© Libro N° 8581. La Revolución Cultural. ¿La Última Revolución? Badiou,
Alain. Emancipación. Mayo 8 de 2021.
Título
original: © La Revolución Cultural. ¿La
Última Revolución? Alain Badiou
Versión Original: © La Revolución Cultural. ¿La Última
Revolución? Alain Badiou
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¿La Última Revolución?
Alain Badiou
LA REVOLUCIÓN CULTURAL
¿La Última Revolución?
Alain Badiou
Les Conférences du Rouge-Gorge
Establecimiento y traducción al español: A.
Arozamena
Maquetación actual: Demófilo, 2010
SUMARIO
3 Por qué?
5 Relatos
8 Fechas
9 Hipótesis
13 Campos
experimentales
14 La decisión
en 16 puntos
20 Guardias
rojos y sociedad china
23 La Comuna
de Shangai
26 Las tomas
de poder
28 El
incidente de Wuhan
32 La entrada
de los obreros en las universidades
34 El culto a
la personalidad
40 Una
cronología muy somera de la Revolución cultural
O MEGALFA
Biblioteca Virtual
ΩΑ
¿Por qué?
¿Por qué hablar de la “Revolución cultural” –nombre
oficial de un largo período de disturbios graves en la China comunista, entre
1965 y 1976? Al menos por tres razones.
1- La Revolución cultural fue una referencia
constante y viva para la acción militante en el mundo entero, y especialmente
en Francia, al menos entre 1967 y 1976. La R.C. forma parte de nuestra historia
política, funda la existencia de la corriente ma-oísta, única verdadera
creación de los años 60 y 70. Puedo de-cir “nuestra”, yo era maoísta, y en
cierto sentido, por citar a Rimbaud, “yo (lo) soy, y (lo) soy siempre”. Toda
clase de tra-yectorias subjetivas y prácticas encontraron, en la incansable
creatividad de los revolucionarios chinos, su nominación. Cam-biar de
subjetividad, vivir de otro modo, pensar de otro modo, los chinos –y después
nosotros– llamaron a todo ello la “revo-lucionarización”. Decían: “cambiar al
hombre en lo que tiene de más profundo”. Nos enseñaron que, en la práctica
política, se debe ser a la vez, puesto que la vieja visión del mundo está
siempre tan presente en nosotros, “el arquero y la flecha”. Al final de los
años sesenta estábamos por todas partes, en las fábricas, en las ciudades, en
el campo. Decenas de millares de estudiantes se convertían en proletarios, o
vivían en las residen-cias obreras. También existían, para esto, palabras de la
Revo-
3
lución cultural: los “grandes intercambios de
experiencia”, “servir al pueblo”, y, siempre esencial: la “ligazón de masas”.
Luchamos contra la inercia brutal del PCF, su conservadurismo violento. En
China también se atacaba el burocratismo del Par-tido, eso se llamaba “luchar
contra el revisionismo”. Incluso las escisiones, los enfrentamientos entre
revolucionarios de orien-taciones diferentes, se dieron en China: “desalojar a
la banda negra”, acabar con los que son “de izquierda en apariencia y de derecha
en realidad”. Cuando nos plantábamos en una situa-ción política popular, huelga
de fábrica o enfrentamientos con-tra los gerentes fascistizantes de las
residencias, sabíamos que era preciso “sobresalir en descubrir la izquierda
proletaria, cap-tar al centro, aislar y aplastar a la derecha”.
El Pequeño Libro rojo de Mao era nuestra guía, no
para todo, como dicen los necios, con fines de catequización dogmática, sino,
muy al contrario, para aclararnos e inventar vías nuevas en toda clase de
situaciones dispares anteriormente desconoci-das para nosotros. Sobre todo eso,
al no ser de los que cubren su abandono y su adhesión a la reacción establecida
con refe-rencias a la psicología de las ilusiones o a la moral de los
ex-travíos, nosotros, no podemos más que citar nuestras fuentes, y rendir homenaje
a los revolucionarios chinos.
2- La Revolución cultural es el ejemplo tipo (una
noción más del maoísmo, el ejemplo tipo: un hallazgo revolucionario que es
preciso generalizar) de una experiencia política que satura la forma del
Partido-Estado. Empleo aquí la categoría de “satura-ción” en el sentido que le
da Sylvain Lazarus:1 intentaré de-mostrar que la Revolución cultural es la
última secuencia polí-
1 Sylvain
Lazarus, Anthropologie du nom, Le Seuil, 1996, p.37. [Antropología del nombre,
del profesor Sylvain Lazarus será una de nuestras próximas traducciones. Nota
de traductor: A.Arozamena]
4
tica significativa aún interna al Partido-Estado
(en este caso, al Partido Comunista Chino) y por ello fracasa. Ya Mayo de 68 y
sus consecuencias es un poco otra cosa. El movimiento polaco o Chiapas es otra
cosa. La Organización Política, es absoluta-mente otra cosa. Pero sin la
saturación de los años sesenta y setenta no existiría nada pensable, fuera del
espectro del Parti-do o de los partidos –Estado.2
3- La Revolución cultural es una gran lección sobre
historia y política, sobre la historia pensada a partir de la política (y no a
la inversa). En efecto, dependiendo de cómo se examine esta “revolución” (la
propia palabra está en el corazón de la satura-ción), según la historiografía
dominante o según una cuestión política real, se llega a discordancias
penetrantes. Lo que im-porta es ver bien que la naturaleza de esta discordancia
no está en el registro empírico o positivista de la exactitud o de la in-exactitud.
Podemos estar de acuerdo sobre los hechos, y des-embocar en juicios
perfectamente contrarios. Es precisamente esta paradoja lo que nos va servir
para entrar en materia.
Relatos
La versión historiográfica dominante ha sido puesta
a punto por diversos especialistas, particularmente por sinólogos, desde 1968,
y no ha cambiado desde entonces. Se halla consolidada en lo que ha llegado a
ser, en palabras encubiertas, la versión oficial de un Estado chino dominado
desde 1976 por supervi-vientes y revanchistas de la Revolución cultural, Teng
Hsiao Ping a la cabeza.
2 Sobre
el/los partidos-Estado como figuras centrales del siglo XX, se leerá la
precedente conferencia del Rouge-Gorge, Los regímenes del siglo, pronunciada
por Sylvain Lazarus.
5
¿Qué dice esta versión? 3 Que en vez de una
revolución se tra-taría de una lucha por el poder en las cimas de la burocracia
del Partido-Estado. Que el voluntarismo económico de Mao, en-carnado por la
consigna del “Gran Salto adelante” fue un com-pleto fracaso hasta el punto de
entrañar el retorno del hambre en el campo. Que como consecuencia de este
fracaso Mao es minoritario en las instancias dirigentes del partido y que
im-pone su ley un grupo “pragmático” en el que las personalidades dominantes
son Liu Shao Shi (nombrado ahora presidente de la Républica), Teng Hsiao Ping
(secretario general del partido) y Peng Chen (alcalde de Pekín). Que Mao
intentó desde 1963 dirigir contraofensivas pero que se embarrancó en las
instan-cias regulares del partido. Que, entonces, sólo tenía como re-curso
fuerzas extrañas al partido, ya sea externas (guardias ro-jos estudiantes) o ya
sea externas/internas, principalmente el ejército, del que había retomado el
control después de la elimi-nación de Peng Teh -huaï y su remplazamiento por
Lin Piao.4 Que existió entonces, y únicamente a causa de la voluntad de Mao de
retomar el poder, una situación caótica y sangrante, sin que jamás, hasta la
muerte del culpable (en 1976), se llegase a una estabilización.
En realidad, se puede convenir que nada en esta
versión, es, propiamente hablando, inexacto. Pero nada tampoco toma el sentido
verdadero que le da, únicamente, la comprensión polí-tica de los episodios, su
concentración en un pensamiento to-davía activo hoy.
3 El libro
que da el estilo general de las versiones oficiales o “críticas” (por una vez
extrañamente de acuerdo) de la Revolución cultural es el de Simon Leys, Les
habits neufs du Président Mao.
4 Sobre estos
episodios, y más generalmente sobre los hechos principales del período, se
remitirá a la cronología que sigue(p. )
6
1. ¿Ninguna
estabilización? Ciertamente. Pero es que precisa-mente se trata de que es
imposible desplegar la novedad polí-tica en el cuadro del Partido-Estado. Ni la
libertad creativa más esperada por las masas estudiantes y obreras (entre 1966
y 1968), ni el control ideológico y estatal del ejército (entre 1968 y 1971),
ni la solución de las cuestiones, una tras otra, en el buró político donde se
enfrentan tendencias antagónicas (entre 1972 y 1976) permitieron que las ideas
revolucionarias se ins-talasen y que una situación política totalmente nueva,
entera-mente despegada del modelo soviético, pudieran al fin ver el día a
escala de conjunto.
2- ¿El recurso a las fuerzas exteriores?
Ciertamente. Pero este recurso intentaba obtener, y tuvo por efecto, tanto a
corto como a medio plazo, y quizás todavía hoy, una desintrincazión par-cial
del Partido y del Estado. Se trataba de arruinar, al menos en la duración de un
movimiento gigantesco, al formalismo burocrático. Que al mismo tiempo se
provocara la anarquía de las facciones no hace más que designar una cuestión
política esencial para los tiempos que vienen: ¿qué es lo que funda la unidad
de una política, si no está directamente garantizada por la unidad formal del
Estado?
3- ¿Una lucha por el poder? Evidentemente. Es
bastante ridí-culo oponer la lucha por el poder a “revolución”, puesto que,
precisamente, no se puede entender por revolución más que la articulación de
fuerzas políticas antagónicas sobre la cuestión del poder. De forma permanente,
los maoístas citaron constan-temente a Lenin, para quien, explícitamente, la
cuestión de la revolución es en última instancia la del poder. El verdadero
problema, muy complejo, sería, más bien, saber si la Revolu-ción cultural no
pone fin a la concepción revolucionaria de la articulación entre política y
Estado. Esta fue en verdad su gran cuestión, su debate central y violento.
