© Libro N° 8586. La Muchacha Del Tren. Christie, Agatha. Emancipación. Mayo 8 de 2021.
Título
original: © La Muchacha Del Tren. Agatha
Christie
Versión Original: © La Muchacha Del Tren. Agatha Christie
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
https://www.academia.edu/38255459/Agatha_Christie_-_La_muchacha_del_tren.pdf
Licencia Creative Commons:
Emancipación
Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Portada E.O. de Imagen original:
http://i.giphy.com/hSJDzxhoo3WAU.gif
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Agatha Christie
La Muchacha Del Tren
Agatha Christie
La Muchacha Del Tren
Agatha Christie
Traducción: C. Peraire del Molino
Digitalizado por kamparina para Biblioteca-irc en
Agosto de 2.003
Eso es! —observó Jorge Rowland con rencor
contemplando la imponente fachada oscurecida por el humo del edificio que
acababa de abandonar.
Podía decirse que representaba adecuadamente el
poder del dinero... y el dinero, representado por William Rowland, tío del
antes mencionado Jorge, había expresado su opinión con toda libertad. Durante
el curso de diez breves minutos, de ser la niña de los ojos de su tío, el
heredero de su fortuna, y un joven con una prometedora carrera ante él, se
había convertido en un miembro que formaba en las filas del vasto ejército de
los sin trabajo.
—Y con estas ropas ni siquiera me darán comida
—reflexionó Rowland con tristeza—, y en cuanto a escribir versos y venderlos en
la esquina a dos peniques (o «lo que usted quiera darme, señora»), la verdad es
que ni eso sabría.
Cierto que Jorge iba embutido en un verdadero
triunfo del arte del buen vestir. Llevaba un traje exquisitamente cortado. Poco
tenía que envidiar a Salomón y los lirios del campo, pero el hombre no vive
sólo de trajes... a menos que sea un experto cortador... y Rowland se daba
perfecta cuenta de ello.
«Y todo por culpa del lamentable espectáculo de
anoche», reflexionó con pesar.
El lamentable espectáculo había sido un baile en el
Covent Garden. Rowland había regresado un poco tarde... o mejor dicho bastante
temprano... aunque a decir verdad no podía asegurar que recordase exactamente
la hora de su vuelta. Rogers, el mayordomo de su tío, era un individuo útil,
que, sin duda, podría dar más detalles al respecto. Y el resultado: la cabeza
espesa, una taza de café muy cargado, y la llegada a la oficina a las doce
menos cinco, en vez de a las nueve y media, había precipitado la catástrofe. El
señor Rowland, su tío, que durante veinticuatro años se había comportado como
un pariente lleno de tacto, había abandonado de repente esta actitud,
revelándose bajo un aspecto totalmente distinto. La incongruencia de las
contestaciones de Jorge (cuya cabeza seguía abriéndose y cerrándose como
cualquier instrumento de la Inquisición) aún le encolerizaron más. William
Rowland estaba ya más que harto, y en pocas palabras puso a su sobrino de
patitas en la calle, y volvió a ocuparse del interrumpido repaso de unos campos
petrolíferos del Perú.
Jorge Rowland sacudió el polvo de la oficina de su
tío de sus zapatos, y salió a la ciudad de Londres. Jorge era un individuo
práctico, y consideró que una buena comida era necesaria para revisar la
situación. Y la tuvo. Luego dirigió sus pasos hacia la
Digitalizado por kamparina para Biblioteca-irc en
Agosto de 2.003
mansión familiar. Rogers le abrió la puerta, y su
rostro no demostró la menor sorpresa al ver a Jorge a aquella hora
desacostumbrada.
Ð Buenas
tardes, Rogers. ¿Quieres preparar mis cosas? Me marcho de aquí.
Ð Sí, señor.
¿Sólo por pocos días, señor?
Ð Para
siempre, Rogers. Esta tarde salgo para las colonias.
Ð ¿De veras,
señor?
Ð No tengo
preferencias. Cualquiera me da lo mismo. Digamos Australia. ¿Qué te parece la
idea, Rogers?
Rogers carraspeó discretamente.
Ð Pues, señor,
estoy seguro de haber oído decir que allí hay siempre sitio para cualquiera de
desee trabajar de veras.
Rowland le contempló con interés y admiración.
Ð Muy bien
expuesto, Rogers. Precisamente lo que yo estaba pensando. No iré a Australia...
por lo menos hoy. Búscame un A. B. C., ¿quieres? Escogeremos algo que esté más
a mano.
Rogers le trajo el libro que le pedía, y Jorge lo
abrió al azar y enfrascóse a volver las páginas con mano rápida.
Ð Perth...
demasiado lejos... Putney Bridge... demasiado cerca. ¿Ramsgate? Creo que no.
Reigate también me deja frío. Vaya...
¡qué cosa más extraordinaria! Existe un sitio
llamado Castillo de Rowland. ¿Lo habías oído nombrar, Rogers?
Ð Creo, señor,
que puede usted ir con Waterloo.
Ð Eres un
hombre extraordinario, Rogers. Lo sabes todo. ¡Bien, bien, Castillo de Rowland!
Quisiera saber qué clase de lugar es.
Ð Yo diría que
no es muy grande, señor.
Ð Tanto mejor;
así habrá menos competencia. Esas tranquilas aldeas campesinas conservan
todavía parte del antiguo espíritu feudal. Los últimos Rowland debieran
recibirme con inmediato agrado. No me extrañaría que me eligieran alcalde
dentro de una semana.
Cerró el A. B. C. con un golpe brusco.
