© Libro N° 8587. Cinco Novelas Cortas. Chéjov, Antón P. Emancipación. Mayo 8 de 2021.
Título
original: © Skuchnaia istoria, Duel,
Palata nomer 6, Rasskaz neizvestnogo cheloveka, Tri goda Antón P. Chéjov
Versión Original: © Cinco Novelas Cortas. Antón P. Chéjov
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Antón P. Chéjov
Cinco Novelas Cortas
Antón P. Chéjov
Antón P. Chéjov inventó una nueva modalidad
narrativa en la que la extensión no venía dictada por convenciones genéricas
sino por la propia materia del relato. En estas Cinco novelas cortas que ha
seleccionado y traducido Víctor Gallego, vemos en cualquier caso su maestría
para captar el tiempo y reflejarlo narrativamente, sin otro calendario que el
que marcan las propias acciones −e inacciones− de los personajes.
Antón P. Chéjov
Cinco novelas cortas
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Daruma 23.12.13
Título original: Skuchnaia istoria, Duel, Palata
nomer 6, Rasskaz neizvestnogo cheloveka, Tri goda Antón P. Chéjov
Traducción: Víctor Gallego Ballestero
Diseño de portada: Daruma
Editor digital: Daruma
ePub base r1.0
Introducción
A excepción de una novela juvenil de corte
policíaco, no muy afortunada, Chéjov nunca se embarcó en la redacción de una
obra de ficción de gran envergadura. No obstante, a lo largo de su vida se
ocupó de relatos de dimensiones medias, que no pertenecen al ámbito del cuento,
pero que tampoco pueden adscribirse al de la novela: quedan a medio camino de
uno y otro, en ese terreno difuso e indefinido de las narraciones que rondan el
centenar de páginas.
Dice Nabokov que Chéjov no habría podido escribir
nunca una buena novela larga porque era «un velocista, no un corredor de
fondo». Sea como fuere, sí consiguió escribir un puñado de novelas cortas, no
menos fascinantes y maravillosas que sus cuentos, y, en algunos casos, aún más
complejas.
Las novelas cortas de Chéjov, como por otro lado
toda su producción narrativa, aparecieron en revistas y publicaciones
periódicas antes que en forma de libro, fueron profusamente leídas y suscitaron
a veces no poca polémica, interés e incluso escándalo, como en el caso de
«Relato de un desconocido», cuyo protagonista es un terrorista.
Las cinco piezas incluidas en este volumen abarcan
un período de cuatro años, 1889-1893, y pertenecen a la plena madurez del
escritor.
Poco dotado para sostener una trama compleja, para
presentar un número elevado de personajes y seguirlos en sus vicisitudes y
peripecias, Chéjov se concentra, por lo general, en uno o dos protagonistas, en
torno a los cuales gravitan un puñado de individuos menores. Sus héroes son los
de siempre, «hombres buenos incapaces de hacer el bien», como los define
Nabokov, seres meditabundos, reflexivos, poco proclives a la acción, derrotados
de antemano, conscientes de que sólo se vive una vez e incapaces, no obstante,
de encontrar alguna manera satisfactoria de encarar la existencia. Demasiado
nobles para resignarse a la indiferencia («la indiferencia es una parálisis del
alma, una muerte prematura», dice el protagonista de «Una historia aburrida»),
se devanan los sesos buscando una salida, una regla, una explicación, una
esperanza («debo dar un sentido general a cada uno de mis actos, encontrar una
explicación y una justificación a mi vida absurda en alguna teoría», se dice
Laievski en «El duelo»), pero acaban abocados a la decepción, como el viejo
profesor de «Una historia aburrida», o perdiendo el poco juicio que les queda,
como el estoico médico de «La sala número seis», lector apasionado de Epicteto
y el emperador Marco Aurelio, dos de los escritores favoritos del propio
Chéjov. Además, todos ellos son conscientes de que, frente al desánimo y la
desesperanza, no hay escapatoria posible, ni siquiera en la mudanza de las
condiciones de vida: «Quien busca la salvación cambiando de lugar, como un ave
migratoria —leemos en “El duelo”—, no encuentra nada porque para él la tierra
es igual en todas partes».
El carácter único de la vida es un leitmotiv que
aparece en casi todas las obras de Chéjov, tanto en la narrativa como en el
teatro, y no podía estar ausente en estos relatos. Así, Laievski sentencia en
«El duelo»: «La vida sólo se concede una vez y no se repite», y a continuación
compara la trayectoria de una vida errada con una estrella que cae rodando del
cielo y se pierde en la tiniebla nocturna. «El sol no sale dos veces al día y
la vida no se concede dos veces», leemos en «Relato de un desconocido». Y en
«Tres años» el optimista y emprendedor Yártsev concluye: «La vida es
breve,amigo mío, y hay que vivirla del mejor modo posible».
«No hay nada que buscar en el pasado. El presente
es el vacío. Y en el futuro no se vislumbra ni una chispa de felicidad, a no
ser a la distancia inconcebible de doscientos o trescientos años». Tales son
las conclusiones a las que parecen llegar, después de sus desventuras y
tribulaciones, los personajes de los relatos y los cuentos de Chéjov. Cuando
Láptev, al final de «Tres años», intenta infructuosamente comprender las
motivaciones de sus actos y decisiones, se da cuenta de que no halla
respuestas, y la misma falta de asideros y certidumbres se pone de manifiesto
cuando escruta las nieblas del porvenir: «¿Qué me deparará el futuro?», se
pregunta, y sólo acierta a responderse: «El tiempo lo dirá».
En las cinco piezas reunidas en el presente
volumen, los personajes se interrogan incrédulos y perplejos, rememoran su
pasado sin entenderlo, bucean en sus intenciones y sus móviles sin hallar una
clave y acaban sucumbiendo a la falta de sentido de la vida, a la certidumbre
de que no hay coordenadas ni variables que permitan establecer un modo correcto
o inocuo de vivir. En todos los casos la felicidad se ha revelado un estado
anormal y transitorio, un espejismo fugaz, una ceguera infundada, y a eso se reduce,
en última instancia, el desarrollo de la trama: a un duro despertar, a la
plasmación de una realidad descarnada, a la disipación de las brumas falaces
que ocultaban el verdadero horror de la vida.
En «Una historia aburrida» (1889), un catedrático
de éxito, ilustre y condecorado, repasa su existencia a la luz de una muerte
inminente e inaplazable, y sólo halla errores, soledades y vanidad: nada que
llevarse, nada que dejar, nada de lo que sentirse orgulloso. Y lo más
llamativo: cae en la cuenta de que no ha entendido a personas con las que ha
convivido durante décadas.
En «El duelo» (1891), quizá su obra más compleja
desde un plano formal, asistimos a una paradoja sorprendente: todos los
personajes parecen tener razón y en el fondo no la tiene ninguno. Separados,
enfrentados, divididos, sólo coinciden en su fracaso, en su decepción, en su
miseria. Hasta el positivista y decidido zoólogo von Koren, darwinista a
ultranza, es en el fondo una absurda parodia de modelos más nobles y señeros.
«La sala número seis» (1892), que tanto impresionó
al joven Lenin, no es esa alegoría tremenda de la Rusia de la época que muchos
han querido ver, sino más bien una parábola desesperada del mundo, donde la
cordura y la sinrazón, más que términos difusos, parecen conceptos
intercambiables. Al referirse al impacto, a la impresión brutal que causa su
lectura, Janet Malcolm escribió que es una narración que «apuñala».
En «Relato de un desconocido» (1893) aparece otro
de los muchos tuberculosos y enfermos terminales que pueblan las obras de
Chéjov (él mismo tuberculoso y enfermo terminal), sabedor de su fin, privado de
toda esperanza, decepcionado hasta de sus ideales más sagrados, que ensaya, con
las últimas fuerzas que le quedan, un postrero y temerario intento de ser
feliz, y acaba estrellándose con la fatalidad, con la muerte y con una
recompensa tan avara como fútil: el simple bienestar material de un ser indefenso
al que su dolencia incurable le obliga a abandonar.
En «Tres años» (1895) Chéjov inicia la historia
allí donde otros escritores más protocolarios la acabarían: en el momento de la
boda, y se ocupa de ese proceso minucioso y preciso de decepción y
desmoronamiento de un matrimonio desdichado, donde los afectos nunca acaban de
confluir. Janet Malcolm afirma que es «quizá la más profunda de sus fábulas
sobre la belleza, una adaptación moderna de la leyenda de la Bella y la Bestia,
no una historia sobre la cultura comercial de Moscú,
como se la ha considerado erróneamente». En esa
obra nadie es feliz, nadie es justo. Cada cual tiene sus razones y verdades,
incompatibles con las razones y verdades de quienes les rodean.
Como dice von Koren en «El duelo»: «Nadie conoce la
auténtica verdad».
Como ya se ha comentado, las cinco novelas cortas
incluidas en este volumen se publicaron por primera vez en revistas y sólo
después, en forma de libro. «Una historia aburrida» apareció en el número de
noviembre de 1889 de El Mensajero del Norte. «El duelo» se publicó por entregas
en Tiempo Nuevo entre el 22 de octubre y el 27 de noviembre de 1891. Las tres
últimas obras vieron la luz en El Pensamiento Ruso: «La sala número seis» en
noviembre de 1892, «Relato de un desconocido» en febrero y marzo de 1893, y
«Tres años» en enero y febrero de 1895.
Para la traducción se ha utilizado la edición de
Obras completas en dieciocho tomos que la editorial Nauka publicó en M oscú en
1985.
VÍCTOR GALLEGO BALLESTERO
Una historia aburrida
(De las memorias de un anciano)
(1889)
I
Vive en Rusia un profesor emérito llamado Nikolái
Stepánovich de Tal y Tal, consejero privado y caballero; tiene tantas
condecoraciones, rusas y extranjeras, que, cuando se ve en la tesitura de
ponérselas, los estudiantes lo llaman «el iconostasio». Todos sus conocidos
pertenecen a lo más granado de la aristocracia; al menos en los últimos
veinticinco o treinta años no ha habido en Rusia un erudito ilustre al que no
haya tratado durante algún tiempo. Ahora no tiene con quién relacionarse, pero,
si echamos la vista atrás, la larga lista de sus amigos célebres incluye
nombres como Pirogov, Kavelin y el poeta Nekrásov[1], que lo honraron con su
sincera y cálida amistad. Es miembro de todas las universidades rusas y de tres
extranjeras. Etcétera, etcétera. Todo eso, y muchas cosas más que podrían
decirse, constituye lo que se llama mi nombre.
Mi nombre es famoso. En Rusia lo conoce cualquier
persona educada, mientras en el extranjero se le agregan los calificativos de
«distinguido» y «honorable» cuando se lo menciona desde la cátedra. Es uno de
los escasos nombres afortunados cuyo menosprecio o mención vana, ya sea en
público o en la prensa, se considera una señal de mala educación. Y así debe
ser. Pues mi nombre está íntimamente ligado al concepto de persona célebre, de
grandes dotes e indudable utilidad. Soy un hombre hacendoso y perseverante, lo
que es importante, y tengo talento, lo que es más importante aún. Además, dicho
sea de paso, soy educado, modesto y honrado. Jamás he metido la nariz en la
literatura ni en la política, no he buscado la popularidad polemizando con
ignorantes, no he pronunciado discursos en banquetes o ante la tumba de mis
colegas… En suma, mi nombre académico no presenta ninguna mancha ni tiene
motivo de queja. Es afortunado.
El portador de tal nombre, es decir, yo mismo, es
un hombre de sesenta y dos años, calvo, con dentadura postiza y un tic
incurable. Mi persona es tan anodina y poco agraciada como brillante y luminoso
mi nombre. Mi cabeza y mis manos tiemblan de debilidad; mi cuello, como el de
una heroína de Turguénev, se parece al mango de un contrabajo; tengo el pecho
hundido y soy estrecho de hombros. Cuando hablo o dicto una lección, mi boca se
tuerce hacia un lado; cuando sonrío, todo mi rostro se recubre de inertes arrugas
seniles. No hay nada imponente en mi lamentable figura; sólo cuando me viene el
tic mi cara adquiere una expresión peculiar, que debe despertar en cualquiera
que me mire esta grave y dramática consideración: «Por lo visto, este hombre
está a un paso de la tumba».
Mis conferencias siguen siendo interesantes; como
antaño, soy capaz de concitar la atención del auditorio por espacio de dos
horas. Mi fervor, mi dominio del lenguaje y mi sentido del humor llegan a
enmascarar casi por entero los defectos de mi voz, seca, estridente y melodiosa
como la de una santurrona. En cambio, escribo mal. Esa pequeña parte de mi
cerebro que preside la facultad de escribir se niega a cumplir su función. Mi
memoria se ha debilitado, mis pensamientos adolecen de cierta incoherencia y,
cuando trato de fijarlos en el papel, siempre tengo la impresión de haber
perdido el sentido de su vínculo orgánico, y la construcción resulta monótona y
las frases, torpes y esquemáticas. A menudo no escribo lo que quiero; cuando
llego al final, ya no me acuerdo del principio. A menudo olvido palabras
corrientes, y siempre que redacto una carta me veo obligado a gastar muchas
energías para evitar frases superfluas e incisos innecesarios, detalles ambos
que testimonian una franca decadencia de mi capacidad intelectual. Lo curioso
es que, cuanto más sencilla es la carta, más tortuoso es el esfuerzo que tengo
que hacer para escribirla. Me siento mucho más
cómodo y ágil redactando un artículo científico que
pergeñando una carta de felicitación o una memoria. Y una cosa más: me resulta
más fácil escribir en alemán o en inglés que en ruso.
En lo que respecta a mi modo actual de vida, ante
todo debo mencionar el insomnio que padezco en los últimos tiempos. Si alguien
me preguntase cuál es en estos momentos el rasgo principal y fundamental de mi
existencia, respondería que el insomnio. Siguiendo una vieja costumbre, sigo
desvistiéndome y acostándome a las doce en punto, como antaño. No tardo en
dormirme, pero después de la una me despierto con la sensación de no haber
dormido nada. Me veo obligado a levantarme de la cama y a encender la lámpara.
Durante una hora o dos recorro la habitación de un extremo al otro,
contemplando unos cuadros y fotografías que conozco ya al detalle. Cuando me
canso de andar, me siento a mi escritorio y me quedó allí inmóvil, sin pensar
en nada, sin albergar ningún deseo; si hay un libro sobre la mesa, lo acerco
maquinalmente y lo leo sin ningún interés. De ese modo, no hace mucho, me leí
en una sola noche una novela entera que tenía este extraño título: Lo que
cantaba la golondrina. O bien, para ocuparme en algo, me fuerzo a contar hasta
mil, o me imagino la cara de alguno de mis colegas y trato de recordar en qué
año y en qué circunstancias inició su actividad docente. Me gusta prestar oídos
a los sonidos. A veces, dos habitaciones más allá, mi hija, Liza, pronuncia
unas palabras en sueños, o mi mujer atraviesa la sala con una vela encendida, y
sin falta se le cae la caja de cerillas, o chirría la puerta de un armario
agrietado, o de pronto chisporrotea el quemador de la lamparilla, y todos esos
rumores por alguna razón me intranquilizan.
No dormir por la noche significa darse cuenta a
cada instante de la propia anormalidad; por eso espero con impaciencia la
mañana y el día, cuando tengo derecho a no dormir. Pero pasan muchas horas
angustiosas antes de que el gallo cante en el patio. Es el primero en
anunciarme la buena nueva. Tan pronto como cacarea, sé que al cabo de una hora
el portero se despertará abajo y subirá por la escalera, enfadado y sin dejar
de toser. Luego, más allá de las ventanas, el aire empezará poco a poco a
aclararse, se oirán voces en la calle…
La jornada comienza con la llegada de mi mujer.
Aparece en enaguas, despeinada, pero ya lavada, oliendo a agua de colonia, con
aire de haber entrado por casualidad, y todos los días me dice lo mismo:
—Perdona, es sólo un momento… ¿Tampoco has dormido
esta noche?
Luego apaga la lamparilla, se sienta junto al
escritorio y empieza a hablar. Aunque no soy profeta, sé por anticipado de qué
asunto va a ocuparse. Cada mañana la misma historia. Por lo común, después de
preguntar inquieta por mi salud, menciona de pronto a nuestro hijo, oficial
destinado en Varsovia. Después del 20 de cada mes, le enviamos cincuenta
rublos: tal es el tema principal de nuestra conversación.
—Desde luego es una carga para nosotros —comenta mi
mujer con un suspiro—, pero, mientras no tenga una posición firme, nuestra
obligación es ayudarlo. El muchacho está en un país extranjero, el sueldo es
bajo… En cualquier caso, si quieres, el mes que viene le enviaremos cuarenta
rublos en vez de cincuenta. ¿Qué te parece?
La experiencia diaria debería haberla convencido de
que los gastos no disminuyen por el solo hecho de hablar a menudo de ellos,
pero mi mujer no tiene en cuenta la experiencia y cada mañana me habla con
pelos y señales de nuestro oficial, de que el pan, gracias a Dios, ha bajado de
precio, mientras el azúcar se ha encarecido dos kopeks, y todo eso con el aire
de estarme comunicando una novedad.
Yo la escucho, asiento maquinalmente, y, acaso por
no haber dormido en toda la noche, se apoderan de mí unos pensamientos extraños
e inútiles. Me la quedo mirando, presa de un asombro infantil. Y me pregunto
perplejo: ¿es posible que esa anciana tan gorda y desgarbada, con esa obtusa
expresión de preocupación por cuestiones menudas y de temor por un mendrugo de
pan, con la mirada velada por incesantes pensamientos de deudas y apuros, que
sólo sabe hablar de gastos y sólo sonríe cuando bajan los precios, es posible
que esa mujer sea la esbelta Varia de antaño, de la que me enamoré
apasionadamente por su despierta y clara inteligencia, su pureza de alma, su
hermosura y, como en el caso de Otelo y Desdémona, porque «se compadecía» de
mis conocimientos? ¿Es posible que sea esa misma Varia que una vez me dio un
hijo?
Contemplo de hito en hito el rostro de esa anciana
gruesa y desmañada, buscando a mi Varia, pero lo único que queda de la mujer de
antaño es su preocupación por mi salud y la costumbre de referirse a mi sueldo
como «nuestro sueldo», a mi gorra como «nuestra gorra». Me da pena mirarla y,
para consolarla un poco, le permito que diga cuanto se le antoje, y hasta
guardo silencio cuando expresa opiniones injustas sobre la gente o me reprocha
que no dé clases particulares ni publique manuales.
Nuestra conversación termina siempre de la misma
manera. Mi mujer se da cuenta de pronto de que todavía no he bebido mi taza de
té y se asusta.
—Pero ¿qué hago aquí sentada? —dice, poniéndose en
pie—. Hace tiempo que el samovar está sobre la mesa y yo sigo aquí charla que
te charla. ¡Señor, que desmemoriada me he vuelto!
Se dirige con premura a la puerta y se detiene allí
para decirme:
—Debemos cinco meses a Yegor. ¿Lo sabes? ¡Cuántas
veces te he dicho que no hay que olvidarse de pagar a la servidumbre! ¡Es mucho
más fácil desembolsar diez rublos al mes que cincuenta cada cinco meses!
Una vez traspasado el umbral, se detiene de nuevo y
añade:
—Nadie me da tanta pena como nuestra pobre Liza. La
muchacha estudia en el conservatorio, frecuenta a la buena sociedad y va
vestida Dios sabe cómo. Lleva un abrigo con el que da vergüenza hasta salir a
la calle. No tendría importancia si fuera hija de otra persona, pero ¡todo el
mundo sabe que su padre es un famoso profesor, un consejero privado!
Y, después de haberme reprochado mi rango y mi
posición, desaparece de una vez. Así comienza mi jornada. Y la continuación no
es mejor.
Mientras bebo el té, viene a verme Liza, con el
abrigo puesto, el gorrito y las partituras, ya preparada para ir al
conservatorio. Tiene veintidós años, aunque no los aparenta; es bonita y se
parece algo a mi mujer cuando era joven. M e besa con ternura en la sien y en
la mano y dice:
—Buenos días, papá. ¿Te encuentras bien?
De niña le gustaba mucho el helado y tenía que
llevarla a menudo a la confitería. En su caso, el helado era la medida de todo
lo bueno. Si quería halagarme, me decía: «Papá, eres un helado de nata». Uno de
sus dedos se llamaba «pistacho», otro «nata», un tercero «frambuesa», etc. Por
lo común, cuando venía a saludarme por la mañana, la sentaba en mis rodillas y,
besando sus dedos, decía:
—Nata… pistacho… limón…
Y también ahora, en recuerdo de aquellos tiempos,
le beso los dedos a Liza y murmuro: «Pistacho… frambuesa… limón», pero mi
actitud es muy distinta. Me muestro frío como un helado y me avergüenzo. Cuando
mi hija entra en la habitación y me roza la sien con sus labios, me
estremezco como si me hubiera picado una abeja,
sonrío forzado y vuelvo la cara. Desde que padezco insomnio, no dejo de darle
vueltas a una cuestión: mi hija ve a menudo que yo, viejo y famoso, me sonrojo
violentamente porque debo dinero a mi criado; ve cuán a menudo las
preocupaciones por deudas menudas me obligan a dejar de lado mi trabajo y a
recorrer la habitación de un rincón al otro durante horas, sumido en
reflexiones. ¿Por qué en tales casos no ha venido nunca a verme, a espaldas de
su madre, y me ha susurrado: «Papá, aquí tienes mi reloj, mis brazaletes, mis
pendientes, mis vestidos… Cógelo todo, necesitas dinero…»? ¿Por qué, aun viendo
cómo su madre y yo, sometiéndonos a convenciones falsas, tratamos de ocultar
nuestra pobreza, no renuncia al costoso placer de estudiar música? No aceptaría
su reloj ni sus brazaletes ni ningún otro sacrificio, Dios es testigo: no es
eso lo que quiero.
Todo esto me trae a la cabeza a mi hijo, oficial
destinado en Varsovia. Es un hombre inteligente, honrado y sobrio. Pero eso no
basta para mí. Tengo la impresión de que, si yo tuviese un padre anciano y
supiese que en ciertos momentos se avergüenza de su pobreza, dejaría mi puesto
de oficial a cualquier otro y me ganaría la vida como un obrero. Tales
pensamientos sobre mis hijos envenenan mi existencia. ¿Qué sentido tienen? Sólo
un hombre estrecho de miras o amargado puede albergar rencor por personas normales
por la simple razón de que no son héroes. Pero dejémoslo.
A las diez menos cuarto debo ir a dictar una
lección ante mis queridos alumnos. Me visto y recorro una calle que conozco
desde hace ya treinta años y que tiene, para mí, su propia historia. Ahí está
el enorme edificio gris que alberga la farmacia; allí se alzaba en otros
tiempos una casita con una cervecería donde más de una vez reflexioné sobre mi
tesis y escribí mi primera carta de amor a Varia. La escribí a lápiz, en una
hoja con el siguiente encabezamiento: Historia morbi[2]. Ahí está la tiendecita
de ultramarinos; antes era propiedad de un judío que me vendía cigarrillos a
crédito, luego la adquirió una mujer gruesa que quería a los estudiantes porque
«todos tienen una madre»; ahora la regenta un comerciante pelirrojo, un hombre
bastante indiferente a cuanto le rodea, que bebe té de una tetera de cobre. Y
ya nos encontramos ante las sombrías puertas de la universidad, que llevan
mucho tiempo sin remozarse; un portero de aire aburrido, embutido en una
pelliza de piel de cordero, una escoba, montones de nieve… A un muchacho recién
llegado de la provincia, que se imagina que el templo de la ciencia es un
templo de verdad, esas puertas no pueden causarle una buena impresión. En
general, la vetustez de los edificios universitarios, la oscuridad de los
pasillos, el hollín de las paredes, la iluminación insuficiente, el aire
sombrío de las escaleras, las perchas y los bancos desempeñan, en la historia
del pesimismo ruso, un papel preponderante dentro de las causas que predisponen
a ese estado de ánimo. Ahí está también nuestro jardín. Me parece que no ha
mejorado ni empeorado desde mi época de estudiante. No me gusta. Sería mucho
más inteligente que, en lugar de tilos tísicos, acacias amarillas y lilas ralas
y desmochadas, crecieran en el recinto altos pinos y frondosos robles. Un
estudiante, cuyo estado de ánimo depende en gran medida del ambiente, debe ver
a cada paso, en el lugar donde estudia, sólo altura, fortaleza y elegancia… Que
Dios le guarde de árboles escuálidos, cristales rotos, paredes y puertas grises
revestidas de hule rasgado.
Cuando me acerco al porche de mi departamento, la
puerta se abre y mi viejo compañero de fatigas, coetáneo y tocayo mío, el
portero Nikolái, sale a recibirme. Después de dejarme pasar, carraspea y dice:
—¡Ha helado, excelencia!
O bien, si mi abrigo está mojado:
—¡Está lloviendo, excelencia!
Después echa a correr delante de mí y va abriendo
las puertas a mi paso. Una vez en el despacho, me quita con tiento el abrigo y,
mientras se ocupa de esa operación, se las arregla para informarme de alguna
novedad de la vida universitaria. Gracias a la estrecha relación que existe
entre todos los porteros y bedeles de la universidad, está al tanto de cuanto
sucede en las cuatro facultades, en secretaría, en el despacho del rector y en
la biblioteca. ¡Qué no sabrá! Cuando en el orden del día tenemos, por ejemplo,
la dimisión del rector o del decano, le oigo hablar con sus compañeros jóvenes,
mencionar a los candidatos y aclarar a renglón seguido que fulano no cuenta con
el apoyo del ministro y que mengano renunciará al cargo, para luego entregarse
a detalles fantasiosos sobre unos documentos misteriosos que han llegado a la
secretaría, sobre una conversación secreta entre el ministro y el inspector,
etc. Si se exceptúan esos detalles, en conjunto casi siempre tiene razón. Sus
descripciones de los personajes son originales, pero también certeras. Si uno
tiene necesidad de saber en qué año alguien defendió su tesis, inició su
actividad docente, se jubiló o murió, no tiene más que encomendarse a la
formidable memoria de ese soldado, que no sólo le indicará el año, el mes y el
día, sino que le informará también de los pormenores que acompañaron una u otra
circunstancia. Sólo quien ama su actividad puede recordar tales cosas.
Es el guardián de las tradiciones de la
universidad. De los porteros que lo precedieron ha recibido en herencia muchas
leyendas de la vida universitaria, y ha aumentado ese tesoro con conocimientos
que ha ido adquiriendo en sus años de servicio; a quien quiera escucharle, le
contará infinidad de historias largas y breves. Puede hablar de eruditos
excepcionales que lo sabían todo, de estudiosos incansables que pasaban semanas
enteras sin dormir, de innumerables mártires y víctimas de la ciencia; en sus relatos
el bien triunfa sobre el mal, el fuerte prevalece siempre sobre el débil, el
inteligente sobre el tonto, el humilde sobre el orgulloso, el joven sobre el
viejo… No debe creerse uno al pie de la letra esas leyendas y fábulas, pero si
las cuela le quedará en el filtro lo necesario: nuestras hermosas tradiciones y
los nombres de los héroes genuinos, reconocidos de todos.
En nuestra sociedad el conocimiento del mundo de
los sabios se reduce a algunas anécdotas sobre la sorprendente distracción de
los profesores viejos y a dos o tres agudezas que se atribuyen tan pronto a
Gruber o a Babujin[3] como a mí. Para un público educado no es mucho. Si su
amor por el saber, los eruditos y los estudiantes fuese tan grande como el de
Nikolái, su literatura contaría con numerosas epopeyas, relatos y biografías de
los que, por el momento, por desgracia carece.
Tras informarme de las últimas novedades, Nikolái
adopta una expresión severa, y a continuación iniciamos una charla sobre
asuntos profesionales. Si en ese momento un extraño escuchase con qué soltura
Nikolái aplica la terminología, podría incluso pensar que se trata de un sabio
disfrazado de soldado. A propósito, los rumores sobre la erudición de los
bedeles universitarios son muy exagerados. Cierto que Nikolái conoce más de un
centenar de voces latinas, sabe armar un esqueleto, hace a veces un preparado o
divierte a los estudiantes con una larga cita erudita, pero, por ejemplo, la
sencilla teoría de la circulación de la sangre le resulta tan incomprensible
como hace veinte años.
A la mesa del despacho, inclinado sobre un libro o
un preparado, está sentado mi disector Piotr Ignátevich, hombre laborioso y
modesto, pero falto de talento, de unos treinta y cinco años de edad, ya calvo
y con un estómago prominente. Trabaja de la mañana a la noche, lee muchísimo,
recuerda con detalle sus lecturas —en ese sentido vale su peso en oro—; en todo
lo demás es una bestia de carga o, dicho en otras palabras, un cretino
instruido. Estos son los rasgos característicos que
distinguen una bestia de carga de un hombre de
talento: sus miras son estrechas y se limitan específicamente al ámbito de su
especialidad; más allá de ese campo es ingenuo como un niño. Recuerdo que una
vez entré en el despacho y le dije:
—¡Qué desgracia! ¡M e han dicho que Skobélev[4] ha
muerto!
Nikolái se santiguó, mientras Piotr Ignátevich se
volvía hacia mí y me preguntaba:
—¿Quién es ese Skobélev?
Otra vez, un poco antes, le anuncié que había
fallecido el profesor Perov[5]. Y el bueno de Piotr Ignátevich preguntó:
—¿Y de qué daba clases?
Se diría que, aunque la mismísima Patti[6] le
cantase al oído, u hordas de chinos invadiesen Rusia o se produjera un
terremoto, no movería un músculo y seguiría mirando tranquilamente por su
microscopio, cerrando un ojo. En definitiva, que Hécuba no le importa nada.
Daría cualquier cosa por ver a ese tarugo acostado con su mujer.
Otro rasgo: una fe fanática en la infalibilidad de
la ciencia, en especial en todo lo que escriben los alemanes. Confía en sí
mismo, en sus preparados; sabe cuál es el objetivo de la vida y desconoce por
entero las dudas y desilusiones a que tantas canas deben los hombres de
talento. Hace gala de una reverencia servil por las voces autorizadas y no
siente la menor necesidad de pensar por sí mismo. Resulta difícil hacerle
cambiar de opinión y es imposible discutir con él. Cómo va uno a discutir con
una persona que está firmemente convencida de que la medicina es la mejor de
las ciencias, los médicos los hombres mejores y las mejores tradiciones las de
la profesión médica. Del dudoso pasado de la medicina sólo ha pervivido una
tradición: la corbata blanca que llevan actualmente algunos médicos. Para un
estudioso y, en general, para cualquier hombre instruido, sólo pueden existir
tradiciones comunes a toda la universidad, no privativas de la medicina, el
derecho, etc., pero a Piotr Ignátevich se le hace difícil suscribir esa opinión
y está dispuesto a discutir con uno hasta el día del juicio.
Me imagino con claridad su futuro. A lo largo de
toda su vida hará centenares de preparados de una pureza extraordinaria,
escribirá muchos compendios secos y precisos a más no poder, firmará una docena
de concienzudas traducciones, pero no inventará la pólvora. Para ello se
necesita fantasía, inventiva, el don de la intuición, y Piotr Ignátevich carece
de todas esas cosas. Resumiendo, no es el amo de la ciencia, sino el criado.
Piotr Ignátevich, Nikolái y yo hablamos en voz
baja. Sentimos cierto malestar. Un estado de ánimo particular se apodera de uno
cuando detrás de la puerta el auditorio ruge como el mar. En treinta años no he
logrado acostumbrarme a ese sentimiento y lo experimento cada mañana. Me
abotono nervioso la levita, le formulo a Nikolái alguna pregunta superflua, me
enfado… Podría pensarse que tengo miedo, pero no se trata de cobardía, sino de
otra cosa que no soy capaz de definir ni describir.
Sin ninguna necesidad miro el reloj y digo:
—Bueno, es hora de entrar.
Y nos encaminamos al aula en el siguiente orden:
delante marcha Nikolái con los preparados o con los atlas, a continuación voy
yo y detrás de mí, la cabeza humildemente inclinada, avanza la bestia de carga;
o, cuando es menester, llevan primero un cadáver en una camilla, seguido de
Nikolái y de nosotros dos. Al hacer mi aparición, los estudiantes se levantan,
luego vuelven a sentarse, y el rumor
del mar enmudece de pronto. Reina la calma.
Sé de qué voy a hablar, pero desconozco cómo lo
haré, por dónde voy a empezar y dónde terminaré. No hay ni una sola frase
preparada en mi cabeza. Pero me basta echar un vistazo al aula (en mi caso un
anfiteatro) y pronunciar la estereotipada fórmula «en la última clase nos
detuvimos en…» para que brote de mi boca una larga sucesión de frases, y
entonces ya no hay quien me pare. Hablo con incontenible celeridad y pasión, y
se me figura que no hay fuerza capaz de detener el flujo de mi discurso. Para
dictar bien una lección, es decir, de manera que no se haga aburrida y resulte
de utilidad para los oyentes, se requiere no sólo talento, sino también
habilidad y experiencia, así como una idea clarísima de las propias fuerzas, de
la clase de personas a las que se dirige uno y del tema de la disertación.
Además, debe uno poner los cinco sentidos, estar muy atento y no perder ni por
un instante el campo visual.
Un buen director de orquesta, al transmitir el
pensamiento del compositor, ejecuta veinte actos a la vez: lee la partitura,
mueve la batuta, vigila al cantante, hace una señal tan pronto al tambor como a
la trompa, etc. Lo mismo hago yo cuando dicto una lección. Tengo ante mí ciento
cincuenta rostros y trescientos ojos que me miran directamente a la cara. Mi
objetivo es vencer a esa hidra de mil cabezas. Si a lo largo de mi intervención
logro conservar en todo momento una idea clara de su grado de atención y de su
capacidad de comprensión, está en mi poder. Mi otro contrincante está dentro de
mí. Es la infinita variedad de formas, fenómenos y leyes, así como la multitud
de pensamientos propios y ajenos que determinan. A cada instante debo ser capaz
de extraer lo más importante y útil de ese inmenso material y, a la misma
velocidad que el flujo de mis palabras, dar forma a mi idea a fin de que
resulte comprensible a la hidra y suscite su atención, para lo que es necesario
poner mucho cuidado en no exponer las ideas tal como me vienen a la cabeza,
sino siguiendo cierto orden, indispensable para una correcta composición del
cuadro que pretendo representar. También procuro que el discurso mantenga un
tono literario, que las definiciones sean breves y precisas y las frases tan
sencillas y armoniosas como sea posible. A cada instante debo frenarme y tener
presente que sólo dispongo de una hora y cuarenta minutos. En suma, una tarea
nada fácil. Hay que ser a un tiempo científico, pedagogo y orador, y las cosas
se torcerán si el orador prevalece sobre el pedagogo y el científico o
viceversa.
Al cabo de un cuarto de hora, de media hora,
adviertes que los estudiantes empiezan a mirar al techo o a Piotr Ignátevich;
uno saca un pañuelo, otro se acomoda mejor, un tercero piensa algo para sus
adentros y sonríe… Eso significa que la atención ha decaído. Hay que tomar
medidas. Aprovechando la primera ocasión que se me brinda, hago un juego de
palabras. Las ciento cincuenta caras se distienden en una amplia sonrisa, los
ojos brillan alegres, se oye por unos segundos el rumor del mar… Yo también
sonrío. He recuperado su atención y puedo continuar.
Ningún deporte, ninguna diversión o juego me han
procurado nunca tanto placer como dar clase. Sólo en esa actividad he
conseguido abandonarme por entero a la pasión y he comprendido que la
inspiración no es una invención de los poetas, sino que realmente existe. Y
creo que Hércules, después de la más picante de sus empresas, no sentía la
dulce languidez que he experimentado yo a la conclusión de cada lección.
Pero eso era antes. Ahora impartir clase se ha
convertido en un tormento. No ha transcurrido media hora y empiezo ya a sentir
una debilidad invencible en las piernas y en los hombros; me siento en el
sillón, pero no estoy acostumbrado a hablar en público sentado, así que al cabo
de un minuto
me levanto, sigo un poco de pie y a continuación me
siento de nuevo. Se me seca la boca, se me enronquece la voz, la cabeza me da
vueltas… Para ocultar mi estado a los oyentes, bebo agua a cada momento, toso,
me sueno a menudo la nariz como si estuviera acatarrado, hago juegos de
palabras sin venir a cuento y, por último, anuncio el receso antes de lo
debido. Pero lo principal es que me avergüenzo.
Mi conciencia y mi razón me dicen que lo mejor que
podría hacer ahora sería impartir ante los alumnos una clase de despedida,
decirles mi última palabra, bendecirlos y ceder mi lugar a un hombre más joven
y más fuerte. Pero que Dios me perdone, me falta valentía para obrar de acuerdo
con mi conciencia.
Por desgracia no soy filósofo ni teólogo. Sé
perfectamente que no me quedan más que seis meses de vida. Se diría que, dada
mi situación, debería ocuparme ante todo de las tinieblas de ultratumba y de
las visiones que visitarán mi sepulcro. Pero, por alguna razón, mi alma no
quiere abordar esas cuestiones, aunque mi razón reconoce toda su importancia.
Lo mismo que hace veinte o treinta años, lo único que me interesa, ahora que me
encuentro a un paso de la tumba, es la ciencia. Cuando llegue el momento de exhalar
el último suspiro, seguiré albergando el convencimiento de que la ciencia es lo
más importante, lo más hermoso y necesario en la vida de los hombres, que
siempre ha sido y siempre será la manifestación suprema del amor y que sólo
gracias a ella el hombre triunfará sobre la naturaleza y sobre sí mismo. Acaso
esa fe sea ingenua y carezca de fundamento, pero no puedo evitar pensar así y
no de otra manera; en cualquier caso, me siento incapaz de renunciar a esa fe.
Pero no es esa la cuestión. Sólo pido que se tenga
un poco de indulgencia con mi debilidad y se entienda que apartar de la cátedra
y de los estudiantes a un hombre a quien interesa más el tuétano de los huesos
que el objetivo final de la creación, equivaldría a meterlo en el ataúd antes
de muerto.
Algo extraño me está sucediendo a resultas de mi
insomnio y de mi intensa lucha contra la creciente debilidad. En medio de mis
lecciones de pronto se me hace un nudo en la garganta, empiezan a picarme los
ojos y de mí se apodera un deseo apasionado e histérico de tender las manos
hacia delante y lamentarme en voz alta. Me entran ganas de gritar con todas mis
fuerzas que yo, hombre famoso, he sido condenado a muerte por el destino, que
al cabo de unos seis meses otro profesor enseñará desde esta tarima. Querría
gritar que he sido envenenado: nuevos pensamientos, que hasta ahora desconocía,
han envenenado los últimos días de mi vida y siguen punzándome el cerebro como
mosquitos. En esos momentos mi situación se me antoja tan espantosa que me
gustaría que todos mis oyentes, horrorizados, se pusieran en pie de un salto y,
presas del pánico, con un grito de angustia, se abalanzasen sobre la salida.
No resulta fácil superar tales instantes.
II
Después de la clase, me quedo trabajando en casa.
Leo revistas, tesis doctorales o preparo la siguiente lección; a veces escribo
algo. Trabajo a ratos, porque me veo en la obligación de recibir visitas.
Suena el timbre. Es un colega que viene a hablar de
algún asunto profesional. Entra con sombrero y bastón, me tiende uno y otro, y
dice:
—¡No me quedaré más de un minuto! ¡Un minuto!
¡Siéntese, collega! ¡Nada más que dos palabras!
Ante todo tratamos de demostrarnos mutuamente que
ambos somos extraordinariamente corteses y estamos muy contentos de vernos. Le
pido que se acomode en el sillón, y él insiste en que me siente yo primero;
durante esa maniobra, nos damos unas palmaditas en la espalda o nos tocamos los
botones de la levita, y parece como si nos estuviéramos examinando y temiéramos
quemarnos. Nos reímos los dos, aunque no decimos nada divertido. Una vez
sentados, inclinamos la cabeza hacia delante y empezamos a hablar en voz baja.
Por muy cordiales que sean nuestras actitudes, no podemos dejar de adornar
nuestro discurso con zalamerías del tipo: «Como ha tenido usted a bien
observar», o «Como ya he tenido el honor de decirle», ni podemos por menos de
reír cuando uno de los dos hace una broma, aunque no tenga ninguna gracia. Una
vez comentado el asunto que le traía, mi colega se levanta de golpe y, agitando
el sombrero en dirección a mis papeles, empieza a despedirse. De nuevo nos
damos palmadas y reímos. Lo acompaño al recibidor y lo ayudo a ponerse el
abrigo, aunque él trata por todos los medios de declinar tal honor. Luego,
cuando Yegor abre la puerta, mi colega asegura que acabaré resfriándome y yo
hago como si me dispusiera a seguirlo a la calle. Cuando por fin vuelvo a mi despacho,
mi rostro sigue sonriendo, probablemente por inercia.
Poco después vuelve a sonar el timbre. Alguien
entra en el recibidor, pasa un buen rato despojándose del abrigo, tose. Yegor
me anuncia que ha llegado un estudiante. Yo le digo que lo haga pasar. Al cabo
de un instante aparece en el umbral un joven de aspecto agradable. Hace ya un
año que nuestras relaciones son bastante tirantes: responde de manera
desastrosa en los exámenes y yo sólo le doy «unos». Cada año cateo o me cargo,
para decirlo en lenguaje estudiantil, a unos siete jovencitos como ese. Aquellos
que no superan el examen por incapacidad o enfermedad suelen llevar su cruz con
paciencia y no me reclaman. Sólo se quejan y vienen a verme a mi casa los
individuos de temperamento sanguíneo, naturalezas generosas a quienes el
suspenso en el examen les quita el apetito y les impide acudir con asiduidad a
la ópera. Con los primeros soy indulgente; a los segundos los acribillo a
preguntas en los exámenes.
—Siéntese —le digo al visitante—. ¿Qué desea?
—Perdone que le moleste, profesor… —empieza,
balbuceando y evitando mirarme a la cara—. No me habría atrevido a molestarlo
de no haber sido por… Ya me he examinado con usted cinco veces y … he
suspendido. Le ruego que tenga la bondad de aprobarme porque…
El argumento que todos los holgazanes esgrimen en
su defensa siempre es el mismo: han sacado notas estupendas en las demás
asignaturas y sólo los han suspendido en la mía, algo tanto más sorprendente
cuanto que siempre han estudiado mi materia con la mayor aplicación y se la
saben al dedillo; su suspenso se debe a un incomprensible malentendido.
—Perdóneme, amigo mío —le digo al visitante—, pero
no puedo darle un aprobado. Repase las lecciones y vuelva a examinarse. Ya
veremos entonces.
Se produce una pausa. Me entran ganas de atormentar
un poco al estudiante por anteponer la cerveza y la ópera a la ciencia, y le
digo con un suspiro:
—En mi opinión, lo mejor que puede usted hacer es
abandonar la Facultad de Medicina. Si con su capacidad no consigue superar el
examen, es evidente que no tiene ni el deseo ni la vocación de convertirse en
médico.
El estudiante sanguíneo pone una cara larga.
—Perdone, profesor —dice con una sonrisa
maliciosa—, pero esa actitud sería muy extraña por mi parte. M e paso cinco
años estudiando y de pronto… ¡lo dejo!
—Sí, claro, pero es preferible perder cinco años
que ocuparse toda la vida de una actividad que a uno no le gusta —pero de
pronto me da pena y me apresuro a añadir—: en cualquier caso, haga lo que le
parezca. Repase un poco las lecciones y vuelva a presentarse.
—¿Cuándo? —pregunta el holgazán con indiferencia.
—Cuando quiera. M añana, por ejemplo.
Y en sus bondadosos ojos leo: «Venir, puedo venir,
pero vas a suspenderme otra vez, bastardo». —Naturalmente —digo yo—, sus
conocimientos no van a aumentar por el hecho de examinarse
otras quince veces, pero eso fortalecerá su
carácter. Y debemos darnos por satisfechos.
Se produce un silencio. Yo me levanto y espero a
que se vaya, pero él sigue allí plantado, mirando por la ventana, atusándose la
barba y pensando. Empiezo a aburrirme.
La voz del joven sanguíneo es agradable, sonora;
sus ojos, inteligentes, burlones; su rostro, bondadoso, un tanto ajado por el
consumo frecuente de cerveza y las largas horas pasadas en el sofá. Es evidente
que podría contarme muchas cosas interesantes sobre la ópera, sobre sus
aventuras amorosas o los compañeros con los que se lleva bien pero, por
desgracia, no es costumbre hablar de esas cuestiones. En cualquier caso, lo
habría escuchado de buena gana.
—¡Profesor! Le doy mi palabra de honor de que, si
me aprueba usted, yo…
En cuanto sale a colación la «palabra de honor»,
sacudo las manos con desagrado y me siento a mi escritorio. El estudiante se
queda pensativo unos instantes y a continuación dice, cariacontecido:
—En ese caso, adiós… Perdone que lo haya molestado.
—Adiós, amigo mío. Que le vaya bien.
Pasa indeciso al recibidor, se pone el abrigo
lentamente y sale a la calle, donde probablemente pasa un buen rato pensando en
el asunto, pero, como no se le ocurre nada mejor que llamarme «viejo diablo»,
se dirige a un restaurante de mala muerte a beber cerveza y comer algo, y luego
se va a su casa a dormir. ¡Descansa en paz, honrado trabajador!
Tercer campanillazo. Entra un joven médico con un
traje negro completamente nuevo, lentes con montura de oro y, por supuesto,
corbata blanca. Se presenta. Le pido que se siente y le pregunto qué desea. No
sin inquietud, el joven sacerdote de la ciencia me comenta que ese mismo año ha
superado el examen de doctorado y ya sólo le queda escribir la tesis. Le
gustaría trabajar conmigo, bajo mi guía, y me estaría muy agradecido si le
sugiriera un tema para su tesis.
—Me alegro mucho de serle útil, colega —le digo—,
pero veamos primero si nos ponemos de acuerdo en lo que es una tesis. Por esa
palabra suele entenderse una composición que nace como resultado de un estudio
independiente. ¿No es así? A una composición escrita sobre un tema sugerido por
otra persona, bajo cuya guía se redacta, se le debe dar otro nombre —el
candidato a doctor guarda silencio. Yo me pongo furioso y me levanto de mi
asiento—. ¡No entiendo para qué vienen a verme todos ustedes! —grito enfadado—.
¿Acaso es esto una tienda? ¡Yo no comercio con argumentos! ¡Por enésima vez les
ruego a todos que me dejen en paz! ¡Perdone mi falta de delicadeza, pero es que
ya me tienen harto!
El candidato a doctor sigue callado; un ligero
rubor le ha cubierto los pómulos. Su cara expresa un profundo respeto por mi
celebridad y mis conocimientos, pero leo en su mirada que desprecia mi voz, mi
lamentable figura, mi nerviosa gesticulación. Ese ataque de ira me ha hecho
aparecer ante sus
ojos como un energúmeno.
—¡Esto no es una tienda! —digo enfadado—. ¡No
consigo entenderlo! ¿Por qué no quieren ustedes ser independientes? ¿Por qué
les repugna de ese modo la libertad?
Digo muchas cosas, mientras él guarda silencio. Al
final, voy calmándome poco a poco y, naturalmente, me doy por vencido. El
candidato a doctor recibirá de mí un tema que no vale un céntimo, escribirá
bajo mi supervisión una tesis que nadie necesita, la defenderá con dignidad en
una discusión anodina y obtendrá un título académico que no le servirá de nada.
La campanilla puede estar sonando una y otra vez,
pero en esta descripción me limitaré sólo a cuatro llamadas. Suena el cuarto
timbrazo y oigo unos pasos conocidos, el susurro de un vestido, una voz tan
querida…
Hace dieciocho años murió un colega oculista
dejando una hija de siete años, Katia, y unos sesenta mil rublos. En el
testamento me nombraba tutor. Hasta los diez años Katia vivió en nuestra casa,
luego ingresó en un internado y sólo pasaba con nosotros las vacaciones de
verano. Yo no tenía tiempo para ocuparme de su educación, sólo la veía de vez
en cuando y, por tanto, no puedo contar gran cosa de su infancia.
El primer recuerdo que me viene a la cabeza y que
más me gusta evocar es la extraordinaria confianza con que entró en mi casa y
se sometía al examen de los médicos, una confianza que resplandecía en su cara.
A veces se sentaba en un rincón, con la mejilla vendada, y miraba con atención
alguna cosa; ya me viera a mí escribiendo u hojeando libros, o a mi mujer
trajinando en la casa, o a la cocinera pelando patatas en la cocina, o al perro
jugando, sus ojos siempre expresaban la misma idea, a saber: «Todo lo que
sucede en este mundo es hermoso y razonable». Era de natural curioso y le
gustaba mucho hablar conmigo. A veces se sentaba a la mesa, enfrente de mí,
seguía mis movimientos y me hacía preguntas. Le interesaba saber qué leía, qué
hacía en la universidad, si me daban miedo los cadáveres, en qué gastaba mi
sueldo.
—¿Se pelean los estudiantes en la universidad? —me
preguntaba.
—Sí, hijita.
—¿Y los obliga usted a ponerse de rodillas?
—Así es.
Le hacía gracia que los estudiantes se peleasen y
que yo los pusiese de rodillas, y se reía. Era una niña obediente, paciente y
buena. No pocas veces contemplé cómo le quitaban alguna cosa o la castigaban
sin motivo o no satisfacían su curiosidad; en tales ocasiones, la constante
expresión de confianza de su rostro se teñía de melancolía, eso era todo. Yo no
me decidía a salir en su defensa, pero, cuando veía su tristeza, sentía deseos
de atraerla y consolarla con el tono de una vieja niñera: «¡M i pobre huerfanita!».
Recuerdo también que le gustaba ir bien vestida y
ponerse perfume. En ese sentido, se parecía a mí. A mí también me gustan la
ropa de calidad y los buenos perfumes.
Lamento no haber tenido tiempo ni ganas de observar
el origen y el desarrollo de una pasión que se apoderó por completo de Katia a
la edad de catorce o quince años. Me refiero a su desmesurado amor por el
teatro. Cuando dejaba el internado para pasar con nosotros las vacaciones, de
nada hablaba con tanto placer y entusiasmo como de las obras dramáticas y de
los actores. Sus continuos comentarios sobre el teatro nos fatigaban. Mi mujer
y mis hijos no la escuchaban. Yo era el único que no tenía el valor de negarle
mi atención. Cuando sentía la necesidad de compartir sus propios
entusiasmos, entraba en mi despacho y me decía con
voz suplicante:
—¡Nikolái Stepánich, permítame que le hable del
teatro!
Yo le mostraba el reloj y le decía:
—Te concedo media hora. Adelante.
Más tarde empezó a llevar a casa docenas de
retratos de actrices y de actores, a los que adoraba; luego se aventuró a
participar en varios espectáculos de aficionados y, por último, cuando concluyó
los estudios, me anunció que había nacido para ser actriz.
Nunca compartí su devoción por el teatro. En mi
opinión, si una obra es buena, no es necesario que los actores se esmeren para
que produzca el efecto deseado: basta con que se limiten a leerla. Y, si es
mala, ninguna actuación la salvará.
En mi juventud iba a menudo al teatro; ahora mi
familia reserva un palco un par de veces al año y me lleva para que «me airee».
Naturalmente, eso no me da derecho a emitir una valoración sobre el teatro,
pero me gustaría dedicarle unas palabras. A mi juicio, el teatro no es mejor
ahora que hace treinta o cuarenta años. Lo mismo que antaño, sigo sin encontrar
un vaso de agua ni en los pasillos ni en el ambigú. Lo mismo que antaño, los
acomodadores me cobran veinte kopeks de más por la pelliza, aunque no haya nada
reprensible en llevar ropas de abrigo en invierno. Lo mismo que antaño, en los
entreactos se interpreta sin venir a cuento una música que añade una impresión
nueva y no deseada a la suscitada por la obra. Lo mismo que antaño, en los
entreactos los hombres se dirigen al ambigú para tomar bebidas alcohólicas. Si
no se advierten progresos en esas menudencias, es inútil que me ponga a
buscarlos en cuestiones de mayor enjundia. Cuando un actor, lleno de los pies a
la cabeza de tradiciones y prejuicios teatrales, se pone a recitar un monólogo
sencillo y habitual del tipo «Ser o no ser» de un modo nada sencillo, sino,
vaya usted a saber por qué, con voz sibilante y estremecimientos en todo el
cuerpo, o cuando trata de convencerme a toda costa de que Chatski[7], que
conversa a menudo con idiotas y se ha enamorado de una estúpida, es un hombre
muy ingenioso
y que La
desgracia de ser inteligente no es una obra tediosa, veo sobre el escenario la
misma rutina que me aburría hace cuarenta años, cuando se me ofrecían los
clásicos alaridos y golpes en el pecho. Siempre que voy al teatro salgo más
conservador que cuando entré.
Es posible convencer a la muchedumbre sentimental y
crédula de que el teatro, en su forma actual, es una escuela. Pero quien de
verdad conoce lo que significa la palabra «escuela» no muerde el anzuelo. No sé
lo que sucederá dentro de cincuenta o cien años, pero en las condiciones
actuales el teatro no es más que un entretenimiento. Un entretenimiento
demasiado costoso para que podamos seguir permitiéndonoslo. Priva a la nación
de millares de jóvenes sanos y dotados que, de no consagrarse al teatro, podrían
ser buenos médicos, agricultores, profesores, oficiales; le roba al público las
horas vespertinas, las mejores para emprender un trabajo intelectual o
conversar con los amigos. Por no decir nada del derroche de dinero ni del daño
moral que sufre un espectador cuando ve sobre el escenario un homicidio, un
adulterio o una calumnia analizados de forma incorrecta.
Katia era de una opinión muy distinta. Me aseguraba
que el teatro, incluso en su forma actual, estaba por encima de las aulas, de
los libros y de todo lo demás. El teatro era una fuerza que reunía en sí todas
las artes, y los actores eran misioneros. Ningún arte ni ninguna ciencia
estaban en condiciones, por sí solos, de producir un efecto tan intenso y
seguro en el alma humana como la escena; de ahí que un actor mediano gozara de
mayor popularidad en el país que el mejor científico o pintor. Ninguna actividad
pública proporcionaba tanto placer y satisfacción como el arte escénico.
Y un buen día Katia entró en una compañía con la
que se marchó a Ufá, si no recuerdo mal, llevándose consigo mucho dinero, un
montón de radiantes esperanzas y una concepción aristocrática de la actividad
teatral.
Las primeras cartas, escritas durante el camino,
eran sorprendentes. Cuando las leía, me quedaba verdaderamente maravillado de
que esas pequeñas hojas de papel pudieran contener tanta juventud, pureza de
alma, sagrada ingenuidad y, a la vez, tantos juicios sutiles y atinados, dignos
de una perspicaz mente masculina. No se limitaba a describir, sino que cantaba
las alabanzas del Volga, la naturaleza, las ciudades que visitaba, los
compañeros, los éxitos y los fracasos; cada renglón exhalaba la credulidad que
estaba acostumbrado a ver en su semblante, aunque al mismo tiempo había errores
gramaticales por doquier y una ausencia casi total de signos de puntuación.
Antes de que pasaran seis meses, recibí una carta
de lo más poética y entusiasta, que empezaba con estas palabras: «Estoy
enamorada». Iba acompañada de la fotografía de un joven con el rostro rasurado,
sombrero de ala ancha y una manta de viaje sobre el hombro. Las cartas
siguientes eran tan magníficas como la anterior, pero ya incluían signos de
puntuación, los errores gramaticales habían desaparecido y tenían un aire mucho
más varonil. Katia me hablaba de lo maravilloso que sería construir un gran teatro
en alguna ciudad del Volga, en forma de sociedad anónima, que pudiera atraer a
los ricos comerciantes y a los propietarios de vapores; contarían con mucho
dinero, las recaudaciones serían enormes, los actores participarían en la
compañía… Puede que fuese un proyecto muy bonito, pero me parece que tales
fantasías sólo pueden ocurrírsele a un hombre.
En cualquier caso, durante un año y medio o dos
todo fue bien: Katia estaba enamorada, creía en su profesión y era feliz; pero
después empecé a percibir en sus cartas claros indicios de desánimo. El primer
síntoma, y también el más preocupante, fue que comenzó a quejarse de sus
compañeros. Si un joven científico o literato inicia su actividad quejándose
amargamente de sus colegas, significa que está ya cansado y no es capaz de
cumplir con su tarea. Katia me escribía que sus compañeros no acudían a los ensayos
y nunca se sabían su papel; la representación de obras absurdas y la manera de
comportarse en el escenario demostraba una total falta de respeto por el
público; para incrementar la recaudación, única cuestión que les interesaba,
las actrices dramáticas se rebajaban a cantar tonadillas, mientras los actores
trágicos entonaban coplas en las que se mofaban de los maridos cornudos, de las
mujeres infieles embarazadas, etcétera. En general, parecía increíble que aquel
teatro provinciano aún no se hubiese arruinado y hubiera conseguido agarrarse a
un hilo tan liviano y podrido.
En respuesta envié a Katia una carta larga y, debo
reconocerlo, muy aburrida. Entre otras cosas le decía: «En alguna ocasión he
charlado con viejos actores, hombres respetabilísimos que me tenían simpatía.
Esas conversaciones me han permitido comprender que su actividad no estaba
guiada tanto por su inteligencia y su libertad como por la moda y el humor del
público; los mejores de ellos, a lo largo de su carrera, tuvieron que actuar en
tragedias, operetas, farsas parisinas y comedias de magia, y siempre tenían la
impresión de que su trayectoria era coherente y de que su actividad resultaba
útil. Así pues, como ves, no hay que buscar la causa del mal en los actores,
sino en algo más profundo, en el arte mismo y en la actitud de la sociedad en
su conjunto». El único efecto de esa carta fue irritar a Katia. Esta fue su
respuesta: «Usted y yo estamos hablando de cosas distintas. Yo no me refería a
esos hombres respetabilísimos que le han honrado con su favor, sino de una
pandilla de bribones que no tienen nada de respetables. Es una reata de
salvajes que han acabado en un escenario porque no les habrían admitido en
ningún otro sitio y que tienen la desfachatez de llamarse artistas. No hay
ninguno que tenga talento, pero abundan los
ineptos, los borrachos, los intrigantes y los chismosos. No logro expresarle la
amargura que siento al ver cómo el arte al que tanto amo ha caído en manos de
personas a las que detesto. Qué pena que los hombres mejores sólo vean el mal
de lejos, no quieran aproximarse y, en lugar de intervenir, se dediquen a
escribir en un estilo enfadoso lugares comunes y juicios morales que nadie
necesita…».
Y a continuación añadía muchas otras cosas, todas
del mismo tenor.
Al cabo de algún tiempo recibí esta carta: «Me han
engañado de la manera más miserable. No puedo seguir viviendo. Disponga de mi
dinero como lo estime oportuno. Le he querido siempre como a un padre, como a
mi único amigo. Perdóneme».
Por lo visto también él pertenecía a la «reata de
salvajes». Más tarde, a partir ciertas alusiones, pude adivinar que se había
producido un intento de suicidio. Al parecer, Katia había intentado
envenenarse. Es de suponer que después de ese incidente estuvo gravemente
enferma, pues la siguiente carta la recibí ya desde Yalta, adonde, con toda
probabilidad, la habían mandado los médicos. En su última carta me pedía que le
enviara mil rublos a Yalta lo antes posible y concluía con estas palabras:
«Perdone que esta carta sea tan sombría. Ayer he enterrado a mi hijo». Después
de pasar en Crimea cerca de un año, regresó a casa.
Se había pasado viajando cerca de cuatro años; a lo
largo de todo ese tiempo, el papel que representé en su vida, debo reconocerlo,
fue bastante extraño y muy poco envidiable. Cuando primero me anunció que
quería ser actriz y después me escribió en varias ocasiones para hablarme de su
amor; cuando periódicamente se apoderaba de ella el deseo de gastar y tenía que
enviarle, a petición suya, tan pronto mil como dos mil rublos; cuando me
anunció que había decidido acabar con su vida y me comunicó después la muerte
de su hijo, me sentía siempre desconcertado, y mi única participación en su
destino se limitaba a prolongadas meditaciones y largas cartas aburridas que
bien podría haberme ahorrado. ¡Y, sin embargo, era como un padre para ella y la
quería como a una hija!
Ahora Katia vive a media versta de mi casa. Ha
alquilado un piso de cinco habitaciones y lo ha dispuesto todo de manera
bastante confortable, empleando para ello su buen gusto. Si alguien quisiera
describir el mobiliario, el elemento preponderante del cuadro sería la
indolencia. Mullidos divanes y cómodos taburetes para el perezoso cuerpo;
alfombras para los perezosos pies; colores desvaídos, apagados o mates para la
perezosa vista, y para la inteligencia perezosa paredes llenas de abanicos
baratos y de cuadros minúsculos, cuya originalidad de ejecución prevalece sobre
el contenido; un montón de mesitas y de repisas abarrotadas de objetos
completamente inútiles y desprovistos de valor; trapos informes en lugar de
cortinas… Todo eso, junto con el temor a los colores intensos, la simetría y el
espacio, amén de la pereza mental, da fe también de una perversión del gusto
natural. Katia se pasa días enteros tumbada en el diván leyendo libros,
principalmente novelas y relatos. Sólo sale de casa una vez al día, después de
las doce, para venir a verme.
Mientras yo trabajo, Katia se sienta en un sofá,
cerca de mí, guarda silencio y se envuelve en el chal, como si tuviera frío.
Será porque me cae bien o porque me he acostumbrado a sus frecuentes visitas
desde que era niña, pero el caso es que su presencia no me impide concentrarme.
De tanto en tanto le hago maquinalmente una pregunta, a la que responde con la
mayor parquedad; o bien, para descansar un momento, me vuelvo hacia ella y
observo cómo contempla, pensativa, una revista médica o el periódico. Y en esos
instantes me doy cuenta de que su rostro no expresa ya aquella credulidad de
antaño. Ahora tiene un aire frío, indiferente, distraído, como los pasajeros
que deben
esperar un tren durante largas horas. Sigue
vistiendo con sencillez y elegancia, pero su atuendo denota cierto descuido. Su
ropa y su peinado muestran a las claras que ha pasado días enteros tumbada en
sofás y mecedoras. Y ha perdido la curiosidad de antaño. Ya no me hace
preguntas, como si lo hubiera experimentado todo en la vida y no esperara
escuchar nada nuevo.
Poco antes de las cuatro se oye movimiento en la
sala y en el recibidor. Liza ha vuelto del conservatorio, acompañada de unas
amigas. Se las oye tocar el piano, ejercitar la voz, reírse. En el comedor
Yegor pone la mesa, entre el tintineo de los platos.
—Adiós —dice Katia—. Hoy no paso a ver a los demás.
Dígales que me disculpen. No tengo tiempo. Venga a verme.
Cuando la acompaño al vestíbulo, me mira severa de
la cabeza a los pies y dice con enfado:
—¡Sigue usted adelgazando! ¿Por qué no consulta a
un médico? Voy a pasar por casa de Serguéi
Fiódorovich y le diré que venga a echarle un
vistazo.
—No es necesario, Katia.
—¡No logro entender a su familia! ¡Se diría que les
da lo mismo!
Se pone el abrigo con movimientos bruscos y, al
hacerlo, dos o tres horquillas caen inevitablemente de su cabello peinado con
descuido. Es demasiado perezosa para pararse a arreglarse el cabello; además,
no tiene tiempo. Acomoda con torpeza los rizos sueltos bajo el sombrero y se
va.
Cuando entro en el comedor, mi mujer me pregunta:
—¿Era Katia la que estaba contigo? ¿Por qué no ha
pasado a vernos? La verdad es que resulta extraño…
—¡Mamá! —le dice Liza con aire de reproche—. Si no
quiere vernos, es asunto suyo. No vamos a ponernos de rodillas.
—Como quieras, pero es una falta de respeto. Se
pasa tres horas en el despacho y no se acuerda de nosotras. En cualquier caso,
que haga lo que le parezca.
Varia y Liza odian a Katia. Ese odio me resulta
incomprensible; es probable que sólo una mujer pueda entenderlo. Apuesto la
cabeza a que de los ciento cincuenta jóvenes que acuden diariamente a mis
clases y del centenar de hombres maduros con quienes trato cada semana no hay
apenas uno capaz de entender el odio y la aversión al pasado de Katia, es
decir, al embarazo extramatrimonial y el alumbramiento de un hijo ilegítimo, y
al mismo tiempo, no me viene a la cabeza el nombre de una sola mujer o muchacha
conocida que no haya experimentado los mismos sentimientos, conscientemente o
de forma instintiva. Y no porque la mujer sea más virtuosa y más pura que el
hombre: en realidad, la virtud y la pureza no se distinguen mucho del vicio si
no están exentas de un sentimiento maligno. Yo lo achaco simplemente al atraso
de las mujeres. La amarga compasión y la mala conciencia del hombre de nuestros
días ante la desgracia son, a mi modo de ver, signos mucho más evidentes de
cultura y altura moral que el odio y la aversión. La mujer moderna sigue siendo
tan plañidera y dura de corazón como en la Edad Media. En mi opinión, tienen
toda la razón quienes aconsejan a las mujeres educarse como los hombres.
Además, a mi mujer no le gusta Katia por otras
razones: porque ha sido actriz, por su ingratitud, por su orgullo, por su
excentricidad, por los numerosos defectos que una mujer siempre sabe encontrar
en otra.
Suelen comer con nosotros dos o tres amigas de mi
hija y Aleksandr Adólfovich Gnékker, admirador y pretendiente de Liza. Es un
joven rubio, de treinta años a lo sumo, estatura mediana,
muy gordo, ancho de espaldas, con patillas
pelirrojas y bigotillo teñido, que confiere a su rostro liso y redondo cierto
aire de muñeco. Lleva una chaqueta muy corta, chaleco de fantasía, pantalón a
grandes cuadros, muy anchos en la cintura y muy estrechos en el tobillo, y
botines amarillos sin tacón. Tiene ojos saltones, como los de un cangrejo, y su
corbata se parece a la cola de una gamba; hasta tengo la impresión de que toda
su figura exhala cierto olor a sopa de pescado. Viene a vernos a diario, pero ningún
miembro de mi familia conoce su procedencia, dónde ha estudiado, cómo se gana
la vida. No canta ni toca ningún instrumento, pero tiene cierta relación con la
música y el canto, vende pianos no sé dónde, acude con asiduidad al
conservatorio, trata a todas las celebridades, da disposiciones en los
conciertos, expone juicios musicales con gran autoridad y, según he observado,
los demás le dan la razón de buena gana.
Los ricos siempre tienen parásitos a su alrededor;
los científicos y los artistas, también. No creo que haya en el mundo ningún
arte o ciencia que esté libre de la presencia de «cuerpos extraños» como ese
señor Gnékker. No entiendo de música y tal vez me equivoque con ese Gnékker, al
que, por lo demás, apenas conozco. Pero la autoridad y la dignidad con que se
sitúa junto al piano y escucha, cuando alguien toca o canta, me parecen
bastante sospechosas.
Ya puede ser uno espejo de caballeros y consejero
privado, pero si tiene una hija en edad casadera nada puede impedir que la
vulgaridad que conlleva el noviazgo, la petición de mano y la boda acabe
entrando en su hogar e insinuándose en su ánimo. Yo, por ejemplo, no puedo
soportar la expresión solemne que adopta el rostro de mi mujer cada vez que
viene a visitarnos el señor Gnékker; tampoco puedo soportar las botellas de
laffitte, oporto y jerez, que sólo se ponen sobre la mesa para que pueda ver
con sus propios ojos que nadamos en la abundancia y en el lujo. No aguanto
tampoco esa risita entrecortada de Liza, aprendida en el conservatorio, ni su
manera de entornar los ojos cuando tenemos invitados varones. Y, sobre todo, no
logro entender por qué viene cada día a mi casa y come conmigo un ser
completamente ajeno a mis costumbres, a mi profesión, a mi modo de vida; un ser
completamente distinto de las personas que me agradan. Mi mujer y la criada
susurran en secreto que es «un pretendiente», pero sigo sin entender las
razones de su presencia; despierta en mi ánimo el mismo desconcierto que si a
mi mesa se sentara un zulú. También encuentro extraño que a mi hija, a quien
estoy habituado a considerar una niña, puedan gustarle esa corbata, esos ojos,
esas mejillas flácidas…
Antes almorzar me resultaba grato, o al menos
indiferente; ahora sólo me causa tedio o irritación. Desde que se me concedió
el título de «excelencia» y se me nombró decano de la facultad, mi familia
juzgó necesario, por alguna razón, cambiar totalmente nuestro menú y nuestros
hábitos alimentarios. En lugar de los platos sencillos a los que me habitué en
mis tiempos de estudiante y médico, me sirven una especie de puré, en el que
nadan grumos blancos, y riñones al madeira. El grado de general
y la fama me
han privado para siempre de la sopa de col, de las sabrosas empanadillas, del
ganso con manzanas y de la perca con gachas. También me han privado de la
criada Agasha, una viejecita dicharachera y ocurrente, en cuyo lugar sirve
ahora la mesa Yegor, un muchacho obtuso y arrogante, con un guante blanco en la
mano derecha. Los intervalos entre plato y plato son breves, pero parecen
desmesuradamente largos, porque no hay nada con que rellenarlos. Han
desaparecido la anterior jovialidad, las conversaciones espontáneas, las
bromas, las risas, las muestras de afecto recíproco y esa alegría que embargaba
a los niños, a mi mujer y a mí cuando nos reuníamos en el comedor. Para mí,
hombre ocupado, el almuerzo me proporcionaba la oportunidad de descansar y charlar
un rato, y
para mi mujer y mis hijos constituía una fiesta,
puede que breve, pero también animada y jovial, porque sabían que, durante
media hora, me olvidaba de la ciencia y de los estudiantes, y sólo pertenecía a
ellos. Hemos perdido la capacidad de embriagarnos con una sola copa, Agasha ya
no nos acompaña, no se sirve nunca perca con gachas y ya no se oye ese barullo
con que acogíamos cualquier pequeño incidente de la comida, como, por ejemplo,
las peleas del perro y el gato debajo de la mesa o la venda de Katia cayendo de
la mejilla al plato de sopa.
Una descripción de las comidas actuales resultaría
tan insípida como su ingestión. El rostro de mi mujer expresa solemnidad y
afectada importancia, así como su habitual preocupación. Mira con aprensión
nuestros platos y comenta: «Veo que el asado no os gusta… Decid la verdad: ¿os
gusta o no?». Y yo debo responder: «No hay motivo para que te preocupes,
querida, el asado está riquísimo». Ella entonces replica: «Siempre sales en mi
defensa, Nikolái Stepánich, y nunca dices la verdad. ¿Por qué Aleksandr Adólfovich
ha comido tan poco?», y así durante todo el almuerzo. Liza prodiga sus risas
entrecortadas y no para de entornar los ojos. Las observo a ambas y sólo ahora,
durante el almuerzo, me doy cuenta de que la vida interior de una y otra ha
escapado hace tiempo a mi observación. Tengo la sensación de que una vez viví
en una casa con una familia verdadera, mientras ahora soy huésped de una mujer
ajena y contemplo a una falsa Liza. Se ha producido en ambas un cambio brusco,
sin que yo haya reparado en el largo proceso que ha desembocado en esa
transformación; no ha de sorprender, por tanto, que no entienda nada. ¿Por qué
se ha producido ese cambio? No lo sé. Puede que todo el mal consista en que
Dios no ha concedido a mi mujer y mi hija las mismas fuerzas que a mí. Desde
niño estoy acostumbrado a luchar contra las influencias externas
y mi espíritu
se ha fortalecido bastante; catástrofes de la vida como la celebridad, el rango
de general, el paso de una existencia desahogada a otra que está por encima de
nuestros medios, el trato con representantes de la aristocracia, etcétera,
apenas me han afectado, y he seguido siendo el que era; en cambio, para mi
mujer y para mi Liza, seres débiles e impresionables, todo eso se les ha venido
encima como una gran avalancha de nieve que las ha aplastado.
Las señoritas y Gnékker hablan de fugas y
contrapuntos, de cantantes y pianistas, de Bach y Brahms, mientras mi mujer,
temiendo que se la tilde de ignorante en materia musical, sonríe con
benevolencia y balbucea: «Una maravilla… ¿Es posible? Qué me dice…». Gnékker
come con solemnidad, bromea con solemnidad y escucha con aire condescendiente
las observaciones de las señoritas. De vez en cuando le entran ganas de decir
algo en un francés horrible y entonces, no sé por qué, considera necesario
dirigirse a mí como vôtre excellence.
Pero yo estoy de mal humor. Por lo visto, estorbo a
todos y ellos me estorban a mí. Nunca había conocido de cerca el antagonismo de
clase, pero ahora me atormenta un sentimiento de ese tipo. Me esfuerzo por
descubrir en Gnékker sólo rasgos negativos, los encuentro en seguida y me
descorazona que el prometido de mi hija sea un hombre que no pertenece a mi
círculo. Hay otra razón por la que su presencia ejerce sobre mí una influencia
negativa. Por lo general, cuando me quedo solo o me encuentro en compañía de
personas a las que estimo, no pienso nunca en mis méritos, y, si alguna vez me
vienen a la cabeza, se me antojan tan insignificantes como si hasta el día de
ayer no hubiese iniciado mi actividad científica; en cambio, en presencia de
individuos como Gnékker, mis méritos se me aparecen como una montaña altísima,
cuya cima desaparece entre las nubes y a cuyo pie pululan, apenas perceptibles,
los tipos como él.
Después del almuerzo paso a mi despacho y me fumo
una pipa, la única de todo el día; es un
vestigio que me ha quedado de un mal hábito que
tenía antaño, cuando no paraba de echar humo de la mañana a la noche. Mientras
estoy fumando, mi mujer viene a verme para charlar conmigo. Lo mismo que por la
mañana, sé por adelantado de qué vamos a ocuparnos.
—Tengo que hablarte de un asunto serio, Nikolái
Stepánich —empieza—. Se trata de Liza… ¿Por qué no le prestas atención?
—¿A qué te refieres?
—Haces como si no te dieras cuenta de nada y eso no
está bien. No hay que tomarse las cosas a la ligera… Gnékker tiene ciertas
intenciones respecto a Liza… ¿A ti qué te parece?
—No puedo asegurar que sea una mala persona porque
no lo conozco, pero ya te he dicho mil veces que no me gusta.
—Pero no puedes… no puedes… —se pone en pie y
empieza a pasearse muy agitada—. No puedes adoptar esa actitud ante un paso tan
serio —dice—. Cuando se trata de la felicidad de una hija, hay que dejar a un
lado los sentimientos personales. Sé que Gnékker no te gusta… Muy bien… Si lo
rechazamos ahora y lo mandamos todo a paseo, ¿qué garantías tienes de que Liza
no nos lo vaya a echar en cara toda la vida? En los tiempos que corren no
resulta fácil encontrar pretendientes y puede suceder que no se presente otro…
Gnékker quiere mucho a Liza y, por lo visto, a ella también le gusta… Cierto
que no tiene una posición estable, pero ¿qué le vamos a hacer? Si Dios quiere,
con el tiempo obtendrá un puesto en alguna parte. Es rico y de buena familia.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Me lo ha dicho él. Su padre tiene una gran casa en
Járkov y una propiedad en los alrededores.
En suma, Nikolái Stepánich, es de todo punto
necesario que vayas a Járkov.
—¿Para qué?
—Allí podrás informarte… Tienes profesores
conocidos que te ayudarán. Yo misma iría, pero soy una mujer. No puedo…
—No pienso ir a Járkov —digo con aire sombrío.
M i mujer se asusta y a su rostro asoma una
expresión de intenso dolor.
—¡Por el amor de Dios, Nikolái Stepánovich! —me
suplica, sollozando—. ¡Por el amor de Dios, quítame este peso de encima! ¡No
sabes lo que estoy pasando!
M e da pena mirarla.
—Está bien, Varia —le digo con voz afectuosa—. Si
así lo quieres, iré a Járkov y haré todo lo que me pidas.
Ella se lleva un pañuelo a los ojos y se retira a
su habitación para llorar. M e quedo solo.
Poco después me traen una luz. Los sillones y la
pantalla de la lámpara proyectan sobre las paredes y el suelo unas sombras
tantas veces contempladas que se me han vuelto tediosas; al verlas, tengo la
impresión de que ya es de noche y de que están a punto de iniciarse las horas
malditas del insomnio. Me tumbo en la cama, luego me levanto y voy de un lado a
otro de la habitación; a continuación me tumbo de nuevo… Por lo común, después
del almuerzo, a la caída de la tarde, mi excitación nerviosa alcanza su punto
más alto. Me pongo a llorar sin razón alguna y escondo la cabeza debajo de la
almohada. En esos momentos tengo miedo de que entre alguien, como también de
morirme de improviso, y me avergüenzo de mis lágrimas, al tiempo que se apodera
de mí una angustia intolerable. Advierto que ya no puedo soportar la visión de
la lámpara, ni de los libros, ni de las sombras en el suelo; tampoco el rumor
de voces que me llega desde la sala. Una fuerza invisible e
incomprensible me arrastra sin contemplaciones
fuera de mi casa. Me levanto de un salto, me pongo el abrigo a toda prisa y,
sin hacer ruido, para que mi familia no se entere, salgo a la calle. ¿Adónde
ir?
Hace tiempo que tengo preparada en mi cabeza la
respuesta a esa pregunta: a casa de Katia.
III
Como de costumbre, está tumbada en la otomana o en
el diván, leyendo un libro. Al verme, levanta la cabeza con indolencia, se
sienta y me tiende la mano.
—Te pasas el día entero tumbada —le digo al cabo de
un rato, una vez recuperado el aliento—. No es sano. ¿Por qué no te ocupas de
algo?
—¿Eh?
—Digo que deberías ocuparte de algo.
—¿De qué? Una mujer sólo puede ser una simple
trabajadora o una actriz.
Silencio.
—Podrías casarte —le digo medio en broma.
—No tengo con quién. Además, no hay ninguna razón
para ello.
—No puedes seguir viviendo así.
—¿Sin marido? ¡M enudo problema! Si quisiera,
tendría todos los hombres que se me antojaran.
—Eso no está bien, Katia.
—¿Qué es lo que no está bien?
—Lo que acabas de decir.
Viendo mi pesadumbre y deseando mitigar la mala
impresión que me ha causado su comentario,
Katia dice:
—Vamos. Aquí. Así.
M e lleva a una habitación pequeña, muy acogedora,
y me dice, señalando un escritorio:
—Ahí tiene… Lo he dispuesto para usted. Puede
trabajar aquí. Venga cada día y póngase a trabajar. En su casa no hacen más que
molestarle. ¿Trabajará aquí? ¿Le parece bien?
Para no apenarla con una negativa, le respondo que
sí y añado que la habitación me gusta mucho.
Luego nos sentamos en esa habitacioncita tan
agradable y nos ponemos a charlar.
El calor, el ambiente acogedor y la presencia de
una persona simpática ya no despiertan en mí un sentimiento de satisfacción,
como antaño, sino unas ganas inmensas de lamentarme y refunfuñar. Por algún
motivo, tengo la impresión de que, si gruño y me quejo, me sentiré más
aliviado.
—¡Las cosas van mal, querida! —empiezo con un
suspiro—. M uy mal… —¿Qué pasa?
—Pues verás, querida. El derecho más elevado y más
sagrado de los reyes es el derecho de gracia. Yo siempre me he sentido un rey,
porque he hecho un uso ilimitado de ese derecho. Nunca he juzgado a nadie, he
sido siempre condescendiente, he perdonado de buena gana a diestro y siniestro.
Cuando otros protestaban y se indignaban, yo sólo daba consejos y procuraba
persuadir. A lo largo de toda mi vida he procurado que mi compañía fuese
soportable para mi familia, los estudiantes, los compañeros, la servidumbre. Y
sé que esa actitud con la gente ha ejercido una influencia beneficiosa sobre
todos los que han estado cerca de mí. Pero ya no soy un rey. Me está sucediendo
algo que sólo
puede entenderse en un esclavo: día y noche
revolotean por mi cabeza malos pensamientos, mientras en mi alma han anidado
sentimientos hasta ahora desconocidos. Odio, desprecio, me indigno, me irrito,
temo. Me he vuelto severo en demasía, exigente, irascible, descortés, suspicaz.
Incluso lo que antes no era más que un pretexto para hacer alguna broma o
reírme de buena gana, ahora despierta en mí sentimientos angustiosos. Hasta mi
lógica ha cambiado: antes despreciaba sólo el dinero, ahora, además del dinero,
detesto a los ricos, como si fueran culpables de su situación; antes odiaba la
violencia y la arbitrariedad, ahora detesto a la gente que hace uso de la
violencia, como si sólo ellos tuvieran la culpa, y no todos nosotros, incapaces
de educarnos unos a otros. ¿Qué significa todo eso? Si esos sentimientos y
pensamientos nuevos son fruto de un cambio de opinión, ¿a qué obedece ese
cambio? ¿Acaso el mundo se ha vuelto peor y yo mejor? ¿O es que antes estaba
ciego y me mostraba indiferente? Si ese cambio se debe a un decaimiento general
de las fuerzas físicas y mentales (estoy enfermo y cada día que pasa pierdo
peso), mi situación es lamentable: significa que mis nuevas ideas son
anormales, insanas, que debo avergonzarme de ellas y considerarlas
insignificantes…
—La enfermedad no tiene nada que ver con eso —me
interrumpe Katia—. Lo que pasa es que ha abierto usted los ojos. Nada más. Y ha
visto cosas en las que antes, por alguna razón, no quería reparar. En mi
opinión, lo primero que debe hacer es romper de una vez por todas con su
familia y marcharse.
—No digas bobadas.
—Ya no les quiere. ¿A qué viene seguir fingiendo?
Además, ¿cómo puede llamarse familia a eso? ¡Son todos verdaderas nulidades! Si
murieran hoy, mañana nadie repararía en su ausencia.
Katia desprecia a mi mujer y a mi hija con la misma
vehemencia con que ellas la odian. En los tiempos que corren se ha vuelto casi
imposible hablar del derecho de la gente a despreciarse. No obstante, si
aceptamos el punto de vista de Katia y reconocemos ese derecho, nos damos
cuenta de que tiene el mismo derecho a despreciar a mi mujer y a Liza que ellas
a odiarla.
—¡Unas nulidades! —repite—. ¿Ha almorzado usted
hoy? ¡Qué raro que se hayan acordado de llamarlo a la mesa! ¡M e sorprende que
sigan acordándose de su existencia!
—Katia —digo yo con severidad—, haz el favor de
callarte.
—¿Cree usted que me gusta hablar de ellas? Lo que
daría por no haberlas conocido. Hágame caso, amigo mío: déjelo todo y márchese.
Váyase al extranjero. Y cuanto antes, mejor.
—¡Qué tontería! ¿Y la universidad?
—Déjela también. ¿Para qué la quiere? En realidad
no vale para nada. Lleva ya treinta años dando clases. ¿Y dónde están sus
alumnos? ¿Cuántos se han convertido en científicos famosos? ¡Trate de
contarlos! Y para multiplicar el número de esos médicos que se aprovechan de la
ignorancia y ganan cientos de miles de rublos no se necesita tener talento ni
ser un hombre de bien. Sobra usted.
—¡Dios mío, qué dura eres! —digo espantado—. ¿Cómo
puedes ser tan dura? Cállate o me voy.
No estoy en condiciones de responder a las
barbaridades que has dicho.
Entra la criada y nos anuncia que el té está listo.
Gracias a Dios, en torno al samovar la conversación cambia de tono. Después de
haberme lamentado, me entran ganas de dar rienda suelta a otra de mis
debilidades seniles: los recuerdos. Le refiero episodios de mi pasado y, con
gran sorpresa por mi parte, le cuento detalles que no sospechaba siquiera haber
conservado en la memoria. Ella me escucha conmovida, orgullosa, conteniendo la
respiración. Lo que más me gusta es hablarle de mis tiempos de estudiante en el
seminario y de mis sueños de ingresar en la universidad.
—Tenía la costumbre de pasear por el jardín del
seminario… —comento—. Y bastaba que el viento me trajese de una taberna lejana
el son de un acordeón y de una canción, o que se oyera junto a la tapia el
campanilleo de una troika, para que un sentimiento de felicidad llenara de
improviso no sólo mi pecho, sino también mi estómago, mis piernas, mis brazos…
Escuchando el acordeón o el tintineo de la campanilla apagándose en el aire, me
veía ya médico y no paraba de figurarme escenas, a cual más hermosa. Y, como
puedes ver, mis sueños se han cumplido. He obtenido más premios de los que me
atrevía a ambicionar. Durante treinta años he sido un profesor respetado, he
tenido excelentes compañeros, he disfrutado de fama y honores. Me enamoré, me
casé llevado de un amor apasionado, tuve hijos. En suma, si echo la vista
atrás, toda mi vida se me antoja una composición bella, ejecutada con talento.
Ahora sólo me queda no estropear el final. Y para ello es necesario morir con
dignidad. Si la muerte es en verdad un peligro, hay que afrontarla como se
espera de un maestro, de un científico, de un ciudadano de un Estado cristiano:
con valor y el ánimo tranquilo. Pero yo estoy estropeando el final. Me ahogo,
corro en tu busca, solicito ayuda y tú me dices: ahógate, así es como debe ser.
De pronto suena el timbre en el recibidor. Katia y
yo reconocemos el modo de llamar y decimos:
—Debe de ser M ijaíl Fiódorovich.
Y en efecto, al cabo de un minuto, entra un colega
mío de la universidad, el filólogo Mijaíl Fiódorovich, hombre alto, bien
plantado, de unos cincuenta años, con espesos cabellos grises, cejas negras y
mentón rasurado. Es un buen hombre y un compañero excelente. Proviene de una
familia noble de rancio abolengo, bastante afortunada y con varios hombres de
talento entre sus filas, que han desempeñado un papel notable en la historia de
nuestra literatura y de nuestra instrucción. Es inteligente, brillante, muy
culto, pero no carece de rarezas. En cierto sentido, todos somos extraños y
extravagantes, pero sus excentricidades tienen cierto carácter excepcional y no
resultan inocuas para sus amistades. Entre estas últimas conozco a algunas que,
cegadas por esas rarezas, son incapaces de ver ninguna de sus numerosas
cualidades.
Al entrar, se quita con parsimonia los guantes y
dice con su aterciopelada voz de bajo:
—Buenas tardes. ¿Están tomando el té? Pues muy a
propósito. Hace un frío del demonio.
Luego se sienta a la mesa, coge un vaso y, sin más
preámbulos, se pone a hablar. Lo más característico de su discurso es ese tono
siempre burlón, mezcla de filosofía y chanza, como el de los sepultureros
shakespearianos. Siempre habla de asuntos serios, pero nunca lo hace en serio.
Sus juicios son siempre inapelables, injuriosos, pero, gracias a ese tono
mesurado, ecuánime, burlón, su aspereza y zafiedad no hieren los oídos, y acaba
uno por acostumbrarse. Cada tarde trae cinco o seis anécdotas relativas a la
vida universitaria, con las que suele empezar, nada más sentarse a la mesa.
—Ah, Señor —exclama con un suspiro, moviendo
maliciosamente las cejas—. ¡Qué gente más ridícula hay en este mundo!
—¿Por qué lo dice? —pregunta Katia.
—Hoy mismo, al salir de clase, me encuentro en la
escalera con ese viejo idiota de N. N. Como de costumbre, caminaba alargando su
hocico de caballo, en busca de alguien con quien quejarse de su jaqueca, de su
mujer y de los estudiantes, que no quieren acudir a sus clases. «Bueno
—pienso—, me ha visto. Estoy perdido. No tengo escapatoria.» —y seguía en el
mismo tono, o empezaba así—: Ayer estuve en la conferencia pública dictada por
Z. Z. Me sorprende que nuestra alma máter, mejor no nombrarla de noche, se atreva
a mostrar en público a mentecatos y zoquetes de la talla de ese Z.
Z. ¡Es un estúpido de proporciones europeas! ¡En
realidad, sería imposible encontrar otro como él en toda Europa aunque se lo
buscara con lupa! Figúrense, habla como si estuviera chupando un caramelo: siu,
siu, siu… Se amedrenta, no entiende bien su propia escritura, sus pensamientos
avanzan a tirones, a la velocidad de un archimandrita en bicicleta, y, sobre
todo, no hay manera de entender lo que quiere decir. Un aburrimiento tan
espantoso que hasta las moscas caen en una especie de sopor. Un aburrimiento sólo
comparable al que reina en el Paraninfo durante la inauguración del año
académico, cuando se lee el tradicional discurso, que el diablo se lo lleve —y
a continuación se produce un brusco cambio de tono—: Hará cosa de unos tres
años, seguro que Nikolái Stepánovich se acuerda, me tocó pronunciar ese
discurso. Un calor sofocante, el uniforme me apretaba bajo las axilas… ¡En
definitiva, una tortura! Leo media hora, una hora, hora y media, dos horas…
«Bueno — pienso—, gracias a Dios ya sólo quedan diez páginas». Al final
quedaban cuatro páginas que bien podían no leerse y que contaba con saltarme.
«Eso significa —pienso— que sólo quedan seis». Pero, figúrense, echo un vistazo
al auditorio y veo sentados en primera fila, uno al lado del otro, a un general
con una cinta en el pecho y al obispo. Los pobres estaban muertos de
aburrimiento y abrían mucho los ojos para no quedarse dormidos, al tiempo que
aparentaban prestar atención y fingían comprender y disfrutar de mi discurso.
«Bueno —pienso—, ya que os gusta tanto, os lo suelto todo. ¡Para que os
fastidiéis!». Y me puse a leer las cuatro páginas de marras.
Cuando habla, sólo sonríen sus ojos y sus cejas,
como sucede con todas las personas socarronas. En tales momentos en sus ojos no
se advierte rastro alguno de odio ni maldad, sino mucho ingenio y esa peculiar
astucia zorruna propia de individuos muy observadores. En lo que respecta a sus
ojos, he reparado en otra peculiaridad. Cuando coge el vaso de manos de Katia o
escucha alguna observación suya o la sigue con la mirada al salir ella de la
habitación, para ocuparse de alguna tarea, percibo en su mirada un destello de
mansedumbre, súplica, pureza…
La criada retira el samovar y deja sobre la mesa un
gran pedazo de queso, frutas y una botella de champán de Crimea, un vino
bastante malo al que Katia se aficionó durante su estancia en aquellas tierras.
Mijaíl Fiódorovich coge de un estante dos mazos de cartas y se pone a hacer un
solitario. Es de la opinión de que algunos solitarios exigen mucha agilidad
mental y concentración, pero, en cualquier caso, no se desentiende de la
conversación mientras dispone las cartas. Katia sigue con atención sus movimientos
y lo ayuda más con gestos que con palabras. A lo largo de toda la velada no
bebe más que dos copas de vino, yo bebo un cuarto de vaso; del resto de la
botella da buena cuenta M ijaíl Fiódorovich, que puede beber mucho sin
emborracharse nunca.
Mientras hace el solitario, hablamos de diversos
asuntos, sobre todo de orden superior, y el resultado es que lo que sale peor
parado es lo que más amamos, es decir, la ciencia.
—La ciencia, gracias a Dios, se ha quedado
anticuada —comenta Mijaíl Fiódorovich, alargando las palabras—. Ya ha dicho lo
que tenía que decir. Así es, señores. La humanidad empieza ya a sentir la
necesidad de sustituirla por alguna otra cosa. Ha crecido en un suelo de
prejuicios, se ha nutrido de prejuicios y hoy día constituye la quintaesencia
de los prejuicios, como sus decrépitas abuelas: la alquimia, la metafísica y la
filosofía. En realidad, ¿qué le ha dado a los hombres? Al fin y a la postre,
entre los cultivados europeos y los chinos, que no tienen ciencia ninguna, las
diferencias son insignificantes, meramente formales. Los chinos no saben nada
de ciencia, pero ¿qué es lo que se han perdido?
—Tampoco las moscas saben nada de ciencia —observo
yo—, pero ¿qué se desprende de eso?
—No hay razón para que se enfade, Nikolái
Stepánovich. Son cosas que digo aquí, entre nosotros… Soy más prudente de lo
que usted se figura; jamás se me ocurriría decir algo así en público, ¡Dios me
libre! La gente de a pie sigue creyendo que las artes y las ciencias son
superiores a la agricultura, el comercio, la artesanía. Nuestra secta se
alimenta de ese prejuicio y no seremos nosotros quienes lo destruyamos. ¡Dios
nos libre!
Antes de terminar el solitario, también los jóvenes
reciben lo suyo.
—La sociedad ha degenerado —suspira Mijaíl
Fiódorovich—. De los ideales y esas cosas mejor no hablar. ¡Si al menos los
hombres fueran capaces de trabajar y pensar como es debido! Viene muy a
propósito eso de: «Contemplo con tristeza a mi generación»[8].
—Sí, una degeneración horrible —asiente Katia—.
Díganme, ¿han tenido al menos un alumno excepcional en los últimos cinco o diez
años?
—No sé qué dirán los demás profesores, pero yo no
recuerdo a ninguno.
—A lo largo de mi vida he visto muchos estudiantes,
jóvenes científicos y muchos actores… ¿Y saben una cosa? Ni una sola vez he
tenido la fortuna de encontrarme no ya con un héroe o un hombre de talento,
sino ni siquiera con una persona interesante. Todo es gris, mediocre,
pretencioso…
Todos esos comentarios sobre la degeneración me
causan siempre la impresión de haber oído por casualidad una conversación en la
que se denigra a mi hija. Me ofende que las acusaciones sean infundadas y se
basen en lugares comunes y espantajos como la degeneración, la falta de ideales
o la referencia a un glorioso pasado. Cualquier acusación, aunque se pronuncie
en presencia de mujeres, debe formularse con la mayor precisión posible: de
otro modo deja de ser una acusación y se convierte en simple maledicencia,
indigna de personas decentes.
Soy un anciano, llevo trabajando treinta años, pero
no advierto degeneración ni falta de ideales y no me parece que las cosas estén
peor ahora que antes. M i bedel, Nikolái, cuya experiencia en el tema que nos
ocupa no carece de valor, dice que los estudiantes actuales no son mejores ni
peores que los de entonces.
Si me preguntasen qué es lo que no me gusta de mis
alumnos actuales, no daría una respuesta inmediata y prolija, sino bastante
precisa. Conozco sus defectos y, por tanto, no necesito recurrir a la niebla de
los lugares comunes. No me gusta que fumen, que tomen bebidas alcohólicas, que
tarden en casarse, que sean despreocupados y a menudo tan indiferentes que
permiten que haya entre ellos compañeros hambrientos y no pagan lo que deben a
la sociedad de ayuda a los estudiantes. No conocen lenguas modernas y se
expresan mal en ruso; ayer mismo un colega mío, profesor de higiene, se quejaba
de que se veía obligado a explicar las cosas dos veces, ya que sus alumnos no
saben casi nada de física y no tienen la menor idea de meteorología. Se someten
de buena gana a la influencia de cualquier escritor contemporáneo, incluso de
los mediocres, pero se muestran totalmente indiferentes a autores clásicos como
Shakespeare, Marco Aurelio, Epicteto o Pascal, y esa incapacidad para
distinguir lo grande de lo pequeño manifiesta ante todo su desconocimiento de
la vida. Todas las cuestiones complejas de carácter más o menos social (por
ejemplo, la emigración) las resuelven con suscripciones, no por la vía de la
experimentación y la investigación científica, aunque ese método está a su
disposición y es más afín a su formación. No tienen ningún reparo en
convertirse en médicos internos, asistentes, personal de laboratorio, médicos
externos, y están dispuestos a ocupar esos puestos hasta los cuarenta años,
aunque la independencia, el sentido de la libertad y la iniciativa individual
no es menos necesaria en la ciencia que, por ejemplo, en el arte o el comercio.
Tengo
alumnos y oyentes, pero no ayudantes y sucesores, y
por eso los aprecio y me conmuevo, pero no me siento orgulloso de ellos.
Etcétera, etcétera…
Esa clase de defectos, por muy numerosos que sean,
sólo pueden suscitar un ánimo pesimista o pendenciero en personas pusilánimes y
tímidas. Todos ellos son de carácter casual y pasajero y dependen por entero de
las condiciones de vida; bastan unos diez años para que desaparezcan o dejen su
lugar a otros defectos nuevos, que son inevitables y que, a su vez, asustarán a
los pusilánimes. Los pecados de los estudiantes a veces me irritan, pero esa
irritación no es nada comparada con la alegría que experimento desde hace ya
treinta años cuando converso con los alumnos, les doy clase, observo sus
relaciones y los comparo con personas que no pertenecen a su círculo.
Mijaíl Fiódorovich critica, Katia escucha, y
ninguno de los dos se da cuenta del profundo abismo al que los va arrastrando
poco a poco una diversión en apariencia tan inocente como censurar a los demás.
No advierten que una simple conversación va adentrándose paulatinamente en el
terreno de la burla y el escarnio y que ambos empiezan a recurrir a métodos
calumniosos.
—Hay algunos tipos ridículos —dice Mijaíl
Fiódorovich—. Ayer voy a casa de Yegor Petróvich
y me
encuentro allí a un empollón, uno de sus estudiantes de medicina, de tercer
curso, me parece. Con una cara… de estilo dobroliuboviano[9] y en la frente la
impronta de la profundidad de pensamiento. Nos pusimos a hablar. «Así son las
cosas, jovencito —digo—. He leído que un alemán (he olvidado su nombre) ha
obtenido un nuevo alcaloide, la idiotina, del cerebro humano». ¿Y pueden
creérselo? Se lo creyó y hasta adoptó una expresión de respeto, como si se
dijera: «¡Buenos somos los médicos!». Y les contaré otro caso. Hace unos días
voy al teatro. Me siento. En la fila de delante hay dos personas: uno era, por
lo visto, un estudiante de derecho; el otro, desgreñado, de medicina. Este
último estaba borracho como una cuba y no prestaba la menor atención al escenario.
Se había quedado medio dormido y daba cabezadas. Pero, en cuanto un actor
iniciaba un monólogo en voz alta o simplemente subía el tono, nuestro hombre se
estremecía, le daba un codazo a su vecino y preguntaba: «¿Qué dice? ¿Algo
sublime?». «Sí», respondía el otro. «¡Bravo! —voceaba el estudiante de
medicina—. ¡Sublime! ¡Bravo!». Como ven, ese zoquete borracho no había ido al
teatro en busca de arte, sino de algo sublime. Necesitaba algo sublime.
Katia le escucha y se ríe. Su risa tiene algo de
extraño: las aspiraciones, rápidas y regulares, se alternan con las
espiraciones, como si estuviese tocando el acordeón, y en su rostro sólo se
distienden las aletas de la nariz. Yo me desanimo y no sé qué decir. Pero, al
cabo de un momento, monto en cólera y, fuera de mis casillas, me pongo en pie y
grito:
—¡Callaos de una vez! ¿Qué hacéis ahí sentados como
dos sapos, envenenando el aire con vuestro aliento? ¡Ya basta!
Y, sin esperar a que acaben con sus murmuraciones,
me dispongo a marcharme a mi casa. Además, ya va siendo hora: son más de las
diez.
—Yo me quedaré un ratito más —dice Mijaíl
Fiódorovich—. ¿Me da su permiso, Yekaterina Vladímirovna?
—Desde luego —responde Katia.
—Bene. En ese caso, ordene que nos traigan otra
botella.
Ambos me acompañan con una vela en la mano hasta el
recibidor y, mientras me pongo el abrigo, M ijaíl Fiódorovich dice:
—En los últimos tiempos ha envejecido y adelgazado
usted mucho, Nikolái Stepánovich. ¿Qué le
pasa? ¿Está enfermo?
—Sí, un poco.
—Y no se trata… —observa Katia con aire sombrío.
—¿Y por qué no se trata? ¿Cómo es posible? Dios
ayuda a quien se ayuda, amigo mío. Salude a los suyos y transmítales mis
disculpas por llevar tanto tiempo sin visitarlos. Dentro de unos días, antes de
partir para el extranjero, iré a despedirme. ¡Sin falta! M e marcho la semana
que viene.
Salgo de casa de Katia irritado, asustado por los
comentarios sobre mi salud y descontento conmigo mismo. Me pregunto si en
verdad debería hacerme tratar por alguno de mis colegas. Y en ese momento me
imagino que ese colega, después de auscultarme, se acerca en silencio a la
ventana, reflexiona unos instantes y a continuación, volviéndose hacia mí y
procurando que no adivine la verdad en su cara, me dice con indiferencia: «De
momento no veo nada de particular, pero de todos modos, colega, le aconsejaría
que dejara las clases…». Y eso me privará de mi última esperanza.
¿Quién no tiene esperanzas? Incluso ahora que he
establecido mi propio diagnóstico y puesto en práctica mi propio tratamiento, a
veces albergo la esperanza de que mi ignorancia me engañe, de equivocarme con
respecto a la albúmina y el azúcar que detecto en mi organismo, y también con
respecto al corazón y los edemas que he descubierto ya un par de veces por la
mañana. Cuando, con el celo de un hipocondríaco, releo manuales de terapia y
cambio a diario de medicamentos, tengo siempre la impresión de que acabaré
encontrando algo que me alivie. Qué mezquino es todo eso.
Ya cubra el firmamento una capa de nubes o brillen
la luna y las estrellas, siempre que vuelvo a casa alzo la vista y pienso que
pronto me llevará la muerte. Se diría que en tales momentos mis pensamientos
deberían ser profundos como el cielo, brillantes, sorprendentes… ¡Pero no!
Pienso en mí mismo, en mi mujer, en Liza, en Gnékker, en los estudiantes y, en
general, en los hombres; los pensamientos que albergo son ruines y mezquinos,
pretendo engañarme a mí mismo; en esos instantes mi concepción del mundo podría
expresarse con las palabras que el famoso Arakchéiev [10] dejó escritas en una
de sus cartas privadas: «Todo el bien del mundo no puede existir sin el mal, y
el mal es siempre mayor que el bien». Es decir, todo es repugnante, no hay
razón para vivir y mis sesenta y dos años de existencia deben considerarse un
tiempo perdido. Esos pensamientos me sorprenden y trato de convencerme de que
son casuales, pasajeros, superficiales, pero acto seguido me digo: «Si eso es
así, ¿por qué cada tarde te dejas arrastrar por esos dos sapos?».
Y me juro no volver nunca más a casa de Katia,
aunque sé que al día siguiente volveré.
Al tirar de la campanilla en la puerta de entrada y
luego, al subir por la escalera, siento que ya no tengo familia ni albergo
ningún deseo de recobrarla. No cabe duda de que esos nuevos pensamientos
arakcheievianos no son casuales ni pasajeros, sino que se han apoderado de todo
mi ser. Con mala conciencia, deprimido, indolente, moviendo a duras penas los
brazos y las piernas, como si hubieran cargado sobre mis espaldas un fardo de
una tonelada, me voy a la cama y no tardo en quedarme dormido.
Pero luego viene el insomnio.
IV
Con la llegada del verano la vida cambia.
Una hermosa mañana Liza entra en mi cuarto y dice
en tono de broma:
—Vamos, su excelencia. Ya está todo preparado.
Mi excelencia es conducida a la calle, acomodada en
un coche y trasladada fuera de la ciudad. A lo largo del camino, como no tengo
nada mejor que hacer, voy leyendo los letreros de derecha a izquierda. La
palabra «taberna» se transforma en «anrebat». Sería un buen apellido baronil:
la baronesa Anrebat. Después pasamos por el cementerio, que no me causa ninguna
impresión, aunque pronto acabaré allí. Luego atravesamos un bosque y a
continuación otro campo. No hay nada interesante. Al cabo de dos horas de viaje
mi excelencia entra en la planta baja de una dacha y se instala en una
habitación pequeña y muy alegre, empapelada de azul.
De noche, como de costumbre, vuelve el insomnio,
pero por la mañana ya no tengo que oír a mi mujer y puedo quedarme en la cama.
No duermo; es una especie de duermevela, de semiinconsciencia: sé que no estoy
dormido, pero sueño. A mediodía me levanto y me siento, por costumbre, a mi
escritorio, pero, en lugar de trabajar, me entretengo con unos libritos
franceses de tapas amarillas que me envía Katia. Desde luego, sería más
patriótico leer autores rusos, pero reconozco que no les profeso demasiada
simpatía. Exceptuando a dos o tres autores ya mayores, toda la literatura
actual no me parece literatura, sino una especie de industria artesanal que
sólo existe para que se la jalee, aunque la gente se resiste a usar sus
productos. Ni siquiera las mejores de esas creaciones artesanales pueden
calificarse de excelentes ni elogiarse con sinceridad sin ponerles algún
reparo, y lo mismo cabe decir de todas las novedades literarias que he leído en
los últimos diez o quince años: no hay ninguna que sea magnífica, que pueda
elogiarse sin un pero. En una se advierte inteligencia y buen gusto, pero no
talento; en otra, talento y buen gusto, pero no inteligencia; en una tercera,
por último, talento e inteligencia, pero no buen gusto.
No voy a afirmar que los libros franceses muestren
talento, inteligencia y buen gusto. Tampoco ellos me satisfacen. Pero no son
tan aburridos como los rusos y no es raro encontrar en sus líneas el elemento
fundamental del arte: el sentimiento de la libertad individual, del que carecen
los autores rusos. No recuerdo una sola obra nueva en la que el autor, desde la
primera página, no trate de enredarse en toda clase de convencionalismos y de
hacer concesiones a su propia conciencia. Uno tiene miedo de hablar del cuerpo
desnudo, otro se ha atado de pies y manos al análisis psicológico, un tercero
necesita «una actitud afectuosa con el ser humano», un cuarto llena
intencionadamente páginas y páginas con descripciones de la naturaleza para que
no le acusen de tendencioso… Uno quiere aparecer en sus obras como
representante de la clase media; otro, como aristócrata, etcétera. Ideas
preconcebidas, cautela, segundas intenciones, pero ninguna libertad ni valor
para escribir como querrían y, en consecuencia, ninguna creatividad.
Todo eso se refiere a las llamadas bellas letras.
En lo que respecta a los artículos serios que se
publican en Rusia, por ejemplo, sobre sociología, arte y demás, no los leo por
simple timidez. Por alguna razón, de niño y de joven me daban miedo los
porteros y los acomodadores de los teatros, y ese temor no me ha abandonado.
Todavía hoy me dan miedo. Dicen que sólo nos asusta lo que no entendemos. Y en
verdad resulta muy difícil entender la altivez, arrogancia y mayestática
descortesía de los porteros y acomodadores. Al leer un artículo serio, se apodera
de mí ese mismo temor indefinido. La extraordinaria pomposidad, el tono jocoso
de general, la familiaridad con que se manejan los nombres de autores
extranjeros, la habilidad para no decir nada sin perder ese aire de dignidad:
todo eso me resulta incomprensible, me asusta y me parece
totalmente alejado de la modestia y el tono
tranquilo de caballero al que me he acostumbrado leyendo las obras de nuestros
médicos y naturalistas. Encuentro difícil leer no sólo los artículos, sino
también las traducciones que hacen o redactan los rusos serios. El tono
presuntuoso y condescendiente de los prefacios, las notas excesivas del
traductor distraen mi atención, los signos de interrogación y los sic entre
paréntesis, diseminados generosamente por el traductor a lo largo de todo el
artículo o del libro me parecen un atentado contra la personalidad del autor y
contra mi independencia de lector.
En una ocasión se me pidió que acudiera como perito
a una sesión de la Audiencia Provincial. Durante el receso, uno de mis colegas
me dijo que prestara atención a la rudeza con que el fiscal trataba a los
acusados, entre los que figuraban dos mujeres con formación. Creo que no
exageré lo más mínimo cuando le respondí a mi amigo que ese comportamiento no
era más grosero que el que empleaban entre sí los autores de artículos serios.
En realidad, esas actitudes son tan toscas que uno sólo puede comentarlas con
pesadumbre. Al referirse a sus colegas o a los escritores que critican, hacen
gala de una deferencia exagerada, con menoscabo de su propia dignidad, o bien,
por el contrario, de una malevolencia más acusada que la que yo he empleado con
mi futuro yerno, Gnékker, en estas notas. Acusaciones de irresponsabilidad, de
segundas intenciones y hasta de toda clase de delitos constituyen el adorno
habitual de los artículos serios. Y eso es ya, como les gusta decir en sus
articulillos a los jóvenes médicos, la ultima ratio. Es inevitable que tales
actitudes tengan sus repercusiones en la moral de la nueva generación de
escritores: por eso no me sorprende lo más mínimo que en las obras literarias
de los últimos diez o quince años los protagonistas se atiborren a vodka y las
protagonistas no sean demasiado castas.
Leo libros franceses y miro por la ventana abierta.
Veo las estacas de la cerca, dos o tres arbolillos escuálidos y, más allá, el
camino, los campos, la ancha franja de un bosque de coníferas. A menudo
contemplo a una muchacha y un muchacho, ambos rubios y desastrados, que se
encaraman a la valla
y se ríen de
mi calva. En sus ojillos brillantes puedo leer: «¡Ven aquí, pelón!». Tal vez
sean las únicas personas a las que no les importe nada mi celebridad ni mi
rango.
Ahora no recibo visitas todos los días. Mencionaré
sólo las de Nikolái y las de Piotr Ignátevich. Nikolái suele venir los días de
fiesta, en principio por cuestiones de trabajo, pero más que nada para verme.
Llega un tanto achispado, algo que no sucede nunca en invierno.
—¿Qué hay de nuevo? —le pregunto, saliendo a
recibirlo.
—¡Excelencia! —dice, llevándose la mano al corazón
y mirándome con el entusiasmo de un enamorado—. ¡Excelencia! ¡Que me castigue
Dios! ¡Que me parta un rayo aquí mismo! Gaudeamus igitur iuvenes dum sumus!
Y me besa apasionadamente los hombros, las mangas,
los botones. —¿Va todo bien por allí? —le pregunto.
—¡Excelencia! Le juro por lo más sagrado…
Como no deja de invocar a Dios sin venir a cuento,
pronto me cansa, así que lo mando a la cocina, donde le dan de comer.
Piotr Ignátevich viene también los días de fiesta
para ver cómo estoy y compartir conmigo sus pensamientos. Suele sentarse junto
al escritorio, modesto, aseado, juicioso, sin decidirse a cruzar las piernas o
apoyar el codo en la mesa, y con su voz serena y monótona no para de contarme
con frases pulidas y librescas diversas novedades —que juzga muy interesantes y
jugosas— leídas en revistas y libros. Todas esas novedades se asemejan y
pertenecen al mismo tipo: un francés ha hecho un
descubrimiento, un alemán le demuestra que ese
descubrimiento ya fue realizado en 1870 por un norteamericano, y otro alemán,
más listo que ellos, les demuestra que han metido la pata, tomando los glóbulos
de aire que aparecían bajo el microscopio por pigmentos oscuros. Incluso cuando
quiere hacerme reír, Piotr Ignátevich se explaya y se pierde en detalles, como
si estuviera defendiendo una tesis, haciendo una enumeración prolija de las
fuentes bibliográficas utilizadas y procurando no equivocarse en las cifras,
los números de las revistas y los nombres de las personas que menciona, de
suerte que no dice simplemente Petit, sino Jean Jacques Petit. A veces se queda
a comer y entonces se pasa toda la comida contando esas historias jugosas, que
desesperan a los comensales. Si Gnékker
y Liza
inician en su presencia una conversación sobre fugas y contrapuntos, sobre
Brahms y Bach, Piotr Ignátevich baja modestamente los ojos, muy confuso: le da
vergüenza que delante de personas serias como él y yo se hable de tales
vulgaridades.
Dado mi actual estado de ánimo, bastan cinco
minutos para que sus comentarios me causen tanto aburrimiento como si llevara
viéndolo y escuchándolo toda una eternidad. Odio a ese pobre diablo. Su voz
serena y monótona y su lenguaje libresco me agotan y sus relatos me nublan la
cabeza… Alimenta por mí los mejores sentimientos y habla conmigo sólo para
distraerme, pero yo le pago mirándolo fijamente a los ojos, como si quisiera
hipnotizarlo, repitiendo para mis adentros: «Vete, vete, vete…». Pero no sucumbe
a mi sugestión mental y sigue allí sentado…
Mientras está en casa, no puedo dejar de pensar:
«Es muy probable que, cuando me muera, le asignen mi puesto»; entonces me
figuro que mi pobre aula es un oasis cuyo arroyo se ha secado, y me muestro
desconsiderado, taciturno y sombrío con Piotr Ignátevich, como si la culpa de
esos pensamientos la tuviese él, no yo. Cuando, como de costumbre, empieza a
alabar a los científicos alemanes, ya no bromeo amablemente como antes, sino
que farfullo con cara de pocos amigos:
—Sus alemanes son unos asnos…
Una reacción que me recuerda aquella ocasión en que
el difunto profesor Nikita Krilov[11], bañándose con Pirogov en Revel[12], se
puso a refunfuñar, enfadado porque el agua estaba muy fría: «¡Malditos
alemanes!». Me comporto mal con Piotr Ignátevich y sólo cuando se marcha y
distingo desde la ventana su sombrero gris al otro lado de la empalizada, me
dan ganas de llamarlo y decirle: «¡Perdóneme, amigo mío!».
La comida es más aburrida que en invierno. Gnékker,
al que ahora detesto y desprecio, come con nosotros casi todos los días. Antes
soportaba su presencia en silencio; ahora, en cambio, le dirijo frases
hirientes que hacen enrojecer a mi mujer y a Liza. Llevado de mi mal humor, a
veces digo verdaderas tonterías, sin saber por qué lo hago. Así, un día, pasé
un buen rato mirando a Gnékker con desprecio y al final solté de sopetón:
Las águilas pueden volar más bajo que las gallinas,
pero las gallinas nunca se alzarán hasta las
nubes…[13]
Y lo que más me irrita es que la gallina-Gnékker se
comporta de forma mucho más inteligente que el águila-profesor. Sabiendo que mi
mujer y mi hija están de su parte, ha adoptado la siguiente táctica: responde a
mis groserías con un silencio condescendiente (el viejo desbarra, ¿a santo de
qué discutir con él?) o bien me gasta una broma bienintencionada. ¡Es increíble
hasta qué punto puede llegar la mezquindad de un hombre! Me paso toda la comida
soñando con el día en que se demuestre que
Gnékker es un aventurero, mi mujer y Liza se den
cuenta de su error y yo pueda burlarme de ellas. ¡Y esas elucubraciones
absurdas se me ocurren cuando estoy con un pie en la tumba!
Últimamente se producen malentendidos que antes
sólo conocía de oídas. Aunque me resulte embarazoso, voy a describir uno de
ellos, que se produjo hace unos días después de la comida.
Estoy en mi habitación fumándome una pipa. Como de
costumbre, mi mujer entra y se pone a hablar de lo conveniente que sería, ahora
que hace calor y tengo tiempo libre, que viajara a Járkov para informarme de la
clase de persona que es nuestro Gnékker.
—Está bien, iré… —convengo yo.
Mi mujer, satisfecha con mi respuesta, se levanta y
se encamina a la puerta, pero acto seguido vuelve sobre sus pasos y dice:
—Por cierto, quería pedirte otra cosa. Sé que vas a
enfadarte, pero mi obligación es prevenirte… Perdona que te lo diga, Nikolái
Stepánovich, pero todos nuestros conocidos y vecinos han empezado a murmurar
que vas demasiado a menudo a casa de Katia. Es una mujer inteligente e
instruida, no lo discuto, y resulta agradable pasar el tiempo con ella, pero a
tus años y con tu posición social… ¿Sabes?, me parece extraño que encuentres
grata su compañía… Además, tiene una reputación que…
De pronto toda la sangre del cerebro afluye a mis
venas, mis ojos echan chispas, me levanto de un salto y, cogiéndome la cabeza
con las manos, me pongo a patear el suelo y grito con una voz que no reconozco
como propia:
—¡Déjame! ¡Déjame! ¡Déjame!