7
4- ¿El “Gran Salto adelante”, un fracaso cruel? Sí,
en muchos aspectos. Pero este fracaso resulta de un examen crítico de la
doctrina de Stalin. No es cuestión, en absoluto, de echar la cul-pa de ello a
un tratamiento uniforme de las cuestiones relativas al desarrollo del campo por
el “totalitarismo”. Mao examinó severamente (numerosas notas escritas dan
pruebas de ello) la concepción estalinista de la colectivización y su
insondable desprecio hacia los campesinos. Su idea no era, de ningún mo-do,
colectivizar de manera violenta y forzada, para asegurar a cualquier precio la
acumulación en las ciudades. Era, muy al contrario, industrializar in situ los
campos, dotarlos de una re-lativa autonomía económica y de esta manera evitar
la proleta-rización y la urbanización salvajes que tomaron, en la URSS, la
presencia de una catástrofe. En verdad, Mao seguía la idea co-munista de una
resolución efectiva de la contradicción entre la ciudad y el campo, y no la de
un borramiento violento del campo en beneficio de la ciudad. Si existe un
fracaso, es de naturaleza política, y es un fracaso muy distinto al de Stalin.
En definitiva, es preciso afirmar que la propia
descripción abs-tracta de las cosas no conduce en absoluto al mismo
pensa-miento, si opera según axiomas políticos diferentes.
Fechas
La querella es mucho más evidente sobre las fechas.
El punto de vista dominante, que es también el del Estado Chino, es que la
Revolución cultural duró 10 años, de 1966 a 1976, desde los guardias rojos
hasta la muerte de Mao. Diez años de disturbios, diez años perdidos para un
desarrollo racional.
En realidad, esta datación puede defenderse, si se
razona desde el estricto punto de vista de la historia del Estado chino, te-
8
niendo como criterios: la estabilidad civil, la
producción, una cierta unidad a la cabeza de las administraciones, la cohesión
del ejército, etc. Pero tal no es mi axioma y tales no son mis criterios. Si se
examina la cuestión de las fechas desde el punto de vista de la política, de la
invención política, el criterio prin-cipal se convierte en: ¿cuándo puede
decirse que se localizan creaciones de pensamiento colectivas, de tipo
político? ¿cuán-do la práctica y las consignas están en exceso verificable sobre
la tradición y el funcionamiento del Partido-Estado chino? ¿cuándo surgen
enunciados de valor universal? Claro que, en-tonces, se fijan otros límites del
proceso que tuvo por nombre “Gran Revolu ción cultural proletaria”, y que
llamaremos, entre nosotros, “la GRCP”.
Por lo que a mi concierne, propongo decir que la
Revolución cultural, así concebida, forma una secuencia que va de noviem-bre de
1965 a julio de 1968. Podría incluso admitir (es una dis-cusión de técnica
política) una restricción drástica, que situaría el momento revolucionario
propiamente dicho entre mayo de 1966 y septiembre de 1967. El criterio es la
existencia de una actividad política de masas, de sus consignas, de sus
organiza-ciones nuevas, de sus lugares propios. A través de los cual se
constituye una referencia ambivalente, pero incontestable, para todo
pensamiento político contemporáneo digno de este nom-bre. En este sentido,
existe “revolución” porque existen los guardias rojos, los rebeldes obreros
revolucionarios, innumera-bles organizaciones y “cuarteles generales”,
situaciones total-mente imprevisibles, enunciados políticos nuevos, textos sin
precedentes, etc.
9
Hipótesis
¿Cómo proceder para que este gigantesco seísmo sea
expuesto en el pensamiento, y produzca sentido hoy? Voy a formular una
hipótesis y a experimentarla sobre diversas dimensiones, factuales o textuales,
de la secuencia de la que hablo (o sea: China entre noviembre de 1965 y julio
de 1968).
La hipótesis es la siguiente. Estamos en las
condiciones de una división esencial del Partido-Estado (el Partido Comunista
chi-no en el poder desde 1949), división esencial en lo que respecta a
cuestiones cruciales en cuanto al devenir del país: la econom-ía y la relación
entre la ciudad y el campo; la transformación eventual del ejército; el quiebre
de la guerra de Corea; los inte-lectuales, las universidades, el arte y la
literatura, y finalmente el valor del modelo soviético. Pero tan esencial y más
todavía es que la corriente minoritaria en los cuadros del partido esté al
mismo tiempo dirigida, o representada, por aquel en el que la legitimidad
histórica y popular es la más grande, a saber, Mao Tse-Tung. Existe un temible
fenómeno de no coincidencia en-tre la historicidad del partido (el largo
período de guerra popu-lar, contra los japoneses primero y después contra
Tchang Kai-Shek) y el estado presente de su actividad como osamenta del poder
de Estado. Por lo demás, se invocará constantemente durante la Revolución
cultural, singularmente en el ejército, el período de Yenan como modelo de la
subjetividad política co-munista.
Este fenómeno tiene las siguientes consecuencias:
el enfrenta-miento de las posiciones no llega a ser normalizado por las reglas
del formalismo burocrático. Pero tampoco lo alcanza a ser por los métodos de la
depuración terrorista utilizada por Stalin en los años treinta. Ahora bien, en
el espacio del Partido-
10
Estado no hay más que formalismo o terror. Mao y su
grupo van a tener que inventar un tercer recurso, el recurso a la movi-lización
política de masas, para intentar vencer a los repre-sentantes de la corriente
mayoritaria, y sobre todo a sus diri-gentes en las instancias superiores del
Partido y del Estado. Este recurso supone que se admiten formas no controladas
de revuelta y de organización. El grupo de Mao, después de bas-tantes
vacilaciones, va a imponer en efecto que se las admita, en primer lugar en las
universidades y acto seguido en las fábricas. Pero, contradictoriamente,
también va a intentar res-tablecer todas las innovaciones organizativas de la
revol ución en el espacio del Partido-Estado.
Nos encontramos en el corazón de la hipótesis: la
revolución cultural es el desarrollo histórico de una contradicción. Por un
lado, se trata de reanimar la acción revolucionaria de masas en los márgenes
del Estado de la dictadura del proletariado, o más aún de reconocer, en la
jerga teórica de la época, que aunque el Estado sea formalmente un Estado
“proletario” la lucha de cla-ses continúa, aquí comprendida en las formas de la
revuelta de masas. Mao y los suyos llegarán incluso a decir que la bur-guesía
se reconstituye y se organiza en el partido comunista mismo. Por otro lado, la
guerra civil propiamente dicha queda excluida, la forma general de la relación
entre el Partido y el Estado, en particular en lo que concierne a las fuerzas
represi-vas, debe permanecer invariable, al menos en lo que no es
ver-daderamente cuestión de destruir el Partido, que es lo que Mao dará a
conocer indicando que “la aplastante mayoría de los cuadros son buenos”.
Esta contradicción va a entrañar a la vez
desbordamientos su-cesivos de la autoridad del Partido por las revueltas
locales, la anarquía violenta de estos desbordamientos, el carácter
ineluc-table de una vuelta al orden de una gran brutalidad, y en defini-
11
tiva la entrada en escena decisiva del ejército
popular.
Los desbordamientos sucesivos fijan la cronología
(las etapas) de la Revolución cultural. El grupo dirigente revolucionario va a
intentar, en primer lugar, mantener la revuelta en el cuadro de las unidades de
enseñanza. Esta tentativa fracasó a partir de agosto de 1966, cuando los
guardias rojos toman las ciudades. A continuación, se tratará de mantenerla en
el cuadro de la ju-ventud escolarizada. Pero desde finales de 1966, y sobre
todo a partir de 1967, los obreros se convierten en la fuerza principal del
movimiento. A continuación se buscará aislar a las admi-nistraciones del
Partido y del Estado, pero ellas estarán en la tormenta a partir de 1967 a
través del movimiento de las “to-mas de poder”. En fin, se querrá guardar al
ejército a todo pre-cio como potencia en reserva, como recurso último. Incluso
cuando ello se haga imposible, con el desencadenamiento de las violencias
registrado en Agosto de 1967 en Wuhan y en Cantón. Por lo demás, se está a la
vista de un riesgo real de escisión de las fuerzas armadas que abrirá el lento
movimiento de inversión represiva, comenzado en septiembre de 1967.
Digamos así las cosas: las invenciones políticas
que dieron a la secuencia su aspecto revolucionario incontestable, no pudieron
desplegarse más que como desbordamientos a la luz de los ob-jetivos que les
habían asignado tanto los actores mismos de la revolución (la juventud y sus
innumerables grupos, los rebeldes obreros…) como los considerados sus
dirigentes naturales: Mao y su grupo minoritario. Así que, estas invenciones
que siempre fueron localizadas y singulares no pudieron devenir en
proposiciones estratégicas y reproducibles. Es por lo que, en definitiva, la
significación estratégica (o la carga universal) de estas invenciones era
negativa. Pues lo que comportan, y lo que hizo vivamente avanzar a las
conciencias militantes del mundo entero, no era nada más que el fin del
Partido-Estado como
12
producción central de la actividad política
revolucionaria. Más generalmente, la Revolución cultural ha demostrado que ya
no era posible asignar ni las acciones revolucionarias de masas, ni los
fenómenos organizativos, a la estricta lógica de la represen-tación de clases.
Esta es la razón por la que permanece como un episodio político de muy primera
importancia.
Campos experimentales
Quisiera experimentar la hipótesis arriba expuesta
sobre siete referentes seleccionados, tomados, además, en orden cronoló-gico.
1- La circular en 16 puntos de Agosto de 1966, que
quizás se deba a la mano de Mao, y que es, en todo caso, el documento central y
el más novedoso, el más en ruptura con el formalismo burocrático de los
partidos-Estado.
