© Libro N° 8588. La Señora Mcginty Ha Muerto. Christie, Agatha. Emancipación. Mayo 8 de 2021.
Título
original: © La Señora Mcginty Ha
Muerto. Agatha Christie
Versión Original: © La Señora Mcginty Ha Muerto. Agatha
Christie
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Agatha Christie
La Señora Mcginty Ha Muerto
Agatha Christie
Dramatis Personae
BENTLEY (James): Condenado como asesino de mistress
McGinty, de la que era huésped.
BURCH (Bessie): Sobrina de la asesinada McGinty.
CARPENTER (Eve): Bella y joven esposa de Guy.
CARPENTER (Guy): Rico financiero, gerente de los
grandes Talleres de Construcciones Carpenter y esposo de Eve.
EDNA: Empleada de la Estafeta de Correos.
GRAYBROOK: Abogado defensor de Bentley.
HENDERSON (Deirdre): Hija de mistress Wetherby.
HORSEFALL (Pamela): Redactora del Sunday Comet.
KIDDLB (Mistress): Señora que actualmente ocupa la
vivienda donde apareció asesinada mistress McGinty.
MCGINTY (Mistress): Asistenta en distintas casas de
la población en que fue asesinada.
OLIVER (Ariadne): Célebre autora de novelas
policíacas.
POIROT (Hércules): Célebre detective, protagonista
de esta novela.
RENDELL: Licenciado en Medicina.
RENDELL (Shelagh): Esposa de este médico.
SCUTTLE: Componente de la firma Breather &
Scuttle, en la que estuvo empleado Bentley.
SPENCE: Superintendente de Policía de Kilchester y
viejo amigo de Poirot.
STANISDALE: Juez del distrito.
SUMMERHAYES (Johnnie): Comandante retirado y esposo
de Maureen.
SUMMERHAYBS (Maureen): Patrona de una modesta
pensión, en la que se aloja Poirot.
SWEETIMAN: Encargada de la Estafeta de Correos.
UPWARD (Laura): Acaudalada señora, que también es
asesinada.
UPWARD (Robin): Hijo de la anterior y no table
dramaturgo.
WETHERBY (Edith): Casada en segundas nup cias con
Roger y madre de Deirdre Henderson.
WETHERBY (Roger): Esposo de Edith y padrastro de
miss Henderson.
WILLIAMS (Maude). Mecanógrafa de la firma Breather
& Scuttle y buena amiga de Bentley.
1
HÉRCULES POIROT salió del restaurante Vieille
Grand’mère, en Soho. Se alzó el cuello del abrigo por prudencia más bien que
por necesidad, puesto que la noche no era fría. “Pero, a mi edad - solía decir
Poirot -, uno no corre riesgos.”
Estaba abstraído, pensativo, soñoliento y
satisfecho. Los escargots de la Vieille Grand’mère le habían resultado
deliciosos. ¡Verdadero hallazgo aquel figón! Se pasó la lengua por los labios
como perro bien alimentado. Sacó un pañuelo del bolsillo y se lo frotó por los
exuberantes bigotes.
Sí; había comido bien... Y ahora... ¿qué?
Un taxi aminoró la marcha, invitador, al pasar por
su lado. Poirot vaciló un instante, pero no hizo señal alguna. ¿A qué tomar un
taxi? Aun a pie, llegaría demasiado temprano a casa para acostarse.
“¡Qué lástima - murmuró para sus mostachos - que
uno sólo pueda comer tres veces al día!” Porque el té era una comida a la que
nunca se había aclimatado. “Quien toma el té a las cinco - decía - no aborda la
cena con los jugos gástricos a la expectativa, como la ocasión exige. Y la
cena, no lo olvidemos, ¡es la comida suprema del día!”
Tampoco era partidario del café a media mañana. No.
Chocolate y croissants para desayuno. Déjeuner a las doce y media, a ser
posible, y, desde luego, nunca más tarde de la una. Y, por último, la
culminación: ¡Le diner!
Estos eran los momentos cumbre del día de Poirot,
que cosechaba a la vejez el premio de haber tomado siempre muy en serio el
estómago.
El comer se había convertido para él no solo en
placer físico, sino en verdadera búsqueda, o investigación intelectual. Porque,
entre comida y comida, dedicaba gran parte de su tiempo a posibles fuentes de
nuevos y deliciosos alimentos para catarlos cuando la oportunidad se
presentara. La Vieille Grand’mère era el resultado de una de estas búsquedas. Y
a La Vieille Grand’mère acababa de estamparla con el sello, de su aprobación
gastronómica. Pero ahora, por desgracia, le quedaba la noche por matar. Hércules
Poirot exhaló un suspiro. “Si al menos - pensó - tuviese a mano a Hastings...”
Se entregó con placer al recuerdo de amigo. “El primer amigo que tuve en este
país, y el más querido de todos todavía. Cierto que con frecuencia me
enfurecía. Pero ¿acaso me acuerdo de eso ahora? No. Recuerdo tan solo su
incrédulo asombro, su boquiabierta apreciación de mis talentos... la facilidad
con que le engañaba sin decir una sola palabra que no fuera cierta, su
frustración, su estupenda sorpresa, cuando, por fin, percibía una verdad que,
para mí, había resultado clara desde el primer instante. ¡Ce cher ami! Es mi
debilidad, siempre ha sido mi debilidad lucirme, darme importancia...
Esa debilidad, Hastings nunca la comprendió. Pero
un hombre de mis habilidades
5
necesita admirarse y que le admiren... Y para ello
precisa de un estímulo exterior. No puedo, en verdad que no puedo, pasarme el
santo día sentado en una silla pensando en lo admirable que soy. Es necesario
el amigo, el aguijón que espolee, la vaina, el contraste...”
Exhaló otro suspiro y torció por Shaftesbury
Avenue.
¿Debería cruzar la avenida, seguir hasta Leicester
Square y pasar la velada en un cine? Sacudió la cabeza, frunciendo levemente el
entrecejo. La mayor parte de las veces, el cinematógrafo le enfurecía por lo
mal hilvanado de las tramas, la falta de continuidad lógica en los
argumentos... Hasta la fotografía, que arrancaba exclamaciones de admiración a
algunos, no pasaba de ser gene ralmente para Poirot una simple representación
de escenas y objetos, hecha de tal suerte, que parecían totalmente distintos de
lo que en realidad eran.
“Hoy en día - decidió Poirot - todo resulta
demasiado artístico. Por ninguna parte se observa ese amor al orden y al método
que yo tengo en tanta estima. Y rara vez sabe la gente apreciar las sutilezas.”
Las escenas crudas, de violencia y brutalidad,
estaban a la orden del día. Y Poirot, antiguo funcionario policíaco, estaba
hastiado ya de brutalidades. Las había conocido en abundancia en sus primeros
tiempos. Habían constituido estas más bien la regla que la excepción. Y las
encontraba fatigantes y poco inteligentes.
“La verdad es - reflexionó Poirot al encaminar los
pasos hacia la casa - que no me encuentro en sintonía con el mundo moderno. Y
soy, aunque en nivel superior, un esclavo... como esclavos son otros hombres.
Me ha esclavizado mi trabajo, como los esclaviza a ellos el suyo. Nada tienen
con qué llenar la hora de ocio cuando esta llega.. El hacendista retirado se
dedica a jugar al golf. El comerciante siembra bulbos en su jardín. Y yo... yo
como. Pero ahí está: vuelvo al mismo punto otra vez. Uno sólo puede comer tres
veces al día. Y entre medias quedan huecos.”
Pasó por delante de un vendedor de periódicos y
echó una mirada al cartel anunciador: Resultado del juicio McGinty. Fallo.
No despertó interés alguno en él. Recordó vagamente
un párrafo muy corto al que diera publicidad la Prensa. Como asesinato, era de
lo más vulgar. Una vieja infeliz, muerta de un golpe en la cabeza para quitarle
unas cuantas libras esterlinas. Simple pieza del mosaico de brutalidad cruda y
sin sentido que caracteriza los tiempos modernos;
Poirot entró en el atrio de la casa de vecindad
donde tenía su domicilio. Y, como siempre, se le ensanchó el corazón. Porque
estaba orgulloso de su casa, de aquel edificio espléndido y simétrico. El
ascensor le condujo al tercer piso, donde ocupaba una vivienda grande, de lujo,
con impecables aplicaciones cromadas, sillones cuadrados y varios adornos
rectangulares. Podía decirse sin mentir que no había una sola curva en todo el
lugar.
Al abrir la puerta con el llavín y entrar en el
cuadrado y blanco vestíbulo, su ayuda de cámara, George, le salió al encuentro.
Buenas
noches, señor. Hay un... caballero aguardándole. Le quitó el abrigo con arte.
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¿Sí? -
Poirot se había dado cuenta de la leve pausa que precediera a la palabra
caballero. Como snob social, George era un verdadero experto - ¿Qué nombre ha
dado?
El de
Spence, señor.
Spence...
De momento, el nombre no le dijo nada a Poirot.
Sin embargo, sabía que algo debía decirle.
Se detuvo un instante ante el espejo para dejarse
el bigote bien atusado, abrió la puerta de la sala y entró. El hombre que
ocupaba uno de los grandes sillones cuadrados se puso en pie.
Hola,
monsieur Poirot. Espero que me recordará. Aunque hace ya mucho tiempo...
El superintendente Spence.
¡Sí!...
claro. - Poirot le estrechó cordialmente la mano.
El superintendente Spence, de la Policía de
Kilchester. Había resultado muy interesante el caso aquel... Como decía Spence,
mucho tiempo llevaba transcurrido desde entonces.
Poirot apremió a su visitante para que tomara algo
de beber. ¿Grenadine? ¿Crème de menthe? ¿Bénédictine? ¿Crème de cacao?...
En aquel momento entró George con una botella de
whisky y un sifón en una bandeja.
O cerveza
si la prefiere, señor - murmuró, dirigiéndose al visitante. El ancho y colorado
rostro del superintendente se animó.
Cerveza
para mí - dijo.
Poirot se maravilló una vez más de las habilidades
de George. Él, personalmente, ni idea había tenido de que hubiese cerveza en
casa. Y le parecía incomprensible que la pudiera preferir nadie a un licor
dulce.
Cuando le trajeron a Spence la cerveza, Poirot se
sirvió una minúscula copa de Crème de menthe.
Es
agradable que haya venido usted a verme - dijo -. Agradable. ¿Viene usted
de...?
De
Kilchester. Me jubilaré dentro de unos seis meses. En realidad, me correspondía
hace dieciocho. Pero me pidieron que permane ciera en activo y accedí.
Hizo usted
bien - dijo Poirot con calor -. Hizo usted muy bien...
¿Lo cree
usted así? No estoy tan seguro yo de eso.
Sí, sí,
hizo usted bien - insistió Poirot -. Las largas horas de ennui... usted no
puede imaginárselas.
¡Oh!,
trabajo no me faltará cuando me retire. Nos mudamos de casa el año pasado,
¿sabe? Y el jardín, que es bastante grande por cierto, se encuentra en un
estado lastimoso. Aún no he tenido tiempo de dedicarme en serio a arreglarlo..
¡Ah, sí!
Usted es uno de esos que se dedican a cultivar jardines. También yo decidí una
vez vivir en el campo y cultivar calabazas. Pero fue un fracaso. No tengo
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temperamento.
¡Si
hubiera usted visto las calabazas que cultivé yo el año pasado! - exclamó
Spence con entusiasmo -. ¡Colosales! Pues ¿y mis rosales? Soy muy aficionado a
esas flores. Con decirle que...
Se interrumpió.
No era de
eso a lo que vine a hablar.
No, no;
usted vino a ver a un antiguo amigo, y yo le agradezco tanta amabilidad.
Me temo
que no es eso todo, monsieur Poirot. Voy a serie sincero: quiero algo. Poirot
murmuró con delicadeza:
¿Tiene
hipotecada la casa que...? ¿Desea solicitar un préstamo...
Spence le interrumpió con voz horrorizada:
¡Santo
Dios! No; no se trata de dinero. ¡De ninguna manera! Poirot se excusó con un
gesto.
Le pido
mil perdones.
Con
franqueza... es una frescura lo que le vengo a pedir. Y tendrá muchísima razón
si me manda a freír espárragos, pues me lo tendré bien merecido.
No le
mandaré a freír espárragos. Continúe.
Se trata
del caso McGinty. Quizá haya leído algo de él en los periódicos, ¿no? Poirot
movió negativamente la cabeza.
No con la
debida atención. Mistress McGinty... una anciana... en una tienda o en una
casa... Ha muerto, sí. ¿Cómo murió?
Spence se le quedó mirando con asombro.
¡Recristina!
- exclamó -. ¡Eso me .hace recordar! Es extraordinario. ¿Cómo no se me
ocurriría antes?
Usted
perdone.
Nada. Solo
un juego. De niños. Lo jugábamos cuando éramos chiquillos. Nos poníamos en
fila. Preguntas y respuestas corrían a lo largo de la hilera. “¡Mistress
McGinty ha muerto!” “¿Cómo murió?” “¡Con la rodilla en tierra, como yo!” “¿Cómo
murió?” “Con la mano tendida, como yo.” Y henos allí todos, con una rodilla en
tierra y el brazo derecho alzado y tieso. Y, de pronto, la puntilla. ”Mistress
McGinty ha muerto.” “¿C6mo murió?” “¡Así!” ¡Paf! El primero de la fila caía de
lado, derribándonos a todos como si fuéramos bo los - rió ruidosamente al
recordarlo -. ¡Me siento niño otra vez!
Poirot aguardó, cortés. Aquel era uno de los
momentos en que, a pesar de haberse pasado media vida en el país, encontraba a
los ingleses incomprensibles. Él había jugado a cache cache en su infancia,
pero no sentía el menor deseo de hablar de ello ni de recordarlo siquiera.
Cuando el superintendente hubo dominado su acceso
de risa, Poirot preguntó de nuevo con leve hastío:
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¿Cómo
murió?
A Spence se le borró la risa del rostro. Volvió a
ser, de pronto, el de siempre.
Le dieron
un golpe en la nuca con un instrumento afilado y de peso.. Le quitaron los
ahorros... unas treinta libras esterlinas... después de haber registrado el
cuarto. Vivía en una casita pequeña, sola, con un huésped: un tal Bentley...
James Bentley.
¡Ah, sí,
Bentley!
No se
forzó la entrada en la casa. No se encontró señal de violencia en puertas ni
ventanas. Bentley andaba mal de dinero, había perdido la colocación y debía dos
meses de alquiler. El producto del robo se halló escondido debajo de una piedra
detrás de la casa. Bentley tenía manchas de sangre en la manga y algunos
cabellos adheridos...
pelo de la misma clase que el de la víctima...
sangre del mismo grupo... En su primera declaración aseguró que no se había
acercado para nada al cadáver; por tanto, no pudo mancharse por descuido.
¿Quién la
encontró?
El
panadero se presentó con el pan. Era el día en que solía cobrar. James Bentley
le abrió. Le dijo que había llamado a la puerta del dormitorio de mistress
McGinty, sin obtener respuesta. El panadero sugirió la posibilidad de una
indisposición repentina. Conque fueron en busca de la vecina para que subiera a
investigar. Mistress McGinty no se encontraba en la alcoba, no había dormido en
la cama. Alguien. no obstante, había registrado el cuarto y levantado las
tablas del piso. Se les ocurrió entonces asomarse a la sala. Y allí la hallaron
tendida en el suelo. La vecina, al verla, empezó a gritar como una loca. Luego
avisaron a la Policía, como es natural.
¿Y
detuvieron y juzgaron a Bentley?
Sí. La
causa se vio ayer. Un caso claro. El jurado solo estuvo ausente veinte minutos.
Fallo: culpable. Condenado a muerte.
Poirot movió afirmativamente la cabeza.
Y después
del fallo, se metió usted en el tren, se presentó en Londres y vino a verme.
¿Por qué?
El superintendente Spence contemplaba, pensativo,
la jarra de cerveza. Pasó el dedo, muy despacio, por el borde. Dijo:
- Porque yo no creo que Bentley sea el asesino...
9
2
Reinó el silencio unos instantes.
- Vino usted a mí...
Poirot no terminó la frase.
El superintendente Spence alzó la mirada. El color
se le había acentuado. Era su rostro típicamente provinciano, inexpresivo, de
ojos perspicaces y francos: el rostro de un hombre de normas fijas, de
principios bien definidos, que jamás dudaría de sí mismo y tendría siempre un concepto
claro de lo que constituía el bien hacer y el mal obra.
Llevo
ejerciendo mi profesión mucho tiempo - dijo -. He tenido mucha experiencia de
esto, de lo otro y de lo de más allá. Sé juzgar a un hombre tan bien como el
que más. Durante mis años de servicio he investigado numerosos casos de
asesinato... algunos sumamente sencillos, otros de no tanta sencillez. Uno de
ellos lo conoce usted, monsieur Poirot.
Este movió afirmativamente la cabeza.
Y bien
retorcido que fue - prosiguió Spence -. De no haber sido por usted, es posible
que no hubiéramos visto claro. Pero, gracias a su intervención, vimos con
claridad... y no hubo duda alguna acerca de lo ocurrido. Lo propio sucedió con
los otros de los que usted no tiene noticia. El del Silbador, por ejemplo. Ese
recibió su merecido. El de los individuos aquellos que mataron al viejo
Guterman. El de Verall y su arsénico. Tranter se libró, pero no cabe duda
acerca de su culpabilidad. Mistress Courtland...
esa sí que fue afortunada. Su marido era un mal
bicho y un pervertido. Por eso la absolvió el jurado. No fue justicia, sino un
simple acto de sentimentalismo. Cosas así suceden de cuando en cuando y hay que
contar con ellas. A veces no hay pruebas suficientes... otras, el
sentimentalismo interviene... y no faltan aquellas en que un asesino logra
engañar al jurado. Esto último no ocurre con frecuencia, pero puede ocurrir. En
ocasiones se debe a la habilidad del abogado defensor; en otras es el fiscal
quien equivoca el camino. ¡Ah, sí, yo he visto muchas cosas como esas!...
Pero... pero... - Agitó el dedo índice, grueso y pesado -. Pero lo que nunca he
visto... en ninguno de los casos en que yo he intervenido... es que se ahorcara
a un hombre por un delito que no hubiese cometido. Y esa es cosa, monsieur
Poirot, que no quiero que ocurra mientras viva.
Se quedó pensativo un momento. Después agregó:
No en este
país.
Así, pues,
cree - murmuró Poirot, mirándole, pensativo - que tal caso está ahora a
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punto de producirse. Pero... ¿por qué....
Le interrumpió Spence:
Sé algunas
de las cosas que piensa decir. Y las contestaré sin que tenga usted que
preguntarlas. Me encargaron a mí del caso. Se me encomendó que buscara pruebas
de lo sucedido. Investigué a fondo el asunto. Fui recogiendo datos... todos los
datos que pude. Y era una la dirección que todos ellos señalaban... una la
persona a la que todos ellos comprometían. Cuando terminé las pesquisas,
presenté el resultado a mi superior. Hecho esto, quedaba yo al margen del
asunto, que pasaba a Fiscalía, para que el fiscal obrara según creyera
procedente. Este decidió actuar contra Bentley. En realidad, no podía hacer
otra cosa... no con las pruebas que yo había puesto en sus manos. Conque se
detuvo y procesó a James Bentley. Oportunamente compareció ante los tribunales.
Y fue hallado culpable. No hubieran podido hacer otra cosa que condenarle... no
con las pruebas de que se disponía, puesto que son las pruebas las que ha de
tener en cuenta el jurado. No creo que tuviera ninguno la menor duda. No; yo
diría que todos ellos estaban convencidos de que Bentley era culpable.
Pero...
¿usted no lo está?
No.
¿Por qué?
El superintendente exhaló un suspiro. Se frotó,
pensativo, la barbilla con la mano.
No lo sé.
Es decir, no puedo explicarlo... no puedo dar una razón concreta. Al jurado le
parecería Bentley un asesino. A mí me ocurrió todo lo contrario... y yo tengo
más experiencia que ellos de esas cosas.
Sí, sí;
usted es un experto en la materia.
En primer
lugar, ¿sabe?, no se pavoneaba... no se las daba de listo... no presumía de
guapo, como sé por experiencia que suelen hacer los culpables. Siempre se
muestran tan satisfechos de sí mismos... Siempre creen que a uno le están
tomando el pelo. Siempre están convencidos de que lo han hecho todo con una
habilidad inigualable. Están orgullosos de su pericia y, aun hallándose en el
banquillo y sabiendo que no hay quien los libre de las consecuencias de su
delito, siguen gozando, Dios sabe por qué, de las emo ciones que el momento les
brinda, encontrándolas agradables. Todas las miradas convergen en ellos. Son la
figura central... la estrella. Desempeñan el papel de protagonista quizá por
primera vez en la vida. Se sienten...
bueno, ya me comprende usted... ¡guapos!
Spence pronunció la palabra con aire de finalidad.
Usted
comprenderá lo que quiero decir con eso, monsieur Poirot.
Comprendo
perfectamente. Bentley... ¿no era así?
No.
Estaba... bueno, medio muerto del susto. Tenía tal miedo, que no le llegaba la
camisa al cuerpo. Desde el primer instante. Para algunos, ello sería prueba
inequívoca de culpabilidad. Pero para mí... ¡no!.
No. Estoy
de acuerdo con usted. ¿Cómo es ese Bentley?
Tiene
treinta y tres años. Estatura regular, tez cetrina, lleva gafas...
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Poirot cortó el chorro.
No; no me
refiero a sus características físicas. ¿Qué clase de personalidad?
¡Ah, eso!
Un hombre poco atractivo. Nervioso, incapaz de mirarle a uno cara a cara. Suele
hacerlo de soslayo. Lo peor que podía sucederle para enfrentarse con un jurado.
A veces acobardado, rastrero otras, y truculento. Suelta alguna que otra
bravata, pero de forma poco convincente y aún menos eficaz.
Hizo una pausa y agregó:
En
realidad, es un individuo muy tímido. Yo tuve un primo que se le parecía. Si
esa clase de gente se encuentra en un apuro, larga enseguida un embuste tan
estúpido que no hay probabilidad de que lo crea nadie.
No suena
muy atractivo su James Bentley.
Ni lo es.
No creo que haya quien pueda encontrarle simpático. Lo que no es razón para que
se le ahorque.
¿Y cree
usted que le ahorcarán?
No veo
cómo puede librarse. Podrá apelar su abogado; pero si lo hace, habrá de ser con
muy poco fundamento... basándose en algún tecnicismo... y no creo que tenga
éxito.
¿Tuvo buen
defensor?
Le
asignaron a Graybrook, que estaba de turno. Porque carecía de medios para
buscarse abogado por su cuenta. Graybrook es joven, pero muy concienzudo, e
hizo cuanto estaba en sus manos.
Lo que
quiere decir que se le juzgó con imparcialidad, bien defendido, y fue hallado
culpable por un jurado.
Así es.
Por un buen jurado. Siete hombres y cinco mujeres... todos ellos honrados y
razonables. Actuó de juez el viejo Stanisdale. Escrupulosamente justo, sin
parcialidad de ninguna clase.
¿De suerte
que, según la ley, James Bentley no tiene nada de qué quejarse?
¡Si le
ahorcan por un delito que no ha cometido, vaya si tendrá algo de qué quejarse!
Es muy
justa esa observación.
Y la
acusación fue mi acusación... Fui yo quien reunió las pruebas y las eslaboné. Y
como consecuencia de esa acusación y de esas pruebas se le ha condenado. Y no
me gusta, monsieur Poirot, no me gusta ni pizca.
Hércules Poirot contempló durante un buen rato el
colorado y agitado rostro del superintendente Spence.
¡Eh bien!
- dijo por fin -. ¿Qué propone usted? Spence le miró incómodo.
Supongo
que ya adivina usted con bastante exactitud lo que voy a decir. El caso Bentley
se da por liquidado. Estoy trabajando en otro asunto en estos instantes... uno
de malversación. Tengo que ir a Scotland Yard esta noche. No estoy libre.
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- Y yo... ¿sí?.
Spence asintió con un gesto, algo avergonzado.
Lo ha
comprendido. Dirá usted que es una frescura. Pero no se me ocurre ninguna otra
solución. Hice todo lo que pude por entonces: examiné todas las posibilidades a
mi alcance. Y no adelanté nada. No creo que adelantara nunca nada. Pero, ¿quién
sabe?, a lo mejor no le ocurre a usted lo mismo. Usted examina las cosas, y
perdone que lo diga, de una manera muy rara. Quizá sea esa la manera como hay
que mirarlas en este caso. Porque si Bentley no la mató, otro tiene que haber
cometido el crimen. No se dio el golpe en la nuca ella solita. Tal vez
encuentre usted algo que se me haya pasado por alto. No hay razón alguna para
que se tome la menor molestia en este asunto. Es el colmo de la impertinencia
que se me ocurra sugerir semejante cosa siquiera. Pero ahí tiene. Vine a verle
porque fue lo único que se me ocurrió. Pero si usted no desea molestarse...
¿por qué ha de buscarse quebraderos de cabeza?..
Poirot le interrumpió:
¡Ah, pero
sí que hay razones! Tengo tiempo libre... demasiado tiempo libre. Y usted me ha
interesado... sí, me ha interesado mucho. Es como un reto... a mis células
cerebrales. Y además le aprecio. Le veo en su jardín dentro de seis me ses,
plantando, quizá, rosales. Y al plantarlos, no lo hace con la felicidad que
debiera experimentar. Porque allá en el fondo de su cerebro hay una sensación
desagradable... un recuerdo que intenta desterrar. Y yo no quiero que suceda
eso, amigo mío. Y, por último... - Poirot se irguió en su asiento y agitó con
vigor la cabeza -, hay que tener en cuenta los principios de ética. Si un
hombre no ha cometido asesinato, no debe ahorcársele.
Hizo una pausa y agregó:
Pero ¿y si
después de todo resulta que la mató?
En ese
caso, quedaría tranquilo por haber adquirido el convencimiento.
Y más ven
cuatro ojos que dos. ¿verdad? Voila, todo queda decidido. Me precipito a
encargarme de la investigación. No hay, eso es evidente, tiempo que perder. El
rastro está frío ya. A mistress McGinty la mataron... ¿cuándo?
El
veintidós del pasado noviembre.
Bien.
Vayamos al grano entonces.
Conservo
las notas que tomé sobre el asunto, y se las daré.
¡Magnífico!
De momento, sólo necesitamos una ligera idea. Si James Bentley no mató a
mistress McGinty, ¿quién lo hizo?
Spence se encogió de hombros y repuso:
Que yo
vea, no hay nadie que pudiera hacerlo.
Pero esa
contestación no la aceptamos. Y puesto que todo asesinato requiere un móvil,
¿cuál puede ser en el caso de mistress McGinty? ¿Envidia, venganza, celos,
temor, dinero? Tomemos el último y más sencillo. ¿Quién sa1ía beneficiado con
su muerte?
Nadie gran
cosa. Tenía doscientas libras esterlinas en la Caja de Ahorros. Su sobrina las
hereda.
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Doscientas
libras esterlinas no es mucho, pero en determinadas circunstancias pudiera
bastar. Por tanto, consideremos a la sobrina. Le pido mil perdones, amigo mío,
por seguirle las pisadas. Ya sé que usted habrá estudiado todo eso también.
Pero es preciso que recorra en su compañía el terreno ya cubierto.
Spence movió afirmativamente la cabeza.
Tuvimos en
cuenta a la sobrina, claro está. Tiene treinta y ocho años. Está casada. El
marido trabaja en el ramo de la construcción y del decorado: es pintor.
Disfruta de buena fama, posee empleo fijo y no tiene nada de tonto... es
bastante perspicaz, incluso. Ella es una joven agradable, un poco charlatana, y
parecía querer a su tía. Ninguno de los dos necesitaba con urgencia doscientas
libras, aunque seguramente les habrá encantado encontrarse con ellas.
¿Y la
casita? ¿La heredan también?
No era de
ella. La tenía alquilada. Como consecuencia del decreto restringiendo los
alquileres, el casero no podía desahuciar a la vieja. Pero una vez muerta, no
creo que hubiera podido sustituirla su sobrina. En cualquier caso, ni la
muchacha ni el marido tenían el menor deseo de mudarse. Tienen una casita
moderna de las que construyó el Municipio, y están muy orgullosos de su hogar -
Spence suspiró -. Investigué bastante a fondo a la sobrina y a su esposo. Nos
pareció la mejor pista, como comprenderá. Pero no pude descubrir nada.
Bien.
Ahora hablemos de la propia mistress McGinty. Descríbamela. Y no sólo en
términos físicos, por favor.
Spence sonrió.
No quiere
una descripción policíaca, ¿eh? Bueno, pues tenía sesenta y cuatro años. Viuda.
El marido había estado empleado en la sección de pañería de los Almacenes
Hodges, de Kilchester. Murió hace cosa de siete años. Pulmonía. Desde entonces,
mistress McGinty asistía todos los días a varias casas de los alrededores. A
hacer la limpieza y todo eso. Broadhinny es un pueblecillo que durante los
últimos tiempos ha escogido mucha gente como residencia. Dos o tres jubilados,
uno de los socios de una casa de ingeniería, un médico y gente así. Hay buen
servicio de autobuses a Kilchester, y Cullenquay, que, como supongo sabrá ya,
es un lugar veraniego bastante grande, se halla a doce kilómetros de distancia.
Pero Broadhinny conserva su belleza rural y se encuentra a quinientos metros de
la carretera de Drymouth y Kilchester.
Poirot asintió con un gesto.
La casita
de mistress McGinty era una de las pocas que forman el pueblo propiamente
dicho. Hay una estafeta de Correos y una tienda, y en las otras casas viven
trabajadores del campo.
¿Y tomó un
huésped?
Sí. Antes
que muriera su marido solía dar alojamiento a veraneantes; pero después tomó un
solo huésped fijo. James Bentley llevaba viviendo allí algunos meses.
Ya
llegamos a James Bentley.
La última
colocación que tuvo Bentley fue en casa de un agente de fincas de Kilchester.
Antes de eso vivía con su madre en Cullenquay. Estaba inválida. Él la cuidaba y
salía muy poco. Luego murió y con ella, acabó la pequeña renta que recibía.
14
James vendió la casa y buscó trabajo. Es hombre de
cultura, pero sin cualidades ni aptitudes especiales y, como ya he dicho, muy
poco atractivo. No le fue fácil encontrar empleo. Por fin consiguió una plaza
con Breather & Scuttle, casa de segunda categoría. No creo que se
distinguiera por su eficiencia ni que destacara en ningún aspecto. Tuvieron que
reducir el personal y a él le tocó marchar. No pudo encontrar otro empleo y se
le acabó el dinero. Solía pagarle el alquiler del cuarto a mistress McGinty
todos los meses. Ella le daba desayuno y cena, cobrándole tres libras
esterlinas a la semana, precio razonable, teniéndolo todo en cuenta. Se retrasó
dos me ses en el pago y casi había llegado ya al final de sus recursos. No
había conseguido trabajo, y ella le estaba apremiando para que pagase lo que le
debía.
¿Y estaba
él enterado de que ella tenía treinta libras esterlinas en casa? A propósito,
¿cómo es que conservaba semejante cantidad allí, teniendo cuenta corriente en
la Caja de Ahorros?
Porque no
se fiaba del Gobierno. Decía que este le había sacado ya doscientas libras
esterlinas y que no le sacaría más. Era su intención guardar el dinero donde lo
tuviese en todo mo mento a su alcance. Se lo dijo a dos o tres personas. Lo
tenía metido debajo de una tabla del suelo de su alcoba... lugar bastante a la
vista. James Bentley confesó saber que se encontraba allí.
¡Cuánta
amabilidad! ¿Y lo sabían sobrina y marido también?
Sí.
Así,
pues,. llegamos otra vez a la primera pregunta que le hice: ¿cómo murió
mistress McGinty?
Murió la
noche del veintidós de noviembre. Según el forense, debió de ser entre siete y
diez. Había cenado arenque y pan con mantequilla. Al parecer, solía hacerlo a
eso de las seis y media. Si observó estrictamente su costumbre aquella no che,
entonces, a juzgar por la digestión, la mataron a eso de las ocho y media o las
nueve. James Bentley, según su propia declaración, estuvo paseando desde las
siete y cuarto hasta las nueve. Salía a dar un paseo casi todas las tardes
después de anochecer. Dice que regresó a eso de las nueve (tenía llavín), y se
fue derecho a su cuarto. Mistress McGinty había hecho instalar lavabos en las
habitaciones cuando alquilaba cuartos a los veraneantes. Bentley estuvo leyendo
cosa de media hora, y luego se metió en la cama. Ni oyó ni vio nada anormal. A
la mañana siguiente bajó la escalera y se asomó a la cocina; pero allí no había
nadie ni se observaban muestras de que se estuviese preparando el desayuno.
Dice que vaciló unos instantes y llamó luego a la puerta de la habitación de
mistress McGinty, sin obtener contestación. Creyó que se le habrían pegado las
sábanas; pero no se atrevió a continuar llamando. Entonces llegó el panadero, y
James Bentley subió y volvió a llamar. Después de eso, como ya le dije, el
panadero fue a la casa vecina y regresó con mistress Elliot, que fue quien
acabó descubriendo el cadáver y sufriendo un ataque de nervios. Mistress
McGinty yacía en el suelo de la sala. Le habían pegado en la nuca con algo
parecido a una cuchilla de carnicero muy afilada. Murió instantáneamente. Los
cajones estaban abiertos, las cosas tiradas por todas partes, la tabla del
suelo de la alcoba, alzada, y el escondite vacío. Todas las ventanas estaban
cerradas y no tenían los postigos sujetos por dentro. No había vestigio de que
se hubieran roto o tocado desde fuera.
Por
consiguiente - dijo Poirot -, o la mató James Bentley, o fue ella misma quien
15
abrió la puerta a su asesino hallándose ausente su
huésped, ¿no es eso?
Justo. No
se trataba de un atraco ni de un robo profesional. Ahora bien: ¿a quién pudo
abrir la puerta? A uno de los vecinos, a su sobrina o al marido de esta. A eso
se reduce todo. Eliminamos a los vecinos. La sobrina y su esposo se hallaban en
el cine aquella noche. Es posible... nada más que posible... que uno u otro de
ellos saliera del cine sin ser visto, recorriera en bicicleta cinco kilómetros,
matara a la anciana, escondiese el dinero fuera de la casa y regresara al cine.
Investigamos esa posibilidad, pero no pudimos descubrir nada que la confirmara.
Y si de ellos se trataba ¿a qué esconder el dinero cerca de la casa de mistress
McGinty? Les hubiese resultado difícil retirarlo más tarde. ¿Por qué no en
cualquier otro sitio a lo largo de los cinco kilómetros de camino? No; la única
razón para esconderlo donde se encontró...
Poirot se encargó de terminar rotundamente la frase
diciendo:
Era que el
asesino se hallaba domiciliado en la casa y no quería esconderlo en su cuarto
ni en ninguna otra parte del edificio. En otras palabras: James Bentley.
Así es. En
todas partes y en todo momento, va uno a topar con James Bentley. Por último,
tenía manchas de sangre en la manga.
¿Cómo
explicó eso?
Dijo que
recordaba haber rozado el mostrador de un carnicero el día anterior. ¡Narices!
No era sangre de animal.
¿Y siguió
manteniendo esa declaración?
¡Quiá!
Ante el tribunal dio una explicación distinta. Porque se le encontró un cabello
pegado a la manga también... un cabello ensangrentado. Y era igual que los de
mistress McGinty. Era preciso que justificara su presencia. Confesó entonces
que había entrado en la habitación la noche antes al volver de su paseo. Había
entrado, dijo, después de llamar, encontrándola allí muerta, en el suelo. Dice
que se inclinó sobre ella y la tocó para asegurarse. Y que luego perdió la
cabeza. Siempre le había afectado mucho el ver sangre. Subió a su cuarto medio
desmayado Y acabó perdiendo el conocimiento allí. Por la mañana no se atrevió a
confesar que sabía lo ocurrido.
Un relato
la mar de sospechoso.
En efecto.
Y, sin embargo - dijo Spence, pensativo -, bien pudiera ser verdad. No es cosa
que el hombre corriente... o un jurado... pueda creer. Pero yo he conocido a
gente así. No me refiero a lo del desmayo. Quiero decir a gente que, al verse
enfrentada con la necesidad de obrar con responsabilidad, ha sido incapaz de
hacerlo. Gente tímida. Bentley entra, digamos, y la encuentra. Sabe que debe
hacer algo... llamar a la policía, ir en busca de un vecino, hacer lo que las
circunstancias exigen. Y no se atreve. Piensa: “No es preciso que yo sepa una
palabra del asunto. No tenía necesidad de entrar aquí esta noche. Me iré a la
cama, igual que si no hubiese entrado en la sala para nada.” Tras esto, claro
está, se oculta el temor, el temor de que se le crea complicado en el crimen.
Piensa ponerse así al margen del asunto, y lo que el muy estúpido consigue, en
realidad, es meterse en él hasta la coronilla.
Spence hizo una pausa.
Puede
haber sido así.
Puede -
asintió Poirot, pensativo.
16
O puede
haber sido la mejor explicación que se le ocurrió a su defensor. Pero no sé. La
camarera del café de Kilchester, donde solía comer, dijo que siempre escogía
una mesa desde la que pudiera estar mirando a la pared o a un rincón y no ver a
la gente. Era de estos... un poco desequilibrados. Pero no lo bastante para ser
un asesino. No sufría manía persecutoria ni nada que se le pareciera.
Spence miró, esperanzado, a Poirot. Pero este no
respondió; estaba frunciendo el entrecejo.
Los dos hombres guardaron silencio un rato.
17
3
Por fin salió Poirot de su abstracción con un
suspiro.
Eh bien -
dijo -, hemos agotado el móvil del dinero. Pasemos a otras teorías. ¿Tenía
mistress McGinty algún enemigo? ¿Temía a alguien?
No hay
ninguna prueba de ello.
¿Qué
dijeron sus vecinos sobre este particular?
No gran
cosa. Quizá no quisieron nada con la Policía; pero no creo que callasen detalle
alguno. Mistress McGinty era reservada, dijeron. Pero eso se considera natural.
Nuestros pueblos, monsieur Poirot, no son amistosos. Los evacuados descubrieron
eso durante la guerra. Mistress McGinty daba los buenos días y las buenas
noches a sus vecinos, pero no intimaba con ellos.
¿Cuánto
tiempo llevaba viviendo allí?
Cosa de
dieciocho o veinte años, creo.
Y los
cuarenta años anteriores, ¿dónde estuvo?
No es
ningún misterio. Hija de un granjero de North Devon, ella y su esposo vivieron
una temporada cerca de Ilfracombe, y luego se trasladaron a Kilchester. Tenían
una casa al otro lado de la población, pero encontraron demasiado húmedo el
lugar y se fueron a vivir a Broadhinny. El marido, al parecer, era hombre
callado, pacífico, decente, delicado; no iba mucho a la taberna. Todo muy
respetable y a la vista de la gente. No hay misterio alguno en su vida, nada
que esconder.
Y, sin
embargo, la mataron.
Sí. La
mataron.
¿La
sobrina no sabía de nadie que estuviera resentida con su tía?
Dice que
no.
Poirot se frotó la nariz con cierta exasperación.
Comprenderá
usted, amigo mío, que resultaría mucho más fácil si mistress McGinty no fuera,
como quien dice, mistress McGinty. Si fuese lo que llaman una Mujer Misterio,
una mujer con pasado.
Pues no lo
era - contestó con estolidez Spence -. Era simplemente mistress McGinty, mujer
más o menos educada que alquilaba habitaciones y asistía a las casas. Hay
millares como ella por toda Inglaterra.
Pero no a
todas las asesinan.
18
No. Eso se
lo concedo.
Por tanto,
¿por qué habrían de asesinar a mistress McGinty? La respuesta evidente no la
aceptamos. ¿Qué queda? Una sobrina nebulosa e improbable. ¿Hechos? Atengámonos
a los hechos. ¿Cuáles son estos? Una anciana dedicada a las faenas domésticas
muere asesinada. Un joven tímido y poco atractivo es detenido Se le acusa, se
le juzga y se le condena ¿Por qué detuvieron a James Bentley?
Spence se le quedó mirando con sorpresa.
Por las
pruebas Ya le he dicho
Sí. Las
pruebas Pero dígame, Spence mío ¿eran las pruebas reales o fabricadas?
¿Fabricadas?
Sí.
Admitiendo la premisa de que James Bentley es inocente, quedan dos
posibilidades, o las pruebas se fabricaron deliberadamente, para que recayeran
sobre él las sospechas, o es una simple y desgraciada víctima de las
circunstancias
Spence reflexionó.
Sí.
Comprendo adónde quiere ir usted a parar.
No hay
nada que demuestre que la primera de estas posibilidades sea cierta Pero
tampoco hay nada que demuestre lo contrario El dinero fue escondido fuera de la
casa en un lugar fácil de encontrar. Esconderlo en su propio cuarto hubiera
resultado demasiado increíble para que se lo tragara la Policía. El asesinato
se cometió mientras Bentley daba un paseo, cosa que solía hacer con frecuencia
¿Adquiriría la mancha de sangre tal como contó ante el tribunal, o fue esa una
prueba fabricada también? ¿Rozaría alguien con él en la oscuridad para
mancharle la manga?
Creo que
eso es llevar las cosas un poco lejos, monsieur Poirot
Quizá,
quizá Pero tenemos que llevarlas lejos. Yo creo que, en este caso, tenemos que
llegar tan lejos, que la imaginación no puede ver aún claramente el camino
Porque, ¿comprende usted, mon cher Spence?, si mistress McGinty no es más que
una asistenta corriente, entonces es el asesino quien ha de ser extraordinario.
Sí, eso se infiere claramente. Es en el asesino y no en la víctima en quien
yace todo el interés de este caso. No es ese el caso en la mayoría de los
crímenes. Por regla general, el eje de la situación se encuentra en la
personalidad del asesinado. Son los muertos silenciosos los que suelen
interesarme. Sus odios, sus amores, sus actos. Y cuando uno llega a conocer de
verdad a la víctima, entonces ésta habla, y los labios muertos pronuncian un
nombre, el nombre que uno quiere saber.
Spence experimentaba una fuerte sensación de
incomodidad.
¡Estos
extranjeros!, parecía estarse diciendo
Pero aquí
- continuó Poirot - sucede lo contrario. Aquí adivinamos la existencia de una
personalidad velada, una figura aún oculta en las tinieblas. ¿Cómo murió
mistress McGinty? ¿Por qué murió? La respuesta no se hallará estudiando la vida
de mistress McGinty. La contestación ha de encontrarse en la personalidad del
asesino. ¿Está usted de acuerdo conmigo en eso?
Supongo
que sí - respondió cautelosamente Spence.
19
Alguien
que deseaba, ¿qué? ¿Matar a mistress McGinty? O ¿asestarle el golpe a James
Bentley?
El superintendente emitió un “¡hum!” dubitativo.
Sí, ese es
uno de los primeros puntos por decidir. ¿Quién es la verdadera víctima? ¿Contra
quién iba dirigido el golpe?
Spence preguntó con incredulidad
¿Es
posible que usted crea que alguien haya sido capaz de matar a una anciana
completamente inofensiva nada más que por conseguir que otro muera ahorcado
como asesino?
No se
puede hacer una tortilla, dicen, sin romper huevos Así, pues, mistress McGinty
puede ser el huevo, y James Bentley la tortilla. Por consiguiente, dígame ahora
lo que sepa de este último.
Muy poca
cosa. El padre era médico. Murió cuando James tenía nueve años. Fue a una de
las universidades menores. Le declararon inútil para el Ejército porque padecía
del pecho. Estuvo empleado en uno de los ministerios durante la guerra y vivió
con una de esas madres que no dejan a sol ni a sombra a sus hijos.
Hay
ciertas posibilidades en eso... más de las que se encuentran en la historia de
mistress McGinty.
¿Cree
usted seriamente en lo que está sugiriendo?
No; no
creo nada aún. Pero digo que hay dos vías distintas de investigación y que
hemos de decidir muy pronto cuál de ellas cabe seguir.
¿Cómo
piensa abordar la tarea, monsieur Poirot? ¿Puedo hacer yo algo? .
En primer
lugar, quisiera una entrevista con James Bentley.
Eso puede
arreglarse. Me pondré al habla con sus abogados.
Después de
eso, y sujeto, claro está, al resultado, si es que lo hay... y tengo muy pocas
esperanzas de que lo haya... iré a Broadhinny. Allí, y con ayuda de sus notas,
recorreré lo más aprisa posible el mismo terreno que ha cubierto usted antes
que yo.
Por si
algo se me ha escapado - dijo Spence con una sonrisa.
Por si
acaso, prefiero yo decir, veo alguna circunstancia de manera distinta a aquella
en que usted la vio. Las reacciones varían según el individuo. Y la experiencia
de los hombres también. El parecido de un acaudalado financiero con un
fabricante de jabón a quien había conocido en Liege tuvo, en cierta ocasión,
resultados muy satisfactorios. Pero no es necesario hablar de eso ahora. Lo que
yo quisiera hacer es eliminar una u otra de las vías que mencioné hace unos
instantes. Y eliminar la de mistress McGinty, vía número uno, resultará
evidentemente más rápido y fácil que meterse por la vía número dos. ¿Dónde
puedo alojarme en Broadhinny? ¿Hay algún hotel relativamente cómodo?
El de Los
Tres Patos, pero no proporciona alojamiento. Tiene La Oveja, en Cullavon, a
cinco kilómetros de distancia. y hay una especie de hospedería en el propio
Broadhinny. No es, en realidad, una hospedería, sino una simple y decrépita
casa rural cuyos propietarios, una pareja muy joven, admiten huéspedes. No creo
- agregó,
20
dubitativo, Spence - que sea muy cómoda.
Hércules Poirot cerró los ojos con angustia.
Si sufro,
sufro - anunció -. Ha de ser así. Ya está bien.
No sé con
qué identidad irá usted allí - continuó Spence, mirando con duda a Poirot -.
Puede pasarse por cantor de ópera. Que ha perdido la voz. y que necesita
reposo. Quizá eso sirva.
Iré -
afirmó Hércules con majestuoso tono - con la identidad del propio Hércules
Poirot.
Spence escuchó estas palabras con los labios
contraídos.
¿Lo cree
aconsejable?
¡Yo creo
que es esencial! Sí, esencial. Considere, cher ami, que luchamos contra el
tiempo. ¿Qué sabemos? Nada. Por tanto, nuestra esperanza, nuestra mejor
esperanza, es que me presente allí fingiendo saber mucho. Yo soy Hércules
Poirot. Y yo, Hércules Poirot, no estoy satisfecho del fallo en el caso
McGinty. Yo, Hércules Poirot, tengo una fuerte sospecha de lo que ocurrió en
realidad. Hay una circunstancia que nadie más que yo ha sabido apreciar en su
justo valor. ¿Comprende?
¿Y luego?
Y luego,
habiendo lanzado la especie, observo las reacciones. Porque debe haberlas;
forzosamente ha de haberlas.
El superintendente Spence miró con inquietud al
hombrecillo.
Escuche,
monsieur Poirot - le dijo -. No meta usted demasiado las narices. No quiero que
le suceda nada.
Pero si
algo me sucediese, quedaría demostrado, fuera de toda duda, que tenía usted
razón, ¿no es cierto?
No quiero
que quede demostrado de una manera violenta.
21
4
Hércules Poirot miró con gran disgusto por el
cuarto en que se hallaba. Era una habitación de majestuosas proporciones, pero
ahí acababa su atractivo. Hizo una mueca elocuente al pasar el dedo por encima
de una estantería. Como había supuesto, ¡polvo! Se sentó cuidadosamente en un
desvencijado sofá, y los muelles rotos cedieron bajo su peso con deprimente
facilidad. Los dos sillones descoloridos eran, y ya lo sabía, poco mejores. Un
perro grande, de aspecto feroz, que a Poirot se le antojó sarnoso, gruñó echado
en el cuarto asiento, una silla relativamente cómoda.
La estancia era espaciosa. El papel de las paredes
descolorido. Colgaban de estas, de cualquier manera, grabados de acero de
asuntos desagradables y dos o tres pinturas al óleo, buenas. Las fundas de los
sillones estaban tan sucias como descoloridas; la alfombra, llena de agujeros,
jamás había tenido un dibujo bonito. Se veían figurillas y antigüedades
esparcidas sin orden ni concierto por el cuarto. Las mesas se bamboleaban
peligrosamente por falta de ruedecillas en las patas. Una de las ventanas estaba
abierta, y no había poder humano, al parecer, capaz de volver a cerrarla. La
puerta, momentáneamente cerrada, no era fácil que permaneciera así mucho rato.
El picaporte no enganchaba bien y cada ráfaga de aire la abría, inundando la
habitación de fríos remolinos.
“Sufro - se dijo Hércules Poirot, compadeciéndose
profundamente a sí mismo -. Sí, sufro.”
Se abrió la puerta con violencia, y mistress
Summerhayes y el viento entraron juntos. La dama miró en tomo suyo, y le gritó:
“¿Cómo?”, a alguien lejano, y volvió a marcharse.
Mistress Summerhayes era pelirroja, tenía un rostro
pecoso atractivo, parecía perpetuamente aturdida y despistada, y se pasaba la
mayor parte de la vida soltando y buscando cosas.
Hércules Poirot se puso en pie de un brinco y cerró
la puerta.
Un momento después se abrió de nuevo y reapareció
mistress Summerhayes. Esta vez llevaba en la mano un cuenco grande de porcelana
y un cuchillo.
Una voz masculina gritó desde lejos:
Maureen,
el gato ha vuelto a vomitar. ¿Qué hacemos? Mistress Summerhayes repuso:
¡Ahora
voy, querido! ¡Aguárdame!
Soltó cuenco y cuchillo y volvió a marcharse.
22
Poirot se levantó otra vez y cerró la puerta. Dijo:
- Decididamente sufro.
Se oyó un automóvil. El perrazo saltó de la silla y
alzó la voz en creciente ladrido. Brincó sobre una mesa pequeña que había junto
a la ventana, y esta se hundió con estrépito.
- En fin - exclamó Hércules Poirot -. ¡C’est
insupportable!
La puerta se abrió. El viento se precipitó en el
cuarto. El perro salió corriendo, ladrando aún. La voz de Maureen se oyó alta y
clara.
Johnnie,
¿por qué demonios dejaste abierta la puerta de atrás? Esas malditas gallinas se
han metido en la despensa.
¡Y para
esto - dijo Poirot con calor - pago yo siete guineas a la semana!
La puerta se cerró con un ruidoso golpe. Llegó
hasta él, por la ventana, el cacareo de gallinas enfurecidas.
Luego la puerta se abrió otra vez, y Maureen
Summerhayes entró y se abalanzó sobre el cuenco con un grito de alegría.
No tenía
ni idea de dónde lo había dejado. ¿Le importa mucho, señor... ah... hum...
quiero . decir: le molestaría si me pusiese a
cortar las judías y a quitarles los hilos aquí? Hay un olor demasiado
desagradable en la cocina.
Madame, me
encantaría que lo hiciese.
Quizá no fuese esta la frase exacta; pero se
aproximaba. Era la primera vez en veinticuatro horas que veía Poirot ocasión de
conversar durante más de seis segundos seguidos.
