© Libro N° 8582. Las
Amistades Peligrosas. De Laclos,
Choderlos. Emancipación. Mayo 8 de 2021.
Título
original: © Las Amistades Peligrosas. Choderlos De Laclos
Versión Original: © Las
Amistades Peligrosas. Choderlos
De Laclos
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Choderlos De Laclos
Las Amistades Peligrosas
Choderlos De Laclos
Las
Amistades Peligrosas
Choderlos De
Laclos
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ã 2000 –
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Esta colección, que el público hallará quizá aún
demasiado volumi-nosa, no contiene, sin embargo, sino el más pequeño número de
las cartas que componían la totalidad de la correspondencia de que está sacada.
Encargado de ponerla en orden por las personas que la habían adquirido, y que
sabía yo tenían intención publicarla, no he pedido por recompensa de mi trabajo
sino permiso de separar lo que me pareciese inútil, y he cuidado conservar
efectivamente sólo aquellas que he consi-derado necesario para mostrar los
caracteres y hacer más comprensibles los sucesos, se agrega a este ligero
trabajo el de colocar nuevamente en orden que he conservado -lo que hecho casi
siempre siguiendo las fecha-y en fin, algunas notas cortas que, en su mayoría
sólo tiende indicar la fuente de algunas citas, o a motivar ciertos cortes que
he permitido ha-cer, se verá toda la parte que he tenido en esta obra. Mi
encargo no se extendía a más1.
Yo había propuesto otras alteraciones más
considerables, y casi to-das relativas a la pureza de la dicción o del estilo,
contra la cuál se halla-rán muchas faltas. Hubiera deseado también hallarme
autorizado para abreviar ciertas cartas demasiado largas, y muchas de las
cuales tratan separadamente, y casi sin transición, de objetos que no tienen
relación alguna uno con otro. Este trabajo, que no se admitió, no hubiera
basta-do, sin duda, para dar mérito a la obra, pero la hubiera purgado, por lo
menos, de una parte de sus defectos.
Se me ha objetado que el fin era dar a conocer las
cartas mismas, y no tan sólo una obra compuesta según ellas; que seria tan
inverosímil
1 Debo
advertir también que he suprimido todos los nombres de que hablaban estas
cartas, y si en los que no he sustituído hay algunos que sean propios de alguna
persona conocida, será solamente un error mío, del cual no deberá sacarse
consecuencia ninguna.
como falso que ocho o diez personas que han
contribuido a formar esta correspondencia, hubiesen escrito todas con igual
pureza. Habiendo yo entonces hecho ver que lejos de ser así no había una sola
que no hubiese cometido faltas graves y que no dejarían de ser criticadas, se
me ha res-pondido que todo lector razonable esperaría ciertamente hallar faltas
en una colección de cartas particulares, pues cuantas van publicadas hasta hoy
de autores estimados, y aun de algunos académicos, no se halla nin-guna enteramente
a salvo de esta reconvención. Estas razones no me han persuadido y las he
hallado más fáciles de ser dadas que admitidas, pero no dependía de mí y me he
sometido. Sólo me he reservado el derecho de protestar y declarar que no era
éste mi dictamen; así lo hago. En cuanto al mérito que esta obra pueda tener,
acaso no me toca hablar, pues no debe influir mi opinión en la de nadie. Sin
embargo, los que antes de empezar una lectura gustan saber lo que deben
esperar, esos, digo, pueden ver mi dictamen; los otros harán mejor en pasar
desde luego a la obra misma; ya saben de ello lo bastante.
Lo que puedo decir por ahora es que si mi opinión
ha sido, como convengo, la de publicar estas cartas, estoy, sin embargo, lejos
de esperar que agraden; y no se tome esta confesión, sincera de parte mía, como
modestia afectada de un autor, porque con igual franqueza declaro que si esta
colección no me hubiese parecido digna de presentarse al público, no me hubiera
ocupado de ella. Procuremos conciliar esta aparente con-tradicción.
El mérito de una obra se compone de su utilidad, o
del agrado que procura, o de ambas cosas, cuando es capaz de reunirlas: pero el
gustar (que no prueba siempre el mérito), a menudo depende más de la elección
del asunto que de la ejecución, del conjunto de los objetos que presenta más
que del modo con que son tratados. Ahora, pues, como esta colec-ción contiene,
según lo anuncia su título, las cartas de los individuos de una sociedad, reina
en ellas una diversidad de intereses que disminuye el del lector. Además, como
todos los sentimientos que en ellas se expresan son fingidos o disimulados, no
pueden excitar sino un interés de mera curiosidad (muy inferior siempre al de
la realidad), el cual, sobre todo, inclina menos a la indulgencia y deja tanto
más percibir las faltas que se hallan en el pormenor, cuanto éste se opone sin
cesar al único deseo que se quiere satisfacer.
Estas faltas se hallan tal vez compensadas en parte
con una calidad propia de la naturaleza de la obra: la variedad de los estilos,
mérito que un autor consigue con dificultad, pero que en el presente caso se
ofrecía naturalmente, y que, por lo menos, libra del fastidio de la
uniformidad. Mucha gente podrá aún, ante cualquier detalle, hacer una cantidad
bas-tante grande de observaciones, novedosas o poco conocidas, que se
encuentran esparcidas en estas cartas. Esto es, a mi parecer, lo más grato que
se puede esperar de ellas, aún juzgándolas con la mayor benevolen-cia.
La utilidad de esta obra, que acaso será más
disputada, me parece no obstante, más fácil de probar. Creo, a lo menos, que es
hacer un servicio a la moral el descubrir los medios que emplean los que tienen
malas costumbres para corromper a los que las tienen buenas; y pienso que estas
cartas podrán contribuir eficazmente a ese objeto. También se hallará en ellas
la prueba y el ejemplo de dos verdades importantes que podrían tenerse por
desconocidas al ver cuan poco son practicadas: la una, que toda mujer que
consiente en recibir en su sociedad a un hombre sin costumbres acaba por ser su
víctima; la otra, que toda madre es cuando menos imprudente, se permite que su
hija ponga en otra mujer y no en ella su confianza. Los jóvenes de ambos sexos
podrán aprender también que la amistad que las personas de malas costumbres
parecen acordarles tan fácilmente, es siempre un lazo peligroso, tan funesto
para su dicha como para su virtud. Con todo, el abuso, que está siempre tan
cerca del bien, me parece aquí demasiado temible; y, lejos de aconsejar esta
lectura a la juventud, me parece muy importante alejar de ella toda las de esta
clase. La época en que ésta puede cesar de serle peligroso y comenzar a serle
útil, me parece ha sido muy bien entendida, en cuanto a las personas de su
sexo, por una madre que no sólo tiene talento, sino buen talento: "Yo
creería, me dijo después de haber leído el manuscrito de esta correspondencia,
hacer un verdadero ser- vicio a mi hija, dándole este libro el día de su
casamiento." Si todas las madres de familia piensan de este modo, me
felicitaré eternamente de esta publicación.
Pero, aun partiendo de este supuesto, favorable
siempre, creo que esta colección debe agradar poco en la sociedad. Los hombres
y mujeres de una conducta depravada, hallarán interés en desacreditar una obra
que pueda dañarles; y como no dejan de tener destreza acaso tendrán la de poner
de su parte a los hombres rígidos, asustados con la pintura de las malas
costumbres que no se ha tenido miedo de presentar al público.
Los pretendidos despreocupados no se interesarán
por una mujer devota, que por lo mismo mirarán como una pobre mujer, al mismo
tiempo que los devotos se enfadarán de ver que la virtud sucumbe, y se quejarán
de que la religión se muestra con poco poder.
Por otra parte, a las personas de gusto delicado
repugnará el estilo demasiado sencillo y defectuoso de muchas de estas cartas,
en tanto que el común de los lectores, seducidos por la idea de que cuanto se
halla impreso es fruto de un trabajo, creerán ver en algunas otras la obra
pe-nosa de un autor que se muestra detrás del personaje que hace hablar.
En fin, se dirá acaso con bastante generalidad, que
cada cosa vale cuando está en su lugar, y que si ordinariamente el estilo
demasiado trabajado de algunos autores quita la gracia a las cartas familiares,
los descuidos que presentan son faltas verdaderas, y las hacen intolerables
cuando están impresas.
Confieso ingenuamente que todas estas objeciones
pueden ser fun-dadas; creo también que me sería posible responder a ellas, y
aun sin exceder los límites de un prefacio, pero se debe saber que para que
fuese necesario responder a todo, era preciso que la obra no respondiera a
nada; y que, si tal fuera mi opinión, hubiera suprimido juntamente el prefacio
y el libro.
CARTA PRIMERA
CECILIA VOLANGES A SOFIA CARNAY EN EL CONVENTO DE
URSULINAS DE . . .
Ya ves, mi buena amiga, que cumplo mi palabra y que
los gorros y los perifollos no llenan todo mi tiempo; siempre me quedará un
ratito para ti. Sin embargo, he visto sólo en este día más atavíos que en los
cuatro años que hemos pasado juntas; y creo la orgullosa Tanville2 tendrá más
pesar cuando haga yo mi primera visita, en que me propongo pedir el verla, que
el que ha creído darnos ella siempre que ha venido a vernos in fiocchi. Madre
me ha consultado sobre todo; me trata mucho menos como educanda que antes;
tengo una doncella a mi servicio, un gabinete y una pieza de que dispongo, y te
escribo en una papelera muy bonita, de la cual tengo la llave y en la que puedo
encerrar cuanto quiera. Me ha dicho mi madre que la veré todos los días cuando
se levante; que bastará que esté peinada para comer, porque estaremos siempre
solas, y que entonces me dirá a qué horas deberé pasar a verla después de medio
día. El tiempo restante queda a mi disposición, y tengo mi arpa, mi dibujo, y
libros como en el convento, con la diferencia de que ahora no viene a reñirme
la madre Perpetua, y que podría yo, si quisiese, estarme mano sobre mano; pero
como no tengo conmigo a mi Sofía para hablar con ella y reír, es que tanto
procuro ocuparme en algo.
Todavía no son las cinco; no debo ir a donde madre
hasta las siete; tiempo me sobraría, si tuviese algo que decirte, pero no han
dicho nada aún; y sin los preparativos que veo y la cantidad de oficialas que
vienen, todas para mí, creería que no se piensa en casarme, y que es una nueva
chochez de la buena Pepa3. Sin embargo, me ha dicho madre tantas veces que una
señorita debe permanecer en el convento hasta que se case, que pues ahora me ha
hecho salir, debe ser verdad lo que Pepa asegura.
Acaba de parar un coche a la puerta y madre me
envía a decir que pase inmediatamente a su cuarto. ¿Si será aquel sujeto? No
estoy vestida,
2 Educanda en
el mismo colegio.
3 Tornera del
convento.
mi mano tiembla y me palpita el corazón. He
preguntado a mi doncella quién está con mi madre: "Seguramente es el señor
C. . ." y se reía. ¡Oh, creo que es él! Volveré sin falta para contarte lo
que haya pasado. No puedo hacerme esperar. Adiós, hasta un ratito.
¡Cómo vas a burlarte de la pobre Cecilia! ¡Qué
vergüenza he pasa-do! Pero tú hubieras caído en el garlito como yo. Al entrar
en el cuarto de madre he visto un sujeto vestido de negro y que estaba de pie
cerca de ella; le he saludado lo mejor que he podido y me quedé después hecha
una estatua. Ya puedes pensar cuánto le examinaría. "Señora, ha dicho a mi
madre al saludarme, esto es lo que se llama una linda señorita, y apre-cio más
que nunca la bondad de usted." Al oír esta expresión tan positiva me
asaltó un temblor tal que no podía sostenerme; hallé una silla junto a mí y me
senté, bien colorada y confusa. Apenas lo hice, vi a aquel hom-bre a mis pies;
tu pobre Cecilia perdió entonces la cabeza; mi madre dice que estaba como
espantada. Me levanté dando un grito muy agudo, mira, así como aquel día del
trueno. Madre soltó una carcajada, diciéndome: "Y bien, ¿qué tienes?
Siéntate y alarga el pie a este hombre." En efecto, hija mía, este hombre
era el zapatero. No puedo explicarte cuán corrida quedé; por fortuna sólo
estaba allí mi madre. Creo que cuando esté casa-da no me calzará ese zapatero.
Convén conmigo en que sabemos mucho. Adiós. Van a
dar las seis y mi doncella dice que es preciso que me vista. Adiós mi querida
Sofía, te amo como si estuviese en el convento.
P. D. No sé por quién enviarte mi carta. Esperaré
que venga Pepa.
París, 3 de agosto de 17...
CARTA II
LA MARQUESA DE MERTEUIL AL VIZCONDE DE VALMONT, EN
LA QUINTA DE...
Vuelva usted, mi querido vizconde, vuelva usted.
¿Qué hace usted ahí? ¿qué puede hacer en casa de una tía anciana que le ha
instituído a usted heredero de sus bienes? Parta usted al instante, que yo lo
necesito. Me ha ocurrido una idea excelente y quiero confiarle su ejecución.
Estas pocas palabras deben bastar a usted y, demasiado honrado con mi
elec-ción, debe venir ansioso a recibir mis órdenes a mis pies; pero usted
abusa de mis bondades, aun después de que ha cesado de aprovecharse de ellas; y
en alternativa de un adiós eterno o de una excesiva indulgen-cia, dicha de
usted quiere que pueda más mi bondad. Deseo, pues, in-formarle de mis
proyectos; pero júreme usted a fe de caballero fiel que no correrá ninguna
aventura antes de haber dado fin a ésta; es digna de un héroe, servirá usted al
amor y a la venganza, en fin, será como una hazaña más que añadirá a sus
memorias; sí, a sus memorias, porque quiero que sean publicadas un día, y yo me
encargo de escribirlas. Pero dejemos esto y vamos a la idea que me ocupa.
La señora de Volanges casa su hija: todavía es un
secreto; pero ayer me lo ha confiado. ¿Quién cree usted que ha escogido para
yerno suyo? El conde de Gercourt. ¿Quién me hubiera dicho que yo llegaría a ser
la prima de Gercourt? Tengo una rabia... ¿qué? ¿no adivina usted todavía? ¡Oh,
torpe entendimiento! ¿Le ha perdonado usted ya el lance de la in-tendenta? ¿y
yo no debo quejarme aún más de él, monstruo?4 Pero me calmo, y la esperanza que
concibo de vengarme tranquiliza mi espíritu.
Mil veces se ha fastidiado usted como yo con la
importancia da Gercourt a la mujer con quien se casará, y con la necia
presunción de creer que evitará la suerte que cabe a todos. Usted sabe su
ridícula pre-sunción en favor de la educación que se recibe en conventos, y su
preo-
4 Para
entender este pasaje es preciso saber que el conde de Gercourt había dejado a
la marquesa de Merteuil por la Intendenta de..., que le había sacrificado al
conde de Valmont: entonces fue cuando la marquesa y el vizconde aficionaron uno
a otro. Como esta aventura es muy anterior a los sus que tratan estas cartas,
se ha creído bien suprimir toda la corres-pondencia.
9
cupación, todavía más ridícula, en favor del recato
de las rubias. En efecto, apostaría yo que a pesar de sesenta mil libras de
renta que tiene la joven Volanges, jamás hubiera casado con ella si se hubiese
tenido el pelo negro, o no hubiese estado en el convento. Probémosle, pues, que
es un tonto: los llevará un día, no es eso lo que me apura, pero lo gracio-so
sería que empezase por ello. ¡Cuánto nos divertiríamos al día siguiente
oyéndolo jactarse! Porque se jactará, sin duda, y a más de esto llega usted a
formar a esta muchacha, será gran desdicha si el tal Gercourt no viene a ser,
como cualquier otro, la fábula de París. Por lo demás, la heroína de esta
novela merece toda la atención de usted; verdaderamente bonita, no tiene más de
quince años, es un botón de rosa, lerda, a la verdad, como ninguna, y sin la
menor gracia, pero ustedes los hombres no temen esto; tiene, además, cierto
mirar lánguido que seguramente promete mucho; añada usted que yo se la
recomiendo, con lo que no tiene más que hacer que darme las gracias y
obedecerme.
Recibirá usted esta carta por la mañana; exijo que
a las siete de la tarde esté ya conmigo. No recibiré a nadie hasta las ocho; ni
aun al caba-llero favorito: no tiene bastante cabeza para un negocio tan grave.
Ya ve usted que no me ciega el amor. A las ocho daré a usted su libertad y a
las diez volveré a mi casa para cenar con su hermoso objeto, porque la ma-dre y
la hija cenarán conmigo. Adiós; son más de las doce, pronto no me ocuparé más
de usted.
París, 4 de agosto de 17...
CARTA III
CECILIA VOLANGES A SOFÍA CARNAY
Nada sé aún, querida amiga mía; madre tuvo ayer
mucha gente a cenar. A pesar del interés que tenía yo en observar
particularmente a los hombres, me aburrí. Hombres y mujeres, todos, me miraban
mucho y después cuchicheaban. Yo notaba que hablaban de mí y esto me hacía
saltar los colores a la cara; no lo podía remediar. Bien lo hubiera querido
pues noté que cuando miraban a las otras mujeres, ellas no se sonroja-
ban, o tal vez el colorete que se ponen me impedía
ver el que les daba su embarazo, porque debe ser cosa bien difícil no ponerse
colorada cuando un hombre nos mira de hito en hito.
Lo que más me inquietaba era el no saber lo que
pensaban de mí. Creo, sin embargo, haber oído dos veces la palabra
"bonita", pero bien ciertamente he escuchado también la de
"torpe"; y es preciso que sea así, porque la señora que la decía es
parienta de mi madre, y aun me pareció que se hizo inmediatamente amiga mía. Es
la única que me ha dirigido algunas veces la palabra. Mañana debemos cenar en
su casa.
Después de la cena he oído a un hombre que
seguramente hablaba de mí, pues decía: "es necesario dejar madurar el
asunto, veremos para el invierno". Quizás es el que debe casarse conmigo;
pero entonces esto no sería hasta dentro de cuatro meses, y mucho quisiera
saber lo que hay sobre el particular.
Acaba de llegar Pepa, que dice estar de prisa; sin
embargo, quiero contarte una de mis tonterías. ¡Ay! juzgo que esta señora tiene
razón.
Pusiéronse a jugar después de la cena, coloquéme al
lado de mi ma-dre y, no sé cómo fue, pero yo me quedé al instante dormida. Una
gran risotada me despertó. Ignoro si se reían de mí, pero me lo imagino. Mi
madre me dio el permiso de retirarme, lo que me causó sumo gusto. Figúrate que
eran ya más de las once.
Adiós, mi querida Sofía, ama siempre a tu Cecilia.
Yo te aseguro que el mundo no es tan divertido como lo creemos.
París, 4 de agosto de 17...
CARTA IV
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL,
EN PARIS
Las órdenes de usted me encantan y el modo de
darlas es aún más amable; haría usted amar el despotismo. No es la primera vez,
lo sabe bien, que siento no ser ya su esclavo, y por más que me llame ahora
monstruo, nunca recuerdo sin placer el tiempo en que me honraba con
nombres menos duros. Y aun suelo desear a menudo
volver a merecerlos y acabar por dar juntos, al mundo, un ejemplo de
constancia. Pero mayo-res intereses nos llaman: el hacer conquistas es nuestro
destino; debemos seguirle; quizás al cabo de nuestra carrera volveremos a
encontrarnos; pues, sea dicho sin enfados, mi bella marquesa, usted me sigue a
paso igual y desde que, separándonos por el bien del mundo predicamos la fe,
cada uno por su lado, me parece que en esta misión de amor convierte usted más
gente que yo. Conozco su celo y ardiente fervor y, si aquel Dios nos juzgare
por las obras, sería usted un día la patrona de alguna ciudad grande, en tanto
que su amigo sería, cuando más, el santo de un lugarejo. Este lenguaje la
admira, ¿no es verdad? Pues de ocho días a esta parte ni hablo ni oigo hablar
otro; y para perfeccionarme en él, me veo precisado a desobedecer a usted.
No se enfade y escuche, que como depositaria de
todos mis secre-tos voy a confiarle el mayor proyecto de cuantos he formado en
mi vi-da... ¿Qué me propone, seducir a una jovencita que no ha visto ni conoce
nada; que, por decirlo así, me sería entregada sin defensa; a quien la
ren-dición del primer obsequio no dejaría de cautivar, y a quien tal vez
preci-pitará más pronto la curiosidad que el amor? Mil otros pueden lograrlo
como yo. No así con empresa que medito; su logro me asegura tanta gloria como
place El Amor, que prepara mi corona, duda él mismo entre el mirto y el laurel,
o más bien los reunirá para honrar mi triunfo. Usted misma, mi bella amiga,
usted misma, sentirá un santo respeto y dirá con entusiasmo: "He aquí el
hombre que yo he soñado.”
Ya conoce usted a la presidenta de Tourvel, su
devoción, su amor conyugal y sus principios austeros.
Todo eso es lo que me propongo atacar, ése el fin
que pretendo conseguir.
Y si el premio no logro obtenerlo
Siempre el honor me cabe de emprenderlo5.
Se pueden citar malos versos cuando son de un gran
poeta.
Sepa, pues, que el presidente está en Borgoña
siguiendo un gran pleito (espero hacerle perder otro un poco más importante);
su mitad
inconsolable debe pasar aquí todo el tiempo de su
desagradable viudez. Una misa cada día, algunas visitas a los pobres del
distrito, el rezo de mañana y tarde, algunos paseos a solas, conversaciones
piadosas con mi vieja tía y alguna vez un triste whist debían ser sus únicas
distracciones. Yo le preparo otras más eficaces Mi ángel bueno me ha traído
aquí por su dicha y por la mía. ¡Loco! ¡Estaba yo lamentando las veinticuatro
horas que sacrificaba a los miramientos del uso! ¡Buen castigo hubiera llevado
si me hubiese forzado a volverme a París! Felizmente son necesa-rias cuatro
personas para jugar al whist, y como aquí no hay más que el cura del lugar, mi
tía me ha instado mucho para que le sacrifique algunos días. Ya imagina usted
que he consentido; pero no puede figurar cuánto me mima desde aquel momento, y
cuánto le edifica sore todo verme asistir regularmente a sus oraciones y a su
misa. No sospecha la divinidad que adoro allí. Véame, pues, de cuatro días a
esta parte entregado a una violenta pasión. Usted sabe, cómo yo deseo
vivamente, cómo devoro los obstáculos; pero lo que usted ignora es cuánto la
soledad aumenta el ardor de los deseos. Ya no tengo sino una sola idea; en ella
pienso du-rante el día y sueño con ella por la noche. Es preciso que yo logre a
esta mujer para librarme de la ridiculez de amarla, porque, ¿a dónde no lleva
un deseo con- trariado? ¡Oh posesión deliciosa, te imploro para mi dicha y
sobre todo para mi tranquilidad!. ¡Qué felices somos los hombres de quienes las
mujeres se defiendan tan mal! No seríamos, si no, cerca de ellas, más que
tímidos esclavos. Siento en este instante un movimiento de gratitud hacia las
mujeres fáciles, que me arrastra naturalmente a los pies de usted. Ante ellos
me prosterno para obtene mi perdón, y acabo esta carta, demasiado larga. Adiós,
mi hermosísima amiga. Sin rencor.
En la quinta de..., a 15 de agosto de 17...
5 La Fontaine
CARTA V
LA MARQUESA DE MERTEUIL AL VIZCONDE DE VALMONT
¿Sabe, Vizconde, que su carta es muy insolente, y
que tendría yo derecho para enfadarme, si quisiera? Pero he visto por ella
claramente que había usted perdido la cabeza, y esto sólo le libra de mi
indignación. Amiga generosa y sensible, olvido mi propia injuria para no pensar
sino en el peligro de usted, y por más enojoso que sea el razonar, cedo a la
necesidad que tiene usted de ello en este momento. ¡Lograr a la presi-denta de
Tourvel! ¡capricho tan ridículo! Reconozco en ello su mala cabeza, que siempre
desea justamente lo que cree que no podrá lograr. ¿Qué ve en esa mujer, en
suma? Facciones regulares, si quiere, pero sin ninguna expresión; bastante bien
formada, pero sin gracia; puesta siem-pre de un modo que da risa con sus golas
al cuello y su corpiño cerrado hasta la barba. Le hablo como amiga. Dos mujeres
como ésta bastarían para hacerle perder toda su reputación; acuérdese del día
en que ella pedía para los pobres en San Roque, y en que usted me agradeció
tanto que yo le hubiese procurado aquel espectáculo. Me parece verla aún dando
la mano a aquel varal de cabellos largos, tropezando a cada paso, teniendo
siempre su tontillo de cuatro varas sobre la cabeza de alguno y sonrojándose a
cada reverencia. ¿Quién hubiera dicho a usted entonces "usted deseará un
día esta mujer"? Vamos, vizconde mío, avergüéncese y vuelva en sí; le
prometo el secreto.
Fuera de esto, fíjese en los disgustos que le
esperan. ¿Qué rival tie-ne usted que combatir? ¡Un marido! ¿No se siente
humillado con esta sola palabra? ¡Qué vergüenza si fracasa y qué poca gloria si
vence! Aún digo más; no espere ningún placer. ¿Puede haberlo con las
excesivamente modestas, quiero decir, con las que lo son de buena fe?
Reservadas hasta en el centro del deleite, no ofrecen sino goces a medias.
Aquel abandono total de sí, aquel voluptuoso delirio en que el placer resulta
más puro por el exceso mismo, tales dones del amor, no son conocidos por esa
clase de mujeres. Se lo predigo: en la suposición más dichosa, la presidenta
creerá haber hecho cuanto cabe tratando a usted como a su marido; y cuando
están a solas dos esposos, aun en los momentos de mayor delicia
se ve siempre que son dos. En el caso de usted el
mal es aún mayor: su presidenta es devota, pero con aquella especie de devoción
de pobre mujer que las hace no pasar nunca de la infancia. Acaso vencerá usted
esta dificultad pero no se lisonjee de destruirla. Vencerá al amor de Dios,
pero no al temor del diablo; y cuando tenga entre sus brazos a su amada y
sienta palpitar su corazón, este seguro de que es de miedo y no de amor. Tal
vez si la hubiese usted conocido antes hubiera podido hacer algo de ella, pero
y ya tiene usted veintidós años y lleva dos de matrimo-nio. Créame, cuando una
mujer ha formado ya esa costra, es preciso abandonarla a su suerte, porque en
el fondo jamás valdrá nada.
Sin embargo, tal es el bello objeto por quien usted
me desobedece se entierra en casa de su tía y renuncia a la empresa más
deliciosa y más honorífica. ¿qué fatalidad hace que Gercourt le lleve siempre
alguna ventaja? Escúcheme, le hablo sin enfadarme, pero en este momento estoy
tentada de creer que no merece usted la reputación que tiene, y sobre todo lo
estoy de cesar de hacerle mi confidente Nunca me acos-tumbraré a decir mis
secretos al amante de la señora de Tourvel.
Sepa, no obstante, que la señorita Volanges ha
hecho ya una con-quista. El joven Danceny está loco por ella. Ha cantado con
ella y en efecto, canta mejor que regularmente lo hacen las colegialas. Deben
ensayar muchos dúos y creo que con gusto se pondría ella al unísono; pero
Danceny es un niño que perderá el tiempo en galanteos y no acaba-rá nada. La
muchacha por su parte es bastante espantadiza y, de cual-quier modo, todo esto
será mucho menos divertido que lo hubiera sido en manos de usted; así es que
estoy enfadada y el caballero será reñido seguramente cuando llegue. Le vendrá
bien mostrar dulzura, porque en este momento nada me costaría dejarlo. Estoy
segura de que si ahora me diera por romper con él se desesperaría y nada me
divierte más que un amante desesperado. Me llamaría pérfida y esta palabra me
ha dado siempre mucho gusto. Después de la palabra cruel es la más dulce para
el oído de una mujer y la que cuesta menos merecer. Seriamente voy a ocuparme
de esta ruptura; vea, sin embargo, de lo que usted es causa. Por eso lo echo
sobre su conciencia. Adiós; recomiéndeme a las oracio-nes de su presidenta.
París, 7 de agosto de 17...
CARTA VI
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL
¡Con que no ha de haber una mujer que no abuse del
imperio que ha sabido tomar! ¿Y usted misma, a quien he llamado tantas veces mi
indulgente amiga, cesa ya de serlo y me ataca en lo que más aprecio? ¡Cómo
pinta usted a la señora de Tourvel! ¿Qué hombre no hubiera dado su vida por
castigar semejante atrevimiento? ¿A qué otra mujer no le hubiera valido a lo
menos una desvergüenza? Por Dios, no me expon-ga a pruebas tan terribles,
porque no respondo de poderlas sostener. En nombre de la amistad le pido que aguarde
a que haya logrado a esta mujer para murmurar de ella. ¿No sabe que sólo el
placer tiene el dere-cho de arrancar la venda del amor? Pero, ¿qué digo? ¿La
presidenta de Tourvel tiene acaso necesidad de hacer ilusión? No: para ser
adorable le basta ser ella misma. Le echa usted en cara que se viste mal. Lo
creo, porque todo adorno le daña y todo lo que la oculta la desfigura. En el
abandono del negligé es cuando más encanta. Gracias a los calores exce-sivos
que reinan, un jaboncillo de lienzo simple rne deja ver su talle re-dondeado y
flexible. Una muselina clara cubre su hermoso pecho, y mis miradas furtivas,
pero penetrantes, han distinguido ya su forma seducto-ra. Dice usted que su
rostro carece de expresión. ¿Y qué puede expresar en los momentos en que nada
habla a su corazón? Sin duda no tiene como nuestras mujeres presumidas esa
mirada mentirosa que seduce algunas veces y nos engaña siempre; no sabe dar
valor a una sonrisa estudiada, a una frase hueca, y aunque tiene la más hermosa
dentadura, no se ríe sino de lo que le hace gracia. Pero es preciso ver cómo en
los juegos animados presenta la imagen de una alegría franca y natural, como
cuando se halla cerca de un desgraciado, a quien se apresura a socorrer, sus
ojos destellan de un goce puro y piadoso. Hay que verla sobre todo cuando oye
la menor palabra de mimo o elogio cómo se pinta en su rostro celestial aquel
interesante embarazo que procede de una modestia no afectada. Es recatada, es
devota, ¿y por eso ya cree que es fría e insen-sible? Pienso de muy diverso
modo. ¿Qué sensibilidad extraordinaria
necesita tener para revelarla hasta con relación a
ese marido y amar un ente que siempre está lejos de ella? ¿Qué mayor prueba
puede usted desear? Sin embargo, yo he sabido procurarme otra.
He dirigido su paseo de modo que apareció una zanja
que era pre-ciso saltar. Aunque ella es ligera, es todavía más tímida, y usted
sabe bien que una recatada teme siempre dar el salto. Le fue preciso confiarse
a mí, y he tenido abrazada a esta mujer tan honesta. Nuestros preparativos y el
paso de mi anciana tía habían hecho reír a carcajadas a mi festiva devota; pero
luego que me hube apoderado de ella, por efecto de una acertada torpeza se
entrelazaron nuestros brazos; estreché su seno contra el mío y en aquel
brevísimo instante sentí que su corazón palpitaba con mayor viveza; una amable
púrpura coloreó su rostro, y su honesta turbación me indicó que su pecho no
había palpitado de miedo sino de amor. No obstante, mi tía se engañó como
usted, y se puso a decir: "La niña ha tenido miedo". Pero el
delicioso candor de la tal niña no le permitió mentir y respondió
sencillamente: "No, señora. Pero..." Esta sola palabra me bastó y
desde aquel instante la dulce esperanza ha reemplazado en mí a la cruel
inquietud. Yo lograré a esta mujer y le quitaré el marido que la profana; osaré
quitársela al Dios mismo que adora. ¡Qué delicia ser, alternativamente, el que
causa y el que vence sus remordimientos! Lejos de mí la idea de desvanecer las
preocupaciones que la atormentan y que han de hacer mayor mi triunfo y mi
placer. Que crea enhorabuena en la virtud pero que me la sacrifique. Que sus
faltas la asusten sin que logre detenerle, y que, agitada de mil terrores, no
pueda olvidarlos ni vencerlos sino en mis brazos. Consiento en que entonces me
diga: "Te adoro". Entre todas las mujeres ella sola será digna de
pronunciar esta palabra. Yo seré verdaderamente el Dios que habrá preferido.
Seamos sinceros: en nuestros arreglos, tan fríos
como fáciles, lo que llamamos felicidad es apenas un placer. ¿Me atreveré a
decírsela a usted? Yo creía mi corazón marchito, y no percibiendo sino
sensualidad, me quejaba de una vejez prematura. La señora de Tourvel me ha
devuelto las deliciosas ilusiones de la juventud, y a su lado no necesito gozar
para ser feliz. Lo que únicamente me asusta es el tiempo que va a costarme la
empresa; porque no quiero exponer nada. Por más que recuerde las veces que la temeridad
me ha favoreciclo, no me atrevo a servirme de
ella ahora. Para que yo sea completamente dichoso
es preciso que se entregue ella misma, y no es poco pedir.
Estoy seguro de que usted admiraría mi prudencia.
Aún no he pro-nunciado la palabra amor, pero ya usamos las de confianza e
interés. Para engañarla lo menos posible, y sobre todo para prevenir el efecto
de lo que pueda oír por fuera, yo mismo, como acusándome, le he referido una
parte de mis aventuras más conocidas. Reiría usted viendo cómo me predica. Dice
que quiere convertirme y no sospecha aún lo que le costará el intentarlo. Está
lejos de pensar que abogando, como dice ella, por las infelices que yo he
perdido, habla de antemano por sí misma. Esta idea se me ocurrió ayer en medio
de sus sermones, y no pude negarme el placer de interrumpirla para asegurarle
que hablaba como un profeta.
Adiós, mi bella amiga. Ya ve usted que no estoy
perdido sin reme-
dio.
P. S. A propósito, ¿ese pobre caballero, se ha
muerto de desespera-ción? En verdad, es usted cien veces más mala cabeza que
yo, y podría humillarme si yo tuviera amor propio.
De la quinta de..., a 9 de agosto de 17...
CARTA VII
CECILIA VOLANGES A SOFÍA CARNAY6
Si todavía no te he dicho nada de mi matrimonio, es
porque no estoy más adelantada que el primer día. Me acostumbro a no pensar más
en él y me acomodo bastante bien a este género de vida. Estudio mucho el canto
y el arpa, y me parece que me gustan más desde que no tengo maestro, o más bien
porque tenga uno mejor.
El caballero Danceny, el mismo sujeto de quien te
he hablado, y con quien he cantado en casa de la marquesa de Merteuil, tiene la
com-placencia de venir todos los días y de cantar conmigo hora enteras. Es
6 Por no
abusar de la paciencia del lector, se suprimen muchas cartas de esta
corresponden-cia diaria, y no se insertan sino las que han parecido necesarias
para la inteligencia de los
sumamente amable, canta como un ángel y compone
arias muy bonitas de las que él mismo hace la letra. Es lástima que sea
caballero de Malta, pues me parece que si se casase, su mujer sería muy
feliz... Es sumamente dulce. Nunca parece hacer cumplidos, y no obstante
lisonjea cuanto dice. Me corrige a cada instante el canto y otras cosas, pero
mezcla a sus ob-servaciones tanto interés y gracia, que es imposible serle
ingrata. Con sólo mirar parece ya que dice algo agradable. A todo esto agrega
el ser muy complaciente. Ayer, por ejemplo, estaba convidado a un gran
con-cierto y prefirió pasar la noche en nuestra casa. Yo me alegré mucho,
porque, cuando él no está, nadie me habla y me fastidio; en cambio, cuando
viene, cantamos y hablamos juntos. Siempre tiene algo que de-cirme. Él y la
marquesa de Merteuil son las únicas personas que encuen-tro amables. Pero,
adiós, mi querida amiga; he prometido saber para hoy cierta aria, cuyo
acompañamiento es muy difícil, y no quiero faltar a mi palabra. Voy a ponerme a
estudiar hasta que venga.
En…, a 7 de agosto de 17…
CARTA VIII
LA PRESIDENTA DE TOURVEL A LA SEÑORA DE VOLANGES
Muy señora mía: Nadie puede agradecer más que yo la
confianza que se sirve usted manifestarme, ni tomar mayor interés en la
colocación de su hija. Deseo de todo corazón que sea dichosa, como no dudo que
merezca serlo, y en este punto me refiero a la prudencia de usted. No conozco
al conde de Gercourt; pero cuando usted le honra con elegirle, debo formarme de
él una idea muy favorable. Me limito a desear que su casamiento sea tan dichoso
como el mío, que también es obra de usted, a quien cada día tengo nuevos
motivos de darle gracias por él. ¡Quiera Dios que la felicidad de su hija
recompense la que me ha procurado, y pueda la mejor de las amigas ser la más
afortunada de las madres!
acontecimientos ocurridos en esta sociedad. Por el
mismo motivo se suprimen las de Sofía Carnay y muchas de las de los actores en
estas aventuras.
Siento en realidad muchísimo no poder repetirle
esto mismo de vi-va voz, y conocer a su hija, tan pronto como quisiera. Después
de haber experimentado las bondades de usted, verdaderamente maternales, tengo
derecho para esperar de ella la tierna amistad de una hermana. Le ruego se
sirva pedírsela de mi parte, mientras me hallo en disposición de mere-cerla.
Cuento permanecer en el campo hasta que regrese mi marido, y he aprovechado
este tiempo para gozar del trato de la respetable señora de Rosemonde. Esta mujer
es siempre admirable y su anciana edad no le hace perder nada de su memoria ni
de su alegría. Su cuerpo tiene ochenta y cuatro años, pero su espíritu tiene
veinte.
Nos divierte en nuestro retiro su sobrino el
vizconde de Valmont, que ha tenido la bondad de sacrificarnos algunos días. No
le conocía sino de reputación, y ésta no me daba deseos de conocerle más, pero
voy viendo que él vale más que ella. Aquí, en donde el torbellino del gran
mundo no le echa a perder, habla razonablemente con una facilidad prodigiosa y
se acusa de sus defectos con un raro candor. Me habla con mucha confianza y yo
le predico muy severamente. Usted que lo conoce, comprende conmigo que sería
ésta una excelente conversión. Pero estoy segura de que, a pesar de sus
promesas, ocho días en París le harán olvi-dar mi sermones. Cuando menos todo
el tiempo que pase aquí, será apartado de su conducta ordinaria, y creo que,
dado su modo de vivir, lo mejor que podría hacer es no hacer nada. Sabe que
estoy escribiendo a ustedes, y me encarga presentarles sus respetos. Reciba
también mi tri-buto con la bondad que le caracteriza, y no dude nunca de la
sinceridad de los sentimientos con que tengo el honor de ser. . . etc.
De la quinta de..., a 9 de agosto de 17...
CARTA IX
LA SEÑORA DE VOLANGES A LA PRESIDENTA DE TOURVEL
Jamás he dudado, mi bella amiga, ni de la amistad
que usted me profesa, ni del interés que toma en todo lo que me concierne. No
res-pondo a su respuesta para aclarar este punto, que considero arreglado
entre las dos para siempre; pero creo que no puedo
dispensarme de hablar con usted sobre el vizconde de Valmont.
No esperaba, lo confieso, hallar jamás su nombre en
sus cartas. En efecto, ¿qué relación puede haber entre él y usted? No conoce
acaso a ese hombre. ¿Dónde podría haber hallado más clara la idea del alma de
un libertino? Me habla usted de su raro candor; ¡oh! sí, el candor de Valmont
debe ser, en efecto, cosa bien rara. Aún más falso y peligroso que amable y
seductor; jamás desde su primera juventud ha dado un paso ni dicho una palabra
sin tener un objeto, y jamás lo ha tenido que no fuera deshonesto y criminal.
Usted me conoce, amiga mía, y sabe que entre las virtudes que procuro adquirir
es la indulgencia la que más esti-mo. Por eso, si Valmont se viese arrastrado
por pasiones fogosas; si fuese, como otros mil, seducido por las ilusiones
propias de su edad, condenando su conducta, tendría compasión del individuo, y
esperaría en silencio el tiempo de que su vuelta feliz a la virtud le atrajera
de nuevo la estimación de los hombres de bien. Valmont no es así y su conducta
es el resultado de sus principios. Sabe calcular todo lo más horrible que puede
emprender sin comprometerse; y para ser cruel y malvado sin peligro, ha
escogido por víctimas a las mujeres. No me detengo en contar las que ha
seducido; pero, ¿a cuántas no ha perdido? Como usted vive ahí juiciosamente y
retirada, no llegan a sus oídos sus escandalosas aventuras. Podría contarle
algunas que le harían estremecerse, pero sus ojos, tan puros como su alma, se
ofenderían al mirar unas pinturas de esta clase, y, segura de que Valmont no
será nunca peligroso para usted, no necesita de estas armas para defenderse.
Únicamente debo prevenirle, que de cuantas mujeres él ha obsequiado, con éxito
o sin éxito, no ha habido una que no haya tenido que quejarse, si se exceptúa
la marquesa de Merteuil, pues sólo ella ha sabido resistirle y contener su
malignidad7.
Confieso que este rasgo es el que más la honra y
que ha bastado pa-ra justificarla ante todos, a pesar de cuantas
inconsecuencias se le hubie-ron de echar en cara al principio de su viudez. Sea
lo que fuere, lo que la edad, la experiencia, y, sobre todo, la amistad, me
autorizan a hacerle presente a usted, es que empieza aquí la sociedad a notar
la ausencia de
7 El error en
que está la señora de Volanges nos demuestra que Valmont (como todos los
malvados) no descubría a sus cómplices.
Valmont, y si sabe que ha quedado ahí con usted y
su tía, está su reputa-ción en las manos de este hombre, que es la peor cosa
que puede ocu-rrirle a una mujer. Aconséjole, pues, que inste a su tía a que no
le detenga más, y si él se obstina en quedarse, creo que no debe dudar un
instante en cederle el puesto. Pero, ¿por qué se quedaría él? ¿qué hace en esa
casa de campo? Si usted lo hiciese espiar, creo que descubriría que la toma por
un asilo más cómodo para ejecutar algunas infamias que proyectará emprender en
sus alrededores. En la imposibilidad de remediar el mal contentémonos con
preservarnos de él.
Adiós, mi bella amiga: el casamiento de mi hija se
ha retardado un poco. El conde de Gercourt, que esperábamos de un día para
otro, me dice que su regimiento pasa a Córcega; y como siguen los preparativos
de guerra, le será imposible ausentarse hasta el invierno. Esto me contraría,
pero me da esperanza de poder ver a usted en la boda, y sentiría se hicie-se
sin su presencia. Adiós, en fin; soy enteramente suya, sin cumpli-miento y sin
reserva.
P.D. Recuérdeme a la memoria de la señora de
Rosemonde, que amo siempre cuanto se merece.
En..., a 11 de agosto de 17...
CARTA X
LA MARQUESA DE MERTEUIL AL VIZCONDE DE VALMONT
¿Está usted enojado conmigo, vizconde? ¿o bien está
muerto? o, lo que sería casi lo mismo, ¿no vive más que para su presidenta?
Esta mujer que le ha devuelto las ilusiones de la juventud, le volverá también
pronto sus ridículas preocupaciones. Ya es tímido y esclavo: tanto valiera
estar enamorado. Renuncia a su temeridad dichosa. Vea, pues, como ya se conduce
sin principios, abandonando todo al acaso, o más bien, al capri-cho. ¿Ha
olvidado que el amor es, como la medicina, solamente el arte de ayudar a la naturaleza?
Vea que le combato con sus propias armas; pero no me engreiré, porque combato a
un hombre en tierra. Es preciso que se entregue ella misma, dice usted.
Seguramente es preciso; así es que se
entregará como las otras, pero ésta con mala
gracia. Mas para que se entregue, es menester empezar por tomarla. ¡Oh, cómo
esa ridícula dis-tinción es un desvarío del amor! Digo amor, porque está usted
enamora-do, y hablarle de otro modo, sería engañarlo y resultaría su mal.
Dígame, señor amante lánguido, las mujeres que usted ha logrado ¿cree haberlas
violado? Por más deseos que una mujer tenga de entregarse, por más que se la
inste para ello, es preciso siempre un pretexto; y ¿puede haberlo más cómodo que
el que proporciona el aire de ceder a la fuerza? En cuanto a mí, confieso que
una de las cosas que me lisonjean más, es un ataque vivo y bien dado, en que
todo va por orden, aunque rápidamente; que no nos pone jamás en el embarazo de
tener que reparar nosotras mismas una torpeza que debió ser provechosa; que
sabe dar el aire de violencia hasta a las cosas que concedemos, y lisonjear con
maña nues-tras dos pasiones favoritas: la gloria de la defensa y el placer de
haber sido vencidas. Convengo en que este talento, más raro de lo que se cree,
me ha gustado siempre, pero no me ha seducido, y que algunas veces me ha
sucedido rendirme únicamente por recompensa. Así en nuestros antiguos torneos
la hermosura daba el premio al valor y a la destreza.
Pero usted, que ya no es usted, se conduce como si
tuviera miedo de acertar. ¿Desde cuándo marcha en pequeñas jornadas y por
caminos de travesía? Amigo mío; cuando se quiere llegar pronto, buenos caballos
de posta y el camino real delante. Pero dejemos este punto que me pone tanto
más de mal humor, cuanto me priva del gusto de verle. Por lo menos, escríbame
más a menudo y póngame al corriente de sus progre-sos. Sabe bien que van más de
quince días que esta ridícula aventura lo ocupa y que descuida a todo el mundo.
A propósito de descuidos, se parece usted a los que
mandan a in-formarse del estado de sus amigos enfermos; pero nunca se hacen dar
la respuesta. Acaba su última carta preguntándome si el caballero ha muerto. No
le he respondido y usted no se ha cuidado más de saberlo. ¿No sabe que mi
amante es su amigo nato? Pero tranquilícese, pues no ha muerto; si fuese así,
sería por exceso de placer; ¡pobre caballerol ¡Qué tierno es! ¡qué a propósito
para el amorl ¡con qué viveza siente! Estoy loca por él y, seriamente, la
felicidad perfecta que halla en ser amado por mí, me hace quererle más y más.
El mismo día en que escribí a usted que iba a
tratar de romper con él ¡qué feliz le hice! Estaba no obstante meditando en el
modo de deses-perarle cuando me anunciaron su visita. Sea verdad o ilusión
jamás me había parecido tan amable. Él esperaba pasar dos horas a solas conmigo
antes de que abriese mi puerta para todos. Le dije que tenía que salir;
preguntóme adónde y no le respondí. Insistió, y repliqué de mal talante:
"Donde usted no esté". Felizmente para él, se quedó hecho una estatua
con mi respuesta; porque si hubiera dicho una palabra se habría seguido
infaliblemente una escena que hubiera producido el rompimiento que yo meditaba.
Admirada de su silencio volví los ojos a él, sin otro fin, se lo aseguro, que
el de ver qué gesto hacía. Hallé pintada en su semblante encantador aquella
tristeza profunda y tierna a la vez, a la cual usted mismo ha convenido conmigo
que era muy difícil poder resistirse. La misma causa produjo igual efecto y fui
vencida por segunda vez. Desde aquel momento sólo me ocupé de evitar que
pudiese probarme mi sinra-zón. "Salgo, le dije con un aire más dulce, para
un asunto que le concier-ne, pero no me pregunte ahora. Cenaré en mi casa.
Vuelva usted y entonces le informaré".
Con esto encontró las palabras, mas yo no quise
permitir que ha-blase. "Estoy muy de prisa, añadí. Déjeme, y nos veremos
esta noche"; él me besó la mano y se marchó. Inmediatamente, para reparar
lo hecho, o tal vez para desquitarme yo misma, resolví hacerle conocer la
casita mía, de la que no tenía idea. Llamé a mi fiel Victorina y le dije:
"Tengo jaque-ca: para todos estoy acostada". Luego, quedándonos las
dos solas, mien-tras ella se disfrazaba de lacayo, tomé yo el traje de doncella,
hice venir un simón a la puerta del jardín, entramos en él y partimos. Llegadas
a mi casita, o sea al templo del amor, escogí el traje de casa más elegante; es
delicioso y de mi invención, nada deja ver y, sin embargo, señala todas las
formas. Le prometo a usted un modelo para su presidenta; cuando la haya hecho
digna de llevarlo.
Después de estos preparativos, mientras Victorina
se ocupaba de otros pormenores, leí un capítulo de El Sofá, una carta de
Heloisa y dos cuentos de La Fontaine para recordar los diversos tonos que yo
quería tomar. Entretanto mi caballerete volvió a mi casa con la exactitud de
siempre. Mi portero no lo dejó entrar diciendo que yo estaba indispuesta.
Primer incidente. Luego le dio un billete mío, mas
no de mi mano, según mi regla de prudencia; entonces él abre y halla escrito de
puño de Victo-rina: "A las nueve en punto en el paseo del boulevard,
enfrente de los Cafés". Va allí, y un lacayito que cree no conocer, y que
era Victorina, le indica que despida su coche y le siga. Todo este modo
romántico lo levantaba de cascos y esto siempre es bueno. Llegó por fin y la
sorpresa y el amor le causaron un verdadero encantamiento. Para dejarle que se
repusiera un poco, nos paseamos un rato por el jardín. Después le hice volver a
mi habitación, y allí vio dos cubiertos puestos y una cama hecha. Pasamos al
gabinete, que estaba adornado con el mayor gusto. Allí, mitad por sensibilidad,
mitad por reflexión, le cogí entre mis brazos y me eché a sus pies. "Oh,
mi querido amigo, le dije, para procurarte esta sorpresa, me acuso de haberte
afligido, con la apariencia de un enfado, y haberte un instante solo ocultado
el interior de mi corazón; perdóname mi falta, quiero expiarla a fuerza de
amor". Ya juzgará usted el efecto que produjo este discurso apasionado. El
feliz caballero me levantó y mi perdón fue sellado en el mismo canapé en que
usted y yo sellamos tan alegremente y del mismo modo nuestro eterno rompimiento.
Como teníamos que pasar seis horas juntos, y había yo resuelto que todo este
tiempo fuera igualmente delicioso para él, moderé sus trasportes, y las gracias
y ama-bles entretenimientos dieron tregua a la ternura. No creo haber puesto
jamás tanto esmero en agradar ni haber estado nunca tan contenta de mí misma.
Después de la una, ya aniñada, ya razonable, ya tumultuosa, ya sensible, y
algunas veces libertina, me placía el contemplarle como un sultán en su
serrallo donde yo sola hacía el papel de diferentes favoritas. En efecto, sus
obsequios repetidos, aunque recibidos siempre por la misma mujer, lo fueron
siempre por una nueva amante.
En fin, al rayar el día fue preciso separarse y por
más que dijo e hi-zo por probarme lo contrario, tenía tanta necesidad de ello
como poco deseo. En momentos en que salíamos y nos despedíamos tomé la llave de
aquella mansión deliciosa y poniéndola en sus manos le dije: "No la tenía
sino por usted; es justo que usted disponga de ella; el sacrificador debe
disponer del templo." Con esta maña he sabido prevenir las refle-xiones
que hubieran podido excitarse en él, viéndome propietaria de una casita, cosa
siempre sospechosa. Estoy segura de que no se servirá de ella
con otra mujer, y si yo tuviera el capricho de ir
allí sin él tengo llave doble. Quería le señalase día para volver, pero lo amo
demasiado para querer acabarle tan pronto. Los excesos son buenos con aquellos
a quie-nes luego se quiere dejar. Él no sabe eso, pero por dicha suya lo sé yo
por los dos.
Son las tres de la mañana y he escrito a usted un
volumen cuando tenía intención de escribirle sólo una palabra. Este placer
produce la confianza de la amistad; ella hace que usted sea lo que yo más
aprecio. Pero el caballero es lo que más me agrada.
En..., a 12 de agosto de 17...
CARTA XI
LA PRESIDENTA DE TOURVEL A LA SEÑORA DE VOLANGES
Muy señora mía: Su severa carta me hubiese asustado
si no hubiera hallado aquí más motivos de seguridad que los que usted me da
para desconfiarme. El sensible Valmont, que debe imponer terror a todas las
mujeres, ha dejado sus mortíferas armas a la entrada de esta quinta. Lejos de
formar proyectos en ella, no tiene siquiera pretensiones, y su cualidad de
hombre amable, que le conceden aun sus enemigos, desaparece para no dejar ver
sino un hombre liso y llano. El aire del campo ha operado sin duda este milagro.
Puedo asegurarle que a pesar de que siempre está conmigo y parece que halla
gusto en mi compañía, no se le ha escapado una sola palabra que tenga visos de
amor, ni aun ninguna de aquellas frases que todos los hombres se permiten, sin
tener como él, lo que es preciso para que se les excusen. Jamás obliga a
aquella reserva que hoy toda mujer, que sabe portarse con decencia, está
precisada a observar para contener a los hombres que la rodean. Sabe no abusar
de la alegría que inspira; y aunque es ta vez un poco adulador, lo hace con tal
delica-deza que sería capa de acostumbrar a la modestia misma al elogio. En
fin, si yo tuviese un hermano desearía que fuese como Valmont. Muchas mujeres
acaso desearían que se mostrase más galante, pero yo le agradez-
co infinitamente haya sabido juzgarme bien para no
confundirme con ellas.
Este retrato es sin duda muy diverso del que me
hace usted y, sin embargo, los dos pudieran ser fieles si se determinan las
épocas. Él mis-mo conviene en que ha hecho muchas locuras y que también le
habían imputado algunas; pero he hallado pocos hombres que hayan hablado de las
mujeres honradas con más respeto, y casi diré con más entusiasmo. Usted me
enseña que a lo menos en este punto no engaña, y su proceder con la marquesa de
Merteuil es una prueba. Nos habla de ella muchas veces y siempre con tanto elogio
y con aire de estimarla tanto que antes de recibir vuestra carta he pensado que
lo que él llamaba amistad entre los dos era verdaderamente amor. Me acuso de
este juicio temerario en el cual tengo yo tanta culpa cuanto él mismo a menudo
se ha tomado tra-bajo de justificarla.
Confieso que yo reputaba fineza lo que de su parte
es sólo franque-za y sinceridad. Y no sé, pero me parece que el que es capaz de
profesar una amistad tan constante a una mujer tan estimable no es un libertino
incorregible.
Ignoro si la conducta juiciosa que observa aquí es
efecto de algunos proyectos que tenga en estas cercanías como usted supone. Hay
en ellas pocas mujeres amables y sale muy poco, excepto por las mañanas; pero
entonces dice que va a cazar. Rara vez trae caza, mas él mismo confiesa que es
poco diestro en este ejercicio. Por otra parte me inquieta poco lo que pueda
hacer fuera de casa, y si desease saberlo sería por tener una razón más, o para
agregarme al dictamen de usted o para traer a usted al mío.
En cuanto a lo que usted me propone de contribuir a
que Valmont haga corta mansión aquí me parece muy difícil atreverme a decir a
su tía que no le tenga en su casa, tanto más cuanto que lo quiere mucho. Sin
embargo prometo a usted, más por condescendencia que por necesidad, que
aprovecharé la ocasión de pedirle así, o bien a ella, o bien a él mis-mo. Por
lo que hace a mí, como mi marido sabe que mi intención es el permanecer aquí
hasta su vuelta, extrañaría con razón la ligereza que me hacía mudar de pensamiento.
Vea usted, amiga mía, unas explicaciones bien largas pero he creído arreglado a
lo justo el dar un testimonio ven-
tajoso para el señor de Valmont y del cual me
parece tiene gran necesi-dad ante usted.
No por eso agradezco menos la amistad que ha
dictado sus con le-jos. A ella debo también todas las cosas finas que me dice
soba el retardo del casamiento de su hija. Quedo muy reconocida por ellas, pero
por más placer que yo me prometa, pasando esos momentos con usted, los
sacri-ficaré gustosa al deseo de ver que su hija sea más pronto feliz, si es
que puede serlo nunca más que al lado de una madre tan digna de su ternura y de
su respeto. Yo la acompaño en esos sentimientos que me inclinan a usted de los
que le pido reciba con bondad la sincera expresión.
En..., a 13 de agosto de 17. . .
CARTA XII
CECILIA VOLANGES A LA MARQUESA DE MERTEUIL
Muy señora mía: Mi madre está indispuesta y es
preciso que me quede acompañándola; no tendré, pues, el honor de ir con usted
al tea-tro. Le aseguro que más que no ver éste, siento el no estar con usted.
Deseo que así lo crea. ¡La quiero tanto! ¿Tendría la bondad de decir al
caballero Danceny que no tengo la colección de que me ha hablado y que me daría
mucho gusto si pudiese traerla mañana? Si viene hoy, le dirán que no estamos en
casa, porque mamá no quiere ver a nadie. Espero que mañana estará mejor. Queda
de usted, etc.
En..., a 13 de agosto de 17...
CARTA XIII
LA MARQUESA DE MERTEUIL A CECILIA VOLANGES
Siento mucho, querida mía, estar privada del gusto
de verla y la causa de esta privación. Espero que esta ocasión volverá a
presentarse. Cumpliré con exactitud su encargo para el caballero Danceny, a
quien seguramente disgustará mucho el saber que su madre de usted está
indis-puesta. Si mañana quiere recibirme iré un rato a hacerle compañía.
Ata-caremos ella y yo al caballero de Belleroche8 a los cientos, y al ganarle
su dinero tendremos para mayor gusto el de oír cantar a usted con su ama-ble
maestro, a quien yo se lo propondré. Si esto conviene a su madre y a usted
misma, respondo de ir con mis dos caballeros. Adiós, mi querida; mis
cumplimientos a mi estimada señora de Volanges. La abrazo tierna-mente.
En..., a 13 de agosto de 17...
CARTA XIV
CECILIA VOLANGES A SOFÍA CARNAY
No te he escrito ayer, mi amada Sofía, pero no ha
sido por haberme divertido, te lo aseguro. Mamá estaba y la he acompañado todo
el día. Cuando me separé de ella por la noche, no tenía ganas de nada y me he
acostado luego para asegurarme de que el día estaba acabado. No es decir que no
quiera mucho a mamá, pero yo no sé lo que era. Yo debía haber ido a la ópera
con la marquesa de Merteuil, y el caballero Danceny debía hallarse allí. Sabes
ya que son las dos personas que me agradan más; cuando llegó la hora en que yo
también debí haber ido, se me opri-mió el corazón a pesar mío. No hallaba gusto
en nada y lloré, lloré sin poderlo remediar. Felizmente mamá estaba acostada y
no me veía. Estoy segura de que el caballero Danceny lo ha sentido también,
pero se habrá distraído con el espectáculo y con la concurrencia; es muy
diferente.
Por fortuna mamá está hoy mejor, y la señora de
Merteuil vendrá con otra persona y el caballero Danceny; mas siempre viene muy
tarde, y cuando una está sola tanto tiempo es cosa muy fastidiosa. Aún no son
más de las once. Es verdad que debo tocar el arpa,
además mi toilette me ocupará algún tiempo, pues hoy quiero estar bien peinada.
Creo que la madre Perpetua tiene razón, y que luego que entramos en la sociedad
nos hacemos presumidas. Jamás he deseado tanto parecer bonita como de algunos
días a esta parte, y hallo que no lo soy tanto como lo creía. Además se pierde
mucho al lado de las señoras que se ponen colorete, como por ejemplo la señora
de Merteuil, a la que veo que todos los hombres la encuentran más bella que yo;
pero esto no me disgusta mu-cho, porque me quiere bien, y además me asegura que
Danceny me halla más bonita que ella. Es mucha bondad de su parte el habérmelo
dicho, y aun tenía el aire de estar muy contenta de ello; no lo concibo. ¿Es
que me quiere tanto? ¿Y él? ¡Ah! esto me da también mucho gusto. Me pare-ce que
con sólo mirarle se le hermosea a una el semblante. Yo le miraría siempre si no
temiese encontrarme con sus ojos, porque siempre que esto me sucede, me
desconcierta y casi me apena; pero no importa.
Adiós, mi querida amiga; voy a ponerme al tocador.
Te amo siem-pre como acostumbro.
París, 14 de agosto de 17...
CARTA XV
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL
Hace usted muy bien, amiga mía, en no abandonarme a
mi triste suerte. La vida que llevo aquí es realmente fatigosa por lo demasiado
descansada y su uniformidad insípida. Al leer su carta y el pormenor del modo
admirable con que ha pasado el día, me han dado tentaciones veinte veces de
pretextar un negocio cualquiera, de volar a los pies de usted y de pedirle una
sola infidelidad a su caballero, que al cabo de cuenta no merece tanta dicha.
¿Sabe que tengo celos de él? ¿Qué me habla usted de eterno rompimiento?
Renuncio a un juramento hecho en la fuerza de un delirio; no hubiéramos sido
dignos de hacerlo si lo hubié-
8 Es el mismo
de que se habla en las cartas de la marquesa de Merteuil.
ramos de observar. ¡Ah! puédame yo vengar un día en
sus brazos del despecho involuntario que me ha causado la fortuna del
caballero. Con-fieso que me lleno de indignación cuando pienso que ese hombre
sin razonar, sin tomarse el menor trabajo, siguiendo tontamente el instinto de
su corazón, halla una felicidad que yo no puedo alcanzar. ¡Oh! yo la turbaré.
Prométame que yo la turbaré. ¿Usted misma, no se siente humi-llada? Se da usted
la pena de engañarle y él es más feliz que usted; lo cree atado a su cadena y
es usted la que está a la suya; duerme tranquilamente mientras usted vela para
procurarle placeres. ¿Qué más podría hacer su esclavo?
Mire, querida amiga, mientras usted se entregue a
muchos no ten-dré ningunos celos, porque sólo veré en ellos los sucesores de
Alejandro, incapaces de conservar entre todos el imperio en que yo reinaba
solo. Pero si usted se da enteramente a uno de ellos, si existe otro hombre tan
feliz como yo, eso no lo sufriré, no espere que lo tolere. Vuelva usted a
ligarse conmigo, al menos con otra que no sea el actual; no falte por un
capricho exclusivo a la amistad inolvidable que hemos jurado.
Basta que yo tenga que quejarme del amor. Usted ve
que sigo sus ideas y confieso mis errores. En efecto, si se llama estar
enamorado el no poder vivir sin poseer lo que se desea, sin sacrificar el
tiempo, los place-res y la vida, yo lo estoy verdaderamente. No estoy más
adelantado que antes, y aun no tendría nada que decirle en este punto, sin un
suceso que me da mucho que pensar y por el cual yo no sé todavía si debo
esperar o temer.
Usted conoce mi lacayo, tesoro de intrigas y
verdadero gracioso de comedia. Bien piensa usted que sus intenciones eran
cortejar a la donce-lla y emborrachar a los criados. El tunante es más dichoso
que yo. Ha logrado su fin. Y ahora acaba de descubrir que la señora de Tourvel
ha encargado a uno de sus criados de tomar informaciones sobre mi con-ducta, y
aun de seguirme en mis excursiones por las mañanas, en cuanto pueda, sin que yo
me percate de ello. ¿Qué quiere esta mujer? ¿Con que la más honesta de toda se
arriesga a cosas que apenas osaríamos noso-tros?.... Juro a usted... Pero antes
de pensar en vengarme de esta astucia
femenina, ocupémonos de hacer que resulte en
nuestra ventaja. Hasta ahora, estos paseos que excitan sus sospechas, no tenían
objeto ninguno;
es preciso hacer que lo tengan. Este plan merece mi
atención; dejo a usted para meditarlo. Adiós, mi hermosa amiga
Siempre en la quinta de..., a 15 de agosto de 17...
CARTA XVI
CECILIA VOLANGES A SOFÍA CARNAY
¡Ay! Mi querida Sofía; he aquí muchas noticias que
acaso no debería darte. Pero es preciso que hable con alguien, no puedo
resistir. El caba-llero Danceny... estoy tan turbada que no puedo escribir; no
sé por dón-de empezar. Después de que te conté la noche tan divertida que pasé
con él y la señora de Merteuil en el cuarto de mi madre, no volví más a
ha-blarte de esto porque no quería hablar a nadie; pero siempre pensaba en
ello9. Desde entonces se puso él muy triste; pero tan triste, tan triste, que
me daba mucha pena. Y cuando le preguntaba yo por qué lo estaba me decía que no
era cierto; mas yo veía que sí. En fin, ayer lo estaba más de lo acostumbrado,
aunque eso no le impidió tener la complacencia de cantar conmigo como de
ordinario; pero cuantas veces me miraba me oprimía el corazón. Cuando hubimos
acabado fue a encerrar mi arpa en su caja, y al darme la llave me suplicó que
tocase otra vez luego que me quedase sola. No tenía yo sospecha ninguna; pero
me rogó tanto, que al fin dije que estaba bien. Él tenía sus motivos.
Efectivamente, cuando me metí en mi cuarto y mi doncella se retiró, fui a tomar
el arpa y hallé entre la cuerdas una carta plegada solamente, sin sello, y
escrita por él. ¡Ah ¡Si supieses todo lo que me dice! Desde que la he visto
estoy tan contenta, que no puedo pensar en otra cosa. Leí la carta cuatro veces
seguidas y luego la encerré en mi papelera. La sabía ya de memoria; y acostada,
la repetía tantas veces, que no pensaba en dormir. Cuando cerré los ojos, la
veía siempre diciéndome cuanto acababa de leer. Cuando me desperté (era muy
temprano) volví a tomar la carta para leerla con toda comodi-
9 La carta en
que se habla de esta noche no se ha encontrarlo. Se puede suponer que es
aquella tertulia propuesta en el billete de la marquesa de Merteuil, de la que
se trata en la carta anterior de Cecilia Volanges.
dad. La llevé a mi cama y la besé, como si... Tal
vez está mal hecho el besar un carta como ésta, pero no he podido menos. Ahora
bien; si esto muy contenta, también estoy muy embarazada, porque, seguramente
no debo responder a una carta semejante. Sé que no lo debo hacer y, sin
embargo, él lo pide. Si no le respondo, sé positivamente que va a ponerse de
nuevo triste; es una desgracia para él. ¿Qué me aconsejas tú? Pero tú no sabes
más que yo. Tengo muy gran deseo de hablar a la marquesa, que me quiere mucho.
Mucho querría consolarle, pero no quiero hacer nada malo. Se nos recomienda
tanto que tengamos buen corazón, y luego se nos prohibe seguir sus
inspiraciones cuando se trata de un hombre. Eso no es justo ¿Un hombre no es
nuestro prójimo, como una mujer, y aún más? Porque, en fin, ¿no tiene una un
padre como una madre, un hermano como una hermana, y queda siempre, a más, un
marido? Sis embargo, si yo hiciese ahora alguna cosa que no estuviera bien, ta
vez el mismo Danceny se formaría una mala opinión de mi. ¡Oh no, prefiero que
esté triste! Siempre estaré a tiempo. A su carta de ayer no estoy obligada a
responder hoy. Además, esta noche he de ver a la señora de Merteuil, y si tengo
valor para ello le contaré todo. Haciendo sólo lo que ella me diga, nada tendré
de qué acusarme. Acaso me dirá que puedo responderle alguna cosita para que no
esté triste. ¡Ah, tengo mucha pena!
Adiós, mi buena amiga. Dime siempre lo que te
parece.
En..., a 19 de agosto de 17...
CARTA XVII
EL CABALLERO DANCENY A CECILIA VOLANGES
Antes de rendirme, señorita, ¿diré al placer o a la
necesidad de es-cribir a usted? empiezo por pedirle se sirva escucharme.
Conozco que necesito de indulgencia para atreverme a declararle mis
sentimientos, y me sería inútil si sólo quisiera justificarlos. Y al cabo, ¿qué
pretendo hacer con mostrarle lo que usted misma ha causado? Y ¿qué decirle que
mis ojos, mi turbación, mi conducta y aun mi silencio, no le hayan dicho
ya? ¿Por qué se ofendería de un sentimiento que
usted misma ha produ-cido? Dimanado de usted es sin duda digno de serle
ofrecido; y si es ardiente como mi alma es puro como la suya... ¿Podría ser un
crimen el haber sabido apreciar su semblante adorable, sus habilidades
sorpren-dentes, sus gracias encantadoras y esa atractiva candidez que añade un
valor inestimable a unas cualidades tan preciosas? No, sin duda. Pera sin ser
culpado, puede uno ser infeliz. Y es la suerte que me espera si usted desecha
mi obsequio. Es el primero que mi corazón ha ofrecido. Desde que la he visto el
reposo ha huido de mí y mi feli cidad es dudosa; usted se admira de verme
triste y me pregunta la causa, y aun he creído ver que alguna vez lo siente.
Diga una sola y habrá labrado mi dicha... Pero pien-se también que una palabra
sola puede colmar mi desventura. Usted puede hacerme eternamente feliz o
desdichado. ¿En qué manos más amadas puedo poner un interés más grande? He
rogado a usted me escu-che y ahora me atrevo a pedirle que me responda. Acabaré
como he comenzado: solicitando su indulgencia. Rehusármela sería hacerme creer
que se ha ofendido y mi corazón me asegura que mi respeto hacia usted es igual
a mi amor.
P. S. Puede usted servirse para responderme del
mismo modo que yo me sirvo para darle esta carta. Paréceme igualmente cómodo
que seguro.
En..., a 18 de agoto de 17...
CARTA XVIII
CECILIA VOLANGES A SOFÍA CARNAY
¿Cómo, Sofía, condenas de antemano lo que voy a
hacer? Mi in-quietud era bien grande y tú vienes a aumentarla. Me dices que no
debo responder. Hablas bien a tus anchas y por otra parte no sabes exacta-mente
lo que pasa. Estoy segura de que si estuvieras en mi lugar obrarías como yo; es
verdad que no se debe responder y has visto por mi carta de ayer que tampoco yo
lo quería; pero creo que nadie se ha visto en un caso como el mío. Estoy
precisada a decidirme por mí sola. La señora de
Merteuil, que yo contaba ver ayer noche, no vino.
Todo conspira contra mí. Ella es causa de que yo le conozca; las veces que le
he visto y habla-do, ha sido casi siempre con ella. Esto no es decir que yo la
quiera mal; pero me abandona en los momentos más difíciles para mí. ¡Ah! soy
muy digna de compasión.
Figúrate que anoche vino como acostumbra. Estaba
tan turbada que no me atrevía a mirarle. Presente mi madre, no podía él
hablarme; bien sospechaba que se enfadaría cuando viese que no le había
respondi-do. Y en verdad te digo que no sabía qué aire debía tomar. Un instante
más tarde me preguntó si quería que fuese a buscar mi arpa. Me palpita-ba tanto
el corazón que lo que únicamente pude hacer fue decirle que sí. Cuando volvió
fue peor. No lo miré sino un instante; él no me miraba pero tenía una cara que
se hubiera creído que estaba malo y me dio mu-cha pena. Se puso a templar el
arpa y al dármela me dijo estas palabras: "¡Ah, señorita!…" pero con
un tono que me quedé enteramente confusa. Ensayaba un preludio antes de empezar
sin saber lo que hacía y mi ma-dre preguntó si cantaríamos juntos. Se excusó
diciendo que se encontra-ba un poco indispuesto, mas como yo no tenía excusa me
fue preciso cantar. Hubiera querido no tener voz; escogí expresamente un aria
que no sabía, porque estaba segura de que no podría cantar ninguna. Se hu-biera
notado que ocurría alguna cosa. Felizmente llegó una visita. Cuan-do divisé el
coche dejé el arpa y le pedí la volviese a su lugar. Yo temía que se fuese al
mismo tiempo, pero volvió.
Mientras mi madre hablaba con la señora que entró,
quise mirarle un instante. Me encontré con sus ojos y me fue imposible separar
los míos. Un momento después vi correr sus lágrimas y se vio obligado a
volverse un poco para no ser visto. Entonces no pude contenerme y comprendí que
yo también iba a llorar. Salí de allí y con un lápiz escribí en un pedazo dee
papel: "No esté usted tan triste, se lo suplico, prometo
responderle." Seguramente no puedes decir que haya mal en esto y sobre
todo no pude resistir. Puse mi papelito entre las cuerdas del arpa, como estuvo
antes su carta, y volví a la sala. Ya estaba más tranquila y esperaba con
impaciencia que se fuera aquella señora. Por fortuna iba haciendo visitas y se
marchó pronto. Inmediatamente volví al arpa y vi bien por su aire que no
sospechaba la cosa. Pero cuando volvió, ¡oh, qué contento
estaba! Al poner el arpa delante de mí se colocó de
manera que mamá no podía verle y tomando mi mano me la apretó... pero de un
modo... Fue sólo un instante, mas no puedo decirte qué placer tuve. Sin
embargo, la retiré; con que no tengo nada que echarme en cara.
Ahora, mi querida amiga, ya ves que no puedo
dispensarme de es-cribirle pues se lo he prometido, y además no iré a ponerle
triste otra vez, pues yo sufro más que él. Si fuese por cosa mala, seguramente
no lo haría; pero, ¿qué mal puede haber en escribir, sobre todo, cuando es para
impedir que alguno sea desgraciado? Lo que me embaraza es que no sabré hacer
bien mi carta, pero ya comprenderá él que no es culpa mía, y además estoy
segura que con sólo ser cosa mía le dará infinito gusto.
Adiós, mi querida Sofía. Si piensas que he hecho
mal dímelo, pero creo que no. Cuanto más cerca está el momento de escribirle,
más palpita mi corazón. Mas es preciso puesto que se lo prometí. Adios.
En..., a 20 de agosto de 17...
CARTA XIX
CECILIA VOLANGES AL CABALLERO DANCENY
Muy señor mío: Estaba usted tan triste ayer y me
daba tanta pena, que me he visto forzada a responder a su carta. Sigo pensando
que no debo hacerlo, pero como lo he prometido no quiero faltar a mi palabra, y
esto debe probarle mi amistad. Ahora que usted la conoce espero que no volverá
a pedirme que le escriba y asimismo no dirá a nadie que le he escrito, porque
se me censuraría y podría causarme un gran sentimiento. Sobre todo espero que
usted mismo no formará mal juicio de mí, lo que sentiría más que todo. Puedo
asegurarle que por ningún otro hombre hubiera tenido esta complacencia.
Quisiera que usted tuviese la de no estar triste como lo estaba, porque eso me
quita todo el gusto que tengo en verle. Usted ve que le hablé con toda
franqueza. Nada deseo con más ansia que el que nuestra amistad dure siempre.
Pero por Dios no me escriba más.
CECILIA VOLANGES.
En..., a 20 de agosto de 17...
CARTA XX
LA MARQUESA DE MERTEUIL AL VIZCONDE DE VALMONT
¡Ah, picarillo! Me lisonjea temiendo que me burle
de usted. Vamos, le hago a usted gracia. Me escribe tantas locuras, que debo
perdonarle el juicio que le hace tener su presidenta. No creo que mi caballero
sería tan indulgente como yo; sería capaz de no aprobar nuestro nuevo
arrenda-miento y de no hallar nada de gracioso en la idea loca de usted, a
pesar de que a mí me ha hecho mucha gracia y que verdaderamente sentía tener
que reír sola. Si usted hubiese estado allí no sé hasta donde podría conducirme
mi alegría. Pero he reflexionado y me he armado de severi-dad. No es decir que
renuncio para siempre; pero que doy largas y tengo razón; porque podría poner
algo de vanidad y el que se pica al juego no sé dónde parará. Fuera capaz de
cautivarle de nuevo y hacerle olvidar su presidenta; y si lograse yo, indigna,
disgustar a usted de la virtud, ¡qué escándalo! Para evitar este peligro vea
usted mis condiciones.
Luego que haya logrado a su bella devota y pueda
probármelo ven-ga y soy suya. Pero sabe bien que en los negocios importante no
se ad-miten pruebas sino por escrito. Con este arreglo, por una parte yo seré
una recompensa y no un consuelo, idea que me agrada más. Y por otra parte el
logro de usted será más picante, sirviendo de medio para una infidelidad.
Venga, pues, venga lo más pronto posible a hacerme el tes-timonio de su
triunfo, al modo que venían nuestros antiguos y valientes caballeros a poner a los
pies de sus damas los frutos brillantes de su victoria.
Seriamente, estoy curiosa de saber lo que puede
escribir una devota después de un momento semejante, y qué velo pone a sus
pensamientos después de no haber dejado ninguno a su persona. Usted puede ver
si me rindo a un precio muy alto, pero advierto que no haré ninguna rebaja.
Hasta entonces, mi querido vizconde me permitirá que permanezca fiel a
mi caballero y me divierta en hacerlo feliz a pesar
de la pequeña pena que su dicha causa a usted.
Sin embargo, si yo fuese una libertina, creo que en
este momento tendría él un rival peligroso: la joven Volanges. Estoy loca por
esta cria-tura. Es una verdadera pasión; o me engaño o llegará a ser un de
nuestras mujeres más de moda. Ver desenvolverse su tierno corazón es un
espec-táculo delicioso. Ama ya con furor a su joven Danceny, pero no lo cono-ce
ella todavía. Él mismo, aunque está muy enamorado, tiene todavía la timidez
propia de su edad y no se atreve a demostrárselo. Ambos están en admiración delante
de mí. La niña, sobre todo, tiene grandes deseos de decirme su secreto
particularmente de algunos días a esta parte la veo verdaderamente sofocada y
le hubiese hecho un gran servicio ayudándola un poco, pero no olvido que es una
niña y no quiero comprometerme. Danceny me ha hablado un poco más claro, pero
en cuanto a él he toma-do mi partido y no quiero escucharlo. En lo que mira a
ella estoy tentada muchas veces en hacerla mi discípula. Es un favor que tengo
ganas de hacer a Gercourt. Me deja el tiempo necesario pues está en Córcega
hasta el mes de octubre. Tengo idea de que aprovecharé este tiempo y que le
daremos una mujer ya formada en vez de una inocente colegiala. ¿Cuál es, en
efecto, la insolente seguridad de aquel hombre que se atreve a dormir tranquilo
mientras alguna mujer a quien ha ofendido no se ha vengado de él aún? Mire
usted, si la niña estuviese aquí en este momento, no sé qué no le diría.
Adiós, vizconde, buenas noches, y buen acierto.
Pero, por Dios, adelante. Piense que si no logra a esa mujer las otras se
avergonzarán de haberlo tenido a usted.
En..., a 20 de agosto de 17...
CARTA XXI
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL
En fin, mi bella amiga, he dado un paso adelante.
Pero un gran pa-so que si no me ha conducido hasta el cabo me ha hecho conocer,
al menos, oue estoy en el camino, y ha disipado el miedo que tenía de andar
descarriado. Al fin he declarado mi pasión y aunque se ha guardado el silencio
más absoluto, he recibido acaso la respuesta menos equívoca y más lisonjera.
Pero no avancemos sucesos y tomemos la cosa de más arriba.
Usted se acordará de que mis pasos eran espiados;
pues he querido que este medio escandaloso procurase la edificación pública, y
vea lo que hice. Encargué a mi confidente que buscase en las cercanías algún
desva-lido que tuviese necesidad de socorros, comisión ésta que no era difícil
de cumplir. Ayer, después del mediodía, me informó que en la mañana de hoy
debían embargarse los muebles de una familia entera que no podía pagar las
contribuciones. Me aseguré de que no hubiese en esta familia ninguna mujer soltera
o casada que por su belleza pudiese hacer sospechosa mi acción, y cuando estuve
bien cierto de que no era así, declaré mi proyecto a la hora de cenar de ir al
día siguiente a cazar. Lle-gando aquí debo hacer justicia a mi presidenta, pues
sin duda sintió algún remordimiento por las órdenes que había dado, y no
teniendo bastante fuerza para vencer su curiosidad, la tuvo, sin embargo, para
contrariar mi designio. Debía hacer un calor excesivo, me exponía a caer
enfermo, no mataría nada, y me cansaría en vano. Durante este diálogo, sus
ojos, que hablaban tal vez más de lo que ella quería, daban a entender que
deseaba que yo tuviese por buenas sus malas razones. Yo no traté ni un solo
momento de rendirme a ellas como usted puede pensar, y aun resistí a una
pequeña sátira contra la caza y los cazadores, y a una tintura de mal humor que
oscureció durante toda la noche aquel semblante celestial. Temí por un momento
que revocase sus órdenes y que su delicadeza me fuese funesta. mas en esto no
calculaba la curiosidad de una mujer, y por
tanto me engañé. Mi criado me tranquilizó aquella
misma noche y me acosté satisfecho.
Al rayar el día me levanté y partí. No había andado
unos cincuenta pasos fuera de la casa, cuando veo que un espía me sigue.
Empiezo mi caza, y marcho atravesando los campos hacia el lugar donde me había
propuesto ir, sin otro placer que el de hacer correr bien al tunante, que,
atreviéndose a dejar la ruta, hacía a menudo a toda carrera triple camino que
yo. A fuerza de querer ejercitar sus piernas yo mismo me sentí can-sado, y para
reposarme sentéme al pie de un árbol. ¿Creería usted que tuvo la insolencia de
encubrirse tras de unas matas y venir a sentarse a veinte pasos de mí? Estuve
tentado de encajarle un tiro, que aunque sólo de perdigones hubiera bastado
para darle una lección sobre los peligros de la curiosidad. Pero,
afortunadamente para él, me acordé de que era útil y necesario a mi proyecto.
En fin, llego al lugar y veo que hay rumor; me
adelanto, pregunto y me refieren el hecho. Hago llamar al recibidor, y cediendo
a mi generosa compasión, pago noblemente cincuenta y seis libras, por cuya suma
entregaban cinco personas a un lecho de paja y a la desesperación. Des-pués de
una acción tan sencilla, no puede usted imaginarse qué coro de bendiciones se
oía alrededor de mí de parte de los asistentes, qué lágri-mas de gratitud
corrían de los ojos del anciano de esta familia, y hermo-seaban su rostro patriarcal,
que un momento antes la impresión feroz de la desesperanza hacía verdaderamente
horrible.
Examinaba este espectáculo atentamente, cuando otro
paisano más joven, y que conducía por la mano una mujer y dos niños,
adelantándose hacia mí a paso precipitado y les dijo: "Arrojémonos todos a
los pies de esta imagen de Dios", y al instante me vi rodeado de aquella
familia prosternada a mis rodillas. Confieso mi debilidad: mis ojos se llenaron
de lágrimas y sentí interiormente un involuntario pero delicioso movimien-to.
Quedé admirado al ver el placer que se experimenta haciendo el bien, y casi
creo que los que nosotros llamamos personas virtuosas no tienen tanto mérito
como se nos dice. Sea lo que fuere, he hallado justo el pagar a esta pobre
familia el gusto que acababa de causarme. Había llevado aquel día diez luises y
se los di. Comenzaron otra vez los agradecimien-
tos, mas no ya tan expresivos: lo necesario había
producido el verdadero efecto.
Lo demás era una sencilla demostración de
reconocimiento y de admiración producida por un don excesivo y superfluo.
Entre tanto, en medio de las bendiciones parleras
de esta familia no dejaba yo de parecerme bastante al héroe de un drama en la
escena del desenlace. Note usted que en aquel montón de gente se encontraba mi
espía. Mi fin estaba logrado, y así me desprendí de todos y volví a la quinta.
Estoy contento de mi invención, que tan bien he
calculado. Esa mujer merece sin duda la pena. Será lo que en su día haré vale
para con ella, y habiéndola en cierto modo pagado de antemano tendré derecho de
disponer de ella a mi capricho sin reconvenciones que hacerme.
Se me olvidaba decirle que por sacar partido de
todo he rogado a aquellas buenas gentes que pidan a Dios por que se logren mis
deseos. Va usted a ver si no los he conseguido ya en parte . . .
Pero avisan que está servida la cena, y sería luego
tarde para que partiese la carta si no la cerrase ahora. Lo demás, pues, por el
correo siguiente. Lo siento porque lo restante es lo mejor. Adiós, mi bella
amiga. Usted me priva un momento del placer de ver a mi querida.
En..., a 20 de agosto de 17...
CARTA XXII
LA PRESIDENTA DE TOURVEL A LA SEÑORA DE VOLANGES
Muy señora mía: Tendrá usted sin duda gusto en
saber un rasgo del señor de Valmont, que contrasta mucho, en mi concepto, con
aquellos con que se le ha representado.
¡Es tan penoso el pensar desventajosamente de
cualquier cosa que sea, y tan sensible no encontrar sino vicios en aquellos que
tendrían todas las cualidades necesarias para hacer amar la virtud! En fin
usted gusta tanto de emplear la indulgencia que es obligarla el oírcerle
motivos para corregir un juicio demasiado riguroso. El señor de Valmont me
parece que tiene fundamento para esperar ese favor
y casi diré esa justi-cia: y vea por qué lo pienso.
Esta mañana ha dado uno de aquellos paseos que
podían hacer sospechar que tenía algún proyecto en estas cercanías, idea que
usted mismo tuvo y que me acuso de haber adoptado con demasiada ligereza.
Felizmente para él, y sobre todo para nosotros, pués nos impide ser injustos,
uno de mis criados debía ir hacia la misma parte10, y de este modo mi
curiosidad, reprensible pero feliz, ha quedado satisfecha. Nos ha contado que
Valmont, habiendo hallado en el lugar de... una familia numerosa a quien se le
estaban vendiendo los muebles porque no había pagado los impuestos, no sólo se
apresuró a pagar por aquellas pobres gentes, sino que además les dio una suma
bastante considerable. Mi criado ha sido testigo de esta acción generosa, y me
ha contado también que los aldeanos, hablando entre ellos y con él, habían
dicho que un criado, que han designado, y el mío piensa que es el de Valmont,
había tomado ayer informes en el mismo lugar acerca de los vecinos que po-dían
tener necesidad de auxilios. Siendo así, ya no es sólo una compasión pasajera
determinada por la circunstancia, es un proyecto decidido de hacer el bien, es
una beneficencia cuidadosa, es la virtud más hermosa de las almas bellas; pero
sea puro azar o proyecto, es una acción honrada y loable, y que al oírla me ha
enternecido hasta hacerme derramar lágrimas. Añadiré además, y siempre para
hacerle justicia, que cuando le he habla-do de esta accion, de la cual no decía
una palabra, comenzó por negarla, y cuando la admitió parecía darle tan poco
valor, que su modestia redo-blaba su mérito.
Ahora, dígame usted, mi respetable amiga: ¿el señor
de Valmont es en efecto un libertino incorregible? Si no es otra cosa y se
conduce así, ¿qué les queda por hacer a los hombres de bien? ¡Cómo! ¿Los
malvados partirían con los buenos el placer sagrado de la beneficencia? ¿Dios
permitiría que una familia virtuosa recibiese de la mano de un pícaro los
socorros de que ella daría gracias a su divina Providencia? ¿y podría
complacerse en oír a sus labios puros echar bendiciones a un réprobo? No,
quiero mejor creer que sus errores, aunque de larga duración, no son eternos y
no puedo pensar que quien hace el bien sea enemigo de la
virtud El señor de Valmont es sólo acaso un ejemplo
más del peligro que suelen tener las amistades. Me detengo en esta idea que me
agrada. Si por una parte puede servir para justificarle con usted, por otra me
hace apre-ciar más y más la tierna amistad que me une con usted para toda la
vida.
Tengo el honor de ser, etc.
P. D. La señora de Rosemonde y yo vamos en este
momento a ver también a la familia desgraciada y a unir nuestros socorros
tardíos a los de Valmont.
Haremos que nos acompañe y por lo menos daremos a
estas bue-nas gentes el gusto de que vuelvan a ver a su bienhechor. Esto es
creo, lo único que nos ha dejado por hacer.
En..., a 20 de agosto de 17...
CARTA XXIII
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL
Llegaba en mi última carta al punto en que regresé
a la quinta, y vuelvo a tomar el hilo de mi cuento.
No tuve tiempo sino para vestirme de prisa, y salí
a la sala, en don-de mi hermosa estaba bordando, mientras el cura del lugar
leía la Gaceta a mi anciana tía. Fui a sentarme junto al bastidor. Unas miradas
más dulces que de ordinario, y casi acariciadoras, me advirtieron muy luego que
el criado había ya dado cuenta de su comisión. En efecto, mi amable curiosa no
pudo guardar más tiempo el secreto; y sin temor de interrum-pir al venerable
sacerdote, cuyo tono parecía no obstante el de un ser-món, exclamó: "Yo
también tengo una noticia que dar". Y en seguida contó mi aventura con una
exactitud, que hacía honor a su historiador. Ya piensa usted como desenvolvería
yo mi modestia; pero, ¿quién sería capaz de detener a una mujer que, sin
sospecharlo, hace el elogio del que ama? Tomé, pues, el partido de dejarla
hablar. Diríase que predicaba el panegírico de un santo.
10 La señora
de Tourvel no se atreve a decir que iba por orden suya.
En el ínterin yo observaba, no sin esperanza, todo
lo que mi amor podía prómeterse de su semblante animado, de sus movimientos ya
más francos, y, sobre todo, del metal de su voz que, con su alteración
sensi-ble, descubría la emoción de su alma. Apenas acabó de hablar: "Ven,
sobrino mío, ven que te abrace", me dijo la señora de Rosemonde.
Com-prendí al instante que la linda predicadora no podría evitar el ser
abraza-da también; quiso escaparse, pero pronta se halló entre mis brazos; y
lejos de tener fuerza para resistir, apenas le quedó la de sostenerse. Cuanto
más observo a esta mujer tanto más apetecible me parece. Se dio prisa a volver
a su bastidor, y afectó para todos reanudar su bordado; mas yo me percaté bien
de que el temblor de su mano no le permitía seguir trabajando.
Después de comer, las damas quisieron ir a ver a
los desgraciados que yo había socorrido tan piadosamente y fui acompañándolas.
Excuso a usted el fastidio de esta segunda escena de reconocimiento y elogios;
mi corazón, impelido por un recuerdo delicioso, se apresura a referir el
momento de la vuelta a la quinta. Ocupado enteramente de hallar los medios para
aprovecharse del efecto producido por el suceso de aquel día yo continuaba
guardando el mismo silencio. Sólo la señora de Rose-monde hablaba, pero no lograba
de nosotros sino respuestas cortas y pocas. Debimos aburrirla: tal era mi fin y
lo alcancé. Así es que, al bajar del coche, se entró en su cuarto y me dejó a
solas con mi hermosa en un salón poco alumbrado, agradable oscuridad que da
aliento al amor tími-do.
No tuve el trabajo de dirigir la conversación al
punto que yo quería. El fervor de la amable predicadora me sirvió mejor que lo
hubiera podi-do mi maña.
"Cuando se tienen tantas disposiciones para
hacer el bien, me dijo ella fijando en mí sus dulces ojos, ¿cómo puede pasarse
la vida haciendo el mal?”
"No merezco, le respondí, ni ese elogio ni esa
censura, y no conci-bo que con tanto talento como usted tiene no me haya
comprendido todavía.
"Aunque mi confianza pueda serme nociva con
usted, la merece demasiado para que pueda negársela. Hallará usted el principio
de mi
conducta en un carácter demasiado fácil. Por
desgracia, cercado de gen-tes sin costumbres, he copiado sus vicios y acaso he
puesto cierto amor propio en aventajarlos. Del mismo modo seducido aquí por el
ejemplo de las costumbres, sin la esperanza de igualar a usted, he ensayado, al
menos, el imitarla. ¡Ah! tal vez la acción que tanto alaba hoy en mí le
parecería sin mérito ninguno si supiese su verdadero motivo (vea, mi bella
amiga, cuán cerca andaba de decir verdad). No deben a mí aquellos desgraciados
el auxilio que han recibido. En lo que mira usted una acción loable, he buscado
sólo un medio de agradar. No era yo en fin, puesto que he de decirlo, sino un
débil agente de la divinidad a quien adoro (aquí intentó interrumpirme, pero no
le di tiempo). En este mismo ins-tante mi secreto se escapa sólo por debilidad
mía. Me había propuesto firmemente callarlo, y hallaba mi delicia en tributar a
las virtudes de usted, no menos que a su hermosura, un culto puro que hubiera
usted ignorado siempre; pero incapaz de engañar cuan-do tengo a la vista el
ejemplo del candor, no habré de echarme en cara un culpable disimulo. No crea
que la ultrajo fundando esperanzas criminales. Seré desgraciado, lo sé; pero
mis sufrimientos me serán agradables, y me probarán la vio-lencia de mi amor;
depondré a sus pies y en su seno mis quebrantos. Ahí tomaré fuerzas para sufrir
de nuevo; en ellos hallaré la bondad más com-pasiva y me creeré consolado
porque usted me habrá compadecido. ¡Oh belleza que adoro! escúcheme, tenga
piedad de mí, socórrame. Al decir esto me había arrojado a sus pies y apretaba
sus manos con las mías. Pero ella las retiró, y llevándolas a los ojos dijo con
tono de una mujer afligidísima: "¡Ay desdichada!" y luego se deshizo
en llanto. Por fortuna yo me había abandonado de tal modo que también lloraba,
y volviendo a coger sus manos las bañé de lágrimas. Esta precaución era muy
necesaria, porque ella estaba tan preocupada de su pena, que no se habría
percata-do de la mía si no hubiera yo empleado este medio de advertirla. Gané
con esto, además de considerar a mi placer aquel rostro encantador, hermoseado
con el poderoso atractivo de las lágrimas. Mi cabeza se exaltaba, y era ya tan
poco dueño de mí mismo, que estuve tentado de aprovechar del momento.
¿Cuánta es, pues, nuestra debilidad? ¿Cuánto el
imperio de las cir-cunstancias; pues que yo mismo, olvidando mi proyecto, he
arriesgado el
perder por una victoria prematura el encanto de un
largo combate y los pormenores deliciosos de una penosa conquista; seducido por
el deseo de un joven sin experiencia, pensé exponer al vencedor de la señora de
Tourvel a no recoger como fruto de su trabajo sino la insípida ventaja de haber
logrado una mujer más? ¡Ah! ríndase enhorabuena, pero después de combatir; sin
fuerzas para vencer, téngalas para resistir, saboree a placer la sensación de
su debilidad y véase obligada a convenir en que ha sido rendida. Dejemos al
cazador furtivo matar al ciervo por sorpresa, al noble cazador debe forzarle,
rendirle. Mi plan es sublime, ¿verdad? Pues tal vez ahora estaría yo sintiendo
el no haberlo seguido si el azar no hu-biese ayudado a mi prudencia.
Oímos ruido hacia el salón. La señora de Tourvel,
asustada, se le-vantó precipitadamente, tomó un candelero y salió. Preciso era
dejarla. Era sólo un criado. Entonces la seguí; pero apenas di unos pasos, sea
que me reconociera, sea por un vago sentimiento de terror apresuró la mar-cha y
se arrojó más que entró en sus habitaciones. Allá iba yo. Pero la llave estaba
por dentro. Claro que no llamé. Hubiérale sido muy fácil resistir. Tuve, sí, la
feliz idea de mirar por la cerradura y vi a esta mujer adorable arrodillada,
bañada en lágrimas y orando con fervor. ¿A qué Dios osará invocar que algo
pueda contra el amor? En vano busca ya extraño socorro; yo soy el dueño de su
suerte.
Creyendo haber hecho bastante en un día, me retiré
a mi cuarto y me puse a escribir a usted. Creí volverla a ver a la hora de la
cena, pero mandó a decir que estaba indispuesta y se acostaba. La señora de
Rose-monde quiso subir a su aposento pero la maliciosa enferma pretextó una
jaqueca que no le permitía ver a nadie. Bien supone usted que la velada fue
corta y que yo tuve también mi jaqueca. Ya en mi habitación, le es-cribí una
larga carta quejándome de su rigor y me acosté con el proyecto de dársela mañana.
Dormí mal, como verá usted por la fecha de esta carta. Me levanté y volví a
leer mi epístola. He visto que me descuidé un tanto y que muestro más
entusiasmo que amor, más enfado que tristeza. Será preciso rehacerla, pero
estando más tranquilo.
Advierto el amanecer y espero que su frescura me
hará conciliar el sueño. Voy a acostarme, y sea cual fuere el imperio de esta
mujer sobre
mí, le prometo no ocuparme tanto de ella que no me
quede tiempo de pensar en usted. Adiós, mi hermosa amiga.