Ð La suerte
está echada. Prepárame una maleta pequeña, ¿quieres, Rogers? Y después de
presentar mis respetos a la cocinera, dile que le agradecería me prestara el
gato. Cuando uno se propone ser alcalde, un gato es imprescindible.
Ð Lo siento,
señor, pero el gato no está disponible.
Ð ¿Cómo es
eso?
Ð Esta mañana
acaba de tener ocho gatitos.
Ð No me digas.
Yo pensaba que se llamaba Peter.
Ð Yo también,
señor. Ha sido una gran sorpresa para todos.
Ð Un caso de
bautismo equivocado... confusión de sexo, ¿verdad? Bueno, bueno, tendré que
irme sin gato. Prepárame las cosas en
Digitalizado por kamparina para Biblioteca-irc en
Agosto de 2.003
seguida, ¿quieres?
Ð Muy bien, señor.
Rogers desapareció para reaparecer diez minutos
después.
Ð ¿Quiere que
llame un taxi, señor?
Ð Sí, haz el
favor.
Rogers tuvo un instante de vacilación y luego dio
un paso hacia delante.
Ð Me perdonará
la libertad, señor, pero yo en su lugar no haría mucho caso de lo que el señor
Rowland dijera esta mañana. Anoche fue a una de esas cenas y...
Ð No digas más
Ð dijo JorgeÐ . Comprendo.
Ð Y como
padece de gota...
Ð Lo sé, lo
sé. Habrá sido una noche terrible para ti, Rogers, gracias a nosotros dos,
¿verdad? Pero me he propuesto distinguirme en el Castillo de Rowland... la cuna
de mi raza histórica... esto quedaría bien en un discurso, ¿no te parece? Y un
telegrama, o un discreto anuncio en los periódicos de la mañana, me recordará
en cualquier momento que se prepara estofado de ternera. Y ahora ¡a
Waterloo...! como dijo la noche de la histórica batalla.
La estación de Waterloo no estaba aquella tarde tan
animada como otras veces. Rowland encontró el tren que debía llevarle a su
destino, pero era un tren anodino... vulgar, un tren en el que nadie parecía
tener interés en viajar. Jorge encontró un vagón de primera clase para él solo,
a la cabeza del tren. La niebla iba descendiendo sobre la metrópoli... y sus
jirones ora se abrían, ora se espesaban. El andén estaba desierto, y sólo la
respiración asmática de la máquina rompía el silencio.
Y entonces, de pronto, empezaron a ocurrir cosas
con rapidez sorprendente.
Primero apareció una muchacha, que abriendo la
puerta penetró en el compartimiento en el momento en que Rowland empezaba a
dormirse, y exclamó:
Ð ¡Oh!
Escóndame... ¡Oh! Escóndame, por favor.
Jorge era un hombre de acción por excelencia...
nunca preguntaba el porqué de las cosas, y aquello parecía cuestión de vida o
muerte. Sólo hay un lugar donde poder esconderse en un compartimiento del
tren... debajo del asiento. En siete segundos la joven se había refugiado allí,
y la maleta de Jorge, colocada como por descuido junto a un extremo, cubría su
retirada. No fue demasiado pronto. Un rostro iracundo asomó por la ventanilla.
Ð ¡Mi sobrina!
Usted la ha ocultado aquí. Quiero a mi sobrina. Jorge, un tanto falto de
respiración, estaba reclinado en un rincón,
Digitalizado por kamparina para Biblioteca-irc en
Agosto de 2.003
absorto en la columna deportiva del periódico de la
tarde, treinta y una edición. Lo dejó a un lado con el aire de un hombre que
vuelve de muy lejos.
Ð ¿Cómo dice
usted, señor? Ð le preguntó cortés.
Ð Mi
sobrina... ¿qué ha hecho usted con mi sobrina?
Considerando que la política del ataque es siempre
mejor que la de defenderse, Jorge entró en acción.
Ð ¿Qué diantre
está diciendo? Ð exclamó con una magnífica imitación de los modales de su tío.
El otro se interrumpió un instante sorprendido por
su repentina ferocidad. Era un hombre grueso, que todavía jadeaba un poco como
si hubiera estado corriendo. Llevaba el cabello cortado en brosse, y un bigote
a lo Hohenzollern. Su voz era decididamente gutural, y la rigidez de su tórax
denotaba que se encontraba más cómodo dentro de su uniforme que fuera de él.
Jorge sentía el prejuicio instintivo de un verdadero británico contra los
extranjeros...
y una repulsión especial por los germánicos.
Ð ¿Qué diantre
está diciendo? Ð repitió enojado.
Ð Ella entró
aquí Ð dijo el otroÐ . Yo la vi. ¿Qué es lo que ha hecho con ella?
Jorge dobló el periódico y asomó la cabeza y los
hombros por la ventanilla.
Ð De manera
que es esto, ¿verdad? Ð rugióÐ . Chantaje. Pero se ha equivocado de persona.
Esta mañana he leído todo lo referente a usted en el Daily Mail. ¡Aquí,
guardia, guardia!
Un agente se acercó corriendo.
Ð Oiga,
guardia Ð dijo Rowland con ese aire de autoridad que adoran las clases
inferioresÐ . Este individuo me está molestando. Si es necesario le denunciaré
por intento de chantaje. Dice que tengo a su sobrina escondida aquí. Hay una
banda de extranjeros que se dedican al chantaje. Debieran impedirlo. Lléveselo,
¿quiere? Aquí tiene mi tarjeta por si la desea.
El guardia miró primero al uno y luego al otro, y
pronto se decidió. Le habían enseñado a despreciar a los extranjeros, y a
respetar y admirar a los caballeros bien vestidos que viajaban en primera.
