© Libro N° 8584. El Control De
Nuestras Vidas. Chomsky, Noam. Emancipación. Mayo 8 de 2021.
Título
original: © El
Control De Nuestras Vidas. Noam Chomsky
Versión Original: © El Control De Nuestras Vidas. Noam Chomsky
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
https://www.liankas.net/index.php/ultimos-libros/item/10217-el-control-de-nuestras-vidas-pdf-noam-chomsky
Licencia Creative Commons:
Emancipación
Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Portada E.O. de Imagen original:
https://www.liankas.net/index.php/ultimos-libros/item/10217-el-control-de-nuestras-vidas-pdf-noam-chomsky
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Noam Chomsky
El Control De Nuestras Vidas
Noam Chomsky
NOAM CHOMSKY
El control de nuestras vidas
No es una exageración decir que a los esfuerzos
dedicados a control ar nuestras vidas son una cuestión recurrente en la
historia del mundo, con especial énfasis en los últimos siglos, escenario de
grandes cambios en las relaciones humanas y en el orden mundial. Esta cuestión
es demasiado intensa para discutirla aquí en su totalidad, por lo que, en
primer lugar sólo me centrare en las actuales manifestaciones de estos
esfuerzos y en sus raíces, con un ojo puesto en lo
que podría llegar. Lo haré desde una perspectiva global , sin duda el espacio
en que estas cuestiones surgen.
Durante el año pasado, las cuestiones globales
fueron vistas en términos vinculados a la noción de soberanía, esto es, al
derecho de las entidades políticas a seguir su propio curso,
que puede ser inofensivo o nefasto, y hacerlo sin
interferencias externas. En el mundo real, las interferencias se producen por
parte de poderes extremadamente concentrados, cu-
ya sede está en EE UU. Este poder global
concentrado tiene varios nombres, dependiendo de qué aspecto de soberanía y
libertad tenga uno en menee. Así, a veces se llama consenso
de Washington, o complejo Wall Street-Tesoro
Público, u OTAN, o burocracia económica internacional (la Organización Mundial
de Comercio, el Banco Mundial, y el FMI), o
G-7 (los países ricos, occidentales e industriales)
o G-3 o, quizás mejor G-l. Desde una perspectiva más de fondo, podríamos
describir estos poderes como un puñado de grandes
empresas -a menudo unidas por alianzas estratégicas
que administran una economía global que constituye, de hecho, una especie de
mercantilismo corporativo que tiende al oligopolio en la mayoría de sectores,
abiertamente aliadas con el poder estatal en su tarea de socialización del
riesgo y el coste y para la subyugación de los elementos recalcitrantes.
Durante el año pasado las cuestiones d e la
soberanía han surgido en dos campos. Una tiene que ver con el derecho soberano
de estar a salvo de una intervención militar. Aquí las
cuestiones surgen en un orden mundial basado en
estados soberanos. En segundo lugar aparece la cuestión de los derech os de
soberanía desde el punto de vista de la intervención socioeconómica. Estos
temas surgen en un mundo dominado por empresas multinacionales, especialmente
instituciones financieras y por un esquema integral que ha sido construido para
servir a sus intereses (por ejemplo, algunos de estos asuntos surgieron
inopinadamente en Seattle en noviembre pasado).
En lo que se refiere a las intervenciones
militares, fue este un tema de primer orden el año pasado. Dos casos tuvieron
particular significado y atención: Timor Oriental y Kosovo (en orden inverso,
lo cual tiene su interés, ya que invierte el calendario y el significado).
Habría mucho que decir sobre este tema si el espacio lo permitiera. Pero aquí
voy a tratar sobre la segunda cuestión y me voy a
3
centrar en ella, es decir, en soberanía, libertad y
derechos humanos. Estos son los temas que despuntan en terreno socioeconómico.
Para empezar cabe hacer un comentario general: la
soberanía no es un valor en sí misma. Es tan sólo un valor en la medida en que
relaciona la libertad y los derechos, ya sea potenciándolos o debilitándolos.
Me gustaría dar por sentado algo que puede parecer obvio, pero que de hecho es
polémico.
Cuando hablamos de libertad y derechos, nos viene a
la mente el concepto de seres humanos, esto es, personas de carne y hueso, no
abstracciones políticas o construcciones legales como empresas, o estados, o
capital. Si dichas entidades tienen algún derecho, lo cual es discutible, debe
ser derivado de los derechos de la gente. Este es el núc leo de la doctrina
liberal, y a ella se oponen los sectores más ricos y privilegiados, y esto es
así tanto en el campo político como en socioeconómico.
En el campo de la política, el eslogan habitual es
<<soberanía popular en un gobierno de, por y para el pueblo >>,
pero el esquema de funcionamiento difiere bastante de eslogan, pues consiste en
considerar al pueblo como un enemigo peligroso. Debe ser controlado, por su
propio bien. Estas consideraciones se retrotraen a varios siglos, hasta las
primeras revoluciones democráticas modernas, en el siglo XVII en Inglaterra y
un siglo más tarde en las colonias norteamericanas
. En ambos casos los demócratas fueron vencidos
usando todos los medios, aunque no del todo ni para siempre. En el siglo XVII,
en Inglaterra, gran parte de la población no quería ser dominada ni por el rey
ni por el parlamento. Recordemos que son éstos los dos contendientes en la
versión al uso de la guerra civil pero, como en la mayoría de guerras civiles
una buena parte de la población no quería a ninguno de los dos. Tal como se
leía en sus panfletos, querían ser gobernados "por gente del campo como
nosotros, que conocen nuestras s necesidades", no por "caballeros y
nobles qua nos imponen leyes, son elegidos por miedo, nos oprimen , y no
conocen los males de la gente".
