© Libro N° 8585. El Canto Del Cisne. Christie, Agatha. Emancipación. Mayo 8 de 2021.
Título
original: © El Canto Del Cisne. Agatha
Christie
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Agatha Christie
El Canto Del Cisne
Agatha Christie
El Canto Del Cisne
Agatha Christie
Traducción: C. Peraire del Molino
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Agosto de 2.003
I
Eran las once de una mañana de mayo en Londres. El
señor Cowan estaba mirando por la ventana, de espaldas a un magnífico salón de
una suite del Hotel Ritz. La suite en cuestión había sido reservada para madame
Paula Nazorkoff, la famosa cantante de ópera que acababa de llegar a Londres.
El señor Cowan, que era el representante de madame, estaba esperando para
entrevistarse con ella. Al abrirse la puerta, volvió rápidamente la cabeza,
pero era sólo la señorita Read, la secretaria de madame Nazorkoff, una joven
pálida pero muy eficiente, quien entraba.
—¡Oh, es usted querida! —le dijo el señor Cowan—.
¿Madame no se ha levantado todavía?
La señorita Read meneó la cabeza.
—Me dijo que viniera a eso de las diez —dijo el
señor Cowan—. Llevo esperando casi una hora.
No demostró ni resentimiento ni sorpresa. El señor
Cowan estaba acostumbrado a las extravagancias de un temperamento artístico.
Era un hombre alto, bien afeitado, con un esqueleto demasiado bien cubierto y
ropas impecables. Sus cabellos eran negros y brillantes y sus dientes de un
blanco agresivo. Cuando hablaba tenía la costumbre de arrastrar las «eses»,
cosa que si no era precisamente un defecto, se acercaba mucho. En aquel momento
se abrió una puerta al otro lado de la habitación y entró apresuradamente una
joven francesa.
—¿Se ha levantado ya madame? —le preguntó Cowan
esperanzado— Dígame qué noticias hay, Elisa.
Elisa se llevó ambas manos a la cabeza.
—¡Esta mañana está como diecisiete demonios juntos,
nada le complace! Las preciosas rosas amarillas que monsieur le envió anoche,
dice que estaban bien para Nueva York, pero que es una imbecilidad enviárselas
en Londres. Dice que aquí tienen que ser rojas, y acto seguido abre la puerta y
arroja las rosas amarillas al pasillo en el momento en que pasaba un monsieur
tres comme il faut, un militar, según creo, y el pobre está justamente
indignado por el hecho.
Cowan enarcó las cejas, pero no dio otras pruebas
de emoción. Luego, sacando un librito de notas de su bolsillo escribió en él:
«rosas rojas».
Elisa volvió a salir por la otra puerta y Cowan
regresó de nuevo junto a la ventana. Vera Read, sentándose ante el escritorio,
empezó a abrir cartas y clasificarlas. Transcurrieron diez minutos en silencio
y al fin abrióse la puerta del dormitorio y Paula Nazorkoff hizo aparición en
el saloncito. El efecto inmediato fue que éste pareciera más reducido, Vera
Read más pálida y que Cowan se convirtiera en una
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mera figura decorativa.
—¡Aja! ¡Hijos míos! —dijo la prima donna—. ¿No soy
puntual?
Era una mujer de gran estatura y, para ser
cantante, no demasiado gruesa. Sus brazos y piernas seguían siendo esbeltos y
su cuello era una hermosa columna. Sus cabellos, que llevaba sujetos en un
moño, tenían un color rojo oscuro brillante y si debían su color a la cosmética
el resultado no era menos efectivo. Ya no era una mujer joven, por lo menos
tendría cuarenta años, pero las líneas de su rostro no perdieron encanto, a
pesar de las arrugas y bolsas que circundaban sus ojos, oscuros y llameantes.
Tenía la risa de un niño, la digestión de un avestruz, el temperamento de una
fiera, y se la conocía como la mejor soprano dramática de sus tiempos. Volvióse
para dirigirse a Cowan.