Mistress Summerhayes se dejó caer en un sillón y se
puso a cortar judías con frenética energía y considerable torpeza.
Espero -
dijo - que no se encontrará usted demasiado incómodo. Si hay algo que desee
usted que cambie, no tiene más que decirlo.
Poirot había llegado ya a la conclusión de que la
única cosa que podía tolerar siquiera en Long Meadows era su propietaria.
Es usted
demasiado amable, madame - replicó con cortesía -. Lo único que hubiera deseado
es que hubiese estado en mi poder proporcionarle a usted servidumbre apropiada.
¡Servidumbre!
- Mistress Summerhayes dio un chillido -. ¡Qué esperanza! Ni siquiera es
posible conseguir una mujer que venga por horas. A la única buena que teníamos
la asesinaron. ¡Mi suerte perra!
Debe de
referirse usted a mistress McGinty - se apresuró a decir Poirot.
A ella me
refería. ¡Dios! ¡Cómo echo de menos a esa mujer! Claro que resultó muy
emocionante por entonces. Era el primer asesinato que se cometía dentro de la
familia, como quien dice. Pero, como le dije a Johnnie, fue una verdadera mala
suerte para nosotros. Sin McGinty no consigo dar abasto.
¿Le tenía
usted afecto?
23
Mi querido
amigo, mistress McGinty era digna de confianza. Se podía contar con ella.
Venía. Los lunes por la tarde y los jueves por la mañana... como un reloj.
Ahora utilizo a mistress Burch, de allá junto a la estación. Cinco hijos y
marido. Ni que decir tiene que nunca está aquí. O no se encuentra bien el
marido, o se halla delicada la madre, o uno u otro de los chiquillos ha cogido
alguna vil enfermedad. Con la vieja McGinty sólo ella podía ponerse enferma, y
la verdad es que casi nunca sufría una indisposición.
¿Y la
encontró siempre honrada y de confianza? ¿Se fiaba por completo de ella?
¡Oh, no se
le hubiera ocurrido llevarse nunca nada.. ., ni siquiera la comida! Claro que
husmeaba un poco. Leía cuantas cartas encontraba y todo eso. Pero una ya se lo
espera. Quiero decir que... ¡deben de llevar una vida tan aburrida, tan gris!
¿No le parece?
¿Había
llevado mistress McGinty una existencia gris?
Una vida
terrible, supongo - respondió vagamente mistress Summerhayes -. Siempre de
rodillas, fregando suelos... y luego, las pilas de ropa ajena por lavar que se
encontraría al llegar por la mañana... Si yo tuviera que enfrentarme con una
cosa así todos los días, experimentaría un verdadero alivio con que me
asesinaran. De verdad que sí, señor.
El rostro del comandante Summerhayes apareció en la
ventana. Mistress Summerhayes se puso en pie de un brinco, tirando las judías,
y corrió hacia la ventana, que abrió de par en par.
Ese
maldito perro ha vuelto a comerse la comida de las gallinas, Maureen.
¡Adiós!
¡Ahora será él quien vomite!
Mira -
John Summerhayes le enseñó una coladera llena de verdura -, ¿hay bastantes
espinacas ya?
¡Claro que
no!
A mí me
parece una cantidad colosal.
Quedaría
reducida a una cucharada al cocerse. ¿Aún no sabes lo que pasa con las
espinacas?
¡Santo
Dios!
¿Han
traído el pescado?
No he
visto ni rastro de él.
¡Rayos!
Tendremos que abrir una lata o algo. Podías encargarte tú de eso, Johnnie. Una
de las que hay en la alacena del rincón. Esa que nos pareció un poco hinchada.
Supongo que estará en bue nas condiciones, a pesar de todo.
¿Y las
espinacas?
Ya las
cogeré yo.
Saltó por la ventana, y marido y mujer se alejaron
juntos.
- ¡Nom d’un nom d’un nom! - exclamó Hércules
Poirot.
Cruzó el cuarto y cerró todo lo que pudo la
ventana. La voz del comandante
24
Summerhayes llegó hasta él en alas del viento.
¿Y ese
recién llegado, Maureen? A mí se me antoja un tipo raro. ¿Cómo se llama?
No pude
recordarlo hace un momento, cuando hablaba con él. Tuve que decir señor Ah -
hum. Poirot... ese es el apellido. Francés.
¿Sabes una
cosa, Maureen? Me parece haber visto ese nombre antes en alguna parte.
Quizá en
la revista Ondulación Permanente. Tiene aspecto de peluquero.
Poirot hizo una mueca.
Nooo...
Quizá sea en algo relacionado con conservas. No lo sé. Estoy seguro de que no
me es desconocido. Más vale que le saques las primeras siete guineas cuanto
antes.
Las voces se perdieron en la distancia.
Hércules Poirot recogió las judías del suelo, por
el que se habían esparcido en todas direcciones. En el momento en que terminaba
de hacerlo, mistress Summerhayes entró de nuevo por la puerta. Se las presentó
cortésmente.
Voici,
madame.
¡Oh!,
muchísimas gracias. Oiga, ¿verdad que estas judías están un poco negras? Las
almacenamos en ollas, ¿sabe?, con sal, para que se conserven. Pero a estas
parece haberles pasado algo. Me temo que no van a estar muy buenas.
Eso mismo
me temo yo... ¿Permite que cierre la puerta? Hay corriente.
¡Ah, sí!,
ciérrela. Yo siempre me dejo las puertas abiertas.
Ya lo he
notado.
De todas
maneras, esa puerta nunca quiere quedarse cerrada. La casa casi se está cayendo
a pedazos. Los padres de Johnnie vivían aquí, y andaban muy mal de dinero los
pobres, y nunca hicieron reparaciones. Luego, cuando vinimos de la India a
vivir aquí, tampoco pudimos permitirnos el lujo de arreglar nada. Es divertido
para los niños durante las vacaciones, sin embargo. Hay espacio de sobra para
correr y jardín y todo. El tener huéspedes nos ayuda a ir tirando, aunque he de
confesar que hemos recibido algunas sorpresas desagradables..
¿Soy yo el
único huésped ahora?
Tenemos a
una anciana en el piso de arriba. Se metió en cama el día en que llegó y no ha
vuelto a levantarse. No le pasa nada, que yo sepa. Pero ahí está, y le subo
cuatro bandejas de comida al día. El apetito no lo ha perdido, por lo menos.
Sea como fuere, se marcha mañana a casa de una sobrina o no sé qué pariente.
Mistress Summerhayes hizo una pausa, antes de
continuar, con tono levemente artificial:
El
pescadero se presentará de un momento a otro. ¿Le daría a usted igual... ah...
desembolsar la primera semana de pensión? Va usted
a permanecer una semana aquí, ¿verdad?
Tal vez
más.
Siento
molestarle. Pero no tengo efectivo en casa, y ya sabe usted cómo es esa
25
gente... siempre apremiando.
- Le ruego que no se excuse, madame.
Poirot sacó siete billetes de una libra esterlina y
agregó siete chelines. Mistress Summerhayes recogió el dinero con avidez.
Gracias
mil.
Quizá
debiera, madame, decirle algo más acerca de mí mismo. Yo soy Hércules Poirot.
La revelación no le hizo a la señora el menor
efecto.
¡Qué
nombre más lindo! - dijo bondadosamente -. Es griego, ¿verdad?
Soy, como
quizá sepa usted, detective - dijo Poirot y se golpeó el pecho -. Quizá el
detective más famoso que existe.
Mistress Summerhayes aulló de risa.
Veo que es
usted un gran bromista, monsieur Poirot. ¿Qué anda usted detectando? ¿Ceniza de
cigarrillos y huellas de pisadas?.
Estoy
investigando el asesinato de mistress McGinty - dijo Poirot -, y yo no bromeo.
¡Ay! -
exclamó la señora -. ¡Me he cortado la mano!
Alzó un dedo y se lo examinó.
Luego miró a Poirot.
Escuche –
dijo -. ¿Habla en serio? Quiero decir que todo eso pasó ya. Detuvieron al pobre
medio trastornado que se alojaba en su casa. Y ya le han juzgado y condenado y
todo. Probablemente le habrán ahorcado ya.
No, madame
- le contestó Poirot -, no le han ahorcado, y no pasó todo eso ya. Le recordaré
una frase de uno de sus poetas: “Una cuestión nunca queda zanjada hasta que
queda zanjada... bien.”
¡Oooh! -
dijo mistress Summerhayes, desviada la atención hacia el cuenco que tenía en la
falda -. Estoy sangrando encima de las judías. Mal asunto, puesto que nos las
hemos de comer al me diodía. De todas formas, no importará, en realidad, puesto
que las meteré en agua hirviendo. Siempre son buenas y sanas las cosas cuando
se las cuece, ¿verdad? Hasta las contenidas en las latas, ¿no lo cree usted
así?
Creo - le
respondió Hércules Poirot suavemente - que no vendré a comer este mediodía.
26
5
- La verdad es que no lo sé - dijo mistress Burch.
Lo había dicho ya tres veces. No era fácil vencer
la desconfianza que le inspiraban instintivamente los caballeros de aspecto
extranjero, con negros mostachos y gabanes forrados de piel..
Bien
desagradable que ha sido - prosiguió - que asesinaran a la pobre tía, y que
vinieran los guardias y todo eso. Pisoteándolo todo, husmeando y haciendo
preguntas...
Con los vecinos alborotados. Al principio creí que
nunca podríamos levantar la cabeza ya. Y la madre de mi marido se enfadó y
todo. No hacía más que decir: “Nunca ha pasado una cosa así en la familia mía”
y “¡Pobre Joe!”, y cosas por el estilo. ¿Y yo? ¿Por qué no pobre yo también?
Era tía mía, ¿verdad? Pero, la verdad, yo creí que eso se había liquidado ya.
¿Y si
James Bentley fuera inocente, después de todo?
¡No diga
tonterías! ¡Claro que no es inocente! Fue él quien la mató. Nunca me gustó su
cara. Iba por ahí hablando solo. Ya se lo dije yo a tía, digo: “No deberías
tener en casa a un hombre así. El día menos pensado pierde la chaveta del
todo”, dije. Pero ella contestó que era pacífico, que tenía muy buena voluntad,
y no daba que hacer. No bebía, me dijo, ni fumaba siquiera. Bueno, supongo que
se habrá desengañado ya a estas horas la pobre.
Poirot la miró pensativo. Era una mujer
grandullona, rolliza, de color sano y humorística boca. La casita estaba limpia
y ordenada, y olía a lustre para los muebles. Un leve y apetitoso aroma flotaba
desde la cocina. Una buena esposa, que conservaba la casa limpia y se tomaba la
molestia de hacerle la comida al marido. Poirot le concedió su aprobación.
Estaba llena de prejuicios y era testaruda; pero, después de todo, ¿por qué no?
Decididamente, no era aque lla la clase de mujer que pudiera uno imaginar capaz
de atacar a su tía con una cuchilla de car nicero o de consentir que lo hiciera
su esposo.
Spence no la había creído mujer de esa clase, y, de
bien mala gana, Hércules Poirot se vio obligado a estar de acuerdo con él.
Spence había investigado las finanzas de los Burch, sin hallar por aquel lado
razón alguna para cometer asesinato, y Spence era un hombre muy concienzudo en
sus pesquisas.
Suspiró y perseveró en su tarea de desvanecer la
desconfianza que a mistress Burch le inspiraban todos los extranjeros. Desvió
la conversación del crimen y la enfocó en la víctima del mismo. Hizo preguntas
acerca de la “pobre tía”, de su salud, de sus costumbres, de sus preferencias
en cuestión de comidas y bebidas, de sus ideas políticas, de su difunto marido,
de su actividad ante la vida, ante las cuestiones
27
sexuales, ante el pecado, ante la religión, ante
los niños y ante los animales.
No tenía idea de si habría algo entre toda aquella
información que pudiera servirle. Registraba un pajar en busca de una aguja.
Pero incidentalmente aprendía también algo de cómo era Bessie Burch.
Esta, en realidad, no sabía gran cosa de su
pariente. Era un lazo familiar, y como tal se la honraba. Pero sin intimar. De
cuando en cuando, un domingo al mes o cosa así, ella y Joe habían ido a comer
con la tía. Y con menos frecuencia aún, la tía les había hecho una visita a
ellos. Se felicitaban y se enviaban regalos por Navidad. Sabían que la anciana
tenía ahorrado algo. Y también que a su muerte lo heredarían ellos..
Pero eso
no quiere decir que lo necesitásemos - explicó mistress Burch, sonrojándose -.
Nosotros tenemos nuestros ahorrillos igualmente. Y la enterramos muy bien. Fue
un entierro hermoso de verdad... con flores y todo.
A la tía le había gustado hacer ganchillo. No le
gustaban los perros, porque ensuciaban y revolvían la casa; pero había tenido
un gato canelo. Se le fue y no había vuelto a tener otro. Pero la encargada de
la estafeta de Correos iba a darle un gatito. Conservaba muy limpia la casa y
no le gustaba el desorden. Tenía los dorados que daba gusto verlos y fregaba el
suelo de la cocina todos los días. No le iba mal asistir a casas particulares.
Un chelín y diez peniques por hora; dos chelines le daban en Holmeleigh, la
residencia de mister Carpenter. Tenían el dinero a espuertas los Carpenter.
Habían querido que tía fuese más veces a la semana, pero tía no quiso dejar
plantadas a las otras señoras, porque las había servido antes de ir a casa de
los Carpenter, y no hubiera estado bien.
Poirot mencionó a mistress Summerhayes, de Long
Meadows.
¡Ah, sí!
Tía iba a su casa. Dos veces a la semana. Habían vuelto de la India, donde
tenían la mar de servidumbre indígena, y mistress Summerhayes no tenía la menor
idea de cómo llevar una casa. Intentaron cultivar la huerta para vender las
hortalizas en el mercado; pero tampoco entendían una palabra de eso. Cuando los
niños volvían a casa a pasar las vacaciones, aquello era un verdadero infierno.
Pero mistress Summerhayes era una señora muy simpática y la anciana le había
tomado afecto.
Así fue creciendo el retrato. Mistress McGinty
hacía ganchillo y labor de punto, fregaba suelos, daba lustre a los dorados,
era amante de los gatos, pero no de los perros. Le gustaban los niños, pero no
demasiado. Era reservada. Iba a la iglesia los domingos; pero no tomaba parte
en ninguna actividad parroquial. A veces, muy pocas, iba al cine. No era
partidaria de los amoríos y había dejado de ir a trabajar a casa de un artista
y su esposa al descubrir que no estaban casados como era debido. No leía libros;
pero disfrutaba leyendo el periódico dominical Y le gustaban las revistas
viejas cuando las señoras se las regalaban. Aunque no iba mucho al cine, le
interesaba oír hablar de las estrellas de la pantalla y de sus actividades. La
política no le interesaba; pero votaba a los conservadores, como lo hiciera
siempre su esposo. Jamás gastaba gran cosa en vestir. Las señoras le daban
mucha ropa. Y era ahorrativa por naturaleza.
En resumen, mistress McGinty resultaba haber sido
aproximadamente lo que Poirot había supuesto. Y Bessie Burch, su sobrina, era
la Bessie Burch descrita en las notas del superintendente Spence.
28
Antes que se despidiera Poirot, llegó Joe Burch a
comer. Un hombrecillo perspicaz, del que podía estar uno mucho menos seguro que
de su esposa. Observó en él cierto nerviosismo. Dio menos muestras de
desconfianza y hostilidad que su mujer. Es más, parecía tener viva ansiedad por
crear la sensación de que deseaba cooperar con el detective.
Y eso, se dijo Poirot, estaba levemente fuera de
carácter. Porque ¿a santo de qué había de tener Joe Burch tanta ansiedad por
aplacar a un desconocido extranjero importuno? Solo podía haber una
explicación: que el forastero se había presentado con una carta del
superintendente Spence, del Cuerpo de Policía del condado.
¿Por qué razón Joe Burch quería estar bien con la
Policía? ¿Sería porque él, al revés que su mujer, no podía permitirse el lujo
de criticar a las autoridades?
Un hombre, quizá, con la conciencia intranquila.
¿Por qué? Muchas podían ser las razones, sin ne cesidad de que tuvieran cosa
alguna que ver con la muerte de mistress McGinty. ¿O sería que la coartada del
cine era falsa, que Joe era quien había llamado a la puerta de la casita y
matado a la anciana? En tal caso, era de suponer que, si sacó cajones y
registró cuartos, fue con el exclusivo propósito de hacer creer que se trataba
de un robo. El dinero fue escondido en el exterior para comprometer a Bentley.
Lo que a Joe le interesaba era el depósito de la Caja de Ahorros: las
doscientas libras esterlinas que heredaría su esposa y que, por alguna razón,
necesitaba con urgencia.
Nunca había llegado a encontrarse el arma, recordó
Poirot. ¿Por qué no la habían dejado en el lugar del crimen? ¿Quién no sabe lo
suficiente en estos tiempos para usar guantes o limpiar el mango para eliminar
huellas dactilares? Teniendo esto en cuenta, ¿por qué se la habían llevado?
Debía de ser pesada y con un filo muy cortante. ¿Se temía, acaso, que se la
identificara fácilmente como propiedad de los Burch? ¿Se hallaba el arma en la
casa en aquellos instantes?
Algo parecido a una cuchilla de carnicero, según el
forense. Pero no necesariamente, tal herramienta. Algo quizá fuera de lo
normal... algo que podría identificarse sin dificultad. Las autoridades lo
habían buscado sin encontrarlo, a pesar de registrar bosques y dragar
estanques. Nada faltaba de la cocina de mistress McGinty. Ninguno podía
asegurar que hubiese tenido James Bentley arma que se le pareciera. Jamás logró
descubrirse que hubiese comprado una cuchilla de carnicero o cosa semejante. Un
detalle, aunque pequeño, a su favor. Ignorado entre el peso de las demás
pruebas. Detalle, no obstante...
Poirot echó una rápida mirada a su alrededor en la
salita en que se hallaba. No estaría de más aquel vistazo. ¿Se encontraba el
arma allí, en alguna parte de la casa? ¿Era eso el porqué de la inquietud y ac
titud conc iliadora de Joe Burch? No lo sabía Poirot. No creía, en realidad,
que lo fuese. Pero no estaba completamente seguro.
29
6
1
En las oficinas de Breather & Scuttle
condujeron a Poirot al despacho del propio mister Scuttle después de vacilar
unos instantes.
Mister Scuttle era un hombre dinámico y cordial.
- Buenos días, buenos días - se frotó las manos -.
¿Qué puedo hacer en su obsequio?
Miró con aire profesional a Poirot, intentando:
clasificarle y haciendo, como quien dice, una serie de notas marginales.
Extranjero. Ropa de buena calidad. Rico,
probablemente. ¿Propietario de un restaurante? ¿Gerente de hotel? ¿Películas?
Espero que
no estaré haciéndole perder un tiempo precioso. Deseaba hablar con usted ahora
mismo acerca de su ex empleado James Bentley.
Las expresivas cejas de mister Scuttle se
enarcaron, para recobrar a renglón seguido su posición normal.
James
Bentley... ¿James Bentley? - hizo bruscamente otra pregunta -: ¿Prensa?
No.
Y no será
usted de la Policía, claro.
No. Por lo
menos... no en este país.
No en este
país - mister Scuttle archivó rápidamente la frase, como para futura referencia
-. ¿De qué se trata?
Poirot, que jamás había sentido tanto amor a la
verdad que pudiera servirle de obstáculo, rompió a hablar:
Me
dispongo a iniciar una nueva investigación del caso Bentley... a instancias de
ciertos parientes suyos.
No sabía
que los tuviese. Sea como fuere, ya le han hallado culpable y condenado a
muerte.
Pero aún
no le han ejecutado.
Mientras
hay vida ,hay esperanza ¿eh? - mister Scuttle sacudió la cabeza -. Lo
30
dudo, sin embargo. Las pruebas fueron fuertes.
¿Quiénes son esos parientes?
Sólo puedo
decirle una cosa: que son ricos y poderosos. Inmensamente ricos.
Me
sorprende - mister Scuttle no pudo menos de deshelarse un poco. Las palabras
“inmensamente ricos” tenían cierta cualidad atractiva e hipnótica -. Sí, en
verdad que me sorprende.
La madre
de James, la difunta mistress Bentley, rompió por completo con su familia.
Una de
esas riñas de familia, ¿eh? Vaya, vaya... Y el joven Bentley sin un miserable
penique. Lástima que esos parientes no acudieran antes en su ayuda.
Hasta
ahora no se han enterado de los hechos - explicó Poirot -. Me contrataron para
que acudiese a toda prisa a este país e hiciera cuanto estuviese en mis manos.
Mister Scuttle se arrellanó en su asiento,
abandonando su actitud de negociante.
No sé qué
va a poder hacer usted. Supongo que queda el recurso de alegar trastorno
mental, ¿verdad? Un poco tarde resulta para eso... pero si consigue atraerse a
los médicos de fama... Claro está que yo no estoy al tanto de esas cosas.
Poirot se inclinó hacia adelante.
¡Ah,
monsieur! James Bentley trabajó aquí. Usted puede hablarme de él.
Bien poco
hay que decir... bien poco. Era uno de nuestros escribientes. Nada contra él.
Parecía buena persona, concienzudo y todo eso. Pero desconocía por completo el
arte de vender. Ese es un inconveniente en esta sociedad. Si un cliente viene a
nosotros con una casa que quiere vender, aquí estamos nosotros para vendérsela.
Y si un cliente desea una casa, se la buscamos. Si se trata de una casa situada
en un lugar solitario, sin amenidades, hacemos hincapié en su antigüedad y la
llamamos “edificio de época”. ¡Y no hablamos para nada de la instalación de
fontanería! Y si una casa da a una fábrica de gas, hablamos de las amenidades y
facilidades sin mencionar las vistas. Aquí de lo que se trata es de hacer
comprar al cliente a toda prisa. Recurrimos a toda clase de trucos. “Le
aconsejamos, señora, que haga una oferta sin perder instante. Hay un miembro
del Parlamento que se ha enamorado de la casa... que da muestras de vivo
interés por ella. Va a ir a verla esta tarde otra vez.” Este ardid nunca falla.
Pican siempre. Lo del miembro del Parlamento es de buen efecto psicológico.
¡Dios sabe por qué! No hay miembro que viva nunca lejos del distrito que le
votó. Supongo que es por lo buena y sonora que resulta la frase - rió de
pronto, exhibiendo una brillante dentadura -. Psicología, eso es lo que es...
buena psicología nada más.
Poirot se agarró a la palabra.
Psicología.
¡Cuánta razón tiene usted! Veo que sabe usted juzgar con acierto a los hombres.
Algo hay
de eso, algo hay de eso…- asintió mister Scuttle con cierta modestia.
Por tanto,
vuelvo a preguntarle: ¿qué impresión le causó a usted James Bentley? Así para
entre nosotros... en rigurosa confianza, ¿cree usted que mató a la anciana?
Scuttle le miró con sorpresa.
- Claro que sí.
31
¿Y cree
también que era cosa que podía esperarse de él... psicológicamente hablando?
Hombre, si
lo pone usted así... no; en realidad, no. Nunca le hubiera creído con redaños
para hacerlo. Mire, si quiere que le dé mi opinión, estaba mal de la cabeza.
Mírelo así y la cosa tiene sentido común. Siempre anduvo algo mal de la cabeza,
y con eso de perder la colocación, estar preocupado y cosas por el estilo, se
desequilibró por completo.
¿No le
despidieron ustedes por ningún motivo especial?
Scuttle negó con la cabeza.
Mala época
del año. El personal no tenía suficiente trabajo. Despedimos al menos
competente de todos, que era Bentley. Y supongo que lo hubiera sido siempre. Le
dimos buenas referencias y todo eso. No consiguió otra colocación, sin embargo.
Le faltaba energía. Producía mala impresión en la gente.
Siempre se iba a parar a lo mismo, pensó Poirot al
salir del despacho. James Bentley causaba mala impresión a la gente. Halló
consuelo pensando en varios asesinos que había conocido y a quienes la mayoría
de las personas encontraban encantadores.
32
2
Perdone,
¿tiene inconveniente en que me siente aquí y hable con usted unos minutos?
Poirot, sentado a una mesita de El Gato Azul, alzó
la mirada con sobresalto de la minuta que estaba estudiando. Estaba algo oscuro
en El Gato Azul, cuya gerencia procuraba dar al establecimiento un aspecto
“mundo antiguo” a fuerza de viguería, zócalos y entrepaños de roble, y vidrios
de colores en las ventanas. Pero la joven que acababa de sentarse frente a él
se destacaba, brillante, del fondo oscuro.
Tenía el cabello decididamente dorado, y llevaba un
vestido y jersey azul eléctrico. Hércules Poirot estaba convencido, por
añadidura, de haberla visto en alguna parte no mucho tiempo antes.
Prosiguió ella:
No pude
evitar, ¿comprende?, oír algo de lo que estuvo usted diciendo a mister Scuttle
en su visita.
Poirot asintió con un gesto. Se había dado cuenta
ya de que los tabiques de las oficinas de Breather & Scuttle se habían
alzado más bien con miras a la conveniencia que al aislamiento completo.
Ello no le había preocupado, puesto que era la
publicidad lo que más deseaba.
- Escribía usted a máquina - le dijo -, a la
derecha de la ventana del fondo.
Ella hizo un gesto afirmativo. Le brillaron,
blancos, los dientes en una sonrisa. Una joven robusta que rebosaba salud y que
Poirot halló digna de su aprobación. Tendría treinta y tres o treinta y cuatro
años, a su juicio. Y por naturaleza, de cabello oscuro. Pero no era de las que
permiten que la naturaleza les dicte su colorido..
Mister
Bentley. - dijo -. ¿Qué pasa con mister Bentley?
¿Piensa
apelar contra el fallo? ¿Significa eso que se han descubierto otros indicios?
¡Oh, cuánto me alegro! No podía... me era completamente imposible creer que
fuese culpable.
Poirot enarcó las cejas.
¿Nunca
creyó usted que hubiese cometido el asesinato? - preguntó, muy despacio.
Al
principio no. Pensé que sería un error. Pero luego las pruebas...
Se interrumpió.
Sí, las
pruebas - dijo Poirot.
No parecía
haber ninguna otra persona que pudiera haberlo cometido. Pensé que
33
quizá se habría vuelto un poco loco.
¿Le
pareció a usted alguna vez un poco... como diré... raro?
¡Oh, no!
No en este sentido. Sólo era tímido y torpe como pudiese serlo cualquiera. La
verdad es que no obtenía de sí mismo todo el provecho posible. No estaba
convencido de sí propio.
Poirot la miró. A ella, desde luego, no le faltaba
confianza en sí misma. Quizá tuviera bastante para dos.
¿Le tenía
usted afecto? - preguntó. Se ruborizó ella.
Pues sí.
Amy, la otra muchacha del despacho, solía reírse de él y le llamaba estúpido.
Pero yo le encontraba muy simpático. Era dulce y cortés... y sabía mucho. Cosas
de libros, quiero decir.
¡Ah, sí!
Cosas de libros.
Echaba de
menos a su madre. Había estado enferma años y años, ¿sabe? Es decir, no enferma
de verdad, sino delicada... Y él se había encargado de cuidarla, de hacerlo
todo.
Poirot asintió con un movimiento de cabeza. Conocía
a esa clase de madres.
Y, claro
está, ella le había cuidado a él también. Quiero decir que se había cuidado de
su salud, y de su pecho en invierno, y de lo que comía y todo eso.
De nuevo hizo Poirot un gesto afirmativo. Preguntó:
¿Y usted y
él eran amigos?
No lo
sé... no en rigor. Solíamos hablar a veces. Pero después de marchar de aquí
él... yo... no le vi gran cosa. Le escribí una vez amistosamente, pero no me
contestó.
Poirot preguntó con dulzura:
Pero ¿le
tiene usted afecto aún? Contestó ella con cierto dejo de desafío:
Pues sí,
señor.
Eso -
anunció Poirot - es excelente.
Acudió a su mente el recuerdo de su entrevista con
el condenado. Le vio claramente. El cabello pardusco, el cuerpo delgado y
desgarbado, las manos de abultados nudillos y muñecas, la nuez en la pellejuda
garganta. Evocó la mirada furtiva, embarazada, casi de pillo. No parecía franco
ni hombre de cuya palabra pudiera uno fiarse... sino un individuo reservado,
astuto, engañador, que más que hablar mascullaba de una manera .desagradable,
falto de cortesía incluso... Tal era la impresión que hubiera dado James Bentley
a la mayoría de los observadores superficiales. Era la impresión que había dado
en el banquillo. La de hombre capaz de mentir, de robar, de golpear en la
cabeza a una anciana.
Pero al superintendente Spence, que conocía a los
hombres, no le había causado tal impresión.
34
Ni a Hércules Poirot. Ni a la muchacha aquella, por
lo visto.
¿Cuál es
su nombre, mademoiselle? - le preguntó.
Maude
Williams. ¿Podría yo hacer algo... para ayudar?
Creo que
sí. Hay gente que cree, miss Williams, que James Bentley es inocente. Están
trabajando para demostrarlo. Yo soy la persona a quien se le ha encargado esa
investigación, y justo es decir que ya he hecho considerables progresos... sí,
considerables progresos.
Dijo el embuste sin sonrojarse. A su modo de ver,
se trataba de una mentira necesaria. Había que conseguir que alguien, en alguna
parte, se sintiera intranquilo. Maude Williams hablaría. Y las palabras eran
como piedra caída en estanque, en torno a la cual se van formando círculos
concéntricos cada vez más anchos.
Dice que
usted y James Bentley sostenían conversaciones. Él le habló de su madre y de su
vida en casa. ¿Mencionó alguna vez a alguien con quien él, o quizá su madre, no
se hallara en buenas relaciones?
Maude Williams reflexionó.
No...no lo
que se puede decir malas relaciones. A su madre no le gustaban las muchachas
jóvenes, según tengo entendido.
Las madres
a quienes los. hijos, se consagran por completo, nunca sienten simpatía por las
muchachas jóvenes. No; me refiero a algo más que eso. A alguna enemistad de
familia o algún ene migo. ¿Alguno que estuviera resentido?
Ella negó con la cabeza.
Jamás
mencionó nada de eso..
¿Habló
alguna vez de su patrona, mistress MacGinty? Se estremeció la muchacha
levemente.
Llamándola
por su nombre, nunca. Dijo una vez que le daba arenques con demasiada
frecuencia. Y una vez dijo que su patrona estaba disgustada porque había
perdido un gato.
¿Mencionó
alguna vez, y sea sincera, por favor, que sabía dónde guardaba mistress McGinty
el dinero?
Se desvaneció en parte el colorido de la muchacha.
Pero alzó la barbilla, retadora.
Pues sí
que lo hizo. Hablábamos de lo que desconfían algunas personas de los bancos, y
él dijo que su patrona escondía el dinero debajo de una tabla del suelo. Dijo:
“Podría apoderarme de él cualquier día durante su ausencia.” No del todo en
broma, porque no bromeaba nunca, sino más bien como si su descuido le
preocupara.
¡Ah! -
murmuró Poirot -. Muy bien. Desde mi punto de vista quiero decir. Cuando James
Bentley piensa en un robo, se representa la cosa como un acto que se lleva a
cabo a espaldas de alguien. Hubiera podido decir: “El día menos pensado,
alguien le dará un golpe en la cabeza para quitár selo, ¿comprende?
Pero en
ninguno de los dos casos lo diría con intención.
¡Oh, no!
Pero la charla, por ligera y por ociosa que sea, descubre inevitablemente
35
la clase de persona que es uno. El criminal
prudente nunca despega los labios. Pero los criminales rara vez son prudentes,
y sí vanidosos, y hablan mucho... por eso a la mayoría los atrapan.
Maude Williams dijo bruscamente:
Pero
alguien tiene que haber matado a la anciana.
Naturalmente.
¿Quién?
¿Lo sabe? ¿Tiene alguna idea?
Sí -
mintió Hércules Poirot -. Creo que tengo una idea bastante exacta. Pero no
hemos hecho más que iniciar el camino.
La muchacha consultó su reloj.
Tengo que
volver al despacho. Sólo nos dan media hora. Población de mala muerte este
Kilchester... Yo siempre había trabajado en Londres antes. ¿Me avisará si hay
algo que pueda yo hacer... hacer de verdad quiero decir?
Poirot sacó una de sus tarjetas. Anotó en ella el
nombre de Long Meadows y el número de teléfono.
- Aquí es donde me alojo.
Su nombre, observó Poirot, chasqueado, no le
causaba la menor impresión. La nueva generación, hubo de decirse, andaba
singularmente falta de conocimiento acerca de las celebridades más no tables.
36
3
Hércules Poirot tomó el autobús para Broadhinny un
poco más alegre que cuando llegara a Kilchester: Fuera como; fuese, había una
persona que compartía su creencia en la no culpabilidad de James Bentley. Este
no andaba tan huérfano de amistades como había querido hacer creer.
Volvió nueva y mentalmente a la cárcel en que viera
al acusado. ¡Qué entrevista más desanimadora había sido! No había logrado
despertar es esperanzas, y apenas un levísimo interés.
Gracias -
le había dicho Bentley con voz opaca -; pero no creo que pueda hacer nadie
nada.
No; estaba seguro de que no tenía enemigos.
Cuando la
gente apenas se da cuenta de que uno existe, es muy poco probable que se tenga
enemigos.
¿Su madre?
¿Tuvo algún enemigo?
Claro que
no. Todo el mundo la quería y respetaba.
Se observó en la voz un dejo de indignación.
- ¿Y sus amistades?
Y James Bentley había dicho, o más bien murmurado:
- Yo no tengo amigos.
Lo cual no era del todo cierto. Porque amiga suya
era Maude Williams, su compañera de oficina.
“¡Cuán maravillosa previsión de la Naturaleza -
pensó Poirot - que todo hombre, por muy poco atractivo que superficialmente
resulte, sea el escogido de una mujer!”
Sospechaba que, a pesar del sensual aspecto de miss
Williams, era esta, en realidad, una muchacha de tipo maternal. Poseía las
cualidades de las que Bentley estaba falto: la energía, el empuje, el negarse a
darse por vencida, la determinaci6n de triunfar.
Suspiró.
¡Qué mentiras más monstruosas había dicho aquel
día! Daba igual, eran necesarias.
“Porque en alguna parte - díjose Poirot, en
apoteótica mezcolanza de metáforas - hay una aguja en el pajar. Y entre los
perros que duermen, uno hay sobre el que plantaré yo el pie. Y cuando menos lo
espere, a fuerza de dar palos de ciego acabaré
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pegando contra un tejado de vidrio”1
Aunque
están claras, por si algún lector no las ve, ahí van las metáforas mezcladas:
Buscar una aguja en un pajar; al perro que duerme, no le despiertes; dar palos
de ciego, o sea, palos a tontas y a locas; quien tiene tejado de vidrio, no
tire piedras al de su vecino. (N. del T ).
38
7
1
La casita en que había vivido mistress McGinty sólo
se hallaba a unos pasos de la parada del autobús. Dos niños jugaban fuera. Uno
de ellos comía una manzana bastante agusanada, y el otro daba gritos y golpeaba
la puerta con una bandeja. Parecían muy felices. Poirot aumentó el ruido
descargando también golpes sobre la puerta.
Una mujer asomó por la esquina de la casa. Llevaba
puesto un mono de color e iba desgreñada.
Basta ya,
Ernie - ordenó.
¡No me da
la gana! - repuso Ernie, y continuó armando jaleo. Poirot echó a andar hacia.
la mujer.
No hay
quien pueda hacer algo con los chiquillos, ¿verdad? - dijo esta. Poirot opinaba
todo lo contrario, pero se abstuvo de decirlo.
Le condujeron hacia la puerta de atrás.
Tengo
siempre echado el cerrojo de la principal. Entre, ¿quiere?.
Poirot cruzó un fregadero muy sucio y entró en una
cocina más sucia aún.
No la
mataron aquí dijo la mujer -. Fue en la sala. Poirot parpadeó levemente.
Para eso
viene, ¿verdad? ¿No es usted el señor extranjero que vive con los Summerhayes?
Veo que ha
oído hablar de mí murmuró Poirot, radiante el rostro -. En efecto, mistress...
Kiddle. Mi
marido es estuquista. Nos mudamos aquí hace cuatro meses, ¿sabe? Vivíamos antes
con la madre de Bert. Algunos me decían: "No me digas que vas a meterte en
una casa donde se ha cometido un asesinato”... pero era lo que yo les
contestaba, una casa es una casa. Y más vale una casa que una sala y tener que
dormir encima de las sillas. Es terrible esta escasez de pisos, ¿verdad? Y de
todas formas, a nosotros no nos ha molestado nunca. Dicen que siempre vagan por
la casa
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cuando mueren asesinados. Pero ella no hace tal
cosa. ¿Le gustaría ver dónde ocurrió?
Poirot contestó afirmativamente, con la misma
sensación que el turista a quien enseñan los lugares de interés.
Mistress Kiddle le condujo a una habitación
pequeña, excesivamente amueblada con piezas de estilo jacobino. Al revés que el
resto de la casa, no presentaba muestras de haber sido ocupada nunca.
Ahí en el
suelo estaba, y con la nuca abierta. ¡Menudo susto le dio a mistress Elliot!
Fue ella quien la encontró... ella y Larking, que viene de la Cooperativa con
el pan. Pero el dinero se lo llevaron de arriba. Suba y le enseñaré de dónde.
Mistress Kiddle le guió escalera arriba hasta una
alcoba en la que había una cómoda voluminosa, una cama de metal grande, unas
sillas y, por último, una magnífica colección de ropa de niño, mojada y seca.
- Fue aquí - dijo mistress Kiddle con orgullo.
Poirot miró a su alrededor. Difícil resultaba
imaginarse que aquel baluarte de desordenada fecundidad había sido en otros
tiempos dominio bien fregado de una anciana que estaba orgullosa de su hogar.
Allí había vivido y dormido mistress McGinty.
¿Supongo
que estos no son sus muebles?
¡Oh, no!
Su sobrina de Cullavon se los llevó todos.
No quedaba allí nada de mistress McGinty. Los
Kiddle habían llegado, visto y vencido. La vida era más fuerte que la muerte.
Abajo sonó el feroz chillido de un niño de pecho.
Es el
nene, que se ha despertado - explicó innecesariamente mistress Kiddle.. Bajó
corriendo la escalera y Poirot la siguió. Allí no había nada para él.
Se fue a la casa de al lado.
40
2
- Sí, señor; fui yo quien la encontró.
Mistress Elliot habló con dramatismo. Limpia casa
aquella, limpia y ordenada. El único drama allí era el de mistress Elliot,
mujer alta, delgada, morena, que contaba el único y glorioso momento de emoción
en su existencia.
Larkin, el
panadero, vino y llamó a la puerta. “Se trata de mistress McGinty - dijo -. No
conseguimos que conteste. Pudiera ser que se hubiese puesto enferma.” Y bien
creí yo que pudiera ser eso. No era joven, no, ni mucho menos. y que había
tenido palpitaciones lo sabía de cierto. Pensé que pudiera haberle dado un
ataque de apoplejía. Por tanto, me apresuré a ir, en vista. de que no estaban
más que los dos hombres y, claro está, no se atreverían a entrar en la alcoba.
Poirot aceptó esta exposición de reparo y decencia
con murmullo de asentimiento.
Subí a
toda prisa la escalera, eso es lo que hice. Él estaba en el descansillo, pálido
como un cadáver, vaya si lo estaba. Y no es que pensara yo en eso por
entonces...
bueno, claro, entonces no sabía yo lo ocurrido.
Llamé fuerte a la puerta y no me contestaron, por lo que hice girar el tirador.
Todo el cuarto revuelto... y la tabla del piso alzada. “Un robo - dije -. Pero
¿dónde está la pobre infeliz?” Y entonces se nos ocurrió asomarnos a la sala. Y
allí estaba... Tirada en el suelo, con la pobre cabeza deshecha. ¡Asesinato!
Comprendí en seguida lo que era: ¡asesinato! ¡No podía ser otra cosa! ¡Robo y
asesinato! Aquí, en Broadhinny. ¡Grité y grité! ¡Menudo trabajo tuvieron
conmigo! Sentí que me desmayaba. Tuvieron que ir a buscarme coñac a Los Tres
Patos. Y aun así, estuve temblando horas y horas. “No se ponga así, señora.”
Eso fue lo que me dijo el sar gento cuando vino. “No se ponga así. Váyase a
casa y hágase una taza de té.” Y fue lo que hice. Y cuando Elliot llegó a casa,
“Pero ¿qué es lo que ha pasado?”, preguntó, mirándome. Aún estaba yo temblando.
Desde niña me han afectado siempre mucho las cosas.
Poirot interrumpió con destreza tan emocionante
relato personal.
Sí, sí,
uno se da cuenta de eso en seguida. ¿Y cuándo había visto usted a mistress
McGinty por última vez?
Seguramente
el día anterior, cuando salió al huerto a coger un poco de hierbabuena. Yo
estaba dando de comer a los pollos.
¿Le dijo a
usted algo?
Sólo me
dio las buenas tardes y me preguntó si estaban poniendo mejor las gallinas.
¿Y esa fue
la última vez que la vio? ¿No la vio el día de su muerte?
41
No. Pero
le vi a él - mistress Elliot bajó - la voz -. A eso de las once de la mañana.
Caminando por la carretera. Arrastrando los pies, como tenía por costumbre.
Poirot aguardó; pero pareció ser que no había nada
más que agregar.
Preguntó:
¿Le
sorprendió a usted que le detuvieran?
Pues verá
usted: sí y no. Fíjese; siempre le había creído un poco tocado. Y no cabe duda
de que los que están tocados se vuelven agresivos, a veces. Mi tío tuvo un hijo
débil de la cabeza, y era ofensivo a veces... al irse haciendo mayor, quiero
decir. Ni conocía su propia fuerza. Sí; ese Bentley estaba mal de la cabeza, y
nada me sorprendería que, llegado el momento, no le ahorcaran, sino que le
metieran en un manicomio. ¡Fíjese en el sitio en que fue a esconder el dinero!.
Nadie hubiera escondido el dinero allí, a menos que quisiera que lo
encontrasen. Estúpido y tonto, eso es lo que era.
A menos
que quisiera que lo encontrasen - murmuró Poirot -. ¿Y no echaría usted de
menos una cuchilla o un hacha, por casualidad?
No, señor.
Claro que no. La Policía me preguntó eso mismo. Nos preguntó a todos los de la
vecindad. Aún sigue siendo un misterio con qué la mataron.
42
3
Hércules Poirot echó a andar hacia la estafeta de
Correos.
El asesino había querido que se encontrase el
dinero, pero no que se encontrara el arma. Porque el dinero señalaría a James
Bentley, y el arma señalaría a... ¿quién?.
Sacudió la cabeza. Había visitado las otras dos
casitas. Sus ocupantes se habían mostrado menos exuberantes que mistress Kiddle
y menos dramáticos que mistress Elliot. Se habían limitado a decir que mistress
McGinty era una mujer muy respetable, reservada, que no se metía en nada, que
tenía una sobrina en Cullavon, que nadie más que dicha sobrina se acercaba
nunca a verla, que nadie que ellos supieran le tenía antipatía o estaba
resentido con ella; y luego habían preguntado si era cierto que se estaba preparando
una petición a favor de James Bentley, y que si les iba a pedir que la
firmaran.
“No llego a ninguna parte... a ninguna parte - se
dijo Poirot -. No hay nada... ni el más leve destello. Comprendo perfectamente
la desesperación del superintendente Spence. Pero debiera ser distinto en el
caso mío. El superintendente Spence es un policía bueno y concienzudo; pero
yo... ¡yo soy Hércules Poirot! Para mí ¡debiera haber luz!”
Metió uno de los zapatos de charol en un charco e
hizo una mueca.
Era el grande, el único, el inmarcesible Hércules
Poirot; pero también era un hombre muy viejo, y le hacían daño los zapatos.
Entró en la estafeta.
El lado derecho estaba destinado a Correos. En el
izquierdo se exhibía un variado surtido de mercancías, entre las que figuraban
caramelos, comestibles, juguetes, ferretería, papel de escribir, tarjetas de
felicitación, lana para hacer punto, perfumería y ropa interior de niños.
Poirot se puso a comprar, con toda la cachaza del
mundo, sellos de correos.
La mujer que acudió a servirle era de edad madura y
tenía ojos brillantes y perspicaces.
“He aquí - se dijo Poirot - el cerebro de
Broadhinny, sin duda alguna”.
Se llamaba Sweetiman.
Y doce de
a penique - dijo mistress Sweetiman, sacándolos de una carpeta -; o sea, cuatro
chelines y diez peniques en total. ¿Desea algo más, señor?
Le miró con cierta expectación. Por la puerta del
fondo se veía la cabeza de una muchacha que escuchaba con avidez. Tenía
desordenado el cabello y estaba
43
acatarrada.
Soy
forastero en este pueblo - anunció Poirot con solemnidad.
En efecto
- asintió mistress Sweetiman -. Ha venido usted de Londres, ¿eh?
Supongo
que está usted tan enterada ya como yo de lo que he venido a hacer - le
respondió Poirot con una sonrisa.
¡Oh, no,
señor!; no tengo la menor idea - dijo ella con cierta artificialidad.
Mistress
McGinty - dijo Poirot.
Mistress Sweetiman sacudió la cabeza.
Fue un
triste suceso... mucho.
¿Supongo
que la conocería usted bien?
¡Oh, sí!
Tan bien como cualquiera de Broad hinny seguramente. Siempre me saludaba cuando
entraba aquí a comprar alguna cosita. Sí; fue una tragedia terrible. Y aún no
se ha visto el fin, según he oído decir a la gente.
Se tienen
dudas en ciertos círculos de la culpabilidad de James Bentley.
No sería
la primera vez que se equivocara la Policía de hombre... aunque yo no diría que
hubiese sucedido en este caso. Y no es que en realidad le creyera yo capaz de
acto semejante. Un hombre tímido y torpe, pero no peligroso... o al menos no se
le tenía por tal. Pero, después de todo, nunca se sabe, ¿verdad?
Poirot se decidió a pedir papel de escribir.
- Claro que sí, caballero. Cruce al otro lado,
¿quiere?
Mistress Sweetiman se apresuró a ocupar su sitio
detrás del mostrador del lado izquierdo.
Lo que
resulta difícil de imaginar es quién puede haber sido el asesino, de no serlo
mister Bentley - observó al ponerse de puntillas para alcanzar papel y sobres,
que estaban en la estantería de arriba -. Sí que vemos por aquí a veces
vagabundos mal encarados y es posible que uno de ellos viera abierta una
ventana de la planta baja y saltara por ella. Pero no hubiera dejado el dinero
atrás, ¿no le parece? No después de haber asesinado para apoderarse de él. Y lo
tenía en billetes que no estaban señalados. Aquí tiene, caballero. Un buen
papel y sobres que hacen juego.
Poirot pagó la compra.
¿No habló
nunca mistress McGinty de tenerle miedo a alguien o de estar nerviosa?
Conmigo,
no. No era mujer nerviosa. Se quedaba a veces hasta tarde en casa de mister
Carpenter... en Holmeleigh, allá en la cima de la colina. Tienen con frecuencia
invitados a comer o gente que se aloja en su casa, y mistress McGinty subía de
cuando en cuando al atardecer para ayudarles a fregar los platos. Bajaba la
colina de noche cerrada, que es algo más de lo que me gustaría hacer a mí. Es
muy grande la oscuridad en esa colina.
¿Conoce
usted a su sobrina mistress Burch?
Ligeramente,
Ella y su marido vienen aquí a veces.
44
Heredaron
algo de dinero al morir mistress McGinty. Los penetrantes ojos negros le
miraron con severidad. .
Hombre,
eso es natural. Uno no se lo puede llevar consigo, y es lógico que vaya a parar
a manos de quien pertenece a la familia.
¡Oh, sí,
sí!... Estoy completamente de acuerdo. ¿Le tenía afecto a su sobrina mistress
McGinty?
Mucho, así
lo creo; aunque de una forma apacible.
¿Y al
marido de su sobrina?
Una expresión evasiva apareció en el rostro de
mistress Sweetiman.
Que yo
sepa...
¿Cuándo
vio usted a mistress McGinty por última vez? Mistress Sweetiman reflexionó.
Deje que
piense... ¿Cuándo fue, Edna?
Edna, allá en la puerta del fondo, se limitó a
respingar.
¿Fue el
día en que murió? No; fue el día anterior... ¿o fue el otro? Sí. Fue el lunes.
Eso es. La mataron el miércoles. Sí, fue el lunes. Entró a comprar un frasco de
tinta.
¿Quería un
frasco de tinta?
Supongo
que querría escribir una carta - contestó la otra.
Parece lo
más probable. ¿Y era la misma de siempre? ¿No parecía diferente en forma
alguna?
¡Nooo! Me
parece que no.
Edna entró en la tienda y tomó parte, de pronto, en
la contestación.
Parecía
diferente - aseguró -. Como si estuviera satisfecha por algo... bueno, no
satisfecha... emocionada.
Quizá
tengas razón - dijo mistress Sweetiman -; y no es que lo notara yo por
entonces. Pero, ahora que lo dices... estaba animada.
¿Recuerdan
ustedes algo de lo que dijo aquel día?
Normalmente
no lo recordaría; pero, entre el asesinato, la Policía y todo eso, parece como
si las cosas adquirieran relieve. Nada dijo de James Bentley, de eso estoy
segura. Habló de los Carpenter un poco. Y de mistress Upward... los sitios en
que trabajaba, ¿sabe?
¡Ah, sí!
Precisamente iba a preguntarle para quiénes trabajaba aquí.
Mistress Sweetiman contestó ahora sin vacilar:
Los lunes
y los jueves iba a casa de mistress Summerhayes, a Long Meadows. Ahí es donde
se aloja usted, ¿verdad?
En efecto
- asintió Poirot con un suspiro -. ¿Supongo que no hay ningún otro sitio en que
alojarse?
45
No en
Broadhinny. No debe estar usted muy cómodo en Long Meadows, ¿verdad? Mistress
Summerhayes es muy agradable, pero no sabe llevar una casa. Nunca lo saben las
señoras que vienen del extranjero. Siempre había la mar de trabajo allí, según
mistress McGinty. Sí, los lunes por la tarde y los jueves por la mañana, a casa
de los Summerhayes. Luego, los martes por la mañana, al doctor Rendell, y por.
las tardes, a mistress Upward, de Laburnums. El miércoles se lo dedicaba a
mistress Wetherby, de Hunter’s Close, y el viernes a mistress Selkirk... que es
ahora mistress Carpenter. Mistress Upward es una anciana. que vive con su hijo.
Tienen una doncella, pero se está haciendo vieja, y mistress McGinty solía ir
una vez a la semana para hacer limpieza a fondo. Parece como si los Wetherby
nunca pudieran tener mucho tiempo una criada... ella está delicada... Los
Carpenter tienen una casa muy hermosa y dan muchas fiestas. Todos son muy buena
gente.
Con este pronunciamiento final sobre la población
de Broadhinny, Poirot salió a la calle.
Subió lentamente la colina en dirección a Long
Meadows. Confiaba que el contenido de la lata hinchada y las judías
ensangrentadas se habrían consumido al mediodía y que no las habrían conservado
para que cenara él aquella noche. Pero era posible que hubiese otras latas
dudosas. La vida en Long Meadows tenía evidentemente sus peligros. En conjunto,
el día había resultado desanimador ¿Qué había averiguado?