Estas mismas ideas animaron a los granjeros
rebeldes de las colonias un siglo más tarde, Pero el sistema constitucional fue
diseñado de modo bastante diferente. Fue construido
Para bloquear tal herejía. El objetivo era
“proteger a la minoría opulenta frente a la mayoría”, y alenta frente a la
mayoría", y asegurarse de que “el país es gobernado por aquellos que lo
poseen”. Estas son las palabras del líder granjero ]ames Madison, y del
presidente del Congreso Continental y primer juez del Tribunal Supremo, John
]ay. Dicha concepción prevaleció, pero los conflictos continuaron. Han adoptado
continuamente nuevas formas ,de hecho están abiertos, y a pesar de todo, la
doctrina elitista continúa inamovida en lo esencial.
Ya en el siglo XX, la población ha sido contemplada
como "ignorante y maleducada, se mete en todo”, su papel es el de
"espectadores", no de "participantes", excepto durante esas
oportunidades periódicas en que hay que elegir entre los responsables del po
der privado. Es lo que se
ha dado en llamar elecciones. Durante las
elecciones, la opinión pública es considerada esencialmente irrelevante si
entra en conflicto con las demandas de la minoría opulenta que poseen el país.
4
Un ejemplo contundente, y hay muchos, tiene que ver
con el orden económico interna - cional, con los llamados acuerdos comerciales.
La población, en general, se opone sin paliati - vos a la mayor parte de estas
cosas, tal como ponen claramente de manifiesto las encuestas, pero estas
cuestiones no aparecen durante las elecciones. No aparecen porque los centros
de poder, la minoría opulenta, permanece unida ante la defensa de la
institucionalización de
un particular orden socioeconómico. Así que estas
cuestiones no aparecen. Lo que se discu-
te no les preocupa en exceso. Esto es muy normal, y
toma sentido a partir de la asunción de que el papel del ciudadano, como
ignorante y maleducado que se mete en todo, es simplemente el de espectador. Si
la ciudadanía, como sucede a menudo, intenta organizarse y meterse en política
para participar, para presionar a favor de sus preocupaciones, entonces hay un
problema. Esto no es democracia, es "una crisis de la democracia" y
hay que superarla.
Todas estas citas son de liberales, del ala
progresista del abanico ideológico moderno, pero los principios son grosso modo
los mismos. Los últimos 25 años han sido uno de esos períodos, que llegan de
vez en cuando, de importante campaña organizada para intentar superar lo que se
percibe como crisis de la democracia y para reducir al ciudadano a su papel
apático, pasivo y obediente espectador. La política es así.
En el campo socioeconómico ocurren cosas similares.
Se han desarrollado paralelamente conflictos parecidos durante mucho tiempo.
Durante los primeros días de la Revolución Industrial en EE UU, en Nueva
Inglaterra, hace 150 años, había una prensa obrera muy activa e independiente,
gestionada por mujeres jóvenes procedentes de las granjas o de los talleres de
artesanía de los pueblos. Condenaban la "degradación y subordinación"
del nuevo sistema industrial emergente, que obligaba a la gente a alquilarse
para sobrevivir. Vale la pena recordar que el salario fue considerado como no
muy diferente de la esclavitud ya en esa época, y no solamente por los
trabajadores de las fábricas, sino también por gran parte de la corriente
intelectual dominante, como por ejemplo Abraham Lincoln, o el Partido
Republicano, o incluso las editoriales del New York Times (lo deben haber
olvidado).
La clase trabajadora se opuso al retomo de lo se
llamó "los pricipios monárquicos" en el sistema industrial, y reclamó
que aquellos que trabajaban en las fábricas las debían poseer, evocando el
espíritu del republicanismo. Denunciaron lo que llamaron el "nuevo
espíritu de la época:
“enriquecerse y olvidarse de todo menos de uno
mismo", una visión rebajada degradante de la vida humana que debe ser
inculcada en pensamiento de la gente sin escatimar esfuerzos, lo que de hecho
ha ocurrido durante siglos.
5
Durante el siglo XX, la literatura sobre la
industria de la comunicación pública nos proporciona una rica e instructiva
retahila de instrucciones sobre cómo implementar el "nuevo espíritu de la
época" mediante la creación de necesidades, o bien a través de "regir
la opinión pública del mismo
Modo que un ejército rige los cuerpos de sus
soldados", e induciendo a una "filosofía de la futilidad" y a
una carencia de objetivos en la vida, concentrando la atención humana en
"las co - sas más superficiales, las referidas en gran parte al consumo de
moda". Si esto es posible, entonces la gente aceptará su insignificante y
subordinada vida, apropiada para ellos, y así se dejarán de ideas subversivas,
de tomar el control de sus vidas.
Es éste un proyecto de ingeniería social de
envergadura.
Ha sido así durante siglos, pero se ha
intensificado y ha tomado mayor calibre desde el siglo pasado. Hay muchas
maneras de implementarlo. Algunas son las que ya he indicado y
sería redundante ilustrar. Otras incluyen minar la
seguridad, y aquí podemos encontrar varias maneras. Una manera de minar la
seguridad es amenazar con la pérdida del empleo,
una de las mayores consecuencias, y que
racionalmente se debe asumir, de los objetivos de los mal llamados acuerdos
comerciales (subrayo "mal llamados" porque no son acuerdos de
librecambio, ya que contienen fuertes elementos antimercado, de variada
naturaleza, y stríctu sensu no son acuerdos, ya que a la gente le preocupan, y
en gran medida se oponen a ellos). Una consecuencia de estos proyectos es
facilitar la amenaza (que no tiene porqué ser real, a veces con la amenaza
basta) de la pérdida del empleo, lo que constituye una buena manera de
disciplinar minando la seguridad.
Otra estratagema es la promoción de lo que se llama
"la flexibilidad del mercado de trabajo". Déjenme citar al Banco
Mundial, que expone la cuestión sin tapujos. Dice: "el incremento de la
flexibilidad en el mercado de trabajo, a pesar de su mala fama, y de que se ha
adoptado como un eufemismo de disminución de salarios y de despido de
trabajadores" (que es exactamente lo que es) "es esencial en todas
las regiones del mundo (...) Las reformas más importantes implican
el levantamiento de restricciones a la movilidad
laboral y la flexibilidad salarial, así como desvincular los servicios sociales
de los contratos laborales". Esto significa rebajar los bene-ficios y los
derechos que se han conquistado por varias generaciones y tras una dura lucha.