—¿Ha hecho lo que le pedí? ¿Se ha llevado ese
abominable piano inglés para arrojarlo al Támesis?
—Tengo otro para usted —dijo Cowan, indicando con
un gesto el rincón donde estaba.
La cantante corrió hacia él y alzó la tapa.
—Un «Erard» —dijo— esto es otra cosa. Probemos.
La hermosa voz de soprano desgranó un arpegio y
luego subió y bajó toda la escala de voces, luego se elevó suavemente hasta
alcanzar una nota alta, la sostuvo, aumentándola paulatinamente de volumen,
luego volvió a suavizarla hasta que murió en la nada.
—¡Ah! —dijo Paula Nazorkoff con ingenua
satisfacción—. ¡Qué voz más hermosa tengo! Incluso en Londres mi voz es
hermosa.
—Cierto —convino Cowan de corazón—. Y apuesto a que
Londres se rendirá a sus pies, igual que Nueva York. —¿Usted cree? —preguntó la
cantante.
Había una ligera sonrisa en sus labios y era
evidente que su pregunta
era un mero comentario.
—Seguro —dijo Cowan.
Paula Nazorkoff cerró el piano y dirigióse a la
mesa con el andar ondulante que tanto resultaba en la escena.
—Bien, bien —dijo—. Hablemos de negocios. ¿Lo tiene
todo arreglado, amigo mío?
Cowan sacó unos papeles de la cartera que dejara
sobre una silla. —No se ha cambiado gran cosa —observó—. Cantará cinco veces en
el Covent Garden, tres veces Tosca y dos Aida.
—¡Aida! Bah —dijo la prima donna—; será un
aburrimiento insoportable, Tosca es distinta.
—Ah, sí —replicó Cowan—. Tosca es su papel.
Paula Nazorkoff se irguió.
—Soy la mejor Tosca del mundo —dijo sencillamente.
—Eso es —convino Cowan—. Nadie puede igualarla.
—Supongo que Roscari hará de «Scarpia»...
Cowan asintió.
—Y Emilio Lippi.
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—¿Qué? —gritó la cantante—. Lippi, esa rana
asquerosa... croac...
croac... croac. No cantaré con él, le morderé... le
arañaré la cara.
—Vamos, vamos —dijo Cowan, tranquilizándola.
—Le digo que no sabe cantar, es un perro ladrando.
—Bueno, veremos, veremos —dijo Cowan. Era demasiado
inteligente para discutir con cantantes de temperamento. —¿Y Cavaradossi?
—preguntó la cantante.
—Hensdale, el tenor americano.
Ella asintió.
—Es un buen muchacho y canta muy bien.
—Y creo que Barrere lo cantará muy bien.
—Es un artista —replicó Paula generosamente—. ¡Pero
dejar que esa rana croadora de Lippi cante el papel de Scarpia! Bah... yo no
cantaré con él.
—Déjeme a mí —dijo Cowan para tranquilizarla, y
aclarando su garganta sacó otros papeles.
—Estoy preparando un concierto especial en el
Albert Hall.
Paula hizo una mueca.
—Lo sé, lo sé —dijo Cowan—; pero todo el mundo lo
hace.
—Estará bien —dijo la cantante—. Habrá un lleno
hasta el techo y tendré mucho dinero. Ecco!
Cowan revolvió de nuevo entre sus papeles.
—Aquí hay una proposición completamente distinta
—le dijo— de lady Rustonbury: quiere que vaya a su casa y cante. —¿Rustonbury?
La cantante frunció el entrecejo como si se
esforzara por recordar algo.
—He leído ese nombre últimamente, sí, hace muy
poco. Es una ciudad... o un pueblo, ¿verdad?
—Eso es, un pueblo pequeño muy bonito, en
Hertfordshire. Y en cuanto a la mansión de lord Rustonbury, el castillo de
Rustonbury, es una auténtica fortaleza feudal, con fantasmas, retratos de
antepasados, escaleras secretas y un teatro privado. Nadan en la abundancia y
siempre celebran representaciones privadas. Ella sugiere que demos una obra
completa, preferiblemente la Butterfly. —¿Butterfly?