En…, a 20 de agosto de 17…
CARTA XXIV
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA PRESIDENTA DE TOURVEL
Por compasión, señora, sírvase usted de calmar mi
agitación extre-ma, dígnese indicarme lo que debo esperar o temer; colocado
entre el exceso de la dicha o del infortunio, la incertidumbre es un martirio
cruel. ¡Ah! ¿por qué le he hablado? ¿Por qué no he tenido fuerza para
resistir-me al imperioso encanto que arrancó mi pensamiento? Contento en
adorarla callando, gozaba por lo menos de mi amor, y este puro senti-miento que
entonces no turbaba la imagen de la pena de usted, bastaba para labrar mi
felicidad; pero esta fuente de placer se ha convertido en manantial de
desesperación, desde que he visto correr sus lágrimas, desde que he escuchado
aquel cruel "¡Ay desdichada!" Esas dos palabras, seño-ra, resonarán
largo tiempo en mi corazón. ¿Por qué fatalidad el más dulce de los sentimientos
no puede inspirarla sino terror? ¿Qué teme usted? ¡Ay! no es experimentarle
como yo; pues su corazón, que he co-nocido mal, no está hecho para amar. El
mío, que usted calumnia sin cesar, es el único sensible; el suyo es aún despiadado.
Si no fuese así, no habría negado una palabra de consuelo a un infeliz que le
contaba sus penas, no se habría usted ocultado a su vista, cuando es su único
placer mirarla, no se habría burlado cruelmente, haciéndole anunciar que estaba
indispuesta, sin permitirle ir a informarse de su estado; habría entonces
sabido que esta misma noche, que para usted no eran sino doce horas de reposo,
iba a ser para él un siglo de tormentos.
¿Por dónde, dígame, he merecido ese rigor que me
desespera? No temo el hacer a usted misma mi juez. ¿Qué he hecho sino ceder a
un sentimiento involuntario, inspirado por la belleza y justificado por la
virtud, contenido por el respeto, y cuya inocente declaración fue un
efecto de confianza y no de esperanzas culpables?
¿Desatenderá acaso esta confianza que parecía permitirme y a la cual me he
entregado sin reserva? No, no lo puedo creer; eso sería suponer en usted una
falta, y mi corazón se indigna con la idea de hallar en usted una sola;
desmiento mis reconvenciones, que he podido escribir, mas no pensar. ¡Ah!
déjeme creerla perfecta, puesto que es el único placer que me queda. Pruébeme
que lo es, en efecto, siendo generosa conmigo. ¿Qué desgraciado ha socorrido
usted que lo necesite tanto como yo? No me abandone en el delirio en el que
usted misma me tiene sumergido. Présteme su razón, pues me ha privado de la mía
y después de haberme corregido, ilumíne-me para perfeccionar su obra.
No quiero engañarla. Jamás podrá usted vencer mi
amor; pero me enseñará a regirlo, y guiando mi conducta y dictando mis
discursos me evitará, por lo menos, la desgracia de haberla de desagradar.
Disipe, sobre todo, este temor que me desola; dígame que me perdona y se
con-duele de mí; asegúreme, en fin, que me mira con indulgencia. No tendrá
usted tanta como yo quisiera, pero reclamo al menos la que necesito; ¿me la
negará?
Adiós, señora, reciba con bondad mis obsequios, que
no disminu-yen nada del respeto que le tengo.
En..., a 20 de agosto de 17...
CARTA XXV
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL
He aquí el boletín de ayer.
A las once
entré en la habitaciones de la señora de Rosemonde, y bajo sus auspicios fui
introducido al cuarto de la fingida enferma, que estaba todavía en cama. Tenía
los ojos muy abatidos; espero que habrá dormido tan mal como yo. Aproveché de
un momento en que la señora de Rosemonde se había separado un poco, para dar mi
carta. No quiso tomarla, pero yo la dejé encima de la cama y fui con toda
cortesía a traer
el sillón de mi anciana tía, que deseaba estar
cerca de su querida enferma; con lo que fue necesario que ésta ocultase la
carta para evitar el escán-dalo. La enferma dijo mal a propósito que creía
tener un poco de fiebre, y la señora de Rosemonde me suplicó le tomara el
pulso, alabando mu-cho mis conoci-mientos de medicina. Mi hermosa tuvo el doble
pesar de verse obligada a entregarme su brazo y saber que su pequeña mentira
iba a ser descubierta. Tomé efectivamente su mano con una de las mías y pasé la
otra por su brazo fresco y torneado. La maliciosa enferma no dijo nada, lo cual
me hizo decir al retirarme: "No advierto la más ligera emo-ción."
Sospechaba que sus miradas debían ser severas y para castigarla, no me cuidaba
de observarlas. Un momento después dijo que quería levantarse y la dejamos
sola. Vino a la comida, que fue triste, y declaró que no iría al paseo; era
como decir que no tendría yo ocasión de ha-blarla. Comprendí bien que era aquel
el momento en que yo debía lanzar un suspiro o una mirada dolorida y sin duda
ella lo esperaba, pues fue el único instante del día en que yo me encontré con
sus ojos. Por más honesta que sea tiene sus mañitas como cualquiera. Encontré
un mo-mento para preguntarle si había tenido la bondad de informarse de mi suerte
y quedé un poco admirado de oír que me respondía: "Sí, señor, he escrito a
usted." Tenía vivos deseos de conocer su carta. Pero sea tam-bién malicia,
torpeza o timidez, no me la dio sino por la noche, cuando se retiraba a su
cuarto. Adjunta la envío a usted; léala y juzgue; vea con qué insigne falsedad
asegura que no siente amor, cuando estoy cierto de lo contrario; luego se
quejará si la engaño después y no teme ella enga-ñarme de antemano. Mi querida
amiga, el hombre más diestro puede cuando más equipararse a la mujer más
verídica. Será preciso, sin embar-go, fingir que se cree toda esta charla y
desesperarse, porque agrada a la señora hacer la cruel. ¿Cómo es posible no
vengarse de tales infamias?... Paciencia... Pero, adiós, pues tengo mucho que
escribir todavía.
A propósito, devuélvame la carta de la señora
inhumana; es posible que más adelante quiera que se dé valor a tales miserias y
es preciso hallarse en regla.
No hablo a usted de la jovencita Volanges;
hablaremos de ella el primer día.
De la quinta de..., el 22 de agosto de 17...
CARTA XXVI
LA PRESIDENTA DE TOURVEL AL VIZCONDE DE VALMONT
Muy señor mío: Sin duda no hubiera visto usted
carta mía, si la conducta necia que tuve anoche, no me forzase hoy, a entrar en
explica-ciones. Sí, señor, he llorado, lo confieso; puede ser también que se me
hayan escapado las dos palabras que tiene usted tanto cuidado de citar-me. Todo
lo ha notado usted, las lágrimas y las palabras. Es necesario, pues, explicarlo
todo. Acostumbrada a no inspirar sino sentimientos honrados, a no oír sino
discursos que pueda escuchar sin sonrojarme, a gozar, por consiguiente, de una
seguridad que me atrevo a decir que merezco, no puedo ni disimular ni impedir
las impresiones que siento. La admiración y perplejidad en que me pone el
proceder de usted, yo no sé qué temor inspirado por un situación en que creí no
haber tenido que hallarme jamás; tal ve la idea repugnante de verme confundida
con las mujeres que usted desprecia y tratada tan ligeramente como ellas, todas
estas causas reunidas han provocado el llanto que ha visto usted y han podido
hacerme decir (creo que con razón) que era desdichada. Esta expresión que halla
usted tan fuerte, sería, seguro, demasiado débil aún, si mis lágrimas y mis
palabras hubiesen provenido de otro motivo. Si en vez de desaprobar unos
sentimientos que deben ofenderme, hubiese temido el acogerlos. No, señor, no
tengo este miedo; y si lo tuviese huiría cien leguas de usted; iría a llorar a
un desierto la desgracia de haberlo conocido. Acaso, a pesar de la certeza que
tengo de que no le amo y de que no le amaré nunca, hubiera hecho mejor en seguir
los consejos de mis amigos y no haberlo dejado acercarse jamas a mí. He creído,
éste es mi único yerro, que usted respetaría a una mujer honrada, que no
desea-ba sino ver en usted la misma calidad y hacerle justicia, que lo defendía
cuando la ultrajaba ya con sus intenciones criminales. No me conoce usted, no
señor, no me conoce. De otro modo no hubiera creído poder fundar sus
pretendidos derechos en sus mismas faltas: porque usted me ha dicho
proposiciones que yo no debía haber escuchado. No se hubiera creído autorizado
a escribir una carta que yo no debía leer; y ahora me pide que yo guíe su
conducta y dicte sus discursos. Pues bien el silencio y
el olvido son los consejos que me cumple dar a
usted y a usted el seguir-los. Entonces tendrá derecho a mi indulgencia y aún
dependería de usted tenerle a mi reconocimiento... Pero yo no pediré nada a
quien me ha faltado al respeto. No daré más prueba de confianza a quien ha
abusado de mi seguridad. Usted me fuerza a temerle y acaso a detestarle. Yo no
le quería; no deseaba ver en usted sino un sobrino de mi más respetable amiga y
oponía la voz de la amistad a la voz pública que le acusaba. Us-ted ha destruído
todo, y, lo veo, no querrá reparar nada.
Me limitó a declararle, caballero, que sus
sentimientos me ofenden, que su declaración me ultraja y, sobre todo, que,
lejos de llegar a acoger-los un día, usted me obligaría a no verlo jamás, si no
se impusiese en este punto el silencio que me parece tengo derecho de esperar y
aun de exigir. Incluyo en esta carta la que me ha escrito y espero que también
tendrá la bondad de volverme la mía. Sentiría mucho que subsistiesen trazas de
un lance que no debía haber ocurrido jamás.
Quedo de usted, etc.
En..., a 21 de agosto de 17...
CARTA XXVII
CECILIA VOLANGES A LA MARQUESA DE MERTEUIL
¡Oh, mi Dios! Qué buena es usted, señora; cómo ha
comprendido que me sería más fácil escribirle que hablarle. A la verdad, lo que
tengo que decirle cuesta tanto y es tan difícil. ¡Oh, sí, mi excelente amiga!
Voy a procurar no tener miedo. Ademas, tengo necesidad de usted y de sus
consejos. Estoy apesadumbrada. Me parece que todos adivinan lo que pienso y
cuando él está allí me sonrojo, si alguno me mira. Ayer cuando me vió llorar
era que quería hablar con usted; llego no sé qué me lo im-pidió. Más tarde me preguntó
lo que tenía; saltáronseme las lágrimas a pesar mío, y no hubiera podido decir
una palabra. Si no es por usted nadie iba a notarlo, y ¿qué hubiera sido de mí?
Vea usted mi vida de cuatro días a esta parte.
Aquel mismo día, voy a decírselo, aquel mismo día
fue cuando me escribió el caballero Danceny. Le aseguro que cuando encontré su
carta no sabía absolutamente lo que significaba. Pero por no mentir, no puedo
decir que no haya tenido mucho placer al leerla. Preferiría tener pesar toda mi
vida a que no me la hubiese escrito. Yo sabía bien que no debía decírselo y
puede usted estar cierta de que le he dicho que lo sentía mu-cho. Él dice que
no podía resistir y lo creo, porque yo no quería respon-derle y no he podido
contenerme. ¡Oh! no le he escrito sino una vez y fue en parte para prevenirle
que no volviese a hacerlo. A pesar de eso, él continúa escribiéndome, y como yo
no le respondo, veo que está triste y esto me aflige mucho. No sé qué hacer ni
qué partido tomar y en reali-dad soy bien digna de lástima. Dígame, señora, por
Dios ¿habría mal en que yo le respondiese de tiempo en tiempo, solamente hasta
que él toma-se el partido de no escribirme más? pues en cuanto a mí, si esto
continúa, no sé en lo que pararé. No sabe usted lo que he llorado al leer su
última carta. Estoy segura de que si no le respondo, ambos tendremos gran
pesar.
Voy a enviarle a usted su carta, o a lo menos, una
copia. Por ésta juzgará y verá que no es nada malo lo que pide. Si usted halla
que no se debe hacer, yo le prometo de abstenerme. Creo que pensará como yo,
pues no hay nada en ello. Permítame, señora, que le haga una pregunta. Me han
dicho que es malo amar a alguno ¿y por qué? Lo que hace que yo se lo pregunte
es que Danceny me dice que no es malo y que casi todo el mundo ama. Si fuese
así, ¿por qué yo sola debería contenerme? ¿O sólo es un mal para las solteras?
He oído a mamá misma decir que la señora D... ama al señor M... y no hablaba
como de cosa que fuese mal hecha. Estoy cierta de que si sospechase la amistad
que tengo a Danceny, se enfadaría. Me trata como a una niña y no me dice nada.
Creía que al sacarme del convento era para casarme y ahora me parece que no es
así. No me cuido de ello, se lo aseguro; pero como usted es tan amiga, tal vez
sepa lo que hay en esto.
Mi carta va bien larga, señora, mas, ya que usted
me ha permitido que la escriba, me aprovecho para referírselo todo y cuento con
su amistad.
Quedo de usted, etc.
París, a 23 de agosto de 17...
CARTA XXVIII
EL CABALLERO DANCENY A CECILIA VOLANGES
¿Con que usted rehusa siempre responderme?
Señorita, ¿Nada puede reducir a usted y los días pasan sin que se realice la
esperanza que había podido concebir? ¿Qué especie de amistad existe entre
nosotros, según conviene usted misma? Si no basta ni aun para hacerle sentir mi
pesar. Usted está fría y tranquila mientras a mí me devora un fuego que no
puedo extinguir. Lejos de inspirarle confianza, ni siquiera hace que tenga
usted compasión. Su amigo sufre y usted no hace nada para soco-rrerlo. Le pido
una palabra y usted me la niega. No quiere ser ingrata, me decía ayer; ¡ah!
créame, señorita, querer pagar el amor con la amistad no es temer la
ingratitud. Entre tanto, yo no me atrevo a hablarle de un sentimiento que no
puede menos de molestarla. Si no le interesa es pre-ciso que cuide de
encerrarlo en mi pecho mientras hallo el modo de vencerle. Convengo en que me
serví dificilísimo y tendré necesidad de emplear todo mi esfuerzo: pero me
valdré de todos los medios; uno hay que me costará más que los otros: el
decirme a menudo que su alma es insensible. También haré por verla menos, para
lo cual buscaré un pre-texto plausible.
¿Mas, qué digo? ¡Perder la dulce costumbre de verla
todos los días! ¿Una desgracia eterna ser el premio del amor más puro? Usted lo
había querido así. Usted lo había causado. ¡Con qué placer hubiera hecho el
juramento de no vivir más que para usted! Pero usted no lo quiere admi-tir; su
silencio me indica bastante que su corazón no siente nada en favor mío. En él
se contiene la prueba más segura de la indiferencia y el modo más cruel de
anunciármelo. Adiós, señorita. No me atrevo ya a esperar una respuesta. Un
amante la hubiera escrito con ansia, un amigo con placer, una persona compasiva
con complacencia; pero la compasión, la amistad y el amor son cosas que su
corazón desconoce.
En..., a 23 de agosto de 17...
53
CHODERLOS DE LACLOS
CARTA XXIX
CECILIA VOLANGES A SOFÍA CARNAY
Ya te decía bien, Sofía, que hay ocasiones en que
es lícito escribir y te aseguro que me arrepiento mucho de haber seguido tu
parecer que ha causado tanta pena al caballero Danceny y a mí misma. Prueba de
que tengo razón es que la señora de Merteuil, que es mujer que lo entiende
bien, ha acabado por pensar como yo. Le he declarado todo, y aunque al
principio respondió como tú, cuando le expliqué la cosa ha convenido en que el
caso es diferente; sólo exige que le muestre todas mis cartas y las del caballero
Danceny a fin de estar segura de que no diré sino lo que convenga. Por con-
siguiente, estoy tranquila. ¡Cuánto quiero a la señora de Merteuil! ¡es tan
buena! Es una señora muy respetable, por lo tanto no hay nada que decir.
¡Cómo voy a escribir ahora a Danceny! ¡qué contento
se va a poner! Más de lo que cree, pues hasta hoy no he hablado sino de mi
amistad y él ha querido siempre que yo dijese mi amor. Yo creo que es lo mismo,
pero en fin, no me atrevía. Él lo exigía absolutamente. Le he dicho a la señora
de Merteuil y ha dicho que tenía razón y que no se debe confesar el amor sino
cuando no se puede hacer menos. Yo voy viendo que no podré resistir por más
tiempo pero en fin, es lo mismo y esto le agradará más.
La señora de Merteuil me ha dicho también que me
prestará libros que hablan de todo eso, en los cuales aprenderé a escribir
mejor que ahora; me advierte todos mis defectos; esto prueba que me quiere.
Sólo me ha recomendado no diga nada a mamá de los tales libros porque eso tendría
aire de haber descuidado mi educación y por lo tanto se enfada-ría. ¡Oh! no le
diré nada.
Es, sin embargo, muy extraordinario que una mujer
que casi no es parienta mía, cuide más de mí que mi madre. También ha pedido a
ésta permiso para llevarme mañana a su palco de la ópera. Allí me ha dicho,
estaremos solas, hablaremos de mi casamiento, pues dice es cierto que
54
LAS AMISTADES PELIGROSAS
voy a casarme; pero no hemos podido habla más. ¿Por
qué mi madre no me dice nada sobre este particular?
Adiós, mi Sofía; voy a escribir al caballero
Danceny. Estoy loca de contento.
En..., a 24 de agosto de 17...
CARTA XXX
CECILIA VOLANGES AL CABALLERO DANCENY
Muy señor mío: En fin, consiento en escribirle y
asegurarle de la amistad, del amor que le tengo, pues sin esto usted sería
desgraciado. Dice usted que no tengo corazón. Le aseguro que se engaña. Espero
que ahora no tendrá duda alguna. ¿Cree acaso que no he sufrido yo también? Mas
por cuanto hay en el mundo no quiero hacer una cosa mala y aun jamás hubiese
confesado mi amor si hubiese podido contestarme; pero su tristeza me causa
demasiada pena. Espero que usted nunca estará ya triste y que vamos a ser dichosos.
Cuento con verlo esta noche y espero que vendrá
temprano, aun-que nunca será tanto como yo lo deseo. Madre cena en casa y creo
que le propondrá quedarse para acompañarla. Espero no estará usted
compro-metido como antes de ayer. ¿Era tan agradable la cena a que iba cuando
se despidió tan temprano? No hablemos más de esto. Ya sabe usted que le amo.
Estemos junto el mayor tiempo posible. Siento mucho que esté triste todavía en
este momento; pero no lo puedo remediar. Cuando llegue diré que deseo tocar el
arpa a fin de que usted reciba mi carta. No puedo hacer más.
Quede con Dios, caballero mío, le amo de todo
corazón, y cuanto más se lo diga más contenta estoy. Espero que también lo
estará usted.
En..., a 24 de agosto de 17...
55
CHODERLOS DE LACLOS
CARTA XXXI
EL CABALLERO DANCENY A CECILIA VOLANGES
Sí, señorita, sin duda alguna seremos felices. Mi
dicha es cierta, pues usted me ama, y la de usted no acabará jamás si debe
durar tanto como el amor que me ha inspirado. Usted me ama y no teme ya
asegu-rarlo. ¡Cuanto más me lo dice más contenta está! Después de haber leído
aquel delicioso amo a usted, escrito por su mano, he oído a su hermosa boca la
confirmación de esto mismo y le he visto fijar en mí esos hermo-sísimos ojos
que la expresión de ternura embellecía; he recibido su jura-mento de no vivir
sino para mí. ¡Ah! reciba usted el mío de consagrar mi vida entera a labrar su
felicidad; recíbalo usted y esté segura de que no lo quebrantaré.
¡Qué día tan dichoso hemos pasado ayer! ¡Ah! ¿por
qué la señora de Merteuil no tiene siempre un secreto qué decir a su madre de
usted? ¿Por qué es preciso que la idea de las contrariedades que hemos de
experi-mentar venga a turbar el recuerdo delicioso que me ocupa? ¿Por qué no he
de poder tomar continuamente la bonita mano que me ha escrito: amo a usted,
cubrirla de besos y vengarme así de que usted me haya negado un favor más
grande?
Dígame, Cecilia mía, cuando entró su madre de
usted, cuando su presencia nos obligó a moderar nuestras miradas, cuando ya no
pudo usted consolarme, asegurándome su amor, de haber rehusado darme pruebas de
él, ¿no ha tenido pesar?; ¿No ha dicho para sí: "Un beso le hubiera hecho
más feliz y yo le he negado esa dicha?"
Prométame, adorada prenda, que en la primera
ocasión será menos severa. Con esta promesa hallaré fuerzas para soportar las
contrariedades que las circunstancias nos preparan, y la privación cruel será
mitigada a lo menos con la certeza de que usted lo siente como yo.
Adiós, mi amable Cecilia. Llega la hora en que debo
ir a su casa. Me fuera imposible cesar si no fuese para ir a verla.
Quede usted con Dios, usted a quien tanto amo y a
quien amaré toda mi vida, y siempre más y más.
En..., a 25 de agosto de 17...
56
LAS AMISTADES PELIGROSAS
CARTA XXXII
LA SEÑORA DE VOLANGES A LA PRESIDENTA DE TOURVEL
¡Está usted, pues, empeñada en que yo crea que
Valmont es virtuo-so! Confieso que no lo podré jamás, y que tendré tanta
dificultad en creerlo honrado por el hecho solo que me refiere usted, cuanta
tendría en creer vicioso a un hombre reputado de bien, de quien se me cuente
una falta. La humanidad no es perfecta en ningún género, ni en lo malo ni en lo
bueno. El malo suele tener sus virtudes, como el hombre de bien sus
debilidades. Me parece tanto más preciso que creamos esta verdad cuanto de ella
depende el ser indulgente con los malos como con los buenos y hacer que éstos
no se engrían y que los otros no se desanimen. Usted hallará, sin duda, que yo
olvido en este momento la indulgencia que predico; pero la miro como una
debilidad peligrosa, cuando nos lleva a tratar de igual modo al vicioso y al
honrado.
No me permitiré indagar los motivos que han dado
lugar a la ac-ción del señor de Valmont; quiero creer que habrán sido laudables
como ella, ¿pero por eso ha pasado menos su vida en introducir en las familias
la confusión, el deshonor y el escándalo? Escuche usted si gusta la voz del
infeliz que ha socorrido, pero no le impida ésta oír los gritos de cien
víctimas que ha sacrificado. Aun cuando no fuese como usted misma dice, sino un
ejemplo del peligro de las amistades, ¿sería menos él mismo un amigo peligroso?
¿Usted le supone capaz de corregirse? Vamos ade-lante y supongamos realizado el
milagro, ¿no existiría aún la opinión pública contra él y no bastaría esto a
arreglar la conducta de usted? Dios sólo puede absolver en el instante del
arrepentimiento; él sólo lee en los corazones; pero los hombres no pueden
juzgar los pensamientos sino por las acciones, y ninguno, después de haber
perdido la estimación de los otros, tiene derecho a quejarse de la desconfianza
necesaria que hace aquella pérdida tan difícil de reparar. Piense, sobre todo,
mi bella amiga, que algunas veces basta para perder dicha estimación, el
afectar dar poca importancia; no llame usted injusticia esta severidad porque,
fuera de que debe creerse que no se renuncia a un bien tan preciado cuando se
tiene derecho a él, efectivamente está más cerca de obrar mal aquel a quien no
57
CHODERLOS DE LACLOS
contiene este freno. Tal sería, sin embargo, el
aire que le daría a usted una relación íntima con el señor de Valmont, por más
inocente que fuese.
Alarmada al ver la vehemencia con que lo defiende,
me apresuro a satisfacer las objeciones que ya preveo. Me citará usted a la
señora de Merteuil, a quien se le ha perdonado su trato con ese sujeto; me
pregun-tará por qué la recibo en mi casa; me dirá quo lejos de ser desechado
por las gentes honradas, está admitido y aun buscado por lo que se llama buena
sociedad. Creo que puedo responder a todo esto.
Por de contado, la señora de Merteuil, sin duda muy
estimable, no tiene tal vez otro defecto que el de confiarse demasiado en sus
fuerzas; es parecida a un conductor hábil que gusta de regir a su carro entre
rocas y precipicios, y a quien sólo el acierto justifica. A medida que va
teniendo más experiencia, sus principios son más severos y no temo asegurar que
en este punto pensaría como yo.
Por lo que a mí toca, no me justificaré más que las
otra. Recibo, sin duda, al señor de Valmont y todo el mundo lo recibe. Pero
esto es una inconsecuencia que debe aludirse a mil otras que rigen la sociedad.
Usted sabe como yo que se emplea la vida en observarlas, en criticarlas y en
prometerlas. El señor de Valmont, con un nombre ilustre, una gran riqueza y
muchas cualidades amables, ha conocido muy pronto que para dominar en la
sociedad basta saber manejar con igual destreza el elogio y la sátira. Nadie le
aventaja en ambas cosas; seduce con la una y se hace temer con la otra. Ninguno
le estima, pero todos le acarician. Así vive en medio de un mundo que, más
prudente que atrevido, prefiere contem-plarle a combatirle.
Pero ni la misma señora de Merteuil ni ninguna otra
mujer se atre-vería a encerrarse en una casa de campo y casi a solas con un
hombre semejante. Estaba reservado a la más prudente, a la más juiciosa de
todas el dar este ejemplo de inconsecuencia; perdóneme esta palabra que deja
escapar mi amistad. Su propia honradez vende a usted mi bella amiga, en la
seguridad que le inspira. Piense que la juzgarán por una parte gentes frívolas
que no creerán una virtud que no hallan en sí mismas y por otra malvados que
afectarán no creerla para castigar a usted el haberla ejerci-do.
58
LAS AMISTADES PELIGROSAS
Considere que está haciendo en este momento lo que
algunos hombres no osarían. En efecto, entre los jóvenes de quienes Valmont se
ha hecho en demasía el oráculo, veo que los más cuerdos temen parecer
íntimamente unidos con él, ¡y usted no le teme! ¡Ah! corríjase usted,
corríjase. Yo se lo suplico. Si mis razones no bastan para persuadirla, ceda a
mi amistad; ella me hace reiterar mis instancias y ella debe justifi-carlas.
Usted la encuentra severa y yo deseo que sea inútil; pero quiero más que se
queje usted de su demasiado celo que de su negligencia.
En..., a 24 de agosto de 17...
CARTA XXXIII
LA MARQUESA DE MERTEUIL AL VIZCONDE DE VALMONT
Supuesto que teme usted lograr su fin, mi querido
vizconde, su-puesto que sólo quiere prestar armas contra sí mismo, y que desea
menos vencer que combatir, nada tengo ya que decirle. La conducta de usted es
un modelo de prudencia. Lo sería de necedad en la suposición contraria; y
hablándole con franqueza, temo quese hace ilusión.
Lo que yo le reprocho no es el no haberse
aprovechado del mo-mento. Por una parte no veo con claridad a qué hubiese
llegado; y por otra, sé muy bien, dígase lo que se quiera, que una ocasión
malograda vuelve a encontrarse, mientras que un paso precipitado no tiene
remedio.
Yo lo desafío ahora a que adivine hasta dónde puede
esto condu-cirle. ¿Espera por ventura probar a esa mujer que debe entregarse?
Me parece que eso debe ser en efecto una demostración de sensibilidad; y que
para ser así, se trata de enternecer y no de razonar; pero ¿de qué serviría el
enternecer con cartas, pues no se halla usted allí para aprove-charse? Aun
cuando sus bellas frases produjesen el delirio del amor, ¿se lisonjea usted de
que duraría bastante tiempo para evitar que la reflexión impidiese la declaración?
Piense en el que se necesita para escribir una
carta, en el que pasa antes de ser entregada; este modo de conducirse puede
salir bien con los niños, que cuando escriben amo a usted, no saben que dicen
me rindo.
59
CHODERLOS DE LACLOS
Hay además de esto otra observación que me admiro
no haya he-cho usted mismo, y es que nada hay tan difícil, en punto de amor,
como escribir lo que se siente.
Quiero suponer que la presidenta no tiene bastante
experiencia pa-ra apercibirse de ello; pero qué importa, el efecto no deja de
faltar por eso.
Créame, vizconde; se le pide a usted que no vuelva
a escribir, apro-veche de esa prevención para reparar su falta, y espere a
poder hablar.
¿Sabe usted que esa mujer es más fuerte de lo que
yo creía? Su de-fensa es buena, y a no ser por lo largo de su carta y el
pretexto que alega para entrar en materia en su frase de reconocimiento, no se
hubiera descubierto de ningún modo.
Lo que también me parece que debe tranquilizarle
sobre el acierto, es que usa muchas frases a la vez; preveo que las agotará en
defensa de las palabras, y no le quedará fuerza para defenderse.
Devuélvole sus dos cartas, y si es usted prudente,
serán las última hasta que llegue el momento feliz. Si fuese menos tarde, le
hablaría de la joven Volanges, que adelanta bastante, y de quien estoy
contenta. Creo que terminaré antes que usted, y debe darse por muy dichoso.
Ceso por hoy.
En..., a 24 de agosto de 17...
CARTA XXXIV
EL VIZCONDE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL
Usted habla a las mil maravillas, mi bella amiga,
pero, ¿por qué se fatiga tanto en probar lo que nadie ignora? Para adelantar
rápidamente en cosas de amor, vale más hablar que escribir. Al decir esto se
reduce, según creo, toda su carta. Y bien, esos son los más simples elementos
del arte de seducir. Noto únicamente que hace usted una sola excepción de ese
principio y que hay dos. A los niños que obran así por timidez y se rinden por
efecto de ignorancia, se deben juntar las mujeres sabias que por amor propio
caen en lazos de la vanidad. Por ejemplo, la condesa de
60
LAS AMISTADES PELIGROSAS
B... que respondió sin dificultad a mi primera
carta, no estaba entonces más enamorada de mí que yo de ella y sin duda que no
vio sino una ocasión de hablar de un asunto que debía hacerle honor. Un abogado
diría en el caso presente que ese principio no se aplica a la cuestión. Usted
supone que soy libre de escoger entre escribir y hablar, y no es así. Desde el
lance del día 29 mi inhumana, que está siempre a la defensiva, evita
encontrarse conmigo, con una maña tal, que desconcierta la que yo empleo para
lo contrario. Mis cartas le producen una pequeña guerra; pues no contenta con
no responder a ellas, rehusa también el recibirlas; para cada una es menester
una nueva astucia, que no siempre sale bien.
Usted se acordará de qué modo sencillo entregué la
primera. Para la segunda hallé la misma facilidad. Pidióme le devolviera su
carta y yo le di la mía en su lugar, sin que sospechase nada. Pero por despecho
de haber sido engañada, o por capricho, o por virtud (al fin me forzará a que
lo crea), rehusó absolutamente recibir la tercera.
Después de esta tentativa, que era sólo ensayo
hecho de paso, puse una cubierta a mi carta, y escogiendo el momento del
tocador, en que la señora de Rosemonde y su doncella se hallaban presentes,
hícesela pasar con mi lacayo, con el encargo de decirle que era el papel que me
había pedido. En efecto, la tomó, y mi embajador que tenía orden de observar,
sólo notó un ligero sonrojo y mayor embarazo que cólera.
Yo me daba el parabién de que, o guardaría mi
carta, o, si quería volvérmela, sería forzoso que esperase a estar sola
conmigo, lo que me daría ocasión de hablarle.
Casi una hora después uno de sus criados entró en
mi cuarto entre-gándome, de parte de su ama, un paquete de otra forma que el
mío y en cuyo sobre reconocí la letra que deseaba tanto. Abro con
precipitación...
era mi carta misma, sin abrir y solamente plegada
por medio. Como usted me conoce, no es preciso que le pinte cuánta fue mi
cólera. Me moderé y busqué un medio; vea usted el único que encontré. Todas las
mañanas va un hombre por las cartas al correo, que está tres cuartos de legua:
para este objeto se emplea una caja cerrada con una trampilla de la que tiene
una llave la señora de Rosemonde y otra el administrador del correo. Durante
todo el día cada uno pone sus cartas cuando quiere; se llevan por la tarde al
correo, y al día siguiente se van a buscar las que
61
CHODERLOS DE LACLOS
hayan llegado. Los criados del país y forasteros
hacen igualmente este servicio.
Entretanto yo escribí mi carta, disfrazando la
letra en el sobre y contrahaciendo bastante bien el sello de Dijon. Escogí esta
ciudad por-que hallé gracioso, ya que aspiraba a gozar los mismos derechos que
el marido, escribirla desde el paraje en que él estaba y también porque mi
querida habló todo el día del deseo que tenía de recibir carta de Dijon.
Tomadas estas precauciones era fácil juntar mi
carta a las que ve-nían. De este modo ganaba yo además el testigo del recibo,
porque es costumbre reunirse para almorzar y esperar antes de separarse que
lle-guen las cartas, lo que al fin sucedió.
La señora de Rosemonde abrió la caja. "De
Dijon", dijo dando la suya a la señora de Tourvel. "No es letra de mi
marido", replicó ella con inquietud, y, abriéndola con viveza, la primera
mirada la enteró, y su semblante se alteró de modo que la señora de Rosemonde
lo notó y le dijo: "¿Qué tiene usted?" Yo también me acerqué,
diciendo: "¿Qué, esta carta es tan terrible?" La tímida devota no se
atrevía a levantar los ojos ni a decir una palabra. Y para disimular su embarazo
fingió recorrer la carta que no se hallaba en estado de leer; gozaba al ver su
turbación y no pe-sándome el apretar un poco, añadí: "El aire más
tranquilo que ya tiene usted me hace creer que esa carta le ha causado más
sorpresa que dolor." La cólera la inspiró, mejor que lo hubiera hecho la
prudencia. "Contiene, me dijo, cosas que me ofenden y que me admiro se
haya atrevido nadie a escribirme." "¿Quién ha sido? pues",
interrumpió la señora de Rosemon-de. "No tiene firma", respondió la
bella, airada; "pero la carta y su autor me inspiran igual desprecio.
Agradeceré que no se me hable más de ello." Al decir estas palabras hizo
pedazos la carta ofensiva, los metió en su faltriquera, se levantó y se fue.
A pesar de su cólera recibió, en resultado, mi
carta, y estoy seguro de que la curiosidad le habrá hecho leerla toda.
El contar todo lo que pasó este día, sería muy
largo. Incluyo el bo-rrador de mis dos cartas y con él quedará usted enterada.
Si usted quiere estar al corriente de esta correspondencia, es necesario que se
acostum-bre a leer mis minutas; por nada del mundo me entretendré en volverlas
a copiar.
62
LAS AMISTADES PELIGROSAS
Adiós, mi bella amiga.
En..., a 25 de agosto de 17...
CARTA XXXV
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA PRESIDENTA DE TOURVEL
Muy señora mía: Es preciso obedecer a usted y
probarle que, a pe-sar de la sinrazón que se complace en suponerme, me queda
bastante delicadeza para no tomarme la libertad de reconvenirla y bastante
valor para resistirme a los sacrificios más dolorosos. Usted me impone el
silen-cio y el olvido; pues bien, obligaré a mi amor a que calle y olvide, si
es posible, el modo cruel con que lo ha tratado. No hay duda de que el solo
deseo de agradar a usted no da derecho para ello, y aun confieso que la
necesidad que yo tenía de su indulgencia no era un título para lograrlo. Pero
usted mira mi amor como un ultraje; olvida que si puede ser un yerro, sería
usted justamente la causa de él y de su excusa. Olvida tam-bién que
acostumbrado yo a descubrirle mi corazón, aun cuando esa confianza podía serme
dañosa, me era imposible ocultarle los senti-mientos de que estoy penetrado; y
usted mira como efecto de audacia, lo que sólo ha sido efecto de mi buena fe.
En premio del amor más tierno, más respetuoso y más sincero, me arroja de su
presencia. Me habla, en fin, de su enojo... ¿Qué otro no se quejaría de verse
tratado de este mo-do? Me someto y sufro todo sin murmurar; descarga usted el
golpe y yo la adoro. El ascendiente inconcebible que tiene sobre mí, la hace
señora absoluta de mis sentimientos, y si mi amor sólo resiste, si usted no
logra destruirle, es que es obra suya y no mía.
No exijo un amor que nunca me he lisonjearlo de
obtener. No es-pero siquiera la compasión que podría haberme hecho esperar el
interés que me ha manifestado algunas veces; pero confieso que creo poder
reclamar su justicia.
Veo por su carta que alguien ha intentado ponerme
mal con usted.
63
CHODERLOS DE LACLOS
Si hubiese escuchado los consejos de sus amigos, no
me hubiera dejado acercar a su persona; éstos son sus propios términos.
¿Quiénes son, pues, esos amigos? Sin duda esos hombres tan severos, y de una
virtud tan rígida, permitirán que se les nombre; sin duda no querrán ocultarse
en una obscuridad que les confundiría con unos viles calum-niadores, y espero
que llegaré a saber sus nombres y de qué me acusan. Piense, señora, que tengo
derecho de saber ambas cosas, pues me juzga usted por lo que ellos dicen. No se
juzga a un culpado sin decirle su crimen y nombrarle sus acusadores. No pido
otra gracia, y me empeño de antemano a justificarme y a obligarlos a
desdecirse.
Si he despreciado, tal vez demasiado, el vano
clamor de un público de que hago poco caso, no hago lo mismo con vuestra
estimación; y cuando dedico mi vida a merecerla, no me la dejaré robar
impunemente. Es tanto más preciosa para mí, cuanto por ella lograré que me haga
aquella petición que indicó y que usted dijo me daría derecho a su
reco-nocimiento. ¡Ah! lejos de exigirle yo, creo que se la deberé, si me
procura la ocasión de hacerle un servicio. Comience, pues, a hacerme más
justi-cia, no dejándome ignorar lo que desea que ejecute. Si pudiese yo
adivi-narlo, le evitaría el trabajo de decirlo. Al placer de verle agregué mi
dicha de complacerla y quedaré satisfecho de su indulgencia. ¿Qué la detiene,
pues? No será, a lo menos así lo espero, el temor de una negativa; con-fieso
que no se lo perdonaría nunca. No lo es el no devolverle su carta: deseo más
que usted que no me sea ya necesaria; pero acostumbrado a ver en usted un alma
tan buena, sólo en esta carta puedo reconocerla conforme quiere parecer a mis
ojos. Cuando me asalta el deseo de volver a usted sensible, veo en ella que,
antes de consentir, huiría a cien leguas de mí; cuando todo cuanto veo en usted
aumenta y justifica mi pasión, esa misma carta me repite que mi amor la
ultraja; y cuando al verla, me parece este amor el mayor bien, es preciso que
lea lo que me escribe, para conocer que sólo es un terrible tormento. Ahora
concibe usted que mi mayor dicha sería poder devolverle esta carta fatal;
pedírmela aun, fuera autorizarme a no creer más su contenido, y no dude de la
prontitud con que yo se la devolvería.
En..., a 21 de agosto de 17...
64
LAS AMISTADES PELIGROSAS
CARTA XXXVI
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA PRESIDENTA DE
TOURVEL
(Con el sello de Dijon.)
Muy señora mía: Su severidad aumenta de día en día,
y si me atrevo a decírselo, parece que teme usted menos ser injusta, que ser
indulgente. Después de haberme condenado sin oirme, ha debido concebir, en
efecto, que le sería más fácil no leer mis razones que responder a ellas. Usted
rehusa mis cartas con obstinación; y me las devuelve con despre-cio. Me obliga,
en fin, a recurrir al artificio, en el mismo momento en que mi único fin es
convencerla de mi buena fe. La necesidad en que me ha puesto de defenderme
bastará para excusar los medios que empleo. Por otra parte, convencido por la
sinceridad de mis sentimientos, de que para justificarlos a sus ojos, basta el
hacérselos conocer, he creído poder to-mar la libertad de valerme de este
ligero rodeo. También me atrevo a creer que me perdonará, y que se admirará de
que el amor sea más inge-nioso en hallar medios para explicarse, que la
indiferencia para repelerle.
Permita, pues, señora, que mi corazón se descubra
enteramente es suyo, y así es justo que lo conozca.
Al llegar a casa de la señora de Rosemonde, estaba
yo muy lejos de prever la suerte que me esperaba. Ignoraba que usted se hallase
en ella; y añadiré con la sinceridad que me caracteriza, que aun cuando lo
hubiese sabido, no se hubiera alarmado mi tranquilidad no porque yo no rindiese
a su hermosura la justicia que no se le puede negar, sino porque acos-tumbrado
a no sentir más que deseos, y a no abandonarme sino a los que me infundían
esperanzas, no conocía los tormentos del amor. Usted fue testigo de los ruegos
que me hizo la señora de Rosemonde para dete-nerme algún tiempo. Aunque había
ya pasado un día con usted, sin em-bargo, no me rendí, o a lo menos, no creí
rendirme sino al placer tan natural y tan justo de tener miramientos con una
parienta tan respetable. El género de vida que se hacía aquí, era, sin duda,
muy diverso de aquel a que yo estaba acostumbrado; nada me costó hacerme a él,
y sin ponerme a indagar la causa de la mutación que observaba en mí, la atribuí
única-
65
CHODERLOS DE LACLOS
mente a la facilidad propia de mi carácter, y de la
cual creo haberle ha-blado.
Por desgracia (y ¿por qué es preciso que sea una
desgracia?) des-pués de haberla conocido mejor, vi que ese rostro encantado que
sólo me había hecho una grande impresión, era la menor de sus calidades; su
alma celestial y pura encantó, sedujo a la mía. Al paso que admiré su belleza,
adoré sus virtudes, y sin pensar en poseerla, me ocupé sólo de merecerla. La
buscaba en los discursos de usted, la espiaba en sus ojos, de los que partía un
veneno, tanto más peligroso, cuanto era esparcido sin designio y recibido sin
desconfianza.
Entonces conocí el amor; pero, ¡qué lejos estaba yo
de quejarme de él! Resuelto a ocultarlo en un eterno silencio, me entregaba sin
miedo y sin reserva a un sentimiento tan delicioso. Cada día tomaba más
imperio, y bien pronto el placer de verla se cambió en necesidad. Apenas usted
se ausentaba, el corazón se me oprimía de tristeza, y apenas se anunciaba su
regreso, palpitaba de regocijo. Ya no existía yo sino por usted y para usted,
y, sin embargo, dígame usted misma: en mis juegos placenteros o en el calor de
una conversación interesante y seria, ¿se me ha escapado jamás una sola palabra
capaz de descubrir mi corazón? Pero al fin llegó un día en que debía esperar mi
desgracia, y por una incomprensible fata-lidad, una buena acción debía dar la
señal. Sí Señora, en medio de aque-llos infelices, a quienes yo acababa de
socorrer, fue en donde entregándose usted a aquella sensibilidad preciosa que
hermosea la belle-za y da nuevo realce a la virtud, acabó de rendir a un
corazón ya dema-siado herido de amor. Recordará cuán distraído me hallaba a
nuestro regreso a la quinta. ¡Triste de mí! buscaba el medio de resistir a una
incli-nación que conocía me iba dominando.
Después de haber consumido mis fuerzas en este
combate desigual, una casualidad que no pude prever, me hizo encontrar a solas
con usted. Allí sucumbí, lo confieso; y, sintiendo mi corazón demasiado
comprimi-do, no pude retener ni las palabras ni la lágrimas. Pero, ¿es un
crimen? y si lo es, ¿no es suficiente castigo el martirio horrible al que vivo
entrega-do?
Consumido de amor, sin esperanza, imploro su
piedad, y sólo expe-rimento su enojo sin otra dicha que la de verla. En el
estado cruel a que
66
LAS AMISTADES PELIGROSAS
me ha reducido, paso los días ocupado en disimular
mis penas, y las noches en entregarme a ellas; mientras usted, tranquila y
serena, no co-noce estos tormentos sino para causarlos y vanagloriarse de
ellos. Sin embargo, usted es la que se queja y yo el que me excuso.
Un amor puro y sincero, un respeto que no se ha
desmentido nun-ca, una perfecta sumisión, tales son los sentimientos que me ha
inspira-do. No hubiera yo temido rendirles culto de admiración en la Divinidad
misma. ¡Ah! usted, que es la más bella de su obras, imítela en su indul-gencia;
piense en mis horribles penas; piense, sobre todo, que, colocado por usted
entre la desesperación y la suprema dicha, la primera palabra que pronuncie,
decidirá mi suerte para siempre.
De..., 23 de agosto de 17...
CARTA XXXVII
LA PRESIDENTA DE TOURVEL A LA SEÑORA DE VOLANGES
Muy señora mía: Me rindo a los consejos que una
amiga como us-ted, se sirve darme. Acostumbrada a conformarme con su dictamen,
lo estoy también a creer que está fundado en razón. Confieso, además, que el
vizconde de Valmont debe ser con efecto infinitamente peligroso, si puede a la
vez fingir de ser lo que parece aquí, y continúa siendo como usted lo pinta.
Sea como fuere puesto que usted lo exige, le alejaré de mi lado; a lo menos,
hare todo lo posible para ello; porque muchas veces las cosas más sencillas,
vienen a ser, por la forma, las más embarazosas.
Me parece impracticable el empeñar en ello a su
tía; esta súplica se-ría una decepción respecto a ella y a su sobrino. No puedo
toma: tampo-co, sin repugnancia, el partido de alejarme yo misma; pues además
de los motivos que le tengo expuestos, con relación a mi marido, si mi partida
contrariara al señor de Valmont, ¿no le sería muy fácil seguirme a París? Y su
regreso, de que yo sería la causa o a lo menos, a él le parecería así, ¿no se
tendría por más extraño que un simple encuentro con él en el campo, y en casa
de una señora que se sabe es parienta suya y amiga?
67
CHODERLOS DE LACLOS
No me queda otro recurso que obtener de él se aleje
voluntaria-mente; conozco que esta proposición es difícil de hacer. Como me
pare-ce que desea probarme, que es mas hombre de bien de lo qm se supone, no
desespero de lograrlo y aun no sentiré intentarle y tener una ocasión de
juzgar, si como lo suele decir a menudo, las mujeres verdaderamente honradas no
han tenido ni tendrán jamás motivo de quejarse de sus procederes. Si desecha mi
proposición y se obstina en quedarse, siempre estaré a tiempo de partir yo
misma; esto se lo prometo.
Vea, señora, todo lo que su amistad exige de mí; me
apresuro a sa-tisfacerla, y a probar que, a pesar de la viveza que he podido
poner en defensa al señor de Valmont, no estoy menos dispuesta no sólo a
escu-char, sino también a seguir los consejos de mis amigos.
Quedo de usted, etc.
En..., a 25 de agosto de 17...
CARTA XXXVIII
LA MARQUESA DE MERTEUIL AL VIZCONDE DE VALMONT
El enorme cartapacio de usted, querido vizconde, me
llega en este momento. Si su fecha es exacta, debía haberlo recibido
veinticuatro horas antes. Sea como fuere, si emplease el tiempo en leerlo, no
lo ten-dría para responder. Prefiero, por lo tanto acusar solamente el recibo y
hablar de otra cosa. No es que y tenga algo que decirle sobre mí. El otoño no
deja en París casi un hombre que tenga figura humana; así, hace un mes que soy
la prudencia misma, y cualquier otro que no fuese mi caballero, se fatigaría de
las pruebas de mi constancia. No pudiendo ocuparme, me distraigo con la joven
Volanges, y de ella quiero hablarle.
¿Sabe que ha perdido más de lo que cree, con no
haberse encarga-do de esta muchacha? es verdaderamente deliciosa. No tiene aún
ni carácter ni principios; juzgue usted cuán fácil y suave será su trato. No
creo que brillará nunca por la parte de la habilidad; pero todo anuncia en ella
las sensaciones más vivas. Sin talento ni malicia, tiene, sin embargo, cierta
falsedad natural, si se puede hablar así, que algunas veces me admi-
68
LAS AMISTADES PELIGROSAS
ra a mí misma, y que le servirá tanto más bien
cuanto que su rostro ofre-ce la imagen de candor y de la ingenuidad. Es
naturalmente muy cariño-sa, y algunas veces me divierte. Su cabecita se exalta
con una facilidad increíble, y entonces es tanto más divertida cuanto que no
sabe absolu-tamente nada de lo que desea tanto saber. Tiene a veces
impaciencias ciertamente singulares; ríe, se desespera, llora, y luego me pide
que la instruya, con una buena fe que realmente me encanta. En verdad, estoy
casi celosa de aquel a quien está reservarle este placer. No sé si le he dicho
que, de cuatro o cinco días a esta parte tengo el honor de ser su confidenta.
Usted comprende que al principio me he mostrado severa; pero apenas he visto
que creía haberme convencido con sus malas razo-nes, he tenido el aire de
creerlas buenas, y está ahora íntimamente per-suadida de que lo debe a mi
elocuencia; esto era precisamente para no comprometerme. Le he permitido
escribir y decir amo a usted; y el mis-mo día, sin que ella se apercibiese de
ello, le procuré una conversación a solas con Danceny. Pero figúrese usted que
es todavía tan torpe que no ha obtenido siquiera un beso. Este joven hace, sin
embargo muy bonitos versos. ¡Ay Dios! ¡qué tontos son los hombres de talento!
Éste lo es a tal punto, que me pone en embarazo, porque en fin, por lo que a él
toca, yo no lo puedo dirigir.
Ahora es cuando usted podría serme muy útil. Usted
está bastante unido con Danceny para lograr su confianza, y si llegase a
entregársela, llevaríamos el negocio a buen paso. Despache entonces a su
presidenta, porque, en fin, yo no quiero que Gercourt se salve de la ley
general. Por lo demás, ya le he hablado ayer de él, de tal manera, que, aun
cuando llevase diez años de casada, no podría tenerle más odio. Sin embargo, le
he predicado mucho sobre la fidelidad conyugal, y nada iguala la severi-dad que
he manifestado sobre este punto. Así, por una parte, restablezco en su opinión
mi reputación de virtuosa, que podría destruir la demasia-da condescendencia, y
por otra aumenta el odio con que deseo que re-gale a su marido. Espero, en fin,
que haciéndole creer que no le es permitido entregarse al amor, sino el poco
tiempo que le quede de solte-ra, se decidirá más pronto a no malgastarlo.
Adiós, vizconde mío; voy a ponerme al tocador, en
donde leeré el volumen que usted me ha enviado.
69
CHODERLOS DE LACLOS
En…, a 27 de agosto de 17...
CARTA XXXIX
CECILIA VOLANGES A SOFÍA CARNAY
Estoy inquieta y triste, mi querida señora Sofía, y
he llorado toda la noche, no porque no sea dichosa por ahora, pero preveo que
no durará.
Ayer estuve en la Ópera con la marquesa de
Merteuil, y hablamos mucho de mi casamiento, aunque nada bueno he llegado a
saber con este motivo. Debo casarme con el conde de Gercourt, y se hará la boda
el mes de octubre. Es rico, hombre de distinción y coronel del regimiento de...
Hasta aquí todo va bien; por de contado es viejo: figúrate que tiene, por lo
menos, treinta y seis años, y además la marquesa me dice que es triste y
rígido, y que ella cree que no seré feliz con él. Aun he visto que está cierta de
ello, y no me lo ha querido decir por no afligirme. No me ha hablado casi en
toda la noche sino de los deberes de las casadas y, conviniendo en que el conde
de Gercourt no es nada amable, dice, sin embargo, que es preciso le ame.
¿Creerás que me ha dicho también que una vez casada con él, debo cesar de amar
al caballero Danceny? ¡Como si fuera posible! ¡Oh! yo te aseguro bien que
siempre lo amaré. Mira; primero quisiera no casarme. Que ese señor de Gercourt
se arregle como quiera; yo no he ido a buscarlo. Ahora está en Córcega, bien
lejos de aquí; allí quisiera yo que se quedase diez años. Si no temiera que me
volviesen al convento, diría a mi madre que no quiero tal marido; pero sería
peor. Me hallo bien confusa. Advierto que jamás he amado tanto a Danceny como
ahora, y cuando pienso que no me queda más que un mes de estar como estoy, las
lágrimas me saltan a los ojos. No tengo más consuelo que la señora de Merteuil;
¡es tan buena! Siente mis penas como yo misma, y además es tan amable que,
cuando estoy con ella no pienso en mis pesares. Por otra parte, me es sumamente
útil, porque lo poco que sé, ella me lo ha enseñado; y es tan buena, que le
digo todo cuanto pienso, sin rubor ninguno. Cuando halla que no hago bien,
suele reñir-me, pero con mucha dulzura, y luego la abrazo con toda mi alma,
hasta
70
LAS AMISTADES PELIGROSAS
que se desenfada. A lo menos, a esta señora puedo
amarla cuanto yo quiera, sin que haya mal en ello, y esto me agrada mucho. Sin
embargo, hemos convenido en que no tendré tanto el aire de amarla delante de
las gentes, y sobre todo, de mi madre, para que no desconfíe en punto al
caballero Danceny. Te aseguro que si pudiese vivir siempre como ahora, creo que
sería muy dichosa. Sólo ese feo de Gercourt... pero no quiero hablar más de él,
porque volvería a ponerme triste. En vez de eso, voy a escribir al caballero
Danceny, y no le hablaré de mis penas, sino de mi amor, porque no quiero
afligirle.
Adiós, mi buena amiga; ya ves que no tendrías razón
de quejarte, y, que por más ocupada que esté, como me dices, me queda siempre
tiem-po para amarte y escribirte11.
CARTA XL
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL.
No basta a mi inhumana el no responder a mis cartas
y el rehusar recibirlas; quiere además privarme de su vista, y exige que me
aleje. Lo que le sorprenderá, es que yo me someto a tan excesivo rigor. Usted
me lo censurará. Sin embargo, no he creído deber perder la ocasión de ha-cerme
dar una orden, estando persuadido, por una parte, que el que manda se empeña; y
por otra, que la autoridad ilusoria, que tenemos el aire de dejar tomar a las
mujeres, es uno de los lazos que evitan con más dificultad. Además, la destreza
con que ha sabido evitar hallarse a solas conmigo, me ponía en una situación
peligrosa, de la que he creído debía salir a toda costa: porque hallándome
continuamente con ella, sin poderle hablar de mi amor, era de temer que al fin
se acostumbrase a verme sin emoción; y usted sabe cuán difícil es volver a
perder este hábito.
Fuera de esto, bien supone que no me habré sometido
sin una con-dición. Y aun he tenido cuidado de imponer una imposible de ser
acor-
11 Se siguen
suprimiendo las cartas de Cecilia Volanges y del caballero Danceny, que son
poco interesantes y no anuncian ningún acontecimiento.
71
CHODERLOS DE LACLOS
dada, tanto para quedar dueño de cumplir o no mi
palabra, como para entablar una discusión, sea por escrito o de palabra, en un
momento en el que mi hermosa está más contenta de mí y tiene más necesidad de
que yo lo esté de ella: sin contar que yo sería bien torpe si no hallase medio
de obtener alguna indemnización por haber de renunciar a mi demanda por más
insostenible que ello fuera.
Después de haber dicho mis razones en este largo
preámbulo, em-piezo la relación histórica de estos últimos días. Añadiré como
piezas justificativas la carta de mi bella y mi respuesta, y tendrá que
convenir en que hay pocos historiadores tan exactos como yo.
Se acuerda usted del efecto que produjo anteayer
mañana mi carta de Dijon; lo restante del día fue agitado y turbulento. La
hermosa recata-da llegó solamente a la hora de la comida, y anunció desde luego
que tenía jaqueca, pretexto con que quiso cubrir una de los más violentes
accesos de cólera que una mujer puede tener. Su semblante estaba en realidad
mudado, y la expresión de dulzura que ofrece de ordinario se había convertido
en un aire de enfado que la cambiaba en una hermosura de otra especie. Me prometo
usar bien de este descubrimiento en lo sucesivo, y hacer que la ternura de mi
amada ceda el lugar a su mal hu-mor.
Preví que la tarde se pasaría tristemente, y para
evitar el fastidio pretexté que tenía que escribir, y me retiré a mi cuarto.
Volví a la sala a las seis, y la señora se Rosemonde propuso que fuésemos a
paseo, lo que fue aceptado; pero al momento de subir al coche, la fingida
enferma, por efecto de malicia infernal, pretextó en cambio y acaso para
vengarse de mi ausencia, que su mal de cabeza se había aumentarlo, y me hizo
aguantar, sin piedad, la compañía a solas de mi tía. No sé si mis
impreca-ciones contra esta mujer diabólica fueron oídas, pero lo cierto es que
a la vuelta del paseo la hallamos acostada. Al día siguiente, al momento del
desayuno, ya no era la misma mujer. Había recobrado su dulzura natural, y tuve
motivo de creer que me había perdonado.
Apenas acabamos, la amable señora se levantó con
aire indolente y entró en el parque al cual la seguí, como usted puede pensar.
"¿De dónde puede nacer ese deseo de pasear?, le dije acercándome a ella.
-He escrito mucho esta mañana, me respondió, y estoy fatigada. -No soy bastante
72
LAS AMISTADES PELIGROSAS
dichoso, repliqué yo, para tener que echarme en
cara esa fatiga. -También he escrito a usted, volvió a decir ella, pero no me
resuelvo a darle mi carta. Pido en ella una cosa y usted no me tiene
acostumbrada a esperar que me la conceda. -Ah, juro que si es posible... -Nada
más fácil, inte-rrumpió, y aunque usted debiese acaso concederla como un acta
de justi-cia, consiento en recibirla como una gracia."
Al decir esto me presentó su carta, y al tomarla
cogí también su mano, que retiró, pero sin cólera y con más embarazo que viveza
"Hace más calor de lo que pensaba, dijo; es preciso volvernos" Y tomó
el cami-no de la casa. Hice varios esfuerzos para persuadirla que siguiésemos
el paseo y tuve necesidad de recordar que podíamos ser vistos para no emplear
sino mi elocuencia. Entró sin proferir una sola palabra, y vi claramente que
este fingido paseo no había tenido otro objeto que el de entregarme su carta.
Subió a su cuarto y yo me retiré al mío para leerla. Bueno será que haga usted
lo mismo y que lea juntamente mi respuesta antes de ir más lejos...
CARTA XLI
LA PRESIDENTA DE TOURVEL AL VIZCONDE DE VALMONT
Muy señor mío: Parece que la conducta que ha tenido
usted conmi-go no se ha propuesto más que aumentar de día en día los motivos de
queja que me daba. Su obstinación en quererme hablar sin cesar de un
sentimiento que yo no quiero ni debo escuchar; el abuso de mi buena fe o de mi
timidez, que no ha dudado hacer usted para entregarme sus cartas; el medio
sobre todo, me atrevo a decirlo, poco delicado de que se ha servido para qu
recibiese su última, sin temer a lo menos el efecto de una sorpresa que podía
comprometerme; todo me autoriza a hacerle a usted reconvenciones tan fuertes
como merecidas. Sin embargo, en vez de recordar estos agravios, me limito a
pedirle una cosa tan simple como justa, y si la obtengo, consiento en que todo
quede olvidado.
Usted mismo me ha dicho que no debo temer una
repulsa; y aun-que por efecto de una inconsecuencia propia de usted esta frase
va se-
73
CHODERLOS DE LACLOS
guida de la repulsa única que podía hacerme12,
quiero creer que hoy cumplirá una palabra dada formalmente hace tan pocos días.
Deseo, pues, que tenga la complacencia de alejarse
de mí, de dejar esta quinta en donde una estancia más larga de su parte no
produciría sino el exponerme más al juicio de un público siempre pronto a
pensar mal y a quien sobradamente ha acostumbrado usted a fijar la vista sobre
las mujeres que le admiten en su compañía.
Habiendo sido advertida mucho tiempo ha por mis
amigos de este peligro, he descuidado sus insinuaciones y casi sostenido el
parecer con-trario, mientras la conducta de usted conmigo me ha podido hacer
creer que no quería confundirme con el montón de mujeres a quienes ha dado
justos motivos de queja; mas hoy que me trata ya como a ellas, y que no puedo
ignorarlo, tengo precisión de adoptar este partido por los mira-mientos que
debo al público, a mis amigos y a mí misma. Bien pudiera decirle que nada adelantaría
con negarme lo que le pido, pues estoy deci-dida a partir si usted se queda;
pero no intento ocultar cuán agradecida le estaría si quisiese tener esa
complacencia, y al contrario, le hago saber que obligándome a partir, me
incomodaría en los planes que tengo for-mados. Apresúrese, pues a probarme lo
que me ha dicho tantas veces de que las mujeres honradas nada tendrán que temer
de su parte, o a lo menos que cuando usted las ofende sabe reparar sus
agravios.
Para fundamentar mi ruego me bastaría recordarle
que la conducta de toda su vida lo hace indispensable, y sin embargo en sus
manos ha estado que yo no tuviera que hacerlo nunca. Pero no recordemos cosas
que quiero olvidar y que me obligarían a juzgarle severamente en el mo-mento en
que le ofrezco la ocasión de merecer mi gratitud. La conducta de usted va a
indicarme cuáles son los sentimientos con que deberá mi-rarle siempre su más
atenta servidora, etc.
En..., a 25 de agosto de 17...
12 Véase la
carta XXXV.
74
LAS AMISTADES PELIGROSAS
CARTA XLII
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA PRESIDENTA DE TOURVEL
Por más duras que sean, mi señora, las condiciones
que usted me impone, no rehuso cumplirlas. Siento que me sería imposible
contrariar ninguno de sus deseos. Convenido esto, me lisonjeo de que me
permitirá pedirle en cambio otras más fáciles de ser concedidas, y que sin
embargo quiero deber sólo a mi perfecta sumisión. La una, que espero que la
misma justicia la empeñará a acordarme, es declarar quiénes me han acusado a
usted, pues me hacen sobrado mal para que yo no tenga el derecho de conocerlos;
la otra, que espero de su indulgencia, es que me permita renovarle de cuando en
cuando la expresión de un amor que más que nunca va a ser digno de su
consideración.
Note, señora, que me apresuro a obedecerla a costa
de mi felicidad, y más diré, a pesar de lo persuadido que estoy de que no desea
usted mi partida sino para librarse de la vista de una víctima de su
injusticia.
Confiéselo usted; menos es en usted el miedo de un
público acos-tumbrado a respetarla y que nunca se atrevería a juzgarla mal que
el deseo de deshacerse de la presencia de un hombre a quien es más fácil a
usted castigar que censurar. Me aleja de su vista de la misma manera que se
apartan los ojos de un infeliz a quien no se quiere socorrer.
Mas ya que la ausencia va a redoblar mi martirio,
¿a quién sino a usted puedo dirigir mis lamentos? ¿De qué otra puedo esperar
los con-suelos que van a serme tan necesarios? ¿Me los negará usted, causa
única de mis pesares?
Menos debe extrañar que antes de partir desee
justificar los senti-mientos que usted me inspira, como también que no tenga
valor para alejarme sino cuando reciba orden de su propia boca.
Estos dos motivos me hacen pedirle una corta
entrevista. No po-dríamos suplirla escribiéndonos; después de haberse escrito
volúmenes, suele quedar aún obscuro lo que en un cuarto de hora de conversación
se explica perfectamente. Usted puede hallar fácilmente el momento opor-tuno,
pues por más que esté dispuesto a obedecerla, sabe que la señora
75
CHODERLOS DE LACLOS
de Rosemonde conoce mi proyecto de pasar en su casa
una parte del otoño, y será menester al menos que espere la llegada de una
carta, para alegar un negocio que me obligue a partir.
Adiós, señora mía; jamás me ha costado tanto el
escribir esta pala-bra, que excita en mí naturalmente la idea de nuestra
separación. Si pu-diese usted imaginar cuán sensible es para mí, me atrevo a
creer que agradecería un tanto mi docilidad.
Reciba por lo menos con más indulgencia la
expresión obsequiosa del amor más tierno y respetuoso.
En..., a 26 de agosto de 17…
CONTINUACIÓN DE LA CARTA XL
DEL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL
Razonemos ahora, mi bella amiga. Usted sabe como yo
que la es-crupulosa, la honrada señora de Tourvel no puede concederme la
prime-ra de mis súplicas, y faltar a la confianza de amigas declarando mis
acusadores; con que prometiéndole yo todo con esta condición, no me obligo a
nada. Pero también comprende usted que esta misma negativa de su parte me sirve
para obtener lo restante, y que entonces gano, ale-jándome, el entrar con ella
en correspondencia de su propia voluntad; pues cuento por poco la entrevista
que le pido, y casi no tiene otro fin sino el de acostumbrarla de antemano a
que no me rehuse otras cuando me sean verdaderamente necesarias. Lo único que
me queda por hacer antes de mi partida es saber quiénes son los que se ocupan
en hablar mal de mí. Presumo que será su pedante marido, y quisiera que fuese
así. A más que una prohibición marital es un aguijón para el deseo, estaría
cierto de que desde el punto en que mi hermosa hubiese consentido en escribirme
ya no tendría yo que temer nada del esposo, pues se habría puesto ella en la
necesidad de engañarle. Pero si tiene una amiga bastante íntima para que le
entregue su confianza, y esta amiga está contra mí, me
76
LAS AMISTADES PELIGROSAS
parece necesario enemistarlas y espero conseguirlo;
pero ante todo es preciso estar bien informado.
Creí que ayer iba a estarlo, pero esta mujer no
hace nada como las otras. Nos hallábamos en su cuarto cuando se nos avisó que
la comida estaba en la mesa. Concluía ella su tocado, y al darse prisa y darme
sus excusas, noté que dejaba puesta la llave de su papelera; sabiendo yo
ade-más que acostumbraba dejar abierta la puerta de su aposento. Durante toda
la comida estaba yo pensando en esto, cuando oí que bajaba su doncella; al
instante tomé mi partido, y fingiendo que sangraba por las narices, salí y fuime
corriendo a su papelera. Pero hallé todos los cajones abiertos y ni un solo
papel en ellos. Sin embargo, no hay ocasiones de quemarlos en verano; ¿qué hace
pues de las cartas que recibe a menudo? Todo lo recorrí, todo estaba abierto y
busqué por todos los lados, pero nada logré sino convencerme de que este
precioso depósito no sale de sus faltriqueras. ¿Cómo sacarlo de ellas? Desde
ayer estoy pensando inútilmente el medio y no puedo vencer mi deseo. ¡Ah,
cuánto siento no tener el talento de un ratero! ¿No debería éste en verdad
formar parte de la educación de un hombre que se ejercita en intrigas? ¿No
sería curioso poder robar la carta o el retrato de un rival, o sacar del
bolsillo de una hipocritona lo que sirviese para quitarle la máscara? Preciso
es confesar que nuestros padres no piensan en nada, y yo por más que piense en
todo veo únicamente que soy torpe y que no puedo remediarlo.
Volví a la mesa muy descontento. Mi amada calmó sin
embargo un poco mi mal humor con el aspecto de interés que le dio mi fingida
indis-posición. Yo no dejé de asegurarle que hacía algún tiempo experimenta-ba
violentas agitaciones que alteraban mi salud. ¿No hubiera en verdad debido
trabajar para calmarlas?... Pero aunque devota es poco caritativa, y como en
punto de limosna amorosa es muy cicatera, me parece que esta propiedad autoriza
suficientemente al robo.
Pero, adiós, amiga mía; pues en medio de mi
conversación, sólo pienso en aquellas malditas cartas.
En..., a 27 de agosto de 17...
77
CHODERLOS DE LACLOS
CARTA XLIII
LA PRESIDENTA DE TOURVEL AL VIZCONDE DE VALMONT
¿Por qué, señor mío, se empeña usted en buscar el
medio de dismi-nuir mi gratitud? ¿Por qué no quiere obedecerme sino a medias, y
anda regateando un honrado proceder? ¿No le basta que yo reconozca su valor? No
sólo pide mucho, sino cosas imposibles. Sí, en efecto, mis amigos me han
hablado de usted; no pueden haberlo hecho sino porque toman interés en lo que
me concierne. Aun cuando se hubiesen engaña-do, no era menos buena su
intención, y usted me propone que recom-pense esta prueba de interés
descubriendo su secreto. He cometido el yerro de hablarle de ello y lo advierto
bien en este momento; lo que con otro hubiese sido demasiado candor, con usted
es una gran imprudencia, si accediese a lo que me pide; apelo a usted mismo y a
su honradez ¿me ha creído capaz de una acción semejante? No, sin duda, yo estoy
segura de que cuando lo haya pensado mejor, no volverá a reiterar esta súplica.
La que me hace de que le permita escribirme, no es
más fácil de conceder, y si justo ha de ser usted, no me echará la culpa de
ello. No es mi ánimo ofenderle; pero teniendo la reputación que tiene y que
usted mismo confiesa, ¿qué mujer osaría confesar que estaba en corresponden-cia
con usted? ¿Y qué mujer honrada puede resolverse a ejecutar lo que conoce que
se vería obligada a ocultar?
Si estuviese segura, al menos, de que sus cartas
fuesen tales que no me diesen motivo de queja, y pudiese a mis propios ojos
justificarme de recibirlas, tal vez entonces el deseo de probarle de que me
guía la razón y no el odio, me hubiera llevado a prescindir de estas
consideraciones poderosas y a consentir en mucho más de lo que debiera,
permitiéndole me escribiese algunas veces. Si, en efecto, lo desea tanto como
me dice, se contentará de buena gana a la sola condición con que accedo
permi-tirlo, y si agradece un poco lo que hago por usted, no diferirá en modo
alguna su partida.
Permítame que le observe a este propósito, que esta
mañana ha re-cibido una carta y no se ha aprovechado de ella para anunciar a la
señora de Rosemonde que debía ausentarse como me lo había prometido. Espe-
78
LAS AMISTADES PELIGROSAS
ro que ahora nada le impedirá cumplir su palabra.
Sobre todo, aguardo que no esperará para hacerlo la entrevista que me pide y
que no quiero de ningún modo concederle; y que en lugar de la orden que usted
dice absolutamente necesaria, se contentará con la súplica que le reitero.
Adiós, señor.
En..., a 27 de agosto de 17...
CARTA XLIV
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL
Compartirá mi alegría, mi bella amiga: ¡Soy amado!
He sometido a un corazón rebelde; en vano disimula todavía; mi feliz astucia ha
arran-cado su secreto: gracias a mi actividad sé ya cuanto me interesa; desde
ayer noche, desde la feliz noche de ayer, he vuelto a encontrarme en mi
elemento; he vuelto a recobrar mi existencia; he descubierto un doble misterio
de amor e iniquidad; disfrutaré el uno y me vengaré del otro. Volaré, en fin,
de placer en placer. Con la sola idea que me formo, me arrebato de modo que
apenas me contengo ni puedo poner en orden lo que debo referir a usted. Ensayo,
sin embargo.
Ayer mismo, después de escribirle, recibí una carta
de mi bella de-vota. Adjunta la hallará usted y verá que, lo más
disimuladamente que ha podido, me da permiso de escribirle. Pero me insta a que
me ausente, y he conocido que no podía dilatarlo más sin perjudicar mis
intereses.
Atormentado, sin embargo, por el deseo de saber
quién había es-crito contra mí, estaba aún indeciso sobre el partido que
tomaría, e in-tenté ganar a la doncella para que me diese las faltriqueras de
su ama, que podía tomar por la noche y volver a su puesto a la mañana
siguiente. Le ofrecí diez luises por este pequeño servicio, pero me hallé con
una mujer digna, escrupulosa, a la cual no pude vencer con mi elocuencia ni con
mi dinero. Estaba yo predicándole todavía cuando tocaron a cenar. Fue preciso
dejarla y me di por dichoso con que me prometiese guardar secreto, con lo cual
ya pensará usted que no contaba de modo alguno.
79
CHODERLOS DE LACLOS
Jamás he estado de peor humor; me veía comprometido
y me eché en cara toda la noche mi imprudencia.
Retiréme a mi cuarto, no sin inquietud, llamé a mi
criado favorito, que en calidad de amante dichoso, debía gozar de algún
crédito; quería que obtuviese de esta mujer lo que yo deseaba, o que por lo
menos, se asegurase de su discreción. Mas él, que por lo regular nunca prevé
difi-cultades, pareció dudar del éxito de esta negociación, y me hizo a este
propósito una reflexión que me admiró por su exactitud:
"Ya sabe el señor, mejor que yo, que dormir
con una muchacha es sólo hacer lo que a ella misma agrada. Mas de esto a lograr
que haga lo que queremos nosotros, suele a menudo haber mucha diferencia."
Talento... el del villano a veces me ha
asombrado13.
"Y tanto menos respondo de ésta, añadió,
cuanto que creo que tie-ne un amante, y si yo la he logrado, lo debo a que en
el campo no se sabe lo qué hacer. Así es que, si no fuera porque me desvivo en
el servicio de mi amo (¡qué tesoro de muchacho!), no la hubiera visto más de
una vez. En cuanto al secreto, prosiguió, ¿de qué servirá hacérselo prometer,
pues que nada arriesga en engañarnos? Hablarle de él, será darle a entender que
es importante y meterla en ganas de hacer la corte a su ama, dicién-doselo."
Mientras más justas hallaba yo estas reflexiones,
más crecía mi em-barazo. Felizmente el tunante tenía gana de charla, y como yo
lo necesi-taba, le dejaba soltar la sin hueso. Contándome la historia con esta
muchacha, me dijo que, como la pieza que ella ocupaba, no estaba sepa-rada de
la alcoba de su ama sino por un tabique era fácil se percatase de cualquier
ruido sospechoso, la hacía venir él cada noche a su propio cuarto. Al instante
formé mi plan, se lo comuniqué, y lo ejecutamos con éxito.
Esperé a que fuesen las dos de la madrugada y
entonces pasé, como habíamos convenido, al cuarto de la cita, llevando yo una
luz con pre-texto de haber llamado muchas veces inútilmente. Mi confidente, que
sabe hacer sus papeles a maravilla, representó una escena de sorpresa, de
80
LAS AMISTADES PELIGROSAS
desesperación y de excusas que yo terminé
enviándole a mandar a que me calentasen agua, de lo que dije tener necesidad,
mientras que la es-crupulosa camarera estaba más avergonzada cuanto que el
perillán había querido hacer mas brillante mi invención y la había decidido a
quedarse con un traje que la estación comportaba, pero no excusaba.
Viendo yo que cuanto más humillase a esta muchacha
tanto más obtendría lo que quisiese, no le permití mudar de postura ni de
adorno, y después de haber mandado a mi criado que me esperase en mi cuarto, me
senté al lado de ella sobre la cama, que estaba en gran desorden, y empecé mi
conversación.
Necesitaba yo sostener el dominio que me ofrecía la
circunstancia, y así conservé una sangre fría que hubiera hecho honor a la
cotinencia de Escipión, sin tomarme la más pequeña libertad (lo que, sin
embargo, su frescura y la ocasión le prometían); la hablé de mis asuntos tan
tranqui-lamente como lo haría con un procurador.
Mis condiciones fueron que guardaría fielmente el
secreto con tal que al día siguiente me entregase ella las faltriqueras de su
ama. "Por lo demás, añadí, había ofrecido ayer diez luises a usted y se
los vuelvo a prometer ahora. No quiero abusar de la posición de usted."
Todo fue acordado como puede usted pensar. Me retiré y permití a los felices
amantes que ganasen el tiempo perdido.
El mío empleé yo en dormir, y cuando me desperté,
queriendo te-ner un pretexto para no responder a la carta de mi bella, antes de
haber registrado sus papeles, lo que no podía hacer hasta la noche, resolví
irme a cazar, en lo que pasé casi todo el día. Cuando regresé fui recibido con
bastante frialdad. Creo que estaba un poco picada de verme tan lento en
aprovechar del poco tiempo que me quedaba, sobre todo, después de la carta más
benigna que me había escrito. Lo fundo en que, habiéndome reconvenido la señora
de Rosemonde sobre esta larga ausencia, añadió mi querida, con algún humor:
"¡Ah! no reprochemos al señor de Val-mont por haberse entregado al único
placer que puede hallar aquí." Me quejé de esta injusticia y me aproveché
del caso para asegurar a estas damas que me gustaba tanto su compañía que les
sacrificaba una intere-santísima carta que debía escribir. Y añadí, que no
pudiendo dormir hacía
13 PIRON,
Metromanía.
81
CHODERLOS DE LACLOS
algunas noches, había querido ensayar si con la
fatiga lo conseguiría. Y al decir esto, mis ojos explicaban bastante el asunto
de la carta y la causa de mi falta de sueño.
Adopté toda la noche una gran melancolía, que me
parece produjo su efecto y bajo la cual encubría yo la impaciencia con que
esperaba la hora en que debía saber el secreto, que con tanta obstinación se me
ocultaba. En fin, nos separamos y, poco tiempo después, la fiel doncella vino a
traerme el precio convenido de mi discreción. Encontrándome ya dueño de este
tesoro, procedí al inventario con la prudencia que sabe usted es propia de mi
carácter; porque era importante que volviese a colocar todo conforme estaba. Di
desde luego con dos cartas del marido. Mezcla confusa de pormenores de pleitos
y párrafos de ternura conyugal, que tuve la paciencia de leer de cabo a rabo y
en las cuales no hay una sola palabra que tuviese relación conmigo. Las volví a
colocar con enfa-do; pero éste se mitigó al encontrarme con los pedazos de mi
carta con fecha de Dijon, que estaban reunidos con todo cuidado.
Felizmente tuve el capricho de recorrerla. Juzgue
usted de mi con-tento cuando descubrí señales bien claras de las lágrimas de mi
adorable devota. Lo confieso: cedí a un movimiento digno de un amante imberbe,
y besé la carta con un entusiasmo de que no me creía capaz. Continué el
agradable y feliz examen y encontré todas mis cartas, que seguían por orden de
fechas, y lo que me sorprendió más agradablemente todavía, fue ver la primera
de todas que yo creía que me había devuelto por in-gratitud, fielmente copiada
de su puño y con una letra temblona, signo evidente de cuán agitado estaba su
corazón al escribir. Hasta aquel punto sólo el amor me poseía; bien pronto
cedió su vez al furor. ¿Quién cree usted que quiere hacerme aborrecible a esta
mujer que adoro? ¿Qué furia supone usted bastante perversa para urdir tan negra
infamia? Usted la conoce, es la señora de Volanges. No se puede usted imaginar
qué tejido de horrores esta mujer diabólica ha escrito contra mí; ella sola es
la que ha turbado la tranquilidad de este angel celestial; sus pérfidos
consejos, sus avisos perniciosos, hacen que me vea precisado a separarme de su
presencia. A esa furia del infierno soy, en fin, sacrificado. ¡Ah! sin duda es
preciso seducir a su hija; pero no es bastante, es preciso perderla; y ya
82
LAS AMISTADES PELIGROSAS
que la edad de esta mujer la pone a cubierto de mis
tiros, es menester herirla en el objeto de su amor y de su ternura.
Ella quiere que vuelva a París, me obliga a ello,
enhorabuena, mas ya se arrepentirá de mi regreso. Siento que Danceny sea el
héroe de esta aventura. Tiene un fondo de honor que nos estorbará; sin embargo,
está enamorado y yo lo veo a menudo; tal vez podremos sacar algún partido.
Mas... pierdo la cabeza con la cólera y olvidé que debo contaros lo que ha
pasado hoy. Sigamos el relato.
Cuando vi esta mañana a mi insensible recatada, me
ha parecido más hermosa. Es claro, el momento más seductor de una mujer, el
único que puede producir aquel encanto, de que se habla siempre y que tan rara
vez se experimenta, es aquel en que, estando ya seguros de su amor, no lo
estamos aún de sus favores. Tal vez la idea de que iba a verme privado del
placer de mirarla, servía para hacerle más dichosa.
En fin, a la llegada del correo me han entregado la
carta de usted del 27, y mientras la leía dudaba aún si cumpliría mi palabra;
pero me encontré con los ojos de mi hermosa y me hubiera sido imposible
ne-garle cosa alguna.
Anuncié mi partida; un momento después la señora de
Rosemonde nos dejó solos. Me hallaba a cuatro pasos de la arisca persona,
cuando levantándose como asustada: "Déjeme usted, dijo, déjeme usted, por
amor de Dios; déjeme usted."
Esta fervorosa súplica en que se veía su emoción
debía precisa-mente darme nuevo aliento. Ya estiba a su lado y había cogido sus
ma-nos que ella cruzaba con uan expresión realmente encantadora, ya empezaba yo
mis tiernas plegarias cuando un diablo enemigo hizo que volviese la señora de
Rosemonde. La tímida devota, que tiene en efecto justos motivos de temer, se
aprovechó de esto para retirarse. No obs-tante le presenté mi mano, que aceptó,
y sacando yo buen agüero de esta complacencia quise apretársela volviendo a
empezar mis ruegos. Al pronto quiso retirarla; pero instando yo con más viveza
la entregó con bastante buena gracia, aunque sin corresponder ni a mi acción ni
a mis palabras. Llegando al la puerta de su cuarto quise besar la misma mano
antes de alejarme; empezó por rehusármelo francamente, pero esta sola expresión
mía. Acuérdese usted que parto, pronunciada con ternura,
83
CHODERLOS DE LACLOS
entorpeció su espíritu y sus fuerzas. Apenas el
beso fue recibido recobró su mano para retirarse, y mi prenda amada entró en su
cuarto en donde su doncella la esperaba. Aquí finaliza mi historia.
De fijo irá mañana usted a casa de la maríscala de
*** donde segu-ramente no iré yo, y como preveo que en nuestra primera visita
tendre-mos muchos asuntos de que hablar, principalmente de la joven Volanges,
que no pierdo de vista, he tomado el partido de enviar por delante esta carta;
y aunque es muy larga no la cerré hasta el momento de mandarla al correo,
porque en el punto a que hemos llegado, puede todo depender de una ocasión y
dejo a usted para ponerme en acecho.
P. D. A las ocho de la noche.
Nada de nuevo, ni siquiera un momento de libertad.
Gran cuidado, más bien para evitarlo; sin embargo tanta tristeza cuanta permite
el deco-ro por lo menos. Otra circunstancia que puede no ser indiferente es que
estoy encargado por la señora de Rosemonde de convidar en su nombre a la señora
de Volanges a que venga a pasar con ella en el campo una temporada.
Adiós, mi bella amiga, hasta mañana, o pasado
mañana a más tar-
dar.
De..., a 28 de agosto de 17...
CARTA XLV
LA PRESIDENTA DE TOURVEL A LA SEÑORA DE VOLANGES
Mi señora: El Visconde de Valmont ha partido de
aquí esta maña-na. Me ha parecido que lo deseaba usted tanto que he creído
deber noti-ficárselo. La señora de Rosemonde echa mucho de menos a su sobrino,
cuyo trato es preciso convenir en que es muy agradable; ha pasado toda la mañana
hablándome de él con la ternura de que sabe usted está dota-da, y no paraba de
elogiarle. He creído que yo debía tener la complacen-
84
LAS AMISTADES PELIGROSAS
cia de escucharla sin contradecirla, tanto más
cuanto que es preciso con-fesar que tenía razón en muchas cosas.
Sabía, además, que debía yo acusarme a mí misma el
ser la causa de esta separación sin esperanza de poderla desquitar del gusto de
que la privaba. Sabe usted que no soy muy alegre de mi natural, y el género de
vida que aquí llevamos no es hecho para mudar de carácter.
Si no fuera por seguir sus consejos, temería haber
obrado ligera-mente; pues en realidad me ha sido muy sensible la pena de mi
respetable amiga; me ha conmovido en términos que con gusto hubiera mezclado
mis lágrimas con las suyas.
Quédanos ahora la esperanza de que usted aceptará
el convite que el señor de Valmont debe hacerle de parte de la señora de
Rosemonde de venir a pasar algún tiempo en su compañía. Cree que no dudará cuán
agradable me será y en realidad nos debe usted esta compensación. Cele-braré
mucho tener esta ocasión de conocer más pronto a la señorita de Volanges, y de
hallarme en situación de poder convencer a usted de los sentimientos
respetuosos con que soy su más atenta servidora, etc.
En..., a 29 de agosto de 17...
CARTA XLVI
EL CABALLERO DANCENY A CECILIA VOLANGES
¿Qué le pasa, mi Cecilia adorable? ¿Quién ha podido
causar en us-ted una mudanza tan cruel? ¿Dónde ha ido el juramento que me hacía
de ser constante hasta la muerte? ¡Ayer mismo lo reiteraba con tanto gusto!
¿Qué puede hacer que hoy lo olvide? Por más que examino mi conducta no puedo
hallar en ella la causa, y es imposible que la busque en la suya. No; usted no
es ligera ni engañosa, y, aun en este mismo instante en que me desespero, no
admito que una sospecha ofensiva envilezca mi cora-zón. Sin embargo, ¿que
fatalidad hace que ya no sea la misma? No, cruel, no lo es usted. La sensible
Cecilia, la Cecilia que yo adoro, que me ha jurado su fe, no hubiera evitado mi
vista, no hubiera malogrado la feliz casualidad que me ponía cerca de ella, o
si alguna razón que no alcanzo la
85
CHODERLOS DE LACLOS
obligaba a tratarme con este rigor, no hubiera a lo
menos desdeñado decírmela.
¡Lo que hoy me ha hecho sufrir no lo sabrá nunca,
Cecilia mía! ¿Cree que yo pueda vivir ya, dejando de ser amado por usted? Y sin
embargo, cuando le he pedido una sola palabra por respuesta, que disipe mis
zozobras, en vez de responderme ha fingido temer el ser oída; y el obstáculo
que no existía lo ha hecho usted nacer, yendo a tomar otro puesto en la
tertulia. Cuando, obligado a separarme de usted le he pre-guntado a qué hora
podría verla mañana, ha fingido no saberlo y ha sido preciso que su madre me lo
diga. Así que este momento tan deseado siempre, que debe reunirnos mañana, va a
ser hoy para mí un motivo de inquietud; y el placer de verla, tan delicioso
para mi corazón, será reem-plazado por el temor de ser inoportuno.
El temor este, sí lo conozco, este miedo me arredra
ya ahora mis-mo y no me atrevo a hablarle de mi pasión. Aquel amo a usted que
me consolaba tanto el repetir cuando hallaba eco en usted; esta expresión tan
dulce, que bastaba a mi dicha, ya no me ofrece, si usted se ha mudado, más que
la idea de una eterna desesperación. No puedo creer, sin embar-go, que este
talismán del amor haya perdido toda su eficacia y quiero ensayarle todavía. Sí,
mi Cecilia, amo a usted. Repita, pues, conmigo esta expresión emblema de mi
felicidad. Piense que usted misma me tiene acostumbrado a oírla, y que privarme
de ella es condenarme a un marti-rio que, así como mi amor, no acabará sino con
mi vida.
En..., a 29 de agosto de 17...
CARTA XLVII
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL
No podré verla hoy todavía, mi amiga encantadora, y
he aquí mis razones que le suplico admita con indulgencia.
En vez de volver ayer directamente, me detuve en
casa de la conde-sa de *** cuya quinta se hallaba casi en mi camino, y me quedé
a comer
86
LAS AMISTADES PELIGROSAS
con ella; no llegué a París sino a eso de las
siete, y me apeé en la ópera, en donde esperaba encontrarla. Acabado el
espectáculo entré a ver a las actrices amigas mías. Hallé a mi antigua Emilia,
rodeada de una corte de admiradores, a quienes daba de cenar la misma noche en
S***. Apenas puse el pie en aquella reunión fui convidado a cenar. También lo
fui por un hombrecillo chico, grueso, que me chapurreó una invitación en
fran-cés de Holanda, y que conocí al instante ser el héroe verdadero de la
fiesta. Acepté, pues.
Al saber la casa donde nos dirigíamos comprendí que
el festíl era el precio convenido de los favores que Emilio debía acordar a
esta figura grotesta, y que aquella cena revestía los caracteres de un festín
de boda.
El hombrecillo, rebosando gozo, no podía contenerse
al pensar eI su futuro placer; y me pareció tan satisfecho de ello que me dio
gana de turbarle, y lo conseguí en efecto.
La única dificultad que hallé fue la de hacer que
Emilia se decidiese, pues la riqueza del holandés le daba algunos escrúpulos;
pero en fin, se prestó después de algunas dudas al plan que le di, de que
llenásemos bien de vino a aquel tonel y le pusiésemos así fuera de combate para
toda la noche.
La idea sublime que nos habíamos formado de un
bebedor holan-dés nos hizo emplear todos los medios conocidos. Nos salieron tan
bien, que a los postres ya no tenía fuerzas ni para tener un vaso en la mano; a
pesar de ello la oficiosa Emilia y yo lo envasábamos a porfía. Cayó bajo la
mesa con una borrachera tal que le duró por lo menos ocho días.
Lo enviamos a París; y como no había guardado su
coche, lo hice cargar con el mío, y yo ocupé su lugar. En seguida recibí los
cumpli-mientos de la asamblea, que se retiró poco después y me dejó dueño del
campo de batalla. Esta broma, y tal vez el largo retiro en que he vivido, me
han hecho hallar a Emilia tan apetitosa que le he prometido quedar-me con ella
hasta la resurrección del holandés.
Esta complacencia mía es el pago de la que ella
acababa de tener conmigo, prestándose a servirme de atril para escribir a mi
bella devota, a quien hallo original enviar una carta escrita en la cama y casi
entre los brazos de una muchacha, interrumpida por un acto de infidelidad
com-pleta, y en la que le doy cuenta exacta de mi situación y conducta. Emilia,
87
CHODERLOS DE LACLOS
que ha leído la carta, se ha reído mucho. Como es
preciso que lleve el sello de París, se la envío abierta. Tenga la bondad de
leerla, cerrarla y ponerla en el correo.
Sobre todo no se sirva de ningún emblema amoroso;
un busto so-lamente.
Adiós, mi bella amiga.
P. D. Abro la carta: he decidido a Emilia a ir al
teatro. Apro-vecharé de ese tiempo para ir a ver a usted, a las seis lo más
tarde, y si le conviene, iremos juntos a las siete a casa de la señora de
Volanges. Será curioso. Debo hacerla el convite en nombre de la señora de
Rosemonde; a más tendré el gusto de ver a la joven Volanges.
Adiós, mi hermosa. Quiero tener tanto placer en
abrazar a usted, que el caballero esté celoso.
En P..., a 30 de agosto de 17...
CARTA XLVIII
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA PRESIDENTA DE
TOURVEL
(Con sello de París.)
Muy señora mía: Al salir de una noche tormentosa y
durante la cu-al, no he cerrado los ojos; después de haber estado sin cesar, ya
consu-mido en un fuego devorador, ya en un completo anonadamiento de todas las
facultades de mi alma, voy a buscar cerca de usted una tranqui-lidad que llega
a serme tan necesaria y de que sin embargo no espero poder aún gozar. La
situación en que me encuentro al escribirle me hace conocer más que nunca la
fuerza irresistible del amor; tengo mucho trabajo en poseerme para poner algún
orden en mis ideas y ya preveo que no podré acabar esta carta sin verme
obligado a interrumpirla. ¿Y no he de poder esperar que un día experimente
usted la agitación que siento este instante? Me atrevo a creer que si usted la
conociese bien sería tan insensible a ella. Créame, señora; la fría
tranquilidad sueño del alma, imagen de la muerte, no conducen a la dicha;
pasiones activas pueden
88
LAS AMISTADES PELIGROSAS
sólo verificarlo, y a pesar de los martirios que me
hace sufrir, puedo asegurarle que en este momento más afortunado que usted. En
vano me oprime con sus rigores excesivos; no me impiden éstos abandonarme
enteramente al amor y olvidar, en medio del delirio que me causa, la
desesperación que usted me condena. De este modo quiero vengarme del destierro
que me impone: jamás he tenido tanto gusto al escribirle; jamás he sentido
durante esta ocupación una emoción tan dulce al que tan ardiente. Todo parece
reunirse para aumentar mi delito la atmósfera que respiro está llena de
voluptuosidad; la mesa que me sirvo, empleada por la primera vez para este uso,
viera ser para mí un altar sagrado del amor. ¡Ah, cuánto más hermosa va a
parecerme en adelante! Sobre ella habré trazado el juramento de amarla toda la
vida. Excuse, le suplico, el desorden de mis ideas. Tal vez no debería
abandonarme tanto a un amo-roso arrebato que no comparto con usted; es preciso
que la deje un ins-tante para calmar un delirio que aumenta a cada momento y al
que no puedo resistir.
Vuelvo a usted, dueña de mi vida, y siempre con
igual ansia. Sin embargo la sensación de la dicha ha huido dejando en su Iugar
la de las privaciones más crueles. ¿De qué me sirve hablarle mis sentimientos
si no hallo el medio de convencerla? Después de tantos esfuerzos inútiles la
confianza y las fuerzas me abandonan; si me acuerdo aún de los placeres del
amor es para sentir más haberlos perdido. No hallo remedio sino en su
indulgencia, y en razón de cuánto la necesito espero conseguirla. Sin embargo,
nunca ha sido más respetuoso mi amor; es tal, que la virtud más severa no
debería temerle; pero temo yo mismo hablar a usted más tiempo del pesar que
experimento. Estando seguro de que aquella que causa no lo sufre como yo, es
preciso a lo menos no abusar de su bon-dad empleando más tiempo en renovarle
esta imagen dolorosa.
La alargo sólo un instante para suplicar a usted
que se sirva respon-derme y no dude jamás de la sinceridad de mis sentimientos.
Escrita en P... con fecha de P..., a 30 de agosto
de 17...
89
CHODERLOS DE LACLOS
CARTA XLIX
CECILIA VOLANGES AL CABALLERO DANCENY
Sin ser ligera ni falsa, me basta, señor, haber
llegado a penetrar mi conducta para saber que necesito mudarla. He prometido
este sacrificio a Dios mientras puedo hacer el de los sentimientos que tengo
por usted y que su estado religioso hace más criminales. Conozco que me será
muy sensible y no oculte que desde antes de ayer he llorado cuantas veces he
pensado en usted; pero confío en que Dios me dará la fuerza necesaria pues
olvidarle, según se lo pido día y noche. Espero aún de su amista y honradez que
no buscará apartarme de la buena resolución que me ha inspirado y en la que me
obligo a mantenerme. En consecuencia, le pido tenga a bien no escribirme más.
Por otra parte le prevengo que no le responderé y que de ese modo me forzará a
contarle a mamá todo lo que pasa: lo cual me privaría a la vez del placer de
verle a usted. Yo, le con-servaré todo el afecto que me sea posible, sin que
haga mal en ello; crea usted que con toda mi alma le deseo la mayor felicidad.
Comprendo bien que dejará de amarme tanto como ahora, y que acaso muy pronto
amará a otra más que a mí; pero ésta será una penitencia más por la falta que
he cometido, entregándole un corazón que no debía ser sino de Dios y de mi
marido, cuando lo tenga. Espero que la misericordia divina tendrá compasión de
mi debilidad, y que no me dará más castigo que el que pueda soportar.
Quede con Dios, y crea firmemente que si me fuese
permitido amar a alguno, hubiera amado sólo a usted. He aquí todo lo que le
puedo decir, y acaso es más de lo que debiera. En..., a 31 de agosto de 17...
90
LAS AMISTADES PELIGROSAS
CARTA L
LA PRESIDENTA DE TOURVEL AL VIZCONDE DE VALMONT
Muy señor mío: ¿De este modo cumple usted las
condiciones con que he permitido que me escriba algunas veces? ¿Puedo no tener
de qué quejarme, al que temería abandonarme, aun cuando fuese compatible con
mis deberes?
Fuera de ello, si tuviese necesidad de nuevas
razones para conservar este saludable temor, me parece que las hallaría en su
última carta. En efecto, en el momento mismo que usted cree hacer la apología
del amor, ¿qué otra cosa hace, al contrario, sino demostrarme sus terribles
agita-ciones y trastornos? ¿Quién puede apetecer una dicha comprada a ex-pensas
de la razón, y cuyos placeres fugitivos dejan siempre pesar, cuando no sea
remordimiento? Usted mismo, que por lo habituado que vive con esta especie de delirio
peligroso, debe experimentar menos sus efectos, no se ve, sin embargo,
precisado a convenir en que a menudo puede más que su razón, y no es usted el
primero que se queja de la alteración involuntaria que le causa? Pues, ¿qué
destrozo horroroso no haría en un corazón puro y sensible, que aumentaría su
violencia en razón de la magnitud de las obligaciones que tendría que
sacrificarle?
Cree, o finge creer, que el amor conduce a la
felicidad verdadera; y yo estoy tan persuadida de que causaría mi desdicha, que
no quisiera oír ni siquiera su nombre.