Es probable que la expresión de mi rostro sea
terrible y mi voz extraña, porque mi mujer palidece de pronto y grita a voz en
cuello, con una voz también ajena y desesperada. Al oír nuestros gritos, Liza,
Gnékker y después Yegor acuden corriendo…
—¡Dejadme! —grito—. ¡Fuera! ¡Dejadme!
Las piernas se me han entumecido, no las siento en
absoluto. Advierto que caigo en brazos de alguien, luego oigo llantos por un
instante y a continuación sufro un desvanecimiento que dura dos o tres horas.
Ahora voy a hablar de Katia. Viene a verme todos
los días a la caída de la tarde, detalle que, como es natural, no pasa
desapercibido a los vecinos y a los conocidos. Entra sólo para recogerme y me
lleva a dar un paseo. Tiene un caballo y una calesa nueva, comprada este
verano. En general, vive a lo grande: ha alquilado una dacha cara con un gran
jardín, a la que se ha llevado todos los muebles que tenía en la ciudad. Ha
contratado dos criadas, un cochero… A menudo le pregunto:
—Katia, ¿de qué vas a vivir cuando hayas dilapidado
todo el dinero de tu padre?
—Ya veremos —responde.
—Ese dinero merece una actitud más responsable por
tu parte, amiga mía. Lo ganó un buen hombre con un trabajo honrado.
—Lo sé. Ya me lo ha dicho antes.
Al principio atravesamos los campos, luego el
bosque de coníferas que se ve desde mi ventana. La naturaleza, como siempre, me
parece maravillosa, aunque el demonio me susurra que todos esos pinos y abetos,
esas aves y esas nubes blancas en el cielo, no repararán en mi ausencia cuando,
dentro de tres o cuatro meses, deje de existir. A Katia le gusta guiar el
caballo y disfruta del buen tiempo y de mi compañía. Está de buen humor y no
pronuncia comentarios hirientes.
—Es usted una persona excelente, Nikolái
Stepánovich —dice—. Un raro ejemplar; ningún actor
sería capaz de representarle. A mí o, por ejemplo,
a Mijaíl Fiódorovich, podría representarnos incluso un actor malo, pero no a
usted. ¡Me da usted envidia, una envidia tremenda! Porque ¿qué soy yo? ¿Qué?
—se queda pensativa unos instantes y me pregunta—: Nikolái Stepánovich, soy un
fenómeno negativo, ¿no es verdad?
—Sí —respondo yo.
—Hum… ¿Y qué puedo hacer?
No sé qué responderle. Sería fácil decirle:
«Trabaja», o bien: «Reparte tus
bienes entre los
pobres», o: «Conócete a ti misma». Y, precisamente
porque es fácil decirlo, no doy con la respuesta.
Mis colegas terapeutas, cuando enseñan a sus
alumnos cómo deben atender a los pacientes, aconsejan «individualizar cada
caso». Uno no tiene más que seguir ese consejo para convencerse de que los
métodos que en los manuales se consideran mejores y más idóneos para su uso
general se revelan completamente inútiles en la mayoría de los casos. Lo mismo
sucede con los desarreglos de orden moral.
Pero alguna cosa tengo que responder, así que
finalmente digo:
—Dispones de demasiado tiempo libre, amiga mía.
Tienes que encontrar una ocupación. ¿Por qué no vuelves a los escenarios, si
tienes vocación de actriz?
—No puedo.
—Hablas y te comportas como si fueras una mártir, y
eso no me gusta, amiga mía. Tú misma tienes la culpa. Recuerda que empezaste
enfadándote con la gente y con las costumbres imperantes, pero no has hecho
nada por mejorarlas. No has combatido el mal, tus fuerzas se han agotado, pero
no eres víctima de una lucha, sino de tu propia impotencia. No cabe duda de que
entonces eras muy joven e inexperta, pero ahora todo podría seguir otro rumbo.
¡Te lo digo de verdad, vuelve a los escenarios! Trabajarás, rendirás un
servicio a un arte sagrado…
—Déjese de historias, Nikolái Stepánovich —me
interrumpe Katia—. Pongámonos de acuerdo de una vez para siempre: hablemos de
actores, actrices y escritores, pero dejemos en paz el arte. Es usted una
persona magnífica, fuera de lo común, pero su comprensión del arte no es tan
profunda como para creer sinceramente que sea sagrado. No tiene usted
sensibilidad ni oído para el arte. Ha estado ocupado toda su vida y no ha
tenido tiempo de adquirir esa sensibilidad. En cualquier caso… ¡no me gustan
estas conversaciones sobre arte! —continúa nerviosa—. ¡No me gustan! ¡Ya lo han
pervertido bastante!
—¿Quién lo ha pervertido?
—Unos lo han pervertido con sus borracheras; los
periódicos, con su actitud irrespetuosa; las personas inteligentes, con la
filosofía.
—La filosofía no tiene nada que ver con esto.
—Ya lo creo que sí. Cuando alguien se pone a
filosofar es que no entiende nada.
Para evitar que la conversación acabe en disputa,
me apresuro a cambiar de tema y después guardo silencio durante un buen rato.
Sólo cuando salimos del bosque y nos dirigimos a la dacha de Katia, vuelvo a
retomar la cuestión y le pregunto:
—De todos modos, aún no me has contestado: ¿por qué
no quieres volver a los escenarios? —¡Nikolái Stepánovich, eso es una crueldad
por su parte! —grita ella y de pronto se pone como
la grana—. ¿Quiere que le diga en voz alta la
verdad? Muy bien… si es que tanto lo desea. ¡No tengo talento! M e falta
talento y … me sobra amor propio. ¡De eso se trata!
Una vez hecha esa confesión, vuelve la cara y, para
ocultar el temblor de sus manos, tira con fuerza de las riendas.
Cuando nos acercamos a la dacha, vemos de lejos a
Mijaíl Fiódorovich, que pasea junto a la cancela y nos espera con impaciencia.
—¡Otra vez ese Mijaíl Fiódorovich! —dice Katia con
enfado—. ¡Quítemelo de encima, por favor! Se me ha vuelto tedioso y molesto…
¡No lo soporto!
Hace tiempo que Mijaíl Fiódorovich tendría que
haberse ido al extranjero, pero demora su partida cada semana. En los últimos
tiempos, se han operado en él algunos cambios: ha adelgazado, el vino le
emborracha, algo que nunca sucedía antes, y sus cejas negras han empezado a
encanecer. Cuando nuestra calesa se detiene delante de la cancela, no oculta su
alegría y su impaciencia. Excitado, nos ayuda a apearnos, no para de hacernos
preguntas, se ríe, se frota las manos y esa aura de mansedumbre, súplica y pureza
que antes sólo advertía en su mirada, se ha extendido ahora a toda la cara.
Está contento y al mismo tiempo se avergüenza de su alegría, así como de haber
adoptado la costumbre de visitar a Katia todas las tardes, y considera
necesario justificar su aparición con motivos tan absurdos como este: «Pasaba
por aquí y se me ocurrió hacerle una visita».
Entramos los tres en la casa; al principio bebemos
té, luego aparecen sobre la mesa los dos inevitables mazos de cartas, un gran
trozo de queso, frutas y una botella de champán de Crimea. Los temas de
conversación no han cambiado: son los mismos que en invierno. Arremetemos
contra la universidad, los estudiantes, la literatura y el teatro; a fuerza de
tanta maledicencia, el aire se vuelve más denso y sofocante; ahora lo envenenan
el aliento de tres sapos, no de dos, como en invierno. Además de la risa aterciopelada,
de barítono, y de las carcajadas de acordeón, la criada que nos sirve la mesa
oye también una risita desagradable y temblorosa, como la de los generales de
los vodeviles: je, je, je…
V
Hay noches terribles, con truenos, relámpagos,
lluvia y viento, a las que suele llamarse «noches de perros». He experimentado
en mi vida privada una noche de ese tipo…
Me despierto después de medianoche y me levanto de
la cama de un salto. Por alguna razón, me asalta la sospecha de que voy a morir
de un momento a otro. ¿A qué viene ese temor? Ninguna de mis sensaciones
corporales indica que el fin esté cercano, pero de mi alma se apodera un horror
espantoso, como si de pronto hubiera visto un enorme resplandor siniestro.
Enciendo una luz a toda prisa, bebo un trago de
agua directamente de la garrafa, luego corro a la ventana abierta. Fuera hace
un tiempo magnífico. El aire huele a heno y a alguna otra planta embriagadora.
Veo los picos de la cerca, los soñolientos arbolillos escuálidos junto a la
ventana, el camino, la oscura franja del bosque. En el cielo, limpio de nubes,
luce una luna serena, muy brillante. Reina el silencio, no se mueve ni una sola
hoja. Tengo la impresión de que todo me mira y se apresta a asistir a mi
muerte…
Me ahogo. Cierro la ventana y corro a la cama. Me
tomo el pulso y, no encontrándolo en la muñeca, lo busco en las sienes, luego
en la sotabarba y de nuevo en la muñeca, y cada una de esas zonas está fría,
viscosa de sudor. Mi respiración se vuelve cada vez más acelerada, me tiembla
el
cuerpo, las tripas se remueven en mi interior, y
tengo la sensación de que mi cara y mi calva están cubiertas de telarañas.
¿Qué hacer? ¿Llamar a la familia? No, no es
necesario. No sé qué iban a hacer mi mujer y Liza si entraran en mi habitación.
Oculto la cabeza debajo de la almohada, cierro los
ojos y espero, espero… Tengo la espalda helada y se diría que se estuviera
replegando hacia dentro; me asalta la sospecha de que la muerte va a
abalanzarse sobre mí por detrás, a hurtadillas…
—¡Kivi-kivi! —resuena de pronto en el silencio de
la noche, y no logro discernir si ese sonido proviene de mi pecho o de la
calle.
—¡Kivi-kivi!
¡Dios mío, qué espanto! Me bebería otro trago de
agua, pero me da pavor abrir los ojos y levantar la cabeza. Es un miedo cerval,
incontrolable, cuya razón no alcanzo a comprender: ¿se debe a que ansío vivir o
a que me espera un dolor nuevo, aún desconocido?
En el piso de arriba se oyen no sé si sollozos o
risas… Aguzo el oído. Algo después resuenan pasos en la escalera. Alguien baja
con premura y a continuación vuelve a subir. Al cabo de un momento se oyen de
nuevo pasos abajo; alguien se detiene junto a la puerta de mi habitación y se
queda escuchando.
—¿Quién está ahí? —grito.
La puerta gira, yo me arriesgo a abrir los ojos y
distingo a mi mujer. Está pálida y tiene ojos de haber llorado.
—¿Duermes, Nikolái Stepánovich? —pregunta.
—¿Qué quieres?
—Por el amor de Dios, ven a ver a Liza. Le pasa
algo…
—Está bien… ahora mismo… —murmuro, muy contento de
tener compañía—. Está bien… Ya voy .
Sigo a mi mujer y escucho lo que me dice, pero mi
agitación me impide entender sus palabras. En los peldaños de la escalera
danzan manchas de luz proyectadas por la vela que tiene en la mano y nuestras
largas sombras se estremecen; mis pies tropiezan con el faldón de su bata;
jadeo y tengo la impresión de que algo me persigue y quiere cogerme por detrás.
«Voy a morir aquí mismo, en esta escalera —pienso—. Aquí mismo…». Pero ya hemos
superado la escalera, continuamos por el oscuro pasillo con una ventana italiana
y entramos en la habitación de Liza, que está sentada en la cama con los pies
colgando, sólo con el camisón, y solloza.
—¡Ah, Dios mío… ah, Dios mío! —balbucea, entornados
los ojos a la luz de nuestra vela—. No puedo más, no puedo más…
—Liza, hija mía —le digo—, ¿qué te pasa?
Al verme, pega un grito y se me arroja al cuello.
—Papá, papaíto… —exclama entre gemidos—, mi papaíto
querido… Bien mío, cariño… No sé lo que me pasa… ¡Estoy tan apenada…!
M e abraza, me besa y murmura palabras afectuosas,
como las que le oía decir cuando era niña. —Tranquilízate, hija mía, por el
amor de Dios —le digo—. Deja de llorar. Yo también estoy
apenado.
Trato de arroparla, mi mujer le ofrece agua, y
ambos vamos y venimos en desorden alrededor de
la cama. Mi hombro choca con el suyo, y en ese
momento me acuerdo de cuando bañábamos juntos a nuestros hijos.
—¡Ayúdala, ayúdala! —me implora mi mujer—. ¡Haz
algo!
Pero ¿qué puedo hacer? Nada. La muchacha tiene un
peso en el corazón, pero yo no sé qué es, no entiendo lo que le ocurre, así que
me limito a murmurar:
—No es nada, no es nada… Ya pasará… Duerme, duerme…
Como hecho a propósito, en el patio se oye de
pronto un ladrido, primero contenido e incierto, luego más alto, acompañado de
otro. Nunca he concedido importancia a presagios como el ladrido de un perro o
el grito de una lechuza, pero ahora el corazón se me encoge dolorosamente y me
apresuro a buscar una explicación a ese ladrido.
«Bobadas —pienso—. Es la influencia de un organismo
sobre otro. Mi fuerte tensión nerviosa se ha transmitido a mi mujer, a Liza, al
perro, nada más… Esas transmisiones explican las premoniciones, los
presentimientos…».
Poco después, cuando regreso a mi habitación para
escribirle a Liza una receta, ya no pienso que voy a morirme de un momento a
otro, pero siento tanta pesadumbre y fastidio que hasta lamento no haberme
muerto de golpe. Paso un buen rato en medio de la habitación, inmóvil, pensando
qué podría prescribirle a Liza, pero los sollozos en la planta de arriba han
enmudecido, así que decido no prescribirle nada; no obstante, sigo sin moverme
de mi sitio…
Reina un silencio de muerte, un silencio que, como
dijo un escritor, hasta zumba en los oídos. El tiempo pasa despacio, las
franjas de luz lunar sobre el alféizar no cambian de posición, como si se
hubieran petrificado… Aún queda mucho para el amanecer.
Pero de pronto chirría la cancela de la valla,
alguien entra con sigilo y, rompiendo una ramita de uno de los arbolillos
escuálidos, golpea con mucho tiento mi ventana.
—¡Nikolái Stepánovich! —susurra una voz—. ¡Nikolái
Stepánovich!
Abro la ventana y me parece estar soñando: allí
abajo, apretada contra el muro, hay una mujer vestida de negro, alumbrada de
lleno por la luna, que me mira con sus grandes ojos. Su rostro pálido y grave
tiene cierto aire fantástico a la luz de la luna, como si fuera de mármol; le
tiembla el mentón.
—Soy yo… —dice—. ¡Katia!
A la luz de luna todos los ojos de mujer parecen
grandes y negros, y las figuras más altas y pálidas; por esa razón,
probablemente, no la reconocí en un primer momento.
—¿Qué te pasa?
—Perdone —dice—. De pronto sentí una angustia
insoportable… No pude contenerme y he venido hasta aquí… Había luz en su
ventana y … decidí llamar… Perdone… ¡Ah, si supiese qué angustia sentía! ¿Qué
está usted haciendo?
—Nada… El insomnio.
—Tenía un presentimiento. Bobadas, en cualquier
caso —sus cejas se arquean, algunas lágrimas brillan en sus ojos y todo su
rostro se ilumina con esa conocida expresión de credulidad que hacía tanto
tiempo no veía—. ¡Nikolái Stepánovich! —dice suplicante, tendiéndome ambas
manos—. Querido, le pido… le suplico… Si no desdeña mi amistad y tiene en algo
el respeto que le profeso, le ruego que atienda la petición que voy a hacerle.
—¿De qué se trata?
—¡Quédese con mi dinero!
—¡Vaya lo que se le ha ocurrido! ¿Y qué voy a hacer
yo con tu dinero?
—Márchese a alguna parte a curarse… Necesita
ponerse en tratamiento. ¿Lo aceptará, verdad?
¿Verdad que sí, amigo mío? —me mira ansiosamente y
repite—: ¿Verdad que lo aceptará?
—No, querida, no lo aceptaré… —digo yo—. Pero te lo
agradezco.
Me da la espalda y agacha la cabeza. Probablemente
el tono de mi negativa impide cualquier comentario más sobre el dinero.
—Vete a casa a dormir —le digo—. Nos veremos
mañana.
—Entonces, ¿no me considera usted amiga suya?
—pregunta abatida.
—Yo no he dicho eso. Pero tu dinero no me sirve de
nada en estos momentos.
—Perdone… —dice, bajando la voz una octava—. Le
entiendo… Aceptar un préstamo de una persona como yo… de una actriz retirada…
Bueno, adiós.
Y se marcha tan deprisa que ni siquiera tengo
tiempo de despedirme.
VI
Estoy en Járkov.
Dado que sería inútil, y aun superior a mis
fuerzas, luchar contra mi actual estado de ánimo, he decidido que mis últimos
días de vida sean irreprochables, al menos desde un punto de vista formal; sé
muy bien que he sido injusto con mi familia, así que al menos trataré de hacer
lo que me pide. Y, si hay que ir a Járkov, voy a Járkov. Además, en los últimos
tiempos me he vuelto tan indiferente a todo que me da exactamente lo mismo ir a
Járkov que a París o a Berdíchev.
He llegado a mediodía y me he alojado en un hotel
cercano a la catedral. Me mareé en el tren y me resfrié por culpa de las
corrientes de aire, y ahora estoy sentado en la cama, con la cabeza entre las
manos, esperando que empiece el tic. Tendría que ir hoy mismo a visitar a unos
profesores conocidos, pero no tengo ganas ni fuerzas.
Entra el viejo camarero de planta y me pregunta si
la cama tiene sábanas. Lo retengo durante unos cinco minutos y le hago algunas
preguntas sobre Gnékker, que es la razón por la que he venido aquí. El camarero
es natural de Járkov y conoce la ciudad como la palma de la mano, pero no
recuerda ninguna familia con ese apellido. Y, cuando le pregunto por las
posesiones, obtengo la misma respuesta.
En el pasillo el reloj da la una, luego las dos,
las tres… Estos últimos meses en que aguardo la muerte me parecen bastante más
largos que el resto de mi vida. Y nunca he sido capaz de resignarme a la
lentitud del tiempo como ahora. Recuerdo que antaño, cuando esperaba un tren en
la estación o durante un examen, un cuarto de hora me parecía una eternidad;
ahora, en cambio, puedo pasarme inmóvil en la cama una noche entera, pensando
con total indiferencia que mañana la noche será igual de larga y oscura, y lo
mismo pasado mañana.
El reloj del pasillo da las cinco, las seis, las
siete… Va oscureciendo.
Siento un moderado dolor en la mejilla: las
primeras señales del tic. Para tener ocupada la cabeza, recupero mi anterior
punto de vista, cuando no era indiferente, y me pregunto por qué yo, un hombre
célebre, consejero privado, me encuentro en esa pequeña habitación de hotel,
sentado en esa cama con una manta ajena de color gris. ¿Por qué contemplo ese
vulgar lavamanos de hojalata y oigo el tintineo
en el pasillo de ese abominable reloj? ¿Se
corresponde todo eso con mi fama y elevada posición social? Y a esas preguntas
respondo con una sonrisa irónica. Me hace gracia la ingenuidad con que en mi
juventud exageraba la importancia de la fama y de la posición exclusiva que,
según creía, llevaba aparejada. Soy famoso, mi nombre se pronuncia con
reverencia, mi retrato ha aparecido en Campo y en La Ilustración Mundial, he
leído mi propia biografía hasta en una revista alemana. ¿Y de qué me ha valido
todo eso? Aquí estoy, más solo que la una, en una ciudad extraña, en una cama
extraña, frotándome con la palma de la mano la mejilla dolorida… Las disputas
familiares, la implacabilidad de los acreedores, la grosería de los empleados
del ferrocarril, las molestias del sistema de pasaportes[14], la comida cara y
malsana de las cantinas, la descortesía generalizada, la tosquedad en el trato:
todas esas cosas y muchas otras más que sería demasiado largo enumerar me
afectan en no menor medida que a cualquier ciudadano de clase media al que sólo
conocen en el callejón en el que vive. ¿En qué consiste la excepcionalidad de
mi posición? Supongamos que sea un personaje archiconocido, un héroe del que se
enorgullece la patria; en todos los periódicos se publican informaciones sobre
mi enfermedad, me llegan por correo cartas de colegas, estudiantes y gente de
todo tipo en las que se me desea un pronto restablecimiento, pero ninguna de
esas cosas impedirá que muera en una cama ajena, deprimido, en la soledad más
absoluta… Naturalmente, nadie tiene la culpa, pero, pecador de mí, me disgusta
mi popularidad. Tengo la impresión de que me ha engañado.
A eso de las diez logro conciliar el sueño; a pesar
del tic, duermo profundamente, y habría dormido mucho más si no me hubieran
despertado. Poco después de la una alguien llama de pronto a la puerta.
—¿Quién es?
—¡Un telegrama!
—Podría habérmelo entregado mañana —refunfuño,
mientras cojo el telegrama de manos del camarero—. Ahora ya no hay manera de
que vuelva a dormirme.
—Lo siento, señor. Como la luz estaba encendida,
pensé que no dormía usted. Abro el telegrama y ante todo leo la firma. Es de mi
mujer. ¿Qué querrá? «Ayer Gnékker se casó en secreto con Liza. Regresa».
La lectura de esas palabras me deja aturdido,
aunque no por mucho tiempo. Lo que me aturde no es el comportamiento de Liza y
Gnékker, sino la indiferencia con que acojo la noticia de su boda. Se dice que
los filósofos y los verdaderos sabios son indiferentes. Mentira: la
indiferencia es una parálisis del alma, una muerte prematura.
Vuelvo a meterme en la cama y trato de pensar en
algo para tener ocupada la cabeza. ¿En qué puedo pensar? Se diría que ya he
pensado en todo lo habido y por haber y que no hay un solo tema capaz de
despertar mi interés.
El amanecer me sorprende sentado en la cama, los
brazos alrededor de las rodillas, tratando de conocerme a mí mismo, a falta de
algo mejor que hacer. «Conócete a ti mismo», excelente y útil consejo. Lo malo
es que a los antiguos no se les ocurrió enseñarnos la manera de ponerlo en
práctica.
Antes, cuando pretendía comprender a otra persona o
a mí mismo, no prestaba atención a los actos, en lo que todo es relativo, sino
a los deseos. Dime lo que quieres y te diré quién eres.
Ahora me examino a mí mismo: ¿qué quiero?
Quiero que nuestras mujeres, nuestros hijos,
nuestros amigos y nuestros alumnos amen en nosotros no el nombre, la firma o la
etiqueta, sino lo que somos como personas. ¿Qué más? Me
gustaría tener ayudantes y sucesores. ¿Qué más? Me
gustaría despertar dentro de cien años y echar al menos un vistazo a los
progresos de la ciencia. M e gustaría vivir diez años más… ¿Qué más?
Nada más. Paso un buen rato dándole vueltas, pero
no logro encontrar ninguna otra cosa. En cualquier caso, por más que medite,
por muy lejos que me lleven mis pensamientos, sé perfectamente que mis deseos
carecen de algo crucial, fundamental. En mi pasión por la ciencia, en mi deseo
de vivir, en el hecho de estar sentado en una cama ajena, en mi esfuerzo por
conocerme a mí mismo, en todos los pensamientos, emociones y conceptos que me
he formado, falta un vínculo común capaz de unir todo eso en un único conjunto.
Cada emoción y cada pensamiento viven por separado, y en todos mis juicios
sobre la ciencia, el teatro, la literatura y los estudiantes, en todos los
cuadros que dibuja mi imaginación, ni siquiera el más experto analista
conseguiría encontrar lo que se llama una idea común, o, dicho de otro modo, el
dios de un hombre vivo.
Y, si eso falta, entonces es que no hay nada.
Ante tanta miseria, ha bastado una enfermedad
grave, el miedo a la muerte, la influencia de las circunstancias y de la gente,
para que todo lo que antes consideraba mi concepción del mundo, y en lo que
veía el sentido y la alegría de mi existencia, se haya vuelto patas arriba y
haya saltado en mil pedazos. Por tanto, no debe sorprender que haya oscurecido
los últimos meses de mi vida con pensamientos y sentimientos dignos de un
esclavo y de un bárbaro, que todo me dé lo mismo y ni siquiera repare en el amanecer.
Cuando un hombre carece de algo que sea más elevado y poderoso que las
influencias externas, basta un fuerte resfriado para que pierda el equilibrio y
empiece a ver una lechuza en cada ave y a oír el aullido de un perro en cada
rumor. En ese momento, todo su optimismo o pesimismo, así como sus pensamientos
grandes y pequeños, adquieren el significado de un mero síntoma.
Estoy derrotado. Así que no hay razón para seguir
pensando o hablando. Me quedaré aquí sentado, esperando en silencio a ver qué
pasa.
Por la mañana el camarero me trae el té y el
periódico local. Leo maquinalmente los anuncios de la primera página, el
editorial, la revista de prensa, la crónica de sociedad… En esa última sección
encuentro entre otras cosas esta noticia: «Ayer llegó a Járkov en el tren
correo el célebre científico y profesor emérito Nikolái Stepánovich de Tal y
Tal, que se alojó en el hotel Tal».
Por lo visto, los nombres ilustres han sido creados
para llevar una vida independiente y aparte de quienes los llevan. En estos
momentos mi nombre recorre a sus anchas las calles de Járkov; dentro de unos
tres meses, grabado en letras doradas en mi lápida, resplandecerá como el sol,
mientras yo ya estaré cubierto de moho…
Se oyen unos golpecitos en la puerta. Alguien me
necesita.
—¿Quién es? ¡Pase!
Cuando la puerta se abre, doy un paso atrás,
perplejo, y me apresuro a cerrar los faldones de mi bata. Ante mí está Katia.
—Buenos días —dice, respirando con dificultad
después de haber subido la escalera—. ¿Sorprendido? También yo… también yo he
venido aquí —se sienta y prosigue con su relato, tartamudeando y evitando
mirarme—. ¿Por qué no me saluda? Yo también he venido a Járkov… He llegado hoy
… Y, al enterarme de que se alojaba usted en este hotel, he decidido hacerle
una visita.
—Me alegro mucho de verte —digo yo, encogiéndome de
hombros—, pero me has dejado de una pieza… Apareces como caída del cielo. ¿Qué
haces aquí?
—¿Yo? Pues… Simplemente he cogido un tren y he
venido.
Se produce un silencio. De pronto se levanta de un
salto y viene a mi encuentro.
—¡Nikolái Stepánovich! —exclama, palideciendo y
apretando las manos contra el pecho—. ¡Nikolái Stepánovich! ¡No puedo seguir
viendo así! ¡No puedo! ¡Por el amor de Dios, dígame ahora mismo lo que debo
hacer! ¡Dígamelo!
—¿Y qué puedo decirte? —pregunto desconcertado—. No
se me ocurre nada.
—¡Hable, se lo suplico! —prosigue ella, jadeando y
temblando de pies a cabeza—. ¡Le juro que no puedo seguir viendo así! ¡No tengo
fuerzas!
Se desploma en una silla y estalla en sollozos.
Echa hacia atrás la cabeza, se retuerce las manos, da patadas con los pies; el
sombrero ha resbalado de la cabeza y cuelga de la cinta; los cabellos se
desparraman en desorden.
—¡Ayúdeme! ¡Ayúdeme! —me implora—. ¡No puedo seguir
así!
Al sacar un pañuelo de su bolso de viaje, algunas
cartas caen de su regazo al suelo. Las recojo y en una de ellas reconozco la
caligrafía de Mijaíl Fiódorovich y leo casualmente parte de una palabra:
«apasio…».
—No puedo decirte nada, Katia —digo.
—¡Ayúdeme! —solloza, asiéndome una mano y
besándola—. ¡Es usted mi padre, mi único amigo! ¡Es inteligente, culto, ha
vivido mucho! ¡Ha sido profesor! Dígame, ¿qué debo hacer?
—Te doy mi palabra, Katia, de que no lo sé.
Estoy desconcertado, confuso, conmovido por los
sollozos, y apenas me tengo en pie.
—Vamos a desayunar, Katia —digo con una sonrisa
forzada—. ¡Deja de llorar! —y a continuación añado, con un hilo de voz—: No me
queda mucho tiempo de vida, Katia…
—¡Una palabra, al menos una palabra! —exclama entre
lágrimas, tendiéndome las manos.
—Qué rara eres, la verdad… —balbuceo—. ¡No te
entiendo! Una mujer tan inteligente y de pronto te pones a llorar como una
loca…
Se produce un silencio. Katia se arregla el
peinado, se pone el sombrero; luego estruja las cartas y las guarda en el
bolso, y todo en silencio, sin prisas. Su cara, su pecho y sus guantes están
bañados en lágrimas, pero su semblante es ya seco, severo… La miro y me
avergüenzo de ser más feliz que ella. Hasta poco antes de la muerte, en el
ocaso de mis días, no me he dado cuenta de que carezco de lo que mis colegas
filósofos llaman ideas generales; en cambio, el alma de esa pobrecilla no ha
conocido nunca un instante de paz ni lo conocerá en su vida.
—Venga, Katia, vamos a desayunar —digo.
—No, gracias —responde ella con frialdad.
Transcurre un minuto más en silencio.
—No me gusta Járkov —comento—. Es muy gris. Una
ciudad gris.
—Sí, quizá… Es feo… No voy a quedarme mucho tiempo…
Estoy de paso. Me marcho hoy mismo.
—¿Adónde?
—A Crimea… es decir, al Cáucaso.
—Ya. ¿Por mucho tiempo?
—No lo sé.
Katia se levanta y, con una sonrisa fría, sin
mirarme siquiera, me tiende la mano.
Me gustaría preguntarle: «¿Significa eso que no vas
a asistir a mi entierro?». Pero ella no me mira
y tiene la
mano fría, como si fuera una extraña. La acompaño en silencio hasta la puerta…
Ya ha salido de la habitación y se aleja por el largo pasillo, sin volver la
cabeza. Sabe que la estoy siguiendo con la vista y probablemente al doblar la
esquina mirará hacia atrás.
No, no ha mirado. Su vestido negro centellea por
última vez, el rumor de sus pasos se apaga… ¡Adiós, tesoro mío!
El duelo
(1891)
I
Eran las ocho de la mañana, la hora en que los
oficiales, los funcionarios y los forasteros solían bañarse en el mar, después
de una noche calurosa y sofocante; luego se dirigían al pabellón a tomarse un
café o un té. Iván Andreich Laievski, un joven de veintiocho años, enjuto,
rubio, con la gorra del Ministerio de Hacienda y zapatillas, encontró en la
playa a muchos conocidos, entre ellos a su amigo el médico militar Samóilenko.
Con su gran cabeza rapada, sin cuello, colorado,
narigudo, espesas cejas negras y patillas llenas de canas, gordo, adiposo y,
por si eso fuera poco, con ese vozarrón ronco y marcial, el tal Samóilenko
causaba una impresión desagradable a cada nuevo recién llegado. A estos se les
antojaba un tipo tosco y desabrido, aunque, después de tratarlo dos o tres
días, empezaban a encontrar su rostro extremadamente bondadoso, gentil y hasta
atractivo. A pesar de su aire desmañado y de su tono poco ceremonioso, era un hombre
pacífico, de una bondad desmesurada, afable y servicial. En la ciudad tuteaba a
todo el mundo, prestaba dinero a cualquiera, curaba, concertaba voluntades,
reconciliaba, organizaba meriendas campestres en las que asaban brochetas de
cordero y preparaba una deliciosa sopa de pescado; siempre andaba ocupándose de
alguien, pidiendo favores, y nunca le faltaban motivos para estar alegre. Según
la opinión general, era un hombre intachable, y sólo se le atribuían dos
debilidades: la primera era que se avergonzaba de su bondad y trataba de
enmascararla con una mirada severa y una rudeza postiza; la segunda consistía
en su manía de que los enfermeros y los soldados le dieran el trato de
excelencia, cuando sólo era consejero de Estado[15].
—Respóndeme a una pregunta, Aleksandr Davídich
—dijo Laievski cuando, en compañía de Samóilenko, se metió en el agua hasta los
hombros—. Supongamos que te enamoras de una mujer y tienes una relación con
ella. Vivís juntos, pongamos, más de dos años, y luego, como sucede a menudo,
dejas de quererla y empiezas a considerarla una extraña. ¿Cómo te comportarías
en una situación de ese tipo?
—M uy sencillo. Largo de aquí, querida. Y se acabó
la discusión.
—¡Eso es muy fácil decirlo! Pero ¿y si ella no
tiene adónde ir? Es una mujer sola, sin familia, sin un céntimo, incapaz de
trabajar…
—¿Y qué? Se le dan quinientos rublos de una vez o
se le entregan veinticinco cada mes. Y asunto concluido. Es muy sencillo.
—Supongamos que dispones de esos quinientos rublos,
y también de veinticinco cada mes, pero la mujer de la que te estoy hablando es
instruida y orgullosa. ¿Estás seguro de que le ofrecerías dinero? ¿Y de qué
manera?
Samóilenko se aprestaba a responder cuando una ola
enorme los cubrió a ambos, luego rompió contra la orilla y retrocedió siseando
entre los guijarros. Los dos amigos salieron del agua y empezaron a vestirse.
—Naturalmente, es complicado vivir con una mujer a
la que ya no quieres —dijo Samóilenko, mientras sacaba la arena que se le había
metido en una bota—. Pero hay que actuar con humanidad, Vania. Si me sucediera
a mí, no le dejaría ver que he dejado de quererla y seguiría viviendo con ella
hasta la muerte —de pronto se avergonzó de sus propias palabras y, dando marcha
atrás, añadió—: En cualquier caso, a mí las mujeres me importan un bledo. ¡Que
se vayan al diablo!
Los amigos terminaron de vestirse y se dirigieron
al pabellón. Allí Samóilenko se sentía como en
casa; hasta había un servicio especial para él.
Cada mañana le llevaban una bandeja con una taza de café, un vaso de agua con
hielo —un vaso alto, de cristal tallado— y una copa de coñac. Tomaba primero el
coñac, luego el café caliente y por último el agua con hielo, que debía de
saberle a gloria porque, después de beberla, los ojos le brillaban y,
acariciándose las patillas con ambas manos, exclamaba, sin dejar de mirar el
mar:
—¡Qué vista tan asombrosa y sublime!
Después de una larga noche ocupada en pensamientos
tristes e inútiles, que le impedían dormir y parecían aumentar el bochorno y la
penumbra, Laievski se sentía destrozado y maltrecho. El baño y el café no
habían mejorado su disposición.
—Sigamos con nuestra conversación, Aleksandr
Davídich —dijo—. No voy a ocultarte nada y te hablaré con toda franqueza, como
corresponde a un amigo: mi relación con Nadezhda Fiódorovna va mal… muy mal.
Perdona que te confíe mis secretos, pero necesito hablar con alguien.
Samóilenko, adivinando de lo que iban a hablar,
bajó la vista y tamborileó con los dedos en la mesa.
—He vivido dos años con ella y he dejado de
quererla… —prosiguió Laievski—; o mejor dicho, he comprendido que no la he
amado nunca… Esos dos años han sido un engaño —Laievski tenía la costumbre de
examinarse atentamente las rosadas palmas de las manos, morderse las uñas o
estrujarse los puños de la camisa mientras hablaba. Y eso era lo que estaba
haciendo ahora—. Sé muy bien que no puedes ayudarme —dijo—, pero te cuento
estas cosas porque la única salvación de los hombres fracasados e inútiles
consiste en hablar. Debo dar un sentido general a cada uno de mis actos,
encontrar una explicación y una justificación de mi vida absurda en alguna
teoría, en los modelos literarios, en el hecho de que los nobles hemos
degenerado o en otras cosas por estilo… La pasada noche, por ejemplo, me
consolé pensando todo el tiempo: «¡Ah, cuánta razón tiene Tolstói! ¡Es
despiadado, pero tiene toda la razón!». Y esas consideraciones me aliviaban. En
verdad, amigo, es un escritor soberbio, dígase lo que se diga.
Samóilenko, que nunca había leído a Tolstói, aunque
todas las mañanas hacía propósito de leerlo, se turbó y dijo:
—Sí, todos los escritores se imaginan lo que
escriben; él, en cambio, lo saca de la realidad… —Dios mío —suspiró Laievski—,
¡hasta qué punto nos ha desfigurado la civilización! Me
enamoro de una mujer casada, y ella de mí… Al
principio vinieron los besos, las tardes tranquilas, los juramentos, las
referencias a Spencer, los ideales, los intereses comunes… ¡Qué mentira! En
realidad, huíamos de su marido, pero nos engañábamos diciéndonos que estábamos
huyendo del vacío de nuestras vidas ociosas. Nos representábamos así nuestro
futuro: iríamos al Cáucaso y, mientras nos familiarizábamos con el lugar y la
gente, yo me pondría el uniforme de funcionario y trabajaría; luego, adquiriríamos
una parcela de tierra, la labraríamos con nuestro sudor, plantaríamos un
viñedo, cultivaríamos los campos, etcétera. Si en mi lugar hubieras estado tú o
ese zoólogo, von Koren, probablemente habrías vivido con Nadezhda Fiódorovna
treinta años y habríais dejado a vuestros herederos un rico viñedo y mil
desiatinas[16] de maizales; yo, en cambio, me he sentido descorazonado desde el
primer día. Si se queda uno en la ciudad le agobia el calor insoportable, el
aburrimiento, la escasez de gente, y si sale al campo, se figura que debajo de
cada arbusto o cada piedra hay una serpiente, un escorpión o un falangio. Y más
allá del campo, montañas y desiertos. Gente extraña, naturaleza extraña,
ignorancia: todo eso, amigo mío, no es tan fácil como pasear por la
avenida Nevski, bien abrigado, llevando del brazo a
Nadezhda Fiódorovna y soñando con regiones cálidas. En este lugar hay que
luchar a muerte, y ya ves qué clase de combatiente soy yo. Un neurasténico
digno de lástima, un señorito… Desde el primer día comprendí que esas ideas
mías sobre una vida dedicada al trabajo, al cultivo de un viñedo, no valían un
comino. Y, en lo que respecta al amor, debo confesar que vivir con una mujer
que ha leído a Spencer y se ha venido contigo al fin del mundo, resulta tan aburrido
como pasar tus días con una Anfisa o una Akulina cualquiera. El mismo olor a
plancha, a polvos y a medicinas, los mismos rizadores cada mañana y el mismo
autoengaño…
—Un hogar no puede pasarse sin plancha —dijo
Samóilenko, que se había ruborizado al oír la desenvoltura con que su amigo
hablaba de una señora a la que conocía—. Ya me he dado cuenta, Vania, de que
hoy no estás de buen humor. Nadezhda Fiódorovna es una mujer hermosa,
cultivada, y tú eres un hombre inteligentísimo… Ya sé que no estáis casados
—prosiguió Samóilenko, echando un vistazo a las mesas vecinas—, pero no es
culpa vuestra y además… hay que dejarse de prejuicios y estar a la altura de
las ideas modernas. Yo soy partidario del matrimonio civil, desde luego… Pero,
en mi opinión, cuando uno se une a otra persona, hay que quedarse a su lado
hasta la muerte.
—¿Aunque no haya amor?
—Voy a contarte una cosa —dijo Samóilenko—. Hará
cosa de ocho o nueve años teníamos aquí como agente comercial a un viejecito
más listo que el hambre, que solía decir lo siguiente: «En la vida familiar, lo
más importante es la paciencia». ¿Lo oyes, Vania? No el amor, sino la
paciencia. El amor no puede durar mucho. Has estado enamorado un par de años;
ahora, por lo visto, tu vida conyugal ha entrado en un período en que, para
mantener el equilibrio, por decirlo así, tendrás que poner en juego toda tu paciencia…
—Tú puedes creer a ese viejo agente, pero a mí su
consejo me parece absurdo. Tu vejestorio era capaz de fingir, de ejercitar la
paciencia y, en consecuencia, de considerar a una persona a la que no amaba
como un objeto indispensable para sus ejercicios, pero yo todavía no he caído
tan bajo. Si alguna vez me entran ganas de ejercitar la paciencia, me compraré
unas pesas de gimnasia o un caballo testarudo, pero a las personas las dejaré
en paz.
Samóilenko pidió vino blanco con hielo. Después de
beberse un vaso, Laievski preguntó de pronto:
—Dime, por favor, ¿qué significa reblandecimiento
del cerebro?
—Pues, cómo te lo explico… Es una enfermedad en que
el cerebro se ablanda… es como si se licuara.
—¿Tiene cura?
—Sí, si se coge a tiempo. Duchas frías, emplastos…
Algún medicamento de uso interno. —Ah… Pues ya ves a qué situación he llegado.
No puedo vivir con ella: es superior a mis
fuerzas. Mientras estoy contigo, puedo filosofar y
sonreír, pero en casa se me viene el mundo encima. Me siento tan deprimido que,
si alguien me dijese, pongamos, que estoy obligado a vivir con ella un mes más,
creo que me alojaría una bala en la sien. Y al mismo tiempo no puedo dejarla.
Está sola, es incapaz de trabajar, ninguno de los dos tiene dinero… ¿Dónde iba
a meterse? ¿Quién la acogería? No consigo encontrar una solución… Bueno, dime
tú: ¿qué puedo hacer?
—Hum… —mugió Samóilenko, sin saber qué responder—.
¿Ella te quiere?
—Sí, me quiere, en la medida en que a sus años y
con su temperamento necesita a un hombre. Le
sería tan duro separarse de mí como de sus polvos o
de los rizadores. Soy un elemento indispensable de su tocador.
Samóilenko se turbó.
—Hoy no estás de buen humor, Vania —dijo—. Se ve
que has dormido mal.
—Sí, he dormido mal… En general, amigo, me siento
fatal. La cabeza vacía, el corazón helado y esa debilidad… ¡Tengo que huir!
—¿Adónde?
—Al norte. Donde haya pinos, setas, gente, ideas…
Daría la mitad de mi vida por estar ahora en algún lugar de la provincia de
Moscú o de Tula, bañarme en un riachuelo, tiritando de frío, y luego pasear dos
o tres horas con el último de los estudiantes, charlando sin parar… ¡Y cómo
huele el heno! ¿Te acuerdas? Y al atardecer, cuando vaga uno por el jardín,
llegan desde la casa los acordes de un piano y se oye el ruido de un tren…
Laievski se reía de placer, algunas lágrimas
asomaron a sus ojos; para ocultarlas, se inclinó hacia la mesa vecina, sin
levantarse, para coger unas cerillas.
—Yo llevo ya fuera de Rusia dieciocho años —dijo
Samóilenko—. Hasta me he olvidado de cómo es. En mi opinión, no existe lugar
más maravilloso que el Cáucaso[17].
—Hay un cuadro de Verschaguin que representa a
varios condenados a muerte que languidecen en el fondo de un pozo profundísimo.
Pues tu maravilloso Cáucaso a mí se me antoja un pozo de ese tipo. Si me dieran
a elegir entre estas dos posibilidades, trabajar como deshollinador en San
Petersburgo o vivir aquí como un príncipe, elegiría lo primero.
Laievski se quedó pensativo. Al mirar su cuerpo
encorvado, sus ojos fijos en un punto, su cara pálida y sudorosa, sus sienes
hundidas, sus uñas mordisqueadas y la zapatilla, por la que asomaba un calcetín
mal zurcido a la altura del talón, Samóilenko sintió compasión y, quizá porque
le recordaba a un niño indefenso, le preguntó:
—¿Vive tu madre?
—Sí, pero no nos hablamos. No ha podido perdonarme
esta relación.
Samóilenko le había cogido cariño a su amigo. Veía
en Laievski a un buen muchacho, un estudiante, un tipo campechano con el que se
podía beber, pasar un buen rato, hablar con el corazón en la mano. Los rasgos
de ese joven que le resultaban comprensibles no le gustaban nada. Laievski
bebía en demasía y a destiempo, jugaba a las cartas, despreciaba su trabajo,
vivía por encima de sus medios, empleaba con frecuencia en su conversación
expresiones indecorosas, salía a la calle en zapatillas y discutía con Nadezhda
Fiódorovna en presencia de extraños: todo eso desagradaba a Samóilenko. Por
otro lado, Laievski había estudiado en la Facultad de Filosofía, estaba
suscrito a dos voluminosas revistas, solía hacer comentarios tan profundos que
pocos lo entendían, vivía con una mujer instruida: todo eso le resultaba
incomprensible a Samóilenko, pero le gustaba; de hecho, consideraba a Laievski
superior a él y lo respetaba.
—Otro detalle más —dijo Laievski, sacudiendo la
cabeza—. Pero que quede entre nosotros. Todavía no le he comentado nada a
Nadezhda Fiódorovna, así que no digas nada en su presencia… Hace tres días
recibí una carta en la que se me informaba de que su marido había muerto de un
reblandecimiento del cerebro.
—Que Dios lo acoja en su gloria —suspiró
Samóilenko—. ¿Y por qué se lo ocultas? —Enseñarle esa carta sería como decirle:
«Vamos a la iglesia a casarnos». Antes hay que aclarar
nuestras relaciones. Y, una vez que se convenza de
que no podemos seguir viviendo juntos, le mostraré la carta. Entonces no habrá
ningún peligro.
—¿Sabes una cosa, Vania? —dijo Samóilenko, y su
rostro de pronto adoptó una expresión triste
y suplicante,
como si se dispusiera a pedir un dulce y temiera que se lo negaran—. ¡Cásate,
amigo mío!
—¿Por qué?
—¡Cumple con tu deber ante esa mujer maravillosa!
Su marido ha muerto, de modo que la misma providencia te está señalando lo que
tienes que hacer.
—Pero ¿no entiendes, alma de cántaro, que eso no es
posible? Casarse sin amor es algo tan abominable e indigno de un hombre como
oficiar una misa sin creer en Dios.
—Pero ¡es tu obligación!
—¿Por qué? —preguntó Laievski con enfado.
—Porque se la arrebataste a su marido y la tomaste
bajo tu protección. —Pero si te lo estoy diciendo bien clarito: ¡he dejado de
quererla! —Bueno, pues si no hay amor, respétala, cuídala…
—Respétala, cuídala… —lo remedó Laievski—. Ni que
fuera la madre superiora… Eres un mal psicólogo y fisiólogo si piensas que,
para convivir con una mujer, basta con respeto y consideración. Lo más
importante para una mujer es el dormitorio.
—Vania, Vania… —se turbó Samóilenko.
—Tú, aunque viejo, eres un niño, es decir, un
teórico; yo, aunque joven, soy un viejo, esto es, un práctico, así que no nos
entenderemos nunca. Más vale que dejemos esta conversación. Mustafá — gritó
Laievski, dirigiéndose al mozo—. ¿Cuánto te debemos?
—No, no… —se incomodó el médico, cogiendo a
Laievski del brazo—. Déjame a mí. Te he invitado yo. ¡Apúntalo en mi cuenta!
—gritó a M ustafá.
Los dos amigos se pusieron en pie y se alejaron en
silencio por el malecón. Al entrar en el bulevar, se detuvieron y se dieron un
apretón de manos.
—¡Qué mimados están ustedes, señores! —suspiró
Samóilenko—. El destino te depara una mujer joven, hermosa, cultivada, y tú la
rechazas. Yo, en cambio, me daría con un canto en los dientes si Dios me
enviara a una viejecita contrahecha, con tal de que fuera cariñosa y buena.
Viviría con ella en mi viñedo y … —Samóilenko refrenó su entusiasmo y añadió—:
Y que la vieja bruja se ocupara de prepararme el samovar…
Tras despedirse de Laievski, se adentró en el
bulevar. Mientras andaba, corpulento, majestuoso, con una expresión severa, la
guerrera blanca como la nieve y las botas impolutas, abombado el pecho, en el
que destacaba una orden de san Vladimiro, se sentía muy satisfecho de sí mismo
y tenía la impresión de que todo el mundo lo observaba con aprobación. Sin
volver la cabeza, miraba a uno y otro lado y pensaba que ese bulevar era un
lugar muy agradable, que los jóvenes cipreses, los eucaliptos y las toscas y raquíticas
palmeras eran árboles muy hermosos y con el tiempo darían mucha sombra, que los
circasianos eran un pueblo honrado y hospitalario. «Es raro que a Laievski no
le guste el Cáucaso —cavilaba—. Muy raro». Cinco soldados con fusiles se
cruzaron con él y le hicieron el saludo. Por la acera de la derecha pasó la
mujer de un funcionario con su hijo, estudiante de bachillerato.
—¡Buenos días, Maria Konstantínovna! —le gritó
Samóilenko, con una afable sonrisa—. ¿Ha ido
a bañarse? Ja, ja, ja… ¡Saludos a Nikodim
Aleksándrich!
Y siguió su camino, sin dejar de sonreír
alegremente; no obstante, cuando vio venir a su encuentro a un practicante
militar, frunció el ceño, lo detuvo y le preguntó:
—¿Hay alguien en la enfermería?
—Nadie, excelencia.
—¿Qué?
—Nadie, excelencia.
—Bien, puedes irte…
Balanceándose majestuosamente, se dirigió al
quiosco de las limonadas, atendido por una anciana judía de prominente pecho,
que se hacía pasar por georgiana, y le dijo en voz alta, como si estuviera
dando órdenes a un regimiento:
—¡Haga el favor de darme un vaso de soda!
II
La falta de cariño de Laievski por Nadezhda
Fiódorovna se manifestaba ante todo en el hecho de que, dijese ella lo que
dijese e hiciese lo que hiciese, a él le parecía una mentira o algo semejante a
una mentira, y consideraba que todo lo que leía contra las mujeres y el amor
podía aplicarse a las mil maravillas a Nadezhda Fiódorovna, su marido y él
mismo. Cuando regresó a casa, ella ya estaba vestida y peinada, y se había
sentado junto a la ventana, donde tomaba café y hojeaba un número de una
voluminosa revista con cara de preocupación. Laievski pensó que tomar un café
no era un acontecimiento tan notable como para poner cara de preocupación y que
no valía la pena que perdiese el tiempo peinándose a la moda, ya que en un
lugar como ese no había nadie a quien seducir. Y en la revista vio también una
mentira. Pensó que se vestía y se peinaba para parecer hermosa y que leía para
parecer inteligente.
—¿Te importa que vaya hoy a bañarme? —preguntó
ella.
—¿Y por qué no? Vayas o no vayas, no creo que se
hunda la Tierra.
—Te lo pregunto porque no me gustaría que se
enfadara el médico.
—Bueno, pues pregúntaselo a él. Yo no soy médico.
Esta vez lo que más desagradó a Laievski de
Nadezhda Fiódorovna fue el cuello blanco, descubierto, y los tirabuzones sobre
la nuca. Recordó que, cuando Anna Karénina dejó de querer a su marido, lo que
más le molestaban eran sus orejas, y se dijo: «¡Qué verdad! ¡Qué verdad!».
Vencido por la debilidad, la cabeza vacía, se retiró a su despacho, se tumbó en
el sofá y se cubrió la cara con un pañuelo para que no le molestaran las
moscas. Pensamientos desganados e indolentes, siempre los mismos, se arrastraban
por su cabeza como una larga caravana en una desapacible tarde otoñal, hasta
que acabó cayendo en un estado de somnolencia y abatimiento. Se sentía culpable
ante Nadezhda Fiódorovna y ante su marido, de cuya muerte se acusaba. Se sentía
culpable ante su propia vida, que había malgastado, ante el mundo de los
ideales elevados, de la ciencia y del trabajo, y ese mundo maravilloso le
parecía posible y real, pero no allí, a la orilla del mar, donde vagaban turcos
hambrientos y perezosos abjasios, sino en el norte, donde había ópera, teatros,
periódicos y actividades culturales de todo tipo. Sólo en el norte los hombres
podían ser honrados, inteligentes,
elevados y puros. Se acusaba de no tener ideales ni
una idea conductora en la vida, aunque sólo entendía de una manera vaga lo que
quería decir con eso. Dos años antes, cuando se enamoró de Nadezhda Fiódorovna,
creía que bastaría con marcharse al Cáucaso en su compañía para escapar de la
vulgaridad y la vacuidad de la vida; ahora, en cambio, estaba convencido de que
bastaría con abandonar a Nadezhda Fiódorovna y volver a San Petersburgo para
alcanzar todo lo que anhelaba.
—¡Tengo que escapar! —murmuró, sentándose y
mordiéndose las uñas—. ¡Tengo que escapar! Se imagino subiendo a un vapor,
donde desayunaba, bebía cerveza fría, charlaba en cubierta con
algunas señoras; luego, en Sebastopol, tomaría el
tren y partiría. ¡Hola, libertad! Las estaciones pasaban una tras otra, el aire
se volvía cada vez más frío y recio, surgían los abedules y los abetos, pasaba
por Kursk y por Moscú… En las cantinas servían sopa de verdura, cordero con
gachas, esturión, cerveza; en resumidas cuentas, ya no estaría en Asia, sino en
Rusia, la auténtica Rusia. Los pasajeros del tren hablarían de negocios, de
cantantes nuevos, de las simpatías franco-rusas; por todas partes bulliría una
vida animada, culta, intelectual, vigorosa… ¡Rápido, rápido! Ya llega, por fin,
a la avenida Nevski, a la Bolsháia Morskaia; allí está el callejón Kovenski,
donde vivió en tiempos con otros estudiantes; ya vislumbra el cielo amable y
grisáceo, la llovizna helada, los cocheros mojados…
—¡Iván Andreich! —lo llamó alguien desde la
habitación vecina—. ¿Está usted en casa?
—¡Estoy aquí! —respondió Laievski—. ¿Qué quiere?
—¡Los papeles!
Laievski se incorporó con indolencia y, medio
mareado, arrastrando las zapatillas y sin dejar de bostezar, se dirigió a la
habitación contigua, se acercó a la ventana abierta y vio en la calle a uno de
sus jóvenes compañero de trabajo, que estaba depositando unos documentos
oficiales en el alféizar.
—Ya voy, amigo —dijo Laiesvki con voz amable, y fue
a buscar el tintero; una vez de vuelta, firmó los documentos sin leerlos y
dijo—: ¡Qué calor!
—Sí, señor. ¿Va a ir usted hoy a la oficina?
—No lo sé… No me encuentro bien… Dígale a
Sheshkovski que después de comer pasaré a verlo.
El funcionario se marchó. Laievski se tumbó de
nuevo en el sofá y se puso a pensar: «Así pues, hay que sopesar todas las
circunstancias y tomar una decisión. Antes de abandonar este lugar tengo que
pagar las deudas. Debo cerca de dos mil rublos. Y el caso es que no tengo
dinero… Claro que eso no tiene importancia: de algún modo me las arreglaré para
pagar una parte ahora y el resto lo mandaré después desde San Petersburgo. Lo
principal es Nadezhda Fiódorovna… Ante todo hay que aclarar nuestras relaciones…
Sí».
Al cabo de un rato se le ocurrió que tal vez no
fuera mala idea ir a ver a Samóilenko y pedirle consejo.
«Puedo ir —pensó—, pero ¿de qué me va a valer?
Volveré a hablarle, sin venir a cuento, del tocador, de las mujeres, de lo que
es noble e innoble. ¿De qué diablos pueden valerme esos discursos sobre lo
noble y lo innoble cuando se trata de salvar mi vida lo antes posible, cuando
me estoy ahogando en esta maldita prisión, cuando yo mismo me estoy dando
muerte? En suma, debo meterme en la cabeza que seguir llevando esta existencia
es una bajeza y una crueldad, ante lo cual todo lo demás se vuelve insignificante
y baladí».
—¡Tengo que escapar! —murmuró, mientras se
incorporaba—. ¡Tengo que escapar!
La orilla desierta del mar, el calor implacable y
la monotonía de las montañas brumosas y lilas, siempre idénticas y silenciosas,
siempre solitarias, le llenaban de pesar y, según creía, lo adormecían y le
dejaban la cabeza en blanco. Quizá fuese un hombre de talento, muy inteligente
y honrado; quizá, si no lo rodearan por todas partes el mar y las montañas,
podría convertirse en un magnífico representante de la asamblea local, en un
hombre de Estado, en un orador, en un publicista, en un héroe. ¡Quién sabe! Si
un hombre dotado y útil, por ejemplo un músico o un pintor, para escapar de su
cautiverio derribase el muro de su prisión y engañase a sus carceleros, ¿no
sería estúpido discutir si se trataba de un acto noble o innoble? En una
coyuntura como la de ese hombre, todo era noble.
A las dos Laievski y Nadezhda Fiódorovna se
sentaron a comer. Cuando la cocinera les sirvió sopa de arroz con tomate,
Laievski comentó:
—Cada día lo mismo. ¿Por qué no prepara sopa de
repollo?
—Porque no hay repollo.
—Qué raro. En casa de Samóilenko preparan sopa de
repollo y en la de Maria Konstantínovna también; sólo yo estoy obligado a comer
este bodrio dulzón. Debe de haber otra explicación, querida.
Como sucede en la inmensa mayoría de las parejas,
al principio no había almuerzo en que no se produjera alguna escena o en que
uno de los dos no diera rienda suelta a sus caprichos, pero, desde que Laievski
decidió que había dejado de quererla, se esforzaba por ceder en todo, le
hablaba en tono cortés y respetuoso, sonreía, la trataba con cariño.
—Esta sopa sabe a regaliz —dijo con una sonrisa;
hacía cuanto podía por mostrarse amable, pero no pudo contenerse y acabó
diciendo—: En esta casa todo está manga por hombro… Si estás tan enferma o tan
interesada en la lectura, deja que me ocupe yo de la cocina.
Antes ella le habría respondido: «Vale» o: «Ya veo
que quieres hacer de mí una cocinera», pero ahora se limitó a mirarlo con
timidez y se ruborizó.
—¿Cómo te sientes hoy? —preguntó Laievski con voz
cariñosa.
—Bastante bien. Sólo un poco débil.
—Hay que cuidarse, querida. M e tienes muy
preocupado.
Nadezhda Fiódorovna padecía cierta enfermedad.
Samóilenko decía que tenía fiebre intermitente y le recetaba quinina; otro
médico, Ustimóvich, hombre alto, enjuto, arisco, que se pasaba el día metido en
casa y por la tarde paseaba en silencio por la orilla, sin dejar de toser, las
manos atrás y el bastón a lo largo de la espalda, consideraba que tenía una
dolencia femenina y le prescribía compresas calientes. Antes, cuando Laievski
la quería, la enfermedad de Nadezhda Fiódorovna suscitaba en él compasión y miedo;
ahora, en cambio, se le antojaba una mera mentira. El rostro amarillo y
soñoliento, la mirada vidriosa y sus continuos bostezos después de los accesos
de fiebre, así como el hecho de que durante los ataques estuviese tumbada bajo
una manta, más parecida a un niño que a una mujer, y que en su habitación el
ambiente fuera sofocante y oliera mal, destruían, a su parecer, la ilusión y
constituían una protesta contra el amor y el matrimonio.
De segundo le sirvieron espinacas con huevos duros,
y a Nadezhda Fiódorovna, como estaba enferma, gelatina de frutas con leche.
Cuando ella, con cara de preocupación, se puso a tocar la gelatina con la
cuchara y luego empezó a comérsela con desidia, sorbiendo la leche, el ruido
que hacía al tragar despertó en él un odio tan profundo que hasta le entraron
picores. Era consciente de que sería ofensivo albergar un sentimiento semejante
hasta por un perro, pero no se enfadó consigo mismo, sino con Nadezhda Fiódorovna,
que había suscitado en él esa reacción, y comprendió por qué
a veces los hombres matan a sus amantes. Él no
llegaría a esos extremos, desde luego, pero, si en ese momento hubiera formado
parte de un jurado, habría absuelto al asesino.
—Merci, querida —dijo después de la comida y besó a
Nadezhda Fiódorovna en la frente.
Una vez en su despacho, pasó unos cinco minutos
yendo de un rincón a otro y mirándose las botas de reojo; luego se sentó en el
sofá y farfulló:
—¡Escapar! ¡Escapar! Tengo que aclarar nuestras
relaciones y marcharme.
Se tumbó en el sofá y de nuevo le dio por pensar
que quizá el marido de Nadezhda Fiódorovna había muerto por su culpa.
«Es estúpido acusar a una persona de haber amado o
de haber dejado de amar —trataba de convencerse, levantando los pies para
ponerse las botas—. El amor y el odio no dependen de nuestra voluntad. En lo
que respecta a su marido, puede que yo haya sido una de las causas indirectas
de su muerte, pero, una vez más, ¿acaso tengo yo la culpa de haberme enamorado
de su mujer y ella de mí?».
Luego se puso en pie, buscó la gorra y se dirigió a
casa de su colega Sheshkovski, donde se reunían a diario varios funcionarios
para jugar a las cartas y beber cerveza fría.
«Soy tan indeciso como Hamlet —iba pensando
Laievski por el camino—. ¡Cuánta razón tenía Shakespeare! ¡Ah, cuánta razón!».
III
Para no aburrirse y, al mismo tiempo, para aliviar
la acuciante necesidad de los recién llegados y de los solteros que, debido a
la falta de albergues de la ciudad, no tenían dónde comer, el doctor Samóilenko
había organizado en su propia casa una especie de table d’hôte. En la época que
nos ocupa, sólo contaba con dos comensales: el joven zoólogo von Koren, llegado
en verano al Mar Negro para estudiar la embriología de las medusas, y el
diácono Pobédov, salido hacía poco del seminario y enviado a la ciudad para
sustituir al anciano diácono local, que había tenido que ausentarse por motivos
de salud. Cada uno de ellos pagaba doce rublos al mes por la comida y la cena,
y Samóilenko les había hecho dar su palabra de honor de que se presentarían
puntualmente en el comedor a las dos de la tarde.
Por lo común, von Koren era el primero en llegar.
Se sentaba silencioso en la sala, cogía un álbum de la mesa y se ponía a
examinar con atención las fotografías desvaídas de unos hombres desconocidos
con pantalones anchos y chistera y unas señoras con miriñaque y cofia.
Samóilenko sólo recordaba el apellido de algunos; de los que se había olvidado
por completo decía con un suspiro: «¡Un hombre excelente, inteligente como
pocos!». Cuando acababa con el álbum, von Koren cogía una pistola de la
estantería, entornaba el ojo izquierdo y pasaba un buen rato apuntando al
retrato del príncipe Vorontsov [18] o se detenía ante el espejo y contemplaba
su rostro moreno, su alta frente, sus cabellos oscuros y ensortijados como los
de un negro, su camisa deslustrada de percal, con un estampado de grandes
flores, semejante a una alfombra persa, y su ancho cinturón de cuero. La
contemplación de sí mismo le procuraba una satisfacción casi mayor que el
examen de las fotografías o de la pistola de magnífica montura. Estaba muy satisfecho
de su rostro, de su barbita recortada con esmero, de sus anchos hombros,
muestra evidente de su buena salud y robusta
constitución. También estaba satisfecho de su
elegante atuendo, empezando por la corbata, que hacía juego con la camisa, y
terminando por los zapatos amarillos.
Mientras von Koren observaba el álbum o se
contemplaba delante del espejo, Samóilenko trajinaba alrededor de las mesas, en
la cocina o en el zaguán contiguo, sin guerrera ni chaleco, con el pecho
descubierto, agitado y chorreando sudor, preparando la ensalada, o una salsa o
la carne, o los pepinillos y la cebolla para la menestra, al tiempo que miraba
con inquina a su ayudante y lo amenazaba tan pronto con un cuchillo como con
una cuchara.
—¡Pásame el vinagre! —ordenaba—. ¡No, el vinagre
no, el aceite de oliva! —gritaba, dando patadas en el suelo—. ¿Adónde vas,
animal?
—A coger el aceite, excelencia —decía confuso el
ayudante con cascada voz de tenor.
—¡Date prisa! ¡Está en el armario! ¡Y dile a Daria
que ponga un poco más de hinojo en el bote de los pepinillos! ¡Hinojo! ¡Tapa la
nata agria, papanatas, o se llenará de moscas!
La casa entera parecía retumbar con sus gritos.
Cuando quedaban diez o quince minutos para las dos, llegaba el diácono, un
joven de unos veintidós años, enjuto, de pelo largo, sin barba y con un bigote
apenas incipiente. Al entrar en la sala se santiguaba ante el icono, sonreía y
tendía la mano a von Koren.
—Hola —decía el zoólogo con frialdad—. ¿Dónde ha
estado usted?
—Pescando brecas en el muelle.
—Claro, ya veo… A lo que parece, señor diácono, no
tiene usted intención de ponerse a trabajar. —¿Para qué? El trabajo no es un
oso, no se escapará al bosque —decía el diácono, sonriendo y
metiendo las manos en los profundísimos bolsillos
de su hábito blanco.
—¡Y que no haya nadie que le dé una buena tunda!
—suspiraba el zoólogo.
Transcurrían quince o veinte minutos más sin que
los llamaran a comer; seguían oyéndose los pasos del ayudante, que corría del
zaguán a la cocina o viceversa, y los gritos de Samóilenko:
—¡Pon la mesa! ¿Dónde te metes? ¡Lávalo primero!
El diácono y von Koren, hambrientos, empezaban a
golpear el suelo con los tacones, expresando de ese modo su impaciencia, como
en el teatro el público del gallinero. Por fin se abría la puerta y el
martirizado ayudante anunciaba que la comida estaba lista. En el comedor los
recibía Samóilenko, colorado, enfadado, sofocado por los vapores de la cocina;
los miraba con encono, levantaba la tapa de la sopera con expresión de espanto
y les servía un plato a cada uno; sólo cuando se convencía de que ambos comían con
apetito y de que el guiso les gustaba, suspiraba aliviado y se sentaba en un
mullido sillón. Su rostro adoptaba una expresión lánguida y gozosa… Se servía
sin prisas una copa de vodka y decía:
—¡A la salud de la joven generación!
Después de conversar con Laievski, Samóilenko, a
pesar de su excelente humor, había sentido cierta inquietud en lo más profundo
de su alma, que se prolongó hasta la hora de la comida; le daba pena de
Laievski y quería ayudarlo. Se bebió la copa de vodka, antes de probar la sopa,
suspiró y dijo:
—Hoy he visto a Vania Laievski. Lo está pasando
mal. Su situación económica es desesperada, pero lo que más me preocupa es el
aspecto psicológico. M e da pena del muchacho.
—¡Pues a mí no me da ninguna! —dijo von Koren—. Si
ese buen hombre se estuviera ahogando, yo lo empujaría con mi bastón: ahógate,
querido, ahógate…
—No es verdad. No harías eso.
—¿Por qué? —el zoólogo se encogió de hombros—. Soy
tan capaz como tú de cometer una buena acción.
—¿Es que consideras que ayudar a que una persona se
ahogue es una buena acción? —preguntó el diácono y se echó a reír.
—En el caso de Laievski sí.
—Me parece que a la menestra le falta algo… —dijo
Samóilenko, que deseaba cambiar de conversación.
—Laievski es, sin duda, tan nocivo y peligroso para
la sociedad como el microbio del cólera — continuó von Koren—. Contribuir a que
se ahogue sería un acto digno de elogio.
—No te hace mucho honor esa manera de hablar de tu
prójimo. Dime, ¿por qué lo odias tanto? —No digas sandeces, doctor. Odiar y
despreciar a un microbio sería estúpido; en cuanto a eso de
considerar semejante a toda costa a cualquier
persona con la que uno se encuentra, sin hacer distinciones, equivaldría,
permíteme que te lo diga, a no razonar, a renunciar a una actitud justa con la
gente, a lavarse las manos, en una palabra. Considero que tu Laievski es un
miserable, no lo oculto y lo trato como a un miserable, con plena conciencia.
Y, si tú quieres considerarlo tu semejante, que te aproveche; eso significa que
te importa tanto como el diácono o como yo, es decir, nada. Muestras la misma indiferencia
por todos.
—¡Cómo puedes llamar miserable a un hombre!
—balbuceó Samóilenko, frunciendo el ceño con desprecio—. ¡M e parece algo tan
sucio que no encuentro palabras!
—A los hombres hay que juzgarlos por sus actos
—prosiguió von Koren—. Juzgue usted, diácono… Ahora voy a dirigirme a usted.
Las actividades del señor Laievski se irán desplegando ante sus ojos como un
largo pergamino y podrá usted leerlas de principio a fin. ¿Qué ha hecho a lo
largo de los dos años que lleva viviendo aquí? Contemos con los dedos. Primero,
ha enseñado a los habitantes de la ciudad a jugar al vint. Hace dos años ese
juego era desconocido en la ciudad, ahora juegan todos desde la mañana hasta bien
entrada la noche, incluyendo las mujeres y los adolescentes. Segundo, ha
enseñado a los lugareños a beber cerveza, que también era desconocida; además,
los vecinos le deben numerosas informaciones sobre diversas clases de vodka que
en la actualidad les permiten distinguir con los ojos vendados el vodka
Kosheliov del Smirnov número 21. Tercero, antes, si alguien vivía con una mujer
ajena, lo hacía en secreto, ateniéndose a los mismos principios según los
cuales los ladrones roban a escondidas y no a la luz del día; el adulterio se
consideraba algo vergonzoso que había que ocultar de las miradas ajenas; en ese
sentido, Laievski ha sido un pionero: vive con una mujer ajena abiertamente.
Cuarto… —Von Koren se acabó la menestra en un santiamén y le entregó el plato
al ayudante—. Al mes de conocerlo, había calado a Laievski —prosiguió,
dirigiéndose al diácono—. Llegamos aquí al mismo tiempo. Las personas como él
aprecian mucho la amistad, la proximidad, la solidaridad y todas esas cosas,
porque siempre necesitan compañía para jugar a las cartas, beber y salir a
tomar algo; además, son habladores y necesitan que alguien los escuche. Nos
hicimos amigos, es decir, él pasaba a verme a diario, me impedía trabajar y me
hacía confidencias sobre su mantenida. Desde el principio me sorprendió su
extraordinaria mendacidad, que me daba verdadero asco. En calidad de amigo le
reprendía: le preguntaba por qué bebía tanto, por qué vivía por encima de sus
propios medios y contraía deudas, por qué no hacía nada ni leía un libro, por
qué tenía una cultura tan escasa y sabía tan poco, y en respuesta a todas mis
preguntas esbozaba una
amarga sonrisa, suspiraba y decía: «Soy un
fracasado, un hombre superfluo», o: «¡Qué puede esperarse de nosotros, residuos
de la época de servidumbre?», o: «Hemos degenerado…». O se perdía en
consideraciones prolijas y descabelladas sobre Onieguin, Pechorin, el Caín de
Byron y Bazárov[19], de los que decía: «Son nuestros padres en cuerpo y alma».
Todo eso había que interpretarlo así: no era culpa suya que los paquetes de
documentos oficiales estuvieran semanas enteras sin abrir o que él se entregara
a la bebida y animara a beber a otros; la culpa la tenían Onieguin, Pechorin y
Turguénev, inventor del fracasado, del hombre superfluo. La causa de la extrema
depravación y envilecimiento no hay que buscarla dentro de uno mismo, sino
fuera, en el espacio. Además, mire usted qué bien, el pervertido, el embustero
y el miserable no era sólo él, sino también nosotros… «Nosotros, hombres de los
años ochenta», «nosotros, progenie indolente y neurótica del régimen de
servidumbre», «nosotros, despojos desfigurados por la civilización». En
resumidas cuentas, debíamos comprender que un hombre tan grande como Laievski
era grande incluso en su caída; que su depravación, su ignorancia y su incuria
constituían un fenómeno histórico natural, consagrado por la necesidad; que nos
encontrábamos ante causas universales, elementales, y que había que encender
una vela por Laievski, víctima fatal de la época, de las tendencias, de la
herencia y demás. Todos los funcionarios y las señoras se quedaban
boquiabiertos escuchándolo; yo, por mi parte, tardé bastante en dilucidar si
tenía que vérmelas con un cínico o con un astuto embaucador. Los tipos como él,
con aspecto de intelectuales, una capa de cultura y una tendencia irreprimible
a hablar de su propia nobleza, saben hacerse pasar por criaturas
extraordinariamente complejas.
—¡Cállate! —estalló Samóilenko—. ¡No te permito que
hables mal en mi presencia de un hombre intachable!
—¡No me interrumpas, Aleksandr Davídich! —dijo con
frialdad von Koren—. Ya termino. Laievski es un organismo bastante simple. He
aquí su estructura moral: por la mañana, zapatillas, baño y café; luego, hasta
la hora de la comida, zapatillas, movimiento y conversación; a las dos,
zapatillas, comida y vino; a las cinco, baño, té y vino; después, naipes y
embustes; a las diez, cena y vino, y después de medianoche, descanso y la
femme. Su existencia se encierra en ese reducido programa, como el huevo en la cáscara.
Ya ande, se siente, se enfade, escriba o se alegre, todo se reduce al vino, las
cartas, las zapatillas y la mujer. La mujer desempeña en su vida un papel
fatal, agobiante. Él mismo cuenta que se enamoró ya a los trece años. Siendo
estudiante de primer curso, vivió con una señora que ejerció sobre él una
influencia beneficiosa y a la que debe su instrucción musical. En el segundo
curso sacó a una ramera de un prostíbulo y la elevó a su altura, es decir, la
tomó como concubina; la joven vivió seis meses con él y luego volvió con su
madama. Esa fuga causó a Laievski profundos padecimientos espirituales. Tanto
sufrió que tuvo que dejar la universidad y se pasó dos años en casa sin hacer
nada. Pero no hay mal que por bien no venga, pues, una vez allí, tuvo
relaciones con una viuda que le aconsejó dejar la Facultad de Derecho e
ingresar en la de Filología. Y así lo hizo. Al acabar el curso, se enamoró
perdidamente de su actual (¿cómo llamarla?) mujer casada, con la que tuvo que
escapar al Cáucaso, en nombre de no sé qué ideales… Si no hoy, mañana dejará de
quererla y volverá a huir a San Petersburgo, siempre en nombre de los ideales.
—¿Y tú cómo lo sabes? —rezongó Samóilenko, mirando
con animadversión al zoólogo—. Come y calla.
Trajeron sargos cocidos con salsa polaca.
Samóilenko sirvió un pescado entero a cada uno de sus pensionados y los cubrió
de salsa con su propia mano. Pasaron un par de minutos en silencio.
—La mujer desempeña un papel fundamental en la vida
de cualquier hombre —dijo el diácono—.
No se puede hacer nada.
—Sí, pero ¿hasta qué punto? Para cada uno de
nosotros la mujer es la madre, la hermana, la esposa, la amiga; en cambio, para
Laievski es sólo la amante. La mujer, es decir, la convivencia con la mujer
constituye para él la felicidad y el objeto de su vida. Si se alegra, se
entristece, se aburre o se desencanta, la causa es siempre la mujer. Si la vida
se le vuelve insoportable, la culpa es de la mujer. Si se enciende la aurora de
una nueva vida, si surgen nuevos ideales, de nuevo hay que buscar a la mujer… Sólo
le satisfacen las obras y los cuadros en los que aparecen mujeres. Nuestra
época, en su opinión, es mala, aun peor que los años cuarenta y sesenta, sólo
porque no sabemos dedicarnos con abnegación al éxtasis amoroso y la pasión.
Esos lujuriosos deben de tener en la cabeza una excrecencia particular, una
especie de sarcoma que les oprime el cerebro y condiciona toda su psicología.
Si observan a Laievski cuando está en compañía de otras personas, se darán
cuenta de que, en el momento en que se plantea en su presencia una cuestión
general, por ejemplo, sobre la célula o sobre el instinto, se aparta, guarda
silencio y no escucha; parece cansado, desilusionado, nada le interesa, todo es
vulgar e insignificante, pero en cuanto se habla de machos y de hembras, de que
la araña, por ejemplo, después de la fecundación, devora al macho, sus ojos
resplandecen de curiosidad
y su rostro
se ilumina; en resumidas cuentas, el hombre vuelve a la vida. Todos sus
pensamientos, por muy nobles, elevados o indiferentes que sean, tienen siempre
el mismo punto de partida. Si vas con él por la calle y te encuentras,
pongamos, con un burro… ya está preguntando: «Dígame, por favor, ¿qué pasaría
si se cruzara una burra con un camello?». ¿Y qué me dicen de los sueños? ¿No
les ha contado sus sueños? ¡Son maravillosos! Tan pronto sueña que está casado
con la Luna como que le citan en una comisaría y le ordenan que viva con una
guitarra…
El diácono prorrumpió en una sonora carcajada.
Samóilenko frunció el ceño y puso cara de pocos amigos, tratando de conservar
la seriedad, pero al final no pudo contenerse y estalló en una risotada
—¡Todo es mentira! —dijo, secándose las lágrimas—.
¡Dios mío, qué sarta de mentiras!
IV
El diácono era un hombre muy risueño; bastaba
cualquier bobada para que se desternillara y se partiera de risa. Se diría que
el único placer que hallaba en la compañía de sus semejantes era que todos
tenían un aspecto ridículo y a todos podía poner un apodo jocoso. A Samóilenko
lo llamaba «La Tarántula»; a su ayudante, «El Pato», y se mostró entusiasmado
un día en que von Koren tildó a Laievski y Nadezhda Fiódorovna de macacos.
Examinaba con minucia los rostros, escuchaba sin pestañear y se veía cómo sus
ojos se iban iluminando y sus rasgos se tensaban, en espera del momento en que
pudiera dar rienda suelta a la risa.
—Es un tipo depravado y pervertido —prosiguió el
zoólogo, mientras el diácono, que aguardaba otra expresión divertida, lo miraba
fijamente a la cara—. No es fácil encontrar una nulidad semejante. Físicamente
es un hombre débil, endeble, avejentado; e intelectualmente no se distingue en
nada de la gorda mujer de un mercader, que se pasa la vida zampando, bebiendo,
durmiendo en un colchón de plumas y teniendo relaciones con su cochero.
El diácono volvió a reírse a carcajadas.
—No se ría, diácono —dijo von Koren—. Es de tontos
eso de reírse tanto. Yo no habría reparado en su nulidad —continuó, una vez que
el diácono acabó con sus carcajadas— y no le habría prestado atención si no
fuera un individuo tan perjudicial y peligroso. Es dañino, ante todo, porque
tiene éxito entre las mujeres y, en consecuencia, amenaza con dejar
descendencia, es decir, con donar al mundo una docena de Laievski, tan endebles
y depravados como él. En segundo lugar, es contagioso en grado sumo. Ya les he
hablado del vint y la cerveza. Un año o dos más y habrá conquistado toda la
costa del Cáucaso. Ya saben ustedes la fe ciega que tiene la masa, sobre todo
las capas medias, en la intelectualidad, en la instrucción universitaria, en
las buenas maneras y en el lenguaje literario. Por muchas canalladas que
cometa, todos creerán que hace bien, que así debe ser, porque es un joven
instruido, liberal, con formación universitaria. Además, es un fracasado, un
hombre superfluo, un neurasténico, una víctima de la época, y eso significa que
se le puede permitir todo. Un buen tipo, un corazón de oro, siempre tan
indulgente con las flaquezas humanas; condescendiente, considerado, asequible,
nada orgulloso, con él se puede uno tomar una copa, chismorrear, soltar unas
cuantas palabrotas… La masa siempre se inclina por el antropomorfismo en
religión y en moral; sus divinidades preferidas son las que muestran las mismas
debilidades que ella. ¡Juzguen ustedes qué campo más amplio para el contagio!
Además, es un actor nada malo, un embustero habilidoso y sabe perfectamente lo
que hace. Observen sus artimañas y subterfugios, por ejemplo, su actitud ante
la civilización. Aunque la civilización apenas le ha rozado, no para de decir:
«¡Ah, cómo nos ha desfigurado la civilización! ¡Ah, cómo envidio a los
salvajes, a esos hijos de la naturaleza que no conocen la civilización!». Con
eso deja entrever, fíjense ustedes, que en tiempos fue fiel a la civilización
en cuerpo y alma, la sirvió, la comprendió a fondo, pero luego esta lo cansó,
lo decepcionó, lo engañó; él es un Fausto, dense cuenta, un segundo Tolstói… A
Schopenhauer y Spencer, en cambio, los trata como si fueran chiquillos, y les
da palmaditas en la espalda con aire paternal. ¿Qué hay, amigo Spencer? Ni que
decir tiene que no lo ha leído, pero qué expresión tan dulce adopta cuando, con
ligera y despreocupada ironía, dice, refiriéndose a su dama: «¡Ha leído a
Spencer!». Todos lo escuchan y nadie quiere comprender que ese charlatán no
sólo no tiene derecho a hablar de Spencer en ese tono, sino ni siquiera a
besarle las suelas de los zapatos. Únicamente un animal muy presuntuoso,
mezquino e infame puede pisotear la civilización, la autoridad y los altares
ajenos, cubrirlos de barro y burlarse de ellos con el solo propósito de justificar
y ocultar su propia debilidad y su indigencia moral.
—No sé qué es lo que esperas de él, Kolia —dijo
Samóilenko, que ya no miraba al zoólogo con inquina, sino con aire culpable—.
Es un hombre como todos. Desde luego, tiene sus flaquezas, pero está a la
altura de las ideas modernas, trabaja, es útil a su patria. Hace diez años
vivía aquí un agente de comercio, un viejecito listo como pocos que solía
decir…
—¡Basta, basta! —lo interrumpió el zoólogo—. Dices
que trabaja. Pero ¿cómo trabaja? ¿Es que, gracias a su venida, han mejorado
algo las cosas, los funcionarios se han vuelto más diligentes, honrados y
serviciales? Al contrario, con su autoridad de intelectual con formación
universitaria lo único que ha hecho es sancionar su falta de celo. Sólo se
muestra diligente el veinte de cada mes, cuando recibe el sueldo; los demás
días se los pasa en casa, arrastrando las zapatillas y adoptando una expresión
con la que pretende dar a entender el enorme favor que está haciendo al
gobierno ruso por el solo hecho de vivir en el Cáucaso. No, Aleksandr Davídich,
no lo defiendas. Ni tú mismo crees lo que dices. Si de verdad lo apreciaras y
lo consideraras un semejante, no le pasarías por alto sus
flaquezas ni serías tan condescendiente con él, y
por su propio bien tratarías de neutralizar su mal ejemplo.
—¿Cómo?
—Neutralizándolo. Dado que es incorregible, sólo
hay un medio de lograrlo… —von Koren se pasó un dedo por el cuello, para dejar
claro a qué se refería—. Eso o ahogarlo… —prosiguió—. En interés de la
humanidad y en su propio interés las personas como él deben ser eliminadas. Sin
falta.
—Pero ¿qué dices? —murmuró Samóilenko, poniéndose
en pie y mirando perplejo el rostro sereno e impasible del zoólogo—. Diácono,
¿qué está diciendo? ¿Estás en tus cabales?
—No insisto en la pena de muerte —dijo von Koren—.
Si está demostrado que es perjudicial, busquen otro remedio. Si no se puede
aniquilar a Laievski, entonces aíslenlo, despersonalícenlo, condénenlo a
trabajos forzados…
—¿Qué dices? —se horrorizó Samóilenko—. ¡Con
pimienta, con pimienta! —gritó con voz desesperada, al advertir que el diácono
se estaba comiendo sin pimienta los calabacines rellenos—. ¿Es posible que un
hombre tan inteligente como tú esté diciendo esas cosas? ¡¡Condenar a trabajos
forzados a nuestro amigo, un joven orgulloso y cultivado!!
—Pues, si es orgulloso y se resiste, que le pongan
grilletes.
Samóilenko, incapaz ya de decir una sola palabra,
se limitaba a mover los dedos. El diácono echó un vistazo a su rostro aturdido,
verdaderamente ridículo, y soltó una carcajada.
—Dejemos el tema —dijo el zoólogo—. Sólo te pido
que recuerdes, Aleksandr Davídich, que la lucha por la existencia y la
selección natural protegían al hombre primitivo de tipos como Laievski; ahora
nuestra cultura ha debilitado de manera considerable la lucha y la selección,
de suerte que debemos ocuparnos nosotros mismos de la eliminación de los
débiles e incapaces; de otro modo, cuando los Laievski se multipliquen, la
civilización se vendrá abajo y la humanidad degenerará del todo. Y los
culpables seremos nosotros.
—¡Si se ahoga y se cuelga a la gente —dijo
Samóilenko—, tu civilización y la humanidad se irán al diablo! ¡Al diablo!
Escucha lo que voy a decirte: eres un hombre cultísimo, listísimo, el orgullo
de tu patria, pero los alemanes te han estropeado. ¡Sí, los alemanes! ¡Los
alemanes! —Samóilenko, desde que partió de Derpt[20], en donde estudió
medicina, rara vez había visto a un alemán y no había leído un solo libro
alemán, pero, a su juicio, todos los males de la política y de la ciencia se
debían a los alemanes. Ni él mismo habría sabido decir a qué se debía esa
opinión, pero se atenía a ella con firmeza—. ¡Sí, los alemanes! —repitió una
vez más—. Vamos a tomar el té.
Los tres se levantaron y, tras ponerse el sombrero,
se dirigieron al jardincillo y se sentaron a la sombra de unos pálidos arces,
unos perales y un castaño. El zoólogo y el diácono se acomodaron en un banco,
junto a una mesita, mientras Samóilenko se desplomaba en un sillón de rejilla,
de ancho respaldo inclinado. El ayudante sirvió té, mermelada y una botella de
almíbar.
Hacía mucho calor, unos treinta grados a la sombra.
El aire sofocante se había serenado, hasta dejar de soplar, y una larga
telaraña pendía inmóvil y flácida desde el castaño hasta el suelo.
El diácono cogió la guitarra que había siempre
junto a la mesa, la templó y se puso a cantar en voz queda Los seminaristas
junto a la taberna, pero hacía demasiado calor, así que se calló al instante,
se enjugó el sudor de la frente y elevó los ojos al cielo ardiente y azul.
Samóilenko se había quedado traspuesto: el bochorno, el silencio y el dulce
sopor de la sobremesa, que no tardaron en apoderarse de todos sus miembros, le
habían robado las fuerzas, produciéndole una suerte de
ebriedad: yacía con los brazos colgando, los ojos
semicerrados, la cabeza hundida en el pecho. Dirigió una mirada enternecida a
von Koren y al diácono y murmuró:
—La joven generación… La estrella de la ciencia y
el candil de la Iglesia… En un visto y no visto, este santo varón de largos
faldones será promovido a metropolita y habrá que besarle la mano… Así… lo
quiera Dios…
No tardó en oírse un ronquido. Von Koren y el
diácono se acabaron el té y salieron a la calle.
—¿Va otra vez a pescar al muelle? —preguntó el
zoólogo.
—No, hace demasiado calor.
—Pues véngase conmigo. Me hará un paquete y me
copiará unos papeles. Luego hablaremos de cómo debe usted ocupar el tiempo. Hay
que trabajar, diácono. No puede seguir así.
—Sus palabras son justas y lógicas —dijo el
diácono—, pero creo que mi pereza es disculpable, dadas las circunstancias de
mi vida actual. Como usted bien sabe, la incertidumbre contribuye en gran
medida a la apatía de la gente. Sólo Dios sabe si me han enviado aquí
temporalmente o para siempre. Nadie me informa de nada y, mientras tanto, mi
mujer sigue aburriéndose en casa de sus padres. Además, confieso que el calor
me ha secado el cerebro.
—Bobadas —dijo el zoólogo—. Al calor puede
acostumbrarse uno y también a vivir sin la compañía de una mujer. Hay que
dejarse de remilgos y aprender a dominarse.
V
Nadezhda Fiódorovna iba a bañarse por la mañana,
seguida de su cocinera Olga, que llevaba un cántaro, una taza de cobre, toallas
y una esponja. En la rada había dos vapores desconocidos, probablemente navíos
mercantes extranjeros, con sus chimeneas blancas llenas de suciedad. Algunos
hombres vestidos de blanco, con zapatos del mismo color, iban por el muelle,
dando gritos en francés, y desde los vapores les respondían. En la pequeña
iglesia de la ciudad repicaron con fuerza las campanas.
«Hoy es domingo», recordó con satisfacción Nadezhda
Fiódorovna.
Se sentía rebosante de salud y su estado de ánimo
era alegre, festivo. Con su nuevo y amplio vestido de seda cruda y su gran
sombrero de paja, cuya ancha ala se doblaba hacia abajo a la altura de las
orejas, dando la impresión de que su rostro salía de una caja, se sentía muy
atractiva. Pensaba que era la única mujer joven, hermosa e inteligente de toda
la ciudad, que sólo ella sabía vestirse con gusto
y elegancia
gastando poco dinero. Ese vestido, por ejemplo, sólo le había costado veintidós
rublos, y, sin embargo, qué bonito era. Era la única mujer que despertaba
admiración en la ciudad, y como había muchos hombres, todos tenían que envidiar
a Laievski, lo quisieran o no.
Le alegraba que en los últimos tiempos Laievski
fuera tan indiferente con ella, tan comedido y cortés y a veces incluso tan
grosero y vulgar; a sus desaires y sus miradas despectivas, frías, extrañas o
incomprensibles, antes habría contestado con lágrimas, reproches y amenazas de
abandonarlo o dejarse morir de hambre; ahora, en cambio, por toda respuesta se
ruborizaba, lo miraba con aire culpable y se alegraba de que no se mostrase
afectuoso con ella. Habría sido aún más agradable y placentero si la hubiese
insultado o amenazado, pues se sentía totalmente culpable ante él. Creía que
era culpable, ante todo, de no compartir sus ilusiones de una vida de trabajo,
aspiración por la que
Laievski había dejado San Petersburgo y se había
marchado al Cáucaso, y estaba convencida de que en los últimos tiempos estaba
enfadado con ella precisamente por esa cuestión. Cuando ella iba de camino al
Cáucaso, pensaba encontrar desde el primer día un rincón apartado en la orilla
del mar, un jardín ameno y fresco, con pajarillos y arroyuelos, donde podría
plantar flores y hortalizas, criar patos y gallinas, recibir a los vecinos,
curar a los campesinos pobres y distribuir libros entre ellos; pero resultó que
el Cáucaso consistía en una sucesión de montañas peladas, bosques y valles
inmensos, donde había que pasar mucho tiempo eligiendo sitio, haciendo
gestiones, organizándose; donde no había vecinos, hacía muchísimo calor y
podían robarle a uno. Laievski no se había dado prisa en adquirir una parcela,
y ella se alegró de esa tardanza; parecía como si se hubieran puesto de acuerdo
para no mencionar la vida dedicada al trabajo. Como él callaba, Nadezhda
Fiódorovna pensaba que se había enfadado porque ella no sacaba a colación ese
tema.
En segundo lugar, a lo largo de esos dos años había
adquirido en la tienda de Achmiánov, a espaldas de Laievski, diversas naderías
por valor de unos trescientos rublos: un poco de tela, una pieza de seda, una
sombrilla… Y poco a poco, sin darse cuenta, había acumulado aquella deuda.
—Hoy mismo se lo diré… —decidió, pero acto seguido
paró mientes en que, dado el humor de Laievski, tal vez no era el momento más
oportuno para hablarle de deudas.
En tercer lugar, había recibido ya dos veces, en
ausencia de Laievski, a Kirilin, el jefe de la policía: una vez por la mañana,
cuando Laievski había ido a bañarse, y otra, a medianoche, mientras él estaba
jugando a las cartas. Al recordarlo, Nadezhda Fiódorovna se puso como la grana
y miró a la cocinera, como si temiera que esta pudiera leerle los pensamientos.
Las largas jornadas, aburridas e insoportablemente calurosas; los hermosos y
lánguidos atardeceres, las noches sofocantes y toda esa vida, en que uno no
sabía cómo emplear tanto tiempo libre; el pensamiento recurrente de que era la
mujer más bonita y joven de la ciudad y de que estaba malgastando su juventud,
así como la presencia del propio Laievski, hombre honrado e idealista, pero
monótono, siempre arrastrando las zapatillas, mordiéndose las uñas y
fastidiándola con sus caprichos, habían contribuido a que el deseo poco a poco
acabara apoderándose de ella, hasta el punto de que, como una loca, no pensaba
en otra cosa ni de día ni de noche. En su aliento, en sus miradas, en el tono
de su voz y en sus andares sólo percibía ese deseo; el rumor de las olas le
hablaba de la necesidad de amar, y también la oscuridad de la noche y las
montañas… Cuando Kirilin empezó a cortejarla, no había encontrado las fuerzas
ni la voluntad necesarias para oponer resistencia y se había entregado…
En aquel momento, vaya usted a saber por qué, los
vapores extranjeros y los hombres de blanco le recordaron una enorme sala;
junto a las palabras en francés resonaron en sus oídos los sones de un vals, y
su pecho se estremeció, lleno de una alegría inexplicable. Le entraron ganas de
bailar y de hablar en francés.
Con inmensa satisfacción llegó a la conclusión de
que su traición no era algo tan terrible, pues su alma no había participado.
Seguía queriendo a Laievski, como demostraba el hecho de que se sintiera
celosa, de que lo echara de menos y se entristeciera cuando él no estaba en
casa. Kirilin, en cambio, había resultado un tipo normalillo, más bien vulgar,
aunque atractivo. Ya había roto con él y no volvería a verlo. Lo que había
sucedido pertenecía ya al pasado; a nadie le importaba y, si Laievski llegaba a
enterarse, no lo creería.
En la orilla sólo había una casa de baños para las
damas; los hombres, en cambio, se bañaban al aire libre. Al entrar en la casa
de baños, Nadezhda Fiódorovna se encontró con una señora ya madura,
Maria Konstantínovna Bitiugova, esposa de un
funcionario, y con su hija de quince años, Katia, estudiante de bachillerato;
ambas estaban sentadas en un banco, desnudándose. Maria Konstantínovna era una
mujer bondadosa, entusiasta y delicada, que hablaba con mucha pasión, alargando
las palabras. Hasta los treinta y dos años había trabajado como institutriz,
luego se había casado con el funcionario Bitiugov, hombre de baja estatura,
calvo (con los cuatro pelos que le quedaban procuraba cubrirse las sienes) y muy
pacífico. Seguía enamorada de él, tenía celos, se ruborizaba cuando oía la
palabra «amor» y aseguraba a todo el mundo que era muy feliz.
—¡Hola, querida! —dijo con alborozo al ver a
Nadezhda Fiódorovna, adoptando una expresión que todos sus conocidos
calificaban de «meliflua»—. ¡Cuánto me alegro de que haya venido, amiga mía!
Nos bañaremos juntas: ¡será estupendo!
Olga se quitó rápidamente el vestido y la camisa y
procedió a desvestir a su señora.
—Hoy no hace tanto calor como ayer, ¿no es verdad?
—dijo Nadezhda Fiódorovna, encogiéndose al sentir el rudo contacto de la
cocinera desnuda—. Ayer estuve a punto de asfixiarme.
—¡Ah, sí, querida! A mí me pasó lo mismo. No se lo
va a creer, pero ayer me bañé tres veces.
Hasta Nikodim Aleksándrich se intranquilizó.
«¿Cómo es posible que sean tan feas? —pensaba
Nadezhda Fiódorovna, mirando a Olga y a la mujer del funcionario. Luego se fijó
en Katia y se dijo—: La muchacha no tiene malas formas».
—¡Su Nikodim Aleksándrich es amabilísimo! —comentó
en voz alta—. La verdad es que estoy enamorada de él.
—Ja, ja, ja —estalló M aria Konstantínovna en una
risa forzada—. ¡Qué maravilla!
Una vez liberada de la ropa, Nadezhda Fiódorovna
sintió deseos de volar. Tenía la impresión de que le bastaría con batir los
brazos para salir volando. Advirtió que Olga miraba con repugnancia su cuerpo
blanco. Olga, aún joven, casada con un soldado, vivía con su marido legítimo y
eso le daba derecho a considerarse mejor y superior a ella. Nadezhda Fiódorovna
notaba que Maria Konstantínovna y Katia tampoco la respetaban y que la temían.
Era una impresión desagradable, y para realzarse a sus ojos, dijo:
—Ahora en San Petersburgo está en su apogeo la
temporada veraniega. ¡Cuántos conocidos teníamos mi marido y yo! Tendría que ir
a hacerles una visita.
—Su marido es ingeniero, ¿no es verdad? —preguntó
con timidez M aria Kaspárovna.
—Estoy hablando de Laievski. Tiene muchísimos
conocidos. Pero, por desgracia, su madre, una aristócrata orgullosa, es una
mujer de cortos alcances…
Nadezhda Fiódorovna dejó la frase a medias y se
zambulló; Maria Konstantínovna y Katia la siguieron.
—En nuestra sociedad hay muchísimos prejuicios
—prosiguió Nadezhda Fiódorovna—, y la vida no es tan fácil como parece.
Maria Konstantínovna, que había trabajado de
institutriz para familias aristocráticas y conocía la alta sociedad, dijo:
—¡Ah, sí! No se lo va a creer, querida, pero en
casa de los Garatinski había que vestirse convenientemente para el desayuno y
el almuerzo; por ese motivo, además de mi sueldo, recibía una cantidad
suplementaria para ropa, como si fuera una actriz.
Se había situado entre Nadezhda Fiódorovna y Katia,
como queriendo apartar de su hija el agua en que se bañaba la primera. A través
de la puerta, abierta sobre el mar, se veía nadar a alguien a unos
cien pasos de allí.
—¡M amá, es nuestro Kostia! —dijo Katia.
—¡Ah, ah! —cacareó Maria Konstantínovna asustada—.
¡Ah! ¡Kostia, vuelve! —gritó—. ¡Kostia, vuelve!
Kostia, un muchacho de unos catorce años, queriendo
dárselas de valiente delante de su madre y de su hermana, se sumergió y siguió
nadando, pero acabó cansándose y se apresuró a volver. En su rostro serio y
contraído se veía que no confiaba en sus propias fuerzas.
—¡Estos muchachos son una cruz, querida! —dijo
Maria Konstantínovna, ya más tranquila—. Basta que se dé uno la vuelta para que
se partan la crisma. ¡Ah, querida, qué agradable y a la vez qué duro es ser
madre! Siempre estás con el alma en vilo.
Nadezhda Fiódorovna se puso el sombrero de paja y
salió a mar abierto. Nadó unos diez metros
y se quedó
flotando boca arriba. Veía el mar hasta la línea del horizonte, los vapores, la
gente en la orilla, la ciudad; ese cuadro, junto con el bochorno y las olas
blandas y transparentes, la excitaba y le susurraba que había que vivir, vivir…
Junto a ella pasó rauda una barca de vela, cortando enérgicamente las olas y el
aire; el hombre que manejaba el timón se la quedó mirando, y a ella le agradó
que la contemplara…
Después del baño, las señoras se vistieron y se
marcharon juntas.
—Cada dos días tengo fiebre, pero no adelgazo —dijo
Nadezhda Fiódorovna, pasándose la lengua por labios, salados después del baño,
y respondiendo con una sonrisa a los saludos de los conocidos —. Siempre he
sido más bien gruesa y ahora tengo la sensación de haber engordado todavía más.
—Eso depende de la disposición, querida. Si alguien
no tiene tendencia a engordar, como yo, por ejemplo, no hay comida que pueda
ayudarle. M e parece que se le ha mojado el sombrero, querida.
—Da igual, ya se secará.
Nadezhda Fiódorovna volvió a ver a los hombres
vestidos de blanco, que paseaban por el malecón hablando en francés, y, por
alguna razón, su pecho volvió a estremecerse de alegría y le vino a la memoria
la imagen imprecisa de una espaciosa sala en la que alguna vez había bailado o
con la que acaso había soñado. Y algo en lo más profundo de su alma le susurró
de forma vaga y confusa que era una mujer ruin, vulgar, despreciable,
insignificante…
M aria Konstantínovna se detuvo a la puerta de su
casa y la invitó a pasar.
—¡Entre, querida! —dijo con voz suplicante, al
tiempo que la miraba con angustia, esperando que rechazase el ofrecimiento.
—Con mucho gusto —aceptó Nadezhda Fiódorovna—. ¡Ya
sabe cuánto me gusta pasar un rato con usted!
Y entró en la casa. Maria Konstantínovna le pidió
que tomara asiento, le sirvió café, le ofreció panecillos, luego le enseñó unas
fotografías de sus antiguas pupilas, las señoritas Garatinski, que ya se habían
casado, y después le mostró las calificaciones de Katia y de Kostia, que eran
excelentes; no obstante, para que parecieran aún mejores, suspiró y se quejó de
lo difícil que era en esos tiempos estudiar el bachillerato… Agasajaba a su
invitada, pero al mismo tiempo lamentaba que estuviera allí, sufría pensando
que su presencia podía ejercer una influencia perniciosa en la moral de Kostia
y de Katia y se alegraba de que Nikodim Aleksándrich no se hallara en casa,
pues, en su opinión, a todos los hombres les gustaban «esas mujeres», de suerte
que Nadezhda Fiódorovna también podía ejercer una influencia negativa sobre
Nikodim Aleksándrich.
Mientras conversaba con su invitada, a Maria
Konstantínovna no se le iba de la cabeza que esa misma tarde se celebraría una
merienda campestre y que von Koren le había rogado encarecidamente que no
dijera nada a los macacos, es decir, a Laievski y Nadezhda Fiódorovna. No
obstante, en un momento determinado se le escapó sin darse cuenta, y tuvo que
añadir, roja como la grana y toda confusa:
—¡Espero que vengan ustedes!
VI
Habían acordado alejarse siete verstas de la
ciudad, en dirección sur, y detenerse junto a la taberna, en la confluencia de
los riachuelos Negro y Amarillo, donde prepararían la sopa de pescado.
Partieron poco después de las cinco. Delante de todos, en un charabán, iban
Samóilenko y Laievski; detrás, en un landó tirado por tres caballos, viajaban
Maria Konstantínovna, Nadezhda Fiódorovna, Katia y Kostia, llevando la cesta
con las provisiones y la vajilla. El siguiente carruaje estaba ocupado por el
jefe de policía, Kirilin, y el joven Achmiánov, hijo del comerciante al que
Nadezhda Fiódorovna debía trescientos rublos; en el asiento de enfrente, hecho
un ovillo y con las piernas encogidas, se había acomodado Nikodim Aleksándrich,
diminuto, pulcro, con sus cuatro pelos cubriéndole las sienes. Cerraban la
comitiva von Koren y el diácono, que llevaba sobre las rodillas una cesta de
pescado.
—¡A la derecha! —gritaba Samóilenko a voz en cuello
cada vez que se cruzaban con un carro o con un abjasio a lomos de una mula.
—Dentro de dos años, cuando disponga de los medios
y del personal necesario, emprenderé una expedición —decía von Koren al
diácono—. Recorreré la costa desde Vladivostok hasta el estrecho de Bering y
luego desde allí hasta la desembocadura del río Yeniséi. Trazaremos un mapa,
estudiaremos la fauna y la flora y realizaremos detalladas investigaciones
geológicas, antropológicas y etnográficas. De usted depende acompañarme o no.
—Es imposible —dijo el diácono.
—¿Por qué?
—Tengo obligaciones, estoy casado.
—Su mujer le dejará venir. Nos ocuparemos de que no
le falte de nada. Lo mejor sería que, por el bien de todos, la convenciera de
que se metiera monja, lo que le permitiría a usted tomar los hábitos y
participar en la expedición en calidad de sacerdote. Yo puedo arreglarlo.
El diácono guardaba silencio.
—¿Conoce usted bien su materia, la teología?
—preguntó el zoólogo.
—No mucho.
—Hum… No puedo ofrecerle ninguna indicación en ese
sentido, porque también yo la conozco mal. Pero si me da una lista con los
libros que necesita, se los enviaré este invierno desde San Petersburgo.
También tendrá que leer las memorias de los misioneros, entre los que figuran
buenos etnólogos y conocedores de lenguas orientales. Cuando se haya
familiarizado con su modo de trabajar, le será más fácil ponerse manos a la
obra. Y, mientras llegan los libros, no pierda el tiempo en vano: venga a verme
y nos ejercitaremos con la brújula, estudiaremos la meteorología. Todo eso es
indispensable.
—Sí, sí —farfulló el diácono y se echó a reír—. He
solicitado un puesto en la Rusia central y mi tío, que es arcipreste, ha
prometido ocuparse del caso. Si me voy con usted, lo habría molestado en vano.
—No entiendo sus vacilaciones. Si sigue siendo un
simple diácono, que oficia sólo los días de fiesta y el resto del tiempo se
dedica a no hacer nada, dentro de diez años será lo mismo que es ahora, con la
única diferencia, quizá, de que le habrá salido bigote y un poco de barba; en
cambio, si participa en la expedición, dentro de diez años se habrá convertido
en otro hombre y se sentirá orgulloso de haber hecho algo de provecho.
En el carruaje de las señoras resonaron unos gritos
que denotaban temor y asombro. Estaban pasando por una carretera excavada en un
acantilado rocoso cortado a pico, y todos tenían la impresión de que avanzaban
por una tabla fijada a un alto muro y de que los carruajes iban a despeñarse en
el abismo en cualquier momento. A la derecha se extendía el mar, a la izquierda
se levantaba un muro escarpado y marrón, con manchas negras, vetas rojas y
raíces trepadoras, mientras en lo alto las frondosas ramas de las coníferas se
asomaban al vacío como con pavor y curiosidad. Al cabo de unos cinco minutos
volvieron a oírse gritos y risas: había que pasar por debajo de una enorme roca
suspendida sobre la carretera.
—No entiendo por qué diablos he venido con vosotros
—dijo Laievski—. ¡Qué estúpido y trivial! En lugar de ir al norte, de huir, de
salvarme, participo en esta excursión idiota.
—Pero ¡mira qué paisaje! —exclamó Samóilenko,
cuando los caballos torcieron a la izquierda y se abrió el valle del riachuelo
Amarillo, cuyas aguas centellearon, amarillas, turbias, alocadas…
—Yo no veo nada de particular —respondió Laievski—.
Cuando uno se pasa el día entero admirando la naturaleza lo único que hace es
dejar constancia de su falta de imaginación. En comparación con las imágenes
que puede crear mi imaginación, todos estos arroyuelos y peñascos son una
nadería.
Los carruajes avanzaban ya por la orilla del río.
Las altas y abruptas riberas iban confluyendo poco a poco, el valle se
estrechaba y algo más adelante se transformaba en desfiladero; la montaña
rocosa junto a la que pasaban había sido creada por la naturaleza con peñascos
enormes, compactados con tanta fuerza que Samóilenko, cada vez que los veía,
emitía un rugido involuntario. La sombría y bella montaña estaba atravesada
aquí y allá por angostas grietas y hendiduras, que despedían un vaho de humedad
y de misterio; a través de las hendiduras se veían otras montañas, parduscas,
rosadas, lilas, humeantes o bañadas de brillante luz. De vez en cuando, cuando
pasaban por uno de esos resquicios, se oía el rumor del agua, que caía desde lo
alto y se estrellaba contra las rocas.
—¡Ah, malditas montañas —suspiraba Laievski—, van a
matarme de aburrimiento!
A un lado del camino, en el punto donde el
riachuelo Negro desembocaba en el Amarillo y sus aguas negras como la tinta
entablaban combate con las amarillas y las manchaban, se alzaba la taberna del
tártaro Kerbalai, con una bandera rusa en el tejado y un letrero escrito con
tiza: «La Taberna de la Alegría». Alrededor se extendía un jardincillo con
mesas y bancos, rodeado por una cerca, y en medio de los escuálidos arbustos
espinosos se alzaba un ciprés solitario, esbelto y oscuro.
Kerbalai, un tártaro vivaracho, de baja estatura,
con una camisa azul y un mandil blanco, estaba junto al camino y, con las manos
en el estómago, hacía profundas reverencias a los carruajes, al tiempo que
sonreía, mostrando sus dientes blancos y brillantes.
—¡Hola, Kerbalai! —le gritó Samóilenko—. Vamos a
seguir un poco más. Llévanos el samovar y unas sillas. ¡Deprisa!
Kerbalai asintió con su cabeza rasurada y balbuceó
algo que sólo quienes viajaban en el último carruaje llegaron a entender:
—¡Tengo truchas, excelencia!
—¡Tráelas, tráelas! —le dijo von Koren.
Los carruajes se detuvieron a unos quinientos pasos
de la taberna. Samóilenko eligió un pequeño prado en el que sobresalían algunas
piedras que podían servir de asiento y donde yacía un árbol abatido por la
tormenta, con las velludas raíces desenterradas y las agujas secas y
amarillentas. En ese punto un inestable puente de troncos atravesaba el río, y
en la otra orilla, justo enfrente, se alzaba sobre cuatro pequeños pilares un
secadero de maíz, que recordaba las isbas con patas de gallina de los cuentos[21];
una escalerita conducía hasta la puerta.
En un primer momento se apoderó de todos la
sensación de que jamás saldrían de allí. Por todas partes, mirasen donde
mirasen, se alzaban y se sucedían montañas imponentes, y por la parte de la
taberna y del oscuro ciprés avanzaban a toda prisa las sombras del atardecer;
de este modo, el estrecho y tortuoso valle del riachuelo Negro parecía más
angosto y las montañas, más altas. Se oía el borboteo de las aguas y el
incesante chirrido de las cigarras.
—¡Qué maravilla! —dijo Maria Konstantínovna,
entusiasmada, exhalando un profundo suspiro
—. ¡Niños, mirad qué bonito! ¡Y qué silencio!
—Sí, la verdad es
que es bonito —admitió Laievski,
a quien había complacido la vista; no
obstante, después de contemplar el cielo y luego el
humo azul que salía de la chimenea de la taberna se sintió triste, vaya usted a
saber por qué—. ¡Sí, es bonito! —repitió.
—Iván Andreich, describa este paisaje —dijo M aria
Konstantínovna con voz llorosa.
—¿Para qué? —preguntó Laievski—. La impresión es
mejor que cualquier descripción. Esta riqueza de colores y sonidos, que
cualquiera recibe de la naturaleza por medio de las impresiones, los escritores
la revelan bajo un aspecto informe e irreconocible.
—¿Cómo dice? —preguntó con frialdad von Koren, que
había escogido la roca más grande que había junto al río y buscaba el modo de
encaramarse a ella para sentarse—. ¿Cómo dice? —repitió, mirando fijamente a
Laievski—. ¿Y Romeo y Julieta? ¿Y la noche ucraniana descrita por Pushkin? Ante
esos ejemplos, la naturaleza tiene que inclinarse hasta el suelo.
—Tal vez… —concedió Laievski, demasiado perezoso
para argumentar y rebatir—. Por otro lado —añadió al cabo de un rato—, ¿qué
representa Romeo y Julieta en realidad? Un amor bello, poético, sagrado, unas
rosas bajo las que se trata de ocultar la podredumbre. Romeo es un animal, como
todo el mundo.
—Siempre que se habla con usted de algo, acababa
reduciéndolo todo… Von Koren se quedó mirando a Katia y no terminó la frase.
—¿A qué acabo reduciéndolo? —preguntó Laievski.
—Si alguien dice, por ejemplo: «¡Qué hermoso es
este racimo de uvas!», usted responde: «Sí, pero qué horrible cuando uno se lo
come y lo digiere en el estómago». ¿A qué viene decir eso? No es nada nuevo y …
en general, es una manera de proceder bastante extraña.
Laievski sabía que no le caía bien a von Koren; por
eso le tenía miedo y en su presencia se sentía incómodo, como si alguien le
estuviera echando el aliento en el cogote. Sin responder palabra, se
apartó unos pasos y se lamentó de haber emprendido
ese viaje.
—¡Señores, vamos a coger leña para la hoguera!
—ordenó Samóilenko.
Casi todos los presentes se dispersaron y en el
lugar sólo quedaron Kirilin, Achmiánov y Nikodim Aleksándrich. Kerbalai trajo
sillas, extendió una alfombra sobre la hierba y depositó unas cuantas botellas
de vino. El jefe de policía, Kirilin, hombre alto y apuesto, que hiciera el
tiempo que hiciera llevaba siempre un capote por encima de la guerrera, con su
altanero porte, sus andares solemnes y su voz profunda y algo ronca, era el
prototipo del joven comisario de provincias. Tenía una expresión triste y soñolienta,
como si acabaran de despertarlo en contra de su voluntad.
—¿Qué es lo que nos has traído, animal? —le
preguntó a Kerbalai, pronunciando lentamente cada palabra—. Te pedí que nos
sirvieras kvareli[22], ¿y qué es lo que nos has traído, tártaro del demonio?
¿Eh? ¿Con quién crees que estás hablando?
—Tenemos mucho vino, Yegor Alekseich —terció
Nikodim Aleksándrich, tímido y cortés.
—¿Y qué? Quiero que también haya vino mío.
Participo en esta excursión y supongo que tengo todo el derecho a aportar mi
contribución. ¡Su-pon-go! ¡Trae diez botellas de kvareli!
—¿Por qué tantas? —preguntó sorprendido Nikodim
Aleksándrich, pues sabía que Kirilin no tenía dinero.
—¡Veinte botellas! ¡Treinta! —gritó Kirilin.
—No se preocupe, déjelo —le susurró Achmiánov a
Nikodim Aleksándrich—. Lo pagaré yo. Nadezhda Fiódorovna estaba de un humor
alegre y juguetón. Quería saltar, reír, gritar, gastar
bromas, coquetear. Llevaba un vestido barato de
percal, con dibujo de lunares azules, unas sandalias rojas y aquel sombrero de
paja que se había puesto por la mañana, y se imaginaba que era menuda,
sencilla, ligera y aérea como una mariposa. Corrió por el inestable puentecillo
y se asomó a las aguas un instante, para sentir el vértigo de las alturas;
luego pegó un grito, pasó corriendo a la otra orilla y se acercó al secadero,
sintiéndose admirada por todos los hombres, incluso por Kerbalai. Mientras, en
la oscuridad que descendía veloz, los árboles se confundían con las montañas,
los caballos con los carruajes, y en las ventanas de la taberna relucía una
lucecilla. Nadezhda Fiódorovna subió a una montaña por una vereda que
serpenteaba ente las peñas y los arbustos espinosos y se sentó en una roca.
Abajo ardía ya la hoguera. Alrededor del fuego trajinaba el diácono, con la
camisa remangada; su larga sombra negra giraba en torno a las llamas como un
rayo; tan pronto echaba ramitas como removía el perol con una cuchara atada a
una larga vara. Samóilenko, con el rostro entre púrpura y cobrizo, se ajetreaba
alrededor de la lumbre, como hacía en la cocina de su casa, y gritaba hecho una
fiera:
—¿Dónde está la sal, caballeros? ¿No la habrán
olvidado? ¿Qué hacen ahí sentados como señoritos? ¿Es que no van a echarme una
mano?
Sentados en el árbol caído, uno al lado del otro,
Laievski y Nikodim Aleksándrich contemplaban el fuego con aire pensativo. Maria
Konstantínovna, Katia y Kostia sacaban de la cesta el servicio de té y los
platos. Von Koren, los brazos cruzados y un pie apoyado sobre la roca, estaba
en la orilla, al borde mismo del agua, y parecía meditar. Las manchas rojas de
la hoguera y las sombras que se desplazaban por el suelo junto a las oscuras
figuras humanas temblaban en la montaña, en los troncos, en el puente, en el
secadero; al otro lado, la abrupta y escarpada orilla estaba toda iluminada,
centelleaba y se reflejaba en el río, y las tumultuosas aguas, que pasaban
raudas, rompían en pedazos su reflejo.
El diácono fue por el pescado que Kerbalai estaba
limpiando y lavando en la orilla, pero se detuvo a medio camino y se quedó
mirando a su alrededor.
«¡Dios mío, qué hermosura! —pensó—. Los hombres,
las rocas, el fuego, el crepúsculo, un árbol monstruoso: sólo eso. Y, sin
embargo, ¡qué hermosura!».
