© Libro N° 8578. Chile, Octubre De 2019. La Rebelión De Un Pueblo. Casado, Luis. Emancipación.
Mayo 8 de 2021.
Título
original: © Chile, Octubre De 2019. La
Rebelión De Un Pueblo. Luis Casado
Versión Original: © Chile, Octubre De 2019. La Rebelión De
Un Pueblo. Luis Casado
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LA REBELIÓN DE UN PUEBLO
Luis Casado
Chile, Octubre De 2019
La Rebelión De Un Pueblo
Luis Casado
Piñera importa un cuesco:
es la cuestión del poder… ¡estúpido!
La cuestión del poder es ciertamente la cuestión
más importante de toda revolución. ¿Qué clase ejerce el poder?
Ese es el fondo del problema.
(V.I. Lenin)
Luis Casado
Ingeniero del Centre d‟Etudes Supérieures
Industrielles (CESI – París). Ha sido profesor invitado del Institut National
des Télécommunications de Francia y Consultor del Banco Mundial. Editor de
POLITIKA, ha publicado varios libros en Chile y en Europa, en los que aborda
temas económicos, lingüísticos y políti-cos.
Protestas: admirable reacción del pueblo de Chile.
Represión: infame respuesta de la clase política. Un clásico. Cuando los
poderosos tienen miedo, echan mano a las armas. A los sica-rios. A los
pistoleros a sueldo, con y sin uniforme. Étienne de la Boétie decía, allá por
el año 1547, que la soldadesca, la tro-pa, los esbirros que protegen a los
tiranos, provienen del mis-mo pueblo que asesinan. Lucidez en el siglo XVI.
Un cartel orgullosamente levantado por un joven
manifestante reza: “Nos quitaron todo… Hasta el miedo”. Ahí está el pro-blema.
Desde la noche de los tiempos, la tiranía prefiere ser temida a ser respetada.
Perdido el miedo, el poder tambalea. ¿En qué se apoya Sebastián Piñera? Ricardo
Lagos diría, tan caradura como siempre, “en las instituciones que funcionan”.
Hoy por hoy, las únicas que funcionan son las
instituciones represivas. Con entusiasmo en el caso de Carabineros,
renuentemente en el caso de los militares. Pero funcionan. ¿El Con-greso? Una
payasada. ¿Los ministros? Caricaturales. ¿El pre-sidente de la República? Tiene
miedo y no sabe lo que dice. ¿Los poderes intermedios? Nunca tuvieron ni arte
ni parte en la repartija.
Piñera elogiaba “el oasis chileno”, remanso de paz
en Améri-ca Latina, hace solo 10 días. Los dioses ciegan a quien quieren
perder. Piñera es ciego, sordo y mudo. A tal punto que, sor-prendido por las
masivas manifestaciones de protesta, -como un Pinochet cualquiera-, comienza
por declarar “la guerra”. Alguien le sopló la reflexión de Machiavelli, “Es más
seguro ser temido que ser amado”. Pero, como queda dicho, los ma-nifestantes
perdieron el miedo.
A estas alturas conviene precisar que este
mequetrefe no es tema. La cuestión de fondo es el sistema, lo que dieron en
lla-mar “el modelo”. Modelo que se declina en los ámbitos insti-tucional,
jurídico, económico, financiero, político, cultural, periodístico, educativo,
sanitario, represivo y de saqueo siste-mático de las riquezas de todos
(previsión, cobre, litio, mar, etc.).
Si las gigantescas manifestaciones no logran
abatir, definiti-vamente, el sistema, no habrán logrado nada. El paquete de
regalos ofrecido por el gobierno -precediendo en dos meses la Navidad- es una
listilla de compras para ir a la feria. Un platito de lentejas para aplacar la
fiera, antes de darle de latigazos de nuevo, con bríos renovados.
El gobierno se reúne con los presidentes de
partidos políticos cuyos únicos elementos comunes tienen que ver con sus
de-seos de salvaguardar la teta que los alimenta, y la ausencia de apoyo
popular de la que padecen. Tan asustados como Piñera, pero acostumbrados a los
usos del libre mercado en política, van a sugerir dos o tres analgésicos y algo
de apoyo (?) a cam-bio de alguna ventaja.