Apoyó su mano en el hombro del intruso.
Ð Vamos Ð
dijoÐ , usted se viene conmigo.
En aquel momento falló el inglés del extranjero y
se puso a maldecir en su lengua nativa
Ð Basta Ð dijo
el guardiaÐ . Apártese ya, ¿quiere? El tren va a salir. Se dio la señal con la
bandera, sonó el silbato y con una sacudida el tren salió de la estación.
Jorge permaneció en su puesto de observación hasta
que hubieron
Digitalizado por kamparina para Biblioteca-irc en
Agosto de 2.003
dejado atrás el andén, y entonces retiró la cabeza
de la ventanilla, y cogiendo su maleta la colocó en la red.
Ð Está bien.
Ya puede salir Ð dijo en tono tranquilizador. La muchacha obedeció.
Ð ¡Oh! Ð
exclamóÐ . ¿Cómo puedo agradecérselo?
Ð No tiene
importancia. Ha sido un placer, se lo aseguro Ð replicó Jorge galante.
Le sonrió para tranquilizarla. En sus ojos vio una
expresión ligeramente intrigada... como si echara de menos algo a lo que estaba
acostumbrada. En aquel momento, viéndose en el cristal, contuvo el aliento.
No se sabe a ciencia cierta si los encargados de la
limpieza limpian o no debajo de los asientos de los trenes. Las apariencias son
de que no lo hacen, pero es posible que las partículas de polvo y carbonilla se
abran camino como una paloma mensajera. Jorge apenas había tenido tiempo de
fijarse en la apariencia de la joven, tan repentina fue su llegada y tan breve
el espacio de tiempo transcurrido antes de meterse en su escondite, pero estaba
seguro de que era una muchacha joven, pulcra y bien vestida la que
desapareciera debajo del asiento. Ahora su sombrerito rojo estaba abollado y
sucio, y su rostro desfigurado por largos tizones de polvo.
Ð ¡Oh! Ð
exclamó la muchacha.
Y empezó a revolver en su bolso. Jorge, con el
tacto de un auténtico caballero, permaneció con la mirada fija en la ventanilla
admirando las calles londinenses al sur del Támesis.
Ð ¿Cómo podré
agradecérselo? Ð volvió a decir la joven. Considerando que aquello era una
indirecta para reanudar la conversación, Jorge retiró la vista de la ventanilla
para volver a contarle galantemente, pero esta vez con algo más de calor.
¡La joven era realmente encantadora! Jorge tuvo que
confesar que nunca había visto una muchacha más adorable. El empressement de
sus modales se hizo más acentuado.
Ð Ha estado
usted magnífico Ð dijo ella entusiasmada.
Ð En absoluto.
Ha sido la cosa más sencilla del mundo. Estoy muy satisfecho de haberle sido de
utilidad Ð murmuró Jorge.
Ð Estuvo
magnífico Ð repitió la joven.
Sin duda es agradabilísimo ver a la muchacha más
adorable del mundo mirándose en nuestros ojos y diciéndonos que nos encuentra
magníficos, y Jorge disfrutó tanto como cualquiera.
Luego se hizo un silencio embarazoso. Parecía que
la joven necesitaba explicarse, y enrojeció ligeramente.
Ð Lo
más desagradable Ð dijo
nerviosaÐ , es que
no puedo
Digitalizado por kamparina para Biblioteca-irc en
Agosto de 2.003
explicarme.
Le miró con aire lastimero.
Ð ¿No puede
explicarse?
Ð No.
Ð ¡Espléndido!
Ð dijo Rowland con entusiasmo.
Ð ¿Cómo dice?
Ð He dicho,
«espléndido». Es como esas novelas que le mantienen a uno despierto toda la
noche. La protagonista siempre dice «no puedo explicarme» en el primer
capítulo. Y claro está, se explica en el último, y nunca hay una razón
verdadera para que no lo hiciera desde el principio... como no sea que
estropearía la historia. No puedo decirle lo que celebro verme mezclado en un
auténtico misterio... no sabía que existieran estas cosas. Espero que tenga
algo que ver con documentos secretos de inmensa importancia, y el expreso de
los Balkanes. Adoro el expreso de los Balkanes.
La joven le miró con recelo.
Ð -¿Por qué ha
dicho usted el expreso de los Balkanes? Ð preguntó intrigada.
Ð -Espero no
haber sido indiscreto Ð se apresuró a responder JorgeÐ . Tal vez su tío viajaba
en él...
Ð Mi tío... Ð
se detuvo y luego volvió a decir sin terminarÐ : Mi tío...
Ð Cierto Ð
dijo Jorge con simpatíaÐ . Yo también tengo un tío. Nadie debiera ser
responsable de sus tíos. La naturaleza es muy caprichosa... así es como yo lo
veo.
La joven se echó a reír impulsivamente, y al
hablar, Jorge observó su ligero acento extranjero. Al principio la había tomado
por inglesa.
Ð Qué persona
más tranquilizadora y original es usted, señor...
Ð Rowland.
Jorge para mis amigos.
Ð Me llamo
Isabel...
Ð Me gusta ese
nombre Ð dijo Jorge para disimular su momentánea confusiónÐ . ¿No la llamarán
Belita, o cualquier otra cosa horrible, supongo?
Ella meneó la cabeza.
Ð Bien Ð
continuó JorgeÐ , ahora que nos conocemos, será mejor que pasemos a tratar de
negocios. Si se levanta le sacudiré la espalda de su abrigo.
Ella obedeció y Jorge cumplió bien su cometido.
Ð Gracias,
señor Rowland.
Ð Jorge.