En la otra orilla, junto al secadero, aparecieron
unos desconocidos. Como la luz reverberaba y el humo de la hoguera iba en esa
dirección, no fue posible distinguir a todos esos hombres en un primer momento;
sólo se veía de forma fragmentaria tan pronto un gorro de piel y una barba
canosa como una camisa azul o un montón de harapos de los hombros a las
rodillas y un puñal terciado en la cintura, o un rostro joven y moreno con
cejas negras, tan espesas y precisas que parecían dibujadas a carboncillo. Cinco
o seis de ellos se sentaron en el suelo formando un corro, mientras los cinco
restantes entraron en el secadero. Uno se quedó en la puerta, de espaldas a la
hoguera, y, con las manos a la espalda, se puso a contar algo por lo visto muy
interesante, porque, cuando Samóilenko echó unas ramas al fuego y las llamas se
recrudecieron, echando chispas e iluminando con toda claridad el secadero,
vieron en el interior a dos figuras serenas, que escuchaban con profunda
atención, mientras los del corro se habían vuelto y prestaban oídos a la
narración. Al cabo de un rato los que estaban sentados entonaron en voz baja un
estribillo prolongado y melódico, semejante a los cánticos eclesiásticos de la
cuaresma… Al escucharlo, el diácono se imaginó lo que sería de él dentro de
diez años, cuando regresara de la expedición: joven sacerdote misionero, autor
renombrado y con un pasado magnífico; lo promoverían a archimandrita; luego, a
obispo; oficiaría misa en la catedral; con su mitra de oro y su panagia[23]
saldría al ambón y, bendiciendo a la multitud con candelabros de dos y tres
brazos en la mano, proclamaría: «¡Protégenos desde el cielo, Señor, contempla y
honra con tu presencia esta viña plantada por tu diestra!». Y los niños, en
respuesta, cantarían con voz angelical: «Dios santo»…
—¿Dónde está el pescado, diácono? —se oyó la voz de
Samóilenko.
Una vez de vuelta junto a la hoguera, el diácono
imaginó una calurosa jornada de julio en la que una procesión avanzara por un
camino polvoriento: delante, los campesinos con los estandartes y las mujeres y
las muchachas con los iconos; a continuación, los niños cantores y el sacristán
con la mejilla vendada y briznas de paja entre los cabellos; luego él, el
diácono, detrás el pope con el bonete y la cruz, y después, levantando una nube
de polvo, una muchedumbre de mujiks, campesinas y muchachos, entre la que se
encontrarían la mujer del pope y la suya, con el chal en la cabeza. Canta el
coro, chillan los niños, pían las codornices, gorjean las alondras… De pronto
la comitiva se detiene para asperjar el ganado con agua bendita… Luego reanudan
la marcha y, puestos de rodillas, invocan la lluvia. Y por último toman un
bocado, charlan…
«También eso es hermoso…», pensó el diácono.
VII
Kirilin y Achmiánov subieron a la montaña por el
sendero. Achmiánov se quedó rezagado y se detuvo, pero Kirilin se acercó a
Nadezhda Fiódorovna.
—¡Buenas tardes! —dijo, llevándose la mano a la
visera.
—Buenas tardes.
—Pues sí —dijo Kirilin, contemplando el cielo con
aire pensativo.
—¿Cómo que pues sí? —preguntó Nadezhda Fiódorovna,
al cabo de un rato, dándose cuenta de que Achmiánov los estaba observando.
—Quiero decir —pronunció lentamente el policía— que
nuestro amor se ha marchitado antes de florecer, por decirlo de alguna manera.
¿Cómo pretende que me lo tome? ¿Se trata de coquetería por su parte o es que me
considera un tunante con el que puede hacer lo que le venga en gana?
—¡Fue un error! ¡Déjeme! —dijo con brusquedad
Nadezhda Fiódorovna, mirándolo con temor y preguntándose sorprendida cómo era
posible que alguna vez hubiera encontrado atractivo a ese tipo y hubiera
aceptado su compañía.
—¡Ya! —exclamó Kirilin; guardó silencio un momento,
con aire meditabundo, y comentó—: ¡Qué le vamos a hacer! Esperaremos a que esté
usted de mejor humor; mientras tanto, me atrevo a asegurarle que soy un hombre
íntegro y que no permito que nadie lo ponga en duda. ¡Conmigo no se juega!
Adieu!
Se llevó la mano a la visera y se alejó, abriéndose
paso entre los arbustos. Algo después se acercó Achmiánov con pasos indecisos.
—¡Qué tarde tan hermosa! —exclamó con un ligero
acento armenio.
Era un hombre nada feo, vestía a la moda y se
conducía con sencillez, como un joven bien educado, pero a Nadezhda le caía mal
porque le debía a su padre trescientos rublos; también le desagradaba que
hubiesen invitado a la excursión a un tendero y que este se hubiera acercado a
ella precisamente esa tarde, cuando se sentía tan pura de espíritu.
—En general la excursión ha sido un éxito —dijo al
cabo de un rato.
—Sí —convino ella y, como si de pronto le hubiese
venido a la cabeza su deuda, añadió distraída —: A propósito, diga en la tienda
que dentro de unos días pasará Iván Andreich y pagará los trescientos rublos… o
la cantidad que sea.
—Le daría con gusto otros trescientos con tal de
que dejara de recordarme esa deuda cada día. ¿Por qué menciona siempre ese
asunto tan prosaico?
Nadezhda Fiódorovna se echó a reír; se le había
pasado por la imaginación la ridícula idea de que, si su moral no hubiese sido
lo bastante firme para impedírselo, habría podido saldar la deuda en ese mismo
instante. ¡Le habría bastado, por ejemplo, con hacer que ese tontorrón joven y
apuesto perdiera la cabeza! En realidad, ¡qué ridículo, absurdo y descabellado
sería! Pero de pronto le entraron ganas de enamorarlo, desplumarlo, abandonarlo
y ver después lo que pasaba.
—Permítame que le dé un consejo —dijo tímidamente
Achmiánov—. Haga el favor de apartarse de Kirilin. Va diciendo por todas partes
cosas horribles de usted.
—No me interesa saber lo que pueda contar de mí un
estúpido —dijo Nadezhda Fiódorovna con frialdad; en ese momento se apoderó de
ella una gran inquietud y la idea ridícula de jugar un poco con ese joven
apuesto perdió de pronto todo su encanto—. Tenemos que volver con los demás
—dijo—. Nos están llamando.
Abajo la sopa de pescado ya estaba lista. La
sirvieron en los platos y se pusieron a comerla con esa solemnidad típica de
las excursiones; todos la encontraron muy apetitosa y afirmaron que en casa
nunca habían comido nada igual. Como sucede siempre en las excursiones, nadie
sabía dónde estaba su vaso y su pan, perdidos entre un montón de servilletas,
envoltorios e inútiles papeles llenos de grasa arrastrados por el viento;
vertían el vino en la alfombra o en las propias rodillas, se les caía la
sal. Alrededor reinaba la oscuridad y la hoguera ya
no ardía con tanta fuerza como antes, pero nadie era capaz de sacudirse la
pereza y levantarse para echar un poco de leña. Todos habían bebido vino; a
Kostia y a Katia les habían servido medio vaso. Nadezhda Fiódorovna se había
bebido un vaso entero, luego otro, se había emborrachado y se había olvidado de
Kirilin.
—Una merienda suntuosa, una tarde maravillosa —dijo
Laievski, que gracias al vino se sentía más alegre—, pero yo cambiaría todo
esto por un invierno de verdad. «El polvo de la escarcha plateaba su cuello de
castor.»[24]
—Cada cual tiene su gusto —señaló von Koren.
Laievski se sintió incómodo: por la espalda le
llegaba el calor de la hoguera y de frente, el odio de von Koren, hombre probo
e inteligente; ese odio, que probablemente tenía razones fundadas, lo humillaba
y lo debilitaba; sin fuerzas para contrarrestarlo, dijo en tono obsequioso:
—Amo apasionadamente la naturaleza y lamento no ser naturalista. Le envidio.
—Yo, en cambio, no lamento nada ni le envidio —dijo
Nadezhda Fiódorovna—. No entiendo que alguien pueda ocuparse seriamente de los
bichos y de las sabandijas cuando hay un pueblo que sufre.
Laievski compartía esa opinión. No sabía
absolutamente nada de ciencias naturales y, por tanto, nunca había podido
congraciarse con el tono autoritario y el aire doctoral y sesudo de las
personas que se dedicaban a las antenas de las hormigas y las patas de las
cucarachas; siempre le había molestado que esas personas, basándose en el
estudio de las antenas, las patas y no sé qué protoplasma (que él, por alguna
razón, se imaginaba como una especie de ostra), pretendiesen resolver
cuestiones relativas al origen y la vida del hombre. Pero las palabras de
Nadezhda Fiódorovna le sonaron a falsas y, con la única intención de llevarle
la contraria, comentó:
—¡Lo importante no son los insectos, sino las
conclusiones!
VIII
Cuando empezaron a acomodarse en los carruajes para
volver a casa, ya era tarde, alrededor de las once. Sólo faltaban Nadezhda
Fiódorovna y Achmiánov, que corrían uno detrás del otro en la orilla opuesta
del río y se reían a carcajadas.
—¡Vamos, señores! —les gritó Samóilenko.
—No habría que darle vino a las señoras —dijo von
Koren en voz baja.
Laievski, cansado de la excursión, dolido por el
odio de von Koren y extenuado por sus propios pensamientos, fue al encuentro de
Nadezhda Fiódorovna, y cuando ella, alegre, contenta, sintiéndose ligera como
una pluma, sofocada y risueña, le cogió ambas mano y reclinó la cabeza en su
pecho, retrocedió un paso y dijo con severidad:
—Te estás comportando… como una cocotte.
El comentario había sido tan grosero que hasta
sintió pena de ella. En el rostro enfadado y fatigado de Laievski, Nadezhda
Fiódorovna leyó odio, compasión e irritación, y de pronto se sintió abatida.
Comprendió que se había pasado de la raya, que se había comportado con
demasiada desenvoltura; apesadumbrada, sintiéndose gorda, pesada, vulgar y
borracha, subió al primer carruaje vacío que encontró, junto con Achmiánov.
Laievski se sentó con Kirilin; el zoólogo, con Samóilenko; el diácono, con las
señoras, y la caravana se puso en marcha.
—Así son los macacos… —empezó von Koren,
arrebujándose en la capa y cerrando los ojos—. Ya lo has oído, a ella no le
gustaría ocuparse de bichos y sabandijas porque hay un pueblo que sufre. Así
juzgan a su semejante todos los macacos. Es una estirpe servil, maliciosa,
atemorizada desde hace diez generaciones por el puño y el látigo; tiembla, se
conmueve y adula sólo cuando se le obliga; pero, si sueltas al macaco en un
espacio libre, donde no haya nadie que pueda cogerlo por la cabezota, se
envalentona y se hace notar. Mira qué audaz es en las exposiciones de pintura,
en los museos, en los teatros y cuando expresa sus opiniones sobre la ciencia:
se le eriza el pelo, se encabrita, insulta, critica… Critica sin falta: una
característica de los esclavos. Fíjese: los hombres que se dedican a
profesiones liberales reciben más insultos que los granujas, y ello se debe a
que la sociedad, en sus tres cuartas partes, se compone de esclavos, de macacos
como estos. No sucederá nunca que un esclavo te tienda la mano y te agradezca
sinceramente tu trabajo.
—¡No sé adónde quieres ir a parar! —dijo
Samóilenko, bostezando—. La pobrecilla, en su ingenuidad, quería hablar contigo
de un tema elevado, y tú ya estás sacando conclusiones. Estás enfadado con él
por algún motivo y la has tomado también con ella. ¡Es una mujer maravillosa!
—¡Ah, basta! No es más que una mantenida, disoluta
y vulgar. Escucha, Aleksandr Davídich, cuando te encuentras con una simple
aldeana que no vive con su marido y no hace más que reírse, le dices que se
ponga a trabajar. ¿Por qué en este caso te muestras tan timorato y no te
atreves a decir la verdad? ¿Sólo porque en este caso quien mantiene a Nadezhda
Fiódorovna no es un marinero, sino un funcionario?
—¿Y qué quieres que haga? —se enfadó Samóilenko—.
¿Que le dé una paliza?
—No hay que fomentar el vicio. Sólo lo condenamos a
espaldas de la gente, y eso equivale a hacer la higa con la mano en el
bolsillo. Soy zoólogo, o sociólogo, que viene a ser lo mismo; tú eres médico.
La sociedad cree en nosotros. Estamos obligados a mostrarle la amenaza que
supone para las generaciones presentes y futuras la existencia de señoras como
Nadezhda Ivánovna.
—Fiódorovna —le corrigió Samóilenko—. ¿Y qué debe
hacer la sociedad?
—¿La sociedad? Eso es asunto suyo. En mi opinión,
el camino más seguro y directo es la violencia. Habría que mandarla manu
militari con su marido y, si el marido no la acogiese, enviarla a trabajos
forzados o ingresarla en algún reformatorio.
—¡Uf! —suspiró Samóilenko; luego guardó silencio y
al cabo comentó en voz baja—: Hace unos días dijiste que a la gente como
Laievski había que eliminarla… Dime… Figúrate que el gobierno o la sociedad te
confiaran la misión de eliminarlo… ¿Serías capaz de hacerlo?
—No me temblaría la mano.
IX
De vuelta en casa, Laievski y Nadezhda Fiódorovna
entraron en sus habitaciones oscuras, sofocantes
y desangeladas.
Los dos callaban. Laievski encendió una vela; Nadezhda Fiódorovna, por su
parte, se sentó y, sin quitarse el abrigo y el sombrero, levantó hasta él sus
ojos tristes y culpables.
Laievski comprendió que ella estaba esperando una
explicación; pero explicarse habría sido tedioso, inútil y fatigoso; por otro
lado, le apenaba no haber podido contenerse y haberle dicho esa grosería.
Casualmente palpó en el bolsillo la carta que a diario se proponía leerle y
pensó que, si se la
mostrara en ese momento, conseguiría que sus
pensamientos tomaran otro rumbo.
«Es hora de que aclaremos nuestras relaciones
—pensó—. Se la daré, y que pase lo que tenga que pasar».
Sacó la carta y se la tendió.
—Léela. Te concierne.
Y, tras pronunciar esas palabras, se retiró a su
despacho y se tumbó a oscuras en el sofá, sin coger siquiera un cojín. Cuando
leyó la carta, Nadezhda Fiódorovna tuvo la impresión de que el techo se hundía
y las paredes la aplastaban. De pronto todo le pareció opresivo, tenebroso y
terrible. Se santiguó tres veces con gestos bruscos y murmuró:
—Descanse en paz… Descanse en paz…
Y se echó a llorar.
—¡Vania! —llamó—. ¡Iván Andreich!
No obtuvo respuesta. Creyendo que Laievski había
entrado y estaba detrás de la silla, se puso a sollozar como una niña y dijo:
—¿Por qué no me has dicho antes que había muerto?
No hubiera participado en la excursión, no me habría reído de ese modo atroz…
Los hombres me han dicho vulgaridades. ¡Qué pecado, qué pecado! Sálvame, Vania,
sálvame… M e he vuelto loca… Estoy perdida…
Laievski oía sus sollozos. Sentía una suerte de
ahogo y su corazón latía con fuerza. Lleno de angustia, se levantó, se detuvo
en medio de la habitación, buscó a tientas el sillón que había junto a la mesa
y se sentó.
«Esto es una cárcel —pensó—. Tengo que marcharme…
No puedo más…».
Ya era tarde para ir a jugar a las cartas y en la
ciudad no había restaurantes. Volvió a tumbarse y se tapó las orejas para no
escuchar los sollozos, y de repente cayó en la cuenta de que podía ir a casa de
Samóilenko. Para no pasar al lado de Nadezhda Fiódorovna, salió por la ventana
al jardín, atravesó la cerca y echó a andar por la calle. Estaba oscuro.
Acababa de llegar un vapor, a juzgar por las luces un gran navío de pasajeros…
La cadena del ancla chirrió. Desde la orilla se acercaba veloz al vapor una
lucecilla roja: era la lancha de los aduaneros.
«Los pasajeros duermen en las cabinas…», pensó
Laievski, sintiendo envidia de la serenidad ajena.
En casa de Samóilenko las ventanas estaban
abiertas. Laievski se quedó mirando una, luego otra:
en las habitaciones reinaban la oscuridad y el
silencio.
—¿Estás durmiendo, Aleksandr Davídich? —llamó—.
¡Aleksandr Davídich!
Se oyó una tos y una exclamación inquieta.
—¿Quién está ahí? ¿Quién diablos es?
—Soy yo, Aleksandr Davídich. Perdona.
Al cabo de unos instantes se abrió la puerta.
Brilló la pálida luz de una lamparilla y apareció la enorme figura de
Samóilenko, todo de blanco, con un gorro de dormir del mismo color.
—¿Qué quieres? —preguntó medio dormido, respirando
con dificultad y rascándose la cabeza—.
Espera, voy a abrirte.
—No te molestes, entraré por la ventana…
Laievski se encaramó al alféizar, se acercó a
Samóilenko y le cogió del brazo.
—¡Aleksandr Davídich —dijo con voz temblorosa—,
sálvame! ¡Te lo ruego, te lo suplico, trata
de comprenderme! Mi situación es insoportable. Si
se prolonga un par de días más, me ahorcaré como… como se ahorca a un perro.
—Espera… ¿De qué me estás hablando?
—Enciende una vela.
—Ay, ay … —suspiró Samóilenko, obedeciéndole—. Dios
mío, Dios mío… Ya es más de la una, amigo.
—Perdona, pero no puedo quedarme en casa —dijo
Laievski, a quien la luz y la presencia de Samóilenko procuraron un gran
alivio—. Eres mi mejor amigo, mi único amigo, Aleksandr Davídich… En ti tengo
depositadas todas mis esperanzas. Lo quieras o no, debes echarme una mano. He
de marcharme de aquí a cualquier precio. ¡Préstame algo de dinero!
—¡Ah, Dios mío, Dios mío! —suspiró Samóilenko,
rascándose de nuevo—. Estaba a punto de dormirme y de pronto oí el silbido de
un vapor que entraba en el puerto, y ahora apareces tú… ¿Cuánto necesitas?
—Unos trescientos rublos por lo menos. Tengo que
dejarle cien a ella y yo necesito doscientos para el viaje… Te debo ya cerca de
cuatrocientos, pero te lo enviaré todo… todo…
Samóilenko se cogió con una mano ambas patillas,
abrió las piernas y se quedó pensativo.
—A ver… —murmuraba, sumido en sus cavilaciones—.
Trescientos… Sí… Pero no tengo tanto.
Habrá que pedírselo a alguien.
—¡Pues hazlo, por el amor de Dios! —dijo Laievski,
viendo por la expresión de Samóilenko que su amigo estaba dispuesto a
facilitarle ese dinero y que, de una u otra manera, se lo procuraría—. Pídeselo
prestado a alguien y yo te lo devolveré sin falta. En cuanto llegue a San
Petersburgo, te lo enviaré. De eso puedes estar seguro. Oye, Sasha —añadió,
animándose—, podíamos beber un poco de vino.
—Sí… Por qué no.
Ambos se dirigieron al comedor.
—¿Y qué va a ser de Nadezhda Fiódorovna? —preguntó
Samóilenko, poniendo sobre la mesa tres botellas y un plato de melocotones—.
¿Va a quedarse aquí?
—Me ocuparé de todo, me ocuparé de todo… —dijo
Laievski, sintiéndose anegado por una alegría inesperada—. Le enviaré dinero
más tarde y se reunirá conmigo… Allí aclararemos nuestras relaciones. A tu
salud, amigo.
—¡Espera! —exclamó Samóilenko—. Primero prueba
esto… Es de mi propio viñedo. Esta, en cambio, es una botella del viñedo de
Navaridze y esa del de Ajatúlov… Prueba los tres tipos y dime sinceramente… El
mío parece un poco ácido, ¿no es verdad?
—Sí… Tu compañía ha sido un gran consuelo,
Aleksandr Davídich. Gracias… He vuelto a la vida.
—¿Lo encuentras ácido?
—Yo qué sé. Al diablo con eso. Eres un hombre
estupendo, maravilloso.
Al contemplar su rostro pálido, agitado y
bondadoso, Samóilenko se acordó de la opinión de von Koren sobre la necesidad
de eliminar a las personas como él, y Laievski le pareció un niño débil e
indefenso, al que cualquiera podía ofender y aniquilar.
—Cuando vuelvas al norte, reconcíliate con tu madre
—dijo—. No podéis seguir así.
—Sí, sí, lo haré sin falta.
Guardaron silencio un rato. Cuando terminaron la
primera botella, Samóilenko dijo:
—También deberías reconciliarte con von Koren.
Ambos sois personas excelentes e inteligentísimas, y en cambio os miráis como
lobos.
—Sí, es un hombre excelente e inteligentísimo
—convino Laievski, que en esos momentos estaba dispuesto a alabar y perdonar a
todo el mundo—. Un hombre notable, pero me resulta imposible tratar con él.
¡Imposible! Nuestras naturalezas son demasiado diferentes. Con mi temperamento
débil, apocado, complaciente, quizá en un momento propicio podría tenderle la
mano, pero él me daría la espalda… con desprecio —Laievski se tomó un trago de
vino, se puso a pasear de un lado a otro y al final se detuvo en medio de la
habitación—. Comprendo perfectamente a von Koren. Tiene un carácter fuerte,
decidido, despótico. Como ya sabes, está siempre hablando de esa expedición, y
no son palabras vacías. Necesita el desierto, una noche de luna: alrededor, en
las tiendas y bajo el cielo raso, hambrientos y enfermos, extenuados por la
fatigosa marcha, duermen sus cosacos, sus guías, sus porteadores, el médico y
el sacerdote; él es el único que no duerme: como Stanley, sentado en una silla
plegable, se siente el rey del desierto y el amo de esos hombres. Él sigue
adelante, avanza sin parar, no se sabe adónde; sus hombres gimen y mueren uno
tras otro. Pero él sigue, sigue adelante; al final muere también él, pero queda
como déspota y rey del desierto, pues la cruz de su tumba, que las caravanas
ven a treinta y cuarenta millas de distancia, domina todo ese espacio vacío.
Lamento que ese hombre no haya ingresado en el ejército. Sería un caudillo
excelente, genial. Sería capaz de hundir en el río a su caballería para hacer
un puente de cadáveres, y esas gestas son más necesarias en la guerra que todas
las tácticas y fortificaciones. ¡Ah, lo entiendo perfectamente! Dime, ¿por qué
languidece en un lugar como este? ¿Qué se le ha perdido aquí?
—Está estudiando la fauna marina.
—No. ¡No, amigo, no! —exclamó Laievski con un
suspiro—. Un científico que iba en el vapor me contó que la fauna del Mar Negro
es muy pobre y que en sus profundidades hay un exceso de ácido sulfúrico que
impide la existencia de vida orgánica. Todos los zoólogos serios trabajan en
las estaciones biológicas de Nápoles o Villefrance. Pero von Koren es
independiente y testarudo: trabaja en el Mar Negro porque nadie trabaja aquí.
Ha roto con la universidad, no quiere saber nada de los científicos ni de los
colegas, porque ante todo es un déspota, y sólo después, un zoólogo. Ya verás
cómo hace algo grande. Ya está soñando con desterrar de nuestras universidades
la intriga y la mediocridad y con meter en cintura a los científicos en cuanto
regrese de su expedición. El despotismo en la ciencia es tan fuerte como en la
guerra. Ya es el segundo verano que pasa en este villorrio apestoso porque
prefiere ser el primero en una aldea antes que el segundo en una ciudad. Aquí
es un rey, un águila. Amedrenta a todos los habitantes y los oprime con su
autoridad. Los tiene a todos en un puño, se inmiscuye en asuntos ajenos, se
mete en todo y todo el mundo le teme. Yo no caigo en sus garras, y él se da
cuenta y me odia. ¿No te ha dicho que habría que eliminarme o enviarme a trabajos
forzados?
—Sí —respondió Samóilenko, sonriendo.
Laievski también sonrió y bebió un trago de vino.
—Sus ideales también son despóticos —dijo, riéndose
y mordiendo un melocotón—. El común de los mortales, cuando habla del bien
general, tiene en mente a su prójimo: a ti, a mí, en resumidas cuentas, al
hombre. Para von Koren, en cambio, los hombres son insectos, nulidades,
criaturas demasiado insignificantes para constituir el fin de su vida.
Trabajador incansable, emprenderá su
expedición y se dejará la vida en el empeño, pero
no en nombre del amor al prójimo, sino de abstracciones como la humanidad, las
generaciones futuras, la raza humana ideal. Se preocupa de la mejora de la raza
humana, y en ese sentido para él no somos más que esclavos, carne de cañón,
bestias de carga; a algunos los eliminaría o los enviaría a trabajos forzados;
a otros los metería en vereda, los obligaría, como Arakchéiev, a levantarse y
acostarse a toque de tambor; pondría eunucos para salvaguardar nuestra castidad
y moralidad, les ordenaría disparar sobre cualquiera que se saliera del círculo
de nuestra estrecha moral conservadora, y todo eso en nombre del mejoramiento
de la especie humana… Pero ¿qué es la especie humana? Una ilusión, un
espejismo… Los déspotas siempre han sido unos ilusos. Yo entiendo perfectamente
a von Koren, amigo. Lo aprecio y no niego su importancia. El mundo se mantiene
en pie gracias a personas como él; si nos encargaran a nosotros solos de su
custodia, a pesar de nuestra bondad y nuestras buenas intenciones, haríamos lo
mismo que las moscas han hecho en este cuadro. Sí —Laievski se sentó al lado de
Samóilenko y añadió con sincera emoción—: ¡Yo soy un hombre vacío,
insignificante, acabado! El aire que respiro es vino, es amor; en definitiva,
hasta ahora he comprado la vida al precio de la mentira, la ociosidad y la
cobardía. Hasta la fecha no he hecho otra cosa que engañar a los demás y
engañarme a mí mismo, y he sufrido por ello, pero mis sufrimientos han sido
vulgares y deleznables. Ante el odio de von Koren doblo la espalda avergonzado,
porque de vez en cuando yo mismo me odio y me desprecio — Laievski, de nuevo
muy agitado, empezó a dar vueltas de un rincón al otro de la habitación y al
final añadió—: Me alegra ver con claridad mis defectos y reconocerlos. Eso me
ayudará a emprender una nueva vida, a convertirme en otra persona. ¡Si supieras
con qué pasión y con qué angustia anhelo esa regeneración, amigo mío! ¡Te juro
que volveré a ser un hombre! ¡Te lo juro! No sé si hablo bajo los efectos del
vino o es verdad lo que digo, pero tengo la sensación de que hacía mucho tiempo
que no conocía unos momentos tan radiantes y puros como estos.
—Es hora de dormir, amigo… —comentó Samóilenko.
—Sí, sí… Perdona. Ya me voy —Laievski se puso a
rebuscar por los muebles y las inmediaciones de las ventanas, pues no se
acordaba de dónde había dejado su gorra—. Gracias… — balbuceó, suspirando—.
Gracias… El afecto y una palabra amable valen más que cualquier limosna. Me has
devuelto a la vida —cuando encontró su gorra, se detuvo y se quedó mirando a
Samóilenko con aire culpable—: ¡Aleksandr Davídich! —dijo con voz suplicante.
—¿Qué?
—¡Permíteme que pase la noche en tu casa, amigo!
—Bueno… ¿por qué no?
Laievski se tumbó en el sofá y se quedó conversando
un buen rato con el médico.
X
Dos o tres días después de la excursión, Maria
Konstantínovna se presentó inesperadamente en casa de Nadezhda Fiódorovna y,
sin saludarla ni quitarse el sombrero, le cogió ambas manos, las apretó contra
su pecho y exclamó, presa de la mayor agitación:
—Querida mía, me he quedado anonadada, estupefacta.
Nuestro amable y simpático doctor le comunicó ayer a mi Nikodim Aleksándrich
que al parecer su marido ha fallecido. Dígame, querida…
¿es verdad?
—Sí, es verdad, ha fallecido —respondió Nadezhda
Fiódorovna.
—¡Es terrible, terrible, querida! Pero no hay mal
que por bien no venga. Su marido seguramente era un hombre maravilloso,
admirable, un santo, y las personas así son más necesarias en el cielo que en
la tierra —todos los rasgos y facciones de su rostro se estremecieron, como si
bajo la piel se le hubieran clavado unas agujas diminutas; luego esbozó una
sonrisa meliflua y dijo con entusiasmo, toda sofocada—: Ahora es usted libre,
querida. Puede llevar la cabeza bien alta y mirar de frente, con atrevimiento, a
todo el mundo. De hoy en adelante Dios y los hombres bendecirán su unión con
Iván Andreich. ¡Qué maravilla! Tiemblo de alegría, no encuentro palabras. Yo
seré su madrina, querida… Con lo que la apreciamos Nikodim Aleksándrich y yo,
debe usted permitirnos que bendigamos su unión pura y legal. ¿Cuándo piensan
ustedes casarse?
—Todavía no he pensado en esa cuestión —dijo
Nadezhda Fiódorovna, liberando sus manos. —No es posible, querida. ¡Claro que
lo ha pensado! ¡Cómo no va a pensarlo!
—Le juro que no —afirmo Nadezhda Fiódorovna,
riéndose—. ¿Para qué íbamos a casarnos? No veo ninguna necesidad. Seguiremos
viviendo como hasta ahora.
—Pero ¡qué dice! —se horrorizó Maria
Konstantínovna—. ¡Qué dice usted, por el amor de Dios!
—Las cosas no irían mejor si nos casáramos; al
contrario, empeorarían, porque perderíamos nuestra libertad.
—¡Querida! ¿Qué está usted diciendo, querida?
—gritó Maria Konstantínovna, retrocediendo un paso y levantando las manos en
señal de asombro—. ¡Qué extravagante es usted! ¡Dese cuenta de lo que hace! ¡Ya
es hora de que siente la cabeza!
—¿Y por qué debo sentar la cabeza? ¡Aún no he
empezado a vivir, y me pide usted que siente la cabeza!
Nadezhda Fiódorovna recordó que en verdad aún no
había empezado a vivir. Al acabar sus estudios en el internado, se había casado
con un hombre al que no quería, luego se unió a Laievski, con quien había
pasado todo el tiempo en aquel aburrido y desierto rincón de la costa, en
espera de algo mejor. ¿Acaso se podía llamar vida a eso?
«En cualquier caso, deberíamos casarnos…», pensó, pero, acordándose de Kirilin y de
Achmiánov, se ruborizó y dijo:
—No, no es posible. Aunque Iván Andreich me lo
pidiera de rodillas, me negaría.
Maria Konstantínovna estuvo un momento en el sofá
sin pronunciar palabra, apenada, seria, la mirada fija en un punto; luego se
levantó y declaró con frialdad:
—¡Adiós, querida! Perdone que la haya molestado.
Aunque no me resulta fácil, debo decirle que a partir de este momento todo ha
terminado entre nosotras y que, a pesar de mi profunda estima por Iván
Andreich, la puerta de mi casa está cerrada para ustedes —lo dijo con
solemnidad, y ella misma quedó consternada de la severidad de su tono. Su
rostro volvió a estremecerse, adquirió una expresión dulce y meliflua. Tendió
las dos manos a Nadezhda Fiódorovna, que estaba asustada y confusa, y le dijo
con voz suplicante—: ¡Querida, permítame que desempeñe por un instante el papel
de su madre o de su hermana mayor! Seré tan sincera con usted como una madre.
A Nadezhda Fiódorovna la embargó tan sentimiento de
calor, alegría y compasión por sí misma como si en verdad su madre hubiera
resucitado y estuviera delante de ella. Abrazó de improviso a
Maria Konstantínovna y apretó el rostro contra su
hombro. Ambas se echaron a llorar. Luego se sentaron en el sofá y pasaron unos
minutos sollozando, sin mirarse y sin fuerzas para pronunciar una sola palabra.
—Querida, niña mía —empezó Maria Konstantínovna—,
voy a decirle verdades muy crudas, sin callarme nada.
—¡Hágalo, por el amor de Dios!
—Confíe en mí, querida, recuerde que de todas las
señoras de la ciudad soy la única que la ha recibido en su casa. Desde el día
en que la vi me inspiró usted horror, pero me faltó valor para tratarla con
desprecio, como los demás. Sufría por el noble y bondadoso Iván Andreich como
por un hijo. Un hombre joven e inexperto en una tierra extraña, débil, lejos de
su madre… ¡Ah, cuánto he sufrido por él! Mi marido no quería tratos de ningún
tipo, pero yo insistí… Lo convencí… Empezamos a invitar a Iván Andreich, y, por
tanto, también a usted, pues de otro modo él se habría ofendido. Tengo una hija
y un hijo… Ya sabe usted: la tierna inteligencia infantil, el corazón puro…
«Quien escandalice a uno de estos pequeños»[25]… La recibía a usted y temblaba
por mis hijos. Ah, cuando sea usted madre, entenderá mis temores. Todos se
sorprendían de que la recibiera como si fuera usted una mujer decente, perdone
que se lo diga, y me daban a entender… Bueno, ya puede figurárselo: rumores,
hipótesis… En lo más profundo de mi alma la censuraba, pero era usted
desdichada, digna de lástima, extravagante, y yo sentía compasión.
—Pero ¿por qué? ¿Por qué? —preguntó Nadezhda
Fiódorovna, temblando de pies a cabeza—. ¿Qué mal le he hecho a nadie?
—Es usted una grandísima pecadora. Ha roto la
promesa que le hizo a su marido delante del altar. Ha seducido a un excelente
muchacho que tal vez, de no haberla conocido, se habría unido de por vida a una
compañera legítima, eligiendo a una joven de buena familia y de su círculo, y
ahora sería un hombre como los demás. Ha arruinado su juventud. ¡No diga nada,
no diga nada, querida! No creo que los hombres tengan la culpa de nuestros
pecados. La culpa es siempre de las mujeres. Los hombres son muy ingenuos en la
vida diaria, le hacen más caso a la cabeza que al corazón, y no comprenden
muchas cosas; en cambio, la mujer lo comprende todo. Todo depende de ella. Se
le concede mucho y, por tanto, también se le exige mucho. Ah, querida, si en
ese sentido la mujer fuese más necia o débil que el hombre, Dios no le habría
confiado la educación de los hijos. Además, querida, ha entrado usted en la
senda del vicio, ha olvidado todo decoro; otra en su lugar se habría ocultado
de los demás, se habría encerrado en casa, y la gente sólo la habría visto en
el templo de Dios, pálida, vestida toda de negro, llorosa, de suerte que
cualquier día habría dicho con sincera aflicción: «Oh, Dios, este ángel pecador
ha vuelto de nuevo a ti…». Pero usted, querida, ha olvidado todo recato, ha
vivido a la plena luz del día, de la manera más extravagante, como
enorgulleciéndose de su pecado, pasándoselo a lo grande, riéndose a carcajadas.
Yo, al verla, temblaba de espanto y temía que un rayo del cielo destruyese
nuestra casa cuando estaba usted allí. ¡No diga nada, querida, no diga nada!
—gritó Maria Konstantínovna, advirtiendo que Nadezhda Fiódorovna quería decir
algo
—. Confíe en mí; no voy a engañarla ni ocultaré a
su alma una sola verdad. Escúcheme, querida… Dios señala a los grandes
pecadores y a usted la ha señalado. ¡Recuerde esos vestidos tan horribles que
se pone! —Nadezhda Fiódorovna, que siempre había tenido la mejor opinión de sus
vestidos, dejó de llorar y se la quedó mirando con estupor—. ¡Sí, horribles!
—prosiguió Maria Konstantínovna—. Por lo rebuscado y llamativo de su
indumentaria cualquiera podía juzgar su
conducta. Todos, al verla, se reían y se encogían
de hombros, y yo sufría, sufría… Y perdóneme que se lo diga, querida, pero va
usted bastante sucia. Cada vez que nos encontrábamos en los baños, me echaba a
temblar. El vestido puede pasar, pero la enagua, la camisa… ¡Me ponía colorada,
querida! Al pobre Iván Andreich nadie le hacía el nudo de la corbata como es
debido, y en su ropa y sus zapatos se veía que en casa nadie se ocupaba del
infeliz. Además, tesoro mío, siempre estaba muerto de hambre; no es de extrañar
que se gastara la mitad del sueldo en el pabellón, ya que en su hogar nadie se
preocupaba de prepararle el samovar y el café. ¡Y su casa es un horror, un
verdadero horror! En toda la ciudad no hay nadie que tenga moscas, en cambio
aquí no la dejan a una en paz, y todos los platos y platillos están negros. Y
mire, las ventanas y las mesas están llenas de polvo, de moscas muertas, de
vasos… ¿Qué hacen ahí esos vasos? Con la hora que es, y no ha recogido usted la
mesa, querida. En cuanto a su dormitorio, hasta da vergüenza entrar: ropa
blanca tirada por todas partes, objetos de tocador colgados de las paredes,
tazas aquí y allá… ¡Querida! El marido no debe saber nada y la mujer debe
presentarse ante él pura como un angelito. Yo me levanto cada mañana en cuanto
amanece y me lavo con agua fría para que mi Nikodim Aleksándrich no me vea con
cara de haber dormido.
—Eso son naderías —dijo Nadezhda Fiódorovna
estallando en sollozos—. Si al menos fuese feliz, pero ¡soy tan desdichada…!
—¡Sí, sí, es usted muy desdichada! —suspiró Maria
Kosntantínovna, haciendo un esfuerzo por no llorar—. ¡Y le esperan en el futuro
desgracias terribles! Una vejez solitaria, enfermedades y luego tendrá que
responder en el Juicio Final… ¡Qué horror, qué horror! Ahora el propio destino
le tiende la mano en señal de ayuda y usted la rechaza de la manera más
insensata. ¡Cásense, cásense cuanto antes!
—Sí, sería lo mejor, lo mejor —dijo Nadezhda
Fiódorovna—, pero no es posible.
—¿Por qué?
—¡No es posible! ¡Ah, si supiera usted!
Nadezhda Fiódorovna sintió deseos de contarle el
asunto de Kirilin y de confesarle que la tarde anterior se había encontrado con
el joven y apuesto Achmiánov y se le había pasado por la cabeza la idea
descabellada y ridícula de saldar la deuda de trescientos rublos, que esa idea
le había hecho mucha gracia y que había vuelto a casa muy tarde, sintiendo que
se había convertido irremediablemente en una mujer depravada y venal. Ni ella
misma sabía cómo había ocurrido. Y ahora quería jurar ante Maria Konstantínovna
que pagaría la deuda sin falta, pero los sollozos y la vergüenza le impedían
hablar.
—M e marcharé de aquí —dijo—. Iván Andreich puede
quedarse, pero yo me marcho.
—¿Adónde?
—A Rusia.
—¿Y de qué va a vivir? No tiene usted nada.
—M e ocuparé de alguna traducción o… abriré una
pequeña biblioteca…
—Déjese de fantasías, querida. Para abrir una
biblioteca se necesita dinero. Bueno, ahora voy a dejarla. Tranquilícese,
piense en lo que le he dicho y mañana, ya más alegre, venga a verme. ¡Será
estupendo! Bueno, adiós, angelito. Déjeme que le dé un beso.
Maria Konstantínovna besó a Nadezhda Fiódorovna en
la frente, hizo sobre ella la señal de la cruz y salió en silencio. Reinaba ya
la oscuridad, y Olga había encendido la luz en la cocina. Sin dejar
de llorar, Nadezhda Fiódorovna pasó al dormitorio y
se tumbó en la cama, presa de un violento acceso de fiebre. A continuación se
desnudó, tiró el vestido a un lado y se hizo un ovillo debajo de la manta.
Tenía sed, pero no había nadie que pudiera llevarle un vaso.
—¡Lo restituiré! —se dijo, y en medio del delirio
se imaginó que estaba sentada al lado de una enferma, en la que se reconocía a
sí misma—. Lo restituiré. Sería estúpido pensar que yo, por dinero… Me marcharé
y le enviaré el dinero desde San Petersburgo. Primero cien… luego cien más… y
después los cien restantes…
Ya bien entrada la noche llegó Laievski.
—Primero cien… —le dijo Nadezhda Fiódorovna—, luego
cien más…
—Deberías tomar quinina —dijo él, y pensó: «Mañana
miércoles sale el barco, pero no me marcharé. Eso significa que tendré que
quedarme aquí hasta el sábado».
Nadezhda Fiódorovna se puso de rodillas en la cama.
—¿He dicho algo? —preguntó, sonriendo y entornando
los ojos, porque le molestaba la luz de la vela.
—No. Mañana por la mañana habrá que llamar al
médico. Duerme —cogió un almohadón y se dirigió a la puerta. Desde que había
tomado la resolución definitiva de marcharse y abandonar a Nadezhda Fiódorovna,
había empezado a compadecerse de ella y a sentirse culpable. Se avergonzaba en
su presencia, como sucede delante de un caballo viejo o enfermo al que se ha
decidido sacrificar. Se detuvo en el umbral y se volvió para mirarla—. En la
excursión estaba enfadado y te dije una grosería. Perdóname, por el amor de Dios.
Y, tras pronunciar esas palabras, pasó a su
despacho y se tumbó, pero tardó mucho tiempo en conciliar el sueño.
A la mañana siguiente, cuando Samóilenko, luciendo
su uniforme de gala, con charreteras y condecoraciones, como exigía la jornada
festiva, salió del dormitorio de Nadezhda Fiódorovna, después de tomarle el
pulso y examinarle la lengua, Laievski, que estaba en el umbral, le preguntó
con preocupación:
—Bueno, ¿qué me dices?
Su rostro expresaba terror, extrema inquietud y al
tiempo cierta esperanza.
—Tranquilízate, no es nada grave —dijo Samóilenko—.
Una simple fiebre.
—No me refiero a eso —exclamó con impaciencia
Laievski, frunciendo el ceño—. ¿Has conseguido el dinero?
—Perdóname, amigo mío —susurró Samóilenko,
volviéndose hacia la puerta, todo confuso—. ¡Perdóname, por el amor de Dios!
Nadie tiene dinero disponible y he tenido que ir pidiendo cinco rublos a uno,
diez a otro… En total he reunido ciento diez. Hoy hablaré con alguien más. Ten
paciencia.
—Pero ¡la fecha límite es el sábado! —musitó
Laievski, temblando de inquietud—. ¡Por todos los santos, debes tenerlo antes
del sábado! Si no me marcho el sábado, ya no necesitaré nada… ¡nada! ¡No
entiendo cómo a un médico puede faltarle dinero!
—Eres muy libre de no creerme —murmuró Samóilenko
con apresuramiento y cierta tensión, y de su garganta salió un débil chillido—.
Lo he prestado todo, me deben siete mil, he contraído deudas por todas partes.
¿Acaso es culpa mía?
—Entonces los reunirás para el sábado, ¿verdad?
—Lo intentaré.
—¡Te lo suplico, amigo mío! ¡Si tuviera el dinero
en mano el viernes por la mañana…! Samóilenko se sentó, recetó una solución de
quinina, kalii bromati, tintura de ruibarbo, tincturae
gentianae y aquae foeniculi, todo ello en una
mixtura, a la que había que añadir un poco de jarabe de rosa para que no
resultase tan amarga, y se marchó.
XI
—Por la expresión de tu cara se diría que vienes a
arrestarme —dijo von Koren cuando vio entrar en su habitación a Samóilenko con
uniforme de gala.
—Pasaba por aquí y he pensado: «Voy a hacerle una
visita a la zoología» —dijo Samóilenko, sentándose junto a una gran mesa que se
había fabricado el propio zoólogo uniendo unos simples tablones—. ¡Buenos días,
reverendo padre! —saludó al diácono, que estaba sentado al lado de la ventana,
copiando un papel—. Me quedaré un momento y me iré corriendo a casa a preparar
la comida. Ya es hora… ¿No les estaré molestando?
—En absoluto —respondió el zoólogo, depositando
sobre la mesa unas cuartillas escritas con letra menuda—. Estamos haciendo unas
copias.
—Ya… Ah, Dios mío, Dios mío… —suspiró Samóilenko,
acercando con mucho cuidado un libro lleno de polvo en el que había un falangio
muerto y seco, y comentando a continuación—: ¡Vaya! Imagínate que un escarabajo
verde va por su camino y de golpe se encuentra con semejante monstruo. ¡M e
imagino el miedo que pasará!
—Sí, supongo.
—¿El veneno es para defenderse de sus enemigos?
—Para defenderse y también para atacar.
—Ya, ya, ya… Todo en la naturaleza tiene un sentido
y una explicación, amigos míos —suspiró Samóilenko—. Pero hay una cosa que no
entiendo. Haz el favor de explicármelo, tú que eres tan inteligente. Como
sabes, hay unos animalillos no mayores que una rata, muy bonitos de aspecto,
pero viles y dañinos en grado sumo, te lo digo yo. Uno de esos animalillos,
supongamos, va por el bosque, ve un pajarillo, lo caza y se lo come. Sigue
adelante y encuentra entre la hierba un nido con huevos; ya no tiene hambre,
está saciado, pero de todos modos muerde un huevo y arroja los demás del nido
con una pata. Luego se topa con una rana y se pone a juguetear con ella.
Después de atormentarla, se relame y sigue adelante, hasta que tropieza con un
escarabajo, al que propina un golpe con una pata… Va destruyendo y estropeando
cuanto encuentra a su paso… Penetra en madrigueras ajenas, destroza sin motivo
los hormigueros, aplasta los caracoles… Si se encuentra con una rata, lucha con
ella; si ve una culebra o un ratoncillo, no deja de ahogarlos. Y así el día
entero. Bueno, dime, ¿para qué sirve un animalejo de ese tipo? ¿Para qué ha
sido creado?
—No sé a qué animal te refieres —dijo von Koren—.
Probablemente se trata de un insectívoro. ¿Qué es lo que no entiendes? El
pájaro ha caído en sus manos porque ha sido imprudente; el nido con los huevos
lo ha destrozado porque el ave no ha sido habilidosa, lo ha construido mal y no
ha sabido camuflarlo. En cuanto a la rana, probablemente presenta alguna
particularidad en la pigmentación, de otro modo no la habría visto. Y así todo
lo demás. Tu animalillo destruye sólo a los débiles, a los
menos hábiles, a los incautos; en definitiva, a
aquellos ejemplares con algún defecto que la naturaleza no considera necesario
transmitir a las generaciones futuras. Sólo sobreviven los más aptos, los más
precavidos, los más fuertes y evolucionados. De modo que tu animalillo, sin
sospecharlo siquiera, sirve a los supremos fines del perfeccionamiento de la
especie.
—Sí, sí, sí… A propósito, amigo —dijo Samóilenko
con desenvoltura—. Préstame cien rublos. —Vale. Entre los insectívoros hay
especies interesantísimas. Por ejemplo, el topo. Se dice que es
útil porque acaba con los insectos nocivos. Cuentan
que un alemán envió al emperador Guillermo I un abrigo de piel de topo y que el
emperador ordenó que lo amonestaran por haber acabado con tantos animales
útiles. Pero lo cierto es que el topo no es, ni de lejos, menos cruel que tu
animalejo y, además, resulta muy perjudicial, porque estropea completamente los
prados —von Koren abrió con llave un cofrecillo y sacó un billete de cien
rublos—. El topo tiene una poderosa caja torácica, como el murciélago —prosiguió,
mientras cerraba el cofrecillo—, huesos y músculos extremadamente desarrollados
y una boca de una fuerza impresionante. Si alcanzara las dimensiones de un
elefante, sería un animal indestructible, capaz de destrozarlo todo. Es curioso
que, cuando dos topos se encuentran bajo tierra, ambos, como si se hubieran
puesto de acuerdo, empiezan a allanar un pequeño espacio para luchar más
cómodamente. Una vez listo, se enzarzan en una batalla cruel que no concluye
hasta que el más débil sucumbe. Toma los cien rublos —dijo von Koren, bajando
el tono de su voz—, pero a condición de que no sean para Laievski.
—¿Y qué pasa si fueran para Laievski? —pregunto
irritado Samóilenko—. ¿A ti qué te importa? —Si son para Laievski, no puedo
dártelos. Ya sé que te gusta prestar dinero. Hasta al bandido
Kerim le harías un préstamo si te lo pidiese.
Perdóname, pero si es para eso no puedo ayudarte. —¡Sí, te los pido para
Laievski! —dijo Samóilenko, poniéndose en pie y agitando la mano
derecha—. ¡Sí! ¡Para Laievski! Y ningún demonio ni
diablo tiene derecho a darme lecciones de cómo debo disponer de mi dinero. ¿Vas
a prestármelos o no?
El diácono se echó a reír.
—En vez de enfadarte, vale más que razones —dijo el
zoólogo—. Hacer un favor al señor Laievski es tan estúpido, en mi opinión, como
regar la maleza o dar de comer a las langostas.
—¡Pues yo creo que estamos obligados a ayudar a
nuestros semejantes! —gritó Samóilenko. —¡En tal caso ayuda a ese turco muerto
de hambre que está tirado al pie de la valla! Es un
trabajador y, por tanto, más útil y necesario que
tu Laievski. ¡Entrégale estos cien rublos! ¡U ofréceme cien rublos para mi
expedición!
—¿M e los vas a dar o no?
—Dime con franqueza: ¿para qué necesita el dinero?
—No es un secreto. Debe marcharse el sábado a San
Petersburgo.
—¡Ya veo! —dijo von Koren, arrastrando las
palabras—. ¡Ah! Ahora lo entiendo. ¿Y ella se marcha con él o se queda?
—De momento se queda. Él arreglará sus asuntos en
San Petersburgo y le enviará el dinero para que también se vaya ella.
—¡Qué listo!… —dijo el zoólogo con su voz de tenor,
acompañando el comentario de una breve risita—. ¡Qué listo! Muy bien pensado
—se acercó con pasos veloces a Samóilenko y, cara a cara con él, lo miró a los
ojos y le preguntó—: Dime la verdad: ¿ha dejado de quererla? ¿Eh? Habla. ¿Ha
dejado de quererla? ¿Eh?
—Sí —confesó Samóilenko, cubierto de sudor.
—¡Qué repugnante es todo esto! —dijo von Koren, y
la expresión de su rostro reflejaba el asco que sentía—. Una de dos, Aleksandr
Davídich: o estás tramando algo con él o, perdona que te lo diga, eres un
pánfilo. ¿Es que no entiendes que te está engañando como si fueras un niño, de
la manera más desvergonzada? Está más claro que el agua que quiere separarse de
ella y abandonarla aquí. Ella quedará a tu cargo y luego tendrás que mandarla a
San Petersburgo a tu costa, no te quepa duda. ¿Será posible que tu maravilloso
amigo te haya cegado con sus méritos hasta el punto de que no veas las cosas
más sencillas?
—Sólo son suposiciones tuyas —dijo Samóilenko,
sentándose.
—¿Suposiciones? Entonces, ¿por qué se va solo? ¿Por
qué no se la lleva? Pregúntale por qué no la manda a ella primero y se marcha
luego él. ¡Es un caradura redomado!
Abrumado por imprevistas dudas y sospechas sobre su
amigo, Samóilenko sintió de pronto que le abandonaban las fuerzas y bajó el
tono.
—¡No es posible! —exclamó, recordando la noche que
Laievski había pasado en su casa—. ¡Sufre muchísimo!
—¿Y qué? ¡También los ladrones y los incendiarios
sufren!
—Admitamos incluso que tengas razón… —dijo
Samóilenko, pensativo—. Admitámoslo… Pero se trata de un joven que se encuentra
en una tierra extraña… Es un hombre con estudios, como nosotros, y en este
lugar no hay nadie, excepto nosotros, que pueda prestarle ayuda.
—¿Ayudarlo a cometer una villanía sólo porque en
momentos distintos acudisteis ambos a la universidad, sin que a ninguno de los
dos os sirviera de mucho provecho? ¡Qué bobada!
—Espera: vamos a analizar el asunto con sangre
fría. Supongamos que hiciéramos lo siguiente… —sopesaba Samóilenko, moviendo
los dedos—. M ira, yo le entrego el dinero, pero le exijo que me dé su palabra
de honor y de caballero de que al cabo de una semana enviará el dinero para que
Nadezhda Fiódorovna pueda ponerse en camino.
—Y él te dará su palabra de honor, derramará
incluso algunas lágrimas y acabará creyéndoselo él mismo, pero ¿qué valor tiene
esa palabra? No la cumplirá y dentro de uno o dos años, cuando te encuentres
con él en la avenida Nevski, del bracete de su nuevo amor, se justificará
diciendo que ha sido corrompido por la civilización y que es una copia de
Rudin[26]. ¡Aléjate de él, por el amor de Dios! ¡M ás valdría que salieras del
fango, en lugar de estar removiéndolo con las dos manos!
Samóilenko se quedó pensando un momento y dijo con
decisión:
—De todos modos le daré el dinero. Tú puedes hacer
lo que quieras, pero yo soy incapaz de negarle algo a una persona en virtud de
meras suposiciones.
—M uy bien. Hasta puedes darle un beso.
—Así que dame los cien rublos —le rogó tímidamente
Samóilenko.
—No.
Se produjo un silencio. Samóilenko había perdido
todas las fuerzas: su rostro adoptó una expresión culpable, avergonzada,
servil; en cierto modo, resultaba extraño ver esa cara apenada, confusa como la
de un niño, en un hombretón con charreteras y condecoraciones.
—El obispo local recorre su diócesis a caballo, no
en coche —dijo el diácono, dejando la pluma—. Su aspecto, cuando va sobre la
grupa, es de lo más conmovedor. Su sencillez y su modestia están llenas de una
grandeza bíblica.
—¿Es un buen hombre? —preguntó von Koren, que se
alegraba de cambiar de tema. —Pues claro. Si no lo fuera, ¿cómo iban a haberlo
consagrado obispo?
—Entre los obispos hay personas muy bondadosas y
dotadas —dijo von Koren—. Lo malo es que muchos de ellos tienen la debilidad de
considerarse hombres de Estado. Uno se ocupa de la rusificación; otro, critica
las ciencias. Y eso no es asunto suyo. Más valdría que se dejaran ver más a
menudo por el consistorio.
—Un laico no puede juzgar a los obispos.
—¿Por qué, diácono? Los obispos son hombres igual
que yo.
—Iguales, pero diferentes —comentó ofendido el
diácono, tomando de nuevo la pluma—. Si fuera usted igual, habría descendido
sobre usted la gracia divina y sería obispo; pero, como no lo es, quiere
decirse que es usted distinto.
—¡No diga bobadas, diácono! —dijo Samóilenko,
apenado—. Escucha lo que se me ha ocurrido —añadió, dirigiéndose a von Koren—.
No me des esos cien rublos. Pero, como vas a comer en mi casa tres meses más,
hasta el invierno, págame por adelantado esos tres meses.
—No.
Samóilenko parpadeó y se puso colorado.
Maquinalmente, acercó el libro con el falangio y se quedó mirándolo, luego se
levantó y cogió su gorra. Von Koren sintió pena de él.
—¡Que siga usted viviendo y tratando con esa clase
de señores! —dijo el zoólogo lleno de ira, dando una patada a un papel que
había por el suelo—. ¡A ver si te entra en la cabeza que eso no es bondad ni
amor al prójimo, sino cobardía, depravación, veneno! ¡Lo que hace la razón lo
destruye vuestro corazón débil, que no sirve para nada! Cuando enfermé de
tifus, siendo estudiante de bachillerato, mi tía, por compasión, me atiborró de
setas en vinagre, y por poco me mata. ¡Mi tía y tú deberías comprender que el
amor al prójimo no tiene su asiento en el corazón ni en el pecho ni en la
cintura, sino aquí! —y von Koren se dio un golpe en la frente—. ¡Toma! —añadió,
arrojándole el billete de cien rublos.
—Haces mal en enfadarte, Kolia —repuso con
mansedumbre Samóilenko, doblando el billete—.
Te comprendo perfectamente, pero… ponte en mi
lugar.
—¡Una viejecita, eso es lo que eres!
El diácono soltó la carcajada.
—¡Escucha mi última petición, Aleksandr Davídich!
—dijo con acaloramiento von Koren—. Cuando le entregues el dinero a ese
granuja, ponle una condición: que se vaya con su señora o que la mande a ella
primero. De lo contrario, no se lo des. Con ese tipo no puede uno andarse con
contemplaciones. Díselo así; si no lo haces, te doy mi palabra de honor de que
me presentaré en su oficina y lo arrojaré por la escalera; en cuanto a ti, no
volveré a dirigirte la palabra. ¡Ya lo sabes!
—¿Y por qué no se lo voy a decir? Será mucho más
cómodo para él marcharse con ella o enviarla primero —dijo Samóilenko—. Hasta
se alegrará. Bueno, adiós —se despidió afablemente y salió, pero, antes de
cerrar la puerta tras él, se volvió hacia von Koren y, con una mueca terrible,
comentó —: ¡Los alemanes te han echado a perder, amigo! ¡Sí! ¡Los alemanes!
XII
Al día siguiente, jueves, Maria Konstantínovna
celebraba el cumpleaños de Kostia. A mediodía todas sus amistades estaban
invitadas a comer empanada y por la tarde, a tomar chocolate. Cuando Laievski y
Nadezhda Fiódorovna aparecieron por la tarde, el zoólogo, que estaba ya en la
sala tomando el chocolate, le preguntó a Samóilenko:
—¿Has hablado con él?
—Todavía no.
—No debes andarte con cumplidos. ¡No entiendo el
descaro de estos señores! Saben perfectamente lo que piensa esta familia de su
relación, y sin embargo se presentan aquí.
—Si tuviéramos que prestar atención a todos los
prejuicios —dijo Samóilenko—, acabaríamos por no ir a ninguna parte.
—¿Te parece que el rechazo de la gente al amor
extramatrimonial y al libertinaje es un prejuicio? —Pues sí. Un prejuicio. Un
prejuicio y una muestra de odio. Los soldados, en cuanto ven a una
mujer de vida airada, se ríen a carcajadas y
silban, pero ¿quiénes son ellos?
—Tienen razones para silbar. ¿Es acaso un prejuicio
que esas mujerzuelas estrangulen a sus hijos ilegítimos y sean condenadas a
trabajos forzados o que Anna Karénina se arroje al paso de un tren o que en las
aldeas embadurnen de pez las puertas de algunas casas, o que a ti y a mí, vaya
usted a saber por qué, nos guste la pureza de Katia o que cualquiera sienta
vagamente la necesidad de un amor puro, aun sabiendo que tal amor no existe?
Eso, amigo mío, es lo único que queda de la selección natural. De no haber sido
por esa fuerza oscura que regula las relaciones entre los sexos, los señores
Laievski te habrían enseñado lo que es bueno, y la humanidad habría degenerado
en el curso de un par de años.
Laievski entró en la sala, saludó a todo el mundo
y, al estrechar la mano a von Koren, esbozó una sonrisa obsequiosa. Esperó el
momento oportuno y le dijo a Samóilenko:
—Perdona, Aleksandr Davídich, pero tengo que
decirte dos palabras.
Samóilenko se levantó, le rodeó la cintura con el
brazo y ambos pasaron al despacho de Nikodim Aleksándrich.
—Mañana es viernes… —dijo Laievski, mordiéndose las
uñas—. ¿Has conseguido lo que me prometiste?
—Sólo he reunido doscientos diez rublos. El resto
lo tendré hoy o mañana. No te preocupes. —¡Gracias a Dios!… —suspiró Laievski,
y las manos le temblaron de alegría—. Me has salvado,
Aleksandr Davídich. Te juro por Dios, por mi
felicidad y por lo que quieras que te enviaré este dinero en cuanto llegue, así
como lo que te debo de antes.
—Mira, Vania… —dijo Samóilenko, asiéndolo por un
botón de la chaqueta y ruborizándose—. Perdona que me inmiscuya en tus asuntos
personales, pero… ¿por qué no te llevas a Nadezhda Fiódorovna?
—Pero ¿no te das cuenta de que no es posible,
hombre de Dios? Uno de los dos tiene que quedarse sin falta; de otro modo, los
acreedores pondrían el grito en el cielo. Debo setecientos rublos en las
tiendas, si no más. En cuanto les envíe el dinero y les tape la boca, ella
podrá marcharse.
—Ya… Pero ¿no sería mejor que se fuera ella
primero?
—¡Ah, Dios mío! Pero ¿no ves que es imposible?
—exclamó Laievski, aterrorizado—. ¿Qué va a hacer una mujer allí sola? ¿Qué
sabe ella? Sería perder el tiempo y gastar dinero en vano.
«Es razonable…», pensó Samóilenko, pero en ese
momento recordó la conversación con von
Koren, bajó la mirada y dijo con aire sombrío:
—No estoy de acuerdo contigo. O te marchas con ella
o la envías a ella primero. De otro modo… de otro modo no te daré el dinero. Es
mi última palabra…
Retrocedió un paso, empujó la puerta con la espalda
y pasó a la sala, todo colorado y presa de una terrible confusión.
«Viernes… viernes —pensaba Laievski, volviendo
también a la sala—. Viernes…».
Le sirvieron una taza de chocolate. Estaba tan
caliente que se quemó los labios y la lengua. No hacía más que decirse:
«Viernes… viernes…».
Por alguna razón, esa palabra no se le iba de la
cabeza; sólo podía pensar en que era viernes, y de lo único que estaba seguro,
aunque no era la cabeza la que se lo decía, sino el corazón, era de que el
sábado no se marcharía. Ante él estaba Nikodim Aleksándrich, de punta en
blanco, con los cuatro pelos peinados sobe las sienes, ofreciéndole algo de
comer:
—Haga el favor de servirse…
M aria Konstantínovna enseñaba a los invitados las
notas de Katia y decía, alargando las palabras:
—¡En estos tiempos estudiar es tremendamente
difícil! Exigen un montón de cosas…
—¡M amá! —gemía Katia, tan avergonzada de los
elogios que no sabía dónde meterse.
También Laievski examinó las calificaciones y las
alabó. Religión, lengua rusa, comportamiento… Los sobresalientes y los notables
saltaron ante sus ojos, y todo ello, junto con esa obsesión por la palabra
«viernes», los cuatro pelos de Nikodim Aleksándrich peinados sobre las sienes y
las rubicundas mejillas de Katia, le produjo un tedio tan inmenso e
insoportable que estuvo a punto de gritar desesperado y se preguntó: «¿Será
posible que no me vaya?».
Unieron dos mesas de juego y se sentaron a jugar al
«correo». Laievski también ocupó su sitio. «Viernes… viernes —pensaba
sonriendo, mientras sacaba un lápiz del bolsillo—. Viernes…». Quería hacerse
una composición de lugar, pero no se atrevía a pensar. Le daba miedo admitir
que
el médico había descubierto su engaño, un engaño
que durante mucho tiempo se había ocultado escrupulosamente a sí mismo. Cada
vez que pensaba en el futuro, no daba rienda suelta a su imaginación. Subiría
al tren y se marcharía: con eso se resolvería el problema de su vida; no
permitía que sus pensamientos fueran más allá. Como una lucecilla débil y
lejana en medio del campo, de vez en cuando centelleaba en su cabeza la idea de
que en un futuro lejano, en algún callejón de San Petersburgo, tendría que recurrir
a una pequeña mentira para separarse de Nadezhda Fiódorovna y pagar las deudas;
mentiría sólo una vez, y luego se produciría una completa renovación. Y estaba
bien así: al precio de una pequeña mentira compraría una gran verdad.
Y ahora, cuando el médico, con su negativa, había
aludido groseramente a su engaño, había entendido que no sólo tendría que echar
mano de la mentira en un futuro lejano, sino también ese mismo día, y el
siguiente, y dentro de un mes y tal vez incluso toda su vida. En efecto, para
marcharse tendría que mentir a Nadezhda Fiódorovna, a los acreedores y a sus
superiores; luego, para procurarse dinero en San Petersburgo, debería mentir a
su madre, decirle que ya se había separado de Nadezhda Fiódorovna, y su madre
no le daría más de quinientos rublos, lo que significaba que ya había engañado
al médico, porque no estaría en condiciones de enviarle el dinero en breve
plazo. Más tarde, cuando Nadezhda Fiódorovna llegara a San Petersburgo, sería
necesario recurrir a toda una serie de engaños grandes y pequeños para
separarse de ella, y de nuevo volverían las lágrimas, el tedio, esa
vida tan odiosa, el arrepentimiento; en definitiva,
no se produciría ninguna renovación. Todo era un engaño, nada más. En su
imaginación se había ido levantando toda una montaña de mentiras. Para
superarla de un solo salto y no incidir en mentiras menudas, necesitaba
recurrir a una medida extrema; por ejemplo, levantarse, ponerse la gorra y
marcharse sin dinero y sin decir una palabra a nadie, pero Laievski se daba
cuenta de que era incapaz de dar un paso semejante.
«Viernes, viernes… —pensaba—. Viernes…».
Escribían notas, las doblaban y las metían en la
vieja chistera de Nikodim Aleksándrich; cuando había una cantidad suficiente de
mensajes, Kostia, que hacía las veces de cartero, daba la vuelta a la mesa y
los repartía. El diácono, Katia y Kostia, que habían recibido unos billetes muy
divertidos y se esforzaban por escribir otros más graciosos aún, estaban
entusiasmados.
«Tenemos que hablar», decía la nota que le tocó a
Nadezhda Fiódorovna. Miró a Maria Konstantínovna y esta le dedicó una afable
sonrisa y le hizo una señal con la cabeza.
«¿De qué? —pensó Nadezhda Fiódorovna—. Si uno no
puede contarlo todo, más vale callarse». Antes de salir de casa había anudado
la corbata de Laievski, y ese gesto intrascendente había
llenado su alma de ternura y tristeza. La inquietud
del rostro de Laievski, sus miradas distraídas, la palidez y el incomprensible
cambio que se había operado en él en los últimos tiempos, así como el horrible
y repugnante secreto que ocultaba y el temblor de sus manos mientras le hacía
el nudo: todo eso, por alguna razón, parecía anunciarle que les quedaba poco
tiempo de vida en común. Se lo quedó mirando como si fuera un icono, con temor
y arrepentimiento, al tiempo que pensaba: «Perdóname, perdóname…». Enfrente
tenía a Achmiánov, que no le quitaba de encima sus ojos negros y enamorados;
atormentada por el deseo, se avergonzaba de sí misma y temía que ni siquiera su
angustia y su pesar le impedirían entregarse a esa pasión impura más tarde o
más temprano, sin que ella, como un borracho empedernido, pudiera hacer nada
por oponerse.
Para acabar de una vez con esa vida, oprobiosa para
ella y ofensiva para Laievski, decidió marcharse. Le rogaría con lágrimas en
los ojos que la dejara partir, y si él se oponía, se iría en secreto. No le
contaría lo que había pasado. Que al menos conservara de ella un recuerdo puro.
«La amo, la amo, la amo», leyó.
Sin duda lo había escrito Achmiánov.
Se iría a vivir a algún lugar apartado, trabajaría
y enviaría a Laievski de manera anónima dinero, camisas bordadas, tabaco, y
sólo volvería a su lado cuando fuesen viejos o si él contraía una grave
enfermedad y necesitaba que alguien lo cuidara. Y cuando, ya muy mayor, se
enterara de los motivos por los que no había querido casarse con él y lo había
abandonado, apreciaría su sacrificio y la perdonaría.
«Tiene usted una nariz muy larga».
Probablemente eso lo había escrito el diácono o
Kostia.
Nadezhda Fiódorovna se imaginó que, al despedirse
de Laievski, lo abrazaría con fuerza, le besaría la mano y le juraría que lo
amaría toda la vida; luego, ya establecida en cualquier rincón perdido, entre
gente extraña, pensaría cada día que en algún lugar tenía un amigo, un hombre
querido, intachable, noble y elevado, que conservaba de ella un recuerdo puro.
«Si no me concede hoy mismo una cita, le doy mi
palabra de honor de que tomaré medidas. Debe darse cuenta de que no puede
tratar así a las personas honradas».
Eso era de Kirilin.
XIII
Laievski recibió dos notas. Desdobló una y la leyó:
«No te vayas, tesoro mío».
«¿Quién lo habrá escrito? —pensó—. Desde luego, no
Samóilenko… Y tampoco el diácono, porque no sabe que me dispongo a partir.
¿Habrá sido von Koren?».
El zoólogo, inclinado sobre la mesa, estaba
dibujando una pirámide. A Laievski le pareció advertir una mirada risueña.
«Seguramente Samóilenko se ha ido de la lengua…»,
pensó Laievski.
En el otro billete, escrito con la misma caligrafía
descuidada, llena de ganchos y largos rabos, podía leerse: «Alguien no se
marchará el sábado».
«Qué burla tan estúpida —pensó Laievski—. Viernes,
viernes…».
De pronto sintió un nudo en la garganta. Se llevó
la mano al cuello y quiso toser, pero de su garganta, en lugar de un acceso de
tos, salió una carcajada.
—¡Ja, ja, ja! —se rio—. ¡Ja, ja, ja!
«Pero ¿qué estoy haciendo?», pensó.
—¡Ja, ja, ja!
Trató de contenerse, se tapó la boca con la mano,
pero la risa le oprimía el pecho y el cuello, y la mano no conseguía tener la
boca tapada.
«¡Qué situación más estúpida! —se decía,
retorciéndose de risa—. ¿M e habré vuelto loco?».
Las carcajadas fueron subiendo de tono, hasta
acabar convirtiéndose en algo semejante al ladrido de un perrito faldero. Hizo
ademán de levantarse, pero las piernas no le obedecieron, mientras la mano
derecha, contra su voluntad, saltaba de un modo extraño sobre la mesa, aferraba
convulsamente los billetes y los estrujaba. Vio miradas de asombro, el rostro
serio y asustado de Samóilenko y los ojos del zoólogo, fríos, burlones, llenos
de repugnancia, y comprendió que era presa de un ataque de histeria.
«Qué horror, qué vergüenza —pensaba, sintiendo en
las mejillas la tibieza de las lágrimas—. ¡Ah, ah, qué escándalo! Nunca me
había sucedido nada semejante…».
Lo cogieron por debajo de los hombros, le sujetaron
la cabeza por atrás y se lo llevaron de allí. Un vaso centelleó ante sus ojos y
chocó con sus dientes; el agua se le derramó por el pecho. Estaba en una
pequeña habitación, en medio de dos camas cubiertas con colchas limpias y
blancas como la nieve. Se desplomó sobre una de ellas y estalló en sollozos.
—No es nada, no es nada… —decía Samóilenko—. Pasa a
veces… Pasa a veces…
Nadezhda Fiódorovna, muerta de miedo, temblando de
pies a cabeza y con un presentimiento terrible, le preguntaba al pie de la
cama:
—¿Qué te sucede? ¿Qué? Habla, por el amor de Dios…
«¿No le habrá escrito algo Kirilin?», pensaba.
—No es nada —respondió Laievski, riendo y
llorando—. Vete de aquí… cariño.
Su rostro no expresaba odio ni repugnancia, prueba
de que no sabía nada. Algo más tranquila, Nadezhda Fiódorovna volvió a la sala.
—¡No se preocupe, querida! —le dijo Maria
Konstantínovna, sentándose a su lado y cogiéndole la mano—. Se le pasará. Los
hombres son tan débiles como nosotras, pecadoras. Están ustedes
atravesando
una crisis… ¡y es comprensible!
Bueno, querida, estoy esperando una
respuesta.
Hablemos un poco.
—No, no puedo hablar… —dijo Nadezhda Fiódorovna,
prestando oídos a los sollozos de Laievski—. Tengo una angustia… Deje que me
vaya…
—Pero ¡qué dice, qué dice, querida! —se asustó
Maria Konstantínovna—. ¿Cree que voy a dejar que se marche sin cenar? Tomaremos
algo y luego, si quiere, se va usted.
—Tengo una angustia… —susurró Nadezhda Fiódorovna
y, para no caer, se agarró con ambas manos al brazo del sillón.
—¡Le ha dado un patatús! —dijo von Koren, con voz
alegre, entrando en la sala, pero al ver a Nadezhda Fiódorovna se turbó y
salió.
Cuando el ataque de histeria pasó, Laievski se
sentó en esa cama ajena y pensó: «¡Qué vergüenza! ¡Me he puesto a lloriquear
como una chiquilla! He debido de parecerles ridículo y repugnante. Me marcharé
por la puerta trasera… No obstante, eso daría a entender que concedo una enorme
importancia a ese ataque de histeria. Será mejor que me lo tome a risa…».
Se miró en el espejo, siguió sentado un rato y
luego salió a la sala.
—¡Aquí estoy! —dijo, sonriendo; sentía una
vergüenza terrible y notaba que los demás se encontraban incómodos en su
presencia—. Estas cosas pasan —añadió, sentándose—. Mientras estaba aquí, sentí
de pronto un profundo pinchazo en el costado… un dolor insoportable… Mis
nervios no pudieron resistirlo y … me vino ese estúpido ataque. ¡Este es el
siglo de las enfermedades nerviosas! ¡Qué le vamos a hacer!
Durante la cena bebió vino y conversó; de vez en
cuando, exhalando un profundo suspiro, se masajeaba el costado, como dando a
entender que aún le dolía. Pero nadie le creía, excepto Nadezhda Fiódorovna, y
él se daba cuenta.
Después de las nueve se fueron a dar un paseo por
el bulevar. Nadezhda Fiódorovna, temiendo que Kirilin le dirigiera la palabra,
hacía todo lo posible por no separarse ni un momento de Maria Konstantínovna y
de sus hijos. El miedo y la angustia la habían dejado sin fuerzas; presintiendo
un nuevo acceso de fiebre, sufría y apenas podía dar un paso, pero no se fue a
casa, pues estaba convencida de que Kirilin o Achmiánov, o tal vez los dos, la
seguirían. Kirilin iba detrás, junto a Nikodim Aleksándrich, canturreando a
media voz:
—¡No per-mito que jue-guen conmigo! ¡No lo
per-mito!
Desde el bulevar se dirigieron al pabellón,
continuaron por la orilla del mar y pasaron un buen rato contemplando sus
fosforescencias. Von Koren se puso a explicar a qué se debían.
XIV
—Bueno, es la hora de mi partida de cartas… Me
están esperando —dijo Laievski—. Adiós, señores.
—M e voy contigo —dijo Nadezhda Fiódorovna y lo
cogió del brazo.
Se despidieron de todos y se marcharon. También
Kirilin se despidió y, aduciendo que llevaba el mismo camino, se unió a ellos.
«Que pase lo
que tenga que pasar… —pensaba
Nadezhda Fiódorovna—. Qué le vamos a
hacer…».
Tenía la impresión de que todos los recuerdos
desagradables habían salido de su cabeza y avanzaban a su lado, en la
oscuridad, respirando con dificultad, mientras ella, como una mosca que ha
caído en un tintero, se arrastraba a duras penas por la calzada, manchando de
negro el costado y el brazo de Laievski. Si Kirilin cometiera alguna vileza, se
decía, la culpa no sería de él, sino de ella. Hubo un tiempo en que ningún
hombre se atrevía a hablarle como lo había hecho Kirilin, y ella misma había
borrado ese tiempo como quien corta un hilo y lo había perdido para siempre:
¿quién tenía la culpa? Embriagada por el deseo, había sonreído a un completo
desconocido sólo porque era alto y apuesto; después de dos entrevistas, se
había aburrido de él y lo había dejado. ¿Y por eso tenía derecho aquel hombre
—pensaba ahora Nadezhda Fiódorovna— a tratarla como le viniera en gana?
—Bueno, cariño, aquí nos separamos —dijo Laievski,
deteniéndose—. Iliá Mijáilich te acompañará.
Saludó a Kirilin con una inclinación de cabeza,
atravesó a toda prisa el bulevar y se internó en la calle donde se encontraba
la casa de Sheshkovski, que tenía las ventanas iluminadas; poco después se oyó
el ruido de la cancela.
—Permítame que le dé una explicación —soltó
Kirilin—. No soy un chiquillo. No soy ningún Achkásov, Lachkásov o Zachkásov…
¡Exijo que se me tome en serio! —a Nadezhda Fiódorovna empezó a latirle con
fuerza el corazón. No respondió nada—. En un principio atribuí a la coquetería
su brusco cambio de actitud —prosiguió Kirilin—, pero luego me he dado cuenta
de que simplemente no sabe usted tratar con personas honradas. Sólo quería
jugar conmigo, como con ese muchacho armenio, pero yo soy un hombre honrado y exijo
que se me trate como tal. Así pues, estoy a su disposición…
—Tengo una angustia… —dijo Nadezhda Fiódorovna,
echándose a llorar y, para ocultar las lágrimas, se dio la vuelta.
—Yo también estoy angustiado, pero ¿qué importancia
tiene eso? —Kirilin guardó silencio un instante y a continuación dijo con voz
clara, separando mucho las palabras—: Le repito, señora, que, si no me concede
una cita, hoy mismo armaré un escándalo.
—Deje que me vaya —dijo Nadezhda Fiódorovna, sin
reconocer su propia voz, hasta tal punto era lastimera y débil.
—Tengo que darle una lección… Perdone la rudeza de
mi tono, pero me veo obligado a darle una lección. Sí, señora, lo lamento
mucho, pero tengo que darle una lección. Exijo dos entrevistas: una hoy y otra
mañana. Pasado mañana será usted completamente libre y podrá irse con quien
quiera y donde le plazca. Hoy y mañana.
Nadezhda Fiódorovna se acercó a la cancela de su
casa y se detuvo.
—¡Déjeme! —murmuró, temblando de pies a cabeza, sin
ver otra cosa, en medio de la oscuridad, que la blanca guerrera—. Tiene usted
razón, soy una mujer horrible… Es culpa mía, pero deje que me vaya… Se lo
ruego… —tocó la fría mano de él y se estremeció—, se lo suplico…
—¡Ay! —suspiró Kirilin—. ¡Ay! Eso no entra en mis
planes. Sólo quiero darle una lección, hacerle comprender las cosas… Además,
madame, me fío muy poco de las mujeres.
—Tengo una angustia… —Nadezhda Fiódorovna se quedó
escuchando el monótono rumor del mar, miró el cielo, sembrado de estrellas, y
tuvo ganas de acabar con todo cuanto antes, de liberarse de esa maldita
sensación de la vida, con su mar, sus estrellas, sus hombres, su fiebre…—. Lo
único
que le pido es que no sea en mi casa… —añadió con
frialdad—. Lléveme a algún sitio.
—Vamos a casa de M iurídov. Es lo mejor.
—¿Dónde está eso?
—Junto a la muralla vieja.
Nadezhda Fiódorovna echó a andar a toda prisa por
la calle y luego torció en un callejón que conducía a las montañas. Reinaba la
oscuridad. En algunos lugares atravesaban la calzada las pálidas franjas de luz
de las ventanas iluminadas, y Nadezhda Fiódorovna volvió a sentirse como una
mosca, que tan pronto cae en un tintero como sale de nuevo a la luz. Kirilin
iba tras ella. En un momento determinado se tambaleó, estuvo a punto de caer y
se echó a reír.
«Está borracho… —pensó Nadezhda Fiódorovna—. Da
igual… da igual… Que sea lo que sea». También Achmiánov se despidió pronto del
grupo y se fue en busca de Nadezhda Fiódorovna
para invitarla a dar un paseo en barca. Se aproximó
a su casa y miró a través de la cerca: las ventanas estaban abiertas de par en
par, pero no había luz.
—¡Nadezhda Fiódorovna! —llamó.
Al cabo de un minuto, volvió a llamar.
—¿Quién está ahí? —se oyó la voz de Olga.
—¿Está en casa Nadezhda Fiódorovna?
—No. Aún no ha regresado.
«Es extraño… Muy extraño… —se dijo Achmiánov, que
empezaba a sentir una profunda inquietud—. Si dijo que se iba a su casa…».
Echó a andar por el bulevar, luego se introdujo en
una calle y se quedó mirando el interior de la casa de Sheshkovski a través de
la ventana. Laievski estaba sentado a la mesa en mangas de camisa y examinaba
las cartas con atención
—Qué extraño, qué extraño… —farfulló Achmiánov y,
al recordar el ataque de histeria que había sufrido Laievski, sintió
vergüenza—. Si no está en casa, ¿adónde habrá ido?
Si dirigió de nuevo al domicilio de Nadezhda
Fiódorovna y se quedó mirando las ventanas oscuras.
«Me ha engañado, me ha engañado», pensaba,
recordando que ese mismo día, cuando se encontró con ella a las doce en casa de
los Bitiugov, le había prometido que lo acompañaría a dar un paseo en barca por
la tarde.
Las ventanas de la casa de Kirilin también estaban
oscuras, y junto a la puerta cochera un policía dormía tumbado en un banco.
Cuando vio las ventanas y a ese policía, Achmiánov lo entendió todo. Decidió
irse a su casa y hacia allí se encaminó, pero, sin saber muy bien cómo, se
encontró de nuevo delante de la cancela de Nadezhda Fiódorovna. Se sentó
entonces en un banco y se quitó el sombrero: tan vehementes eran sus celos y
tan grande se le antojaba la magnitud de la ofensa que la cabeza le ardía.
La iglesia de la ciudad sólo daba la hora dos veces
al día: a las doce de la mañana y a las doce de la noche. Poco después de que
sonaran las campanadas que anunciaban el final de la jornada, se oyeron unos
pasos apresurados.
—¡Entonces, mañana por la tarde volvemos a vernos
en casa de Miurídov! —oyó Achmiánov y reconoció la voz de Kirilin—. A las ocho.
¡Adiós, señora!
Nadezhda Fiódorovna apareció junto a la cerca. Sin
percatarse de la presencia de Achmiánov en el
banco, pasó a su lado como una sombra, abrió la
cancela y, sin pararse a cerrarla, entró en la casa. Una vez en su habitación,
encendió una vela y se desvistió a toda prisa, pero no se metió en la cama,
sino que se arrodilló delante de una silla, la abrazó y apoyó la frente en el
asiento.
Cuando Laievski regresó, eran más de las dos de la
madrugada.
XV
Al día siguiente, después de la una, Laievski, que
había tomado la resolución de recurrir no a una sola gran mentira, sino a
varias pequeñas, fue a casa de Samóilenko para pedirle el dinero que le
permitiera marcharse el sábado sin falta. Tras el ataque de histeria de la
víspera, que había añadido a su desánimo un agudo sentimiento de vergüenza,
quedarse en la ciudad se le antojaba impensable. Si Samóilenko insistía en sus
condiciones, pensaba, las aceptaría, cogería el dinero y al día siguiente, a la
hora de la partida, le diría que Nadezhda Fiódorovna se había negado a partir,
y por la tarde trataría de convencerla a ella de que todo lo hacía por su
propio bien. Si Samóilenko, que sin duda se hallaba bajo la influencia de von
Koren, se negaba de plano a entregarle el dinero o le imponía nuevas
condiciones, se marcharía ese mismo día en un barco de carga, o incluso en un
velero, a Novi Afón o Novorossisk, desde donde enviaría a su madre un telegrama
en el que expresaría su arrepentimiento y donde viviría hasta que esta le
mandase el dinero necesario para emprender el viaje.
Cuando llegó a casa de Samóilenko encontró en la
sala a von Koren. El zoólogo acababa de llegar para comer y, según su
costumbre, había abierto el álbum y estaba contemplando a los caballeros con
chistera y a las señoras con cofia.
«¡Qué inoportuno! —se dijo Laievski, al verlo—.
Puede estorbarme».
—Buenos días —saludó.
—Buenos días —respondió von Koren, sin mirarlo.
—¿Está en casa Aleksandr Davídich?
—Sí. En la cocina.
Laievski pasó a la cocina, pero, viendo desde el
umbral que Samóilenko estaba ocupado con la ensalada, regresó a la sala y se
sentó. Siempre se sentía incómodo en presencia del zoólogo y ahora temía que se
suscitara la cuestión de su ataque de histeria. Pasaron más de un minuto en
silencio. De pronto von Koren levantó los ojos hasta Laievski y le preguntó:
—¿Cómo se siente después de lo de ayer?
—Estupendamente —respondió Laievski,
ruborizándose—. En realidad, no sucedió nada de particular…
—Hasta el día de ayer creía que sólo las damas
sufrían ataques de histeria; por eso, al principio, pensé que tenía usted el
baile de San Vito.
Laievski esbozó una sonrisa obsequiosa y pensó: «Es
una falta de delicadeza por su parte, pues sabe perfectamente lo incómodo que
me siento…».
—Sí, fue una situación de lo más ridícula —dijo,
sin dejar de sonreír—. Me he pasado toda la mañana riéndome. Lo más curioso de
los ataques de histeria es que, aunque uno sabe que son absurdos y se ríe de
ellos en el fondo de su alma, al mismo tiempo no puede dejar de sollozar. En
este siglo de enfermedades nerviosas nos hemos convertido en esclavos de
nuestros nervios, que son
nuestros amos y hacen con nosotros lo que se les
antoja. En ese sentido, la civilización nos ha hecho un flaco favor… —mientras
hablaba, le resultaba molesto que von Koren lo mirara y lo escuchara con
atención y seriedad, sin pestañear, como si lo estuviera estudiando, y se
enfadaba consigo mismo porque, a pesar de la antipatía que le profesaba, no
conseguía en modo alguno borrar de su cara esa sonrisa obsequiosa—. Aunque debo
admitir —prosiguió— que había motivos inmediatos, y de mucho peso, para ese ataque
de histeria. En los últimos tiempos mi salud ha empeorado bastante. Añada usted
a todo eso el aburrimiento, la continua falta de dinero… la falta de personas
con intereses comunes… Una situación verdaderamente complicada.
—Sí, su situación es desesperada —dijo von Koren.
Esas palabras serenas y frías, que no sabía si
tomarse como un comentario jocoso o una profecía impertinente, lo ofendieron.
Recordó la mirada llena de burla y repugnancia que el zoólogo le había dirigido
la víspera, guardó silencio unos instantes y preguntó, ya sin sonreír:
—¿Y cómo conoce usted mi situación?
—Usted mismo acaba de exponerla; además, sus amigos
muestran tan ardiente preocupación por sus tribulaciones que uno se pasa el día
entero oyendo hablar de usted.
—¿Qué amigos? ¿Se refiere a Samóilenko?
—Sí, también a él.
—M e gustaría que Aleksandr Davídich y, en general,
mis amigos, se ocuparan menos de mí.
—Ahí viene Samóilenko, así que puede decírselo a
él.
—No entiendo a qué viene ese tono… —farfulló
Laievski; era como si en ese mismo instante hubiera comprendido que el zoólogo
lo odiaba, lo despreciaba, se mofaba de él y era su peor y más encarnizado
enemigo—. Guárdese ese tono para otro —dijo muy bajo, sin fuerzas para levantar
la voz, pues el odio que se había apoderado de él le oprimía el cuello y la
garganta, igual que la víspera el deseo de reír.
Entró Samóilenko en mangas de camisa, sudoroso y
colorado por los vapores de la cocina. —¡Ah, estás aquí! —dijo—. Buenos días,
amigo. ¿Has comido? No te andes con cumplidos y di
la verdad: ¿has comido?
—Aleksandr Davídich —dijo Laievski, poniéndose en
pie—, el hecho de que de te haya dirigido alguna petición de índole personal no
te exonera de la obligación de ser discreto y de respetar los secretos ajenos.
—¿A qué te refieres? —se sorprendió Samóilenko.
—Si no tienes dinero —prosiguió Laievski,
levantando la voz y apoyándose, muy agitado, tan pronto en un pie como en el
otro—, no me lo prestes, niégamelo, pero ¿por qué pregonar a los cuatro vientos
que mi situación es desesperada? ¡No puedo soportar esas buenas obras, esas
ayudas amistosas! ¡Se da un kopek y se afirma haber entregado un rublo! ¡Puedes
jactarte de tus buenas acciones cuanto quieras, pero nadie te ha autorizado a
revelar mis secretos!
—¿Qué secretos? —preguntó Samóilenko, que no
entendía nada y empezaba a enfadarse—. Si has venido a discutir, es mejor que
te vayas. ¡Vuelve más tarde!
Le vino a la cabeza esa regla que aconseja contar
hasta cien y tranquilizarse cuando uno ha discutido con una persona a la que
aprecia, y se puso a contar a toda prisa.
—¡Le ruego que no se ocupe más de mí! —continuó
Laievski—. No me preste atención. ¿Qué le importa a nadie mi modo de vida? ¡Sí,
quiero marcharme! ¡Sí, contraigo deudas, bebo, vivo con una
mujer ajena, tengo ataques de histeria, soy un
hombre vulgar y no tan profundo como otros! Pero ¿a quién le importa todo eso?
¡Respete mi personalidad!
—Perdona, amigo —dijo Samóilenko, después de haber
contado hasta treinta y cinco—, pero… —¡Respete mi personalidad! —lo
interrumpió Laievski—. ¡Al diablo esas continuas
conversaciones sobre el prójimo, todos esos «ohs» y
«ahs», esa manía de estar siempre cotilleando y fisgando, esa comprensión
amistosa! ¡Me prestan dinero y me ponen condiciones como si fuera un chiquillo!
¡Me exigen el diablo sabe qué! ¡No quiero nada! —gritó, tan alterado que se
tambaleó; por un momento temió que le sobreviniera otro ataque de histeria.
«Por lo visto, no me marcharé el sábado», se le pasó de pronto por la cabeza—.
¡No quiero nada! Lo único que les pido es que hagan el favor de liberarme de su
tutela. ¡No soy un chiquillo ni un loco, así que les ruego que no me prodiguen
más cuidados! —en ese momento entró el diácono y, al ver a Laievski todo
pálido, agitando los brazos y dirigiendo su extraño discurso al retrato del
príncipe Vorontsov, se detuvo junto a la puerta como petrificado—. Esa continua
indagación de mi alma —prosiguió Laievski— ofende mi dignidad humana, así que
pido a todos esos investigadores voluntarios que acaben de una vez con su
espionaje. ¡Ya basta!
—¿Qué… has dicho? —preguntó Samóilenko, después de
contar hasta cien, enrojeciendo y acercándose a Laievski.
—¡Ya basta! —repitió este, sofocado, mientras cogía
su gorra.
—¡Soy médico, noble y consejero de Estado! —dijo
Samóilenko, separando mucho las palabras
—. ¡No he sido nunca un espía y no permito que
nadie me ofenda! —gritó con voz temblorosa, poniendo el acento en la última
palabra—. ¡Cállese! —el diácono, que nunca había visto al médico tan colorado y
con un aspecto tan majestuoso, altivo y terrible, se tapó la boca, corrió al
recibidor y allí se desternilló de risa. Como a través de la niebla, Laievski
vio cómo von Koren se levantaba, se metía las manos en los bolsillos del
pantalón y se quedaba quieto, como esperando a ver qué pasaba. Esa actitud serena
le pareció insolente y ofensiva en grado sumo—. ¡Haga el favor de retirar sus
palabras! —gritó Samóilenko.
Laievski, que ya no recordaba lo que había dicho,
respondió:
—¡Déjeme en paz! ¡No necesito nada! ¡Lo único que
quiero es que usted y los alemanes de ascendencia judía me dejen tranquilo! ¡De
otro modo tomaré medidas! ¡Estoy dispuesto a batirme!
—Ahora entiendo —dijo von Koren, saliendo de detrás
de la mesa—. Antes de partir, al señor Laievski le apetece divertirse con un
duelo. Yo puedo darle esa satisfacción. Señor Laievski, acepto su desafío.
—¿Desafío? —dijo en voz baja Laievski, acercándose
al zoólogo y mirando con odio su frente morena y sus cabellos rizados—.
¿Desafío? ¡Con mucho gusto! ¡Lo odio a usted! ¡Lo odio!
—Me alegro mucho. Mañana por la mañana, cerca de la
taberna de Kerbalai, con todos los detalles a su gusto. Y ahora desaparezca.
—¡Lo odio! —dijo Laievski en voz baja, respirando
con dificultad—. ¡Hace mucho tiempo que lo odio! ¡Un duelo! ¡Sí!
—Sácalo de aquí, Aleksandr Davídich, o me voy yo
—dijo von Koren—. Va a acabar mordiéndome.
El tono reposado de von Koren enfrió al médico, que
de repente recobró la serenidad, se dio cuenta de lo que estaba pasando, cogió
por la cintura a Laievski con ambas manos y, apartándolo del
zoólogo, farfulló con voz tierna, trémula de
emoción:
—M is buenos y queridos… amigos… Nos hemos
acalorado y … y … Amigos míos…
Al escuchar esa voz dulce y amistosa, Laievski
comprendió que en su vida acababa de suceder algo inaudito y monstruoso; era
como si por poco no le hubiese arrollado un tren. Estuvo a punto de echarse a
llorar, hizo un gesto de desaliento con la mano y salió corriendo de la
habitación.
«¡Dios mío, qué duro es sentir en uno mismo el odio
ajeno y presentarte ante la persona que te odia bajo el aspecto más vil,
despreciable e impotente! —pensaba al poco rato, sentado en el pabellón y
creyendo notar sobre su cuerpo una especie de moho, producto del odio que
acababa de experimentar—. ¡Y qué vulgar es todo esto, Dios mío!».
El agua fría con coñac le infundió ánimos. Recordó
con nitidez el rostro sereno y altivo de von Koren, su mirada de la víspera, su
camisa parecida a una alfombra, su voz, sus manos blancas, y un odio profundo,
apasionado y voraz se revolvió en su pecho exigiendo satisfacción. Se imaginó
que derribaba a von Koren y empezaba a patearlo. Rememoró, hasta en los menores
detalles, lo que había sucedido y se sorprendió de haber prodigado sonrisas
obsequiosas a un hombre insignificante y, en general, de haber valorado la
opinión de unos tipejos miserables, ignorados por todos, que vivían en un
pueblucho de mala muerte, un lugar que ni siquiera figuraba en los mapas y que
ninguna persona honrada de San Petersburgo conocía. Si a ese villorrio de
pronto se lo tragara la tierra o desapareciera pasto de las llamas, la noticia
sería recibida con tanta indiferencia en Rusia como el anuncio de venta de unos
muebles de segunda mano. Matar a von Koren al día siguiente o dejarlo vivo era
lo mismo: ambas opciones le parecían igual de inútiles y desprovistas de
interés. Lo mejor sería apuntarle a una pierna o un brazo, herirlo y luego
reírse de él; como un insecto con una pata rota se pierde ente la hierba, von
Koren, con su sordo sufrimiento, se perdería en medio de una multitud de
personas tan insignificantes como él.
Laievski fue a ver a Sheshkovski, le contó lo que
había sucedido y le pidió que fuera su padrino; luego ambos se dirigieron a
casa del jefe de correos y telégrafos, le propusieron que actuara también de
padrino y se quedaron a comer allí. Durante el almuerzo, no dejaron de bromear
y de reírse. Laievski ironizaba sobre sus escasos conocimientos de tiro y se
llamaba a sí mismo «arcabucero del rey» y «Guillermo Tell».
—Hay que darle una lección a ese señor —decía.
Después del almuerzo echaron una partida de cartas.
Laievski jugaba, bebía vino y pensaba que los duelos, en general, eran una
solución estúpida e insensata porque, lejos de resolver los problemas, los
complicaban aún más, pero a veces no había manera de evitarlos. Por ejemplo, en
el presente caso, pues no se podía denunciar a von Koren ante el juez de paz.
Además, el duelo inminente en cierto modo era positivo porque, una vez
celebrado, no podría quedarse en la ciudad. Estaba algo achispado, se había distraído
con los naipes, se sentía bien.
Pero, cuando se puso el sol y empezó a oscurecer,
lo dominó la inquietud. No era temor a la muerte, porque ya mientras almorzaba
y jugaba a las cartas había abrigado la certeza, vaya usted a saber por qué, de
que el duelo acabaría en nada; era miedo a ese algo desconocido que sucedería
al día siguiente por primera vez en su vida, así como también a la noche
inminente… Sabía que esa noche sería larga, que la pasaría en vela y que
tendría que pensar no sólo en von Koren y en su odio, sino también en la montaña
de mentiras que debería atravesar, pues carecía de la fuerza y la habilidad
necesarias para rodearla. Tenía la impresión de haber enfermado de repente.
Perdió de improviso
cualquier interés por los naipes y por la gente, y,
presa de un intenso nerviosismo, pidió que lo dejaran regresar a su casa. Tenía
ganas de tumbarse cuanto antes en la cama, quedarse inmóvil y poner en orden
sus pensamientos. Sheshkovski y el jefe de correos lo acompañaron y luego
fueron a ver a von Koren para hablar del duelo.
Cerca de su domicilio Laievski se encontró con
Achmiánov. El joven estaba casi sin aliento y daba muestras de una gran
agitación.
—¡Lo estoy buscando, Iván Andreich! —dijo—. Le
ruego que me acompañe… —¿Adónde?
—Un señor al que usted no conoce desea verlo para
tratar un asunto muy importante que le concierne. Le ruega con insistencia que
vaya a verlo un momento. Necesita hablar con usted… Para él es cuestión de vida
o muerte…
Achmiánov estaba tan alterado que hablaba con un
acento armenio muy acusado.
—¿De quién se trata? —preguntó Laievski.
—M e ha pedido que no revelara su nombre.
—Dígale que estoy ocupado. M añana, si le parece
bien…
—¡Cómo es posible! —se asustó Achmiánov—. Quiere
decirle algo de capital importancia para usted… ¡De capital importancia! Si no
acude usted, sucederá una desgracia.
—Qué raro… —balbuceó Laievski, que no comprendía
por qué Achmiánov estaba tan alterado y qué secretos podía haber en ese
aburrido villorrio de mala muerte—. Qué raro —repitió, meditabundo
—. Pero bueno, vamos. Lo mismo da.
Achmiánov se puso delante y avanzó a buen paso,
seguido de Laievski. Recorrieron una calle,
después un callejón.
—Todo esto es muy molesto —dijo Laievski.
—Ya llegamos, ya llegamos… Es aquí mismo.
Cerca de la muralla vieja se internaron en una
estrecha calleja que discurría entre dos descampados vallados, luego
desembocaron en un gran patio y se dirigieron a una pequeña casita…
—¿No es la casa de M iurídov? —preguntó Laievski.
—Sí.
—Entonces, ¿por qué hemos dado tantos rodeos? Si
hubiéramos venido por la calle principal, habríamos tardado menos…
—No importa, no importa…
A Laievski también le pareció extraño que Achmiánov
lo llevara por la puerta trasera y le hiciese indicaciones con la mano, como
rogándole que no hiciera ruido y guardara silencio.
—Por aquí, por aquí… —dijo Achmiánov, abriendo con
tiento la puerta y entrando de puntillas en el zaguán—. Silencio, silencio, por
favor… Pueden oírnos —se quedó escuchando, mientras trataba afanosamente de
recobrar el aliento, y añadió en un susurro—: Abra la puerta y entre… No tema.
Laievski, perplejo, abrió la puerta y entró en una
habitación de techo bajo, con cortinas en las ventanas. Sobre la mesa ardía una
vela.
—¿Quién es? —preguntó alguien en la habitación
contigua—. ¿Eres tú, M iurídov?
Laievski penetró en esa habitación y se encontró a
Kirilin, acompañado de Nadezhda Fiódorovna. No oyó lo que le decían. Retrocedió
y, sin saber cómo, se encontró en la calle. El odio a von
Koren y la inquietud desaparecieron de su alma. De
camino a casa, agitaba torpemente la mano derecha y miraba el suelo con
atención, procurando pisar terreno liso. Una vez en su despacho, se puso a
pasear de un rincón al otro, frotándose las manos y encogiendo el cuello y los
hombros, como si la chaqueta y la camisa le quedaran estrechas; luego encendió
una vela y se sentó a la mesa…
XVI
—Las ciencias humanas de las que habla usted sólo
satisfarán el espíritu humano cuando, en su desarrollo, se encuentren con las
ciencias exactas y marchen a su lado. No sé si se encontrarán bajo el
microscopio o en los monólogos de un nuevo Hamlet o en una nueva religión, pero
creo que la Tierra se cubrirá de una capa de hielo antes de que eso suceda. Sin
duda, el más firme y vital de todos los conocimientos humanos es la doctrina de
Cristo, pero fíjese de qué modos tan distintos se entiende. Unos enseñan que
hay que amar a todos los semejantes, pero hacen una excepción con los soldados,
los criminales y los locos: a los primeros les permiten matar en la guerra, a
los segundos se los aísla o se los ejecuta y a los terceros se les prohíbe
casarse. Otros exégetas enseñan a amar a todos los semejantes sin excepción,
sin distinguir entre buenos y malos. Según esa interpretación, si aparece en
vuestra casa un tuberculoso, un asesino o un epiléptico y pide la mano de
vuestra hija, debéis concedérsela; si los cretinos declaran la guerra a los
hombres sanos de cuerpo y espíritu, hay que presentar la cabeza para que os la
corten. Esa teoría del amor por el amor, como la del arte por el arte, si
acabara imponiéndose, conduciría en última instancia a la extinción total de la
humanidad, consumándose, de ese modo, el crimen más horrendo que jamás se haya
visto sobre la faz de la Tierra. Hay muchísimas interpretaciones, pero ni una
sola que pueda satisfacer a una inteligencia rigurosa, que se apresta a añadir
a ese caudal de interpretaciones la suya propia. Por eso nunca debe plantear la
cuestión sobre una base filosófica, como dice usted, o sobre el llamado
cristianismo, pues no conseguiría otra cosa que alejarse de la solución del
problema.
El diácono escuchó atentamente al zoólogo, se quedó
pensativo y preguntó:
—La ley moral, que es inherente a cualquier
persona, ¿la han inventado los filósofos o la ha creado Dios junto con el
cuerpo?
—No lo sé. Pero esa ley es hasta tal punto común a
todos los pueblos y épocas que, en mi opinión, deberíamos considerarla
orgánicamente ligada al hombre. No ha sido inventada, sino que es y será. No le
estoy diciendo que un día alguien la vea en el microscopio, pero su vínculo
orgánico ya ha sido demostrado por la evidencia: según tengo entendido, los
trastornos cerebrales graves y las llamadas enfermedades mentales se
manifiestan ante todo en la desfiguración de la ley moral.
—Bien. Entonces, igual que el estómago exige
comida, el sentimiento moral quiere que amemos a nuestros semejantes. ¿Es así?
Pero nuestra naturaleza, por amor propio, se opone a la voz de la conciencia y
de la razón: por eso surgen tantas cuestiones insolubles. ¿A quién debemos
dirigirnos para solucionar esos problemas si no los planteamos en el ámbito
filosófico?
—Apele usted a los escasísimos conocimientos
precisos de que disponemos. Confíe en la evidencia y la lógica de los hechos.
Cierto que no es mucho, pero al menos no es algo tan precario y vago como la
filosofía. Supongamos que la ley moral exige amar a los hombres. ¿Y qué? El
amor debe consistir en el alejamiento de todo lo que de uno u otro modo resulte
perjudicial para los hombres y
represente un peligro para su presente y su futuro.
Nuestros conocimientos y la evidencia nos dicen que las personas con
deficiencias físicas y mentales representan un peligro para la humanidad. En
tal caso, hay que combatir a los anormales. Y, si nos faltan las fuerzas para
elevarnos a la normalidad, debemos poner en juego todas nuestras energías y
habilidades para volverlos inocuos, es decir, para aniquilarlos.
—¿Significa eso que el amor consiste en que los
fuertes derroten a los débiles?
—Sin duda.
—Pero ¡fueron los fuertes quienes crucificaron a
Nuestro Señor Jesucristo! —dijo el diácono con acaloramiento.
—Nada de eso: fueron los débiles quienes lo
crucificaron, no los fuertes. La cultura humana se ha debilitado y pretende
reducir a cero la lucha por la existencia y la selección, de ahí la rápida
multiplicación de los débiles y su preponderancia sobre los fuertes. Imagínese
que consigue inculcar a las abejas ideas humanas en una forma rudimentaria y
elemental. ¿Qué conseguiría con ello? Los zánganos, a los que habría que matar,
seguirían vivos, se comerían la miel, pervertirían y ahogarían a las abejas. El
resultado sería el predominio de los débiles sobre los fuertes y la
degeneración de estos últimos. Lo mismo está sucediendo ahora con los seres
humanos: los débiles oprimen a los fuertes. Entre los salvajes, que no han sido
rozados por la cultura, el más fuerte, sabio y moralmente íntegro va a la
cabeza; es amo y señor. En cambio nosotros, gente culta, hemos crucificado a
Cristo y seguimos crucificándolo. Eso significa que nos falta algo… Y ese
«algo» debemos restablecerlo entre nosotros, pues de otro modo esas
incoherencias nunca tendrán fin.
—Pero ¿cuál es su criterio para distinguir entre
fuertes y débiles?
—El conocimiento y la evidencia. A los tísicos y
escrofulosos se los reconoce por sus enfermedades, y a los locos e inmorales,
por sus actos.
—Pero ¡es posible cometer equivocaciones!
—Sí, pero no hay que tener miedo de mojarse los
pies cuando amenaza diluvio.
—Eso es filosofía —sonrió el diácono.
—En absoluto. Su juicio está tan pervertido por esa
filosofía de seminario que ve niebla por todas partes. Las ciencias abstractas,
de las que su joven cabeza está llena, reciben ese nombre porque abstraen el
pensamiento de la evidencia. Atrévase a mirar al diablo a los ojos y, si es el
diablo, diga que es el diablo, sin acudir a Kant o Hegel en busca de
explicaciones —el zoólogo guardó silencio un instante y continuó—: Dos y dos
son cuatro y una piedra es una piedra. Mañana tenemos un duelo. Ambos diremos que
es un acto absurdo y estúpido, que la época de los duelos ya ha pasado, que, en
el fondo, un duelo aristocrático no se diferencia en nada de una pelea de
borrachos en una taberna, y de todos modos no nos detendremos, acudiremos y nos
batiremos. De ahí se deduce que hay una fuerza más poderosa que nuestros
razonamientos. Clamamos que la guerra es destrucción, barbarie, horror,
fratricidio, no podemos ver la sangre sin desmayarnos, pero basta que los
franceses o los alemanes nos ofendan para que al punto se enardezca nuestro
ánimo, gritemos «hurra» con el mayor entusiasmo y nos arrojemos sobre el
enemigo; usted invocará el favor divino para nuestras armas, y nuestro valor
desatará un júbilo generalizado y sincero. Otra prueba más de que hay una
fuerza, si no superior, al menos más poderosa que nosotros y nuestra filosofía.
No podemos contrarrestarla, como no podemos detener esa nube que viene del mar.
Así que no sea usted hipócrita, no apriete los puños en el bolsillo y deje de
decir: «¡Ah, qué estupidez! ¡Ah, qué idea tan trasnochada! ¡Ah, no concuerda
con las Escrituras!». Mírela a los ojos, reconozca
su razonable legitimidad, y, cuando esa fuerza quiera destruir, por ejemplo,
una raza desmedrada, escrofulosa y depravada, no se lo impida usted con
píldoras y una interpretación incorrecta del Evangelio. En un relato de Leskov
aparece un personaje llamado Danila, hombre de grandes escrúpulos, que se
encuentra en las afueras de la ciudad con un leproso y le ofrece alimento y
abrigo en nombre del amor y de Cristo. Si ese Danila hubiese amado de verdad a sus
semejantes, habría alejado al leproso de la ciudad, lo habría arrojado a un
barranco, y después se habría ido a trabajar para los sanos. Cristo, si no me
equivoco, nos predicó un amor razonable, sensato y útil.
—¡Cómo es usted! —exclamó el diácono, echándose a
reír—. Si no cree en Cristo, ¿por qué lo nombra tan a menudo?
—Creo en Cristo. Pero, naturalmente, a mi manera,
no a la de usted. ¡Ah, diácono, diácono! —se rio el zoólogo; luego le pasó la
mano por la cintura y le dijo con aire jovial—: ¿Y qué? ¿Va a asistir usted
mañana al duelo?
—M i dignidad no me lo permite; sino, iría.
—¿Qué significa eso de su dignidad?
—Estoy consagrado. La gracia divina está conmigo.
—Ah, diácono, diácono —repitió von Koren, soltando
una carcajada—. Me gusta charlar con usted.
—Dice que tiene usted fe —dijo el diácono—. Pero
¿qué clase de fe es esa? Mi tío, que es pope, tiene tanta fe que, cuando va al
campo en época de sequía para invocar la lluvia, se lleva el paraguas y el
impermeable para no mojarse al volver. ¡A eso se le llama fe! Cuando habla de
Cristo parece irradiar una especie de luz, y todos los hombres y mujeres lloran
y sollozan. Él podría detener esa nube y pondría en fuga a todas esas fuerzas
de las que habla usted. Sí, la fe mueve montañas —el diácono se rio y le dio al
zoólogo una palmada en el hombro—. Así es… —prosiguió—. Usted se pasa el día
entero estudiando, explora el fondo de los mares, distingue entre fuertes y
débiles, escribe libros, entabla desafíos, y, sin embargo, todo sigue en su
sitio. En cambio, basta que un pobre anciano, lleno del espíritu santo,
balbucee una sola palabra o que desde Arabia cabalgue un nuevo Mahoma con su
cimitarra para que todo se vuelva patas arriba y no quede en Europa piedra
sobre piedra.
—¡Todo eso está aún por ver, diácono!
—La fe sin obras es una fe muerta, y las obras sin
fe son algo aún peor: una pérdida de tiempo, nada más.
En el malecón apareció el médico. Al ver al zoólogo
y al diácono, se aproximó.
—Parece que está todo arreglado —dijo, sofocado—.
Los padrinos serán Govorovski y Boiko. Vendrán a recogerlo a las cinco de la
mañana. ¡Qué encapotado está! —dijo, mirando el cielo—. No se ve nada. Va a
ponerse a llover de un momento a otro.
—Vendrás con nosotros, supongo —se interesó von
Koren.
—No, Dios me libre. Ya he sufrido bastante. En mi
lugar irá Ustimóvich. Ya he hablado con él. Lejos, por encima del mar,
centelleó un relámpago y a continuación se oyó el sordo retumbar del
trueno.
—¡Qué sofocante es el ambiente antes de la
tormenta! —dijo von Koren—. Apuesto a que ya has ido a ver a Laievski y has
llorado sobre su pecho.
—¿Por qué iba a ir? —respondió el médico, confuso—.
¡Lo que me faltaba! —antes de la puesta de sol, había recorrido varias veces el
bulevar y la calle con la esperanza de encontrar a Laievski. Se avergonzaba de
su arrebato de ira y de la repentina efusión de bondad que le siguió. Quería
disculparse ante Laievski en tono desenfadado, reprenderlo, calmarlo y decirle
que los duelos eran un vestigio de la barbarie medieval, pero que la misma
providencia les había indicado el duelo como medio de reconciliación: al día
siguiente, los dos contendientes, hombres excelentes, de gran inteligencia,
después de dispararse, apreciarían mutuamente su nobleza y se harían amigos.
Pero no coincidió con Laievski ni una sola vez—. ¿Por qué iba a ir? —repitió
Samóilenko—. No es él el ofendido, sino yo. Dime, por favor, ¿por qué la tomó
conmigo? ¿Qué le había hecho? Entro en la sala y de pronto, así sin más, me
llama espía. ¡Ahí queda eso! Dime, ¿cómo empezó todo? ¿Qué le dijiste?
—Que su situación era desesperada. Y tenía razón.
Sólo los hombres honrados y los granujas pueden encontrar una salida a
cualquier situación, pero quien quiere ser honrado y granuja al mismo tiempo es
incapaz de hallar una solución. En cualquier caso, señores, ya son las once, y
mañana hay que levantarse temprano.
De pronto empezó a soplar el viento, que levantó el
polvo del malecón y lo hizo girar en remolinos, rugiendo y acallando el rumor
del mar.
—¡Vaya vendaval! —dijo el diácono—. Si no nos
marchamos, se nos irritarán los ojos. Cuando echaron a andar, Samóilenko dejó
escapar un suspiro y comentó, sujetándose la gorra: —Seguro que esta noche no
pego ojo.
—No te preocupes —dijo el zoólogo, echándose a
reír—. Puedes estar tranquilo, el duelo acabará en nada. Laievski se mostrará
magnánimo y disparará al aire; en su caso, no puede obrar de otro modo. En
cuanto a mí, lo más probable es que ni siquiera dispare. Acabar procesado por
culpa de Laievski y perder el tiempo: no vale la pena. A propósito, ¿qué
condena está prevista para quienes participan en un duelo?
—Arresto, y en caso de muerte del adversario hasta
tres años de reclusión en una fortaleza.
—¿En la de San Pedro y San Pablo[27]?
—No, creo que en una militar.
—Y, sin embargo, habría que darle una lección a ese
joven.
Sobre la superficie del mar resplandeció un
relámpago, iluminando por un instante los tejados de las casas y las montañas.
Cerca del bulevar los amigos se separaron. Cuando el médico desapareció en la
oscuridad y el ruido de sus pasos ya casi se había apagado, von Koren le gritó:
—¡Veremos si el tiempo no se convierte mañana en un
impedimento!
—¡Puede ser! ¡Dios lo quiera!
—¡Buenas noches!
—¿Cómo? ¿Qué dices de la noche?
El rumor del viento y del mar y el estampido de los
truenos impedía distinguir bien las palabras.
—¡Nada! —gritó el zoólogo y se encaminó a buen paso
a su casa.
XVII
… en mi cabeza, abrasada por la pena,
cúmulos se espesan de amargos pensamientos;
el mudo recuerdo ante mí
su largo pergamino desenrolla.
Leo entonces con repugnancia el libro de mi vida,
me estremezco y maldigo,
me lamento amargamente, amargamente lloro,
pero no puedo borrar sus líneas deplorables.
PUSHKIN
Tanto si lo mataban al día siguiente como si se
burlaban de él, es decir, si lo dejaban con vida, estaba perdido. Tanto si se
mataba de desesperación y vergüenza como si seguía arrastrando su lamentable
existencia, esa mujer deshonesta también estaba perdida…
Así razonaba Laievski, sentado a la mesa a última
hora de la tarde, sin dejar de frotarse las manos. De pronto la ventana se
abrió y golpeó la pared; una ráfaga de viento entró en la habitación y los
papeles salieron volando de la mesa. Cerró la ventana y se agachó para recoger
los papeles del suelo. Sentía en su cuerpo algo nuevo, cierta torpeza
desconocida, y no reconocía sus propios movimientos; andaba de manera insegura,
separando los codos del cuerpo y subiendo y bajando los hombros. Cuando se sentó
de nuevo en la silla, volvió a frotarse las manos. Su cuerpo había perdido
agilidad.
La víspera de la muerte conviene escribir a los
seres queridos. Laievski recordó esa máxima. Cogió la pluma y escribió con
trazo tembloroso: «¡M amá!».
Quería pedirle a su madre que, en nombre del Dios
misericordioso en quien ella creía, amparara y confortara con su cariño a la
desdichada mujer, sola, pobre y débil, a la que había deshonrado, que olvidara
y perdonara todo, todo, todo, y expiara con su sacrificio, al menos en parte,
el horrible pecado de su hijo; pero, cuando se acordó de cómo su madre, una
viejecita gorda y pesada, con una cofia de encaje, salía por la mañana al
jardín, seguida de su dama de compañía con el perrito faldero, cómo gritaba en
tono imperioso al jardinero y a la servidumbre y qué orgullosa y altiva era la
expresión de su rostro, borró la palabra escrita.
En las tres ventanas refulgió el resplandor de un
relámpago y a continuación retumbó el ensordecedor y horrísono estallido de un
trueno, que empezó como un rumor sordo y acabó convirtiéndose en un estruendo
estrepitoso, tan violento que los cristales de las ventanas retemblaron.
Laievski se levantó, se acercó a la ventana y apretó la frente contra el
cristal. Fuera se había desatado una violenta y hermosa tormenta. En el
horizonte, las cintas blancas de los relámpagos se precipitaban sin descanso
desde las nubes al mar, iluminando hasta la lejanía las altas olas negras.
—¡Vaya tormenta! —susurró Laievski, sintiendo
deseos de rezar ante alguien o ante algo, aunque fuese ante los rayos o los
truenos—. ¡Querida tormenta!
Le vino a la memoria que, cuando era niño, los días
de tormenta salía corriendo al jardín con la cabeza descubierta, seguido de dos
niñas rubias de ojos azules. La lluvia los mojaba y ellos se reían
entusiasmados, pero, cuando resonaba el violento estallido de un trueno, las
niñas se apretujaban confiadas contra él, que se santiguaba y se apresuraba a
rezar: «Santo, santo, santo…». Ah, ¿dónde habrían desaparecido, en qué mar se
habrían hundido los albores de aquella vida maravillosa y pura? Ya no temía las
tormentas ni amaba la naturaleza, ni creía en Dios; todas las niñas confiadas
que había
conocido en otro tiempo habían sido corrompidas por
él u otros como él; en toda su vida no había plantado en el jardín paterno un
solo árbol ni había contribuido a que creciera una sola hierba, y, aunque vivía
entre los vivos, no había salvado ni siquiera a una mosca; no había hecho más
que destruir, arrasar, mentir, mentir…
«¿Hay algo en mi pasado que no sea vicio?», se
preguntaba, tratando de agarrarse a algún recuerdo luminoso, como se agarra a
un matojo quien se despeña por un barranco.