Cowan asintió.
—Están
dispuestos a pagar
bien. Tendremos que
dejar Covent
Garden, naturalmente, pero a pesar de todo saldrá ganando
económicamente. Hay que tener siempre presente a la
nobleza. Será
una magnífica propaganda.
Madame alzó su hermosa barbilla.
—¿Es que yo necesito propaganda? —preguntó con
orgullo.
—Nunca sobra —dijo Cowan sin acobardarse.
—Rustonbury —murmuró la cantante—. ¿Dónde vi yo
este nombre?
Y levantándose de pronto, corrió hasta la mesa, y
empezó a hojear una revista ilustrada que había encima. Al fin su mano se
detuvo en
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una de sus páginas y luego de contemplarla regresó
a su butaca con toda lentitud. Con uno de sus bruscos cambios de genio, ahora
parecía una persona completamente distinta y sus ademanes eran muy reposados,
casi austeros.
—Dispóngalo todo para ir a Rustonbury. Me gustaría
cantar allí, pero una condición... la ópera ha de ser Tosca. Cowan parecía
indeciso.
—Eso resultará bastante difícil... para una
representación privada, compréndalo... decorados y demás.
—Tosca, o nada.
Cowan la miró de hito en hito y lo que vio le dejó
convencido, pues haciendo una breve inclinación de cabeza en señal de
asentimiento, se puso en pie.
—Veré si puedo arreglarlo —dijo con calma.
Paula Nazorkoff también se levantó y por una vez
parecía deseosa de explicar su decisión.
—Es mi mejor papel, Cowan. Puedo cantarlo como
ninguna mujer lo ha cantado jamás.
—Es una partitura muy bonita —le dijo Cowan—.
Jeritza tuvo un gran éxito con ella el año pasado.
—¿Jeritza? —exclamó la cantante enrojeciendo
mientras expresaba la opinión que le merecía.
Cowan, acostumbrado a oír la opinión que unas
cantantes tienen de otras, distrajo su atención, hasta que Paula hubo terminado
y entonces dijo, obstinado:
—De todas maneras, canta «Vissi d'Arte» tendida
sobre su estómago. —¿Y por qué no? —preguntó Paula Nazorkoff—. ¿Quién va a
impedírselo? Yo lo cantaré tumbada de espaldas y haciendo la bicicleta con las
piernas en el aire.
Cowan meneó la cabeza con perfecta seriedad.
—No creo que eso convenza a nadie —le dijo.
—Nadie puede cantar «Vissi d'Arte» como yo —dijo
Paula Nazorkoff en tono confidencial—. Yo lo canto con la voz del convento...
como las buenas monjas me enseñaron a cantar años y años. Con la voz de un
niño, o de un ángel, sin sentimientos, sin pasión.
—Lo sé —le dijo Cowan de corazón—. La he oído a
usted y es maravillosa.
—Esto es arte —continuó la prima donna—, pagar el
precio, sufrir, perseverar, y al final no sólo haberlo aprendido todo, sino
tener también el poder de volver atrás, de tornar al principio y recuperar la
belleza perdida, y el corazón de un niño.
Cowan la miraba intrigado. Ella tenía los ojos
fijos en el vacío con una extraña mirada ausente, que le produjo una sensación
desagradable. Sus labios se entreabrieron y susurró unas palabras que él apenas
pudo entender.
—Al fin —murmuró—. Al fin... después de tantos
años.