Cuando se habla de rebajar las restricciones a la flexibilidad salarial,
quieren decir flexibilidad hacia abajo, no hacia arriba. Cuando se habla de
movilidad laboral no se hace referencia al derecho de la gente de mudarse allá
donde quiera, tal como ha sido siempre reclamado desde la teoría del libre
mercado, desde Adam Smith, sino más bien se hace referencia al derecho de
despedir trabajadores cuando convenga la actual versión de la globalización
basada en los inversores
el capital y las empresas deben tener libertad de
movimientos, pero no así la gente, ya que sus derechos son secundarios,
anecdóticos.
Estas "reformas esenciales", tal como las
denomina el Banco Mundial, están impuestas en gran parte del mundo como
condiciones para disponer del visto bueno del Banco Mundial y del FMI. En los
países industriales se introducen de otro modo, y también se han revelado
efectivas.
6
Alan Greenspan declaró ante el Congreso que la
"mayor inseguridad de los trabajadores" ha constituido un factor
importante en lo que se ha llamado "el cuento de hadas de la
economía". Mantiene la inflación baja, ya que los trabajadores tienen
miedo de reclamar más salario y beneficios. Se encuentran inseguros. Esto se ve
a las claras si examinamos las estadísticas. Durante los últimos 25 años, en
este período de repliegue de crisis de la democracia, los salarios se han
estancado o han bajado para la mayor parte de la fuerza de trabajo, para los
trabajadores no cualificados , y las horas de trabajo han aumentado
espectacularmente; esto se comenta, por supuesto, en la prensa económica, que
lo describe como “un desarrollo deseado de trascendente importancia”, con
trabajadores obligados a abandonar sus “lujosos estilos de vida”, mientras los
beneficios empresariales son “superlativos” y “estupendos” (Wall Street
Journal, Business Week y Fortune)
En las dependencias, las medidas son menos
delicadas. Una de ellas es la llamada "crisis de la deuda", sin
atribuible a los programas del Banco Mundial y del FMI, y tambien al hecho de
que la parte rica del Tercer Mundo está, en su su mayor parte, exenta de
obligaciones sociales. Esto es radicálmente cierto en América Latina, y
constituye uno de los problemas principales. La "crisis de la deuda"
es real, pero vayamos un poco más allá. De ningún modo es un simple hecho
económico. Se trata, en un sentido amplio, de destrucción ideológica. Lo que se
ha dado en llamar “deuda” podría ser superado fácilmente de varias y
elementales maneras.
Una manera de superarla sería revisar el principio
capitalista de que el que pide prestado tiene que pagar y el prestamista tiene
que tomar el riesgo. Así, por ejemplo, si alguien me presta dinero y lo mando a
mi banco en Zurich y me compro un Mercedes, y luego ese alguien viene y me
pregunta por el dinero, está claro que no puedo decirle: "Lo siento, no lo
tengo. Cójalo de mi Vecino”. Aunque uno quiera asumir el riesgo del préstamo,
está claro que no puede decir “mi vecino pagará por mí”.
Sin embargo, en las negociaciones internacionales
se funciona así. En esto consiste la "crisis de la deuda". La deuda
no la debe pagar la gente que pidió prestado (los dictadores militare s y sus
compinches, los ricos y privilegiados que hemos apoyado en sociedades altamente
autoritarias), estos no tienen que pagar. Por ejemplo, veamos el caso de
Indonesia, donde la deuda actual es de un 140% del PIB. El dinero fue concedido
a la dictadura militar y sus amigos y probable-
mente llegó a quizás unas doscientas personas del
entorno exterior, pero es pagado por la población mediante durísimas medidas de
austeridad. Los prestamistas están protegidos del riesgo en su mayor parte.
Utilizan el dinero resultante del traspaso del riesgo a la sociedad mediante
diversas
7
estrategias de socialización de costes,
transfiriéndolos a los contribuyentes del Norte. Esta es una de las funciones
del FMI.
En América Latina pasa lo mismo. La enorme deuda
Latinoamericana no puede considerarse algo muy diferente de la fuga de
capitales de América Latina, lo que sugiere una manera simple de tratar la
deuda (o al menos una gran parte de ésta), siempre y cuando alguien crea en el
principio capitalista anterior, el cual resulta "inaceptable", por
supuesto, ya que pone el acento en la gente "equivocada", en la
minoría opulenta.
Hay otros modos de eliminar la deuda y también
dejan entrever que se trata de una construcción ideológica. Otro método, aparte
del principio capit alista, es el principio de Derecho Internacional
introducido por EE UU cuando, según los libros de historia, "liberó"
Cuba, es decir, cuando la conquistó en prevención de que se liberara ella misma
de España en 1898. Una vez "liberada", EE
UU canceló
su de uda con España con el argumento perfectamente razonable de que la deuda
fue impuesta sin el consentimiento de la población, que fue impuesta bajo
condiciones coercitivas. Ese principio entró en el Derecho Internacional,
básicamente a instancias de EE UU. S e llama el "principio de la deuda
odiosa". Una "deuda odiosa" es inválida, no hay que pagarla.
Esto ha sido reconocido por el director ejecutivo
estadounidense del FMI: si ese principio estuviera al alcance de las víctimas,
no sólo de los ricos, la deuda del Tercer Mundo se evaporaría en su mayor pane,
ya que es inválida. Es deuda odiosa.
Pero esto no ocurrirá. La deuda odiosa es un arma
muy poderosa de control que no se puede abandonar. Para aproximadamente la
mitad de la población mundial, en estos momen tos y gracias a este método, sus
políticas económicas nacionales las dirigen burócratas desde Washington.
Además, la mitad de la población del mundo (no la
misma de antes, aunque se puede solapar), está sujeta a sanciones unilaterales
de EE UU, lo que constituye una forma de coacción económica que, de nuevo, mina
severamente la soberanía y ha sido condenada repetidamente, hace muy poco de
nuevo, por Naciones Unidas como inaceptable. Pero parece que no importa.