Recuerde, Jorge para mis amigos. Y no es posible que entre usted en mi
departamento, se esconda debajo del asiento, me induzca a mentir a su tío, y
luego se niegue a que seamos amigos, ¿no le parece?
Digitalizado por kamparina para Biblioteca-irc en
Agosto de 2.003
Ð Gracias,
Jorge.
Ð Así está
mejor.
Ð ¿Estoy bien
ahora? Ð preguntó Isabel intentando mirar por encima de su hombro la espalda de
su abrigo.
Ð ¡Está
bien...! ¡Oh! Sí... ahora está perfectamente Ð dijo Jorge conteniéndose.
Ð Comprenda,
ha sido todo tan repentino Ð exclamó la joven.
Ð Debe haberlo
sido.
Ð El nos vio
en el taxi y luego en la estación. Yo me metí aquí sabiendo que me seguía de
cerca. A propósito, ¿a dónde va este tren?
Ð Al Castillo
de Rowland Ð replicó Jorge en tono firme.
Ð ¿El Castillo
de Rowland?
Ð Claro que
después de varias paradas. Pero confidencialmente, yo espero llegar allí antes
de medianoche. La antigua compañía Sur-Oeste... era de confianza..., lenta pero
segura... y estoy convencido de que los ferrocarriles del sur conservan las
antiguas tradiciones.
Ð No sé si
debo ir al Castillo de Rowland Ð dijo Isabel pensativa.
Ð No me
ofenda. Es un lugar delicioso.
Ð ¿Ha estado
alguna vez allí?
Ð Pues,
exactamente, no. Pero hay muchísimos otros sitios a donde puede ir, si no le
atrae el Castillo de Rowland. Tal vez prefiera Wokin, Wedbridge o Wimbledon.
Seguro que el tren se detiene en alguno de ellos.
Ð -Ya. Sí,
podría apearme allí, y tal vez regresar a Londres en coche. Creo que ése sería
el mejor plan.
Mientras hablaba, el tren comenzó a disminuir su
marcha y Rowland la miró con ojos suplicantes.
Ð Si puedo
hacer algo...
Ð No, ya ha
hecho usted bastante.
Hubo una pausa y al fin la joven volvió a romper el
silencio.
Ð Yo... ojalá
pudiera explicarme. Yo...
Ð ¡Por lo que
más quiera, no lo haga! Lo estropearía todo.
Ð Pero
escuche, ¿no hay nada que yo pueda hacer? Llevar los papeles secretos a
Viena... o algo por el estilo? Siempre hay documentos secretos. Déme una
oportunidad.
El tren se había detenido e Isabel bajó
precipitadamente al andén. Luego volvió su rostro ansioso y le habló a través
de la ventanilla.
Ð ¿Habla usted
en serio? ¿Querría hacer algo por nosotros... por mí?
Ð Haría lo que
fuese por usted, Isabel.
Ð ¿Aunque no
pudiera explicarle los motivos?
Digitalizado por kamparina para Biblioteca-irc en
Agosto de 2.003
Ð ¡Al diablo
los motivos!
Ð ¿Aunque
fuese... peligroso?
Ð Cuanto más
peligroso, mejor.
Tras vacilar unos instantes pareció tomar una
determinación.
Ð Inclínese
fuera de la ventanilla y mire el andén como si en realidad no lo mirara Ð el
señor Rowland apresuróse a obedecer aquella orden tan difícilÐ . ¿Ve usted a
ese hombre que sube al tren... que lleva una pequeña barba negra... y un abrigo
claro? Sígale, y vigile lo que hace y a dónde va.
Ð ¿Eso es
todo? Ð preguntó RowlandÐ . ¿Qué he de...?
Ð Luego le
enviaremos más instrucciones. Vigílele... y guarde esto
Ð puso en su
mano un paquete selladoÐ . Guárdelo con su vida. Es la clave de todo.
El tren siguió adelante y Rowland permaneció
contemplando por la ventanilla la figura alta y graciosa de Isabel, que se
alejaba por el andén. En su mano aprisionaba el paquetito sellado.
El resto de su viaje fue monótono y aburrido. El
tren era muy lento y se detenía en todas partes. En cada estación, Jorge se
asomaba a la ventanilla, para ver si se apeaba su presa. Cuando la parada
prometía ser larga, se bajaba al andén para asegurarse de que el hombre seguía
allí.
El destino eventual del tren era Portsmouth, y fue
allí donde se apeó el sujeto de la barba. Se dirigió a un pequeño hotel de
segunda clase, donde le dieron habitación, y Rowland hizo lo propio.
Las habitaciones estaban en el mismo pasillo,
separadas sólo por dos puertas. Aquello satisfizo a Jorge. Era un completo
novato en el arte de la persecución, pero estaba deseando aprender y justificar
la confianza de Isabel.
Para cenar, dieron a Jorge una mesa próxima a su
presa. El comedor no estaba lleno y la mayoría de los comensales le parecieron
viajantes de comercio... hombres muy respetables que engullían los alimentos
con apetito. Sólo un hombre atrajo su atención... uno menudo, de cabellos y
bigotes rubios, y aspecto de hombre acostumbrado a tratar con caballos. También
él parecía interesarse por Jorge, y cuando terminaron de cenar le propuso una
partida de billar, pero Jorge había visto que el hombre de la barba negra se
ponía el sombrero y el abrigo, y se negó cortésmente.. Al minuto siguiente
estaba en la calle en pos de aquel sujeto. La persecución fue larga y pesada...
y al fin pareció no conducir a parte alguna. Después de deambular por las
calles de Portsmouth por espacio de cuatro kilómetros, el hombre regresó al
hotel, y Jorge pisándole los talones. Una duda asaltó a nuestro héroe. ¿Era
Digitalizado por kamparina para Biblioteca-irc en
Agosto de 2.003
posible que aquel hombre se hubiera percatado de su
presencia? Mientras discutía esta cuestión, de pie en el vestíbulo, se abrió la
puerta principal y entró el hombrecillo de cabellos rubios. Al parecer, también
él había salido a dar un paseo.
