballero de que al cabo de una semana enviará el dinero para que Nadezhda Fiódorovna pueda ponerse en camino.

 

—Y él te dará su palabra de honor, derramará incluso algunas lágrimas y acabará creyéndoselo él mismo, pero ¿qué valor tiene esa palabra? No la cumplirá y dentro de uno o dos años, cuando te encuentres con él en la avenida Nevski, del bracete de su nuevo amor, se justificará diciendo que ha sido corrompido por la civilización y que es una copia de Rudin[26]. ¡Aléjate de él, por el amor de Dios! ¡M ás valdría que salieras del fango, en lugar de estar removiéndolo con las dos manos!

 

Samóilenko se quedó pensando un momento y dijo con decisión:

 

—De todos modos le daré el dinero. Tú puedes hacer lo que quieras, pero yo soy incapaz de negarle algo a una persona en virtud de meras suposiciones.

 

—M uy bien. Hasta puedes darle un beso.

 

—Así que dame los cien rublos —le rogó tímidamente Samóilenko.

 

—No.

 

Se produjo un silencio. Samóilenko había perdido todas las fuerzas: su rostro adoptó una expresión culpable, avergonzada, servil; en cierto modo, resultaba extraño ver esa cara apenada, confusa como la de un niño, en un hombretón con charreteras y condecoraciones.

 

—El obispo local recorre su diócesis a caballo, no en coche —dijo el diácono, dejando la pluma—. Su aspecto, cuando va sobre la grupa, es de lo más conmovedor. Su sencillez y su modestia están llenas de una grandeza bíblica.

 

—¿Es un buen hombre? —preguntó von Koren, que se alegraba de cambiar de tema. —Pues claro. Si no lo fuera, ¿cómo iban a haberlo consagrado obispo?

 

—Entre los obispos hay personas muy bondadosas y dotadas —dijo von Koren—. Lo malo es que muchos de ellos tienen la debilidad de considerarse hombres de Estado. Uno se ocupa de la rusificación; otro, critica las ciencias. Y eso no es asunto suyo. Más valdría que se dejaran ver más a menudo por el consistorio.

 

—Un laico no puede juzgar a los obispos.

 

—¿Por qué, diácono? Los obispos son hombres igual que yo.

 

—Iguales, pero diferentes —comentó ofendido el diácono, tomando de nuevo la pluma—. Si fuera usted igual, habría descendido sobre usted la gracia divina y sería obispo; pero, como no lo es, quiere decirse que es usted distinto.

 

—¡No diga bobadas, diácono! —dijo Samóilenko, apenado—. Escucha lo que se me ha ocurrido —añadió, dirigiéndose a von Koren—. No me des esos cien rublos. Pero, como vas a comer en mi casa tres meses más, hasta el invierno, págame por adelantado esos tres meses.

 

—No.

 

Samóilenko parpadeó y se puso colorado. Maquinalmente, acercó el libro con el falangio y se quedó mirándolo, luego se levantó y cogió su gorra. Von Koren sintió pena de él.

 

—¡Que siga usted viviendo y tratando con esa clase de señores! —dijo el zoólogo lleno de ira, dando una patada a un papel que había por el suelo—. ¡A ver si te entra en la cabeza que eso no es bondad ni amor al prójimo, sino cobardía, depravación, veneno! ¡Lo que hace la razón lo destruye vuestro corazón débil, que no sirve para nada! Cuando enfermé de tifus, siendo estudiante de bachillerato, mi tía, por compasión, me atiborró de setas en vinagre, y por poco me mata. ¡Mi tía y tú deberías comprender que el amor al prójimo no tiene su asiento en el corazón ni en el pecho ni en la cintura, sino aquí! —y von Koren se dio un golpe en la frente—. ¡Toma! —añadió, arrojándole el billete de cien rublos.

 

—Haces mal en enfadarte, Kolia —repuso con mansedumbre Samóilenko, doblando el billete—.

 

Te comprendo perfectamente, pero… ponte en mi lugar.

 

—¡Una viejecita, eso es lo que eres!

 

El diácono soltó la carcajada.

 

—¡Escucha mi última petición, Aleksandr Davídich! —dijo con acaloramiento von Koren—. Cuando le entregues el dinero a ese granuja, ponle una condición: que se vaya con su señora o que la mande a ella primero. De lo contrario, no se lo des. Con ese tipo no puede uno andarse con contemplaciones. Díselo así; si no lo haces, te doy mi palabra de honor de que me presentaré en su oficina y lo arrojaré por la escalera; en cuanto a ti, no volveré a dirigirte la palabra. ¡Ya lo sabes!

 

—¿Y por qué no se lo voy a decir? Será mucho más cómodo para él marcharse con ella o enviarla primero —dijo Samóilenko—. Hasta se alegrará. Bueno, adiós —se despidió afablemente y salió, pero, antes de cerrar la puerta tras él, se volvió hacia von Koren y, con una mueca terrible, comentó —: ¡Los alemanes te han echado a perder, amigo! ¡Sí! ¡Los alemanes!

 

 

XII

 

 

Al día siguiente, jueves, Maria Konstantínovna celebraba el cumpleaños de Kostia. A mediodía todas sus amistades estaban invitadas a comer empanada y por la tarde, a tomar chocolate. Cuando Laievski y Nadezhda Fiódorovna aparecieron por la tarde, el zoólogo, que estaba ya en la sala tomando el chocolate, le preguntó a Samóilenko:

 

—¿Has hablado con él?

 

—Todavía no.

 

—No debes andarte con cumplidos. ¡No entiendo el descaro de estos señores! Saben perfectamente lo que piensa esta familia de su relación, y sin embargo se presentan aquí.

 

—Si tuviéramos que prestar atención a todos los prejuicios —dijo Samóilenko—, acabaríamos por no ir a ninguna parte.

 

—¿Te parece que el rechazo de la gente al amor extramatrimonial y al libertinaje es un prejuicio? —Pues sí. Un prejuicio. Un prejuicio y una muestra de odio. Los soldados, en cuanto ven a una

mujer de vida airada, se ríen a carcajadas y silban, pero ¿quiénes son ellos?

 

—Tienen razones para silbar. ¿Es acaso un prejuicio que esas mujerzuelas estrangulen a sus hijos ilegítimos y sean condenadas a trabajos forzados o que Anna Karénina se arroje al paso de un tren o que en las aldeas embadurnen de pez las puertas de algunas casas, o que a ti y a mí, vaya usted a saber por qué, nos guste la pureza de Katia o que cualquiera sienta vagamente la necesidad de un amor puro, aun sabiendo que tal amor no existe? Eso, amigo mío, es lo único que queda de la selección natural. De no haber sido por esa fuerza oscura que regula las relaciones entre los sexos, los señores Laievski te habrían enseñado lo que es bueno, y la humanidad habría degenerado en el curso de un par de años.

 

Laievski entró en la sala, saludó a todo el mundo y, al estrechar la mano a von Koren, esbozó una sonrisa obsequiosa. Esperó el momento oportuno y le dijo a Samóilenko:

 

—Perdona, Aleksandr Davídich, pero tengo que decirte dos palabras.

 

Samóilenko se levantó, le rodeó la cintura con el brazo y ambos pasaron al despacho de Nikodim Aleksándrich.

 

—Mañana es viernes… —dijo Laievski, mordiéndose las uñas—. ¿Has conseguido lo que me prometiste?

 

—Sólo he reunido doscientos diez rublos. El resto lo tendré hoy o mañana. No te preocupes. —¡Gracias a Dios!… —suspiró Laievski, y las manos le temblaron de alegría—. Me has salvado,

 

Aleksandr Davídich. Te juro por Dios, por mi felicidad y por lo que quieras que te enviaré este dinero en cuanto llegue, así como lo que te debo de antes.

 

—Mira, Vania… —dijo Samóilenko, asiéndolo por un botón de la chaqueta y ruborizándose—. Perdona que me inmiscuya en tus asuntos personales, pero… ¿por qué no te llevas a Nadezhda Fiódorovna?

 

—Pero ¿no te das cuenta de que no es posible, hombre de Dios? Uno de los dos tiene que quedarse sin falta; de otro modo, los acreedores pondrían el grito en el cielo. Debo setecientos rublos en las tiendas, si no más. En cuanto les envíe el dinero y les tape la boca, ella podrá marcharse.

 

—Ya… Pero ¿no sería mejor que se fuera ella primero?

 

—¡Ah, Dios mío! Pero ¿no ves que es imposible? —exclamó Laievski, aterrorizado—. ¿Qué va a hacer una mujer allí sola? ¿Qué sabe ella? Sería perder el tiempo y gastar dinero en vano.

 

«Es razonable…», pensó Samóilenko, pero en ese momento recordó la conversación con von

 

Koren, bajó la mirada y dijo con aire sombrío:

 

—No estoy de acuerdo contigo. O te marchas con ella o la envías a ella primero. De otro modo… de otro modo no te daré el dinero. Es mi última palabra…

 

Retrocedió un paso, empujó la puerta con la espalda y pasó a la sala, todo colorado y presa de una terrible confusión.

 

«Viernes… viernes —pensaba Laievski, volviendo también a la sala—. Viernes…».

 

Le sirvieron una taza de chocolate. Estaba tan caliente que se quemó los labios y la lengua. No hacía más que decirse: «Viernes… viernes…».

 

Por alguna razón, esa palabra no se le iba de la cabeza; sólo podía pensar en que era viernes, y de lo único que estaba seguro, aunque no era la cabeza la que se lo decía, sino el corazón, era de que el sábado no se marcharía. Ante él estaba Nikodim Aleksándrich, de punta en blanco, con los cuatro pelos peinados sobe las sienes, ofreciéndole algo de comer:

 

—Haga el favor de servirse…

 

M aria Konstantínovna enseñaba a los invitados las notas de Katia y decía, alargando las palabras:

 

—¡En estos tiempos estudiar es tremendamente difícil! Exigen un montón de cosas…

 

—¡M amá! —gemía Katia, tan avergonzada de los elogios que no sabía dónde meterse.

 

También Laievski examinó las calificaciones y las alabó. Religión, lengua rusa, comportamiento… Los sobresalientes y los notables saltaron ante sus ojos, y todo ello, junto con esa obsesión por la palabra «viernes», los cuatro pelos de Nikodim Aleksándrich peinados sobre las sienes y las rubicundas mejillas de Katia, le produjo un tedio tan inmenso e insoportable que estuvo a punto de gritar desesperado y se preguntó: «¿Será posible que no me vaya?».

 

Unieron dos mesas de juego y se sentaron a jugar al «correo». Laievski también ocupó su sitio. «Viernes… viernes —pensaba sonriendo, mientras sacaba un lápiz del bolsillo—. Viernes…». Quería hacerse una composición de lugar, pero no se atrevía a pensar. Le daba miedo admitir que

 

el médico había descubierto su engaño, un engaño que durante mucho tiempo se había ocultado escrupulosamente a sí mismo. Cada vez que pensaba en el futuro, no daba rienda suelta a su imaginación. Subiría al tren y se marcharía: con eso se resolvería el problema de su vida; no permitía que sus pensamientos fueran más allá. Como una lucecilla débil y lejana en medio del campo, de vez en cuando centelleaba en su cabeza la idea de que en un futuro lejano, en algún callejón de San Petersburgo, tendría que recurrir a una pequeña mentira para separarse de Nadezhda Fiódorovna y pagar las deudas; mentiría sólo una vez, y luego se produciría una completa renovación. Y estaba bien así: al precio de una pequeña mentira compraría una gran verdad.

 

Y ahora, cuando el médico, con su negativa, había aludido groseramente a su engaño, había entendido que no sólo tendría que echar mano de la mentira en un futuro lejano, sino también ese mismo día, y el siguiente, y dentro de un mes y tal vez incluso toda su vida. En efecto, para marcharse tendría que mentir a Nadezhda Fiódorovna, a los acreedores y a sus superiores; luego, para procurarse dinero en San Petersburgo, debería mentir a su madre, decirle que ya se había separado de Nadezhda Fiódorovna, y su madre no le daría más de quinientos rublos, lo que significaba que ya había engañado al médico, porque no estaría en condiciones de enviarle el dinero en breve plazo. Más tarde, cuando Nadezhda Fiódorovna llegara a San Petersburgo, sería necesario recurrir a toda una serie de engaños grandes y pequeños para separarse de ella, y de nuevo volverían las lágrimas, el tedio, esa

 

vida tan odiosa, el arrepentimiento; en definitiva, no se produciría ninguna renovación. Todo era un engaño, nada más. En su imaginación se había ido levantando toda una montaña de mentiras. Para superarla de un solo salto y no incidir en mentiras menudas, necesitaba recurrir a una medida extrema; por ejemplo, levantarse, ponerse la gorra y marcharse sin dinero y sin decir una palabra a nadie, pero Laievski se daba cuenta de que era incapaz de dar un paso semejante.

 

«Viernes, viernes… —pensaba—. Viernes…».

 

Escribían notas, las doblaban y las metían en la vieja chistera de Nikodim Aleksándrich; cuando había una cantidad suficiente de mensajes, Kostia, que hacía las veces de cartero, daba la vuelta a la mesa y los repartía. El diácono, Katia y Kostia, que habían recibido unos billetes muy divertidos y se esforzaban por escribir otros más graciosos aún, estaban entusiasmados.

 

«Tenemos que hablar», decía la nota que le tocó a Nadezhda Fiódorovna. Miró a Maria Konstantínovna y esta le dedicó una afable sonrisa y le hizo una señal con la cabeza.

 

«¿De qué? —pensó Nadezhda Fiódorovna—. Si uno no puede contarlo todo, más vale callarse». Antes de salir de casa había anudado la corbata de Laievski, y ese gesto intrascendente había

 

llenado su alma de ternura y tristeza. La inquietud del rostro de Laievski, sus miradas distraídas, la palidez y el incomprensible cambio que se había operado en él en los últimos tiempos, así como el horrible y repugnante secreto que ocultaba y el temblor de sus manos mientras le hacía el nudo: todo eso, por alguna razón, parecía anunciarle que les quedaba poco tiempo de vida en común. Se lo quedó mirando como si fuera un icono, con temor y arrepentimiento, al tiempo que pensaba: «Perdóname, perdóname…». Enfrente tenía a Achmiánov, que no le quitaba de encima sus ojos negros y enamorados; atormentada por el deseo, se avergonzaba de sí misma y temía que ni siquiera su angustia y su pesar le impedirían entregarse a esa pasión impura más tarde o más temprano, sin que ella, como un borracho empedernido, pudiera hacer nada por oponerse.

 

Para acabar de una vez con esa vida, oprobiosa para ella y ofensiva para Laievski, decidió marcharse. Le rogaría con lágrimas en los ojos que la dejara partir, y si él se oponía, se iría en secreto. No le contaría lo que había pasado. Que al menos conservara de ella un recuerdo puro.

 

«La amo, la amo, la amo», leyó.

 

Sin duda lo había escrito Achmiánov.

 

Se iría a vivir a algún lugar apartado, trabajaría y enviaría a Laievski de manera anónima dinero, camisas bordadas, tabaco, y sólo volvería a su lado cuando fuesen viejos o si él contraía una grave enfermedad y necesitaba que alguien lo cuidara. Y cuando, ya muy mayor, se enterara de los motivos por los que no había querido casarse con él y lo había abandonado, apreciaría su sacrificio y la perdonaría.

 

«Tiene usted una nariz muy larga».

 

Probablemente eso lo había escrito el diácono o Kostia.

 

Nadezhda Fiódorovna se imaginó que, al despedirse de Laievski, lo abrazaría con fuerza, le besaría la mano y le juraría que lo amaría toda la vida; luego, ya establecida en cualquier rincón perdido, entre gente extraña, pensaría cada día que en algún lugar tenía un amigo, un hombre querido, intachable, noble y elevado, que conservaba de ella un recuerdo puro.

 

«Si no me concede hoy mismo una cita, le doy mi palabra de honor de que tomaré medidas. Debe darse cuenta de que no puede tratar así a las personas honradas».

 

Eso era de Kirilin.

 

 

XIII

 

Laievski recibió dos notas. Desdobló una y la leyó: «No te vayas, tesoro mío».

 

«¿Quién lo habrá escrito? —pensó—. Desde luego, no Samóilenko… Y tampoco el diácono, porque no sabe que me dispongo a partir. ¿Habrá sido von Koren?».

 

El zoólogo, inclinado sobre la mesa, estaba dibujando una pirámide. A Laievski le pareció advertir una mirada risueña.

 

«Seguramente Samóilenko se ha ido de la lengua…», pensó Laievski.

 

En el otro billete, escrito con la misma caligrafía descuidada, llena de ganchos y largos rabos, podía leerse: «Alguien no se marchará el sábado».

 

«Qué burla tan estúpida —pensó Laievski—. Viernes, viernes…».

 

De pronto sintió un nudo en la garganta. Se llevó la mano al cuello y quiso toser, pero de su garganta, en lugar de un acceso de tos, salió una carcajada.

 

—¡Ja, ja, ja! —se rio—. ¡Ja, ja, ja!

 

«Pero ¿qué estoy haciendo?», pensó.

 

—¡Ja, ja, ja!

 

Trató de contenerse, se tapó la boca con la mano, pero la risa le oprimía el pecho y el cuello, y la mano no conseguía tener la boca tapada.

 

«¡Qué situación más estúpida! —se decía, retorciéndose de risa—. ¿M e habré vuelto loco?».

 

Las carcajadas fueron subiendo de tono, hasta acabar convirtiéndose en algo semejante al ladrido de un perrito faldero. Hizo ademán de levantarse, pero las piernas no le obedecieron, mientras la mano derecha, contra su voluntad, saltaba de un modo extraño sobre la mesa, aferraba convulsamente los billetes y los estrujaba. Vio miradas de asombro, el rostro serio y asustado de Samóilenko y los ojos del zoólogo, fríos, burlones, llenos de repugnancia, y comprendió que era presa de un ataque de histeria.

 

«Qué horror, qué vergüenza —pensaba, sintiendo en las mejillas la tibieza de las lágrimas—. ¡Ah, ah, qué escándalo! Nunca me había sucedido nada semejante…».

 

Lo cogieron por debajo de los hombros, le sujetaron la cabeza por atrás y se lo llevaron de allí. Un vaso centelleó ante sus ojos y chocó con sus dientes; el agua se le derramó por el pecho. Estaba en una pequeña habitación, en medio de dos camas cubiertas con colchas limpias y blancas como la nieve. Se desplomó sobre una de ellas y estalló en sollozos.

 

—No es nada, no es nada… —decía Samóilenko—. Pasa a veces… Pasa a veces…

 

Nadezhda Fiódorovna, muerta de miedo, temblando de pies a cabeza y con un presentimiento terrible, le preguntaba al pie de la cama:

 

—¿Qué te sucede? ¿Qué? Habla, por el amor de Dios… «¿No le habrá escrito algo Kirilin?», pensaba.

 

—No es nada —respondió Laievski, riendo y llorando—. Vete de aquí… cariño.

 

Su rostro no expresaba odio ni repugnancia, prueba de que no sabía nada. Algo más tranquila, Nadezhda Fiódorovna volvió a la sala.

 

—¡No se preocupe, querida! —le dijo Maria Konstantínovna, sentándose a su lado y cogiéndole la mano—. Se le pasará. Los hombres son tan débiles como nosotras, pecadoras. Están ustedes

 

atravesando  una  crisis…  ¡y       es  comprensible!  Bueno,  querida,  estoy     esperando  una  respuesta.

 

Hablemos un poco.

 

—No, no puedo hablar… —dijo Nadezhda Fiódorovna, prestando oídos a los sollozos de Laievski—. Tengo una angustia… Deje que me vaya…

 

—Pero ¡qué dice, qué dice, querida! —se asustó Maria Konstantínovna—. ¿Cree que voy a dejar que se marche sin cenar? Tomaremos algo y luego, si quiere, se va usted.

 

—Tengo una angustia… —susurró Nadezhda Fiódorovna y, para no caer, se agarró con ambas manos al brazo del sillón.

 

—¡Le ha dado un patatús! —dijo von Koren, con voz alegre, entrando en la sala, pero al ver a Nadezhda Fiódorovna se turbó y salió.

 

Cuando el ataque de histeria pasó, Laievski se sentó en esa cama ajena y pensó: «¡Qué vergüenza! ¡Me he puesto a lloriquear como una chiquilla! He debido de parecerles ridículo y repugnante. Me marcharé por la puerta trasera… No obstante, eso daría a entender que concedo una enorme importancia a ese ataque de histeria. Será mejor que me lo tome a risa…».

 

Se miró en el espejo, siguió sentado un rato y luego salió a la sala.

 

—¡Aquí estoy! —dijo, sonriendo; sentía una vergüenza terrible y notaba que los demás se encontraban incómodos en su presencia—. Estas cosas pasan —añadió, sentándose—. Mientras estaba aquí, sentí de pronto un profundo pinchazo en el costado… un dolor insoportable… Mis nervios no pudieron resistirlo y … me vino ese estúpido ataque. ¡Este es el siglo de las enfermedades nerviosas! ¡Qué le vamos a hacer!

 

Durante la cena bebió vino y conversó; de vez en cuando, exhalando un profundo suspiro, se masajeaba el costado, como dando a entender que aún le dolía. Pero nadie le creía, excepto Nadezhda Fiódorovna, y él se daba cuenta.

 

Después de las nueve se fueron a dar un paseo por el bulevar. Nadezhda Fiódorovna, temiendo que Kirilin le dirigiera la palabra, hacía todo lo posible por no separarse ni un momento de Maria Konstantínovna y de sus hijos. El miedo y la angustia la habían dejado sin fuerzas; presintiendo un nuevo acceso de fiebre, sufría y apenas podía dar un paso, pero no se fue a casa, pues estaba convencida de que Kirilin o Achmiánov, o tal vez los dos, la seguirían. Kirilin iba detrás, junto a Nikodim Aleksándrich, canturreando a media voz:

 

—¡No per-mito que jue-guen conmigo! ¡No lo per-mito!

 

Desde el bulevar se dirigieron al pabellón, continuaron por la orilla del mar y pasaron un buen rato contemplando sus fosforescencias. Von Koren se puso a explicar a qué se debían.

 

XIV

 

—Bueno, es la hora de mi partida de cartas… Me están esperando —dijo Laievski—. Adiós, señores.

 

—M e voy contigo —dijo Nadezhda Fiódorovna y lo cogió del brazo.

 

Se despidieron de todos y se marcharon. También Kirilin se despidió y, aduciendo que llevaba el mismo camino, se unió a ellos.

 

«Que pase lo  que tenga que pasar…  —pensaba Nadezhda Fiódorovna—.  Qué le vamos  a

 

hacer…».

 

Tenía la impresión de que todos los recuerdos desagradables habían salido de su cabeza y avanzaban a su lado, en la oscuridad, respirando con dificultad, mientras ella, como una mosca que ha caído en un tintero, se arrastraba a duras penas por la calzada, manchando de negro el costado y el brazo de Laievski. Si Kirilin cometiera alguna vileza, se decía, la culpa no sería de él, sino de ella. Hubo un tiempo en que ningún hombre se atrevía a hablarle como lo había hecho Kirilin, y ella misma había borrado ese tiempo como quien corta un hilo y lo había perdido para siempre: ¿quién tenía la culpa? Embriagada por el deseo, había sonreído a un completo desconocido sólo porque era alto y apuesto; después de dos entrevistas, se había aburrido de él y lo había dejado. ¿Y por eso tenía derecho aquel hombre —pensaba ahora Nadezhda Fiódorovna— a tratarla como le viniera en gana?

 

—Bueno, cariño, aquí nos separamos —dijo Laievski, deteniéndose—. Iliá Mijáilich te acompañará.

 

Saludó a Kirilin con una inclinación de cabeza, atravesó a toda prisa el bulevar y se internó en la calle donde se encontraba la casa de Sheshkovski, que tenía las ventanas iluminadas; poco después se oyó el ruido de la cancela.

 

—Permítame que le dé una explicación —soltó Kirilin—. No soy un chiquillo. No soy ningún Achkásov, Lachkásov o Zachkásov… ¡Exijo que se me tome en serio! —a Nadezhda Fiódorovna empezó a latirle con fuerza el corazón. No respondió nada—. En un principio atribuí a la coquetería su brusco cambio de actitud —prosiguió Kirilin—, pero luego me he dado cuenta de que simplemente no sabe usted tratar con personas honradas. Sólo quería jugar conmigo, como con ese muchacho armenio, pero yo soy un hombre honrado y exijo que se me trate como tal. Así pues, estoy a su disposición…

 

—Tengo una angustia… —dijo Nadezhda Fiódorovna, echándose a llorar y, para ocultar las lágrimas, se dio la vuelta.

 

—Yo también estoy angustiado, pero ¿qué importancia tiene eso? —Kirilin guardó silencio un instante y a continuación dijo con voz clara, separando mucho las palabras—: Le repito, señora, que, si no me concede una cita, hoy mismo armaré un escándalo.

 

—Deje que me vaya —dijo Nadezhda Fiódorovna, sin reconocer su propia voz, hasta tal punto era lastimera y débil.

 

—Tengo que darle una lección… Perdone la rudeza de mi tono, pero me veo obligado a darle una lección. Sí, señora, lo lamento mucho, pero tengo que darle una lección. Exijo dos entrevistas: una hoy y otra mañana. Pasado mañana será usted completamente libre y podrá irse con quien quiera y donde le plazca. Hoy y mañana.

 

Nadezhda Fiódorovna se acercó a la cancela de su casa y se detuvo.

 

—¡Déjeme! —murmuró, temblando de pies a cabeza, sin ver otra cosa, en medio de la oscuridad, que la blanca guerrera—. Tiene usted razón, soy una mujer horrible… Es culpa mía, pero deje que me vaya… Se lo ruego… —tocó la fría mano de él y se estremeció—, se lo suplico…

 

—¡Ay! —suspiró Kirilin—. ¡Ay! Eso no entra en mis planes. Sólo quiero darle una lección, hacerle comprender las cosas… Además, madame, me fío muy poco de las mujeres.

 

—Tengo una angustia… —Nadezhda Fiódorovna se quedó escuchando el monótono rumor del mar, miró el cielo, sembrado de estrellas, y tuvo ganas de acabar con todo cuanto antes, de liberarse de esa maldita sensación de la vida, con su mar, sus estrellas, sus hombres, su fiebre…—. Lo único

 

que le pido es que no sea en mi casa… —añadió con frialdad—. Lléveme a algún sitio.

 

—Vamos a casa de M iurídov. Es lo mejor.

 

—¿Dónde está eso?

 

—Junto a la muralla vieja.

 

Nadezhda Fiódorovna echó a andar a toda prisa por la calle y luego torció en un callejón que conducía a las montañas. Reinaba la oscuridad. En algunos lugares atravesaban la calzada las pálidas franjas de luz de las ventanas iluminadas, y Nadezhda Fiódorovna volvió a sentirse como una mosca, que tan pronto cae en un tintero como sale de nuevo a la luz. Kirilin iba tras ella. En un momento determinado se tambaleó, estuvo a punto de caer y se echó a reír.

 

«Está borracho… —pensó Nadezhda Fiódorovna—. Da igual… da igual… Que sea lo que sea». También Achmiánov se despidió pronto del grupo y se fue en busca de Nadezhda Fiódorovna

 

para invitarla a dar un paseo en barca. Se aproximó a su casa y miró a través de la cerca: las ventanas estaban abiertas de par en par, pero no había luz.

 

—¡Nadezhda Fiódorovna! —llamó.

 

Al cabo de un minuto, volvió a llamar.

 

—¿Quién está ahí? —se oyó la voz de Olga.

 

—¿Está en casa Nadezhda Fiódorovna?

 

—No. Aún no ha regresado.

 

«Es extraño… Muy extraño… —se dijo Achmiánov, que empezaba a sentir una profunda inquietud—. Si dijo que se iba a su casa…».

 

Echó a andar por el bulevar, luego se introdujo en una calle y se quedó mirando el interior de la casa de Sheshkovski a través de la ventana. Laievski estaba sentado a la mesa en mangas de camisa y examinaba las cartas con atención

 

—Qué extraño, qué extraño… —farfulló Achmiánov y, al recordar el ataque de histeria que había sufrido Laievski, sintió vergüenza—. Si no está en casa, ¿adónde habrá ido?

 

Si dirigió de nuevo al domicilio de Nadezhda Fiódorovna y se quedó mirando las ventanas oscuras.

 

«Me ha engañado, me ha engañado», pensaba, recordando que ese mismo día, cuando se encontró con ella a las doce en casa de los Bitiugov, le había prometido que lo acompañaría a dar un paseo en barca por la tarde.

 

Las ventanas de la casa de Kirilin también estaban oscuras, y junto a la puerta cochera un policía dormía tumbado en un banco. Cuando vio las ventanas y a ese policía, Achmiánov lo entendió todo. Decidió irse a su casa y hacia allí se encaminó, pero, sin saber muy bien cómo, se encontró de nuevo delante de la cancela de Nadezhda Fiódorovna. Se sentó entonces en un banco y se quitó el sombrero: tan vehementes eran sus celos y tan grande se le antojaba la magnitud de la ofensa que la cabeza le ardía.

 

La iglesia de la ciudad sólo daba la hora dos veces al día: a las doce de la mañana y a las doce de la noche. Poco después de que sonaran las campanadas que anunciaban el final de la jornada, se oyeron unos pasos apresurados.

 

—¡Entonces, mañana por la tarde volvemos a vernos en casa de Miurídov! —oyó Achmiánov y reconoció la voz de Kirilin—. A las ocho. ¡Adiós, señora!

 

Nadezhda Fiódorovna apareció junto a la cerca. Sin percatarse de la presencia de Achmiánov en el

 

 

banco, pasó a su lado como una sombra, abrió la cancela y, sin pararse a cerrarla, entró en la casa. Una vez en su habitación, encendió una vela y se desvistió a toda prisa, pero no se metió en la cama, sino que se arrodilló delante de una silla, la abrazó y apoyó la frente en el asiento.

Cuando Laievski regresó, eran más de las dos de la madrugada.

 

XV

 

Al día siguiente, después de la una, Laievski, que había tomado la resolución de recurrir no a una sola gran mentira, sino a varias pequeñas, fue a casa de Samóilenko para pedirle el dinero que le permitiera marcharse el sábado sin falta. Tras el ataque de histeria de la víspera, que había añadido a su desánimo un agudo sentimiento de vergüenza, quedarse en la ciudad se le antojaba impensable. Si Samóilenko insistía en sus condiciones, pensaba, las aceptaría, cogería el dinero y al día siguiente, a la hora de la partida, le diría que Nadezhda Fiódorovna se había negado a partir, y por la tarde trataría de convencerla a ella de que todo lo hacía por su propio bien. Si Samóilenko, que sin duda se hallaba bajo la influencia de von Koren, se negaba de plano a entregarle el dinero o le imponía nuevas condiciones, se marcharía ese mismo día en un barco de carga, o incluso en un velero, a Novi Afón o Novorossisk, desde donde enviaría a su madre un telegrama en el que expresaría su arrepentimiento y donde viviría hasta que esta le mandase el dinero necesario para emprender el viaje.

 

Cuando llegó a casa de Samóilenko encontró en la sala a von Koren. El zoólogo acababa de llegar para comer y, según su costumbre, había abierto el álbum y estaba contemplando a los caballeros con chistera y a las señoras con cofia.

 

«¡Qué inoportuno! —se dijo Laievski, al verlo—. Puede estorbarme».

 

—Buenos días —saludó.

 

—Buenos días —respondió von Koren, sin mirarlo.

 

—¿Está en casa Aleksandr Davídich?

 

—Sí. En la cocina.

 

Laievski pasó a la cocina, pero, viendo desde el umbral que Samóilenko estaba ocupado con la ensalada, regresó a la sala y se sentó. Siempre se sentía incómodo en presencia del zoólogo y ahora temía que se suscitara la cuestión de su ataque de histeria. Pasaron más de un minuto en silencio. De pronto von Koren levantó los ojos hasta Laievski y le preguntó:

 

—¿Cómo se siente después de lo de ayer?

 

—Estupendamente —respondió Laievski, ruborizándose—. En realidad, no sucedió nada de particular…

 

—Hasta el día de ayer creía que sólo las damas sufrían ataques de histeria; por eso, al principio, pensé que tenía usted el baile de San Vito.

 

Laievski esbozó una sonrisa obsequiosa y pensó: «Es una falta de delicadeza por su parte, pues sabe perfectamente lo incómodo que me siento…».

 

—Sí, fue una situación de lo más ridícula —dijo, sin dejar de sonreír—. Me he pasado toda la mañana riéndome. Lo más curioso de los ataques de histeria es que, aunque uno sabe que son absurdos y se ríe de ellos en el fondo de su alma, al mismo tiempo no puede dejar de sollozar. En este siglo de enfermedades nerviosas nos hemos convertido en esclavos de nuestros nervios, que son

 

nuestros amos y hacen con nosotros lo que se les antoja. En ese sentido, la civilización nos ha hecho un flaco favor… —mientras hablaba, le resultaba molesto que von Koren lo mirara y lo escuchara con atención y seriedad, sin pestañear, como si lo estuviera estudiando, y se enfadaba consigo mismo porque, a pesar de la antipatía que le profesaba, no conseguía en modo alguno borrar de su cara esa sonrisa obsequiosa—. Aunque debo admitir —prosiguió— que había motivos inmediatos, y de mucho peso, para ese ataque de histeria. En los últimos tiempos mi salud ha empeorado bastante. Añada usted a todo eso el aburrimiento, la continua falta de dinero… la falta de personas con intereses comunes… Una situación verdaderamente complicada.

 

—Sí, su situación es desesperada —dijo von Koren.

 

Esas palabras serenas y frías, que no sabía si tomarse como un comentario jocoso o una profecía impertinente, lo ofendieron. Recordó la mirada llena de burla y repugnancia que el zoólogo le había dirigido la víspera, guardó silencio unos instantes y preguntó, ya sin sonreír:

 

—¿Y cómo conoce usted mi situación?

 

—Usted mismo acaba de exponerla; además, sus amigos muestran tan ardiente preocupación por sus tribulaciones que uno se pasa el día entero oyendo hablar de usted.

 

—¿Qué amigos? ¿Se refiere a Samóilenko?

 

—Sí, también a él.

 

—M e gustaría que Aleksandr Davídich y, en general, mis amigos, se ocuparan menos de mí.

 

—Ahí viene Samóilenko, así que puede decírselo a él.

 

—No entiendo a qué viene ese tono… —farfulló Laievski; era como si en ese mismo instante hubiera comprendido que el zoólogo lo odiaba, lo despreciaba, se mofaba de él y era su peor y más encarnizado enemigo—. Guárdese ese tono para otro —dijo muy bajo, sin fuerzas para levantar la voz, pues el odio que se había apoderado de él le oprimía el cuello y la garganta, igual que la víspera el deseo de reír.

 

Entró Samóilenko en mangas de camisa, sudoroso y colorado por los vapores de la cocina. —¡Ah, estás aquí! —dijo—. Buenos días, amigo. ¿Has comido? No te andes con cumplidos y di

 

la verdad: ¿has comido?

 

—Aleksandr Davídich —dijo Laievski, poniéndose en pie—, el hecho de que de te haya dirigido alguna petición de índole personal no te exonera de la obligación de ser discreto y de respetar los secretos ajenos.

 

—¿A qué te refieres? —se sorprendió Samóilenko.

 

—Si no tienes dinero —prosiguió Laievski, levantando la voz y apoyándose, muy agitado, tan pronto en un pie como en el otro—, no me lo prestes, niégamelo, pero ¿por qué pregonar a los cuatro vientos que mi situación es desesperada? ¡No puedo soportar esas buenas obras, esas ayudas amistosas! ¡Se da un kopek y se afirma haber entregado un rublo! ¡Puedes jactarte de tus buenas acciones cuanto quieras, pero nadie te ha autorizado a revelar mis secretos!

 

—¿Qué secretos? —preguntó Samóilenko, que no entendía nada y empezaba a enfadarse—. Si has venido a discutir, es mejor que te vayas. ¡Vuelve más tarde!

 

Le vino a la cabeza esa regla que aconseja contar hasta cien y tranquilizarse cuando uno ha discutido con una persona a la que aprecia, y se puso a contar a toda prisa.

 

—¡Le ruego que no se ocupe más de mí! —continuó Laievski—. No me preste atención. ¿Qué le importa a nadie mi modo de vida? ¡Sí, quiero marcharme! ¡Sí, contraigo deudas, bebo, vivo con una

 

mujer ajena, tengo ataques de histeria, soy un hombre vulgar y no tan profundo como otros! Pero ¿a quién le importa todo eso? ¡Respete mi personalidad!

 

—Perdona, amigo —dijo Samóilenko, después de haber contado hasta treinta y cinco—, pero… —¡Respete mi personalidad! —lo interrumpió Laievski—. ¡Al diablo esas continuas

 

conversaciones sobre el prójimo, todos esos «ohs» y «ahs», esa manía de estar siempre cotilleando y fisgando, esa comprensión amistosa! ¡Me prestan dinero y me ponen condiciones como si fuera un chiquillo! ¡Me exigen el diablo sabe qué! ¡No quiero nada! —gritó, tan alterado que se tambaleó; por un momento temió que le sobreviniera otro ataque de histeria. «Por lo visto, no me marcharé el sábado», se le pasó de pronto por la cabeza—. ¡No quiero nada! Lo único que les pido es que hagan el favor de liberarme de su tutela. ¡No soy un chiquillo ni un loco, así que les ruego que no me prodiguen más cuidados! —en ese momento entró el diácono y, al ver a Laievski todo pálido, agitando los brazos y dirigiendo su extraño discurso al retrato del príncipe Vorontsov, se detuvo junto a la puerta como petrificado—. Esa continua indagación de mi alma —prosiguió Laievski— ofende mi dignidad humana, así que pido a todos esos investigadores voluntarios que acaben de una vez con su espionaje. ¡Ya basta!

 

—¿Qué… has dicho? —preguntó Samóilenko, después de contar hasta cien, enrojeciendo y acercándose a Laievski.

 

—¡Ya basta! —repitió este, sofocado, mientras cogía su gorra.

 

—¡Soy médico, noble y consejero de Estado! —dijo Samóilenko, separando mucho las palabras

 

—. ¡No he sido nunca un espía y no permito que nadie me ofenda! —gritó con voz temblorosa, poniendo el acento en la última palabra—. ¡Cállese! —el diácono, que nunca había visto al médico tan colorado y con un aspecto tan majestuoso, altivo y terrible, se tapó la boca, corrió al recibidor y allí se desternilló de risa. Como a través de la niebla, Laievski vio cómo von Koren se levantaba, se metía las manos en los bolsillos del pantalón y se quedaba quieto, como esperando a ver qué pasaba. Esa actitud serena le pareció insolente y ofensiva en grado sumo—. ¡Haga el favor de retirar sus palabras! —gritó Samóilenko.

 

Laievski, que ya no recordaba lo que había dicho, respondió:

 

—¡Déjeme en paz! ¡No necesito nada! ¡Lo único que quiero es que usted y los alemanes de ascendencia judía me dejen tranquilo! ¡De otro modo tomaré medidas! ¡Estoy dispuesto a batirme!

—Ahora entiendo —dijo von Koren, saliendo de detrás de la mesa—. Antes de partir, al señor Laievski le apetece divertirse con un duelo. Yo puedo darle esa satisfacción. Señor Laievski, acepto su desafío.

 

—¿Desafío? —dijo en voz baja Laievski, acercándose al zoólogo y mirando con odio su frente morena y sus cabellos rizados—. ¿Desafío? ¡Con mucho gusto! ¡Lo odio a usted! ¡Lo odio!

—Me alegro mucho. Mañana por la mañana, cerca de la taberna de Kerbalai, con todos los detalles a su gusto. Y ahora desaparezca.

—¡Lo odio! —dijo Laievski en voz baja, respirando con dificultad—. ¡Hace mucho tiempo que lo odio! ¡Un duelo! ¡Sí!

—Sácalo de aquí, Aleksandr Davídich, o me voy yo —dijo von Koren—. Va a acabar mordiéndome.

El tono reposado de von Koren enfrió al médico, que de repente recobró la serenidad, se dio cuenta de lo que estaba pasando, cogió por la cintura a Laievski con ambas manos y, apartándolo del

 

 

zoólogo, farfulló con voz tierna, trémula de emoción:

 

—M is buenos y queridos… amigos… Nos hemos acalorado y … y … Amigos míos…

 

Al escuchar esa voz dulce y amistosa, Laievski comprendió que en su vida acababa de suceder algo inaudito y monstruoso; era como si por poco no le hubiese arrollado un tren. Estuvo a punto de echarse a llorar, hizo un gesto de desaliento con la mano y salió corriendo de la habitación.

 

«¡Dios mío, qué duro es sentir en uno mismo el odio ajeno y presentarte ante la persona que te odia bajo el aspecto más vil, despreciable e impotente! —pensaba al poco rato, sentado en el pabellón y creyendo notar sobre su cuerpo una especie de moho, producto del odio que acababa de experimentar—. ¡Y qué vulgar es todo esto, Dios mío!».

 

El agua fría con coñac le infundió ánimos. Recordó con nitidez el rostro sereno y altivo de von Koren, su mirada de la víspera, su camisa parecida a una alfombra, su voz, sus manos blancas, y un odio profundo, apasionado y voraz se revolvió en su pecho exigiendo satisfacción. Se imaginó que derribaba a von Koren y empezaba a patearlo. Rememoró, hasta en los menores detalles, lo que había sucedido y se sorprendió de haber prodigado sonrisas obsequiosas a un hombre insignificante y, en general, de haber valorado la opinión de unos tipejos miserables, ignorados por todos, que vivían en un pueblucho de mala muerte, un lugar que ni siquiera figuraba en los mapas y que ninguna persona honrada de San Petersburgo conocía. Si a ese villorrio de pronto se lo tragara la tierra o desapareciera pasto de las llamas, la noticia sería recibida con tanta indiferencia en Rusia como el anuncio de venta de unos muebles de segunda mano. Matar a von Koren al día siguiente o dejarlo vivo era lo mismo: ambas opciones le parecían igual de inútiles y desprovistas de interés. Lo mejor sería apuntarle a una pierna o un brazo, herirlo y luego reírse de él; como un insecto con una pata rota se pierde ente la hierba, von Koren, con su sordo sufrimiento, se perdería en medio de una multitud de personas tan insignificantes como él.

 

Laievski fue a ver a Sheshkovski, le contó lo que había sucedido y le pidió que fuera su padrino; luego ambos se dirigieron a casa del jefe de correos y telégrafos, le propusieron que actuara también de padrino y se quedaron a comer allí. Durante el almuerzo, no dejaron de bromear y de reírse. Laievski ironizaba sobre sus escasos conocimientos de tiro y se llamaba a sí mismo «arcabucero del rey» y «Guillermo Tell».

 

—Hay que darle una lección a ese señor —decía.

 

Después del almuerzo echaron una partida de cartas. Laievski jugaba, bebía vino y pensaba que los duelos, en general, eran una solución estúpida e insensata porque, lejos de resolver los problemas, los complicaban aún más, pero a veces no había manera de evitarlos. Por ejemplo, en el presente caso, pues no se podía denunciar a von Koren ante el juez de paz. Además, el duelo inminente en cierto modo era positivo porque, una vez celebrado, no podría quedarse en la ciudad. Estaba algo achispado, se había distraído con los naipes, se sentía bien.

 

Pero, cuando se puso el sol y empezó a oscurecer, lo dominó la inquietud. No era temor a la muerte, porque ya mientras almorzaba y jugaba a las cartas había abrigado la certeza, vaya usted a saber por qué, de que el duelo acabaría en nada; era miedo a ese algo desconocido que sucedería al día siguiente por primera vez en su vida, así como también a la noche inminente… Sabía que esa noche sería larga, que la pasaría en vela y que tendría que pensar no sólo en von Koren y en su odio, sino también en la montaña de mentiras que debería atravesar, pues carecía de la fuerza y la habilidad necesarias para rodearla. Tenía la impresión de haber enfermado de repente. Perdió de improviso

 

 

cualquier interés por los naipes y por la gente, y, presa de un intenso nerviosismo, pidió que lo dejaran regresar a su casa. Tenía ganas de tumbarse cuanto antes en la cama, quedarse inmóvil y poner en orden sus pensamientos. Sheshkovski y el jefe de correos lo acompañaron y luego fueron a ver a von Koren para hablar del duelo.

 

Cerca de su domicilio Laievski se encontró con Achmiánov. El joven estaba casi sin aliento y daba muestras de una gran agitación.

 

—¡Lo estoy buscando, Iván Andreich! —dijo—. Le ruego que me acompañe… —¿Adónde?

 

—Un señor al que usted no conoce desea verlo para tratar un asunto muy importante que le concierne. Le ruega con insistencia que vaya a verlo un momento. Necesita hablar con usted… Para él es cuestión de vida o muerte…

 

Achmiánov estaba tan alterado que hablaba con un acento armenio muy acusado.

 

—¿De quién se trata? —preguntó Laievski.

 

—M e ha pedido que no revelara su nombre.

 

—Dígale que estoy ocupado. M añana, si le parece bien…

 

—¡Cómo es posible! —se asustó Achmiánov—. Quiere decirle algo de capital importancia para usted… ¡De capital importancia! Si no acude usted, sucederá una desgracia.

 

—Qué raro… —balbuceó Laievski, que no comprendía por qué Achmiánov estaba tan alterado y qué secretos podía haber en ese aburrido villorrio de mala muerte—. Qué raro —repitió, meditabundo

—. Pero bueno, vamos. Lo mismo da.

 

Achmiánov se puso delante y avanzó a buen paso, seguido de Laievski. Recorrieron una calle,

 

después un callejón.

 

—Todo esto es muy molesto —dijo Laievski.

 

—Ya llegamos, ya llegamos… Es aquí mismo.

 

Cerca de la muralla vieja se internaron en una estrecha calleja que discurría entre dos descampados vallados, luego desembocaron en un gran patio y se dirigieron a una pequeña casita…

 

—¿No es la casa de M iurídov? —preguntó Laievski.

 

—Sí.

 

—Entonces, ¿por qué hemos dado tantos rodeos? Si hubiéramos venido por la calle principal, habríamos tardado menos…

 

—No importa, no importa…

 

A Laievski también le pareció extraño que Achmiánov lo llevara por la puerta trasera y le hiciese indicaciones con la mano, como rogándole que no hiciera ruido y guardara silencio.

 

—Por aquí, por aquí… —dijo Achmiánov, abriendo con tiento la puerta y entrando de puntillas en el zaguán—. Silencio, silencio, por favor… Pueden oírnos —se quedó escuchando, mientras trataba afanosamente de recobrar el aliento, y añadió en un susurro—: Abra la puerta y entre… No tema.

 

Laievski, perplejo, abrió la puerta y entró en una habitación de techo bajo, con cortinas en las ventanas. Sobre la mesa ardía una vela.

 

—¿Quién es? —preguntó alguien en la habitación contigua—. ¿Eres tú, M iurídov?

 

Laievski penetró en esa habitación y se encontró a Kirilin, acompañado de Nadezhda Fiódorovna. No oyó lo que le decían. Retrocedió y, sin saber cómo, se encontró en la calle. El odio a von

 

 

Koren y la inquietud desaparecieron de su alma. De camino a casa, agitaba torpemente la mano derecha y miraba el suelo con atención, procurando pisar terreno liso. Una vez en su despacho, se puso a pasear de un rincón al otro, frotándose las manos y encogiendo el cuello y los hombros, como si la chaqueta y la camisa le quedaran estrechas; luego encendió una vela y se sentó a la mesa…

 

XVI

 

—Las ciencias humanas de las que habla usted sólo satisfarán el espíritu humano cuando, en su desarrollo, se encuentren con las ciencias exactas y marchen a su lado. No sé si se encontrarán bajo el microscopio o en los monólogos de un nuevo Hamlet o en una nueva religión, pero creo que la Tierra se cubrirá de una capa de hielo antes de que eso suceda. Sin duda, el más firme y vital de todos los conocimientos humanos es la doctrina de Cristo, pero fíjese de qué modos tan distintos se entiende. Unos enseñan que hay que amar a todos los semejantes, pero hacen una excepción con los soldados, los criminales y los locos: a los primeros les permiten matar en la guerra, a los segundos se los aísla o se los ejecuta y a los terceros se les prohíbe casarse. Otros exégetas enseñan a amar a todos los semejantes sin excepción, sin distinguir entre buenos y malos. Según esa interpretación, si aparece en vuestra casa un tuberculoso, un asesino o un epiléptico y pide la mano de vuestra hija, debéis concedérsela; si los cretinos declaran la guerra a los hombres sanos de cuerpo y espíritu, hay que presentar la cabeza para que os la corten. Esa teoría del amor por el amor, como la del arte por el arte, si acabara imponiéndose, conduciría en última instancia a la extinción total de la humanidad, consumándose, de ese modo, el crimen más horrendo que jamás se haya visto sobre la faz de la Tierra. Hay muchísimas interpretaciones, pero ni una sola que pueda satisfacer a una inteligencia rigurosa, que se apresta a añadir a ese caudal de interpretaciones la suya propia. Por eso nunca debe plantear la cuestión sobre una base filosófica, como dice usted, o sobre el llamado cristianismo, pues no conseguiría otra cosa que alejarse de la solución del problema.

 

El diácono escuchó atentamente al zoólogo, se quedó pensativo y preguntó:

 

—La ley moral, que es inherente a cualquier persona, ¿la han inventado los filósofos o la ha creado Dios junto con el cuerpo?

 

—No lo sé. Pero esa ley es hasta tal punto común a todos los pueblos y épocas que, en mi opinión, deberíamos considerarla orgánicamente ligada al hombre. No ha sido inventada, sino que es y será. No le estoy diciendo que un día alguien la vea en el microscopio, pero su vínculo orgánico ya ha sido demostrado por la evidencia: según tengo entendido, los trastornos cerebrales graves y las llamadas enfermedades mentales se manifiestan ante todo en la desfiguración de la ley moral.

 

—Bien. Entonces, igual que el estómago exige comida, el sentimiento moral quiere que amemos a nuestros semejantes. ¿Es así? Pero nuestra naturaleza, por amor propio, se opone a la voz de la conciencia y de la razón: por eso surgen tantas cuestiones insolubles. ¿A quién debemos dirigirnos para solucionar esos problemas si no los planteamos en el ámbito filosófico?

 

—Apele usted a los escasísimos conocimientos precisos de que disponemos. Confíe en la evidencia y la lógica de los hechos. Cierto que no es mucho, pero al menos no es algo tan precario y vago como la filosofía. Supongamos que la ley moral exige amar a los hombres. ¿Y qué? El amor debe consistir en el alejamiento de todo lo que de uno u otro modo resulte perjudicial para los hombres y

 

represente un peligro para su presente y su futuro. Nuestros conocimientos y la evidencia nos dicen que las personas con deficiencias físicas y mentales representan un peligro para la humanidad. En tal caso, hay que combatir a los anormales. Y, si nos faltan las fuerzas para elevarnos a la normalidad, debemos poner en juego todas nuestras energías y habilidades para volverlos inocuos, es decir, para aniquilarlos.

 

—¿Significa eso que el amor consiste en que los fuertes derroten a los débiles?

 

—Sin duda.

 

—Pero ¡fueron los fuertes quienes crucificaron a Nuestro Señor Jesucristo! —dijo el diácono con acaloramiento.

 

—Nada de eso: fueron los débiles quienes lo crucificaron, no los fuertes. La cultura humana se ha debilitado y pretende reducir a cero la lucha por la existencia y la selección, de ahí la rápida multiplicación de los débiles y su preponderancia sobre los fuertes. Imagínese que consigue inculcar a las abejas ideas humanas en una forma rudimentaria y elemental. ¿Qué conseguiría con ello? Los zánganos, a los que habría que matar, seguirían vivos, se comerían la miel, pervertirían y ahogarían a las abejas. El resultado sería el predominio de los débiles sobre los fuertes y la degeneración de estos últimos. Lo mismo está sucediendo ahora con los seres humanos: los débiles oprimen a los fuertes. Entre los salvajes, que no han sido rozados por la cultura, el más fuerte, sabio y moralmente íntegro va a la cabeza; es amo y señor. En cambio nosotros, gente culta, hemos crucificado a Cristo y seguimos crucificándolo. Eso significa que nos falta algo… Y ese «algo» debemos restablecerlo entre nosotros, pues de otro modo esas incoherencias nunca tendrán fin.

 

—Pero ¿cuál es su criterio para distinguir entre fuertes y débiles?

 

—El conocimiento y la evidencia. A los tísicos y escrofulosos se los reconoce por sus enfermedades, y a los locos e inmorales, por sus actos.

 

—Pero ¡es posible cometer equivocaciones!

 

—Sí, pero no hay que tener miedo de mojarse los pies cuando amenaza diluvio.

 

—Eso es filosofía —sonrió el diácono.

 

—En absoluto. Su juicio está tan pervertido por esa filosofía de seminario que ve niebla por todas partes. Las ciencias abstractas, de las que su joven cabeza está llena, reciben ese nombre porque abstraen el pensamiento de la evidencia. Atrévase a mirar al diablo a los ojos y, si es el diablo, diga que es el diablo, sin acudir a Kant o Hegel en busca de explicaciones —el zoólogo guardó silencio un instante y continuó—: Dos y dos son cuatro y una piedra es una piedra. Mañana tenemos un duelo. Ambos diremos que es un acto absurdo y estúpido, que la época de los duelos ya ha pasado, que, en el fondo, un duelo aristocrático no se diferencia en nada de una pelea de borrachos en una taberna, y de todos modos no nos detendremos, acudiremos y nos batiremos. De ahí se deduce que hay una fuerza más poderosa que nuestros razonamientos. Clamamos que la guerra es destrucción, barbarie, horror, fratricidio, no podemos ver la sangre sin desmayarnos, pero basta que los franceses o los alemanes nos ofendan para que al punto se enardezca nuestro ánimo, gritemos «hurra» con el mayor entusiasmo y nos arrojemos sobre el enemigo; usted invocará el favor divino para nuestras armas, y nuestro valor desatará un júbilo generalizado y sincero. Otra prueba más de que hay una fuerza, si no superior, al menos más poderosa que nosotros y nuestra filosofía. No podemos contrarrestarla, como no podemos detener esa nube que viene del mar. Así que no sea usted hipócrita, no apriete los puños en el bolsillo y deje de decir: «¡Ah, qué estupidez! ¡Ah, qué idea tan trasnochada! ¡Ah, no concuerda

 

con las Escrituras!». Mírela a los ojos, reconozca su razonable legitimidad, y, cuando esa fuerza quiera destruir, por ejemplo, una raza desmedrada, escrofulosa y depravada, no se lo impida usted con píldoras y una interpretación incorrecta del Evangelio. En un relato de Leskov aparece un personaje llamado Danila, hombre de grandes escrúpulos, que se encuentra en las afueras de la ciudad con un leproso y le ofrece alimento y abrigo en nombre del amor y de Cristo. Si ese Danila hubiese amado de verdad a sus semejantes, habría alejado al leproso de la ciudad, lo habría arrojado a un barranco, y después se habría ido a trabajar para los sanos. Cristo, si no me equivoco, nos predicó un amor razonable, sensato y útil.

 

—¡Cómo es usted! —exclamó el diácono, echándose a reír—. Si no cree en Cristo, ¿por qué lo nombra tan a menudo?

 

—Creo en Cristo. Pero, naturalmente, a mi manera, no a la de usted. ¡Ah, diácono, diácono! —se rio el zoólogo; luego le pasó la mano por la cintura y le dijo con aire jovial—: ¿Y qué? ¿Va a asistir usted mañana al duelo?

 

—M i dignidad no me lo permite; sino, iría.

 

—¿Qué significa eso de su dignidad?

 

—Estoy consagrado. La gracia divina está conmigo.

 

—Ah, diácono, diácono —repitió von Koren, soltando una carcajada—. Me gusta charlar con usted.

 

—Dice que tiene usted fe —dijo el diácono—. Pero ¿qué clase de fe es esa? Mi tío, que es pope, tiene tanta fe que, cuando va al campo en época de sequía para invocar la lluvia, se lleva el paraguas y el impermeable para no mojarse al volver. ¡A eso se le llama fe! Cuando habla de Cristo parece irradiar una especie de luz, y todos los hombres y mujeres lloran y sollozan. Él podría detener esa nube y pondría en fuga a todas esas fuerzas de las que habla usted. Sí, la fe mueve montañas —el diácono se rio y le dio al zoólogo una palmada en el hombro—. Así es… —prosiguió—. Usted se pasa el día entero estudiando, explora el fondo de los mares, distingue entre fuertes y débiles, escribe libros, entabla desafíos, y, sin embargo, todo sigue en su sitio. En cambio, basta que un pobre anciano, lleno del espíritu santo, balbucee una sola palabra o que desde Arabia cabalgue un nuevo Mahoma con su cimitarra para que todo se vuelva patas arriba y no quede en Europa piedra sobre piedra.

 

—¡Todo eso está aún por ver, diácono!

 

—La fe sin obras es una fe muerta, y las obras sin fe son algo aún peor: una pérdida de tiempo, nada más.

 

En el malecón apareció el médico. Al ver al zoólogo y al diácono, se aproximó.

 

—Parece que está todo arreglado —dijo, sofocado—. Los padrinos serán Govorovski y Boiko. Vendrán a recogerlo a las cinco de la mañana. ¡Qué encapotado está! —dijo, mirando el cielo—. No se ve nada. Va a ponerse a llover de un momento a otro.

 

—Vendrás con nosotros, supongo —se interesó von Koren.

 

—No, Dios me libre. Ya he sufrido bastante. En mi lugar irá Ustimóvich. Ya he hablado con él. Lejos, por encima del mar, centelleó un relámpago y a continuación se oyó el sordo retumbar del

 

trueno.

 

—¡Qué sofocante es el ambiente antes de la tormenta! —dijo von Koren—. Apuesto a que ya has ido a ver a Laievski y has llorado sobre su pecho.

 

—¿Por qué iba a ir? —respondió el médico, confuso—. ¡Lo que me faltaba! —antes de la puesta de sol, había recorrido varias veces el bulevar y la calle con la esperanza de encontrar a Laievski. Se avergonzaba de su arrebato de ira y de la repentina efusión de bondad que le siguió. Quería disculparse ante Laievski en tono desenfadado, reprenderlo, calmarlo y decirle que los duelos eran un vestigio de la barbarie medieval, pero que la misma providencia les había indicado el duelo como medio de reconciliación: al día siguiente, los dos contendientes, hombres excelentes, de gran inteligencia, después de dispararse, apreciarían mutuamente su nobleza y se harían amigos. Pero no coincidió con Laievski ni una sola vez—. ¿Por qué iba a ir? —repitió Samóilenko—. No es él el ofendido, sino yo. Dime, por favor, ¿por qué la tomó conmigo? ¿Qué le había hecho? Entro en la sala y de pronto, así sin más, me llama espía. ¡Ahí queda eso! Dime, ¿cómo empezó todo? ¿Qué le dijiste?

 

—Que su situación era desesperada. Y tenía razón. Sólo los hombres honrados y los granujas pueden encontrar una salida a cualquier situación, pero quien quiere ser honrado y granuja al mismo tiempo es incapaz de hallar una solución. En cualquier caso, señores, ya son las once, y mañana hay que levantarse temprano.

 

De pronto empezó a soplar el viento, que levantó el polvo del malecón y lo hizo girar en remolinos, rugiendo y acallando el rumor del mar.

 

—¡Vaya vendaval! —dijo el diácono—. Si no nos marchamos, se nos irritarán los ojos. Cuando echaron a andar, Samóilenko dejó escapar un suspiro y comentó, sujetándose la gorra: —Seguro que esta noche no pego ojo.

 

—No te preocupes —dijo el zoólogo, echándose a reír—. Puedes estar tranquilo, el duelo acabará en nada. Laievski se mostrará magnánimo y disparará al aire; en su caso, no puede obrar de otro modo. En cuanto a mí, lo más probable es que ni siquiera dispare. Acabar procesado por culpa de Laievski y perder el tiempo: no vale la pena. A propósito, ¿qué condena está prevista para quienes participan en un duelo?

 

—Arresto, y en caso de muerte del adversario hasta tres años de reclusión en una fortaleza.

 

—¿En la de San Pedro y San Pablo[27]?

—No, creo que en una militar.

—Y, sin embargo, habría que darle una lección a ese joven.

 

Sobre la superficie del mar resplandeció un relámpago, iluminando por un instante los tejados de las casas y las montañas. Cerca del bulevar los amigos se separaron. Cuando el médico desapareció en la oscuridad y el ruido de sus pasos ya casi se había apagado, von Koren le gritó:

 

—¡Veremos si el tiempo no se convierte mañana en un impedimento!

 

—¡Puede ser! ¡Dios lo quiera!

 

—¡Buenas noches!

 

—¿Cómo? ¿Qué dices de la noche?

 

El rumor del viento y del mar y el estampido de los truenos impedía distinguir bien las palabras.

 

—¡Nada! —gritó el zoólogo y se encaminó a buen paso a su casa.

 

 

XVII

 

 

… en mi cabeza, abrasada por la pena,

 

cúmulos se espesan de amargos pensamientos;

 

el mudo recuerdo ante mí

 

su largo pergamino desenrolla.

 

Leo entonces con repugnancia el libro de mi vida,

 

me estremezco y maldigo,

 

me lamento amargamente, amargamente lloro,

 

pero no puedo borrar sus líneas deplorables.

 

PUSHKIN

 

Tanto si lo mataban al día siguiente como si se burlaban de él, es decir, si lo dejaban con vida, estaba perdido. Tanto si se mataba de desesperación y vergüenza como si seguía arrastrando su lamentable existencia, esa mujer deshonesta también estaba perdida…

Así razonaba Laievski, sentado a la mesa a última hora de la tarde, sin dejar de frotarse las manos. De pronto la ventana se abrió y golpeó la pared; una ráfaga de viento entró en la habitación y los papeles salieron volando de la mesa. Cerró la ventana y se agachó para recoger los papeles del suelo. Sentía en su cuerpo algo nuevo, cierta torpeza desconocida, y no reconocía sus propios movimientos; andaba de manera insegura, separando los codos del cuerpo y subiendo y bajando los hombros. Cuando se sentó de nuevo en la silla, volvió a frotarse las manos. Su cuerpo había perdido agilidad.

 

La víspera de la muerte conviene escribir a los seres queridos. Laievski recordó esa máxima. Cogió la pluma y escribió con trazo tembloroso: «¡M amá!».

 

Quería pedirle a su madre que, en nombre del Dios misericordioso en quien ella creía, amparara y confortara con su cariño a la desdichada mujer, sola, pobre y débil, a la que había deshonrado, que olvidara y perdonara todo, todo, todo, y expiara con su sacrificio, al menos en parte, el horrible pecado de su hijo; pero, cuando se acordó de cómo su madre, una viejecita gorda y pesada, con una cofia de encaje, salía por la mañana al jardín, seguida de su dama de compañía con el perrito faldero, cómo gritaba en tono imperioso al jardinero y a la servidumbre y qué orgullosa y altiva era la expresión de su rostro, borró la palabra escrita.

 

En las tres ventanas refulgió el resplandor de un relámpago y a continuación retumbó el ensordecedor y horrísono estallido de un trueno, que empezó como un rumor sordo y acabó convirtiéndose en un estruendo estrepitoso, tan violento que los cristales de las ventanas retemblaron. Laievski se levantó, se acercó a la ventana y apretó la frente contra el cristal. Fuera se había desatado una violenta y hermosa tormenta. En el horizonte, las cintas blancas de los relámpagos se precipitaban sin descanso desde las nubes al mar, iluminando hasta la lejanía las altas olas negras.

 

—¡Vaya tormenta! —susurró Laievski, sintiendo deseos de rezar ante alguien o ante algo, aunque fuese ante los rayos o los truenos—. ¡Querida tormenta!

 

Le vino a la memoria que, cuando era niño, los días de tormenta salía corriendo al jardín con la cabeza descubierta, seguido de dos niñas rubias de ojos azules. La lluvia los mojaba y ellos se reían entusiasmados, pero, cuando resonaba el violento estallido de un trueno, las niñas se apretujaban confiadas contra él, que se santiguaba y se apresuraba a rezar: «Santo, santo, santo…». Ah, ¿dónde habrían desaparecido, en qué mar se habrían hundido los albores de aquella vida maravillosa y pura? Ya no temía las tormentas ni amaba la naturaleza, ni creía en Dios; todas las niñas confiadas que había

 

 

conocido en otro tiempo habían sido corrompidas por él u otros como él; en toda su vida no había plantado en el jardín paterno un solo árbol ni había contribuido a que creciera una sola hierba, y, aunque vivía entre los vivos, no había salvado ni siquiera a una mosca; no había hecho más que destruir, arrasar, mentir, mentir…

 

«¿Hay algo en mi pasado que no sea vicio?», se preguntaba, tratando de agarrarse a algún recuerdo luminoso, como se agarra a un matojo quien se despeña por un barranco.

 

¿El instituto? ¿La universidad? Todo eso había sido un engaño. Tan mal había estudiado que se había olvidado ya de lo que había aprendido. ¿El servicio a la sociedad? Otro engaño, porque no hacía nada, cobraba el sueldo sin merecérselo, y su actividad consistía en un fraude repugnante que no estaba perseguido por la ley .

 

No necesitaba la verdad y, por tanto, no la buscaba; su conciencia, esclava del vicio y la mentira, dormía o callaba; como un extraño o alguien que viniese de otro planeta, no participaba en la vida común de los hombres, se mostraba indiferente a sus sufrimientos, ideas, religiones, conocimientos, búsquedas, luchas; jamás había dicho a nadie una palabra amable, ni escrito una sola línea útil, que no fuera vulgar, ni hecho un pequeño favor a los demás; se limitaba a comerse su pan, a beberse su vino, a llevarse sus mujeres, a repetir sus ideas, y, para justificar su despreciable vida de parásito ante ellos

 

y  ante sí mismo, siempre estaba tratando de presentarse como un ser superior y mejor que nadie. M entira, mentira, mentira…

Se representó con toda claridad lo que había visto esa tarde en casa de Miurídov y sintió que se ahogaba de tristeza y de asco. Kirilin y Achmiánov eran repugnantes, pero sólo habían continuado lo que él había iniciado: eran sus cómplices y sus discípulos. Había apartado de su marido, de su círculo de amistades y de su patria a una joven y débil mujer que confiaba en él más que en un hermano, y se la había llevado allí, donde había sido presa del sofocante calor, las fiebres y el aburrimiento; día tras día ella debía reflejar como un espejo la ociosidad de él, sus vicios y su falsedad; de eso, sólo de eso, se alimentaba su vida anodina, indolente, miserable; luego se había cansado de ella y había empezado a odiarla, pero no había tenido el valor suficiente para abandonarla y la había ido enredando cada vez más en sus mentiras como en una telaraña… El resto lo habían hecho aquellos hombres.

 

Laievski tan pronto se sentaba a la mesa como se acercaba a la ventana; tan pronto apagaba la vela como la encendía. Se maldecía en voz alta, lloraba, se lamentaba, pedía perdón. Varias veces, desconsolado, corrió a la mesa y escribió: «¡M amá!».

 

Aparte de su madre, no tenía familiares ni deudos; pero ¿cómo podía ayudarlo su madre? ¿Y dónde estaba? Sintió deseos de correr en busca de Nadezhda Fiódorovna para ponerse de rodillas, besar sus manos y sus pies y suplicarle que lo perdonara, pero ella era su víctima y él la temía tanto como a una muerta.

 

—¡Mi vida está hecha añicos! —balbució, frotándose las manos—. ¿Por qué sigo viviendo, Dios mío?

Él solo tenía la culpa de que su deslucida estrella hubiera rodado por el cielo y de que, al caer, su estela se hubiera confundido con la tiniebla nocturna; ya no volvería al cielo, porque la vida sólo se concede una vez y no se repite. Si hubiera podido recuperar los días y los años pasados, habría sustituido la mentira por la verdad; la ociosidad, por el trabajo; el aburrimiento, por la alegría; habría restituido la pureza a quien se la había arrebatado, habría encontrado a Dios y la justicia, pero todo eso era tan imposible como devolver al cielo aquella estrella caída. Y esa imposibilidad lo llenaba de

 

desesperación.

 

Había pasado ya la tormenta, pero él seguía sentado junto a la ventana, pensando con serenidad en lo que sería de él. Von Koren probablemente lo mataría. La clara y fría concepción del mundo de ese hombre contemplaba la aniquilación de los débiles y de los inútiles, y, en caso de que en el momento decisivo esa concepción lo traicionara, acudirían en su ayuda el desprecio y el sentimiento de repugnancia que él le inspiraba. Y si erraba el tiro o, para burlarse de su odioso contrincante, sólo lo hería o disparaba al aire, ¿qué haría él? ¿Adónde iría?

 

«¿A San Petersburgo? —se preguntaba—. Pero eso significaría retomar esa vida de antes que tanto detesto. Además, quien busca la salvación cambiando de lugar, como un ave migratoria, no encuentra nada, porque para él la Tierra es igual en todas partes. ¿Buscar la salvación en los hombres? La bondad y la magnanimidad de Samóilenko son tan poco salvadoras como la propensión a la risa del diácono o el odio de von Koren. La salvación hay que buscarla sólo en uno mismo y, si no se encuentra, ¿para qué perder el tiempo? Entonces debe uno matarse, y ya está…».

 

Se oyó el rumor de un carruaje. Estaba amaneciendo. El coche pasó de largo, giró y, con un chirrido de las ruedas sobre la arena mojada, se detuvo ante la casa. En el interior viajaban dos personas.

 

—¡Esperen, voy en seguida! —les dijo Laievski por la ventana—. Estoy despierto. ¿Ya es la hora?

 

—Sí. Son las cuatro. M ientras llegamos…

 

Laievski se puso el abrigo y la gorra, se metió un cigarrillo en el bolsillo y se quedó meditabundo; tenía la impresión de que le quedaba algo por hacer. En la calle los padrinos hablaban en voz baja, los caballos piafaban; esos sonidos, a primera hora de una mañana húmeda, cuando todos dormían y en el cielo apenas alboreaba, llenaron su alma de una angustia semejante a un mal presentimiento. Siguió pensando un rato y al final se acercó al dormitorio.

 

Nadezhda Fiódorovna yacía en la cama, estirada y envuelta en una manta hasta la cabeza; inmóvil como estaba, recordaba a una momia egipcia, sobre todo por el aspecto de la cabeza. Mirándola en silencio, Laievski le pidió mentalmente perdón y pensó que, si el cielo no estaba vacío y Dios en verdad existía, cuidaría de ella, y, si Dios no existía, daba igual que se muriese, porque no había motivo para seguir viviendo.

 

De pronto Nadezhda Fiódorovna se incorporó de un salto y se sentó en la cama, alzó el pálido rostro, lo miró con espanto y le preguntó:

 

—¿Eres tú? ¿Ha pasado la tormenta?

 

—Sí.

 

Se acordó de lo que había sucedido y se llevó ambas manos a la cabeza; un estremecimiento recorrió todo su cuerpo.

 

—¡Qué angustia siento! —exclamó—. ¡Si supieras qué angustia siento! Esperaba —continuó, frunciendo el ceño— que me mataras o me echaras de casa en medio de la lluvia y la tormenta, pero tú sigues esperando… no haces nada…

 

Laievski la abrazó con ímpetu y pasión, le cubrió de besos las rodillas y las manos, y luego, mientras ella balbucía alguna palabra y temblaba bajo el peso del recuerdo, le acarició los cabellos, la miró a la cara y comprendió que esa mujer desdichada y depravada era el único ser querido, próximo e insustituible que le quedaba.

 

 

Cuando salió de la casa y subió al carruaje, sintió deseos de regresar vivo.

 

XVIII

 

El diácono se levantó, se vistió, cogió su grueso y nudoso bastón y salió de casa sin hacer ruido. Estaba tan oscuro que en un primer momento, cuando echó a andar por la calle, no distinguía ni siquiera su bastón blanco; en el cielo no había ni una estrella y daba la impresión de que iba a volver a llover. Olía a arena mojada y a mar.

 

«Espero que no me ataquen los chechenos», pensaba, escuchando los golpes de su bastón contra el empedrado, que resonaban solitarios en medio del silencio de la noche.

 

Al salir de la ciudad, empezó a distinguir el camino y el bastón. En algunos puntos del cielo negro surgieron manchas imprecisas y al poco despuntó una estrella que guiñó indecisa su único ojo. El diácono avanzaba por la alta y pedregosa orilla y no veía el mar, que reposaba más abajo; sus olas invisibles rompían contra la costa con indolencia y desgana y parecían suspirar: «¡uf!». ¡Qué lentitud! Una ola rompía, él tenía tiempo de contar ocho pasos, y a continuación rompía otra, y al cabo de seis pasos, una tercera. No se veía nada y, en medio de esa tiniebla y del rumor soñoliento y perezoso del mar, parecía sentirse el tiempo infinitamente lejano e inimaginable en que Dios flotaba sobre el caos.

 

El diácono se aterrorizó. Pensó que Dios podía castigarlo por juntarse con ateos e ir a presenciar un duelo. Cierto que sería un duelo ridículo, sin consecuencias, sin efusión de sangre, pero, en cualquier caso, no dejaba de ser un espectáculo pagano al que un religioso no debería asistir. Se detuvo y se quedó pensando si no sería mejor volverse. Pero una curiosidad apasionada e inquieta prevaleció sobre las dudas, y el diácono decidió seguir su camino.

 

«Aunque no crean, son buenas personas y se salvarán», se decía, tratando de tranquilizarse.

 

—¡Seguro que se salvarán! —dijo en voz alta, encendiendo un cigarrillo.

 

¿Qué vara de medir había que emplear para ponderar los méritos de los hombres y juzgarlos con justicia? El diácono se acordó de su enemigo, el inspector del seminario, que creía en Dios, no se batía en duelos y vivía castamente, pero que un día le había dado de comer pan con arena y en una ocasión estuvo a punto de arrancarle una oreja. Si la vida humana estaba tan mal organizada que ese inspector cruel y corrupto, que robaba la harina de la comunidad, gozaba del respeto de todo el seminario, que rezaba por su salud y salvación, ¿era justo apartarse de hombres como von Koren y Laievski sólo porque no eran creyentes? El diácono trató resolver esa cuestión, pero de pronto le vino a la memoria qué aspecto tan grotesco tenía Samóilenko la jornada anterior y ese recuerdo interrumpió el curso de sus pensamientos. ¡Cuánto iba a reírse ese día! El diácono se imaginaba que se ocultaría detrás de un arbusto y lo observaría todo, y cuando más tarde, durante la comida, von Koren empezara a fanfarronear, él le referiría entre risas todos los detalles del duelo.

 

«¿Cómo lo sabe usted?», preguntaría el zoólogo.

 

«Ya lo ve: no me he movido de casa y me he enterado de todo».

 

Sería una buena idea describir el duelo bajo un aspecto ridículo. Su suegro leería la burla y se reiría; ese hombre podía quedarse sin comer con tal de que alguien le contara o le escribiese algo divertido.

 

Ante él surgió el valle del río Amarillo. Las lluvias habían aumentado el caudal y la furia de sus aguas, que ya no refunfuñaban, como antes, sino que rugían. Estaba amaneciendo. La mañana gris y deslucida, las nubes que se desplazaban hacia occidente para alcanzar los nubarrones de tormenta, las montañas circundadas de niebla y los árboles mojados, todo le parecía feo y hosco. Se lavó en un arroyo y dijo sus oraciones matinales; se habría tomado con gusto una taza de té y unos panecillos calientes con nata agria de esos que servían todas las mañanas en casa de su suegro. Se acordó de su mujer y de los sones de Ese tiempo irrecuperable, que ella tocaba al piano. ¿Qué clase de persona era? Se la habían presentado, lo habían obligado a prometerse y al cabo de una semana ya se había celebrado el matrimonio. No llevaban ni un mes casados cuando lo enviaron a ese lugar, de manera que todavía no había podido dilucidar qué clase de persona era. En cualquier caso, la echaba un poco de menos.

 

«Tengo que escribirle una carta…», pensó.

 

La bandera de la taberna, empapada de agua de lluvia, pendía toda arrugada. Hasta el propio edificio, con el tejado mojado, parecía más oscuro y bajo que antes. Junto a la puerta había un carro. Kerbalai, en compañía de dos abjasios y de una joven tártara con pantalones bombachos, probablemente su mujer o su hija, sacaban de la taberna sacos llenos que iban poniendo en el carro, sobre un lecho de paja de maíz. Cerca del carro, con la cabeza baja, había un par de asnos. Una vez cargados los sacos, los abjasios y la tártara se pusieron a cubrirlos de paja, mientras Kerbalai se aprestaba a enganchar los asnos.

 

«Seguro que está pasando algo de contrabando», se dijo el diácono.

 

Allí estaba el árbol abatido con las agujas secas y la mancha negra dejada por la hoguera. Recordó la excursión con todo detalle: el fuego, la canción de los abjasios, el dulce sueño de convertirse en obispo, aquella procesión imaginaria… Con las lluvias caídas, el río Negro se había vuelto más turbio

 

y  más ancho. El diácono atravesó con cautela el inestable puentecillo, hasta cuyas tablas llegaban las crestas de las sucias olas, y subió por la escalerilla del secadero.

«¡Un tipo listo! —pensó, tendiéndose sobre la paja y acordándose de von Koren—. Un tipo inteligente, que Dios le dé salud. Pero tiene rasgos de una crueldad…».

¿Por qué Laievski y von Koren se odiaban tanto? ¿Por qué iban a batirse en duelo? Si hubieran padecido desde niños las mismas estrecheces que él, si hubieran crecido entre gente ignorante, dura de corazón, ávida de ganancias, que le echaba a uno en cara cada mendrugo de pan, grosera y con malos modos, que escupía en el suelo y eructaba a la mesa y durante las oraciones; si desde pequeños no hubiesen disfrutado de un ambiente selecto y un círculo escogido de personas, cómo se habrían comprendido, cómo se habrían perdonado de buena gana sus defectos y habrían valorado sus virtudes. ¡Con lo poco que abundan en el mundo las personas decentes, aunque sólo sea en el aspecto externo! Cierto que Laievski era un hombre inconsciente, depravado y extraño, pero no robaba, no escupía ruidosamente en el suelo, no le hacía reproches a su mujer: «Te atiborras de comida, pero no das un palo al agua», ni se ponía a azotar a un niño con las riendas, ni daba de comer a sus criados carne podrida. ¿Acaso todo eso no bastaba para tratarlo con indulgencia? Además, era el primero que sufría con sus defectos, como el enfermo con sus heridas. En lugar de buscar el uno en el otro, por aburrimiento o cierta incomprensión, rasgos de degeneración, decadencia, atavismo y demás defectos no menos oscuros, ¿no sería mejor que bajaran a la tierra y dirigieran su odio y su ira contra aquellas calles donde los gemidos resuenan a todas horas, rebosantes de grosera ignorancia, codicia,

 

 

improperios, suciedad, blasfemias y gritos de mujer…?

 

El ruido de un carruaje interrumpió las meditaciones del diácono. Echó un vistazo desde la puerta y vio un coche ocupado por tres personas: Laievski, Sheshkovski y el jefe de la estafeta de Correos y Telégrafos.

 

—¡Alto! —ordenó Sheshkovski.

 

Los tres hombres se apearon del carruaje y se miraron.

 

—No han llegado todavía —dijo Sheshkovski, sacudiéndose el barro—. Bueno, en tanto aparecen, vamos a buscar un buen sitio. Aquí no puede uno ni moverse.

 

Echaron a andar río arriba y no tardaron en perderse de vista. El cochero tártaro se subió al pescante, inclinó la cabeza sobre el hombro y se quedó dormido. Al cabo de diez minutos de espera, el diácono salió del secadero y, quitándose el sombrero negro para que no lo vieran, agachándose y mirando a su alrededor, empezó a avanzar entre la maleza y los maizales. De los árboles y los arbustos le caían gruesas gotas de agua; la hierba y las matas de maíz estaban húmedas.