Entre los países ricos hay otras maneras de llegar
a resultados similares. Volveré luego sobre ello, pero antes unas palabras
sobre algo que jamás deberíamos olvidar: las estrategias utilizadas en las
dependencias pueden ser extremadamente brutales. Los jesuítas organizaron una
conferencia en San Salvador hace un par de años. Se habló en ella del
terrorismo de Estado de los años 80 y de su continuación a través de las
políticas socioeconómicas impuestas por los vencedores. La conferencia tomó
buena nota de lo que denominó la residual "cultura del ter ror", que
dura tras el declive del terror de facto y tiene como efecto la
"domesticación de las expectativas de
la mayoría", que abandona cualquier idea de
"alternativa a las exigencias de los poderosos". Han aprendido la
lección: No Hay Alternativa (TINA) ', tal como rezaba la cruel frase de Maggie
Thatcher. La idea de que no hay alternativa es el eslogan habitual en la
versión empresarial de la globalización. En las dependencias, los grandes
logros de las operaciones terroristas han consistido en destruir las esperanzas
que habían surgido, en América Latina y en Centroamérica durante los años 70,
de la mano de las organizaciones populares a lo largo y ancho de la región, y
también de la Iglesia, cuya opción "por los pobres" le costó severos
castigos por hab erse apartado del buen camino.
A veces las lecciones sobre el pasado se reescriben
más cuidadosamente y en un tono más mesurado. Se percibe hoy un torrente de
autocomplacencia acerca de "nuestro" éxito a la hora de inspirar la
ola de democracia en "nuestras" dependencias latinoamericanas. Este
tema está tratado
8
de otro modo, y más cuidadosamente, en una revista
académica por un especialista en el tema, Tilomas Carrothers, quien escribe,
tal como él mismo dice, desde una "perspectiva interna", ya que
trabajó en la administración Reagan en el programa del Departamento de Estado
de fortalecimiento de la democracia, tal como lo llamaban ellos. Carrothers
cree que Washington tenía buenas intenciones, pero reconoce que, en la
práctica, la Administración Reagan b uscó mantener "un orden mínimo en...
sociedades no demasiado democráticas" y evitar "cambios basados en el
populismo", y como sus predecesores, adoptó "políticas
prodemocráticas como medio de quitar presión a tentativas de cambio más
radicales, pero inevitablemente buscó sólo limitados cambios democráticos de
perfil bajo, que no pusieran en riesgo las tradicionales estructuras
de poder de las cuales los Estados Unidos han sido
durante mucho tiempo aliados". Hubiera sido más apropiado decir que
"las estructuras tradicionales de poder con las que las es-
tructuras tradicionales de poder de EE UU han
estado durante mucho tiempo aliadas", y sería más exacto.
El mismo Carrothers se muestra insatisfecho con el
resultado, pero describe lo que él denomina la "crítica liberal" como
débil en sus fundamentos. Dicha crítica deja los viejos
debates "sin resolver", dice, a causa de
"su perenne debilidad". Esta perenne debilidad consiste en no ofrecer
ninguna alternativa a la política de restauración de las estructuras
tradicionales de poder, en este caso mediante el terror asesino que dejó unos
doscientos mil cadáveres durante los años 80 y millones de refugiados, heridos
y huérfanos en sociedades devastadas. De nuevo aparece TINA.
El mismo dilema aparece al otro lado del abanico
político. El principal especialista en América Latina del presidente Cárter,
Robert Pastor, se encuentra lejos de esta visión pacífica. Explica en un
interesante libro porqué la administración Cárter tuvo que apoyar al asesino y
corrupto régimen d e Somoza hasta su amargo final, cuando hasta las estructuras
tradicionales de poder giraron la espalda al dictador. EE UU (la administración
Cárter) tuvo que intentar mantener la guardia nacional que había formado y
entrenado y que estaba atacando a su población "con una brutalidad que una
nación ormalmente reserva para sus enemigos", escribe. Todo esto se hizo
aplicando el principio TINA. He aquí la razón: "EEUU no quería controlar
Nicaragua u otros países de la re-gión, pero tampoco quería desenlaces que
escaparan a su control. Quería que Nicaragua actuara independientemente,
excepto (el énfasis es suyo) si esto afectaba adversamente a los intereses de
EE UU".
Así, en otras palabras, los latinoamericanos serian libres, libres para actuar
de acuerdo con sus deseos. O sea: queremos que sean libres para elegir, a no
ser que se inclinen por opciones que no queremos, en cuyo caso nos veremos
obligados a restaurar las estructuras tradicionales de poder mediante la
violencia, si es necesario. Esta es la cara más progresista y liberal del
abanico político.
Hay voces fuera del abanico, no voy a negarlo. Por
ejemplo, hay una idea según la cual la gente debería tener derecho a
"participar en las decisiones que continuamente modifican su modo de vida
en lo esencial", que no vean sus esperanzas "truncadas
cruelmente" dentro de u n orden global en el cual "el poder político
y financiero se concentra" mientras que los mercados financieros
"fluctúan erráticamente" con devastadoras consecuencias para los
pobres, "las elecciones pueden manipularse", y "los aspectos negativos
y otros son considerados completamente irrelevantes" por los poderosos.
Estas citas están tomadas de un cierto extremista radical del Vaticano, de cuyo
mensaje anual de año nuevo la prensa nacional apenas se hizo eco, y se trata
sin duda de alternativas que no se encuentran en la agenda.