2- Los guardias rojos y la sociedad china (el
período que va de Agosto de 1966 a, al menos, agosto de 1967). Exploración, sin
duda, de los límites de la capacidad política de la juventud es-tudiante más o
menos liberada a ella misma, y esto, cualquiera que sean las circunstancias.
3- Los “rebeldes revolucionarios obreros” y la
Comuna de Shangai (enero/febrero 1967), episodio capital e inacabado, puesto
que propone una forma de poder alternativa al centra-lismo del partido.
4- Las “tomas de poder”: “gran alianza”, “triple
unión” y “co-mités revolucionarios”, de enero de 1967 a la primavera de 1968.
Se trata ahí de saber si el movimiento crea realmente nuevas organizaciones, o
no pretende más que una regenera-ción del partido.
13
5- El incidente de Wuhan (julio de 1967). Se está
en el apogeo del movimiento, el ejército al borde de la división, la extrema
izquierda crece en su ventaja, pero precisamente ella es la que va a sucumbir.
6- La entrada de los obreros en las universidades
(fin de julio de 1968), que es en realidad el episodio final de la existencia
de las organizaciones estudiantes independientes.
7- El culto a la personalidad de Mao. Esta
característica fue con frecuencia el objeto de los sarcasmos occidentales que
al final olvidaron preguntarse cuál podría ser su significación, y en
particular su significación en la Revolución cultural, en la que el tal “culto”
sirvió de bandera, no a los conservadores del par-tido, sino a los rebeldes
estudiantes y obreros.
La decisión en 16 puntos
Este texto fue adoptado por una sesión del Comité
central el 8 de Agosto de 1966. Pone en escena, con una suerte de genio, la
contradicción fundamental de la empresa llamada “Revolución cultural”. Uno de
los signos de esta puesta en escena es, además, que no explica, o casi no lo
explica, el nombre (“cultu-ral”) de la secuencia política en curso. Si no por
la enigmática y metafísica primera frase: “La Revolución cultural aspira a
cambiar al hombre en lo que le es más profundo”. A este res-pecto, “cultural” equivale
a “ideológica”, en un sentido particu-larmente radical.
Todo el sentido del texto es una llamada pura y
simple a la li-bre revuelta, en la gran tradición de las legitimaciones
revolu-cionarias.
Es un texto muy probablemente ilegal, pues la
composición del
14
Comité central fue “corregida” por el grupo de Mao
con el apoyo del ejército (o de ciertas unidades adictas a Lin Piao). Los
militantes revolucionarios de las universidades estuvieron presentes, a los
burócratas conservadores se les impidió ir. En realidad, y esto es
importantísimo, esta decisión abre un per-íodo de inexistencia tanto del Comité
central como del secreta-riado del Partido. Sin embargo, los textos centrales
importantes serán firmados conjuntamente por tres instituciones: el Comité
central, ciertamente, pero que no es más que un fantasma; el “grupo encargado
de la Revolución cultural”, grupo ad hoc muy restringido,5 pero que dispone de
la realidad del poder propiamente político como reconocido por los rebeldes; el
Consejo de asuntos de Estado, presidido por Chou En-läi, y en fin, garante de
un mínimo de continuidad administrativa, la temible comisión militar del Comité
central, reorganizada por Lin Piao.
Ciertos pasajes de la circular son de una
particular virulencia, tanto en lo que concierne a la exigencia revolucionaria
inme-diata como a la necesidad de oponer al partido nuevas formas de
organización.
En lo que concierne a la movilización popular, se
citará en par-ticular los puntos 3 y 4, en los que los títulos son “Acordar la
primacía de la audacia y movilizar sin reserva a las masas”, y
5 Hasta
septiembre de 1967, el grupo dirigente maoísta comprendía doce personas: Mao,
Lin Piao, Tchen Po-ta, Kiang Tsing, Yao Wen-yuan, Chou En-lai, Kang Cheng,
Tchan Tcheou-kiao, Wang Li, Kouang Feng, Lin Kie, Tsi Pen-Yu. Se dice que Chen
Yi, viejo veterano de centro-derecha y humorista valeroso, decía: “¿Esto es el
gran Partido comunista chino? ¿Doce personas?”. Sin embargo, se podría señalar
que el grupo dirigente el Comité de Salud Pública entre 1792 y 1794 era todavía
mucho más restringido. Las revoluciones combinan gigantescos fenómenos de masas
con una dirección política con frecuencia muy restringida.
15
“Que las masas se eduquen en el movimiento”. Por
ejemplo:
Lo que el Comité Central del Partido pide a los
comités del partido en todos los escalafones es perseverar en la dirección
justa, acordar la primacía de la audacia, movilizar sin reserva a las masas,
acabar con este estado de debilidad e impotencia, animar a los camaradas que
han cometido errores, pero que quieren corregirlos, verter la carga de sus
faltas, unirse a la lucha, relevar de sus funciones a los que detentan puestos
de dirección y adoptan la vía capitalista, y volver a tomar la di-rección para
devolverla a los revolucionarios prol etarios.
O un poco más:
Es preciso tener confianza en las masas, apoyarse
en ellas y respetar su espíritu de iniciativa. Es necesario rechazar el te-mor
y no tener miedo de los problemas. El Presidente Mao nos ha enseñado siempre
que una revolución no puede cum-plirse con tanta elegancia y delicadeza, o con
tanta dulzura, amabilidad, cortesía, moderación y generosidad del alma. ¡Que
las masas se eduquen en este gran movimiento revolu-cionario, y operen la
distinción entre lo que es justo y lo que no, entre las maneras de actuar correctas
e incorrectas!
Hay que usar el método de los periódicos murales en
grandes caracteres y los grandes debates para permitir amplias y fran-cas
exposiciones de opiniones, a fin de que las masas puedan expresar sus puntos de
vista justos, criticar los puntos de vis-ta erróneos y denunciar todos los
genios malignos. De esta manera, las amplias masas podrán, en la lucha, elevar
su conciencia política, acrecentar su capacidad y su talento, dis-tinguir lo
que es justo de lo que no lo es y distinguir a los enemigos que se esconden
entre ellos.
16
Un detalle del punto 7 es particularmente
importante y tendrá inmensas consecuencias prácticas. Helo aquí:
Ninguna medida debe ser tomada contra los
estudiantes y alumnos de las universidades, institutos, escuelas secunda-rias y
primarias a propósito de los problemas que surjan en el curso del movimiento.
Todo el mundo en China comprende que, al menos para
el per-íodo que se abre, la juventud revolucionaria de las ciudades está
asegurada con una forma de impunidad.
Es evidentemente lo que le permitirá propagarse por
todo el país y llevar el espíritu de revolución, en todo caso hasta sep-tiembre
de 1967.
En lo que concierne a las formas de organización,
el punto 9, titulado “A propósito de los grupos, de los comités y de los
congresos de la Revolución cultural”, da su aval a la invención, en y por el
movimiento, de múltiples reagrupamientos políticos exteriores al partido:
Numerosas cosas nuevas han comenzado a aparecer en
el movimiento de la Gran Revolución cultural proletaria. Los grupos y los
comités de la Revolución cultural, así como otras formas de organización,
creadas por las masas en nu-merosas escuelas y numerosos organismos son algo
nuevo y de una gran importancia histórica.
Estas nuevas organizaciones no son consideradas
como tempo-rales, lo que prueba que el grupo maoísta, en agosto de 1966,
pretende destruir el monopolio político del partido:
Los grupos, comités y congresos de la Revolución
cultural no deben ser organizaciones temporales, sino organizaciones de
17
masas permanentes llamadas a funcionar durante
mucho tiempo.
En fin, se trata claramente de organizaciones
sometidas a la democracia de masas, y no a la autoridad del partido, como lo
demuestra la referencia a la Comuna de Paris, por tanto a una situación
proletaria anterior a la teoría leninista del partido:
Es necesario aplicar un sistema de elección general
seme-jante al de la Comuna de Paris, para elegir a los miembros de los grupos y
los comités de la Revolución cultural y los re-presentantes a los congresos de
la Revolución cultural. Las listas de los candidatos deben ser propuestas por
las masas revolucionarias después de amplias consultas, y las eleccio-nes no
tendrán lugar sino después de las repetidas discusio-nes de las listas por las
masas.
Los miembros [de los comités] y los representantes
[a los congresos] pueden ser remplazados por elecciones o revoca-dos por las
masas después de discusión si ellos se muestran incompetentes.
Sin embargo, si se lee el texto atentamente,
sabiendo lo que quiere decir “leer un texto” cuando proviene de la instancia
dirigente de un Partido Comunista, se notará que, a través de las restricciones
cruciales puestas a la libertad de crítica, se produce como un cierre del
impulso revolucionario al que es necesario llamar constantemente.
En primer lugar, se sostiene como axiomáticamente,
que, por lo esencial, el partido es bueno. El punto 8 (“A propósito de los
cuadros”) distingue, en el examen de la Revolución cultural, cuatro clases de
cuadros (recordemos que en China, es “cua-
18
dro” quien dispone de una autoridad, aunque sea
mínima): bue-nos, relativamente buenos, lo que han cometido graves errores,
pero enmendables, y al fin, “un pequeño número de derechistas antipartido y
antisocialistas”. La tesis es ahora que “las dos primeras categorías (los que
son buenos o relativamente bue-nos) constituyen la gran mayoría”. Es decir, que
el aparato de Estado y su dirección interna (el partido) están en buenas ma-nos
por lo esencial, lo que hace paradojal el recurso a métodos revolucionarios de
una tan gran envergadura.
En segundo lugar, aunque se haya dicho que las
masas deben tener la iniciativa, la crítica nominal de los responsables del
Estado o del Partido está de hecho severamente controlada “desde arriba”. Sobre
este punto, se retorna bruscamente a la estructura jerárquica del partido
(punto 11, “A propósito de la crítica hecha nominalmente en la prensa”):
Toda crítica a hacer nominalmente en la prensa debe
ser so-metida a las discusiones del comité del Partido en la misma escala, y en
ciertos casos, a la aprobación del comité del Par-tido a escala superior.