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II
Lady Rustonbury era una mujer ambiciosa y a la vez
amiga del arte, que compaginaba ambas cualidades con éxito completo. Tenía la
suerte de que a su marido no le preocupasen ni la ambición ni el arte, y por lo
tanto no la estorbaba en ningún sentido. El conde Rustonbury era un hombre
corpulento, a quien sólo interesaban las carreras de caballos. Admiraba a su
esposa, sentíase orgulloso de ella y se alegraba de que su inmensa fortuna le
permitiera poner en práctica sus placeres. El teatro particular había sido
construido hacía más de cien años, por su abuelo. Era el juguete preferido de
lady Rustonbury... donde había ofrecido ya un drama de Ibsen y una obra de la
escuela ultra-moderna, a base de divorcios y drogas, y también una fantasía
poética con un decorado cubista. La próxima representación de Tosca había
despertado gran interés. Lady Rustonbury tenía la casa llena de distinguidos
invitados, y el «todo Londres» pensaba acudir en sus automóviles.
Madame Nazorkoff y su acompañante habían llegado
poco antes de la comida. El nuevo y joven tenor americano Hensdale, iba a
cantar Cavaradossi, y Roscari, el famoso barítono italiano, haría el papel de
Scarpia. Los gastos de la representación habían sido enormes pero a nadie le
importaba. Paula Nazorkoff estaba del mejor humor y así resultaba encantadora,
graciosa y cosmopolita. Cowan estaba agradablemente sorprendido y rezaba para
que continuase aquel estado de cosas.
Después de comer, la compañía fue al teatro para
inspeccionar el escenario. La orquesta estaba bajo la dirección de Samuel
Ridge, uno de los más famosos directores ingleses. Todo iba sobre ruedas y por
extraño que parezca, aquello preocupó al señor Cowan. Se encontraba más a gusto
en un ambiente turbulento y aquella paz desacostumbrada le inquietaba.
—Todo va demasiado bien —murmuró el señor Cowan
para sus adentros—. Madame está como un gato que se ha hartado de crema y eso
es demasiado bueno para ser verdad. Algo tiene que ocurrir.
Quizá debido a su largo contacto con el mundo de la
ópera, el señor Cowan había desarrollado un sexto sentido y cierto que sus
pronósticos eran justificados. Eran poco antes de las siete de aquella tarde
cuando Elisa, la doncella francesa, fue a buscarle corriendo con aspecto
preocupado.
—Ah, señor Cowan, venga en seguida, le suplico que
venga de prisa. —¿Qué ocurre? —preguntó con ansiedad—. Madame se ha disgustado
por algo... ha armado un alboroto, ¿verdad?
—No, no es madame, sino el signore Roscari, está
enfermo... ¡se muere!
—¿Que se muere? ¡Oh, vamos!
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Cowan corrió tras ella mientras le conducía al
dormitorio del italiano. El pobre hombre estaba tendido en la cama, o mejor
dicho, retorciéndose presa de convulsiones que hubieran resultado cómicas, de
haber sido menos graves. Paula Nazorkoff hallábase inclinada sobre él y saludó
a Cowan con ademán imperioso.
—¡Ah! Ya está usted aquí. Nuestro pobre Roscari
sufre horriblemente.
Sin duda ha comido algo que le ha hecho daño.
—Me muero —gimió el barítono—. El dolor... es
terrible. ¡Oh!
Y volvió a contorsionarse llevándose ambas manos al
estómago, mientras rodaba por la cama.
—Hay que avisar a un médico —dijo Cowan.
Paula le detuvo cuando él se dirigía a la puerta.
—El doctor ya está en camino y hará todo lo que
esté en su mano por este pobre doliente, todo está ya preparado, pero nadie
conseguirá que Roscari pueda cantar esta noche.
—Nunca volveré a cantar, me estoy muriendo — gimió
el italiano. —No, no se morirá usted —dijo Paula—. No es más que una
indigestión, pero de todas formas es imposible que cante esta noche. —Me han
envenenado.
—Sí, es la ptomaína no cabe duda —dijo Paula—.
Quédese con él, Elisa, hasta que llegue el médico.
La cantante se llevó a Cowan fuera de la
habitación.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó.
Cowan meneó la cabeza desesperado. La hora era muy
avanzada para que pudiera venir nadie de Londres a ocupar el puesto de Roscari.