Todo bien considerado, debe serle muy fácil el
concederme lo que le pido. De vuelta a París hallará bastantes ocasiones para
olvidar un sentimiento, que tal vez sólo ha debido su origen a la costumbre que
tiene usted de ocuparse de semejantes cosas; y su fuerza a la ociosidad de la
vida del campo. ¿No se halla acaso ahora en ese mismo lugar en que me había
visto con tanta indiferencia? ¿Puede usted dar en él un paso sin encontrar una
prueba de su veleidad y su inconstancia? ¿Y no se halla ahí rodeado de mujeres
que, siendo todas más amables que yo, tienen más derecho a sus obsequios? Yo no
tengo la vanidad de que se acusa a mi sexo; aún menos tengo aquella falsa
modestia que prueba sólo un orgullo más refinado; y le confieso, con la mayor
sinceridad y buena fe, que
91
CHODERLOS DE LACLOS
distingo en mí muy pocos medios de agradar. Aun
cuando los poseyese todos, no los juzgaría suficientes para fijarme en usted.
Pedirle, pues, que no se ocupe más de mí, es pedirle lo mismo que usted ha
hecho ya, y que seguramente volverá bien pronto a ejecutar, aun cuando yo
pidiese ahora lo contrario.
Esta verdad, que no pierdo nunca de vista, sería
por sí sola, una ra-zón suficiente para que yo no quisiese escucharle más.
Tengo otras mil; pero, sin entrar en una discusión, me limito a pedirle, como
lo tengo hecho antes, que no vuelva a escribirme, ni hablarme de un sentimiento
al que no debo dar oídos, y mucho menos responder.
En..., a 10 de setiembre de 17...
CARTA LI
LA MARQUESA DE MERTEUIL AL VIZCONDE DE VALMONT
En realidad, mi estimado Vizconde, es usted
insoportable. Me trata usted con tan poca formalidad como si fuera su cortejo.
¿Sabe usted que al fin me enfadaré; y que ahora mismo estoy de un humor
terrible? ¡Có-mo! ¿Debe usted ver a Danceny mañana por la mañana? Sabe usted
cuánto importa que hablemos antes y, sin inquietarse por esto, ¿me hace usted
esperarlo todo el día, por correr no sé adónde? Usted es causa de que haya
llegado a casa de la señora de Volanges ridículamente tarde, y que todas las
viejas me hayan hallado demasiado preciosa. Me ha sido forzoso hacerles mil
caricias durante toda la noche, para poder aplacarlas; porque no conviene
enfadar a las setentonas; pues de ellas depende la reputación de las jóvenes.
Ha dado la una de la mañana, y en vez de acostarme,
aunque no puedo tenerme en pie, es preciso que le escriba esta larga carta, que
va a redoblar mi gana de dormir con el fastidio que me dará. Tiene usted
fortuna en que yo no tenga tiempo para reñirle más. No crea por eso que le
perdono, sino que estoy de prisa. Escúcheme, pues, y al hecho.
Por poco diestro que usted sea, debe ganarse mañana
la confianza de Danceny. El momento es favorable, puesto que ahora es
desdichado.
92
LAS AMISTADES PELIGROSAS
La muchacha ha ido a confesarse y ha revelado todo
como una simple. Desde entonces la asusta tanto el temor del diablo, que quiere
romper absolutamente todo trato con su amante. Me ha contado todos sus
es-crúpulos con una vehemencia que me hace ver cuán exaltada está su
imaginación. Me ha enseñado lo que ha escrito para romper, y es una verdadera
carta de capuchino. Ha charlado una hora sin decir una pala-bra que tenga
sentido común; pero no ha dejado de embarazarme mu-cho; porque usted comprende
que no podía yo correr el riesgo de franquearme con una tan pobre cabeza.
No obstante, en medio de toda su charla, he visto
que no por eso ama menos a su Danceny, y aun he notado uno de aquellos recursos
que nunca deja de emplear el amor, y del que veo que esta muchacha es víc-tima
de un modo bastante curioso. Atormentada por el deseo de ocupar-se de su
querido y por el temor de condenarse, ha imaginado el pedir a Dios que se lo
haga olvidar; y como renueva esta oración a cada instante del día, halla el
medio de pensar en él sin cesar.
Con otro que tuviera más mundo que Danceny, este
pequeño inci-dente sería, acaso, más favorable que contrario; pero el joven es
tan mirado que, si no le ayudamos, necesitará tanto tiempo para vencer los más
pequeños obstáculos, que no nos dejará el suficiente para efectuar nuestro
proyecto.
Usted tiene razón; es lástima, y lo siento yo
también, que sea héroe de esta aventura; ¿pero qué quiere usted? lo hecho no
tiene remedio, y es culpa suya. He querido ver su respuesta14 y me ha dado
lástima. Se fatiga en probar con razonamientos, que un sentimiento
involuntario, no pue-de ser un crimen, como si no cesase de involuntario desde
el momento en que se le deja de combatir. Esta reflexión es tan sencilla, que
la mu-chacha misma la ha hecho. Se queja de su infortunio de un modo bas-tante
patético; pero su dolor es tan tierno, y parece tan fuerte y tan sincero, que
tengo por imposible que una mujer que halla la ocasión de desesperar a un
hombre y con tan poco peligro, no esté tentada de con-tentar su capricho.
Acaba, en fin, explicándole que no es peligroso como ella creía; y es, sin
disputa, lo mejor que dice; porque si se trata de entre-
14 No se ha
encontrado esta carta.
93
CHODERLOS DE LACLOS
garse al amor monástico, seguramente los caballeros
de Malta no mere-cen que les demos la preferencia.
Sea como fuere, en lugar de perder el tiempo en
razonamientos que me hubieran comprometido, tal vez sin persuadirla, he
aprobado su proyecto de rompimiento; pero le he dicho que era más decoroso, en
tal caso, decir sus razones que escribirlas; que el uso exige también que se
devuelvan las cartas y otras bagatelas que puedan haber recibido; y así,
teniendo el aire de adoptar sus ideas, la he decididp a dar una cita a
Dan-ceny. Al instante hemos concertado el modo, me he encargado de decidir a su
madre a que salga mañana de casa sin su hija; mañana después de medio día será
el momento decisivo. Danceny está ya informado; pero por Dios, si halla usted
la ocasión, decida usted a este lánguido amante a que haga menos el derretido;
enséñele usted, ya que es menester ense-ñarle todo, que el verdadero medio de
vencer los escrúpulos, es el no dejarles nada que perder, en este particular, a
los que los tienen.
Por lo demás, a fin de que no se repita una escena
tan ridícula, no he dejado de suscitar algunas dudas en la mente de esta niña
sobre la discreción de los confesores, y le aseguro que paga ahora el miedo que
me ha dado con el que tiene ella misma de que el suyo no va a contarlo todo a
su madre. Espero que después que yo haya tenido una o dos conversaciones con
ella, no irá más a contar sus tonterías al primer veni-do.
Adiós, mi vizconde. Apodérese usted de Danceny, y
diríjale. Sería cosa vergonzosa que no lográsemos hacer lo que queremos de dos
mu-chachos. Si hallamos más dificultades de lo que habíamos creído, pense-mos
para animarnos, usted, que se trata de la hija de la señora de Volanges, y yo,
que ha de ser algún día esposa de Gercourt. Adiós.
En..., a 2 de setiembre de 17...
94
LAS AMISTADES PELIGROSAS
CARTA LII
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA PRESIDENTA DE TOURVEL
Muy señora mía: Usted me prohibe que le hable de mi
amor; pero, ¿en dónde podrá hallar fuerza bastante para obedecer a su mandato?
Únicamente ocupado de un sentimiento, que debería ser tan dulce, y que usted
hace tan cruel; muriendo de amor en el destierro a que me ha con-denado; no viviendo
sino de privaciones; víctima de un tormento tanto más doloroso, cuanto me
recuerda sin cesar su indiferencia; ¿será preciso que pierda aún el único
consuelo que me queda? ¿Desviará usted sus ojos para no ver las lágrimas que me
hace derramar? ¿Pensará aceptar el mismo sacrificio que me exige? ¿No sería más
digno de usted, de su alma tierna y generosa, tener piedad de un desgraciado,
que lo es sólo por su causa, que no el querer multiplicar sus penas, con una
ley tan injusta como rigurosa?
Usted finge temer al amor, y no quiere considerar
que usted se oca-siona los males de que le reconviene. ¡Ah! sin duda, este
sentimiento es penoso, cuando el objeto que lo inspira no lo experimenta
mutuamente; pero, ¿en dónde buscaremos la dicha, si un amor recíproco no la
procu-ra? La tierna amistad, la dulce confianza, la disminución de los pesares,
el aumento de los placeres, la esperanza encantadora, el delicioso recuerdo,
¿quién puede procurarlos sin el amor? Usted le calumnia, usted que, para gozar
de todos los bienes que le ofrece, necesita sólo no rehusarlos; y yo olvido las
penas que me causa, para emplearme en defenderlo.
Me obliga usted también a defenderme a mí mismo;
pues mientras que dedico mi vida a adorar sus encantos, usted emplea la suya en
supo-ner y condenar mis faltas. Ya me cree inconstante y engañoso; y abusan-do,
en daño mío, de algunos errores que yo he confesado a sus pies, se complace en
confundir lo que yo era entonces con lo que soy al presente. No contenta con
haberme condenado al martirio de vivir lejos de usted, emplea un horrible
sarcasmo, hablándome de placeres en punto a los cuales sabe bien cuán insensible
me ha vuelto usted. No cree ni mis promesas ni mis juramento; pues bien, me
queda todavía una garantía
95
CHODERLOS DE LACLOS
que ofrecer, y, a lo menos, no la será sospechosa;
ésta es usted misma. No quiero sino que se pregunte a sí misma de buena fe. Si
no cree mi amor, si duda un instante, de que reina únicamente en mi alma, si no
está segura de haber fijado este corazón, hasta ahora en efecto demasiado
inconstante, consiento en sufrir el castigo de este error; lloraré, mas no
apelaré de él: pero si, al contrario, haciéndonos justicia a los dos, se ve
forzada a convenir en que no tiene ni tendrá jamás rival para conmigo, entonces
no me obligue, se lo suplico, a combatir ilusiones, y déjeme, a lo menos, el
consuelo de ver que no duda de la sinceridad de un senti-miento que, en
realidad, no acabará ni puede acabar sino con mi vida. Permítame, señora, que
le ruegue que me responda categóricamente a este artículo de mi carta.
Si abandono, sin embargo, esta época de mi vida,
que parece serme tan perjudicial para con usted, no es decir, que si fuese
preciso defender-la, me faltarían las razones.
¿Qué he hecho, en suma, sino resistir al torbellino
en que me había metido? Introducido y presentado en la sociedad, joven todavía,
y sin experiencia; pasado, por decirlo así, de mano en mano, por una multitud
de mujeres, que todas se apresuraban con su facilidad, a no dejar lugar a una
reflexión, que conocían debía serles poco favorable, ¿tocaba a mí dar el
ejemplo de una resistencia que no hallaba en parte alguna? ¿O debía castigarme
de un momento de error, que a menudo había sido provoca-do, empleando una
constancia inútil, y en la que no se hubiera visto sino una ridiculez? ¿Qué
otro medio, sino un pronto rompimiento, puede justificar una vergonzosa
elección?
Pero, puedo asegurarle que en este devaneo de mis
sentidos, y tal vez en este delirio de mi vanidad, no ha tomado parte mi
corazón. Naci-do para amar, las intrigas amorosas podían distraerle, pero no
llenarle; cercado de objetos seductores, pero despreciables, ninguno llegaba a
poseer mi alma; me ofrecían placeres, y yo buscaba virtudes; yo mismo, en fin,
me reputé inconstante, porque era delicado y sensible.
Sólo al ver a usted, se ha rasgado el velo que
cubría mis ojos: bien pronto he reconocido que el encanto del amor dimana de
las cualidades del alma; que ellas solo pueden producir su exceso y
justificarle. Conocí,
96
LAS AMISTADES PELIGROSAS
en fin, que me era igualmente imposible no amar a
usted y poder amar a otra.
Vea, pues, señora, cuál es este corazón a quien
teme usted entregar-se, y de cuya suerte debe decidir; pero sea lo que fuere,
la que usted le reserve, no cambiará nada dos sentimientos que le profesa.
Éstos son inalterables como las virtudes que los han hecho nacer.
En..., a 3 de setiembre de 17...
CARTA LIII
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL
He visto a Danceny, pero no he logrado de él sino
una media con-fianza; sobre todo, se ha obstinado en callarme el nombre de la
jovencita Volanges, hablándome de ella como de una muchacha muy juiciosa y un
poco devota; excepto esto, me ha contado con bastante exactitud su aventura,
principalmente el último lance. He procurado acalorarle cuanto he podido, y me
he chanceado mucho sobre sus escrúpulos y delicade-zas; me parece firme en su
sistema, y no puedo responder de él; por lo demás, podré decirle más pasado
mañana. Lo llevo mañana a Versailles, y me ocuparé de sondearle durante el
camino.
La entrevista que debe tener hoy me da también
algunas esperan-zas; es posible que su efecto sea el que los dos deseamos, y
acaso en este momento nos falta sólo obligarlo a que lo confiese, y recoger las
pruebas. Esto será más fácil a usted que a mí, porque la niña es más confiada,
o lo que viene a ser lo mismo, más parlanchina, que su discreto amante. Sin
embargo, haré lo que pueda.
Adiós, mi bella amiga; estoy muy de prisa, y no
veré a usted ni esta noche ni mañana. Si ha sabido algo por su parte, escríbame
una palabra para mi vuelta; vendré seguramente a dormir a París.
En..., 3 de setiembre de 17...
97
CHODERLOS DE LACLOS
CARTA LIV
LA MARQUESA DE MERTEUIL AL VIZCONDE DE VALMONT
¡Oh! si, ciertamente tendremos mucho que saber de
Danceny. Si ha dicho a usted algo, se ha jactado de ello: pues no conozco
hombre más tonto en cosas de amor, y me arrepiento cada día más de las bondades
que con él tenemos. ¿Sabe usted que por loco me veo comprometida por causa
suya? Y todo en pura pérdida. ¡Oh! yo me vengaré, lo juro.
Cuando fui ayer a casa de la señora de Volanges, no
quería salir, sintiéndose algo indispuesta; fue necesaria toda mi elocuencia
para deci-dirla: y vi el momento en que Danceny iba a llegar antes que
partiésemos; lo que hubiera sido tanta mayor torpeza cuanto la señora de
Volanges le había dicho la víspera, que al día siguiente no estaría en su casa.
Su hija y yo estábamos en un brete. En fin, salimos, y la niña me apretó la
mano tan afectuosamente al decirme adiós que, a pesar de su plan de rompi-miento,
me prometí maravillas de aquella cita.
No habían terminado aún los acasos inquietantes.
Media hora hacía apenas que estábamos en casa de la señora D... cuando la de
Volanges se sintió mal, pero seriamente mal; y como era natural y justo, quiso
ser conducida a su casa; yo lo quería tanto menos que, si como era de apos-tar,
sorprendíamos juntos a los jóvenes, temía que las instancias que yo había hecho
a la madre para salir, llegaran a darle sospechas. Tomé el partido de meterle
miedo con su salud delicada, lo que felizmente no es difícil, y la detuve allí
hora y media antes de volverla a su casa, fingiendo temer mucho el efecto del
movimiento del coche. En fin, no volvimos hasta la hora convenida.
Por el aspecto de vergüenza que noté cuando
entramos, confieso que esperé que al menos mi trabajo no había sido perdido.
Las ganas que tenía de saber lo ocurrido, me
hicieron quedar con la señora de Volanges, que se acostó al instante. Después
de haber cenado junto a su cama, la dejamos en seguida, con pretexto de que
necesitaba descanso, y pasamos al cuarto de su hija. Ésta ha hecho de su parte
cuanto yo esperaba de ella; escrúpulos a un lado, nuevos juramentos de
98
LAS AMISTADES PELIGROSAS
amar toda la vida, etc., etc.: en fin, se ha
entregado con toda la gracia posible; pero el tonto de Danceny no ha pasado ni
una línea el punto mismo en que antes se encontraba. ¡Oh! bien se puede reñir
con él; las reconciliaciones no son peligrosas.
Asegura la niña, sin embargo, que él quería más,
pero que ella ha sabido defenderse. Apostaría que es por jactarse o excusarle y
casi estoy seguro de ello.
En efecto, me vino el capricho de saber a qué
atenerme sobre la de-fensa de que era capaz, exaltando su imaginación, a punto
que... créame usted, amigo, no hay muchacha cuyos sentidos sean más fáciles a
una sorpresa. Cierto que es amabilísima esta criatura. Merecía un amante de
otra especie; pero, a lo menos, tendrá un amiga, porque yo me aficiono a ella
con toda sinceridad. Le he prometido formar su corazón y creo que cumpliré mi
palabra. Muchas veces he sentido la necesidad de tener una mujer por confidente,
y la preferiría para esto a cualquiera otra; pero no puedo hacer nada hasta que
esté ya... lo que es preciso que esté; razón de más para enfadarnos con
Danceny.
Adiós, mi vizconde; no venga mañana a verme si no
es por la ma-ñana. He cedido a las instancias del caballero, concediéndole
pasar la noche en mi casita consabida.
En..., a 4 de setiembre de 17...
CARTA LV
CECILIA VOLANGES A SOFIA CARNAY
Tenías razón, mi querida Sofía; tus profecías salen
mejor que tus consejos. Danceny, como lo habías predicho, ha podido más que el
confesor, que tú, y que yo misma; ya estamos absolutamente como antes. ¡Ah! no
me arrepiento de ello, y si tú me riñes, es porque no sabes cuánto placer hay
en amar a Danceny. Te es bien fácil decir lo que se debe hacer; nada te lo
impide: pero si hubieses conocido como yo, qué pena causa el mal que sufre
aquel que se ama; cómo cuando se alegra, nos alegramos también, y cómo es difícil
decir no, cuando lo que se
99
CHODERLOS DE LACLOS
quiere decir es sí, no te admirarías de nada. Yo
misma lo he experimen-tado, y bien vivamente, no puedo comprender cómo esto
puede suceder. ¿Crees, por ejemplo, que pueda yo no llorar cuando veo llorar a
Dan-ceny? Te aseguro firmemente que es imposible, y que cuando está con-tento,
soy dichosa como él. Di lo que quieras, lo que se dice, no impide lo que es en
realidad, y esto es así.
Ponte en mi lugar, es decir, mi puesto no lo
cedería a nadie... pero quisiera que tú también amases a alguno, no sólo porque
me escuchases mejor y me riñeses menos, sino porque fueras más dichosa, o mejor
dicho, porque empezaras a serlo.
Nuestras distracciones, nuestras alegrías, no son
más que juegos de niños, de que nada queda cuando han pasado; pero el amor,
¡oh, el amor! con una palabra, con una mirada, ya eres feliz. Cuando yo veo a
Dan-ceny, ya no deseo nada; cuando no le veo, no deseo sino a él sólo. No sé
cómo, pero se dijera que todo cuanto me gusta se le parece. Cuando no está
conmigo, pienso en él, y cuando pienso libremente en él, sin distrac-ción, por
ejemplo, estando sola, cierro los ojos, y al instante creo verle; recuerdo sus
palabras, y creo oirle; esto me hace suspirar, y luego siento un fuego, una
agitación... No puedo estar tranquila en un paraje; es como un tormento, y este
tormento causa un placer indecible.
Creo también que una vez que sentimos amor, éste
influye también en la amistad. La que yo te profeso, no ha mudado; es siempre
la misma que cuando estaba en el convento; pero lo que te digo me sucede con la
señora de Merteuil. Me parece que la amo más a la manera con que amo a Danceny
y que algunas veces quisiera que ella fuese él. Tal vez consiste en que no es
un amistad de niños como la nuestra; o bien en que los veo juntos tantas veces
que esto hace que me engañe. En fin, lo cierto es que entre los dos me hacen
bien dichosa; y, en definitiva, no creo que hay gran mal en lo que hago. Así
que, por mí, quisiera quedarme siempre como estoy; y sólo la idea de mi boda me
apena, pues si el señor Ger-court es como me han dicho, y no lo dudo, no sé lo
qué será de mí. Adiós, mi Sofía: te amo siempre con la misma ternura.
En..., a 4 de setiembre de 17...
100
LAS AMISTADES PELIGROSAS
CARTA LVI
LA PRESIDENTA DE TOURVEL AL VIZCONDE DE VALMONT
¿De qué le serviría, señor, la respuesta que me
pide? ¿El creer since-ros sus sentimientos, no sería razón de más para
temerlos? y, sin averi-guar su sinceridad ¿no basta en sí, y no debe bastar a
usted mismo, que yo no quiera ni deba corresponder a ellos?
Supongamos que usted me amase verdaderamente (y
sólo con-siento en admitir esta suposición, para no volver más a hablar sobre
este asunto), ¿serían menos insuperables los obstáculos que nos separan? ¿y me
quedará otra cosa, sino desear que usted pueda vencer pronto ese amor, y, sobre
todo, ayudarle a ello cuanto me fuese posible, quitándole toda esperanza? Usted
mismo confiesa que este sentimiento es penoso, cuando el objeto que lo inspira
no lo experimenta mutuamente. Sabe, pues, que me es imposible entregarme a él,
y aun cuando esta desgracia me sucediese, yo sería más digna de lástima, sin
que usted fuese más feliz. Me lisonjeo de que me estima bastante para no dudar
nunca de ello; cese, pues, se lo ruego, en querer turbar mi corazón, que tanto
necesita de serenidad; no me obligue a que me pese el haberle conocido.
Querida y estimada por mi marido, que amo y
respeto, mis placeres y mis obligaciones se unen en una misma persona. Soy
feliz y debo serlo; si hay placeres más vivos, no los deseo, ni quiero
conocerlos. ¿Puede haberlos mayores que el de estar bien consigo mismo, pasar
días serenos, dormirse sin inquietud y despertar sin remordimientos? Lo que
usted llama felicidad, es sólo un alboroto de los sentidos, una tormenta de
pasiones cuyo espectáculo es horroroso, aun visto desde la playa. ¡Ah! ¿cómo se
puede arrostrar una tempestad? ¿Cómo atreverse a navegar en un mar cubierto de
los destrozos de mil y mil naufragios? ¿Y con quién? No, señor, me quedo en
tierra y apetezco los vínculos que me retienen. Aunque pudiese, no los
rompería, y si no los tuviese, me apresuraría a contraerlos.
¿Por qué sigue mis pasos? ¿por qué se obstina en
perseguirme? Las cartas de usted, que debían ser raras, se suceden con rapidez.
Debían ser razonables, y en ellas no habla sino de su loco amor. Me insidia con
su
101
CHODERLOS DE LACLOS
idea más que lo hacía con su persona. Alejándose
bajo una forma, al instante se presenta con otra. Las cosas de que se pide a
usted no hable más, las repite, sólo que de otro modo. Se complace en
embarazarme con razonamientos capciosos y esquiva los míos. No quiero volver a
responderle. No le responderé más... ¡Cómo trata usted a las mujeres que ha
seducido! ¡Con qué desprecio habla de ellas! Quiero creer que algunas lo
merecen, ¿pero son todas tan despreciables? ¡Ah! sin duda, puesto que han
faltado a los deberes del matrimonio para entregarse a un amor criminal. Desde
aquel momento lo han perdido todo, hasta la estimación de aquel a quien todo lo
han sacrificado. Este suplicio es justo; pero la sola idea llena de terror. Y
en fin, ¿qué me importa? ¿por qué he de ocu-parme de ellas ni de usted? ¿Con
qué derecho viene usted a turbar mi tranquilidad? Déjeme, no me vea ni me
escriba más, se lo ruego, y lo exijo. Esta es la última carta que recibirá de
mí.
En..., a 5 de setiembre de 17...
CARTA LVII
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL
Al volver ayer de París encontré en mi casa su
carta, y me ha diver-tido mucho su cólera. No le sería a usted más sensible la
torpeza de Danceny aun cuando la hubiese emplearlo contra usted misma. Sin duda
por vengarse de él acostumbra a su querida a que le haga esas pequeñas
infidelidades. En verdad, es usted una picarilla. Pero es muy amable y no
extraño que se la resista menos que a Danceny.
En fin, por decirlo así, conozco de memoria a este
héroe de novela, y para mí no tiene ya secreto alguno. Le he dicho tanto que el
amor honesto da la suprema felicidad, que el sentimiento vale más que diez
intrigas, que yo mismo en este momento me hallo enamorado y tímido; en fin: ha
encontrado mi modo de pensar tan conforme con el suyo que, encantado con mi
candor, me lo ha dicho todo y me ha jurarlo ser mi
102
LAS AMISTADES PELIGROSAS
amigo sin reserva; pero no estamos por eso más
adelantados en nuestro proyecto.
Desde luego me ha parecido que tiene por sistema,
que una soltera merece más miramientos que una casada, porque tiene más que
perder: piensa que un nombre no tiene excusa cuando pone a una señorita en la
necesidad de casarse con él, o de vivir deshonrada, cuando ella es
infini-tamente más rica que él, como sucede en el presente caso. La seguridad
de la madre, el candor de la hija, todo lo detiene. Con un poco de maña, y
auxiliado por la pasión, pronto hubiera yo combatido estos razona-mientos por
más justos que sean, tanto más cuanto que sirven a hacer pasar a uno por
ridículo, y que el uso corriente no los autoriza. Pero lo que impide que se
pueda vencer a este hombre, es que se halla gustoso con su sistema y manera de
obrar. En efecto, si los primeros amores parecen en general más honestos, y
como se dice, más puros; si, a lo menos, son más lentos en su marcha, no es,
como se piensa, por efecto de delicadeza o de timidez, es que nuestro corazón,
admirado de un sentimiento desconocido, se detiene, por decirlo así, a cada
paso, para gozar de las delicias que experimenta, y es tan grande este influjo
en un corazón nuevo que lo ocupa hasta el punto de hacerle olvidar cualquier
otro placer. Es esto tan cierto, que un libertino enamorado, si puede estarlo
un libertino, muestra desde entonces menos ansias de gozar, y que en fin, entre
la conducta de Danceny con la joven Volanges, y la mía con la gazmoña señora de
Tourvel, no hay más diferencia que el más o el menos.
Preciso hubiera sido para acalorar a nuestro joven,
que hubiese ha-llado más obstáculos, sobre todo, más misterio, pues el misterio
lleva a la audacia. No estoy lejos de creer que usted nos ha perjudicado a
fuerza de servirle bien: la conducta de usted hubiese sido excelente con un
hombre hecho a esos tratos, que no hubiera sentido deseos; pero debiera usted
haber conocido que un hombre joven, honrado y enamorado, el favor que más
aprecia es el estar cierto de ser amado, y que cuanto más lo está, menos emprendedor
es. ¿Qué haremos ahora? No lo sé; no creo que la muchacha caiga antes de su
casamiento; y sólo habremos sacado el pagar los gastos: lo siento mucho, pero
no veo el remedio.
103
CHODERLOS DE LACLOS
Mientras yo diserto de ese modo, usted emplea el
tiempo con su caballero. Esto me hace pensar que usted me ha prometido una
infideli-dad en favor mío; tengo la promesa por billete escrito y no quiero que
se haga añeja; convengo en que no se vence todavía el plazo; pero mostraría
generosidad si no lo esperase. Por mi parte no dejaré de pagar los intere-ses.
¿Qué dice de esto, amiga mía? ¿No está ya cansada de ser constante? Ese cortejo
es, pues, bien precioso. ¡Ah! déjeme usted a mí. Quiero obli-garla a confesar
que si le ha encontrado algún mérito, es porque me tiene olvidado.
Adiós, mi bella amiga. La abrazo con la misma ansia
con que la de-seo. Desafío a todos los besos de su caballero a que sean más
ardientes que los míos.
En..., a 5 de setiembre de 17...
CARTA LVIII
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA PRESIDENTA DE TOURVEL
¿Por dónde he merecido, mi señora, las
recomendaciones que me hace y la cólera que me muestra? La más viva inclinación
a usted, y no obstante la más respetuosa, la sumisión más completa a sus
menores deseos, vea en dos palabras la historia de mis sentimientos y de mi
con-ducta Agobiado con las penas de un amor desdichado, no tenía más consuelo
que el de verla; me ha mandado que me prive de él, y he obe-decido, sin
permitirme la más mínima queja. En recompensa de este sacrificio me ha
concedido usted que la escriba, y hoy me quiere quitar ya ese único placer. ¿Me
lo de-jaré arrebatar sin defensa? No sin duda. Y ¿cómo podría no interesarme
siendo el único que me queda, y viniendo de usted?
Mis cartas, dice usted que son demasiado
frecuentes; repare que de diez días a esta parte que dura mi destierro, no he
pasado un sólo mo-mento sin ocuparme de usted, y, sin embargo, sólo le he
escrito dos veces. No hablo a usted en ellas sino de amor: ¿y qué otra cosa
puedo
104
LAS AMISTADES PELIGROSAS
decir sino lo que pienso? Lo único que he podido es
atenuar la fuerza de las expresiones, y puede creer que no he dejado percibir
sino lo que me ha sido imposible ocultar. Me amenaza, en fin, con que no
volverá a responderme. Así, pues, el hombre que la prefiere a todo, y la
respeta aún más que la ama, no contenta de tratarle con rigor, quiere usted
des-preciarle. ¿Y por qué esas amenazas? ¿Por qué ese enojo? ¿Qué necesi-dad
tiene de eso? ¿No está bien cierta de ser obedecida aun cuando da órdenes injustas?
¿Me es posible rehusar a usted alguno de sus deseos? ¿No lo he probado ya?
¿Abusará de este mismo imperio que ha tomado sobre mí? Después de haberme hecho
desgraciado, después de ser injus-ta, ¿podrá fácilmente gozar de esa
tranquilidad que dice serle necesaria? ¿No se dirá nunca: me ha dejado árbitro
de su suerte, y he causado su desdicha? Imploraba mis auxilios y yo lo he
rechazado sin piedad. ¿Sabe usted hasta dónde puede llevarme mi desesperación?
No.
Para calmar mis penas era preciso que usted supiese
adónde llega mi amor y conociera mi corazón.
¿Por qué me sacrifica a temores quiméricos? ¿Quién
los inspira? Un hombre que la adora, un hombre sobre quien jamás cesará usted
un imperio absoluto. ¿Qué teme usted, ni qué pue-de temer de un senti-miento
que siempre dirigirá a su antojo? Pero su imaginación se crea fantasmas, y
achaca al amor el espanto que le causan. Tenga usted un poco de confianza, y
esos fantasmas desaparecerán.
Ha dicho un sabio que para disipar nuestros
temores, basta siempre el examinar a fondo su causa15. Esta verdad es aplicable
sobre todo al amor. Ame usted, y sus temores se desvanecerán. En lugar de los
objetos que la asustan, hallará un sentimiento delicioso, un amante tierno y
sumi-so, y todos los días de su vida pasados en el seno de la felicidad, no le
dejarán otro pesar sino el del tiempo que ha perdido viviendo en la
indi-ferencia. Yo mismo, desde que corregido de mis errores no vivo más que
para el amor, siento haber perdido un tiempo que creí haber pasado entre
placeres, y reconozco que usted sola puede hacerme venturoso. Pero le suplico
que el gusto que hallo en escribirle, no vuelva a turbarse con el miedo de
desagradarla. No quiero desobedecerla; pero, postrado a
15 Créese que
es Rousseau, en el Emilio; pero la cita no es exacta, y la aplicación que hace
Valmont es falsa de todo; además, ¿conocía la señora de Tourvel el Emilio?
105
CHODERLOS DE LACLOS
sus pies, le reclamo la dicha que quiere robarme,
la única que me había negado: insto de nuevo; escuche mis ruegos, y vea correr
mis lágrimas.
¡Ah, señora! ¿me lo negará usted?
En..., a 7 de setiembre de 17...
CARTA LIX
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL
Dígame, amiga mía, si lo sabe: ¿Qué significan
todas estas lamenta-ciones de Danceny? ¿Qué ha sucedido? ¿Qué ha pasado? Tal
vez su bella se ha enfadado, cansada al fin de su eterno respeto. Es menester
ser justos, y creer que habría razón para enfadarse, aún con mucho menos. ¿Qué
le diré esta noche en la cita que me ha pedido, y le he dado a todo riesgo?
Seguramente no perderé mi tiempo en escuchar sus jeremiadas, y esto no debe
conducir a nada. Los lamentos amorosos sólo pueden oírse en recitativo obligado
y en arias de bravura. Infórmeme, pues, de lo que ocurre y de lo que yo deba
hacer, o sino deserto, para evitar el fastidio que preveo. ¿Podré ver a usted
esta mañana? Si está ocupada, escríbame una palabra, y deme la contraseña del
papel que debo representar. ¿En dónde estaba usted ayer? No puedo encontrarla
ya. Realmente esto no valía la pena de retenerme en París el mes de setiembre.
Decídase, sin embargo, porque acabo de recibir un convite muy urgente de la
condesa de B*** para que vaya a verla a su casa de campo; y me lo hace de un
modo bien curioso, diciéndome: "mi marido posee el más hermoso monte del
mundo, que conserva con el mayor cuidado para sus amigos", así es que
tengo algún derecho sobre ese monte. Volveré pues a verle, si no puedo ser útil
a usted por ahora.
Adiós, amiga mía; piense que Danceny debe venir a
mi casa cerca de las cuatro.
En..., a 8 de setiembre de 17...
106
LAS AMISTADES PELIGROSAS
CARTA LX
EL CABALLERO DANCENY AL VIZCONDE DE VALMONT
(Inclusa en la presedente.)
¡Ay! Amigo mío, estoy desesperado; he perdido todo;
no me atrevo a confiar al papel el secreto de mis penas; pero tengo necesidad
absoluta de depositarlas en el pecho de un amigo seguro y fiel. ¿A qué hora
podré ir a verle y buscar en su amistad consuelos y consejos? ¡Era yo tan feliz
el día en que le abrí mi corazón! Ahora, ¡qué diferencia! Todo se ha muda-do.
Todo lo que sufro por mi parte no es sino la mínima porción de mis tormentos;
pero mi inquietud, mi desasosiego por el objeto que más amo en el mundo, ¡ay!
esto es lo que no puedo soportar. Más dichoso que yo, usted puede ir a verla, y
cuento con que su amistad no me rehusará este servicio; pero antes es preciso
que yo le hable y le informe. Usted me compadecerá, usted me ayudará; no tengo
esperanza sino en usted, que es sensible, conoce el amor, y es el único a quien
puedo confiarme; no me niegue sus auxilios.
El sólo alivio que experimento en mi dolor, es
pensar que me que-da un amigo como usted. Hágame saber, por Dios, a qué hora
podré encontrarle. Si no puede ser por la mañana, desearía que fuese poco
después de medio día.
En..., a 8 de setiembre de 17...
CARTA LXI
CECILIA VOLANGES A SOFÍA CARNAY
Compadece a tu Cecilia, que es muy desgraciada, mi
querida Sofía. Mamá se ha enterado de todo; no concibo cómo ha podido sospechar
la menor cosa; y, no obstante, todo lo ha descubierto. Ayer noche creí, en
verdad, que tenía un poco de mal humor; pero no puse mucha atención, y mientras
acababa su partida hablé muy festivamente con la señora de Merteuil, que había
cenado aquí, y charlamos mucho de Danceny. No
107
CHODERLOS DE LACLOS
creo hayamos podido ser oídas. Dicha señora se fue,
y yo me retire a mi cuarto. Ya me estaba desnudando, cuando mamá entró, y mandó
salir a la doncella. Luego me pidió la llave de mi papelera. El tono con que lo
hizo me causó un temblor tan grande, que apenas podía sostenerme. Yo hacía como
que no la encontraba, pero al fin fue preciso obedecer. El primer cajoncillo
que abrió era justamente el que contenía las cartas del caballero Danceny. Yo
estaba tan turbada, que cuando me preguntó qué era aquello, no pude sino
responder que no era nada; pero cuando la vi que empezaba a leer la primera
carta, entonces no tuve tiempo más que para echarme en un sillón, donde me
desvanecí. Cuando volví en mí, mamá, que había llamado a la doncella, se
retiró, mandándome acostar, y llevándose las cartas de Danceny.
Toda la noche la he pasado llorando, y tiemblo cada
vez que pienso que he de volver a su presencia.
Te escribo al rayar el día, esperando que vendrá
Pepa. Si puedo ha-blarle a solas, le suplicaré que lleve a casa de la señora de
Merteuil un billete que voy a escribir; sino lo incluiré en tu carta, y tú me
harás el favor de enviárselo como cosa tuya. Sólo ella puede procurarme algún
consuelo. Hablaremos de él, pues ya no cuento con verle más. ¡Soy muy
desdichada! Acaso tendrá la bondad de encargarse de una carta para Danceny. No
me atrevo a fiarme para esto de Pepa, y mucho menos de mi doncella; porque tal
vez ésta será la que habrá dicho a mi madre que yo tenía cartas en mi papelera.
Quiero que no me falte tiempo para escribir a la
señora de Merteuil, y también a Danceny, y no te escribo más largo; después me
volveré a la cama, para que me encuentren acostada cuando entren en mi cuarto.
Diré que estoy mala, para no tener que ir al de mi madre. Y no mentiré mucho,
pues sufro más, ciertamente, que si tuviese calentura. Los ojos me arden a
fuerza de tanto como he llorado, y tengo un gran peso en el estómago que me
impide respirar.
Cuando pienso que no volveré a ver más a Danceny,
preferiría estar muerta. Adiós, mi querida Sofía. No puedo decirte más, las
lágrimas me sofocan.
En..., a 7 de setiembre de 17...
108
LAS AMISTADES PELIGROSAS
NOTA: Se ha suprimido la carta de Cecilia Volanges
a la marquesa, porque sólo contenía los mismos hechos y con menos detalles. La
escrita al caballero Danceny no se ha encontrado, y se verá el motivo en la
carta LXIII de la marquesa al vizconde.
CARTA LXII
LA SEÑORA DE VOLANGES AL CABALLERO DANCENY
Después de haber abusado, caballero, de la
confianza de una madre y de la inocencia de una niña, no sorprenderá a Ud. no
verse más recibi-do en una casa en que ha correspondido a las pruebas más
sinceras de amistad con el proceder más impropio de un hombre honrado. Prefiero
suplicarle que no vuelva a poner los pies en mi casa, a dar a mi portero unas
órdenes que nos comprometerían a los dos igualmente, por las observaciones que
los criados no dejarían de hacer. Tengo derecho a creer que usted no me obligará
a acudir a este medio tan poco favorable para ambos.
Le prevengo también que, si en lo sucesivo hace la
menor tentativa para mantener a mi hija en el descarrío en que la ha
precipitado, una clausura austera y eterna la sustraerá a sus pesquisas. Por
consiguiente, a usted toca el ver si temerá tan poco el ocasionar su
infortunio, como ha temido poco el intentar colmarla de deshonor.
Por lo que hace a mí, tengo tomado este partido y
se lo he dicho. Adjunto hallará usted el paquete de sus cartas. Cuento con que
en cam-bio me devolverá todas las de mi hija, y que se prestará así a no dejar
traza alguna de un suceso de que no podríamos conservar el recuerdo, yo sin
indignación, ella sin vergüenza y usted sin remordimiento.
Tengo el honor de ser, etc.
En..., a 7 de setiembre de 17...
109
CHODERLOS DE LACLOS
CARTA LXIII
LA MARQUESA DE MERTEUIL AL VIZCONDE DE VALMONT
Claro que puedo explicarle el billete de Danceny.
El suceso que se lo hizo escribir es obra mía, y en mi sentir obra maestra. No
he perdido tiempo desde que recibí la última carta de usted, y he dicho como el
arquitecto de Atenas: "Lo que él dice yo lo haré". ¡Con que son
necesa-rios obstáculos a ese bello héroe de novela y se duerme en el seno de su
dicha! ¡Descuide en mí! Yo le daré en qué ocuparse, y apuesto que su sueño no
será en adelante tan tranquilo. Era menester enseñarle lo que vale el tiempo, y
me lisonjeo de que ahora siente el que ha perdido. Era menester, dice usted
también, que necesitase de más misterio: pues bien, esta necesidad tampoco le
faltará y tengo eso de bueno, que apenas se me hacen conocer mis faltas, no me
sosiego hasta repararlas del todo. Y vea, pues, lo que he hecho.
Entrando en mi casa antes de ayer mañana, leí la
carta de usted y la hallé luminosa. Persuadida de que había indicado
perfectamente la causa del mal, me ocupé únicamente en encontrar el modo de
curarle. Sin embargo, empecé por acostarme, porque mi infatigable caballero no
me había dejado dormir un instante y creía tener sueño; pero no era así,
enteramente ocupada de Danceny, el deseo de sacarle de su indolencia o de
castigarle por ella no me dejó pegar los ojos; y sólo cuando hube concertado mi
plan, pude reposar dos horas.
Fui por la noche a casa de la señora de Volanges, y
según mi pro-yecto le confié que creía estar cierta de que existía entre su
hija y Dan-ceny una amistad peligrosa. Esta mujer, tan perspicaz respecto a
usted, estaba tan ciega que me respondió al instante que seguramente me
enga-ñaba; que su hija era una niña, etc., etc. Yo no podía decirle cuanto
sabía, pero le cité ciertas expresiones, ciertas miradas que alarmaban mi
virtud y mi amistad. Hablé en fin casi tan bien como podría hacerlo una devota,
y para dar el golpe decisivo me extendí hasta decir que creía haber visto dar y
recibir una carta. "Esto me recuerda que un día abrió ella delante de mí
un cajón de su papelera en el cual vi muchos papeles que sin duda guardará.
¿Sabe usted si tiene alguna correspondencia frecuente?" En-
110
LAS AMISTADES PELIGROSAS
tonces el rostro de la señora Volanges se mudó y vi
que se le saltaban las lágrimas. "Doy a usted mil gracias, mi buena amiga,
me dijo apretándome la mano. Yo me enteraré"
Después de esta conversación, demasiado corta para
que la niña sospechase nada, me acerqué a ella, y me separé de ella en breve,
para decir a la madre que no me comprometiera con su hija. Me lo prometió con
tanto más gusto, cuanto que le hice observar que sería una fortuna que la chica
tomase bastante confianza conmigo, para abrirme su cora-zón y ponerme en
aptitud de darle mis prudentes consejos. Lo que me hace esperar que me guardará
la promesa, es que no dudo que quiera jactarse con su hija de su propia penetración.
De esta manera yo quedaba autorizada a continuar en mi tono de amistad con la
muchacha sin pare-cer falsa a los ojos de su madre, lo que quería yo evitar.
Ganaba además el quedarme en lo sucesivo con ella cuanto tiempo y cuan
íntimamente quisiese.
Aproveché de ello la noche misma, y cuando acabé mi
partida, llevé a un rincón a mi jovencita y entablé la conversación acerca de
Danceny, sobre el cual nunca le falta que decir. Me divertí en levantarla de
cascos hablándola del gusto que tendría al verle al día siguiente, y no hubo
géne-ro de locuras que no le hiciese decir. Era necesario darle en esperanzas
cuanto le quitaba en realidad, y además todo esto debía hacerle el golpe más
sensible, porque está persuadida de que cuanto más haya sufrido, tanta más
prisa se dará en desquitarse a la primera ocasión. Últimamente, bueno es
acostumbrar a los grandes lances a aquél que se destina a gran-des aventuras.
En suma, ¿no debe pagar con algunas lágrimas el
placer de gozarle ese Danceny? Está loca por él; pues bien, yo le aseguro que
le logrará, y también que no lo habría tenido sin esta tempestad. Es un sueño
desa-gradable cuyo despertar será delicioso, y todo bien calculado, me parece
que debe estarme agradecida; en efecto, aunque haya habido de mi parte cierta
malicia, es preciso divertirse un poco:
Para deleite nuestro hay tontos en el mundo.
En fin, me retiré muy contenta de mí misma.
111
CHODERLOS DE LACLOS
O Danceny, me decía yo, excitado con los obstáculos
va a estar doblemente enamorado, y entonces le serviré con toda mi eficacia; o
si no es más que un tonto, como a veces lo creo, se desesperará y se dará por
batido: en tal caso al menos me habré vengado de él cuanto habrá estado en mi
mano y de paso me habré granjeado más la estimación de la madre, la amistad de
la hija y la confianza de ambas. En cuanto a Ger-court, he de ser muy
desgraciada o muy torpe, si dueña ya del corazón de su mujer, no hallo mil
medios de hacer que sea lo que yo quiero. Con este agradable plan en la cabeza
me acosté y dormí muy bien, y desperté muy tarde.
Al abrir los ojos me encontré con dos billetes: uno
de la madre y otro de la hija; y no pude menos de reirme leyendo en ambos esta
misma frase: "De usted sólo espero algún consuelo". ¿No es curioso
consolar en pro y en contra, y ser único agente de dos intereses directamente
opues-tos? Véame pues usted ya como la Divinidad, recibiendo los deseos
encontrados de los ciegos mortales y no cambiando en nada mis inmuta-bles
decretos. He abandonado, sin embargo, este empleo por el de ángel consolador,
y, según el precepto, he ido a visitar a mis amigos afligidos.
Empecé por la madre. La he hallado tan triste, que
esto sólo venga a usted, en parte, de las contrariedades que le hace sufrir por
causa de su bella devota. Todo ha salido perfectamente. Mi único cuidado era
que no hubiese aprovechado la madre del momento para ganar la confianza de su
hija, lo que habría sido muy fácil, sólo empleando con ella el lenguaje de la
dulzura y la amistad, y dando a los consejos de la razón el aire y el tono de
la ternura indulgente. Por fortuna ha empleado la severidad, y en fin, se ha
conducido todo lo mal que yo podía desear. Cierto que ha estado por echar abajo
todo nuestro plan con la resolución que había tomado de volver a su hija al
convento; pero yo he parado el golpe, per-suadiéndola a que sólo haga esta
amenaza para el caso en que Danceny siga con el mismo proceder, y en ello he
llevado la mira de forzar a los dos a cierta circunspección que ahora creo
necesaria para el logro.
Fui luego a ver a la hija. ¡Cuánto la hermosea el
dolor! Con poco coqueta que se haga, llorará a menudo, pero esta vez lloraba
sin malicia. Sorprendida yo de este nuevo encanto que no conocía y que tenía
infi-nito placer en conservar, no le dí por lo pronto más que aquellos insípi-
112
LAS AMISTADES PELIGROSAS
dos consejos que aumentan las penas más que las
mitigan, y de este mo-do, la puse en términos que iba a caer en convulsiones.
Le aconsejé que se acostase, y consintió, sirviéndole yo de doncella. No había
arreglado su pelo y bien pronto sus cabellos cayeron sueltos sobre sus
espaldas, y su garganta descubierta: yo la besé, ella se dejó caer en mis
brazos, y sus lágrimas volvieron a correr. ¡Oh Dios, qué hermosa estaba! ¡Si la
Magda-lena era así, debió ser mucho más peligrosa como penitente que como pecadora!
Así que la bella desolada estuvo en su cama,
entonces me puse a consolarla de buena fe. Por de contado la tranquilicé sobre
el temor de volver al convento. Le hice concebir esperanzas de ver a Danceny en
secreto y, sentándome sobre su lecho: "¡Si estuviese aquí!" le dije:
y des-pués sobre este tema, de distracción en distracción la conduje a no
acor-darse más de que estaba afligida. Nos hubiésemos separado enteramente
amigas si no hubiera querido confiarme una carta para Danceny, lo que yo rehusé;
y vea usted mis razones que aprobará, de fijo.
Desde luego era comprometerme con Danceny; y si era
ésta la úni-ca disculpa que yo podría dar a Cecilia, de usted a mí existen
otras mu-chas. ¿No hubiera sido arriesgar el fruto de mi trabajo el
proporcionar tan pronto a estos amantes el medio fácil de calmar sus penas?
Además, no me pesaría obligarlos a hacer intervenir algunos criados en esta
aven-tura, porque, en fin, si lo llevamos a cabo, como espero, será menester
que sea divulgado inmediatamente de la boda; y hay pocos medios más seguros; o
bien si por milagro los criados no hablasen, lo haremos noso-tros, y será más
cómodo imputar a ellos la indiscreción.
Fuerza, pues, que dé usted hoy esta idea a Danceny;
y como no estoy segura de la doncella de Cecilia, de que ella misma duda,
indíquele a mi fiel Victorina. Yo cuidaré que el paso salga bien. Esta idea me
agrada tanto más, cuanto que la confianza sólo será útil para nosotros y no
para ellos, porque no estoy al cabo de mi cuento.
Mientras me rehusaba yo a encargarme de la carta de
la muchacha, temía a cada instante que me propusiese echarla al correo, a lo
que no hubiera podido negarme. Felizmente, fuese por lo turbada que estaba, por
ignorancia, o porque le importase más que la carta la respuesta, que no hubiera
podido recibir de ese modo, no me habló de tal cosa; pero
113
CHODERLOS DE LACLOS
para evitar que le viniese la idea, o al menos que
le aprovechara, tomé al instante mi partido, y volviendo al cuarto de la madre,
la decidí a alejar por algún tiempo de París a su hija, a llevársela al campo.
¿Y adónde? ¡Cómo! ¿El corazón no le palpita de alegría?... A casa de su tía de
usted, la señora de Rosemonde. Hoy mismo se lo debe avisar. Con que ya está
autorizado a ir a ver a su devota, que no tendría ya que echarle en cara el
escándalo de hallarse a solas con usted; y gracias a mi cuidado, la misma
señora de Volanges reparará el mal que le ha hecho.
Pero escúcheme bien, y no se ocupe tan
exclusivamente de sus asuntos propios, que pierda éste de vista; piense cuánto
me interesa. Quiero que sea usted el corresponsal y el consejero de los
jóvenes. In-forme, pues, de este viaje a Danceny, y ofrézcale sus servicios. No
halle dificultad sino en hacer llegar a manos de la bella su carta credencial,
y venza al instante el obstáculo, indicándole el medio de mi doncella. No hay
duda en que él aceptará, y usted, en premio de su trabajo, logrará la confianza
de un corazón nuevo en amor, lo que siempre es interesante. ¡Pobrecilla! ¡cómo
se sonrojará al entregar a usted su primera carta! En realidad, este papel de
confidente, contra el cual hay tantas preocupacio-nes, me parece un
entretenimiento muy agradable, cuando uno tiene ocupación por otro lado; y en
este caso estará usted.
De su cuidado depende el desenlace de esta intriga.
Juzgue cuál es el momento oportuno para reunir los actores. El campo ofrece mil
me-dios, y Danceny, sin duda, estará pronto a ir a la primera señal que usted
le dé. Una noche, un disfraz, una ventana... ¿qué sé yo? Pero en fin, si la
chica vuelve en el mismo estado en que se ha ido, echaré a usted la culpa. Si
cree que necesita de algún nuevo estímulo por mi parte, dígalo. Creo haberla
dado una buena lección sobre el peligro que hay en guardar cartas, para
atreverme a escribirle; siempre sigo en la idea de hacer de ella una discípula
mía.
Creo que he olvidado decirle que sus sospechas, en
punto al descu-brimiento de su correspondencia, habían recaído sobre su
doncella; pero yo las hice caer sobre su confesor. Esto es matar dos pájaros de
un tiro.
Adiós, vizconde mío; hace mucho tiempo que estoy
escribiéndole, y se ha retardado mi comida; pero el amor propio y la amistad
han dicta-
114
LAS AMISTADES PELIGROSAS
do mi carta, y ambos son parleros; por lo demás,
usted la recibirá a las tres, y es lo que basta.
Quéjese ahora de mí, si se atreve; y vaya a ver si
le tienta el monte del conde B***. Dice usted que lo conserva para el placer de
sus amigos. ¿Con que ese hombre es amigo de todo el mundo? Adiós, que tengo
hambre.
En..., a 9 de setiembre de 17...
CARTA LXIV
EL CABALLERO DANCENY A LA SEÑORA DE VOLANGES
(Borrador incluido en la carta LXVI del vizconde a la marquesa.)
Muy señora mía: sin intentar justificar mi
conducta, ni quejarme de la de Ud., no puedo menos de lamentarme por un suceso
que hace la desgracia de tres personas, todas dignas de una suerte más feliz.
Sintien-do más ser la causa que la víctima, he querido desde ayer muchas veces
ponerme a responder a usted, sin poder hallar fuerzas suficientes para
verificarlo. Tengo, sin embargo, tantas cosas que decirle, que es
indis-pensable haga por fin un esfuerzo; y si esta carta lleva poco orden en
las ideas que expresa, usted debe conocer cuán dolorosa es mi situación, para
concederme alguna indulgencia.
Permítame, desde luego, que reclame contra la
primera frase de su carta. Yo no he abusado, me atrevo a decirlo, de su
confianza ni de la inocencia de su señora hija; he respetado una y otra en mis
acciones. Estas solas dependían de mí, y aun cuando usted quisiese hacerme
res-ponsable de un sentimiento involuntario, no temo añadir que el que me ha
inspirado esta señorita es tal, que puede desagradar a usted, mas no ofenderla.
Sobre este punto, que me interesa más de lo que
puedo explicar, no quiero tener otro juez sino usted misma, ni otros testigos
que mis cartas.
Me prohibe volver a poner los pies en su casa en lo
sucesivo, y se-guramente me someteré a cuanto usted guste mandar sobre este
particu-lar; ¿pero esta ausencia repentina y total no dará lugar igualmente a
las
115
CHODERLOS DE LACLOS
observaciones que usted quiere evitar, como daría
la orden que por esta razón no ha querido dar a su portero? Insisto tanto más
sobre este pun-to, cuanto que importa mucho más a su hija que a mí. La pido,
pues, que se sirva pesar todo con madurez, y no haga que la severidad
perjudique a la prudencia. Persuadido de que el interés sólo de su hija dictará
sus resoluciones, esperaré en cuanto a esto nuevas órdenes de su parte.
En caso que me permitiese presentar mis respetos
algunas veces en su casa, me obligo -y puede usted, señora, fiarse en mi
promesa- a no abusar de dichas ocasiones para intentar hablar en particular a
su señora hija, o darle alguna carta. El temor de comprometer su reputación me
fuerza a este sacrificio, y la dicha de mirarla me desquitará.
Este artículo de mi carta es la única respuesta que
puedo hacer a lo que me dice sobre la suerte que destina a su hija, y que
quiero hacer que dependa de mi conducta. Sería engañar a usted el ofrecerle
más. Un vil seductor puede acomodar su plan a las circunstancias, pero el amor
que me anima sólo me permite dos sentimientos, el valor y la constancia.
¿Consentir ya en que la hija de usted me olvide y
en olvidarla yo mismo? No, no, jamás. Le seré fiel, ha recibido mi juramento, y
lo re-nuevo ahora. Perdón, señora, me extravío; es preciso reportarme.
Me queda otro punto que tratar con usted, el de las
cartas que me pide. Siendo infinito tener que añadir una negativa a las ofensas
que usted me supone ya; pero le pido que oiga mis razones, y que, para
apre-ciarlas, se acuerde de que sólo puede consolarme de haber perdido su
amistad la esperanza de conservar su estimación. Las cartas de esta seño-rita,
preciosas siempre para mí, vienen aserlo mucho más en este mo-mento. Son el
único bien que me queda; ellas solas me recuerdan un sentimiento que hacen la
felicidad de mi vida. Sin embargo, puede creerme, no titubearía un sólo
instante en hacer este sacrificio, y el pesar de esta privación cedería al
deseo de probarle mi deferencia respetuosa; pero me detienen consideraciones
del mayor peso, y que estoy cierto que usted misma aprobará.
Usted sabe ya el secreto de su hija, no hay duda;
pero, permítame decirlo, estoy autorizado a creer que ha sido por efecto de
sorpresa, y no de la confianza. No pretendo censurar un paso que autoriza tal
vez la solicitud de una madre. Respeto sus derechos, pero no alcanzan a dis-
116
LAS AMISTADES PELIGROSAS
pensarme de mis deberes. El más sagrado de todos es
el de no faltar nunca a la confianza que se nos entrega, y sería incurrir en
esta falta el hacer ver a otro los secretos de un corazón que no ha querido
manifes-tarlos sino a mí.
Si su señora hija consiente en confiarlas a usted,
que hable. Sus cartas entonces son inútiles. Si, al contrario, quiere encerrar
en su pecho su secreto, no espere usted, ciertamente, que sea yo quien la
instruya.
En cuanto al misterio que desea que cubra este
suceso, viva usted tranquila; sobre todo lo que interesa a la señorita de
Volanges, desafío yo hasta el corazón de una madre. Para acabar de quitarle
toda inquietud, todo lo he previsto; y este depósito precioso, cuyo paquete
llevaba antes por letrero Papeles para quemar, lleva ahora el de Papeles que
pertenecen a la señora de Volanges. Este partido que tomo debe probarle también
que el negárselos yo ahora, no proviene tampoco de que tema que en ellos encuentre
usted un solo sentimiento ofensivo a su persona.
Vea pues, señora, una carta bien larga; no lo fuera
bastante todavía, si le dejase la mayor duda sobre la honradez de mis
sentimientos, sobre mi pesar bien sincero de haberla desagradado, y sobre el
profundo res-peto con que tengo el honor de ser su más atento servidor, etc.,
etc.
En..., a 7 de setiembre de 17...
CARTA LXV
EL CABALLERO DANCENY A CECILIA VOLANGES (Enviada
abierta a la marquesa de Merteuil, en la carta LXVl del vizcon-de.)
¡Oh, mi Cecilia! ¿Qué será de nosotros? ¿Qué Dios
nos salvará de las desgracias que nos amenazan? ¡Ah! Denos el amor, a lo menos,
valor bastante para soportarlas. ¿Cómo podré pintar cuál ha sido mi sorpresa,
mi desesperación, al ver mis cartas, y a la lectura del billete de la señora de
Volanges? ¿Quién ha podido vendernos? ¿Quién sospecha usted? ¿Ha cometido, por
ventura, alguna imprudencia? ¿Qué hace usted ahora?
117
CHODERLOS DE LACLOS
¿Qué le han dicho? Quisiera saberlo todo, y todo lo
ignoro. Tal vez usted misma no sabe más que yo.
Envíole el billete de su madre, y copia de mi
respuesta, esperando aprobará lo que le digo. También tengo mucha necesidad de
que apruebe los pasos que he dado desde este lance fatal; todos han tenido por
objeto el tener noticias de usted y dárselas mías; y ¿quién sabe? Tal vez con
ellos lograré volver a verla y acaso con mayor libertad.
¿Concibe usted, mi Cecilia, adónde llegará el
placer de volver a ver-nos, de poder jurarnos mutuamente un amor eterno, y de
ver en nuestros ojos y sentir en nuestras almas que este juramento no será
falso ni enga-ñoso? ¿Qué penas no haría olvidar un momento semejante? Pues esa
misma esperanza es la que tengo, y la debo a estos pasos que se dignará en
aprobar. ¿Qué digo? Lo debo al cuidado y a la solicitud del más tierno de los
amigos, y lo que únicamente le suplico es que permita que este mi amigo lo sea
suyo.
Acaso yo no debía dar a nadie una confianza que
concierne a usted, sin su permiso; pero tengo por excusa, la desgracia y la
necesidad. El amor ha sido mi guía; él es el que reclama su indulgencia, el que
le pide que perdone una confianza necesaria, y sin la cual quedábamos tal vez
separados para siempre16. Usted conoce el amigo de que hablo; lo es también de
la mujer que más ama usted; es el vizconde de Valmont.
Mi proyecto dirigiéndome a él, era por lo pronto
empeñar a la se-ñora de Merteuil a que se encargase de una carta para usted. No
ha creí-do que este medio pudiese lograrse, pero en falta del ama responde de
su doncella que le debe obligaciones. Ella será la que le entregará esta carta
y a quien podrá darle igualmente su respuesta.
Este recurso no le será útil si, como lo cree el
vizconde, debe usted partir muy pronto para el campo; pero entonces él mismo se
ofrece a servirnos. La señora a cuya casa va usted, es parienta suya, y
aprovechará de esta circunstancia para ir allá cuando usted esté, de modo que
pasará por su mano nuestra correspondencia. Aun me asegura que, si usted se
deja dirigir, nos procurará los medios de vernos allí sin riesgo de
com-prometernos.
16 El
caballero Danceny no habla aquí con exactitud; había ya dado su confianza a
Valmont antes de este suceso. Véase la carta LVII.
118
LAS AMISTADES PELIGROSAS
Ahora, mi querida Cecilia, si me ama, si se
compadece de mi des-gracia; si, como lo espero, siente el mismo pesar que yo,
¿negará usted su confianza a un hombre que será nuestro ángel tutelar? Sin él
me vería yo reducido a la desesperación de no poder mitigar las penas que le
ocasio-no. Espero que acabarán; pero, permítame decirle mi buena amiga que no
se abandone a ellas, ni se deje por ellas abatir. La idea de que usted sufre me
es insoportable. Daría mi vida por hacerla feliz, bien lo sabe. ¡Ojalá que la
certidumbre de ser adorada pueda consolar algo los tor-mentos que padece el
alma! La mía necesita que usted le asegure que perdona al amor los males que le
hace sufrir.
Adiós, mi Cecilia, adiós, mi tierna amiga.
En..., a 7 de setiembre de 17...
CARTA LXVI
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL
Usted verá, mi bella amiga, leyendo las dos cartas
adjuntas, si he sa-bido llenar bien sus ideas. Aunque llevan la fecha de hoy,
han sido escri-tas ayer en mi casa, y a mi vista. La que está dirigida a la
jovencita dice cuanto queríamos. Es preciso prosternarse ante el profundo
talento de usted, si hemos de juzgar de él por el acierto de sus planes.
Danceny está hecho un fuego, y seguramente a la primera ocasión no habrá nada
que reprenderle. Si su bella inocente quiere mostrar docilidad, todo estará acabado
poco después de su llegada a la casa de campo; tengo cien me-dios preparados.
Gracias a su cuidado, soy ya muy decididamente el amigo de Danceny; no le falta
más que ser príncipe17.
Es muy joven aún este pobre Danceny. ¿Creerá usted
que no he podido obtener de él que prometa a la madre que renunciará al amor de
su hija? ¡Como si fuese tan difícil prometer cuando uno está bien resuelto a no
cumplir! Sería engañar, me decía a cada instante: este escrúpulo me edifica sobre
todo en un joven que quiere seducir a la hija. He aquí los
119
CHODERLOS DE LACLOS
hombres: siendo todos igualmente malvados, en los
proyectos que for-man, a la flaqueza que ponen en realizarlos dan el nombre de
probidad.
A usted toca impedir que la señora de Volanges no
se asuste con ciertas imprudencias que se le han escapado en su carta a nuestro
joven; presérvenos del convento, y procure hacer también que esa señora
aban-done la idea de que se le devuelvan las cartas de su hija. Por de contado
él no las devolverá; no quiere, y pienso como él; en esto el amor y la razón
marchan de acuerdo. Yo he leído estas cartas; me he tragado este fastidio:
pueden sernos útiles; me explico.
A pesar de toda nuestra prudencia, pudiera la cosa
dar un estallido. Éste haría fallar el casamiento, y destruiría todos nuestros
planes res-pecto a Gercourt. ¿No es verdad? Pero, como por parte mía tengo
tam-bién que vengarme de la madre, me reservo en tal caso el deshonrar yo a su
hija. Escogiendo bien estas cartas y no presentando sino algunas, parecería que
ella había dado los primeros pasos, y se había entregado abiertamente. Algunas
otras podrían comprometer a la madre, y la harían a lo menos culpable de un
descuido sin excusa. Danceny se opondría por lo pronto, bien lo veo; mas como
se vería atacado personalmente, creo que al fin se le reduciría. Puede
apostarse mil contra uno que no sucederá esto; pero es preciso preverlo todo.
Adiós, bella amiga; sería usted muy amable si
quisiese ir mañana a cenar a casa de la mariscala de***; yo no he podido
excusarme.
Me imagino que no es preciso recomendar a usted el
secreto con la señora de Volanges sobre mi intención de ir al campo; al
instante decidi-ría quedarse en la ciudad; en cambio, una vez llegada allí, no
partirá al día siguiente, y si nos da solamente ocho días, yo respondo de todo.
En…, a 7 de setiembre de 17…
17 Expresión
relativa a un pasaje de un poema de Voltaire.
120
LAS AMISTADES PELIGROSAS
CARTA LXVII
LA PRESIDENTA DE TOURVEL AL VIZCONDE DE VALMONT
Muy señor mío: No quería responderle, y tal vez el
embarazo que experimento es buena prueba de que no debiera hacerlo. Sin
embargo, no quiero dejarle ningún motivo de queja contra mí; quiero más bien
convencerle de que tengo hecho por usted cuanto era posible.
Usted dice que le he permitido escribirme.
Convengo. Pero, cuando me recuerda ese permiso, ¿piensa que he olvidado con qué
condiciones lo di? Si las hubiese yo cumplido tan bien como usted las ha
observado mal, dígame en verdad, ¿hubiera recibido una sola respuesta mía? Vea,
sin embargo, la tercera, y, cuando usted hace todo lo que es preciso para
obligarme a romper esta correspondencia, soy yo la que me ocupo de los medios
de mantenerla. Uno hay, pero es el único, y si usted rehusa em-plearle, será,
por más que diga, probarme lo poco que le importa.
Deje, pues, un lenguaje que no puedo ni quiero oír;
renuncie a un sentimiento que me ofende y me alarma, y que tal vez debería
agraciar menos a usted, al pensar que es obstáculo que nos separa. ¿Qué, será
este solo el sentimiento que únicamente puede usted cultivar, y el amor ten-drá
a mis ojos ese defecto más, el excluir la amistad? ¿Usted mismo ten-dría el de
no querer por amiga aquella en quien hubiera deseado ver nacer otros
sentimientos más tiernos? No puedo creerlo; esta idea humi-llante me indignaría,
y me alejaría de usted para siempre.
Concediéndole mi amistad, le doy cuanto me
pertenece, y lo único de que puedo disponer. ¿Qué más puede desear? Para
entregarme a este sentimiento tan tierno, tan hecho para mi corazón, no espero
sino su consentimiento y su palabra, que exijo, de que esta amistad bastará
para su felicidad.
Olvidaré todo lo que se me ha podido decir, y fiaré
a usted el cui-dado de justificar con su conducta mi elección.
Ya ve mi franqueza: ella debe probarle mi
confianza, y de usted sólo dependerá el aumentarla; pero le prevengo, que la
primera palabra
121
CHODERLOS DE LACLOS
de amor que diga, la destruirá para siempre y me
devolverá todos mis temores; sobre todo, será para mí la seña de un eterno
silencio con usted.
Si como me dice, está corregido de sus errores, ¿no
querrá ser más el objeto de la amistad de una mujer honrada, que el de los
remordi-mientos de una mujer culpable?
Quede con Dios, señor vizconde; usted conoce que,
después de haberle hablado de este modo, nada puedo añadir antes de haber
recibi-do su respuesta.
En..., a 9 de setiembre de 17...
CARTA LXVIII
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA PRESIDENTA DE TOURVEL
Muy señora mía: ¿Cómo he de poder responder a su
última carta? ¿Cómo me atreveré a ser franco, cuando mi sinceridad puede
perderme? No importa; es preciso, y tendré valor para ello. Yo me digo y me
repito, que vale más merecer a usted que lograrla, y aunque deba rehusarme
siempre una dicha, que desearé sin cesar, es preciso probar, a lo menos, que mi
corazón la merecía.
¡Lástima que, como usted dice, haya vuelto yo de
mis erroresl ¡Con qué transportes de alegría hubiera leído esa misma carta, a
la que hoy contesto temblando! Me habla con franqueza, me atestigua confianza,
me ofrece, en fin, su amistad; ¡cuántos bienes, señora, y cuánto siento no
poderlos aprovechar! ¡Ah! ¿por qué no soy el mismo? Si aún lo fuera; si no
tuviese por usted más que un vulgar deseo, hijo de la seducción y del placer
que hoy se llama amor, me apresuraría a sacar provecho de lo que pudiera obtener.
Poco mirado de los medios, con tal me procurasen el éxito, excitaría la
franqueza de usted para venderla; desearía su confianza para traicionarla;
aceptaría su amistad esperando descarriarla... ¿Le asusta, señora, este cuadro?
Sería, sin embargo, mi retrato, si aceptara el ser sólo su amigo. ¿Había yo de
consentir en partir con nadie un sentimiento
122
LAS AMISTADES PELIGROSAS
suyo? Si tal dijese, no me crea más. Desde entonces
procuraría engañarla; podría aún desearla, pero amarla, no.
Y no es que la amable franqueza, la dulce confianza
y la sensible amistad hallen en mí desprecio... Pero el amor, el verdadero amor
que usted me inspira, reuniendo todos esos sentimientos, dándoles mayor
energía, no se presta como ellos a esa tranquilidad, esa frialdad del alma que
permite comparaciones que sufre preferencias. No, señora, no seré su amigo; la
amaré con el amor más tierno y más ardiente, aunque más respetuoso. Y usted
podrá desesperarlo, pero nunca aniquilarlo.
¿Con qué derecho pretende disponer de un pecho de
quien rehusa el homenaje? ¿Con qué crueldad refinada me quita hasta la dicha de
amarla; que es mía y que no le pertenece y que sabré defender? Que si es fuente
de mis males, también es el remedio. No, mil veces no. Persista en sus crueles
negativas; pero déjeme mi amor. Usted se complace en ha-cerme desdichado, sea;
procure vencer mi valor. Podré, al menos, for-zarla a decidir de mi suerte y
tal vez, un día me haga más justicia. No que espere nunca volverla sensible;
pero, sin persuadirse, quedará convencida y se dirá: lo había juzgado mal.
Mejor diría que a usted misma es a quien hace
injusticias usted. Co-nocerla sin amarla, amarla sin ser constante, son dos
igualmente imposi-bles: y a pesar de la modestia que la adorna, debe ser a
usted más fácil quejarse que asombrarse de los sentimientos que despierta. Mi
sólo mé-rito es haberla apreciado y no quiero perderlo; y lejos de consentir
con sus insidiosas ofertas, renuevo a los pies de usted el juramento de amarla
siempre.
En..., a 10 de setiembre de 17...
CARTA LXIX
CECILIA VOLANGES AL CABALLERO DANCENY
(Billete escrito con lápiz, y recopiado por
Danceny.)
Me pregunta que hago: le amo, y lloro. Mi madre no
me habla; me ha quitado papel, plumas y tintero; le escribo con un lápiz, que
por suerte
123
CHODERLOS DE LACLOS
me ha quedado y en un pedazo de la carta de usted.
¿Cómo no aprobar cuanto hace y dispone para recibir noticias mías y darme las
suyas? ¡Le quiero tanto! El señor de Valmont no me gustaba y no lo creía tan
amigo suyo. Trataré de acostumbrarme a él y lo amaré por usted. No sé quién nos
ha vendido; sólo puede ser mi doncella o mi confesor. ¡Qué desgra-ciada soy!
Partimos al campo mañana; ignoro por cuánto tiempo. ¡Dios mío, no ver a usted!
Adiós, procure leerme. Estas palabras, trazadas con lápiz, se borrarán tal vez;
pero nunca los sentimientos grabados en mi corazón.
En..., a 10 de setiembre de 17...
CARTA LXX
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL
Tengo que darle un importante aviso, mi amiga
querida. Cuando ayer, como usted sabe, en casa de la mariscala de *** se habló
de usted, y yo dije no todo lo bien que pienso, sino lo que no pienso, todo el
mundo parecía de mi opinión y la conversación languidecía como siempre que se
habla bien del prójimo, cuando salió un contradictor: Prevan.
"No permita Dios, dijo, que yo dude de la
honestidad de la señora de Merteuil. Pero osaría creer que la debe más a su
ligereza que a sus principios; es tal vez más difícil seguirla que agradarla; y
como corriendo tras una suelen encontrarse otras mujeres, que valen tanto o
más, los unos se han distraído y los otros parado de cansancio. Y es quizás la
mujer de París que menos ha tenido que defenderse. En cuanto a mí, añadió
animado por la sonrisa de algunas damas, no creeré en la virtud de la marquesa
de Merteuil, antes de haber reventado seis caballos en hacerle la corte."
El mal chiste hizo fortuna como todos los que
encierran maledi-cencia, y, entre las risas que excitó, Prevan tomó su sitio y
cambió la conversación general. Pero las dos condesas de B***, con quienes
estaba nuestro incrédulo, continuaron con él el asunto de modo que felizmente
124
LAS AMISTADES PELIGROSAS
yo lo oía todo. El desafío de hacer a usted
sensible, quedó aceptado, dada la palabra de contarlo todo y de todas las
empeñadas en esta aven-tura, sin duda sería ésta la cumplida más
religiosamente. Pero prevenida usted, ya sabe el proverbio.
Quédame por decirle que este Prevan, a quien no
conoce usted, es infinitamente amable y aún más diestro. Que si a veces se me
oyó decir lo contrario, es porque no lo quiero bien y gusto de contrariar sus
éxitos, y no ignoro qué peso tiene mi sufragio en una treintena de nuestras
mujeres de moda.
Así he conseguido largo tiempo impedirle que
apareciera en lo que llamamos gran teatro y haciendo verdaderos prodigios, se
conservaba en la obscuridad. Pero el brillo de su triple aventura, atrajo sobre
él las mi-radas, le dio la confianza que le faltaba y lo ha hecho, en verdad,
temible. Es, en fin, hoy, el único hombre que temería encontrar en mi camino.
Y, aparte el interés de usted, me hará un gran servicio proporcionándole, de
camino, algún ridículo. Lo dejo en buenas manos y espero que, a mi vuelta, será
hombre al agua.
Le prometo en pago, llevar a feliz término la
aventura de su pupila y ocuparme de ella tanto como de mi bella mojigata.
Ésta acaba de enviarme un proyecto de capitulación.
Toda su carta declara el deseo de ser engañada. Imposible ofrecer un medio más
có-modo ni más gastado. Quiere que sea su amigo. Pero yo, que gusto de los
procedimientos nuevos y difíciles, no quiero liquidar tan barato, y no me
hubiese tomado tanto trabajo para acabar en una seducción vulgar.
Mi proyecto, al contrario, es que sienta ella bien
el valor y la exten-sión de cada sacrificio que me haga; no conducirla tan de
prisa que no pueda seguirla el remordimiento y no concederle la dicha de
tenerme en sus brazos hasta haberle obligado a no disimular el deseo. Poco
valgo, si no valgo la pena de ser solicitado. Ni puedo vengarme menos de una
altiva mujer que parece sonrojarse de confesar que adora.
He, pues, rehusado la preciosa amistad y atenídome
a mi título de amante. Y como no se me oculta que el tal título que parece al
principio una disputa de palabras, es de importancia real el obtenerlo, he
puesto gran cuidado en mi carta llenándola de ese desorden que pinta sólo el
sentimiento. He desvariado, en fin, lo más posible, porque sin desvarío
125
CHODERLOS DE LACLOS
no hay ternura, y creo que por esto las mujeres nos
son superiores en las cartas de amor.
He terminado la mía con una adulación, lo que es
aún consecuencia de largas observaciones. cuando el corazón de una mujer se
ejercita algún tiempo, ha menester reposo, y he notado que una zalamería era
para todas la mejor almohada que ofrecerle; se puede.
Adiós, mi bella amiga. Parto mañana. Si tiene algo
que mandarme para la condesa de***, me detendré en su casa, al menos, a comer.
Siento partir sin ver a usted. Páseme sus sublimes instrucciones y ayúdeme con
sus sabios consejos en este momento decisivo.
Sobre todo, defiéndase de Prevan y ojalá pueda yo
un día indemni-zarla de este sacrificio. Adiós.
En..., 11 de setiembre de 17...
CARTA LXXI
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL
¡Pues no se ha dejado mi cartera en París el
aturdido de mi criado! Las cartas de mi hermosa, las de Danceny para la joven
Volanges, todo está allá y todo lo necesito. Mientras él ensilla su caballo y
se dispone a partir para reparar su estupidez, yo le contaré a usted mi
historia de esta noche, para que vea que no pierdo el tiempo.
La aventura en sí no es nada; una simple recaída
con la vizcondesa de M***. Pero en los detalles me intereso y tengo además
gusto en mos-trarle que si sé perder a las mujeres, sé también salvarlas cuando
las quie-ro. El partido más difícil o más alegre es el que tomo; y no me
reprocho una buena acción con tal que me ejercite o me divierta.
Encontré aquí, pues, a la vizcondesa, y como ella
juntara sus ins-tancias a las que se me hacían de que me quedase en el
castillo: "Con-siento, le dije, a condición de que pasaremos la noche
juntos". "Me es imposible, respondió ella, Vressac está ahí."
Yo, que no lo había dicho por tanto hasta entonces, me rebelé como siempre ante
la palabra impo-
126
LAS AMISTADES PELIGROSAS
sible. Me sentí humillado de que me sacrificaran a
Vressac, y resolví no sufrirlo. Insistí.
No me ayudaban las circunstancias. Este Vressac ha
tenido la tor-peza de inspirar celos al vizconde, de modo que la vizcondesa no
puede ya recibirlo en casa y este viaje a la de la buena condesa, estaba
concerta-do entre ellos para poder aprovechar algunas noches. El vizconde,
había empezado por poner ceño al hallarse con Vressac: pero como es más cazador
que celoso, se quedó sin embargo; y la condesa, siempre la mis-ma que conoce
usted, después de alojar a la esposa en el gran corredor, ha puesto a un lado
al marido, y al otro el amante, y los ha dejado arre-glarse entre ellos. El mal
destino de ambos quiso que a mí me alojaran enfrente.
El mismo día, es decir ayer, Vressac que como
supone usted, mima al vizconde, cazaba con él, a pesar de no gustarle la caza,
contando con-solarse por la noche, entre los brazos de la mujer, del fastidio
que de día le causaba el marido; pero yo juzgaba que mejor le vendría el reposo
y me ocupé de los medios de que su querida se lo proporcionase.
Salíme con ello y obtuve que ella le armara una
disputa sobre aque-lla misma partida de caza, en la que sólo había consentido
por culpa suya. No podía escoger peor pretexto; pero nadie mejor que la
vizcondesa posee ese talento común a todas, de sustituir la razón con el humor
y de ser más invencible cuanto menos razón lleva. El momento no se presta-ba
tampoco a explicaciones, y el ser fútil la causa facilitaba el arreglo al día
siguiente, pues yo no pedía más de una noche.
Vressac halló pues cara de juez al llegar, y cuando
quiso preguntar la causa, se le enfadaron. Trató de justificarse; la presencia
del marido sirvió de pretexto para romper la conversación: quiso cuando salió
el esposo que le prometieran oirle a la noche. Aquí se puso sublime la
vizcondesa. "Estos hombres audaces, que porque han gozado los favores de
una dama se creen con derecho para abusar, aun cuando ella tenga justos motivos
de queja." Y, cambiando de tesis tomó tan bien el tono delicado y
sentimental, que Vressac se quedó mudo y confuso y yo mis-mo estuve sobre creer
que tenía razón; pues ya sabe usted que, como amigo de ambos, terciaba en la
conversación.
127
CHODERLOS DE LACLOS
Finalmente, ella declaró que no añadiría las
fatigas del amor a lasd e la caza, y que no quería turbar tan dulces placeres.
Volvió el marido. El desolado Vressac, que ya no podía replicar, me tomó
aparte, y después de contarme por menudo sus razones, que yo me sabía tanto
como él, me suplicó que hablase a la vizcondesa. Hablé yo en efecto, pero para
darle las gracias y convenir la hora y modo de nuestra cita.
Me dijo que, alojada entre su marido y su amante,
había creído más prudente ir al cuarto de Vressac, que recibirle en el suyo y
que puesto que yo dormía frente a ella, juzgaba también más seguro pasar a mi
ha-bitación a donde iría cuando despidiese a su doncella. Restábame sólo dejar
mi puerta entreabierta y esperar.
Todo sucedió como convinimos, y llegó ella a mi
cuarto
con el simple aparato
de una hermosura al sueño sustraída18.
Falto de vanidad, no me paro en los detalles de la
noche, usted me conoce, y quedé satisfecho de mí.
Fue preciso separarse al amanecer. Y aquí comienza
lo interesante. La atolondrada había creído dejar su puerta entornada y la
encontramos cerrada, y con la llave por dentro. No tiene usted idea de la
expresión desesperada con que la vizcondesa exclamó al instante: "¡Ay,
estoy per-didal" Hubiera sido chusco, lo confieso, dejarla en tal
situación: pero, ¿podía yo tolerar que una mujer se perdiese por mí sin
perderla yo? ¿De-bía como los hombres vulgares dejarme dominar por las
circunstancias? Preciso era hallar un medio. ¿Qué hubiera usted hecho, mi bella
amiga? He aquí mi ardid que salió bien.
Pronto vi que la puerta en cuestión podría echarse
abajo, permi-tiéndose hacer mucho ruido. Obtuve pues de la vizcondesa, no sin
tra-bajo, que se pusiera a dar gritos penetrantes de ladrones, asesinos, etc.,
para que al primer grito derribara yo la puerta, y ella corriera a su cama.
Acabamos al fin por hacerlo así, y al primer puntapié cedió la puerta.
Bien hizo la vizcondesa en no perder tiempo: en un
instante el viz-conde y Vressac se hallaban en el corredor y también la
doncella.
128
LAS AMISTADES PELIGROSAS
Yo, el único que conservaba sangre fría, me
aproveché para apagar una mariposa que ardía aún en el cuarto y derribarla por
tierra, pues ya piensa usted cuán ridículo hubiera sido fingir tal pánico
teniendo luz en el cuarto. Y luego, regañé al marido y al amante por tener un
sueño tan pesado, asegurándoles que los gritos a que yo había acudido y mis
es-fuerzos para derribar la puerta duraban hacia cinco minutos por lo me-nos.
La vizcondesa, que en su cama había recobrado su
valor, me se-cundó bastante bien, y juró por Dios y por los santos, que había
un ratón en su aposento: y protestó con la mayor sinceridad, que en su vida
había tenido un miedo igual. Buscábamos en balde, cuando yo hice reparar en la
mariposa caída y concluí, que sin duda un ratón había causado el daño y el
terror. Mi opinión fue la de todos, y tras algunas bromas sobre los ratones,
fuese el primero a la cama el vizconde, rogando a su mujer que tuviera en adelante
ratones más tranquilos.
Vressac, solo con nosotros, se acercó a la
vizcondesa para decirle tiernamente que aquello era una venganza del amor, a lo
que ella dijo mirándome: "Pues muy enfurecido debía estar, porque bien se
ha venga-do; pero, añadió, estoy rendida de fatiga y quiero dormir."
Yo me sentí bueno; antes de separarnos abogué por
la causa de Vressac y conseguí la reconciliación. Ambos amantes se abrazaron y
me abrazaron a su vez. Nada me daban los besos de la vizcondesa, pero confieso
que el de Vressac me hizo gracia. Salimos juntos, y después de recibir sus
largos cumplimientos, nos fuimos cada uno a su cama.
Si le place la historia, no le pido el secreto. Ya
me ha divertido a mí, tome el público su parte. Me refiero a la historia
¿diremos pronto lo mismo de la heroína?
Adiós, hace una hora que aguarda mi lacayo; un
momento sólo para abrazar a usted, y recomendarle sobre todo que se guarde de
Prevan.
Del palacio de..., a 15 de setiembre de 17...
18 RACINE,
Britannicus.
129
CHODERLOS DE LACLOS
CARTA LXXII
EL CABALLERO DANCENY A CECILIA VOLANGES (No
entregada hasta el 14.)
¡Cuánto, Cecilia mía, envidio la suerte de Valmont
que la verá ma-ñana! ¡Él le entregará esta carta y yo languideciendo lejos de
usted arras-traré mi penosa existencia entre penas y recuerdos! Amiga mía, mi
tierna amiga, compadezca mis males, compadézcame más aún por los suyos, contra
ellos sí que me abandona el valor.
¡Qué horrible causar la pena de usted! Sin mí
estaría dichosa y tran-quila. ¿Me perdona, Cecilia? Diga, sí, diga que me
perdona, diga que me ama, que me amará siempre. Necesito que me lo repita. No
porque du-de... pero mientras más seguro estoy de ello, más dulce me es el
escu-charlo. Me ama usted, verdad. Sí, me ama con toda su alma. No olvido que
ésta es la última palabra que le he oído. ¡Cómo la conservo en mi corazón!
¡Cómo está allí grabada, profunda y con qué delirio le responde el mío!
¡Ay! en aquel momento dichoso, estaba yo lejos de
prever la horri-ble suerte que nos esperaba. Ocupémonos, mi Cecilia, del modo
de dul-cificarla. De creer a mi amigo, bastará que usted le otorgue su completa
confianza. Él la merece.
Apenábame, lo confieso, la idea desventajosa que
usted parecía te-ner de él; en ella he visto las prevenciones de su madre; para
someterme también a ellas, había yo descuidado hacía tiempo a este hombre tan
amable que hoy lo hace todo por mí, que trabaja en fin para reunirnos, cuando
su mamá de usted nos ha separado. Ruégole, mi querida amiga, que lo vea con
ojos más favorables. Piense que es mi amigo, que quiere serlo suyo, y que puede
darme la dicha de verla. Si estas razones no la convencen, Cecilia mía, usted
no me ama como la amo, no me quiere como yo la quiero. ¡Ah! si llegase a amarme
menos... Pero no, mío es el corazón de mi Cecilia y para toda la vida, y si
debo temer las penas de un amor infeliz, su constancia me salvará al menos los
tormentos de un amor traicionado.
130
LAS AMISTADES PELIGROSAS
Adiós, mi amiga encantadora; no olvide que sufro y
que sólo de usted depende el hacerme dichoso, dichoso del todo. Escuche los
votos de mi corazón, y reciba el más tierno beso de amor.
París, a 11 de setiembre de 17...
CARTA LXXIII
EL VIZCONDE DE VALMONT A CECILIA VOLANGES (Adjunta
a la anterior.)
El amigo que la sirve, ha sabido que usted carece
de lo necesario para escribir, y se lo ha proporcionado. En la ante-sala de su
aposento hallará, bajo el gran armario, a mano izquierda, provisión de papel,
tinta y plumas, que se renovará cuando quiera, y que puede dejar en el mismo
sitio, si no encuentra otro más seguro.
Y le ruega que no se ofenda si aparenta no
atenderla en el círculo, y mirarla como a una niña. Esta conducta le parece
necesaria para inspirar la seguridad de que necesita y poder trabajar con más
eficacia en la dicha de su amigo y de usted.
Tratará de originar ocasiones de hablarle cuando
tenga algo que de-cirle o que darle, y espera conseguirlo si usted pone celo en
secundarlo.
También le aconseja devolver las cartas conforme
las vaya reci-biendo, para arriesgar menos un compromiso.
Y termina asegurándole que si usted quiere darle su
confianza, pondrá el mayor cuidado en dulcificar la persecución que una madre
harto cruel inflige a dos personas, una de las cuales es ya su mejor amigo y la
otra le parece merecer el más tierno interés.
En quinta de..., a 14 de setiembre de 17...
131
CHODERLOS DE LACLOS
CARTA LXXIV
LA MARQUESA DE MERTEUIL AL VIZCONDE DE VALMONT
¿Y desde cuándo, mi amigo, se me asusta tan
fácilmente? ¿Tan te-mible es ese Prevan? Pues mire qué sencilla y modesta soy.
Mil veces lo he encontrado, y no lo he mirado siquiera. Nada menos que la carta
de usted fue preciso para llamarme la atención. Ayer he reparado mi
injusti-cia. Estaba en la ópera casi frente a mí, y me ocupé de él. Es guapo al
menos, pero muy guapo; rasgos finos y delicados; debe ganar visto de cerca. ¿Y
usted dice que quiere conquistarme? pues de fijo me hará ho-nor y gusto. Seriamente,
tengo el capricho, y empiezo por confiar a usted aquí que he dado ya los
primeros pasos. No sé si saldrán bien. He aquí el caso.
Estaba él a dos pasos de mí a la salida de la
ópera, y he dado en alta voz cita a la marquesa de*** para cenar el viernes en
casa de la mariscala. Sólo allí creo poderlo ver. No dudo de que me haya oído.
¿Si no vendrá el ingrato? Pero dígame, ¿cree que vendrá? ¿Sabe usted que si no
viene estaré de mal humor toda la noche? Ya ve cómo no encontrará tanta
dificultad en seguirme; y lo que más le extrañará, menos va a encontrar en
gustarme. ¡Quiere, dice, reventar seis caballos haciéndome la corte! Yo salvaré
la vida a esos pobres caballos. No tendría paciencia para esperar tanto. Usted
sabe que no está en mis principios el dilatar las cosas cuan-do estoy decidida,
y por él lo estoy.
Sí que da gusto ¿verdad? el darme consejos. El
importante aviso de usted no tiene gran éxito. Pero ¡qué quiere, hace tanto
tiempo que vege-to! más de seis semanas ha que no me he permitido alegría
ninguna. Ésta se presenta: ¿cómo rehusármela? ¿Y no vale la pena el asunto?
¿qué otro más agradable en cualquier sentido que tome la palabra?
Usted mismo está obligado a hacerle justicia; y
hace más que elo-giarle, tiene celos de él. Pues bien, yo me instituyo juez
entre ambos. Pero por lo pronto hay que instruirse, y a eso voy. Seré juez
íntegro, y pesaré a los dos en la misma balanza. De usted tengo ya las memorias
y su causa perfectamente instruida. ¿No es justo que ahora me ocupe de su
adversario? Vamos, sométase de buen grado, y para empezar cuénteme
132
LAS AMISTADES PELIGROSAS
luego cuál es esa triple aventura de que él es el
héroe. Me habla de ella usted como si la supiera yo de memoria, y no sé una
palabra. A lo que parece, habrá ocurrido cuando mi viaje a Ginebra, y sus celos
no lo deja-ron escribírmela. Repare luego esa falta; nada de lo que le
concierne me es extraño. Creo que aún se hablaba a mi regreso; pero ocupada de
otras cosas, oigo rara vez en ese género lo que no es del día o de la víspera.
Y aunque lo que le pido le contraríe algo, ¿no es
lo menos que debe a los cuidados que tomo por usted? ¿no son ellos los que lo
han acercado a su presidenta cuando sus tonterías lo tenían alejado? ¿Y no soy
yo también quien le ha puesto entre las manos el tomar venganza del amar-go
celo de la señora de Volanges? Tantas veces como se ha quejado usted del tiempo
empleado en buscar las aventuras. Ahora las tiene en la mano. El amor, el odio,
a escoger, y todo bajo el mismo techo; acariciar con una mano y herir con la
otra.
Y aún es a mí a quien debe la aventura de la
vizcondesa. Mucho me alegro; pero, como dice usted, hoy hay que hablar de ello;
porque si la ocasión le ha hecho preferir el misterio al lustre, por el momento
hay que reconocer que la dama no merecía tan honrado proceder.
Y a más yo estoy quejosa de ella. El caballero de
Belleroche la en-cuentra más bonita que yo quisiera, y por muchas razones me
alegraría de un pretexto para romper. Y nada más cómodo que tener que decirse:
"No se puede tratar a esa mujer."
Adiós, vizconde. Piense que en su situación el
tiempo es precioso:
voy a emplear el mío en ocuparme de la dicha de
Prevan.
París, 15 de setiembre de 17...
CARTA LXXV
CECILIA VOLANGES A SOFÍA CARNAY
NOTA. En esta carta Cecilia Volanges da cuenta
minuciosa de lo relativo a ella en los sucesos que el lector ha visto en la
carta LIV y si-guientes. Pareció bien suprimir esta repetición. Hablando, en
fin, del vizconde de Valmont, se expresa así:
133
CHODERLOS DE LACLOS
Te aseguro que es un hombre extraordinario. Mamá
habla muy mal de él; pero el caballero Danceny dice mucho bien, y yo creo que
es él quien tiene razón. Jamás vi hombre más diestro. Al entregarme la carta de
Danceny estaba todo el mundo delante, y nadie lo notó; verdad que yo pasé mucho
miedo, porque no estaba prevenida; pero ahora ya lo sé. Entendí perfectamente
cómo quiere que haga para darle la respuesta. Es muy fácil entenderse con él,
porque tiene una mirada que lo expresa todo. No sé como lo hace; en su billete
me decía que iba a aparentar no ocuparse de mí delante de mamá; y en efecto,
diríase que yo no existo para él; y sin embargo, siempre que busco sus ojos
estoy cierta de en-contrarlos en el acto.
Hay aquí una buena amiga de mamá, que yo no
conocía, que tam-bién parece no gustar nada del señor de Valmont, aunque éste
la atiende mucho. Temo que se fastidie pronto de la vida de aquí, y se vuelva a
París. Sería bien triste. Preciso es que tenga buen corazón, para haber venido
sólo por servir a su amigo y a mí. Quisiera atestiguarle mi grati-tud; pero no
sé cómo hacer para hablarle, y cuando lo consiguiese, me daría mucha vergüenza,
y no sabría qué decirle.
Sólo ala señora de Merteuil hablo libremente.
Quizás contigo mis-ma, hablando me sentiría embarazada. Con el mismo Dancenv he
senti-do a veces como, a pesar mío, cierto temor que me impedía decirle todo lo
que pensaba. Ahora lo siento, y daría todo el mundo por decirle una vez, una
sola vez, cuánto le amo. El señor de Valmont le ha prometido que si yo me dejo
conducir, él nos procuraría la ocasión de volvernos a ver. Yo haré lo que
quiera; pero no crea que sea posible.
Adiós, mi buena amiga; no tengo más tiempo.
En la quinta de..., a 14 de setiembre de 17...
134
LAS AMISTADES PELIGROSAS
CARTA LXXVI
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL
O su carta es una broma que no entiendo, o se
hallaba al escri-bírmela en un delirio muy peligroso. Si la conociera menos
estaría de veras asustado; y, diga usted lo que quiera, no me asustaría
fácilmente.
La leo y releo en vano; nada saco en limpio; porque
tomar su carta al pie de la letra, no es posible. ¿Qué ha querido, pues,
decirme?
¿Es sólo que cree inútil darse tanto cuidado en un
enemigo tan po-co temible? Pues en ese caso pudiera hacer mal. Prevan es
realmente amable; más de lo que cree usted; tiene, sobre todo, el talento de
intere-sar mucho de su amor con la destreza que pone en hablar delante de todo
el mundo, sirviéndose de cualquier conversación. Pocas mujeres hay que se
salven así del lazo de responder, porque todas, picándose de agudas, encuentran
la ocasión de mostrarlo. Ahora bien, usted sabe de sobra que la mujer que consiente
en hablar de amor, acaba pronto por tenerlo, o al menos por conducirse como si
lo tuviera. Y él gana en este método, que ha perfeccionado, el llamar a veces a
las mismas mujeres a testificar de su derrota; y de esto le hablo, porque lo he
visto.
Yo estaba en el secreto, de segunda mano, porque
nunca tuve rela-ción directa con Prevan; pero, en fin, éramos seis; y la
condesa de P***, creyéndose muy lista, y pareciéndolo, en efecto, para los que
no estaban instruidos de sostener una conversación general, nos contaba con el
mayor detalle cómo se había rendido a Prevan y cuanto había pasado entre ellos.
Hacía su relación con tal seguridad, que ni siquiera la turbó la loca risa que
nos dio a los seis al mismo tiempo; y me acordaré siempre que, habiendo uno
querido excusarse haciendo como que dudaba de la exactitud del cuento,
respondió gravemente que de fijo ninguno podía-mos saber tanto como ella; y no
temió preguntar a Prevan si habíase equivocado en una sola palabra.
He podido creer, pues, a este hombre peligroso para
todo el mun-do... pero para usted, marquesa, ¿no bastaba que fuese guapo, muy
gua-po, como usted misma lo dice? ¿que le dirigiese uno de esos ataques que
135
CHODERLOS DE LACLOS
usted gusta de recompensar sin más que por
hallarlos bien hechos? ¿Qué, le hubiera parecido bien rendirse por una razón
cualquiera? o...
¿qué se yo? ¿Puedo adivinar los cien mil caprichos
que rigen la cabeza de una mujer, sólo por lo cual pertenece usted a su sexo?
Ahora que está advertida del peligro, ya supongo que saldrá de él fácilmente,
pero había que advertirla. Vuelvo, pues, a mi tema: ¿qué ha querido decir?
Si no es más que una broma sobre Prevan, además de
larga, es inú-til conmigo. En la sociedad es donde hay que ponerlo un poco en
ridí-culo y le renuevo mi ruego a este punto.