El resultado de esta directiva será que
innumerables cuadros del partido, comenzando por el presidente de la República,
Liu Shao Shi, serán violentamente criticados por las organizaciones
revolucionarias de masas en los “pequeños periódicos”, en ca-ricaturas, en
pequeños carteles, meses, incluso años, antes de que su nombre apareciese en la
prensa central. Así es que estas críticas guardaron un carácter local o
rescindido. Dejaron en suspenso las decisiones correspondientes.
El punto 15, en fin –“Las fuerzas armadas”-,
extremadamente sucinto, indica como se hace vacío a una cuestión decisiva:
¿quién posee la autoridad sobre el aparato represivo? Clásica-
19
mente, el marxismo indica que una revolución debe
romper el aparato represivo del Estado que tiene por objetivo y fin
trans-formar hasta el fondo. Esto no es, ciertamente, lo que se en-tiende aquí:
En las fuerzas armadas, la Revolución cultural y el
movi-miento de educación socialista deben ser dirigi dos conforme a las
instrucciones de la Comisión militar del Partido y del De-partamento político
general del Ejército popular de liberación.
Aquí todavía, la autoridad centralizada del Partido
regresa.
Finalmente, la circular en 16 puntos combina
orientaciones dispares, y prepara, en lo que se refiere a su aspecto belicoso,
los impasses sucesivos del movimiento en su relación al par-tido-Estado.
Ciertamente, la cuestión es definir constante-mente, a partir del movimiento de
masas, un punto de vista diferente del que ha impuesto, en los últimos años, la
corriente principal en las cimas del Partido. Pero dos cuestiones esencia-les
quedan en suspenso: ¿quién designa a los enemigos, quien fija el blanco de crítica
revoluciones? Y ¿cuál es, en este grave asunto, el papel del considerable
aparato represivo: seguridad pública, milicias, ejército?
Guardias rojos y sociedad china
Inmediatamente después de la circular de agosto, el
fenómeno de los “guardias rojos”, organizaciones de la juventud escolari-zada,
va a tomar una amplitud extraordinaria. Se conocen las gigantescas
concentraciones de la plaza Tian An Men, que su-ceden durante todo el fin del
año 1966, y donde Mao, mudo, se muestra a cientos de miles de jóvenes muchachos
y muchachas.
20
Pero lo más importante es que las organizaciones
revolucio-narias se despliegan en las ciudades, utilizando los camiones
prestados por el ejército, y después por todo el país, benefi-ciándose del
transporte gratuito en los trenes bajo el título del “cambio de experiencias”.
Es cierto que tenemos ahí la fuerza de la disuasión
de la exten-sión del movimiento por toda China. Reina en este movimiento una
libertad de hecho sorprendente, las tenencias se enfrentan a cielo abierto, los
periódicos, panfletos, banderolas, intermina-bles anuncios murales, multiplican
las revelaciones de todo género, así como las declaraciones políticas. Feroces
caricatu-ras no perdonan a nadie (en agosto de 1967, la puesta en cues-tión de
Chou En-lai, sobre grandes murales nocturnamente ins-talados, será una de las
causas de la caída de la tendencia lla-mada “ultraizquierdista”). Desfiles con
gongs, tambores, pro-clamaciones inflamadas, circulan hasta muy tarde en la
noche.
Por otro lado, la tendencia a la militarización, la
acción incon-trolada de grupos de choque, aparece muy temprano. La con-signa
general es la de la lucha revolucionaria contra las viejas ideas y las viejas
costumbres (es lo que da su contenido al adje-tivo “cultural”, que, en chino,
ante todo quiere decir “prove-niente de la civilización”, y en la vieja jerga
marxista “pertene-ciente a la superestructura”). Gran cantidad de grupos
hicieron de esta consigna una interpretación destructiva y violenta, in-cluso
persecutoria. La caza dirigida hacia las mujeres que lle-vaban coletas, los
intelectuales ilustrados, los profesores vaci-lantes, a todos los “cuadros” que
no practicaban la misma fra-seología que tal o cual grupúsculo, el saqueo de
bibliotecas o museos, la insoportable arrogancia de pequeños jefes
revolu-cionarios a la mirada de las masas indecisas, todo eso provo-cará, sobre
todo en la gente corriente, una verdadera repulsión contra el ala extremista de
los guardias rojos.
21
En su fondo, el problema ya estaba latiendo en la
circular del 16 de mayo, primer acto público de rebelión de Mao contra la
mayoría del Comité central. Esta circular declara rotundamente que es preciso
sostener que “sin destrucción no hay construc-ción”. Estigmatiza a los
conservadores, que plantean el espíritu “constructivo” para oponerse a toda
destrucción de las bases de su poder. Pero la balanza es difícil de equilibrar
entre la evi-dencia de la destrucción y el carácter lento y tortuoso de la
construcción.
La verdad es que, armados de la única consigna de
“la lucha de lo nuevo contra lo viejo”, gran cantidad de guardias rojos ce-den
a una tendencia (negativa) bien conocida de las revolucio-nes: la iconoclastia,
la persecución de la gente por motivos fúti-les, una especie de barbarie
asumida. Es también una pendiente de la juventud liberada a ella misma. Se
sacará la conclusión de que toda organización política debe ser
transgeneracional, y que organizar la separación política de la juventud es una
mala cosa.
Ciertamente los guardias rojos no han inventado el
radicalismo anti-intelectual del espíritu revolucionario. En el momento de
condenar a muerte al químico Lavoisier, durante la Revolución francesa, el
acusador público Fouquier-Tinville pronunció estas palabras: “La República no
tiene necesidad de sabios”. Y es que una verdadera revolución estima que ella
crea por sí misma todo de lo que tiene necesidad, y es necesario respetar este
ab-solutismo creador. La Revolución cultural fue, a este respecto, una verdadera
revolución. Sobre la cuestión de la ciencia y de la técnica, la consigna
fundamental fue que lo que cuenta es ser “rojo” y no ser “experto”. O, en la
versión “moderada”, la que llegará a ser oficial: es preciso ser “rojo y
experto”, pero rojo en primer lugar.
22
Sin embargo, lo que agravó considerablemente la
barbarie de ciertos grupos de choque revolucionarios es que no había, a escala
de la acción de la juventud, un espacio político global para la afirmación
política, para la creación positiva de lo nue-vo. Las tareas de la crítica, de
la destrucción. Las tareas de la crítica, de la destrucción, al tener una
evidencia mucho mayor que las de la invención, quedaron suspendidas en las
luchas implacables que se desarrollaron en las cimas del Estado.
La Comuna de Shangai
El fin del año 1966 y el comienzo del 67
representan un tiempo intenso de la revolución cultural: la entrada en escena,
masiva, decisiva, de los obreros de las fábricas. Shangai juega un papel piloto
en este tiempo intenso.
Es muy necesario ver la paradoja de esta entrada en
escena de la que, oficialmente, es la “clase dirigente” del Estado chino. Se
hace, si se puede decir, por la derecha. En diciembre del 66, son en efecto los
burócratas locales, la dirección conservadora del partido y de la
municipalidad, los que utilizan una clientela obrera – particularmente los
sindicalistas- contra el movi-miento maoísta de los guardias rojos. Un poco,
por lo demás, como en Mayo de 1968 y en los años que siguieron, en Francia, el
PCF intentó utilizar la vieja guardia de la CGT contra los revolucionarios
estudiantes ligados a los jóvenes obreros. Aprovechando una situación agitada,
los bonzos del Partido y la municipalidad de Shangai lanzan a los obreros en
toda una suerte de reivindicaciones sectoriales de tipo puramente econó-mico, y
los amaestran de paso contra toda intervención de los jóvenes revolucionarios
en las fábricas y las administraciones (todo como en Mayo 68 el PCF levantó
barricadas en las fábri-
23
cas con piquetes a su sueldo y dio caza a los
“izquierdistas”). Estos movimientos sindicalizados, dirigidos con rudeza, son
de gran amplitud, particularmente la huelga de los transportes y la de la
energía, que apuntaban a propagar una atmósfera de caos, a fin de que los
bonzos del partido pudieran presentarse como los salvadores del orden. Por
todas estas razones la minoría revolucionaria va a verse coaccionada a
intervenir contra las huelgas burocratizadas, y a oponer contra el “economismo”
y la demanda de “estimulantes materiales” una austera campaña por el trabajo
comunista y, sobre todo, por la primacía de la conciencia política global sobre
las reivindicaciones particula-res. Tal será el terreno de la gran consigna
sostenida particular-mente por Lin Piao: “Luchar contra el egoísmo y criticar
el revisionismo” (se sabe que “revisionista” designa, para los ma-oístas, la
línea de abandono de toda dinámica revolucionaria seguida por la URSS, los
partidos comunistas de la cual de-pendían y un gran número de cuadros del
partido chino).
Al principio, el grupo maoísta obrero es demasiado
débil. Se habla de 4000 obreros hacia fines de 1966. Ciertamente, va a ligarse
a los guardias rojos y a constituirse en minoría activista. Con todo y con eso,
su libertad de acción en las fábricas no es muy grande, salvo en ciertas
empresas en las que será la gloria, como la fábrica de máquinas-herramientas,
dada como ejemplo por los revolucionarios durante muchos años. A mi juicio, es
porque la acción directa obrera se choca en las fábricas con vivas resistencias
(la burocracia allí está muy implantada) por lo que los activistas maoístas van
a desplegarse a escala del poder urbano. Recibiendo para hacerlo la ayuda de
una parte de los cuadros, desde mucho tiempo adictos a Mao, y de una frac-ción
del ejército, ellos van a destituir a la municipalidad y al comité local del
partido. De ahí lo que se va llamar la “toma de poder”, y que va a marcar, bajo
el nombre de “Comuna de
24
Shangai”, una curva de la Revolución cultural.
Esta “toma de poder” es inmediatamente paradojal.