¿El instituto? ¿La universidad? Todo eso había sido
un engaño. Tan mal había estudiado que se había olvidado ya de lo que había
aprendido. ¿El servicio a la sociedad? Otro engaño, porque no hacía nada,
cobraba el sueldo sin merecérselo, y su actividad consistía en un fraude
repugnante que no estaba perseguido por la ley .
No necesitaba la verdad y, por tanto, no la
buscaba; su conciencia, esclava del vicio y la mentira, dormía o callaba; como
un extraño o alguien que viniese de otro planeta, no participaba en la vida
común de los hombres, se mostraba indiferente a sus sufrimientos, ideas,
religiones, conocimientos, búsquedas, luchas; jamás había dicho a nadie una
palabra amable, ni escrito una sola línea útil, que no fuera vulgar, ni hecho
un pequeño favor a los demás; se limitaba a comerse su pan, a beberse su vino,
a llevarse sus mujeres, a repetir sus ideas, y, para justificar su despreciable
vida de parásito ante ellos
y ante sí
mismo, siempre estaba tratando de presentarse como un ser superior y mejor que
nadie. M entira, mentira, mentira…
Se representó con toda claridad lo que había visto
esa tarde en casa de Miurídov y sintió que se ahogaba de tristeza y de asco.
Kirilin y Achmiánov eran repugnantes, pero sólo habían continuado lo que él
había iniciado: eran sus cómplices y sus discípulos. Había apartado de su
marido, de su círculo de amistades y de su patria a una joven y débil mujer que
confiaba en él más que en un hermano, y se la había llevado allí, donde había
sido presa del sofocante calor, las fiebres y el aburrimiento; día tras día ella
debía reflejar como un espejo la ociosidad de él, sus vicios y su falsedad; de
eso, sólo de eso, se alimentaba su vida anodina, indolente, miserable; luego se
había cansado de ella y había empezado a odiarla, pero no había tenido el valor
suficiente para abandonarla y la había ido enredando cada vez más en sus
mentiras como en una telaraña… El resto lo habían hecho aquellos hombres.
Laievski tan pronto se sentaba a la mesa como se
acercaba a la ventana; tan pronto apagaba la vela como la encendía. Se maldecía
en voz alta, lloraba, se lamentaba, pedía perdón. Varias veces, desconsolado,
corrió a la mesa y escribió: «¡M amá!».
Aparte de su madre, no tenía familiares ni deudos;
pero ¿cómo podía ayudarlo su madre? ¿Y dónde estaba? Sintió deseos de correr en
busca de Nadezhda Fiódorovna para ponerse de rodillas, besar sus manos y sus
pies y suplicarle que lo perdonara, pero ella era su víctima y él la temía
tanto como a una muerta.
—¡Mi vida está hecha añicos! —balbució, frotándose
las manos—. ¿Por qué sigo viviendo, Dios mío?
Él solo tenía la culpa de que su deslucida estrella
hubiera rodado por el cielo y de que, al caer, su estela se hubiera confundido
con la tiniebla nocturna; ya no volvería al cielo, porque la vida sólo se
concede una vez y no se repite. Si hubiera podido recuperar los días y los años
pasados, habría sustituido la mentira por la verdad; la ociosidad, por el
trabajo; el aburrimiento, por la alegría; habría restituido la pureza a quien
se la había arrebatado, habría encontrado a Dios y la justicia, pero todo eso
era tan imposible como devolver al cielo aquella estrella caída. Y esa
imposibilidad lo llenaba de
desesperación.
Había pasado ya la tormenta, pero él seguía sentado
junto a la ventana, pensando con serenidad en lo que sería de él. Von Koren
probablemente lo mataría. La clara y fría concepción del mundo de ese hombre
contemplaba la aniquilación de los débiles y de los inútiles, y, en caso de que
en el momento decisivo esa concepción lo traicionara, acudirían en su ayuda el
desprecio y el sentimiento de repugnancia que él le inspiraba. Y si erraba el
tiro o, para burlarse de su odioso contrincante, sólo lo hería o disparaba al
aire, ¿qué haría él? ¿Adónde iría?
«¿A San Petersburgo? —se preguntaba—. Pero eso
significaría retomar esa vida de antes que tanto detesto. Además, quien busca
la salvación cambiando de lugar, como un ave migratoria, no encuentra nada,
porque para él la Tierra es igual en todas partes. ¿Buscar la salvación en los
hombres? La bondad y la magnanimidad de Samóilenko son tan poco salvadoras como
la propensión a la risa del diácono o el odio de von Koren. La salvación hay
que buscarla sólo en uno mismo y, si no se encuentra, ¿para qué perder el tiempo?
Entonces debe uno matarse, y ya está…».
Se oyó el rumor de un carruaje. Estaba amaneciendo.
El coche pasó de largo, giró y, con un chirrido de las ruedas sobre la arena
mojada, se detuvo ante la casa. En el interior viajaban dos personas.
—¡Esperen, voy en seguida! —les dijo Laievski por
la ventana—. Estoy despierto. ¿Ya es la hora?
—Sí. Son las cuatro. M ientras llegamos…
Laievski se puso el abrigo y la gorra, se metió un
cigarrillo en el bolsillo y se quedó meditabundo; tenía la impresión de que le
quedaba algo por hacer. En la calle los padrinos hablaban en voz baja, los
caballos piafaban; esos sonidos, a primera hora de una mañana húmeda, cuando
todos dormían y en el cielo apenas alboreaba, llenaron su alma de una angustia
semejante a un mal presentimiento. Siguió pensando un rato y al final se acercó
al dormitorio.
Nadezhda Fiódorovna yacía en la cama, estirada y
envuelta en una manta hasta la cabeza; inmóvil como estaba, recordaba a una
momia egipcia, sobre todo por el aspecto de la cabeza. Mirándola en silencio,
Laievski le pidió mentalmente perdón y pensó que, si el cielo no estaba vacío y
Dios en verdad existía, cuidaría de ella, y, si Dios no existía, daba igual que
se muriese, porque no había motivo para seguir viviendo.
De pronto Nadezhda Fiódorovna se incorporó de un
salto y se sentó en la cama, alzó el pálido rostro, lo miró con espanto y le
preguntó:
—¿Eres tú? ¿Ha pasado la tormenta?
—Sí.
Se acordó de lo que había sucedido y se llevó ambas
manos a la cabeza; un estremecimiento recorrió todo su cuerpo.
—¡Qué angustia siento! —exclamó—. ¡Si supieras qué
angustia siento! Esperaba —continuó, frunciendo el ceño— que me mataras o me
echaras de casa en medio de la lluvia y la tormenta, pero tú sigues esperando…
no haces nada…
Laievski la abrazó con ímpetu y pasión, le cubrió
de besos las rodillas y las manos, y luego, mientras ella balbucía alguna
palabra y temblaba bajo el peso del recuerdo, le acarició los cabellos, la miró
a la cara y comprendió que esa mujer desdichada y depravada era el único ser
querido, próximo e insustituible que le quedaba.
Cuando salió de la casa y subió al carruaje, sintió
deseos de regresar vivo.
XVIII
El diácono se levantó, se vistió, cogió su grueso y
nudoso bastón y salió de casa sin hacer ruido. Estaba tan oscuro que en un
primer momento, cuando echó a andar por la calle, no distinguía ni siquiera su
bastón blanco; en el cielo no había ni una estrella y daba la impresión de que
iba a volver a llover. Olía a arena mojada y a mar.
«Espero que no me ataquen los chechenos», pensaba,
escuchando los golpes de su bastón contra el empedrado, que resonaban
solitarios en medio del silencio de la noche.
Al salir de la ciudad, empezó a distinguir el
camino y el bastón. En algunos puntos del cielo negro surgieron manchas
imprecisas y al poco despuntó una estrella que guiñó indecisa su único ojo. El
diácono avanzaba por la alta y pedregosa orilla y no veía el mar, que reposaba
más abajo; sus olas invisibles rompían contra la costa con indolencia y desgana
y parecían suspirar: «¡uf!». ¡Qué lentitud! Una ola rompía, él tenía tiempo de
contar ocho pasos, y a continuación rompía otra, y al cabo de seis pasos, una
tercera. No se veía nada y, en medio de esa tiniebla y del rumor soñoliento y
perezoso del mar, parecía sentirse el tiempo infinitamente lejano e
inimaginable en que Dios flotaba sobre el caos.
El diácono se aterrorizó. Pensó que Dios podía
castigarlo por juntarse con ateos e ir a presenciar un duelo. Cierto que sería
un duelo ridículo, sin consecuencias, sin efusión de sangre, pero, en cualquier
caso, no dejaba de ser un espectáculo pagano al que un religioso no debería
asistir. Se detuvo y se quedó pensando si no sería mejor volverse. Pero una
curiosidad apasionada e inquieta prevaleció sobre las dudas, y el diácono
decidió seguir su camino.
«Aunque no crean, son buenas personas y se
salvarán», se decía, tratando de tranquilizarse.
—¡Seguro que se salvarán! —dijo en voz alta,
encendiendo un cigarrillo.
¿Qué vara de medir había que emplear para ponderar
los méritos de los hombres y juzgarlos con justicia? El diácono se acordó de su
enemigo, el inspector del seminario, que creía en Dios, no se batía en duelos y
vivía castamente, pero que un día le había dado de comer pan con arena y en una
ocasión estuvo a punto de arrancarle una oreja. Si la vida humana estaba tan
mal organizada que ese inspector cruel y corrupto, que robaba la harina de la
comunidad, gozaba del respeto de todo el seminario, que rezaba por su salud y
salvación, ¿era justo apartarse de hombres como von Koren y Laievski sólo
porque no eran creyentes? El diácono trató resolver esa cuestión, pero de
pronto le vino a la memoria qué aspecto tan grotesco tenía Samóilenko la
jornada anterior y ese recuerdo interrumpió el curso de sus pensamientos.
¡Cuánto iba a reírse ese día! El diácono se imaginaba que se ocultaría detrás
de un arbusto y lo observaría todo, y cuando más tarde, durante la comida, von
Koren empezara a fanfarronear, él le referiría entre risas todos los detalles
del duelo.
«¿Cómo lo sabe usted?», preguntaría el zoólogo.
«Ya lo ve: no me he movido de casa y me he enterado
de todo».
Sería una buena idea describir el duelo bajo un
aspecto ridículo. Su suegro leería la burla y se reiría; ese hombre podía
quedarse sin comer con tal de que alguien le contara o le escribiese algo
divertido.
Ante él surgió el valle del río Amarillo. Las
lluvias habían aumentado el caudal y la furia de sus aguas, que ya no
refunfuñaban, como antes, sino que rugían. Estaba amaneciendo. La mañana gris y
deslucida, las nubes que se desplazaban hacia occidente para alcanzar los
nubarrones de tormenta, las montañas circundadas de niebla y los árboles
mojados, todo le parecía feo y hosco. Se lavó en un arroyo y dijo sus oraciones
matinales; se habría tomado con gusto una taza de té y unos panecillos
calientes con nata agria de esos que servían todas las mañanas en casa de su
suegro. Se acordó de su mujer y de los sones de Ese tiempo irrecuperable, que
ella tocaba al piano. ¿Qué clase de persona era? Se la habían presentado, lo
habían obligado a prometerse y al cabo de una semana ya se había celebrado el
matrimonio. No llevaban ni un mes casados cuando lo enviaron a ese lugar, de
manera que todavía no había podido dilucidar qué clase de persona era. En
cualquier caso, la echaba un poco de menos.
«Tengo que escribirle una carta…», pensó.
La bandera de la taberna, empapada de agua de
lluvia, pendía toda arrugada. Hasta el propio edificio, con el tejado mojado,
parecía más oscuro y bajo que antes. Junto a la puerta había un carro.
Kerbalai, en compañía de dos abjasios y de una joven tártara con pantalones
bombachos, probablemente su mujer o su hija, sacaban de la taberna sacos llenos
que iban poniendo en el carro, sobre un lecho de paja de maíz. Cerca del carro,
con la cabeza baja, había un par de asnos. Una vez cargados los sacos, los abjasios
y la tártara se pusieron a cubrirlos de paja, mientras Kerbalai se aprestaba a
enganchar los asnos.
«Seguro que está pasando algo de contrabando», se
dijo el diácono.
Allí estaba el árbol abatido con las agujas secas y
la mancha negra dejada por la hoguera. Recordó la excursión con todo detalle:
el fuego, la canción de los abjasios, el dulce sueño de convertirse en obispo,
aquella procesión imaginaria… Con las lluvias caídas, el río Negro se había
vuelto más turbio
y más ancho.
El diácono atravesó con cautela el inestable puentecillo, hasta cuyas tablas
llegaban las crestas de las sucias olas, y subió por la escalerilla del
secadero.
«¡Un tipo listo! —pensó, tendiéndose sobre la paja
y acordándose de von Koren—. Un tipo inteligente, que Dios le dé salud. Pero
tiene rasgos de una crueldad…».
¿Por qué Laievski y von Koren se odiaban tanto?
¿Por qué iban a batirse en duelo? Si hubieran padecido desde niños las mismas
estrecheces que él, si hubieran crecido entre gente ignorante, dura de corazón,
ávida de ganancias, que le echaba a uno en cara cada mendrugo de pan, grosera y
con malos modos, que escupía en el suelo y eructaba a la mesa y durante las
oraciones; si desde pequeños no hubiesen disfrutado de un ambiente selecto y un
círculo escogido de personas, cómo se habrían comprendido, cómo se habrían
perdonado de buena gana sus defectos y habrían valorado sus virtudes. ¡Con lo
poco que abundan en el mundo las personas decentes, aunque sólo sea en el
aspecto externo! Cierto que Laievski era un hombre inconsciente, depravado y
extraño, pero no robaba, no escupía ruidosamente en el suelo, no le hacía
reproches a su mujer: «Te atiborras de comida, pero no das un palo al agua», ni
se ponía a azotar a un niño con las riendas, ni daba de comer a sus criados
carne podrida. ¿Acaso todo eso no bastaba para tratarlo con indulgencia?
Además, era el primero que sufría con sus defectos, como el enfermo con sus
heridas. En lugar de buscar el uno en el otro, por aburrimiento o cierta
incomprensión, rasgos de degeneración, decadencia, atavismo y demás defectos no
menos oscuros, ¿no sería mejor que bajaran a la tierra y dirigieran su odio y
su ira contra aquellas calles donde los gemidos resuenan a todas horas,
rebosantes de grosera ignorancia, codicia,
improperios, suciedad, blasfemias y gritos de
mujer…?
El ruido de un carruaje interrumpió las
meditaciones del diácono. Echó un vistazo desde la puerta y vio un coche
ocupado por tres personas: Laievski, Sheshkovski y el jefe de la estafeta de
Correos y Telégrafos.
—¡Alto! —ordenó Sheshkovski.
Los tres hombres se apearon del carruaje y se
miraron.
—No han llegado todavía —dijo Sheshkovski,
sacudiéndose el barro—. Bueno, en tanto aparecen, vamos a buscar un buen sitio.
Aquí no puede uno ni moverse.
Echaron a andar río arriba y no tardaron en
perderse de vista. El cochero tártaro se subió al pescante, inclinó la cabeza
sobre el hombro y se quedó dormido. Al cabo de diez minutos de espera, el
diácono salió del secadero y, quitándose el sombrero negro para que no lo
vieran, agachándose y mirando a su alrededor, empezó a avanzar entre la maleza
y los maizales. De los árboles y los arbustos le caían gruesas gotas de agua;
la hierba y las matas de maíz estaban húmedas.
—¡Habrase visto! —farfulló, recogiéndose los
faldones mojados y llenos de barro—. Si lo sé, no vengo.
Al poco rato oyó voces y distinguió tres figuras.
Laievski, encorvado, las manos metidas en las mangas, recorría de un extremo al
otro, con pasos apresurados, el pequeño calvero. Sus padrinos, al borde mismo
del agua, estaban liando sendos cigarrillos.
«Qué extraño… —pensó el diácono, que no reconocía
el modo de andar de Laievski—. Parece un viejo».
—¡Qué falta de respeto la de esos señores! —exclamó
el funcionario de correos, consultando su reloj—. Puede que entre los hombres
de ciencia esté bien visto retrasarse, pero en mi opinión es una cochinada.
Sheshkovski, individuo gordo, de barba negra,
prestó oídos y dijo:
—¡Ya llegan!
XIX
—¡Es la primera vez en mi vida que lo veo! ¡Qué
maravilla! —dijo von Koren, apareciendo en el calvero y tendiendo ambas manos
hacia el este—. ¡Fíjense, rayos verdes! —en la porción oriental del cielo,
detrás de las montañas, despuntaban dos rayos verdes, espectáculo en verdad
hermoso. Estaba saliendo el sol—. ¡Buenos días! —prosiguió el zoólogo,
saludando con una inclinación de cabeza a los padrinos de Laievski—. ¿Llego
tarde?
Tras él iban sus padrinos, dos oficiales muy
jóvenes de la misma estatura, Boiko y Govorovski, con guerreras blancas, y el
enjuto y arisco doctor Ustimóvich, que llevaba un atadijo en una mano, mientras
con la otra sostenía el bastón terciado sobre la espalda, como era su
costumbre. Tras dejar el atadijo en el suelo, sin saludar a nadie, se llevó
también la otra mano a la espalda y se puso a andar por el calvero.
Laievski, que daba muestras de ese cansancio y
malestar de quien acaso en breve va a morir, concitaba la atención general.
Quería que lo mataran cuanto antes o que lo llevaran a casa. Era la primera vez
en su vida que contemplaba la salida del sol; esas primeras horas de la mañana,
los rayos
verdes, la humedad y esos hombres de botas
empapadas le parecían cosas superfluas, innecesarias, agobiantes, algo que no
guardaba relación alguna con la noche que había pasado, con sus pensamientos y
el sentimiento de culpa; por eso se habría marchado de buena gana, sin aguardar
la celebración del duelo.
Von Koren estaba visiblemente alterado y trataba de
disimularlo fingiendo que lo que más le interesaba eran los rayos verdes. Los
padrinos, confusos, intercambiaban miradas, como preguntándose qué hacían allí
y qué debían hacer.
—Creo, señores, que no hay razón para que nos
alejemos más —dijo Sheshkovski—. Aquí estamos bien.
—Sí, desde luego —convino von Koren.
Se produjo un silencio. Ustimóvich, sin dejar de
andar, se volvió bruscamente hacia Laievski y le dijo a media voz, echándole el
aliento en la cara:
—Es probable que no hayan tenido tiempo de
comunicarle mis condiciones. Cada parte me pagará quince rublos y, en caso de
muerte de uno de los contendientes, el que quede con vida me abonará los
treinta.
Laievski conocía de antes a ese individuo, pero
sólo ahora, por primera vez, observó en detalle sus ojos turbios, su hirsuto
bigote, su cuello delgado de tuberculoso: ¡más que un médico, parecía un
usurero! Su aliento exhalaba un desagradable olor a carne de vaca.
«¡Qué gente más rara hay en este mundo!», pensó
Laievski y respondió:
—De acuerdo.
El médico asintió y siguió paseando; era evidente
que no necesitaba para nada ese dinero, que lo pedía simplemente para dejar
patente su odio. A todos les parecía que había llegado el momento de empezar o
terminar lo ya iniciado pero, en lugar de comenzar o acabar, seguían paseando,
deteniéndose de vez en cuando, fumando. Los jóvenes oficiales, que asistían a
un duelo por primera vez en su vida, y a quienes apenas importaba ese desafío,
en su opinión inútil por tratarse de civiles, miraban con atención sus guerreras
y se alisaban las mangas. Sheshkovski se acercó a ellos y les dijo en voz baja:
—Señores, debemos hacer todo lo posible para evitar
la celebración de este duelo. Hay que reconciliarlos —se ruborizó y prosiguió—:
Ayer vino a verme Kirilin para informarme de que Laievski lo había sorprendido
con Nadezhda Fiódorovna, y todo eso.
—Sí, también lo sabemos nosotros —dijo Boiko.
—Bueno, ya lo ven… A Laievski le tiemblan las manos
y todo eso… En estos momentos no está en condiciones de levantar la pistola.
Batirse con él sería tan inhumano como batirse con un borracho o un enfermo de
tifus. Si no conseguimos reconciliarlos, señores, al menos habría que aplazar
el duelo… Un asunto tan endiablado que dan ganas de salir corriendo.
—Hable con von Koren.
—No conozco las reglas de los duelos, que el diablo
se las lleve, y no quiero conocerlas; tal vez piense que Laievski se ha
acobardado y me ha pedido que hable con él. En cualquier caso, que piense lo
que quiera. Voy a hablarle —Sheshkovski, indeciso y arrastrando un poco la
pierna, como si se le hubiera dormido, dio unos pasos en dirección a von Koren,
mientras se aclaraba la garganta; toda su figura denotaba pereza—. Tengo que
decirle una cosa, señor mío —empezó, observando atentamente las flores de la camisa
del zoólogo—. Es algo confidencial… No conozco las reglas de los duelos, que
el diablo se las lleve, y no tengo el menor deseo
de conocerlas. No le hablo como padrino ni nada parecido, sino como un hombre a
secas.
—Bien. ¿Qué quiere?
—Cuando los padrinos proponen la reconciliación, lo
habitual es que no se les escuche, que se contemple su actuación como una mera
formalidad. Ya sabe, orgullo y todo eso. Pero le pido humildemente que preste
atención a la situación de Iván Andreich. Hoy no se encuentra bien, por decirlo
de algún modo, está destrozado, en un estado lamentable. Ha sufrido una
desgracia. No puedo soportar los chismes —Sheshkovski se ruborizó y miró a su
alrededor—, pero, en vista de que va a celebrarse un duelo, considero necesario
informarle. Ayer por la noche sorprendió a su madame con… un señor en casa de M
iurídov.
—¡Qué asco! —farfulló el zoólogo; palideció,
frunció el ceño y escupió ruidosamente—. ¡Uf! Con el labio inferior tembloroso,
se apartó de Sheshkovski, sin querer oír nada más; como si
hubiera probado por equivocación alguna cosa
amarga, volvió a escupir ruidosamente y por primera vez en toda la mañana miró
con odio a Laievski. Su agitación y malestar desaparecieron, sacudió la cabeza
y dijo en voz alta:
—Señores, ¿a qué estamos esperando? ¿Por qué no
empezamos de una vez? Sheshkovski intercambió una mirada con los oficiales y se
encogió de hombros.
—¡Señores! —dijo en voz alta, sin dirigirse a nadie
en concreto—. ¡Señores! ¡Les proponemos que se reconcilien!
—Acabemos cuanto antes con las formalidades —dijo
von Koren—. Ya hemos hablado de la reconciliación. ¿Queda alguna otra
formalidad? Démonos prisa, caballeros, que el tiempo apremia.
—Seguimos insistiendo en la reconciliación —dijo
Sheshkovski en tono de disculpa, como quien se ve obligado a inmiscuirse en
asuntos ajenos; se ruborizó, se llevó la mano al corazón y continuó—: Señores,
no vemos una relación causal entre la ofensa y el duelo. Entre las ofensas que
a veces, por culpa de nuestra debilidad humana, podemos infligirnos unos a
otros y el duelo no hay ninguna correspondencia. Ustedes son hombres
instruidos, con estudios superiores, y estoy seguro de que consideran los
duelos una antigualla, una formalidad vana y todo eso. Lo mismo pensamos
nosotros, de otro modo no habríamos venido, pues no podemos permitir que en
nuestra presencia dos hombres la emprendan a tiros y todo eso —Sheshkovski se
enjugó el sudor de la frente y prosiguió—: Acaben de una vez con este
malentendido, señores, estréchense la mano y volvamos a casa a brindar por la
paz. ¡Palabra de honor, señores!
Von Koren guardó silencio. Laievski, sin darse
cuenta de que lo estaban mirando, dijo:
—No tengo nada en contra de Nikolái Vasílevich. Si
considera que la culpa es mía, estoy dispuesto a ofrecerle una disculpa.
Von Koren se ofendió.
—Por lo visto —dijo—, les gustaría a ustedes que el
señor Laievski volviera a casa con fama de caballero y hombre magnánimo, pero
no puedo darles esa satisfacción. Para brindar por la paz, tomar un bocado y
explicarme que los duelos son una formalidad anticuada no había necesidad de
madrugar y alejarse diez verstas de la ciudad. Un duelo es un duelo, y no hay
razón para convertirlo en algo más falso y estúpido de lo que ya es. ¡Yo quiero
batirme!
Se produjo un silencio. El oficial Boiko sacó dos
pistolas de una caja, entregó una a von Koren y otra a Laievski; a continuación
se produjo un contratiempo que divirtió por un instante al zoólogo y
a los padrinos. Resultó que ninguno de los
presentes había asistido a un duelo en toda su vida y nadie sabía con exactitud
cómo debían colocarse, qué debían decir y hacer los padrinos. Pero luego Boiko
se acordó y, sonriendo, ofreció las explicaciones oportunas.
—Señores, ¿quién recuerda la descripción de
Lérmontov? —preguntó von Koren, echándose a reír—. M e parece que Bazárov, el
personaje de Turguénev, también se batía con alguien…
—¿Qué necesidad hay de recordar nada? —exclamó
Ustimóvich con impaciencia, deteniéndose
—. M idan la distancia y basta.
Y dio dos o tres zancadas, como mostrando la manera
de medir. Boiko contó los pasos, mientras
su compañero, desenvainando el sable, trazó dos
líneas en los puntos extremos para delimitar el campo.
Los contendientes, rodeados del silencio general,
ocuparon sus puestos.
«Comos los topos», recordó el diácono, agazapado
entre los arbustos.
Sheshkovski hizo algún comentario, Boiko volvió a
explicar alguna cosa, pero Laievski no escuchaba; o, mejor dicho, escuchaba,
pero no entendía. Cuando llegó su turno, amartilló el arma y levantó la pesada
y fría pistola con el cañón hacia arriba. Se había olvidado de desabotonarse el
abrigo, que le apretaba mucho en los hombros y en las sisas; levantó la mano
con tanta dificultad como si la manga fuera de hojalata. Le vino a la memoria
el odio que había sentido la víspera por esa frente morena y esos cabellos
rizados y pensó que, ni siquiera en aquel momento de odio arrebatador
y rabia,
habría sido capaz de disparar a un hombre. Temiendo que la bala, por azar,
pudiera alcanzar a von Koren, levantó la pistola cada vez más; se daba cuenta
de que esa magnanimidad demasiado manifiesta era poco delicada y generosa, pero
no podía ni sabía actuar de otra manera. Mirando la cara pálida y burlona de
von Koren, que evidentemente estaba convencido desde el principio de que su
adversario dispararía al aire, Laievski pensó que, gracias a Dios, pronto
terminaría todo; sólo le quedaba apretar con fuerza el gatillo…
Sintió un fuerte golpe en el hombro, sonó un
disparo y el eco de las montañas respondió: ¡pac-
tac!
Von Koren amartilló también su pistola y se quedó
mirando a Ustimóvich, que seguía andando, las manos a la espalda, sin prestar
atención a nada.
—Doctor —dijo el zoólogo—, haga el favor de dejar
de moverse como un péndulo. M e está usted distrayendo.
El médico se detuvo. Von Koren apuntó. «¡Es el
fin!», pensó Laievski.
El cañón de la pistola apuntando directamente al
rostro, el odio y el desprecio que se reflejaban en la actitud y la figura de
von Koren, el asesinato que iba a cometer un hombre decente, a plena luz del
día, en presencia de personas decentes, el silencio y esa fuerza desconocida
que obligaba a Laievski a seguir en su puesto, en lugar de salir huyendo: ¡qué
misterioso, incomprensible y espantoso resultaba todo! El tiempo que pasó von
Koren apuntando le pareció a Laievski más largo que una noche entera. Dirigió
una mirada suplicante a los padrinos, pálidos e inmóviles.
«Dispara de una vez», se dijo Laievski, sintiendo
que su rostro demudado, tembloroso y lamentable debía suscitar un odio aún más
profundo en el ánimo de von Koren.
«Voy a matarlo —se dijo von Koren, apuntando a la
frente y rozando ya el gatillo con el dedo—. Sí, estoy seguro, voy a matarlo…».
—¡Lo va a matar! —se oyó de pronto, a poca
distancia, un grito desesperado.
En ese momento resonó el disparo. Al ver que
Laievski, en lugar de desplomarse, seguía en pie, todos dirigieron la mirada al
lugar del que había salido el grito y vieron al diácono. Pálido, con los
cabellos húmedos pegados a la frente y a las mejillas, todo empapado y sucio,
estaba en la orilla opuesta, en medio de un maizal, sonriendo de un modo
extraño, y agitaba el sombrero mojado. Sheshkovski rio de alegría, pero luego
se echó a llorar y se apartó…
XX
Poco después von Koren y el diácono se reunieron
junto al puentecillo. El diácono estaba alterado, respiraba con dificultad y
evitaba mirar a su amigo a los ojos. Se avergonzaba de su propio miedo, así
como de su ropa sucia y mojada.
—Me pareció que quería usted matarlo… —farfulló—.
¡Qué contrario es eso a la naturaleza humana! ¡No puede haber algo más
antinatural!
—¿Qué hacía usted aquí? —preguntó el zoólogo.
—¡No me lo pregunte! —exclamó el diácono, haciendo
un gesto de desagrado con la mano—. El diablo me tentó: «Vete, vete». Así que
acabé viniendo, y casi me muero de miedo en los maizales. Pero ahora, gracias a
Dios, gracias a Dios… Estoy muy satisfecho de usted —murmuró—. Y nuestra
tarántula también se alegrará mucho… ¡Cómo nos vamos a reír! No obstante, le
ruego encarecidamente que no le diga a nadie que he estado aquí, porque como se
enteren mis superiores me va a caer una buena. Dirán que he sido padrino en un
duelo.
—¡Señores! —dijo von Koren—. El diácono les ruega
que no le digan a nadie que lo han visto aquí. Podría tener algún disgusto.
—¡Qué contrario es todo esto a la naturaleza
humana! —repitió el diácono con un suspiro—.
Haga el favor de perdonarme, pero por la cara que
tenía usted pensé que iba a matarlo sin falta.
—Sentí una tentación muy grande de acabar con ese
miserable —dijo von Koren—, pero gritó usted justo cuando me disponía a apretar
el gatillo y erré el tiro. De todos modos, reconozco que toda esta ceremonia es
repugnante para quien no está habituado y que me ha agotado, diácono. Me siento
terriblemente débil. Subamos al coche…
—No, permítame que regrese a pie. Tengo que secar
mis ropas, porque estoy empapado y aterido.
—Bueno, como quiera —dijo con voz cansada el
zoólogo, que estaba al límite de sus fuerzas, y a continuación se sentó en el
coche y cerró los ojos—. Como quiera…
Mientras se movían alrededor de los coches y se
acomodaban, Kerbalai, a un lado del camino, con las dos manos sobre el vientre,
hacía profundas reverencias y mostraba los dientes; creía que esos señores
habían acudido al lugar para admirar la naturaleza y beber té y no comprendía
por qué habían subido a los carruajes. La comitiva partió en medio de un
silencio general, y cerca de la taberna sólo quedó el diácono.
—Entrar taberna, beber té —le dijo a Kerbalai—. Mí
querer comida —Kerbalai hablaba correctamente en ruso, pero el diácono pensaba
que el tártaro lo entendería mejor si empleaba un ruso macarrónico—. Tortilla
freír, queso darme…
—Ven, pope, ven —dijo Kerbalai, inclinándose—. Te
daré de todo… Tengo queso y vino… Come lo que quieras.
—¿Cómo se dice Dios en tártaro? —preguntó el
diácono, entrando en la taberna.
—Tu Dios y el mío son iguales —dijo Kerbalai, sin
comprenderle—. Dios es el mismo para todos, sólo los hombres son diferentes.
Hay rusos, hay turcos, hay ingleses, hay hombres de todo tipo, pero Dios sólo
hay uno.
—M uy bien. Pero, si todos los pueblos se
prosternan ante el mismo Dios, ¿por qué vosotros, los musulmanes, consideráis a
los cristianos enemigos irreconciliables?
—¿Por qué te enfadas? —dijo Kerbalai, llevándose
las dos manos al vientre—. Tú eres pope, yo musulmán; tú dices que quieres
comer, yo te doy lo que me pides… Sólo los ricos distinguen entre tu Dios y el
mío; para los pobres es lo mismo. Come, por favor.
M ientras en la taberna se desarrollaba esa
conversación teológica, Laievski volvía a casa pensando en lo angustioso que le
había resultado viajar al amanecer, cuando el camino, las rocas y las montañas
estaban mojadas y oscuras y el ignoto futuro se le antojaba no menos terrible
que un abismo cuyo fondo no se ve; ahora, en cambio, las gotas de lluvia
prendidas a la hierba y las piedras brillaban al sol como diamantes, la
naturaleza sonreía gozosa y ese futuro tan terrible había quedado atrás.
Contemplaba el rostro sombrío de Sheshkovski, aún con rastros de lágrimas, y
los dos carruajes que les precedían, en los que viajaban von Koren, sus
padrinos y el médico, y tenía la impresión de que todos regresaban del
cementerio, donde acababan de enterrar a un hombre pesado e insoportable que
les impedía vivir.
«Todo ha terminado», pensaba, refiriéndose a su
pasado, y se pasaba cuidadosamente la mano por el cuello, en cuyo lado derecho,
junto a la camisa, le había salido una pequeña hinchazón del tamaño del dedo
meñique, que le dolía como si alguien le hubiera puesto una plancha caliente.
Era el roce de la bala.
Luego, cuando llegó a casa, tuvo que enfrentarse a
una jornada larga y extraña, dulce y nebulosa como un sueño. Igual que un
hombre que acaba de salir de la cárcel o del hospital, observaba esos objetos
que conocía al detalle y se maravillaba de que las mesas, las ventanas, las
sillas, la luz y el mar despertaran en su ánimo una alegría vital e infantil
como hacía mucho tiempo que no sentía. Nadezhda Fiódorovna, pálida y
repentinamente enflaquecida, sin entender la dulzura de su voz ni sus extraños
andares, se apresuró a referirle todo lo que le había sucedido… Tenía la
impresión de que Laievski no oía bien y no la comprendía, y creía que, cuando
se enterara de todo, la maldeciría y la mataría; pero él la escuchaba, le
acariciaba el rostro y los cabellos, la miraba a los ojos y decía:
—No tengo a nadie más que a ti…
Luego pasaron un buen rato en el jardincillo,
apretados el uno contra el otro, guardando silencio o soñando en voz alta con
la venturosa vida que les aguardaba; las frases que pronunciaban eran breves y
entrecortadas, pero Laievski tenía la sensación de que nunca había hablado
tanto ni tan bien.
XXI
Transcurrieron más de tres meses.
Llegó el día señalado por von Koren para la
partida. Desde primera hora de la mañana caía una
lluvia copiosa y fría, soplaba viento del nordeste
y en el mar se había levantado fuerte oleaje. Decían que con ese tiempo el
vapor no iba a poder entrar en la rada. Según el horario, debía llegar a las
diez de la mañana, pero von Koren, que se había acercado al malecón a mediodía
y después de almorzar, no había visto con sus anteojos nada más que olas grises
y la lluvia que velaba el horizonte.
A última hora de la tarde dejó de llover y el
viento empezó a amainar. Von Koren, que ya se había hecho a la idea de no
partir ese día, se puso a jugar al ajedrez con Samóilenko; pero, cuando
oscureció, el ayudante le anunció que habían aparecido luces en el mar y se
había visto una bengala.
Sin perder un instante, von Koren se colgó al
hombro el saco de viaje, besó a Samóilenko y al diácono, recorrió toda la
habitación sin necesidad alguna, se despidió del ayudante y de la cocinera y
salió a la calle con la sensación de haber olvidado algo en casa del médico o
en su propio domicilio. Echó a andar en compañía de Samóilenko; detrás iba el
diácono con una caja y cerraba la comitiva el ayudante con dos maletas. Sólo
Samóilenko y el ayudante distinguían unas lucecillas mortecinas en el mar; los
demás escrutaban las tinieblas y no veían nada. El vapor había fondeado lejos
de la orilla.
—Deprisa, deprisa —decía con impaciencia—. ¡Tengo
miedo de que se vaya!
Al pasar junto a la casita de tres ventanas a la
que se había trasladado Laievski poco después del duelo, von Koren no pudo
resistirse y echó un vistazo al interior. Laievski, de espaldas a la ventana,
escribía inclinado sobre la mesa.
—Estoy sorprendido —dijo en voz baja el zoólogo—.
¡Cómo ha cambiado!
—Sí, hay motivos para sorprenderse —suspiró
Samóilenko—. Se pasa trabajando de la mañana a la noche. Quiere pagar sus
deudas. ¡Y vive peor que un pordiosero, amigo! —pasaron medio minuto en
silencio. El zoólogo, el médico y el diácono seguían junto a la ventana,
mirando a Laievski—. Al final el pobrecillo no pudo irse de aquí —añadió
Samóilenko—. ¿Te acuerdas de todos sus esfuerzos por marcharse?
—Sí, ha cambiado mucho —repitió von Koren—. Su
matrimonio, ese trabajo agotador para ganar un pedazo de pan, la nueva
expresión de su rostro y hasta su modo de andar: es algo tan extraordinario que
no sé cómo definirlo —el zoólogo cogió a Samóilenko por la manga y prosiguió,
con la voz alterada por la emoción—: Diles a su mujer y a él que, en el momento
de partir, me he sentido maravillado de su conducta y les he deseado todo lo
mejor… Y ruégales que, si pueden, no me guarden rencor. Él me conoce y sabe que,
si en aquel entonces hubiera podido prever este cambio, habría sido su mejor
amigo.
—Entra un momento y despídete.
—No, me da vergüenza.
—¿Por qué? Dios sabe si volverás a verlo alguna
vez.
El zoólogo se quedó pensativo y dijo:
—Es verdad.
Samóilenko dio unos golpecitos en la ventana con el
dedo. Laievski se sobresaltó y se dio la vuelta.
—Vania, Nikolái Vasílevich quiere despedirse de ti
—dijo Samóilenko—. Se marcha ahora mismo. Laievski se levantó y se dirigió al
zaguán para abrir la puerta. Samóilenko, von Koren y el
diácono entraron en la casa.
—Será sólo un instante —empezó el zoólogo y se
quitó los chanclos, arrepintiéndose ya de haber cedido a ese impulso y haber
entrado sin que nadie lo hubiera invitado. «Le estoy imponiendo mi
presencia —pensó—, y eso no está bien»—. Perdone
que le moleste —dijo, siguiendo a Laievski al interior de la habitación—, pero
me marcho ya, y me entraron ganas de pasar a verlo. Dios sabe si volveremos a
vernos.
—M e alegro mucho… Hagan el favor —dijo Laievski y,
con escasa desenvoltura, lo alargó sillas a sus invitados, como si deseara
cerrarles el paso, y se detuvo en medio de la habitación, frotándose las manos.
«Tendría que haber dejado a estos testigos en la
calle», pensó von Koren y a continuación dijo con voz firme:
—No me guarde rencor, Iván Andreich. Ya sé que es
imposible olvidar el pasado, pues es demasiado triste, y no he venido aquí a
disculparme ni a afirmar que no soy culpable. Obré con sinceridad y no he
modificado mis convicciones desde entonces… Cierto que ahora constato con gran
alegría que me equivoqué con respeto a usted, pero uno puede tropezar hasta en
una carretera lisa, y tal es el destino de los hombres: si no te equivocas en
lo general, te equivocas en los detalles. Nadie conoce la auténtica verdad.
—Sí, nadie conoce la verdad… —dijo Laievski.
—Bueno, adiós… Que Dios le colme de venturas.
Von Koren tendió la mano a Laievski, que se la
estrechó, al tiempo que hacía una inclinación de cabeza.
—No me guarde rencor —dijo von Koren—. Transmítale
mis saludos a su mujer y dígale que lamento mucho no haber podido despedirme de
ella.
—Está en casa.
Laievski se acercó a la puerta de la habitación
contigua y dijo:
—Nadia, Nikolái Vasílevich quiere despedirse de ti.
Nadezhda Fiódorovna entró en la estancia, se detuvo
en la puerta y miró con timidez a los invitados. Tenía una expresión culpable y
atemorizada y juntaba las manos como una colegiala a la que acaban de
reprender.
—M e marcho, Nadezhda Fiódorovna —dijo von Koren—,
y he venido a despedirme.
Ella le tendió la mano con indecisión y Laievski
hizo una reverencia.
«¡Qué dignos de lástima son los dos! —pensó von
Koren—. Esta vida debe de resultarles muy dura».
—M e voy a M oscú y a San Petersburgo. ¿Quieren que
les mande algo desde allí? —preguntó. —¿Por ejemplo? —dijo Nadezhda Fiódorovna,
intercambiado una mirada inquieta con su marido
—. No, creo que no necesitamos nada…
—No, nada… —dijo Laievski, frotándose las manos—.
Dé saludos por allí.
Von Koren no sabía qué más podía o debía añadir,
aunque, cuando entró, pensaba que pronunciaría muchas palabras amables,
afectuosas e importantes. Estrechó la mano a Laievski y a su mujer en silencio
y salió de allí con una sensación penosa.
—¡Qué gente! —dijo a media voz el diácono, que iba
detrás—. ¡Dios mío, qué gente! ¡En verdad puede decirse que la diestra del
Señor ha plantado esta viña! ¡Señor, Señor! El uno ha vencido a miles
y el otro, a
cientos de miles. Nikolái Vasílevich —añadió con solemnidad—, sepa que hoy ha
vencido usted al mayor enemigo de la humanidad: el orgullo.
—¡Basta, diácono! ¿Qué clase de vencedores somos
Laievski y yo? Los vencedores tienen mirada
de águila; en cuanto a nosotros, no tiene más que
vernos: él, apocado, abatido, digno de lástima, se inclina como un fantoche, y
yo… yo soy un hombre triste.
Oyeron pasos a su espalda. Era Laievski, que se
unía a ellos para acompañarlos. En el muelle estaba el ayudante con las dos
maletas y, algo más lejos, cuatro remeros.
—Vaya viento… ¡Brrr! —exclamó Samóilenko—. En el
mar debe de haber una buena tormenta. ¡Ay, ay, no te vayas con este tiempo,
Kolia!
—No temo marearme.
—No es eso… Pero figúrate que estos estúpidos
vuelcan la barca. Tendrías que ir en la canoa del agente marítimo. ¿Dónde está
la canoa del agente marítimo? —gritó a los remeros.
—Se ha ido, excelencia.
—¿Y la de la aduana?
—También.
—¿Por qué no nos han informado? —se enfadó
Samóilenko—. ¡Cretinos!
—Da igual, no te preocupes… —dijo von Koren—.
Bueno, adiós. Que Dios os guarde a todos.
Samóilenko abrazó a von Koren e hizo tres veces
sobre su pecho la señal de la cruz.
—No nos olvides, Kolia… Escribe… Te esperamos para
la próxima primavera.
—Adiós, diácono —dijo von Koren, estrechándole la
mano—. Gracias por su compañía y las gratas conversaciones. Piense en lo de la
expedición.
—¡Con usted estoy dispuesto a ir al fin del mundo!
—exclamó el diácono, echándose a reír—. ¿Acaso me he negado?
Von Koren reconoció a Laievski en medio de la
oscuridad y le tendió la mano en silencio. Los remeros ya habían bajado y
sujetaban la barca, que chocaba contra los pilotes, aunque el muelle la
protegía del fuerte oleaje. Von Koren descendió por la escalerilla, saltó a la
barca y se puso al timón.
—¡Escribe! —le gritó Samóilenko—. ¡Y cuídate!
«Nadie conoce la auténtica verdad», pensaba
Laievski, levantando el cuello del abrigo y metiendo las manos en las mangas.
La barca atravesó con decisión las aguas del muelle
y salió a mar abierto. En un principio desapareció entre las olas, pero de
pronto emergió de un profundo abismo y se encaramó en la cresta de una ola tan
alta que pudieron distinguirse los hombres y hasta los remos. La barca recorría
unas seis brazas y a continuación retrocedía cuatro.
—¡Escribe! —gritó Samóilenko—. ¡No tendrías que
haberte ido con este tiempo!
«Sí, nadie conoce la auténtica verdad —pensaba
Laievski, mirando con pesadumbre el mar oscuro
y agitado—.
El mar empuja la barca hacia atrás —se decía—; avanza dos pasos y retrocede
uno, pero los remeros son obstinados, bogan incansables y no se asustan de las
elevadas olas. La barca sigue avanzando, ya no se la ve; dentro de media hora
los remeros avistarán claramente las luces de la embarcación, y al cabo de una
hora estarán junto a la escala. Así sucede también en la vida… En su búsqueda
de la verdad los hombres avanzan dos pasos y retroceden uno. Los sufrimientos,
los errores y el tedio de la vida los empujan hacia atrás, pero la sed de
verdad y una voluntad inquebrantable los impulsan hacia delante, cada vez más
lejos. ¿Quién sabe? Tal vez lleguen a alcanzar la auténtica verdad…».
—¡A-di-ós! —gritó Samóilenko.
—Ya no se le ve ni se le oye —dijo el diácono—.
¡Buen viaje!
Empezó a caer una fina llovizna.
La sala número seis
(1892)
I
En el patio del hospital hay un pequeño pabellón
circundado de un auténtico bosque de bardana, ortigas y cáñamo silvestre. Tiene
el tejado herrumbroso, la chimenea semiderruida y los peldaños de la escalinata
podridos y cubiertos de maleza; en cuanto al revoque, sólo queda algún
vestigio. La fachada principal da al hospital; la trasera, al campo, del que la
separa una valla gris erizada de clavos. Esos clavos, puestos de punta, la
valla y el propio pabellón tienen ese aire peculiar de tristeza y maldición que
sólo se advierte en nuestros edificios sanitarios y penitenciarios.
Si no teme usted picarse con las ortigas, intérnese
conmigo en el angosto sendero que conduce al pabellón y veamos lo que sucede en
su interior. Una vez abierta la primera puerta, entramos en el zaguán. A lo
largo de las paredes y junto a la estufa se acumulan montañas enteras de
cachivaches pertenecientes al hospital. Colchones, viejas batas hechas jirones,
pantalones, camisas de listas azules, zapatos sin tacones y completamente
inservibles; todos esos harapos, amontonados, apelotonados y revueltos, se pudren
y despiden un olor sofocante.
En medio de tanto trasto está tumbado, siempre con
la pipa entre los dientes, el vigilante Nikita, antiguo soldado retirado con
galones descoloridos. Tiene un rostro severo, devastado por el alcohol, con
cejas enmarañadas que le dan cierto aire de mastín de las estepas, y la nariz
roja; es bajo de estatura, seco y fibroso, pero tiene un porte impresionante y
puños vigorosos. Pertenece a esa categoría de hombres sencillos, positivos,
concienzudos y limitados que aman el orden por encima de todas las cosas y, en
consecuencia, están convencidos de la eficacia de los golpes. Él pega en la
cara, en el pecho, en la espalda o donde se tercie, y está persuadido de que
sin esa medida no habría ningún orden.
Más adelante entrará usted en una habitación grande
y espaciosa que ocupa todo el pabellón, sin contar el zaguán. Allí las paredes
están embadurnadas de un azul sucio, con un techo tiznado de hollín, como en
una isba sin chimenea; es evidente que en invierno las estufas humean y el aire
se llena de olor a carbón. La parte interior de las ventanas está desfigurada
por rejas de hierro. El suelo es gris y está cubierto de astillas. Apesta a col
agria, a mecha quemada, a chinches y a amoniaco, y ese hedor produce desde el
primer momento la impresión de haber entrado en una casa de fieras.
En la habitación hay camas atornilladas al suelo en
las que descansan, sentados o tumbados, hombres vestidos con batas azules de
hospital y gorros de dormir a la vieja usanza. Son los locos.
En total hay cinco personas. Sólo uno es de noble
cuna, los demás pertenecen a la burguesía. El más cercano a la puerta, un tipo
alto y enjuto con bigote rojizo y brillante y ojos humedecidos por las
lágrimas, está sentado con la mano en el mentón y la mirada fija en un punto.
La tristeza no lo abandona ni de día ni de noche, sacude la cabeza, suspira y
sonríe con amargura; rara vez participa en las conversaciones y no suele
responder a las preguntas. Come y bebe como un autómata, cuando le sirven. A juzgar
por su tos penosa y extenuante, por su aspecto demacrado y por el rubor de sus
mejillas, sufre un principio de tuberculosis.
Le sigue un viejecito pequeño, lleno de vitalidad y
muy ágil, con una barbita puntiaguda y cabellos azabachados y rizados como los
de un negro. Durante el día se pasea de una ventana a otra o se sienta en la
cama, con las piernas cruzadas a la turca, y silba sin parar como un pinzón,
canturrea en voz baja o se ríe solo. Su alegría infantil y la viveza de su
carácter también se ponen de manifiesto por la noche, cuando se levanta para
rezar, es decir, para golpearse el pecho con los puños y arañar
las puertas con los dedos. Es el judío Moiseika, un
pobre hombre que perdió el juicio hará cosa de veinte años, cuando se incendió
su taller de sombrerería.
De todos los internos de la sala número seis es el
único que tiene permiso para salir del pabellón e incluso del patio del
hospital. Hace años que se beneficia de ese privilegio, probablemente por su
condición de viejo paciente y porque sólo es un pobre diablo, tranquilo e
inofensivo, el tonto del pueblo, al que la gente ya se ha acostumbrado a ver
por las calles, rodeado de niños y de perros. Con su bata vieja, su ridículo
gorro y sus zapatillas, a veces descalzo e incluso sin pantalón, se pasea por
las calles, se detiene ante la puerta de las tiendas y pide una moneda. En un
lugar le dan un vaso de kvas[28]; en otro, un pedazo de pan; en un tercero, un
kopek, de modo que suele regresar con el estómago lleno y la bolsa repleta.
Todo lo que lleva consigo, se lo queda Nikita. El soldado lo registra con
brusquedad y enojo, dándoles la vuelta a los bolsillos y poniendo a Dios por
testigo de que no dejará salir al judío nunca más y de que para él no hay nada
peor en el mundo que el desorden.
A Moiseika le gusta ser útil. Lleva agua a sus
compañeros, los tapa cuando están dormidos, promete traerles de la ciudad un
kopek a cada uno y coserles un gorro nuevo; da de comer con una cuchara a su
vecino de la izquierda, un paralítico. No actúa de ese modo por compasión o
cualquier otra consideración de índole humanitaria, sino siguiendo el ejemplo
de Grómov, su vecino de la derecha, a cuya voluntad se somete
involuntariamente.
Iván Dmítrich Grómov, hombre de unos treinta y tres
años, de origen noble, antiguo empleado de la Audiencia y secretario [29] de la
administración provincial, sufre de manía persecutoria. Se pasa el tiempo
tumbado en la cama, hecho un ovillo, o yendo y viniendo de un rincón a otro,
como para hacer ejercicio, y rara vez se sienta. Siempre está agitado,
nervioso, atormentado por una espera vaga e indefinida. Basta el menor susurro
en el zaguán o un grito en el patio para que levante la cabeza y aguce el oído:
¿no vendrán a por él? ¿No lo estarán buscando? En esos momentos su rostro
expresa una inquietud y una repugnancia extremas.
Me gusta su rostro ancho, de pómulos salientes,
siempre pálido y pesaroso, en el que se refleja como en un espejo un alma
atormentada por la lucha y por un temor incesante. Hace muecas extrañas y
enfermizas, pero los finos rasgos que un sufrimiento profundo y genuino ha
impreso en su rostro revelan buen juicio e inteligencia, y en sus ojos se
aprecia un destello cálido y sano. Me agrada ese hombre cortés, servicial y de
una delicadeza exquisita en su trato con los demás, excepto con Nikita. Si a
alguien se le cae un botón o una cuchara, salta como un resorte de la cama para
recogerlo. Todas las mañanas les da los buenos días a sus compañeros y cuando
se va a la cama les desea buenas noches.
Además de esa tensión incesante y de sus constantes
muecas, hay otro rasgo que testimonia su locura. A veces, por la noche,
arrebujado en su bata, temblando de pies a cabeza y castañeteando los dientes,
empieza a caminar de un rincón a otro y entre las camas, como si tuviera un
violento acceso de fiebre. Por el modo en que se para en seco y examina a sus
compañeros se adivina que quiere decir algo muy importante, pero, considerando
acaso que nadie iba a escucharlo ni a comprenderlo, sacude la cabeza con impaciencia
y continúa caminando. No obstante, el deseo de hablar no tarda en imponerse a
cualquier otra consideración, y Grómov da libre curso a su pensamiento,
hablando con calor y apasionamiento. Aunque su discurso es desordenado y febril
como un delirio, entrecortado y no siempre inteligible, en sus palabras y en su
voz vibra una nota de extraordinaria bondad. Cuando habla, se reconoce a un
tiempo al loco y al hombre que hay en él. Sería difícil trasladar al papel sus
desatinadas razones. Habla de la mezquindad humana,
de la coerción que maniata la justicia, de lo maravillosa que será la vida un
día sobre la Tierra, de las rejas de la ventana, que le recuerdan a cada
instante la cerrazón y la crueldad de sus opresores. En definitiva, un
batiburrillo deslavazado e incoherente de tópicos que, por viejos que sean, no
han perdido del todo su vigencia.
II
Hace doce o quince años el funcionario Grómov
padre, hombre serio y acomodado, vivía en la calle principal de la ciudad, en
una casa de su propiedad. Tenía dos hijos, Serguéi e Iván. Siendo estudiante de
cuarto curso en la facultad, Serguéi contrajo una tisis galopante y murió; esa
muerte en cierto modo fue el detonante de una serie de desdichas que se
abatieron de pronto sobre la familia Grómov. Una semana después del entierro de
Serguéi, el viejo padre fue acusado de fraude y malversación, y poco después murió
de tifus en la enfermería de la prisión. La casa y todas las pertenencias se
vendieron en subasta, e Iván Dmítrich y su madre se quedaron sin medios de
subsistencia.
Antes, en vida de su padre, Iván Dmítrich vivía en
San Petersburgo, en cuya universidad estudiaba, recibía entre sesenta y setenta
rublos al mes y desconocía lo que significaba la necesidad; después de la
desgracia, se vio obligado a cambiar radicalmente de vida. Tuvo que dar clases
particulares de la mañana a la noche poco más que de balde, trabajar de copista
y aun así pasar hambre, pues enviaba todos los ingresos a su madre para que
pudiera subsistir. Iván Dmítrich no soportó ese género de vida; se desanimó, se
quedó en los huesos, abandonó la universidad y volvió a su casa. Una vez en su
ciudad natal, recibió un puesto de maestro en una escuela provincial gracias a
una recomendación, pero no congenió con sus colegas ni fue del agrado de sus
alumnos, y pronto dimitió del cargo. Murió su madre. Durante medio año vagó sin
colocación, alimentándose de pan y agua; luego se convirtió en ujier del
juzgado, cargo que ejerció hasta que lo licenciaron por motivos de salud.
Nunca, ni siquiera en sus tiempos de joven
estudiante, había dado la impresión de gozar de buena salud. Siempre había sido
un muchacho pálido, flaco y propenso a los resfriados; comía poco y dormía mal.
Bastaba una copa de vodka para enturbiarle la cabeza y trastornarle los
nervios. Aunque buscaba sin descanso la compañía de la gente, su carácter
irritable y su susceptibilidad le impedían intimar con nadie y tener amigos.
Siempre hablaba con desprecio de sus conciudadanos, afirmando que su crasa
ignorancia y su existencia soñolienta y animal le parecían execrables y
repugnantes. Tenía voz fuerte, de tenor, y se expresaba con pasión, bien con
indignación y resentimiento, bien con entusiasmo y sorpresa, y siempre con
sinceridad. Cualquiera que fuera el tema del que se discutiera, acababa
llevando la conversación a la misma cuestión: la vida en esa ciudad era
aburrida y agobiante, la sociedad carecía de intereses elevados y arrastraba
una existencia deslustrada y absurda, amenizada sólo por la violencia, la depravación
más grosera y la hipocresía; los bribones tenían el estómago lleno e iban bien
vestidos, mientras la gente honrada se alimentaba de migajas; se necesitaban
escuelas, un periódico local con un programa político digno, un teatro,
conferencias públicas, la cohesión de las fuerzas intelectuales; era
indispensable que la sociedad tomara conciencia de su propia mezquindad y se
horrorizara. A la hora de juzgar a las personas utilizaba pinceladas gruesas, y
sólo blancas o negras, sin admitir matices; en su opinión, la humanidad se
dividía en personas honradas y canallas;
no había gradaciones intermedias. Sobre las mujeres
y el amor hablaba siempre con pasión y entusiasmo, aunque nunca había estado
enamorado.
En la ciudad, a pesar de la brusquedad de sus
juicios y su temperamento nervioso, se le tenía aprecio y cuando no estaba
presente lo llamaban afectuosamente Vania. Su delicadeza innata, su carácter
servicial, su honradez, su rectitud moral, su levita raída, su aspecto
enfermizo y sus desdichas familiares inspiraban un sentimiento de simpatía, de
aprecio y de tristeza; además, era un hombre muy instruido y con amplias
lecturas, y sus conciudadanos pensaban que lo sabía todo y lo consideraban una
especie de enciclopedia ambulante.
Leía muchísimo. Solía pasarse el tiempo en el
casino, acariciándose la barba con ademán nervioso
y hojeando
revistas y libros; no obstante, en su rostro se apreciaba que no leía los
textos, sino que los tragaba, sin que le diese tiempo a digerirlos. Cabe
suponer que la lectura era una de sus costumbres enfermizas, pues se lanzaba
con la misma avidez sobre cualquier publicación que cayera en sus manos,
incluso las revistas y los almanaques del año anterior. En su casa leía siempre
tumbado.
III
Una mañana de otoño, con el cuello del abrigo
levantado y chapoteando en el barro, Iván Dmítrich se dirigía por callejones y
patios traseros a casa de un comerciante para entregarle un requerimiento de
pago. Su estado de ánimo era sombrío, como todas las mañanas. En una callejuela
se topó con dos presos encadenados, escoltados por cuatro soldados armados de
fusiles. Más de una vez Iván Dmítrich había visto detenidos, que siempre
despertaban en él un sentimiento de compasión e incomodidad, pero el encuentro de
ese día le causó una impresión extraña y peculiar. De pronto, se le antojó que
también a él podían encadenarlo y conducirlo de la misma manera, a través del
barro, a la cárcel. Una vez cumplida su misión, en el camino de vuelta, se
encontró cerca de la estafeta de Correos con un inspector de policía conocido,
que lo saludó y lo acompañó unos pasos, circunstancia que a Iván Dmítrich le
pareció sospechosa. Ya en su casa, se pasó todo el día pensando en los
detenidos y los soldados con fusiles, y una inquietud incomprensible le impidió
leer y concentrarse. Por la tarde no encendió la luz y por la noche no durmió,
obsesionado con la idea de que podían arrestarlo, encadenarlo y meterlo entre
rejas. Sabía que no era culpable de ningún delito y podía garantizar que en el
futuro tampoco mataría, ni robaría ni quemaría nada; pero ¿acaso era tan
difícil cometer un crimen por accidente, de manera involuntaria? ¿Acaso no
existían las denuncias falsas y los errores judiciales? No en vano, una
experiencia de siglos había enseñado a la gente que nadie está libre de la
pobreza ni de la cárcel. Además, con los procedimientos actuales, los errores
judiciales eran muy posibles y no tenían nada de sorprendentes. Las personas
que, en razón de su cargo o de su actividad, tienen que vérselas a diario con
los sufrimientos ajenos, por ejemplo, los jueces, la policía o los médicos, con
el tiempo y por la fuerza de la costumbre acaban por insensibilizarse hasta tal
punto que, aun queriéndolo, sólo pueden entablar relaciones meramente formales
con sus clientes; desde ese punto de vista no se diferencian en absoluto del
campesino que degüella en su patio trasero corderos y terneras sin reparar en
la sangre. Una vez adoptada una actitud formal e insensible con el ser humano,
para privar a un inocente de todos los derechos de su condición y mandarlo al
penal, un
juez sólo necesita una cosa: tiempo. El tiempo
necesario para observar ciertas formalidades por las que le pagan el sueldo;
nada más. ¡Y luego vaya usted a buscar justicia y amparo en ese villorrio
pequeño y embarrado, a doscientas verstas del ferrocarril! ¿Acaso no es
ridículo pensar en la equidad cuando cualquier medida de fuerza es acogida por
la sociedad como una necesidad razonable y conveniente, y cada acto de
misericordia, por ejemplo, una sentencia absolutoria, motiva una auténtica
explosión de descontento y de deseos de venganza?
A la mañana siguiente Iván Dmítrich se levantó de
la cama aterrorizado, con la frente cubierta de un sudor frío, ya plenamente
convencido de que podían arrestarlo en cualquier momento. Si las angustiosas
ideas de la víspera tanto se resistían a abandonarlo, pensaba, era porque
tenían una parte de verdad. Después de todo, no podían haberle venido a la
cabeza sin motivo.
Un guardia municipal pasó lentamente por delante de
su ventana. Por algo sería. De pronto dos hombres se detuvieron junto a su casa
y guardaron silencio. ¿Por qué callaban?
Los días y las noches siguientes fueron una tortura
para Iván Dmítrich. Todos los que pasaban por delante de su ventana o entraban
en el patio le parecían espías y agentes secretos. A mediodía, como de
costumbre, el comisario de policía atravesaba la calle en su coche de dos
caballos, trasladándose desde su residencia de las afueras a la comisaría, pero
a Iván Dmítrich siempre le parecía que iba demasiado deprisa y que tenía una
expresión peculiar: seguro que se apresuraba a anunciar la presencia en la ciudad
de un criminal muy peligroso. Iván Dmítrich se estremecía cada vez que sonaba
el timbre o alguien llamaba en el portal, se angustiaba cuando se encontraba
con una cara nueva en casa de la propietaria y siempre que se topaba con un
policía o un gendarme sonreía y se ponía a silbar para aparentar indiferencia.
Se pasaba noches enteras en blanco, esperando que vinieran a arrestarlo, pero
emitía fuertes ronquidos y suspiros como si estuviera dormido para engañar a la
casera, pues, si llegaba a saberse que no lograba conciliar el sueño, la gente
pensaría que lo torturaban los remordimientos de conciencia. ¿Cabía mayor
prueba de culpabilidad? Los hechos y el sentido común lo persuadían de que
todos esos temores eran absurdos e irracionales, y de que, si se examinaba la
cuestión con mayor detalle, la detención y la cárcel no tenían en realidad nada
de terribles, siempre que se tuviera la conciencia tranquila; pero, cuanto más
sensato y lógico era su razonamiento, más intensa y acuciante se volvía su
angustia. La situación le recordaba la historia de aquel eremita que quería
abrir un claro en una selva virgen y, cuanto más se afanaba con el hacha, más
tupida y vigorosa crecía la vegetación. Finalmente, dándose cuenta de que todo
aquello no servía de nada, Iván Dmítrich dejó de razonar y sucumbió por entero
a la desesperación y el miedo.
Empezó a encerrarse en sí mismo y a llevar una vida
solitaria. Su trabajo, que ya antes le desagradaba, ahora se le hizo
insoportable. Temía que le jugasen una mala pasada, que le deslizaran
subrepticiamente en el bolsillo unos billetes y luego lo acusaran de aceptar
sobornos, o que él mismo, sin darse cuenta, cometiera un error al redactar un
documento oficial que pudiera tomarse por una falsificación, o perdiera un
dinero que no le pertenecía. Lo extraño era que su pensamiento nunca había sido
tan ágil ni imaginativo como ahora, pues cada día inventaba mil motivos
diferentes para temer por su libertad y su honor. En cambio, se debilitó de
manera significativa su interés por el mundo exterior, en particular por los
libros, y empezó a sufrir graves trastornos de memoria.
En primavera, cuando se derritió la nieve, en el
barranco próximo al cementerio encontraron dos cadáveres en estado de
semidescomposición, pertenecientes a una anciana y un niño, con huellas de
haber sufrido una muerte violenta. En la ciudad sólo se hablaba de esos
cadáveres y de los asesinos
desconocidos. Iván Dmítrich, para que nadie pensara
que los había matado él, se paseaba por las calles con una sonrisa en los
labios, y cuando se encontraba con un conocido palidecía, se ruborizaba
y empezaba a
asegurar que no había en el mundo crimen más ruin que asesinar a personas
débiles e indefensas. Pero esa mentira no tardó en cansarle y, después de algún
tiempo de reflexión, llegó a la conclusión de que, dada su situación, lo mejor
era ocultarse en el sótano de la casera. Pasó allí un día, una noche y después
otro día, muerto de frío; cuando cayeron las sombras, a hurtadillas, como un
ladrón, se deslizó hasta su habitación. Estuvo de pie en medio de la habitación
hasta el amanecer, sin moverse y aguzando el oído. Por la mañana temprano,
antes de que saliera el sol, llegaron a casa de la patrona unos fumistas. Iván
Dmítrich sabía de sobra que venían a reparar la estufa de la cocina, pero el
miedo le susurró que eran policías disfrazados. Salió sin hacer ruido de la
casa y, presa del pánico, sin gorro y sin levita, echó a correr por la calle.
Algunos perros lo perseguían ladrando, un mijik gritaba a sus espaldas, el
viento silbaba en sus oídos, y a Iván Dmítrich se le antojó que toda la violencia
de este mundo se había desencadenado y lo perseguía.
Lo atraparon, lo llevaron a casa y mandaron a la
patrona en busca de un médico. El doctor Andréi Yefímich, de quien hablaremos
más adelante, prescribió compresas frías en la cabeza y gotas de lauroceraso,
sacudió la cabeza con tristeza y se marchó diciendo a la patrona que no
volvería, porque no conviene molestar a la gente que se ha vuelto loca. Como
carecía de medios que le permitieran vivir y pagarse el tratamiento, no
tardaron en llevarlo al hospital, donde lo alojaron en la sala de enfermedades
venéreas. Iván Dmítrich pasaba las noches en blanco, hacía gala de un
comportamiento caprichoso y molestaba a los enfermos; en consecuencia, al poco
tiempo, por orden de Andréi Yefímich, lo trasladaron a la sala número seis.
Al cabo de un año todo el mundo en la ciudad se
olvidó por completo de Iván Dmítrich, y sus libros, arrumbados por la patrona
en un trineo que había debajo del tejadillo, se los fueron llevando los
muchachos.
IV
Como ya hemos dicho, el vecino de la izquierda de
Iván Dmítrich es el judío Moiseika; a su derecha se encuentra la cama de un
mujik anegado de grasa, casi esférico, con una expresión embotada,
completamente estúpida. Es una criatura inmóvil, voraz y sucia, que ha perdido
hace mucho tiempo la capacidad de pensar y de sentir. Despide día y noche un
hedor acre y sofocante.
Cuando Nikita lo lava, le propina unos golpes
terribles con todas sus fuerzas, sin preocuparse siquiera de sus puños; lo más
horrible del caso no es que le pegue —hasta a eso puede acostumbrarse uno—,
sino el hecho de que ese ser embrutecido no reaccione a los golpes con un
ruido, un movimiento o un guiño de los ojos, y se limite a balancearse un poco
como un pesado tonel.
El quinto y último interno de la sala número seis
es un pequeño burgués, antiguo clasificador de cartas en la estafeta de
Correos, hombre rubio, enjuto, bajo de estatura, con una expresión bondadosa no
exenta de cierta astucia. A juzgar por sus ojos inteligentes y serenos, de
mirada franca y jovial, es algo ladino y está en posesión de un secreto muy
importante y agradable. Guarda debajo de la almohada y del colchón alguna cosa
que no enseña a nadie, pero no por temor de que puedan quitársela o robársela,
sino por pudor. A veces se acerca a la ventana y, dándole la espalda a sus
compañeros, se pone algo en el pecho y lo mira
agachando la cabeza; si en ese momento alguien se acerca, se azora y se arranca
el objeto del pecho. Pero no es difícil adivinar su secreto.
—Felicíteme —le dice a menudo a Iván Dmítrich—, me
han propuesto para la Stanislav de segunda clase con estrella. La segunda clase
con estrella sólo se concede a los extranjeros, pero conmigo han querido hacer
una excepción —dice con una sonrisa, encogiéndose de hombros con cara de
perplejidad—. ¡Reconozco que no lo esperaba!
—No entiendo nada de esas cosas —declara Iván
Dmítrich con aire sombrío.
—Pero ¿sabe lo que acabarán otorgándome tarde o
temprano? —continúa el antiguo clasificador, con un guiño malicioso de los
ojos—: La Estrella Polar sueca. Una condecoración como esa merece algunas
gestiones. Tiene una cruz blanca y una cinta negra. Es muy bonita.
Probablemente en ninguna otra parte la vida es tan
monótona como en este pabellón. Por la mañana, los enfermos, a excepción del
paralítico y del mujik gordo, se lavan en una gran tina en medio del zaguán y
se secan con los faldones de sus batas; a continuación, beben en sus jarras de
estaño el té que Nikita les trae del edificio principal. A cada uno le
corresponde una jarra. A mediodía toman sopa de col agria y gachas y por la
tarde comen las gachas que han quedado de la comida. Entre una colación y otra
pasan el tiempo tumbados, durmiendo, mirando por la ventana o paseando de un
rincón a otro. Y así día tras día. Hasta el antiguo clasificador habla todo el
tiempo de las mismas condecoraciones.
Rara vez se ven caras nuevas en la sala número
seis. Hace tiempo que el doctor no admite más dementes, y en este mundo no hay
mucha gente aficionada a visitar casas de locos. Una vez cada dos meses aparece
por el pabellón Semión Lazárich, el barbero. No hablaremos de cómo les corta el
pelo a los locos ni del modo en que Nikita lo ayuda en su labor, como tampoco
del desasosiego que se apodera de los enfermos cada vez que lo ven llegar,
borracho y sonriente.
Aparte del barbero, nadie más se aventura en el
pabellón. Día tras día los pacientes están condenados a ver sólo a Nikita.
Por lo demás, un rumor bastante extraño se ha
difundido hace poco por el edificio principal del hospital.
Corre la especie de que el médico ha empezado a
visitar la sala número seis.
V
¡Extraño rumor!
El doctor Andréi Yefímich Raguin, es un hombre
notable a su manera. Dicen que en su primera juventud era muy religioso y se
aprestaba a seguir la carrera eclesiástica; al concluir sus estudios
secundarios en 1863, tenía intención ingresar en el seminario; pero, al
parecer, su padre, doctor en medicina y cirujano, se burló de él y le anunció
categóricamente que dejaría de considerarlo hijo suyo si se convertía en pope.
Desconozco el grado de veracidad que pueda haber en esa historia, pero el
propio Andréi Yefímich reconoció más de una vez que nunca había sentido
vocación por la medicina ni, en general, por las ciencias especializadas.
Fuera como fuese, cuando se graduó en la Facultad
de Medicina, no tomó los hábitos. No daba muestras de la menor devoción y su
parecido con un eclesiástico era tan escaso al iniciar la carrera de
médico como ahora.
Tiene unos rasgos toscos y groseros de mujik; su
cara, su barba, sus cabellos lacios, su figura robusta y desproporcionada
recuerdan a un ventero de carretera, panzudo, intemperante y arisco. Su rostro
es severo, surcado de venas azules; sus ojos, pequeños; su nariz, roja. Alto de
estatura y ancho de hombros, tiene unas manos y unos pies enormes; se diría que
podría matar a alguien de un puñetazo. Pero camina con pisadas sigilosas,
pausadas y furtivas; cuando se encuentra con alguien en un pasillo estrecho,
siempre es el primero en detenerse para dejar paso, y se excusa no con la voz
de bajo que uno esperaría, sino con una entonación delicada y suave de tenor:
«¡Perdón!». Tiene en la garganta un bulto pequeño que le impide llevar cuellos
rígidos y almidonados, y siempre se le ve con camisas finas de lino o de
percal. En general, no se viste como un médico. Un mismo traje le dura unos
diez años y cuando se pone ropa nueva, que suele comprar en un almacén
regentado por un judío, parece tan arrugada y gastada como la vieja; con la
misma levita recibe a los enfermos, almuerza
y va de
visita; pero no lo hace por avaricia, sino porque su aspecto exterior no le
importa lo más mínimo.
Cuando Andréi Yefímich llegó a la ciudad para
ocupar su cargo, encontró la «institución de beneficencia» en un estado
lamentable. En las salas, en los pasillos y en el patio del hospital reinaba
tal hedor que apenas se podía respirar. Los celadores, las enfermeras y sus
hijos dormían en las salas con los enfermos. Tanto los pacientes como el
personal se quejaban de que las cucarachas, las chinches y los ratones les
hacían la vida insoportable. En la sección quirúrgica no lograban erradicar la
erisipela. En todo el hospital sólo había dos escalpelos y ni un solo
termómetro; en los cuartos de baño se almacenaban patatas. El gerente, la
encargada de la ropa y el practicante robaban a los enfermos; en cuanto al
antiguo doctor, el predecesor de Andréi Yefímich, se rumoreaba que vendía
clandestinamente el alcohol del hospital y que se había organizado un verdadero
harén con las enfermeras y las pacientes. En la ciudad se conocían
perfectamente esas irregularidades, e incluso se exageraban, pero no parecían
preocupar a nadie; unos las justificaban con el argumento de que en el hospital
sólo ingresaba gente de baja condición y mujiks, que no podían quejarse, pues
en sus casas vivían bastante peor que allí. ¡No iban a alimentarlos con
faisanes! Otros decían, a modo de disculpa, que la ciudad sola, sin la ayuda de
la asamblea rural, no estaba en condiciones de mantener un buen hospital;
gracias a Dios había uno, aunque fuera malo. Y la asamblea rural, de creación
reciente, no abría dispensarios ni en la ciudad ni en los alrededores aduciendo
que el lugar ya disponía de su propio hospital.
Después de inspeccionar el hospital, Andréi
Yefímich llegó a la conclusión de que era un establecimiento inmoral y
pernicioso en grado sumo para la salud de los pacientes. En su opinión, lo más
sensato que podía hacerse era dar el alta a los enfermos y cerrarlo. Pero
consideró que para tomar esa medida no bastaba con su voluntad y que además
sería inútil, pues, cuando se expulsa la suciedad física y moral de un lugar,
esta se traslada a otro; había que esperar a que desapareciera por sí misma.
Por lo demás, si la gente ha abierto un hospital y lo tolera, significa que lo
necesita; los prejuicios y todas las bajezas e ignominias de la vida son
necesarias, ya que con el tiempo se transforman en algo valioso, como el
estiércol en mantillo. En el mundo no hay nada tan bueno que no haya contenido
en sus orígenes un punto de suciedad.
Una vez al frente de sus funciones, Andréi Yefímich
pareció adoptar una actitud bastante indiferente hacia esas irregularidades.
Sólo pidió a los celadores y las enfermeras que no pernoctaran
en las salas e instaló dos armarios para el
instrumental médico; el gerente, la encargada de la ropa, el practicante y la
erisipela de la sección quirúrgica se quedaron donde estaban.
Andréi Yefímich tiene en alta estima la
inteligencia y la honradez, pero le falta carácter y confianza en sus propios
derechos para organizar una vida inteligente y honrada a su alrededor.
Simplemente no sabe dar órdenes, prohibir e insistir. Parece como si hubiera
hecho voto de no levantar nunca la voz y de no emplear jamás el imperativo. Le
resulta difícil decir: «Dame» o «Tráeme»; cuando tiene hambre, tose con
indecisión y dice a la cocinera: «Si pudiera tomar una taza de té…» o «si
pudiera almorzar». Pedirle al gerente que deje de robar, echarlo o suprimir de
raíz ese cargo innecesario de parásito está totalmente por encima de sus
fuerzas. Cuando alguien lo engaña, lo adula o le presenta para su firma una
cuenta a todas luces fraudulenta, Andréi Yefímich se pone rojo como un cangrejo
y se siente culpable, pero de todos modos la firma; cuando los enfermos se
quejan del hambre que pasan o de la grosería de las enfermeras, se turba y
farfulla con aire culpable:
—Bueno, bueno, ya me ocuparé más tarde…
Probablemente se trata de un malentendido…
En los primeros tiempos Andréi Yefímich trabajaba
con mucho celo. Recibía todos los días hasta la hora del almuerzo, operaba e
incluso se ocupaba de los partos. Las señoras decían que era cuidadoso y muy
preciso en el diagnóstico de las enfermedades, en especial de las femeninas e
infantiles. Pero con el paso del tiempo fue aburriéndose de la monotonía y la
inutilidad incuestionable de su labor. Hoy recibía a treinta enfermos, al día
siguiente se presentaban treinta y cinco, y al otro cuarenta, y así día tras
día, año tras año, sin que en la ciudad descendiera la mortalidad ni dejaran de
llegar enfermos al hospital. Era físicamente imposible atender con solicitud a
cuarenta enfermos; en consecuencia, todo su trabajo, lo quisiera o no, era un
fraude. Haber atendido a doce mil enfermos en un año equivalía, según un
sencillo razonamiento, a haber engañado a doce mil personas. Ingresar a los
enfermos graves en las salas y atenderlos según las reglas de la ciencia
también era imposible, porque, aunque había reglas, no había ciencia. Si uno
quería dejarse de filosofías y seguir las reglas al pie de la letra, como
hacían los demás médicos, ante todo se necesitaban limpieza y ventilación, no
esa suciedad; una alimentación sana, no esa sopa apestosa de col agria, y buenos
ayudantes en vez de ladrones.
Además, ¿por qué impedir que la gente muera si la
muerte es el fin normal y legítimo de cada uno de nosotros? ¿Qué más da que un
tendero o un funcionario vivan cinco o diez años más? Si se considera que el
fin de la medicina es aliviar los sufrimientos mediante el uso de medicamentos,
es inevitable plantearse la siguiente pregunta: ¿para qué aliviarlos? En primer
lugar, se dice que los sufrimientos conducen al hombre a la perfección; en
segundo, si la humanidad aprendiera de verdad a aliviar sus sufrimientos con
pastillas y gotas, abandonaría totalmente la religión y la filosofía, en las
que hasta entonces había encontrado no sólo un remedio contra todo tipo de
desgracias, sino incluso la felicidad. Antes de morir, Pushkin tuvo que
soportar unos tormentos horribles; el desdichado Heine estuvo paralítico varios
años. ¿Por qué no iban a enfermar un Andréi Yefímich o una Matriona Savishna,
cuyas vidas carecían de sentido y resultarían completamente hueras y semejantes
a la de una ameba de no ser por el sufrimiento?
Abrumado por esas consideraciones, Andréi Yefímich
se desanimó y dejó de ir todos los días al hospital.
VI
Su existencia transcurre del siguiente modo: por lo
común, se levanta a eso de las ocho, se viste y se toma una taza de té. Luego
se sienta a leer en su despacho o se marcha al hospital. Allí, sentados en un
pasillo oscuro y angosto, los pacientes esperan a que los reciban. Junto a
ellos pasan corriendo celadores y enfermeras, cuyas botas rechinan en el suelo
de ladrillo, deambulan enfermos escuálidos en bata, entran y salen personas
llevando cadáveres y recipientes con inmundicias; los niños lloran, una corriente
de aire atraviesa el corredor. Andréi Yefímich sabe que para los pacientes con
fiebre, los tuberculosos y, en general, los enfermos impresionables, ese
ambiente es un martirio, pero ¿qué puede hacer? En la sala de consultas se
encuentra con el practicante Serguéi Sergueich, hombre pequeño y gordo, con el
rostro rasurado, muy limpio y mofletudo, con ademanes elegantes y desenvueltos,
vestido con un traje amplio y nuevo, más parecido a un senador que a un
practicante. Tiene una enorme clientela en la ciudad, lleva corbata blanca[30]
y se considera más competente que el doctor, que carece por completo de
clientes. En un rincón de la sala hay un gran icono, ante el que arde una
pesada lamparilla, y a su lado un candelabro en una funda blanca; de las paredes
cuelgan retratos de obispos, una vista del monasterio de Sviatogorsk y unas
coronas de flores secas de aciano. Serguéi Sergueich es un hombre piadoso y muy
aficionado a la pompa de la liturgia. La colocación del icono la ha costeado
él. Los domingos, en la sala de consultas, uno de los enfermos, por orden suya,
lee acatistas[31] en voz alta, y después de la lectura el propio Serguéi
Sergueich recorre todas las salas con un incensario y las sahúma.
Como los enfermos son muchos y el tiempo escaso,
Andréi Yefímich se limita a hacerles unas preguntas y a recetarles algún
medicamento, como un ungüento o aceite de ricino. Luego se sienta, apoya la
mejilla en el puño, se queda pensativo y va preguntando maquinalmente a los
pacientes. Serguéi Sergueich, también sentado, se frota las manos y de tarde en
tarde deja caer alguna palabra.
—Las enfermedades y miserias que padecemos —dice—
se deben a que no invocamos como es debido la misericordia divina. ¡Sí!
Durante las horas de consulta Andréi Yefímich no
realiza ninguna intervención quirúrgica; ha perdido el hábito hace mucho tiempo
y la visión de la sangre le produce una impresión desagradable. Cuando tiene
que abrirle la boca a un niño pequeño para examinarle la garganta, y este llora
y se defiende con las manos, el ruido en los oídos hace que la cabeza le dé
vueltas y las lágrimas asomen a sus ojos. En tales casos, prescribe un
medicamento a toda prisa y con gestos destemplados de la mano apremia a la madre
a que se lo lleve de allí.
No tardan en cansarle la timidez y el embotamiento
de los enfermos, la proximidad del beato Serguéi Sergueich, los retratos en la
pared y hasta sus propias preguntas, que repite invariablemente desde hace ya
más de veinte años. En consecuencia, tras atender a cinco o seis enfermos, se
marcha, dejando todos los demás al practicante.
Pensando con alborozo que, gracias a Dios, desde
hace ya muchos años no tiene clientela particular y que nadie va a molestarlo,
Andréi Yefímich, nada más llegar a casa, se sienta en su despacho y se pone a
leer. Lee muchísimo y siempre con sumo placer. Se gasta la mitad del sueldo en
libros y tres de las seis habitaciones de su apartamento están abarrotadas de
volúmenes y revistas
viejas. Lo que más le gusta son las obras de
historia y filosofía; en lo que respecta a la medicina, sólo está suscrito a El
Médico, que siempre empieza a leer desde el final. Esas sesiones de lectura se
prolongan varias horas sin interrupción y no lo fatigan. No lee con la rapidez
e impetuosidad con que lo hacía antaño Iván Dmítrich, sino con pausa y
penetración, deteniéndose a menudo en los pasajes que le gustan o que no
comprende. Junto al libro siempre tiene una garrafita de vodka y un pepinillo
salado o una manzana macerada, dispuestos directamente sobre el tapete, sin
ninguna clase de plato. Cada media hora, sin apartar los ojos del libro, se
sirve una copa de vodka, se la bebe y a continuación, sin mirar, busca a
tientas el pepinillo, lo coge y le da un mordisco.
A las tres se acerca con precaución a la puerta de
la cocina, carraspea y dice:
—Dáriushka, si pudiera comer…
Después del almuerzo, bastante malo y desaliñado,
Andréi Yefímich se pasea por las habitaciones, con los brazos cruzados y aire
meditabundo. Dan las cuatro, luego las cinco, y él sigue caminando y pensando.
De vez en cuando la puerta de la cocina chirría y en el umbral aparece el
rostro rojo y soñoliento de Dáriushka.
—Andréi Yefímich, ¿le sirvo ya la cerveza? —le
pregunta con expresión preocupada. —No, todavía no… —responde él—. Esperaré…
Esperaré un poco…
Al atardecer suele venir el jefe de Correos, Mijaíl
Averiánich, la única persona en toda la ciudad cuya compañía no se le antoja
fastidiosa a Andréi Yefímich. Mijaíl Averiánich fue en tiempos un propietario
muy acaudalado y sirvió en la caballería, pero se arruinó y, ya viejo, se vio
obligado a ingresar en la Administración de Correos. Tiene un aspecto vigoroso
y saludable, pobladas patillas grises, modales distinguidos y una voz sonora y
agradable. Es un hombre bondadoso y sensible, pero irascible. Cuando en la
estafeta de Correos algún cliente protesta, muestra su disconformidad o
simplemente plantea alguna objeción, M ijaíl Averiánich se pone como la grana,
se estremece de pies a cabeza y grita con voz atronadora: «¡Cállese!», de
manera que la estafeta se ha ganado desde hace tiempo la reputación de un
establecimiento terrible. Mijaíl Averiánich respeta y aprecia a Andréi Yefímich
por su erudición y su grandeza de espíritu, pero a los demás habitantes de la
ciudad los trata con desprecio, como si fueran subordinados.
—¡Aquí me tiene! —dice al entrar en casa del
médico—. ¡Buenas tardes, mi querido amigo! Espero no molestarlo.
—Al contrario, me alegro mucho de verlo —responde
el médico—. Siempre es un placer tenerlo por aquí.
Los amigos se sientan en el sofá del despacho y
pasan un rato en silencio, fumando.
—¡Dáriushka, si pudiéramos tomar una cerveza! —dice
Andréi Yefímich.
La primera botella también se la toman en silencio:
el médico, sumido en sus meditaciones; Mijaíl Averiánich, con aire alegre y
animado, como si tuviera algo muy interesante que contar. Siempre es el médico
quien inicia la conversación.
—Es una lástima —dice lentamente y en voz baja,
sacudiendo la cabeza y sin mirar a los ojos a su interlocutor (nunca mira a los
ojos a la gente)—, es una verdadera lástima, mi estimado Mijaíl Averiánich, que
en nuestra ciudad no haya ni una sola persona capaz de entablar y apreciar una
conversación inteligente e interesante. Para nosotros constituye una enorme
privación. Ni siquiera las personas ilustradas escapan de la mediocridad; su
nivel intelectual, se lo aseguro, no supera en nada el de las clases inferiores.
—Completamente cierto. Estoy de acuerdo con usted.
—Como usted mismo sabe —prosigue el médico en voz
baja, separando mucho las palabras—, todo en este mundo carece de importancia y
de interés salvo las más altas manifestaciones espirituales del entendimiento
humano. La inteligencia establece una frontera estricta entre el animal
y el hombre,
sugiere en este último un origen divino y, en cierta medida, sustituye a la
inmortalidad, que no existe. En consecuencia, la inteligencia es la única
fuente posible de placer. Pero a nuestro alrededor no oímos ni vemos rastro
alguno de inteligencia, de modo que estamos privados de placer. Cierto que
disponemos de libros, pero hay una gran diferencia entre la lectura y una
conversación animada y el trato de la gente. Si me permite una comparación no
muy afortunada, los libros son la partitura y la conversación, el canto.
—Completamente cierto.
Se produce un silencio. Dáriushka sale de la cocina
y, con una expresión de embotamiento y pesar, el puño apoyado en el mentón, se
detiene en el umbral para escuchar.
—¡Ah! —suspira M ijaíl Averiánich—. ¡Pedirle
inteligencia a la gente de hoy día!
Y cuenta cuán alegre, interesante y plena era
antaño la vida, qué inteligentes eran las clases ilustradas en Rusia, qué alto
concepto se tenía del honor y la amistad. La gente se prestaba dinero sin
necesidad de recibo y consideraba un oprobio no tender la mano a un camarada en
apuros. ¡Y qué campañas, qué aventuras, qué escaramuzas, qué compañeros, qué
mujeres! ¡Y qué región más maravillosa era el Cáucaso! La esposa de un
comandante de batallón, una mujer muy rara, se vestía de oficial y por la noche
se iba a caballo a las montañas, sola, sin guía. Dicen que tenía una aventura
con un príncipe circasiano en un aúl[32].
—¡Reina de los Cielos, M adre de Dios…! —suspira
Dáriushka.
—¡Y cómo bebíamos! ¡Cómo comíamos! ¡Qué
empedernidos liberales éramos!
Andréi Yefímich escucha sin prestar atención;
piensa en alguna cosa y de vez en cuando bebe un sorbo de cerveza.
—A menudo sueño que estoy conversando con personas
inteligentes —dice de pronto, interrumpiendo a Mijaíl Averiánich—. Mi padre me
dio una educación esmerada, pero influido por las ideas de los años sesenta me
obligó a hacerme médico. Tengo la impresión de que, si entonces no le hubiera
hecho caso, ahora me encontraría en el centro mismo del movimiento intelectual.
Probablemente sería miembro de alguna facultad. Por supuesto, la inteligencia
tampoco es eterna, sino transitoria, pero usted sabe por qué la venero tanto.
La vida es una trampa enojosa. Cuando un hombre reflexivo alcanza la madurez y
es capaz de formarse sus propias ideas, se siente atrapado inevitablemente en
una trampa sin salida. En realidad, ha sido llamado de la nada a la vida contra
su voluntad y por una serie de azares… ¿Para qué? Quiere conocer el sentido y
el fin de su existencia, pero no le dicen nada o le sueltan algún disparate;
llama a la puerta y no le abren, y, cuando llega la muerte, también es contra
su voluntad. En consecuencia, igual que en una cárcel personas ligadas por un
infortunio común se sienten aliviadas cuando se juntan, en la vida la trampa
pasa desapercibida cuando personas aficionadas al análisis y a las
generalizaciones se reúnen y pasan el tiempo intercambiando ideas ambiciosas y
libres. En ese sentido, la inteligencia es un placer insustituible.
—Completamente cierto.
Sin mirar a los ojos a su interlocutor, en voz baja
y con frecuentes pausas, Andréi Yefímich sigue hablando de las personas
inteligentes y del placer que procura su conversación, mientras Mijaíl
Averiánich lo escucha con atención y le da la
razón: «Completamente cierto».
—¿Y no cree usted en la inmortalidad del alma? —le
pregunta de pronto el jefe de Correos.
—No, estimado M ijaíl Averiánich, ni creo ni tengo
fundamentos para creer.
—Reconozco que yo también albergo dudas. Aunque,
por otra parte, me asalta la sospecha de que no moriré nunca. ¡Ah, vejestorio,
me digo, ya es hora de morirse! Pero en el fondo de mi alma una vocecita me
dice: «No lo creas, no morirás…».
Poco después de las nueve Mijaíl Averiánich se
marcha. Mientras se pone la pelliza en el vestíbulo, comenta con un suspiro:
—¡En cualquier caso, hay que ver a qué agujero nos
ha arrojado el destino! Y lo más terrible es que también tendremos que morir
aquí. ¡Ah!
VII
Tras despedir a su amigo, Andréi Yefímich se sienta
a la mesa y de nuevo se pone a leer. Ningún sonido turba el silencio del
atardecer y después el de la noche; el tiempo parece haberse detenido y
petrificado en torno al libro y al médico, y se tiene la impresión de que no
existe nada más allá de esas páginas y esa lámpara de pantalla verde. Su tosco
rostro de mujik se ilumina poco a poco con una sonrisa tierna y jubilosa ante
los logros de la inteligencia humana. Ah, ¿por qué el hombre no es inmortal?,
piensa. ¿Para qué existen las circunvalaciones y los centros cerebrales, para
qué la vista, el lenguaje, la conciencia y el genio, si todo está condenado a
convertirse en polvo y, a fin de cuentas, a enfriarse con la corteza terrestre,
y luego a girar con la Tierra, alrededor del Sol, durante millones de años, sin
razón y sin sentido? Para enfriarse y girar luego de ese modo no hacía ninguna
falta sacar de la nada al hombre, con su inteligencia excelsa, casi divina, y
luego, como a modo de burla, transformarlo en barro.
¡La transmutación de la materia! Pero ¡qué cobardía
consolarse con ese sucedáneo de la inmortalidad! Los procesos inconscientes que
se desarrollan en la naturaleza son inferiores incluso a la estulticia humana,
ya que en esta al menos intervienen la conciencia y la voluntad, mientras que
en esos procesos no alienta absolutamente nada. Sólo un cobarde, con más miedo
a la muerte que dignidad, puede consolarse pensando que, con el tiempo, su
cuerpo vivirá en una brizna de hierba, en una piedra o en un sapo… Cifrar la
propia inmortalidad en la transformación de la materia es tan extraño como
predecir un brillante futuro a un estuche una vez que el preciado violín que
contenía se ha roto y se ha vuelto inservible.
Cuando el reloj da las horas, Andréi Yefímich se
recuesta en el respaldo del sillón y cierra los ojos para meditar un instante.
Y, casi sin darse cuenta, bajo la influencia de los admirables pensamientos que
acaba de leer, echa una ojeada a su pasado y su presente. El pasado le repugna,
mejor no recordarlo. Y el presente no se diferencia del pasado. Sabe que
mientras sus pensamientos giran alrededor del Sol, junto con la Tierra
enfriada, no lejos de su apartamento de médico, en el edificio principal del
hospital, varias personas se debaten en medio de las enfermedades y la
suciedad; quizá en ese momento alguno no duerma y luche con los parásitos, otro
se contagie de erisipela o gima porque le han apretado demasiado el vendaje;
quizá los pacientes jueguen a los naipes con las enfermeras y beban vodka. En
el transcurso de ese año se ha engañado a doce mil personas. Toda la
actividad del hospital se basa en el robo, en las
pendencias, en los chismorreos, en el favoritismo, en la más burda
charlatanería, como hace veinte años, y, lo mismo que antaño, ofrece la imagen
de un establecimiento inmoral y nocivo en grado sumo para los internos. Sabe
que en la sala número seis, detrás de las rejas, Nikita apalea a los enfermos y
que Moiseika recorre todos los días la ciudad pidiendo limosna.
Por otro lado, sabe perfectamente que durante los
últimos veinticinco años se ha producido en la medicina un cambio asombroso.
Cuando estudiaba en la universidad, tenía la impresión de que la medicina
pronto correría la misma suerte que la alquimia y la metafísica, pero ahora,
cuando lee por la noche, la medicina lo conmueve y despierta en él asombro e
incluso entusiasmo. ¡En efecto, qué resplandor inesperado, qué revolución!
Gracias a los antisépticos se practicaban operaciones que el gran Pirogov consideraba
imposibles incluso in spe[33]. Simples médicos rurales se atrevían a hacer
resecciones de la articulación de la rodilla; de cien laparotomías sólo una
resultaba mortal y los cálculos se consideraban una fruslería tan grande que ni
siquiera se escribía al respecto. La sífilis se curaba totalmente. ¿Y qué decir
de la teoría de la herencia, del hipnotismo, de los descubrimientos de Pasteur
y de Koch, de la higiene, de la estadística y del sistema rural de salud en
Rusia? La psiquiatría y su clasificación actual de las enfermedades, los
métodos de diagnóstico y tratamiento constituían, en comparación con lo que
había antes, algo tan colosal como el Elbrús[34]. Ya no se curaba a los
alienados echándoles agua fría por la cabeza y poniéndoles camisas de fuerza,
sino que se los trataba con humanidad e incluso, según contaban los periódicos,
se organizaban bailes y espectáculos para ellos. Andréi Yefímich sabía que,
según los criterios y las tendencias actuales, una abominación como la sala
número seis sólo era posible en una localidad situada a doscientas verstas del
ferrocarril, en un pueblucho donde el alcalde y todos los concejales eran
pequeños burgueses semianalfabetos, que consideraban al médico un sacerdote al
que había que creer a pie juntillas, aunque les vertiera plomo fundido en la
boca; en otro lugar la opinión pública y la prensa habrían reducido a escombros
hace tiempo esa pequeña Bastilla.
«¿Y qué? —se pregunta Andréi Yefímich, abriendo los
ojos—. ¿Qué se gana con todo eso? Mucha antisepsia, mucho Koch y Pasteur, pero
la esencia de la cuestión no ha cambiado nada. La morbilidad y la mortalidad
siguen siendo las mismas. Se organizan bailes y espectáculos para los locos,
pero de todos modos no se los deja libres. Así pues, todo eso no son más que
tonterías y vanidad; en el fondo, no hay ninguna diferencia entre la mejor
clínica de Viena y mi hospital».
Pero la pesadumbre y un sentimiento semejante a la
envidia le impiden mostrarse indiferente. Debe de ser la fatiga. La cansada
cabeza se inclina sobre el libro; Andréi Yefímich apoya las manos en el mentón
para aligerar el peso y piensa: «Me ocupo de una labor perniciosa y recibo un
sueldo de personas a las que engaño; no soy honrado. Pero yo solo no soy nada,
únicamente una partícula de un mal social inevitable: todos los funcionarios
del distrito son perjudiciales y cobran por no hacer nada… Eso significa que el
responsable de mi falta de honradez no soy yo, sino la época… Si naciera dentro
de doscientos años, sería otra persona».
Cuando dan las tres, apaga la lámpara y se retira
al dormitorio. No tiene sueño.
VIII
Hace unos dos años la Administración provincial, en
un arranque de generosidad, aprobó una subvención anual de trescientos rublos
para reforzar el personal médico del hospital municipal hasta que se inaugurara
un hospital provincial, y nombró asistente de Andréi Yefímich al médico del
distrito Yevgueni Fedórich Jóbotov, un hombre aún muy joven —no ha cumplido los
treinta—, alto, moreno, con pómulos anchos y ojos pequeños; probablemente, sus
ancestros eran extranjeros. Llegó a la ciudad sin un céntimo, con un pequeño
maletín y una mujer joven y fea, a la que llamaba su cocinera. La mujer tenía
un niño de pecho. Yevgueni Fedórich lleva una gorra de visera y botas altas,
y en
invierno, un chaquetón de piel. No tardó en congeniar con el practicante
Serguéi Sergueich y con el tesorero; en cuanto a los demás empleados, los llama
aristócratas, no se sabe muy bien por qué, y evita su trato. En todo su
apartamento no hay más que un libro: Novísimas recetas de la clínica de Viena
para 1881, que siempre lleva consigo cuando va a visitar a algún paciente. Por
las tardes juega al billar en el casino; no es aficionado a los naipes. Le
gusta mucho emplear en la conversación expresiones como «qué fastidio», «menudo
lío», «no compliques las cosas», y otras por el estilo.
Va al hospital dos veces por semana, recorre las
salas y recibe a los enfermos. La falta total de antisépticos y la aplicación
de ventosas le indignan, pero no introduce métodos nuevos, temiendo ofender a
Andréi Yefímich. Considera a su colega un viejo bribón, sospecha que atesora
una gran fortuna y lo envidia en secreto. De buena gana ocuparía su puesto.
IX
Una tarde de primavera, a finales de marzo, cuando
ya no había nieve en las calles y los estorninos cantaban en el jardín del
hospital, el doctor acompañó hasta la cancela a su amigo el jefe de Correos. En
ese preciso instante entró en el patio el judío Moiseika, que regresaba con su
botín. Iba sin gorro, con unos chanclos ligeros en los pies desnudos y llevaba
en la mano un pequeño saco con las limosnas.
—¡Dame un kopek! —le dijo al médico, tiritando de
frío y sonriendo.
Andréi Yefímich, que no sabía negarse, le entregó
una moneda de diez kopeks.
«Qué horror —pensó, mirando los pies desnudos y los
tobillos rojos y escuálidos de Moiseika
—. Con la humedad que hay».
Y, movido por un sentimiento en el que se
entreveraban la compasión y la repugnancia, siguió al
judío hasta la sala, mirándole tan pronto la calva
como los tobillos. Al entrar el médico, Nikita se levantó de un salto del
montón de cachivaches y se cuadró.
—Hola, Nikita —dijo Andréi Yefímich con voz
afable—. Habría que darle unas botas a este judío; si no, va a resfriarse.
—A sus órdenes, excelencia. Se lo comunicaré al
gerente.
—Haz el favor. Pídeselo de mi parte. Dile que lo he
pedido yo.
La puerta de la sala estaba abierta. Iván Dmítrich,
tumbado en la cama y apoyado en un codo, escuchaba con inquietud esa voz
extraña; pero de pronto reconoció al médico. Temblando de cólera de pies a
cabeza, saltó de la cama y, con el rostro rojo, una expresión maligna y los
ojos fuera de las órbitas, salió corriendo al centro de la habitación.
—¡Ha venido el médico! —gritó y se rio a
carcajadas—. ¡Por fin! ¡Señores, los felicito, el médico nos honra con su
presencia! ¡Maldito canalla! —rugió y, en un estado de exaltación como no se
había visto nunca en la sala, empezó a golpear el suelo con el pie—. ¡Hay que
matar a ese canalla! ¡No, matarlo sería poco! ¡Hay que ahogarlo en la letrina!
Andréi Yefímich, al escuchar esas palabras, echó un
vistazo al interior de la sala desde el zaguán y preguntó sin levantar la voz:
—¿Por qué?
—¿Por qué? —gritó Iván Dmítrich, acercándose a él
con aire amenazador y arrebujándose en su bata con gesto convulsivo—. ¿Por qué?
¡Ladrón! —exclamó con desprecio, frunciendo los labios como si se dispusiera a
escupir—. ¡Charlatán! ¡Verdugo!
—¡Cálmese! —dijo Andréi Yefímich, sonriendo con
aire culpable—. Le aseguro que nunca he robado nada; en cuanto a lo demás,
probablemente exagera usted mucho. Veo que está enfadado conmigo. Tranquilícese
si puede, se lo ruego, y dígame con serenidad por qué está enfadado.
—¿Por qué me tiene aquí encerrado?
—Porque está usted enfermo.
—Sí, es verdad. Pero decenas y centenares de locos
se pasean en libertad, porque su ignorancia le impide distinguirlos de los
sanos. ¿Por qué estos desdichados y yo debemos quedarnos aquí por todos, como
chivos expiatorios? Usted, el practicante, el gerente y toda la gentuza que
trabaja en el hospital son incomparablemente más viles, desde el punto de vista
moral, que cualquiera de nosotros. ¿Por qué estamos encerrados nosotros y no
ustedes? ¿Dónde está la lógica?
—La moral y la lógica no tienen nada que ver en
este asunto. Todo depende del azar. Si a uno lo encierran, se queda aquí; y si
no lo encierran, se pasea por la calle, y se acabó. El hecho de que yo sea
médico y usted un enfermo mental no tiene nada que ver con la lógica ni con la
moral, sino con la más simple casualidad.
—No comprendo esas sandeces… —gruñó con voz sorda
Iván Dmítrich y se sentó en la cama. Moiseika, al que Nikita no se había
atrevido a registrar en presencia del médico, extendió sobre la
cama trozos de pan, papeles y huesos, y, sin dejar
de tiritar, empezó a pronunciar algunas frases en yiddish como una rápida
cantinela. Probablemente se imaginaba que había abierto una tienda.
—Deje que me vaya —dijo Iván Dmítrich con voz
trémula.
—No puedo.
—Pero ¿por qué? ¿Por qué?
—Porque no depende de mí. Juzgue usted mismo: ¿de
qué le serviría que le dejara marchar? Váyase. Los vecinos o la policía lo
detendrán y volverán a traerlo aquí.
—Sí, sí, es verdad… —murmuró Iván Dmítrich,
secándose la frente—. ¡Es terrible! Pero ¿qué puedo hacer? ¿Qué?
La voz de Iván Dmítrich, así como su rostro joven e
inteligente, desfigurado por muecas, gustaron a Andréi Yefímich. Sintió ganas
de mostrarse amable con él y tranquilizarlo. Se sentó a su lado en la cama y,
después de unos instantes de reflexión, dijo:
—Se pregunta usted qué puede hacer. En su
situación, lo mejor sería salir corriendo. Pero, por desgracia, resultaría
inútil. Lo detendrían. Cuando la sociedad se protege de los criminales, de los
enfermos mentales y, en general, de la gente que considera inconveniente, es
invencible. Sólo le queda una salida: consolarse pensando que su estancia aquí
es inevitable.
—No es necesaria para nadie.
—Desde el momento en que existen las cárceles y los
manicomios, debe haber alguien en su interior. Si no es usted, seré yo o un
tercero. Paciencia. Cuando en un futuro lejano dejen de existir las cárceles y
los manicomios, desaparecerán las rejas de las ventanas y las batas de los
internos. No cabe duda de que, tarde o temprano, esa época llegará.
Iván Dmítrich sonrió con aire burlón.
—Bromea usted —dijo, entornando los ojos—. A las
personas como usted y su asistente, Nikita, no les importa nada el futuro, pero
puede estar seguro, estimado señor, de que llegarán tiempos mejores. Tal vez mi
forma de expresarme sea vulgar; puede usted reírse de mí, pero resplandecerá la
aurora de una nueva vida, la verdad triunfará y también nosotros tendremos
motivos de celebración. Yo no alcanzaré a ver ese día, moriré antes, pero los
biznietos de unos o de otros lo verán. ¡Los saludo de todo corazón y me alegro
por ellos! ¡Adelante! ¡Que Dios os ayude, amigos! —Iván Dmítrich, con los ojos
brillantes, se puso en pie, tendió los brazos hacia la ventana y continuó con
voz emocionada—: ¡Os bendigo desde detrás de estos barrotes! ¡Viva la verdad!
¡Ah, qué felicidad!
—No veo ninguna razón especial para alegrarse —dijo
Andréi Yefímich, a quien el gesto de Iván Dmítrich había parecido teatral,
aunque al mismo tiempo le había gustado mucho—. No habrá cárceles ni
manicomios, la verdad triunfará, como ha dicho usted, pero la esencia de las
cosas no cambiará, las leyes de la naturaleza seguirán siendo las mismas. La
gente enfermará, envejecerá y morirá igual que ahora. Por muy esplendorosa que
sea la aurora que ilumine esa vida suya, a fin de cuentas acabarán encerrándolo
en un ataúd y arrojándolo a un hoyo.
—¿Y la inmortalidad?
—¡Ah, por favor!
—Usted no cree en ella, pero yo sí. En alguna obra
de Dostoievski o de Voltaire un personaje dice que si no existiera Dios, los
hombres tendrían que inventarlo. Estoy plenamente convencido de que, si la
inmortalidad no existe, la sublime inteligencia humana acabará inventándola más
tarde o más temprano.
—Bien dicho —exclamó Andréi Yefímich, con una
sonrisa de satisfacción—. Me parece muy bien que crea usted. Con esa fe se
puede vivir muy a gusto incluso entre cuatro paredes. Permítame que le
pregunte, ¿ha cursado usted estudios?
—Sí, fui a la universidad, pero no terminé la
carrera.
—Es usted un hombre inteligente y reflexivo. En
cualquier circunstancia de la vida puede encontrar consuelo en su interior. Un
pensamiento libre y profundo, que aspira a comprender la vida, y un desprecio
absoluto por la estúpida vanidad del mundo son los dos bienes más elevados que
jamás ha conocido el hombre. Y usted puede poseerlos, a pesar de vivir detrás
de una triple reja. Diógenes vivía en un tonel y, sin embargo, era más feliz
que todos los reyes de la Tierra.
—Su Diógenes era un necio —comentó Iván Dmítrich
con aire sombrío—. ¿Para qué me habla usted de Diógenes y de no sé qué
concepción de la vida? —preguntó de pronto con enfado, poniéndose en pie de un
salto—. ¡Amo la vida, la amo con pasión! Tengo manía persecutoria, un terror
incesante me tortura, pero hay momentos en que las ganas de vivir me dominan y
entonces temo perder la razón. ¡Tengo unas ganas enormes de vivir! ¡Unas ganas
enormes! —se paseó muy agitado por la sala y añadió, bajando la voz—: Cuando me
dejo llevar por los sueños, tengo visiones. Viene a verme gente desconocida,
oigo voces, música, me parece estar paseando por un bosque, por
la orilla del mar, y me domina un ardiente deseo de
albergar preocupaciones y afanes… Dígame, ¿qué hay de nuevo? —preguntó Iván
Dmítrich—. ¿Qué pasa por ahí fuera?
—¿Se refiere a la ciudad o en general?
—Hábleme primero de la ciudad y luego en general.
—¿Qué quiere que le diga? En la ciudad la vida es
terriblemente aburrida… No hay nadie con quien hablar ni a quien escuchar. No
se ven caras nuevas. Aunque a decir verdad, hace poco llegó un joven médico, el
doctor Jóbotov.
—Sí, llegó cuando yo todavía estaba libre. ¿Y qué?
Será un palurdo, ¿no?
—Sí, es un hombre sin cultura. Resulta extraño,
¿sabe…? A juzgar por todos los indicios, en nuestras capitales no se aprecia un
estancamiento intelectual; al contrario, bullen de actividad. Por tanto, debe
de haber hombres de valía; pero, por alguna razón, siempre nos envían de allí
personas a las que sería mejor no ver. ¡Qué ciudad tan desdichada!
—¡Sí, muy desdichada! —suspiró Iván Dmítrich y se
echó a reír—. Y en general, ¿cómo va todo?
¿Qué dicen los periódicos y las revistas?
La sala estaba ya a oscuras. El médico se levantó y
se puso a contar lo que se escribía en el extranjero y en Rusia y cuáles eran
las tendencias del pensamiento contemporáneo. Iván Dmítrich lo escuchaba con
atención y le hacía preguntas, pero de pronto, como si hubiera recordado algo
terrible, se cogió la cabeza con las manos y se tumbó en la cama, de espaldas
al médico.
—¿Qué le pasa? —preguntó Andréi Yefímich.
—¡No oirá usted una palabra más de mis labios!
—respondió con rudeza Iván Dmítrich—. ¡Déjeme en paz!
—Pero ¿por qué?
—¡Le digo que me deje en paz! ¿Qué diablos quiere?
Andréi Yefímich se encogió de hombros, suspiró y
salió. Al atravesar el zaguán, dijo: —No estaría mal que pusieras un poco de
orden en todo esto, Nikita… ¡Huele que apesta! —Como mande, excelencia.
«¡Qué joven tan agradable! —pensaba Andréi
Yefímich, camino de su apartamento—. En todos los años que llevo viviendo en
esta ciudad, creo que es la primera persona con la que puedo hablar. Sabe
razonar y se interesa por las cosas que realmente importan».
Se puso a leer y luego se fue a la cama, pero el
recuerdo de Iván Dmítrich no se le iba de la cabeza. A la mañana siguiente,
cuando se despertó, se acordó de que la víspera había conocido a un hombre
inteligente e interesante, y decidió volver a visitarlo a la primera
oportunidad.
X
Iván Dmítrich estaba tumbado en la misma postura
que el día anterior, con la cabeza entre las manos y las piernas recogidas. No
se le veía la cara.
—Hola, amigo mío —dijo Andréi Yefímich—. ¿No duerme
usted?
—En primer lugar, no soy su amigo —respondió Iván
Dmítrich, con el rostro hundido en la almohada—; y en segundo, está perdiendo
el tiempo: no me sacará ni una palabra.
—Es extraño… —murmuró Andréi Yefímich con aire
turbado—. Ayer estábamos charlando
tranquilamente y de pronto, no sé por qué, se
enfadó usted y dejó de hablar… Quizá pronunciara alguna palabra inconveniente o
acaso expresara alguna idea contraria a sus convicciones…
—¡Sí, como que voy a creerle! —exclamó Iván
Dmítrich, incorporándose y contemplando al médico con aire burlón e inquieto;
tenía los ojos rojos—. Puede irse a espiar y husmear a otro sitio, aquí no
tiene nada que hacer. Ayer ya comprendí el objeto de su visita.
—¡Qué fantasía tan extraña! —dijo el médico con una
sonrisa—. Entonces, ¿se figura usted que soy un espía?
—Sí, eso me figuro… Un espía o un médico encargado
de interrogarme. Para el caso es lo mismo. —¡Perdóneme… pero qué estrafalario
es usted, la verdad!
El médico se sentó en un taburete al lado de la
cama y movió la cabeza en son de reproche. —Supongamos que tenga usted razón
—dijo—. Supongamos que apunto arteramente sus
palabras con intención de delatarlo a la policía.
Lo arrestarán y lo juzgarán. Pero ¿acaso en el tribunal o en la cárcel iba a
estar peor que aquí? Incluso si lo deportan y lo envían a un penal, ¿va a ser
eso peor que quedarse encerrado en esta sala? M e parece que no… Entonces, ¿de
qué tiene miedo?
Al parecer, esas palabras surtieron efecto en Iván
Dmítrich, que se tranquilizó y se sentó.
Eran más de las cuatro de la tarde, la hora en que
Andréi Yefímich solía pasear por sus habitaciones y Dáriushka le preguntaba si
no quería que le sirviera ya la cerveza. Fuera el tiempo era sereno y
despejado.
—He salido a dar una vuelta después del almuerzo y,
como ve, he pasado por aquí —dijo el doctor—. Un día verdaderamente primaveral.
—¿En qué mes estamos? ¿En marzo? —preguntó Iván
Dmítrich.
—Sí, a finales de marzo.
—¿Hay barro en las calles?
—No, no mucho. Ya se puede andar por los senderos
del jardín.
—Qué agradable sería dar un paseo en coche por los
alrededores de la ciudad —dijo Iván Dmítrich, frotándose los ojos enrojecidos,
como si acabara de despertarse—, luego volver a casa, meterse en un despacho
caldeado y confortable y … llamar a un buen médico para que le cure a uno el
dolor de cabeza… Hace mucho tiempo que no vivo como un ser humano. ¡Esto es un
asco! ¡Un asco insoportable!
Después de la excitación de la víspera, estaba
fatigado, sin fuerzas, y hablaba como con desgana.
Los dedos le temblaban y en su rostro se advertía
que tenía un terrible dolor de cabeza.
—Entre un despacho caldeado y confortable y esta
sala no hay la menor diferencia —dijo Andréi Yefímich—. La tranquilidad y la
satisfacción del hombre no están fuera de él, sino en su interior.
—¿Qué quiere decir?
—Las personas normales esperan que el bien y el mal
les vengan de fuera, es decir, de un coche y de un despacho, pero el hombre
reflexivo los busca en sí mismo.
—¡Váyase a predicar esa filosofía a Grecia! Allí
hace buen tiempo y huele a azahar, pero aquí no va con el clima. ¿No fue con
usted con quien estuve hablando de Diógenes?
—Sí, hablamos ayer.
—Diógenes no necesitaba un despacho ni un
apartamento caldeado; ya sin eso hace bastante calor allí. Puede uno meterse en
un tonel y comer naranjas y aceitunas. Pero, si hubiera vivido en Rusia, no
digo ya en diciembre, sino en mayo, habría pedido una habitación. Seguro que se
habría
retorcido de frío.
—No. El frío, como en general cualquier clase de
dolor, puede no sentirse. Marco Aurelio decía: «El dolor es una representación
viva del dolor: haz un esfuerzo de la voluntad para modificar esa
representación, recházala, deja de quejarte, y el dolor desaparecerá». Y es
verdad. Un sabio o, simplemente, un hombre reflexivo y razonador, se distingue
precisamente porque desprecia el sufrimiento; siempre está satisfecho y no se
sorprende de nada.
—En consecuencia, que yo soy idiota porque sufro,
estoy descontento y me sorprendo de la mezquindad humana.
—Hace usted mal. Si meditara más a menudo,
entendería cuán insignificantes son los acontecimientos externos que nos
perturban. Hay que aspirar a una mejor comprensión de la vida, pues en ella
reside la verdadera felicidad.
—Comprensión… —dijo Iván Dmítrich, frunciendo el
ceño—. Exterior, interior… Perdone, pero no lo entiendo. Sólo sé —exclamó,
poniéndose en pie y mirando con enfado al médico—, sólo sé que Dios me ha
dotado de sangre caliente y de nervios. ¡Sí! Y un tejido orgánico, si tiene
vida, debe reaccionar a cualquier estímulo. ¡Y yo reacciono! Al dolor respondo
con gritos y lágrimas; a la ruindad, con indignación; a la bajeza, con asco. En
mi opinión, a eso precisamente es a lo que se llama vida. Cuanto menos desarrollado
es un organismo, más limitada es su sensibilidad y más débil su respuesta a los
estímulos, y cuanto más complejo, mayor es su receptividad y más enérgica su
reacción a la realidad. ¿Cómo es posible que no lo sepa? ¡Es usted médico y
desconoce esas nociones elementales! Para despreciar el sufrimiento, estar
siempre satisfecho y no sorprenderse de nada, habría que llegar a ese estado —e
Iván Dmítrich señaló al mujik gordo, repleto de grasa— o endurecerse, a base de
sufrimientos, hasta el punto de perder cualquier sensibilidad; o, dicho con
otras palabras, dejar de vivir. Perdone, no soy ni un sabio ni un filósofo
—prosiguió Iván Dmítrich con irritación—, y no entiendo nada de esas cosas. No
estoy en condiciones de razonar.