 

—¡Habrase visto! —farfulló, recogiéndose los faldones mojados y llenos de barro—. Si lo sé, no vengo.

 

Al poco rato oyó voces y distinguió tres figuras. Laievski, encorvado, las manos metidas en las mangas, recorría de un extremo al otro, con pasos apresurados, el pequeño calvero. Sus padrinos, al borde mismo del agua, estaban liando sendos cigarrillos.

 

«Qué extraño… —pensó el diácono, que no reconocía el modo de andar de Laievski—. Parece un viejo».

 

—¡Qué falta de respeto la de esos señores! —exclamó el funcionario de correos, consultando su reloj—. Puede que entre los hombres de ciencia esté bien visto retrasarse, pero en mi opinión es una cochinada.

 

Sheshkovski, individuo gordo, de barba negra, prestó oídos y dijo:

 

—¡Ya llegan!

 

XIX

 

—¡Es la primera vez en mi vida que lo veo! ¡Qué maravilla! —dijo von Koren, apareciendo en el calvero y tendiendo ambas manos hacia el este—. ¡Fíjense, rayos verdes! —en la porción oriental del cielo, detrás de las montañas, despuntaban dos rayos verdes, espectáculo en verdad hermoso. Estaba saliendo el sol—. ¡Buenos días! —prosiguió el zoólogo, saludando con una inclinación de cabeza a los padrinos de Laievski—. ¿Llego tarde?

 

Tras él iban sus padrinos, dos oficiales muy jóvenes de la misma estatura, Boiko y Govorovski, con guerreras blancas, y el enjuto y arisco doctor Ustimóvich, que llevaba un atadijo en una mano, mientras con la otra sostenía el bastón terciado sobre la espalda, como era su costumbre. Tras dejar el atadijo en el suelo, sin saludar a nadie, se llevó también la otra mano a la espalda y se puso a andar por el calvero.

 

Laievski, que daba muestras de ese cansancio y malestar de quien acaso en breve va a morir, concitaba la atención general. Quería que lo mataran cuanto antes o que lo llevaran a casa. Era la primera vez en su vida que contemplaba la salida del sol; esas primeras horas de la mañana, los rayos

 

 

verdes, la humedad y esos hombres de botas empapadas le parecían cosas superfluas, innecesarias, agobiantes, algo que no guardaba relación alguna con la noche que había pasado, con sus pensamientos y el sentimiento de culpa; por eso se habría marchado de buena gana, sin aguardar la celebración del duelo.

 

Von Koren estaba visiblemente alterado y trataba de disimularlo fingiendo que lo que más le interesaba eran los rayos verdes. Los padrinos, confusos, intercambiaban miradas, como preguntándose qué hacían allí y qué debían hacer.

 

—Creo, señores, que no hay razón para que nos alejemos más —dijo Sheshkovski—. Aquí estamos bien.

 

—Sí, desde luego —convino von Koren.

 

Se produjo un silencio. Ustimóvich, sin dejar de andar, se volvió bruscamente hacia Laievski y le dijo a media voz, echándole el aliento en la cara:

 

—Es probable que no hayan tenido tiempo de comunicarle mis condiciones. Cada parte me pagará quince rublos y, en caso de muerte de uno de los contendientes, el que quede con vida me abonará los treinta.

 

Laievski conocía de antes a ese individuo, pero sólo ahora, por primera vez, observó en detalle sus ojos turbios, su hirsuto bigote, su cuello delgado de tuberculoso: ¡más que un médico, parecía un usurero! Su aliento exhalaba un desagradable olor a carne de vaca.

 

«¡Qué gente más rara hay en este mundo!», pensó Laievski y respondió:

 

—De acuerdo.

 

El médico asintió y siguió paseando; era evidente que no necesitaba para nada ese dinero, que lo pedía simplemente para dejar patente su odio. A todos les parecía que había llegado el momento de empezar o terminar lo ya iniciado pero, en lugar de comenzar o acabar, seguían paseando, deteniéndose de vez en cuando, fumando. Los jóvenes oficiales, que asistían a un duelo por primera vez en su vida, y a quienes apenas importaba ese desafío, en su opinión inútil por tratarse de civiles, miraban con atención sus guerreras y se alisaban las mangas. Sheshkovski se acercó a ellos y les dijo en voz baja:

 

—Señores, debemos hacer todo lo posible para evitar la celebración de este duelo. Hay que reconciliarlos —se ruborizó y prosiguió—: Ayer vino a verme Kirilin para informarme de que Laievski lo había sorprendido con Nadezhda Fiódorovna, y todo eso.

 

—Sí, también lo sabemos nosotros —dijo Boiko.

 

—Bueno, ya lo ven… A Laievski le tiemblan las manos y todo eso… En estos momentos no está en condiciones de levantar la pistola. Batirse con él sería tan inhumano como batirse con un borracho o un enfermo de tifus. Si no conseguimos reconciliarlos, señores, al menos habría que aplazar el duelo… Un asunto tan endiablado que dan ganas de salir corriendo.

 

—Hable con von Koren.

 

—No conozco las reglas de los duelos, que el diablo se las lleve, y no quiero conocerlas; tal vez piense que Laievski se ha acobardado y me ha pedido que hable con él. En cualquier caso, que piense lo que quiera. Voy a hablarle —Sheshkovski, indeciso y arrastrando un poco la pierna, como si se le hubiera dormido, dio unos pasos en dirección a von Koren, mientras se aclaraba la garganta; toda su figura denotaba pereza—. Tengo que decirle una cosa, señor mío —empezó, observando atentamente las flores de la camisa del zoólogo—. Es algo confidencial… No conozco las reglas de los duelos, que

 

el diablo se las lleve, y no tengo el menor deseo de conocerlas. No le hablo como padrino ni nada parecido, sino como un hombre a secas.

 

—Bien. ¿Qué quiere?

 

—Cuando los padrinos proponen la reconciliación, lo habitual es que no se les escuche, que se contemple su actuación como una mera formalidad. Ya sabe, orgullo y todo eso. Pero le pido humildemente que preste atención a la situación de Iván Andreich. Hoy no se encuentra bien, por decirlo de algún modo, está destrozado, en un estado lamentable. Ha sufrido una desgracia. No puedo soportar los chismes —Sheshkovski se ruborizó y miró a su alrededor—, pero, en vista de que va a celebrarse un duelo, considero necesario informarle. Ayer por la noche sorprendió a su madame con… un señor en casa de M iurídov.

 

—¡Qué asco! —farfulló el zoólogo; palideció, frunció el ceño y escupió ruidosamente—. ¡Uf! Con el labio inferior tembloroso, se apartó de Sheshkovski, sin querer oír nada más; como si

 

hubiera probado por equivocación alguna cosa amarga, volvió a escupir ruidosamente y por primera vez en toda la mañana miró con odio a Laievski. Su agitación y malestar desaparecieron, sacudió la cabeza y dijo en voz alta:

 

—Señores, ¿a qué estamos esperando? ¿Por qué no empezamos de una vez? Sheshkovski intercambió una mirada con los oficiales y se encogió de hombros.

—¡Señores! —dijo en voz alta, sin dirigirse a nadie en concreto—. ¡Señores! ¡Les proponemos que se reconcilien!

 

—Acabemos cuanto antes con las formalidades —dijo von Koren—. Ya hemos hablado de la reconciliación. ¿Queda alguna otra formalidad? Démonos prisa, caballeros, que el tiempo apremia.

 

—Seguimos insistiendo en la reconciliación —dijo Sheshkovski en tono de disculpa, como quien se ve obligado a inmiscuirse en asuntos ajenos; se ruborizó, se llevó la mano al corazón y continuó—: Señores, no vemos una relación causal entre la ofensa y el duelo. Entre las ofensas que a veces, por culpa de nuestra debilidad humana, podemos infligirnos unos a otros y el duelo no hay ninguna correspondencia. Ustedes son hombres instruidos, con estudios superiores, y estoy seguro de que consideran los duelos una antigualla, una formalidad vana y todo eso. Lo mismo pensamos nosotros, de otro modo no habríamos venido, pues no podemos permitir que en nuestra presencia dos hombres la emprendan a tiros y todo eso —Sheshkovski se enjugó el sudor de la frente y prosiguió—: Acaben de una vez con este malentendido, señores, estréchense la mano y volvamos a casa a brindar por la paz. ¡Palabra de honor, señores!

 

Von Koren guardó silencio. Laievski, sin darse cuenta de que lo estaban mirando, dijo:

 

—No tengo nada en contra de Nikolái Vasílevich. Si considera que la culpa es mía, estoy dispuesto a ofrecerle una disculpa.

 

Von Koren se ofendió.

 

—Por lo visto —dijo—, les gustaría a ustedes que el señor Laievski volviera a casa con fama de caballero y hombre magnánimo, pero no puedo darles esa satisfacción. Para brindar por la paz, tomar un bocado y explicarme que los duelos son una formalidad anticuada no había necesidad de madrugar y alejarse diez verstas de la ciudad. Un duelo es un duelo, y no hay razón para convertirlo en algo más falso y estúpido de lo que ya es. ¡Yo quiero batirme!

 

Se produjo un silencio. El oficial Boiko sacó dos pistolas de una caja, entregó una a von Koren y otra a Laievski; a continuación se produjo un contratiempo que divirtió por un instante al zoólogo y

 

a los padrinos. Resultó que ninguno de los presentes había asistido a un duelo en toda su vida y nadie sabía con exactitud cómo debían colocarse, qué debían decir y hacer los padrinos. Pero luego Boiko se acordó y, sonriendo, ofreció las explicaciones oportunas.

—Señores, ¿quién recuerda la descripción de Lérmontov? —preguntó von Koren, echándose a reír—. M e parece que Bazárov, el personaje de Turguénev, también se batía con alguien…

 

—¿Qué necesidad hay de recordar nada? —exclamó Ustimóvich con impaciencia, deteniéndose

 

—. M idan la distancia y basta.

 

Y dio dos o tres zancadas, como mostrando la manera de medir. Boiko contó los pasos, mientras

 

su compañero, desenvainando el sable, trazó dos líneas en los puntos extremos para delimitar el campo.

 

Los contendientes, rodeados del silencio general, ocuparon sus puestos.

 

«Comos los topos», recordó el diácono, agazapado entre los arbustos.

 

Sheshkovski hizo algún comentario, Boiko volvió a explicar alguna cosa, pero Laievski no escuchaba; o, mejor dicho, escuchaba, pero no entendía. Cuando llegó su turno, amartilló el arma y levantó la pesada y fría pistola con el cañón hacia arriba. Se había olvidado de desabotonarse el abrigo, que le apretaba mucho en los hombros y en las sisas; levantó la mano con tanta dificultad como si la manga fuera de hojalata. Le vino a la memoria el odio que había sentido la víspera por esa frente morena y esos cabellos rizados y pensó que, ni siquiera en aquel momento de odio arrebatador

 

y  rabia, habría sido capaz de disparar a un hombre. Temiendo que la bala, por azar, pudiera alcanzar a von Koren, levantó la pistola cada vez más; se daba cuenta de que esa magnanimidad demasiado manifiesta era poco delicada y generosa, pero no podía ni sabía actuar de otra manera. Mirando la cara pálida y burlona de von Koren, que evidentemente estaba convencido desde el principio de que su adversario dispararía al aire, Laievski pensó que, gracias a Dios, pronto terminaría todo; sólo le quedaba apretar con fuerza el gatillo…

 

Sintió un fuerte golpe en el hombro, sonó un disparo y el eco de las montañas respondió: ¡pac-

 

tac!

 

Von Koren amartilló también su pistola y se quedó mirando a Ustimóvich, que seguía andando, las manos a la espalda, sin prestar atención a nada.

—Doctor —dijo el zoólogo—, haga el favor de dejar de moverse como un péndulo. M e está usted distrayendo.

El médico se detuvo. Von Koren apuntó. «¡Es el fin!», pensó Laievski.

El cañón de la pistola apuntando directamente al rostro, el odio y el desprecio que se reflejaban en la actitud y la figura de von Koren, el asesinato que iba a cometer un hombre decente, a plena luz del día, en presencia de personas decentes, el silencio y esa fuerza desconocida que obligaba a Laievski a seguir en su puesto, en lugar de salir huyendo: ¡qué misterioso, incomprensible y espantoso resultaba todo! El tiempo que pasó von Koren apuntando le pareció a Laievski más largo que una noche entera. Dirigió una mirada suplicante a los padrinos, pálidos e inmóviles.

 

«Dispara de una vez», se dijo Laievski, sintiendo que su rostro demudado, tembloroso y lamentable debía suscitar un odio aún más profundo en el ánimo de von Koren.

«Voy a matarlo —se dijo von Koren, apuntando a la frente y rozando ya el gatillo con el dedo—. Sí, estoy seguro, voy a matarlo…».

 

 

—¡Lo va a matar! —se oyó de pronto, a poca distancia, un grito desesperado.

 

En ese momento resonó el disparo. Al ver que Laievski, en lugar de desplomarse, seguía en pie, todos dirigieron la mirada al lugar del que había salido el grito y vieron al diácono. Pálido, con los cabellos húmedos pegados a la frente y a las mejillas, todo empapado y sucio, estaba en la orilla opuesta, en medio de un maizal, sonriendo de un modo extraño, y agitaba el sombrero mojado. Sheshkovski rio de alegría, pero luego se echó a llorar y se apartó…

 

XX

 

Poco después von Koren y el diácono se reunieron junto al puentecillo. El diácono estaba alterado, respiraba con dificultad y evitaba mirar a su amigo a los ojos. Se avergonzaba de su propio miedo, así como de su ropa sucia y mojada.

—Me pareció que quería usted matarlo… —farfulló—. ¡Qué contrario es eso a la naturaleza humana! ¡No puede haber algo más antinatural!

 

—¿Qué hacía usted aquí? —preguntó el zoólogo.

 

—¡No me lo pregunte! —exclamó el diácono, haciendo un gesto de desagrado con la mano—. El diablo me tentó: «Vete, vete». Así que acabé viniendo, y casi me muero de miedo en los maizales. Pero ahora, gracias a Dios, gracias a Dios… Estoy muy satisfecho de usted —murmuró—. Y nuestra tarántula también se alegrará mucho… ¡Cómo nos vamos a reír! No obstante, le ruego encarecidamente que no le diga a nadie que he estado aquí, porque como se enteren mis superiores me va a caer una buena. Dirán que he sido padrino en un duelo.

 

—¡Señores! —dijo von Koren—. El diácono les ruega que no le digan a nadie que lo han visto aquí. Podría tener algún disgusto.

 

—¡Qué contrario es todo esto a la naturaleza humana! —repitió el diácono con un suspiro—.

 

Haga el favor de perdonarme, pero por la cara que tenía usted pensé que iba a matarlo sin falta.

 

—Sentí una tentación muy grande de acabar con ese miserable —dijo von Koren—, pero gritó usted justo cuando me disponía a apretar el gatillo y erré el tiro. De todos modos, reconozco que toda esta ceremonia es repugnante para quien no está habituado y que me ha agotado, diácono. Me siento terriblemente débil. Subamos al coche…

 

—No, permítame que regrese a pie. Tengo que secar mis ropas, porque estoy empapado y aterido.

 

—Bueno, como quiera —dijo con voz cansada el zoólogo, que estaba al límite de sus fuerzas, y a continuación se sentó en el coche y cerró los ojos—. Como quiera…

 

Mientras se movían alrededor de los coches y se acomodaban, Kerbalai, a un lado del camino, con las dos manos sobre el vientre, hacía profundas reverencias y mostraba los dientes; creía que esos señores habían acudido al lugar para admirar la naturaleza y beber té y no comprendía por qué habían subido a los carruajes. La comitiva partió en medio de un silencio general, y cerca de la taberna sólo quedó el diácono.

 

—Entrar taberna, beber té —le dijo a Kerbalai—. Mí querer comida —Kerbalai hablaba correctamente en ruso, pero el diácono pensaba que el tártaro lo entendería mejor si empleaba un ruso macarrónico—. Tortilla freír, queso darme…

 

—Ven, pope, ven —dijo Kerbalai, inclinándose—. Te daré de todo… Tengo queso y vino… Come lo que quieras.

 

—¿Cómo se dice Dios en tártaro? —preguntó el diácono, entrando en la taberna.

 

—Tu Dios y el mío son iguales —dijo Kerbalai, sin comprenderle—. Dios es el mismo para todos, sólo los hombres son diferentes. Hay rusos, hay turcos, hay ingleses, hay hombres de todo tipo, pero Dios sólo hay uno.

 

—M uy bien. Pero, si todos los pueblos se prosternan ante el mismo Dios, ¿por qué vosotros, los musulmanes, consideráis a los cristianos enemigos irreconciliables?

 

—¿Por qué te enfadas? —dijo Kerbalai, llevándose las dos manos al vientre—. Tú eres pope, yo musulmán; tú dices que quieres comer, yo te doy lo que me pides… Sólo los ricos distinguen entre tu Dios y el mío; para los pobres es lo mismo. Come, por favor.

 

M ientras en la taberna se desarrollaba esa conversación teológica, Laievski volvía a casa pensando en lo angustioso que le había resultado viajar al amanecer, cuando el camino, las rocas y las montañas estaban mojadas y oscuras y el ignoto futuro se le antojaba no menos terrible que un abismo cuyo fondo no se ve; ahora, en cambio, las gotas de lluvia prendidas a la hierba y las piedras brillaban al sol como diamantes, la naturaleza sonreía gozosa y ese futuro tan terrible había quedado atrás. Contemplaba el rostro sombrío de Sheshkovski, aún con rastros de lágrimas, y los dos carruajes que les precedían, en los que viajaban von Koren, sus padrinos y el médico, y tenía la impresión de que todos regresaban del cementerio, donde acababan de enterrar a un hombre pesado e insoportable que les impedía vivir.

 

«Todo ha terminado», pensaba, refiriéndose a su pasado, y se pasaba cuidadosamente la mano por el cuello, en cuyo lado derecho, junto a la camisa, le había salido una pequeña hinchazón del tamaño del dedo meñique, que le dolía como si alguien le hubiera puesto una plancha caliente. Era el roce de la bala.

 

Luego, cuando llegó a casa, tuvo que enfrentarse a una jornada larga y extraña, dulce y nebulosa como un sueño. Igual que un hombre que acaba de salir de la cárcel o del hospital, observaba esos objetos que conocía al detalle y se maravillaba de que las mesas, las ventanas, las sillas, la luz y el mar despertaran en su ánimo una alegría vital e infantil como hacía mucho tiempo que no sentía. Nadezhda Fiódorovna, pálida y repentinamente enflaquecida, sin entender la dulzura de su voz ni sus extraños andares, se apresuró a referirle todo lo que le había sucedido… Tenía la impresión de que Laievski no oía bien y no la comprendía, y creía que, cuando se enterara de todo, la maldeciría y la mataría; pero él la escuchaba, le acariciaba el rostro y los cabellos, la miraba a los ojos y decía:

 

—No tengo a nadie más que a ti…

 

Luego pasaron un buen rato en el jardincillo, apretados el uno contra el otro, guardando silencio o soñando en voz alta con la venturosa vida que les aguardaba; las frases que pronunciaban eran breves y entrecortadas, pero Laievski tenía la sensación de que nunca había hablado tanto ni tan bien.

 

XXI

 

Transcurrieron más de tres meses.

 

Llegó el día señalado por von Koren para la partida. Desde primera hora de la mañana caía una

 

 

lluvia copiosa y fría, soplaba viento del nordeste y en el mar se había levantado fuerte oleaje. Decían que con ese tiempo el vapor no iba a poder entrar en la rada. Según el horario, debía llegar a las diez de la mañana, pero von Koren, que se había acercado al malecón a mediodía y después de almorzar, no había visto con sus anteojos nada más que olas grises y la lluvia que velaba el horizonte.

 

A última hora de la tarde dejó de llover y el viento empezó a amainar. Von Koren, que ya se había hecho a la idea de no partir ese día, se puso a jugar al ajedrez con Samóilenko; pero, cuando oscureció, el ayudante le anunció que habían aparecido luces en el mar y se había visto una bengala.

 

Sin perder un instante, von Koren se colgó al hombro el saco de viaje, besó a Samóilenko y al diácono, recorrió toda la habitación sin necesidad alguna, se despidió del ayudante y de la cocinera y salió a la calle con la sensación de haber olvidado algo en casa del médico o en su propio domicilio. Echó a andar en compañía de Samóilenko; detrás iba el diácono con una caja y cerraba la comitiva el ayudante con dos maletas. Sólo Samóilenko y el ayudante distinguían unas lucecillas mortecinas en el mar; los demás escrutaban las tinieblas y no veían nada. El vapor había fondeado lejos de la orilla.

 

—Deprisa, deprisa —decía con impaciencia—. ¡Tengo miedo de que se vaya!

 

Al pasar junto a la casita de tres ventanas a la que se había trasladado Laievski poco después del duelo, von Koren no pudo resistirse y echó un vistazo al interior. Laievski, de espaldas a la ventana, escribía inclinado sobre la mesa.

 

—Estoy sorprendido —dijo en voz baja el zoólogo—. ¡Cómo ha cambiado!

 

—Sí, hay motivos para sorprenderse —suspiró Samóilenko—. Se pasa trabajando de la mañana a la noche. Quiere pagar sus deudas. ¡Y vive peor que un pordiosero, amigo! —pasaron medio minuto en silencio. El zoólogo, el médico y el diácono seguían junto a la ventana, mirando a Laievski—. Al final el pobrecillo no pudo irse de aquí —añadió Samóilenko—. ¿Te acuerdas de todos sus esfuerzos por marcharse?

 

—Sí, ha cambiado mucho —repitió von Koren—. Su matrimonio, ese trabajo agotador para ganar un pedazo de pan, la nueva expresión de su rostro y hasta su modo de andar: es algo tan extraordinario que no sé cómo definirlo —el zoólogo cogió a Samóilenko por la manga y prosiguió, con la voz alterada por la emoción—: Diles a su mujer y a él que, en el momento de partir, me he sentido maravillado de su conducta y les he deseado todo lo mejor… Y ruégales que, si pueden, no me guarden rencor. Él me conoce y sabe que, si en aquel entonces hubiera podido prever este cambio, habría sido su mejor amigo.

 

—Entra un momento y despídete.

 

—No, me da vergüenza.

 

—¿Por qué? Dios sabe si volverás a verlo alguna vez.

 

El zoólogo se quedó pensativo y dijo:

 

—Es verdad.

 

Samóilenko dio unos golpecitos en la ventana con el dedo. Laievski se sobresaltó y se dio la vuelta.

 

—Vania, Nikolái Vasílevich quiere despedirse de ti —dijo Samóilenko—. Se marcha ahora mismo. Laievski se levantó y se dirigió al zaguán para abrir la puerta. Samóilenko, von Koren y el

diácono entraron en la casa.

 

—Será sólo un instante —empezó el zoólogo y se quitó los chanclos, arrepintiéndose ya de haber cedido a ese impulso y haber entrado sin que nadie lo hubiera invitado. «Le estoy imponiendo mi

 

presencia —pensó—, y eso no está bien»—. Perdone que le moleste —dijo, siguiendo a Laievski al interior de la habitación—, pero me marcho ya, y me entraron ganas de pasar a verlo. Dios sabe si volveremos a vernos.

—M e alegro mucho… Hagan el favor —dijo Laievski y, con escasa desenvoltura, lo alargó sillas a sus invitados, como si deseara cerrarles el paso, y se detuvo en medio de la habitación, frotándose las manos.

 

«Tendría que haber dejado a estos testigos en la calle», pensó von Koren y a continuación dijo con voz firme:

 

—No me guarde rencor, Iván Andreich. Ya sé que es imposible olvidar el pasado, pues es demasiado triste, y no he venido aquí a disculparme ni a afirmar que no soy culpable. Obré con sinceridad y no he modificado mis convicciones desde entonces… Cierto que ahora constato con gran alegría que me equivoqué con respeto a usted, pero uno puede tropezar hasta en una carretera lisa, y tal es el destino de los hombres: si no te equivocas en lo general, te equivocas en los detalles. Nadie conoce la auténtica verdad.

 

—Sí, nadie conoce la verdad… —dijo Laievski.

 

—Bueno, adiós… Que Dios le colme de venturas.

 

Von Koren tendió la mano a Laievski, que se la estrechó, al tiempo que hacía una inclinación de cabeza.

 

—No me guarde rencor —dijo von Koren—. Transmítale mis saludos a su mujer y dígale que lamento mucho no haber podido despedirme de ella.

 

—Está en casa.

 

Laievski se acercó a la puerta de la habitación contigua y dijo:

 

—Nadia, Nikolái Vasílevich quiere despedirse de ti.

 

Nadezhda Fiódorovna entró en la estancia, se detuvo en la puerta y miró con timidez a los invitados. Tenía una expresión culpable y atemorizada y juntaba las manos como una colegiala a la que acaban de reprender.

 

—M e marcho, Nadezhda Fiódorovna —dijo von Koren—, y he venido a despedirme.

 

Ella le tendió la mano con indecisión y Laievski hizo una reverencia.

 

«¡Qué dignos de lástima son los dos! —pensó von Koren—. Esta vida debe de resultarles muy dura».

 

—M e voy a M oscú y a San Petersburgo. ¿Quieren que les mande algo desde allí? —preguntó. —¿Por ejemplo? —dijo Nadezhda Fiódorovna, intercambiado una mirada inquieta con su marido

—. No, creo que no necesitamos nada…

 

—No, nada… —dijo Laievski, frotándose las manos—. Dé saludos por allí.

 

Von Koren no sabía qué más podía o debía añadir, aunque, cuando entró, pensaba que pronunciaría muchas palabras amables, afectuosas e importantes. Estrechó la mano a Laievski y a su mujer en silencio y salió de allí con una sensación penosa.

 

—¡Qué gente! —dijo a media voz el diácono, que iba detrás—. ¡Dios mío, qué gente! ¡En verdad puede decirse que la diestra del Señor ha plantado esta viña! ¡Señor, Señor! El uno ha vencido a miles

y  el otro, a cientos de miles. Nikolái Vasílevich —añadió con solemnidad—, sepa que hoy ha vencido usted al mayor enemigo de la humanidad: el orgullo.

—¡Basta, diácono! ¿Qué clase de vencedores somos Laievski y yo? Los vencedores tienen mirada

 

de águila; en cuanto a nosotros, no tiene más que vernos: él, apocado, abatido, digno de lástima, se inclina como un fantoche, y yo… yo soy un hombre triste.

 

Oyeron pasos a su espalda. Era Laievski, que se unía a ellos para acompañarlos. En el muelle estaba el ayudante con las dos maletas y, algo más lejos, cuatro remeros.

 

—Vaya viento… ¡Brrr! —exclamó Samóilenko—. En el mar debe de haber una buena tormenta. ¡Ay, ay, no te vayas con este tiempo, Kolia!

 

—No temo marearme.

 

—No es eso… Pero figúrate que estos estúpidos vuelcan la barca. Tendrías que ir en la canoa del agente marítimo. ¿Dónde está la canoa del agente marítimo? —gritó a los remeros.

 

—Se ha ido, excelencia.

 

—¿Y la de la aduana?

 

—También.

 

—¿Por qué no nos han informado? —se enfadó Samóilenko—. ¡Cretinos!

 

—Da igual, no te preocupes… —dijo von Koren—. Bueno, adiós. Que Dios os guarde a todos.

 

Samóilenko abrazó a von Koren e hizo tres veces sobre su pecho la señal de la cruz.

 

—No nos olvides, Kolia… Escribe… Te esperamos para la próxima primavera.

 

—Adiós, diácono —dijo von Koren, estrechándole la mano—. Gracias por su compañía y las gratas conversaciones. Piense en lo de la expedición.

 

—¡Con usted estoy dispuesto a ir al fin del mundo! —exclamó el diácono, echándose a reír—. ¿Acaso me he negado?

 

Von Koren reconoció a Laievski en medio de la oscuridad y le tendió la mano en silencio. Los remeros ya habían bajado y sujetaban la barca, que chocaba contra los pilotes, aunque el muelle la protegía del fuerte oleaje. Von Koren descendió por la escalerilla, saltó a la barca y se puso al timón.

 

—¡Escribe! —le gritó Samóilenko—. ¡Y cuídate!

 

«Nadie conoce la auténtica verdad», pensaba Laievski, levantando el cuello del abrigo y metiendo las manos en las mangas.

 

La barca atravesó con decisión las aguas del muelle y salió a mar abierto. En un principio desapareció entre las olas, pero de pronto emergió de un profundo abismo y se encaramó en la cresta de una ola tan alta que pudieron distinguirse los hombres y hasta los remos. La barca recorría unas seis brazas y a continuación retrocedía cuatro.

 

—¡Escribe! —gritó Samóilenko—. ¡No tendrías que haberte ido con este tiempo!

 

«Sí, nadie conoce la auténtica verdad —pensaba Laievski, mirando con pesadumbre el mar oscuro

 

y  agitado—. El mar empuja la barca hacia atrás —se decía—; avanza dos pasos y retrocede uno, pero los remeros son obstinados, bogan incansables y no se asustan de las elevadas olas. La barca sigue avanzando, ya no se la ve; dentro de media hora los remeros avistarán claramente las luces de la embarcación, y al cabo de una hora estarán junto a la escala. Así sucede también en la vida… En su búsqueda de la verdad los hombres avanzan dos pasos y retroceden uno. Los sufrimientos, los errores y el tedio de la vida los empujan hacia atrás, pero la sed de verdad y una voluntad inquebrantable los impulsan hacia delante, cada vez más lejos. ¿Quién sabe? Tal vez lleguen a alcanzar la auténtica verdad…».

 

—¡A-di-ós! —gritó Samóilenko.

 

—Ya no se le ve ni se le oye —dijo el diácono—. ¡Buen viaje!

 

Empezó a caer una fina llovizna.

 

La sala número seis

 

 

(1892)

 

 

I

 

En el patio del hospital hay un pequeño pabellón circundado de un auténtico bosque de bardana, ortigas y cáñamo silvestre. Tiene el tejado herrumbroso, la chimenea semiderruida y los peldaños de la escalinata podridos y cubiertos de maleza; en cuanto al revoque, sólo queda algún vestigio. La fachada principal da al hospital; la trasera, al campo, del que la separa una valla gris erizada de clavos. Esos clavos, puestos de punta, la valla y el propio pabellón tienen ese aire peculiar de tristeza y maldición que sólo se advierte en nuestros edificios sanitarios y penitenciarios.

 

Si no teme usted picarse con las ortigas, intérnese conmigo en el angosto sendero que conduce al pabellón y veamos lo que sucede en su interior. Una vez abierta la primera puerta, entramos en el zaguán. A lo largo de las paredes y junto a la estufa se acumulan montañas enteras de cachivaches pertenecientes al hospital. Colchones, viejas batas hechas jirones, pantalones, camisas de listas azules, zapatos sin tacones y completamente inservibles; todos esos harapos, amontonados, apelotonados y revueltos, se pudren y despiden un olor sofocante.

 

En medio de tanto trasto está tumbado, siempre con la pipa entre los dientes, el vigilante Nikita, antiguo soldado retirado con galones descoloridos. Tiene un rostro severo, devastado por el alcohol, con cejas enmarañadas que le dan cierto aire de mastín de las estepas, y la nariz roja; es bajo de estatura, seco y fibroso, pero tiene un porte impresionante y puños vigorosos. Pertenece a esa categoría de hombres sencillos, positivos, concienzudos y limitados que aman el orden por encima de todas las cosas y, en consecuencia, están convencidos de la eficacia de los golpes. Él pega en la cara, en el pecho, en la espalda o donde se tercie, y está persuadido de que sin esa medida no habría ningún orden.

 

Más adelante entrará usted en una habitación grande y espaciosa que ocupa todo el pabellón, sin contar el zaguán. Allí las paredes están embadurnadas de un azul sucio, con un techo tiznado de hollín, como en una isba sin chimenea; es evidente que en invierno las estufas humean y el aire se llena de olor a carbón. La parte interior de las ventanas está desfigurada por rejas de hierro. El suelo es gris y está cubierto de astillas. Apesta a col agria, a mecha quemada, a chinches y a amoniaco, y ese hedor produce desde el primer momento la impresión de haber entrado en una casa de fieras.

 

En la habitación hay camas atornilladas al suelo en las que descansan, sentados o tumbados, hombres vestidos con batas azules de hospital y gorros de dormir a la vieja usanza. Son los locos.

 

En total hay cinco personas. Sólo uno es de noble cuna, los demás pertenecen a la burguesía. El más cercano a la puerta, un tipo alto y enjuto con bigote rojizo y brillante y ojos humedecidos por las lágrimas, está sentado con la mano en el mentón y la mirada fija en un punto. La tristeza no lo abandona ni de día ni de noche, sacude la cabeza, suspira y sonríe con amargura; rara vez participa en las conversaciones y no suele responder a las preguntas. Come y bebe como un autómata, cuando le sirven. A juzgar por su tos penosa y extenuante, por su aspecto demacrado y por el rubor de sus mejillas, sufre un principio de tuberculosis.

 

Le sigue un viejecito pequeño, lleno de vitalidad y muy ágil, con una barbita puntiaguda y cabellos azabachados y rizados como los de un negro. Durante el día se pasea de una ventana a otra o se sienta en la cama, con las piernas cruzadas a la turca, y silba sin parar como un pinzón, canturrea en voz baja o se ríe solo. Su alegría infantil y la viveza de su carácter también se ponen de manifiesto por la noche, cuando se levanta para rezar, es decir, para golpearse el pecho con los puños y arañar

 

 

las puertas con los dedos. Es el judío Moiseika, un pobre hombre que perdió el juicio hará cosa de veinte años, cuando se incendió su taller de sombrerería.

 

De todos los internos de la sala número seis es el único que tiene permiso para salir del pabellón e incluso del patio del hospital. Hace años que se beneficia de ese privilegio, probablemente por su condición de viejo paciente y porque sólo es un pobre diablo, tranquilo e inofensivo, el tonto del pueblo, al que la gente ya se ha acostumbrado a ver por las calles, rodeado de niños y de perros. Con su bata vieja, su ridículo gorro y sus zapatillas, a veces descalzo e incluso sin pantalón, se pasea por las calles, se detiene ante la puerta de las tiendas y pide una moneda. En un lugar le dan un vaso de kvas[28]; en otro, un pedazo de pan; en un tercero, un kopek, de modo que suele regresar con el estómago lleno y la bolsa repleta. Todo lo que lleva consigo, se lo queda Nikita. El soldado lo registra con brusquedad y enojo, dándoles la vuelta a los bolsillos y poniendo a Dios por testigo de que no dejará salir al judío nunca más y de que para él no hay nada peor en el mundo que el desorden.

 

A Moiseika le gusta ser útil. Lleva agua a sus compañeros, los tapa cuando están dormidos, promete traerles de la ciudad un kopek a cada uno y coserles un gorro nuevo; da de comer con una cuchara a su vecino de la izquierda, un paralítico. No actúa de ese modo por compasión o cualquier otra consideración de índole humanitaria, sino siguiendo el ejemplo de Grómov, su vecino de la derecha, a cuya voluntad se somete involuntariamente.

 

Iván Dmítrich Grómov, hombre de unos treinta y tres años, de origen noble, antiguo empleado de la Audiencia y secretario [29] de la administración provincial, sufre de manía persecutoria. Se pasa el tiempo tumbado en la cama, hecho un ovillo, o yendo y viniendo de un rincón a otro, como para hacer ejercicio, y rara vez se sienta. Siempre está agitado, nervioso, atormentado por una espera vaga e indefinida. Basta el menor susurro en el zaguán o un grito en el patio para que levante la cabeza y aguce el oído: ¿no vendrán a por él? ¿No lo estarán buscando? En esos momentos su rostro expresa una inquietud y una repugnancia extremas.

Me gusta su rostro ancho, de pómulos salientes, siempre pálido y pesaroso, en el que se refleja como en un espejo un alma atormentada por la lucha y por un temor incesante. Hace muecas extrañas y enfermizas, pero los finos rasgos que un sufrimiento profundo y genuino ha impreso en su rostro revelan buen juicio e inteligencia, y en sus ojos se aprecia un destello cálido y sano. Me agrada ese hombre cortés, servicial y de una delicadeza exquisita en su trato con los demás, excepto con Nikita. Si a alguien se le cae un botón o una cuchara, salta como un resorte de la cama para recogerlo. Todas las mañanas les da los buenos días a sus compañeros y cuando se va a la cama les desea buenas noches.

 

Además de esa tensión incesante y de sus constantes muecas, hay otro rasgo que testimonia su locura. A veces, por la noche, arrebujado en su bata, temblando de pies a cabeza y castañeteando los dientes, empieza a caminar de un rincón a otro y entre las camas, como si tuviera un violento acceso de fiebre. Por el modo en que se para en seco y examina a sus compañeros se adivina que quiere decir algo muy importante, pero, considerando acaso que nadie iba a escucharlo ni a comprenderlo, sacude la cabeza con impaciencia y continúa caminando. No obstante, el deseo de hablar no tarda en imponerse a cualquier otra consideración, y Grómov da libre curso a su pensamiento, hablando con calor y apasionamiento. Aunque su discurso es desordenado y febril como un delirio, entrecortado y no siempre inteligible, en sus palabras y en su voz vibra una nota de extraordinaria bondad. Cuando habla, se reconoce a un tiempo al loco y al hombre que hay en él. Sería difícil trasladar al papel sus

 

desatinadas razones. Habla de la mezquindad humana, de la coerción que maniata la justicia, de lo maravillosa que será la vida un día sobre la Tierra, de las rejas de la ventana, que le recuerdan a cada instante la cerrazón y la crueldad de sus opresores. En definitiva, un batiburrillo deslavazado e incoherente de tópicos que, por viejos que sean, no han perdido del todo su vigencia.

 

II

 

Hace doce o quince años el funcionario Grómov padre, hombre serio y acomodado, vivía en la calle principal de la ciudad, en una casa de su propiedad. Tenía dos hijos, Serguéi e Iván. Siendo estudiante de cuarto curso en la facultad, Serguéi contrajo una tisis galopante y murió; esa muerte en cierto modo fue el detonante de una serie de desdichas que se abatieron de pronto sobre la familia Grómov. Una semana después del entierro de Serguéi, el viejo padre fue acusado de fraude y malversación, y poco después murió de tifus en la enfermería de la prisión. La casa y todas las pertenencias se vendieron en subasta, e Iván Dmítrich y su madre se quedaron sin medios de subsistencia.

 

Antes, en vida de su padre, Iván Dmítrich vivía en San Petersburgo, en cuya universidad estudiaba, recibía entre sesenta y setenta rublos al mes y desconocía lo que significaba la necesidad; después de la desgracia, se vio obligado a cambiar radicalmente de vida. Tuvo que dar clases particulares de la mañana a la noche poco más que de balde, trabajar de copista y aun así pasar hambre, pues enviaba todos los ingresos a su madre para que pudiera subsistir. Iván Dmítrich no soportó ese género de vida; se desanimó, se quedó en los huesos, abandonó la universidad y volvió a su casa. Una vez en su ciudad natal, recibió un puesto de maestro en una escuela provincial gracias a una recomendación, pero no congenió con sus colegas ni fue del agrado de sus alumnos, y pronto dimitió del cargo. Murió su madre. Durante medio año vagó sin colocación, alimentándose de pan y agua; luego se convirtió en ujier del juzgado, cargo que ejerció hasta que lo licenciaron por motivos de salud.

 

Nunca, ni siquiera en sus tiempos de joven estudiante, había dado la impresión de gozar de buena salud. Siempre había sido un muchacho pálido, flaco y propenso a los resfriados; comía poco y dormía mal. Bastaba una copa de vodka para enturbiarle la cabeza y trastornarle los nervios. Aunque buscaba sin descanso la compañía de la gente, su carácter irritable y su susceptibilidad le impedían intimar con nadie y tener amigos. Siempre hablaba con desprecio de sus conciudadanos, afirmando que su crasa ignorancia y su existencia soñolienta y animal le parecían execrables y repugnantes. Tenía voz fuerte, de tenor, y se expresaba con pasión, bien con indignación y resentimiento, bien con entusiasmo y sorpresa, y siempre con sinceridad. Cualquiera que fuera el tema del que se discutiera, acababa llevando la conversación a la misma cuestión: la vida en esa ciudad era aburrida y agobiante, la sociedad carecía de intereses elevados y arrastraba una existencia deslustrada y absurda, amenizada sólo por la violencia, la depravación más grosera y la hipocresía; los bribones tenían el estómago lleno e iban bien vestidos, mientras la gente honrada se alimentaba de migajas; se necesitaban escuelas, un periódico local con un programa político digno, un teatro, conferencias públicas, la cohesión de las fuerzas intelectuales; era indispensable que la sociedad tomara conciencia de su propia mezquindad y se horrorizara. A la hora de juzgar a las personas utilizaba pinceladas gruesas, y sólo blancas o negras, sin admitir matices; en su opinión, la humanidad se dividía en personas honradas y canallas;

 

no había gradaciones intermedias. Sobre las mujeres y el amor hablaba siempre con pasión y entusiasmo, aunque nunca había estado enamorado.

 

En la ciudad, a pesar de la brusquedad de sus juicios y su temperamento nervioso, se le tenía aprecio y cuando no estaba presente lo llamaban afectuosamente Vania. Su delicadeza innata, su carácter servicial, su honradez, su rectitud moral, su levita raída, su aspecto enfermizo y sus desdichas familiares inspiraban un sentimiento de simpatía, de aprecio y de tristeza; además, era un hombre muy instruido y con amplias lecturas, y sus conciudadanos pensaban que lo sabía todo y lo consideraban una especie de enciclopedia ambulante.

 

Leía muchísimo. Solía pasarse el tiempo en el casino, acariciándose la barba con ademán nervioso

 

y  hojeando revistas y libros; no obstante, en su rostro se apreciaba que no leía los textos, sino que los tragaba, sin que le diese tiempo a digerirlos. Cabe suponer que la lectura era una de sus costumbres enfermizas, pues se lanzaba con la misma avidez sobre cualquier publicación que cayera en sus manos, incluso las revistas y los almanaques del año anterior. En su casa leía siempre tumbado.

 

III

 

Una mañana de otoño, con el cuello del abrigo levantado y chapoteando en el barro, Iván Dmítrich se dirigía por callejones y patios traseros a casa de un comerciante para entregarle un requerimiento de pago. Su estado de ánimo era sombrío, como todas las mañanas. En una callejuela se topó con dos presos encadenados, escoltados por cuatro soldados armados de fusiles. Más de una vez Iván Dmítrich había visto detenidos, que siempre despertaban en él un sentimiento de compasión e incomodidad, pero el encuentro de ese día le causó una impresión extraña y peculiar. De pronto, se le antojó que también a él podían encadenarlo y conducirlo de la misma manera, a través del barro, a la cárcel. Una vez cumplida su misión, en el camino de vuelta, se encontró cerca de la estafeta de Correos con un inspector de policía conocido, que lo saludó y lo acompañó unos pasos, circunstancia que a Iván Dmítrich le pareció sospechosa. Ya en su casa, se pasó todo el día pensando en los detenidos y los soldados con fusiles, y una inquietud incomprensible le impidió leer y concentrarse. Por la tarde no encendió la luz y por la noche no durmió, obsesionado con la idea de que podían arrestarlo, encadenarlo y meterlo entre rejas. Sabía que no era culpable de ningún delito y podía garantizar que en el futuro tampoco mataría, ni robaría ni quemaría nada; pero ¿acaso era tan difícil cometer un crimen por accidente, de manera involuntaria? ¿Acaso no existían las denuncias falsas y los errores judiciales? No en vano, una experiencia de siglos había enseñado a la gente que nadie está libre de la pobreza ni de la cárcel. Además, con los procedimientos actuales, los errores judiciales eran muy posibles y no tenían nada de sorprendentes. Las personas que, en razón de su cargo o de su actividad, tienen que vérselas a diario con los sufrimientos ajenos, por ejemplo, los jueces, la policía o los médicos, con el tiempo y por la fuerza de la costumbre acaban por insensibilizarse hasta tal punto que, aun queriéndolo, sólo pueden entablar relaciones meramente formales con sus clientes; desde ese punto de vista no se diferencian en absoluto del campesino que degüella en su patio trasero corderos y terneras sin reparar en la sangre. Una vez adoptada una actitud formal e insensible con el ser humano, para privar a un inocente de todos los derechos de su condición y mandarlo al penal, un

 

juez sólo necesita una cosa: tiempo. El tiempo necesario para observar ciertas formalidades por las que le pagan el sueldo; nada más. ¡Y luego vaya usted a buscar justicia y amparo en ese villorrio pequeño y embarrado, a doscientas verstas del ferrocarril! ¿Acaso no es ridículo pensar en la equidad cuando cualquier medida de fuerza es acogida por la sociedad como una necesidad razonable y conveniente, y cada acto de misericordia, por ejemplo, una sentencia absolutoria, motiva una auténtica explosión de descontento y de deseos de venganza?

 

A la mañana siguiente Iván Dmítrich se levantó de la cama aterrorizado, con la frente cubierta de un sudor frío, ya plenamente convencido de que podían arrestarlo en cualquier momento. Si las angustiosas ideas de la víspera tanto se resistían a abandonarlo, pensaba, era porque tenían una parte de verdad. Después de todo, no podían haberle venido a la cabeza sin motivo.

 

Un guardia municipal pasó lentamente por delante de su ventana. Por algo sería. De pronto dos hombres se detuvieron junto a su casa y guardaron silencio. ¿Por qué callaban?

 

Los días y las noches siguientes fueron una tortura para Iván Dmítrich. Todos los que pasaban por delante de su ventana o entraban en el patio le parecían espías y agentes secretos. A mediodía, como de costumbre, el comisario de policía atravesaba la calle en su coche de dos caballos, trasladándose desde su residencia de las afueras a la comisaría, pero a Iván Dmítrich siempre le parecía que iba demasiado deprisa y que tenía una expresión peculiar: seguro que se apresuraba a anunciar la presencia en la ciudad de un criminal muy peligroso. Iván Dmítrich se estremecía cada vez que sonaba el timbre o alguien llamaba en el portal, se angustiaba cuando se encontraba con una cara nueva en casa de la propietaria y siempre que se topaba con un policía o un gendarme sonreía y se ponía a silbar para aparentar indiferencia. Se pasaba noches enteras en blanco, esperando que vinieran a arrestarlo, pero emitía fuertes ronquidos y suspiros como si estuviera dormido para engañar a la casera, pues, si llegaba a saberse que no lograba conciliar el sueño, la gente pensaría que lo torturaban los remordimientos de conciencia. ¿Cabía mayor prueba de culpabilidad? Los hechos y el sentido común lo persuadían de que todos esos temores eran absurdos e irracionales, y de que, si se examinaba la cuestión con mayor detalle, la detención y la cárcel no tenían en realidad nada de terribles, siempre que se tuviera la conciencia tranquila; pero, cuanto más sensato y lógico era su razonamiento, más intensa y acuciante se volvía su angustia. La situación le recordaba la historia de aquel eremita que quería abrir un claro en una selva virgen y, cuanto más se afanaba con el hacha, más tupida y vigorosa crecía la vegetación. Finalmente, dándose cuenta de que todo aquello no servía de nada, Iván Dmítrich dejó de razonar y sucumbió por entero a la desesperación y el miedo.

 

Empezó a encerrarse en sí mismo y a llevar una vida solitaria. Su trabajo, que ya antes le desagradaba, ahora se le hizo insoportable. Temía que le jugasen una mala pasada, que le deslizaran subrepticiamente en el bolsillo unos billetes y luego lo acusaran de aceptar sobornos, o que él mismo, sin darse cuenta, cometiera un error al redactar un documento oficial que pudiera tomarse por una falsificación, o perdiera un dinero que no le pertenecía. Lo extraño era que su pensamiento nunca había sido tan ágil ni imaginativo como ahora, pues cada día inventaba mil motivos diferentes para temer por su libertad y su honor. En cambio, se debilitó de manera significativa su interés por el mundo exterior, en particular por los libros, y empezó a sufrir graves trastornos de memoria.

 

En primavera, cuando se derritió la nieve, en el barranco próximo al cementerio encontraron dos cadáveres en estado de semidescomposición, pertenecientes a una anciana y un niño, con huellas de haber sufrido una muerte violenta. En la ciudad sólo se hablaba de esos cadáveres y de los asesinos

 

 

desconocidos. Iván Dmítrich, para que nadie pensara que los había matado él, se paseaba por las calles con una sonrisa en los labios, y cuando se encontraba con un conocido palidecía, se ruborizaba

y  empezaba a asegurar que no había en el mundo crimen más ruin que asesinar a personas débiles e indefensas. Pero esa mentira no tardó en cansarle y, después de algún tiempo de reflexión, llegó a la conclusión de que, dada su situación, lo mejor era ocultarse en el sótano de la casera. Pasó allí un día, una noche y después otro día, muerto de frío; cuando cayeron las sombras, a hurtadillas, como un ladrón, se deslizó hasta su habitación. Estuvo de pie en medio de la habitación hasta el amanecer, sin moverse y aguzando el oído. Por la mañana temprano, antes de que saliera el sol, llegaron a casa de la patrona unos fumistas. Iván Dmítrich sabía de sobra que venían a reparar la estufa de la cocina, pero el miedo le susurró que eran policías disfrazados. Salió sin hacer ruido de la casa y, presa del pánico, sin gorro y sin levita, echó a correr por la calle. Algunos perros lo perseguían ladrando, un mijik gritaba a sus espaldas, el viento silbaba en sus oídos, y a Iván Dmítrich se le antojó que toda la violencia de este mundo se había desencadenado y lo perseguía.

 

Lo atraparon, lo llevaron a casa y mandaron a la patrona en busca de un médico. El doctor Andréi Yefímich, de quien hablaremos más adelante, prescribió compresas frías en la cabeza y gotas de lauroceraso, sacudió la cabeza con tristeza y se marchó diciendo a la patrona que no volvería, porque no conviene molestar a la gente que se ha vuelto loca. Como carecía de medios que le permitieran vivir y pagarse el tratamiento, no tardaron en llevarlo al hospital, donde lo alojaron en la sala de enfermedades venéreas. Iván Dmítrich pasaba las noches en blanco, hacía gala de un comportamiento caprichoso y molestaba a los enfermos; en consecuencia, al poco tiempo, por orden de Andréi Yefímich, lo trasladaron a la sala número seis.

 

Al cabo de un año todo el mundo en la ciudad se olvidó por completo de Iván Dmítrich, y sus libros, arrumbados por la patrona en un trineo que había debajo del tejadillo, se los fueron llevando los muchachos.

 

IV

 

Como ya hemos dicho, el vecino de la izquierda de Iván Dmítrich es el judío Moiseika; a su derecha se encuentra la cama de un mujik anegado de grasa, casi esférico, con una expresión embotada, completamente estúpida. Es una criatura inmóvil, voraz y sucia, que ha perdido hace mucho tiempo la capacidad de pensar y de sentir. Despide día y noche un hedor acre y sofocante.

 

Cuando Nikita lo lava, le propina unos golpes terribles con todas sus fuerzas, sin preocuparse siquiera de sus puños; lo más horrible del caso no es que le pegue —hasta a eso puede acostumbrarse uno—, sino el hecho de que ese ser embrutecido no reaccione a los golpes con un ruido, un movimiento o un guiño de los ojos, y se limite a balancearse un poco como un pesado tonel.

 

El quinto y último interno de la sala número seis es un pequeño burgués, antiguo clasificador de cartas en la estafeta de Correos, hombre rubio, enjuto, bajo de estatura, con una expresión bondadosa no exenta de cierta astucia. A juzgar por sus ojos inteligentes y serenos, de mirada franca y jovial, es algo ladino y está en posesión de un secreto muy importante y agradable. Guarda debajo de la almohada y del colchón alguna cosa que no enseña a nadie, pero no por temor de que puedan quitársela o robársela, sino por pudor. A veces se acerca a la ventana y, dándole la espalda a sus

 

 

compañeros, se pone algo en el pecho y lo mira agachando la cabeza; si en ese momento alguien se acerca, se azora y se arranca el objeto del pecho. Pero no es difícil adivinar su secreto.

 

—Felicíteme —le dice a menudo a Iván Dmítrich—, me han propuesto para la Stanislav de segunda clase con estrella. La segunda clase con estrella sólo se concede a los extranjeros, pero conmigo han querido hacer una excepción —dice con una sonrisa, encogiéndose de hombros con cara de perplejidad—. ¡Reconozco que no lo esperaba!

 

—No entiendo nada de esas cosas —declara Iván Dmítrich con aire sombrío.

 

—Pero ¿sabe lo que acabarán otorgándome tarde o temprano? —continúa el antiguo clasificador, con un guiño malicioso de los ojos—: La Estrella Polar sueca. Una condecoración como esa merece algunas gestiones. Tiene una cruz blanca y una cinta negra. Es muy bonita.

 

Probablemente en ninguna otra parte la vida es tan monótona como en este pabellón. Por la mañana, los enfermos, a excepción del paralítico y del mujik gordo, se lavan en una gran tina en medio del zaguán y se secan con los faldones de sus batas; a continuación, beben en sus jarras de estaño el té que Nikita les trae del edificio principal. A cada uno le corresponde una jarra. A mediodía toman sopa de col agria y gachas y por la tarde comen las gachas que han quedado de la comida. Entre una colación y otra pasan el tiempo tumbados, durmiendo, mirando por la ventana o paseando de un rincón a otro. Y así día tras día. Hasta el antiguo clasificador habla todo el tiempo de las mismas condecoraciones.

 

Rara vez se ven caras nuevas en la sala número seis. Hace tiempo que el doctor no admite más dementes, y en este mundo no hay mucha gente aficionada a visitar casas de locos. Una vez cada dos meses aparece por el pabellón Semión Lazárich, el barbero. No hablaremos de cómo les corta el pelo a los locos ni del modo en que Nikita lo ayuda en su labor, como tampoco del desasosiego que se apodera de los enfermos cada vez que lo ven llegar, borracho y sonriente.

 

Aparte del barbero, nadie más se aventura en el pabellón. Día tras día los pacientes están condenados a ver sólo a Nikita.

 

Por lo demás, un rumor bastante extraño se ha difundido hace poco por el edificio principal del hospital.

 

Corre la especie de que el médico ha empezado a visitar la sala número seis.

 

V

 

¡Extraño rumor!

 

El doctor Andréi Yefímich Raguin, es un hombre notable a su manera. Dicen que en su primera juventud era muy religioso y se aprestaba a seguir la carrera eclesiástica; al concluir sus estudios secundarios en 1863, tenía intención ingresar en el seminario; pero, al parecer, su padre, doctor en medicina y cirujano, se burló de él y le anunció categóricamente que dejaría de considerarlo hijo suyo si se convertía en pope. Desconozco el grado de veracidad que pueda haber en esa historia, pero el propio Andréi Yefímich reconoció más de una vez que nunca había sentido vocación por la medicina ni, en general, por las ciencias especializadas.

 

Fuera como fuese, cuando se graduó en la Facultad de Medicina, no tomó los hábitos. No daba muestras de la menor devoción y su parecido con un eclesiástico era tan escaso al iniciar la carrera de

 

 

médico como ahora.

 

Tiene unos rasgos toscos y groseros de mujik; su cara, su barba, sus cabellos lacios, su figura robusta y desproporcionada recuerdan a un ventero de carretera, panzudo, intemperante y arisco. Su rostro es severo, surcado de venas azules; sus ojos, pequeños; su nariz, roja. Alto de estatura y ancho de hombros, tiene unas manos y unos pies enormes; se diría que podría matar a alguien de un puñetazo. Pero camina con pisadas sigilosas, pausadas y furtivas; cuando se encuentra con alguien en un pasillo estrecho, siempre es el primero en detenerse para dejar paso, y se excusa no con la voz de bajo que uno esperaría, sino con una entonación delicada y suave de tenor: «¡Perdón!». Tiene en la garganta un bulto pequeño que le impide llevar cuellos rígidos y almidonados, y siempre se le ve con camisas finas de lino o de percal. En general, no se viste como un médico. Un mismo traje le dura unos diez años y cuando se pone ropa nueva, que suele comprar en un almacén regentado por un judío, parece tan arrugada y gastada como la vieja; con la misma levita recibe a los enfermos, almuerza

 

y  va de visita; pero no lo hace por avaricia, sino porque su aspecto exterior no le importa lo más mínimo.

Cuando Andréi Yefímich llegó a la ciudad para ocupar su cargo, encontró la «institución de beneficencia» en un estado lamentable. En las salas, en los pasillos y en el patio del hospital reinaba tal hedor que apenas se podía respirar. Los celadores, las enfermeras y sus hijos dormían en las salas con los enfermos. Tanto los pacientes como el personal se quejaban de que las cucarachas, las chinches y los ratones les hacían la vida insoportable. En la sección quirúrgica no lograban erradicar la erisipela. En todo el hospital sólo había dos escalpelos y ni un solo termómetro; en los cuartos de baño se almacenaban patatas. El gerente, la encargada de la ropa y el practicante robaban a los enfermos; en cuanto al antiguo doctor, el predecesor de Andréi Yefímich, se rumoreaba que vendía clandestinamente el alcohol del hospital y que se había organizado un verdadero harén con las enfermeras y las pacientes. En la ciudad se conocían perfectamente esas irregularidades, e incluso se exageraban, pero no parecían preocupar a nadie; unos las justificaban con el argumento de que en el hospital sólo ingresaba gente de baja condición y mujiks, que no podían quejarse, pues en sus casas vivían bastante peor que allí. ¡No iban a alimentarlos con faisanes! Otros decían, a modo de disculpa, que la ciudad sola, sin la ayuda de la asamblea rural, no estaba en condiciones de mantener un buen hospital; gracias a Dios había uno, aunque fuera malo. Y la asamblea rural, de creación reciente, no abría dispensarios ni en la ciudad ni en los alrededores aduciendo que el lugar ya disponía de su propio hospital.

 

Después de inspeccionar el hospital, Andréi Yefímich llegó a la conclusión de que era un establecimiento inmoral y pernicioso en grado sumo para la salud de los pacientes. En su opinión, lo más sensato que podía hacerse era dar el alta a los enfermos y cerrarlo. Pero consideró que para tomar esa medida no bastaba con su voluntad y que además sería inútil, pues, cuando se expulsa la suciedad física y moral de un lugar, esta se traslada a otro; había que esperar a que desapareciera por sí misma. Por lo demás, si la gente ha abierto un hospital y lo tolera, significa que lo necesita; los prejuicios y todas las bajezas e ignominias de la vida son necesarias, ya que con el tiempo se transforman en algo valioso, como el estiércol en mantillo. En el mundo no hay nada tan bueno que no haya contenido en sus orígenes un punto de suciedad.

 

Una vez al frente de sus funciones, Andréi Yefímich pareció adoptar una actitud bastante indiferente hacia esas irregularidades. Sólo pidió a los celadores y las enfermeras que no pernoctaran

 

en las salas e instaló dos armarios para el instrumental médico; el gerente, la encargada de la ropa, el practicante y la erisipela de la sección quirúrgica se quedaron donde estaban.

 

Andréi Yefímich tiene en alta estima la inteligencia y la honradez, pero le falta carácter y confianza en sus propios derechos para organizar una vida inteligente y honrada a su alrededor. Simplemente no sabe dar órdenes, prohibir e insistir. Parece como si hubiera hecho voto de no levantar nunca la voz y de no emplear jamás el imperativo. Le resulta difícil decir: «Dame» o «Tráeme»; cuando tiene hambre, tose con indecisión y dice a la cocinera: «Si pudiera tomar una taza de té…» o «si pudiera almorzar». Pedirle al gerente que deje de robar, echarlo o suprimir de raíz ese cargo innecesario de parásito está totalmente por encima de sus fuerzas. Cuando alguien lo engaña, lo adula o le presenta para su firma una cuenta a todas luces fraudulenta, Andréi Yefímich se pone rojo como un cangrejo y se siente culpable, pero de todos modos la firma; cuando los enfermos se quejan del hambre que pasan o de la grosería de las enfermeras, se turba y farfulla con aire culpable:

 

—Bueno, bueno, ya me ocuparé más tarde… Probablemente se trata de un malentendido…

 

En los primeros tiempos Andréi Yefímich trabajaba con mucho celo. Recibía todos los días hasta la hora del almuerzo, operaba e incluso se ocupaba de los partos. Las señoras decían que era cuidadoso y muy preciso en el diagnóstico de las enfermedades, en especial de las femeninas e infantiles. Pero con el paso del tiempo fue aburriéndose de la monotonía y la inutilidad incuestionable de su labor. Hoy recibía a treinta enfermos, al día siguiente se presentaban treinta y cinco, y al otro cuarenta, y así día tras día, año tras año, sin que en la ciudad descendiera la mortalidad ni dejaran de llegar enfermos al hospital. Era físicamente imposible atender con solicitud a cuarenta enfermos; en consecuencia, todo su trabajo, lo quisiera o no, era un fraude. Haber atendido a doce mil enfermos en un año equivalía, según un sencillo razonamiento, a haber engañado a doce mil personas. Ingresar a los enfermos graves en las salas y atenderlos según las reglas de la ciencia también era imposible, porque, aunque había reglas, no había ciencia. Si uno quería dejarse de filosofías y seguir las reglas al pie de la letra, como hacían los demás médicos, ante todo se necesitaban limpieza y ventilación, no esa suciedad; una alimentación sana, no esa sopa apestosa de col agria, y buenos ayudantes en vez de ladrones.

 

Además, ¿por qué impedir que la gente muera si la muerte es el fin normal y legítimo de cada uno de nosotros? ¿Qué más da que un tendero o un funcionario vivan cinco o diez años más? Si se considera que el fin de la medicina es aliviar los sufrimientos mediante el uso de medicamentos, es inevitable plantearse la siguiente pregunta: ¿para qué aliviarlos? En primer lugar, se dice que los sufrimientos conducen al hombre a la perfección; en segundo, si la humanidad aprendiera de verdad a aliviar sus sufrimientos con pastillas y gotas, abandonaría totalmente la religión y la filosofía, en las que hasta entonces había encontrado no sólo un remedio contra todo tipo de desgracias, sino incluso la felicidad. Antes de morir, Pushkin tuvo que soportar unos tormentos horribles; el desdichado Heine estuvo paralítico varios años. ¿Por qué no iban a enfermar un Andréi Yefímich o una Matriona Savishna, cuyas vidas carecían de sentido y resultarían completamente hueras y semejantes a la de una ameba de no ser por el sufrimiento?

 

Abrumado por esas consideraciones, Andréi Yefímich se desanimó y dejó de ir todos los días al hospital.

 

 

VI

 

Su existencia transcurre del siguiente modo: por lo común, se levanta a eso de las ocho, se viste y se toma una taza de té. Luego se sienta a leer en su despacho o se marcha al hospital. Allí, sentados en un pasillo oscuro y angosto, los pacientes esperan a que los reciban. Junto a ellos pasan corriendo celadores y enfermeras, cuyas botas rechinan en el suelo de ladrillo, deambulan enfermos escuálidos en bata, entran y salen personas llevando cadáveres y recipientes con inmundicias; los niños lloran, una corriente de aire atraviesa el corredor. Andréi Yefímich sabe que para los pacientes con fiebre, los tuberculosos y, en general, los enfermos impresionables, ese ambiente es un martirio, pero ¿qué puede hacer? En la sala de consultas se encuentra con el practicante Serguéi Sergueich, hombre pequeño y gordo, con el rostro rasurado, muy limpio y mofletudo, con ademanes elegantes y desenvueltos, vestido con un traje amplio y nuevo, más parecido a un senador que a un practicante. Tiene una enorme clientela en la ciudad, lleva corbata blanca[30] y se considera más competente que el doctor, que carece por completo de clientes. En un rincón de la sala hay un gran icono, ante el que arde una pesada lamparilla, y a su lado un candelabro en una funda blanca; de las paredes cuelgan retratos de obispos, una vista del monasterio de Sviatogorsk y unas coronas de flores secas de aciano. Serguéi Sergueich es un hombre piadoso y muy aficionado a la pompa de la liturgia. La colocación del icono la ha costeado él. Los domingos, en la sala de consultas, uno de los enfermos, por orden suya, lee acatistas[31] en voz alta, y después de la lectura el propio Serguéi Sergueich recorre todas las salas con un incensario y las sahúma.

 

Como los enfermos son muchos y el tiempo escaso, Andréi Yefímich se limita a hacerles unas preguntas y a recetarles algún medicamento, como un ungüento o aceite de ricino. Luego se sienta, apoya la mejilla en el puño, se queda pensativo y va preguntando maquinalmente a los pacientes. Serguéi Sergueich, también sentado, se frota las manos y de tarde en tarde deja caer alguna palabra.

 

—Las enfermedades y miserias que padecemos —dice— se deben a que no invocamos como es debido la misericordia divina. ¡Sí!

 

Durante las horas de consulta Andréi Yefímich no realiza ninguna intervención quirúrgica; ha perdido el hábito hace mucho tiempo y la visión de la sangre le produce una impresión desagradable. Cuando tiene que abrirle la boca a un niño pequeño para examinarle la garganta, y este llora y se defiende con las manos, el ruido en los oídos hace que la cabeza le dé vueltas y las lágrimas asomen a sus ojos. En tales casos, prescribe un medicamento a toda prisa y con gestos destemplados de la mano apremia a la madre a que se lo lleve de allí.

 

No tardan en cansarle la timidez y el embotamiento de los enfermos, la proximidad del beato Serguéi Sergueich, los retratos en la pared y hasta sus propias preguntas, que repite invariablemente desde hace ya más de veinte años. En consecuencia, tras atender a cinco o seis enfermos, se marcha, dejando todos los demás al practicante.

 

Pensando con alborozo que, gracias a Dios, desde hace ya muchos años no tiene clientela particular y que nadie va a molestarlo, Andréi Yefímich, nada más llegar a casa, se sienta en su despacho y se pone a leer. Lee muchísimo y siempre con sumo placer. Se gasta la mitad del sueldo en libros y tres de las seis habitaciones de su apartamento están abarrotadas de volúmenes y revistas

 

viejas. Lo que más le gusta son las obras de historia y filosofía; en lo que respecta a la medicina, sólo está suscrito a El Médico, que siempre empieza a leer desde el final. Esas sesiones de lectura se prolongan varias horas sin interrupción y no lo fatigan. No lee con la rapidez e impetuosidad con que lo hacía antaño Iván Dmítrich, sino con pausa y penetración, deteniéndose a menudo en los pasajes que le gustan o que no comprende. Junto al libro siempre tiene una garrafita de vodka y un pepinillo salado o una manzana macerada, dispuestos directamente sobre el tapete, sin ninguna clase de plato. Cada media hora, sin apartar los ojos del libro, se sirve una copa de vodka, se la bebe y a continuación, sin mirar, busca a tientas el pepinillo, lo coge y le da un mordisco.

 

A las tres se acerca con precaución a la puerta de la cocina, carraspea y dice:

 

—Dáriushka, si pudiera comer…

 

Después del almuerzo, bastante malo y desaliñado, Andréi Yefímich se pasea por las habitaciones, con los brazos cruzados y aire meditabundo. Dan las cuatro, luego las cinco, y él sigue caminando y pensando. De vez en cuando la puerta de la cocina chirría y en el umbral aparece el rostro rojo y soñoliento de Dáriushka.

 

—Andréi Yefímich, ¿le sirvo ya la cerveza? —le pregunta con expresión preocupada. —No, todavía no… —responde él—. Esperaré… Esperaré un poco…

 

Al atardecer suele venir el jefe de Correos, Mijaíl Averiánich, la única persona en toda la ciudad cuya compañía no se le antoja fastidiosa a Andréi Yefímich. Mijaíl Averiánich fue en tiempos un propietario muy acaudalado y sirvió en la caballería, pero se arruinó y, ya viejo, se vio obligado a ingresar en la Administración de Correos. Tiene un aspecto vigoroso y saludable, pobladas patillas grises, modales distinguidos y una voz sonora y agradable. Es un hombre bondadoso y sensible, pero irascible. Cuando en la estafeta de Correos algún cliente protesta, muestra su disconformidad o simplemente plantea alguna objeción, M ijaíl Averiánich se pone como la grana, se estremece de pies a cabeza y grita con voz atronadora: «¡Cállese!», de manera que la estafeta se ha ganado desde hace tiempo la reputación de un establecimiento terrible. Mijaíl Averiánich respeta y aprecia a Andréi Yefímich por su erudición y su grandeza de espíritu, pero a los demás habitantes de la ciudad los trata con desprecio, como si fueran subordinados.

 

—¡Aquí me tiene! —dice al entrar en casa del médico—. ¡Buenas tardes, mi querido amigo! Espero no molestarlo.

 

—Al contrario, me alegro mucho de verlo —responde el médico—. Siempre es un placer tenerlo por aquí.

 

Los amigos se sientan en el sofá del despacho y pasan un rato en silencio, fumando.

 

—¡Dáriushka, si pudiéramos tomar una cerveza! —dice Andréi Yefímich.

 

La primera botella también se la toman en silencio: el médico, sumido en sus meditaciones; Mijaíl Averiánich, con aire alegre y animado, como si tuviera algo muy interesante que contar. Siempre es el médico quien inicia la conversación.

 

—Es una lástima —dice lentamente y en voz baja, sacudiendo la cabeza y sin mirar a los ojos a su interlocutor (nunca mira a los ojos a la gente)—, es una verdadera lástima, mi estimado Mijaíl Averiánich, que en nuestra ciudad no haya ni una sola persona capaz de entablar y apreciar una conversación inteligente e interesante. Para nosotros constituye una enorme privación. Ni siquiera las personas ilustradas escapan de la mediocridad; su nivel intelectual, se lo aseguro, no supera en nada el de las clases inferiores.

 

 

—Completamente cierto. Estoy de acuerdo con usted.

 

—Como usted mismo sabe —prosigue el médico en voz baja, separando mucho las palabras—, todo en este mundo carece de importancia y de interés salvo las más altas manifestaciones espirituales del entendimiento humano. La inteligencia establece una frontera estricta entre el animal

 

y  el hombre, sugiere en este último un origen divino y, en cierta medida, sustituye a la inmortalidad, que no existe. En consecuencia, la inteligencia es la única fuente posible de placer. Pero a nuestro alrededor no oímos ni vemos rastro alguno de inteligencia, de modo que estamos privados de placer. Cierto que disponemos de libros, pero hay una gran diferencia entre la lectura y una conversación animada y el trato de la gente. Si me permite una comparación no muy afortunada, los libros son la partitura y la conversación, el canto.

 

—Completamente cierto.

 

Se produce un silencio. Dáriushka sale de la cocina y, con una expresión de embotamiento y pesar, el puño apoyado en el mentón, se detiene en el umbral para escuchar.

—¡Ah! —suspira M ijaíl Averiánich—. ¡Pedirle inteligencia a la gente de hoy día!

 

Y cuenta cuán alegre, interesante y plena era antaño la vida, qué inteligentes eran las clases ilustradas en Rusia, qué alto concepto se tenía del honor y la amistad. La gente se prestaba dinero sin necesidad de recibo y consideraba un oprobio no tender la mano a un camarada en apuros. ¡Y qué campañas, qué aventuras, qué escaramuzas, qué compañeros, qué mujeres! ¡Y qué región más maravillosa era el Cáucaso! La esposa de un comandante de batallón, una mujer muy rara, se vestía de oficial y por la noche se iba a caballo a las montañas, sola, sin guía. Dicen que tenía una aventura con un príncipe circasiano en un aúl[32].

 

—¡Reina de los Cielos, M adre de Dios…! —suspira Dáriushka.

—¡Y cómo bebíamos! ¡Cómo comíamos! ¡Qué empedernidos liberales éramos!

 

Andréi Yefímich escucha sin prestar atención; piensa en alguna cosa y de vez en cuando bebe un sorbo de cerveza.

—A menudo sueño que estoy conversando con personas inteligentes —dice de pronto, interrumpiendo a Mijaíl Averiánich—. Mi padre me dio una educación esmerada, pero influido por las ideas de los años sesenta me obligó a hacerme médico. Tengo la impresión de que, si entonces no le hubiera hecho caso, ahora me encontraría en el centro mismo del movimiento intelectual. Probablemente sería miembro de alguna facultad. Por supuesto, la inteligencia tampoco es eterna, sino transitoria, pero usted sabe por qué la venero tanto. La vida es una trampa enojosa. Cuando un hombre reflexivo alcanza la madurez y es capaz de formarse sus propias ideas, se siente atrapado inevitablemente en una trampa sin salida. En realidad, ha sido llamado de la nada a la vida contra su voluntad y por una serie de azares… ¿Para qué? Quiere conocer el sentido y el fin de su existencia, pero no le dicen nada o le sueltan algún disparate; llama a la puerta y no le abren, y, cuando llega la muerte, también es contra su voluntad. En consecuencia, igual que en una cárcel personas ligadas por un infortunio común se sienten aliviadas cuando se juntan, en la vida la trampa pasa desapercibida cuando personas aficionadas al análisis y a las generalizaciones se reúnen y pasan el tiempo intercambiando ideas ambiciosas y libres. En ese sentido, la inteligencia es un placer insustituible.

 

—Completamente cierto.

 

Sin mirar a los ojos a su interlocutor, en voz baja y con frecuentes pausas, Andréi Yefímich sigue hablando de las personas inteligentes y del placer que procura su conversación, mientras Mijaíl

 

 

Averiánich lo escucha con atención y le da la razón: «Completamente cierto».

 

—¿Y no cree usted en la inmortalidad del alma? —le pregunta de pronto el jefe de Correos.

 

—No, estimado M ijaíl Averiánich, ni creo ni tengo fundamentos para creer.

 

—Reconozco que yo también albergo dudas. Aunque, por otra parte, me asalta la sospecha de que no moriré nunca. ¡Ah, vejestorio, me digo, ya es hora de morirse! Pero en el fondo de mi alma una vocecita me dice: «No lo creas, no morirás…».

 

Poco después de las nueve Mijaíl Averiánich se marcha. Mientras se pone la pelliza en el vestíbulo, comenta con un suspiro:

 

—¡En cualquier caso, hay que ver a qué agujero nos ha arrojado el destino! Y lo más terrible es que también tendremos que morir aquí. ¡Ah!

 

VII

 

Tras despedir a su amigo, Andréi Yefímich se sienta a la mesa y de nuevo se pone a leer. Ningún sonido turba el silencio del atardecer y después el de la noche; el tiempo parece haberse detenido y petrificado en torno al libro y al médico, y se tiene la impresión de que no existe nada más allá de esas páginas y esa lámpara de pantalla verde. Su tosco rostro de mujik se ilumina poco a poco con una sonrisa tierna y jubilosa ante los logros de la inteligencia humana. Ah, ¿por qué el hombre no es inmortal?, piensa. ¿Para qué existen las circunvalaciones y los centros cerebrales, para qué la vista, el lenguaje, la conciencia y el genio, si todo está condenado a convertirse en polvo y, a fin de cuentas, a enfriarse con la corteza terrestre, y luego a girar con la Tierra, alrededor del Sol, durante millones de años, sin razón y sin sentido? Para enfriarse y girar luego de ese modo no hacía ninguna falta sacar de la nada al hombre, con su inteligencia excelsa, casi divina, y luego, como a modo de burla, transformarlo en barro.

 

¡La transmutación de la materia! Pero ¡qué cobardía consolarse con ese sucedáneo de la inmortalidad! Los procesos inconscientes que se desarrollan en la naturaleza son inferiores incluso a la estulticia humana, ya que en esta al menos intervienen la conciencia y la voluntad, mientras que en esos procesos no alienta absolutamente nada. Sólo un cobarde, con más miedo a la muerte que dignidad, puede consolarse pensando que, con el tiempo, su cuerpo vivirá en una brizna de hierba, en una piedra o en un sapo… Cifrar la propia inmortalidad en la transformación de la materia es tan extraño como predecir un brillante futuro a un estuche una vez que el preciado violín que contenía se ha roto y se ha vuelto inservible.

 

Cuando el reloj da las horas, Andréi Yefímich se recuesta en el respaldo del sillón y cierra los ojos para meditar un instante. Y, casi sin darse cuenta, bajo la influencia de los admirables pensamientos que acaba de leer, echa una ojeada a su pasado y su presente. El pasado le repugna, mejor no recordarlo. Y el presente no se diferencia del pasado. Sabe que mientras sus pensamientos giran alrededor del Sol, junto con la Tierra enfriada, no lejos de su apartamento de médico, en el edificio principal del hospital, varias personas se debaten en medio de las enfermedades y la suciedad; quizá en ese momento alguno no duerma y luche con los parásitos, otro se contagie de erisipela o gima porque le han apretado demasiado el vendaje; quizá los pacientes jueguen a los naipes con las enfermeras y beban vodka. En el transcurso de ese año se ha engañado a doce mil personas. Toda la

 

actividad del hospital se basa en el robo, en las pendencias, en los chismorreos, en el favoritismo, en la más burda charlatanería, como hace veinte años, y, lo mismo que antaño, ofrece la imagen de un establecimiento inmoral y nocivo en grado sumo para los internos. Sabe que en la sala número seis, detrás de las rejas, Nikita apalea a los enfermos y que Moiseika recorre todos los días la ciudad pidiendo limosna.

 

Por otro lado, sabe perfectamente que durante los últimos veinticinco años se ha producido en la medicina un cambio asombroso. Cuando estudiaba en la universidad, tenía la impresión de que la medicina pronto correría la misma suerte que la alquimia y la metafísica, pero ahora, cuando lee por la noche, la medicina lo conmueve y despierta en él asombro e incluso entusiasmo. ¡En efecto, qué resplandor inesperado, qué revolución! Gracias a los antisépticos se practicaban operaciones que el gran Pirogov consideraba imposibles incluso in spe[33]. Simples médicos rurales se atrevían a hacer resecciones de la articulación de la rodilla; de cien laparotomías sólo una resultaba mortal y los cálculos se consideraban una fruslería tan grande que ni siquiera se escribía al respecto. La sífilis se curaba totalmente. ¿Y qué decir de la teoría de la herencia, del hipnotismo, de los descubrimientos de Pasteur y de Koch, de la higiene, de la estadística y del sistema rural de salud en Rusia? La psiquiatría y su clasificación actual de las enfermedades, los métodos de diagnóstico y tratamiento constituían, en comparación con lo que había antes, algo tan colosal como el Elbrús[34]. Ya no se curaba a los alienados echándoles agua fría por la cabeza y poniéndoles camisas de fuerza, sino que se los trataba con humanidad e incluso, según contaban los periódicos, se organizaban bailes y espectáculos para ellos. Andréi Yefímich sabía que, según los criterios y las tendencias actuales, una abominación como la sala número seis sólo era posible en una localidad situada a doscientas verstas del ferrocarril, en un pueblucho donde el alcalde y todos los concejales eran pequeños burgueses semianalfabetos, que consideraban al médico un sacerdote al que había que creer a pie juntillas, aunque les vertiera plomo fundido en la boca; en otro lugar la opinión pública y la prensa habrían reducido a escombros hace tiempo esa pequeña Bastilla.

 

«¿Y qué? —se pregunta Andréi Yefímich, abriendo los ojos—. ¿Qué se gana con todo eso? Mucha antisepsia, mucho Koch y Pasteur, pero la esencia de la cuestión no ha cambiado nada. La morbilidad y la mortalidad siguen siendo las mismas. Se organizan bailes y espectáculos para los locos, pero de todos modos no se los deja libres. Así pues, todo eso no son más que tonterías y vanidad; en el fondo, no hay ninguna diferencia entre la mejor clínica de Viena y mi hospital».