¡Ah! Creo haber hallado el quid. Su carta es una
profecía, no de lo que usted hará, sino de lo que él la creerá dispuesta a
hacer en el mo-mento de la caída que le prepara. Apruebo el proyecto. Pero
exige gran cuidado. Usted sabe, como yo, que para el público tener un hombre o
recibir sus atenciones, es la misma cosa, a menos que el hombre no sea tonto; y
Prevan no lo es ni mucho menos. Con una sola apariencia que alcance, se notará
y se dirá todo. Los tontos lo creerán; los malos afecta-rán creerlo; ¿qué recursos
quedarían a usted? Vaya, tengo miedo. No que dude de su habilidad, pero los
buenos nadadores se ahogan.
No me creo yo más tonto que cualquiera; medios de
deshonrar a una mujer he encontrado ciento, mil; pero cuando me he puesto a
buscar cómo podría salvarla, no he visto nunca la posibilidad. En usted misma
cuya conducta es una obra maestra, he creído ver cien veces más suerte que buen
juego.
Después de todo, tal vez estoy buscando razones a
lo que no las tiene y tratando en serio lo que no es de seguro, sino una chanza
suya. ¿Usted va a burlarse de mí? bien, sea; pero pronto, y no hablemos de otra
cosa. De otra cosa, digo mal, siempre de la misma, de las mujeres a ganar o a
perder y a veces de ambas.
Tengo yo aquí, como dice usted, con qué ejercitarme
en los dos gé-neros, pero no con la misma facilidad. Preveo que la venganza
correrá más que el amor. Respondo de la joven Volanges; sólo depende de la
ocasión, y yo me encargo de originarla. No así con la señora de Tourvel; no
concibo a esta mujer desesperante; tengo cien pruebas de su amor; pero mil de
su resistencia; temo, en verdad, que llegue a escapárseme.
136
LAS AMISTADES PELIGROSAS
El primer efecto producido por mi regreso, me
auguraba mejor. Adivinará que para juzgar por mí mismo y sorprender los
primeros mo-vimientos, llegué de improviso y calculando el momento de que
estuvie-ran a la mesa. Caí de las nubes como las divinidades de ópera en el
trance del desenlace.
Entré haciendo ruido para llamar la atención, y
pude ver con la misma ojeada el júbilo de mi vieja tía, el despecho de la
señora de Volan-ges y el placer desenfrenado de su hija. Mi bella, que estaba
de espalda a la puerta, no volvió siquiera la cabeza; pero yo dirigí la palabra
a la señora de Rosemonde, y, a la primera sílaba, la sensible devota dejó
escapar un grito, en el que yo creí reconocer más amor que sorpresa o espanto.
Vi entonces su cara: el tumulto de su alma, el combate de sus ideas y sus sentimientos,
se pintaban en ella de mil modos. Me senté a su lado a la mesa; no sabía que
hacía ni que decía. Trató de seguir comiendo; no hubo medio, en fin: antes de
un cuarto de hora, su embarazo y su placer aumentados, no halló nada mejor que
pedir permiso para levantarse de la mesa, y se escapó al jardín, con pretexto
de tomar el aire. La de Volanges quiso acompañarla; la tierna virtuosa no lo
consintió; feliz de hallarse sola y entregarse, sin recato, a la dulce emoción
de su pecho.
Abrevié yo la comida cuanto pude. Apenas servido el
postre, la in-fernal Volanges, movida, sin duda, del deseo de perjudicarme, se
levantó para ir en pos de la encantadora enferma. Yo había previsto el proyecto
y lo destruí. Fingí tomar aquel movimiento particular por el movimiento
general, y me levanté: la joven Volanges y el cura del lugar hicieron lo propio
al ver el doble ejemplo, y mi tía y el comendador de T***, que se quedaban
solos, nos siguieron también. Fuimos todos en busca de mi hermosa a quien hallamos
en el bosquecillo junto al palacio, y como necesitaba más soledad que paseo,
prefirió volver con nosotros a hacer-nos quedar con ella.
Seguro ya de que la señora de Volanges no hallaría
ocasión de ha-blarle a solas, pensé en ejecutar las órdenes de usted. Después
del café subí a mi cuarto, inspeccionando de paso los otros, para reconocer el
terreno; tomé mis disposiciones para asegurar la correspondencia de la muchacha
y tras este primer beneficio le escribí dos líneas para instruirla
137
CHODERLOS DE LACLOS
y pedirle su confianza; junté al billete la carta
de Danceny y salí al salón.
Mi bella estaba en una chaise longue en un abandono
delicioso.
Este espectáculo, despertando mis deseos, animó mis
miradas; comprendí que debían ser tiernas y apremiantes y me coloqué de modo de
aprovecharlas. Su primer efecto fue el de haber bajar los grandes y honestos
ojos de mi celeste recatada. Primero consideré un rato aquel semblante
angelical, luego recorrí toda su persona, adivinando los con-tornos y las
formas a través de un vestido ligero, pero siempre importu-no. De los pies
volví a la cabeza. La dulce mirada estaba fija en mí; en el acto se bajó de nuevo,
y queriendo yo favorecer su vuelta, aparté mis ojos. Entonces se estableció
entre ambos esa tácita convención, primer tratado de amor tímido que permite a
las miradas sucederse esperando confundirse.
Persuadido de que este nuevo placer ocupaba toda a
mi hermosa, me encargué de velar por nuestra común seguridad; pero luego de
asegu-rarme que una conversación muy viva nos salvaba de la observación del
círculo, traté de obtener que aquellos ojos hablasen francamente su len-guaje.
Sorprendí primero algunas mirarlas, pero con tanta reserva que no podía
alarmarse la honestidad y para tranquilizar a la tímida persona, me puse tan
azorado como ella. Pero, a poco, nuestros ojos, habituados a encontrarse, se fijaron
más tiempo; al cabo no se separaron ya y yo noté en los suyos esa dulce
languidez, señal dichosa de amor y deseo; pero sólo un momento: vuelta en sí,
cambió, no sin cierta vergüenza, su posi-ción y su mirada.
No queriendo que dudase de que yo me percataba de
todos sus movimientos, me levanté con viveza y le pregunté si se hallaba mal.
Todo el mundo llegó en seguida a rodearla. Los dejé pasar y como la jovencita
Volanges, que bordaba junto a una ventana, necesitaba tiempo para apartarse de
su labor, aproveché el momento para dejarle la carta de Danceny. Desde lejos le
eché la epístola sobre las rodillas. Ella no sabía qué hacer. Usted se hubiera
reído de su aire de sorpresa e inquietud. Yo no me reía, sin embargo, temiendo
que tanta torpeza nos perdiera. Una ojeada y un gesto imperativo le hicieron,
en fin, comprender que debía guardarse la carta.
138
LAS AMISTADES PELIGROSAS
Nada de interesante el resto del día. Lo que pasó
después, traerá tal vez sucesos de que se alegrará, al menos por lo que hace a
su pupila. Pero más vale emplear el tiempo en ejecutar los proyectos que en
con-tarlos. Esta es, además, la octava carilla que escribo y estoy cansado, con
que adiós.
Ya supone bien que la niña ha respondido a
Danceny19. También yo he tenido respuesta de mi bella, a quien escribí al día
siguiente de mi llegada. Léala usted o no la lea; porque este perpetuo escarceo
que ya va dejando de divertirme, debe ser bien insípido para las personas
ajenas.
Otra vez, adiós. Siempre amo a usted; pero le
prevengo, que si me habla de Prevan, lo haga de modo que yo lo entienda.
En la quinta de..., a 17 de setiembre de 17...
CARTA LXXVII
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA PRESIDENTA DE TOURVEL
¿De dónde, señora, el cruel cuidado que pone usted
en huirme? ¿Cómo mi interés más tierno no obtiene sino procederes que apenas se
emplearían con el hombre que más le diera que quejarse? ¡Qué! El amor me trae a
sus pies y cuando una dichosa casualidad me coloca a su lado ¿gusta usted de
fingir una indisposición y alarma a sus amigos, antes que consentir estar junto
a mí? ¡Cuántas veces, ayer, separó sus ojos para privarme del favor de una
mirada! Y si un solo instante pude ver menos severidad, tan corto fue, que sólo
me dio tiempo a lamentar su pérdida.
No es ése, no, ni el trato que merece el amor, ni
el que puede per-mitirse la amistad. Esa amistad preciosa de que sin duda usted
me ha creído digno, pues me la ofreció ¿qué he hecho yo para perderla? ¿me
habrá perjudicado mi confianza o me castiga usted por mi franqueza? ¿No teme al
menos abusar de la una y de la otra? ¿No es, en efecto, en el seno de mi amiga
donde he entregado el secreto de mi alma? ¿No me he creído obligado con ella a
rehusar condiciones que me bastaba aceptar
139
CHODERLOS DE LACLOS
para no cumplirlas y abusar en provecho mío?
¿Quiere, en fin, obligarme a creer que hubiera sido mejor engañarla para
obtener indulgencia?
No me arrepiento de una conducta que debía a usted
y a mí mismo; pero, ¿por qué fatalidad cada acción loable es para mí anuncio de
una nueva desgracia?
Después de ocasionar el único elogio que usted se
ha dignado ha-cerme, he tenido que gemir por la primera vez el infortunio de
haberla disgustado. Después de probarle mi sumisión perfecta, privándome de la
dicha de verla, usted quiso romper toda correspondencia conmigo; qui-tarme el
débil consuelo de un sacrificio que usted exigió y privarme del amor que sólo
le había dado tal derecho. Y finalmente, después de ha-blarle con sinceridad,
me huye hoy como a seductor peligroso de perfidia reconocida.
¿No se cansa de ser injusta? Dígame al menos qué
nuevos engaños han podido llevarla a tanta severidad y no se niegue a dictarme
las órde-nes que he de seguir. Cuando me comprometo a obedecerlas ¿es mucho
querer saberlas?
En..., a 15 de setiembre de 17...
CARTA LXXVIII
LA PRESIDENTA DE TOURVEL AL VIZCONDE DE VALMONT
Parece usted, señor, sorprendido de mi conducta y
aún en poco está que no me pide cuenta como con derecho a vituperarme. Confieso
que me creería más autorizada que usted a quejarme y a asombrarme; pero después
de la negativa contenida en su última respuesta, he decidido encerrarme en una
indiferencia que no deja lugar a instancias ni repro-ches. Sin embargo, como me
pide aclaraciones, y gracias a Dios nada hay en mí que me impida hacérselas,
voy a entrar una vez aún en explicacio-nes con usted.
Quien leyera sus cartas me creería injusta o rara.
Creo merecer que nadie se forme tal idea de mí y que usted, al menos, está en
el caso de no
19 No se ha
hallado esta carta.
140
LAS AMISTADES PELIGROSAS
adoptarla. Sin duda ha comprendido que necesitando
mi justificación, me forzaba a recordar cuanto ha pasado entre nosotros. A lo
que parece ha creído tener que ganar en este examen, y como por mi parte no
creo perder, al menos, a sus ojos, no temo comenzarlo. Tal vez es éste el único
medio de ver quién de ambos tiene derecho a quejarse.
Comenzando, señor, por el día de su llegada a esta
quinta, me con-fesará que al menos su reputación me obligaba a usar con usted
de cierta reserva, y que hubiera podido, sin caer en exceso de mojigatería,
atener-me a las expresiones del más frío cumplido. Usted mismo me hubiera
disculpado y hubiera comprendido que una mujer tan poco formada, no tuviera el
mérito de apreciar los suyo. Tal era, seguro, el partido de la prudencia; y me
hubiera costado tanto menos seguirle cuanto que no le ocultaré que cuando la
señora de Rosemonde me participó su llegada, tuve necesidad de recordar mi
amistad con ella para no dejarle ver cuanto me contrariaba la noticia.
Convengo de buen grado en que usted comenzó a
mostrarse bajo mejor aspecto que yo imaginara; pero convendrá a su vez que
pronto se cansó de una continencia de la que por lo visto no era bastante pago
para usted la idea ventajosa que me hizo formar.
Entonces, abusando de mi buena fe y mi seguridad,
no temió ha-blarme de un sentimiento que debía ofenderme; y yo, mientras usted
se ocupaba en agravar sus fallas, multiplicándolas, procuraba olvidarlas,
ofreciéndole ocasión de repararlas, al menos, en parte.
Tan justa era mi demanda, que usted mismo se vio en
el deber de acceder a ella; pero, abusando de mi indulgencia, aprovechó para
pedir-me un permiso que, sin duda, no debí concederle y que obtuvo, no
obs-tante. De las condiciones puestas no ha cumplido ni una; y su
correspondencia ha sido tal, que cada carta me ponía en el deber de no
responder. En el momento en que su obstinación me obligaba a alejarle de mí,
tuve la condescendencia, culpable tal vez, de tentar el único medio de
acercarle dignamente, ¿pero qué importa a sus ojos mi sentimiento honrado?
Usted desprecia la amistad; en su loca embriaguez sólo busca placeres y
víctimas, sin tener cuenta de las desdichas y la vergüenza.
Tan ligero en sus actos como inconsecuente en sus
reproches, olvi-da sus promesas o las viola como jugando, y después de
consentir en
141
CHODERLOS DE LACLOS
alejarse, vuelve sin ser llamado; sin miramientos
por mis ruegos, por mis razones; sin tener la atención de prevenirme. No ha
temido exponerme a una sorpresa cuyo efecto, aunque bien sencillo, pudo ser
interpretado en contra mía por los que nos rodean. Esta zozobra de que tenía
usted culpa, no ha tratado distraerla, sino aumentarla. En la mesa toma
preci-samente asiento al lado mío; una ligera indisposición me obliga a salir,
y en lugar de respetar mi soledad, compromete a todos a seguirme. Vuelta al salón,
si doy un paso, lo encuentro a mi lado; si hablo, usted es quien me responde.
La palabra más indiferente le sirve de pretexto para traer una conversación que
no quiero oir, que podría comprometerme; por-que, en fin, caballero, por
diestro que sea usted, lo que entiendo pueden comprenderlo también los demás.
Obligada así a la inmovilidad y al silencio, no
deja de perseguirme; y si miro, encuentro sus ojos. Tengo que apartar los míos,
y, por una con-secuencia incomprensible, atrae usted sobre mí los del círculo,
en un momento en que yo quisiera sustraerme a ellos.
Y se queja de mi proceder. Cúlpeme más de
indulgencia y asómbre-se de que yo no haya partido al momento de su llegada.
Así hubiese debido ser, y todavía me obligará a ello, si no cesa en su ofensiva
perse-cución. No, no olvido, no olvidaré nunca lo que me debo, lo que debo a
nudos que he formado, que respeto y amo, y ruégole que crea que, si llegara a
verme reducida a escoger entre sacrificarlos y, sacrificarme, no titubearía ni
un solo instante. Adiós, señor.
En..., a 16 de setiembre de 17...
CARTA LXXIX
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL
Contaba ir de caza esta mañana; pero hace un tiempo
imposible. No tengo más lectura que una novela que aburriría a una colegiala.
Al-morzaremos dentro de dos horas lo más pronto. Así que voy a escribirle, a
pesar de mi larga carta de ayer. Pero no la fastidiaré, porque voy ha-
142
LAS AMISTADES PELIGROSAS
blarle del guapísimo Prevan. ¡Cómo! ¿no sabe acaso
la famosa aventura que separó a las inseparables? Apostaría a que a la primera
palabra la recuerda de pies a cabeza. Pero, vaya, pues que lo desea.
Recuerda usted que todo París miraba con asombro
que tres muje-res, las tres bonitas, las tres inteligentes y que podían tener
las mismas pretensiones, estuviesen íntimamente ligadas entre sí desde su
entrada en sociedad. Pareció al principio la causa su extremada timidez; pero
pronto rodeados de una corte numerosa, de la que se repartían los tributos, y
advertidas de su valor por el interés y los obsequios de que eran objeto, su
unión se estrechó aún y hubiérase dicho que el triunfo de una era de las tres.
Esperábase al menos que el momento del amor traería las rivali-dades. Nuestros
pisaverdes se disputaban el honor de ser la manzana de la discordia; y yo mismo
hubiera entonces entrado en juego, si la gran boga de la condesa de***, en
aquel momento me hubiera permitido serle infiel, antes de haber obtenido el
favor que solicitaba.
Entre tanto, nuestras tres hermosuras hicieron su
elección, como de común acuerdo, en el mismo carnaval; y lejos de que excitase
distur-bios, como todos habían creído, no sirvió sino para hacer su amistad más
íntima con el nuevo encanto de las comunicaciones confidenciales.
El enjambre de pretendientes desgraciados, se unió
al de las muje-res celosas, y la escandalosa constancia fue sometida a la
censura pública.
Los unos sostenían que en esta sociedad de
inseparables (así las llamaban), la ley fundamental era la comunidad de bienes,
y que el amor mismo se sujetaba a esta regla; otros aseguraban que los tres
amantes estaban libres de competidores, pero no de competidoras; en fin, la
cosa llegó hasta decirse que no habían sido admitidos, sino por decoro, y no
habían recibido, sino un título sin funciones.
Estas voces, verdaderas o falsas, no produjeron el
efecto que se es-peraba. Al contrario, las parejas conocieron que estaban
perdidas si se separaban en aquel momento, y tomaron el partido de resistir a
la tem-pestad. El público, que se cansa de todo, se cansó bien pronto de una
sátira infructuosa. Llevado de su inconstancia natural, se ocupó de otras
cosas; y luego, volviendo a ésta con su inconsecuencia ordinaria, cambió la
crítica en elogios. Como aquí todo es moda, el entusiasmo sucedió y se
143
CHODERLOS DE LACLOS
convirtió en verdadero delirio, cuando Prevan
emprendió el verificar estos prodigios, y fijar sobre el particular la opinión
del público y la suya.
Buscó, pues, a estos modelos de perfección.
Admitido fácilmente en su sociedad, sacó de ello un favorable agüero. Sabía
bien que las gen-tes dichosas no se dejan acercar con tanta facilidad. Vio, en
efecto, muy pronto que aquella dicha tan pregonada era, como la de los reyes,
más envidiada que apetecible. Notó que aquellos supuestos inseparables
empezaban a buscar los placeres externos, y que hasta se procuraba ya
distracciones, y concluyó de ello que los vínculos del amor o de la amis-tad
estaban ya, o relajados o rotos, y sólo los del amor propio y la cos-tumbre
conservan todavía su fuerza natural.
Sin embargo, las mujeres, que la necesidad reunía,
conservaban en-tre ellas la apariencia de la misma intimidad; pero los hombres,
más libres en su proceder, hallaban deberes o negocios que los llamaban; se
queja-ban de ellos aún, pero no se dispensaban, y ya rara vez el número que se
juntaba a pasar las noches era completo.
Esta conducta de su parte favorecía los designios
del asiduo Pre-van, que colocado naturalmente cerca de la que había sido
abandonada cada día, hallaba alternativamente, y según las circunstancias, el
remedio de rendir los mismos obsequios a las tres amigas.
Comprendió fácilmente que elegir entre ellas era
perderse; que la falsa vergüenza de ser la primera que renunciase a la
fidelidad, asustaría a la que prefiriese; que el amor propio herido de las
otras dos, las haría enemigas del nuevo amante y no dejarían de desplegar
contra él la seve-ridad de los grandes principios; en fin, que los celos harían
volver a hacer más cuidadoso a un rival que podía ser todavía temible. Todo
hubiera servido de obstáculo, y todo se hacía fácil en su triple proyecto; cada
mujer era indulgente, porque estaba interesada en serlo, y cada hombre también,
porque creía no estarlo.
Prevan, que no tenía entonces sino una sola amada
que sacrificar, tuvo la dicha de que ésta adquiriese celebridad. Su calidad de
extranjera y el obsequio de un gran príncipe, que rehusó con bastante destreza,
ha-bían hecho que las gentes de la corte y de la ciudad fijasen en ella su
atención; su amante disfrutaba de la parte que le correspondía de este honor, y
se aprovechaba de él cerca de sus nuevas queridas.
144
LAS AMISTADES PELIGROSAS
Lo dificultoso era saber conducir a la vez las
intrigas, cuya marcha debía necesariamente reglarse por la más tardía; y, en
efecto, sé por uno de sus confidentes, que su mayor trabajo fue el detener una
que estaba ya en sazón casi quince días antes que las otras.
En fin, el gran día llegó. Prevan, que había ya
obtenido el consen-timiento de las tres, era dueño de arreglar la cosa como
quisiese, y lo hizo como va usted a ver. De los tres maridos, uno estaba
ausente, otro partía al día siguiente, a la madrugada, y el tercero estaba en
la ciudad. Las amigas inseparables debían cenar en casa de la futura viuda;
pero el nue-vo señor no había permitido que los antiguos servidores fuesen
admiti-dos. En la mañana del mismo día hace tres paquetes de las cartas de su
querida; acompaña al uno con el retrato que había recibido de ella; al segundo
con una cifra amorosa que ella misma había pintado; y al terce-ro, con un
mechón de sus cabellos; cada una recibió por completo este tercio de
sacrificio, y consintió, en cambio, en enviar al amante desgra-ciado una carta
ruidosa de rompimiento.
Ya era esto mucho, mas no bastante todavía. Aquella
cuyo marido estaba en la ciudad, no podía disponer sino de la tarde, se convino
que una incomodidad fingida, la dispensaria de ir a cenar a casa de su amiga, y
que toda la parte de la noche hasta la hora de acostarse sería reservada a
Prevan. La parte que corre desde esta hora hasta el amanecer, fue se-ñalada al
mismo para aquella cuyo marido estaba ausente; y el tiempo después de amanecer
momento de la partida del tercer esposo, le fue indicado para la última.
Prevan, que atiende a todo, corre después a casa de
su bella extran-jera: allí muestra y excita el humor que le convenía, y no sale
hasta hacer entablar una querella que le asegura veinticuatro horas de
libertad. He-chas así sus disposiciones, volvió a su casa, contando con
reposarse un poco; pero otros cuidados le esperaban allí.
Las cartas de rompimiento habían sido como un golpe
de inspira-ción para los amantes desgraciados: cada uno de ellos no dudaba ya
que era sacrificado a Prevan; y uniéndose la cólera de haber sido burlado al
mal humor que causa siempre la más pequeña humillación de verse uno dejado, los
tres, sin comunicarse sus ideas, pero como de concierto, habían resuelto pedir
satisfacción a su venturoso rival.
145
CHODERLOS DE LACLOS
Éste halló, pues, en su casa los tres carteles de
desafío, y los aceptó noblemente; mas como no queriendo privarse ni de sus
placeres ni de la gloria de esta aventura, fijó las citas para la mañana del
día siguiente, las tres en el mismo sitio y a la misma hora. Fue en una de las
puertas del bosque llamado de Bolonia.
Llegada la noche, hizo su triple carrera con igual
brillo; a lo menos se ha jactado después de que cada una de sus nuevas
conquistas había recibido tres veces la prenda y el juramento de su amor. Aquí,
como usted piensa, las pruebas faltan a la historia; todo lo que puede el
histo-riador imparcial es hacer notar al lector incrédulo que la vanidad y la
imaginación exaltadas pueden producir prodigios; y además, que la ma-ñana que
había de seguirse a una noche tan brillante, parece debía dis-pensarle de tener
contemplaciones para lo venidero. Sea lo que fuere, los hechos siguientes son
más positivos.
Prevan fue exactamente al sitio que había señalado,
y halló en él a sus tres rivales, no poco sorprendidos de encontrarse juntos, y
acaso ya cada cual consolado en parte, viendo que tenía compañeros de
infortu-nio. Se llegó a ellos con un rostro afable y cortés, y les tuvo este
discurso, que se me ha repetido fielmente:
"Señores: Al hallarse ustedes reunidos en este
lugar, han adivinado ya, sin duda, que cada uno de los tres tiene iguales
motivos para quejarse de mí. Estoy pronto a darles satisfacción. Decidan a la
suerte entre uste-des quién ha de ser el primero que intente una venganza a la
que los tres tienen el mismo derecho. No he traído conmigo ni padrinos ni
testigos, pues no habiéndolos buscado para la ofensa tampoco los pido para la
reparación." Luego, cediendo a su carácter de jugador, añadió: "Bien
sé que rara vez se gana el siete y leva; pero sea la que fuere la suerte que el
hado me destine, siempre ha vivido bastante el que ha sabido ganarse el amor de
las mujeres y la estimación de los hombres."
Mientras que sus adversarios, admirados, se miraban
silenciosos, y acaso su delicadeza calculaba que este triple combate no hacía
igual la partida, Prevan volvió a tomar la palabra, diciendo: "No oculto a
ustedes que la noche que acabo de pasar, me ha fatigado cruelmente. Sería un
acto generoso de parte de ustedes, que me permitiesen tomar algunas fuerzas. He
dado mis órdenes para que me tengan pronto aquí cerca un
146
LAS AMISTADES PELIGROSAS
desayuno: háganme ustedes el honor de aceptarle.
Almorzaremos juntos, y, sobre todo, alegremente. Puede uno batirse por
semejantes bagatelas, pero no por eso alterar nuestro buen humor."
Fue admitido el desayuno, y dicen que jamás estuvo
Prevan más amable. Tuvo el talento y destreza de no humillar a ninguno de sus
riva-les; de persuadirles de que los tres hubieran obtenido el mismo triunfo
con igual facilidad; y, sobre todo, de hacerles confesar que ninguno hu-biera
dejado escapar la ocasión, como él tampoco lo había hecho. Confe-sados estos
datos, el asunto se arreglaba por sí mismo; así es que, todavía no había
acabado de desayunar, cuando había ya repetido diez veces que semejantes mujeres
no merecían que hombres honrados se batiesen por ellas. Esta idea produjo la
cordialidad; el vino le dio mayor fuerza, de modo que, pocos momentos después,
no se contentaron con deponer toda especie de rencor, sino que se juraron
mutuamente una amistad sin reserva.
Prevan, a quien, sin duda, no agradaba menos este
desenlace que el primero, no quería, sin embargo, perder la celebridad que
debía resultarle de ello. En consecuencia, adaptando con maña sus proyectos a
las cir-cunstancias, dijo: "En efecto, señores, no soy yo de quienes
tienen que vengarse, sino de sus infieles damas. Ofrezco a ustedes la ocasión.
Yo mismo me apercibo ya de una ofensa que pronto se me hará, porque si cada uno
de ustedes no ha podido fijar a una sola, ¿puedo yo jactarme de fijar a las
tres? Con que vengo a tener el mismo motivo de queja de uste-des. Sírvanse
aceptar esta noche una cena en mi casita particular, y espe-ro poder hacer que
mi venganza no se difiera."
Quisieron que se explicase; mas él, con el tono de
superioridad que la circunstancia le obligaba tomar, añadió: "Señores,
creo haber probado que sé conducirme en las ocasiones; con que así, dígnense
ustedes con-fiarse en mí."
Todos consintieron y abrazando a su nuevo amigo, se
separaron hasta la noche, mientras veían el efecto de sus promesas.
Prevan, sin pérdida de tiempo, volvió a París, y
fue según costum-bre, a visitar a sus nuevas conquistas. Logró de las tres que
prometiesen ir a cenar a solas con él aquella noche en su casita. Dos pusieron
mil dificultades, pero ¿qué podían al fin negar el día siguiente al pasado? Les
147
CHODERLOS DE LACLOS
dio separadamente la cita a una hora de distancia,
tiempo necesario para sus planes. En seguida se retiró, hizo prevenir a los
otros tres conjurados, y los cuatro se fueron alegremente a esperar a sus
víctimas.
Se oye llegar a la primera. Prevan se presenta
solo; la recibe con el aire más expresivo, y la conduce hasta el santuario de
que ella se creía ser la única divinidad; luego sale con un ligero pretexto, y
se hace reemplazar al punto por el amante ultrajado.
Bien comprende usted que la confusión de una mujer,
que no está hecha aún a semejantes aventuras, hacía el triunfo muy fácil en
aquel momento: toda reconvención que no fue hecha, fue contada por un favor, y
la fugitiva esclava, entregada de nuevo a su antiguo dueño, fue muy dichosa de
poder esperar su perdón, cargándose con su primera cadena. El tratado de paz
fue ratificado en un sitio más secreto; y ha-biendo quedado la escena vacía,
fue alternativamente ocupada por los otros actores, casi de igual manera; y,
sobre todo, con el mismo desenla-ce.
Cada mujer, sin embargo, creía que era la única que
representaba. Su asombro y embarazo aumentaron cuando, al momento de la cena,
se hallaron reunidas las tres parejas; pero su confusión llegó al colmo, cuando
Prevan, que volvió a presentarse en medio de todos, tuvo la crueldad de hacer a
las tres infieles un género de excusas, que descu-briendo su secreto, les hacía
ver completamente hasta qué punto habían sido burladas.
Sin embargo, se pusieron todos a la mesa, y poco
después, comen-zaron a encontrarse menos embarazados. Los hombres se resignaron
y las mujeres se sometieron. Todos sentían la rabia en el corazón, pero el
lenguaje no era menos afectuoso por eso; la alegría despertó los deseos, que en
cambio prestaron nuevo atractivo a las palabras. Esta escandalosa borrachera
duró hasta la mañana: y cuando las mujeres se retiraron, debieron creerse
perdonadas; pero los hombres, que habían conservado rencor, procedieron al día
siguiente a un rompimiento, que no tuvo compostura; y no contentos con dejar a
sus infieles damas, completaron su venganza, publicando su aventura. Desde
aquel tiempo una de ellas vive en un convento, y las otras dos perecen de
fastidio en sus tierras.
148
LAS AMISTADES PELIGROSAS
Ésta es la historia de Prevan. Toca a usted el ver,
si quiere aumentar sus trofeos y atarse a su carro triunfal. La carta de usted
me inquieta verdaderamente, y espero con impaciencia una respuesta más juiciosa
y clara a la última que le tengo escrita.
Adiós, mi bella amiga, desconfíe de las ideas
festivas y bizarras que la seducen con demasiada facilidad. Piense que en la
carrera que sigue el ingenio no basta, y que una sola imprudencia puede
originar un mal irremediable. Permita así que la prudente amistad dirija
algunas veces sus placeres.
Quede usted con Dios, y crea que, a pesar de todo,
la amo siempre como si fuese una mujer de razón.
En..., a 18 de setiembre de 17...
CARTA LXXX
EL CABALLERO DANCENY A CECILIA VOLANGES
Cecilia, mi querida Cecilia: ¿Cuándo vendrá el
tiempo en que vol-vamos a vernos? ¿Quién me enseñará el modo de vivir lejos de
usted? ¿Quién me dará la fuerza necesaria? Jamás, no, jamás podré soportar esta
fatal ausencia. ¡Cada día aumenta mi desdicha! ¡y sin poder ver el térmi-no!
Valmont, que me había prometido socorrerme y consolarme, Val-mont me descuida
y, tal vez, me olvida. Como él está cerca de su amado objeto, ignora lo que
sufre cuando está separado. Al enviarme la última carta de usted, nada me ha
escrito, y sin embargo, es él quien debe avi-sarme cuándo y cómo podré verla.
¿No tiene, pues, nada que decirme? Usted misma no me habla de él ¿es acaso
porque no lo desea ya? ¡Ah! ¡Cecilia!, ¡Cecilia, qué desdichado soy! La amo más
que nunca; pero este amor, que hace el encanto de mi vida, se convierte en el
mayor tormento.
No, yo no puedo vivir así; es preciso que la vea,
es preciso, aunque sólo sea un instante. Cuando me levanto, me digo: No la
veré; y me acuesto diciendo: No la he visto. Los días, tan largos, no tienen un
solo momento de dicha. Todo es privación, pesar y desesperación: y todos mis
males vienen de donde yo esperaba toda mi ventura. Añada a estas
149
CHODERLOS DE LACLOS
crueles penas, mi inquietud por las suyas y tendrá
una idea de mi horro-rosa situación. Pienso en usted sin cesar, y nunca sin
agitación. Si la contemplo afligida, desdichada, sufro con sus pesares; si la
creo tranquila y consolada, auméntanse los míos. Por todos lados hallo males y
sufri-mientos.
¡Ah! no así cuando usted habitaba el mismo lugar
que yo. Entonces todo era placer. La certeza de volver a verla embellecía hasta
los mo-mentos de la ausencia; el tiempo que era forzoso pasar lejos de su
vista, me acercaba a usted a medida que corría y el modo con que yo le
em-pleaba no dejaba nunca de referírsela. Si cumplía con mis deberes me hacía
más digno de usted; si cultivaba alguna habilidad, esperaba agra-darle más con
ella. Aun cuando las distracciones del mundo me alejaban de usted, no dejaba de
acercarme con la imaginación. En el teatro procu-raba adivinar lo que le
hubiera agradado más. Un concierto me recordaba sus habilidades y nuestras
ocupaciones tan placenteras. En la sociedad, en el paseo, distinguía la más
ligera semejanza. Comparábala con todas y siempre tenía la ventaja.
Cada momento del día, le rendía un nuevo homenaje,
y cada noche iba a ofrecer el tributo a sus pies.
Ahora ¿qué me queda?: pesares dolorosos,
privaciones eternas, y una ligera esperanza que disminuye el silencio de
Valmont y el de usted cambia en sobresalto. ¡Diez leguas sólo nos separan y un
espacio tan corto, viene a ser para mí sólo un obstáculo insuperable! Y cuando
para vencerle imploro el socorro de mi amigo, de la dueña de mi vida, ambos
permanecen indiferentes y tranquilos. Lejos de ayudarme, ni aun se dig-nan
responderme.
¿Qué se ha hecho pues la activa amistad de Valmont?
¿En qué han parado, sobre todo los tiernos sentimientos de usted, que la hacían
tan ingeniosa para hallar medios de vernos todos los días? Me acuerdo que
muchas veces, sin dejar de tener el deseo, me hallaba precisado a sacrifi-carle
a ciertas consideraciones y deberes. ¿Qué no me decía usted enton-ces? ¿cuántos
pretextos no combatía mis razones? Y, acuérdese, Cecilia, siempre mis razones
cedían a sus deseos. No me hago mérito de ello, ni yo tenía siquiera el de
hacer entonces un sacrificio, pues lo mismo que usted deseaba obtener, ansiaba
yo concederlo. Pero en fin, ahora pido yo
150
LAS AMISTADES PELIGROSAS
a mi turno, ¿y qué?: verla un momento sólo, y
renovar y recibir el jura-mento de un amor eterno. ¿No hace, pues esto tanto su
felicidad como la mía? No admito esta idea terrible que pondría el colmo a
todos los in-fortunios. Me ama usted y siempre me amará; lo creo, y estoy
seguro, y nunca quiero dudarlo, pero mi situación es horrorosa, y no puedo
so-portarla más tiempo. Adiós mi adorada Cecilia.
París, 18 de setiembre de 17...
CARTA LXXXI
LA MARQUESA DE MERTEUIL AL VIZCONDE DE VALMONT
¿Qué lástima me da con sus quejas! ¡Cómo me prueban
éstas mi superioridad sobre usted! ¿Y quiere ser mi maestro, y dirigirme? ¡Ah!
mi pobre Valmont. ¡Qué distancia hay todavía de usted a mi! No, todo el orgullo
de su sexo no bastaría para llenar el intervalo que nos separa. ¡Porque no
podría usted ejecutar mis proyectos los cree imposibles! Ente orgulloso y
débil, ¿le sienta bien, querer calcular mis medios y juzgar mis recursos?
Realmente, vizconde mío, los consejos que me da me han enfadado y no se lo puedo
ocultar.
Que para disimular su increíble torpeza, en el
asunto de su presi-denta, me presente usted como un triunfo el haber
desconcertado un instante a esta mujer tímida que lo ama, consiento; que haya
obtenido de ella una mirada, una sola, me sonrío y se lo paso; que conociendo,
a pesar suyo el poco valor de su conducta, espere ocultarla a mi atención,
lisonjeándome con el sublime esfuerzo de reunir dos jovencitos, que están ellos
mismos abrasándose por verse, y que, sea dicho de paso, deben a mí sola el
ardor de sus deseos, quiero concederlo también, que, en fin, se crea autorizado
por esas hazañas para decirme en un tono doctoral, que vale más emplear su
tiempo en ejecutar sus proyectos que contarlos, ese rasgo de vanidad no me daña
y lo perdono. Pero que usted pueda creer que tengo necesidad de su prudencia,
que me descarrilaría si no siguiese sus consejos, que debo sacrificarles un
placer, ¡un capricho!
151
CHODERLOS DE LACLOS
en verdad, vizconde, es de su parte engreirse
demasiado con la confianza que me place acordarle.
¿Qué ha hecho, pues, que yo no haya subrepujado mil
veces? Usted ha seducido, y aun perdido muchas mujeres; pero ¿qué dificultades
ha tenido que vencer? ¿Qué obstáculos que superar?; ¿En dónde halla usted en
eso mérito que sea verdaderamente suyo? Una figura hermosa, puro efecto de la
casualidad; gracia, que el trato del mundo da casi siempre; talento real, es
verdad, pero que en caso necesario podría ser suplido con cierta verbosidad;
una osadía bastante loable, pero debida tal vez única-mente a la facilidad de
sus primeros triunfos; si no me engaño, éstas son todas sus cualidades; pues en
cuanto a la celebridad que ha podido adqui-rir, creo no exigirá usted que
cuente por mucho el arte de procurar o aprovechar la ocasión de dar un
escándalo.
En cuanto a la prudencia y la astucia, no hablo de
mí, pero, ¿qué mujer no tendría más que usted? su presidenta le lleva de la
mano como un niño.
Créame, vizconde; rara vez adquirimos las
cualidades que nos son esencialmente necesarias. Combatiendo un riesgo debe
usted obrar sin precaución. Para ustedes los hombres, las derrotas no son sino
triunfos de menos. En esta partida tan desigual, nuestra fortuna es el no
perder, y la desgracia de ustedes el no ganar. Aun cuando yo concediese a
ustedes tanta habilidad como la nuestra ¿cuánta ventaja no deberíamos llevar
todavía por la necesidad que tenemos de hacer un uso continuo de nuestros
medios?
Supongamos, consiento en ello, que ustedes pongan
tanta maña en vencernos cuanta nosotras en defendernos o en ceder; convendrán
uste-des a lo menos que después del triunfo les es inútil. Ocupados única-mente
de su nuevo placer, se entregan a él sin miedo y sin reserva; no es a ustedes a
quienes importa su duración.
En efecto, estas cadenas recíprocamente puestas y
recibidas, para hablar el lenguaje de amor, ustedes solos pueden, a su elección
estre-charlas o romperlas: dichosas aún nosotras, si, cuando ustedes ceden a su
natural inconstancia, prefiriendo el misterio al escándalo, se contentan con un
abandono humillante, y no hacen del ídolo de la víspera la vícti-ma del día
siguiente.
152
LAS AMISTADES PELIGROSAS
Mas, si una mujer desdichada siente la primera el
peso de su cade-na, ¿a qué riesgos no se expone si quiere romperla, o se atreve
solamente a sacudirla? No puede menos de temblar cuando ensaya alejar de ella
el nombre que su corazón repugna con violencia.
Si se obstina en quedarse, es preciso que ella
conceda al miedo lo que antes acordaba el amor.
Su prudencia debe desatar con maña estos mismos
vínculos que ustedes hubieran roto. Estando a la disposición de su enemigo, no
le queda recurso si él no es generoso; y ¿cómo esperar que lo sea cuando, si
alguna vez se le alaba porque lo es, jamás se le censura por lo contrario?
Sin duda no negará estas verdades, que su evidencia
ha hecho ya triviales. Si no obstante usted me ha visto, disponiendo de los
sucesos y de las opiniones, hacer de estos hombres tan temibles un juego de mis
caprichos y de mis fantasías; quitar a los unos la voluntad, y a los otros el
poder de dañarme: si he sabido alternativamente, y según la movilidad de mis
gustos, atraerme o enviarlos lejos de mí,
"Tiranos destronados, ahora esclavos
míos.";
sí en medio de estas revoluciones frecuentes mi
reputación se ha conser-vado pura, ¿no ha debido usted pensar que, nacida yo
para vengar a mi sexo, y dominar el suyo, he sabido crearme arbitrios
desconocidos antes?
¡Ah! guarde usted sus consejos y sus temores para
esas mujeres fre-néticas que se llaman de grandes sentimientos, cuya
imaginación exaltada haría creer que la naturaleza ha puesto su sensibilidad en
su cabeza; que no habiendo reflexionado jamás, confunden sin cesar el amor y el
amante; que, en su loca ilusión, creen que sólo aquel con quien han bus-cado su
placer es el único depositario; y, verdaderamente supersticiosas, acuerdan al
sacerdote el respeto y creencia que sólo se deben a la divini-dad.
Tema usted también por aquellas que, más vanas que
prudentes, no saben en caso necesario consentir en que las abandonen.
Tiemble sobre todo por aquellas mujeres activas,
aun cuando están ociosas, que usted llama sensibles, y de las cuales se apodera
el amor tan fácilmente y con tanta violencia, que conocen la necesidad de
ocuparse
153
CHODERLOS DE LACLOS
siempre de él, aun cuando ya no lo gozan, y que
abandonándose sin reserva a la fermentación de sus ideas, crean, por ellas,
aquellas cartas tan deliciosas, pero que son tan peligrosas para quien las
escribe, y no temen confiar las pruebas de su debilidad al objeto mismo que la
causa; impru-dentes que no saben ver en su actual amante su futuro enemigo.
Pero ¿qué tengo yo que ver con esas mujeres
inconsideradas? ¿Cuándo me ha visto usted separarme de las reglas que me he
prescrito, y faltar a mis principios? Digo mis principios, y lo digo con
intención; porque no son como los de las otras mujeres, dados por la
casualidad, recibidos sin examen, y seguidos por costumbre: son el fruto de mis
profundas reflexiones; yo los he creado, y puedo decir que yo misma me he
formado.
Introducida en el mundo, a la edad en que, soltera
todavía, estaba reducida por mi estado al silencio y a la inacción, he sabido
aprovechar-me de ambos para observar y reflexionar. Mientras que se me creía
atur-dida o distraída, yo, escuchando, a la verdad, muy poco los discursos que
se me dirigían, ponía gran cuidado en oir los que se me quería ocultar.
Esta útil curiosidad, al mismo tiempo que sirvió
para instruirme, me enseñó además a disimular; obligada muchas veces a ocultar
los ob-jetos de mi atención a los ojos de los que me rodeaban, probé de guiar
los míos según mi voluntad, entonces logré llegar a usar, según me con-viene,
este modo de mirar distraído que ha loado usted a menudo. Ani-mada con este
primer triunfo, procuré reglar del mismo modo los diferentes movimientos de mi
semblante. Si tenía algún pesar, estudiaba el modo de darme un aire de serenidad,
y aun de alegría, y he llevado mi celo hasta procurarme dolores voluntarios
para estudiar durante ellos la expresión del placer. Me he violentado con igual
esmero y más trabajo, para reprimir los síntomas de un gofo inesperado. Así he
llegado a tomar sobre mi fisonomía este imperio, de que he visto a usted tan
admirado algunas veces.
Era yo muy joven todavía, y ofrecía poco interés,
mas era dueña de mis pensamientos, y dudaba que pudiesen quitármelos o
sorprenderlos contra mi voluntad. Provista de estas nuevas armas, quise
ensayarme a usarlas; no contenta con no dejar penetrar mis ideas, me divertía
en presentarme bajo diversas formas; segura de mis ademanes, ponía cuida-
154
LAS AMISTADES PELIGROSAS
do en mis palabras; arreglaba ambas cosas a las
circunstancias, o tal vez, sólo según mis caprichos. Desde aquel momento yo
sola sabía mi modo de pensar, y no manifestaba sino el que me era útil.
Este trabajo hecho en mí misma había fijado mi
atención sobre la expresión de los semblantes y el carácter de las fisonomías;
y con este ejercicio logré alcanzar una seguridad de vista penetrante, de la
cual, sin embargo, la experiencia me ha enseñado que no debo fiarme
entera-mente, pero que, en sus resultados, rara vez me ha engañado.
No tenía aún quince años, ya poseía la habilidad a
que la mayor parte de nuestros políticos deben su reputación, y todavía no
sabía sino los primeros elementos de la ciencia que quería aprender.
Ya se imagina usted que, como hacen todos los
jóvenes, yo procu-raba adivinar en qué consistía el amor y sus placeres; pero
no habiendo estado nunca en el convento, no teniendo una buena amiga, y
vigilada siempre por mi cuidadosa madre, no tenía sino ideas vagas, que no
podía fijar; la naturaleza misma, de la que seguramente no he tenido que
que-jarme después, no me daba todavía ningún indicio. Se hubiera podido decir
que trabajaba secretamente en perfeccionar su obra.
Mi cabeza sola fermentaba; no deseaba yo gozar sino
saber, y el de-seo de instruirme me sugirió los medios.
Comprendí que el único hombre con quien yo podía
hablar de esto sin comprometerme, era mi confesor. Al instante tome mi partido,
sofo-qué mi poco de vergüenza, y acusándome de una falta que no había cometido,
le dije que había hecho lo que hacen las mujeres. Estas fueron mis palabras,
pero con ellas no sabía yo misma lo que decía. Mi esperan-za no fue ni del todo
engañada ni del todo satisfecha: el miedo de ven-derme me impedía iluminarme;
pero el buen padre me pintó el mal tan grande, que concebí que el placer debía
ser extremo; y al deseo de saber sólo en qué consistía, sucedió el de enterarme
por mí misma.
No sé hasta donde me hubiera llevado este deseo; y,
falta entonces de experiencia, quizás en una sola ocasión me hubiera perdido:
dichosa-mente para mí. Pocos días después me anunció mí madre que me iba a
casar; inmediatamente la certeza de que iba a saber Io que deseaba, apagó la
curiosidad, y llegué virgen a los brazos del señor Merteuil.
155
CHODERLOS DE LACLOS
Esperaba con seguridad el instante que debía
instruirme, y tuve ne-cesidad de reflexión, para mostrar embarazo y timidez.
Aquella primera noche, de la que por lo general se forma una idea tan cruel o
tan dulce, no me presentaba sino la ocasión de ganar experiencia: dolores y
place-res, todo lo observaba exactamente, y no veía en estas diversas
sensacio-nes sino hechos que debía recoger y meditar. Este género de estudio
llegó a gustarme muy pronto; pero, fiel a mis principios, y conociendo, acaso
por instinto, que mi marido debía estar más lejos que ninguno de mi confianza,
resolví, por lo mismo que era yo sensible, mostrarme im-pasible a sus ojos.
Esta frialdad aparente fue en lo sucesivo el funda-mento más sólido de su ciega
confianza; añadí, por nueva reflexión, el aire de aturdimiento que autorizaba
mi edad, y nunca me creyó más niña que en los momentos en que yo le alababa con
más audacia.
Sin embargo, lo confieso, me dejé arrastrar por el
torbellino de este mundo, y me entregué absolutamente a sus fútiles
pasatiempos. Pero al cabo de algunos meses, habiéndome llevado el señor de
Merteuil a su triste casa de campo, el temor de fastidiarme suscitó de nuevo el
gusto por el estudio; y hallándome únicamente rodeada de personas que, por su
distancia de ellas a mí, me ponían a cubierto de toda sospecha, apro-veché esta
circunstancia para abrir mayor campo a mis experiencias. Allí fue donde principalmente
me aseguré de que el amor, que nos pintan como la causa de nuestros placeres,
no es, a lo sumo, sino el pretexto.
La enfermedad de mi marido interrumpió tan dulces
ocupaciones; fue preciso acompañarle a la ciudad, a donde venía a buscar
auxilios. Murió, como sabe usted, poco tiempo después, y aunque, en resultado,
yo no tenía motivo de quejarme de él, no dejé de apreciar menos viva-mente la
libertad que iba a dejarme mi viudez, y de la que me proponía aprovechar
lindamente.
Mi madre contaba con que volvería al convento o
iría a vivir con ella. Yo rehusé uno y otro partido; y sólo consentí, por la
decencia exte-rior, en volver a la misma casa de campo, en donde todavía me
quedaban algunas observaciones que hacer. Las fortifiqué por medio de la
lectura; mas no crea usted que fue toda de la especie que se la imagina.
Estudié nuestras costumbres en los romances, y nuestras opiniones en los
filóso-fos; busqué en los moralistas más severos lo que exigían de nosotros, y
156
LAS AMISTADES PELIGROSAS
así me aseguré de lo que se podía hacer, lo que se
debía pensar, y lo que era preciso aparentar. Fijada una vez en estos tres
objetos, el último solamente presentaba algunas dificultades para la ejecución;
esperé ven-cerlas, y medité la manera.
Empecé a cansarme de mis rústicos placeres,
demasiado uniformes para la actividad de mi cabeza; sentí la necesidad de
volverme coqueta, para reconciliarme con el amor, no para experimentarle yo
misma, sino para inspirarle y fingirle. En vano se me había dicho, y había yo
leído, que no se podía fingir este sentimiento; veía yo, no obstante, que, para
conseguirlo, bastaba juntar al ingenio de un autor el talento de un cómi-co. Me
ejercité en ambos géneros, y quizás con algún acierto; pero en vez de buscar
los vanos aplausos de los espectadores, resolví emplear en mi dicha particular
lo que otros sacrificaban a la vanidad.
Un año se pasó en estas diferentes ocupaciones.
Permitiéndome entonces mi luto presentarme en el mundo, volví a la ciudad con
mis grandes proyectos, y no esperaba hallar el primer obstáculo que encon-tré.
Mi larga soledad y mi austero retiro me habían dado
un aire de hi-pocresía, que asustaba a nuestros más agradables galanes, todos
se aleja-ban de mí, dejándome entregada a la multitud de fastidiosos que
aspiraban todos a mi mano. La dificultad no estaba en rehusarlos; pero muchas
de estas repulsas disgustaban a mi familia, y perdía yo en esto, altercados
domésticos el tiempo de que me habla propuesto hacer un uso tan delicioso. Me
fue, pues, preciso, para atraerme a los unos y alejar a los otros, hacer patentes
algunas inconsecuencias, y emplear en dañar a mi reputación todo el cuidado que
pensaba poner en conservarla. Lo conseguí muy fácilmente, como puede usted
pensar; pero no estando arrebatada por ninguna pasión, no hice sino lo que creí
necesario, y medí con prudencia la dosis de mi aturdimiento.
Luego que logré el fin que deseaba, volví atrás, y
atribuí el honor de mi enmienda a una parte de aquellas mujeres que, no
pudiendo ya aspirar a gustar por sus gracias exteriores, intentan lograrlo por
su mérito intrín-seco y sus virtudes. Esta fue una inspiración que me valió más
de lo que yo esperaba. Estas dueñas, reconocidas, se declararon mis
apologistas, y su esmerado celo por lo que llamaban obra suya fue llevado a tal
punto,
157
CHODERLOS DE LACLOS
que, a la menor palabra que alguien se permitiese
contra mí, todo el partido de hipocritonas sostenía que era un escándalo, un
agravio. Con igual medio adquirí la aprobación de todas nuestras mujeres
presuntuo-sas, que, persuadidas de que yo renunciaba a seguir la misma carrera
que ellas, me acogieron por objeto de sus elogios, cuantas veces quisieron
probar que no murmuraban de todo el mundo.
Entre tanto, mi conducta precedente había atraído
amantes; y para manejarme bien entre ellos y mis infieles protectoras, me
presenté como una mujer sensible, pero difícil, a quien el exceso de su
delicadeza daba armas contra el amor.
Entonces empecé a desplegar en el gran teatro las
habilidades que yo misma había adquirido, y mi primer cuidado fue el de ganar
el nombre de invencible. Para lograr este fin, los hombres que no gustaban
fueron siempre los únicos de quienes tuve el aire de aceptar obsequios. Me
servían útilmente para procurarme el honor de haberles resistido, mien-tras que
me entregaba sin temor al amante que prefería en secreto. Pero a éste no le
permitía nunca mi fingida timidez que se presentase en el mundo, y las miradas
de todos se fijaban siembre en el amante desgra-ciado.
Usted sabe cuán pronto me decido. Es porque tengo
observado que las atenciones anteridres son casi siempre las que hacen que se
co-nozca el secreto de las mujeres. Óbrese como se quiera, no es el mismo tono
antes que después del logro. Esta diferencia no se escapa al obser-vador
atento, y he juzgado menos peligroso engallarme en la elección que hacer que se
me penetre. Además, gano con esto el impedir las apa-riencias de verdad, por
las cuales únicamente se nos puede juzgar.
Estas precauciones, y la de no escribir jamás,
podían parecer exce-sivas, y yo, sin embargo, jamás las he creído suficientes.
Profundizando mi corazón y estudiando el de otros, he visto que no hay nadie
que no tenga un secreto que le importe que ninguno sepa; verdad que me parece
que la antigüedad ha conocido mejor que nosotros, y de la cual la historia de
Sansón podría ser tal vez un ingenioso emblema. Yo, nueva Dalila, he procurado,
como ella, emplear todo mi conato en sorprender este se-creto importante. Y ¿de
cuántos Sansones modernos no he tenido yo los cabellos en la punta de mis
tijeras? Por cierto que son los que ya no
158
LAS AMISTADES PELIGROSAS
temo, y los únicos que me he permitido humillar
algunas veces. Mas dócil y flexible con los otros, he obtenido su discreción
con el arte de volverlos infieles para que no me crean inconstante, con una
amistad fingida, una confianza aparente, algunos procederes generosos, y la
idea lisonjera, que conserva cada uno, de haber sido mi único amante. En fin,
cuando me han faltado estos medios, he sabido, conociendo que iba a romper,
sofocar de antemano la confianza que estos hombres peligrosos hubieran podido
obtener, ya poniéndolos en ridículo, ya calumniándolos.
Lo que voy diciéndole, me lo ha visto usted
practicar continua-mente: ¡y ahora duda de mi prudencia! Pues bien; acuérdese
de los tiem-pos en que empezaba a obsequiarme; ningún otro homenaje me había
agradado tanto; lo deseaba antes de haberle visto. Seducida con su repu-tación,
me parecía que le necesitaba para completar mi gloria, y ardía en deseos de
batirme con usted cuerpo a cuerpo. Es el único de mis gustos que me ha dominado
un momento. Sin embargo, si usted hubiera queri-do perderme, ¿qué medios habría
encontrado?; vanos discursos, que no dejan impresión ninguna, que su reputación
misma hubiera hecho sospe-chosos, y una serie de hechos inverosímiles, cuya
relación hubiera pasado por un romance mal urdido. A la verdad, después de
aquel tiempo, he descubierto a usted todos mis secretos; pero bien sabe cuáles
son los intereses que nos unen, y de nosotros dos soy yo quien merece el título
de imprudente.
Ya que me he pacto a darle explicaciones, quiero
hacerlo con toda exactitud. Desde aquí oigo decirle que estoy a lo menos a la
merced de mi doncella; en efecto, si no sabe el secreto de mis sentimientos,
sabe el de mis acciones. Cuando usted me habló de ella antiguamente, le
res-pondí sólo que estaba segura de ella; y la prueba de que esta respuesta
bastó entonces para su tranquilidad, es que más adelante le ha confiado usted,
por cuenta suya, secretos bastante peligrosos. Mas ahora que Pre-van le inquieta,
y le vuelve el juicio, creo ya no se fiará en mi palabra. Debo, pues,
convertirle.
Primeramente, es hermana mía de leche, y este
vínculo, que no nos lo parece, lo es para gentes de su clase; además, yo sé su
secreto, y aún mejor: víctima de una locura de amor, estaba perdida si yo no la
hubiese salvado. Sus padres, henchidos de honor, querían nada menos que ence-
159
CHODERLOS DE LACLOS
rrarla; se dirigieron a mí, y desde luego vi cuán
útil podía serme su cólera. Los favorecí, y obtuve la orden que solicitaban.
Después, tomando re-pentinamente el partido de la clemencia, al cual atraje a
sus padres, y aprovechándome de mi influjo con el anciano ministro, los hice a
todos consentir en que me dejaran depositaria de esta orden, y dueña de
dete-ner o de consentir su ejecución, según jurgase yo el mérito de la
con-ducta venidera de ta chica. Sabe, pues, que su suerte está en mis manos, y
aun cuando por un imposible estos medios poderosos no la detuviesen, ¿no es
evidente que nadie la creería cuando se publicase su conducta y su castigo
auténtico?
A estas precauciones, que yo llamo fundamentales,
se agregan mil otras que el lugar o la ocasión proporcionan, y que la reflexión
o el há-bito hacen encontrar cuando se necesita, cuyo pormenor fuera
minucio-so, pero cuya práctica es importante, y que es preciso se tome usted el
trabajo de entresacar del total de mi conducta, si quiere llegar a conocer-las.
Pero querer que yo me haya afanado tanto para no
coger el fruto; que habiendo adquirido tanta superioridad sobre las otras
mujeres, con mis trabajos penosos, consienta en arrastrarme con ellas entre la
impru-dencia y la timidez; que, sobre todo, tema a un hombre, al punto de no
ver otro medio de salvarme que la fuga, no, vizconde, jamás. Es preciso vencer
o morir. En cuanto a Prevan, quiero tenerle, y le tendré; quiere publicarlo, y
no lo publicará; en dos palabras, es toda nuestra historia. Páselo usted bien,
etc.
En..., a 20 de setiembre de 17...
CARTA LXXXII
CECILIA VOLANGES AL CABALLERO DANCENY
¡Oh, Dios! ¡Qué pesar me ha dado la carta de usted!
¡Por cierto que valía la pena de que yo la aguardase con tanta impaciencia!
Esperaba encontrar con ella consuelo, y véame más afligida que antes de haberla
recibido. ¡Cuánto he llorarlo leyéndola! No es esto de lo que yo le acuso:
160
LAS AMISTADES PELIGROSAS
he llorado ya muchas veces por causa suya, sin
haber sufrido; pero esta vez no es lo mismo.
¿Qué significa lo que usted me dice, que su amor es
ya un tormen-to, que no puede vivir así, ni tolerar más tiempo su situación?
¿Va quizás a cesar de amarme, porque no es ya tan agradable como anteriormente?
Me parece que yo no soy más feliz que usted, bien al contrario; y sin embargo,
le amo más y más. Si el señor de Valmont no le ha escrito, no es culpa mía; yo
no podía suplicárselo, porque no hemos podido vernos a solas, y tenemos
convenido el no hablarnos jamás delante de las gentes; y esto también para que
pueda él hacer más pronto lo que usted desea. No digo que no lo desee yo
igualmente, y debe estar bien persuadido de ello; pero ¿qué quiere que yo haga?
Si cree que es tan fácil, halle usted el medio, pues yo no deseo otra cosa.
¿Cree que será muy agradable ser reñida por mi
madre todos los dí-as, cuando antes jamás me decía nada? Bien al contrario.
Ahora es peor que cuando estaba en el convento. Me consolaba, no obstante,
pensando que era por usted, y aun había momentos en que me parecía estar
con-tenta de ello; pero cuando veo ahora que también usted padece, y sin que yo
tenga la menor culpa, me hongo Irás triste que por torio cuanto ha pasado hasta
ahora.
Solamente para recibir sus cartas hay tal
dificultad, que si el señor de Valmont no fuese tan complaciente y tan diestro,
no sé como lo haría yo; y para escribirle es mayor todavía. En toda la mañana
no me atrevo, porque madre está junto a mí, y a cada instante viene a mi
cuarto. Algu-nas veces puedo escribir después de comer, con pretexto de cantar
o tocar el arpa; y aun en tal caso es preciso que lo interrumpa a cada línea,
para que se oiga que estudio. Felizmente mi doncella se duerme algunas veces por
la noche, y le digo que me desnudaré sin su ayuda, para que se vaya y me deje
la luz. Después es preciso que me oculte detrás de la cortina, para que no se
vea la claridad, y que escuche el menor ruido, para poder taparlo todo si
alguien viene. Yo quisiera que estuviese usted aquí, y vería que es preciso
amar fuertemente para hacer lo que hago. En fin, muy cierto es que hago cuanto
puedo, y que quisiera poder hacer más todavía.
161
CHODERLOS DE LACLOS
Seguramente, no rehuso el decirle que le amo, y que
le amaré toda mi vida; jamás lo he dicho más de corazón, ¡y lo siente usted!
¡Me había asegurado, sin embargo, antes de que yo se lo hubiese dicho una vez,
que esto sólo bastaba para hacerle feliz! No puede usted negarlo; está en sus
cartas. Aunque no las tenga ya, me acuerdo de ellas como si las leyese todos
los días. ¿Y porque estamos separados, ya no piensa lo mismos Pero esta
ausencia no durará siembre. ¡Dios mío! ¡qué desgraciada soy! y es usted bien ciertamente
la causa...
A propósito de sus cartas; espero que habrá
guardado las que ma-dre me ha cogido y le ha enviado; forzoso es que venga un
tiempo en que yo no esté tan observada como ahora, y entonces usted me las
de-volverá todas. ¡qué placer tendré cuando pueda guardarlas siempre sin que
nadie las vea!; ahora las entrego al señor de Valmont, porque de otro modo
habría mucho riesgo; a pesar ele eso, nunca se las doy sin que me cause mucho
sentimiento. Adiós, mi querido amigo. Le amo de todo corazón, y le amaré
eternamente. Espero que ahora no estará triste; y si estuviese cierta de ello,
ya no lo estaría yo misma. Escriba lo más pronto que pueda, porque hasta
entonces estaré siempre melancólica.
En la quinta de..., a 27 de setiembre de 17 ...
CARTA LXXXIII
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA PRESIDENTA DE TOURVEL
Muy señora mía: Continuemos, se lo suplico por
favor, una conver-sación tan desgraciadamente interrumpida. Pueda yo acabar de
probarle cuán diferente soy del retrato que le habían hecho de mí; pueda, sobre
todo, gozar aún de aquella amable confianza que empezaba usted a mani-festarme.
¡qué atractivo sabe usted dar a la virtud! ¡Cómo sabe hermosear y hacer amar
los sentimientos honrados y puros! ¡Ah! ésta es la más fuerte de sus
seducciones, la única que la hace respetable y poderosa.
Sin duda, basta ver a usted, para desear agradarle:
oírla hablar, para desearlo continuamente. Pero el que tiene la dicha de
conocerla más de
162
LAS AMISTADES PELIGROSAS
cerca, que puede leer alguna vez en su corazón,
cede muy pronto a un sentimiento más noble; y penetrado de veneración, no menos
que de amor, la venera, imagen de todas las virtudes. Yo, quizás, más capaz que
otro de amarlas y seguirlos, arrastrado por algunos errores que me habían
alejado de ellas, a usted debo el haberme acercado nuevamente y haber conocido
todo su encanto. ¿Verá, pues, como un crimen este nuevo amor? ¿Condenará su
propia obra? ¿Vituperará el interés que usted mis-ma pudiese tomar por ella?
¿qué mal puede temerse de un sentimiento tan puro, y qué dulzura no se
experimentaría al fomentarlo?
¡Mi amor la asusta, y lo halla violento y
desenfrenado! Modérele con un amor más dulce por parte suya; no rehuse el
imperio que le ofrezco, al que juro no sustraerme jamás, y en el cual me atrevo
a creer que la virtud podría tal vez tener alguna cosa que ganar. ¿Qué
sacrificio podría parecerme penoso, estando seguro de que el ser amado por
usted sería la recompensa? ¿Cuál es el hombre tan desdichado que no sepa gozar
de las privaciones que él mismo se impone? ¿que no prefiera una palabra, una
mirada, acordada de buena gracia, a todos los goces que pudiese lograr por
violencia o por sorpresa? ¡Y usted ha creído que yo soy este hombre! ¡y me ha
temido! ¡Ah! ¡por qué su dicha no dependerá de mí! ¡Cómo me vengaría haciéndola
feliz! Pero la estéril amistad no produce esta dulce influencia, fruto sólo del
amor.
¡Esta palabra la intimida! Y ¿por qué? Un efecto
más tierno, una unión más estrecha, un solo pensamiento, la misma dicha, como
las mismas penas, ¿qué hay en todo esto que no cuadre con su alma sensi-ble? Y
sin embargo, así es el amor; a lo menos el que me inspira y yo siento. Él es,
sobre todo, el que calculando sin interés, sabe apreciar las acciones por lo
que merecen, y no por lo que valen; tesoro inagotable de las almas sensibles,
todo se torna estimable hecho por él o para él.
¿Qué tienen de horrible estas verdades, tan fáciles
de comprender, tan dulces en su ejecución? ¿Qué temor puede infundirle un
hombre sensible a quien no permite el amor ser feliz, si no lo es usted?
Hoy es éste mi único deseo; por lograrlo
sacrificaré todo, menos el sentimiento que me lo ha inspirado; comparta conmigo
esos mismos sentimientos, y podrá entonces dirigirle como quiera. Pero no
suframos que nos separe, en vez de reunirnos. Si la amistad que me ha ofrecido
163
CHODERLOS DE LACLOS
usted no es una palabra vana; si, según me lo decía
ayer, es el sentimiento más dulce que su alma experimenta, sea ella la
mediadora en nuestro convenio; no la desecharé; pero siendo juez del amor,
consienta en escu-charle; el no oírle fuera una injusticia, y la amistad no es
injusta.
Una segunda conversación no será más peligrosa que
la primera; el acaso puede prestar ocasión, y usted misma pudiera indicar el
momento. Quiero creer que no tengo razón; ¿no le agradará más el convencerme
que el combatirme? ¿Duda acaso de mi debilidad? Si aquella tercera persona no
hubiese venido tan importunamente a interrumpirnos, tal vez ya estaría yo
enteramente conforme con el parecer de usted: ¿quién pue-de calcular adónde
llegaría su poder?
¿Debo decirlo? A veces sucede que temo ese mismo
poder inven-cible a que me entrego sin atreverme a calcular; ese encanto
irresistible, que la hace soberana de mis pensamientos no menos que de mis
accio-nes. ¡Ay de mí! la conversación que le pido, tal vez soy yo quien deba
temerla. Tal vez, ligado con mis promesas, me veré después reducido a abrasarme
en las llamas de un amor que preveo que no podrá apagarse, sin atreverme ni aun
a implorar el socorres de usted. ¡Ah! señora, por favor, no abuse de su dominio.
Mas ¿qué digo? Si debe usted ser más feliz entonces, si yo debo parecerle más
digno de su atención, ¿qué penas no mitigará tan dulce idea? Sí, lo conozco;
hablar a usted todavía es darle más fuertes armas contra mí; es someterme más
completamente a su voluntad. Es mucho más fácil defenderse contra sus cartas;
aunque ex-presen los mismos sentimientos, no está usted presente para
prestarles su influencia. Sin embargo, el placer de oiría me hace arrostrar el
peligro; a lo menos tendré la dicha de haber hecho cuanto cabe por usted, aun
contra mí mismo, y mis sacrificios se convertirán en homenaje. Dema-siado feliz
yo, si puedo probarle de mil maneras, como de mil maneras lo siento, que, sin
exceptuarme yo mismo, es usted, y será siempre, el ob-jeto que más ama mi
corazón.
En la quinta de..., a 23 de setiembre de 17...
164
LAS AMISTADES PELIGROSAS
CARTA LXXXIV
EL VIZCONDE DE VALMONT A CECILIA VOLANGES
Ya vio ayer cuán contrariados estábamos. No he
podido en todo el día entregarle la carta que tenía, e ignoro si hoy encontraré
mayor facili-dad. Temo comprometerla poniendo más celo que destreza, y no me
perdonaría a mí mismo una imprudencia que seríale fatal, y causaría la
desesperación de mi amigo, haciéndola eternamente infeliz. Sin embargo, como
conozco cuán impaciente es el amor, comprendo cuán penoso debe ser, en su
situación, el ver retardarse el único alivio que puede gozar en este momento. A
fuerza de pensar en los medios de apartar los obstá-culos, he hallado un modo,
cuya ejecución será fácil, si usted pone cuida-do por su parte.
He creído que la llave de la puerta de su cuarto
que da al corredor está siempre sobre la chimenea de su madre de usted. Todo
sería muy fácil teniendo esta llave, debe usted saberlo; pero a falta de ella,
yo le procuraré otra enteramente igual y que la suplirá. Me bastará para ello
tener ésa en mi poder una hora o dos. Le será muy fácil hallar ocasión de
tomarla, y para que no se aperciba su falta; agrego aquí una mía que es
parecida lo bastante para que no se conozca la diferencia si no la ensa-yan, lo
que espero no sucederá. Será preciso únicamente que le ponga una cinta azul y
deslucida como la que tiene la suya.
Es necesario tener esta llave mañana o pasado
mañana a la hora del almuerzo, porque podrá dármela más fácilmente entonces, y
ser vuelta a poner en su lugar para la noche, tiempo en que su madre pudiera
poner más atención. Yo podré volvérsela a la hora de comer, si nos entende-mos
bien. Sabe usted que cuando se pasa de la sala a la pieza de comer, siempre es
la señora de Rosemonde la que va la última. Yo le daré la mano, usted sólo debe
dejar su bastidor lentamente o bien dejar caer alguna cosa para detenerse:
entonces tomará la llave que yo tendré el cuidado de llevar en la mano, a la
espalda. Es preciso que usted, luego que la haya tomado, no deje de acercarse a
mi tía y hacerle algunas cari-cias; si por acaso dejase usted caer la llave, no
se aturda; yo fingiré que es mía, y respondo de todo.
165
CHODERLOS DE LACLOS
La poca confianza que le muestra su madre y su duro
modo de proceder, autorizan más de lo preciso este pequeño engaño. Fuera de
ello éste es el único medio de continuar recibiendo las cartas de Danceny y de
enviarle las suyas; todos los demás son en realidad demasiado peli-grosos, y
podrían perder a ustedes dos sin recurso; por eso mi prudente amistad se
echaría en cara el seguir empleándolos.
Dueños de la llave, tendremos que tomar ciertas
precauciones con-tra el ruido de la puerta y de la cerradura, pero son muy
fáciles.
Bajo el mismo armario donde puse el papel, hallará
aceite y una pluma. Usted va alguna vez a su cuarto en horas en que está sola.
Es preciso aprovechar de ese tiempo para untar la
cerradura y los goznes. Solamente debe cuidar de no coger manchas, porque éstas
servi-rían para que se descubriese todo. También es necesario aguardar a la
noche, porque si está hecho con la inteligencia de que usted es capaz, al día
siguiente ya no se conocerá nada.
Si no obstante se nota, no dude en decir que ha
sido el hombre que viene a limpiar los suelos de la casa. Será preciso, en tal
caso, especificar el tiempo, y aun lo que habrá hablado con usted; como por
ejemplo, que tiene éste cuidado porque el hierro no se tome en todas las
cerraduras que no trabajan mucho; porque usted comprende bien que no fuera
verosímil que hubiese presenciado esa obra sin preguntar con qué objeto se
hacía. Estos pequeños pormenores dan un aire de verosimilitud, y con esto las
mentiras son de menos consecuencia quitando el deseo de verifi-carlas.
Cuando haya acabado de leer esta carta, le pido
vuelva a leerla, y que se ocupe de su contenido; lo primero, porque es menester
saber bien lo que se quiere ejecutar bien; y lo segundo para que se asegure
usted de que no he omitido nada.
Acostumbrado yo muy poco a servirme de astucias,
tengo corto uso de ellas, y ha sido precisa la vivísima amistad que profeso a
Danceny, y el interés que me inspira usted, para determinarme a servirme de
estos medios, por más inocentes que sean. Aborrezco todo lo que tiene aire de
engaño. Tal es mi carácter: pero sus desgracias me han interesado de tal
manera, que soy capaz de intentarlo todo por desviarlas.
166
LAS AMISTADES PELIGROSAS
Ya ve usted que luego que se entable esta
comunicación entre no-sotros dos, me será mucho más fácil procurarle la
entrevista que desea con Danceny. Sin embargo, no le hable aún de nada de esto;
no serviría sino para aumentar su impaciencia, y el momento de satisfacerla no
está todavía tan próximo. Debe usted hacer más pronto por calmarla que por
excitarla, y en cuanto a ello me refiero a la delicadeza de usted. Adiós mi
bella pupila; porque ahora lo es. Ame pues un poco a su tutor, y sobre todo sea
dócil, y no le irá mal con serlo. Me ocupo en hacer su felicidad, esté segura de
que hallaré el medio.
En..., a 24 de setiembre cíe 17...
CARTA LXXXV
LA MARQUESA DE MERTEUIL AL VIZCONDE DE VALMONT
Ya estará tranquilo y, sobre todo, me hará
justicia. Escúcheme us-ted y no me confunda más con las demás mujeres. He
llevado a buen fin mi aventura con Prevan; a buen fin: ¿entiende lo que esto
quiere decir? Ahora va a juzgar quién de los dos puede vanagloriarse, él o yo.
La rela-ción no será tan divertida como la acción, pero tampoco fuera justo
que, no habiendo hecho usted sino razonar bien o mal sobre este asunto, le
resultase tanto placer como así, que he puesto mi cuidado y mi trabajo.
Entre tanto, si tiene que dar algún grande golpe, o
intentar alguna empresa famosa en que este rival peligroso le parezca temible,
venga que ahora le deja el campo libre por algún tiempo y acaso no se levantará
jamás del tiro que acabo de asestarle.
¡Qué feliz es usted de que yo sea amiga suya! soy
para usted una he-chicera bienhechora. Usted se consume lejos de la beldad que
adora: digo una palabra y se halla a su lado. Quiere vengarse de una mujer que
le perjudica; yo le indico el sitio en donde debe herir y se la entrego a su
discreción. En fin, para alejar del combate a un concurrente formidable, me
invoca usted también y yo escucho su ruego. En realidad, sino em-plea su vida
en darme gracias es sólo porque es ingrato. Vuelvo a mi aventura y la tomo
desde su principio.
167
CHODERLOS DE LACLOS
La cita que di en alta voz el sábado al salir de la
Ópera, fue oída como yo lo esperaba. Prevan fue a la casa designada, y cuando
la marís-cala le dijo con mucha atención que estimaba muchísimo verle ir dos
veces seguidas en los días de sus tertulias, tuvo cuidado de decir, que desde
el martes anterior, se había librado de muchos empeños que tenía, para poder
disponer de aquella noche. Al buen entendedor buenas pala-bras.
Como yo quería saber, sin embargo, si era yo o no
la verdadera causa de esta actitud lisonjera, quise poner al nuevo aspirante en
la preci-sión de elegir entre mí y su pasión dominante. Declaré que no jugaría
yo aquella noche; en efecto, él por su parte dio también mil pretextos para no
jugar, con que el primer triunfo que obtuve fue sobre el sacanete.
Me apoderé para la conversación del obispo de *** y
lo escogí pre-cisamente a causa de su amistad estrecha con el héroe del día,
para darle así mayor facilidad de acercarse a mí. También me alegraba de tener
un testigo respetable que, en caso necesario, pudiese dar testimonio de mi
conducta y mis palabras. Este arreglo me salió bien.
Después de las frases vagas y usuales, Prevan,
haciéndose muy pronto dueño de la conversación, ensayó sucesivamente varios
tonos, para ver cuál me agradaba más. Deseché el sentimental como quien no
tiene fe en él; contuve con mi aire serio el tono alegre, que me pareció
demasiado libre para la primera vez; cayó luego en la amistad delicada, y sobre
este punto tan debatido, empezamos nuestros recíprocos ataques.
Cuando fuimos a cenar, el obispo no bajó de la
sala; Prevan me dio la mano, y se halló naturalmente sentado junto a mí a la
mesa. Es me-nester hacerle la justicia de decir que sostuvo muy bien la
conversación particular conmigo, no pareciendo ocuparse sino de la general, con
la que tuvo el aire de hacerse todo el gasto. Estando en los postres se habló
de una comedia nueva que debía representarse el lunes siguiente en el pri-mer
teatro. Yo manifesté algún pesar de no tener un palco; él me ofreció el suyo,
que desde luego rehusé, como se acostumbra, a lo que respondió de una manera
bastante original que yo no le había comprendido, que ciertamente no haría este
sacrificio a una persona que no conocía, pero que me prevenía solamente que la
señora maríscala disponía aquel día de dicho palco. Ésta recibió bien la chanza
y aceptó un asiento.
168
LAS AMISTADES PELIGROSAS
Cuando volvimos a la sala, él pidió otra como puede
usted figurar-se. La maríscala, que le trata con muchísima bondad, se la
prometió, con tal que tuviese juicio, y él sacó motivo de esta expresión para
empezar una de aquellas conversaciones de doble sentido para las cuales me ha
ponderado usted un talento particular. En efecto, habiéndose sentado a sus
pies, como un niño obediente, según decía y como para pedirle sus consejos y
que le comunicase su prudencia, dijo muchas cosas lisonjeras y tiernas de las que
me era muy fácil hacerme la aplicación. No habiendo continuado el juego muchas
personas después de la cena, la conversación fue más general y menos
interesante; pero nuestros ojos se hablaron mucho. Digo los nuestros y debiera
decir los suyos, porque los míos sólo expresaban una cosa, la sorpresa. Debió
pensar que me admiraba y que me ocupaba sucesivamente del efecto prodigioso que
obraba en mí. Creo que le dejé muy satisfecho, y no lo quedé yo menos.
El lunes siguiente fui al teatro, como se había
convenido. A pesar de la curiosidad de usted en cosas de literatura, nada puedo
decirle de aquella representación, sino que Prevan tiene un talento maravilloso
para la galantería, y que la pieza cayó; esto es todo lo que sé. Yo veía con
sentimiento acabarse aquella noche, que realmente me gustaba mucho, y para
prolongarla propuse a la mariscala que viniese a cenar a mi casa, lo que me
procuró pretexto para proponérselo también al amable galán, que no pidió sino
el tiempo preciso para ir a desempeñarse en casa de la condesa de P***. Este
nombre volvió a ponerme en cólera; vi claramente que iba a comenzar sus
confianzas; me recordé los prudentes consejos de usted, y me propuse
firmemente... seguir la aventura, bien segura de curarle de su peligrosa
indiscreción.
Siendo nuevo en mi sociedad, que aquella noche era
poco numero-sa, me debía todas las atenciones de uso; por eso cuando fuimos a
cenar me presentó su mano. Yo tuve la malicia, al aceptarla, de fingir un leve
temblor, y de llevar durante mi marcha los ojos y la respiración forzada. Tenía
el aire de quien presiente su derrota, y teme a su vencedor. Él lo notó
perfectamente, y por eso el traidor, mudando al instante el tono y porte del
galán que era, se volvió sensible y tierno. Sus palabras eran casi las mismas,
puesto que las circunstancias le obligaban a ello; pero su mirar, aunque menos
vivo, era más afectuoso; la inflexión de su voz más
169
CHODERLOS DE LACLOS
dulce; su sonrisa no indicaba ya el artificio, sino
el contento. En fin, desapareciendo el fuego de la agudeza en su lenguaje, el
ingenio cedió el lugar a la sencilla y natural delicadeza. Yo le pregunto
ahora: ¿lo hubiera hecho usted mejor?
Yo, por mi parte, me puse tan distraída, que fue
preciso que todos se apercibiesen; y cuando me reconvinieron, tuve el talento
de excusarme torpemente, y de echar una ojeada pronto, pero tímida, sobre
Prevan, y propia para hacerle creer que lo que yo temía únicamente era que él
adivinase la causa de mi turbación.
Después de cenar, aprovechándome del tiempo en que
la maríscala contaba una de aquellas historias que cuenta siempre, me recosté
en mi sofá en la postura y ademán de quien piensa distraída en algún objeto
agradable. No sentía yo que me viese Prevan en aquella situación, y, en efecto,
vi que me observaba con una atención particular. Ya pensará usted que con mis
tímidos ojos no me atrevía a buscar los de mi vence-dor; pero dirigidos hacia
él de una manera más sumisa, bien pronto noté que producía el efecto que
deseaba. Era menester persuadirle, además, de que yo misma le experimentaba;
por eso, cuando la maríscala anunció que iba a retirarse, yo exclamé con voz
tierna y sensible: "¡Ay, Dios! ¡me hallaba tan bien así!" No
obstante, me levanté; pero antes de despedirla, pregunté cuáles eran sus
planes, para tener un pretexto de decir los míos; y dije que dos días después
pasaría la noche en mi casa. Con esto se marcharon todos.
Entonces me puse yo a reflexionar. No dudaba que
Prevan aprove-charía la especie de cita que yo acababa de darle, y que vendría
bastante temprano para encontrarme sola, y que el ataque sería vivo; pero
también estaba segura de que, por la reputación que yo gozaba, no me trataría
con aquella ligereza que, por poco uso que se tenga, no se emplea sino con
mujeres de intrigas o sin ninguna experiencia; y yo veía mi logro seguro si
pronunciaba la palabra amor; sobre todo si pretendía oiría de mi labio.
¡Qué cosa tan cómoda es tener que hacer con
ustedes, los que tie-nen principios! Algunas veces un amoroso aprendía nos
desconcierta con su timidez, o nos embaraza con sus transportes vehementes; es
una verdadera fiebre que, como otra cualquiera, tiene su frío y su calor, y
170
LAS AMISTADES PELIGROSAS
algunas veces varía en sus síntomas. Pero la marcha
arreglada de ustedes se adivina fácilmente.
Su modo de entrar, su aire, su tono, sus
expresiones, todo lo sabía yo desde la víspera.
No le diré, pues, nuestra conversación, que usted
suplirá fácilmen-te. Observe sólo que en mi fingida defensa le ayudaba yo
cuanto podía; turbación, para darle tiempo de hablar; frívolas razones, para
que las combatiese; temor y desconfianza, para que retirase las promesas;
aquella continua repetición suya, no pido a usted sino una sola palabra; y
aquel silencio mío entonces, que tenía el aire de hacerla esperar, para que
fuese más deseada; en medio de todo esto, una de mis manos cien veces toma-da,
y que se retiraba siempre, mas nunca se negaba. Podía pasarse así un día
entero; nosotros pasamos así una hora bien cumplida, y acaso esta-ríamos en
ello todavía, si no hubiésemos oído entrar un coche en el patio de mi casa.
Este feliz contratiempo hizo, como era natural, más vivas sus instancias; y yo,
viendo llegado el momento en que estaba al abrigo de toda sorpresa, después de
haberme preparado con un prolongado suspi-ro, pronuncié la palabra preciosa. Al
momento anunció el criado al que entraba, y al breve rato mi tertulia era ya
bastante numerosa. Prevan me suplicó le permitiese venir a la mañana siguiente,
y consentí; pero cuida-dosa de defenderme, mandé a mi doncella que estuviese el
tiempo de esta visita en mi alcoba, desde la cual sabe usted que se ve cuanto
pasa en mi cuarto de vestir, en donde le recibí Libres de conversar, y teniendo
ambos el mismo deseo, pronto estuvimos de acuerdo; mas era preciso
desembarazarse de aquel espectador importuno; allí lo esperaba yo.
Entonces, pintándole como quise mi vida interior,
le persuadí fá-cilmente que jamás hallaríamos un momento libre, y que era una
especie de milagro el que habíamos logrado la víspera, el cual todavía sería
muy expuesto, porque a cada momento podía entrar alguien en la sala. No dejé de
añadir que todos estos usos interiores se habían establecido, porque hasta
entonces nunca me habían incomodado; y al mismo tiempo insistí sobre la
imposibilidad de mudarlos, sin comprometerme a los ojos de las gentes de mi casa.
Probó a entristecerse, a enojarse, y a decirme que sentía yo poco amor; y ya
comprende usted cuánto me movía todo esto; pero queriendo dar el golpe
decisivo, recurrí a las lágrimas. Fue
171
CHODERLOS DE LACLOS
exactamente aquello de; ¡Lloráis, Zaira mía! Este
imperio que ya creyó tener sobre mí, y la esperanza que concibió de perderme
como quisiese, suplieron en él a todo el amor de Orosmán.
Pasada esta escena trágica, procedimos a formar
nuestro arreglo. No pudiendo valernos del día, pensamos en la noche; pero mi
portero era un obstáculo insuperable, y yo no quería permitir que le ganase. Me
propuso valernos de la puerta falsa del jardín, pero había yo previsto su idea,
y creé al instante un dogo, que aunque muy tranquilo y silencioso durante el
día, era un verdadero demonio por la noche. La facilidad con que conté todos
estos pormenores era muy propia para animarle; así es que acabó por proponerme
el medio más ridículo, y es el que adopté.
Desde luego su criado era tan seguro como él mismo,
y en esto no se engañaba, porque tanto lo era el uno como el otro. Yo debería
dar una gran cena, a la cual asistiría él, y hallaría modo de salir solo. Su
diestro confidente llamaría el coche, abriría la portezuela, y Prevan, en vez
de subir a él, se escabulliría mañosamenre. Su cochero no podía notarlo, y así,
habiendo partido para todos los concurrentes, y quedándose, no obstante, en mi
casa, se trataba sólo de saber si podría llegar hasta mi aposento. Confieso que
por lo pronto mi dificultad fue encontrar bas-tante débiles mis razones contra
este plan, para que él tuviese aire de destruirlas, pero me respondió con
ejemplos. Al oírle, nada era más común que este medio, y era el que empleaba
las más de las veces como el menos peligroso.
Rendida a unas autoridades tan irrecusables,
convine con sencillez en que, ciertamente, había una escalerita secreta que
conducía muy cerca de mi gabinete; que yo podía dejar puesta la llave y él
encerrarse, y espe-rar allí sin mucho riesgo que mis criadas lo notasen; y
luego, para dar más verosimilitud a mi consentimiento, al momento después, ya
no quería yo; y, en fin, no acababa de convenir sino es a condición que estaría
entera-mente sometido, y tan comedido y juicioso. ¡Ah! ¡qué especie de juicio! En
fin, quería bien probarle mi amor, mas no contentar el suyo.
La salida de que olvidaba hablar a usted, debía ser
por la pequeña puerta del jardín; no se trataba sino de esperar al amanecer:
entonces el cancerbero no se opondría. A dicha hora no pasa un alma por la
calle, y toda la servidumbre duerme profundamente. Si usted se admira de este
172
LAS AMISTADES PELIGROSAS
montón de razonamientos mal formados, es porque
olvida nuestra recí-proca posición. ¿Qué necesidad tiene usted de hacerlos
mejores? El no deseaba otra cosa sino que todo se supusiese, y yo estaba bien
segura de que nadie lo sabría. Convenimos en que la cita sería dos días
después. Observe usted que la cosa está bien arreglada, y que nadie sabe aún mi
trato con Prevan. Le encuentro en una cena en casa de una amiga mía; le ofrece
su palco para una primera representación, y yo acepto una plaza en él; convido
yo a esta dama a cenar conmigo, durante el espectáculo, y delante de Prevan; no
puedo casi dispensarme de convidarle a él tam-bién. Acepta, y dos días después
me hace una visita que el uso exige; viene, a la verdad, a verme al día
siguiente por la mañana; pero a más que las visitas de por la mañana no
significan nada, depende de mí el encon-trar en ésta un paco de ligereza: en
efecto, le pongo el número de las personas menos liadas conmigo, enviándole un
convite formal y por escrito para una cena de etiqueta. Puedo decir, como
Anita, en cierta ocasión: Esto es, sin embargo, todo lo que hay.
Llegado el día fatal, aquel día en que yo debía
perder mi virtud y mi reputación, dí mis instrucciones a mi fiel Victorina, que
las ejecutó como usted verá muy pronto. Entre tanto vino la hora de la
tertulia. Había entrado ya mucha gente, cuando fue anunciado Prevan. Le recibí
con una atención muy particular, y que probaba justamente mis pocas rela-ciones
con él, y le puse a jugar con la maríscala, por ser la señora a quien debía su
conocimiento. Esta tertulia no produjo nada notable, sino un billetito que el
discreto amante halló medio de entregarme, y que he quemado, según acostumbro.
Me anunciaba que contase con él; y estas palabras esenciales estaban
acompañadas de todas aquellas de amor, de felicidad suprema, etc., etc., que no
faltan jamás en tales ocasiones.
A media noche, habiéndose acabado las partidas,
propuse una corta macedonia. Con ella me propuse dos cosas; proporcionar que
Prevan pudiese marcharse, y al mismo tiempo hacer que se notase su salida,
vista su reputación de jugador. Me alegraba de que, de esta manera, pudiese
todo recordarse, cuando preciso, que yo no me había dado prisa por quedarme
sola.
El juego duró más de lo que yo había pensado. El
diablo me tenta-ba, y cedí al deseo de ir a consolar al prisionero impaciente.
Así me en-
173
CHODERLOS DE LACLOS
caminaba a mi pérdida, cuando reflexioné, que si me
rendía del todo a este deseo, no tendría ya sobre él bastante dominio para
contenerle en los límites de la decencia que mi proyecto necesitaba, y tuve
fuerza para resistir. Me volví atrás, y no sin mal humor tomé mi plaza en la
mesa del juego que duraba eternidades. Acabó por fin, y todos se marcharon. En
cuanto a mí, hice venir mis criadas, me desnudé con prisa y las despaché.
¿Me ve usted ya, vizconde, en mi vestidito ligero,
marchando tími-damente y de puntillas, con una mano trémula abrir la puerta a
mi ven-cedor? Luego que me apercibí... El curso del rayo no es más rápido. ¿Qué
puedo decir a usted? Fui vencida antes de haber podido decir una palabra para
detenerle o defenderme. Quiso después tomar una situación más cómoda y más
conveniente a las circunstancias. Maldecía de su vestido y atavío que le
separaba de mí; quería combatirme en armas iguales; pero mi extremada timidez
se opuso a esta idea, y mis tiernas caricias no le dejaron tiempo para ello.
Otra cosa le ocupaba.
Había doblado ya sus derechos, y sus pretensiones
renacían; pero entonces: "Escúcheme usted, le dije; tendrá usted en esto
una excelente relación que hacer a las dos condesas de D... y a otras mil; pero
deseo infinito saber como contará usted el fin de la aventura." Al decir
esto, tiré de mi campanilla lo más fuerte que pude. En verdad esta vez llegó mi
turno, y mi acción fue más viva que sus palabras. Aún no había hecho más que
tartamudear algunas voces, cuando oí que mi Victorina acudía y llamaba a todos mis
criados, que según mis órdenes había retenido ella en mi cuarto. Entonces
tomando yo mi tono de reina y levantando la voz continué: Salga usted,
caballero, inmediatamente, y no vuelva más a ponerse delante de mis ojos. En
esto entraron los criados.
El pobre Prevan perdió la cabeza, y creyendo ver un
lazo en lo que sólo era una burla, sacó prontamente su espada. Mal le salió,
porque mi ayuda de cámara, valiente y vigoroso, lo agarró por medio del cuerpo
y le tumbó en el suelo. Confieso que tuve un susto muy grande. Contuve a mis
criados y los mandé que le dejasen marcharse libremente, asegurán-dose sólo de
que hubiese salido de mi casa. Me obedecieron, pero entre ellos fue muy grande
el rumor, indignándose de que alguien se hubiese atrevido a comprometer el
honor de su virtuosa señora. Todos fueron
174
LAS AMISTADES PELIGROSAS
acompañando con algazara y escándalo al
desventurado caballero, como yo lo deseaba.
Sólo Victorina se quedó conmigo, y nos pusimos a
componer el desorden que había en mi cama. Mis criados volvieron todavía
alborota-dos, y yo turbada y conmovida aún, les pregunté por cual feliz acaso
se habían encontrado sin acostarse. Victorina me contó que había dado ella de
cenar a dos amigas suyas, que se habían quedado después con ella, y en fin,
todo aquello en que estábamos convenidas. Dí gracias a todos, y los hice
retirarse, mandando no obstante a uno de ellos que fuese a lla-mar a mi médico.
Me pareció que tenía motivo de temer el efecto de mi mortal sorpresa; y era un
medio infalible de dar curso y celeridad a esta noticia.
Todo ha salido tan bien que, antes de medio día, y
luego que se ha podido entrar en mi cuarto, ya mi vecina devota estaba a la
cabecera de mi cama, para saber la verdad y el pormenor de esta horrible
aventura. Me he visto obligada a quejarme amargamente con ella, durante una
hora, de la corrupción de nuestro siglo. Un momento después he recibi-do un
billete de la maríscala, que incluyo aquí. En fin, antes de las cinco, he visto
entrar, con gran sorpresa mía al señor M***. Venía según me dijo, a hacerme excusas
de que un oficial de su cuerpo hubiese podido agraviarme hasta tal punto. No lo
había sabido sino a la hora de comer, en casa de la maríscala, y había enviado
inmediatamente a Prevan la orden de constituirse preso. He pedido su gracia y
me la ha negarlo. He pensado entonces en que, en calidad de cómplice, debía yo
castigarme por mi parte y guardar un severo arresto, por lo cual he hecho
cerrar mi puerta y decir que estaba incomodada.
A mi soledad debe usted el que le escriba esta
larga carta. Escribiré una a la señora de Volanges, de la que seguramente hará
lectura en públi-co, y en la cual verá usted esta historia como es preciso
contarla.
Olvidaba decirle que Belleroche está furioso, y
quiere absoluta-mente desafiar a Prevan. ¡Pobre joven! Por fortuna tendré
tiempo sufi-ciente para calmar su cabeza. Entre tanto, voy a descansar la mía,
que está fatigada de escribir. Adiós, mi vizconde,
En la quinta de..., a 24 de setiembre de 17... por
la noche.
175
CHODERLOS DE LACLOS
CARTA LXXXVI
LA MARISCALA DE*** A LA MARQUESA DE MERTEUIL.
(Billete incluso en la precedente.)
¡Válgame Dios! ¿Qué oigo, mi querida buena amiga?
¿Es posible que el joven Prevan haga cosas tan abominables? ¿Y con usted? ¡A
qué no está expuesta! ¡Con que ni en su propia casa se puede ya vivir segura!
En verdad, lances de esta especie consuelan a una de ser vieja. Pero de lo que
jamás me consolaré es de haber sido en parte causa de que usted haya recibido
en su casa un monstruo semejante. Le prometo que si todo lo que me han dicho de
él es cierto, no volverá a poner los pies en la mía; es el partido que tomarán
con él todas las gentes honradas, si hacen lo que deben.
Me han dicho que se ha puesto usted mala, y su
salud me inquieta. Deme noticias suyas, que espero con impaciencia, o bien
hágamelas dar por uno de sus criados, si no se hallara en estado de hacerlo por
sí mis-ma. Sólo le pido una palabra para mi tranquilidad. Hubiera ido a verla
esta mañana, si no fuese por mis baños, que mi doctor no permite que
interrumpa: y además, tengo que ir después de medio día a Versalles, siempre
por el asunto de mi sobrino.
Adiós, mi querida amiga: cuente usted con mi eterna
y sincera amistad.
París, a 26 de setiembre de 17...
CARTA LXXXVII
LA MARQUESA DE MERTUEIL A LA SEÑORA DE VOLANGES
Escribo a usted desde mi cama, mi querida y buena
amiga. Un su-ceso, el más desagradable e imposible de prever, me ha puesto mala
de susto y de pesadumbre. No es decir que tenga alguna cosa de que acu-sarme;
pero es siempre tan sensible a una mujer honrada y que conserva la modestia
conveniente a su sexo el atraer sobre ella la atención del
176
LAS AMISTADES PELIGROSAS
público, que daría cuanto tengo por haber podido
evitar esta desgraciada aventura, y aún no sé si tomaré el partido de irme al
campo hasta que se olvide. Vea usted el caso.
Encontré en casa de la maríscala de *** un cierto
caballero Prevan, que conocerá usted seguramente de nombre y que no conocía yo
de otro modo. Pero hallándome en aquella casa, tenía motivo, me parece, de
creer que sería hombre de buena compañía. Es bastante bien formado y me ha
parecido que no deja de tener talento. La casualidad y el fastidio del juego me
dejaron sola para mantener la conversación entre él y el obispo de ***,
mientras que todas los demás estaban ocupados coro el sacanete. Hablamos los tres
hasta la hora de la cena. En la mesa, una comedia nueva, de que se habló, le
dio ocasión para ofrecer su palco a la maríscala, que lo aceptó, y se convino
en que yo aceptaría una plaza. Era para el lunes último. Como la maríscala
debía venir a cenar conmigo después del teatro, propuse a dicho sujeto
acompañarla, y vino. Dos días después me hizo una visita que se pasó en
discursos y frases de uso, sin que yo notase cosa particular. Al día siguiente
vino a verme por la maña-na, lo que me pareció un poco de ligereza; pero juzgue
que en vez de hacérselo sentir por mi modo de recibirle, era mejor darle a
conocer por medio de una atención, que no éramos tan íntimos como parecía
creerlo. Para ello le envié, el mismo día, un convite bien seco y bien de
ceremo-nia para una gran cena que daba yo anteayer. No le dirigí cuatro veces
la palabra en toda la noche, y él por su parte se marchó apenas acabó su
partida. Convendrá usted en que hasta aquí nada parece que deba parar en una
aventura. Después de las partidas se jugó una macedonia, que duró hasta cerca
de las dos de la mañana, y al fin me fui a la cama. Haría a lo menos media hora
que mis criados se habían retirado, cuando oí ruido en mi cuarto. Descorrí la
cortina con muchísimo susto y vi entrar a un hombre por la puerta que conduce a
mi gabinete. Di un grito muy agudo, y ala luz de mi lamparilla, reconocía ese
mismo señor Prevan, que con una desvergüenza increíble, me dijo que no me
sobresaltase; que iba a explicarme el motivo de su conducta, y que me suplicaba
que no grita-se. Hablando así encendía una bujía: yo estaba sobrecogida a tal
punto, que no podía decir una palabra. Su aire tranquilo y natural creo que me
sorprendía más. Pero apenas había dicho dos palabras cuando ví en lo
177
CHODERLOS DE LACLOS
que consistía el pretendidos misterio y mi sola
respuesta fue, como pue-de usted creer, el tirar con toda mi fuerza de la
campanilla.