Por un la-do, se inspira – como ya lo hacía la circular en 16 puntos- en un
contramodelo absoluto del Partido-Estado: la coalición de organizaciones
dispares que constituía la Comuna de Paris, y de la que ya Marx había criticado
la ineficaz anarquía. Por otro lado, este contramodelo no tenía ningún
desarrollo nacional posible, en la medida en que, a nivel nacional, la figura
del Partido permanece como la única que se admite, incluso si gran número de
sus órganos tradicionales está en crisis. A lo largo de los tumultuosos
episodios de la revolución, Chou En-lai permanece como el garante de la unidad
del Estado y de un funcionamiento mínimo de las administraciones. Jamás estuvo,
que se sepa, desaprobado por Mao, en esta tarea que le forzaba a navegar lo más
cerca posible, aquí comprendido lo más cerca posible de los derechistas (es a
él a quien volverá a ensillar Teng Hsiao-ping, “el segundo de los más altos
responsables que, a pesar del partido, están comprometidos en la vía
capita-lista”, según la fraseología de la revolución, y esto, desde mitad de
los años setenta). Ahora bien, Chou En-lai precisó bien a los guardias rojos
que los “cambios de experiencias” en todo el país eran lícitos pero que no se
sabría tener organización revo-lucionaria de amplitud nacional.
De modo que, la Comuna de Shangai, constituida
después de interminables discusiones a partir de organizaciones estudianti-les
y obreras con base local, no puede tener sino una unidad frágil. Aunque el
gesto (la “toma de poder” por los revolucio-narios) es fundamental, su espacio
político es muy estrecho. De ello resulta que la entrada en escena de los
obreros sea a la vez un espectacular ampliamiento de la base de masas
revoluciona-ria, una gran y a veces violenta puesta a prueba de las formas de
poder burocratizadas, y el esbozo sin día siguiente de una
25
nueva articulación entre la iniciativa política
popular y el poder de Estado.
Las tomas de poder
Durante los primeros meses de 1967, en la escuela
de los acon-tecimientos de Shangai, donde los revolucionarios derrocaron el
ayuntamiento antimaoísta, se van a ver multiplicarse, por todo el país, las
“tomas de poder”. Existe un aspecto material impresionante en este movimiento:
los revolucionarios, organi-zados en grupúsculos o grupos de choque, estudiante
y obreros por lo esencial, invadieron los edificios administrativos de to-das
las especies, comprendidos aquí los de los ayuntamientos y los del partido, e
instalaron, generalmente en medio de una confusión dionisíaca, no sin
violencias y sin destrucciones, un nuevo “poder”. A menudo, se “muestra a las
masas” a los anti-guos detentadores del dicho poder, lo que no es ninguna
cere-monia segura. El burócrata, o el presunto tal, lleva un bonete con orejas
de burro y una pancarta describiendo sus crímenes, debe bajar la cabeza y
recibir algunas patadas, o peor. Estos exorcismos son, por lo demás, prácticas
revolucionarias bien conocidas. Se trata de hacer saber a la gente común allí
aglo-merada que los viejos intocables, los que con su altivez los habían
sometido al silencio, están ahora confiados a la humilla-ción pública. Después
de su victoria de 1949, los comunistas chinos organizaron ceremonias de este género
por todas partes en el campo, para destituir moralmente a los antiguos
terrate-nientes, los “déspotas locales y los malos alcotanes”, haciendo saber
así al menor de los campesinos chinos, contado como nada durante milenios, que
el mundo había “cambiado de base” y que ahora era tenido por el verdadero amo y
señor del país.
26
Pero se debe prestar atención a que, desde febrero,
la palabra “comuna” –para designar los nuevos poderes locales- desapa-rece,
remplazada por la expresión “comité revolucionario”. Este cambio no es
ciertamente anodino, pues “comité” fue siempre el nombre de los órganos
provinciales o municipales del partido. Se va a tener, por tanto, un vasto
movimiento de puesta en lugar en las provincias, de “nuevos comités
revolu-cionarios”, de los que nunca se precisó claramente si duplica-ron,
repitieron, o pura y simplemente remplazaron a los viejos y temidos “comités
del partido”.
De hecho, la ambigüedad de la designación designa
al comité como el producto impuro del conflicto político. Para los
revo-lucionarios locales, se trata de sustituir al partido por un poder
político diferente, después de la eliminación casi completa de los viejos
cuadros dirigentes. Para los conservadores, que se defienden metro a metro, se
trata de volver a ensillar a los cua-dros locales después de una ficción de
crítica. Son fomentados en esta vía por las repetidas declaraciones centrales
de que la gran mayoría de los cuadros de partido es buena. Para la direc-ción
nacional maoísta, concentrada en el muy restringido “gru-po del Comité Central
por la Revolución cultural”, una docena de personas, se trata de fijar un
blanco para las organizaciones revolucionarias (las “tomas de poder”), e
inspirar a los adversa-rios un miedo duradero, todo ello preservando el cuadro
gene-ral del ejercicio del poder, que reside a sus ojos en el partido único.
Las fórmulas poco a poco puestas por delante van a
pri-vilegiar la unidad. Se hablará de “triple unión”, lo que quiere decir: unir
en los comités a un tercio de los revolucionarios nuevos, a un tercio de los
viejos cuadros habiendo hecho even-tualmente su autocrítica y a un tercio de
militares. Se hablará también de “gran alianza”, o que quiere decir que
localmente
27
las organizaciones revolucionarias son invitadas a
unirse entre ellas, y a hacer cesar sus enfrentamientos (a veces armados). Esta
unidad supone de hecho una coerción gigante, por su-puesto comprendido aquí el
contenido de las discusiones, y una limitación de más en más severa del derecho
a organizarse li-bremente alrededor de tal o cual iniciativa o convicción.
Pero, ¿cómo hacer de otro modo salvo dejar las cosas derivar hacia la guerra
civil y remitirse entonces a lo que suceda en el aparato represivo? El debate
va a ocupar casi todo el año 1967, año decisivo bajo todos los aspectos.
El incidente de Wuhan
Este episodio del verano de 1967 es particularmente
intere-sante, pues presenta todas las contradicciones de una situación
revolucionaria en el momento de su apogeo, que es, por su-puesto, el momento en
que se anuncia su involución.
En Julio de 1967, con el apoyo de militares
conservadores, la contrarrevolución de los burócratas domina en la enorme
ciu-dad industrial de Wuhan, la cual no cuenta con menos de 500 000 obreros. El
poder efectivo es detentado por un oficial, Chen Tsaitao. Ciertamente, dos
organizaciones obreras se en-frentan todavía, y estos enfrentamientos tienen,
en mayo y ju-nio, decenas de muertos. La primera, sostenida en la realidad por
el ejército y ligada a los cuadros locales y a los viejos sin-dicalistas, se llama
“el millón de valerosos”. La segunda, muy minoritaria, llamada “el acero”,
encarna la línea maoísta.
La dirección central, preocupada por la dominación
reacciona-ria en la ciudad, envía sobre el terreno al ministro de la Seguri-dad
pública, y a un miembro por entonces muy conocido del “grupo del Comité central
por la Revolución cultural”, un tal
28
Wang Li. Este Wang Li es muy popular entre los
guardias ro-jos, pues es muy conocido por sus tendencias declamatorias
“izquierdistas”. Ya había sostenido que era necesario depurar al ejército. Los
enviados son portadores de una orden de Chu En-lai, ordenando sostener al grupo
rebelde “el acero”, conforme a la directiva dirigida a los cuadros en general y
a los militares en particular: “sobresalir en discernir y sostener a la
izquierda proletaria en el movimiento”. Digamos de pasada que Chu En-lai está encargado
de la impresionante tarea de arbitrar entre las facciones, entre las
organizaciones revolucionarias rivales, y que, para hacerlo, recibe noche y día
a delegados de la provin-cia. Es, pues, ampliamente responsable de los avances
de la “gran alianza”, de la unificación de los comités revoluciona-rios, y
también del discernimiento de lo que es “la izquierda proletaria” en las
situaciones concretas, que son de más en más confusas y violentas.
El día de su llegada, los delegados del poder
central tienen, con las organizaciones rebeldes, un gran mitin en el estadio de
la ciudad. La exaltación revolucionaria llega a su cima.
Podemos ver a todos los actores de la fase activa
de la revolu-ción bien en su sitio: por un lado, los cuadros conservadores y su
capacidad de movilización nunca descuidada, en primer lu-gar en los campos (las
milicias venidas de los suburbios rurales participaron en la represión de los
guardias rojos y de los rebel-des después del giro de 1968), pero también entre
los obreros, y por supuesto en la administración; por otro, las organizacio-nes
rebeldes, estudiantes y obreras, contando con su activismo, su coraje, y el
apoyo del grupo central maoísta, para arrastrar-los cuando son minoritarios;
pero por otro lado, el ejército, al que se le requiere elegir lo que defiende;
y aún por otro el po-der central, buscando ajustar su política a las
situaciones.
29
En algunas ciudades, la situación que anuda a todos
estos acto-res es muy violenta. En Cantón en particular, los enfrentamien-tos
entre los grupos de choque armados de las organizaciones rivales son
cotidianos. El ejército, localmente, decidió lavarse las manos. Tomando como
pretexto lo que se dijo en la circular de los 16 puntos (es preciso no
intervenir en los problemas que surjan en el curso del movimiento), el jefe
militar local pide solamente que ante una pelea callejera se firme ante él un
“acta de pelea revolucionaria”. Sólo la llegada de refuerzos es pros-crita. El
resultado es que hay, sólo en Cantón, durante el ve-rano, decenas de muertos
todos los días.
En este contexto, en Wuhan, el asunto va a salir
mal. La ma-ñana del 20 de julio, los grupos de choque del “millón de
vale-rosos” apoyados por unidades del ejército ocupan los puntos estratégicos,
y lanzan en toda la ciudad una caza a los rebeldes. Se ataca el hotel en que
residen los enviados del poder central. Un grupo de militares se apodera de
Wang Li y de algunos guardias rojos y los apalea sin miramientos. El
“izquierdista” es a su vez “mostrado a las masas” con una pancarta al cuello
que lo estigmatiza - ¡ironía de la situación! - como “revisionis-ta”, él que
veía revisionistas por todas partes. El ministro de la Seguridad es secuestrado
en su habitación. La universidad y las acerías, epicentros de la tendencia
rebelde, son tomados al asal-to por grupos armados sostenidos por blindados.