¿Por qué hay tal grado de consenso en que América
Latina y por extensión el mundo, no está autorizada a ejercer su soberanía, es
decir, a tomar el control de sus vidas? A nivel global, análogamente, es el
miedo intrínseco a la democracia. De hecho esta pregunta se ha formulado
9
frecuentemente modos muy ilustrativos; en primer
lugar, en el conjunto de documentos internos de que disponemos (estamos en un
país bastante libre, disponemos de un rico registro de documentos
desclasificados, algunos de ellos muy instructivos). El argumento que los
recorre se ve ilustrado fehacientemente uno de los casos más importantes, una
conferencia hemisférica a la que EE UU llamó en febrero de 1945 de cara a
imponer lo que se denominó la Carta Económica para las Américas, que constituía
una de las piedras angulares del mundo de posguerra todavía vigente. La Carta
hacía un llamamiento para terminar con el "nacionalismo económico (es
decir soberanía) en todas sus formas". Los latinoamericanos deberían
evitar lo que se denominó un desarrollo industrial "excesivo" que
compitiera con los intereses de EE UU, aunque podrían acceder a un
"desarrollo complementario". Así que Brasil podía producir el acero
de bajo coste que no interesara a las empresas de EE UU. Era crucial "proteger
nuestros recursos", tal como escribió George Kennan, aunque ello
requiriera de "Estados-policía".
Washington tuvo problemas para imponer la Carta. En
el Departamento de Estado internamente se lo habían planteado a las claras: los
latinoamericanos se equivocaron de elección. Estos hacían llamamientos para
implementar "políticas diseñadas para mejorar la distribución de la renta
y para aumentar el nivel de vida de las masas", y se hallaban en el
"convencimiento de que los primeros beneficiarios del desarrollo de los
recursos de un país debe ser la gente del país", no los inversores de EE
UU. Esto era inaceptable, por lo que el ejercicio de la soberanía no podía
permitirse. Pueden ser libres, pero libres para hacer las elecciones correctas.
Este mensaje ha sido forzadamente recordado de
manera regular, episodio tras episodio, hasta hoy. Mencionaré un par de
ejemplos. Guatemala tuvo un breve interludio de democracia, truncado por un
golpe de estado de EE UU. Al ciudadano esto se le presentó como una defensa
contra los ru - sos. Algo exótico, pero fue así. Internamente la estocada fue
diferente y la amenaza fue vista de modo más real. He aquí el modo en que lo
vieron: "Los programas económicos y sociales del gobierno electo se
acordaban de las aspiraciones" de los trabajadores y los campesinos, e
"inspiraban lealtad y defendían los intereses de la mayor parte de los
guatemaltecos más conscientes". Todavía peor, el gobierno de Guatemala se
había vuelto "una amenaza creciente para la estabilidad de Honduras y El
Salvador. Su reforma agraria era una poderosa arma de propaganda; sus amplios
programas sociales de ayuda a los trabajadores y campesinos, en una lucha
victoriosa contra las clases altas y las grandes empresas extranjeras, tenían
gran predicamento entre la población de los vecinos centroamericanos donde se
daban condiciones similares".
Así que la solución militar fue necesaria. Duró 40
años y ha dejado la misma cultura de terro r que en sus vecinos
centroamericanos.
Lo mismo aconteció en Cuba, otro caso de
actualidad. Cuando EE UU tomó secretamente la decisión de deponer el gobierno
de Cuba en 1960, el razonamiento fue muy similar.
Esto lo explica el historiador Arthur Schiesinger,
quien resumió para el presidente Kennedy el estudio de una misión a América
Latina en un informe secreto. La amenaza cubana, según la misión, consistía en
"la difusión de la idea de Castro de solucionar uno mismo sus propios
asuntos". Esto era una enfermedad que podía infectar el resto de América
Latina, explicó Schiesinger, donde "los pobres y los excluidos", es
decir, casi todo el mundo, "estimulados por el ejemplo de la revolución
cubana, están exigiendo oportunidades para una vida decente". Así que había
que hacer alguna cosa, y ya se sabe lo que se hizo. ¿Qué tal la "conexión
soviética"? Se mencionaba así en el informe: "Mientras tamo, la Unión
Soviética se deja querer, concediendo grandes préstamos para el desarrollo, y
presentándose a sí misma como el modelo a seguir para alcanzar la modernización
en una sola generación".
10
Bueno, pues esa era la amenaza. La amenaza de tomar
sus vidas bajo su control, y debe ser destruida mediante terrorismo y
estrangulación económica, tal como hoy día continúa.
Todo ello es totalmente independiente de la guerra
fría. Seguramente hoy se da por obvio, sin ni siquiera documentos secretos. Las
mismas preocupaciones de la posguerra fría llevaron al rápido desmantelamiento
del breve experimento democrático en Haití por parte de los presidentes Bush y
Clinton, como continuación de antiguas intervenciones.
Las mismas preocupaciones subyacen en el fondo de
los acuerdos comerciales, como el TLC3 por ejemplo. Vale la pena recordar que
en esas fechas la propaganda decía que iba ser una maravillosa bendición para
la clase trabajadora de los tres países (Canadá, EE UU, y México). Estas ideas
fueron discretamente abandonadas poco después, cuando se vio lo que había. Lo
que era obvio desde el principio fue finalmente aceptado. El objetivo consistía
en "encerrar a México en las reformas" de los años 80, las cuales redujeron
drásticamente los salarios, y enriquecieron a un pequeño sector de inversores
extranjeros. Las preocupaciones de fondo se articularon
en una conferencia en Washington sobre estrategias
de desarrollo en América Latina, en 1990. Se advirtió que "una democracia
abierta pondría a prueba la apuesta de entronizar
un gobierno más interesado en retar a EE UU en
aspectos económicos y nacionalistas". Señalemos que es la misma amenaza de
1945, desde entonces superada encerrando a México en obligaciones derivadas de
tratados. Estas mismas razones subyacen detrás de medio siglo de tortura y
terror, no sólo en el hemisferio occidental. Se encuentran también en el núcleo
de los a cuerdos sobre derechos de los inversores que están siendo impuestos
bajo esta forma especifica de globalización que está diseñada por el nexo de poder
estado -empresas.
Pero volvamos al punto de partida: la contestada
cuestión de la libertad y los derechos , y consecuentemente la soberanía que de
ello se deriva. ¿Es inherente a las personas de carne
y hueso, o sólo a aquellas ricas y privilegiadas?