Que James Bentley tenía una persona amiga. Que ni
él ni mistress McGinty contaban con enemigos. Que mistress McGinty había dado
muestras de excitación dos días antes de su muerte y había comprado un frasco
de tinta...
Se detuvo en seco... ¿Era aquello un indicio…un
pequeño indicio por fin?
Había preguntado, sólo por preguntar, para qué
querría McGinty un frasco de tinta. Y mistress Sweetiman le había respondido
muy seria que suponía que para escribir una carta.
Ahí se ocultaba algo significativo, un algo que por
poco se le había escapado, porque para él, como para la mayoría de la gente,
escribir una carta era cosa corriente y diaria.
Pero no era así para mistress McGinty. Para ella;
escribir una carta resultaba tan fuera de lo normal, que se veía precisada a
salir y comprar tinta si quería hacerlo.
Mistress McGinty, pues, casi nunca escribía una
carta. Mistress Sweetiman, como jefe de estafeta; estaba perfectamente enterada
de ello. Pero mistress McGinty había escrito una carta dos días antes de su
muerte. ¿A quién y por qué?
Pudiera carecer de importancia. Quizá hubiese
escrito a su sobrina, o a una amiga ausente. Era absurdo darle tanto énfasis a
una cosa tan sencilla como un frasco de tinta.
Pero no contaba con ningún otro indicio, así pues,
lo pensaba seguir.
Un frasco de tinta...
46
8
1
¿Una
carta? - Bessie Burch movió negativamente la cabeza -. No; no recibí ninguna
carta de mi tía. ¿Para qué iba a escribirme?
Poirot sugirió:
Tal vez
quisiera decirle algo.
Mi tía no
era muy amiga de escribir. Andaba camino de los setenta, y en su niñez no se
iba mucho al colegio.
Pero
¿sabía leer y escribir?
¡Oh,
claro! No leía mucho, sin embargo... aunque le gustaba el periódico. Es decir,
los dominicales: el News of the World y el Sunday Comet. Pero escribir le
resultaba difícil siempre. Si algo tenía que decirme, como que no fuésemos a
verla o que ella no podía venir a vernos, solía telefonear a mister Benson, el
farmacéutico de la esquina. Y él se encargaba de darnos el recado. Es muy
amable en ese sentido mister Benson. Estamos dentro del radio, ¿sabe?, conque
solo cuesta dos peniques telefonearnos. Hay aparato en la estafeta de Correos
de Broadhinny.
Poirot asintió con un gesto. Comprendía que siempre
era una ventaja que costara dos peniques y no dos peniques y medio. Ya se había
imaginado a mistress McGinty como ahorradora en grado sumo. Le había gustado
mucho el dinero.
Insistió con dulzura:
Pero su
tía sí que le escribía a veces, ¿no es así?
Las
tarjetas de felicitación por Navidades.
¿Y...
quizá tendría amistades en otras partes de Inglaterra, a las que escribiría?
No sé nada
de eso. A su cuñada, quizá... pero murió hace dos años. Y a mistress Birdlip...
pero ha muerto también.
De suerte
que si le escribió a alguien, lo más probable es que se tratara de una
contestación a otra carta que hubiese ella recibido, ¿no es eso?
De nuevo pareció dudar Bessie Burch.
- La verdad, no sé a quién iba a ocurrírsele
escribirle. Claro está que - agregó
47
iluminándosele el semblante - siempre queda el
recurso de que le escribiera el Gobierno.
Poirot asintió; en estos tiempos, las
comunicaciones de lo que Bessie llamaba “Gobierno” constituían la regla más
bien que la excepción.
Y menudo
jaleo suele ser - prosiguió mistress Burch -. Hojas que llenar y un sinfín de
preguntas impertinentes que no debieran hacérsele a ninguna persona honrada.
Así, pues,
¿pudo haber recibido mistress McGinty alguna comunicación del Gobierno que no
tuviera más remedio que contestar?
De haber
sido así, hubiese venido con ella a Joe para que le ayudase a hacerlo. Todos
esos formularios la hacían un lío y siempre se los traía a Joe.
¿Recuerda
usted si había alguna carta entre sus efectos personales?
No se lo
puedo decir con exactitud. Yo no me acuerdo de ninguna. Pero, después de todo,
fue la Policía la que se hizo cargo de sus cosas al principio. Hasta mucho más
tarde no me permitió que me las llevase.
¿Qué fue
de esas cosas?
Esa cómoda
de allá era de ella... bien sólida, de caoba... Y hay un armario arriba, y
algunos utensilios de cocina. Vendimos lo demás, porque no teníamos sitio donde
meterlo.
Me refería
a las cosas de uso personal: cepillos, peines, retratos, cosas de tocador,
ropa...
¡Ah, eso!
Si quiere que le diga la verdad, lo metí todo en una maleta y aún está arriba.
No sé qué hacer con ello. Se me ocurrió que podría llevar la ropa al bazar de
beneficencia de Nochebuena. Pero, a última hora, se me olvidó. No me pareció
bien vendérsela a esa gentuza que se dedica a la venta de ropa de segunda mano.
¿Podría
ver el contenido de esa maleta?
No hay
inconveniente. Aunque no creo que encuentre nada que le ayude. La Policía lo
repasó ya todo, ¿sabe?
Ya lo sé.
Sin embargo...
Mistress Burch le condujo a una minúscula alcoba de
la parte de atrás que se empleaba principalmente, según dijo a Poirot, como
cuarto de coser. Sacó una maleta de debajo de la cama. Dijo:
Bueno,
pues aquí tiene, y me perdonará que no me quede, pero tengo que atender al
guisado.
Poirot le excusó de buena gana y oyó cómo bajaba
otra vez la escalera. Tiró de la maleta y la abrió.
Una vaharada de naftalina le inundó el olfato.
No sin cierta compasión, extrajo el contenido tan
elocuente como revelador, de una mujer muerta ya. Un gabán largo, negro,
bastante usado. Dos jerseys de lana. Una chaqueta y una falda. Medias. Nada de
ropa interior (seguramente se la habría apropiado Bessie para su uso.) Dos
pares de zapatos envueltos en periódicos. Un cepillo y un peine, muy usados,
pero limpios. Un espejo antiguo, de abollado respaldo
48
de plata. Una fotografía, con marco de cuero, de
una pareja de novios, vestida al estilo de treinta años antes; retrato, sin
duda, de mistress McGinty y de su esposo. Dos postales con vistas de Margate.
Un perro de porcelana. Una receta para hacer mermelada de calabaza, arrancada
de un periódico. Otro recorte que contenía una información sensacional sobre
los “platillos volantes”. Otro, con las profecías de Mother Shipton2 y una
Biblia y un devocionario. No encontró bolsos ni guantes. Bessie los habría tomado
o regalado. Aquella ropa, juzgó Poirot, hubiera resultado demasiado pequeña
para la robusta Bessie. Mistress McGinty había sido una mujer delgada.
Desenvolvió uno de los pares de zapatos. Eran estos
de buena calidad y en muy buen uso. Decididamente demasiado cortos para Bessie
Buroh.
Se disponía a envolverlos de nuevo cuando se fijó
en el nombre del periódico: el Sunday Comet del 19 de noviembre.
A mistress McGinty la habían asesinado el 22 del
mismo mes.
Aquel era, pues, el periódico que comprara el
domingo anterior a su muerte. Había estado tirado en su cuarto, habiéndolo
aprovechado Bessie Burch más tarde para envolver con él los zapatos.
Domingo, 19 de noviembre. y el lunes, mistress
McGinty había entrado en la estafeta a comprar un frasco de tinta...
¿Podría obedecer eso a algo que leyera en el
periódico dominical?
Desenvolvió
el otro par de zapatos. El periódico empleado era el News of the World de la
misma fecha.
.Los alisó y se los llevó a la silla, sentándose
para leerlos. E hizo inmediatamente un descubrimiento. Se había recortado algo
de una de las páginas del Sunday Comet. Se trataba de un trozo rectangular de
la página central. El espacio era demasiado grande para los recortes que
encontrara.
Examinó ambos periódicos, pero no halló ninguna
otra cosa de interés. Envolvió en ellos los zapatos nuevamente, y volvió a
dejar cerrada la maleta.
Bajó la escalera.
Mistress Burch estaba ocupada en la cocina.
No habrá
encontrado usted nada, ¿verdad?
No, por
desgracia. - Agregó, sin darle importancia -: Supongo que no habría ningún
recorte de periódico en el portamonedas de su tía o en su bolso, ¿verdad?
No
recuerdo ninguno. Quizá se lo llevaron los guardias.
Pero los guardias no se habían llevado ninguno, lo
sabía Poirot por las notas de Spence. Figuraba una lista del contenido del
bolso de la anciana, y entre este no se hallaba recorte alguno.
“¡Eh bien! - se dijo Hércules Poirot -, el paso
siguiente es fácil. O me llevo un chasco, o doy un avance.”
Ursula
Shipton (1488-1560), conocida bajo el nombre de Mother Shipton (Madre o Mamá
Shipton). famosa profetisa inglesa que predijo la muerte de Cromwell, de
Wolsey, Earl Percy y otros personajes notables. Se asocian dieciocho profecías
más con su nombre. (N. del T.)
49
2
Sentado muy quieto, con uno de los tomos de
periódicos encuadernados del archivo ante sí, Poirot se dijo que, al darle
importancia al frasco de tinta, no le había engañado el corazón.
El Sunday Comet era muy dado a dramatizar de una
forma romántica los acontecimientos del pasado.
El periódico que estaba mirando Poirot era el
Sunday Comet del 19 de noviembre.
En la parte superior de la página central aparecían
las palabras siguientes en tipos grandes: Mujeres víctimas de tragedias de
antaño. ¿Dónde están estas mujeres ahora?
Debajo de los titulares había cuatro reproduc
ciones muy confusas de retratos sacados, evidentemente, muchos años antes.
Ninguna de ellas tenía aspecto trágico. Más bien
parecían ridículas, puesto que casi todas vestían a la antigua, y no hay cosa
más ridícula que las modas pasadas, aunque, dentro de otros treinta años o así,
puede haber reaparecido su encanto o, por lo menos, haberse hecho aparente de
nuevo. Debajo de cada retrato había un nombre.
Eva Kane, la “otra” en el famoso caso Craig.
Janice Courtland, la “esposa trágica” cuyo marido
era un demonio con forma humana.
La pequeña Lily Gamboll, trágica criatura, producto
de nuestra excesivamente poblada edad.
Vera Blake, esposa de un asesino sin sospecharlo.
Y luego la pregunta en letras muy grandes otra vez:
“¿DÓNDE ESTÁN ESTAS MUJERES AHORA?”
Poirot parpadeó, y se puso a leer minuciosamente la
romántica prosa que daba la historia de aquellas nebulosas heroínas.
El nombre de Eva Kane lo recordaba, porque el caso
Craig había sido muy célebre. Alfred Craig era secretario del Ayuntamiento de
Parminster, hombrecito concienzudo, difícil de clasificar, correcto y
agradable. Había tenido la desgracia de casarse con una mujer fastidiosa y
apasionada que le obligó a contraer deudas, que le dominó por completo, que le
hizo la vida imposible con su lengua viperina, y que padecía de dolencias
nerviosas, las cuales, según amigos poco bondadosos, eran puramente
imaginarias. Eva Kane era la institutriz, muchacha de diecinueve años, bonita,
débil y
50
bastante simple. Se enamoró perdidamente de Craig,
y Craig de ella.
Un día, los vecinos supieron que a mistress Craig
le “habían ordenado que marchase al extranjero” por motivos de salud. Así había
dicho Craig, por lo menos. La llevó a Londres, primera etapa del viaje, en
automóvil, un atardecer, partiendo ella desde allí para el sur de Francia.
Regresó a continuación a Parminster anunciando, a intervalos, que, a juzgar por
el contenido de sus cartas, su esposa no había mejorado. Eva Kane se quedó para
gobernar la casa, y ello acabó por dar pábulo a las lenguas. Por fin, Craig
recibió la noticia de que su mujer había muerto en el extranjero. Se marchó,
regresando a la semana siguiente con el relato del entierro.
En algunas cosas, Craig era un poco inocente.
Cometió el error de mencionar el lugar en que había muerto su mujer, una playa
veraniega relativamente bien conocida en la Costa Azul. Sólo hizo falta que
alguien que tenía familia o amistades allí les escribiera, descubriese que ni
había muerto ni había sido enterrada persona alguna de tal nombre y, tras un
período de comadreo, se lo comunicara a las autoridades.
Lo que sucedió a continuación puede resumirse en
pocas palabras.
Mistress Craig no había marchado a la Costa Azul.
Se la había cortado en trocitos y enterrado en el sótano de la casa. Y la
autopsia llevada a cabo reveló la presencia de un alcaloide vegetal.
Se detuvo y procesó a Craig. A Eva Kane la acusaron
de cómplice al principio, pero se retiró la acusación, puesto que se vio bien
claro que no había tenido en ningún momento conocimiento de lo sucedido. Craig
acabó por confesar, fue sentenciado a muerte y lo ejecutaron.
Eva Kane, que estaba encinta, abandonó Parminster
y, según las palabras del
Sunday Comet:
“Parientes bondadosos le ofrecieron en el Nuevo
Mundo un hogar. Cambiando de nombre, la desdichada niña, seducida en su
inocente adolescencia por un ser vil e inhumano, abandonó para siempre estas
costas, con el fin de empezar de nuevo la vida y guardar eternamente encerrado
en su pecho, y ocultárselo a su hija, el nombre de su padre.
“- Mi hija se criará feliz e inocente. No manchará
su existencia el cruel pasado. Eso lo juro. Mis trágicos recuerdos continuarán
siendo míos tan sólo.
“¡Pobre, frágil y confiada Eva Kane! ¡Conocer tan
joven la villanía e infamia del hombre! ¿Dónde está ahora? ¿Habrá, quizá, en
alguna población del Oeste Medio americano una mujer entrada en años,
silenciosa y respetada por sus vecinos, de mirada triste tal vez?.. ¿Y va a ver
a “mamá” una muchacha joven, feliz y alegre, puede que con hijos propios, que
le cuenta los pequeños sinsabores de la vida diaria, sin la menor idea de los
sufrimientos que ha soportado en el pasado su madre?”
- ¡Oh, la la! - murmuró Hércules Poirot. Y pasó a
la “trágica” víctima siguiente.
No cabía duda de que Janice Courtland, la “esposa
trágica”, había sido desgraciada en cuanto al marido. Sufrió durante ocho años
sus singulares prácticas, a las que se hacía referencia con una cautela tal que
despertara inmediatamente la curiosidad. Ocho años de martirio, aseguraba el
Sunday Comet con firmeza. Y, entonces, Janice encontró un amigo, un joven
idealista, desinteresado, quien, lleno de horror ante una escena entre marido y
mujer que había presenciado por accidente, se abalanzó sobre el
51
esposo con tal vigor, que este cayó al suelo,
dándose con la cabeza contra un bordillo de mármol que había junto a la
chimenea. El jurado halló la provocación intensa, decidió que el joven
idealista no había tenido la me nor intención de matar, y le sentenció a cinco
años por homicidio.
La atormentada Janice, aterrada por la publicidad
que le diera el asunto, march6 aó extranjero a “olvidar”.
Inquiría el Sunday Comet:
“¿Ha olvidado? Así lo esperamos. Quizá viva en
estos instantes en alguna parte una esposa y madre feliz para quien los años de
sufrimiento y pesadilla, silenciosamente soportados, no parezcan ahora más que
un sueño...”
- ¡Vaya, vaya...! - dijo Poirot.
Y pasó a Lily Gamboll, la trágica criatura producto
de nuestra excesiva poblada edad.
A Lily Gambol1l al parecer le habían sacado de su
excesivamente habitado hogar. Una tía suya asumió la responsabilidad de
criarla. Lily quiso ir al cine, y la tía dijo: “No”. Lily Gamboll cogió la
cuchilla de picar carne, que yacía muy a mano sobre la mesa, y le descargó un
golpe con ella a su tía. La mujer, aunque autócrata, era pequeña y frágil. El
golpe la mató. Lily estaba muy desarrollada y tenía buena musculatura a pesar
de sus doce años. Un reformatorio le había abierto sus puertas, desapareciendo
Lily de escena..
“A estas alturas es ya mujer. Y se encuentra en
libertad. Y puede ocupar un lugar en nuestra civilización. Su conducta durante
los años de encierro y prueba se dice que fue ejemplar. ¿No demuestra esto que
no es a la niña sino al sistema a quien se ha de echar la culpa? Criada en la
ignorancia y la miseria, la pequeña Lily fue víctima del ambiente.
“Ahora, habiendo purgado su trágico error, vive en
alguna parte, esperamos que feliz, buena ciudadana y buena esposa y madre.
¡Pobrecita Lily Gamboll!”
Poirot sacudió la cabeza. Una niña de doce años que
le larga un golpe a su tía con una cuchilla de picar carne y le pega lo
bastante fuerte para matarla, no era, en su opinión, una niña muy agradable. En
este caso, sus simpatías se decantaban hacia la tía.
Pasó a Vera Blake.
Esta era, evidentemente, una de esas mujeres a las
que todo les sale mal. Había empezado haciéndose novia de un muchacho que
resultó ser un gangster reclamado por la Policía como autor del asesinato del
vigilante de un Banco. Casó luego con un comerciante muy respetable que más
tarde se supo traficaba en géneros robados. Las dos hijas, con el tiempo,
habían llamado también la atención de la Policía. Acompañaban a mamá a los
grandes almacenes y se encargaban de llevarse lo que podían.
Por fin, sin embargo, había aparecido en escena un
“hombre bueno”, que ofreció a la trágica Vera un hogar en los Dominios. Ella y
sus hijas abandonarían este viejo y agotado país.
“En adelante, una Nueva Vida le aguardaba. Por fin,
tras largos años de repetidos
52
golpes del Destino, las desdichas de Vera han
terminado.”
¿Si será
eso verdad? - murmuró Poirot con escepticismo -. ¡Nada me extrañaría que
descubriese que se había casado con un timador o jugador con ventaja de los que
se dedican a desplumar durante la travesía a los que hacen viajes
transatlánticos!
Se retrepó en su asiento y contempló los cuatro
retratos. Eva Kane, con revuelta cabellera rizada y un sombrero enorme,
sostenía un manojo de rosas pegado a la oreja, como si fuera un teléfono.
Janice Courtland llevaba un sombrerito de campana calado hasta por encima de
las orejas, y la cintura del vestido a la altura de las caderas. Lily Gamboll
era una muchacha más bien fea, cuya boca abierta daba la sensación de que tenía
inflamación nasal y que usaba gafas de gruesos cristales. Vera Blake aparecía tan
trágicamente blanca y negra, que no se distinguían las facciones.
Mistress McGinty había recortado aquel artículo,
con fotografías y todo. ¿Por qué? ¿Porque le interesaban los relatos nada más?
Lo dudaba. Mistres McGinty había conservado muy pocas cosas durante sus sesenta
y tantos años de vida; eso lo había podido comprobar Poirot por las notas del
superintendente.
Arrancó la anciana el artículo el domingo, y el
lunes compró un frasco de tinta. De esto último parecía deducirse que ella, que
nunca escribía cartas, estaba a punto de lanzarse a escribir una. De haberse
tratado de una carta de negocios, probablemente le hubiera pedido a Joe Burch
que la ayudase. Por tanto, no se había tratado de negocios, sino de... ¿qué?
La mirada de Poirot recorrió las cuatro fotografías
otra vez.
“¿Dónde se encuentran estas mujeres ahora?”,
preguntaba el Sunday Comet.
“Una de ellas - pensó Poirot - pudiera muy bien
haber estado en Broadhinny en noviembre pasado.”
53
3
Hasta el día siguiente no logró Hércules Poirot
hallarse frente a frente con miss Pamela Horsefall.
Miss Horsefall no podía concederle una entrevista
muy larga porque, según dijo, tenía que marchar a Sheffield.
Miss Horsefall era alta, de aspecto masculino, gran
bebedora y fumadora, y al mirarla se hubiese creído improbable que su pluma
hubiera destilado tan pegajoso sentimentalismo en el Sunday Comet. Y, sin
embargo, ella había sido.
Escupa,
escupa... - le dijo miss Horsefall a Poirot con impaciencia -. Tengo que
marcharme.
Se trata
de su artículo publicado en el Sunday Comet. En noviembre. La serie de Mujeres
Trágicas.
¡Ah!, esa
serie... Una porquería, ¿no le parece?
Poirot se negó a emitir opinión. Dijo:
Me
refiero, en particular, al artículo sobre mujeres Asociadas con el Crimen, que
se publicó el diecinueve de dicho mes. Trataba de Eva Kane, Vera Blake, Janice
Courtland y Lily Gamboll.
Miss Horsefall se echó a reír.
¿Dónde se
hallan estas trágicas mujeres ahora? Ya me acuerdo.
Supongo
que recibe usted a veces correspondencia después de escribir artículos
semejantes.
¡Y que lo
diga! Hay gente que no parece tener otra cosa que hacer que escribir cartas.
Alguien “vio una vez al asesino Craig caminando calle abajo”. Otra quisiera
contarme “la historia de su vida, mucho más trágica que cuanto pudiera yo
imaginarme”.
¿Recibió
usted alguna carta firmada por una tal mistress McGinty, de Broadhinny?
Mi querido
amigo: ¿cómo rayos quiere que lo sepa? Recibo las cartas a espuertas. ¿Cómo he
de recordar un nombre en particular?
Creí que
pudiera usted recordarlo - dijo Poirot -, porque unos días más tarde asesinaron
a esa señora.
Eso es
hablar - miss Horsefall olvidó su impaciencia por marchar a Sheffield y se
sentó a horcajadas en la silla -. McGinty... McGinty... Me suena el nombre. Le
pegó en
54
la cresta su huésped. Un crimen muy poco
interesante desde el punto de vista del público. Carecía de atractivo sexual.
¿Dice usted que me escribió esa mujer?
Creo que
escribió al Sunday Comet.
Viene a
ser lo mismo. Vendría a parar a mis manos. Y habiendo muerto asesinada... y
publicando su nombre los periódicos... debiera recordar... - se interrumpió -.
Escuche... No escribió desde Broadhinny, sino desde Broadway.
Así, pues,
¿la recuerda usted?
No estoy
segura... Pero el nombre... Es un nombre cómico, ¿verdad? ¡McGinty! Sí...
una letra atroz y de una semianalfabeta. Si hubiese
caído yo en la cuenta... Pero estoy segura de que vino de Broadway.
Usted
misma asegura que la letra era infame. Broadway y Broadhinny... podrían parecer
igual.
Sí... tal
vez sí. Después de todo, no es probable que conociese una esos nombres rurales
tan raros. McGinty, sí. Recuerdo, definitivamente. Quizá el asesinato fijara el
nombre en mi memoria.
¿Recuerda
usted lo que le decía en su carta?
Algo
relacionado con una fotografía. Ella sabía dónde se encontraba un retrato igual
a uno de los publicados. ¿Estaríamos dispuestos a comprárselo? ¿Y por cuánto?
Y...
¿ustedes contestaron?
Mi querido
amigo, no nos interesa nada de esa clase. Dimos la respuesta de ritual. Gracias
cortésmente, pero no hay nada que tratar; y como la mandamos a Broadway,
supongo que no la llegaría a recibir.
“Ella sabía dónde se encontraba un retrato...” A la
mente de Poirot acudió el recuerdo de la voz de Maureen Summerhayes: “Claro que
husmeaba un poco.”
Mistress McGinty había husmeado. Era honrada. Pero
le gustaba enterarse de las cosas. Y la gente solía guardar ciertas cosas
tontas, sin significado, de tiempos pasados. Las guardaba por razones
sentimentales o, simplemente, porque se olvidaba de su existencia...
Se puso en pie.
Gracias,
miss Horsefall. Me perdonará usted, pero ¿eran exactos los datos que publicó en
el artículo? Observo, por ejemplo, que el año del procesamiento de Craig está
equivocado... En realidad fue doce meses después de lo que usted dice. Y, en el
caso de Courtland, el nombre del marido era Herbert, si mal no recuerdo, y no
Hubert. La tía de Lily Gamboll tenía su residencia en Buckinghamshire, no en
Bergshire.
Miss Horsefall agitó un cigarrillo.
Mi querido
amigo, la exactitud era totalmente innecesaria. El artículo no era más que una
empalagosa y estúpida mezcolanza de romanticismo desde el principio al fin. Me
empollé unos cuantos datos para liarme después a decir sandeces.
Lo que yo
quiero decir es que ni siquiera el carácter de sus heroínas sería acaso tal
como usted lo representó.
Pamela soltó una risa que parecía un relincho.
55
Claro que
no. ¿Usted qué cree? No me cabe la menor duda de que Eva Kane era una perfecta
ramera y no una inocente atropellada. En cuanto a la Courtland, ¿por qué sufrió
en silencio ocho años con un sádico pervertido? Porque tenía dine ro a
espuertas y el amiguito romántico carecía de un penique.
¿Y la
trágica niña Lily Gamboll?
Me haría
muy poca gracia que anduviera haciendo cabriolas en torno mío con una cuchilla
de carnicero3.
Poirot fue contando las frases con los dedos:
Abandonaron
el país... se fueron al Nuevo Mundo... al extranjero... “a los Dominios”...
“para empezar una vida nueva”. Y no hay nada, ¿verdad?, que demuestre que no
volvieron, andando el tiempo, a Inglaterra.
Nada en
absoluto - asintió miss Horsefall -. Y ahora... sí que tengo que salir
corriendo...
Más tarde, aquella misma noche, Poirot llamó por
teléfono a Spence.
Me he
estado preguntando qué habría sido de usted, Poirot. ¿Ha descubierto algo?
¿Algún detalle?
He hecho
pesquisas - contestó Poirot, sombrío.
¿Bien?
Y el
resultado de ellas es el siguiente: la gente que vive en Broadhinny es, toda
ella, muy buena gente.
¿Qué
quiere decir con eso, monsieur Poirot?
¡Ah, amigo
mío!, imagínese: “Muy buena gente.” No sería esta la primera vez en que ese
mero hecho fuera motivo de asesinato.
3 Aquí hay un juego de palabras: To gambol
significa juguetear, brincar, hacer cabriolas, etc. (N. del T.)
56
9
1
Toda ella
muy buena gente - murmuró Poirot, al entrar por la verja de Crossways, cerca de
la estación.
Una lámina de bronce anunciaba que aquella era la
residencia del doctor Rendell, licenciado en Medicina.
El doctor Rendell era un hombre corpulento y
alegre, de unos cuarenta años de edad. Saludó a su visitante con verdadera
solicitud.
Nuestro
tranquilo pueblo se siente honrado - dijo - con la presencia del gran Hércules
Poirot.
¡Ah! -
murmuró Poirot, halagado -. Así, pues, ¿ha oído usted hablar de mí?
Claro que
hemos oído hablar de usted. ¿Quién no?
Responder a semejante pregunta hubiera resultado
perjudicial para el amor propio de Poirot. Se limitó a decir con su exquisita
cortesía:
- Me considero afortunado con haberle encontrado en
casa.
No tenía la cosa nada de afortunada. En realidad,
se trataba de puro y astuto cálculo. Pero el doctor Rendell replicó,
cordialmente:
Sí. Por
poco no me pilla. Tengo que estar en la clínica dentro de un cuarto de hora.
¿Qué pue do hacer en su obsequio? Me devora la curiosidad por saber qué está
usted haciendo aquí. ¿Una cura de reposo? O... ¿se ha cometido entre nosotros
un crimen?
En pasado,
no en presente.
¿En
pasado? No recuerdo...
Mistress
McGinty.
Claro,
claro. Olvidaba. Pero no me diga que se ocupa usted en eso... después de tanto
tiempo.
Permítame
que le diga, en confianza, que ha solicitado mis servicios la defensa. Busco
nuevos indicios sobre los que pueda basarse una apelación.
El doctor Rendell dijo vivamente:
57
Pero ¿qué
nuevos indicios puede haber?
Eso, por
desgracia, no soy libre de decirlo.
Sí,
comprendo. Le ruego que me perdone.
Pero he
descubierto ciertas cosas que son muy curiosas... muy... ¿cómo diré...?
¿sugestivas? He venido a verle, doctor Rendell, porque tengo entendido que
mistress McGinty trabajaba de cuando en cuando en esta casa.
¡Ah, sí,
sí! Era... ¿Por qué no toma usted algo? ¿Jerez? ¿Whisky? ¿Prefiere el jerez? Yo
también.
Fue en busca de dos copas, y, sentándose junto a
Poirot, prosiguió:
Solía
venir una vez a la semana para hacer limpieza extraordinaria. Tengo una buena
ama de llaves... excelente... pero los dorados... y el fregar el suelo de la
cocina...
Bueno, mistress Scott no puede ya ponerse de
rodillas. Mistress McGinty era una trabajadora excelente.
¿Cree
usted que fuese una persona adicta a la verdad?
¿Adicta a
la verdad? La pregunta es un poco rara. No me creo capaz de contestarla... No
tuve oportunidad de saberlo. Que yo sepa, no mentía.
Así, pues,
si esa señora le dijo algo a alguien, ¿cree usted que su afirmación sería,
probablemente, verídica?
El doctor Rendell pareció turbarse levemente.
¡Oh!, no
me gustaría decir tanto. En realidad sé muy poco de ella. Podría preguntárselo
a mistress Scott. Lo sabrá mejor que yo.
No, no.
Prefiero no hacerlo. No me interesa.
Está usted
despertando mi curiosidad - anunció jovialmente el doctor Rendell -. ¿Qué era
lo que iba diciendo por ahí? Algo que fuera difamatorio, ¿es eso? Algo
calumnioso quiero decir.
Poirot negó con la cabeza. Dijo:
Usted
comprenderá que de momento todo esto debe ser muy secreto. No he hecho más que
dar principio a mi investigación.
El doctor murmuró con cierta sequedad:
Tendrá
usted que darse un poco de prisa, ¿verdad?
Tiene
usted razón. El tiempo a mi disposición es corto.
He de
confesar que me sorprende... Todos aquí hemos estado completamente seguros de
que fue Bentley el culpable. No parecía posible la duda.
Parecía un
crimen vulgar y sórdido... nada interesante. ¿Es eso lo que diría usted?
Sí... sí;
creo que esa frase lo describe con exactitud.
¿Conocía
usted a James Bentley?
Vino a
verme en mi condición de médico una o dos veces. Le preocupaba su propia salud.
Le mimó demasiado su madre, me imagino. Esos casos se ven con frecuencia.
58
Tenemos otra igual aquí.
¡Ah!, ¿sí?
Sí. El de
mistress Upward. Laura Upward. Quiere a su hijo con locura. Y le mantiene bien
sujeto. Es un muchacho listo... no tanto como él se cree, y esto se lo digo en
confianza... pero tiene talento, no obstante. Es un dramaturgo en ciernes
nuestro buen Robin.
¿Llevan
aquí mucho tiempo?
Tres o
cuatro años. Nadie lleva mucho tiem
po en Broadhinny. El primitivo pueblo no era más
que un puñado de casitas agrupadas alrededor de Long Meadows. Tengo entendido
que se aloja usted allí, ¿verdad?
En efecto
- asintió Poirot sin gran entusiasmo. El doctor pareció regocijado.
¡Hostelería!
- exclamó -. Esa joven no tiene la menor idea de cómo se gobierna un hotel. Ha
vivido en la India toda su vida de casada, con criados por todas partes.
Apuesto a que está usted bastante incómodo. Nadie para mucho allí. En cuanto al
pobre Summerhayes, jamás ganará un ochavo cultivando hortalizas. Es un buen
chico... pero no sabe una palabra de lo que es la vida comercial... y hay que
ser comerciante hoy en día si quiere uno impedir que le llegue el agua al cue
llo.. No vaya usted a creerse que yo curo a los enfermos. No soy más que un
llenador de formularios y firmador de certificados endiosado. Me son simpáticos
los Summerhayes, sin embargo. Ella es encantadora, y él, aunque tiene un genio
de mil demonios y se inclina hacia la taciturnidad, es de los buenos. De los de
primera. ¡Si hubiese usted conocido al viejo coronel Summerhayes! Más orgulloso
que el mismísimo Lucifer.
¿Era el
padre del comandante Summerhayes?
Sí. No
dejó mucho dinero el viejo al morir, y los derechos reales acabaron de
arruinarles; pero están decididos a no abandonar la casa. Uno no sabe si
admirarles o si decir: “… ¡Qué locos!”
Consultó el reloj.
No quiero
entretenerle - dijo Poirot.
Aún me
quedan unos minutos. Además, me gustaría que conociese usted a mi esposa. No sé
dónde se habrá metido. Le interesó enormemente saber que se hallaba usted aquí.
Los dos somos muy aficionados al crimen.
¿Criminología,
novela, o los periódicos dominicales? - inquirió Poirot, sonriendo.
Las tres
cosas.
¿Descienden
ustedes al nivel del Sunday Comet incluso?
Rendell se echó a reír.
¿Qué sería
el domingo sin él?
Publicaron
una serie de artículos interesantes hace unos cinco meses. Uno en particular,
sobre mujeres que se habían visto complicadas en casos de asesinatos y la
tragedia de su vida.
59
Sí; lo
recuerdo. Pura fantasía, sin embargo.
¡Ah!,
¿cree usted eso?
Hombre,
verá, el caso Craig sólo lo conozco por lo que leí de él. Pero uno de los
otros, el de Courtland... puedo asegurarle a usted que esa mujer no era una
inocente trágica ni mucho menos... ¡Menudo bicho estaba hecha! Lo sé porque un
tío mío asistió al marido. Él distaba mucho de ser un angelito; pero la mujer
tenía muy poco que envidiarle. Atrapó a ese jovencito sin experiencia y le
incitó a que cometiera el asesinato. Él fue a la cárcel por homicida, y ella,
convertida en acaudalada viuda, se casó con otro.
El Sunday
Comet no mencionó ese detalle. ¿Recuerda usted con quién se casó? Rendell negó
con la cabeza.
No creo
haber oído nunca el nombre. Pero alguien me dijo que había sido muy afortunada.
Uno se
preguntaba, al leer el artículo, dónde estarían ahora esas cuatro mujeres -
musitó Poirot.
Ya. Igual
podía uno haber estado hablando con cualquiera de ellas la semana pasada en
alguna reunión. Seguramente todas guardan celosamente el secreto de su pasado.
Desde luego, no habría quien pudiera reconocerlas por las fotografías
publicadas. ¡Lo feas que estaban!
El reloj dio la hora, y Poirot se puso en pie.
No quiero
entretenerle más. Ha sido usted muy amable.
Me temo
que no le he sido de gran ayuda. Un hombre apenas se da cuenta del aspecto que
tiene la mujer que hace la limpieza. Pero aguarde un segundo. Es preciso que
conozca a mi mujer. Jamás me perdonaría que le dejara marchar sin verla.
Salió al vestíbulo delante de Poirot, llamando:
- Shelagh... Shelagh...
Una voz repuso desde el piso superior.
- ¡Baja! Tengo algo para ti.
Una mujer delgada, pálida, de cabello rubio, bajó
rápidamente la escalera.
He aquí a
monsieur Hércules Poirot, Shelagh. ¿Qué te parece?
¡Oh!
Mistress Rendell pareció demasiado sobresaltada
para hablar. Los palidísimos ojos azules contemplaron a Poirot con alguna
aprensión.
Madame -
dijo Poirot, inclinándose sobre la mano de la señora con el aire más extranjero
de que fue capaz.
Oímos
decir que se hallaba usted aquí - dijo Shelagh Rendell -. Pero no sabíamos...
Se interrumpió y echó una rápida mirada al rostro
de su esposo. “Esta sigue siempre la pauta que su marido le da”, pensó Poirot.
60
Soltó unas cuantas frases floridas y se despidió.
Se llevó consigo la impresión de un doctor Rendell
jovial, y de una mistress Rendell aprensiva y de lengua trabada.
Tales eran los Rendell, a cuya casa había ido a
trabajar mistress McGinty los martes por la mañana.
61
2
Hunter’s Close era una casa ochocentista
sólidamente construida a la que se llegaba por una larga y descuidada avenida
llena de hierba. En tiempos pasados no se la había considerado una casa grande;
pero ahora lo era lo bastante para resultar, domésticamente, muy poco
conveniente. Poirot preguntó por mistress Wetherby a la joven de aspecto
extranjero que abrió la puerta.
Se le quedó mirando, y luego dijo:
- No lo sé. Tenga la bondad de pasar. ¿Se referirá
a miss Henderson, quizá?
Le dejó en pie en el vestíbulo. Estaba bien
amueblado y lleno de curiosidades de varias partes del mundo. Nada parecía muy
limpio ni daba la sensación de que se hubiera quitado bien el polvo.
A los pocos minutos volvió a presentarse la joven.
Dijo:
- Haga el favor de venir.
Y le condujo a una habitacioncita muy fría,
amueblada con un amplio escritorio. Encima de la repisa de la chimenea había
una cafetera de cobre muy grande y de feo aspecto, con un pitorro curvo enorme
que se asemejaba a una nariz ganchuda.
Se abrió la puerta tras Poirot, y una muchacha
entró en el cuarto.
Mi madre
está echada - dijo -. ¿En qué puedo servirle?
¿Es usted
miss Wetherby?
Henderson.
Mister Wetherby es mi padrastro.
Era una joven más bien fea, de unos treinta años de
edad, grande y desgarbada.
Tenía una mirada muy alerta y vigilante.
Deseaba
preguntarles qué podían decirme ustedes de una tal mistress McGinty que había
trabajado aquí.
Le miró con fijeza.
¿Mistress
McGinty? ¡Si ha muerto!
Lo sé -
respondió Poirot con dulzura -. No obstante, me gustaría que me hablase de
ella
¡Oh! ¿Es
para algún seguro o algo así?
No se
trata de seguros, sino de indicios nuevos.
Indicios
nuevos. ¿Se refiere, pues a su muerte?
Me han
contratado los abogados defensores para hacer ciertas investigaciones a
62
favor de James Bentley - dijo Poirot.
Sin dejar de mirarle, preguntó ella:
Pero ¿no
fue él quien la mató?
Eso creyó
el jurado. Pero no sería la primera vez que un jurado se equivocase.
Así, pues,
¿fue en realidad otra persona quien la mató?
Puede
haberlo sido.
Preguntó ella bruscamente:
¿Quién?
Esa -
murmuró dulcemente Poirot -, esa es la cuestión.
No
comprendo en absoluto.
¿No? Pero
puede decirme algo de mistress McGinty, supongo. La joven respondió de mala
gana:
Supongo
que sí... ¿Qué es lo que quiere saber?
En primer
lugar... ¿qué opinaba usted de ella?
¡Ah!
Pues... nada en particular. Era como cualquier otra persona.
¿Charlatana
o taciturna? ¿Curiosa o reservada? ¿Agradable o repulsiva? ¿Una mujer
simpática, o todo lo contrario?
Miss Henderson reflexionó.
Trabajaba
bien... pero hablaba mucho. A ve ces decía cosas muy raras... En realidad... a
mí no me era muy... muy simpática.
Se abrió la puerta, y la criada extranjera dijo:
Miss
Deirdre, su madre dice: haga el favor de traer...
¿Mi madre
desea que conduzca a este caballero a su presencia?
Si hace el
favor... gracias.
Deirdre Henderson miró dubitativa a Hércules
Poirot.
¿Quiere
subir a ver a mi madre?
¡Pues no
faltaba más!
Deirdre le condujo al vestíbulo y escalera arriba,
dijo, sin que viniera a cuento:
- Una se cansa tanto de los extranjeros...
Puesto que era evidente que pensaba en la criada y
no en la visita, Poirot no se ofendió. Estaba diciéndose que Deirdre Henderson
parecía una muchacha simple y sencilla hasta el punto de ser torpe.
El cuarto de arriba estaba lleno de chucherías. Era
la habitación de una mujer que había viajado mucho y tenido el propósito de
conservar un recuerdo de cuantos lugares visitara. La mayor parte de los
recuerdos se habían fabricado, evidentemente, para delicia y explotación de
turistas. Había demasiados sofás y mesas y sillas en la
63
estancia, insuficiente ventilación y excesiva
profusión de cortinajes. Y, en medio de todo, mistress Wetherby.
Mistress Wetherby parecía una mujer pequeñita,
conmovedoramente pequeña, en una habitación muy grande. Tal era el efecto..
Pero distaba mucho de ser tan pequeña como había decidido parecer. El tipo de
mujer “pobrecita de mí” debe conseguir tal resultado muy bien, aun cuando sea
en realidad de estatura regular.
Estaba reclinada muy cómodamente en un sofá, y
cerca de ella se veían unos libros, labor de punto, un vaso de jugo de naranja
y una caja de bombones. Dijo con animación:
Tiene que
perdonarme que no me levante; pero ¡se empeña tanto el médico en que he de
reposar todos los días...! Y todo el mundo me regaña luego si no hago lo que me
mandan.
Poirot tomó la mano que le tendían y se inclinó
sobre ella con el debido murmullo de homenaje.
Detrás de él, inflexible, Deirdre dijo:
- Quiere saber algo de mistress McGinty.
La delicada mano que había yacido pasiva entre las
suyas se contrajo, haciéndole pensar durante un instante en la garra de un
pájaro. No era, en realidad, una pieza de delicada porcelana de Dresde, sino la
garra de un ave de rapiña. Mistress Wetherby, con leve risa, susurró:
¡Cuán
absurda eres, Deirdre querida! ¿Quién es mistress McGinty?
¡Oh!,
mamá... sí que recuerdas. Trabajó en casa. Aquella a quien asesinaron, ¿sabes?
Mistress Wetherby cerró los ojos con un
estremecimiento.
Calla,
querida. ¡Fue tan horrible! Estuve nerviosa semanas y semanas después del
suceso. ¡Pobre anciana, pero qué estúpida! ¿A quién se le ocurre guardar dinero
debajo del piso? Debiera haberlo metido en el Banco -. Claro que me acuerdo de
todo eso... solo que me había olvidado ya de su nombre.
Deirdre dijo, impávida:
Quiere
saber algo de ella.
Por Dios,
tenga la amabilidad de sentarse, monsieur Poirot. Me devora la curiosidad.
Mistress Rendell acaba de telefonear diciéndome que teníamos un famoso
criminalista aquí. Y le ha descrito a usted. Por eso, cuando esa idiota de
Frieda describió a nuestro visitante, adquirí el convencimiento de que sería
usted y le mandé recado para que subiera. Ahora, dígame, ¿qué es todo esto?
Como ha
dicho su hija, deseo saber algo de mistress McGinty. Trabajó aquí. Tengo
entendido que venía a esta casa los miércoles. Y fue en miércoles cuando murió.
Por consiguiente, creo que vendría aquí aquel día, ¿verdad?
Supongo
que sí. Sí; supongo que sí. En realidad, no puedo decírselo a ciencia cierta
ahora. Hace tanto tiempo ya...
Sí, varios
meses. Y... ¿no dijo nada aquel día? ¿Nada especial?
64
Esa clase
de personas hablan siempre mucho - contestó mistress Wetherby con repugnancia
-. Una no escucha en realidad. Y, en cualquier caso, no podía saber que iban a
robarla y matarla aquella noche, ¿no le parece?
Existe tal
cosa como causa y efecto.
La señora frunció el entrecejo.
No veo lo
que quiere usted decir.
Quizá no
lo vea yo tampoco... todavía. Uno trabaja a través de la oscuridad hasta llegar
a la luz. ¿Compran ustedes los periódicos dominicales, mistress Wetherby?
Abrió sus ojos azules de par en par.
¡Oh, sí!
Naturalmente. Estamos suscritos al Observer y al Sunday Times. ¿Por qué lo
dice?
Por
curiosidad. Mistress McGinty compraba el Sunday Comet y el News of the World.
Hizo una pausa; pero nadie dijo nada. Mistress
Wetherby exhaló un suspiro y entornó los ojos. Dijo:
Fue un
trastorno. Ese horrible huésped suyo... No creo que pudiera estar del todo bien
de la cabeza. Y al parecer era un hombre culto, por añadidura... Así resulta
peor, ¿no le parece?
¿Usted
cree?
¡Oh,
sí!... Claro que lo creo. ¡Un crimen tan brutal! Una cuchilla de cortar carne.
¡Uf!
La Policía
no llegó a encontrar el arma homicida.
La tiraría
a algún estanque o al lago, seguramente.
Dragaron
los estanques - dijo Deirdre -. Los vi yo.
Querida -
suspiró la madre -, no seas morbo sa. Bien sabes que odio pensar en esas cosas.
Mi cabeza…
La muchacha se volvió hacia Poirot con ferocidad.
No debe
usted insistir sobre el particular - dijo -. Le hace daño. Es demasiado
sensitiva. Ni siquiera puede leer novelas policíacas.
Mil
perdones - dijo Poirot. Se puso en pie -. Sólo tengo una excusa. A un hombre
van a ahorcarle dentro de tres semanas. Si él no la asesinó...
Mistress Wetherby se incorporó sobre un codo.
¡Claro que
la asesinó él! - exclamó con voz chillona -. ¡Claro que la asesinó! Poirot
sacudió la cabeza.
No estoy
yo tan seguro, madame.
Salió apresuradamente del cuarto. Al bajar la
escalera, la muchacha le siguió, alcanzándole en el vestíbulo.
- ¿Qué quiere usted decir con eso? - le preguntó.
65
Lo que he
dicho, mademoiselle.
Sí,
pero...
Se interrumpió.
Poirot no despegó los labios.
Deirdre Henderson dijo, muy despacio:
Ha
trastornado usted a mi madre. No le gustan esas cosas... robos y asesinatos...
y violencia.
Así, pues,
tiene que haber recibido una sacudida muy grande al enterarse de que una mujer
que trabajaba en su propia casa había muerto asesinada.
¡Ah!,
sí... sí que la recibió.
Quedó
postrada... ¿no es cierto?
Se negó
a escuchar cosa
alguna relacionada con
el suceso. Nosotros...
yo...
intentamos... ahorrarle malos ratos... todo lo que
sea desagradable.
¿Y la
guerra?
Por
suerte, nunca cayeron bombas por estos contornos.
¿Qué papel
desempeñó usted en la guerra, mademoiselle?
¡Oh!, hice
trabajos para la V.A.D., en Kilchester. Y conduje para la W.V.S4. No hubiese
podido marcharme de casa, claro. Mi madre me necesitaba. Aun así, le molestaba
que estuviese ausente tanto. Me resultó todo muy difícil. Y luego, la cuestión
de la servidumbre... Mi madre nunca ha hecho trabajo casero, claro... No está
lo bastante fuerte. Y era tan difícil encontrar a nadie... Por eso nos pareció
mistress McGinty una bendición. Fue entonces cuando empezó a venir a casa. Era
una trabajadora magnífica. Pero, claro, nada... en ninguna parte... es lo que
solía ser.
¿Y no le
importa eso tanto, mademoiselle?
¿A mí?
¡Oh, no! - pareció sorprendida -. Pero con mamá es distinto. Ella vive en el
pasado
casi siempre.
- Hay alguna gente así - dijo Poirot.
Evocó mentalmente una imagen de la habitación en
que había estado poco antes. Un cajón medio abierto de un buró... Un cajón
lleno de chucherías... un acerico de seda, un abanico roto, una cafetera de
plata; unas revistas antiguas. El cajón estaba demasiado lleno para que se
pudiera cerrar del todo.
Agregó dulcemente:
Y
conservan cosas... recuerdos de otros tiempos... el programa de baile, el
abanico, los retratos de amistades de antaño; hasta las minutas y los programas
de teatro, porque, al mirar todas estas cosas, la memoria reverdece...
4 V.A.D. (Voluntary Aid Detachment). Destacamento
de Ayuda Voluntaria. Cuerpo femenino que comprende tam bién enfermeras. W.V.S.
(Women’s Voluntary Services). Servicios Voluntarios Femeninos. (N del T)
66
Supongo
que será eso - repuso Deirdre -; pero yo, personalmente, no lo comprendo. Yo
nunca guardo nada.
Usted mira
hacia el futuro, no hacia atrás, ¿no es eso?
Deirdre contestó, muy despacio:
No sé que
mire en dirección alguna... Quiero decir que con el presente suele haber
bastante; ¿no cree usted, señor, que estoy en lo cierto?
Se abrió la puerta de la calle y entró un hombre
alto, delgado, de cierta edad. Se detuvo en seco al ver a Poirot.
Miró a Deirdre, enarcando las cejas en muda
interrogación.
Este es mi
padrastro - dijo la joven -. No... no conozco su nombre, señor...
Yo soy
Hércules Poirot - contestó este con el natural aire de embarazo de quien
anuncia un título real.
A mister Wetherby no pareció causarle la menor
impresión.
Dijo “¡Ah!”, y se volvió para colgar el abrigo en
la percha.
Deirdre añadió:
Vino a
preguntar acerca de mistress.McGinty. Wetherby quedóse inmóvil un instante.
Luego terminó de ajustar el abrigo sobre el
colgador.
Eso se me
antoja verdaderamente asombroso - dijo -. La mujer halló la muerte hace meses
y; aunque trabajó aquí, no tenemos información alguna respecto a ella o su
familia. De haberla tenido, se la hubiésemos dado ya a la Policía.
Era decidido el tono. Consultó el reloj.
La comida,
supongo, estará dispuesta dentro de un cuarto de hora...
Deirdre contestó secamente:
Me temo
que no esté hasta muy tarde hoy.
Mister Wetherby volvió a enarcar las cejas.
¿De veras?
¿Me es lícito preguntar por qué?
Frieda ha
estado bastante ocupada.
Mi querida
Deirdre, siento tener que recordártelo, pero la labor de llevar la casa recae
sobre ti. Agradecería un poco más de puntualidad.
Miró a su hijastra con antipatía y frialdad. Y algo
muy parecido al odio brilló en la mirada que la joven le devolvió.
Poirot abrió la puerta y se fue.
67
10
Poirot dejó la cuarta visita para después de comer.
La comida se compuso de sopa a medio hacer, cola de buey, patatas acuosas y
algo que Maureen fue lo bastante optimista para creer que serían buñuelos.
Resultaron muy singulares, es verdad.
El detective subió lentamente la colina. No tar
daría en encontrar, a la derecha, Laburnums, dos casitas convertidas en una y
remodeladas para darles un estilo moderno. Era la residencia de mistress Upward
y del aspirante a dramaturgo Robin Upward.
Se detuvo un momento ante la puerta del jardín para
atusarse el bigote. En aquel instante, un auto móvil serpenteó, muy despacio,
cuesta abajo, y el corazón de una manzana que habían estado comiendo, dirigido
con fuerza, le dio en la mejilla.
Poirot, sobresaltado, exhaló un grito de protesta.
El coche se detuvo y una cabeza asomó por la ventanilla.
- Lo siento. ¿Le di a usted?
A punto de contestar, Poirot se contuvo. Contempló
el rostro noble, la maciza frente, las desordenadas ondas de cabello gris, y
despertó en su mente el recuerdo. El corazón de manzana también le ayudó a la
memoria.
- Pero ¡si es mistress Oliver!
Y era, en efecto, la tan célebre autora de novelas
policíacas.
- ¡Si es monsieur Poirot! - exclamó ella a su vez,
intentando salir del vehículo.
El coche era pequeño y mistress Oliver una mujer
muy gruesa. Poirot corrió en su ayuda.