Jorge se dio cuenta en el acto de que la hermosa
damisela que estaba en conserjería se dirigía a él.
Ð El señor
Rowland, ¿verdad? Dos caballeros han venido a verle. Dos extranjeros. Están en
el saloncito del final del pasillo
Un tanto asombrado, Jorge buscó la estancia en
cuestión. Los dos caballeros que se hallaban sentados allí, se pusieron de pie
para saludarle ceremoniosamente.
Ð ¿El señor
Rowland? No me cabe la menor duda, señor, de que adivina nuestra identidad.
Jorge miró primero a uno y luego al otro. El que
había hablado era el mayor de los dos, un caballero ceremonioso de cabellos
grises que hablaba un excelente inglés. Su acompañante era un joven alto,
rubio, de rostro granujiento y constitución germánica, que no perdía atractivo
a pesar del ceño fiero que ostentaba en aquellos momentos.
Bastante aliviado al ver que ninguno de sus
visitantes era el caballero que encontrara en Waterloo, Jorge adoptó su aire
más cortés.
Ð Por favor,
siéntense, caballeros. Encantado de conocerles. ¿Quieren tomar algo?
El más anciano alzó ligeramente la mano en son de
protesta.
Ð Gracias,
lord Rowland... Sólo disponemos de poco tiempo... el preciso para que usted
responda a una pregunta.
Ð Es usted muy
amable al darme ese título Ð repuso JorgeÐ . Y lamento que no quieran tomar
nada. ¿Cuál es esa pregunta tan trascendental?
Ð Lord
Rowland, usted salió de Londres en compañía de cierta dama. Y llegó aquí solo.
¿Dónde está la dama?
Jorge se puso en pie.
Ð No comprendo
su pregunta Ð dijo en tono frío, imitando en todo lo posible a un héroe de
novelaÐ . Tengo el honor de desearles muy buenas noches, caballeros.
Ð Pero usted
sí que la entiende. La comprende perfectamente Ð exclamó el más joven
interviniendo de improvisoÐ . ¿Qué ha hecho usted de Alexa?
Ð Cálmese,
señor Ð murmuró el otroÐ . Le ruego que conserve la calma.
Ð Puedo
asegurarle Ð dijo JorgeÐ , que no conozco a ninguna dama de ese nombre. Debe
haber algún error.
Digitalizado por kamparina para Biblioteca-irc en
Agosto de 2.003
El más anciano le miraba de hito en hito.
Ð No es
posible Ð replicó en tono secoÐ . Me tomé la libertad de examinar el libro de
registro del hotel. Usted se inscribió como J. Rowland del Castillo de Rowland.
Jorge se vio obligado a ruborizarse.
Ð Una... una
pequeña broma mía Ð explicó.
Ð Una excusa
muy trivial. Vamos, déjese de rodeos, ¿Dónde está su alteza?
Ð Si se
refiere a Isabel...
Con un arrebato de furor el joven volvió a
adelantarse.
Ð ¡Insolente!
Hablar de ella en esos términos.
Ð Me refiero Ð
dijo el otro despacioÐ , como usted sabe muy bien, a la gran duquesa Anastasia
Sofía Alexandra María Elena Olga Isabel de Catonia.
Ð ¡Oh! Ð
exclamó Rowland sin poder contenerse.
Trató de recordar todo lo que sabía de Catonia...
Que él supiese, era un pequeño pueblo de los Balkanes, y tenía idea de que
había habido allí una revolución. Volvió a la realidad con un esfuerzo.
Ð Evidentemente
nos referimos a la misma persona Ð dijo alegrementeÐ , sólo que yo la llamo
Isabel.
Ð Tendrá que
darme una satisfacción Ð gruñó el más jovenÐ . Nos batiremos.
Ð ¿Batirnos?
Ð En duelo.
Ð Yo nunca me
bato Ð replicó Rowland con determinación.
Ð ¿Por qué no?
Ð preguntó el otro en tono desagradable.
Ð Tengo
demasiado miedo de que me hieran.
Ð ¡Ah! ¿Por
eso? Entonces por lo menos me daré el gusto de tirarle de la nariz.
Y el joven avanzó con fiereza. Lo que ocurrió es
algo difícil de explicar, pero describió un repentino círculo en el aire para
luego caer al suelo pesadamente.
Se levantó aturdido ante la mirada sonriente de
Rowland.
Ð Como iba
diciendo Ð observóÐ , siempre temo que me hieran. Por eso creí conveniente
aprender jiu-jitsu.
Hubo una pausa. Los dos extranjeros contemplaron
vacilantes a aquel joven de aspecto amable, como si hubieran comprendido de
pronto que tras sus modales corteses se escondía una cualidad peligrosa. El
joven teutón estaba lívido de ira.
Ð Se
arrepentirá de eso Ð siseó.
Ð ¿Es su
última palabra, lord Rowland? ¿Se niega a comunicarnos el paradero de su
alteza?
Digitalizado por kamparina para Biblioteca-irc en
Agosto de 2.003
Ð Lo ignoro.
Ð No esperará
que lo crea.