Entretanto… ¿en qué se apoya el gobierno? Si, -y
este es un gran si-, las FFAA recordaran un instante que declararle la guerra a
su propio pueblo no es ni fue nunca su función… en qué se apoya Sebastián, el
capitán Araya?
Piñera es tan limitado que no se da cuenta que, a
partir del momento en que todo el poder reposa en las armas… no hay ninguna
razón para que las armas no tomen el poder.
Lo que recuerda la reflexión de Vladimir Ilich
Lenin.
“La cuestión del poder es ciertamente la cuestión
más importante de toda revolución. ¿Qué clase ejerce el po-der? Ese es el fondo
del problema.”
¿Para que tomar el poder? Para acabar con el
modelo. Para restituirle el poder al pueblo que es su única fuente legítima.
Para refundar la República sobre bases realmente democráti-cas.
Algunas almas bienintencionadas buscan nombres para
susti-tuir a Piñera, olvidando que el poder aun no cae en manos del pueblo que
lo genera y lo legitima. El poder -o al menos sus símbolos- sigue estando
secuestrado por los genitores del gol-pe de Estado de 1973 y por los herederos
de la dictadura: la clase política parasitaria.
La cuestión del poder, de sus símbolos y de su
legitimidad, es vital.
Milenios antes de Machiavelli, el brahman Kautilya,
en su Arthashastra (siglo IV AnE), precisaba que el orden y el progreso
dependen del Danda o castigo: lo que trata del Danda es la ley de la punición o
ciencia del gobierno. El castigo, o punición, es administrado por el mandamás.
Por consiguiente, “quienquiera desea el progreso del mundo debe mantener en
alto el símbolo del poder (udya-tadanda). No puede haber mejor instrumento que
ese símbolo para mantener al pueblo bajo control”.
La única forma de escapar a ese triste destino es
derribar el poder ilegítimo. Se trata, desde luego, de una medida radical. Que
va a las raíces. Del mismo tipo de lo que prescribe un on-cólogo cuando
descubre un tumor: hay que sacarlo. Ponerle parches curita, o emplastos de
mostaza, no ayuda.
A mi modesto modo de ver, ese es el camino. Conozco
las ob-jeciones. Las mismas que nos tienen donde estamos desde ha-ce 46 años.
La alternativa es aceptar las dádivas que,
aconsejado por más astutos que él, Piñera ha ofrecido al tiempo que pide perdón
para seguir pecando. Dos o tres aves marías, y cuatro chau-chas. Cuatro
chauchas que por lo demás serán financiadas y pagadas por el mismo pueblo que
las recibe. Los poderosos aun no pagan impuestos, y no los pagarán.
En el siglo XVI -decididamente no hemos inventado
nada-Étienne de la Boétie, un joven de apenas 17 años, ya lo tenía claro cuando
escribió:
“Los tiranos eran generosos con un cuarto de trigo,
con una medida de vino, con los sestercios, y era terrible es-cuchar luego los
gritos de: “¡Viva el rey!” Esos imbéci-les no se daban cuenta de que con
aquella falsa genero-sidad no hacían más que recobrar una mínima parte de lo
suyo y que el tirano no se la hubiera podido dar si an-tes no se la hubiese
arrebatado.”
Elogio del impuesto
Luis Casado
Una característica de esta época, en el ámbito
económico, es el rechazo de los tributos, tasas y contribuciones que toman el
nombre genérico de impuestos. Parece que la “competitivi-dad” depende del grado
cero de la tributación de las activida-des empresariales.
La organización de la vida en sociedad, la
estructuración de formas organizadas de convivencia, el ordenamiento que se
traduce en la existencia del Estado y de un gobierno, exigió desde el comienzo
la disponibilidad de recursos económicos. Quienes vivían en un entorno del cual
obtenían algún tipo de ventaja (seguridad, protección, servicios…) debían pagar
un aporte para el mantenimiento de tales ventajas.
El señor feudal ofrecía protección gracias al
mantenimiento de una fuerza armada que protegía el feudo y las actividades que
en él tenían lugar. Así, por ejemplo, desde el siglo XII en ade-lante, gracias
a la protección de los duques de Champagne, se desarrollaron las Ferias de
Provins y otros pueblos medievales en las cuales se intercambiaban productos
provenientes de toda Europa e incluso de Asia y África.