Murmurando como explicación “Estoy un poco
entumecida del rato que llevo aquí dentro”, mistress Oliver aterrizó, de
pronto, en el camino, de una manera muy parecida a la de una erupción
volcánica.
Con ella salieron también grandes cantidades de
manzanas, que rodaron alegremente colina abajo.
- ¡Estalló la bolsa! - explicó mistress Oliver.
Se quitó algunos trozos de manzana a medio consumir
de la saliente repisa del busto y se sacudió luego como un perro de Terranova.
Una última manzana, oculta en las reconditeces de su seno, fue a unirse con las
otras.
Es una
lástima que se me reventara la bolsa - dijo mistress Oliver -. Eran de Cox.
Pero supongo que habrá manzanas en abundancia aquí, en el campo. ¿O no las hay?
68
Quizá las manden todas fuera. ¡Ocurren cosas tan
raras en estos tiempos! Bueno, ¿y cómo está usted, monsieur Poirot? No vive
aquí, ¿verdad? No; estoy segura de que no. Así, pues, ¿se trata de un
asesinato? Espero que no será la víctima mi huéspeda.
¿Quién es
su huéspeda?
La que
vive allí - contestó mistress Oliver, señalando con la cabeza -. Es decir, si
esa casa es la llamada Laburnums, a medio camino, colina abajo, a la izquierda,
después de pasar la iglesia. Sí; esa debe de ser. ¿Qué tal es?
¿No la
conoce?
No. He
venido por asuntos profesionales. Como quien dice, Robin Upward está
convirtiendo uno de mis libros en obra de teatro. Vengo a reunirme con él por
eso.
La
felicito, madame.
¡Oh!, no
hay motivo - le aseguró la dama -. Hasta la fecha, para mí es pura agonía. Que
me ahorquen si sé por qué me dejé meter en jaleo semejante. Mis libros me dan
ya dinero suficiente... es decir, los chupasangres se llevan la mayor parte, y
si ganara más, más se llevarían; por tanto, no me mato demasiado. Pero no tiene
usted idea de lo angustioso que resulta que se apropien de uno de sus
personajes y les hagan decir cosas que jamás hubiesen dicho ellos, y hacer
cosas que no hubieran hecho jamás. Y si una protesta, lo único que le dicen es
que “es buen teatro”. Robin Upward no piensa en otra cosa. Todo el mundo dice
que es inteligente. Pero si tanto lo es, ¿por qué no escribe una obra teatral
por su cuenta y deja en paz a mi pobre desgraciado finlandés? Ni siquiera es
finlandés ya. Se ha convertido en miembro del movimiento de resistencia
noruego.
Se pasó las manos por el cabello.
¿Qué he
hecho de mi sombrero? Poirot se asomó al coche.
Creo,
madame, que debió usted sentarse encima.
Sí que lo
parece - asintió mistress Oliver, contemplando los restos -. Bueno - agregó en
tono alegre -; nunca me gustó gran cosa, después de todo. Pero pensé que acaso
tuviera que ir a la iglesia el domingo, y, aunque el arzobispo ha dicho que no
es necesario, sigo creyendo que los curas más anticuados esperan que una lleve
sombrero. Pero hábleme de su asesinato o lo que sea. ¿Se acuerda usted del
asesinato nuestro?
Me acuerdo
muy bien.
Fue la mar
de divertido, ¿verdad? No el asesinato en sí... ese sí que no me gustó ni
pizca. Quiero decir lo de después. ¿De quién se trata esta vez?
No de un
personaje tan pintoresco como mister Shaitana. Una mujer dedicada a la
limpieza, a la que robaron y asesinaron hace cosa de cinco meses. Quizá leyera
usted la noticia. Mistress McGinty. Procesaron a un joven y le condenaron a
muerte...
Y él no
fue el culpable, pero usted sabe quién es y va a demostrarlo - dijo rápidamente
mistress Oliver -. ¡Magnífico!
Corre
usted demasiado - respondió Poirot con un suspiro -. Aún no sé quién lo
cometió, y, una vez descubierto eso, aún quedará mucho trecho por recorrer
antes de
69
poder demostrarlo.
¡Son tan
lentos los hombres! En seguida le diré yo quién ha sido. ¿Alguien de aquí,
supongo? Déme un día o dos para echar una mirada a mi alrededor, y descubriré
al asesino. La intuición de una mujer... eso es lo que usted necesita. Tuve
razón en el caso de Shaitana, ¿verdad?
Poirot fue demasiado galante para recordarle a
mistress Oliver la de veces que sus sospechas habían cambiado de blanco en
dicha ocasión.
¡Ustedes
los hombres...! - dijo con indulgencia la dama -. Si una mujer fuese la
directora de Scotland Yard...
Dejó la frase suspendida en el aire al saludarlos
alguien desde la casa.
¡Hola! -
dijo una agradable voz de tenor ligero -. ¿Es mistress Oliver?
Aquí estoy
- contestó la interpelada, y le murmuró él Poirot:
No se
preocupe. Seré muy discreta.
No, no,
madame. No quiero que sea discreta. Todo lo contrario.
Robin Upward bajó por la senda y salió por la
puerta del jardín. Iba con la cabeza descubierta y llevaba un pantalón de
franela muy viejo y una chaqueta de deporte desastrada. De no haber sido por la
tendencia a echar vientre, hubiera resultado bien parecido.
¡Ariadne,
preciosa! - exclamó, abrazándola cordialmente. Retrocedió luego, posándole las
manos en los hombros.
Querida,
he tenido una idea maravillosa para el segundo acto.
¡Ah!, ¿sí?
- contestó ella, sin entusiasmo -. Este caballero es monsieur Hércules Poirot.
¡Magnífico!
- dijo Robin, y volviéndose a mistress Oliver -: ¿Trae usted equipaje?
Sí. Lo
llevo atrás.
Robin sacó un par de maletas.
¡Qué lata!
- exclamó -. No tenemos lo que se pueda llamar servidumbre. Nada más que a la
vieja Janet, y hay que ahorrarle todo el trabajo posible. Una verdadera
pejiguera, ¿no le parece? ¡Cuánto pesan estas maletas! ¿Lleva, tal vez, bombas
dentro?
Subió la senda tambaleándose.. Por encima del
hombro dijo:
Entre a
beber algo.
A usted le
dice - anunció mistress Oliver, recogiendo el bolso, un libro y un par de
zapatos viejos del asiento delantero -. ¿Dijo usted hace unos momentos que
deseaba que fuera indiscreta?
Cuanto más
indiscreta, mejor.
Yo, en su
lugar, no abordaría el problema así. Pero el asesinato es suyo. Le ayudaré todo
lo que pueda.
70
Robin asomó a la puerta principal.
¡Entren,
entren...! - cantó -. Ya atenderemos al coche más tarde. Mi madre arde en
deseos de conocerlos.
Mistress Oliver echó a andar camino arriba.
Hércules Poirot la siguió.
La casa era encantadora por dentro. Poirot calculó
que habían gastado una cantidad muy grande de dinero en arreglarla, no obstante
lo cual tenía todo el encanto de la sencillez. Cada pieza de roble era
auténtica.
Sentada en un sillón de ruedas junto a la chimenea
de la sala, Laura Upward sonrió una bienvenida. Era mujer de aspecto vigoroso,
con sesenta y tantos años de edad, cabello gris y mandíbula que expresaba
determinación.
Encantada
de conocerla, mistress Oliver - dijo -. Supongo que detesta que la gente le
hable de sus libros; pero estos han sido para mí un grato solaz desde hace
años...
sobre todo desde que estoy impedida.
Es usted
muy amable - dijo mistress Oliver con embarazo y retorciéndose las manos como
una colegiala -. Este es monsieur Poirot, viejo amigo mío. Nos encontramos por
casualidad junto a la verja. Mejor dicho, le pegué con el corazón de una
manzana. Como Guillermo Tell, sólo que al revés.
Tanto
gusto, monsieur Poirot. ¡Robin!
Di,
madre5.
Trae algo
de beber. ¿Dónde están los ciga:rrillos?
Sobre la
mesa de allá.
Mistress Upward preguntó:
¿Es usted
escritor también, monsieur Poirot?
¡Oh! ,no -
contestó mistress Oliver por él -. Es detective... de los del tipo de Sherlock
Holmes... gorra de caza, violines y todo eso... 6 Y ha venido aquí a hallar la
solución de un asesinato, y no creo que le sea difícil dar con ella.
Se oyó un leve tintineo de vidrios rotos. Mistress
Upward dijo vivamente:
Robin, haz
el favor de tener cuidado. Y a Poirot:
Es muy
interesante todo eso, monsieur Poirot.
Por lo
visto, Maureen Summerhayes tenía razón - exclamó Robin -. Me largó un discurso
muy extenso y retorcido en el que me dijo que tenía en casa un detective.
Parecía antojársele la mar de cómico eso. Pero, al parecer, es cosa seria,
¿verdad?
Claro que
es cosa seria - aseguró mistress Oliver -. Tienen ustedes un criminal aquí.
El hecho
de que ponga la palabra “madre” en bastardilla en este caso y en otros
significa que esta en el original figura en español. Robin es algo afectado
hablando (N. del T.)
Por si
alguno no lo supiese, el famoso detective Sherlock Holmes, creado por el
escritor inglés Conan Doyle, se le representa siempre con sombrero de cazador
de ciervos y era aficionado al violín. (N. del T.)
71
Sí, pero
escuche: ¿a quién han asesinado? ¿O se trata de alguien a quien acaban de
desenterrar y es el asunto un profundo secreto?
No es un
secreto - intervino Poirot -. Y el asesinato lo conocen ustedes ya.
Mistress
Mc No Sé Cuántos... que se dedicaba a la limpieza,... en otoño pasado - explicó
la autora.
¡Oh! -
exclamó Robin, que pareció chasqueado -. Pero ¡si eso se ha liquidado ya!
No se ha
liquidado ni mucho menos - anunció mistress Oliver -. Han detenido a un
inocente y le ahorcarán si monsieur Poirot no descubre a tiempo al verdadero
asesino. Es la mar de emocionante.
Robin repartió las copas.
Dama
Blanca para ti, madre.
Gracias,
querido.
Poirot frunció levemente el entrecejo. Robin les
sirvió a mistress Oliver y a él.
Bien -
brindó Robin -; ¡por el crimen! - y bebió.
Había
trabajado aquí - observó.
¿Mistress
McGinty? - inquirió la escritora.
Sí.
¿Verdad, madre?
Con eso de
trabajar aquí quieres decir que venía un día a la semana.
Y alguna
que otra tarde a veces.
¿Cómo era?
- preguntó mistress Oliver.
La mar de
respetable - contestó Robin -; y enloquecedoramente ordenada. Tenía la
desagradable costumbre de recogerlo todo y de meter las cosas en los cajones,
de suerte que uno no podía ni adivinar dónde se encontraban.
Mistress Upward, con cierto humorismo sombrío y
agrio, dijo:
Si alguien
no pusiera las cosas en orden por lo menos una vez a la semana, pronto
resultaría imposible moverse en esta casita.
Lo sé,
madre, lo sé. Pero, a menos que se dejen las cosas donde yo las pongo, no puedo
trabajar. Quedan desordenadas mis notas.
Es molesto
verse tan incapacitada como yo - dijo mistress Upward -. Tenemos una doncella
muy vieja y muy fiel; le cuesta trabajo cocinar un poco.
¿Dé qué
padece usted? - inquirió mistress Oliver -. ¿Artritis?
Una
variedad de ella. Pronto necesitaré una señorita de compañía, o enfermera
permanente, me temo. Y es una lata. Me gusta ser independiente.
Vamos,
querida - intervino Robin -; no te excites.
Le dio unas palmaditas cariñosas en el brazo.
Ella le sonrió con repentina ternura.
- Robin es tan bueno como una hija para mí - dijo
-. Lo hace todo... y piensa en todo.
72
Nadie podría mostrarse mas considerado.
Se sonrieron mutuamente.
Hércules Poirot se puso en pie.
Por
desgracia - anunció - he de irme. Tengo que hacer otra visita y tomar luego el
tren. Madame, le doy las gracias por su hospitalidad. Mister Upward, le deseo
un éxito feliz a su obra de teatro.
Y que
tenga usted mucho éxito en su investigación - dijo mistress Oliver.
¿De verdad
va en serio, monsieur Poirot? - inquirió Robin -. ¿O se trata de una broma
grotesca?
Claro que
no es una broma - contestó la escritora -. Se trata de algo mortalmente serio.
Se niega a decirme quién es el asesino. Pero lo sabe. ¿Verdad que sí?
No, no,
madame - y la protesta de Poirot fue muy poco convincente -. Le dije que
todavía no... No lo sé.
Eso es lo
que dijo. Pero yo creo que lo sabe en realidad. Solo que es tan reservado este
señor...
Mistress Upward preguntó vivamente:
¿Es cierto
eso? ¿No se trata de una broma?
No se
trata de una broma, madame.
Hizo una reverencia y se fue.
Cuando cruzaba el jardín oyó la voz clara de tenor
de Robin Upward:
¡Ariadne,
querida! - decía -. Todo eso está muy bien; pero, con ese bigote y todo, ¿cómo
puede uno tomarle en serio? ¿Quieres decir con ello que es bueno?
Poirot sonrió para sí. Conque si era bueno, ¿eh?
A punto de cruzar el estrecho camino, retrocedió de
un salto, justamente a tiempo.
La rubia de los Summerhayes pasó a toda velocidad,
dando tumbos. Summerhayes iba al volante.
Perdone -
gritó -. Tengo que llegar al tren...
Y desde lejos:
El mercado
de Covent Garden...
Poirot también tenía la intención de tomar el tren,
el que iba a Kilchester, donde había acordado celebrar una conferencia con el
superintendente Spence.
Antes de tomarlo, tenía el tiempo justo para hacer
una última visita.
Subió a la cima de la colina, franqueó la verja y
recorrió la bien cuidada avenida hasta una casa moderna de cemento con tejado
cuadrado y muchas ventanas. Aquella era la residencia de los Carpenter. Guy
Carpenter, socio de los grandes Talleres de Construcciones Carpenter, poseía
una cuantiosa fortuna y se había metido últimamente en política. Llevaba casado
muy poco tiempo.
La puerta de los Carpenter no la abrió una criada
extranjera ni una doncella
73
anciana. Un imperturbable sirviente masculino se
encargó de este menester, y se mostró muy poco dispuesto a permitirle a Poirot
la entrada. En su opinión, Hércules Poirot era el tipo de visitante que ha de
dejarse a la puerta. Evidentemente sospechaba que su visita tenía por objeto
vender algo.
Mis
señores no se encuentran en casa.
¿Quizá
podría esperar entonces?
No puedo
decir cuándo estarán. Cerró la puerta.
Poirot no bajó la avenida. En lugar de eso, dobló
la esquina del edificio y casi tropezó con una mujer joven, alta, enfundada en
un abrigo de visón.
¡Hola! -
gritó esta -. ¿Qué diablos quiere? Poirot se quitó galantemente el sombrero.
Confiaba -
repuso - poder ver a mister o a mistress Carpenter. ¿Tengo el placer de estar
hablando con mistress Carpenter?
Yo soy
mistress Carpenter.
Hablaba con voz áspera, pero se notaba un leve deje
de apaciguamiento en la voz.
- Yo me llamo Hércules Poirot.
No hizo impresión. No sólo le era desconocido el
gran, el único, el inmarcesible nombre, sino que le pareció que ni le reconocía
siquiera como el huésped de Maureen Summerhayes. Allí, pues, no llegaba el
comadreo del pueblo. Dato pequeño, pero quizá significativo.
¿Bien?
Pido
hablar con mister o mistress Carpenter; pero usted, madame, resultará la
persona más apropiada para lo que pretendo. Porque lo que he de preguntar se
relaciona con asuntos domésticos.
Ya tenemos un Hoover - dijo mistress Carpenter con
desconfianza..
Poirot se echó a reír.
No, no...
interpreta usted mal. Solo deseo hacer unas preguntas acerca de cierto asunto
doméstico.
¡Ah!, se
refiere usted a uno de esos cuestionarios domésticos. A mí se me antojan
verdaderamente estúpidos - se interrumpió -. Quizá sea mejor que entre.
Poirot sonrió levemente. Se había parado a tiempo
antes de hacer un comentario demasiado punzante. Dadas las actividades
políticas de su marido, era conveniente ir con tiento antes de criticar al
Gobierno.
Le condujo a una habitación bastante grande que
daba a un jardín muy bien cuidado. Era un cuarto de aspecto muy nuevo, un
tresillo grande tapizado con brocado, compuesto de sofá y dos sillones con
orejas, tres o cuatro reproducciones de sillas Chippendale, un buró y una mesa
de escritorio. No se habían ahorrado gastos, se habían empleado los servicios
de las más renombradas compañías, y no se observaba ni vestigio de gusto
individual. La novia había sido, pensó Poirot... ¿qué? ¿Indiferente?
74
¿Cautelosa?
La estudió al volverse. Una joven bien parecida, de
aspecto caro. Cabello rubio platino, y maquillaje cuidadosamente aplicado; pero
algo más: ojos muy abiertos, del colorido de la flor de azulejo... ojos en los
que la expresión parecía haberse helado... bellos ojos ahogados.
Con amabilidad ahora, pero disimulando su has
tío, dijo:
Tenga la
bondad de sentarse. Se sentó, y dijo:
Es usted
muy amable, madame. Y ahora tenga la bondad de escuchar las preguntas que deseo
hacerle. Se refieren a una tal mistress McGinty, que murió...
mejor dicho, a quien mataron en noviembre pasado.
¿Mistress
McGinty? No sé lo que quiere usted decir.
Le estaba mirando fijamente, duros y desconfiados
los ojos.
¿Recuerda
a mistress McGinty?
No, señor.
No sé una palabra de ella.
¿Recuerda
su asesinato? ¿O es tan corriente el asesinato aquí que ni siquiera se fijan en
él?
¡Ah!, ¿el
asesinato? Sí, claro. Había olvidado el nombre de esa anciana.
¿A pesar
de que trabajó para usted en esta casa?
No es
cierto eso. Yo no vivía aquí entonces. Mister Carpenter y yo nos casamos hace
tres meses escasos.
Pero sí
que trabajó para usted. Los viernes por la mañana, si no me equivoco. Se
llamaba usted entonces mistress Selkirk, y vivía en Rose Cottage.
La mujer, en tono huraño, contestó:
Si conoce
la respuesta a todo, no veo por qué tiene necesidad de hacer preguntas. Sea
como fuere, ¿qué significa esto?
Estoy
investigando las circunstancias del crimen.
¿Por qué?
¿A santo de qué? Y en cualquier caso, ¿a qué venir a mí?
Tal vez
sepa usted algo... que pueda ayudarme.
No sé una
palabra. ¿Por qué he de saberla? No era más que una vieja estúpida dedicada a
la limpieza. Guardaba el dinero debajo del suelo, y alguien la mató para
robárselo. El suceso entero resultó repugnante... bestial... Como las noticias
de los periódicos dominicales.
Poirot se agarró a eso en seguida.
Como en
los periódicos dominicales, sí. Como en el Sunday Comet. ¿Leerá usted, quizá,
el Sunday Comet?
Se puso ella en pie de un brinco y se dirigió,
andando con torpeza, a los abiertos
75
ventanales. Con tanta inseguridad caminaba, que
tropezó contra el marco. Evocó en Poirot la imagen de una enorme y hermosa
mariposa que tropezara ciegamente con la pantalla de una luz.
Llamó la mujer:
- ¡Guy!... ¡Guy!...
Una voz de hombre, algo distante, le contestó:
¿Eve?
Ven aquí
aprisa.
Apareció un hombre alto, de unos treinta y cinco
años de edad. Apretó el paso y cruzó el arriate hacia la ventana. Eve Carpenter
dijo con vehe mencia:
Hay un
hombre aquí... un extranjero. Me está haciendo toda clase de preguntas acerca
de ese horrible asesinato del año pasado. Una vieja dedicada a la limpieza...
¿te acuerdas? Detesto esas cosas. Bien lo sabes tú.
Guy Carpenter frunció el entrecejo y entró en la
sala por el ventanal. Tenía una cara larga, como la de un caballo. Estaba
pálido y parecía bastante arrogante. Se daba cierto aire de pomposidad.
Hércules Poirot le halló muy poco atractivo.
¿Me es
lícito preguntar qué significa todo esto? - inquirió -. ¿Ha estado usted
molestando a mi esposa?
Lo último
que se me ocurriría a mí sería mo lestar a tan encantadora dama. Confiaba tan
solo que, habiendo trabajado para ella la difunta, pudiese ayudarme en las
investigaciones que estoy haciendo.
Pero ¿qué
investigaciones son esas?
Sí;
pregúntale eso - le instó la esposa.
Se está
haciendo una nueva investigación para determinar las circunstancias de la
muerte de mistress McGinty.
¡Ahora! El
caso ese se liquidó ya.
No, no. En
eso se equivoca. No se ha liquidado aún.
¿Una nueva
investigación, dice?
Guy Carpenter frunció el entrecejo.. Dijo con
desconfianza:
¿Por la
Policía? No diga sandeces.. Usted no tiene nada que ver con la Policía.
Exacto.
Trabajo independientemente.
Es la
Prensa - intervino Eve Carpenter -. Trabaja por cuenta de un periódico
dominical. Él mismo lo dijo.
Un destello de cautela brilló en los ojos de Guy
Carpenter. No tenía el menor deseo de indisponerse con la Prensa. Más
amistosamente, comentó:
Mi esposa
se afecta con facilidad. Los asesinatos y cosas parecidas la disgustan. Estoy
seguro de que no será necesario que la moleste usted. Apenas conocía a esa
charlatana mujer.
76
Eve dijo con vehemencia:
Era una
vieja estúpida. Ya se lo dije - y agregó -: y una solemnísima embustera, por
añadidura.
¡Ah!, eso
resulta interesante - observó Poirot, paseando la mirada de una a otro,
radiante -. Usted cree que decía embustes... Eso quizá nos proporcione una
pista de valor.
No veo yo
cómo - anunció, hosca, Eve.
Para
establecer el móvil. Eso es lo que estoy intentando.
Le robaron
sus ahorros - dijo vivamente el hombre -. Ese fue el móvil del crimen.
¡Ah! -
murmuró dulcemente el detective -. Pero ¿fue ése el móvil, en efecto?
Se puso en pie, como actor que acaba de pronunciar
una frase clave.
Lo siento
si le he causado a madame dolor alguno - dijo cortésmente -. Estos asuntos
suelen ser desagradables.
El caso
entero fue desagradable - se apresuró a decir Carpenter -. Como es natural, a
mi esposa no le gustó que se lo recordaran. Lamento que no podamos ayudarle con
ninguna información.
¡Ah!, pero
sí que me han ayudado.
Usted
perdone.
Poirot dijo dulcemente:
Mistress
McGinty decía mentiras. Valioso detalle. ¿Qué mentiras decía exactamente,
madame?
Aguardó con fina cortesía a que Eve Carpenter
respondiera. Lo hizo por fin:
- ¡Oh!, ninguna en particular... es decir, no las
recuerdo.
Dándose cuenta quizá de que los dos hombres la
estaban mirando con curiosidad, añadió:
Cosas
estúpidas... de la gente. Cosas que no podían ser verdad. Se prolongó el
silencio. Luego siguió Hércules Poirot:
Comprendo.
Tenía una lengua peligrosa.
Eve Carpenter hizo un rápido movimiento.
¡Oh!,
no... no quise decir tanto. Era un poco dada al comadreo: he ahí todo.
Una simple
comadre - murmuró Poirot. Hizo un gesto de despedida. Guy Carpenter le acompañó
hasta el vestíbulo.
Ese
periódico suyo... ese periódico dominical... ¿cuál es?
El
periódico que le mencioné a madame - respondió con fina cautela Poirot - fue el
Sunday Comet.
Hizo una pausa. Guy Carpenter repitió, pensativo:
- El Sunday Comet. No veo ese periódico frecuencia.
77
- Publica artículos muy interesantes a veces. E
ilustraciones más interesantes aún.
Antes que la pausa pudiera prolongarse demasiado,
hizo una reverencia y se apresuró a decir:
Au revoir,
mister Carpenter. Lo siento mucho si les he turbado. Una vez fuera, volvió la
cabeza para echar otra mirada a la casa.
Si será...
- murmuró -. ¡Si será...!
78
11
El superintendente Spence, sentado frente a
Hércules Poirot, suspiró.
Yo no digo
que no haya descubierto usted nada, monsieur Poirot - dijo despacio -. Es más:
creo que sí lo ha logrado. Pero es tan tenue... ¡terriblemente tenue!
Poirot asintió con un movimiento de cabeza.
Por sí
solo no bastará. Tiene que haber más.
Mi
sargento debió descubrir ese periódico. O debí descubrirlo yo.
No, no.
Usted no puede echarse la culpa. El crimen resultaba demasiado claro. Robo con
violencia. La habitación en desorden, el dinero desaparecido. ¿Por qué había de
encontrar usted significativo entre tanta confusión un periódico roto o
recortado?
Spence repitió, testarudo:
Debí
haberlo descubierto. Y lo del frasco de tinta.. .
Me enteré
de eso por pura casualidad.
Y, sin
embargo, tuvo un significado para usted. ¿Por qué?
Sólo por
esa frase casual acerca de escribir una carta. Usted y yo, Spence, escribimos
tantas cartas, que, para nosotros, es una cosa completamente normal.
El superintendente exhaló un suspiro. Luego
depositó sobre la mesa cuatro fotografías.
Estos son
los retratos que me pidió usted que consiguiera... los originales que usó el
Sunday Comet. Por lo menos son un poco más claros que las reproducciones. Pero
a fe mía que no constituyen una base muy sólida. Viejas y descoloridas. Y en
las mujeres, el peinado hace cambiar mucho de aspecto. No hay nada definitivo
que investigar, como orejas o perfiles. Un sombrero de campana, un peinado
artístico, unas rosas... ¿de qué diablos sirve todo eso?
¿Está
usted de acuerdo conmigo en que podemos eliminar a Vera Blake?
Yo creo
que sí. Si Vera Blake estuviese en Broadhinny, todo el mundo lo sabría. Contar
la triste historia de su vida parece haber sido su especialidad.
¿Qué puede
decirme de las otras?
He
obtenido todos los datos posibles en el corto espacio de tiempo disponible. Eva
Craig se fue del país después de ser condenado Craig, y puedo decirle el nombre
que
79
asumió. El de Hope. ¿Simbólico quizá?7
Poirot murmuró:
Sí, sí...
el enfocamiento romántico. La hermosa Evelyn Hope ha muerto. Frase de uno de
sus poetas. Seguramente se acordaría de ellas. Y a propósito, ¿se llamaba ella
Evelyn, de veras?
Sí, creo
que sí. Pero siempre la conocieron con el de Eva. Y ya que estamos hablando de
eso, monsieur Poirot; le diré una cosa: la opinión que la Policía tiene de Eva
Kane no cuadra con el ar tículo este. En absoluto.
Poirot sonrió.
Lo que la
Policía opine no constituye prueba, pero, por regla general, es una guía
sólida. ¿Qué concepto tenían ustedes de Eva Kane?
Que no
era, ni mucho menos, la víctima inocente que la creyó el público. Yo era joven
por entonces, y recuerdo haberles oído discutir el asunto a mi antiguo jefe y
al inspector Traill, que era el encargado del caso. Traill sustentaba la
opinión, no había pruebas de ello, claro, de que la feliz idea de quitar del
paso a mistress Craig fue exclusivamente de Eva. Y que no solo pensó en ello,
sino que la llevó ella a la práctica. Craig volvió a casa un buen día, y se
encontró con que su amiguita había tomado un atajo. Seguramente creería ella
que pasaría por muerte natural. Pero Craig no opinó igual. Se asustó, escondió
el cadáver en el sótano y preparó la cosa para que pareciese que mistress Craig
había muerto en el extranjero. Luego, cuando se descubrió todo el pastel, se
mostró frenético en sus afirmaciones de que lo había hecho todo él solo, de que
Eva Kane no sabía una palabra. Bueno - el superintendente se encogió de hombros
-; nadie podía demostrar lo contrario. El veneno estaba en casa. Cualquiera de
los dos podía haberlo usado. La linda Eva Kane se mostró toda inocencia y
horror. Si lo hizo ella, resultó ser una buena comedianta. El inspector Traill
tenía sus dudas... pero carecía de pruebas. Se lo cuento por lo que pueda
valer, monsieur Poirot. Como digo, no hay pruebas.
Pero
sugiere la posibilidad de que por lo menos una de estas “mujeres trágicas” era
algo más que una mujer trágica... Y que era una asesina, y que si el incentivo
resultara lo bastante fuerte, podría asesinar otra vez... y ahora, la
siguiente: Janice Courtland. ¿Qué puede decirme de ella?
He
consultado los archivos. Mal bicho. Si ahorcamos a Edith Thompson, no cabe duda
de que debiéramos haberla ahorcado a ella también. Desagradable pareja su
marido y ella. Eran tal para cual. Y trabajó a ese joven hasta ponerle a punto
de caramelo. Durante todo ese tiempo, sin, embargo, tenía puesta la vista en un
hombre de dinero. Y quería quitar a su esposo del paso para poder casarse con
él.
¿Llegó a
hacerlo?
Spence sacudió la cabeza.
No tengo
la menor idea.
Se fue al
extranjero... ¿y luego?
Volvió a mover Spence la cabeza negativamente.
7 Hope significa “esperanza”. (N. del T.)
80
Era libre.
No se le había acusado de nada. Si se caso, o qué fue de ella, no lo sabemos.
Pudiera
encontrársela uno cualquier día en una reunión - observó Poirot, pensando en el
comentario del doctor Rendell.
¡Justo!
Poirot posó la vista en el último retrato.
¿Y la
niña? ¿Lily Gamboll?
Demasiado
joven para que se la acusara de asesinato. La mandaron a un reformatorio. Los
antecedentes de allí son buenos. Le enseñaron me canografía y taquigrafía y le
buscaron trabajo cuando salió. Le fue bien. Lo último que se sabe de ella es
que estaba en Irlanda. Creo que podemos eliminarla, igual que a Vera Blake.
Después de todo, ha rehecho su vida. Y la gente no le tiene en cuenta a una
criatura de doce años lo que ha hecho en un acceso de ira. ¿Y si la
elimináramos a ella también?
Quizá lo
hiciese - contestó Poirot - si no fuera por el hacha. Es innegable que Lily
Gamboll mató a su tía con un hacha, y el desconocido asesino de mistress
McGinty empleó algo que se asemejaba a un hacha o cuchilla de carnicero.
Puede que
tenga razón. Y ahora, monsieur Poirot, cuéntenos su parte del asunto. Veo con
satisfacción que nadie ha intentado matarle a usted.
No - dijo
Poirot, tras vacilar un segundo.
No tengo
inconveniente en confesarle que he estado algunas veces un poco inquieto por
usted desde nuestra entrevista en Londres. ¿Cuáles son las posibilidades entre
los residentes de Broadhinnny?
Poirot abrió su librito de notas.
Eva Kane,
si aún vive, tiene que andar muy cerca de los sesenta. La hija, de cuya vida
adulta pinta tan conmovedor cuadro el Sunday Comet, tendrá ahora treinta y
tantos. Lily Gamboll también tendría esa edad. Janice Courtland frisaría en los
cincuenta.
Spence asintió con un gesto.
Pasemos
ahora a los residentes de Broadhinny, y en particular a aquellos en cuya casa
trabajó mistress McGinty.
Creo que
eso último está plenamente justificado.
Sí. Y
queda complicado por el hecho de que mistress McGinty trabajaba algunas veces
aquí y allá. Pero daremos por sentado temporalmente que lo que quiera que
viese, probablemente algún retrato, lo vería en una de las casas a las que iba
con regularidad.
De
acuerdo.
Entonces,
teniendo en cuenta la edad, las posibilidades son: primera, los Wetherby, en
cuya casa trabajó mistress McGinty el día de su muerte. Mistress Wetherby tiene
la edad precisa para ser Eva Kane. Y tiene una hija que podía ser, por la edad,
la hija de Eva Kane... hija que se dice de un matrimonio anterior.
¿Y en
cuanto a la fotografía?
81
¡Mon chéri!
No hay manera de identificar con seguridad basándose en ella. Ha transcurrido
demasiado tiempo, ha pasado demasiada agua bajo el molino, como dicen ustedes.
Uno solo puede decir lo siguiente: mistress Wetherby ha sido decididamente una
mujer bonita. Tiene todos los gestos, los aires y las costumbres de tal. Parece
demasiado frágil e inofensiva para cometer un asesinato. Pero, según tengo
entendido, eso era precisamente lo que el público decía de Eva Kane también. Es
difícil saber cuánta fuerza física hubiera sido necesaria para matar a mistress
McGinty, sin saber exactamente qué clase de arma se empleó, qué mango tenía, si
era fácil de esgrimir o no, cuán afilada estaba, etcétera.
Sí, sí. Y
nunca conseguimos dar con el arma. Pero prosiga.
Los únicos
otros comentarios que tengo que hacer acerca del hogar de los Wetherby son que
mister Wetherby sabría ser, y creo, en verdad, que lo es en efecto, muy
desabrido si quisiera. La hija quiere a la madre con fanatismo. Y odia a su
padrastro. No hago comentarios sobre estos he chos. Me limito a presentarlos
para que se consideren. La hija pudiera matar por impedir que el pasado de su
madre llegara a oídos del padrastro. La madre podría matar por la misma razón.
El padre pudiera matar para impedir que se hiciese público el “escándalo”. ¡Se
han cometido más crímenes de lo que mucha gente creería posible por
salvaguardar las apariencias de respetabilidad! Los Wetherby son “buena gente”.
Spence asintió con un movimiento de cabeza.
De haber
algo, fíjese bien que digo “de haber”, en ese asunto del Sunday Comet, los
Wetherby son claramente los que más se prestan a sospecha - dijo.
Justo. La
única otra persona de Broadhinny que cuadraría en edad con Eva Kane es mistress
Upward. Hay dos cosas que militan contra la idea de que mistress Upward,
considerada como Eva Kane, hubiese matado a mistress McGinty. Una de ellas es
que padece de artritis, y que se pasa la mayor parte del tiempo en un sillón
con ruedas.
En una
novela - dijo Spence con envidia -, eso del sillón con ruedas sería una simple
tapadera; pero en la vida real, probablemente es lo que representa.
La otra -
prosiguió Poirot -, que mistress Upward parece de temperamento dogmático y
autoritario, más inclinada a obligar con amenazas que a recurrir a la
persuasión, cosa que no está de acuerdo con lo que se cuenta de nuestra Eva.
Por otra parte, sin embargo, el carácter de la gente sí que se desarrolla, y el
carácter autoritario se adquiere frecuentemente con los años.
Eso es
cierto - concedió Spence -. Mistress Upward... no imposible, pero sí poco
probable. Y ahora, las otras posibilidades. ¿Janice Courtland?
Creo que
puede ser eliminada. No hay en Broadhinny ninguna que tenga la edad necesaria.
A menos
que una de las jóvenes sea Janice Courtland rejuvenecida gracias a la cirugía
estética. No me haga caso... no es más que una broma.
Hay tres
mujeres de treinta y tantos años. Deirdre Henderson, la esposa del doctor
Rendell y mistress Carpenter. Es decir, cualquiera de estas tres podría ser
Lily Gamboll o la hija de Eva Kane en cuanto a edad se refiere.
82
¿Y en
cuanto a posibilidades? Poiro exhaló un suspiro.
La .hija
de Eva Kane puede ser alta o baja, rubia o morena... no tenemos idea. Hemos
estudiado a Deirdre Henderson en ese papel. Ahora lo haremos con las otras dos.
Primero le diré una cosa: mistress Rendell le tiene miedo a algo.
¿Le teme a
usted
Creo que
sí.
Eso
pudiera ser significativo - dijo Spence despacio -. Está usted sugiriendo que
mistress Rendell puede ser la hija de Eva Kane o Lily Gamboll. ¿Es rubia o
morena?
Rubia.
Lily
Gamboll era rubia de niña.
Mistress
Carpenter también es rubia. Una joven la mar de compuesta a fuerza de dinero.
Sea guapa en realidad o no, tiene unos ojos asombrosos. Ojos azul oscuro, muy
hermosos y muy abiertos...
¡Vamos,
Poirot! - le dijo el superintendente en son de reproche a su amigo.
¿Sabe
usted lo que pareció al salir corriendo del cuarto a llamar a su marido? Me dio
la impresión de una bella mariposa que revoloteaba. Tropezó con los muebles y
con los brazos tendidos avanzó como si estuviese ciega.
Spence le miró con indulgencia.
Es usted
un romántico, monsieur Poiroto - dijo -. ¡Vaya con las bellas mariposas y los
ojos azules muy abiertos!
De ninguna
manera. Mi amigo Hasting, él, sí que era romántico y sentimental. Yo ¡nunca!
Yo... yo soy rigurosamente práctico. Lo que le estoy diciendo es que si las
pretensiones de belleza de una muchacha dependen principalmente de sus ojos,
entonces, por muy corta de vista que sea, se quitará las gafas y aprenderá a ir
sin ellas aun cuando lo vea todo borroso y le cueste trabajo calcular las
distancias.
Y golpeó con el índice la fotografía de Lily
Gamboll, con los gruesos lentes que la desfiguraban.
¿Así,
pues, eso es lo que cree usted? ¿Lily Gamboll?
No. Yo
sólo hablo de lo que pudiera ser. En el momento de morir mistress McGinty,
mistress Carpenter aún no era mistress Carpenter. Era una viuda de guerra, que
andaba muy mal de dinero y vivía en una casita de jornaleros. Estaba
comprometida con el señor de la comarca. Si Guy Carpenter hubiera descubierto
que se hallaba a punto de casarse con una muchacha de baja cuna que se había
hecho célebre por haberle pegado a su tía en la cabeza con un hacha, o con la
hija de Craig, uno de los criminales más notorios del siglo... bueno, hay
justificación para preguntarse: ¿hubiera estado dispuesto a seguir adelante con
el matrimonio? Usted dirá, quizá, que si amaba a la muchacha, sí. Pero no es él
uno de esos hombres. Yo le juzgaría egoísta, ambicioso, celoso de su buen
nombre. Yo creo que si la joven mistress Selkirk, como se llamaba entonces,
tenía vivos deseos de que se llevara a cabo el enlace, procuraría por todos los
medios habidos y por haber que no llegara a oídos de
83
su prometido ningún detalle poco agradable.
Comprendo.
Usted cree que fue ella, ¿verdad?
Le vuelvo
a decir, mon cheri, que no lo sé. Me limito a examinar posibilidades. Mistress
Carpenter estaba en guardia contra mí, vigilante, alar mada.
Eso huele
mal.
Sí, sí;
pero la cosa no es tan sencilla. En cierta ocasión estuve parando en casa de
unos amigos y salieron ellos de caza. Ya sabe cómo se hace eso, ¿verdad? Uno va
con los perros y las escopetas y los perros levantan la caza. Esta sale del
bosque, emprende el vuelo y uno, ¡pum!, ¡pum!, dispara. Eso nos pasa a
nosotros. Quizá no sea una pieza sola la que levantemos. Hay otros pájaros en
el coto. Pájaros, quizá, con los que no tengamos nada que ver. Pero los pájaros
no saben eso. Hemos de aseguramos, cher ami, de cuál es nuestro pájaro. Durante
la viudedad de mistress Carpenter puede haber habido indiscreciones... nada más
que eso, pero no por ello es menos inconveniente. Desde luego, tiene que haber
un motivo para que me dijese tan aprisa que mistress McGinty era una embustera.
El superintendente se frotó la nariz.
Vamos a
aclarar esto un poco, Poirot. ¿Qué es lo que cree usted en realidad?
Lo que yo
crea no importa. Es preciso que sepa. Y hasta ahora los perros no han hecho más
que entrar en el coto.
Spence murmuró:
Si
lográsemos conseguir algo concreto... una circunstancia verdaderamente
sospechosa... Hasta ahora todo es teoría... y un poco cogida por los pelos, por
añadidura. Es muy flojo todo eso, como ya dije. ¿Asesina alguien, en efecto,
por los motivos que hemos estado estudiando?
¡Ah, bien!
Depende de muchas circunstancias familiares que desconocemos. Pero el deseo de
pasar por persona buena y respetable es un deseo fuerte, una pasión... Estos no
son artistas ni bohemios. En Broadhinny vive gente muy buena. Me lo dijo la
encargada de la estafeta. Y a la gente buena le gusta conservar su bondad, su
respetabilidad, su buena fama. Años de feliz vida de matrimonio... ninguna
sospecha de que una fue en otros tiempos figura notoria en uno de los casos más
sensacionales de asesinato... ninguna sospecha de que la hija de una es hija de
un criminal famoso. Una podría decir: “¡Preferiría morir a que mi marido se
enterase!” O “Antes morir que consentir que mi hija descubra quién es!”. Y lue
go pasaría una a pensar que quizá resultaría mejor que mistress McGinty
muriera.
Spence dijo entonces:
Así, usted
cree que fueron los Wetherby.
¡Oh, no!
Encajan mejor, pero eso es todo. En carácter, por ejemplo, mistress Upward es
más probable asesina que mistress Wetherby. Tiene determinación y fuerza de
voluntad, y quiere con locura a su hijo. Para evitar que se entere él de lo que
sucedió antes que se casara con su padre e iniciase una vida conyugal feliz, yo
creo que iría lejos.
¿Tan gran
disgusto sería para él?
84
Yo,
personalmente, no lo creo. Robin ve las cosas desde un punto de vista muy
escéptico y moderno. Es egoísta y, en cualquier caso, quiere mucho menos a su
madre que ella a él, en mi opinión. Él no es un James Bentley.
Y
suponiendo que mistress Upward fuera Eva Kane, ¿su hijo Robin no mataría a
mistress McGinty para impedir que se llegara a saber?
No se le
ocurriría, a mi juicio, dar paso semejante. Es más probable que intentara
sacarle producto, ¡emplearlo como publicidad para sus obras! No me imagino a
Robin cometiendo un asesinato nada más que por salvaguardar su fama de
“respetable”, ni por amor filial, ni por ninguna otra cosa que no fuera algo
que le proporcionase sólidos beneficios a Robin Upward personalmente.
Spence exhaló un suspiro y dijo:
Es ancho
el campo. Tal vez consigamos obtener detalles de la vida pasada de toda esa
gente. Pero se requiere tiempo. La guerra ha complicado las cosas. Registros
destruidos... oportunidades sinfín para que todos aquellos que desearan
desaparecer sin dejar rastro lo hiciesen apropiándose las tarjetas de identidad
de otros, etcétera, sobre todo después de “incidentes” en lo que nadie sabría
identificar los cadáveres. Si pudiéramos concentrarlo todo en una sola
persona... Pero ¡tiene usted tantas posibles, monsieur Poirot!
Quizá
podamos rebajar el número de ellas pronto.
Poirot abandonó el despacho del superintendente
menos animado de lo que había hecho creer. A él le obsesionaba, como a Spence,
la urgencia.
¡Si hubiera podido disponer de tiempo!
Y, más en el fondo aún, se ocultaba la encocoradora
duda. ¿Era verdaderamente sólido el edificio que Spence y él habían alzado? ¿Y
si después de todo fuese Bentley culpable?
No cedió a esa duda; pero le tenía algo inquieto.
Había pasado revista mentalmente, vez tras vez, a la conversación que
sostuviera con James Bentley. Volvió a pensar en ella ahora, mientras aguardaba
en el andén de Kilchester a que llegara el tren. Era día de mercado y la
estación estaba atestada de gente. Y aún iban entrando más grupos.
Poirot se inclinó hacia delante para ver. Sí, el
tren llegaba por fin. Antes que pudiera erguirse de nuevo, sintió un empujón
fuerte y decidido en la espalda. Fue tan violento e inesperado, que le pilló
completamente por sorpresa. Un segundo más, y hubiera caído a la vía debajo del
tren que se aproximaba. Pero un hombre que se hallaba a su lado, en el andén,
le asió justamente a tiempo, tirando de él hacia atrás.
Pero ¿qué
diablos le ocurría? - preguntó. Era un corpulento sargento del Ejército -. ¿Se
puso usted malo? ¡Por poco va a parar debajo del tren!
Gracias.
Un millón de gracias.
La muchedumbre se agolpaba ya a su alrededor, unos
subiendo al tren, otros apeándose.
¿Se
encuentra bien ya? Yo le ayudaré a montar. Un poco alterado, Poirot se dejó
caer en un asiento.
85
Inútil decir “me empujaron”. Pero sí que le habían
empujado. Hasta aquella misma tarde, había estado siempre alerta, para
prevenirse contra el peligro. Pero tras hablar con Spence y después de
preguntarle este en broma si habían atentado contra él, había llegado a
considerar, casi inconscientemente, que el peligro no existía, que no era
probable que se intentara nada.
Pero ¡cuán grande equivocación! Entre todas las
entrevistas celebradas en Broadhinny, una de ellas había surtido efecto.
Alguien se había asustado. Alguien había pretendido poner fin al peligroso
intento de resurrección de un caso ya olvidado.
Poirot telefoneó al superintendente Spence desde
una cabina telefónica de la estación de Broad hinny.
¿Es usted,
mon ami? Atienda, le ruego. Tengo noticias para usted... noticias magníficas.
Alguien ha intentado matarme...
Escuchó con satisfacción el caudal de comentarios
del otro.
No; no me
pasa nada. Pero anduvo muy cerca la cosa... Sí, debajo del tren. No; no
quién fue.
Pero tenga usted la completa seguridad, amigo mío, que lo averiguaré. Ahora
sabemos ya que nos hallamos sobre la pista.
86
12
1
El hombre que inspeccionaba el contador de la
electricidad se recreaba con el criado de Guy Car penter que le estaba
observando.
La
electricidad - le dijo - va a suministrarse sobre una nueva base. Una cuota
fija graduada, según la ocupación.
El mayordomo repuso con escepticismo:
Lo que
quiere usted decir con eso es que va a costar más, como todas las cosas.
¡Oh, bien!
Yo opino que debe hacerse una distribución equitativa. ¿Fue usted al mitin de
Kilchester anoche?
No.
Dicen que
su amo, mister Carpenter, habló muy bien. ¿Cree que saldrá elegido?
Tengo
entendido que anduvo muy cerca de ello la vez anterior.
Sí. La
mayoría fue de ciento veinticinco votos o algo así. ¿Conduce usted el coche
cuando va a esos mítines, o lo conduce él?
Por regla
general lo hace él. Le gusta conducir. Tiene un Rolls.
Se da
buena vida. ¿Conduce mistress Carpenter también?
Sí. Y
siempre va demasiado aprisa, a mi modo de ver.
Eso suelen
hacerlo frecuentemente las mujeres. ¿Asistió al mitin anoche también? ¿O no le
interesa la política?
El mayordomo sonrió.
Finge que
le interesa, por lo menos. De todas formas, no aguantó toda la sesión anoche.
Le entró dolor de cabeza o no sé qué, y abandonó el local a medio discurso.
¡Ah! - el
electricista echó una mirada a los fusibles -. Casi he terminado ya.
Hizo unas cuantas preguntas más, recogió las
herramientas y se dispuso a marcharse.
Bajó caminando muy aprisa la avenida, pero una vez
fuera de la verja y habiendo doblado la prime ra esquina, se detuvo a hacer una
anotación en su libreta.
87
“C. volvió a casa solo anoche, conduciendo su
propio automóvil. Llegó a las diez y media aproximadamente. Pudo haber estado
en la estación de Kilchester a la hora indicada. Mistress C. abandonó el mitin
temprano. Llegó a casa diez minutos tan sólo antes que C. Se dice que volvió
por ferrocarril.”
Era la segunda anotación del librito del
electricista. La primera decía:
“Al doctor R. le llamaron anoche para asistir a un
enfermo. En dirección a Kilchester. Pudo estar en la estación a la hora
indicada. Mistress R. se pasó toda la noche sola en casa (?). Después de
llevarle una taza de café mistress Scott, su ama de llaves, no volvió a verla
hasta el día siguiente. Tiene un cochecito propio.”
88
2
En Laburnums se estaba colaborando.
Robin Upward decía con fuerza:
Sí que se
da cuenta de lo maravilloso que es ese parlamento, ¿verdad? Y si logramos
introducir una sensación de antagonismo sexual entre el tipo ese y la muchacha,
se animará enormemente la obra.
Mistress Oliver se pasó tristemente la mano por la
cabellera gris, alborotada por el viento, dándole el mismo aspecto que si la
hubiese revuelto, no una brisa, sino un ciclón.
Sí que
comprende usted lo que quiero decir, ¿verdad, Ariadne querida?
¡Oh!, lo
que quiere decir ya lo comprendo - contestó la mujer con melancolía.
Pero lo
principal es que le alegre a usted, que le haga feliz...
Nadie más que uno que estuviera decidido a
engañarse a sí mismo hubiese podido creer que el aspecto de mistress Oliver
denotaba alegría o felicidad.
Robin continuó alegremente:
Lo que yo
digo es: he aquí ese maravilloso jo ven que acaba de aterrizar en paracaídas...
Mistress Oliver le interrumpió:
Tiene
sesenta años de edad.
¡Oh, no!
Pues los
tiene.
Yo no le
veo así. Treinta y cinco. No más.
Pero ¡si
llevo treinta años escribiendo novelas en las que figura como protagonista! Y
tenía por lo menos treinta y cinco años en la primera.
Pero,
querida, si tiene sesenta años, no puede haber esa tensión entre él y la
muchacha... ¿cómo se llama?... Ingrid. ¡No sería más que un viejo verde
entonces!
En efecto.
Por tanto,
como ve, ha de tener treinta y cinco - anunció con gesto triunfal Robin.
En tal
caso, no puede ser Sven Hjerson. Limítese a describirle como un jove n noruego
que pertenece al movimiento secreto de resistencia.
Pero,
Ariadne, querida, la clave de la obra es precisamente Sven Hjerson. Tiene
89
usted un público enorme que adora a Sven Hjerson y
que acudirá en tropel a ver a Sven Hjerson. ¡Sven Hjerson es un éxito de
taquilla, querida!
La gente
que lee mis libros sabe cómo es Sven. No es posible inventar un joven
completamente nuevo y llamarlo Sven Hjerson.
Ariadme,
querida, eso ya se lo había explicado. No se trata ahora de un libro, querida,
sino de una obra de teatro. ¡y es necesario que haya romanticismo! y si
conseguimos esa tensión, ese antagonismo entre Sven Hjerson y esa... ¿cómo se
llama?... Karen... ¿comprende?... eso de que estén siempre el uno contra el
otro y que, sin embargo, se sientan fuertemente atraídos...
A Sven
Hjerson nunca le interesaron las mujeres - dijo con frialdad mistress Oliver.
¡Es que no
podemos hacerle afeminado, querida! No en esta clase de obras. Quiero decir que
no se trata de árboles verdes ni praderas esmeraldas, ni ninguna cosa así. Se
trata de emociones y asesinatos y sana diversión al aire libre.
La mención al aire libre surtió su efecto.
Me parece
que voy a salir - dijo bruscamente mistress Oliver -. Necesito aire. Ando muy
necesitada de aire.
¿Quiere
que la acompañe? - inquirió Robin con ternura.
No.
Prefiero ir sola.
Como usted
quiera, querida. Quizá tenga razón. Más vale que vaya yo a prepararle un tazón
de caldo de la reina a madre. La pobrecilla se siente un poco abandonada ahora.