Sin embargo, cuando las noticias comienzan a circular, otras unidades del
ejército toman partido contra los conservadores y su jefe Chen Tsai-tao. La
organización “acero” monta una contraofensiva. El comité revolucionario es
tomado en estado de arresto. Algunos militares consiguen liberar a Wang Li, que
dejará la ciudad corriendo a través de solares y matorrales.
Se está claramente al borde de la guerra civil.
Hará falta la san-gre fría del poder central y las firmes declaraciones de
numero-
30
sas unidades del ejército en todas las provincias
para cambiar el curso de las cosas.
¿Qué lecciones sacar, para el futuro, de este
género de episo-dios? En un primer momento, Wang Li, el rostro entumecido, es
recibido como un héroe en Pekín. Kiang Tsing, mujer de Mao y gran dirigente
rebelde, le da calurosamente la acogida. El 25 de Julio, un millón de personas
lo aclaman, en presencia de Lin Piao. La corriente ultraizquierda, que piensa
tener el viento en popa, pide una depuración radical del ejército. Es también
en este momento, en el mes de agosto, cuando murales denuncian a Chu En-lai
como derechista.
Pero todo eso no es sino la apariencia de un
instante. Cierta-mente, en Wuhan, se impone sostener a los grupos rebeldes, y
se remplaza a Chen Tsai-tao. Solamente dos meses más tarde, es Wang Li el que
será brutalmente eliminado del grupo diri-gente, no existirá depuración
significativa del ejército, la im-portancia de Chu En-lai no hará más que
engrandecer, y la vuelta al orden comenzará a ejercerse contra los guardias
rojos y ciertas organizaciones rebeldes obreras.
Lo que esta vez se pone en evidencia es el papel
fundamental del ejército popular en tanto pilar del Partido-Estado chino. A él
se le confió en la Revolución un papel estabilizador, se le pide que sostenga a
la izquierda rebelde, pero no está previsto ni se tolera que se divida ni se
abra así a gran escala la perspec-tiva de la guerra civil. Aquellos que deseen
llegar hasta ahí serán todos poco a poco eliminados. Y el haber pactado con
ellos entrañaría contra la misma Kiang Tsing, y con ella ahí comprendido, me
parece, también Mao, una tenaz sospecha.
Y es que en este estadio de la Revolución cultural
Mao desea que la unidad se imponga, gane, entre las filas de los rebeldes,
particularmente obreros, y comienza a temer y no tolerar los
31
estragos del espíritu de fracción y la arrogancia
de los guardias rojos. En septiembre de 1967, de vuelta de su viaje por las
pro-vincias, lanza la directiva “nada esencial divide a la clase obre-ra”, lo
que, para quien sepa leer, significa en primer lugar que hay violentos
disturbios entre organizaciones rebeldes y con-servadoras, y en segundo que es
preciso imperativamente que estos problemas cesen, que las organizaciones sean
desarma-das, y que el aparato represivo retome el monopolio legal de la violencia,
así como su estabilidad política. Desde julio, pero siempre haciendo prueba de
su habitual espíritu de lucha y de rebelión (dice incluso en este momento, con
una visible delec-tación que “todo el país está en la pelea” y que “la lucha,
inclu-so violenta, es buena; una vez que las contradicciones aparecen a plena
luz del día es más fácil resolverlas”), Mao se inquieta por la guerra de
facciones, declara que “cuando son fundados comités revolucionarios, los
revolucionarios pequeñoburgueses deben ser correctamente dirigidos”,
estigmatiza el izquierdis-mo, que “es en realidad un derechismo”, y sobre todo
se impa-cienta porque desde enero y la toma de poder de Shangai “la ideología
burguesa y pequeñoburguesa que estaba en pleno desarrollo entre los intelectuales
y los jóvenes estudiantes ha arruinado la situación”.
La entrada de los obreros en las universidades
Desde febrero de 1968 los conservadores piensan que
ha so-nado la hora de la revancha, después de la involución del movi-miento
hacia el fin del verano de 1967. Pero Mao y su grupo están alerta. Lanzan una
campaña estigmatizando la “contraco-rriente de febrero” y renuevan su apoyo a
los grupos revolucio-narios y a la construcción de nuevos órganos de poder.
32
Sin embargo, el mantenimiento de las universidades
bajo el yugo de los grupúsculos rivales ya no es sostenible, en una lógica
general de la vuelta al orden y la perspectiva de un con-greso del partido
encargado de hacer el balance de la revolu-ción (de hecho, este congreso se
tendrá al principio de 1969, ratificando el poder de Lin Piao y de los
militares). Es preciso dar un escarmiento, evitando el aplastamiento puro y
simple de los últimos guardias rojos, concentrados en los edificios de la
universidad de Pekín. La solución adoptada es del todo sor-prendente: se hace
llamar a millares de obreros organizados para que, sin armas, invadan la
universidad, desarmen las fac-ciones y aseguren directamente su autoridad. Como
dirá más tarde el grupo dirigente: “la clase obrera debe dirigir en todo” y
“los obreros se quedarán durante mucho tiempo en las univer-sidades”. Este
episodio es uno de los más sorprendentes de todo el período, puesto que hace
visible la necesidad, para la fuerza anárquica y violenta de los jóvenes, de
reconocer fuera de ella una autoridad “de masas”, y no solamente, ni incluso
principalmente, la autoridad institucional de los dirigentes re-conocidos. El
momento es por otro lado tan sorprendente y dramático que algunos estudiantes
disparan sobre los obreros, tanto que hay muertos, y tanto que, inmediatamente
después, Mao y todos los dirigentes del grupo maoísta convocan a los lideres
estudiantes más conocidos, en particular un tal Kuai Ta-fu, jefe venerado de
los guardias rojos en la universidad de Pekín y nacionalmente conocido. De esta
entrevista frontal entre los obstinados jóvenes revolucionarios y la vieja
guardia existe una retranscripción.6 Se ve a Mao expresar la grave de-cepción
que le causa el espíritu de facción entre los jóvenes, y
6 Traducida y
ampliamente comentada (en italiano) por Sandro Russo, ciertamente a día de hoy
el analista más competente y más leal para todo lo que concierne a la
Revolución cultural.
33
al mismo tempo en un gesto de amistad política para
con ellos, la voluntad de encontrar una salida. Se ve bien que a hacer ve-nir a
los obreros Mao quiso evitar que toda la situación acabara bajo “control
militar”. Quiso proteger a aquellos que habían sido sus aliados iniciales, que
fueron portadores del entusiasmo y de la innovación política. Pero Mao es
también un hombre del Partido-Estado. Quiere su renovación, incluso violenta,
no su destrucción. Sabe bien que sometiendo al cuadro de los jóvenes rebeldes
“izquierdistas”, liquida el último margen de-jado a lo que no coincide con la
línea (en 1968) de los dirigen-tes reconocidos de la Revolución cultural: una
línea de recons-trucción del partido. Lo sabe, pero se resigna. Pues no hay – y
no hay ninguna- hipótesis alternativa en cuanto a la existencia del Estado, y
el pueblo, después de dos años exaltantes pero muy dolorosos, quiere, en su
inmensa mayoría, que el Estado exista y haga conocer, si es menester incluso
duramente, su existencia.
El culto a la personalidad
Se sabe que el culto a Mao toma, durante la
Revolución cultu-ral, formas propiamente extraordinarias. No sólo las estatuas
gigantes, el Pequeño Libro rojo, la invocación constante, en todas las
circunstancias, del presidente, los himnos al “gran timonel”, sino sobre todo
una extensión inusitada de la unici-dad de la referencia, como si los escritos
y dichos de Mao bas-taran en cualquier momento, incluido cuando se trata de
plantar tomates o decidir el uso (o no) del piano en los conciertos
sinfónicos.7 Es penetrante ver que son los grupos rebeldes más
7 Los
ejemplos son reales, y dieron lugar a artículos traducidos al francés en el
magazine Pékin Informations. Se enseña como la dialéctica maoísta
34
violentos, los más en ruptura con el orden
burocrático, los que también llevan más lejos este aspecto de las cosas. Son
ellos en particular los que lanzaron la fórmula de “la autoridad absoluta del
pensamiento de Mao Tse-tung”, y declararon que había que someterse a este
pensamiento incluso cuando no se hubiera comprendido. Y esto son, es necesario
reconocerlo, enunciados simplemente obscurantistas.
Asimismo, es preciso añadir que como todas las
facciones y organizaciones enfrentadas se reclaman del pensamiento Mao, la
expresión, apta para designar orientaciones totalmente con-tradictorias, acaba
por perder toda significación, salvo la de un uso sobreabundante de citas en
las que la exégesis es constan-temente variable.
Quisiera también hacer de pasada algunas
observaciones. Por una parte, este género de devoción, tanto como el conflicto
de las exégesis, son del todo corrientes en las religiones estableci-das,
incluidas las nuestras, y nadie ve ahí una patología, bien al contrario –los
grandes monoteísmos permanecen así como sus vacas sagradas. Ahora bien, Mao
ciertamente rindió infinita-mente más servicios reales a su pueblo, que liberó
simultánea-mente de la invasión japonesa, del colonialismo rampante de las
potencias “occidentales”, del feudalismo en los campos y del pillaje
precapitalista, que lo que ha rendido en nuestros paí-ses ninguno de los
personajes, ficticios o eclesiásticos, de la historia reciente de los llamados
monoteísmos. Por otra parte, la sacralización, incluida la biográfica, de los
grandes artistas es un dato recurrente de nuestra práctica “cultural”. Se
concede
permite plantar tomates o como encontrar la línea
justa en lo que concierne al empleo del piano en la música sinfónica en China.