Lady Rustonbury, que acababa de ser informada de la enfermedad de su huésped,
acudió corriendo por el pasillo para reunirse con ellos. Su principal preocupación,
al igual que Paula Nazorkoff, era el éxito de Tosca.
—Si hubiera otro cantante a mano —gemía la prima
donna.
—¡Ah! —lady Rustonbury lanzó un grito—. ¡Claro!
Breón.
—¿Breón?
—Sí, Eduardo Breón, ya sabe, el famoso barítono
francés. Vive cerca de aquí. Esta semana apareció publicada una fotografía de
su casa en la revista semanal Casas de Campo. Es el hombre que necesitamos.
—Es como una respuesta a nuestra plegaria —exclamó
Paula Nazorkoff—. Breón como Scarpia... le recuerdo muy bien. Era uno de sus
mejores papeles. Pero ahora está retirado, ¿verdad?
—Yo lo traeré —dijo lady Rustonbury—. Déjenlo en
mis manos.
Y siendo una mujer decidida ordenó en el acto que
le prepararan el «Hispano Suiza». Diez minutos más tarde, el retiro campestre
de monsieur Eduardo Breón se vio invadido por una agitada condesa. Lady
Rustonbury, una vez tomaba una decisión, era una mujer muy obstinada, y sin
duda Breón comprendió que no le quedaba otra cosa que hacer sino someterse.
Además, hay que confesarlo, sentía debilidad por las condesas. Era un hombre de
origen humilde, que había alcanzado la cima gracias a su profesión, la cual le
permitía
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codearse con duques y príncipes, cosa que siempre
le satisfacía. No obstante, desde su retiro a aquel lugar olvidado del mundo,
estaba descontento. Echaba de menos aquella vida de adulaciones y aplausos, y
aquel condado inglés no le había reconocido con la prontitud que él hubiera
esperado. Así que le halagó en extremo la petición de lady Rustonbury.
—Haré todo lo que pueda —le dijo sonriente—. Como
ya sabe, no he cantado en público desde hace mucho tiempo. Ni siquiera tengo
discípulos, sólo uno o dos como un gran favor. Pero vaya... puesto que el
signore Roscari se halla indispuesto...
—Ha sido un golpe terrible —dijo lady Rustonbury.
—No es que sea un verdadero cantante —comentó
Breón.
Y le explicó extensamente por qué no lo era. Al
parecer no había habido ningún barítono que se distinguiese desde que se retiró
Eduardo Breón.
—Madame Nazorkoff hará la Tosca —dijo lady
Rustonbury—. La conoce, ¿verdad?
—Nunca me la han presentado —repuso Breón—. La oí
cantar una vez en Nueva York. Una gran artista... tiene sentido del drama.
Lady Rustonbury sintióse aliviada... nunca sabe uno
a qué atenerse con estos cantantes... tienen tan extraños celos y antipatías.
Unos veinte minutos más tarde volvía a entrar en el castillo con aire triunfal.
—Le he traído —exclamó riendo—. El requerido señor
Breón ha sido tan amable... nunca lo olvidaré.
• • •
Todos rodearon al francés y las frases de gratitud
y aprecio fueron como incienso para él. Eduardo Breón, aunque estaba ya cerca
de los sesenta, era todavía un hombre atractivo, alto y moreno, con una
personalidad magnética.
—Veamos —dijo lady Rustonbury—. ¿Dónde está
madame...? ¡Oh, ahí está!
Paula Nazorkoff no había tomado parte en la
bienvenida general prodigada al artista francés. Y había permanecido sentada en
una silla alta de roble junto a la sombra de la chimenea. Claro que no estaba
el fuego encendido, puesto que la noche era calurosa y la cantante se abanicaba
lentamente con un inmenso abanico hecho de palma. Tan ausente y apartada
estaba, que lady Rustonbury temió que se hubiese ofendido.
—Monsieur Breón —le condujo hasta la cantante—.
Dice usted que nunca le han presentado a madame Nazorkoff.