Los condes de Champagne cobraban tributos que
hicieron su poder y su fortuna, y acuñaron una moneda, el denario de Pro-vins,
cuya credibilidad fue tan grande que era aceptada en un entorno geográfico aun
más grande que la actual Unión Euro-pea.
Algo más tarde, en el siglo XVIII, Adam Smith
postuló que los impuestos podían ser asimilados a la contribución que paga cada
habitante de un condominio a cambio de las ventajas que le procura el vivir en
un entorno protegido. Smith fue más le-jos, al señalar que la contribución
debía ser proporcional a las ventajas que retira cada habitante del sitio en el
que vive. En otras palabras, el que obtiene más, paga más, y el que se
bene-ficia menos, paga menos.
El autor de La Riqueza de las Naciones explicó
sucinta y cla-ramente para qué sirven los impuestos: “Para financiar el
go-bierno civil”. Y agregó algo que no debe ser perdido de vista:
“Los ricos, en particular, están necesariamente
interesa-dos en sostener el único orden de cosas que puede asegu-rarles la
posesión de sus ventajas” (…) “El gobierno ci-vil, en cuanto tiene por objetivo
la seguridad de la pro-piedad, es instituido en realidad para defender a los
ri-cos contra los pobres, o bien, aquellos que tienen alguna propiedad contra
aquellos que no tienen ninguna” (Adam Smith. La Riqueza de las Naciones).
Habría que ser ingenuo para concluir en que, por
consiguiente, los ricos pagan religiosamente sus impuestos. La verdad es que,
muy tempranamente, quienes obtenían la mejor parte del entorno en que vivían se
dieron cuenta que podían sustraerse al impuesto si aumentaban aquellos que
pagaban los pobres. Los pobres tienen poco dinero, es cierto, pero hay tantos
pobres…
De ahí que bajo la monarquía, en Francia, tanto la
nobleza co-mo el clero estuviesen exentos de toda contribución. Al diez-mo que
cobraba la Iglesia se sumaban gabelas, tallas y otros impuestos y cargas que
beneficiaban directamente ya al señor feudal, ya al rey. No satisfechos, la
nobleza y el clero exigían de campesinos y villanos trabajos gratuitos para el
manteni-miento de las iglesias, municipios, palacios, vías, puentes, ríos
navegables, pontones, muelles y otras obras de arte.
Si algo contribuyó poderosamente al cabreo del
Tercer y del Cuarto Estado (burguesía industrial y comerciante por un lado,
miserables por el otro), fue precisamente que eran los únicos que pagaban
impuestos. La Revolución Francesa encuentra ahí una de sus más poderosos
estímulos.
Ahora, en Chile, recién llegado al Ministerio de
Hacienda, un ectoplasma llamado Ignacio Briones se apresura en proponer dos
medidas tributarias que ponen al desnudo la verdadera cara del actual gabinete
de Piñera.
El Diario Financiero lo pone en primera página:
“El entrante titular de Hacienda apuesta por
alcanzar un acuerdo en la materia y se abre a una baja de los im-puestos a las
empresas: „Espero haya agua en la pisci-na‟”.
Es probable que en vez de agua en la piscina
encuentre más gente en las calles. Manifestando contra el descaro de quien
pretende que favoreciendo a los privilegiados pudiese respon-der a las
exigencias de justicia social del pueblo de Chile.
Ignacio Briones, aun menos clarividente que Felipe
Larraín, lo que ya es decir, va aun más lejos. Según el Diario Financiero:
“Además evalúa mecanismos permanentes de incentivo
a la inversión, como la depreciación instantánea”.
La „depreciación‟, también llamada „amortización‟,
es un pro-cedimiento contable que permite no falsear la realidad patri-monial
de una empresa, tomando en cuenta cargas (gastos) que no traen consigo un flujo
de caja. Al invertir en inmovilizacio-nes (maquinaria, instalaciones, etc.) la
regla contable impone que el monto invertido sea „depreciado‟ gradualmente en
un periodo de 3 a 5 años (excepcionalmente puede ser más largo o más breve).
De ese modo la empresa „recupera‟ su inversión
habida cuenta que la „depreciación‟ reduce los beneficios, reduciendo la base
de cálculo de los impuestos.