Por una fortuna increíble, mis criados mayores
habían pasado la noche en tertulia en el cuarto de mi doncella y todavía no
estaban acos-tados. Como ésta al acudir a mi alcoba me oyó hablar con mucha
vehe-mencia, se asustó y llamó a todos. Ya se imaginará usted qué escándalo
resultaría de esta escena. Mis criados estaban furiosos, y vi el momento en que
mi ayuda de cámara mataba a Prevan. Confieso que en aquel momento me alegré de
tener tantos defensores; pero, reflexionando hoy, hubiera preferido que hubiese
entrado sola mi doncella, pues hubiera bastado y se hubiera evitado el
escándalo que me aflije.
En lugar de ello, el alboroto ha despertado a los
vecinos; mis cria-dos han hablado, y es hoy la noticia de todo París. Prevan
está en prisión, por orden del comandante de su cuerpo, que ha tenido la
atención de venir para darme excusas, según me dijo. Este arrestó va a dar más
que hablar todavía, mas no he podido obtener el evitarlo. Todos mis
cono-cimientos de la Corte y ciudad han venido a informarse de mí; pero no me
era posible recibir, y las pocas personas que he visto me han dicho que todo el
mundo me haría justicia, y que la indignación general contra Prevan llegaba al
calmo. Seguramente lo merece, mas esto no me quita el terrible disgusto de un
lance tan desagradable.
Además, este hombre tendrá algunos amigos, que
deben ser muy malos, ¡y quién sabe la que inventarían por dañarme! ¡Ay Dios!
¡cuán desgraciada es una mujer joven! Nada ha hecho todavía con ponerse al
abrigo de la maledicencia; es preciso a más que sepa imponer respeto a la
calumnia. Escríbame usted lo que hubiera hecho en mi lugar, y, en fin, lo que
piense sobre este particular. Siempre ha sido usted la que me ha dado los
consuelos más dulces y los avisos más prudentes, y de quien yo los recibo con
mayor placer.
Adiós, mi querida y buena amiga: ya sabe usted que
soy suya por la vida. Abrace de mi parte a su amable hija.
París, a 26 de setiembre de 17...
178
LAS AMISTADES PELIGROSAS
CARTA LXXXVIII
CECILIA VOLANGES AL VIZCONDE DE VALMONT
Muy señor mío: A pesar del placer que tengo en
recibir las cartas del caballero Danceny, y aunque no deseo menos que el que
podamos vernos todavía en libertad, sin embargo, no he podido resolverme a
ejecutar lo que usted me propone. Primeramente, es muy peligroso; la llave que
usted quiere que yo ponga en lugar de la otra, se le parece mu-cho, en
realidad; pero, sin embargo, hay entre las dos alguna diferencia, y mi madre
atiende a todo y se apercibe de todo. Además, aunque no se han servicio de ella
todavía, desde que estamos aquí, puede dar una ca-sualidad desdichada; y si se
llegara a notar, estaría yo perdida para siem-pre. Fuera de todo esto, me
parece que sería una ocasión bien mala; ¡hacer así una llave doble! me parece
muy osado. Es verdad que sería usted quien tuviese la bondad de encargarse de
ello: mas a pesar de eso, si se supiera, no se me echaría menos la culpa,
puesto que lo habría he-cho para mí. En fin, dos veces he intentado tomarla:
cierta-mente, sería facilísimo si se tratase de otra cosa; pero yo no sé porqué
me he puesto siempre a temblar, y no he tenido valor suficiente. Creo, pues,
que vale más quedarnos como estamos.
Si quiere usted ser en adelante tan complaciente
conmigo como hasta ahora, siempre hallará modo de entregarme una carta. Aun
para la última, si no es por la desgracia de que usted se volvió en cierto
mo-mento, nos hubiera sido cosa muy fácil. Conozco muy bien que no pue-de usted
estar pensando siempre en esto, como yo, pero más quiero tener un poco de
paciencia que aventurar tanto. Estoy segura de que Danceny diría como yo,
porque todas las veces que deseaba alguna cosa que me causaba pesar, consentía
al instante en renunciar a ella.
Con esta carta devolveré a usted la suya y la de
Danceny, y la llave. No por eso le agradezco menos sus bondades, que le suplico
me conti-núe. En verdad que soy muy desdichada, y que sin usted lo sería mucho
más; pero al cabo es mi madre, y es menester tener paciencia. Con tal que
Danceny me ame siempre y usted no me abandone, vendrá tal vez un tiempo más
feliz.
179
CHODERLOS DE LACLOS
Quedo suya, con el más fino reconocimiento, su más
humilde y atenta servidora.
En..., a 26 de setiembre de 17...
CARTA LXXXIX
EL VIZCONDE DE VALMONT AL CABALLERO DE DANCENY
Amigo mío: Yo no tengo enteramente la culpa de que
sus asuntos no vayan con tanta celeridad como usted quisiera; pues necesito no
sólo luchar con la vigilancia y severidad de la señora Volanges, sino también
vencer algunos otros obstáculos que su amiguita de usted me opone, la que, bien
sea por frialdad o por timidez, no hace siempre lo que le acon-sejo, aunque
estoy bien persuadido de que sé mejor que ella lo que con-viene practicar.
Yo había hallado un medio sencillo, cómodo y seguro
de entregarle sus cartas, y aun de facilitar después la entrevista que usted
apetece; pero no he podido reducirla a que lo ponga en ejecución Esto lo siento
tanto más, cuanto veo que no hay otro para que usted se acerque a ella; y que,
aun por lo que mira a la correspondencia, me recelo a cada paso que nos vamos a
comprometer los tres. En vista de esto, bien podrá juzgar que ni quiero
arriesgarme, ni exponer a ustedes. Me causaría, sin embargo, una verdadera
aflicción el que por la poca confianza de su amiguita no pudie-ra serle útil.
Convendrá quizá escribirle sobre este particular. Usted verá lo que quiere
hacer, y decidirá: pues no basta servir a los amigos, si no se les sirve
también a medida de sus deseos. Éste podría ser también un medio para que usted
conociese por sí mismo su modo de pensar; pues la mujer que es dueña de sí
misma, no ama tanto como lo propala. No es esto decir que yo dude de la
constancia de su cortejo; pero como es muy joven, y tiene mucho miedo a su
madre, que ya sabe que busca siempre ocasiones de hacerle daño, sería peligroso
el dejar pasar mucho tiempo sin hablarla usted. Con todo, no debe inquietarse
mucho con lo que acabo de decirle, porque en realidad yo no tengo ningún motivo
de des-confianza, y hago esto principalmente a impulsos de la amistad. No me
180
LAS AMISTADES PELIGROSAS
extiendo más, porque tengo algunos negocios que me
llaman la atención. No he adelantado tanto como usted; pero me consuela el
saber que no me excede usted en amor; y aunque mis pasos sean infructuosos,
creeré haber empleado bien el tiempo, siempre que logre serle útil. Adiós,
ami-go mío.
En la quinta de..., a 26 de setiembre de 17...
CARTA XC
LA PRESIDENTA DE TOURVEL AL VIZCONDE DE VALMONT
Muy señor mío: Tendré mucha satisfacción en que esa
carta no le cause el más ligero sentimiento, y que en el caso de que le
ocasione algu-no, que pueda templarse con el que yo experimento al
escribírsela. Usted debe conocerme bastante ahora para estar bien seguro de que
mi inten-ción no es la de afligirle, así como la de usted no será tampoco la de
sumergirme en una eterna desesperación. Suplícole, pues, en nombre de la tierna
amistad que le he prometido, y aun de los sentimientos quizás más vivos, pero
seguramente no tan sinceros, que usted me ha manifes-tado, que no volvamos a
vernos. Márchese pues, y hasta que esto se verifique, evitemos toda
conversación particular y peligrosa, en que, por un poder inconcebible, sin
lograr jamás decir a usted lo que quiero, paso el tiempo en escuchar lo que no
debiera oír.
No tenía otra cosa más presente ayer, cuando vino a
buscarme al parque, que decirle lo que le escribo hoy, y, sin embargo, no hice
más que ocuparme de su amor... de su amor... al que no debo corresponder jamás.
¡Ah! le pido por favor que se aleje de mí. No tema que mi ausen-cia entibie mis
sentimientos hacia usted; ¿y cómo he de vencerlos, cuan-do no tengo ya valor
para combatirlos? Usted ve como todo se lo digo; pues temo menos confesar mi
debilidad, que sucumbir a ella; pero este imperio que he perdido sobre mis
sentimientos, le conservaré sobre mis acciones; sí, le conservaré, y estoy
resuelta a ello, aunque me cueste la vida. ¡Ah! no hace mucho tiempo que yo me
creía segura de no tener que sostener jamás semejante combate. Yo me daba el
parabién, y quizá me
181
CHODERLOS DE LACLOS
gloriaba demasiado. El cielo ha castigado
cruelmente este orgullo; pero lleno de misericordia, al paso que nos castiga,
nos advierte también antes que caigamos; y sería dos veces culpable si
continuase en ser imprudente, conociendo mi debilidad.
Cien veces ha dicho usted que no quería una
felicidad comprada con mis lágrimas. ¡Ah! no hablemos ya de felicidad; pero
déjeme a lo menos que recobre alguna tranquilidad. Si usted me concede lo que
le pido, ¡qué nuevos derechos adquirirá sobre mi corazón! Y si éstos se
fundasen sobre la virtud, no podré menos de aceptarlos. ¡Cuán agradable será mi
reconocimiento! Le deberé la dulzura de gozar sin remordi-mientos de un
deliciosa placer, cuando ahora, por el contrario, horrori-zada de mis
pensamientos, tiemblo ocuparme igualmente de usted que de mí. La idea sola de
usted me estremece, y cuando no puedo echarla de mí, trato de combatirla; no la
dejo, pero la rechaza.
¿No sería mejor para ambos el hacer cesar este
estado de turbación y de ansiedad?
¡Oh, caro vizconde, cuya alma siempre sensible, aun
en medio de sus errores, ha conservado amor a la virtud, tenga consideración a
mi deplorable estado, y no rebase mi súplica! Un interés más dulce, pero nó
menos tierno, sucederá a estas violentas agitaciones. Entonces respiraré con
sus beneficios; desearé vivir, y diré, en medio de la alegría de mi corazón:
¿Cree usted comprar a un precio excesivo el fin de mis tor-mentos, con
someterse a unos ligeros sacrificios, que lejos de imponer-los, se los suplico?
¡Ah! si para hacerle feliz fuera necesario consentir en ser desgraciada, créame
que no dudaría un momento en ello; para ser culpable... no, no, amigo; antes
moriré mil veces.
Avergonzada, y en vísperas de ser atacada por los
remordimientos, temo a los otros y a mí misma. Me sonrojo cuando estoy en
sociedad, y me estremezco cuando estoy sola. No arrastro ya más que una vida
dolo-rosa, y no estaré tranquila sino cuando usted quiera. Por más loables que
sean mis resoluciones, no bastan para asegurarme. He formado ésta desde ayer,
y, sin embargo, he pasado toda la noche llorando. Vea a su amiga, aquella que
usted ama, pedirle confusa y rendida el reposo de su inocencia.
182
LAS AMISTADES PELIGROSAS
¡Ay, Dios mío! Si usted no mediara, ¿me hubiera
visto nunca preci-sada a hacer una súplica tan humillante? Nada le echo en
cara. Demasia-do conozco por mí misma cuán difícil es resistir a una pasión
dominante. Una queja no es una murmuración. Haga usted por generosidad lo que
yo hago por obligación, y agregaráse a los sentimientos que me ha inspi-rado el
de un eterno reconocimiento. Adiós, adiós, señor vizconde.
De..., el 27 de setiembre de 17...
CARTA XCI
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA PRESIDENTA DE TOURVEL
Muy señora mía: Su carta me ha consternado, y no sé
todavía cómo he de contestar a ella. Si es preciso elegir entre su desgracia y
la mía, no hay duda que a mí me toca sacrificarme, y sobre esto no vacilo; pero
antes de todo, me parece que unos intereses tan grandes merecen que se discutan
y aclaren. ¿Y cómo lo conseguiremos, si no nos hemos de ha-blar ni ver ya?
¿Qué, ha de bastar un vano terror para separarnos, acaso sin remedio, al mismo
tiempo que estamos unidos con los más dulces sentimientos? En vano la tierna
amistad, el ardiente amor reclamarán sus derechos; sus gritos no serán
escuchados. ¿Y por qué? ¿Cuál es, pues, ese urgente peligro que la amenaza?
¡Ah! créame; semejantes temores, y tan ligeramente concebidos, son ya, a mi
parecer, motivos bastante podero-sos para que usted esté segura.
Permítame que le diga que encuentro en esto ayunos
vestigios de las impresiones poco favorables que le han hecho concebir contra
mí. No se tiembla al lado del hombre a quien se estima, ni se aleja, sobre
todo, a aquel que se ha creído digno de alguna amistad. El hombre peli-groso es
el único a quien se debe temer, y de quien se debe huir; ¿y ha habido jamás
alguno más respetuoso y sumiso que yo? Ya ve usted cómo me contengo en mi
lenguaje; va no me sirvo de aquellos nombres tan dulces y tan agradables a mi corazón,
y que éste repite continuamente en secreto. Ya no soy aquel amante fiel y
desgraciado que recibe los conse-
183
CHODERLOS DE LACLOS
jos y consuelos de una amiga tierna y sensible; soy
un reo delante de un juez, un esclavo delante de su amo. Es verdad que estos
nuevos títulos imponen nuevos deberes, pero yo me obligo a cumplirlos todos.
Escú-cheme, usted; y si me condena, subscribo la sentencia, y parto al
mo-mento; y aun prometo más. ¿Prefiere usted aquel despotismo que juzga sin
oir? ¿Se siente con valor de ser injusta? Pues mande, y será todavía obedecida:
pero quisiera oir de su boca esta sentencia, esta orden. ¿Y por qué?, me dirá usted.
¡Ah! si me hace esta pregunta, se ve bien que conoce poco el amor y mi corazón.
¿Es, pues, nada el verla todavía una vez? ¡Ay! cuando llegue usted a ponerme en
tal estado de desesperación, quizá una mirada consoladora me impedirá sucumbir
a ella. Finalmente, si es preci-so que yo renuncie al amor y a la amistad, por
los que sólo vivo, verá usted a lo menos la obra de sus manos, y me quedará el
consuelo de que se compadecerá de mí. Este ligero favor, aun cuando no lo
merezca, me someto a pagarlo bien caro, para esperar lograrle. ¡Qué! ¡Usted va
a ale-jarme de sí! ¡Consiente en que seamos indiferentes! ¿Qué digo! Usted lo
desea; ¡y mientras me asegura que mi ausencia no causará novedad en sus
sentimientos, me estrecha a que me marche, para trabajar más fácilmente en
destruirlos!
Me dice usted que me lo agradecerá: de este modo lo
único que me ofrece es lo que conseguiría un desconocido por el más ligero
servicio, y aun su enemigo, si cesase de hacerle dallo. ¡Y quiere que mi
corazón se contente con esto! Pregúnteselo usted al suyo. Si su amante, si su
amigo, viniesen un día a hablarle de su reconocimiento, ¿no les diría usted con
indignación: retírense ustedes, son unos ingratos?
Suspendo decir más, y sólo reclamo su indulgencia.
Disimule la ex-presión de una pena que usted ha causado, y que no es capaz de
perjudi-cara mi perfecta sumisión. Mas le suplico, a nombre de los dulces
sentimientos que usted misma reclama, no rehuse escucharme, y que,
compadeciéndose de la deplorable situación en que me ha sumergido, no difiera
el momento de que esto se verifique.
Adiós, mi querida presidenta.
De..., a 27 de setiembre de 17..., por la noche.
184
LAS AMISTADES PELIGROSAS
CARTA XCII
EL CABALLERO DANCENY AL VIZCONDE DE VALMONT
¡Oh, amigo mío! Su carta me ha dejado helado;
Cecilia… ¡Oh, Dios mío! ¿Será posible que Cecilia no me quiera ya? Sí; veo esta
terrible ver-dad por entre el velo con que usted trata ele cubrirla, como un
buen amigo. Ha querido usted prepararme para este golpe mortal; le doy las
gracias por su atención; pero, ¿cree que se puede engañar al amor? Él previene
todo cuanto le interesa; no se instruye de su suerte, sino más bien la adivina.
Yo no dudo de la mía; bajo este supuesto, hábleme sin rodeos; puede hacerlo, y
yo se lo suplico. Comuníqueme usted todo: lo que ha hecho nacer sus sospechas,
lo que se las ha confirmado; la más mínima circunstancia es muy preciosa.
Procure pues, con especialidad, acordarse de lo que le ha dicho. Una palabra en
lugar de otra, puede mudar una frase; y aunque la misma palabra tiene algunas
veces dos sentidos, usted puede haberse engañado. ¡Ah! Trato de lisonjearme
toda-vía. ¿Qué es lo que le ha dicho a ella? ¿Me hace algunas reconvenciones?
¿No trata a lo menos de disculpar sus sinrazones? Yo debería haber previsto
este cambio por las dificultades que de algún tiempo a esta parte encuentro en
todo: el amor no conoce obstáculos. ¿Qué partido debo tomar? ¿Qué me aconseja
usted? ¿Trataré de verla? ¿Es esto, pues, impo-sible? La ausencia es tan cruel,
tan funesta... Y ella ha rehusado un medio de verme, y usted no me dice cuál
era. A la verdad, si tenía mucho peli-gro, ella sabe bien que no quiero que se
arriesgue demasiado. Pero co-nozco su prudencia de usted, y, por mi desgracia,
no puedo fiarme de ella. ¿Qué haré ahora? ¿Cómo le escribiré? Si le dejo
entrever mis sospe-chas, acaso la apesadumbraré; y si fueren injustas, ¿podré
perdonarme de haberla afligido? El ocultarlas es engañarla, y yo no sé
disimular nada con ella. ¡Oh! si pudiera saber cuánto sufro, estoy seguro de
que mi dolor la enternecería, pues conozco su sensibilidad; está dotada de un
excelente corazón, y tengo mil pruebas de su cariño.
Es verdad que es demasiado tímida y corta, ¡pero es
tan joven, y su madre la trata con tanta severidad! Voy a escribirle; procuraré
contener-me; y sólo le suplico que se remita en todo a usted; y aun cuando
todavía
185
CHODERLOS DE LACLOS
lo rehuse, a lo menos no podrá quejarse de mi
súplica, y quizá consentirá. Usted, amigo mío, disimulará mis incomodidades,
tanto por ella como por mí. Yo le aseguro que aprecia sus cuidados, y que se
los agradece. No es desconfianza, sino timidez; tenga, pues, indulgencia, que
es el más bello carácter de la amistad. La de usted me es muy preciosa, y no sé
cómo reconocer lo que ha hecho por mí.
Adiós; voy a escribir inmediatamente. Conozco que
mis temores renacen. ¡Quién me hubiera dicho que algún día me había de costar
tra-bajo el escribirle! ¡Ah! ayer todavía era éste mi más dulce placer. Adiós,
amigo mío; prosiga usted haciendo sus buenos oficios por mí, y téngame mucha
lástima.
París, 27 de setiembre de 17...
CARTA XCIII
EL CABALLERO DANCENY A CECILIA VOLANGES (Esta carta
acompaña a la anterior.)
No puedo ocultarle cuánta aflicción me ha causado
el saber por Valmont la poca confianza que usted sigue teniendo en él, sabiendo
que es mi amigo, y que es la única persona que puede reunirnos.
Yo había creído que estos títulos bastarían para
usted, pero veo con dolor que me he engañado. ¿Podré esperar que a lo menos me
diga los motivos? ¿Halla todavía algunas dificultades que se lo estorben? Si
usted no se explica, yo no puedo adivinar el misterio de esta conducta. No me
atrevo a sospechar de su amor, así como usted no osaría, sin duda, hacer
traición al mío. ¡Ah! Cecilia... ¿Es cierto que ha desechado el medio
sen-cillo, cómodo y seguro? ¡Es esto tenerse amor! Una corta ausencia ha
cambiado bien pronto sus sentimientos. ¿Mas a qué engañarme, a qué decirme que
me quiere siempre y que me ama más y más? ¿Cuando su madre de usted ha
destruido su amor, ha destruido también su candor? Si le queda a lo menos
alguna piedad, no sabrá sin dolor los horribles tor-mentos que usted me causa.
¡Ah! yo sufriría menos para morir.
186
LAS AMISTADES PELIGROSAS
Dígame, pues, ¿se ha cerrado su corazón sin
remedio? ¿Me ha olvi-dado usted del todo? Gracias a su repulsa, no sé cuándo
oirá mis quejas, ni cuándo responderá a ellas. La amistad de Valmont había
asegurado nuestra correspondencia, pero usted la ha despreciado, le parece
penosa y ha preferido que sea rara. No, no creeré jamás en el amor ni en la
bue-na fe. ¡Ah! ¿qué podré creer si Cecilia me ha engañado? Respóndame, pues.
¿Es cierto que ya no me ama? No, esto es imposible, usted se hace ilusión,
usted calumnia su corazón.
Un temor pasajero, un momento de desaliento, pero
que el amor ha hecho desaparecer bien pronto; ¿no es cierto, Cecilia mía? ¡Ah!
sin duda; no tengo razón en amarla. ¡Y cuán feliz sería si no la tuviera!
¡Cuánto desearía disculparme tiernamente con usted y reparar este mo-mento de
injusticia por una eternidad de amor! ¡Cecilia, Cecilia, compa-dézcase de mí,
resuélvase a verme y sírvase para ello de todos los medios! Vea usted lo que
produce la ausencia: temores, sospechas, y quizá frial-dad. Una mirada, una sola
palabra, y seremos felices. ¡Pero qué puedo hablar todavía de felicidad! acaso
está perdida para mí, y perdida para siempre. Atormentado por el temor y
estrechado cruelmente entre in-justas sospechas, y la verdad más cruel, no
puedo pararme a pensar, no vivo sino para sufrir y quererle. ¡Ay, Cecilia!
usted es la única que puede hacerme amable la vida, y de la primera palabra que
pronuncie depende la vuelta de mi dicha a la certeza de una eterna
desesperación.
París, 27 de setiembre de 17…
CARTA XCIV
CECILIA VOLANGES AL CABALLERO DANCENY
Nada comprendo de lo que usted me dice en su carta,
y sólo veo en ella la pena que me causa. ¿Qué es, pues, lo que le ha dicho el
señor Valmont? ¿Y qué es lo que ha podido hacer creer a usted que yo no le
amaba ya? Esto sería acaso una felicidad para mí, porque seguramente sufriría
menos; y es cosa bien dura el ver que, cuando le amo a usted como le amo, crea
siempre que no tengo razón, y que en lugar de con-
187
CHODERLOS DE LACLOS
solarme, será usted de quien me vengan siempre las
penas que me causan más pesadumbre, usted cree que le engaño y que no le digo
la verdad; tiene entonces una buena idea de mí. Pero supongamos que mintiera,
como me lo echa en cara, ¿qué interés tendría yo en ello? En verdad que si no
le quisiera ya, no tenía más que decirlo, y todo el mundo me aplau-diría; mas,
por desgracia, la pasión puede mas que yo; ¡es preciso que haga esto por un
hombre que no tiene conmigo la más mínima corres-pondencia! ¿Qué he hecho yo
para que usted se enfade tanto? No me he atrevido a tomar una llave, porque
temía que mi madre lo percibiese, y que esto, no sólo me causase a mí un
sinsabor, sino igualmente a usted por la causa mía; y además también porque me
parece que sería mal hecho. Pero sólo el señor Valmont me había hablado de
esto, y yo no podía saber si usted lo quería o no, puesto que lo ignoraba
enteramente. Ahora que veo que lo desea, ¿rehuso por ventura tomar esta llave?
Yo me apoderaré de ella desde mañana y después veremos lo que usted tiene que
decir.
Por más amigo suyo que sea el señor de Valmont, yo
creo que amo a usted tanto como él puede quererle por lo menos; y sin embargo,
él ha de tener siempre razón y yo no. Le aseguro que estoy muy enfadada. A
usted le importa poco, porque sabe que me calmo inmediatamente; pero ahora que
tendré la llave, podré verle cuando quiera y le aseguro que no querré si usted
obra de este modo. Más quiero tener las pesadumbres que yo misma me cause, que
las que usted me ocasione. Vea, pues, lo que gusta hacer.
¡Si usted quisiera nos amaríamos tanto! y a lo
menos o tendríamos más penas que las que otros nos causasen. Yo le aseguro que
si fuera dueña de mí misma, no tendría jamás queja de mí: pero si usted no me
cree, seremos siempre muy desgraciados y esto no será por culpa mía. Espero que
muy pronto nos podremos ver, y entonces no tendremos motivos para
apresadumbrarnos como ahora.
Si yo lo hubiera previsto, habría tomado al
instante esta llave; pero, a decir verdad, pensaba que obraba bien. Suplícole
que no se incomode, que no esté triste y que me ame tanto como yo lo amo y
entonces estaré contenta. Adiós, mi caro amigo.
En la quinta de..., a 18 de setiembre de 17…
188
LAS AMISTADES PELIGROSAS
CARTA XCV
CECILIA VOLANGES AL VIZCONDE DE VALMONT
Muy señor mío, he de merecer de usted tenga a bien
entregarme la llave que usted me había dado para ponerla donde estaba la otra;
pues veo que es preciso que yo consienta en lo que todos quieren. No sé por qué
le ha dicho al señor Danceny que yo no le amaba ya; no juzgo que haya dado a
usted motivo para pensarlo; y esto le ha causado mucho sentimiento y a mí
también. Sé que usted es su amigo, pero esto no debe de ser una razón para
apesadumbrarle, ni a mí tampoco. Me haría un favor particular, si le dijese lo
contrario la primera vez que le escribe, añadiendo, que está usted seguro de
ello; porque en usted es en quien tiene la mayor confianza y yo no sé qué
hacer, cuando digo una cosa y no me la creen.
En cuanto a la llave, puede estar tranquilo. Me
acuerdo de todo lo que me recomendaba en su carta. Sin embargo, si usted la
tiene todavía y se sirve dármela al mismo tiempo, yo le prometo guardarla bien,
y si esto pudiera ser mañana al tiempo de comer, le daría la otra llave pasado
mañana al almuerzo, y me la entregaría del mismo modo que la primera. Quisiera
que esto no se difiriera, porque entonces daremos menos tiem-po a mi madre para
que lo perciba, y una vez que usted coja esta llave, tendrá la bondad de
servirse de ella para tomar mis cartas, y de este mo-do el señor de Danceny,
sabrá de mí frecuentemente.
Es cierto que esto será mucho más cómodo que ahora;
pero al principio me causó gran miedo. Suplícole, pues, me disimule, esperando
que no dejará por eso de continuar los mismos servicios que ha hecho
anteriormente, a los que le estará muy agradecida.
De usted su muy humilde y obediente servidora.
En..., a 28 de setiembre de 17...
189
CHODERLOS DE LACLOS
CARTA XCVI
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL
Apostaría a que ha estado esperando todos los días
después de su aventura, que yo la cumplimentase y elogiase; no dudo que mi
largo silencio la habrá incomodado no poco; ¿pero qué quiere usted? Yo he
pensado siempre que cuando sólo hay que alabar a una mujer se puede dejar esto
a su cuidado y ocuparse de otra cosa. Le doy sin embargo las gracias por lo que
a mí toca, y la enhorabuena por lo que hace a usted.
Quieto aún convenir, para hacerla enteramente
feliz, en que por esta vez ha sobrepujado mis esperanzas.
Veamos después de esto si por mi parte he llenado
las suyas. No pretendo hablar de la señora Tourvel, porque le desagrada su
lento modo de proceder como que usted sólo quiere ir a cosa hecha,
fastidiándola todo lo que se sigue la marcha ordinaria. Yo, por el contrario,
nunca he tenido más placer que el que experimento en estas pretendidas
lentitudes.
Sí, me gusta ver y considerar a esta mujer prudente
metida sin per-cibirlo, en un camino en que no puede volver atrás, y cuya
rápida y peli-grosa pendiente la arrastra a pesar suyo y la obliga a seguirme.
Espantada allí del peligro que la amenaza, quisiera
detenerse y no puede, y aunque por su cuidado y destreza acorte sus pasos, es
necesario que éstos se sucedan. Algunas veces, no atreviéndose a mirar el
peligro, cierra los ojos, y dejándose ir se abandona a mi dirección. Un nuevo
temor reanima a menudo sus esfuerzos, y en su mortal horror intenta todavía
deshacer el camino, agota sus fuerzas para trepar penosamente por él durante un
corto espacio, y bien pronto un mágico poder la vuelve a poner más cerca del
peligro, que en vano ha querido evitar.
Viendo entonces que yo soy su único guía y apoyo,
sin cuidar ya de reconvenirme sobre una caída inevitable, me pide sólo que la
retarde. Fervientes súplicas, humildes ruegos, y cuando los mortales poseídos
del miedo ofrecen a la Divinidad, todo se dirige a mí, ¿y quiere usted que
sordo a sus súplicas y destruyendo yo mismo el culto que me tributa, emplee en
precipitarla el poder que invoca para que la sostenga? ¡Ah!
190
LAS AMISTADES PELIGROSAS
déjeme a lo menos el tiempo de observar estos
tiernos combates entre el amor y la virtud.
¿Y qué, cree acaso que el mismo espectáculo que le
hace ir corrien-do precipitadamente al teatro, y que aplaude usted con furor,
es menos interesante en la realidad? ¿Y piensa usted que aquellos sentimientos
que escucha con entusiasmo, y que inspira un alma pura y tierna, que teme la
felicidad que apetece, y no deja de defenderse aun cuando cese de resis-tir, no
son apreciables sino para el que los causa? He aquí, sin embargo, he aquí los
deliciosos placeres que esta celestial mujer me ofrece diaria-mente.
¡Usted me echa en cara que me saboreo con sus
dulzuras! ¡Ah, tiempo vendrá en que tarde o temprano, envilecida por su caída,
no sea para mí sino una mujer ordinaria. Pero al mismo tiempo que estoy
ha-blándole de la señora de Tourvel, me olvido de que no quería hacerle
conversación de ella. Yo no sé qué poder me une y me arrastra hacia ella sin
cesar, aun cuando la ultrajo. Alejemos esta idea peligrosa, y vuelva yo sobre
mí mismo para tratar de otro asunto más alegre, de su pupila de usted, ahora ya
mía, y espero que en esto va a conocer mi carácter. Como hace algunos días me
trata mejor mi tierna devota, y que por lo mismo me ocupo menos de ella, había
observado que la señorita Volanges era ciertamente muy bonita y que si era una
gran tontería enamorarse de ella como Danceny, no era quizá menor la de no
buscar cerca de ella una distracción que mi soledad me hacía necesaria. Me
pareció justo también que yo recibiera el premio de los trabajos que me tomaba
por ella. Ade-más me acordé que usted me la había ofrecido antes que Danceny
tuvie-se ninguna pretensión, y me creí con derecho a reclamar un bien que él no
poseía, sino que yo le había rehusado y abandonado. La bonita cara de la
muchacha, su fresca boca, su aire aniñado, y aun su rudeza, fortifi-caban estas
sabias reflexiones; por consiguiente me resolví a obrar, y el éxito ha coronado
mi empresa.
Yo la contemplo a usted examinando de qué medios me
habré vali-do para suplantar al amante querido; qué género de seducción podría
convenir a la edad de esta joven y a su inexperiencia. Quiero ahorrarle ese
trabajo, diciéndole que no he empleado ninguno. Mientras que usted, manejando
con destreza las armas de su sexo, triunfa por su astucia, yo
191
CHODERLOS DE LACLOS
dando al hombre sus derechos imprescriptibles,
subyugaba por autori-dad. Seguro apoderarse de la presa, si podía acercarme a
ella, todo mi ardid se dirigía a esto y ni aun merece el nombre de artificio el
que em-pleé para lograrlo.
Me aproveché de la primera carta que recibí de
Danceny para su querida, y después de haberla instruido sobre la señal
convenida entre nosotros, en lugar de servirme de mi habilidad para
entregársela, la em-pleé en aparentar que no encontraba arbitrio para ello;
fingí tomare parte en esta impaciencia que yo mismo hacía nacer, y después de
haber causa-do el mal, indiqué el remedio. Una de las puertas del cuarto en que
duerme la señorita, da a un corredor; pero su madre, como era justo, había
cogido la llave. Sólo se trataba de apoderarse de ella y nada había más fácil.
Yo no pretendía disponer de ella sino dos hora, y estaba cierto de tener otra
semejante. Entonces, correspondencias, entrevistas, citas nocturnas, todo venía
a ser cómodo y seguro. Con todo, ¿lo creería us-ted? la tímida muchachita tuvo
miedo y se negó. Otro se hubiera descon-solado, pero yo no vi en esto sino fa
ocasión de un placer más vivo. Escribí a Danceny quejándome de esta repulsa, y
lo hice tan bien, que el pobre atolondrado no cesó hasta que hubo logrado y aun
exigido de su cortejo, que accediese a mi solicitud, y se entregase enteramente
a mi discreción. Confiésole que me alegraba mucho de haber cambiado así de
papel, y que el joven hiciese por mí lo que él creía que haría por él. Esta
idea redoblaba a mis ojos el precio de la aventura; por esta razón, luego que
tuve en mis manos la preciosa llave, me apresuré a hacer uso de ella. Esto era
en la noche última.
Después de haberme asegurado de que todo estaba
tranquilo en la quinta, armado de mi linterna sorda, y vestido según la hora y
las cir-cunstancias lo exigían, fui a hacer mi primera visita a su pupila. Yo
lo había dispuesto todo, sirviéndome de ella misma para entrar sin ruido.
Estaba en su primer sueño, de modo que llegué hasta su cama sin que despertase.
Traté al principio de ir más adelante, y hacer un ensayo que pudiese pasar por
sueño.
Pero temiendo el efecto de la sorpresa y del ruido
que se hubiera seguido a ella, preferí despertar con precaución a la hermosa
durmiente y logré por este medio prevenir el grito que temía.
192
LAS AMISTADES PELIGROSAS
Después de haber calmado sus primeros temores, como
yo no ha-bía ido allí para parlar, me tomé algunas libertades. Sin duda no la
han enseñado en el convento a cuántos peligros está expuesta la tímida
ino-cencia, y todo lo que tiene que guardar para no ser sorprendida, porque
mientras que ponía toda su atención en defenderse de un beso, que no era más
que un falso ataque, dejó lo restante sin defensa. ¡Qué ocasión para
malograrla! Mudé de dirección y tomé puesto inmediatamente. Entonces estuvimos
a pique de perdernos ambos: la muchacha, espanta-da, quiso gritar de buena fe;
mas por fortuna, los llantos ahogaron su voz. Cogió también el cordón de la
campanilla, pero detuve con destreza su brazo a tiempo, diciéndole: "¿Qué
quiere usted hacer? ¿Quiere perder-se para siempre? Qué me importa a mí que
vengan, y ¿a quién podrá persuadir que yo no estoy aquí sin su consentimiento?
¿Quién, sino usted puede haberme suministrado el medio de introducirme aquí? Y
esta llave que me ha dado, y que yo no he podido tener sin su ayuda, ¿se
encargará usted de decir qué destino tenía?" Esta corta arenga, aunque no
calmó el dolor ni la cólera, produjo sin embargo la sumisión. No sé si yo
hablaba con elocuencia; a lo menos es cierto que no tenía el aire ni la actitud
de un hombre elocuente; porque hallándome con una mano ocupada por la fuerza, y
a la otra por el amor, ¿cómo podía pretender yo ni cualquier otro orador hablar
con gracia en una situación semejante? Si usted se la pinta bien, convendrá a
lo menos que era favorable al ataque; pero yo no entiendo absolutamente nada: y
como usted dice, la mujer más sencilla, una pupila, me lleva como un niño.
Ésta, aunque afligida, conoció que era necesario tomar un partido y entrar en
composición; y viéndome inexorable, y que sus súplicas no me hacían mella, fue
necesario pasar a las ofertas. Usted creerá que he vendido muy caro este
importante puesto; pues no, porque lo prometí todo por un beso. Es cierto que
después de haberlo dado no cumplí mi oferta; pero tenía para ello pode-rosas
razones. Como no estábamos convenidos en si le había de recibir por grado o por
fuerza, regateamos tanto, que al fin nos pusimos de acuerdo para un segundo, y
éste se había dicho que sería recibido. En-tonces, cogiendo sus tímidos brazos
y estrechándola con uno de los míos cariñosamente, recibió en fin el dulce
beso, de tal modo, que el amor no hubiera podido ejecutarlo mejor.
193
CHODERLOS DE LACLOS
Tanta buena fe merecía recompensa, y así accedí
inmediatamente a su solicitud. Retiré la mano, pero no sé por qué casualidad me
hallé yo mismo en su lugar. Usted me supondrá muy apresurado y activo, ¿no es
cierto? Pues nada menos que eso, porque ya le he dicho que me agradan las
lentitudes. Una vez seguro de llegar ¿a qué apresurar el viaje?
Hablando con seriedad, me alegraba mucho observar
por una vez el poder de la ocasión, y la hallé aquí desnuda de todo socorro
extraño.
Con todo, ella tenía que luchar con el amor, y con
el amor sosteni-do por el poder o la vergüenza y fortificado sobre todo por el
mal humor y grande incomodidad que yo le había causado.
La ocasión era única, se ofrecía y se presentaba
siempre; pero el amor estaba muy distante. Para asegurar mis observaciones, yo
tenía la malicia de no emplear más fuerzas que las que ella podía combatir.
Sólo cuando mi encantadora enemiga, abusando de mi facilidad estaba para
escapárseme, la contenía, sirviéndome del mismo temor cuyos buenos efectos
había ya experimentado. Pues vea usted, sin valerme de otros medios, ni
practicar mas diligencias, la tierna y cariñosa muchachita olvi-dó sus
juramentos, cedió por el pronto, y al fin consintió, aunque a esto se siguiesen
inmediatamente las reconvenciones y las lágrimas, que igno-ro si eran
verdaderas o fingidas; pero, como sucede siempre, cesaron luego que me ocupé en
darle un nuevo motivo. Finalmente de debilidad en reconvención, y de
reconvención en debilidad, no nos separamos sino satisfechos el uno del otro, y
de acuerdo para la cita de esta noche. No he vuelto a mi casa hasta el
amanecer, y aunque estaba rendido y falto de sueño, sin embargo lo he sacrificado
todo por el placer de hallarme esta mañana al almuerzo, pues me gusta mucho ver
las caras a la mañana siguiente. Usted no puede formarse idea de la que tenía
esta jovencita.
Turbación en sus ademanes, dificultad para andar,
los ojos siempre bajos, ¡y tan hinchados y abatidos! ¡Su cara redonda, se había
alargado tanto! Nada había más gracioso; y por la primera vez su madre,
alarmada de esta extraordinaria mutación, le manifestaba un interés demasiado
tierno. ¡Y la presidenta que se apresuraba a ir al lado de ella! ¡Oh! Por lo
que toca a estos cuidados no son sino prestados; día vendrá en que po-drán
dárselos, y éste no está lejos. Adiós, mi querida amiga.
En la quinta de..., a 1º de octubre de 17...
194
LAS AMISTADES PELIGROSAS
CARTA XCVII
CECILIA VOLANGES A LA MARQUESA DE MERTEUIL
¡Ay, Dios mío, Marquesa, cuán afligida estoy, y
cuán desgraciada soy! ¿Quién me consolará en mis penas? ;Quién me consolará en
el em-barazo en que me hallo? Es el señor Valmont... ¡Danceny! No, la idea de
Danceny me desespera... ¿Cómo se lo contaré a usted? ¿Cómo se lo diré?... Yo no
sé qué hacer... Sin embargo, mi corazón está repleto... y es necesario que me
franquee con alguno, y usted es la única a quien puedo dirigirme, y en quien me
atrevo a confiar. ¡Usted es tan buena para mí!, pero ahora no debe serlo, pues
no lo merezco; ¿qué digo? no lo deseo. Todos me han manifestado mucho interés
hoy... y todos han aumentado mi dolor.
Yo sentía esto tanto más, cuanto no merecía que ose
interesasen por mí. Repréndame usted, por el contrario; regáñeme bien, pues soy
culpable; pero después sea mi libertadora. Si no tiene la bondad de
acon-sejarme, moriré de pesadumbre.
Sepa usted, pues... Mi mano tiembla, como ve; no
puedo casi escri-bir; mi cara está encendida como un fuego... ¡Ah! es el rubor.
Pues bien, lo sufriré, y éste será el primer castigo de mi culpa. Sí, todo se
lo diré.
Sabrá que el señor Valmont, que hasta aquí me ha
entregado las cartas del señor Danceny, halló de repente mucha dificultad en
eso, y quiso tener una llave de mi cuarto. Puedo asegurarle que yo no quería;
pero él llegó hasta escribir a Danceny, y éste consintió; y como a mí me cuesta
tanto trabajo el negarle la más ligera cosa, especialmente después de que mi
ausencia le ha hecho tan desgraciado, acabé por acceder a ello. No preveía yo
la desgracia que podía sucederme. Ayer, el señor Valmont se sirvió de esta
llave para entrar en mi cuarto, cuando yo estaba dur-miendo, y tan lejos de
esperarle, que al despertar me causó mucho mie-do; pero como me habló
inmediatamente, lo reconocí, y no grité; además se me ocurrió, de pronto, que
quizá vendría a traerme alguna carta de Danceny. Estaba él bien distante de
eso. Un momento después quiso abrazarme; y mientras yo me defendía, como era
natural, se manejó tan bien, que yo no hubiera querido por todas las cosas de
este mundo...
195
CHODERLOS DE LACLOS
Pero él quería antes un beso. Fue necesario
condescender. ¿Qué había de hacer? tanto más cuanto que, tratando de tocar la
campanilla, no sólo no pude, sino que cl tuvo buen cuidado de decirme que si
venía alguno, sabría bien echarme la culpa de todo; y, en efecto, era muy
fácil, a causa de esta llave.
Después no se retiró ya. Quiso un segundo; pero
éste, que no sabía yo lo que era, me turbó enteramente. Y después, era todavía
peor que antes. ¡Oh! ciertamente que es una maldad. En fin, después... Usted me
eximirá de contarle lo demás; pero yo soy la mujer más infeliz de mundo. Lo que
más echo en cara, y lo que es necesario, sin embargo, referir a usted, es que
tengo miedo de no haberme defendido tanto como podía. Le aseguro que yo no sé
cómo sucedió, porque no quiero a Valmont; antes bien, lo detesto; y hubo
momentos, no obstante, en que estuve como si le amase. Usted puede juzgar bien
que esto no me impedía de-cirle siempre que no; pero yo conocía que no obraba
como decía; y esto era como a pesar mío; y además, ¡yo estaba tan turbada! ¡Si
es siempre tan difícil defenderse como esto, es necesario estar bien
acostumbrarlo a ello!... Es verdad que Valmont tiene un modo de insinuarse, que
no supe qué hacer para contestarle. En fin, ¿creerá que casi sentí que se
fuese, y que tuve la debilidad de consentir en que volviese esta noche, lo que
me desconsuela también más que lo restante? ¡Oh! a pesar de esto, prometo a
usted que le impediré que venga. Apenas había salido, cuando conocí que había
hecho muy mal en prometérselo; por esta razón he estado llorando sin cesar.
¡Danceny, en especial, es el que me causaba más pena! Todas las veces que
pensaba en él, mis lágrimas se redoblaban hasta el punto de sofocarme; y
pensaba siempre... y aún ahora ve usted el efecto en mi carta empapada en
lágrimas. No; no me consolaré jamás, aunque no fuese más que por él... En fin,
yo no podía dormir ya, y, por consi-guiente, no pegué los ojos en toda la
noche. Y esta mañana, cuando me levanté y me miré al espejo, daba miedo; tan
demudada estaba.
Mi madre lo percibió luego que me vio, y me
preguntó lo que tenía. Yo me eché a llorar al instante. Creía que me iba a
regañar, y quizá eso me hubiera causado menos dolor; pero al contrario, me
habló con dulzu-ra. Yo casi no lo merecía. Me dijo no me afligiese así; ella
ignoraba el motivo de mi pena. ¡Que me pondría mala! Hay momentos en que qui-
196
LAS AMISTADES PELIGROSAS
siera estar muerta. Yo no pude sufrir más. Me
arrojé entre sus brazos sollozando, y diciéndole:
¡Ah, madre mía! su hija de usted es muy desdichada.
Ella no pudo menos de llorar un poco, y todo esto no ha hecho más que aumentar
mi pesadumbre; por fortuna, no me preguntó el motivo de mi desgracia, pues no
hubiera sabido qué responderle. Suplico a usted me escriba lo más pronto
posible, porque no tengo valor para pensar en nada, y no hago más que
afligirme.
Tenga a bien dirigirme su carta por medio del señor
de Valmont; pero le suplico que en caso de que le escriba al mismo tiempo, no
le diga nada de cuanto le he referido. Me ofrezco a la disposición de usted con
la más sincera amistad, y soy su más humilde y obediente servidora. No me
atrevo a firmar esta carta.
En la quinta de..., a 19 de octubre de 17...
CARTA XCVIII
LA SEÑORA DE VOLANGES A LA MARQUESA DE MERTEUIL
Hace muy pocos días que usted me pedía consuelo y
consejos; hoy me toca a mí pedírselos; y le hago para mí la misma súplica que
usted me hacía para sí. Estoy verdaderamente muy afligida, y me recelo que no
he tomado los mejores medios para evitar las pesadumbres que experimen-to. Mi
hija es la causa de mi inquietud. Después de mi partida la había visto siempre
triste y apesadumbrada pero esto no me cogía de nuevo, y por lo mismo observaba
con ella una severidad que creía necesaria.
Esperaba que la ausencia y las distracciones
destruirían bien pronto un amor que miraba más bien como un error de la
infancia, que como una verdadera pasión. Sin embargo, lejos de haber ganado
después de mi permanencia en ésta, observo que esta niña se entrega cada día
más y más a una melancolía peligrosa, y temo de veras que su salud se altere.
Particularmente de algunos días a esta parte, ha mudado visiblemente, y ayer en
particular, me chocó mucho, y todos los que estaban conmigo se alarmaron al
verla.
197
CHODERLOS DE LACLOS
La prueba que tengo de que está vivamente afectada,
es que la veo dispuesta a sobrepujar la timidez que ha tenido siempre para
conmigo. Ayer por la mañana, a la simple pregunta que le hice si estaba mala,
se arrojó entre mis brazos, diciéndome que era muy desdichada y se echó a
llorar.
No puedo pintarle la pena que me causó; mis ojos se
cubrieron de lágrimas, y no tuve tiempo para volver la cabeza, a fin de evitar
que lo notase. Por fortuna, tuve la prudencia de no hacerle más preguntas, y
ella no se atrevió a decirme más; pero no es por eso menos cierto de que esta
infeliz pasión es la que la atormenta. ¿Qué partido, pues, tomaremos si esto
continúa? ¿Haré, por ventura, la desgracia de mi hija? ¿Convertiré contra ella
las cualidades más preciosas del alma, la sensibilidad y la constancia? ¿Soy
acaso madre para esto? Y aun cuando llegue a ahogar el sentimiento natural, que
nos hace desear la felicidad de nuestros hijos; aun cuando mirase como una
debilidad lo que yo creo, por el contrario, el primero y el más sagrado de
nuestros deberes, ¿si la fuerzo su elección, no seré responsable de las
funestas consecuencias que puedan seguirse? ¿Qué uso haré de la autoridad
materna, si coloco a mi hija entre el cri-men y la desdicha?
Amiga mía, yo no imitaré lo que tantas veces he
vituperado. He podido, sin duda, tratar de hacer una elección para mi hija; yo
no haría con esto más que auxiliarla con mi experiencia; no era un derecho el
que yo ejercía, cumplía sólo con mi obligación. Por el contrario, faltaría a
mis deberes disponiendo de ella, con desprecio de una inclinación cuyo ori-gen
no he podido impedir, y cuya extensión y duración ni ella ni yo po-demos
conocer. No permitiré que se case con uno para querer a otro; y prefiero más bien
comprometer mi autoridad que su virtud.
Juzgo, pues, que debo tomar el partido más
prudente, que es el de retirar la palabra que he dado al señor Gercourt. Usted
acaba de ver los motivos, que me parecen superiores a mis promesas. Digo aún
más: que en el estado en que se hallan las cosas, el cumplir con mi palabra
sería verdaderamente violarla. Porque, en fin, si debo ocultar el secreto de mi
hija al señor Gercourt, debo a lo menos no abusar con éste de la igno-rancia en
que le dejo, y de hacer con él todo lo que creo que él mismo haría si estuviese
instruido.
198
LAS AMISTADES PELIGROSAS
¿Iré, por el contrario, a venderle indignamente,
cuando él confía en mi palabra; y mientras que me honra escogiéndome por una
segunda madre, engañarle en la elección que quiere hacer? Estas reflexiones tan
verdaderas, y a las que no puedo negarme, me alarman más de lo que pudiera
decir a usted. Comparo a mi hija con las desgracias que estas consideraciones
me hacen temer, y me la represento feliz con el esposo que su corazón ha
elegido, no conociendo sus deberes sino por la dulzu-ra que experimenta en
cumplirlos, y veo a mi yerno igualmente satisfe-cho, y felicitándome de su
elección, no hallando cada uno de ellos la felicidad sino en la dicha del otro,
y reuniéndose la de ambos para au-mentar la mía.
¿La esperanza de un porvenir tan lisonjero debe
sacrificarse a vanas consideraciones? ¿Y cuáles son las que me detienen?
únicamente las miras del vil interés. ¿De qué le servirá a mi hija ser rica, si
no deja por eso de ser esclava de la fortuna? Convengo en que el señor Gercourt
es quizá partido mejor que el que mi hija podía prometerse; confieso tam-bién
que me lisonjea en extremo la elección que ha hecho de ella. Pero al fin,
Danceny es igualmente de una casa tan buena como la suya; que en nada le cede por
lo que mira a sus cualidades personales, y tiene sobre el señor Gercourt la
ventaja de amar y ser amado. Es cierto que no es rico; ¿pero mi hija no tiene
bastante para los dos? ¡Ah! ¿a qué privarla de la satisfacción de enriquecer a
quien ama?
Estos matrimonios de cálculo, en que todo se
ajusta, y en que a to-do se atiende menos a los gustos y caracteres, ¿no son el
manantial más fecundo de esos escándalos que cada día son más frecuentes?
Prefiero, pues, diferirlo; tendré entre tanto el tiempo de estudiar y observar
a mi hija, que no conozco todavía. Me siento con bastante valor para causarle
un sin sabor pasajero, con tal que recoja de él una felicidad más duradera;
pero exponerla a un eterno tormento, lo repugna mi corazón. He aquí, amiga mía,
las ideas que me afligen, y sobre las que reclamo sus consejos.
Estos objetos severos chocan mucho con la amable
jovialidad de usted, y no parecen propios de su edad; ¡pero su razón se halla
tan ade-lantada!: Por otra parte, la amistad auxiliará su prudencia, y no temo
que la una o la otra se nieguen a la solicitud de una madre que las implora.
199
CHODERLOS DE LACLOS
Me ofrezco a su disposición, mi cara amiga, y no
dude nunca de la since-ridad de mi afecto.
En la quinta de..., a 2 de octubre de 17...
CARTA IC
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL
Todavía han ocurrido, mi bella amiga, algunos
lancecitos, pero no son más que escenas, y no acciones. Ármese usted, por lo
mismo, de paciencia, y tome una buena dosis de ella; pero mientras que mi
presi-denta marcha pasito a pasito, su pupila de usted retrocede, y esto es
mucho peor. Sea, pues, así: yo tengo mi carácter, que me divierte con estas
miserias. En verdad, que voy acostumbrándome a vivir aquí, y puedo decir que en
la triste quinta de mi anciana tía no he experimentado un momento de fastidio; pero
vamos al hecho. Tengo yo aquí placeres, privaciones, esperanzas,
incertidumbres. ¿Qué mas hay en el mayor tea-tro? ¡Espectadores! Pues tenga
usted paciencia, que no faltarán. Si no me ven ocupado, bien pronto les
mostraré una abra acabada. No tendrán más que admirar y aplaudir. Sí,
aplaudirán; porque puedo al fin pronosti-car con certidumbre el momento de la
caída de mi austera devota. Esta noche he asistido ala agonía de la virtud. La
dulce debilidad va a reinar en su lugar. No fijo la época para más tarde que
para nues-tra primera en-trevista: pero ya la estoy oyendo gritar: ¡orgullo!
¡Anunciar la victoria, y jactarse de antemano! Bien, bien; cálmese usted. Para
hacerla ver mi modestia, voy a comenzar por la historia de mi derrota.
¡A la verdad, que su pupila es una personita bien
ridícula! Es una niña a quien sería necesario tratar como tal, a quien se le
haría mucha gracia poniéndola sola en penitencia. ¿Creerá que después de lo que
pasó anteayer entre los dos, después del modo amistoso con que nos separa-mos
ayer de mañana, cuando he querido volver por la noche, según estábamos
convenidos, me he hallado con la puerta cerrada por dentro?
200
LAS AMISTADES PELIGROSAS
¿Qué dice usted a esto? Algunas veces le suceden a
uno estas niñerías por la víspera; ¡pero a la mañana siguiente! esto es muy
gracioso.
Sin embargo, no me dio gana de reír por lo pronto;
jamás había co-nocido tanto el imperio de mi carácter. Es cierto que yo iba a
esta cita sin gusto, y únicamente por ser consecuente; porque en lo demás,
tenía más necesidad de irme a mi casa, que me parecía preferible a la de
cualquier otro, y la había dejado con sentimiento. Con todo, apenas encuentro
un obstáculo, cuando deseo con ansia vencerle. Estaba sobre todo avergon-zado
de que una niña me hubiese jugado esta pieza. Retiréme, pues, muy malhumorado, y
con la firme resolución de no ocuparme de esta tontue-la, ni de sus asuntos.
Escribíle inmediatamente una esquela, que pensaba entregarle hoy, en la que la
valuaba por su justo precio. Pero, como sue-len decir, la noche trae los
consejos; y esta mañana he visto, que como aquí no hay distracciones que
elegir, era necesario guardar ésta; y por lo mismo, he suprimido la severa
esquela. Después que he reflexionado en esto, no se me ocurre haber tenido la
idea de acabar una aventura antes de poner entre manos los medios de perder la
heroína. ¡A dónde nos arrastra un primer impulso! Feliz usted, mi bella amiga,
si ha sabido acostumbrarse a no ceder jamás a él. En fin, he suspendido la
venganza, por hacer este sacrificio a las miras que usted tiene sobre Gercourt.
Aho-ra que estoy tranquilo, no veo en la conducta de su pupila sino una cosa
ridícula y digna de desprecio. En efecto, yo quisiera saber qué es lo que
espera ganar con esto. Por lo que a mí toca, no pierdo nada en ello. Si acaso
es para defenderse, es preciso convenir que llega ya un poco tarde. Será
necesario que un día me descifre este enigma; tengo un vivo deseo de saberlo.
¿Estaría quizá algo fastidiada? Hablando con franqueza, esto podía suceder;
pues sin duda ella ignoraba todavía que las flechas de amor, como la lanza de
Aquiles, llevan consigo el remedio para curar las heridas que hacen. Pero no;
porque a la vista del gestecito que tuvo todo el día, apostaría que hay allá en
su interior algo de arrepentimiento...
allá... cierta cosa... como virtud... ¡Virtud!
¿Conviene, por ventura, a ella tenerla? ¡Ah! que la deje para la mujer que ha
nacido verdaderamente para ella, la única que sabe hermosearla, y que la hace
amar! Disimule, mi bella amiga, y sepa que esta noche misma me ha pasado con la
señora Tourvel una escena que voy a referirle, y de la que conservo todavía
201
CHODERLOS DE LACLOS
alguna emoción. Tengo necesidad de violentarme para
echar a un lado la impresión que me ha causado, y aun para conseguirlo, me he
puesto a escribir a usted. Es preciso perdonar alguna cosa a este primer
movi-miento. Hace ya algunos días que la señora Tourvel y yo estábamos de
acuerdo, y la disputa se ceñía ya sólo a las palabras. Es cierto que ella no
correspondía a mi amor sino con la amistad; pero este lenguaje no alte-raba el
fondo de las cosas; y aun cuando nos hubiéramos quedado así, me habría acaso apresurado
menos, pero con más seguridad. Ya no se trataba de alejarme, como lo quería en
los principios; y por lo que mira a las conversaciones diarias, si pongo
cuidado en ofrecerle la ocasión, ella pone de su parte el de apoderarse de
ella. Como nuestras citas son co-múnmente para el paseo, me desesperaba el ver
el tiempo horroroso que ha hecho todo el día de hoy. A la verdad, que no me
salían bien mis proyectos; pero no preveía cuán provechoso era el mal tiempo
para ellos. Como no se podía pasear, se pusieron a jugar al levantarse la mesa;
y como yo juego poco, y casi no soy necesario, me aproveché de este tiempo para
subir a mi cuarto, sin otro objeto que el de esperar en él a que se acabase la
partida. Volvía a la tertulia, cuando encontré a la en-cantadora mujer, que
entraba en su cuarto; y que, sea por prudencia o debilidad, me dijo con su
halagüeña voz: "¿A dónde va usted? no hay nadie en el salón." No fue
necesario más, como puede figurarse, para que yo tratase de entrar en su
cuarto; hallé en ella menos resistencia de la que aguardaba. Es cierto que yo
había tenido la precaución de entablar la conversación en la puerta, y
empezarla por cosas indiferentes; pero ape-nas estábamos sentados, cuando la
dejé caer sobre el verdadero asunto, y le hablé de mi amor a mi amiga. Su
primera respuesta, aunque sencilla, me pareció bastante expresiva.
"¡Oh! escuche usted, me dijo; no hablemos de
eso aquí"; y tembla-ba. ¡Pobre mujer! se veía morir. Sin embargo, no tenía
razón en temer, porque de algún tiempo a esta parte, como yo estaba seguro del
éxito un día u otro, viendo que ella usaba de tantas fuerzas en inútiles
combates, había resuelto economizar las mías y esperar sin esfuerzos a que se
rin-diese de fatiga. Usted conoce bien que se necesita aquí un triunfo
com-pleto, y que no quiero deber nada a la ocasión. Después de haber formado este
plan, para poder estrecharla sin empeñarme mucho, volví a
202
LAS AMISTADES PELIGROSAS
la conversación del amor, tan obstinadamente
rehusada; y para que me creyese con bastante ardor, traté de emplear un tono
más tierno. Ya no sentía esta repulsa, pero me afligía. En tal estado, ¿no
debía mi sensible amiga darme algunos consuelos? Cuando me los estaba dando
puso su mano sobre la mía, y como su hermoso cuerpo estaba apoyado sobre mi
brazo, nos hallamos extremadamente juntos.
Usted habrá observado que en semejantes
situaciones, a medida que la defensa cede, las peticiones y las repulsas se
hacen acercándose más y más; se desvía la cabeza, se bajan los ojos, mientras
que las discu-siones, pronunciadas con una voz débil, vienen a ser más raras e
inte-rrumpidas. Estos preciosos síntomas anuncian de un modo nada inequívoco el
consentimiento del alma, pero rara vez pasa a los sentidos; yo creo que es
arriesgado el intentar entonces una empresa demasiado notable; porque no
sacrificándose nunca este estado de abandono, ni experimentar un dulce placer,
no se puede forzar a salir de él sin causar un mal humor, que sería
infaliblemente provechoso a la defensa.
Pero en el caso presente necesitaba yo de tanta más
prudencia, cuanto tenía, sobre todo, que temer el horror que este olvido de sí
misma debía de causar a mi tierna pensativa. Así, yo no exigía aún que hiciese
esta confesión que le pedía; una mirada podía bastar, y yo era feliz.
Mi bella amiga, sus hermosos ojos se levantaron, en
efecto, para mirarme, y su celestial boca pronunció: "¡Y bien, si
yo!..." pero de re-pente cerró sus ojos, le faltó la voz, y esta adorable
mujer cayó entre mis brazos. Apenas había tenido tiempo de recibirla, cuando
desprendióse de mí con una fuerza convulsiva, la vista turbada, y las manos
levantadas al cielo... "¡Dios!... ¡Dios mío, salvadme!" exclamó; y al
instante, más pronta que un relámpago, se postró a diez pasos de mí. Yo la vi a
pique de sofo-carse, y me adelanté para socorrerla; pero ella, tomando mis
manos, que bañaba con sus lágrimas, y aun abrasando mis rodillas: "¡Sí,
usted será, dijo, usted será quien me salve! ¡Si usted no quiere matarme,
déjeme; sálveme; por Dios, déjeme usted!" Y estas medias palabras apenas
se le escapaban en medio de sus continuos sollozos. Sin embargo, me tenía
cogido con tanta fuerza, que apenas podía desprenderme.
Reuniendo entonces las mías, la levanté y la puse
entre mis brazos, y al instante cesaron las lágrimas. Ya no hablaba; todos sus
miembros se
203
CHODERLOS DE LACLOS
entorpecieron, y violentas convulsiones siguieron a
esta tempestad. Con-fieso que yo estaba conmovido; y creo que hubiera
condescendido con su solicitud, aun cuando las circunstancias no me hubieran
obligado a ello. Lo que hay de cierto es que después de haberle dado algunos
soco-rros, la dejé, según me suplicaba, y me felicito de ello. Ya casi he
recibido el premio.
Esperaba que, así como el día de mi primera
declaración, no se pre-sentaría en la tertulia. Pero hacia las ocho bajó al
salón, y sólo manifestó que estaba muy indispuesta. Su semblante estaba
abatido, su voz débil, su aire modesto; pero sus miradas eran dulces, y a
menudo las fijaba sobre sí.
Como no quiso jugar, me vi obligado a ocupar su
asiento, y ella se sentó a mi lado. Durante la cena se quedó sola en el salón.
Cuando vol-vimos, observé que había llorado: para convencerme, le dije que me
parecía que estaba todavía doliente; a lo que contestó con mucha aten-ción:
"¡Este mal no se va tan pronto como viene!"
En fin, cuando nos retiramos le di la mano, y en la
puerta de su cuarto me la apretó con fuerza. Es verdad que este movimiento me
pare-ció tener algo de involuntario, pero tanto mejor; ésta es otra prueba de
mi imperio. Apostaría que está muy contenta de hallarse allí; todos los gastos
están hechos, y no resta más que gozar. ¡Quizá mientras que es-cribo a usted se
está ocupando de esta dulce idea! Y aun cuando se ocu-pase, por el contrario,
de un nuevo proyecto de defensa, ¿no sabemos ya en qué vienen a parar todos sus
proyectos? Yo se lo pregunto a usted. ¿Puede diferirse esto más allá de nuestra
primera entrevista? Por ejemplo, espero que habrá algunos melindres para
concederlo; pero dado el pri-mer paso, ¿saben acaso estas mojigatas contenerse?
su amor es una ver-dadera explosión, y la resistencia les da más fuerza. La
feroz gazmoña correría tras de mí, si yo dejara de correr tras ella.
En fin, iré a su casa para recordarle su palabra.
¿Usted no se habrá olvidado de lo que tiene prometido después del suceso: la
infidelidad de su amante? ¿Está dispuesta? Por lo que a mí toca, lo deseo como
si jamás nos hubiésemos conocido. En lo demás, el conocer a usted es acaso un
nuevo motivo para apetecerlo más.
204
LAS AMISTADES PELIGROSAS
Soy justo, y no soy galante.20
Así ésta será la primera infidelidad que haré a mi
grave conquista, y le prometo que me aprovecharé del primer pretexto para
ausentarme veinticuatro horas de su lado; éste será el castigo que tendrá que
sufrir por haberme tenido tanto tiempo separado de usted. ¿Sabe que hace más de
dos meses que me ocupa esta aventura? Sí, dos meses y tres días; es verdad que
cuento con mañana, porque verdaderamente no se consuma-rá hasta entonces. B***
resistió tres meses completos. Yo me alegro mucho de ver que la franca coquetería
se ha defendido más que la auste-ra virtud.
Adiós, mi querida amiga, es necesario que acabe
esta carta, porque es muy tarde. Ha sido más larga de lo que yo pensaba, pero
como la envío mañana por la mañana a París, he querido aprovecharme de esta
ocasión para participar a usted un día antes la alegría de su amigo.
En la quinta de..., a 2 de octubre de 17... por la
noche.
CARTA C
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL
Amiga mía, estoy volando, vendido y perdido, estoy
desesperado; la señora de Tourvel se ha ido, ¡y ha partirlo sin que yo lo haya
sabido! Yo no estaba para impedírselo y para echarle en cara su indigna
traición. ¡Ah! no crea usted que la hubiera dejado marchar; se hubiera quedado,
aunque hubiese tenido que valerme de la violencia. ¡Pero qué! en mi crédula
seguridad, yo dormía tranquilamente; yo dormía, y el rayo cayó sobre mí.
No, no concibo el motivo de esta partida. Es
necesario renunciar a conocer las mujeres.
¡Cuando me acuerdo del día de ayer! ¿qué digo? ¡de
ayer noche! ¡aquel mirar tan halagüeño! ¡aquella tierna voz! ¡aquello de
apretarme la mano! y al mismo tiempo estaba proyectando huir de mí. ¡Oh,
mujeres,
20 Voltaire,
Nanine.
205
CHODERLOS DE LACLOS
mujeres! ¡quejaos si os engañan! Pero, sí;
cualquiera perfidia que se em-pleen con vosotras es un robo que os hacen.
¡Qué gusto tendré en vengarme! Yo volveré a
encontrar a esta pér-fida mujer; yo volveré a tomar mi imperio sobre ella. Si
el amor no me ha bastado para hallar los medios, ¿qué no haré auxiliado de la
venganza? La veré todavía a mis rodillas trémula y bañada en lágrimas, gritar
con una voz encantadora: ¡perdón! y yo seré inexorable.
¿Qué hará ahora? ¿y en qué pensará? Quizás se está
jactando de ha-berme engañado; y, fiel al gusto de su sexo, este placer le
parecerá más dulce. Lo que la virtud más ponderada no ha podido lo ha
conseguido sin esfuerzo el espíritu de astucia. ¡Insensato! yo temía a su
cordura, su mala fe era lo que debía temer.
¡Y verme obligarlo a devorar mi sentimiento! No
atreverme a mani-festar sino un tierno dolor, cuando tengo el corazón lleno de
rabia. ¡Te-ner que reducirme a suplicar todavía a una mujer rebelde, que se ha
sustraído a mi imperio! ¿Deberé humillarme hasta ese punto? ¿Y por quién? por
una mujer tímida y que jamás se ha ejercitado en los comba-tes. ¿De qué me
sirve haberme establecido en su corazón, después de haberla abrasado con todo
el fuego del amor, haber llevado hasta el delirio la turbación de sus sentidos,
si tranquila en su retiro, puede hoy engreírse de su huida más bien que yo de
sus victorias? ¿Yo lo subiré, amiga mía? usted no lo cree, no tiene usted
formada de mí una idea tan baja. ¡Pero la fatalidad me arrastra hacia esta
mujer! ¿Tantas otras no desean mis obsequios? ¿No se apresurarán a corresponder
a ellos? ¿Aun-que ninguna pudiera competir con ésta, el cebo de la variedad, el
encanto de nuevas conquistas, el brillo de su número, no ofrecen placeres
bas-tante dulces? ¡Ah! ¿por qué?... Yo lo ignoro, pero lo experimento con
vehemencia.
No hay ya para mí felicidad ni reposo, hasta que
posea esta mujer que aborrezco, y amo con igual furor. No podré sobrellevar mi
suerte sino desde el momento en que disponga de la suya. Entonces tranquilo y
satisfecho, la veré, a su vez, entregada a las mismas tempestades que ahora
experimento, y aun le suscitaré otras mil. La esperanza y el temor, la
desconfianza y la seguridad, cuantos males ha inventado el odio y bienes ha
concedido el amor, otros tantos quiero que llenen su corazón,
206
LAS AMISTADES PELIGROSAS
y que se sucedan en él según mi capricho. Este
tiempo llegará... pero hasta entonces ¡qué trabajos! ¡Que ayer estuviese tan
inmediato y hoy me vea tan distante! ¿Cómo me acercaré a ella? No me atrevo a
dar ningún paso, porque conozco que para tomar mi partido necesitaría tener más
tranquilidad, y mi sangre está hirviendo en mis venas. Pero lo que redo-bla mi
tormento, es la sangre fría, con la que cada uno responde aquí a mis preguntas,
sobre este acontecimiento, sobre su causa y sobe todo lo que ofrece de extraordinario...
Nadie sabe nada, y nadie desea saberlo: apenas se hubiera hablado de esto, si
se hubiese consentido en que ha-blasen de otra cosa. La señora Rosemonde, a
cuya casa he ido corriendo esta mañana, luego que supo esta novedad me ha
respondido, con la frialdad de su edad, que era consecuencia natural de la
indisposición que la señora Tourvel había tenido ayer; que había temido una
enfermedad, y que por lo mismo había preferido estar en su casa. Ella encuentra
esto muy regular y sencillo, y me ha dicho que hubiera hecho lo mismo si se
hubiera hallado en igual caso. ¡Como si pudiera haber alguna cosa común entre
las dos! Entre ella que tiene su pie en la sepultura, y la otra, que hace el
encanto y el tormento de mi vida. La señora de Volanges, que por lo pronto
sospeché que era cómplice, me parece que sólo siente que no le haya consultado
sobre esta acción.
Confieso que rne alegro mucho de que no haya tenido
el placer de no hacerme daño. Esto me prueba que no tiene con esta mujer tanta
confianza como yo temía. Siempre es un enemigo menos. ¡Qué placer tendría si
supiera que había huido de mi! ¡Cómo se inflaría de orgullo, si ella se lo
hubiese aconsejado! ¡Qué importancia no hubiera dado a esto! ¡Dios mío! ¡Cuánto
la aborrezco! ¡Oh! Volveré a hacer las amistades con su hija, quiero divertirme
con ella a mi capricho. Por esta razón perma-necerá aquí algún tiempo; a lo
menos la corta reflexión que he podido hacer me inclina a tomar este partido.
¿Cree usted efectivamente que después de un paso
tan señalado debe temer mi presencia la ingrata? Si le ha venido la idea de que
yo podría seguirla, no habrá dejado de cerrar su puerta; y no estoy más
dispuesto a permitirle que me dé este medio, que a sufrir la humillación que él
me ocasionaría. Prefiero, por el contrario, anunciarle que me que-do aquí; y
aún le haré instancias para que vuelva; y cuando esté mejor
207
CHODERLOS DE LACLOS
persuadida de mi ausencia, me tendrá en su casa:
veremos cómo soporta-rá esta aventura. Pero es menester diferirla para aumentar
su efecto. Ignoro si tendré paciencia para ello: veinte veces he tenido hoy, la
boca abierta para pedir los caballos. Sin embargo, tomo por mi cuenta y
pro-meto a usted recibir aquí la respuesta, y sólo le ruego, mi bella amiga,
que no me hago esperar. Lo que más me incomodaría sería el no saber lo que
ocurre; pero mi criado, que está en París, y que trata a la doncella, podrá servirme.
Le envío al intento una instrucción y dinero. Suplico a usted tenga a bien unir
lo uno y lo otro a esta carta, y procurar enviárselo por uno de sus criados,
con orden de entregárselo a él en persona. Tomo esta precaución, porque el
tunante tiene la costumbre decir que no ha recibi-do nunca mis cartas, cuando
éstas contienen alguna orden que pueda incomodarle, y a la sazón no me parece
tan enamorado de su conquista, como yo quisiera que lo estuviese.
Adiós, mi bella amiga; si se le ocurre alguna idea
feliz, algún medio de acelerar mi marcha, no deje de participármelo. Más de una
vez he conocido cuán útil podía serme su amistad, y ahora mismo lo estoy
expe-rimentando, porque me siento más sosegado desde que empecé esta carta; a
lo menos hablo con quien me entiende, y no con autómatas, a cuyo lado vegeto
desde esta mañana. A la verdad, cuanto más veo, tanto más inclinado estoy a
creer que no hay en el mundo sino usted y yo que valgamos algo.
En la quinta de... a 5 de octubre de 17...
CARTA CI
EL VIZCONDE VALMONT A AZOLAN; SU CRIADO (Adjunta a
la anterior.)
Habiendo salido usted de aquí esta mañana, es
necesario ser un mentecato para haber ignorado que la señora de Tourvel partía
también; o si usted lo ha sabido es menester ser bien imbécil para no haber
venido a participármelo. ¿De qué sirve que usted gaste mi dinero en
emborra-charse con los criados, y que el tiempo que debiera usted emplear en
208
LAS AMISTADES PELIGROSAS
servirme, lo pase en cortejar a las doncellas, si
no estoy por eso más instruido de lo que pasa? ¡Vea usted, sin embargo, sus
descuidos! Pero le prevengo, que si le vuelve a suceder uno sólo en este
asunto, será el último que tendrá conmigo.
Es preciso que usted se informe de cuanto pasa en
casa de la seño-ra de Tourvel; de su salud; si duerme; si está triste o alegre;
si sale a me-nudo y a qué casa va; si recibe gente en la suya, y quién va a
ella; en qué se ocupa; si está de mal humor con las criadas, especialmente con
aquella que trajo aquí; qué es lo que hoce cuando está sola; si cuando lee, lo
hace sin interrupción, o si suspende la lectura para meditar; asimismo cuando
escribe. Procure también hacerse amigo del que lleva las cartas al correo.
Ofrézcale usted frecuentemente hacer esta comisión por él; y en el caso que
acepte, no eche en la estafeta sino las que le parezcan indiferentes y envíeme
las otras, sobre todo las que sean para a señora de Volanges, si acaso
encuentra algunas.
Disponga las cosas de modo que pueda ser todavía
por algún tiem-po el amante feliz de su Julia; si tiene otro, como usted lo ha
creído, haga de modo que consienta en ser para los dos, y no vaya a picarse de
una ridícula naturaleza: se hallará en el caso de otros muchos que valen más
que usted. Si su rival fuese demasiado importuno, y observara, por ejem-plo,
que ocupa mucho a Julia durante el día, y que por eso ella está me-nos
frecuentemente al lado de su ama, sepárelo usted por cualquier medio, o trate
de reñir con él; no tema las consecuencias, porque yo le sostendré. Sobre todo
no desampare usted esta casa. Yendo continua-mente a ella, lo verá todo y lo
verá bien. Si por casualidad llegasen a despedir algún criado, preséntese para
reemplazarlo, como que no está ya conmigo, diciendo que ha salido de mi casa
para buscar otra más tran-quila y más arreglada.
En fin, procure que le admitan, sin que por eso
deje de estar a mi servicio durante este tiempo. Esto será como cuando estuvo
en casa de la duquesa de***; y en lo sucesivo la señora de Tourvel le
recompensará largamente.
Esta instrucción debería bastar, si tuviera
bastante destreza y celo; pero para suplir a la una y a lo otro, le envío
dinero. La esquela adjunta le autoriza, como verá, a recibir veinticinco luises
en casa de mi mayordo-
209
CHODERLOS DE LACLOS
mo; pues no dudo que usted estará sin un cuarto. De
esta suma empleará lo que fuese necesario para decidir a Julia a que entable
una correspon-dencia conmigo. Lo restante servirá para dar de beber a los
criados. Procure en cuanto fuere posible que esto sea en casa del portero, a
fin de que le vea con gusto ir allá. Pero no olvide que no son sus placeres los
que quiero pagar, sino sus servicios.
Acostumbre usted a Julia a que lo observe todo y se
lo cuente todo, aun lo que le parezca minucioso. Más vale que escriba diez
frases inútiles, que el que omita una interesante, y muchas veces lo que parece
indife-rente no lo es. Como es necesario que yo lo sepa todo inmediatamente, si
ocurriese alguna cosa que crea usted merece la pena, enviará a Felipe con el
caballo a que se establezca en... y permanecerá allí hasta nueva orden. Será
una posta de más en caso necesario. Para la correspondencia ordina-ria bastará
el correo. Cuidado con perder esta carta. Vuélvala a leer todos los días, así
para asegurarse de que nada se le ha olvidado, como para estar seguro de que la
tiene todavía. Finalmente, haga lo que es menester que haga un criado a quien
honro con mi confianza.
Usted sabe, que si me diere gusto, no le pesará.
En la quinta de..., a 3 de octubre de 17...
CARTA CII
LA PRESIDENTA DE TOURVEL A LA SEÑORA DE
ROSEMONDE
Amiga y muy señora mía: Usted se admirará cuando
sepa que parto de su casa con tanta precipitación. Este paso va a parecerle muy
extraor-dinario; pero su sorpresa se redoblará, luego que conozca los motivos.
¿Quizá juzgará que confiándoselo, no respeto bastante la tranquilidad necesaria
a su edad, y que me extravío de los sentimientos de veneración que por tantos
títulos se le deben? ¡Ah! perdóneme, señora, pero mi corazón está oprimido y
tiene necesidad de desahogarse en el pecho de una amiga tan dulce como
prudente; ¿y con quién podrá abrirse mejor que con usted? Míreme como a su
hija. Tenga usted conmigo las aten-
210
LAS AMISTADES PELIGROSAS
ciones de una madre; yo las imploro. Acaso tengo
algunos derechos a ellas por el afecto que le profeso.
¿Qué se ha hecho de aquel tiempo en que, consagrada
toda entera a estos loables sentimientos, no conocía los que, introduciendo en
el alma el desorden mortal que experimento, quitan la fuerza de combatirlos al
mismo tiempo que imponen la obligación de resistirlos? ¡Ah! este fatal viaje me
ha perdido...
¡Qué le diré, en fin! ¡le diré que estoy enamorada,
sí, que amo loca-mente! ¡Ay de mi! esta palabra que escribo por la primera vez,
esta pala-bra solicitada tan a menudo y siempre negada, daría la vida por tener
el consuelo de oírla una sola vez de aquél que la inspira; ¡y sin embargo es
necesario rehusarla sin cegar! Sin duda que él va a dudar de mis senti-mientos,
y a creer que tiene motivos para quejarse de ellos. ¡Soy muy desgraciada! ¿no
le es por ventura tan fácil leer lo que pasa en mi corazón como reinar en él?
Sí, yo sufriría menos, si supiese lo que sufro; usted misma, a quien se lo
digo, no podrá formarse todavía sino una débil idea.
Dentro de algunos momentos voy a huir de él y
entristecerle. Al mismo tiempo que se creerá estar a mi lado, me hallaré muy
lejos de él. A la hora en que tenía costumbre de verle todos los días, estaré
en sitios a donde no ha venido jamás, y donde no debo permitir que venga. Ya
están hechos todos mis preparativos; todo está delante de mis ojos, y no puedo
fijarlos en nada que no me anuncie mi cruel partida. ¡Todo está pronto menos
yo!... y cuanto más se niega mi corazón a la salida, tanto más prueba la necesidad
de realizarla.
La realizaré sin duda; porque más vale morir que
vivir culpable. Yo lo conozco, demasiado lo sé; no he salvado más que mi
juicio, la virtud ha desaparecido. Es necesario confesárselo a usted, lo que me
queda todavía, se lo debo a su generosidad. Embriagada del placer de verle, de
oírle, de la dulzura de tenerla a mi lado, de la felicidad más grande de
hacerlo feliz, estaba sin poder y sin fuerza, apenas me quedaba alguna para
combatir, y no tenía ninguna para resistir; me estremecía a la vista del peligro
sin poder evitarle. Pues ¡vea usted! Él conoció mi pena y se compadeció de mí.
¿A vista de esto podré no amarle? le debo más que la vida.
211
CHODERLOS DE LACLOS
¡Ah! si yo temiera sólo perderla por estar a su
lado, no crea usted que consintiera jamás en alejarme de él. ¿De qué me sirve
la vida sin él, no sería demasiado feliz si la perdiera? Condenada a labrar
eternamente su desgracia y la mía; a no atreverme ni a quejarme, ni a
consolarle; a defenderme cada día de él y contra mí misma; afanarme en causar
su dolor, cuando quisiera dedicar todos mis cuidados a su felicidad; vivir así,
¿no es morir mil veces? He aquí sin embargo la suerte que me espera. No obstante
sabré sobrellevarla, y tendré valor para ello. ¡Oh! amiga mía, a quien he
escogido por madre, reciba usted el juramento que hago de ejecutarlo. Reciba
usted también el de que no la ocultaré ninguna de mis acciones; recíbalo, yo se
lo suplico, y se lo pido como un socorro del que tengo necesidad: obligada así,
a decírselo todo, me acostumbraré a creerme siempre delante de usted. Su virtud
suplirá a la mía. Jamás con-sentiré en avergonzarme en su presencia, y
contenida por este freno poderoso, mientras que la ame como a una amiga
indulgente y confi-denta de mi debilidad, la honraré también como a mi ángel
tutelar que me salvará de la afrenta.
Es verdad que es menester haberla experimentado
bastante, para hacer esta solicitud. ¡Fatal efecto, una orgullosa confianza!
¿Por qué no he tenido antes esa inclinación que he sentido nacer? Por qué me he
lisonjeado de poderla dominar o vencer a mi antojo? ¡Insensata! ¡conocía yo muy
poco el amor! ¡Ah! ¡si le hubiera combatido con más cuidado, habría quizá
tomado menos imperio! ¡acaso no hubiera sido necesaria esta partida, o aun
sometiéndome a dar este paso doloroso, habría podi-do no romper enteramente este
trato, que hubiere bastado hacerlo me-nos frecuente! ¡Pero perderlo todo a un
tiempo! ¡y para siempre jamás! ¡Oh, amiga mía!... ¡Pero, que aún ahora que
escribo ésta me dejo arrastrar todavía, de mis sentimientos criminales! ¡Ah!
partamos, partamos, y que estas culpas involuntarias sean expiadas por mi
sacrificio.
Adiós, mi respetable amiga; quiérame usted como a
su hija, adóp-teme por tal, y esté segura que, a pesar de mi debilidad, desearé
antes morir que hacerme indigna de su elección.
De..., a 3 de octubre de 17..., a la una de la
mañana.
212
LAS AMISTADES PELIGROSAS
CARTA CIII
LA SEÑORA DE ROSEMONDE A LA PRESIDENTA DE TOURVEL
Mi cara amiga, más aflicción me ha causado su
partida, que sorpre-sa el motivo de ella. Una larga experiencia, y el interés
que usted me inspira, habían bastado para ilustrarme sobre el estado de su
corazón; y si es necesario hablarlo todo, nada o casi nada me ha dicho usted en
su carta que yo no supiera; y de no haber estado informada por otro lado,
ignoraría todavía quién es su amante, porque no hablándome más que de él en
toda su carta, no le menta usted ni siquiera una vez. Yo no tenía necesidad de
ello; pues sé bien quién es. Pero hago esta observación, porque me acuerdo que
éste es siempre el estilo del amor. Veo que suce-de hoy lo mismo que en los
tiempos pasados.
Yo no creía hallarme jamás en el caso de refrescar
memorias tan distantes de mí, y tan ajenas de mi edad. Con todo, desde ayer me
he ocupado mucho de ellas, por el deseo de ver si hallaba algo que pudiere
serle útil. ¿Pero qué otra cosa puedo hacer más que admirar y compade-cer a
usted? Aplaudo el prudente partido que ha tomado, pero me estre-mece, porque
infiero que lo ha juzgado necesario; y aun cuando se halla uno en ese caso es
muy difícil mantenerse separada de aquel a quien nuestro corazón nos acerca sin
cesar.
Sin embargo, no se desaliente usted. Nada hay
imposible para su hermosa alma; y aun cuando usted tuviera un día la desgracia
de sucum-bir * (¡lo que Dios no permita!), créame, mi bella amiga, le quedará a
lo menos el consuelo de haber combatido con todo su poder. Además, lo que no
puede la prudencia humana, es muy fácil a la gracia divina, si quiere. Acaso
está usted en vísperas de ser socorrida, y su virtud, proba-da en estos
terribles combates, saldrá de ellos más pura y más brillante.
Confíe en que la fuerza que no tiene hoy, la tendrá
mañana; pero no cuente sobre ella para vivir tranquila, sino para alentarse a
usar de todas cuantas usted tenga.
Dejando al cuidado de la Providencia el ayudarla a
usted en un pe-ligro en que nada puedo, me reservo el sostenerla y consolarla
en cuanto
213
CHODERLOS DE LACLOS
dependa de mí; no aliviaré sus penas, pero entraré
a la .parte de ellas.
Sólo con este título recibiré con gusto sus
confidencias.
Veo bien que su corazón tiene necesidad de
ensancharse. Yo le descubro el mío, que la edad no ha podido todavía enfriar
hasta el punto de ser insensible a la amistad, y que usted encontrará siempre
pronto a recibirla. Esto será un ligero alivio a sus sinsabores, pero a lo
menos no llorará sola; y cuando este infeliz amor, tomando demasiado imperio
sobre usted la obligue a hablar, vale más que sea conmigo que con él.
Vea usted cómo adopto su lenguaje. Creo que entre
nosotras dos no llegaremos a nombrarle; en lo demás ya nos entendemos. Yo no sé
si he obrado bien en decirle que él había sentido vivamente su partida; quizá
habría sido más prudente no haberlo nombrado; pero a mí no me gusta esta
discreción que aflige a los amigos. Con todo, me veo precisada a no dilatarme
más. Mi débil vista y mi trémula mano me impiden escri-bir cartas largas, y
sobre todo cuando tengo que escribirlas por mí mis-ma.
Adiós, pues, mi cara amiga: Adiós mi amable hija;
sí, la adopto de buena gana por tal, y usted reúne todo cuanto puede engreír y
lisonjear a una madre.
En la quinta de..., a 3 de octubre de 17...
CARTA CIV
LA MARQUESA DE MERTEUIL A LA SEÑORA DE VOLANGES
Mi cara y buena amiga, mucho trabajo he tenido a la
verdad, para no engreírme leyendo su carta. ¡Qué! ¡Usted me honra con su entera
confianza! ¡Usted va hasta pedirme consejos! ¡Ah! soy muy feliz si me-rezco
esta opinión favorable de su parte, y no la debo únicamente a la prevención de
la amistad.
En lo demás, cualquiera que sea el motivo, no es
menos preciosa a mi corazón; y el haberla obtenido es a mis ojos una razón
poderosa para tratar más y más de merecerla. Voy pues (mas sin pretender dar a
usted un consejo) a decirle con franqueza mi modo de pensar. Desconfío de él,
214
LAS AMISTADES PELIGROSAS
porque se diferencia del suyo; pero usted juzgará
cuando hubiere ex-puesto mis razones; y si las condena, suscribo desde ahora su
juicio. Tendré a lo menos la prudencia de no creerme más sabia que usted.
Con todo, si por esta sola vez hallase mi consejo
preferible, será necesario atribuirle a las ilusiones del amor maternal; y
puesto que éste es un juicio loable, debe encontrarse en usted. ¡En efecto,
cuán bien se advierte por el partido que ha pensado tomar! Por esta razón, si
sucedie-ra que usted errase alguna vez, no sería nunca en la elección de las
virtu-des.
A mí me parece que la prudencia es preferible,
cuando se dispone de la suerte de los demás, y, especialmente cuando se trata
de fijarla como un lazo indisoluble y sagrado, como es el del matrimonio.
Enton-ces es cuando una madre, igualmente prudente y tierna, debe, como usted
dice muy bien, ayudar a su hija cola la experiencia. Ahora bien, yo le
pregunto: ¿qué hay que hacer para conseguirlo sino distinguir entre lo que
agrada y lo que conviene?
¿No sería pues envilecer la autoridad materna, no
sería aniquilarla, el sujetarla a un gusto frívolo, cuyo ilusorio poder sólo
hace impresión sobre los que le temen, y desaparece luego que se le desprecia?
Por lo que a mí toca, lo confieso, jamás he dado crédito a estas pasiones
se-ductoras e irresistibles que, según el sentir de todos, parece que excusan
generalmente nuestros desórdenes. No puedo concebir cómo una incli-nación, que
en un momento nace y en otro perece, pueda tener más fuerza que los principios
inalterables del pudor, de la honestidad y de la modestia, y no comprendo
tampoco, cómo una mujer que los ha ultraja-do pueda ser más disculpable, que un
ladrón que robase por la pasión del dinero o un asesino por la de la venganza.
¡Ay! ¿quién podrá decir que no ha tenido pasiones
que combatir? Pero yo he estado siempre en la persuasión que, para resistir,
basta que-rer, y esta opinión la he confirmado con mi experiencia. ¿qué sería
de la virtud sin las obligaciones que prescribe? Su culto está en nuestros
sacri-ficios, y su recompensa en nuestros corazones. Estas verdades no pue-den
negarse, sino por aquellos que tiene interés en desconocerlas, por aquellos
depravados que esperan hacer ilusión por un momento, tratan-do de justificar su
relajada conducta con malas razones. ¿Pero podrá
215
CHODERLOS DE LACLOS
temerse esto de una niña sencilla y tímida, de una
hija de usted, y cuya educación modesta y pura no ha podido menos de fortificar
su buen carácter? Con todo quiere usted sacrificar el matrimonio ventajoso, que
con su prudencia le había proporcionado, a este temor que me atrevo a llamar
humillante para su hija. Amo mucho a Danceny, y hace mucho tiempo, como usted
sabe, que veo poco al señor Gercourt; pero mi amistad por el uno y mi
indiferencia por el otro, no me impiden conocer la enorme diferencia que media
entre estos dos partidos.
Convengo en que son iguales en nacimiento; pero el
uno es pobre, y la fortuna del otro, aun prescindiendo de su nacimiento, podría
bastar para allanarlo todo. Confieso que el dinero no hace la felicidad; pero
es preciso convenir que la facilita mucho. La señorita de Volanges es, como
dice usted, bastante rica para los dos: sin embargo, sesenta mil libras de
renta de que va a disfrutar, no son ya tantas cuando se lleva el nombre de
Danceny; cuando es necesario poner y sostener una casa correspondiente a su rango.
No estamos ya en los tiempos de la señora de Sevigné. El lujo lo absorbe todo;
se lo vitupera, pero es necesario imitarle, y lo superfluo acaba por privar de
lo necesario.
Por lo que mira a las prendas morales, de que usted
hace mucho aprecio, y con razón, nada se le puede echar en cara a Gercourt,
pues tiene dadas pruebas de ello; creo, en efecto, que Danceny no le va en
zaga; ¿estamos tan seguros? Es verdad que hasta ahora se le ha visto exento de
los vicios de su edad, y que, a pesar del tono del día, demuestra un gusto por
la buena compañía, que hace augurar favorablemente de él; mas ¿quién sabe si
esta aparente conducta es efecto de una mediana fortuna? Hay siempre algún
temor de ser bribón o borracho; y se puede bien amar los vicios, y temer los
excesos: mas para ser jugador y libertino se necesita dinero. Finalmente, no
sería el primero que anduviera con buena compañía, porque no se le
proporcionaba otra.
No digo esto (¡ni Dios lo permita!) porque lo crea
de él; pero siem-pre sería arriesgarse: ¡y qué reconvenciones no se haría usted
a sí misma si el éxito no fuese feliz! ¿Qué respondería entonces a su hija,
cuando le dijera: "Madre mía, yo era joven y sin experiencia: he sido
seducida por un error perdonable en mi edad; pero el cielo, que había previsto
mi debilidad, me había deparado una madre prudente para ocurrir a ella y
216
LAS AMISTADES PELIGROSAS
defenderme. ¿Por qué, pues, olvidando su cordura,
ha consentido usted en mi desgracia? Era yo acaso la que debía elegir un
esposo, cuando no tenía ningún conocimiento del estado del matrimonio? Y aunque
yo lo hubiera querido hacer, no tocaba a usted el oponerse a ello? Pero no he
tenido jamás ese loco deseo. Dedicada a obedecerle, he esperado su elección con
una respetuosa resignación; jamás me he desviado de la sumisión que le debía;
y, sin embargo, sufro la pena que sólo merecen los hijos rebeldes. ¡Ay! su
debilidad me ha perdido..." Quizá el respeto que le tiene haría que
ahogase estas quejas; pero el amor maternal las adivinaría; y las lágrimas de
su hija, por más que tratase de ocultarlas, no dejarían por esto de penetrar su
corazón. ¿Adónde hallará usted entonces con-suelo? ¿Será, por ventura, en ese
loco amor contra el que habría debido alarmarla, y del que, por el contrario,
se había usted dejado seducir?
Yo no sé, mi cara amiga, si tengo contra esta
pasión una prevención muy fuerte; pero creo que debe temerse aun en el
matrimonio. No es esto decir que yo desapruebe un sentimiento honesto y dulce
que hace el encanto del lazo conyugal, y suaviza en algún modo las obligaciones
que impone, sino que no corresponde a este estado el formarle; la elección de
nuestra vida no debe reglarse por la ilusión del momento. En efecto, para
escoger es necesario comparar. ¿Y cómo podremos hacerlo cuando un solo objeto
nos ocupa, y cuando ni éste podemos conocer, por estar alucinados y obcecados?
He hallado, como puede figurarse, muchas mujeres
contagiadas de esta peligrosa enfermedad; he recibido las confidencias de
algunas; y al oírlas, se diría que no había un amante que no fuese perfecto;
pero estas quiméricas perfecciones sólo existen en su imaginación. La exaltada
cabeza no sueña sino gracias y virtudes; adornan con ellas a sus predi-lectos y
favoritos, y estos adornos vienen a ser como el vestido de un dios puesto sobre
un modelo vil y despreciable, ante el que, sea quien fuere, apenas le han
ataviado, cuando, hechas juguetes de su propia obra, se prosternan para
adorarle.
O su hija no ama a Danceny, o experimenta esta
misma ilusión: ella es común a los dos si su amor es recíproco. Así, la razón
que usted tiene para mirlos perpetuamente, se reduce a que no se conocen, ni
pueden conocerse. Pero, me dirá usted, ¿se conocen más el señor Gercourt y mi
217
CHODERLOS DE LACLOS
hija? No, sin duda; pero a lo menos no se engañan,
pues sólo viven de la ignorancia de esto. ¿qué sucede, pues, en este caso entre
dos esposos que supongo juiciosos? que cada uno de ellos estudia al otro;
observa su carácter, busca y conoce inmediatamente lo que conviene que ceda de
sus gustos y voluntades, para la tranquilidad de ambos. Estos ligeros
sacrificios se hacen sin disgusto, porque son recíprocos y se han previsto;
bien pronto nace de ellos una común benevolencia, y el hábito, que fortifica todas
las inclinaciones que no destruye, produce poco a poco esta dulce amistad, esta
tierna confianza, que, unidas a la estimación, forman, en mi concepto, la
verdadera y sólida felicidad de los matrimo-nios.
Las ilusiones del amor pueden ser más dulces; ¿pero
quién no sabe que son menos duraderas? ¡Y qué peligros no acarrea el momento
que las destruye! Entonces es cuando los menores efectos parecen chocantes e
insoportables, por el contraste que forman con la idea de perfección que nos
había seducido. Cada uno de los dos esposos cree, sin embargo, que el otro es
el que ha mudado, y que él vale siempre lo que un momento de error le había
hecho apreciar. Se admira de que no puede hacer que naz-ca ya el encanto que no
experimenta, se ve humillado, y esto hiere su vanidad. Entonces se agrian los
espíritus, los males aumentan, resulta el mal humor, y de él nace el odio; y
los frívolos placeres vienen a pagarse al último con largas desgracias.