 

Pero la pesadumbre y un sentimiento semejante a la envidia le impiden mostrarse indiferente. Debe de ser la fatiga. La cansada cabeza se inclina sobre el libro; Andréi Yefímich apoya las manos en el mentón para aligerar el peso y piensa: «Me ocupo de una labor perniciosa y recibo un sueldo de personas a las que engaño; no soy honrado. Pero yo solo no soy nada, únicamente una partícula de un mal social inevitable: todos los funcionarios del distrito son perjudiciales y cobran por no hacer nada… Eso significa que el responsable de mi falta de honradez no soy yo, sino la época… Si naciera dentro de doscientos años, sería otra persona».

 

Cuando dan las tres, apaga la lámpara y se retira al dormitorio. No tiene sueño.

 

 

VIII

 

 

Hace unos dos años la Administración provincial, en un arranque de generosidad, aprobó una subvención anual de trescientos rublos para reforzar el personal médico del hospital municipal hasta que se inaugurara un hospital provincial, y nombró asistente de Andréi Yefímich al médico del distrito Yevgueni Fedórich Jóbotov, un hombre aún muy joven —no ha cumplido los treinta—, alto, moreno, con pómulos anchos y ojos pequeños; probablemente, sus ancestros eran extranjeros. Llegó a la ciudad sin un céntimo, con un pequeño maletín y una mujer joven y fea, a la que llamaba su cocinera. La mujer tenía un niño de pecho. Yevgueni Fedórich lleva una gorra de visera y botas altas,

 

y  en invierno, un chaquetón de piel. No tardó en congeniar con el practicante Serguéi Sergueich y con el tesorero; en cuanto a los demás empleados, los llama aristócratas, no se sabe muy bien por qué, y evita su trato. En todo su apartamento no hay más que un libro: Novísimas recetas de la clínica de Viena para 1881, que siempre lleva consigo cuando va a visitar a algún paciente. Por las tardes juega al billar en el casino; no es aficionado a los naipes. Le gusta mucho emplear en la conversación expresiones como «qué fastidio», «menudo lío», «no compliques las cosas», y otras por el estilo.

 

Va al hospital dos veces por semana, recorre las salas y recibe a los enfermos. La falta total de antisépticos y la aplicación de ventosas le indignan, pero no introduce métodos nuevos, temiendo ofender a Andréi Yefímich. Considera a su colega un viejo bribón, sospecha que atesora una gran fortuna y lo envidia en secreto. De buena gana ocuparía su puesto.

 

IX

 

Una tarde de primavera, a finales de marzo, cuando ya no había nieve en las calles y los estorninos cantaban en el jardín del hospital, el doctor acompañó hasta la cancela a su amigo el jefe de Correos. En ese preciso instante entró en el patio el judío Moiseika, que regresaba con su botín. Iba sin gorro, con unos chanclos ligeros en los pies desnudos y llevaba en la mano un pequeño saco con las limosnas.

 

—¡Dame un kopek! —le dijo al médico, tiritando de frío y sonriendo.

 

Andréi Yefímich, que no sabía negarse, le entregó una moneda de diez kopeks.

 

«Qué horror —pensó, mirando los pies desnudos y los tobillos rojos y escuálidos de Moiseika

 

—. Con la humedad que hay».

 

Y, movido por un sentimiento en el que se entreveraban la compasión y la repugnancia, siguió al

 

judío hasta la sala, mirándole tan pronto la calva como los tobillos. Al entrar el médico, Nikita se levantó de un salto del montón de cachivaches y se cuadró.

 

—Hola, Nikita —dijo Andréi Yefímich con voz afable—. Habría que darle unas botas a este judío; si no, va a resfriarse.

 

—A sus órdenes, excelencia. Se lo comunicaré al gerente.

 

—Haz el favor. Pídeselo de mi parte. Dile que lo he pedido yo.

 

La puerta de la sala estaba abierta. Iván Dmítrich, tumbado en la cama y apoyado en un codo, escuchaba con inquietud esa voz extraña; pero de pronto reconoció al médico. Temblando de cólera de pies a cabeza, saltó de la cama y, con el rostro rojo, una expresión maligna y los ojos fuera de las órbitas, salió corriendo al centro de la habitación.

 

—¡Ha venido el médico! —gritó y se rio a carcajadas—. ¡Por fin! ¡Señores, los felicito, el médico nos honra con su presencia! ¡Maldito canalla! —rugió y, en un estado de exaltación como no se había visto nunca en la sala, empezó a golpear el suelo con el pie—. ¡Hay que matar a ese canalla! ¡No, matarlo sería poco! ¡Hay que ahogarlo en la letrina!

 

Andréi Yefímich, al escuchar esas palabras, echó un vistazo al interior de la sala desde el zaguán y preguntó sin levantar la voz:

 

—¿Por qué?

 

—¿Por qué? —gritó Iván Dmítrich, acercándose a él con aire amenazador y arrebujándose en su bata con gesto convulsivo—. ¿Por qué? ¡Ladrón! —exclamó con desprecio, frunciendo los labios como si se dispusiera a escupir—. ¡Charlatán! ¡Verdugo!

 

—¡Cálmese! —dijo Andréi Yefímich, sonriendo con aire culpable—. Le aseguro que nunca he robado nada; en cuanto a lo demás, probablemente exagera usted mucho. Veo que está enfadado conmigo. Tranquilícese si puede, se lo ruego, y dígame con serenidad por qué está enfadado.

 

—¿Por qué me tiene aquí encerrado?

 

—Porque está usted enfermo.

 

—Sí, es verdad. Pero decenas y centenares de locos se pasean en libertad, porque su ignorancia le impide distinguirlos de los sanos. ¿Por qué estos desdichados y yo debemos quedarnos aquí por todos, como chivos expiatorios? Usted, el practicante, el gerente y toda la gentuza que trabaja en el hospital son incomparablemente más viles, desde el punto de vista moral, que cualquiera de nosotros. ¿Por qué estamos encerrados nosotros y no ustedes? ¿Dónde está la lógica?

 

—La moral y la lógica no tienen nada que ver en este asunto. Todo depende del azar. Si a uno lo encierran, se queda aquí; y si no lo encierran, se pasea por la calle, y se acabó. El hecho de que yo sea médico y usted un enfermo mental no tiene nada que ver con la lógica ni con la moral, sino con la más simple casualidad.

 

—No comprendo esas sandeces… —gruñó con voz sorda Iván Dmítrich y se sentó en la cama. Moiseika, al que Nikita no se había atrevido a registrar en presencia del médico, extendió sobre la

cama trozos de pan, papeles y huesos, y, sin dejar de tiritar, empezó a pronunciar algunas frases en yiddish como una rápida cantinela. Probablemente se imaginaba que había abierto una tienda.

 

—Deje que me vaya —dijo Iván Dmítrich con voz trémula.

 

—No puedo.

 

—Pero ¿por qué? ¿Por qué?

 

—Porque no depende de mí. Juzgue usted mismo: ¿de qué le serviría que le dejara marchar? Váyase. Los vecinos o la policía lo detendrán y volverán a traerlo aquí.

 

—Sí, sí, es verdad… —murmuró Iván Dmítrich, secándose la frente—. ¡Es terrible! Pero ¿qué puedo hacer? ¿Qué?

 

La voz de Iván Dmítrich, así como su rostro joven e inteligente, desfigurado por muecas, gustaron a Andréi Yefímich. Sintió ganas de mostrarse amable con él y tranquilizarlo. Se sentó a su lado en la cama y, después de unos instantes de reflexión, dijo:

 

—Se pregunta usted qué puede hacer. En su situación, lo mejor sería salir corriendo. Pero, por desgracia, resultaría inútil. Lo detendrían. Cuando la sociedad se protege de los criminales, de los enfermos mentales y, en general, de la gente que considera inconveniente, es invencible. Sólo le queda una salida: consolarse pensando que su estancia aquí es inevitable.

 

 

—No es necesaria para nadie.

 

—Desde el momento en que existen las cárceles y los manicomios, debe haber alguien en su interior. Si no es usted, seré yo o un tercero. Paciencia. Cuando en un futuro lejano dejen de existir las cárceles y los manicomios, desaparecerán las rejas de las ventanas y las batas de los internos. No cabe duda de que, tarde o temprano, esa época llegará.

 

Iván Dmítrich sonrió con aire burlón.

 

—Bromea usted —dijo, entornando los ojos—. A las personas como usted y su asistente, Nikita, no les importa nada el futuro, pero puede estar seguro, estimado señor, de que llegarán tiempos mejores. Tal vez mi forma de expresarme sea vulgar; puede usted reírse de mí, pero resplandecerá la aurora de una nueva vida, la verdad triunfará y también nosotros tendremos motivos de celebración. Yo no alcanzaré a ver ese día, moriré antes, pero los biznietos de unos o de otros lo verán. ¡Los saludo de todo corazón y me alegro por ellos! ¡Adelante! ¡Que Dios os ayude, amigos! —Iván Dmítrich, con los ojos brillantes, se puso en pie, tendió los brazos hacia la ventana y continuó con voz emocionada—: ¡Os bendigo desde detrás de estos barrotes! ¡Viva la verdad! ¡Ah, qué felicidad!

 

—No veo ninguna razón especial para alegrarse —dijo Andréi Yefímich, a quien el gesto de Iván Dmítrich había parecido teatral, aunque al mismo tiempo le había gustado mucho—. No habrá cárceles ni manicomios, la verdad triunfará, como ha dicho usted, pero la esencia de las cosas no cambiará, las leyes de la naturaleza seguirán siendo las mismas. La gente enfermará, envejecerá y morirá igual que ahora. Por muy esplendorosa que sea la aurora que ilumine esa vida suya, a fin de cuentas acabarán encerrándolo en un ataúd y arrojándolo a un hoyo.

 

—¿Y la inmortalidad?

 

—¡Ah, por favor!

 

—Usted no cree en ella, pero yo sí. En alguna obra de Dostoievski o de Voltaire un personaje dice que si no existiera Dios, los hombres tendrían que inventarlo. Estoy plenamente convencido de que, si la inmortalidad no existe, la sublime inteligencia humana acabará inventándola más tarde o más temprano.

 

—Bien dicho —exclamó Andréi Yefímich, con una sonrisa de satisfacción—. Me parece muy bien que crea usted. Con esa fe se puede vivir muy a gusto incluso entre cuatro paredes. Permítame que le pregunte, ¿ha cursado usted estudios?

 

—Sí, fui a la universidad, pero no terminé la carrera.

 

—Es usted un hombre inteligente y reflexivo. En cualquier circunstancia de la vida puede encontrar consuelo en su interior. Un pensamiento libre y profundo, que aspira a comprender la vida, y un desprecio absoluto por la estúpida vanidad del mundo son los dos bienes más elevados que jamás ha conocido el hombre. Y usted puede poseerlos, a pesar de vivir detrás de una triple reja. Diógenes vivía en un tonel y, sin embargo, era más feliz que todos los reyes de la Tierra.

 

—Su Diógenes era un necio —comentó Iván Dmítrich con aire sombrío—. ¿Para qué me habla usted de Diógenes y de no sé qué concepción de la vida? —preguntó de pronto con enfado, poniéndose en pie de un salto—. ¡Amo la vida, la amo con pasión! Tengo manía persecutoria, un terror incesante me tortura, pero hay momentos en que las ganas de vivir me dominan y entonces temo perder la razón. ¡Tengo unas ganas enormes de vivir! ¡Unas ganas enormes! —se paseó muy agitado por la sala y añadió, bajando la voz—: Cuando me dejo llevar por los sueños, tengo visiones. Viene a verme gente desconocida, oigo voces, música, me parece estar paseando por un bosque, por

 

la orilla del mar, y me domina un ardiente deseo de albergar preocupaciones y afanes… Dígame, ¿qué hay de nuevo? —preguntó Iván Dmítrich—. ¿Qué pasa por ahí fuera?

 

—¿Se refiere a la ciudad o en general?

 

—Hábleme primero de la ciudad y luego en general.

 

—¿Qué quiere que le diga? En la ciudad la vida es terriblemente aburrida… No hay nadie con quien hablar ni a quien escuchar. No se ven caras nuevas. Aunque a decir verdad, hace poco llegó un joven médico, el doctor Jóbotov.

 

—Sí, llegó cuando yo todavía estaba libre. ¿Y qué? Será un palurdo, ¿no?

 

—Sí, es un hombre sin cultura. Resulta extraño, ¿sabe…? A juzgar por todos los indicios, en nuestras capitales no se aprecia un estancamiento intelectual; al contrario, bullen de actividad. Por tanto, debe de haber hombres de valía; pero, por alguna razón, siempre nos envían de allí personas a las que sería mejor no ver. ¡Qué ciudad tan desdichada!

 

—¡Sí, muy desdichada! —suspiró Iván Dmítrich y se echó a reír—. Y en general, ¿cómo va todo?

 

¿Qué dicen los periódicos y las revistas?

 

La sala estaba ya a oscuras. El médico se levantó y se puso a contar lo que se escribía en el extranjero y en Rusia y cuáles eran las tendencias del pensamiento contemporáneo. Iván Dmítrich lo escuchaba con atención y le hacía preguntas, pero de pronto, como si hubiera recordado algo terrible, se cogió la cabeza con las manos y se tumbó en la cama, de espaldas al médico.

 

—¿Qué le pasa? —preguntó Andréi Yefímich.

 

—¡No oirá usted una palabra más de mis labios! —respondió con rudeza Iván Dmítrich—. ¡Déjeme en paz!

 

—Pero ¿por qué?

 

—¡Le digo que me deje en paz! ¿Qué diablos quiere?

 

Andréi Yefímich se encogió de hombros, suspiró y salió. Al atravesar el zaguán, dijo: —No estaría mal que pusieras un poco de orden en todo esto, Nikita… ¡Huele que apesta! —Como mande, excelencia.

 

«¡Qué joven tan agradable! —pensaba Andréi Yefímich, camino de su apartamento—. En todos los años que llevo viviendo en esta ciudad, creo que es la primera persona con la que puedo hablar. Sabe razonar y se interesa por las cosas que realmente importan».

 

Se puso a leer y luego se fue a la cama, pero el recuerdo de Iván Dmítrich no se le iba de la cabeza. A la mañana siguiente, cuando se despertó, se acordó de que la víspera había conocido a un hombre inteligente e interesante, y decidió volver a visitarlo a la primera oportunidad.

 

X

 

Iván Dmítrich estaba tumbado en la misma postura que el día anterior, con la cabeza entre las manos y las piernas recogidas. No se le veía la cara.

 

—Hola, amigo mío —dijo Andréi Yefímich—. ¿No duerme usted?

 

—En primer lugar, no soy su amigo —respondió Iván Dmítrich, con el rostro hundido en la almohada—; y en segundo, está perdiendo el tiempo: no me sacará ni una palabra.

 

—Es extraño… —murmuró Andréi Yefímich con aire turbado—. Ayer estábamos charlando

 

tranquilamente y de pronto, no sé por qué, se enfadó usted y dejó de hablar… Quizá pronunciara alguna palabra inconveniente o acaso expresara alguna idea contraria a sus convicciones…

 

—¡Sí, como que voy a creerle! —exclamó Iván Dmítrich, incorporándose y contemplando al médico con aire burlón e inquieto; tenía los ojos rojos—. Puede irse a espiar y husmear a otro sitio, aquí no tiene nada que hacer. Ayer ya comprendí el objeto de su visita.

 

—¡Qué fantasía tan extraña! —dijo el médico con una sonrisa—. Entonces, ¿se figura usted que soy un espía?

 

—Sí, eso me figuro… Un espía o un médico encargado de interrogarme. Para el caso es lo mismo. —¡Perdóneme… pero qué estrafalario es usted, la verdad!

 

El médico se sentó en un taburete al lado de la cama y movió la cabeza en son de reproche. —Supongamos que tenga usted razón —dijo—. Supongamos que apunto arteramente sus

 

palabras con intención de delatarlo a la policía. Lo arrestarán y lo juzgarán. Pero ¿acaso en el tribunal o en la cárcel iba a estar peor que aquí? Incluso si lo deportan y lo envían a un penal, ¿va a ser eso peor que quedarse encerrado en esta sala? M e parece que no… Entonces, ¿de qué tiene miedo?

 

Al parecer, esas palabras surtieron efecto en Iván Dmítrich, que se tranquilizó y se sentó.

 

Eran más de las cuatro de la tarde, la hora en que Andréi Yefímich solía pasear por sus habitaciones y Dáriushka le preguntaba si no quería que le sirviera ya la cerveza. Fuera el tiempo era sereno y despejado.

 

—He salido a dar una vuelta después del almuerzo y, como ve, he pasado por aquí —dijo el doctor—. Un día verdaderamente primaveral.

 

—¿En qué mes estamos? ¿En marzo? —preguntó Iván Dmítrich.

 

—Sí, a finales de marzo.

 

—¿Hay barro en las calles?

 

—No, no mucho. Ya se puede andar por los senderos del jardín.

 

—Qué agradable sería dar un paseo en coche por los alrededores de la ciudad —dijo Iván Dmítrich, frotándose los ojos enrojecidos, como si acabara de despertarse—, luego volver a casa, meterse en un despacho caldeado y confortable y … llamar a un buen médico para que le cure a uno el dolor de cabeza… Hace mucho tiempo que no vivo como un ser humano. ¡Esto es un asco! ¡Un asco insoportable!

 

Después de la excitación de la víspera, estaba fatigado, sin fuerzas, y hablaba como con desgana.

 

Los dedos le temblaban y en su rostro se advertía que tenía un terrible dolor de cabeza.

 

—Entre un despacho caldeado y confortable y esta sala no hay la menor diferencia —dijo Andréi Yefímich—. La tranquilidad y la satisfacción del hombre no están fuera de él, sino en su interior.

—¿Qué quiere decir?

 

—Las personas normales esperan que el bien y el mal les vengan de fuera, es decir, de un coche y de un despacho, pero el hombre reflexivo los busca en sí mismo.

 

—¡Váyase a predicar esa filosofía a Grecia! Allí hace buen tiempo y huele a azahar, pero aquí no va con el clima. ¿No fue con usted con quien estuve hablando de Diógenes?

 

—Sí, hablamos ayer.

 

—Diógenes no necesitaba un despacho ni un apartamento caldeado; ya sin eso hace bastante calor allí. Puede uno meterse en un tonel y comer naranjas y aceitunas. Pero, si hubiera vivido en Rusia, no digo ya en diciembre, sino en mayo, habría pedido una habitación. Seguro que se habría

 

retorcido de frío.

 

—No. El frío, como en general cualquier clase de dolor, puede no sentirse. Marco Aurelio decía: «El dolor es una representación viva del dolor: haz un esfuerzo de la voluntad para modificar esa representación, recházala, deja de quejarte, y el dolor desaparecerá». Y es verdad. Un sabio o, simplemente, un hombre reflexivo y razonador, se distingue precisamente porque desprecia el sufrimiento; siempre está satisfecho y no se sorprende de nada.

 

—En consecuencia, que yo soy idiota porque sufro, estoy descontento y me sorprendo de la mezquindad humana.

 

—Hace usted mal. Si meditara más a menudo, entendería cuán insignificantes son los acontecimientos externos que nos perturban. Hay que aspirar a una mejor comprensión de la vida, pues en ella reside la verdadera felicidad.

 

—Comprensión… —dijo Iván Dmítrich, frunciendo el ceño—. Exterior, interior… Perdone, pero no lo entiendo. Sólo sé —exclamó, poniéndose en pie y mirando con enfado al médico—, sólo sé que Dios me ha dotado de sangre caliente y de nervios. ¡Sí! Y un tejido orgánico, si tiene vida, debe reaccionar a cualquier estímulo. ¡Y yo reacciono! Al dolor respondo con gritos y lágrimas; a la ruindad, con indignación; a la bajeza, con asco. En mi opinión, a eso precisamente es a lo que se llama vida. Cuanto menos desarrollado es un organismo, más limitada es su sensibilidad y más débil su respuesta a los estímulos, y cuanto más complejo, mayor es su receptividad y más enérgica su reacción a la realidad. ¿Cómo es posible que no lo sepa? ¡Es usted médico y desconoce esas nociones elementales! Para despreciar el sufrimiento, estar siempre satisfecho y no sorprenderse de nada, habría que llegar a ese estado —e Iván Dmítrich señaló al mujik gordo, repleto de grasa— o endurecerse, a base de sufrimientos, hasta el punto de perder cualquier sensibilidad; o, dicho con otras palabras, dejar de vivir. Perdone, no soy ni un sabio ni un filósofo —prosiguió Iván Dmítrich con irritación—, y no entiendo nada de esas cosas. No estoy en condiciones de razonar.

 

—Al contrario, razona usted muy bien.

 

—Los estoicos, de los cuales es usted una parodia, eran hombres notables, pero su doctrina se petrificó hace ya dos mil años; no ha avanzado un palmo ni lo hará, porque, además de poco práctica, es contraria a la vida. Sólo tuvo éxito entre una minoría que dedicaba su vida al estudio y a paladear conocimientos de todo tipo, pero la mayoría no la comprendió. Una doctrina que predica la indiferencia a la riqueza y a las comodidades de la vida, el desprecio del dolor y de la muerte, es absolutamente incomprensible para la inmensa mayoría, por la sencilla razón de que esa inmensa mayoría no ha conocido nunca la riqueza ni las comodidades de la vida; despreciar los sufrimientos significaría para ellos despreciar su propia vida, ya que la existencia del hombre se compone de sensaciones de hambre y frío, de ofensas, de pérdidas y de un temor a la muerte digno de Hamlet. En esas sensaciones se encierra toda la vida: se las puede juzgar abrumadoras, odiarlas, pero no despreciarlas. Sí, se lo repito, la doctrina de los estoicos no puede tener ningún porvenir; como ve, lo único que ha progresado, desde la noche de los tiempos hasta nuestros días, es la lucha, la sensibilidad al dolor, la capacidad de reaccionar a los estímulos… —de pronto Iván Dmítrich perdió el hilo de sus pensamientos, se interrumpió y se secó la frente con aire contrariado—. Quería decir algo importante, pero se me ha ido de la cabeza —dijo—. ¿Qué era? ¡Ah, sí! Esto es lo que quería decir: un estoico se vendió como esclavo para rescatar a su prójimo. Así pues, como ve, también los estoicos reaccionaban a los estímulos, pues para realizar un acto generoso como sacrificarse en

 

beneficio del prójimo se necesita un alma compasiva y capaz de indignarse. En esta cárcel he olvidado todo lo que estudié; si no, me habría acordado de alguna cosa más. ¿Y si tomamos, por ejemplo, a Cristo? Cristo reaccionaba a la realidad con el llanto, la risa, la pena, la ira e incluso la tristeza; no afrontó los sufrimientos con una sonrisa y no desdeñó la muerte, sino que oró en el huerto de Getsemaní para no tener que apurar ese cáliz —Iván Dmítrich se echó a reír y se sentó—. Admitamos que la serenidad y la satisfacción del hombre no estén fuera de él, sino en su interior — añadió—. Admitamos que sea necesario despreciar los sufrimientos y no sorprenderse de nada. Pero ¿en qué se basa para predicar eso? ¿Es usted un sabio? ¿Un filósofo?

 

—No, no soy ningún filósofo, pero todo el mundo debe predicar esas ideas porque son razonables.

 

—No, quiero saber por qué se considera competente para hablar de la comprensión de la vida, del desprecio del sufrimiento y de todas esas cosas. ¿Acaso ha sufrido usted alguna vez? ¿Tiene idea de lo que es el sufrimiento? Permítame que le pregunte: ¿le pegaban cuando era niño?

 

—No, a mis padres les repugnaban los castigos corporales.

 

—Pues a mí mi padre me azotaba brutalmente. Mi padre era un hombre duro, un funcionario con hemorroides, de nariz larga y cuello amarillo. Pero hablemos de usted. En toda su vida nadie le ha tocado un pelo, nadie lo ha atemorizado, nadie lo ha golpeado; está usted sano como un toro. Ha crecido bajo las alas de su padre y ha estudiado a su costa; luego, en seguida, consiguió una canonjía. Durante más de veinte años ha dispuesto de un apartamento gratuito, con calefacción, luz y servicio,

 

y  además del derecho a trabajar como y cuanto quería, e incluso a no hacer nada. Es usted un hombre perezoso e indolente por naturaleza y ha tratado de organizar su vida de manera que nada lo moleste ni lo obligue a moverse. Ha delegado sus tareas en el practicante y otros canallas, mientras usted se queda sentado en una habitación caldeada y silenciosa, amasando dinero, leyendo libros, deleitándose con reflexiones sobre toda suerte de sandeces sublimes y —en ese punto Iván Dmítrich se quedó mirando la nariz roja del médico— empinando el codo. En definitiva, no ha visto usted la vida, no sabe nada de ella, y su conocimiento de la realidad es meramente teórico. Desprecia usted los sufrimientos y no se sorprende de nada por una razón muy sencilla: vanidad de vanidades, interior y exterior, desprecio de la vida, del sufrimiento y de la muerte, comprensión de la vida y verdadera felicidad; todo eso es la filosofía que más conviene a un haragán ruso. Ve, por ejemplo, que un mujik le pega a su mujer. ¿Por qué entrometerse? Que le pegue, de todos modos ambos morirán más tarde o más temprano; además, el agresor no ofende con sus golpes a la víctima, sino a sí mismo. Emborracharse es una estupidez y una indecencia, pero bebas o no bebas vas a morir igualmente. Llega una mujer con dolor de muelas… Bueno ¿y qué? El dolor es una representación del dolor y además las enfermedades son inevitables en este mundo; todos tenemos que morir, de manera, buena mujer, que márchate, y déjame meditar y tomarme mi vodka en paz. Un joven viene a pedirle consejo: ¿qué debe hacer? ¿Cómo vivir? Antes de contestarle, cualquier persona reflexionaría, pero usted ya tiene preparada la respuesta: aspirar a la comprensión de la vida o a la verdadera felicidad. Pero ¿en qué cosiste esa fantástica «verdadera felicidad»? Naturalmente, no hay respuesta. Nos tienen aquí entre rejas, nos obligan a pudrirnos y nos martirizan, pero todo eso está muy bien y es razonable, porque no hay ninguna diferencia entre esta sala y un despacho caldeado y confortable. Una filosofía muy cómoda: no hay nada que hacer, se tiene la conciencia tranquila y se considera uno un sabio… No, señor, eso no es filosofía, ni meditación ni amplitud de miras, sino pereza, sopor, esa

 

 

indiferencia de los faquires… ¡Sí! —Iván Dmítrich volvió a enfadarse—. Desprecia usted los sufrimientos, pero si se pillara un dedo con una puerta, ya veríamos los gritos que daría.

 

—O puede que no —dijo Andréi Yefímich, con una leve sonrisa.

 

—¡Seguro! Y si se quedara paralítico o, pongamos, un chiflado o un desvergonzado, aprovechándose de su situación y de su rango, lo insultara en público y usted supiera que iba a quedar impune, entonces comprendería lo que significa recomendar a los demás que se consuelen con la comprensión de la vida y la verdadera felicidad.

 

—Es original —comentó Andréi Yefímich, sonriendo satisfecho y frotándose las manos—. Me sorprende gratamente que tenga usted inclinación por las generalizaciones; en cuanto al retrato que acaba de hacer de mí, es sencillamente brillante. Reconozco que conversar con usted me procura un enorme placer. Bueno, yo le he escuchado; ahora tenga la bondad de escucharme a mí…

 

XI

 

Esa conversación se prolongó cerca de una hora y, por lo visto, causó una profunda impresión a Andréi Yefímich. A partir de entonces empezó a visitar la sala todos los días. Iba por la mañana y después del almuerzo, y a menudo se quedaba charlando con Iván Dmítrich hasta la caída de la tarde. Al principio Iván Dmítrich lo rehuía, recelaba de sus malas intenciones y expresaba abiertamente su disgusto; luego se acostumbró a él y sus maneras bruscas dejaron paso a una actitud entre condescendiente e irónica.

 

No tardó en difundirse por el hospital el rumor de que el doctor Andréi Yefímich visitaba la sala número seis. Nadie —ni el practicante, ni Nikita, ni las enfermeras— acababa de comprender para qué iba, por qué pasaba allí horas enteras, de qué hablaba y por qué no extendía recetas. Su conducta parecía extraña. A menudo Mijaíl Averiánich no lo encontraba en casa, algo que nunca había sucedido antes, y Dáriushka estaba muy desconcertada, porque el doctor ya no tomaba su cerveza a una hora determinada y a veces llegaba tarde al almuerzo.

 

Un día, ya a finales de junio, el doctor Jóbotov fue a ver a Andréi Yefímich para tratar un asunto; al no encontrarlo en casa, empezó a buscarlo por el patio; allí le dijeron que el viejo médico había ido a la sala de los locos. Entró en el pabellón y, deteniéndose en el zaguán, escuchó la siguiente conversación:

 

—Nunca nos pondremos de acuerdo y jamás logrará convertirme a su fe —decía Iván Dmítrich con irritación—. No tiene usted ningún conocimiento de la realidad y nunca ha sufrido; no ha hecho otra cosa que nutrirse de los sufrimientos ajenos, como una sanguijuela. Yo, en cambio, he padecido sufrimientos ininterrumpidos desde que nací hasta el día de hoy. Por eso le digo con toda franqueza que me considero superior y más competente que usted en todos los sentidos. No puede usted darme lecciones.

 

—No tengo la menor pretensión de convertirlo a mi fe —respondió en voz baja Andréi Yefímich, lamentando que no quisieran comprenderlo—. No se trata de eso, amigo mío. La cuestión no es que usted haya sufrido y yo no. Las penas y las alegrías son pasajeras; dejemos eso de una vez. Lo importante es que usted y yo pensamos; vemos el uno en el otro a un hombre capaz de razonar y de reflexionar y es eso lo que nos hace solidarios, por muy diferentes que sean nuestros puntos de vista.

 

 

¡Si supiera usted, amigo mío, qué harto estoy de la insensatez general, de la mediocridad, de la estupidez, y el placer que me embarga cada vez que charlamos! Es usted un hombre inteligente y su compañía me gusta.

Jóbotov entreabrió la puerta y echó un vistazo a la sala; Iván Dmítrich, con gorro de dormir, y el doctor Andréi Yefímich estaban sentados en la cama, uno al lado del otro. El loco hacía muecas, se estremecía y se arrebujaba en la bata con gestos convulsivos, mientras el doctor permanecía inmóvil, con la cabeza gacha y una expresión de desconsuelo y tristeza en el rostro. Jóbotov se encogió de hombros, sonrió e intercambió una mirada con Nikita, que también se encogió de hombros.

 

Al día siguiente Jóbotov fue al pabellón en compañía del practicante. Ambos se quedaron en el zaguán escuchando atentamente.

 

—¡Parece que el viejo ha perdido la cabeza! —dijo Jóbotov, saliendo del pabellón.

 

—¡Señor, ten piedad de nosotros, pecadores! —suspiró el pomposo Serguéi Sergueich, evitando cuidadosamente los charcos para no ensuciarse las lustrosas botas—. ¡A decir verdad, estimado Yevgueni Fedórich, hace tiempo que lo esperaba!

 

XII

 

A partir de entonces Andréi Yefímich empezó a notar un aire de misterio a su alrededor. Los celadores, las enfermeras y los pacientes lo miraban inquisitivos cada vez que se topaban con él y luego cuchicheaban entre sí. Masha, la hija del gerente, con quien le gustaba encontrarse en el jardín, ahora huía sin motivo cuando se acercaba sonriente a ella para acariciarle la cabeza. El jefe de Correos, Mijaíl Averiánich, ya no decía al escucharlo: «Completamente cierto», sino que farfullaba con una turbación incomprensible: «Sí, sí, sí…», y lo miraba con aire pensativo y triste. Sin saber por qué, empezó a aconsejar a su amigo que dejara el vodka y la cerveza, pero, como era un hombre delicado, no abordaba la cuestión directamente, sino con alusiones, relatando la historia de un comandante de batallón, excelente persona, o la del capellán de un regimiento, un tipo magnífico, que se habían dado a la bebida y habían enfermado, aunque se habían curado del todo en cuanto dejaron de beber. Su colega Jóbotov fue a verlo dos o tres veces; también le aconsejó que abandonara las bebidas alcohólicas y, sin razón aparente, le recomendó que tomara bromuro de potasio.

 

En agosto, Andréi Yefímich recibió una carta del alcalde en la que le rogaba que fuera a verlo para tratar un asunto muy importante. Cuando se presentó en el Ayuntamiento a la hora indicada, Andréi Yefímich se encontró allí al comandante de la guarnición, al inspector del instituto comarcal, a un miembro del consejo municipal, a Jóbotov y a otro señor grueso y rubio que se presentó como médico. Ese médico, de apellido polaco difícil de pronunciar, vivía a treinta verstas de la ciudad, en una remonta, y sólo estaba en la ciudad de paso.

 

—Tenemos aquí un informe que le compete —le dijo el miembro del consejo una vez que todos se saludaron y se sentaron a la mesa—. Yevgueni Fedórich dice que apenas hay sitio para la farmacia en el edificio principal y que habría que trasladarla a uno de los pabellones. Evidentemente, ese traslado no plantea ninguna dificultad; lo grave es que en ese caso habría que arreglar el pabellón.

 

—Sí, esa reparación es imprescindible —dijo Andréi Yefímich con aire pensativo—. Si, por ejemplo, se acondiciona el pabellón de la esquina para farmacia, supongo que habría que gastar

 

minimum quinientos rublos. Un gasto improductivo.

 

Guardaron silencio durante un rato.

 

—Hace ya diez años tuve el honor de informar —prosiguió Andréi Yefímich en voz baja— de que este hospital, en sus condiciones actuales, constituye para la ciudad un lujo que sobrepasa sus medios. Lo construyeron en los años cuarenta y en aquel entonces los medios no eran los mismos. La ciudad gasta demasiado en construcciones innecesarias y cargos superfluos. En mi opinión, con todo ese dinero y con otros métodos, podrían mantenerse dos hospitales modelo.

 

—¡Bueno, pues introduzcamos otros métodos! —dijo con animación el miembro del consejo. —Ya he tenido el honor de informar de que habría que transferir los servicios médicos a la

 

Administración provincial.

 

—Sí, entréguele dinero a la Administración provincial y se quedará con él —comentó con una sonrisa el médico rubio.

 

—Así ocurre siempre —convino el miembro de la asamblea y también sonrió. Andréi Yefímich dirigió al doctor rubio una mirada lánguida y apática y dijo: —Hay que ser justos.

 

De nuevo callaron. Sirvieron el té. El comandante de la guarnición, presa de una inexplicable turbación, tocó el brazo de Andréi Yefímich por encima de la mesa y dijo:

 

—Nos ha olvidado usted completamente, doctor. La verdad es que vive usted como un monje: no juega a las cartas, no corteja a las mujeres. Se aburre usted con las personas como nosotros.

 

Todos se pusieron a hablar de lo aburrida que era la vida en esa ciudad para un hombre decente. No había teatro, ni conciertos y a la última velada con baile celebrada en el club acudieron alrededor de veinte damas y sólo dos caballeros. La juventud, en lugar de bailar, se amontonaba junto al ambigú o jugaba a las cartas. Andréi Yefímich, con voz pausada y queda, sin mirar a nadie, empezó a decir que era una lástima, una verdadera lástima, que los vecinos de la villa gastaran sus energías vitales, su corazón y su inteligencia en partidas de naipes y en chismorreos, y no supieran ni quisieran ocupar su tiempo en conversaciones interesantes y en lecturas, ni disfrutar de los goces que proporciona la inteligencia. Sólo la inteligencia tenía interés y merecía consideración, todo lo demás era mezquino y ruin. Jóbotov, tras escuchar con atención a su colega, preguntó de pronto:

 

—Andréi Yefímich, ¿a qué día estamos?

 

Una vez escuchada la respuesta, tanto el médico rubio como él empezaron a preguntarle, con el tono de examinadores conscientes de su incompetencia, en qué mes estaban, cuántos días tenía el año y si era verdad que en la sala número seis vivía un profeta notable.

 

En respuesta a la última cuestión Andréi Yefímich se ruborizó y dijo:

 

—Sí, está enfermo, pero es un joven muy interesante.

 

Ya no preguntaron nada más.

 

Mientras se ponía el abrigo en el recibidor, el comandante de la guarnición le puso la mano en el hombro y le dijo con un suspiro:

 

—¡Para nosotros, los viejos, ha llegado el momento de descansar!

 

Al salir del Ayuntamiento, Andréi Yefímich comprendió que se trataba de una comisión encargada de evaluar sus facultades mentales. Recordó las preguntas que le habían formulado, se ruborizó y, sin saber por qué, sintió por primera vez en su vida una amarga pena por la medicina.

 

«Dios mío —pensaba, recordando el modo en que los médicos acababan de reconocerlo—, si hace

 

dos días que estudiaron psiquiatría y pasaron sus exámenes. ¿Cómo es posible esa crasa ignorancia? ¡No tienen la menor idea de la materia!».

 

Y por primera vez en su vida se sintió ofendido y furioso.

 

Esa misma tarde Mijaíl Averiánich fue a verlo. Sin saludarlo, el jefe de Correos se acercó a él, le cogió ambas manos y le dijo con voz emocionada:

 

—Mi querido amigo, demuéstreme que cree en la sinceridad de mis sentimientos y me considera amigo suyo… ¡M i estimado Andréi Yefímich! —y, sin dejar intervenir al doctor Raguin, prosiguió su emocionado discurso—: Aprecio su cultura y su grandeza de alma. Escúcheme, querido amigo. El código deontológico obliga a los médicos a ocultarle la verdad, pero yo se la diré sin rodeos, como en el ejército: ¡no está usted bien! Perdóneme, querido amigo, pero es la verdad. Hace tiempo que las personas que lo rodean se han dado cuenta. El doctor Yevgueni Fedórich acaba de decirme que, por el bien de su salud, es indispensable que descanse usted y se distraiga. ¡Completamente cierto! ¡Estupendo! Estos días voy a cogerme vacaciones y a cambiar de aires. ¡Demuéstreme que es amigo mío y acompáñeme! M archémonos y sacudamos nuestros viejos huesos.

 

—Me siento perfectamente bien —dijo Andréi Yefímich con aire pensativo—. No puedo marcharme. Permítame que le demuestre de otro modo mi amistad.

 

Partir a alguna parte sin razón alguna, sin libros, sin Dáriushka, sin cerveza, y quebrar de golpe un régimen de vida de veinte años: en un principio esa proposición le pareció absurda y fantástica; pero luego recordó la conversación mantenida en el Ayuntamiento, la impresión penosa que había experimentado al regresar a casa, y la idea de abandonar por una temporada la ciudad, donde personas estúpidas le tomaban por loco, se le antojó grata.

 

—Y en concreto, ¿adónde tiene intención de ir? —preguntó.

 

—A Moscú, a San Petersburgo, a Varsovia… En Varsovia pasé los cinco años más felices de mi vida. ¡Qué ciudad tan maravillosa! ¡Partamos, amigo mío!

 

XIII

 

Al cabo de una semana a Andréi Yefímich le sugirieron que se tomara un descanso, es decir, que pidiese el retiro, proposición que él escuchó con indiferencia; una semana más tarde se encontraba en un coche de postas, en compañía de Mijaíl Averiánich y se dirigía a la estación más cercana. Los días eran frescos, despejados, con cielo azul y horizontes diáfanos. Cubrieron las doscientas verstas del trayecto en dos jornadas y pernoctaron dos veces por el camino. Cuando en las estaciones de postas le servían té en vasos mal lavados o tardaban mucho en enganchar los caballos, Mijaíl Averiánich se ponía como un basilisco, se estremecía de pies a cabeza y gritaba:

 

—¡A callar! ¡Ni una palabra!

 

Y en la diligencia no paraba de relatar sus viajes por el Cáucaso y el reino de Polonia. ¡Cuántas aventuras, qué encuentros! Hablaba en voz alta y sus ojos desorbitados expresaban tanto asombro que habría podido pensarse que mentía. Además, mientras hablaba, echaba el aliento en la cara de Andréi Yefímich y se reía a carcajadas en su oreja. Todo eso molestaba al médico y le impedía pensar y concentrarse.

 

Tratando de economizar, compraron billetes de tercera y subieron al vagón de los no fumadores.

 

 

La mitad de los pasajeros iba correctamente vestida. Mijaíl Averiánich no tardó en trabar conocimiento con todo el mundo y, pasando de un asiento a otro, comentaba a voces que no habría que viajar en esas líneas escandalosas. ¡Estafas por todas partes! Montar a caballo era otra cosa. Recorrías cien verstas en un solo día y te sentías fresco y animoso. Y la mala cosecha se debía a que habían secado los pantanos de Pinsk. ¡En general, había unos desórdenes terribles! Se acaloraba, vociferaba y no dejaba intervenir a nadie. Esa cháchara incesante, acompañada de estruendosas carcajadas y gestos elocuentes, acabó por fatigar a Andréi Yefímich.

 

«¿Quién de los dos está loco? —pensaba con enfado—. ¿Yo, que trato de no molestar a los pasajeros, o este egoísta que se cree más inteligente e interesante que los demás y en consecuencia no deja en paz a nadie?».

 

Una vez en Moscú, Mijaíl Averiánich se puso una guerrera militar sin charreteras y unos pantalones con franjas rojas. Se paseaba por las calles con gorra militar y capote, y los soldados lo saludaban. Andréi Yefímich tenía ahora la impresión de que ese hombre había dilapidado todas las buenas cualidades de caballero que había atesorado en el pasado y sólo había conservado las malas. Le gustaba que le sirvieran incluso cuando era de todo punto innecesario. Había unas cerillas encima de la mesa y él las veía, pero le gritaba al mozo que se las diera; no le importaba pasearse en paños menores delante de la camarera; tuteaba a todos los criados sin distinción, incluso a los viejos, y cuando se encolerizaba los tildaba de memos e idiotas. A Andréi Yefímich ese comportamiento le parecía señorial, pero repugnante.

 

Antes que nada, Mijaíl Averiánich llevó a su amigo a ver la Virgen de Iveria[35]. Oró con fervor, prosternándose y vertiendo lágrimas, y, cuando terminó, exhaló un profundo suspiro y comentó:

 

—Aunque no sea uno creyente, se queda como más tranquilo después de rezar. Bese el icono, amigo mío.

 

Andréi Yefímich, algo turbado, besó la imagen; Mijaíl Averiánich, por su parte, alargando los labios e inclinando la cabeza, murmuró una oración, y las lágrimas asomaron de nuevo a sus ojos. Luego fueron al Kremlin, contemplaron al rey de los cañones y a la reina de las campanas[36], los tocaron incluso con los dedos, admiraron la vista que se abría sobre Zamoskvoreche[37], visitaron la catedral del Salvador y el museo Rumiántsev[38].

 

Comieron en Testov[39]. Mijaíl Averiánich pasó un buen rato estudiando la carta, mientras se atusaba las patillas, y con aire de gourmet, acostumbrado a sentirse en los restaurantes como en su propia casa, dijo:

—¡Veamos qué nos sirve usted hoy, amigo!

 

XIV

 

El doctor paseaba, miraba, comía, bebía, pero le dominaba un único sentimiento: Mijaíl Averiánich le resultaba insoportable. Tenía ganas de librarse de su presencia, de alejarse de él, de ocultarse, pero su amigo consideraba un deber no perderlo de vista y procurarle todas las distracciones posibles. Cuando no había nada que contemplar, lo distraía con su charla. Andréi Yefímich aguantó dos días, pero al tercero anunció a su amigo que estaba indispuesto y que quería quedarse todo el día en la

 

habitación. Su amigo le dijo que, en ese caso, también se quedaría él. En realidad, había que descansar; de otro modo no podrían tenerse en pie. Andréi Yefímich se tumbó en el sofá, con la cara vuelta hacia el respaldo, y, apretando los dientes, escuchó cómo su amigo aseguraba con acaloramiento que, tarde o temprano, Francia vencería inevitablemente a Alemania, que en Moscú había muchísimos granujas

 

y  que no podían juzgarse las cualidades de un caballo por su aspecto exterior. Al médico empezaron a zumbarle los oídos y se le aceleró el latido del corazón, pero por delicadeza no se decidió a pedirle a su amigo que se fuera o que se callara. Por fortuna, este se cansó de estar encerrado entre cuatro paredes y después del almuerzo se fue a dar un paseo.

 

Una vez solo, Andréi Yefímich se entregó a esa renovada sensación de reposo. ¡Qué agradable era estar tumbado en un sofá, sin moverse y con la conciencia de estar solo en la habitación! La verdadera felicidad era imposible sin soledad. El ángel caído probablemente había traicionado a Dios porque anhelaba la soledad, desconocida para los ángeles. Andréi Yefímich quiso pensar en todo lo que había visto y oído esos últimos días, pero la imagen de M ijaíl Averiánich no se le iba de la cabeza.

 

«El caso es que ha pedido un permiso y ha partido conmigo por amistad, por grandeza de alma —pensaba el médico con enfado—. No hay nada peor que esa tutela amistosa. En apariencia es bueno, generoso, divertido, pero en realidad es aburrido. Insoportablemente aburrido. Igual que esas personas que sólo pronuncian frases bellas y razones inteligentes, pero que dan la impresión de ser unos necios».

 

Los días siguientes Andréi Yefímich se fingió enfermo y no salió de su habitación. Pasaba el tiempo tumbado en el sofá, con la cara vuelta hacia el respaldo, sufriendo cuando su amigo venía a distraerlo con su charla o aprovechando su ausencia para descansar. Se irritaba consigo mismo por haber emprendido ese viaje y se enfadaba con su amigo, que cada día estaba más dicharachero y desenfadado; no conseguía dar a sus pensamientos un tono elevado y serio.

 

«Es esa realidad de la que hablaba Iván Dmítrich la que me está venciendo —pensaba, enfadado de su propia mezquindad—. No obstante, todo esto no son más que bobadas… Cuando regrese a casa, las cosas volverán a ser como antes…».

 

Y en San Petersburgo sucedió lo mismo: se pasó días enteros sin salir de su habitación, tumbado en el sofá, del que sólo se levantaba para beber cerveza.

M ijaíl Averiánich no paraba de apremiarlo para que continuaran viaje hasta Varsovia.

 

—¿Qué voy a hacer allí, amigo mío? —decía Andréi Yefímich con voz suplicante—. ¡Vaya usted solo y deje que regrese a casa! ¡Se lo ruego!

—¡De ninguna manera! —protestaba Mijaíl Averiánich—. Es una ciudad maravillosa. ¡En ella pasé los cinco años más felices de mi vida!

Andréi Yefímich no tenía suficiente fuerza de voluntad para perseverar en su decisión y, aunque a regañadientes, partió para Varsovia. Tampoco allí salió de su habitación y se pasó todo el tiempo tumbado en el sofá, irritándose consigo mismo, con su amigo y con los criados, que se negaban obstinadamente a entender el ruso; en cuanto a Mijaíl Averiánich, fresco, animoso y alegre, como de costumbre, recorría la ciudad de la mañana a la noche, buscando a sus viejos conocidos. Pernoctó varias veces fuera del hotel. Después de una noche pasada Dios sabe dónde, regresó por la mañana temprano en un estado de gran excitación, sofocado y con los cabellos revueltos. Se paseó largo rato de un rincón al otro de la pieza, murmurando algo entre dientes; luego se detuvo y dijo:

 

—¡El honor ante todo! —dio unos pasos más por la habitación, se cogió la cabeza con las manos

 

 

y  exclamó con acento trágico—: ¡Sí, el honor ante todo! ¡En mala hora se me ocurrió venir a esta Babilonia! Querido amigo —dijo, dirigiéndose al doctor—, puede usted despreciarme. ¡He perdido todo mi dinero a las cartas! ¡Présteme quinientos rublos!

Andréi Yefímich contó unos billetes y se los entregó en silencio a su amigo, quien, rojo de vergüenza y de ira, pronunció un juramento confuso e innecesario, se puso la gorra y salió. Volvió al cabo de dos horas, se desplomó en un sillón, lanzó un profundo suspiro y dijo:

 

—¡He salvado mi honor! ¡Vámonos de aquí, amigo mío! No quiero pasar un minuto más en esta maldita ciudad. ¡Granujas! ¡Espías austriacos!

Cuando los dos amigos regresaron a la ciudad, estaban ya en noviembre y una espesa capa de nieve cubría las calles. El doctor Jóbotov ocupaba la plaza de Andréi Yefímich; vivía en sus antiguas dependencias, en espera de que Andréi Yefímich desalojara el apartamento del hospital. La mujer fea a la que llamaba su cocinera se había instalado ya en uno de los pabellones.

 

Por la ciudad corrían nuevos rumores sobre el hospital. Decían que la mujer fea había discutido con el gerente y que este se había arrastrado de rodillas ante ella, pidiéndole perdón.

Andréi Yefímich tuvo que buscarse alojamiento desde el mismo día de su llegada.

 

—Amigo mío —le dijo con timidez el jefe de Correos—, perdone que le haga una pregunta indiscreta: ¿de qué medios dispone?

Andréi Yefímich contó en silencio su dinero y dijo: —De ochenta y seis rublos.

—No le pregunto eso —comentó con gran turbación Mijaíl Averiánich, que no le había comprendido—. Le pregunto de qué medios dispone en general.

—Ya se lo he dicho: de ochenta y seis rublos… No tengo nada más.

 

Mijaíl Averiánich consideraba al doctor un hombre honrado e íntegro, pero de todos modos le atribuía un capital de al menos veinte mil rublos. Ahora, al enterarse de que Andréi Yefímich era pobre y de que no tenía con qué vivir, rompió a llorar sin saber por qué y abrazó a su amigo.

 

XV

 

Andréi Yefímich se mudó a una casita de tres ventanas, propiedad de una mujer llamada Bélova. La casita se componía de sólo tres habitaciones, además de la cocina. El médico ocupaba dos de ellas, que daban a la calle; en la tercera y la cocina vivían Dáriushka, la dueña y sus tres hijos. De vez en cuando iba a dormir allí el amante de la mujer, un campesino borracho que alborotaba por la noche y aterrorizaba a los niños y a Dáriushka. Cuando llegaba, se sentaba en la cocina y exigía vodka; en tales ocasiones, apenas había espacio para moverse; el médico, compadecido, se llevaba a su cuarto a los niños, que no paraban de llorar, y les arreglaba un lecho en el suelo; todo eso le procuraba una gran satisfacción.

 

Se levantaba a las ocho, como antes, y, después de tomar el té, se sentaba a leer sus libros y revistas viejos. No tenía dinero para nuevos. Ya fuese porque los libros eran viejos o por el cambio de situación, lo cierto es que la lectura ya no le absorbía como antaño y le fatigaba. Para no estar sin hacer nada, elaboró un catálogo detallado de los volúmenes y pegó una etiqueta en el lomo de cada uno de ellos; esa tarea mecánica y minuciosa le parecía más interesante que la lectura. Su monotonía y

 

meticulosidad adormecían su entendimiento de un modo inexplicable; no pensaba en nada y el tiempo pasaba deprisa. Hasta encontraba interesante sentarse en la cocina y mondar patatas en compañía de Dáriushka o limpiar granos de alforfón. Los sábados y los domingos iba a la iglesia. Se quedaba de pie junto a la pared, con los ojos entornados, escuchando los cantos y pensando en su padre, en su madre, en la universidad, en las religiones; lo embargaba una sensación de serenidad y melancolía; luego, al salir de la iglesia, se lamentaba de que el oficio hubiera terminado tan pronto.

 

Dos veces fue al hospital para ver a Iván Dmítrich y charlar con él. Pero en ambas oportunidades lo encontró muy alterado y enfadado; le pidió que lo dejara en paz, pues las conversaciones vanas lo aburrían desde hacía tiempo, y le dijo que a cambio de todos sus sufrimientos sólo pedía a los hombres malditos y miserables una recompensa: la reclusión solitaria. ¿Hasta eso iban a negarle? En ambas ocasiones, cuando Andréi Yefímich se despidió y le deseó buenas noches, el otro se enfureció y gritó:

 

—¡Váyase al diablo!

 

Andréi Yefímich no sabía si ir a verlo una tercera vez. Pero le apetecía mucho.

 

Antes, después del almuerzo, Andréi Yefímich se paseaba por las habitaciones y meditaba; ahora, desde el almuerzo hasta el té de la tarde, se pasaba las horas tumbado en el sofá, con la cara vuelta hacia el respaldo, ocupado en consideraciones menudas que no lograba apartar de su imaginación de ninguna de las maneras. Le dolía que después de más de veinte años de servicio no le hubieran concedido ni una pensión ni una gratificación extraordinaria. Cierto que no había sido un trabajador honrado, pero todos los funcionarios sin distinción, ya fueran honrados o no, recibían una pensión. La justicia moderna consistía precisamente en que los ascensos, las condecoraciones y las pensiones no recompensaban las cualidades morales y las aptitudes, sino, en general, el desempeño de unas funciones, sin entrar a juzgarlas. ¿Por qué debía ser él una excepción? No le quedaba ningún dinero. Le daba vergüenza pasar junto a la tienda y mirar a la dueña. Debía ya treinta y dos rublos de cerveza. También debía el alquiler a la señora Bélova. Dáriushka vendía a escondidas prendas viejas y libros, y engañaba a la casera contándole que el doctor iba a recibir pronto mucho dinero.

 

Se sentía furioso consigo mismo por haber gastado en el viaje los mil rublos que había ahorrado a lo largo de su vida. ¡Qué bien le habrían venido ahora! Le irritaba que la gente no le dejase en paz. Jóbotov se creía obligado a rendir visita de vez en cuando a su colega enfermo. A Andréi Yefímich le repugnaba toda su persona: su rostro saciado, su tono vulgar y condescendiente, el empleo de la palabra «colega», sus botas altas. Lo que más le desagradaba era que considerara un deber cuidar de su salud y se imaginara que, efectivamente, lo estaba curando. Siempre que lo visitaba le llevaba un frasco de bromuro de potasio y pastillas de ruibarbo.

 

M ijaíl Averiánich también consideraba un deber visitar y distraer a su amigo. Siempre entraba con afectada desenvoltura, estallaba en carcajadas forzadas y le aseguraba que ese día tenía un aspecto excelente y que, gracias a Dios, las cosas iban a mejorar, de donde podía colegirse que juzgaba desesperada la situación de su amigo. Como aún no le había pagado la deuda de Varsovia, se moría de vergüenza y se sentía incómodo; por esa razón, trataba de reírse con más fuerza y de contar historias más divertidas. Sus anécdotas y sus relatos parecían ahora interminables y eran un suplicio tanto para Andréi Yefímich como para él mismo.

 

En su presencia, Andréi Yefímich solía tumbarse en el sofá de cara a la pared y escuchaba apretando los dientes; en su alma se iban acumulando capas de resentimiento; después de cada visita

 

 

de su amigo sentía que ese resentimiento crecía y alcanzaba casi el nivel de su garganta.

 

Para ahogar esos sentimientos mezquinos, se apresuraba a pensar que él mismo, Jóbotov y Mijaíl Averiánich habían de morir tarde o temprano, sin dejar siquiera una huella en la naturaleza. Supongamos que dentro de un millón de años un espíritu atravesara el espacio y volara alrededor del globo terrestre: sólo vería barro y rocas peladas. Todo —la cultura y las leyes morales— habría desparecido; ni siquiera crecería la bardana. ¿Qué representaban entonces la vergüenza ante un tendero, el insignificante Jóbotov, la asfixiante amistad de M ijaíl Averiánich? Todo eso eran fruslerías y nimiedades.

 

Pero tales consideraciones ya no lo ayudaban. Apenas se imaginaba el globo terrestre dentro de un millón de años, cuando detrás de una roca pelada surgía Jóbotov con sus botas altas o Mijaíl Averiánich con su risa forzada; hasta oía su susurro avergonzado: «Un día de estos le pagaré la deuda de Varsovia, amigo mío… Sin falta».

 

XVI

 

Un día, Mijaíl Averiánich llegó después del almuerzo, cuando Andréi Yefímich estaba tumbado en el sofá. Y sucedió que en ese momento apareció también Jóbotov con el bromuro de potasio. Andréi Yefímich se incorporó trabajosamente, se sentó y apoyó ambas manos en el asiento.

—Su cara tiene hoy mucho mejor aspecto que ayer, amigo mío —empezó Mijaíl Averiánich—. ¡Está hecho usted un pimpollo! ¡Un pimpollo, palabra!

 

—Ya es hora de ponerse bien, colega, ya es hora —dijo Jóbotov en medio de un bostezo—.

 

Seguro que está usted harto de este lío.

 

—¡Y nos curaremos! —exclamó con alegría Mijaíl Averiánich—. ¡Aún viviremos cien años! ¡Ya lo creo!

 

—No sé si cien, pero veinte seguro que sí —dijo a modo de consuelo Jóbotov—. Vamos, vamos, colega, no se desanime… ¡Deje de embrollarlo usted todo!

 

—¡Aún daremos que hablar! —comentó Mijaíl Averiánich, riéndose a carcajadas y dándole una palmada a su amigo en la rodilla—. ¡Demostraremos quiénes somos! El verano que viene, si Dios quiere, nos vamos al Cáucaso y nos lo recorremos a caballo. ¡Hop, hop, hop! Y cuando volvamos, tal vez tengamos que celebrar una boda —en ese punto Mijaíl Averiánich hizo un guiño malicioso—. Lo casaremos, querido amigo… Lo casaremos…

 

Andréi Yefímich sintió de pronto que las capas de resentimiento llegaban al nivel de su garganta.

 

El latido de su corazón se desbocó.

 

—¡Esto es indignante! —dijo, levantándose con brusquedad y acercándose a la ventana—. ¿Es que no comprenden que están diciendo vulgaridades? —quiso continuar en un tono más cortés y comedido pero, a su pesar, apretó de pronto los puños y los levantó por encima de la cabeza—. ¡Déjenme en paz! —gritó con la voz demudada, enrojeciendo y temblando de pies a cabeza—. ¡Fuera! ¡Fuera los dos, los dos! —Mijaíl Averiánich y Jóbotov se pusieron en pie y lo contemplaron primero con perplejidad y luego, con terror—. ¡Fuera los dos! —siguió gritando Andréi Yefímich—. ¡Idiotas! ¡Estúpidos! ¡No necesito tu amistad ni tus remedios, idiota! ¡Qué bajeza! ¡Qué asco! — Jóbotov y Mijaíl Averiánich, intercambiando miradas de estupor, retrocedieron hasta la puerta y

 

salieron al zaguán. Andréi Yefímich cogió el frasco de bromuro de potasio y lo lanzó tras ellos; el frasco se rompió con estrépito en el umbral—. ¡Váyanse al diablo! —gritó con voz llorosa, precipitándose en el zaguán—. ¡Al diablo! —cuando los invitados se marcharon, Andréi Yefímich, temblando como en un acceso de fiebre, se tumbó en el sofá y pasó largo rato repitiendo—: ¡Idiotas! ¡Estúpidos!

 

Una vez que se tranquilizó, lo primero que le vino a la cabeza fue que el pobre Mijaíl Averiánich debía de estar terriblemente avergonzado y apesadumbrado, y que todo eso era espantoso. Jamás le había sucedido nada parecido. ¿Dónde estaban su inteligencia y su tacto? ¿Dónde la comprensión de los fenómenos y la impasibilidad filosófica?

 

Abrumado de vergüenza y de despecho contra sí mismo, el doctor no pudo pegar ojo en toda la noche; por la mañana, a eso de las diez, se dirigió a la estafeta de Correos y le pidió perdón a Mijaíl Averiánich.

 

—Olvidemos lo ocurrido —dijo Mijaíl Averiánich con un suspiro y, visiblemente emocionado, le dio un fuerte apretón de manos—. Quien recuerde el pasado, que pierda un ojo. ¡Liubavkin! —gritó de pronto con tanta vehemencia que todos los empleados y los clientes se estremecieron—. Trae una silla. ¡Y tú espera! —le gritó a una mujer que le tendía una carta certificada a través de las rejas—. ¿Es que no ves que estoy ocupado? Olvidemos lo pasado —prosiguió con delicadeza, dirigiéndose a Andréi Yefímich—. Siéntese, amigo mío, se lo ruego —durante un rato se acarició las rodillas en silencio y a continuación dijo—: Ni siquiera se me había pasado por la cabeza ofenderme. A nadie le agrada estar enfermo, lo entiendo. Su ataque de ayer nos asustó mucho al doctor y a mí, y estuvimos un buen rato hablando de usted. Querido amigo, ¿por qué no quiere tomarse en serio su enfermedad? ¿Le parece a usted bien? Perdone que, como amigo, le hable con total franqueza —susurró Mijaíl Averiánich—, pero vive usted en unas condiciones lamentables: apreturas, suciedad, nadie que cuide de usted, falta de medios para curarse… Mi querido amigo, el doctor y yo le rogamos de todo corazón que siga nuestro consejo: ¡ingrese en el hospital! Allí recibirá una buena alimentación, cuidados, tratamiento. Yevgueni Fedórich, aunque es un hombre de mauvais ton, dicho sea entre nosotros, conoce su oficio y se puede confiar plenamente en él. Me ha dado su palabra de ocuparse de usted.

 

Andréi Yefímich se quedó conmovido por esa sincera preocupación y por las lágrimas que brillaron de pronto en las mejillas del jefe de Correos.

 

—¡Estimado amigo, no les crea! —susurró, llevándose la mano al corazón—. ¡Es un engaño! Mi enfermedad consiste únicamente en que en veinte años sólo he encontrado un hombre inteligente en toda la ciudad y ese hombre está loco. No hay ninguna enfermedad, simplemente he caído en un círculo vicioso del que no puedo salir. M e da todo igual, estoy dispuesto a todo.

 

—Ingrese en el hospital, amigo mío.

 

—M e da igual, como si quieren meterme en un hoyo.

 

—Deme su palabra, querido amigo, de que obedecerá en todo a Yevgueni Fedórich.

 

—Se la doy, si usted quiere. Pero le repito, estimado Mijaíl Averiánich, que he caído en un círculo vicioso. En estos momentos todo lo que me rodea, hasta la comprensión sincera de mis amigos, conduce a un único fin: mi perdición. Estoy perdido y tengo el valor de reconocerlo.

 

—Se curará usted, querido amigo.

 

—¿Para qué hablar? —dijo Andréi Yefímich con irritación—. Son pocos los hombres que al final

 

 

de su vida no experimentan lo que yo siento ahora. Cuando a usted le comuniquen, por ejemplo, que tiene una afección en los riñones y el corazón dilatado, y se ponga en tratamiento, o cuando le declaren loco o culpable de algún delito; en definitiva, cuando la gente de pronto le preste atención, se dará cuenta de que ha caído en un círculo vicioso del que ya no puede salir. Cuanto más trate de escapar, más se extraviará. Ríndase, porque ninguna fuerza humana lo salvará. Esa es mi opinión.

 

Entre tanto, el público se agolpaba ante la ventanilla. Andréi Yefímich, para no molestar, se puso en pie y empezó a despedirse. Mijaíl Averiánich volvió a pedirle que le diera su palabra de honor y lo acompañó hasta la puerta de salida.

 

Ese mismo día, a última hora de la tarde, Jóbotov se presentó inopinadamente en su casa, vestido con su chaquetón de piel y sus botas altas, y le dijo, como si no hubiera sucedido nada el día anterior:

—Vengo a verlo por un asunto, colega. Quiero hacerle una proposición. ¿Le importaría asistir conmigo a una consulta médica?

 

Pensando que Jóbotov quería distraerlo con un paseo o, en efecto, darle la oportunidad de ganar algún dinero, Andréi Yefímich se visitó y salió con él a la calle. Se alegraba de poder reparar el entuerto de la víspera y hacer las paces con Jóbotov; en el fondo de su alma, le agradecía que ni siquiera hubiera mencionado el incidente y que, al parecer, lo hubiese perdonado. No había esperado tanta delicadeza de ese hombre inculto.

 

—¿Dónde está el enfermo? —preguntó Andréi Yefímich.

 

—En el hospital. Hace tiempo que quería enseñárselo… Es un caso interesantísimo.

 

Entraron en el patio del hospital, rodearon el edifico principal y se dirigieron al pabellón de los locos. Sin saber por qué, hicieron todo el camino en silencio. Cuando entraron, Nikita se puso en pie de un salto y se cuadró, como de costumbre.

 

—Hay aquí un enfermo con una complicación pulmonar —dijo Jóbotov a media voz, entrando en la sala con Andréi Yefímich—. Espere usted aquí, vuelvo en seguida. Voy por el estetoscopio.

 

Y salió.

 

XVII

 

Caía ya la noche. Iván Dmítrich estaba tumbado en su cama, con la cara hundida en la almohada; el paralítico, inmóvil, lloraba en silencio y removía los labios. El mujik gordo y el antiguo clasificador de cartas dormían. No se oía ni un ruido.

Andréi Yefímich se sentó en la cama de Iván Dmítrich y siguió esperando. Pero al cabo de media hora en lugar de Jóbotov entró en la sala Nikita, llevando bajo el brazo una bata, ropa interior y unas zapatillas.

 

—Haga el favor de cambiarse, excelencia —dijo en voz baja—. Esa es su cama, la de allí —añadió, señalando un lecho vacío que sin duda habían traído poco antes—. No se preocupe; si Dios quiere, se curará.

 

Andréi Yefímich lo comprendió todo. Sin pronunciar palabra, se aproximó a la cama que le había indicado Nikita y se sentó; viendo que este seguía de pie, esperando, se desnudó por completo, a pesar de la vergüenza que sentía. Luego se puso las prendas del hospital; los calzones eran demasiado cortos; la camisa, demasiado larga, y la bata olía a pescado ahumado.

 

—Si Dios quiere, se curará —repitió Nikita.

 

Cogió la ropa de Andréi Yefímich y salió, cerrando la puerta tras él.

 

«Da lo mismo… —pensaba Andréi Yefímich, envolviéndose en la bata con pudor y sintiendo que con su nuevo traje parecía un presidiario—. Da lo mismo… Poco importa llevar frac, uniforme o esta bata…».

 

Pero ¿y el reloj? ¿Y el cuaderno de notas que llevaba en un bolsillo lateral? ¿Y los cigarrillos? ¿Adónde se había llevado Nikita su traje? Probablemente, hasta el día de su muerte, ya no tendría ocasión de volver a ponerse pantalones, chaleco y botas. En un primer momento todo eso parecía extraño y hasta incomprensible. Incluso ahora estaba convencido que entre la casa de la señora Bélova y la sala número seis no había ninguna diferencia, de que todo en este mundo era absurdo, vanidad de vanidades; sin embargo, las manos le temblaban, tenía los pies helados y le aterrorizaba pensar que Iván Dmítrich se despertaría de un momento a otro y lo vería vestido con esa bata. Se levantó, dio algunos pasos y volvió a sentarse.

 

Así estuvo media hora, una hora, sintiendo que se moría de aburrimiento. ¿Acaso era posible pasar allí un día, una semana e incluso años, como esas personas? Se había sentado, había dado algunos pasos y había vuelto a sentarse; podía acercarse a la ventana y echar un vistazo, pasearse de nuevo de un rincón a otro. ¿Y luego qué? ¿Quedarse sentado todo el tiempo como una estatua y meditar? No, no lo creía posible.

 

Andréi Yefímich se tumbó, pero se levantó en seguida, se enjugó el sudor frío de la frente con la manga y sintió que toda su cara se impregnaba de olor a pescado ahumado. De nuevo se puso a dar vueltas.

 

—Es un malentendido —dijo, abriendo los brazos con perplejidad—. Hay que aclarar que se trata de un malentendido…

 

En ese momento Iván Dmítrich se despertó. Se sentó y apoyó la cara en los puños. Escupió. Luego dirigió una mirada desganada al doctor; en un principio tardó en comprender, pero luego su cara soñolienta adoptó una expresión maligna y burlona.

 

—¡Vaya, conque también a usted lo han encerrado aquí, querido! —dijo con voz ronca de sueño, guiñando un ojo—. Me alegro mucho. Antes les chupaba usted la sangre a los demás y ahora se la chuparán a usted. ¡Estupendo!

 

—Es un malentendido… —dijo Andréi Yefímich, asustado de las palabras de Iván Dmítrich; se encogió de hombros y repitió—: un malentendido…

 

Iván Dmítrich escupió de nuevo y se tumbó.

 

—¡Maldita existencia! —farfulló—. Lo más amargo y ofensivo es que la vida no termina con una recompensa por los sufrimientos padecidos ni con una apoteosis, como en la ópera, sino con la muerte; vendrán los celadores, cogerán el cadáver por los pies y por las manos y lo llevarán al sótano. ¡Brrr! Bueno, da igual… En el otro mundo nos resarciremos… Yo volveré desde allí en forma de espectro y asustaré a estos canallas. Haré que se les pongan blancos los cabellos.

 

M oiseika volvió y, al ver al doctor, le tendió la mano.

 

—¡Deme un kopek! —dijo.

 

 

XVIII

 

 

Andréi Yefímich se acercó a la ventana y contempló el campo. Ya había caído la noche y en el horizonte, a la derecha, surgía una luna fría y empurpurada. No lejos de la valla del hospital, a unos cien sazhens[40] como mucho, se alzaba un edificio alto y blanco, rodeado de un muro de piedra. Era la cárcel.

 

«Ahí tienes la realidad», pensó Andréi Yefímich, y el espanto se apoderó de él.

 

La luna, la cárcel, los clavos de la valla y la llama lejana de un quemadero de huesos daban miedo. Oyó un suspiro a su espalda. Se dio la vuelta y vio a un hombre con el pecho recubierto de brillantes estrellas y condecoraciones, que sonreía y guiñaba un ojo con aire malicioso. También eso le pareció pavoroso.

 

Andréi Yefímich trataba de convencerse de que la Luna y la cárcel no tenían nada de particular, de que también las personas cuerdas llevaban condecoraciones y de que con el tiempo todo se pudriría y se convertiría en barro, pero de pronto la desesperación lo dominó, aferró los barrotes con ambas manos y los sacudió con todas sus fuerzas. La sólida reja no cedió.

 

Luego, para mitigar su miedo, se acercó a la cama de Iván Dmítrich y se sentó.

 

—Estoy desanimado,  querido  amigo  —farfulló,  temblando  y    enjugándose  el  sudor  frío—.

 

Desanimado.

 

—Pues consuélese filosofando —comentó con sarcasmo Iván Dmítrich.

 

—Dios mío, Dios mío… Sí, sí… Usted dijo en cierta ocasión que no hay filosofía en Rusia, pero que todo el mundo filosofa, hasta la chusma. Pero que la chusma filosofe no hace daño a nadie —dijo Andréi Yefímich, y su voz sonaba como si estuviera a punto de echarse a llorar y tratara de despertar la compasión ajena—. ¿A qué viene, querido amigo, esa risa malévola? ¿Y por qué la chusma no va a filosofar si está insatisfecha? ¡A un hombre inteligente, instruido, orgulloso, independiente, hecho a imagen y semejanza de Dios, no le queda otra salida que hacerse médico en un villorrio sucio y estúpido y pasarse toda la vida entre ventosas, sanguijuelas y cataplasmas! ¡Charlatanería, estrechez de miras, trivialidad! ¡Ah, Dios mío!

 

—No dice usted más que sandeces. Si la medicina le disgustaba, haberse hecho ministro.

 

—No se puede llegar a nada, a nada. Somos débiles, amigo… Yo era un hombre impasible, razonaba con sensatez y buen juicio, pero ha bastado el rudo roce de la vida para hacerme perder el ánimo… para caer postrado… Somos débiles, unos pobres diablos… Y usted también, amigo mío. Es usted inteligente, generoso, ha mamado impulsos nobles con la leche de su madre, pero apenas empezó a vivir se fatigó y cayó enfermo… ¡Somos débiles, débiles!

 

Además del miedo y del sentimiento de ofensa, una suerte de obsesión angustiaba a Andréi Yefímich desde la caída de la tarde. Finalmente comprendió que tenía ganas de tomarse una cerveza y de fumarse un cigarrillo.

 

—Voy a salir, amigo mío —dijo—. Diré que den la luz… Así no puedo… M e es imposible… Andréi Yefímich se acercó a la puerta y la abrió, pero en ese momento Nikita se incorporó de un

 

salto y le cerró el paso.

 

—¿Adónde va? ¡Está prohibido, prohibido! —dijo—. ¡Es hora de dormir!

 

—Pero ¡sólo quiero salir un momento, dar una vuelta por el patio! —explicó Andréi Yefímich con perplejidad.

 

—Imposible, imposible, está prohibido. Usted mismo lo sabe.

 

Nikita le cerró la puerta en las narices y se apoyó en ella por fuera.

 

—Pero ¿a quién puede importarle que salga de aquí? —preguntó Andréi Yefímich, encogiéndose de hombros—. ¡No lo entiendo! ¡Nikita, tengo que salir! —dijo con voz temblorosa—. ¡Lo necesito!

—¡No cause desórdenes, no está bien! —dijo Nikita en tono sentencioso.

 

—¿Qué diablos es esto? —gritó de pronto Iván Dmítrich, poniéndose en pie—. ¿Qué le da derecho a no dejarnos salir? ¿Cómo se atreven a tenernos aquí encerrados? ¡La ley dice claramente, si no recuerdo mal, que no se puede privar a nadie de libertad sin juicio previo! ¡Esto es un atropello! ¡Una arbitrariedad!

 

—¡Eso es, una arbitrariedad! —dijo Andréi Yefímich, alentado por el grito de Iván Dmítrich—. ¡Necesito salir, es indispensable! ¡No tiene ningún derecho! ¡Te estoy diciendo que abras!

 

—¿Lo oyes, borrico? —gritó Iván Dmítrich, descargando un puñetazo en la puerta—. ¡Abre o echo abajo la puerta! ¡M atarife!

 

—¡Abre! —gritó Andréi Yefímich, temblando de pies a cabeza—. ¡Te lo exijo!

 

—¡Repítelo! —respondió Nikita desde el otro lado de la puerta—. ¡Repítelo!

 

—¡Al menos ve a llamar a Yevgueni Fedórich! Dile que le ruego que venga… ¡un instante! —Ya vendrá mañana sin necesidad de avisarlo.

 

—¡No nos soltarán nunca! —continuaba entre tanto Iván Dmítrich—. ¡Dejarán que nos pudramos aquí! Ah, Señor, ¿es posible que no haya infierno en el otro mundo y estos canallas queden sin castigo? ¿Dónde está la justicia? ¡Abre, miserable, que me ahogo! —gritó con voz ronca, lanzándose contra la puerta—. ¡M e romperé la cabeza! ¡Asesinos!

 

De pronto, Nikita abrió la puerta y empujó a Andréi Yefímich brutalmente, con las manos y con la rodilla; luego llevó el brazo hacia atrás y le propinó un puñetazo en la cara. Andréi Yefímich tuvo la impresión de que una enorme ola salada se desplomaba sobre su cabeza y lo arrastraba hasta la cama; en realidad, tenía un sabor a sal en la boca: probablemente le sangraban las encías. Agitó los brazos como si tratara de salir a flote y se aferró a la cama, pero en ese momento sintió que Nikita descargaba dos golpes sobre su espalda.

 

Iván Dmítrich profirió un alarido. Seguramente también le estaban pegando.

 

Luego todo quedó en silencio. La líquida claridad de la luna penetraba a través de los barrotes proyectando en el suelo una sombra semejante a una red. Daba miedo. Andréi Yefímich se tumbó y contuvo la respiración; esperaba aterrorizado que volvieran a golpearlo. Era como si alguien hubiera cogido una hoz, se la hubiera clavado en el cuerpo y la hubiera retorcido varias veces en su pecho y en sus entrañas. Mordió la almohada de dolor y apretó los dientes; de repente, en medio de ese caos, se abrió paso en su cabeza, con toda nitidez, una idea terrible, insoportable: aquellos hombres, que ahora parecían sombras negras a la luz de la luna, habían padecido ese mismo dolor durante años, día tras día. ¿Cómo era posible que a lo largo de más de veinte años no hubiera sabido nada ni hubiera querido saberlo? No tenía idea de lo que era el dolor, lo desconocía; en consecuencia, no era culpable, pero la conciencia, no menos ruda e intratable que Nikita, lo dejó helado de la cabeza a los pies. Pegó un salto, quiso gritar con todas sus fuerzas y salir corriendo para matar a Nikita, a Jóbotov, al gerente y al practicante, y después acabar consigo mismo, pero de su pecho no salió ningún sonido y sus piernas no lo obedecieron; con la respiración jadeante, se arrancó la bata y la camisa del pecho, las desgarró y a continuación cayó sobre la cama sin conocimiento.

 

XIX

 

A la mañana siguiente le dolía la cabeza, le zumbaban los oídos y sentía malestar en todo el cuerpo. El recuerdo de su pusilanimidad de la víspera no le avergonzaba. Había sido cobarde, se había asustado hasta de la Luna, había expresado con sinceridad sentimientos y pensamientos que jamás había sospechado que existiesen en él. Por ejemplo, la insatisfacción de la chusma filosofante. Pero ahora le daba todo igual.

 

No comía, no bebía, yacía inmóvil y guardaba silencio.

 

«Me da todo lo mismo —pensaba cuando le hacían alguna pregunta—. No voy a responder… M e da todo lo mismo».

 

Después del almuerzo vino Mijaíl Averiánich y le trajo un cuarto de té y una libra de mermelada. Dáriushka también fue a verlo y se quedó de pie una hora entera junto a la cama, con una expresión ausente de pena. También apareció el doctor Jóbotov. Trajo un frasco de bromuro de potasio y ordenó a Nikita que fumigara la sala con algún producto.

 

Andréi Yefímich murió por la tarde de un ataque de apoplejía. En un principio sintió náuseas y unos escalofríos tremendos; algo repugnante parecía extenderse por todo su cuerpo, hasta lo dedos, subiéndole del estómago a la cabeza e inundando sus ojos y sus oídos. Empezó a verlo todo verde. Andréi Yefímich comprendió que el fin estaba próximo y se acordó de que Iván Dmítrich, Mijaíl Averiánich y millones de personas creían en la inmortalidad. ¿Y si en verdad existía? Pero no tenía ningún ansia de inmortalidad y sólo pensó en ella un instante. Una manada de ciervos extraordinariamente gráciles y bellos, sobre los que había estado leyendo el día anterior, pasó junto a él; luego una campesina le tendió una carta certificada… Mijaíl Averiánich dijo algo. Después todo desapareció y Andréi Yefímich se durmió para siempre.

 

Llegaron unos celadores, lo cogieron por los brazos y por las piernas y se lo llevaron a la capilla. Quedó allí tendido sobre una mesa, con los ojos abiertos, iluminado durante toda la noche por la luz de la luna. Por la mañana llegó Serguéi Sergueich, rezó con devoción delante del crucifijo y cerró los ojos de su antiguo jefe.

 

Al día siguiente lo enterraron. Al sepelio sólo acudieron M ijaíl Averiánich y Dáriushka.

 

Relato de un desconocido

 

 

(1893)

 

 

I

 

Por razones que no vienen al caso explicar ahora con detalle, tuve que emplearme de criado en casa de un funcionario petersburgués de treinta y cinco años llamado Gueorgui Ivánich Orlov.

 

Había entrado al servicio de ese Orlov para recabar informaciones sobre su padre, famoso hombre de Estado a quien consideraba un importante enemigo de mi causa. Consideraba que, al vivir en casa de su hijo, podría conocer en profundidad los planes e intenciones del padre, gracias a las conversaciones que escuchase y los papeles y notas que encontrase sobre la mesa.

 

Por lo común, a eso de las once de la mañana sonaba la campanilla eléctrica en mi cuarto, anunciándome que el señor se había despertado. Cuando entraba en su dormitorio, con el traje cepillado y las botas limpias, Gueorgui Ivánich estaba sentado en la cama, sin moverse, no adormilado, sino más bien extenuado por el sueño, con la mirada fija en un punto, sin manifestar ninguna satisfacción por el hecho de haberse despertado. Lo ayudaba a vestirse y él se sometía de mala gana y en silencio a mis cuidados, como si no reparase en mi presencia; luego, con la cabeza mojada y oliendo a agua de colonia, se dirigía al comedor para desayunar. Se sentaba a la mesa, bebía el café y hojeaba el periódico, mientras la doncella Polia y yo nos quedábamos respetuosamente junto a la puerta y lo mirábamos. Dos adultos debían contemplar con la mayor atención cómo un tercero bebía una taza de café y mordisqueaba una tostada. Una situación probablemente ridícula y absurda, pero yo no consideraba humillante quedarme junto a la puerta, aunque era un hombre tan noble e instruido como Orlov.