Al proponer la „depreciación instantánea‟ Ignacio
Briones bus-ca reducir aun más los impuestos que pagan las grandes em-presas.
¿Quiénes financiarán la mal llamada agenda social
de Piñera? Los asalariados.
Quien vive de un salario, o aun del llamado
„boleteo‟, no pue-de reducir impuestos con el mecanismo de la „depreciación
instantánea‟. Tampoco descuenta IVA, como hacen las gran-des empresas,
aprovechando su actividad social para desgravar hasta el IVA de las fiestas de
cumpleaños de sus gerentes.
Alfonso Sweet, un patrón, el empresaurio presidente
de la CPC, inquieto del cariz que toman las protestas, declaró, súbi-tamente
compasivo:
"Sabemos que tenemos que meternos las manos al
bolsi-llo y que duela"
¿Qué quiere? ¿Qué le lleven un analgésico?
Por su parte, un grupito de jóvenes empresaurios,
-velocirapto-res en la cuna-, promete pagar salarios decentes. Es su
contri-bución para volver a la normalidad del business as usual, y que nada
cambie. La definición de „salario decente‟ aun no ha sido entregada.
En realidad lo que tienen que hacer unos y otros
-me refiero a los patrones- es pagar impuestos, comenzar a pagar su cuota del
condominio llamado Chile. Esa que han evitado hasta aho-ra con la anuencia de
la Concertación, de la Nueva Mayoría y de la derecha con cualquiera de sus
denominaciones de fanta-sía.
Habida cuenta que son los que más beneficios
obtienen, son los que más deben pagar. En los EEUU, en el periodo más fas-to de
la economía yanqui, los millonarios pagaban una tasa marginal cercana al 90%.
La tasa marginal es la que se aplica a partir de un
cierto monto, cuando el impuesto es progresivo: hasta un monto razonable, la
tasa es reducida. De ahí hacia arriba la tasa marginal crece.
Los presupuestos generales del Estado, hasta el día
de hoy, son financiados sustancialmente por los impuestos que paga el
po-brerío, comenzando por el IVA, visto que a los miserables na-die les
pregunta “¿boleta o factura?”
El impuesto, como lo puso Adam Smith, fundador de
la teoría económica del capitalismo, debe financiar el gobierno civil, la
Educación, la Salud y otros servicios públicos.
Que el riquerío no pague tributos, sometiendo a más
del 90% de la población al pago de impuestos, además de estafarla con las AFP y
haciéndola pagar escuelas, colegios y universidades, amén de los servicios
médicos y los medicamentos, es el más seguro camino hacia una revolución.
Los empresaurios idiotas no son. Ignorantes
tampoco. Prevenidos quedan.
El centro, error antropológico
Luis Casado
“Ante una agresión, el hombre tiene tres
posibilidades: no hacer nada, huir, o combatir” (Henri Laborit)
Suele suceder que uno utilice palabras sin tener la
más pere-grina idea de lo que se oculta detrás, lo que se traduce en
ma-lentendidos que pueden traer desastres de proporciones.
Mi obsesión con la semántica, la etimología, los
significantes y los significados proviene de ese temor: descubrir que fui
víc-tima de un error como el de Fernanda, personaje de Cien años de soledad,
que confundía el culo con las témporas.
Culo, en su acepción anatómica, designa el conjunto
de las dos nalgas, también llamado trasero. Las témporas, en la Iglesia
Católica, son breves ciclos litúrgicos, correspondientes al inicio y término de
las cuatro estaciones del año, consagrados a la plegaria y a la penitencia. Uno
se pregunta cómo es posi-ble confundir el uno con las otras, pero sucede.
La prudencia y la precisión mandan el uso de
palabras cuyo significado sea comprensible. Ya estamos: encontré la dificul-tad
cuando quise escribir algo sobre el centro. La noción presta a confusión.