Le gustan las atenciones, ¿sabe? La cosa va saliendo la mar de bien. Va a tener
un éxito clamoroso. ¡Lo sé!
Mistress Oliver exhaló un suspiro.
- Pero lo principal - continuó Robin - es que a
usted le alegre y haga feliz.
Mistress Oliver le dirigió una mirada fría, se echó
por los anchos hombros una gaya capa militar que comprara antaño en Italia y
salió a Broadhinny.
Olvidaría sus preocupaciones, decidió, dedicándose
a investigar un crimen de verdad. Hércules Poirot necesitaba ayuda. Echaría una
mirada a los habitantes de Broadhinny, ejercitaría su intuición femenina, que
jamás le había fallado, y le diría a Poirot quién era el asesino. Así, él no
tendría ya que buscar más que las pruebas necesarias. Poco trabajo.
Mistress Oliver inició sus pesquisas bajando la
colina, entrando en la estafeta de Correos y comprando un kilo de manzanas.
Durante la compra entabló amistosa conversación con mistress Sweetiman.
Habiendo quedado de acuerdo en que hacía mucho
calor para aquella época del año, mistress Oliver observó que se alojaba con
los Upward en Laburnums.
Sí, ya lo
sé. Usted debe ser la señora de Londres que escribe las novelas de crímenes,
¿verdad? Tengo tres de ellas ahora aquí, en la colección Pingüino.
La novelista echó una mirada a los libros
expuestos. Estaban medio tapados por botas de agua para niños.
90
El caso
del segundo pez de colores - musitó -; ese es bueno. Fue el “Gato” quien murió.
Esa fue la novela en la que metí una cerbatana de treinta centímetros de
longitud, cuando, en realidad, esa arma mide un metro ochenta de largo. Es
absurdo que una cerbatana tenga semejante longitud. Pero me escribió alguien de
un museo, explicándomelo. A veces creo que hay gente que solo lee los libros
con la esperanza de encontrar equivocaciones. ¿Cuál es la otra? ¡Ah! Muerte de
una debutante... ¡Es un verdadero desastre! Hice disolver sulfonal en agua, y
no es soluble en tal líquido. Y el relato entero es fantásticamente inverosímil
del principio al fin. Mueren ocho personas por lo menos antes que a Sven
Hjerson le dé su corazonada.
Son muy
populares - aseguró mistress Sweetiman, nada afectada por aquella autocrítica
-. ¡No puede usted imaginarse cuánto! Yo no he leído ninguna de ellas, porque
en realidad no tengo tiempo para leer.
Tuvieron
ustedes un asesinato aquí también, ¿verdad? - dijo mistress Oliver.
Sí.
Durante el pasado noviembre. Casi en la casa de al lado, como quien dice.
¿Dicen que
hay un detective aquí investigándolo?
¡Ah! ¿Se
refiere usted a ese caballero extranjero tan bajito que se aloja en Long
Meadows? Estuvo aquí ayer sin ir más lejos, y luego...
Mistress Sweetiman se interrumpió al entrar otra
parroquiana en busca de sellos.
Corrió al mostrador de la estafeta.
Buenos
días, miss Henderson. Hace calor hoy para la época del año en que nos
encontramos.
Sí que lo
hace.
Mistress Oliver clavó una mirada intensa en la
espalda de la muchacha. Llevaba un perro Sealyham sujeto con una traílla.
- ¡Lo cual significa que la helada matará la flor
de los árboles frutales más tarde! - prosiguió mistress Sweetiman con
melancólica fruición -. ¿Cómo se conserva mistress Wetherby?
Bastante
bien, gracias. No ha salido gran cosa. ¡Ha soplado un viento tan fuerte del
Este últimamente!
Ponen una
película muy buena en Kilchester esta semana, miss Henderson. Debiera ir a
verla.
Pensé ir
anoche; pero no quise molestarme, después de todo.
Hay una de
Betty Grable la semana que viene... Se me han agotado los cuadernos de sellos
de cinco chelines. ¿No le dará igual llevarse dos de dos chelines y medio?
Al salir la muchacha, mistress Oliver preguntó:
Mistress
Wetherby está inválida, ¿verdad?
Lo estará
o no lo estará - replicó mistress Sweetiman con cierta acidez -. Algunas de
nosotras no tenemos tiempo de tumbarnos a la bartola.
¡Cuán de
acuerdo estoy con usted! Le digo a mistress Upward que, si hiciera un poco más
de esfuerzo por mover las piernas, sería mucho mejor para ella.
91
El rostro de la encargada de la estafeta reflejó
regocijo.
Sabe andar
por ahí cuando le da la gana... o eso he oído decir.
¿De veras?
Mistress Oliver trató de adivinar el origen de tal
información.
¿Janet?
-sugirió.
Janet
Groom gruñe un poco - dijo mistress Sweetiman -. Y no es de extrañar, ¿no le
parece? Miss Groom ha dejado de ser joven ya y tiene achaques muy fuertes de
reuma cuando sopla el viento del Este. Pero artritis lo llaman cuando es la
gente bien quien lo tiene... y sillones con ruedas, y qué sé yo qué más. ¡Ah!,
bien, no sería yo quien corriera el riesgo de perder el uso de las piernas.
Pero ahí tiene, en estos tiempos, en cuanto alguien tiene un mal sabañón
siquiera, corre a ver al médico para sacarle todo el jugo posible al seguro
obligatorio. Hay demasiado seguro. Nunca le hizo a nadie ningún bien el pensar
en lo enfermo que se encuentra.
Supongo
que tiene usted razón - respondió mistress Oliver.
Recogió las manzanas y salió en persecución de
Deirdre Henderson. Esto no fue difícil, puesto que el Sealyham era viejo y
gordo y se iba distrayendo examinando todas las hierbas y disfrutando de los
olores agradables.
Los perros, se dijo mistress Oliver, siempre
constituyen un medio de entablar conversación.
- ¡Qué precioso! - exclamó.
La mujerona de rostro feo pareció sentirse
halagada.
- Sí que es atractivo - repuso -. ¿Verdad, Ben?
Ben alzó la cabeza, agitó levemente su cuerpo de
aspecto de salchichón, continuó su inspección nasal de unos cardos, los aprobó,
y se puso a expresar tal aprobación de la manera usual.
¿Se pelea?
- inquirió mistress Oliver -. Los Sealyham suelen hacerlo con mucha frecuencia.
Sí. Es muy
peleador. Por eso le llevo sujeto.
Me lo
figuraba.
Ambas mujeres contemplaron al chucho.
Luego, Deirdre Henderson, como en una especie de
borbotón, preguntó:
Usted
es... usted es Ariadne Oliver, ¿verdad?
Sí; estoy
alojada con los Upward.
Ya lo sé.
Robin nos dijo que iba a venir usted. Quiero decirle cuánto disfruto leyendo
sus obras.
Mistress Oliver se puso morada del sofocón, como de
costumbre.
¡Oh! -
murmuró algo corrida, agregando lúgubremente -. Me alegro muchísimo.
No he
leído tantas de ellas como hubiese deseado, porque nos hacemos mandar
92
obras del Club Literario del Times, y a mi madre no
le gustan las novelas policíacas Tiene una sensibilidad enorme, y no la dejan
dormir de noche Pero a mí me encantan
Han tenido
ustedes un crimen de verdad por aquí, ¿no es cierto? ¿En qué casa fue? ¿En una
de estas?
En esa de
allá
Deirdre Henderson habló con la voz algo aho gada
Mistress Oliver dirigió una mirada hacia la antigua
morada de mistress McGinty, cuyo escalón de entrada ocupaban en aquel instante
los desagradables Kiddle, que atormentaban con gran jaleo a un gato. Al
adelantarse mistress Oliver para protestar, el gato escapó, haciendo buen uso
de las garras
El Kiddle mayor que había recibido un fuerte
arañazo, se puso a aullar
- Te está muy bien empleado - le dijo mistress
Oliver y, volviéndose hacia Deirdre: - No parece una casa en que se haya
cometido un asesinato, ¿verdad?
- No, en efecto.
Ambas mujeres parecieron de acuerdo sobre ese
particular.
Mistress Oliver continuó.
Una vieja
que se dedicaba a la limpieza, ¿verdad? Y alguien la robó.
Su
huésped. Tenía algo de dinero; debajo del suelo
Ya.
Deirdre dijo, de pronto,
Pero quizá
no fuese él, después, de todo. Hay un hombrecillo muy raro por aqui, un
extranjero. Se llama Hércules Poirot
Calló un momento, y después preguntó
¿Es un
detective de verdad?
Querida,
es la mar de célebre y enormemente listo
Entonces,
quizá descubra que no lo cometió él, después de todo.
¿Quién?
Él. El
huésped. James Bentley ¡Oh, cuánto me alegraría de que saliera absuelto!
¿Sí? ¿Por
qué?
Porque no
quiero que sea él Nunca he querido que resultara ser él.
Mistress Oliver la miró con curiosidad,
sobresaltada por el apasionamiento del tono
¿Le
conocía usted?
No -
respondió Deirdre, despacio -; no le conocía. Pero una vez se pilló Ben la pata
en una trampa, y él me ayudó a soltarle y charlamos un poco
¿Cómo era?
Se sentía
enormemente solo. Acababa de perder a su madre. La quería mucho.
93
¿Y usted
quiere mucho a la suya? - inquirió mistress Oliver con perspicacia
Sí. Por
eso comprendí... comprendí lo que él sentía, quiero decir. Mamá y yo no tenemos
a nadie, nada más que la una a la otra, ¿comprende?
Creí que
Robin me había dicho que tenía usted padrastro - dijo la escritora. Deirdre
dijo con amugura.
¡Ah, sí,
tengo padrastro!
Mistress Oliver dijo, con cierta vaguedad:
No es lo
mismo que tener padre propio, ¿verdad? ¿Recuerda a su padre?
No. Murió
antes que naciese yo. Mamá se casó con mister Wetherby cuando yo tenía cuatro
años. Siempre le... le he odiado. Y mamá - hizo una pausa antes de decir -:
Mamá ha llevado una existencia muy triste. No ha conocido simpatía ni
comprensión. Mi padrastro es un hombre sin sentimientos: duro y frío.
La escritora movió afirmativamente la cabeza.
Luego murmuró:
Ese James
Bentley no parece criminal.
Nunca creí
que la Policía le detendría a él. Estoy segura de que lo hizo un vagabundo.
Pasan unos vagabundos horribles por aquí a veces. Tiene que haber sido uno de
ellos.
Mistress Oliver dijo, consoladora:
- Quizá descubra Hércules Poirot la verdad de todo.
Deirdre torció bruscamente, metiéndose por la verja
de Hunter’s Close.
- Sí, quizá...
Mistress Oliver se la quedó mirando unos mo mentos
y luego sacó un librito de notas del bolso.
Escribió en él:
“Deirdre Henderson, no.”
Y subrayó el no con tanta fuerza, que la punta del
lápiz se le rompió.
94
3
Había subido la mitad del camino de la colina,
cuando se encontró con Robin Upward, que bajaba acompañado de una hermosa joven
rubia platino.
Robin hizo las presentaciones.
Esta es la
maravillosa Ariadne Oliver, Eve - dijo -. Hija mía, no sé cómo se las arregla.
Tiene cara de benevolencia, ¿verdad? Nadie diría que se refocila en crímenes.
Esta es Eve Carpenter. Su esposo será nuestro próximo diputado. El actual,
George Cartwrigth, chochea ya el pobre y no está bien de la cabeza. Ataca a las
jovencitas desde detrás de las puertas.
Robin, no
hay derecho a que inventes embustes semejantes Desacreditarás el partido.
-Bueno, ¿y a mí qué? No es mi partido Yo soy
liberal. Es el único partido al que es posible pertenecer en estos tiempos…un
partido pequeño y selecto que no tiene la menor probabilidad de gobernar. Me
encantan las causas perdidas.
Agregó, dirigiéndose a mistress Oliver
Eve quiere
que vayamos esta tarde a beber unas copas a su casa Es una especie de reunión
en su honor, Ariadne La gente quiere conocer a una celebridad de su categoría.
Todos estamos muy conmovidos de tenerla entre nosotros. ¿No puede adoptar
Broadhinny como escena de su próximo asesinato?
¡Oh, sí!
Hágalo, mistress Oliver - dijo Eve Carpenter.
No le
costará ningún trabajo hacer venir aquí a Sven Hjerson - observó Robin - Puede
estar alojado en casa de los Summerhayes, como Hércules Poirot. Vamos allá
ahora, porque le he dicho a Eve que Hércules Poirot es tan célebre en su
especialidad como usted en la suya. Y ella asegura que se portó un poco
groseramente con él ayer, y que va a invitarle a la reunión también Pero en
serio, querida, haga que su próximo crimen ocurra en Broadhinny ¡Nos
emocionaría tanto a todos!
¡Oh, sí!
Hágalo, mistress Oliver. ¡Sería tan divertido! - exclamó Eve Carpenter.
¿A quién
tendremos por asesino y a quién como víctima? - inquirió Robin.
¿Quién es
la que les hace actualmente la limpieza? - preguntó la escritora a su vez.
¡Oh
querida, esa clase de asesinatos, no! ¡Resultaría tan aburrido! No; yo creo que
Eve, aquí presente, haría una buena víctima. Estrangulada, quizá, con sus
propias medias de nylon. No... eso se ha hecho ya.
Yo creo
que será mejor que te asesinen a ti, Robin - dijo Eve -. El dramaturgo en
ciernes, apuñalado en una casita rural.
95
Aún no
hemos acordado quién va a ser el asesino - advirtió Robin -. ¿Y si fuera mi
madre? Emplearía el sillón de ruedas, para que no hubiese huellas de pisadas.
Yo creo que resultaría magnífico.
Pero no
querría apuñalarte a ti, Robin.
Robin reflexionó.
No; quizá
no. Si quieres que te diga la verdad, estaba pensando en que te estrangulara a
ti. No le importaría tanto hacer eso.
Pero ¡es
que yo quiero que seas tú la víctima! Y la persona que te mate puede ser
Deirdre Henderson. La joven fea y sojuzgada en quien nadie se fija.
Ahí tiene
usted, Ariadne - dijo Robin -. Le regalamos la totalidad del argumento de su
próxima novela. Lo único que tiene que hacer es introducir unas cuantas pistas
falsas y... ¡claro!…escribirla. ¡Santo Dios! ¡Qué perros más terribles tiene
Maureen!
Entraron por la verja de Long Meadows y dos perros
lobos irlandeses corrieron hacia ellos, ladrando.
Maureen Summerhayes salió al corral con un cubo en
la mano.
¡Quieto,
Flyn! ¡Ven acá, Cormic! Hola. Estoy limpiando la porquera.
Ya lo
hemos notado, querida - contestó Robin. Te olemos desde aquí. ¿Cómo va el
marrano?
Nos dio un
susto tremendo ayer. Estaba tumbado y no quería desayunar. Johnnie y yo nos
leímos todas las enfermedades que figuran en el Manual del criador de cerdos, y
no pudimos dormir de lo preocupados que estábamos. Pero esta mañana le
encontramos la mar de bien y alegre. Y cargó contra Johnie cuando entró a
llevarle de comer. Johnnie tuvo luego que darse un baño.
¡Qué vida
más emocionante lleváis Johnnie y tú! - dijo Robin.
Eve preguntó:
¿Queréis
venir Johnnie y tú este atardecer a una reunión, Maureen?
Nos
encantaría.
Para que
conozcáis a mistress Oliver - explicó Robin -. Aunque, en realidad, puedes
conocerla ahora. Esta es la gran novelista.
¿De veras?
- exclamó Maureen -. ¡Qué emocionante! Robin y usted están escribiendo una obra
de teatro juntos, ¿verdad?
Y marcha
viento en popa - asintió Robin -. A propósito, Ariadne: se me ocurrió una idea
magnífica después de salir usted esta mañana. Me refiero a la representación.
¡Ah!, la
representación - murmuró la escritora con alivio.
Conozco a
la persona más indicada para interpretar el papel de Eric. Cecil Leech. Está
actuando en el Little Rep, de Cullenquay. Haremos una excursión una tarde e
iremos a verle trabajar.
Queremos a
tu huésped - le dijo Eve a Maureen -. ¿Está por ahí? Deseo invitarle para esta
noche también.
96
Ya le
llevaremos.
Creo que
será preferible que le invite yo misma. La verdad es que fui un poco grosera
con el ayer.
¡Oh!
Bueno, pues por ahí debe de andar - contestó con vaguedad Maureen -. Creo que
en el jardín... ¡Carmic! ¡Flyn! ¡Esos malditos perros!
Dejó caer el cubo con estrépito y corrió en
dirección al estanque de los patos, donde se había producido de pronto un
enorme alboroto.
97
13
Mistress Oliver se acercó a Hércules Poirot, copa
en mano, en los últimos momentos de la reunión de los Carpenter. Hasta aquel
instante, cada uno de ellos había sido centro de un grupo de admiradores. Ahora
que se había consumido mucha ginebra y que la reunión iba bien, se observó una
evidente tendencia entre los concurrentes a buscar a los amigos más íntimos
para comadrear un poca, y los dos forasteros pudieron hablar a solas.
Salga al
arriate - le dijo mistress Oliver con susurro de conspirador. Al propio tiempo
le introdujo en la mano un trozo de papel.
Salieron juntos por los ventanales y echaron a
andar por el arriate. Poirot desdobló el pedazo de papel.
“Doctor Rendell”, leyó.
Miró, interrogador, a su compañera. Esta movió
afirmativa y vigorosamente la cabeza, cayéndole un mechón de cabello gris sobre
la cara al hacerlo.
¡Él es el
asesino! -aseguró mistress Oliver.
¿Lo cree
usted? ¿Por qué?
Lo sé,
simplemente. Es el tipo. Cordial, jovial y todo eso.
Quizá.
Poirot parecía muy poco convencido.
- Pero - preguntó - ¿cuál fue el móvil, en su
opinión?
-Conducta antiprofesional. Y mistress McGinty
estaba enterada de ello. Fuera cual fuese el móvil, sin embargo, puede tener
usted la completa seguridad de que el asesino fue él. He examinado a todos los
demás y él es el culpable.
En respuesta, Poirot dijo, como siguiendo una
conversación indiferente:
Anoche
alguien intentó tirarme debajo del tren en la estación de Kilchester.
¡Santo
Dios! ¿Para matarle, quiere usted decir?
No me cabe
duda alguna de que era esa la intención.
Y el
doctor Rendell salió a asistir a un enfermo. Eso lo sé.
Tengo
entendido, sí... que el doctor Rendell salió, en efecto, a asistir a un
enfermo.
Entonces,
no hay más que hablar - dijo mistress Oliver con satisfacción.
98
Aún sí.
Tanto mister Carpenter como su esposa estuvieron en Kilchester anoche y
volvieron a diferente hora a casa. Mistress Rendell puede haberse pasado la
noche sentada en casa escuchando la radio, o puede no haberlo hecho... nadie lo
sabe. Miss Henderson va con frecuencia al cine a Kilchester.
No fue
anoche. Se quedó en casa. Me lo dijo ella misma.
Uno no
puede creerse todo lo que le dicen - dijo Poirot con reproche -. Los de una
misma familia se apoyan. La doncella extranjera, Frieda, por otra parte, sí que
fue al cine anoche; conque no puede decimos quién estuvo o dejó de estar en
Hunter’s Close. Como verá usted, no es tan fácil reducir el número de los
sospechosos.
Posiblemente
podré avalar a nuestro grupo. ¿A qué hora dice usted que sucedió
eso?
-A las nueve y treinta y cinco en punto.
En tal
caso, Laburnums queda eliminado por lo menos. Desde las ocho hasta las diez y
media, Robin, su madre y yo estuvimos jugando a las cartas.
Creí que,
a lo mejor, usted y Robin estarían encerrados juntos, colaborando.
¿Dejando
libre a la madre para que se largara en una motocicleta oculta entre los
arbustos? - rió mistress Oliver -. No, teníamos a mamá a la vista.
Suspiró al asaltarla pensamientos más tristes.
¡Colaboración!
- exclamó con amargura -. ¡Todo ese asunto es una pesadilla! ¿Qué tal le
sentaría que le pegaran un bigote negro al superintendente Battle y le dijeran
que ese era usted?
Poirot parpadeó levemente.
- Pero... ¡es una pesadilla esa insinuación!
-Ahora comprenderá usted lo que yo sufro -
lamentóse mistress Oliver.
También yo
padezco - anunció Poirot -. Los guisos de mistress Summerhayes desafían toda
descripción. Eso no es cocinar siquiera. Y las corrientes de aire, los vientos
fríos, los estómagos revueltos de los gatos, los pelos largos de los perros,
las patas rotas de las sillas, la terrible, ¡oh cuán terrible!, cama en que
duermo…- entornó los ojos al recordar sus angustias -, el agua templada en el
cuarto de baño, los agujeros de la alfombra de la escalera, y el café... no hay
palabras para describir el líquido que sirven como café. Es una ofensa al
estómago.
¡Caramba!
Y, sin embargo, ¿sabe?, ella es la mar de agradable.
¿Mistress
Summerhayes? Es encantadora. Es muy encantadora. Y por eso resulta más
violento.
Ahí viene
- dijo mistress Oliver.
Maureen Surnmerhayes se acercaba a ellos. En el
pecoso semblante se observaba una expresión de éxtasis. Llevaba una copa en la
mano. Les sonrió a los dos con afecto.
Me parece
que estoy un poco mona - anunció -. ¡He bebido tal cantidad de esa ginebra tan
sabrosa!... Me gustan las reuniones. Y rara vez las hay en Broadhinny. Es por
ser ustedes dos tan célebres. Ojalá pudiese yo escribir novelas. Lo malo que yo
tengo es que no sé hacer nada bien.
99
- Es usted buena esposa y buena madre, madame -
anunció Poirot.
Maureen abrió desmesuradamente los ojos, ojos
atractivos, color avellana, en una carita pequeña, salpicada de pecas. Mistress
Oliver se preguntó qué edad tendría. No mucho más de treinta años, decidió.
¿Lo soy?
-murmuró Maureen -. ¡Si será verdad! Los quiero a todos con locura; pero ¿es
eso suficiente?
Poirot tosió.
Espero que
no me creerá presuntuoso, madame. Pero la mujer que quiere de verdad a su
marido debe cuidarle mucho el estómago. Es muy importante el estómago.
Maureen pareció levemente ofendida.
Johnnie
tiene un estómago magnífico - contestó algo picada -; completamente liso. Puede
decirse que ni estómago tiene.
Me refería
a lo que se emplea para rellenarlo.
Se refiere
a mis guisos. Nunca he creído que importara mucho lo que uno comiera. Poirot
exhaló un gemido.
Ni la ropa
que uno se pusiese - prosiguió Maureen, soñadora -, ni lo que a uno se le
ocurriera hacer. Yo no creo que las cosas importen tanto; no, en realidad.
Guardó silencio unos segundos, nublados los ojos
por el alcohol.
Una mujer
escribió en el periódico el otro día - dijo de pronto - una carta estúpida de
verdad. Preguntando qué era mejor... si dejar que fuera adoptado su hijo por
alguien que pudiera darle todas las ventajas... todas las ventajas, eso fue lo
que dijo...
y se refería a buena educación, y ropa, y
comodidades... o conservarle a su lado no pudiendo darle ventajas o seguridades
de ninguna clase. Yo creo que eso es estúpido; estúpido de verdad. Si una puede
darle a una criatura lo bastante de comer... eso es todo lo que importa.
Clavó la mirada en la copa vacía, como si fuera una
bola de cristal.
Yo tengo
que saberlo - dijo -. Yo fui hija adoptiva. Mi madre renunció a mí y yo
disfruté de todas las ventajas, como las llaman. Y siempre me ha dolido, me ha
hecho daño... siempre... siempre... saber que a una no la querían en realidad,
que la propia madre fuera capaz de renunciar...
Se
sacrificaría por el bien de usted quizá - dijo Poirot.
Le miró de hito en hito.
Yo no creo
que eso sea verdad jamás. No es más que la excusa que se dan. Pero, en
realidad, todo eso se reduce a que pueden pasarse sin una... y duele. Yo no
renunciaría a mis hijos... ¡ni por todas las ventajas del mundo!
Y yo creo
que tiene usted muchísima razón - aseguró mistress Oliver.
También yo
estoy de acuerdo con usted - apuntó Poirot.
Entonces,
bien va - dijo alegremente Maureen -. ¿Por qué diablos estamos discutiendo?
100
Robin, que había salido al arriate a reunirse con
ellos, dijo:
Bien; ¿de
qué están ustedes discutiendo?
De la
adopción - contestó Maureen -. A mí no me gustó que me adoptasen. ¿Y a ti?
Pues
verás... es mucho mejor eso que ser huérfano; ¿no te parece, querida? Creo que
debiéramos marchamos ya, ¿verdad? ¿Eh, Ariadne?
Los invitados se marcharon en masa. El doctor
Rendell había tenido que partir apresuradamente ya. Bajaron la colina juntos,
hablando animadamente, con ese exceso de alegría que desata una serie de
combinados.
Cuando llegaron a la verja de Labumums, Robin
insistió en que entraran todos.
Nada más
que para describirle a madre la reunión. ¡Ha sido una pena que la pobrecilla no
haya podido ir por la guerra que le estaba dando la pierna! Pero no le gusta
quedarse al margen de las cosas.
Entraron alegremente, y mistress Upward pareció
encantada de verles.
¿Quién más
estuvo allí? - preguntó -. ¿Los Wetherby?
No;
mistress Wetherby no se sintió lo bastante bien para asistir, y la chica no
quiso ir sin ella.
Es un caso
conmovedor, ¿verdad? - murmuró Shelagh Rendell.
A mí me
parece más bien un caso patológico - aseguró Robin.
La culpa
la tiene su madre - dijo Maureen -. Algunas madres casi se comen a sus hijos,
¿no les parece?
Se ruborizó al encontrarse con la burlona mirada de
mistress Upward.
¿Te devoro
yo, Robin? - le preguntó a su hijo.
¡Madre!
¡Claro que no!
Para ocultar su confusión, Maureen se lanzó
precipitadamente a describir sus experiencias en la cría de perros lobos
irlandeses. La conversación se hizo técnica.
Mistress Upward dijo decisivamente...
No hay
manera de sustraerse a la herencia, tanto en el caso de personas como de
perros.
Shelagh Rendell murmuró:
¿No cree
usted más bien que se deberá al ambiente? Mistress Upward la cortó en seco:
No,
querida, no creo tal cosa. El ambiente puede dar una capa superficial y nada
más. Es lo que se lleva en la masa de la sangre lo que cuenta.
La mirada de Hércules Poirot descansó, curiosa, en
el rostro encendido de Shelagh Rendell. Dijo esta, con un apasionamiento que
pareció innecesario:
Eso es
cruel... injusto.
La vida es
injusta - contestó mistress Upward.
101
La voz lenta y perezosa de Johnnie Summerhayes
intervino:
Estoy de
acuerdo con mistress Upward. La raza manda. Siempre ha sido ese mi lema.
Mistress Oliver dijo, interrogadora:
-Usted quiere decir con eso que las cosas pasan de
padres a hijos. Hasta la tercera o cuarta generación...
Maureen Summerhayes dijo de pronto, con su voz
aguda y dulce:
- Pero la cita continúa: “y que hago misericordia a
millares...”*
De nuevo todo el mundo pareció experimentar cierto
malestar, tal vez por la nota seria que se había introducido en la
conversación.
Para cambiar el tema atacaron a Poirot.
Háblenos
de mistress McGinty, monsieur Poirot. ¿Por qué no la mató el huésped?
Solía ir
mascullando algo entre dientes - dijo Robin - cuando iba por los caminos. Le
encontraba con frecuencia. Y, la verdad, tenía un aspecto la mar de extraño;
parecía como trastornado.
Alguna
razón debe de tener usted para creer que no la mató él, monsieur Poirot. ¿Por
qué no nos la cuenta?
Poirot les dirigió una sonrisa. Se atusó el bigote.
Si no la
mató, ¿quién fue?
Eso,
eso... ¿quien fue?
Mistress Upward dijo con sequedad:
No le
cohíban ustedes. Lo más probable es que sospeche de uno de nosotros.
¿De uno de
nosotros? ¡Oh!
Durante el clamor. la mirada de Poirot se encontró
con la de mistress Upward. Vio en ella regocijo y algo más... ¿un reto?
- Sospecha de uno de nosotros- exclamó Robin,
encantado -. Vamos a ver, Maureen - adoptó el tono de un fiscal -: ¿dónde
estuviste la noche del... ¿qué noche fue?
La del
veintidós de noviembre - dijo Poirot. - ¿La noche del veintidós de noviembre? -
repitió Robin.
¡Caramba!;
no tengo la menor idea - respondió Maureen.
Nadie
puede acordarse después de tanto tiempo -observó mistress Rendell.
Pues yo sí
- anunció Robin -. Porque estuve hablando por radio aquella noche. Marché a
Coalport a dar una charla sobre “Algunos aspectos del teatro”. Lo recuerdo
porque hablé largamente sobre la asistenta de la obra de Galsworthy La caja de
plata,
La cita es
bíblica. Véase Deuteronomio, cap. 5, vers. 9 y 10. donde dice “...Yo soy
Jehová, tu Dios, fuerte, celoso, que castigó la iniquidad de los padres en los
hijos hasta la tercera y la cuarta generación de los que me aborrecen. Y que
hago misericordia a millares a los que me aman y guardan mis mandamientos”. (N.
del T.)
102
y como al día siguiente mataron a mistress McGinty,
me pregunté si la mujer de la obra se habría parecido a ella o viceversa.
Es cierto
- asintió Shelagh Rendell de pronto -. Y lo recuerdo ahora porque dijiste que
tu madre se quedaría sola, ya que era la noche en que Janet salía. Y yo vine
aquí después de cenar para hacerle compañía. Solo que, por desgracia, no
conseguí que me oyera cuando llamé.
Déjenme
que piense - murmuró mistress Up ward -. ¡Ah, sí! ¡Claro! Me había acostado con
un fuerte dolor de cabeza, y mi alcoba da al jardín de atrás.
Y al día
siguiente - prosiguió Shelagh -, cuando supe que habían matado a mistress
McGinty, pensé: “¡Oh! ¡Quizá me cruzara yo con el asesino en la oscuridad!”...
Porque el principio todos creíamos que se trataría
de algún vagabundo que se había introducido en la casa.
Bueno,
pues yo sigo sin acordarme de lo que estuve haciendo - dijo Maureen -. Pero sí
que recuerdo la mañana siguiente. Fue el panadero quien nos dio la noticia.
“Han matado a mistress McGinty”, dijo. ¡Y yo que había estado preguntándome por
qué no se habría presentado a trabajar como de costumbre!
Se estremeció.
- Es horrible, ¿verdad? - dijo.
Mistress Upward continuaba observando a Poirot.
Éste se dijo para sus adentros: “ Es una mujer muy
inteligente. E implacable. Y egoísta también. Cualquier cosa que hiciera, no
sentiría escrúpulos ni remordimientos...”
Una voz tenue hablaba, porfiada, quejicosa:
¿No tiene
usted ningún indicio, ninguna pista, monsieur Poirot? Era Shelagh Rendell.
El alargado rostro de Johnnie Summerhayes se
iluminó de entusiasmo.
Eso es:
indicios, pistas - dijo -. Eso es lo que a mí me gusta en las novelas
policíacas. Indicios elocuentes para el detective, y que nada le dicen a uno...
hasta última hora, y entonces se enfurece uno consigo mismo por no haberse dado
cuenta antes. ¿Puede usted darnos un pequeño indicio, monsieur Poirot?
Se volvieron hacia él caras rientes y suplicantes.
Era un juego.para todos (o quizá no para uno). Pero el asesinato no era un
juego, el asesinato era peligroso. Uno nunca sabía.
Con un brusco movimiento, Poirot se sacó cuatro
fotografías del bolsillo.
¿Quieren
un indicio? - exclamó con las fotografías en alto -. ¡Voila!.. Y con gesto
dramático las echó sobre la mesa.
Se agruparon alrededor, inclinándose y soltando
exclamaciones.
¡Mirad!
¡Qué tipos
más absurdos!
103
¡Fijaos en
las rosas!
Hija mía,
¡qué sombrero!
¡Qué niña
más horrible!
Pero
¿quiénes son?
¿Verdad
que son ridículas las modas?
Esa mujer
debe de haber sido muy guapa en sus tiempos.
Pero ¿por
qué son indicios?
Poirot paseó la mirada muy lentamente por e!
círculo de semblantes. No vio nada que no hubiera esperado ver.
¿No
reconocen ustedes a ninguna de ellas?
¿Reconocer?
¿No
recuerdan haber visto ninguna de estas fotografías antes? ¿Sí, mistress Upward?
Usted reconoce algo, ¿verdad?
Mistress Upward vaciló.
Sí... creo
que...
¿Cuál?
La mujer tendió la mano y señaló con el índice el
retrato de Lily Gamboll.
Usted ha
visto ese retrato... ¿cuándo?
Recientemente;
bien. Pero ¿dónde? No, no lo recuerdo. Aunque estoy segura de que he visto una
fotografía como esta.
Frunció el entrecejo, y se quedó pensativa. Salió
de su abstracción al acercársele mistress Rendell.
Adiós,
mistress Upward. Espero que si se siente con ánimos vendrá usted a tomar el té
conmigo algún día.
Gracias,
querida. Iré si Robin me empuja colina arriba.
Claro que
sí, madre. Se me han desarrollado ya enormemente los músculos empujando esa
silla. ¿Recuerdas el día que fuimos a casa de los Wetherby y que había tanto
barro...?
¡Ah! -
exclamó mistress Upward de pronto.
¿Qué
ocurre, madre?
Nada.
Continúa.
Hablo de
cuando tuve que subirte colina arriba otra vez. Primero patinó el sillón; luego
patiné yo. Creí que no íbamos a llegar nunca a casa.
Se despidieron riendo y se marcharon en tropel.
No cabía duda, pensó Poirot, de que el alcohol
soltaba las lenguas. ¿Había hecho bien o mal en enseñar aquellos retratos?
¿Habría sido su gesto consecuencia del alcohol también?
104
No estaba seguro.
Pero, murmurando una breve excusa, volvió atrás.
Empujó la verja y se dirigió al edificio. Por la
abierta ventana de su izquierda oyó el murmullo de dos voces, la de Robin y la
de mistress Oliver, muy poco la de esta y mucho la de aquel.
Abrió y entró por la puerta de la derecha al cuarto
que abandonara momentos antes. Mistress Upward estaba sentada junto al fuego.
Tenía torvo el semblante. Tan enfrascada en sus pensamientos se hallaba, que la
entrada del detective la sobresaltó.
Al oír la tosecita de excusa del visitante, alzó
vivamente la cabeza.
¡Ah! -
dijo -. Es usted. Me dio un susto.
Lo siento,
madame. ¿Creía usted que era otra persona? ¿Quién creyó que era? No respondió
ella a eso. Se limitó a preguntar:
-¿Se ha dejado algo olvidado?
-Lo que temí haber dejado era peligroso.
¿Peligroso?
Peligroso
quizá para usted. Porque reconoció una de esas fotografías hace un momento.
Yo no
diría “reconocer”. Todos los retratos antiguos parecen iguales.
Escuche,
madame. Mistress McGinty reconoció también, o mucho me equivoco, uno de esos
retratos. Y mistress McGinty ha muerto.
Mistress Upward contestó con inesperado destello de
humorismo en los ojos:
Mistress
McGinty ha muerto. ¿Cómo murió? Arriesgando el cuello como yo. ¿Es eso lo que
quiere decir?
Sí. Si
sabe algo... por poco que sea... dígamelo ahora. Resultaría mucho menos
peligroso.
Mi querido
amigo, la cosa no es tan sencilla como usted se la imagina. Ando muy lejos de
estar segura de que sé algo... y, desde luego, nada sé que pueda conceptuarse
como hecho concreto. Los recuerdos vagos y confusos son, con frecuencia,
engañadores. Sería preciso poseer una idea de cómo, cuándo y dónde, si usted me
comprende bien.
Es que a
mí se me antoja que ya tiene usted esa idea.
Hay algo
más que eso en el asunto. Hay varios factores que tener en cuenta. Es inútil
que intente usted precipitarme, monsieur Poirot. No soy persona que tome
decisiones a tontas y a locas. Tengo voluntad propia, y necesito tiempo para
decidirme. Cuando tomo una determinación, obro. Pero no hasta estar preparada.
Es usted
una mujer reservada en muchos sentidos, madame.
Quizá...
hasta cierto punto. El saber es potencia. El poder solo debe usarse con buenos
fines. Perdonará que le diga que quizá no sepa usted apreciar en todo su valor
lo que pudiéramos llamar tipo o diseño de la vida rural inglesa.
En otras
palabras, me dice: “Usted no es más que un maldito extranjero.”
105
Mistress Upward sonrió levemente.
No
llevaría a tal punto mi grosería.
Si no
quiere hablar conmigo, puede hacerlo con el superintendente Spence.
Mi querido
monsieur Poirot, la Policía no... no en estos momentos.
El detective se encogió de hombros.
- Que conste que la he advertido - dijo.
106
14
1
“Decididamente - se dijo Hércules Poirot a la
mañana siguiente -, la primavera ya está aquí”.
Su aprensión de la noche anterior le parecía ahora
singularmente desprovista de fundamento. Mistress Upward era una mujer sensata,
perfectamente capaz de
.guardarse ella sola .
No obstante, le tenía intrigado No comprendía en
absoluto sus reacciones. Era evidente que tampoco deseaba ella que las
comprendiese. Había reconocido el retrato de Lily Gamboll y estaba decidida a
obrar por su cuenta y sin ayuda.
Paseaba por una senda del jardín, eptregado. a
estos pensamientos, cuando le sobresaltó una voz que sonó a sus espaldas.
- Monsieur Poirot...
Mistress Rendell se había acercado tan
silenciosamente, que no la había oído. Y estaba muy nervioso desde el día
anterior.
- Pardon, madame, Me hizo usted dar un salto
Mistress Rendell sonrió maquinalmente. Si él estaba
nervioso, Mistress Rendell lo estaba mucho más, pensó. Le temblaban los
párpados y no daba descanso a las manos.
Es...
espero que no le estaré interrumpiendo. Quizá esté usted ocupado.
No,
madame. No estoy ocupado. El día es hermoso. Es bueno hallarse al aire libre.
En casa de mistress Summerhayes siempre hay... pero que siempre... corrientes.
Sí;
supongo que sí.
Las
ventanas no pueden cerrarse. Y las puertas se abren solas.
Es una
casa un poco desvencijada. Y, claro, los Summerhayes andan tan mal de dinero,
que no pueden permitirse el lujo de hacer reparaciones. Yo en su lugar me
desharía de ella. Sé que lleva siglos en la familia; pero, hoy en día, uno no
puede aferrarse a las cosas nada más que por sentimentalismo.
No; no
somos sentimentales hoy en día.
Hubo un silencio. Por el rabillo del ojo, Poirot
observó aquellas manos blancas,
107
nerviosas. Aguardó a que tomara ella la iniciativa.
Cuando lo hizo, fue bruscamente.
Supongo -
dijo - que cuando usted anda... bueno, investigando algo, necesita una excusa
siempre.
Poirot consideró esta afirmación. Aunque no la
miró, se dio perfecta cuenta de que ella le observaba con avidez.
Como usted
dice, madame - contestó -, siempre resulta conveniente tenerla.
Para
justificar su presencia... y las preguntas que hace.
Pudiera
ser oportuno.
¿Por qué?
¿Por qué está usted en Broadhinny en realidad, monsieur Poirot? La miró con
leve sorpresa.
-Pero, ma cher madame, ya se lo he dicho: para
investigar la muerte de mistress McGinty.
Mistress Rendell dijo, con intención muy aguda:
Ya sé que
es eso lo que usted dice. Pero es absurdo. Poirot enarcó las cejas.
¿Por qué?
Claro que
lo es. Nadie se lo cree.
Y, sin
embargo, puedo asegurarle que es la pura verdad. Parpadearon los pálidos ojos
azules y apartaron la mirada.
No quiere
decírmelo.
¿Decirle
qué, madame?
Cambió el tema bruscamente otra vez, al parecer.
Quería
consultarle... acerca de unas cartas anónimas.
¿Bien? -
inquirió Poirot al ver que se detenía.
En
realidad, son siempre un tejido de embustes, ¿verdad?
A veces
son mentira - contestó Poirot con cautela.
Generalmente
- insistió ella.
No diría
yo tanto.
Shelagh Rendell exclamó con vehemencia:
¡Son cosas
de personas cobardes, traidoras, mezquinas!
En todo
eso, sí, estaría yo de acuerdo.
Y... no
creería usted nunca lo que se le dijese en un anónimo, ¿verdad?
Esa es una
pregunta un poco difícil - anunció Poirot con solemnidad.
Yo no lo
creería. Yo no creería cosa semejante.
Y agregó con más vehemencia:
108
Sé por qué
está usted aquí. Y no es verdad…¡le digo a usted que no es verdad! Giró
bruscamente los talones y se alejó.
Hércules Poirot enarcó las cejas, intrigado.
“Y ahora, ¿qué? -. se preguntó-. ¿Me están tomando
el pelo, o esta es harina de otro costal?”
Resultaba todo ello, se dijo, algo desconcertante.
Mistress Rendell aseguraba creer que se hallaba él
allí por motivos que nada tenían que ver con la investigación de la muerte de
mistress McGinty. Había sugerido que el asesinato no era más que un pretexto.
¿Creería eso, en efecto? ¿O le estaba tomando el
pelo, como se había dicho?
¿Qué tenían que ver los anónimos con el asunto?
¿Era mistress Rendell el original del retrato que
dijera mistress Upward haber visto “recientemente”?
En otras palabras: ¿era mistress Rendell Lily
Gamboll? Las últimas noticias de Lily Gamboll, rehabilitada ya, la habían
situado en el Estado Libre de Irlanda. ¿Habría conocido el doctor Rendell a su
mujer allí, casándose con ella sin cono cer su historia? A Lily Gamboll la
habían hecho taquimecanógrafa. Hubiera podido cruzarse fácilmente su camino y
el del médico.
Poirot sacudió la cabeza y exhaló un suspiro. Todo
era perfectamente posible. Pero tenía que estar seguro.
Se levantó, de pronto un aire frío y desapareció el
sol.
Poirot tiritó y se encaminó a la casa.
Sí; tenía que estar seguro. Si lograra dar con el
instrumento, que sirvió para
cometer el crimen...
Y, en aquel momento, con extraña sensación de
certidumbre, lo vio.
109
2
Más adelante se preguntó si no lo habría visto y
anotado su presencia subconscientemente con mucha anterioridad. Había estado
allí, o así era de suponer, desde que llegara a Long Meadows... Allí, entre
otras chucherías, encima de la estantería próxima a la ventana.
Pensó:
“¿Por qué no lo he observado antes?”
Lo tomó, lo sopesó, lo examinó, comprobó su
equilibrio; lo alzó para descargar un
golpe...
Maureen entró con su precipitación de costumbre,
acompañada de dos perros. Dijo con voz ligera y amistosa:
Hola,
¿está usted jugando con el cortador de azúcar?
¿Se trata
de eso, de un cortador de azúcar?
Sí. Un
cortador de azúcar... o un martillo de azúcar... no sé cuál de los dos es el
nombre exacto. Tiene gracia, ¿verdad? ¡Es tan infantil con ese pajarito encima!
Poirot dio la vuelta cuidadosamente al instrumento.
Estaba construido de bronce, con muchos adornos. Tenía forma de hachuela; era
pesado y muy agudo de filo. Llevaba incrustadas aquí y allá piedras de colores,
azules y encarnadas. Y encima había un pajarito anodino, con ojos de turquesa.
Resultaría
magnífico para matar a cualquiera, ¿verdad? - murmuró Maureen. Se lo quitó de
la mano y dirigió un golpe asesino a un punto del espacio.
Fácil a
más no poder-dijo-. Como en este verso de los Idilios del Rey*. El sistema de
Mark, dijo, y le hendió la cabeza hasta el cerebro. Yo creo que no habría
dificultad en hendirle a uno la cabeza hasta los sesos con esto, ¿no cree?
Poirot la miró. El rostro pecoso tenía una
expresión serena.
Maureen agregó:
Ya le he
dicho a Johnnie lo que le aguarda si un día me harto de él. ¡Yo lo llamo “el
mejor amigo de la esposa”!
Rompió a reír, dejó el martillo de azúcar y se
volvió hacia la puerta.
¿Qué vine
a buscar aquí? - musitó -. No me acuerdo... ¡Maldita sea! Más vale que vaya a
ver si ese budín necesita más agua.
Poema del
famoso poeta inglés lord Alfred Tennyson. (N. del T.)
110
La voz de Poirot la detuvo antes que hubiese
salido.
¿Trajo
usted esto de la India consigo, quizá?
¡Oh, no!
Lo saqué del “T. y C.” por Nochebuena.
¿“T. y
C.”? - exclamó Poirot, sin comprender.
“Traiga y
Compre” - explicó Maureen -. En la Vicaría. Una lleva allá todas las cosas que
no necesita, y compra algo. Algo que no resulte demasiado horrible si consigue
una encontrarlo. Ni que decir tiene que rara vez hay cosas que a una le
interesen. Yo compré esto y esa cafetera. Me gustó el pitorro de la cafetera y
el pajarito del martillo.
La cafetera, de tamaño pequeño, estaba hecha de
cobre batido. Tenía un pitorro grande, curvado, que se le antojó conocido a
Poirot.
Creo que
son de Bagdad - dijo Maureen -. Por lo menos creo que es de ahí de donde
dijeron los Wetherby. O puede ser que fuera Persia.
Así, pues,
¿estas cosas salieron de casa de los Wetherby?
Sí. Tienen
una cantidad enorme de morralla. He de irme. Ese budín...
Salió. La puerta se cerró de golpe. Poirot volvió a
coger el cortador de azúcar y se acercó con él a la ventana.
En el filo se notaban unas manchas leves, muy
leves.
Poirot movió la cabeza con gesto afirmativo.
Vaciló un instante, y luego se llevó el instrumento
a su alcoba. Allí lo empaquetó con sumo cuidado en una caja, lo envolvió en
papel, lo ató, bajó la escalera y abandonó el edificio.
No creía que se diera nadie cuenta de la
desaparición del cortador de azúcar. No era aquella una casa lo suficientemente
ordenada.
111
3
En Labumums, la colaboración proseguía su difícil
curso.
Pero es
que no me parece bien que se le haga vegetariano, querida - objetaba Robin -.
Es demasiada manía. Y, desde luego, no resulta ni piza de romántico.
¿Y qué
culpa tengo yo? - dijo, con testarudez mistress Oliver -. Siempre ha sido
vegetariano. Lleva consigo una maquinita para rayar zanaho rias y nabos.
Pero,
Ariadne, encanto, ¿por qué?
¿Cómo
quiere que lo sepa yo ? - exclamó con enfado la escritora -. ¿Cómo diablos sé
yo siquiera por qué se me ocurrió crear tan repugnante personaje? ¡Debí de
estar loca! ¿Por qué un finlandés cuando no sé una palabra de Finlandia? ¿Por
qué vegetariano? ¿Por qué todo ese amaneramiento, todos esos gestos tan idiotas
que tiene? Esas cosas pasan. Una prueba una cosa... y a la gente parece
gustarle... y entonces una continúa...
y, cuando una quiere darse cuenta, se encuentra con
un personaje tan exasperante y enloquecedor como Sven Hjerson colgado al cuello
de por vida. Y la gente escribe, incluso, diciendo cuánto debe una quererle.
¿Quererle? Si me encontrara. con ese huesudo, desgarbado y vegetariano
finlandés en la vida real, cometería yo un asesinato mucho mejor que todos
cuantos he inventado.
Robin Upward la miró con reverencia.
¿Sabe
usted, Ariadne? Esa pudiera resultar una idea maravillosa. Un Sven Hjerson de
verdad, y usted le asesina. Puede emplearlo luego como asunto de su última
novela, de su adiós a la vida; para que se publique después de su muerte.
¡No hay
cuidado! - exclamó mistress Oliver -. ¿Y el dinero? Todo el que puedan rendir
los asesinatos, lo quiero ahora.
Sí, sí.
Este es un punto en el que no podría estar más de acuerdo con usted de lo que
ya estoy.
El atormentado dramaturgo se paseó de un lado para
otro.
Esta
Ingrid se está haciendo ya pesada - dijo -. Y, después de la escena del sótano,
que va a ser maravillosa de verdad, no sé cómo vamos a impedir que la siguiente
escena resulte, por contraste, insípida.
Mistress Oliver guardó silencio. Las escenas, en su
opinión, eran de la incumbencia de Robin. ¡Que se devanara él los sesos!
Robin le dirigió una mirada de descontento. Aquella
mañana, como consecuencia de uno de sus frecuentes cambios de humor, mistress
Olíver no había encontrado de su gusto el aspecto de su cabellera. Con un
cepillo mojado en agua se había aplastado y pegado las grises guedejas al
cráneo. Con la ancha frente, los lentes macizos y la
112
severa expresión, le recordaba a Robin más y más a
una maestra que le infundiera respeto y pavor en su infancia. Halló que se le
hacía más difícil por momentos llamarla querida, y hasta le sobrecogía
pronunciar el nombre de Ariadne. Dijo, malhumorado:
-¿Sabe? No me siento inspirado ni pizca hoy.
Seguramente se debe a la ginebra de ayer. Deje mos el trabajo y ocupémonos de
los actores a quienes hemos de asignar los papeles. Si conseguimos a Denis
Callory, naturalmente, será maravilloso; pero anda metido en películas en la
actualidad. Y Jean Bellews estaría que ni pintada en el papel de Ingrid, y ella
quiere representarlo; por tanto, miel sobre hojuelas. Eric... como ya he dicho,
he tenido una idea magnífica para Eric. Iremos al Little Rep esta noche, ¿quiere?
y ya me dirá usted qué le parece Cecil para ese papel.
Mistress Oliver asintió a la idea del proyecto, y
Robin se fue a telefonear.
- Bueno - dijo a la vuelta -. Ya está todo
arreglado.
113
4
La hermosa mañana no había cumplido su promesa.
Estaba encapotado el cielo, la atmósfera era opresiva y amenazaba lluvia. Al
atravesar Poirot por entre los arbustos en dirección a la puerta principal de
Hunter’s Close, se dijo que no le gustaría vivir en aquel valle hueco al pie de
la colina. El edificio en sí estaba rodeado de árbo les y las paredes ahogadas
por la hiedra. Allí hacía falta, pensó, que un leñador hiciera uso de su hacha.
(El hacha. ¿El cortador de azúcar?)
Tocó el timbre y, no recibiendo respuesta, volvió a
llamar.
Fue Deirdre Henderson quien le abrió la puerta.
Pareció sorprendida.
¡Ah! -
dijo -, es usted...
¿Puedo
entrar y hablar con usted unos mo mentos?
Pues...
sí, supongo que sí...
Le condujo a la salita pequeña y oscura donde había
esperado en otra ocasión. Reconoció, sobre la repisa de la chimenea, la hermana
mayor de la cafetera que tenía Maureen sobre la estantería. Su enorme pitorro
curvo parecía dominar el pequeño cuarto occidental con cierta oriental
ferocidad.