—Al contrario, razona usted muy bien.
—Los estoicos, de los cuales es usted una parodia,
eran hombres notables, pero su doctrina se petrificó hace ya dos mil años; no
ha avanzado un palmo ni lo hará, porque, además de poco práctica, es contraria
a la vida. Sólo tuvo éxito entre una minoría que dedicaba su vida al estudio y
a paladear conocimientos de todo tipo, pero la mayoría no la comprendió. Una
doctrina que predica la indiferencia a la riqueza y a las comodidades de la
vida, el desprecio del dolor y de la muerte, es absolutamente incomprensible
para la inmensa mayoría, por la sencilla razón de que esa inmensa mayoría no ha
conocido nunca la riqueza ni las comodidades de la vida; despreciar los
sufrimientos significaría para ellos despreciar su propia vida, ya que la
existencia del hombre se compone de sensaciones de hambre y frío, de ofensas,
de pérdidas y de un temor a la muerte digno de Hamlet. En esas sensaciones se
encierra toda la vida: se las puede juzgar abrumadoras, odiarlas, pero no
despreciarlas. Sí, se lo repito, la doctrina de los estoicos no puede tener
ningún porvenir; como ve, lo único que ha progresado, desde la noche de los
tiempos hasta nuestros días, es la lucha, la sensibilidad al dolor, la
capacidad de reaccionar a los estímulos… —de pronto Iván Dmítrich perdió el
hilo de sus pensamientos, se interrumpió y se secó la frente con aire
contrariado—. Quería decir algo importante, pero se me ha ido de la cabeza
—dijo—. ¿Qué era? ¡Ah, sí! Esto es lo que quería decir: un estoico se vendió
como esclavo para rescatar a su prójimo. Así pues, como ve, también los
estoicos reaccionaban a los estímulos, pues para realizar un acto generoso como
sacrificarse en
beneficio del prójimo se necesita un alma compasiva
y capaz de indignarse. En esta cárcel he olvidado todo lo que estudié; si no,
me habría acordado de alguna cosa más. ¿Y si tomamos, por ejemplo, a Cristo?
Cristo reaccionaba a la realidad con el llanto, la risa, la pena, la ira e
incluso la tristeza; no afrontó los sufrimientos con una sonrisa y no desdeñó
la muerte, sino que oró en el huerto de Getsemaní para no tener que apurar ese
cáliz —Iván Dmítrich se echó a reír y se sentó—. Admitamos que la serenidad y
la satisfacción del hombre no estén fuera de él, sino en su interior — añadió—.
Admitamos que sea necesario despreciar los sufrimientos y no sorprenderse de
nada. Pero ¿en qué se basa para predicar eso? ¿Es usted un sabio? ¿Un filósofo?
—No, no soy ningún filósofo, pero todo el mundo
debe predicar esas ideas porque son razonables.
—No, quiero saber por qué se considera competente
para hablar de la comprensión de la vida, del desprecio del sufrimiento y de
todas esas cosas. ¿Acaso ha sufrido usted alguna vez? ¿Tiene idea de lo que es
el sufrimiento? Permítame que le pregunte: ¿le pegaban cuando era niño?
—No, a mis padres les repugnaban los castigos
corporales.
—Pues a mí mi padre me azotaba brutalmente. Mi
padre era un hombre duro, un funcionario con hemorroides, de nariz larga y
cuello amarillo. Pero hablemos de usted. En toda su vida nadie le ha tocado un
pelo, nadie lo ha atemorizado, nadie lo ha golpeado; está usted sano como un
toro. Ha crecido bajo las alas de su padre y ha estudiado a su costa; luego, en
seguida, consiguió una canonjía. Durante más de veinte años ha dispuesto de un
apartamento gratuito, con calefacción, luz y servicio,
y además del
derecho a trabajar como y cuanto quería, e incluso a no hacer nada. Es usted un
hombre perezoso e indolente por naturaleza y ha tratado de organizar su vida de
manera que nada lo moleste ni lo obligue a moverse. Ha delegado sus tareas en
el practicante y otros canallas, mientras usted se queda sentado en una
habitación caldeada y silenciosa, amasando dinero, leyendo libros, deleitándose
con reflexiones sobre toda suerte de sandeces sublimes y —en ese punto Iván
Dmítrich se quedó mirando la nariz roja del médico— empinando el codo. En
definitiva, no ha visto usted la vida, no sabe nada de ella, y su conocimiento
de la realidad es meramente teórico. Desprecia usted los sufrimientos y no se
sorprende de nada por una razón muy sencilla: vanidad de vanidades, interior y
exterior, desprecio de la vida, del sufrimiento y de la muerte, comprensión de
la vida y verdadera felicidad; todo eso es la filosofía que más conviene a un
haragán ruso. Ve, por ejemplo, que un mujik le pega a su mujer. ¿Por qué entrometerse?
Que le pegue, de todos modos ambos morirán más tarde o más temprano; además, el
agresor no ofende con sus golpes a la víctima, sino a sí mismo. Emborracharse
es una estupidez y una indecencia, pero bebas o no bebas vas a morir
igualmente. Llega una mujer con dolor de muelas… Bueno ¿y qué? El dolor es una
representación del dolor y además las enfermedades son inevitables en este
mundo; todos tenemos que morir, de manera, buena mujer, que márchate, y déjame
meditar y tomarme mi vodka en paz. Un joven viene a pedirle consejo: ¿qué debe
hacer? ¿Cómo vivir? Antes de contestarle, cualquier persona reflexionaría, pero
usted ya tiene preparada la respuesta: aspirar a la comprensión de la vida o a
la verdadera felicidad. Pero ¿en qué cosiste esa fantástica «verdadera
felicidad»? Naturalmente, no hay respuesta. Nos tienen aquí entre rejas, nos
obligan a pudrirnos y nos martirizan, pero todo eso está muy bien y es
razonable, porque no hay ninguna diferencia entre esta sala y un despacho
caldeado y confortable. Una filosofía muy cómoda: no hay nada que hacer, se
tiene la conciencia tranquila y se considera uno un sabio… No, señor, eso no es
filosofía, ni meditación ni amplitud de miras, sino pereza, sopor, esa
indiferencia de los faquires… ¡Sí! —Iván Dmítrich
volvió a enfadarse—. Desprecia usted los sufrimientos, pero si se pillara un
dedo con una puerta, ya veríamos los gritos que daría.
—O puede que no —dijo Andréi Yefímich, con una leve
sonrisa.
—¡Seguro! Y si se quedara paralítico o, pongamos,
un chiflado o un desvergonzado, aprovechándose de su situación y de su rango,
lo insultara en público y usted supiera que iba a quedar impune, entonces
comprendería lo que significa recomendar a los demás que se consuelen con la
comprensión de la vida y la verdadera felicidad.
—Es original —comentó Andréi Yefímich, sonriendo
satisfecho y frotándose las manos—. Me sorprende gratamente que tenga usted
inclinación por las generalizaciones; en cuanto al retrato que acaba de hacer
de mí, es sencillamente brillante. Reconozco que conversar con usted me procura
un enorme placer. Bueno, yo le he escuchado; ahora tenga la bondad de
escucharme a mí…
XI
Esa conversación se prolongó cerca de una hora y,
por lo visto, causó una profunda impresión a Andréi Yefímich. A partir de
entonces empezó a visitar la sala todos los días. Iba por la mañana y después
del almuerzo, y a menudo se quedaba charlando con Iván Dmítrich hasta la caída
de la tarde. Al principio Iván Dmítrich lo rehuía, recelaba de sus malas
intenciones y expresaba abiertamente su disgusto; luego se acostumbró a él y
sus maneras bruscas dejaron paso a una actitud entre condescendiente e irónica.
No tardó en difundirse por el hospital el rumor de
que el doctor Andréi Yefímich visitaba la sala número seis. Nadie —ni el
practicante, ni Nikita, ni las enfermeras— acababa de comprender para qué iba,
por qué pasaba allí horas enteras, de qué hablaba y por qué no extendía
recetas. Su conducta parecía extraña. A menudo Mijaíl Averiánich no lo
encontraba en casa, algo que nunca había sucedido antes, y Dáriushka estaba muy
desconcertada, porque el doctor ya no tomaba su cerveza a una hora determinada
y a veces llegaba tarde al almuerzo.
Un día, ya a finales de junio, el doctor Jóbotov
fue a ver a Andréi Yefímich para tratar un asunto; al no encontrarlo en casa,
empezó a buscarlo por el patio; allí le dijeron que el viejo médico había ido a
la sala de los locos. Entró en el pabellón y, deteniéndose en el zaguán,
escuchó la siguiente conversación:
—Nunca nos pondremos de acuerdo y jamás logrará
convertirme a su fe —decía Iván Dmítrich con irritación—. No tiene usted ningún
conocimiento de la realidad y nunca ha sufrido; no ha hecho otra cosa que
nutrirse de los sufrimientos ajenos, como una sanguijuela. Yo, en cambio, he
padecido sufrimientos ininterrumpidos desde que nací hasta el día de hoy. Por
eso le digo con toda franqueza que me considero superior y más competente que
usted en todos los sentidos. No puede usted darme lecciones.
—No tengo la menor pretensión de convertirlo a mi
fe —respondió en voz baja Andréi Yefímich, lamentando que no quisieran
comprenderlo—. No se trata de eso, amigo mío. La cuestión no es que usted haya
sufrido y yo no. Las penas y las alegrías son pasajeras; dejemos eso de una
vez. Lo importante es que usted y yo pensamos; vemos el uno en el otro a un
hombre capaz de razonar y de reflexionar y es eso lo que nos hace solidarios,
por muy diferentes que sean nuestros puntos de vista.
¡Si supiera usted, amigo mío, qué harto estoy de la
insensatez general, de la mediocridad, de la estupidez, y el placer que me
embarga cada vez que charlamos! Es usted un hombre inteligente y su compañía me
gusta.
Jóbotov entreabrió la puerta y echó un vistazo a la
sala; Iván Dmítrich, con gorro de dormir, y el doctor Andréi Yefímich estaban
sentados en la cama, uno al lado del otro. El loco hacía muecas, se estremecía
y se arrebujaba en la bata con gestos convulsivos, mientras el doctor
permanecía inmóvil, con la cabeza gacha y una expresión de desconsuelo y
tristeza en el rostro. Jóbotov se encogió de hombros, sonrió e intercambió una
mirada con Nikita, que también se encogió de hombros.
Al día siguiente Jóbotov fue al pabellón en
compañía del practicante. Ambos se quedaron en el zaguán escuchando
atentamente.
—¡Parece que el viejo ha perdido la cabeza! —dijo
Jóbotov, saliendo del pabellón.
—¡Señor, ten piedad de nosotros, pecadores!
—suspiró el pomposo Serguéi Sergueich, evitando cuidadosamente los charcos para
no ensuciarse las lustrosas botas—. ¡A decir verdad, estimado Yevgueni
Fedórich, hace tiempo que lo esperaba!
XII
A partir de entonces Andréi Yefímich empezó a notar
un aire de misterio a su alrededor. Los celadores, las enfermeras y los
pacientes lo miraban inquisitivos cada vez que se topaban con él y luego
cuchicheaban entre sí. Masha, la hija del gerente, con quien le gustaba
encontrarse en el jardín, ahora huía sin motivo cuando se acercaba sonriente a
ella para acariciarle la cabeza. El jefe de Correos, Mijaíl Averiánich, ya no
decía al escucharlo: «Completamente cierto», sino que farfullaba con una
turbación incomprensible: «Sí, sí, sí…», y lo miraba con aire pensativo y
triste. Sin saber por qué, empezó a aconsejar a su amigo que dejara el vodka y
la cerveza, pero, como era un hombre delicado, no abordaba la cuestión
directamente, sino con alusiones, relatando la historia de un comandante de
batallón, excelente persona, o la del capellán de un regimiento, un tipo
magnífico, que se habían dado a la bebida y habían enfermado, aunque se habían
curado del todo en cuanto dejaron de beber. Su colega Jóbotov fue a verlo dos o
tres veces; también le aconsejó que abandonara las bebidas alcohólicas y, sin
razón aparente, le recomendó que tomara bromuro de potasio.
En agosto, Andréi Yefímich recibió una carta del
alcalde en la que le rogaba que fuera a verlo para tratar un asunto muy
importante. Cuando se presentó en el Ayuntamiento a la hora indicada, Andréi
Yefímich se encontró allí al comandante de la guarnición, al inspector del
instituto comarcal, a un miembro del consejo municipal, a Jóbotov y a otro
señor grueso y rubio que se presentó como médico. Ese médico, de apellido
polaco difícil de pronunciar, vivía a treinta verstas de la ciudad, en una
remonta, y sólo estaba en la ciudad de paso.
—Tenemos aquí un informe que le compete —le dijo el
miembro del consejo una vez que todos se saludaron y se sentaron a la mesa—.
Yevgueni Fedórich dice que apenas hay sitio para la farmacia en el edificio
principal y que habría que trasladarla a uno de los pabellones. Evidentemente,
ese traslado no plantea ninguna dificultad; lo grave es que en ese caso habría
que arreglar el pabellón.
—Sí, esa reparación es imprescindible —dijo Andréi
Yefímich con aire pensativo—. Si, por ejemplo, se acondiciona el pabellón de la
esquina para farmacia, supongo que habría que gastar
minimum quinientos rublos. Un gasto improductivo.
Guardaron silencio durante un rato.
—Hace ya diez años tuve el honor de informar
—prosiguió Andréi Yefímich en voz baja— de que este hospital, en sus
condiciones actuales, constituye para la ciudad un lujo que sobrepasa sus
medios. Lo construyeron en los años cuarenta y en aquel entonces los medios no
eran los mismos. La ciudad gasta demasiado en construcciones innecesarias y
cargos superfluos. En mi opinión, con todo ese dinero y con otros métodos,
podrían mantenerse dos hospitales modelo.
—¡Bueno, pues introduzcamos otros métodos! —dijo
con animación el miembro del consejo. —Ya he tenido el honor de informar de que
habría que transferir los servicios médicos a la
Administración provincial.
—Sí, entréguele dinero a la Administración
provincial y se quedará con él —comentó con una sonrisa el médico rubio.
—Así ocurre siempre —convino el miembro de la
asamblea y también sonrió. Andréi Yefímich dirigió al doctor rubio una mirada
lánguida y apática y dijo: —Hay que ser justos.
De nuevo callaron. Sirvieron el té. El comandante
de la guarnición, presa de una inexplicable turbación, tocó el brazo de Andréi
Yefímich por encima de la mesa y dijo:
—Nos ha olvidado usted completamente, doctor. La
verdad es que vive usted como un monje: no juega a las cartas, no corteja a las
mujeres. Se aburre usted con las personas como nosotros.
Todos se pusieron a hablar de lo aburrida que era
la vida en esa ciudad para un hombre decente. No había teatro, ni conciertos y
a la última velada con baile celebrada en el club acudieron alrededor de veinte
damas y sólo dos caballeros. La juventud, en lugar de bailar, se amontonaba
junto al ambigú o jugaba a las cartas. Andréi Yefímich, con voz pausada y
queda, sin mirar a nadie, empezó a decir que era una lástima, una verdadera
lástima, que los vecinos de la villa gastaran sus energías vitales, su corazón
y su inteligencia en partidas de naipes y en chismorreos, y no supieran ni
quisieran ocupar su tiempo en conversaciones interesantes y en lecturas, ni
disfrutar de los goces que proporciona la inteligencia. Sólo la inteligencia
tenía interés y merecía consideración, todo lo demás era mezquino y ruin.
Jóbotov, tras escuchar con atención a su colega, preguntó de pronto:
—Andréi Yefímich, ¿a qué día estamos?
Una vez escuchada la respuesta, tanto el médico
rubio como él empezaron a preguntarle, con el tono de examinadores conscientes
de su incompetencia, en qué mes estaban, cuántos días tenía el año y si era
verdad que en la sala número seis vivía un profeta notable.
En respuesta a la última cuestión Andréi Yefímich
se ruborizó y dijo:
—Sí, está enfermo, pero es un joven muy
interesante.
Ya no preguntaron nada más.
Mientras se ponía el abrigo en el recibidor, el
comandante de la guarnición le puso la mano en el hombro y le dijo con un
suspiro:
—¡Para nosotros, los viejos, ha llegado el momento
de descansar!
Al salir del Ayuntamiento, Andréi Yefímich
comprendió que se trataba de una comisión encargada de evaluar sus facultades
mentales. Recordó las preguntas que le habían formulado, se ruborizó y, sin
saber por qué, sintió por primera vez en su vida una amarga pena por la
medicina.
«Dios mío —pensaba, recordando el modo en que los
médicos acababan de reconocerlo—, si hace
dos días que estudiaron psiquiatría y pasaron sus
exámenes. ¿Cómo es posible esa crasa ignorancia? ¡No tienen la menor idea de la
materia!».
Y por primera vez en su vida se sintió ofendido y
furioso.
Esa misma tarde Mijaíl Averiánich fue a verlo. Sin
saludarlo, el jefe de Correos se acercó a él, le cogió ambas manos y le dijo
con voz emocionada:
—Mi querido amigo, demuéstreme que cree en la
sinceridad de mis sentimientos y me considera amigo suyo… ¡M i estimado Andréi
Yefímich! —y, sin dejar intervenir al doctor Raguin, prosiguió su emocionado
discurso—: Aprecio su cultura y su grandeza de alma. Escúcheme, querido amigo.
El código deontológico obliga a los médicos a ocultarle la verdad, pero yo se
la diré sin rodeos, como en el ejército: ¡no está usted bien! Perdóneme,
querido amigo, pero es la verdad. Hace tiempo que las personas que lo rodean se
han dado cuenta. El doctor Yevgueni Fedórich acaba de decirme que, por el bien
de su salud, es indispensable que descanse usted y se distraiga. ¡Completamente
cierto! ¡Estupendo! Estos días voy a cogerme vacaciones y a cambiar de aires.
¡Demuéstreme que es amigo mío y acompáñeme! M archémonos y sacudamos nuestros
viejos huesos.
—Me siento perfectamente bien —dijo Andréi Yefímich
con aire pensativo—. No puedo marcharme. Permítame que le demuestre de otro
modo mi amistad.
Partir a alguna parte sin razón alguna, sin libros,
sin Dáriushka, sin cerveza, y quebrar de golpe un régimen de vida de veinte
años: en un principio esa proposición le pareció absurda y fantástica; pero
luego recordó la conversación mantenida en el Ayuntamiento, la impresión penosa
que había experimentado al regresar a casa, y la idea de abandonar por una
temporada la ciudad, donde personas estúpidas le tomaban por loco, se le antojó
grata.
—Y en concreto, ¿adónde tiene intención de ir?
—preguntó.
—A Moscú, a San Petersburgo, a Varsovia… En
Varsovia pasé los cinco años más felices de mi vida. ¡Qué ciudad tan
maravillosa! ¡Partamos, amigo mío!
XIII
Al cabo de una semana a Andréi Yefímich le
sugirieron que se tomara un descanso, es decir, que pidiese el retiro,
proposición que él escuchó con indiferencia; una semana más tarde se encontraba
en un coche de postas, en compañía de Mijaíl Averiánich y se dirigía a la
estación más cercana. Los días eran frescos, despejados, con cielo azul y
horizontes diáfanos. Cubrieron las doscientas verstas del trayecto en dos
jornadas y pernoctaron dos veces por el camino. Cuando en las estaciones de
postas le servían té en vasos mal lavados o tardaban mucho en enganchar los
caballos, Mijaíl Averiánich se ponía como un basilisco, se estremecía de pies a
cabeza y gritaba:
—¡A callar! ¡Ni una palabra!
Y en la diligencia no paraba de relatar sus viajes
por el Cáucaso y el reino de Polonia. ¡Cuántas aventuras, qué encuentros!
Hablaba en voz alta y sus ojos desorbitados expresaban tanto asombro que habría
podido pensarse que mentía. Además, mientras hablaba, echaba el aliento en la
cara de Andréi Yefímich y se reía a carcajadas en su oreja. Todo eso molestaba
al médico y le impedía pensar y concentrarse.
Tratando de economizar, compraron billetes de
tercera y subieron al vagón de los no fumadores.
La mitad de los pasajeros iba correctamente
vestida. Mijaíl Averiánich no tardó en trabar conocimiento con todo el mundo y,
pasando de un asiento a otro, comentaba a voces que no habría que viajar en
esas líneas escandalosas. ¡Estafas por todas partes! Montar a caballo era otra
cosa. Recorrías cien verstas en un solo día y te sentías fresco y animoso. Y la
mala cosecha se debía a que habían secado los pantanos de Pinsk. ¡En general,
había unos desórdenes terribles! Se acaloraba, vociferaba y no dejaba intervenir
a nadie. Esa cháchara incesante, acompañada de estruendosas carcajadas y gestos
elocuentes, acabó por fatigar a Andréi Yefímich.
«¿Quién de los dos está loco? —pensaba con enfado—.
¿Yo, que trato de no molestar a los pasajeros, o este egoísta que se cree más
inteligente e interesante que los demás y en consecuencia no deja en paz a
nadie?».
Una vez en Moscú, Mijaíl Averiánich se puso una
guerrera militar sin charreteras y unos pantalones con franjas rojas. Se
paseaba por las calles con gorra militar y capote, y los soldados lo saludaban.
Andréi Yefímich tenía ahora la impresión de que ese hombre había dilapidado
todas las buenas cualidades de caballero que había atesorado en el pasado y
sólo había conservado las malas. Le gustaba que le sirvieran incluso cuando era
de todo punto innecesario. Había unas cerillas encima de la mesa y él las veía,
pero le gritaba al mozo que se las diera; no le importaba pasearse en paños
menores delante de la camarera; tuteaba a todos los criados sin distinción,
incluso a los viejos, y cuando se encolerizaba los tildaba de memos e idiotas.
A Andréi Yefímich ese comportamiento le parecía señorial, pero repugnante.
Antes que nada, Mijaíl Averiánich llevó a su amigo
a ver la Virgen de Iveria[35]. Oró con fervor, prosternándose y vertiendo
lágrimas, y, cuando terminó, exhaló un profundo suspiro y comentó:
—Aunque no sea uno creyente, se queda como más
tranquilo después de rezar. Bese el icono, amigo mío.
Andréi Yefímich, algo turbado, besó la imagen;
Mijaíl Averiánich, por su parte, alargando los labios e inclinando la cabeza,
murmuró una oración, y las lágrimas asomaron de nuevo a sus ojos. Luego fueron
al Kremlin, contemplaron al rey de los cañones y a la reina de las
campanas[36], los tocaron incluso con los dedos, admiraron la vista que se
abría sobre Zamoskvoreche[37], visitaron la catedral del Salvador y el museo
Rumiántsev[38].
Comieron en Testov[39]. Mijaíl Averiánich pasó un
buen rato estudiando la carta, mientras se atusaba las patillas, y con aire de
gourmet, acostumbrado a sentirse en los restaurantes como en su propia casa,
dijo:
—¡Veamos qué nos sirve usted hoy, amigo!
XIV
El doctor paseaba, miraba, comía, bebía, pero le
dominaba un único sentimiento: Mijaíl Averiánich le resultaba insoportable.
Tenía ganas de librarse de su presencia, de alejarse de él, de ocultarse, pero
su amigo consideraba un deber no perderlo de vista y procurarle todas las
distracciones posibles. Cuando no había nada que contemplar, lo distraía con su
charla. Andréi Yefímich aguantó dos días, pero al tercero anunció a su amigo
que estaba indispuesto y que quería quedarse todo el día en la
habitación. Su amigo le dijo que, en ese caso,
también se quedaría él. En realidad, había que descansar; de otro modo no
podrían tenerse en pie. Andréi Yefímich se tumbó en el sofá, con la cara vuelta
hacia el respaldo, y, apretando los dientes, escuchó cómo su amigo aseguraba
con acaloramiento que, tarde o temprano, Francia vencería inevitablemente a
Alemania, que en Moscú había muchísimos granujas
y que no
podían juzgarse las cualidades de un caballo por su aspecto exterior. Al médico
empezaron a zumbarle los oídos y se le aceleró el latido del corazón, pero por
delicadeza no se decidió a pedirle a su amigo que se fuera o que se callara.
Por fortuna, este se cansó de estar encerrado entre cuatro paredes y después
del almuerzo se fue a dar un paseo.
Una vez solo, Andréi Yefímich se entregó a esa
renovada sensación de reposo. ¡Qué agradable era estar tumbado en un sofá, sin
moverse y con la conciencia de estar solo en la habitación! La verdadera
felicidad era imposible sin soledad. El ángel caído probablemente había
traicionado a Dios porque anhelaba la soledad, desconocida para los ángeles.
Andréi Yefímich quiso pensar en todo lo que había visto y oído esos últimos
días, pero la imagen de M ijaíl Averiánich no se le iba de la cabeza.
«El caso es que ha pedido un permiso y ha partido
conmigo por amistad, por grandeza de alma —pensaba el médico con enfado—. No
hay nada peor que esa tutela amistosa. En apariencia es bueno, generoso,
divertido, pero en realidad es aburrido. Insoportablemente aburrido. Igual que
esas personas que sólo pronuncian frases bellas y razones inteligentes, pero
que dan la impresión de ser unos necios».
Los días siguientes Andréi Yefímich se fingió
enfermo y no salió de su habitación. Pasaba el tiempo tumbado en el sofá, con
la cara vuelta hacia el respaldo, sufriendo cuando su amigo venía a distraerlo
con su charla o aprovechando su ausencia para descansar. Se irritaba consigo
mismo por haber emprendido ese viaje y se enfadaba con su amigo, que cada día
estaba más dicharachero y desenfadado; no conseguía dar a sus pensamientos un
tono elevado y serio.
«Es esa realidad de la que hablaba Iván Dmítrich la
que me está venciendo —pensaba, enfadado de su propia mezquindad—. No obstante,
todo esto no son más que bobadas… Cuando regrese a casa, las cosas volverán a
ser como antes…».
Y en San Petersburgo sucedió lo mismo: se pasó días
enteros sin salir de su habitación, tumbado en el sofá, del que sólo se
levantaba para beber cerveza.
M ijaíl Averiánich no paraba de apremiarlo para que
continuaran viaje hasta Varsovia.
—¿Qué voy a hacer allí, amigo mío? —decía Andréi
Yefímich con voz suplicante—. ¡Vaya usted solo y deje que regrese a casa! ¡Se
lo ruego!
—¡De ninguna manera! —protestaba Mijaíl
Averiánich—. Es una ciudad maravillosa. ¡En ella pasé los cinco años más
felices de mi vida!
Andréi Yefímich no tenía suficiente fuerza de
voluntad para perseverar en su decisión y, aunque a regañadientes, partió para
Varsovia. Tampoco allí salió de su habitación y se pasó todo el tiempo tumbado
en el sofá, irritándose consigo mismo, con su amigo y con los criados, que se
negaban obstinadamente a entender el ruso; en cuanto a Mijaíl Averiánich,
fresco, animoso y alegre, como de costumbre, recorría la ciudad de la mañana a
la noche, buscando a sus viejos conocidos. Pernoctó varias veces fuera del hotel.
Después de una noche pasada Dios sabe dónde, regresó por la mañana temprano en
un estado de gran excitación, sofocado y con los cabellos revueltos. Se paseó
largo rato de un rincón al otro de la pieza, murmurando algo entre dientes;
luego se detuvo y dijo:
—¡El honor ante todo! —dio unos pasos más por la
habitación, se cogió la cabeza con las manos
y exclamó con
acento trágico—: ¡Sí, el honor ante todo! ¡En mala hora se me ocurrió venir a
esta Babilonia! Querido amigo —dijo, dirigiéndose al doctor—, puede usted
despreciarme. ¡He perdido todo mi dinero a las cartas! ¡Présteme quinientos
rublos!
Andréi Yefímich contó unos billetes y se los
entregó en silencio a su amigo, quien, rojo de vergüenza y de ira, pronunció un
juramento confuso e innecesario, se puso la gorra y salió. Volvió al cabo de
dos horas, se desplomó en un sillón, lanzó un profundo suspiro y dijo:
—¡He salvado mi honor! ¡Vámonos de aquí, amigo mío!
No quiero pasar un minuto más en esta maldita ciudad. ¡Granujas! ¡Espías
austriacos!
Cuando los dos amigos regresaron a la ciudad,
estaban ya en noviembre y una espesa capa de nieve cubría las calles. El doctor
Jóbotov ocupaba la plaza de Andréi Yefímich; vivía en sus antiguas
dependencias, en espera de que Andréi Yefímich desalojara el apartamento del
hospital. La mujer fea a la que llamaba su cocinera se había instalado ya en
uno de los pabellones.
Por la ciudad corrían nuevos rumores sobre el
hospital. Decían que la mujer fea había discutido con el gerente y que este se
había arrastrado de rodillas ante ella, pidiéndole perdón.
Andréi Yefímich tuvo que buscarse alojamiento desde
el mismo día de su llegada.
—Amigo mío —le dijo con timidez el jefe de
Correos—, perdone que le haga una pregunta indiscreta: ¿de qué medios dispone?
Andréi Yefímich contó en silencio su dinero y dijo:
—De ochenta y seis rublos.
—No le pregunto eso —comentó con gran turbación
Mijaíl Averiánich, que no le había comprendido—. Le pregunto de qué medios
dispone en general.
—Ya se lo he dicho: de ochenta y seis rublos… No
tengo nada más.
Mijaíl Averiánich consideraba al doctor un hombre
honrado e íntegro, pero de todos modos le atribuía un capital de al menos
veinte mil rublos. Ahora, al enterarse de que Andréi Yefímich era pobre y de
que no tenía con qué vivir, rompió a llorar sin saber por qué y abrazó a su
amigo.
XV
Andréi Yefímich se mudó a una casita de tres
ventanas, propiedad de una mujer llamada Bélova. La casita se componía de sólo
tres habitaciones, además de la cocina. El médico ocupaba dos de ellas, que
daban a la calle; en la tercera y la cocina vivían Dáriushka, la dueña y sus
tres hijos. De vez en cuando iba a dormir allí el amante de la mujer, un
campesino borracho que alborotaba por la noche y aterrorizaba a los niños y a
Dáriushka. Cuando llegaba, se sentaba en la cocina y exigía vodka; en tales
ocasiones, apenas había espacio para moverse; el médico, compadecido, se
llevaba a su cuarto a los niños, que no paraban de llorar, y les arreglaba un
lecho en el suelo; todo eso le procuraba una gran satisfacción.
Se levantaba a las ocho, como antes, y, después de
tomar el té, se sentaba a leer sus libros y revistas viejos. No tenía dinero
para nuevos. Ya fuese porque los libros eran viejos o por el cambio de
situación, lo cierto es que la lectura ya no le absorbía como antaño y le
fatigaba. Para no estar sin hacer nada, elaboró un catálogo detallado de los
volúmenes y pegó una etiqueta en el lomo de cada uno de ellos; esa tarea
mecánica y minuciosa le parecía más interesante que la lectura. Su monotonía y
meticulosidad adormecían su entendimiento de un
modo inexplicable; no pensaba en nada y el tiempo pasaba deprisa. Hasta
encontraba interesante sentarse en la cocina y mondar patatas en compañía de
Dáriushka o limpiar granos de alforfón. Los sábados y los domingos iba a la
iglesia. Se quedaba de pie junto a la pared, con los ojos entornados,
escuchando los cantos y pensando en su padre, en su madre, en la universidad,
en las religiones; lo embargaba una sensación de serenidad y melancolía; luego,
al salir de la iglesia, se lamentaba de que el oficio hubiera terminado tan
pronto.
Dos veces fue al hospital para ver a Iván Dmítrich
y charlar con él. Pero en ambas oportunidades lo encontró muy alterado y
enfadado; le pidió que lo dejara en paz, pues las conversaciones vanas lo
aburrían desde hacía tiempo, y le dijo que a cambio de todos sus sufrimientos
sólo pedía a los hombres malditos y miserables una recompensa: la reclusión
solitaria. ¿Hasta eso iban a negarle? En ambas ocasiones, cuando Andréi
Yefímich se despidió y le deseó buenas noches, el otro se enfureció y gritó:
—¡Váyase al diablo!
Andréi Yefímich no sabía si ir a verlo una tercera
vez. Pero le apetecía mucho.
Antes, después del almuerzo, Andréi Yefímich se
paseaba por las habitaciones y meditaba; ahora, desde el almuerzo hasta el té
de la tarde, se pasaba las horas tumbado en el sofá, con la cara vuelta hacia
el respaldo, ocupado en consideraciones menudas que no lograba apartar de su
imaginación de ninguna de las maneras. Le dolía que después de más de veinte
años de servicio no le hubieran concedido ni una pensión ni una gratificación
extraordinaria. Cierto que no había sido un trabajador honrado, pero todos los
funcionarios sin distinción, ya fueran honrados o no, recibían una pensión. La
justicia moderna consistía precisamente en que los ascensos, las
condecoraciones y las pensiones no recompensaban las cualidades morales y las
aptitudes, sino, en general, el desempeño de unas funciones, sin entrar a
juzgarlas. ¿Por qué debía ser él una excepción? No le quedaba ningún dinero. Le
daba vergüenza pasar junto a la tienda y mirar a la dueña. Debía ya treinta y
dos rublos de cerveza. También debía el alquiler a la señora Bélova. Dáriushka
vendía a escondidas prendas viejas y libros, y engañaba a la casera contándole
que el doctor iba a recibir pronto mucho dinero.
Se sentía furioso consigo mismo por haber gastado
en el viaje los mil rublos que había ahorrado a lo largo de su vida. ¡Qué bien
le habrían venido ahora! Le irritaba que la gente no le dejase en paz. Jóbotov
se creía obligado a rendir visita de vez en cuando a su colega enfermo. A
Andréi Yefímich le repugnaba toda su persona: su rostro saciado, su tono vulgar
y condescendiente, el empleo de la palabra «colega», sus botas altas. Lo que
más le desagradaba era que considerara un deber cuidar de su salud y se imaginara
que, efectivamente, lo estaba curando. Siempre que lo visitaba le llevaba un
frasco de bromuro de potasio y pastillas de ruibarbo.
M ijaíl Averiánich también consideraba un deber
visitar y distraer a su amigo. Siempre entraba con afectada desenvoltura,
estallaba en carcajadas forzadas y le aseguraba que ese día tenía un aspecto
excelente y que, gracias a Dios, las cosas iban a mejorar, de donde podía
colegirse que juzgaba desesperada la situación de su amigo. Como aún no le
había pagado la deuda de Varsovia, se moría de vergüenza y se sentía incómodo;
por esa razón, trataba de reírse con más fuerza y de contar historias más
divertidas. Sus anécdotas y sus relatos parecían ahora interminables y eran un
suplicio tanto para Andréi Yefímich como para él mismo.
En su presencia, Andréi Yefímich solía tumbarse en
el sofá de cara a la pared y escuchaba apretando los dientes; en su alma se
iban acumulando capas de resentimiento; después de cada visita
de su amigo sentía que ese resentimiento crecía y
alcanzaba casi el nivel de su garganta.
Para ahogar esos sentimientos mezquinos, se
apresuraba a pensar que él mismo, Jóbotov y Mijaíl Averiánich habían de morir
tarde o temprano, sin dejar siquiera una huella en la naturaleza. Supongamos
que dentro de un millón de años un espíritu atravesara el espacio y volara
alrededor del globo terrestre: sólo vería barro y rocas peladas. Todo —la
cultura y las leyes morales— habría desparecido; ni siquiera crecería la
bardana. ¿Qué representaban entonces la vergüenza ante un tendero, el
insignificante Jóbotov, la asfixiante amistad de M ijaíl Averiánich? Todo eso
eran fruslerías y nimiedades.
Pero tales consideraciones ya no lo ayudaban.
Apenas se imaginaba el globo terrestre dentro de un millón de años, cuando
detrás de una roca pelada surgía Jóbotov con sus botas altas o Mijaíl
Averiánich con su risa forzada; hasta oía su susurro avergonzado: «Un día de
estos le pagaré la deuda de Varsovia, amigo mío… Sin falta».
XVI
Un día, Mijaíl Averiánich llegó después del
almuerzo, cuando Andréi Yefímich estaba tumbado en el sofá. Y sucedió que en
ese momento apareció también Jóbotov con el bromuro de potasio. Andréi Yefímich
se incorporó trabajosamente, se sentó y apoyó ambas manos en el asiento.
—Su cara tiene hoy mucho mejor aspecto que ayer,
amigo mío —empezó Mijaíl Averiánich—. ¡Está hecho usted un pimpollo! ¡Un
pimpollo, palabra!
—Ya es hora de ponerse bien, colega, ya es hora
—dijo Jóbotov en medio de un bostezo—.
Seguro que está usted harto de este lío.
—¡Y nos curaremos! —exclamó con alegría Mijaíl
Averiánich—. ¡Aún viviremos cien años! ¡Ya lo creo!
—No sé si cien, pero veinte seguro que sí —dijo a
modo de consuelo Jóbotov—. Vamos, vamos, colega, no se desanime… ¡Deje de
embrollarlo usted todo!
—¡Aún daremos que hablar! —comentó Mijaíl
Averiánich, riéndose a carcajadas y dándole una palmada a su amigo en la
rodilla—. ¡Demostraremos quiénes somos! El verano que viene, si Dios quiere,
nos vamos al Cáucaso y nos lo recorremos a caballo. ¡Hop, hop, hop! Y cuando
volvamos, tal vez tengamos que celebrar una boda —en ese punto Mijaíl
Averiánich hizo un guiño malicioso—. Lo casaremos, querido amigo… Lo casaremos…
Andréi Yefímich sintió de pronto que las capas de
resentimiento llegaban al nivel de su garganta.
El latido de su corazón se desbocó.
—¡Esto es indignante! —dijo, levantándose con
brusquedad y acercándose a la ventana—. ¿Es que no comprenden que están
diciendo vulgaridades? —quiso continuar en un tono más cortés y comedido pero,
a su pesar, apretó de pronto los puños y los levantó por encima de la cabeza—.
¡Déjenme en paz! —gritó con la voz demudada, enrojeciendo y temblando de pies a
cabeza—. ¡Fuera! ¡Fuera los dos, los dos! —Mijaíl Averiánich y Jóbotov se
pusieron en pie y lo contemplaron primero con perplejidad y luego, con terror—.
¡Fuera los dos! —siguió gritando Andréi Yefímich—. ¡Idiotas! ¡Estúpidos! ¡No
necesito tu amistad ni tus remedios, idiota! ¡Qué bajeza! ¡Qué asco! — Jóbotov
y Mijaíl Averiánich, intercambiando miradas de estupor, retrocedieron hasta la
puerta y
salieron al zaguán. Andréi Yefímich cogió el frasco
de bromuro de potasio y lo lanzó tras ellos; el frasco se rompió con estrépito
en el umbral—. ¡Váyanse al diablo! —gritó con voz llorosa, precipitándose en el
zaguán—. ¡Al diablo! —cuando los invitados se marcharon, Andréi Yefímich,
temblando como en un acceso de fiebre, se tumbó en el sofá y pasó largo rato
repitiendo—: ¡Idiotas! ¡Estúpidos!
Una vez que se tranquilizó, lo primero que le vino
a la cabeza fue que el pobre Mijaíl Averiánich debía de estar terriblemente
avergonzado y apesadumbrado, y que todo eso era espantoso. Jamás le había
sucedido nada parecido. ¿Dónde estaban su inteligencia y su tacto? ¿Dónde la
comprensión de los fenómenos y la impasibilidad filosófica?
Abrumado de vergüenza y de despecho contra sí
mismo, el doctor no pudo pegar ojo en toda la noche; por la mañana, a eso de
las diez, se dirigió a la estafeta de Correos y le pidió perdón a Mijaíl
Averiánich.
—Olvidemos lo ocurrido —dijo Mijaíl Averiánich con
un suspiro y, visiblemente emocionado, le dio un fuerte apretón de manos—.
Quien recuerde el pasado, que pierda un ojo. ¡Liubavkin! —gritó de pronto con
tanta vehemencia que todos los empleados y los clientes se estremecieron—. Trae
una silla. ¡Y tú espera! —le gritó a una mujer que le tendía una carta
certificada a través de las rejas—. ¿Es que no ves que estoy ocupado? Olvidemos
lo pasado —prosiguió con delicadeza, dirigiéndose a Andréi Yefímich—. Siéntese,
amigo mío, se lo ruego —durante un rato se acarició las rodillas en silencio y
a continuación dijo—: Ni siquiera se me había pasado por la cabeza ofenderme. A
nadie le agrada estar enfermo, lo entiendo. Su ataque de ayer nos asustó mucho
al doctor y a mí, y estuvimos un buen rato hablando de usted. Querido amigo,
¿por qué no quiere tomarse en serio su enfermedad? ¿Le parece a usted bien?
Perdone que, como amigo, le hable con total franqueza —susurró Mijaíl
Averiánich—, pero vive usted en unas condiciones lamentables: apreturas,
suciedad, nadie que cuide de usted, falta de medios para curarse… Mi querido
amigo, el doctor y yo le rogamos de todo corazón que siga nuestro consejo:
¡ingrese en el hospital! Allí recibirá una buena alimentación, cuidados, tratamiento.
Yevgueni Fedórich, aunque es un hombre de mauvais ton, dicho sea entre
nosotros, conoce su oficio y se puede confiar plenamente en él. Me ha dado su
palabra de ocuparse de usted.
Andréi Yefímich se quedó conmovido por esa sincera
preocupación y por las lágrimas que brillaron de pronto en las mejillas del
jefe de Correos.
—¡Estimado amigo, no les crea! —susurró, llevándose
la mano al corazón—. ¡Es un engaño! Mi enfermedad consiste únicamente en que en
veinte años sólo he encontrado un hombre inteligente en toda la ciudad y ese
hombre está loco. No hay ninguna enfermedad, simplemente he caído en un círculo
vicioso del que no puedo salir. M e da todo igual, estoy dispuesto a todo.
—Ingrese en el hospital, amigo mío.
—M e da igual, como si quieren meterme en un hoyo.
—Deme su palabra, querido amigo, de que obedecerá
en todo a Yevgueni Fedórich.
—Se la doy, si usted quiere. Pero le repito,
estimado Mijaíl Averiánich, que he caído en un círculo vicioso. En estos
momentos todo lo que me rodea, hasta la comprensión sincera de mis amigos,
conduce a un único fin: mi perdición. Estoy perdido y tengo el valor de
reconocerlo.
—Se curará usted, querido amigo.
—¿Para qué hablar? —dijo Andréi Yefímich con
irritación—. Son pocos los hombres que al final
de su vida no experimentan lo que yo siento ahora.
Cuando a usted le comuniquen, por ejemplo, que tiene una afección en los
riñones y el corazón dilatado, y se ponga en tratamiento, o cuando le declaren
loco o culpable de algún delito; en definitiva, cuando la gente de pronto le
preste atención, se dará cuenta de que ha caído en un círculo vicioso del que
ya no puede salir. Cuanto más trate de escapar, más se extraviará. Ríndase,
porque ninguna fuerza humana lo salvará. Esa es mi opinión.
Entre tanto, el público se agolpaba ante la
ventanilla. Andréi Yefímich, para no molestar, se puso en pie y empezó a
despedirse. Mijaíl Averiánich volvió a pedirle que le diera su palabra de honor
y lo acompañó hasta la puerta de salida.
Ese mismo día, a última hora de la tarde, Jóbotov
se presentó inopinadamente en su casa, vestido con su chaquetón de piel y sus
botas altas, y le dijo, como si no hubiera sucedido nada el día anterior:
—Vengo a verlo por un asunto, colega. Quiero
hacerle una proposición. ¿Le importaría asistir conmigo a una consulta médica?
Pensando que Jóbotov quería distraerlo con un paseo
o, en efecto, darle la oportunidad de ganar algún dinero, Andréi Yefímich se
visitó y salió con él a la calle. Se alegraba de poder reparar el entuerto de
la víspera y hacer las paces con Jóbotov; en el fondo de su alma, le agradecía
que ni siquiera hubiera mencionado el incidente y que, al parecer, lo hubiese
perdonado. No había esperado tanta delicadeza de ese hombre inculto.
—¿Dónde está el enfermo? —preguntó Andréi Yefímich.
—En el hospital. Hace tiempo que quería
enseñárselo… Es un caso interesantísimo.
Entraron en el patio del hospital, rodearon el
edifico principal y se dirigieron al pabellón de los locos. Sin saber por qué,
hicieron todo el camino en silencio. Cuando entraron, Nikita se puso en pie de
un salto y se cuadró, como de costumbre.
—Hay aquí un enfermo con una complicación pulmonar
—dijo Jóbotov a media voz, entrando en la sala con Andréi Yefímich—. Espere
usted aquí, vuelvo en seguida. Voy por el estetoscopio.
Y salió.
XVII
Caía ya la noche. Iván Dmítrich estaba tumbado en
su cama, con la cara hundida en la almohada; el paralítico, inmóvil, lloraba en
silencio y removía los labios. El mujik gordo y el antiguo clasificador de
cartas dormían. No se oía ni un ruido.
Andréi Yefímich se sentó en la cama de Iván
Dmítrich y siguió esperando. Pero al cabo de media hora en lugar de Jóbotov
entró en la sala Nikita, llevando bajo el brazo una bata, ropa interior y unas
zapatillas.
—Haga el favor de cambiarse, excelencia —dijo en
voz baja—. Esa es su cama, la de allí —añadió, señalando un lecho vacío que sin
duda habían traído poco antes—. No se preocupe; si Dios quiere, se curará.
Andréi Yefímich lo comprendió todo. Sin pronunciar
palabra, se aproximó a la cama que le había indicado Nikita y se sentó; viendo
que este seguía de pie, esperando, se desnudó por completo, a pesar de la
vergüenza que sentía. Luego se puso las prendas del hospital; los calzones eran
demasiado cortos; la camisa, demasiado larga, y la bata olía a pescado ahumado.
—Si Dios quiere, se curará —repitió Nikita.
Cogió la ropa de Andréi Yefímich y salió, cerrando
la puerta tras él.
«Da lo mismo… —pensaba Andréi Yefímich,
envolviéndose en la bata con pudor y sintiendo que con su nuevo traje parecía
un presidiario—. Da lo mismo… Poco importa llevar frac, uniforme o esta bata…».
Pero ¿y el reloj? ¿Y el cuaderno de notas que
llevaba en un bolsillo lateral? ¿Y los cigarrillos? ¿Adónde se había llevado
Nikita su traje? Probablemente, hasta el día de su muerte, ya no tendría
ocasión de volver a ponerse pantalones, chaleco y botas. En un primer momento
todo eso parecía extraño y hasta incomprensible. Incluso ahora estaba
convencido que entre la casa de la señora Bélova y la sala número seis no había
ninguna diferencia, de que todo en este mundo era absurdo, vanidad de
vanidades; sin embargo, las manos le temblaban, tenía los pies helados y le
aterrorizaba pensar que Iván Dmítrich se despertaría de un momento a otro y lo
vería vestido con esa bata. Se levantó, dio algunos pasos y volvió a sentarse.
Así estuvo media hora, una hora, sintiendo que se
moría de aburrimiento. ¿Acaso era posible pasar allí un día, una semana e
incluso años, como esas personas? Se había sentado, había dado algunos pasos y
había vuelto a sentarse; podía acercarse a la ventana y echar un vistazo,
pasearse de nuevo de un rincón a otro. ¿Y luego qué? ¿Quedarse sentado todo el
tiempo como una estatua y meditar? No, no lo creía posible.
Andréi Yefímich se tumbó, pero se levantó en
seguida, se enjugó el sudor frío de la frente con la manga y sintió que toda su
cara se impregnaba de olor a pescado ahumado. De nuevo se puso a dar vueltas.
—Es un malentendido —dijo, abriendo los brazos con
perplejidad—. Hay que aclarar que se trata de un malentendido…
En ese momento Iván Dmítrich se despertó. Se sentó
y apoyó la cara en los puños. Escupió. Luego dirigió una mirada desganada al
doctor; en un principio tardó en comprender, pero luego su cara soñolienta
adoptó una expresión maligna y burlona.
—¡Vaya, conque también a usted lo han encerrado
aquí, querido! —dijo con voz ronca de sueño, guiñando un ojo—. Me alegro mucho.
Antes les chupaba usted la sangre a los demás y ahora se la chuparán a usted.
¡Estupendo!
—Es un malentendido… —dijo Andréi Yefímich,
asustado de las palabras de Iván Dmítrich; se encogió de hombros y repitió—: un
malentendido…
Iván Dmítrich escupió de nuevo y se tumbó.
—¡Maldita existencia! —farfulló—. Lo más amargo y
ofensivo es que la vida no termina con una recompensa por los sufrimientos
padecidos ni con una apoteosis, como en la ópera, sino con la muerte; vendrán
los celadores, cogerán el cadáver por los pies y por las manos y lo llevarán al
sótano. ¡Brrr! Bueno, da igual… En el otro mundo nos resarciremos… Yo volveré
desde allí en forma de espectro y asustaré a estos canallas. Haré que se les
pongan blancos los cabellos.
M oiseika volvió y, al ver al doctor, le tendió la
mano.
—¡Deme un kopek! —dijo.
XVIII
Andréi Yefímich se acercó a la ventana y contempló
el campo. Ya había caído la noche y en el horizonte, a la derecha, surgía una
luna fría y empurpurada. No lejos de la valla del hospital, a unos cien
sazhens[40] como mucho, se alzaba un edificio alto y blanco, rodeado de un muro
de piedra. Era la cárcel.
«Ahí tienes la realidad», pensó Andréi Yefímich, y
el espanto se apoderó de él.
La luna, la cárcel, los clavos de la valla y la
llama lejana de un quemadero de huesos daban miedo. Oyó un suspiro a su
espalda. Se dio la vuelta y vio a un hombre con el pecho recubierto de
brillantes estrellas y condecoraciones, que sonreía y guiñaba un ojo con aire
malicioso. También eso le pareció pavoroso.
Andréi Yefímich trataba de convencerse de que la
Luna y la cárcel no tenían nada de particular, de que también las personas
cuerdas llevaban condecoraciones y de que con el tiempo todo se pudriría y se
convertiría en barro, pero de pronto la desesperación lo dominó, aferró los
barrotes con ambas manos y los sacudió con todas sus fuerzas. La sólida reja no
cedió.
Luego, para mitigar su miedo, se acercó a la cama
de Iván Dmítrich y se sentó.
—Estoy desanimado, querido
amigo —farfulló, temblando
y enjugándose el
sudor frío—.
Desanimado.
—Pues consuélese filosofando —comentó con sarcasmo
Iván Dmítrich.
—Dios mío, Dios mío… Sí, sí… Usted dijo en cierta
ocasión que no hay filosofía en Rusia, pero que todo el mundo filosofa, hasta
la chusma. Pero que la chusma filosofe no hace daño a nadie —dijo Andréi
Yefímich, y su voz sonaba como si estuviera a punto de echarse a llorar y
tratara de despertar la compasión ajena—. ¿A qué viene, querido amigo, esa risa
malévola? ¿Y por qué la chusma no va a filosofar si está insatisfecha? ¡A un
hombre inteligente, instruido, orgulloso, independiente, hecho a imagen y semejanza
de Dios, no le queda otra salida que hacerse médico en un villorrio sucio y
estúpido y pasarse toda la vida entre ventosas, sanguijuelas y cataplasmas!
¡Charlatanería, estrechez de miras, trivialidad! ¡Ah, Dios mío!
—No dice usted más que sandeces. Si la medicina le
disgustaba, haberse hecho ministro.
—No se puede llegar a nada, a nada. Somos débiles,
amigo… Yo era un hombre impasible, razonaba con sensatez y buen juicio, pero ha
bastado el rudo roce de la vida para hacerme perder el ánimo… para caer
postrado… Somos débiles, unos pobres diablos… Y usted también, amigo mío. Es
usted inteligente, generoso, ha mamado impulsos nobles con la leche de su
madre, pero apenas empezó a vivir se fatigó y cayó enfermo… ¡Somos débiles,
débiles!
Además del miedo y del sentimiento de ofensa, una
suerte de obsesión angustiaba a Andréi Yefímich desde la caída de la tarde.
Finalmente comprendió que tenía ganas de tomarse una cerveza y de fumarse un
cigarrillo.
—Voy a salir, amigo mío —dijo—. Diré que den la
luz… Así no puedo… M e es imposible… Andréi Yefímich se acercó a la puerta y la
abrió, pero en ese momento Nikita se incorporó de un
salto y le cerró el paso.
—¿Adónde va? ¡Está prohibido, prohibido! —dijo—.
¡Es hora de dormir!
—Pero ¡sólo quiero salir un momento, dar una vuelta
por el patio! —explicó Andréi Yefímich con perplejidad.
—Imposible, imposible, está prohibido. Usted mismo
lo sabe.
Nikita le cerró la puerta en las narices y se apoyó
en ella por fuera.
—Pero ¿a quién puede importarle que salga de aquí?
—preguntó Andréi Yefímich, encogiéndose de hombros—. ¡No lo entiendo! ¡Nikita,
tengo que salir! —dijo con voz temblorosa—. ¡Lo necesito!
—¡No cause desórdenes, no está bien! —dijo Nikita
en tono sentencioso.
—¿Qué diablos es esto? —gritó de pronto Iván
Dmítrich, poniéndose en pie—. ¿Qué le da derecho a no dejarnos salir? ¿Cómo se
atreven a tenernos aquí encerrados? ¡La ley dice claramente, si no recuerdo
mal, que no se puede privar a nadie de libertad sin juicio previo! ¡Esto es un
atropello! ¡Una arbitrariedad!
—¡Eso es, una arbitrariedad! —dijo Andréi Yefímich,
alentado por el grito de Iván Dmítrich—. ¡Necesito salir, es indispensable! ¡No
tiene ningún derecho! ¡Te estoy diciendo que abras!
—¿Lo oyes, borrico? —gritó Iván Dmítrich,
descargando un puñetazo en la puerta—. ¡Abre o echo abajo la puerta! ¡M
atarife!
—¡Abre! —gritó Andréi Yefímich, temblando de pies a
cabeza—. ¡Te lo exijo!
—¡Repítelo! —respondió Nikita desde el otro lado de
la puerta—. ¡Repítelo!
—¡Al menos ve a llamar a Yevgueni Fedórich! Dile
que le ruego que venga… ¡un instante! —Ya vendrá mañana sin necesidad de
avisarlo.
—¡No nos soltarán nunca! —continuaba entre tanto
Iván Dmítrich—. ¡Dejarán que nos pudramos aquí! Ah, Señor, ¿es posible que no
haya infierno en el otro mundo y estos canallas queden sin castigo? ¿Dónde está
la justicia? ¡Abre, miserable, que me ahogo! —gritó con voz ronca, lanzándose
contra la puerta—. ¡M e romperé la cabeza! ¡Asesinos!
De pronto, Nikita abrió la puerta y empujó a Andréi
Yefímich brutalmente, con las manos y con la rodilla; luego llevó el brazo
hacia atrás y le propinó un puñetazo en la cara. Andréi Yefímich tuvo la
impresión de que una enorme ola salada se desplomaba sobre su cabeza y lo
arrastraba hasta la cama; en realidad, tenía un sabor a sal en la boca:
probablemente le sangraban las encías. Agitó los brazos como si tratara de
salir a flote y se aferró a la cama, pero en ese momento sintió que Nikita
descargaba dos golpes sobre su espalda.
Iván Dmítrich profirió un alarido. Seguramente
también le estaban pegando.
Luego todo quedó en silencio. La líquida claridad
de la luna penetraba a través de los barrotes proyectando en el suelo una
sombra semejante a una red. Daba miedo. Andréi Yefímich se tumbó y contuvo la
respiración; esperaba aterrorizado que volvieran a golpearlo. Era como si
alguien hubiera cogido una hoz, se la hubiera clavado en el cuerpo y la hubiera
retorcido varias veces en su pecho y en sus entrañas. Mordió la almohada de
dolor y apretó los dientes; de repente, en medio de ese caos, se abrió paso en
su cabeza, con toda nitidez, una idea terrible, insoportable: aquellos hombres,
que ahora parecían sombras negras a la luz de la luna, habían padecido ese
mismo dolor durante años, día tras día. ¿Cómo era posible que a lo largo de más
de veinte años no hubiera sabido nada ni hubiera querido saberlo? No tenía idea
de lo que era el dolor, lo desconocía; en consecuencia, no era culpable, pero
la conciencia, no menos ruda e intratable que Nikita, lo dejó helado de la
cabeza a los pies. Pegó un salto, quiso gritar con todas sus fuerzas y salir
corriendo para matar a Nikita, a Jóbotov, al gerente y al practicante, y
después acabar consigo mismo, pero de su pecho no salió ningún sonido y sus
piernas no lo obedecieron; con la respiración jadeante, se arrancó la bata y la
camisa del pecho, las desgarró y a continuación cayó sobre la cama sin
conocimiento.
XIX
A la mañana siguiente le dolía la cabeza, le
zumbaban los oídos y sentía malestar en todo el cuerpo. El recuerdo de su
pusilanimidad de la víspera no le avergonzaba. Había sido cobarde, se había
asustado hasta de la Luna, había expresado con sinceridad sentimientos y
pensamientos que jamás había sospechado que existiesen en él. Por ejemplo, la
insatisfacción de la chusma filosofante. Pero ahora le daba todo igual.
No comía, no bebía, yacía inmóvil y guardaba
silencio.
«Me da todo lo mismo —pensaba cuando le hacían
alguna pregunta—. No voy a responder… M e da todo lo mismo».
Después del almuerzo vino Mijaíl Averiánich y le
trajo un cuarto de té y una libra de mermelada. Dáriushka también fue a verlo y
se quedó de pie una hora entera junto a la cama, con una expresión ausente de
pena. También apareció el doctor Jóbotov. Trajo un frasco de bromuro de potasio
y ordenó a Nikita que fumigara la sala con algún producto.
Andréi Yefímich murió por la tarde de un ataque de
apoplejía. En un principio sintió náuseas y unos escalofríos tremendos; algo
repugnante parecía extenderse por todo su cuerpo, hasta lo dedos, subiéndole
del estómago a la cabeza e inundando sus ojos y sus oídos. Empezó a verlo todo
verde. Andréi Yefímich comprendió que el fin estaba próximo y se acordó de que
Iván Dmítrich, Mijaíl Averiánich y millones de personas creían en la
inmortalidad. ¿Y si en verdad existía? Pero no tenía ningún ansia de inmortalidad
y sólo pensó en ella un instante. Una manada de ciervos extraordinariamente
gráciles y bellos, sobre los que había estado leyendo el día anterior, pasó
junto a él; luego una campesina le tendió una carta certificada… Mijaíl
Averiánich dijo algo. Después todo desapareció y Andréi Yefímich se durmió para
siempre.
Llegaron unos celadores, lo cogieron por los brazos
y por las piernas y se lo llevaron a la capilla. Quedó allí tendido sobre una
mesa, con los ojos abiertos, iluminado durante toda la noche por la luz de la
luna. Por la mañana llegó Serguéi Sergueich, rezó con devoción delante del
crucifijo y cerró los ojos de su antiguo jefe.
Al día siguiente lo enterraron. Al sepelio sólo
acudieron M ijaíl Averiánich y Dáriushka.
Relato de un desconocido
(1893)
I
Por razones que no vienen al caso explicar ahora
con detalle, tuve que emplearme de criado en casa de un funcionario
petersburgués de treinta y cinco años llamado Gueorgui Ivánich Orlov.
Había entrado al servicio de ese Orlov para recabar
informaciones sobre su padre, famoso hombre de Estado a quien consideraba un
importante enemigo de mi causa. Consideraba que, al vivir en casa de su hijo,
podría conocer en profundidad los planes e intenciones del padre, gracias a las
conversaciones que escuchase y los papeles y notas que encontrase sobre la
mesa.
Por lo común, a eso de las once de la mañana sonaba
la campanilla eléctrica en mi cuarto, anunciándome que el señor se había
despertado. Cuando entraba en su dormitorio, con el traje cepillado y las botas
limpias, Gueorgui Ivánich estaba sentado en la cama, sin moverse, no
adormilado, sino más bien extenuado por el sueño, con la mirada fija en un
punto, sin manifestar ninguna satisfacción por el hecho de haberse despertado.
Lo ayudaba a vestirse y él se sometía de mala gana y en silencio a mis
cuidados, como si no reparase en mi presencia; luego, con la cabeza mojada y
oliendo a agua de colonia, se dirigía al comedor para desayunar. Se sentaba a
la mesa, bebía el café y hojeaba el periódico, mientras la doncella Polia y yo
nos quedábamos respetuosamente junto a la puerta y lo mirábamos. Dos adultos
debían contemplar con la mayor atención cómo un tercero bebía una taza de café
y mordisqueaba una tostada. Una situación probablemente ridícula y absurda,
pero yo no consideraba humillante quedarme junto a la puerta, aunque era un
hombre tan noble e instruido como Orlov.
Por aquel entonces estaba incubando la tuberculosis
y quizá alguna otra cosa todavía más grave. No sé si fue bajo la influencia de
la enfermedad o de mi nueva concepción del mundo, de la que aún no era
consciente, pero cada día que pasaba se apoderaba más de mí un ansia apasionada
y vehemente de una vida normal y corriente. Deseaba sosiego espiritual, salud,
aire puro, buena alimentación. Me estaba convirtiendo en un soñador y, como
todos los soñadores, no sabía lo que de verdad necesitaba. Tan pronto me entraban
ganas de recluirme en un monasterio y pasar jornadas enteras sentado delante
del ventanuco, mirando los árboles y los campos, como me imaginaba que compraba
cinco hectáreas de tierra y vivía como un hacendado, o me prometía a mí mismo
que me dedicaría a la ciencia y me convertiría en catedrático de alguna
universidad de provincias. Siendo teniente de la marina retirado, rememoraba el
mar, nuestra escuadra y la corbeta en la que di la vuelta al mundo. Me apetecía
probar una vez más ese sentimiento inefable que se experimenta cuando se pasea
por una selva tropical o cuando se contempla la puesta de sol en el golfo de
Bengala, embargado de entusiasmo y al mismo tiempo de nostalgia de la patria.
Soñaba con montañas, con mujeres, con música, y lleno de curiosidad, como un
niño, escrutaba los rostros y prestaba oídos a las voces. De ese modo, mientras
esperaba junto a la puerta, contemplando cómo Orlov se tomaba el café, no me
sentía como un criado, sino como un hombre a quien todo le interesa en el mundo,
incluso aquel individuo.
Orlov tenía una fisonomía muy petersburguesa:
hombros estrechos, cintura alta, sienes hundidas, ojos de color indefinido y
pelo, barba y bigote ralos y descoloridos. Su rostro, acicalado, marchito y
desagradable, resultaba especialmente repulsivo cuando se quedaba pensativo o
dormía. No sé si viene al caso describir una fisonomía tan normal, cuando,
además, San Petersburgo no es España y el aspecto de los hombres no reviste
mayor importancia, ni siquiera en cuestiones amorosas;
únicamente se exige buena presencia a los criados y
los cocheros. Sólo he aludido al rostro y los cabellos de Orlov porque había un
rasgo de su personalidad digno de mención: cuando cogía un periódico o un
libro, cualquiera que fuese, o se encontraba con alguien, quienquiera que
fuese, sus ojos empezaban a sonreír irónicamente y todo su rostro adquiría una
expresión de burla sutil, exenta de malignidad. Antes de leer o escuchar algo,
tenía ya preparada la ironía, como el salvaje el escudo. Era una ironía rancia,
un viejo rasgo de carácter, y en los últimos tiempos afloraba en el rostro sin
participación alguna de la voluntad, más bien como un reflejo. Pero ya nos
ocuparemos de esa cuestión más adelante.
Poco después del mediodía Orlov cogía su cartera
llena de papeles y, sin abandonar esa expresión irónica, se marchaba a la
oficina. Comía fuera y regresaba después de las ocho. Yo encendía la lámpara y
las velas de su despacho y él se sentaba en el sillón, estiraba las piernas
sobre una silla y, arrellanado de ese modo, se ponía a leer. Casi a diario
traía libros nuevos, o se los enviaban de alguna tienda; hasta en los rincones
de mi cuarto y debajo de la cama se acumulaban montones de libros en tres idiomas,
sin contar el ruso, ya leídos y desechados. Leía a una velocidad
extraordinaria. Hay un refrán que dice: «Dime lo que lees y te diré quién
eres». Puede que sea cierto, pero era de todo punto imposible juzgar a Orlov
por los libros que leía. A nada le hacía ascos: filosofía, novelas francesas,
economía política, estudios financieros, poetas nuevos y las ediciones
Posrednik[41]; y todo lo leía con idéntica presteza y esa expresión irónica en
los ojos.
Después de las diez se arreglaba con esmero, se
ponía por lo común un frac y muy rara vez su uniforme de gentilhombre de
cámara, salía de casa y no regresaba hasta el amanecer.
Vivíamos en paz y buena armonía, sin que se
produjera entre nosotros ningún malentendido. Por lo general, no se percataba
de mi presencia y, cuando hablaba conmigo, su rostro no mostraba esa expresión
irónica: era evidente que no me consideraba un ser humano.
Sólo una vez lo vi enfadado. Un día —sucedió una
semana después de haber entrado a su servicio
— regresó de un ágape a eso de las nueve; en su
rostro había una expresión de fatiga y mal humor. Cuando lo seguí al despacho
para encender las velas, me dijo:
—Las habitaciones apestan. —Pues las he ventilado
—repuse.
—Te digo que apestan —repitió enfadado. —Abro las
ventanas todos los días. —¡No me contradigas, idiota! —gritó.
Ofendido, quise rebatirle, y Dios sabe cómo habría
acabado todo aquello si Polia, que conocía al señor mejor que yo, no se hubiera
entrometido.
—¡La verdad es que huele mal! —dijo, arqueando las
cejas—. ¿Qué puede ser? Stepán, abre las ventanas de la sala de estar y
enciende la chimenea.
Sin dejar de lanzar exclamaciones, fue recorriendo
una tras otra todas las habitaciones, acompañada del frufrú de su falda y del
silbido de un pulverizador. Orlov, por su parte, seguía de mal humor y era
evidente que hacía esfuerzos para no estallar; por último, acabó sentándose y
se puso a garrapatear una carta. Después de escribir unos renglones, soltó un
bufido de rabia, rompió la carta y se puso a escribir otra.
—¡Que el diablo se los lleve! —farfulló—. ¡Quieren
que tenga una memoria monstruosa! — finalmente, acabó la carta, se puso en pie
y dijo, dirigiéndose a mí—: Ve a la calle Známenskaia y
entrega esta carta a Zinaída Fiódorovna
Krasnóvskaia en propia mano. Pero antes pregúntale al portero si ha regresado
su marido, es decir, el señor Krasnovski. Si ha vuelto, no entregues la carta y
regresa aquí. ¡Espera! En caso de que ella te pregunte si hay alguien en mi
casa, dile que desde las ocho me acompañan dos señores que están ocupados
escribiendo unos papeles.
Fui a la calle Známenskaia. El portero me dijo que
el señor Krasnovski aún no había regresado, así que subí a la tercera planta.
Me abrió la puerta un criado alto, gordo y atezado, con patillas negras, que me
preguntó qué quería con ese tono desganado, indolente y grosero que los criados
se reservan para hablar con sus iguales. Antes de que tuviera tiempo de
responder, una señora vestida de negro salió rauda al recibidor y me miró con
los ojos entornados.
—¿Está en casa Zinaída Fiódorovna? —pregunté.
—Soy yo —dijo la señora.
—Traigo una carta de Gueorgui Ivánich.
La mujer abrió la carta con impaciencia, la cogió
con ambas manos y se puso a leerla, mostrándome sus anillos de brillantes.
Observé su rostro blanco de líneas suaves, el mentón prominente y las largas
pestañas oscuras. A juzgar por su aspecto, no tendría más de veinticinco años.
—Salúdelo y dele las gracias —dijo, cuando acabó la
lectura—. ¿Hay alguien en casa de Gueorgui Ivánich? —preguntó con voz dulce y
expresión alegre, como si se avergonzara de su desconfianza.
—Dos señores que están escribiendo unos papeles
—respondí yo.
—Salúdelo y dele las gracias —repitió y se retiró
en silencio, inclinando a un lado la cabeza y leyendo de nuevo la carta.
En aquella época trataba a pocas mujeres y esa
señora, a la que vi de manera tan fugaz, me impresionó. Mientras desandaba el
camino, rememoraba su rostro, el olor de su delicado perfume, y me perdía en
ensoñaciones. Cuando llegué, Orlov ya no estaba en casa.
II
Así pues, el señor y yo vivíamos en paz y buena
armonía, aunque ese elemento impuro y ofensivo que tanto temía encontrar cuando
inicié mi servicio de criado se ponía de manifiesto y se dejaba sentir a
diario. Con Polia, en cambio, no me llevaba bien. Era una criatura bien nutrida
y mimada, que adoraba a Orlov porque era el amo y me despreciaba a mí porque
era el criado. Es posible que desde el punto de vista de un lacayo o un
cocinero de verdad fuera una mujer fascinante: mejillas rubicundas, nariz respingona,
ojos provocativos y formas generosas, rayanas ya en la gordura. Se empolvaba la
cara, se pintaba las cejas y los labios, llevaba el corsé muy apretado y lucía
miriñaque y una pulsera de monedas. Tenía unos andares menudos y saltarines, y,
al desplazarse, movía los hombros y las caderas, o, como se dice, se
contoneaba. El frufrú de sus enaguas, el crujido del corsé, el tintineo del
brazalete y ese olor vulgar a lápiz de labios, esencias y perfumes robados al
amo despertaban en mí, cuando recogíamos juntos las habitaciones por la mañana,
la sensación de que estábamos cometiendo alguna abominación.
Ya fuera porque no participara en sus robos, porque
no manifestara el menor deseo de convertirme en su amante, algo que
probablemente la ofendía, o porque hubiera olfateado de algún
modo mi verdadera condición, el caso es que me
cogió manía desde el principio. Mi torpeza, mi aspecto nada lacayuno y mi
enfermedad le parecían lamentables y despertaban en ella un sentimiento de
asco. Los fuertes accesos de tos que sufría entonces le impedían dormir, ya que
mi habitación y la suya sólo estaban separadas por un tabique de madera, y cada
mañana me decía:
—Esta noche tampoco me has dejado pegar ojo. En
lugar de vivir en casa de un señor, deberías ingresar en un hospital.
Estaba tan profundamente convencida de que yo no
era un ser humano, sino algo muy inferior a ella, que, como las matronas
romanas, que no se avergonzaban de bañarse en presencia de sus esclavos, a
veces no llevaba puesta más que la camisa cuando yo estaba delante.
Un día, durante la comida (cada día nos enviaban
sopa y asado desde una taberna), estando de buen humor y con ánimo soñador, le
pregunté:
—¿Cree usted en Dios, Polia?
—¡Cómo no!
—¿Es posible que crea usted —continué yo— en que
vendrá el Juicio Final y en que tendremos que responder ante Dios de nuestras
malas obras?
Por toda respuesta, hizo una mueca desdeñosa; en
esa ocasión, cuando contemplé sus ojos fríos y saciados, comprendí que esa
criatura, tan firme en sus juicios y convicciones, no tenía Dios, ni
conciencia, ni leyes, y que, si me encontraba en la tesitura de matar,
incendiar o robar, no podría encontrar mejor cómplice que ella, siempre que le
pagara.
Como aquel ambiente me resultaba ajeno y, además,
no estaba habituado al tuteo ni a mentir a cada momento (afirmar que el señor
no estaba en casa cuando estaba), la primera semana que pasé al servicio de
Orlov no me resultó nada fácil. Con el frac de lacayo me sentía como si llevara
una armadura. Pero luego me habitué. Como un criado de verdad, servía la mesa,
arreglaba las habitaciones e iba de aquí para allá, a pie o en coche,
cumpliendo todo tipo de encargos. Cuando Orlov no tenía ganas de acudir a una cita
con Zinaída Fiódorovna o se olvidaba de que había prometido aparecer por su
casa, iba yo a la calle Známenskaia, le entregaba una carta en mano y mentía.
En consecuencia, las expectativas que había albergado cuando entré a trabajar
como criado no se habían cumplido ni de lejos: cada día de esa nueva vida era
tiempo perdido para mí y para mi causa, porque Orlov no hablaba nunca de su
padre, y mucho menos sus invitados, de suerte que mis únicas informaciones
sobre las actividades del famoso hombre de Estado se reducían, como antes, a lo
que pudiera leer en los periódicos y en las cartas que intercambiaba con mis
compañeros. Los centenares de notas y papeles que leí en su despacho no tenían
la menor relación con lo que buscaba. Orlov era totalmente indiferente a la
relevante actividad de su padre; parecía como si nunca hubiera oído hablar de
sus ocupaciones o su padre hubiera muerto hacía mucho.
III
Todos los jueves teníamos invitados.
Yo encargaba en el restaurante una pieza de rosbif
y pedía por teléfono a la tienda de Eliséiev caviar, queso, ostras y otros
manjares. Además, compraba barajas nuevas. Polia preparaba desde la mañana el
servicio de té y la vajilla para la cena. A decir verdad, esa pequeña actividad
añadía una
nota de color a nuestra vida ociosa, convirtiendo
el jueves en el día más interesante para nosotros. Sólo acudían tres invitados.
El más importante y quizá el más interesante era un señor llamado
Pekarski, alto, enjuto, calvo, de unos cuarenta y
cinco años, con larga nariz aguileña y poblada barba negra. Tenía ojos grandes
y saltones, y la expresión de su rostro era grave y pensativa, como la de un
filósofo griego. Trabajaba en la administración de los ferrocarriles y en un
banco, era jurisconsulto de una importante institución estatal y tenía
relaciones de negocios con cientos de particulares, ya en calidad de tutor,
presidente de una comisión de acreedores, etc. Su rango no era muy elevado y él
se definía modestamente como asesor legal, pero su influencia era enorme.
Bastaba su tarjeta de visita o una nota suya para que a uno lo recibiera de
inmediato, sin respetar los turnos, un médico eminente, el director del
ferrocarril o un importante funcionario; se comentaba que con su protección
podía conseguirse un puesto hasta de cuarta categoría o tapar cualquier asunto
comprometedor. Se le consideraba muy inteligente, pero su ingenio era extraño y
singular. En un momento era capaz de multiplicar mentalmente doscientos trece
por trescientos setenta y tres o convertir libras esterlinas en marcos sin
necesidad de lápiz y tablillas; era un experto en ferrocarriles, conocía al
dedillo el mundo de las finanzas y todo lo concerniente a la Administración
carecía de secretos para él. Según se decía, era un habilísimo abogado en
causas civiles, y no era nada fácil ganarle un pleito. Pero, a pesar de esa
inteligencia extraordinaria, era incapaz de comprender muchas cosas accesibles
hasta para un tonto. Por ejemplo, no conseguía entender de ninguna manera por
qué algunas personas se aburrían, lloraban, se batían en duelo y llegaban
incluso a matar; por qué se emocionaban por acontecimientos y situaciones que
nos les concernían personalmente, o por qué se reían cuando leían a Gógol o
Schedrín… Todo lo abstracto, todo lo que pertenecía a la esfera del pensamiento
y el sentimiento, le resultaba tan incomprensible y tedioso como la música para
quien no tiene oído. A las personas las juzgaba desde el punto de vista práctico
y las dividía en capaces e incapaces. Para él no existían otras
clasificaciones. La honradez y la decencia no eran más que muestras de
capacidad. Podía uno irse de juerga, jugar a las cartas y llevar una vida
disoluta, con tal de que eso no perjudicara los negocios. Creer en Dios no era
inteligente, pero la religión debía preservarse, porque el pueblo necesita sin
falta algún tipo de cortapisa; de otro modo no trabajaría. Los castigos sólo
eran necesarios como medio de intimidación. No había motivo para pasar el
verano en el campo, porque en la ciudad se estaba bien. Y todo por el mismo
estilo. Era viudo y no tenía hijos, pero vivía a lo grande, como si tuviese
familia, en un piso por el que pagaba tres mil rublos anuales de renta.
El segundo invitado, apellidado Kukushkin, uno de
los consejeros de Estado más jóvenes, era de baja estatura y se distinguía por
la impresión sumamente desagradable que causaba la desproporción entre su
cuerpo gordo y fofo y su cara pequeña y enjuta. Sus labios tenían forma de
corazón y su bigotito recortado parecía pegado con cola. Era un hombre con
maneras de lagarto. En lugar de andar, parecía arrastrarse con pasos menudos,
balanceándose y dejando escapar una risita socarrona; cuando sonreía enseñaba
los dientes. Era un funcionario de casos especiales, asignado tan pronto a uno
como a otro, que no hacía nada, a pesar de que recibía un buen sueldo, sobre
todo en verano, cuando inventaban diversas misiones para él. Era un arribista
no sólo hasta la médula de los huesos, sino hasta la última gota de su sangre,
y además un arribista de baja estofa, poco seguro de sí mismo, que había hecho
carrera gracias a pequeñas dádivas. Con tal de ganarse cualquier condecoración
extranjera o ver su nombre en los periódicos, junto al de otras personas de
alta alcurnia que habían participado en un funeral o en un servicio religioso,
estaba dispuesto a someterse a cualquier humillación, a
suplicar, adular, prometer. Por cobardía adulaba a
Orlov y a Pekarski, pues los consideraba hombres poderosos; también nos adulaba
a Polia y a mí, en calidad de criados de una persona influyente. Cada vez que
lo ayudaba a quitarse la pelliza, me preguntaba con una risita: «Stepán, ¿estás
casado?», y a continuación soltaba una serie de vulgaridades escabrosas que
debía tomarme como una señal de especial deferencia. Kukushkin alababa las
flaquezas de Orlov, su depravación y su gula. Para ganarse su favor, se fingía
sarcástico, burlón y descreído y criticaba en su presencia a personas ante las
que se habría arrastrado como un perro en cualquier otro lugar. Cuando, durante
la cena, hablaban de mujeres y del amor, se las daba de refinado y rebuscado
libertino. En general, debe señalarse que a los vividores petersburgueses les
gusta hablar de sus extraños gustos. Ciertos jóvenes consejeros de Estado[42]
pueden mostrarse más que satisfechos con las caricias de su cocinera o de
cualquier desdichada que se pasea por la avenida Nevski, pero, cuando les oye
uno hablar, podría pensar que han contraído todos los vicios de Oriente y
Occidente, son miembros honorarios de una decena de sociedades secretas poco
recomendables y han sido fichados por la policía. Kukushkin mentía sin el menor
empacho sobre sus aventuras, y los otros no es que no le creyeran, pero no
prestaban demasiada atención a sus embustes.
El tercer invitado, Gruzin, hijo de un respetable e
instruido general, tenía la misma edad que Orlov, era rubio, llevaba el pelo
largo y lucía unas gafas de oro, pues no veía bien de lejos. Me vienen a la
memoria sus dedos largos y pálidos de pianista; en realidad, en toda su figura
había algo de músico, de virtuoso. Los hombres de esa estampa suelen desempeñar
el papel de primer violín en las orquestas. Tosía, padecía jaqueca, y en
conjunto tenía un aire enfermizo y débil. Probablemente en su casa lo vestían y
lo desvestían como si fuera un niño. Se había licenciado en Derecho y en un
primer momento había trabajado en el departamento de Justicia, de donde pasó al
Senado; después, valiéndose de influencias, había obtenido un puesto en el
Ministerio de Bienes Estatales, al que no tardó en renunciar. Cuando lo conocí,
trabajaba en el departamento de Orlov, donde era jefe de negociado, pero decía
que en breve regresaría al departamento de Justicia. Mostraba una indiferencia
total por sus tareas y no concedía la menor importancia a esa costumbre suya de
ir saltando de un puesto a otro; cuando alguien, en su presencia, hablaba con
seriedad de rangos, condecoraciones o salarios, sonreía benévolo y repetía el
aforismo de Prutkov[43]: «Sólo en el servicio del Estado se conoce la verdad».
Estaba casado con una mujer menuda, de cara arrugada, muy celosa, y tenía cinco
niños escuálidos. Engañaba a su mujer y sólo sentía cariño por sus hijos cuando
los tenía delante; en general, se mostraba bastante indiferente con la familia
y hacía bromas a su costa. Vivían a crédito y, cuando se presentaba la menor
oportunidad, Gruzin pedía dinero a diestro y siniestro, sin excluir siquiera a
sus superiores y a los porteros. Era un hombre abúlico, perezoso hasta el
extremo de sentir un completo desinterés por su propia persona, que se dejaba
arrastrar por la corriente sin saber adónde ni para qué. Iba a cualquier sitio
que lo llevaran; si lo conducían a un garito, iba; si le ponían vino delante,
se lo bebía, y, si no se lo ponían, no bebía nada; si los presentes injuriaban
a sus mujeres, él injuriaba a la suya, asegurando que le había destrozado la
vida, y cuando las alababan, él hacía lo propio y decía con sinceridad: «La
quiero mucho, pobrecita». No tenía pelliza y llevaba siempre una manta de viaje
que olía a habitación de niño. Cuando, durante la cena, sumido en sus
pensamientos, hacía bolitas de pan y bebía gran cantidad de vino tinto, llegaba
casi a convencerme, por extraño que pueda parecer, de que había algo en su
interior, algo que probablemente él mismo intuía de un modo vago, pero que ese
ajetreo continuo y la vulgaridad reinante le impedían
comprender y valorar. A veces se sentaba al piano,
tocaba dos o tres acordes y cantaba en voz baja ¿Qué me deparará este día?[44],
pero al instante, como asustado, se levantaba y se alejaba del piano.
Por lo general, los invitados llegaban a las diez.
Jugaban a las cartas en el despacho de Orlov, mientras Polia y yo les servíamos
el té. Sólo entonces apreciaba de verdad todas las alegrías del oficio de
criado. Pasar cuatro o cinco horas de pie junto a la puerta, ocuparse de que no
quedaran vasos vacíos, cambiar los ceniceros, acercarse corriendo a la mesa
para recoger un trozo de tiza o una carta que hubiera caído al suelo y, sobre
todo, esperar, prestando atención, sin atreverse a abrir la boca, a toser, a
sonreír; les aseguro que es una tarea más dura que cualquier faena del campo.
En mis tiempos de marino hacía guardias de cuatro horas en tempestuosas noches
invernales, una tarea que considero mucho más liviana.
Jugaban a las cartas hasta las dos, a veces hasta
las tres; luego, desperezándose, se dirigían al comedor para cenar o, como
decía Orlov, para tomar un bocado. Durante la cena conversaban. El primer
comentario solía hacerlo Orlov quien, con ojos risueños, se ponía a hablar de
algún conocido, de un libro que acababa de leer, de un nombramiento o proyecto
nuevo. El obsequioso Kukushkin le seguía la corriente e iniciaba lo que
entonces me parecía una perorata repugnante. La ironía de Orlov
y sus amigos
no conocía límites, no respetaba nada ni a nadie. Si hablaban de religión, era
con ironía; si hablaban de filosofía, del sentido y objeto de la vida, ironía
también; si alguien planteaba alguna cuestión relativa al pueblo, ironía de
nuevo. Hay en San Petersburgo una categoría especial de personas dadas a
ridiculizar cualquier aspecto de la vida; ni siquiera pueden pasar por delante
de un hombre hambriento o un suicida sin soltar alguna vulgaridad. No obstante,
Orlov y sus amigos no bromeaban ni se burlaban, sino que hablaban con ironía.
Decían que Dios no existe y que al morir el individuo desaparece del todo; los
únicos inmortales eran los miembros de la Academia Francesa[45]. El verdadero
bien no existe ni puede existir, pues su plasmación dependería de la perfección
humana, algo absurdo desde el punto de vista de la lógica. Rusia era un país
tan aburrido y miserable como Persia. No podía depositarse ninguna esperanza en
la clase intelectual; en opinión de Pekarski, se componía en su inmensa mayoría
de gente inútil e incapaz. En cuanto al pueblo, no era más que una panda de
vagos, borrachos, ladrones y degenerados. En Rusia no había ciencia, la
literatura era desmañada, el comercio se basaba en el fraude: «Si no engañas,
no vendes». Y todo por el estilo, y todo en tono de broma.
Por efecto del vino, al final de la cena se ponían
alegres y se ocupaban de cuestiones más joviales. Se reían de la vida familiar
de Gruzin, de las conquistas de Kukushkin o de las ocurrencias de Pekarski, en
cuyo libro de gastos, por lo visto, había una página con el encabezamiento
«Obras de beneficencia» y otra con «Necesidades fisiológicas». Comentaban que
no había mujeres fieles ni esposas de quienes, con cierta habilidad, no pudiera
recibirse una caricia sin salir de la sala, mientras el marido estaba en el
despacho de al lado. Las adolescentes eran perversas y lo sabían ya todo. Orlov
conservaba la carta de una colegiala de catorce años que, al volver del
instituto, «enganchó a un oficialito en la avenida Nevski»; este, por lo visto,
se la llevó a su casa y no la dejó salir hasta última hora de la tarde, como la
muchacha se apresuró a escribirle a una amiga, comunicándole al mismo tiempo su
entusiasmo. Aseguraban que nunca había habido pureza de costumbres y que además
no hacía ninguna falta, pues la humanidad, hasta ahora, se las había arreglado
perfectamente sin ella. Los daños causados por la llamada lujuria se exageraban
muchísimo. Vicios que contemplaba nuestro código penal no habían impedido a
Diógenes ser filósofo y maestro. César y Cicerón habían sido
unos disolutos y, al mismo tiempo, grandes hombres.
El viejo Catón se casó con una jovencita y, sin embargo, no perdió su
consideración de severo asceta y guardián de los principios morales.
A las tres o las cuatro los invitados se separaban
o se marchaban todos juntos fuera de la ciudad o a la calle Ofitsérskaia, a
casa de una tal Varvara Osípovna; yo entonces me retiraba a mi cuarto, pero el
dolor de cabeza y la tos me impedían conciliar el sueño durante mucho tiempo.
IV
Unas tres semanas después de entrar al servicio de
Orlov, un domingo por la mañana, si no recuerdo mal, alguien llamó al timbre.
Eran casi las once y Orlov aún no se había despertado. Fui a abrir. Y cuál no
sería mi sorpresa cuando vi en el rellano de la escalera a una dama cubierta
con un velo.
—¿Se ha levantado Gueorgui Ivánich? —preguntó.
Por la voz reconocí a Zinaída Fiódorovna, la mujer
a quien yo llevaba cartas a la calle Známenskaia. No recuerdo si me faltó
tiempo o reflejos para responderle, pues su aparición me había turbado. Por lo
demás, no necesitaba para nada mi respuesta. En un instante pasó a mi lado,
llenó el vestíbulo con la fragancia de su perfume, que aún recuerdo
perfectamente, y se internó en las habitaciones, donde el rumor de sus pasos se
apagó. Transcurrió al menos media hora sin que se oyera nada. Al cabo de ese
tiempo sonó de nuevo el timbre. Esta vez era una muchacha emperifollada, por lo
visto doncella en alguna casa rica, acompañada de nuestro portero, ambos
jadeantes, cargados con dos maletas y una cesta de viaje.
—Es para Zinaída Fiódorovna —dijo la muchacha.
Y desapareció sin añadir nada más. Todo ese asunto,
tan misterioso, suscitó en Polia, respetuosa con las travesuras de los señores,
una sonrisa maliciosa, con la que venía a decir: «¡Así somos nosotros!», y
siguió andando de puntillas. Al fin se oyeron pasos. Zinaída Fiódorovna entró
veloz en el vestíbulo y, al verme junto a la puerta de mi cuarto, me dijo:
—Stepán, lleve la ropa a Gueorgui Ivánich.
Cuando entré en el dormitorio de Orlov, con el
traje y las botas, lo encontré sentado en la cama, con los pies apoyados en la
piel de oso. Toda su figura expresaba confusión. No me prestaba atención ni
mostraba interés por mi opinión de lacayo; sin duda, se sentía confuso y
turbado ante sí mismo, ante su «ojo interior». Después de vestirse y lavarse,
se acicaló con peines y cepillos, sin apresurarse ni pronunciar palabra, como
dándose tiempo para ponderar y evaluar la situación; incluso de espaldas se apreciaba
su desconcierto y su contrariedad.
Tomaron juntos el café. Zinaída Fiódorovna llenó
una taza para Orlov, otra para ella, puso los codos sobre la mesa y se echó a
reír.
—Todavía no me lo creo —dijo—. Cuando, después de
un largo viaje, llegas a un hotel, no acabas de creerte que ya no es necesario
seguir viajando. Y qué agradable es respirar a pleno pulmón.
Con el aire de una niña que desea cometer una
travesura, emitió un profundo suspiro y de nuevo se echó a reír.
—Perdóneme —dijo Orlov, señalando con un gesto de
la cabeza el periódico—. Leer mientras tomo el café es un viejo hábito al que
no soy capaz de renunciar. Pero sé hacer dos cosas a la vez: leer y escuchar.
—Lea, lea… Sus costumbres y su libertad no van a
sufrir ningún menoscabo. Pero ¿por qué tiene un aspecto tan apenado? ¿Siempre
está así por las mañanas o es sólo cosa de hoy? ¿Está usted descontento?
—Al contrario. Pero reconozco que me siento un
tanto perplejo.
—¿Por qué? Ha tenido tiempo de prepararse para mi
invasión. He estado amenazándolo un día tras otro.
—Sí, pero no esperaba que cumpliera su amenaza
precisamente hoy .
—Tampoco yo, pero es mejor así. Es mejor, amigo
mío. Cuando a uno le duele una muela, lo mejor es arrancarla y asunto
concluido.
—Sí, desde luego.
—¡Ah, querido! —exclamó ella, entornando los ojos—.
Bien está lo que bien acaba, pero cuánto he sufrido antes de que todo acabara
bien. Que no lo engañe mi sonrisa: estoy contenta, me siento feliz, pero tengo
más ganas de llorar que de reír. Ayer libré una auténtica batalla —prosiguió en
francés—. Sólo Dios sabe lo duro que fue para mí. Pero me río porque no acabo
de creérmelo. Estoy aquí con usted, tomando café, y es como si nada de esto
fuera real, como si estuviera soñando.
Luego, siempre en francés, le contó cómo el día
antes se había separado de su marido, y sus ojos tan pronto se llenaban de
lágrimas como sonreían y miraban extasiados a Orlov. Le refirió que su marido
sospechaba de ella desde hacía algún tiempo, pero evitaba las explicaciones;
discutían muy a menudo, pero por lo general, en el momento de mayor tensión, el
marido se callaba de repente y se retiraba a su despacho, para no acabar
revelando sus propias sospechas, presa de un arrebato, y para evitar que ella
misma confesara. Y Zinaída Fiódorovna se sentía culpable, insignificante,
incapaz de dar un paso decidido y arriesgado; como consecuencia, cada día
odiaba más a su marido y estaba padeciendo no menos tormentos que en el
infierno. Pero el día anterior, en medio de la discusión, cuando él gritó con
voz llorosa: «¿Cuándo acabará todo esto, Dios mío?», y se retiró a su despacho,
ella lo persiguió como un gato a un ratón, le impidió cerrar la puerta con
llave y le gritó que lo odiaba con toda su alma. Entonces él la había dejado
entrar en el despacho y ella se lo había contado todo, le había confesado que
estaba enamorada de otro, que ese otro era su verdadero y legítimo marido y que
consideraba un deber de conciencia trasladarse a su casa ese mismo día, sin
reparar en nada, aunque le disparase con un cañón.
—Late en usted con fuerza una vena romántica —la
interrumpió Orlov, sin apartar los ojos del periódico.
Ella rompió a reír y prosiguió su relato, sin tocar
el café. Reparó en que le ardían las mejillas y, algo turbada por ese detalle,
nos miró confusa a Polia y a mí. Por lo que contó a continuación me enteré de
que el marido había respondido con reproches y amenazas; por último, se había
echado a llorar, de suerte que sería más exacto decir que había sido él, no
ella, quien había librado una batalla.
—Sí, amor mío, mientras mis nervios estaban en
tensión, todo fue bien —continuó—, pero, en cuanto cayó la noche, me sentí
abatida. Usted no cree en Dios, Georges, pero yo tengo algo de fe y temo su
castigo. Dios exige de nosotros paciencia, magnanimidad, sacrificio, y yo me
negada a tener paciencia y quería organizar la vida a mi modo. ¿Acaso está eso
bien? ¿Y si eso no es grato a los ojos de Dios? A las dos de la madrugada mi
marido entró en el dormitorio y me dijo: «No se atreverá usted a abandonarme.
La traeré de vuelta escoltada por la policía. Armaré un escándalo». Al cabo de
un rato vi que estaba de nuevo en la puerta como una sombra. «Tenga compasión
de mí. Su marcha
podría perjudicar mi carrera». Esas palabras me
causaron una inmensa impresión; era como si me hubieran cubierto de herrumbre,
pensaba, como si ya hubiera empezado el castigo; me estremecí de terror y me
eché a llorar. Tenía la impresión de que se me iba a caer el mundo encima, de
que iban a llevarme en ese mismo instante a la comisaría, de que usted dejaría
de quererme y Dios sabe cuántas cosas más. Me iré a un monasterio o me haré
enfermera, pensaba, renunciaré a la felicidad, pero en ese momento me acordaba
de que usted me amaba y consideraba que no tenía derecho a tomar decisiones sin
su conocimiento; luego todo empezó a confundirse en mi cabeza, me sentí
desesperada, y ya no sabía qué pensar ni qué hacer. No obstante, cuando salió
el sol, recuperé la alegría. Esperé que llegara la mañana y me vine
directamente aquí. ¡Ah, cuánto he sufrido, amor mío! Llevo dos noches seguidas
sin pegar ojo.
Estaba fatigada y alterada. Tenía ganas de dormir y
al mismo tiempo de hablar, reír, llorar; quería ir a desayunar a un restaurante
para sentirse libre.
—Tu piso es acogedor, pero temo que para los dos
resulte pequeño —dijo, después de tomar el café, haciendo un rápido recorrido
por las habitaciones—. ¿Qué habitación me cedes? Me gusta esta, porque está al
lado de tu despacho.
Después de la una se cambió de ropa en la
habitación contigua al despacho, que empezó a llamar suya a partir de ese
momento, y se marchó con Orlov a desayunar. Comieron también en un restaurante,
y en el largo intervalo entre el desayuno y el almuerzo fueron de tiendas.
Hasta última hora de la tarde estuve abriendo la puerta a recaderos y
mandaderos de los comercios y recogiendo de sus manos las distintas
adquisiciones. Entre otras cosas, trajeron un maravilloso tremó, un tocador,
una cama y un lujoso servicio de té, que no nos hacía ninguna falta, así como
una batería entera de cacerolas de cobre, que colocamos en fila en un estante
de nuestra cocina fría y vacía. Mientras desempaquetábamos el servicio de té, a
Polia se le encendieron los ojos y me miró dos o tres veces con odio y temor:
¿no me adelantaría a ella a la hora de robar una de esas delicadas tazas?
Trajeron un escritorio de mujer, carísimo e incómodo. Era evidente que Zinaída
Fiódorovna tenía intención de quedarse con nosotros de manera permanente,
desempeñando el papel de señora de la casa.
Regresaron los dos a eso de las diez. Sintiéndose
orgullosísima de ese acto extraordinario y valeroso, apasionadamente enamorada
y, según creía ella, apasionadamente amada, lánguida, saboreando por anticipado
una noche de sueño profundo y feliz, Zinaída Fiódorovna se sentía embriagada
por esa nueva vida. Rebosante de felicidad, se frotaba con fuerza las manos,
aseguraba que todo era maravilloso y juraba que amaría a Orlov eternamente;
esos juramentos y el convencimiento ingenuo, casi infantil, de que también a
ella la amaban profundamente y la amarían siempre, la rejuvenecían cinco o seis
años. Se complacía diciendo simpáticas tonterías y se reía de sí misma.
—¡No hay bien más preciado que la libertad!
—exclamaba, obligándose a pronunciar algún comentario serio e importante—. Si
lo piensa uno un poco, es algo bastante absurdo. No concedemos ningún valor a
nuestra propia opinión, aunque sea atinada, y en cambio temblamos ante la
opinión de cualquier idiota. Hasta el último momento he tenido miedo de la
opinión ajena, pero en cuanto he prestado oídos a mi propia voz y he decidido
vivir a mi manera, se me han abierto los ojos, he superado mis estúpidos
temores y ahora me siento feliz y deseo a todo el mundo la misma felicidad.
Pero en ese momento el curso de sus pensamientos se
interrumpió y se puso a hablar de trasladarse a otro piso, de empapelar las
paredes, de comprar unos caballos, de hacer un viaje a Suiza
e Italia. En cuanto a Orlov, estaba extenuado de
ese recorrido por tiendas y restaurantes y seguía haciendo gala de la misma
confusión que yo había notado por la mañana. Sonreía, pero más por cortesía que
por satisfacción, y cuando ella pronunciaba una frase seria, mostraba su
aquiescencia con ironía: «¡Ah, sí!».
—Stepán, encuentre cuanto antes un buen cocinero
—me dijo Zinaída Fiódorovna.
—El asunto de la cocina no corre prisa —comentó
Orlov, mirándome con frialdad—. Primero hay que mudarse a otro piso.
Orlov nunca había tenido personal de cocina ni
caballos porque, como decía él, no le gustaba «meter suciedad en casa»; a Polia
y a mí nos soportaba sólo por necesidad. El llamado «hogar familiar», con sus
alegrías y sus discusiones cotidianas, ofendía su buen gusto y se le antojaba
una vulgaridad. No podía ni pensar en una mujer embarazada, en tener hijos:
hasta hablar de esas cosas le parecía de mal tono, una chabacanería. Yo sentía
una enorme curiosidad por ver cómo iban a arreglárselas esas dos criaturas bajo
el mismo techo: ella, hogareña y hacendosa, con sus cacerolas de cobre y su
ambición de tener un buen cocinero y caballos, y él, que solía decir a sus
amigos que en casa de un hombre probo y ordenado, como en un navío de guerra,
no debía haber nada superfluo: ni mujeres, ni niños, ni trapos, ni baterías de
cocina…
V
Paso a relatarles ahora lo que sucedió el jueves
siguiente. Ese día, Orlov y Zinaída Fiódorovna comieron en Conten o Donon[46].
Orlov volvió solo a casa; en cuanto a Zinaída Fiódorovna, según me enteré
después, se fue a ver a su antigua institutriz, a Petersbúrskaia Storoná, para
pasar allí el tiempo que se quedaran los invitados, pues Orlov no quería
presentársela a sus amigos. Yo me di cuenta de todo eso a la mañana siguiente,
durante el desayuno, cuando él afirmó que para tranquilidad de ella era indispensable
suprimir las reuniones de los jueves.
Los invitados, como de costumbre, llegaron casi al
mismo tiempo.
—¿Está la señora en casa? —me preguntó Kukushkin en
un susurro.
—No señor —respondí yo.
Entró sonriendo misteriosamente, con una mirada
maliciosa y zalamera, y frotándose las manos heladas.
—Tengo el honor de felicitarle —le dijo a Orlov,
temblando de pies a cabeza, sacudido por una risa aduladora y servil—. Le deseo
que crezcan y se multipliquen como los cedros del Líbano.
Los invitados se dirigieron al dormitorio e
hicieron algunas bromas sobre unas zapatillas de mujer, la alfombra que había
entre las dos camas y una blusa gris que colgaba en uno de los cabeceros. Les
hacía gracia que aquel tipo tan testarudo, que despreciaba los aspectos más
triviales del amor, hubiera caído de pronto en las redes femeninas de un modo
tan simple y banal.
—Acabamos siendo esclavos de lo que nos burlamos
—repitió varias veces Kukushkin que, por lo demás, tenía la desagradable
costumbre de presumir citando textos en eslavo eclesiástico—. ¡Silencio!
—susurró, llevándose un dedo a los labios cuando pasaron del dormitorio a la
habitación contigua al despacho—. ¡Tsss! Aquí M argarita sueña con su Fausto.
Y se desternilló de risa, como si hubiera dicho
algo de lo más divertido. Eché un vistazo a Gruzin,
esperando que su alma musical no soportara esa
risa, pero me equivoqué. Su rostro bondadoso y enjuto resplandecía de
satisfacción. Cuando se sentaron a jugar a las cartas, tartajeando y
partiéndose de risa, dijo que lo único que le faltaba a George para completar
su felicidad familiar era comprarse una pipa de cerezo y una guitarra. Pekarski
también se reía de lo lindo, pero en su expresión concentrada se veía que la
nueva aventura amorosa de Orlov no le hacía la menor gracia. No comprendía lo
que en verdad había sucedido.
—¿Y qué pasa con el marido? —preguntó perplejo, al
finalizar la tercera partida.
—No lo sé —respondió Orlov.
Pekarski se acarició la espesa barba con los dedos,
se quedó pensativo y no volvió a abrir la boca hasta la hora de la cena. Cuando
se sentaron a la mesa, dijo lentamente, alargando cada palabra:
—Perdona que te lo diga, pero no os entiendo a
ninguno de los dos. Podéis enamoraros el uno del otro y quebrar el séptimo
mandamiento cuanto queráis, eso lo entiendo. Sí, eso lo entiendo. Pero ¿por qué
dar cuenta al marido de vuestros secretos? ¿Acaso era necesario?
—¿Es que no da lo mismo?
—Hum… —se puso a pensar Pekarski—. Oye lo que voy a
decirte, mi querido amigo — prosiguió con visible esfuerzo mental—. Si alguna
vez volviera a casarme y a ti se te ocurriera ponerme los cuernos, preferiría
no enterarme. Es mucho más honrado engañar a una persona que arruinar su
régimen de vida y su reputación. Os entiendo. Creéis que viviendo juntos
abiertamente actuáis de la manera más noble y liberal, pero no puedo mostrarme
de acuerdo con ese (¿cómo llamarlo?) con ese romanticismo —Orlov no respondió. Estaba
de mal humor y no tenía ganas de hablar. Pekarski, que seguía sin comprender,
tamborileó con los dedos en la mesa, se quedó meditabundo y al cabo comentó—:
En cualquier caso, no os entiendo. Tú no eres un estudiante ni ella una
modistilla. Ambos tenéis medios. Creo que podías haberle puesto un piso.
—No, no podía. Lee a Turguénev.
—¿Para qué? Ya lo he leído.
—Turguénev nos enseña en sus obras que cualquier
muchacha de buena posición y nobles pensamientos debe seguir al hombre amado al
fin del mundo y consagrarse a su causa —dijo Orlov, entornando los ojos
irónicamente—. Lo del fin del mundo es una licentia poëtica; en el apartamento
del hombre amado cabe de sobra el mundo entero, con todos sus fines. Por tanto,
no vivir en el mismo piso con la mujer que te ama significa negarle su elevada
misión y no compartir sus ideales. Sí, mi querido amigo, Turguénev lo escribió
y ahora me toca a mí sufrir las consecuencias.
—No entiendo qué tiene que ver Turguénev con todo
esto —dijo Gruzin en voz baja, encogiéndose de hombros—. Recuerde usted,
Georges, ese pasaje de Tres encuentros en que, yendo él a última hora de la
tarde por algún lugar de Italia, oye de pronto: Vieni pensando a me
secretamente![47] —y Gruzin se puso a cantar—. ¡Qué bonito!
—Porque ella no se ha venido aquí a la fuerza —dijo
Pekarski—. Has sido tú quien lo ha querido. —Pero ¡qué dices! No sólo no
quería, sino que ni siquiera se me pasaba por la cabeza que pudiera suceder
alguna vez. Cuando me decía que se iba a venir a vivir conmigo, me lo tomaba
como una simpática broma —todos se echaron a reír—. No podía quererlo
—prosiguió Orlov, con el tono de quien se ve obligado a justificarse—. Yo no
soy un personaje de Turguénev y, si un día me viese en la tesitura de liberar
Bulgaria, no necesitaría la compañía de una señora[48]. Considero el amor ante
todo una necesidad de mi organismo, una necesidad baja y contraria a mi
espíritu. Hay que satisfacer esa
exigencia de un modo razonable o renunciar a ella
del todo; de otro modo, introduce en tu vida elementos tan impuros como el
propio amor. Para que sea un placer y no un tormento, me esfuerzo por
embellecerlo y rodearlo de toda clase de ilusiones. No voy nunca a ver a una
mujer si antes no me he asegurado de que es hermosa y fascinante, y no voy si
mi estado de ánimo no es el apropiado. Sólo en tales condiciones conseguimos
engañarnos el uno al otro y nos figuramos que nos amamos y somos felices. Pero
¿qué placer puedo encontrar en unas cacerolas de cobre y en unos cabellos
despeinados o en dejar que me vea cuando aún no me he lavado y no estoy de buen
humor? Zinaída Fiódorovna, llevada de la ingenuidad de su corazón, quiere que
aprecie lo que he desdeñado durante toda mi vida. Quiere que mi vivienda huela
a cocina y a fregonas; desea que nos mudemos de piso cuanto antes, pasearse en
su propio carruaje, contar mi ropa interior, preocuparse de mi salud; necesita
entrometerse en mi vida privada a cada momento y seguir cada uno de mis pasos,
y al mismo tiempo me asegura con total sinceridad que ni mis costumbres ni mi
libertad sufrirán el menor menoscabo. Está convencida de que partiremos de
viaje lo más pronto posible, como dos recién casados; es decir, quiere encontrarse
permanentemente a mi lado en trenes y habitaciones de hotel, pero, cuando yo
viajo, lo que me gusta es leer, y no puedo soportar las conversaciones.
—Pues trata de explicárselo —dijo Pekarski.
—¿Cómo? ¿Crees que iba a entenderme? Nuestras
formas de pensar son diametralmente opuestas. Para ella, abandonar a su papá y
a su mamá o a su marido para unirse al hombre amado es la cima del valor
cívico, mientras a mí se me antoja una chiquillada. Cree que enamorarse de un
hombre y unirse a él representa el comienzo de una nueva vida, mientras que
para mí no significa nada. El amor y el hombre amado constituyen la esencia de
su vida, y quizá en ese sentido se deje llevar por la filosofía del subconsciente.
Intenta convencerla de que el amor no es más que una simple necesidad, como la
comida y la ropa, de que el mundo no va a venirse abajo porque a uno le caiga
en suerte un mal marido o una mala esposa, de que un libertino y un seductor
puede ser al mismo tiempo un hombre noble y genial y que, por el contrario, uno
puede renunciar al goce del amor y ser al mismo tiempo una bestia estúpida y
malvada. El hombre culto de nuestros días, aunque sea de baja extracción, por
ejemplo, un obrero francés, gasta diez sous diarios en comer, cinco en vino
para acompañar la comida y de cinco a diez en una mujer, mientras dedica su
inteligencia y sus energías por entero al trabajo. Zinaída Fiódorovna, por su
parte, no son sous lo que dedica al amor, sino su alma entera. Si tratara de
explicarle mi punto de vista, me respondería con un chillido y me diría con la
mayor sinceridad que le he destrozado la vida y que no le queda nada en el
mundo.
—No le digas nada —comentó Pekarski—. Simplemente
alquila otro piso para ella. Así de sencillo.
—Es muy fácil decirlo…
Se produjo un silencio.
—En cualquier caso, es simpática y encantadora
—dijo Kukushkin—. Las mujeres como ella se imaginan que el amor es eterno y se
entregan con pasión.
—Pero hay que tener la cabeza sobre los hombros
—repuso Orlov—, hay que razonar. Todos los casos que conocemos de la vida
diaria, así como los que han quedado grabados en las tablas de innumerables
novelas y dramas, confirman unánimemente que, en el caso de personas de buena
posición, cualquier relación adúltera o cohabitación no dura más de dos o, como
mucho, tres años, por mucho amor que hubiera en un principio. Ella debe
saberlo. Por esa razón, ese proyecto de
mudanza, esas cacerolas y esas esperanzas de amor
eterno y concordia no son más que un intento de engañarme y engañarse a sí
misma. Es simpática y encantadora, ¿quién lo discute? Pero ha puesto mi vida
patas arriba. Me ha obligado a elevar a la categoría de cuestiones serias lo
que hasta ahora he considerado un absurdo y una bobada; estoy sirviendo a un
ídolo que nunca he considerado un dios. Es simpática y encantadora pero, vaya
usted a saber por qué, cuando vuelvo de la oficina siento un peso en el alma, como
si en casa fuera a encontrarme algún espectáculo desagradable, como, por
ejemplo, una cuadrilla de fumistas que han desmontado todas las estufas y han
dejado montones de ladrillos por todas partes. En definitiva, no estoy pagando
el amor con sous, sino con una parte de mi sosiego y de mis nervios. Y eso es
espantoso.
—¡Y ella no escucha a este canalla! —suspiró
Kukushkin—. Mi querido señor —añadió con gran teatralidad—, lo liberaré de la
dura tarea de amar a esa encantadora criatura. ¡Le arrebataré a Zinaída
Fiódorovna!
—Como quiera… —dijo Orlov con indiferencia.
Kukushkin emitió una risita aguda, tembló de pies a
cabeza y al cabo de medio minuto dijo:
—¡M ire que no bromeo! ¡Luego no me venga usted
haciendo el papel de Otelo!
Todos se pusieron a hablar de la infatigable
energía de Kukushkin en asuntos amorosos, de la fascinación que ejercía sobre
las mujeres y el peligro que representaba para los maridos, y de cómo en el
otro mundo los diablos lo quemarían sobre carbones por su vida disoluta. Él
guardaba silencio, entornaba los ojos y, cuando nombraban a alguna dama
conocida, amenazaba con el meñique: no estaba bien revelar secretos ajenos. De
pronto, Orlov miró el reloj.
Los invitados comprendieron y se dispusieron a
marcharse. Recuerdo que Gruzin, que estaba algo achispado, tardó muchísimo en
ponerse el abrigo, una especie de capote como los que llevan los niños de las
familias modestas, se levantó el cuello y se demoró en un comentario
larguísimo; luego, viendo que los demás no lo escuchaban, se echó sobre el
hombro esa manta que despedía un olor desagradable a habitación de niño y, con
expresión culpable y suplicante, me pidió que le buscara el gorro.
—¡Georges, ángel mío! —dijo con ternura—. ¡Escuche,
amigo, vámonos fuera de la ciudad! —Vayan ustedes, yo no puedo. Es como si
estuviera casado.
—Es una mujer estupenda, no se enfadará. ¡Vamos, mi
querido patrón! El tiempo es excelente, hay un poco de hielo, ráfagas de nieve…
Le aseguro que necesita distraerse, está usted de mal humor, el diablo sabe lo
que le pasa…
Orlov se desperezó, bostezó y se quedó mirando a
Pekarski.
—¿Vas a ir tú? —le preguntó indeciso.
—No lo sé. Tal vez.
—¿A tomar un trago, eh? Bueno, de acuerdo, vamos
—decidió Orlov, después de cierta vacilación—. Esperad, voy a coger dinero.
Fue a su despacho, seguido de Gruzin, que
arrastraba la manta por el suelo. Al cabo de un minuto regresaron al vestíbulo.
Gruzin, algo ebrio y muy satisfecho, estrujaba en la mano un billete de diez
rublos.
—Mañana ajustaremos cuentas —dijo—. Ella es buena,
no se enfadará… Es la madrina de mi Lízochka y le tengo cariño, pobrecita. ¡Ah,
mi querido compañero! —exclamó de pronto, riéndose alegremente y apoyando la
frente en la espalda de Pekarski—. ¡Ah, Pekarski, amigo del alma!
Advocatissimus y seco como él solo, pero le gustan
las mujeres…
—Las gordas, debería añadir usted —dijo Orlov,
poniéndose la pelliza—. Bueno, vámonos, no quiero encontrármela en la entrada.
—Vieni pensando a me secretamente! —canturreó
Gruzin.
Por fin partieron. Orlov pasó la noche fuera y
regresó al día siguiente, a la hora del almuerzo.
VI
Zinaída Fiódorovna perdió un relojito de oro que le
había regalado su padre tiempo atrás. Esa pérdida la sorprendió y la asustó.
Pasó la mitad de la jornada recorriendo las habitaciones, examinando con
impotencia las mesas y los alféizares, pero era como si se lo hubiera tragado
la tierra.
Al cabo de unos tres días, al regresar a casa,
olvidó el portamonedas en el vestíbulo. Por suerte para mí, esa vez no fui yo
quien la ayudó a quitarse el abrigo, sino Polia. Cuando reparó en la pérdida,
el portamonedas ya no estaba en el vestíbulo.
—¡Qué raro! —exclamó Zinaída Fiódorovna, perpleja—.
Recuerdo perfectamente que lo saqué del bolsillo para pagar al cochero… y que
lo puse aquí, al lado del espejo. ¡No lo entiendo!
Aunque yo no lo había robado, se apoderó de mí la
sensación de que el ladrón era yo y de que me habían descubierto. Cuando se
sentó a almorzar, Zinaída Fiódorovna le dijo a Orlov en francés:
—Está casa está embrujada. Hoy perdí el
portamonedas en el vestíbulo y acaba de aparecer en mi mesa. Pero los duendes
no han hecho ese juego de manos de manera desinteresada. Se han llevado una
moneda de oro y veinte rublos por las molestias.
—Primero se le pierde a usted el reloj y ahora el
dinero… —dijo Orlov—. ¿Por qué no me sucede a mí nunca nada de eso?
Unos instantes después, Zinaída Fiódorovna ya no se
acordaba del juego de manos de los duendes y contaba riendo que la semana
anterior había encargado papel de cartas, pero había olvidado informar de la
nueva dirección, así que la tienda lo había enviado a casa de su marido, que
tuvo que pagar los doce rublos de la factura. De pronto reparó en Polia y se la
quedó mirando fijamente. M ientras la observaba, se ruborizó y se mostró tan
confundida que se puso a hablar de otra cosa.
Cuando le llevé el café a su despacho, Orlov estaba
de pie junto a la chimenea, de espaldas al fuego, mientras ella estaba sentada
en un sillón, enfrente de él.
—En absoluto estoy de mal humor —decía en francés—.
Pero he estado dándole vueltas y ahora lo veo todo claro. Puedo decirle el día
y hasta la hora en que me robó el reloj. ¿Y el portamonedas? En ese caso no
cabe ninguna duda. ¡Ah! —sonrió, cogiendo la taza de café que le ofrecía—.
Ahora entiendo por qué pierdo tan a menudo pañuelos y guantes. Puede decir lo
que quiera, pero mañana mismo pongo a esa urraca de patitas en la calle y mando
a Stepán a por mi Sofia, que no es una ladrona ni tiene ese aspecto tan…
repelente.
—Está usted de mal humor. Mañana, cuando se le haya
pasado el enfado, se dará cuenta de que no se puede despedir a una persona sólo
porque se sospeche de ella.
—Nada de sospechas, estoy segura —dijo Zinaída
Fiódorovna—. Mientras sospeché de su criado, ese proletario de aspecto tan
tristón, no dije una palabra. Me ofende, Georges, que no me crea usted.
—Que tengamos opiniones distintas sobre algunas
cosas no quiere decir que no la crea. Aunque tuviera usted razón —dijo Orlov,
volviéndose hacia el fuego y arrojando el cigarrillo—, no habría motivo para
alterarse de ese modo. Si le digo la verdad, no esperaba que mi modesto hogar
le causara tantas preocupaciones y quebraderos de cabeza. Ha perdido una moneda
de oro. Bueno, pues al diablo con ella; coja, si quiere, cien de las mías. Pero
alterar el orden establecido, meter en casa a una doncella desconocida y
esperar a que se acostumbre a sus nuevas tareas es un proceso largo, tedioso
y contrario a
mi carácter. Cierto que nuestra actual doncella está gorda y que quizá tenga
debilidad por los pañuelos y los guantes, pero por otro lado es muy decente y
disciplinada y no chilla cuando Kukushkin le da pellizcos.
—Resumiendo, que no puede separarse de ella… Dígalo
sin tapujos. —¿Está usted celosa?