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Con un último floreo del abanico que dejó a un
lado, Paula Nazorkoff ofreció su mano al francés. Y al inclinarse éste sobre
ella un ligero suspiro se escapó de labios de la prima donna.
—Madame —dijo Breón—, nunca hemos cantado juntos.
¡Es uno de
los castigos de mi edad! Pero el azar ha sido bueno
conmigo y ha
acudido en mi ayuda.
Paula rió por lo bajo.
—Es usted demasiado amable, monsieur Breón. Cuando
era todavía una pobre cantante desconocida, estuve sentada a sus pies. Su
«Rigoleto»... ¡Qué arte, qué perfección! Nadie podría igualarle.
—¡Cielos! —exclamó Breón, simulando suspirar—. Mis
días han terminado. Scarpia, Rigoleto, Radamés, Sharpless, cuántas veces los he
representado, y ahora... nunca más. —Sí... esta noche.
—Cierto, madame... Lo olvidaba. Esta noche.
—Ha cantado usted muchas Toscas —le dijo la
Nazorkoff con arrogancia—, ¡pero nunca conmigo! El francés se inclinó.
—Será un honor —dijo en tono bajo—. Es un gran
papel, madame. —Que requiere no sólo un cantante, sino una actriz —intervino
lady Rustonbury.
—Cierto —convino Breón—. Recuerdo que una vez en
Italia, cuando era joven, solía ir a un teatro de Milán un poco apartado. La
butaca me costaba sólo un par de liras, pero aquella noche oí a una cantante
tan buena como pudiera oír en el Metropolitan Opera House de Nueva York. Una
jovencita cantó Tosca, como un ángel. Nunca olvidaré su voz en «Vissi d'Arte»,
su claridad, su pureza. Pero carecía de fuerza dramática.
Paula Nazorkoff asintió.
—Eso se adquiere después —dijo sin alterarse.
—Cierto. Esa joven se llamaba Bianca Capelli... y
yo me interesé por su carrera. Gracias a mí tuvo oportunidad de mejores
contratos, pero era tonta... lamentablemente tonta. Se alzó de hombros.
—¿Por qué era tonta?
Era Blanche Amery, la hija de veinticuatro años de
lady Rustonbury quien había hablado. Una joven esbelta de grandes ojos azules.
El francés volvióse cortésmente hacia ella.
—¡Cielos! Mademoiselle se enamoró de un individuo
de baja estofa, un rufián miembro de la Camorra.
El se vio complicado con la policía y le condenaron
a muerte; ella vino a suplicarme que hiciera algo por salvar a su amante.
Blanche Amery le contemplaba interesada.
—¿Y le ayudó usted? —preguntó sin aliento.
—¿Qué podía hacer yo, mademoiselle? ¿Un extranjero
en el país? —Podía tener influencias —sugirió la Nazorkoff con su voz profunda
y vibrante.
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—De haberlas tenido, dudo que las emplease. Aquel
hombre no lo merecía. Hice cuanto pude por la muchacha.
Sonrió, y su sonrisa dio la impresión a la joven
inglesa que ocultaba algo desagradable, y comprendió que en aquel momento sus
palabras no reflejaban sus pensamientos.
—Hizo lo que pudo por ella —dijo la Nazorkoff—. Fue
muy amable y ella se lo agradecería, ¿verdad? El francés se alzó de hombros.
—El hombre fue ejecutado —explicó—, y ella entró en
un convento.
¡Eh, voilá! El mundo ha perdido una cantante.
Paula Nazorkoff rió por lo bajo.
—Nosotros los rusos somos más mudables —dijo en
tono ligero. Blanche Amery estaba mirando casualmente a Cowan cuando la
cantante pronunció estas palabras y vio su gesto de asombro y cómo entreabría
los labios para hablar, siendo acallado por una mirada de advertencia de Paula.
El mayordomo apareció en la puerta.
—Ya está la cena —dijo lady Rustonbury poniéndose
en pie—. Pobrecitos, qué pena me dan ustedes, debe ser terrible pasar hambre
antes de cantar. Pero luego se les dispondrá una espléndida cena.