¿O incluso a construcciones abstractas como las empresas, o el capital, o los
estados? En el siglo pasado la idea de que tales entidades
tienen derechos especiales sobre las personas fue
defendida contundentemente. Los ejemplos más prominentes son el bolchevismo, el
fascismo y la idea de empresa privada, que constituye una forma de tiranía
privatizada. Dos de estos sistemas se colapsaron. El tercero está vivo y
progresando bajo el manto de TINA, "no hay alternativa" al emergente
sistema de mercantilismo empresarial de estado disfrazado de eufemismos como
globalización o librecambio.
Hace un siglo, durante los primeros estadios de
toma del poder de América por parte de las empresas, la discusión sobre estos
temas era bastante abierta. Los conservadores denunciaron el proceso,
describiéndolo como un "retorno al feudalismo" y "una forma de
comunismo", lo que no es par;nada una analogía inapropiada. Los orígenes
intelectuales eran similares, basados en la idea neohegeliana de derecho de las
entidades orgánicas, juntamente con la creencia en 1a necesidad de tener una
administración centralizada de 1os sistemas caóticos, como los mercados, que
estaban totalmente fuera de control. Vale la pena retener la idea de que en lo
que hoy día se denomina "economía de librecambio", una parte muy
grande de las transacciones internacionales (deno-minadas comercio para
despistar), probablemente alrededor del 70% de éstas, se hacen de hecho dentro
de instituciones gestionadas centralizadamente, entre empresas y entre alianzas
empresariales. Por no destacar otras formas de distorsiones radicales del
mercado.
La critica conservadora (uso el término
"conservador un sentido tradicional, tales conservadores hoy día apenas
existen) fue recogida por los liberal-progresistas del extremo del abanico
político a principios del siglo XX, siendo quizás el más renombrado ]ohn Dewey,
importante filóso fo social
11
americano cuyo trabajo se centró en temas de
democracia. Sostuvo que las formas democráticas tienen escasa entidad cuando
"la vida del país" (producción, comercio, medios de comunicación)
está dominada por tiranías privadas en un sistema que él denominó
"feudalismo industrial", en el clase trabajadora está subordinada al
control de los directivos, y la política se ha vuelto "la sombra de las
grandes empresas sobre la sociedad".
Fijémonos que estaba articulando ideas que eran
lugar común entre la clase obrera unos cuantos años antes. Lo mismo ocurrió con
su llamamiento a la eliminación, sustitución del feudalismo industrial mediante
la democracia industrial autogestionada.
Es interesante señalar que los intelectuales
progresistas que se mostraron a favor del proceso de la toma del poder por
parte de las empresas, también estuvieron más o menos de acuerdo con esta
descripción de la situación. Woodrow Wilson, por ejemplo, escribió que "la
mayor parte de los hombres son sirvientes de las grandes empresas", que
actualmente constituyen "la mayor parte de los negocios del país" en
una América muy diferente de la anterior, que ya no es un lugar de emprendedores
individuales, de oportunidades individuales y de logros individuales"; en
la nueva América que surge, "pequeños grupos de hombres controlan grandes
empresas, ostentan el poder, el control sobre la riqueza, las oportunidades de
negocio del país", tornándose "rivales del mismo gobierno", y
minando la soberanía popular, ejercida a través de un sistema político
democrático.
Aunque observemos que esto fue escrito en apoyo del
proceso. Describía el proceso como quizás desafortunado, pero necesario,
alineándose en particular con el mundo de los negocios tras los destructivos
fallos del mercado de los años precedentes, que convencieron al mundo
de los negocios y a los intelectuales progresistas
de que los mercados había que administrarlos y que las transacciones
financieras había que regularlas.
Cuestiones similares, muy similares, están hoy de
moda en la arena internacional. Por ejemplo la reforma de la arquitectura
financiera y cosas así. Hace un siglo, las grandes empresas veían garantizaban
los derechos de las personas mediante una actividad judicial radical, una
violación extrema de los principios liberales clásicos. Fueron asimismo
liberadas de antiguas obligaciones de ceñirse a las actividades empresariales
específicas para las que tenían autorización. Y todavía más, en un importante
cambio de orientación, los jueces decantaron su poder a favor de lo s
accionistas, identificándose en un partenariado con el control centralizado y
con la persona inmortal de la empresa. Aquellos que conozcan la historia del
comunismo reconocerán que este proceso es muy similar al proceso que tenía
lugar a la vez, muy pronto predicho, por cierto, por críticos de iz-quierda,
marxistas de izquierda y críticos anarquistas del bolchevismo, gente como Rosa
Luxemburg, quien había advertido con bastante antelación que la ideología
centralizadora desplazaría el poder de la clase obrera hacia el Partido, hacia
el Comité Central, y luego hacia el líder máximo, tal como ocurrió poco después
de la conquista del poder estatal en 1917, que destruyó a su vez lo poco que
quedaba de los principios y formas socialistas. Los propagandistas de ambos
lados prefieren una historia diferente que les vaya mejor, pero creo que esta
es la correcta.
En años recientes, las grandes empresas han venido
escatimando derechos que van mucho más allá de los de las personas. Bajo las
reglas de la Organización Internacional del Trabajo, las grandes empresas
exigen el respeto al derecho del "tratamiento nacional". Esto quiere
decir que la General Motors, si está operando en México, puede exigir ser
tratada como una empresa mexicana. Este derecho corresponde solamente a las
personas inmortales, no es un derecho de las personas de carne y hueso. Un mexicano
no puede ir a Nueva York y exigir el tratamiento nacional y que se le conceda,
pero las grandes empresas sí.
12
Otras reglas exigen que los derechos de los
inversores, prestamistas y especuladores deben prevalecer sobre los derechos de
la gente de carne y hueso de a pie, minando la soberanía popular y los derechos
democráticos. Las grandes empresas, como bien se sabe, se adaptan y actúan de
muchos modos contra la soberanía de los estados. Hay casos muy interesantes.