Me temo -
anunció Deirdre en tono de excusa - que estamos un poco trastornados hoy.
Nuestra criada, esa chica alemana, se nos va. Sólo ha estado aquí un mes...
Parece ser que aceptó este empleo nada más que por
venir a este país, porque había alguien con quien quería casarse. Y ahora ya lo
tiene todo arreglado y se marcha esta noche.
Poirot hizo un chasquido con la lengua.
Muy poca
consideración - murmuró.
¿Verdad
que sí? Mi padrastro dice que no es legal. Pero, aunque no lo sea, si se va y
se casa, no veo yo qué podemos hacer. Ni siquiera hubiéramos sabido que se
marchaba de no haberla encontrado yo haciendo el equipaje. Se hubiese ido sin
decimos una palabra.
No
vivimos, por desgracia, en tiempos en que se guarden miramientos...
No -
respondió con voz mate Deirdre -; supongo que no.. ."
Se frotó la frente con el dorso de la mano.
Estoy
cansada - dijo -, muy cansada.
Sí -
asintió Poirot con dulzura -, creo que ha de estar usted muy cansada.
114
¿Qué
deseaba, monsieur Poirot?
Quería
hablarle de cierto cortador de azúcar.
¿Un
cortador de azúcar?
Era evidente, por su expresión, que no comprendía.
Un
instrumento de bronce con un pájaro de adorno, incrustado de piedras azules,
encarnadas y verdes.
Poirot hizo la descripción con mucho cuidado.
- ¡Ah, sí! Ya sé.
Su voz no dio muestras de interés ni animación.
Tengo
entendido que salió de esta casa.
Sí. Mi
madre lo compró en un bazar de Bagdad. Fue una de las cosas que llevamos a la
Vicaría para la venta que allí se hace.
El “Traiga
y Compre”, ¿no es eso?
Sí.
Celebramos muchos aquí. Es difícil conseguir que la gente dé dinero. Pero
siempre pue de encontrarse algo que mandar.
Por tanto
estuvo aquí, en esta casa, hasta No chebuena. Y luego lo mandaron al “Traiga y
Compre”, ¿es así?
Deirdre frunció el entrecejo.
No al
“Traiga y Compre” de Nochebuena - dijo -. Fue al anterior... al de la Fiesta de
la Cosecha.
La Fiesta
de la Cosecha... Eso sería... ¿cuándo? ¿Octubre? ¿Septiembre?
A fines de
septiembre.
Reinó el silencio en el cuartito. Poirot miró a la
muchacha, y ella le miró a él. Tenía ella el rostro sin expresión, sin indicio
alguno de interés. Intentó adivinar qué estaba pasando tras aquel muro de
apatía. Quizá nada. Tal vez estuviese, como decía ella, cansada nada más...
Dijo con ansia:
¿Está
usted completamente segura de que se mandó a la venta de la Fiesta de la
Cosecha... que no fue a la de Nochebuena?
Completamente
segura.
Fija la mirada, sin parpadear...
Hércules Poirot aguardó. Continuó aguardando...
Por fin dijo:
- No quiero molestarla más, mademoiselle.
Deirdre le acompañó hasta la puerta.
A los pocos instantes bajaba nuevamente la ave
nida.
115
Dos declaraciones divergentes, declaraciones que no
había posibilidad de conciliar.
¿Quién tenía razón? ¿Maureen Summerhayes o Deidre
Henderson?.
Si el cortador de azúcar .había recibido el empleo
que suponía, aquello resultaba vital. El Festival de la Cosecha se había
celebrado a fines de septiembre. Entre dicha fecha y Nochebuena - el 22 de
noviembre, para ser exacto - habían matado a mistress McGinty. ¿De quien había
sido propiedad el cortador por entonces?
Se dirigió a la estafeta. Mistress Sweetiman
siempre estaba dispuesta a ayudar, y hacía cuanto se hallaba a su alcance.
Aseguró haber asistido a las dos ventas. A veces se encontraban en ellas cosas
que valía la pena adquirir. Ayudaba también a montarlo todo. Aunque la mayor
parte de la gente no mandaba de antemano su aportación, sino que se presentaba
personalmente con ella.
¿Un cortador de bronce, parecido a un hacha, con
piedras de colores y un pajarito? No; no recordaba con exactitud.
Había tantas cosas, y tanta confusión, y eran
tantas las piezas que se llevaba la gente en seguida... Pero, sí, creía
recordar algo así... La habían vendido por cinco chelines, junto con una
cafetera de cobre, pero la cafetera tenía un agujero en el fondo y no se podía
emplear más que como adorno. No recordaba, no obstante, cuándo había sido.
Quizá por Nochebuena, posiblemente antes... No se había fijado...
Aceptó el paquete que le entregó Poirot.
¿Certificado? Sí.
Copió las señas y el detective observó un destello
de interés en los perspicaces ojos negros cuando le entregó el recibo.
Hércules Poirot subió lentamente la colina,
pensativo.
De las dos mujeres, era más probable que Maureen
Summerhayes, alocada, alegre, inexacta, fuera la que se equivocase. Para ella
igual daría que fuese el Festival de la Cosecha o el de Noche buena.
Deirdre Henderson, indolente, delicada, tenía que
ser mucho más segura, verosímilmente, en sus identificaciones de tiempos y
fechas.
De todas formas, una cuestión le preocupaba.
¿Por qué, tras sus preguntas, no le habría ella
preguntado a su vez el motivo de que las hiciese? ¿Por qué quería saber todo
eso? Tal pregunta hubiera resultado natural y casi inevitable.
Pero Deirdre Henderson no lo había hecho.
116
15
1
Alguien le
ha llamado por teléfono - anunció Maureen desde la cocina al entrar Poirot.
¿Por
teléfono? ¿Quién?
Estaba ligeramente sorprendido.
No lo sé.
Pero anoté el número en mi libreta de racionamiento.
Gracias,
madame.
Entró en el comedor y se acercó a la mesa de
escritorio. Entre el montón de papeles revueltos encontró la libreta de
racionamiento junto al teléfono y en ella la anotación: Kilchester 350.
Descolgó el auricular y marcó el número.
Una voz femenina dijo inmediatamente:
Breater
& Scuttle. Poirot adivinó entonces.
¿Puedo
hablar con miss Maude Williams?
Transcurrió un intervalo; luego una voz de
contralto anunció: - Miss Williams al aparato...
Habla
Hércules Poirot. Creo que me telefoneó usted.
Sí... sí,
en efecto. Con referencia a la propiedad por la que preguntó usted el otro
día...
¿La
propiedad?
Durante un momento, Poirot se desconcertó.
Luego cayó en la cuenta.
Había moros en la costa. Alguien escuchaba la
conversación. Probablemente le habría telefoneado con anterioridad,
aprovechando un momento en que se hallaba sola en el despacho.
117
Creo que
la comprendo. Se trata del asunto de James Bentley y del asesinato de mistress
McGinty.
Justo.
¿Podemos hacer algo en su obsequio?
Desea
ayudar. ¿No se encuentra sola ahí?
Eso es.
Comprendo.
Escuche atentamente. ¿Desea usted, de verdad, ayudar a James Bentley?
Sí.
¿Estaría
dispuesta a presentar la dimisión de su empleo actual?
No hubo vacilación.
Sí.
¿Estaría
usted dispuesta a aceptar un empleo doméstico... con gente muy poco simpática
quizá?
Sí.
¿Puede
usted abandonar su empleo inmediatamente? Para mañana, por ejemplo.
¡Ah, sí,
monsieur Poirot! Creo que eso podría arreglarse.
¿Comprende
lo que quiero que haga? Sería usted sirviente... obligada a vivir con sus amos.
¿Sabe guisar?
Se notó cierto resabio de humorismo en la voz:
Muy bien.
¡Bon Dieu,
qué rareza! Escuche. Marcho a Kilchester inmediatamente. Me reuniré con usted
en el mismo café en que hablamos anteriormente, a la hora de comer.
Sí, sí.
Claro que sí.
Poirot cortó la comunicación.
“Una joven admirable - se dijo -. Lista, sabe lo
que quiere, y hasta sabe cocinar...”
Desenterró con cierta dificultad el listín de
teléfonos, que estaba debajo de un tratado sobre la cría de cerdos, y buscó el
número de los Wetherby.
La voz que contestó fue la de la señora.
¿Oiga?…
¿Oiga?… Habla Monsieur Poirot… ¿Recordará, madame?
No creo
que...
Monsieur
Hércules Poirot.
¡Ah!,
sí... claro... perdóneme. Hemos tenido un trastorno doméstico bastante grande
hoy...
Precisamente
la he llamado por eso. He quedado desolado al conocer sus dificultades.
Son tan
ingratas estas extranjeras... Después de pagarle el viaje hasta aquí y todo
118
eso... No sabe cuánto detesto la ingratitud.
Sí, sí;
comprendo perfectamente sus sentimientos. Es monstruoso; por eso me apresuro a
decirle que yo he encontrado, quizá, una solución. Por pura casualidad, conozco
a una joven que desea servir. Aunque me temo que no cuenta con entrenamiento
completo.
¡Oh!, en
estos tiempos no existe el entrenamiento. ¿Está dispuesta a guisar? ¡Son tantas
las que no quieren acercarse a la cocina!
Sí, sí...
guisa. ¿Se la envío, pues... aunque sea a prueba? Se llama Maude Williams.
¡Oh!, sí,
por favor, monsieur Poirot. Es usted muy amable. Cualquier cosa sería mejor que
nada. Mi esposo es tan quisquilloso y se enfada de tal manera con mi querida
Deirdre cuando no marcha bien la casa... Una no puede esperar que los hombres
comprendan cuán dificil resulta todo hoy en día... yo...
Hubo una interrupción. Mistress Wetherby habló con
alguien que entraba en el cuarto y, aunque había tapado con la mano la
boquilla, Poirot pudo oír sus palabras, algo amortiguadas:
Es ese
hombrecillo detective... Sabe de alguien que puede venir a ocupar el puesto de
Frieda. No, no es extranjera... inglesa, gracias a Dios. Es muy amable...
parece estar muy preocupado por mí... ¡Oh querida, no pongas peros! ¿Qué
importa? Ya sabes cómo se pone Roger. Bueno, pues yo creo que es una gran
muestra de amabilidad por su parte. Y supongo que no será muy horrible la
joven...
Terminado el inciso, mistress Wetherby habló con
gran amabilidad.
Muchísimas
gracias, monsieur Poirot. No sabe lo agradecidas que le estamos. Poirot colgó
el auricular y consultó el reloj.
Luego fue a la cocina.
Madame, no
vendré a comer. Tengo que marchar a Kilchester.
¡Gracias a
Dios! - exclamó Maureen -. No llegué a tiempo al budín. Se había quedado sin
agua. En realidad, creo que estará bien... un poco chamuscado quizá... Por si
tenía mal gusto, pensé en abrir un tarro de esas frambuesas que puse en
conserva el verano pasado. Parecen tener un poco de moho encima, pero hoy en
día dicen que eso no importa. En realidad es bueno para la salud... penicilina,
como quien dice.
Poirot abandonó la casa, alegrándose de que no le
tocara comer aquel día budín chamuscado y falsa penicilina. Más valía, mucho
más, comer macarrones, natillas y ciruelas en El Gato Azul, que las
improvisaciones de Maureen Summerhayes.
119
2
En Laburnums se había alterado un poco la
tranquilidad.
Por
supuesto, cuando estás trabajando en una obra, no pareces acordarte de nada,
Robin.
Robin se mostró contrito.
Madre, lo
siento una barbaridad. Había olvidado por completo que Janet salía esta noche.
No importa
en absoluto - anunció mistress Upward con frialdad.
Claro que
importa. Telefonearé al teatro, aplazando la visita para mañana.
No harás
tal cosa. Conviniste en ir esta no che, e irás.
Pero, la
verdad...
No hay más
que hablar.
¿Quieres
que le pida a Janet que deje la salida para otro día?
Claro que
no. Le hace muy poca gracia que le trastornen sus planes.
Estoy
seguro de que no le importaría. No si se lo digo yo...
No le
dirás una palabra, Robin. Hazme el favor de no disgustar a Janet. Y deja el
asunto en paz ya. No quiero tener la sensación de que soy una vieja pesada que
agua la fiesta a los demás.
Madre...
dulzura... .
Basta. Id
y divertíos. Ya sé yo a quién le pediré que me haga compañía.
¿A quién?
Eso es un
secreto - respondió mistress Up ward, recobrando el buen humor -. Y ahora deja
de atormentarte.
Telefonearé
a Shelagh Rendell...
Ya me
encargaré yo de telefonear a quien me dé la gana. Repito que no hay más que
hablar. Haz el café antes de marcharte y déjamelo al lado en la cafetera. ¡Ah!,
y procura dejar una taza más... por si tengo visita.
120
16
Mientras comían en El Gato Azul, Poirot acabó de
darle instrucciones a Maude Williams.
Conque ¿ha
comprendido perfectamente lo que tiene que buscar? Maude Williams movió
afirmativamente la cabeza.
¿Ha
arreglado las cosas en el despacho?
La joven rió.
¡Mi tía
está gravemente enferma! Me mandé a mí misma un telegrama.
¡Magnífico!
Tengo una cosa más que decir. Hay un asesino suelto en alguna parte del
pueblo... cosa que supone muy poca seguridad.
¿Es un
aviso?
Sí.
Sé
cuidarme.
Eso -
observó Poirot - pudiera clasificarse bajo el encabezamiento: Famosas Últimas
Palabras.
Rió ella otra vez con franco regocijo. Una o dos
personas de las mesas vecinas volvieron la cabeza para mirarla.
Poirot la estudió. Una joven fuerte, llena de
confianza en sí, rebosante de vitalidad, preparada y ávida de emprender una
tarea peligrosa. ¿Por qué? Pensó otra vez en James Bentley, en su voz dulce y
derrotada, en su apatía... La Naturaleza era, en verdad, curiosa e interesante.
Maude dijo:
Me pide
usted que lo haga, ¿no es eso? ¿A qué intenta de pronto disuadirme?
Porque
cuando uno ofrece una misión, debe explicar con exactitud lo que representa.
No creo
que corra ningún peligro - contestó Maude, convencida.
Ni yo creo
que lo corra... de momento. ¿Es desconocida en Broadhinny?
Maude reflexionó.
Sí... Sí;
yo creo que sí.
¿Ha estado
allí?.
121
Algunas
veces. Para asuntos del despacho, claro... Solo una vez recientemente...
hará cosa de cinco meses.
¿A quién
vio? ¿Adónde fue?
A visitar
a una anciana... mistress Carstairs o Carlisle... No recuerdo con seguridad su
nombre. Iba a comprar una finca pequeña cerca de aquí, y fui a verla con unos
documentos, algunas preguntas y el informe de un agrimensor que para ella
habíamos obtenido. Se alojaba en esa especie de hospedería en que está usted.
¿Long
Meadows?
Justo. Una
casa que parece muy incómoda y que está llena de perros.
Poirot asintió con un gesto.
¿Vio usted
a mistress Summerhayes, o a su marido, el comandante?
Vi a
mistress Summerhayes, o supongo que era ella. Me condujo a un dormitorio. La
anciana estaba en cama.
¿La
recordaría mistress Summerhayes?
No lo
creo. Y, aunque me recordara, no importaría, ¿verdad? Después de todo, la gente
cambia de empleo con frecuencia en estos tiempos. Pero dudo de que me mirase
siquiera. No suelen hacerlo las de su clase.
Había un dejo de amargura en la voz de Maude
Williams. -¿Vio usted a alguna otra persona en Broadhinny? Maude contestó con
cierto embarazo:
Pues... vi
a mister Bentley.
¡Ah!, vio
a mister Bentley. Por casualidad. Maude se movió un poco en su asiento.
No. Si
quiere que le diga la verdad, le había mandado una postal diciéndole que iba a
ir aquel día. Y hasta le pedí que fuese a recibirme. Aunque no había ninguna
parte adonde ir. Está muerto ese pueblo. No hay café, ni cine, ni nada. En
realidad, sólo charlamos en la parada del autobus. Cuando aguardaba para
marcharme otra vez.
¿Eso fue
antes de la muerte de mistress McGinty?
Sí; pero
no mucho antes. Porque recuerdo que se publicó en todos los periódicos pocos
días después.
¿Le habló
Bentley de su patrona?
Creo que
no.
¿Y usted
no habló con nadie más en Broadhinny?
Sólo con
mister Robin Upward. Le he oído hablar por radio. Le vi salir de su casa y le
reconocí por las fotografías que había visto de él. Le pedí su autógrafo.
¿Y se lo
dio?
¡Oh, sí!
Se mostró muy amable. No llevaba mi libro de autógrafos; pero sí una hoja de
papel de escribir, y él sacó la pluma estilográfica y firmó sin vacilar.
122
¿Conoce
usted de vista a alguna otra persona en Broadhinny?
Conozco a
los Carpenter, sí; claro está. Vienen a Kilchester con frecuencia. Tienen un
automóvil magnífico y ella lleva una ropa preciosa. Inauguró un bazar hace cosa
de un mes. Dicen que el marido va a ser nuestro próximo diputado..
Poirot asintió con un gesto. Luego sacó del
bolsillo el sobre que siempre llevaba encima. Extendió las cuatro fotografías
sobre la mesa.
-¿Reconoce alguno de...? ¿Qué pasa?
Mister
Scuttle. Acaba de salir. Dios quiera que no le haya visto conmigo. Pudiera
parecer algo raro. La gente está hablando de usted, ¿sabe? Dicen que le han
mandado de París... de la Sureté, o algún nombre así...
Soy belga,
y no francés; pero no importa.
¿Qué pasa
con estos retratos? - se inclinó sobre ellos, examinándolos con cuidado -. Un
poco anticuados, ¿verdad?
El más
antiguo es de hace treinta años.
Parecen
estúpidos los vestidos de entonces. Y están absurdas con ellos las mujeres.
¿Ha visto
a alguna de ellas antes?
¿Qué
quiere decir? ¿Que si conozco a alguna de las mujeres, o que si he visto antes
los retratos?
Las dos
cosas.
Tengo idea
de que he visto esta - señaló a Janice Courtland, la del sombrero acampanado -.
En algún periódico, pero no recuerdo cuándo. Esa criatura también me parece
conocida. Sin embargo, no me acuerdo en dónde las he visto. Hace algún tiempo
ya.
Todos
estos retratos se publicaron en el Sunday Comet el domingo antes que muriera
mistress McGinty.
Maude le miró vivamente.
¿Y tienen
algo que ver con el asunto? ¿Por eso quiere usted que...? No terminó la frase.
Sí -
contestó Poirot -; por eso.
Sacó otra cosa del bolsillo y se la enseñó. Era el
recorte del Sunday Comet.
- Más vale que lo lea - le dijo.
Lo hizo ella enteramente, inclinada la rubia cabeza
sobre el papel.
Luego alzó la mirada.
¡Conque
son eso! ¿Y el leer esto le ha dado a usted ideas?
No le
sería posible expresarlo con mayor exactitud. ..
No
obstante, no veo...
Guardó silencio un momento, pensando. Poirot no
habló. Por muy satisfecho que
123
estuviese de sus ideas, siempre estaba dispuesto a
escuchar las de los demás también.
¿Cree
usted que alguna de estas mujeres está en Broadhinny?
Pudiera
ser, ¿no cree?
Claro.
Cualquiera puede estar en cualquier parte...
Y agregó, posando el dedo en el rostro de Eva Kane:
Sería
vieja ahora... aproximadamente de la misma edad que mistress Upward.
Sí, algo
así.
Lo que yo
estaba pensando es que... siendo la clase de mujer que era... debe haber más de
una persona que le guarde rencor, que se las tenga juradas, si usted me
entiende.
Es un
punto de vista - dijo Poirot, muy despacio -. Sí; es un punto de vista - y
agregó -: ¿Recuerda el caso Creig?
¿Quién no
lo recuerda? - exclamó Maude Williams -. ¡Si hasta han puesto su efigie en la
Cámara de Horrores de todos los museos de figuras de cera! Yo era una criatura
entonces; pero los periódicos no hacen más que sacarlo a relucir para comparar
su caso con otros. ¡Seguramente no se olvidará jamás!
Poirot alzó vivamente la cabeza.
Se preguntó por qué habría aparecido de pronto
aquel dejo de amargura en la voz de la muchacha.
124
17
Mistress Oliver, completamente aturdida, intentaba
acurrucarse en el rincón de un minúsculo camarín. Como no tenía la figura más
apropiada para acurrucarse, lo único que lograba era sobresalir más. Jóvenes
animados, que se quitaban el maquillaje con toallas, la rodeaban y, a
intervalos, le ofrecían cerve za caliente.
Mistress Upward, que había recobrado por completo
el buen humor, los despidió con sus mejores deseos. Antes de marchar, Robin
cuidó de hacer todos los preparativos necesarios para que la anciana quedara
cómodamente instalada, Y, después de haber subido al coche, aún regresó un par
de veces para asegurarse de que no había olvidado detalle.
La segunda vez volvió riendo al automóvil.
Madre
estaba colgando el teléfono cuando entré. Y la muy tunante sigue sin quererme
decir a quién ha llamado. Pero apuesto a que lo sé.
Y yo
también - aseguró mistress Oliver.
¿A quién
cree?
A Hércules
Poirot.
Sí; eso
mismo creo yo. Piensa sonsacarle. A madre le gusta tener sus secretitos. Ahora,
querida, hablemos de la obra. Es muy importante que me diga con toda franqueza
qué opina de Cecil... y si es él la idea que usted se forma de Eric...
Ni que decir tiene que Cecil Leech distó mucho de
corresponder al concepto que mistress Oliver tenía formado de Eric. Nadie, en
verdad, hubiera podido parecérsele menos. La función la vio con agrado. Pero la
visita a los actores fue para ella un tormento.
Robin, claro, se hallaba en su elemento. Tenía a
Cecil (o por lo menos mistress Oliver supuso que de Cecil se trataba)
acorralado en un rincón, donde le estaba hablando a cincuenta por hora, sin
dejarle meter una palabra ni de canto. A mistress Oliver, Cecil la había
aterrado. Prefería, con mucho, a un tal Michael, que hablaba con ella en
aquellos instantes y que sabía hacerlo con tono bondadoso y amable. Michael,
por lo menos, no esperaba que le correspondiese. Es más, parecía preferir el
monólogo. Alguien llamado Peter intervenía de cuando en cuando en la
conversación; pero, en conjunto, parecía reducirse ésta a un chorro de malicia
levemente humorística por parte de Michael.
... es una
verdadera amabilidad por parte de Robin - estaba diciendo -. Le hemos estado
instando a que viniese a ver la función. Pero, claro, se encuentra
completamente dominado por esa terrible mujer, ¿verdad? Sirviéndola en todo
125
instante. Y la verdad es que Robin es una
inteligencia, ¿no le parece? Un verdadero talento. No debiera sacrificarse en
un altar matriarcal. Son terribles a veces las mujeres. ¿Sabe lo que le hizo al
pobre Alex Roscoff? No le dejó a sol ni a sombra durante cerca de un año. Luego
descubrió que no era un emigrado ruso, como había supuesto. Claro que le había
estado contando cosas bastante fantásticas, pero muy divertidas... Y todos
sabíamos que no eran verdad; pero, después de todo, ¿qué importaba eso? Y luego,
cuando se enteró que no era más que el hijo de un sastrecito de los barrios
bajos, le soltó como si fuera una brasa. Quiero decir que no hay cosa que más
me reviente que una snob, ¿no le ocurre a usted lo propio? La verdad es que
Alex se alegró de podérsela quitar de encima. Dijo que a veces era un verdadero
energúmeno... estaba un poco mal de la cabeza, en su opinión... ¡Sus furias!
Robin, querido: estamos hablando de tu maravillosa madre. ¡Qué lástima que no
pudiera venir esta noche! Pero es magnífico que haya venido mistress Oliver.
Todos esos asesinatos tan deliciosos...
Un hombre de cierta edad, con profunda voz de bajo,
asió a la escritora de la mano con la suya cálida y pegajosa.
¡Ah!,
¿cómo podré agradecérselo jamás? - dijo con tono de profunda melancolía -. Me
ha salvado la vida... me ha salvado la vida más de una vez...
Luego salieron todos al aire fresco de la noche y
cruzaron la Cabeza del Potro, donde volvieron a beber y se habló nuevamente de
la escena.
Cuando la escritora y Robin emprendieron el camino
de regreso a casa, mistress Oliver se sentía completamente agotada. Se recostó
en el asiento y entornó los párpados. Robin, por su parte, habló sin parar.
... y sí
que cree que eso pudiera ser una buena idea, ¿verdad? - acabó diciendo por
fin.
¿Cuál?
Mistress Oliver abrió bruscamente los ojos. Había
estado absorta en un sueño nostálgico de su propio hogar. Paredes cubiertas de
pájaros exóticos y follaje. Una mesa de pino, su máquina de escribir, café
negro, manzanas por todas partes... ¡Qué felicidad! ¡Qué gloriosa y solitaria
felicidad! ¡Qué equivocación que una autora saliese de su ciudadela secreta!
Los escritores eran seres tími dos, pero gregarios, que compensaban su falta de
aptitudes sociales creando sus propios compañe ros y sus propias conversaciones.
Me temo
que esté usted cansada - dijo Robin.
En
realidad, no. Lo que ocurre es que no sé alternar con la gente.
Yo adoro a
la gente - anunció Robin -. ¿Usted no?
No -
respondió la otra con firmeza.
Es
preciso. Fíjese en toda la gente que mete en sus libros.
Eso es
distinto. A mí me parecen los árboles mucho más agradables que las personas...
más reposadas y apacibles.
Yo
necesito a la gente - anunció Robin, afirmando innecesariamente lo que a la
vista estaba -. Me estimula.
126
Detuvo el coche ante la verja de Laburnums.
- Entre usted - le dijo -. Yo voy a guardar el
coche.
Mistress Oliver se apeó con la dificultad de
costumbre y echó a andar por el sendero.
- La puerta no está cerrada con llave - le gritó
Robin.
No lo estaba. La empujó y entró. No había luces
encendidas, cosa que se le antojó una falta de cortesía por parte de la dueña
de la casa. ¿O es que trataría de economizar? La gente rica era económica con
tanta frecuencia... Había olor a perfume en el vestíbulo, un perfume exótico y
caro. Durante un instante se preguntó si no se habría equivocado de casa. Luego
encontró el interruptor y lo oprimió.
Se iluminó el vestíbulo cuadrado, de techo bajo y
vigas de roble. La puerta de la sala estaba entornada, y vio por la rendija un
pie y una pierna. Mistress Upward no se había ido a la cama, después de todo.
Debía de haberse quedado dormida en el sillón y, puesto que no había ninguna
luz encendida, debía llevar durmiendo mucho rato. Mistress Oliver se acercó a
la puerta y encendió las luces de la sala.
Estamos de
vuelta... - empezó. Y se interrumpió bruscamente.
Se llevó la mano a la garganta. Sintió como si se
le hubiera hecho un nudo allí, un deseo de chillar que no podía satisfacer.
Le salió la voz en un susurro:
- Robin... Robin...
Transcurrió un rato antes que le oyera subir el
camino, silbando, y entonces dio media vuelta y le salió, corriendo, al
encuentro.
No entre
ahí dentro... no entre. Su madre... está... está muerta... Yo creo que... que
la han matado...
127
18
1
- Una faenita muy bien hecha - dijo el
superintendente Spence.
El coloreado rostro de provinciano reflejaba una
ira intensa. Miró hacia donde Hércules Poirot le escuchaba sentado..
Muy bien
hecha y muy fea - dijo.
La
estrangularon - prosiguió - con un pañuelo de seda, con uno de sus propios
pañuelos de seda... el que había llevado al cuello aquel día. Agarraron las
puntas, las cruzaron y tiraron de ellas. Limpio, rápido y eficiente. Así lo
hacían los estranguladores en la India. La víctima no forcejea ni grita...
presión sobre la arteria carótida.
¿Requiere
conocimientos especiales?
Quizá;
aunque no son indispensables. Si tuviera usted la intención de hacerlo, podría
documentarse. No existe dificultad práctica. Sobre todo no sospechando nada la
víctima... y ella no sospechaba.
Poirot asintió con un movimiento de cabeza.
Una
persona a quien conocía.
Sí. Habían
tomado café juntas... una taza delante de ella y otra delante de la...
invitada. Limpiaron cuidadosamente toda huella
dactilar de la taza de la visita; pero el carmín es más difícil de quitar...
aún quedaban indicios.
¿Una mujer
entonces?
Usted
esperaba que fuera una mujer, ¿verdad?
¡Ah, sí!
Parecía lo indicado.
Spence prosiguió:
Mistress
Upward reconoció una de esas fotografías... La de Lily Gamboll. Por tanto, este
crimen está relacionado con el asesinato de mistress McGinty.
Sí -
asintió Poirot -; está relacionado con el asesinato de mistress McGinty.
Recordó la expresión levemente humorística de mistress Upward al decir:
128
“Mistress McGinty ha muerto. ¿Cómo murió?
Arriesgando el cuello, como yo.”
Spence seguía hablando:
Aprovechó
una oportunidad que a ella le pareció buena. Su hijo y mistress Oliver se iban
al teatro. Telefoneó a la persona interesada y le pidió que fuera a verla. ¿Es
así cómo lo ve usted? Estaba jugando a detective.
Algo así.
Curiosidad. Se guardó para sí lo que sabía; pero deseaba descubrir más. No se
dio cuenta de que lo que estaba haciendo pudiera resultar peligroso - Poirot
exhaló un suspiro -. ¡Hay tanta gente que piensa en el asesinato como si fuera
un juego! No es un juego. Se lo dije. Pero no quiso escucharme.
No. Eso ya
lo sabemos. Bueno, eso parece encajar bastante bien. Cuando Robin salió con
mistress Oliver y regresó un momento a la casa, su madre acababa de telefonear
a alguien. No quiso decir a quién. Se hizo la misteriosa. Robin y mistress
Oliver creyeron que habría sido a usted.
Ojalá
hubiera sido,. ¿No tiene sospecha de a quién fue?
Ni la
menor idea. Todos los teléfonos son automáticos por aquí.
¿La
doncella no pudo ayudarle en nada?
No.
Regresó a eso de las diez y media. Tiene llave de la puerta de atrás. Se fue
derecha a su cuarto, que da a la cocina, y se metió en la cama. La casa estaba
a oscuras y supuso que mistress Upward se habría acostado y que los otros aún
no estarían de vuelta.
Y agregó:
Es sorda y
bastante rara. Se fija muy poco en lo que pasa a su alrededor. Y me imagino que
hace la menor cantidad de trabajo posible y gruñe todo lo que puede.
¿No es una
verdadera servidora fiel que ha envejecido en la familia?
¡Quiá!
Solo lleva con los Upward un par de años.
Un policía asomó a la puerta.
Una joven
desea verle, señor superintendente – dijo -. Dice que hay algo que quizá
debiera usted saber. De anoche.
¿De
anoche? ¡Que pase!
Entró Deirdre Henderson. Estaba pálida y demacrada
y, como de costumbre, daba muestras de inquietud.
Pensé que
quizá fuera mejor que viniese - anunció -. Si es que no le interrumpo o algo -
agregó en son de excusa.
De ninguna
manera, miss Henderson.
Spence se puso en pie y acercó una silla. Se sentó
la joven en ella con el garbo de una colegiala.
¿Algo
acerca de lo ocurrido anoche? - le animó Spence-. ¿Acerca de mistress Upward
quiere decir? Ande, explíquenos todo cuanto sepa usted.
129
Sí. Es
cierto que la asesinaron, ¿verdad? Quiero decir... el cartero lo dijo. Y el
panadero también. Mamá dijo que, claro, no podía ser verdad...
Se interrumpió.
Me temo
que su madre no está del todo acertada. Es verdad que la asesinaron. y ahora,
¿quería usted hacer una decla... quería usted decirnos algo?
Deirdre movió afirmativamente la cabeza.
- Sí - respondió -. Es que, ¿sabe?, yo estuve allí.
Un leve cambio se introdujo en la actitud de
Spence. Sería esta aún más dulce quizá; pero se observaba, en el fondo, cierta
dureza oficial.
Estuvo
usted allí - dijo -. En Laburnums. ¿A qué hora?
No lo sé
con exactitud. Entre ocho y media y nueve, supongo. Probablemente cerca de las
nueve. Después de la cena, desde luego. Me telefoneó ella, ¿comprende?
¿Mistress
Upward le telefoneó a usted?
Sí. Dijo
que Robin y mistress Oliver se iban al teatro, a Cullenquay, y que estaría
sola, y que si querría acercarme a tomar una taza de café con ella.
¿Fue
usted?
Sí.
¿Tomó café
con ella?
Deirdre negó con la cabeza.
No. Llegué
allí... y llamé. Pero no me contestaron. Conque abrí la puerta y entré en el
vestíbulo. Estaba a oscuras, y había visto ya desde fuera que no había luz en
la sala. Quedé un poco desconcertada. Llamé “¡mistress Upward!” una o dos
veces; pero no obtuve respuesta. Por tanto, creí que debía haber un error.
¿Qué error
creyó usted que podía haber habido?
Creí que a
lo mejor se habría marchado con ellos al teatro, después de todo.
¿Sin
avisarla a usted?
Eso me
pareció raro.
¿No se le
ocurrió ninguna otra explicación?
Bueno,
creí que, a lo mejor, Frieda no habría entendido bien el mensaje. Los toma mal
a veces. Es extranjera. Estaba excitada anoche, además, porque se marchaba.
¿Qué hizo
usted, miss Henderson?
Me limité
a marchanne.
¿A su casa
otra vez?
Sí... es
decir, primero fui a pasear un poco. Hacía muy buena noche.
Spence guardó silencio unos segundos, mirándola. Le
estaba contemplando, observó Poirot, la boca.
Por fin dijo animadamente:
130
Bueno,
pues muchas gracias, miss Henderson. Hizo usted muy bien en venir a decirnos
eso. Le estamos muy agradecidos.
Se puso en pie y le estrechó la mano.
Me pareció
que debía - dijo Deirdre -. Mamá no quería que lo hiciese.
¿De veras?
Pero yo
opiné que era mi deber.
Y así es.
La condujo hasta la puerta y regresó.
Tomó asiento, tableteó sobre la mesa con los dedos
y miró a Poirot.
Nada de
carmín – dijo -, ¿o es sólo esta mañana?
No; no es
sólo esta mañana. No lo usa nunca.
Resulta
extraño hoy en día, ¿verdad?
Es una
muchacha extraña... sin desarrollar.
Y nada de
perfume tampoco... que yo oliese. Esa mistress Oliver dice que anoche había un
penetrante olor a perfume, perfume caro, en la casa. Robin Upward lo confirma.
No era perfume del que usara su madre.
No creo
que esta muchacha use perfume alguno.
Tampoco lo
creo yo. Se parece al capitán del equipo de hockey de un colegio de señoritas
de antaño... pero debe de tener bien cumplidos los treinta.
En efecto.
¿Retraso
mental, cree usted?
Poirot estudió la pregunta. Luego dijo que no era
la cosa tan sencilla como todo eso.
No encaja
- dijo Spence, frunciendo el entrecejo -. Nada de carmín, nada de perfume. Y,
puesto que tiene una madre en perfecto estado, y la de Lily Gamboll murió en
una riña de borrachos en Cardiff cuando Lily contaba nueve años, no veo cómo
puede ser ella Lily Gamboll. Pero... mistress Upward le telefoneó para que
fuese a verla anoche: eso no puede negarse - se frotó la nariz -. No es llano
el camino,
¿Y la
evidencia médica?
No hay
gran ayuda por ese lado. Lo único que el forense afirma es que probablemente
estaba muerta ya a las nueve y media.
Según eso,
¿podía estar muerta cuando Deirdre Henderson llegó a Laburnums?
Lo
estaría, probablemente, si la muchacha dice la verdad. Y o dice la verdad, o es
más lista de lo que parece. La madre no quería que viniese a nosotros, dice.
¿Ve algo en eso?
Poirot reflexionó.
No en
particular. Es lo que diría la madre. Es de esa clase de mujeres, ¿comprende?,
que huye de todo lo que pueda resultar molesto.
131
Spence exhaló un suspiro.
Ya tenemos
situada a Deirdre Henderson... en la escena. O, si no, a otra persona que
llegara antes que Deirdre. Una mujer. Una mujer que usa carmín y un perfume
caro.
Murmuró Poirot:
Usted
investigará...
Spence le interrumpió:
¡Lo estoy
haciendo! Con diplomacia por el momento. No nos interesa alarmar a nadie. ¿Qué
estuvo haciendo Eve Carpenter anoche? ¿Qué estuvo haciendo Shelagh Rendell
anoche? Lo más probable es que estuvieran sentadas tranquilamente en su casa.
Sé que Carpenter dio ayer un mitín.
Eve - dijo
Poirot, pensativo. En cuestión de nombres, las modas cambian, ¿verdad? Rara vez
se oye hoy en día el de Eva. Ha pasado de moda. Pero Eve es popular.
Esa puede
permitirse el lujo de usar perfume caro - dijo Spence, siguiendo el hilo de sus
propios pensamientos.
Volvió a suspirar.
Tenemos
que descubrir algo más de su vida. ¡Es tan conveniente ser viuda de guerra!
Puede una aparecer en cualquier parte, con cara de lástima, llorando a un joven
y valeroso aviador. A nadie le gusta hacer preguntas.
Cambió de tema.
Con el
cortador de azúcar o lo que sea que nos envió... creo que ha dado usted en el
clavo. Es el arma que se empleó en el asesinato de McGinty. El doctor está de
acuerdo en que se presta para dar la clase de golpe que se dio. Y ha tenido
manchas de sangre. Se lavó, claro está. Pero no se dan cuenta de que hoy en día
una cantidad microscópica de sangre revela su presencia, gracias a los potentes
reactivos de que se dispone. Sí; se trata de sangre humana. Y eso vuelve a
relacionar el asunto con los Wetherby y con la chica Henderson. ¿O acaso me
equivoco?
Deirdre
Henderson estaba segura de que el cortador de azúcar se había mandado al Traiga
y Compre, del Festival de la Cosecha.
¿Y
mistress Summerhayes estaba igualmente segura de que lo había adquirido en el
de Noche buena?
Mistress
Summerhayes nunca está segura de nada - contestó Poirot con melancolía -. Es
una mujer encantadora, pero no entran en su composición ni el orden ni el
método. Pero una cosa le diré yo, que he vivido en Long Meadows... Allí están
siempre abiertas puertas y ventanas. Cualquier persona... cualquiera sin
excepción...
podría entrar, llevarse algo y devolverlo más tarde
sin que los Summerhayes se dieran cuenta de nada. Si un día falta de su sitio,
ella cree que se lo ha llevado su marido para descuartizar un conejo o partir
leña... y él... él creería que se lo había llevado su mujer para picar la carne
que comen los perros. En esa casa, nadie usa la herramienta que corresponde:
cogen lo primero que pillan a mano, y lo dejan luego en cualquier sitio menos
en el suyo; y nadie se acuerda de nada. De tener que vivir yo así, me hallaría
en estado de perpetua ansiedad... A ellos no parece importarles.
132
Nuevo suspiro de Spence.
Bien; pues
algo de bueno hay en esto, por lo menos: no ejecutarán a James Bentley mientras
no se aclare este asunto. Hemos mandado una carta al Ministerio. Nos
proporciona lo que andábamos necesitando: tiempo.
Creo -
atajó Poirot - que me gustaría ver a Bentley otra vez... ahora que sabemos un
poco más.
133
2
Poco cambio se había operado en James Bentley.
Estaba, quizá, un poco más delgado y tenía más inquietas las manos. Fuera de
esto, seguía siendo la misma criatura silenciosa y sin esperanza.
Hércules Poirot habló con cuidado. Había nue vos
indicios. Se estaba procediendo a una revisión del asunto. Existía, por
consiguiente, esperanza... Pero a James Bentley no le atraía la esperanza.
De nada
servirá - dijo -. ¿Qué más pueden descubrir?
Los amigos
de usted - aseguró Poirot - están trabajando mucho.
¿Mis
amigos? - se encogió de hombros -. No tengo amigos.
No debe
decir eso. Tiene, por lo menos, dos.
¿Dos
amigos? Me gustaría saber quiénes son.
El tono no expresaba, en realidad, deseo alguno de
que se lo comunicaran, sino simplemente hastío e incredulidad.
En primer
lugar, el superintendente Spence...
¿Spence?
¿Spence? ¿El superintendente policíaco que preparó la acusación contra mí? Eso
resulta cómico.
No es
cómico. Es afortunado. Spence es un hombre muy perspicaz y muy concienzudo.
Quiere estar completamente seguro de que no ha cometido ningún error.
Bien
seguro se siente de eso ya.
Por
extraño que parezca, anda muy lejos de tener esa seguridad. Por eso, como he
dicho, es su amigo.
¡Esa clase
de amigo!
Hércules Poirot aguardó. Hasta el propio James
Bentley, pensó, debía de tener algún atributo humano. Ni el propio James
Bentley podía carecer por completo de algo de la curiosidad que caracteriza a
la mayoría de los hombres.
Y en efecto, Bentley, al cabo de unos instantes,
preguntó:
¿Quién es
el otro?
Maude
Williams.
Bentley no pareció reaccionar.
- ¿Maude Williams? ¿Quién es?
134
Trabajaba
en las oficinas de Breather & Scuttle.
¡Ah, esa
miss Williams!
Précisément,
esa miss Williams.
Pero ¿qué
tiene que ver con ella?
Había momentos en que Hércules Poirot hallaba la
personalidad de James Bentley tan irritante, que sentía de todo corazón no
poderle creer culpable del asesinato de mistress McGinty. Por desgracia, cuanto
más le irritaba Bentley, más se inclinaba a compartir las creencias de Spence.
Cada vez le costaba más trabajo imaginarse a Bentley matando a alguien. Poirot
estaba seguro de que la actitud de James Bentley ante el asesinato hubiera sido
que, después de todo, nada valía la pena. Si las ínfulas, la “chulería”, la
presunción, eran características de los asesinos, como decía Spence, Bentley
nada tenía de asesino.
Poirot dijo, conteniéndose:
Miss
Williams se interesa por este asunto. Está convencida de que es usted inocente.
No veo qué
puede saber ella del caso.
Le conoce
a usted.
Bentley parpadeó. De mala gana dijo:
Supongo
que sí, hasta cierto punto, aunque no muy bien.
Trabajaron
juntos en el despacho, ¿verdad? ¿Comieron a veces juntos?
Pues...
sí... una o dos veces. El Café del Gato Azul está muy a mano... al otro lado de
la calle.
¿No salió
nunca de paseo con ella?
Si quiere
que le diga le verdad, sí que salimos una vez. Dimos un paseo por las lomas.
Hércules Poirot dio un bufido.
Ma foi,
¿acaso intento arrancarle la confesión de un crimen? ¿No es natural que salga
en compañía de una muchacha bien parecida? ¿No es agradable? ¿No le produce
satisfacción alguna?
No veo por
qué.
A la edad
de usted, es natural y justo que disfrute de la compañía de muchachas.
No conozco
a muchas chicas.
¡Ça se
voit! Pero de eso no debiera presumir, sino avergonzarse. Usted conocía a miss
Williams; trabajó con ella y habló con ella, y a veces comió con ella, y una
vez salió de paseo con ella. Y cuando la menciono, ¡ni siquiera recuerda usted
su nombre!
James Bentley se puso colorado.
Es que...
¿sabe?... nunca he tenido gran cosa que ver con muchachas. y ella no es
precisamente lo que uno llamaría una señorita, ¿no le parece? ¡Oh, muy
agradable y todo eso!... Pero no puedo menos de pensar que mi madre la hubiese
encontrado
135
vulgar... ordinaria...
- Lo que importa es lo que usted piense.
James Bentley volvió a sonrojarse.
Su cabello
- dijo - y la clase de ropa que lleva... Mamá, claro está, era un poco
anticuada...
Se interrumpió.
Pero
¿halló usted a miss Williams, cómo diré yo... simpática?
Siempre
fue muy bondadosa - dijo James Bentley despacio -. Pero no... no comprendía en
realidad. Se le murió la madre cuando no era más que una niña, ¿sabe?
Y luego
perdió usted la colocación - dijo Poirot -. No pudo encontrar otra. Miss
Williams se vio con usted en Broadhinny, según tengo entendido.
James Bentley dio muestras de embarazo.
Sí... sí.
Iba a ir allá por cuestión de negocios y me mandó una postal. Me pidió que me
viera con ella. No comprendo por qué. No es como si la hubiera conocido bien de
verdad.
Pero ¿se
vio con ella?
Sí; no
quise ser grosero.
¿Y la
llevó al cine o la invitó a comer?
James Bentley pareció escandalizarse.
¡Oh, no!
Nada de eso. Nos... nos limitamos a hablar mientras aguardaba ella el autobús.
¡Ah! ¡Cuán
divertido debe de haberle resultado eso a la pobre chica!
James Bentley dijo vivamente:
Yo no
tenía dinero. No debe olvidar eso. No tenía ni un penique.
Claro. Fue
unos cuantos días antes que mataran a mistress McGinty, ¿no es cierto?
James Bentley movió afirmativamente la cabeza. Dijo
de pronto:
Sí, fue el
lunes. La mataron el miércoles.
Le voy a
preguntar otra cosa, mister Bentley. ¿Mistress McGinty compraba el Sunday
Comet?
Sí.
¿Leyó
alguna vez ese periódico?
Solía
ofrecérmelo a veces; pero no se lo aceptaba casi nunca. A mi madre no le
gustaba esa clase de periódico.
Por
consiguiente, ¿no vio el Sunday Comet de aquella semana?
No.
136
¿Y
mistress McGinty no habló de él, ni de nada de su contenido?
¡Ya lo
creo que sí! - contestó inesperadamente Bentley -. ¡No habló de otra cosa!
¡Ah, la
la! Conque no habló de otra cosa. ¿Y qué fue lo que dijo? Tenga cuidado. Esto
es muy importante.
No lo
recuerdo muy bien ahora. Fue algo relacionado con un asesinato antiguo. El caso
Craig creo que era... no; quizá no fuese Craig. Sea como fuere, dijo que
alguien relacionado con el caso vivía en Broadhinny ahora. No habló de otra
cosa. No pude comprender por qué había de importarle eso.
¿Dijo qué
persona de Broadhinny era?
Creo que
esa mujer cuyo hijo escribe obras de teatro.
¿La
mencionó por el nombre?
No...
yo... la verdad, hace tanto tiempo...
Se lo
suplico, intente pensar. Desea usted verse en libertad de nuevo, ¿verdad?
¿En
libertad?
La pregunta parecía sorprenderle.
Sí; en
libertad.
Yo...
sí... supongo que sí...
Entonces
¡piense! ¿Qué fue lo que dijo mistress McGinty?"
Pues...
algo así como: “Tan satisfecha de sí misma como está y tan orgullosa. No
tendría tanto de qué enorgullecerse si todo se supiera.” Y añadió: “Nadie diría
que se trataba de la misma mujer viendo el retrato.” Pero, claro, se había
tomado años antes.
¿Por qué
estaba usted seguro que era de mistress Upward de quien hablaba?
La verdad
es que no lo sé... Me dio esa impresión simplemente. Había estado hablando de
mistress Upward... y luego perdí yo todo interés y no escuché... y después...
Bueno, ahora que lo pienso, no sé en realidad de quién estaba hablando. Hablaba
mucho, ¿sabe?
Poirot suspiró. Dijo:
Yo,
personalmente, no creo que fuera de mistress Upward de quien hablara. Yo creo
que sería de otra. Es fantástico pensar que, si llegan a ahorcarle a usted,
será porque no presta suficiente atención a la gente con quien conversa. ¿Le
hablaba mucho mistress McGinty de las casas en que trabajaba, o de las señoras
de dichas casas?
Sí, hasta
cierto punto... pero es inútil preguntármelo. No parece usted darse cuenta,
monsieur Poirot, que tenía mi propia vida en que pensar entonces. Me hallaba
consumido por la ansiedad... me encontraba en una situación desesperada...
¡No tanto
como la situación en que se encuentra ahora! ¿Habló mistress McGinty de
mistress Carpenter... o Selkirk, c omo se llamaba entonces... o de mistress
Rendell?
Carpenter
tiene esa casa nueva en la cima de la colina y un automóvil grande, ¿verdad?
Era el prometido de mistress Selkirk. Mistress McGinty siempre le tuvo ojeriza
a mistress Selkirk. No sé por qué. “La del salto”, eso es lo que solía
llamarla.
137
No sé lo que quería decir con ello..
¿Y los
Rendell?
El médico,
¿verdad? No recuerdo que dijera nada en particular de ellos.
¿Y los
Wetherby?
Recuerdo
lo que de ellos dijo - anunció Bentley con gesto de satisfacción -. “No tengo
paciencia con sus remilgos ni sus caprichos”, eso es lo que dijo de ella. Y de
él: “No suelta ni una palabra, buena ni mala.”
Hizo una pausa.
- Dijo que en aquella casa no había felicidad -
agregó.
Poirot alzó la mirada. Durante un segundo, la voz
de James Bentley había tenido un dejo del que careciera hasta entonces. No
estaba repitiendo obedientemente lo que recordaba. Había salido fugazmente de
su apatía. James Bentley estaba pensando en Hunter’s Close, en la vida que allí
se llevaba, en si era o no una casa desgraciada. Pensaba objetivamente.
Poirot preguntó con dulzura:
¿Los
conocía usted? ¿A la madre? ¿Al padre? ¿A la hija?
En
realidad, no. Fue el perro. Un Sealyham. Cayó en una trampa. Ella no podía
sacarle. La ayudé yo.
Se notaba otra vez algo nuevo en la voz. “La ayudé
yo”, había dicho, vibrando levemente en las palabras un eco de desmedido
orgullo.
Poirot recordó lo que le había dicho mistress
Oliver de su conversación con Deirdre.
Preguntó:
¿Hablaron
ustedes?
Sí.
Ella... su madre sufría mucho, me dijo. Quería mucho a su madre.
¿Y usted
le habló de la suya?
Sí -
respondió simplemente el otro.
Poirot nada dijo. Aguardó.
La vida es
muy cruel - dijo James Bentley -. Muy injusta. Hay gente que nunca parece
conseguir la menor felicidad.
Es posible
- dijo Hércules Poirot.
No creo
que hubiera conocido mucha miss Wetherby.
Henderson.
¡Ah, sí!
Me dijo que tenía padrastro.
Deirdre
Henderson - dijo Poirot -; Deirdre de los Dolores. Lindo nombre; pero no linda
muchacha, según tengo entendido.
James Bentley se ruborizó.
- A mí - aseguró - se me antojó bastante bien
parecida...
138
19
- Tú escúchame a mí - dijo mistress Sweetiman.
Edna, acatarrada, sorbió ruidosamente. Llevaba
escuchando a mistress Sweetiman un buen rato. Como conversación, no podía
resultar más exasperante, puesto que se había discutido en círculo cerrado.
Mistress Sweetiman había dicho las mismas cosas varias veces, variando la
fraseología un poco, pero no gran cosa. Edna había dado sorbetones, lloriqueado
de cuando en cuando y repetido sus únicas dos contribuciones a la discusión.
Primera: “¡Ay, no puedo!” Segunda: “Papá me despellejará viva, ya verá si no.”