 

Por aquel entonces estaba incubando la tuberculosis y quizá alguna otra cosa todavía más grave. No sé si fue bajo la influencia de la enfermedad o de mi nueva concepción del mundo, de la que aún no era consciente, pero cada día que pasaba se apoderaba más de mí un ansia apasionada y vehemente de una vida normal y corriente. Deseaba sosiego espiritual, salud, aire puro, buena alimentación. Me estaba convirtiendo en un soñador y, como todos los soñadores, no sabía lo que de verdad necesitaba. Tan pronto me entraban ganas de recluirme en un monasterio y pasar jornadas enteras sentado delante del ventanuco, mirando los árboles y los campos, como me imaginaba que compraba cinco hectáreas de tierra y vivía como un hacendado, o me prometía a mí mismo que me dedicaría a la ciencia y me convertiría en catedrático de alguna universidad de provincias. Siendo teniente de la marina retirado, rememoraba el mar, nuestra escuadra y la corbeta en la que di la vuelta al mundo. Me apetecía probar una vez más ese sentimiento inefable que se experimenta cuando se pasea por una selva tropical o cuando se contempla la puesta de sol en el golfo de Bengala, embargado de entusiasmo y al mismo tiempo de nostalgia de la patria. Soñaba con montañas, con mujeres, con música, y lleno de curiosidad, como un niño, escrutaba los rostros y prestaba oídos a las voces. De ese modo, mientras esperaba junto a la puerta, contemplando cómo Orlov se tomaba el café, no me sentía como un criado, sino como un hombre a quien todo le interesa en el mundo, incluso aquel individuo.

 

Orlov tenía una fisonomía muy petersburguesa: hombros estrechos, cintura alta, sienes hundidas, ojos de color indefinido y pelo, barba y bigote ralos y descoloridos. Su rostro, acicalado, marchito y desagradable, resultaba especialmente repulsivo cuando se quedaba pensativo o dormía. No sé si viene al caso describir una fisonomía tan normal, cuando, además, San Petersburgo no es España y el aspecto de los hombres no reviste mayor importancia, ni siquiera en cuestiones amorosas;

 

 

únicamente se exige buena presencia a los criados y los cocheros. Sólo he aludido al rostro y los cabellos de Orlov porque había un rasgo de su personalidad digno de mención: cuando cogía un periódico o un libro, cualquiera que fuese, o se encontraba con alguien, quienquiera que fuese, sus ojos empezaban a sonreír irónicamente y todo su rostro adquiría una expresión de burla sutil, exenta de malignidad. Antes de leer o escuchar algo, tenía ya preparada la ironía, como el salvaje el escudo. Era una ironía rancia, un viejo rasgo de carácter, y en los últimos tiempos afloraba en el rostro sin participación alguna de la voluntad, más bien como un reflejo. Pero ya nos ocuparemos de esa cuestión más adelante.

 

Poco después del mediodía Orlov cogía su cartera llena de papeles y, sin abandonar esa expresión irónica, se marchaba a la oficina. Comía fuera y regresaba después de las ocho. Yo encendía la lámpara y las velas de su despacho y él se sentaba en el sillón, estiraba las piernas sobre una silla y, arrellanado de ese modo, se ponía a leer. Casi a diario traía libros nuevos, o se los enviaban de alguna tienda; hasta en los rincones de mi cuarto y debajo de la cama se acumulaban montones de libros en tres idiomas, sin contar el ruso, ya leídos y desechados. Leía a una velocidad extraordinaria. Hay un refrán que dice: «Dime lo que lees y te diré quién eres». Puede que sea cierto, pero era de todo punto imposible juzgar a Orlov por los libros que leía. A nada le hacía ascos: filosofía, novelas francesas, economía política, estudios financieros, poetas nuevos y las ediciones Posrednik[41]; y todo lo leía con idéntica presteza y esa expresión irónica en los ojos.

 

Después de las diez se arreglaba con esmero, se ponía por lo común un frac y muy rara vez su uniforme de gentilhombre de cámara, salía de casa y no regresaba hasta el amanecer.

 

Vivíamos en paz y buena armonía, sin que se produjera entre nosotros ningún malentendido. Por lo general, no se percataba de mi presencia y, cuando hablaba conmigo, su rostro no mostraba esa expresión irónica: era evidente que no me consideraba un ser humano.

 

Sólo una vez lo vi enfadado. Un día —sucedió una semana después de haber entrado a su servicio

 

— regresó de un ágape a eso de las nueve; en su rostro había una expresión de fatiga y mal humor. Cuando lo seguí al despacho para encender las velas, me dijo:

—Las habitaciones apestan. —Pues las he ventilado —repuse.

—Te digo que apestan —repitió enfadado. —Abro las ventanas todos los días. —¡No me contradigas, idiota! —gritó.

Ofendido, quise rebatirle, y Dios sabe cómo habría acabado todo aquello si Polia, que conocía al señor mejor que yo, no se hubiera entrometido.

—¡La verdad es que huele mal! —dijo, arqueando las cejas—. ¿Qué puede ser? Stepán, abre las ventanas de la sala de estar y enciende la chimenea.

Sin dejar de lanzar exclamaciones, fue recorriendo una tras otra todas las habitaciones, acompañada del frufrú de su falda y del silbido de un pulverizador. Orlov, por su parte, seguía de mal humor y era evidente que hacía esfuerzos para no estallar; por último, acabó sentándose y se puso a garrapatear una carta. Después de escribir unos renglones, soltó un bufido de rabia, rompió la carta y se puso a escribir otra.

 

—¡Que el diablo se los lleve! —farfulló—. ¡Quieren que tenga una memoria monstruosa! — finalmente, acabó la carta, se puso en pie y dijo, dirigiéndose a mí—: Ve a la calle Známenskaia y

 

 

entrega esta carta a Zinaída Fiódorovna Krasnóvskaia en propia mano. Pero antes pregúntale al portero si ha regresado su marido, es decir, el señor Krasnovski. Si ha vuelto, no entregues la carta y regresa aquí. ¡Espera! En caso de que ella te pregunte si hay alguien en mi casa, dile que desde las ocho me acompañan dos señores que están ocupados escribiendo unos papeles.

 

Fui a la calle Známenskaia. El portero me dijo que el señor Krasnovski aún no había regresado, así que subí a la tercera planta. Me abrió la puerta un criado alto, gordo y atezado, con patillas negras, que me preguntó qué quería con ese tono desganado, indolente y grosero que los criados se reservan para hablar con sus iguales. Antes de que tuviera tiempo de responder, una señora vestida de negro salió rauda al recibidor y me miró con los ojos entornados.

 

—¿Está en casa Zinaída Fiódorovna? —pregunté.

 

—Soy yo —dijo la señora.

 

—Traigo una carta de Gueorgui Ivánich.

 

La mujer abrió la carta con impaciencia, la cogió con ambas manos y se puso a leerla, mostrándome sus anillos de brillantes. Observé su rostro blanco de líneas suaves, el mentón prominente y las largas pestañas oscuras. A juzgar por su aspecto, no tendría más de veinticinco años.

 

—Salúdelo y dele las gracias —dijo, cuando acabó la lectura—. ¿Hay alguien en casa de Gueorgui Ivánich? —preguntó con voz dulce y expresión alegre, como si se avergonzara de su desconfianza.

—Dos señores que están escribiendo unos papeles —respondí yo.

 

—Salúdelo y dele las gracias —repitió y se retiró en silencio, inclinando a un lado la cabeza y leyendo de nuevo la carta.

 

En aquella época trataba a pocas mujeres y esa señora, a la que vi de manera tan fugaz, me impresionó. Mientras desandaba el camino, rememoraba su rostro, el olor de su delicado perfume, y me perdía en ensoñaciones. Cuando llegué, Orlov ya no estaba en casa.

 

II

 

Así pues, el señor y yo vivíamos en paz y buena armonía, aunque ese elemento impuro y ofensivo que tanto temía encontrar cuando inicié mi servicio de criado se ponía de manifiesto y se dejaba sentir a diario. Con Polia, en cambio, no me llevaba bien. Era una criatura bien nutrida y mimada, que adoraba a Orlov porque era el amo y me despreciaba a mí porque era el criado. Es posible que desde el punto de vista de un lacayo o un cocinero de verdad fuera una mujer fascinante: mejillas rubicundas, nariz respingona, ojos provocativos y formas generosas, rayanas ya en la gordura. Se empolvaba la cara, se pintaba las cejas y los labios, llevaba el corsé muy apretado y lucía miriñaque y una pulsera de monedas. Tenía unos andares menudos y saltarines, y, al desplazarse, movía los hombros y las caderas, o, como se dice, se contoneaba. El frufrú de sus enaguas, el crujido del corsé, el tintineo del brazalete y ese olor vulgar a lápiz de labios, esencias y perfumes robados al amo despertaban en mí, cuando recogíamos juntos las habitaciones por la mañana, la sensación de que estábamos cometiendo alguna abominación.

Ya fuera porque no participara en sus robos, porque no manifestara el menor deseo de convertirme en su amante, algo que probablemente la ofendía, o porque hubiera olfateado de algún

 

 

modo mi verdadera condición, el caso es que me cogió manía desde el principio. Mi torpeza, mi aspecto nada lacayuno y mi enfermedad le parecían lamentables y despertaban en ella un sentimiento de asco. Los fuertes accesos de tos que sufría entonces le impedían dormir, ya que mi habitación y la suya sólo estaban separadas por un tabique de madera, y cada mañana me decía:

 

—Esta noche tampoco me has dejado pegar ojo. En lugar de vivir en casa de un señor, deberías ingresar en un hospital.

 

Estaba tan profundamente convencida de que yo no era un ser humano, sino algo muy inferior a ella, que, como las matronas romanas, que no se avergonzaban de bañarse en presencia de sus esclavos, a veces no llevaba puesta más que la camisa cuando yo estaba delante.

 

Un día, durante la comida (cada día nos enviaban sopa y asado desde una taberna), estando de buen humor y con ánimo soñador, le pregunté:

 

—¿Cree usted en Dios, Polia?

 

—¡Cómo no!

 

—¿Es posible que crea usted —continué yo— en que vendrá el Juicio Final y en que tendremos que responder ante Dios de nuestras malas obras?

 

Por toda respuesta, hizo una mueca desdeñosa; en esa ocasión, cuando contemplé sus ojos fríos y saciados, comprendí que esa criatura, tan firme en sus juicios y convicciones, no tenía Dios, ni conciencia, ni leyes, y que, si me encontraba en la tesitura de matar, incendiar o robar, no podría encontrar mejor cómplice que ella, siempre que le pagara.

 

Como aquel ambiente me resultaba ajeno y, además, no estaba habituado al tuteo ni a mentir a cada momento (afirmar que el señor no estaba en casa cuando estaba), la primera semana que pasé al servicio de Orlov no me resultó nada fácil. Con el frac de lacayo me sentía como si llevara una armadura. Pero luego me habitué. Como un criado de verdad, servía la mesa, arreglaba las habitaciones e iba de aquí para allá, a pie o en coche, cumpliendo todo tipo de encargos. Cuando Orlov no tenía ganas de acudir a una cita con Zinaída Fiódorovna o se olvidaba de que había prometido aparecer por su casa, iba yo a la calle Známenskaia, le entregaba una carta en mano y mentía. En consecuencia, las expectativas que había albergado cuando entré a trabajar como criado no se habían cumplido ni de lejos: cada día de esa nueva vida era tiempo perdido para mí y para mi causa, porque Orlov no hablaba nunca de su padre, y mucho menos sus invitados, de suerte que mis únicas informaciones sobre las actividades del famoso hombre de Estado se reducían, como antes, a lo que pudiera leer en los periódicos y en las cartas que intercambiaba con mis compañeros. Los centenares de notas y papeles que leí en su despacho no tenían la menor relación con lo que buscaba. Orlov era totalmente indiferente a la relevante actividad de su padre; parecía como si nunca hubiera oído hablar de sus ocupaciones o su padre hubiera muerto hacía mucho.

 

III

 

Todos los jueves teníamos invitados.

 

Yo encargaba en el restaurante una pieza de rosbif y pedía por teléfono a la tienda de Eliséiev caviar, queso, ostras y otros manjares. Además, compraba barajas nuevas. Polia preparaba desde la mañana el servicio de té y la vajilla para la cena. A decir verdad, esa pequeña actividad añadía una

 

nota de color a nuestra vida ociosa, convirtiendo el jueves en el día más interesante para nosotros. Sólo acudían tres invitados. El más importante y quizá el más interesante era un señor llamado

 

Pekarski, alto, enjuto, calvo, de unos cuarenta y cinco años, con larga nariz aguileña y poblada barba negra. Tenía ojos grandes y saltones, y la expresión de su rostro era grave y pensativa, como la de un filósofo griego. Trabajaba en la administración de los ferrocarriles y en un banco, era jurisconsulto de una importante institución estatal y tenía relaciones de negocios con cientos de particulares, ya en calidad de tutor, presidente de una comisión de acreedores, etc. Su rango no era muy elevado y él se definía modestamente como asesor legal, pero su influencia era enorme. Bastaba su tarjeta de visita o una nota suya para que a uno lo recibiera de inmediato, sin respetar los turnos, un médico eminente, el director del ferrocarril o un importante funcionario; se comentaba que con su protección podía conseguirse un puesto hasta de cuarta categoría o tapar cualquier asunto comprometedor. Se le consideraba muy inteligente, pero su ingenio era extraño y singular. En un momento era capaz de multiplicar mentalmente doscientos trece por trescientos setenta y tres o convertir libras esterlinas en marcos sin necesidad de lápiz y tablillas; era un experto en ferrocarriles, conocía al dedillo el mundo de las finanzas y todo lo concerniente a la Administración carecía de secretos para él. Según se decía, era un habilísimo abogado en causas civiles, y no era nada fácil ganarle un pleito. Pero, a pesar de esa inteligencia extraordinaria, era incapaz de comprender muchas cosas accesibles hasta para un tonto. Por ejemplo, no conseguía entender de ninguna manera por qué algunas personas se aburrían, lloraban, se batían en duelo y llegaban incluso a matar; por qué se emocionaban por acontecimientos y situaciones que nos les concernían personalmente, o por qué se reían cuando leían a Gógol o Schedrín… Todo lo abstracto, todo lo que pertenecía a la esfera del pensamiento y el sentimiento, le resultaba tan incomprensible y tedioso como la música para quien no tiene oído. A las personas las juzgaba desde el punto de vista práctico y las dividía en capaces e incapaces. Para él no existían otras clasificaciones. La honradez y la decencia no eran más que muestras de capacidad. Podía uno irse de juerga, jugar a las cartas y llevar una vida disoluta, con tal de que eso no perjudicara los negocios. Creer en Dios no era inteligente, pero la religión debía preservarse, porque el pueblo necesita sin falta algún tipo de cortapisa; de otro modo no trabajaría. Los castigos sólo eran necesarios como medio de intimidación. No había motivo para pasar el verano en el campo, porque en la ciudad se estaba bien. Y todo por el mismo estilo. Era viudo y no tenía hijos, pero vivía a lo grande, como si tuviese familia, en un piso por el que pagaba tres mil rublos anuales de renta.

 

El segundo invitado, apellidado Kukushkin, uno de los consejeros de Estado más jóvenes, era de baja estatura y se distinguía por la impresión sumamente desagradable que causaba la desproporción entre su cuerpo gordo y fofo y su cara pequeña y enjuta. Sus labios tenían forma de corazón y su bigotito recortado parecía pegado con cola. Era un hombre con maneras de lagarto. En lugar de andar, parecía arrastrarse con pasos menudos, balanceándose y dejando escapar una risita socarrona; cuando sonreía enseñaba los dientes. Era un funcionario de casos especiales, asignado tan pronto a uno como a otro, que no hacía nada, a pesar de que recibía un buen sueldo, sobre todo en verano, cuando inventaban diversas misiones para él. Era un arribista no sólo hasta la médula de los huesos, sino hasta la última gota de su sangre, y además un arribista de baja estofa, poco seguro de sí mismo, que había hecho carrera gracias a pequeñas dádivas. Con tal de ganarse cualquier condecoración extranjera o ver su nombre en los periódicos, junto al de otras personas de alta alcurnia que habían participado en un funeral o en un servicio religioso, estaba dispuesto a someterse a cualquier humillación, a

 

suplicar, adular, prometer. Por cobardía adulaba a Orlov y a Pekarski, pues los consideraba hombres poderosos; también nos adulaba a Polia y a mí, en calidad de criados de una persona influyente. Cada vez que lo ayudaba a quitarse la pelliza, me preguntaba con una risita: «Stepán, ¿estás casado?», y a continuación soltaba una serie de vulgaridades escabrosas que debía tomarme como una señal de especial deferencia. Kukushkin alababa las flaquezas de Orlov, su depravación y su gula. Para ganarse su favor, se fingía sarcástico, burlón y descreído y criticaba en su presencia a personas ante las que se habría arrastrado como un perro en cualquier otro lugar. Cuando, durante la cena, hablaban de mujeres y del amor, se las daba de refinado y rebuscado libertino. En general, debe señalarse que a los vividores petersburgueses les gusta hablar de sus extraños gustos. Ciertos jóvenes consejeros de Estado[42] pueden mostrarse más que satisfechos con las caricias de su cocinera o de cualquier desdichada que se pasea por la avenida Nevski, pero, cuando les oye uno hablar, podría pensar que han contraído todos los vicios de Oriente y Occidente, son miembros honorarios de una decena de sociedades secretas poco recomendables y han sido fichados por la policía. Kukushkin mentía sin el menor empacho sobre sus aventuras, y los otros no es que no le creyeran, pero no prestaban demasiada atención a sus embustes.

 

El tercer invitado, Gruzin, hijo de un respetable e instruido general, tenía la misma edad que Orlov, era rubio, llevaba el pelo largo y lucía unas gafas de oro, pues no veía bien de lejos. Me vienen a la memoria sus dedos largos y pálidos de pianista; en realidad, en toda su figura había algo de músico, de virtuoso. Los hombres de esa estampa suelen desempeñar el papel de primer violín en las orquestas. Tosía, padecía jaqueca, y en conjunto tenía un aire enfermizo y débil. Probablemente en su casa lo vestían y lo desvestían como si fuera un niño. Se había licenciado en Derecho y en un primer momento había trabajado en el departamento de Justicia, de donde pasó al Senado; después, valiéndose de influencias, había obtenido un puesto en el Ministerio de Bienes Estatales, al que no tardó en renunciar. Cuando lo conocí, trabajaba en el departamento de Orlov, donde era jefe de negociado, pero decía que en breve regresaría al departamento de Justicia. Mostraba una indiferencia total por sus tareas y no concedía la menor importancia a esa costumbre suya de ir saltando de un puesto a otro; cuando alguien, en su presencia, hablaba con seriedad de rangos, condecoraciones o salarios, sonreía benévolo y repetía el aforismo de Prutkov[43]: «Sólo en el servicio del Estado se conoce la verdad». Estaba casado con una mujer menuda, de cara arrugada, muy celosa, y tenía cinco niños escuálidos. Engañaba a su mujer y sólo sentía cariño por sus hijos cuando los tenía delante; en general, se mostraba bastante indiferente con la familia y hacía bromas a su costa. Vivían a crédito y, cuando se presentaba la menor oportunidad, Gruzin pedía dinero a diestro y siniestro, sin excluir siquiera a sus superiores y a los porteros. Era un hombre abúlico, perezoso hasta el extremo de sentir un completo desinterés por su propia persona, que se dejaba arrastrar por la corriente sin saber adónde ni para qué. Iba a cualquier sitio que lo llevaran; si lo conducían a un garito, iba; si le ponían vino delante, se lo bebía, y, si no se lo ponían, no bebía nada; si los presentes injuriaban a sus mujeres, él injuriaba a la suya, asegurando que le había destrozado la vida, y cuando las alababan, él hacía lo propio y decía con sinceridad: «La quiero mucho, pobrecita». No tenía pelliza y llevaba siempre una manta de viaje que olía a habitación de niño. Cuando, durante la cena, sumido en sus pensamientos, hacía bolitas de pan y bebía gran cantidad de vino tinto, llegaba casi a convencerme, por extraño que pueda parecer, de que había algo en su interior, algo que probablemente él mismo intuía de un modo vago, pero que ese ajetreo continuo y la vulgaridad reinante le impedían

 

 

comprender y valorar. A veces se sentaba al piano, tocaba dos o tres acordes y cantaba en voz baja ¿Qué me deparará este día?[44], pero al instante, como asustado, se levantaba y se alejaba del piano.

 

Por lo general, los invitados llegaban a las diez. Jugaban a las cartas en el despacho de Orlov, mientras Polia y yo les servíamos el té. Sólo entonces apreciaba de verdad todas las alegrías del oficio de criado. Pasar cuatro o cinco horas de pie junto a la puerta, ocuparse de que no quedaran vasos vacíos, cambiar los ceniceros, acercarse corriendo a la mesa para recoger un trozo de tiza o una carta que hubiera caído al suelo y, sobre todo, esperar, prestando atención, sin atreverse a abrir la boca, a toser, a sonreír; les aseguro que es una tarea más dura que cualquier faena del campo. En mis tiempos de marino hacía guardias de cuatro horas en tempestuosas noches invernales, una tarea que considero mucho más liviana.

 

Jugaban a las cartas hasta las dos, a veces hasta las tres; luego, desperezándose, se dirigían al comedor para cenar o, como decía Orlov, para tomar un bocado. Durante la cena conversaban. El primer comentario solía hacerlo Orlov quien, con ojos risueños, se ponía a hablar de algún conocido, de un libro que acababa de leer, de un nombramiento o proyecto nuevo. El obsequioso Kukushkin le seguía la corriente e iniciaba lo que entonces me parecía una perorata repugnante. La ironía de Orlov

 

y  sus amigos no conocía límites, no respetaba nada ni a nadie. Si hablaban de religión, era con ironía; si hablaban de filosofía, del sentido y objeto de la vida, ironía también; si alguien planteaba alguna cuestión relativa al pueblo, ironía de nuevo. Hay en San Petersburgo una categoría especial de personas dadas a ridiculizar cualquier aspecto de la vida; ni siquiera pueden pasar por delante de un hombre hambriento o un suicida sin soltar alguna vulgaridad. No obstante, Orlov y sus amigos no bromeaban ni se burlaban, sino que hablaban con ironía. Decían que Dios no existe y que al morir el individuo desaparece del todo; los únicos inmortales eran los miembros de la Academia Francesa[45]. El verdadero bien no existe ni puede existir, pues su plasmación dependería de la perfección humana, algo absurdo desde el punto de vista de la lógica. Rusia era un país tan aburrido y miserable como Persia. No podía depositarse ninguna esperanza en la clase intelectual; en opinión de Pekarski, se componía en su inmensa mayoría de gente inútil e incapaz. En cuanto al pueblo, no era más que una panda de vagos, borrachos, ladrones y degenerados. En Rusia no había ciencia, la literatura era desmañada, el comercio se basaba en el fraude: «Si no engañas, no vendes». Y todo por el estilo, y todo en tono de broma.

 

Por efecto del vino, al final de la cena se ponían alegres y se ocupaban de cuestiones más joviales. Se reían de la vida familiar de Gruzin, de las conquistas de Kukushkin o de las ocurrencias de Pekarski, en cuyo libro de gastos, por lo visto, había una página con el encabezamiento «Obras de beneficencia» y otra con «Necesidades fisiológicas». Comentaban que no había mujeres fieles ni esposas de quienes, con cierta habilidad, no pudiera recibirse una caricia sin salir de la sala, mientras el marido estaba en el despacho de al lado. Las adolescentes eran perversas y lo sabían ya todo. Orlov conservaba la carta de una colegiala de catorce años que, al volver del instituto, «enganchó a un oficialito en la avenida Nevski»; este, por lo visto, se la llevó a su casa y no la dejó salir hasta última hora de la tarde, como la muchacha se apresuró a escribirle a una amiga, comunicándole al mismo tiempo su entusiasmo. Aseguraban que nunca había habido pureza de costumbres y que además no hacía ninguna falta, pues la humanidad, hasta ahora, se las había arreglado perfectamente sin ella. Los daños causados por la llamada lujuria se exageraban muchísimo. Vicios que contemplaba nuestro código penal no habían impedido a Diógenes ser filósofo y maestro. César y Cicerón habían sido

 

 

unos disolutos y, al mismo tiempo, grandes hombres. El viejo Catón se casó con una jovencita y, sin embargo, no perdió su consideración de severo asceta y guardián de los principios morales.

 

A las tres o las cuatro los invitados se separaban o se marchaban todos juntos fuera de la ciudad o a la calle Ofitsérskaia, a casa de una tal Varvara Osípovna; yo entonces me retiraba a mi cuarto, pero el dolor de cabeza y la tos me impedían conciliar el sueño durante mucho tiempo.

 

IV

 

Unas tres semanas después de entrar al servicio de Orlov, un domingo por la mañana, si no recuerdo mal, alguien llamó al timbre. Eran casi las once y Orlov aún no se había despertado. Fui a abrir. Y cuál no sería mi sorpresa cuando vi en el rellano de la escalera a una dama cubierta con un velo.

—¿Se ha levantado Gueorgui Ivánich? —preguntó.

 

Por la voz reconocí a Zinaída Fiódorovna, la mujer a quien yo llevaba cartas a la calle Známenskaia. No recuerdo si me faltó tiempo o reflejos para responderle, pues su aparición me había turbado. Por lo demás, no necesitaba para nada mi respuesta. En un instante pasó a mi lado, llenó el vestíbulo con la fragancia de su perfume, que aún recuerdo perfectamente, y se internó en las habitaciones, donde el rumor de sus pasos se apagó. Transcurrió al menos media hora sin que se oyera nada. Al cabo de ese tiempo sonó de nuevo el timbre. Esta vez era una muchacha emperifollada, por lo visto doncella en alguna casa rica, acompañada de nuestro portero, ambos jadeantes, cargados con dos maletas y una cesta de viaje.

 

—Es para Zinaída Fiódorovna —dijo la muchacha.

 

Y desapareció sin añadir nada más. Todo ese asunto, tan misterioso, suscitó en Polia, respetuosa con las travesuras de los señores, una sonrisa maliciosa, con la que venía a decir: «¡Así somos nosotros!», y siguió andando de puntillas. Al fin se oyeron pasos. Zinaída Fiódorovna entró veloz en el vestíbulo y, al verme junto a la puerta de mi cuarto, me dijo:

 

—Stepán, lleve la ropa a Gueorgui Ivánich.

 

Cuando entré en el dormitorio de Orlov, con el traje y las botas, lo encontré sentado en la cama, con los pies apoyados en la piel de oso. Toda su figura expresaba confusión. No me prestaba atención ni mostraba interés por mi opinión de lacayo; sin duda, se sentía confuso y turbado ante sí mismo, ante su «ojo interior». Después de vestirse y lavarse, se acicaló con peines y cepillos, sin apresurarse ni pronunciar palabra, como dándose tiempo para ponderar y evaluar la situación; incluso de espaldas se apreciaba su desconcierto y su contrariedad.

 

Tomaron juntos el café. Zinaída Fiódorovna llenó una taza para Orlov, otra para ella, puso los codos sobre la mesa y se echó a reír.

 

—Todavía no me lo creo —dijo—. Cuando, después de un largo viaje, llegas a un hotel, no acabas de creerte que ya no es necesario seguir viajando. Y qué agradable es respirar a pleno pulmón.

Con el aire de una niña que desea cometer una travesura, emitió un profundo suspiro y de nuevo se echó a reír.

 

—Perdóneme —dijo Orlov, señalando con un gesto de la cabeza el periódico—. Leer mientras tomo el café es un viejo hábito al que no soy capaz de renunciar. Pero sé hacer dos cosas a la vez: leer y escuchar.

 

 

—Lea, lea… Sus costumbres y su libertad no van a sufrir ningún menoscabo. Pero ¿por qué tiene un aspecto tan apenado? ¿Siempre está así por las mañanas o es sólo cosa de hoy? ¿Está usted descontento?

—Al contrario. Pero reconozco que me siento un tanto perplejo.

 

—¿Por qué? Ha tenido tiempo de prepararse para mi invasión. He estado amenazándolo un día tras otro.

 

—Sí, pero no esperaba que cumpliera su amenaza precisamente hoy .

 

—Tampoco yo, pero es mejor así. Es mejor, amigo mío. Cuando a uno le duele una muela, lo mejor es arrancarla y asunto concluido.

 

—Sí, desde luego.

 

—¡Ah, querido! —exclamó ella, entornando los ojos—. Bien está lo que bien acaba, pero cuánto he sufrido antes de que todo acabara bien. Que no lo engañe mi sonrisa: estoy contenta, me siento feliz, pero tengo más ganas de llorar que de reír. Ayer libré una auténtica batalla —prosiguió en francés—. Sólo Dios sabe lo duro que fue para mí. Pero me río porque no acabo de creérmelo. Estoy aquí con usted, tomando café, y es como si nada de esto fuera real, como si estuviera soñando.

 

Luego, siempre en francés, le contó cómo el día antes se había separado de su marido, y sus ojos tan pronto se llenaban de lágrimas como sonreían y miraban extasiados a Orlov. Le refirió que su marido sospechaba de ella desde hacía algún tiempo, pero evitaba las explicaciones; discutían muy a menudo, pero por lo general, en el momento de mayor tensión, el marido se callaba de repente y se retiraba a su despacho, para no acabar revelando sus propias sospechas, presa de un arrebato, y para evitar que ella misma confesara. Y Zinaída Fiódorovna se sentía culpable, insignificante, incapaz de dar un paso decidido y arriesgado; como consecuencia, cada día odiaba más a su marido y estaba padeciendo no menos tormentos que en el infierno. Pero el día anterior, en medio de la discusión, cuando él gritó con voz llorosa: «¿Cuándo acabará todo esto, Dios mío?», y se retiró a su despacho, ella lo persiguió como un gato a un ratón, le impidió cerrar la puerta con llave y le gritó que lo odiaba con toda su alma. Entonces él la había dejado entrar en el despacho y ella se lo había contado todo, le había confesado que estaba enamorada de otro, que ese otro era su verdadero y legítimo marido y que consideraba un deber de conciencia trasladarse a su casa ese mismo día, sin reparar en nada, aunque le disparase con un cañón.

 

—Late en usted con fuerza una vena romántica —la interrumpió Orlov, sin apartar los ojos del periódico.

 

Ella rompió a reír y prosiguió su relato, sin tocar el café. Reparó en que le ardían las mejillas y, algo turbada por ese detalle, nos miró confusa a Polia y a mí. Por lo que contó a continuación me enteré de que el marido había respondido con reproches y amenazas; por último, se había echado a llorar, de suerte que sería más exacto decir que había sido él, no ella, quien había librado una batalla.

 

—Sí, amor mío, mientras mis nervios estaban en tensión, todo fue bien —continuó—, pero, en cuanto cayó la noche, me sentí abatida. Usted no cree en Dios, Georges, pero yo tengo algo de fe y temo su castigo. Dios exige de nosotros paciencia, magnanimidad, sacrificio, y yo me negada a tener paciencia y quería organizar la vida a mi modo. ¿Acaso está eso bien? ¿Y si eso no es grato a los ojos de Dios? A las dos de la madrugada mi marido entró en el dormitorio y me dijo: «No se atreverá usted a abandonarme. La traeré de vuelta escoltada por la policía. Armaré un escándalo». Al cabo de un rato vi que estaba de nuevo en la puerta como una sombra. «Tenga compasión de mí. Su marcha

 

 

podría perjudicar mi carrera». Esas palabras me causaron una inmensa impresión; era como si me hubieran cubierto de herrumbre, pensaba, como si ya hubiera empezado el castigo; me estremecí de terror y me eché a llorar. Tenía la impresión de que se me iba a caer el mundo encima, de que iban a llevarme en ese mismo instante a la comisaría, de que usted dejaría de quererme y Dios sabe cuántas cosas más. Me iré a un monasterio o me haré enfermera, pensaba, renunciaré a la felicidad, pero en ese momento me acordaba de que usted me amaba y consideraba que no tenía derecho a tomar decisiones sin su conocimiento; luego todo empezó a confundirse en mi cabeza, me sentí desesperada, y ya no sabía qué pensar ni qué hacer. No obstante, cuando salió el sol, recuperé la alegría. Esperé que llegara la mañana y me vine directamente aquí. ¡Ah, cuánto he sufrido, amor mío! Llevo dos noches seguidas sin pegar ojo.

 

Estaba fatigada y alterada. Tenía ganas de dormir y al mismo tiempo de hablar, reír, llorar; quería ir a desayunar a un restaurante para sentirse libre.

 

—Tu piso es acogedor, pero temo que para los dos resulte pequeño —dijo, después de tomar el café, haciendo un rápido recorrido por las habitaciones—. ¿Qué habitación me cedes? Me gusta esta, porque está al lado de tu despacho.

 

Después de la una se cambió de ropa en la habitación contigua al despacho, que empezó a llamar suya a partir de ese momento, y se marchó con Orlov a desayunar. Comieron también en un restaurante, y en el largo intervalo entre el desayuno y el almuerzo fueron de tiendas. Hasta última hora de la tarde estuve abriendo la puerta a recaderos y mandaderos de los comercios y recogiendo de sus manos las distintas adquisiciones. Entre otras cosas, trajeron un maravilloso tremó, un tocador, una cama y un lujoso servicio de té, que no nos hacía ninguna falta, así como una batería entera de cacerolas de cobre, que colocamos en fila en un estante de nuestra cocina fría y vacía. Mientras desempaquetábamos el servicio de té, a Polia se le encendieron los ojos y me miró dos o tres veces con odio y temor: ¿no me adelantaría a ella a la hora de robar una de esas delicadas tazas? Trajeron un escritorio de mujer, carísimo e incómodo. Era evidente que Zinaída Fiódorovna tenía intención de quedarse con nosotros de manera permanente, desempeñando el papel de señora de la casa.

 

Regresaron los dos a eso de las diez. Sintiéndose orgullosísima de ese acto extraordinario y valeroso, apasionadamente enamorada y, según creía ella, apasionadamente amada, lánguida, saboreando por anticipado una noche de sueño profundo y feliz, Zinaída Fiódorovna se sentía embriagada por esa nueva vida. Rebosante de felicidad, se frotaba con fuerza las manos, aseguraba que todo era maravilloso y juraba que amaría a Orlov eternamente; esos juramentos y el convencimiento ingenuo, casi infantil, de que también a ella la amaban profundamente y la amarían siempre, la rejuvenecían cinco o seis años. Se complacía diciendo simpáticas tonterías y se reía de sí misma.

 

—¡No hay bien más preciado que la libertad! —exclamaba, obligándose a pronunciar algún comentario serio e importante—. Si lo piensa uno un poco, es algo bastante absurdo. No concedemos ningún valor a nuestra propia opinión, aunque sea atinada, y en cambio temblamos ante la opinión de cualquier idiota. Hasta el último momento he tenido miedo de la opinión ajena, pero en cuanto he prestado oídos a mi propia voz y he decidido vivir a mi manera, se me han abierto los ojos, he superado mis estúpidos temores y ahora me siento feliz y deseo a todo el mundo la misma felicidad.

 

Pero en ese momento el curso de sus pensamientos se interrumpió y se puso a hablar de trasladarse a otro piso, de empapelar las paredes, de comprar unos caballos, de hacer un viaje a Suiza

 

 

e Italia. En cuanto a Orlov, estaba extenuado de ese recorrido por tiendas y restaurantes y seguía haciendo gala de la misma confusión que yo había notado por la mañana. Sonreía, pero más por cortesía que por satisfacción, y cuando ella pronunciaba una frase seria, mostraba su aquiescencia con ironía: «¡Ah, sí!».

 

—Stepán, encuentre cuanto antes un buen cocinero —me dijo Zinaída Fiódorovna.

 

—El asunto de la cocina no corre prisa —comentó Orlov, mirándome con frialdad—. Primero hay que mudarse a otro piso.

 

Orlov nunca había tenido personal de cocina ni caballos porque, como decía él, no le gustaba «meter suciedad en casa»; a Polia y a mí nos soportaba sólo por necesidad. El llamado «hogar familiar», con sus alegrías y sus discusiones cotidianas, ofendía su buen gusto y se le antojaba una vulgaridad. No podía ni pensar en una mujer embarazada, en tener hijos: hasta hablar de esas cosas le parecía de mal tono, una chabacanería. Yo sentía una enorme curiosidad por ver cómo iban a arreglárselas esas dos criaturas bajo el mismo techo: ella, hogareña y hacendosa, con sus cacerolas de cobre y su ambición de tener un buen cocinero y caballos, y él, que solía decir a sus amigos que en casa de un hombre probo y ordenado, como en un navío de guerra, no debía haber nada superfluo: ni mujeres, ni niños, ni trapos, ni baterías de cocina…

 

V

 

Paso a relatarles ahora lo que sucedió el jueves siguiente. Ese día, Orlov y Zinaída Fiódorovna comieron en Conten o Donon[46]. Orlov volvió solo a casa; en cuanto a Zinaída Fiódorovna, según me enteré después, se fue a ver a su antigua institutriz, a Petersbúrskaia Storoná, para pasar allí el tiempo que se quedaran los invitados, pues Orlov no quería presentársela a sus amigos. Yo me di cuenta de todo eso a la mañana siguiente, durante el desayuno, cuando él afirmó que para tranquilidad de ella era indispensable suprimir las reuniones de los jueves.

 

Los invitados, como de costumbre, llegaron casi al mismo tiempo.

 

—¿Está la señora en casa? —me preguntó Kukushkin en un susurro.

 

—No señor —respondí yo.

 

Entró sonriendo misteriosamente, con una mirada maliciosa y zalamera, y frotándose las manos heladas.

 

—Tengo el honor de felicitarle —le dijo a Orlov, temblando de pies a cabeza, sacudido por una risa aduladora y servil—. Le deseo que crezcan y se multipliquen como los cedros del Líbano.

 

Los invitados se dirigieron al dormitorio e hicieron algunas bromas sobre unas zapatillas de mujer, la alfombra que había entre las dos camas y una blusa gris que colgaba en uno de los cabeceros. Les hacía gracia que aquel tipo tan testarudo, que despreciaba los aspectos más triviales del amor, hubiera caído de pronto en las redes femeninas de un modo tan simple y banal.

 

—Acabamos siendo esclavos de lo que nos burlamos —repitió varias veces Kukushkin que, por lo demás, tenía la desagradable costumbre de presumir citando textos en eslavo eclesiástico—. ¡Silencio! —susurró, llevándose un dedo a los labios cuando pasaron del dormitorio a la habitación contigua al despacho—. ¡Tsss! Aquí M argarita sueña con su Fausto.

 

Y se desternilló de risa, como si hubiera dicho algo de lo más divertido. Eché un vistazo a Gruzin,

 

 

esperando que su alma musical no soportara esa risa, pero me equivoqué. Su rostro bondadoso y enjuto resplandecía de satisfacción. Cuando se sentaron a jugar a las cartas, tartajeando y partiéndose de risa, dijo que lo único que le faltaba a George para completar su felicidad familiar era comprarse una pipa de cerezo y una guitarra. Pekarski también se reía de lo lindo, pero en su expresión concentrada se veía que la nueva aventura amorosa de Orlov no le hacía la menor gracia. No comprendía lo que en verdad había sucedido.

 

—¿Y qué pasa con el marido? —preguntó perplejo, al finalizar la tercera partida.

 

—No lo sé —respondió Orlov.

 

Pekarski se acarició la espesa barba con los dedos, se quedó pensativo y no volvió a abrir la boca hasta la hora de la cena. Cuando se sentaron a la mesa, dijo lentamente, alargando cada palabra:

 

—Perdona que te lo diga, pero no os entiendo a ninguno de los dos. Podéis enamoraros el uno del otro y quebrar el séptimo mandamiento cuanto queráis, eso lo entiendo. Sí, eso lo entiendo. Pero ¿por qué dar cuenta al marido de vuestros secretos? ¿Acaso era necesario?

 

—¿Es que no da lo mismo?

 

—Hum… —se puso a pensar Pekarski—. Oye lo que voy a decirte, mi querido amigo — prosiguió con visible esfuerzo mental—. Si alguna vez volviera a casarme y a ti se te ocurriera ponerme los cuernos, preferiría no enterarme. Es mucho más honrado engañar a una persona que arruinar su régimen de vida y su reputación. Os entiendo. Creéis que viviendo juntos abiertamente actuáis de la manera más noble y liberal, pero no puedo mostrarme de acuerdo con ese (¿cómo llamarlo?) con ese romanticismo —Orlov no respondió. Estaba de mal humor y no tenía ganas de hablar. Pekarski, que seguía sin comprender, tamborileó con los dedos en la mesa, se quedó meditabundo y al cabo comentó—: En cualquier caso, no os entiendo. Tú no eres un estudiante ni ella una modistilla. Ambos tenéis medios. Creo que podías haberle puesto un piso.

 

—No, no podía. Lee a Turguénev.

 

—¿Para qué? Ya lo he leído.

 

—Turguénev nos enseña en sus obras que cualquier muchacha de buena posición y nobles pensamientos debe seguir al hombre amado al fin del mundo y consagrarse a su causa —dijo Orlov, entornando los ojos irónicamente—. Lo del fin del mundo es una licentia poëtica; en el apartamento del hombre amado cabe de sobra el mundo entero, con todos sus fines. Por tanto, no vivir en el mismo piso con la mujer que te ama significa negarle su elevada misión y no compartir sus ideales. Sí, mi querido amigo, Turguénev lo escribió y ahora me toca a mí sufrir las consecuencias.

 

—No entiendo qué tiene que ver Turguénev con todo esto —dijo Gruzin en voz baja, encogiéndose de hombros—. Recuerde usted, Georges, ese pasaje de Tres encuentros en que, yendo él a última hora de la tarde por algún lugar de Italia, oye de pronto: Vieni pensando a me secretamente![47] —y Gruzin se puso a cantar—. ¡Qué bonito!

—Porque ella no se ha venido aquí a la fuerza —dijo Pekarski—. Has sido tú quien lo ha querido. —Pero ¡qué dices! No sólo no quería, sino que ni siquiera se me pasaba por la cabeza que pudiera suceder alguna vez. Cuando me decía que se iba a venir a vivir conmigo, me lo tomaba como una simpática broma —todos se echaron a reír—. No podía quererlo —prosiguió Orlov, con el tono de quien se ve obligado a justificarse—. Yo no soy un personaje de Turguénev y, si un día me viese en la tesitura de liberar Bulgaria, no necesitaría la compañía de una señora[48]. Considero el amor ante todo una necesidad de mi organismo, una necesidad baja y contraria a mi espíritu. Hay que satisfacer esa

 

exigencia de un modo razonable o renunciar a ella del todo; de otro modo, introduce en tu vida elementos tan impuros como el propio amor. Para que sea un placer y no un tormento, me esfuerzo por embellecerlo y rodearlo de toda clase de ilusiones. No voy nunca a ver a una mujer si antes no me he asegurado de que es hermosa y fascinante, y no voy si mi estado de ánimo no es el apropiado. Sólo en tales condiciones conseguimos engañarnos el uno al otro y nos figuramos que nos amamos y somos felices. Pero ¿qué placer puedo encontrar en unas cacerolas de cobre y en unos cabellos despeinados o en dejar que me vea cuando aún no me he lavado y no estoy de buen humor? Zinaída Fiódorovna, llevada de la ingenuidad de su corazón, quiere que aprecie lo que he desdeñado durante toda mi vida. Quiere que mi vivienda huela a cocina y a fregonas; desea que nos mudemos de piso cuanto antes, pasearse en su propio carruaje, contar mi ropa interior, preocuparse de mi salud; necesita entrometerse en mi vida privada a cada momento y seguir cada uno de mis pasos, y al mismo tiempo me asegura con total sinceridad que ni mis costumbres ni mi libertad sufrirán el menor menoscabo. Está convencida de que partiremos de viaje lo más pronto posible, como dos recién casados; es decir, quiere encontrarse permanentemente a mi lado en trenes y habitaciones de hotel, pero, cuando yo viajo, lo que me gusta es leer, y no puedo soportar las conversaciones.

 

—Pues trata de explicárselo —dijo Pekarski.

 

—¿Cómo? ¿Crees que iba a entenderme? Nuestras formas de pensar son diametralmente opuestas. Para ella, abandonar a su papá y a su mamá o a su marido para unirse al hombre amado es la cima del valor cívico, mientras a mí se me antoja una chiquillada. Cree que enamorarse de un hombre y unirse a él representa el comienzo de una nueva vida, mientras que para mí no significa nada. El amor y el hombre amado constituyen la esencia de su vida, y quizá en ese sentido se deje llevar por la filosofía del subconsciente. Intenta convencerla de que el amor no es más que una simple necesidad, como la comida y la ropa, de que el mundo no va a venirse abajo porque a uno le caiga en suerte un mal marido o una mala esposa, de que un libertino y un seductor puede ser al mismo tiempo un hombre noble y genial y que, por el contrario, uno puede renunciar al goce del amor y ser al mismo tiempo una bestia estúpida y malvada. El hombre culto de nuestros días, aunque sea de baja extracción, por ejemplo, un obrero francés, gasta diez sous diarios en comer, cinco en vino para acompañar la comida y de cinco a diez en una mujer, mientras dedica su inteligencia y sus energías por entero al trabajo. Zinaída Fiódorovna, por su parte, no son sous lo que dedica al amor, sino su alma entera. Si tratara de explicarle mi punto de vista, me respondería con un chillido y me diría con la mayor sinceridad que le he destrozado la vida y que no le queda nada en el mundo.

 

—No le digas nada —comentó Pekarski—. Simplemente alquila otro piso para ella. Así de sencillo.

 

—Es muy fácil decirlo…

 

Se produjo un silencio.

 

—En cualquier caso, es simpática y encantadora —dijo Kukushkin—. Las mujeres como ella se imaginan que el amor es eterno y se entregan con pasión.

 

—Pero hay que tener la cabeza sobre los hombros —repuso Orlov—, hay que razonar. Todos los casos que conocemos de la vida diaria, así como los que han quedado grabados en las tablas de innumerables novelas y dramas, confirman unánimemente que, en el caso de personas de buena posición, cualquier relación adúltera o cohabitación no dura más de dos o, como mucho, tres años, por mucho amor que hubiera en un principio. Ella debe saberlo. Por esa razón, ese proyecto de

 

mudanza, esas cacerolas y esas esperanzas de amor eterno y concordia no son más que un intento de engañarme y engañarse a sí misma. Es simpática y encantadora, ¿quién lo discute? Pero ha puesto mi vida patas arriba. Me ha obligado a elevar a la categoría de cuestiones serias lo que hasta ahora he considerado un absurdo y una bobada; estoy sirviendo a un ídolo que nunca he considerado un dios. Es simpática y encantadora pero, vaya usted a saber por qué, cuando vuelvo de la oficina siento un peso en el alma, como si en casa fuera a encontrarme algún espectáculo desagradable, como, por ejemplo, una cuadrilla de fumistas que han desmontado todas las estufas y han dejado montones de ladrillos por todas partes. En definitiva, no estoy pagando el amor con sous, sino con una parte de mi sosiego y de mis nervios. Y eso es espantoso.

 

—¡Y ella no escucha a este canalla! —suspiró Kukushkin—. Mi querido señor —añadió con gran teatralidad—, lo liberaré de la dura tarea de amar a esa encantadora criatura. ¡Le arrebataré a Zinaída Fiódorovna!

 

—Como quiera… —dijo Orlov con indiferencia.

 

Kukushkin emitió una risita aguda, tembló de pies a cabeza y al cabo de medio minuto dijo:

 

—¡M ire que no bromeo! ¡Luego no me venga usted haciendo el papel de Otelo!

 

Todos se pusieron a hablar de la infatigable energía de Kukushkin en asuntos amorosos, de la fascinación que ejercía sobre las mujeres y el peligro que representaba para los maridos, y de cómo en el otro mundo los diablos lo quemarían sobre carbones por su vida disoluta. Él guardaba silencio, entornaba los ojos y, cuando nombraban a alguna dama conocida, amenazaba con el meñique: no estaba bien revelar secretos ajenos. De pronto, Orlov miró el reloj.

 

Los invitados comprendieron y se dispusieron a marcharse. Recuerdo que Gruzin, que estaba algo achispado, tardó muchísimo en ponerse el abrigo, una especie de capote como los que llevan los niños de las familias modestas, se levantó el cuello y se demoró en un comentario larguísimo; luego, viendo que los demás no lo escuchaban, se echó sobre el hombro esa manta que despedía un olor desagradable a habitación de niño y, con expresión culpable y suplicante, me pidió que le buscara el gorro.

 

—¡Georges, ángel mío! —dijo con ternura—. ¡Escuche, amigo, vámonos fuera de la ciudad! —Vayan ustedes, yo no puedo. Es como si estuviera casado.

 

—Es una mujer estupenda, no se enfadará. ¡Vamos, mi querido patrón! El tiempo es excelente, hay un poco de hielo, ráfagas de nieve… Le aseguro que necesita distraerse, está usted de mal humor, el diablo sabe lo que le pasa…

 

Orlov se desperezó, bostezó y se quedó mirando a Pekarski.

 

—¿Vas a ir tú? —le preguntó indeciso.

 

—No lo sé. Tal vez.

 

—¿A tomar un trago, eh? Bueno, de acuerdo, vamos —decidió Orlov, después de cierta vacilación—. Esperad, voy a coger dinero.

 

Fue a su despacho, seguido de Gruzin, que arrastraba la manta por el suelo. Al cabo de un minuto regresaron al vestíbulo. Gruzin, algo ebrio y muy satisfecho, estrujaba en la mano un billete de diez rublos.

 

—Mañana ajustaremos cuentas —dijo—. Ella es buena, no se enfadará… Es la madrina de mi Lízochka y le tengo cariño, pobrecita. ¡Ah, mi querido compañero! —exclamó de pronto, riéndose alegremente y apoyando la frente en la espalda de Pekarski—. ¡Ah, Pekarski, amigo del alma!

 

 

Advocatissimus y seco como él solo, pero le gustan las mujeres…

 

—Las gordas, debería añadir usted —dijo Orlov, poniéndose la pelliza—. Bueno, vámonos, no quiero encontrármela en la entrada.

 

—Vieni pensando a me secretamente! —canturreó Gruzin.

 

Por fin partieron. Orlov pasó la noche fuera y regresó al día siguiente, a la hora del almuerzo.

 

VI

 

Zinaída Fiódorovna perdió un relojito de oro que le había regalado su padre tiempo atrás. Esa pérdida la sorprendió y la asustó. Pasó la mitad de la jornada recorriendo las habitaciones, examinando con impotencia las mesas y los alféizares, pero era como si se lo hubiera tragado la tierra.

Al cabo de unos tres días, al regresar a casa, olvidó el portamonedas en el vestíbulo. Por suerte para mí, esa vez no fui yo quien la ayudó a quitarse el abrigo, sino Polia. Cuando reparó en la pérdida, el portamonedas ya no estaba en el vestíbulo.

 

—¡Qué raro! —exclamó Zinaída Fiódorovna, perpleja—. Recuerdo perfectamente que lo saqué del bolsillo para pagar al cochero… y que lo puse aquí, al lado del espejo. ¡No lo entiendo!

 

Aunque yo no lo había robado, se apoderó de mí la sensación de que el ladrón era yo y de que me habían descubierto. Cuando se sentó a almorzar, Zinaída Fiódorovna le dijo a Orlov en francés:

 

—Está casa está embrujada. Hoy perdí el portamonedas en el vestíbulo y acaba de aparecer en mi mesa. Pero los duendes no han hecho ese juego de manos de manera desinteresada. Se han llevado una moneda de oro y veinte rublos por las molestias.

 

—Primero se le pierde a usted el reloj y ahora el dinero… —dijo Orlov—. ¿Por qué no me sucede a mí nunca nada de eso?

 

Unos instantes después, Zinaída Fiódorovna ya no se acordaba del juego de manos de los duendes y contaba riendo que la semana anterior había encargado papel de cartas, pero había olvidado informar de la nueva dirección, así que la tienda lo había enviado a casa de su marido, que tuvo que pagar los doce rublos de la factura. De pronto reparó en Polia y se la quedó mirando fijamente. M ientras la observaba, se ruborizó y se mostró tan confundida que se puso a hablar de otra cosa.

 

Cuando le llevé el café a su despacho, Orlov estaba de pie junto a la chimenea, de espaldas al fuego, mientras ella estaba sentada en un sillón, enfrente de él.

 

—En absoluto estoy de mal humor —decía en francés—. Pero he estado dándole vueltas y ahora lo veo todo claro. Puedo decirle el día y hasta la hora en que me robó el reloj. ¿Y el portamonedas? En ese caso no cabe ninguna duda. ¡Ah! —sonrió, cogiendo la taza de café que le ofrecía—. Ahora entiendo por qué pierdo tan a menudo pañuelos y guantes. Puede decir lo que quiera, pero mañana mismo pongo a esa urraca de patitas en la calle y mando a Stepán a por mi Sofia, que no es una ladrona ni tiene ese aspecto tan… repelente.

 

—Está usted de mal humor. Mañana, cuando se le haya pasado el enfado, se dará cuenta de que no se puede despedir a una persona sólo porque se sospeche de ella.

 

—Nada de sospechas, estoy segura —dijo Zinaída Fiódorovna—. Mientras sospeché de su criado, ese proletario de aspecto tan tristón, no dije una palabra. Me ofende, Georges, que no me crea usted.

 

—Que tengamos opiniones distintas sobre algunas cosas no quiere decir que no la crea. Aunque tuviera usted razón —dijo Orlov, volviéndose hacia el fuego y arrojando el cigarrillo—, no habría motivo para alterarse de ese modo. Si le digo la verdad, no esperaba que mi modesto hogar le causara tantas preocupaciones y quebraderos de cabeza. Ha perdido una moneda de oro. Bueno, pues al diablo con ella; coja, si quiere, cien de las mías. Pero alterar el orden establecido, meter en casa a una doncella desconocida y esperar a que se acostumbre a sus nuevas tareas es un proceso largo, tedioso

 

y  contrario a mi carácter. Cierto que nuestra actual doncella está gorda y que quizá tenga debilidad por los pañuelos y los guantes, pero por otro lado es muy decente y disciplinada y no chilla cuando Kukushkin le da pellizcos.

 

—Resumiendo, que no puede separarse de ella… Dígalo sin tapujos. —¿Está usted celosa?

—¡Sí, estoy celosa! —afirmó Zinaída Fiódorovna con decisión. —Gracias.

—¡Sí, estoy celosa! —repitió ella, y en sus ojos brillaron las lágrimas—. No, no son celos, sino algo peor… Ni siquiera sé qué nombre darle —se llevó las manos a las sienes y prosiguió acalorada —: ¡Ustedes, los hombres, son a veces repugnantes! ¡Qué horror!

 

—No veo en todo esto ningún horror.

 

—Nunca he presenciado esa clase de cosas y, en realidad, no sé nada, pero se dice que ustedes, los hombres, empiezan ya en la adolescencia a tener relaciones con las doncellas y que luego, por costumbre, no sienten ninguna repulsión. No lo sé, no lo sé, pero hasta lo he leído… Georges, tienes tú razón —añadió, acercándose a Orlov y adoptando un tono cariñoso y suplicante—, la verdad es que hoy no estoy de buen humor. Pero trata de comprenderme, no puedo evitarlo. Me repugna y me da miedo. Su sola presencia me molesta.

 

—¿Es que no puede prescindir de esas mezquindades? —dijo Orlov, encogiéndose de hombros en señal de perplejidad y apartándose de la chimenea—. No le preste usted atención, así de sencillo. De ese modo, no le parecerá repugnante y dejará de hacer una montaña de un grano de arena.

 

Como en ese momento salí del despacho, no sé qué respuesta recibiría Orlov. En cualquier caso, Polia se quedó con nosotros. Después de ese incidente, Zinaída Fiódorovna no le dirigía la palabra para nada; era evidente que trataba de arreglárselas sin sus servicios. Bastaba que Polia le tendiera algún objeto o simplemente pasara a su lado, con el tintineo de su brazalete y el frufrú de sus enaguas, para que se estremeciera.

 

Creo que si Gruzin o Pekarski le hubieran pedido a Orlov que despidiera a Polia, lo habría hecho sin la menor vacilación, sin exigir explicaciones de ningún tipo, pues era complaciente, como todas las personas indiferentes. Pero en sus relaciones con Zinaída Fiódorovna, vaya usted a saber por qué, hacía gala de una cerrazón rayana a veces en el despotismo, aun tratándose de cuestiones insignificantes. Pronto comprendí una cosa: bastaba que a ella le gustara algo, para que a él le desagradara. Cuando Zinaída Fiódorovna volvía de sus compras y se aprestaba a enseñarle, muy ufana, sus nuevas adquisiciones, él se limitaba a echarles un vistazo somero y decía con frialdad que, cuanto más se llenara la casa de objetos superfluos, menos aire habría en las habitaciones. A veces, ya con el frac puesto para salir, y habiéndose despedido de Zinaída Fiódorovna, le entraba de pronto la cabezonada de quedarse en casa. En tales ocasiones yo tenía la impresión de que actuaba de ese modo con el único objeto de sentirse desdichado.

 

—¿Por qué no se ha marchado usted? —preguntaba Zinaída Fiódorovna, fingiéndose enfadada y en verdad resplandeciendo de satisfacción—. ¿Por qué? No está habituado a pasar las veladas en casa

y  yo no quiero que altere sus costumbres por culpa mía. Haga el favor de irse, si no quiere que me sienta culpable.

—¿Quién la culpa a usted de nada? —decía Orlov.

 

Se desplomaba en el sillón de su despacho con aire de víctima y, protegiéndose los ojos, se ponía a leer. Pero al poco rato el libro se le caía de las manos; entonces se daba la vuelta con indolencia en el sillón y de nuevo se protegía los ojos, como si le molestara el sol. Ya por entonces se arrepentía de no haberse marchado.

 

—¿Puedo pasar? —decía Zinaída Fiódorovna, entrando con indecisión en el despacho—. ¿Está usted leyendo? M e aburría, así que he venido un momento… a echar un vistazo.

Recuerdo que una tarde entró en un mal momento y, con su habitual indeterminación, se sentó en la alfombra, a los pies de Orlov; por sus movimientos tímidos y delicados se podía ver que no entendía su estado de ánimo y que tenía miedo.

 

—Se pasa usted todo el tiempo leyendo… —se aventuró a decir por fin, con la intención evidente de adularlo—. ¿Sabe, Georges, cuál es el secreto de su éxito? Es usted muy culto e inteligente. ¿Qué libro es?

 

Orlov respondió. Pasaron unos minutos en silencio, que a mí se me antojaron muy largos. Yo estaba en la sala, y desde allí los observaba, siempre temiendo que me viniera un acceso de tos.

—Quería decirle algo… —comentó en voz baja Zinaída Fiódorovna y se echó a reír—. ¿Se la digo? Puede que se burle usted de mí y me diga que no hago más que fantasear. Pues verá: me hace mucha, muchísima ilusión pensar que hoy se ha quedado usted por mí… para pasar la velada conmigo. ¿Es así? ¿Puedo pensarlo?

 

—Piénselo —dijo Orlov, protegiéndose los ojos—. Dichoso aquel que cree no sólo lo que es, sino también lo que no es…

—Ha dicho usted una frase muy larga y no la he entendido del todo. ¿Quiere usted decir que las personas felices viven de figuraciones? Sí, es verdad. A mí me gusta pasar las veladas en su despacho

y  dejar volar la imaginación… ¡Qué grato es soñar! ¡Venga, Georges, soñemos en voz alta!

 

—Yo no he ido a un internado femenino y, por tanto, no he aprendido esas sutilezas.

 

—¿No está usted de humor? —preguntó Zinaída Fiódorovna, cogiéndole la mano—. Dígame por qué. Cuando se pone usted así, me da miedo. No sé si es que le duele la cabeza o está enfadado conmigo… —de nuevo se produjo un largo silencio—. ¿Por qué ha cambiado usted? —preguntó ella en voz baja—. ¿Por qué ya no se muestra tan cariñoso y alegre como en la calle Známenskaia? Hace ya casi un mes que vivo con usted y tengo la sensación de que aún no hemos empezado a vivir ni hemos hablado de nada como Dios manda. Siempre me responde usted con bromas o con frases largas y frías, como si fuera un profesor. Hasta en sus bromas hay cierta frialdad… ¿Por qué ha dejado de hablar en serio conmigo?

 

—Yo siempre hablo en serio.

 

—Bueno, pues vamos a hablar en serio. Por el amor de Dios, Georges… Hablemos. —Vale. Pero ¿de qué?

 

—De nuestra vida, de nuestro futuro… —dijo Zinaída Fiódorovna con aire soñador—. Yo me paso el tiempo haciendo planes y más planes, ¡y soy tan feliz…! Georges, empezaré con una

 

pregunta: ¿cuándo va a renunciar usted a su puesto?

 

—¿Para qué? —preguntó Orlov, apartando la mano de la frente.

 

—Con las ideas que tiene, no puede usted ser funcionario. Ese no es su sitio.

 

—¿Mis ideas? —preguntó Orlov—. ¿Mis ideas? Por naturaleza y por convencimiento no soy más que un simple funcionario, un personaje de Schedrín. Me atrevo a asegurarle que me toma usted por otro.

 

—¿Ya está usted con sus bromas, Georges!

 

—Nada de eso. Puede que mi trabajo no me satisfaga, pero en cualquier caso lo prefiero a cualquier otra cosa. Estoy acostumbrado a la oficina; allí la gente es como yo, de manera que no me siento superfluo y me encuentro más o menos a gusto.

 

—Usted odia el trabajo. Está harto de él.

 

—¿De veras? ¿Y cree usted que, si pido el retiro, me pongo a soñar en voz alta y me transporto a otro mundo, esa vida me resultará menos odiosa que el trabajo?

 

—Con tal de llevarme la contraria, es usted capaz hasta de calumniarse a sí mismo —se ofendió Zinaída Fiódorovna y se puso en pie—. Lamento haber iniciado esta conversación.

 

—¿Por qué se enfada usted? Yo no me enfado porque usted no trabaje en una oficina. Cada uno vive como mejor le parece.

 

—¿De verdad vive usted como quiere? ¿Acaso es usted libre? Pasarse la vida escribiendo documentos que son contrarios a sus convicciones —prosiguió Zinaída Fiódorovna, uniendo las manos en un gesto de desesperación—. Obedecer, felicitar el Año Nuevo a los superiores y luego cartas, cartas y más cartas, y, sobre todo, someterse a un orden de cosas que no puede ser de su agrado. ¡No, Georges, no! Déjese de bromas pesadas. Es terrible. Usted es un idealista y sólo debe servir a sus ideas.

 

—De verdad que me toma usted por otro —suspiró Orlov.

 

—Dígame sin más que no tiene ganas de hablar conmigo. No me soporta, eso es todo —profirió entre lágrimas Zinaída Fiódorovna.

 

—Escuche, querida —dijo Orlov en tono sentencioso, retrepándose en el sillón—, usted misma ha tenido la bondad de calificarme de hombre culto e inteligente. Y enseñar al que ya sabe no conduce a nada. Conozco muy bien todas las ideas, pequeñas y grandes, que tiene usted en mente cuando me llama idealista. En consecuencia, si prefiero el trabajo y las cartas a esas ideas, debe de haber algún motivo. Eso en primer lugar. En segundo, por lo que yo sé, usted no ha trabajado nunca, de manera que sus juicios sobre el servicio civil sólo han podido formarse a partir de anécdotas y novelas de cuarta fila. Por tanto, no estaría de más que nos pusiéramos de acuerdo de una vez para siempre sobre este punto: no hablar de cosas archiconocidas o de asuntos que no son de nuestra incumbencia.

 

—¿Por qué me habla en ese tono? —exclamó Zinaída Fiódorovna, retrocediendo como horrorizada—. ¿Por qué? ¡Por el amor de Dios, Georges, recapacite! —su voz temblaba y se quebraba; era evidente que trataba de contener las lágrimas, pero de pronto estalló en sollozos—. ¡Georges, querido, me siento morir! —añadió en francés, postrándose de pronto delante de Orlov y apoyando la cabeza en sus rodillas—. Qué angustia, qué tormento. No puedo más, no puedo… De niña una madrastra odiosa y perversa, luego mi marido y ahora usted… Usted… A mi amor apasionado responde con ironía y frialdad… ¡Y esa espantosa y descarada doncella! —prosiguió, entre gemidos—. Sí, sí, ya me doy cuenta: no soy su esposa, ni su amiga, sino una mujer a la que no

 

respeta usted porque se ha convertido en su amante… ¡M e mataré!

 

No esperaba que esas palabras y ese llanto causaran en Orlov tan profunda impresión. Se ruborizó, se removió inquieto en el sillón, y su rostro, en lugar de ironía, reflejó un miedo obtuso y pueril.

 

—Querida, no me ha comprendido usted, se lo juro —farfulló confuso, pasándole la mano por los cabellos y los hombros—. Perdóneme, se lo ruego. He sido injusto y … me desprecio a mí mismo.

—Lo importuno con mis llantos y mis lamentos… Es usted honrado y generoso… un hombre como hay pocos… No lo olvido ni un momento, pero estos últimos días casi me muero de tristeza…

 

Zinaída Fiódorovna abrazó impulsivamente a Orlov y le dio un beso en la mejilla.

 

—Pero no llore, por favor —dijo él.

 

—No, no… Ya he llorado bastante y me siento mejor.

 

—En lo que respecta a la doncella, mañana mismo abandonará esta casa —exclamó, sin dejar de removerse inquieto en el sillón.

 

—No, que se quede, Georges. ¿Me oye? Ya no me da miedo… Hay que estar por encima de esas mezquindades y no pensar en tonterías. ¡Tiene usted razón! Es usted un hombre como hay pocos… ¡un hombre extraordinario!

 

Pronto dejó de llorar. Sentada en las rodillas de Orlov, con las lágrimas aún brillando en sus pestañas, se puso a contarle a media voz una historia conmovedora, quizá recuerdos de infancia y juventud, mientras le acariciaba el rostro con la mano, lo besaba y observaba atentamente los anillos de sus dedos y los dijes de su cadena. Estaba entusiasmada por su propio relato y por la proximidad del hombre amado, y, quizá porque las recientes lágrimas habían limpiado y refrescado su alma, su voz tenía un matiz de extraordinaria pureza y sinceridad. Orlov, por su parte, jugueteaba con sus cabellos castaños y le besaba las manos, presionándolas con sus labios sin hacer ruido.

 

Luego tomaron el té en el despacho y  Zinaída Fiódorovna leyó en voz  alta algunas  cartas.

 

Pasadas las doce, se fueron a dormir.

 

Esa noche me dolió mucho un costado, y hasta primera hora de la mañana no conseguí calentarme

 

y  conciliar el sueño. Oí que Orlov salía de su habitación y entraba en el despacho. Tras pasar allí casi una hora, tocó el timbre. Olvidando todas las reglas de la decencia, por culpa del dolor y la fatiga, me presenté en su estudio en ropa interior y descalzo. Orlov, con bata y gorro de dormir, me esperaba en el umbral.

 

—Cuando se te llama, debes acudir vestido —dijo con severidad—. Tráeme más velas.

 

Quise excusarme, pero de pronto me vino un fuerte acceso de tos y, para no caer, tuve que apoyar una mano en la jamba.

—¿Está usted enfermo? —preguntó Orlov.

 

Creo que desde que nos conocíamos era la primera vez que me trataba de usted. Dios sabrá por qué lo haría. Es probable que vestido sólo con la ropa interior y con la cara desfigurada por la tos no desempeñara bien mi papel y no guardase mucho parecido con un criado.

 

—Si está usted enfermo, ¿por qué trabaja? —preguntó. —Para no morirme de hambre —respondí.

—¡Qué repugnante es todo esto, la verdad! —dijo en voz baja, mientras se acercaba a su escritorio.

Mientras  yo, ya con la levita puesta, colocaba y  encendía las  nuevas  velas, él se sentó al

 

 

escritorio y, extendiendo las piernas sobre un sillón, se puso a abrir un libro con una plegadera.

 

Lo dejé sumido en la lectura; esta vez el libro no se le cayó de las manos, como la jornada anterior.

 

VII

 

Ahora, mientras escribo estos renglones, frena mi mano un miedo inculcado desde la infancia: me aterra parecer sentimental y ridículo. Cuando quiero mostrarme afectuoso y decir palabras tiernas, no consigo ser sincero. Ese temor, así como la falta de costumbre, me impide expresar con toda claridad lo que sucedió entonces en mi corazón.

 

No estaba enamorado de Zinaída Fiódorovna, pero en el simple sentimiento de humanidad que alimentaba por ella había mucha más juventud, frescura y alegría que en el amor de Orlov.

 

Por la mañana, mientras lustraba botas con un cepillo o pasaba la escoba, esperaba con el alma en vilo el momento en que por fin oiría su voz y sus pasos. ¡Si supieran ustedes qué importante era para mí observarla mientras tomaba el café y desayunaba, ponerle la pelliza en el vestíbulo o ayudarla a calzarse los chanclos en sus pequeños pies, mientras ella se apoyaba en mi hombro, y luego esperar a que desde abajo me llamara el portero, aguardarla en la puerta y verla llegar con las mejillas sonrosadas, aterida, salpicada de nieve, escuchar sus exclamaciones entrecortadas sobre el hielo o el cochero! Ardía en deseos de enamorarme, de formar mi propia familia, y quería que mi futura esposa tuviera precisamente esa cara, esa voz. Soñaba cuando comía y cuando salía de casa a cumplir algún encargo, y también por la noche, cuando no lograba conciliar el sueño. Orlov rechazaba con repugnancia las prendas de mujer, los niños, la cocina, las cacerolas de cobre, mientras yo recogía todo eso, lo mecía con delicadeza en mis sueños, lo amaba, se lo pedía al destino, y me perdía en ensoñaciones sobre una esposa, un cuarto para los niños, un jardín con senderos de arena, una casita…

 

Sabía que, si me enamoraba de ella, no podía contar con el milagro de ser correspondido, pero esa consideración no me inquietaba. El sentimiento que albergaba era modesto y recatado, nada más que una mera inclinación, por lo que no sentía celos de Orlov, ni siquiera envidia, pues comprendía que, en el caso de un hombre tullido como yo, la felicidad sólo es posible en los sueños.

 

Cuando Zinaída Fiódorovna, por la noche, esperaba a su Georges, mirando fijamente un libro, sin volver la página, o cuando se estremecía y palidecía porque Polia atravesaba la habitación, yo sufría con ella y se me pasaba por la cabeza la idea de sajar cuanto antes ese enconado absceso, arreglándomelas para que se enterara de todo lo que se decía en las cenas de los jueves. Pero ¿cómo hacerlo? Cada vez más a menudo era testigo de sus lágrimas. Durante las primeras semanas se reía y cantaba una cancioncilla, incluso cuando Orlov no estaba, pero ya durante el segundo mes la vida en casa se sumió en un silencio ominoso, que sólo se quebraba los jueves.

 

Zinaída Fiódorovna adulaba a Orlov y, con tal de arrancarle una sonrisa insincera o un beso, estaba dispuesta a ponerse de rodillas y hacerle fiestas como un perrito faldero. Cuando pasaba delante de un espejo, incluso cuando estaba con el ánimo por los suelos, no podía dejar de mirarse y arreglarse el peinado. Me parecía extraño que siguiera interesándose por la ropa y que no hubiera perdido su entusiasmo por las compras, pues era algo que no cuadraba con su sincera pesadumbre.

 

Seguía la moda y encargaba costosos vestidos. ¿Para quién y por qué razón? Recuerdo sobre todo un vestido nuevo que costó cuatrocientos rublos. ¡Pagar cuatrocientos rublos por un vestido superfluo e innecesario, cuando nuestras jornaleras reciben veinte kopeks al día por su trabajo extenuante, de los que hay que descontar la comida, y cuando a las bordadoras de Bruselas y Venecia les pagan sólo medio franco diario, contando con que el resto se lo ganarán haciendo la calle! Me parecía extraño, y hasta me enojaba, que Zinaída Fiódorvna no se diera cuenta de esas cosas. Pero bastaba que saliera de casa para que se lo perdonara todo, para que lo disculpara todo, y me dispusiera a aguardar anhelante la llamada del portero.

 

Me trataba como a un lacayo, como a una criatura inferior. Se puede acariciar a un perro sin prestarle atención. Los amos me daban órdenes y me hacían preguntas sin reparar en mi presencia. Consideraban inconveniente hablar conmigo más de lo debido. Si se me hubiera ocurrido, cuando servía la cena, entrometerme en una conversación o echarme a reír, probablemente me habrían tomado por loco y me habrían despedido. En cualquier caso, Zinaída Fiódorovna era benévola conmigo. Cuando me enviaba a algún sitio o me explicaba el funcionamiento de una lámpara nueva u otra cosa por el estilo, su rostro adoptaba una expresión de lo más serena, afable y cordial, y me miraba directamente a los ojos. En tales ocasiones siempre tenía la impresión de que se acordaba con agradecimiento de las cartas que le llevaba a la calle Známenskaia. Cuando llamaba, Polia, que me consideraba el favorito del ama y me odiaba por ello, decía con una sonrisa emponzoñada:

 

—Vete, tu amorcito te llama.

 

Zinaída Fiódorovna me consideraba un ser inferior y no albergaba la menor sospecha de que era la única persona en esa casa que podía sentirse humillada. No sabía que yo, un lacayo, sufría por ella y unas veinte veces al día me preguntaba qué le depararía el futuro y cómo acabaría todo. Cada día que pasaba la situación empeoraba a ojos vistas. Al parecer, después de aquella tarde en que hablaron del trabajo, Orlov, a quien no le gustaban las lágrimas, empezó a tener miedo y procuró evitar cualquier conversación con ella. Cuando Zinaída Fiódorovna empezaba a discutir, o a suplicar, o parecía a punto de echarse a llorar, él encontraba alguna excusa plausible para retirarse a su despacho o incluso para salir de casa. Cada vez era más raro que se quedara a pasar la noche y más raro aún que cenara en casa. Los jueves él mismo pedía a sus amigos que lo llevaran a alguna parte. Zinaída Fiódorovna soñaba, como antes, con una cocina, con un piso nuevo y con un viaje al extranjero, pero sus sueños seguían sin hacerse realidad. La comida la traían de un restaurante; en cuanto a la cuestión de la vivienda, Orlov le había pedido que no la planteara hasta que regresaran del viaje al extranjero, que por lo demás no podrían emprender antes de que le creciera el pelo, porque no podía ir de hotel en hotel, consagrado a sus ideas, si no tenía el pelo largo.

 

Como si no bastase con eso, Kukushkin empezó a aparecer por las tardes, cuando Orlov estaba ausente. Su comportamiento no tenía nada de extraño, pero a mí no se me iba de la cabeza aquella conversación en que había afirmado que le quitaría la amante a Orlov. Le servíamos té y vino tinto, y él soltaba esas risitas suyas y, deseando decir algo agradable, aseguraba que el matrimonio civil era superior al eclesiástico en todos los sentidos y que, en realidad, todas las personas decentes deberían postrarse a los pies de Zinaída Fiódorovna.

 

 

VIII

 

 

Las fiestas de Navidad pasaron en medio del aburrimiento, como un vago anticipo de la catástrofe que se avecinaba. La víspera de Año Nuevo, mientras tomaba su café matinal, Orlov anunció de improviso que sus superiores, después de investirlo de poderes especiales, habían dispuesto que se uniera a un senador que iba a realizar un viaje de inspección a cierta provincia.

 

—No me apetece ir, pero no se me ocurre ninguna excusa —dijo disgustado—. Tengo que obedecer, no hay nada que hacer.

 

En cuanto se enteró de esa novedad, a Zinaída Fiódorovna se le enrojecieron los ojos.

 

—¿Para mucho tiempo? —preguntó.

 

—Cinco o seis días.

 

—A decir verdad, me alegro de que te marches —dijo, después de pensarlo un momento—. Te distraerás. Tendrás una aventura durante el viaje y luego me la contarás.

 

Siempre que se presentaba la ocasión, trataba de demostrarle a Orlov que no coartaba su libertad y que era dueño de hacer lo que se le antojase, pero esa política tan ingenua y transparente no engañaba a nadie y sólo servía para recordarle una vez más a Orlov que no era libre.

 

—M e marcho esta tarde —dijo él, y se puso a leer el periódico.

 

Zinaída Fiódorovna tenía intención de acompañarlo a la estación, pero él la disuadió, argumentando que no se marchaba a América ni estaría fuera cinco años, sólo cinco días, tal vez menos.

 

Se despidieron poco después de las siete. Él le rodeó la cintura con un solo brazo y la besó en la frente y en los labios.

 

—Sé buena y no te entristezcas durante mi ausencia —dijo en un tono tan afectuoso y cordial que me conmovió incluso a mí—. Que Dios te bendiga.

 

Ella miró con ansia su rostro, como tratando de imprimir con mayor fuerza en la memoria esos rasgos tan queridos; luego le echó las manos al cuello con un gesto lleno de gracia y apoyó la cabeza en su pecho.

 

—No me guardes rencor por nuestros malentendidos —dijo en francés—. Un marido y una mujer no pueden dejar de discutir si se quieren, y yo te quiero con locura. No me olvides… Telegrafíame lo más a menudo que puedas y dame noticias detalladas.

 

Orlov volvió a besarla y salió sin añadir palabra, sintiendo cierta confusión. Cuando ya se había oído el ruido del cerrojo en la puerta, se detuvo en medio de la escalera, meditabundo, y miró hacia arriba. Yo tenía la impresión de que, si en ese momento hubiera oído ahí el menor ruido, se habría vuelto. Pero todo estaba en silencio. Se arregló el capote y empezó a bajar los peldaños con indecisión.

 

En la entrada esperaban dos trineos desde hacía algún tiempo. Orlov se sentó en uno y en el otro me acomodé yo con las dos maletas. El frío era muy intenso y en los cruces de las calles ardían hogueras. La velocidad de la marcha hacía que el gélido viento me arañara la cara y las manos y me cortara el aliento; con los ojos cerrados, iba pensando: «¡Qué mujer tan maravillosa! ¡Cuánto lo ama! Hoy día se recogen por los patios hasta los objetos inservibles, para venderlos con fines benéficos; hasta un espejo roto se considera una mercancía aprovechable, pero algo tan valioso y raro como el amor de una mujer joven, refinada, inteligente y decente se pierde completamente en vano. Un viejo sociólogo consideraba que cualquier pasión negativa era una fuerza que, con sabiduría, podía encauzarse al bien; en nuestro país, en cambio, una pasión noble y hermosa nace y luego muere

 

impotente, sin dirección alguna, incomprendida o degradada. ¿Por qué?».

 

Los trineos se detuvieron de pronto. Abrí los ojos y vi que estábamos en la calle Serguiévskaia, cerca del caserón donde vivía Pekarski. Orlov se apeó del trineo y desapareció en el interior del edificio. Al cabo de unos cinco minutos apareció en la puerta el lacayo de Pekarski, sin gorro, y me gritó, enfadado por el frío que hacía:

 

—¿Estás sordo o qué te pasa? Despide a los cocheros y sube. ¡Te llaman!

 

Sin entender nada, me dirigí a la segunda planta. Había estado antes en casa de Pekarski, es decir, había echado un vistazo a la sala desde el vestíbulo, y siempre me había impresionado el esplendor de los marcos, de los bronces y del costoso mobiliario, sobre todo después de atravesar calles húmedas

 

y  sombrías. Ahora, en medio de ese esplendor, vi a Gruzin, a Kukushkin y un poco después también a Orlov.