Si miras un buen diccionario, centro es un lugar de
convergen-cia de acciones particulares coordinadas (centro de mando). En el
ámbito del urbanismo, el centro designa un barrio en el que se concentra algún
tipo de actividad (comercial, financiera, médica). En el círculo, el centro es
el punto del que equidistan todos los de la circunferencia. En la esfera, el
punto interior del que equidistan todos los de la superficie. En los polígonos
y poliedros, el punto en que todas las diagonales que pasan por él quedan
divididas en dos partes iguales. En física, el centro es el punto de un cuerpo
en el que, si aplicas una cierta fuerza vertical, anulas las fuerzas de
gravedad que actúan sobre él (centro de gravedad o baricentro). En Camerún,
Centro es una de las diez regiones del país, cuya capital es Yaundé.
Parece sencillo, y no lo es. Si te refieres al
centro político, el diccionario lo define como „tendencia o agrupación política
cuya ideología es intermedia entre la derecha y la izquierda‟.
Es de notar que el centro tiene ideología, lo que
genera confu-sión visto que quien se define como centrista suele afirmar que
las rechaza todas, sustituidas -las más de las veces- por la pa-nacea del
„pragmatismo‟. Ese tipo de pragmatismo que lleva a utilizar „centro‟ como
prefijo para formar palabras derivadas como centroderecha o centroizquierda.
Tú, que de esto sabes un puñado, intenta definir centroizquierda -o
centroderecha- a partir de la definición de „centro‟… Difícil.
De ahí que postular que el centro político es un
error antropo-lógico exija algunas explicaciones.
Es posible que el nombre de Henri Laborit no te
diga nada. Si te dedicas a la viticultura, o en estricto rigor al cultivo de
mo-luscos poliplacóforos, no pasa nada (aunque en el caso de los moluscos no
estoy tan seguro). Pero si te interesa la política… lo tienes crudo.
Henri Laborit, biólogo, médico militar, psicólogo,
filósofo y etólogo francés, dedicó buena parte de su trabajo científico a
estudiar el comportamiento animal y humano, y describió los mecanismos
psico-biológicos de la dominación y la sumisión.
Las investigaciones de Laborit le llevaron a
acordarle una im-portancia creciente a la memoria y al aprendizaje
(provenien-tes del contacto del individuo con su medio, particularmente el
medio humano) en comportamientos que otros veían como „innatos‟. En la
Introducción a su libro La paloma asesinada, Laborit escribe:
“La agresividad es un ejemplo. No habíamos
distinguido la agresividad depredadora de la agresividad defensiva, ni de la
agresividad competitiva. Esta última es prácti-camente la única que persiste en
el hombre. Resulta del aprendizaje de la “gratificación” experimentada en el
contacto con un ser o un objeto „gratificante‟, o dicho de otro modo, del
aprendizaje de nuestro „placer‟ (Freud).
Si la misma experiencia de los mismos objetos o
seres fue hecha por otro que también quiere conservarlas a su dis-posición,
resulta la noción de propiedad y la aparición de la competencia por conservar
el uso y el disfrute del objeto gratificante. El proceso está en la génesis de
la agresividad competitiva y de la búsqueda de la domina-ción.”
Servidor ve surgir -ante sus ojos maravillados- el
conflicto.
Pero lo bueno viene ahora:
“El perdedor de la pelea, el sometido, pondrá en
acción un cierto número de vías y áreas cerebrales que condu-cen a la
inhibición de la acción. Pero si la inhibición persiste, el desorden biológico
que acarrea, dominará toda la patología: bloqueo del sistema inmunitario que
abrirá la puerta a las infecciones y a las evoluciones tu-morales,
destrucciones proteicas que generan insomnio, pérdida de peso, retención de
agua y de sales, ergo hipertensión arterial y accidentes cardiovasculares,
com-portamientos anormales, neurosis, depresión, etc.”
Leído lo cual te vas a la farmacia más cercana a
comprar las benzodiacepinas y otros psicotrópicos, ansiolíticos, sedantes,
hipnóticos, anticonvulsivos, amnésicos y miorrelajantes que te mantienen más
muerto que vivo en la sumisión cotidiana gene-rada por el paraíso de la libre
competencia.
Porque…“Las relaciones que se establecen entre los
in-dividuos no son aleatorias, sino que resultan de la activi-dad de su sistema
nervioso. Ahora bien, todas las accio-nes de un organismo por intermedio de su
sistema ner-vioso tienen solo un objetivo, el de mantener la estructu-ra de
dicho organismo, su equilibrio biológico, realizar su placer. La única razón de
ser de un ser es ser.”