Aunque te
desuelle - repuso mistress Sweetiman -. Un asesinato es un asesinato, y lo que
viste, lo viste, y eso no tiene vuelta de hoja.
Edna dio un sorbetón.
- Y lo que debieras hacer...
Se interrumpió la mujer para servir a mistress
Wetherby, que deseaba comprar agujas de hacer punto y otra onza de lana.
No la he
visto por aquí desde hace algún tiempo, señora - dijo con animación la
encargada de la estafeta.
No; ando
muy lejos de encontrarme bien últimamente - asintió mistress Wetherby -; del
corazón, ¿sabe? - exhaló un suspiro -. Tengo que pasar mucho rato echada.
He oído
decir que tiene usted sirvienta por fin. Querrá agujas oscuras para esta lana
tan clara.
Sí. Tiene
aptitudes, no puede negarse. Y no guisa del todo mal. Pero... ¡qué modales!,
¡qué aspecto! Cabello teñido ¡y unos jerseys más ajustados!
¡Ah! -
dijo mistress Sweetiman -. Hoy en día no se prepara a las muchachas como es
debido para servir. Mi madre empezó a los trece años, y se levantaba todas las
mañanas a las cinco menos cuarto. Acabó siendo doncella principal, con tres
chicas a sus órdenes, y las enseñó como era debido. Pero hoy en día no hay nada
de eso... a las chicas no se las enseña ahora. No hacen más que educarlas, como
a Edna.
Las dos mujeres miraron a Edna, que, apoyada contra
el mostrador de la estafeta, daba sorbetones, chupaba un caramelo de menta y
tenía la expresión más vacua que darse puede. Como ejemplo de cultura, no le
hacía mucho honor al sistema de enseñanza.
Ha sido
terrible lo de mistress Upward, ¿verdad? - dijo mistress Sweetiman, por hacer
conversación mientras mistress Wetherby examinaba varias agujas de color.
139
¡Horrible!
Apenas se atrevían a decírmelo. Y cuando lo hicieron, me entraron unas
palpitaciones aterradoras. ¡Tengo una sensibilidad tan grande!
Fue un
golpe muy rudo para todos. En cuanto a mister Upward... ¡cómo se puso! ¡Menudo
trabajo le dio a esa señora que escribe hasta que llegó el médico y le dio un
sedante o algo! Se ha ido a Long Meadows ahora de pensión. No se encontraba con
ánimos para quedarse en la casa... y no me extraña, por cierto. Janet Groom se
marchó a casa de su sobrina y la policía tiene la llave .. La señora que
escribe las novelas policíacas se ha vuelto a Londres, pero vendrá otra vez
para asistir a la vista de la causa.
Mistress Sweetiman comunicó todos estos detalles
con fruición. Se jactaba de estar bien informada. Mistress Wetherby, cuyo deseo
de comprar agujas de hacer punto obedeciera posiblemente al afán de estar al
tanto de lo que estaba sucediendo, pagó sus compras.
Es
turbador en grado sumo - dijo -. El pueblo entero resulta tan peligroso... Debe
haber un loco suelto por ahí. Cuando pienso que mi propia hija salió anoche,
que hubieran podido atacarla, quitarle la vida quizá...
Mistress Wetherby cerró los ojos y se tambaleó.
Mistress Sweetiman la contempló con interés, pero sin alarma. Mistress Wetherby
volvió a descorrer los párpados y dijo con dignidad:
Debieran
establecerse patrullas de vigilancia en en este pueblo. No debiera salir la
gente joven después de oscurecer. y debieran cerrarse todas las puertas con
llave y cerrojo. ¿Sabe que en Long Meadows mistress Summerhayes nunca cierra
con llave ninguna de las puertas? Ni siquiera de noche. Deja la puerta de atrás
y la ventana de la sala abiertas para que puedan entrar y salir los perros y
los gatos. Yo, personalmente, considero que eso es una grandísima locura. Pero
ella dice que siempre lo han hecho y que si los ladrones quieren entrar siempre
pueden hacerlo.
No creo
que encontrara un ladrón mucho que llevarse en Long Meadows.
Mistress Wetherby sacudió tristemente la cabeza y
se fue.
Mistress Sweetiman y Edna reanudaron su discusión.
Es inútil
que quieras dártelas de saber más que nadie - dijo la encargada de la estafeta
-. Lo que está bien, está bien, y un asesinato es un asesinato. Di la verdad y
avergüenza al demonio. Eso es lo que yo digo.
Papá me
despellejaría viva, vaya que sí - anunció Edna.
Ya le
hablaré yo a tu padre.
¡Ay, yo no
podría hacer eso!
Mistress
Upward ha muerto. Y tú viste algo de lo que no está enterada la Policía. Estás
empleada en la estafeta, ¿verdad? Eres funcionaria del Gobierno. Tienes que
cumplir con tu deber. Tienes que ir a Bert Hayling.
Edna estalló de nuevo en sollozos.
No; a
Bert, eso sí que no... ¿Cómo iba a poder ir yo a Bert? A los pocos minutos lo
sabría todo el pueblo.
140
Mistress Sweetiman dijo, vacilando:
Está ese
señor extranjero... .
No a un
extranjero, eso sí que no podría hacerlo. No a un extranjero.
No; quizá
tengas razón en eso.
Se detuvo a la puerta un automóvil con agudo
chirriar de frenos.
Es el
comandante Summerhayes. Cuéntaselo todo a él y te aconsejará.
¡Ay, no
podría! - contestó Edna, aunque me nos convencida.
Johnnie Summerhayes entró en la estafeta car gado
con tres cajas de cartón.
Buenos
días, mistress Sweetiman - saludó alegremente -; espero que estas cajas no
pasen del peso.
Mistress Sweetiman se hizo cargo de las cajas en su
capacidad de funcionaria de
Correos. Mientras Summerhayes humedecía los sellos,
dijo ella:
Perdone,
señor. Quisiera pedirle un consejo.
Diga,
mistress Sweetiman.
Puesto que
usted es de aquí, sabrá mejor lo que debe hacer.
Summerhayes asintió con un gesto. Siempre le
conmovía extrañamente la persistencia del espíritu feudal de los pueblos
ingleses. Los habitantes de Broadhinny sabían muy poca cosa de él; pero porque
su padre, y sus abuelos, y muchos antepasados suyos habían vivido en Long
Meadows, consideraban natural que les aconsejase y les dirigiera cuando se lo
pidieran.
Se trata
de Edna, aquí presente - anunció mistress Sweetiman. Edna dio un sorbetón.
Johnnie Summerhayes la miró, dubitativo. Jamás, se
dijo, había visto a una muchacha menos atractiva. Parecía un conejo desollado.
Y medio “pasada de rosca” por añadidura. ¿Es posible que se encontrara en lo
que solían llamar “dificultades”? Pero no; mistress Sweetiman no le hubiese
pedido consejo en un caso así.
¿Bien? -
inquirió bondadosamente -. ¿Qué sucede?
Se trata
del asesinato, señor. La noche del crimen Edna vio algo.
Johnnie Surnmerhayes miró rápidamente a mistress
Sweetiman, y luego volvió a fijar la vista en Edna.
- ¿Qué viste, Edna? - quiso saber.
Edna empezó a sollozar. Mistress Sweetiman tomó la
palabra.
Claro está
que hemos estado oyendo esto y lo de más allá. Parte es rumor y parte es
verdad. Pero se dice definitivamente que hubo allí aquella noche una señora que
bebió café con mistress Upward. Es así; ¿verdad, señor?
Sí; creo
que sí.
Sé que eso
es verdad porque nos lo dijo Bert Hayling.
141
Albert Hayling era el guardia del pueblo, y
Summerhayes le conocía muy bien. Un hombre que hablaba despacio y que estaba
convencido de su propia importancia.
Ya - dijo
Summerhayes.
Pero no
saben, ¿verdad?, quién es la dama. Bueno, pues Edna, aquí presente, la
vio.
Johnnie miró a Edna. Contrajo los labios como para
emitir un silbido.
Conque la
viste, ¿eh, Edna? ¿Entrando o saliendo?
Entrando -
contestó la muchacha. Una leve sensación de importancia le aflojó la lengua -.
Yo estaba al otro lado del camino, debajo de los árboles. Justamente en el
recodo, donde está oscuro. La vi. Entró por la verja, se acercó a la puerta,
estuvo parada allí un momento y luego... lue go entró.
Se le despejó a Johnnie el semblante.
No te
preocupes – dijo -. Era miss Henderson. La Policía está enterada ya. Fue ella
misma a decírselo.
Edna sacudió la cabeza.
No era
miss Henderson - anunció.
¿No?
¿Quién era entonces?
No lo sé.
No le vi la cara. Estaba de espaldas a mí. Pero no era miss Henderson.
¿Cómo
sabes que no era miss Henderson si no podías verle la cara?
Porque
tenía el pelo rubio. Y miss Henderson es morena.
Summerhayes dio muestras de incredulidad todavía. .
La noche
era muy oscura. Difícilmente podría verse el color del pelo a nadie.
Pues se lo
vi. Estaba encendida la luz por encima del porche. La dejaron así porque mister
Robin y la señora policíaca se habían ido juntos al teatro. Y se quedó parada
debajo mismo de la luz. Llevaba una chaqueta oscura y la cabeza descubierta, y
le brillaba el pelo, rubio a más no poder. Lo vi yo.
Johnnie emitió un silbido prolongado. Se había
puesto serio ahora.
¿A qué
hora fue eso? - preguntó. Edna sorbió otra vez.
No lo sé
con exactitud.
Lo sabes
aproximadamente - intervino mistress Sweetiman.
No eran
las nueve. Las hubiese oído dar en la iglesia. Pero eran más de las ocho y
media.
Entre ocho
y media y nueve. ¿Cuánto tiempo estuvo allí?
No lo sé,
señor. Porque no aguardé más. Y no oí nada. Ni gemidos, ni gritos, ni nada así.
Por el tono en que lo dijo, Edna parecía leve mente
ofendida o chasqueada.
142
Pero no habría habido gemidos ni gritos. Johnnie
Summerhayes sabía eso. Dijo gravemente:
Bueno,
pues no hay más que una cosa que hacer. Es preciso que sepa todo esto la
Policía.
Edna estalló de nuevo en sollozos salpicados de
sorbetones.
- Papá me despellejará viva - lloriqueó -. Vaya si
lo hará.
Dirigió a mistress Sweetiman una mirada
suplicante, y huyó
a la trastienda.
Mistress Sweetiman volvió a tomar la palabra.
Lo que
pasa es lo siguiente - dijo en contestación a la mirada interrogadora del otro
-: Edna se ha estado portando como una alocada. Es muy riguroso su padre...
quizá demasiado... pero es difícil saber qué es lo
mejor en estos tiempos. Hay un joven muy buena persona en Cullavon, y él y Edna
han estado saliendo juntos con regularidad, y su padre estaba encantado de que
así fuera. Pero Reg es un poco parado, y ya sabe usted lo que son las chicas.
Edna ha empezado a salir últimamente con Charlie Masters.
¿Masters?
Es uno de los empleados del granjero Cole, ¿verdad?
Sí, señor.
Uno de los jornaleros. Y es casado y tiene dos criaturas. Siempre anda
persiguiendo a las muchachas, y es un mal hombre en todos los aspectos. Edna no
tiene sentido común y su padre lo cortó en seco. Y muy bien hecho. Conque,
¿comprende?, Edna marchó aquella noche a Cullavon para ir al cine con Reg, eso
es lo que le dijo a su padre, por lo menos... Pero en realidad salió a
encontrarse con Masters. Le estuvo esperando en el recodo del camino donde
solían citarse. Bueno, pues Masters no se presentó. Quizá no le dejara salir su
mujer, o anduviera detrás de otra chica. El caso es que no fue. Edna aguardó y
acabó dándose por vencida. Pero usted comprenderá que le va a resultar difícil
explicar qué hacía allí cuando debiera haber tomado el autobús para Cullavon.
Johnnie Summerhayes movió afirmativamente la
cabeza. Disimulando el asombro y maravilla que le causaba el hecho de que la
insípida Edna pudiera tener suficiente atractivo para que la buscaran dos
hombres, concentróse en el aspecto prác tico del asunto.
No quiere
ir a decírselo a Bert Hayling - dijo, comprendiendo en seguida.
Justo,
señor.
Summerhayes reflexionó.
Me temo
que es preciso que lo sepa la Policía - dijo con dulzura.
Eso es lo
que yo le dije, señor.
Esta dará
muestras seguramente de tacto y diplomacia en cuanto a las circunstancias se
refiere. Es posible que no tenga que presentarse a declarar. Y lo que ella les
diga se lo callarán. Po dría llamar por teléfono a Spence y pedirle que
viniera...
no, será mejor que me lleve a Edna a Kilchester en
el coche. Si se presenta allí en la Comisaría, no es necesario que se entere
nadie del pueblo. Les telefonearé primero, anunciándoles nuestra visita.
Y así fue como, tras una breve llamada telefónica,
Edna, sorbiendo sin parar, se
143
abrochó la chaqueta y, animada por una palmadita
que le dio en el hombro mistress Sweetiman, subió a la rubia del comandante y
emprendió en ella, el camino de Kilchester.
144
20
Hércules Poirot se hallaba en el despacho del
superintendente Spence en Kilchester. Estaba retrepado en una silla, con los
ojos cerrados y las manos juntas, tocándose las yemas de los dedos.
El superintendente recibió algunos informes, dio
instrucciones a un sargento y, por último, miró a su compañero.
¿Alguna
idea, monsieur Poirot?
Reflexiono
- le contestó este -. Paso revista.
Olvidé
preguntarle ¿Le sacó a algo de utilidad cuando le vio?
Poirot sacudió la cabeza. Frunció el entrecejo.
Había estado pensando en James Bentley precisamente.
Era molesto, pensó Poirot, exasperado, que en un
caso como aquel, en el que había ofrecido sus servicios gratuitamente, nada más
que por amistad y por el respeto que le inspiraba un funcionario de tanta
integridad, la víctima de las circunstancias anduviera tan desprovista de
atractivo romántico. De haberse tratado de una mujer joven y hermosa, aturdida
e inocente, o de un joven de noble porte, aturdido también, pero cuya “cabeza
está ensangrentada, pero se mantiene erguida”, pensó Poirot, que había leído últimamente
mucha poesía inglesa en una antología, hubiera sido otra cosa. En lugar de eso,
se encontraba con James Bentley, caso patológico, ego céntrico, individuo que
jamás había pensado gran cosa en nadie más que en sí mismo. Un hombre que no
agradecía los esfuerzos que se estaban haciendo por salvarle... que apenas si
experimentaba interés en ellos...
“La verdad - pensó Poirot -, casi daría igual dejar
que le ahorcaran, puesto que no parece importarle.”
No; no llegaría tan lejos.
La voz del superintendente irrumpió en estas
reflexiones.
Nuestra
entrevista - repuso entonces - fue, por por decirlo así, singularmente
improductiva. Cualquier cosa útil que hubiera podido recordar Bentley, no la
recordó...
lo que sí le acudió a la memoria fue tan vago e
inseguro, que no podemos usarlo como base constructiva. Pero, de todas formas,
de lo que aparentemente no cabe duda es de que el artículo del Sunday Comet
excitó a mistress McGinty. Le habló de él a Bentley, haciendo especial
referencia a “alguien relacionado con el caso”, que en la actualidad tenía su
residencia en Broadhinny.
¿Con qué
caso? - inquirió vivamente Spence.
145
Nuestro
amigo no estaba seguro del todo. Dijo, dubitativo, el caso Craig... pero quizá
le acudió a la memoria ese nombre por ser el caso Craig el único del que había
oído hablar en su vida. El “alguien”, no obstante, era una mujer. Hasta citó
las palabras de McGinty. Alguien que “no tendría tanto de qué enorgullecerse si
todo se supiera”.
¿Enorgullecerse?
Mais oui.
Una palabra muy sugestiva, ¿no es cierto?
¿No hay
indicio de quién era la orgullosa dama?
Bentley
sugirió a mistress Upward... aunque sin base sólida alguna, que yo vea. Spence
sacudió la cabeza.
Probablemente
se le ocurrió por ser mistress Upward una mujer orgullosa y autoritaria... y lo
era en grado sumo, por cierto. Pero no puede haber sido ella, puesto que la han
dado muerte... y por la misma razón que a mistress McGinty: porque reconoció el
retrato.
Poirot dijo con tristeza:
- Se lo advertí.
Spence murmuró, irritado:
¡Lily
Gamboll! Teniendo en cuenta la edad, no hay más que dos posibilidades: mistress
Rendell y mistress Carpenter. A la Henderson no la cuento... tiene antecedentes
conocidos.
¿Y las
otras no?
Spence exhaló un suspiro...
Ya sabe
usted cómo andan las cosas en estos tiempos. La guerra lo ha revuelto todo, y
ha revuelto a todos. Una bomba de aviación le dio de lleno al reformatorio en
que estuvo recluida Lily Gamboll, destruyendo los archivos. En cuanto a la
gente... no hay cosa tan difícil como reconstruir la vida de una persona.
Broadhinny, por ejemplo... De la única gente de Broadhinny que sabemos algo es
de la familia Summerhayes, que lleva, trescientos anos afincada en el pueblo...
y de Guy Carpenter, que es uno de los Carpenter de la casa de ingeniería. Todos
los demás se encuentran...
¿cómo diré?... ¿en estado de fluidez? El doctor
Rendell figura en el Registro de Médicos, y sabemos dónde estuvo y dónde ha
ejercido, pero no conocemos nada de sus antecedentes domésticos. Su esposa es
oriunda de la vecindad de Dublín. Eve Selkirk, como se llamaba antes de su
matrimonio con Guy Carpenter, era una linda viudita de guerra. Fíjese en los
Wetherby... parecen haber andado errantes por el mundo... haber estado allí,
allá y en todas partes. ¿Por qué? ¿Hay alguna razón? ¿Malversó él los fondos de
un Banco? ¿Dieron algún escándalo? Yo no digo que no podamos descubrir datos.
Sí que nos es posible, pero para eso hace falta tiempo. Los interesados no nos
ayudarán...
Porque
tienen algo que ocultar - dijo Poirot -; pero eso no quiere decir que se trate
necesariamente de un asesinato. ¡Vaya usted a saber lo que cometieron!
Justo.
Puede ser que hayan tenido alguna escaramuza con la Ley, o que son de humilde
procedencia, o que se trate de algún escándalo. Pero sea lo que fuere, han
146
tomado toda suerte de precauciones para ocultarlo,
y eso dificulta la investigación.
Pero no la
hace imposible.
¡Oh, no!;
imposible, no. Solo que se necesita tiempo. Como he dicho, si Lily Gamboll se
halla en Broadhinny, o es Eve Carpenter o Shelagh Rendell. Las he
interrogado... por puro formulismo: esa fue la explicación que di, por lo
menos. Las dos dicen que estuvieron en su casa solas. Mistress Carpenter se
mostró, como siempre, la ingenua de ojos muy abiertos. Mistress Rendell estaba
nerviosa, pero es una mujer todo nervios y no puede uno guiarse por su estado.
Sí -
murmuró Poirot -; es de temperamento nervioso.
Estaba pensando en su encuentro con ella en el
jardín de Long Meadows. Mistress Rendell había recibido un anónimo, o así lo
había dado a entender.. Se preguntó, como se había preguntado con anterioridad,
el alcance de semejante declaración.
Spence prosiguió:
Y hemos de
andar con cuidado... porque, aun cuando una de ellas sea culpable, la otra es
inocente...
Y Guy
Carpenter es diputado en perspectiva e importante personaje local.
De nada le
serviría eso como resultara ser culpable de asesinato, cómplice o encubridor -
repuso Spence con dureza.
Eso lo sé.
Pero es necesario estar seguro, ¿no es cierto?
En efecto.
Sea como fuere, está usted de acuerdo en que ha de ser una de las dos, ¿verdad?
Poirot suspiró.
No...
no... no diría yo tanto. Hay otras posibilidades.
¿Cuáles,
por ejemplo?
Poirot guardó silencio por unos instantes. Lue go
dijo, con voz diferente, casual:
¿Por qué
conserva la gente fotografías?
¿Por qué?
¡Dios sabe! ¿Por qué conserva la gente toda clase de cosas... chatarra...
porquerías, trozos y pedazos, desperdicios? Pero
las conserva.
Estoy de
acuerdo con usted hasta cierto punto. Alguna gente guarda las cosas
inservibles. Otras las tiran cuando han dejado de emplearlas. Eso es cuestión
de temperamento, sí. Pero ahora hablo de fotografías en particular. ¿Por qué
conserva la gente, en particular, retratos?
Como he
dicho, porque no le gusta tirar nada. O porque les recuerda...
Poirot se agarró a las palabras.
Exactamente.
Les recuerda. Y ahora preguntamos otra vez: ¿por qué? ¿Por qué conserva una
mujer una fotografía suya de cuando era joven? Y yo digo que la primera razón
es esencialmente la vanidad. Ha sido una muchacha bonita y conserva el retrato
para que le recuerde qué muchacha más bonita era. Sirve para animarla cuando el
espejo le dice cosas desagradables. Le dice, quizá, a una amiga: “Así era yo
cuando tenía dieciocho años.” ¿Está usted de acuerdo?
147
Sí, sí,
eso me parece bastante cierto.
En tal
caso, esa es la razón número uno. Vanidad. Y ahora la razón número dos:
sentimentalismo.
¿No es lo
mismo?
No; no del
todo. Porque este le induce a uno a conservar, no sólo su propia fotografía,
sino la de alguna otra persona. Un retrato de una hija casada... cuando era
niña... sentada en la alfombra al amor del fuego y envuelta en una gasa...
He visto
algunos de esos - contestó Spence con una sonrisa.
Sí. A
veces le resulta a la interesada un poco violento ver que la exhiben tan ligera
de ropa; pero a las madres les gusta conservar esa clase de retratos de sus
hijos. Y a los hijos suele gustarles conservar retratos de las madres, sobre
todo si estas han muerto jóvenes. “Esta era mi madre, de niña.”
Empiezo a
comprender adónde quiere usted llegar, Poirot.
Y existe,
posiblemente, una tercera categoría. Ni vanidad, ni sentimentalismo, ni amor...
sino odio... ¿Qué opina usted?
¿Odio?
Sí. Para
conservar vivo un deseo de venganza. Si alguien le ha hecho daño a uno, se
puede conservar su retrato para recordarlo, ¿verdad?
No me diga
que eso puede aplicarse a este caso.
¿No lo
cree usted así?
¿Qué está
pensando?
Poirot murmuró:
Las
informaciones periodísticas son, con frecuencia, inexactas. El Sunday Comet
aseguró que los Craig tenían a Eva Kane de institutriz. ¿Es cierto eso?
Sí. Pero
estamos investigando sobre la base de que es a Lily Gamboll a quien buscamos.
Poirot se irguió de pronto en su asiento. Agitó un
dedo ante la cara de Spence.
Mire. Mire
la fotografía de Lily GambolI. No es guapa... ¡no! Con franqueza, esos dientes
y esas gafas la hacen horriblemente fea. Así, pues, nadie ha conservado la
fotografía por la razón número uno. Ninguna mujer conservaría ese retrato por
vanidad. Si Eve Carpenter o Shelagh Rendell, ambas bonitas, sobre todo Eve
Carpenter, tuvieran un retrato suyo así... ¡lo harían mil pedazos, antes que
pudiese verlo nadie!
Algo hay
de eso.
Por tanto,
la razón número uno queda eliminada. Ahora veamos el sentimentalismo. ¿Amaba
alguien a Lily Gamboll en aquella época? La clave de Lily Gamboll es esta: que
nadie la quería, que todos la rechazaban. La persona que más aprecio le tuvo
fue su tía. Y murió de un hachazo. Conque no se conservó ese retrato por
sentimentalismo. ¿Y venganza? Nadie la odiaba tampoco. La tía asesinada era una
mujer sola, sin marido ni amistades íntimas. Nadie odiaba a esa criatura de los
barrios
148
bajos... solo les inspiraba lástima.
Escuche,
monsieur Poirot: lo que está usted diciendo es que nadie hubiera conservado ese
retrato.
Justo. Ese
es el resultado de mis reflexiones.
Pero
alguien lo conservó. Porque mistress Upward lo había visto.
¿Está
usted seguro?
¡Qué
rayos! ¡Fue usted mismo quien me lo dijo! Lo aseguró ella.
Sí -
asintió Poirot -; ella lo aseguró. Pero, en cierto modo, la difunta mistress
Upward era muy reservada. Le gustaba hacer las cosas a su manera. Le enseñé las
fotografías y reconoció una de ellas. Pero quiso guardar el secreto por no sé
qué motivo. Deseaba, digamos, tratar cierta situación de acuerdo con su
capricho. Así, pues, como era mujer perspicaz y rápida en sus decisiones,
señaló deliberadamente otra fotografía y no la que había reconocido,
reservándose así su descubrimiento.
Pero ¿por
qué?
Porque,
como ya he dicho, quería obrar por su cuenta y sin ayuda.
¿No se
trataría de chantaje? Porque poseía una cuantiosa fortuna, como viuda de un
fabricante del Norte.
¡Oh, no,
chantaje no! Más bien beneficencia. Supondremos que le era simpática la persona
en cuestión y que no deseaba delatar su secreto. No obstante, tenía curiosidad.
Era su propósito celebrar una entrevista a solas con dicha persona. Y en el
transcurso de ella decidir si su interlocutora había tenido algo que ver con la
muerte de mistress McGinty o no. Algo por el estilo.
Así, ¿no
quedan eliminadas las otras tres fotografías, después de todo?
En
absoluto. Mistress Upward pensaba ponerse en contacto con la persona interesada
a la primera oportunidad. Esta se presentó al marcharse mistress Oliver y su
hijo al Repertory Theatre, de CulIequay. Y telefoneó a Deirdre Henderson. Lo
cual vuelve a situar a Deidre Henderson en escena. ¡Y a su madre!
El superintendente sacudió con melancolía la
cabeza.
- Cómo le gusta a usted complicar las cosas,
¿verdad, monsieut Poirot? - dijo.
149
21
Mistress Wetherby regresó a casa desde la estafeta
de Correos a paso sorprendentemente ligero para una persona considerada
habitualmente como inválida. Sólo al entrar en el edificio empezó a arrastrar
los pies de nuevo y se dejó caer en el sofá.
Tenía el timbre al alcance de la mano y lo hizo
sonar.
Como nada ocurrió, volvió a tocar, conservando el
dedo en el pulsador un buen rato.
Oportunamente se presentó Maude Williams. Llevaba
un guardapolvo de flores estampadas y un paño de quitar el polvo en la mano.
¿Llamaba
usted, señora?
Dos veces.
Cuando llamo, espero que se presente alguien en seguida. Pudiera encontrarme
gravemente enferma.
Lo siento,
señora. Me encontraba arriba.
Ya lo sé.
En mi cuarto. La oí. Y estaba sacando los cajones. No sé por qué. No forma
parte de sus obligaciones andar husmeando y revolviéndome las cosas.
No andaba
husmeando. Colocaba ordenadamente algunas de las cosas que había dejado usted
tiradas por ahí.
No diga
tonterías. Todas ustedes husmean. Y me niego a consentirlo. Me siento muy
débil. ¿Está miss Deirdre en casa?
Se llevó
el perro a dar un paseo.
¡Que
estupidez! Podía haberse figurado que la necesitaría. Tráigame un huevo batido
con leche y agregue un poco de coñac. El coñac está en el aparador.
No quedan
más que tres huevos para desayunar mañana.
Entonces
alguien tendrá que pasarse sin el suyo. Dése prisa, ¿quiere? No esté ahí
parada, mirándome. Y va usted demasiado pintada. No es conveniente eso.
Se oyó un ladrido en el vestíbulo, y al salir Maude
entraron Deirdre y su Sealyham.
Oí tu voz
- anunció Deirdre casi sin aliento -. ¿Qué le has estado diciendo?
Nada.
Tenía cara
de furia.
La puse en
su sitio. ¡Qué chica más impertinente!
¡Oh mamá,
querida! ¿Es preciso eso? Resulta tan difícil encontrar criadas... y guisa
150
bien.
¡Supongo
que no tiene importancia que sea insolente conmigo! - mistress Wetherby puso
los ojos en blanco y aspiró varias veces trémulamente -. He andado demasiado -
murmuró.
No debiste
salir, querida. ¿Por qué no me dijiste que te ibas?
Pensé que
me sentaría bien tomar un poco el aire. ¡Hay tan poca ventilación aquí! No
importa. A una no le interesa en realidad vivir... no; si ha de resultar una
carga para los demás.
No eres
una carga, querida, Me moriría sin ti.
Eres una
buena chica, pero me doy cuenta de cómo te canso y te pongo los nervios de
punta.
No es
verdad... no es verdad - dijo Deirdre con pasión.
Mistress Wetherby exhaló un suspiro y cerró los
ojos.
No... no
puedo hablar mucho - murmuró -. He de echarme y estar quieta.
Le meteré
prisa a Maude para que te traiga el ponche.
Deirdre salió corriendo de la estancia. En sus
prisas dio con el codo contra una mesa y un ídolo de bronce cayó al suelo.
¡Qué
torpe! - murmuró mistress Wetherby para sí, haciendo una mueca. Se abrió la
puerta y entró mister Wetherby.
Permaneció inmóvil unos instantes. Mistress
Wetherby abrió los párpados.
¡Ah! ¿Eres
tú, Roer?
Me estaba
preguntando qué sería todo ese ruido que sonaba aquí. Es imposible leer
tranquilo en esta casa.
Sólo era
Deirdre, querido. Entró con el perro.
El hombre se agachó y recogió del suelo la
monstruosidad de bronce.
Deirdre ya
tiene edad suficiente para no andar tirando las cosas a todas horas.
Es un poco
torpe.
Pues
resulta absurdo ser torpe a sus años. ¿Y no sabe impedir que ladre ese perro?
Le
hablaré, Roger.
Si ha de
hacer de este su hogar, debe tener en cuenta nuestros deseos y no portarse como
si la casa fuese suya.
¿Quizá
preferirías que se marchase? - murmuró mistress Wetherby.
Observó a su marido por entre los entornados
párpados.
No, claro
que no. ¡Claro que no! Naturalmente; es con nosotros con quienes le corresponde
vivir. Lo único que yo pido es un poco más de sentido común y de buenos
modales.
Agregó, pasados unos segundos.
151
¿Has
salido, Edith?
Sí. Bajé
hasta la estafeta.
¿No hay
noticias huevas de la pobre mistress Upward?
La Policía
sigue sin saber quién fue.
Parece
completamente inútil. ¿Hay móvil? ¿Quién la hereda?
Supongo
que el hijo.
Sí... sí;
entonces parece, en efecto, que debe de haber sido uno de esos vagabundos. Has
de decirle a la muchacha que tenga cuidado de cerrar bien la puerta con llave.
Y que, cuando empiece a anochecer, sólo la abra después de echar la cadena.
Esos hombres son muy atrevidos y brutales en estos tiempos.
Parece que
no se han llevado nada de casa de mistress Upward.
Es raro.
No fue
como en el caso de mistress McGinty.
¿Mistress
McGinty? ¡Ah, la de la limpieza! ¿Qué tiene que ver mistress McGinty con
mistress Upward?
Trabajaba
para ella, Roger.
No seas
tonta, Edith.
Mistress Wetherby volvió a cerrar los ojos. Al
salir el marido del cuarto, sonrió ella para sí.
Abrió con sobresalto los ojos otra vez,
encontrándose con Maude a su lado.
- Lo que me había pedido, señora - dijo esta,
ofreciéndole un vaso.
Tenía la voz alta y clara. Repercutía con demasiada
resonancia en la amortiguada casa.
Mistress Wetherby alzó la vista con una vaga
sensación de alarma.
¡Cuán alta y erguida era la muchacha! Se cernía
sobre mistress Wetherby como... “como encarnación del sino, de la Fatalidad”,
pensó la señora. Y luego se preguntó por qué le habrían acudido a la mente tan
extraordinarias palabras.
Se incorporó sobre el codo y tomó el vaso que le
ofrecía la muchacha.
- Gracias, Maude - dijo.
La joven dio media vuelta y salió del cuarto.
Mistress Wetherby aún se sentía vagamente turbada.
152
22
1
Hércules Poirot alquiló un coche para regresar a
Broadhinny.
Estaba cansado, porque había estado pensando. El
pensar siempre resultaba agotador. Y el resultado no había sido satisfactorio
del todo. Era como si se hubiera tejido un diseño perfectamente visible en un
trozo de tela. Y, sin embargo, aun cuando tenía la tela en la mano, no
conseguía ver cuál era el diseño.
Pero todo se encontraba allí. Allí estaba la cosa:
todo se encontraba allí. Solo que era uno de esos diseños autocoloreados y
sutiles que no son fáciles de percibir.
Poco después de salir de Kilchester se cruzó con la
rubia de los Summerhayes, que viajaba en dirección opuesta. Johnnie conducía y
llevaba un pasajero. Poirot apenas se fijó en ellos. Aún continuaba con sus
pensamientos.
Cuando llegó a Long Meadows, se metió en la sala.
Quitó un cazo lleno de espinacas del sillón más cómodo y se sentó. Arriba
sonaba el amortiguado tecleteo de una máquina de escribir. Era Robin Upward,
que luchaba con una obra. Había roto ya tres versiones, según le dijera a
Poirot. Sin saber por qué, no conseguía concentrarse.
Robin podría sentir mucho la muerte de su madre;
pero seguía siendo Robin.
Upward, el egocéntrico, cuyo propio bienestar era
su sola y principal ocupación.
Madre -
aseguró con toda solemnidad - hubiese querido que siguiera adelante con mi
trabajo.
Hércules Poirot había oído decir aproximadamente lo
mismo a mucha gente. Una de las suposiciones más convenientes era saber lo que
los difuntos hubiesen deseado. Los afligidos jamás experimentaban duda alguna
acerca de los deseos de aquellos seres queridos que acababan de abandonar el
mundo. Y tales deseos solían estar de acuerdo con sus propias inclinaciones.
En aquel caso, probablemente, sería verdad.
Mistress Upward había tenido mucha fe en el trabajo
de Robin y se había sentido extremadamente orgullosa de él.
Poirot se recostó contra el respaldo del asiento y
cerró los ojos.
Pensó en mistress Upward. Consideró cómo había sido
en realidad. Recordó una frase que le había oído a un funcionario policíaco en
cierta ocasión: “Le desarmaremos
153
por completo para ver qué es lo que le hace
funcionar.”
¿Qué era lo que había hecho funcionar a mistress
Upward?
Sonó un fuerte golpe, y entró Maureen Summerhayes
en el cuarto. El viento le arremolinaba el cabello.
No se me
ocurre qué puede haberle sucedido a Johnnie - dijo -. Solo salió para llevar
esos pedidos especiales a la estafeta de Correos. Debía de haber estado de
vuelta hace horas. Quiero que me arregle la puerta del gallinero.
“Un caballero de verdad - se dijo Poirot - se
ofrecería a arreglar la puerta del gallinero.” Poirot no hizo tal cosa, sin
embargo. Quería seguir pensando en los dos asesinatos y en el carácter de
mistress Upward.
Y no
encuentro ese impreso del Ministerio de Agricultura - prosiguió Maureen -. He
mirado por todas partes.
Las
espinacas están en el sofá - observó Poirot, tratando de ayudarla.
A Maureen no le preocupaban las espinacas.
Mandaron
ese impreso la semana pasada - musitó-, y debo haberlo puesto en alguna
parte... quizá fuera cuando zurcía ese jersey de Johnnie.
Se acercó al buró y empezó a abrir cajones. Vació
la mayor parte de su contenido en el suelo, sin miramientos. A Poirot le
resultaba un verdadero tormento observarla.
De pronto lanzó un grito de triunfo:
- ¡Aquí está!
Encantada, salió corriendo de la estancia.
Hércules Poirot exhaló un suspiro y volvió a
entregarse a sus meditaciones.
Arreglar con orden y precisión...
Frunció el entrecejo. El desordenado montón de
objetos en el suelo junto al buró le distraía.
¡Qué manera de buscar las cosas!
Orden y método; eso era lo que hacía falta. Orden y
método
Aún cuando se había vuelto de lado en su asiento,
seguía viendo la confusión. Artículos de coser, un montón de calcetines,
cartas, lana de hacer punto revistas, lacre, fotografías, un jersey...
¡Era insoportable!
Se puso de pie, cruzo hasta el buró y empezó a
guardar nuevamente los objetos de los cajones.
El jersey, los calcetines, la lana de hacer punto…
Luego, en el cajón siguiente, el lacre, las
fotografías, las cartas...
Sonó el timbre del teléfono.
La estridencia le hizo dar un respingo.
154
Cruzó hacia el teléfono y descolgó el auricular.
- ¡Diga! ¡Diga!
Le contestó la voz del superintendente Spence:
- ¡Ah, es usted, monsieur Poirot! Por usted iba a
preguntar.
La voz de Spence había cambiado hasta el punto de
resultar difícil de reconocer.
Estaba evidentemente preocupadísimo.
- ¡Mira que llenarme la cabeza de tonterías acerca
de un error en los retratos! - murmuró con mezcla de reproche e indulgencia -.
Tenemos una pista nueva. La muchacha de la estafeta de Broadhinny. El
comandante Summerhayes acaba de traerla. Parece ser que estaba parada casi
enfrente de la casa aquella noche y vio entrar a una mujer. Después de las ocho
y media o antes de las nueve. Y no era Deirdre Henderson. Era una mujer de pelo
rubio. Eso nos vuelve a conducir adonde habíamos estado. No cabe duda que ha sido
una de las dos: Eve Carpenter o Shelagh Rendell. La cuestión ahora es esta:
¿cuál de ellas?
Poirot abrió la boca, pero no habló. Con gran
tiento volvió a colgar el auricular.
Permaneció inmóvil, fija la mirada, sin ver.
Sonó el teléfono de nuevo.
¿Diga?
¿Puedo
hablar con monsieur Poirot.?
Está
hablando con él.
Me lo
figuré. Maude Williams al aparato. ¿Estafeta de Correos dentro de un cuarto de
hora?
Allí
estaré.
Colgó.
Bajó la mirada ¿Se cambiaría de zapatos? Le dolían
un poco los pies. ¡Ah!, bueno, daba igual.
Se caló el sombrero y salió de la casa.
Cuando bajaba la colina le saludó uno de los
hombres del superintendente Spence, que salía en aquellos momentos de
Laburnums.
- Buenos días, monsieur Poirot.
Este respondió con cortesía. Observó que el
sargento Fletcher parecía excitado.
El
superintendente me mandó para que hiciese un registro completo - explicó -, por
si había alguna cosilla que se nos hubiera pasado por alto. Nunca sabe uno,
¿verdad? Ya habíamos registrado la mesa, claro, pero al superintendente se le
ocurrió que pudiera haber algún cajoncillo secreto... seguramente había estado
leyendo alguna novela de espionaje. Bueno, pues no había ningún cajón secreto.
Pero después me puse a mirar los libros. A veces la gente mete una carta en un
libro que ha estado leyendo. Lo sabe, ¿verdad?
Poirot dijo que lo sabía.
155
¿Y
descubrió usted algo?-preguntó cortésmente.
Ni una
carta ni cosa que se le pareciese. Pero hallé algo interesante... o, por lo
menos, yo creo que es interesante. Mire.
Sacó del papel de periódico en que lo llevaba
envuelto un libro viejo y bastante estropeado.
- Estaba en uno de los estantes. Un libro publicado
hace años. Pero fíjese.
Lo abrió y enseñó la guarda. Escritas con lápiz en
la misma había dos palabras:
Evelyn Hope.
Es
interesante, ¿no le parece? Este es el nombre, por si no recuerda...
El nombre
que tomó Eva Kane después de marchar de Inglaterra. Sí que lo recuerdo - le
interrumpió Hércules Poirot.
Parece
como si, cuando mistress McGinty descubrió una de esas fotos aquí, en
Broadhinny, fuese la de mistress Upward. Eso complica un poco las cosas,
¿verdad?
Vaya si
las complica - contestó de corazón Poirot -; y puedo asegurarle que en cuanto
vuelva usted al superintendente Spence con esa información, se arrancará los
pelos de raíz... sí, de raíz.
Espero que
no le dará tan fuerte como todo eso - murmuró el sargento.
Poirot no le respondió. Continuó cuesta abajo.
Había dejado de pensar. Nada tenía ya sentido.
Entró en la estafeta de Correos. Maude Williams
estaba allí, examinando modelos de labores. Poirot no le dirigió la palabra. Se
encaminó al mostrador de los sellos. Cuando Maude hubo hecho su compra,
mistress Sweetiman cambió de mostrador, y entonces Poirot le compró unos
sellos. Maude salió del establecimiento.
Mistress Sweetiman parecía preocupada y con pocas
ganas de hablar. Poirot pudo salir tras de Maude bastante aprisa. La alcanzó un
poco más allá, en el camino, y ajustó su paso al de ella.
Mistress Sweetiman, atisbando por la ventana de la
estafeta, se dijo con desaprobación:
¡Estos
extranjeros! Son todos lo mismo, absolutamente todos. ¡Y este que podría ser su
abuelo!
156
2
¡Eh bien!
- dijo Poirot -, ¿tiene alguna cosa que decirme?
No sé si
será importante. Alguien intentó entrar por la ventana del cuarto de mistress
Welherby.
¿Cuándo?
Esta
mañana. Ella estaba fuera. Y la muchacha había salido con el perro. El marido
estaba encerrado en su despacho, como de costumbre. Normalmente, yo hubiese
estado en la cocina, que cae al otro lado, como el despacho, pero me pareció
una buena ocasión para... ¿comprende?
Poirot asintió con un gesto.
Conque
subí al piso y me colé en el cuarto de su excelencia doña Acidez. Había una
escalera pegada a la ventana y un hombre intentaba alzar la falleba. La señora,
desde el asesinato, lo tiene todo cerrado. No entra ni una pizca de aire
fresco. Cuando me vio el hombre, bajó a toda prisa y se fue. La escalera era la
del jardinero. Había estado recortando la hiedra y luego se había marchado a
tomar un piscolabis.
¿Quién era
el hombre? ¿Puede describirle mas o menos?
Sólo le vi
un instante. Para cuando yo llegué a la ventana, había bajado la escalera y
desaparecido. Y cuando le vi al principio, estaba él de espaldas al sol y no
pude verle la cara.
¿Está
usted segura de que se trataba de un hombre?
Maude reflexionó.
Vestía de
hombre, por lo menos... llevaba un sombrero viejo, de fieltro. Podía haber sido
una mujer, claro está.
Es
interesante - dijo Poirot -. Es muy interesante... ¿Nada más?
Nada aún.
¡La de porquerías que guarda esa mujer! ¡Debe andar mal de la cabeza! Entró sin
que yo la oyera esta mañana y me echó una bronca por andar husmeando. Acabaré
por asesinarla. Si alguien anda pidiendo que la asesinen, ese alguien es ella.
Es desagradable a más no poder.
Poirot murmuró dulcemente:
Evelyn
Hope...
¿Qué es
eso?
La joven se volvió bruscamente hacia él.
- ¡Por lo visto conoce usted el nombre!
157
Pues...
sí... Es el nombre que Eva Cómo Se Llame tomó cuando marchó para Australia.
Lo…lo decía el periódico... el Sunday Comet.
El Sunday
Comet dijo muchas cosas; pero no dijo eso. La Policía encontró ese nombre
anotado en un libro de casa de mistress Upward.
Maude exclamó:
Entonces
sí que era ella... y no murió allá. Michael tenía razón.
¿Michael?
Maude dijo bruscamente:
No puedo
entretenerme. Llegaré tarde a servir la comida. La tengo en el horno, pero se
estará quemando ya.
Echo acorrer. Poirot se quedo mirando cómo se
alejaba.
Allá en la ventana de la estafeta, mistress
Sweetiman, con la nariz pegada al cristal, se preguntó si aquel extranjero
viejo le habría estado haciendo proposiciones de cierto carácter a la muchacha.
158
3
De vuelta en Long Meadows, Poirot se quitó los
zapatos y se puso unas zapatillas. No eran chic; no eran, en su opinión, comme
il faut, pero necesitaba un alivio para sus pies atormentados.
Se sentó en el sillón otra vez y se puso a pensar
de nuevo. Tenía, ahora mucho en que pensar.
Algunas cosas se le habían escapado, cosas
pequeñas.
El rompecabezas estaba todo allí. Solo necesitaba
cohesión.
Maureen, copa en mano, hablando con voz soñadora,
haciendo una pregunta. Lo que había contado mistress Oliver de su noche en el
teatro. ¿Cecil? ¿Michael? Estaba casi seguro de que había mencionado un
Michael. Eva Kane, institutriz de los Craig...
Evelyn Hope...
¡Claro! ¡Evelyn Hope!
159
23
1
Eve Carpenter entró en casa de los Summerhayes de
la misma manera que solía hacerlo la mayor parte de la gente: empleando la
puerta o la ventana que encontrara más a mano.
Andaba buscando a Hércules Poirot, y cuando lo
encontró no perdió el tiempo en preámbulos.
Escuche -
dijo -; usted es detective y se dice que es de los mejores. Bien. Le alquilo.
¿Y si no
me alquilo, madame? ¡Mon Dieu! ¡Yo no soy un taxi!
Usted es
detective particular, y a los detectives particulares se les paga, ¿verdad?
Esa es la
costumbre.
Bueno,
pues eso es lo que digo. Yo le pagaré. Le pagaré bien.
¿Por qué?
¿Qué es lo que quiere que haga?
Eve Carpenter dijo vivamente:
Protegerme
contra la Policía. Están locos. Al parecer, creen que maté a esa Upward. Y
andan husmeando, haciéndome toda suerte de preguntas... y desenterrando cosas.
No me gusta. Están trastornándome el juicio.
Poirot la contempló. Era cierto algo de lo que
decía. Parecía años más vieja que cuando la viera por primera vez unas cuantas
semanas antes. Las enormes ojeras daban mudo testimonio de las no ches pasadas
sin dormir. Líneas bien señaladas le corrían desde la boca a la barbilla. Y la
mano, al encender un cigarrillo, le temblaba convulsivamente.
Tiene
usted que poner fin a esto - dijo -. Es absolutamente necesario.
Madame,
¿qué puedo hacer yo?
Mantenerles
a raya de una manera o de otra. ¡Qué frescura tienen! Si Guy fuera hombre,
pondría coto a sus actividades. No permitiría que me persiguiesen.
Y... ¿él
no hace nada?
Ella contestó bruscamente:
160
No se lo
he dicho. No hace más que hablar pomposamente de la necesidad de dar a las
autoridades toda la ayuda posible. Claro, ¿a él qué demonio le importa? Se
siente seguro. Aquella noche estuvo en no sé qué mitín político.
¿Y usted?
Sentada en
casa. Escuchando la radio.
Si lo
puede demostrar...
¿Cómo
quiere que lo demuestre? Ofrecí a los Croft una cantidad fabulosa para que
dijeran que habían entrado y salido varias veces y que me habían visto allí.
Los muy cerdos se negaron a complacerme.
Fue muy
poco prudente por parte suya hacer semejante sugerencia. Esto puede
comprometerla enormemente.
No veo por
qué. Lo hubiera resuelto todo.
Con ello
probablemente ha logrado usted convencer a sus sirvientes de que fue usted, en
efecto, quien cometió el asesinato.
Bueno...
había pagado a Croft; de todas formas, por...
¿Por qué?
Nada.
No olvide
que solicita mi ayuda.
¡Oh, no
era cosa que importase! Pero Croft fue quien tomó el recado que dio ella..
¿Mistress
Upward?
Sí.
Pidiéndome que fuese a verla aquella noche.
Y... ¿dice
usted que no fue?
¿Por qué
habría de ir? Era una pelmaza esa mujer. ¿A santo de qué iba yo a ir a su casa
a tenerla cogida de la mano? No soñé ni por un momento en ir.
¿Cuándo
llegó ese mensaje?
Hallándome
ausente. No sé exactamente cuándo... Supongo que entre cinco y seis. Croft lo
tomó.
Y usted le
dio dinero para que olvidara haber tomado tal mensaje. ¿Por que?
No sea
idiota. No quería verme envuelta en el asunto.
Y luego,
¿le ofreció usted dinero para que le proporcionaran una coartada? ¿Qué cree
usted que pensarán él y su mujer?
¿A quién
diablos le importa lo que ellos piensen?
Pudiera
importarle a un jurado - contestó solemnemente Poirot.
Le miró ella boquiabierta.
No hablará
en serio.
Ya lo creo
que hablo en serio.
161
¿Harían
caso a la servidumbre... y a mí no? Poirot la contempló.
¡Tan crasa grosería y estupidez! Despertando la
hostilidad de la gente que hubiera podido ayudarla. Una política miope e
idiota. Miope...
Unos ojos azules .tan grandes y hermosos...
Dijo dulcemente.
¿Por qué
no usa lentes, madame? Los necesita.
¿Cómo?
¡Oh!, los llevo a veces. Los usaba siempre de niña.
Y se hizo
una plancha para la dentadura.
Le miró con asombro.
Pues, si
quiere que le diga la verdad, sí. ¿A qué viene todo eso?
¿El pato
feo se convierte en cisne?
Desde
luego, fui bastante fea.
¿Lo creía
así su madre?
Ella contestó vivamente:
No
recuerdo a mi madre. ¿Y de qué diablos estamos hablando? ¿Quiere aceptar el
encargo?
Lamento no
poder aceptarlo.
¿Por qué
no?
Porque en
este asunto represento los intereses de James Bentley.
¿James
Bentley? ¡Ah!, se refiere a ese medio bobo que mató a la mujer de la limpieza.
¿Qué tiene él que ver con los Upward?
Quizá...
nada.
¡Pues
entonces! ¿Es cuestión de dinero? ¿Cuánto?
Ese es su
gran error, madame. Piensa siempre que el dinero lo puede todo. Tiene usted
fortuna, y cree que solo la fortuna cuenta.
No he
tenido dinero siempre - dijo Eve Carpenter.
No - dijo
Poirot -. Ya me figuraba yo que no - movió la cabeza en dulce y afirmativo
gesto -. Eso explica muchas cosas. Y excusa algunas.
162
2
Eve Carpenter salió por donde había entrado,
vacilando un poco, como recordaba Poirot haberla visto hacer antes.
Se dijo dulcemente:
- Evelyn Hope...
Conque
mistress Upward había
telefoneado a Deirdre
Henderson y a
Evelyn
Carpenter. Quizá hubiera telefoneado a alguna otra
persona. Tal vez...
Entró Maureen con la violencia de siempre.
Ahora son
las tijeras. Perdone que tarde la comida. Tengo tres pares, y no encuentro
ninguna.
Corrió al buró y se repitió el proceso que Poirot
conocía ya. Esta vez alcanzó su objetivo un poco antes. Maureen soltó un grito
de alegría y se fue.
Casi maquinalmente, Poirot se acercó al buró y se
puso a meter las cosas en el cajón otra vez. Lacre, papel de escribir, una
cesta de labor, fotografías...
Se quedó mirando la que tenía en la mano.
Se oyeron pasos presurosos por el corredor.
Poirot sabía moverse aprisa a pesar de su edad.
Había dejado caer el retrato en el sofá, puesto encima un almohadón y tomado
asiento para cuando volvió a entrar Maureen.
¿Dónde
demonios he puesto el cazo de las espinacas?
Aquí está,
madame.
Señaló el cazo, que reposaba a su lado en el sofá.