—Escucha, Stepán —dijo, acercándose a mí—. Voy a quedarme aquí hasta el viernes o el sábado. Si llegan cartas o telegramas, tráemelos a diario. En casa, desde luego, dirás que he partido y que mando un saludo. Adiós.

 

Cuando regresé a casa, Zinaída Fiódorovna estaba tumbada en el sofá de la sala, comiendo una pera. Sólo ardía una vela, colocada en un candelabro.

—¿Llegasteis a tiempo a la estación? —me preguntó. —Desde luego. El señor le manda un saludo.

M e retiré a mi habitación y también me tumbé. No tenía nada que hacer y no me apetecía leer. No estaba sorprendido ni indignado, pero me exprimía los sesos tratando de comprender la necesidad de ese engaño, pues sólo los muchachos engañan de ese modo a sus amantes. ¿Cómo era posible que a un hombre que había leído y razonado tanto no se le hubiera ocurrido algo más elaborado? Reconozco que no tenía una mala opinión de su inteligencia. Creo que, si hubiera necesitado engañar al ministro de su ramo o a otro personaje importante, habría empleado no pocas energías y artimañas; en cambio, para engañar a una mujer había echado mano de lo primero que se le había pasado por la imaginación. Si la argucia tenía éxito, bien, y si no, poco importaba, pues podía mentir una segunda vez, con la misma facilidad y presteza, sin romperse la cabeza.

 

A medianoche, mientras en el piso de arriba recibían el Año Nuevo con rumores de sillas, gritos y vivas, Zinaída Fiódorovna llamó desde la habitación contigua al despacho. Con cierta languidez, después de haber pasado tanto tiempo tumbada, se había sentado a la mesa y estaba escribiendo algo en un pedazo de papel.

 

—Hay que mandar un telegrama —dijo, sonriendo—. Vaya cuanto antes a la estación y pida que lo envíen de inmediato.

Cuando salí a la calle, leí la nota: «Feliz Año Nuevo y muchas felicidades. Telegrafía en seguida. Te echo muchísimo de menos. Ha pasado una eternidad. Lamento que no sea posible mandar por telégrafo un millar de besos y mi propio corazón. Que lo pases bien, amor mío. Zina».

 

M andé el telegrama y a la mañana siguiente entregué el resguardo a Zinaída Fiódorovna.

 

IX

 

 

Lo peor de todo era que Orlov había cometido la torpeza de hacer partícipe del engaño también a

 

Polia, ordenándole que le llevara sus camisas a la calle Serguiévskaia. A partir de ese momento, Polia miraba a Zinaída Fiódorovna con malevolencia y un odio que yo no alcanzaba a entender, y no dejaba de bufar de contento cuando estaba en el vestíbulo o en su habitación.

—¡Ya ha pasado aquí demasiado tiempo, es hora de que se vaya! —decía con satisfacción—. Es la primera que tendría que entenderlo.

 

Barruntando que Zinaída Fiódorovna no se quedaría mucho tiempo entre nosotros, procuraba no perder el tiempo y arramblaba con todo lo que se le ponía a tiro: frascos, horquillas de carey, pañuelos, zapatos. El segundo día del año Zinaída Fiódorovna me llamó a su habitación y me informó a media voz de que le había desaparecido un vestido negro. Luego recorrió todas las habitaciones, pálida, con expresión asustada e indignada, hablando consigo misma:

 

—¿Cómo es posible? Pero ¿cómo es posible? ¡Es de una insolencia inaudita!

 

Durante la comida, quiso servirse ella misma la sopa, pero no pudo: le temblaban las manos. También le temblaban los labios. Miraba impotente la sopa y las empanadillas, esperando que se le pasara el temblor, pero de pronto no pudo contenerse y miró a Polia.

 

—Usted, Polia, puede salir de la habitación —dijo—. Con Stepán me basta.

 

—No me importa quedarme, señora —respondió Polia.

 

—No hay motivo para que se quede aquí. Váyase de una vez para siempre… ¡de una vez para siempre! —gritó Zinaída Fiódorova y, presa de una gran agitación, se puso en pie—. Puede buscarse otra colocación. ¡Váyase ahora mismo!

 

—No puedo irme hasta que el señor me lo ordene. Es él quien me contrató. Se hará lo que él diga. —¡Yo también le doy órdenes! ¡Soy la señora de la casa! —dijo Zinaída Fiódorovna, poniéndose

como la grana.

 

—Puede que sea usted la señora de la casa, pero sólo el señor puede despedirme. Fue él quien me contrató.

 

—¡No se atreva a quedarse aquí ni un minuto más! —gritó Zinaída Fiódorovna y golpeó el plato con el cuchillo—. ¡Es usted una ladrona! ¿M e oye?

 

Zinaída Fiódorovna arrojó la servilleta sobre la mesa y salió a toda prisa del comedor, con una expresión lastimosa y sufriente. Polia también salió, entre ruidosos gemidos y lamentos. La sopa y la becada se enfriaron. Por alguna razón, esos suntuosos manjares traídos del restaurante me parecieron de pronto no menos miserables y rufianescos que Polia. Dos empanadillas que había en un plato tenían un aspecto especialmente penoso y lamentable. «Hoy nos devolverán al restaurante — parecían decir— y mañana nos servirán de nuevo en el almuerzo de un funcionario o una cantante famosa».

 

—¡Es una señora muy importante, figúrate! —se oía en la habitación de Polia—. Si hubiera querido, hace tiempo que yo también sería una señora así… ¡Pero me da vergüenza! ¡Ya veremos quién de las dos se marcha primero! ¡Sí!

 

Zinaída Fiódorovna llamó. Estaba sentada en un rincón, y por la expresión de su rostro se diría que alguien la había puesto allí como castigo.

 

—¿No han traído ningún telegrama? —preguntó.

 

—No señora.

 

—Pregúntele al portero, quizá haya llegado alguno. Pero no salga de casa —añadió, cuando me di la vuelta—. M e da miedo quedarme sola.

 

A partir de ese momento, casi cada hora tenía que bajar corriendo para preguntarle al portero si se había recibido algún telegrama. ¡Debo confesar que fueron unos días terribles! Para no ver a Polia, Zinaída Fiódorovna comía y tomaba el té en su habitación, donde también dormía, haciéndose personalmente el lecho en un sofá pequeño y arqueado. En los primeros días era yo quien se encargaba de enviar los telegramas, pero, al no recibir respuesta, dejó de confiar en mí y empezó a ir ella misma a la oficina de telégrafos. Era tanta su ansiedad que también yo me puse a esperar con impaciencia un telegrama. Albergaba la esperanza de que a Orlov se le hubiera ocurrido alguna estratagema, por ejemplo, que hubiera dado disposiciones para que enviaran un telegrama desde alguna estación. Si está demasiado absorbido con las partidas de cartas, pensaba yo, o ha tenido tiempo de encapricharse de otra mujer, seguro que Gruzin o Kukushkin le recuerdan nuestra existencia. Pero esperamos en vano. Unas cinco veces al día entraba en la habitación de Zinaída Fiódorovna con la intención de contarle toda la verdad, pero, al ver su aire desamparado, sus hombros caídos y sus labios trémulos, me retiraba sin decir palabra. La compasión y la piedad me robaban todo rastro de valor. Polia, alegre y satisfecha, como si la cosa no fuera con ella, limpiaba el despacho del señor y el dormitorio, husmeaba en los armarios, recogía la vajilla con tintineo de platos y, al pasar por la puerta de Zinaída Fiódorovna, canturreaba y tosía. Le gustaba que la señora se escondiese de ella. Salía por la noche y no regresaba hasta las dos o las tres de la madrugada; cuando llamaba al timbre, yo tenía que abrirle y escuchar sus observaciones sobre mi tos. Al poco rato se oía otro timbrazo y yo tenía que acudir corriendo a la habitación contigua al despacho, donde Zinaída Fiódorovna, asomando la cabeza por la puerta, me preguntaba: «¿Quién ha llamado?». Y me miraba las manos para ver si llevaba algún telegrama.

 

Cuando el sábado, por fin, llamaron abajo y en la escalera se oyó una voz conocida, se alegró tanto que se puso a sollozar. Corrió a su encuentro, lo abrazó, le besó el pecho y las mangas, pronunció palabras incomprensibles. El portero metió las maletas en casa, se oyó la voz alborozada de Polia. ¡Era como si hubiera llegado alguien a pasar unos días de vacaciones!

 

—¿Por qué no has telegrafiado? —decía Zinaída Fiódorovna, con la respiración entrecortada por la alegría—. ¿Por qué? Cuánto he sufrido, ya no podía más… ¡Ah, Dios mío!

 

—¡Pues muy sencillo! El senador y yo partimos el primer día para Moscú, de modo que no me llegaron tus telegramas —dijo Orlov—. Después de comer, querida, te lo contaré todo en detalle; ahora quiero dormir, dormir y nada más… Vengo agotado del viaje.

 

Era evidente que no había dormido en toda la noche: probablemente había estado jugando a las cartas y había bebido mucho. Zinaída Fiódorovna lo llevó a la cama, y luego tuvimos que andar todos de puntillas hasta la tarde. Durante la comida todo marchó a las mil maravillas, pero cuando pasaron al despacho para tomar el café, empezaron las explicaciones. Zinaída Fiódorovna hablaba en francés, y sus palabras se sucedían susurrantes y veloces, como el murmullo de un arroyo; luego se oyó un profundo suspiro y la voz de Orlov.

 

—¡Dios mío! —dijo en francés—. ¿Es qué no tiene noticias más frescas que esa eterna cantinela de las maldades de la doncella?

 

—Pero, cariño, me ha robado y me ha dicho toda clase de insolencias.

 

—¿Y por qué no me roba ni me falta a mí al respeto? ¿Por qué yo no reparo nunca en las doncellas, en los porteros y en los lacayos? Querida, lo suyo no es más que capricho y falta de carácter… Hasta empiezo a sospechar que está usted embarazada. Cuando le propuse despedirla,

 

 

insistió usted en que se quedara, y ahora quiere que la eche. En estos casos yo también soy testarudo: a un capricho respondo con otro. Usted quiere que se vaya; bueno, pues yo quiero que se quede. Es el único modo de curarle a usted los nervios.

—¡Basta, basta! —dijo Zinaída Fiódorovna, asustada—. Dejemos el tema… Ya nos ocuparemos mañana. Ahora hábleme de lo que ha hecho en M oscú… ¿Qué se cuenta por allí?

 

X

 

Al día siguiente, 7 de enero, festividad de san Juan Bautista, Orlov, después de tomar el desayuno, se puso el frac y se prendió su condecoración para ir a casa de su padre a felicitarle el santo. Tenía que marcharse a las dos, pero cuando terminó de vestirse era sólo la una y media. ¿Cómo pasar esa media hora? Se paseó por la sala, recitando unos versos con los que felicitaba a su padre y a su madre cuando era niño. Zinaída Fiódorovna, que estaba a punto de irse a casa de su costurera o a una tienda, lo escuchaba con una sonrisa. No sé de qué se pondrían a hablar, pero cuando le llevé los guantes a Orlov, este estaba delante de Zinaída Fiódorovna y con expresión caprichosa y suplicante le decía:

 

—Por el amor de Dios, por todos los santos, ¡no me diga cosas que son de dominio público! Qué desdichado talento el de nuestras damas inteligentes y sabias para hablar con entusiasmo y aspecto concentrado de asuntos de los que están hasta la coronilla, desde hace tiempo, hasta las colegialas. ¡Ah, si excluyese de nuestro programa conyugal todas esas cuestiones serias! ¡Cuánto se lo agradecería!

 

—Las mujeres no podemos permitirnos tener criterios propios[49].

 

—Le doy plena libertad para ser todo lo liberal que quiera y citar a los autores que se le antojen, pero hágame el favor de no mencionar dos asuntos en mi presencia: la depravación de la alta sociedad

y  las irregularidades del matrimonio. Y le pido que lo entienda. Siempre se critica a la alta sociedad para contraponerla al mundo de los comerciantes, los curas, los pequeños propietarios y los campesinos, es decir, el de los Sidor y los Nikita. Ambos mundos me repugnan, pero si tuviera que elegir en conciencia entre uno y otro, me quedaría sin dudarlo con la alta sociedad, y en esa elección no habría rastro de mentira ni de afectación, porque todos mis gustos van en esa dirección. Nuestro mundo es vulgar y vano, pero al menos usted y yo hablamos fluidamente en francés, leemos algún que otro libro y no nos zurramos la badana, ni siquiera cuando tenemos una fuerte discusión, mientras los Sidor, los Nikita, los comerciantes y demás no hacen más que decir «sus felicito», «ya mesmo», «ojalá revientes» y viven en el desenfreno total, inmersos en costumbres tabernarias y una ciega idolatría.

 

—Los campesinos y los comerciantes lo mantienen a usted.

 

—Sí, ¿y qué? Ese detalle no sólo me deja en mal lugar a mí, sino también a ellos. Me mantienen y se quitan el sombrero delante de mí, lo que significa que carecen de la inteligencia y la honradez necesarias para obrar de otro modo. Yo no insulto ni elogio a nadie, pero permítame que le diga una cosa: la alta sociedad y la baja son a cual peor. Me opongo a ellas con el corazón y con la cabeza, pero mis gustos están del lado de la primera. Y en lo que respecta a las anomalías del matrimonio — prosiguió Orlov, después de consultar el reloj—, ya es hora de que vaya entendiendo que no hay anormalidades de ningún tipo, sino más bien, al menos de momento, una serie de vagas exigencias al

 

matrimonio. ¿Qué esperan ustedes del matrimonio? En la convivencia legítima e ilegítima, en todas las uniones y cohabitaciones, buenas y malas, la esencia es la misma. Ustedes, las damas, viven sólo para esa esencia, que significa todo para ustedes, pues sin ellas su vida carecería de sentido. No necesitan nada más que esa esencia, así que la toman, pero desde que han empezado a leer novelas, les da vergüenza tomarla y van de un lado para otro, cambiando de pareja con la mayor imprudencia, y, para justificar ese barullo, hablan de las anormalidades del matrimonio. Mientras sigan ustedes sin poder ni querer renunciar a la esencia, su principal enemigo, su Satanás, mientras continúen sirviéndola fielmente, ¿qué sentido tiene hablar de cuestiones serias? Todo lo que me digan será puro sinsentido y afectación. No hay posibilidad de que las crea.

 

Bajé para ver si el portero había conseguido un coche y, cuando regresé, ya había estallado la discusión. Como dicen los marineros, el viento arreciaba.

 

—Ya veo que tiene usted hoy intención de sorprenderme con su cinismo —decía Zinaída Fiódorovna, paseándose muy alterada por la sala—. Me da asco escucharle. Soy inocente ante Dios

 

y  ante los hombres y no tengo que arrepentirme de nada. Dejé a mi marido para vivir con usted y me enorgullezco de ello. ¡M e enorgullezco, se lo juro por mi honor!

—Pues estupendo.

 

—Si es usted un hombre honrado y decente, también debe enorgullecerse de mi acto. Nos coloca por encima de miles de personas que querrían proceder de la misma manera que yo, pero no se deciden por cobardía o cálculos mezquinos. Pero usted no es decente. Le asusta la libertad y se burla de los impulsos nobles porque teme que algún ignorante sospeche que es usted un hombre honrado. Teme usted mostrarme a sus amigos y no concibe castigo mayor que ir conmigo por la calle… ¿Qué dice? ¿Acaso no es verdad? ¿Por qué aún no me ha presentado a su padre y a su prima? ¿Por qué? ¡Ah, la verdad es que estoy ya harta de todo esto! —gritó Zinaída Fiódorovna, dando una patada en el suelo—. Exijo lo que me pertenece por derecho. ¡Haga el favor de presentarme a su padre!

 

—Si tanto lo necesita, preséntese usted misma. Recibe todas las mañanas de diez a diez y media. —¡Qué mezquino es usted! —dijo Zinaída Fiódorovna, retorciéndose las manos, desesperada—.

Aunque no es usted sincero y no dice lo que piensa, sólo por esa crueldad podría odiarlo. ¡Ah, qué mezquino es usted!

—En lugar de dar vueltas en torno a la cuestión, sería mejor que fuéramos al fondo del asunto. Y el fondo del asunto es que se ha equivocado usted y no quiere reconocerlo en voz alta. Se imaginaba que yo era un héroe y que tenía ideas e ideales extraordinarios, cuando ha acabado demostrándose que soy un funcionario de lo más vulgar, un jugador de cartas, y que no tengo una inclinación especial por ninguna idea. Soy un digno vástago de ese mundo podrido del que ha huido usted, indignada contra su vanidad y vulgaridad. Sea usted justa y reconózcalo: no está enfadada conmigo, sino consigo misma, porque es usted quien se ha equivocado, no yo.

 

—Sí, lo admito: ¡me he equivocado!

 

—Muy bien. Gracias a Dios, ya hemos llegado al meollo de la cuestión. Ahora, escúcheme un momento, si es usted tan amable. Yo no puedo elevarme hasta usted porque estoy demasiado corrompido; usted tampoco puede descender hasta mí porque está a demasiada altura. Por tanto, sólo queda…

 

—¿Qué? —se apresuró a preguntar Zinaída Fiódorovna, conteniendo la respiración y poniéndose de repente tan pálida como un lienzo.

 

—Recurrir a la ayuda de la lógica.

 

—Gueorgui, ¿por qué me atormenta de este modo? —dijo de pronto en ruso Zinaída Fiódorovna, con la voz quebrada—. ¿Por qué? Dese cuenta de mis sufrimientos…

 

Orlov, temeroso de sus lágrimas, se retiró rápidamente a su despacho y no sé por qué razón —tal vez deseara causarle más daño o simplemente se acordara de que esa era la práctica habitual en casos semejantes— cerró la puerta con llave. Ella pegó un grito y corrió tras él, acompañada del rumor de su vestido.

 

—¿Qué significa esto? —preguntó, llamando a la puerta—. ¿Qué significa… esto? —repitió, y su voz, que temblaba de indignación, subió de tono—. Ah, ¿conque esas tenemos? ¡Pues sepa que lo odio y lo desprecio! ¡Todo ha terminado entre nosotros! ¡Todo!

 

Se oyó un llanto histérico, acompañado de carcajadas. En la sala un objeto pequeño cayó de la mesa y se rompió. Orlov pasó del despacho al vestíbulo por otra puerta y, dirigiendo a su alrededor una mirada cobarde, se puso a toda prisa el capote y la chistera y salió.

 

Transcurrió media hora, luego una hora, y ella seguía llorando. M e acordé de que no tenía padre ni madre ni familiares, de que en nuestra casa vivía entre un hombre que la odiaba y Polia, que le robaba,

y  su vida se me antojó terriblemente desolada. Sin saber yo mismo la razón, entré en la sala. Abatida, impotente, con esos cabellos maravillosos, Zinaída Fiódorovna, que era para mí un modelo de ternura

y  elegancia, sufría como una enferma; postrada en el sofá, con la cara oculta entre las manos, temblaba de pies a cabeza.

—Señora, ¿quiere que vaya a buscar al médico? —pregunté en voz baja.

 

—No, no es necesario… estoy bien —dijo, mirándome con ojos llorosos—. Me duele un poco la cabeza… Gracias en cualquier caso.

Salí. Esa tarde escribió una carta tras otra y me envió primero a casa de Pekarski, luego a la de Kukushkin, más tarde a la de Gruzin, y por último a donde mejor me pareciese, con tal de que encontrara a Orlov cuanto antes y le entregara la carta. Cada vez que regresaba con la carta en la mano, me insultaba, me suplicaba, me daba dinero, como si fuera presa de un acceso de fiebre. Pasó la noche en vela, sentada en la sala, hablando consigo misma.

 

Orlov regresó al día siguiente, a la hora de la comida, y se reconciliaron.

 

El primer jueves después de esa escena, Orlov se quejó ante sus amigos de lo insoportablemente dura que era su vida. Fumó mucho y dijo con enfado:

—Esto, más que vida, es un tormento. Lágrimas, alaridos, conversaciones de altos vuelos, súplicas de perdón, más lágrimas y alaridos; en definitiva, ya no soy dueño de mi propio hogar, me atormento y la atormento a ella. ¿Es posible que tenga que pasar uno o dos meses más de esta manera? ¿Es posible? ¡Pues eso parece!

 

—Habla con ella —dijo Pekarski.

 

—Ya lo he intentado, pero es imposible. Se le puede decir cualquier verdad a una persona independiente y razonable, pero en este caso estamos hablando de una criatura que no tiene voluntad ni carácter ni lógica. Yo no puedo soportar las lágrimas, me desarman. Cuando se echa a llorar, estoy dispuesto a jurarle amor eterno y ponerme a llorar también yo.

 

Pekarski, sin comprender, se rascó pensativo la ancha frente y dijo: —Hazme caso, alquila un piso para ella. ¡Así de sencillo!

—Lo que ella necesita es mi compañía, no un piso. Pero dejémoslo —suspiró Orlov—. No oigo

 

más que discursos interminables, pero no veo ninguna salida a mi situación. ¡He aquí lo que significa ser culpable sin tener culpa! No quieres caldo, pues toma dos tazas. Toda mi vida he rechazado el papel de héroe, nunca he podido soportar las novelas de Turguénev, y de pronto, como si fuera cosa de burla, me encuentro convertido en un auténtico héroe. Le doy mi palabra de honor de que soy lo menos parecido a un héroe, presento pruebas irrefutables, pero no me cree. ¿Por qué? Después de todo, puede que mi cara tenga rasgos propios de un héroe.

 

—¿Y por qué no se va usted a inspeccionar las provincias? —dijo Kukushkin, riendo.

 

Una semana después de esa conversación, Orlov anunció que volvían a enviarlo en comisión de servicio, acompañado de un senador, y esa misma tarde se marchó con sus maletas a casa de Pekarski.

 

XI

 

En el umbral había un anciano de unos sesenta años, con una pelliza que le llegaba hasta los tobillos y un gorro de castor.

 

—¿Está en casa Gueorgui Ivánich? —preguntó.

 

Al principio pensé que sería uno de los usureros, acreedores de Gruzin, que a veces se dirigían a Orlov para recuperar pequeñas sumas, pero cuando entró en el vestíbulo y se desabrochó la pelliza,

 

vi esas pobladas cejas y esos labios fruncidos que tanto había estudiado en fotografías, así como dos filas de estrellas en el frac de su uniforme. Lo reconocí: era el padre de Orlov, el famoso hombre de Estado.

 

Le respondí que Gueorgui Ivánich había salido. El anciano frunció aún más los labios y miró pensativo a un lado, mostrándome su perfil seco, su boca desdentada.

—Le escribiré una nota —dijo—. Acompáñeme.

 

Dejó los chanclos en el vestíbulo y, sin quitarse la larga y pesada pelliza, se dirigió al despacho. Una vez allí, se sentó en un sillón, delante del escritorio, y, antes de coger la pluma, estuvo meditando dos o tres minutos, protegiéndose los ojos con la mano, como si le molestara el sol, el mismo gesto que hacía su hijo cuando estaba de mal humor. Tenía una cara triste, pensativa, con ese aire de resignación que sólo había observado en los rostros de las personas mayores y religiosas. Yo me quedé detrás, mirándole la calva y el hoyo que tenía en la nuca, plenamente consciente de que ese anciano débil y enfermo estaba en mis manos, pues en la casa no había nadie, sólo mi enemigo y yo. Bastaba con que hiciera un pequeño esfuerzo físico, le sustrajera después el reloj, para ocultar el móvil del crimen, y saliera por la puerta trasera, para obtener muchísimo más de lo que había imaginado cuando empecé a trabajar de lacayo. Pensé que difícilmente se me presentaría una ocasión tan favorable. Pero, en lugar de actuar, contemplaba con total indiferencia tan pronto la calva como la pelliza, mientras reflexionaba con la mayor serenidad en la relación de ese hombre con su único hijo y consideraba que las personas mimadas por la fortuna y el poder probablemente no quieren morir…

 

—¿Hace mucho que has entrado al servicio de mi hijo? —preguntó, trazando en el papel unas letras de gran tamaño.

—M ás de dos meses, excelencia.

 

Una vez terminada la nota, se puso en pie. Todavía estaba a tiempo. Haciendo un esfuerzo y

 

apretando los puños, traté de destilar en mi alma al menos una gota de mi antiguo odio; recordé que hasta hacía poco había sido un enemigo encarnizado, implacable y obstinado de ese hombre… Pero no es fácil encender una cerilla en una piedra friable. Ese rostro envejecido, melancólico, y el frío resplandor de las estrellas sólo despertaban en mí pensamientos nimios, insignificantes e inútiles sobre la fugacidad de todo lo terreno y la inminencia de la muerte…

 

—¡Adiós, muchacho! —dijo el anciano, y a continuación se puso el gorro y se marchó.

 

Ya no cabía ninguna duda: se había operado un cambio en mí, me había vuelto distinto. A modo de prueba, me sumergí en los recuerdos, pero al punto me sentí horrorizado, como si hubiera echado un vistazo, sin darme cuenta, a un rincón oscuro y húmedo. Me acordé de mis compañeros y conocidos, y lo primero que me vino a la cabeza fue cómo me ruborizaría y avergonzaría si me encontrara con alguno de ellos. ¿En qué me había convertido? ¿Qué debía pensar y hacer? ¿Qué dirección debía tomar? ¿Cuál era el objeto de mi vida?

 

No entendía nada y sólo era consciente de una cosa: tenía que hacer las maletas cuanto antes y marcharme. Antes de la visita del anciano mi posición de criado tenía algún sentido, ahora resultaba ridícula. Mis lágrimas caían sobre la maleta abierta, me embargaba una tristeza insoportable, pero ¡qué ansias tenía de vivir! Estaba dispuesto a abarcar e incluir en mi breve existencia cualquier experiencia accesible al ser humano. Quería hablar, leer, dar martillazos en una fábrica de grandes dimensiones, montar guardia en la cubierta de un barco, arar la tierra. Me atraía la avenida Nevski, el campo, el mar, cualquier lugar al que me llevara mi imaginación. Cuando regresó Zinaída Fiódorovna, me apresuré a abrirle la puerta y la ayudé a quitarse la pelliza con especial ternura. ¡Era la última vez!

 

Además del anciano, ese día recibimos otras dos visitas. Por la tarde, cuando ya había oscurecido, apareció inopinadamente Gruzin para recoger unos papeles que Orlov necesitaba. Abrió un cajón del escritorio, sacó unos documentos, los enrolló, me ordenó que los dejara en el vestíbulo, al lado de su gorro, y pasó a ver a Zinaída Fiódorovna, que estaba en la sala, tumbada en el sofá, con la cabeza apoyada en los brazos. Habían pasado cinco o seis días desde que Orlov partiera en viaje de inspección, y nadie sabía cuándo regresaría, pero ella ya no enviaba telegramas ni los esperaba. A Polia, que seguía viviendo en la casa, parecía no prestarle atención. «¡Me da igual!», leía yo en su rostro impasible y pálido como el de una muerta. Igual que Orlov, también ella se empeñaba en ser desdichada por simple testarudez. Enfrentada consigo misma y con el mundo entero, se pasaba días enteros inmóvil en el sofá, deseando y esperando sólo lo peor. Probablemente se imaginaba el regreso de Orlov, las inevitables disputas, luego su frialdad, sus traiciones y, por último, la separación, y es posible que esos pensamientos angustiosos le procuraran cierto placer. Pero ¿qué diría si de pronto se enterara de la verdad?

 

—Cuánto la quiero, madrina —dijo Gruzin, saludándola y besándole la mano—. ¡Qué buena es usted! Y Georges se ha marchado —mintió—. ¡Se ha marchado, el muy granuja! —se sentó con un suspiro y le acarició la mano con ternura—. Permita que me quede una horita con usted, amiga mía — prosiguió—. No me apetece volver a casa y es muy temprano para ir a la de Birshov. Los Birshov celebran hoy el cumpleaños de su hija Katia. ¡Una muchacha encantadora! —le serví un vaso de té y una garrafita de coñac. Él se bebió el té lentamente, con evidente desgana, y, al devolverme el vaso, me preguntó con timidez—: ¿No tiene usted, amigo, algo… para picar? Todavía no he comido.

 

No teníamos nada. Fui al restaurante y le traje un almuerzo corriente, de un rublo.

 

—¡A su salud, palomita! —dijo, dirigiéndose a Zinaída Fiódorovna y se bebió una copa de vodka

 

 

—. Mi pequeña, su ahijada, le manda saludos. ¡La pobrecita tiene escrófula! ¡Ah, los niños, los niños! —suspiró—. Dígase lo que quiera, madrina, pero es una alegría ser padre. Georges no puede entender ese sentimiento.

Se bebió otra copa. Enjuto, pálido, con la servilleta en el pecho a modo de delantal, comía con avidez, al tiempo que, arqueando las cejas, miraba con aire culpable, como hacen los chiquillos, tan pronto a Zinaída Fiódorova como a mí. Daba la impresión de que, si no le hubiera llevado la becada o la jalea, se habría echado a llorar. Una vez saciada el hambre, se mostró más alegre y se puso a contar, entre risas, una anécdota sobre la familia Birshov, pero, al darse cuenta de que no tenía interés y de que Zinaída Fiódorovna no se reía, se calló. Y de pronto empezaron a aburrirse. Los dos guardaban silencio, alumbrados por una sola lámpara: a él le costaba trabajo mentir; a ella, por su parte, le habría gustado hacerle algunas preguntas, pero no acababa de decidirse. Así pasaron media hora. Al cabo de ese tiempo, Gruzin echó un vistazo al reloj.

 

—Es hora de que me vaya.

 

—No, quédese un poco más… Tenemos que hablar.

 

Volvieron a guardar silencio. Él se sentó al piano, apretó una tecla y luego se puso a tocar y cantar en voz baja: «¿Qué me deparará este día?», pero como de costumbre se levantó en seguida y sacudió la cabeza.

 

—Toque algo, compadre —le pidió Zinaída Fiódorovna.

 

—¿Qué? —preguntó él, encogiéndose de hombros—. He olvidado todo lo que sabía. Hace mucho tiempo que dejé la música.

Mirando el techo, como tratando de recordar, tocó dos piezas de Chaikovski con verdadero sentimiento, pasión y delicadeza. Su rostro tenía la misma expresión de siempre, ni inteligente ni estúpida, y a mí me parecía en verdad un milagro que un hombre al que estaba acostumbrado a ver en un ambiente tan mezquino y repugnante fuera capaz de sentimientos tan sublimes e inaccesibles para mí, de semejante pureza. Zinaída Fiódorovna se ruborizó y, llena de emoción, se puso a pasear por la sala.

 

—Espere, madrina —dijo—. Si logro acordarme, le tocaré una pieza más. La he oído al violonchelo —y se puso a tocar, primero inseguro y con titubeos, luego con aplomo, La canción del cisne de Saint-Saëns. Cuando acabó, la interpretó otra vez—. ¿No es bonita? —dijo.

 

Profundamente conmovida, Zinaída Fiódorovna se detuvo a su lado y le preguntó: —Compadre, dígame con sinceridad, como un amigo: ¿qué piensa usted de mí?

—¿Qué quiere que le diga? —respondió él, arqueando las cejas—. Le tengo cariño y guardo una buena opinión de usted. Y, en cuanto a la cuestión que le interesa —prosiguió, frotándose la manga a la altura del codo y frunciendo el ceño—, le diré, querida… que seguir libremente los impulsos del corazón no siempre procura felicidad a los hombres decentes. En mi opinión, para sentirse libre y al mismo tiempo feliz, debe uno aceptar que la vida es cruel, ruda y despiadada en sus pautas y que hay que pagarle con la misma moneda, es decir, tenemos que ser no menos rudos y despiadados en nuestras ansias de libertad. Eso es lo que pienso.

 

—Nunca seré capaz de eso —dijo Zinaída Fiódorovna, con una triste sonrisa—. Estoy extenuada, compadre. Tan extenuada que ni siquiera soy capaz de mover un dedo para salvarme.

—Váyase a un convento, madrina —aunque lo dijo en broma, a Zinaída Fiódorovna se le llenaron los ojos de lágrimas, y luego también a él—. Bueno —añadió—. Es hora de que me vaya. Adiós,

 

querida comadre. Que Dios le dé salud.

 

Le besó ambas manos, se las acarició con ternura y dijo que volvería al cabo de unos días. Una vez en el vestíbulo, se puso el abrigo, parecido a un capote de niño, y pasó un buen rato rebuscando en los bolsillos para darme una propina, pero no encontró nada.

 

—¡Adiós, muchacho! —dijo con tristeza y salió.

 

Nunca olvidaré el estado de ánimo que dejó ese hombre al marcharse. Zinaída Fiódorovna seguía paseándose por la sala, muy agitada. El mero hecho de que se moviera, en lugar de quedarse tumbada, era una buena señal. Quise aprovechar esa nueva disposición para hablar francamente con ella y marcharme a continuación, pero apenas había tenido tiempo de acompañar a Gruzin cuando sonó el timbre. Era Kukushkin.

 

—¿Está en casa Gueorgui Ivánich? —preguntó—. ¿Ha regresado ya? ¿Todavía no? ¡Qué pena! En tal caso, pasaré a besarle la mano a la señora y me marcharé. Zinaída Fiódorovna, ¿puedo entrar? —gritó—. Quiero besarle la mano. Perdone que venga tan tarde.

 

No se quedó mucho tiempo en la sala, diez minutos a lo sumo, pero yo tenía la sensación de que llevaba allí ya mucho rato y de que no se marcharía nunca. Me mordía los labios contrariado e iracundo, y hasta empecé a odiar a Zinaída Fiódorovna. «¿Por qué no lo echa?», me preguntaba indignado, aunque era evidente que la compañía de ese hombre la aburría.

 

Mientras lo ayudaba a ponerse el abrigo, me preguntó, en señal de su buena disposición hacia mí, cómo podía arreglármelas sin una mujer.

 

—Pero estoy seguro de que no pierdes el tiempo —dijo, riéndose—. Seguro que Polia y tú os dais buenos achuchones… ¡Bribón!

 

A pesar de mi experiencia en la vida, en aquella época no conocía bien a las personas, así que es muy posible que a menudo concediese una importancia excesiva a sucesos insignificantes y en cambio no prestara ninguna atención a las cosas de valor. Tenía la impresión de que las risitas y los halagos de Kukushkin no eran desinteresados: probablemente esperaba que yo, como buen lacayo, me pusiera a chismorrear con los criados y cocineras de las casas vecinas y propalara a los cuatro vientos que nos visitaba por la tarde, cuando Orlov no estaba en casa, y que se quedaba con Zinaída Fiódorovna hasta altas horas de la noche. Y, cuando mis cotilleos llegaran a oídos de sus conocidos, bajaría los ojos confuso y haría un gesto de amenaza con el dedo meñique. ¿O acaso esa misma noche —pensé, contemplando su rostro meloso y diminuto—, sentado a la mesa de juego, pretendería e incluso llegaría a insinuar que ya le había quitado la amante a Orlov?

 

El odio que me había faltado a mediodía, cuando nos visitó el anciano, se apoderó ahora de mí. Kukushkin se marchó por fin, y yo me quedé escuchando el crujido de sus chanclos de cuero, sintiendo un deseo enorme de dirigirle, a modo de despedida, algún insulto grosero, pero me contuve. Cuando sus pasos se aquietaron en la escalera, regresé al vestíbulo y, sin saber lo que hacía, cogí el rollo de papeles olvidado por Gruzin, me precipité escaleras abajo y eché a correr sin gorro y sin abrigo. No hacía mucho frío, pero caía una copiosa nevada y soplaba el viento.

 

—¡Excelencia! —grité, cuando alcancé a Kukushkin—. ¡Excelencia! —Kukushkin se detuvo junto a una farola y volvió la cabeza sorprendido—. ¡Excelencia! —repetí, jadeando—. ¡Excelencia!

 

Y sin acertar a decir nada, le propiné un par de golpes en la cara con el rollo de papeles. Completamente desorientado, hasta el punto de no expresar ni siquiera asombro —tanta perplejidad le había causado mi proceder—, apoyó la espalda en la farola y se cubrió el rostro con las manos. En

 

 

ese momento pasó junto a nosotros un médico militar y vio que estaba golpeando a un hombre, pero se limitó a mirarnos con sorpresa y siguió su camino.

 

M e sentí avergonzado y volví corriendo a la casa.

 

XII

 

Jadeante, con la cabeza húmeda de nieve, entré en mi habitación, me quite la librea, me puse la chaqueta y el abrigo y saqué mi maleta al vestíbulo. ¡Tenía que huir! Pero, antes de hacerlo, me senté con premura y me puse a escribir a Orlov:

 

Aquí le dejo mi pasaporte falso —empecé—. ¡Le ruego que lo conserve como recuerdo, hombre falaz, señor funcionario de Petersburgo!

 

Introducirse en una casa con nombre supuesto, observar, protegido por la máscara de criado, la vida íntima de otras personas, verlo y escucharlo todo, para luego, sin que nadie lo pida, revelar la hipocresía de otro hombre: todo eso, dirá usted, se parece a un robo. Es verdad, pero no estoy ahora para lindezas. He asistido a decenas de almuerzos y cenas en esta casa, en cuyo transcurso ha dicho y hecho usted lo que se le ha antojado, mientras yo tenía que oír, ver y callar, pero eso se ha acabado. Además, si no hay a su alrededor una sola persona decente que tenga el valor de decirle la verdad, en lugar de adularlo, el criado Stepán se encargará de lavarle su magnífica cara.

 

Ese comienzo no me gustó, pero no tenía ganas de corregirlo. Por lo demás, ¿no daba lo mismo?

 

Las grandes ventanas con cortinas oscuras, la cama, la librea arrugada por el suelo y las huellas húmedas de mis pies tenían un aspecto triste y sombrío. Y el silencio era en cierto modo especial.

 

Empecé a sentir un intenso calor, probablemente por haber salido a la calle sin gorro y sin chanclos. La cara me ardía, me dolían las piernas… Me costaba trabajo mantener la cabeza erguida sobre la mesa y mis pensamientos parecían desdoblarse, como si cada idea, en mi cerebro, proyectase su propia sombra.

 

Soy un hombre enfermo, débil, moralmente envilecido —proseguí—. No consigo escribirle lo que quisiera. En un principio, sentía deseos de ofenderlo y humillarlo, pero ahora me he dado cuenta de que no tengo ningún derecho a actuar de ese modo. Usted y yo hemos caído y jamás nos levantaremos, de manera que mi carta, aunque fuera elocuente, incisiva y perentoria, seguiría pareciendo un golpecito en la tapa de un ataúd: ¡ya puede llamar uno, que el muerto no se despertará! Ningún esfuerzo puede calentar esa maldita y fría sangre suya, y eso lo sabe usted mejor que yo. Entonces, ¿por qué le escribo? No obstante, mi cabeza y mi corazón arden, y sigo escribiendo. Por alguna razón, me embarga la emoción, como si esa carta pudiera salvarnos a usted y a mí. La fiebre confunde mis pensamientos y la pluma traza en el papel palabras sin sentido, pero la cuestión que quiero plantearle se alza ante mí con toda claridad, brillante como una antorcha.

 

No es difícil explicar por qué he perdido las fuerzas y he caído antes de tiempo. Como el gigante bíblico, he cargado sobre mis espaldas las puertas de Gaza[50] para llevarlas a la cima del monte, pero sólo cuando perdí todo mi vigor, cuando la juventud y la salud me abandonaron para siempre, me di cuenta de que eran demasiado pesadas para mis hombros y de que me había engañado a mí mismo. Además, me atormentaba un dolor constante y cruel. He padecido hambre, frío, enfermedades, privación de libertad; no he conocido ni conozco la felicidad personal; carezco de hogar, mis recuerdos son opresivos y mi conciencia los teme. Pero ¿por qué ha caído usted? ¿Qué causas fatídicas y diabólicas han impedido que su vida brotara y se abriera como una flor primaveral? ¿Por qué, cuando apenas había empezado a vivir, se apresuró a renegar de la imagen y semejanza de Dios y se transformó en una bestia cobarde que, llevada de su propio miedo, espanta con sus ladridos a los

 

 

demás? Teme usted a la vida; la teme como ese asiático que se pasa días enteros en su colchón de plumas, fumando el narguile. Sí, lee mucho y le sienta muy bien el frac europeo, pero con qué esmero, con qué cuidado puramente asiático, digno de un jan, se protege del hambre, del frío, del esfuerzo físico, del dolor y de la inquietud, con qué presteza su alma se oculta detrás de una bata oriental, qué cobardía ha mostrado ante la realidad y la naturaleza, a la que cualquier hombre sano y normal se enfrenta. Qué vida más muelle, cómoda, cálida y confortable es la suya, pero también qué aburrida. Sí, un aburrimiento tan mortal y desesperante como el de una celda de castigo, pero también procura usted ocultarse de ese enemigo: se pasa jugando a las cartas ocho horas al día.

¿Y qué decir de su ironía? ¡Ah, qué bien la entiendo! Un pensamiento vivo, libre y audaz es escrutador e imperioso; para un temperamento indolente y perezoso resulta insoportable. Para que el pensamiento no turbara su quietud, usted, como miles de coetáneos suyos, se apresuró, ya en sus días de juventud, a encerrarlo dentro de ciertos límites; se ha armado de una actitud irónica ante la vida (llámela usted como quiera), y el pensamiento, oprimido y asustado, no se atreve a saltar la valla que ha levantado usted a su alrededor y, cuando se burla usted de las ideas, que pretende conocer en su totalidad, se parece a ese desertor que huye ignominiosamente del campo de batalla y, para acallar su propia vergüenza, se burla de la guerra y del valor. El cinismo ahoga el dolor. En una novela de Dostoievski un anciano pisotea el retrato de su amada hija porque se siente culpable ante ella[51]; usted se ríe de modo abominable y vulgar de las ideas de bondad y verdad, porque ya no tiene fuerzas para volver a ellas. Cualquier alusión sincera y justa a su caída le aterra, y se ha rodeado a propósito de personas que sólo saben aplaudir sus debilidades. ¡No en vano, no en vano lo asustan a usted las lágrimas!

 

Permítame ahora que dedique unas palabras a su actitud con las mujeres. La desvergüenza la hemos heredado con la carne y con la sangre, en la desvergüenza hemos sido educados, pero somos hombres y eso quiere decir que debemos someter a la bestia que hay en nosotros. Al madurar y llegar a conocer todas las ideas, usted no podía dejar de ver la verdad; la reconoció, pero, en lugar de perseguirla, se asustó de ella y, para engañar a su propia conciencia, empezó a decir en voz alta que la culpa no era suya, sino de las mujeres, que las mujeres eran tan viles como su actitud con ellas. ¿Acaso esas anécdotas frías y escabrosas, esas risotadas caballunas, esas innumerables teorías suyas sobre la esencia del matrimonio y sus exigencias imprecisas, sobre los diez sous que paga el obrero francés por una mujer, así como sus continuas alusiones a la lógica de las mujeres, a su falsedad, debilidad y demás, no revelan en su conjunto el deseo de arrastrar a la mujer por el fango a cualquier precio, para que ella y su actitud estén al mismo nivel? Es usted un hombre débil, desdichado, desagradable.

 

Zinaída Fiódorovna tocaba el piano en la sala, tratando de recordar la canción de Saint-Saëns que había interpretado Gruzin. Me acerqué a la cama y me tumbé, pero, al recordar que había llegado el momento de marcharme, me levanté con esfuerzo y volví a sentarme a la mesa, con la cabeza pesada y ardiendo de fiebre.

 

Pero la cuestión es la siguiente —proseguí—: ¿por qué nos hemos agotado? ¿Por qué siendo en un principio tan apasionados, audaces, nobles e idealistas, nos convertimos a los treinta o treinta y cinco años en una ruina absoluta? ¿Por qué uno se consume de tisis, otro se pega un tiro en la cabeza, un tercero busca olvido en el vodka y en los naipes, un cuarto, para ahogar su miedo y su pesadumbre, pisotea cínicamente el retrato de su pura y hermosa juventud? ¿Por qué, tras caer una vez, no nos esforzamos en levantarnos y, tras perder una cosa, no tratamos de buscar otra? ¿Por qué?

 

El ladrón colgado en la cruz supo recobrar la alegría de vivir y tuvo el valor de albergar una esperanza segura, aunque quizá no le quedara más que una hora de vida. Usted tiene por delante largos años y yo probablemente no muera tan pronto como parece. ¿Y si por un milagro el presente resultara ser un sueño, una terrible pesadilla de la que nos despertáramos renovados, puros, fuertes, orgullosos de nuestra verdad?… Dulces ilusiones arden dentro de mí, y la emoción casi me impide respirar. Siento unos deseos enormes de vivir y quisiera que nuestra vida fuera sagrada, sublime y solemne como la bóveda celeste. ¡Vivamos! El sol no sale dos veces al día y la vida no se concede dos veces, así que aférrese con fuerza a los restos de su vida y sálvelos…

 

No escribí una palabra más. En mi cabeza revoloteaban muchos pensamientos, pero todos se disolvían sin llegar a concretarse en frases sobre el papel. Dejé la carta inacabada, añadí mi nombre, mi apellido y mi rango y me dirigí al despacho. Reinaba la oscuridad. Encontré a tientas el escritorio y deposité la carta. Como me movía en medio de la penumbra, debí de tropezar con un mueble y hacer ruido.

 

—¿Quién está ahí? —me llegó desde la sala una voz inquieta.

 

En ese momento el reloj que había sobre el escritorio dio la una de la noche con un leve rumor.

 

XIII

 

Rodeado por esa espesa tiniebla, pasé al menos medio minuto buscando a tientas la puerta, luego la abrí poco a poco y entré en la sala. Zinaída Fiódorovna, que estaba tumbada en el sofá, se incorporó sobre un codo y se me quedó mirando. Sin decidirme a hablar, pasé lentamente a su lado, y ella me siguió con los ojos. Me quedé parado unos instantes y de nuevo pasé a su lado; ella me contemplaba con atención y perplejidad, incluso con miedo. Por fin me detuve y, haciendo un esfuerzo, le dije:

 

—¡No regresará! —ella se levantó con premura y me dirigió una mirada de incomprensión—. ¡No regresará! —repetí, sintiendo que los latidos de mi corazón se desbocaban—. No regresará porque no ha salido de San Petersburgo. Está viviendo en casa de Pekarski.

 

Ella me entendió y me creyó, como certificaba su repentina palidez y el hecho de que de pronto cruzara los brazos sobre el pecho en un gesto de temor y súplica. En un instante pasó por su memoria el pasado reciente, sopesó diversas circunstancias y vio toda la verdad con claridad implacable. Pero al mismo tiempo recordó que yo era un criado, un ser inferior… Un granuja con el cabello alborotado y la cara enrojecida por la fiebre, tal vez borracho, con un abrigo vulgar, que se había entrometido con la mayor descortesía en su vida privada, y eso la ofendió. Me dijo con severidad:

 

—Nadie le ha preguntado nada. Váyase.

 

—¡Ah, créame! —exclamé yo exaltado, tendiendo los brazos hacia ella—. No soy ningún criado, sino un hombre tan libre como usted —le revelé cuál era mi verdadero nombre y, sin perder un instante, para que no me interrumpiera ni se retirara a su habitación, le expliqué quién era y por qué vivía en esa casa. Ese segundo descubrimiento le causó aún más asombro que el primero. Antes, al menos, le quedaba la esperanza de que el criado hubiese mentido, se hubiera equivocado o hubiese dicho una bobada; ahora, en cambio, después de mi confesión, no le quedaba la menor duda. Por la expresión de sus desventurados ojos y de su rostro, que de pronto se volvió feo, porque había envejecido y perdido su frescura, entendí que sus sufrimientos eran insoportables y que esa conversación tendría consecuencias desastrosas; pero proseguí mi discurso con el mismo acaloramiento—. Se inventó lo del senador y lo de la inspección para engañarla a usted. Y en enero sucedió lo mismo que ahora: no se fue a ningún sitio, se quedó en casa de Pekarski; yo lo veía cada día y participaba en el engaño. Era usted una carga, su presencia aquí se había vuelto odiosa, se reían de usted… ¡Si hubiera oído cómo sus amigos y él se burlaban de usted y de su amor, no se quedaría aquí ni un minuto más! ¡Salga de esta casa! ¡Huya!

 

—Bueno, ¿y qué? —dijo ella con voz trémula, pasándose la mano por los cabellos—. Bueno, ¿y

 

qué? Me da igual —tenía los ojos llenos de lágrimas, le temblaban los labios y todo su rostro, mortalmente pálido, estaba demudado por la ira. La grosera y mezquina mentira de Orlov le repugnaba, se le antojaba despreciable, ridícula. Sonreía, y esa sonrisa me desagradaba—. Bueno, ¿y qué? —repitió, y de nuevo se pasó la mano por los cabellos—. Me da lo mismo. Él se imagina que me muero de humillación cuando en verdad… me da risa. No hay razón para que se oculte —se apartó del piano y añadió, encogiéndose de hombros—: No hay razón… Sería más sencillo explicarse que esconderse e ir dando tumbos por casas ajenas. Tengo ojos y hace tiempo que me he dado cuenta de lo que pasa… pero estaba esperando que apareciera para aclarar las cosas de una vez por todas.

 

Luego se sentó en el sillón, junto a la mesa, apoyó la cabeza en el brazo del sofá y estalló en amargos sollozos. Una sola vela ardía en el candelabro de la sala y el sillón estaba rodeado por sombras, pero yo veía que su cabeza y sus hombros temblaban, que el peinado se le deshacía y los cabellos le cubrían el cuello, el rostro, los brazos… Era el suyo un llanto sosegado y uniforme, sin histerismos de ningún tipo, un simple llanto de mujer, en el que vibraba la ofensa, el orgullo herido, el ultraje y el convencimiento de que era una situación irremediable, desesperada, sin arreglo posible, a la que, sin embargo, no era posible acostumbrarse. Su llanto causó una profunda impresión en mi alma emocionada y sufriente; olvidado de mi enfermedad y del mundo entero, iba de un extremo al otro de la habitación, murmurando desconcertado:

 

—¿Qué clase de vida es esta? ¡Ah, así no se puede vivir! ¡No se puede! Esto es una locura, un crimen, cualquier cosa menos vida.

 

—¡Qué humillación! —dijo entre lágrimas—. Vive conmigo… Me sonríe y al mismo tiempo me considera una carga; se burla de mí… ¡Ah, qué humillación! —alzó la cabeza y, mirándome con ojos llorosos a través de los cabellos bañados en lágrimas, que apartó de la cara para verme mejor, preguntó—: ¿Se reían?

 

—Esos hombres se burlaban de usted, de su amor y de Turguénev, de cuyas obras, por lo visto, se ha llenado usted la cabeza. Y, si ahora mismo usted y yo muriéramos de desesperación, también lo encontrarían ridículo. Inventarían una broma divertida y la contarían en su funeral. Pero ¿por qué seguimos hablando de ellos? —dije con impaciencia—. Hay que salir de aquí. Yo no puedo quedarme ni un minuto más —ella de nuevo se echó a llorar, mientras yo me acercaba al piano y me sentaba—. ¿A qué estamos esperando? —pregunté desanimado—. Son más de las dos.

 

—Yo no espero nada —comentó—. M i vida está arruinada.

 

—¿Por qué dice eso? Más valdría que pensáramos juntos lo que debemos hacer. Ni usted ni yo podemos quedarnos ya aquí… ¿Adónde tiene intención de ir?

 

De pronto sonó el timbre en la entrada. El corazón me dio un vuelco. ¿No sería Orlov, a quien Kukushkin se había quejado de mi conducta? ¿Cómo nos comportaríamos el uno con el otro? Fui a abrir. Era Polia. Entró, se sacudió la nieve de su capa en el vestíbulo y, sin decirme ni una sola palabra, se dirigió a su cuarto. Cuando regresé a la sala, Zinaída Fiódorovna, pálida como una muerta, estaba en medio de la habitación, mirándome con ojos desencajados.

 

—¿Quién era? —preguntó en voz queda.

 

—Polia —respondí yo.

 

Se pasó una mano por los cabellos y cerró los ojos extenuada.

 

—Voy a marcharme de aquí ahora mismo —dijo—. ¿Sería usted tan amable de acompañarme a Peterbúrgskaia Storoná? ¿Qué hora es?

 

 

—Las tres menos cuarto.

 

XIV

 

La calle estaba oscura y desierta cuando, al poco rato, salimos de la casa. Caía una nieve casi líquida y un viento húmedo azotaba el rostro. Recuerdo que estábamos a principios de marzo, había empezado el deshielo y los coches habían sustituido los patines por las ruedas desde hacía algunos días. Desconcertada por la visión de la escalera de servicio, por el frío, por la tiniebla nocturna y por el portero con abrigo de piel de cordero que nos interrogó antes de abrirnos la puerta, Zinaída Fiódorovna había perdido todas las fuerzas y el poco ánimo que le quedaba. Cuando subimos a un coche y bajamos la capota, ella me expresó su agradecimiento con palabras atropelladas, temblando de pies a cabeza.

 

—No dudo de su buena voluntad, pero me da vergüenza causarle tantas molestias… — murmuraba—. Ah, ya lo entiendo, ya lo entiendo… Esta tarde, cuando Gruzin vino a verme, noté que me estaba mintiendo, que ocultaba algo. Bueno, ¿y qué? Me da lo mismo. En cualquier caso, lamento causarle tantas molestias.

 

Aún albergaba algunas dudas. Para disiparlas de una vez por todas, ordené al cochero que pasara por la calle Serguiévskaia. Cuando nos detuvimos delante de la casa de Pekarski, me apeé del coche y llamé. En cuanto apareció el portero, le pregunté en voz alta, para que Zinaída Fiódorovna pudiera oírlo, si Gueorgui Ivánich estaba en casa.

 

—Sí —respondió—. Llegó hace media hora. Seguramente estará durmiendo. ¿Qué es lo que quieres?

 

Zinaída Fiódorovna, incapaz de contenerse, asomó la cabeza por la ventanilla del coche.

 

—¿Y cuánto tiempo lleva Gueorgui Ivánich viviendo aquí? —preguntó.

 

—Casi tres semanas.

 

—¿Y no ha ido a ningún sitio de viaje?

 

—No, señora —respondió el portero y me miró estupefacto.

 

—M añana a primera hora infórmale de que ha llegado su hermana de Varsovia —dije—. Adiós. Nos pusimos de nuevo en marcha. Como el carruaje carecía de manta para cubrir las piernas, la

 

nieve caía sobre nosotros en gruesos copos y el viento, sobre todo en las proximidades del Nevá, calaba hasta los huesos. Tenía la impresión de que llevábamos mucho tiempo viajando, mucho tiempo sufriendo, y de que hacía ya un buen rato que oía la respiración entrecortada de Zinaída Fiódorovna. Fugazmente, en una suerte de delirio, como en un duermevela, repasé mi extraña y desencaminada vida, y por alguna razón me vino a la memoria el melodrama Los pobres de París[52] que había visto un par de veces en mi infancia. Sin saber por qué, cuando quise sacudirme esa especie de modorra, mirando hacia fuera, y contemplé el amanecer, todas las imágenes del pasado, todos los pensamientos nebulosos, se fundieron de golpe en un solo pensamiento, preciso y acuciante: Zinaída y yo estábamos perdidos sin remedio. Estaba firmemente convencido, como si el cielo azul me hubiera comunicado una profecía, pero al cabo de un momento pensaba ya en otra cosa y albergaba otras seguridades.

 

—¿Qué va ser ahora de mí? —dijo Zinaída Fiódorovna con una voz  ronca por el frío y  la

 

 

humedad—. ¿Adónde voy a ir? ¿Qué voy a hacer? Gruzin me dijo que ingresara en un convento. ¡Ah, lo haría con gusto! Cambiaría de atuendo, de cara, de nombre, de ideas… Todo cambiaría, y me ocultaría allí para siempre. Pero no me admitirán: estoy embarazada.

—M añana nos iremos juntos al extranjero —dije.

 

—Imposible. M i marido se negará a darme el pasaporte.

 

—La sacaré del país sin pasaporte.

 

El cochero se detuvo frente a una casa de madera de dos plantas, pintada de un color oscuro. Llamé. Cogiendo de mis manos una pequeña y ligera cesta, el único equipaje que habíamos llevado con nosotros, Zinaída Fiódorovna esbozó una amarga sonrisa y dijo:

 

—Son mis bijoux[53].

 

Pero estaba tan débil que ni siquiera era capaz de cargar con esas bijoux. Tardaron en abrirnos. Después de la tercera o cuarta llamada en las ventanas parpadeó una luz, y a continuación se oyeron pasos, toses, susurros; por último, chirrió el cerrojo y apareció en el umbral una mujer gorda, de cara roja y asustada. Detrás de ella, a cierta distancia, había una viejecita delgada, de pelo corto y canoso, con una blusa blanca y una vela en la mano. Zinaída Fiódorovna se precipitó en el zaguán y se arrojó al cuello de esa viejecita.

 

—¡Nina, me ha engañado! —exclamó entre fuertes sollozos—. ¡Me ha engañado de la forma más vil y miserable! ¡Nina! ¡Nina!

 

Le alargué la cesta a la mujer. Aunque cerraron la puerta, seguían oyéndose gritos y sollozos: «¡Nina! ¡Nina!». Subí al carruaje y le pedí al cochero que me llevara sin prisas a la avenida Nevski. Tenía que pensar en algún lugar para pasar la noche.

 

Al día siguiente, a media tarde, fui a ver a Zinaída Fiódorovna. Estaba muy cambiada. En su rostro pálido y demacrado no había ni rastro de lágrimas, y su expresión era distinta. No sé si esa impresión se debía a que la veía en otro ambiente, en absoluto lujoso, y a que nuestras relaciones eran diferentes, o a que el intenso dolor había dejado ya su huella en los rasgos de su cara, pero no me pareció tan elegante y refinada como antes; era como si su figura se hubiera vuelto más menuda, y en sus gestos, en sus andares y en su rostro advertí un nerviosismo excesivo, cierta precipitación, como si tuviera prisa; en cuanto a su anterior delicadeza, había desaparecido hasta de su sonrisa. Yo iba vestido con un traje caro que me había comprado ese mismo día. Lo primero en lo que se fijó fue en ese traje y en el sombrero que llevaba en la mano; luego se quedó mirando mi rostro con ojos impacientes y escudriñadores, como estudiándolo.

 

—Su transformación sigue pareciéndome un milagro —dijo—. Perdone que lo examine con tanta curiosidad. Es usted una persona fuera de lo común.

 

Le conté una vez más quién era y por qué vivía en casa de Orlov, ofreciéndole un relato más prolijo y detallado que la víspera. Ella me escuchó con gran atención y, sin dejarme terminar, comentó:

 

—Allí todo ha terminado para mí. ¿Sabe usted? No he podido contenerme y he escrito una carta.

 

Esta es la contestación.

 

En la hoja que me tendió podían leerse las siguientes razones, escritas de puño y letra de Orlov:

 

No tengo intención de justificarme. Pero reconozca que ha sido usted la que se ha equivocado, no yo. Le deseo felicidad y le ruego que me olvide cuanto antes.

 

Su humilde servidor, G. O.

 

 

P. D. Le mando sus cosas.

 

Los baúles y las cestas enviados por Orlov estaban en una sala; entre ellos se encontraba también mi pobre maleta.

 

—Así pues… —dijo Zinaída Fiódorovna y no terminó la frase.

 

Guardamos silencio unos instantes. Ella cogió la nota y durante un par de minutos la sostuvo delante de los ojos, mientras su rostro adoptaba esa expresión bastante altiva, desdeñosa, dura y orgullosa que tenía la víspera, al comienzo de nuestra explicación; algunas lágrimas asomaron a sus ojos, pero ya no brotaban de un sentimiento de timidez y amargura, sino de orgullo y rabia.

 

—Escuche —añadió, levantándose bruscamente y acercándose a la ventana para que no viera su cara—. He decidido marcharme mañana al extranjero con usted.

 

—Estupendo. Yo estoy dispuesto a partir hoy mismo.

 

—Lléveme con usted. ¿Ha leído a Balzac? —preguntó de pronto, volviéndose—. Su novela Père Goriot acaba con una escena en la que el protagonista contempla París desde la cima de una colina y amenaza a la ciudad: «¡Ahora ajustaremos cuentas!», y a continuación inicia una nueva vida. También yo, cuando vea San Petersburgo por última vez, desde la ventanilla del vagón, le diré: «¡Ahora ajustaremos cuentas!».

 

Y, tras pronunciar esas palabras, se rio de su propia broma y, por alguna razón, se estremeció.

 

XV

 

En Venecia se me declaró una pleuritis. Probablemente me resfrié la noche en que nos dirigimos en barca desde la estación hasta el hotel Bauer. Desde el primer día tuve que guardar cama, y no pude levantarme en dos semanas. Cada mañana, mientras estuve enfermo, Zinaída Fiódorovna salía de su habitación para tomar el café conmigo y después me leía libros franceses y rusos que habíamos comprado en Viena. Esas obras me eran conocidas de antaño o no me interesaban, pero a mi lado resonaba una voz dulce y querida, así que, en el fondo, su contenido se reducía para mí a una sola cosa: no estaba solo. Ella salía a dar un paseo, regresaba con su vestido gris claro y un ligero sombrero de paja, alegre, caldeada por el sol primaveral, se sentaba junto a la cama, se inclinaba sobre mi cara y me contaba alguna cosa de Venecia o me leía alguno de esos libros. Y yo me sentía feliz.

 

Por la noche tenía frío, me sentía mal y me aburría, pero de día me embriagaba de vida —no se me ocurre una expresión mejor—. El sol cálido y brillante que penetraba por las ventanas abiertas y la puerta del balcón, los gritos abajo, el chapoteo de los remos, el repicar de las campanas, el retumbante estrépito del cañón a mediodía y el sentimiento de plena libertad obraban milagros en mí. Era como si tuviera en los costados unas alas fuertes y anchas que me llevaran Dios sabe adónde. Y qué delicia, qué alegría me embargaba a veces, cuando pensaba que junto a mi vida discurría ahora otra vida, que me había convertido en siervo, guardián, amigo y compañero indispensable de una criatura joven, hermosa y rica, ¡pero débil, ofendida y sola! Hasta estar enfermo es un placer cuando sabes que hay alguien que espera tu restablecimiento como una fiesta. Una vez oí que Zinaída Fiódorovna cuchicheaba al otro lado de la puerta con el médico; luego entró en mi habitación con ojos llorosos — una mala señal—, pero yo estaba conmovido y sentía una extraordinaria ligereza en el alma.

 

 

Por fin se me permitió salir al balcón. El sol y la leve brisa marina acariciaban mi cuerpo enfermo. Yo contemplaba las familiares góndolas, que se deslizaban con gracia femenina, serenas y majestuosas, como si vivieran y sintieran toda la magnificencia de esa cultura original y fascinante. Olía a mar. En algún lugar se oían las cuerdas de un instrumento y el canto de dos voces. ¡Qué maravilla! ¡Qué diferencia con esa noche petersburguesa en que caía una nieve líquida y el viento me azotaba el rostro con tanta rudeza! Si seguía con la vista el curso del canal, podía divisar la laguna y, en el fondo, el sol sobre el horizonte, cuyos reverberos en el agua eran tan brillantes que hacían daño a la vista. Mi alma sentía nostalgia de mi querido mar nativo, al que había ofrendado mi juventud. ¡Ansiaba vivir! ¡Vivir y nada más!

 

Al cabo de dos semanas empecé a moverme a mi antojo. Me gustaba sentarme al sol, escuchar a los gondoleros, a quienes no entendía, y pasar horas contemplando la casita donde, según dicen, vivió Desdémona, una casita modesta y melancólica, de aspecto virginal, delicada como un encaje y tan ligera que daba la impresión de que uno podría cambiarla de lugar con una sola mano. Pasaba largo rato junto a la tumba de Canova, sin apartar la vista del triste león. Y en el palacio de los dux me atraía siempre el rincón donde el desventurado Marino Faliero[54] había sido embadurnado de pintura negra. «Qué maravilloso ser artista, poeta, dramaturgo —pensaba yo—. Pero ya que todo eso está por encima de mis posibilidades, me gustaría al menos abandonarme al misticismo». ¡Ah, si hubiera podido acompañar esa plácida serenidad, esa satisfacción que colmaba mi alma, de una pizca de fe!

 

Por las tardes comíamos ostras, bebíamos vino, paseábamos en barca. Recuerdo cómo se mecía suavemente nuestra góndola negra, sin moverse de su sitio, mientras el agua rompía con leve rumor contra el casco. Aquí y allá temblaban y oscilaban los reflejos de las estrellas y de las luces de la costa. No lejos de nosotros, en una góndola engalanada con faroles coloreados, que se reflejan en el agua, cantaban algunas personas. El sonido de las guitarras, de los violines, de las mandolinas, así como las voces masculinas y femeninas, se difundían en la penumbra, y Zinaída Fiódorovna, pálida, con expresión seria, casi severa, sentada a mi lado, apretaba con fuerza los labios y los puños. Tenía el pensamiento en otro lugar, y no movía una ceja ni me escuchaba. Su rostro, su postura, su mirada inmóvil y vacía, esos recuerdos inusitadamente sombríos, desolados y fríos como la nieve, y alrededor las góndolas, las luces, la música y esa canción acompañada de un grito enérgico y apasionado: «¡Jam-mo!… ¡Jam-mo»!… ¡Qué contrastes tiene la vida! Cuando adoptaba esa postura y se quedaba como petrificada, afligida, con los puños apretados, me figuraba que ambos éramos personajes de una de esas novelas pasadas de moda, titulada La desventurada, La abandonada o algo por el estilo. Vaya pareja: ella, desventurada, abandonada, y yo, su amigo devoto y fiel, un soñador y, si me apuran, un hombre superfluo, un fracasado, incapaz de otra cosa más que de toser, soñar y acaso sacrificarse… pero ¿a quién o a qué podían servir ahora mis sacrificios? ¿Y qué iba a sacrificar, si me permiten la pregunta?

 

Después del paseo vespertino tomábamos el té en su habitación y charlábamos. No teníamos miedo de hurgar en viejas heridas, aún sin cicatrizar; al contrario, por alguna razón, hasta experimentaba placer cuando le hablaba de mi vida en casa de Orlov o aludía sin tapujos a unas relaciones que conocía de sobra y que no podían ocultárseme.

 

—En ciertos momentos la odiaba —le decía—. Cuando Orlov se mostraba caprichoso, hablaba con ese tono condescendiente y le mentía, me sorprendía que no se percatara ni se diera usted cuenta de nada, a pesar de lo claro que estaba todo. En lugar de eso, le besaba las manos, se ponía de rodillas,

 

lo adulaba…

 

—Cuando… le besaba las manos y me ponía de rodillas, lo quería… —decía ella, ruborizándose. —¿Acaso era tan difícil adivinar lo que pensaba de verdad? ¡Menuda esfinge! ¡Una esfinge

disfrazada de gentilhombre de cámara! No le hago ningún reproche, Dios me libre —proseguía yo, comprendiendo que era un tanto descortés, que carecía del tacto y la delicadeza necesarias para tratar con un alma ajena, un defecto en el que no había reparado nunca antes de conocerla—. Pero ¿cómo es posible que no adivinara usted la verdad? —repetía, aunque ya en voz más baja y tono más inseguro.

 

—Quiere usted decir que desprecia mi pasado, y tiene razón —decía ella muy alterada—. Pertenece usted a esa categoría especial de personas a las que no se puede medir con el mismo rasero que a los demás mortales; sus exigencias morales se distinguen por su excepcional severidad y no es usted capaz de perdonar, me doy perfecta cuenta; le entiendo y, si alguna vez le contradigo, eso no significa que vea las cosas de manera distinta; digo las mismas bobadas de siempre simplemente porque aún no he tenido tiempo de desprenderme de mis viejos ropajes y prejuicios. Yo también odio y desprecio mi pasado, detesto a Orlov y mi amor por él… ¿Qué clase de amor era ese? Ahora todo eso hasta me parece ridículo —decía, acercándose a la ventana y contemplando el canal—. Esos amores no hacen más que enturbiar la conciencia y desconcertar. El sentido de la vida reside sólo en la lucha. ¡Dar un taconazo a una vil cabeza de serpiente y sentir cómo se quiebra! Ahí es donde está el sentido. Ahí o en ninguna otra parte.

 

Le contaba extensos episodios de mi pasado y le refería mis aventuras, en verdad sorprendentes. Pero no decía ni una palabra del cambio que se había operado en mí. Ella me escuchaba siempre con gran atención y en los pasajes más interesantes se retorcía las manos, como si lamentara no haber tomado parte en tales aventuras, ni experimentado esos temores y alegrías, pero de pronto se quedaba pensativa, ensimismada, y por la expresión de su cara yo me daba cuenta de que no me estaba escuchando.

 

Llegados a ese punto, cerraba las ventanas que daban al canal y le preguntaba si quería que encendiera la estufa.

 

—No, déjelo. No tengo frío —respondía ella, con una lánguida sonrisa—, pero me noto muy débil. ¿Sabe? Tengo la impresión de que en los últimos tiempos me he vuelto mucho más inteligente. Por ejemplo, cuando pienso en el pasado, en mi vida de entonces… bueno, y en la gente en general, todo se funde en una sola cosa: la imagen de mi madrastra, grosera, insolente, desalmada, falsa, depravada y, por si eso fuera poco, morfinómana. Mi padre, hombre flojo y sin carácter, se casó con mi madre por dinero y no paró hasta que ella contrajo la tuberculosis; en cambio a su segunda esposa, mi madrastra, la quería con pasión, con locura… ¡Lo que tuve que soportar! En fin, para qué hablar. Como digo, todo se funde en una sola imagen… Y me da rabia que mi madrastra se haya muerto. ¡Cómo me gustaría verla ahora!

 

—¿Para qué?

 

—Pues no lo sé… —respondió ella con una sonrisa, sacudiendo con elegancia la cabeza—. Buenas noches. A ver si se pone usted bueno. En cuanto se restablezca, nos ocuparemos de nuestros asuntos… Que ya va siendo hora —después de despedirme, cuando ya había asido el picaporte de la puerta, me preguntó—: ¿Cree usted que Polia seguirá en la casa?

 

—Lo más seguro.

 

Y me iba a mi habitación. Así pasamos un mes entero. Un día de cielo encapotado, a eso del

 

 

mediodía, estábamos asomados a la ventana de mi habitación, contemplando en silencio las nubes que venían del mar y el canal azulado, esperando que de un momento a otro empezase a llover; de pronto, una estrecha y compacta franja de lluvia, como una gasa, oscureció la laguna, y en ese instante a los dos nos ganó el aburrimiento. Ese mismo día partimos para Florencia.

 

XVI

 

Había llegado ya el otoño, y nos encontrábamos en Niza. Una mañana, cuando entré en su habitación, la hallé sentada en un sillón, con las piernas cruzadas, encorvada, demacrada, con la cara cubierta con las manos, llorando amargamente, sollozando, los largos cabellos despeinados cayendo sobre sus rodillas. La impresión causada por el mar maravilloso y magnífico que acababa de ver, y que quería comunicarle, desapareció como por ensalmo, y el corazón se me encogió de dolor.

 

—¡Qué le pasa? —le pregunté; ella apartó una mano de la cara y me hizo un gesto para que saliera—. Pero ¿qué le pasa? —repetí, y por primera vez desde que nos conocíamos le besé la mano.

 

—¡Nada! ¡No es nada! —exclamó con premura—. Ah, no es nada, no es nada… Márchese… Ya ve que no estoy vestida.

 

Salí terriblemente confuso. La calma y la serenidad de las que tanto tiempo había disfrutado, se veían ahora envenenadas por un sentimiento de compasión. Sentí un deseo acuciante de arrojarme a sus pies, de suplicarle que no llorara a solas, que compartiera su pena conmigo, y el rumor uniforme del mar resonaba ya en mis oídos como una oscura profecía, pues preveía ya nuevas lágrimas, nuevas aflicciones y pérdidas. «¿Por qué, por qué llora?», me preguntaba, recordando su rostro y su sufriente mirada. Me acordé de que estaba embarazada. Trataba de ocultar su estado a los demás y a sí misma. En el hotel llevaba una blusa ancha o una camisa con muchos pliegues a la altura del pecho,

 

y  cuando salíamos, se apretaba tanto el corsé que ya en dos ocasiones se había desmayado mientras paseábamos. Nunca hablaba conmigo de su embarazo, y una vez, cuando le sugerí que no sería una mala idea consultar a un médico, se ruborizó y no dijo ni una palabra.

 

Cuando, al cabo de un rato, volví a su habitación, ya estaba vestida y peinada.

 

—¡Basta, basta! —exclamé, viendo que estaba a punto de echarse a llorar otra vez—. Será mejor que vayamos a dar un paseo por la orilla del mar y charlemos un poco.

—No puedo hablar. Perdóneme, pero en estos momentos me apetece estar sola. Y otra cosa, Vladímir Ivánich: la próxima vez, cuando quiera entrar en mi habitación, haga el favor de llamar primero a la puerta.

 

Ese «primero» me sonó de un modo particular, poco femenino. Salí. Volvió a envolverme otra vez ese maldito humor de San Petersburgo, y todos mis sueños se abarquillaron y se retorcieron como hojas al calor del fuego. Sentía que estaba de nuevo solo, que entre nosotros no había confianza. Yo era para ella lo mismo que para esa palmera una telaraña, formada en sus hojas por casualidad y que el viento arrancaría y se llevaría. Fui a dar un paseo por los jardines, en cuyos senderos sonaba la música, y entré en el casino, donde vi mujeres elegantes y muy perfumadas, que me miraban como diciendo: «Estás solo, tanto mejor…». Luego salí a la terraza y pasé un buen rato contemplando el mar. Lejos, en el horizonte, no se divisaba ni una vela; a la izquierda, junto a la costa, en medio de una neblina de color lila, despuntaban montañas, huertos, torres, casas, todo iluminado por el sol, pero

 

 

todo se me antojaba extraño, indiferente, una suerte de embrollo incomprensible.

 

XVII

 

Zinaída Fiódorovna seguía viniendo a mi habitación todas las mañanas para tomar el café, pero ya no almorzábamos juntos. Según decía, no tenía apetito, y se alimentaba sólo de café, té y diversas chucherías como naranjas y caramelos.

Tampoco conversábamos ya por la tarde. No sé lo que sucedió. Después de que la sorprendiera llorando, empezó a tratarme con cierta desconsideración; a veces se mostraba descortés y hasta irónica, y me llamaba, vaya usted a saber por qué, «señor mío». Lo que antes le parecía asombroso, sorprendente, heroico, suscitando en ella envidia y entusiasmo, ahora no le afectaba lo más mínimo; por lo general, después de escucharme, se desperezaba un poco y comentaba:

 

—Sí, sucedió en Poltava, señor mío, en Poltava[55].

 

A veces estábamos días enteros sin vernos. Yo llamaba con timidez y recelo a su puerta y no obtenía respuesta; volvía a llamar, y de nuevo silencio… Me quedaba junto a la puerta escuchando, y en eso pasaba una camarera que me anunciaba con frialdad: Madame est partie[56]. Luego recorría de un extremo al otro el pasillo del hotel… Me topaba con algunos ingleses, con damas de generoso pecho, con camareros vestidos de librea… Y, después de contemplar un buen rato la larga alfombra a rayas que recorría todo el pasillo, me daba cuenta de que, en la vida de esa mujer, yo desempeñaba un papel extraño y probablemente falso, y que no estaba en condiciones de cambiarlo; entonces corría a mi habitación, me tumbaba en la cama y me perdía en reflexiones, pero no lograba llegar a ninguna conclusión; lo único que tenía claro es que ansiaba vivir y que, cuanto más fea, seca y dura se volvía su cara, mayor era mi afecto y más intensa y dolorosamente sentía nuestra afinidad. Llámame «señor mío», emplea ese tono despreocupado y despectivo, haz lo que se te antoje, pero no me abandones, tesoro mío. Ahora me da miedo estar solo.

 

Luego volvía a salir al pasillo y prestaba oídos, lleno de inquietud… No comía, no me daba cuenta de la llegada de la tarde. Por fin, pasadas ya las diez, oía unos pasos conocidos y en la esquina cercana a la escalera aparecía Zinaída Fiódorovna.

 

—¿Dando un paseíto? —me preguntaba, al pasar a mi lado—. Estaría mejor fuera… ¡Buenas noches!

 

—¿Es que no vamos a vernos más hoy?

 

—M e parece que es tarde. En cualquier caso, como usted quiera.

 

—Dígame, ¿dónde ha estado? —le preguntaba, entrando tras ella en la habitación.

 

—¿Dónde? En Montecarlo —y, sacando del bolsillo unas diez monedas de oro, añadía—: Pues sí, señor mío. Las he ganado a la ruleta.

 

—¿No habrá empezado usted a jugar?

 

—¿Y por qué no? M añana voy otra vez.

 

Me la imaginaba con su cara fea y enfermiza, embarazada, con el corsé muy apretado, de pie ante la mesa de juego, en medio de una muchedumbre de cocottes y de viejas medio locas, que revoloteaban en torno al oro como moscas alrededor de la miel, y recordaba que, por alguna razón, se había ido a M ontecarlo sin decirme nada…

 

—No la creo —le comenté una vez—. Usted no va allí.

 

—No se preocupe. No puedo perder mucho.

 

—No se trata de las pérdidas —repuse con enfado—. ¿Es que no se le ha ocurrido pensar, mientras está allí jugando, que el brillo del oro, todas esas mujeres, viejas y jóvenes, el crupier y el ambiente en su conjunto constituyen un vil y repugnante escarnio de las fatigas de la clase trabajadora, de los que sudan sangre?

 

—Y, si no juego, ¿qué quiere que haga? —preguntó—. En cuanto a las fatigas de la clase trabajadora y a los que sudan sangre, déjese esos discursos grandilocuentes para otra ocasión, y ahora, ya que ha empezado usted, permítame que siga con el tema y plantee la cuestión con toda claridad: ¿qué estoy haciendo aquí y qué voy a hacer en el futuro?

 

—¿Qué va a hacer? —exclamé yo—. A esa pregunta no se puede responder así de golpe.

 

—Le pido que me responda según le dicte su conciencia, Vladímir Ivánich —dijo ella, y su rostro se torció en un mohín de enfado—. Una vez que me he decidido ha plantearle esa cuestión, no quiero escuchar lugares comunes. Le estoy preguntando —prosiguió, dando palmadas en la mesa, como marcando el compás— qué debo hacer aquí. Y no sólo aquí, en Niza, sino en general —guardé silencio y me quedé mirando el mar por la ventana. Mi corazón latía desbocado—. Vladímir Ivánich —dijo en voz baja, con la respiración entrecortada; era evidente que le costaba trabajo hablar—. Vladímir Ivánich, si ni siquiera usted cree en la causa, si ya no tiene intención de luchar por ella, ¿por qué… por qué me sacó usted de San Petersburgo? ¿Por qué me hizo promesas y despertó en mí locas esperanzas? Sus convicciones han cambiado, se ha convertido en otro hombre; nadie lo culpa: no siempre podemos controlar nuestras convicciones, pero… pero, Vladímir Ivánich, por el amor de Dios, ¿por qué no es usted sincero? —prosiguió en voz baja, acercándose a mí—. A lo largo de todos estos meses, cuando yo soñaba en voz alta, deliraba, me entusiasmaba con sus planes, reconstruía mi vida sobre nuevas bases, ¿por qué no me dijo la verdad? ¿Por qué guardó silencio o me alentó con esos relatos suyos, comportándose como si estuviera plenamente de acuerdo conmigo? ¿Por qué? ¿Qué necesidad había?

 

—Cuesta mucho reconocer que uno ha fracasado —murmuré, dándome la vuelta, pero sin mirarla

 

—. Sí, ya no tengo fe, estoy cansado, abatido… Es difícil ser sincero, muy difícil; por eso guardaba silencio. Quiera Dios que nadie tenga que pasar por lo que yo he pasado.

Tenía la impresión de que de un momento a otro me echaría a llorar, así que me callé.