Ð Temo que sea
usted de naturaleza incrédula, señor. El otro limitóse a mover la cabeza,
murmurando:
Ð Este no es
el fin. Volverá a saber de nosotros Ð y los hombres se despidieron.
Jorge se pasó la mano por la frente. Los
acontecimientos se precipitaban con rapidez sorprendente. Sin duda se hallaba
mezclado en un escándalo europeo de primera categoría.
Ð Tal vez
represente otra guerra Ð pensó Jorge esperanzado, mientras se volvía para ver
lo que había sido del hombre de la barba negra.
Para su tranquilidad le descubrió sentado en un
extremo del salón. Jorge ocupó la esquina opuesta, y al cabo de tres minutos el
hombre de la barba se levantó yendo a acostarse. Jorge le siguió hasta verle
entrar en su habitación y cerrar la puerta. Entonces exhaló un suspiro de
alivio.
Ð Necesito descansar Ð murmuróÐ . Lo necesito
desesperadamente.
Entonces le asaltó un temor. Suponiendo que el
hombre de la barba hubiera comprendido que le seguía los pasos... ¿Y si
escapaba durante la noche mientras Jorge dormía el sueño de los justos? Unos
minutos de reflexión bastaron a Rowland para encontrar un medio de vencer
aquella dificultad. Deshizo uno de sus calcetines hasta tener una hebra de lana
lo bastante larga, y luego, saliendo sigilosamente de su habitación, pegó uno
de sus extremos en la puerta del desconocido con un pedazo de papel de goma, y
luego hizo llegar hasta su propio dormitorio. Allí cogió el otro extremo
atándole una campanilla de plata... recuerdo de la juerga de la noche anterior.
Hizo todos estos preparativos con gran satisfacción. Cuando el hombre de la
barba negra intentara abandonar la habitación, le avisaría instantáneamente el
tintineo de la campanilla. Una vez hechos estos arreglos, Jorge no perdió
tiempo y se acostó. Colocó el paquete sellado cuidadosamente debajo de la
almohada, y luego se entregó a un ejercicio mental. Sus pensamientos podían
traducirse así:
“Anastasia, Sofía, María, Alejandra, Olga, Isabel.
Diantre, me he olvidado uno. Quisiera saber...”
Fue incapaz de dormirse inmediatamente, pues se lo
impedía su afán de desentrañar la situación. ¿Qué significaba todo aquello?
¿Qué relación había entre la gran duquesa fugitiva, el paquete sellado y el
hombre de la barba negra? ¿De qué huía la gran duquesa? ¿Sabían los dos
extranjeros que el paquete sellado
Digitalizado por kamparina para Biblioteca-irc en
Agosto de 2.003
estaba en su poder? ¿Qué contenía?
Dando vueltas a estas cuestiones e irritado por no
ver cercana la solución, Rowland se quedó dormido.
Le despertó un ligero tintineo de la campanilla. No
era de esos hombres que entren inmediatamente en acción al despertarse, y
necesitó un minuto y medio para hacerse cargo de la situación. Entonces saltó
de la cama, se puso las zapatillas y abriendo la puerta con sumas precauciones,
salió al pasillo. Una leve sombra moviéndose por el centro del mismo le indicó
la dirección de su hombre, y avanzando en el mayor silencio, le fue siguiendo.
Llegó con el tiempo justo para ver cómo el barbudo desaparecía en el cuarto de
baño. Aquello era muy extraño, pues había otro precisamente al lado de su
habitación. Acercándose más a la puerta, que estaba entreabierta, Jorge atisbó
por la rendija. El barbudo estaba de rodillas junto a la bañera haciendo algo
en el borde de la misma. Permaneció allí durante unos cinco minutos y luego se
puso en pie, momento que fue aprovechado por Jorge para emprender una prudente
retirada. Una vez a salvo en la penumbra de su habitación, observó desde allí
cómo el otro entraba en la suya.
Ð Bien Ð
díjose-. Mañana por la mañana habrá que investigar el misterio del cuarto de
baño.
Se metió en la cama, deslizando su mano debajo de
la almohada para asegurarse de que el paquete sellado seguía allí. Al minuto
siguiente estaba revolviendo frenéticamente toda la ropa de la cama presa de
pánico. ¡El paquete había desaparecido!
A la mañana siguiente fue un triste Jorge el que se
sentó a desayunar huevos con jamón. Había defraudado a Isabel, permitiendo que
le arrebataran el precioso paquete que ella le confiara y lo del «misterio del
cuarto de baño» fue un truco miserable. Sí, no cabía duda de que Jorge había
hecho el ridículo.
Después de desayunar, volvió a subir. En el pasillo
encontró a una camarera con aspecto perplejo.
¿Le ocurre
algo? Ð le preguntó Jorge amablemente
Ð Se trata del
caballero de esta habitación, señor. Me pidió que le llamara a las ocho y
media, y no me contesta y la puerta está cerrada.
Ð No me diga Ð
replicó Jorge.
Una extraña inquietud le fue invadiendo y corrió a
su habitación. Cualesquiera que fuesen los planes que estuviera trazando fueron
dejados de lado ante la vista de algo inesperado. Allí, sobre la cómoda, estaba
el paquetito que le habían robado la noche anterior. Jorge lo cogió para
examinarlo. Sí, sin duda era el mismo, pero el
Digitalizado por kamparina para Biblioteca-irc en
Agosto de 2.003
sello había sido roto. Tras, un minuto de
vacilación lo desenvolvió. Si otras personas habían visto su contenido, ¿por
qué razón no podía también él? Además, era posible que hubieran robado su
contenido. Al quitar el papel que lo envolvía descubrió una cajita de cartón,
de las que emplean los joyeros. La abrió. En su interior, sobre un lecho de
algodón en rama, había un sencillo aro de boda. Lo cogió, examinándolo. No
llevaba ninguna inscripción en su interior... nada que lo diferenciara de
cualquier otro anillo de oro. Jorge escondió la cabeza entre las manos,
exhalando un gemido.