—¡Sí, estoy celosa! —afirmó Zinaída Fiódorovna con
decisión. —Gracias.
—¡Sí, estoy celosa! —repitió ella, y en sus ojos
brillaron las lágrimas—. No, no son celos, sino algo peor… Ni siquiera sé qué
nombre darle —se llevó las manos a las sienes y prosiguió acalorada —:
¡Ustedes, los hombres, son a veces repugnantes! ¡Qué horror!
—No veo en todo esto ningún horror.
—Nunca he presenciado esa clase de cosas y, en
realidad, no sé nada, pero se dice que ustedes, los hombres, empiezan ya en la
adolescencia a tener relaciones con las doncellas y que luego, por costumbre,
no sienten ninguna repulsión. No lo sé, no lo sé, pero hasta lo he leído…
Georges, tienes tú razón —añadió, acercándose a Orlov y adoptando un tono
cariñoso y suplicante—, la verdad es que hoy no estoy de buen humor. Pero trata
de comprenderme, no puedo evitarlo. Me repugna y me da miedo. Su sola presencia
me molesta.
—¿Es que no puede prescindir de esas mezquindades?
—dijo Orlov, encogiéndose de hombros en señal de perplejidad y apartándose de
la chimenea—. No le preste usted atención, así de sencillo. De ese modo, no le
parecerá repugnante y dejará de hacer una montaña de un grano de arena.
Como en ese momento salí del despacho, no sé qué
respuesta recibiría Orlov. En cualquier caso, Polia se quedó con nosotros.
Después de ese incidente, Zinaída Fiódorovna no le dirigía la palabra para
nada; era evidente que trataba de arreglárselas sin sus servicios. Bastaba que
Polia le tendiera algún objeto o simplemente pasara a su lado, con el tintineo
de su brazalete y el frufrú de sus enaguas, para que se estremeciera.
Creo que si Gruzin o Pekarski le hubieran pedido a
Orlov que despidiera a Polia, lo habría hecho sin la menor vacilación, sin
exigir explicaciones de ningún tipo, pues era complaciente, como todas las
personas indiferentes. Pero en sus relaciones con Zinaída Fiódorovna, vaya
usted a saber por qué, hacía gala de una cerrazón rayana a veces en el
despotismo, aun tratándose de cuestiones insignificantes. Pronto comprendí una
cosa: bastaba que a ella le gustara algo, para que a él le desagradara. Cuando
Zinaída Fiódorovna volvía de sus compras y se aprestaba a enseñarle, muy ufana,
sus nuevas adquisiciones, él se limitaba a echarles un vistazo somero y decía
con frialdad que, cuanto más se llenara la casa de objetos superfluos, menos
aire habría en las habitaciones. A veces, ya con el frac puesto para salir, y
habiéndose despedido de Zinaída Fiódorovna, le entraba de pronto la cabezonada
de quedarse en casa. En tales ocasiones yo tenía la impresión de que actuaba de
ese modo con el único objeto de sentirse desdichado.
—¿Por qué no se ha marchado usted? —preguntaba
Zinaída Fiódorovna, fingiéndose enfadada y en verdad resplandeciendo de
satisfacción—. ¿Por qué? No está habituado a pasar las veladas en casa
y yo no
quiero que altere sus costumbres por culpa mía. Haga el favor de irse, si no
quiere que me sienta culpable.
—¿Quién la culpa a usted de nada? —decía Orlov.
Se desplomaba en el sillón de su despacho con aire
de víctima y, protegiéndose los ojos, se ponía a leer. Pero al poco rato el
libro se le caía de las manos; entonces se daba la vuelta con indolencia en el
sillón y de nuevo se protegía los ojos, como si le molestara el sol. Ya por
entonces se arrepentía de no haberse marchado.
—¿Puedo pasar? —decía Zinaída Fiódorovna, entrando
con indecisión en el despacho—. ¿Está usted leyendo? M e aburría, así que he
venido un momento… a echar un vistazo.
Recuerdo que una tarde entró en un mal momento y,
con su habitual indeterminación, se sentó en la alfombra, a los pies de Orlov;
por sus movimientos tímidos y delicados se podía ver que no entendía su estado
de ánimo y que tenía miedo.
—Se pasa usted todo el tiempo leyendo… —se aventuró
a decir por fin, con la intención evidente de adularlo—. ¿Sabe, Georges, cuál
es el secreto de su éxito? Es usted muy culto e inteligente. ¿Qué libro es?
Orlov respondió. Pasaron unos minutos en silencio,
que a mí se me antojaron muy largos. Yo estaba en la sala, y desde allí los
observaba, siempre temiendo que me viniera un acceso de tos.
—Quería decirle algo… —comentó en voz baja Zinaída
Fiódorovna y se echó a reír—. ¿Se la digo? Puede que se burle usted de mí y me
diga que no hago más que fantasear. Pues verá: me hace mucha, muchísima ilusión
pensar que hoy se ha quedado usted por mí… para pasar la velada conmigo. ¿Es
así? ¿Puedo pensarlo?
—Piénselo —dijo Orlov, protegiéndose los ojos—.
Dichoso aquel que cree no sólo lo que es, sino también lo que no es…
—Ha dicho usted una frase muy larga y no la he
entendido del todo. ¿Quiere usted decir que las personas felices viven de
figuraciones? Sí, es verdad. A mí me gusta pasar las veladas en su despacho
y dejar volar
la imaginación… ¡Qué grato es soñar! ¡Venga, Georges, soñemos en voz alta!
—Yo no he ido a un internado femenino y, por tanto,
no he aprendido esas sutilezas.
—¿No está usted de humor? —preguntó Zinaída
Fiódorovna, cogiéndole la mano—. Dígame por qué. Cuando se pone usted así, me
da miedo. No sé si es que le duele la cabeza o está enfadado conmigo… —de nuevo
se produjo un largo silencio—. ¿Por qué ha cambiado usted? —preguntó ella en
voz baja—. ¿Por qué ya no se muestra tan cariñoso y alegre como en la calle
Známenskaia? Hace ya casi un mes que vivo con usted y tengo la sensación de que
aún no hemos empezado a vivir ni hemos hablado de nada como Dios manda. Siempre
me responde usted con bromas o con frases largas y frías, como si fuera un
profesor. Hasta en sus bromas hay cierta frialdad… ¿Por qué ha dejado de hablar
en serio conmigo?
—Yo siempre hablo en serio.
—Bueno, pues vamos a hablar en serio. Por el amor
de Dios, Georges… Hablemos. —Vale. Pero ¿de qué?
—De nuestra vida, de nuestro futuro… —dijo Zinaída
Fiódorovna con aire soñador—. Yo me paso el tiempo haciendo planes y más
planes, ¡y soy tan feliz…! Georges, empezaré con una
pregunta: ¿cuándo va a renunciar usted a su puesto?
—¿Para qué? —preguntó Orlov, apartando la mano de
la frente.
—Con las ideas que tiene, no puede usted ser
funcionario. Ese no es su sitio.
—¿Mis ideas? —preguntó Orlov—. ¿Mis ideas? Por
naturaleza y por convencimiento no soy más que un simple funcionario, un
personaje de Schedrín. Me atrevo a asegurarle que me toma usted por otro.
—¿Ya está usted con sus bromas, Georges!
—Nada de eso. Puede que mi trabajo no me satisfaga,
pero en cualquier caso lo prefiero a cualquier otra cosa. Estoy acostumbrado a
la oficina; allí la gente es como yo, de manera que no me siento superfluo y me
encuentro más o menos a gusto.
—Usted odia el trabajo. Está harto de él.
—¿De veras? ¿Y cree usted que, si pido el retiro,
me pongo a soñar en voz alta y me transporto a otro mundo, esa vida me
resultará menos odiosa que el trabajo?
—Con tal de llevarme la contraria, es usted capaz
hasta de calumniarse a sí mismo —se ofendió Zinaída Fiódorovna y se puso en
pie—. Lamento haber iniciado esta conversación.
—¿Por qué se enfada usted? Yo no me enfado porque
usted no trabaje en una oficina. Cada uno vive como mejor le parece.
—¿De verdad vive usted como quiere? ¿Acaso es usted
libre? Pasarse la vida escribiendo documentos que son contrarios a sus
convicciones —prosiguió Zinaída Fiódorovna, uniendo las manos en un gesto de
desesperación—. Obedecer, felicitar el Año Nuevo a los superiores y luego
cartas, cartas y más cartas, y, sobre todo, someterse a un orden de cosas que
no puede ser de su agrado. ¡No, Georges, no! Déjese de bromas pesadas. Es
terrible. Usted es un idealista y sólo debe servir a sus ideas.
—De verdad que me toma usted por otro —suspiró
Orlov.
—Dígame sin más que no tiene ganas de hablar
conmigo. No me soporta, eso es todo —profirió entre lágrimas Zinaída
Fiódorovna.
—Escuche, querida —dijo Orlov en tono sentencioso,
retrepándose en el sillón—, usted misma ha tenido la bondad de calificarme de
hombre culto e inteligente. Y enseñar al que ya sabe no conduce a nada. Conozco
muy bien todas las ideas, pequeñas y grandes, que tiene usted en mente cuando
me llama idealista. En consecuencia, si prefiero el trabajo y las cartas a esas
ideas, debe de haber algún motivo. Eso en primer lugar. En segundo, por lo que
yo sé, usted no ha trabajado nunca, de manera que sus juicios sobre el servicio
civil sólo han podido formarse a partir de anécdotas y novelas de cuarta fila.
Por tanto, no estaría de más que nos pusiéramos de acuerdo de una vez para
siempre sobre este punto: no hablar de cosas archiconocidas o de asuntos que no
son de nuestra incumbencia.
—¿Por qué me habla en ese tono? —exclamó Zinaída
Fiódorovna, retrocediendo como horrorizada—. ¿Por qué? ¡Por el amor de Dios,
Georges, recapacite! —su voz temblaba y se quebraba; era evidente que trataba
de contener las lágrimas, pero de pronto estalló en sollozos—. ¡Georges,
querido, me siento morir! —añadió en francés, postrándose de pronto delante de
Orlov y apoyando la cabeza en sus rodillas—. Qué angustia, qué tormento. No
puedo más, no puedo… De niña una madrastra odiosa y perversa, luego mi marido y
ahora usted… Usted… A mi amor apasionado responde con ironía y frialdad… ¡Y esa
espantosa y descarada doncella! —prosiguió, entre gemidos—. Sí, sí, ya me doy
cuenta: no soy su esposa, ni su amiga, sino una mujer a la que no
respeta usted porque se ha convertido en su amante…
¡M e mataré!
No esperaba que esas palabras y ese llanto causaran
en Orlov tan profunda impresión. Se ruborizó, se removió inquieto en el sillón,
y su rostro, en lugar de ironía, reflejó un miedo obtuso y pueril.
—Querida, no me ha comprendido usted, se lo juro
—farfulló confuso, pasándole la mano por los cabellos y los hombros—.
Perdóneme, se lo ruego. He sido injusto y … me desprecio a mí mismo.
—Lo importuno con mis llantos y mis lamentos… Es
usted honrado y generoso… un hombre como hay pocos… No lo olvido ni un momento,
pero estos últimos días casi me muero de tristeza…
Zinaída Fiódorovna abrazó impulsivamente a Orlov y
le dio un beso en la mejilla.
—Pero no llore, por favor —dijo él.
—No, no… Ya he llorado bastante y me siento mejor.
—En lo que respecta a la doncella, mañana mismo
abandonará esta casa —exclamó, sin dejar de removerse inquieto en el sillón.
—No, que se quede, Georges. ¿Me oye? Ya no me da
miedo… Hay que estar por encima de esas mezquindades y no pensar en tonterías.
¡Tiene usted razón! Es usted un hombre como hay pocos… ¡un hombre
extraordinario!
Pronto dejó de llorar. Sentada en las rodillas de
Orlov, con las lágrimas aún brillando en sus pestañas, se puso a contarle a
media voz una historia conmovedora, quizá recuerdos de infancia y juventud,
mientras le acariciaba el rostro con la mano, lo besaba y observaba atentamente
los anillos de sus dedos y los dijes de su cadena. Estaba entusiasmada por su
propio relato y por la proximidad del hombre amado, y, quizá porque las
recientes lágrimas habían limpiado y refrescado su alma, su voz tenía un matiz
de extraordinaria pureza y sinceridad. Orlov, por su parte, jugueteaba con sus
cabellos castaños y le besaba las manos, presionándolas con sus labios sin
hacer ruido.
Luego tomaron el té en el despacho y Zinaída Fiódorovna leyó en voz alta algunas
cartas.
Pasadas las doce, se fueron a dormir.
Esa noche me dolió mucho un costado, y hasta
primera hora de la mañana no conseguí calentarme
y conciliar
el sueño. Oí que Orlov salía de su habitación y entraba en el despacho. Tras
pasar allí casi una hora, tocó el timbre. Olvidando todas las reglas de la
decencia, por culpa del dolor y la fatiga, me presenté en su estudio en ropa
interior y descalzo. Orlov, con bata y gorro de dormir, me esperaba en el
umbral.
—Cuando se te llama, debes acudir vestido —dijo con
severidad—. Tráeme más velas.
Quise excusarme, pero de pronto me vino un fuerte
acceso de tos y, para no caer, tuve que apoyar una mano en la jamba.
—¿Está usted enfermo? —preguntó Orlov.
Creo que desde que nos conocíamos era la primera
vez que me trataba de usted. Dios sabrá por qué lo haría. Es probable que
vestido sólo con la ropa interior y con la cara desfigurada por la tos no
desempeñara bien mi papel y no guardase mucho parecido con un criado.
—Si está usted enfermo, ¿por qué trabaja?
—preguntó. —Para no morirme de hambre —respondí.
—¡Qué repugnante es todo esto, la verdad! —dijo en
voz baja, mientras se acercaba a su escritorio.
Mientras yo,
ya con la levita puesta, colocaba y
encendía las nuevas velas, él se sentó al
escritorio y, extendiendo las piernas sobre un
sillón, se puso a abrir un libro con una plegadera.
Lo dejé sumido en la lectura; esta vez el libro no
se le cayó de las manos, como la jornada anterior.
VII
Ahora, mientras escribo estos renglones, frena mi
mano un miedo inculcado desde la infancia: me aterra parecer sentimental y
ridículo. Cuando quiero mostrarme afectuoso y decir palabras tiernas, no
consigo ser sincero. Ese temor, así como la falta de costumbre, me impide
expresar con toda claridad lo que sucedió entonces en mi corazón.
No estaba enamorado de Zinaída Fiódorovna, pero en
el simple sentimiento de humanidad que alimentaba por ella había mucha más
juventud, frescura y alegría que en el amor de Orlov.
Por la mañana, mientras lustraba botas con un
cepillo o pasaba la escoba, esperaba con el alma en vilo el momento en que por
fin oiría su voz y sus pasos. ¡Si supieran ustedes qué importante era para mí
observarla mientras tomaba el café y desayunaba, ponerle la pelliza en el
vestíbulo o ayudarla a calzarse los chanclos en sus pequeños pies, mientras
ella se apoyaba en mi hombro, y luego esperar a que desde abajo me llamara el
portero, aguardarla en la puerta y verla llegar con las mejillas sonrosadas, aterida,
salpicada de nieve, escuchar sus exclamaciones entrecortadas sobre el hielo o
el cochero! Ardía en deseos de enamorarme, de formar mi propia familia, y
quería que mi futura esposa tuviera precisamente esa cara, esa voz. Soñaba
cuando comía y cuando salía de casa a cumplir algún encargo, y también por la
noche, cuando no lograba conciliar el sueño. Orlov rechazaba con repugnancia
las prendas de mujer, los niños, la cocina, las cacerolas de cobre, mientras yo
recogía todo eso, lo mecía con delicadeza en mis sueños, lo amaba, se lo pedía
al destino, y me perdía en ensoñaciones sobre una esposa, un cuarto para los
niños, un jardín con senderos de arena, una casita…
Sabía que, si me enamoraba de ella, no podía contar
con el milagro de ser correspondido, pero esa consideración no me inquietaba.
El sentimiento que albergaba era modesto y recatado, nada más que una mera
inclinación, por lo que no sentía celos de Orlov, ni siquiera envidia, pues
comprendía que, en el caso de un hombre tullido como yo, la felicidad sólo es
posible en los sueños.
Cuando Zinaída Fiódorovna, por la noche, esperaba a
su Georges, mirando fijamente un libro, sin volver la página, o cuando se
estremecía y palidecía porque Polia atravesaba la habitación, yo sufría con
ella y se me pasaba por la cabeza la idea de sajar cuanto antes ese enconado
absceso, arreglándomelas para que se enterara de todo lo que se decía en las
cenas de los jueves. Pero ¿cómo hacerlo? Cada vez más a menudo era testigo de
sus lágrimas. Durante las primeras semanas se reía y cantaba una cancioncilla,
incluso cuando Orlov no estaba, pero ya durante el segundo mes la vida en casa
se sumió en un silencio ominoso, que sólo se quebraba los jueves.
Zinaída Fiódorovna adulaba a Orlov y, con tal de
arrancarle una sonrisa insincera o un beso, estaba dispuesta a ponerse de
rodillas y hacerle fiestas como un perrito faldero. Cuando pasaba delante de un
espejo, incluso cuando estaba con el ánimo por los suelos, no podía dejar de
mirarse y arreglarse el peinado. Me parecía extraño que siguiera interesándose
por la ropa y que no hubiera perdido su entusiasmo por las compras, pues era
algo que no cuadraba con su sincera pesadumbre.
Seguía la moda y encargaba costosos vestidos. ¿Para
quién y por qué razón? Recuerdo sobre todo un vestido nuevo que costó
cuatrocientos rublos. ¡Pagar cuatrocientos rublos por un vestido superfluo e
innecesario, cuando nuestras jornaleras reciben veinte kopeks al día por su
trabajo extenuante, de los que hay que descontar la comida, y cuando a las
bordadoras de Bruselas y Venecia les pagan sólo medio franco diario, contando
con que el resto se lo ganarán haciendo la calle! Me parecía extraño, y hasta
me enojaba, que Zinaída Fiódorvna no se diera cuenta de esas cosas. Pero
bastaba que saliera de casa para que se lo perdonara todo, para que lo
disculpara todo, y me dispusiera a aguardar anhelante la llamada del portero.
Me trataba como a un lacayo, como a una criatura
inferior. Se puede acariciar a un perro sin prestarle atención. Los amos me
daban órdenes y me hacían preguntas sin reparar en mi presencia. Consideraban
inconveniente hablar conmigo más de lo debido. Si se me hubiera ocurrido,
cuando servía la cena, entrometerme en una conversación o echarme a reír,
probablemente me habrían tomado por loco y me habrían despedido. En cualquier
caso, Zinaída Fiódorovna era benévola conmigo. Cuando me enviaba a algún sitio o
me explicaba el funcionamiento de una lámpara nueva u otra cosa por el estilo,
su rostro adoptaba una expresión de lo más serena, afable y cordial, y me
miraba directamente a los ojos. En tales ocasiones siempre tenía la impresión
de que se acordaba con agradecimiento de las cartas que le llevaba a la calle
Známenskaia. Cuando llamaba, Polia, que me consideraba el favorito del ama y me
odiaba por ello, decía con una sonrisa emponzoñada:
—Vete, tu amorcito te llama.
Zinaída Fiódorovna me consideraba un ser inferior y
no albergaba la menor sospecha de que era la única persona en esa casa que
podía sentirse humillada. No sabía que yo, un lacayo, sufría por ella y unas
veinte veces al día me preguntaba qué le depararía el futuro y cómo acabaría
todo. Cada día que pasaba la situación empeoraba a ojos vistas. Al parecer,
después de aquella tarde en que hablaron del trabajo, Orlov, a quien no le
gustaban las lágrimas, empezó a tener miedo y procuró evitar cualquier conversación
con ella. Cuando Zinaída Fiódorovna empezaba a discutir, o a suplicar, o
parecía a punto de echarse a llorar, él encontraba alguna excusa plausible para
retirarse a su despacho o incluso para salir de casa. Cada vez era más raro que
se quedara a pasar la noche y más raro aún que cenara en casa. Los jueves él
mismo pedía a sus amigos que lo llevaran a alguna parte. Zinaída Fiódorovna
soñaba, como antes, con una cocina, con un piso nuevo y con un viaje al
extranjero, pero sus sueños seguían sin hacerse realidad. La comida la traían
de un restaurante; en cuanto a la cuestión de la vivienda, Orlov le había
pedido que no la planteara hasta que regresaran del viaje al extranjero, que
por lo demás no podrían emprender antes de que le creciera el pelo, porque no
podía ir de hotel en hotel, consagrado a sus ideas, si no tenía el pelo largo.
Como si no bastase con eso, Kukushkin empezó a
aparecer por las tardes, cuando Orlov estaba ausente. Su comportamiento no
tenía nada de extraño, pero a mí no se me iba de la cabeza aquella conversación
en que había afirmado que le quitaría la amante a Orlov. Le servíamos té y vino
tinto, y él soltaba esas risitas suyas y, deseando decir algo agradable,
aseguraba que el matrimonio civil era superior al eclesiástico en todos los
sentidos y que, en realidad, todas las personas decentes deberían postrarse a
los pies de Zinaída Fiódorovna.
VIII
Las fiestas de Navidad pasaron en medio del
aburrimiento, como un vago anticipo de la catástrofe que se avecinaba. La
víspera de Año Nuevo, mientras tomaba su café matinal, Orlov anunció de
improviso que sus superiores, después de investirlo de poderes especiales,
habían dispuesto que se uniera a un senador que iba a realizar un viaje de
inspección a cierta provincia.
—No me apetece ir, pero no se me ocurre ninguna
excusa —dijo disgustado—. Tengo que obedecer, no hay nada que hacer.
En cuanto se enteró de esa novedad, a Zinaída
Fiódorovna se le enrojecieron los ojos.
—¿Para mucho tiempo? —preguntó.
—Cinco o seis días.
—A decir verdad, me alegro de que te marches —dijo,
después de pensarlo un momento—. Te distraerás. Tendrás una aventura durante el
viaje y luego me la contarás.
Siempre que se presentaba la ocasión, trataba de
demostrarle a Orlov que no coartaba su libertad y que era dueño de hacer lo que
se le antojase, pero esa política tan ingenua y transparente no engañaba a
nadie y sólo servía para recordarle una vez más a Orlov que no era libre.
—M e marcho esta tarde —dijo él, y se puso a leer
el periódico.
Zinaída Fiódorovna tenía intención de acompañarlo a
la estación, pero él la disuadió, argumentando que no se marchaba a América ni
estaría fuera cinco años, sólo cinco días, tal vez menos.
Se despidieron poco después de las siete. Él le
rodeó la cintura con un solo brazo y la besó en la frente y en los labios.
—Sé buena y no te entristezcas durante mi ausencia
—dijo en un tono tan afectuoso y cordial que me conmovió incluso a mí—. Que
Dios te bendiga.
Ella miró con ansia su rostro, como tratando de
imprimir con mayor fuerza en la memoria esos rasgos tan queridos; luego le echó
las manos al cuello con un gesto lleno de gracia y apoyó la cabeza en su pecho.
—No me guardes rencor por nuestros malentendidos
—dijo en francés—. Un marido y una mujer no pueden dejar de discutir si se
quieren, y yo te quiero con locura. No me olvides… Telegrafíame lo más a menudo
que puedas y dame noticias detalladas.
Orlov volvió a besarla y salió sin añadir palabra,
sintiendo cierta confusión. Cuando ya se había oído el ruido del cerrojo en la
puerta, se detuvo en medio de la escalera, meditabundo, y miró hacia arriba. Yo
tenía la impresión de que, si en ese momento hubiera oído ahí el menor ruido,
se habría vuelto. Pero todo estaba en silencio. Se arregló el capote y empezó a
bajar los peldaños con indecisión.
En la entrada esperaban dos trineos desde hacía
algún tiempo. Orlov se sentó en uno y en el otro me acomodé yo con las dos
maletas. El frío era muy intenso y en los cruces de las calles ardían hogueras.
La velocidad de la marcha hacía que el gélido viento me arañara la cara y las
manos y me cortara el aliento; con los ojos cerrados, iba pensando: «¡Qué mujer
tan maravillosa! ¡Cuánto lo ama! Hoy día se recogen por los patios hasta los
objetos inservibles, para venderlos con fines benéficos; hasta un espejo roto
se considera una mercancía aprovechable, pero algo tan valioso y raro como el
amor de una mujer joven, refinada, inteligente y decente se pierde
completamente en vano. Un viejo sociólogo consideraba que cualquier pasión
negativa era una fuerza que, con sabiduría, podía encauzarse al bien; en
nuestro país, en cambio, una pasión noble y hermosa nace y luego muere
impotente, sin dirección alguna, incomprendida o
degradada. ¿Por qué?».
Los trineos se detuvieron de pronto. Abrí los ojos
y vi que estábamos en la calle Serguiévskaia, cerca del caserón donde vivía
Pekarski. Orlov se apeó del trineo y desapareció en el interior del edificio.
Al cabo de unos cinco minutos apareció en la puerta el lacayo de Pekarski, sin
gorro, y me gritó, enfadado por el frío que hacía:
—¿Estás sordo o qué te pasa? Despide a los cocheros
y sube. ¡Te llaman!
Sin entender nada, me dirigí a la segunda planta.
Había estado antes en casa de Pekarski, es decir, había echado un vistazo a la
sala desde el vestíbulo, y siempre me había impresionado el esplendor de los
marcos, de los bronces y del costoso mobiliario, sobre todo después de
atravesar calles húmedas
y sombrías.
Ahora, en medio de ese esplendor, vi a Gruzin, a Kukushkin y un poco después
también a Orlov.
—Escucha, Stepán —dijo, acercándose a mí—. Voy a
quedarme aquí hasta el viernes o el sábado. Si llegan cartas o telegramas,
tráemelos a diario. En casa, desde luego, dirás que he partido y que mando un
saludo. Adiós.
Cuando regresé a casa, Zinaída Fiódorovna estaba
tumbada en el sofá de la sala, comiendo una pera. Sólo ardía una vela, colocada
en un candelabro.
—¿Llegasteis a tiempo a la estación? —me preguntó.
—Desde luego. El señor le manda un saludo.
M e retiré a mi habitación y también me tumbé. No
tenía nada que hacer y no me apetecía leer. No estaba sorprendido ni indignado,
pero me exprimía los sesos tratando de comprender la necesidad de ese engaño,
pues sólo los muchachos engañan de ese modo a sus amantes. ¿Cómo era posible
que a un hombre que había leído y razonado tanto no se le hubiera ocurrido algo
más elaborado? Reconozco que no tenía una mala opinión de su inteligencia. Creo
que, si hubiera necesitado engañar al ministro de su ramo o a otro personaje
importante, habría empleado no pocas energías y artimañas; en cambio, para
engañar a una mujer había echado mano de lo primero que se le había pasado por
la imaginación. Si la argucia tenía éxito, bien, y si no, poco importaba, pues
podía mentir una segunda vez, con la misma facilidad y presteza, sin romperse
la cabeza.
A medianoche, mientras en el piso de arriba
recibían el Año Nuevo con rumores de sillas, gritos y vivas, Zinaída Fiódorovna
llamó desde la habitación contigua al despacho. Con cierta languidez, después
de haber pasado tanto tiempo tumbada, se había sentado a la mesa y estaba
escribiendo algo en un pedazo de papel.
—Hay que mandar un telegrama —dijo, sonriendo—.
Vaya cuanto antes a la estación y pida que lo envíen de inmediato.
Cuando salí a la calle, leí la nota: «Feliz Año
Nuevo y muchas felicidades. Telegrafía en seguida. Te echo muchísimo de menos.
Ha pasado una eternidad. Lamento que no sea posible mandar por telégrafo un
millar de besos y mi propio corazón. Que lo pases bien, amor mío. Zina».
M andé el telegrama y a la mañana siguiente
entregué el resguardo a Zinaída Fiódorovna.
IX
Lo peor de todo era que Orlov había cometido la
torpeza de hacer partícipe del engaño también a
Polia, ordenándole que le llevara sus camisas a la
calle Serguiévskaia. A partir de ese momento, Polia miraba a Zinaída Fiódorovna
con malevolencia y un odio que yo no alcanzaba a entender, y no dejaba de bufar
de contento cuando estaba en el vestíbulo o en su habitación.
—¡Ya ha pasado aquí demasiado tiempo, es hora de
que se vaya! —decía con satisfacción—. Es la primera que tendría que
entenderlo.
Barruntando que Zinaída Fiódorovna no se quedaría
mucho tiempo entre nosotros, procuraba no perder el tiempo y arramblaba con
todo lo que se le ponía a tiro: frascos, horquillas de carey, pañuelos,
zapatos. El segundo día del año Zinaída Fiódorovna me llamó a su habitación y
me informó a media voz de que le había desaparecido un vestido negro. Luego
recorrió todas las habitaciones, pálida, con expresión asustada e indignada,
hablando consigo misma:
—¿Cómo es posible? Pero ¿cómo es posible? ¡Es de
una insolencia inaudita!
Durante la comida, quiso servirse ella misma la
sopa, pero no pudo: le temblaban las manos. También le temblaban los labios.
Miraba impotente la sopa y las empanadillas, esperando que se le pasara el
temblor, pero de pronto no pudo contenerse y miró a Polia.
—Usted, Polia, puede salir de la habitación —dijo—.
Con Stepán me basta.
—No me importa quedarme, señora —respondió Polia.
—No hay motivo para que se quede aquí. Váyase de
una vez para siempre… ¡de una vez para siempre! —gritó Zinaída Fiódorova y,
presa de una gran agitación, se puso en pie—. Puede buscarse otra colocación.
¡Váyase ahora mismo!
—No puedo irme hasta que el señor me lo ordene. Es
él quien me contrató. Se hará lo que él diga. —¡Yo también le doy órdenes! ¡Soy
la señora de la casa! —dijo Zinaída Fiódorovna, poniéndose
como la grana.
—Puede que sea usted la señora de la casa, pero
sólo el señor puede despedirme. Fue él quien me contrató.
—¡No se atreva a quedarse aquí ni un minuto más!
—gritó Zinaída Fiódorovna y golpeó el plato con el cuchillo—. ¡Es usted una
ladrona! ¿M e oye?
Zinaída Fiódorovna arrojó la servilleta sobre la
mesa y salió a toda prisa del comedor, con una expresión lastimosa y sufriente.
Polia también salió, entre ruidosos gemidos y lamentos. La sopa y la becada se
enfriaron. Por alguna razón, esos suntuosos manjares traídos del restaurante me
parecieron de pronto no menos miserables y rufianescos que Polia. Dos
empanadillas que había en un plato tenían un aspecto especialmente penoso y
lamentable. «Hoy nos devolverán al restaurante — parecían decir— y mañana nos servirán
de nuevo en el almuerzo de un funcionario o una cantante famosa».
—¡Es una señora muy importante, figúrate! —se oía
en la habitación de Polia—. Si hubiera querido, hace tiempo que yo también
sería una señora así… ¡Pero me da vergüenza! ¡Ya veremos quién de las dos se
marcha primero! ¡Sí!
Zinaída Fiódorovna llamó. Estaba sentada en un
rincón, y por la expresión de su rostro se diría que alguien la había puesto
allí como castigo.
—¿No han traído ningún telegrama? —preguntó.
—No señora.
—Pregúntele al portero, quizá haya llegado alguno.
Pero no salga de casa —añadió, cuando me di la vuelta—. M e da miedo quedarme
sola.
A partir de ese momento, casi cada hora tenía que
bajar corriendo para preguntarle al portero si se había recibido algún
telegrama. ¡Debo confesar que fueron unos días terribles! Para no ver a Polia,
Zinaída Fiódorovna comía y tomaba el té en su habitación, donde también dormía,
haciéndose personalmente el lecho en un sofá pequeño y arqueado. En los
primeros días era yo quien se encargaba de enviar los telegramas, pero, al no
recibir respuesta, dejó de confiar en mí y empezó a ir ella misma a la oficina
de telégrafos. Era tanta su ansiedad que también yo me puse a esperar con
impaciencia un telegrama. Albergaba la esperanza de que a Orlov se le hubiera
ocurrido alguna estratagema, por ejemplo, que hubiera dado disposiciones para
que enviaran un telegrama desde alguna estación. Si está demasiado absorbido
con las partidas de cartas, pensaba yo, o ha tenido tiempo de encapricharse de
otra mujer, seguro que Gruzin o Kukushkin le recuerdan nuestra existencia. Pero
esperamos en vano. Unas cinco veces al día entraba en la habitación de Zinaída
Fiódorovna con la intención de contarle toda la verdad, pero, al ver su aire
desamparado, sus hombros caídos y sus labios trémulos, me retiraba sin decir
palabra. La compasión y la piedad me robaban todo rastro de valor. Polia,
alegre y satisfecha, como si la cosa no fuera con ella, limpiaba el despacho
del señor y el dormitorio, husmeaba en los armarios, recogía la vajilla con
tintineo de platos y, al pasar por la puerta de Zinaída Fiódorovna, canturreaba
y tosía. Le gustaba que la señora se escondiese de ella. Salía por la noche y
no regresaba hasta las dos o las tres de la madrugada; cuando llamaba al
timbre, yo tenía que abrirle y escuchar sus observaciones sobre mi tos. Al poco
rato se oía otro timbrazo y yo tenía que acudir corriendo a la habitación
contigua al despacho, donde Zinaída Fiódorovna, asomando la cabeza por la
puerta, me preguntaba: «¿Quién ha llamado?». Y me miraba las manos para ver si
llevaba algún telegrama.
Cuando el sábado, por fin, llamaron abajo y en la
escalera se oyó una voz conocida, se alegró tanto que se puso a sollozar.
Corrió a su encuentro, lo abrazó, le besó el pecho y las mangas, pronunció
palabras incomprensibles. El portero metió las maletas en casa, se oyó la voz
alborozada de Polia. ¡Era como si hubiera llegado alguien a pasar unos días de
vacaciones!
—¿Por qué no has telegrafiado? —decía Zinaída
Fiódorovna, con la respiración entrecortada por la alegría—. ¿Por qué? Cuánto
he sufrido, ya no podía más… ¡Ah, Dios mío!
—¡Pues muy sencillo! El senador y yo partimos el
primer día para Moscú, de modo que no me llegaron tus telegramas —dijo Orlov—.
Después de comer, querida, te lo contaré todo en detalle; ahora quiero dormir,
dormir y nada más… Vengo agotado del viaje.
Era evidente que no había dormido en toda la noche:
probablemente había estado jugando a las cartas y había bebido mucho. Zinaída
Fiódorovna lo llevó a la cama, y luego tuvimos que andar todos de puntillas
hasta la tarde. Durante la comida todo marchó a las mil maravillas, pero cuando
pasaron al despacho para tomar el café, empezaron las explicaciones. Zinaída
Fiódorovna hablaba en francés, y sus palabras se sucedían susurrantes y
veloces, como el murmullo de un arroyo; luego se oyó un profundo suspiro y la
voz de Orlov.
—¡Dios mío! —dijo en francés—. ¿Es qué no tiene
noticias más frescas que esa eterna cantinela de las maldades de la doncella?
—Pero, cariño, me ha robado y me ha dicho toda
clase de insolencias.
—¿Y por qué no me roba ni me falta a mí al respeto?
¿Por qué yo no reparo nunca en las doncellas, en los porteros y en los lacayos?
Querida, lo suyo no es más que capricho y falta de carácter… Hasta empiezo a
sospechar que está usted embarazada. Cuando le propuse despedirla,
insistió usted en que se quedara, y ahora quiere
que la eche. En estos casos yo también soy testarudo: a un capricho respondo
con otro. Usted quiere que se vaya; bueno, pues yo quiero que se quede. Es el
único modo de curarle a usted los nervios.
—¡Basta, basta! —dijo Zinaída Fiódorovna,
asustada—. Dejemos el tema… Ya nos ocuparemos mañana. Ahora hábleme de lo que
ha hecho en M oscú… ¿Qué se cuenta por allí?
X
Al día siguiente, 7 de enero, festividad de san
Juan Bautista, Orlov, después de tomar el desayuno, se puso el frac y se
prendió su condecoración para ir a casa de su padre a felicitarle el santo.
Tenía que marcharse a las dos, pero cuando terminó de vestirse era sólo la una
y media. ¿Cómo pasar esa media hora? Se paseó por la sala, recitando unos
versos con los que felicitaba a su padre y a su madre cuando era niño. Zinaída
Fiódorovna, que estaba a punto de irse a casa de su costurera o a una tienda, lo
escuchaba con una sonrisa. No sé de qué se pondrían a hablar, pero cuando le
llevé los guantes a Orlov, este estaba delante de Zinaída Fiódorovna y con
expresión caprichosa y suplicante le decía:
—Por el amor de Dios, por todos los santos, ¡no me
diga cosas que son de dominio público! Qué desdichado talento el de nuestras
damas inteligentes y sabias para hablar con entusiasmo y aspecto concentrado de
asuntos de los que están hasta la coronilla, desde hace tiempo, hasta las
colegialas. ¡Ah, si excluyese de nuestro programa conyugal todas esas
cuestiones serias! ¡Cuánto se lo agradecería!
—Las mujeres no podemos permitirnos tener criterios
propios[49].
—Le doy plena libertad para ser todo lo liberal que
quiera y citar a los autores que se le antojen, pero hágame el favor de no
mencionar dos asuntos en mi presencia: la depravación de la alta sociedad
y las
irregularidades del matrimonio. Y le pido que lo entienda. Siempre se critica a
la alta sociedad para contraponerla al mundo de los comerciantes, los curas,
los pequeños propietarios y los campesinos, es decir, el de los Sidor y los
Nikita. Ambos mundos me repugnan, pero si tuviera que elegir en conciencia
entre uno y otro, me quedaría sin dudarlo con la alta sociedad, y en esa
elección no habría rastro de mentira ni de afectación, porque todos mis gustos
van en esa dirección. Nuestro mundo es vulgar y vano, pero al menos usted y yo
hablamos fluidamente en francés, leemos algún que otro libro y no nos zurramos
la badana, ni siquiera cuando tenemos una fuerte discusión, mientras los Sidor,
los Nikita, los comerciantes y demás no hacen más que decir «sus felicito», «ya
mesmo», «ojalá revientes» y viven en el desenfreno total, inmersos en
costumbres tabernarias y una ciega idolatría.
—Los campesinos y los comerciantes lo mantienen a
usted.
—Sí, ¿y qué? Ese detalle no sólo me deja en mal
lugar a mí, sino también a ellos. Me mantienen y se quitan el sombrero delante
de mí, lo que significa que carecen de la inteligencia y la honradez necesarias
para obrar de otro modo. Yo no insulto ni elogio a nadie, pero permítame que le
diga una cosa: la alta sociedad y la baja son a cual peor. Me opongo a ellas
con el corazón y con la cabeza, pero mis gustos están del lado de la primera. Y
en lo que respecta a las anomalías del matrimonio — prosiguió Orlov, después de
consultar el reloj—, ya es hora de que vaya entendiendo que no hay
anormalidades de ningún tipo, sino más bien, al menos de momento, una serie de
vagas exigencias al
matrimonio. ¿Qué esperan ustedes del matrimonio? En
la convivencia legítima e ilegítima, en todas las uniones y cohabitaciones,
buenas y malas, la esencia es la misma. Ustedes, las damas, viven sólo para esa
esencia, que significa todo para ustedes, pues sin ellas su vida carecería de
sentido. No necesitan nada más que esa esencia, así que la toman, pero desde
que han empezado a leer novelas, les da vergüenza tomarla y van de un lado para
otro, cambiando de pareja con la mayor imprudencia, y, para justificar ese
barullo, hablan de las anormalidades del matrimonio. Mientras sigan ustedes sin
poder ni querer renunciar a la esencia, su principal enemigo, su Satanás,
mientras continúen sirviéndola fielmente, ¿qué sentido tiene hablar de
cuestiones serias? Todo lo que me digan será puro sinsentido y afectación. No
hay posibilidad de que las crea.
Bajé para ver si el portero había conseguido un
coche y, cuando regresé, ya había estallado la discusión. Como dicen los
marineros, el viento arreciaba.
—Ya veo que tiene usted hoy intención de
sorprenderme con su cinismo —decía Zinaída Fiódorovna, paseándose muy alterada
por la sala—. Me da asco escucharle. Soy inocente ante Dios
y ante los
hombres y no tengo que arrepentirme de nada. Dejé a mi marido para vivir con
usted y me enorgullezco de ello. ¡M e enorgullezco, se lo juro por mi honor!
—Pues estupendo.
—Si es usted un hombre honrado y decente, también
debe enorgullecerse de mi acto. Nos coloca por encima de miles de personas que
querrían proceder de la misma manera que yo, pero no se deciden por cobardía o
cálculos mezquinos. Pero usted no es decente. Le asusta la libertad y se burla
de los impulsos nobles porque teme que algún ignorante sospeche que es usted un
hombre honrado. Teme usted mostrarme a sus amigos y no concibe castigo mayor
que ir conmigo por la calle… ¿Qué dice? ¿Acaso no es verdad? ¿Por qué aún no me
ha presentado a su padre y a su prima? ¿Por qué? ¡Ah, la verdad es que estoy ya
harta de todo esto! —gritó Zinaída Fiódorovna, dando una patada en el suelo—.
Exijo lo que me pertenece por derecho. ¡Haga el favor de presentarme a su
padre!
—Si tanto lo necesita, preséntese usted misma.
Recibe todas las mañanas de diez a diez y media. —¡Qué mezquino es usted! —dijo
Zinaída Fiódorovna, retorciéndose las manos, desesperada—.
Aunque no es usted sincero y no dice lo que piensa,
sólo por esa crueldad podría odiarlo. ¡Ah, qué mezquino es usted!
—En lugar de dar vueltas en torno a la cuestión,
sería mejor que fuéramos al fondo del asunto. Y el fondo del asunto es que se
ha equivocado usted y no quiere reconocerlo en voz alta. Se imaginaba que yo
era un héroe y que tenía ideas e ideales extraordinarios, cuando ha acabado
demostrándose que soy un funcionario de lo más vulgar, un jugador de cartas, y
que no tengo una inclinación especial por ninguna idea. Soy un digno vástago de
ese mundo podrido del que ha huido usted, indignada contra su vanidad y vulgaridad.
Sea usted justa y reconózcalo: no está enfadada conmigo, sino consigo misma,
porque es usted quien se ha equivocado, no yo.
—Sí, lo admito: ¡me he equivocado!
—Muy bien. Gracias a Dios, ya hemos llegado al
meollo de la cuestión. Ahora, escúcheme un momento, si es usted tan amable. Yo
no puedo elevarme hasta usted porque estoy demasiado corrompido; usted tampoco
puede descender hasta mí porque está a demasiada altura. Por tanto, sólo queda…
—¿Qué? —se apresuró a preguntar Zinaída Fiódorovna,
conteniendo la respiración y poniéndose de repente tan pálida como un lienzo.
—Recurrir a la ayuda de la lógica.
—Gueorgui, ¿por qué me atormenta de este modo?
—dijo de pronto en ruso Zinaída Fiódorovna, con la voz quebrada—. ¿Por qué?
Dese cuenta de mis sufrimientos…
Orlov, temeroso de sus lágrimas, se retiró
rápidamente a su despacho y no sé por qué razón —tal vez deseara causarle más
daño o simplemente se acordara de que esa era la práctica habitual en casos
semejantes— cerró la puerta con llave. Ella pegó un grito y corrió tras él,
acompañada del rumor de su vestido.
—¿Qué significa esto? —preguntó, llamando a la
puerta—. ¿Qué significa… esto? —repitió, y su voz, que temblaba de indignación,
subió de tono—. Ah, ¿conque esas tenemos? ¡Pues sepa que lo odio y lo
desprecio! ¡Todo ha terminado entre nosotros! ¡Todo!
Se oyó un llanto histérico, acompañado de
carcajadas. En la sala un objeto pequeño cayó de la mesa y se rompió. Orlov
pasó del despacho al vestíbulo por otra puerta y, dirigiendo a su alrededor una
mirada cobarde, se puso a toda prisa el capote y la chistera y salió.
Transcurrió media hora, luego una hora, y ella
seguía llorando. M e acordé de que no tenía padre ni madre ni familiares, de
que en nuestra casa vivía entre un hombre que la odiaba y Polia, que le robaba,
y su vida se
me antojó terriblemente desolada. Sin saber yo mismo la razón, entré en la
sala. Abatida, impotente, con esos cabellos maravillosos, Zinaída Fiódorovna,
que era para mí un modelo de ternura
y elegancia,
sufría como una enferma; postrada en el sofá, con la cara oculta entre las
manos, temblaba de pies a cabeza.
—Señora, ¿quiere que vaya a buscar al médico?
—pregunté en voz baja.
—No, no es necesario… estoy bien —dijo, mirándome
con ojos llorosos—. Me duele un poco la cabeza… Gracias en cualquier caso.
Salí. Esa tarde escribió una carta tras otra y me
envió primero a casa de Pekarski, luego a la de Kukushkin, más tarde a la de
Gruzin, y por último a donde mejor me pareciese, con tal de que encontrara a
Orlov cuanto antes y le entregara la carta. Cada vez que regresaba con la carta
en la mano, me insultaba, me suplicaba, me daba dinero, como si fuera presa de
un acceso de fiebre. Pasó la noche en vela, sentada en la sala, hablando
consigo misma.
Orlov regresó al día siguiente, a la hora de la
comida, y se reconciliaron.
El primer jueves después de esa escena, Orlov se
quejó ante sus amigos de lo insoportablemente dura que era su vida. Fumó mucho
y dijo con enfado:
—Esto, más que vida, es un tormento. Lágrimas,
alaridos, conversaciones de altos vuelos, súplicas de perdón, más lágrimas y
alaridos; en definitiva, ya no soy dueño de mi propio hogar, me atormento y la
atormento a ella. ¿Es posible que tenga que pasar uno o dos meses más de esta
manera? ¿Es posible? ¡Pues eso parece!
—Habla con ella —dijo Pekarski.
—Ya lo he intentado, pero es imposible. Se le puede
decir cualquier verdad a una persona independiente y razonable, pero en este
caso estamos hablando de una criatura que no tiene voluntad ni carácter ni
lógica. Yo no puedo soportar las lágrimas, me desarman. Cuando se echa a
llorar, estoy dispuesto a jurarle amor eterno y ponerme a llorar también yo.
Pekarski, sin comprender, se rascó pensativo la
ancha frente y dijo: —Hazme caso, alquila un piso para ella. ¡Así de sencillo!
—Lo que ella necesita es mi compañía, no un piso.
Pero dejémoslo —suspiró Orlov—. No oigo
más que discursos interminables, pero no veo
ninguna salida a mi situación. ¡He aquí lo que significa ser culpable sin tener
culpa! No quieres caldo, pues toma dos tazas. Toda mi vida he rechazado el
papel de héroe, nunca he podido soportar las novelas de Turguénev, y de pronto,
como si fuera cosa de burla, me encuentro convertido en un auténtico héroe. Le
doy mi palabra de honor de que soy lo menos parecido a un héroe, presento
pruebas irrefutables, pero no me cree. ¿Por qué? Después de todo, puede que mi cara
tenga rasgos propios de un héroe.
—¿Y por qué no se va usted a inspeccionar las
provincias? —dijo Kukushkin, riendo.
Una semana después de esa conversación, Orlov
anunció que volvían a enviarlo en comisión de servicio, acompañado de un
senador, y esa misma tarde se marchó con sus maletas a casa de Pekarski.
XI
En el umbral había un anciano de unos sesenta años,
con una pelliza que le llegaba hasta los tobillos y un gorro de castor.
—¿Está en casa Gueorgui Ivánich? —preguntó.
Al principio pensé que sería uno de los usureros,
acreedores de Gruzin, que a veces se dirigían a Orlov para recuperar pequeñas
sumas, pero cuando entró en el vestíbulo y se desabrochó la pelliza,
vi esas
pobladas cejas y esos labios fruncidos que tanto había estudiado en
fotografías, así como dos filas de estrellas en el frac de su uniforme. Lo
reconocí: era el padre de Orlov, el famoso hombre de Estado.
Le respondí que Gueorgui Ivánich había salido. El
anciano frunció aún más los labios y miró pensativo a un lado, mostrándome su
perfil seco, su boca desdentada.
—Le escribiré una nota —dijo—. Acompáñeme.
Dejó los chanclos en el vestíbulo y, sin quitarse
la larga y pesada pelliza, se dirigió al despacho. Una vez allí, se sentó en un
sillón, delante del escritorio, y, antes de coger la pluma, estuvo meditando
dos o tres minutos, protegiéndose los ojos con la mano, como si le molestara el
sol, el mismo gesto que hacía su hijo cuando estaba de mal humor. Tenía una
cara triste, pensativa, con ese aire de resignación que sólo había observado en
los rostros de las personas mayores y religiosas. Yo me quedé detrás, mirándole
la calva y el hoyo que tenía en la nuca, plenamente consciente de que ese
anciano débil y enfermo estaba en mis manos, pues en la casa no había nadie,
sólo mi enemigo y yo. Bastaba con que hiciera un pequeño esfuerzo físico, le
sustrajera después el reloj, para ocultar el móvil del crimen, y saliera por la
puerta trasera, para obtener muchísimo más de lo que había imaginado cuando
empecé a trabajar de lacayo. Pensé que difícilmente se me presentaría una
ocasión tan favorable. Pero, en lugar de actuar, contemplaba con total
indiferencia tan pronto la calva como la pelliza, mientras reflexionaba con la
mayor serenidad en la relación de ese hombre con su único hijo y consideraba
que las personas mimadas por la fortuna y el poder probablemente no quieren
morir…
—¿Hace mucho que has entrado al servicio de mi
hijo? —preguntó, trazando en el papel unas letras de gran tamaño.
—M ás de dos meses, excelencia.
Una vez terminada la nota, se puso en pie. Todavía
estaba a tiempo. Haciendo un esfuerzo y
apretando los puños, traté de destilar en mi alma
al menos una gota de mi antiguo odio; recordé que hasta hacía poco había sido
un enemigo encarnizado, implacable y obstinado de ese hombre… Pero no es fácil
encender una cerilla en una piedra friable. Ese rostro envejecido, melancólico,
y el frío resplandor de las estrellas sólo despertaban en mí pensamientos
nimios, insignificantes e inútiles sobre la fugacidad de todo lo terreno y la
inminencia de la muerte…
—¡Adiós, muchacho! —dijo el anciano, y a
continuación se puso el gorro y se marchó.
Ya no cabía ninguna duda: se había operado un
cambio en mí, me había vuelto distinto. A modo de prueba, me sumergí en los
recuerdos, pero al punto me sentí horrorizado, como si hubiera echado un
vistazo, sin darme cuenta, a un rincón oscuro y húmedo. Me acordé de mis
compañeros y conocidos, y lo primero que me vino a la cabeza fue cómo me
ruborizaría y avergonzaría si me encontrara con alguno de ellos. ¿En qué me
había convertido? ¿Qué debía pensar y hacer? ¿Qué dirección debía tomar? ¿Cuál
era el objeto de mi vida?
No entendía nada y sólo era consciente de una cosa:
tenía que hacer las maletas cuanto antes y marcharme. Antes de la visita del
anciano mi posición de criado tenía algún sentido, ahora resultaba ridícula.
Mis lágrimas caían sobre la maleta abierta, me embargaba una tristeza
insoportable, pero ¡qué ansias tenía de vivir! Estaba dispuesto a abarcar e
incluir en mi breve existencia cualquier experiencia accesible al ser humano.
Quería hablar, leer, dar martillazos en una fábrica de grandes dimensiones, montar
guardia en la cubierta de un barco, arar la tierra. Me atraía la avenida
Nevski, el campo, el mar, cualquier lugar al que me llevara mi imaginación.
Cuando regresó Zinaída Fiódorovna, me apresuré a abrirle la puerta y la ayudé a
quitarse la pelliza con especial ternura. ¡Era la última vez!
Además del anciano, ese día recibimos otras dos
visitas. Por la tarde, cuando ya había oscurecido, apareció inopinadamente
Gruzin para recoger unos papeles que Orlov necesitaba. Abrió un cajón del
escritorio, sacó unos documentos, los enrolló, me ordenó que los dejara en el
vestíbulo, al lado de su gorro, y pasó a ver a Zinaída Fiódorovna, que estaba
en la sala, tumbada en el sofá, con la cabeza apoyada en los brazos. Habían
pasado cinco o seis días desde que Orlov partiera en viaje de inspección, y nadie
sabía cuándo regresaría, pero ella ya no enviaba telegramas ni los esperaba. A
Polia, que seguía viviendo en la casa, parecía no prestarle atención. «¡Me da
igual!», leía yo en su rostro impasible y pálido como el de una muerta. Igual
que Orlov, también ella se empeñaba en ser desdichada por simple testarudez.
Enfrentada consigo misma y con el mundo entero, se pasaba días enteros inmóvil
en el sofá, deseando y esperando sólo lo peor. Probablemente se imaginaba el
regreso de Orlov, las inevitables disputas, luego su frialdad, sus traiciones
y, por último, la separación, y es posible que esos pensamientos angustiosos le
procuraran cierto placer. Pero ¿qué diría si de pronto se enterara de la
verdad?
—Cuánto la quiero, madrina —dijo Gruzin,
saludándola y besándole la mano—. ¡Qué buena es usted! Y Georges se ha marchado
—mintió—. ¡Se ha marchado, el muy granuja! —se sentó con un suspiro y le
acarició la mano con ternura—. Permita que me quede una horita con usted, amiga
mía — prosiguió—. No me apetece volver a casa y es muy temprano para ir a la de
Birshov. Los Birshov celebran hoy el cumpleaños de su hija Katia. ¡Una muchacha
encantadora! —le serví un vaso de té y una garrafita de coñac. Él se bebió el té
lentamente, con evidente desgana, y, al devolverme el vaso, me preguntó con
timidez—: ¿No tiene usted, amigo, algo… para picar? Todavía no he comido.
No teníamos nada. Fui al restaurante y le traje un
almuerzo corriente, de un rublo.
—¡A su salud, palomita! —dijo, dirigiéndose a
Zinaída Fiódorovna y se bebió una copa de vodka
—. Mi pequeña, su ahijada, le manda saludos. ¡La
pobrecita tiene escrófula! ¡Ah, los niños, los niños! —suspiró—. Dígase lo que
quiera, madrina, pero es una alegría ser padre. Georges no puede entender ese
sentimiento.
Se bebió otra copa. Enjuto, pálido, con la
servilleta en el pecho a modo de delantal, comía con avidez, al tiempo que,
arqueando las cejas, miraba con aire culpable, como hacen los chiquillos, tan
pronto a Zinaída Fiódorova como a mí. Daba la impresión de que, si no le
hubiera llevado la becada o la jalea, se habría echado a llorar. Una vez
saciada el hambre, se mostró más alegre y se puso a contar, entre risas, una
anécdota sobre la familia Birshov, pero, al darse cuenta de que no tenía
interés y de que Zinaída Fiódorovna no se reía, se calló. Y de pronto empezaron
a aburrirse. Los dos guardaban silencio, alumbrados por una sola lámpara: a él
le costaba trabajo mentir; a ella, por su parte, le habría gustado hacerle
algunas preguntas, pero no acababa de decidirse. Así pasaron media hora. Al
cabo de ese tiempo, Gruzin echó un vistazo al reloj.
—Es hora de que me vaya.
—No, quédese un poco más… Tenemos que hablar.
Volvieron a guardar silencio. Él se sentó al piano,
apretó una tecla y luego se puso a tocar y cantar en voz baja: «¿Qué me
deparará este día?», pero como de costumbre se levantó en seguida y sacudió la
cabeza.
—Toque algo, compadre —le pidió Zinaída Fiódorovna.
—¿Qué? —preguntó él, encogiéndose de hombros—. He
olvidado todo lo que sabía. Hace mucho tiempo que dejé la música.
Mirando el techo, como tratando de recordar, tocó
dos piezas de Chaikovski con verdadero sentimiento, pasión y delicadeza. Su
rostro tenía la misma expresión de siempre, ni inteligente ni estúpida, y a mí
me parecía en verdad un milagro que un hombre al que estaba acostumbrado a ver
en un ambiente tan mezquino y repugnante fuera capaz de sentimientos tan
sublimes e inaccesibles para mí, de semejante pureza. Zinaída Fiódorovna se
ruborizó y, llena de emoción, se puso a pasear por la sala.
—Espere, madrina —dijo—. Si logro acordarme, le
tocaré una pieza más. La he oído al violonchelo —y se puso a tocar, primero
inseguro y con titubeos, luego con aplomo, La canción del cisne de Saint-Saëns.
Cuando acabó, la interpretó otra vez—. ¿No es bonita? —dijo.
Profundamente conmovida, Zinaída Fiódorovna se
detuvo a su lado y le preguntó: —Compadre, dígame con sinceridad, como un
amigo: ¿qué piensa usted de mí?
—¿Qué quiere que le diga? —respondió él, arqueando
las cejas—. Le tengo cariño y guardo una buena opinión de usted. Y, en cuanto a
la cuestión que le interesa —prosiguió, frotándose la manga a la altura del
codo y frunciendo el ceño—, le diré, querida… que seguir libremente los
impulsos del corazón no siempre procura felicidad a los hombres decentes. En mi
opinión, para sentirse libre y al mismo tiempo feliz, debe uno aceptar que la
vida es cruel, ruda y despiadada en sus pautas y que hay que pagarle con la
misma moneda, es decir, tenemos que ser no menos rudos y despiadados en
nuestras ansias de libertad. Eso es lo que pienso.
—Nunca seré capaz de eso —dijo Zinaída Fiódorovna,
con una triste sonrisa—. Estoy extenuada, compadre. Tan extenuada que ni
siquiera soy capaz de mover un dedo para salvarme.
—Váyase a un convento, madrina —aunque lo dijo en
broma, a Zinaída Fiódorovna se le llenaron los ojos de lágrimas, y luego
también a él—. Bueno —añadió—. Es hora de que me vaya. Adiós,
querida comadre. Que Dios le dé salud.
Le besó ambas manos, se las acarició con ternura y
dijo que volvería al cabo de unos días. Una vez en el vestíbulo, se puso el
abrigo, parecido a un capote de niño, y pasó un buen rato rebuscando en los
bolsillos para darme una propina, pero no encontró nada.
—¡Adiós, muchacho! —dijo con tristeza y salió.
Nunca olvidaré el estado de ánimo que dejó ese
hombre al marcharse. Zinaída Fiódorovna seguía paseándose por la sala, muy
agitada. El mero hecho de que se moviera, en lugar de quedarse tumbada, era una
buena señal. Quise aprovechar esa nueva disposición para hablar francamente con
ella y marcharme a continuación, pero apenas había tenido tiempo de acompañar a
Gruzin cuando sonó el timbre. Era Kukushkin.
—¿Está en casa Gueorgui Ivánich? —preguntó—. ¿Ha
regresado ya? ¿Todavía no? ¡Qué pena! En tal caso, pasaré a besarle la mano a
la señora y me marcharé. Zinaída Fiódorovna, ¿puedo entrar? —gritó—. Quiero
besarle la mano. Perdone que venga tan tarde.
No se quedó mucho tiempo en la sala, diez minutos a
lo sumo, pero yo tenía la sensación de que llevaba allí ya mucho rato y de que
no se marcharía nunca. Me mordía los labios contrariado e iracundo, y hasta
empecé a odiar a Zinaída Fiódorovna. «¿Por qué no lo echa?», me preguntaba
indignado, aunque era evidente que la compañía de ese hombre la aburría.
Mientras lo ayudaba a ponerse el abrigo, me
preguntó, en señal de su buena disposición hacia mí, cómo podía arreglármelas
sin una mujer.
—Pero estoy seguro de que no pierdes el tiempo
—dijo, riéndose—. Seguro que Polia y tú os dais buenos achuchones… ¡Bribón!
A pesar de mi experiencia en la vida, en aquella
época no conocía bien a las personas, así que es muy posible que a menudo
concediese una importancia excesiva a sucesos insignificantes y en cambio no
prestara ninguna atención a las cosas de valor. Tenía la impresión de que las
risitas y los halagos de Kukushkin no eran desinteresados: probablemente
esperaba que yo, como buen lacayo, me pusiera a chismorrear con los criados y
cocineras de las casas vecinas y propalara a los cuatro vientos que nos visitaba
por la tarde, cuando Orlov no estaba en casa, y que se quedaba con Zinaída
Fiódorovna hasta altas horas de la noche. Y, cuando mis cotilleos llegaran a
oídos de sus conocidos, bajaría los ojos confuso y haría un gesto de amenaza
con el dedo meñique. ¿O acaso esa misma noche —pensé, contemplando su rostro
meloso y diminuto—, sentado a la mesa de juego, pretendería e incluso llegaría
a insinuar que ya le había quitado la amante a Orlov?
El odio que me había faltado a mediodía, cuando nos
visitó el anciano, se apoderó ahora de mí. Kukushkin se marchó por fin, y yo me
quedé escuchando el crujido de sus chanclos de cuero, sintiendo un deseo enorme
de dirigirle, a modo de despedida, algún insulto grosero, pero me contuve.
Cuando sus pasos se aquietaron en la escalera, regresé al vestíbulo y, sin
saber lo que hacía, cogí el rollo de papeles olvidado por Gruzin, me precipité
escaleras abajo y eché a correr sin gorro y sin abrigo. No hacía mucho frío,
pero caía una copiosa nevada y soplaba el viento.
—¡Excelencia! —grité, cuando alcancé a Kukushkin—.
¡Excelencia! —Kukushkin se detuvo junto a una farola y volvió la cabeza
sorprendido—. ¡Excelencia! —repetí, jadeando—. ¡Excelencia!
Y sin acertar a decir nada, le propiné un par de
golpes en la cara con el rollo de papeles. Completamente desorientado, hasta el
punto de no expresar ni siquiera asombro —tanta perplejidad le había causado mi
proceder—, apoyó la espalda en la farola y se cubrió el rostro con las manos.
En
ese momento pasó junto a nosotros un médico militar
y vio que estaba golpeando a un hombre, pero se limitó a mirarnos con sorpresa
y siguió su camino.
M e sentí avergonzado y volví corriendo a la casa.
XII
Jadeante, con la cabeza húmeda de nieve, entré en
mi habitación, me quite la librea, me puse la chaqueta y el abrigo y saqué mi
maleta al vestíbulo. ¡Tenía que huir! Pero, antes de hacerlo, me senté con
premura y me puse a escribir a Orlov:
Aquí le dejo mi pasaporte falso —empecé—. ¡Le ruego
que lo conserve como recuerdo, hombre falaz, señor funcionario de Petersburgo!
Introducirse en una casa con nombre supuesto,
observar, protegido por la máscara de criado, la vida íntima de otras personas,
verlo y escucharlo todo, para luego, sin que nadie lo pida, revelar la
hipocresía de otro hombre: todo eso, dirá usted, se parece a un robo. Es
verdad, pero no estoy ahora para lindezas. He asistido a decenas de almuerzos y
cenas en esta casa, en cuyo transcurso ha dicho y hecho usted lo que se le ha
antojado, mientras yo tenía que oír, ver y callar, pero eso se ha acabado.
Además, si no hay a su alrededor una sola persona decente que tenga el valor de
decirle la verdad, en lugar de adularlo, el criado Stepán se encargará de
lavarle su magnífica cara.
Ese comienzo no me gustó, pero no tenía ganas de
corregirlo. Por lo demás, ¿no daba lo mismo?
Las grandes ventanas con cortinas oscuras, la cama,
la librea arrugada por el suelo y las huellas húmedas de mis pies tenían un
aspecto triste y sombrío. Y el silencio era en cierto modo especial.
Empecé a sentir un intenso calor, probablemente por
haber salido a la calle sin gorro y sin chanclos. La cara me ardía, me dolían
las piernas… Me costaba trabajo mantener la cabeza erguida sobre la mesa y mis
pensamientos parecían desdoblarse, como si cada idea, en mi cerebro, proyectase
su propia sombra.
Soy un hombre enfermo, débil, moralmente envilecido
—proseguí—. No consigo escribirle lo que quisiera. En un principio, sentía
deseos de ofenderlo y humillarlo, pero ahora me he dado cuenta de que no tengo
ningún derecho a actuar de ese modo. Usted y yo hemos caído y jamás nos
levantaremos, de manera que mi carta, aunque fuera elocuente, incisiva y
perentoria, seguiría pareciendo un golpecito en la tapa de un ataúd: ¡ya puede
llamar uno, que el muerto no se despertará! Ningún esfuerzo puede calentar esa
maldita y fría sangre suya, y eso lo sabe usted mejor que yo. Entonces, ¿por
qué le escribo? No obstante, mi cabeza y mi corazón arden, y sigo escribiendo.
Por alguna razón, me embarga la emoción, como si esa carta pudiera salvarnos a
usted y a mí. La fiebre confunde mis pensamientos y la pluma traza en el papel
palabras sin sentido, pero la cuestión que quiero plantearle se alza ante mí
con toda claridad, brillante como una antorcha.
No es difícil explicar por qué he perdido las
fuerzas y he caído antes de tiempo. Como el gigante bíblico, he cargado sobre
mis espaldas las puertas de Gaza[50] para llevarlas a la cima del monte, pero
sólo cuando perdí todo mi vigor, cuando la juventud y la salud me abandonaron
para siempre, me di cuenta de que eran demasiado pesadas para mis hombros y de
que me había engañado a mí mismo. Además, me atormentaba un dolor constante y
cruel. He padecido hambre, frío, enfermedades, privación de libertad; no he
conocido ni conozco la felicidad personal; carezco de hogar, mis recuerdos son
opresivos y mi conciencia los teme. Pero ¿por qué ha caído usted? ¿Qué causas
fatídicas y diabólicas han impedido que su vida brotara y se abriera como una
flor primaveral? ¿Por qué, cuando apenas había empezado a vivir, se apresuró a
renegar de la imagen y semejanza de Dios y se transformó en una bestia cobarde
que, llevada de su propio miedo, espanta con sus ladridos a los
demás? Teme usted a la vida; la teme como ese
asiático que se pasa días enteros en su colchón de plumas, fumando el narguile.
Sí, lee mucho y le sienta muy bien el frac europeo, pero con qué esmero, con
qué cuidado puramente asiático, digno de un jan, se protege del hambre, del
frío, del esfuerzo físico, del dolor y de la inquietud, con qué presteza su
alma se oculta detrás de una bata oriental, qué cobardía ha mostrado ante la
realidad y la naturaleza, a la que cualquier hombre sano y normal se enfrenta.
Qué vida más muelle, cómoda, cálida y confortable es la suya, pero también qué
aburrida. Sí, un aburrimiento tan mortal y desesperante como el de una celda de
castigo, pero también procura usted ocultarse de ese enemigo: se pasa jugando a
las cartas ocho horas al día.
¿Y qué decir de su ironía? ¡Ah, qué bien la
entiendo! Un pensamiento vivo, libre y audaz es escrutador e imperioso; para un
temperamento indolente y perezoso resulta insoportable. Para que el pensamiento
no turbara su quietud, usted, como miles de coetáneos suyos, se apresuró, ya en
sus días de juventud, a encerrarlo dentro de ciertos límites; se ha armado de
una actitud irónica ante la vida (llámela usted como quiera), y el pensamiento,
oprimido y asustado, no se atreve a saltar la valla que ha levantado usted a su
alrededor y, cuando se burla usted de las ideas, que pretende conocer en su
totalidad, se parece a ese desertor que huye ignominiosamente del campo de
batalla y, para acallar su propia vergüenza, se burla de la guerra y del valor.
El cinismo ahoga el dolor. En una novela de Dostoievski un anciano pisotea el
retrato de su amada hija porque se siente culpable ante ella[51]; usted se ríe
de modo abominable y vulgar de las ideas de bondad y verdad, porque ya no tiene
fuerzas para volver a ellas. Cualquier alusión sincera y justa a su caída le
aterra, y se ha rodeado a propósito de personas que sólo saben aplaudir sus
debilidades. ¡No en vano, no en vano lo asustan a usted las lágrimas!
Permítame ahora que dedique unas palabras a su
actitud con las mujeres. La desvergüenza la hemos heredado con la carne y con
la sangre, en la desvergüenza hemos sido educados, pero somos hombres y eso
quiere decir que debemos someter a la bestia que hay en nosotros. Al madurar y
llegar a conocer todas las ideas, usted no podía dejar de ver la verdad; la
reconoció, pero, en lugar de perseguirla, se asustó de ella y, para engañar a
su propia conciencia, empezó a decir en voz alta que la culpa no era suya, sino
de las mujeres, que las mujeres eran tan viles como su actitud con ellas.
¿Acaso esas anécdotas frías y escabrosas, esas risotadas caballunas, esas
innumerables teorías suyas sobre la esencia del matrimonio y sus exigencias
imprecisas, sobre los diez sous que paga el obrero francés por una mujer, así
como sus continuas alusiones a la lógica de las mujeres, a su falsedad,
debilidad y demás, no revelan en su conjunto el deseo de arrastrar a la mujer
por el fango a cualquier precio, para que ella y su actitud estén al mismo
nivel? Es usted un hombre débil, desdichado, desagradable.
Zinaída Fiódorovna tocaba el piano en la sala,
tratando de recordar la canción de Saint-Saëns que había interpretado Gruzin.
Me acerqué a la cama y me tumbé, pero, al recordar que había llegado el momento
de marcharme, me levanté con esfuerzo y volví a sentarme a la mesa, con la
cabeza pesada y ardiendo de fiebre.
Pero la cuestión es la siguiente —proseguí—: ¿por
qué nos hemos agotado? ¿Por qué siendo en un principio tan apasionados,
audaces, nobles e idealistas, nos convertimos a los treinta o treinta y cinco
años en una ruina absoluta? ¿Por qué uno se consume de tisis, otro se pega un
tiro en la cabeza, un tercero busca olvido en el vodka y en los naipes, un
cuarto, para ahogar su miedo y su pesadumbre, pisotea cínicamente el retrato de
su pura y hermosa juventud? ¿Por qué, tras caer una vez, no nos esforzamos en levantarnos
y, tras perder una cosa, no tratamos de buscar otra? ¿Por qué?
El ladrón colgado en la cruz supo recobrar la
alegría de vivir y tuvo el valor de albergar una esperanza segura, aunque quizá
no le quedara más que una hora de vida. Usted tiene por delante largos años y
yo probablemente no muera tan pronto como parece. ¿Y si por un milagro el
presente resultara ser un sueño, una terrible pesadilla de la que nos
despertáramos renovados, puros, fuertes, orgullosos de nuestra verdad?… Dulces
ilusiones arden dentro de mí, y la emoción casi me impide respirar. Siento unos
deseos enormes de vivir y quisiera que nuestra vida fuera sagrada, sublime y
solemne como la bóveda celeste. ¡Vivamos! El sol no sale dos veces al día y la
vida no se concede dos veces, así que aférrese con fuerza a los restos de su
vida y sálvelos…
No escribí una palabra más. En mi cabeza
revoloteaban muchos pensamientos, pero todos se disolvían sin llegar a
concretarse en frases sobre el papel. Dejé la carta inacabada, añadí mi nombre,
mi apellido y mi rango y me dirigí al despacho. Reinaba la oscuridad. Encontré
a tientas el escritorio y deposité la carta. Como me movía en medio de la
penumbra, debí de tropezar con un mueble y hacer ruido.
—¿Quién está ahí? —me llegó desde la sala una voz
inquieta.
En ese momento el reloj que había sobre el
escritorio dio la una de la noche con un leve rumor.
XIII
Rodeado por esa espesa tiniebla, pasé al menos
medio minuto buscando a tientas la puerta, luego la abrí poco a poco y entré en
la sala. Zinaída Fiódorovna, que estaba tumbada en el sofá, se incorporó sobre
un codo y se me quedó mirando. Sin decidirme a hablar, pasé lentamente a su
lado, y ella me siguió con los ojos. Me quedé parado unos instantes y de nuevo
pasé a su lado; ella me contemplaba con atención y perplejidad, incluso con
miedo. Por fin me detuve y, haciendo un esfuerzo, le dije:
—¡No regresará! —ella se levantó con premura y me
dirigió una mirada de incomprensión—. ¡No regresará! —repetí, sintiendo que los
latidos de mi corazón se desbocaban—. No regresará porque no ha salido de San
Petersburgo. Está viviendo en casa de Pekarski.
Ella me entendió y me creyó, como certificaba su
repentina palidez y el hecho de que de pronto cruzara los brazos sobre el pecho
en un gesto de temor y súplica. En un instante pasó por su memoria el pasado
reciente, sopesó diversas circunstancias y vio toda la verdad con claridad
implacable. Pero al mismo tiempo recordó que yo era un criado, un ser inferior…
Un granuja con el cabello alborotado y la cara enrojecida por la fiebre, tal
vez borracho, con un abrigo vulgar, que se había entrometido con la mayor descortesía
en su vida privada, y eso la ofendió. Me dijo con severidad:
—Nadie le ha preguntado nada. Váyase.
—¡Ah, créame! —exclamé yo exaltado, tendiendo los
brazos hacia ella—. No soy ningún criado, sino un hombre tan libre como usted
—le revelé cuál era mi verdadero nombre y, sin perder un instante, para que no
me interrumpiera ni se retirara a su habitación, le expliqué quién era y por
qué vivía en esa casa. Ese segundo descubrimiento le causó aún más asombro que
el primero. Antes, al menos, le quedaba la esperanza de que el criado hubiese
mentido, se hubiera equivocado o hubiese dicho una bobada; ahora, en cambio,
después de mi confesión, no le quedaba la menor duda. Por la expresión de sus
desventurados ojos y de su rostro, que de pronto se volvió feo, porque había
envejecido y perdido su frescura, entendí que sus sufrimientos eran
insoportables y que esa conversación tendría consecuencias desastrosas; pero
proseguí mi discurso con el mismo acaloramiento—. Se inventó lo del senador y
lo de la inspección para engañarla a usted. Y en enero sucedió lo mismo que
ahora: no se fue a ningún sitio, se quedó en casa de Pekarski; yo lo veía cada
día y participaba en el engaño. Era usted una carga, su presencia aquí se había
vuelto odiosa, se reían de usted… ¡Si hubiera oído cómo sus amigos y él se
burlaban de usted y de su amor, no se quedaría aquí ni un minuto más! ¡Salga de
esta casa! ¡Huya!
—Bueno, ¿y qué? —dijo ella con voz trémula,
pasándose la mano por los cabellos—. Bueno, ¿y
qué? Me da igual —tenía los ojos llenos de
lágrimas, le temblaban los labios y todo su rostro, mortalmente pálido, estaba
demudado por la ira. La grosera y mezquina mentira de Orlov le repugnaba, se le
antojaba despreciable, ridícula. Sonreía, y esa sonrisa me desagradaba—. Bueno,
¿y qué? —repitió, y de nuevo se pasó la mano por los cabellos—. Me da lo mismo.
Él se imagina que me muero de humillación cuando en verdad… me da risa. No hay
razón para que se oculte —se apartó del piano y añadió, encogiéndose de
hombros—: No hay razón… Sería más sencillo explicarse que esconderse e ir dando
tumbos por casas ajenas. Tengo ojos y hace tiempo que me he dado cuenta de lo
que pasa… pero estaba esperando que apareciera para aclarar las cosas de una
vez por todas.
Luego se sentó en el sillón, junto a la mesa, apoyó
la cabeza en el brazo del sofá y estalló en amargos sollozos. Una sola vela
ardía en el candelabro de la sala y el sillón estaba rodeado por sombras, pero
yo veía que su cabeza y sus hombros temblaban, que el peinado se le deshacía y
los cabellos le cubrían el cuello, el rostro, los brazos… Era el suyo un llanto
sosegado y uniforme, sin histerismos de ningún tipo, un simple llanto de mujer,
en el que vibraba la ofensa, el orgullo herido, el ultraje y el convencimiento
de que era una situación irremediable, desesperada, sin arreglo posible, a la
que, sin embargo, no era posible acostumbrarse. Su llanto causó una profunda
impresión en mi alma emocionada y sufriente; olvidado de mi enfermedad y del
mundo entero, iba de un extremo al otro de la habitación, murmurando
desconcertado:
—¿Qué clase de vida es esta? ¡Ah, así no se puede
vivir! ¡No se puede! Esto es una locura, un crimen, cualquier cosa menos vida.
—¡Qué humillación! —dijo entre lágrimas—. Vive
conmigo… Me sonríe y al mismo tiempo me considera una carga; se burla de mí…
¡Ah, qué humillación! —alzó la cabeza y, mirándome con ojos llorosos a través
de los cabellos bañados en lágrimas, que apartó de la cara para verme mejor,
preguntó—: ¿Se reían?
—Esos hombres se burlaban de usted, de su amor y de
Turguénev, de cuyas obras, por lo visto, se ha llenado usted la cabeza. Y, si
ahora mismo usted y yo muriéramos de desesperación, también lo encontrarían
ridículo. Inventarían una broma divertida y la contarían en su funeral. Pero
¿por qué seguimos hablando de ellos? —dije con impaciencia—. Hay que salir de
aquí. Yo no puedo quedarme ni un minuto más —ella de nuevo se echó a llorar,
mientras yo me acercaba al piano y me sentaba—. ¿A qué estamos esperando? —pregunté
desanimado—. Son más de las dos.
—Yo no espero nada —comentó—. M i vida está
arruinada.
—¿Por qué dice eso? Más valdría que pensáramos
juntos lo que debemos hacer. Ni usted ni yo podemos quedarnos ya aquí… ¿Adónde
tiene intención de ir?
De pronto sonó el timbre en la entrada. El corazón
me dio un vuelco. ¿No sería Orlov, a quien Kukushkin se había quejado de mi
conducta? ¿Cómo nos comportaríamos el uno con el otro? Fui a abrir. Era Polia.
Entró, se sacudió la nieve de su capa en el vestíbulo y, sin decirme ni una
sola palabra, se dirigió a su cuarto. Cuando regresé a la sala, Zinaída
Fiódorovna, pálida como una muerta, estaba en medio de la habitación, mirándome
con ojos desencajados.
—¿Quién era? —preguntó en voz queda.
—Polia —respondí yo.
Se pasó una mano por los cabellos y cerró los ojos
extenuada.
—Voy a marcharme de aquí ahora mismo —dijo—. ¿Sería
usted tan amable de acompañarme a Peterbúrgskaia Storoná? ¿Qué hora es?
—Las tres menos cuarto.
XIV
La calle estaba oscura y desierta cuando, al poco
rato, salimos de la casa. Caía una nieve casi líquida y un viento húmedo
azotaba el rostro. Recuerdo que estábamos a principios de marzo, había empezado
el deshielo y los coches habían sustituido los patines por las ruedas desde
hacía algunos días. Desconcertada por la visión de la escalera de servicio, por
el frío, por la tiniebla nocturna y por el portero con abrigo de piel de
cordero que nos interrogó antes de abrirnos la puerta, Zinaída Fiódorovna había
perdido todas las fuerzas y el poco ánimo que le quedaba. Cuando subimos a un
coche y bajamos la capota, ella me expresó su agradecimiento con palabras
atropelladas, temblando de pies a cabeza.
—No dudo de su buena voluntad, pero me da vergüenza
causarle tantas molestias… — murmuraba—. Ah, ya lo entiendo, ya lo entiendo…
Esta tarde, cuando Gruzin vino a verme, noté que me estaba mintiendo, que
ocultaba algo. Bueno, ¿y qué? Me da lo mismo. En cualquier caso, lamento
causarle tantas molestias.
Aún albergaba algunas dudas. Para disiparlas de una
vez por todas, ordené al cochero que pasara por la calle Serguiévskaia. Cuando
nos detuvimos delante de la casa de Pekarski, me apeé del coche y llamé. En
cuanto apareció el portero, le pregunté en voz alta, para que Zinaída
Fiódorovna pudiera oírlo, si Gueorgui Ivánich estaba en casa.
—Sí —respondió—. Llegó hace media hora. Seguramente
estará durmiendo. ¿Qué es lo que quieres?
Zinaída Fiódorovna, incapaz de contenerse, asomó la
cabeza por la ventanilla del coche.
—¿Y cuánto tiempo lleva Gueorgui Ivánich viviendo
aquí? —preguntó.
—Casi tres semanas.
—¿Y no ha ido a ningún sitio de viaje?
—No, señora —respondió el portero y me miró
estupefacto.
—M añana a primera hora infórmale de que ha llegado
su hermana de Varsovia —dije—. Adiós. Nos pusimos de nuevo en marcha. Como el
carruaje carecía de manta para cubrir las piernas, la
nieve caía sobre nosotros en gruesos copos y el
viento, sobre todo en las proximidades del Nevá, calaba hasta los huesos. Tenía
la impresión de que llevábamos mucho tiempo viajando, mucho tiempo sufriendo, y
de que hacía ya un buen rato que oía la respiración entrecortada de Zinaída
Fiódorovna. Fugazmente, en una suerte de delirio, como en un duermevela, repasé
mi extraña y desencaminada vida, y por alguna razón me vino a la memoria el
melodrama Los pobres de París[52] que había visto un par de veces en mi infancia.
Sin saber por qué, cuando quise sacudirme esa especie de modorra, mirando hacia
fuera, y contemplé el amanecer, todas las imágenes del pasado, todos los
pensamientos nebulosos, se fundieron de golpe en un solo pensamiento, preciso y
acuciante: Zinaída y yo estábamos perdidos sin remedio. Estaba firmemente
convencido, como si el cielo azul me hubiera comunicado una profecía, pero al
cabo de un momento pensaba ya en otra cosa y albergaba otras seguridades.
—¿Qué va ser ahora de mí? —dijo Zinaída Fiódorovna
con una voz ronca por el frío y la
humedad—. ¿Adónde voy a ir? ¿Qué voy a hacer?
Gruzin me dijo que ingresara en un convento. ¡Ah, lo haría con gusto! Cambiaría
de atuendo, de cara, de nombre, de ideas… Todo cambiaría, y me ocultaría allí
para siempre. Pero no me admitirán: estoy embarazada.
—M añana nos iremos juntos al extranjero —dije.
—Imposible. M i marido se negará a darme el
pasaporte.
—La sacaré del país sin pasaporte.
El cochero se detuvo frente a una casa de madera de
dos plantas, pintada de un color oscuro. Llamé. Cogiendo de mis manos una
pequeña y ligera cesta, el único equipaje que habíamos llevado con nosotros,
Zinaída Fiódorovna esbozó una amarga sonrisa y dijo:
—Son mis bijoux[53].
Pero estaba tan débil que ni siquiera era capaz de
cargar con esas bijoux. Tardaron en abrirnos. Después de la tercera o cuarta
llamada en las ventanas parpadeó una luz, y a continuación se oyeron pasos,
toses, susurros; por último, chirrió el cerrojo y apareció en el umbral una
mujer gorda, de cara roja y asustada. Detrás de ella, a cierta distancia, había
una viejecita delgada, de pelo corto y canoso, con una blusa blanca y una vela
en la mano. Zinaída Fiódorovna se precipitó en el zaguán y se arrojó al cuello
de esa viejecita.
—¡Nina, me ha engañado! —exclamó entre fuertes
sollozos—. ¡Me ha engañado de la forma más vil y miserable! ¡Nina! ¡Nina!
Le alargué la cesta a la mujer. Aunque cerraron la
puerta, seguían oyéndose gritos y sollozos: «¡Nina! ¡Nina!». Subí al carruaje y
le pedí al cochero que me llevara sin prisas a la avenida Nevski. Tenía que
pensar en algún lugar para pasar la noche.
Al día siguiente, a media tarde, fui a ver a
Zinaída Fiódorovna. Estaba muy cambiada. En su rostro pálido y demacrado no
había ni rastro de lágrimas, y su expresión era distinta. No sé si esa
impresión se debía a que la veía en otro ambiente, en absoluto lujoso, y a que
nuestras relaciones eran diferentes, o a que el intenso dolor había dejado ya
su huella en los rasgos de su cara, pero no me pareció tan elegante y refinada
como antes; era como si su figura se hubiera vuelto más menuda, y en sus
gestos, en sus andares y en su rostro advertí un nerviosismo excesivo, cierta
precipitación, como si tuviera prisa; en cuanto a su anterior delicadeza, había
desaparecido hasta de su sonrisa. Yo iba vestido con un traje caro que me había
comprado ese mismo día. Lo primero en lo que se fijó fue en ese traje y en el
sombrero que llevaba en la mano; luego se quedó mirando mi rostro con ojos
impacientes y escudriñadores, como estudiándolo.
—Su transformación sigue pareciéndome un milagro
—dijo—. Perdone que lo examine con tanta curiosidad. Es usted una persona fuera
de lo común.
Le conté una vez más quién era y por qué vivía en
casa de Orlov, ofreciéndole un relato más prolijo y detallado que la víspera.
Ella me escuchó con gran atención y, sin dejarme terminar, comentó:
—Allí todo ha terminado para mí. ¿Sabe usted? No he
podido contenerme y he escrito una carta.
Esta es la contestación.
En la hoja que me tendió podían leerse las
siguientes razones, escritas de puño y letra de Orlov:
No tengo intención de justificarme. Pero reconozca
que ha sido usted la que se ha equivocado, no yo. Le deseo felicidad y le ruego
que me olvide cuanto antes.
Su humilde servidor, G. O.
P. D. Le mando sus cosas.
Los baúles y las cestas enviados por Orlov estaban
en una sala; entre ellos se encontraba también mi pobre maleta.
—Así pues… —dijo Zinaída Fiódorovna y no terminó la
frase.
Guardamos silencio unos instantes. Ella cogió la
nota y durante un par de minutos la sostuvo delante de los ojos, mientras su
rostro adoptaba esa expresión bastante altiva, desdeñosa, dura y orgullosa que
tenía la víspera, al comienzo de nuestra explicación; algunas lágrimas asomaron
a sus ojos, pero ya no brotaban de un sentimiento de timidez y amargura, sino
de orgullo y rabia.
—Escuche —añadió, levantándose bruscamente y
acercándose a la ventana para que no viera su cara—. He decidido marcharme
mañana al extranjero con usted.
—Estupendo. Yo estoy dispuesto a partir hoy mismo.
—Lléveme con usted. ¿Ha leído a Balzac? —preguntó
de pronto, volviéndose—. Su novela Père Goriot acaba con una escena en la que
el protagonista contempla París desde la cima de una colina y amenaza a la
ciudad: «¡Ahora ajustaremos cuentas!», y a continuación inicia una nueva vida.
También yo, cuando vea San Petersburgo por última vez, desde la ventanilla del
vagón, le diré: «¡Ahora ajustaremos cuentas!».
Y, tras pronunciar esas palabras, se rio de su
propia broma y, por alguna razón, se estremeció.
XV
En Venecia se me declaró una pleuritis.
Probablemente me resfrié la noche en que nos dirigimos en barca desde la
estación hasta el hotel Bauer. Desde el primer día tuve que guardar cama, y no
pude levantarme en dos semanas. Cada mañana, mientras estuve enfermo, Zinaída
Fiódorovna salía de su habitación para tomar el café conmigo y después me leía
libros franceses y rusos que habíamos comprado en Viena. Esas obras me eran
conocidas de antaño o no me interesaban, pero a mi lado resonaba una voz dulce
y querida, así que, en el fondo, su contenido se reducía para mí a una sola
cosa: no estaba solo. Ella salía a dar un paseo, regresaba con su vestido gris
claro y un ligero sombrero de paja, alegre, caldeada por el sol primaveral, se
sentaba junto a la cama, se inclinaba sobre mi cara y me contaba alguna cosa de
Venecia o me leía alguno de esos libros. Y yo me sentía feliz.
Por la noche tenía frío, me sentía mal y me
aburría, pero de día me embriagaba de vida —no se me ocurre una expresión
mejor—. El sol cálido y brillante que penetraba por las ventanas abiertas y la
puerta del balcón, los gritos abajo, el chapoteo de los remos, el repicar de
las campanas, el retumbante estrépito del cañón a mediodía y el sentimiento de
plena libertad obraban milagros en mí. Era como si tuviera en los costados unas
alas fuertes y anchas que me llevaran Dios sabe adónde. Y qué delicia, qué alegría
me embargaba a veces, cuando pensaba que junto a mi vida discurría ahora otra
vida, que me había convertido en siervo, guardián, amigo y compañero
indispensable de una criatura joven, hermosa y rica, ¡pero débil, ofendida y
sola! Hasta estar enfermo es un placer cuando sabes que hay alguien que espera
tu restablecimiento como una fiesta. Una vez oí que Zinaída Fiódorovna
cuchicheaba al otro lado de la puerta con el médico; luego entró en mi
habitación con ojos llorosos — una mala señal—, pero yo estaba conmovido y
sentía una extraordinaria ligereza en el alma.
Por fin se me permitió salir al balcón. El sol y la
leve brisa marina acariciaban mi cuerpo enfermo. Yo contemplaba las familiares
góndolas, que se deslizaban con gracia femenina, serenas y majestuosas, como si
vivieran y sintieran toda la magnificencia de esa cultura original y
fascinante. Olía a mar. En algún lugar se oían las cuerdas de un instrumento y
el canto de dos voces. ¡Qué maravilla! ¡Qué diferencia con esa noche
petersburguesa en que caía una nieve líquida y el viento me azotaba el rostro
con tanta rudeza! Si seguía con la vista el curso del canal, podía divisar la
laguna y, en el fondo, el sol sobre el horizonte, cuyos reverberos en el agua
eran tan brillantes que hacían daño a la vista. Mi alma sentía nostalgia de mi
querido mar nativo, al que había ofrendado mi juventud. ¡Ansiaba vivir! ¡Vivir
y nada más!
Al cabo de dos semanas empecé a moverme a mi
antojo. Me gustaba sentarme al sol, escuchar a los gondoleros, a quienes no
entendía, y pasar horas contemplando la casita donde, según dicen, vivió
Desdémona, una casita modesta y melancólica, de aspecto virginal, delicada como
un encaje y tan ligera que daba la impresión de que uno podría cambiarla de
lugar con una sola mano. Pasaba largo rato junto a la tumba de Canova, sin
apartar la vista del triste león. Y en el palacio de los dux me atraía siempre
el rincón donde el desventurado Marino Faliero[54] había sido embadurnado de
pintura negra. «Qué maravilloso ser artista, poeta, dramaturgo —pensaba yo—.
Pero ya que todo eso está por encima de mis posibilidades, me gustaría al menos
abandonarme al misticismo». ¡Ah, si hubiera podido acompañar esa plácida
serenidad, esa satisfacción que colmaba mi alma, de una pizca de fe!
Por las tardes comíamos ostras, bebíamos vino,
paseábamos en barca. Recuerdo cómo se mecía suavemente nuestra góndola negra,
sin moverse de su sitio, mientras el agua rompía con leve rumor contra el
casco. Aquí y allá temblaban y oscilaban los reflejos de las estrellas y de las
luces de la costa. No lejos de nosotros, en una góndola engalanada con faroles
coloreados, que se reflejan en el agua, cantaban algunas personas. El sonido de
las guitarras, de los violines, de las mandolinas, así como las voces masculinas
y femeninas, se difundían en la penumbra, y Zinaída Fiódorovna, pálida, con
expresión seria, casi severa, sentada a mi lado, apretaba con fuerza los labios
y los puños. Tenía el pensamiento en otro lugar, y no movía una ceja ni me
escuchaba. Su rostro, su postura, su mirada inmóvil y vacía, esos recuerdos
inusitadamente sombríos, desolados y fríos como la nieve, y alrededor las
góndolas, las luces, la música y esa canción acompañada de un grito enérgico y
apasionado: «¡Jam-mo!… ¡Jam-mo»!… ¡Qué contrastes tiene la vida! Cuando
adoptaba esa postura y se quedaba como petrificada, afligida, con los puños
apretados, me figuraba que ambos éramos personajes de una de esas novelas
pasadas de moda, titulada La desventurada, La abandonada o algo por el estilo.
Vaya pareja: ella, desventurada, abandonada, y yo, su amigo devoto y fiel, un
soñador y, si me apuran, un hombre superfluo, un fracasado, incapaz de otra
cosa más que de toser, soñar y acaso sacrificarse… pero ¿a quién o a qué podían
servir ahora mis sacrificios? ¿Y qué iba a sacrificar, si me permiten la
pregunta?
Después del paseo vespertino tomábamos el té en su
habitación y charlábamos. No teníamos miedo de hurgar en viejas heridas, aún
sin cicatrizar; al contrario, por alguna razón, hasta experimentaba placer
cuando le hablaba de mi vida en casa de Orlov o aludía sin tapujos a unas
relaciones que conocía de sobra y que no podían ocultárseme.
—En ciertos momentos la odiaba —le decía—. Cuando
Orlov se mostraba caprichoso, hablaba con ese tono condescendiente y le mentía,
me sorprendía que no se percatara ni se diera usted cuenta de nada, a pesar de
lo claro que estaba todo. En lugar de eso, le besaba las manos, se ponía de
rodillas,
lo adulaba…
—Cuando… le besaba las manos y me ponía de
rodillas, lo quería… —decía ella, ruborizándose. —¿Acaso era tan difícil
adivinar lo que pensaba de verdad? ¡Menuda esfinge! ¡Una esfinge
disfrazada de gentilhombre de cámara! No le hago
ningún reproche, Dios me libre —proseguía yo, comprendiendo que era un tanto
descortés, que carecía del tacto y la delicadeza necesarias para tratar con un
alma ajena, un defecto en el que no había reparado nunca antes de conocerla—.
Pero ¿cómo es posible que no adivinara usted la verdad? —repetía, aunque ya en
voz más baja y tono más inseguro.
—Quiere usted decir que desprecia mi pasado, y
tiene razón —decía ella muy alterada—. Pertenece usted a esa categoría especial
de personas a las que no se puede medir con el mismo rasero que a los demás
mortales; sus exigencias morales se distinguen por su excepcional severidad y
no es usted capaz de perdonar, me doy perfecta cuenta; le entiendo y, si alguna
vez le contradigo, eso no significa que vea las cosas de manera distinta; digo
las mismas bobadas de siempre simplemente porque aún no he tenido tiempo de
desprenderme de mis viejos ropajes y prejuicios. Yo también odio y desprecio mi
pasado, detesto a Orlov y mi amor por él… ¿Qué clase de amor era ese? Ahora
todo eso hasta me parece ridículo —decía, acercándose a la ventana y
contemplando el canal—. Esos amores no hacen más que enturbiar la conciencia y
desconcertar. El sentido de la vida reside sólo en la lucha. ¡Dar un taconazo a
una vil cabeza de serpiente y sentir cómo se quiebra! Ahí es donde está el
sentido. Ahí o en ninguna otra parte.
Le contaba extensos episodios de mi pasado y le
refería mis aventuras, en verdad sorprendentes. Pero no decía ni una palabra
del cambio que se había operado en mí. Ella me escuchaba siempre con gran
atención y en los pasajes más interesantes se retorcía las manos, como si
lamentara no haber tomado parte en tales aventuras, ni experimentado esos
temores y alegrías, pero de pronto se quedaba pensativa, ensimismada, y por la
expresión de su cara yo me daba cuenta de que no me estaba escuchando.
Llegados a ese punto, cerraba las ventanas que
daban al canal y le preguntaba si quería que encendiera la estufa.
—No, déjelo. No tengo frío —respondía ella, con una
lánguida sonrisa—, pero me noto muy débil. ¿Sabe? Tengo la impresión de que en
los últimos tiempos me he vuelto mucho más inteligente. Por ejemplo, cuando
pienso en el pasado, en mi vida de entonces… bueno, y en la gente en general,
todo se funde en una sola cosa: la imagen de mi madrastra, grosera, insolente,
desalmada, falsa, depravada y, por si eso fuera poco, morfinómana. Mi padre,
hombre flojo y sin carácter, se casó con mi madre por dinero y no paró hasta
que ella contrajo la tuberculosis; en cambio a su segunda esposa, mi madrastra,
la quería con pasión, con locura… ¡Lo que tuve que soportar! En fin, para qué
hablar. Como digo, todo se funde en una sola imagen… Y me da rabia que mi
madrastra se haya muerto. ¡Cómo me gustaría verla ahora!
—¿Para qué?
—Pues no lo sé… —respondió ella con una sonrisa,
sacudiendo con elegancia la cabeza—. Buenas noches. A ver si se pone usted
bueno. En cuanto se restablezca, nos ocuparemos de nuestros asuntos… Que ya va
siendo hora —después de despedirme, cuando ya había asido el picaporte de la
puerta, me preguntó—: ¿Cree usted que Polia seguirá en la casa?
—Lo más seguro.
Y me iba a mi habitación. Así pasamos un mes
entero. Un día de cielo encapotado, a eso del
mediodía, estábamos asomados a la ventana de mi
habitación, contemplando en silencio las nubes que venían del mar y el canal
azulado, esperando que de un momento a otro empezase a llover; de pronto, una
estrecha y compacta franja de lluvia, como una gasa, oscureció la laguna, y en
ese instante a los dos nos ganó el aburrimiento. Ese mismo día partimos para
Florencia.
XVI
Había llegado ya el otoño, y nos encontrábamos en
Niza. Una mañana, cuando entré en su habitación, la hallé sentada en un sillón,
con las piernas cruzadas, encorvada, demacrada, con la cara cubierta con las
manos, llorando amargamente, sollozando, los largos cabellos despeinados
cayendo sobre sus rodillas. La impresión causada por el mar maravilloso y
magnífico que acababa de ver, y que quería comunicarle, desapareció como por
ensalmo, y el corazón se me encogió de dolor.
—¡Qué le pasa? —le pregunté; ella apartó una mano
de la cara y me hizo un gesto para que saliera—. Pero ¿qué le pasa? —repetí, y
por primera vez desde que nos conocíamos le besé la mano.
—¡Nada! ¡No es nada! —exclamó con premura—. Ah, no
es nada, no es nada… Márchese… Ya ve que no estoy vestida.
Salí terriblemente confuso. La calma y la serenidad
de las que tanto tiempo había disfrutado, se veían ahora envenenadas por un
sentimiento de compasión. Sentí un deseo acuciante de arrojarme a sus pies, de
suplicarle que no llorara a solas, que compartiera su pena conmigo, y el rumor
uniforme del mar resonaba ya en mis oídos como una oscura profecía, pues
preveía ya nuevas lágrimas, nuevas aflicciones y pérdidas. «¿Por qué, por qué
llora?», me preguntaba, recordando su rostro y su sufriente mirada. Me acordé
de que estaba embarazada. Trataba de ocultar su estado a los demás y a sí
misma. En el hotel llevaba una blusa ancha o una camisa con muchos pliegues a
la altura del pecho,
y cuando
salíamos, se apretaba tanto el corsé que ya en dos ocasiones se había desmayado
mientras paseábamos. Nunca hablaba conmigo de su embarazo, y una vez, cuando le
sugerí que no sería una mala idea consultar a un médico, se ruborizó y no dijo
ni una palabra.
Cuando, al cabo de un rato, volví a su habitación,
ya estaba vestida y peinada.
—¡Basta, basta! —exclamé, viendo que estaba a punto
de echarse a llorar otra vez—. Será mejor que vayamos a dar un paseo por la
orilla del mar y charlemos un poco.
—No puedo hablar. Perdóneme, pero en estos momentos
me apetece estar sola. Y otra cosa, Vladímir Ivánich: la próxima vez, cuando
quiera entrar en mi habitación, haga el favor de llamar primero a la puerta.
Ese «primero» me sonó de un modo particular, poco
femenino. Salí. Volvió a envolverme otra vez ese maldito humor de San
Petersburgo, y todos mis sueños se abarquillaron y se retorcieron como hojas al
calor del fuego. Sentía que estaba de nuevo solo, que entre nosotros no había
confianza. Yo era para ella lo mismo que para esa palmera una telaraña, formada
en sus hojas por casualidad y que el viento arrancaría y se llevaría. Fui a dar
un paseo por los jardines, en cuyos senderos sonaba la música, y entré en el
casino, donde vi mujeres elegantes y muy perfumadas, que me miraban como
diciendo: «Estás solo, tanto mejor…». Luego salí a la terraza y pasé un buen
rato contemplando el mar. Lejos, en el horizonte, no se divisaba ni una vela; a
la izquierda, junto a la costa, en medio de una neblina de color lila,
despuntaban montañas, huertos, torres, casas, todo iluminado por el sol, pero
todo se me antojaba extraño, indiferente, una
suerte de embrollo incomprensible.
XVII
Zinaída Fiódorovna seguía viniendo a mi habitación
todas las mañanas para tomar el café, pero ya no almorzábamos juntos. Según
decía, no tenía apetito, y se alimentaba sólo de café, té y diversas chucherías
como naranjas y caramelos.
Tampoco conversábamos ya por la tarde. No sé lo que
sucedió. Después de que la sorprendiera llorando, empezó a tratarme con cierta
desconsideración; a veces se mostraba descortés y hasta irónica, y me llamaba,
vaya usted a saber por qué, «señor mío». Lo que antes le parecía asombroso,
sorprendente, heroico, suscitando en ella envidia y entusiasmo, ahora no le
afectaba lo más mínimo; por lo general, después de escucharme, se desperezaba
un poco y comentaba:
—Sí, sucedió en Poltava, señor mío, en Poltava[55].
A veces estábamos días enteros sin vernos. Yo
llamaba con timidez y recelo a su puerta y no obtenía respuesta; volvía a
llamar, y de nuevo silencio… Me quedaba junto a la puerta escuchando, y en eso
pasaba una camarera que me anunciaba con frialdad: Madame est partie[56]. Luego
recorría de un extremo al otro el pasillo del hotel… Me topaba con algunos
ingleses, con damas de generoso pecho, con camareros vestidos de librea… Y,
después de contemplar un buen rato la larga alfombra a rayas que recorría todo
el pasillo, me daba cuenta de que, en la vida de esa mujer, yo desempeñaba un
papel extraño y probablemente falso, y que no estaba en condiciones de
cambiarlo; entonces corría a mi habitación, me tumbaba en la cama y me perdía
en reflexiones, pero no lograba llegar a ninguna conclusión; lo único que tenía
claro es que ansiaba vivir y que, cuanto más fea, seca y dura se volvía su
cara, mayor era mi afecto y más intensa y dolorosamente sentía nuestra
afinidad. Llámame «señor mío», emplea ese tono despreocupado y despectivo, haz
lo que se te antoje, pero no me abandones, tesoro mío. Ahora me da miedo estar
solo.
Luego volvía a salir al pasillo y prestaba oídos,
lleno de inquietud… No comía, no me daba cuenta de la llegada de la tarde. Por
fin, pasadas ya las diez, oía unos pasos conocidos y en la esquina cercana a la
escalera aparecía Zinaída Fiódorovna.
—¿Dando un paseíto? —me preguntaba, al pasar a mi
lado—. Estaría mejor fuera… ¡Buenas noches!
—¿Es que no vamos a vernos más hoy?
—M e parece que es tarde. En cualquier caso, como
usted quiera.
—Dígame, ¿dónde ha estado? —le preguntaba, entrando
tras ella en la habitación.
—¿Dónde? En Montecarlo —y, sacando del bolsillo
unas diez monedas de oro, añadía—: Pues sí, señor mío. Las he ganado a la
ruleta.
—¿No habrá empezado usted a jugar?
—¿Y por qué no? M añana voy otra vez.
Me la imaginaba con su cara fea y enfermiza,
embarazada, con el corsé muy apretado, de pie ante la mesa de juego, en medio
de una muchedumbre de cocottes y de viejas medio locas, que revoloteaban en
torno al oro como moscas alrededor de la miel, y recordaba que, por alguna
razón, se había ido a M ontecarlo sin decirme nada…
—No la creo —le comenté una vez—. Usted no va allí.
—No se preocupe. No puedo perder mucho.
—No se trata de las pérdidas —repuse con enfado—.
¿Es que no se le ha ocurrido pensar, mientras está allí jugando, que el brillo
del oro, todas esas mujeres, viejas y jóvenes, el crupier y el ambiente en su
conjunto constituyen un vil y repugnante escarnio de las fatigas de la clase
trabajadora, de los que sudan sangre?
—Y, si no juego, ¿qué quiere que haga? —preguntó—.
En cuanto a las fatigas de la clase trabajadora y a los que sudan sangre,
déjese esos discursos grandilocuentes para otra ocasión, y ahora, ya que ha
empezado usted, permítame que siga con el tema y plantee la cuestión con toda
claridad: ¿qué estoy haciendo aquí y qué voy a hacer en el futuro?
—¿Qué va a hacer? —exclamé yo—. A esa pregunta no
se puede responder así de golpe.
—Le pido que me responda según le dicte su
conciencia, Vladímir Ivánich —dijo ella, y su rostro se torció en un mohín de
enfado—. Una vez que me he decidido ha plantearle esa cuestión, no quiero
escuchar lugares comunes. Le estoy preguntando —prosiguió, dando palmadas en la
mesa, como marcando el compás— qué debo hacer aquí. Y no sólo aquí, en Niza,
sino en general —guardé silencio y me quedé mirando el mar por la ventana. Mi
corazón latía desbocado—. Vladímir Ivánich —dijo en voz baja, con la respiración
entrecortada; era evidente que le costaba trabajo hablar—. Vladímir Ivánich, si
ni siquiera usted cree en la causa, si ya no tiene intención de luchar por
ella, ¿por qué… por qué me sacó usted de San Petersburgo? ¿Por qué me hizo
promesas y despertó en mí locas esperanzas? Sus convicciones han cambiado, se
ha convertido en otro hombre; nadie lo culpa: no siempre podemos controlar
nuestras convicciones, pero… pero, Vladímir Ivánich, por el amor de Dios, ¿por
qué no es usted sincero? —prosiguió en voz baja, acercándose a mí—. A lo largo
de todos estos meses, cuando yo soñaba en voz alta, deliraba, me entusiasmaba
con sus planes, reconstruía mi vida sobre nuevas bases, ¿por qué no me dijo la
verdad? ¿Por qué guardó silencio o me alentó con esos relatos suyos, comportándose
como si estuviera plenamente de acuerdo conmigo? ¿Por qué? ¿Qué necesidad
había?
—Cuesta mucho reconocer que uno ha fracasado
—murmuré, dándome la vuelta, pero sin mirarla
—. Sí, ya no tengo fe, estoy cansado, abatido… Es
difícil ser sincero, muy difícil; por eso guardaba silencio. Quiera Dios que
nadie tenga que pasar por lo que yo he pasado.
Tenía la impresión de que de un momento a otro me
echaría a llorar, así que me callé.
—Vladímir Ivánich —dijo y me cogió ambas manos—.
Usted ha vivido y experimentado muchas cosas, y sabe más que yo. Piénselo y
dígame qué debo hacer. Aconséjeme. Si ya no tiene usted fuerzas para seguir
adelante y servir de guía a otros, indíqueme al menos adónde tengo que ir.
Convenga conmigo en que soy una persona viva, capaz de sentir y razonar.
Encontrarse en una posición falsa… desempeñar un papel absurdo… Todo eso me
desagrada. No le hago reproches, no le echo la culpa, sólo le pido un consejo
—trajeron el té—. ¿Y bien? —preguntó Zinaída Fiódorovna, tendiéndome un vaso—.
¿Qué me dice?
—Hay más luz que la que brilla en la ventana
—respondí—. Viven en el mundo más personas que yo, Zinaída Fiódorovna.
—Pues muéstremelas —dijo con animación—. Es lo
único que le pido.
—Y quiero decirle una cosa más —continué—. Hay
muchos campos en los que puede servirse a una idea. Si uno se ha equivocado y
ha perdido la fe en un ideal, puede buscar otro. El mundo de las
ideas es vasto e inagotable.
—¡El mundo de las ideas! —exclamó y me miró a la
cara con expresión burlona—. Será mejor que lo dejemos… No vale la pena… —se
puso roja—. ¡El mundo de las ideas! —repitió y arrojó a un lado la servilleta;
su rostro adquirió una expresión de indignación y desdén—. Todas sus
maravillosas ideas, me doy perfecta cuenta, se reducen a un único paso
inevitable e indispensable: debo convertirme en su amante. Eso es lo que se
necesita. Estar al servicio de las ideas y no convertirse en la amante del
hombre más honrado e idealista que cabe imaginar significa no entender las
ideas. Hay que empezar por ahí… es decir, primero debo convertirme en su amante
y lo demás vendrá por sí solo.
—Está usted irritada, Zinaída Fiódorovna —dije.
—¡No, soy sincera! —gritó, respirando con
dificultad—. ¡Soy sincera!
—Puede que sea sincera, pero se equivoca usted, y
sus palabras me causan dolor
—¡Dice que me equivoco! —exclamó, echándose a
reír—. Eso lo puede decir otra persona, pero no usted, señor mío. Quizá le
parezca poco delicada e incluso cruel, pero me da igual: ¿me ama usted? ¿Me ama
usted o no? —yo me encogí de hombros—. ¡Sí, encójase de hombros! —prosiguió con
su tono burlón—. Cuando estaba usted enfermo, lo oí delirar; por no hablar de
esas miradas llenas de adoración, de los suspiros, de los discursos
bienintencionados sobre la intimidad y la afinidad espiritual… Pero lo
principal es esto: ¿por qué hasta ahora no ha sido sincero? ¿Por qué me ha
ocultado lo que es y me ha hablado de lo que no es? Si desde un principio me
hubiese aclarado cuáles eran las ideas que lo impulsaban a sacarme de San
Petersburgo, habría estado al corriente de todo. En ese caso me habría
envenenado, como era mi intención, y nos habríamos ahorrado esta tediosa
comedia… ¡En fin, para qué hablar! —hizo un gesto de desaliento con la mano y
se sentó.
—M e habla usted como si sospechara que tengo
intenciones deshonestas —me ofendí. —Dejémoslo. ¿Para qué seguir? No le estoy
recriminando sus intenciones, lo que le estoy
diciendo es que no albergaba usted intenciones de
ningún tipo. Si las hubiera tenido, me habría dado cuenta. Aparte de las ideas
y del amor, no tenía usted nada. Primero las ideas y el amor, y en perspectiva,
la posibilidad de que me convierta en su amante. Tal es el orden de las cosas,
tanto en la vida como en las novelas… Usted censuraba a Orlov —añadió, dando
una palmada en la mesa—, pero a la larga debemos estar de acuerdo con él. Tiene
sus razones para despreciar todas esas ideas.
—No las desprecia, las teme —grité—. Es un cobarde
y un embustero.
—De acuerdo. Es un cobarde, un embustero y me ha
engañado, pero ¿y usted? Perdone mi sinceridad, pero ¿qué es usted? Él me
engañó y me abandonó a mi suerte en San Petersburgo, mientras usted me ha
engañado y me ha abandonado aquí. Al menos él no vestía su engaño con el ropaje
de las ideas, mientras que usted…
—Por el amor de Dios, ¿por qué dice esas cosas?
—grité horrorizado, retorciéndome las manos y acercándome con presteza a ella—.
No, Zinaída Fiódorovna, no, eso es cinismo, no debe caer uno en tales extremos
de desesperación. Escúcheme —añadí, agarrándome a un pensamiento que de pronto
se insinuó en mi cabeza y que, me pareció, aún podía salvarnos a ambos—. Haga
el favor de escucharme. He conocido muchas desgracias en mi vida, tantas que,
al recordarlas, la cabeza me da vueltas; pero ahora mi cerebro y mi alma
atormentada han comprendido de una vez por todas que el sentido de la vida
humana, si es que tiene alguno, consiste únicamente en el amor desinteresado al
prójimo. ¡Esa es la dirección que debemos tomar, ese es nuestro objetivo! ¡Esa
es mi fe! —tenía
intención de seguir hablando de la misericordia y
del perdón incondicional, pero de pronto el tono de mi voz dejó de parecerme
sincero, y me turbé—. ¡Quiero vivir! —exclamé con franqueza—. ¡Vivir, vivir!
Ansío la paz, el silencio, el calor, este mar, su compañía. ¡Ah, cómo me
gustaría inculcarle esta apasionada sed de vida! Acaba usted de referirse al
amor, pero a mí me bastaría con estar cerca de usted, con oír su voz, con
contemplar la expresión de su rostro…
Ella se ruborizó y se puso a hablar muy deprisa,
para impedirme continuar.
—Usted ama la vida y yo la odio. Así que debemos
seguir caminos distintos —se sirvió té, pero no lo probó; se retiró a su
dormitorio y se tumbó en la cama—. Creo que será mejor que interrumpamos esta
conversación —me dijo desde allí—. Todo ha terminado para mí y no necesito
nada… ¡Para qué seguir hablando!
—¡No, todo no ha terminado!
—¡Dejémoslo!… Como si no lo supiera. Ya estoy
harta… Basta.
Me quedé un rato más, paseando de un extremo al
otro de la habitación, y luego salí al pasillo. Más tarde, ya avanzada la
noche, cuando me acerqué a su puerta y presté atención, oí su llanto con toda
claridad.
A la mañana siguiente, el camarero, mientras me
tendía el traje, me informó con una sonrisa de que la señora de la habitación
número trece estaba dando a luz. Me vestí de cualquier manera y, muerto de
miedo, fui corriendo a la habitación de Zinaída Fiódorovna. Encontré allí al
médico, a la comadrona y a una señora ya mayor natural de Járkov, que se
llamaba Daria Mijáilovna. Olía a gotas de éter. Nada más traspasar el umbral,
me llegó desde la habitación en que yacía ella un gemido apagado y quejumbroso;
era como si el viento lo hubiera traído de Rusia. Y entonces me acordé de
Orlov, de su ironía, de Polia, del Nevá, de los copos de nieve, del carruaje
sin manta, de la profecía que había entrevisto en el frío cielo matinal, de
aquel grito desesperado: «¡Nina! ¡Nina!».
—Pase a verla —me dijo la señora.
Entré en el dormitorio de Zinaída Fiódorovna con la
extraña sensación de ser el padre de la criatura. La encontré tendida, con los
ojos cerrados, delgada, pálida, con una cofia blanca de encaje. Recuerdo que
había dos expresiones en su rostro: una indiferente, fría, apática; otra
infantil e impotente, causada por la cofia blanca. No me oyó entrar, o tal vez
sí, pero no me prestó atención. M e quedé junto al lecho, mirándola y
esperando.
Pero de pronto su rostro se contrajo de dolor,
abrió los ojos y se quedó mirando el techo, como tratando de comprender lo que
le estaba sucediendo… En su cara se dibujó una expresión de repugnancia.
—¡Qué asco! —susurró.
—Zinaída Fiódorovna —la llame en voz muy baja.
Ella me miró con indiferencia y desgana y a
continuación cerró los ojos. Aguardé un momento y salí.
Por la noche, Daria Mijáilovna me comunicó que
Zinaída Fiódorovna había dado a luz una niña, pero que la parturienta se
hallaba en grave peligro; luego se oyeron carreras y voces en el pasillo. Daria
Mijáilovna apareció de nuevo en mi cuarto y, con cara de desesperación,
retorciéndose las manos, me dijo:
—¡Ah, es terrible! ¡El médico sospecha que Zinaída
Fiódorovna ha tomado un veneno! ¡Ah, qué mal se comportan aquí los rusos!
Al día siguiente, a mediodía, Zinaída Fiódorovna
expiró.
XVIII
Transcurrieron dos años. Las circunstancias
cambiaron y yo volví a San Petersburgo, donde ahora podía vivir sin esconderme.
Ya no tenía miedo de ser y parecer sensible, y me entregaba por entero al
sentimiento paternal o, mejor dicho, idolátrico, que despertaba en mí Sonia, la
hija de Zinaída Fiódorovna. Yo mismo le daba de comer, la bañaba, la acostaba,
no le quitaba ojo durante noches enteras y gritaba cuando me parecía que se le
iba a caer a la niñera. A medida que pasaba el tiempo, mi ansia de una vida normal
y corriente se fue reforzando e intensificando, mientras mis grandes ilusiones
se concentraron en Sonia, como si por fin hubiera encontrado lo que necesitaba.
Quería con locura a esa niña. Veía en ella la prolongación de mi propia vida, y
no era una simple figuración, sino que estaba casi convencido y seguro de que,
cuando me despojara de una vez de ese cuerpo desgarbado, huesudo y barbudo,
seguiría viviendo en esos ojos azules, en esos cabellos rubios y sedosos, en
esas manitas regordetas y rosadas que con tanto cariño me acariciaban la cara y
me rodeaban el cuello.