 

—Vladímir Ivánich —dijo y me cogió ambas manos—. Usted ha vivido y experimentado muchas cosas, y sabe más que yo. Piénselo y dígame qué debo hacer. Aconséjeme. Si ya no tiene usted fuerzas para seguir adelante y servir de guía a otros, indíqueme al menos adónde tengo que ir. Convenga conmigo en que soy una persona viva, capaz de sentir y razonar. Encontrarse en una posición falsa… desempeñar un papel absurdo… Todo eso me desagrada. No le hago reproches, no le echo la culpa, sólo le pido un consejo —trajeron el té—. ¿Y bien? —preguntó Zinaída Fiódorovna, tendiéndome un vaso—. ¿Qué me dice?

 

—Hay más luz que la que brilla en la ventana —respondí—. Viven en el mundo más personas que yo, Zinaída Fiódorovna.

—Pues muéstremelas —dijo con animación—. Es lo único que le pido.

 

—Y quiero decirle una cosa más —continué—. Hay muchos campos en los que puede servirse a una idea. Si uno se ha equivocado y ha perdido la fe en un ideal, puede buscar otro. El mundo de las

 

ideas es vasto e inagotable.

 

—¡El mundo de las ideas! —exclamó y me miró a la cara con expresión burlona—. Será mejor que lo dejemos… No vale la pena… —se puso roja—. ¡El mundo de las ideas! —repitió y arrojó a un lado la servilleta; su rostro adquirió una expresión de indignación y desdén—. Todas sus maravillosas ideas, me doy perfecta cuenta, se reducen a un único paso inevitable e indispensable: debo convertirme en su amante. Eso es lo que se necesita. Estar al servicio de las ideas y no convertirse en la amante del hombre más honrado e idealista que cabe imaginar significa no entender las ideas. Hay que empezar por ahí… es decir, primero debo convertirme en su amante y lo demás vendrá por sí solo.

 

—Está usted irritada, Zinaída Fiódorovna —dije.

 

—¡No, soy sincera! —gritó, respirando con dificultad—. ¡Soy sincera!

 

—Puede que sea sincera, pero se equivoca usted, y sus palabras me causan dolor

 

—¡Dice que me equivoco! —exclamó, echándose a reír—. Eso lo puede decir otra persona, pero no usted, señor mío. Quizá le parezca poco delicada e incluso cruel, pero me da igual: ¿me ama usted? ¿Me ama usted o no? —yo me encogí de hombros—. ¡Sí, encójase de hombros! —prosiguió con su tono burlón—. Cuando estaba usted enfermo, lo oí delirar; por no hablar de esas miradas llenas de adoración, de los suspiros, de los discursos bienintencionados sobre la intimidad y la afinidad espiritual… Pero lo principal es esto: ¿por qué hasta ahora no ha sido sincero? ¿Por qué me ha ocultado lo que es y me ha hablado de lo que no es? Si desde un principio me hubiese aclarado cuáles eran las ideas que lo impulsaban a sacarme de San Petersburgo, habría estado al corriente de todo. En ese caso me habría envenenado, como era mi intención, y nos habríamos ahorrado esta tediosa comedia… ¡En fin, para qué hablar! —hizo un gesto de desaliento con la mano y se sentó.

 

—M e habla usted como si sospechara que tengo intenciones deshonestas —me ofendí. —Dejémoslo. ¿Para qué seguir? No le estoy recriminando sus intenciones, lo que le estoy

 

diciendo es que no albergaba usted intenciones de ningún tipo. Si las hubiera tenido, me habría dado cuenta. Aparte de las ideas y del amor, no tenía usted nada. Primero las ideas y el amor, y en perspectiva, la posibilidad de que me convierta en su amante. Tal es el orden de las cosas, tanto en la vida como en las novelas… Usted censuraba a Orlov —añadió, dando una palmada en la mesa—, pero a la larga debemos estar de acuerdo con él. Tiene sus razones para despreciar todas esas ideas.

 

—No las desprecia, las teme —grité—. Es un cobarde y un embustero.

 

—De acuerdo. Es un cobarde, un embustero y me ha engañado, pero ¿y usted? Perdone mi sinceridad, pero ¿qué es usted? Él me engañó y me abandonó a mi suerte en San Petersburgo, mientras usted me ha engañado y me ha abandonado aquí. Al menos él no vestía su engaño con el ropaje de las ideas, mientras que usted…

 

—Por el amor de Dios, ¿por qué dice esas cosas? —grité horrorizado, retorciéndome las manos y acercándome con presteza a ella—. No, Zinaída Fiódorovna, no, eso es cinismo, no debe caer uno en tales extremos de desesperación. Escúcheme —añadí, agarrándome a un pensamiento que de pronto se insinuó en mi cabeza y que, me pareció, aún podía salvarnos a ambos—. Haga el favor de escucharme. He conocido muchas desgracias en mi vida, tantas que, al recordarlas, la cabeza me da vueltas; pero ahora mi cerebro y mi alma atormentada han comprendido de una vez por todas que el sentido de la vida humana, si es que tiene alguno, consiste únicamente en el amor desinteresado al prójimo. ¡Esa es la dirección que debemos tomar, ese es nuestro objetivo! ¡Esa es mi fe! —tenía

 

intención de seguir hablando de la misericordia y del perdón incondicional, pero de pronto el tono de mi voz dejó de parecerme sincero, y me turbé—. ¡Quiero vivir! —exclamé con franqueza—. ¡Vivir, vivir! Ansío la paz, el silencio, el calor, este mar, su compañía. ¡Ah, cómo me gustaría inculcarle esta apasionada sed de vida! Acaba usted de referirse al amor, pero a mí me bastaría con estar cerca de usted, con oír su voz, con contemplar la expresión de su rostro…

 

Ella se ruborizó y se puso a hablar muy deprisa, para impedirme continuar.

 

—Usted ama la vida y yo la odio. Así que debemos seguir caminos distintos —se sirvió té, pero no lo probó; se retiró a su dormitorio y se tumbó en la cama—. Creo que será mejor que interrumpamos esta conversación —me dijo desde allí—. Todo ha terminado para mí y no necesito nada… ¡Para qué seguir hablando!

 

—¡No, todo no ha terminado!

 

—¡Dejémoslo!… Como si no lo supiera. Ya estoy harta… Basta.

 

Me quedé un rato más, paseando de un extremo al otro de la habitación, y luego salí al pasillo. Más tarde, ya avanzada la noche, cuando me acerqué a su puerta y presté atención, oí su llanto con toda claridad.

 

A la mañana siguiente, el camarero, mientras me tendía el traje, me informó con una sonrisa de que la señora de la habitación número trece estaba dando a luz. Me vestí de cualquier manera y, muerto de miedo, fui corriendo a la habitación de Zinaída Fiódorovna. Encontré allí al médico, a la comadrona y a una señora ya mayor natural de Járkov, que se llamaba Daria Mijáilovna. Olía a gotas de éter. Nada más traspasar el umbral, me llegó desde la habitación en que yacía ella un gemido apagado y quejumbroso; era como si el viento lo hubiera traído de Rusia. Y entonces me acordé de Orlov, de su ironía, de Polia, del Nevá, de los copos de nieve, del carruaje sin manta, de la profecía que había entrevisto en el frío cielo matinal, de aquel grito desesperado: «¡Nina! ¡Nina!».

 

—Pase a verla —me dijo la señora.

 

Entré en el dormitorio de Zinaída Fiódorovna con la extraña sensación de ser el padre de la criatura. La encontré tendida, con los ojos cerrados, delgada, pálida, con una cofia blanca de encaje. Recuerdo que había dos expresiones en su rostro: una indiferente, fría, apática; otra infantil e impotente, causada por la cofia blanca. No me oyó entrar, o tal vez sí, pero no me prestó atención. M e quedé junto al lecho, mirándola y esperando.

 

Pero de pronto su rostro se contrajo de dolor, abrió los ojos y se quedó mirando el techo, como tratando de comprender lo que le estaba sucediendo… En su cara se dibujó una expresión de repugnancia.

 

—¡Qué asco! —susurró.

 

—Zinaída Fiódorovna —la llame en voz muy baja.

 

Ella me miró con indiferencia y desgana y a continuación cerró los ojos. Aguardé un momento y salí.

 

Por la noche, Daria Mijáilovna me comunicó que Zinaída Fiódorovna había dado a luz una niña, pero que la parturienta se hallaba en grave peligro; luego se oyeron carreras y voces en el pasillo. Daria Mijáilovna apareció de nuevo en mi cuarto y, con cara de desesperación, retorciéndose las manos, me dijo:

 

—¡Ah, es terrible! ¡El médico sospecha que Zinaída Fiódorovna ha tomado un veneno! ¡Ah, qué mal se comportan aquí los rusos!

 

 

Al día siguiente, a mediodía, Zinaída Fiódorovna expiró.

 

XVIII

 

Transcurrieron dos años. Las circunstancias cambiaron y yo volví a San Petersburgo, donde ahora podía vivir sin esconderme. Ya no tenía miedo de ser y parecer sensible, y me entregaba por entero al sentimiento paternal o, mejor dicho, idolátrico, que despertaba en mí Sonia, la hija de Zinaída Fiódorovna. Yo mismo le daba de comer, la bañaba, la acostaba, no le quitaba ojo durante noches enteras y gritaba cuando me parecía que se le iba a caer a la niñera. A medida que pasaba el tiempo, mi ansia de una vida normal y corriente se fue reforzando e intensificando, mientras mis grandes ilusiones se concentraron en Sonia, como si por fin hubiera encontrado lo que necesitaba. Quería con locura a esa niña. Veía en ella la prolongación de mi propia vida, y no era una simple figuración, sino que estaba casi convencido y seguro de que, cuando me despojara de una vez de ese cuerpo desgarbado, huesudo y barbudo, seguiría viviendo en esos ojos azules, en esos cabellos rubios y sedosos, en esas manitas regordetas y rosadas que con tanto cariño me acariciaban la cara y me rodeaban el cuello.

El futuro de Sonia me preocupaba. Su padre era Orlov, pero en el certificado de nacimiento figuraba el apellido Krasnóvskaia; además, la única persona que sabía de su existencia y se interesaba por ella, es decir, yo, estaba con un pie en la tumba. Había que ocuparse seriamente de la cuestión.

 

Al día siguiente de mi llegada a San Petersburgo fui a ver a Orlov. Me abrió un anciano gordo, con patillas pelirrojas y sin bigote, por lo visto alemán. Polia, que estaba arreglando la sala, no me reconoció; en cambio, Orlov se dio cuenta al momento de quién era.

 

—¡Ah, señor conspirador! —dijo, mirándome con curiosidad y sonriendo—. ¿Qué le trae por aquí?

 

No había cambiado nada: el mismo rostro cuidado y desagradable, la misma ironía. Y sobre la mesa, como antaño, había un libro nuevo con una plegadera de marfil entre las páginas. Por lo visto, estaba leyendo en el momento de mi llegada. Me pidió que tomara asiento, me ofreció un cigarro y, con esa delicadeza propia de las personas bien educadas, ocultando la impresión desagradable que le había causado mi cara y mi escuálida figura, señaló como de pasada que no había cambiado nada y que era fácil reconocerme, a pesar de que me había dejado crecer la barba. Hablamos del tiempo y de París. Tratando de liberarse cuanto antes de la desagradable e inevitable cuestión que tanto a él como a mí nos agobiaba, me preguntó:

 

—¿Ha muerto Zinaída Fiódorovna?

 

—Sí —respondí.

 

—¿De parto?

 

—Así es. El médico sospechaba que la causa había sido otra, pero… tanto a usted como a mí nos conviene pensar que murió de parto.

 

Emitió un suspiro por cortesía y guardó silencio. Se produjo una pausa.

 

—Ya veo. En cambio, aquí todo sigue igual, no ha habido cambios significativos —dijo con animación, cuando advirtió que había echado un vistazo al despacho—. Mi padre, como sin duda sabrá usted, se ha jubilado y lleva una vida de lo más tranquila; en cuanto a mí, sigo ocupando el

 

 

mismo cargo. ¿Se acuerda de Pekarski? Pues no ha cambiado nada. Gruzin murió de difteria el año pasado… Kukushkin está vivo y a menudo se acuerda de usted. A propósito —prosiguió Orlov, bajando tímidamente los ojos—, cuando Kukushkin se enteró de quién era usted, empezó a contar por todas partes que le había atacado y había intentado matarlo… Dice que se salvó por los pelos — yo guardaba silencio—. Los viejos criados no olvidan a sus señores… Es un detalle por su parte — bromeó Orlov—. Pero ¿no quiere tomar un vaso de vino o un café? M andaré que lo preparen.

 

—No, gracias. He venido a verlo por un asunto muy importante, Gueorgui Ivánich.

 

—No me gustan mucho los asuntos importantes, pero me alegro de poder hacer algo por usted. ¿De qué se trata?

 

—Pues verá —empecé yo, bastante nervioso—. La hija de la difunta Zinaída Fiódorovna se encuentra aquí conmigo… Hasta ahora me he ocupado de su educación, pero, como ve, cualquier día de estos pasaré a mejor vida. M e gustaría morir sabiendo que su futuro está asegurado.

 

Orlov enrojeció levemente, frunció el ceño y me dirigió una mirada severa y fugaz. Le había causado una impresión desagradable no sólo el «asunto importante», sino también la alusión a mi próximo fin, a mi muerte.

 

—Sí, habrá que pensar en algo —dijo, protegiéndose los ojos, como si le molestase el sol—. Se lo agradezco. ¿Dice usted que es una niña?

 

—Sí, una niña. ¡Una niña maravillosa!

 

—Ya. Desde luego no se trata de un perrito faldero, sino de un ser humano… No cabe duda de que hay que tomárselo muy en serio. Estoy dispuesto a participar y … le estoy muy agradecido —se puso en pie, se paseó por la habitación, mordiéndose las uñas, y se detuvo delante de un cuadro—. Hay que pensar en algo —dijo con voz sorda, dándome la espalda—. Hoy mismo pasaré por casa de Pekarski y le pediré que vaya a ver a Krasnovski. Creo que Krasnovski no se hará de rogar y aceptará quedarse con la niña.

 

—Perdone, pero no entiendo qué tiene que ver Krasnovski en todo esto —dije yo, poniéndome también en pie y acercándome a un cuadro que había en el otro extremo del despacho.

 

—¡Pero llevará el apellido de Krasnovski, espero! —exclamó Orlov.

 

—Sí, puede que la ley lo obligue a quedarse con la niña, no lo sé, pero yo no he venido a verlo para hablar de leyes, Gueorgui Ivánich.

 

—Sí, sí, tiene usted razón —convino de buena gana—. Creo que estoy diciendo tonterías. Pero no se preocupe. Encontraremos una solución satisfactoria para ambos. Si no esta, aquella, y si no, una tercera; pero de un modo u otro resolveremos esa delicada cuestión. Pekarski lo arreglará todo. Tenga la bondad de dejarme su dirección y yo le informaré lo antes posible de la decisión que adoptemos. ¿Dónde vive usted? —Orlov anotó mi dirección, suspiró y añadió con una sonrisa—: ¡Qué responsabilidad, Señor, ser padre de una niña de corta edad![57] Pero Pekarski lo arreglará todo. Es un hombre muy «tinteligente»[58]. ¿Se quedó usted mucho tiempo en París?

—Un par de meses.

Se produjo un silencio. Era evidente que Orlov tenía miedo de que yo volviese a abordar la cuestión de la niña, así que, para distraer mi atención, me dijo:

 

—Seguramente se habrá olvidado usted de su carta. Pero la he conservado. Comprendo el estado de ánimo que tenía en aquella época y le confieso que respeto sus razones. «Sangre fría y maldita», «asiático», «risa caballuna», son expresiones afables y pintorescas —prosiguió con una sonrisa

 

irónica—. Y la idea de fondo puede que se acerque a la verdad, aunque sobre ese particular podríamos discutir hasta el fin de los tiempos. Es decir —vaciló—, no discutir la idea en sí misma, sino su manera de encarar la cuestión, su temperamento, por decirlo de algún modo. Sí, llevo una vida anormal y depravada que a nadie aprovecha, y mi cobardía me impide iniciar una vida nueva: en eso tiene usted razón. Pero es irracional que se lo tome usted tan a pecho, que se altere y se desespere de ese modo: en ese punto se equivoca usted.

 

—Un ser humano no puede dejar de alterarse y desesperarse cuando ve que tanto él como quienes lo rodean se están hundiendo en el abismo.

 

—¡Sin duda! No estoy predicando la indiferencia, lo único que pido es una actitud objetiva ante la vida. A mayor objetividad, menos riesgo de caer en el error. Hay que examinar las raíces de las cosas y buscar en cada fenómeno la causa de todas las causas. Nos hemos vuelto débiles, nos hemos desanimado y al final hemos caído. Nuestra generación se compone exclusivamente de neurasténicos

 

y  llorones, sólo sabemos hablar de cansancio y de fatiga, pero ni usted ni yo tenemos la culpa: somos demasiado insignificantes para que el destino de toda una generación pueda depender de nuestro arbitrio. Por tanto, debemos suponer que hay causas más importantes y generales, que tienen una sólida raison d’être desde un punto de vista biológico. Somos unos neurasténicos, unos seres amargados, unos apóstatas, pero tal vez eso sea útil y necesario para las generaciones venideras. Ni un solo cabello cae de la cabeza si no es por voluntad del Padre celestial; en otras palabras, nada sucede por casualidad ni en la naturaleza ni en la sociedad humana. Todo es fundamental e indispensable. Y, si eso es así, ¿por qué debemos preocuparnos tanto y escribir cartas desesperadas?

 

—Es verdad —respondí, después de pensarlo un momento—. Creo que para las generaciones venideras la vida será más fácil y comprensible; podrán aprovecharse de nuestra experiencia. Pero uno quiere vivir para sí mismo, no sólo para las generaciones futuras. La vida sólo se concede una vez, y todos desean una vida interesante, sensata, bella. Todos quieren desempeñar un papel importante, independiente, noble, hacer historia, para que esas mismas generaciones no tengan derecho a decir de cada uno de nosotros: «Ese fue una nulidad», o algo incluso peor… Creo tanto en la oportunidad como en la necesidad de lo que sucede a nuestro alrededor, pero ¿qué me importa a mí esa necesidad? ¿Por qué tengo que sacrificarle mi «yo»?

 

—¡Bueno, qué le vamos a hacer! —suspiró Orlov, levantándose y dándome a entender que nuestra conversación había terminado. Yo cogí mi gorro—. En sólo media hora de charla, hay qué ver la de cosas que hemos resuelto —dijo Orlov, acompañándome al vestíbulo—. Me ocuparé de ese asunto… Hoy mismo iré a ver a Pekarski. Puede estar seguro.

 

Esperó a que me pusiera el abrigo, muy satisfecho, sin duda, de mi inminente marcha. —Gueorgui Ivánich, devuélvame mi carta —dije.

—Como quiera.

 

Fue a su despacho y, al cabo de un minuto, regresó con la carta. Yo le di las gracias y salí.

 

Al día siguiente recibí una nota suya. Me felicitaba por la feliz solución del asunto. Pekarski conocía a una señora, escribía, que dirigía un internado, una especie de jardín de infancia, donde admitían incluso a niños muy pequeños. La señora era de toda confianza, pero en cualquier caso, antes de entrar en tratos con ella, sería conveniente discutir la cuestión con Krasnovski, aunque sólo fuera para cumplir con las formalidades de rigor. Me aconsejaba que acudiera cuanto antes a casa de Pekarski, llevando la partida de nacimiento, si es que existía. «Reiterando mi más sincera estima y

 

respeto, se despide de usted su humilde servidor…».

 

Mientras leía esa carta, Sonia estaba sentada a la mesa y me miraba con atención, sin pestañear, como si entendiera que se estaba decidiendo su suerte.

 

Tres años

 

 

(1895)

 

 

I

 

Reinaba ya la oscuridad, en algunas casas las ventanas estaban iluminadas y al final de la calle, detrás de los cuarteles, empezaba a remontarse una pálida luna. Láptev, sentado en un banco, a la puerta de su casa, esperaba que finalizara el oficio vespertino en la iglesia de San Pedro y San Pablo. Contaba con que Yulia Serguéievna, al regresar de la misa, pasara por allí; en tal caso, él podría dirigirle la palabra y tal vez disfrutar de su compañía toda la tarde.

 

Llevaba allí ya una hora y media, y durante ese tiempo había estado acordándose de su casa de Moscú, de sus amigos de la capital, del criado Piotr, de su escritorio; alguna que otra vez contemplaba con incredulidad los árboles sombríos e inmóviles, y le parecía extraño no hallarse en su dacha de Sokólniki[59], sino en una ciudad de provincias, en una casa junto a la que cada mañana y cada tarde pasaba un gran rebaño que levantaba enormes nubes de polvo, conducido por unos cuantos pastores que de vez en cuando tañían el cuerno. Le venían a la memoria las largas conversaciones moscovitas, en las que él mismo había tomado parte hacía relativamente poco, conversaciones en las que se aseguraba que se podía vivir sin amor, que el amor apasionado constituía una suerte de aberración, que no existía lo que ha dado en llamarse amor, sólo una atracción física de sexos opuestos, y cosas por el estilo; se acordaba de esas cosas y pensaba con tristeza que, si en esos momentos alguien le hubiera preguntado qué era el amor, no habría sabido qué contestar.

 

Una vez concluido el oficio vespertino, empezó a aparecer gente. Láptev observaba con nerviosismo las oscuras figuras. Había pasado ya el arcipreste en un coche, las campanas habían dejado de repicar y se habían apagado una tras otra las luces verdes y rojas que iluminaban el templo con motivo de la festividad del patrón. La gente pasaba sin prisas, charlando, deteniéndose debajo de las ventanas. De pronto, Láptev oyó una voz conocida y el corazón empezó a latirle con fuerza; pero, al darse cuenta de que Yulia Serguéievna no estaba sola, sino acompañada de otras dos señoras, fue presa de la desesperación.

 

—¡Es terrible, terrible! —susurraba, sintiéndose celoso—. ¡Es terrible!

 

En la esquina, antes de entrar en el callejón, Yulia Serguéievna se detuvo para despedirse de sus acompañantes, y en ese momento vio a Láptev.

 

—Voy a su casa —dijo él—. Para charlar un rato con su padre. ¿No habrá salido? —No creo —respondió ella—. Es temprano para ir al club.

 

El callejón discurría entre jardines, y junto a las cercas crecían tilos que en esos momentos, a la luz de la luna, proyectaban una ancha sombra, cubriendo de oscuridad tanto las empalizadas como las cancelas de una parte de la calle. De algún lugar llegaba un rumor de voces femeninas, risas contenidas y apagados acordes de balalaika. Olía a tilo y a heno. Ese susurro de seres invisibles y ese olor excitaban a Láptev. De pronto sintió un deseo apasionado de abrazar a Yulia Serguéievna, cubrir de besos su cara, sus manos, sus hombros, estallar en sollozos, caer a sus pies y contarle cuánto tiempo llevaba esperándola. La joven exhalaba un olor a incienso muy suave, apenas perceptible, y esa fragancia le recordó los tiempos en que también él creía en Dios, acudía a las funciones vespertinas y se perdía en ensoñaciones de un amor puro y poético. Y, como esa muchacha no lo quería, le parecía que había perdido para siempre la posibilidad de alcanzar esa felicidad con que tanto soñara antaño.

 

Yulia Serguéievna hablaba con preocupación de la salud de Nina Fiódorovna, la hermana de Láptev: dos meses antes le habían extraído un tumor y ahora todos temían que se reprodujera la

 

enfermedad.

 

—Fui a verla esta mañana —dijo Yulia Serguéievna— y me pareció que esta semana no ha adelgazado, pero la encontré mustia.

 

—Sí, sí —asintió Láptev—. No ha recaído, pero la noto más débil cada día que pasa; se está consumiendo a ojos vistas. No entiendo lo que le está sucediendo.

 

—¡Señor, con lo sana, fuerte y colorada que estaba! —exclamó Yulia Serguéievna, después de una breve pausa—. Aquí la llamaba todo el mundo «la moscovita». ¡Y cómo se reía! Los días de fiesta se vestía como una sencilla campesina, y ese atuendo le quedaba muy bien.

 

El doctor Serguéi Borísich estaba en casa; grueso, rojo, corto de piernas, con una levita larga que le llegaba por debajo de las rodillas, se paseaba arriba y abajo en su despacho, con las manos en los bolsillos, canturreando a media voz: «Ru-ru-ru-ru». Iba desgreñado, con las grises patillas alborotadas, como si acabara de levantarse de la cama. Y su despacho, con cojines en los sofás, rimeros de papeles viejos en los rincones y un perro de aguas sucio y enfermo debajo de la mesa, producía la misma impresión de descuido e incuria que su propia persona.

 

—El señor Láptev quiere verte —le dijo la hija, entrando en el despacho.

 

—Ru-ru-ru-ru —canturreó el médico, en voz más alta que antes, dirigiéndose a la sala y tendiéndole la mano a Láptev, a quien preguntó—: ¿Qué hay de nuevo?

 

La sala estaba a oscuras. Láptev, sin sentarse, con el sombrero en la mano, empezó a disculparse por las molestias que le causaba. Le preguntó qué se podía hacer para que su hermana durmiera por la noche y si tenía alguna idea de por qué había adelgazado tanto, pero de pronto se sintió confundido, pues se le pasó por la cabeza que quizá ya le hubiera formulado esas preguntas durante su visita matinal.

 

—Dígame —preguntó—, ¿no convendría llamar a algún especialista de Moscú en enfermedades internas? ¿Qué cree usted?

 

El médico suspiró, se encogió de hombros e hizo un gesto indeterminado con ambas manos.

 

No cabía duda de que se había ofendido. Era un hombre sumamente quisquilloso y suspicaz; siempre tenía la impresión de que los demás no le creían, no reconocían sus méritos y no lo respetaban lo suficiente; que los pacientes lo explotaban y sus colegas lo trataban con desconsideración. Siempre se estaba riéndose de sí mismo y decía que los tontos como él sólo habían nacido para que la gente se aprovechara de ellos.

 

Yulia Serguéievna encendió la lámpara. Se había fatigado en la iglesia, como se veía en su rostro pálido y extenuado, en la languidez de sus movimientos. Tenía ganas de descansar. Se sentó en el sofá, apoyó las manos en las rodillas y se quedó pensativa. Láptev sabía que era feo, y ahora le parecía sentir esa fealdad en todo su cuerpo. Bajo de estatura, delgado, tenía las mejillas sonrosadas y le quedaba tan poco pelo que se le enfriaba la cabeza. Su expresión carecía por entero de esa elegante sencillez que vuelve atractivas hasta las caras más toscas y desagradables; en compañía de mujeres se mostraba torpe, demasiado dicharachero, amanerado. Y ahora casi se despreciaba por eso. Para que Yulia Serguéievna no se aburriera en su compañía tenía que hablar. Pero ¿de qué? ¿De nuevo de la enfermedad de su hermana?

 

Y se puso a decir lugares comunes sobre la medicina, elogió la higiene y añadió que desde hacía tiempo albergaba el propósito de construir en Moscú un albergue nocturno, cuyos costes ya había calculado. Según su proyecto, cualquier trabajador que se presentara por la tarde en el asilo recibiría

 

por cinco o seis kopeks un humeante plato de sopa con pan, un lecho seco y caliente, con una manta, y un lugar donde secar su ropa y su calzado.

 

Por lo general, Yulia Serguéievna guardaba silencio en su presencia, mientras él, por extraño que pueda parecer, lograba adivinar sus pensamientos e intenciones, gracias, quizá, a esa intuición de los enamorados. En esa ocasión dedujo que, si no se retiraba a su habitación a cambiarse de ropa y tomar el té, después de acudir al servicio vespertino, era porque se disponía a salir de visita.

 

—Pero no tengo prisa con lo del albergue nocturno —prosiguió, con un tono de voz ya irritado y displicente, dirigiéndose al médico, que lo miraba con sorpresa y perplejidad, sin acabar de entender qué necesidad había de sacar a colación la medicina y la higiene—. Probablemente pasará mucho tiempo antes de que pueda ponerme manos a la obra. Además, me da miedo que nuestro albergue caiga en manos de esas santurronas y esas señoras filantrópicas moscovitas que acaban arruinando cualquier iniciativa.

 

Yulia Serguéievna se puso en pie y tendió la mano a Láptev.

 

—Discúlpeme —dijo—, pero tengo que irme. Haga el favor de saludar a su hermana de mi parte.

 

—Ru-ru-ru-ru —canturreó el médico—. Ru-ru-ru-ru.

 

Yulia Serguéievna salió, y al poco rato Láptev se despidió del médico y se marchó a su casa. Cuando una persona se siente insatisfecha y desdichada, ¡qué vulgares se le antojan los tilos, las sombras, las nubes, todas las bellezas de la naturaleza, tan presuntuosas e indiferentes! La luna estaba ya muy alta, y las nubes pasaban raudas por debajo. «¡Qué luna tan ingenua y provinciana! ¡Qué nubes tan escuálidas y lamentables!», pensaba Láptev. Se avergonzaba de lo que acababa de decir sobre la medicina y el albergue nocturno y le horrorizaba saber que, al día siguiente, su falta de carácter lo llevaría a buscarla y hablarle de nuevo, y una vez más se convencería de que era un extraño para ella. Y dos días después, otra vez lo mismo. ¿Para qué? ¿Y cuándo y cómo terminaría todo eso?

 

Una vez en casa, fue a ver a su hermana. Nina Fiódorovna aún tenía buen aspecto y daba la impresión de ser una mujer robusta y bien formada, pero su pasmosa palidez le daba cierto aire de muerta, sobre todo cuando yacía de espaldas, con los ojos cerrados, como ahora. A su lado estaba su hija mayor, Sasha, de unos diez años, que le leía un pasaje de una antología.

 

—¡Ha llegado Aliosha! —dijo la enferma con voz queda, como si estuviera hablando consigo misma.

 

Entre Sasha y su tío se había establecido desde hacía tiempo un tácito acuerdo para relevarse uno a otro. Ahora Sasha cerró la antología y, sin pronunciar palabra, salió de la habitación sin hacer ruido. Láptev cogió de la cómoda una novela histórica, buscó la página en la que se habían quedado, se sentó y se puso a leer en voz alta.

 

Nina Fiódorovna había nacido en Moscú. Como sus dos hermanos, había pasado la infancia y la juventud en la calle Piátnitskaia, en el seno de una familia de comerciantes. La infancia había sido larga y aburrida; su padre la trataba con severidad y dos o tres veces había llegado a azotarla con varas de abedul; en cuanto a su madre, había muerto tras una larga enfermedad; la servidumbre era sucia, grosera, hipócrita. Aparecían con frecuencia por casa curas y monjes, también groseros e hipócritas, que, además de comer y beber, prodigaban burdas alabanzas a su padre, por quien no sentían la menor simpatía. Los dos hermanos tuvieron la fortuna de acudir al instituto, pero ella no recibió instrucción, de suerte que, en lugar de letras, seguía garrapateando unos garabatos incomprensibles y sólo leía novelas históricas. Hacía cosa de diecisiete o dieciocho años, cuando

 

contaba veintidós, había conocido en la dacha de Jimki a su actual marido, el terrateniente Panaúrov, de quien se había enamorado y con quien se había casado en secreto, contraviniendo la voluntad de su padre. Panaúrov, hombre apuesto, algo descarado, que encendía los cigarrillos en las lamparillas y estaba siempre silbando, le pareció a su padre una completa nulidad, y cuando más tarde, el yerno, en sus cartas, empezó a exigirle la dote, el anciano escribió a su hija para comunicarle que le enviaba al pueblo los abrigos de piel, el servicio de plata, diversos objetos que habían pertenecido a la madre y treinta mil rublos, pero no la bendición paterna; al cabo de un tiempo le envió otros veinte mil. Ese dinero y la dote se esfumaron, la hacienda se vendió, y Panaúrov se trasladó con su familia a la ciudad, donde encontró un puesto en la administración provincial. Una vez establecido, fundó una segunda familia, con la que vivía abiertamente, dando motivo a habladurías de todo tipo.

 

Nina Fiódorovna adoraba a su marido. Y ahora, mientras escuchaba la novela histórica, pensaba en las muchas desdichas por las que había pasado, en lo mucho que había sufrido a lo largo de su vida, y se dijo que, si alguien describiera su vida, el resultado sería un cuadro de lo más patético. Como el tumor lo tenía en el pecho, estaba convencida de que los culpables de su enfermedad eran el amor y la vida conyugal, y de que eran los celos y las lágrimas los que la habían postrado en la cama.

 

De pronto Alekséi Fiódorich cerró el libro y dijo:

 

—Se acabó, gracias a Dios. M añana empezaremos otro.

 

Nina Fiódorovna se echó a reír. Siempre había sido risueña, pero en los últimos tiempos Láptev había empezado a darse cuenta de que, por culpa de la enfermedad, había momentos en que daba muestras de debilidad mental y se reía por la menor fruslería, incluso sin motivo alguno.

 

—Antes de la comida, cuando estabas fuera, vino Yulia —dijo—. Me dio la impresión de que no tiene demasiada confianza en su padre. «Deje que le cure mi padre —dice—, pero escríbale en secreto al santo eremita que rece por usted». Ya sabes que en la ciudad se ha establecido un eremita. Yulia se olvidó aquí la sombrilla. Envíasela mañana —prosiguió, después de una breve pausa—. No, cuando ha llegado el final, ni los médicos ni los eremitas pueden servir de ayuda.

 

—Nina, ¿por qué no duermes por la noche? —preguntó Láptev, tratando de cambiar de conversación.

 

—No lo sé. El caso es que no logro conciliar el sueño. M e paso todo el tiempo pensando. —¿Y en qué piensas, querida?

 

—En los niños, en ti… en mi vida. Ya sabes que he tenido que soportar muchas cosas, Aliosha. Cuando me pongo a recordar… ¡Dios mío de mi alma! —se echó a reír—. No es ninguna broma tener cinco hijos y enterrar a tres… A veces, cuando estaba a punto de dar a luz, mi Grigori Nikolaich estaba con la otra y no tenía a nadie que pudiera ir a buscar a la comadrona o a una partera; iba al zaguán o a la cocina en busca de la criada, pero allí sólo había judíos, tenderos, usureros, esperando la llegada de mi marido. La cabeza me daba vueltas… Sé que nunca me ha querido, aunque jamás me lo ha dicho. Ahora mi ánimo está tranquilo, mi corazón en paz, pero antes, cuando era más joven, cuánto sufría… ¡Ah, cuánto sufría, hermano mío! Una vez, cuando aún vivíamos en la aldea, lo sorprendí en el jardín con una mujer y me marché… Me marché sin mirar adónde iba; sin saber cómo, me encontré en el atrio de la iglesia y me puse de rodillas: «Reina de los cielos», murmuraba. Era de noche, la luna brillaba en el cielo… —se fatigó y empezó a jadear; luego, después de reposar un momento, cogió la mano de su hermano y prosiguió con voz débil y apagada—: ¡Qué bueno eres, Aliosha!… ¡Qué inteligente!… ¡Te has convertido en un gran hombre!

 

 

A medianoche Láptev se despidió de ella y, al salir, cogió la sombrilla que se había olvidado Yulia Serguéievna. A pesar de lo avanzado de la hora, los criados y las criadas estaban tomando té en el comedor. ¡Qué desbarajuste! Las niñas no dormían y estaban también en el comedor. Los presentes hablaban en voz muy baja y no se habían percatado de que la luz de la lámpara se había vuelto más tenue y estaba a punto de apagarse. Tanto los mayores como los pequeños estaban preocupados por una serie de malos augurios y se sentían abatidos: se había roto el espejo del recibidor, el samovar zumbaba cada día y, como hecho a propósito, también zumbaba en esos momentos; contaban que, cuando Nina Fiódorovna se estaba vistiendo, de uno de sus botines salió un ratón. El significado siniestro de todas esas señales no era desconocido para los niños. La hija mayor, Sasha, morena y delgaducha, estaba sentada a la mesa, inmóvil, con cara de susto y de pena; la pequeña, Lida, de siete años, rubia y regordeta, de pie junto a su hermana, miraba el fuego de reojo.

 

Láptev se dirigió a la planta inferior, donde tenía sus habitaciones de techo bajo, siempre sofocantes e impregnadas de olor a geranio. En la sala estaba Panaúrov, el marido de Nina Fiódorovna, leyendo el periódico. Láptev hizo un gesto con la cabeza en señal de saludo y se sentó enfrente de él. Ninguno de los dos dijo nada. A veces se pasaban veladas enteras sin hablar, y ese silencio no les causaba la menor incomodidad.

 

Las niñas bajaron a dar las buenas noches. Panaúrov, en silencio, sin prisas, hizo la señal de la cruz sobre ambas varias veces y les dio a besar su mano. Esa ceremonia, con los besos y las reverencias, se repetía cada jornada.

 

Cuando las niñas salieron, Panaúrov dejó a un lado el periódico y dijo:

 

—¡Qué aburrida es esta bendita ciudad! Me alegro mucho, amigo mío —añadió con un suspiro— de que haya encontrado por fin una diversión.

 

—¿De qué me habla? —preguntó Láptev.

 

—Hace un rato lo vi salir de la casa del doctor Belavin. Supongo que no iría para ver al padre.

 

—En efecto —dijo Láptev, y se ruborizó.

 

—Claro. A propósito, por más que lo busque, no encontrará otro jumento como ese papaíto. ¡No puede imaginarse usted lo sucio, torpe e incapaz que es ese animal! Allí, en la capital, la gente sigue interesándose sólo por el lado lírico de la provincia, por decirlo de algún modo, por el pasaje, por Antón Goremika[60], pero le juro a usted, amigo mío, que no hay lirismo por ninguna parte, sólo bestialidad, vileza, abominación. Fíjese en los sacerdotes locales de la ciencia, por decirlo de algún modo, en los intelectuales del lugar. Imagínese, se han establecido en la ciudad veintiocho médicos; todos han hecho fortuna y viven en casas de su propiedad, mientras la población se encuentra en la misma situación de abandono. Cuando hubo que operar a Nina, en realidad una operación de lo más normal, tuvo que venir un cirujano de Moscú, porque ninguno de los de aquí se decidió a practicarla. No puede usted imaginárselo. No saben nada, no entienden nada, no se interesan por nada. Pregúnteles, por ejemplo, qué es el cáncer. ¿Qué es? ¿Cómo se origina?

 

Y Panaúrov empezó a explicarle lo que era el cáncer. Era especialista en todas las ciencias y analizaba todos los temas que trataba desde un punto de vista científico. Pero lo explicaba todo a su manera. Tenía su propia teoría sobre la circulación de la sangre, su propia idea de la química y de la astronomía. Hablaba despacio, son voz suave y convincente, y pronunciaba las palabras «No puede usted imaginárselo» en tono suplicante, entornando los ojos, emitiendo una suerte de lánguido suspiro y esbozando una sonrisa condescendiente, como si fuera un rey; era evidente que estaba muy

 

 

satisfecho de sí mismo y que no era consciente de que ya tenía cincuenta años.

 

—M e ha entrado hambre —dijo Láptev—. M e gustaría comer algo salado.

 

—¿Y por qué no? Podemos arreglarlo ahora mismo.

 

Al cabo de un rato Láptev y Panaúrov estaban cenando en el comedor de la planta de arriba. El primero bebió un vaso de vodka y después se pasó al vino, mientras el segundo no bebió nada. No bebía nunca ni jugaba a las cartas, pero de todos modos había dilapidado su propio patrimonio y el de su mujer y había contraído un montón de deudas. Para despilfarrar tanto en tan poco tiempo no basta con tener pasiones: se necesita algo más, un talento especial. Panaúrov era aficionado a la buena mesa, le gustaban las vajillas de calidad, la música durante la comida, los discursos, las reverencias de los lacayos, a quienes arrojaba con desprecio propinas de diez y hasta de veinticinco rublos; participaba en todas las suscripciones y loterías, enviaba ramos de flores a todas sus conocidas el día de su santo, compraba tazas, posavasos, gemelos, corbatas, bastones, perfumes, boquillas, pipas, perritos falderos, papagayos, artículos japoneses, antigüedades; sus camisas de dormir eran de seda; su cama; de ébano y madreperla; su bata, de auténtico paño de Bujará, etc., y por todas esas cosas gastaba a diario, como él mismo decía, «montañas de dinero».

 

A lo largo de la cena no hizo más que suspirar y sacudir la cabeza.

 

—Sí, en este mundo todo tiene su fin —dijo en voz queda, entornando los ojos oscuros—. Te enamoras y sufres, dejas de querer, te traicionan, porque no hay mujer que no sea infiel, sufres, te desesperas, tú mismo acabas traicionando. Pero llega un momento en que todo eso se convierte en un recuerdo; entonces lo contemplamos con frialdad y lo consideramos una auténtica nadería…

 

Láptev, cansado y algo achispado, miraba su hermosa cabeza, su barba negra y recortada y creía entender por qué gustaba tanto a las mujeres ese hombre mimado, seguro de sí mismo y físicamente atractivo.

 

Después de la cena Panaúrov se marchó a su segundo hogar. Láptev salió a despedirlo. En toda la ciudad Panaúrov era el único que llevaba chistera. Y, cuando pasaba por las cercas grises, las lamentables casitas de tres ventanas y las matas de ortigas, su figura elegante y refinada, su chistera y sus guantes naranjas producían siempre una impresión triste y extraña.

 

Tras despedirse de él, Láptev regresó sin prisas a la casa. La luna brillaba con fuerza, se distinguía cada brizna de paja en el suelo, y tuvo la impresión de que esa luz le acariciaba la cabeza descubierta, alisándole los cabellos con algo tan suave como una pluma.

 

—¡La amo! —pronunció en voz alta, y de pronto sintió deseos de echar a correr, alcanzar a Panaúrov, abrazarlo, perdonarlo, darle un montón de dinero y a continuación salir al campo, internarse en el bosque, siempre corriendo, sin echar la vista atrás.

 

Una vez en casa, encontró sobre una silla la sombrilla olvidada por Yulia Serguéievna, la cogió y la besó apasionadamente. Era de seda, bastante usada, atada con una vieja goma, y tenía un mango sencillo y corriente de hueso blanco. Láptev la abrió sobre su cabeza y en ese instante tuvo la impresión de que a su alrededor hasta podía olerse la felicidad.

 

Se acomodó en una silla y, sin soltar la sombrilla, se puso a escribir a uno de sus amigos de

 

M oscú:

 

 

Querido y estimado Kostia, voy a comunicarle una novedad: ¡de nuevo estoy enamorado! Digo «de nuevo» porque hará cosa de unos seis años me enamoré de una actriz moscovita, con la que ni siquiera conseguí trabar conocimiento, y en el último año y medio he vivido con esa «persona» que conoce usted, una mujer ni joven ni

 

 

hermosa. Ah, amigo mío, ¡qué poco afortunado he sido en el amor! Nunca he tenido éxito con las mujeres, así que, si digo «de nuevo», sólo lo hago porque me resulta triste y mortificante confesarme a mí mismo que mi juventud ha pasado sin amor y que es la primera vez que me enamoro de veras, a los treinta y cuatro años de edad. Así pues, «de nuevo» estoy enamorado.

 

¡Si supiera usted qué muchacha he conocido! No se puede decir que sea una belleza: tiene un rostro ancho, es muy delgada, pero, en cambio, ¡qué maravillosa expresión de bondad, qué sonrisa! Su voz, cuando habla, canta y tintinea. Conmigo nunca entabla conversación, apenas nos tratamos, pero, cuando estoy a su lado, siento que es una criatura excepcional, extraordinaria, inteligentísima y con aspiraciones elevadas. Es religiosa, y no puede imaginarse hasta qué punto ese detalle me conmueve y la eleva a mis ojos. Sobre ese particular estoy dispuesto a discutir sin tregua sus argumentos. Puede que tenga usted razón y las cosas sean como usted dice, pero me gusta verla rezar en la iglesia. Es provinciana, pero ha estudiado en Moscú, ciudad que aprecia muchísimo; viste a la moscovita, y sólo por eso la amo, la amo, la amo… Ya veo que frunce usted el ceño y se pone en pie para ofrecerme una larga disertación sobre lo que es el amor, aclararme a quién se puede amar y a quién no, etcétera, etcétera. Pero, querido Kostia, antes de enamorarme, también yo sabía perfectamente lo que era el amor.

 

Mi hermana le agradece sus saludos. A menudo recuerda la época en que llevaba a Kostia Kochevói a las clases preparatorias, y aún sigue llamándolo el «pobre Kostia», ya que en su memoria ha quedado como un pequeño huérfano. En suma, pobre huérfano, estoy enamorado. De momento se trata de un secreto; no diga allí nada a la «persona» que usted sabe. Las cosas se arreglarán por sí mismas, o, como dice un criado en no sé qué obra de Tolstói, se ordenarán…

 

Una vez terminada la carta, Láptev se tumbó en la cama. Los ojos se le cerraban de cansancio, pero, por alguna razón, no lograba conciliar el sueño; tenía la impresión de que la culpa la tenía el ruido de la calle. Junto a la puerta pasó el rebaño, entre tañidos de cuerno; poco después repicaron las campanas llamando a maitines. Luego se oyó el chirrido de un carro, resonó la voz de una aldeana que se dirigía al mercado. Y los gorriones no dejaban de piar.

 

II

 

La mañana era alegre, festiva. A eso de las diez Nina Fiódorovna, ataviada con un vestido de color marrón y peinada con esmero, fue llevada del brazo a la sala, donde dio unos pasos y se detuvo delante de le ventana abierta; lucía una sonrisa tan amplia e ingenua que, al mirarla, se acordaba uno de cierto artista local, un borrachuzo, que comparaba su rostro a un «icono» y quería tomarla como modelo para pintar una escena del carnaval ruso. Todos, los niños, los criados, hasta su hermano Alekséi Fiódorich y ella misma, albergaron de pronto la certidumbre de que se restablecería. Las niñas perseguían a su tío entre estridentes risas, tratando de atraparlo, y la casa se llenó de ruido y alboroto.

 

Acudieron algunos conocidos a informarse de la salud de la enferma, trajeron pan bendito y dijeron que ese día en casi todas las iglesias se había rezado por su curación. Era una benefactora de la ciudad, la gente la quería. Se ocupaba de obras de caridad con un desprendimiento extraordinario, igual que su hermano Alekséi, que distribuía dinero a diestro y siniestro, sin pararse a pensar si era necesario. Nina Fiódorovna pagaba los gastos escolares de los alumnos pobres, distribuía té, azúcar y mermelada entre las ancianas, compraba trajes de boda a las novias que carecían de recursos y, siempre que caía en sus manos un periódico, lo primero que buscaba era si había alguna petición de ayuda o un artículo sobre alguien que se encontrara en una situación de extrema necesidad.

 

Ahora tenía en la mano un motón de papeletas con las que varios mendigos, sus protegidos, adquirían diversos artículos en la tienda de ultramarinos, y que el propietario le había remitido la víspera, pidiéndole que le abonara una cantidad de ochenta y dos rublos.

—¡Hay que ver lo que han comprado esos desvergonzados! —decía ella, distinguiendo a duras penas su tosca letra—. ¿Es una broma? ¡Ochenta y dos rublos! M e dan ganas de no pagarlos.

 

—Los pagaré yo hoy mismo —dijo Láptev.

 

—¿Por qué? ¿Por qué? —se inquietó Nina Fiódorovna—. Basta con los doscientos cincuenta rublos que tu hermano y tú me entregáis cada mes. Que Dios os bendiga —añadió en voz queda, para que no la oyesen los criados.

 

—Sí, pero en un mes yo gasto dos mil quinientos —dijo él—. Te lo repito una vez más, querida: tienes el mismo derecho a gastar que Fiódor y yo. A ver si lo entiendes de una vez. Somos tres hermanos, y de cada tres kopeks uno te pertenece a ti.

 

Pero Nina Fiódorovna no lo entendía, y por la expresión de su rostro se diría que trataba de resolver mentalmente un problema muy difícil. Esa incapacidad para comprender los asuntos monetarios preocupaba y desconcertaba a Láptev. Además, sospechaba que su hermana tenía deudas personales que le avergonzaba confesar y que le causaban desasosiego.

 

Se oyeron unos pasos y una respiración trabajosa: el médico estaba subiendo por la escalera, tan despeinado y desarreglado como siempre.

 

—Ru-ru-ru —canturreaba—. Ru-ru.

 

Para no coincidir con él, Láptev entró en el comedor y a continuación bajó a la planta inferior. Tenía muy claro que no le resultaba posible entablar una relación más estrecha con el médico y visitar su casa de manera informal; además, le disgustaba conversar con ese «jumento», como lo había llamado Panaúrov. Por todas esas razones veía tan rara vez a Yulia Serguéievna. En ese momento se dijo que, como el padre había salido, si llevaba la sombrilla a Yulia Serguéievna, probablemente la encontraría sola en casa, y su corazón se desbordó de felicidad. ¡Rápido! ¡Rápido!

 

Muy agitado, cogió la sombrilla y voló en alas del amor. Fuera hacía calor. En el enorme patio del médico, invadido de ortigas y malas hierbas, una veintena de muchachos jugaba a la pelota. Todos eran hijos de los artesanos que arrendaban tres viejos y cochambrosos pabellones que el médico siempre estaba pensando en restaurar, aunque siempre acababa dejándolo para el año siguiente. Resonaban voces estridentes y sanas. Lejos, a un lado, cerca del porche de entrada a la casa, se hallaba Yulia Serguéievna, con las manos a la espalda, contemplando el juego.

 

—¡Buenos días! —la saludó Láptev.

 

Ella se volvió. Por lo general, siempre tenía un aire indiferente, frío o, como ayer, cansado; ahora, en cambio, su expresión era vivaz y animosa, como la de los muchachos que jugaban a la pelota.

—Fíjese, en M oscú nunca juegan con tanta alegría —dijo, saliéndole al encuentro—. Claro que allí los patios no son tan grandes y no hay espacio para correr. Mi padre acaba de salir para hacerles una visita —añadió, volviendo a mirar a los niños.

 

—Lo sé, pero no vengo a verlo a él, sino a usted —dijo Láptev, admirando su juventud, en la que no había reparado antes y que sólo hoy parecía haber descubierto; tenía la impresión de ver por primera vez su cuello blanco y fino, con esa cadenita de oro—. Vengo a verla a usted… —repitió—. M i hermana le envía esta sombrilla que dejó ayer olvidada en nuestra casa.

 

Ella alargó la mano para coger la sombrilla, pero él la apretó contra su pecho y, sin poder

 

contenerse, exclamó con pasión, entregándose de nuevo al dulce entusiasmo que había experimentado la noche anterior, al abrir la sombrilla sobre su cabeza:

 

—Regálemela, por favor. La guardaré como recuerdo de usted… de nuestra amistad. ¡Es tan maravillosa!

 

—Bueno, quédese con ella —dijo ella, ruborizándose—. Aunque no tiene nada de maravilloso — él la miraba extasiado, en silencio, sin saber qué decir—. Pero ¿cómo le tengo ahí fuera con el calor que hace? —dijo al cabo de una pausa, y sonrió—. Haga el favor de pasar.

 

—¿No la molesto?

 

Entraron en el zaguán. Yulia Serguéievna empezó a subir los peldaños que llevaban a la planta de arriba, acompañada del susurro de su vestido, blanco con florecillas azules.

 

—No puede molestarme porque nunca hago nada —respondió, deteniéndose en mitad de la escalera—. Para mí todos los días son festivos, de la mañana a la noche.

 

—Lo que dice me resulta incomprensible —dijo Láptev, acercándose a ella—. En el ambiente en el que yo me he criado no había nadie que no trabajara, ya fuera hombre o mujer.

 

—¿Y si una no tiene nada que hacer? —preguntó ella.

 

—Hay que organizar la vida de tal manera que el trabajo sea indispensable. No se puede llevar una vida pura y alegre si no se trabaja —volvió a apretar la sombrilla contra su pecho y, para su propia sorpresa, añadió casi en un susurro, con una voz irreconocible—: Si consintiera en ser mi esposa, lo daría todo. Todo… Estaría dispuesto a pagar cualquier precio, a afrontar cualquier sacrificio.

 

Ella se estremeció y lo miró con sorpresa y pavor.

 

—Pero ¡qué dice! —exclamó, palideciendo—. Es imposible, se lo aseguro. Perdóneme.

 

Subió a toda prisa los peldaños que le quedaban, con el mismo susurro del vestido, y desapareció detrás de la puerta.

 

Láptev entendió lo que eso significaba, y su estado de ánimo sufrió un brusco y repentino cambio, como si de pronto una luz se hubiera apagado en su alma. Sintiendo la humillación y la vergüenza del hombre que ha sido rechazado, que no gusta, que resulta antipático y quizá repulsivo, cuya compañía se evita, abandonó la casa.

 

«Lo daría todo —remedaba sus propias palabras, mientras se dirigía a casa en medio del calor, repasando cada detalle de su declaración—. Lo daría todo… ¡Lo mismo que diría un comerciante! ¿A quién le hace falta ese todo?».

 

Lo que acababa de decir le parecía repulsivamente estúpido. ¿Por qué había mentido? ¿Por qué había dicho que había crecido en un ambiente en el que no había nadie que no trabajara? ¿Por qué había hablado en ese tono edificante de una vida pura y alegre? Era una bobada, una simpleza, una falsedad… Una falsedad típicamente moscovita. Pero poco a poco fue cayendo en esa indiferencia que se apodera de los delincuentes después de escuchar una severa condena. Pensaba que, gracias a Dios, ya había pasado todo, que había dejado atrás esa horrible incertidumbre, que ya no tenía que pasarse días enteros esperando, atormentándose, pensando en una sola cosa; ahora estaba todo claro; había que renunciar a cualquier esperanza de felicidad personal, vivir sin ningún deseo, sin ilusiones, renunciar a los sueños, no anhelar nada, y, para escapar de ese aburrimiento que tanto le pesaba ya, podía ocuparse de asuntos ajenos, de la felicidad ajena, y, antes de caer en la cuenta, se haría viejo, se acabaría la vida y ya no necesitaría nada. Le daba todo lo mismo, no albergaba ningún deseo, podía

 

 

razonar con la cabeza fría, pero en su rostro, sobre todo debajo de los ojos, se advertía cierta pesadumbre, la frente se le tensaba como una goma y las lágrimas se asomaban a sus ojos. Sintiendo una terrible debilidad en todo su cuerpo, se tumbó en la cama y al cabo de cinco minutos se quedó profundamente dormido.

 

III

 

Aquella inesperada propuesta había dejado anonadada a Yulia Serguéievna.

 

Apenas sabía nada de Láptev, a quien había conocido por casualidad. Era un hombre rico, socio de la conocida empresa moscovita Fiódor Láptev e Hijos, de apariencia grave y por lo visto inteligente, que se mostraba preocupado por la enfermedad de su hermana. Yulia Serguéievna creía que no le prestaba la menor atención; en cuanto a ella, le resultaba de todo punto indiferente. Y de pronto esa declaración en la escalera, ese rostro lamentable y entusiasta…

 

La propuesta la había turbado no sólo por inopinada, sino también porque había salido a colación la palabra «esposa» y porque se había visto obligada a rechazarlo. Ya no recordaba lo que le había dicho, pero seguía percibiendo las huellas de esa sensación impulsiva y desagradable con que le había negado su consentimiento. Ese hombre no le gustaba; tenía aspecto de dependiente y carecía de todo atractivo, así que no cabía otra contestación, pero de todas formas se sentía incómoda, como si hubiera cometido una mala acción.

 

—Dios mío, sin entrar en casa, directamente en la escalera —decía desesperada, mirando el icono colgado a la cabecera de la cama—, y sin haberme cortejado primero. Qué extraño e insólito…

Al estar sola, su preocupación aumentaba cada hora que pasaba, y no hallaba las fuerzas necesarias para combatir sin ayuda ese opresivo sentimiento. Necesitaba que alguien la escuchara y le dijera que había actuado correctamente. Pero no tenía con quién hablar. Hacía mucho que su madre había muerto y a su padre lo consideraba un hombre extraño con quien no se podía hablar en serio. Le molestaban sus caprichos, su exagerada susceptibilidad, sus gestos incomprensibles. Bastaba con entablar conversación con él para que se pusiera a hablar de sí mismo. Ni siquiera durante sus oraciones podía ser plenamente sincera, pues no sabía con exactitud lo que debía pedirle a Dios.

 

Trajeron el samovar. Yulia Serguéievna, muy pálida, fatigada, con aire abatido, entró en el comedor, preparó el té —era una de sus obligaciones— y sirvió a su padre un vaso. Serguéi Borísovich, con su larga levita que le llegaba por debajo de las rodillas, rojo, desgreñado, las manos metidas en los bolsillos, se paseaba por la estancia, no de un rincón a otro, como es costumbre, sino como una fiera enjaulada. Se detenía junto a la mesa, tomaba un sorbo con avidez y seguía con sus idas y venidas, pensando en alguna cosa.

 

—Hoy Láptev me ha hecho una proposición —dijo Yulia Serguéievna, y se ruborizó.

 

El médico la miró como si no la hubiera entendido.

 

—¿Láptev? —preguntó—. ¿El hermano de Panaúrova? —quería mucho a su hija; era previsible que tarde o temprano acabara casándose y abandonándolo, pero trataba de no pensar en ello. Le asustaba la soledad y, por alguna razón, creía que, si se quedaba solo en esa enorme casa, sufriría un ataque de apoplejía, pero no le gustaba hablar abiertamente de esa cuestión—. Me alegro mucho — dijo, y se encogió de hombros—. Te felicito de todo corazón. Se te ha presentado una magnífica

 

oportunidad de separarte de mí, algo que sin duda te proporcionará un enorme placer. Lo entiendo perfectamente. A tu edad debe de ser muy duro vivir con un padre viejo, enfermo y medio loco. Te entiendo perfectamente. Y si estirara la pata en este mismo momento y me llevaran los diablos, os quedarías todos tan contentos. Te felicito de todo corazón.

 

—Lo he rechazado.

 

El médico se sintió aliviado, pero ya no era capaz de contenerse y prosiguió:

 

—Es sorprendente que aún no me hayan encerrado en un manicomio. ¿Por qué, en lugar de esta levita, no llevo una camisa de fuerza? Aún creo en la verdad, en la bondad, soy un estúpido idealista. ¿Acaso en los tiempos que corren no es todo eso una locura? ¿Y qué pago reciben mi rectitud y honradez? Poco falta para que me tiren piedras y se me suban a la espalda. Hasta mis seres queridos quieren aprovecharse de mí. ¡Al diablo con ese viejo loco!

 

—¡Con usted no se puede tener una conversación civilizada! —dijo Yulia.

 

Se levantó de improviso y se retiró a su habitación muy irritada, recordando cuán a menudo su padre era injusto con ella. Pero al poco rato sintió lástima de él, y cuando se marchó al casino, lo acompañó hasta abajo y ella misma cerró la puerta. El tiempo era desapacible, revuelto; la puerta temblaba por la furia del viento y en el zaguán soplaban desde todas partes ráfagas tan fuertes que estuvo a punto de apagársele la vela. Una vez en la planta de arriba, Yulia recorrió las habitaciones, haciendo la señal de la cruz ante todas las puertas y ventanas; el viento aullaba y se tenía la impresión de que alguien andaba por el tejado. Nunca se había aburrido tanto, nunca se había sentido tan sola.

 

Se preguntó si había hecho bien rechazando a un hombre sólo porque no le gustaba su aspecto. Cierto que no sentía nada por él y que si se casaba tendría que renunciar para siempre a sus sueños, a su idea de la felicidad y de la vida conyugal, pero ¿llegaría a conocer al hombre de sus sueños, se enamoraría alguna vez? Tenía ya veintiún años. En la ciudad no había jóvenes casaderos. Pasó revista a todos los hombres que conocía, funcionarios, maestros, oficiales: unos estaban ya casados y su vida familiar sorprendía por lo vacía y aburrida que era; otros carecían de atractivo, interés, inteligencia o cualquier idea de moralidad. Láptev, al menos, era moscovita, tenía estudios universitarios, hablaba francés; vivía en la capital, donde había mucha gente ingeniosa, noble y distinguida, donde la vida era ruidosa, con magníficos teatros, veladas musicales, modistas excelentes, confiterías… En las Sagradas Escrituras se decía que la esposa debe amar a su marido, y en las novelas se concedía gran importancia al amor, pero ¿no era todo eso un poco exagerado? ¿Es que no podía haber vida conyugal sin amor? También se decía que el amor pasa pronto, que sólo queda la costumbre y que el fin de la vida conyugal no era el amor ni la felicidad, sino las obligaciones, por ejemplo, la educación de los hijos, las tareas domésticas y demás. Por otro lado, puede que en las Sagradas Escrituras se interpretase el amor al marido como amor al prójimo, es decir, como respeto y condescendencia.

 

Antes de irse a la cama, Yulia Serguéievna dijo muy concentrada sus oraciones vespertinas, luego se puso de rodillas y, llevándose las manos al pecho y mirando la llama de la lamparilla, imploró:

—¡Ilumíname, Virgen santa! ¡Ilumíname, Señor!

 

A lo largo de su vida había conocido a muchachas ya maduras, pobres e insignificantes, que se arrepentían amargamente de haber rechazado a los pretendientes que habían tenido en su juventud. ¿No le sucedería a ella lo mismo? ¿No acabaría ingresando en un convento o convirtiéndose en una hermana de la caridad?

 

Se desvistió y se metió en la cama, después de santiguarse y hacer la señal de la cruz a su alrededor. De pronto resonó en el pasillo el tintineo brusco y quejumbroso del timbre.

 

—¡Ah, Dios mío! —exclamó, sintiendo una especie de excitación nerviosa en todo el cuerpo al oír ese sonido.

 

Tumbada en la cama, pensaba en lo pobre en acontecimientos, monótona y al mismo tiempo inquieta que era esa vida provinciana. Se pasaba uno el día entre estremecimientos y temores, enfadándose o sintiéndose culpable, y al final la tensión nerviosa era tan grande que hasta daba miedo mirar debajo de la manta.

 

Media hora más tarde volvió a sonar el timbre con la misma brusquedad. Por lo visto, los criados se habían quedado dormidos y no lo habían oído. Yulia Serguéievna encendió una vela y, temblando, enfadada con la servidumbre, empezó a vestirse, pero, cuando salió al pasillo, vio que la criada estaba ya abajo, cerrando la puerta de entrada.

 

—No era el señor, como pensaba, sino alguien que venía en su busca —dijo.

 

Yulia Serguéievna volvió a su dormitorio. Sacó un mazo de cartas de la cómoda y decidió que, si después de barajar bien y cortar, la carta que quedaba debajo era de un palo rojo, equivaldría a un sí, es decir, debería aceptar la proposición de Láptev; en cambio, si sacaba una carta de un palo negro, sería un no. Salió un diez de picas.

 

Eso la tranquilizó y logró quedarse dormida; pero por la mañana volvió a vacilar entre el sí y el no; ahora pensaba que, si quería, tenía la oportunidad de cambiar su propia vida. Esos pensamientos la extenuaron; estaba agotada, se sentía mal, pero de todos modos poco después de las once se vistió

 

y  fue a visitar a Nina Fiódorovna. Deseaba ver a Láptev: tal vez ahora le pareciera mejor; puede que se hubiera formado una opinión equivocada de él…

El viento de cara le dificultaba la marcha; a duras penas conseguía dar un paso, sujetándose el sombrero con ambas manos, y no podía ver nada por culpa del viento.

 

IV

 

Al entrar en la habitación de su hermana y encontrarse inesperadamente con Yulia Serguéievna, Láptev volvió a experimentar la humillante sensación del hombre que se sabe repudiado. Y dedujo que, si después de lo que había sucedido la víspera, la joven encontraba tan sencillo visitar a su hermana, donde corría el riesgo de toparse con él, era indudable que no le prestaba la menor atención o que lo consideraba una completa nulidad. Pero cuando la saludó y la muchacha, pálida, con polvo bajo los ojos, lo miró con tristeza y aire culpable, comprendió que también ella sufría.

 

Estaba algo indispuesta. Se quedó muy poco, unos diez minutos, y se levantó para irse. Ya cuando salía, le dijo a Láptev:

 

—Acompáñeme a casa, Alekséi Fiódorich.

 

Avanzaban en silencio por la calle, sujetándose el sombrero; él iba detrás, tratando de protegerla del viento. En el callejón las ráfagas no eran tan intensas y pudieron caminar uno al lado del otro.

 

—Perdóneme si ayer fui descortés —empezó ella, y la voz le tembló como si estuviera a punto de echarse a llorar—. ¡Qué tormento! ¡No he pegado ojo en toda la noche!

 

—Pues yo he dormido de maravilla —dijo Láptev, sin mirarla—, pero eso no significa que me

 

 

encuentre bien. Mi vida está hecha pedazos, soy muy desdichado; después de su rechazo de la víspera me siento como si hubiera tomado un veneno. Lo más desagradable sucedió ayer; hoy no me siento cohibido y puedo hablar con usted con toda franqueza. La quiero más que a mi hermana, más que a mi difunta madre… He podido vivir sin mi madre y sin mi hermana, pero sin usted la vida carece de sentido. No podré soportarlo…

 

Como de costumbre, también en esa ocasión procuraba adivinar las intenciones de la joven. Se daba cuenta de que ella quería prolongar la escena de la víspera, que esa era la única razón de que le hubiera pedido que la acompañara y ahora lo invitara a entrar en la casa. Pero ¿qué podía añadir a su rechazo? ¿Qué nueva excusa se le habría ocurrido? Todo, la mirada, la sonrisa, incluso la forma de mover la cabeza y los hombros mientras andaba, le revelaba que no lo quería, que seguía considerándolo un extraño. ¿Qué más quería decirle?

 

El doctor Serguéi Borísich estaba en casa.

 

—Bienvenido, Fiódor Alekseich, me alegro mucho de verlo —dijo, confundiendo su nombre y patronímico—. M e alegro mucho, mucho.

 

Como antes no era tan afable, Láptev dedujo que estaba al tanto de la proposición, y esa circunstancia le desagradó. Se hallaba en la sala, una habitación que le causaba una extraña sensación por la pobreza y mal gusto de su mobiliario y sus horribles cuadros; aunque había sillones y una enorme lámpara con pantalla, parecía un local deshabitado, un espacioso campamento; era evidente que sólo un hombre como el médico podía sentirse a gusto en una habitación así. La otra estancia, casi dos veces mayor, recibía el nombre de «salón», y sólo albergaba algunas sillas, como una sala de baile. Mientras Láptev hablaba de su hermana con el médico, empezó a atormentarlo una sospecha. ¿No habría estado Yulia Serguéievna en casa de su hermana Nina y luego lo había conducido allí para anunciarle que aceptaba su proposición? ¡Ah, qué horrible! Pero lo más horrible de todo era que su alma fuera capaz de concebir semejantes sospechas. Se imaginó que el padre y la hija habían pasado la tarde y buena parte de la noche del día anterior hablando largo y tendido del asunto, incluso discutiendo, hasta que llegaron a la conclusión de que Yulia Serguéievna se había precipitado al rechazar a un pretendiente rico. En sus oídos zumbaban las palabras que pronuncian los padres en tales ocasiones: «De acuerdo, no lo quieres, pero piensa en las muchas obras piadosas de las que podrás ocuparte».

 

El médico se disponía a salir para atender a sus pacientes. Láptev quiso marcharse con él, pero

 

Yulia Serguéievna dijo:

 

—Quédese, por favor.

 

Atormentada, abatida, trataba de convencerse de que era una locura, un capricho y una ligereza, por la que Dios podía castigarla, rechazar a un hombre recto, bueno y afectuoso sólo porque no le gustaba, sobre todo cuando ese matrimonio le ofrecía la posibilidad de cambiar su vida, esa vida triste, monótona y ociosa en que se consumía su juventud, sin que el futuro le ofreciera ninguna perspectiva más brillante.

 

El padre salió. Cuando sus pasos dejaron de oírse, Yulia se detuvo de pronto delante de Láptev y le dijo con decisión, al tiempo que su rostro se cubría de una palidez mortal:

 

—He estado pensando toda la noche, Alekséi Fiódorich… Acepto su proposición.

 

Él se inclinó y le besó la mano; ella, con escasa desenvoltura, le besó la cabeza con sus labios fríos. Láptev sentía que en esa declaración de amor faltaba lo fundamental, el amor de ella, y sobraban

 

muchas cosas; sintió deseos de gritar, de salir corriendo, de marcharse en ese mismo instante a Moscú, pero ella estaba a su lado y le parecía tan hermosa que la pasión se apoderó de él; se dio cuenta de que ya era tarde para reflexionar, la envolvió en un ardiente abrazo, la apretó contra su pecho y, balbuceando palabras incompresibles, la tuteó, le besó el cuello y luego la mejilla, la cabeza…

 

Ella se retiró a la ventana, temerosa de esas caricias; en ese momento los dos se arrepentían ya de lo que había sucedido y, confusos, se preguntaban para sus adentros: «¿Qué he hecho?».

 

—¡Si supiera usted lo desdichada que soy! —exclamó ella, retorciéndose las manos.

 

—¿De qué se trata? —preguntó él, acercándose a ella y retorciéndose también las manos—. Hable, amor mío, por el amor de Dios. ¿Qué le ocurre? Pero dígame la verdad, se lo suplico, ¡nada más que la verdad!

 

—No tiene importancia —dijo ella, con una sonrisa forzada—. Le prometo que seré una esposa fiel y devota… Venga esta tarde.

 

Poco después, ya en casa, mientras leía a su hermana una novela histórica, le vino a la memoria toda esa escena, y le dolió que su puro, sublime y generoso sentimiento hubiera recibido una respuesta tan mezquina; ella no lo amaba, pero había aceptado su proposición, por la única razón, probablemente, de que era rico; en otras palabras, había concedido especial relevancia al aspecto de su persona que él menos valoraba. Era de suponer que Yulia, pura y creyente, no hubiese pensado en el dinero, pero en cualquier caso era evidente no lo quería, así que en su decisión debía de haber influido cierto cálculo, confuso y no del todo consciente, pero cálculo al fin y al cabo. La casa del médico, con su mobiliario de mal gusto, le repugnaba, y el propio médico le parecía un avaro obeso y lastimoso, una especie de Gaspar, el protagonista de la opereta Las campanas de Corneville; hasta el nombre de Yulia le sonaba vulgar. Se imaginó la ceremonia en que se convertirían en marido y mujer: en realidad, dos completos desconocidos, y, en el caso de ella, sin una gota de amor; era como si los hubiese unido una casamentera. Sólo le quedaba el consuelo, no menos banal que ese matrimonio, de que no era el primero ni sería el último, de que así se casaban miles de personas y de que Yulia, con el tiempo, quizá llegaría a amarlo, cuando lo conociera mejor.

 

—¡Romeo y Yulia! —dijo, cerrando el libro y echándose a reír—. Yo, Nina, soy Romeo. Puedes felicitarme: hoy le he pedido la mano a Yulia Belávina.

 

Nina Fiódorovna pensó que estaba bromeando, pero, cuando se dio cuenta de que hablaba en serio, rompió a llorar. La noticia no le gustó.

 

—Bueno, te felicito —dijo—. Pero ¿por qué has tomado una decisión tan repentina?

 

—No tan repentina. Todo empezó en marzo, pero tú no te has dado cuenta de nada… Me enamoré en marzo, cuando la conocí aquí mismo, en tu habitación.

 

—Y yo que creía que te casarías con una moscovita de nuestro círculo —dijo Nina Fiódorovna, después de una pausa—. Las muchachas de nuestro ambiente son más sencillas. Pero lo principal, Aliosha, es que seas feliz; eso es lo más importante. Mi Grigori Nikoláich nunca me ha querido, y no hay razón para ocultarlo, pues ya ves cómo vivimos. Desde luego, cualquier mujer puede amarte por tu bondad y tu inteligencia, pero Yulia es una muchacha de buena familia que ha recibido una educación esmerada, y no le bastan la inteligencia y la bondad. Ella es joven, Aliosha; tú, en cambio, ya tienes tus años y no eres atractivo —para atenuar sus últimas palabras, le acarició la mejilla y añadió—: No eres atractivo, pero sí encantador.

 

Se emocionó tanto que sus mejillas se cubrieron de un ligero arrebol y se preguntó, presa de una gran agitación, si sería conveniente bendecir a Aliosha con el icono, ya que, después de todo, era la hermana mayor y ocupaba el lugar de la madre. Procuraba convencer a su desanimado hermano de que había que celebrar la boda con la debida pompa, solemnidad y alegría, para que nadie pudiera decir nada.

 

A partir de entonces Láptev, en su condición de prometido, empezó a acudir a casa de los Belavin tres o cuatro veces al día; ya no tenía tiempo para relevar a Sasha y leer novelas históricas. Yulia lo recibía en sus dos habitaciones, lejos de la sala y del despacho del padre, y esos dos aposentos le gustaron mucho. Las paredes eran oscuras y en un rincón estaba la vitrina de los iconos; olía a perfume de calidad y al aceite de la lamparilla. Yulia ocupaba las habitaciones más apartadas; la cama y el tocador estaban separados por biombos; unas cortinillas verdes cubrían por dentro las puertas de una librería; el suelo estaba cubierto por alfombras, de suerte que sus pasos no se oían; ese detalle convenció a Láptev de que la joven tenía un carácter reservado y era aficionada a una vida serena, silenciosa y retirada. En la casa todavía se la consideraba menor de edad, así que no disponía de dinero propio; a veces, cuando salían de paseo, ella se turbaba porque no tenía ni un kopek. Su padre le entregaba una pequeña suma para ropa y para libros, no más de cien rublos al año. La verdad es que el propio médico no andaba muy sobrado de dinero, a pesar de su numerosa clientela. Todas las tardes jugaba a las cartas en el casino y siempre perdía. Además, compraba casas en una sociedad de crédito mutuo, todas hipotecadas, y las arrendaba; los inquilinos no le pagaban con regularidad, pero él aseguraba que esas operaciones eran muy lucrativas. Había llegado a hipotecar la casa en la que vivía con su hija y con el dinero había comprado un solar en el que ya había iniciado la construcción de un edificio de dos plantas, que también pensaba hipotecar.

 

Láptev vivía ahora como en una nube; parecía que no era él mismo, sino una especie de doble, y hacía muchas cosas que antes no se le habrían pasado por la cabeza. Dos o tres veces fue con el médico al casino, cenó en su compañía y le ofreció dinero para la construcción de una casa; hasta llegó a visitar a Panaúrov en su segundo hogar. Un día este lo invitó a comer y Láptev aceptó sin pensárselo. Lo recibió una señora de unos treinta y cinco años, alta y delgada, con alguna cana, cejas negras y un aspecto nada ruso. Se advertían rastros de polvos en algunos puntos de su cara; le dirigió una sonrisa almibarada y le estrechó la mano con tanto ímpetu que las pulseras que llevaba en los blancos brazos tintinearon. A Láptev le dio la impresión de que sonreía de ese modo porque quería ocultar a los demás y a sí misma que era desdichada. También vio a dos niñas, de cinco y tres años, parecidas a Sasha. La comida consistió en sopa de leche, ternera fría con zanahorias y chocolate, viandas insípidas y desabridas, pero a cambio en la mesa centelleaban tenedores de oro, frascos con salsa de soja y pimienta de Cayena, una vinagrera de lo más extravagante y un pimentero de oro.

 

Sólo cuando terminó la sopa de leche, Láptev se dio cuenta de lo inapropiado que había sido acudir a ese almuerzo. La anfitriona estaba confusa y no hacía más que sonreír, mostrando los dientes, mientras Panaúrov se había embarcado en una explicación científica del enamoramiento y de sus causas.

 

—Nos encontramos ante un fenómeno eléctrico —decía en francés, dirigiéndose a la señora—. En la piel de cada persona hay glándulas microscópicas que contienen corrientes de electricidad. Si se encuentra usted con una persona cuyas corrientes son paralelas a la suya, surge el amor.

 

Cuando Láptev regresó a casa y su hermana le preguntó dónde había estado, se sintió incómodo y

 

 

no respondió.

 

Durante las semanas previas a la boda se sintió en una posición falsa. Su amor se acrecentaba día a día y Yulia le parecía poética y elevada, pero en cualquier caso su amor no era correspondido, y todo el asunto se reducía a que él la había comprado y ella se había vendido. A veces, cuando se perdía en reflexiones, llegaba a desesperarse y se preguntaba si no era cuestión de huir. Se pasaba en blanco noches enteras, pensando que, cuando regresara a Moscú, se encontraría con esa señora a la que llamaba «persona» en las cartas a sus amigos, y barruntando cómo se tomarían su boda y tratarían a Yulia su padre y su hermano, hombres de armas tomar. Temía que su padre le soltara una grosería la primera vez que la viera. En cuanto a su hermano, Fiódor, en los últimos tiempos se comportaba de un modo extraño. En sus largas cartas se refería a la importancia de la salud, a la influencia de las enfermedades en la condición psíquica de las personas, al significado de la religión, pero no decía ni una palabra de Moscú ni de los negocios. Esas cartas irritaban a Láptev y le daban a entender que el carácter de su hermano estaba empeorando.

 

La boda se celebró en septiembre, en la iglesia de San Pedro y San Pablo; ese mismo día, después del oficio, los jóvenes partieron para Moscú. Cuando Láptev y su mujer, ataviada con un vestido negro de cola, con el que ya no parecía una muchacha, sino una auténtica señora, acudieron a despedirse de Nina Fiódorovna, el rostro de la enferma se contrajo, pero sus ojos secos no vertieron ni una lágrima.

 

—Si me muero, no lo quiera Dios —dijo—, ocupaos de mis hijas.

 

—¡Se lo prometo! —respondió Yulia Serguéievna, y sus labios y sus párpados también se estremecieron.

 

—Vendré a verte en octubre —dijo Láptev, conmovido—. Ponte buena, querida mía.

 

Viajaron en un compartimento reservado. Los dos se sentían tristes y violentos. Ella, sentada en un rincón, sin quitarse el sombrero, hacía como que dormía, mientras él, tumbado en el asiento de enfrente, pensaba con inquietud en su padre, en esa «persona», en su casa de Moscú, que no sabía si sería del agrado de Yulia. Y al mirar a su mujer, que no lo quería, pensaba desesperado: «¿Qué he hecho?».

 

V

 

En Moscú, los Láptev tenían un negocio de venta al por mayor de artículos de mercería: flecos, cintas, ribetes, hilo de algodón para labores de ganchillo, botones, etcétera. Los ingresos brutos ascendían a dos millones de rublos al año, pero nadie, excepto el viejo, conocía la cuantía de las ganancias netas. Los hijos y los empleados calculaban que alcanzarían los trescientos mil rublos y decían que habría cien mil más si el viejo «no se ablandara», es decir, si no vendiese a crédito de manera indiscriminada; en los últimos diez años se habían acumulado letras de cambio insatisfechas por valor de casi un millón, y cuando ese tema salía a colación el empleado jefe guiñaba con malicia el ojo y decía unas palabras, cuyo significado no todos entendían:

 

—Consecuencias psicológicas de la época.

 

Las principales operaciones comerciales se realizaban en el mercado de la ciudad, en un local que recibía el nombre de «almacén», al que se entraba por un patio siempre sombrío, donde olía a esteras

 

y  resonaban sobre el asfalto los cascos de los caballos de tiro. La puerta, de aspecto muy modesto, revestida de hierro, conducía a una habitación con humedades y pintarrajos de carbón en las paredes, iluminada por un ventanuco estrecho con una reja; más adelante, a la izquierda, había otra habitación, más amplia y más limpia, con una estufa de hierro fundido y un par de mesas, pero también con una ventana enrejada: era la oficina, desde la que partía una estrecha escalera de piedra que conducía a la segunda planta, donde se encontraba el local principal. Era una habitación bastante grande, pero, por culpa de la continua oscuridad, el techo bajo, los montones de cajas y bultos y los grupos de personas que iban de un lado para otro, causaba una impresión tan desagradable como las dos de abajo a quien la contemplaba por primera vez. Arriba, y también en la oficina, había estanterías con mercancías apiladas sin orden ni concierto, metidas en paquetes y cajas de cartón; en suma, de no haber sido porque a través de los agujeros de los envoltorios asomaban tan pronto hilos de color púrpura, como un cepillo o el extremo de un fleco, no habría sido posible adivinar a primera vista qué se vendía en ese lugar. Al contemplar esos envoltorios y cajas de cartón aplastados, no acababa uno de creerse que con esas fruslerías pudieran ganarse millones y que en el almacén trajinasen a diario cincuenta personas, sin contar con los clientes.