Estos textos son por lo demás interesantísimos, incluso convincentes, no
exactamente en cuanto a su juego explícito, sino sobre lo que es una tentativa
de crear completamente un pensamiento otro.
35
importancia a las facturas de lavandería de tal o
cual gran poe-ta. Si la política es, como yo creo, y tanto como puede serlo en
efecto la poesía, un procedimiento de verdad, entonces no es ni más ni menos
desatinado sacralizar a los creadores políticos que a los creadores artísticos.
Quizás menos, bien mirado, pues la creación política es probablemente mucho más
rara, cierta-mente más arriesgada, y se dirige más inmediatamente a todos, y
singularmente a los que en general –como los campesinos y los obreros chinos
antes de 1949- el poder tiene por inexisten-tes.
Todo ello no nos dispensa de ninguna manera de
esclarecer el fenómeno particular del culto político, dato invariante de los
Estados y de los Partidos comunistas, y dato paroxístico de la Revolución
cultural.
Desde un punto de vista general, el “culto a la
personalidad” está ligado a la tesis según la cual el Partido, representante de
la clase obrera, es la fuente hegemónica de la política, el deten-tador
obligado de la línea justa. Como se dice desde los años treinta “el Partido
siempre tiene razón”. El problema es que nadie ni nada va a garantizar tal
representación, ni tal certi-dumbre hiperbólica en cuanto a la racionalidad.
Importa, por tanto, que exista, como sustituto de una tal garantía, una
repre-sentación de la representación que sea, ella, una singularidad,
legitimada precisamente por su misma singularidad. Finalmen-te, una persona, un
cuerpo singular, viene a hacer oficio de garantía superior, en la forma
estéticamente clásica del genio. Es, por lo demás, curioso que, amaestrados en
la teoría del ge-nio en el orden del arte, nosotros nos ofusquemos tanto cuando
se trata de ella en el orden de la política. Para los Partidos co-munistas,
entre los años veinte y los años sesenta, el genio per-sonal es solamente la
encarnación, el punto fijo, de la dudosa capacidad representativa del partido.
Pues es más fácil creer en
36
la rectitud y en la fuerza intelectual de un hombre
lejano y soli-tario que en la verdad y pureza de un aparato en el que se
co-noce muy bien a los pequeños jefes locales.
En China, la cuestión es todavía más compleja. Pues
Mao, du-rante la Revolución cultural, encarna menos la capacidad
repre-sentativa del Partido que lo que discierne y combate, en el Par-tido
mismo, el “revisionismo” amenazante. Es él quien dice, o deja decir en su
nombre, que la burguesía es políticamente ac-tiva en el seno del Partido
comunista. Es también quien anima a los rebeldes, propaga la consigna “hay
razón para rebelarse”, fomenta los disturbios en el mismo momento en que es
incien-sado como presidente del Partido, A este título es, por momen-tos, para
la masa de los revolucionarios, menos el garante del Partido real que la
encarnación, en sí mismo, de un Partido proletario todavía por venir. Es como
una revancha de la singu-laridad sobre la representación.
En definitiva, es preciso sostener que “Mao” es un
nombre intrínsecamente contradictorio en el campo político revolucio-nario. Por
un lado, es el nombre supremo del Partido-Estado, su presidente incontestable,
el que detenta, en tanto que jefe militar y fundador del régimen, la
legitimidad histórica del Par-tido comunista. Por otro lado, “Mao” es el nombre
de lo que, del Partido, no es reductible a la burocracia de Estado. Y ello lo
es evidentemente por las llamadas a la revuelta lanzadas en dirección de la
juventud y de los obreros. Pero lo es desde el interior mismo de la legitimidad
del Partido. Sin embargo, es en efecto a través de decisiones transitoriamente
minoritarias, incluso disidentes, como Mao aseguró la continuación de la
experiencia política del todo singular de los comunistas chinos entre 1920 y la
victoria de los años cuarenta (desconfianza en la opinión de los consejeros
soviéticos, renuncia al modelo insurreccionad, “cercamiento de las ciudades por
el campo”,
37
prioridad absoluta de la ligazón de masas, etc…).
Bajo todos los aspectos, “Mao” es el nombre de una paradoja: el rebelde en el
poder, el dialéctico en la prueba de las necesidades conti-nuas del
“desarrollo”, el emblema del Partido-Estado en la bus-ca de su superación, el
jefe militar ensalzando la desobediencia a las autoridades 8… Esto es lo que
dio a su “culto” un aspecto frenético, pues acumulaba, subjetivamente, el
acuerdo dado a la pompa estatal de tipo estalinista, y al entusiasmo de toda la
juventud revolucionaria por el viejo rebelde al que el estado de las cosas no
sabía satisfacer, y que quería avanzar vivamente hacia el comunismo real. “Mao”
nominaba la “construcción del socialismo”, pero también su destrucción.
En definitiva, la Revolución cultural, en su mismo
impasse, testimonia la imposibilidad de liberar realmente y de manera global la
política del cuadro del Partido-Estado, cuando ella está allí encerrada. Es una
irremplazable experiencia de satura-ción, puesto que hay en ella una voluntad
violenta de buscar un nuevo camino político, de relanzar la revolución, de
encontrar las formas nuevas de la lucha obrera en las condiciones forma-les del
socialismo, todo lo que viene a embarrancarse en el mantenimiento obligado, por
razones de orden estatal y de re-chazo de la guerra civil, del cuadro general
del Partido-Estado.
Hoy sabemos que toda política de emancipación debe
acabar con el modelo del Partido, o de los partidos, afirmarse como política
“sin partido”, sin caer, sin embargo, en la figura anar-quista, que nunca ha
sido más que la crítica vana, o el doble, o la sombra, de los partidos
comunistas, tal y como la bandera negra no es más que el doble o la sombra de
la bandera roja.
Nuestra deuda hacia la Revolución cultural sigue
siendo in-
8 Sobre Mao
como paradoja, es necesario leer el hermoso libro de Henry Bauchau, Mao
Tse-tung.
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mensa. Pues, anudado a esta valerosa y grandiosa
saturación del motivo del Partido, contemporánea de lo que aparece clara-mente
hoy como la última revolución todavía atada al motivo de las clases y de la
lucha de clases, nuestro maoísmo habrá sido la experiencia y el nombre de una
transición capital. Y sin esta transición, o allí donde no se la es fiel, no
hay nada. ■
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Una cronología muy somera de la Revolución cultural
1. Prehistoria
próxima (de las “cien flores” a la “banda negra”)
a) Campaña
“que cien flores se abran” (1956). En Junio de 1957, la campaña se convierte en
una muy violenta de-nuncia persecutoria de los “intelectuales derechistas”,
in-mediatamente calificados para lo que sigue como “genios malhechores”.
Lanzamiento del “gran salto adelante” en Mayo de 1958, y en agosto de 1958 de
las “comunas po-pulares”. En Agosto de 1959, destitución de Peng Teh-huai
(ministro de Defensa) que crítica el movimiento de colectivización. Lin Piao lo
remplaza.
b) A partir de
1961, constatación de un balance desastrosos del voluntarismo económico. El
Comité Central decide “reajustar” los objetivos. Liu Shao-shi remplaza a Mao
Tse-tung en la presidencia de la República. Entre 1962 y 1966, se venden en
China quince millones de ejemplares de las obras de Liu contra seis millones de
las de Mao. Aparición de la pieza histórica de Wu Han (vice-alcalde de Pekín),
La destitución de Hai Jui (crítica indirecta de la destitución de Peng
Teh-huai). En septiembre de 1965, en una conferencia del buró político, pide y
no obtiene la condena de Wu Han. Se retira a Shangai.
2. La apertura (del artículo de Yao Wen Yuan a la
decisión en 16
puntos)
a) En
colaboración con Kiang Tsing, mujer de Mao, Yao Wen-yuan publica en Shangai un
artículo muy violento contra Wu Han. Se apunta hacia el alcalde de Pekín, Peng
Cheng, tenido por el jefe de una “banda negra”. En ene-ro/febrero de 1966,
existe la constitución, para juzgar el caso, de un primer “grupo de la
Revolución cultural del Comité Central”, paradójicamente bajo a autoridad de
Peng Cheng. Este grupo (llamado “de los cinco”) difunde las tesis de febrero,
muy anodinas, que tienden a limitar la crítica.
b) Sin
embargo, otro grupo se constituye en Shangai, bajo la égida de Lin Piao y de
Kiang Tsing, que intenta una “dis-cusión sobre las actividades literarias y
artísticas en el ejército”. Textos transmitidos a la comisión militar del
Comité Central (órgano de la más alta importancia). La división del partido
parece consumada.
c) En mayo de
1966, reunión “ampliada” del buró político. Nombramiento de un nuevo (grupo de
revolución cultural del Comité Central”, denuncia vehemente del grupo de Peng
Cheng en un documento fundamental para todo lo siguiente, documento conocido
bajo el nombre de “circu-lar del 16 de Mayo”. Es preciso, dice el texto,
“criticar a los representantes de la burguesías infiltrados en el Par-tido, el
gobierno, el ejército y los medios culturales”. Desde el 25 de Mayo, 7 siete
estudiantes de la Universi-dad de Peita atacan en un mural en grandes
caracteres al rector de la universidad. Verdadero principio de la movi-lización
estudiante.
d) Mao deja
Pekín. Las autoridades envían a las universida-des “grupos de trabajo” a fin de
controlar el movimiento. Entre finales de Mayo y fines de
Julio, período llamado “de los cincuenta días”,
donde do-
mina el encuadramiento brutal por estos “grupos de
tra-bajo”.
e) El 18 de
Julio, Mao entra en Pekín. Abolición de los gru-pos de trabajo. Del 1 al 12 de
agosto se mantiene una se-sión del Comité central “ampliado”. Digamos que lo
que no mantiene son las formas. Lin Piao utiliza al ejército para prohibir la
presencia de miembros regulares, y per-mite la presencia de revolucionarios
venidos del mundo estudiantil. La línea maoísta obtiene en estas condiciones
una corta mayoría. Mao sostiene públicamente el mural de la Universi dad de
Peita. Aparece ante la muchedumbre el 9 de Agosto. Carta política de la
revolución: La “decla-ración en 16 puntos”. Donde se dice en particular: “En la
Gran Revolución cultural proletaria, las masas no pueden más que liberarse por
ellas mismas, y no se puede de ningún modo ocupar su lugar”. Es decir, que no
se repri-mirán las iniciativas de los grupos estudiantes.