El futuro de Sonia me preocupaba. Su padre era
Orlov, pero en el certificado de nacimiento figuraba el apellido Krasnóvskaia;
además, la única persona que sabía de su existencia y se interesaba por ella,
es decir, yo, estaba con un pie en la tumba. Había que ocuparse seriamente de
la cuestión.
Al día siguiente de mi llegada a San Petersburgo
fui a ver a Orlov. Me abrió un anciano gordo, con patillas pelirrojas y sin
bigote, por lo visto alemán. Polia, que estaba arreglando la sala, no me
reconoció; en cambio, Orlov se dio cuenta al momento de quién era.
—¡Ah, señor conspirador! —dijo, mirándome con
curiosidad y sonriendo—. ¿Qué le trae por aquí?
No había cambiado nada: el mismo rostro cuidado y
desagradable, la misma ironía. Y sobre la mesa, como antaño, había un libro
nuevo con una plegadera de marfil entre las páginas. Por lo visto, estaba
leyendo en el momento de mi llegada. Me pidió que tomara asiento, me ofreció un
cigarro y, con esa delicadeza propia de las personas bien educadas, ocultando
la impresión desagradable que le había causado mi cara y mi escuálida figura,
señaló como de pasada que no había cambiado nada y que era fácil reconocerme, a
pesar de que me había dejado crecer la barba. Hablamos del tiempo y de París.
Tratando de liberarse cuanto antes de la desagradable e inevitable cuestión que
tanto a él como a mí nos agobiaba, me preguntó:
—¿Ha muerto Zinaída Fiódorovna?
—Sí —respondí.
—¿De parto?
—Así es. El médico sospechaba que la causa había
sido otra, pero… tanto a usted como a mí nos conviene pensar que murió de
parto.
Emitió un suspiro por cortesía y guardó silencio.
Se produjo una pausa.
—Ya veo. En cambio, aquí todo sigue igual, no ha
habido cambios significativos —dijo con animación, cuando advirtió que había
echado un vistazo al despacho—. Mi padre, como sin duda sabrá usted, se ha
jubilado y lleva una vida de lo más tranquila; en cuanto a mí, sigo ocupando el
mismo cargo. ¿Se acuerda de Pekarski? Pues no ha
cambiado nada. Gruzin murió de difteria el año pasado… Kukushkin está vivo y a
menudo se acuerda de usted. A propósito —prosiguió Orlov, bajando tímidamente
los ojos—, cuando Kukushkin se enteró de quién era usted, empezó a contar por
todas partes que le había atacado y había intentado matarlo… Dice que se salvó
por los pelos — yo guardaba silencio—. Los viejos criados no olvidan a sus
señores… Es un detalle por su parte — bromeó Orlov—. Pero ¿no quiere tomar un
vaso de vino o un café? M andaré que lo preparen.
—No, gracias. He venido a verlo por un asunto muy
importante, Gueorgui Ivánich.
—No me gustan mucho los asuntos importantes, pero
me alegro de poder hacer algo por usted. ¿De qué se trata?
—Pues verá —empecé yo, bastante nervioso—. La hija
de la difunta Zinaída Fiódorovna se encuentra aquí conmigo… Hasta ahora me he
ocupado de su educación, pero, como ve, cualquier día de estos pasaré a mejor
vida. M e gustaría morir sabiendo que su futuro está asegurado.
Orlov enrojeció levemente, frunció el ceño y me
dirigió una mirada severa y fugaz. Le había causado una impresión desagradable
no sólo el «asunto importante», sino también la alusión a mi próximo fin, a mi
muerte.
—Sí, habrá que pensar en algo —dijo, protegiéndose
los ojos, como si le molestase el sol—. Se lo agradezco. ¿Dice usted que es una
niña?
—Sí, una niña. ¡Una niña maravillosa!
—Ya. Desde luego no se trata de un perrito faldero,
sino de un ser humano… No cabe duda de que hay que tomárselo muy en serio.
Estoy dispuesto a participar y … le estoy muy agradecido —se puso en pie, se
paseó por la habitación, mordiéndose las uñas, y se detuvo delante de un
cuadro—. Hay que pensar en algo —dijo con voz sorda, dándome la espalda—. Hoy
mismo pasaré por casa de Pekarski y le pediré que vaya a ver a Krasnovski. Creo
que Krasnovski no se hará de rogar y aceptará quedarse con la niña.
—Perdone, pero no entiendo qué tiene que ver
Krasnovski en todo esto —dije yo, poniéndome también en pie y acercándome a un
cuadro que había en el otro extremo del despacho.
—¡Pero llevará el apellido de Krasnovski, espero!
—exclamó Orlov.
—Sí, puede que la ley lo obligue a quedarse con la
niña, no lo sé, pero yo no he venido a verlo para hablar de leyes, Gueorgui
Ivánich.
—Sí, sí, tiene usted razón —convino de buena gana—.
Creo que estoy diciendo tonterías. Pero no se preocupe. Encontraremos una
solución satisfactoria para ambos. Si no esta, aquella, y si no, una tercera;
pero de un modo u otro resolveremos esa delicada cuestión. Pekarski lo
arreglará todo. Tenga la bondad de dejarme su dirección y yo le informaré lo
antes posible de la decisión que adoptemos. ¿Dónde vive usted? —Orlov anotó mi
dirección, suspiró y añadió con una sonrisa—: ¡Qué responsabilidad, Señor, ser
padre de una niña de corta edad![57] Pero Pekarski lo arreglará todo. Es un
hombre muy «tinteligente»[58]. ¿Se quedó usted mucho tiempo en París?
—Un par de meses.
Se produjo un silencio. Era evidente que Orlov
tenía miedo de que yo volviese a abordar la cuestión de la niña, así que, para
distraer mi atención, me dijo:
—Seguramente se habrá olvidado usted de su carta.
Pero la he conservado. Comprendo el estado de ánimo que tenía en aquella época
y le confieso que respeto sus razones. «Sangre fría y maldita», «asiático»,
«risa caballuna», son expresiones afables y pintorescas —prosiguió con una
sonrisa
irónica—. Y la idea de fondo puede que se acerque a
la verdad, aunque sobre ese particular podríamos discutir hasta el fin de los
tiempos. Es decir —vaciló—, no discutir la idea en sí misma, sino su manera de
encarar la cuestión, su temperamento, por decirlo de algún modo. Sí, llevo una
vida anormal y depravada que a nadie aprovecha, y mi cobardía me impide iniciar
una vida nueva: en eso tiene usted razón. Pero es irracional que se lo tome
usted tan a pecho, que se altere y se desespere de ese modo: en ese punto se
equivoca usted.
—Un ser humano no puede dejar de alterarse y
desesperarse cuando ve que tanto él como quienes lo rodean se están hundiendo
en el abismo.
—¡Sin duda! No estoy predicando la indiferencia, lo
único que pido es una actitud objetiva ante la vida. A mayor objetividad, menos
riesgo de caer en el error. Hay que examinar las raíces de las cosas y buscar
en cada fenómeno la causa de todas las causas. Nos hemos vuelto débiles, nos
hemos desanimado y al final hemos caído. Nuestra generación se compone
exclusivamente de neurasténicos
y llorones,
sólo sabemos hablar de cansancio y de fatiga, pero ni usted ni yo tenemos la
culpa: somos demasiado insignificantes para que el destino de toda una
generación pueda depender de nuestro arbitrio. Por tanto, debemos suponer que
hay causas más importantes y generales, que tienen una sólida raison d’être
desde un punto de vista biológico. Somos unos neurasténicos, unos seres
amargados, unos apóstatas, pero tal vez eso sea útil y necesario para las
generaciones venideras. Ni un solo cabello cae de la cabeza si no es por
voluntad del Padre celestial; en otras palabras, nada sucede por casualidad ni
en la naturaleza ni en la sociedad humana. Todo es fundamental e indispensable.
Y, si eso es así, ¿por qué debemos preocuparnos tanto y escribir cartas desesperadas?
—Es verdad —respondí, después de pensarlo un
momento—. Creo que para las generaciones venideras la vida será más fácil y
comprensible; podrán aprovecharse de nuestra experiencia. Pero uno quiere vivir
para sí mismo, no sólo para las generaciones futuras. La vida sólo se concede
una vez, y todos desean una vida interesante, sensata, bella. Todos quieren
desempeñar un papel importante, independiente, noble, hacer historia, para que
esas mismas generaciones no tengan derecho a decir de cada uno de nosotros: «Ese
fue una nulidad», o algo incluso peor… Creo tanto en la oportunidad como en la
necesidad de lo que sucede a nuestro alrededor, pero ¿qué me importa a mí esa
necesidad? ¿Por qué tengo que sacrificarle mi «yo»?
—¡Bueno, qué le vamos a hacer! —suspiró Orlov,
levantándose y dándome a entender que nuestra conversación había terminado. Yo
cogí mi gorro—. En sólo media hora de charla, hay qué ver la de cosas que hemos
resuelto —dijo Orlov, acompañándome al vestíbulo—. Me ocuparé de ese asunto…
Hoy mismo iré a ver a Pekarski. Puede estar seguro.
Esperó a que me pusiera el abrigo, muy satisfecho,
sin duda, de mi inminente marcha. —Gueorgui Ivánich, devuélvame mi carta —dije.
—Como quiera.
Fue a su despacho y, al cabo de un minuto, regresó
con la carta. Yo le di las gracias y salí.
Al día siguiente recibí una nota suya. Me
felicitaba por la feliz solución del asunto. Pekarski conocía a una señora,
escribía, que dirigía un internado, una especie de jardín de infancia, donde
admitían incluso a niños muy pequeños. La señora era de toda confianza, pero en
cualquier caso, antes de entrar en tratos con ella, sería conveniente discutir
la cuestión con Krasnovski, aunque sólo fuera para cumplir con las formalidades
de rigor. Me aconsejaba que acudiera cuanto antes a casa de Pekarski, llevando
la partida de nacimiento, si es que existía. «Reiterando mi más sincera estima
y
respeto, se despide de usted su humilde servidor…».
Mientras leía esa carta, Sonia estaba sentada a la
mesa y me miraba con atención, sin pestañear, como si entendiera que se estaba
decidiendo su suerte.
Tres años
(1895)
I
Reinaba ya la oscuridad, en algunas casas las
ventanas estaban iluminadas y al final de la calle, detrás de los cuarteles,
empezaba a remontarse una pálida luna. Láptev, sentado en un banco, a la puerta
de su casa, esperaba que finalizara el oficio vespertino en la iglesia de San
Pedro y San Pablo. Contaba con que Yulia Serguéievna, al regresar de la misa,
pasara por allí; en tal caso, él podría dirigirle la palabra y tal vez
disfrutar de su compañía toda la tarde.
Llevaba allí ya una hora y media, y durante ese
tiempo había estado acordándose de su casa de Moscú, de sus amigos de la
capital, del criado Piotr, de su escritorio; alguna que otra vez contemplaba
con incredulidad los árboles sombríos e inmóviles, y le parecía extraño no
hallarse en su dacha de Sokólniki[59], sino en una ciudad de provincias, en una
casa junto a la que cada mañana y cada tarde pasaba un gran rebaño que
levantaba enormes nubes de polvo, conducido por unos cuantos pastores que de
vez en cuando tañían el cuerno. Le venían a la memoria las largas
conversaciones moscovitas, en las que él mismo había tomado parte hacía
relativamente poco, conversaciones en las que se aseguraba que se podía vivir
sin amor, que el amor apasionado constituía una suerte de aberración, que no
existía lo que ha dado en llamarse amor, sólo una atracción física de sexos
opuestos, y cosas por el estilo; se acordaba de esas cosas y pensaba con
tristeza que, si en esos momentos alguien le hubiera preguntado qué era el amor,
no habría sabido qué contestar.
Una vez concluido el oficio vespertino, empezó a
aparecer gente. Láptev observaba con nerviosismo las oscuras figuras. Había
pasado ya el arcipreste en un coche, las campanas habían dejado de repicar y se
habían apagado una tras otra las luces verdes y rojas que iluminaban el templo
con motivo de la festividad del patrón. La gente pasaba sin prisas, charlando,
deteniéndose debajo de las ventanas. De pronto, Láptev oyó una voz conocida y
el corazón empezó a latirle con fuerza; pero, al darse cuenta de que Yulia
Serguéievna no estaba sola, sino acompañada de otras dos señoras, fue presa de
la desesperación.
—¡Es terrible, terrible! —susurraba, sintiéndose
celoso—. ¡Es terrible!
En la esquina, antes de entrar en el callejón,
Yulia Serguéievna se detuvo para despedirse de sus acompañantes, y en ese
momento vio a Láptev.
—Voy a su casa —dijo él—. Para charlar un rato con
su padre. ¿No habrá salido? —No creo —respondió ella—. Es temprano para ir al
club.
El callejón discurría entre jardines, y junto a las
cercas crecían tilos que en esos momentos, a la luz de la luna, proyectaban una
ancha sombra, cubriendo de oscuridad tanto las empalizadas como las cancelas de
una parte de la calle. De algún lugar llegaba un rumor de voces femeninas,
risas contenidas y apagados acordes de balalaika. Olía a tilo y a heno. Ese
susurro de seres invisibles y ese olor excitaban a Láptev. De pronto sintió un
deseo apasionado de abrazar a Yulia Serguéievna, cubrir de besos su cara, sus
manos, sus hombros, estallar en sollozos, caer a sus pies y contarle cuánto
tiempo llevaba esperándola. La joven exhalaba un olor a incienso muy suave,
apenas perceptible, y esa fragancia le recordó los tiempos en que también él
creía en Dios, acudía a las funciones vespertinas y se perdía en ensoñaciones
de un amor puro y poético. Y, como esa muchacha no lo quería, le parecía que
había perdido para siempre la posibilidad de alcanzar esa felicidad con que
tanto soñara antaño.
Yulia Serguéievna hablaba con preocupación de la
salud de Nina Fiódorovna, la hermana de Láptev: dos meses antes le habían
extraído un tumor y ahora todos temían que se reprodujera la
enfermedad.
—Fui a verla esta mañana —dijo Yulia Serguéievna— y
me pareció que esta semana no ha adelgazado, pero la encontré mustia.
—Sí, sí —asintió Láptev—. No ha recaído, pero la
noto más débil cada día que pasa; se está consumiendo a ojos vistas. No
entiendo lo que le está sucediendo.
—¡Señor, con lo sana, fuerte y colorada que estaba!
—exclamó Yulia Serguéievna, después de una breve pausa—. Aquí la llamaba todo
el mundo «la moscovita». ¡Y cómo se reía! Los días de fiesta se vestía como una
sencilla campesina, y ese atuendo le quedaba muy bien.
El doctor Serguéi Borísich estaba en casa; grueso,
rojo, corto de piernas, con una levita larga que le llegaba por debajo de las
rodillas, se paseaba arriba y abajo en su despacho, con las manos en los
bolsillos, canturreando a media voz: «Ru-ru-ru-ru». Iba desgreñado, con las
grises patillas alborotadas, como si acabara de levantarse de la cama. Y su
despacho, con cojines en los sofás, rimeros de papeles viejos en los rincones y
un perro de aguas sucio y enfermo debajo de la mesa, producía la misma impresión
de descuido e incuria que su propia persona.
—El señor Láptev quiere verte —le dijo la hija,
entrando en el despacho.
—Ru-ru-ru-ru —canturreó el médico, en voz más alta
que antes, dirigiéndose a la sala y tendiéndole la mano a Láptev, a quien
preguntó—: ¿Qué hay de nuevo?
La sala estaba a oscuras. Láptev, sin sentarse, con
el sombrero en la mano, empezó a disculparse por las molestias que le causaba.
Le preguntó qué se podía hacer para que su hermana durmiera por la noche y si
tenía alguna idea de por qué había adelgazado tanto, pero de pronto se sintió
confundido, pues se le pasó por la cabeza que quizá ya le hubiera formulado
esas preguntas durante su visita matinal.
—Dígame —preguntó—, ¿no convendría llamar a algún
especialista de Moscú en enfermedades internas? ¿Qué cree usted?
El médico suspiró, se encogió de hombros e hizo un
gesto indeterminado con ambas manos.
No cabía duda de que se había ofendido. Era un
hombre sumamente quisquilloso y suspicaz; siempre tenía la impresión de que los
demás no le creían, no reconocían sus méritos y no lo respetaban lo suficiente;
que los pacientes lo explotaban y sus colegas lo trataban con desconsideración.
Siempre se estaba riéndose de sí mismo y decía que los tontos como él sólo
habían nacido para que la gente se aprovechara de ellos.
Yulia Serguéievna encendió la lámpara. Se había
fatigado en la iglesia, como se veía en su rostro pálido y extenuado, en la
languidez de sus movimientos. Tenía ganas de descansar. Se sentó en el sofá,
apoyó las manos en las rodillas y se quedó pensativa. Láptev sabía que era feo,
y ahora le parecía sentir esa fealdad en todo su cuerpo. Bajo de estatura,
delgado, tenía las mejillas sonrosadas y le quedaba tan poco pelo que se le
enfriaba la cabeza. Su expresión carecía por entero de esa elegante sencillez
que vuelve atractivas hasta las caras más toscas y desagradables; en compañía
de mujeres se mostraba torpe, demasiado dicharachero, amanerado. Y ahora casi
se despreciaba por eso. Para que Yulia Serguéievna no se aburriera en su
compañía tenía que hablar. Pero ¿de qué? ¿De nuevo de la enfermedad de su
hermana?
Y se puso a decir lugares comunes sobre la
medicina, elogió la higiene y añadió que desde hacía tiempo albergaba el
propósito de construir en Moscú un albergue nocturno, cuyos costes ya había
calculado. Según su proyecto, cualquier trabajador que se presentara por la
tarde en el asilo recibiría
por cinco o seis kopeks un humeante plato de sopa
con pan, un lecho seco y caliente, con una manta, y un lugar donde secar su
ropa y su calzado.
Por lo general, Yulia Serguéievna guardaba silencio
en su presencia, mientras él, por extraño que pueda parecer, lograba adivinar
sus pensamientos e intenciones, gracias, quizá, a esa intuición de los
enamorados. En esa ocasión dedujo que, si no se retiraba a su habitación a
cambiarse de ropa y tomar el té, después de acudir al servicio vespertino, era
porque se disponía a salir de visita.
—Pero no tengo prisa con lo del albergue nocturno
—prosiguió, con un tono de voz ya irritado y displicente, dirigiéndose al
médico, que lo miraba con sorpresa y perplejidad, sin acabar de entender qué
necesidad había de sacar a colación la medicina y la higiene—. Probablemente
pasará mucho tiempo antes de que pueda ponerme manos a la obra. Además, me da
miedo que nuestro albergue caiga en manos de esas santurronas y esas señoras
filantrópicas moscovitas que acaban arruinando cualquier iniciativa.
Yulia Serguéievna se puso en pie y tendió la mano a
Láptev.
—Discúlpeme —dijo—, pero tengo que irme. Haga el
favor de saludar a su hermana de mi parte.
—Ru-ru-ru-ru —canturreó el médico—. Ru-ru-ru-ru.
Yulia Serguéievna salió, y al poco rato Láptev se
despidió del médico y se marchó a su casa. Cuando una persona se siente
insatisfecha y desdichada, ¡qué vulgares se le antojan los tilos, las sombras,
las nubes, todas las bellezas de la naturaleza, tan presuntuosas e
indiferentes! La luna estaba ya muy alta, y las nubes pasaban raudas por
debajo. «¡Qué luna tan ingenua y provinciana! ¡Qué nubes tan escuálidas y
lamentables!», pensaba Láptev. Se avergonzaba de lo que acababa de decir sobre
la medicina y el albergue nocturno y le horrorizaba saber que, al día
siguiente, su falta de carácter lo llevaría a buscarla y hablarle de nuevo, y
una vez más se convencería de que era un extraño para ella. Y dos días después,
otra vez lo mismo. ¿Para qué? ¿Y cuándo y cómo terminaría todo eso?
Una vez en casa, fue a ver a su hermana. Nina
Fiódorovna aún tenía buen aspecto y daba la impresión de ser una mujer robusta
y bien formada, pero su pasmosa palidez le daba cierto aire de muerta, sobre
todo cuando yacía de espaldas, con los ojos cerrados, como ahora. A su lado
estaba su hija mayor, Sasha, de unos diez años, que le leía un pasaje de una
antología.
—¡Ha llegado Aliosha! —dijo la enferma con voz
queda, como si estuviera hablando consigo misma.
Entre Sasha y su tío se había establecido desde
hacía tiempo un tácito acuerdo para relevarse uno a otro. Ahora Sasha cerró la
antología y, sin pronunciar palabra, salió de la habitación sin hacer ruido.
Láptev cogió de la cómoda una novela histórica, buscó la página en la que se
habían quedado, se sentó y se puso a leer en voz alta.
Nina Fiódorovna había nacido en Moscú. Como sus dos
hermanos, había pasado la infancia y la juventud en la calle Piátnitskaia, en
el seno de una familia de comerciantes. La infancia había sido larga y
aburrida; su padre la trataba con severidad y dos o tres veces había llegado a
azotarla con varas de abedul; en cuanto a su madre, había muerto tras una larga
enfermedad; la servidumbre era sucia, grosera, hipócrita. Aparecían con
frecuencia por casa curas y monjes, también groseros e hipócritas, que, además
de comer y beber, prodigaban burdas alabanzas a su padre, por quien no sentían
la menor simpatía. Los dos hermanos tuvieron la fortuna de acudir al instituto,
pero ella no recibió instrucción, de suerte que, en lugar de letras, seguía
garrapateando unos garabatos incomprensibles y sólo leía novelas históricas.
Hacía cosa de diecisiete o dieciocho años, cuando
contaba veintidós, había conocido en la dacha de
Jimki a su actual marido, el terrateniente Panaúrov, de quien se había
enamorado y con quien se había casado en secreto, contraviniendo la voluntad de
su padre. Panaúrov, hombre apuesto, algo descarado, que encendía los
cigarrillos en las lamparillas y estaba siempre silbando, le pareció a su padre
una completa nulidad, y cuando más tarde, el yerno, en sus cartas, empezó a
exigirle la dote, el anciano escribió a su hija para comunicarle que le enviaba
al pueblo los abrigos de piel, el servicio de plata, diversos objetos que
habían pertenecido a la madre y treinta mil rublos, pero no la bendición
paterna; al cabo de un tiempo le envió otros veinte mil. Ese dinero y la dote
se esfumaron, la hacienda se vendió, y Panaúrov se trasladó con su familia a la
ciudad, donde encontró un puesto en la administración provincial. Una vez
establecido, fundó una segunda familia, con la que vivía abiertamente, dando
motivo a habladurías de todo tipo.
Nina Fiódorovna adoraba a su marido. Y ahora,
mientras escuchaba la novela histórica, pensaba en las muchas desdichas por las
que había pasado, en lo mucho que había sufrido a lo largo de su vida, y se
dijo que, si alguien describiera su vida, el resultado sería un cuadro de lo
más patético. Como el tumor lo tenía en el pecho, estaba convencida de que los
culpables de su enfermedad eran el amor y la vida conyugal, y de que eran los
celos y las lágrimas los que la habían postrado en la cama.
De pronto Alekséi Fiódorich cerró el libro y dijo:
—Se acabó, gracias a Dios. M añana empezaremos
otro.
Nina Fiódorovna se echó a reír. Siempre había sido
risueña, pero en los últimos tiempos Láptev había empezado a darse cuenta de
que, por culpa de la enfermedad, había momentos en que daba muestras de
debilidad mental y se reía por la menor fruslería, incluso sin motivo alguno.
—Antes de la comida, cuando estabas fuera, vino
Yulia —dijo—. Me dio la impresión de que no tiene demasiada confianza en su
padre. «Deje que le cure mi padre —dice—, pero escríbale en secreto al santo
eremita que rece por usted». Ya sabes que en la ciudad se ha establecido un
eremita. Yulia se olvidó aquí la sombrilla. Envíasela mañana —prosiguió,
después de una breve pausa—. No, cuando ha llegado el final, ni los médicos ni
los eremitas pueden servir de ayuda.
—Nina, ¿por qué no duermes por la noche? —preguntó
Láptev, tratando de cambiar de conversación.
—No lo sé. El caso es que no logro conciliar el
sueño. M e paso todo el tiempo pensando. —¿Y en qué piensas, querida?
—En los niños, en ti… en mi vida. Ya sabes que he
tenido que soportar muchas cosas, Aliosha. Cuando me pongo a recordar… ¡Dios
mío de mi alma! —se echó a reír—. No es ninguna broma tener cinco hijos y
enterrar a tres… A veces, cuando estaba a punto de dar a luz, mi Grigori
Nikolaich estaba con la otra y no tenía a nadie que pudiera ir a buscar a la
comadrona o a una partera; iba al zaguán o a la cocina en busca de la criada,
pero allí sólo había judíos, tenderos, usureros, esperando la llegada de mi marido.
La cabeza me daba vueltas… Sé que nunca me ha querido, aunque jamás me lo ha
dicho. Ahora mi ánimo está tranquilo, mi corazón en paz, pero antes, cuando era
más joven, cuánto sufría… ¡Ah, cuánto sufría, hermano mío! Una vez, cuando aún
vivíamos en la aldea, lo sorprendí en el jardín con una mujer y me marché… Me
marché sin mirar adónde iba; sin saber cómo, me encontré en el atrio de la
iglesia y me puse de rodillas: «Reina de los cielos», murmuraba. Era de noche,
la luna brillaba en el cielo… —se fatigó y empezó a jadear; luego, después de
reposar un momento, cogió la mano de su hermano y prosiguió con voz débil y
apagada—: ¡Qué bueno eres, Aliosha!… ¡Qué inteligente!… ¡Te has convertido en
un gran hombre!
A medianoche Láptev se despidió de ella y, al
salir, cogió la sombrilla que se había olvidado Yulia Serguéievna. A pesar de
lo avanzado de la hora, los criados y las criadas estaban tomando té en el
comedor. ¡Qué desbarajuste! Las niñas no dormían y estaban también en el
comedor. Los presentes hablaban en voz muy baja y no se habían percatado de que
la luz de la lámpara se había vuelto más tenue y estaba a punto de apagarse.
Tanto los mayores como los pequeños estaban preocupados por una serie de malos augurios
y se sentían abatidos: se había roto el espejo del recibidor, el samovar
zumbaba cada día y, como hecho a propósito, también zumbaba en esos momentos;
contaban que, cuando Nina Fiódorovna se estaba vistiendo, de uno de sus botines
salió un ratón. El significado siniestro de todas esas señales no era
desconocido para los niños. La hija mayor, Sasha, morena y delgaducha, estaba
sentada a la mesa, inmóvil, con cara de susto y de pena; la pequeña, Lida, de
siete años, rubia y regordeta, de pie junto a su hermana, miraba el fuego de
reojo.
Láptev se dirigió a la planta inferior, donde tenía
sus habitaciones de techo bajo, siempre sofocantes e impregnadas de olor a
geranio. En la sala estaba Panaúrov, el marido de Nina Fiódorovna, leyendo el
periódico. Láptev hizo un gesto con la cabeza en señal de saludo y se sentó
enfrente de él. Ninguno de los dos dijo nada. A veces se pasaban veladas
enteras sin hablar, y ese silencio no les causaba la menor incomodidad.
Las niñas bajaron a dar las buenas noches.
Panaúrov, en silencio, sin prisas, hizo la señal de la cruz sobre ambas varias
veces y les dio a besar su mano. Esa ceremonia, con los besos y las
reverencias, se repetía cada jornada.
Cuando las niñas salieron, Panaúrov dejó a un lado
el periódico y dijo:
—¡Qué aburrida es esta bendita ciudad! Me alegro
mucho, amigo mío —añadió con un suspiro— de que haya encontrado por fin una
diversión.
—¿De qué me habla? —preguntó Láptev.
—Hace un rato lo vi salir de la casa del doctor
Belavin. Supongo que no iría para ver al padre.
—En efecto —dijo Láptev, y se ruborizó.
—Claro. A propósito, por más que lo busque, no
encontrará otro jumento como ese papaíto. ¡No puede imaginarse usted lo sucio,
torpe e incapaz que es ese animal! Allí, en la capital, la gente sigue
interesándose sólo por el lado lírico de la provincia, por decirlo de algún
modo, por el pasaje, por Antón Goremika[60], pero le juro a usted, amigo mío,
que no hay lirismo por ninguna parte, sólo bestialidad, vileza, abominación.
Fíjese en los sacerdotes locales de la ciencia, por decirlo de algún modo, en
los intelectuales del lugar. Imagínese, se han establecido en la ciudad
veintiocho médicos; todos han hecho fortuna y viven en casas de su propiedad,
mientras la población se encuentra en la misma situación de abandono. Cuando
hubo que operar a Nina, en realidad una operación de lo más normal, tuvo que
venir un cirujano de Moscú, porque ninguno de los de aquí se decidió a
practicarla. No puede usted imaginárselo. No saben nada, no entienden nada, no
se interesan por nada. Pregúnteles, por ejemplo, qué es el cáncer. ¿Qué es?
¿Cómo se origina?
Y Panaúrov empezó a explicarle lo que era el
cáncer. Era especialista en todas las ciencias y analizaba todos los temas que
trataba desde un punto de vista científico. Pero lo explicaba todo a su manera.
Tenía su propia teoría sobre la circulación de la sangre, su propia idea de la
química y de la astronomía. Hablaba despacio, son voz suave y convincente, y
pronunciaba las palabras «No puede usted imaginárselo» en tono suplicante,
entornando los ojos, emitiendo una suerte de lánguido suspiro y esbozando una
sonrisa condescendiente, como si fuera un rey; era evidente que estaba muy
satisfecho de sí mismo y que no era consciente de
que ya tenía cincuenta años.
—M e ha entrado hambre —dijo Láptev—. M e gustaría
comer algo salado.
—¿Y por qué no? Podemos arreglarlo ahora mismo.
Al cabo de un rato Láptev y Panaúrov estaban
cenando en el comedor de la planta de arriba. El primero bebió un vaso de vodka
y después se pasó al vino, mientras el segundo no bebió nada. No bebía nunca ni
jugaba a las cartas, pero de todos modos había dilapidado su propio patrimonio
y el de su mujer y había contraído un montón de deudas. Para despilfarrar tanto
en tan poco tiempo no basta con tener pasiones: se necesita algo más, un
talento especial. Panaúrov era aficionado a la buena mesa, le gustaban las vajillas
de calidad, la música durante la comida, los discursos, las reverencias de los
lacayos, a quienes arrojaba con desprecio propinas de diez y hasta de
veinticinco rublos; participaba en todas las suscripciones y loterías, enviaba
ramos de flores a todas sus conocidas el día de su santo, compraba tazas,
posavasos, gemelos, corbatas, bastones, perfumes, boquillas, pipas, perritos
falderos, papagayos, artículos japoneses, antigüedades; sus camisas de dormir
eran de seda; su cama; de ébano y madreperla; su bata, de auténtico paño de
Bujará, etc., y por todas esas cosas gastaba a diario, como él mismo decía,
«montañas de dinero».
A lo largo de la cena no hizo más que suspirar y
sacudir la cabeza.
—Sí, en este mundo todo tiene su fin —dijo en voz
queda, entornando los ojos oscuros—. Te enamoras y sufres, dejas de querer, te
traicionan, porque no hay mujer que no sea infiel, sufres, te desesperas, tú
mismo acabas traicionando. Pero llega un momento en que todo eso se convierte
en un recuerdo; entonces lo contemplamos con frialdad y lo consideramos una
auténtica nadería…
Láptev, cansado y algo achispado, miraba su hermosa
cabeza, su barba negra y recortada y creía entender por qué gustaba tanto a las
mujeres ese hombre mimado, seguro de sí mismo y físicamente atractivo.
Después de la cena Panaúrov se marchó a su segundo
hogar. Láptev salió a despedirlo. En toda la ciudad Panaúrov era el único que
llevaba chistera. Y, cuando pasaba por las cercas grises, las lamentables
casitas de tres ventanas y las matas de ortigas, su figura elegante y refinada,
su chistera y sus guantes naranjas producían siempre una impresión triste y
extraña.
Tras despedirse de él, Láptev regresó sin prisas a
la casa. La luna brillaba con fuerza, se distinguía cada brizna de paja en el
suelo, y tuvo la impresión de que esa luz le acariciaba la cabeza descubierta,
alisándole los cabellos con algo tan suave como una pluma.
—¡La amo! —pronunció en voz alta, y de pronto
sintió deseos de echar a correr, alcanzar a Panaúrov, abrazarlo, perdonarlo,
darle un montón de dinero y a continuación salir al campo, internarse en el
bosque, siempre corriendo, sin echar la vista atrás.
Una vez en casa, encontró sobre una silla la
sombrilla olvidada por Yulia Serguéievna, la cogió y la besó apasionadamente.
Era de seda, bastante usada, atada con una vieja goma, y tenía un mango
sencillo y corriente de hueso blanco. Láptev la abrió sobre su cabeza y en ese
instante tuvo la impresión de que a su alrededor hasta podía olerse la
felicidad.
Se acomodó en una silla y, sin soltar la sombrilla,
se puso a escribir a uno de sus amigos de
M oscú:
Querido y estimado Kostia, voy a comunicarle una
novedad: ¡de nuevo estoy enamorado! Digo «de nuevo» porque hará cosa de unos
seis años me enamoré de una actriz moscovita, con la que ni siquiera conseguí
trabar conocimiento, y en el último año y medio he vivido con esa «persona» que
conoce usted, una mujer ni joven ni
hermosa. Ah, amigo mío, ¡qué poco afortunado he
sido en el amor! Nunca he tenido éxito con las mujeres, así que, si digo «de
nuevo», sólo lo hago porque me resulta triste y mortificante confesarme a mí
mismo que mi juventud ha pasado sin amor y que es la primera vez que me enamoro
de veras, a los treinta y cuatro años de edad. Así pues, «de nuevo» estoy
enamorado.
¡Si supiera usted qué muchacha he conocido! No se
puede decir que sea una belleza: tiene un rostro ancho, es muy delgada, pero,
en cambio, ¡qué maravillosa expresión de bondad, qué sonrisa! Su voz, cuando
habla, canta y tintinea. Conmigo nunca entabla conversación, apenas nos
tratamos, pero, cuando estoy a su lado, siento que es una criatura excepcional,
extraordinaria, inteligentísima y con aspiraciones elevadas. Es religiosa, y no
puede imaginarse hasta qué punto ese detalle me conmueve y la eleva a mis ojos.
Sobre ese particular estoy dispuesto a discutir sin tregua sus argumentos.
Puede que tenga usted razón y las cosas sean como usted dice, pero me gusta
verla rezar en la iglesia. Es provinciana, pero ha estudiado en Moscú, ciudad
que aprecia muchísimo; viste a la moscovita, y sólo por eso la amo, la amo, la
amo… Ya veo que frunce usted el ceño y se pone en pie para ofrecerme una larga
disertación sobre lo que es el amor, aclararme a quién se puede amar y a quién
no, etcétera, etcétera. Pero, querido Kostia, antes de enamorarme, también yo
sabía perfectamente lo que era el amor.
Mi hermana le agradece sus saludos. A menudo
recuerda la época en que llevaba a Kostia Kochevói a las clases preparatorias,
y aún sigue llamándolo el «pobre Kostia», ya que en su memoria ha quedado como
un pequeño huérfano. En suma, pobre huérfano, estoy enamorado. De momento se
trata de un secreto; no diga allí nada a la «persona» que usted sabe. Las cosas
se arreglarán por sí mismas, o, como dice un criado en no sé qué obra de
Tolstói, se ordenarán…
Una vez terminada la carta, Láptev se tumbó en la
cama. Los ojos se le cerraban de cansancio, pero, por alguna razón, no lograba
conciliar el sueño; tenía la impresión de que la culpa la tenía el ruido de la
calle. Junto a la puerta pasó el rebaño, entre tañidos de cuerno; poco después
repicaron las campanas llamando a maitines. Luego se oyó el chirrido de un
carro, resonó la voz de una aldeana que se dirigía al mercado. Y los gorriones
no dejaban de piar.
II
La mañana era alegre, festiva. A eso de las diez
Nina Fiódorovna, ataviada con un vestido de color marrón y peinada con esmero,
fue llevada del brazo a la sala, donde dio unos pasos y se detuvo delante de le
ventana abierta; lucía una sonrisa tan amplia e ingenua que, al mirarla, se
acordaba uno de cierto artista local, un borrachuzo, que comparaba su rostro a
un «icono» y quería tomarla como modelo para pintar una escena del carnaval
ruso. Todos, los niños, los criados, hasta su hermano Alekséi Fiódorich y ella
misma, albergaron de pronto la certidumbre de que se restablecería. Las niñas
perseguían a su tío entre estridentes risas, tratando de atraparlo, y la casa
se llenó de ruido y alboroto.
Acudieron algunos conocidos a informarse de la
salud de la enferma, trajeron pan bendito y dijeron que ese día en casi todas
las iglesias se había rezado por su curación. Era una benefactora de la ciudad,
la gente la quería. Se ocupaba de obras de caridad con un desprendimiento
extraordinario, igual que su hermano Alekséi, que distribuía dinero a diestro y
siniestro, sin pararse a pensar si era necesario. Nina Fiódorovna pagaba los
gastos escolares de los alumnos pobres, distribuía té, azúcar y mermelada entre
las ancianas, compraba trajes de boda a las novias que carecían de recursos y,
siempre que caía en sus manos un periódico, lo primero que buscaba era si había
alguna petición de ayuda o un artículo sobre alguien que se encontrara en una
situación de extrema necesidad.
Ahora tenía en la mano un motón de papeletas con
las que varios mendigos, sus protegidos, adquirían diversos artículos en la
tienda de ultramarinos, y que el propietario le había remitido la víspera,
pidiéndole que le abonara una cantidad de ochenta y dos rublos.
—¡Hay que ver lo que han comprado esos
desvergonzados! —decía ella, distinguiendo a duras penas su tosca letra—. ¿Es
una broma? ¡Ochenta y dos rublos! M e dan ganas de no pagarlos.
—Los pagaré yo hoy mismo —dijo Láptev.
—¿Por qué? ¿Por qué? —se inquietó Nina Fiódorovna—.
Basta con los doscientos cincuenta rublos que tu hermano y tú me entregáis cada
mes. Que Dios os bendiga —añadió en voz queda, para que no la oyesen los
criados.
—Sí, pero en un mes yo gasto dos mil quinientos
—dijo él—. Te lo repito una vez más, querida: tienes el mismo derecho a gastar
que Fiódor y yo. A ver si lo entiendes de una vez. Somos tres hermanos, y de
cada tres kopeks uno te pertenece a ti.
Pero Nina Fiódorovna no lo entendía, y por la
expresión de su rostro se diría que trataba de resolver mentalmente un problema
muy difícil. Esa incapacidad para comprender los asuntos monetarios preocupaba
y desconcertaba a Láptev. Además, sospechaba que su hermana tenía deudas
personales que le avergonzaba confesar y que le causaban desasosiego.
Se oyeron unos pasos y una respiración trabajosa:
el médico estaba subiendo por la escalera, tan despeinado y desarreglado como
siempre.
—Ru-ru-ru —canturreaba—. Ru-ru.
Para no coincidir con él, Láptev entró en el
comedor y a continuación bajó a la planta inferior. Tenía muy claro que no le
resultaba posible entablar una relación más estrecha con el médico y visitar su
casa de manera informal; además, le disgustaba conversar con ese «jumento»,
como lo había llamado Panaúrov. Por todas esas razones veía tan rara vez a
Yulia Serguéievna. En ese momento se dijo que, como el padre había salido, si
llevaba la sombrilla a Yulia Serguéievna, probablemente la encontraría sola en
casa, y su corazón se desbordó de felicidad. ¡Rápido! ¡Rápido!
Muy agitado, cogió la sombrilla y voló en alas del
amor. Fuera hacía calor. En el enorme patio del médico, invadido de ortigas y
malas hierbas, una veintena de muchachos jugaba a la pelota. Todos eran hijos
de los artesanos que arrendaban tres viejos y cochambrosos pabellones que el
médico siempre estaba pensando en restaurar, aunque siempre acababa dejándolo
para el año siguiente. Resonaban voces estridentes y sanas. Lejos, a un lado,
cerca del porche de entrada a la casa, se hallaba Yulia Serguéievna, con las
manos a la espalda, contemplando el juego.
—¡Buenos días! —la saludó Láptev.
Ella se volvió. Por lo general, siempre tenía un
aire indiferente, frío o, como ayer, cansado; ahora, en cambio, su expresión
era vivaz y animosa, como la de los muchachos que jugaban a la pelota.
—Fíjese, en M oscú nunca juegan con tanta alegría
—dijo, saliéndole al encuentro—. Claro que allí los patios no son tan grandes y
no hay espacio para correr. Mi padre acaba de salir para hacerles una visita
—añadió, volviendo a mirar a los niños.
—Lo sé, pero no vengo a verlo a él, sino a usted
—dijo Láptev, admirando su juventud, en la que no había reparado antes y que
sólo hoy parecía haber descubierto; tenía la impresión de ver por primera vez
su cuello blanco y fino, con esa cadenita de oro—. Vengo a verla a usted…
—repitió—. M i hermana le envía esta sombrilla que dejó ayer olvidada en
nuestra casa.
Ella alargó la mano para coger la sombrilla, pero
él la apretó contra su pecho y, sin poder
contenerse, exclamó con pasión, entregándose de
nuevo al dulce entusiasmo que había experimentado la noche anterior, al abrir
la sombrilla sobre su cabeza:
—Regálemela, por favor. La guardaré como recuerdo
de usted… de nuestra amistad. ¡Es tan maravillosa!
—Bueno, quédese con ella —dijo ella,
ruborizándose—. Aunque no tiene nada de maravilloso — él la miraba extasiado,
en silencio, sin saber qué decir—. Pero ¿cómo le tengo ahí fuera con el calor
que hace? —dijo al cabo de una pausa, y sonrió—. Haga el favor de pasar.
—¿No la molesto?
Entraron en el zaguán. Yulia Serguéievna empezó a
subir los peldaños que llevaban a la planta de arriba, acompañada del susurro
de su vestido, blanco con florecillas azules.
—No puede molestarme porque nunca hago nada
—respondió, deteniéndose en mitad de la escalera—. Para mí todos los días son
festivos, de la mañana a la noche.
—Lo que dice me resulta incomprensible —dijo
Láptev, acercándose a ella—. En el ambiente en el que yo me he criado no había
nadie que no trabajara, ya fuera hombre o mujer.
—¿Y si una no tiene nada que hacer? —preguntó ella.
—Hay que organizar la vida de tal manera que el
trabajo sea indispensable. No se puede llevar una vida pura y alegre si no se
trabaja —volvió a apretar la sombrilla contra su pecho y, para su propia
sorpresa, añadió casi en un susurro, con una voz irreconocible—: Si consintiera
en ser mi esposa, lo daría todo. Todo… Estaría dispuesto a pagar cualquier
precio, a afrontar cualquier sacrificio.
Ella se estremeció y lo miró con sorpresa y pavor.
—Pero ¡qué dice! —exclamó, palideciendo—. Es
imposible, se lo aseguro. Perdóneme.
Subió a toda prisa los peldaños que le quedaban,
con el mismo susurro del vestido, y desapareció detrás de la puerta.
Láptev entendió lo que eso significaba, y su estado
de ánimo sufrió un brusco y repentino cambio, como si de pronto una luz se
hubiera apagado en su alma. Sintiendo la humillación y la vergüenza del hombre
que ha sido rechazado, que no gusta, que resulta antipático y quizá repulsivo,
cuya compañía se evita, abandonó la casa.
«Lo daría todo —remedaba sus propias palabras,
mientras se dirigía a casa en medio del calor, repasando cada detalle de su
declaración—. Lo daría todo… ¡Lo mismo que diría un comerciante! ¿A quién le
hace falta ese todo?».
Lo que acababa de decir le parecía repulsivamente
estúpido. ¿Por qué había mentido? ¿Por qué había dicho que había crecido en un
ambiente en el que no había nadie que no trabajara? ¿Por qué había hablado en
ese tono edificante de una vida pura y alegre? Era una bobada, una simpleza,
una falsedad… Una falsedad típicamente moscovita. Pero poco a poco fue cayendo
en esa indiferencia que se apodera de los delincuentes después de escuchar una
severa condena. Pensaba que, gracias a Dios, ya había pasado todo, que había
dejado atrás esa horrible incertidumbre, que ya no tenía que pasarse días
enteros esperando, atormentándose, pensando en una sola cosa; ahora estaba todo
claro; había que renunciar a cualquier esperanza de felicidad personal, vivir
sin ningún deseo, sin ilusiones, renunciar a los sueños, no anhelar nada, y,
para escapar de ese aburrimiento que tanto le pesaba ya, podía ocuparse de
asuntos ajenos, de la felicidad ajena, y, antes de caer en la cuenta, se haría
viejo, se acabaría la vida y ya no necesitaría nada. Le daba todo lo mismo, no
albergaba ningún deseo, podía
razonar con la cabeza fría, pero en su rostro,
sobre todo debajo de los ojos, se advertía cierta pesadumbre, la frente se le
tensaba como una goma y las lágrimas se asomaban a sus ojos. Sintiendo una
terrible debilidad en todo su cuerpo, se tumbó en la cama y al cabo de cinco
minutos se quedó profundamente dormido.
III
Aquella inesperada propuesta había dejado anonadada
a Yulia Serguéievna.
Apenas sabía nada de Láptev, a quien había conocido
por casualidad. Era un hombre rico, socio de la conocida empresa moscovita
Fiódor Láptev e Hijos, de apariencia grave y por lo visto inteligente, que se
mostraba preocupado por la enfermedad de su hermana. Yulia Serguéievna creía
que no le prestaba la menor atención; en cuanto a ella, le resultaba de todo
punto indiferente. Y de pronto esa declaración en la escalera, ese rostro
lamentable y entusiasta…
La propuesta la había turbado no sólo por
inopinada, sino también porque había salido a colación la palabra «esposa» y
porque se había visto obligada a rechazarlo. Ya no recordaba lo que le había
dicho, pero seguía percibiendo las huellas de esa sensación impulsiva y
desagradable con que le había negado su consentimiento. Ese hombre no le
gustaba; tenía aspecto de dependiente y carecía de todo atractivo, así que no
cabía otra contestación, pero de todas formas se sentía incómoda, como si
hubiera cometido una mala acción.
—Dios mío, sin entrar en casa, directamente en la
escalera —decía desesperada, mirando el icono colgado a la cabecera de la
cama—, y sin haberme cortejado primero. Qué extraño e insólito…
Al estar sola, su preocupación aumentaba cada hora
que pasaba, y no hallaba las fuerzas necesarias para combatir sin ayuda ese
opresivo sentimiento. Necesitaba que alguien la escuchara y le dijera que había
actuado correctamente. Pero no tenía con quién hablar. Hacía mucho que su madre
había muerto y a su padre lo consideraba un hombre extraño con quien no se
podía hablar en serio. Le molestaban sus caprichos, su exagerada
susceptibilidad, sus gestos incomprensibles. Bastaba con entablar conversación
con él para que se pusiera a hablar de sí mismo. Ni siquiera durante sus
oraciones podía ser plenamente sincera, pues no sabía con exactitud lo que
debía pedirle a Dios.
Trajeron el samovar. Yulia Serguéievna, muy pálida,
fatigada, con aire abatido, entró en el comedor, preparó el té —era una de sus
obligaciones— y sirvió a su padre un vaso. Serguéi Borísovich, con su larga
levita que le llegaba por debajo de las rodillas, rojo, desgreñado, las manos
metidas en los bolsillos, se paseaba por la estancia, no de un rincón a otro,
como es costumbre, sino como una fiera enjaulada. Se detenía junto a la mesa,
tomaba un sorbo con avidez y seguía con sus idas y venidas, pensando en alguna
cosa.
—Hoy Láptev me ha hecho una proposición —dijo Yulia
Serguéievna, y se ruborizó.
El médico la miró como si no la hubiera entendido.
—¿Láptev? —preguntó—. ¿El hermano de Panaúrova?
—quería mucho a su hija; era previsible que tarde o temprano acabara casándose
y abandonándolo, pero trataba de no pensar en ello. Le asustaba la soledad y,
por alguna razón, creía que, si se quedaba solo en esa enorme casa, sufriría un
ataque de apoplejía, pero no le gustaba hablar abiertamente de esa cuestión—.
Me alegro mucho — dijo, y se encogió de hombros—. Te felicito de todo corazón.
Se te ha presentado una magnífica
oportunidad de separarte de mí, algo que sin duda
te proporcionará un enorme placer. Lo entiendo perfectamente. A tu edad debe de
ser muy duro vivir con un padre viejo, enfermo y medio loco. Te entiendo
perfectamente. Y si estirara la pata en este mismo momento y me llevaran los
diablos, os quedarías todos tan contentos. Te felicito de todo corazón.
—Lo he rechazado.
El médico se sintió aliviado, pero ya no era capaz
de contenerse y prosiguió:
—Es sorprendente que aún no me hayan encerrado en
un manicomio. ¿Por qué, en lugar de esta levita, no llevo una camisa de fuerza?
Aún creo en la verdad, en la bondad, soy un estúpido idealista. ¿Acaso en los
tiempos que corren no es todo eso una locura? ¿Y qué pago reciben mi rectitud y
honradez? Poco falta para que me tiren piedras y se me suban a la espalda.
Hasta mis seres queridos quieren aprovecharse de mí. ¡Al diablo con ese viejo
loco!
—¡Con usted no se puede tener una conversación
civilizada! —dijo Yulia.
Se levantó de improviso y se retiró a su habitación
muy irritada, recordando cuán a menudo su padre era injusto con ella. Pero al
poco rato sintió lástima de él, y cuando se marchó al casino, lo acompañó hasta
abajo y ella misma cerró la puerta. El tiempo era desapacible, revuelto; la
puerta temblaba por la furia del viento y en el zaguán soplaban desde todas
partes ráfagas tan fuertes que estuvo a punto de apagársele la vela. Una vez en
la planta de arriba, Yulia recorrió las habitaciones, haciendo la señal de la
cruz ante todas las puertas y ventanas; el viento aullaba y se tenía la
impresión de que alguien andaba por el tejado. Nunca se había aburrido tanto,
nunca se había sentido tan sola.
Se preguntó si había hecho bien rechazando a un
hombre sólo porque no le gustaba su aspecto. Cierto que no sentía nada por él y
que si se casaba tendría que renunciar para siempre a sus sueños, a su idea de
la felicidad y de la vida conyugal, pero ¿llegaría a conocer al hombre de sus
sueños, se enamoraría alguna vez? Tenía ya veintiún años. En la ciudad no había
jóvenes casaderos. Pasó revista a todos los hombres que conocía, funcionarios,
maestros, oficiales: unos estaban ya casados y su vida familiar sorprendía por
lo vacía y aburrida que era; otros carecían de atractivo, interés, inteligencia
o cualquier idea de moralidad. Láptev, al menos, era moscovita, tenía estudios
universitarios, hablaba francés; vivía en la capital, donde había mucha gente
ingeniosa, noble y distinguida, donde la vida era ruidosa, con magníficos
teatros, veladas musicales, modistas excelentes, confiterías… En las Sagradas
Escrituras se decía que la esposa debe amar a su marido, y en las novelas se
concedía gran importancia al amor, pero ¿no era todo eso un poco exagerado? ¿Es
que no podía haber vida conyugal sin amor? También se decía que el amor pasa
pronto, que sólo queda la costumbre y que el fin de la vida conyugal no era el
amor ni la felicidad, sino las obligaciones, por ejemplo, la educación de los
hijos, las tareas domésticas y demás. Por otro lado, puede que en las Sagradas
Escrituras se interpretase el amor al marido como amor al prójimo, es decir,
como respeto y condescendencia.
Antes de irse a la cama, Yulia Serguéievna dijo muy
concentrada sus oraciones vespertinas, luego se puso de rodillas y, llevándose
las manos al pecho y mirando la llama de la lamparilla, imploró:
—¡Ilumíname, Virgen santa! ¡Ilumíname, Señor!
A lo largo de su vida había conocido a muchachas ya
maduras, pobres e insignificantes, que se arrepentían amargamente de haber
rechazado a los pretendientes que habían tenido en su juventud. ¿No le
sucedería a ella lo mismo? ¿No acabaría ingresando en un convento o
convirtiéndose en una hermana de la caridad?
Se desvistió y se metió en la cama, después de
santiguarse y hacer la señal de la cruz a su alrededor. De pronto resonó en el
pasillo el tintineo brusco y quejumbroso del timbre.
—¡Ah, Dios mío! —exclamó, sintiendo una especie de
excitación nerviosa en todo el cuerpo al oír ese sonido.
Tumbada en la cama, pensaba en lo pobre en
acontecimientos, monótona y al mismo tiempo inquieta que era esa vida
provinciana. Se pasaba uno el día entre estremecimientos y temores, enfadándose
o sintiéndose culpable, y al final la tensión nerviosa era tan grande que hasta
daba miedo mirar debajo de la manta.
Media hora más tarde volvió a sonar el timbre con
la misma brusquedad. Por lo visto, los criados se habían quedado dormidos y no
lo habían oído. Yulia Serguéievna encendió una vela y, temblando, enfadada con
la servidumbre, empezó a vestirse, pero, cuando salió al pasillo, vio que la
criada estaba ya abajo, cerrando la puerta de entrada.
—No era el señor, como pensaba, sino alguien que
venía en su busca —dijo.
Yulia Serguéievna volvió a su dormitorio. Sacó un
mazo de cartas de la cómoda y decidió que, si después de barajar bien y cortar,
la carta que quedaba debajo era de un palo rojo, equivaldría a un sí, es decir,
debería aceptar la proposición de Láptev; en cambio, si sacaba una carta de un
palo negro, sería un no. Salió un diez de picas.
Eso la tranquilizó y logró quedarse dormida; pero
por la mañana volvió a vacilar entre el sí y el no; ahora pensaba que, si
quería, tenía la oportunidad de cambiar su propia vida. Esos pensamientos la
extenuaron; estaba agotada, se sentía mal, pero de todos modos poco después de
las once se vistió
y fue a
visitar a Nina Fiódorovna. Deseaba ver a Láptev: tal vez ahora le pareciera
mejor; puede que se hubiera formado una opinión equivocada de él…
El viento de cara le dificultaba la marcha; a duras
penas conseguía dar un paso, sujetándose el sombrero con ambas manos, y no
podía ver nada por culpa del viento.
IV
Al entrar en la habitación de su hermana y
encontrarse inesperadamente con Yulia Serguéievna, Láptev volvió a experimentar
la humillante sensación del hombre que se sabe repudiado. Y dedujo que, si
después de lo que había sucedido la víspera, la joven encontraba tan sencillo
visitar a su hermana, donde corría el riesgo de toparse con él, era indudable
que no le prestaba la menor atención o que lo consideraba una completa nulidad.
Pero cuando la saludó y la muchacha, pálida, con polvo bajo los ojos, lo miró con
tristeza y aire culpable, comprendió que también ella sufría.
Estaba algo indispuesta. Se quedó muy poco, unos
diez minutos, y se levantó para irse. Ya cuando salía, le dijo a Láptev:
—Acompáñeme a casa, Alekséi Fiódorich.
Avanzaban en silencio por la calle, sujetándose el
sombrero; él iba detrás, tratando de protegerla del viento. En el callejón las
ráfagas no eran tan intensas y pudieron caminar uno al lado del otro.
—Perdóneme si ayer fui descortés —empezó ella, y la
voz le tembló como si estuviera a punto de echarse a llorar—. ¡Qué tormento!
¡No he pegado ojo en toda la noche!
—Pues yo he dormido de maravilla —dijo Láptev, sin
mirarla—, pero eso no significa que me
encuentre bien. Mi vida está hecha pedazos, soy muy
desdichado; después de su rechazo de la víspera me siento como si hubiera
tomado un veneno. Lo más desagradable sucedió ayer; hoy no me siento cohibido y
puedo hablar con usted con toda franqueza. La quiero más que a mi hermana, más
que a mi difunta madre… He podido vivir sin mi madre y sin mi hermana, pero sin
usted la vida carece de sentido. No podré soportarlo…
Como de costumbre, también en esa ocasión procuraba
adivinar las intenciones de la joven. Se daba cuenta de que ella quería
prolongar la escena de la víspera, que esa era la única razón de que le hubiera
pedido que la acompañara y ahora lo invitara a entrar en la casa. Pero ¿qué
podía añadir a su rechazo? ¿Qué nueva excusa se le habría ocurrido? Todo, la
mirada, la sonrisa, incluso la forma de mover la cabeza y los hombros mientras
andaba, le revelaba que no lo quería, que seguía considerándolo un extraño. ¿Qué
más quería decirle?
El doctor Serguéi Borísich estaba en casa.
—Bienvenido, Fiódor Alekseich, me alegro mucho de
verlo —dijo, confundiendo su nombre y patronímico—. M e alegro mucho, mucho.
Como antes no era tan afable, Láptev dedujo que
estaba al tanto de la proposición, y esa circunstancia le desagradó. Se hallaba
en la sala, una habitación que le causaba una extraña sensación por la pobreza
y mal gusto de su mobiliario y sus horribles cuadros; aunque había sillones y
una enorme lámpara con pantalla, parecía un local deshabitado, un espacioso
campamento; era evidente que sólo un hombre como el médico podía sentirse a
gusto en una habitación así. La otra estancia, casi dos veces mayor, recibía el
nombre de «salón», y sólo albergaba algunas sillas, como una sala de baile.
Mientras Láptev hablaba de su hermana con el médico, empezó a atormentarlo una
sospecha. ¿No habría estado Yulia Serguéievna en casa de su hermana Nina y
luego lo había conducido allí para anunciarle que aceptaba su proposición? ¡Ah,
qué horrible! Pero lo más horrible de todo era que su alma fuera capaz de
concebir semejantes sospechas. Se imaginó que el padre y la hija habían pasado
la tarde y buena parte de la noche del día anterior hablando largo y tendido
del asunto, incluso discutiendo, hasta que llegaron a la conclusión de que
Yulia Serguéievna se había precipitado al rechazar a un pretendiente rico. En
sus oídos zumbaban las palabras que pronuncian los padres en tales ocasiones:
«De acuerdo, no lo quieres, pero piensa en las muchas obras piadosas de las que
podrás ocuparte».
El médico se disponía a salir para atender a sus
pacientes. Láptev quiso marcharse con él, pero
Yulia Serguéievna dijo:
—Quédese, por favor.
Atormentada, abatida, trataba de convencerse de que
era una locura, un capricho y una ligereza, por la que Dios podía castigarla,
rechazar a un hombre recto, bueno y afectuoso sólo porque no le gustaba, sobre
todo cuando ese matrimonio le ofrecía la posibilidad de cambiar su vida, esa
vida triste, monótona y ociosa en que se consumía su juventud, sin que el
futuro le ofreciera ninguna perspectiva más brillante.
El padre salió. Cuando sus pasos dejaron de oírse,
Yulia se detuvo de pronto delante de Láptev y le dijo con decisión, al tiempo
que su rostro se cubría de una palidez mortal:
—He estado pensando toda la noche, Alekséi
Fiódorich… Acepto su proposición.
Él se inclinó y le besó la mano; ella, con escasa
desenvoltura, le besó la cabeza con sus labios fríos. Láptev sentía que en esa
declaración de amor faltaba lo fundamental, el amor de ella, y sobraban
muchas cosas; sintió deseos de gritar, de salir
corriendo, de marcharse en ese mismo instante a Moscú, pero ella estaba a su
lado y le parecía tan hermosa que la pasión se apoderó de él; se dio cuenta de
que ya era tarde para reflexionar, la envolvió en un ardiente abrazo, la apretó
contra su pecho y, balbuceando palabras incompresibles, la tuteó, le besó el
cuello y luego la mejilla, la cabeza…
Ella se retiró a la ventana, temerosa de esas
caricias; en ese momento los dos se arrepentían ya de lo que había sucedido y,
confusos, se preguntaban para sus adentros: «¿Qué he hecho?».
—¡Si supiera usted lo desdichada que soy! —exclamó
ella, retorciéndose las manos.
—¿De qué se trata? —preguntó él, acercándose a ella
y retorciéndose también las manos—. Hable, amor mío, por el amor de Dios. ¿Qué
le ocurre? Pero dígame la verdad, se lo suplico, ¡nada más que la verdad!
—No tiene importancia —dijo ella, con una sonrisa
forzada—. Le prometo que seré una esposa fiel y devota… Venga esta tarde.
Poco después, ya en casa, mientras leía a su
hermana una novela histórica, le vino a la memoria toda esa escena, y le dolió
que su puro, sublime y generoso sentimiento hubiera recibido una respuesta tan
mezquina; ella no lo amaba, pero había aceptado su proposición, por la única
razón, probablemente, de que era rico; en otras palabras, había concedido
especial relevancia al aspecto de su persona que él menos valoraba. Era de
suponer que Yulia, pura y creyente, no hubiese pensado en el dinero, pero en cualquier
caso era evidente no lo quería, así que en su decisión debía de haber influido
cierto cálculo, confuso y no del todo consciente, pero cálculo al fin y al
cabo. La casa del médico, con su mobiliario de mal gusto, le repugnaba, y el
propio médico le parecía un avaro obeso y lastimoso, una especie de Gaspar, el
protagonista de la opereta Las campanas de Corneville; hasta el nombre de Yulia
le sonaba vulgar. Se imaginó la ceremonia en que se convertirían en marido y
mujer: en realidad, dos completos desconocidos, y, en el caso de ella, sin una
gota de amor; era como si los hubiese unido una casamentera. Sólo le quedaba el
consuelo, no menos banal que ese matrimonio, de que no era el primero ni sería
el último, de que así se casaban miles de personas y de que Yulia, con el
tiempo, quizá llegaría a amarlo, cuando lo conociera mejor.
—¡Romeo y Yulia! —dijo, cerrando el libro y
echándose a reír—. Yo, Nina, soy Romeo. Puedes felicitarme: hoy le he pedido la
mano a Yulia Belávina.
Nina Fiódorovna pensó que estaba bromeando, pero,
cuando se dio cuenta de que hablaba en serio, rompió a llorar. La noticia no le
gustó.
—Bueno, te felicito —dijo—. Pero ¿por qué has
tomado una decisión tan repentina?
—No tan repentina. Todo empezó en marzo, pero tú no
te has dado cuenta de nada… Me enamoré en marzo, cuando la conocí aquí mismo,
en tu habitación.
—Y yo que creía que te casarías con una moscovita
de nuestro círculo —dijo Nina Fiódorovna, después de una pausa—. Las muchachas
de nuestro ambiente son más sencillas. Pero lo principal, Aliosha, es que seas
feliz; eso es lo más importante. Mi Grigori Nikoláich nunca me ha querido, y no
hay razón para ocultarlo, pues ya ves cómo vivimos. Desde luego, cualquier
mujer puede amarte por tu bondad y tu inteligencia, pero Yulia es una muchacha
de buena familia que ha recibido una educación esmerada, y no le bastan la
inteligencia y la bondad. Ella es joven, Aliosha; tú, en cambio, ya tienes tus
años y no eres atractivo —para atenuar sus últimas palabras, le acarició la
mejilla y añadió—: No eres atractivo, pero sí encantador.
Se emocionó tanto que sus mejillas se cubrieron de
un ligero arrebol y se preguntó, presa de una gran agitación, si sería
conveniente bendecir a Aliosha con el icono, ya que, después de todo, era la
hermana mayor y ocupaba el lugar de la madre. Procuraba convencer a su
desanimado hermano de que había que celebrar la boda con la debida pompa,
solemnidad y alegría, para que nadie pudiera decir nada.
A partir de entonces Láptev, en su condición de
prometido, empezó a acudir a casa de los Belavin tres o cuatro veces al día; ya
no tenía tiempo para relevar a Sasha y leer novelas históricas. Yulia lo
recibía en sus dos habitaciones, lejos de la sala y del despacho del padre, y
esos dos aposentos le gustaron mucho. Las paredes eran oscuras y en un rincón
estaba la vitrina de los iconos; olía a perfume de calidad y al aceite de la
lamparilla. Yulia ocupaba las habitaciones más apartadas; la cama y el tocador
estaban separados por biombos; unas cortinillas verdes cubrían por dentro las
puertas de una librería; el suelo estaba cubierto por alfombras, de suerte que
sus pasos no se oían; ese detalle convenció a Láptev de que la joven tenía un
carácter reservado y era aficionada a una vida serena, silenciosa y retirada.
En la casa todavía se la consideraba menor de edad, así que no disponía de
dinero propio; a veces, cuando salían de paseo, ella se turbaba porque no tenía
ni un kopek. Su padre le entregaba una pequeña suma para ropa y para libros, no
más de cien rublos al año. La verdad es que el propio médico no andaba muy
sobrado de dinero, a pesar de su numerosa clientela. Todas las tardes jugaba a
las cartas en el casino y siempre perdía. Además, compraba casas en una
sociedad de crédito mutuo, todas hipotecadas, y las arrendaba; los inquilinos
no le pagaban con regularidad, pero él aseguraba que esas operaciones eran muy
lucrativas. Había llegado a hipotecar la casa en la que vivía con su hija y con
el dinero había comprado un solar en el que ya había iniciado la construcción
de un edificio de dos plantas, que también pensaba hipotecar.
Láptev vivía ahora como en una nube; parecía que no
era él mismo, sino una especie de doble, y hacía muchas cosas que antes no se
le habrían pasado por la cabeza. Dos o tres veces fue con el médico al casino,
cenó en su compañía y le ofreció dinero para la construcción de una casa; hasta
llegó a visitar a Panaúrov en su segundo hogar. Un día este lo invitó a comer y
Láptev aceptó sin pensárselo. Lo recibió una señora de unos treinta y cinco
años, alta y delgada, con alguna cana, cejas negras y un aspecto nada ruso. Se
advertían rastros de polvos en algunos puntos de su cara; le dirigió una
sonrisa almibarada y le estrechó la mano con tanto ímpetu que las pulseras que
llevaba en los blancos brazos tintinearon. A Láptev le dio la impresión de que
sonreía de ese modo porque quería ocultar a los demás y a sí misma que era
desdichada. También vio a dos niñas, de cinco y tres años, parecidas a Sasha.
La comida consistió en sopa de leche, ternera fría con zanahorias y chocolate,
viandas insípidas y desabridas, pero a cambio en la mesa centelleaban tenedores
de oro, frascos con salsa de soja y pimienta de Cayena, una vinagrera de lo más
extravagante y un pimentero de oro.
Sólo cuando terminó la sopa de leche, Láptev se dio
cuenta de lo inapropiado que había sido acudir a ese almuerzo. La anfitriona
estaba confusa y no hacía más que sonreír, mostrando los dientes, mientras
Panaúrov se había embarcado en una explicación científica del enamoramiento y
de sus causas.
—Nos encontramos ante un fenómeno eléctrico —decía
en francés, dirigiéndose a la señora—. En la piel de cada persona hay glándulas
microscópicas que contienen corrientes de electricidad. Si se encuentra usted
con una persona cuyas corrientes son paralelas a la suya, surge el amor.
Cuando Láptev regresó a casa y su hermana le
preguntó dónde había estado, se sintió incómodo y
no respondió.
Durante las semanas previas a la boda se sintió en
una posición falsa. Su amor se acrecentaba día a día y Yulia le parecía poética
y elevada, pero en cualquier caso su amor no era correspondido, y todo el
asunto se reducía a que él la había comprado y ella se había vendido. A veces,
cuando se perdía en reflexiones, llegaba a desesperarse y se preguntaba si no
era cuestión de huir. Se pasaba en blanco noches enteras, pensando que, cuando
regresara a Moscú, se encontraría con esa señora a la que llamaba «persona» en
las cartas a sus amigos, y barruntando cómo se tomarían su boda y tratarían a
Yulia su padre y su hermano, hombres de armas tomar. Temía que su padre le
soltara una grosería la primera vez que la viera. En cuanto a su hermano,
Fiódor, en los últimos tiempos se comportaba de un modo extraño. En sus largas
cartas se refería a la importancia de la salud, a la influencia de las
enfermedades en la condición psíquica de las personas, al significado de la
religión, pero no decía ni una palabra de Moscú ni de los negocios. Esas cartas
irritaban a Láptev y le daban a entender que el carácter de su hermano estaba
empeorando.
La boda se celebró en septiembre, en la iglesia de
San Pedro y San Pablo; ese mismo día, después del oficio, los jóvenes partieron
para Moscú. Cuando Láptev y su mujer, ataviada con un vestido negro de cola,
con el que ya no parecía una muchacha, sino una auténtica señora, acudieron a
despedirse de Nina Fiódorovna, el rostro de la enferma se contrajo, pero sus
ojos secos no vertieron ni una lágrima.
—Si me muero, no lo quiera Dios —dijo—, ocupaos de
mis hijas.
—¡Se lo prometo! —respondió Yulia Serguéievna, y
sus labios y sus párpados también se estremecieron.
—Vendré a verte en octubre —dijo Láptev,
conmovido—. Ponte buena, querida mía.
Viajaron en un compartimento reservado. Los dos se
sentían tristes y violentos. Ella, sentada en un rincón, sin quitarse el
sombrero, hacía como que dormía, mientras él, tumbado en el asiento de
enfrente, pensaba con inquietud en su padre, en esa «persona», en su casa de
Moscú, que no sabía si sería del agrado de Yulia. Y al mirar a su mujer, que no
lo quería, pensaba desesperado: «¿Qué he hecho?».
V
En Moscú, los Láptev tenían un negocio de venta al
por mayor de artículos de mercería: flecos, cintas, ribetes, hilo de algodón
para labores de ganchillo, botones, etcétera. Los ingresos brutos ascendían a
dos millones de rublos al año, pero nadie, excepto el viejo, conocía la cuantía
de las ganancias netas. Los hijos y los empleados calculaban que alcanzarían
los trescientos mil rublos y decían que habría cien mil más si el viejo «no se
ablandara», es decir, si no vendiese a crédito de manera indiscriminada; en los
últimos diez años se habían acumulado letras de cambio insatisfechas por valor
de casi un millón, y cuando ese tema salía a colación el empleado jefe guiñaba
con malicia el ojo y decía unas palabras, cuyo significado no todos entendían:
—Consecuencias psicológicas de la época.
Las principales operaciones comerciales se
realizaban en el mercado de la ciudad, en un local que recibía el nombre de
«almacén», al que se entraba por un patio siempre sombrío, donde olía a esteras
y resonaban
sobre el asfalto los cascos de los caballos de tiro. La puerta, de aspecto muy
modesto, revestida de hierro, conducía a una habitación con humedades y
pintarrajos de carbón en las paredes, iluminada por un ventanuco estrecho con
una reja; más adelante, a la izquierda, había otra habitación, más amplia y más
limpia, con una estufa de hierro fundido y un par de mesas, pero también con
una ventana enrejada: era la oficina, desde la que partía una estrecha escalera
de piedra que conducía a la segunda planta, donde se encontraba el local
principal. Era una habitación bastante grande, pero, por culpa de la continua
oscuridad, el techo bajo, los montones de cajas y bultos y los grupos de
personas que iban de un lado para otro, causaba una impresión tan desagradable
como las dos de abajo a quien la contemplaba por primera vez. Arriba, y también
en la oficina, había estanterías con mercancías apiladas sin orden ni
concierto, metidas en paquetes y cajas de cartón; en suma, de no haber sido
porque a través de los agujeros de los envoltorios asomaban tan pronto hilos de
color púrpura, como un cepillo o el extremo de un fleco, no habría sido posible
adivinar a primera vista qué se vendía en ese lugar. Al contemplar esos
envoltorios y cajas de cartón aplastados, no acababa uno de creerse que con
esas fruslerías pudieran ganarse millones y que en el almacén trajinasen a
diario cincuenta personas, sin contar con los clientes.
Cuando, al día siguiente de su llegada a Moscú, a
mediodía, Láptev se presentó en el almacén, los empaquetadores, que estaban
embalando la mercancía, hacían tanto ruido con las cajas que en la primera
habitación y en la oficina nadie lo oyó llegar. Por la escalera bajaba el
cartero, que lo conocía, llevando un mazo de cartas en la mano y frunciendo el
ceño, molesto con los golpes, pero tampoco él reparó en su presencia. Cuando
llegó arriba la primera persona que salió a su encuentro fue su hermano, Fiódor
Fiódorich, tan parecido a él que mucha gente los consideraban gemelos. Esa
semejanza le recordaba en todo momento a Láptev su propio aspecto, y ahora, al
ver ante sí a un hombre de baja estatura, mejillas rubicundas, con poco pelo en
la cabeza, caderas descarnadas y plebeyas y un aspecto tan poco interesante y
vulgar, se preguntó: «¿De verdad soy así?».
—¡Cuánto me alegro de verte! —dijo Fiódor,
besándolo y estrechándolo con fuerza la mano—. Te esperaba con impaciencia cada
día, querido hermano. En cuanto me escribiste que te casabas, empezó a
atormentarme la curiosidad; además, te echaba de menos. Fíjate: no nos hemos
visto en seis meses. Bueno, ¿qué? ¿Cómo te encuentras? ¿Y Nina? ¿Está muy mal?
—Sí.
—Hágase la voluntad de Dios —suspiró Fiódor—.
Bueno, ¿y tu mujer? ¿Es bonita? Le tengo ya cariño, porque, después de todo, es
mi hermana menor. La mimaremos juntos.
Láptev vio la ancha y encorvada espalda de su
padre, Fiódor Stepánich, que tan familiar le resultaba. El viejo estaba sentado
en un taburete junto al mostrador, charlando con un cliente.
—¡Papá, mira qué alegría nos ha enviado Dios!
—gritó Fiódor—. ¡M i hermano ha vuelto!
Fiódor Stepánich era alto de estatura y de
complexión tan robusta que, a pesar de sus ochenta años y de sus arrugas,
seguía teniendo el aspecto de un hombre sano y vigoroso. Hablaba con voz de
bajo, grave, profunda, ronca, que salía de su ancho tórax como de un tonel. No
se dejaba crecer la barba, llevaba un bigotito recortado de soldado y fumaba
cigarros. Como siempre tenía calor, tanto en el almacén como en casa iba con
una amplia chaqueta de lienzo en cualquier época del año. Le habían operado de
cataratas hacía poco, veía mal y su participación en el negocio se había
reducido a charlar con los clientes y tomar té con mermelada.
Láptev se inclinó y le besó la mano y luego los
labios.
—Hace tiempo que no nos veíamos, mi querido señor
—dijo el anciano—. Hace tiempo. ¿Y qué? ¿Quieres que te felicite por tu
matrimonio? Bueno, pues te felicito —y acercó los labios para que se los
besara. Láptev se agachó y volvió a besarlo—. ¿Y bien? ¿Has traído a tu joven
esposa? — preguntó el anciano y, sin esperar la respuesta, se dirigió al
cliente—: Por la presente le comunico, querido papá, que voy a casarme con la
señorita de tal y tal. Sí, en los tiempos que corren ya no se solicita la
bendición ni el consejo del padre. Cada cual actúa como mejor le parece. Cuando
yo me casé, tenía más de cuarenta años, pero me arrojé a los pies de mi padre y
le pedí consejo. Ahora eso ya no se estila.
El anciano se alegraba de ver a su hijo, pero
consideraba inadecuado hacerle carantoñas o manifestar su propia felicidad. Su
voz, su manera de hablar y el hecho de que se hubiera referido a Yulia como
«joven esposa» infundieron en Láptev ese mal humor que siempre lo dominaba
cuando visitaba el almacén. En ese lugar cualquier fruslería le recordaba su
pasado, aquella época en que lo azotaban y lo obligaban a comer de vigilia;
sabía que también ahora se azotaba a los niños y se les pegaba hasta saltarles la
sangre de la nariz y que, cuando esos niños crecieran, harían lo mismo con sus
hijos. Le bastaba pasar cinco minutos en el almacén para tener la sensación de
que iban a insultarlo y propinarle un golpe en la cara de un momento a otro.
Fiódor dio una palmada en el hombro al cliente y
dijo a su hermano:
—Aliosha, te presento a nuestro benefactor Grigori
Timofeich, de Tambov. Puede servir de ejemplo a la juventud moderna: ha dejado
atrás los cincuenta y tiene un niño de pecho.
Los empleados se echaron a reír y el cliente, un
anciano enteco, de rostro pálido, los imitó.
—La naturaleza excede la capacidad normal —observó
el encargado principal, que estaba detrás del mostrador—. Lo que entra debe
también salir.
El encargado principal, hombre alto, de unos
cincuenta años, con barba oscura, gafas y un lápiz detrás de la oreja, solía
expresar sus pensamientos de forma poco clara, con vagas alusiones, y su
sonrisa maliciosa daba a entender que atribuía a sus palabras un significado
especial y sutil. Le gustaba oscurecer su discurso con términos librescos que
entendía a su manera, y no sólo eso, sino que a menudo daba a muchas palabras
normales un significado que no tenían. Por ejemplo, el vocablo «además». Cuando
expresaba de modo categórico su pensamiento y no quería que lo contradijeran,
extendía la mano derecha y exclamaba:
—¡Además!
Lo más sorprendente de todo era que los demás
empleados y los clientes lo entendían a la perfección. Se llamaba Iván Vasílich
Pochatkin y era natural de Kashira. Ahora, para felicitar a Láptev, se expresó
del siguiente modo:
—Por parte de usted es una muestra de valor, ya que
el corazón femenino es un Shamil[61].
Otro personaje importante en el almacén era el
empleado Makéichev, rubio, gordo y robusto, con una gran calva en la coronilla
y espesas patillas. Se acercó a Láptev y le felicitó respetuosamente, en voz
baja:
—Tengo el honor, excelencia… El Señor ha escuchado
las oraciones de su padre. Gracias a Dios. Luego empezaron a acercarse otros
empleados para felicitarle por su matrimonio. Todos vestían a
la moda y tenían aspecto de personas educadas e
instruidas. Decían «o» en lugar de «a» y articulaban la «g» a la manera latina.
Como añadían «excelencia» a cada paso, sus frases de felicitación, pronunciadas
muy deprisa (por ejemplo: «Espero, excelencia, que le vaya todo bien,
excelencia»),
sonaban como un latigazo en el aire: ssss…
Esa ceremonia no tardó en aburrir a Láptev, que
tenía ganas de volver a su casa, pero le resultaba violento marcharse. Por
cortesía debía quedarse en el almacén al menos dos horas más. Se apartó del
mostrador y empezó a preguntar a Makéichev si había ido bien el verano y si se
había producido alguna novedad, y este respondió respetuosamente, sin mirarlo a
los ojos. Un muchacho con el pelo corto y una blusa gris le entregó un vaso de
té sin platillo; al poco rato, otro muchacho, al pasar por allí, tropezó en una
caja y estuvo a punto de caerse; entonces el fornido Makéichev, torciendo el
rostro en una mueca terrible y feroz, de bestia salvaje, le gritó:
—¡A ver si miras por dónde vas!
Los empleados se alegraban de que el joven dueño se
hubiese casado y hubiese regresado; lo miraban con curiosidad y cordialidad, y
cada uno de ellos, al pasar a su lado, consideraba su deber dirigirle con el
mayor respeto unas palabras amables. Pero Láptev estaba convencido de que no
eran sinceros, de que lo adulaban porque lo temían. No podía olvidar que unos
quince años antes un empleado, en un ataque de locura, había salido a la calle
en ropa interior, descalzo, y, blandiendo el puño en dirección a las ventanas
de los dueños, había gritado que lo estaban martirizando; luego, cuando se
recuperó, sus compañeros se burlaron de él durante mucho tiempo, recordándole
que había llamado a los dueños «plantadores», en lugar de «explotadores». En
general, los empleados de los Láptev vivían en condiciones lamentables, como
hacía tiempo se comentaba en todo el mercado. Lo peor de todo era que el viejo
Fiódor Stepánich se comportaba con ellos como un déspota asiático. Así, nadie
sabía a cuánto ascendía el sueldo de Pochatkin y Makéichev, sus favoritos;
recibían tres mil rublos anuales, gratificaciones incluidas, no más, pero él
fingía que les pagaba siete mil. Se distribuían gratificaciones cada año a
todos los empleados, pero en secreto, de manera que quienes recibían poco se
veían obligados a decir, por amor propio, que habían recibido mucho. Ningún
muchacho sabía cuándo sería promovido a empleado; ningún empleado sabía si el
dueño estaba satisfecho de él. Nadie prohibía explícitamente nada al personal,
de manera que no se sabía qué estaba permitido y qué no. No se les prohibía
casarse, pero no se casaban, pues temían disgustar al amo y perder su puesto.
Se les permitía tener amigos y visitarlos, pero a las nueve de la noche se
cerraban las puertas y cada mañana el patrón examinaba a todos los empleados
con suspicacia, cerciorándose de que no oliesen a vodka:
—A ver, respira.
Los días de fiesta los empleados tenían que asistir
al primer oficio y colocarse en la iglesia de modo que el dueño los viese a
todos. Los ayunos se observaban de manera estricta. En las ocasiones señaladas,
por ejemplo, en la onomástica del patrón o de algún miembro de su familia, los
empleados debían hacer una colecta para comprar una tarta en Flei[62] o un
álbum. Vivían en la planta baja de la casa de la calle Piátnitskaia y en uno de
los pabellones, a razón de tres o cuatro por habitación, y comían de la misma
cazuela, aunque cada uno tenía un plato delante. Si alguno de los dueños
entraba en su habitación durante el almuerzo, todos se ponían en pie.
Láptev era consciente de que sólo quienes
estuvieran completamente pervertidos por los preceptos de su padre podían
considerarlo un benefactor; los demás veían en él un enemigo, un «plantador».
Ahora, después de una ausencia de medio año, no advertía ninguna mejora; al
contrario, había una novedad que no presagiaba nada bueno. Su hermano, Fiódor,
que antes se mostraba sereno, reflexivo y bastante discreto, ahora se paseaba
por el almacén con aspecto de hombre ocupado y
atareado, el lápiz detrás de la oreja, dando
palmadas en el hombro a los clientes y gritando a los empleados: «¡Amigos!».
Por lo visto, desempeñaba un papel, y en ese nuevo papel Alekséi no lo
reconocía.
La voz del viejo zumbaba sin cesar. Como no tenía
nada que hacer, sermoneaba a los clientes sobre cómo debían vivir y llevar sus
propios asuntos, y para ello se ponía de ejemplo. Láptev llevaba escuchando
esas jactancias, ese tono autoritario e intimidatorio diez, quince, veinte
años. El viejo tenía una alta opinión de sí mismo; de sus palabras siempre se
desprendía que había hecho feliz a su difunta esposa y a todos los parientes de
esta, que había sido generoso con sus hijos, había favorecido a sus empleados y
dependientes y se había ganado que todos sus conocidos, y aun la calle entera,
lo recordasen siempre en sus oraciones. Cualquier iniciativa suya era
pertinente, y, si a alguien le iban mal los negocios, era porque no había
querido pedirle consejo; sin su asesoramiento nada podía salir bien. En la
iglesia siempre se situaba delante de todos y hasta se permitía hacer
observaciones a los sacerdotes cuando, según su opinión, no oficiaban
correctamente, convencido de que Dios aprobaba su proceder, ya que Dios lo
amaba.
Hacia las dos todos estaban de nuevo ocupados con
su trabajo, excepto el anciano, que seguía con su cháchara. Láptev, para no
estar sin hacer nada, cogió un ribete traído por una costurera; luego se puso a
atender a un cliente, un comerciante de Vólogda, y ordenó a un dependiente que
se ocupara de él.
—«Te», «be», «a» —se oía por todas partes, pues en
el almacén se empleaban las letras del alfabeto para designar los precios y los
números de las mercancías—. «Erre», «i», «te».
Al marcharse, Láptev sólo se despidió de Fiódor.
—M añana iré con mi mujer a la calle Piátnitskaia
—dijo—, pero te juro que, si a papá se le ocurre decirle una sola palabra
inconveniente, no me quedaré ni un minuto.
—Sigues como siempre —suspiró Fiódor—. Aunque te
hayas casado, no has cambiado nada. Tienes que ser más comprensivo con el
viejo, hermano. Entonces, mañana a las once. Te esperaremos con impaciencia.
Ven en cuanto termine el oficio.
—Yo no voy a misa.
—Bueno, da igual. Lo importante es que no llegues
después de las once, para que tengamos tiempo de rezar a Dios y desayunar
juntos. Saluda a mi hermanita y bésale la mano. Tengo el presentimiento de que
voy a quererla mucho —añadió Fiódor con toda sinceridad—. ¡Te envidio, hermano!
—gritó, mientras Alekséi bajaba por la escalera.
«¿Y por qué tiene siempre ese aspecto tan apocado y
encogido, como si se sintiera desnudo? — pensaba Láptev, mientras avanzaba por
la calle Nikólskaia, tratando de comprender el cambio que se había operado en
Fiódor—. Hasta su lenguaje es nuevo: “hermano, querido hermano, Dios nos ha
concedido una alegría, rezaremos a Dios”… Igualito que el Judas de
Schedrín[63]».
VI
A las once del día siguiente, domingo, Alekséi, en
compañía de su esposa, iba por la calle Piátnitskaia en un coche ligero tirado
por un solo caballo. Temiendo que su padre pudiera cometer alguna indelicadeza,
se incomodaba por anticipado. Después de dos noches pasadas en casa de su
marido,
Yulia Serguéievna consideraba su matrimonio una
equivocación, una desgracia; tenía la impresión de que, si tuviera que vivir
con su marido no en Moscú, sino en cualquier otra ciudad, no sería capaz de
soportar ese horror. Moscú, en cambio, la distraía; sus calles, casas e
iglesias le gustaban mucho; si hubiese sido posible recorrer la ciudad de la
mañana a la noche en uno de esos magníficos trineos, tirado por espléndidos
caballos, avanzando muy deprisa y respirando el fresco aire otoñal, quizá no se
habría sentido tan desdichada.
Junto a la casa blanca, de dos plantas, enjalbegada
recientemente, el cochero refrenó el caballo y empezó a torcer a la derecha. Ya
los estaban esperando. Junto a la cancela estaba el portero con un caftán
nuevo, botas altas y chanclos, acompañado de dos guardias. El camino que debían
recorrer, primero desde el centro de la calle hasta la cancela y luego desde
allí hasta la escalinata, atravesando el patio, estaba rociado de arena fresca.
El portero se quitó el gorro y los guardias se llevaron la mano a la visera.
Antes de llegar a la escalinata, Fiódor salió a su encuentro con aire muy
serio.
—M e alegro mucho de conocerla, hermanita —le dijo
a Yulia, besándole la mano—. Bienvenida. Cogiéndola del brazo, subió con ella
la escalera y luego la condujo por un pasillo, a través de una
multitud de hombres y mujeres. También el vestíbulo
estaba abarrotado; olía a incienso.
—Voy a presentarle a nuestro padre —susurró Fiódor
en medio de un silencio solemne y sepulcral—. Un anciano venerable, un pater
familias.
En una espaciosa sala, preparada para las
oraciones, esperaban Fiódor Stepánich, un sacerdote con la casulla y un
diácono. El anciano le tendió la mano a Yulia sin pronunciar palabra. Todos
callaban. Yulia estaba confusa.
El sacerdote y el diácono iniciaron los
preparativos. Trajeron el incensario, del que saltaban chispas y se desprendía
un olor a incienso y a carbón. Encendieron las velas. Los empleados entraron en
la sala de puntillas y se quedaron junto a las paredes, formando dos filas.
Reinaba el silencio, nadie se atrevía ni a toser.
—Bendícenos, Señor —empezó el diácono.
El oficio religioso se celebró con solemnidad, sin
omitir nada, entonándose dos cánticos: un himno dedicado al dulcísimo nombre de
Jesús y otro a la Santísima Madre de Dios. El coro cantaba muy despacio,
siguiendo las partituras. Láptev advirtió que su mujer estaba turbada; mientras
se recitaban los sermones y el coro entonaba el triple Señor, ten piedad en
tonalidades diversas, esperaba con los nervios de punta que el viejo se
volviera e hiciese alguna observación, del tipo: «No sabe usted persignarse». Y
se sintió contrariado: ¿a qué venía esa multitud y toda esa ceremonia con curas
y cantantes? Parecía algo demasiado típico de mercaderes. Pero, cuando Yulia,
junto con el viejo, colocó la cabeza debajo del Evangelio y luego se arrodilló
varias veces, comprendió que a ella le gustaba todo eso, y se tranquilizó.
Una vez terminado el oficio, en el momento de
desear larga vida, el sacerdote alargó la cruz al anciano y a Alekséi para que
la besaran, pero cuando Yulia Serguéievna se acercó, la cubrió con la mano y
dio a entender que deseaba decir unas palabras. Alguien hizo una señal a los
miembros del coro para que se callaran.
—El profeta Samuel —empezó el sacerdote— llegó a
Belén por orden del Señor, y allí los ancianos de la ciudad le preguntaron
temblorosos: «¿Has venido en son de paz, oh, vidente?». Y el profeta respondió:
«Sí, porque he venido a celebrar el sacrificio en nombre del Señor; santificaos
y regocijaos hoy conmigo». Debemos preguntarte también a ti, Yulia, sierva de
Dios, si has venido a
esta casa para traer la paz —Yulia se ruborizó, tan
alterada estaba. Al acabar, el sacerdote le dio la cruz a besar y añadió, en un
tono ya muy distinto—: Ahora hay que casar a Fiódor Fiódorich. Ya es hora.
El coro retomó sus cánticos, la gente empezó a
moverse y la habitación volvió a llenarse de ruidos. El anciano, conmovido, con
los ojos llenos de lágrimas, besó tres veces a Yulia, hizo la señal de la cruz
sobre su rostro y dijo:
—Esta es vuestra casa. Yo ya soy viejo y no
necesito nada.
Los empleados la felicitaron, pero los cánticos del
coro resonaban con tanta fuerza que sus palabras no se oyeron. Luego almorzaron
y bebieron champán. Yulia estaba sentada junto al anciano, que le hablaba de lo
peligroso que era vivir al margen de la familia: había que vivir juntos, bajo
el mismo techo, pues las separaciones y los desacuerdos llevaban a la ruina.
—Yo he hecho dinero; mis hijos, en cambio, sólo lo
malgastan —decía—. Ahora viviréis conmigo en esta casa y acrecentaréis la
fortuna de la familia. Yo ya soy viejo, es hora de que descanse.
Ante los ojos de Yulia aparecía una y otra vez la
figura de Fiódor, muy semejante a su marido, pero más vivaz y más tímido. No
paraba de dar vueltas a su alrededor y de besarle la mano.
—Somos gente sencilla, hermanita —decía, y al
pronunciar esas palabras le salían manchas rojas en la cara—. Llevamos una vida
humilde, hermanita, como corresponde a rusos y cristianos de pura cepa.
De regreso a casa, Láptev, muy satisfecho de que
todo hubiera salido bien y de que, en contra de lo esperado, no se hubiera
producido ningún incidente desagradable, le dijo a su mujer:
—Te habrá sorprendido que un hombre tan robusto y
corpulento haya tenido dos hijos tan achaparrados y enclenques como Fiódor y
yo. Pero ¡todo tiene su explicación! Cuando mis padres se casaron, él tenía
cuarenta y cinco años y ella, sólo diecisiete. Mi madre temblaba y palidecía en
presencia de su marido. Nina fue la primogénita; cuando nació, mi madre aún
gozaba, más o menos, de buena salud, por eso salió más fuerte y de mejor
aspecto que nosotros. Fiódor y yo, en cambio, fuimos concebidos cuando mi madre
estaba ya extenuada por un temor continuo. Recuerdo que mi padre empezó a
educarme, es decir, a pegarme, antes de cumplir los cinco años. Me azotaba con
varas de abedul, me tiraba de las orejas, me daba golpes en la cabeza; cada
mañana, al despertarme, lo primero que pensaba era si ese día me pegaría.
Fiódor y yo teníamos prohibido jugar y divertirnos; debíamos acudir a maitines
y al primer oficio, besar las manos a los curas y a los monjes, leer salmos en
casa. A ti, que eres religiosa, te gustan esas cosas, pero a mí me dan miedo
las religiones y, cuando paso por una iglesia, me viene a la memoria mi
infancia y siento pavor. Cuando cumplí ocho años, me llevaron al almacén, donde
trabajaba de simple aprendiz; allí mi salud se resintió, porque me pegaban casi
a diario. Más tarde, cuando ingresé en el instituto, estudiaba hasta la hora de
la comida; luego tenía que quedarme toda la tarde en el almacén, y así hasta
que cumplí veintidós años; entonces conocí en la universidad a Yártsev, quien
me convenció de que me marchara de casa de mi padre. Ese Yártsev me hizo mucho
bien. ¿Sabes una cosa? —dijo Láptev con una sonrisa, encantado de su idea —.
Vamos a visitarlo ahora mismo. ¡Es el hombre más noble del mundo! ¡Cómo se
emocionará!
VII
Un sábado de noviembre se celebraba un concierto
sinfónico dirigido por Antón Rubinshtein [64]. En la sala, abarrotada, hacía
mucho calor. Láptev estaba de pie, detrás de las columnas, mientras su mujer y
Kostia Kochevói se habían sentado mucho más cerca del escenario, en tercera o
cuarta fila. Nada más empezar el entreacto, esa «persona», Polina Nikoláievna
Rassúdina, pasó al lado de Láptev de manera totalmente inesperada. Desde que se
celebró la boda, pensaba con preocupación en un posible encuentro con ella. Y
ahora, cuando esa mujer lo miró directamente a la cara, se acordó de que aún no
le había ofrecido ninguna explicación ni le había escrito una nota amistosa de
al menos dos o tres líneas; era como si se estuviera escondiendo de ella. Se
sintió avergonzado y se ruborizó. La mujer, tras estrecharle la mano con fuerza
e ímpetu, le preguntó:
—¿Ha visto usted a Yártsev?
Y, sin esperar una respuesta, siguió su camino
decidida, con grandes pasos, como si alguien la estuviera empujando por la
espalda.
Era muy delgada y bastante fea, con una nariz
respingona y una expresión constante de fatiga y preocupación; daba la
impresión de que le costaba grandes esfuerzos mantener los ojos abiertos y no
desplomarse. Tenía unos espléndidos ojos oscuros y una expresión inteligente,
afable, sincera, pero sus movimientos eran bruscos y torpes. No resultaba fácil
conversar con ella, ya que no sabía escuchar ni hablar con serenidad. Y como
amante era una mujer difícil. A veces, cuando se quedaba a solas con Láptev, se
reía a carcajadas largo rato, cubriéndose el rostro con las manos, y aseguraba
que el amor no era lo más importante en su vida; podía ser tan melindrosa como
una muchacha de diecisiete años; por ejemplo, antes de besarla, había que
apagar todas las velas. Tenía ya treinta años. Se había casado con un profesor,
del que se había separado hacía mucho tiempo. Se ganaba la vida dando clases de
música y tocando en un cuarteto.
Durante la Novena sinfonía volvió a pasar a su
lado, como por causalidad, pero la multitud de hombres agolpados detrás de las
columnas formaba un muro impenetrable que le cerraba el paso. Llevaba la misma
blusa de terciopelo con que iba a los conciertos el año pasado y el anterior.
Los guantes y el abanico eran nuevos, aunque este último no parecía gran cosa.
Le gustaba arreglarse, pero carecía de gusto y le molestaba gastar dinero en
ropa; en definitiva, vestía tan mal y con tanto descuido que, cuando avanzaba
por la calle con sus largos y apresurados pasos, en dirección a la casa de
algún alumno, se la podía confundir fácilmente con un joven novicio.
El público aplaudía y pedía un bis.
—Quédese esta tarde conmigo —dijo Polina
Nikoláievna, acercándose a Láptev y mirándolo con aire severo—. Desde aquí nos
iremos a tomar el té. ¿M e oye? Se lo exijo. Está en deuda conmigo y no tiene
derecho a negarme esa menudencia.
—Bueno, iré —convino Láptev.
Después del concierto, empezaron las innumerables
salidas a escena. El público se levantaba de sus asientos y buscaba la salida
con extremada lentitud. Láptev no podía marcharse sin decírselo a su mujer, así
que tuvo que quedarse esperando junto a la puerta.
—Me apetece muchísimo tomar una taza de té —se
lamentaba Rassúdina—. Tengo la garganta seca.
—Podemos tomar algo aquí —dijo Láptev—. Vamos al
ambigú.
—No tengo dinero para irlo gastando en bebidas. Yo
no me dedico al comercio.
Láptev le ofreció el brazo, pero ella lo rechazó,
profiriendo una frase larga y extenuante que él ya había oído de sus labios
muchas veces: a saber, que no se incluía entre los miembros del bello sexo y
que podía pasarse perfectamente sin los servicios de esos presuntos caballeros.
M ientras hablaba con él, miraba al público y a
menudo intercambiaba saludos con algún conocido: compañeras de la escuela
Guerrier y del conservatorio, alumnos de uno y otro sexo. Les estrechaba la
mano con fuerza e ímpetu, dándoles un tirón. Pero de pronto se puso a sacudir
los hombros y a temblar como si tuviera un ataque de fiebre, y por último dijo
en voz baja, mirando a Láptev con horror:
—¿Con quién se ha casado usted? ¿Dónde tenía usted
los ojos? ¿Es que se ha vuelto loco? ¿Qué es lo que ha visto en esa muchacha
tonta e insignificante? Yo lo amaba por su inteligencia, por su corazón,
mientras a esa muñeca de porcelana sólo le interesa su dinero.
—Dejemos eso, Polina —dijo él con voz suplicante—.
Todo lo que pueda usted decirme sobre mi matrimonio me lo he dicho yo mismo
muchas veces… No me lo haga aún más doloroso.
Apareció Yulia Serguéievna, con un vestido negro y
un enorme broche de brillantes que le había enviado su suegro después de la
ceremonia celebrada en su casa; tras ella iba su séquito: Kostia Kochevói, dos
médicos conocidos, un oficial y un joven gordo, con uniforme de estudiante,
apellidado Kish.
—Vete con Kostia —dijo Láptev a su mujer—. Yo iré
más tarde.
Yulia asintió con la cabeza y siguió su camino.
Polina Nikoláievna la acompañó con la mirada, entre estremecimientos y espasmos
nerviosos; era una mirada llena de repugnancia, de odio y de dolor.
A Láptev le daba miedo ir a casa de ella, pues
temía que se produjera una escena desagradable, acompañada de palabras
descorteses y lágrimas, y le propuso que fueran a tomar el té a un restaurante.
Pero ella dijo:
—No, no, iremos a mi casa. Ni se le ocurra hablarme
de restaurantes.
No le gustaban los restaurantes porque le parecía
que el aire estaba viciado por el tabaco y la respiración de los hombres.
Sentía una extraña prevención por los varones desconocidos, los consideraba
depravados a todos, capaces de arrojarse sobre ella en cualquier momento.
Además, la música de esos locales la irritaba tanto que acababa dándole dolor
de cabeza.
Al salir del Círculo de la Nobleza, tomaron un
coche que los llevó al callejón Savélovski, no lejos de Ostózhenka, donde
estaba la casa de Rassúdina. Láptev no dejó de pensar en ella a lo largo de
todo el camino. Era cierto que le debía muchas cosas. La había conocido en casa
de su amigo Yártsev, al que ella enseñaba teoría musical. Rassúdina lo había
amado con pasión, de manera totalmente desinteresada; aun después de que
intimaran, había seguido dando clases particulares y trabajando como siempre,
hasta caer rendida. Gracias a ella, Láptev había empezado a comprender y
estimar la música, por la que antes no sentía más que indiferencia.
—¡Daría la mitad de mi reino por un vaso de té!
—exclamó con voz sorda, cubriéndose la boca con el manguito para no
resfriarse—. ¡Hoy he dado cinco lecciones, que el diablo se las lleve! Los
alumnos son tan obtusos, tan ineptos, que me ha faltado poco para estallar de
ira. Y no sé cuándo acabará ese suplicio. Ya no puedo más. En cuanto reúna
trescientos rublos, lo dejaré todo y me marcharé a Crimea. Me tumbaré en la
playa y respiraré a pleno pulmón. ¡Cómo me gusta el mar! ¡Ah, cómo me gusta el
mar!
—No irá usted a ninguna parte —dijo Láptev—. En
primer lugar, porque no ahorra usted nada, y en segundo, porque es muy avara.
Perdone que vuelva a repetírselo: ¿acaso reunir esos trescientos rublos céntimo
a céntimo, dando clases a personas ociosas que se ocupan de la música porque no
tienen nada que hacer, es menos humillante que pedírselo prestado a sus amigos?
—¡Yo no tengo amigos! —dijo ella con enfado—. Y le
ruego que no diga bobadas. La clase trabajadora, a la que yo pertenezco, sólo
tiene un privilegio: la conciencia de su incorruptibilidad, el derecho a no
aceptar préstamos de comerciantes y a despreciarlos. ¡No, señor, a mí no me
compra usted! ¡Yo no soy su querida Yulia!
Láptev no intentó pagar al cochero porque sabía que
eso desencadenaría un torrente de palabras oídas ya miles de veces. Pagó ella
misma.
Rassúdina alquilaba una pequeña habitación
amueblada en casa de una señora solitaria que también se ocupaba de su
manutención. De momento, su gran piano de cola se había quedado en casa de
Yártsev, situada en la calle Bolsháia Nikítskaia, adonde ella iba a tocar todos
los días. En su habitación había sillones enfundados, una cama con una colcha
blanca de verano, unas macetas con flores propiedad de la dueña, oleografías en
las paredes, pero no se veía nada que recordara que allí vivía una mujer y una
licenciada: ni tocador, ni libros, ni siquiera un escritorio. Era evidente que
se iba a la cama nada más llegar a casa y que por la mañana se marchaba en
cuanto se levantaba.
La cocinera trajo el samovar. Polina Nikoláievna
preparó el té y, sin parar de temblar —en la habitación hacía frío—, empezó a
insultar a los cantantes que habían intervenido en la ejecución de la Novena
sinfonía. Estaba tan extenuada que se le cerraban los ojos. Bebió un vaso de
té, luego otro y a continuación un tercero.
—Así que se ha casado usted —dijo—. Pero no se
preocupe, no voy a consumirme de pena; seré capaz de arrancar su imagen de mi
corazón. Sólo me aflige y entristece comprobar que es usted igual de abyecto
que todos demás: no le atrae la inteligencia ni la mente de la mujer, sino el
cuerpo, la belleza, la juventud… ¡La juventud! —dijo con voz nasal, como
remedando a alguien, y se echó a reír
—. ¡La juventud! ¡Busca usted pureza, Reinheit,
Reinheit![65] —añadió, estallando en carcajadas y reclinando la cabeza en el
respaldo del sillón—. Reinheit! —cuando dejó de reírse, tenía los ojos llenos
de lágrimas—. ¿Al menos es usted feliz? —preguntó.
—No.
—¡Lo quiere ella?
—No —Láptev, muy alterado y sintiéndose
desgraciado, se puso en pie y empezó a pasearse por la habitación—. No
—repitió—. Por si quiere saberlo, Polina, soy muy desdichado. ¿Y qué puedo
hacer? He cometido una estupidez y ahora ya es tarde para remediarlo. Debo
tomármelo con filosofía. Ella se ha casado conmigo sin amor, de un modo
insensato; puede que obrara también por cálculo, pero lo hizo sin reflexionar;
ahora, claro, se ha dado cuenta de su error y sufre. Lo veo. De noche dormimos
juntos, pero de día teme quedarse a solas conmigo aunque sea cinco minutos y
busca distracciones, compañía. Le avergüenza y le da miedo estar conmigo.
—Pero de todos modos, acepta su dinero, ¿no es así?
—¡Eso es una bobada, Polina! —gritó Láptev—. Acepta
mi dinero porque no le concede la menor importancia. Es una mujer honrada y
noble. Se casó conmigo porque quería escapar de la tutela de su padre, eso es
todo.
—¿Y está usted seguro de que se habría casado con
usted si no hubiera sido rico? —preguntó
Rassúdina.
—No estoy seguro de nada —contestó Láptev con
tristeza—. De nada. No entiendo nada. Por el amor de Dios, Polina, dejemos eso.
—¿La quiere usted?
—Con locura.
Se produjo una pausa. Ella bebía su cuarto vaso de
té, mientras él iba de un lado para otro, pensando que en esos momentos su
mujer probablemente estaba cenando en el Círculo de M édicos.
—Pero ¿se puede amar a alguien sin saber por qué?
—preguntó Rassúdina, encogiéndose de hombros—. ¡No, eso son los arrebatos de la
pasión animal! ¡Está usted embriagado, envenenado por ese cuerpo hermoso, por
esa Reinheit! ¡Váyase de aquí, está usted sucio! ¡Vuelva con su mujer!
Hizo un gesto de desagrado con la mano, luego cogió
el gorro de Láptev y se lo tiró. Él se puso en silencio la pelliza y salió,
pero ella corrió al zaguán, se aferró febrilmente a su brazo, casi a la altura
del hombro, y estalló en sollozos.
—¡Basta, Polina! ¡Deje de llorar! —dijo él, incapaz
de librarse de sus dedos—. ¡Cálmese, se lo ruego!
Ella cerró los ojos y palideció; su nariz
respingona adquirió un desagradable color cerúleo, como el de una muerta.
Láptev seguía sin poder desprenderse de sus manos. Se había desmayado. La
levantó con cuidado, la tendió en la cama y se quedó a su lado unos diez
minutos, hasta que recobró el conocimiento. Tenía las manos frías y el pulso
débil, irregular.
—Váyase a su casa —dijo ella, cuando abrió los
ojos—. Váyase; si no, me pondré a sollozar otra vez. Tengo que dominarme.
Al salir de casa de Rassúdina, Láptev no se dirigió
al Círculo de Médicos, donde lo esperaban sus amigos, sino a su propio
domicilio. A lo largo de todo el camino no dejó de preguntarse, en tono de
reproche, por qué no había formado una familia con esa mujer que tanto lo
quería, que había sido para él una verdadera esposa y una amiga. Era la única
persona que le tenía afecto; además, ¿no habría sido un rasgo de nobleza y
generosidad hacer feliz a esa mujer inteligente, orgullosa y atormentada por el
trabajo, proporcionarle un techo, ofrecerle un poco de paz? ¿Le cuadraban a él,
se preguntaba, esas pretensiones de belleza y juventud, ese anhelo de felicidad
imposible, que, como una suerte de castigo o burla, hacía ya tres meses que lo
tenía sumido en ese estado sombrío y depresivo? La luna de miel había terminado
hacía tiempo y él todavía no sabía, por ridículo que pareciera, qué clase de
persona era su mujer. A sus compañeras de estudios y a su padre les escribía
largas cartas de cinco páginas; siempre encontraba algún tema del que
hablarles. En cambio, a él sólo se dirigía para hablarle del tiempo o para
comunicarle que era hora de comer o cenar. Cuando, antes de meterse en la cama,
pasaba largo tiempo rezando y besando sus cruces e iconos, él se la quedaba
mirando y pensaba con odio: «No hace más que rezar. Pero ¿para qué? ¿Para
qué?». Se insultaba mentalmente a sí mismo y la insultaba a ella, diciendo que,
al acostarse con ella y envolverla en sus abrazos, estaba disfrutando de lo que
había pagado, y aquello sonaba horrible. Si al menos fuera una mujer fuerte,
audaz, pecadora, pero esa juventud, esa religiosidad, esa mansedumbre, esos
ojos inocentes y puros… En los tiempos en que sólo era su prometida, su
religiosidad lo conmovía; ahora, el carácter convencional
y explícito
de sus creencias y convicciones se le antojaba una barrera que le impedía ver
la auténtica verdad. En su vida conyugal todo era ya un tormento. Cuando su
mujer, sentada a su lado en el teatro, suspiraba o estalla en una risa sincera,
a Láptev le dolía que se divirtiese sola, que no quisiese
compartir su entusiasmo con él. Y lo más notable
era que había congeniado con todos sus amigos; todos ellos sabían ya qué clase
de persona era, mientras él no sabía nada y andaba siempre melancólico,
reconcomiéndose de celos en silencio.
Al llegar a casa se puso la bata y las zapatillas y
se sentó en su despacho a leer una novela. Su mujer no estaba en casa. Pero
antes de que pasara media hora sonó el timbre en el vestíbulo y se oyeron los
pasos sordos de Piotr, que se aprestaba a abrir. Era Yulia. Entró en el
despacho con la pelliza, las mejillas coloradas por el frío.
—Hay un gran incendio en la Presnia[66] —dijo, casi
sin respiración—. Unas llamaradas enormes.
M e voy a verlo con Konstantín Ivánich.
—¡Adiós!
Su aire de frescura y lozanía, así como el temor
infantil que se reflejaba en sus ojos, tranquilizaron a Láptev. Estuvo leyendo
media hora y después se fue a la cama.
Al día siguiente Polina Nikoláievna le envió al
almacén dos libros que le había pedido prestados hacía tiempo, así como todas
sus cartas y fotografías, acompañadas de una nota que se componía de una sola
palabra: «¡Basta!».
VIII
Ya a finales de octubre Nina Fiódorovna sufrió una
grave recaída. Adelgazaba a ojos vistas y cambiaba de cara. A pesar de los
intensos dolores, creía que estaba restableciéndose; cada mañana se vestía como
si estuviera sana y luego se pasaba el día entero en la cama, con la ropa
puesta. En los últimos tiempos se había vuelto muy locuaz. Tumbada boca arriba,
contaba algún episodio en voz baja, con gran esfuerzo, respirando con
dificultad. Murió de improviso, en las circunstancias que a continuación se relatan:
Era una clara noche de luna. Fuera, los trineos se
desplazaban sobre la nieve fresca y hasta la habitación llegaba el rumor de los
patines. Nina Fiódorovna estaba tendida, mientras Sasha, que ya no tenía quien
la sustituyera, se hallaba a la cabecera y dormitaba.
—No recuerdo su patronímico —contaba Nina
Fiódorovna en voz queda—, pero se llamaba Iván y se apellidaba Kochevói; era un
funcionario muy pobre y un borracho empedernido, que Dios lo tenga en su
gloria. Venía a nuestra casa y cada mes le dábamos una libra de azúcar y dos
onzas de té. Y a veces también un poco de dinero, claro. Sí… Un buen día
nuestro Kochevói se cogió una borrachera tremenda y se murió, abrasado por el
vodka. Dejó un chiquillo de unos siete años. Nos hicimos cargo del pobre
huérfano y lo ocultamos en las habitaciones de los empleados, donde vivió un
año entero, sin que nuestro padre se enterara. El día que lo descubrió, se
limitó a hacer un gesto con la mano y no dijo nada. Cuando Kostia, el
huerfanito, tenía ocho años (yo ya estaba entonces prometida) lo llevé a todos
los institutos, pero en ninguno querían admitirlo. Él lloraba… «¿Por qué
lloras, tontuelo?», le decía yo. Lo llevé al segundo instituto de Razguliái y
allí, Dios se lo pague, lo admitieron… Y el chiquillo empezó a ir a pie todos
los días desde la calle Piátnitskaia hasta Razguliái, y luego desde Razguliái
hasta la calle Piátnitskaia… Aliosha se hacía cargo de los gastos… Gracias a
Dios, el muchacho era aplicado e inteligente, y pudo hacer carrera… Ahora es
abogado en Moscú, amigo de Aliosha y, como él, hombre de amplios conocimientos.
En suma, fuimos
caritativos, lo alojamos en casa y ahora él ruega a
Dios por nosotros… Sí…
Nina Fiódorovna hablaba cada vez más bajo, con
prolongadas pausas; luego, después de guardar silencio unos instantes, se
incorporó de pronto y se sentó.
—Algo me pasa… No me encuentro bien —dijo—. Señor,
ten piedad de mí. ¡Ah, no puedo respirar!
Sasha sabía que su madre no tardaría en morir, y
ahora, al ver que su rostro de pronto se demudaba, comprendió que había llegado
el fin y se asustó.
—¡No, mamá, por favor! —sollozaba—. ¡Por favor!
—Corre a la cocina y di que vayan a buscar a tu
padre. M e encuentro muy mal.
Sasha atravesó a la carrera todas las habitaciones,
solicitando ayuda, pero no había un solo criado en toda la casa; la única
persona a la que encontró fue a su hermana, Lida, dormida sobre un baúl del
comedor, vestida y sin almohada. Sasha salió al patio como estaba, sin ponerse
los chanclos, y luego a la calle. Sentada en un banco que había al otro lado de
la cancela, el aya estaba mirando cómo la gente patinaba. Desde el río, donde
estaba la pista, llegaban los acordes de una banda militar.
—¡Aya, mamá se muere! —dijo Sasha, sollozando—.
¡Hay que ir a buscar a papá!
El aya subió al dormitorio, echó un vistazo a la
enferma y le puso entre las manos una vela encendida. Sasha, horrorizada, iba
de un lado para otro, suplicando, sin saber ella misma a quién, que fueran a
buscar su padre; luego se puso el abrigo y el pañuelo y salió a la calle. Sabía
por los criados que su padre tenía otra mujer y dos hijas, con quienes vivía en
la calle Bazárnaia. Al atravesar la cancela, dobló a la izquierda y echó a
correr, llorando, asustada de los extraños, pero pronto empezó a hundirse en la
nieve y a sentir frío.
Vio un coche vacío, pero no lo cogió: tal vez el
cochero la llevara fuera de la ciudad, la robara y la abandonara en el
cementerio (mientras tomaban el té los criados habían hablado de un caso
semejante). Siguió su camino, jadeando de cansancio y sollozando. Al llegar a
la calle Bazárnaia, preguntó dónde vivía el señor Panaúrov. Una desconocida le
ofreció una prolija explicación y, viendo que no entendía nada, la llevó de la
mano hasta una casa de una planta con porche. La puerta no estaba cerrada. Sasha
atravesó el zaguán, luego un pasillo y llegó a una habitación luminosa y
caldeada, donde su padre estaba sentado a la mesa, acompañado de una señora y
de dos niñas. Incapaz de pronunciar palabra, Sasha no hacía más que sollozar.
Panaúrov comprendió lo que sucedía.
—M amá se ha puesto peor, ¿verdad? Dime, niña: ¿se
ha puesto peor mamá?
Panaúrov se alarmó y mandó por un coche.
Cuando llegaron a casa, Nina Fiódorovna estaba
sentada, sostenida por cojines, con la vela en la mano. El rostro tenía una
tonalidad oscura y los ojos estaban ya cerrados. En el dormitorio, junto a la
puerta, se amontonaban el aya, la cocinera, la doncella, el mujik Prokofi y
algunos desconocidos de apariencia sencilla. El aya susurraba órdenes que los
demás no entendían. En el fondo de la habitación, junto a la ventana, se
hallaba Lida, pálida, con cara de sueño, mirando con aire sombrío a su madre.
Panaúrov cogió la vela de manos de Nina Fiódorovna
y, con una mueca de disgusto, la arrojó sobre la cómoda.
—¡Qué horrible! —exclamó, y sus hombros se
estremecieron—. Nina, debes tumbarte —dijo con ternura—. Túmbate, querida.
Ella lo miró y no lo reconoció… La tendieron boca
arriba.
Cuando llegaron el sacerdote y el doctor Serguéi
Borísich, los criados ya estaban santiguándose piadosamente y rezando por su
descanso.
—¡Menuda historia! —dijo el médico, meditabundo,
pasando a la sala—. Y aún era joven, todavía no había cumplido los cuarenta.
Se oían los ruidosos sollozos de las niñas.
Panaúrov, pálido, con los ojos húmedos, se acercó al médico y le dijo con voz
débil y lánguida:
—Amigo mío, haga el favor de enviar un telegrama a
M oscú. Yo no tengo fuerzas.
El médico se procuró tinta y escribió a su hija el
siguiente telegrama: «Panaúrova falleció ocho tarde. Di marido que en calle
Dvoriánskaia se vende casa hipotecada por nueve mil. Subasta día doce. Aconsejo
no perder oportunidad».