 

Cuando, al día siguiente de su llegada a Moscú, a mediodía, Láptev se presentó en el almacén, los empaquetadores, que estaban embalando la mercancía, hacían tanto ruido con las cajas que en la primera habitación y en la oficina nadie lo oyó llegar. Por la escalera bajaba el cartero, que lo conocía, llevando un mazo de cartas en la mano y frunciendo el ceño, molesto con los golpes, pero tampoco él reparó en su presencia. Cuando llegó arriba la primera persona que salió a su encuentro fue su hermano, Fiódor Fiódorich, tan parecido a él que mucha gente los consideraban gemelos. Esa semejanza le recordaba en todo momento a Láptev su propio aspecto, y ahora, al ver ante sí a un hombre de baja estatura, mejillas rubicundas, con poco pelo en la cabeza, caderas descarnadas y plebeyas y un aspecto tan poco interesante y vulgar, se preguntó: «¿De verdad soy así?».

 

—¡Cuánto me alegro de verte! —dijo Fiódor, besándolo y estrechándolo con fuerza la mano—. Te esperaba con impaciencia cada día, querido hermano. En cuanto me escribiste que te casabas, empezó a atormentarme la curiosidad; además, te echaba de menos. Fíjate: no nos hemos visto en seis meses. Bueno, ¿qué? ¿Cómo te encuentras? ¿Y Nina? ¿Está muy mal?

 

—Sí.

 

—Hágase la voluntad de Dios —suspiró Fiódor—. Bueno, ¿y tu mujer? ¿Es bonita? Le tengo ya cariño, porque, después de todo, es mi hermana menor. La mimaremos juntos.

Láptev vio la ancha y encorvada espalda de su padre, Fiódor Stepánich, que tan familiar le resultaba. El viejo estaba sentado en un taburete junto al mostrador, charlando con un cliente.

—¡Papá, mira qué alegría nos ha enviado Dios! —gritó Fiódor—. ¡M i hermano ha vuelto!

 

Fiódor Stepánich era alto de estatura y de complexión tan robusta que, a pesar de sus ochenta años y de sus arrugas, seguía teniendo el aspecto de un hombre sano y vigoroso. Hablaba con voz de bajo, grave, profunda, ronca, que salía de su ancho tórax como de un tonel. No se dejaba crecer la barba, llevaba un bigotito recortado de soldado y fumaba cigarros. Como siempre tenía calor, tanto en el almacén como en casa iba con una amplia chaqueta de lienzo en cualquier época del año. Le habían operado de cataratas hacía poco, veía mal y su participación en el negocio se había reducido a charlar con los clientes y tomar té con mermelada.

 

Láptev se inclinó y le besó la mano y luego los labios.

 

 

—Hace tiempo que no nos veíamos, mi querido señor —dijo el anciano—. Hace tiempo. ¿Y qué? ¿Quieres que te felicite por tu matrimonio? Bueno, pues te felicito —y acercó los labios para que se los besara. Láptev se agachó y volvió a besarlo—. ¿Y bien? ¿Has traído a tu joven esposa? — preguntó el anciano y, sin esperar la respuesta, se dirigió al cliente—: Por la presente le comunico, querido papá, que voy a casarme con la señorita de tal y tal. Sí, en los tiempos que corren ya no se solicita la bendición ni el consejo del padre. Cada cual actúa como mejor le parece. Cuando yo me casé, tenía más de cuarenta años, pero me arrojé a los pies de mi padre y le pedí consejo. Ahora eso ya no se estila.

 

El anciano se alegraba de ver a su hijo, pero consideraba inadecuado hacerle carantoñas o manifestar su propia felicidad. Su voz, su manera de hablar y el hecho de que se hubiera referido a Yulia como «joven esposa» infundieron en Láptev ese mal humor que siempre lo dominaba cuando visitaba el almacén. En ese lugar cualquier fruslería le recordaba su pasado, aquella época en que lo azotaban y lo obligaban a comer de vigilia; sabía que también ahora se azotaba a los niños y se les pegaba hasta saltarles la sangre de la nariz y que, cuando esos niños crecieran, harían lo mismo con sus hijos. Le bastaba pasar cinco minutos en el almacén para tener la sensación de que iban a insultarlo y propinarle un golpe en la cara de un momento a otro.

 

Fiódor dio una palmada en el hombro al cliente y dijo a su hermano:

 

—Aliosha, te presento a nuestro benefactor Grigori Timofeich, de Tambov. Puede servir de ejemplo a la juventud moderna: ha dejado atrás los cincuenta y tiene un niño de pecho.

 

Los empleados se echaron a reír y el cliente, un anciano enteco, de rostro pálido, los imitó.

 

—La naturaleza excede la capacidad normal —observó el encargado principal, que estaba detrás del mostrador—. Lo que entra debe también salir.

 

El encargado principal, hombre alto, de unos cincuenta años, con barba oscura, gafas y un lápiz detrás de la oreja, solía expresar sus pensamientos de forma poco clara, con vagas alusiones, y su sonrisa maliciosa daba a entender que atribuía a sus palabras un significado especial y sutil. Le gustaba oscurecer su discurso con términos librescos que entendía a su manera, y no sólo eso, sino que a menudo daba a muchas palabras normales un significado que no tenían. Por ejemplo, el vocablo «además». Cuando expresaba de modo categórico su pensamiento y no quería que lo contradijeran, extendía la mano derecha y exclamaba:

 

—¡Además!

 

Lo más sorprendente de todo era que los demás empleados y los clientes lo entendían a la perfección. Se llamaba Iván Vasílich Pochatkin y era natural de Kashira. Ahora, para felicitar a Láptev, se expresó del siguiente modo:

 

—Por parte de usted es una muestra de valor, ya que el corazón femenino es un Shamil[61].

 

Otro personaje importante en el almacén era el empleado Makéichev, rubio, gordo y robusto, con una gran calva en la coronilla y espesas patillas. Se acercó a Láptev y le felicitó respetuosamente, en voz baja:

 

—Tengo el honor, excelencia… El Señor ha escuchado las oraciones de su padre. Gracias a Dios. Luego empezaron a acercarse otros empleados para felicitarle por su matrimonio. Todos vestían a

la moda y tenían aspecto de personas educadas e instruidas. Decían «o» en lugar de «a» y articulaban la «g» a la manera latina. Como añadían «excelencia» a cada paso, sus frases de felicitación, pronunciadas muy deprisa (por ejemplo: «Espero, excelencia, que le vaya todo bien, excelencia»),

 

 

sonaban como un latigazo en el aire: ssss…

 

Esa ceremonia no tardó en aburrir a Láptev, que tenía ganas de volver a su casa, pero le resultaba violento marcharse. Por cortesía debía quedarse en el almacén al menos dos horas más. Se apartó del mostrador y empezó a preguntar a Makéichev si había ido bien el verano y si se había producido alguna novedad, y este respondió respetuosamente, sin mirarlo a los ojos. Un muchacho con el pelo corto y una blusa gris le entregó un vaso de té sin platillo; al poco rato, otro muchacho, al pasar por allí, tropezó en una caja y estuvo a punto de caerse; entonces el fornido Makéichev, torciendo el rostro en una mueca terrible y feroz, de bestia salvaje, le gritó:

 

—¡A ver si miras por dónde vas!

 

Los empleados se alegraban de que el joven dueño se hubiese casado y hubiese regresado; lo miraban con curiosidad y cordialidad, y cada uno de ellos, al pasar a su lado, consideraba su deber dirigirle con el mayor respeto unas palabras amables. Pero Láptev estaba convencido de que no eran sinceros, de que lo adulaban porque lo temían. No podía olvidar que unos quince años antes un empleado, en un ataque de locura, había salido a la calle en ropa interior, descalzo, y, blandiendo el puño en dirección a las ventanas de los dueños, había gritado que lo estaban martirizando; luego, cuando se recuperó, sus compañeros se burlaron de él durante mucho tiempo, recordándole que había llamado a los dueños «plantadores», en lugar de «explotadores». En general, los empleados de los Láptev vivían en condiciones lamentables, como hacía tiempo se comentaba en todo el mercado. Lo peor de todo era que el viejo Fiódor Stepánich se comportaba con ellos como un déspota asiático. Así, nadie sabía a cuánto ascendía el sueldo de Pochatkin y Makéichev, sus favoritos; recibían tres mil rublos anuales, gratificaciones incluidas, no más, pero él fingía que les pagaba siete mil. Se distribuían gratificaciones cada año a todos los empleados, pero en secreto, de manera que quienes recibían poco se veían obligados a decir, por amor propio, que habían recibido mucho. Ningún muchacho sabía cuándo sería promovido a empleado; ningún empleado sabía si el dueño estaba satisfecho de él. Nadie prohibía explícitamente nada al personal, de manera que no se sabía qué estaba permitido y qué no. No se les prohibía casarse, pero no se casaban, pues temían disgustar al amo y perder su puesto. Se les permitía tener amigos y visitarlos, pero a las nueve de la noche se cerraban las puertas y cada mañana el patrón examinaba a todos los empleados con suspicacia, cerciorándose de que no oliesen a vodka:

 

—A ver, respira.

 

Los días de fiesta los empleados tenían que asistir al primer oficio y colocarse en la iglesia de modo que el dueño los viese a todos. Los ayunos se observaban de manera estricta. En las ocasiones señaladas, por ejemplo, en la onomástica del patrón o de algún miembro de su familia, los empleados debían hacer una colecta para comprar una tarta en Flei[62] o un álbum. Vivían en la planta baja de la casa de la calle Piátnitskaia y en uno de los pabellones, a razón de tres o cuatro por habitación, y comían de la misma cazuela, aunque cada uno tenía un plato delante. Si alguno de los dueños entraba en su habitación durante el almuerzo, todos se ponían en pie.

Láptev era consciente de que sólo quienes estuvieran completamente pervertidos por los preceptos de su padre podían considerarlo un benefactor; los demás veían en él un enemigo, un «plantador». Ahora, después de una ausencia de medio año, no advertía ninguna mejora; al contrario, había una novedad que no presagiaba nada bueno. Su hermano, Fiódor, que antes se mostraba sereno, reflexivo y bastante discreto, ahora se paseaba por el almacén con aspecto de hombre ocupado y

 

 

atareado, el lápiz detrás de la oreja, dando palmadas en el hombro a los clientes y gritando a los empleados: «¡Amigos!». Por lo visto, desempeñaba un papel, y en ese nuevo papel Alekséi no lo reconocía.

La voz del viejo zumbaba sin cesar. Como no tenía nada que hacer, sermoneaba a los clientes sobre cómo debían vivir y llevar sus propios asuntos, y para ello se ponía de ejemplo. Láptev llevaba escuchando esas jactancias, ese tono autoritario e intimidatorio diez, quince, veinte años. El viejo tenía una alta opinión de sí mismo; de sus palabras siempre se desprendía que había hecho feliz a su difunta esposa y a todos los parientes de esta, que había sido generoso con sus hijos, había favorecido a sus empleados y dependientes y se había ganado que todos sus conocidos, y aun la calle entera, lo recordasen siempre en sus oraciones. Cualquier iniciativa suya era pertinente, y, si a alguien le iban mal los negocios, era porque no había querido pedirle consejo; sin su asesoramiento nada podía salir bien. En la iglesia siempre se situaba delante de todos y hasta se permitía hacer observaciones a los sacerdotes cuando, según su opinión, no oficiaban correctamente, convencido de que Dios aprobaba su proceder, ya que Dios lo amaba.

 

Hacia las dos todos estaban de nuevo ocupados con su trabajo, excepto el anciano, que seguía con su cháchara. Láptev, para no estar sin hacer nada, cogió un ribete traído por una costurera; luego se puso a atender a un cliente, un comerciante de Vólogda, y ordenó a un dependiente que se ocupara de él.

 

—«Te», «be», «a» —se oía por todas partes, pues en el almacén se empleaban las letras del alfabeto para designar los precios y los números de las mercancías—. «Erre», «i», «te».

 

Al marcharse, Láptev sólo se despidió de Fiódor.

 

—M añana iré con mi mujer a la calle Piátnitskaia —dijo—, pero te juro que, si a papá se le ocurre decirle una sola palabra inconveniente, no me quedaré ni un minuto.

 

—Sigues como siempre —suspiró Fiódor—. Aunque te hayas casado, no has cambiado nada. Tienes que ser más comprensivo con el viejo, hermano. Entonces, mañana a las once. Te esperaremos con impaciencia. Ven en cuanto termine el oficio.

 

—Yo no voy a misa.

 

—Bueno, da igual. Lo importante es que no llegues después de las once, para que tengamos tiempo de rezar a Dios y desayunar juntos. Saluda a mi hermanita y bésale la mano. Tengo el presentimiento de que voy a quererla mucho —añadió Fiódor con toda sinceridad—. ¡Te envidio, hermano! —gritó, mientras Alekséi bajaba por la escalera.

 

«¿Y por qué tiene siempre ese aspecto tan apocado y encogido, como si se sintiera desnudo? — pensaba Láptev, mientras avanzaba por la calle Nikólskaia, tratando de comprender el cambio que se había operado en Fiódor—. Hasta su lenguaje es nuevo: “hermano, querido hermano, Dios nos ha concedido una alegría, rezaremos a Dios”… Igualito que el Judas de Schedrín[63]».

 

VI

 

A las once del día siguiente, domingo, Alekséi, en compañía de su esposa, iba por la calle Piátnitskaia en un coche ligero tirado por un solo caballo. Temiendo que su padre pudiera cometer alguna indelicadeza, se incomodaba por anticipado. Después de dos noches pasadas en casa de su marido,

 

Yulia Serguéievna consideraba su matrimonio una equivocación, una desgracia; tenía la impresión de que, si tuviera que vivir con su marido no en Moscú, sino en cualquier otra ciudad, no sería capaz de soportar ese horror. Moscú, en cambio, la distraía; sus calles, casas e iglesias le gustaban mucho; si hubiese sido posible recorrer la ciudad de la mañana a la noche en uno de esos magníficos trineos, tirado por espléndidos caballos, avanzando muy deprisa y respirando el fresco aire otoñal, quizá no se habría sentido tan desdichada.

 

Junto a la casa blanca, de dos plantas, enjalbegada recientemente, el cochero refrenó el caballo y empezó a torcer a la derecha. Ya los estaban esperando. Junto a la cancela estaba el portero con un caftán nuevo, botas altas y chanclos, acompañado de dos guardias. El camino que debían recorrer, primero desde el centro de la calle hasta la cancela y luego desde allí hasta la escalinata, atravesando el patio, estaba rociado de arena fresca. El portero se quitó el gorro y los guardias se llevaron la mano a la visera. Antes de llegar a la escalinata, Fiódor salió a su encuentro con aire muy serio.

 

—M e alegro mucho de conocerla, hermanita —le dijo a Yulia, besándole la mano—. Bienvenida. Cogiéndola del brazo, subió con ella la escalera y luego la condujo por un pasillo, a través de una

multitud de hombres y mujeres. También el vestíbulo estaba abarrotado; olía a incienso.

 

—Voy a presentarle a nuestro padre —susurró Fiódor en medio de un silencio solemne y sepulcral—. Un anciano venerable, un pater familias.

 

En una espaciosa sala, preparada para las oraciones, esperaban Fiódor Stepánich, un sacerdote con la casulla y un diácono. El anciano le tendió la mano a Yulia sin pronunciar palabra. Todos callaban. Yulia estaba confusa.

 

El sacerdote y el diácono iniciaron los preparativos. Trajeron el incensario, del que saltaban chispas y se desprendía un olor a incienso y a carbón. Encendieron las velas. Los empleados entraron en la sala de puntillas y se quedaron junto a las paredes, formando dos filas. Reinaba el silencio, nadie se atrevía ni a toser.

 

—Bendícenos, Señor —empezó el diácono.

 

El oficio religioso se celebró con solemnidad, sin omitir nada, entonándose dos cánticos: un himno dedicado al dulcísimo nombre de Jesús y otro a la Santísima Madre de Dios. El coro cantaba muy despacio, siguiendo las partituras. Láptev advirtió que su mujer estaba turbada; mientras se recitaban los sermones y el coro entonaba el triple Señor, ten piedad en tonalidades diversas, esperaba con los nervios de punta que el viejo se volviera e hiciese alguna observación, del tipo: «No sabe usted persignarse». Y se sintió contrariado: ¿a qué venía esa multitud y toda esa ceremonia con curas y cantantes? Parecía algo demasiado típico de mercaderes. Pero, cuando Yulia, junto con el viejo, colocó la cabeza debajo del Evangelio y luego se arrodilló varias veces, comprendió que a ella le gustaba todo eso, y se tranquilizó.

 

Una vez terminado el oficio, en el momento de desear larga vida, el sacerdote alargó la cruz al anciano y a Alekséi para que la besaran, pero cuando Yulia Serguéievna se acercó, la cubrió con la mano y dio a entender que deseaba decir unas palabras. Alguien hizo una señal a los miembros del coro para que se callaran.

 

—El profeta Samuel —empezó el sacerdote— llegó a Belén por orden del Señor, y allí los ancianos de la ciudad le preguntaron temblorosos: «¿Has venido en son de paz, oh, vidente?». Y el profeta respondió: «Sí, porque he venido a celebrar el sacrificio en nombre del Señor; santificaos y regocijaos hoy conmigo». Debemos preguntarte también a ti, Yulia, sierva de Dios, si has venido a

 

esta casa para traer la paz —Yulia se ruborizó, tan alterada estaba. Al acabar, el sacerdote le dio la cruz a besar y añadió, en un tono ya muy distinto—: Ahora hay que casar a Fiódor Fiódorich. Ya es hora.

El coro retomó sus cánticos, la gente empezó a moverse y la habitación volvió a llenarse de ruidos. El anciano, conmovido, con los ojos llenos de lágrimas, besó tres veces a Yulia, hizo la señal de la cruz sobre su rostro y dijo:

 

—Esta es vuestra casa. Yo ya soy viejo y no necesito nada.

 

Los empleados la felicitaron, pero los cánticos del coro resonaban con tanta fuerza que sus palabras no se oyeron. Luego almorzaron y bebieron champán. Yulia estaba sentada junto al anciano, que le hablaba de lo peligroso que era vivir al margen de la familia: había que vivir juntos, bajo el mismo techo, pues las separaciones y los desacuerdos llevaban a la ruina.

 

—Yo he hecho dinero; mis hijos, en cambio, sólo lo malgastan —decía—. Ahora viviréis conmigo en esta casa y acrecentaréis la fortuna de la familia. Yo ya soy viejo, es hora de que descanse.

Ante los ojos de Yulia aparecía una y otra vez la figura de Fiódor, muy semejante a su marido, pero más vivaz y más tímido. No paraba de dar vueltas a su alrededor y de besarle la mano.

 

—Somos gente sencilla, hermanita —decía, y al pronunciar esas palabras le salían manchas rojas en la cara—. Llevamos una vida humilde, hermanita, como corresponde a rusos y cristianos de pura cepa.

 

De regreso a casa, Láptev, muy satisfecho de que todo hubiera salido bien y de que, en contra de lo esperado, no se hubiera producido ningún incidente desagradable, le dijo a su mujer:

 

—Te habrá sorprendido que un hombre tan robusto y corpulento haya tenido dos hijos tan achaparrados y enclenques como Fiódor y yo. Pero ¡todo tiene su explicación! Cuando mis padres se casaron, él tenía cuarenta y cinco años y ella, sólo diecisiete. Mi madre temblaba y palidecía en presencia de su marido. Nina fue la primogénita; cuando nació, mi madre aún gozaba, más o menos, de buena salud, por eso salió más fuerte y de mejor aspecto que nosotros. Fiódor y yo, en cambio, fuimos concebidos cuando mi madre estaba ya extenuada por un temor continuo. Recuerdo que mi padre empezó a educarme, es decir, a pegarme, antes de cumplir los cinco años. Me azotaba con varas de abedul, me tiraba de las orejas, me daba golpes en la cabeza; cada mañana, al despertarme, lo primero que pensaba era si ese día me pegaría. Fiódor y yo teníamos prohibido jugar y divertirnos; debíamos acudir a maitines y al primer oficio, besar las manos a los curas y a los monjes, leer salmos en casa. A ti, que eres religiosa, te gustan esas cosas, pero a mí me dan miedo las religiones y, cuando paso por una iglesia, me viene a la memoria mi infancia y siento pavor. Cuando cumplí ocho años, me llevaron al almacén, donde trabajaba de simple aprendiz; allí mi salud se resintió, porque me pegaban casi a diario. Más tarde, cuando ingresé en el instituto, estudiaba hasta la hora de la comida; luego tenía que quedarme toda la tarde en el almacén, y así hasta que cumplí veintidós años; entonces conocí en la universidad a Yártsev, quien me convenció de que me marchara de casa de mi padre. Ese Yártsev me hizo mucho bien. ¿Sabes una cosa? —dijo Láptev con una sonrisa, encantado de su idea —. Vamos a visitarlo ahora mismo. ¡Es el hombre más noble del mundo! ¡Cómo se emocionará!

 

 

 

VII

 

 

Un sábado de noviembre se celebraba un concierto sinfónico dirigido por Antón Rubinshtein [64]. En la sala, abarrotada, hacía mucho calor. Láptev estaba de pie, detrás de las columnas, mientras su mujer y Kostia Kochevói se habían sentado mucho más cerca del escenario, en tercera o cuarta fila. Nada más empezar el entreacto, esa «persona», Polina Nikoláievna Rassúdina, pasó al lado de Láptev de manera totalmente inesperada. Desde que se celebró la boda, pensaba con preocupación en un posible encuentro con ella. Y ahora, cuando esa mujer lo miró directamente a la cara, se acordó de que aún no le había ofrecido ninguna explicación ni le había escrito una nota amistosa de al menos dos o tres líneas; era como si se estuviera escondiendo de ella. Se sintió avergonzado y se ruborizó. La mujer, tras estrecharle la mano con fuerza e ímpetu, le preguntó:

 

—¿Ha visto usted a Yártsev?

 

Y, sin esperar una respuesta, siguió su camino decidida, con grandes pasos, como si alguien la estuviera empujando por la espalda.

 

Era muy delgada y bastante fea, con una nariz respingona y una expresión constante de fatiga y preocupación; daba la impresión de que le costaba grandes esfuerzos mantener los ojos abiertos y no desplomarse. Tenía unos espléndidos ojos oscuros y una expresión inteligente, afable, sincera, pero sus movimientos eran bruscos y torpes. No resultaba fácil conversar con ella, ya que no sabía escuchar ni hablar con serenidad. Y como amante era una mujer difícil. A veces, cuando se quedaba a solas con Láptev, se reía a carcajadas largo rato, cubriéndose el rostro con las manos, y aseguraba que el amor no era lo más importante en su vida; podía ser tan melindrosa como una muchacha de diecisiete años; por ejemplo, antes de besarla, había que apagar todas las velas. Tenía ya treinta años. Se había casado con un profesor, del que se había separado hacía mucho tiempo. Se ganaba la vida dando clases de música y tocando en un cuarteto.

 

Durante la Novena sinfonía volvió a pasar a su lado, como por causalidad, pero la multitud de hombres agolpados detrás de las columnas formaba un muro impenetrable que le cerraba el paso. Llevaba la misma blusa de terciopelo con que iba a los conciertos el año pasado y el anterior. Los guantes y el abanico eran nuevos, aunque este último no parecía gran cosa. Le gustaba arreglarse, pero carecía de gusto y le molestaba gastar dinero en ropa; en definitiva, vestía tan mal y con tanto descuido que, cuando avanzaba por la calle con sus largos y apresurados pasos, en dirección a la casa de algún alumno, se la podía confundir fácilmente con un joven novicio.

 

El público aplaudía y pedía un bis.

 

—Quédese esta tarde conmigo —dijo Polina Nikoláievna, acercándose a Láptev y mirándolo con aire severo—. Desde aquí nos iremos a tomar el té. ¿M e oye? Se lo exijo. Está en deuda conmigo y no tiene derecho a negarme esa menudencia.

 

—Bueno, iré —convino Láptev.

 

Después del concierto, empezaron las innumerables salidas a escena. El público se levantaba de sus asientos y buscaba la salida con extremada lentitud. Láptev no podía marcharse sin decírselo a su mujer, así que tuvo que quedarse esperando junto a la puerta.

 

—Me apetece muchísimo tomar una taza de té —se lamentaba Rassúdina—. Tengo la garganta seca.

 

—Podemos tomar algo aquí —dijo Láptev—. Vamos al ambigú.

 

—No tengo dinero para irlo gastando en bebidas. Yo no me dedico al comercio.

 

Láptev le ofreció el brazo, pero ella lo rechazó, profiriendo una frase larga y extenuante que él ya había oído de sus labios muchas veces: a saber, que no se incluía entre los miembros del bello sexo y que podía pasarse perfectamente sin los servicios de esos presuntos caballeros.

M ientras hablaba con él, miraba al público y a menudo intercambiaba saludos con algún conocido: compañeras de la escuela Guerrier y del conservatorio, alumnos de uno y otro sexo. Les estrechaba la mano con fuerza e ímpetu, dándoles un tirón. Pero de pronto se puso a sacudir los hombros y a temblar como si tuviera un ataque de fiebre, y por último dijo en voz baja, mirando a Láptev con horror:

 

—¿Con quién se ha casado usted? ¿Dónde tenía usted los ojos? ¿Es que se ha vuelto loco? ¿Qué es lo que ha visto en esa muchacha tonta e insignificante? Yo lo amaba por su inteligencia, por su corazón, mientras a esa muñeca de porcelana sólo le interesa su dinero.

 

—Dejemos eso, Polina —dijo él con voz suplicante—. Todo lo que pueda usted decirme sobre mi matrimonio me lo he dicho yo mismo muchas veces… No me lo haga aún más doloroso.

 

Apareció Yulia Serguéievna, con un vestido negro y un enorme broche de brillantes que le había enviado su suegro después de la ceremonia celebrada en su casa; tras ella iba su séquito: Kostia Kochevói, dos médicos conocidos, un oficial y un joven gordo, con uniforme de estudiante, apellidado Kish.

 

—Vete con Kostia —dijo Láptev a su mujer—. Yo iré más tarde.

 

Yulia asintió con la cabeza y siguió su camino. Polina Nikoláievna la acompañó con la mirada, entre estremecimientos y espasmos nerviosos; era una mirada llena de repugnancia, de odio y de dolor.

 

A Láptev le daba miedo ir a casa de ella, pues temía que se produjera una escena desagradable, acompañada de palabras descorteses y lágrimas, y le propuso que fueran a tomar el té a un restaurante. Pero ella dijo:

 

—No, no, iremos a mi casa. Ni se le ocurra hablarme de restaurantes.

 

No le gustaban los restaurantes porque le parecía que el aire estaba viciado por el tabaco y la respiración de los hombres. Sentía una extraña prevención por los varones desconocidos, los consideraba depravados a todos, capaces de arrojarse sobre ella en cualquier momento. Además, la música de esos locales la irritaba tanto que acababa dándole dolor de cabeza.

 

Al salir del Círculo de la Nobleza, tomaron un coche que los llevó al callejón Savélovski, no lejos de Ostózhenka, donde estaba la casa de Rassúdina. Láptev no dejó de pensar en ella a lo largo de todo el camino. Era cierto que le debía muchas cosas. La había conocido en casa de su amigo Yártsev, al que ella enseñaba teoría musical. Rassúdina lo había amado con pasión, de manera totalmente desinteresada; aun después de que intimaran, había seguido dando clases particulares y trabajando como siempre, hasta caer rendida. Gracias a ella, Láptev había empezado a comprender y estimar la música, por la que antes no sentía más que indiferencia.

 

—¡Daría la mitad de mi reino por un vaso de té! —exclamó con voz sorda, cubriéndose la boca con el manguito para no resfriarse—. ¡Hoy he dado cinco lecciones, que el diablo se las lleve! Los alumnos son tan obtusos, tan ineptos, que me ha faltado poco para estallar de ira. Y no sé cuándo acabará ese suplicio. Ya no puedo más. En cuanto reúna trescientos rublos, lo dejaré todo y me marcharé a Crimea. Me tumbaré en la playa y respiraré a pleno pulmón. ¡Cómo me gusta el mar! ¡Ah, cómo me gusta el mar!

 

—No irá usted a ninguna parte —dijo Láptev—. En primer lugar, porque no ahorra usted nada, y en segundo, porque es muy avara. Perdone que vuelva a repetírselo: ¿acaso reunir esos trescientos rublos céntimo a céntimo, dando clases a personas ociosas que se ocupan de la música porque no tienen nada que hacer, es menos humillante que pedírselo prestado a sus amigos?

 

—¡Yo no tengo amigos! —dijo ella con enfado—. Y le ruego que no diga bobadas. La clase trabajadora, a la que yo pertenezco, sólo tiene un privilegio: la conciencia de su incorruptibilidad, el derecho a no aceptar préstamos de comerciantes y a despreciarlos. ¡No, señor, a mí no me compra usted! ¡Yo no soy su querida Yulia!

 

Láptev no intentó pagar al cochero porque sabía que eso desencadenaría un torrente de palabras oídas ya miles de veces. Pagó ella misma.

 

Rassúdina alquilaba una pequeña habitación amueblada en casa de una señora solitaria que también se ocupaba de su manutención. De momento, su gran piano de cola se había quedado en casa de Yártsev, situada en la calle Bolsháia Nikítskaia, adonde ella iba a tocar todos los días. En su habitación había sillones enfundados, una cama con una colcha blanca de verano, unas macetas con flores propiedad de la dueña, oleografías en las paredes, pero no se veía nada que recordara que allí vivía una mujer y una licenciada: ni tocador, ni libros, ni siquiera un escritorio. Era evidente que se iba a la cama nada más llegar a casa y que por la mañana se marchaba en cuanto se levantaba.

 

La cocinera trajo el samovar. Polina Nikoláievna preparó el té y, sin parar de temblar —en la habitación hacía frío—, empezó a insultar a los cantantes que habían intervenido en la ejecución de la Novena sinfonía. Estaba tan extenuada que se le cerraban los ojos. Bebió un vaso de té, luego otro y a continuación un tercero.

 

—Así que se ha casado usted —dijo—. Pero no se preocupe, no voy a consumirme de pena; seré capaz de arrancar su imagen de mi corazón. Sólo me aflige y entristece comprobar que es usted igual de abyecto que todos demás: no le atrae la inteligencia ni la mente de la mujer, sino el cuerpo, la belleza, la juventud… ¡La juventud! —dijo con voz nasal, como remedando a alguien, y se echó a reír

—. ¡La juventud! ¡Busca usted pureza, Reinheit, Reinheit![65] —añadió, estallando en carcajadas y reclinando la cabeza en el respaldo del sillón—. Reinheit! —cuando dejó de reírse, tenía los ojos llenos de lágrimas—. ¿Al menos es usted feliz? —preguntó.

—No.

 

—¡Lo quiere ella?

 

—No —Láptev, muy alterado y sintiéndose desgraciado, se puso en pie y empezó a pasearse por la habitación—. No —repitió—. Por si quiere saberlo, Polina, soy muy desdichado. ¿Y qué puedo hacer? He cometido una estupidez y ahora ya es tarde para remediarlo. Debo tomármelo con filosofía. Ella se ha casado conmigo sin amor, de un modo insensato; puede que obrara también por cálculo, pero lo hizo sin reflexionar; ahora, claro, se ha dado cuenta de su error y sufre. Lo veo. De noche dormimos juntos, pero de día teme quedarse a solas conmigo aunque sea cinco minutos y busca distracciones, compañía. Le avergüenza y le da miedo estar conmigo.

 

—Pero de todos modos, acepta su dinero, ¿no es así?

 

—¡Eso es una bobada, Polina! —gritó Láptev—. Acepta mi dinero porque no le concede la menor importancia. Es una mujer honrada y noble. Se casó conmigo porque quería escapar de la tutela de su padre, eso es todo.

 

—¿Y está usted seguro de que se habría casado con usted si no hubiera sido rico? —preguntó

 

Rassúdina.

 

—No estoy seguro de nada —contestó Láptev con tristeza—. De nada. No entiendo nada. Por el amor de Dios, Polina, dejemos eso.

 

—¿La quiere usted?

 

—Con locura.

 

Se produjo una pausa. Ella bebía su cuarto vaso de té, mientras él iba de un lado para otro, pensando que en esos momentos su mujer probablemente estaba cenando en el Círculo de M édicos.

 

—Pero ¿se puede amar a alguien sin saber por qué? —preguntó Rassúdina, encogiéndose de hombros—. ¡No, eso son los arrebatos de la pasión animal! ¡Está usted embriagado, envenenado por ese cuerpo hermoso, por esa Reinheit! ¡Váyase de aquí, está usted sucio! ¡Vuelva con su mujer!

 

Hizo un gesto de desagrado con la mano, luego cogió el gorro de Láptev y se lo tiró. Él se puso en silencio la pelliza y salió, pero ella corrió al zaguán, se aferró febrilmente a su brazo, casi a la altura del hombro, y estalló en sollozos.

 

—¡Basta, Polina! ¡Deje de llorar! —dijo él, incapaz de librarse de sus dedos—. ¡Cálmese, se lo ruego!

 

Ella cerró los ojos y palideció; su nariz respingona adquirió un desagradable color cerúleo, como el de una muerta. Láptev seguía sin poder desprenderse de sus manos. Se había desmayado. La levantó con cuidado, la tendió en la cama y se quedó a su lado unos diez minutos, hasta que recobró el conocimiento. Tenía las manos frías y el pulso débil, irregular.

 

—Váyase a su casa —dijo ella, cuando abrió los ojos—. Váyase; si no, me pondré a sollozar otra vez. Tengo que dominarme.

 

Al salir de casa de Rassúdina, Láptev no se dirigió al Círculo de Médicos, donde lo esperaban sus amigos, sino a su propio domicilio. A lo largo de todo el camino no dejó de preguntarse, en tono de reproche, por qué no había formado una familia con esa mujer que tanto lo quería, que había sido para él una verdadera esposa y una amiga. Era la única persona que le tenía afecto; además, ¿no habría sido un rasgo de nobleza y generosidad hacer feliz a esa mujer inteligente, orgullosa y atormentada por el trabajo, proporcionarle un techo, ofrecerle un poco de paz? ¿Le cuadraban a él, se preguntaba, esas pretensiones de belleza y juventud, ese anhelo de felicidad imposible, que, como una suerte de castigo o burla, hacía ya tres meses que lo tenía sumido en ese estado sombrío y depresivo? La luna de miel había terminado hacía tiempo y él todavía no sabía, por ridículo que pareciera, qué clase de persona era su mujer. A sus compañeras de estudios y a su padre les escribía largas cartas de cinco páginas; siempre encontraba algún tema del que hablarles. En cambio, a él sólo se dirigía para hablarle del tiempo o para comunicarle que era hora de comer o cenar. Cuando, antes de meterse en la cama, pasaba largo tiempo rezando y besando sus cruces e iconos, él se la quedaba mirando y pensaba con odio: «No hace más que rezar. Pero ¿para qué? ¿Para qué?». Se insultaba mentalmente a sí mismo y la insultaba a ella, diciendo que, al acostarse con ella y envolverla en sus abrazos, estaba disfrutando de lo que había pagado, y aquello sonaba horrible. Si al menos fuera una mujer fuerte, audaz, pecadora, pero esa juventud, esa religiosidad, esa mansedumbre, esos ojos inocentes y puros… En los tiempos en que sólo era su prometida, su religiosidad lo conmovía; ahora, el carácter convencional

 

y  explícito de sus creencias y convicciones se le antojaba una barrera que le impedía ver la auténtica verdad. En su vida conyugal todo era ya un tormento. Cuando su mujer, sentada a su lado en el teatro, suspiraba o estalla en una risa sincera, a Láptev le dolía que se divirtiese sola, que no quisiese

 

compartir su entusiasmo con él. Y lo más notable era que había congeniado con todos sus amigos; todos ellos sabían ya qué clase de persona era, mientras él no sabía nada y andaba siempre melancólico, reconcomiéndose de celos en silencio.

Al llegar a casa se puso la bata y las zapatillas y se sentó en su despacho a leer una novela. Su mujer no estaba en casa. Pero antes de que pasara media hora sonó el timbre en el vestíbulo y se oyeron los pasos sordos de Piotr, que se aprestaba a abrir. Era Yulia. Entró en el despacho con la pelliza, las mejillas coloradas por el frío.

 

—Hay un gran incendio en la Presnia[66] —dijo, casi sin respiración—. Unas llamaradas enormes.

 

M e voy a verlo con Konstantín Ivánich.

—¡Adiós!

 

Su aire de frescura y lozanía, así como el temor infantil que se reflejaba en sus ojos, tranquilizaron a Láptev. Estuvo leyendo media hora y después se fue a la cama.

 

Al día siguiente Polina Nikoláievna le envió al almacén dos libros que le había pedido prestados hacía tiempo, así como todas sus cartas y fotografías, acompañadas de una nota que se componía de una sola palabra: «¡Basta!».

 

VIII

 

Ya a finales de octubre Nina Fiódorovna sufrió una grave recaída. Adelgazaba a ojos vistas y cambiaba de cara. A pesar de los intensos dolores, creía que estaba restableciéndose; cada mañana se vestía como si estuviera sana y luego se pasaba el día entero en la cama, con la ropa puesta. En los últimos tiempos se había vuelto muy locuaz. Tumbada boca arriba, contaba algún episodio en voz baja, con gran esfuerzo, respirando con dificultad. Murió de improviso, en las circunstancias que a continuación se relatan:

 

Era una clara noche de luna. Fuera, los trineos se desplazaban sobre la nieve fresca y hasta la habitación llegaba el rumor de los patines. Nina Fiódorovna estaba tendida, mientras Sasha, que ya no tenía quien la sustituyera, se hallaba a la cabecera y dormitaba.

 

—No recuerdo su patronímico —contaba Nina Fiódorovna en voz queda—, pero se llamaba Iván y se apellidaba Kochevói; era un funcionario muy pobre y un borracho empedernido, que Dios lo tenga en su gloria. Venía a nuestra casa y cada mes le dábamos una libra de azúcar y dos onzas de té. Y a veces también un poco de dinero, claro. Sí… Un buen día nuestro Kochevói se cogió una borrachera tremenda y se murió, abrasado por el vodka. Dejó un chiquillo de unos siete años. Nos hicimos cargo del pobre huérfano y lo ocultamos en las habitaciones de los empleados, donde vivió un año entero, sin que nuestro padre se enterara. El día que lo descubrió, se limitó a hacer un gesto con la mano y no dijo nada. Cuando Kostia, el huerfanito, tenía ocho años (yo ya estaba entonces prometida) lo llevé a todos los institutos, pero en ninguno querían admitirlo. Él lloraba… «¿Por qué lloras, tontuelo?», le decía yo. Lo llevé al segundo instituto de Razguliái y allí, Dios se lo pague, lo admitieron… Y el chiquillo empezó a ir a pie todos los días desde la calle Piátnitskaia hasta Razguliái, y luego desde Razguliái hasta la calle Piátnitskaia… Aliosha se hacía cargo de los gastos… Gracias a Dios, el muchacho era aplicado e inteligente, y pudo hacer carrera… Ahora es abogado en Moscú, amigo de Aliosha y, como él, hombre de amplios conocimientos. En suma, fuimos

 

caritativos, lo alojamos en casa y ahora él ruega a Dios por nosotros… Sí…

 

Nina Fiódorovna hablaba cada vez más bajo, con prolongadas pausas; luego, después de guardar silencio unos instantes, se incorporó de pronto y se sentó.

 

—Algo me pasa… No me encuentro bien —dijo—. Señor, ten piedad de mí. ¡Ah, no puedo respirar!

 

Sasha sabía que su madre no tardaría en morir, y ahora, al ver que su rostro de pronto se demudaba, comprendió que había llegado el fin y se asustó.

 

—¡No, mamá, por favor! —sollozaba—. ¡Por favor!

 

—Corre a la cocina y di que vayan a buscar a tu padre. M e encuentro muy mal.

 

Sasha atravesó a la carrera todas las habitaciones, solicitando ayuda, pero no había un solo criado en toda la casa; la única persona a la que encontró fue a su hermana, Lida, dormida sobre un baúl del comedor, vestida y sin almohada. Sasha salió al patio como estaba, sin ponerse los chanclos, y luego a la calle. Sentada en un banco que había al otro lado de la cancela, el aya estaba mirando cómo la gente patinaba. Desde el río, donde estaba la pista, llegaban los acordes de una banda militar.

 

—¡Aya, mamá se muere! —dijo Sasha, sollozando—. ¡Hay que ir a buscar a papá!

 

El aya subió al dormitorio, echó un vistazo a la enferma y le puso entre las manos una vela encendida. Sasha, horrorizada, iba de un lado para otro, suplicando, sin saber ella misma a quién, que fueran a buscar su padre; luego se puso el abrigo y el pañuelo y salió a la calle. Sabía por los criados que su padre tenía otra mujer y dos hijas, con quienes vivía en la calle Bazárnaia. Al atravesar la cancela, dobló a la izquierda y echó a correr, llorando, asustada de los extraños, pero pronto empezó a hundirse en la nieve y a sentir frío.

 

Vio un coche vacío, pero no lo cogió: tal vez el cochero la llevara fuera de la ciudad, la robara y la abandonara en el cementerio (mientras tomaban el té los criados habían hablado de un caso semejante). Siguió su camino, jadeando de cansancio y sollozando. Al llegar a la calle Bazárnaia, preguntó dónde vivía el señor Panaúrov. Una desconocida le ofreció una prolija explicación y, viendo que no entendía nada, la llevó de la mano hasta una casa de una planta con porche. La puerta no estaba cerrada. Sasha atravesó el zaguán, luego un pasillo y llegó a una habitación luminosa y caldeada, donde su padre estaba sentado a la mesa, acompañado de una señora y de dos niñas. Incapaz de pronunciar palabra, Sasha no hacía más que sollozar. Panaúrov comprendió lo que sucedía.

 

—M amá se ha puesto peor, ¿verdad? Dime, niña: ¿se ha puesto peor mamá?

 

Panaúrov se alarmó y mandó por un coche.

 

Cuando llegaron a casa, Nina Fiódorovna estaba sentada, sostenida por cojines, con la vela en la mano. El rostro tenía una tonalidad oscura y los ojos estaban ya cerrados. En el dormitorio, junto a la puerta, se amontonaban el aya, la cocinera, la doncella, el mujik Prokofi y algunos desconocidos de apariencia sencilla. El aya susurraba órdenes que los demás no entendían. En el fondo de la habitación, junto a la ventana, se hallaba Lida, pálida, con cara de sueño, mirando con aire sombrío a su madre.

 

Panaúrov cogió la vela de manos de Nina Fiódorovna y, con una mueca de disgusto, la arrojó sobre la cómoda.

 

—¡Qué horrible! —exclamó, y sus hombros se estremecieron—. Nina, debes tumbarte —dijo con ternura—. Túmbate, querida.

 

 

Ella lo miró y no lo reconoció… La tendieron boca arriba.

 

Cuando llegaron el sacerdote y el doctor Serguéi Borísich, los criados ya estaban santiguándose piadosamente y rezando por su descanso.

 

—¡Menuda historia! —dijo el médico, meditabundo, pasando a la sala—. Y aún era joven, todavía no había cumplido los cuarenta.

 

Se oían los ruidosos sollozos de las niñas. Panaúrov, pálido, con los ojos húmedos, se acercó al médico y le dijo con voz débil y lánguida:

 

—Amigo mío, haga el favor de enviar un telegrama a M oscú. Yo no tengo fuerzas.

 

El médico se procuró tinta y escribió a su hija el siguiente telegrama: «Panaúrova falleció ocho tarde. Di marido que en calle Dvoriánskaia se vende casa hipotecada por nueve mil. Subasta día doce. Aconsejo no perder oportunidad».

 

IX

 

Láptev vivía en uno de los callejones de la Málaia Dmítrovka, a poca distancia de Stari Pimen. Además de la gran casa que daba a la calle, había alquilado un pabellón de dos plantas en el patio para su amigo Kochevói, asistente de un abogado, a quien todos los Láptev llamaban simplemente Kostia[67], ya que lo conocían desde niño. Frente a ese pabellón se alzaba otro, también de dos plantas, en el que vivía un matrimonio francés con cinco hijos.

 

La temperatura era de unos veinte grados bajo cero. Los cristales de las ventanas estaban cubiertos de escarcha. Al despertarse por la mañana, Kostia, con cara de preocupación, tomó quince gotas de un medicamento; luego, cogió dos pesas de la librería y se puso a hacer gimnasia. Era alto, muy delgado, con grandes bigotes rojizos; pero lo que más llamaba la atención en su figura eran sus piernas, extraordinariamente largas.

 

Piotr, mujik de mediana edad, con chaqueta y pantalones de percal metidos por dentro de las botas altas, trajo el samovar y preparó el té.

 

—Hoy hace un tiempo excelente, Konstantín Ivánich —dijo.

 

—Sí, excelente; lástima, amigo mío, que llevemos esta vida de perros.

 

Piotr suspiró por pura cortesía.

 

—¿Qué pasa con las niñas? —preguntó Kochevói.

 

—El pope no ha venido. Alekséi Fiódorovich les está dando la clase.

 

Kostia encontró en el cristal un punto sin escarcha y se puso a mirar con unos anteojos, dirigiéndolos a la ventana de la casa de la familia francesa.

 

—No se ve nada —dijo.

 

Entre tanto, abajo, Alekséi Fiódorovich enseñaba Historia Sagrada a Sasha y Lida, que llevaban ya un mes y medio viviendo en Moscú, en la planta baja del pabellón, junto con su institutriz; tres veces a la semana acudía a darles clase un profesor de la escuela municipal y un pope. Sasha estaba estudiando ya el Nuevo Testamento, mientras Lida había empezado hacía poco con el Antiguo. En la última clase le habían puesto como tarea repasar hasta Abraham.

 

—Así pues, Adán y Eva tuvieron dos hijos —decía Láptev—. Muy bien. Pero ¿cómo se llamaban? A ver si te acuerdas.

 

Lida, adusta como de costumbre, callaba, miraba la mesa y sólo movía los labios, mientras Sasha, la mayor, la miraba a la cara y sufría.

 

—Lo sabes de sobra, lo único que tienes que hacer es no ponerte nerviosa —decía Láptev—. Bueno, ¿cómo se llamaban los hijos de Adán?

 

—Abel y Caín —susurró Lida.

 

—Caín y Abel —la corrigió Láptev.

 

Por la mejilla de Lida rodó una gruesa lágrima que cayó sobre el libro. También Sasha bajó los ojos y se ruborizó, a punto de echarse a llorar. Láptev, apenado, era incapaz de hablar; tenía un nudo en la garganta. Se levantó de la mesa y encendió un cigarrillo. En ese momento Kochevói bajó por la escalera con el periódico en la mano. Las muchachas se pusieron en pie y, sin mirarlo, le hicieron una reverencia.

 

—Por el amor de Dios, Kostia, ocúpese usted de ellas —le pidió Láptev—. Temo echarme a llorar; además, tengo que pasar por el almacén antes del almuerzo.

 

—Vale.

 

Alekséi Fiódorich salió. Kostia, con aire muy serio y el ceño fruncido, se sentó a la mesa y cogió el manual de Historia Sagrada.

 

—¿Y bien? —preguntó—. ¿Dónde os habéis quedado?

 

—Lida se sabe ya lo del diluvio —dijo Sasha.

 

—¿Lo del diluvio? Muy bien, vamos a meternos de lleno con el diluvio. Adelante con ello — Kostia repasó la breve descripción del diluvio que se hacía en el libro y añadió—: Debo advertirles que un diluvio como el que aquí se describe nunca se ha producido. Y no ha existido ningún Noé. Unos miles de años antes del nacimiento de Cristo, la tierra sufrió una inundación tremenda, de la que no sólo da cuenta la Biblia hebrea, sino también los libros de otros pueblos antiguos, como griegos, caldeos e hindúes. En cualquier caso, por muy grande que fuera la inundación, no pudo cubrir toda la Tierra. Tal vez anegó las llanuras, pero las montañas quedaron por encima del nivel de las aguas. Leed el libro si tenéis que leerlo, pero no le concedáis demasiado crédito.

 

Lida vertió de nuevo algunas lágrimas, se volvió hacia el otro lado y de pronto estalló en unos sollozos tan ruidosos que Kostia se estremeció y se puso en pie, presa de una gran confusión.

 

—Quiero irme a casa con mi papá y con mi aya —dijo.

 

Sasha también rompió a llorar. Kostia subió a la planta de arriba y le dijo por teléfono a Yulia Serguéievna:

 

—Las niñas están llorando otra vez, querida. Ya no sé qué hacer.

 

Yulia Serguéievna salió corriendo de la casa grande con un simple vestido y un chal de punto sobre los hombros; llegó al pabellón aterida de frío y trató de consolar a las muchachas.

 

—Creedme, creedme —decía con voz suplicante, apretando contra su pecho tan pronto a una como a otra—, vuestro padre vendrá hoy mismo, le he enviado un telegrama. Os da mucha pena de vuestra madre; yo también estoy muy triste, se me parte el corazón, pero ¿qué le vamos a hacer? ¡No se puede ir contra la voluntad de Dios!

 

Cuando las niñas dejaron de llorar, las abrigó bien y las llevó a dar un paseo en trineo. Primero pasaron por la Málaia Dmítrovka, luego recorrieron el bulevar Strastnói y desembocaron en la calle Tverskáia; se detuvieron junto a la iglesia de Ivérskaia, pusieron sendas velas ante el icono y rezaron de rodillas. En el camino de vuelta, entraron en la panadería de Filíppov y compraron rosquillas con

 

 

semillas de amapola.

 

Los Láptev almorzaban entre las dos y las tres. Piotr se encargaba de servir la mesa. Ese Piotr se pasaba el día haciendo recados: tan pronto iba a Correos como al almacén o a la Audiencia Provincial por orden de Kostia; por la tarde liaba cigarrillos, por la noche corría a abrir la puerta y a las cinco de la madrugada ya estaba encendiendo las estufas. Nadie sabía cuándo dormía. Le gustaba mucho destapar las botellas de agua de Seltz, y lo hacía con gran habilidad, sin ruido y sin derramar una sola gota.

 

—¡A vuestra salud! —dijo Kostia, tomándose una copa de vodka antes de la sopa.

 

En un primer momento a Yulia Serguéievna no le gustó Kostia; su voz de bajo, sus expresiones del tipo «poner de patitas en la calle», «untar el hocico», «morralla», «un pedazo de samovar» y su costumbre de chocar las copas y pronunciar brindis le parecían triviales. Pero, cuando lo conoció mejor, empezó a sentirse muy cómoda en su presencia. Era sincero, le gustaba conversar con ella en voz baja por las tardes e incluso le daba a leer novelas que él mismo había escrito y de las que ni siquiera sus amigos más íntimos, como Láptev o Yártsev, sabían nada. Ella las leía y, para no apenarlo, las elogiaba, proporcionándole una gran alegría, pues contaba con convertirse, más tarde o más temprano, en un escritor famoso. En sus novelas describía siempre el campo y las haciendas de los terratenientes, aunque rara vez salía de la ciudad, únicamente cuando lo invitaban a la dacha de algún amigo, y en toda su vida sólo había estado una vez en una hacienda, cuando fue a Volokolamsk por un asunto de trabajo. Evitaba las escenas de amor, como si le dieran vergüenza, y prodigaba descripciones de la naturaleza, en las que empleaba expresiones como «las caprichosas configuraciones montañosas», «las extravagantes formas de las nubes» o «un acorde de misteriosas armonías»… Nadie se decidía a publicar esas novelas y él lo explicaba recurriendo a la censura.

 

Encontraba interesante su actividad jurídica, pero en cualquier caso consideraba que su oficio principal no era la abogacía, sino la redacción de novelas. Creía que estaba dotado de una fina sensibilidad artística, y siempre le había atraído el arte. No cantaba ni tocaba ningún instrumento, y no tenía ningún oído para la música, pero acudía a todas las reuniones sinfónicas y filarmónicas, organizaba conciertos con fines benéficos, había trabado conocimiento con algunos cantantes…

 

Durante la comida los comensales solían entablar conversación.

 

—Es increíble —dijo Láptev—. Mi hermano, Fiódor, ha vuelto a dejarme perplejo. Dice que debemos informarnos de cuándo se cumplirá el centenario de nuestra empresa para solicitar el título nobiliario, y el caso es que habla en serio. ¿Qué le habrá pasado? La verdad es que está empezando a preocuparme.

 

Hablaron de Fiódor y de esa manía que le había entrado a la gente de pasar por lo que no era. Fiódor, por ejemplo, trataba de comportarse como un sencillo comerciante, aunque su posición social ya no era esa, o se daba aires de superioridad, cambiando de voz y hasta de actitud, cuando un maestro de la escuela patrocinada por el viejo Láptev venía a cobrar su sueldo.

 

Después de la comida, como no tenían nada mejor que hacer, pasaron al despacho. Hablaron de los decadentes y de La doncella de Orleáns[68], y Kostia recitó un monólogo entero; estaba convencido de que imitaba muy bien a Yermólovna[69]. Luego se pusieron a jugar a las cartas. Las niñas, en lugar de retirarse al pabellón, se quedaron allí, sentadas en el mismo sillón, pálidas y tristes, prestando atención a los ruidos de la calle por si oían llegar a su padre. Por la tarde, la oscuridad y la luz de las velas las llenaban de pesadumbre. Encontraban enojosa la conversación a la mesa de juego,

 

 

así como los pasos de Piotr y el chisporroteo de la madera, y no querían mirar el fuego. Por la tarde ni siquiera tenían ganas de llorar, el corazón se les encogía y se sentían atemorizadas. Y no entendían cómo los demás podían hablar y reír cuando su madre había muerto.

—¿Qué ha visto hoy con los anteojos? —le preguntó Yulia Serguéievna a Kostia.

 

—Hoy nada, pero ayer vi al viejo francés bañándose.

 

A las siete Yulia Serguéievna y Kostia se fueron al teatro M ali. Láptev se quedó con las niñas. —Ya es hora de que llegue vuestro papá —dijo, mirando el reloj—. El tren debe de haberse

 

retrasado.

 

Las niñas seguían sentadas en silencio, apretadas la una contra la otra, como fierecillas ateridas de frío, mientras Láptev se paseaba arriba y abajo por las habitaciones, consultando con impaciencia el reloj. No se oía un ruido en la casa. Pero poco antes de las nueve alguien llamó a la puerta. Piotr fue a abrir.

 

Al escuchar la voz de su padre, las niñas pegaron un grito, estallaron en sollozos y se precipitaron en el vestíbulo. Panaúrov llevaba una elegante pelliza y su barba y su bigote estaban blancos de escarcha.

 

—Un momento, un momento —farfullaba, mientras Sasha y Lida, riendo y llorando a un tiempo, le besaban las manos frías, el gorro, la pelliza. Apuesto, lánguido, acostumbrado al homenaje de sus semejantes, Panaúrov las acarició sin prisas; a continuación entró en el despacho y dijo, frotándose las manos—: No puedo quedarme mucho, amigos míos. Mañana parto para San Petersburgo. Me han prometido trasladarme a otra ciudad.

 

Se había hospedado en el hotel Dresde.

 

X

 

Iván Gabrílich Yártsev visitaba a menudo a los Láptev. Era un individuo sano y fuerte, moreno, con un rostro agradable e inteligente. Se le consideraba atractivo, aunque en los últimos tiempos había empezado a engordar, y sus facciones y su figura habían sufrido cierto menoscabo; tampoco le favorecía su pronunciado corte de pelo: lo llevaba casi al rape. En sus tiempos de universitario, los estudiantes lo llamaban «el Coloso», por su estatura y su fuerza.

 

Se había licenciado en la Facultad de Filología, junto con los hermanos Láptev, de donde había pasado a la de Ciencias Naturales, y ahora era doctor en química. No aspiraba a una cátedra, ni siquiera era auxiliar de laboratorio, y se ganaba la vida dando clases de física e historia natural en una escuela técnica y en dos internados femeninos. Estaba encantado con sus alumnos, sobre todo con sus alumnas, y afirmaba que la nueva generación era extraordinaria. No sólo se ocupaba de química, sino también de sociología e historia rusa, y a veces publicaba breves artículos en revistas y periódicos, que firmaba con la letra Y. Cuando hablaba de cuestiones de botánica o zoología parecía un historiador, y cuando discutía alguna cuestión histórica semejaba un naturalista.

 

Otro de los habituales en casa de los Láptev era Kish, apodado «el eterno estudiante». Había acudido durante tres años a la Facultad de Medicina, luego se había pasado a la de Matemáticas, donde había repetido curso todos los años. Su padre, un boticario de provincias, le enviaba cuarenta rublos al mes, a los que su madre, a escondidas de su marido, añadía otros diez; con ese dinero tenía

 

 

para ir tirando, y hasta podía permitirse algún lujo, como un abrigo con cuello de castor polaco, guantes, perfumes y fotografías (le gustaba fotografiarse, para repartir luego los retratos entre sus conocidos). Pulcro, algo calvo, con patillas doradas, modesto, nunca dejaba pasar la posibilidad de hacer algún favor. Siempre estaba ocupado con asuntos ajenos: tan pronto iba de un lado a otro con una hoja de suscripción, como hacía cola desde primera hora de la mañana ante la taquilla de un teatro para comprarle unas localidades a alguna señora conocida, o iba a encargar una corona o un ramo de flores a petición de alguien. De él solían decir: «Irá Kish», «lo hará Kish», «lo comprará Kish». La mayoría de las veces cumplía mal los encargos. A menudo lo cubrían de reproches y olvidaban pagarle las cosas que le habían pedido, pero él nunca se quejaba, limitándose a suspirar en los casos más espinosos. Nunca estaba especialmente contento ni triste, todos sus comentarios resultaban prolijos y aburridos y sus bromas se recibían siempre con risas, precisamente porque no tenían ninguna gracia. Así, una vez, tratando de hacer un chiste, le dijo a Piotr: «Piotr, no eres un esturión»,

 

y  esa apreciación suscitó la hilaridad general; también él se rio largo rato, satisfecho de haber dicho algo tan ingenioso. Cuando enterraban a algún profesor, iba siempre a la cabeza del cortejo, junto a los portadores de las antorchas.

 

Yártsev y Kish solían acudir por la tarde a tomar el té. Si los dueños de la casa no iban al teatro o a un concierto, el té vespertino se prolongaba hasta la cena. Una velada del mes de febrero, se entabló en el comedor la siguiente conversación:

 

—Una obra de arte sólo es relevante y útil cuando su idea encierra alguna importante cuestión social —decía Kostia, mirando con enfado a Yártsev—. Si una obra incluye una protesta contra el régimen de servidumbre o el autor se pronuncia contra la alta sociedad y sus vulgaridades, esa obra es relevante y útil. En cambio, todas esas novelas y relatos llenos de suspiros y amores no correspondidos son obras insignificantes y bien podrían irse al diablo.

 

—Comparto su opinión, Konstantín Ivánich —dijo Yulia Serguéievna—. Uno describe una entrevista amorosa; otro, una infidelidad; aquel, un encuentro después de la separación. ¿Es que no pueden encontrar otros temas? Debe de haber muchísimas personas enfermas, desdichadas y atormentadas por la necesidad a quienes sin duda repugna la lectura de esa clase de cosas.

 

A Láptev le disgustaba que su esposa, una joven que aún no había cumplido veintidós años, se refiriera con tanta gravedad y frialdad al amor. No era difícil adivinar lo que había detrás de esas valoraciones.

 

—Si la poesía no resuelve las cuestiones que les parecen importantes —intervino Yártsev—, ocúpense de libros técnicos o de derecho penal y financiero, lean folletones científicos. ¿Qué necesidad hay de que en Romeo y Julieta, en lugar de hablar de amor, se diserte, pongamos, de la libertad de enseñanza o de la desinfección de las cárceles cuando esos asuntos ya se analizan en artículos especializados y manuales?

 

—¡Estás exagerando, amigo! —lo interrumpió Kostia—. No estamos hablando de gigantes como Shakespeare o Goethe; nos referimos a los centenares de escritores dotados y mediocres que serían mucho más útiles si se olvidaran del amor y se dedicaran a difundir entre las masas conocimientos e ideas humanitarias.

 

Kish, con su voz gangosa y nasal, se puso a contar el contenido de una novela que había leído hacía poco. Lo refirió en detalle, sin apresurarse; pasaron tres minutos, cinco, diez, y él seguía con su historia, aunque nadie entendía lo que estaba diciendo; su propia cara fue adquiriendo una expresión

 

 

cada vez más indiferente y sus ojos, un matiz más soñoliento.

 

—Acabe de una vez, Kish —exclamó Yulia Serguéievna, sin poder contenerse—. ¡Esto es una tortura!

 

—¡Cállese, Kish! —le gritó Kostia.

 

Todos se echaron a reír, hasta el propio Kish.

 

Apareció Fiódor. Con manchas rojas en la cara, dedicó a los presentes un apresurado saludo y se llevó a su hermano al despacho. En los últimos tiempos evitaba las reuniones concurridas y prefería la compañía de una sola persona.

 

—Mientras los jóvenes se divierten, nosotros nos ocuparemos de cuestiones más serias —dijo, sentándose en un mullido sillón, lejos de la lámpara—. Hace tiempo que no nos vemos, hermanito. ¿Cuánto hace que no pasas por el almacén? Puede que una semana.

 

—Sí. Allí no tengo nada que hacer. Además, debo reconocer que estoy un poco harto del viejo. —Desde luego, en el almacén pueden arreglárselas sin nosotros, pero hay que tener una

 

ocupación. Ya conoces el proverbio: te ganarás el pan con el sudor de tu frente. El trabajo es grato a Dios.

 

Piotr trajo un vaso de té en una bandeja. Fiódor se lo tomó sin azúcar y pidió otro. Bebía mucho té, a veces hasta diez vasos en una sola velada.

 

—¿Sabes una cosa, Alekséi? —preguntó, levantándose y acercándose a su hermano—. Si te las ingeniaras para que te eligieran concejal, poquito a poco te promoveríamos a miembro del consistorio

y  más tarde a teniente de alcalde. Luego, como eres un hombre inteligente e instruido, repararían en ti

 

y  te invitarían a San Petersburgo, donde ahora están muy de moda los administradores municipales y provinciales, hermano. Seguro que antes de cumplir los cincuenta, te has convertido en consejero privado[70] y luces una banda al pecho.

 

Láptev no dijo nada. Se daba cuenta de que todas esas cosas —la banda y el título de consejero privado— las deseaba Fiódor para sí mismo y no sabía qué responder.

 

Los dos hermanos pasaron un rato en silencio. Fiódor abrió la tapa de su reloj y se quedó mirando la esfera mucho tiempo, con atención reconcentrada, como si quisiera percibir el movimiento de las manecillas. A Láptev la expresión de su rostro se le antojó extraña.

 

Llamaron para la cena. Láptev pasó al comedor, mientras Fiódor se quedaba en el despacho. La discusión había terminado, y Yártsev comentaba, con el tono de un profesor que estuviera dictando una clase:

 

—Las diferencias de clima, energías, gustos y edad hacen que la igualdad entre los hombres sea físicamente imposible. Pero las personas cultivadas pueden propiciar que esa desigualdad se vuelva inocua, como han logrado ya con las ciénagas y los osos. Un científico ha conseguido que un ratón, un gato, un azor y un gorrión coman del mismo plato; es de esperar que la educación alcance los mismos fines con los seres humanos. La vida avanza más y más, la cultura experimenta enormes progresos ante nuestros mismos ojos y no cabe la menor duda de que llegará un momento en que, por ejemplo, la situación actual de los obreros fabriles se considerará tan absurda como nos parece ahora el régimen de servidumbre, cuando se podían cambiar muchachas por perros.

 

—Eso no sucederá mañana, ni pasado mañana —dijo Kostia y soltó una risotada—. Pasará mucho tiempo antes de que Rothschild considere absurdo seguir llenando sus sótanos de oro, y hasta que llegue ese momento los obreros seguirán trabajando como mulas y muriéndose de hambre. No,

 

amigo mío, nada de eso. No podemos seguir esperando, hay que luchar. ¿Se imagina usted que ese gato come del mismo plato que el ratón porque se ha despertado su conciencia? En absoluto. Lo han obligado por la fuerza.

—Fiódor y yo somos ricos, nuestro padre es un capitalista, un millonario, ¡así que tendréis que luchar contra nosotros! —dijo Láptev, frotándose la frente con la palma de la mano—. Luchar contra mí… ¡Es algo que no me entra en la cabeza! Soy rico, pero ¿qué me ha dado hasta ahora el dinero? ¿Qué me ha dado esa fuerza? ¿Soy acaso más feliz que vosotros? Mi infancia fue un infierno, y el dinero no me libró de los azotes. Cuando Nina enfermó y murió, mi dinero no la ayudó. No puedo obligar a nadie a que me quiera, aunque gastara millones.

 

—En cambio, puede hacer usted mucho bien —apuntó Kish.

 

—¡Menudo bien! Ayer me pidió usted que ayudara a un matemático que estaba buscando colocación. Créame cuando le digo que puedo hacer tan poco por él como usted. Puedo proporcionarle dinero, pero no es eso lo que él quiere. Una vez le pedí a un músico famoso que colocara a un violinista pobre y me respondió lo siguiente: «Se ha dirigido usted a mí porque no es músico». Lo mismo le contesto yo: ha solicitado usted mi ayuda con tanta confianza porque nunca se ha encontrado usted en la situación de un rico.

 

—¡No entiendo a qué viene esa comparación con un músico famoso! —dijo Yulia Serguéievna, ruborizándose—. ¡El músico famoso no tiene nada que ver con todo esto! —un estremecimiento de odio recorrió su rostro. Aunque bajó los ojos para ocultar ese sentimiento, todos los presentes, no sólo su marido, entendieron lo que significaba esa expresión—. ¡A qué viene aquí el músico famoso! —repitió en voz baja—. No hay nada más fácil que ayudar a una persona necesitada.

 

Se produjo un silencio. Piotr sirvió las becadas, pero nadie quiso probarlas, contentándose con la ensalada. Láptev ya no recordaba lo que había dicho, pero estaba convencido de que no habían sido sus palabras lo que había irritado a su mujer, sino el hecho de que se hubiera entrometido en la conversación.

 

Después de la cena se retiró a su despacho; tenso, con el corazón acelerado, esperando nuevas humillaciones, prestó oídos a lo que sucedía en la sala, donde se había entablado otra discusión. Luego Yártsev se sentó al piano y cantó una romanza sentimental. Era habilidoso para todo: cantaba, tocaba, hasta sabía hacer juegos de manos.

 

—Hagan ustedes lo que quieran, señores, pero a mí no me apetece quedarme en casa —dijo Yulia —. Deberíamos ir a algún sitio.

 

Decidieron dar una vuelta por los alrededores de la ciudad y enviaron a Kish al Círculo de Comerciantes para que consiguiera una troika. No invitaron a Láptev porque no solía participar en esas salidas y porque además estaba allí su hermano, pero él lo interpretó como un indicio de que su presencia los fastidiaba, de que en esa compañía joven y alegre era una figura superflua. Su pesadumbre y su amargura eran tan intensas que estuvo a punto de echarse a llorar; hasta llegó a alegrarse de que lo trataran con tanta descortesía, de que lo menospreciaran, de que se comportaran con él como si fuera un marido tonto y aburrido, un saco de oro, y le pareció que aún se alegraría más si su mujer lo engañaba esa misma noche con su mejor amigo y luego se lo confesaba todo mirándolo con odio… Sentía celos de los estudiantes, los cantantes y los actores a los que ella trataba, de Yártsev y hasta de los conocidos causales, y ahora deseaba ardientemente que le fuera infiel, deseaba sorprenderla con alguien, para después envenenarse y librarse de una vez para siempre de esa

 

pesadilla. Fiódor tomaba té, haciendo ruido al tragar. De pronto, también él se dispuso a marcharse. —El viejo debe de tener glaucoma —dijo, mientras se ponía la pelliza—. Cada vez ve peor. Láptev también se puso la pelliza y salió. Tras acompañar a su hermano hasta el bulevar

Strastnói, tomó un coche y se fue al restaurante Yar.

 

«¡Y a esto se le llama felicidad conyugal! —se burló de sí mismo—. ¡A esto se le llama amor!». Le castañeteaban los dientes, y no sabía si era por los celos o por alguna otra razón. Una vez en

 

el Yar, recorrió las mesas y oyó a una cantante en la sala. No llevaba preparada ninguna frase por si acaso se encontraba con los suyos; estaba convencido de antemano de que, en caso de toparse con su mujer, sólo sería capaz de esbozar una sonrisa lastimosa y estúpida, y todos comprenderían el sentimiento que lo había impulsado a buscarlos. La luz eléctrica, la música alta, el olor a polvo y las miradas de las señoras que pasaban a su lado le daban náuseas. Se detuvo ante las puertas de los reservados, intentando ver y oír lo que sucedía en su interior, y tuvo la impresión de estar representando un papel tan bajo y despreciable como el de la cantante o el de esas mujeres. De allí se marcho al Strelna, pero tampoco allí encontró a los suyos; sólo en el camino de vuelta, cuando pasaba de nuevo junto al Yar, lo adelantó una ruidosa troika; el cochero, borracho, gritaba, y se oían las carcajadas de Yártsev: «¡Ja, ja, ja!».

 

Láptev regresó a casa pasadas las tres. Yulia Serguéievna ya se había acostado. Viendo que todavía no dormía, se acercó a ella y le dijo con brusquedad:

 

—Entiendo su repugnancia y su odio, pero al menos en presencia de extraños podía ser algo más comedida y disimular sus sentimientos.

 

Ella se sentó en el borde de la cama, con las piernas colgando. A la luz de la lamparilla sus ojos parecían grandes y negros.

 

—Le pido perdón —dijo.

 

Láptev seguía delante de ella y guardaba silencio, pues la agitación y los estremecimientos que recorrían todo su cuerpo le impedían pronunciar palabra. Ella, también temblorosa, parecía una delincuente en espera de la sentencia.

 

—¡Cuánto sufro! —dijo por fin Láptev, cogiéndose la cabeza con las manos—. ¡Esto es un infierno! ¡Voy a volverme loco!

 

—¿Cree que no es penoso para mí? —preguntó ella con voz temblorosa—. Sólo Dios sabe lo que estoy pasando.

 

—Hace ya seis meses que eres mi mujer y no hay en tu alma ni una chispa de amor, ni un rastro de esperanza, ni un solo rayo de luz. ¿Por qué te casaste conmigo? —prosiguió, desesperado—. ¿Por qué? ¿Qué demonio te arrojó en mis brazos? ¿Qué esperabas? ¿Qué querías? —ella lo miraba con espanto, como temiendo que fuera a matarla—. ¿Te gustaba? ¿Estabas enamorada de mí? —continuó, con la respiración entrecortada—. ¡No! Entonces, ¿por qué te casaste conmigo? Dime, ¿por qué? — gritó—. ¡Ah, maldito dinero! ¡M aldito dinero!

 

—¡Te juro por Dios que no fue por eso! —chilló ella, santiguándose, anonadada por el insulto, y por primera vez él la oyó llorar—. ¡Te juro por Dios que no! —repitió—. No pensaba en el dinero, no lo necesito; simplemente tenía la impresión de que había obrado mal al rechazarte. Tenía miedo de echar a perder tu vida y también la mía. ¡Y ahora estoy pagando mi error con un sufrimiento insoportable!

 

Yulia estalló en amargos sollozos; él comprendió cuán grande era su dolor y, sin saber qué decirle,

 

cayó de rodillas ante ella.

 

—Basta, basta —balbuceó—. Te he ofendido porque te amo con locura —de pronto le dio un beso en la pierna y la envolvió en un abrazo apasionado—. ¡Si al menos hubiera una chispa de amor! —susurró—. ¡M iénteme! ¡Engáñame! ¡Dime que no ha sido un error!

 

Pero Yulia seguía llorando, y Láptev se dio cuenta de que ella soportaba sus caricias como una consecuencia inevitable de su error, y había recogido, como un pajarillo, la pierna que él le había besado. Sintió pena de ella.

 

Yulia se tumbó y se cubrió la cabeza con las sábanas; él se desvistió y también se metió en la cama. A la mañana siguiente ambos se sentían confusos y no sabían de qué hablar, y Láptev llegó a imaginarse que Yulia apoyaba con inseguridad la pierna que él le había besado.

 

Antes de la comida llegó Panaúrov para despedirse. Yulia sintió unos deseos enormes de volver a su casa, a su tierra natal. Sería maravilloso marcharse, pensaba, descansar de la vida conyugal, de esa turbación y de la conciencia constante de haber obrado mal. Durante el almuerzo decidieron que se fuera con Panaúrov y se quedara en casa de su padre dos o tres semanas, hasta que le apeteciera regresar.

 

XI

 

Yulia y Panaúrov viajaron en un compartimento reservado; él llevaba en la cabeza un gorro de piel de cordero de forma un tanto extraña.

 

—No, no han satisfecho mi petición en San Petersburgo —dijo entre significativas pausas y suspiros—. Prometen mucho, pero luego no concretan nada. Así es, querida mía. He sido juez de paz, miembro permanente de la Comisión Local, presidente del Consejo de Magistrados y, por último, consejero de la Diputación Provincial. Creo que he prestado un buen servicio a la patria y que merezco un poco de atención, pero ya lo ve usted: no consigo de ninguna manera que me trasladen a otra ciudad… —Panaúrov cerró los ojos y sacudió la cabeza—. No reconocen mis méritos — prosiguió, como adormilado—. Ya sé que no soy un administrador genial, pero al menos soy un hombre probo y honrado, y en los tiempos que corren eso es una rareza. Confieso que a veces he engañado a alguna mujer con excesiva ligereza, pero en lo que respecta al gobierno ruso siempre me he comportado como un caballero. Pero dejemos esas cosas —dijo, abriendo los ojos—. Hablemos de usted. ¿Por qué se le ha ocurrido de pronto ir a visitar a su padre?

 

—Pues verá, mi marido y yo hemos tenido algunas diferencias —respondió Yulia, mirando el gorro de Panaúrov.

 

—Sí, la verdad es que es un poco raro. Todos los Láptev son raros. Y su marido todavía puede pasar, pero Fiódor es tonto de remate —Panaúrov suspiró y preguntó con aire serio—: ¿Tiene ya algún amante?

 

Yulia lo miró sorprendida y soltó una risita.

 

—¡Sabe Dios lo que está usted diciendo!

 

Pasadas ya las diez, se aperaron los dos en una estación importante y se fueron a cenar. Al reanudar el viaje, Panaúrov se quitó el abrigo y el gorro y se sentó al lado de Yulia.

 

—Es usted muy bonita, si me permite que se lo diga —empezó—. Perdone esta comparación

 

digna de una fonda, pero me recuerda usted un pepinillo recién salado; aún huele a invernadero, por decirlo de algún modo, pero ya contiene algo de sal y sabe a hinojo. Poco a poco se está convirtiendo usted en una mujer espléndida, maravillosa, fascinante. Si hubiéramos emprendido este viaje hace cinco años —añadió con un suspiro—, habría considerado un agradable placer unirme al cortejo de sus admiradores, pero ahora, ay, soy ya un inválido.

 

Con una sonrisa triste y a la vez gentil, la cogió por la cintura.

 

—¡Se ha vuelto usted loco! —dijo, ruborizándose y asustándose tanto que las manos y los pies se le quedaron fríos—. ¡Basta, Grigori Nikolaich!

 

—¿De qué tiene miedo, querida? —preguntó Panaúrov con voz meliflua—. ¿Qué es tan terrible? Lo único que pasa es que no está usted acostumbrada.

 

En su opinión, cuando una mujer protestaba era porque le había causado impresión y le había gustado. Sin soltarla, le dio un fuerte beso en la mejilla y luego en los labios, totalmente convencido de que le estaba procurando un enorme placer. Yulia se desembarazó de su turbación y su miedo y se echó a reír. Él volvió a besarla y dijo, al tiempo que se ponía su ridículo gorro:

 

—Eso es lo único que puede darle un inválido. Cierto bajá turco, un vejete bondadoso, recibió como regalo, o quizá se trataba de una herencia, todo un harén. Cuando sus jóvenes y hermosas mujeres se pusieron en fila delante de él, él les pasó revista, les dio un beso a cada una y comentó: «Eso es lo único que estoy en condiciones de daros». Lo mismo digo yo.

 

A Yulia esa escena se le antojó estúpida e insólita, y la puso de buen humor. Le entraron ganas de bromear. Se subió en el asiento, tarareando una cancioncilla, cogió de la rejilla una caja de bombones y gritó, lanzándole a Panaúrov un trozo de chocolate:

 

—¡Atrápelo!

 

Él lo cogió. Ella le arrojó otro riéndose a carcajadas, luego un tercero, y él siempre los cogía y se los metía en la boca, mirándola con ojos suplicantes; a Yulia le parecía que los rasgos y la expresión de su rostro eran muy infantiles y femeninos. Cuando, jadeando, se sentó en el asiento, sin dejar de mirarlo con aire burlón, él le pasó dos dedos por la mejilla y le dijo como enfadado:

 

—¡Niña traviesa!

 

—Tome —dijo ella, entregándole la caja—. No me gusta el dulce.

 

Él se comió todos los bombones, del primero al último, y guardó la caja vacía en su maleta; le gustaban las cajas con dibujos.

 

—Bueno, basta de chiquilladas —dijo—. Es hora de que el inválido se vaya a la cama —sacó de la bolsa de viaje su bata de Bujará y una almohada, se tumbó y se cubrió con la manta—. ¡Buenas noches, palomita! —dijo en voz baja y exhaló un suspiro como si le doliera todo el cuerpo.

 

Al poco rato se puso a roncar. Sin sombra alguna de embarazo, también ella se tendió, y no tardó en quedarse dormida.

 

A la mañana siguiente, cuando se dirigía en coche de la estación a su casa, las calles de su ciudad natal le parecieron vacías y despobladas; la nieve, gris; las casas, muy bajas, como si alguien las hubiera aplastado. Por el camino se cruzó con un entierro: al muerto lo transportaban en un ataúd descubierto, entre flamear de estandartes.

 

«Dicen que encontrarse con un muerto da suerte», pensó.

 

En las ventanas de la casa en la que vivió Nina Fiódorovna habían pegado carteles blancos de alquiler.

 

Con el corazón encogido entró en el patio y llamó a la puerta. Le abrió una doncella desconocida, gruesa, adormilada, con una blusa enguatada de mucho abrigo. Mientras subía por la escalera, Yulia se acordó de que había sido allí donde Láptev le había confesado su amor, pero ahora la escalera estaba sin fregar, llena de rastros de pisadas. Arriba, en el frío pasillo, esperaban los pacientes, con la pelliza puesta. Por alguna razón el corazón le latía acelerado, y era tanta la emoción que sentía que apenas podía andar.

 

El médico, todavía más gordo, rojo como un ladrillo y con los cabellos alborotados, bebía té. Al ver a su hija, se alegró mucho y hasta derramó alguna lágrima. Yulia pensó que ella constituía la única alegría en la vida de ese anciano y, conmovida, lo abrazó con fuerza y le dijo que se quedaría mucho tiempo con él, hasta la Pascua. Después de cambiarse de ropa en su habitación, se dirigió al comedor para tomar el té en compañía de su padre, que iba de un rincón a otro, con las manos en los bolsillos, tatareando: «Ru-ru-ru», señal de que estaba descontento.