—Esperemos —dijo Paula Nazorkoff, riendo
suavemente—. Hasta después.
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III
En el interior del teatro, el primer acto de Tosca
acababa de llegar a su fin. El público empezó a moverse haciendo comentarios.
Sus majestades, encantadoras y graciosas, ocupaban tres butacas forradas de
terciopelo de la primera fila. Todo el mundo hablaba en voz baja, pues la
impresión general era que en el primer acto, Paula Nazorkoff apenas había
estado a la altura de su gran fama. La mayoría no comprendían que en aquello la
cantante demostraba su arte, ahorrando en el primer acto su voz y su persona. Hizo
de la Tosca una figura frívola, ligera, jugando con el amor, coqueta, celosa y
exigente. Breón, aunque la gloria de su voz había perdido vigor, todavía supo
representar magníficamente al cínico Scarpia, sin que nada descubriera al
decrépito libertino en la representación de su papel. Hizo de Scarpia una
figura atrayente, casi benévola, dejando entrever ligeramente la sutil
malevolencia que ocultaba su aspecto externo. En el último pasaje, con el
órgano y la procesión, cuando Scarpia permanece absorto en sus pensamientos
tramando un plan para conquistar a Tosca, Breón desplegó unas tablas
maravillosas. Ahora el telón se alzó para dar paso al segundo acto. La escena
ocurría en las habitaciones de Scarpia.
Esta vez, al aparecer Tosca en escena, se hizo
patente su arte dramático. Allí era una mujer presa de terror, y representó su
papel con la seguridad de una actriz consumada. ¡Su saludo a Scarpia, su
indiferencia, sus sonrisas al contestarle! En esta escena, Paula Nazorkoff
actuaba con sus ojos, moviéndose con gran lentitud y dejando su rostro
sonriente e impasible. Sólo sus ojos que no cesaban de dirigir terribles
miradas a Scarpia traicionaban sus verdaderos sentimientos, y así fue
continuando la historia, la escena de tortura, el derrumbamiento de la
compostura de Tosca y su completo abandono al caer a los pies de Scarpia
suplicando en vano su clemencia. Lord Leconmere, buen entendido en música, hizo
un gesto de aprobación, y un embajador extranjero sentado a su lado murmuró:
—Esta noche la Nazorkoff se supera a sí misma. No
existe ninguna otra mujer que se abandone en la escena como ella. Leconmere
asintió.
Ahora Scarpia exige su precio y Tosca, horrorizada,
corre hacia la ventana huyendo de él. Se oye el lejano batir de los tambores y
Tosca se arroja desfallecida sobre el sofá. Scarpia, de pie junto a ella,
relata cómo su gente es llevada al patíbulo... y luego silencio, y de nuevo el
lejano batir de los tambores. La Nazorkoff continúa tendida en el sofá con la
cabeza colgando hacia atrás, casi tocando el suelo y oculta por sus cabellos.
Entonces, en exquisito contraste con la pasión violenta de los últimos veinte
minutos, su voz vuelve a surgir,
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alta y pura, la voz, como dijera a Cowan, de un
niño o de un ángel.
Vissi d'arte, vissi d'amore, no feci mai male ad
anima vival.
Con man furtiva quante miseria conobbi, aiutai.
Era la voz de un niño intrigado, o extasiado. Luego
una vez más vuelve a arrodillarse implorante para suplicar, hasta el instante
en que entra Spoletta. Tosca, agotada, accede, y Scarpia pronuncia las palabras
fatales de doble sentido. Spoletta parte de nuevo, y entonces llega el momento
dramático en que Tosca, alzando una copa de vino en su mano temblorosa, coge un
cuchillo de encima de la mesa y lo oculta tras ella.
Breón se levanta y va hacia Tosca inflamado de
pasión. ¡Tosca finalmente mía! Los focos hicieron brillar el cuchillo mientras
Tosca murmuraba su grito de venganza:
—Questo e il baccio di Tosca! (Así es como besa
Tosca.)