Por ejemplo en Guatemala, hace un par de años, se intentó reducir la mortalidad
infantil regulando la comercialización de la leche en polvo para niños por
parte de las multinacionales. Las medidas que Guatemala propuso se adaptaban a
las directrices de la Organización Mundial de la Salud y respetaban los códigos
internacionales, pero la Gerber Corporarion denunció tal expropiación y la
amenaza de una queja de la Organización Mundial de Comercio fue suficiente para
que Guatemala retirara la propuesta por temor a medidas de represalia por parte
de EEUU.
La primera queja bajo la nuevas reglas de la OMC se
formuló contra EE UU por parte de Venezuela y Brasil, que se quejaban de que
las regulaciones EPA referentes al petróleo violaban sus derechos como
exportadores. En esa ocasión Washington aceptó, supuestamente por temor a
sanciones, pero soy escéptico sobre esta interpretación. No creo que EE UU
tenga miedo de sanciones de Venezuela y Brasil, más probablemente la
administración Clinton simplemente no vio ninguna razón de peso para defender
el medio ambiente y proteger la salud.
Obscenas cuestiones de este calibre aparecen una y
otra vez con fuerza. Decenas de millones de personas en todo el mundo mueren de
enfermedades evitables por culpa de medidas proteccionistas escritas en las
reglas de la OMC, que garantizan a las grandes empresas privadas el derecho de
fijar precios monopolistas. Tailandia y Sudáfrica, por ejemplo, que disponen de
industria farmacéutica, podrían producir medicamentos que salvaran vidas por
una fracción del coste del precio monopolístico, pero no se atreven por miedo a
sanciones comerciales. De hecho, en 1998 EE UU llegó a amenazar a la
Organización Mundial de la Salud con retirar sus cu otas si a ésta se le
ocurría controlar los efectos de las condiciones comerciales sobre la salud.
Estas son amenazas reales.
A todo ello se le llama "derechos
comerciales", pero no tienen nada que ver con el comercio. Tienen que ver
con prácticas monopolísticas de fijación de precios reforzada por medidas
proteccionistas que se incluyen en los acuerdos de librecambio. Estas medidas
están diseñadas para asegurar los derechos empresariales, que también tienen
como efecto la reducción del crecimiento y de las innovaciones, naturalmente.
Estas son sólo una parte de la retahila de regulaciones introducidas en estos
acuerdos que frenan el desarrollo y el crecimiento. Lo que motivan estas
medidas son los derechos de los inversores, no el comercio. El comercio, por
supuesto, carece de valor en sí mismo. Sólo tiene valor si incrementa el
bienestar humano.
En general, el principio primordial de la OMC, y de
sus tratados, consiste en que la soberanía y los derechos democráticos tienen
que estar subordinados a los derechos de los inversores. En la práctica esto
significa que prevalecen los derechos de esas gigantescas personas inmortales:
tiranías privadas a las cuales la gente debe subordinarse. Estas son las
razones que condujeron a los notables hechos de Seattie. De todos modos, el
conflicto entre la soberanía popular y el poder privado se puso de manifiesto
mucho más crudamente unos meses después de Seattle, en Montreal, cuando fue
alcanzado un ambiguo acuerdo sobre las bases del llamado "protocolo de
bioseguridad". Ahí la cuestión estuvo clara.
Citando el New York Times, "se alcanzó un
compromiso tras intensas negociaciones que a menudo incitaban el enfrentamienro
de EE UU contra casi todo el mundo" por culpa de lo que se llamó el
"principio de precaución". ¿De qué se trata? El jefe de la delegación
de la Unión Europea lo descri -
13
bió así: "los países deben tener la libertad,
el derecho soberano, de tomar medidas precautorias ante las semillas
genéticamente modificadas, microbios, animales, y cosechas que se sospechen
perju-diciales". EE UU, sin embargo, insistió en aplicar las reglas de la
OMC. Dichas reglas dicen que una importación sólo puede ser prohibida si existe
evidencia científica.
Fijémonos dónde se encuentra aquí el objetivo. Lo
que se discute es si la gente tiene derecho a rechazar ser objeto de un
experimento. Para ejemplificarlo, supongamos que el departamento de biología de
una universidad entrara aquí y nos dijera: "Amigos, vais a ser objeto de
un experimento que tenemos que llevar a cabo.
No sabemos adonde nos va a llevar. No sé, ¿qué tal
unos electrodos en el cerebro para ver qué pasa? Podéis negaros, pero sólo si
podéis esgrimir una evidencia científica de que esto os
va a perjudicar". En condiciones normales no
vamos a poder esgrimir tal evidencia. La pregunta es, ¿tenéis derecho a
negaros? Según las reglas de la OMC, no. Tenéis que ser objetos del
experimento. Es una forma de lo que Edward Hermán llama "soberanía del
productor". El productor reina, son los consumidores los que deben
defenderse de alguna manera. A nivel interno esto funciona, tal como Hermán
apunta. No es responsabilidad, dice, de la industria química ni de los
fabricantes de pesticidas demostrar, probar, que lo que están echando al medio
ambiente es seguro. Es responsabilidad del ciudadano demostrar científicamente
que no lo es, y tiene que hacerlo a través de agencias públicas con bajo
presupuesto, susceptibles de dejarse influir ante las presiones de la
industria.
Esta fue la cuestión que se discutió en Montreal, y
una suerte d e acuerdo ambiguo fue alcanzado. Dejemos claro que no se tocó
ninguno de los principios, y esto se puede ver simplemente observando quién
estaba presente. EE UU estaba a un lado de la mesa, y se le unieron algunos
otros países con intereses en biotecnología y agroexportaciones de alta
tecnología, y en el otro lado estaban todos los demás, aquellos que no tenían
esperanzas de sacar tajada del experimento. Esta era la situación, y esto nos dice
a las claras qué principios se discutían. Por razones similares, la Unión
Europea favorece aranceles altos sobre los productos agrícolas, tal cómo hacía
EE UU
hace 40 años (ahora ya no, y no porque los principios hayan cambiado, sino
porque el poder ha cambiado).