 

—Debes de pasártelo muy bien en Moscú —dijo—. Me alegro mucho por ti… Yo sólo soy un viejo y no necesito nada. Pronto estiraré la pata y os dejaré a todos en paz. Lo que me sorprende es que tenga el pellejo tan duro y aún siga vivito y coleando. ¡Es increíble!

 

Dijo que era un viejo burro de carga en cuyos lomos se subían todos. Había tenido que cuidar a Nina Fiódorovna, ocuparse de sus hijas, organizar su entierro; ese lechuguino de Panaúrov no había querido saber nada e incluso le había pedido prestados cien rublos que todavía no le había devuelto.

 

—¡Llévame a Moscú y enciérrame en un manicomio! —dijo el médico—. Estoy loco, soy un niño inocente, ya que aún sigo creyendo en la verdad y la justicia.

 

Luego acusó a Láptev de cortedad de miras por no comprar casas que se vendían a precios tan ventajosos. Entonces Yulia llegó a la conclusión de que ella no era la única alegría en la vida de ese anciano. Mientras su padre recibía a los pacientes y luego visitaba a los enfermos en sus casas, Yulia recorrió las habitaciones, sin saber qué hacer ni en qué pensar. Se había deshabituado ya a su ciudad y a su casa: ya no la atraían ni la calle, ni sus conocidos, y al recordar a sus amigas de antaño y su vida de soltera no se ponía triste ni sentía nostalgia del pasado.

 

Por la tarde se vistió con más elegancia y acudió a las vísperas. Pero en la iglesia sólo había gente sencilla, de suerte que su magnífica pelliza y su sombrero no causaron el menor efecto. Le asaltó la sospecha de que se había operado un cambio tanto en la iglesia como en sí misma. Antes le gustaba que en las vísperas se leyeran las oraciones del día y el coro entonara himnos como, por ejemplo, Abriré mi boca; le gustaba avanzar lentamente, en medio de la multitud, hacia el sacerdote, de pie en medio de la iglesia, y luego sentir en su frente el óleo sagrado; ahora, en cambio, sólo esperaba que la función terminase. Y, al salir, tenía miedo de que los pobres le pidiesen limosna: habría sido un aburrimiento detenerse y rebuscar en los bolsillos; además, ya no llevaba encima calderilla, sólo rublos.

 

Se fue a la cama temprano, pero tardó en dormirse. Soñó con ciertos retratos y con el entierro que había visto por la mañana: metían en el patio el ataúd descubierto con el cadáver y se detenían junto a la puerta de la casa; luego, sirviéndose de unas toallas, lo balanceaban largo rato y acababan lanzándolo contra la puerta. Yulia se despertó y pegó un brinco horrorizada. En realidad, alguien estaba llamando abajo, y el alambre de la campanilla chirriaba en la pared, aunque no se oía el timbrazo.

 

El médico se puso a toser. La doncella bajó por la escalera y al poco volvió a subir.

 

 

—¡Señora! —dijo, llamando a la puerta—. ¡Señora!

 

—¿Qué pasa? —pregunto Yulia.

 

—¡Un telegrama para usted!

 

Yuia cogió una vela y salió. Detrás de la doncella estaba el médico, con el abrigo por encima de la ropa interior, también con una vela en la mano.

 

—Se nos ha estropeado el timbre —dijo, bostezando medio dormido—. Hace tiempo que tendríamos que haberlo arreglado.

 

Yulia abrió el telegrama y leyó: «Bebemos a su salud. Yártsev, Kochevói».

 

—¡Ah, qué tontos! —dijo, echándose a reír. Se sintió aliviada y alegre.

 

De vuelta en su habitación, se lavó sin hacer ruido, se vistió, se puso a empaquetar sus cosas, operación que la tuvo atareada hasta el amanecer, y a mediodía partió para M oscú.

 

XII

 

Durante la Semana Santa los Láptev acudieron a una exposición de pintura en la Academia de Arte.

 

Fueron en familia, a la moscovita, llevando a las dos niñas, a la institutriz y a Kostia.

 

Láptev conocía los nombres de todos los pintores famosos y no se perdía ni una muestra. A veces, en verano, él mismo pintada paisajes en su dacha; estaba persuadido de que tenía muy buen gusto y de que, si hubiera estudiado, habría podido convertirse en un buen pintor. Cuando se encontraba en el extranjero, en ocasiones visitaba tiendas de antigüedades, examinaba los objetos con aire de entendido, expresaba su propia opinión, compraba alguna cosa, por la que el dueño le cobraba cuanto quería, y la pieza en cuestión quedaba luego olvidada en una caja o en el desván de la cochera, hasta que desaparecía vaya usted a saber dónde. O bien, entrando en un comercio de estampas, contemplaba con detenimiento y atención los cuadros, los bronces, hacía algunas observaciones y de pronto adquiría un simple marco o una insignificante cajita de papel. Los cuadros que tenía en su casa eran de grandes dimensiones, pero de escaso mérito, y los pocos buenos estaban colgados en sitios nada idóneos. Más de una vez había pagado mucho dinero por objetos que después habían resultado burdas falsificaciones. Lo más sorprendente era que, a pesar de su inveterada timidez, se comportaba con bastante audacia y aplomo en las exposiciones de arte. ¿Por qué?

 

Yulia Serguéievna contemplaba los cuadros como su marido, con los gemelos o las manos a modo de anteojos; se maravillaba de que las personas representadas parecieran vivas y los árboles, auténticos. Pero no entendía nada; creía que en la exposición había muchos cuadros iguales y que el único fin del arte consistía en que las personas y los objetos representados parecieran verdaderos cuando se contemplaban a través del puño.

 

—Ese bosque es de Shishkin[71] —le explicaba su marido—. Siempre pinta lo mismo… Y fíjate: ¿dónde se ha visto esa nieve de color lila?… Y ese muchacho tiene el brazo izquierdo más corto que el derecho.

 

Cuando todos se cansaron y Láptev fue a buscar a Kostia para regresar a casa, Yulia se detuvo delante de un paisaje de pequeñas dimensiones y lo contempló con indiferencia. En primer término aparecía un arroyuelo, atravesado por un puentecillo de troncos; en la otra orilla se divisaba un sendero que desaparecía en la oscura maleza, después un campo y a continuación, a la derecha, una

 

porción de bosque, en uno de cuyos extremos ardía una hoguera; probablemente, algunos hombres vigilaban mientras los caballos pastaban. Y en lontananza se apagaban los últimos resplandores del crepúsculo.

Yulia se imaginó que ella misma atravesaba ese puentecillo y luego se alejaba cada vez más por el sendero; a su alrededor reinaba el silencio, interrumpido por el soñoliento chillido de los rascones; una luz titilaba en la distancia. De pronto, vaya usted a saber por qué, le pareció que había visto hacía mucho, y en repetidas ocasiones, esas mismas nubes que se extendían por la franja enrojecida del cielo, ese bosque y ese campo; se sintió sola y le entraron ganas de andar y andar por ese sendero, y allí donde se ponía el sol, centelleaba el reflejo de algo ultraterrenal y eterno.

 

—¡Qué bien pintado está todo! —exclamó, maravillada de que el cuadro, de pronto, se le hubiera vuelto comprensible—. ¡M ira, Aliosha! ¿No es verdad que transmite un sentimiento de paz?

Trataba de explicar por qué le gustaba tanto ese paisaje, pero ni su marido ni Kostia la entendieron. Seguía contemplando el paisaje con una triste sonrisa, disgustada de que los demás no vieran en él nada especial; luego se puso a recorrer de nuevo las salas, examinando los cuadros. Quería comprenderlos y ya no tenía la impresión de que en la exposición hubiera muchos cuadros iguales. De regreso a casa, cuando prestó atención por primera vez al enorme cuadro que colgaba en la sala, encima del piano, lo encontró detestable y dijo:

 

—¿Cómo puede querer alguien tener cuadros así?

 

A partir de ese momento, los marcos dorados, los espejos venecianos con flores y los cuadros como el que estaba colgado sobre el piano, así como los razonamientos de su marido y de Kostia sobre arte, suscitaban en ella un sentimiento de tedio y despecho, a veces incluso de odio.

 

La vida seguía su curso habitual día tras día, sin prometer nada de particular. La temporada de teatro se había acabado, había llegado el buen tiempo. Se sucedían jornadas espléndidas. Una mañana los Láptev se disponían a acudir a la Audiencia Provincial para escuchar a Kostia, que había sido nombrado defensor de oficio en un juicio. No obstante, tardaron en salir y, cuando llegaron al tribunal, ya había comenzado el interrogatorio de los testigos. A un soldado de la defensa se le acusaba de robo con fractura. Había muchas lavanderas citadas como testigos. Declararon que el acusado iba a menudo a casa de la dueña de la lavandería; la víspera de la Exaltación de la Cruz, se presentó a última hora de la tarde y empezó a pedir dinero para beber, pero nadie se lo dio; entonces se marchó, pero volvió al cabo de una hora con cerveza y unos dulces de menta para las muchachas. Bebieron y cantaron casi hasta el amanecer, y a la mañana siguiente descubrieron que la cerradura del sobrado estaba rota y que faltaban tres camisas de hombre, una falda y dos sábanas. Kostia preguntaba a todas las testigos, en tono de burla, si habían bebido de la cerveza que había llevado el acusado. Por lo visto, trataba de demostrar que las lavanderas se habían robado a sí mismas. Pronunció su alegato sin la menor emoción, mirando con enfado a los miembros del jurado.

 

Explicó lo que era un robo con fractura y un simple robo. Se expresó con mucho detalle, de manera convincente, demostrando una extraordinaria capacidad para hablar largo y tendido y con enorme seriedad de cosas archisabidas. Era difícil entender lo que pretendía. De su prolijo discurso los miembros del jurado sólo podían extraer la siguiente conclusión: «Hubo fractura, pero no hurto, ya que la ropa se la bebieron las propias lavanderas, y si hubo robo, fue sin fractura». Pero era evidente que decía precisamente lo que debía, ya que su arenga conmovió al jurado y al público, y gustó mucho. Cuando se pronunció la sentencia de absolución, Yulia hizo un gesto con la cabeza a

 

 

Kostia y luego le estrechó con fuerza la mano.

 

En mayo los Láptev se trasladaron a su dacha de Sokólniki. En esa época Yulia estaba ya embarazada.

 

XIII

 

Transcurrió más de un año. En Sokólniki, cerca de la vía del ferrocarril de Yarosavl, Yulia y Yártsev se habían sentado en la hierba; un poco más lejos estaba tumbado Kochevói, las manos bajo la nuca, mirando el cielo. Fatigados de la caminata, esperaban el paso del tren de las seis para ir a casa a tomar el té.

 

—Las madres siempre ven algo excepcional en sus hijos, pues así lo quiere la naturaleza —dijo Yulia—. Una madre puede pasar horas enteras al lado de la cuna, contemplando entusiasmada las orejas, los ojos y la naricita de su hijo. Si algún extraño besa a la criatura, la pobre cree que eso debe procurarle un gran placer. Y no sabe hablar más que de su hijo. Conozco esa debilidad de las madres, pero la verdad es que mi Olia es una niña fuera de lo común. ¡Cómo mira cuando mama! ¡Cómo se ríe! Sólo tiene ocho meses, pero juro que no he visto unos ojos tan inteligentes ni en niños de tres años.

 

—Por cierto, dígame —preguntó Yártsev—. ¿A quién quiere más, a su marido o a la niña? Yulia se encogió de hombros.

 

—No sé —dijo—. Nunca he querido mucho a mi marido, así que puede decirse que, en realidad, Olia es mi primer amor. Ya sabe que no me casé con Alekséi por amor. Antes era tonta, sufría, estaba todo el tiempo pensando que iba a echar a perder su vida y también la mía; ahora me doy cuenta de que no se necesita ningún amor. Todo eso son bobadas.

 

—Pero, si no es el amor, ¿qué otro sentimiento la ata a su marido? ¿Por qué vive con él?

 

—No lo sé… Debe de ser que me he acostumbrado. Lo aprecio, lo echo de menos cuando paso mucho tiempo sin verlo, pero eso no es amor. Es un hombre inteligente y honrado, y me basta con eso para ser feliz. Es muy bueno y sencillo…

 

—Aliosha es inteligente, Aliosha es bueno —dijo Kostia, levantando perezosamente la cabeza—. Pero, querida mía, para convencerse de que es bueno, inteligente e interesante hay que pasarse a su lado una eternidad… ¿Y de qué le sirven su bondad y su inteligencia? Le procura a usted todo el dinero que quiere, no lo niego, pero, cuando hace falta dar muestras de carácter, pararle los pies a un sinvergüenza o un caradura, se acobarda y se descompone. Las personas como su amable Alekséi son estupendas, pero no valen para la lucha. En general, no valen para nada.

 

Por fin apareció el tren. De la chimenea salía un humo rosado que se elevaba sobre el bosquecillo,

 

y  dos ventanas del último vagón reverberaron de pronto con tanta intensidad que hacían daño a la vista.

—¡Vamos a tomar el té! —dijo Yulia Serguéievna, levantándose.

 

En los últimos tiempos había engordado y sus andares se habían vuelto más indolentes y propios de una señora.

—En cualquier caso, no se puede vivir sin amor —dijo Yártsev, yendo tras ella—. No hacemos más que hablar del amor y leer libros al respecto, pero amamos muy poco, y eso no está bien.

 

—Todo eso son bobadas, Iván Gavrílich —dijo Yulia—. La felicidad no consiste en eso. Tomaron el té en el jardincillo, donde florecían la reseda, el alhelí y el tabaco y despuntaban ya

 

los primeros gladiolos. Yártsev y Kochevói, al contemplar el rostro de Yulia Serguéievna, se daban cuenta de que estaba atravesando un período feliz de serenidad espiritual y equilibrio, de que no necesitaba nada más de lo que ya tenía, y esa constatación les proporcionaba también a ellos un sentimiento de paz y bienestar. Dijérase lo que se dijera, todo resultaba atinado y oportuno. Los pinos eran espléndidos, el olor de la resina nunca había sido tan maravilloso, la nata estaba exquisita y Sasha era una muchacha buena e inteligente…

 

Después del té, Yártsev cantó unas romanzas acompañándose al piano, mientras Yulia y Kochevói escuchaban en silencio; sólo Yulia se levantaba de vez en cuando y salía en silencio para echar un vistazo a su hija y a Lida, que llevaba ya dos días en la cama, con fiebre, y no comía nada.

 

—Mi querido y fiel amigo… —cantó Yártsev, y a continuación dijo, moviendo la cabeza—: No, señores, que me maten si entiendo por qué son contrarios al amor. Si no estuviera ocupado quince horas al día, me enamoraría sin falta.

 

La cena se sirvió en la terraza; el ambiente era tibio y apacible, pero Yulia se envolvía en un chal

 

y  se quejaba de la humedad. Cuando oscureció, por alguna razón se sintió incómoda; no paraba de temblar y de rogar a los invitados que no se marcharan; les escanciaba vino y después de la cena ordenó que sirvieran coñac, para que no se fueran. No quería quedarse sola con los niños y los criados.

 

—Los veraneantes estamos organizando un espectáculo para los niños —dijo—. Ya lo tenemos todo: el teatro, los actores, sólo nos falta la obra. Nos han enviado ya una veintena, pero no nos vale ninguna. Si le gusta el teatro y conoce bien la historia —añadió, dirigiéndose a Yártsev—, escríbanos una pieza histórica.

 

—Como quiera.

 

Los invitados se bebieron todo el coñac y se dispusieron a marcharse. Eran ya más de las diez, hora bastante tardía para los veraneantes.

—¡Qué oscuridad, no se ve nada! —dijo Yulia, acompañándolos hasta la cancela—. No sé cómo van a llegar a casa, señores. ¡Y qué frío hace! —se arrebujó aún más en el chal y volvió sobre sus pasos—. Mi Alekséi debe de estar en alguna parte jugando a las cartas —gritó desde el porche—. ¡Buenas noches!

 

A un paso de las habitaciones iluminadas no se veía nada. Yártsev y Kochevói, avanzando a tientas, como ciegos, llegaron hasta la vía del ferrocarril y la atravesaron.

—No se ve un pimiento —dijo Kostia con voz de bajo, deteniéndose y mirando el cielo—. ¡Y las estrellas parecen moneditas nuevas de quince kopeks! ¡Gavrílich!

—¿Qué? —respondió Yártsev desde algún lugar.

 

—Digo que no se ve nada. ¿Dónde estás? —Yártsev, silbando, se acercó a él y lo cogió del brazo —. ¡Eh, veraneantes! —gritó de pronto Kostia a voz en cuello—. ¡Hemos atrapado a un socialista! —cuando se achispaba, siempre se mostraba muy inquieto, vociferaba, discutía con los agentes y los cocheros, cantaba, prorrumpía en carcajadas desaforadas—. ¡Naturaleza, que el diablo te lleve! — gritó.

 

—Bueno, bueno —procuraba calmarlo Yártsev—. Déjelo ya, haga el favor.

 

Sus ojos no tardaron en acostumbrarse a la oscuridad, y pronto lograron distinguir las siluetas de

 

 

los altos pinos y de los postes telegráficos. De las estaciones de Moscú llegaban de vez en cuando silbidos, los cables zumbaban quejumbrosos. El bosque, en cambio, no emitía sonido alguno, y en su silencio se percibía cierto matiz de orgullo, fuerza y misterio; ahora que era de noche parecía que las copas de los pinos rozaban el cielo. Los dos amigos encontraron el sendero y lo siguieron. La oscuridad era total, sólo la larga franja del cielo, sembrado de estrellas, y el suelo endurecido que pisaban les permitían saber que avanzaban por la vereda. Caminaban juntos, sin pronunciar palabra, con la sensación de que alguien venía a su encuentro. Los efectos del alcohol se disiparon. A Yártsev le dio por pensar que quizá por ese bosque vagaran las almas de los zares, de los boyardos y de los patriarcas moscovitas, y estuvo a punto de decírselo a Kostia, pero se contuvo.

 

Cuando llegaron a las puertas de la ciudad, el cielo empezaba a clarear. Siempre en silencio, Yártsev y Kochevói avanzaron por una calzada bordeada de dachas modestas, fondas y depósitos de madera; bajo el puente de un ramal, los envolvió una humedad agradable, con olor a tilo, y al poco desembocaron en una calle ancha y larga, en la que no se veía un alma ni brillaba una sola luz… Cuando llegaron a Krasni Prud ya estaba amaneciendo.

 

—Moscú es una ciudad a la que aún le queda mucho por sufrir —dijo Yártsev, mirando el monasterio de San Alejo.

 

—¿Qué te hace pensar así?

 

—No lo sé. M e gusta mucho M oscú.

 

Tanto Yártsev como Kostia habían nacido en Moscú, la adoraban y, por alguna razón, se mostraban hostiles con las demás ciudades. Estaban convencidos de que Moscú era una ciudad maravillosa y Rusia, un país maravilloso. Tanto en Crimea, como en el Cáucaso y en el extranjero se aburrían, se sentían incómodos y molestos, y encontraban sano y agradable el tiempo grisáceo de Moscú. Los días en que la lluvia fría batía en los cristales, oscurecía en seguida y los muros de las casas y de las iglesias adquirían una tonalidad pardusca y tristona, esos días en que uno no sabía qué ponerse para salir a la calle, los embargaba una agradable excitación.

 

Por fin, cerca de la estación, tomaron un coche.

 

—La verdad es que sería una buena idea escribir una obra histórica —dijo Yártsev—, pero sin los Liapunov[72] y los Godunov, ambientada en los tiempos de Yaroslav o de Vladímir Monómaco [73]… Me repugnan todas las obras históricas rusas, excepto el monólogo de Pimen[74]. Cuando consultas alguna fuente histórica o lees un manual de historia rusa, tienes la impresión de asistir a una sucesión ininterrumpida de acontecimientos interesantes y de personajes extraordinarios y geniales, pero cuando vas al teatro a ver una pieza histórica, sacas la conclusión de que la vida rusa es mediocre, enfermiza, poco original.

 

Cerca de la calle Dmítrovna, los dos amigos se separaron, y Yártsev siguió en el coche hasta su casa, en la calle Nikítskaia. Medio dormido, se balanceaba de un lado a otro y no dejaba de pensar en la obra. De pronto se imaginó un estrépito espantoso, acompañado de un entrechocar de armas y de gritos en una lengua incomprensible, quizá calmuco; también vio una aldea envuelta en llamas; los bosques cercanos, cubiertos de escarcha y teñidos de un rosa pálido por el fulgor del incendio, se vislumbraban en lontananza con tanta claridad que se podía distinguir cada abeto; gente salvaje, a caballo y a pie, recorre la aldea, y tanto los hombres como las monturas tienen la misma tonalidad purpúrea que el resplandor del cielo. «Son polovtsianos[75]», piensa Yártsev. Uno de ellos, viejo, espantoso, con el rostro ensangrentado, todo quemado, ata a la silla a una muchacha rusa de blanco

 

rostro. El anciano grita furioso y la muchacha lo mira con ojos tristes e inteligentes… Yártsev sacudió la cabeza y se despertó.

 

—M i querido y fiel amigo —canturreó.

 

Mientras pagaba al cochero y subía por la escalera, aún no despejado del todo, seguía viendo cómo las llamas alcanzaban el bosque, y los árboles crepitaban y se cubrían de humo; un enorme jabalí, enloquecido de terror, vagaba por la aldea… Y la muchacha, atada al arzón, lo veía todo.

 

Cuando entró en su casa, ya había amanecido. Sobre el piano, junto a una partitura abierta, dos velas acababan de consumirse. Rassúdina, con un vestido negro, un ancho cinturón y un periódico en la mano, estaba tumbada en el sofá, profundamente dormida. Probablemente había estado tocando mucho tiempo, esperando que regresara Yártsev, y al final se había quedado dormida.

 

«¡No ha aguantado más!», pensó.

 

Le quitó con cuidado el periódico de las manos, la cubrió con una manta, apagó la luz y se fue a su dormitorio. Metido ya en la cama no dejaba de pensar en la obra histórica, y el estribillo «Mi querido y fiel amigo» no se le iba de la cabeza.

 

Al cabo de dos días Láptev pasó un momento por su casa para decirle que Lida había enfermado de difteria y había contagiado a Yulia Serguéievna y a la criatura. Cinco días más tarde llegó la noticia de que Lida y Yulia se estaban recuperado; la pequeña, en cambio, había fallecido y los Láptev habían decidido abandonar Sokólniki a toda prisa y regresar a M oscú.

 

XIV

 

A Láptev se le hacía insoportable quedarse mucho tiempo en casa. Su mujer solía marcharse al pabellón, con la excusa de que debía ocuparse de las niñas, pero él sabía que no iba allí por ese motivo, sino a llorar en compañía de Kostia. Transcurrieron nueve días, luego veinte, más tarde cuarenta, y había que seguir yendo al cementerio de San Alejo a escuchar el oficio fúnebre, y luego atormentarse durante jornadas enteras, pensando sólo en esa criatura desdichada y diciendo toda clase de lugares comunes para consolar a su mujer. Apenas iba ya al almacén y sólo se ocupaba de obras de beneficencia, inventándose distintas tareas y gestiones, y se alegraba cuando cualquier menudencia lo obligaba a pasarse el día entero de un lado para otro. En los últimos tiempos había planeado marcharse al extranjero para informarse de cómo funcionaban en otros países los albergues nocturnos, y ese pensamiento le servía de distracción.

 

Era un día de otoño. Yulia acababa de marcharse al pabellón a llorar; en cuanto a Láptev, tumbado en el sofá de su despacho, pensaba adónde podía ir. En ese preciso instante Piotr le anunció que había llegado Rassúdina. Láptev se alegró mucho, se puso en pie de un salto y salió al encuentro de su inesperada visita, su antigua amiga, de la que ya casi se había olvidado. No había cambiado nada desde la tarde en que la vio por última vez, seguía siendo la misma.

 

—¡Polina! —exclamó, tendiéndole ambas manos—. ¡Cuánto tiempo ha pasado! ¡Si supiera cuánto me alegro de verla! ¡Haga el favor de pasar!

 

Rassúdina, a modo de saludo, le pegó un tirón en la mano, y, sin quitarse el abrigo ni el sombrero, entró en el despacho y se sentó.

 

—Sólo me quedaré un momento —dijo—. No tengo tiempo para hablar de tonterías. Haga el

 

 

favor de sentarse y escucharme. Me da absolutamente igual si se alegra usted o no de verme, porque me importa un bledo la benévola atención de los caballeros. Sólo he pasado por aquí porque, después de acudir a cinco lugares distintos, no he recibido más que negativas, y el asunto es urgente. Escuche —prosiguió, mirándolo a los ojos—, cinco estudiantes a los que conozco, bastante limitados y torpes, pero pobres de solemnidad, no han podido pagar la matrícula y van a expulsarlos. Los medios de que dispone usted lo obligan a ir ahora mismo a la universidad y hacerse cargo de esas costas.

 

—Con mucho gusto, Polina.

 

—Aquí tiene sus apellidos —dijo Rassúdina, entregándole a Láptev una nota—. Vaya en seguida; ya tendrá usted tiempo más tarde de disfrutar de la felicidad conyugal —en ese momento, al otro lado de la puerta que conducía a la sala, se oyó una especie de rumor: probablemente era el perro que se rascaba. Rassúdina enrojeció y se puso en pie de un salto—. ¡Su Dulcinea nos está escuchando! — exclamó—. ¡Qué asco!

 

A Láptev le dolió que fuera tan injusta con su mujer.

 

—No está aquí, está en el pabellón —dijo—. Y le ruego que no hable de ella en ese tono. Se nos ha muerto nuestra hija, y está sufriendo muchísimo.

 

—Puede tranquilizarla —dijo Rassúdina con una risita, volviendo a sentarse—. Tendrá una docena más. ¿Qué inteligencia se necesita para traer niños a este mundo?

 

Láptev recordó que había oído muchas veces ese comentario u otro parecido hacía mucho tiempo,

 

y  por un instante lo envolvió el efluvio de la poesía del pasado, de su vida libre y despreocupada de soltero, cuando aún se sentía joven y capaz de todo, no amaba a su mujer y no tenía ningún recuerdo de su hija.

 

—Vayamos juntos —dijo, desperezándose.

 

Cuando llegaron a la universidad, Rassúdina se quedó esperando en la entrada, mientras Láptev entraba en la secretaría. Al cabo de un rato, regresó y entregó a Rassúdina cinco recibos.

—¿Adónde se dirige ahora? —le preguntó. —A casa de Yártsev.

—La acompaño.

 

—Pero le impedirá trabajar.

 

—Ya verá como no —dijo y se la quedó mirando con expresión suplicante.

 

Llevaba un sombrero negro, como de luto, con un adorno de crespón, y un abrigo muy gastado y muy corto, con los bolsillos deformados. Su nariz parecía más larga que antes, y su cara no tenía ni un atisbo de color, a pesar del frío. A Láptev le agradaba seguirla, obedecerla y oírla refunfuñar. Mientras andaba, iba pensando en ella: «¡Qué fuerza interior tendrá esta mujer para parecer tan fascinante a pesar de ser tan poco atractiva, tan angulosa y tan inquieta, por no hablar ya de su horrible vestuario, sus cabellos despeinados y su eterno desaliño!».

 

Entraron en casa de Yártsev por la puerta trasera, atravesando la cocina; la cocinera, una viejecita muy pulcra, con rizos grises, se turbó mucho al verlos, esbozó una dulce sonrisa que confirió a su fino rostro una apariencia de torta y dijo:

 

—Pasen, por favor.

 

Yártsev no estaba en casa. Rassúdina se sentó al piano y se puso a ensayar unos ejercicios aburridos y complicados. Como le había ordenado que no la molestara, Láptev, en lugar de distraerla con su conversación, se sentó a cierta distancia y se puso a hojear El Mensajero de Europa. Después

 

 

de tocar un par de horas, que era su dosis cotidiana, Rassúdina comió algo en la cocina y se fue a dar sus clases. Láptev leyó la continuación de una novela y luego se quedó un buen rato sentado, sin experimentar el menor aburrimiento, a pesar de que había dejado de leer, muy satisfecho de que fuera demasiado tarde para ir a comer a casa.

 

—¡Ja, ja, ja! —se oyó la risa de Yártsev, y al poco apareció en la habitación, sano, animoso, rubicundo, con un frac nuevo de botones brillantes—. Ja, ja, ja.

 

Los dos amigos comieron juntos. Luego Láptev se tumbó en el sofá, mientras Yártsev se sentaba a su lado y encendía un cigarrillo. Había caído ya la noche.

 

—Por lo visto me estoy haciendo viejo —dijo Láptev—. Desde que murió mi hermana, Nina, he empezado a pensar a menudo en la muerte, vaya usted a saber por qué.

 

Se pusieron a hablar de la muerte, de la inmortalidad del alma, de lo agradable que sería resucitar e ir volando hasta Marte, vivir siempre felices, en completa ociosidad, y, sobre todo, pensar de un modo distinto, no a la manera de la Tierra.

 

—Yo no tengo ganas de morir —dijo Yártsev en voz baja—. Ninguna filosofía puede reconciliarme con la idea de la muerte, que considero una aniquilación, ni más ni menos. Quiero vivir.

—¿Ama usted la vida, Gavrílich?

 

—Sí.

 

—Pues yo no consigo aclararme sobre ese particular. Mi estado de ánimo unas veces es sombrío y otras, indiferente. Soy tímido, inseguro, temeroso por naturaleza, incapaz de adaptarme a la vida, de dominarla. Algunos dicen bobadas o se dedican a engañar, y, sin embargo, viven tan contentos; yo, en cambio, hago el bien conscientemente y sólo experimento inquietud o una completa indiferencia. La única explicación que encuentro, Gavrílich, es que soy un esclavo, un nieto de un siervo de la gleba. Antes de que nosotros, plebeyos, encontremos el verdadero camino, muchos de los nuestros perecerán en el intento.

 

—Todo eso está muy bien, amigo mío —dijo Yártsev con un suspiro—, pero sólo demuestra una vez más lo rica y variada que es la vida rusa. ¡Ah, qué rica es! ¿Sabe usted? Cada día me convenzo más de que nos hallamos a las puertas de un triunfo apoteósico, y me gustaría vivir para poder participar. Créame o no me crea, pero en mi opinión estamos asistiendo al desarrollo de una generación excepcional. Es una delicia enseñar a los chicos, y sobre todo a las chicas. ¡Unos muchachos maravillosos! —Yártsev se acercó al piano y tocó un acorde—. Soy químico, pienso como un químico y moriré como un químico —prosiguió—. Pero tengo un apetito voraz y temo morir antes de haberme saciado. Y no me basta con la química, también me ocupo de la historia de Rusia, de la historia del arte, de la pedagogía, de la música… Este verano su mujer me propuso que escribiera una obra histórica, y ahora tengo ganas de ponerme manos a la obra; creo que podría pasarme tres días enteros sin levantarme de la mesa, escribiendo sin parar. Las imágenes me agotan, se amontonan en mi cabeza y noto los latidos de la sangre en el cerebro. No quiero convertirme en un ser excepcional ni crear una obra maestra, sólo quiero vivir, soñar, albergar esperanzas, no perderme nada… La vida es breve, amigo mío, y hay que vivirla del mejor modo posible.

 

Después de esa conversación amistosa, que se prolongó hasta la medianoche, Láptev empezó a visitar a Yártsev casi a diario. Se sentía atraído por él. Solía presentarse antes de la caída de la tarde, se tumbaba en un sofá y esperaba pacientemente su llegada, sin probar el menor aburrimiento. Cuando Yártsev regresaba de sus ocupaciones, almorzaba y retomaba sus actividades, pero Láptev le

 

 

formulaba una pregunta, se iniciaba una conversación y ya no era cuestión de trabajar. Los dos amigos se despedían a medianoche, muy satisfechos el uno del otro.

 

Pero esa situación no se prolongó mucho. Un día, al llegar a casa de Yártsev, Láptev sólo encontró a Rassúdina, que estaba sentada al piano, ocupada con sus ejercicios. Al verlo, le dirigió una mirada fría, casi hostil, y le preguntó, sin darle la mano:

 

—Dígame, por favor, ¿cuándo terminará esto?

 

—¿A qué se refiere? —preguntó Láptev, sin comprender.

 

—Viene aquí cada día y no deja trabajar a Yártsev. Yártsev no es un comerciante, sino un científico: cada minuto de su tiempo es precioso. ¡Debe usted entenderlo y tener al menos un poco de delicadeza!

 

—Si considera usted que lo molesto —dijo Láptev, sumiso y turbado—, interrumpiré mis visitas.

 

—Estupendo. Váyase ahora mismo, no vaya a ser que vuelva y lo encuentre aquí.

 

El tono con que Rassúdina pronunció esas palabras y la indiferencia de sus ojos lo desconcertaron totalmente. Ya no sentía nada por él, sólo deseaba que desapareciera cuanto antes… ¡Qué diferencia con su amor de antaño! Se marchó sin darle la mano, creyendo que ella lo llamaría y le diría que volviera, pero las escalas se reanudaron. Mientras bajaba lentamente por la escalera, comprendió que se había convertido en un extraño para esa mujer.

 

Dos o tres días después, Yártsev fue a buscarlo para pasar con él la velada.

 

—Tengo que comunicarle una noticia —dijo, echándose a reír—. Polina Nikoláievna se ha mudado a mi casa —se sintió un tanto confuso y prosiguió en voz baja—. ¿Y por qué no? Desde luego, no estamos enamorados, pero creo que eso… no importa. Me alegra poder ofrecerle un techo, algo de sosiego y la posibilidad de no trabajar si se pone enferma; ella se figura que su presencia hará que mi vida sea más ordenada y que, bajo su influencia, me convertiré en un gran científico. Eso es lo que piensa. Bueno, dejémosla. Los meridionales suelen decir que la imaginación vuelve ricos a los tontos. ¡Ja, ja, ja! —Láptev guardó silencio. Yártsev se paseó por el despacho, contemplando unos cuadros que ya había visto multitud de veces, y al cabo de un rato añadió con un suspiro—: ¡Sí, amigo mío! Soy tres años mayor que usted y ya es tarde para pensar en el amor verdadero; además, una mujer como Polina Nikoláievna es un hallazgo para mí; viviremos felices hasta la vejez, pero el caso es que siento cierta nostalgia, un deseo impreciso, el diablo sabrá por qué. Es como si estuviera tendido en un valle de Daguestán[76], soñando que me encuentro en un baile. En otras palabras, el hombre nunca está satisfecho con lo que tiene.

 

Pasó a la sala y, como si tal cosa, se puso a cantar romanzas, mientras Láptev, sentado en su despacho, cerraba los ojos y trataba de comprender por qué Polina se había ido a vivir con Yártsev. Luego lo embargó una profunda tristeza, al pensar que no había afectos constantes ni duraderos; lo irritaba que Polina Nikoláievna se hubiera unido a Yártsev y se enfadaba consigo mismo porque sus sentimientos por su mujer no fueran los mismos de antaño.

 

XV

 

Sentado en una mecedora, Láptev leía; a su lado estaba Yulia, también sumida en la lectura. Parecía que no tenían nada que decirse, a pesar de que no habían intercambiado una sola palabra desde la

 

mañana. De vez en cuando él la miraba por encima del libro y pensaba: «¿Acaso no es lo mismo casarse locamente enamorado que casarse sin sentir amor alguno?». Y los tiempos en que lo atormentaban los celos, se alteraba y sufría se le antojaban muy lejanos. Había pasado una temporada en el extranjero y ahora descansaba del viaje y hacía planes para trasladarse la próxima primavera a Inglaterra, país donde se había encontrado muy a gusto.

 

Yulia Serguéievna, por su parte, se había acostumbrado a su dolor y ya no se marchaba al pabellón a llorar. En todo el invierno no había ido de compras, ni había acudido al teatro ni a los conciertos; había preferido quedarse en casa. Poco amiga de las habitaciones grandes, estaba siempre en el despacho de su marido o en su cuarto, donde tenía los iconos que había recibido como dote y ese paisaje que tanto le había gustado en la exposición. No gastaba casi nada en ella misma y manejaba tan poco dinero como cuando vivía en casa de su padre.

 

El invierno transcurría sin alegrías. En todas las casas de Moscú se jugaba a las cartas, y, si a alguien se le ocurría cualquier otro pasatiempo, como, por ejemplo, cantar, leer o pintar, el resultado era todavía más tedioso. Por otro lado, como en Moscú había tan pocas personas de talento y en todas las veladas participaban los mismos cantantes y recitadores, poco a poco el placer de esas actividades artísticas fue desvaneciéndose, hasta acabar convirtiéndose para muchos en una obligación aburrida y monótona.

 

Además, en casa de los Láptev no pasaba un solo día sin que se produjera alguna contrariedad. El viejo Fiódor Stepánich veía muy mal y ya no iba al almacén; los oculistas afirmaban que no tardaría en quedarse ciego; también Fiódor, por alguna razón, había dejado de ir al almacén, y se pasaba todo el tiempo en casa, escribiendo. A Panaúrov lo habían trasladado a otra ciudad, ascendiéndolo a consejero de Estado efectivo; ahora vivía en el hotel Dresde y casi todos los días iba a ver a Alekséi para pedirle dinero. Kish, por fin, había concluido sus estudios universitarios y, mientras esperaba que los Láptev le encontraran una colocación, se pasaba con ellos días enteros contando historias largas y aburridas. Todo eso causaba fastidio y fatiga y hacía desagradable la vida cotidiana.

 

Piotr entró en el despacho y anunció la llegada de una señora desconocida. En la tarjeta que le había entregado podía leerse: «Iosefina Iosífovna M ilán».

 

Yulia Serguéievna se levantó con desgana y salió cojeando un poco, porque se le había dormido una pierna. En el umbral apareció una señora delgada, muy pálida, con cejas oscuras y vestida toda de negro. Se llevó las manos al pecho y exclamó con voz suplicante:

 

—¡Monsieur Láptev, salve usted a mis hijas! —Láptev reconoció el tintineo de las pulseras y las manchas de polvos en el rostro: era la señora en cuya casa había cometido la indelicadeza de comer poco antes de casarse, la segunda mujer de Panaúrov—. ¡Salve a mis hijas! —repitió; su rostro se estremeció, adquiriendo de pronto un aspecto avejentado y lastimoso, sus ojos se enrojecieron—. Sólo usted pude salvarnos. ¡Para venir a Moscú he gastado todo el dinero que me quedaba! ¡Mis hijas se morirán de hambre!

 

Hizo ademán de ponerse de rodillas. Láptev, asustado, la cogió por encima del codo para impedírselo.

 

—Siéntese, siéntese… —balbució, ofreciéndole un sillón—. Haga el favor de sentarse.

 

—Ni siquiera tenemos dinero para comprar pan —dijo—. Grigori Nikolaich se marcha a su nuevo destino, pero no quiere llevarnos con él y se gasta en sus propias necesidades el dinero que con tanta generosidad nos ha estado usted mandando. ¿Qué podemos hacer? ¿Qué? ¡Pobres niñas

 

 

desventuradas!

 

—Le ruego que se tranquilice. Daré orden en la oficina de que envíen el dinero a su nombre.

 

La señora estalló en sollozos, luego se tranquilizó, y Láptev reparó en que las lágrimas habían abierto surcos en sus mejillas empolvadas y en que tenía un poco de bigote.

 

—Su generosidad no conoce límites, monsieur Láptev. Pero quisiera pedirle otra cosa: sea nuestro ángel de la guardia, nuestra hada benéfica, y persuada a Grigori Nikolaich de que no me abandone y me lleve con él. Lo amo, lo amo con locura, es toda mi alegría.

 

Láptev le dio cien rublos, le prometió que hablaría con Panaúrov y la acompañó al vestíbulo, temiendo que volviera a echarse a llorar o se pusiera de rodillas.

 

A continuación llegó Kish. Luego apareció Kostia con un aparato fotográfico. En los últimos tiempos se había aficionado a la fotografía y retrataba varias veces al día a todas las personas de la casa; esa nueva ocupación le causaba tantos disgustos que hasta había adelgazado.

 

Antes del té vespertino llegó Fiódor. Se sentó en un rincón del despacho, abrió un libro y pasó un buen rato mirando la misma página, aunque era evidente que no leía. Luego bebió el té poco a poco; tenía la cara roja. Láptev se sentía incómodo en su presencia; hasta su silencio le desagradaba.

 

—Ya puedes felicitar a Rusia por la aparición de un nuevo publicista —dijo Fiódor—. En fin, bromas aparte, he escrito un articulillo, para afilar la pluma, como suele decirse, y lo he traído para enseñártelo. Léelo, querido, y dame tu opinión. Pero que sea sincera.

 

Sacó del bolsillo un cuaderno y se lo entrego a su hermano. El artículo, titulado «El alma rusa», estaba escrito en ese estilo aburrido e incoloro que suelen emplear las personas carentes de talento, pero secretamente orgullosas. La idea principal era la siguiente: un hombre inteligente tiene derecho a no creer en lo sobrenatural, pero está obligado a ocultar su incredulidad para no tentar a los demás ni quebrantar su fe; sin fe no puede haber idealismo, y el idealismo está destinado a salvar a Europa y mostrar a la humanidad el verdadero camino.

 

—Pero no explicas de qué hay que salvar a Europa —dijo Láptev.

 

—Eso se sobrentiende.

 

—Nada de eso —dijo Láptev, paseándose muy agitado—. No entiendo por qué lo has escrito.

 

Pero eso es cosa tuya.

 

—Quiero publicarlo en un folleto.

 

—Allá tú.

 

Guardaron silencio un instante. Fiódor suspiro y dijo:

 

—Lamento mucho, muchísimo, que pensemos de manera diferente. ¡Ah, Aliosha, Aliosha, mi querido hermano! Los dos somos rusos, ortodoxos, tenemos amplias miras. ¿Acaso son dignas de nosotros esas ideas de alemanes y judíos? Nosotros no somos unos bribones cualesquiera, sino los representantes de una ilustre familia de comerciantes.

 

—¿Una ilustre familia? —farfulló Láptev, reprimiendo su irritación—. ¡Menuda familia ilustre! A nuestro abuelo lo azotaban los propietarios y hasta el último funcionario lo golpeaba en los morros. El abuelo pegaba a nuestro padre, nuestro padre nos pegaba a ti y a mí. ¿Qué nos ha dado, a ti y a mí, esa ilustre familia? ¿Qué nervios y qué sangre hemos recibido en herencia? Hace ya casi tres años que razonas como un sacristán, dices toda clase de bobadas y ahora te da por escribir ese delirio de esclavo. ¿Y yo? ¿Yo? Mírame… Ni agilidad, ni audacia, ni fuerza de voluntad; tengo miedo de cada paso que doy, como si fueran a zurrarme, me acobardo ante nulidades, idiotas y brutos

 

infinitamente inferiores a mí tanto en el orden intelectual como en el moral; me asustan los porteros, los ujieres, los policías, los gendarmes; los temo porque me dio a luz una madre acorralada, porque desde la infancia me han pegado y atemorizado… Tú y yo haríamos muy bien en no tener hijos. ¡Ah, ojalá quiera Dios que acabe con nosotros esta ilustre familia de comerciantes!

 

Yulia Serguéievna entró en el despacho y se sentó junto a la mesa. —¿De qué estáis discutiendo? —preguntó—. ¿No os estaré molestando?

 

—No, hermanita —respondió Fiódor—. Estábamos hablando de una cuestión de principios. Tú dices que nuestra familia es esto y lo otro —añadió, dirigiéndose a su hermano—, cuando esa familia ha levantado un negocio que vale millones. ¡No creo que sea poco!

 

—¡Vaya una cosa, un negocio millonario! Un hombre sin una inteligencia particular, sin capacidades de ningún tipo, se convierte en comerciante por casualidad y luego se vuelve rico; trafica día tras día, sin ningún sistema, sin ningún fin, sin tener siquiera ansia de dinero; trafica maquinalmente, y es el dinero el que viene a él, no él al dinero. Consagra toda su vida al negocio, actividad que acaba gustándole simplemente porque puede dar órdenes a los empleados y burlarse de los clientes. Es mayordomo en la iglesia porque así puede ejercer su poder sobre los chantres y tenerlos bajo su férula; es curador de una escuela porque le gusta pensar que el maestro es un subordinado suyo y puede darse aires de superioridad. A nuestro comerciante lo que le gusta no es traficar, sino dar órdenes. ¡Y en cuanto a vuestro almacén, no es una empresa comercial, sino una cárcel! Sí, para un negocio como el vuestro se necesitan empleados sin personalidad ni recursos, y vosotros mismos los vais preparando, obligándolos desde niños a haceros reverencias hasta el suelo por un pedazo de pan e inculcándoles desde la infancia la idea de que sois sus benefactores. ¡Seguro que no admites en tu almacén a un universitario!

 

—Los universitarios no sirven para nuestro negocio.

 

—¡No es verdad! —gritó Láptev—. ¡M entira!

 

—Perdona, pero me parece que estás escupiendo en el pozo del que sacas agua —dijo Fiódor, poniéndose en pie—. Nuestro negocio te repugna, pero te aprovechas de los beneficios que reporta.

 

—¡Ah, ya salimos con eso! —exclamó Láptev y se echó a reír, aunque miró colérico su hermano

 

—. Sí, si no perteneciese a vuestra ilustre familia, tendría al menos un adarme de voluntad y valor, me habría desembarazado hace tiempo de esos beneficios y habría buscado la manera de ganarme el pan. ¡Pero vosotros, en vuestro almacén, me habéis privado de mi personalidad desde la infancia! ¡Ahora soy vuestro!

 

Fiódor consultó el reloj y se apresuró a despedirse. Besó a Yulia en la mano y salió del despacho, pero, en lugar de dirigirse al vestíbulo, pasó a la sala y después al dormitorio.

—He olvidado la disposición de las habitaciones —dijo, presa de una gran confusión—. Qué casa tan extraña. ¿No es cierto que es muy extraña?

Mientras se ponía la pelliza, estaba como aturdido y su rostro denotaba sufrimiento. Láptev ya no se sentía irritado; estaba algo asustado y al mismo tiempo le daba pena de su hermano; el cálido y noble amor fraternal que, según creía, se había apagado en esos tres años, se reavivó en su pecho y sintió un deseo incontenible de expresarlo de algún modo.

 

—Fiódor, vente mañana a comer con nosotros —dijo, pasándole la mano por el hombro—. ¿Vendrás?

—Sí, sí. Pero dame un poco de agua.

 

 

El propio Láptev fue corriendo al comedor, sacó del aparador lo primero que le vino a la mano — una jarra para cerveza—, la llenó de agua y se la entregó a su hermano. Fiódor se puso a beber con ansia, pero de pronto mordió la jarra, se oyó un chirrido y después un sollozo. El agua se derramó por la pelliza y la chaqueta. Y Láptev, que nunca había visto llorar a un hombre, se quedó inmóvil, aturdido y asustado, sin saber qué hacer. Miró desesperado cómo Yulia y la doncella le quitaban a Fiódor la pelliza y lo llevaban de vuelta al interior de la casa, y a continuación los siguió, sintiéndose culpable.

 

Yulia le pidió a Fiódor que se acostara y a continuación se arrodilló a su lado. —No es nada —dijo, tratando de consolarlo—. Un simple ataque de nervios…

—¡Ah, qué pesadumbre, querida! —exclamó—. Soy tan desdichado… Pero os lo he ocultado todo este tiempo —le pasó un brazo por el cuello y le susurró al oído—: Cada noche veo a mi hermana Nina. Viene y se sienta en el sillón que hay junto a mi cama.

 

Al cabo de una hora, cuando volvió a ponerse la pelliza en el vestíbulo, estaba ya sonriente y se sentía avergonzado de haber dado ese espectáculo delante de la doncella. Láptev lo acompañó hasta la calle Piátnitskaia.

 

—Ven mañana a comer —le dijo por el camino, cogiéndolo del brazo—. Y en Pascua nos iremos todos al extranjero. Necesitas cambiar de aires, acabar con esta monotonía.

 

—Sí, sí. Iré contigo… Y llevaremos también a nuestra hermanita.

 

Al regresar a casa, Láptev encontró a su mujer en un estado de intensa excitación nerviosa. Lo sucedido a Fiódor la había impresionado y no había manera de que se tranquilizara. No lloraba, pero estaba muy pálida, se agitaba en la cama y aferraba con dedos fríos y agarrotados tan pronto la manta como la almohada o las manos de su marido, a quien miraba con ojos desencajados y horrorizados.

 

—No te alejes, no te vayas —le suplicaba—. Dime, Aliosha, ¿por qué he dejado de rezar? ¿Qué ha pasado con mi fe? Ah, ¿por qué habéis hablado de religión en mi presencia? Tus amigos y tú me habéis confundido. Ya no rezo.

 

Láptev le puso una compresa en la frente, le calentó las manos, le ofreció una taza de té, mientras ella, asustada, se apretaba contra él…

 

Por la mañana, rendida de cansancio, se quedó dormida; Láptev, sentado a su lado, le tenía cogida la mano. Como no pegó ojo en toda la noche, se pasó todo el día siguiente como sonámbulo, embotado, sin pensar en nada, vagando sin rumbo por las habitaciones.

 

XVI

 

Los médicos dictaminaron que Fiódor padecía una enfermedad mental. Láptev no sabía lo que sucedía en la calle Piátnitskaia, y el oscuro almacén, por el que ya no aparecían ni el anciano ni Fiódor, le causaba la impresión de una cripta. Cuando su mujer le decía que debía ir a diario tanto a la casa de la calle Piátnitskaia como al almacén, o bien guardaba silencio o se ponía hablar con enfado de su infancia, asegurando que no se sentía con fuerzas para perdonar a su padre lo que había hecho en el pasado, que la casa de la calle Piátnitskaia y el almacén se le habían vuelto odiosos, etc.

 

Un domingo por la mañana, la propia Yulia fue a la calle Piátniskaia. Se encontró al viejo Fiódor Stepánich en la misma sala en la que se había celebrado el oficio de acción de gracias con ocasión de

 

su llegada. Con su chaqueta de lienzo, sin corbata, en zapatillas, el anciano, inmóvil en su sillón, pestañeaba con sus ojos ciegos.

 

—Soy yo, su nuera —dijo Yulia, acercándose a él—. He venido a ver cómo está.

 

El anciano, emocionado, empezó a respirar con dificultad. Yulia, conmovida por su desdicha y su soledad, le besó la mano, mientras él le palpaba la cara y la cabeza y, una vez convencido de que era ella, hizo sobre su frente la señal de la cruz.

 

—Gracias, gracias —dijo—. Se me han nublado los ojos y no veo nada… Percibo la ventana y el fuego como un resplandor borroso, pero no distingo a las personas ni los objetos. Sí, me estoy quedando ciego, Fiódor se encuentra mal, y los negocios no marchan cuando el dueño no los vigila. Si se produce algún desmán, no hay nadie que pueda pedir cuentas, y el personal acaba haciendo lo que le da la gana. ¿Y de qué ha enfermado Fiódor? ¿Es que se ha resfriado? Yo nunca he estado malo ni he recibido tratamiento. En toda mi vida he ido al médico.

 

Y el anciano, como de costumbre, empezó a alabarse. Entre tanto, los criados se apresuraron a poner la mesa del salón y a sacar unos entremeses y unas botellas de vino, diez en total, una de las cuales tenía la forma de la torre Eiffel. Trajeron un plato lleno de empanadillas calientes, que olían a arroz cocido y a pescado.

 

—Ruego a mi querida invitada que tome un bocado —dijo el anciano.

 

Yulia lo cogió del brazo, lo llevó hasta la mesa y le sirvió una copa de vodka.

 

—Mañana vendré a verlo —dijo— y traeré conmigo a sus nietas, Sasha y Lida. Se compadecerán de usted y lo cubrirán de atenciones.

 

—No, no las traiga. Son ilegítimas.

 

—¿Cómo van a ser ilegítimas? Su padre y su madre estaban casados.

 

—Sin mi permiso. No los bendije y no quiero conocer a sus hijas. Que se queden con Dios.

 

—Qué cosas tan extrañas dice usted, Fiódor Stepánich —exclamó Yulia, con un suspiro.

 

—Está escrito en el Evangelio: los hijos deben respetar y temer a sus padres.

 

—Nada de eso. En el Evangelio se dice que debemos perdonar incluso a nuestros enemigos.

 

—En nuestro negocio no se puede perdonar. Si los perdonas a todos, al cabo de tres años te arruinas.

 

—Pero perdonar, decir una palabra amable y afectuosa a un hombre, aunque sea culpable, es algo que está por encima de los negocios y de la riqueza.

 

Yulia pretendía ablandar al anciano, inculcarle un sentimiento de piedad, moverlo al arrepentimiento, pero él oía todas sus razones con condescendencia, como los adultos oyen a los niños.

 

—Fiódor Stepánich —dijo Yulia con determinación—, es usted ya viejo y Dios no tardará en llamarlo a su presencia. Y no le preguntará cómo llevó usted sus asuntos o si prosperaron sus negocios, sino si fue usted caritativo con los demás, si no se mostró demasiado severo con quienes eran más débiles que usted, por ejemplo, con sus empleados y sus criados.

 

—Siempre he buscado el modo de favorecer a mis empelados, y todos deben rogar eternamente a Dios por mí —dijo el anciano con convencimiento, pero, conmovido por el tono sincero de Yulia y deseando complacerla, añadió—: De acuerdo, traiga mañana a mis nietas. Ordenaré que les compren unos regalos.

 

El viejo vestía con negligencia, tenía ceniza de cigarro en el pecho y en las rodillas; por lo visto,

 

nadie le cepillaba las botas ni la ropa. El arroz de las empanadillas estaba duro, el mantel olía a jabón, los criados hacían mucho ruido al andar. Tanto el anciano como la casa entera tenían un aire de completo abandono, y Yulia, al darse cuenta, sintió vergüenza de sí misma y de su marido.

—Vendré mañana sin falta —dijo.

 

Recorrió las habitaciones y dio órdenes de que arreglaran el dormitorio del viejo y encendieran la lamparilla. Fiódor estaba en su habitación y miraba un libro abierto sin leerlo. Yulia habló un rato con él y mandó que también limpiaran allí; luego bajó a ver las dependencias de los empleados. En medio de la habitación en la que comían, había una columna de madera sin pintar que apuntalaba el techo para que no se desplomara. Los techos eran bajos, las paredes estaban cubiertas de un papel barato, el aire olía a humo y a cocina. Como era día festivo, todos los empleados estaban en casa, sentados en sus camas, esperando la hora de la comida. Cuando entró Yulia, se pusieron en pie de un salto y respondieron a sus preguntas con timidez, mirándola de soslayo, como si fueran detenidos.

 

—¡Dios mío, qué vivienda tan horrible tienen ustedes! —dijo, juntando las dos manos—. ¿No están apretados?

 

—Apretados, pero no agraviados —respondió Makéichev—. Les estamos muy agradecidos y los tenemos presentes en nuestras oraciones.

 

—Hay que vivir en concordancia con las ambiciones personales —sentenció Pochatkin. Dándose cuenta de que Yulia no le había entendido, M akéichev se apresuro a aclarar: —Somos gente humilde y debemos vivir como nos corresponde.

 

Yulia examinó la vivienda de los aprendices y la cocina, conoció al ama de llaves y se quedó muy descontenta.

 

Al regresar a casa, le dijo a su marido:

 

—Debemos mudarnos cuanto antes a la casa de la calle Piátnitskaia y vivir allí. Y tú irás todos los días al almacén.

 

Luego estuvieron un buen rato sentados en el despacho, sin pronunciar palabra. Láptev sentía un peso en el corazón; no quería trasladarse a la calle Piátnitskaia ni ir al almacén, pero intuía lo que pensaba su mujer y no tenía fuerzas para contradecirla. Le acarició la mejilla y le dijo:

 

—Tengo la impresión de que nuestra vida ha terminado y de que ahora se inicia para nosotros una semiexistencia gris. Cuando me enteré de que la enfermedad de Fiódor no tenía cura, me eché a llorar. Pasamos juntos la infancia y la juventud, y antaño lo quería con toda mi alma. Y de pronto se produce esta catástrofe. De alguna manera ha arraigado en mí el convencimiento de que, al perderlo a él, he roto definitivamente con mi pasado. Y ahora, cuando me has dicho que debemos mudarnos sin falta a la calle Piátnitskaia, me ha asaltado la sospecha de que ya no tengo ni futuro —se puso en pie

 

y  se acercó a la ventana—. Sea como fuere, debemos renunciar a cualquier idea de felicidad —dijo, mirando la calle—. La felicidad no existe. Nunca la he conocido, y es probable que no se encuentre en ninguna parte. No obstante, una vez en la vida he sido feliz: fue la noche aquella en que abrí tu sombrilla sobre mi cabeza. ¿Recuerdas que una vez te la olvidaste en casa de mi hermana Nina? — preguntó, volviéndose hacia su mujer—. Entonces estaba enamorado de ti y recuerdo que pasé la noche entera debajo de la sombrilla, sintiéndome embargado de dicha.

 

En el despacho, junto a las estanterías, había una cómoda de caoba con incrustaciones de bronce, en la que Láptev conservaba diversos objetos inútiles, entre ellos la sombrilla. La sacó y se la tendió a su mujer.

 

 

—Aquí está.

 

Yulia, después de mirarla un momento, la reconoció y sonrió con tristeza.

 

—La recuerdo —dijo—. Cuando te me declaraste, la llevabas en la mano —y viendo que se disponía a salir, añadió—: Si no te importa, por favor, vuelve un poco antes. M e aburro sin ti.

 

Luego se retiró a su habitación y pasó un buen rato contemplando la sombrilla.

 

XVII

 

En el almacén, a pesar de la complejidad de los negocios y del elevado volumen de las operaciones, no había contable, y de los libros que llevaba uno de los oficinistas no se podía sacar nada en limpio. Cada día se presentaban comisionistas alemanes e ingleses, con quienes los empleados hablaban de política y de religión; también aparecía por allí un noble alcoholizado, enfermo y digno de lástima, que traducía en la oficina la correspondencia en lenguas extranjeras, y a quien los empleados llamaban «renacuajo» y daban a beber té con sal. En general, toda esa actividad comercial le parecía a Láptev el colmo de la extravagancia.

 

Iba al almacén todos los días y trataba de introducir reglas nuevas. Prohibió pegar a los aprendices y burlarse de los clientes, se ponía fuera de sí cuando los empleados, con una alegre sonrisa, enviaban a provincias mercancías deterioradas y defectuosas como si fueran el último grito de la moda. Ahora era el personaje más importante del almacén, pero seguía sin saber a cuánto ascendía el patrimonio, si los negocios iban bien o mal, qué sueldo percibían los encargados, etc. Pochatkin y Makéichev lo consideraban joven e inexperto, le ocultaban muchas cosas y cada tarde tenían en susurros entrevistas secretas con el viejo ciego.

 

Una jornada de principios de junio, Láptev y Pochatkin fueron a la fonda de Búbnov a desayunar y, de paso, a hablar de negocios. Pochatkin llevaba mucho tiempo trabajando para los Láptev, a cuyo servicio había entrado con sólo ocho años. Era como uno más de la familia, se le consideraba digno de toda confianza y, cuando, al salir del almacén, cogía todo el dinero de la caja y se lo metía en los bolsillos, no despertaba la menor sospecha. Era una figura relevante en el almacén, en la casa y también en la iglesia, donde reemplazaba al viejo en las funciones de mayordomo. Los empleados y los aprendices le había puesto el apodo de Maliuta Skurátov[77] por el trato brutal que dispensaba a sus subordinados.

 

Cuando llegaron a la fonda, llamó al camarero y le dijo:

 

—M uchacho, tráenos media maravilla y veinticuatro disgustos.

 

Al cabo de un rato, el camarero les sirvió en una bandeja media botella de vodka y varios platitos con distintos entremeses.

 

—Y ahora, amigo mío —le dijo Pochatkin—, tráenos una porción del gran maestro de la calumnia y de la maledicencia con puré de patatas.

 

El camarero, que no entendía nada y estaba desconcertado, hizo intención de preguntar algo, pero

 

Pochatkin lo miró con severidad y le dijo:

 

—¡Además!

 

El camarero, después de estrujarse los sesos, fue a pedir consejo a sus compañeros, y, una vez dilucidado el enigma, les llevó una ración de lengua. Cuando se tomaron un par de copas y algún que

 

otro bocado, Láptev le preguntó:

 

—Dígame, Iván Vasílich, ¿es cierto que nuestro negocio se ha resentido en los últimos años? —En absoluto.

 

—Dígame con toda sinceridad y franqueza, ¿cuáles eran antes nuestras ganancias, cuántas son ahora y a cuánto asciende nuestro patrimonio? No se puede avanzar a oscuras. Hace poco me llegó el balance del almacén, pero, con todos mis respetos, le diré que no concedo la menor credibilidad a esas cifras; usted considera necesario ocultarme alguna cosa y sólo le dice la verdad a mi padre. Está acostumbrado a las triquiñuelas desde que era pequeño y ya no puede pasarse sin ellas. Pero ¿para qué sirven? Le ruego que sea usted sincero. ¿En qué situación se encuentra nuestro negocio?

 

—Todo depende de la fluctuación del crédito —respondió Pochatkin, después de unos momentos de reflexión.

 

—¿Qué entiende usted por fluctuación del crédito?

 

Pochatkin trató de explicárselo, pero Láptev no entendió nada y mandó llamar a Makéichev, que se presentó en el acto, comió algo, no sin antes santiguarse, y con su fuerte y pastosa voz de barítono se puso a decir antes que nada que los empleados estaban obligados a rogar a Dios día y noche por sus benefactores.

 

—M uy bien, pero haga el favor de no considerarme uno de sus benefactores —dijo Láptev. —Cada hombre debe recordar lo que es y saber cuál es su posición. Usted, por la gracia de Dios,

 

es nuestro padre y benefactor, y nosotros somos sus siervos.

 

—¡Estoy ya harto de esa cantinela! —se enfadó Láptev—. Le pido que sea usted ahora mi benefactor y me explique en qué situación se encuentran nuestros negocios. Y haga el favor de no considerarme un muchacho, de otro modo mañana mismo cerraré el almacén. Mi padre se ha quedado ciego, mi hermano está ingresado en un manicomio y mis sobrinas aún son demasiado pequeñas. Odio este negocio y lo abandonaría de muy buena gana, pero no hay nadie que pueda sustituirme, como bien saben ustedes. ¡Así que déjense de triquiñuelas, por el amor de Dios!

 

Se fueron al almacén a echar cuentas. Siguieron con los cálculos por la tarde, ya en casa, donde contaron con la ayuda del propio anciano, quien, al iniciar a su hijo en los misterios del comercio, empleó un tono de voz más propio de las artes de brujería que de las transacciones mercantiles. Resultó que los beneficios aumentaban cada año aproximadamente una décima parte y que el patrimonio de los Láptev, contando sólo el dinero y los valores, ascendía a seis millones de rublos.

 

Pasadas ya las doce, cuando Láptev salió a tomar el aire, una vez concluidos los cálculos, se sentía mareado por esas cifras. Era una noche de luna, serena, sofocante; los blancos muros de las casas del otro lado del río Moskova, la visión de los pesados portones cerrados, el silencio y las negras sombras se combinaban para dar la impresión de una fortaleza; para completar el cuadro sólo faltaba un centinela con un fusil. Láptev se internó en el jardincillo y se sentó en un banco, junto a la valla que separaba la propiedad del patio vecino, donde también había un jardincillo. Florecía un cerezo silvestre. Recordó que, cuando era niño, ese árbol era igual de nudoso y tenía la misma altura, no había cambiado nada. Cada rincón del jardín y del patio le recordaban el pasado lejano. También en su infancia, a través de los escasos árboles, se veía el patio entero, bañado por la luz de la luna; las sombras eran igual de misteriosas y severas que ahora; también había un perro negro tumbado en medio del patio y las ventanas de la vivienda de los empleados estaban abiertas de par en par, igual que ahora. No eran recuerdos nada alegres.

 

M ás allá de la valla, en el patio vecino, se oyó un rumor de pasos.

 

—¡Tesoro mío! ¡Amor mío! —susurró una voz de hombre tan cerca de la valla que Láptev distinguió hasta la respiración.

 

Los amantes se besaron. Láptev estaba convencido de que los millones y los negocios, para los que no tenía ninguna vocación, arruinarían su vida y acabarían convirtiéndolo en un esclavo; se imaginó que poco a poco se iría habituando a su situación, asumiendo su papel de jefe de una empresa comercial, al tiempo que se embrutecía y envejecía, hasta acabar muriendo como morían los de su clase, amargado, asqueado, envenenando la vida de cuantos lo rodeaban. Pero ¿qué le impedía desembarazarse de los millones y de ese negocio, escapar de ese jardín y de ese patio, que tanto odiaba desde que era niño?

 

Los susurros y los besos al otro lado de la valla lo ponían nervioso. Avanzó hasta el centro del patio, se desabrochó la camisa, contempló la luna y acarició la idea de ordenar que abrieran la cancela en ese mismo instante, para escapar de ese lugar y no regresar nunca más. Por un momento su corazón dejó de latir, alborozado ante la dulce perspectiva de la libertad, y Láptev sonrió alegre, imaginándose lo maravillosa, poética e incluso sagrada que podía ser esa vida…

 

Pero no dio un paso y se quedó donde estaba, preguntándose: «¿Qué me retiene aquí?». Y se enfadó consigo mismo y con ese perro negro que, en lugar de correr por los campos y por los bosques, donde habría sido independiente y feliz, seguía tumbado sobre las losas del patio. Supuso que un mismo motivo les impedía abandonar la casa tanto al perro como a él: ambos se habían acostumbrado a la cautividad, a su condición de esclavos…

 

Al día siguiente, a media mañana, fue a ver a su mujer y, para que el viaje no resultara tan aburrido, le pidió a Yártsev que lo acompañara. Yulia Serguéievna se había instalado en una dacha de Bútovo y Láptev llevaba ya cinco días sin visitarla. Cuando llegaron a la estación, los dos amigos montaron en un coche; a lo largo de todo el camino, Yártsev no paró de canturrear y de manifestar su entusiasmo por el magnífico tiempo que hacía. La dacha estaba cerca de la estación, en medio de un gran parque. Yulia Serguéievna los esperaba donde empezaba la avenida principal, a unos veinte pasos de la cancela, sentada a la sombra de un viejo y frondoso álamo. Lucía un vestido ligero y elegante de color crema, guarnecido de encaje, y tenía en las manos la vieja sombrilla de marras. Yártsev la saludó y se dirigió a la dacha, desde donde llegaron las voces de Sasha y Lida; Láptev, por su parte, se sentó al lado de su mujer para hablarle de la marcha de los negocios.

 

—¿Por qué has estado tanto tiempo sin venir? —le preguntó ella, sin soltarle la mano—. Me he pasado aquí sentada días enteros, mirando a ver si venías. ¡Te echo de menos! —se puso en pie, le pasó la mano por los cabellos y contempló con curiosidad su cara, sus hombros, su sombrero—. Ya sabes que te quiero —dijo, ruborizándose—. Significas mucho para mí. Fíjate, sólo con verte llegar no puedes imaginarte lo contenta que me he puesto. Bueno, hablemos un poco. Cuéntame algo.

 

Mientras ella le declaraba su amor, a Láptev le parecía que llevaban casados ya diez años, y le entraron ganas de desayunar. Ella le echó los brazos al cuello, rozándole la mejilla con la seda de su vestido; él le apartó las manos con cautela, se levantó y, sin pronunciar palabra, se dirigió a la dacha. Las niñas corrieron a su encuentro.

 

«¡Cómo han crecido! —pensó—. Cuántos cambios se han producido en estos tres años… Y puede que todavía me queden trece o treinta años de vida… ¿Qué nos deparará el futuro? El tiempo lo dirá».

 

Abrazó a Sasha y a Lida, que se colgaron de su cuello, y les dijo:

 

—El abuelo os manda muchos besos… El tío Fedia morirá pronto, el tío Kostia ha escrito desde América y os envía un saludo. Se ha aburrido mucho en la Exposición[78] y volverá pronto. Y el tío Aliosha quiere tomar algo.

Luego se sentó en la terraza y vio que su mujer avanzaba despacio por la avenida, en dirección a la dacha. Estaba pensativa, su rostro tenía una expresión triste y encantadora y en sus ojos brillaban las lágrimas. Ya no era esa muchacha grácil, delicada y pálida de antaño, sino una mujer madura, bella y robusta. Láptev advirtió con qué entusiasmo la esperaba Yártsev, cómo esa nueva y maravillosa expresión de Yulia se reflejaba en el rostro de él, también triste y a la vez fascinado. Se diría que era la primera vez que la veía. Mientras desayunaban en la terraza, Yártsev sonreía entre alegre y cohibido, sin apartar la vista del hermoso cuello de Yulia. Láptev, sin querer, seguía los movimientos de Yártsev y pensaba que quizá le quedaran por delante trece o treinta años de vida… ¿Qué sorpresas lo aguardaba? ¿Qué le depararía el futuro?

 

Y se dijo: «El tiempo lo dirá».

 

 

 

 

 

 

 

 

ANTÓN PÁVLOVICH CHÉJOV nació en Taganrog, a orillas del mar de Azov, en el sur de Rusia, en 1860. Hijo de un modesto comerciante, antiguo siervo que había conseguido comprar su libertad, así como la de su mujer y sus hijos, hizo sus primeros estudios en su ciudad natal. En 1879 ingresó en la Facultad de Medicina de la Universidad de Moscú. Desde el primer curso empezó a publicar «cuadros humorísticos» en revistas, con los que conseguía mantener a toda su familia (su padre, endeudado, su madre y sus hermanos habían tenido que trasladarse con él a Moscú), y pocos años después ya era un escritor profesional reconocido. 1888 fue un año clave en su carrera: publicó su novela corta La estepa, escribió su primera obra teatral, Ivanov, y recibió el premio Pushkin. En 1890 viajó a la isla de Sajalín, «con la intención de escribir un libro sobre nuestra colonia penal», que aparecería al año siguiente con el título de La isla de Sajalín. En 1896 estrenó La gaviota y en 1899 Tío Vania, a las que seguirían Tres hermanas (1901) y El jardín de los cerezos (1904). Maestro del relato corto, algunas de sus obras más importantes se encuentran en ese género, en el que ha ejercido una influencia que aún hoy sigue vigente. Chéjov murió en Badenweiller (actualmente Alemania) en 1904.

 

Notas

 

[1]         Nikolái I. Pirogov (1810-1881), famoso cirujano y anatomista ruso. Konstantín D. Kavelin (1815-1885), abogado liberal, historiador y sociólogo. Nikolái A. Nekrásov (1821-1878), uno de los grandes poetas rusos del siglo XIX. [Esta nota, como las siguientes, es del traductor]. <<

 

[2]         Historial médico. <<

 

[3]         Ventséslav L. Gruber (1814-1890), anatomista y profesor de la Academia Médica de San Petersburgo. A. I. Babujin (1835-1891), histólogo y fisiólogo, fundador de la Escuela de Histología de M oscú. <<

 

[4]         Mijaíl D. Skobélev (1843-1882), famoso general ruso que se distinguió en la guerra ruso-turca de 1877-1878. <<

 

[5]         Vasili G. Perov (1833-1882), famoso pintor ruso, profesor de la Escuela de Pintura, Escultura y Arquitectura de M oscú. <<

 

[6]         Adelina Patti (1843-1919), cantante de ópera. <<

 

[7]         Protagonista de la obra de teatro La desgracia de ser inteligente (1825), del dramaturgo Aleksandr Griboiédov. <<

 

[8]         Primer verso del poema de M ijaíl Lérmontov (1814-1841) «M editación» (1840). <<

 

[9] Nikolái A. Dobroliúbov (1836-1861), importante crítico y publicista de tendencias radicales. <<

 

[10]       Aleksandr A. Arakchéiev (1769-1834), favorito todopoderoso del zar Alejandro I. Patrocinó la creación de colonias militares donde los soldados, con sus familias, cultivaban la tierra para su sustento. <<

 

[11]       Nikita I. Krilov (1807-1879), profesor de derecho romano de la Universidad de M oscú. <<

 

[12] Nombre germano de la ciudad hoy conocida como Tallin, capital de Estonia. <<

 

[13] De la fábula de Iván Krilov (1769-1844), El águila y las gallinas. <<

 

[14]       Los ciudadanos rusos de la época necesitaban un pasaporte tanto para viajar al extranjero como para moverse por el interior del país. <<

 

[15]       Título correspondiente a la quinta clase de la tabla de rangos. El tratamiento de «excelencia» sólo correspondía a los funcionarios y los militares de tercera y cuarta clase. <<

 

[16]       Antigua medida rusa de superficie que equivale a 1,09 hectáreas. <<

 

[17]       El Cáucaso era parte del Imperio ruso, pero no de la propia Rusia. <<

 

[18]       Mijaíl Vorontsov (1782-1856), militar ruso. De 1844 a 1856 fue gobernador general de los territorios del Cáucaso, donde gozó de un poder casi absoluto. <<

 

[19]       Bazárov, protagonista de la novela Padres e hijos (1862), de Iván Turguénev. Pechorin, protagonista de la novela Un héroe de nuestro tiempo (1840), de M ijaíl Lérmontov. <<

 

[20]       Antiguo nombre de la ciudad estonia de Tartu. <<

 

[21] Las isbas con patas de gallina son un motivo recurrente de los cuentos populares rusos. <<

 

[22]       Vino del Cáucaso. <<

 

[23] Pequeña imagen sagrada que los obispos ortodoxos llevan al pecho como distintivo. <<

 

[24]       Verso del primer capítulo de Yevgueni Onieguin (1833), de Aleksandr Pushkin (1799-1837). <<

 

[25]       M ateo, 18, 6. <<

 

[26]       Personaje de la novela homónima de Turguénev, publicada en 1856. <<

 

[27]       Fortaleza de San Petersburgo, fundada en 1703, en la que se recluía, entre otros, a los presos políticos. <<

 

[28]       Bebida rusa a base de cebada fermentada. <<

 

[29] Duodécima clase de la tabla de rangos introducida por Pedro el Grande. <<

 

[30] Los médicos de la época solían llevar una corbata blanca. <<

 

[31] Himnos ortodoxos en honor de Jesucristo, la Virgen o los santos. <<

 

[32] Aldea o comunidad nómada en el Cáucaso y en Asia Central. <<

 

[33]       En el futuro. <<

 

[34] La cumbre más alta del Cáucaso, con 5.642 metros de altura. <<

 

[35]       Icono muy venerado que había sido llevado a Moscú en 1648 y se conservaba en una capilla de la Plaza Roja, hoy destruida. <<

 

[36]       Dos piezas históricas del Kremlin: un cañón gigante, fundido en el siglo XVI, con un calibre de

 

890 milímetros y un peso de 40 toneladas, y una campana de más de seis metros de altura y 200 toneladas de peso, fundida en bronce en la primera mitad del siglo XVIII. <<

 

[37]       Barrio situado al sur de la capital. <<

 

[38]       La iglesia del Salvador estaba en el centro de Moscú. Construida en 1812 en recuerdo de la liberación de Moscú, fue destruida en 1917. El museo Rumiántsev se fundó para albergar las colecciones del conde del mismo nombre, e incluía una galería etnográfica, una galería de pintura y una biblioteca. <<

 

[39]       Conocido restaurante moscovita. <<

 

[40]       Antigua medida rusa equivalente a 2,134 metros. <<

 

[41]       Editorial fundada por Lev Tolstói en 1884, que publicaba, en ediciones baratas, obras de corte popular, relatos moralizantes y libros de agricultura. <<

 

[42]       Quinta clase de la tabla de rangos. <<

 

[43]       Seudónimo con el que Alekséi K. Tolstói (1817-1875) y Aleksandr Zhemchúznikov (1821-1908), con algunas contribuciones de los hermanos de este último, firmaban sus obras satíricas. <<

 

[44]       Verso de la obra de Pushkin Yevgueni Onieguin, musicado por Chaikovski en la ópera del mismo nombre. <<

 

[45]       En la Academia Francesa, cuando muere uno de sus miembros, es reemplazado al punto por otro. Por esa razón se la conoce con el nombre irónico de «academia de los inmortales». <<

 

[46] Dos restaurantes lujosos y exclusivos del San Petersburgo de la época. <<

 

[47]       Referencia al relato de Turguénev Tres encuentros (1852). El verso Vieni pensando a me secretamente forma parte de una canción italiana que Turguénev utiliza como epígrafe de la obra. <<

 

[48]       Orlov se refiere al búlgaro Insárov, protagonista de la novela de Turguénev En vísperas (1860).

 

<< 

 

[49]       Réplica pronunciada por Molchalin en la obra de Aleksandr Griboiédov La desgracia de ser inteligente (1825).

 

<< 

 

[50] Referencia a una de las hazañas de Sansón (Jueces, 16, 3). <<

 

[51]       Se trata del viejo Ijménev, protagonista de la novela Humillados y ofendidos (1861) de Fiódor Dostoievski. <<

 

[52]       Melodrama de los autores franceses Edouard Brisebarre y Eugène Nus que se representó en Taganrog, ciudad natal de Chéjov, en la década de 1870. <<

 

[53]       Joyas. <<

 

[54]       Marino Faliero (h. 1274-1355), dux de Venecia que encabezó una revuelta contra la nobleza, por lo que fue ejecutado. <<

 

[55]       Primer verso de una poesía de Iván E. Molchánov (1809-1881), muy difundida en forma de canción. <<

 

[56]       La señora ha salido. <<

 

[57]       Orlov cita de manera casi literal una réplica de la obra de Aleksandr Griboiédov La desgracia de ser inteligente (1825).

<< 

 

[58]       Orlov imita el modo de hablar de Pekarski. <<

 

[59]       Extensa franja boscosa que en la actualidad se ha convertido en parte de la propia ciudad de M oscú. Era un lugar muy apreciado para hacer excursiones. <<

 

[60]       Figura trágica del siervo ruso, que aparece en la obra del mismo título de Dmitri Grigoróvich (1822-1899). <<

 

[61]       Shamil (1799-1871), caudillo caucasiano que emprendió una guerra santa contra los rusos y que era conocido por su ferocidad. <<

 

[62]       Famosa confitería de M oscú. <<

 

[63]       Personaje de la célebre novela de Mijaíl Saltikov-Schedrín (1826-1849) Los señores Goloviov (1872-1876). <<

 

[64] Antón Rubinshtein (1829-1894), famoso compositor, director y pianista ruso. <<

 

[65]       Pureza, en alemán. <<

 

[66] Distrito del este de M oscú. <<

 

[67]       Diminutivo de Konstantín. <<

 

[68]       Tragedia de Schiller, compuesta en 1801. <<

 

[69] M aria N. Yermólovna (1853-1928), famosa actriz dramática. <<

 

[70]       Tercera clase de la tabla de rangos. <<

 

[71]       Iván Shishkin (1832-1898), conocido paisajista ruso. <<

 

[72]       Prokopi P. Liapunov (muerto en 1611), héroe de la resistencia rusa contra la invasión polaca de comienzos del siglo XVII. <<

 

[73] Yaroslav I, el Sabio (978-1054), y Vladímir M onómaco (1053-1128), príncipes de Kiev. <<

 

[74] Incluido en la tragedia de Aleksandr Pushkin Borís Godunov. <<

 

[75]       Pueblo de habla turca que ocupó las estepas meridionales entre el Volga y el Danubio y entabló diversos combates con los príncipes rusos, como el descrito en El cantar de las huestes del príncipe Igor, obra cumbre de la literatura rusa medieval. En las fuentes bizantinas se conocen como cumanos.

 

<< 

 

[76]       Referencia al primer verso de la poesía de Lérmontov El sueño (1841). <<

 

[77]       Maliuta Skurátov (muerto en 1573), el temible cabecilla de la oprichnina, la guardia personal del zar Iván el Terrible. <<

 

[78]       Referencia a la Exposición de Chicago de 1893. <<

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