Ð Es una
locura Ð murmuróÐ . Eso es lo que es. Una locura. No tiene sentido.
De pronto recordó la declaración de la camarera, y
al mismo tiempo observó que fuera de la ventana había un ancho parapeto. Era
algo que normalmente no hubiera hecho, pero, tentado por la curiosidad y el
coraje, estaba dispuesto a hacer frente a las dificultades. Saltó al repecho de
la ventana, y pocos segundos después se asomaba a la de la habitación ocupada
por el hombre de la barba negra. La ventana estaba abierta y la habitación
vacía. Un poco más allá había una escalera de incendios. Era evidente que su
presa ya había tomado las de Villadiego.
Jorge saltó al interior del dormitorio. Las
pertenencias del fugitivo estaban esparcidas por doquier. Tal vez entre ellas
hubiese algo que iluminara su perplejidad. Empezó a buscar, comenzando por el
contenido de una maleta desvencijada.
Fue un ruido el que interrumpió su registro... un
ruido muy ligero, pero que sin duda había sonado en la habitación. Jorge
dirigió la vista hacia el gran armario guardarropa, y acercándose a él abrió la
puerta de golpe. Al hacerlo, un hombre saltó de su interior, cayendo sobre él.
Rodaron por el suelo abrazados. No era un contrincante despreciable, y todos
los trucos conocidos por Jorge le valieron de bien poco. Al fin se separaron
casi exhaustos y por primera vez pudo ver quién era su adversario. ¡El hombrecillo
del bigote rubio!
Ð ¿Quién
diablos es usted? Ð le preguntó Jorge.
Por respuesta el otro le entregó una tarjeta que
Jorge leyó en voz alta.
Ð «Detective
inspector Jarrold, de Scotland Yard».
Ð Eso es,
señor. Y ahora hará bien en decirme todo lo que sepa de este asunto.
Ð ¿Usted cree?
Ð dijo Jorge pensativoÐ . ¿Sabe usted, inspector? Creo que tiene razón. ¿No
podríamos ir a un lugar más alegre?
En un apacible rincón del bar, Jorge desnudó su
alma, mientras el inspector Jarrold le escuchaba con simpatía.
Ð Muy extraño,
como bien dice usted, señor Ð observó cuando
Digitalizado por kamparina para Biblioteca-irc en
Agosto de 2.003
Jorge hubo terminadoÐ . Hay muchas cosas que no
tienen ni pies ni cabeza, pero hay uno o dos puntos que puedo aclararle. Yo
vine aquí siguiendo a Mardenber (su amigo de la barba negra), y su aparición y
su vigilancia me hicieron entrar en sospechas. Anoche me introduje en su
habitación, cuando usted había salido, y fui yo quien le quitó el paquetito
sellado de debajo de la almohada. Al abrirlo vi que no era lo que yo andaba
buscando y aproveché la primera oportunidad para devolvérselo.
Ð Desde luego,
eso aclara un poco las cosas Ð repuso Jorge pensativoÐ . Parece que no he hecho
más que ponerme en ridículo.
Ð Yo no diría
eso, señor. Lo hizo muy bien para ser un principiante. ¿Dice que visitó el
cuarto de baño esta mañana y se llevó lo que había escondido detrás de la
bañera?
Ð Sí. Pero es
sólo una estúpida carta de amor Ð dijo Jorge con pesarÐ . ¡Maldita sea! No era
mi intención meterme en la vida privada de ese pobre diablo.
Ð ¿Le
importaría dejar que la viera, señor? Jorge sacó la carta doblada de su
bolsillo y se la entregó al inspector, que se dispuso a leerla.
Ð Una vulgar
carta amorosa, como usted dice. Pero me parece que si trazara líneas desde el
punto de una i a otra, obtendría un resultado muy distinto. Vaya, Dios le
bendiga, señor, éste es el plano de las defensas del puerto de Portsmouth.
Ð ¿Qué?
Ð Sí. Hace
tiempo que habíamos echado el ojo a ese caballero, pero era demasiado listo
para nosotros. Tiene a una mujer que hace el trabajo más sucio.
Ð ¿Una mujer?
Ð dijo Jorge aturdidoÐ . ¿Cuál es su nombre?
Ð Se la conoce
por muchos, señor. El más corriente es Betty Brighteyes. Es una mujer muy
atractiva.
Ð Betty...
Brighteyes Ð dijo JorgeÐ . Gracias, inspector.
Ð Perdóneme,
señor, ¿no se encuentra bien?
Ð No. Estoy
muy enfermo. En resumen, creo que será mejor que tome el primer tren para
regresar a la ciudad.
El inspector consultó su reloj.
Ð Me temo que
sea un poco lento, señor. Será mejor que espere al expreso.
Ð No importa Ð
replicó Jorge con voz lúgubreÐ . Ninguno será más lento que el que me trajo
ayer.
Sentado una vez más en un departamento de primera
clase, Jorge repasó perezosamente las noticias del día. De pronto se irguió
sobresaltado ante lo que leían sus ojos.
«Una boda romántica tuvo lugar ayer en Londres.