He aquí, mi cara amiga, mi modo de pensar sobre la
materia que nos ocupa: yo no lo defiendo, sino lo expongo; a usted le
corresponde decidir; pero si insiste en su parecer, le suplico me diga los
motivos que ha tenido para combatir los míos.
Me alegraré que me ilustre, y, sobre todo, que me
asegure sobre la suerte de su amable hija, cuya felicidad deseo ardientemente,
así por la amistad que le profeso, como por la que me une a usted para siempre.
París, 4 de octubre de 17...
218
LAS AMISTADES PELIGROSAS
CARTA CV
LA MARQUESA DE MERTEUIL A CECILIA VOLANGES
¿Con que está usted, amiga mía, muy enfadada y
abochornada! ¿No es verdad que el señor Valmont es un hombre perverso? ¡Cómo!
¡tiene valor para tratar a usted como si fuera una mujer a quien amase mucho!
¡y la enseña lo que tanta gana tenía de saber! En verdad que esta con-ducta es
imperdonable. ¡Y usted, por su parte, quiere ser prudente con su amante (que no
abusa de su discreción); usted sólo busca en el amor las penas, y no los
placeres. Nada mejor; y usted será digna de figurar a las mil maravillas en una
novela. ¡Pasión, desgracia, y sobre todo virtud, qué cosas tan bellas! En medio
de esta brillante comitiva se fastidia uno, ciertamente, algunas veces; pero
también se desquita.
Vea usted la pobre niña ¡cuán digna es de
compasión! ¡tenía a la mañana siguiente los ojos tan abatidosl ¿Y qué diría si
esto sucediera delante de su amante? Vaya, hermoso ángel mío, que esto no le
sucederá siempre así; pues todos los hombres no son como Valmont. ¡Y no
ha-berse atrevido a levantar allí los ojos! ¡Oh! a la verdad que ha tenido
usted razón; todos hubieran leído en ellos su aventura. Créame, sin em-bargo;
si esto fuese así, muchas mujeres, y aun muchas señoritas, mira-rían con más
modestia.
A pesar de las alabanzas que me veo precisada a
prodigarle, como ve, es necesario convenir que lo ha errado de medio a medio en
no parti-cipárselo a su madre. ¡Había usted comenzado tan bien! ¡Se había
echado en sus brazos; había gemido y también llorado! ¡Qué escena tan patética!
¡qué lástima no haberla acabado!
Su tierna madre, llena de gozo, la hubiera puesto a
usted para siem-pre en un convento, con el objeto ele auxiliar su virtud, y
allí hubiera podido amar a Danceny cuanto hubiese querido, sin rivales, y sin
pecado. Se hubiera usted abandonado al dolor a sus anchuras; y Valmont,
segu-ramente, no hubiese ido a turbar su aflicción con placeres que la
repug-nan.
Hablando seriamente, ¿es posible que teniendo ya
quince años bien cumplidos sea todavía una niña? Dice bien que no merece mis
bondades.
219
CHODERLOS DE LACLOS
Quiero, sin embargo, ser su amiga, y acaso lo
necesita usted con la madre que tiene y el marido que desea darle. Pero ¿qué
quiere que hagamos, si no trata de formarse más? ¿Qué puede esperarse de usted,
cuando lo que hace venir el juicio a las otras, parece, al contrario, que a
usted se lo quita?
Si pudiera reflexionar un momento consigo misma,
hallaría muy pronto que en lugar de quejarse, debería darse el parabién. ¡Pero
usted está avergonzada, y esto la incomoda! ¡Ay! cálmese ya; el bochorno que
causa el amar es como su dolor, que no se experimenta más de una vez. Podemos
todavía fingirle después; pero ya no lo sentimos. Con todo, el placer queda, y
esto no es poco. Me persuado que, en medio de su charla, he descubierto que
usted lo tuvo muy grande.
Vamos, un poco de buena fe: hábleme con franqueza.
La turbación que le impidió obrar como decía, que hacía que usted hallase tan
difícil el defenderse, que .la puso de mal humor cuando Valmont se marchó, ¿era
la vergüenza lo que la causaba, o era el placer? ¿Y este modo de insinuar-se,
al que no se sabe qué responder, no provendría del modo de obrar? ¡Ah,
muchachita! ¡usted no me dice lo que siente, y engaña a su amiga! Esto no me
parece bien. Pero dejémoslo a un lado. Lo que para todos sería un placer, y quizás
nada más, vendría a ser para usted en su situa-ción una felicidad. En efecto,
colocada entre una madre de quien le con-viene ser amada, y un amante a quien
desearía querer perpetuamente, ¿cómo no ve que el único medio de lograr estas
dos cosas es el de ocu-parse ele un tercero? Distraída con esta nueva aventura,
mientras que usted tendría el aire de sacrificar para con su madre un gusto que
le desa-gradaría, adquiriría para con su amante el honor de una gloriosa
defensa. Protestándole continuamente de que lo quería, no le concedería las
últi-mas pruebas de amor.
Estas repulsas, tan poco penosas en su situación,
no dejaría su amante de atribuirlas a sus virtudes. Tendría, acaso, lástima de
usted; pero la amaría por eso más; y para tener el doble mérito, a los ojos del
uno de prestarse al amor, a los del otro de resistirle, no le costaría a usted
más gozar de los placeres que él le ofreciera. ¡Oh! cuántas mujeres han perdido
su reputación, que la hubieran conservado con cuidado, si hu-biesen podido
sostenerla por semejantes medios!
220
LAS AMISTADES PELIGROSAS
¿No encuentra este partido que le propongo como el
más razona-ble y el más dulce? ¿Sabe usted lo que ha conseguido con el que ha
to-marlo? Que su madre ha atribuido su excesiva tristeza a un extremado amor;
que se halla picada de esto; y que para castigarla, sólo espera estar bien
segura de ello. Acaba de escribirme sobre este particular; y se valdrá de todos
los medios para arrancarle esta confesión, y aun me dice que llegará hasta
proponerle por esposo a Danceny; y todo con el objeto de hacerla a usted hablar.
Y si dejándose seducir por esta falaz ternura, responde ingenuamente, bien
pronto será usted encerrada para mucho tiempo, y quizás para siempre, y llorará
despacio su ciega credulidad.
Es necesario, pues, que esta astucia que quiere
emplear contra us-ted, sea combatirla con otra. Empiece por mostrarle menos
tristeza, y por hacerle creer que se ocupa menos de Danceny. Ella se persuadirá
de esto tanto más fácilmente, cuanto es el efecto ordinario de la ausencia; y
se lo agradecerá tanto más, cuanto hallará en esto una ocasión de aplau-dirse
de su prudencia, que le ha sugerido este arbitrio. Pero si conservan-do alguna
duda, insiste en probarla, y le habla de matrimonio, sométase a su voluntad
como una hija bien nacida. Y a la verdad, ¿qué arriesga usted en ello?
Por lo que hace a un marido, siempre vale tanto
como una madre; y el más modesto es aún menos incómodo que ésta. Una vez que
esté contenta con usted, tratará al fin de casarla; y entonces, siendo ya más
libre, podrá, a se elección, dejar a Valmont para tomar a Danceny, o guardarlos
a ambos. Porque, mire usted, Danceny es excelente, y uno de aquellos que se les
puede tomar y dejar cuando se quiere, pero no sucede así con Valmont; es
difícil guardarle y peligroso dejarle. Se necesita usar con él de mucha destreza,
o de mucha docilidad cuando falte aquélla. Pero también, si pudiera usted
lograr tenerlo por amigo, sería una felici-dad. Él pondría a usted en el primer
rango de todas nuestras mujeres a la moda. De este modo se adquiere una
consistencia en el mundo; y no hay que aver-gonzarse y llorar, como cuando las
religiosas la hacían comer de rodillas.
Si usted fuese cuerda, no dejaría de hacer las
amistades con Val-mont, que debe estar muy encolerizado; y como es necesario
que usted repare sus tonterías, no tema hacerle alguna insinuación, y así sabrá
bien
221
CHODERLOS DE LACLOS
presto que si los hombres nos hacen las primeras,
nosotras nos vemos obligadas a hacerles las segundas.
Usted tiene ahora un buen pretexto para éstas,
porque no conviene que guarde esta carta; y le exijo que se la entregue a
Valmont luego de haberla leído. No olvide el cerrarla antes. Lo primero, porque
es necesa-rio dejar a usted el mérito de haber dado este paso con él, y que no
pa-rezca que ha sido aconsejada; y lo segundo, porque no tengo en el mundo otra
amiga con quien pueda hablar con más franqueza que con usted.
Adiós, hermosa; siga mis consejos, y me dirá si le
va bien con ellos. P. D. -A propósito, se me olvidaba... una palabra todavía.
Procure usted pulir más su estilo, pues escribe como una niña. Conozco bien que
esto proviene de que usted dice todo lo que piensa. Esto puede pasar entre las
dos, porque entre nosotras no debe haber nada oculto. Pero con todos, y en
especial con su amante, siempre tendría, usted el aire de una tontuela. Debe
saber que cuando escribe a alguno tratará de decirle
más bien lo que a él le agrade que lo que usted
piense.
Adiós, corazón mío; la abrazo, en lugar de
regañarla, esperando que será más razonable.
París, 4 de octubre de 17...
CARTA CVI
LA MARQUESA DE MERTEUIL AL VIZCONDE DE VALMONT
Amigo y señor vizconde: ha dado usted el golpe a
las mil maravi-llas, y por eso lo quiero a usted en extremo. Por lo demás, a
vista de la primera carta, bien podía esperarse la segunda, y de donde no me ha
causado admiración; y mientras que usted, orgulloso de sus futuros éxi-tos,
solicitaba la recompensa, y me preguntaba si estaba pronta, veía que no tenía
necesidad de apresurarme. Sí, porque al leer la hermosa relación de tan famosa
escena y la viva impresión que usted habría sabido inspi-rar, al ver su acomodamiento
digno de los más bellos tiempos de la ca-ballería, dije veinte veces: Este
lance se frustrará. Bien que no podía
222
LAS AMISTADES PELIGROSAS
suceder de otro modo. ¿Qué quiere usted que haga
una pobre mujer que se rinde y se la deja así? A fe mía, que en este caso, es
necesario a lo menos salvar el honor, y esto es justamente lo que ha hecho la
presiden-ta. Yo he comprendido bien que el partido que ha tomado no es
com-pletamente inútil y me propongo servirme de él, por mi cuenta, en la
primera ocasión seria que se presente; pero prometo que si aquel por quien
hiciese los gastos, no se aprovecha de ellos mejor que usted, no tiene que
contar nunca conmigo.
Véase usted anonadado, y esto teniendo dos mujeres,
la una desti-nada para la mañana siguiente, y la otra que lo deseaba ansiosa.
¡Pues bien! Usted va a creer que me jacto, y a decir que no es difícil adivinar
después de ver; pero le juro que lo esperaba así; porque en realidad usted no
tiene el ingenio de los hombres de su estado; sólo sabe cuanto le enseñan, no
inventa nada. Por esta razón luego que las circunstancias no se prestan a las
fórmulas usadas, y lo obligan a dejar el camino de todos, se queda perplejo
como un infeliz cadete. En fin, una niñería de un lado, y del otro un rasgo de
gazmoñería que no es muy común, bastan para desconcertarle. No sabe ni
prevenirlos ni evitarlos. ¡Ah! vizconde, viz-conte, usted me enseña a no juzgar
a los hombres por sus éxitos y pronto habrá que decir de usted: ¡Fue bravo un
día! Y después que usted haya hecho tontería sobre sandez, recurrirá a mí. ¿Le
parece que yo vio tengo que hacer más que repararlas? En verdad vizconde que no
sería obra corta de realizar.
Sea lo que fuere de estas dos aventuras, la una se
ha emprendido contra mi voluntad, y no quiero mezclarme en ella. En curato a la
otra, como en cierto modo me ha complacido usted, la tomo como asunto propio.
La carta que incluyo, que usted entregará en seguida a la chiquita Volanges, es
más que suficiente para que vuelva a su amistad; pero le suplico que trate con
cuidado a esa niña, y propongámonos de común acuerdo el desesperar a la madre y
a Gercourt. Veo claramente que la personita no se espantará, y luego que se
cumplan nuestras miras ella hará lo que quiera.
Dejo esto enteramente a su cuidado. Tiene una tonta
ingenuidad, que no ha cedido ni aun al específico que usted le ha administrado,
que sin embargo es casi siempre infalible, y ésta es a mi ver la enfermedad
223
CHODERLOS DE LACLOS
más peligrosa que puede tener una mujer. Denota
sobre todo una debili-dad de carácter casi siempre incurable que se opone a
todo; de suerte que ínterin no nos ocupemos en formar una muchachita para la
intriga no paremos de ella más que una mujer fácil. Ahora bien; no conozco nada
tan común como esta tontería, que se rinde sin saber cómo ni por qué, tan sólo
por no saber resistir el ataque. Estas mujeres sólo son máquinas destinadas al
placer.
Usted me dirá que no hay que hacer otra cosa, y que
esto basta para nuestros proyectos. Sea así, pero no olvidemos que todas llegan
pronto a conocer los resortes y motores de estas máquinas; por esta razón para
servirse de ésta sin perjuicio, es preciso despachar, detenerse con tiempo, y
después romperla. En verdad que no nos faltarían motivos para defen-dernos de
ella, y Gercourt la pondrá a buen recaudo cuando nos aplazca. Al hecho, cuando
no pueda juzgar de su desgracia, y cuando sea pública y notoria: ¿qué nos
importa que se vengue con tal que no se consuele? Lo que digo del marido usted
lo piensa sin duda de la madre, ahí está el equivalente.
Este partido, que me parece el mejor y en que paro
mientes, me ha decidido a asediar a la joven, como usted verá por mi carta. Es
también muy importante no dejar nada en sus manos que pueda comprometer-nos, y
le suplico ponga atención en esto. Tomada una vez esta precau-ción, yo me
encargo de la moral; cumple a usted el resto. Con todo, si vemos en lo sucesivo
que la ingenuidad se corrige, siempre estaremos a tiempo para mudar de placer.
Al cabo hubiéramos tenido que hacer, un día u otro, lo que vamos a hacer ahora.
En ningún caso serán inútiles nuestras diligencias.
¡Sabe usted que ha faltado poco para que las mías
se huyan frustra-do y para que prevaleciese el hado de Gercourt sobre mi
prudencia!
¿No ha tenido la señora de Volanges un momento de
debilidad materna? ¿No quería dar su hija a Danceny? Esto era lo que anunciaba
aquel interés materno, que usted observó la mañana siguiente. ¡Usted habría
sido también la causa de esta hermosa obra maestra! Por fortuna la tierna madre
me escribió, y espero que mi respuesta no le habrá agra-dado. Hablo en ella
tanto de virtud, y sobre todo de tal manera la engatu-so, que debe creerme en
la razón.
224
LAS AMISTADES PELIGROSAS
Siento no haber tenido tiempo para quedarme con
copia, a fin de edificar a usted con la austeridad de mi moral. ¡Ah! ¡verá cómo
desprecio a las mujeres tan degradadas que quieren tener un amante! ¡Es tan
fácil ser rigorista en estos discursos! Esto sólo daña a los otros, sin
causarnos alguna incomodidad. Además de que no ignoro que la buena señora ha
tenido en su tiempo sus debilidades como cualquier otra, y no me dis-gustaba
causarle esa íntima humillación. Esto me consolaba un poco cuando pensaba en las
alabanzas que yo le daba contra mi conciencia. Así es como en la misma carta la
idea de perjudicar a Gercourt me daba alientos para hablar bien de él.
Adiós, amigo vizconte: apruebo mucho la decisión
que ha tomado de permanecer en ésa. No tengo arbitrio para acelerar su partida;
pero le invito a que se divierta con nuestra común pupila. Por lo que toca a
mí, a pesar de su atenta cita, ve usted que es preciso esperar todavía; y
con-vendrá sin duda, en que no es culpa mía.
París, 4 de octubre de 17...
CARTA CVII
AZOLAN AL VIZCONDE DE VALMONT
Amo y señor mío: Apenas he recibido la carta de
usted, he pasado con arreglo a sus órdenes a verme con el señor Bertrán, que me
ha en-tregado los veinticinco luises, según su encargo. Yo le había pedido dos
más para Felipe, a quien he despachado inmediatamente: y aunque éste se hallaba
sin dinero, no ha querido el señor Bertrán dármelo, diciéndo-me que no tenía
orden para ello. Me he visto por lo mismo precisado a echar mano del mío, no
dudando de que usted tendrá a bien abonármelo.
Felipe salió ayer noche. Le he recomendado mucho
que no se sepa-re de la taberna, a fin de estar seguro de hallarle allí en
caso, necesario.
Luego he ido a casa de la señora para ver a la
doncella Julia, pero había salido, y sólo he hallado a la Flor que nada sabía,
porque desde que llegó no ha estado en casa sino a la hora de comer. Es el
segundo día que
225
CHODERLOS DE LACLOS
hace el servicio, y usted sabe bien que yo no la
conocía; pero hoy he comenzado.
He vuelto esta mañana a casa de la doncella Julia,
y al parecer ha tenido mucho gusto en verme. Le he preguntado sobre el motivo
de la vuelta de su ama, y me ha contestado que nada sabe, y creo que en esto
dice la verdad. La he reconvenido por que no me había dado parte de su salida,
y me ha asegurado que no lo había sabido hasta la noche misma, al tiempo de ir
a desnudar a la señora; que tuvo que pasar la noche en arreglar sus cosas y que
por lo mismo la pobre muchacha no durmió dos horas. No salió del cuarto de su
ama sino después de la una, y sólo la dejó cuando se puso ésta a escribir. Al
salir por la mañana, la señora de Tourvel entregó una carta al portero. La
Julia no sabía para quién y dijo que sería acaso para usted, pero usted nada me
dice de ello.
Durante el viaje, la señora ha tenido cubierta la
cara con una gran capucha, por lo cual no era posible verla; pero la doncella
Julia cree que ha llorado mucho. No ha abierto la boca en todo el camino, ni ha
queri-do detenerse en...21 como lo hizo a la ida; cosa que no agradó mucho a la
doncella Julia, que no había almorzado.
Pero como yo le he dicho, los amos son los amos.
Luego que llegó la señora se acostó, pero sólo estuvo en la cama dos horas.
Apenas se levantó, hizo llamar al portero y le dio orden de que no dejara
entrar a nadie. No ha estado en el tocador ni se ha compuesto.
Se ha sentado a la mesa para comer y no ha tomado
más que la so-pa, y se ha marchado al punto. Le han llevado el café a su
cuarto, y Julia ha entrarlo al mismo tiempo, y la ha encontrado arreglando los
papeles, y ha visto que eran cartas. Apostaría a que eran las de V. S. y de
tres que le han traído después de comer, una tuvo delante de sí toda la tarde.
Estoy bien seguro que es de V. S. ¿Pero por qué esta señora se ha marchado tan
precipitadamente? Esto me extraña; en lo demás V. S. lo sabe bien, y esto no es
de mi inspección.
La señora presidenta ha ido después de mediodía a
la biblioteca y ha tomado dos libros que ha llevado a su gabinete; pero la
doncella Julia afirma que no ha leído ni un cuarto de hora en ellos: sólo se
ocupaba de leer esa carta y meditar. Como me he figurado que usted se alegraría
226
LAS AMISTADES PELIGROSAS
mucho de saber qué género de libros eran, y que la
doncella Julia lo ignoraba, me he hecho conducir hoy a la biblioteca con el
pretexto de verla, y observado que sólo faltaban dos libros, el uno el segundo
tomo de los Pensamientos cristianos, y el otro el primero de un libro titulado
Clarisa. Escribo lo que hay. Usted juzgará.
Ayer noche la señora no ha cenado y no ha tomado
más que té. Esta mañana ha llamado temprano, y ha pedido el coche al instante.
Estaba antes del mediodía en los Fuldenses en donde ha oído la misa. Ha querido
confesarse; pero su confesor estaba ausente, y no volverá hasta dentro de ocho
días. He juzgado conveniente participar esto a usted.
Ha vuelto a entrar en seguida, se ha desayunado, y
después se ha puesto a escribir, y ha estado allí hasta después de la una. He
hallado ocasión de hacer bien pronto lo que V. S. deseaba más; porque yo he
sido quien llevó las cartas al correo. No había ninguna para la señora
Volanges; pero envío una a V. S. que era para el presidente; ésta he creí-do
que sería la más interesante. También había otra para la señora de Rosemonde,
pero he pensado que V. S. podrá verla siempre que lo de-see, y la dejé partir.
Por lo demás V. S. lo sabrá todo, porque la doncella Julia, que entrega las
cartas a los criados, me ha asegurado que por la amistad que me tiene y la que
profesa a V. S. hará cuanto se quiera. No ha querido el dinero que le he
ofrecido; pero pienso que V. S. le hará algún regalito; y si gusta que me
encargue de él sabré fácilmente lo que más podrá agradarla.
Espero que V. S. conocerá que no me he descuidado
en servirle, y tomo a pecho el justificarme de las reconvenciones que me ha
hecho. La causa de no haber sabido la partida de la presidenta ha sido mi celo
por el servicio de V. S.; porque me hizo salir a las tres de la mañana, por
cuya razón no pude ver a la doncella Julia la víspera por la noche, como
acostumbro a hacerlo, habiendo tenido que irme a dormir a Tournebride, para no
despertar a los de la quinta.
En cuanto a lo que V. S. me echa en cara de que
estoy a menudo sin un cuarto, diga que hay dos motivos para ello; primero
porque deseo andar decente, y segundo, porque es preciso honrar el vestido que
llevo.
21 En la misma
aldea a la mitad del camino de París a la quinta.
227
CHODERLOS DE LACLOS
Yo sé que debiera ahorrar algo para lo sucesivo,
pero confío enteramente en la generosidad de V. S. que es tan buen amo.
Por lo que toca a entrar al servicio de la señora
Tourvel, permane-ciendo siempre al servicio de V. S. espero que no lo exigirá
de mí. Era muy diferente en casa de la señora duquesa; pero seguramente no iré
a llevar librea, y sobre todo la librea de toga, después de haber tenido el
honor de ser criado de V. S. En lo demás, V. S. puede disponer de quien tiene
la honra de ser, con tanto respeto, su muy humilde servidor.
ROUX AZOLAN.
París, 5 de octubre de…, a las once de la noche.
CARTA CVIII
LA PRESIDENTA DE TOURVEL A LA SEÑORA DE
ROSEMONDE.
¡Oh indulgente madre mía! ¡Cuántas gracias tengo
que darle! ¡Y cuánta necesidad tenía de su carta! La he leído y releído sin
cesar, y no podía dejarla de las manos. A usted debo los únicos momentos menos
penosos que he pasado desde mi partida. ¡cuán buena es usted! La pru-dencia y
la virtud saben siempre compadecerse de la debilidad. Usted tiene conmiseración
de mis males. ¡Ah! ¡Si los conociera!... ¡Son horribles! Yo creía haber
experimentado las penas del amor. ¡Pero el tormento que no puede expresarse, aquel
que es menester haberlo sufrido para formar-se idea de él, es el separarse de
lo que se ama, y separarse para siempre! ¡Sí, la pena que hoy me oprime se
renovará mañana y toda la vida! ¡Dios mío, cuán joven soy todavía, y cuánto
tiempo me queda para sufrir!
¡Ser una misma la que fabrique su desgracia, la que
despedace su corazón con sus propias manos, y mientras que se sufren estos
dolores insoportables, conocer a cada instante que una sola palabra puede
ha-cerlo cesar, y que ésta no puede pronunciarse sin pecar! ¡Ah! ¡amiga mía!
Cuando tomé el partido tan penoso de alejarme de
él, esperaba que la ausencia aumentaría mi valor y mis fuerzas: ¡cuánto me he
engañado!
228
LAS AMISTADES PELIGROSAS
Parece, por el contrario, que ella ha acabado por
destruirlas. Es cierto que tenía más que combatir; pero aun resistiendo, no era
todo privación; a lo menos yo le veía algunas veces, y aun a menudo, sin
atreverme a levantar los ojos para mirarle. Yo conocía que él me clavaba los
suyos. Sí, amiga mía, yo lo sentía; y me parecía que me reanimaban; y aunque no
los veía, no dejaban por eso de penetrar hasta mi corazón. Ahora, en mi penosa
soledad, apartada de todo lo que más amo, luchando a solas con mi desgracia,
todos los momentos de mi triste existencia están marcados con mis lágrimas, y
nada templa mi amargura, ningún consuelo acompa-ña mis sacrificios; y los que
he hecho hasta ahora no me han servido más que para hacerme más dolorosos los
que me restan por hacer.
Ayer todavía lo he experimentado vivamente. Entre
las cartas que me han entregado había una de él. Estaban aún a dos pasos de mí,
y ya la había distinguido entre las demás. Me levanté involuntariamente,
tem-blaba, apenas podía ocultar mi emoción; y, sin embargo, este estado no
dejaba de causarme algún placer. Habiéndome quedarlo sola un mo-mento después,
toda esta dulzura engañosa se desvaneció, y no me ha dejado sino un sacrificio
más que hacer. ¿Podía abrir esa carta, que ansia-ba, sin embargo, leer?
Por la fatalidad que me persigue, los consuelos que
se me presentan no hacen, por el contrario, sino imponerme nuevas privaciones;
y éstas son más crueles todavía por la idea que me formo de que el señor de
Valmont entra a la parte de ellas.
He aquí, en fin, este nombre que me ocupa
continuamente, y que me ha costado tanto trabajo escribir; la especie de
reconvención que usted me hace acerca de él me ha alarmado verdaderamente;
suplícole que crea que un aparente rubor no ha alterado mi confianza en usted;
¿y por qué temeré nombrarle? ¡Ah! me avergüenzo de mis sentimientos y no del
objeto que los causa. ¡Qué otro puede haber sido más digno de inspirarlos que
él! Sin embargo, no sé por qué este nombre se presenta naturalmente bajo mi
pluma, y aun por esta vez he tenido necesidad de reflexionar para ponerle.
Vuelvo a él. Usted me dice que le ha parecido que mi partida le ha causado una
viva impresión. ¿Qué es, pues lo que ha hecho? ¿qué ha dicho? ¿Ha hablado de
volver a París? Le ruego que haga lo posible para quitárselo de la cabeza. Si
ha juzgado, no debe incomo-
229
CHODERLOS DE LACLOS
darse por este paso: pero debe conocer que es un
partido tomado sin remedio. Uno de mis mayores tormentos es no saber lo que
piensa; tengo todavía su carta... pero usted juzga, como yo, que no debo
abrirla. Usted sola, mi indulgente amiga, es la que puede hacer que no esté
ente-ramente separada de él. No es mi ánimo abusar de su bondad. Conozco bien
que sus cartas no pueden ser largas. Pero usted no rehusará dos palabras a su
hija; una podrá sostener su ánimo, y otra podrá consolarla. Adiós, mi respetable
amiga.
París, 5 de octubre 17...
CARTA CIX
CECILIA VOLANGES A LA MARQUESA DE MERTEUIL
Muy señora mía: Hasta hoy no he entragado al señor
Valmont la carta que usted se ha servido escribirme; la he guardado cuatro
días, a pesar del continuo sobresalto en que estaba de que me la hallasen; pero
la ocultaba con el mayor cuidado; y cuando estaba triste me encerraba para
releerla. Veo bien que lo que creía fuese una desgracia, no es casi nada, y es
necesario confesar que hay en ello mucho placer; de modo que ya casi no me
aflijo. Sólo la idea de Danceny es la que me atormenta muchas veces: pero hay
momentos en que no me acuerdo absolutamente de él. ¡Y es porque el señor
Valmont es tan amable!
Hace dos días que he vuelto a hacer las amistades
con él: esto me ha sido muy fácil, porque apenas hablé dos palabras, cuando me
contestó que si tenía que decirle alguna cosa, vendría por la noche a mi
cuarto; y yo le he respondido que de buena gana: y después, luego que vino, me
ha parecido que estaba tan poco enfadado, como si no le hubiera hecho nunca
nada. Sólo me ha regañado después, y esto con mucha dulzura y de un modo... así
como usted, lo que me ha probado que me estima mucho.
No puedo decirle cuántas cosas graciosas me ha
contado, con espe-cialidad de mi madre, que yo no hubiera creído jamás. Usted
me hará el favor de decirme si todo esto es cierto. Lo que no puede dudarse es
que
230
LAS AMISTADES PELIGROSAS
yo no podía tenerme de risa; y una vez di una
carcajada tan grande, que tuvimos miedo de que mi madre nos hubiera oído; y si
hubiese venido a ver lo que era, ¿qué hubiera sido de mí? Por de pronto, me
hubiese en-viado al convento.
Como es necesario obrar con prudencia, y como el
mismo señor Valmont no quisiera por nada del mundo comprometerme, hemos
con-venido que en lo sucesivo él vendrá solo a abrir la puerta, y luego nos
iremos a su cuarto. Allí no hay nada que temer. Yo estuve ayer con él, y en
este momento en que le escribo espero también que venga. Ahora no creo que
usted me volverá a regañar. Con todo, hay en su carta una cosa que me ha
sorprendido mucho; y es lo que me dice acerca de Danceny y Valmont para cuando
estuviese casada. Me parece que una vez en la ópera me dijo usted lo contrario;
que una vez casada, no podía querer más que a mi marido, y que me sería
necesario renunciar a Danceny. En lo demás, puede ser que lo haya entendido
mal, y me alegro haberme equivocado, porque ahora no temeré ya el día de mi
matrimonio. Yo lo deseo ya, pues tendré más libertad; y espero que entonces
pueda mane-jarme de modo que no tenga que pensar más que en Danceny. Conozco
que no seré verdaderamente dichosa con él, porque ahora su idea me atormenta
sin cesar; y no soy feliz sino que cuando logro no pensar en él, lo que es muy
difícil; y apenas me acuerdo de él me pongo triste inme-diatamente.
Lo que me consuela un poco es que usted me asegura
que Danceny me amará más: ¿pero está segura de esto? ¡Oh, sí; usted no querría
enga-ñarme! Sin embargo, es muy gracioso que yo ame a Danceny, y que el señor
Valmont... pero, como usted dice, quizás esto será una felicidad; en fin,
veremos.
No he comprendido bien lo que usted me previene
sobre mi modo de escribir. Me parece que a Danceny le gustan mis cartas tales
como son. Con todo, conozco que no debo decirle nada de lo que pasa con el
señor Valmont; así no hay motivo para temer.
Mi madre no me ha hablado todavía nada de mi
matrimonio; pero descuide usted porque cuando me hable, supuesto que es con el
objeto de engañarme, yo le prometo que sabré mentir.
231
CHODERLOS DE LACLOS
Adiós, querida amiga; le doy la más expresivas
gracias, y le prometo que no olvidaré jamás las atenciones que tiene conmigo.
Ya es necesario que acabe ésta; pues es cerca de la
una, y el señor Valmont no debe tardar.
En la quinta de... a 10 octubre 17...
CARTA CX
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL
Poderoso Dios: Yo tenía un alma para el dolor;
dadme otra para la felicidad. Así creo que se explica el tierno Saint-Preux.
Yo, con más suerte que él, poseo a un tiempo las dos existencias. Sí, amiga
mía, soy a la vez muy feliz y muy infeliz, y puesto que tengo en usted entera
con-fianza, debo hacerle la completa relación de mis penas y de mis placeres.
Sepa que mi ingrata devota se muestra siempre severa. Ya me ha de-vuelto hasta
cuatro cartas, porque habiendo adivinado desde la primera que me devolvió, que
haría lo mismo con las otras, y no queriendo per-der así mi tiempo, he tomado
el partido de no poner la fecha, y desde el segundo correo la misma carta es la
que va y viene siempre, sin que yo haya hecho más que mudar el sobrescrito. Si
mi querida acaba ordina-riamente como las demás y se enternece algún día,
aunque no sea más que de fatiga, guardará al fin la misiva, y entonces habrá
tiempo de po-nerse al corriente. Usted ve que con este nuevo género de
corresponden-cia no puedo estar perfectamente instruido. Con todo, he
descubirto que la inconstante persona ha mudado de confidenta: a lo menos me he
asegurado que desde que partió de la quinta, no ha llegado ninguna carta a la
señora Volanges, mientras que la anciana Rosemonde ha recibido dos; y como ésta
no ha dicho a usted nada, como no habla una palabra de su bella querida, de la
que hablaba antes sin cesar, he inferido de esto que con ella es con quien
tiene todas sus confianzas. Yo presumo que esta revolución dimana, por una
parte, de la necesidad de hablar de mí, y por otra de la vergüencilla de volver
a dirigirse a la señora de Volanges,
232
LAS AMISTADES PELIGROSAS
para tratar de un sentimiento que hace tiempo ha
desaprobado. Teme también haber perdido en el cambio; porque cuanto más
envejecen las mujeres, tanto más severas se hacen. La primera le habría dicho
mil cosas malas de mí pero ésta le hablará más de amor, y a la sensible
mojigata la espanta más esta pasión que la persona.
El único medio de averiguarlo es, como usted sabe,
el de intercep-tar la comunicación clandestina. Ya he dado orden de ello a mi
criado, y espero que lo ejecute de un día a otro. Hasta entonces nada puedo
hacer sino a la ventura.
Por esta razón hace ocho días que estoy repasando
inútilmente to-dos los medios conocidos, y cuantos se hallan en las novelas y
memorias secretas, y hasta ahora no he encontrado uno que convenga a las
cir-cunstancias ni al carácter de la heroína. La dificultad no estará en
intro-ducirme en su casa, aun de noche, y de adormecerla y hacer de ella una
nueva Clarisa; ¡pero después de dos meses de cuidados y de penas tener que
recurrir a medios tan extraños! ¡seguir servilmente las huellas de los otros, y
triunfar sin gloria!... No tendrá los placeres del vicio y los hono-res de la
virtud. No es bastante para mí el poseerla, quiero que ella mis-ma se me
entregue. Ahora bien; para esto es necesario no sólo penetrar hasta donde se
halle, sino llegar allá con su consentimiento, encontrarla sola y decidida a
escucharme, sobre todo cerrarle los ojos sobre el peli-gro; porque si llega a
verle, sabrá vencerlo o morir. Pero cuanto más conozco lo que conviene hacer,
tanto más difícil hallo la ejecución; y aunque usted se burle de mí, no dejaré
de confesarle que mi embarazo se redobla a medida que me ocupo más de ella.
Yo creo que perdería la cabeza, sin las felices
distracciones que me proporciona nuestra común pupila; a ella debo el ocuparme
todavía en otras cosas más que en hacer elogios.
¿Creería que esta muchachita estaba tan espantada,
que han pasado tres días largos antes que su carta haya producido su efecto?
¡Vea como una idea falsa puede echar a perder el más bello carácter!
Finalmente no ha venido a verme hasta el sábado, y
entonces no me dijo más que unas medias palabras, y pronunciadas en un tono tan
bajo, y ahogados de tal modo por la vergüenza, que era imposible oírlas; pero
yo adiviné el sentido por rubor que causaron. Hasta entonces me
233
CHODERLOS DE LACLOS
había mantenido con altivez; pero aplacado a la
vista de un arrepenti-miento tan gracioso, condescendí en ir aquella noche a
ver a mi hermosa penitenta; y esta gracia de mi parte fue acogida con todo el
reconoci-miento debido a un beneficio tan grande.
Como quiera que no olvido jamás ni los proyectos de
usted ni de los míos, he resuelto aprovecharme de esta ocasión para conocer
exac-tamente lo que vale esta niña, y también para acelerar su educación. Pero
para seguir este trabajo con más libertad, tenía necesidad de mudar el lugar de
nuestra cita; porque un simple gabinete, que separa el cuarto de su pupila del
de su madre, no podía inspirarle bastante seguridad para dejarla desplegarse a
sus anchas. Yo me había propuesto hacer inocen-temente algún ruido que pudiera
causarle bastante temor para decidirla a tomar en lo sucesivo un asilo más
seguro; mas ella me ha ahorrado este cuidado.
La chiquita es reidora; y para contribuir a su
alegría, se me ocurrió el contarle, en los entreactos, todas las aventuras
escandalosas que me venían a la cabeza, y para animarlas y fijar más su
atención, las atribuía todas a su madre, a quien me complacía en engalanar así
con vicios y ridiculeces.
No había yo hecho esta elocución sin motivo, porque
esto alentaba mejor que cualquiera otra cosa a mi tímida discípula, y al mismo
tiempo le inspiraba el más profundo desprecio por su madre. He observado hace
mucho tiempo, que si este medio no es siempre conveniente para seducir a una
joven, es indispensable, y aún el más eficaz, cuando se trata de depravarla;
porque la que no respeta a su madre, no se respetará a sí misma; verdad moral
que yo creo tan útil que me alegro mucho de poder suministrar un ejemplo en
apoyo de este precepto.
Con todo, su pupila de usted, que no pensaba en
moral, reventaba de risa a cada instante, y al fin estuvo un vez a pique de ser
oída. No tuve trabajo en hacerla creer que había hecho un ruido horrible. Fingí
un gran terror, que se apoderó también de ella. Para que se acordase mejor no
permití que continuase el placer, y la dejé sola tres horas antes de lo que
acostumbraba. Al separarnos quedamos convenido en que desde el día siguiente
nos reuniríamos en mi cuarto. Ya la he recibido dos veces en él; y en este
corto lapso la discípula se ha hecho tan diestra como su maes-
234
LAS AMISTADES PELIGROSAS
tro. Sí, a la verdad, le he enseñado cuanto sabía,
y hasta las complacen-cias; y sólo he exceptuado las precauciones. Ocupado así
toda la noche, logro con esto dormir casi todo el día, y como la gente que hay
ahora en la quinta no me llama la atención, apenas estoy una hora en el salón;
y aun hoy he tomado el partido de comer en mi cuarto, del que no salgo sino
para dar un paseito.
Estas extravagancias las atribuyen a falta de
salud, y para persua-dirlos mejor he dicho que estaba perdido de flatos, y
también que tenía un poco de calentura. Para aparentarlo sólo debo hablar con
un voz lenta y débil. En cuanto a la mutación de mi semblante, confíe usted en
su pupila. El amor proveerá.
Ocupo mi tiempo en soñar en los medios de volver a
tomar sobre mi ingrata las ventajas que he perdido, y también en componer un
cate-cismo libertino al uso de mi escuela. Me divierto en dar a cada cosa el
nombre técnico; y río de antemano de la interesante conversación que esto debe
suscitar entre ella y Gercourt, la primera noche de su matri-monio. ¡No hay
cosa más graciosa que el ver la ingenuidad con que ella emplea ya lo poco que
sabe de esta lengua! No se imagina que pueda hablarse de otro modo. ¡Esta niña
es realmente hechicera! Este contraste de la sencilla candidez con el lenguaje
libertino, no deja de hacer efecto; sólo me gustan las cosas estrafalarias, sin
saber por qué.
Quizá me entretengo demasiado en estos caprichos,
pues pierdo en ellos mi tiempo y mi salud; mas espero que mi fingida
enfermedad, ade-más, de que me librará de la fastidiosa tertulia, podrá también
serme de alguna utilidad para con mi austera devota, cuya cruel virtud se
hermana sin embargo con la dulce sensibilidad. No dudo que ella este instruida
de este grande acontecimiento, y tengo vivos deseos de saber lo que piensa de
él; tanto más, cuanto apostaría a que no deja de atribuirse el honor de haberlo
causado. Yo arreglaré el estado de mi salud según da impresión que hiciere
sobre ella.
Vea pues, mi bella amiga, cómo está usted al
corriente de mis asuntos tanto como yo mismo. Deseo tener noticias más
interesantes
235
CHODERLOS DE LACLOS
que comunicarle, y le suplico crea que, en el
placer que me prometo de ellas, cuento por mucho la recompensa que espero de
usted.
En la quinta de..., 11 de octubre de 17...
CARTA CXI
EL CONDE DE GERCOURT A LA SEÑORA DE VOLANGES
Según parece, señora, todo está tranquilo en este
país; y aguarda-mos, de un momento a otro, el permiso para retornar á Francia.
Espero que no dudará de mi disposición para presentarme allí y anudar los lazos
que deben unirme a usted y a la señorita Volanges.
Sin embargo, el señor duque de***, primo mío, y con
quien tengo tantas obligaciones, acaba de participarme de su llamamiento a
Nápoles. Me comunica que cuenta con pasar por Roma y ver en su ruta la parte de
Italia que le queda por conocer. Me compromete a acompañarle en este viaje, que
durará alrededor de seis semanas a dos meses. No le oculto, señora, que me será
agradable gozar de esta ocasión, sensible al hecho de que una vez casado,
difícilmente me tomaré tiempo para otras ausencias que no sean aquellas que mi
servicio exija.
También es probable que fuera más conveniente
esperar el invierno para este casamiento, pues sólo entonces estarán todos mis
parientes reunidos en París, y especialmente el marqués de*** a quien debo la
esperanza de emparentarme con usted.
No obstante estas consideraciones, mis proyectos al
respecto esta-rán absolutamente subordinados a los suyos y por poco que usted
prefie-ra sus primeros arreglos estoy listo a renunciar a los míos. Le ruego
tan sólo me haga saber lo antes posible sus intenciones al respecto. Esperaré
aquí su respuesta y sólo ella reglará mi conducta.
Con todo respeto, señora, y con todos los
sentimientos que corres-ponden a un hijo, soy su muy humilde, etc.
EL CONDE DE GERCOURT.
Bastia, 10 de octubre de 17...
236
LAS AMISTADES PELIGROSAS
CARTA CXII
LA SEÑORA DE ROSEMONDE A LA PRESIDENTA DE
TOURVEL
(Dictada.)
A cabo de recibir en este mismo instante su carta
del 1122, y los dulces reproches que contiene. Convenga usted en que aún
desearía hacerme más, y que si hubiera usted olvidado que era mi hija, me,
habría reñido. ¡Sería injusticia por su parte!
El deseo de responderle por mí misma ha motivado mi
silencio, y aun hoy, ya ve que, merced a mi doméstica, le escribo. El maldito
reu-matismo vuelve a atormentarme; ahora se aloja en el brazo derecho, y me ha
dejado completamente manca.
Ya ve lo que es tener amigas viejas, joven y fresca
amiga mía. Hay que sufrir sus achaques.
Tan pronto como mis dolores me den alguna tregua,
me prometo conversar con usted largamente. Hasta tanto, sepa tan sólo que he
reci-bido sus dos cartas; que ellas hubieran redoblado mi tierna amistad para
con usted, si esto fuera posible; y que en cuanto le interesa le acompañan mis
mejores deseos.
Mi sobrino está también un poco indispuesto, aunque
la indisposi-ción no ofrece motivo de cuidado; es una leve incomodidad que, a
lo que me parece, más al humor que a la salud atañe. Nosotros, no lo vemos casi
nunca.
Su retirada y la marcha de usted han desanimado
nuestra reunión. La pequeña Volanges se aburre mortalmente durante todo el
santo día, y bosteza que es una bendición de Dios. Desde hace algunos días nos
hace el honor de dormirse profundamente todas las tardes.
Adiós, hermosa mía; sepa que sigo siendo su amiga,
su mamá, su hermana, si es que la edad me permitiera este título. Quede con
todos mis cariños y bendiciones.
Firmado, ADELAIDA, por madame de ROSEMONDE.
En la quinta de... a 14 de octubre 17...
237
CHODERLOS DE LACLOS
CARTA CXIII
LA MARQUESA DE MERTEUIL AL VIZCONDE DE VALMONT
Debo prevenirle, vizconde, que comienza a despertar
la curiosidad de París; que empieza a a notarse su ausencia, y tal vez a
adivinarse la causa. Asistí ayer a una comida donde acudieron multitud de
personas; allí se afirmó categóricamente que la causa de su destierro era un
amor novelesco y desgraciado.
El gozo se pintaba en los rostros de todos los
envidiosos de su, fortuna y de las mujeres que ha abandonado. Yo le aconsejo
que no deje tomar cuerpo a estos rumores, y que venga a destruir con su
presencia tan falsas suposiciones.
Piense que si una vez se cree que hay alguien capaz
de resistir a sus seducciones, dará motivo a que, en efecto, haya quien las
resista en lo sucesivo; que sus rivales le perderán el respeto, y osarán
combatirle: ¿quién de entre ellos no se creerá más fuerte que la virtud?
Piense, sobre todo, que entre las mujeres que figuran en su lista, las que no
ha conse-guido usted tratarán de desengañar al público, y las otras tratarán de
engañarlo. Se le apreciará en menos de cuanta usted vale, como hasta el día se
le ha apreciado en más.
Vuelva usted, y no sacrifique su reputación a un
capricho pueril, Usted ha hecho cuanto queríamos de la pequeña Volanges; y en
cuanto a la presidenta, ¿cree que ha de burlarse? Tal vea no pienso en usted
más que para celebrar el haber logrado humillarle. Aquí al menos podrá usted
encontrar alguna ocasión de reaparecer brillante y gallardamente, que buena
falta le hace; y aun cuando se abstine en su ridícula aventura, no creo que su
vuelta lo perjudique en nada... al contrario.
En efecto, si la presidenta adora a usted, como
tantas veces usted me lo ha dicho, y tan pocas probado, su único consuelo, su
único placer, debe ser aflora hablar de usted, saber lo que hace, lo que dice y
piensa, y todo cuanto le atañe. Tales miserias encuentran su valor en razón
directa
22 Esta carta
no se ha encontrado.
238
LAS AMISTADES PELIGROSAS
de las privaciones que se sufre. Son migajas de pan
de la mesa del rico, no falta quien las desdeñe, pero el pobre las recoge y de
ellas se nutre. Ahora bien; la pobre presidenta acepta ahora todas estas
migajas. Mien-tras más se las escatime usted, más el hambre logrará azuzar en
ella. Además, puesto que usted conoce a su confidente, no dude que cada carta
de ella abundará en sermones, y en cuanto ella crea que haya de corroborar su
prudencia y patentizar su virtud. ¿A qué dejarle a la vez recursos para defenderse,
y para perjudicar a usted?
No soy, en absoluto, de su parecer en cuanto a
lamentar el cambio de confidente. Desde luego madame Volanges lo aborrece, y el
odio es siempre más perspicuo e ingenioso que la amistad. Toda la virtud de la
tía de usted no ha de llevarla a maldecir un solo instante de su amado sobrino;
que la virtud tiene también sus flaquezas. Vuestros temores parten de un
principio absolutamente falso.
No es cierto que a medida que las mujeres envejecen
se vuelven ás-peras y severas. De los cuarenta a los cincuenta años sí, cuando
su sem-blante se marchita, y la rabia de verse obligadas a abandonar placeres y
amoríos se apodera de ellas. Entonces casi todas se tornan acres e
im-pertinentes, fieras y desdeñosas. Tanto tiempo necesitan para consumar la
abdicación y el sacrificio: después se dividen en dos clases.
Las más, que no han tenido más que su palmito y su
juventud, caen en una apatía imbécil, y de ella no salen más que para el juego
y para algunas prácticas de devoción; tal está siempre enojada, a menudo
gru-ñona, a veces intolerable, casi nunca aviesa. No se puede decir que sean
severas ni que dejen de serlo: sin ideas, sin propia vida, repiten
indife-rentemente, y sin comprenderlo, cuanto oyen decir; su personalidad es
nula e inofensiva.
Otras, las menos, y que constituyen clase más
preciosa y selecta, son aquellas mujeres que habiendo tenido su carácter, y
habiendo pensa-do alguna vez por cuenta propia, saben aún crearse una
existencia, cuan-do ya les falta aquella a la que fueron inclinadas, y toman el
partido de engalanar su ingenio de aquellos atavíos que huelgan ya para su
sem-blante. estas suelen tener el juicio sano, el espíritu alegre, sólido y
grande. Reemplazan los encantos de la seducción por la bondad que obliga y por
aquella jovialidad que la edad trae consigo a veces: así logran acercarse a
239
CHODERLOS DE LACLOS
la juventud y hacerse amar. Y entonces, lejos de
ser, como usted dice, rígidas y severas, el hábito de la indulgencia, las
largas reflexiones sobre la humana flaqueza, y, sobre todo, el recuerdo de su
juventud, del que ellas viven todavía, las hacen fáciles y asequibles,
inclinadas a veces de la parte más débil.
Yo, en fin, puedo decirle que habiendo buscado
siempre a las vie-jas, y temprano reconocido la utilidad de sus sufragios,
siempre encontré muchas entre ellas a quien mucho el afecto me obligaba, a
pesar del interés que motivara mi inclinación primera. Y me detengo aquí:
porque ahora que usted se inflama tan pronto y tan moralmente, temo se prenda
súbitamente de su anciana tía, y que con ella se entierre en la tumba en que ya
vive hace tiempo.
A pesar del encanto que le produce la colegiala, no
creo que en na-da intervenga en sus planes. La tuvo usted a su alcance, e hizo
presa de ella; nada más natural: ¡enhorabuena! pero esto no tendrá mayor
trascen-dencia. No es esto, a decir verdad, un goce verdadero. Usted no posee
de ella más que el cuerpo. No hablaré de su corazón, que poco le inquietará sin
duda: ni aun su cabeza usted ocupa. Ignoro si lo habrá notado; pero yo tengo
pruebas de ello por la última carta que me ha escrito23, y que le envío, para
que la lea. Mire cómo cuando habla de usted en ella, es siem-pre de monsieur de
Valmont; que todas estas ideas, aun aquellas que usted en ella inculcara, no
paran sino en Danceny, a quien no llama mon-sieur, sino Danceny a secas. Así lo
distingue de todos los demás; y aun entrelazándose a usted, para él guarda su
confianza. Si tal conquista le parece seductora; si los placeres que ella le da
mucho lo obligan, segura-mente usted se contenta con poco. Guárdela, en buena
hora, que en nada a mis proyectos se opone. Pero me parece que no vale la pena
que ele ella se preocupe usted un cuarto de hora; que también es preciso
conservar cierto imperio, y no permitirle, por ejemplo, que a Danceny se
aproxime, sino después de habérselo hecho olvidar un poco.
Antes que deje de ocuparme de usted, para volver a
mí, quiero de-cirle que la enfermedad que piensa usted adquirir, es muy
conocida y usada. En verdad que usted no cavila cosa mayor. Yo, por mi parte,
también me repito algunas veces como verá; pero procuro disimular, por
240
LAS AMISTADES PELIGROSAS
los detalles, y por último, el éxito me justifica.
Aún quiero intentar un nuevo ardid de esta clase, y correr una nueva aventura.
Convengo en que no tendrá el mérito de la dificultad; pero al menos será una
distracción para mí, que me aburro mortalmente.
Ignoro por qué, desde la aventura de Prevan,
Belleroche se me ha hecho insoportable. De tal manera ha redoblado sus
atenciones, su ter-nura, su veneración, que ha llegado a empacharme. Su cólera
en el primer momento, me pareció donosa; fue preciso, no obstante, mitigarla;
que hubiera sido comprometerme el no ponerle freno: y no había medio de hacerlo
entrar en razón. He tomado el partido de mostrarle mayor amor, para conseguir
mi propósito; pero él ha tomado esto tan en serio, que desde hace algún tiempo
me agobia de un eterno embeleso. Noto, sobre todo, la insultante confianza que
de por sí toma, y su aire de conquista definitiva y segura que cree haber
alcanzado. Me humilla, en verdad, el bueno de Belleroche. Y a fe mía que me
aprecia en poco si se cree capaz de tasarme. Llegó a decirme ¡asómbrese usted!
que yo no había amado a nadie más que a él. Por el momento, tuve necesidad de
toda mi pruden-cia para no desengañarle al punto, diciéndole toda la verdad.
¡Es, cierta-mente, un ente propio para tener un derecho exclusivo! Convengo en
su buen talle, y no mal empaque y semblante de galán; pero, en verdad, todo no
pasa de un simple ardid de amor. Y el momento ha llegado, en fin, en que
debemos separarnos.
Procuro desde hace quince días consumar la ruptura,
y he emplea-do la frialdad, la impertinencia, el desdén, y toda suerte de
querellas e inconveniencias; pero el personaje en cuestión no suelta la prenda;
fuerza es tomar otro partido: en consecuencia, lo llevo a mi casa de campo.
Mañana partimos. No habrá allí entre nosotros más que algunas personas
desinteresadas y de pocos alcances; y allí estaremos como en el mayor retiro.
Allí lo agobiaré de modo tal, por el amor y las caricias, viviremos hasta tal
punto en completo idilio, que acabará por desear aún más que yo el fin de este
viaje, que ahora tanto lo halaga, y a fe mía que si no vuelve más cansado de mí
que yo lo estoy de él, entonces, vizconde, ya no queda más recurso que el que a
usted se le ocurra.
23 Ved la
carta CIX.
241
CHODERLOS DE LACLOS
El pretexto de esta retirada es el de ocuparme
seriamente de mi gran pleito, que ha de juzgarse, en efecto, al fin o al
comienzo del invier-no. Y así sea, que mucho me inquieta ver toda mi fortuna en
el aire. No es que me preocupe el hecho: la razón me abona; mis abogados me lo
aseguran también: y aunque no me abonara, mucha sería mi torpeza sino supiera
ganar un pleito en que mis adversarios son dos menores y un viejo tutor. Como
es preciso, no obstante, no abandonar nada en asunto tan importante, llevaré conmigo
dos abogados. ¿No encuentra usted chusco este viaje? Si gano el pleito y pierdo
Belleroche, no habré perdido mi tiempo.
Ahora, vizconde, adivinad el sucesor, aunque ya sé
que no adivináis las cosas. Pues bien: Danceny. Os extraña, ¿no es eso? porque,
al fin, todavía no me he quedado para educar niños. este merece que se haga una
excepción en su favor; tiene las gracias, pero no la frivolidad de la juventud.
Su gran reserva en el círculo contribuye a alejar
toda sospecha, y se le encuentra más amable cuando se explaya en una
conversación íntima. No quiere esto decir que haya conversado con él por mi
cuenta; aún no he sido más que su confidente: pero bajo el velo de la amistad
creo adi-vinar una gran simpatía hacia mí, y siento que él también va
inspirándo-me mucha. Sería una verdadera lástima que tanto ingenio y delicadeza
fuesen a sacrificarse y a fracasar cerca de esa imbécil de Volanges.
Espero que se equivoque al creer que la ama: ¡está
ella tan lejos de merecerlo! No es que yo esté celosa; pero sería un asesinato,
y quiero salvar a Danceny. Ruego, pues, a usted, que procure cuidadosamente que
no pueda acercarse a su Cecilia, como tiene ahora la mala costumbre de
llamarla. La primera inclinación tiene siempre más fuerza de lo que se cree, y
no estaría segura de nada si volviese a verla ahora, sobre todo en ausencia
mía. A mi vuelta, yo me encargo y respondo de todo.
He tratado de traer al joven conmigo, pero he hecho
el sacrificio a mi prudencia ordinaria; y además hubiese temido que se
apercibiera de algo entre Belleroche y yo, y me hubiera desesperado que tuviese
la me-nor idea de lo que pasa.
Quiero, por lo menos, presentarme a su imaginación
pura y sin ta-cha; tal, en fin, como debiera ser para ser verdaderamente digna
de él.
242
LAS AMISTADES PELIGROSAS
París, 15 de octubre de 17...
CARTA CXIV
LA PRESIDENTA DE TOURVEL A LA SEÑORA DE
ROSEMONDE
Mi quierida amiga, cedo a mi gran inquietud, e
ignorando si estará usted en estado de responderme, no puedo menos de
interrogarle. El estado de monsieur de Valmont, que usted me anuncia sin
peligro, me intranquiliza no obstante. No es raro que la melancolía y el disgusto
del mundo sean síntomas prematuros de alguna enfermedad grave; los
su-frimientos del cuerpo, como los del espíritu, hacen desear la soledad; y a
menudo se trata de misántropo a quien deberíamos considerar como enfermo.
Me parece que debiera al menos consultar con
alguien. ¿Cómo no tiene usted, también enferma, un médico cerca de sí? El mío,
a quien he visto esta mañana, y a quien he consultado indirectamente, opina,
que en las personas naturalmente activas esta apatía súbita no debe
descuidarse, y, aludió aun que las enfermedades no ceden al tratamiento sino
cuando se las ataca a tiempo. ¿Por qué abandonar a un riesgo tal a persona tan
cara a usted?
Lo que redobla mi inquietud, es que desde hace
cuatro días, no re-cibo noticias suyas. ¡Dios mío! ¿No me engaña usted sobre el
estado de su salud?
¿Por qué ha cesado de escribirme tan
repentinamente? Si fuera aca-so el efecto de mi obstinación en enviarle sus
cartas, creo que hubiera podido tomar antes tan heroico partido. En fin, sin
creer en presenti-mientos, hace unos días que me agobia una tristeza mortal.
¡Oh! ¡tal vez espero la mayor de las desgracias!
Tal vez no crea usted, y vergüenza me cuesta el
confesarlo, lo mu-cho que me apena el no recibir esas cartas que quizá aún
rehusara leer. ¡Si yo estuviera segura que se ocupaba de mí! y viera yo algo
suyo. Yo no las abría, es verdad, pero lloraba al contemplarlas, mis lágrimas
eran más
243
CHODERLOS DE LACLOS
dulces y fáciles, y ellas disipaban en parte la
pena que siento desde mi vuelta. Ruégole mi indulgente amiga, que me escriba
tan pronto como pueda, que tenga yo noticias de usted y de él.
Bien noto que apenas si le he dedicado una palabra
a usted; pero conoce mis sentimientos, mi afecto sin tasa, mi tierno
agradecimiento a su mucha bondad; perdonará a mi gran turbación, a mis mortales
penas, y a los temores de un mal de que tal vez yo sea la causa, mi olvido de
usted.
¡Dios mío! esa idea desesperante me persigue y
desgarra mi cora-zón; ton sólo esta desgracia me faltaba, y siento haber nacido
para su-frirlas todas.
Adiós, mi querida amiga; ameme, compadézcame.
¿Tendré hoy carta de usted?
París, 15 de octubre de 17...
CARTA CXV
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL
Es cosa inconcebible, mi hermosa amiga, cómo al
alejarse dos seres dejan al punto de entenderse. Mientras yo estaba cerca de
usted, nuestro sentimiento era uno, nuestro modo de ver el mimo, y separados
unos tres meses, jamás nos acordamos en nada. ¿De quién es la falta? En verdad
que usted no titubeará un momento en la respuesta; pero yo, más tardo o más
cortés, no me atreveré a contestar. Quiero responder tan sólo a su carta y
continuar exponiéndole mi conducta.
Desde luego, le doy mil gracias por su advertencia
sobre las voces que acerca de mí corren; pero aún no me inquieta nada de eso;
me creo capaz de desmentirlas en breve. Tranquilícese, apareceré en la
sociedad, más célebre que nunca, y siempre más digno de usted.
Aguardo que se me estime en algo la aventura de la
pequeña Vo-langes, a la que tan poca importancia le atribuye. Creo que es
preciso conceder algún mérito al haber logrado arrebatar, en una sola tarde, a
244
LAS AMISTADES PELIGROSAS
una joven a su verdadero amante; disponer de ella a
mi antojo, como de propia cosa, y esto sin perturbar en nada su verdadero amor,
sin hacerla inconstante, ni infiel siquiera; en efecto, después de mi capricho,
la de-volveré a los brazos de su amante, sin que ella se haya apercibido de
nada. ¿Es esto tan vulgar? Y después, créame usted, una vez salida de mis
manos, los principios que yo la he inculcado influirán en ella
ostensible-mente; y sospecho que la tímida colegiala levantará el vuelo a
alturas que hagan honor a su maestro.
Si aún se prefiriese el genero heroico mostrare a
la presidenta, mo-delo de todas las virtudes, respetada de los más libertinos,
hasta el punto de considerarla inexpugnable; la mostraré, digo, olvidando sus
deberes y su virtud, sacrificando su reputación, sus años de honestidad, para
correr tras el placer de agradarme, para buscar la embriaguez de amarme y
en-contrándose bastante indemnizada de tanto sacrificio por una palabra, por
una mirada que todavía no gozará siempre. Haré más, la abandonaré; y o no conozco
a esa mujer, o no tendré sucesor. Resistirá a la necesidad de consuelo, al
hábito del placer, aun al deseo de venganza. En fin, no habrá existido más que
para mí; y que su carrera sea más o menos larga, yo sólo habré abierto y
cerrado la barrera. Y una ver logrado este triunfo, diré a mis rivales:
"Ved mi obra y buscad en el siglo otro ejemplo."
Usted me preguntará de dónde llega tal exceso de
confianza. Desde hace algunos días conozco las confidencias de mi bella, no me
dice sus secretos, pero yo los sorprendo. Dos cartas suyas a madame de
Rose-monde, me han instruido lo bastante, y no he de leer otras que vengan más
que por curiosidad. No necesito para triunfar más que aproximarme a ella, y mis
medios están ya encontrados. Voy a ponerlos en práctica.
¿Desea usted saberlos?... Pero no se los diré para
castigarla de no creer en mis ardides. Merecería usted sin duda que le retirase
mi confian-za, al menos en esta aventura; y en efecto, sin el dulce premio que
pro-mete a mi triunfo no le hablaría. Como ve estoy enfadado. Sin embargo, en
la esperanza de que usted se corrija, vuelvo a la indulgencia, olvido por un
momento mis grandes proyectos, para razonar con usted de los suyos.
Ya la veo en el campo enojada como el sentimiento,
triste como la fidelidad. ¡Y el pobre Belleroche! No se contenta usted con
hacerle beber
245
CHODERLOS DE LACLOS
el agua del olvido, le agobia de la mayor crueldad.
¿Cómo se encuentra? ¿Soporta bien las náuseas del amor? Quisiera que se
volviera doblemente prendado de usted, veríamos así cuál sería su remedio
heroico. La com-padezco por haber aceptado tal partido. Yo no he hecho más que
una vez en mi vida el amor por ese procedimiento. Tenía ciertamente un gran
motivo para ello, pues era la condesa de *** y veinte veces entre sus brazos
estuve tentado de decirle: "Señora, renuncio al puesto que solici-to, permítame
abandonar el que ocupo." Así, de todas las mujeres, es la única de quien
me complace hablar mal.
En el caso de usted, lo encuentro ridículamente
raro; y tiene razón en que yo no adivinaría el sucesor. ¿Y es por Danceny por
quién se toma esos trabajos? Déjele adorar a su virtuosa Cecilia, y no se
comprometa en ese juego de niños. Deje usted a los escolares crecer al lado de
sus nodri-zas y jugar con los pensamientos a sus juegos inocentes. ¿Cómo podría
entendérselas con un novicio que no sabrá tomarla ni abandonarla y con quien se
verá obligada a hacerlo todo? Desapruebo esa elección, y siem-pre la humillará
ante mis ojos, como usted se sentirá humillada ante su conciencia.
Me dice que mucho le agrada Danceny: seguramente se
engaña y creo haber encontrado la causa de su error. El bello disgusto de
Bellero-che le ha venido en época de sequía; París no ofrece a usted motivos de
elección; su fantasía, siempre viva, se ha vuelto hacia el primer objeto que ha
encontrado. Pero piense que a la vuelta podrá elegir entre mil; y si teme la
inacción en que habrá de caer en la duda, yo me ofrezco para distraer sus
ocios.
De aquí a su regreso, mis asuntos habrán terminado
de un modo o de otro; y seguramente ni la pequeña Volanges, ni la presidenta
misma, me preocuparán entonces bastante, para que no pueda ser yo para usted lo
que usted desea. Tal vez entonces estará ya la joven Volanges en bra-zos de su
verdadero amante. Sin convenir, como usted dice, en que no sea un placer
verdaderamente grande, como tengo el proyecto de que guarde de mí un recuerdo
como de un hombre superior, me he puesto con ella en un tono que no podré sostener
mucho tiempo sin peligro de alterar mi salud; y desde este momento no me ocupo
de ella sino por aquel cuidado que asuntos de familia requieren...
246
LAS AMISTADES PELIGROSAS
¿No me entiende usted? Aguardo una segunda época
para confir-mar mi esperanza y asegurarme de mi completo triunfo. Sí, mi bella,
presenta ya indicios de no dejar a su marido sin posteridad, y el jefe de la
casa de Gercourt no será sino un segundón del de la de Valmont. Pero déjeme
usted acabar a mi antojo esta aventura que no he emprendido sino por instancias
suyas. Piense que si hace inconstante a Danceny, le quita a mi aventura su más
digno remate.
Considere que ofreciéndome para representarle ante
usted, tengo algunos derechos a la preferencia.
Piense que no contrarío en nada sus planes,
corriendo yo mismo, a aumentar la tierna pasión del amador para el primero y
digno objeto de su elección. Habiendo encontrado ayer a la pupila del usted
ocupada en escribirle, y habiendo negado esta dulce ocupación por otra más
dulce aún, le he pedido después que me la enseñase, y como yo la encontré fría,
le hice sentir que no es ése el modo de consolar a su amante, y es-cribió otra
que yo le dicté, en que imitando lo mejor posible su estilo infantil, he tratado
he alimentar el amor del joven por una esperanza más segura. La niña parecía
encantada de ser autora de una carta tan hábil, y en adelante me encargó de la
correspondencia. ¿Qué no haría yo por ese Danceny? ¡Hubiera sido a la vez su
amigo, su confidente, su rival y su querida! Y todavía en este momento le hago
el favor de librarle de amis-tades peligrosas. Sí, sin duda, peligrosas; porque
poseer a usted y perder-la, es comprar un momento de placer por una eternidad
de dolor.
Adiós, mi bella amiga, tenga valor para despachar a
Belleroche cuanto antes. Deje a Danceny, y prepárese usted a encontrar y a
darme los primeros placeres de nuestra antigua unión.
P. D. -La felicito por su próximo pleito. Quisiera
que tan feliz suce-so acaeciera durante mi reinado.
Castillo de..., 19 de octubre de 17...
247
CHODERLOS DE LACLOS
CARTA CXVI
EL CABALLERO DANCENY A CECILIA DE VOLANGES
Madame de Merteuil ha partido esta mañana; así, mi
querida Ceci-lia, heme aquí privado del único placer que me quedaba en su
ausencia: el de hablar de usted con nuestra común amiga. Desde hace algún
tiempo me ha rogado que le diera ese nombre; y he accedido a ello con tanto más
apresuramiento, cuanto por este medio me parecía aproximarme más a usted. ¡Dios
mío, qué amable es esta mujer! ¡qué encanto sabe comunicar a la amistad! Me
parece que este dulce sentimiento se embe-llece y dulcifica de cuanto rehusa al
amor. ¡Si subiese cuánto la ama, y cómo se complace en oírme hablar de usted!
Esto es lo que más me aficiona a ella sin duda. ¡Qué placer tan inmenso el
vivir consagrado a dos mujeres tan amables, el pasar de las delicias del amor a
los placeres de la amistad, y a ello consagrar toda mi existencia, y ser en
cierto modo el punto en que convergen dos afectos tan grandes; consagrándome a
la felicidad de la una, aumentando así la dicha de la otra! Ame mucho a esta
mujer adorable. Después de haber gustado el encanto de la amistad, deseo que
usted también lo goce. Los placeres que no comparto con usted me parece no
disfrutarlos más que a medias. Sí, mi Cecilia, quisiera rodearle el corazón con
los sentimientos más dulces y que cada uno de estos sentimientos le hiciera
experimentar una sensación de dicha, aun-que siempre creeré que no devuelvo así
sino una pequeña parte de la inmensa ventura que de usted recibo.
¿Por qué tan encantadores proyectos no han de ser
más que una quimera de mi imaginación, y la realidad no ha de ofrecerme más que
privaciones dolorosas e indefinidas? La esperanza que usted me había dado de
verla en el campo, veo claramente que se desvanece. El único consuelo que me
queda es pensar que, en efecto, no es culpa suya. ¡Y usted olvida decírmelo,
lamentarse de ello, como yo me lamento! Dos veces mis quejas han quedado sin
contestación. ¡Ah! Cecilia, creo en su amor, pero su alma no es ardiente como
la mía. No soy ciertamente yo el llamado a quitar el obstáculo. ¡Si fuesen mis
intereses los que yo maneja-se y no los suyos!... Yo le probaría cómo no hay
burlas para el amor.
248
LAS AMISTADES PELIGROSAS
Tampoco me dice usted cuál será el fin de esta
cruel separación: aquí al menos lograré verla probablemente. Esas celestiales
miradas reanimarán mi alma abatida, ellas confortarán mi corazón que
desfallece. Perdón, Cecilia mía, este temor no es una sospecha. Creo en su
amor, en su constancia. Sería muy, infeliz si de ella dudase, ¡pero tantos
obstácu-los! Amada mía, estoy triste, muy triste. Me parece que la marcha de
madame de Merteuil ha renovado en mí el sentimiento de todas mis desgracias.
Adiós, Cecilia mía; adiós, mi bien amado. Piense
que su amante se aflige, y que en sus manos se halla el consuelo.
París, 17 octubre de 17...
CARTA CXVII
CECILIA VOLANGES AL CABALLERO DANCENY
(Dictada por Valmont.)
¿Cree entonces, amigo mío, que merezco que me
regañen por estar triste cuando usted está afligido, y duda de que yo sufra
tanto y más aún sus propias penas? Comparto hasta las que le causo
voluntariamente; y sufro más que usted mismo, al ver que no es para conmigo
justo.
¡Oh! esto no está bien. Conozco de sobra que lo que
le disgusta es que no haya acudido a su llamamiento ninguna de las dos veces
que me lo ha pedido; ¿pero cree acaso que el complacerle es tan fácil? ¿Piensa
que yo ignoro que lo que me pide no es justo, y que, si me cuesta trabajo no
acceder a sus deseos estando lejos, me había de ser más penoso el no
complacerlo estando cerca, sobre todo si tengo en cuenta que por haber querido
consolarle sólo un momento, estaré apenada ya toda mi vida?
Nada tengo que ocultarle. He aquí mis razones, y
juzgue por sí mismo: yo habría acaso podido acceder a sus deseos, si no le
hubiera anunciado que ese monsieur de Gercourt, causa de nuestras penas, no
llegará tan pronto; y como desde hace algún tiempo mi madre está mu-cho más
cariñosa conmigo; como, por mi parte, la complazco cuanto puedo, ¿quién sabe lo
que de ella podré obtener? ¿No sería mucho mejor
249
CHODERLOS DE LACLOS
que pudiéramos ser felices sin que yo tuviera que
reprocharme nada? Si he de creer lo que muchas veces me han dicho, los hombres
no aman a sus mujeres tanto como debieran, cuando las han amado en demasía
antes de serlo.
Este temor me contiene más que nada. ¿No está
usted, amigo mío, seguro de mi corazón, y no tenemos todavía tiempo para todo?
Escuche lo que le prometo; si no puedo librarme de
la desgracia de casarme con monsieur de Gercourt, que ya detesto antes de
conocerle, nada habrá que me detenga para ser de usted, y esto lo antepondré a
todo. Como yo no aspiro sino a ser su amada, y como usted comprende-rá que si
procedo mal no es por culpa mía, todo lo demás poco me im-porta, con tal de que
me prometa amarme siempre tanto como ahora.
Pero déjeme hasta entonces continuar como hasta
aquí, y no me vuelva a pedir una cosa que tengo razones poderosas para no
conceder, y que me duele negar, sin embargo.
Yo desearía también que monsieur de Valmont no
fuera con usted tan apremiante, porque esto no conduce más que a agravar mis
penas. ¡Oh! verdad que tiene en él un buen amigo, sin duda alguna. Hace tanto
por usted, como pudiera hacerlo usted mismo.
Adiós, querido amigo; he empezado a escribir muy
tarde, y en ello he empleado buena parte de la noche. Voy a acostarme, y a
recuperar el tiempo perdido. Envíole un beso, pero no me regañe más.
Castillo de..., a 18 de octubre de 17...
CARTA CXVIII
EL CABALLERO DANCENY A LA MARQUESA DE MERTEUIL
Si he de creer a mi almanaque, no hace, mi querida
amiga, más que dos días que se halla usted ausente; pero a mi corazón le parece
que hace dos siglos. Como de usted he aprendido a creer más que a nadie al
cora-zón, ya es hora pues de que regrese, que todos sus negocios deben estar
sobradamente terminados. ¿Cómo quiere usted que yo me interese en su proceso
si, piérdalo o gánelo, debo igualmente pagar las deudas con el
250
LAS AMISTADES PELIGROSAS
dolor que su ausencia me causa? ¡Oh, cuánta gana
tengo de lamentarme, y qué triste es tener el humor de hacerlo en tan hermoso
asunto, y no tener derecho de huirlo!
¿No es, sin embargo, una verdadera infidelidad, una
negra traición, tener tan alejado a un amigo, después de haberlo acostumbrarlo
a no poder vivir sin usted? Puede consultar a sus abogados, y no hallarán medio
de justificar esta mala conducta; y, además, estas gentes no aducen más que
razonamientos, y los razonamientos no bastan para responder a los sentimientos.
En cuanto a mí, me ha dicho usted tantas veces que
la razón le ha obligado a hacer este viaje, que ha conseguido que me rebele
contra ella. Yo no quiero oír ya más la voz de la razón, ni aun cuando me
aconseja que de usted me olvide. En este caso la razón es bastante razonable,
sin embargo; y en realidad, no sería muy difícil que usted lo creyese. Bastaría
solamente perder la costumbre de pensar en usted siempre, y aseguro que aquí
nada me haría recordarla.
Nuestras más encantadoras mujeres, las consideradas
como más amables, están aún tan lejos de usted, que no podrían dar sino una
ima-gen muy pálida.
Hasta creo que, con ojos algo expertos, cuanto más
se cree al prin-cipio que se le parecen, más se nota después la diferencia, y
aunque se esfuercen en poner de su parte cuanto saben y pueden, siempre les
falta el ser usted, que es precisamente en lo que estriba el encanto.
Desgracia-damente, cuando los días son muy largos, y no se tiene nada que
hacer, se sueña, se hacen castillos en el aire, se crea una quimera, poco a
poco la imaginación se exalta; se quiere embellecer la obra de la fantasía, se
la asemeja a todo cuanto puede agradar, se llega, en fin, a la perfección; y
cuando se llega a estas alturas, el retrato conduce al modelo, y se ve con
asombro que no se ha hecho otra cosa que pensar en usted.
En este mismo momento soy todavía juguete de un
error muy pa-recido. Acaso crea usted que me he puesto a escribirle para
ocuparme de ella. Nada de eso; ha sido por distraerme de este asunto. Tengo
cien cosas que decirle, de las que usted no es el objeto, y que como sabe, me
interesan vivamente; y de éstas es, sin embargo, de las que me he aparta-do.
¿Desde cuándo el encanto de la amistad distrae de los del amor? ¡Ah!
251
CHODERLOS DE LACLOS
Si yo reflexionase esto detenidamente, tal vez
tuviera que hacerme algún reproche. Pero, silencio; olvidemos esta ligera
falta, por temor de volver a caer en ella, y que mi propia amiga lo ignore.
Además, ¿por qué no está usted ahí para
contestarme, para guiarme si me extravío, para hablarme de mi Cecilia, para
aumentar, si es posible, la felicidad que al amarla siento, con la dulce idea
de que es amiga suya la mujer a quien amo? Sí, lo confieso; el amor que ella me
inspira es para mí más precioso todavía desde que usted ha querido escuchar mis
confiden-cias.
¡Me gusta tanto abrirle mi corazón, llenar el suyo
de mis senti-mientos, y depositarlos en él sin reservas! Paréceme que los
aprecio en más a medida que usted se digna recogerlos; y por fin, la contemplo,
y digo: "En ella se encierra toda mi dicha."
No tengo nada nuevo que decirle sobre mi situación.
La última carta que he recibido de ella aumenta y asegura mi esperanza; pero la
retarda todavía. Sin embargo, los motivos en que se funda son tan hon-rados y
tan tiernos, que no puedo censurarla ni quejarme. Quizá no en-tienda usted
desde ahí bien lo que le digo: pero ¿por qué no está aquí? Aunque se cuente
todo a la amiga, no se atreve uno a escribírselo todo. Los secretos del amor,
sobre todo, son tan delicados, que no pueden confiarse a la salvaguardia de la
buena fe. Si alguna vez se les permite que salgan, no se les debe al menos
perder de vista. Es necesario, en cierto modo, verlos entrar en su nuevo asilo.
¡Ah! Vuelva pronto, mi querida amiga; usted ve bien claramente que su regreso
es necesario. Olvide, en fin, las mil razones que la detienen en donde está, o
enseñe a vivir donde usted no se encuentre.
Tengo la honra de ser, etc.
París, 19 de octubre de 17...
252
LAS AMISTADES PELIGROSAS
CARTA CXIX
LA SEÑORA DE ROSEMONDE A LA PRESIDENTA DE TOURVEL
Aunque todavía estoy mala, querida amiga, trato de
escribirle a us-ted por mí misma, con objeto de poder hablarle de lo que le
interesa. Mi sobrino continúa tan misántropo como siempre. Envía diariamente a
preguntar cómo me encuentro, pero no ha venido ni una sola vez en persona, por
más que yo se lo he suplicado varias veces; de modo que no lo veo más que si
estuviera en París. Le he encontrado, sin embargo, esta mañana donde no lo
esperaba, en mi capilla, a la que había yo bajado por primera vez después de mi
dolorosa enfermedad. He sabido hoy que desde hace cuatro días va puntualmente
allí a oír misa. ¡Dios quiera que esto dure!
Cuando entré, vino a mí y me felicitó muy
afectuosamente por mi mejoría. Como iba a empezar la misa, abrevié la
conversación, con el propósito de reanudarla después; pero desapareció antes de
que pudiese unirme a él. No ocultaré a usted que lo he encontrado algo
cambiado. Pero, querida mía, no me dé motivos para arrepentirme de mi confianza
en su buen juicio con inquietudes demasiado vivas; y sobre todo, esté segura de
que más preferiría afligiros que engañaros.
Si mi sobrino continúa tan displicente conmigo,
tomaré, tan pronto como me sea posible, la resolución de ir a verle en su
cuarto, y trataré de inquirir la causa de esta singular manía, a la cual creo
que contribuye usted no poco.
Le comunicaré lo que haya averiguado. Termino aquí,
porque ape-nas si puedo ya mover los dedos; y además, porque si Adelaida
supiese que le he escrito, se pasaría la tarde reconviniéndome.
Adiós, querida mía.
Castillo de..., 20 de octubre de 17...
253
CHODERLOS DE LACLOS
CARTA CXX
EL VIZCONDE DE VALMONT AL PADRE ANSELMO (Religioso
del convento de la calle de Saint-Honoré.)
No tengo la honra de conocerle, señor; pero conozco
la confianza absoluta que usted inspira a la señora presidenta de Tourvel, y en
qué persona tan digna ha depositado tal confianza. Creo, pues, poder diri-girme
a usted sin ser indiscreto, con objeto de pedirle un gran favor, verdaderamente
propio de su santo ministerio, y en el cual está la señora de Tourvel tan
interesada como yo.
Tengo en mi poder documentos importantes que con
ella se rela-cionan, que no pueden ser confiados a nadie, y que no debo ni
quiero poner sino en manos de usted. No tengo medio alguno de dar conoci-miento
a esta señora de los papeles mencionados, porque, razones que acaso conozca
usted por ella misma, y que yo creo que no me es permiti-do darle ahora, le han
movido a adoptar la resolución de cortar conmigo toda correspondencia;
resolución que hoy, confieso sinceramente, que no tengo motivos para censurar;
porque ella no podía prever aconteci-mientos que yo mismo estaba muy lejos de
esperarme, y que no es posi-ble atribuir más que a la fuerza sobrehumana que
hay que reconocer en todo esto.
Le ruego pues, señor, que tenga a bien comunicarle
mis nuevas re-soluciones, y pedirle que me conceda una entrevista privada, en
la cual pueda yo al menos, reparar en parte mis yerros con mis disculpas; y,
por medio de este último sacrificio, desvanecer ante sus ojos las mismas trazas
que aún existen de un error o de una falta que me ha hecho apare-cer culpable
ante ella.
Sin esta expiación preliminar, no me atrevo a
depositar a los pies de usted la confesión humillante de mis prolongados
extravíos, ni a implo-rar su intervención para obtener una reconciliación mucho
más impor-tante todavía y desgraciadamente más difícil.
¿Puedo esperar de usted, señor, que no me niegue
ayuda tan nece-saria y preciosa, y que se dignará sostener mi debilidad y guiar
mis pasos
254
LAS AMISTADES PELIGROSAS
por una nueva senda que deseo ardientemente seguir,
pero que rubori-zándome confieso que desconozco todavía?
Espero su respuesta con la impaciencia del
arrepentido que desea reparar sus errores; y le ruego que me crea con tanta
gratitud como res-peto.
Su muy humilde, etc.
P. D. -Autorízole, señor, en el caso de que lo
juzgue conveniente, para transmitir esta carta íntegra a la señora de Tourvel,
a la que me consideraré toda mi vida obligado a respetar, y a quien nunca
dejaré de honrar como a la persona de quien el cielo se ha servido para
conducir mi alma al camino de la virtud por el conmovedor espectáculo de la
suya.
Castillo de..., 22 de octubre de 17...
CARTA CXXI
LA MARQUESA DE MERTEUIL AL CABALLERO DANCENY
He recibido su carta, mi demasiado joven amigo;
pero antes de dar gracias a usted, es preciso que le riña; y le prevengo, que
si no se corrige, no tendrá más respuesta mía. Abandone, pues, ese tono de
zalamería, pura jerga ficticia, que no es verdadero lenguaje del afecto. ¿Es
ese el estilo de la amistad? No, amigo mío, cada sentimiento tiene su lenguaje;
servirse de otro, es disfrazar el pensamiento que quiere expresarse. Ya sé que
nuestras mujeres no entienden nada de lo que quiere decírseles, si no se les
traduce en la jerga usual; pero yo creo merecer el que usted me distinga de
ellas. Mucho me enoja verme tan mal juzgada.
Usted encontrará en mi carta lo que falta en la
suya, franqueza y sencillez. Le diré, por ejemplo, que tendría un gran placer
en verle, y que me contraría mucho no tener cerca de mí sino gentes que me
enojan, en lugar de gentes que me agraden; pero usted traduciría sin duda esta
mis-ma frase: aprenda usted a vivir lejos de donde vivo; de modo que cuando se
encuentre cerca de su amada, usted no sabrá vivir sin mi presencia tampoco.
¡Qué piedad! ¿y esas mujeres a quienes falta tan bien ser como yo (tal, según
usted, le acontece a la joven Cecilia), no harán sin mí la
255
CHODERLOS DE LACLOS
dicha de usted? He aquí dónde conduce un lenguaje,
que, por el abuso, está aún por debajo de la torpe jerga de cumplimiento,
simple protocolo a quien no se da más fe que a un servidor cualquiera.
Amigo mío, cuando usted me escriba, que sea para
decirme su mo-do de pensar y de sentir, y no para enviarme frases que
encontraré sin duda en la primera novela del día.
Espero que no se ofenda por cuanto le digo, aunque
en ello tal vez descubra algún mal humor, que no niego tener: pero para evitar
en todo el defecto que en usted reprocho, no le diré que mi disgusto provenga
de su alejamiento. Me parece que, no obstante, usted vale más que un pro-ceso y
dos abogados, y aún más que el atento Belleroche.
Ya ve que en vez de atormentarse con mi ausencia,
debiera felici-tarse de ella; pues nunca había hecho a usted tan bello
cumplimiento. Veo que el ejemplo me contagia, y que a mi vez voy a caer en la
adula-ción; pero no, prefiero atenerme a mi franqueza; ella tan sólo le
asegurará de mi tierna amistad. Es muy grato tener un amigo joven cuyo corazón
se encuentra en otra parte. No es éste el sistema de todos las mujeres, pero es
el mío. Creo preferible entregarse a un sentimiento del que nada se teme: por eso
he sido para usted una confidente tal vez demasiado joven; pero como usted
elige sus amores tan jóvenes, me ha hecho aper-cibir, quizás antes de tiempo,
que soy un tanto vieja. Hace bien en prepa-rarse para una larga y duradera
confianza, y yo le prometo que en nada me opondré a este lazo recíproco.
Razón tiene usted en parar mientes en los motivos
tiernos y honra-dos que, según me indica, retrasan su ventura. La defensa
obstinada es el único recurso que resta a quienes deben sucumbir en el asedio;
y lo que yo encontraría imperdonable en otra que no fuera la pequeña Volanges,
sería el no saber escapar de un peligro de que ha sido advertida sobrada-mente
por la confesión de su amor. ¡Los hombres no tienen idea de lo que es la
virtud, y de lo mucho que el sacrificarla cuesta! Pero a poco que una mujer razone,
debe saber cómo, independientemente de su falta, una debilidad es para ella la
mayor de las desgracias; y me parece imposible que ninguna incurra en tal
flaqueza si ha tenido un solo momento para reflexionar.
256
LAS AMISTADES PELIGROSAS
No trate usted de combatir esta idea: ella es la
que principalmente me impulsa a la amistad que le profeso. Usted me salvará de
los peligros del amor, y aunque hasta el presente he sabido defenderme bien,
con-siento en reconocerme agradecida, y esta gratitud redobla mi afecto.
A Dios ruego que lo tengo en su santa guarda.
Castillo de..., 22 de octubre de 17...
CARTA CXXII
LA SEÑORA DE ROSEMONDE A LA PRESIDENTA DE TOURVEL.
Esperaba, querida hija mía, poder calmar sus
inquietudes, y voy a aumentarlas. Tranquilícese usted, no obstante; mi sobrino
en nada peli-gra: no puede decirse que esté en realidad enfermo. Pero algo
extraordi-nario pasa en él. Nada comprendo, y he salido, sin embargo, de su
habitación con un sentimiento de tristeza, casi de horror, que me repro-cho de
comunicarle, y que, no obstante, es imposible que omita en mi carta. He aquí el
relato de lo ocurrido; puede estar segura usted de su fidelidad: que muchos años
he de vivir para olvidar la triste escena pre-senciada.
He estado esta mañana en casa de mi sobrino; le
encontré escri-biendo, y rodeado de varios montones de papel, que parecían los
objetos de su trabajo. En ellos se ocupaba cuando yo estaba en medio de la
ha-bitación, antes que hubiese advertido mi llegada. En cuanto me vio, noté que
al levantarse trataba de componer y calmar su semblante, lo que me hizo fijarme
aún más en él. Estaba, a la verdad, descocado, pero le en-contré más pálido y
mustio y el rostro visiblemente alterado. Su mirada viva y alegre, estaba
triste y abatida; en fin, sea dicho entre nosotras, no hubiera deseado que
usted lo hubiese visto así; porque su aspecto tenía ese aire especial que
inspira la piedad y la emoción que acarrea el amor e inspira pasiones
peligrosas.
No obstante mi extrañeza, comencé la conversación
como si nada hubiera notado. Le hablé desde luego de su salud, y sin decirme
que era
257
CHODERLOS DE LACLOS
buena, tampoco se queja de quebranto alguno, de
dolencia determinada. Quejéme entonces de su retirada que iba tomando aspecto
de manía, y traté de alegrar un tanto mi reprimenda; pero él me respondió tan
sólo y con tono resuelto: "Es un error más, lo confieso; pero será
reparado como los otros." Su expresión, aún más que su palabra, dio en
tierra con mi jovialidad, y me apresuré a decirle que daba demasiada
importancia a un simple reproche de la amistad.
Nos pusimos a conversar tranquilamente, y me dijo
poco tiempo después, que tal vez un asunto, el más importante de su vida, le
llamaría en breve a París; pero como yo temiera adivinarlo, mi querida, y como
me viera próxima a una confidencia que yo no buscaba, guardéme bien de hacerle
pregunta alguna, y me contenté con recomendarle menos disipación, como
provechoso a su salud. Le añadí que por esta vez no haría ninguna nueva
instancia, y que amaba a mis amigos por sí mismos; y entonces, cogiéndome ambas
manos, y con tal vehemencia como nun-ca sabría pintaros, me dijo: "Sí,
amada tía, ame usted mucho a un sobrino que os respeta y venera; y como usted
dice, ámele por sí mismo. No se aflija usted de su dicha, y no turbe usted con
pena alguna la eterna tran-quilidad que pronto espera gozar. Repítame que me
ama, que me perdo-na; sí, usted sabrá perdonarme; su bondad conozco y no dudo
de su indulgencia: pero, ¿cómo esperarla de aquellos a quienes tanto he
ofen-dido?" Y bajá la cabeza para ocultar, yo creo, señales del dolor que
pre-gonaba su voz a pesar suyo.
Conmovida como excuso decirle, me levanté
precipitadamente y, notando sin duda mi turbación, puesto que hubo de reponerse
al punto: "Perdón añadió, señora, conozco mi extravío. Ruégole que olvide
mis palabras, y sólo recuerde mi profundo respeto. No dejaré, agregó aún, de
repetir a usted igual homenaje antes de mi marcha." Después de esta frase,
me pareció oportuno terminar mi visita, y me marché en efecto.
Mientras más reflexiono, menos adivino cuanto ha
querido decir-me. ¿Qué asunto es ése, el más grande de su vida? Por qué me pide
per-dón? ¿De dónde proviene tan súbita ternura al hablarme? Mil veces pregunto
lo mismo, y mil veces aguardo en vano una respuesta. Nada veo aquí que a usted
ataba; sin embargo, como los ojos del amor tienen
258
LAS AMISTADES PELIGROSAS
doble alcance que los de la amistad, no quiero
dejarla en ignorancia de nada de cuanto ocurre.
En cuatro veces he escrito esta carta, y hubiera
sido más extensa a no ser por el cansancio que siento.
Castillo de..., 25 de octubre de 17...
CARTA CXXIII
EL PADRE ANSELMO AL VIZCONDE DE VALMONT
He recibido, señor vizconde, la carta con que usted
me ha honrado, e inmediatamente he ido en busca de la persona indicada. Le he
expuesto el objeto y los motivos del asunto. Aunque muy poco apegada la
encon-tré al sabio partido que había adoptado desde luego, habiéndole
demos-trado que por su negativa pondría un obstáculo a la vuelta feliz de
usted, oponiéndose al par a las miras misericordiosas de la Providencia, ha
consentido en recibir la visita de usted, a condición tan sólo que sea la
última, y me ha encargado que le anuncie que estará en su casa el próxi-mo
jueves, 28. Si este día no conviniera, puede comunicárselo e indicarle otro. La
carta de usted será recibida.
Sin embargo, señor vizconde, permítame que le
invite a no diferir sin razones suficientes la visita, con el fin de entregarse
antes y por ente-ro a las loables disposiciones que me testificara. Piense que
el que tarda en aprovechar el momento de la gracia, se expone a que le sea
retirada; que si la bondad divina es infinita, el uso de ella se rige por leyes
de justi-cia; y que puede llegar un momento en que el Dios de misericordia se
cambie en un Dios de venganza.
Si usted continúa honrándome con su confianza, le
ruego que crea cómo todos mis cuidados serán puestos en obra tan pronto como
usted lo indique; por grandes que sean mis ocupaciones, mi más importante
asunto será el cumplir con el santo ministerio a que yo particularmente me
dedico; y el momento más bello de mi vida, será aquel en que vea prosperar mis
esfuerzos por la bendición del Todopoderoso. Débiles pecadores, nada podemos
para con nosotros mismos, Dios lo puede
259
CHODERLOS DE LACLOS
todo; y nosotros debemos igualmente a su bondad el
deseo de unirle a Él, y yo, los medios de conducir a Él a usted. Con su ayuda,
espero con-vencerle pronto de que solamente la santa religión puede dar, en
este mundo, la dicha sólida y durable que en vano se busca contra las pasio-nes
del mundo.
Reciba usted mis más humildes respetos.
París, 23 octubre 17...
CARTA CXXIV
LA PRESIDENTA DE TOURVEL A LA SEÑORA DE
ROSEMONDE
En medio de la extrañeza que han producido en mí,
señora, las no-ticias que tuve ayer de usted, no olvido la satisfacción que a
usted debe producir, y me apresuro a felicitarla. Monsieur de Valmont no se
ocupa ya de mí ni de su amor, y no piensa sino en reparar, por una vida
edifi-cante, los errores de su juventud. El padre Anselmo me ha informado de
ello; a él se ha dirigido como consejero de su porvenir, y también para tener
una entrevista conmigo, cuyo principal objeto es devolverme mis cartas, a lo que
yo sospecho, y que guardaba, no obstante mis reiteradas súplicas.
No puedo menos de aplaudir tan dichoso cambio, y
felicitarme de ello si, como él dice, en esto tengo alguna parte. Pero ¿por qué
he de ser yo el instrumento, a costa del reposo de mi vida? ¿No puede venir la
dicha de monsieur de Valmont sino aparejada a mi infortunio? ¡Oh, mi indulgente
amiga, perdone usted mi queja! Yo sé que no me es posible conocer los designios
de Dios; pero mientras más en vano le pido fuer-zas para resistir a mi amor, él
se la prodiga a quien no la pide, y a mí me desampara.
Pero ahoguemos esta culpable queja. ¿No sabemos que
el hijo pró-digo obtuvo de su madre más gracia que el hijo fiel y sumiso? ¿Qué
cuentas pediremos a quien nada nos debe?
260
LAS AMISTADES PELIGROSAS
Y aunque los mortales tuviésemos algún derecho
acerca de Dios, ¿cuáles serían los míos? ¿Podré jactarme de una virtud que no
debo sino a Valmont? ¡Me ha salvado, y me quejo, no obstante, sufriendo por él!
No, mis sufrimientos me serán caros si su dicha es el premio. Sin duda es
preciso que él vuelva al padre común. Dios, que lo ha hecho, debe amar su obra.
No habría creado un ser tan admirable para hacer de él un ré-probo. Mía es la
culpa, y el castigo de mi imprudencia audaz; ¿no debo yo sufrir el haberlo visto
cuando no debía amarlo?
Mi falta y mi desgracia es haber cerrado los ojos
durante tanto tiempo a esta verdad. Usted es testigo, mi querida y digna amiga,
cómo me he sometido a este sacrificio, habiendo reconocido la necesidad de él;
pero para que fuese completo, faltaba que monsieur de Valmont no lo
participara. ¿Confesaré a usted que esta idea es la que ahora más me atormenta?
Insoportable orgullo que dulcifica los males que sentimos, por los que hacemos
sufrir. ¡Ah! yo venceré este corazón rebelde, yo le acostumbraré a las humillaciones.
Para lograr este propósito he consentido en recibir
el jueves próxi-mo la penosa visita de monsieur de Valmont. Yo oiré de sus
labios cómo para él ya no soy nada, que la impresión débil y pasajera que había
causa-do en él se ha borrado en absoluto. Vere sus miradas caer sobre las mías,
sin emoción, frías, mientras que el temor de mostrar mi pasión me hará bajar
los ojos. Las mismas cartas que durante tanto tiempo negó a mis súplicas
reiteradas, las recibiré de su indiferencia; me las devolverá como objetos inútiles
y que en nada le interesan; y mis manos temblorosas, al recibir este depósito
vergonzoso, sentirán que las reciben de manos firmes y tranquilas. en fin, le
veré alejarse... alejarse para siempre, y mis miradas le seguirán, sin ver las
suyas volverse hacia mí.
¡Y yo estaba reservada a tanta humillación! ¡Ah,
que sea al menos útil para mí penetrándome del sentimiento de mi debilidad!
Sí, estas cartas que él no se cuida de guardar, las
conservaré como algo precioso. Me impondré la vergüenza de leerlas todos los
días, hasta que mis lágrimas hayan borrado la última línea: y las suyas las
quemaré, como infestadas del peligroso veneno que ha corrompido mi alma. ¡Oh!
¿qué es el amor? Huyamos de esta pasión funesta, que no permite elegir
261
CHODERLOS DE LACLOS
más que entre la vergüenza y la desgracia, y a
veces ambas al par nos agobian; y que al menos la prudencia reemplace la
virtud.
¡Qué lejos está el jueves! ¡que no pueda yo
consumar al instante el sacrificio doloroso, y olvidar a un tiempo la causa y
el objeto! Esta visita me importuna; me arrepiento de haberla concedido. ¿Para
qué desea verme ya? ¿qué somos ya uno para otro? Si me ha ofendido, yo lo he
perdonado. Le felicito de querer enmendar sus fallas. Haré más, lo imita-ré; y
seducida por los mismos errores, su ejemplo me redimirá. Pero cuando su
proyecto es huir de mí, ¿a qué comenzar por buscarme? ¿Aca-so lo que más urge para
ambos no es que huyamos uno de otro? Sin duda; y en adelante tal será mi
conducta.