Paula Nazorkoff nunca había representado con tal
propiedad el acto de venganza de Tosca. El último susurro fiero Mouri dannato y
luego con voz extraña que llenó el teatro dijo: —Or gli perdono! (Ahora te
perdono.)
La suave melodía fúnebre empieza a sonar mientras
Tosca realiza el ceremonial, colocando un candelabro a cada lado de la cabeza
de Scarpia y un crucifijo sobre su pecho, y luego se detiene largamente en la
puerta mirando hacia atrás para contemplar su obra, mientras se vuelven a oír
los tambores y cae el telón.
Esta vez el público fue presa de verdadero
entusiasmo, pero duró poco... Alguien salió de entre bastidores para hablar con
lord Rustonbury. Este último se levantó, y después de un par de minutos de
consulta, se volvió para llamar a sir Donald Clathorp, un médico eminente.
Pronto circuló la verdad entre el público. Algo había ocurrido... un
accidente... y alguien estaba gravemente herido. Uno de los cantantes apareció
ante el telón, y explicó que el señor Breón había sufrido un accidente... y la
ópera no podía continuar. Otra vez comenzaron los rumores. Breón había sido
apuñalado, la Nazorkoff había perdido la cabeza, representando su papel tan a
lo vivo que había apuñalado realmente al hombre que cantaba con ella. Lord
Leconmere, mientras hablaba con su amigo el embajador, sintió que le tocaban en
el brazo y al volverse pudo mirarse en los resplandecientes ojos de Blanche
Amery.
—No fue un accidente —dijo la joven—. Estoy segura
de que no ha sido un accidente. ¿No oyó usted poco antes de cenar, esa historia
que él contaba de una joven italiana? Esa joven era Paula Nazorkoff. Poco
después, al decir ella que era rusa, vi que el señor Cowan se extrañaba. Tal
vez haya adoptado un nombre ruso, pero él sabe perfectamente que es italiana.
—Mi querida Blanche —dijo Leconmere.
—Le digo que estoy segura. En su habitación tiene
una revista abierta
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por la página donde aparece la fotografía de la
casa de campo del señor Breón. Ella lo sabía antes de venir aquí. Y creo que le
dio algo a ese pobre italiano para que se pusiera enfermo.
—Pero, ¿por qué? —exclamó lord Leconmere—. ¿Por qué
razón? —¿No lo comprende? Es la historia de Tosca que se repite. El quiso
conquistarla en Italia, pero ella fue fiel a su amante, y acudió a él para que
le salvara, y él simuló hacerlo, pero en vez de eso le dejó morir. Y ahora al
fin ha conseguido vengarse. ¿No oyó usted cómo susurraba Yo soy Tosca? Y yo vi
el rostro de Breón cuando ella lo dijo, y entonces... la reconoció.
En su camerino,
Paula Nazorkoff permanecía
sentada e inmóvil,
cubierta por una capa de armiño, cuando llamaron a
la puerta.
—Adelante —dijo la prima donna.
Entró Elisa sollozando.
—¡Madame, madame, está muerto! Y...
—Sigue...
—Madame, ¿cómo decírselo? Hay dos caballeros que
son de la policía y quieren hablar con usted.
Paula Nazorkoff se puso en pie irguiéndose en toda
su estatura.
—Yo iré a verles —dijo tranquila.
Y quitándose el collar de perlas que rodeaba su
cuello, lo puso en manos de la muchacha.
—Esto es para ti, Elisa, has sido una buena chica.
No voy a necesitarlas a donde me llevan ahora. ¿Comprendes, Elisa? No volveré a
cantar Tosca.
Se detuvo un momento junto a la puerta, mientras
sus ojos recorrían el camerino, como si recordara sus treinta años de carrera
artística. Luego entre dientes, y sin alzar la voz, pronunció la última frase
de otra ópera:
La comedia e finita!


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