Lord Rolando
Digitalizado por kamparina para Biblioteca-irc en
Agosto de 2.003
Gaigh, segundo hijo del marqués de Exminster,
contrajo matrimonio con la gran duquesa Anastasia de Catonia. La ceremonia se
mantuvo en el más absoluto secreto. La gran duquesa había estado viviendo en
París con su tío desde la sublevación de Catonia. Conoció a lord Rolando cuando
era secretario de la Embajada británica en Catonia y su noviazgo data desde entonces.»
Ð Vaya, que me...
Rowland no supo encontrar nada lo bastante fuerte
para expresar sus sentimientos, y continuó mirando fijamente al vacío. El tren
se detuvo en una pequeña estación y subió una dama que fue a sentarse delante
de él.
Ð Buenos días,
Jorge Ð le dijo con voz dulce.
Ð ¡Cielos! Ð
exclamó JorgeÐ . ¡Isabel! Ella le sonrió. Estaba más bonita que nunca, si ello
fuera posible.
Ð Escuche Ð
suplicó Jorge, llevándose las manos a la cabezaÐ . Dígame, por amor de Dios,
¿es usted la gran duquesa Anastasia o Betty Brigtheyes?
Ella le miró.
Ð Ninguna de
las dos. Soy Isabel Gaigh. Ahora puedo explicárselo todo, y también
disculparme. Comprenda. Rolando (es mi hermano) siempre había estado enamorado
de Alexa...
Ð ¿Se refiere
a la gran duquesa?
Ð Sí, es así
como la llaman en familia. Pues bien, como le decía, Rolando siempre estuvo
enamorado de ella, y ella de él. Y entonces vino la revolución, y Alexa estuvo
en París, y ya iban a arreglarlo todo cuando el viejo Stüum, el canciller, se
presentó insistiendo en llevarse a Alexa y obligarla a casarse con el príncipe
Karl, su primo, un ser sencillamente horrible... y presuntuoso.
Ð Me parece
que le he conocido Ð replicó Jorge.
Ð A quien ella
odiaba. Y el viejo príncipe Osric, su tío, le prohibió volver a ver a Rolando.
De manera que huyó a Inglaterra, y yo vine a reunirme con ella, y telegrafié a
Rolando, que estaba en Escocia. Y en el último momento, cuando nos dirigíamos
al Registro Civil en un taxi, nos encontramos frente a frente con el viejo
príncipe Osric, que iba en otro taxi. Claro que nos siguió, y estábamos
desesperados sin saber qué hacer, porque hubiera hecho una escena terrible, y
además es su guardián. Entonces se me ocurrió la brillante idea de cambiarme
con ella. Hoy en día no se ve nada más que la punta de la nariz de una joven.
Me puse el sombrero rojo de Alexa y su abrigo castaño, y ella el mío gris.
Entonces dijimos al taxista que nos llevara a Waterloo, y allí yo me apeé
entrando apresuradamente en la estación. El viejo Osric siguió el sombrero
rojo, sin pensar ni un momento en la otra ocupante del
Digitalizado por kamparina para Biblioteca-irc en
Agosto de 2.003
taxi que permanecía acurrucada en su interior, pero
naturalmente no debía ver mi rostro. Así que me introduje en su departamento y
me abandoné a su clemencia.
Ð Lo demás ya
lo sé Ð dijo JorgeÐ . Me lo merecía.
Ð No diga eso.
Tengo que disculparme. Espero que no esté enfadado. Comprenda, parecía tan
interesado por vivir un verdadero misterio... como en las novelas, que no pude
resistir la tentación. Escogí un hombre de aspecto siniestro que había en el
andén y le dije a usted que le siguiera. Y luego le entregué el paquete.
Ð Conteniendo
un anillo de boda.
Ð Sí. Alexa y
yo lo compramos porque Rolando no debía llegar de Escocia hasta el momento de
la boda. Y naturalmente, yo sabía que cuando pudiera regresar a Londres ya no
lo necesitarían... Habrán utilizado una argolla de cortina o cualquier otra
cosa.
Ð Comprendo Ð
dijo JorgeÐ . Es lo que ocurre siempre... ¡es tan sencillo cuando se sabe!
Permítame un instante, Isabel.
Y quitándole el guante exhaló un suspiro de alivio
al ver su dedo anular desnudo.
Ð Estupendo Ð
observóÐ . Al fin y al cabo este anillo servirá para algo.
Ð ¡Oh! Ð
exclamó IsabelÐ . ¡Pero si yo no sé nada de usted!
Ð Sabes lo
simpático que soy Ð replicó JorgeÐ . A propósito, acaba de ocurrírseme que tú
debes ser lady Isabel Gaigh, naturalmente.
Ð ¡Oh! Jorge,
¿acaso eres un snob?
—A decir verdad lo soy bastante. Mi mejor sueño fue
uno en el que el rey Jorge me pedía prestada media corona para pasar el fin de
semana. Pero estaba pensando en mi tío... el que me ha despedido. El sí que es
un snob terrible... ¡Cuando sepa que voy a casarme contigo me convertirá en
seguida en su socio!
Ð ¡Oh, Jorge!
¿Eres muy rico?
Ð Isabel,
¿acaso eres interesada?
Mucho. Me encanta gastar dinero. Pero estaba
pensando en mi padre. Tiene cinco hijas pletóricas de belleza y sangre azul y
está deseando encontrar un yerno rico.
Ð ¡Um!... Ð
replicó JorgeÐ . Será uno de esos enlaces preparados por el cielo y aprobados
en la tierra. ¿Viviremos en el Castillo de Rowland? Seguro que me hacen
alcalde, siendo tú mi mujer. ¡Oh, querida Isabel! Es probable que lo prohíban
las leyes de la Compañía, pero no puedo remediarlo, he de besarte.
FIN


Publicar un comentario