¡Resulta
que es ahí dónde lo dejé! - Lo cogió -. Todo va atrasado hoy...
Miró a Poirot, que estaba sentado más tieso que un
palo.
¿Para qué
demonios quiere sentarse ahí? Aun con almohadones resulta el asiento más
incómodo del cuarto. Todos los muelles están sueltos.
Lo sé,
madame. Pero estoy... estoy mirando ese cuadro de la pared.
Maureen alzó la mirada hacia el retrato al óleo de
un oficial de marina, de cuerpo entero, con telescopio.
-Sí... es bueno. Aproximadamente, lo único bueno
que hay en esta casa. No estamos muy seguros de que no sea un Gainsborough -
exhaló un suspiro -. Johnnie no quiere venderlo, sin embargo. Es su tatara no
sé cuántos abuelo, y se hundió con su barco, o
163
hizo alguna cosa enorme mente gallarda. Johnnie
está la mar de orgulloso de él. - Sí - dijo Poirot con dulzura -. Sí; ¡tiene
algo de que estar orgulloso su marido!
164
3
Eran las tres cuando Poirot llegó a casa del doctor
Rendell.
Había comido un guisado de conejo y espinacas, y
patatas duras, y un budín muy extraño, aunque no chamuscado esta vez. “Le ha
entrado agua”, había explicado Maureen. Se había tomado media taza de un café
que parecía barro. No se sentía muy bien.
Le abrió la puerta mistress Scott, la anciana ama
de llaves, y preguntó por mistress Rendell.
Hallábase esta en la sala, con el aparato de radio
encendido, y se levantó con sobresalto al serle anunciado Poirot.
Obtuvo este la misma impresión que la primera vez
que la viera. Cautelosa, alerta, asustada de verle o de lo que representaba.
Parecía más pálida y más etérea que la vez
anterior. Y estaba casi seguro de que había adelgazado.
Deseo
hacerle una pregunta, madame.
¿Una
pregunta? ¿Eh? ¡Ah!, sí.
¿Le
telefoneó a usted mistress Upward el día de su muerte?. Le miró fijamente.
Asintió con un movimiento de cabeza.
¿A qué
hora?
Mistress
Scott tomó el recado. Creo que fue a eso de las seis.
¿Cuál fue
el mensaje? ¿ Pedirle que la visitara aquella noche?
Sí. Dijo
que mistress Oliver y Robin marchaban a Kilchester y que se quedaría
completamente sola, puesto que Janet salía. ¿Podría yo ir a hacerle compañía?
¿Sugirió
alguna hora en particular?
De nueve
en adelante.
¿Y usted
fue?
Tenía esa
intención. De veras que tenía esa intención. Pero no sé cómo ocurrió que
aquella noche me quedé profundamente dormida después de cenar. Eran más de las
diez cuando me desperté. Pensé que sería ya demasiado tarde.
¿No le
dijo usted a la Policía nada de la llamada de mistress Upward?
Abrió desmesuradamente los ojos. Tenían una mirada,
ingenua, casi infantil.
165
¿Debiera
haberlo hecho? Puesto que no fui, creí que no importaría. Quizá, incluso, me
sintiera un poco culpable. De haber ido yo, tal vez se encontrara viva en estos
instantes - aspiró profundamente de pronto -. ¡Oh!... Espero que no fue ra así.
No fue así
del todo - dijo Poirot.
Hizo una ,pausa y luego preguntó:
- ¿De qué tiene usted miedo, madame?
Mistress Rendell contuvo el aliento. Al fin, dijo:
¿Miedo? No
tengo miedo.
Sí que lo
tiene.
¡Qué
tontería! ¿De qué... de qué había de tener miedo yo? Poirot aguardó aún unos
segundos antes de contestar:
Pensé que
quizá pudiera tenerme miedo a mí.
No le repuso ella. Pero se le abrieron
desmesuradamente los ojos. Sacudió la cabeza en movimiento negativo, muy
despacio y con gesto retador.
166
24
1
Por ese
camino vamos a parar al manicomio - dijo Spence.
¡Oh!, no
es tan complicado como todo eso - respondió, apaciguador, Hércules Poirot.
Eso es lo
que usted dice. Cada nuevo dato que nos llega hace más difícil la
investigación. Ahora me dice usted que mistress Upward telefoneó a tres
mujeres. Que les pidió que fueran a su casa, aquella noche. ¿Por qué tres? ¿No
sabía ya cuál de ellas era Lily Gamboll? ¿O no se trata de Lily Gamboll,
después de todo? Fíjese en ese libro que lleva el nombre de Evelyn Hope.
Sugiere, ¿verdad?, que mistress Upward y Eva Kane eran una sola persona.
Lo cual
está completamente de acuerdo con la impresión que a James Bentley le dieron
las palabras de mistress McGinty.
Creí que
él no estaba seguro.
Y no lo
estaba. A James Bentley le resultaría imposible estar seguro de nada. No
escuchó con atención lo que mistress McGinty le decía. No obstante, si a James
Bentley le dio la impresión de que mistress McGinty hablaba de mistress Up
ward, es muy posible que así sea. Las impresiones tienen fundamento con
frecuencia.
Nuestras
últimas noticias de Australia (se marchó a Australia, en efecto, y no a
América) parecen ser que “mistress Hope” murió allá hace veinte años.
Eso ya me
lo han dicho - dijo el detective.
Usted
siempre lo sabe todo, ¿eh, Poirot?
Este no hizo caso de la ironía. Dijo:
Por un
lado tenemos a “mistress Hope”, muerta en Australia, ¿y por el otro?
Por el
otro tenemos a mistress Upward, viuda de un acaudalado fabricante del norte de
Inglaterra. Vivió con él cerca de Leeds y tuvo un hijo. Poco después de nacer
el hijo, murió el marido. El muchacho acusaba una tendencia tuberculosa, y
desde la muerte de su esposo vivió la mayor parte del tiempo en el extranjero.
¿Y cuándo
empieza la historia?
Cuatro
años después de marcharse Eva Kane de Inglaterra. Upward conoció a su
167
mujer en el extranjero y la trajo a Inglaterra
después de casarse.
De suerte
que mistress Upward podría ser Eva Kane. ¿Cómo se llamaba de soltera?
Hargraves,
según tengo entendido. Pero ¿qué hay en un nombre?
¿Qué, en
efecto? Eva Kane, o Evelyn Hope, puede haber muerto en Australia...
pero puede muy bien haber combinado una muerte de
conve niencia y resucitado con el nombre de Hargraves, haciendo a continuación
una nueva boda.
Todo eso
ha ocurrido hace mucho tiempo - dijo Spence -. Pero supongamos que es cierto.
Supongamos que conservó una fotografía suya y que mistress McGinty la vio...
Entonces ha de suponerse que ella mató a mistress
McGinty.
Eso podía
ser, ¿verdad? Robin Upward estaba hablando por radio aquella noche. Mistress
Rendell hablaba de haber ido aquella noche a Laburnums y de no haber conseguido
que la oyeran. Según mistress Sweetiman, Janet Groom le dijo que mistress
Upward no estaba tan impedida. como quería hacer creer.
Todo eso
está muy bien, Poirot; pero subsiste el hecho de que a ella la mataron...
después de haber reconocido el retrato. Ahora
quiere usted hacer creer que las dos muertes no tienen relación alguna.
No, no. Yo
no digo eso. Claro que están relacionadas.
Me doy por
vencido.
Evelyn
Hope. Ahí está la clave del problema.
¿Evelyn
Carpenter? ¿Es eso lo que usted piensa? ¡No Lily Gamboll, sino la hija de Eva
Kane! Pero ¡no me diga que iba a matar ella a su propia madre!
No, no.
Este no es un caso de parricidio.
¡Qué
exasperante es usted, Poirot! ¡Acabará diciendo que Eva Kane, y Lily Gamboll, y
Janice Courtland, y Vera Blake, viven todas en Broadhinny! Las cuatro
sospechosas.
Tenemos
más de cuatro. No olvide que Eva Kane era institutriz de los Craig.
¿Qué tiene
que ver eso con el asunto?
Donde hay
una institutriz tiene que haber niños... O, por lo menos, una criatura. ¿Qué
fue de los hijos de los Craig?
Creo que
tenían un hijo y una hija. Algún pariente se los llevó.
Por tanto,
hay dos personas más a quienes tener en cuenta. Dos personas que pueden haber
conservado un retrato por la razón tercera que mencioné: venganza.
No lo creo
- dijo Spence.
Poirot exhaló un suspiro.
De todas
formas, hay que tenerlas en cuenta. Creo conocer ya la verdad... aunque hay un
hecho que me desconcierta por completo.
Me alegro
de que haya algo que le desconcierte.
Confírmeme
una cosa, cher Spence. Eva Kane abandonó el país antes de ser
168
ejecutado Craig, ¿no es cierto?
Completamente
cierto.
¿Y estaba
por entonces esperando una criatura?
En efecto.
Bon Dieu,
¡qué estúpido he sido! - dijo Hércules Poirot -. El asunto es sencillísimo,
¿verdad?
Tras esta afirmación a punto estuvo de producirse
un tercer asesinato: el de Hércules Poirot, en la Jefatura de Policía de
Kilchester y a manos del superintendente Spence.
169
2
- Quiero una conferencia particular - anunció
Poirot -. Con mistress Ariadne Oliver.
La conferencia particular con mistress Oliver no se
consiguió sin dificultad. Mistress Oliver estaba trabajando y no se la podía
molestar. Poirot, sin embargo, se negó a aceptar negativas. Y al cabo de un
rato logró oír la voz de la escritora.
Delataba enfado y precipitación.
Bueno;
¿qué pasa? - inquirió -. ¿Era necesario llamarme en estos instantes? Se me ha
ocurrido una idea magnífica para un asesinato en una pañería... una de esas
anticuadas que venden combinaciones, peleles y camisetas raras de manga larga,
¿sabe?
No sé. Y,
de todas formas, lo que tengo que decir es mucho más importante.
No puede
serlo. No para mí, quiero decir. A menos que anote inmediatamente un bosquejo
de mi idea, ¡se me escapará!
Poirot no tomó en cuenta esta angustia creadora.
Hizo preguntas bruscas e imperativas, a las que mistress Oliver replicó con
cierta vaguedad.
Sí...
sí... es un teatro de compañía fija... un teatro pequeño cuyo nombre no
recuerdo: pues uno de ellos era Cecil No - sé - cuántos, y el muchacho con
quien yo hablé se llamaba Michael.
¡Admirable!
Eso era todo lo que necesitaba yo saber.
Pero ¿por
qué Cecil y Michael?
Vuelva a
sus combinaciones, peleles y camisetas de manga larga, madame.
No
comprendo por qué no detiene usted al doctor Rendell - dijo mistress Oliver
-.Si yo fuera jefe de Scotland Yard, lo haría.
Es muy
posible. Le deseo suerte con el asesinato en la pañería.
Toda la
idea me ha desaparecido ya - dijo mistress Oliver -. Me la ha echado usted a
perder.
Poirot presentó sus excusas.
Soltó el auricular y le sonrió a Spence.
Vamos
ahora... o iré yo, por lo menos... a entrevistarnos con un actor joven que se
llama Michael y que representa pequeños papeles en el Repertory Theatre, de
Cullenquay. Lo único que le pido a Dios es que se trate del Michael que yo
busco.
¿Por qué
diablos...?
170
Poirot esquivó con destreza la creciente ira de
Spence.
¿Sabe
usted, cher ami, lo que es un secret de Polichinelle?
¿Es eso
una lección de francés? - inquirió, iracundo, el superintendente.
Un secret
de Polichinelle es uno que todo el mundo puede conocer. Por esta misma razón,
la gente que no lo conoce no oye hablar nunca de él, porque si todo el mundo
cree que sabe usted una cosa, nadie se la dirá.
No sé cómo
me contengo y no le pongo las manos encima - gruñó el enfurecido funcionario.
171
25
La encuesta había terminado. El fallo: asesinato
perpetrado por persona o personas desconocidas.
Después de la encuesta, a petición de Hércules
Poirot, los que habían asistido a ella acudieron a Long Meadows.
Trabajando con diligencia, Poirot había logrado
establecer cierto orden en la sala. Se habían colocado los asientos en
semicírculo, a los perros de Maureen se los había excluido con dificultad, y
Hércules Poirot, conferenciante por propio nombramiento, ocupó su sitio en un
extremo de la estancia e inició la conferencia con un leve carraspeo para
aclararse la garganta.
- Messieurs et mesdames...
Hizo una pausa. Las palabras que pronunció a
continuación fueron inesperadas y parecieron casi burlescas:
“Mistress McGinty ha muerto. ¿Cómo murió?
“De rodillas, como yo.
“Mistress McGinty ha muerto. ¿Cómo murió?
“Con la mano tendida, como yo.
“Mistress McGinty ha muerto. ¿Cómo murió?
“Así...
Viendo la expresión de los que le escuchaban,
prosiguió:
No; no
estoy loco. El hecho de que les repita la rima infantil de un juego de
chiquillos no significa que me encuentre en la segunda infancia. Algunos de
ustedes quizá hayan jugado a eso en su niñez. Mistress Upward había jugado a
ello. Me lo repitió incluso... con una variación. Ella dijo: “Mistress McGinty
ha muerto. ¿Cómo murió? Arriesgando el cuello, como yo.” Eso dijo... y eso
hizo. Arriesgó el cuello... y por eso ella, como mistres McGinty, murió...
Para nuestro propósito, es preciso que volvamos al
principio... a mistress MoGinty...
de rodillas, fregando suelos ajenos. A mistress
McGinty la mataron. Y un hombre, James Berttley, fue detenido, juzgado y
condenado. Por ciertas razones, el superintendente Spence, encargado del caso,
no estaba convencido de la culpabilidad de Bentley, a pesar de la fuerza de las
pruebas existentes. Yo me mostré de acuerdo con él. Vine aquí a contestar una
pregunta: “¿Cómo murió mistress McGinty? ¿Por qué murió?
172
“No les haré relatos largos y complicados. Diré tan
solo que una cosa tan sencilla como un frasco de tinta me proporcionó un
indicio. En el Sunday Comet, leído por mistress McGinty el domingo antes de su
muerte, se publicaron cuatro fotografías. Ya están enterados a estas alturas de
todo lo referente a esas fotografías. Conque solo diré que mistress McGinty
reconoció entre ellas una que había visto en una de las casas en que trabajaba.
“Le habló de ello a James Bentley, aunque él no le
dio importancia a la cosa por entonces. Ni después tampoco. En realidad, apenas
la escuchó. Pero obtuvo la impresión de que había visto el retrato en casa de
mistress Upward y que, cuando hizo referencia a una mujer que, de saberse todo,
no tendría por qué enorgullecerse tanto, se refería a mistress Upward. No
podemos fiamos de esta declaración suya; pero no cabe duda de que empleó la
frase relacionada con el orgullo, y nadie puede negar que mistress Upward era
orgullosa y autoritaria.
“Como todos ustedes sabrán, ya que algunos de
ustedes se hallaban presentes, y los otros lo habrán oído contar, saqué esas
cuatro fotografías en casa de mistress Upward. Observé una expresión de
sorpresa en el rostro de la señora, y la acusé de haber reconocido a alguna de
las mujeres. Tuvo que confesar que era cierto. Dijo que “había visto una de
aquellas fotografías en alguna parte, pero que no recordaba dónde”. Cuando le
pregunté qué fotografía, señaló la de la niña Lily Gamboll. Pero eso,
permítanme que les diga, no era la verdad. Por razones particulares, deseaba
guardar el secreto. Señaló otra fotografía para desorientarme.
“Una persona hubo que no se dejó engañar, sin
embargo: la persona autora del asesinato. Una persona sabía cuál era el retrato
que mistress Upward había reconocido. Y aquí no me andaré con rodeos: el
retrato en cuestión era el de Eva Kane, mujer que fue cómplice, víctima o,
posiblemente, instigadora en el famoso asesinato del caso Craig.
“A la noche siguiente, mistress Upward murió. La
asesinaron por la misma razón que asesinaron a mistress McGinty. Mistress
MCGinty alargó la mano. Mistress Upward alargó el cuello. El resultado fue el
mismo en ambos casos.
“Ahora bien: antes que mistress Upward muriera,
tres mujeres recibieron llamadas telefónicas: mistress Carpenter, mistress
Rendell y miss Henderson. Las tres llamadas eran mensajes de mistress Upward
pidiendo a cada una de las personas en cuestión que acudieran a hacerle
compadía aquella noche. Era la noche en que su sirvienta salía, y su hijo y
mistress Oliver se iban a Cullenquay. Parece, por consiguiente, que deseaba
hablar en privado con cada una de estas tres señoras.
“Pero ¿por qué tres mujeres? ¿Sabía mistress Upward
dónde había visto el retrato de Eva Kane? ¿O sabía que lo había visto, pero no
recordaba dónde? ¿Tenían estas tres mujeres algo en común? Nada, al parecer,
salvo su edad. Todas ellas frisaban, aproximadamente, en los treinta.
“Quizá hayan leído ustedes el artículo del Sunday
Comet. Se publicó en él un cuadro verdaderamente sentimental de la hija de Eva
Kane en tiempo por venir. Las mujeres a quienes mistress Up ward había citado
tenían todas la edad precisa para poder haber sido la hija de Eva Kane.
“Conque parecía desprenderse que, aquí en
Broadhinny se encontraba la hija del célebre asesino Craig y de su amante Eva
Kane. Y también parece desprenderse que la
173
joven estaba dispuesta a llegar a cualquier extremo
por impedir que se supiera la verdad. Llegaría, incluso, a cometer dos
asesinatos. Porque, cuando se halló muerta a mistress Upward, se encontraron
dos tazas de café en la mesa, ambas usadas, y, en la taza de la visitante,
leves indicios de carmín.
“Ahora volvamos a las tres mujeres que recibieron
mensajes telefónicos. Mistress Carpenter recibió el aviso, pero dice que no fue
a Laburnums aquella noche. Mistress Rendell tenía la intención de ir, pero se
quedó dormida en su silla. Miss Henderson sí que fue a Laburnums, pero la casa
estaba a oscuras, no consiguió que oyeran sus llamadas y se volvió a casa otra
vez. Eso es lo que cuentan las tres mujeres... pero hay pruebas que están en
contradicción con sus declaraciones. Hay esa segunda taza de café con manchas
de carmín. Y un testigo exterior, la muchacha llamada Edna, asegura firme mente
haber visto entrar a una mujer rubia en la casa. También hay el indicio del
perfume…, un perfume caro y exótico que, de entre todas las interesadas, solo
mistress Carpenter usa...
Hubo una interrupción. Eve Carpenter exclamó:
Es una
mentira. ¡Es una mentira maligna y cruel! ¡No fui yo! ¡Jamás fui allí! Jamás me
acerqué a la casa... Guy, ¿no puedes hacer algo contra esos embustes?
Guy Carpenter estaba blanco de ira.
He de
decirle, monsieur Poirot, que existe una ley contra la calumnia y que todas las
personas aquí presentes son testigos de lo dicho.
¿Es una
calumnia decir que su esposa usa determinado perfume... y también, permítame
que se lo diga, cierto carmín?
¡Es
absurdo! - exclamó Eve -. ¡Ridículo en grado sumo! Cualquiera podía ir por ahí
derramando mi esencia.
Poirot la miró inesperadamente, radiante.
Mas oui,
¡justamente! Cualquiera podía. Una cosa demasiado transparente, nada sutil, de
hacer. Torpe y burda. Tan burda, que, en cuanto a mí se refiere, fracasó por
completo. Hizo más. Me dio, como suele decirse, ideas. Sí; me dio ideas.
Perfume... y rastro de carmín en una taza. Pero ¡es tan fácil quitar el carmín
de una taza! Puedo asegurarles que es posible eliminar hasta el último indicio
sin dificultad. O podían haberse retirado las propias tazas y lavarlas. ¿Por
qué no? No había nadie en la casa. Pero eso no se hizo. Y me pregunté: ¿por
qué? La respuesta pareció un énfasis deliberado sobre la femineidad, un deseo
de subrayar el hecho de que era una mujer quien había cometido el asesinato.
Reflexioné sobre las llamadas telefónicas a esas tres mujeres: todas ellas
habían sido mensajes. En ningún caso había hablado la propia receptora con
mistress Upward. Conque quizá no fuera mistress Upward quien había telefoneado.
Era alguien que deseaba hacer recaer la culpabilidad del crimen sobre una
mujer... cualquier mujer. De nuevo me pregunté: ¿por qué? y solo puede haber
una respuesta: que no fue una mujer quien mató a mistress Upward... sino un
hombre.
Paseó la mirada por su auditorio. Todos estaban muy
quietos. Solo dos personas respondieron.
Eve Carpenter dijo, con un suspiro:
174
¡Ahora
empieza usted a hablar con sentido común! Mistress Oliver movió vigorosamente
la cabeza y dijo:
Claro que
sí.
He llegado
a este punto: un hombre mató a mistress Upward, y un hombre mató a mistress
McGinty. ¿ Qué hombre? El motivo del asesinato tenía que seguir siendo el
mismo: todo gira alrededor del retrato. ¿En posesión de quién se hallaba
aquella fotografía? Esa es la primera cuestión. ¿Y por qué se conservó? Bueno;
eso quizá no sea tan difícil. Digamos que se conservó, al principio, por
razones sentimentales. Una vez eliminada McGinty... no es necesario destruir el
retrato. Pero después de cometido el segundo asesinato, la cosa varía. Esta vez
el retrato se ha relacionado definitivamente con el crimen. Ahora resulta
peligroso conservarlo. Por consiguiente, estarán ustedes de acuerdo en que se
ha de destruir forzosamente.
Contempló las cabezas que expresaban con un
movimiento su asentimiento.
Pero, a
pesar de todo eso, ¡la fotografía no se destruyó! ¡No, no fue destruida! Lo sé,
porque la encontré. La encontré hace unos días. La encontré en esta misma casa.
En el cajón del buró que ven ustedes pegado a la pared. Lo tengo aquí.
Enseñó la descolorida fotografía de la muchacha de
las rosas.
Sí - dijo
Poirot -. Es Eva Kane. Y en el dorso hay dos palabras escritas con lápiz.
¿Quieren que les diga cuáles son? Mi madre...
Sus ojos, graves y acusadores, descansaron sobre
Maureen Summerhayes. Esta se apartó el cabello de la cara y le miró con los
ojos muy abiertos y aturdidos.
No
comprendo. Yo nunca...
No,
mistress Surnmerhayes, usted no comprende. Sólo puede haber dos razones para
conservar este retrato después del segundo crimen. La primera de ellas es un
sentimentalismo inocente. Usted no experimentaba sensación de culpabilidad; por
tanto, podía conservar la fotografía. Nos dijo usted misma, en casa de mistress
Carpenter, cierto día, que era hija adoptiva. Dudo de que haya usted sabido
nunca cuál era el nombre de su verdadera madre. Pero alguna otra persona lo
sabía. Alguien que tiene todo el orgullo de la familia... un orgullo que le
hace aferrarse a su casa ancestral, orgullo de sus antepasados y de su
alcurnia. Ese hombre preferiría morir a consentir que el mundo... y que sus
hijos... supieran que Maureen Summerhayes era hija del asesino Craig y de Eva
Kane. Ese hombre, he dicho, preferiría morir. Pero eso no ayudaría, ¿verdad? En
lugar de eso, digamos que tenemos aquí a un hombre dispuesto a matar.
Johnnie Summerhayes se levantó de su asiento. Su
voz, cuando habló, era tranquila, casi amistosa:
Está usted
diciendo ya muchas bobadas, ¿verdad? Se está divirtiendo lanzando una serie
tonta de teorías. ¡Eso es lo único que son: teorías! Diciendo cosas de mi
mujer...
Estalló su ira de pronto, en furioso torrente:
- ¡Maldita sea su estampa, perro indecente!...
La rapidez con que cruzó la habitación pilló a
todos desprevenidos. Poirot saltó con
175
agilidad hacia atrás y el superintendente Spence se
metió de pronto entre Poirot y el esposo.
Vamos,
vamos, comandante Summerhayes, no se excite... no se excite...
Summerhayes se rehizo, se encogió de hombros y
murmuró:
Perdonen.
Es absurdo en realidad. Después de todo... cualquiera puede meter una
fotografía en un cajón.
Precisamente
- asintió Poirot -; y lo interesante de este retrato es que no tiene ninguna
huella dactilar.
Hizo una pausa y luego movió la cabeza muy
despacio, en gesto afirmativo.
Pero
debiera haberlas tenido - dijo -. Si mistress Summerhayes lo hubiese
conservado, lo habría hecho inocentemente y, como es natural, debiera haber
tenido huellas dactilares suyas.
Maureen exclamó:
Yo creo
que está usted loco. Jamás he visto ese retrato en mi vida... salvo aquel día
en casa de mistress Upward.
Es una
suerte para usted - aseguró Poirot - que yo sepa que está usted diciendo la
verdad. El retrato fue introducido en el cajón unos minutos tan solo antes que
yo lo encontrara. Por dos ve ces aquella mañana fue vaciado el contenido de ese
cajón en el suelo, y por dos veces lo volví a meter todo en su sitio. La
primera vez, el retrato no estaba en el cajón. La segunda vez, sí. Lo habían
colocado allí en el intervalo, y sé quién lo hizo.
Había tomado una entonación distinta su voz. Ya no
era un hombrecillo ridículo, de absurdo bigote y cabello teñido; era un cazador
que se aproximaba a la pieza.
Los
crímenes fueron cometidos por un hombre. Y lo fueron por el más sencillo de
todos los motivos: por dinero. En casa de mistress Upward se encontró un libro.
Y en la guarda hay escrito un nombre: Evelyn Hope. Hope fue el apellido que
tomó Eva Kane cuando abandonó Inglaterra. Si su verdadero nombre era Evelyn,
daría con toda seguridad ese mismo nombre a la criatura cuando naciese. Pero
Evelyn es nombre de hombre tanto como de mujer. ¿Por qué habíamos supuesto que
la criatura de Eva Kane era una niña? En realidad, ¡nada más que porque lo
decía el Sunday Comet! Pero, en verdad, el Sunday Comet tampoco lo había dicho
tan concretamente: lo había supuesto, como consecuencia de una entrevista
romántica con Eva Kane. Pero Eva Kane salió de Inglaterra antes que naciera su
hijo... Así, pues, nadie podía saber cuál iba a ser su sexo. Ahí es donde yo
también me dejé engañar. Por la romántica inexactitud de la Prensa, del Sunday
Comet. Evelyn Hope, hijo de Eva Kane, llega a Inglaterra. Tiene talento y llama
la atención de una mujer muy rica, que no sabe una palabra de su origen... sólo
la historia romántica que quisiera él contarle. Y fue una linda historia en
verdad... ¡la de una trágica y joven bailarina que murió de tuberculosis en
París! Es una mujer que se siente muy sola y que ha perdido hace poco a su
propio hijo. El talentudo autor dramático adopta legalmente el nombre de su
bienhechora. Pero su verdadero nombre es Evelyn Hope, ¿verdad, mister Upward?
Robin Upward gritó con estridencia:
- ¡Claro que no! No sé de qué está usted hablando.
176
No sé qué
esperanza tiene de poder negarlo. Hay gente que le conoce por ese nombre. El
nombre de Evelyn Hope, escrito en el libro, es de su puño y letra... la misma
letra que las palabras “mi madre” en el dorso del retrato. Mistress McGinty vio
la fotografía y la escritura cuando estaba poniendo en orden sus cosas. Le
habló a usted de ello después de leer el Sunday Comet. Mistress McGinty supuso
que se trataba de una fotografía de mistress Upward en su juventud, puesto que
no tenía idea de que no fuera ella su verdadera madre. Pero usted comprendió
que si llegaba alguna vez a mencionar el asunto, de suerte que llegara a oídos
de mistress Upward, sería el fin. Mistress Upward tenía ideas muy fanáticas en
cuanto a las características heredadas. No hubiese tolerado ni un instante a un
hijo adoptivo que fuera hijo de un famoso asesino. Ni perdonaría las mentiras
que usted le había contado. En consecuencia, era preciso sellar los labios de
mistress McGinty a toda costa. Le prometió usted un pequeño regalo, quizá, para
que fuese discreta. La visitó a la noche siguiente, camino de la emisora desde
la que había usted de radiar... y la mató. Así...
Con un brusco movimiento, Poirot asió el cortador
de azúcar de encima del estante, hizo con él un molinete e inició el descenso,
como para descargarle un formidable golpe a Robin en la cabeza.
Tan amenazador fue el gesto, que varios de los
asistentes exhalaron un grito. Robin Upward soltó un chillido. Un agudo
chillido de terror. Aulló:
No...
no... Fue un accidente. Juro que fue un accidente. No tenía la intención de
matarla. Perdí la cabeza. ¡Lo juro!
Lavó usted
la sangre y volvió a dejar el cortador en este cuarto, donde lo había
encontrado. Pero hay métodos científicos para determinar la existencia de
sangre... y para hacer resaltar nue vamente las huellas latentes.
Le digo
que jamás tuve intención de matarla... Fue todo un error... Y, en cualquier
caso, no es culpa mía... Yo no soy responsable. Lo llevo en la masa de la
sangre. No puedo remediarlo. No se me puede ahorcar por algo que no es culpa
mía... Ya lo verán ustedes.
Spence murmuró entre dientes:
- No, ¿eh? ¡Aguarda y verás!
Y en voz alta, en tono solemnemente oficial:
He de
advertirle, mister Upward, que todo cuanto diga desde este momento en adelante
podrá ser empleado en contra suya ante un tribunal.
177
26
La verdad
es que no acabo de ver, monsieur Poirot, cómo llegó usted a sospechar de Robin
Upward.
Poirot miró complacido los semblantes que le
contemplaban.
Debí
sospechar de él mucho antes. La pista... ¡una pista tan sencilla!... fue la
frase pronunciada por mistress Summerhayes en la fiesta del otro día. Le dijo a
Robin Upward: “A mí no me gustó que me adoptasen, ¿y a ti?" Estas fueron
las tres palabras reveladoras? ¿Y a ti? Significaban... sólo podían
significar... que mistress Upward no era la madre de Robin. La propia mistress
Upward experimentaba una ansiedad morbosa por evitar que se enterara nadie de
que Robin no era su propio hijo. Probablemente habría oído demasiados
comentarios burlones acerca de jóvenes de talento que viven con señoras de
cierta edad y a expensas suyas. Y muy poca gente lo sabía... sólo la pequeña
camarilla teatral entre la que conociera por primera vez a Robin. Tenía pocas
amistades íntimas en este país, puesto que había vivido tanto tiempo en el
extranjero y, de todas formas, decidió instalarse aquí, lejos de su Yorkshire
natal. Hasta llegó al extremo, al encontrarse con amistades de otros tiempos,
de no desvanecer el error de estas cuando daban por sentado que este Robin era
el mismo Robin que habían conocido de niño. Pero desde el primer momento hubo
algo que no me pareció del todo natural en Laburnums. La actitud de Robin ante
mistress Upward no era la de un niño mimado ni la de un hijo amoroso, sino la
de un protegido ante su protector. El caprichoso título de madre tenía cierto
sabor teatral. Y mistress Upward, aunque era evidente que le tenía afecto, le
trataba, inconscientemente, como valiosa y apreciada prenda que había comprado
y pagado. Conque he ahí a Up ward, cómodamente establecido, con el bolso de
madre que apoye sus empresas. Y entra en su Edén mistress McGinty, que ha
reconocido el retrato que conserva en el cajón... el retrato con “mi madre”
escrito detrás... ¡Su madre, de quien ha dicho a mistress Upward que era una
artista de ballet de mucho talento, muerta de tuberculosis! Mistress McGinty,
naturalmente, cree que el retrato es el de mistress Upward de joven, puesto que
la supone madre verdadera de Robin. No creo que se le ocurriera pensar a
mistress McGinty en un chantaje puro y simple. Quizá confiara, no obstante, en
que le hiciese “un pequeño regalo” para que guardara silencio acerca de rumores
antiguos que no hubiesen resultado muy agradables para una mujer tan “orgullosa”
como mistress Upward. Robin, sin embargo, no pensaba correr riesgos. Se apropió
del cortador de azúcar, que mistress Surnmerhayes llamaba en broma el arma
perfecta para cometer un asesinato, y se detuvo en casa de mistress McGinty
camino de la emisora. Sin desconfianza, ella le hace pasar a la sala, y allí la
mata. Sabe dónde guarda la anciana sus ahorros... todo el mundo parece saberlo
en Broadhinny... y simula un robo, ocultando el dinero en el exterior de la
sala. Se sospecha de Bentley y
178
se le detiene. Ahora el astuto Robin Upward no
corre ya ningún peligro. Pero, de pronto, presento yo los cuatro retratos; y
mistress Upward reconoce el de Eva Kane como igual al de la supuesta bailarina,
madre de Robin. Necesita tiempo para pensar. Hay un asesinato de por medio. ¿Es
posible que Robin...? No; se niega a creerlo. No sabemos qué determinación
hubiese llegado a tomar. Robin sigue dispuesto a no correr riesgos; y prepara
detalladamente sus planes. La visita al teatro la misma noche que sale Janet,
las llamadas telefónicas, la taza cuidadosamente untada de carmín con la
barrita que le ha quitado a Eve Carpenter del bolso... hasta compra un frasco
del perfume que ella usa. El conjunto constituye una escena de teatro con todos
los aditamentos necesarios. Mientras mistress Oliver aguarda en el coche, Roban
hace dos viajes a la casa. El asesinato es cuestión de segundos. Después, la
rápida colocación de los aditamentos. Y, muerta mistress Upward, heredaba una
cuantiosa fortuna según el testamento de la anciana, sin que ninguna sospecha
pudiera recaer sobre él, puesto que parecería completamente seguro que una
mujer había cometido el crimen. De las tres mujeres que visitarían la casa
aquella noche, a una se la creería culpable. Y así fue, en efecto. Robin, no
obstante, era, como todos los criminales, un descuidado. No sólo había en la
casa un libro con su verdadero nombre, sino que conservaba el fatal retrato.
Hubiera estado más seguro de haberlo destruido; pero esperaba poder comprometer
con él a alguna otra persona cuando llegase el momento. Probablemente pensó
entonces en mistress Summerhayes. Quizá fuera éste el motivo de que abandonara
Laburnums y se trasladase a Long Meadows. Después de todo, el cortador de
azúcar pertenecía a mistress Summerhayes, la cual era, por añadidura, como él
no ignoraba, hija adoptiva. Le resultaría difícil demostrar que no era hija de
Eva Kane. Sin embargo, cuando Deirdre Henderson reconoció que estuvo en el
lugar del crimen, concibió la idea de introducir el retrato entre las cosas de
ella. Procuró hacerlo empleando la escalera que había dejado el jardinero junto
a la ventana. Pero mistress Wetherby estaba nerviosa y había insistido en que
se cerraran todas las ventanas; conque Robin no consiguió su propósito. Volvió
derecho aquí y metió la fotografía en un cajón que, por desgracia para él,
había registrado yo momentos antes. Yo sabía, por consiguiente, que habían
metido el retrato allí. Y sabía también quién lo había hecho: la única persona
que se encontraba en la casa... la que estaba escribiendo a máquina en la habitación
de encima. Puesto que el nombre de Evelyn Hope figuraba en el libro hallado en
Laburnums, Evelyn Hope tenía que ser mistress Upward... o Robin Upward... El
nombre me había desorientado. Lo había relacionado con mistress Carpenter,
puesto que se llamaba Eve. Pero Evelyn era nombre de hombre además de serlo de
mujer. Recordé la conversación celebrada en el Little Rep, de Cullenquay, de la
que me había hablado mistress Oliver. El actor que hablara con ella era la
persona que yo necesitaba para que confirmase mi teoría... la de que Robin no
era hijo de mistress Upward. Porque, a juzgar por sus palabras, parecía
evidente que conocía la verdad del asunto. Y lo que contara acerca de la
rapidez con que mistress Upward había castigado a un joven que la engañara
respecto a su origen, se me antojó sugestivo. Lo cierto es que debí comprender
la verdad mucho antes. Un serio error me sirvió de obstáculo. Creí que me
habían empujado con la deliberada intención de arrojarme a la vía... y que la
persona culpable de ello era, también, el asesino de mistress McGinty. Ahora
bien: Robin Upward era prácticamente la única persona de Broadhinny que no
podía haber estado en la estación de Kilchester a la hora aquella.
Johnnie Summerhayes rió de pronto.
- Probablemente sería alguna mujer del mercado con
un cesto. Usted no sabe cómo
179
empujan.
Dijo Poirot:
En
realidad, Robin Upward era demasiado presuntuoso para tenerme miedo. Es
característico eso de todos los asesinos. Afortunadamente quizá. Porque, en
este caso, las pruebas y pistas escaseaban.
Mistress Oliver se movió.
¿Quiere
usted decir con eso - preguntó con incredulidad - que Robin asesinó a su madre
mientras me encontraba en el coche, sin que yo tuviese la menor idea de ello?
¡No hubiera habido tiempo para todo ello!
Ya lo creo
que sí. La idea que la gente se forma del tiempo suele ser absurdamente
equivocada. Fíjese alguna vez en la rapidez con que se puede hacer un cambio de
escena. En este caso se trataba principalmente de unas cuantas piezas.
Buen
teatro - murmuró maquinalmente mistress Oliver.
Sí; fue
preeminentemente un asesinato teatral. Todo muy preparado. .
¡ Y yo
estaba allí, en el coche, sin tener la menor idea!
Me temo -
murmuró Poirot - que su intuición femenina se había tomado un día de
vacaciones...
180
27
No pienso
volver a Breather & Scuttle - dijo Maude Williams -. Es una casa de mala
muerte, después de todo.
Y ya ha
cumplido su misión.
¿Qué
quiere decir usted con eso, monsieur Poirot?
¿Por qué
vino usted a esta parte del mundo?
Supongo
que, siendo usted don Sabelotodo, lo sabrá.
Tengo una
pequeña idea.
¿Y cuál es
esa famosa idea?
Poirot le estaba contemplando, meditativo, el
cabello.
He sido
muy discreto - dijo -. Se ha supuesto que la mujer que entró en casa de
mistress Upward, la rubia que vio Edna, era mistress Carpenter, y que esta
había negado haber ido allí nada más que porque estaba asustada. Puesto que fue
Robin Upward quien mató a mistress Upward, su presencia allí tiene tan poco
significado como la de miss Henderson. No obstante, yo no creo que estuviera.
Yo creo, miss Williams, que a quien vio Edna fue a usted.
¿Por qué a
mí?
Tenía dura la voz.
Poirot le respondió con otra pregunta:
¿Por qué
le interesaba tanto Broadhinny? ¿Por qué, cuando estuvo aquí, le pidió a Robin
Upward su autógrafo? Usted no es de las que van a la caza de autógrafos. ¿ Qué
sabía usted de los Upward? ¿Por qué vino a esta parte del mundo, en primer
lugar? ¿Cómo sabía usted que Eva Kane había muerto en Australia y el nombre que
tomó al salir de Inglaterra?
Es usted
un buen adivino, ¿verdad? Bueno, pues yo no tengo nada que ocultar, nada en
realidad.
Abrió el bolso. De una cartera gastada sacó un
recorte de periódico, medio deshecho de puro antiguo. En él figuraba un rostro
que Poirot conocía ya bien: el de Eva Kane.
Escritas encima se veían las siguientes palabras:
Esta mujer mató a mi madre.
Poirot se lo devolvió.
- Me lo figuré. ¿ Su verdadero nombre es Craig?
181
Me criaron
unos primos... y bien buenos que fueron. Pero cuando ocurrió todo eso tenía yo
suficientes años para no olvidarlo. Solía pensar mucho en ello. En ella. Era
una mujer de cuidado, en efecto. Los niños se dan cuenta de eso. Mi padre no
era más que un hombre débil. Que se había dejado sorber los sesos por ella.
Pero cargó con la culpa. De algo que, siempre lo he creído, hizo ella. ¡Oh!, ya
sé que él resultaba cómplice. Pero no es lo mismo, ¿verdad? Siempre tuve el
propósito de averiguar qué había sido de ella. Cuando fui mayor, contraté
detectives para que le siguieran la pista. La siguieron hasta Australia, y
acabaron informándome de que había muerto. Había dejado un hijo. Se llamaba
Evelyn Hope. Bue no, pues con eso parecía saldada la cuenta. Pero luego me hice
bastante amiga de mi actor de teatro. Mencionó a alguien llamado Evelyn Hope,
procedente de Australia, pero que ahora usaba el nombre de Robin Upward y que
escribía obras de teatro. Despertó mi interés. Una noche me lo señalaron. Y
estaba con su madre. Conque pensé que, después de todo, Eva Kane no había
muerto. En lugar de esto, andaba por ahí dándose la buena vida con una espuerta
de dinero. Me conseguí un empleo por aquí. Tenía curiosidad... y algo más que
curiosidad. Bueno, lo reconoceré... Pensé que me gustaría encontrar la manera
de vengarme... Cuando se presentó usted con todo ese asunto de James Bentley,
llegué a la conclusión de que era mistress Upward quien había matado a mistress
McGinty. Eva Kane haciendo de las suyas otra vez. Le oí decir por casualidad a
Michael West que Robin Upward y mistress Oliver iban a visitar el Rep, de
Cullenquay. Decidí entonces trasladarme a Broadhinny y abordar a la mujer.
Tenía la intención... No sé, exactamente, qué intención tenía. Se lo estoy
diciendo a usted todo. Me llevé una pistolita que había tenido siempre conmigo
durante la guerra. ¿Para asustarla? ¿Para hacer algo más? Con franqueza, no lo
sé... Bueno, pues llegué allí. No se oía ni una mosca en la casa. La puerta no
estaba cerrada con llave. Entré. Ya sabe usted cómo la encontré. Sentada allí,
muerta, amoratado e hinchado el rostro. Todas las cosas que yo había estado
pensando me parecieron entonces tontas y melodramáticas. Comprendí que jamás
sería yo capaz de matar a nadie cuando llegara el caso... Pero me di cuenta de
que pudiera costarme trabajo explicar lo que había estado haciendo en la casa.
Era fría la noche y llevaba guantes. Conque estaba segura de no haber dejado
huellas dactilares, y no creí que me hubiese visto nadie. Y nada más.
Hizo una pausa y preguntó bruscamente:
Y ahora,
¿qué piensa hacer de mí?
Nada - le
respondió Hércules Poirot -. Le deseo muy buena suerte en esta vida: he ahí
todo.
182
EPÍLOGO
Hércules Poirot y el superintendente Spence estaban
celebrando en La Vieille Grand’mere.
Cuando sirvieron el café, Spence se recostó contra
el respaldo de su asiento y exhaló un profundo suspiro de satisfacción.
No es mala
la comida aquí - dijo, aprobador -. Un poco afrancesada, quizá; pero, después
de todo, ¿dónde puede uno conseguir un bistec decente con patatas hoy en día?
Había
estado cenando aquí la noche que vino usted a verme - dijo Poirot,
reminiscente.
Y ha
pasado mucha agua bajo el molino desde entonces. Eso he de reconocerlo,
monsieur Poirot: supo usted ganar la partida - una leve sonrisa arrugó el
rostro de palo -. Suerte que el joven no se dio cuenta de las pocas pruebas que
en realidad teníamos. ¡Un buen abogado las hubiese hecho migas! Pero perdió la
cabeza por completo y se delató él mismo. Habló y se comprometió sin esperanza
de salvación. ¡Una suerte para nosotros! .
No fue
suerte del todo - le dijo en son de reproche Poirot -. Le trabajé como trabaja
uno a un pez grande para sacarlo del agua. Creyó que tomaba en serio las
pruebas contra mistress Summerhayes. Cuando vio que no era así, sufrió la
reacción y se deshizo. Además, es un cobarde. Esgrimí el cortador de azúcar y
creyó que iba a darle con él. El miedo intenso siempre hace decir la verdad.
Suerte que
no padeció las consecuencias de la reacción del comandante Summerhayes - rió
Spence -. Tiene genio, vaya si lo tiene, y pies ligeros. Logré interponerme
justamente a tiempo. ¿Le ha perdonado ya?
¡Ah, sí!
Somos los mejores amigos del mundo. Y le he dado a mistress Summerhayes un
libro de cocina, y le he enseñado personalmente a hacer una tortilla. Bon Dieu,
¡lo que llegué yo a sufrir en esa casa!
Cerró los ojos.
Fue
complicado todo ese asunto - murmuró Spence, sin el menor interés por los
angustiados recuerdos de Poirot -. Demuestra cuán cierto es eso de que todo el
mundo tiene algo que ocultar. Mistress Carpenter se salvó por un pelo de ser
detenida como asesina. Jamás una mujer con sus actos dio más pruebas de ser
culpable. Y todo, ¿por qué?
¡Eh bien!,
¿por qué? - inquirió Poirot con curiosidad.
Nada más
que por un pasado un poco desagradable. Había sido tanguista... ¡Y una
183
chica muy animada, con amiguitos a montones! No era
viuda de guerra cuando llegó a Broadhinny a instalarse. Solo lo que hoy en día
se llama “una esposa no oficial”. Claro, nada de eso hubiera valido para un
hombre tan pagado de sí mismo como Guy Carpenter. Le había contado un cuento
muy distinto. Y estaba frenética ante la posibilidad de que saliera a relucir
el asunto en cuanto nos pusimos a investigar la procedencia de todo el mundo.
Saboreó el café y se echó a reír.
Luego; los
Wetherby. Una casa la mar de siniestra. Odio y malicia. Una muchacha cohibida y
frustrada. ¿Y qué se oculta tras todo eso? Nada siniestro. ¡Nada más que
dinero! El simple y vulgar metal.
¿Así de
sencillo es?
La
muchacha tiene el dinero. Y en abundancia. Se lo dejó una tía. Así, pues, mamá
la tiene bien sujeta, por si acaso se le ocurre casarse. Y el padrastro la
odia, porque es ella quien tiene los cuartos y quien paga las cuentas. Tengo
entendido que él ha fracasado en todo lo que ha emprendido. Un mal bicho. Y, en
cuanto a Wetherby, es veneno puro disuelto en azúcar.
Estoy de
acuerdo con usted - Poirot movió la cabeza con gesto de satisfacción -. Es una
suerte que sea la muchacha quien tenga el dinero. Así resulta más fácil
combinar su matrimonio con James Bentley.
El superintendente pareció sorprendido.
¿Que va a
casarse con James Bentley? ¿Deirdre Henderson? ¿Quién lo dice?
Yo lo
digo. Me pienso ocupar del asunto. Aho ra que nuestro pequeño problema ha
quedado resuelto, tengo demasiado tiempo. Lo dedicaré a fomentar ese
matrimonio. Ninguno de los dos interesados tiene aún la menor idea de semejante
cosa. Pero se sienten atraídos. Si los dejáramos solos, nada sucedería. Pero
tienen que contar con Hércules Poirot. ¡Ya verá usted! ¡El asunto marchará
viento en popa!
Spencer rió.
A usted no
le importa meter la nariz en los asuntos ajenos, ¿verdad?
¡Mon
cher.!, eso no está bien en sus labios - dijo con reproche Poirot.
¡Ah! Ahí
me ha pillado usted. De todas formas, ese James Bentley es una calamidad.
¿Que si lo
es? En estos instantes se siente hasta afligido porque no le van a ahorcar.
Debiera
estar de rodillas a los pies de usted en agradecimiento - dijo Spence.
Más bien a
los de usted. Pero, aparentemente, él no lo cree así.
Bicho
raro.
Como usted
dice. Y, sin embargo, dos mujeres han estado dispuestas a interesarse por él.
La Naturaleza tiene cosas bien inesperadas.
Yo creí
que era con Maude Williams con quien le iba usted a aparejar.
Escogerá
él - dijo Poirot -. Será él quien... ¿cómo dicen?... otorgue la manzana. Pero
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yo creo que escogerá a Deirdre Henderson. Maude
Williams tiene demasiada energía y vitalidad. Con ella se reconcentraría aún
más en sí mismo.
¡No
concibo cómo puede quererle ninguna de ellas!
Los
designios y vías de la Naturaleza son, en verdad, inescrutables.
De todas
formas, trabajo le doy a usted. Primero ha de prepararle a él para que se
lance. Luego ha de arrancar a la muchacha de las garras de esa madre
venenosa... ¡que luchará contra usted con garra y colmillo!
La
victoria está de parte de los grandes batalladores.
De parte
de los grandes bigotes, supongo que quiere usted decir.
Rió Spence a carcajadas su propia gracia. Poirot se
acarició, complacido, los bigotes y sugirió un coñac.
No le digo
que no, monsieur Poirot. Este pidió las copas.
¡Ah !-dijo
Spence -, ya sabía yo que tenía que decirle otra cosa. ¿Se acuerda de los
Rendell?
Naturalmente.
Bueno,
pues cuando le interpelamos a él, salió a relucir algo un poco extraño. Parece
ser que cuando su primera mujer murió en Leeds, donde donde ejercía la carrera
entonces, la policía recibió unos cuantos anónimos bastante malintencionados
referentes a él. Decían que la había envenenado. Claro que la gente suele decir
cosas así. La había asistido otro médico, hombre de reputación, y él parecía
creer que la muerte había sido natural. Lo único que había era que ambos se
habían hecho un seguro de vida, cada uno a beneficio del otro, cosa que también
es usual... Nada que pudiera servir de excusa para que nosotros nos
inmiscuyéramos. Y, sin embargo...
¿Qué opina usted?
Poirot recordó el temor de mistress Rendell. Su
mención de cartas anónimas y su insistencia en que ella no creía una palabra de
lo que los anónimos dijeran. Recordó también su convencimiento de que la
investigación del caso McGinty no era más que un pretexto.
Dijo:
Se me
antoja que no fue la Policía la única que recibió anónimos.
¿Se los
mandaron a ella también?
Creo que
sí. Cuando me presenté en Broadhinny, ella creyó que le seguía la pista a su
marido y que el asunto McGinty no era más que un pretexto. Sí... Y él lo creyó
también. ¡Así se explica! ¡Fue el doctor Rendell quien intentó tirarme debajo
del tren aquella noche!
¿Cree
usted que tratará de liquidar a su mujer también? ¿Le considera usted capaz de
cometer ese crimen?
Creo que
haría ella muy bien en no asegurarse la vida a favor suyo - contestó secamente
Poirot -. Pero, si cree que le tenemos echado el ojo, obrará con prudencia.
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Haremos lo
que podamos. No perderemos de vista a nuestro genial doctor, y procuraremos que
él lo sepa.
Poirot alzó la copa de coñac.
¡A la
salud de mistress Oliver! - dijo.
¿Qué es lo
que le ha hecho pensar en ella tan de pronto?
La
intuición femenina - contestó Poirot. Hubo una breve pausa. Luego dijo Spence
muy despacio:
Robin
Upward comparecerá a juicio la semana que viene. ¿Sabe, Poirot, que no puedo
por menos de sentir dudas...?
Poirot le intertumpió con horror:
¡Mon Dieu!
¡No me diga que empieza a sentir dudas ahora de la culpabilidad de Robin
Upward! ¡No me diga que quiere empezarlo todo otra vez!
El superintendente Spence sonrió tranquilizador:
¡Santo
Dios, no! Él es el asesino, de eso estoy seguro. Y agregó:
¡Es lo
bastante perverso y está lo suficientemente pagado de sí mismo para hacer
cualquier cosa!


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