Si usted lo permite, mi querida amiga, será a su
lado donde iré a entregarme a tan difícil retiro. Si tengo necesidad de socorro
y ayuda, tal ver de consuelo, no lo admitiré más que de usted. Solamente usted
sale entenderme y hablar a mi corazón. Su preciosa amistad llenará toda mi
existencia. Nada me parecerá difícil para secundar los cuidados que quie-ra
otorgarme. Le deberé mi tranquilidad, mi dicha, mi virtud; y el fruto de sus
bondades será haberse hecho digna de mí misma.
He divagado mucho en esta carta; lo presumo al
menos por la tur-bación que se apodera de mí al escribirla. Si en ella hay
algún sentimiento que pueda avergonzarme, cúbralo usted con su indulgente
amistad. A ella me someto. No quiero ocultarle ningún movimiento de mi corazón.
Adiós, respetada amiga. Espero en breve comunicarle
mi llegada.
París, 25 octubre 17...
CARTA CXXV
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL
Ya ve usted, la soberbia y altiva mujer que se
creía invulnerable, rendida a discreción. Sí, amiga mía, soy ya su dueño
absoluto; desde hoy nada le resta a concederme.
262
LAS AMISTADES PELIGROSAS
Estoy demasiado cerca de mi fortuna para poder
apreciarla: pero me asombra el encanto nunca sentido que he experimentado.
¿Será cierto que la virtud aumenta el valor, aun en el mismo momento de la
flaqueza? Pero releguemos esta idea pueril a las cuentas de las buenas mujeres.
¿No se encuentra en todas partes una resistencia más o menos bien fingida al
primer triunfo? ¿He encontrado yo en alguna parte este placer que me encanta?
No es éste, sin duda, el del amor; porque, en fin, si alguna vez he tenido momentos
de debilidad con esta mujer extraña, he sabido vencerlos siempre, y volver a
mis planes. Aunque la escena de ayer me haya conmovido algo más de lo habitual
en mí, después de haber participado de la turbación y embriaguez que yo había
hecho nacer, parecía lógico que esta ilusión pasajera se hubiera disipado ya; y
sin em-bargo, dura todavía. Tendría, lo confieso, un especial placer en
entregar-me a ella, si no produjera alguna inquietud. ¿Acabaré, a mi edad, por
ser dominado involuntariamente, como un pobre escolar, bajo el yugo de una
pasión? No: fuerza es combatirla y analizarla.
Tal vez he logrado ya conocer la causa. Esta idea
me complace, y quisiera que fuese verdadera.
En la multitud de mujeres acerca de las cuales he
desempeñado hasta el día el papel de amante, no he encontrado ninguna que no
desea-ra tanto, al menos, el ser vencida, como yo deseaba vencerla; estaba yo
habituado a llamar prudentes a aquellas que no andaban más que la mitad del
camino, en oposición a otras, como defensa provocante apenas cubre sus primeros
avances hacia el amor.
Aquí, al contrario, he encontrado una primera
prevención desfavo-rable, fundada por los consejos de una mujer odiosa, aunque
inteligente; una timidez natural y extrema, baluarte del pudor; una virtud
arraigada, dirigida por la religión, y que tenía ya dos años de triunfo; y al
fin, medi-das extraordinarias, con el único fin de sustraerse a mis
persecuciones.
No es pues, ésta, como mis otras aventuras, una
sencilla capitula-ción más o menos ventajosa, y de la cual más debe
aprovecharse que convertir en motivo de orgullo; es una victoria completa,
comprada a costa de una campaña penosa, y decidirla merced a sabias maniobras.
No es sorprendente que este triunfo, que a mí sólo debo, sea para mí el más
amado de todos; y el gran placer que el éxito me produce, no es sino la
263
CHODERLOS DE LACLOS
dulce impresión del sentimiento de la gloria. A
este pensamiento me atengo, que me evita la humillación de pensar que pueda
depender por un momento del ser a quien he avasallado; que no reside en mí la
pleni-tud de la dicha: y que la facultad de hacerme gozar en toda su energía
esté reservada a tal o cual mujer.
Estas reflexiones sensatas regirán mi conducta en
tan importante ocasión; y puede usted estar segura que no he de dejarme
encadenar hasta el punto de no poder romper estos nuevos lazos a merced de mi
capricho. Pero yo le hablo de mi ruptura, y aún ignora usted por qué medios
adquirí mi presa: lea, pues, y vea a lo que la prudencia se expone al socorrer
a la locura. Tan atentamente estudiaba mis discursos y las respuestas que
obtenía, que espero darle unos y otros con una exactitud que espero le agradará.
Verá usted por las dos copias de las cartas
adjuntas el mediador que había elegido para aproximarme a mi bella, y con qué
celo el santo per-sonaje se ha empleado en unirnos. Lo que aún debo decirle, y
que supe por una carta, es que el temor y la humillación de ser abandonada
había alterado la prudencia de la austera devota, y había llenado su cabeza y
su corazón de sentimientos e ideas que, no por carecer de sentido común, dejan
de ser menos interesantes. Después de estos preliminares necesa-rios, fue cuando,
ayer jueves 28, día fijado y concedido por la ingrata, me presenté en su casa
como esclavo tímido y arrepentido, para salir vence-dor coronado.
Eran las seis de la tarde cuando llegué a casa de
la bella reclusa: desde su vuelta, su puerta era inaccesible a todo el mundo.
Trató de levantarse cuando se me anunció; pero sus rodillas temblorosas no le
permitían continuar de pie, y volvió a sentarse. Como el criado que me había
introducido tuvo que detenerse un momento en el departamento para hacer algún
servicio, ella parecía impacientada. Llenamos este inter-valo con los
cumplimientos de rúbrica. Pero para no perder tiempo del cual todo instante era
precioso, me dediqué a inspeccionar la habitación, y vi claramente el teatro de
mi victoria. Hubiera podido elegir otro más cómodo, porque en esta misma
habitación se encontraba una otomana. Pero noté que enfrente de ella había un
retrato de su marido; y tuve miedo, lo confieso, que, con una mujer tan
especial, una sola mirada a él
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LAS AMISTADES PELIGROSAS
dirigida podría destruir en un momento la obra de
tantos afanes. Al fin quedamos solos, y entré en materia.
Después de haber expuesto en pocas palabras que el
padre Ansel-mo había debido informarla de los motivos de mi visita, me quejé de
su rigor y crueldad para conmigo e insistí particularmente sobre el desprecio
de que había sido víctima. De ello protestó como yo esperaba, y como usted
aguardaba también; fundéme para patentizar este desprecio en la desconfianza y
el horror que había inspirado, y en las consecuencias escandalosas, la negativa
a responder a mis cartas, y aun a recibirlas, etc., etc. Como comenzase una
justificación que hubiera sido fácil de acabar, creí deber interrumpirla; y
para hacerme perdonar este giro brusco, lo convertí al punto en adulación.
-"Si tantos encantos, añadí, han hecho en mi corazón una impresión tan
profunda, tantas virtudes no han subyuga-do menos mi alma. Seducido, sin duda,
por el deseo de aproximarme a ella, osé creerme digno de usted. No le reprocho
haberme juzgado de otro modo, pero me castigó de mi error." Y como ella
guardase silencio del embarazo, continué: "He deseado, señora, o
justificarme a sus ojos, u obtener de usted el perdón de los errores que me
atribuye, a fin de poder al menos terminar con alguna tranquilidad días que
serán para mí tan ingratos cuanto usted se niega a embellecerlos."
Aquí trató de responder: "Mi deber no me lo
permitía." Y la difi-cultad de acabar la mentira que el deber exigía, no
le permitió continuar. Yo repliqué con el tono más tierno: "¿Es cierto que
soy yo a quien habéis huido?" -"La marcha era necesaria."
-"Será preciso alejarnos?" -"Es pre-ciso." -"¿Y para
siempre?" -"Sí." No tengo necesidad de decirle que durante este
corto diálogo, la voz de la tierna joven parecía turbada, y sus ojos no se
elevaban hasta mí.
Pensé que era preciso animar un poco esta escena,
que languidecía; y así, levantándome con aire de despecho: "La firmeza de
usted, dije entonces, me devuelve la mía. Pues bien, señora, nos separaremos,
aún más de lo que usted piensa; y podrá felicitarse de su obra."
Sorprendida de este tono de reproche, quiso responder: -"La resolución que
ha toma-do usted..." -"No es más que el efecto de mi
desesperación", repliqué; "usted ha querido que yo sea desgraciado; y
yo le demostraré que su triunfo ha sido mayor que sus deseos." -"Pero
la dicha de usted", res-
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CHODERLOS DE LACLOS
pondió. Y el sonido de su voz comenzaba a anunciar
una emoción muy fuerte. Me precipité a sus plantas, y con el tono dramático que
usted conoce: -"¡Ah, cruel!, exclamé; ¿puede haber para mí una dicha de
que usted no participe? ¿Dónde encontrarla lejos de usted? ¡Oh, jamás,
ja-más!" Confieso que contaba con el recurso de las lágrimas; pero sea por
mala disposición del ánimo, sea por la atención penosa y continua que ponía a
todo, me fue imposible llorar.
Por dicha, recordé que para subyugar a una mujer
todo medio es bueno; y que basta una fuerte impresión para conmoverla
hondamente. Apelé al terror toda vez que la sensibilidad no respondía a mi
llama-miento; y para eso, cambiando la inflexión de mi voz, y guardando la
misma postura: -"Sí, repliqué; lo juro a los pies de usted; que he de
po-seerla o morir." Pronunciando estas últimas palabras, nuestras miradas
se encontraron. No sé qué creyó ver en las mías la tímida joven; pero se
levantó horrorizada, y se escapó de mis brazos, que la tenían asida. Es verdad
que yo no hice nada para retenerla; porque he notado que las escenas de
desesperación demasiado vivas, se vuelven ridículas cuando el tiempo pasa y no
tienen un desenlace trágico, que yo no hubiera tomado nunca. Sin embargo,
mientras que ella se defendía de mí, añadí en voz baja y siniestra: "¡Y
bien, la muerte!"
Me levanté entonces; y guardando el silencio, la
miré como por azar de un modo siniestro y feroz, no sin dejar por ello de
observarla bien. El cuerpo tembloroso, la respiración agitada, los músculos
contraídos, los trémulos brazos levantados, todo me indicaba que había
producido el efecto que buscaba: pero como en el amor todo acaba de cerca, y
está-bamos bastante lejos, fue preciso aproximarse. Para conseguirlo, pasé de
pronto a una aparente tranquilidad, para calmar los efectos de este estado
violento, sin debilitar la impresión.
Mi transición fue: "Soy muy desgraciado. He
querido vivir para la dicha de usted, y la he turbado. Me inmolo en aras de su
tranquilidad y sigo turbándola." Y añadí con aire más mesurado:
"Perdón, señora; poco acostumbrado a las tempestades de las pasiones, sé
mal reprimir sus combates. Si a ellas me entrego, piense usted que será la
última vez. ¡Ah, cálmese, cálmese!" Y durante este silencio me aproximé
insensiblemente. "Si quiere que me calme -respondió la bella,
horrorizada-, permanezca
266
LAS AMISTADES PELIGROSAS
usted también tranquilo." "Y bien, sí, yo
se lo prometo", le dije. Y añadí con voz débil: "Si el esfuerzo es
grande, al menos no será largo. Pero, añadí, he venido para devolverle sus
cartas; dígnese tomarlas. Es el últi-mo sacrificio que tengo que realizar. No
me deje usted nada que pueda debilitar mis ánimos." Y sacando del bolsillo
el precioso paquete: "Helas, aquí, exclamé; pruebas de una amistad falsa y
engañosa. Déme ahora usted la señal de abandonarla para siempre."
Aquí la amante, temerosa, cedió en absoluto a su
tierna inquietud: "¿Pero, Valmont, qué tiene usted, qué quiere usted
decir? ¿La medida que piensa tomar no es voluntaria? ¿no es fruto de propias
reflexiones? ¿no ha aprobado usted el partido necesario que yo debí
tomar?" -"Ese partido, respondí, ha decidido del mío." -"¿Y
cuál es?" -"El único que queda; separándome de usted, poner término a
mis penas." -"Pero, res-póndame, ¿cuál es?" Aquí la estreché en
mis brazos, sin que ella se de-fendiese; y juzgando, por este olvido de las
conveniencias, hasta qué punto era fuerte su emoción: "Mujer adorable, le
dije, dejándome llevar por el entusiasmo, usted no tiene idea del amor que
inspira; ¡no sabe hasta qué punto fue adorada, y cómo este sentimiento me era más
queri-do que la existencia! ¡Sean sus días dichosos y tranquilos,
embelléz-canse de toda la dicha que usted me ha quitado! ¡Págueme usted, al
menos, este voto sincero por una lágrima, y crea que el último de mis
sacrificios no será el más penoso a mi corazón. Adiós."
Mientras que hablaba así, sentía su corazón
palpitar con violencia; observaba la alteración de su semblante; la veía
sofocada por las lágrimas, que apenas caían de sus ojos. Entonces fingí
marcharme, y reteniéndome ella con fuerza: "No, escúcheme usted",
exclamó. -"Es preciso que huya de aquí", repliqué. -"Me
escuchará usted." -"Déjeme." -"No", exclamó ella. Tras
esta última palabra se precipitó, o más bien cayó desvanecida en mis brazos.
Como aún dudase de tan dichoso éxito, fingí un gran horror, pero horrorizándome,
la conduje o la llevé al lugar ya designado para campo de mi gloria; y en
efecto, no volvió en sí más que sometida y presa ya de su dichoso vencedor.
Hasta aquí, mi hermosa amiga, encontrará usted una
pureza de método que le agradará sin duda; y verá cómo en nada me aparto de los
principios que deben regir estas guerras, que tanto tienen de común con
267
CHODERLOS DE LACLOS
aquellas que dirigen los grandes capitanes.
Júzgueme como a un Turena o a un Federico. He obligado a combatir a un enemigo
que buscaba armisticios; he procurado por sabias maniobras buscar terreno y
condi-ciones favorables al combate; he sabido inspirar confianza al enemigo,
para alcanzarle en la retirada; he inspirado terror antes de empeñado el
combate; nada he confiado al azar; he comenzado la refriega cubierta la salida,
para conservar, en caso de derrota, todo lo anteriormente ganado. Esto es, a mi
juicio, cuanto puede hacerse; pero después de tan completo triunfo, temo caer
en la inacción y la molicie de Aníbal, en las delicias de Capua. Contaré a
usted el resto.
Yo esperaba que semejante suceso fuese seguido de
las consi-guientes lágrimas y lamentaciones de semejantes casos; y noté un
cierto recogimiento y confusión que atribuía al estado de alma de la rendida
virtud; así, pues, sin ocuparme de estas ligeras diferencias que me pare-cían
puramente accidentales, seguí sencillamente el camino de los con-suelos,
persuadido de que, como sucede de ordinario, las sensaciones ayudarían al
sentimiento, y que una sola acción haría más que todos los discursos, que yo,
no obstante, empleaba de continuo. Pero encontraba una resistencia
verdaderamente horrible, menos por su exceso que por el modo especial con que
se presentaba.
Figúrese usted una mujer sentada, de una rigidez
inmóvil, y de un semblante invariable, que no parecía escuchar, ni pensar, ni
entender; cuyos ojos fijos dejaban escapar lágrimas continuas, que corrían
dulce-mente. Tal era madame de Tourvel durante mis discursos; pero cuando
trataba de llamar su atención hacia mí por una caricia, por el gesto más
inocente, el terror se dibujaba en ella; convulsiones, sollozos y algunos
gritos a intervalos, pero ni un solo sonido articulado.
Tal crisis se repitió varias veces, y en aumento,
hasta el punto que llegué a temer haber alcanzado una victoria inútil. Volví a
los lugares comunes ya empleados: "Está usted desolada porque ha hecho mi
felici-dad." A estas palabras la adorable mujer se volvió hacia mí, y su
sem-blante, aunque atónito, volvió a adquirir su expresión celestial. "¿La
dicha de usted? ¿Usted es dichoso?" Redoblé mis halagos. "¿Y dichoso
por mí!" Mientras que yo le hablaba todos sus miembros palpitaban; cayó
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LAS AMISTADES PELIGROSAS
muellemente en su asiento, abandonándome una mano
que osé estrechar entre las mías. "Siento, dijo, que esta idea me consuela
y me alivia."
Una vez conocido el camino no lo abandoné; era
realmente el segu-ro, y tal vez el único. Cuando intenté otro triunfo, encontré
alguna resis-tencia, y mi experiencia ya me hizo circunspecto; pero clamando en
mi auxilio esta misma idea de mi dicha, sentí pronto sus favorables efectos.
"Tiene usted razón, me dijo; no puedo soportar
más mi existencia, sino para que ésta constituya su dicha. A ella me consagraré
con el alma; desde este momento me entrego a usted, y no tendrá por parte mía,
ni queja, ni negativa." De modo tan sencillo y candoroso aumentó mi placer
al decidirse a participar de él conmigo. La embriaguez fue completa y
recíproca; y por primera vez, la mía sobrevivió al placer. Abandoné sus brazos
para caer a sus plantas de rodillas, jurándole un amor eterno; y he de
confesarlo, en aquel momento creía sentir lo que decía. Al fin, aun después de
separados, su idea me persigue, y me cuesta trabajo el apar-tarme de ella.
¡Ah! ¿por qué no se encontrará usted aquí para
compensar el en-canto del triunfo con la recompensa?
Pero no perderé nada por esperar, ¿no es cierto?
Aguardo confiado, como convenido entre nosotros, el feliz arreglo que le he
propuesto en mi última carta. Ya ve usted que mis asuntos marchan tan bien, que
en breve podré dedicarle una buena parte de mi tiempo. Apresúrese, pues, a
despachar al imbécil de Belleroche; abandone al empalagoso Danceny, y ocúpese
de mí. Pero ¿qué hace usted en el campo, que ni siquiera me responde? De buena
gana le reñiría. Pero la dicha conduce a la indulgen-cia. Acuérdese que el nuevo
amante no quiere perder ningún derecho de los antiguos que el amigo gozaba...
Adiós como en otros tiempos... ¡Si, adiós, ángel
mío!. Te envío to-dos los besos del amor.
P. D. -¿Sabe que Prevan después de su mes de
prisión ha sido obli-gado a abandonar su cuerpo? Es hoy la noticia de todo
París. En verdad se le ha castigado por un delito que él no ha cometido, y el
éxito de usted es completo.
269
CHODERLOS DE LACLOS
CARTA CXXVI
LA SEÑORA DE ROSEMONDE A LA PRESIDENTA DE TOURVEL
Antes le hubiera respondido, amada niña, si la
fatiga de la última carta no me hubiera devuelto mis dolores, que me han
privado durante estos días del uso de mi brazo.
Ansiaba testificarle mi agradecimiento por las
noticias que me co-municaba acerca de mi sobrino, y felicitarla por ellas
sinceramente. Sí, querida bella. Dios que sólo quería probarla, la ha socorrido
cuando llegaba el momento en que las fuerzas parecían abandonar a usted.
Preci-so es reconocer en esto el sabio consejo de la Providencia, que ha
salva-do a la vez a usted y a mi querido sobrino. Mucho le debe, querida, a la
divina Omnipotencia, y algún motivo de arrepentimiento será sin duda para usted
haber dudado de ella un salo momento. Comprendo, sin embargo, que deplorará no
haber tomado la iniciativa de esa resolución, y que la de Valmont hubiese
venido en consecuencia de ella, lo que hu-biera conservado mejor los derechos
de nuestro sexo, pensando munda-namente en el caso. Pero ¿qué importan estas
imperfecciones accidentales cuando los hechos han cumplido una finalidad?
¿Acaso quien escapa al naufragio se lamenta del medio a que debe la vida?
Pronto verá usted cómo las hondas penas que sentía,
se alejan; y aunque subsistieran en todo su rigor ¡cuán preferibles no serán
siempre a los remordimientos de un crimen o al desprecio que de sí misma habría
de sentir usted! En vano antes de ahora le hubiera hablado yo con esta aparente
seguridad; el amor es un sentimiento indomable, que la pruden-cia evita, pero
no puede vencer; y que una vez nacido, muere de muerte natural o por ausencia
completa de esperanza. Éste es el caso en que usted se encuentra, y que me da
el valor y el derecho de hablarle con franqueza. Es cruel horrorizar al enfermo
desesperado que no es suscep-tible de consuelo ni de alivio; pero es sabio
mostrar a un convaleciente los peligros que ha corrido, para inspirarle la
prudencia que necesita, y la sumisión a los consejos que aún puede utilizar.
270
LAS AMISTADES PELIGROSAS
Puesto que usted me elige como médico, como tal le
hablaré, ase-gurándole que los dolores que ahora siente, y que tal vez exijan
algunos remedios, no son nada en comparación de la horrible enfermedad de la
que con bien saliera usted. Como amiga suya que soy, mujer razonable y
virtuosa, me permitiré decir que esta pasión que la ha subyugado, tan
desgraciada por sí misma, lo era aún más por su objeto. Si he de creer lo que
se me dice de mi sobrino, a quien amo con verdadero cariño, y que reúne en
efecto muchas cualidades loables y muchos atractivos, es un hombre funesto para
las mujeres que persigue, igualmente para seducir que perderlas. Tal vez usted
lo hubiera convertido. Nadie sería más dig-no de esto; pero tantas se han
jactado de ello que nada han conseguido, y mucho me alegra no ver a usted
reducida a este recurso.
Considere ahora, mi querida bella, que en vez de
tantos peligros como hubiera corrido, tendrá más el reposo de la conciencia, la
satisfac-ción de haber determinado la conversión de Valmont. No dudo que sea
obra de su valiente resistencia; y que un momento de debilidad de su parte,
hubiera perdido a mi sobrino para siempre. Me agrada pensar así, y espero que
usted piense lo mismo; en ello encontrará los primeros con-suelos, y yo nuevas
razones para amarla más.
La espero de un día a otro, en cumplimiento de lo
que me anuncia. Venga usted a encontrar la calma y la dicha en los lugares
donde la ha perdido: venga a gozar de la gran satisfacción de haber cumplirlo
la pro-mesa de no hacer nada que no sea digno de ella y de usted.
Castillo de... 30 octubre 17...
CARTA CXXVII
LA MARQUESA DE MERTEUIL AL VIZCONDE DE VALMONT
Si no he respondido, vizconde, a la carta que me
dirigió usted el 19, no ha sido por falta de tiempo; es sencillamente porque me
ha puesto de mal humor, y porque no he visto en ella el sentido común. Creí que
no debía hacer cosa mejor que no ocuparme de ella; pero su insistencia, y el
271
CHODERLOS DE LACLOS
peligro de que piense que mi silencio significa
asentimiento, me fuerza a contestarle.
Yo habré tenido alguna vez la pretensión de
reemplazar a todo un serrallo, pero nunca he consentido en figurar como parte
de él. Creí que usted lo sabía. Ahora que al menos no ha de ignorarlo, juzgará
de lo ridículo de su pretensión. ¿Que sacrifique un gusto, y un gusto nuevo,
para ocuparme de usted? ¿Y para ocuparme cómo? esperando a mi vez como esclava
sumisa los favores de su alteza. Cuando, por ejemplo, usted quieta distraerse
un momento del encanto desconocido que la adorable, la celestial madame de Tourvel
le ha hecho experimentar, o cuando ha temido comprometer acerca de la admirable
Cecilia la idea que pretende hacerla concebir de usted: entonces, descendiendo
hasta mí, vendría a encontrar placeres menos vivos, en verdad, pero sin
conse-cuencia; y sus preciosas dotes, aunque un poco raras, bastarán para mi
dicha.
En verdad que usted abunda en virtudes, en opinión
de sí mismo; pero yo tampoco peco de modestia: y, a Dios gracias, aún no me
en-cuentro en bancarrota. Es tal vez un defecto mío, pero debo advertirle que
tengo otros más.
Tengo, además, el de creer que el escolar, el
empalagoso Danceny, únicamente ocupado de mí, sacrificándome, sin hacer mérito
de ello, una pasión anterior, antes de haberla satisfecho, y amándome como se
ama a su edad, podrá, a pesar de sus veinte años, trabajar más eficazmente que
usted, para mi dicha y mis placeres. Y, además, si me viniera en mientes
buscarle un compañero, no sería usted, al menos por ahora.
¿Por qué razón, me preguntará? En primer lugar,
podría muy bien no haber ninguna: porque el capricho que me haría preferir a
usted, sería igual para excluirlo. Quiero, sin embargo, por cortesía,
justificarle mi negativa. Me parece que usted tendría demasiados sacrificios
que hacer; y yo, lejos de pagarle agradecida, aún me consideraría acreedora a
muchos más. Usted ve que estando tan alejados uno de otro, no podemos
apro-ximarnos de ningún modo; y creo que necesito mucho tiempo para cam-biar de
opinión. Cuando me corrija, le prometo anunciárselo. Hasta tanto, créame usted,
haga otros arreglos, y guarde sus besos; ¡tiene tantas a quien dedicarlos!
272
LAS AMISTADES PELIGROSAS
¿Adiós, como en otro tiempo, dice usted? En otro
tiempo hacía más caso de mí; aún no me había dedicado a los terceros papeles;
y, sobre todo, esperaba usted mi asentimiento, antes de contar con él. No se
incomode, si en vez de decirle adiós, como en otro tiempo, le digo adiós, como
al presente.
Servidora de usted.
Castillo de..., 31 octubre 17...
CARTA CXXVIII
LA PRESIDENTA DE TOURVEL A LA SEÑORA DE
ROSEMONDE
No he recibido hasta ayer su tardía carta. Me
hubiera matado, segu-ramente, si yo fuese dueña ya de mi existencia; pero hoy
es de otro, de monsieur de Valmont. Verá usted cómo no le oculto nada. Si cree
no encontrarme digna de su amistad, sepa que temo menos perderla que engañarla.
Todo lo que puedo decirle que, puesta por monsieur de Val-mont en la
alternativa de hacer su felicidad o determinar su muerte, me decidí por el
primer partido. Ni de ello me jacto, ni tampoco me acuso: digo no más lo
sucedido.
Comprenderá fácilmente la impresión que su carta me
hizo, y las verdades que contiene. No crea, sin embargo, que ha producido pena
alguna en mí, ni que pueda tampoco hacerme cambiar de sentimiento ni de
conducta. No por esto dejo de tener momentos crueles, pero cuando mi corazón
está más desgarrado, cuando creo no poder soportar mis dolores, digo: Valmont
es dichoso; y todo desaparece ante esta idea, o más bien cambia todo en
placeres.
Me he dedicado en absoluto al sobrino de usted: por
él me he per-dido; él es el centro único de mi pensamientos, de mis deseos, de
mis acciones. Mientras mi vida sea necesaria a su dicha, será preciosa para mí,
y me creeré afortunada. Si alguna vez él piensa de otro modo, no oirá de mi
boca queja ni reproche. Ya tengo tomado mi partido sobre el mo-mento fatal.
273
CHODERLOS DE LACLOS
Ahora verá usted que poco puede afectarme el temor
que parece abrigar de que haya de perderme un día Valmont; porque antes de
de-searlo habrá dejado de amarme; y entonces ¿a qué vamos a reproches? Él sólo
será mi juez. Porque yo no viviré más que para él; en él reposará siempre mi
memoria; y si él confiesa que le amo, estaré bastante justifi-cada.
Acaba usted de leer en mi corazón. He preferido la
desgracia de perder su estimación por mi franqueza, a hacerme indigna de ella
por el envilecimiento de la mentira. He creído deber esta confianza a las
bon-dades de usted para conmigo. Añadir una palabra más, podría hacerle
sospechar que el orgullo de contar aún con ella me inspiraba, cuando, al
contrario, me hago suficiente justicia para renunciar a lo que no creo merecer.
Quedo de usted, su más humilde y obediente
servidora.
París, 1º noviembre 17...
CARTA CXXIX
EL VIZCONDE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL
Dígame, hermosa amiga: ¿De dónde proviene esa
actitud y ese hu-mor que reina en la última carta que me dirige: ¿Cuál es el
crimen que yo he cometido para despertar en usted tal enfado? ¿Que yo contaba
con el consentimiento de usted antes de haberlo obtenido? Creo que lo que para
con otra hubiera sido presunción, para con usted no puede achacar-se más que a
confianza; ¿y en qué este sentimiento puede perjudicar a la amistad y al amor?
Uniendo la esperanza al deseo, he cedido a un impul-so muy natural, que nos
coloca siempre lo más cerca posible del objeto ansiado; y usted ha tomado mi
justo anhelo por orgullo y vanidad. Yo sé que el uso establece en estos casos
una duda respetuosa; pero usted sabe muy, bien que esto no es más que una
fórmula, un simple protocolo; y yo creía que tales minuciosas precauciones no
eran necesarias entre no-sotros.
274
LAS AMISTADES PELIGROSAS
Me parece que tan franca conducta, fundada por una
antigua amis-tad, es muy preferible a la insípida adulación que afea tan a
menudo el amor. Tal vez al pensar así es por lo mucho que la estimo, y porque
nunca supuse que usted pensase de otro modo.
He aquí sin embargo, el único pecado que en mí
reconozco; porque pienso que no habrá imaginado que yo la conceptúe superior a
ninguna mujer del mundo. Usted me dice que no se cree en bancarrota en el amor;
eso demuestra la fidelidad del espejo en que se mira. Usted debió sacar en
consecuencia de eso que no la tenía yo en otro concepto.
Busco en vano una causa a tan extraña idea. Me
parece que provie-ne de los elogios que me he permitido hacer de otras mujeres.
No de otro modo se explica la afectación con que reproduce usted los epítetos
de adorable, encantadora, que yo dedico a madame Tourvel y a la Volan-ges.
¿Pero no sabe que esos epítetos indican más que el afecto que se tiene a estas
personas el estado de ánimo del momento en que se escribe? Y si en el momento
en que ambas me afectaban tanto, no deseaba me-nos a usted; si a usted daba una
preferencia marcada sobre arabas, puesto que al fin al reanudar nuestro antiguo
lazo fuerza me era romper los presentes, no veo, hermosa amiga, motivo de
reproche.
No me será difícil justificarme en cuanto al
encanto desconocido de que le hablaba; porque de lo desconocido no ha de
inferirse en buena lógica que haya de ser más fuerte y hondo que lo conocido y
gustado. ¿Qué podrá aventajar a los deliciosos placeres que usted sabe otorgar,
cada día mayores, y cada vez más nuevos? He querido decir que eran de un género
que yo no había experimentado antes, pero sin pretender asignarles categoría; y
repito que tales como sean sabré combatirlos y vencerlos. Pondré ahora en ello
mayor celo, y este será un homenaje que ofrecer a usted.
En cuanto a la pequeña Cecilia, me parece inútil
hablar de ella. Us-ted no olvidará que a instancias suyas tomé esta niña a
cargo mío, y úni-camente de usted aguardo la señal para dejarla de mi mano. He
podido notar su ingenuidad y su frescura; he podido juzgarla un tanto
seductora, porque todos nos complacemos en nuestra obra: pero seguramente no
podrá fijar mi atención de un modo serio.
275
CHODERLOS DE LACLOS
Ahora, querida amiga, me remito a su justicia, a
sus primeras bon-dades para conmigo, a la larga y perfecta amistad a la entera
confianza que ha estrechado después nuestros lazos: ¿he merecido el tono de
rigor que ha tomado usted? Pero ¡cuán fácil le será indemnizarme cuando quiera!
Diga solamente una palabra, y verá si todos los encantos del mundo me retienen
aquí, no un día, ni un segundo siquiera. Volaré a sus pies y a sus brazos para
probarle mil veces y de mil maneras que usted es, como siempre, la soberana de
mi corazón.
Adiós, hermosa amiga; espero su respuesta con gran
impaciencia.
París, a 3 noviembre 17...
CARTA CXXX
LA SEÑORA DE ROSEMONDE A LA PRESIDENTA DE TOURVEL
¿Por qué, hermosa mía, no quiere usted ser mi hija?
¿Por qué pare-ce anunciarme que va a suspender toda correspondencia conmigo?
¿Es para castigarme por no haber adivinado lo que era completamente
inve-rosímil? ¿O sospecha que he querido afligirla voluntariamente? No,
co-nozco su corazón demasiado para creer que piensa así del mío. Así es que la
pena que me ha causado su carta no es tan grande como la que le ha causado a
usted misma.
¡Oh, mi joven amiga, lo digo con dolor! Usted es
tan digna de ser amada que nunca el amor podrá hacerla dichosa. ¿Qué mujer
verdade-ramente delicada y sensible no ha encontrado su desgracia en ese
senti-miento mismo que le prometía tanta felicidad? ¿Acaso saben apreciar los
hombres a la mujer que poseen?
No es que muchas no sean honradas en sus
procedimientos y constantes en sus afecciones; sino que entre las mismas que lo
son, hay muy pocas que sepan ponerse al unísono con nuestro corazón. No crea,
querida mía, que el amor de ellos es semejante al nuestro. Experimenta, sí, la
misma embriaguez; a menudo sienten más entusiasmo, pero no conocen ese interés
inquieto, esa solicitud delicada que produce en no-
276
LAS AMISTADES PELIGROSAS
sotras tiernos y constantes cuidados y cuyo único
objeto es siempre la persona amada. El hombre goza de la felicidad que siente,
y la mujer de la que ella se procura. Esta diferencia tan esencial y tan poco
notada, influye, sin embargo, de una macera muy sensible en el conjunto de su
respectiva conducta. El placer del uno es satisfacer deseos; el de la otra es,
sobre todo, hacerlos nacer. Complacer no es para él más que un me-dio de
alcanzar el éxito. Y la coquetería tan frecuentemente censurada en las mujeres,
no es sino el olvido de este modo de sentir, y esto mismo demuestra la verdad
de sus sentimientos. En fin, ese gusto exclusivo que caracteriza
particularmente al amor, no es en el hombre más que una preferencia que sirve,
a lo sumo, para aumentar un placer que otro objeto tal vez entibiaría pero no
podría destruir; en tanto que en las mujeres es un sentimiento profundo, que no
sólo anula todo deseo extraño, sino que, más fuerte que la naturaleza, y
sustraída a su influjo, no le deja expe-rimentar más que repugnancia y disgusto
allí donde le parecía que debía nacer la voluptuosidad.
Y no crea usted que las excepciones más o menos
numerosas que pueden citarse refutan victoriosamente estas verdades generales.
Están ellas garantizadas por la voz pública, que únicamente por lo que se
refie-re a los hombres ha distinguido la infidelidad de la inconstancia:
distin-ción de que ellos mismos se envanecen cuando debiera humillarles; y que
en nuestro sexo no ha sido jamás adoptada más que por mujeres depra-vadas que
son vergüenza nuestra, y a quienes todo medio parece bueno si por él pueden salvarse
del sentimiento humillante de su bajeza.
He creído, querida mía, que podía serle útil tener
estas reflexiones para oponer a las ideas quiméricas de una felicidad perfecta
con que el amor no deja nunca de engañar nuestra imaginación: esperanza
engaña-dora, que se mantiene todavía hasta cuando ya es forzoso abandonarla, y
cuya pérdida irrita y multiplica las penas, ya demasiado reales, insepara-bles
de una pasión viva. Esta misión de endulzar las penas de usted y de disminuir
su número, es la única que me propongo y la única que puedo cumplir en este
momento.
En las enfermedades incurables, los remedios no
pueden, referirse más que al régimen. Lo que pido a usted únicamente es que
recuerde que compadecer a un enfermo no es curarle. ¿Quiénes somos para
censurar-
277
CHODERLOS DE LACLOS
nos los unos a los otros? Dejemos el derecho de
juzgar al único que lee en los corazones, y hasta me atrevo a creer que ante
sus ojos paternales una multitud de virtudes pueden adquirirse por una
debilidad.
Pero le recomiendo ante todo, querida amiga, que
evite resolucio-nes violentas, que denotan menos la fuerza que el más completo
desa-liento: no olvide que haciendo a otro dueño de su existencia, sirviéndome
de su misma expresión, no ha podido, sin embargo, vencer a los amigos que la
poseían antes, y que no cesarán nunca de reclamar.
Adiós, mi querida hija, piense usted alguna vez en
su tierna madre, y crea que será siempre, y sobre todo, el objeto de sus más
cariñosos pensamientos.
Castillo de..., 4 noviembre de 17...
CARTA CXXXI
LA MAQUESA DE MERTEUIL AL VIZCONDE DE VALMONT
¡En buena hora, vizconde! Esta vez estoy más
contenta de usted que la anterior. Ahora, conversemos como buenos amigos:
espero con-vencerle de que el arreglo que usted propone es una verdadera
locura.
¿No ha notado aún que el placer, que es el único
objeto de la unión de dos sexos, no es suficiente para constituir un lazo entre
dos seres? ¿Qué si es precedido del deseo que los une, es seguido del disgusto
y hastío que los separa? ¿Es una ley de la naturaleza sentir el amor a
vo-luntad? Fuerza es tenerlo en toda ocasión; y sería el caso arduo si no
bastara que lo hubiese de una sola parte. La dificultad se ha resuelto, pues, a
medias; en efecto, uno goza del placer de amar, otro de ser ama-do, menos vivo en
verdad, pero al cual se une el placer .de engañar, que sirve de compensación; y
todo se arregla así.
Pero, dígame, amigo vizconde, ¿quién de nosotros se
encargará de engañar al otro? Recordará usted la historia de aquellos pícaros
que se reconocieron jugando. Paguemos, dijeron, la partida a escote por iguales
partes; y abandonaron el juego. Sigamos este prudente ejemplo y no perdamos un
tiempo que podemos emplear en otras cosas.
278
LAS AMISTADES PELIGROSAS
Y para probarle que su interés me preocupa más que
el mío, y que no me inspira ni el capricho, ni el enfado, no le rehuso el
premio prome-tido: comprendo que en una sola jornada quedaremos satisfechos, y
no eludo que sabremos embellecerla, hasta el punto de que termine a dis-gusto.
Pero no olvidemos que ese sentimiento es necesario para la dicha: y que por muy
dulce que sea nuestra ilusión, no pensemos por eso que haya de ser durable.
Ya ve cuán generosa es mi conducta, antes de que
usted se ha justi-ficado a mis ojos: porque al fin, yo debía haber recibido ya
la primera carta de la celestial virtud, y aún no he recibido nada; será tal
vez que usted ha olvidado las condiciones del trato, o que le interesa menos de
lo que piensa hacérmelo creer. Sin embargo, o yo me engaño, o la tierna devota
debe escribir mucho: pues, ¿qué hará cuando esté sola? Ella no tendrá
seguramente medios de distraerse. Tendría, si quisiera, algunos reproches que
hacer a usted; pero los paso en silencio, en cambio del mal humor que mostré en
mi última carta.
Ahora, vizconde, no me queda más que hacerle una
súplica, tanto por usted, como por mí; y es el diferir nuestra entrevista hasta
mi vuelta a la ciudad. Por un lado tendremos la libertad necesaria; ni yo
correré por lo demás riesgo alguno, porque los celos podrían ligarme más al
imbécil de Belleroche, de quien comienzo a desprenderme. Al mismo tiempo verá
usted que no sería meritoria una infidelidad a Belleroche. Una infi-delidad
recíproca daría mayor encanto a nuestro amor.
Sepa que deploro a veces que estemos reducidos a
estos recursos. En el tiempo en que nos amamos, y yo creo que aquello era amor,
yo era dichosa, ¿y usted, vizconde?... Pero, ¿a qué ocuparse ahora de una dicha
que no puede volver? No, no puede volver, vizconde. Por lo demás, ¿yo exigiría
sacrificios que usted no podría o no querría hacer por mí, y que tal vez yo no
merezca? ¡Oh, no! ni aun quiero pensar en esto; y a pesar del placer de
ocuparme en escribirle, prefiero dejarlo bruscamente.
Adiós, vizconde.
Castillo de... 6 noviembre 17...
279
CHODERLOS DE LACLOS
CARTA CXXXII
LA PRESIDENTA DE TOURVEL A LA SEÑORA DE
ROSEMONDE
Penetrada, señora, de las bondades de usted para
conmigo, a ellas me entregaría en absoluto, si no fuera por temor de
profanarlas aceptán-dolas. ¿Por qué, conceptuándolas tan preciosas, me acontece
no sentirme digna de ella? Yo debería, al menos, testimoniarle mi
agradecimiento; admiraría, sobre todo, esa indulgencia de la virtud, que no
conoce nues-tras debilidades más que para compadecerlas, y cuyo poderoso
encanto conserva tan dulce imperio sobre los corazones, aun cerca del encanto
del amor.
Pero, ¿puedo yo conservar una amistad que no hará
ya mi dicha? Digo lo mismo de los consejos de usted; conozco su valor, y no
puedo seguirlos. ¿Y cómo no creeré en una dicha perfecta, cuando en este
mo-mento la experimento? Sí; si los hombres son tales como usted dice, es
preciso huirles, son odiosos: pero ¡qué lejos está Valmont, de parecerse a
ellos! Si como ellos tiene la vehemencia en la pasión, que usted llama
impetuosidad, une a esta vehemencia una delicadeza que la dulcifica y
ennoblece. ¡Oh, amiga mía, me habla de compartir mis penas: goce usted de mi
dicha, que le debo al amor. Usted ama a su sobrino tal vez con debilidad. ¡Ah,
si le conociese como yo! Yo lo amo con idolatría, y aún menos de lo que él
merece. Ha podido ser arrastrado a algunos errores, y él mismo conviene en
ello; pero ¿quién conoció como él el verdadero amor? ¿Qué más puedo decirle? El
lo siente tal como lo inspira.
Creerá usted que es una de esas ideas quiméricas
con que el amor engaña nuestra imaginación; pero en ese caso, ¿por qué sería
tan tierno después que nada le queda que obtener? Lo confesaré: le encontré
antes un aire de reflexión, de reserva, que casi nunca abandonaba, y que me
hacía caer, muy a pesar mío, en las falsas y crueles impresiones que se me
habían dado de él. Pero una vez que lo vi abandonado a los movimientos de su
corazón, parece adivinar todos los deseos del mío. ¡Quién sabe si nosotros hemos
nacido uno para otro! ¡Sí, me estaba reservada la dicha de hacer la suya! ¡Ah!
si es una ilusión ¡muera yo antes que se acabe! Pero
280
LAS AMISTADES PELIGROSAS
no; quiero vivir para quererle, para adorarle. ¿Por
qué dejará él de amar-me? ¿Qué otra: mujer le hará más dichosa que yo? Lo sé
por mí misma; esta emoción que siento es la única que puede hacer feliz a un
mortal. Si, este es el sentimiento delicioso que ennoblece el amor, que lo
purifica en cierto modo, y lo hace verdaderamente digno de un alma tierna y
genero-sa como la de monsieur de Valmont.
Adiós, mi querida, mi respetable, mi indulgente
amiga. Quisiera en vano escribirle más tiempo; pero se aproxima la hora en que
me ha pro-metido venir, y toda idea me abandona. ¡Perdón! pero usted desea mi
felicidad, y es tan grande en este momento, que todo lo llena en mí.
París, 7 noviembre 17...
CARTA CXXXIII
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL
¿Cuáles son, pues, mi querida amiga, los
sacrificios de que me juzga incapaz usted, y cuyo premio sería el agradarle?
Comuníquemelos, y si dudo un momento en ofrecérselos, rehuse el homenaje. ¡Cómo
me juz-gara usted desde hace algún tiempo, si, aun con tanta indulgencia, duda
de mis sentimientos o de mi energía! ¡Sacrificios que yo no podría o no querría
realizar! ¿Me cree subyugado, enamorado? Y el premio que ha puesto al éxito,
¿cree usted que lo atribuyo a la persona? Gracias a Dios no he llegado a este extremo,
y me comprometo a demostrarlo; sí, yo lo demostraré, aun cuando sea con
respecto a madame de Tourvel. Segu-ramente, después de esto no debe quedar duda
alguna a usted.
He podido, creo, sin comprometerme, conceder algún
tiempo a una mujer que, al menos, tiene el mérito de no parecerse a las demás.
Tal vez la época poco animada en que esta aventura ha tenido lugar, me ha hecho
entregarme a ella demasiado; y ahora que todavía no comienza a bullir la
sociedad, hace que de ella me ocupe casi por entero. Pero piense usted que aún
no hace ocho días que gozo del fruto de tanto tiempo de afanes y desvelos. Más
tiempo he dedicado a mujeres que valían mucho
281
CHODERLOS DE LACLOS
menos, y que habían logrado a menor costo; y usted
no me inculpaba por ello.
Además, sepa cual es la causa de mi excesivo
interés en el asunto: esta mujer es naturalmente tímida; en un principio dudaba
constante-mente de mi dicha, y esta duda era bastante para turbarla: de modo
que apenas comienzo a juzgar hasta dónde llega mi poder en este género de
mujeres. Era algo que deseaba conocer, y la ocasión no ha de presentarse muchas
veces.
Desde luego, para muchas mujeres, el placer es
siempre el placer, y nada más; y cerca de éstas, por grandes que sean nuestros
títulos, no somos nunca más que factores, cuya actividad constituye todo el
mérito, y para las cuales quien hace más es quien hace mejor.
En otras mujeres, las más quizás, la celebridad del
amante, el placer de arrebatarlo a una rival, el temor de perderlo a su vez, lo
ocupan todo; nosotros, más o menos, aceptamos la misma clase de placer; pero es
más hijo de las circunstancias que del amor. Gozan por nosotros, pero no de
nosotros.
Me hacía falta encontrar una mujer delicada y
sensible, que sólo se inspirase en el amor, y que no viese en el amor más que
su amante; cuya emoción, lejos de seguir la ruta ordinaria, partiese siempre
del corazón, para llenar a los sentidos; que yo la he visto, por ejemplo (y no
hablo del primer día) salir del placer desconsolada, y encontrar la
voluptuosidad en una palabra que brotaba del alma. Fuerza era que reuniese este
candor natural, y que se permitiese disimular cualquier impulso del corazón.
Convencerá usted en que tales mujeres son raras; yo creo que sin ella no se
hubiera encontrado este placer inefable.
No sería extraño que me retuviera más tiempo que
otra; y si el tra-bajo que quiero realizar en ella exige que la haga dichosa,
perfectamente dichosa, ¿a qué rehusarla? Pero de que el espíritu se ocupe no se
deduce que el corazón sea esclavo. Así, el premio que yo reclamo a esta
aventu-ra, no me impedirá correr otras, y dejarla por otras más gratas.
Soy tan libre, que ni aun siquiera he abandonado a
la pequeña Vo-langes, que tan poco me preocupa. Su madre la llevará a la ciudad
dentro de unos días: desde ayer he sabido asegurar mis comunicaciones; algún
dinero al portero y algunas flores a la mujer han asegurado la cosa. ¿Con-
282
LAS AMISTADES PELIGROSAS
cibe usted que Danceny no ha sabido encontrar medio
tan sencillo? ¡Y que se diga luego que el amor hace ingeniosos a los hombres!
Embrute-ce, por el contrario, a aquel a quien domina. ¡Y no sabré yo
defenderme! Esté usted tranquila. Entregaré también a la joven pensionista a su
dis-creto amante cuando usted lo ordene. Ya me parece que usted no tendrá
razones para impedírselo; y en cuanto a mí, no tengo inconveniente en hacer
este servicio señalado al pobre Danceny. Es, en verdad, lo menos que le debo por
todos los que ha hecho. Ahora tiene la gran inquietud de saber si será recibido
en casa de madame de Volanges; yo le calmo di-ciéndole que de un modo o de
otro, yo haré su felicidad uno de estos días: entre tanto, sigo ocupándome de
la correspondencia que quiere reanudar al regreso de su Cecilia. Tengo ya diez
cartas suyas, y tendré aún una o dos antes del dichoso día. ¡Fuerza es que el
muchacho se entreten-ga en algo!
Pero dejemos la infantil pareja, y volvamos a
nosotros; que pueda ocuparme sólo de la dulce esperanza que deja la último
carta de usted. Sí; sin duda usted me retendrá, y no le perdonaré que dude de
ello. ¿He cesado yo alguna vez de ser constante con usted? ¿Nuestros lazos se
han roto alguna vez? Nuestra pretendida ruptura no fue más que un error de
nuestra imaginación: nuestros sentimientos nuestros intereses son los mismos.
Semejante al viajero que vuelve desengañado, reconozco que había dejado la dicha
para correr en pos de la esperanza; y diré como Harcourt:
"Mientras que más vivo entre extranjeros, amo
más a mi patria." No combata usted la idea, o más bien el sentimiento que
me eleva a
usted; y después de haber ensayado todos los
placeres, gocemos de la dicha de conocer que ninguno de ellos es comparable al
que volveremos a encontrar más delicioso aún.
Adiós, mi encantadora amiga. Consiento en esperar
su vuelta, pero piense en lo mucho que la deseo.
París, 8 noviembre 17...
283
CHODERLOS DE LACLOS
CARTA CXXXIV
LA MARQUESA DE MERTEUIL AL VIZCONDE DE VALMONT
¡En verdad, vizconde, usted es lo mismo que los
niños, delante de los cuales no se puede decir nada! ¡A quienes no es posible
enseñarles nada de que no se apoderen al punto! Una simple idea, no obstante
ad-vertiros la poca importancia que a ella daba, aprovecha usted para hacer de
ella el fondo de mi carta; y trata de comprometerme cuando yo eludo todo
compromiso, tratando de que comparta con usted sus deseos ilógi-cos. ¿Es
generoso por parte de usted hacerme soportar todo el fardo de la prudencia? Le
repito que el arreglo que me propone es completamente imposible. Aunque usted
empleara toda la generosidad que muestra en este momento, ¿cree acaso que yo no
tengo también mi delicadeza, y que pueda aceptar sacrificios que le
perjudiquen?
Sí, es verdad, vizconde; usted se engaña en cuanto
al sentimiento que siente por madama de Tourvel. Es amor, créame, o no existe
el amor: lo niega usted por cien modos, pero lo prueba por mil. ¿Qué espe-cie
de extraño subterfugio es ese con que usted se miente a si mismo (y lo creo
sincero para conmigo) que lo lleva al deseo de guardar a esa mu-jer, deseo que
en vano sabrá disimular usted?
¿No se diría que usted no ha hecho jamás dichosa a
mujer alguna? Y a fe que anda desmemoriado... Pero no, no esto, vizconde. El
corazón perturba el ingenio, amigo mío, y le obliga a pagarse de menguados y
pobres razonamientos: pero, a quien interesa el no engañarme en el asunto, soy
poco fácil de contentar.
Así, pues, reconociendo su cortesía, que omite las
palabras desagra-dables para mí, observo que, sin que usted sin duda lo note,
conserva en el fondo las mismas ideas. Ya no es, en efecto, la adorable, la
celestial madame de Tourvel, pero es en cambio la mujer extraña, delicada y
sensible, y esto a exclusión de todas las demás: una mujer rara, en fin, como
sin duda no se encontraría otra. Es el encanto desconocido que no es el más
fuerte. Y bien, sea: pero puesto que usted no lo había encon-trado hasta ahora,
es de creer que no lo encontrará en lo sucesivo; la
284
LAS AMISTADES PELIGROSAS
pérdida de madame de Tourvel sería irreparable. Si
estos no son sínto-mas de amor, hay que renunciar a encontrar otros.
Sepa usted que por esta vez le hablo sin enfado. Me
he prometido no alterarme en nada en este asunto; pudiera ser causa de
perturbación y torpeza. Créame, pues, seamos amigos, y no más. Agradézcame pues
mi valor para defenderme; y digo valor, porque a veces precisa aún para no
incurrir en lo que a todas luces parece un desatino.
Sólo para convencerlo de cuánta razón me abona,
amigo vizconde, voy a contestar a su pregunta sobre los sacrificios que yo le
exigiría, y que usted seguramente no podría cumplir. Me sirvo de la palabra
exigir, porque creo que usted encontrará seguramente exigencia, y grande, en
cuanto voy a decirle: pero, ¡tanto mejor! Lejos de incomodarme le queda-ré
agradecida. No quiero disimular con usted, aunque tal vez debiera.
Exigiría, pues, ¡oh crueldad! que la
extraordinaria, la admirable ma-dame de Tourvel no fuera para usted más que una
mujer vulgar, una mujer tal como es; porque, fuerza es no dejarse engañar; el
encanto que a veces encontramos en el prójimo, se encuentra en nosotros mismos;
y únicamente el amor realiza este fenómeno embelleciendo el objeto ama-do. Yo
sé que usted sabría prometerme, jurarme el cumplimiento de esto que sería
imposible, pero yo no creería en discursos vanos. Únicamente su conducta
juzgada en todos sus aspectos habría de convencerme.
No sería esto todo, también sería caprichosa. El
sacrificio que usted me ofrece de la pequeña Cecilia no sería aceptado por mí.
Al contrario, le pediría que continuase con tan penoso servicio hasta nueva
orden mía; tal vez por abusar de mi imperio, tal vez más justa e indulgente,
júzguelo como quiera, me contentaría con disponer de los sentimientos de usted,
sin contrariar sus placeres. De todos modos, querría ser obedecida, y mis
órdenes serían severas.
Tal vez entonces me conceptuara deudora de
agradecimiento; ¡quién sabe! tal vez me decidiera a la recompensa. Seguramente
entonces abreviaría una ausencia que me sería insoportable... Volvería a verlo,
vizconde; pero ¿cómo?... Recuerde usted que esto no es más que una
conversación, simple relato de un proyecto imposible.
¿Sabe que mi proceso me inquieta bastante? He
querido conocer cuáles eran mis fuerzas. Los abogados me citan muchas leyes,
autorida-
285
CHODERLOS DE LACLOS
des, según ellos, y no encuentro en realidad tanta
razón y justicia en favor mío. Casi me arrepiento de haber rehusado la
transacción que se me propuso. Algo me tranquiliza, sin embargo, pensar en la
destreza de mi procurador, la elocuencia de mi abogado y la belleza de la
litigante. Si estos tres factores fallaran, fuerza sería cambiar el régimen
vigente de raíz, y ¡adiós el respeto a las viejas costumbres!
El pleito es la única causa que me detiene aquí. El
de Belleroche está ganado, libre de costas. Le devolveré la libertad no bien
llegue a la ciudad. Le haré este doloroso sacrificio, y me consuela el que
sabrá agra-decérmelo.
Adiós, vizconde, escríbame con frecuencia: el
relato de los placeres de usted distraerá mis ocios de fastidio y monotonía.
Castillo de... 11 noviembre 17...
CARTA CXXXV
LA PRESIDENTA DE TOURVEL A LA SEÑORA DE
ROSEMONDE
Procuro escribirle, y no sé si podré conseguirlo.
¡Ah, cuando pienso en que mi carta anterior expresaba el colmo de la alegría!
Es el colmo de la desesperación el que ahora me agobia; el que no me deja
fuerzas para sentir mis dolores, y que impide expresarlos.
Valmont... Valmont no me ama; no me ha amado nunca.
El amor no desaparece así. Me engaña me vende y me ultraja. Todos cuantos
infortunios y humillaciones pueden sufrirse me hieren hoy, ¡y todos vienen de
él!
No crea usted que es una simple suposición; estoy
lejos de sospe-char nada. No tengo la dicha de poder dudar. Lo he visto; ¿qué
podría decirme para justificarse?... Pero nada le importa; no lo intentará
siquie-ra... ¡Desgraciada! Inútiles eran mis lágrimas y mis reproches; ya no se
ocupa de mí.
Es verdad que me ha sacrificado, abandonado, y ¿a
quién?, a una mujer despreciable. Pero ¿qué digo?, yo he perdido todo derecho a
des-
286
LAS AMISTADES PELIGROSAS
preciar. Ella ha faltado menos a sus deberes, es
menos culpable que yo. ¡Oh, cuán dolorosa es la pena que se apoya en el
remordimiento! Siento que aumentan mis tormentos. Adiós mi querida amiga; por
indigna que yo sea de su piedad, usted la tendría de mí si me viera sufrir.
Pero al leer mi carta, noto que no le digo nada de
lo ocurrido; quie-ro hacer valor para contarle el suceso. Ayer, por primera vez
después de mi vuelta, debía cenar fuera de casa. Valmont vino a verme a las
cinco; jamás lo encontré más tierno. Me hizo conocer que mi proyecto de salir
le contrariaba, y decidí en consecuencia permanecer en casa. Sin embar-go, dos
horas después, y de repente, su aspecto y tono cambiaron sensi-blemente. Ignoro
en qué pudiera disgustarle; de todos modos, al poco fingió recordar un asunto
que le obligaba a abandonarme, y se fue, no sin haberme manifestado un gran
sentimiento, que me pareció tierno y sin-cero.
Juzgué después más conveniente cumplir mi proyecto
de salir, puesto que el permanecer en casa era ya inútil. Acabé mi tocado, y
tomé el coche. Desgraciadamente mi cochero me hizo pasar ante la ópera, y me
encontré detenida por la aglomeración de gente que salía; y noté a cuatro pasos
de mí, y en la misma fila, el coche de Valmont. Latíame el corazón, pero no de
temor; y mi único deseo era que mi coche avanzase. El suyo, por el contrario,
se vio obligado a retroceder, y se puso al lado del mío. Avancé al momento para
asomarme, y ¡cuál no sería mi sorpresa al encontrar a su lado una joven, bien
conocida como tal! Me retiré, como usted supondrá; pero lo que a usted costará
trabajo creer, es que esa misma joven, instruida sin duda por una odiosa
confidencia, no abandonó la portezuela del coche, ni cesó de mirarme, riendo a
carcaja-das del modo más cínico e insultante.
En mi anonadamiento, me dejé conducir a la casa en
que debía ce-nar; pero me fue imposible permanecer allí; me sentía a cada
instante próxima a desvanecerme, y sobre todo no podía contener mis lágrimas.
Al entrar escribí a M. de Valmont, y le envié mi
carta al punto: no estaba en su casa.
Buscando a toda costa salir de tan mortal estado, o
confirmarlo pa-ra siempre, mandé orden de esperarlo en su casa: pero antes de
las doce
287
CHODERLOS DE LACLOS
de la noche mi criado volvió, diciéndome que el
cochero, que había vuelto, le dijo que su amo no volvería aquella noche.
Esta mañana pensé que no me quedaba más recurso que
devolverle sus cartas, y rogarle que no vuelva más por mi casa. He dado órdenes
en consecuencia, pero serán inútiles.
Son las doce del día, y aún no ha venido, ni he
recibido una letra
suya.
Ahora, querida amiga, nada tengo que añadir; ya
está instruida, y usted conoce mi corazón. Mi única esperanza es no afligir por
mucho tiempo ya la sensible amistad de usted.
París, 15 noviembre 17...
CARTA CXXXVI
LA PRESIDENTA DE TOURVEL AL VIZCONDE DE VALMONT
Sin duda, señor, después de lo que ha pasado ayer,
usted no espe-raba ser recibido en mi casa; y sin duda tampoco lo deseaba. Esta
carta no tiene menos por objeto rogarle que no vuelva que pedirle cartas que no
debieron existir, y que si han podido interesarle un momento, como prueba de la
pasión que supo despertar, serán hoy sin duda indiferentes, puesto que ya no
expresan más que un sentimiento que usted ha destrui-do.
Conozco y confieso mi error al tener en usted una
confianza de la que tantas otras antes que yo habían sido víctimas: a nadie
acuso, yo soy tan sólo la culpable; pero creía al menos no haber merecido ser
abando-nada por usted al desprecio y al insulto. Creía que sacrificándolo todo
a usted, y perdiendo por usted mis derechos a la estima de los demás y de la
mía, podría esperar que no me juzgara más severamente por todo el mundo, cuya
opinión aún separa la mujer débil de la mujer depravada y envilecida. Estas
faltas son las únicas de que lo culpo; callo las del amor: su corazón no
entenderá sin duda al mío.
Adiós, señor.
París, 15 noviembre 17...
288
LAS AMISTADES PELIGROSAS
CARTA CXXXVII
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA PRESIDENTA DE TOURVEL
Acabo de recibir, señora, su carta; he temblado al
leerla, y apenas si me queda fuerza para responder. ¡Qué horrible idea tiene
usted de mí! ¡Ah! sin duda yo he cometido errores; y tales que no me los
perdonaré en mi vida, aun cuando usted los cubra con su indulgencia. Pero los
que me reprocha han estado siempre muy lejos de mi alma. ¡Quién, yo!
¡humi-llarla, ultrajarla, cuando la respeto tanto como la amo; cuando no he
conocido el orgullo hasta que usted me juzgó digno de sí! Las apariencias la
han engañado; y convengo en que no han podido serme menos favo-rables; pero ¿no
tenía usted en el corazón lo que es bastante para com-batirlas? ¿Cómo no se ha
rebelado a la sola idea de dudar del mío? Usted lo ha creído, sin embargo. Así,
no solamente me ha juzgado capaz de tan atroz delirio, sino que ha temido
exponerse a todo por sus bondades para conmigo. ¡Ah! Si usted se encuentra
degradada hasta este punto por su amor, yo soy el más vil de los hombres a sus
ojos.
Agobiado por el dolor que esta idea me causa,
pierdo en dolerme de ella el tiempo que debiera emplear en destruirla. Lo
confesaré todo; otra consideración me detiene aún. ¿Será preciso relatar hechos
que yo quisiera anonadar, y fijar la atención de usted y la mía en un momento
de error que quisiera borrar aunque fuera a costa de toda mi vida, cuya causa
aún no concibo, y cuyo recuerdo será humillación eterna? ¡Ah! si acusándome
debo excitar la cólera de usted, no tendrá sin duda que buscar lejos la venganza;
le bastará entregarme a mis remordimientos.
Sin embargo, ¿quién lo creería? este suelo tiene
como causa primera el poderoso encanto que siento cerca de usted. Por él olvidé
durante mucho tiempo un asunto importante, y que no debió aplazarse. La
aban-doné demasiado tarde, y no encontré a la persona que buscaba. Esperaba
encontrarla en la ópera, y mis gestiones fueron igualmente infructuosas. Allí
encontré a Emilia, a quien había conocido en una época en que ni a usted ni al
amor conocía; no tenía su coche, y me rogó que la acompaña-se a su casa. No vi
en ello consecuencia alguna, y consentí. Y entonces
289
CHODERLOS DE LACLOS
fue cuando la encontré a usted, y comprendí al
punto que me juzgaría culpable.
El temor de afligirla es tan poderoso en mí, que
fue notado al punto. Confieso que traté de impedir a esa joven que se asomase;
pero esta precaución de la delicadeza se ha vuelto contra el amor.
Acostum-brada, como todas las de su estado, a no confiar de su imperio, siempre
usurpado, más que por el abuso que hacen de él, no pudo menos de aprovechar
esta ocasión para el escándalo. Y mientras más notaba mi embarazo, más quería
mostrarse; y su loca alegría (me avergüenza pensar que usted se crea objeto de ella)
no tenía otra causa que la pena cruel que yo sentía por mi amor y mi respeto.
Hasta ahora, como verá, yo soy más desgraciado que
culpable; y estos errores, que serían los de todo el mundo y los únicos de que
usted me cuba, no existen, no pueden ser reprocharlos. Pero usted calla en vano
los del amor: no guardaré sobre ellos el mismo silencio; un gran interés me
obliga a romperlo.
No puedo yo, sin duda, sin un dolor inmenso,
abordar este asunto. Penetrado de mis errores, consentiría en sufrir la pena, o
esperaría el perdón del tiempo, de mi eterna ternura y de mi arrepentimiento.
Pero ¿cómo callarme, cuando lo que queda por decirle sólo importa a su
deli-cadeza?
No crea usted que trato de ocultar o paliar mi
falta; me confieso culpable. Pero no confieso, no confesaré jamás que este
error humillante pueda ser considerado como una falta de amor. ¡Qué puede haber
de común entre una sorpresa de los sentidos, entre un momento de olvido de sí
mismo, seguidos de la vergüenza y el remordimiento, y un senti-miento puro, que
no puede nacer más que en un alma delicada, y soste-nerse por la estima, cuyo
fruto es la dicha! ¡Ah; no profane así usted el amor! Tema profanarse a sí
misma, uniendo en un mismo concepto lo que es por naturaleza inseparable. Deje
a las mujeres viles y degradadas temer una rivalidad que conocen poder
establecerse, experimentar los tormentos de celos igualmente crueles y
humillantes. Aparte usted los ojos de tan abyecto espectáculo; y pura como la
divinidad, castigue la ofensa sin sentirla.
290
LAS AMISTADES PELIGROSAS
Pero ¿qué pena podría imponerme usted que sea más
fuerte que la que siento? ¿Qué puede compararse al pesar de haberla enojado; a
la desesperación de haberla afligido, a la idea de haberla ofendido,
hacién-dome indigno de su amor? Usted trata de castigarme, y yo le pido
con-suelos: no porque los merezca, porque los necesito, y sólo de usted pueden
venirme.
Si olvidando de repente mi amor y el suyo,
destrozando nuestra mutua ventura, quisiera usted entregarme a un dolor eterno,
derecho le sobra, sin duda, para ello: castígueme, señora: pero si, más
indulgente o más sensible, usted recuerda los tiernos sentimientos. que
nuestros cora-zones unían; aquella voluptuosidad del alma, siempre naciente, y
siempre y cada vez más intensamente sentida; los dulces, venturosos días que
mutuamente nos debíamos; aquellos bienes y delicias del amor, que en vano se
buscarían fuera de él, tal vez prefiera hacerlos renacer a des-truirlos para
siempre. ¿Qué le diré yo? Todo lo he perdido; perdido por mi culpa; pero de sus
manos aún puedo recibirlo todo. Usted decida. Ayer juraba que mi dicha era
segura mientras dependiera de usted. ¡Ah, señora, usted me abandona a una
eterna desesperación!
París, 15 de noviembre 17...
CARTA CXXXVIII
EL VIZCONDE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL
Persisto, hermosa amiga; no, no estoy enamorado; y
no es culpa mía si las circunstancias me obligan a desempeñar el papel de tal.
Acceda usted a mis ruegos; vuelva, y verá pronto por sí misma toda mi
sinceri-dad. Ayer hice mis pruebas, y la confianza vuelve a mi ánimo.
Estuve en cosa de la tierna joven, sin que ningún
otro asunto me preocupase: porque la pequeña Volanges, a pesar de su estado,
debía pasar la noche en el baile infantil de madame V***. El ocio me había
exigido de ella un pequeño sacrificio; pero apenas me fue concedido, el placer
que me prometía fue turbado por la idea de este amor a que usted se obstina en
condenarme, o a reprocharme al menos; de suerte, que no
291
CHODERLOS DE LACLOS
experimenté otro deseo que el convencerme, y
convencerla también, de que sólo se trata de una simple calumnia que usted me
dirige.
Formé un partido extremo; y con un pretexto
bastante trivial aban-doné a la hermosa, sorprendida y atónita, y sin duda aún
más afligida. Pero yo me encaminé tranquilo a la Ópera, en busca de Emilia; y
ella podrá dar cuenta a Ud. de cómo hasta la mañana, en que nos hemos separado,
ningún pesar ha turbado nuestros placeres.
Tenía, sin embargo, verdaderos motivos de
inquietud, si mi per-fecta indiferencia no me detendiera: porque sabrá que
apenas salido de la Ópera, llevando a Emilia en mi coche, el de la austera
devota vino a colocarse paralelo a él, y que la aglomeración nos detuvo más de
cinco minutos frente por frente nuestras respectivas portezuelas. Nos veíamos
como en pleno día; no había, pues, medio de escapar.
Pero esto no es todo; yo había indicado a Emilia
cómo aquélla era la mujer de la carta (recordará usted aquella locura en que
Emilia sirvió de pupitre)24. Ella, que no lo había olvidado, rompió en las más
insolen-tes carcajadas que pueden imaginarse.
Pero aún no acaba el cuento: la celosa beldad envió
a su criado a mi casa en la misma noche: no me encontró en ella; pero en su
obstinación, envió un segundo recado, con orden de esperarme. Yo, que tenía
decidi-do permanecer en casa de Emília, despedí mi coche, sin otra orden al
cochero que de venir por la mañana a buscarme; y como al llegar a casa
encontrara el mensajero de amor, le dijo sencillamente que yo no volve-ría
aquella noche a casa. Adivinará usted cuál sería el efecto de esta nue-va, y
que a mi vuelta encontré la consiguiente carta de ruptura con toda la dignidad
propia del caso.
Así, esta aventura interminable, según usted,
hubiera podido, como ya verá, terminar en esta misma mañana; si así no ha sido,
no es, como creerá, porque me importe no acabar; sino porque no me parece digno
para mí el dejarme despedir como cualquier incauto galán; y sobre todo, porque
he querido hacer a usted el honor de este sacrificio.
Respondí al severo billete con una larga epístola
sentimental: he alegado muchas razones, y dejé al amor el trabajo de
encontrarlas buenas. Y he triunfado de nuevo. Acabo de recibir una segunda
carta, muy rigu-
292
LAS AMISTADES PELIGROSAS
rosa, y que confirma la ruptura, pero cuyo tono es
ya muy distinto. Sobre todo, no quiere verme: esta resolución se confirma en la
carta cuatro veces del modo más irrevocable. He concluido que no debo perder un
momento, y presentarme. Ya he enviado a quien se apodere del suizo, e iré a
recibir mi perdón; que en delitos de esta índole, no hay más que una fórmula de
absolución general, y ésta requiere la presencia.
Adiós, encantadora amiga; corro en pos de esta
aventura extraordi-
naria.
París, 5 noviembre 17...
CARTA CXXXIX
LA PRESIDENTA DE TOURVEL A LA SEÑORA DE
ROSEMONDE
¡Cuánto me reprocho, mi tierna amiga, haberle
hablado y tan pronto de mis penas pasajeras! Yo soy la causa de la aflicción
presente de usted, y yo soy ya dichosa. Sí, todo está olvidado, perdonado, o
mejor dicho, reparado. A aquel estado de dolor y de angustia han sucedido la
calma y las delicias. ¡Oh, goce del alma, cómo podré expresarte! Valmont es
inocente; no se es culpable con tanto amor. Estos graves errores, ofensivos,
que yo le reprochaba tan duramente, no los ha cometido; y si en algo necesitara
indulgencia, ¿no tengo yo también injusticias que repa-rar?
No le haré el relato minucioso de los hechos que lo
justifican; la fría razón no sería capaz de juzgarlos; al corazón tan sólo
cumple el sentirlos. Si usted, no obstante, me encontrara débil, llamaría su
juicio en favor del mío. Para los hombres, dice usted, la infidelidad no es la
in-constancia.
No por esto esta distinción, que en vano la opinión
autoriza, deja de herir mi delicadeza; pero ¿de qué se quejará la mía cuando
aún más sufre la de Valmont? Este error que yo olvido, no crea que él lo
olvida, ni
24 Cartas XLVI
y XLVII.
293
CHODERLOS DE LACLOS
a sí mismo perdona; y sin embargo, ¡cómo ha
reparado esta falta por un exceso de amor y de dicha para mí!
O mi felicidad es mayor, o siento acaso más mi
ventura después de haberla perdido por un momento; pero lo que puedo decirle,
es que si fuerzas tuviera para soportar mayores dolores, los creería
compensados con el inmenso placer que ahora siento. ¡Oh, mi tierna madre, riña
usted a su hija inconsiderada de haberla afligido por su precipitación; ríñala
por haber juzgado temerariamente y calumniarlo a quien nunca debió cesar de
adorar; pero reconociendo su imprudencia, véala dichosa, y aumente su goce
participando de él.
París. 17 noviembre 17..., por la tarde.
CARTA CXL
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL.
¿Cómo pues, hermosa amiga mía, no recibo respuesta
alguna de usted? Mi última carta me parecía merecer contestación, ¡y aún la
aguar-do inútilmente! Esto me enoja, por lo menos, y apenas si le hablare de
mis asuntos.
Que la reconciliación tuvo efecto al fin; que en
lugar de reproches y de desconfianza, ha producido extremos y ternuras; que soy
yo quien recibe excusas y consuelos, y las reparaciones debidas a mi candor
ca-lumniado; no diré más a usted y sin el imprevisto suceso de la última noche,
no le escribiría. Pero como atañe a su pupila lo que voy a decirle y ella
probablemente no estará al menos durante mucho tiempo en estado de
comunicárselo, me encargo del asunto.
Por razones que adivinará o que no adivinará, la
señora de Tourvel no volvió a preocuparme durante algunos días; y como tales
razones no podían existir en casa de la pequeña Volanges, me dediqué a
frecuentarla con más asiduidad. Gracias al amable portero, no tenía ningún
obstáculo que vencer: y llevamos su pupila y yo una vida bastante tranquila.
Pero la costumbre lleva al abandono; los primeros días no habíamos tomado
294
LAS AMISTADES PELIGROSAS
precauciones bastantes para nuestra seguridad.
Ayer, una increíble dis-tracción ha causado el accidente que voy a relatarle.
No dormíamos, pero estábamos en el reposo que sigue
a la volup-tuosidad, cuando oímos abrirse la puerta de la habitación de
repente. Inmediatamente salto de la cama y me apodero de mi espada, tanto para
mi defensa como para la de nuestra común pupila; avanzo y no veo a nadie. Pero
la puerta, en efecto, estaba abierta. Avancé a obscuras, y no encontré alma
viviente. Entonces me acordé que habíamos olvidado nuestras precauciones
ordinarias: por esto la puerta impulsarla por el viento se abrió por sí misma.
Volviendo a mi dulce compañera, para
tranquilizarla, ya no la en-contré en su lecho; habíase caído, y se encontraba
en el suelo: allí estaba tendida sin conocimiento, y sin otro movimiento que
fuertes convulsio-nes. ¡Juzgue usted mi confusión! Logré, sin embargo,
colocarla en su lecho; pero se había herido en la caída, y no tardó en sentir
sus efectos.
Males de riñones, violentos cólicos, síntomas menos
equívocos aún, me ilustraron pronto sobre su estado. Jamás antes de ella se
había tanta inocencia ni nadie que tan bien lo disimulase.
Pero ella no dejaba de desolarse, y decidió tomar
una resolución. Convení con ella en que iría al punto a buscar al médico de la
casa, y previniéndole que irían a buscarle, yo le prevendría de todo en
secreto; que ella por su parte llamaría a su criada, a quien haría o no la
confiden-cia; pero que enviaría a buscar socorros, e impediría que se llamase a
madame Volanges; atención delicada y natural en una niña que teme inquietar a
su madre.
Hice mis dos encargos y mis dos confesiones lo más
pronto que pude, y después me fui a casa, de donde aún no he salido: pero el
médico a quien yo conocía por lo demás, ha venido a darme cuenta esta mañana
del estado de la enferma. No me había engañado; pero espera que, si no
sobreviene algún accidente, nadie notará nada en la casa. La doncella es de
confianza; el médico ha dado un nombre a la enfermedad; y este asunto se
arreglará como mil otros, a menos que sea conveniente darle publicidad para
ulteriores consecuencias.
295
CHODERLOS DE LACLOS
Pero ¿hay todavía algún interés común entre usted y
yo? El silencio de usted me hace dudar; no creería en él, si mi deseo no
buscase todos los medios de conservar la esperanza.
Adiós, mi hermosa amiga, la abrazo sin rencor.
París, 21 de noviembre de 17...
CARTA CXLI
LA MARQUESA DE MERTEUIL AL VIZCONDE DE VALMONT
¡Dios mío, cuándo querrá usted cesar en sus deseos
obstinados! ¡Qué le importa mi silencio? No crea que obedezca a falta de razón
para defenderme. ¡Ah! así fuera. No, es que me cuesta trabajo decírselo.
Hablemos seriamente; usted se engaña a sí mismo, o
trata de enga-ñarme. La diferencia entre sus discursos y sus acciones, me pone
en esta alternativa de sentimientos: ¿cuál es el verdadero? ¿Qué quiere usted
que le diga cuando yo misma no sé qué pensar?
Usted hace un gran mérito de la última escena con
la presidenta; ¿pero qué prueba nada de eso en contra del sistema de usted, o
contra el mío? Seguramente yo no he dicho que usted ama a esa mujer lo
sufi-ciente para no engañarla, para no aprovechar todas las ocasiones que se le
presenten y que le parezcan agradables o fáciles; yo no dudaba que no le fuese
igual satisfacer con otra, con la primera que se presentase, hasta aquellos
deseos que ella sola hubiera podido originar; y no me sorprende que por un libertinaje
que nadie puede disputarle, haga usted por pro-yecto lo que tantas veces hace
inconscientemente.
Pero lo que digo, lo he pensado y le repito ahora,
es que no por esto tiene menos amor a la presidenta; no puro y tierno, sino el
que usted puede tener; el que, por ejemplo, hace encontrar a la mujer los
encantos que no tiene; que la juzga excepcional, vejando a las demás; tal, en
fin, como un sultán puede conceptuar a la sultana favorita, lo que no impide
que un día se entretenga con una odalisca. Y tanto más justa me parece esta
comparación, cuando que usted no es nunca ni el amante, ni el ami-go de una mujer,
sino su tirano o su esclavo.
296
LAS AMISTADES PELIGROSAS
En su última carta, si no me habla únicamente de
esta mujer, es porque nada quiere decirme de sus grandes asuntos; v el silencio
que guarda acerca de ellos le parece una penitencia para mí. Después de mil
pruebas de su preferencia decidida por otra, me pregunta si existe entre
nosotros algún interés común. Cuidado, vizconde; si alguna vez respon-do, mi
respuesta será irrevocable, y temer hacerla en este momento es quizás decir ya
mucho. No le hablaré, pues, de esto.
Lo que puedo hacer es contarle una historia. Quizá
no tenga usted tiempo de leerla o de prestarle atención como para comprenderla
bien: es cosa suya. Esta será, a lo sumo, una historia sin importancia. Un
hombre de mi conocimiento, estaba engolfado, como usted de una mujer que no le
hacía mucho honor. Tenía, a ratos, el claro conocimiento de que tarde o
temprano sus yerros le costarían caro; pero aunque avergonzado, no tenía el
valor de romper. Su embarazo era tanto mayor, cuanto que se jactaba de ser libre
entre sus amigos. Pasaba su vida sin dejar de hacer tonterías, y diciendo
luego: "No es culpa mía." Este hombre tenía una amiga que tuvo la
intención de abandonarlo en público en este estado de embriaguez, y de hacer su
ridículo incurable: pero, más generosa que maligna, quiso intentar otro recurso
para poder decir como su amigo: "No es culpa mía." Comunicó al galán
su decisión, por esta carta que podría ser útil a su mal:
"Todo cansa, ángel mío; es ley de la
naturaleza; no es culpa mía.
"Si hoy me cansa una aventura que me ha
ocupado cuatro mortales meses, no es culpa mía.
"Si yo tuviese tanto amor como tú virtud, es
fácil que la una hubie-se terminado al tiempo que la otra. No es culpa mía.
"Desde hace algunos días te he engañado, pero
a ello me forzaba tu ternura implacable. No es culpa mía.
"Una mujer a quien amo hoy exige este
sacrificio. No es culpa mía. "Comprendo que ha llegado la hora de que se
me llame perjuro; pe-ro si Dios no concede a los hombres más que la constancia,
dando a las
mujeres la obstinación, no es culpa mía.
"Créeme, elige otro amante, como yo otra
querida. Este consejo es bueno, muy bueno; si lo encuentras malo, no es culpa
mía.
297
CHODERLOS DE LACLOS
"Adiós, ángel mío, te he tomado con placer, te
dejo sin pesar; vol-veré tal vez. Así va el mundo. No es culpa mía.”
Debo decir a usted, que el efecto de esta última
tentativa, no es pa-ra repetirlo en el momento; pero lo diré en mi próxima.
Allí encontrará usted mi ultimátum sobre el renovamiento del trato que usted me
pro-pone. Hasta entonces, adiós sencillamente...
Mil gracias por los detalles sobre la Volanges, y
le doy el pésame por la perdida de su posteridad. Buenas noches, vizconde.
Castillo de... 24 noviembre de 17...
CARTA CXLII
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL
Le aseguro, mi linda amiga, que no sé si he leído o
comprendido mal su carta, y la historia que en ella me hace, y el modelo de
estilo epis-tolar que contiene. Lo que puedo decirle es que este último me ha
pare-cido original, y a propósito para hacer efecto; lo he copiado
íntegramente, y lo he enviado a la celestial presidenta. No he perdido un
momento para que la tierna misiva pudiera expedirse anoche. Lo he preferido
así, porque al principio había prometido escribirle ayer; y des-pués he pensado
que no tendría nada de más con toda la noche para recogerse y meditar sobre
este gran acontecimiento, debería usted repro-charme por segunda vez la
expresión.
Yo esperaba poder devolverle esta mañana la
respuesta de mi amante; pero es ya cerca de mediodía, y no he recibido nada
aún. Espera-ré hasta las cinco; y si entonces no tengo noticias, iré a
adquirirlas en persona, porque en estas cuestiones sólo es moleto el primer
paso.
Ahora, puede creerme, tengo prisa por ver el fin de
la historia de ese hombre que usted conoce, y del que se sospecha que no sabe,
en caso necesario, sacrificar a una mujer. ¿No se corregirá? Y su generosa
amiga ¿no querrá perdonarle?
298
LAS AMISTADES PELIGROSAS
No deseo menos recibir su ultimátum, como tan
políticamente di-ce. Tengo curiosidad, sobre todo, por saber si en esta última
etapa en-contrará usted amor todavía. ¡Ah, sin duda lo hay, y mucho! Pero ¿para
qué? Sin embargo, no pretendo hacer valer nada, y lo espero todo de sus
bondades.
Adiós, mi encantadora amiga: no cerraré esta carta
hasta las dos, con la esperanza de poder enviarle la deseada respuesta.
A las dos de la tarde
No hay aún nada; la hora nos urge mucho: no tengo
tiempo de añadir ni una palabra. ¿Pero rehusaría usted ahora todavía los más
tiernos ósculos de amor?
París, 27 de noviembre de 17...
CARTA CXLIII
LA PRESIDENTA DE TOURVEL A LA SEÑORA DE
ROSEMONDE
El velo se ha descorrido, señora, en que la ilusión
de mi dicha esta-ba pintada. La funesta verdad me ilumina, y no me deja ver más
que una muerte cierta y próxima, cuyo camino me trazan la vergüenza y el
re-mordimiento. Yo lo seguiré y bendeciré mis tormentos si abrevian mi
existencia. Mando a usted la carta que recibí ayer; no añadiré ninguna
reflexión, porque todas van en ella. Ya no es tiempo de quejarse, sino de
sufrir. No necesito piedad, sino fuerzas.
Reciba, señora, el único adiós que he de dar, y
atienda mi último ruego, que es que me abandone a mi suerte, que me olvide por
completo, que no cuente más conmigo en la tierra. Cuando se llega a tal
infortunio, la misma amistad aumenta nuestros sufrimientos, y no puede
remediar-los. Cuando las heridas son mortales, es inhumano todo auxilio. Me es
extraño todo sentimiento que no sea la desesperación. Nada puede con-venirme
sino la noche profunda en que voy a sepultar mi vergüenza. Allí
299
CHODERLOS DE LACLOS
lloraré mis faltas, si es que puedo llorar todavía,
porque desde ayer no he derramado ni una lágrima. Mi corazón desgarrado no
puede verter más.
Adiós, señora; no me conteste nada usted. En esta
carta cruel he hecho el juramento de no recibir ninguna.
París, 17 de noviembre de 17...
CARTA CXLIV
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL
Ayer a las tres de la tarde, mi querida amiga,
impacientado de no tener noticias, me he presentado en casa de la hermosa
abandonada; se me dijo que había salido. No he visto en esta frase más que un
deseo de rechazarme, y me he retirado con la esperanza de tener hoy alguna
carta suya. Cuando volví a casa, se me dijo que madame Tourvel había salido a
las once de la mañana. El convento es el verdadero asilo de una viuda; y si
persiste en tan loable determinación, uniré a cuanto le debo la popula-ridad de
la aventura.
Ya le decía a usted, hace tiempo, que volvería a
aparecer con una nueva aureola de fama. Esta aventura será famosa sí, y
contaría como nada mis aventuras si perdiera con esta mujer un rival preferido.
Este partido que ha tomado confieso que me halaga;
pero temo que se separe demasiado de mí. ¿Habrá entre nosotros otros obstáculos
de los que yo mismo he buscado?
Si yo quisiera acercarme a ella, ¿no lo querría
ella también?
En cuanto a la pequeña Volanges, sale a maravilla.
Ayer, cuando mi inquietud no me permitía estar tranquilo, he ido hasta la casa
de madame Volanges. Encontré a su pupila ya en el salón, en plena
convalecencia. Otras mujeres hubieran estado un mes en la chiaselongue: ¡bien
por las doncellas!
Esta, en verdad, me ha dado envidia saber si era,
en efecto, verda-dera la curación.
300
LAS AMISTADES PELIGROSAS
Quiera decirle que este accidente de la pequeña ha
vuelto loco al sentimental Danceny. En un principio fue pena; hoy es gozo. ¡Su
Cecilia estaba enferma! Tres veces al día pedía noticias suyas; al fin ha
pedido permiso a la madre de felicitarla por un objeto tan querido. Madame
Volanges lo ha consentido.
Por él sé estos detalles; porque he salido al mismo
tiempo que él. No puede usted figurarse el efecto que esta visita le ha
causado. Yo le aseguré que pronto estará en posesión de su amada.
Estoy decidido, en efecto, a darle posesión,
después que realice mi experiencia. Quiero consagrarme en absoluto a usted: y
además, ¿valdría la pena que su pupila sea mi discípula, si no supiera engañar
más que a su marido? ¡La obra maestra es engañar al amante! y sobre todo al
primero: que en cuanto a mí, no recuerdo haber pronunciado la palabra amor.
Adiós, mi hermosa amiga; vuelva usted a gozar de su
imperio, y a recibir el homenaje de mi amor.
París, 25 noviembre 17...
CARTA CXLV
LA MARQUESA DE MERTEUIL AL VIZCONDE DE VALMONT
Seriamente, vizconde: ¿Ha dejado usted a la
presidenta? ¿Le ha en-viado la carta que yo mandé para ella? Verdaderamente,
usted es encan-tador, y ha sobrepujado mis esperanzas. Confieso sinceramente
que este triunfo me halaga más que todos los que he podido obtener hasta ahora.
Usted encontrará acaso que doy gran valor a esa mujer, y que yo me estimo en
poco; nada de eso. Es que no es únicamente sobre ella sobre quien he alcanzado
esta victoria, es sobre usted: he aquí lo halagador, lo que es verdaderamente delicioso.
Sí, vizconde; usted amaba mucho a madame de
Tourvel, y hasta la ama todavía; la ama como un loco: pero como yo me divertía
en que usted se avergonzase de amarla, la ha sacrificado valerosamente. Hubiera
usted sacrificado mil, antes de ser objeto de una burla. ¡A lo que nos
301
CHODERLOS DE LACLOS
conduce la vanidad! El sabio tenía razón cuando
dijo que era la enemiga de la felicidad.
¿Dónde estaría usted ahora si yo no hubiese querido
más que ju-garle una mala partida? Pero ya sabe usted que soy incapaz de
engañar; y podría relegarme a la desesperación y al convento si me aventuro a
ren-dirme a mi vencedor.
Sin embargo, si capitulo, es en verdad por pura
debilidad; porque si quisiera, qué de travesuras podría hacerle todavía: y
¿acaso las merecería usted?
Adivino, por ejemplo, con qué fineza y malicia
usted me propone reanudar con la presidenta. ¿Convendría mucho a usted
atribuirse el mérito de esta ruptura, sin perder por ello los placeres de su
goce? ¡Y cómo entonces este aparente sacrificio sería para ofrecerme renovar
nuestra amistad a nuestro gusto! Por este arreglo, la celestial devota
cree-ríase aún la única elegida de su corazón, en tanto que yo me
enorgullece-ría de ser la preferida rival. Nos equivocaríamos ambas: ¿pero qué
importa, si usted quedaba contento?
Es lástima que con tanto talento para concebir
proyectos, tenga tan poco para ejecutarlos; y que por un sólo impremeditado
paso haya usted mismo puesto un obstáculo invencible a lo que más desea.
¿Qué, tenía usted la idea de reanudar nuestras
relaciones, y ha po-dido escribir esa carta? Me ha creído bien torpe. Créame,
vizconde, cuando una mujer hiere el corazón de otra, deja pocas veces de
encontrar el lado sensible, y la herida es incurable. En tanto que yo hería el
de ésa, o más bien dirigía los golpes de usted, no he olvidado que esa mujer
era mi rival, que usted la había por un momento encontrado preferible a mí; y,
en fin, que usted me había hallado por bajo de ella. Si me he equivoca-do en mi
venganza, me avengo a sufrir las consecuencias. Así, pues, encuentro bien que
usted ensaye todos los medios; y hasta le invito a ello, y le prometo no
enfadarme por el éxito, si es que llega a alcanzarlo. Estoy tan tranquila en
este punto, que no quiero ni ocuparme de él. Hablemos de otra cosa.
Por ejemplo, de la salud de la pequeña Volanges.
Usted me dará noticias exactas a mi vuelta, ¿no es verdad? Me alegraré de
tenerlas. Des-pués de esto, habrá llegado la ocasión de juzgar qué es lo que
más le
302
LAS AMISTADES PELIGROSAS
conviene, si devolver la chica a su amante, o
intentar por segunda vez ser el fundador de una nueva rama de los Valmont bajo
el nombre de Ger-court. Esta idea me ha parecido bastante buena y le dejo la
elección, rogándole, sin embargo, no tomar partido definitivo sin que hablemos
antes. No es aplazar la cosa por mucho tiempo, pues yo estaré muy pronto en
París. No puedo decirle positivamente el día; pero no dude que, en cuanto
llegue, será el primero en saberlo.
Adiós, vizconde; a pesar de mis quejas, mis
malicias y mis recon-venciones, le amo todavía mucho, y me preparo a
demostrarlo. Hasta la vista, amigo mío.
Castillo de..., 29 de noviembre de 17...
CARTA CXLVI
LA MARQUESA DE MERTEUIL AL CABALLERO DANCENY
Por fin parto, amigo mío, y mañana por la tarde
estaré de vuelta en París. En medio de todas las molestias que proporciona un
viaje, no recibiré a nadie. Sin embargo, si tiene alguna confidencia que
hacerme, le exceptuaré de la regla general; pero sólo exceptuaré a usted; así,
le reco-miendo el secreto de mi llegada. Valmont mismo no ha de saberla.
Si alguien me hubiera dicho hace algún tiempo que
usted tan sólo tendría mi confianza, no lo hubiera creído. Pero la suya ha
arrastrado la mía. Tengo tentaciones de creer que usted ha sido diestro hasta
en la seducción. Esto sería muy mal hecho, por lo menos. Sin embargo, no sería
ahora peligroso. Usted tiene verdaderamente otras cosas que hacer.
No ha tenido siquiera tiempo para darme parte de
sus nuevos triun-fos. Cuando su Cecilia estaba ausente, no eran los días
suficientemente largos para escuchar las tiernas quejas de usted. Las hubiera
dirigido a los aires si yo no hubiese estado allí para escucharlas. Cuando
después ha estado ella enferma, usted me ha honrado hasta con el relato de sus
inquietudes; tenía necesidad de alguien a quien comunicárselas. Pero ahora que
la que usted ama está en París, y buena, y sobre todo que la ve algunas veces, esto
basta y no se ocupa de los amigos para nada.
303
CHODERLOS DE LACLOS
No le censuro. La culpa la tienen sus veinte años.
Desde Alcibíades hasta usted se sabe que los jóvenes no conocen la amistad más
que en las penas. La felicidad les hace a veces indiscretos pero nunca
confiados. Diré como Sócrates: Me gusta que mas amigos vengan a mí cuando son
desgraciados25; pero en su calidad de filósofo se pasaba bien sin ellos cuando
no venían. En esto yo no soy tan sabia como él y he sentido su silencio con
toda la debilidad de una mujer.
No vaya, sin embargo, a creerme exigente, aunque
hace falta que lo sea. El mismo sentimiento que me hace notar estas
privaciones, hace que las sufra con valor, cuando son la prueba o la causa de
la ventura de mis amigos. No cuento, pues, con usted para mañana por la noche
sino el tiempo que el amor le deje libre y desocupado, y le prohibo que por mí
haga el menor sacrificio.
Adiós, caballero; me regocijaré con volver a verle;
¿vendrá usted? Castillo de..., 29 de noviembre de 17...
CARTA CXLVII
LA SEÑORA DE VOLANGES A LA SEÑORA DE ROSEMONDE
Usted estará seguramente tan afligida como yo lo
estoy, mi digna amiga, cuando sepa el estado en que madame de Tourvel se
encuentra; está mala desde ayer; su enfermedad la ha asaltado tan súbitamente,
y se presenta con tan graves síntomas, que estoy verdaderamente alarmada.
Una fiebre alta, un arrebato violento y casi
continuo, una sed insa-ciable, he aquí todo lo que se observa en ella. Los
médicos dicen que no pueden pronosticar nada todavía; y el tratamiento será
tanto más difícil, cuanto que la enferma se niega obstinadamente a tomar toda
clase de medicinas; hasta tal punto, que ha sido preciso sangrarla a viva
fuerza; se ha necesitado acudir al mismo procedimiento otras dos veces para
ven-darla porque quería arrancarse la venda.
Usted, que la ha visto como yo tan débil, tan
tímida y tan dulce, no podrá concebir que cuatro personas no puedan apenas
contenerla, y que
25 Marmontel,
Cuento moral de Alcibíades.
304
LAS AMISTADES PELIGROSAS
por poco que se la quiera convencer de cualquier
cosa, se deje arrastrar por furores indecibles. Yo temo que no es más que un
delirio y que sea una enajenación mental.
Lo que más aumenta mis temores es lo que sucedió
anteayer. Ese día llegó con su doncella a eso de las once de la mañana al
convento de...
Como ha sido colegiala de aquella casa, ha tenido
la costumbre de ir allí algunas veces, y fue recibida como de ordinario,
encontrándola todos sana y tranquila. Dos horas después preguntó si el cuarto
que ella ocupa-ba cuando era pensionista estaba vacante, y como le dijeran que
sí, pidió ir a verlo; la superiora la llevó allí con algunas otras monjas.
Entonces fue cuando dijo que iba a instalarse en aquel cuarto que, decía, no
debió abandonar nunca; añadió que sólo saldría de allí muerta; ésta fue su ex-presión.
Al principio no supieron qué contestarle; pero
pasado el primer estupor, se le advirtió que su calidad de mujer casada impedía
que se la recibiese sin una autorización especial. Ni esta razón, ni otras mil,
tuvie-ron fuerza alguna; y desde aquel momento se obstinó, no sólo en no salir
del convento, sino también de su cuarto. En fin, cansados de discutir, a las
siete de la noche se permitió que pasara allí la noche. Se despidió su coche y
sus criados, y se aplazó adoptar una resolución hasta el día si-guiente.
Se asegura que durante toda la noche, lejos de
tener un aire des-compuesto, lo tenía tranquilo y reflexivo; que sólo cuatro o
cinco veces tuvo un éxtasis tan profundo, que ni aun hablándola podían sacarla
de él; y que, antes de recobrarse, llevaba ambas manos a la frente y parecía
que la oprimía con fuerza; habiéndole una de las monjas presentes pregunta-do
si le dolía la cabeza, la miró antes de responder con insistencia, y al fin le
dijo: "No es ahí donde está el mal." Un momento después pidió que se
la dejase sola y rogó que en lo sucesivo nada se le preguntase.
Todos se retiraron menos su doncella, que,
afortunadamente, tenía que acostarse en su mismo cuarto por no haber sitio
donde alojarla.
Según cuenta esta muchacha, su señora estuvo
tranquila hasta las once de la noche. Dijo entonces que quería acostarse; pero
antes de desnudarse completamente, se puso a pasear por el cuarto gesticulando
frecuentemente. Julia, que había sido testigo de lo que había pasado
305
CHODERLOS DE LACLOS
durante el día, no se atrevió a decirle nada y
esperó silencio cerca de una hora. Por fin, madame de Tourvel la llamó dos
veces seguidas; ella no tuvo tiempo de llegar, y su señora cayó en sus brazos
diciendo: "No puedo más." Se dejó conducir a la cama y no quiso tomar
nada ni que se fuese a buscar socorro alguno. Solamente hizo que le pusieran
agua a mano y mandó a Julia que se acostase.