3. El período
de los “guardias rojos”
a) A partir
del 20 de Agosto, venidos de los edificios escola-res y universitarios, grupos
de activistas de “guardias ro-jos” se propagan por la ciudad, a fin de
“destruir de arriba abajo el pensamiento, la cultura y las costumbres viejas”.
En particular, muy dura persecución de los intelectuales y profesores, considerados
una vez más, incluido en la boca de Mao, como “genios malhechores”. Sucesión de
inmen-sas formaciones de guardias rojos en Pekín, consecuencia en particular
del derecho que les es acordado de circular gratuitamente en los trenes, para
“grandes intercambios de experiencia”. Crítica de Liu Shao-shi y de Teng
Hsiao-ping por murales, panfletos caricaturas, pequeños pe-riódicos…
b) A partir de
noviembre primeros incidentes políticos liga-
dos a la intervención de los guardias rojos en los
lugares de producción. Los anti-maoístas utilizan los sindicatos oficiales y
algunas milicias campesinas contra los revolu-cionarios, quienes comienzan a
dividirse en grupúsculos (el “fraccionismo”). Violencias por aquí y por allí.
4. Entrada en
escena de los obreros y “tomas de poder”
a) Las
autoridades situadas en Shangai provocan disturbios al fomentar toda suerte de
reivindicaciones “economis-tas” en el medio obrero. Problema particularmente
afi-lado: el salario de los trabajadores agrícolas (obreros-campesinos)
temporales, y la cuestión de las primas. Huelga de los transportes, y caza a
los grupos estudiantes. En enero de 1967, un conjunto de guardias rojos y de
“rebeldes revolucionaros” obreros, que han formado “co - mités de fábrica”,
apoyados por una parte del ejército, “toman el poder” ocupando los edificios
administrativos, los medios de comunicación, etc. Destituyen al comité de
partido y deciden formar la “comuna de Shangai”. Inter-minables negociaciones
entre los grupos. Dominación de los grupos obreros y presencia todavía muy
limitada de los viejos cuadros del partido y del ejército.
b) Las “tomas
de poder” se generalizan en todo el país a par-tir de febrero de 1967. Gran
desorden en el Estado y la economía. La politización muy desigual hace que la
puesta a punto de nuevos órganos de poder sea
anárquica y precaria. Tendencia a destituir y
“juzgar” a todos los viejos cuadros, o al contrario, manipulación por estos
cuadros de grupos “revolucionarios” más o menos amañados. Ajustes de cuentas
mezclados con el entu-siasmo revolucionario.
c) La
autoridad central está entonces concentrada en el grupo del comité central para
la Revolución cultural por una
parte, el consejo de los asuntos de Estado,
dirigido por Chu En-lai por otra, y en fin la comisión militar, sujetada por
Lin Piao. Decide una fórmula para los nuevos pode-res, llamada la “triple
unión”: un tercio de representantes de las “masas revolucionarias”, un tercio
de los cuadros del partido puestos a prueba o que se han enmendado, un tercio
de militares. Las organizaciones revolucionarias “de masas” deben previamente
unirse entre ellas (la “gran alianza”).El nombre de nuevo órgano revolucionario
es. “Comité revolucionario de triple unión”. El primer co-mité provincial de
este género se forma el 13 de febrero (provincia de Kueicheu).
5. Disturbios,
violencias y escisiones de todo género
a) Al mismo
tiempo que comienza, en la prensa oficial, la crítica de Liu Shaoshi (sin que
su nombre sea todavía pronunciado), el desorden crece por todas partes.
Nume-rosas violencias, incluidas las armadas, oponen ya sea a los maoístas y a
los conservadores, ya sea a las fuerzas de seguridad y al ejército, tanto a los
unos como a los otros, ya sea en fin a los grupos maoístas entre ellos. Las
or-ganizaciones de masas se escinden muy rápidamente. La dirección
revolucionaria también se divide. Una tenden-cia aspira a unir lo más rápido
posible a todas las orga-nizaciones revolucionarias, y a poner en su lugar a
co-mités haciendo sitio a los viejos cuadros. De hecho, esta tendencia quiere
reconstruir rápidamente el Partido. Chue En-lai, encargado en verdad de
mantener las funciones elementales del Estado, es el más activo en esta
dirección. Otra tendencia quiere eliminar a un gran número de cua-dros, y
ampliar la depuración a toda la administración, in-cluido el ejército. Sus
representantes más conocidos son Wang Li y Tsi Pen-yu.
b) En julio el
incidente de Wuhan pone a la región, y final-mente al país, en un clima de
guerra civil. El ejército, en esta ciudad, protege abiertamente a los cuadros
tradicio-nales y las organizaciones tradicionales obreras que les están
ligadas. Wang Li, enviado del Centro, que quiere sostener a los “rebeldes”, es
secuestrado y apaleado. Es necesario hacer intervenir a las fuerzas militares
exterio-res. La unidad del ejército es también amenazada.
c) Aparición
de murales contra Chu En-lai. Todo el es de agosto, violencias anárquicas, en
particular en Cantón. Los depósitos armados fueron saqueados. Decenas de
muertos todos los días. La embajada británica es incen-diada en Pekín.
6. Los
comienzos de la vuelta al orden, y el fin de la revolución propiamente dicha
a) En
septiembre de 1967, Mao, después de un viaje por las provincias, corta a favor
de la línea “reconstructora”. Fundamentalmente sostiene a Chu En-lai y da al
ejército el papel esperado (allí donde las fracciones no lleguen a entenderse
se pasará a “control militar”). El grupo de ex-trema izquierda
(Wang Li) es eliminado de los órganos centrales. Se
or-ganiza para todo el mundo, siempre bajo la égida de los militares, “cursos
de estudio del pensamiento de Mao Tse-tung”. Consignas: “sostener la izquierda
y no las fracciones”, a partir de un enunciado contenido en el in-forme de Mao:
“nada esencial divide a la clase obrera”.
b) En
numerosos lugares, esta rectificación es practicada como una violenta represión
de los guardias rojos, in-cluso de los rebeldes obreros, y una ocasión de
venganza política (es la “contracorriente de febrero de 1968). Así, Mao, llama
de nuevo a la acción a finales de marzo de
1968: es preciso defender los comités
revolucionarios y no tolerar ni los disturbios ni el fraccionismo.
c) Esta es,
sin embargo, la última escaramuza “de masas”. La autoridad central decide
acabar con estos últimos bas-tiones de la revuelta estudiante, liberados a las
guerras, a veces sangrientas, de grupúsculos, evitando, al menos en Pekín, el
control militar inmediato. Se envían des-tacamentos obreros a las
universidades. El grupo central de la Revolución cultural recibe a los más
célebres estu-diantes “izquierdistas”, que resistieron físicamente a la entrada
de los obreros. Es un diálogo de sordos (el “re-belde” estudiante más notorio,
Kuai Ta-fu, será arres-tado).
d) La consigna
“la clase obrera debe dirigir en todo” fija el fin de los guardias rojos y de
los rebeldes revoluciona-rios, y abre, bajo el nombre de “lucha, crítica,
reforma”, una fase dirigida a la reconstrucción del partido. Muchos jóvenes
revolucionarios son enviados al campo, o a los campos lejanos.
7. Referencias
posteriores
a) El noveno
congreso del Partido, en abril de 1969, implica un retorno al orden
autoritario, largamente estructurado por el ejército (45% e miembros del Comité
Central) bajo la dirección de Lin Piao.
b) Este
período militarista, terriblemente represivo, conduce a nuevos enfrentamientos
violentos en el seno del partido. Lin Piao es eliminado (probable-mente
asesinado) en 1971.
c) Hasta la
muerte de Mao, largo período complejo, marcado por el conflicto incesante entre
Teng Hsiao-ping y numerosos viejos cuadros, devueltos a sus asuntos bajo la
protección de Chu En-lai por un lado,
y, por otro, la “banda de los cuatro”, que encarna
la memoria de la revolución cultural (Yao Wen-yuan, Tchang Tchouen-kiao, Kiang
Tsing y Wang Hong-wen).
d) Justo
después de la muerte de Mao, en 1976, los cuatro son arrestados. Teng toma el
poder por un largo período, que es con mucho y en efecto de vuel-ta a poner a
punto los métodos capitalistas (se le llamaba durante la Revolución cultural
“el segundo de los más altos responsables que, a pesar del Par-tido, está
comprometido en la vía capitalista”, junto con el mantenimiento del
Partido-Estado.
EXTRACTO
LA “REVOLUCIÓN CULTURAL” tiene por imagen oficial,
tanto en China como en Francia, diez años (1965/1976) de caos sangriento
ocasionados por feroces luchas por el poder. Las violencias, especialmente
ejercidas por una juventud liberada a la pasión de la Historia, fueron en
efecto anárquicas y extre-mas. Pero lo que nos interesa es el enigma de una
“revolución” en donde todo un Partido-Estado por entero se expone, en suma
voluntariamente, a una suerte de destitución popular. Tentativa que, desde el
interior de un pensamiento del Partido, propone fragmentariamente un modo de
existencia de la política, singu-larmente obrera, librada del Partido.
Revolución en suma a la vez “del” Partido y
“contra” el Par-
tido. Empleemos la palabra de Lacan: éxtima.
Exterior e ínti-ma, simultáneamente. Y sin duda, fracasando en el ser,
aper-tura de la época de las políticas “sin partido”.


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