Hay un principio no escrito que dice que los
poderosos y privilegiados deben tener capaci-dad de hacer lo que quieran (por
supuesto esgrimiendo nobles motivos). El corolario es que la soberanía y los
derechos democráticos de la gente en este caso deben pasar de ser (y esto es lo
dramático) refractarios a ser objeto de experimentos cuando las grandes
empresas de EE UU pue-den sacar tajada del experimento. La invocación por parte
de EE UU de las reglas de la OMC es muy natural, ya que codifican ese principio,
y esto es fundamental.
Estos temas, aunque son muy reales y afectan a un
gran número de personas en el mundo, son de hecho secundarios ante otras
modalidades de reducción de la soberanía a favor del poder privado. Pienso que,
con probabilidad, la más importante fue el desmantelamienro del sistema de
Bretton Woods a principios de los años 70 por parte de EE UU, el Reino Unido y
otros. Dicho sistema fue diseñado por EE UU y el Reino Unido en los años 40,
años de abrumador apoyo popular a los programas de bienestar social y a medidas
democráticas radicales. En parte por eso el sistema de Bretón Woods de mediados
de los años 40 regulaba las tasas de intercambio y permitía controlar los
flujos de capital. La idea era atajar la especulación perniciosa a gran escala
y restringir la
fuga de capitales. Los motivos eran claros y se
articularon diáfanamente. Los flujos libres de capital crean lo que se ha
llamado en ocasiones un "parlamento virtual" del capital global, el
cual puede ejercer su poder de veto sobre las políticas gubernamentales que
considere irracionales. Esto
14
implica a los derechos laborales, programas
educativos o de salud o políticas públicas de estímulo de la economía o, de
hecho, cualquier cosa que ayude a la gente y no a los beneficios (y por lo
tanto es irracional en un sentido técnico).
El sistema de Bretton Woods funcionó más o menos
durante 25 años. Época que ha sido calificada por muchos economistas como la
"edad de oro" del capitalismo moderno (capitalismo moderno de Estado
más propiamente). Fue un período, que duró hasta los 70 más o menos, de rápido
crecimiento -sin precedentes históricos - de la economía, del comercio, de la
productividad, de la inversión de capital, de extensión del estado del
bienestar, una edad de oro. Todo se vino abajo a principios de los años 70.
El sistema de Bretón Woods fue desmantelado con la
liberalización de los mercados financieros y la implementación de tipos de
cambio flotantes.
El período siguiente ha sido descrito como una
"edad de plomo". Hubo una enorme explosión de capital especulativo a
muy corto plazo, que ahogaba a la economía productiva.
Hubo un deterioro remarcable en todas y cada una de
las magnitudes económicas: crecimiento económico considerablemente más lento,
crecimiento de la productividad más lento, así como de la inversión en capital,
tasas d e interés mucho más altas (que frenan el crecimiento), mayor volatili -
dad de los mercados, y crisis financieras. Todo esto tiene efectos muy severos
sobre la gente, incluso en los países ricos: estancamiento o declive de los
salarios, jornadas de trabajo mucho más largas (hecho particularmente
remarcable en EEUU), y recorte de los servicios. A título de ejemplo, en esta
gran economía de la que habla todo el mundo, la media del ingreso familiar ha
retrocedido a la de 1989, que está bastante por debajo de la de los 70. Ha sido
también una época de desmantelamiento de las medidas socialdemócratas que tanto
han contribuido a la mejora del bienestar humano. En general, el nuevo orden
internacional impuesto ha concedido un poder de veto mayor para el
"parlamento virtual" de los inversores de capital privado,
llevándonos a un declive significativo de la democracia y de los derechos de
soberanía, y a un importante deterioro de la salud pública.
Del mismo modo que estos efectos se dejan notar en
sociedades ricas, son catastróficos en las sociedades más pobres.
Son efectos que cruzan transversalmente las
sociedades, no es que tal sociedad se haya enriquecido y esta otra se haya
empobrecido. Las medidas más significativas comprenden sectores globales de la
población. Así, por ejemplo, echando mano de análisis recientes del Banco
Mundial, si tomamos el 5% de la población más rica y la comparamos con el 5%
más pobre, el ratio era de 78 a 1 en 1988 y 114 a 1 en 1993 (siendo éste el
último año del que se disponen datos, a hora es in-dudablemente más alto). Los
mismos datos muestran que el 1% más rico tiene los mismos ingresos que el 57%
más pobre (2.500 millones de personas).
Para los países ricos, está claro. Un conocido
economista, Barry Eichengreen, en su reconocida historia del sistema monetario
internacional señaló, como mucha gente ha señalado, que la actual fase de
globalización es bastante similar a la situación anterior a la Primera Guerra
Mundial, grosso modo. Sin embargo hay diferencias. Una diferencia esencial,
explica, es que, en esa época, la política gubernamental no estaba
"politizada" por "el sufragio universal masculino y el
surgimiento del sindicalismo y de los partidos parlamentarios obreros".
En consecuencia, los graves costes humanos de la
ortodoxia financiera impuesta por el parlamento virtual podía ser transferidos
a la población en general. Pero este lujo, en 1945, ya no estuvo al alcance en
la era más democrática de Bretton Woods, así que los "límites a la
movilidad del capital fueron sustituidos por límites a la democracia como una
fuente de aislamiento de las presiones del mercado".
Hay un corolario a todo ello. Es natural que el
desmantelamiento del orden económico de posguerra deba ir acompañado de un
ataque a la democracia sustantiva (liberta d, soberanía popular y derechos
humanos), bajo el eslogan TINA, esa suerte de grotesca bufonada de marxismo
vulgar. El eslogan, no hace falta decirlo, es un fraude. El particular orden
socioeconómico impuesto es el resultado de decisiones humanas en instituciones
humanas. Las decisiones pueden modificarse, las instituciones pueden modificarse
y, en caso necesario, desmantelarse y sustituirse, tal como gente honesta y
valiente ha venido haciendo a lo largo de la historial
Este texto fue corresponde a la conferencia que
Chomsky dictó el 26 de febrero de 2000 en el Kiva Auditórium, Albuquerque, New
México.
Traducción
de Artur Colom.


Publicar un comentario