Ésta asegura que estuvo sin dormir hasta las dos de
la mañana y que no oyó durante este tiempo ni un movimiento, ni una queja; pero
a las cinco la despertó el discurso de su ama, que hablaba con voz elevada y
fuerte, y que habiéndole entonces preguntado si deseaba algo y no habiendo
obtenido respuesta, tomó la luz y fue a la cama de madame de Tourvel, que no la
reconoció; pero que, interrumpiendo de súbito los propósitos que sin duda
tenía, exclamó con viveza: "Que se me deje sola; que se me deje en las tinieblas;
esas son las que me convienen." He ob-servado ayer yo misma que repite
esta frase a menudo.
En fin, Julia aprovechó esta especie de orden para
ir a buscar gente y socorros; pero madame de Tourvel rechazó ambos con los
furores y arrebatos que con tanta frecuencia le han asaltado después. El
compro-miso en que esto puso a todo el convento decidió a la superiora a
man-dar a buscarme ayer a las siete de la mañana. No era de día aún. Yo fui
inmediatamente. Cuando fui anunciada a madame de Tourvel, pareció recobrar el
conocimiento y respondió: "Ah, sí, que entre." Pero cuando estuve
cerca de su cama me miró fijamente, me tomó la mano con vive-za, la estrechó y
me dijo con voz entera, aunque sombría: "Muero por no haber creído a
usted." En seguida, tapándose los ojos, volvió a su excla-maciones
frecuentes: "Que me dejen sola, etc.," y perdió el conocimiento en
absoluto.
Lo que me dijo, y otras palabras que dejó escapar
en su delirio, ha-cen creer que esta cruel enfermedad tienen una causa aún más
cruel. Pero respetemos los secretos de nuestra amiga y contentémonos con
deplorar su desgracia.
Todo el día de ayer ha sido igualmente tempestuoso,
y dividido en-tre accesos de furor terribles y momentos de un abatimiento
letárgico, únicos que le proporcionan algún reposo. No he abandonado la
cabecera de su cama hasta las nueve de la noche, y esta mañana volveré para
pasar
306
LAS AMISTADES PELIGROSAS
con ella todo el día. Seguramente no he de
abandonar a mi desgraciada amiga; pero lo que es su obstinación en rehusar toda
clase de cuidados y remedios.
Envío a usted el parte de esta noche que acabo de
recibir, y que, como verá, no es más consolador. Tendré cuidado de enviarle
todos con puntualidad.
Adiós, mi digna amiga, vuelvo al lado de la
enferma. Mi hija, que afortunadamente está restablecida, le envía sus respetos.
París, 29 de noviembre de 17...
CARTA CXLVIII
EL CABALLERO DANCENY A LA MARQUESA DE MERTEUIL
¡Oh, mujer a quien amo! ¡Oh, tú a quien adoro!
Amiga sensible, tierna amante. ¿por qué el recuerdo de tu dolor viene a turbar
el encanto que siento? ¡Ah, señora, cálmese usted, la amistad lo implora! ¡Oh,
amiga mía! Sea dichosa usted; ésta es la plegaria del amor.
¿Qué reproches tiene usted que hacerme? Créame, su
delicadeza la engaña. Los dolores que le causo, los delitos de que me acusa,
son igual-mente ilusorios, y siento que entre nosotros no ha habido otro
seductor que el amor No temas entregarte a los sentimientos que inspiras,
dejarte abrasar por los fuegos que haces nacer. ¿Qué, por haberse encendido más
tarde, serán nuestros corazones menos puros? No, sin duda. Es, al contrario, la
seducción quien, no obrando más que por proyectos, puede combinar su plan, regir
su marcha y prever los sucesos con antelación a su realización. Pero el amor
verdadero no medita, no reflexiona; dicta el corazón a la mente; nunca es su
imperio mayor que cuando es descono-cido; y en la sombra y el silencio nos
rodea de lazos que es igualmente imposible descubrir y romper.
Así aconteció ayer, que, a pesar de la honda
emoción que sentí al verla, creí no obstante estar aún autorizado a más que a
la apacible amis-tad, o más bien entregado en absoluto al dulce sentimiento de
mi cora-zón, y no me ocupé de averiguar el origen o la causa. Así pues, mi
tierna
307
CHODERLOS DE LACLOS
amiga, sentirás, sin conocerlo, el encanto
imperioso que entrega nuestras almas a las dulces impresiones de la ternura, y
ambos hemos reconocido el amor, saliendo de la embriaguez en que este dios nos
había sumergido.
Pero eso mismo nos justifica en vez de condenarnos.
No, tú no has vendido la amistad, y yo no he abusado tampoco de tu confianza.
Los dos es cierto, ignorábamos nuestros sentimientos; pero esta ilusión la
sentíamos sin tratar de forjarla. ¡Ah! lejos de nosotros lamentarnos del hecho;
pensemos sólo en la dicha que nos procura, y sin turbarla por injustos
reproches, no nos ocupemos más que en aumentarla por el encanto de la confianza
y la seguridad. ¡Ah! alma mía, ¡cuán cara es esta esperanza al corazón! Sí, libre
en adelante de todo temor, y entregada en absoluto al amor, compartirás mis
deseos, mis transportes, mi delirio, la embriaguez de mi alma, y cada instante
de nuestros días afortunados señalaremos con una nueva voluptuosidad.
¡Adiós, mujer adorada! Te veré esta tarde; pero,
¿sola? Ni aun me atrevo a esperarlo. ¡Tú no lo deseas tanto como yo!
Paris, 1º diciembre 17...
CARTA CXLIX
LA SEÑORA DE VOLANGES A LA SEÑORA DE ROSEMONDE
Esperé ayer casi toda la tarde, mi digna amiga,
para poder darle no-ticias más agradables de la querida enferma; pero de ayer a
hoy ha desa-parecido la esperanza y sólo me queda la pena de su ausencia. Un
suceso muy indiferente en apariencia, pero cruel por sus consecuencias, ha
he-cho el estado de la enferma tan complicado, al menos como antes lo era.
Nada hubiera comprendido de tan súbita resolución,
si no hubiera recibido ayer franca y entera confidencia de nuestra desgraciada
amiga. Como ella me ha indicado que usted sabe sus infortunios, puedo hablarle
sin reserva.
Ayer de mañana, cuando llegué al convento, se me
dijo que la en-ferma dormía hacía tres horas; y su sueño era tan profundo y
tranquilo, que temí un momento que fuese letárgico. Algún tiempo después se
308
LAS AMISTADES PELIGROSAS
despertó y abrió las cortinas de su lecho. Nos
contempló con aire de sorpresa; y como yo tratara de aproximarme a ella, me
reconoció y me llamó. No me dejó tiempo de hacerle pregunta alguna, y me
preguntó dónde estaba, qué hacíamos allí, si estaba enferma y por qué no se
en-contraba en su casa. Creí que sería un nuevo delirio, aunque más tran-quilo
que el anterior; pero me apercibí que entendía mejor mis respuestas. Había
recobrado el pensamiento, mas no la memoria.
Me preguntó, con detalles, sobre todo lo que le
había acontecido después de estar en el convento, a donde no recordaba haber
venido. Le respondí exactamente, suprimiendo solamente lo que hubiera podido
asustarla; y cuando a mi vez le pregunté cómo se encontraba, me res-pondió que
nada sufría en aquel momento; pero que había, durante el sueño, padecido en
extremo y que se sentía fatigada. Traté de tranquili-zarla rogándole el
silencio, cerré un tanto sus cortinas y me senté cerca de su lecho. Al mismo tiempo
se le sirvió un caldo que encontró bueno.
Permaneció así durante media hora, durante la cual
no habló más que para agradecer los cuidados que yo le prodigaba, y en tales
cumpli-dos brilló la gracia y bondad que usted conoce en ella. Guardó durante
algún tiempo un silencio absoluto, que no rompió más que para decir: "¡Ah!
sí, recuerdo haber venido aquí!" Y un momento después exclamó
dolorosamente: "Amiga, amiga mía, compadézcame; ya encontré todas mis
desgracias." Avancé hacia ella, y cogiéndome la mano: "¡Gran Dios! -
exclamó- ¿no puedo morir?". Su expresión, aún más que sus discursos, me
enternecieron hasta las lágrimas; ella lo notó por mi voz y me dijo: "¡Me
compadece usted! ¡Si supiera!..." e interrumpiéndose: "Haga,
conti-nuó, que nos dejen solas. Lo diré todo a usted."
Ya sospechaba cuál sería el asunto de sus
confidencias; y temiendo que esta conversación perjudicase el estado de la
enferma, rehusé; pero insistió y fue preciso acceder. Cuando estuvimos solas me
contó cuanto usted sabe y que sólo por esto le digo.
Hablóme, en fin, del modo cruel con que ella fue
sacrificada: "Creíame segura de morir de esto y el ánimo no me faltaba,
pero jamás pensé sobrevivir a mi desgracia." Traté de combatir tal
desaliento con las armas de la religión, hasta entonces poderosas con ella;
pero comprendí la ineficacia de tan augustas funciones por parte mía, y propuse
la venida
309
CHODERLOS DE LACLOS
del padre Anselmo, que tanto predicamento tenía
sobre ella. Consintió en esto. Se lo llamó y vino al punto. Permaneció largo
tiempo con la enferma, y dijo que si los médicos la juzgaban como él, podía
demorarse la ceremonia de los sacramentos y que él vendría al día siguiente.
Eran las tres de la tarde, y hasta las cinco
permaneció tranquila nuestra enferma; así volvió a nosotros la esperanza. Por
desgracia llegó una carta para ella. Cuando se le presentó rehusó aceptarla.
Pero desde este momento creció la agitación. Pronto preguntó de dónde venía la
carta (no estaba timbrada), quién la había traído. Se ignoraba. De dónde se le
había dirigido. Se le dijo que de Fourières. Guardó después silencio; después
empezó a hablar; pero de tal modo, que el delirio se vio por modo evidente.
Tuvo aún, sin embargo, un momento tranquilo, hasta
que al fin pi-dió la carta. Cuando la miró, exclamó al punto: "¡De él!
¡Gran Dios!" Y luego con voz fuerte y angustiada: "Tomadla,
tomadla." Hizo cerrar las cortinas de su lecho y prohibió que nadie se
aproximase a él; pero pronto tuvimos que volver a ella. El acceso volvió con
mayor violencia, las con-vulsiones eran verdaderamente horribles. Los
accidentes no han cesado desde la tarde; la noche ha sido borrascosa. Su
estado, en fin, es tal, que me extraña que aún viva; y no le oculto que la
esperanza está casi perdi-da.
Supongo que esa funesta carta es de monsieur de
Valmont; ¿qué podrá decirle aún? Perdón, querida amiga; me prohibo toda
reflexión; es muy cruel ver morir tan sin piedad una mujer tan dichosa antes y
tan digna de serlo.
París, 2 diciembre 17...
310
LAS AMISTADES PELIGROSAS
CARTA CL
EL CABALLERO DANCENY A LA MARQUESA DE MERTEUIL
Esperando la gloria de verte, me doy, tierna amiga,
el placer de es-cribirte; sólo con tu recuerdo puedo mitigar la ausencia tuya.
Trazarte mis sentimientos, recordar los tuyos, es para mi corazón un deleite
sin límites; de aquí aún provienen bienes inapreciables. Sin embargo, fuerza es
creerlo, no obtendré respuesta tuya; esta carta será la última, y será preciso
renunciar a este comercio, según tú, peligroso e innecesario. Seguramente te
creeré si en ello insistes. ¿Qué podrás querer tú, amor mío, que yo no quiera?
Pero antes permíteme que conversemos juntos.
Sobre los peligros tú sólo debes juzgar, yo no
puedo calcular nada, y me atengo a rogarte precauciones para tu seguridad,
porque no podré tener sosiego alguno cuando algo a ti te inquiete. Por esto, no
es que ambos seamos uno, sino que tú eres tú y yo.
No acontece lo mismo en cuanto a lo innecesario;
aquí no pode-mos tener más que una sola idea; y si diferimos, no puede ser sino
a falta de explicarnos o de entendernos. He aquí lo que creo sentir.
Sin duda una carta parece poco necesaria cuando hay
completa li-bertad para verse. ¿Qué se dirá en ella que no exprese mejor una
mirada, una palabra, un silencio? Eso me parece verdad; y cuando me hablas de
no escribirnos, la idea tiene en mi alma fácil acceso, la perturba tal vez,
pero no la daña. Así, cuando quiero besar tu corazón, si acaso se inter-pone
una cinta, un bucle de tu cabello, la aparto, pero no es un obstáculo a mi
deseo.
Pero cuando nos separamos, la idea de escribirte
viene a atormen-tarme. ¿Por qué, me digo, esta privación más? Supongo que
favorecidos por las circunstancias pasemos juntos una tarde entera. ¿Será
preciso robar al placer los momentos de conversar? Sí, del placer, mi tierna
ami-ga; porque después de ti, los momentos mismos del reposo suministran
deleites sin cuento. En fin, de todos modos, acaba uno por separarse, y después
se está solo. ¡Entonces una carta es preciosa! Si no se la lee se la contempla.
¡Ah! sin duda se puede mirar una carta sin leerla, y en la no-che tendría
placer en tocar tu retrato.
311
CHODERLOS DE LACLOS
¡Tu retrato, he dicho! Una carta es el retrato del
alma. No tiene, como una fría imagen, la impasibilidad incompatible con el
amor; se presta a todos los movimientos de éste, le anima, goza, reposa... ¡Tus
sentimientos me son todos preciosos! ¿me privarás de ese placer?
¿Estás segura que la necesidad de escribirme no te
atormente? Si en la soledad tu corazón se oprime o se dilata; si un movimiento
de placer llega a tu alma; si una tristeza involuntaria la turba un momento,
¿no será en el seno de tu amigo donde habrás de abandonar tu pena o tu goce!
¡Amada mía, tierna amada mía! A tí te cumple decidir. He querido discu-tir
solamente y no seducirte; no te he dicho más que razones, me atrevo a creer que
mis súplicas sean más fuertes. Trataré, si insistes, de no afli-girme; haré mis
esfuerzos para decirme lo que habrías de escribir; pero tú lo dirás mejor que
yo y tendré más placer en oírlo.
Adiós, mi querida amiga; la hora se aproxima; te
abandono pronto para encontrarte.
París, 3 diciembre 17...
CARTA CLI
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL
Sin duda, marquesa, que usted no me cree lo
bastante inexperto que haya podido creer en lo que me decía usted sobre la
entrevista que he presenciado esta tarde, y el extraño azar que había conducido
a Dan-ceny a su casa. No es que el semblante de usted no haya sabido tomar la
expresión de calma y de serenidad, ni que ninguna frase le haya sido infiel.
Convengo en que sus dóciles miradas le han respondido a usted, y que si
hubieran sabido hacerse entender, lejos de tener yo la más leve suposición, no
hubiera dudado un momento del inmenso pesar que le causaba ese tercer
importuno. Pero para no desplegar en vano tan gran-des talentos, para obtener
el éxito a que usted aspira, para producir en fin la ilusión, es necesario
amaestrar al amante novicio con mayor cuidado.
312
LAS AMISTADES PELIGROSAS
Puesto que comienza usted a poner cátedra, enseñar
a los discípu-los a no avergonzarse, ni a enrojecer desconcertados y trémulos
ante el donaire más inofensivo, a no negar tan vivamente, para una sola mujer,
las cosas de que se defiende tan muellemente para todas las demás. En-séñeles a
tales escuchar el elogio de su querida, sin creerse obligados a hacerle los
honores; y cuando usted los admita en su círculo, sepan disi-mular su aire de
propietario, de aspecto tan cómico como fácil de reco-nocer y que ellos tan
torpemente confunden con el del amar. Entonces podrá exhibirlos en públicos
ejercicios sin que su conducta desacredite a su hábil institutriz; y yo mismo,
deseoso de concurrir a la celebridad de usted, prometo hacer y publicar los
programas del nuevo colegio.
Pero hasta aquí me extraña, lo confieso, que sea a
mí a quien usted trate como a escolar. ¡Oh, con otra mujer sería pronto
vengado! ¡Cuán gran placer sería para mí! ¡Cuánto mayor sería del que pensó
quitarme! Sí, por usted sola prefiero la reparación a la venganza; y no crea
que me retiene la menor duda, lo sé todo.
Usted está en París hace cuatro días; cada día ha
visto a Danceny, a él solo. Hoy su puerta estaba aún cerrada; y no ha faltado a
su portero, para impedirme llegar a usted, sino una seguridad como la suya. Sin
embargo, no debía dudar, me lo ha mandado, que sería el primero en conocer su
llegada; de esa llegada de la que aún no podía usted saber el día,
escribiéndome la víspera de partir. ¿Negará los hechos, o se excusará de ellos?
Reconozca aquí su imperio; pero, créame, conténtese con reco-nocerlo, no abuse
de él mucho tiempo. Nos conocemos, marquesa; esto basta.
¿Sale mañana usted? Tal me dice. En buena hora si
sale, y juzgue que he de saberlo. Pero, en fin, volverá por la noche; y para
nuestra difícil reconciliación, no tendremos tiempo suficiente hasta el día
si-guiente.
Dígame si será en su casa, o allá, donde tendrán
lugar nuestras mutuas o recíprocas expiaciones. Sobre todo, nada de Danceny. La
mala cabeza de usted estaba saturada de esta idea, y puedo bien no estar
celo-so de este delirio de su fantasía; pero piense que lo que es un simple
capricho se haría una preferencia marcada. No me creo digno de esta
humillación, y no espero recibirla de usted.
313
CHODERLOS DE LACLOS
Espero que este sacrificio le cueste poco. Pero
aunque algo le cos-tare, me parece haberle dado anticipada correspondencia. Que
una mujer sencilla y bella, que no existía más que para mí, que en este momento
muere tal vez de amor y de pena, vale al menos un joven escolar que para usted
tendrá ingenio y figura, pero que aún no tiene ni experiencia, ni pleno
conocimiento del amor.
Adiós, marquesa; nada le digo de mi sentimiento.
Todo lo que pue-do hacer en este momento es no indagar en mi corazón. Espero su
res-puesta. Piense en que más fácil que borrar la ofensa que usted me ha
inferido, es hacerla imborrable por una negativa, por una dilación.
París, 3 diciembre 17..., por la noche.
CARTA CLII
LA MARQUESA DE MERTEUIL AL VIZCONDE DE VALMONT
¡Vizconde, tenga cuidado, y repare en cómo es
fuerza manejar mi extrema debilidad! ¿Cómo quiere que yo soporte la idea de
incurrir en desagrado de usted, mostrando su indignación, y sobre todo que no
sucumba ante el temor de la venganza que usted previene? Además, como bien lo
sabe, si lograra hacerme cualquier perversidad, me sería imposible
devolvérsela. La existencia de usted no sería por mi influencia menos tranquila
ni menos brillante. Concretamente, ¿qué tendría que temer? Ser obligado a
partir si se le daba tiempo para ello. ¿Pero no se vive en el extranjero como
aquí? y en todo trance, y dado que el tribunal de Francia lo dejase a usted en
paz, ¿acaso el cambio de lugar no daría nuevo teatro a las hazañas y triunfos
de usted? Después de intentar de-volverle la sangre fría por estas
consideraciones morales, volvamos al asunto.
¿Sabe usted por qué no he vuelto a casarme? No es,
sin duda, por falta de partidos ventajosos, sino porque nadie tenía derecho a
analizar mis acciones. No es que tenga miedo a un freno a mi voluntad, que ésta
a fin hubiera triunfado, pero me hubiera molestado en verdad que al-guien
tuviera el derecho de quejarse; por que, en fin, yo no deseo enga-
314
LAS AMISTADES PELIGROSAS
ñar por necesidad, sino para mi placer. ¡Y he aquí
que me escribe la carta más marital que darse puede! Sólo me habla de faltas
por mi parte, y ¡gracias por la de usted! ¿Pero cómo es posible faltar a quien
nada se le debe? No acierto a ver claro en este asunto.
Pero examinemos el caso. ¿Usted ha encontrado a
Danceny en mi casa y eso le disgusta? En buena hora; pero, ¿qué es lo que usted
de aquí deduce? Que esto se debía al acaso como le dije, o a mi voluntad como
no dije a usted. En el primer caso su causa es injusta; en el segundo es
ridícula; ¿valía la pena escribirla? Pero usted está celoso y los celos no
razonan. Pues bien, quiero razonar por usted.
O usted tiene un rival, o no lo tiene. Si lo
primero, fuerza es supe-rarle en atractivos para triunfar; si lo segundo,
fuerza es agradar para no sufrir lo primero, que suele no hacerse esperar en
casos tales. En ambos casos, la misma conducta se impone; ¡a qué atormentarse!
¿Por qué, sobre todo, atormentarme a mí? ¿Desconfía, acaso, de su éxito? ¿No
sabe ser el más digno de amar? Usted es injusto consigo. Pero no es esto todo;
es que no quiero que se dé tanta pena. Usted desea menos mis bondades que abusar
de su imperio. ¡Usted es un ingrato! A poco que continuase esta carta sería muy
tierna, pero no lo merece.
Usted no merece que yo me justifique. Para
castigarlo de sus sospe-chas, le obligo a considerarlas, así sobre la época de
mi vuelta, como sobre la venida de Danceny. ¡Usted se ha tomado un gran trabajo
por conocer la verdad! ¿Está ya más al corriente? Deseo que haya encontrado
mucho placer en el asunto; por lo demás, en nada ha perjudicado al mío.
Cuanto puedo responder a su carta amenazadora es
que no ha teni-do el don de agradarme, ni el poder de amedrentarme, y que nunca
me-nos que ahora acordaré lo que se me pide.
Aceptarle tal como hoy se muestra sería un caso de
infidelidad real. No sería esto reanudar con el antiguo amante, sería tomar
otro decidi-damente inferior al primero. No he olvidado tanto éste para
engañarme así. El Valmont que yo amaba era encantador. Convengo en que nunca
encontré un hombre más digno de amor. ¡Ah! le ruego, vizconde, que si lo
encuentra me lo envíe; siempre será bien recibido.
Prevéngale, sin embargo, que en ningún caso será
para hoy ni para mañana. Su Menechme le ha perjudicado intimidándome, temería
enga-
315
CHODERLOS DE LACLOS
ñarme, ¿o tal vez habrá dado palabra a Danceny de
recibirle estos dos días? Usted verá que es preciso esperar.
Pero, ¿qué le importa? Se vengará bien de su rival.
No será él peor para su amada, que lo es usted para la suya; y después de todo,
una mujer no vale más que otra. Tales son las máximas de Ud. La que firma y
escri-be no existiría más que para usted, y que morirá al fin de amor y de
pena, ¿no será sacrificada al primer capricho, al temor de ser burlado un
mo-mento? Eso es injusto.
Adiós, vizconde, vuélvase amable. Yo no le pido más
sino que sea usted seductor; y cuando de ello me convenza, me comprometo a
de-mostrárselo. En realidad, soy muy buena.
París, 5 diciembre 17...
CARTA CLIII
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL
Respondo al punto a su carta y trataré de ser
claro, lo que no es fá-cil con usted, cuando toma el partido de no entender.
No son necesarios largos discursos para demostrar
que teniendo, como tenemos, en nuestras manos lo necesario para perdernos
mutua-mente, tenemos un igual interés en permanecer amigos; no es esto de lo
que se trata. Pero entre el partido violento de perjudicarnos, o el de se-guir
unidos como antes, y aun estarlo más reanudando el antiguo lazo; entre estos
dos partidos hay muchos otros que tomar. No será ridículo que le diga que desde
este momento seré su amante o su enemigo.
Conozco que esta elección le será penosa; que le
convendría mejor modificarla, y no ignoro que usted no gusta de verse colocada
entre el sí y el no; pero usted conoce que yo no puedo dejarla salir de tan
estrecho círculo sin ser burlado, y usted ha debido prever que yo no lo
sufriría. Toca a usted decidir; puedo dejar la elección, pero no quedar en la
duda.
Le prevengo que no me engañará con sus
razonamientos, buenos o malos; que no me seducirá por los ardides con que evita
las decisiones, y
316
LAS AMISTADES PELIGROSAS
que, en fin, ha llegado el momento de la franqueza.
Doy a usted el ejem-plo, y declaro con placer que prefiero la paz y la unión;
pero si fuera preciso romperlas, tengo derecho y los medios.
Añado que el menor obstáculo por su parte será
tenido por una de-claración de guerra. Vea usted que la respuesta que pido no
exige largas ni prolijas frases.
Bastan dos palabras.
París, 4 de diciembre de 17...
Respuesta de la marquesa de Merteuil, escrita al
final de la misma
carta:
¡Pues bien! la guerra.
CARTA CLIV
LA SEÑORA DE VOLANGES A LA SEÑORA DE ROSEMONDE
Los boletines la instruirán mejor que yo del mal
estado de nuestra enferma. Entregada a su cuidado, no tengo por ello tiempo de
escribirle, más que por haber otros hechos además de la enfermedad. He aquí uno
que yo no esperaba. Es una carta que he recibido de monsieur de Val-mont, a
quien place tomarme por confidente y aun por mediadora cerca de madame de
Tourvel, para quien incluía una carta adjunta a la mía. He devuelto una y
respondido a la otra. Mando a usted la última, y creo que juzgará, como yo, que
no puedo ni debo hacer nada de lo que me pide. Y aun cuando hubiese querido, la
desgraciada amiga no estaría en estado de oírme. Su delirio es continuo. Pero,
¿qué diría usted de la desesperación del vizconde? ¿Será cierta o pretenderá
engañar a todo el mundo hasta el fin?26 Si por esta vez es sincera, puede decir
que ha hecho la dicha por sí mismo. Creo que quedará contento de mi respuesta;
pero confieso que cuanto se relaciona con esta aventura desgraciada me irrita
contra su autor.
26 Por no
haber encontrado en la continuación de esta correspondencia quien haya resuelto
esta duda, se ha optado por suprimir esta carta de monsieur de Valmont.
317
CHODERLOS DE LACLOS
Adiós, mi querida amiga; vuelvo a mi triste tarea
más triste aún por la falta de esperanzas. Ya conoce usted mi cariño.
París, 5 diciembre 17...
CARTA CLV
EL VIZCONDE DE VALMONT AL CABALLERO DANCENY
Dos veces he estado en su casa, mi querido
caballero; pero desde que Ud. ha abandonado el papel de amante por el de hombre
de buenas fortunas, se ha hecho inencontrable. Su criado me aseguró, sin
embargo, que volvería a la noche, que tenía orden de esperarle; pero yo,
instruido de sus proyectos he comprendido que usted no permanecerá en su casa
más que unos momentos, y al punto renovará sus excursiones triunfado-ras. En
buena hora, no puedo más que aplaudir; pero tal vez por esta noche usted cambie
de dirección. Usted no conoce todavía más que la mitad de sus asuntos; es
preciso ponerse al corriente de la otra, y des-pués, decidir. Lea pues en
calma. No trataré de distraerlo de sus placeres, sino al contrario, presentarle
la elección entre ellos.
Si hubiera tenido su entera confianza, si hubiera
sabido por usted la parte de sus secretos, que me ha dejado adivinar, habría
sido instruido a tiempo, y mi celo, menos torpe, no molestaría hoy su marcha.
Cualquier partido que usted tome hará hoy la dicha de otro.
¿Usted tiene una cita para esta noche, no es
cierto, con una mujer encantadora a quien ama? porque a su edad, ¿qué mujer no
se adora al menos los ocho primeros días? El lugar de la escena debe aumentar
el encanto. Una casita deliciosa, tomada para usted, debe embellecer la
voluptuosidad, los encantos de la libertad y del misterio. Todo está
con-venido; usted es esperado, usted arde en deseos de llegar allí; he aquí lo
que ambos sabemos, aunque nada me haya dicho. Ahora, he aquí lo que usted no
sabe y lo que voy a decirle yo.
Desde mi vuelta a París me ocupaba en los medios de
aproximar a usted a madame de Volanges; lo había prometido, y la última vez que
le hablé de ello, tuve ocasión de oír de sus labios, que era todo aquello
318
LAS AMISTADES PELIGROSAS
ocuparme en su dicha. No pude triunfar por mí solo
en empresa tan difícil; pero después de preparados los medios, confié el resto
al celo de su joven amada. Ella ha encontrado en su amor recursos de que mi
expe-riencia carecía; la desgracia de usted quiere que haya triunfado. Desde
hace unos días, me ha dicho ella, se han vencido toda suerte de obstácu-los, y
hoy la dicha que buscaba sólo de usted depende.
Desde hace unos días se jactaba de comunicarle la
noticia por sus propios labios, y a pesar de la ausencia de su mamá, hubiera
sido recibido usted; ¡pero usted no se ha presentado! y para decirlo todo, sea
capricho o razón, la joven me ha parecido un tanto enojada de tan poca
diligencia por parte suya. En fin, ha encontrado el medio de hacerme llegar a
ella, y me ha hecho prometer que entregaría a usted la carta que le adjunto. A
tanta obstinación, por parte suya, me parece que es fuerza una cita para esta noche.
Sea lo que fuere, he prometido por mi honor y mi amistad, que usted tendrá la
tierna misiva por la tarde, y ni puedo ni quiero faltar a mi palabra.
Ahora, ¿cuál será, joven, su conducta? Puesto entre
la coquetería y el amor, entre el goce y la dicha, ¿cuál será su elección? Si
hablase al Danceny de hace tres meses, o sólo al de hace ocho días, seguro de
su corazón, lo estaría de su conducta; pero el Danceny de hoy, arrancando por
las mujeres, corriendo aventuras, y un tanto salteador, según el uso,
¿preferiría la tímida niña, que sólo tiene su cabeza, su inocencia y su amor, a
los encantos de una mujer aguerrida?
En cuanto a mí, mi querido amigo, aun en los
principios en que usted hoy abunda, y que confieso que son en cierto modo los
míos, las circunstancias me decidirían por la joven amante. Por de pronto es
una más, y luego la novedad, y aun más el temor de perder el fruto de tantos
desvelos descuidando el cogerlos; porque, en fin, sería dejar la ocasión
frustrarse, y no siempre vuelve, y sobre todo en una debilidad primera; a
veces, en este caso, basta un momento de enfado, una sospecha, menos aún, para
impedir el mejor triunfo. La virtud que se ahoga se salva a veces en una tabla;
después vuelve a su fuerza y es difícil de rendir.
Además, ¿qué arriesga usted?: ni una ruptura; algún
pequeño dis-gusto a lo más, merced al cual se compra el placer de una
reconciliación.
319
CHODERLOS DE LACLOS
¿Qué otro placer queda a la mujer rendida que el de
la indulgencia? ¿qué ganaría con la severidad? La pérdida de un placer sin
gloria ni provecho.
Si, como supongo, usted toma el partido del amor,
que me parece también el de la razón, creo prudente no excusarse de la cita
incumplida; dejarse esperar sencillamente; si arriesga usted una razón, fuerza
será justificarla. Las mujeres son curiosas y obstinadas; todo puede
descubrir-se; yo soy, como usted sabe, buen ejemplo de ello. Pero si deja la
espe-ranza, que mantiene la vanidad, no será perdida sino mucho tiempo después
de la hora de las informaciones; mañana elegirá bien el obstácu-lo, insuperable
pretexto de la cosa; usted estuvo malo, muerto si es preci-so, y todo se
arreglará.
Por lo demás, y cualquiera que sea el partido que
tome, ruégole me lo comunique; y como nada va en ello, siempre encontraré bien
su con-ducta.
Y añado aún, que lo que yo lamento es a madame
Tourvel, el estar separado de ella, y que pagaría con la mitad de mi vida la
dicha de consa-grarle la otra mitad. ¡Ah! créame usted, sólo por el amor somos
dichosos.
París, 5 diciembre 17...
CARTA CLVI
CECILIA VOLANGES AL CABALLERO DANCENY
(adjunta a la precedente.)
¿Cómo es, mi querido amigo, que ceso de ver a usted
cuando no dejo de desearlo? ¿No tiene acaso tanta gana como yo? ¡Ah! ¡qué
triste estoy ahora! Más triste que cuando estábamos completamente separados. La
pena que experimentaba por los otros me viene ahora por usted y me causa mucho
daño.
Desde hace algunos días, mamá no está nunca en
casa; bien lo sabe usted, y esperaba que trataría de aprovechar este tiempo de
libertad; pero ya no se ocupa de mí tan sólo. ¡Soy muy desgraciada! ¡Me decía
usted tantas veces que yo era la que quería menos! Yo sabía lo contrario y he
aquí la prueba. Si hubiera venido a verme, me habría visto sin duda,
320
LAS AMISTADES PELIGROSAS
porque yo no soy como usted; no trato más que de
reunirnos. Usted merecía que yo no le dijese nada de lo que he hecho para esto
y que me ha dolido tanto; pero lo amo demasiado y tengo tanto deseo de verle,
que no puedo abstenerme de decírselo. Y así veré realmente si de veras me ama.
He arreglado todo tan bien, que el portero está
interesado por mí, y me ha prometido que todas las veces que venga usted lo
dejará entrar como si no lo viese; y bien podemos fiarnos de él porque es un
hombre honradísimo. No se trata más que de impedir que lo vean en la casa, y
esto es muy fácil no viniendo más que por la noche, pues no habrá en-tonces
nada que temer. Por ejemplo, desde que mamá sale todos los días, se acuesta a
eso de las once, y por lo tanto tenemos tiempo.
El portero me ha dicho que cuando quiera venir a
esa hora, en lu-gar de llamar a la puerta no tiene más que llamar a su ventana
y le abrirá en seguida; y como usted no podrá tener luz, dejaré entreabierta la
puerta de mi cuarto y así le alumbraré un poco. Tendrá buen cuidado de no hacer
ruido, sobre todo al pasar por delante de la puertecilla de mamá. En cuanto a
la de la doncella me es igual, porque me ha prometido no despertarse; ¡es
también buena muchacha! Y para cuando usted se mar-che haremos lo mismo. Ahora
nos veremos si usted viene.
¡Dios mío! ¿Por qué mi corazón me late tan
fuertemente cuando le escribo? ¿Es que va a sucederme alguna desgracia, o es
que me altera al esperanza de verle? Lo que sí sé que nunca le he amado tanto,
ni nunca he deseado tanto decírselo. Venga, pues, amigo mío, querido amigo mío;
que yo pueda repetirle cien veces que le amo, que le adoro, que a nadie amaré
más que a usted.
He encontrado medio de hacer decir a monsieur de
Valmont que tenía algo que comunicarle; y él, como es muy amigo mío, vendrá
maña-na seguramente y le rogaré que le mande al punto mi carta. Así, pues, lo
espero a usted mañana por la noche, y vendrá sin falta si no quiere que su
Cecilia sea muy desgraciada.
Adiós, mi querido amigo, lo abrazo con todo mi
corazón.
París, 4 de diciembre de 17... (por la noche).
CARTA CLVII
321
CHODERLOS DE LACLOS
EL CABALLERO DANCENY AL VIZCONDE DE VALMONT
No dude usted, mi querido amigo, ni de mi corazón
ni de mi con-ducta. ¿Cómo resistir a un deseo de mi Cecilia? ¡Ah! Ella es la
única a quien amo y a quien amaré siempre; su ingenuidad, su ternura, tienen un
encanto para mí que habré podido tener la debilidad de sustraerme, pero que
nada ha de hacerme olvidar nunca. Comprometido en una aventura, por decirlo así
sin darme de ello cuenta, a menudo el recuerdo de Cecilia ha venido a amargar
mis más dulces placeres; y acaso no le ha rendido nunca, mi corazón homenaje
más verdadero que en el instante en que le era infiel. No obstante, amigo mío,
respetemos su delicadeza y oculté-mosle mis extravíos, no por engañarla, sino
por no afligirla. La felicidad de Cecilia es mi más vehemente deseo; nunca me
perdonaría una falta que le costase una sola lágrima.
He merecido, lo sé, la broma que usted me da sobre
lo que llama mis nuevos principios; pero, puede creerme, no es por ellos por
los que en este momento me conduzco, y estoy desde mañana decidido a pro-barlo.
Iré a acusarme a la misma autora y, cómplice de mi devaneo, le diré: "Lea
usted en mi corazón, él siente por usted la amistad más tierna; ¡la amistad
unida al deseo se parece tanto al amor! Ambos nos hemos aprovechado; pero,
aunque susceptible de error, no soy capaz de mala fe." Yo conozco a mi
amiga; es tan honrada como indulgente; hará más que perdonarme, aprobará mi
conducta. Ella misma se lamentaba de haber traicionado mi amistad; a menudo su
delicadeza conmovía su amor; más prudente que yo, fortificará en mi alma esos
útiles temores que yo temerariamente trataba de desvanecer en la suya. Yo le
debería ser mejor como a usted debo ser más dichoso. ¡Oh, amigos míos,
compartid mi gratitud! La idea de deberos mi felicidad aumenta su valor.
Adiós, mi querido vizconde; el exceso de mi alegría
no me impide preocuparme de las penas de usted y de tomar parte en ellas.
¡Ojalá pu-diera serle útil! ¿Madame de Tourvel sigue inexorable? Se dice
también que está muy enferma. Dios mío, lo compadezco. Ojalá pueda recobrar la
salud y la indulgencia para hacerle dichoso. Estos son los votos de la amistad;
me atrevo esperar que se cumplirán por obra del amor.
322
LAS AMISTADES PELIGROSAS
Quisiera hablar más tiempo con usted, pero la hora
es avanzada y acaso me esté ya esperando Cecilia.
París, 5 de diciembre de 17...
CARTA CLVIII
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE
MERTEUIL
(Al despertar.)
Bien, querida marquesa, ¿Cómo se encuentra usted,
después de los placeres de la pasada noche? ¿No está algo cansada? Convenga
usted en que Danceny es encantador; hace prodigios ese muchacho. Usted no
esperaba de él eso, ¿no es cierto? Yo soy justo; semejante rival bien me-recía
que fuese yo sacrificado. Formalmente, está lleno de buenas cuali-dades; pero,
sobre todo, qué amor, qué constancia, qué delicadeza. ¡Ah! si alguna vez fuese
usted amada por él como lo es su Cecilia, no tendría usted que temer a ninguna
rival; lo ha probado esta noche. Acaso a fuer-za de coquetería otra mujer
pudiera arrebatárselo por un momento; un joven no sabe resistir a insinuaciones
provocativas; pero una sola palabra del ser amado basta, como usted ve, para
desvanecer esa ilusión; así, pues, sólo le falta a usted ser aquel objeto amado
para ser del todo feliz.
Seguramente usted no se ha engañado y ha tenido el
tacto sufi-ciente para que pueda temérsela. Sin embargo, la amistad que nos
une, tan sincera de mi parte como por usted reconocida, me ha hecho desear la
prueba de esta noche; es obra de mi celo; ha tenido éxito, pero nada de gracia;
no merece la pena, no había nada más fácil.
Después de todo, no me ha costado más que un poco
de maña y un ligero sacrificio. He consentido en compartir con el joven los
favores de su querida; pero al fin, él tenía tanto derecho como yo y a mí me
preocu-paba muy poco. La carta que la joven persona le ha escrito, soy yo quien
se la ha dictado; pero era sólo para ganar tiempo, porque nosotros te-níamos
que emplearlo mejor. La que tengo adjunta no era nada, casi nada; algunas
reflexiones de la amistad para guiar en la elección de nuevo
323
CHODERLOS DE LACLOS
amante, pero, en rigor, eran inútiles; hay que
decir la verdad, no ha vaci-lado un momento.
Y además, con su candor acostumbrado, debe ir a
casa de usted a contárselo todo, y seguramente este relato le agradará
bastante. Él dirá: "Leed en mi corazón." Así me lo hace saber, y
usted ve claramente que esto lo arregla todo. Espero que leyendo en su corazón
cuanto él quiere, leerá también quizás que los amantes tan jóvenes tienen sus
peligros, y hasta que vale más tenerme por amigo que por enemigo.
Adiós, marquesa, hasta otra ocasión.
París, 6 de diciembre de 17...
CARTA CLIX
LA MARQUESA DE MERTEUIL AL VIZCONDE DE VALMONT
(Billete.)
No me gusta que se agreguen malas bromas a los
malos procederes, y mi conducta está en armonía con mi gusto. Cuando tengo que
quejar-me de alguien no trato de ponerle en ridículo; hago más que eso, me
vengo. Por muy contento que usted pueda estar en este momento de sí mismo, no
olvide que no sería ésta la primera vez que usted se ha aplau-dido antes de
tiempo, solamente por la esperanza de una victoria que puede escapársele en el
instante mismo en que parece más segura.
París, 6 de diciembre de 17...
CARTA CLX
LA SEÑORA DE VOLANGES A LA SEÑORA DE ROSEMONDE
Le escribo en el cuarto de su desgraciada amiga,
cuyo estado de sa-lud es poco más o menos el mismo. Esta tarde habrá una
consulta de cuatro médicos. Desgraciadamente éstas son, como usted sabe, más
una prueba del peligro que un medio de socorro.
324
LAS AMISTADES PELIGROSAS
Parece, sin embargo, que la cabeza se ha
fortalecido algo la última noche. La doncella me ha dicho esta mañana que a eso
de las doce la llamó su señora, se quedó sola con ella y le dictó una larga
carta. Julia ha añadido que mientras ella escribía el sobre, madame de Tourvel
había vuelto a delirar, de modo que la muchacha no supo qué dirección debía
poner a la carta. Me extrañó que del sentido de ésta no hubiese podido deducir
a quién iba dirigida; y ella dijo que temía equivocarse, y que su señora le había
encargado mandar inmediatamente la carta. Yo resolví abrirla.
He encontrado el escrito que le envío, el cual, en
efecto, no se diri-ge a nadie, por dirigirse a mucha gente. Sin embargo, creo
que a quien se quiso dirigir al principio nuestra desgraciada amiga es a
monsieur de Valmont; pero que, sin darse cuenta de ello, ha sido después
arrastrada por el desorden de las ideas. Sea de ello lo que fuere, he creído
que esta carta no debía entregarse a nadie. La envío a usted porque así verá
mejor que yo pudiera expresarlo cuáles son los pensamientos que bullen en el cerebro
de la enferma. Mientras continúe tan vivamente afectada, no creo que debamos
abrigar esperanza alguna. El cuerpo difícilmente se restablece cuando está tan
agitado el espíritu.
Adiós, mi querida y digna amiga. La felicito porque
está alejada del triste espectáculo que yo tengo de continuo ante mis ojos.
París, 6 de diciembre de 17...
CARTA CLXI
LA PRESIDENTA DE TOURVEL A...
(Dictada por ella y escrita por su doncella.)
Ser cruel y malhechor, ¿Cuándo te cansarás de
perseguirme? ¿No te basta haberme atormentado, degradado, envilecido? ¿Quieres
torturarme hasta en la paz del sepulcro? ¡Qué! En esta mansión de tinieblas en
que forzosamente me ha enterrado la ignominia, ¿han de acongojarme las penas
sin descanso, ha de ser desconocida la esperanza? No imploro una gracia que no
merezco; para sufrir sin quejarme basta con que no exce-
325
CHODERLOS DE LACLOS
dan mis sufrimientos a mis fuerzas. Pero no hagas
mis tormentos inso-portables. Déjame los dolores, pero quítame el recuerdo
cruel de los bienes perdidos. Ya que tú me los arrebataste, no vuelvas a trazar
ante mis ojos su imagen desoladora. Yo era inocente y estaba tranquila, y hasta
que te vi no perdí el reposo; oyéndote llegué a ser criminal. Autor de mis
faltas, ¿qué derecho tienes tú a castigarlas?
¿Dónde están los amigos que me acariciaban? ¿dónde
están? Mi in-fortunio les espanta; ninguno se atreve a acercarse a mí. Estoy
oprimida y me niegan su auxilio. Me muero y no me llora nadie. Todo consuelo se
me rehusa. La compasión se detiene al borde del abismo en que el crimi-nal se
hunde. Los remordimientos le desgarran el corazón y no hay quien oiga sus
lamentos.
Y tú, a quien he ultrajado; tú, cuya estimación
aumenta mi suplicio; tú, que eres quien tiene el derecho de vengarse, ¿qué
haces lejos de mí? Ven a castigar una mujer infiel. Haz que al menos los
tormentos que sufra sean merecidos. Ya he querido alguna vez someterme a tu
vengan-za, pero me ha faltado el valor para confesarte tu vergüenza. No era por
disimulo, era por respeto. Que esta carta, por lo menos, te demuestre mi
arrepentimiento. El cielo ha hecho suya tu causa y te venga de una injuria que
ignorabas. El cielo trabó mi lengua y contuvo mis palabras. Temería que tú me
perdonases una falta que él quería castigar. Me ha sustraído a tu indulgencia
que habría herido su justicia.
Despiadado en su venganza, me ha entregado al mismo
que me ha perdido. Sufro a un mismo tiempo por él y para él. En vano quiero
huir-le; me sigue, está ahí, me obsesiona sin cesar. ¡Cuán diferente es de lo
que era! Sus ojos no expresan sino odio y desprecio; su boca no profiere más
que reconvenciones e insultos. Sus brazos no me rodean más que para ahogarme.
¿Quién me salvará de su bárbaro furor?
¡Pero qué! Es él... No me engaño, es él... vuelvo a
verle. ¡Oh! mi ca-riñoso amigo, ¡recíbeme en tus brazos, ocúltame en tu senol
¡Oh, sí, eres tú, eres tú! ¿Qué funesta ilusión me había hecho desconocerte?
¡Cuánto he sufrido en tu ausencia! No nos separemos más; no nos separemos
nunca. Déjame respirar. ¿No sientes cómo palpita mi corazón? ¡No es de temor,
es la dulce emoción del amor! ¿Por qué esquivas mis tiernas cari-cias? Vuelve
hacia mí tus dulces miradas. ¿Qué lazos son esos que tú
326
LAS AMISTADES PELIGROSAS
tiendes a romper? ¿Por qué preparas ese aparato de
muerte? ¿Quién altera así tus facciones? ¿Qué haces? Déjame, yo me estremezco.
¡Dios mío! ¿Ese monstruo todavía? Amigas mías, no me abandonéis. Vosotras, que
me invitáis a huir, ayudadme a combatirle; y vosotras, que más in-dulgentes me
prometéis aminorar mis penas, venid cerca de mí. ¿Dónde estáis? Si no me es
permitido volver a veros, contestad al menos a esta carta, para que yo sepa si
me amáis todavía.
Déjame ya, cruel, ¿qué nuevo furor te anima? ¿Temes
que no pe-netre hasta mi alma un dulce sentimiento? Redoblas mis tormentos, me
obligas a aborrecerte. ¡Oh, qué doloroso es el odio! ¡Cómo corroe el corazón
que lo destila! ¿Por qué me perseguís? ¿Qué tenéis ya que de-cirme? ¿No me
habéis puesto así en la imposibilidad de escucharos como en la de responderos?
No esperéis nada de mí. Adiós, señor.
París, 5 de diciembre de 17...
CARTA CLXII
EL CABALLERO DANCENY AL VIZCONDE DE VALMONT
Ya estoy enterado, señor, de la conducta de usted
para conmigo. Sé también que, no contento con haberme burlado indignamente, no
teme envanecerse y alabarse de ello. He visto su traición escrita por su propia
mano. Confieso que mi corazón se ha sobrecogido y que he sentido cierta
vergüenza de haber ayudado tanto al abominable abuso que ha hecho de mi ciega
confianza. Sin embargo, no le envidio por tan odiosa ventaja; solamente tengo
curiosidad de saber si seguiría aventajándome en todo. Esta curiosidad quedará
satisfecha si, como espero, acude usted mañana entre ocho y nueve de la mañana
a la puerta del bosque de Vin-cennes, pueblo de Saint-Mandé. Tendré buen
cuidado de que haya allí todo lo necesario para obtener las aclaraciones que me
quedan que pe-dirle.
París, 6 de diciembre de 17... (por la noche).
CARTA CLXIII
327
CHODERLOS DE LACLOS
EL SEÑOR BERTRAND A LA SEÑORA DE ROSEMONDE
Señora: con gran sentimiento cumplo con el triste
deber de comu-nicarle una noticia que ha de causarle honda pena. Permítame que
le recomiende antes aquella piadosa resignación que todos hemos en vues-tra
merced admirado tan a menudo, y que es la que solamente puede hacernos
sobrellevar las desgracias de que está sembrada nuestra misera-ble vida.
El sobrino de vuestra merced... Dios mío, ¡es
necesario que yo aflija tanto a tan respetable señora! El sobrino de vuestra
merced ha tenido la desgracia de sucumbir en un duelo que ha tenido esta mañana
con el caballero Danceny. Ignoro, en absoluto, el motivo de la cuestión; pero
parece, por la carta que he encontrarlo en el bolsillo del señor vizconde, y
que tengo la honra de remitir a vuestra merced, que no era él el agresor. ¡Y es
preciso que sea aquel que el cielo ha permitido que sucumba!
Estaba en casa del señor vizconde esperándole, a la
misma hora en que lo llevaron a ella. Figúrese vuestra merced mi espanto, al
ver a su sobrino en brazos de dos criados y todo bañado en sangre. Tenía dos
estocadas en el cuerpo y estaba ya muy débil. Monsieur Danceny estaba allí
también y hasta lloraba. ¡Ah! ¡sin duda debe llorar, pero no es ya tiempo de
derramar lágrimas cuando se ha causado una desgracia irrepa-rable! En cuanto a
mí, no podía dominarme; y a pesar de lo poco que valgo, no dejaba por eso de
expresar mi pensamiento. Entonces es cuan-do se mostró el señor vizconde
verdaderamente grande. Me mandó callar, estrechó la mano de su matador, le
llamó su amigo y le abrazó delante de todos, diciéndonos: "Os mando
guardar a este señor todas las consideraciones debidas a un hombre galante y
valiente." Ha hecho además que se le entreguen legajos muy voluminosos,
que yo no conocía, pero a los cuales sé que atribuía mucha importancia. En
seguida quiso quedarse con su adversario a solas un momento. Sin embargo, yo
había enviado a buscar todos los socorros necesarios, así temporales como
espirituales. Pero, ¡ay! el mal no tenía remedio. Menos de media hora después,
el señor vizconde había perdido el conocimiento. No ha podido recibir más que
la Extrema Unción; y apenas le fue administrada, exhaló el último suspiro.
328
LAS AMISTADES PELIGROSAS
¡Oh, Dios mío! Cuando, al nacer, recibí entre mis
brazos a aquel precioso vástago de tan ilustre casa, ¿quién había de sospechar
que expi-raría en mis brazos también y que yo tendría que llorar su muerte?
¡Una muerte tan temprana y tan desgraciada! ¡Corren
mis lágrimas a pesar mío! Pillo a vuestra merced perdón, señora, por haberme
atrevido a mezclar mis dolores con los suyos; pero en todos los estados se
tiene corazón y sensibilidad, y yo sería muy ingrato si no llorara toda mi vida
a un señor que tantas bondades tenía para mí y que me honraba con tanta
confianza.
Mañana, después de que salga de aquí el cadáver,
haré sellarlo todo, y vuestra merced puede estar completamente tranquila y
confiada en mí. Vuestra merced no ignora que este desgraciado acontecimiento
acaba la sustitución y hace sus disposiciones completamente libres. Si yo puedo
ser a vuestra merced útil, le ruego que tenga a bien comunicarme sus órdenes;
yo pondré todo mi celo en ejecutarlas fielmente.
Soy de vuestra merced, con el más profundo respeto,
muy humilde servidor,
BERTRAND.
París, 7 de diciembre de 17...
CARTA CLXIV
LA SEÑORA DE ROSEMONDE AL SEÑOR BERTRAND
En este momento recibo su carta y sé por ella,
querido Bertrand, el triste acontecimiento de que mi sobrino ha sido la
desgraciada víctima. Sí, sin duda tengo órdenes que dar, y sólo por este motivo
me ocupo de cosas ajenas a mi mortal aflicción.
La carta que me envía de monsieur Danceny es una
prueba convin-cente de que él es quien ha provocado el duelo, y mi deseo es que
vuestra merced presente al instante, en mi nombre, la oportuna reclamación.
Perdonando a su enemigo, a su matador, ha podido mi sobrino satisfacer su
natural generosidad; pero yo debo vengar a la vez su muerte, la huma-
329
CHODERLOS DE LACLOS
nidad y la religión. Nunca podrá recomendarse
bastante la severidad de las leyes contra este resto de barbarie y no creo que
en este caso nos esté mandado perdonar las injurias. Espero, pues, que usted
emprenda este asunto con todo el celo y actividad de que le reconozco capaz y
que se debe a la memoria de mi sobrino.
Cuidará usted, ante todo, de ver de mi parte al
señor presidente de... y de conferenciar con él. Yo no le escribo, pues no
tengo ánimo más que para entregarme a mi dolor por completo. Usted le
presentará mis disculpas y le enseñará esta carta.
Adiós, mi querido Bertrand; le alabo y doy gracias
por sus buenos sentimientos y soy su afectísima.
Castillo de..., 8 de diciembre de 17...
CARTA CLXV
LA SEÑORA DE VOLANGES A LA SEÑORA DE ROSEMONDE
Sé, mi querida amiga, que ya ha tenido usted
noticia de la pérdida que acaba de sufrir; yo conocía su ternura por monsieur
de Valmont, y comparto sinceramente la aflicción que la embarga. Me apena, en
verdad, tener que añadir nuevos pesares a los que padece; pero, ¡ay! ya no le
queda por dar a nuestra desgraciada amiga sino lágrimas. La hemos per-dido a
las once de la noche. Por una fatalidad, que parece unida a su suerte, y que
parecía también burlarse de toda precaución humana, el corto intervalo de tiempo
que ha sobrevivido a monsieur de Valmont, sólo le ha servido para conocer la
infausta nueva de su muerte; y, como ella misma ha dicho, no ha podido sucumbir
abrumada por el peso de sus desgracias hasta que se ha colmado la medida.
En efecto, sabe usted que hace dos días que estaba
sin conoci-miento; y aún ayer por la mañana, cuando llegó el médico y nos
acerca-mos a su cama, no conoció a ninguno y no pudimos obtener de ella ni una
palabra ni un gesto. Pues bien, apenas volvimos cerca de la chime-nea, y
mientras el médico me daba la triste noticia de la muerte de mon-sieur de
Valmont, esta infortunada mujer recobró su conocimiento, ya
330
LAS AMISTADES PELIGROSAS
porque la naturaleza obrase tal transformación por
sí sola, ya porque el oír las palabras Valmont y muerto hayan podido recordar a
la enferma las únicas ideas que le preocupaban desde hace mucho tiempo.
Sea de esto lo que quiera, corrió precipitadamente
las cortinas de la cama gritando: "¡Qué! ¿Qué dice vuestra merced?
¿Monsieur de Valmont ha muerto?" Traté de hacerla creer que se había
engañado y le aseguré que había entendido mal; pero lejos de convencerse,
exigió al médico que volviese a empezar el doloroso relato; y como yo tratase
aún de disua-dirla, me llamó y me dijo en voz baja: "¿Por qué querer
engañarme? ¿No estaba ya muerto para mí?" Fue necesario acceder.
Nuestra desgraciada amiga oyó al principio con aire
bastante tran-quilo; pero poco después interrumpió el relato diciendo: "Ya
sé bastan-te." Pidió en seguida que se le corriesen las cortinas; y cuando
el médico quiso de nuevo acercarse a ella para prodigarle los cuidados que su
esta-do exigía, no permitió que se le acercase.
En cuanto el médico salió despidió igualmente a sus
doncellas; y cuando estuvimos solas, me rogó que le ayudase a arrodillarse en
la cama y que la sostuviera. Así permaneció algún tiempo, silenciosa y sin otra
expresión que la de las lágrimas que corrían en abundancia por su rostro. Por
último, juntando las manos y elevándolas hacia el cielo, dijo con voz débil,
pero ferviente: "Dios Todopoderoso, me someto a tu justicia, pero perdona
a Valmont. Que mis desgracias, que yo reconozco haber mere-cido, no sean motivo
de acusación para él y bendeciré tu misericordia." Me permito, querida
amiga, entrar en estos detalles en asunto que no dudo renovará y agravará los
dolores que la atormentan, porque creo que esta oración de madame de Tourvel ha
de llevar al alma de vuestra mer-ced algún consuelo.
Después que nuestra amiga elevó esta corta
plegaria, volvió a caer entre mis brazos; y apenas volvió a acomodarse en el
lecho, cuando se apoderó de ella un largo abatimiento que no resistió, sin
embargo, a los remedios ordinarios. Tan pronto como recobró el conocimiento me
pidió que mandase a buscar al padre Anselmo, y añadió: "Éste es el único
médico que necesito ahora; siento que pronto acabarán mis males." Se
quejaba mucho de opresión y hablaba difícilmente.
331
CHODERLOS DE LACLOS
Poco tiempo después ordenó a su doncella que me
entregara una cajita que envío a usted, que me dijo que contenía papeles suyos;
y me encargó que se la entregara en cuanto ella expirase27. En seguida hablóme
de usted y de su amistad hacia ella, tanto como su situación se lo permitía y
con mucha ternura.
El padre Anselmo llegó hacia las cuatro y
permaneció solo con ella cerca de una hora. Cuando volvimos a entrar, el
semblante de la enferma estaba tranquilo y sereno; pero era fácil ver que el
padre Anselmo había llorado mucho. Se quedó para asistir a las últimas
ceremonias de la Igle-sia. Este espectáculo, siempre tan imponente y doloroso,
lo era entonces más por el contraste que ofrecía la tranquila resignación de la
enferma, con el dolor profundo de su venerable confesor que se anegaba en
lágri-mas junto a ella. La emoción fue general, y mientras todos la llorábamos,
ella no derramaba ni una lágrima siquiera.
Invirtióse el resto del día en las preces de
ritual, que no fueron inte-rrumpidas más que por los frecuentes
desvanecimientos de la enferma. Por fin, hacia las once de la noche, me pareció
más molesta y angustiada. Tendí la mano para buscan su brazo; ella tuvo todavía
fuerzas para to-marla y la estrechó contra su corazón. Ya no sentí sus latidos;
y, en efecto, nuestra desgraciada amiga expiró en aquel mismo momento.
Usted recuerda, mi querida amiga, que en el último
viaje que aquí hizo, hace menos de un año, hablando de algunas personas cuya
felicidad nos parecía más o menos asegurada, nos detuvimos con complacencia en
examinar la suerte de esta mujer misma, cuyo fin desgraciado lloramos ahora.
Tantas virtudes, cualidades recomendables y atractivos; un carác-ter tan fácil
y tan dulce; un marido a quien ella amaba y de quien era correspondida; una
sociedad donde se divertía y de la que hacía las deli-cias; belleza, juventud,
fortuna; tantas ventajas reunidas se han perdido por una sola imprudencia. iOh,
Providencia! ¡Fuerza es admirar tus de-cretos! Pero, ¡cuán incomprensibles son!
Me detengo; temo aumentar su tristeza entregándome a la mía.
La abandono a usted para visitar a mi hija que está
un poco indis-puesta. Al saber esta mañana por mi conducto una muerte tan
inesperada
27 Esta cajita
contenía todas las cartas relacionadas con su aventura con monsieur de
Val-mont.
332
LAS AMISTADES PELIGROSAS
de dos personas de su amistad, se ha puesto mala y
la he hecho guardar cama. Espero, sin embargo, que esta indisposición no tenga
consecuen-cia. A sus años no se tiene aún la costumbre del dolor, y estas
impresio-nes son más vivas y fuertes. Esta sensibilidad tan activa es, sin
duda, una cualidad laudable; pero, ¡de qué modo todo lo que vemos nos enseña a
temerla!
Adiós, mi querida y digna amiga.
París, 9 de diciembre de 17...
CARTA CLXVI
EL SEÑOR BERTRAND A LA SEÑORA DE ROSEMONDE
Señora: a consecuencia de las órdenes que vuestra
merced ha teni-do a bien comunicarme, he tenido la honra de ver al señor
presidente de... y le he enseñado la carta de vuestra merced, previniéndole
que, según sus deseos, obraría conforme a los consejos que él me diese. Este
respetable magistrado me ha encargado que llame la atención de vuestra merced
sobre lo mucho que perjudicaría a la buena memoria de su so-brino, cuya honra
padecería sin duda por la sentencia del tribunal, la causa que intenta contra
el caballero Danceny. Su opinión es, pues, que vuestra merced debe abstenerse
de toda gestión; y que si hay algo que hacer es, por el contrario, tratar de
evitar que el ministerio público tenga conocimiento de esta desgraciada
aventura que ya ha cundido demasiado.
Estas observaciones me han parecido muy prudentes,
y yo he deci-dido esperar nuevas órdenes de vuestra merced.
Permítame, señora, que le suplique que, aI tiempo
de transmi-tírmela, me dé noticias acerca del estado de su salud, por la cual
abrigo ciertos temores, después de tantas penas. Espero que vuestra merced
perdonará esta libertad a mi lealtad y a mi celo.
Soy de vuestra merced, señora, con respeto, etc.
París, 10 de diciembre de 17...
333
CHODERLOS DE LACLOS
CARTA CLXVII
ANÓNIMO AL CABALLERO DANCENY
Señor: tengo la honra de prevenirle de que esta
mañana, en la Au-diencia, han hablado los agentes de la justicia de la cuestión
que usted ha tenido en estos días con el señor vizconde de Valmont; y de que es
de temer que el ministerio público intervenga en este asunto. He creído que
esta advertencia podría serle útil, ya para invocar el auxilio de sus
pro-tectores, y evitar así enojosas consecuencias, ya para poder, en el caso de
que no fueran eficaces las influencias, tomar las necesarias precauciones
personales.
Si usted me permite que le dé un consejo, creo que
haría muy bien en presentarse en público, durante algún tiempo, menos de lo que
lo hace, de años días a esta parte. Aunque ordinariamente se es muy indul-gente
para esta clase de lances, se debe, sin embargo, ese respeto a la ley.
Esta precaución se hace tanto más necesaria, cuanto
que he averi-guado que una cierta madame de Rosemonde, que dicen que es tía de
monsieur de Valmont, quería encausar a usted; y en este caso, el ministe-rio
público no podría negarse a su demanda. Sería, tal vez, conveniente que usted
pudiese hacer hablar a esa señora.
Razones particulares me impiden firmar esta carta.
Pero creo que, no por ignorar de quien procede, hará menos justicia a los
sentimientos que la dictan.
Tengo la honra de ser, etc.
París, 10 de diciembre de 17...
334
LAS AMISTADES PELIGROSAS
CARTA CIXVIII
LA SEÑORA DE VOLANGES A LA SEÑORA DE ROSEMONDE
Mi querida y digna amiga: corren aquí rumores
extraños y muy enojosos, acerca de madame de Merteuil. Yo estoy, por supuesto,
muy lejos de creerlos, y hasta apostaría que no son más que una infame
ca-lumnia; pero sé además muy bien cuán pronto toman consistencia las más
inverosímiles historias, y cuán difícilmente se borra la impresión que dejan,
para que no me alarmen éstas a que me refiero, por fácil que yo crea el
destruirlas. Desearía, sobre todo, que esos rumores se desmintie-sen antes de
propagarse más. Pero recién supe ayer, ya muy tarde, los horrores que empiezan
a decirse; y cuando mandé recado esta maligna a casa de madame de Merteuil,
acababa de salir para el campo, donde ha de pasar dos días. No han sabido
decirme a casa de quién se ha ido. Su segunda doncella, que he hecho venir a
hablar conmigo, me ha dicho que su señora no había hecho más que darle orden de
espe-rarla el jueves próximo; y ninguno de los criados que ha dejado, sabe más.
Yo misma no tengo idea de dónde ha podido ir: no me acuerdo de nadie que ella
conozca que se quede tan tarde en el campo.
Sea de esto lo que fuere, yo espero que usted
podrá, de aquí aI re-greso de madame de Merteuil, hacerme aclaraciones que han
de serme muy útiles; porque estas odiosas historias se fundan en circunstancias
de la muerte de monsieur de Valmont, de las cuales debe usted de estar
enterada, si son verdaderas, o le será fácil, por lo menos, enterarse, lo que
por favor le pido. He aquí lo que se dice, o por mejor decir, lo que toda-vía
se murmura; pero que no tardará, seguramente, en hacerse más públi-co.
Se dice que el lance surgido entre monsieur de
Valmont y el caba-llero Danceny, es obra de madame de Merteuil, que engañaba
igualmente a ambos; que, como casi siempre acontece, los dos rivales han
empezarlo por batirse, y no han obtenido aclaraciones, sino después del
encuentro; que estas aclaraciones dieron lugar a una reconciliación sincera; y
que para desenmascarar a madame de Merteuil a los ojos del caballero Dan-ceny,
así como para justificarse él mismo, monsieur de Valmont unió a
335
CHODERLOS DE LACLOS
sus declaraciones una multitud de cartas, que
forman una corresponden-cia regular que con ella sostenía, y en la cual se
muestra madame de Merteuil, en el estilo más libre, protagonista de las
anécdotas más escan-dalosas.
Se añade que Danceny, en sus primeros momentos de
indignación, ha entregado estas cartas a todo el que ha querido leerlas, y que
ahora corren por París. Se citan, especialmente, dos28: una en que hace la
histo-ria completa de su vida y de sus principios, y en que se dice el colmo
del horror; otra que justifica plenamente a monsieur de Prevan, cuya historia
usted recuerda, por la prueba que allí se encuentra, de que él no hizo más que
ceder a los avances más descarnados de madame de Merteuil, y que la cita estaba
convenida con ella.
Tengo, afortunadamente, las más poderosas razones
para creer que estás imputaciones son tan falsas como odiosas. Por de pronto,
ambas sabemos que monsieur de Valmont no se ocupaba, seguramente, de madame de
Merteuil; y tengo motivos para creer, que Danceny no se ocupaba más de ella.
Así, pues, me parece que no pudo ser ni el motivo, ni el autor del lance. No
comprendo tampoco qué interés hubiera podido tener madame de Merteuil en que se
la supusiera de acuerdo con mon-sieur de Prevan, para hacer una escena, que no
podía sino ser desagrada-ble por su resonancia, y podía ser peligrosa para
ella, puesto que le creaba un enemigo irreconciliable en un hombre que conocía
una parte de su secreto, y que tenía muchos partidarios entonces. Sin embargo,
es de notar que, desde esta aventura, no se ha elevado ni una sola voz a favor
de Prevan, y que, ni por parte de él mismo, ha habido una sola reclama-ción.
Estas reflexiones me inducen a sospecharle autor de
los rumores que corren hoy, y a mirar estas tenebrosidades como obra del odio y
de la venganza de un hombre que, viéndose perdido, espera, por este me-dio,
sembrar, al menos, dudas, y procurar, tal vez, una diversión útil. Pero vengan
de quien vinieren estas infamias, urge el destruirlas. Caería por su base, si
se averiguase que, como es verosímil, monsieur de Val-mont y monsieur Danceny
no se hablaron después de su desgraciado encuentro, ni hubo entrega de cartas.
336
LAS AMISTADES PELIGROSAS
En mi impaciencia por comprobar estos hechos, he
enviado esta mañana a preguntar por monsieur Danceny. Tampoco está en París.
Sus criados han dicho a mi lacayo que había partido esta noche, a consecuen-cia
de un aviso que había recibido ayer; y que era un secreto el lugar donde se
hallaba. Indudablemente teme las consecuencias de su lance. Únicamente por
usted, mi querida y digna amiga, puedo yo saber los detalles que me interesan,
y que pueden ser tan necesarios a madame de Merteuil. Reitero a usted la súplica
de que los proporcione lo antes posi-ble.
P. D. -La indisposición de mi hija no ha tenido
consecuencia algu-na; y me encarga que le presente sus respetos.
París, 11 de diciembre de 17...
CARTA CLXIX
EL CABALLERO DANCENY A LA SEÑORA DE ROSEMONDE
Señora: quizás encuentre usted muy extraño el paso
que voy a dar; pero le ruego que me escuche antes de juzgarme, y que no vea ni
audacia, ni temeridad, donde no hay más que respeto y confianza. No se me
ocultan las desfavorables circunstancias en que, con relación a usted, me
encuentro; y no me perdonaría en la vida mi desgracia, si pudiese pensar un
solo instante que me había sido posible evitarla. Esté, señora, bien persuadida
de que, no por estar exento de reproches, dejo de estarlo de pena; y aun puedo
añadir, con sinceridad, que la que le causo, contribuye a agravar mucho las que
yo siento. Para creer en los sentimientos, que me atrevo a manifestarle, debe
bastarle con hacerse justicia a sí misma, y con saber que, sin tener la suerte
de que usted me conozca, yo tengo, sin embargo, la de conocerla.
No obstante, al deplorar la fatalidad que ha
causado sus desgracias y las mías, se me quiere hacer temer que, entregada
usted a la venganza por completo, busque los medios de conseguirla hasta en la
severidad de las leyes.
28 Cartas
LXXXI y LXXXV de esta colección.
337
CHODERLOS DE LACLOS
Permítame, ante todo, que le haga observar, a este
propósito, que su dolor le ofusca, porque mi interés en este asunto está
íntimamente ligado al de monsieur de Valmont; y que él se encontraría envuelto
en la condenación que usted provocará contra mí. Yo creía, señora, poder
contar, por lo que a usted se refiere, más con ayuda que con obstáculos en las
gestiones que yo me viese obligado a emprender para que este desgraciado
acontecimiento quedase enterrado en el silencio.
Pero este recurso de complicidad, que conviene
igualmente al ino-cente y al culpable, no basta a mi delicadeza; deseoso de
descartar a usted como parte, la reclamo como juez. La estimación de las
personas que se respetan es demasiado preciosa para que yo deje perder la suya
sin de-fenderla; y creo tener los medios para ello.
En efecto, si usted conviene en que la venganza es
permitida, mejor dicho, que es debida cuando se ha sido traicionado en el amor,
en la amistad, y, sobre todo, en la confianza; si conviene en esto, mis
extravíos van a desaparecer ante sus ojos. No crea en mis razonamientos; pero
lea, si tiene valor para ello, la correspondencia que en sus manos deposito29.
Las cartas originales que en ella se encuentran,
comprueban la au-tenticidad de aquellas de las que sólo existen copias. Por lo
demás he recibido estos papeles, tal y como tengo la honra de remitírselos, de
manos del mismo monsieur de Valmont. No he añadido nada; y he he-cho uso tan
sólo de dos cartas, que he hecho publicar.
Una era necesaria a la venganza común de monsieur
de Valmont y mía, a la cual teníamos ambos derecho; y de la cual él me había
encarga-do expresamente. He creído, además, que prestaba un servicio a la
socie-dad, desenmascarando a una mujer tan peligrosa como madame de Merteuil, y
que, como usted podrá ver, es la única, la verdadera causa de cuanto entre
monsieur de Valmont y yo ha sucedido.
Un sentimiento de justicia me ha llevado también a
publicar la se-gunda, para la justificación de monsieur de Prevan, que apenas
conozco; pero quien de ningún modo merece el riguroso tratamiento que acaba de
29 La colección presente se ha formado con esta
correspondencia, con la enviada igual-mente a madame de Rosemonde a la muerte
de madame de Tourvel, y con las cartas también confiadas a la misma señora por
madame de Volanges, cuyos originales subsisten en poder de los herederos de la
referida madame de Rosemonde.
338
LAS AMISTADES PELIGROSAS
padecer, ni la severidad de los juicios del
público, más inexorable todavía, y bajo la cual se halla hace tiempo, sin tener
medios de defensa.
De estas dos cartas no encontrará usted más que
copias, porque yo guardo los originales. Por lo que a las demás se refiere, no
creo poder confiar a manos más seguras un depósito que acaso me importe que no
sea destruido; pero del cual me avergonzaría de hacer mal uso. Creo, señora,
que al entregarle estos papeles, sirvo mejor los intereses de las personas a
quienes pueda importarles, que remitiéndoselos a ellas mis-mas; les libro de la
violenta situación en que se hallarían al recibirlos de mis propias manos, y al
saber que conozco aventuras que, indudable-mente, desean que todo el mundo
ignore.
Creo deber advertirle, a este propósito, que la
correspondencia ad-junta no es más que una parte de otra más voluminosa, de la
cual la en-tresacó monsieur de Valmont en mi presencia, y que usted debe
encontrar, al levantar los sellos, bajo el título, que he visto, de Cuenta
abierta entre la marquesa de Merteuil y el vizconde de Valmont. Vuestra merced
adoptará, sobre este punto, el partido que su prudencia le sugie-ra.
Soy con el mayor respeto, señora, etc.
P. D. -Algunos avisos que he recibido y los
consejos de mis amigos, me han obligarlo a ausentarme de París por algún
tiempo; pero el lugar de mi retirada, secreto para todo el mundo, no lo será
para usted. Si me honra con una respuesta, le ruego que la dirija a la
Encomienda de... para P... y en el sobre: Señor Comendador de... Desde la casa
de este señor tengo la honra de escribir a usted.
París, 12 de diciembre de 17...
339
CHODERLOS DE LACLOS
CARTA CLXX
LA SEÑORA DE VOLANGES A LA SEÑORA DE ROSEMONDE
Voy, querida amiga, de sorpresa en sorpresa y de
disgusto en dis-gusto. Es preciso ser madre para tener idea de lo que he
sufrido toda la mañana de ayer; y si se han calmado luego mis más crueles
inquietudes, aún me queda una viva aflicción, de la que no preveo el fin.
Ayer, a eso de las diez de la mañana, extrañada de
no haber visto aún a mi hija, envié a mi doncella a averiguar cuál era la causa
del retraso. Volvió a poco sobrecogida, y a mí me sobrecogió aún más, diciendo
que mi hija no estaba en su cuarto, y que desde la mañana su doncella no había
vuelto a verla. Juzgue usted de mi situación. Llamé a todos mis criados, y
especialmente al portero; todos me juraron que no sabían nada y que nada podían
decirme acerca del suceso. Fui en seguida al cuarto de mi hija. El desorden que
en él reinaba me convenció de que había evi-dentemente salido por la mañana;
pero no encontré nada que me diese más luz. Registré sus armarios, su
secrétaire; encontré todo en su lugar, y todos sus vestidos, a excepción del
traje con que había salido. Ni siquiera había tomado el poco dinero que tenía.
Como no supo hasta ayer lo que se cuenta de madame
de Merteuil, a quien aprecia mucho, y había llorado por eso toda la noche; y
como me acordé que ella ignoraba que madame de Merteuil estaba en el campo, mi
primera idea fue que había querido ver a su amiga y había hecho la locura de ir
a verla sola. Pero el tiempo transcurrió sin que volviese y se renova-ron mis
inquietudes. Mi pena se aumentaba por momentos y ardía en deseos de descifrar
el enigma, pero no me atrevía a tomar informes de ninguna especie, temerosa de
dar resonancia a un incidente que quizás pudiera después ocultar a todo el
mundo. En mi vida he sufrido tanto.
Por fin, a más de las dos de la tarde recibí, a un
mismo tiempo, una carta de mi hija y otra de la superiora de... La carta de mi
hija decía úni-camente que había temido que yo me opusiera a su vocación de
hacerse religiosa y no se había atrevido a hablarme del asunto; el resto de la
carta no eran más que excusas por haber tomado una resolución semejante sin mi
permiso, aunque yo no la desaprobaría seguramente si conociese los
340
LAS AMISTADES PELIGROSAS
motivos, sobre los cuales me rogaba, sin embargo,
que nada le pregunta-se.
La superiora me decía que, habiendo visto llegar a
una joven sola, se había por un momento negado a recibirla; pero habiéndola
interroga-do y sabido quién era, había creído hacerme un servicio, empezando
por dar asilo a mi hija para no exponerla a nuevas correrías, a las cuales
pare-cía determinada. La superiora, ofreciéndome muy razonablemente en-viarme a
mi hija, si así lo exigía yo, me aconsejaba, como cumple a persona de su
condición, no oponerme a una vocación que ella califica de muy decidida; me decía
también que no había podido participarme antes de este acontecimiento, por el
trabajo que le había costado el con-seguir que mi hija me escribiera, porque su
proyecto era que nadie supie-se a qué lugar se había retirado. Es una cosa
terrible el atolondramiento de los niños.
He estado, en seguida en el convento, y después de
ver a la superio-ra, le pedí ver a mi hija. esta vino muy apenada y temblorosa.
Le hablé delante de las monjas y también a solas. Todo lo que he podido
sacarle, en medio de muchas lágrimas, es que no podía ser feliz más que en el
convento; he adoptado la resolución de permitirle permanecer allí, pero sin
entrar aún con el carácter de postulanta como ella me pedía. Temo que la muerte
de madame de Tourvel y la de monsieur de Valmont hayan afectado excesivamente a
su pueril imaginación. Por mucho respeto que me inspire la vocación religiosa,
no vería sin pena y sin temor a mi hija abrazar tal estado. Me parece que
tenemos bastantes deberes que cumplir para que tratemos de crearnos otros
nuevos, y sobre todo que no es su edad la más a propósito para saber lo que nos
conviene.
Lo que complica más mi situación es el próximo
regreso de mon-sieur de Gercourt. ¿Habrá que romper un enlace tan ventajoso?
¿Cómo hacer la felicidad de estos muchachos si no basta tener el mejor deseo y
prodigarles los mayores cuidarlos? Le agradecería mucho que me dijese lo que
haría en mi lugar; no puedo tomar resolución alguna; no encuen-tro nada más
espantoso que tener que decidir de la suerte de los demás; y lo mismo temo en
esta ocasión desplegar la severidad de un juez que la debilidad de una madre.
Me reconvengo sin cesar por aumentar sus penas con
el relato de las mías; pero conozco ese corazón; el consuelo que Ud. puede dar
a los demás, es el más grande que puede darse a sí misma.
Adiós, mi querida y digna amiga, espero sus dos
contestaciones con mucha impaciencia.
París, 13 de diciembre de 17...
CARTA CLXXI
LA SEÑORA DE ROSEMONDE AL CABALLERO DANCENY
Después de lo que usted me ha comunicado, señor, no
hay más remedio que llorar y callarse. Se siente vivir aún, cuando se conocen
horrores semejantes, se avergüenza una de ser mujer cuando se sabe que hay una
capaz de tales demasías.
Me prestaría de buena gana, señor, por lo que a mí
atañe, a dejar en el silencio y a dar al olvido todo cuanto recordase o pudiese
dar lugar a tristes acontecimientos. Hasta deseo que éstos no causen a usted
más dolor nunca que los inherentes a la infausta ventaja que ha logrado sobre
mi sobrino. A pesar de sus extravíos, que no puedo por menos de reco-nocer, sé
que no podré jamás consolarme de su pérdida; pero mi eterna aflicción será la
única venganza que me permitiré tomar de usted. A su corazón incumbe el
apreciar el valor de ella.
Si usted me permite que, a mi edad, le haga una
reflexión que no suele hacerse a la suya, le diré que si tuviésemos una idea
clara de aquello en que la verdadera felicidad consiste, no iríamos nunca a
buscarla fuera de los límites marcados por las leyes y la religión.
Puede estar seguro de que yo guardaré gustosa y
fielmente el depó-sito que me ha confiado; pero le ruego que me autorice a no
entregárselo a nadie, ni a usted mismo, señor, a menos que fuese necesario a su
justi-ficación. Me atrevo a creer que usted no desoirá este ruego, y que no
querrá experimentar de nuevo, en sí mismo, cuánto se padece después de haber
satisfecho aun la más justa venganza.
No ceso en mis pretensiones todavía, persuadida
como estoy de su generosidad y delicadeza; sería muy digno de ambas que usted
pusiera en mis manos también las cartas de mademoiselle de Volanges, que sin
duda conserva y que ya no le interesan. Sé que esta joven ha cometido varias
faltas para con usted, pero no creo que usted trate de castigarlas; y, aun-que
no sea más que por el propio respeto, no querrá envilecer a la perso-na que
tanto ha amado. No tengo necesidad de añadir que las consideraciones a que no
es acreedora la hija, las merece la madre, esa respetable señora, respecto de
la cual tiene usted no poco que reparar; porque, en fin, sean cuales fuesen las
ilusiones que tratemos de hacernos a nosotros mismos por una pretendida
delicadeza de sentimientos, es lo cierto que el primero que intenta seducir un
corazón todavía sencillo y honrado, se hace por este solo hecho el primer
cómplice de su corrup-ción, y debe ser siempre responsable de los excesos y
extravíos que des-pués sobrevengan.
No le extrañe, señor, tanta severidad de mi parte;
ésta es la mayor prueba que puedo darle de mi completa estimación. Usted
adquirirá nuevos títulos a ella si se presta, como yo deseo, a la seguridad de
un secreto cuya publicidad perjudicaría a usted mismo, y llevaría la muerte a
un corazón maternal que ya ha herido. En fin, señor, yo deseo prestar este
servicio a mi amiga, y si temiese que usted iba a negarme este con-suelo, le
rogaría que pensara que éste es el único que me ha dejado.
Tengo la honra de ser, etc.
Castillo de..., 15 de diciembre de 17...
CARTA CLXXII
LA SEÑORA DE ROSEMONDE A LA SEÑORA DE VOLANGES
Si hubiese tenido, mi querida amiga, que ir a
buscar a París las acla-raciones que me pide acerca de madame de Merteuil, no
me sería posible dárselas todavía; y yo no las hubiese obtenido indudablemente
sino vagas e inciertas; pero he recibido unas que no esperaba, ni tenía razones
para
esperar, pero que llevan al ánimo una gran
certidumbre . ¡Oh, amiga mía, cómo la ha engañado esa mujer!
Me repugna entrar en detalles de ese conjunto de
horrores; pero todo cuanto se insinúe, esté usted cierta que está muy por
debajo de la verdad. Espero, querida amiga, que me conozca lo bastante para
creerme bajo mi palabra y que no ha de exigirme prueba alguna. Bástele saber
que tengo una multitud de ellas, en este instante, en mis manos.
No es menor la pena que me causa el hacerle
idéntica súplica de que no me obligue a exponerle los motivos en que se funda
el consejo que me pide, relativo a mademoiselle de Volanges. La exhorto a que
no se oponga a la vocación que manifiesta. Seguramente no existe razón alguna
que autorice para obligar a tomar este estado, cuando la persona no es a él
llamada; pero algunas veces es una gran fortuna que lo sea, y usted ve que su
hija le dice que no la desaprobaría si conociese los moti-vos. El que nos inspira
nuestros sentimientos sabe mejor que nuestra vana sabiduría lo que a cada cual
conviene, y con frecuencia lo que pare-ce un acto de su severidad es, por el
contrario, un acto de su clemencia.
En fin, mi opinión, que yo sentiría que la aflija,
y que por lo mismo debe creer que no la emito sin haberla madurado mucho, es
que deje a mademoiselle en el convento, pues que ha elegido este partido; que,
lejos de contrariar, facilite el proyecto que parece haber formado, y que,
espe-rando su realización, no dude usted en romper el matrimonio que estaba
proyectado.
Después de haber cumplido estos penosos deberes de
amistad, y no siéndome posible enviarle consuelo alguno, el favor que me queda
que pedirle, mi querida amiga, es que no me pregunte nada más sobre lo que se
refiera a estos tristes acontecimientos; dejémoslos en el olvido que les
conviene, y sin buscar inútiles y desconsoladoras aclaraciones sometá-monos a
los decretos de la Providencia y creamos en la sabiduría de sus designios hasta
cuando nosotros no alcanzamos a comprenderlos.
Adiós, mi querida amiga.
Castillo de..., 15 de diciembre de 17...
CARTA CLXXIII
LA SEÑORA DE VOLANGES A LA SEÑORA DE ROSEMONDE
¡Oh, amiga mía! ¡En qué pavoroso velo envuelve
usted la suerte de mi hija! ¡Y parece que usted teme que intente yo
descorrerlo! ¿Qué es lo que me oculta que pueda afligir más el corazón de una
madre que las horribles sospechas en que me sume? Cuanto más conozco su amistad
y su indulgencia, más se redoblan mis tormentos; veinte veces desde ayer he
querido salir de estas incertidumbres atroces y pedirle que me lo cuente todo
sin precauciones ni rodeos, y siempre me he sobrecogido de miedo al pensar en
el ruego que de no interrogarla me hace usted. Por fin, he adoptado un sistema
que aún me da alguna esperanza, y espero de su amistad que no desoirá mis
deseos; éstos son que me conteste si aproximadamente he comprendido lo que
usted pudiera haberme dicho, y que me cuente todo cuanto pueda cubrir la
indulgencia maternal y que no sea imposible reparar. Si mis desgracias exceden
esta medida, me avengo a dejar a usted explicarse tan sólo con el silencio; he
aquí, pues, lo que ya he averiguado y hasta dónde pueden llegar mis temores.
Mi hija ha mostrado cierta inclinación hacia el
caballero Danceny, y he sabido que ha llegado a recibir cartas de él y hasta a
contestarlas; pero yo creí poder impedir que esta infantil ligereza tuviese
consecuencias peligrosas: hoy, que todo lo temo, concibo que sería posible que
mi vigilancia hubiese sido burlada, y temo que mi hija, seducida, haya puesto
el colmo a sus extravíos.
Recuerdo también varias circunstancias que
confirman este recelo. Ya le he dicho que mi hija se sintió mala cuando supo la
noticia de la desgracia acaecida a monsieur de Valmont; acaso tal sensibilidad
tuviera por única causa la idea del riesgo corrido por Danceny en aquel
combate. Cuando después ha llorado tanto al saber lo que de madame de Merteuil
se decía, puede que aquello, que yo creí dolor de amistad, no fuese sino efecto
de los celos o de la pena que le causaba ver infiel a su amante. Su último paso
me parece que se puede atribuir a igual motivo. A veces se cree uno llamado a
Dios por la misma causa que hace revolverse contra los hombres. En fin,
suponiendo que estos hechos sean verdaderos y que
usted esté de ellos bien enterada, habrá usted
podido encontrarlos, de seguro, suficientes para autorizar el riguroso consejo
que me da.
Sin embargo, si así es, conservando a mi hija creo
deber todavía intentar todos los medios para salvarla de los tormentos y
peligros de una vocación ilusoria y pasajera. Si monsieur Danceny no ha perdido
todo sentimiento de honradez, no se negará a reparar un daño del que es autor;
y puedo creer, por último, que el matrimonio con mi hija es bas-tante ventajoso
para que pueda halagarle, así como también a su familia.
Ésta es, mi querida y digna amiga, la única
esperanza que me queda. Apresúrese a confirmármela si esto le es posible.
Juzgue usted cuánto desearé su respuesta y qué horrible golpe sería para mí su
silencio.30
Iba a cerrar mi carta, cuando una persona de mi
confianza ha veni-do a verme y me ha contado la terrible escena de que anteayer
ha sido madame de Merteuil protagonista. Como no he visto a nadie en estos
últimos días, no sabía nada de esta aventura; he aquí su relato como me lo ha
hecho un testigo ocular.
Madame de Merteuil llegó anteayer, jueves, del
campo y fue a la Comedia Italiana, donde tenía su palco; allí estaba sola, y,
lo que debió parecerle extraordinario, ningún hombre la visitó durante el
espectáculo. A la salida entró, según costumbre, en el saloncillo que estaba
lleno de gente; inmediatamente se levantó un rumor, del cual pareció no creerse
ella el objeto. Vio un lugar desocupado en uno de los divanes y fue a sentarse;
en seguida todas las mujeres que allí había se levantaron, como si estuvieran
previamente concertadas, y la dejaron completamente sola. Este marcado
movimiento de indignación general fue aplaudido por todos los hombres e hizo
que se redoblaran los murmullos, que se dice que llegaron hasta una silba.
Para que nada faltase a su humillación, quiso su
mala suerte que monsieur de Prevan, que no se había presentado en ninguna parte
des-pués de su aventura, entrase en aquel instante en el saloncillo. Apenas fue
visto, todos, hombres y mujeres, le rodearon y le aplaudieron; en-contróse, por
decirlo así, arrastrado hasta madame de Merteuil por el público que hacía
círculo alrededor de ellos. Se asegura que ella conservó el aspecto de no ver
ni oir nada, y ¡que no cambió de fisonomía! Pero yo
creo esto exagerado. Sea lo que fuere, esta
situación verdaderamente ignominiosa para ella, duró hasta el momento en que
anunciaron su coche, y a su salida se reanudaron los escandalosos silbidos. Es
vergon-zoso estar emparentada con semejante mujer. Monsieur de Prevan fue la
misma noche muy bien acogido por los oficiales de su regimiento que allí se
encontraban, y no se duda de que muy pronto será repuesto en su graduación y
empleo.
La misma persona que me ha dado este detalle, me ha
dicho que madame de Merteuil tenía la noche siguiente una alta fiebre, que se
creyó al principio que era el efecto de la situación violenta en que se había
encontrado; pero desde ayer por la noche se sabe que se le ha declarado la
viruela con muy mal carácter. En verdad, creo que sería morir una felicidad
para ella.
Se dice también que esta aventura le hará
probablemente mucho daño en el pleito que está próximo a verse y en el cual se
pretende que tiene necesidad de grandes influencias.
Adiós, mi querida y digna amiga. Veo en todo esto a
los malos cas-tigados, pero no encuentro consuelo alguno para las desgraciadas,
vícti-mas.
París, 18 de diciembre de 17...
CARTA CLXXLV
EL CABALLERO DANCENY A LA SEÑORA DE ROSEMONDE
Usted tiene razón, señora, y puede estar segura de
que no he de ne-garle nada que de mí dependa y que tenga para usted
importancia. El paquete que me honro de enviarle contiene todas las cartas de
mademoi-selle de Volanges. Si las lee, no podrá ver, sin asombro, que pueda
reu-nirse tanta iniquidad y tanta perfidia. Esta es, por lo menos, la impresión
que me ha hecho su última lectura.
Pero, sobre todo, ¿puede dejarse de sentir la más
viva indignación contra madame de Merteuil, cuando se recuerda con qué
abominable
30 Esta carta
ha quedado sin respuesta.
placer ha puesto todos los medios posibles para
abusar de tanto candor e inocencia?
No, yo no la amo. No conservo rastro de un
sentimiento traiciona-do tan indignamente; y no es el amor lo que me impulsa a
tratar de justi-ficar a mademoiselle de Volanges. Pero, sin embargo, aquel
corazón tan sencillo, aquel carácter tan dulce y tan dócil, ¿no hubieran podido
ser conducidos al bien, con mayor facilidad todavía que han sido arrastrados al
mal? ¿Qué joven recién salida del convento, sin experiencia y casi sin ideas, y
sin llevar a la sociedad, como casi siempre sucede, más que la misma ignorancia
para el bien que para el mal, qué joven, digo, hubiera podido resistir más a
tan execrables artificios? ¡Ah! para ser indulgente, es necesario reflexionar
qué serie de circunstancias independientes de no-sotros, nos ponen en la
pavorosa alternativa de la delicadeza y de la de-pravación de nuestros
sentimientos. Usted me hace, pues, justicia, señora, suponiendo que los
extravíos de mademoiselle de Volanges, que he deplorado muy vivamente, no me
inspiran, sin embargo, ninguna idea de venganza. ¡Bastante es tener que
renunciar a amarla! ¡Me costaría mucho aborrecerla!
No necesito reflexión alguna para desear que todo
cuanto a ella concierne y pueda perjudicarla, quede por siempre ignorado del
mundo entero. Si ha parecido que yo dilataba algo satisfacer los deseos de
usted sobre este punto, creo poder no ocultarle el motivo; he querido antes
estar seguro de que no sería molestado a consecuencia de mi desgraciado lance.
En un tiempo que solicitaba su indulgencia y me atrevía a creerme con ciertos
derechos a ella; hubiera temido aparecer con la intención de comprar a usted con
alguna condescendencia por mi parte; y, seguro de la pureza de mis razones, he
tenido, lo confieso, el orgullo de querer que usted no lo pusiera en duda.
Espero que perdonará esta delicadeza, acaso excesivamente susceptible, a la
veneración que me inspira, y a la mucha importancia que concedo a su
estimación.
Este mismo sentimiento, me hace pedirle como último
favor, que tenga a bien decirme si cree que he cumplido todos los deberes que
me han impuesto las desgraciadas circunstancias de que me he visto rodea-do.
Una voz tranquilo sobre este asunto, mi resolución está ya tomada: salgo para
Malta; voy a hacer allí gustoso y a observar religiosamente
votos, que me separarán de un mundo en el cual, tan
joven aún, he teni-do ya tanto de que lamentarme; iré allí, por último, a
buscar el modo de borrar, bajo un cielo extranjero, la idea de tantos horrores
acumulados, y cuyo recuerdo no podría más que entristecer y atormentar mi alma.
Soy con respeto, señora, su humilde, etc.
París, 26 de diciembre de 17...
CARTA CLXXV
LA SEÑORA DE VOLANGES A LA SEÑORA DE ROSEMONDE
La suerte de madame de Merteuil parece, por fin,
decidida, mi que-rida, y digna amiga; es tal que sus enemigos más grandes
sienten, al par que la indignación que merece, la compasión que inspira. Tenía
razón al decir que acaso fuese una fortuna para ella morir de la viruela. Se ha
salvado, es verdad, pero horriblemente desfigurada, y, sobre todo, ha perdido
un ojo. Como usted comprenderá, yo no he vuelto a verla; pero me han dicho que
está verdaderamente espantosa.
El marqués de... que no desperdicia ocasión de
lanzar un chiste, de-cía ayer, hablando de ella, que la enfermedad la había
transformado, y que ahora es cuando tenía el alma en la cara. Desgraciadamente,
todo el mundo encontró la expresión muy justa.
Un nuevo acontecimiento ha venido a agravar más
todavía sus ex-travíos y sus desgracias. Su pleito se ha sentenciado anteayer,
y todo lo ha perdido. Costas, perjuicios e intereses, restitución de los
frutos, todo ha sitio adjudicado a los menores; de suerte, que la escasa
fortuna que no tenía comprometida en este proceso, la ha perdido con creces en
las costas.
Tan pronto como conoció esta noticia, aunque
enferma aún, hizo sus disposiciones, y se fue sola por la noche en silla de
postas. Dicen hoy que ninguno de sus criados ha querido seguirla. Se cree que
ha tomado el camino de Holanda.
Esta partida ha escandalizado aún más que todo,
porque se ha lle-vado consigo sus diamantes, que ascienden a una suma muy
considera-
ble, y que debían entrar en la sucesión de su
marido; toda la plata, sus alhajas, en fin, todo lo que ha podido, y todavía ha
dejado tras de sí una deuda de cerca de 50.000 libras. Es una verdadera
bancarrota.
La familia debe reunirse mañana para tratar de
arreglarse con los acreedores. Aunque soy parienta muy lejana, he ofrecido
asistir a la reu-nión; pero no iré, porque tengo que concurrir a una ceremonia
mucho más triste. Ni hija toma mañana el hábito de postulanta. Espero que usted
creerá, mi querida amiga, que no he tenido más motivo para creerme obligada a
hacer este gran sacrificio que el silencio profundo que usted ha guardado
conmigo.
Monsieur Danceny ha salido de París hace cerca de
quince días.
Se dice que va a Malta, y que proyecta establecer
allí su residencia. ¿Habrá todavía tiempo para detenerle? ¡Amiga mía! ¿Mi hija
es tan cul-pable?... Usted perdonará, sin duda, que una madre no accede sin
gran dificultad a adquirir tan dolorosa certera.
¡Qué dolorosa fatalidad se cierne a mi alrededor
desde hace algún tiempo, y me hiere en los seres más queridos! ¡En mi hija y en
mi amiga!
¡Quién no se espanta al considerar los males que
puede acarrear una intimidad peligrosa! y ¡qué penas no nos evitaríamos
teniendo más reflexión! ¿Qué mujer no huiría ante la primera proposición de un
se-ductor? ¿Qué madre podría ver, sin temblar, que hablaba a su hija otra
persona que no fuese ella? Pero estas tardías reflexiones no llegan nunca, sino
después del acontecimiento; y una de las verdades más importantes y más
generalmente reconocidas, permanece ahogada, y no se practica en el torbellino
de nuestras frívolas costumbres.
Adiós, mi querida y digna amiga, en estos instantes
experimento que nuestra razón, insuficiente para prevenir nuestras desgracias,
lo es más aún para consolarnos en ellas.
París, 14 de enero de 17...


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