IX
Láptev vivía en uno de los callejones de la Málaia
Dmítrovka, a poca distancia de Stari Pimen. Además de la gran casa que daba a
la calle, había alquilado un pabellón de dos plantas en el patio para su amigo
Kochevói, asistente de un abogado, a quien todos los Láptev llamaban
simplemente Kostia[67], ya que lo conocían desde niño. Frente a ese pabellón se
alzaba otro, también de dos plantas, en el que vivía un matrimonio francés con
cinco hijos.
La temperatura era de unos veinte grados bajo cero.
Los cristales de las ventanas estaban cubiertos de escarcha. Al despertarse por
la mañana, Kostia, con cara de preocupación, tomó quince gotas de un
medicamento; luego, cogió dos pesas de la librería y se puso a hacer gimnasia.
Era alto, muy delgado, con grandes bigotes rojizos; pero lo que más llamaba la
atención en su figura eran sus piernas, extraordinariamente largas.
Piotr, mujik de mediana edad, con chaqueta y
pantalones de percal metidos por dentro de las botas altas, trajo el samovar y
preparó el té.
—Hoy hace un tiempo excelente, Konstantín Ivánich
—dijo.
—Sí, excelente; lástima, amigo mío, que llevemos
esta vida de perros.
Piotr suspiró por pura cortesía.
—¿Qué pasa con las niñas? —preguntó Kochevói.
—El pope no ha venido. Alekséi Fiódorovich les está
dando la clase.
Kostia encontró en el cristal un punto sin escarcha
y se puso a mirar con unos anteojos, dirigiéndolos a la ventana de la casa de
la familia francesa.
—No se ve nada —dijo.
Entre tanto, abajo, Alekséi Fiódorovich enseñaba
Historia Sagrada a Sasha y Lida, que llevaban ya un mes y medio viviendo en
Moscú, en la planta baja del pabellón, junto con su institutriz; tres veces a
la semana acudía a darles clase un profesor de la escuela municipal y un pope.
Sasha estaba estudiando ya el Nuevo Testamento, mientras Lida había empezado
hacía poco con el Antiguo. En la última clase le habían puesto como tarea
repasar hasta Abraham.
—Así pues, Adán y Eva tuvieron dos hijos —decía
Láptev—. Muy bien. Pero ¿cómo se llamaban? A ver si te acuerdas.
Lida, adusta como de costumbre, callaba, miraba la
mesa y sólo movía los labios, mientras Sasha, la mayor, la miraba a la cara y
sufría.
—Lo sabes de sobra, lo único que tienes que hacer
es no ponerte nerviosa —decía Láptev—. Bueno, ¿cómo se llamaban los hijos de
Adán?
—Abel y Caín —susurró Lida.
—Caín y Abel —la corrigió Láptev.
Por la mejilla de Lida rodó una gruesa lágrima que
cayó sobre el libro. También Sasha bajó los ojos y se ruborizó, a punto de
echarse a llorar. Láptev, apenado, era incapaz de hablar; tenía un nudo en la
garganta. Se levantó de la mesa y encendió un cigarrillo. En ese momento
Kochevói bajó por la escalera con el periódico en la mano. Las muchachas se
pusieron en pie y, sin mirarlo, le hicieron una reverencia.
—Por el amor de Dios, Kostia, ocúpese usted de
ellas —le pidió Láptev—. Temo echarme a llorar; además, tengo que pasar por el
almacén antes del almuerzo.
—Vale.
Alekséi Fiódorich salió. Kostia, con aire muy serio
y el ceño fruncido, se sentó a la mesa y cogió el manual de Historia Sagrada.
—¿Y bien? —preguntó—. ¿Dónde os habéis quedado?
—Lida se sabe ya lo del diluvio —dijo Sasha.
—¿Lo del diluvio? Muy bien, vamos a meternos de
lleno con el diluvio. Adelante con ello — Kostia repasó la breve descripción
del diluvio que se hacía en el libro y añadió—: Debo advertirles que un diluvio
como el que aquí se describe nunca se ha producido. Y no ha existido ningún
Noé. Unos miles de años antes del nacimiento de Cristo, la tierra sufrió una
inundación tremenda, de la que no sólo da cuenta la Biblia hebrea, sino también
los libros de otros pueblos antiguos, como griegos, caldeos e hindúes. En cualquier
caso, por muy grande que fuera la inundación, no pudo cubrir toda la Tierra.
Tal vez anegó las llanuras, pero las montañas quedaron por encima del nivel de
las aguas. Leed el libro si tenéis que leerlo, pero no le concedáis demasiado
crédito.
Lida vertió de nuevo algunas lágrimas, se volvió
hacia el otro lado y de pronto estalló en unos sollozos tan ruidosos que Kostia
se estremeció y se puso en pie, presa de una gran confusión.
—Quiero irme a casa con mi papá y con mi aya —dijo.
Sasha también rompió a llorar. Kostia subió a la
planta de arriba y le dijo por teléfono a Yulia Serguéievna:
—Las niñas están llorando otra vez, querida. Ya no
sé qué hacer.
Yulia Serguéievna salió corriendo de la casa grande
con un simple vestido y un chal de punto sobre los hombros; llegó al pabellón
aterida de frío y trató de consolar a las muchachas.
—Creedme, creedme —decía con voz suplicante,
apretando contra su pecho tan pronto a una como a otra—, vuestro padre vendrá
hoy mismo, le he enviado un telegrama. Os da mucha pena de vuestra madre; yo
también estoy muy triste, se me parte el corazón, pero ¿qué le vamos a hacer?
¡No se puede ir contra la voluntad de Dios!
Cuando las niñas dejaron de llorar, las abrigó bien
y las llevó a dar un paseo en trineo. Primero pasaron por la Málaia Dmítrovka,
luego recorrieron el bulevar Strastnói y desembocaron en la calle Tverskáia; se
detuvieron junto a la iglesia de Ivérskaia, pusieron sendas velas ante el icono
y rezaron de rodillas. En el camino de vuelta, entraron en la panadería de
Filíppov y compraron rosquillas con
semillas de amapola.
Los Láptev almorzaban entre las dos y las tres.
Piotr se encargaba de servir la mesa. Ese Piotr se pasaba el día haciendo
recados: tan pronto iba a Correos como al almacén o a la Audiencia Provincial
por orden de Kostia; por la tarde liaba cigarrillos, por la noche corría a
abrir la puerta y a las cinco de la madrugada ya estaba encendiendo las
estufas. Nadie sabía cuándo dormía. Le gustaba mucho destapar las botellas de
agua de Seltz, y lo hacía con gran habilidad, sin ruido y sin derramar una sola
gota.
—¡A vuestra salud! —dijo Kostia, tomándose una copa
de vodka antes de la sopa.
En un primer momento a Yulia Serguéievna no le
gustó Kostia; su voz de bajo, sus expresiones del tipo «poner de patitas en la
calle», «untar el hocico», «morralla», «un pedazo de samovar» y su costumbre de
chocar las copas y pronunciar brindis le parecían triviales. Pero, cuando lo
conoció mejor, empezó a sentirse muy cómoda en su presencia. Era sincero, le
gustaba conversar con ella en voz baja por las tardes e incluso le daba a leer
novelas que él mismo había escrito y de las que ni siquiera sus amigos más
íntimos, como Láptev o Yártsev, sabían nada. Ella las leía y, para no apenarlo,
las elogiaba, proporcionándole una gran alegría, pues contaba con convertirse,
más tarde o más temprano, en un escritor famoso. En sus novelas describía
siempre el campo y las haciendas de los terratenientes, aunque rara vez salía
de la ciudad, únicamente cuando lo invitaban a la dacha de algún amigo, y en
toda su vida sólo había estado una vez en una hacienda, cuando fue a
Volokolamsk por un asunto de trabajo. Evitaba las escenas de amor, como si le
dieran vergüenza, y prodigaba descripciones de la naturaleza, en las que
empleaba expresiones como «las caprichosas configuraciones montañosas», «las
extravagantes formas de las nubes» o «un acorde de misteriosas armonías»… Nadie
se decidía a publicar esas novelas y él lo explicaba recurriendo a la censura.
Encontraba interesante su actividad jurídica, pero
en cualquier caso consideraba que su oficio principal no era la abogacía, sino
la redacción de novelas. Creía que estaba dotado de una fina sensibilidad
artística, y siempre le había atraído el arte. No cantaba ni tocaba ningún
instrumento, y no tenía ningún oído para la música, pero acudía a todas las
reuniones sinfónicas y filarmónicas, organizaba conciertos con fines benéficos,
había trabado conocimiento con algunos cantantes…
Durante la comida los comensales solían entablar
conversación.
—Es increíble —dijo Láptev—. Mi hermano, Fiódor, ha
vuelto a dejarme perplejo. Dice que debemos informarnos de cuándo se cumplirá
el centenario de nuestra empresa para solicitar el título nobiliario, y el caso
es que habla en serio. ¿Qué le habrá pasado? La verdad es que está empezando a
preocuparme.
Hablaron de Fiódor y de esa manía que le había
entrado a la gente de pasar por lo que no era. Fiódor, por ejemplo, trataba de
comportarse como un sencillo comerciante, aunque su posición social ya no era
esa, o se daba aires de superioridad, cambiando de voz y hasta de actitud,
cuando un maestro de la escuela patrocinada por el viejo Láptev venía a cobrar
su sueldo.
Después de la comida, como no tenían nada mejor que
hacer, pasaron al despacho. Hablaron de los decadentes y de La doncella de
Orleáns[68], y Kostia recitó un monólogo entero; estaba convencido de que
imitaba muy bien a Yermólovna[69]. Luego se pusieron a jugar a las cartas. Las
niñas, en lugar de retirarse al pabellón, se quedaron allí, sentadas en el
mismo sillón, pálidas y tristes, prestando atención a los ruidos de la calle
por si oían llegar a su padre. Por la tarde, la oscuridad y la luz de las velas
las llenaban de pesadumbre. Encontraban enojosa la conversación a la mesa de
juego,
así como los pasos de Piotr y el chisporroteo de la
madera, y no querían mirar el fuego. Por la tarde ni siquiera tenían ganas de
llorar, el corazón se les encogía y se sentían atemorizadas. Y no entendían
cómo los demás podían hablar y reír cuando su madre había muerto.
—¿Qué ha visto hoy con los anteojos? —le preguntó
Yulia Serguéievna a Kostia.
—Hoy nada, pero ayer vi al viejo francés bañándose.
A las siete Yulia Serguéievna y Kostia se fueron al
teatro M ali. Láptev se quedó con las niñas. —Ya es hora de que llegue vuestro
papá —dijo, mirando el reloj—. El tren debe de haberse
retrasado.
Las niñas seguían sentadas en silencio, apretadas
la una contra la otra, como fierecillas ateridas de frío, mientras Láptev se
paseaba arriba y abajo por las habitaciones, consultando con impaciencia el
reloj. No se oía un ruido en la casa. Pero poco antes de las nueve alguien
llamó a la puerta. Piotr fue a abrir.
Al escuchar la voz de su padre, las niñas pegaron
un grito, estallaron en sollozos y se precipitaron en el vestíbulo. Panaúrov
llevaba una elegante pelliza y su barba y su bigote estaban blancos de
escarcha.
—Un momento, un momento —farfullaba, mientras Sasha
y Lida, riendo y llorando a un tiempo, le besaban las manos frías, el gorro, la
pelliza. Apuesto, lánguido, acostumbrado al homenaje de sus semejantes,
Panaúrov las acarició sin prisas; a continuación entró en el despacho y dijo,
frotándose las manos—: No puedo quedarme mucho, amigos míos. Mañana parto para
San Petersburgo. Me han prometido trasladarme a otra ciudad.
Se había hospedado en el hotel Dresde.
X
Iván Gabrílich Yártsev visitaba a menudo a los
Láptev. Era un individuo sano y fuerte, moreno, con un rostro agradable e
inteligente. Se le consideraba atractivo, aunque en los últimos tiempos había
empezado a engordar, y sus facciones y su figura habían sufrido cierto
menoscabo; tampoco le favorecía su pronunciado corte de pelo: lo llevaba casi
al rape. En sus tiempos de universitario, los estudiantes lo llamaban «el
Coloso», por su estatura y su fuerza.
Se había licenciado en la Facultad de Filología,
junto con los hermanos Láptev, de donde había pasado a la de Ciencias
Naturales, y ahora era doctor en química. No aspiraba a una cátedra, ni
siquiera era auxiliar de laboratorio, y se ganaba la vida dando clases de
física e historia natural en una escuela técnica y en dos internados femeninos.
Estaba encantado con sus alumnos, sobre todo con sus alumnas, y afirmaba que la
nueva generación era extraordinaria. No sólo se ocupaba de química, sino
también de sociología e historia rusa, y a veces publicaba breves artículos en
revistas y periódicos, que firmaba con la letra Y. Cuando hablaba de cuestiones
de botánica o zoología parecía un historiador, y cuando discutía alguna
cuestión histórica semejaba un naturalista.
Otro de los habituales en casa de los Láptev era
Kish, apodado «el eterno estudiante». Había acudido durante tres años a la
Facultad de Medicina, luego se había pasado a la de Matemáticas, donde había
repetido curso todos los años. Su padre, un boticario de provincias, le enviaba
cuarenta rublos al mes, a los que su madre, a escondidas de su marido, añadía
otros diez; con ese dinero tenía
para ir tirando, y hasta podía permitirse algún
lujo, como un abrigo con cuello de castor polaco, guantes, perfumes y
fotografías (le gustaba fotografiarse, para repartir luego los retratos entre
sus conocidos). Pulcro, algo calvo, con patillas doradas, modesto, nunca dejaba
pasar la posibilidad de hacer algún favor. Siempre estaba ocupado con asuntos
ajenos: tan pronto iba de un lado a otro con una hoja de suscripción, como
hacía cola desde primera hora de la mañana ante la taquilla de un teatro para comprarle
unas localidades a alguna señora conocida, o iba a encargar una corona o un
ramo de flores a petición de alguien. De él solían decir: «Irá Kish», «lo hará
Kish», «lo comprará Kish». La mayoría de las veces cumplía mal los encargos. A
menudo lo cubrían de reproches y olvidaban pagarle las cosas que le habían
pedido, pero él nunca se quejaba, limitándose a suspirar en los casos más
espinosos. Nunca estaba especialmente contento ni triste, todos sus comentarios
resultaban prolijos y aburridos y sus bromas se recibían siempre con risas,
precisamente porque no tenían ninguna gracia. Así, una vez, tratando de hacer
un chiste, le dijo a Piotr: «Piotr, no eres un esturión»,
y esa
apreciación suscitó la hilaridad general; también él se rio largo rato,
satisfecho de haber dicho algo tan ingenioso. Cuando enterraban a algún
profesor, iba siempre a la cabeza del cortejo, junto a los portadores de las
antorchas.
Yártsev y Kish solían acudir por la tarde a tomar
el té. Si los dueños de la casa no iban al teatro o a un concierto, el té
vespertino se prolongaba hasta la cena. Una velada del mes de febrero, se
entabló en el comedor la siguiente conversación:
—Una obra de arte sólo es relevante y útil cuando
su idea encierra alguna importante cuestión social —decía Kostia, mirando con
enfado a Yártsev—. Si una obra incluye una protesta contra el régimen de
servidumbre o el autor se pronuncia contra la alta sociedad y sus vulgaridades,
esa obra es relevante y útil. En cambio, todas esas novelas y relatos llenos de
suspiros y amores no correspondidos son obras insignificantes y bien podrían
irse al diablo.
—Comparto su opinión, Konstantín Ivánich —dijo
Yulia Serguéievna—. Uno describe una entrevista amorosa; otro, una infidelidad;
aquel, un encuentro después de la separación. ¿Es que no pueden encontrar otros
temas? Debe de haber muchísimas personas enfermas, desdichadas y atormentadas
por la necesidad a quienes sin duda repugna la lectura de esa clase de cosas.
A Láptev le disgustaba que su esposa, una joven que
aún no había cumplido veintidós años, se refiriera con tanta gravedad y
frialdad al amor. No era difícil adivinar lo que había detrás de esas
valoraciones.
—Si la poesía no resuelve las cuestiones que les
parecen importantes —intervino Yártsev—, ocúpense de libros técnicos o de
derecho penal y financiero, lean folletones científicos. ¿Qué necesidad hay de
que en Romeo y Julieta, en lugar de hablar de amor, se diserte, pongamos, de la
libertad de enseñanza o de la desinfección de las cárceles cuando esos asuntos
ya se analizan en artículos especializados y manuales?
—¡Estás exagerando, amigo! —lo interrumpió Kostia—.
No estamos hablando de gigantes como Shakespeare o Goethe; nos referimos a los
centenares de escritores dotados y mediocres que serían mucho más útiles si se
olvidaran del amor y se dedicaran a difundir entre las masas conocimientos e
ideas humanitarias.
Kish, con su voz gangosa y nasal, se puso a contar
el contenido de una novela que había leído hacía poco. Lo refirió en detalle,
sin apresurarse; pasaron tres minutos, cinco, diez, y él seguía con su
historia, aunque nadie entendía lo que estaba diciendo; su propia cara fue
adquiriendo una expresión
cada vez más indiferente y sus ojos, un matiz más
soñoliento.
—Acabe de una vez, Kish —exclamó Yulia Serguéievna,
sin poder contenerse—. ¡Esto es una tortura!
—¡Cállese, Kish! —le gritó Kostia.
Todos se echaron a reír, hasta el propio Kish.
Apareció Fiódor. Con manchas rojas en la cara,
dedicó a los presentes un apresurado saludo y se llevó a su hermano al
despacho. En los últimos tiempos evitaba las reuniones concurridas y prefería
la compañía de una sola persona.
—Mientras los jóvenes se divierten, nosotros nos
ocuparemos de cuestiones más serias —dijo, sentándose en un mullido sillón,
lejos de la lámpara—. Hace tiempo que no nos vemos, hermanito. ¿Cuánto hace que
no pasas por el almacén? Puede que una semana.
—Sí. Allí no tengo nada que hacer. Además, debo
reconocer que estoy un poco harto del viejo. —Desde luego, en el almacén pueden
arreglárselas sin nosotros, pero hay que tener una
ocupación. Ya conoces el proverbio: te ganarás el
pan con el sudor de tu frente. El trabajo es grato a Dios.
Piotr trajo un vaso de té en una bandeja. Fiódor se
lo tomó sin azúcar y pidió otro. Bebía mucho té, a veces hasta diez vasos en
una sola velada.
—¿Sabes una cosa, Alekséi? —preguntó, levantándose
y acercándose a su hermano—. Si te las ingeniaras para que te eligieran
concejal, poquito a poco te promoveríamos a miembro del consistorio
y más tarde a
teniente de alcalde. Luego, como eres un hombre inteligente e instruido,
repararían en ti
y te
invitarían a San Petersburgo, donde ahora están muy de moda los administradores
municipales y provinciales, hermano. Seguro que antes de cumplir los cincuenta,
te has convertido en consejero privado[70] y luces una banda al pecho.
Láptev no dijo nada. Se daba cuenta de que todas
esas cosas —la banda y el título de consejero privado— las deseaba Fiódor para
sí mismo y no sabía qué responder.
Los dos hermanos pasaron un rato en silencio.
Fiódor abrió la tapa de su reloj y se quedó mirando la esfera mucho tiempo, con
atención reconcentrada, como si quisiera percibir el movimiento de las
manecillas. A Láptev la expresión de su rostro se le antojó extraña.
Llamaron para la cena. Láptev pasó al comedor,
mientras Fiódor se quedaba en el despacho. La discusión había terminado, y
Yártsev comentaba, con el tono de un profesor que estuviera dictando una clase:
—Las diferencias de clima, energías, gustos y edad
hacen que la igualdad entre los hombres sea físicamente imposible. Pero las
personas cultivadas pueden propiciar que esa desigualdad se vuelva inocua, como
han logrado ya con las ciénagas y los osos. Un científico ha conseguido que un
ratón, un gato, un azor y un gorrión coman del mismo plato; es de esperar que
la educación alcance los mismos fines con los seres humanos. La vida avanza más
y más, la cultura experimenta enormes progresos ante nuestros mismos ojos y no
cabe la menor duda de que llegará un momento en que, por ejemplo, la situación
actual de los obreros fabriles se considerará tan absurda como nos parece ahora
el régimen de servidumbre, cuando se podían cambiar muchachas por perros.
—Eso no sucederá mañana, ni pasado mañana —dijo
Kostia y soltó una risotada—. Pasará mucho tiempo antes de que Rothschild
considere absurdo seguir llenando sus sótanos de oro, y hasta que llegue ese
momento los obreros seguirán trabajando como mulas y muriéndose de hambre. No,
amigo mío, nada de eso. No podemos seguir
esperando, hay que luchar. ¿Se imagina usted que ese gato come del mismo plato
que el ratón porque se ha despertado su conciencia? En absoluto. Lo han
obligado por la fuerza.
—Fiódor y yo somos ricos, nuestro padre es un
capitalista, un millonario, ¡así que tendréis que luchar contra nosotros! —dijo
Láptev, frotándose la frente con la palma de la mano—. Luchar contra mí… ¡Es
algo que no me entra en la cabeza! Soy rico, pero ¿qué me ha dado hasta ahora
el dinero? ¿Qué me ha dado esa fuerza? ¿Soy acaso más feliz que vosotros? Mi
infancia fue un infierno, y el dinero no me libró de los azotes. Cuando Nina
enfermó y murió, mi dinero no la ayudó. No puedo obligar a nadie a que me quiera,
aunque gastara millones.
—En cambio, puede hacer usted mucho bien —apuntó
Kish.
—¡Menudo bien! Ayer me pidió usted que ayudara a un
matemático que estaba buscando colocación. Créame cuando le digo que puedo
hacer tan poco por él como usted. Puedo proporcionarle dinero, pero no es eso
lo que él quiere. Una vez le pedí a un músico famoso que colocara a un
violinista pobre y me respondió lo siguiente: «Se ha dirigido usted a mí porque
no es músico». Lo mismo le contesto yo: ha solicitado usted mi ayuda con tanta
confianza porque nunca se ha encontrado usted en la situación de un rico.
—¡No entiendo a qué viene esa comparación con un
músico famoso! —dijo Yulia Serguéievna, ruborizándose—. ¡El músico famoso no
tiene nada que ver con todo esto! —un estremecimiento de odio recorrió su
rostro. Aunque bajó los ojos para ocultar ese sentimiento, todos los presentes,
no sólo su marido, entendieron lo que significaba esa expresión—. ¡A qué viene
aquí el músico famoso! —repitió en voz baja—. No hay nada más fácil que ayudar
a una persona necesitada.
Se produjo un silencio. Piotr sirvió las becadas,
pero nadie quiso probarlas, contentándose con la ensalada. Láptev ya no
recordaba lo que había dicho, pero estaba convencido de que no habían sido sus
palabras lo que había irritado a su mujer, sino el hecho de que se hubiera
entrometido en la conversación.
Después de la cena se retiró a su despacho; tenso,
con el corazón acelerado, esperando nuevas humillaciones, prestó oídos a lo que
sucedía en la sala, donde se había entablado otra discusión. Luego Yártsev se
sentó al piano y cantó una romanza sentimental. Era habilidoso para todo:
cantaba, tocaba, hasta sabía hacer juegos de manos.
—Hagan ustedes lo que quieran, señores, pero a mí
no me apetece quedarme en casa —dijo Yulia —. Deberíamos ir a algún sitio.
Decidieron dar una vuelta por los alrededores de la
ciudad y enviaron a Kish al Círculo de Comerciantes para que consiguiera una
troika. No invitaron a Láptev porque no solía participar en esas salidas y
porque además estaba allí su hermano, pero él lo interpretó como un indicio de
que su presencia los fastidiaba, de que en esa compañía joven y alegre era una
figura superflua. Su pesadumbre y su amargura eran tan intensas que estuvo a
punto de echarse a llorar; hasta llegó a alegrarse de que lo trataran con tanta
descortesía, de que lo menospreciaran, de que se comportaran con él como si
fuera un marido tonto y aburrido, un saco de oro, y le pareció que aún se
alegraría más si su mujer lo engañaba esa misma noche con su mejor amigo y
luego se lo confesaba todo mirándolo con odio… Sentía celos de los estudiantes,
los cantantes y los actores a los que ella trataba, de Yártsev y hasta de los
conocidos causales, y ahora deseaba ardientemente que le fuera infiel, deseaba
sorprenderla con alguien, para después envenenarse y librarse de una vez para
siempre de esa
pesadilla. Fiódor tomaba té, haciendo ruido al
tragar. De pronto, también él se dispuso a marcharse. —El viejo debe de tener
glaucoma —dijo, mientras se ponía la pelliza—. Cada vez ve peor. Láptev también
se puso la pelliza y salió. Tras acompañar a su hermano hasta el bulevar
Strastnói, tomó un coche y se fue al restaurante
Yar.
«¡Y a esto se le llama felicidad conyugal! —se
burló de sí mismo—. ¡A esto se le llama amor!». Le castañeteaban los dientes, y
no sabía si era por los celos o por alguna otra razón. Una vez en
el Yar, recorrió las mesas y oyó a una cantante en
la sala. No llevaba preparada ninguna frase por si acaso se encontraba con los
suyos; estaba convencido de antemano de que, en caso de toparse con su mujer,
sólo sería capaz de esbozar una sonrisa lastimosa y estúpida, y todos
comprenderían el sentimiento que lo había impulsado a buscarlos. La luz
eléctrica, la música alta, el olor a polvo y las miradas de las señoras que
pasaban a su lado le daban náuseas. Se detuvo ante las puertas de los
reservados, intentando ver y oír lo que sucedía en su interior, y tuvo la
impresión de estar representando un papel tan bajo y despreciable como el de la
cantante o el de esas mujeres. De allí se marcho al Strelna, pero tampoco allí
encontró a los suyos; sólo en el camino de vuelta, cuando pasaba de nuevo junto
al Yar, lo adelantó una ruidosa troika; el cochero, borracho, gritaba, y se
oían las carcajadas de Yártsev: «¡Ja, ja, ja!».
Láptev regresó a casa pasadas las tres. Yulia
Serguéievna ya se había acostado. Viendo que todavía no dormía, se acercó a
ella y le dijo con brusquedad:
—Entiendo su repugnancia y su odio, pero al menos
en presencia de extraños podía ser algo más comedida y disimular sus
sentimientos.
Ella se sentó en el borde de la cama, con las
piernas colgando. A la luz de la lamparilla sus ojos parecían grandes y negros.
—Le pido perdón —dijo.
Láptev seguía delante de ella y guardaba silencio,
pues la agitación y los estremecimientos que recorrían todo su cuerpo le
impedían pronunciar palabra. Ella, también temblorosa, parecía una delincuente
en espera de la sentencia.
—¡Cuánto sufro! —dijo por fin Láptev, cogiéndose la
cabeza con las manos—. ¡Esto es un infierno! ¡Voy a volverme loco!
—¿Cree que no es penoso para mí? —preguntó ella con
voz temblorosa—. Sólo Dios sabe lo que estoy pasando.
—Hace ya seis meses que eres mi mujer y no hay en
tu alma ni una chispa de amor, ni un rastro de esperanza, ni un solo rayo de
luz. ¿Por qué te casaste conmigo? —prosiguió, desesperado—. ¿Por qué? ¿Qué
demonio te arrojó en mis brazos? ¿Qué esperabas? ¿Qué querías? —ella lo miraba
con espanto, como temiendo que fuera a matarla—. ¿Te gustaba? ¿Estabas
enamorada de mí? —continuó, con la respiración entrecortada—. ¡No! Entonces,
¿por qué te casaste conmigo? Dime, ¿por qué? — gritó—. ¡Ah, maldito dinero! ¡M aldito
dinero!
—¡Te juro por Dios que no fue por eso! —chilló
ella, santiguándose, anonadada por el insulto, y por primera vez él la oyó
llorar—. ¡Te juro por Dios que no! —repitió—. No pensaba en el dinero, no lo
necesito; simplemente tenía la impresión de que había obrado mal al rechazarte.
Tenía miedo de echar a perder tu vida y también la mía. ¡Y ahora estoy pagando
mi error con un sufrimiento insoportable!
Yulia estalló en amargos sollozos; él comprendió
cuán grande era su dolor y, sin saber qué decirle,
cayó de rodillas ante ella.
—Basta, basta —balbuceó—. Te he ofendido porque te
amo con locura —de pronto le dio un beso en la pierna y la envolvió en un
abrazo apasionado—. ¡Si al menos hubiera una chispa de amor! —susurró—. ¡M
iénteme! ¡Engáñame! ¡Dime que no ha sido un error!
Pero Yulia seguía llorando, y Láptev se dio cuenta
de que ella soportaba sus caricias como una consecuencia inevitable de su
error, y había recogido, como un pajarillo, la pierna que él le había besado.
Sintió pena de ella.
Yulia se tumbó y se cubrió la cabeza con las
sábanas; él se desvistió y también se metió en la cama. A la mañana siguiente
ambos se sentían confusos y no sabían de qué hablar, y Láptev llegó a
imaginarse que Yulia apoyaba con inseguridad la pierna que él le había besado.
Antes de la comida llegó Panaúrov para despedirse.
Yulia sintió unos deseos enormes de volver a su casa, a su tierra natal. Sería
maravilloso marcharse, pensaba, descansar de la vida conyugal, de esa turbación
y de la conciencia constante de haber obrado mal. Durante el almuerzo
decidieron que se fuera con Panaúrov y se quedara en casa de su padre dos o
tres semanas, hasta que le apeteciera regresar.
XI
Yulia y Panaúrov viajaron en un compartimento
reservado; él llevaba en la cabeza un gorro de piel de cordero de forma un
tanto extraña.
—No, no han satisfecho mi petición en San
Petersburgo —dijo entre significativas pausas y suspiros—. Prometen mucho, pero
luego no concretan nada. Así es, querida mía. He sido juez de paz, miembro
permanente de la Comisión Local, presidente del Consejo de Magistrados y, por
último, consejero de la Diputación Provincial. Creo que he prestado un buen
servicio a la patria y que merezco un poco de atención, pero ya lo ve usted: no
consigo de ninguna manera que me trasladen a otra ciudad… —Panaúrov cerró los
ojos y sacudió la cabeza—. No reconocen mis méritos — prosiguió, como
adormilado—. Ya sé que no soy un administrador genial, pero al menos soy un
hombre probo y honrado, y en los tiempos que corren eso es una rareza. Confieso
que a veces he engañado a alguna mujer con excesiva ligereza, pero en lo que
respecta al gobierno ruso siempre me he comportado como un caballero. Pero
dejemos esas cosas —dijo, abriendo los ojos—. Hablemos de usted. ¿Por qué se le
ha ocurrido de pronto ir a visitar a su padre?
—Pues verá, mi marido y yo hemos tenido algunas
diferencias —respondió Yulia, mirando el gorro de Panaúrov.
—Sí, la verdad es que es un poco raro. Todos los
Láptev son raros. Y su marido todavía puede pasar, pero Fiódor es tonto de
remate —Panaúrov suspiró y preguntó con aire serio—: ¿Tiene ya algún amante?
Yulia lo miró sorprendida y soltó una risita.
—¡Sabe Dios lo que está usted diciendo!
Pasadas ya las diez, se aperaron los dos en una
estación importante y se fueron a cenar. Al reanudar el viaje, Panaúrov se
quitó el abrigo y el gorro y se sentó al lado de Yulia.
—Es usted muy bonita, si me permite que se lo diga
—empezó—. Perdone esta comparación
digna de una fonda, pero me recuerda usted un
pepinillo recién salado; aún huele a invernadero, por decirlo de algún modo,
pero ya contiene algo de sal y sabe a hinojo. Poco a poco se está convirtiendo
usted en una mujer espléndida, maravillosa, fascinante. Si hubiéramos
emprendido este viaje hace cinco años —añadió con un suspiro—, habría
considerado un agradable placer unirme al cortejo de sus admiradores, pero
ahora, ay, soy ya un inválido.
Con una sonrisa triste y a la vez gentil, la cogió
por la cintura.
—¡Se ha vuelto usted loco! —dijo, ruborizándose y
asustándose tanto que las manos y los pies se le quedaron fríos—. ¡Basta,
Grigori Nikolaich!
—¿De qué tiene miedo, querida? —preguntó Panaúrov
con voz meliflua—. ¿Qué es tan terrible? Lo único que pasa es que no está usted
acostumbrada.
En su opinión, cuando una mujer protestaba era
porque le había causado impresión y le había gustado. Sin soltarla, le dio un
fuerte beso en la mejilla y luego en los labios, totalmente convencido de que
le estaba procurando un enorme placer. Yulia se desembarazó de su turbación y
su miedo y se echó a reír. Él volvió a besarla y dijo, al tiempo que se ponía
su ridículo gorro:
—Eso es lo único que puede darle un inválido.
Cierto bajá turco, un vejete bondadoso, recibió como regalo, o quizá se trataba
de una herencia, todo un harén. Cuando sus jóvenes y hermosas mujeres se
pusieron en fila delante de él, él les pasó revista, les dio un beso a cada una
y comentó: «Eso es lo único que estoy en condiciones de daros». Lo mismo digo
yo.
A Yulia esa escena se le antojó estúpida e
insólita, y la puso de buen humor. Le entraron ganas de bromear. Se subió en el
asiento, tarareando una cancioncilla, cogió de la rejilla una caja de bombones
y gritó, lanzándole a Panaúrov un trozo de chocolate:
—¡Atrápelo!
Él lo cogió. Ella le arrojó otro riéndose a
carcajadas, luego un tercero, y él siempre los cogía y se los metía en la boca,
mirándola con ojos suplicantes; a Yulia le parecía que los rasgos y la
expresión de su rostro eran muy infantiles y femeninos. Cuando, jadeando, se
sentó en el asiento, sin dejar de mirarlo con aire burlón, él le pasó dos dedos
por la mejilla y le dijo como enfadado:
—¡Niña traviesa!
—Tome —dijo ella, entregándole la caja—. No me
gusta el dulce.
Él se comió todos los bombones, del primero al
último, y guardó la caja vacía en su maleta; le gustaban las cajas con dibujos.
—Bueno, basta de chiquilladas —dijo—. Es hora de
que el inválido se vaya a la cama —sacó de la bolsa de viaje su bata de Bujará
y una almohada, se tumbó y se cubrió con la manta—. ¡Buenas noches, palomita!
—dijo en voz baja y exhaló un suspiro como si le doliera todo el cuerpo.
Al poco rato se puso a roncar. Sin sombra alguna de
embarazo, también ella se tendió, y no tardó en quedarse dormida.
A la mañana siguiente, cuando se dirigía en coche
de la estación a su casa, las calles de su ciudad natal le parecieron vacías y
despobladas; la nieve, gris; las casas, muy bajas, como si alguien las hubiera
aplastado. Por el camino se cruzó con un entierro: al muerto lo transportaban
en un ataúd descubierto, entre flamear de estandartes.
«Dicen que encontrarse con un muerto da suerte»,
pensó.
En las ventanas de la casa en la que vivió Nina
Fiódorovna habían pegado carteles blancos de alquiler.
Con el corazón encogido entró en el patio y llamó a
la puerta. Le abrió una doncella desconocida, gruesa, adormilada, con una blusa
enguatada de mucho abrigo. Mientras subía por la escalera, Yulia se acordó de
que había sido allí donde Láptev le había confesado su amor, pero ahora la
escalera estaba sin fregar, llena de rastros de pisadas. Arriba, en el frío
pasillo, esperaban los pacientes, con la pelliza puesta. Por alguna razón el
corazón le latía acelerado, y era tanta la emoción que sentía que apenas podía
andar.
El médico, todavía más gordo, rojo como un ladrillo
y con los cabellos alborotados, bebía té. Al ver a su hija, se alegró mucho y
hasta derramó alguna lágrima. Yulia pensó que ella constituía la única alegría
en la vida de ese anciano y, conmovida, lo abrazó con fuerza y le dijo que se
quedaría mucho tiempo con él, hasta la Pascua. Después de cambiarse de ropa en
su habitación, se dirigió al comedor para tomar el té en compañía de su padre,
que iba de un rincón a otro, con las manos en los bolsillos, tatareando:
«Ru-ru-ru», señal de que estaba descontento.
—Debes de pasártelo muy bien en Moscú —dijo—. Me
alegro mucho por ti… Yo sólo soy un viejo y no necesito nada. Pronto estiraré
la pata y os dejaré a todos en paz. Lo que me sorprende es que tenga el pellejo
tan duro y aún siga vivito y coleando. ¡Es increíble!
Dijo que era un viejo burro de carga en cuyos lomos
se subían todos. Había tenido que cuidar a Nina Fiódorovna, ocuparse de sus
hijas, organizar su entierro; ese lechuguino de Panaúrov no había querido saber
nada e incluso le había pedido prestados cien rublos que todavía no le había
devuelto.
—¡Llévame a Moscú y enciérrame en un manicomio!
—dijo el médico—. Estoy loco, soy un niño inocente, ya que aún sigo creyendo en
la verdad y la justicia.
Luego acusó a Láptev de cortedad de miras por no
comprar casas que se vendían a precios tan ventajosos. Entonces Yulia llegó a
la conclusión de que ella no era la única alegría en la vida de ese anciano.
Mientras su padre recibía a los pacientes y luego visitaba a los enfermos en
sus casas, Yulia recorrió las habitaciones, sin saber qué hacer ni en qué
pensar. Se había deshabituado ya a su ciudad y a su casa: ya no la atraían ni
la calle, ni sus conocidos, y al recordar a sus amigas de antaño y su vida de soltera
no se ponía triste ni sentía nostalgia del pasado.
Por la tarde se vistió con más elegancia y acudió a
las vísperas. Pero en la iglesia sólo había gente sencilla, de suerte que su
magnífica pelliza y su sombrero no causaron el menor efecto. Le asaltó la
sospecha de que se había operado un cambio tanto en la iglesia como en sí
misma. Antes le gustaba que en las vísperas se leyeran las oraciones del día y
el coro entonara himnos como, por ejemplo, Abriré mi boca; le gustaba avanzar
lentamente, en medio de la multitud, hacia el sacerdote, de pie en medio de la
iglesia, y luego sentir en su frente el óleo sagrado; ahora, en cambio, sólo
esperaba que la función terminase. Y, al salir, tenía miedo de que los pobres
le pidiesen limosna: habría sido un aburrimiento detenerse y rebuscar en los
bolsillos; además, ya no llevaba encima calderilla, sólo rublos.
Se fue a la cama temprano, pero tardó en dormirse.
Soñó con ciertos retratos y con el entierro que había visto por la mañana:
metían en el patio el ataúd descubierto con el cadáver y se detenían junto a la
puerta de la casa; luego, sirviéndose de unas toallas, lo balanceaban largo
rato y acababan lanzándolo contra la puerta. Yulia se despertó y pegó un brinco
horrorizada. En realidad, alguien estaba llamando abajo, y el alambre de la
campanilla chirriaba en la pared, aunque no se oía el timbrazo.
El médico se puso a toser. La doncella bajó por la
escalera y al poco volvió a subir.
—¡Señora! —dijo, llamando a la puerta—. ¡Señora!
—¿Qué pasa? —pregunto Yulia.
—¡Un telegrama para usted!
Yuia cogió una vela y salió. Detrás de la doncella
estaba el médico, con el abrigo por encima de la ropa interior, también con una
vela en la mano.
—Se nos ha estropeado el timbre —dijo, bostezando
medio dormido—. Hace tiempo que tendríamos que haberlo arreglado.
Yulia abrió el telegrama y leyó: «Bebemos a su
salud. Yártsev, Kochevói».
—¡Ah, qué tontos! —dijo, echándose a reír. Se
sintió aliviada y alegre.
De vuelta en su habitación, se lavó sin hacer
ruido, se vistió, se puso a empaquetar sus cosas, operación que la tuvo
atareada hasta el amanecer, y a mediodía partió para M oscú.
XII
Durante la Semana Santa los Láptev acudieron a una
exposición de pintura en la Academia de Arte.
Fueron en familia, a la moscovita, llevando a las
dos niñas, a la institutriz y a Kostia.
Láptev conocía los nombres de todos los pintores
famosos y no se perdía ni una muestra. A veces, en verano, él mismo pintada
paisajes en su dacha; estaba persuadido de que tenía muy buen gusto y de que,
si hubiera estudiado, habría podido convertirse en un buen pintor. Cuando se
encontraba en el extranjero, en ocasiones visitaba tiendas de antigüedades,
examinaba los objetos con aire de entendido, expresaba su propia opinión,
compraba alguna cosa, por la que el dueño le cobraba cuanto quería, y la pieza
en cuestión quedaba luego olvidada en una caja o en el desván de la cochera,
hasta que desaparecía vaya usted a saber dónde. O bien, entrando en un comercio
de estampas, contemplaba con detenimiento y atención los cuadros, los bronces,
hacía algunas observaciones y de pronto adquiría un simple marco o una
insignificante cajita de papel. Los cuadros que tenía en su casa eran de
grandes dimensiones, pero de escaso mérito, y los pocos buenos estaban colgados
en sitios nada idóneos. Más de una vez había pagado mucho dinero por objetos
que después habían resultado burdas falsificaciones. Lo más sorprendente era
que, a pesar de su inveterada timidez, se comportaba con bastante audacia y
aplomo en las exposiciones de arte. ¿Por qué?
Yulia Serguéievna contemplaba los cuadros como su
marido, con los gemelos o las manos a modo de anteojos; se maravillaba de que
las personas representadas parecieran vivas y los árboles, auténticos. Pero no
entendía nada; creía que en la exposición había muchos cuadros iguales y que el
único fin del arte consistía en que las personas y los objetos representados
parecieran verdaderos cuando se contemplaban a través del puño.
—Ese bosque es de Shishkin[71] —le explicaba su
marido—. Siempre pinta lo mismo… Y fíjate: ¿dónde se ha visto esa nieve de
color lila?… Y ese muchacho tiene el brazo izquierdo más corto que el derecho.
Cuando todos se cansaron y Láptev fue a buscar a
Kostia para regresar a casa, Yulia se detuvo delante de un paisaje de pequeñas
dimensiones y lo contempló con indiferencia. En primer término aparecía un
arroyuelo, atravesado por un puentecillo de troncos; en la otra orilla se
divisaba un sendero que desaparecía en la oscura maleza, después un campo y a
continuación, a la derecha, una
porción de bosque, en uno de cuyos extremos ardía
una hoguera; probablemente, algunos hombres vigilaban mientras los caballos
pastaban. Y en lontananza se apagaban los últimos resplandores del crepúsculo.
Yulia se imaginó que ella misma atravesaba ese
puentecillo y luego se alejaba cada vez más por el sendero; a su alrededor
reinaba el silencio, interrumpido por el soñoliento chillido de los rascones;
una luz titilaba en la distancia. De pronto, vaya usted a saber por qué, le
pareció que había visto hacía mucho, y en repetidas ocasiones, esas mismas
nubes que se extendían por la franja enrojecida del cielo, ese bosque y ese
campo; se sintió sola y le entraron ganas de andar y andar por ese sendero, y
allí donde se ponía el sol, centelleaba el reflejo de algo ultraterrenal y
eterno.
—¡Qué bien pintado está todo! —exclamó, maravillada
de que el cuadro, de pronto, se le hubiera vuelto comprensible—. ¡M ira,
Aliosha! ¿No es verdad que transmite un sentimiento de paz?
Trataba de explicar por qué le gustaba tanto ese
paisaje, pero ni su marido ni Kostia la entendieron. Seguía contemplando el
paisaje con una triste sonrisa, disgustada de que los demás no vieran en él
nada especial; luego se puso a recorrer de nuevo las salas, examinando los
cuadros. Quería comprenderlos y ya no tenía la impresión de que en la
exposición hubiera muchos cuadros iguales. De regreso a casa, cuando prestó
atención por primera vez al enorme cuadro que colgaba en la sala, encima del
piano, lo encontró detestable y dijo:
—¿Cómo puede querer alguien tener cuadros así?
A partir de ese momento, los marcos dorados, los
espejos venecianos con flores y los cuadros como el que estaba colgado sobre el
piano, así como los razonamientos de su marido y de Kostia sobre arte,
suscitaban en ella un sentimiento de tedio y despecho, a veces incluso de odio.
La vida seguía su curso habitual día tras día, sin
prometer nada de particular. La temporada de teatro se había acabado, había
llegado el buen tiempo. Se sucedían jornadas espléndidas. Una mañana los Láptev
se disponían a acudir a la Audiencia Provincial para escuchar a Kostia, que
había sido nombrado defensor de oficio en un juicio. No obstante, tardaron en
salir y, cuando llegaron al tribunal, ya había comenzado el interrogatorio de
los testigos. A un soldado de la defensa se le acusaba de robo con fractura.
Había muchas lavanderas citadas como testigos. Declararon que el acusado iba a
menudo a casa de la dueña de la lavandería; la víspera de la Exaltación de la
Cruz, se presentó a última hora de la tarde y empezó a pedir dinero para beber,
pero nadie se lo dio; entonces se marchó, pero volvió al cabo de una hora con
cerveza y unos dulces de menta para las muchachas. Bebieron y cantaron casi
hasta el amanecer, y a la mañana siguiente descubrieron que la cerradura del
sobrado estaba rota y que faltaban tres camisas de hombre, una falda y dos
sábanas. Kostia preguntaba a todas las testigos, en tono de burla, si habían
bebido de la cerveza que había llevado el acusado. Por lo visto, trataba de
demostrar que las lavanderas se habían robado a sí mismas. Pronunció su alegato
sin la menor emoción, mirando con enfado a los miembros del jurado.
Explicó lo que era un robo con fractura y un simple
robo. Se expresó con mucho detalle, de manera convincente, demostrando una
extraordinaria capacidad para hablar largo y tendido y con enorme seriedad de
cosas archisabidas. Era difícil entender lo que pretendía. De su prolijo
discurso los miembros del jurado sólo podían extraer la siguiente conclusión:
«Hubo fractura, pero no hurto, ya que la ropa se la bebieron las propias
lavanderas, y si hubo robo, fue sin fractura». Pero era evidente que decía precisamente
lo que debía, ya que su arenga conmovió al jurado y al público, y gustó mucho.
Cuando se pronunció la sentencia de absolución, Yulia hizo un gesto con la
cabeza a
Kostia y luego le estrechó con fuerza la mano.
En mayo los Láptev se trasladaron a su dacha de
Sokólniki. En esa época Yulia estaba ya embarazada.
XIII
Transcurrió más de un año. En Sokólniki, cerca de
la vía del ferrocarril de Yarosavl, Yulia y Yártsev se habían sentado en la
hierba; un poco más lejos estaba tumbado Kochevói, las manos bajo la nuca,
mirando el cielo. Fatigados de la caminata, esperaban el paso del tren de las
seis para ir a casa a tomar el té.
—Las madres siempre ven algo excepcional en sus
hijos, pues así lo quiere la naturaleza —dijo Yulia—. Una madre puede pasar
horas enteras al lado de la cuna, contemplando entusiasmada las orejas, los
ojos y la naricita de su hijo. Si algún extraño besa a la criatura, la pobre
cree que eso debe procurarle un gran placer. Y no sabe hablar más que de su
hijo. Conozco esa debilidad de las madres, pero la verdad es que mi Olia es una
niña fuera de lo común. ¡Cómo mira cuando mama! ¡Cómo se ríe! Sólo tiene ocho meses,
pero juro que no he visto unos ojos tan inteligentes ni en niños de tres años.
—Por cierto, dígame —preguntó Yártsev—. ¿A quién
quiere más, a su marido o a la niña? Yulia se encogió de hombros.
—No sé —dijo—. Nunca he querido mucho a mi marido,
así que puede decirse que, en realidad, Olia es mi primer amor. Ya sabe que no
me casé con Alekséi por amor. Antes era tonta, sufría, estaba todo el tiempo
pensando que iba a echar a perder su vida y también la mía; ahora me doy cuenta
de que no se necesita ningún amor. Todo eso son bobadas.
—Pero, si no es el amor, ¿qué otro sentimiento la
ata a su marido? ¿Por qué vive con él?
—No lo sé… Debe de ser que me he acostumbrado. Lo
aprecio, lo echo de menos cuando paso mucho tiempo sin verlo, pero eso no es
amor. Es un hombre inteligente y honrado, y me basta con eso para ser feliz. Es
muy bueno y sencillo…
—Aliosha es inteligente, Aliosha es bueno —dijo
Kostia, levantando perezosamente la cabeza—. Pero, querida mía, para
convencerse de que es bueno, inteligente e interesante hay que pasarse a su
lado una eternidad… ¿Y de qué le sirven su bondad y su inteligencia? Le procura
a usted todo el dinero que quiere, no lo niego, pero, cuando hace falta dar
muestras de carácter, pararle los pies a un sinvergüenza o un caradura, se
acobarda y se descompone. Las personas como su amable Alekséi son estupendas,
pero no valen para la lucha. En general, no valen para nada.
Por fin apareció el tren. De la chimenea salía un
humo rosado que se elevaba sobre el bosquecillo,
y dos
ventanas del último vagón reverberaron de pronto con tanta intensidad que
hacían daño a la vista.
—¡Vamos a tomar el té! —dijo Yulia Serguéievna,
levantándose.
En los últimos tiempos había engordado y sus
andares se habían vuelto más indolentes y propios de una señora.
—En cualquier caso, no se puede vivir sin amor
—dijo Yártsev, yendo tras ella—. No hacemos más que hablar del amor y leer
libros al respecto, pero amamos muy poco, y eso no está bien.
—Todo eso son bobadas, Iván Gavrílich —dijo Yulia—.
La felicidad no consiste en eso. Tomaron el té en el jardincillo, donde
florecían la reseda, el alhelí y el tabaco y despuntaban ya
los primeros gladiolos. Yártsev y Kochevói, al
contemplar el rostro de Yulia Serguéievna, se daban cuenta de que estaba
atravesando un período feliz de serenidad espiritual y equilibrio, de que no
necesitaba nada más de lo que ya tenía, y esa constatación les proporcionaba
también a ellos un sentimiento de paz y bienestar. Dijérase lo que se dijera,
todo resultaba atinado y oportuno. Los pinos eran espléndidos, el olor de la
resina nunca había sido tan maravilloso, la nata estaba exquisita y Sasha era una
muchacha buena e inteligente…
Después del té, Yártsev cantó unas romanzas
acompañándose al piano, mientras Yulia y Kochevói escuchaban en silencio; sólo
Yulia se levantaba de vez en cuando y salía en silencio para echar un vistazo a
su hija y a Lida, que llevaba ya dos días en la cama, con fiebre, y no comía
nada.
—Mi querido y fiel amigo… —cantó Yártsev, y a
continuación dijo, moviendo la cabeza—: No, señores, que me maten si entiendo
por qué son contrarios al amor. Si no estuviera ocupado quince horas al día, me
enamoraría sin falta.
La cena se sirvió en la terraza; el ambiente era
tibio y apacible, pero Yulia se envolvía en un chal
y se quejaba
de la humedad. Cuando oscureció, por alguna razón se sintió incómoda; no paraba
de temblar y de rogar a los invitados que no se marcharan; les escanciaba vino
y después de la cena ordenó que sirvieran coñac, para que no se fueran. No
quería quedarse sola con los niños y los criados.
—Los veraneantes estamos organizando un espectáculo
para los niños —dijo—. Ya lo tenemos todo: el teatro, los actores, sólo nos
falta la obra. Nos han enviado ya una veintena, pero no nos vale ninguna. Si le
gusta el teatro y conoce bien la historia —añadió, dirigiéndose a Yártsev—,
escríbanos una pieza histórica.
—Como quiera.
Los invitados se bebieron todo el coñac y se
dispusieron a marcharse. Eran ya más de las diez, hora bastante tardía para los
veraneantes.
—¡Qué oscuridad, no se ve nada! —dijo Yulia,
acompañándolos hasta la cancela—. No sé cómo van a llegar a casa, señores. ¡Y
qué frío hace! —se arrebujó aún más en el chal y volvió sobre sus pasos—. Mi
Alekséi debe de estar en alguna parte jugando a las cartas —gritó desde el
porche—. ¡Buenas noches!
A un paso de las habitaciones iluminadas no se veía
nada. Yártsev y Kochevói, avanzando a tientas, como ciegos, llegaron hasta la
vía del ferrocarril y la atravesaron.
—No se ve un pimiento —dijo Kostia con voz de bajo,
deteniéndose y mirando el cielo—. ¡Y las estrellas parecen moneditas nuevas de
quince kopeks! ¡Gavrílich!
—¿Qué? —respondió Yártsev desde algún lugar.
—Digo que no se ve nada. ¿Dónde estás? —Yártsev,
silbando, se acercó a él y lo cogió del brazo —. ¡Eh, veraneantes! —gritó de
pronto Kostia a voz en cuello—. ¡Hemos atrapado a un socialista! —cuando se
achispaba, siempre se mostraba muy inquieto, vociferaba, discutía con los
agentes y los cocheros, cantaba, prorrumpía en carcajadas desaforadas—.
¡Naturaleza, que el diablo te lleve! — gritó.
—Bueno, bueno —procuraba calmarlo Yártsev—. Déjelo
ya, haga el favor.
Sus ojos no tardaron en acostumbrarse a la
oscuridad, y pronto lograron distinguir las siluetas de
los altos pinos y de los postes telegráficos. De
las estaciones de Moscú llegaban de vez en cuando silbidos, los cables zumbaban
quejumbrosos. El bosque, en cambio, no emitía sonido alguno, y en su silencio
se percibía cierto matiz de orgullo, fuerza y misterio; ahora que era de noche
parecía que las copas de los pinos rozaban el cielo. Los dos amigos encontraron
el sendero y lo siguieron. La oscuridad era total, sólo la larga franja del
cielo, sembrado de estrellas, y el suelo endurecido que pisaban les permitían
saber que avanzaban por la vereda. Caminaban juntos, sin pronunciar palabra,
con la sensación de que alguien venía a su encuentro. Los efectos del alcohol
se disiparon. A Yártsev le dio por pensar que quizá por ese bosque vagaran las
almas de los zares, de los boyardos y de los patriarcas moscovitas, y estuvo a
punto de decírselo a Kostia, pero se contuvo.
Cuando llegaron a las puertas de la ciudad, el
cielo empezaba a clarear. Siempre en silencio, Yártsev y Kochevói avanzaron por
una calzada bordeada de dachas modestas, fondas y depósitos de madera; bajo el
puente de un ramal, los envolvió una humedad agradable, con olor a tilo, y al
poco desembocaron en una calle ancha y larga, en la que no se veía un alma ni
brillaba una sola luz… Cuando llegaron a Krasni Prud ya estaba amaneciendo.
—Moscú es una ciudad a la que aún le queda mucho
por sufrir —dijo Yártsev, mirando el monasterio de San Alejo.
—¿Qué te hace pensar así?
—No lo sé. M e gusta mucho M oscú.
Tanto Yártsev como Kostia habían nacido en Moscú,
la adoraban y, por alguna razón, se mostraban hostiles con las demás ciudades.
Estaban convencidos de que Moscú era una ciudad maravillosa y Rusia, un país
maravilloso. Tanto en Crimea, como en el Cáucaso y en el extranjero se
aburrían, se sentían incómodos y molestos, y encontraban sano y agradable el
tiempo grisáceo de Moscú. Los días en que la lluvia fría batía en los
cristales, oscurecía en seguida y los muros de las casas y de las iglesias
adquirían una tonalidad pardusca y tristona, esos días en que uno no sabía qué
ponerse para salir a la calle, los embargaba una agradable excitación.
Por fin, cerca de la estación, tomaron un coche.
—La verdad es que sería una buena idea escribir una
obra histórica —dijo Yártsev—, pero sin los Liapunov[72] y los Godunov,
ambientada en los tiempos de Yaroslav o de Vladímir Monómaco [73]… Me repugnan
todas las obras históricas rusas, excepto el monólogo de Pimen[74]. Cuando
consultas alguna fuente histórica o lees un manual de historia rusa, tienes la
impresión de asistir a una sucesión ininterrumpida de acontecimientos
interesantes y de personajes extraordinarios y geniales, pero cuando vas al
teatro a ver una pieza histórica, sacas la conclusión de que la vida rusa es
mediocre, enfermiza, poco original.
Cerca de la calle Dmítrovna, los dos amigos se
separaron, y Yártsev siguió en el coche hasta su casa, en la calle Nikítskaia.
Medio dormido, se balanceaba de un lado a otro y no dejaba de pensar en la
obra. De pronto se imaginó un estrépito espantoso, acompañado de un entrechocar
de armas y de gritos en una lengua incomprensible, quizá calmuco; también vio
una aldea envuelta en llamas; los bosques cercanos, cubiertos de escarcha y
teñidos de un rosa pálido por el fulgor del incendio, se vislumbraban en lontananza
con tanta claridad que se podía distinguir cada abeto; gente salvaje, a caballo
y a pie, recorre la aldea, y tanto los hombres como las monturas tienen la
misma tonalidad purpúrea que el resplandor del cielo. «Son polovtsianos[75]»,
piensa Yártsev. Uno de ellos, viejo, espantoso, con el rostro ensangrentado,
todo quemado, ata a la silla a una muchacha rusa de blanco
rostro. El anciano grita furioso y la muchacha lo
mira con ojos tristes e inteligentes… Yártsev sacudió la cabeza y se despertó.
—M i querido y fiel amigo —canturreó.
Mientras pagaba al cochero y subía por la escalera,
aún no despejado del todo, seguía viendo cómo las llamas alcanzaban el bosque,
y los árboles crepitaban y se cubrían de humo; un enorme jabalí, enloquecido de
terror, vagaba por la aldea… Y la muchacha, atada al arzón, lo veía todo.
Cuando entró en su casa, ya había amanecido. Sobre
el piano, junto a una partitura abierta, dos velas acababan de consumirse.
Rassúdina, con un vestido negro, un ancho cinturón y un periódico en la mano,
estaba tumbada en el sofá, profundamente dormida. Probablemente había estado
tocando mucho tiempo, esperando que regresara Yártsev, y al final se había
quedado dormida.
«¡No ha aguantado más!», pensó.
Le quitó con cuidado el periódico de las manos, la
cubrió con una manta, apagó la luz y se fue a su dormitorio. Metido ya en la
cama no dejaba de pensar en la obra histórica, y el estribillo «Mi querido y
fiel amigo» no se le iba de la cabeza.
Al cabo de dos días Láptev pasó un momento por su
casa para decirle que Lida había enfermado de difteria y había contagiado a
Yulia Serguéievna y a la criatura. Cinco días más tarde llegó la noticia de que
Lida y Yulia se estaban recuperado; la pequeña, en cambio, había fallecido y
los Láptev habían decidido abandonar Sokólniki a toda prisa y regresar a M
oscú.
XIV
A Láptev se le hacía insoportable quedarse mucho
tiempo en casa. Su mujer solía marcharse al pabellón, con la excusa de que
debía ocuparse de las niñas, pero él sabía que no iba allí por ese motivo, sino
a llorar en compañía de Kostia. Transcurrieron nueve días, luego veinte, más
tarde cuarenta, y había que seguir yendo al cementerio de San Alejo a escuchar
el oficio fúnebre, y luego atormentarse durante jornadas enteras, pensando sólo
en esa criatura desdichada y diciendo toda clase de lugares comunes para
consolar a su mujer. Apenas iba ya al almacén y sólo se ocupaba de obras de
beneficencia, inventándose distintas tareas y gestiones, y se alegraba cuando
cualquier menudencia lo obligaba a pasarse el día entero de un lado para otro.
En los últimos tiempos había planeado marcharse al extranjero para informarse
de cómo funcionaban en otros países los albergues nocturnos, y ese pensamiento
le servía de distracción.
Era un día de otoño. Yulia acababa de marcharse al
pabellón a llorar; en cuanto a Láptev, tumbado en el sofá de su despacho,
pensaba adónde podía ir. En ese preciso instante Piotr le anunció que había
llegado Rassúdina. Láptev se alegró mucho, se puso en pie de un salto y salió
al encuentro de su inesperada visita, su antigua amiga, de la que ya casi se
había olvidado. No había cambiado nada desde la tarde en que la vio por última
vez, seguía siendo la misma.
—¡Polina! —exclamó, tendiéndole ambas manos—.
¡Cuánto tiempo ha pasado! ¡Si supiera cuánto me alegro de verla! ¡Haga el favor
de pasar!
Rassúdina, a modo de saludo, le pegó un tirón en la
mano, y, sin quitarse el abrigo ni el sombrero, entró en el despacho y se
sentó.
—Sólo me quedaré un momento —dijo—. No tengo tiempo
para hablar de tonterías. Haga el
favor de sentarse y escucharme. Me da absolutamente
igual si se alegra usted o no de verme, porque me importa un bledo la benévola
atención de los caballeros. Sólo he pasado por aquí porque, después de acudir a
cinco lugares distintos, no he recibido más que negativas, y el asunto es
urgente. Escuche —prosiguió, mirándolo a los ojos—, cinco estudiantes a los que
conozco, bastante limitados y torpes, pero pobres de solemnidad, no han podido
pagar la matrícula y van a expulsarlos. Los medios de que dispone usted lo
obligan a ir ahora mismo a la universidad y hacerse cargo de esas costas.
—Con mucho gusto, Polina.
—Aquí tiene sus apellidos —dijo Rassúdina,
entregándole a Láptev una nota—. Vaya en seguida; ya tendrá usted tiempo más
tarde de disfrutar de la felicidad conyugal —en ese momento, al otro lado de la
puerta que conducía a la sala, se oyó una especie de rumor: probablemente era
el perro que se rascaba. Rassúdina enrojeció y se puso en pie de un salto—. ¡Su
Dulcinea nos está escuchando! — exclamó—. ¡Qué asco!
A Láptev le dolió que fuera tan injusta con su
mujer.
—No está aquí, está en el pabellón —dijo—. Y le
ruego que no hable de ella en ese tono. Se nos ha muerto nuestra hija, y está
sufriendo muchísimo.
—Puede tranquilizarla —dijo Rassúdina con una
risita, volviendo a sentarse—. Tendrá una docena más. ¿Qué inteligencia se
necesita para traer niños a este mundo?
Láptev recordó que había oído muchas veces ese
comentario u otro parecido hacía mucho tiempo,
y por un
instante lo envolvió el efluvio de la poesía del pasado, de su vida libre y
despreocupada de soltero, cuando aún se sentía joven y capaz de todo, no amaba
a su mujer y no tenía ningún recuerdo de su hija.
—Vayamos juntos —dijo, desperezándose.
Cuando llegaron a la universidad, Rassúdina se
quedó esperando en la entrada, mientras Láptev entraba en la secretaría. Al
cabo de un rato, regresó y entregó a Rassúdina cinco recibos.
—¿Adónde se dirige ahora? —le preguntó. —A casa de
Yártsev.
—La acompaño.
—Pero le impedirá trabajar.
—Ya verá como no —dijo y se la quedó mirando con
expresión suplicante.
Llevaba un sombrero negro, como de luto, con un
adorno de crespón, y un abrigo muy gastado y muy corto, con los bolsillos
deformados. Su nariz parecía más larga que antes, y su cara no tenía ni un
atisbo de color, a pesar del frío. A Láptev le agradaba seguirla, obedecerla y
oírla refunfuñar. Mientras andaba, iba pensando en ella: «¡Qué fuerza interior
tendrá esta mujer para parecer tan fascinante a pesar de ser tan poco
atractiva, tan angulosa y tan inquieta, por no hablar ya de su horrible
vestuario, sus cabellos despeinados y su eterno desaliño!».
Entraron en casa de Yártsev por la puerta trasera,
atravesando la cocina; la cocinera, una viejecita muy pulcra, con rizos grises,
se turbó mucho al verlos, esbozó una dulce sonrisa que confirió a su fino
rostro una apariencia de torta y dijo:
—Pasen, por favor.
Yártsev no estaba en casa. Rassúdina se sentó al
piano y se puso a ensayar unos ejercicios aburridos y complicados. Como le
había ordenado que no la molestara, Láptev, en lugar de distraerla con su
conversación, se sentó a cierta distancia y se puso a hojear El Mensajero de
Europa. Después
de tocar un par de horas, que era su dosis
cotidiana, Rassúdina comió algo en la cocina y se fue a dar sus clases. Láptev
leyó la continuación de una novela y luego se quedó un buen rato sentado, sin
experimentar el menor aburrimiento, a pesar de que había dejado de leer, muy
satisfecho de que fuera demasiado tarde para ir a comer a casa.
—¡Ja, ja, ja! —se oyó la risa de Yártsev, y al poco
apareció en la habitación, sano, animoso, rubicundo, con un frac nuevo de
botones brillantes—. Ja, ja, ja.
Los dos amigos comieron juntos. Luego Láptev se
tumbó en el sofá, mientras Yártsev se sentaba a su lado y encendía un
cigarrillo. Había caído ya la noche.
—Por lo visto me estoy haciendo viejo —dijo
Láptev—. Desde que murió mi hermana, Nina, he empezado a pensar a menudo en la
muerte, vaya usted a saber por qué.
Se pusieron a hablar de la muerte, de la
inmortalidad del alma, de lo agradable que sería resucitar e ir volando hasta
Marte, vivir siempre felices, en completa ociosidad, y, sobre todo, pensar de
un modo distinto, no a la manera de la Tierra.
—Yo no tengo ganas de morir —dijo Yártsev en voz
baja—. Ninguna filosofía puede reconciliarme con la idea de la muerte, que
considero una aniquilación, ni más ni menos. Quiero vivir.
—¿Ama usted la vida, Gavrílich?
—Sí.
—Pues yo no consigo aclararme sobre ese particular.
Mi estado de ánimo unas veces es sombrío y otras, indiferente. Soy tímido,
inseguro, temeroso por naturaleza, incapaz de adaptarme a la vida, de
dominarla. Algunos dicen bobadas o se dedican a engañar, y, sin embargo, viven
tan contentos; yo, en cambio, hago el bien conscientemente y sólo experimento
inquietud o una completa indiferencia. La única explicación que encuentro,
Gavrílich, es que soy un esclavo, un nieto de un siervo de la gleba. Antes de que
nosotros, plebeyos, encontremos el verdadero camino, muchos de los nuestros
perecerán en el intento.
—Todo eso está muy bien, amigo mío —dijo Yártsev
con un suspiro—, pero sólo demuestra una vez más lo rica y variada que es la
vida rusa. ¡Ah, qué rica es! ¿Sabe usted? Cada día me convenzo más de que nos
hallamos a las puertas de un triunfo apoteósico, y me gustaría vivir para poder
participar. Créame o no me crea, pero en mi opinión estamos asistiendo al
desarrollo de una generación excepcional. Es una delicia enseñar a los chicos,
y sobre todo a las chicas. ¡Unos muchachos maravillosos! —Yártsev se acercó al
piano y tocó un acorde—. Soy químico, pienso como un químico y moriré como un
químico —prosiguió—. Pero tengo un apetito voraz y temo morir antes de haberme
saciado. Y no me basta con la química, también me ocupo de la historia de
Rusia, de la historia del arte, de la pedagogía, de la música… Este verano su
mujer me propuso que escribiera una obra histórica, y ahora tengo ganas de
ponerme manos a la obra; creo que podría pasarme tres días enteros sin
levantarme de la mesa, escribiendo sin parar. Las imágenes me agotan, se
amontonan en mi cabeza y noto los latidos de la sangre en el cerebro. No quiero
convertirme en un ser excepcional ni crear una obra maestra, sólo quiero vivir,
soñar, albergar esperanzas, no perderme nada… La vida es breve, amigo mío, y
hay que vivirla del mejor modo posible.
Después de esa conversación amistosa, que se
prolongó hasta la medianoche, Láptev empezó a visitar a Yártsev casi a diario.
Se sentía atraído por él. Solía presentarse antes de la caída de la tarde, se
tumbaba en un sofá y esperaba pacientemente su llegada, sin probar el menor
aburrimiento. Cuando Yártsev regresaba de sus ocupaciones, almorzaba y retomaba
sus actividades, pero Láptev le
formulaba una pregunta, se iniciaba una
conversación y ya no era cuestión de trabajar. Los dos amigos se despedían a
medianoche, muy satisfechos el uno del otro.
Pero esa situación no se prolongó mucho. Un día, al
llegar a casa de Yártsev, Láptev sólo encontró a Rassúdina, que estaba sentada
al piano, ocupada con sus ejercicios. Al verlo, le dirigió una mirada fría,
casi hostil, y le preguntó, sin darle la mano:
—Dígame, por favor, ¿cuándo terminará esto?
—¿A qué se refiere? —preguntó Láptev, sin
comprender.
—Viene aquí cada día y no deja trabajar a Yártsev.
Yártsev no es un comerciante, sino un científico: cada minuto de su tiempo es
precioso. ¡Debe usted entenderlo y tener al menos un poco de delicadeza!
—Si considera usted que lo molesto —dijo Láptev,
sumiso y turbado—, interrumpiré mis visitas.
—Estupendo. Váyase ahora mismo, no vaya a ser que
vuelva y lo encuentre aquí.
El tono con que Rassúdina pronunció esas palabras y
la indiferencia de sus ojos lo desconcertaron totalmente. Ya no sentía nada por
él, sólo deseaba que desapareciera cuanto antes… ¡Qué diferencia con su amor de
antaño! Se marchó sin darle la mano, creyendo que ella lo llamaría y le diría
que volviera, pero las escalas se reanudaron. Mientras bajaba lentamente por la
escalera, comprendió que se había convertido en un extraño para esa mujer.
Dos o tres días después, Yártsev fue a buscarlo
para pasar con él la velada.
—Tengo que comunicarle una noticia —dijo, echándose
a reír—. Polina Nikoláievna se ha mudado a mi casa —se sintió un tanto confuso
y prosiguió en voz baja—. ¿Y por qué no? Desde luego, no estamos enamorados,
pero creo que eso… no importa. Me alegra poder ofrecerle un techo, algo de
sosiego y la posibilidad de no trabajar si se pone enferma; ella se figura que
su presencia hará que mi vida sea más ordenada y que, bajo su influencia, me
convertiré en un gran científico. Eso es lo que piensa. Bueno, dejémosla. Los
meridionales suelen decir que la imaginación vuelve ricos a los tontos. ¡Ja,
ja, ja! —Láptev guardó silencio. Yártsev se paseó por el despacho, contemplando
unos cuadros que ya había visto multitud de veces, y al cabo de un rato añadió
con un suspiro—: ¡Sí, amigo mío! Soy tres años mayor que usted y ya es tarde
para pensar en el amor verdadero; además, una mujer como Polina Nikoláievna es
un hallazgo para mí; viviremos felices hasta la vejez, pero el caso es que
siento cierta nostalgia, un deseo impreciso, el diablo sabrá por qué. Es como
si estuviera tendido en un valle de Daguestán[76], soñando que me encuentro en
un baile. En otras palabras, el hombre nunca está satisfecho con lo que tiene.
Pasó a la sala y, como si tal cosa, se puso a
cantar romanzas, mientras Láptev, sentado en su despacho, cerraba los ojos y
trataba de comprender por qué Polina se había ido a vivir con Yártsev. Luego lo
embargó una profunda tristeza, al pensar que no había afectos constantes ni
duraderos; lo irritaba que Polina Nikoláievna se hubiera unido a Yártsev y se
enfadaba consigo mismo porque sus sentimientos por su mujer no fueran los
mismos de antaño.
XV
Sentado en una mecedora, Láptev leía; a su lado
estaba Yulia, también sumida en la lectura. Parecía que no tenían nada que
decirse, a pesar de que no habían intercambiado una sola palabra desde la
mañana. De vez en cuando él la miraba por encima
del libro y pensaba: «¿Acaso no es lo mismo casarse locamente enamorado que
casarse sin sentir amor alguno?». Y los tiempos en que lo atormentaban los
celos, se alteraba y sufría se le antojaban muy lejanos. Había pasado una
temporada en el extranjero y ahora descansaba del viaje y hacía planes para
trasladarse la próxima primavera a Inglaterra, país donde se había encontrado
muy a gusto.
Yulia Serguéievna, por su parte, se había
acostumbrado a su dolor y ya no se marchaba al pabellón a llorar. En todo el
invierno no había ido de compras, ni había acudido al teatro ni a los
conciertos; había preferido quedarse en casa. Poco amiga de las habitaciones
grandes, estaba siempre en el despacho de su marido o en su cuarto, donde tenía
los iconos que había recibido como dote y ese paisaje que tanto le había
gustado en la exposición. No gastaba casi nada en ella misma y manejaba tan
poco dinero como cuando vivía en casa de su padre.
El invierno transcurría sin alegrías. En todas las
casas de Moscú se jugaba a las cartas, y, si a alguien se le ocurría cualquier
otro pasatiempo, como, por ejemplo, cantar, leer o pintar, el resultado era
todavía más tedioso. Por otro lado, como en Moscú había tan pocas personas de
talento y en todas las veladas participaban los mismos cantantes y recitadores,
poco a poco el placer de esas actividades artísticas fue desvaneciéndose, hasta
acabar convirtiéndose para muchos en una obligación aburrida y monótona.
Además, en casa de los Láptev no pasaba un solo día
sin que se produjera alguna contrariedad. El viejo Fiódor Stepánich veía muy
mal y ya no iba al almacén; los oculistas afirmaban que no tardaría en quedarse
ciego; también Fiódor, por alguna razón, había dejado de ir al almacén, y se
pasaba todo el tiempo en casa, escribiendo. A Panaúrov lo habían trasladado a
otra ciudad, ascendiéndolo a consejero de Estado efectivo; ahora vivía en el
hotel Dresde y casi todos los días iba a ver a Alekséi para pedirle dinero.
Kish, por fin, había concluido sus estudios universitarios y, mientras esperaba
que los Láptev le encontraran una colocación, se pasaba con ellos días enteros
contando historias largas y aburridas. Todo eso causaba fastidio y fatiga y
hacía desagradable la vida cotidiana.
Piotr entró en el despacho y anunció la llegada de
una señora desconocida. En la tarjeta que le había entregado podía leerse:
«Iosefina Iosífovna M ilán».
Yulia Serguéievna se levantó con desgana y salió
cojeando un poco, porque se le había dormido una pierna. En el umbral apareció
una señora delgada, muy pálida, con cejas oscuras y vestida toda de negro. Se
llevó las manos al pecho y exclamó con voz suplicante:
—¡Monsieur Láptev, salve usted a mis hijas! —Láptev
reconoció el tintineo de las pulseras y las manchas de polvos en el rostro: era
la señora en cuya casa había cometido la indelicadeza de comer poco antes de
casarse, la segunda mujer de Panaúrov—. ¡Salve a mis hijas! —repitió; su rostro
se estremeció, adquiriendo de pronto un aspecto avejentado y lastimoso, sus
ojos se enrojecieron—. Sólo usted pude salvarnos. ¡Para venir a Moscú he
gastado todo el dinero que me quedaba! ¡Mis hijas se morirán de hambre!
Hizo ademán de ponerse de rodillas. Láptev,
asustado, la cogió por encima del codo para impedírselo.
—Siéntese, siéntese… —balbució, ofreciéndole un
sillón—. Haga el favor de sentarse.
—Ni siquiera tenemos dinero para comprar pan
—dijo—. Grigori Nikolaich se marcha a su nuevo destino, pero no quiere
llevarnos con él y se gasta en sus propias necesidades el dinero que con tanta
generosidad nos ha estado usted mandando. ¿Qué podemos hacer? ¿Qué? ¡Pobres
niñas
desventuradas!
—Le ruego que se tranquilice. Daré orden en la
oficina de que envíen el dinero a su nombre.
La señora estalló en sollozos, luego se
tranquilizó, y Láptev reparó en que las lágrimas habían abierto surcos en sus
mejillas empolvadas y en que tenía un poco de bigote.
—Su generosidad no conoce límites, monsieur Láptev.
Pero quisiera pedirle otra cosa: sea nuestro ángel de la guardia, nuestra hada
benéfica, y persuada a Grigori Nikolaich de que no me abandone y me lleve con
él. Lo amo, lo amo con locura, es toda mi alegría.
Láptev le dio cien rublos, le prometió que hablaría
con Panaúrov y la acompañó al vestíbulo, temiendo que volviera a echarse a
llorar o se pusiera de rodillas.
A continuación llegó Kish. Luego apareció Kostia
con un aparato fotográfico. En los últimos tiempos se había aficionado a la
fotografía y retrataba varias veces al día a todas las personas de la casa; esa
nueva ocupación le causaba tantos disgustos que hasta había adelgazado.
Antes del té vespertino llegó Fiódor. Se sentó en
un rincón del despacho, abrió un libro y pasó un buen rato mirando la misma
página, aunque era evidente que no leía. Luego bebió el té poco a poco; tenía
la cara roja. Láptev se sentía incómodo en su presencia; hasta su silencio le
desagradaba.
—Ya puedes felicitar a Rusia por la aparición de un
nuevo publicista —dijo Fiódor—. En fin, bromas aparte, he escrito un
articulillo, para afilar la pluma, como suele decirse, y lo he traído para
enseñártelo. Léelo, querido, y dame tu opinión. Pero que sea sincera.
Sacó del bolsillo un cuaderno y se lo entrego a su
hermano. El artículo, titulado «El alma rusa», estaba escrito en ese estilo
aburrido e incoloro que suelen emplear las personas carentes de talento, pero
secretamente orgullosas. La idea principal era la siguiente: un hombre
inteligente tiene derecho a no creer en lo sobrenatural, pero está obligado a
ocultar su incredulidad para no tentar a los demás ni quebrantar su fe; sin fe
no puede haber idealismo, y el idealismo está destinado a salvar a Europa y mostrar
a la humanidad el verdadero camino.
—Pero no explicas de qué hay que salvar a Europa
—dijo Láptev.
—Eso se sobrentiende.
—Nada de eso —dijo Láptev, paseándose muy agitado—.
No entiendo por qué lo has escrito.
Pero eso es cosa tuya.
—Quiero publicarlo en un folleto.
—Allá tú.
Guardaron silencio un instante. Fiódor suspiro y
dijo:
—Lamento mucho, muchísimo, que pensemos de manera
diferente. ¡Ah, Aliosha, Aliosha, mi querido hermano! Los dos somos rusos,
ortodoxos, tenemos amplias miras. ¿Acaso son dignas de nosotros esas ideas de
alemanes y judíos? Nosotros no somos unos bribones cualesquiera, sino los
representantes de una ilustre familia de comerciantes.
—¿Una ilustre familia? —farfulló Láptev,
reprimiendo su irritación—. ¡Menuda familia ilustre! A nuestro abuelo lo
azotaban los propietarios y hasta el último funcionario lo golpeaba en los
morros. El abuelo pegaba a nuestro padre, nuestro padre nos pegaba a ti y a mí.
¿Qué nos ha dado, a ti y a mí, esa ilustre familia? ¿Qué nervios y qué sangre
hemos recibido en herencia? Hace ya casi tres años que razonas como un
sacristán, dices toda clase de bobadas y ahora te da por escribir ese delirio
de esclavo. ¿Y yo? ¿Yo? Mírame… Ni agilidad, ni audacia, ni fuerza de voluntad;
tengo miedo de cada paso que doy, como si fueran a zurrarme, me acobardo ante
nulidades, idiotas y brutos
infinitamente inferiores a mí tanto en el orden
intelectual como en el moral; me asustan los porteros, los ujieres, los
policías, los gendarmes; los temo porque me dio a luz una madre acorralada,
porque desde la infancia me han pegado y atemorizado… Tú y yo haríamos muy bien
en no tener hijos. ¡Ah, ojalá quiera Dios que acabe con nosotros esta ilustre
familia de comerciantes!
Yulia Serguéievna entró en el despacho y se sentó
junto a la mesa. —¿De qué estáis discutiendo? —preguntó—. ¿No os estaré
molestando?
—No, hermanita —respondió Fiódor—. Estábamos
hablando de una cuestión de principios. Tú dices que nuestra familia es esto y
lo otro —añadió, dirigiéndose a su hermano—, cuando esa familia ha levantado un
negocio que vale millones. ¡No creo que sea poco!
—¡Vaya una cosa, un negocio millonario! Un hombre
sin una inteligencia particular, sin capacidades de ningún tipo, se convierte
en comerciante por casualidad y luego se vuelve rico; trafica día tras día, sin
ningún sistema, sin ningún fin, sin tener siquiera ansia de dinero; trafica
maquinalmente, y es el dinero el que viene a él, no él al dinero. Consagra toda
su vida al negocio, actividad que acaba gustándole simplemente porque puede dar
órdenes a los empleados y burlarse de los clientes. Es mayordomo en la iglesia
porque así puede ejercer su poder sobre los chantres y tenerlos bajo su férula;
es curador de una escuela porque le gusta pensar que el maestro es un
subordinado suyo y puede darse aires de superioridad. A nuestro comerciante lo
que le gusta no es traficar, sino dar órdenes. ¡Y en cuanto a vuestro almacén,
no es una empresa comercial, sino una cárcel! Sí, para un negocio como el
vuestro se necesitan empleados sin personalidad ni recursos, y vosotros mismos
los vais preparando, obligándolos desde niños a haceros reverencias hasta el
suelo por un pedazo de pan e inculcándoles desde la infancia la idea de que
sois sus benefactores. ¡Seguro que no admites en tu almacén a un universitario!
—Los universitarios no sirven para nuestro negocio.
—¡No es verdad! —gritó Láptev—. ¡M entira!
—Perdona, pero me parece que estás escupiendo en el
pozo del que sacas agua —dijo Fiódor, poniéndose en pie—. Nuestro negocio te
repugna, pero te aprovechas de los beneficios que reporta.
—¡Ah, ya salimos con eso! —exclamó Láptev y se echó
a reír, aunque miró colérico su hermano
—. Sí, si no perteneciese a vuestra ilustre
familia, tendría al menos un adarme de voluntad y valor, me habría
desembarazado hace tiempo de esos beneficios y habría buscado la manera de
ganarme el pan. ¡Pero vosotros, en vuestro almacén, me habéis privado de mi
personalidad desde la infancia! ¡Ahora soy vuestro!
Fiódor consultó el reloj y se apresuró a
despedirse. Besó a Yulia en la mano y salió del despacho, pero, en lugar de
dirigirse al vestíbulo, pasó a la sala y después al dormitorio.
—He olvidado la disposición de las habitaciones
—dijo, presa de una gran confusión—. Qué casa tan extraña. ¿No es cierto que es
muy extraña?
Mientras se ponía la pelliza, estaba como aturdido
y su rostro denotaba sufrimiento. Láptev ya no se sentía irritado; estaba algo
asustado y al mismo tiempo le daba pena de su hermano; el cálido y noble amor
fraternal que, según creía, se había apagado en esos tres años, se reavivó en
su pecho y sintió un deseo incontenible de expresarlo de algún modo.
—Fiódor, vente mañana a comer con nosotros —dijo,
pasándole la mano por el hombro—. ¿Vendrás?
—Sí, sí. Pero dame un poco de agua.
El propio Láptev fue corriendo al comedor, sacó del
aparador lo primero que le vino a la mano — una jarra para cerveza—, la llenó
de agua y se la entregó a su hermano. Fiódor se puso a beber con ansia, pero de
pronto mordió la jarra, se oyó un chirrido y después un sollozo. El agua se
derramó por la pelliza y la chaqueta. Y Láptev, que nunca había visto llorar a
un hombre, se quedó inmóvil, aturdido y asustado, sin saber qué hacer. Miró
desesperado cómo Yulia y la doncella le quitaban a Fiódor la pelliza y lo
llevaban de vuelta al interior de la casa, y a continuación los siguió,
sintiéndose culpable.
Yulia le pidió a Fiódor que se acostara y a
continuación se arrodilló a su lado. —No es nada —dijo, tratando de
consolarlo—. Un simple ataque de nervios…
—¡Ah, qué pesadumbre, querida! —exclamó—. Soy tan
desdichado… Pero os lo he ocultado todo este tiempo —le pasó un brazo por el
cuello y le susurró al oído—: Cada noche veo a mi hermana Nina. Viene y se
sienta en el sillón que hay junto a mi cama.
Al cabo de una hora, cuando volvió a ponerse la
pelliza en el vestíbulo, estaba ya sonriente y se sentía avergonzado de haber
dado ese espectáculo delante de la doncella. Láptev lo acompañó hasta la calle
Piátnitskaia.
—Ven mañana a comer —le dijo por el camino,
cogiéndolo del brazo—. Y en Pascua nos iremos todos al extranjero. Necesitas
cambiar de aires, acabar con esta monotonía.
—Sí, sí. Iré contigo… Y llevaremos también a
nuestra hermanita.
Al regresar a casa, Láptev encontró a su mujer en
un estado de intensa excitación nerviosa. Lo sucedido a Fiódor la había
impresionado y no había manera de que se tranquilizara. No lloraba, pero estaba
muy pálida, se agitaba en la cama y aferraba con dedos fríos y agarrotados tan
pronto la manta como la almohada o las manos de su marido, a quien miraba con
ojos desencajados y horrorizados.
—No te alejes, no te vayas —le suplicaba—. Dime,
Aliosha, ¿por qué he dejado de rezar? ¿Qué ha pasado con mi fe? Ah, ¿por qué
habéis hablado de religión en mi presencia? Tus amigos y tú me habéis
confundido. Ya no rezo.
Láptev le puso una compresa en la frente, le
calentó las manos, le ofreció una taza de té, mientras ella, asustada, se
apretaba contra él…
Por la mañana, rendida de cansancio, se quedó
dormida; Láptev, sentado a su lado, le tenía cogida la mano. Como no pegó ojo
en toda la noche, se pasó todo el día siguiente como sonámbulo, embotado, sin
pensar en nada, vagando sin rumbo por las habitaciones.
XVI
Los médicos dictaminaron que Fiódor padecía una
enfermedad mental. Láptev no sabía lo que sucedía en la calle Piátnitskaia, y
el oscuro almacén, por el que ya no aparecían ni el anciano ni Fiódor, le
causaba la impresión de una cripta. Cuando su mujer le decía que debía ir a
diario tanto a la casa de la calle Piátnitskaia como al almacén, o bien
guardaba silencio o se ponía hablar con enfado de su infancia, asegurando que
no se sentía con fuerzas para perdonar a su padre lo que había hecho en el
pasado, que la casa de la calle Piátnitskaia y el almacén se le habían vuelto
odiosos, etc.
Un domingo por la mañana, la propia Yulia fue a la
calle Piátniskaia. Se encontró al viejo Fiódor Stepánich en la misma sala en la
que se había celebrado el oficio de acción de gracias con ocasión de
su llegada. Con su chaqueta de lienzo, sin corbata,
en zapatillas, el anciano, inmóvil en su sillón, pestañeaba con sus ojos
ciegos.
—Soy yo, su nuera —dijo Yulia, acercándose a él—.
He venido a ver cómo está.
El anciano, emocionado, empezó a respirar con
dificultad. Yulia, conmovida por su desdicha y su soledad, le besó la mano,
mientras él le palpaba la cara y la cabeza y, una vez convencido de que era
ella, hizo sobre su frente la señal de la cruz.
—Gracias, gracias —dijo—. Se me han nublado los
ojos y no veo nada… Percibo la ventana y el fuego como un resplandor borroso,
pero no distingo a las personas ni los objetos. Sí, me estoy quedando ciego,
Fiódor se encuentra mal, y los negocios no marchan cuando el dueño no los
vigila. Si se produce algún desmán, no hay nadie que pueda pedir cuentas, y el
personal acaba haciendo lo que le da la gana. ¿Y de qué ha enfermado Fiódor?
¿Es que se ha resfriado? Yo nunca he estado malo ni he recibido tratamiento. En
toda mi vida he ido al médico.
Y el anciano, como de costumbre, empezó a alabarse.
Entre tanto, los criados se apresuraron a poner la mesa del salón y a sacar
unos entremeses y unas botellas de vino, diez en total, una de las cuales tenía
la forma de la torre Eiffel. Trajeron un plato lleno de empanadillas calientes,
que olían a arroz cocido y a pescado.
—Ruego a mi querida invitada que tome un bocado
—dijo el anciano.
Yulia lo cogió del brazo, lo llevó hasta la mesa y
le sirvió una copa de vodka.
—Mañana vendré a verlo —dijo— y traeré conmigo a
sus nietas, Sasha y Lida. Se compadecerán de usted y lo cubrirán de atenciones.
—No, no las traiga. Son ilegítimas.
—¿Cómo van a ser ilegítimas? Su padre y su madre
estaban casados.
—Sin mi permiso. No los bendije y no quiero conocer
a sus hijas. Que se queden con Dios.
—Qué cosas tan extrañas dice usted, Fiódor
Stepánich —exclamó Yulia, con un suspiro.
—Está escrito en el Evangelio: los hijos deben
respetar y temer a sus padres.
—Nada de eso. En el Evangelio se dice que debemos
perdonar incluso a nuestros enemigos.
—En nuestro negocio no se puede perdonar. Si los
perdonas a todos, al cabo de tres años te arruinas.
—Pero perdonar, decir una palabra amable y
afectuosa a un hombre, aunque sea culpable, es algo que está por encima de los
negocios y de la riqueza.
Yulia pretendía ablandar al anciano, inculcarle un
sentimiento de piedad, moverlo al arrepentimiento, pero él oía todas sus
razones con condescendencia, como los adultos oyen a los niños.
—Fiódor Stepánich —dijo Yulia con determinación—,
es usted ya viejo y Dios no tardará en llamarlo a su presencia. Y no le
preguntará cómo llevó usted sus asuntos o si prosperaron sus negocios, sino si
fue usted caritativo con los demás, si no se mostró demasiado severo con
quienes eran más débiles que usted, por ejemplo, con sus empleados y sus
criados.
—Siempre he buscado el modo de favorecer a mis
empelados, y todos deben rogar eternamente a Dios por mí —dijo el anciano con
convencimiento, pero, conmovido por el tono sincero de Yulia y deseando
complacerla, añadió—: De acuerdo, traiga mañana a mis nietas. Ordenaré que les
compren unos regalos.
El viejo vestía con negligencia, tenía ceniza de
cigarro en el pecho y en las rodillas; por lo visto,
nadie le cepillaba las botas ni la ropa. El arroz
de las empanadillas estaba duro, el mantel olía a jabón, los criados hacían
mucho ruido al andar. Tanto el anciano como la casa entera tenían un aire de
completo abandono, y Yulia, al darse cuenta, sintió vergüenza de sí misma y de
su marido.
—Vendré mañana sin falta —dijo.
Recorrió las habitaciones y dio órdenes de que
arreglaran el dormitorio del viejo y encendieran la lamparilla. Fiódor estaba
en su habitación y miraba un libro abierto sin leerlo. Yulia habló un rato con
él y mandó que también limpiaran allí; luego bajó a ver las dependencias de los
empleados. En medio de la habitación en la que comían, había una columna de
madera sin pintar que apuntalaba el techo para que no se desplomara. Los techos
eran bajos, las paredes estaban cubiertas de un papel barato, el aire olía a
humo y a cocina. Como era día festivo, todos los empleados estaban en casa,
sentados en sus camas, esperando la hora de la comida. Cuando entró Yulia, se
pusieron en pie de un salto y respondieron a sus preguntas con timidez,
mirándola de soslayo, como si fueran detenidos.
—¡Dios mío, qué vivienda tan horrible tienen
ustedes! —dijo, juntando las dos manos—. ¿No están apretados?
—Apretados, pero no agraviados —respondió
Makéichev—. Les estamos muy agradecidos y los tenemos presentes en nuestras
oraciones.
—Hay que vivir en concordancia con las ambiciones
personales —sentenció Pochatkin. Dándose cuenta de que Yulia no le había
entendido, M akéichev se apresuro a aclarar: —Somos gente humilde y debemos
vivir como nos corresponde.
Yulia examinó la vivienda de los aprendices y la
cocina, conoció al ama de llaves y se quedó muy descontenta.
Al regresar a casa, le dijo a su marido:
—Debemos mudarnos cuanto antes a la casa de la
calle Piátnitskaia y vivir allí. Y tú irás todos los días al almacén.
Luego estuvieron un buen rato sentados en el
despacho, sin pronunciar palabra. Láptev sentía un peso en el corazón; no
quería trasladarse a la calle Piátnitskaia ni ir al almacén, pero intuía lo que
pensaba su mujer y no tenía fuerzas para contradecirla. Le acarició la mejilla
y le dijo:
—Tengo la impresión de que nuestra vida ha
terminado y de que ahora se inicia para nosotros una semiexistencia gris.
Cuando me enteré de que la enfermedad de Fiódor no tenía cura, me eché a
llorar. Pasamos juntos la infancia y la juventud, y antaño lo quería con toda
mi alma. Y de pronto se produce esta catástrofe. De alguna manera ha arraigado
en mí el convencimiento de que, al perderlo a él, he roto definitivamente con
mi pasado. Y ahora, cuando me has dicho que debemos mudarnos sin falta a la
calle Piátnitskaia, me ha asaltado la sospecha de que ya no tengo ni futuro —se
puso en pie
y se acercó a
la ventana—. Sea como fuere, debemos renunciar a cualquier idea de felicidad
—dijo, mirando la calle—. La felicidad no existe. Nunca la he conocido, y es
probable que no se encuentre en ninguna parte. No obstante, una vez en la vida
he sido feliz: fue la noche aquella en que abrí tu sombrilla sobre mi cabeza.
¿Recuerdas que una vez te la olvidaste en casa de mi hermana Nina? — preguntó,
volviéndose hacia su mujer—. Entonces estaba enamorado de ti y recuerdo que
pasé la noche entera debajo de la sombrilla, sintiéndome embargado de dicha.
En el despacho, junto a las estanterías, había una
cómoda de caoba con incrustaciones de bronce, en la que Láptev conservaba
diversos objetos inútiles, entre ellos la sombrilla. La sacó y se la tendió a
su mujer.
—Aquí está.
Yulia, después de mirarla un momento, la reconoció
y sonrió con tristeza.
—La recuerdo —dijo—. Cuando te me declaraste, la
llevabas en la mano —y viendo que se disponía a salir, añadió—: Si no te
importa, por favor, vuelve un poco antes. M e aburro sin ti.
Luego se retiró a su habitación y pasó un buen rato
contemplando la sombrilla.
XVII
En el almacén, a pesar de la complejidad de los
negocios y del elevado volumen de las operaciones, no había contable, y de los
libros que llevaba uno de los oficinistas no se podía sacar nada en limpio.
Cada día se presentaban comisionistas alemanes e ingleses, con quienes los
empleados hablaban de política y de religión; también aparecía por allí un
noble alcoholizado, enfermo y digno de lástima, que traducía en la oficina la
correspondencia en lenguas extranjeras, y a quien los empleados llamaban «renacuajo»
y daban a beber té con sal. En general, toda esa actividad comercial le parecía
a Láptev el colmo de la extravagancia.
Iba al almacén todos los días y trataba de
introducir reglas nuevas. Prohibió pegar a los aprendices y burlarse de los
clientes, se ponía fuera de sí cuando los empleados, con una alegre sonrisa,
enviaban a provincias mercancías deterioradas y defectuosas como si fueran el
último grito de la moda. Ahora era el personaje más importante del almacén,
pero seguía sin saber a cuánto ascendía el patrimonio, si los negocios iban
bien o mal, qué sueldo percibían los encargados, etc. Pochatkin y Makéichev lo
consideraban joven e inexperto, le ocultaban muchas cosas y cada tarde tenían
en susurros entrevistas secretas con el viejo ciego.
Una jornada de principios de junio, Láptev y
Pochatkin fueron a la fonda de Búbnov a desayunar y, de paso, a hablar de
negocios. Pochatkin llevaba mucho tiempo trabajando para los Láptev, a cuyo
servicio había entrado con sólo ocho años. Era como uno más de la familia, se
le consideraba digno de toda confianza y, cuando, al salir del almacén, cogía
todo el dinero de la caja y se lo metía en los bolsillos, no despertaba la
menor sospecha. Era una figura relevante en el almacén, en la casa y también en
la iglesia, donde reemplazaba al viejo en las funciones de mayordomo. Los
empleados y los aprendices le había puesto el apodo de Maliuta Skurátov[77] por
el trato brutal que dispensaba a sus subordinados.
Cuando llegaron a la fonda, llamó al camarero y le
dijo:
—M uchacho, tráenos media maravilla y veinticuatro
disgustos.
Al cabo de un rato, el camarero les sirvió en una
bandeja media botella de vodka y varios platitos con distintos entremeses.
—Y ahora, amigo mío —le dijo Pochatkin—, tráenos
una porción del gran maestro de la calumnia y de la maledicencia con puré de
patatas.
El camarero, que no entendía nada y estaba
desconcertado, hizo intención de preguntar algo, pero
Pochatkin lo miró con severidad y le dijo:
—¡Además!
El camarero, después de estrujarse los sesos, fue a
pedir consejo a sus compañeros, y, una vez dilucidado el enigma, les llevó una
ración de lengua. Cuando se tomaron un par de copas y algún que
otro bocado, Láptev le preguntó:
—Dígame, Iván Vasílich, ¿es cierto que nuestro
negocio se ha resentido en los últimos años? —En absoluto.
—Dígame con toda sinceridad y franqueza, ¿cuáles
eran antes nuestras ganancias, cuántas son ahora y a cuánto asciende nuestro
patrimonio? No se puede avanzar a oscuras. Hace poco me llegó el balance del
almacén, pero, con todos mis respetos, le diré que no concedo la menor
credibilidad a esas cifras; usted considera necesario ocultarme alguna cosa y
sólo le dice la verdad a mi padre. Está acostumbrado a las triquiñuelas desde
que era pequeño y ya no puede pasarse sin ellas. Pero ¿para qué sirven? Le
ruego que sea usted sincero. ¿En qué situación se encuentra nuestro negocio?
—Todo depende de la fluctuación del crédito
—respondió Pochatkin, después de unos momentos de reflexión.
—¿Qué entiende usted por fluctuación del crédito?
Pochatkin trató de explicárselo, pero Láptev no
entendió nada y mandó llamar a Makéichev, que se presentó en el acto, comió
algo, no sin antes santiguarse, y con su fuerte y pastosa voz de barítono se
puso a decir antes que nada que los empleados estaban obligados a rogar a Dios
día y noche por sus benefactores.
—M uy bien, pero haga el favor de no considerarme
uno de sus benefactores —dijo Láptev. —Cada hombre debe recordar lo que es y
saber cuál es su posición. Usted, por la gracia de Dios,
es nuestro padre y benefactor, y nosotros somos sus
siervos.
—¡Estoy ya harto de esa cantinela! —se enfadó
Láptev—. Le pido que sea usted ahora mi benefactor y me explique en qué
situación se encuentran nuestros negocios. Y haga el favor de no considerarme
un muchacho, de otro modo mañana mismo cerraré el almacén. Mi padre se ha
quedado ciego, mi hermano está ingresado en un manicomio y mis sobrinas aún son
demasiado pequeñas. Odio este negocio y lo abandonaría de muy buena gana, pero
no hay nadie que pueda sustituirme, como bien saben ustedes. ¡Así que déjense de
triquiñuelas, por el amor de Dios!
Se fueron al almacén a echar cuentas. Siguieron con
los cálculos por la tarde, ya en casa, donde contaron con la ayuda del propio
anciano, quien, al iniciar a su hijo en los misterios del comercio, empleó un
tono de voz más propio de las artes de brujería que de las transacciones
mercantiles. Resultó que los beneficios aumentaban cada año aproximadamente una
décima parte y que el patrimonio de los Láptev, contando sólo el dinero y los
valores, ascendía a seis millones de rublos.
Pasadas ya las doce, cuando Láptev salió a tomar el
aire, una vez concluidos los cálculos, se sentía mareado por esas cifras. Era
una noche de luna, serena, sofocante; los blancos muros de las casas del otro
lado del río Moskova, la visión de los pesados portones cerrados, el silencio y
las negras sombras se combinaban para dar la impresión de una fortaleza; para
completar el cuadro sólo faltaba un centinela con un fusil. Láptev se internó
en el jardincillo y se sentó en un banco, junto a la valla que separaba la
propiedad del patio vecino, donde también había un jardincillo. Florecía un
cerezo silvestre. Recordó que, cuando era niño, ese árbol era igual de nudoso y
tenía la misma altura, no había cambiado nada. Cada rincón del jardín y del
patio le recordaban el pasado lejano. También en su infancia, a través de los
escasos árboles, se veía el patio entero, bañado por la luz de la luna; las
sombras eran igual de misteriosas y severas que ahora; también había un perro
negro tumbado en medio del patio y las ventanas de la vivienda de los empleados
estaban abiertas de par en par, igual que ahora. No eran recuerdos nada
alegres.
M ás allá de la valla, en el patio vecino, se oyó
un rumor de pasos.
—¡Tesoro mío! ¡Amor mío! —susurró una voz de hombre
tan cerca de la valla que Láptev distinguió hasta la respiración.
Los amantes se besaron. Láptev estaba convencido de
que los millones y los negocios, para los que no tenía ninguna vocación,
arruinarían su vida y acabarían convirtiéndolo en un esclavo; se imaginó que
poco a poco se iría habituando a su situación, asumiendo su papel de jefe de
una empresa comercial, al tiempo que se embrutecía y envejecía, hasta acabar
muriendo como morían los de su clase, amargado, asqueado, envenenando la vida
de cuantos lo rodeaban. Pero ¿qué le impedía desembarazarse de los millones y de
ese negocio, escapar de ese jardín y de ese patio, que tanto odiaba desde que
era niño?
Los susurros y los besos al otro lado de la valla
lo ponían nervioso. Avanzó hasta el centro del patio, se desabrochó la camisa,
contempló la luna y acarició la idea de ordenar que abrieran la cancela en ese
mismo instante, para escapar de ese lugar y no regresar nunca más. Por un
momento su corazón dejó de latir, alborozado ante la dulce perspectiva de la
libertad, y Láptev sonrió alegre, imaginándose lo maravillosa, poética e
incluso sagrada que podía ser esa vida…
Pero no dio un paso y se quedó donde estaba,
preguntándose: «¿Qué me retiene aquí?». Y se enfadó consigo mismo y con ese
perro negro que, en lugar de correr por los campos y por los bosques, donde
habría sido independiente y feliz, seguía tumbado sobre las losas del patio.
Supuso que un mismo motivo les impedía abandonar la casa tanto al perro como a
él: ambos se habían acostumbrado a la cautividad, a su condición de esclavos…
Al día siguiente, a media mañana, fue a ver a su
mujer y, para que el viaje no resultara tan aburrido, le pidió a Yártsev que lo
acompañara. Yulia Serguéievna se había instalado en una dacha de Bútovo y
Láptev llevaba ya cinco días sin visitarla. Cuando llegaron a la estación, los
dos amigos montaron en un coche; a lo largo de todo el camino, Yártsev no paró
de canturrear y de manifestar su entusiasmo por el magnífico tiempo que hacía.
La dacha estaba cerca de la estación, en medio de un gran parque. Yulia Serguéievna
los esperaba donde empezaba la avenida principal, a unos veinte pasos de la
cancela, sentada a la sombra de un viejo y frondoso álamo. Lucía un vestido
ligero y elegante de color crema, guarnecido de encaje, y tenía en las manos la
vieja sombrilla de marras. Yártsev la saludó y se dirigió a la dacha, desde
donde llegaron las voces de Sasha y Lida; Láptev, por su parte, se sentó al
lado de su mujer para hablarle de la marcha de los negocios.
—¿Por qué has estado tanto tiempo sin venir? —le
preguntó ella, sin soltarle la mano—. Me he pasado aquí sentada días enteros,
mirando a ver si venías. ¡Te echo de menos! —se puso en pie, le pasó la mano
por los cabellos y contempló con curiosidad su cara, sus hombros, su sombrero—.
Ya sabes que te quiero —dijo, ruborizándose—. Significas mucho para mí. Fíjate,
sólo con verte llegar no puedes imaginarte lo contenta que me he puesto. Bueno,
hablemos un poco. Cuéntame algo.
Mientras ella le declaraba su amor, a Láptev le
parecía que llevaban casados ya diez años, y le entraron ganas de desayunar.
Ella le echó los brazos al cuello, rozándole la mejilla con la seda de su
vestido; él le apartó las manos con cautela, se levantó y, sin pronunciar
palabra, se dirigió a la dacha. Las niñas corrieron a su encuentro.
«¡Cómo han crecido! —pensó—. Cuántos cambios se han
producido en estos tres años… Y puede que todavía me queden trece o treinta
años de vida… ¿Qué nos deparará el futuro? El tiempo lo dirá».
Abrazó a Sasha y a Lida, que se colgaron de su
cuello, y les dijo:
—El abuelo os manda muchos besos… El tío Fedia
morirá pronto, el tío Kostia ha escrito desde América y os envía un saludo. Se
ha aburrido mucho en la Exposición[78] y volverá pronto. Y el tío Aliosha
quiere tomar algo.
Luego se sentó en la terraza y vio que su mujer
avanzaba despacio por la avenida, en dirección a la dacha. Estaba pensativa, su
rostro tenía una expresión triste y encantadora y en sus ojos brillaban las
lágrimas. Ya no era esa muchacha grácil, delicada y pálida de antaño, sino una
mujer madura, bella y robusta. Láptev advirtió con qué entusiasmo la esperaba
Yártsev, cómo esa nueva y maravillosa expresión de Yulia se reflejaba en el
rostro de él, también triste y a la vez fascinado. Se diría que era la primera
vez que la veía. Mientras desayunaban en la terraza, Yártsev sonreía entre
alegre y cohibido, sin apartar la vista del hermoso cuello de Yulia. Láptev,
sin querer, seguía los movimientos de Yártsev y pensaba que quizá le quedaran
por delante trece o treinta años de vida… ¿Qué sorpresas lo aguardaba? ¿Qué le
depararía el futuro?
Y se dijo: «El tiempo lo dirá».
ANTÓN PÁVLOVICH CHÉJOV nació en Taganrog, a orillas
del mar de Azov, en el sur de Rusia, en 1860. Hijo de un modesto comerciante,
antiguo siervo que había conseguido comprar su libertad, así como la de su
mujer y sus hijos, hizo sus primeros estudios en su ciudad natal. En 1879
ingresó en la Facultad de Medicina de la Universidad de Moscú. Desde el primer
curso empezó a publicar «cuadros humorísticos» en revistas, con los que
conseguía mantener a toda su familia (su padre, endeudado, su madre y sus hermanos
habían tenido que trasladarse con él a Moscú), y pocos años después ya era un
escritor profesional reconocido. 1888 fue un año clave en su carrera: publicó
su novela corta La estepa, escribió su primera obra teatral, Ivanov, y recibió
el premio Pushkin. En 1890 viajó a la isla de Sajalín, «con la intención de
escribir un libro sobre nuestra colonia penal», que aparecería al año siguiente
con el título de La isla de Sajalín. En 1896 estrenó La gaviota y en 1899 Tío
Vania, a las que seguirían Tres hermanas (1901) y El jardín de los cerezos
(1904). Maestro del relato corto, algunas de sus obras más importantes se
encuentran en ese género, en el que ha ejercido una influencia que aún hoy
sigue vigente. Chéjov murió en Badenweiller (actualmente Alemania) en 1904.
Notas
[1] Nikolái
I. Pirogov (1810-1881), famoso cirujano y anatomista ruso. Konstantín D.
Kavelin (1815-1885), abogado liberal, historiador y sociólogo. Nikolái A.
Nekrásov (1821-1878), uno de los grandes poetas rusos del siglo XIX. [Esta
nota, como las siguientes, es del traductor]. <<
[2] Historial
médico. <<
[3] Ventséslav
L. Gruber (1814-1890), anatomista y profesor de la Academia Médica de San
Petersburgo. A. I. Babujin (1835-1891), histólogo y fisiólogo, fundador de la
Escuela de Histología de M oscú. <<
[4] Mijaíl
D. Skobélev (1843-1882), famoso general ruso que se distinguió en la guerra
ruso-turca de 1877-1878. <<
[5] Vasili
G. Perov (1833-1882), famoso pintor ruso, profesor de la Escuela de Pintura,
Escultura y Arquitectura de M oscú. <<
[6] Adelina
Patti (1843-1919), cantante de ópera. <<
[7] Protagonista
de la obra de teatro La desgracia de ser inteligente (1825), del dramaturgo
Aleksandr Griboiédov. <<
[8] Primer
verso del poema de M ijaíl Lérmontov (1814-1841) «M editación» (1840). <<
[9] Nikolái A. Dobroliúbov (1836-1861), importante
crítico y publicista de tendencias radicales. <<
[10] Aleksandr
A. Arakchéiev (1769-1834), favorito todopoderoso del zar Alejandro I. Patrocinó
la creación de colonias militares donde los soldados, con sus familias,
cultivaban la tierra para su sustento. <<
[11] Nikita
I. Krilov (1807-1879), profesor de derecho romano de la Universidad de M oscú.
<<
[12] Nombre germano de la ciudad hoy conocida como
Tallin, capital de Estonia. <<
[13] De la fábula de Iván Krilov (1769-1844), El
águila y las gallinas. <<
[14] Los
ciudadanos rusos de la época necesitaban un pasaporte tanto para viajar al
extranjero como para moverse por el interior del país. <<
[15] Título
correspondiente a la quinta clase de la tabla de rangos. El tratamiento de
«excelencia» sólo correspondía a los funcionarios y los militares de tercera y
cuarta clase. <<
[16] Antigua
medida rusa de superficie que equivale a 1,09 hectáreas. <<
[17] El
Cáucaso era parte del Imperio ruso, pero no de la propia Rusia. <<
[18] Mijaíl
Vorontsov (1782-1856), militar ruso. De 1844 a 1856 fue gobernador general de
los territorios del Cáucaso, donde gozó de un poder casi absoluto. <<
[19] Bazárov,
protagonista de la novela Padres e hijos (1862), de Iván Turguénev. Pechorin,
protagonista de la novela Un héroe de nuestro tiempo (1840), de M ijaíl
Lérmontov. <<
[20] Antiguo
nombre de la ciudad estonia de Tartu. <<
[21] Las isbas con patas de gallina son un motivo
recurrente de los cuentos populares rusos. <<
[22] Vino
del Cáucaso. <<
[23] Pequeña imagen sagrada que los obispos
ortodoxos llevan al pecho como distintivo. <<
[24] Verso
del primer capítulo de Yevgueni Onieguin (1833), de Aleksandr Pushkin
(1799-1837). <<
[25] M
ateo, 18, 6. <<
[26] Personaje
de la novela homónima de Turguénev, publicada en 1856. <<
[27] Fortaleza
de San Petersburgo, fundada en 1703, en la que se recluía, entre otros, a los
presos políticos. <<
[28] Bebida
rusa a base de cebada fermentada. <<
[29] Duodécima clase de la tabla de rangos
introducida por Pedro el Grande. <<
[30] Los médicos de la época solían llevar una
corbata blanca. <<
[31] Himnos ortodoxos en honor de Jesucristo, la
Virgen o los santos. <<
[32] Aldea o comunidad nómada en el Cáucaso y en
Asia Central. <<
[33] En
el futuro. <<
[34] La cumbre más alta del Cáucaso, con 5.642
metros de altura. <<
[35] Icono
muy venerado que había sido llevado a Moscú en 1648 y se conservaba en una
capilla de la Plaza Roja, hoy destruida. <<
[36] Dos
piezas históricas del Kremlin: un cañón gigante, fundido en el siglo XVI, con
un calibre de
890 milímetros y un peso de 40 toneladas, y una
campana de más de seis metros de altura y 200 toneladas de peso, fundida en
bronce en la primera mitad del siglo XVIII. <<
[37] Barrio
situado al sur de la capital. <<
[38] La
iglesia del Salvador estaba en el centro de Moscú. Construida en 1812 en
recuerdo de la liberación de Moscú, fue destruida en 1917. El museo Rumiántsev
se fundó para albergar las colecciones del conde del mismo nombre, e incluía
una galería etnográfica, una galería de pintura y una biblioteca. <<
[39] Conocido
restaurante moscovita. <<
[40] Antigua
medida rusa equivalente a 2,134 metros. <<
[41] Editorial
fundada por Lev Tolstói en 1884, que publicaba, en ediciones baratas, obras de
corte popular, relatos moralizantes y libros de agricultura. <<
[42] Quinta
clase de la tabla de rangos. <<
[43] Seudónimo
con el que Alekséi K. Tolstói (1817-1875) y Aleksandr Zhemchúznikov
(1821-1908), con algunas contribuciones de los hermanos de este último,
firmaban sus obras satíricas. <<
[44] Verso
de la obra de Pushkin Yevgueni Onieguin, musicado por Chaikovski en la ópera
del mismo nombre. <<
[45] En
la Academia Francesa, cuando muere uno de sus miembros, es reemplazado al punto
por otro. Por esa razón se la conoce con el nombre irónico de «academia de los
inmortales». <<
[46] Dos restaurantes lujosos y exclusivos del San
Petersburgo de la época. <<
[47] Referencia
al relato de Turguénev Tres encuentros (1852). El verso Vieni pensando a me
secretamente forma parte de una canción italiana que Turguénev utiliza como
epígrafe de la obra. <<
[48] Orlov
se refiere al búlgaro Insárov, protagonista de la novela de Turguénev En
vísperas (1860).
<<
[49] Réplica
pronunciada por Molchalin en la obra de Aleksandr Griboiédov La desgracia de
ser inteligente (1825).
<<
[50] Referencia a una de las hazañas de Sansón
(Jueces, 16, 3). <<
[51] Se
trata del viejo Ijménev, protagonista de la novela Humillados y ofendidos
(1861) de Fiódor Dostoievski. <<
[52] Melodrama
de los autores franceses Edouard Brisebarre y Eugène Nus que se representó en
Taganrog, ciudad natal de Chéjov, en la década de 1870. <<
[53] Joyas.
<<
[54] Marino
Faliero (h. 1274-1355), dux de Venecia que encabezó una revuelta contra la
nobleza, por lo que fue ejecutado. <<
[55] Primer
verso de una poesía de Iván E. Molchánov (1809-1881), muy difundida en forma de
canción. <<
[56] La
señora ha salido. <<
[57] Orlov
cita de manera casi literal una réplica de la obra de Aleksandr Griboiédov La
desgracia de ser inteligente (1825).
<<
[58] Orlov
imita el modo de hablar de Pekarski. <<
[59] Extensa
franja boscosa que en la actualidad se ha convertido en parte de la propia
ciudad de M oscú. Era un lugar muy apreciado para hacer excursiones. <<
[60] Figura
trágica del siervo ruso, que aparece en la obra del mismo título de Dmitri
Grigoróvich (1822-1899). <<
[61] Shamil
(1799-1871), caudillo caucasiano que emprendió una guerra santa contra los
rusos y que era conocido por su ferocidad. <<
[62] Famosa
confitería de M oscú. <<
[63] Personaje
de la célebre novela de Mijaíl Saltikov-Schedrín (1826-1849) Los señores
Goloviov (1872-1876). <<
[64] Antón Rubinshtein (1829-1894), famoso
compositor, director y pianista ruso. <<
[65] Pureza,
en alemán. <<
[66] Distrito del este de M oscú. <<
[67] Diminutivo
de Konstantín. <<
[68] Tragedia
de Schiller, compuesta en 1801. <<
[69] M aria N. Yermólovna (1853-1928), famosa
actriz dramática. <<
[70] Tercera
clase de la tabla de rangos. <<
[71] Iván
Shishkin (1832-1898), conocido paisajista ruso. <<
[72] Prokopi
P. Liapunov (muerto en 1611), héroe de la resistencia rusa contra la invasión
polaca de comienzos del siglo XVII. <<
[73] Yaroslav I, el Sabio (978-1054), y Vladímir M
onómaco (1053-1128), príncipes de Kiev. <<
[74] Incluido en la tragedia de Aleksandr Pushkin
Borís Godunov. <<
[75] Pueblo
de habla turca que ocupó las estepas meridionales entre el Volga y el Danubio y
entabló diversos combates con los príncipes rusos, como el descrito en El
cantar de las huestes del príncipe Igor, obra cumbre de la literatura rusa
medieval. En las fuentes bizantinas se conocen como cumanos.
<<
[76] Referencia
al primer verso de la poesía de Lérmontov El sueño (1841). <<
[77] Maliuta
Skurátov (muerto en 1573), el temible cabecilla de la oprichnina, la guardia
personal del zar Iván el Terrible. <<
[78] Referencia
a la Exposición de Chicago de 1893. <<


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