En el siglo XVII, Spinoza lo había expresado a
través de su noción filosófica de conatus, el „esfuerzo‟ de existir, la
perse-verancia del ser en seguir siendo. Pero no estamos solos. Otros cuerpos
también se esfuerzan en seguir siendo y tienden, quié-ranlo o no, a reducir
nuestra potencia de existir. He aquí, nue-vamente, el conflicto.
Dicho de otro modo, el conflicto, -así como la
agresividad y la violencia que lo acompañan como su sombra-, sin ser innato, es
consustancial al ser humano.
Los filósofos del Siglo de las Luces (Locke,
Voltaire, Rous-seau, Montesquieu…) entendieron que para vivir en sociedad era
necesario definir una regla que impidiese devorarse unos a otros. La regla
común, aceptada por todos porque adoptada por todos, en virtud de un principio
ya presente en el derecho ro-mano: quod omnes tangit ab omnibus approbari
debet: lo que afecta a todos debe ser aprobado por todos.
La regla común proviene de la soberanía del pueblo.
Cuando Andrés Zaldívar niega esa soberanía, para secuestrarla en ma-nos de un
puñado de oligarcas, comete un acto de una violen-cia inaudita. Genera
conflicto, o más bien lo revela. Con des-caro y, accesoriamente, con Escalona.
He ahí mi tema: la negación del conflicto como
sustrato del „centrismo‟ en política.
Hace algunos años escribí una nota titulada Elogio
del disenso, como un grito de alarma contra la peligrosa ilusión de la
au-sencia del conflicto. Porque la negación del conflicto reposa en la adopción
de los intereses de los poderosos como símbolo de los intereses de todos.
“Error antropológico” dice Frédéric Lordon. “Horror antropológico” agrego yo.
Lordon, en una nota publicada en el año 2005,
escribe:
“…hay que tener un stock de serios argumentos antes
de lanzar a la cabeza de un movimiento político la califica-ción de “error
antropológico”. No obstante (…) la uto-pía centrista de reconciliación y de paz
política perpetua procede de un contrasentido de tal profundidad (…) que merece
ser calificado de „antropológico‟.
El centrismo niega una cuestión esencial: el
conflicto, la agre-sividad, la violencia.
“La violencia es el hecho social fundamental, la
condi-ción primordial de la coexistencia de los hombres, aque-llo contra lo que
la vida colectiva debe luchar permanen-temente para mantenerse. Ahora bien, la
violencia está en todas partes. (Lordon).”
Hoy en día, en el lenguaje insípido -rectificado,
pulido y lubrificado por las agencias de marketing político- no hay izquierda
sino centroizquierda, ni derecha sino centroderecha. La indife-renciación de
los programas y de la práctica política de unos y otros facilita el „consenso‟
y el cogobierno, y se reúne en un elemento geométrico común: el „centro‟. Ahora
bien, ¿cómo tomar en serio proyectos políticos que niegan el conflicto, ese
elemento esencial, vital, consustancial al ser humano?
Lordon prosigue:
“…se puede decir de la violencia que es densa en la
so-ciedad. Violencia y dominación entre patrones y emplea-dos, violencia y
dominación entre representantes y repre-sentados, violencia y dominación entre
jefes y subordina-dos, entre clientes y proveedores, profesores y alumnos,
propietarios e inquilinos, curas y fieles, y, fuera de toda desnivelación
jerárquica o social, entre competidores, incluso entre colaboradores, y hasta
en la pareja enamo-rada o entre dos amigos.
Por eso es el peligro social por excelencia, el
fermento de la descomposición explosiva de los grupos, su amena-za permanente.
Como su esencialidad hace imposible la solución que sueña con extirparla
definitivamente, solo quedan disponibles las diversas vías de su acomodo, es
decir las formas que la hagan soportable.”
Lo que evita el canibalismo recíproco son las
reglas. Esas que, en democracia, se aplican -o más bien, debieran aplicarse- a
todos del mismo modo. Pero, dice Lordon, la democracia “no erradica la
conflictualidad política fundamental…”
“La democracia se transforma en ilusión cuando
algunos interpretan la tranquilidad como la posibilidad de olvi-dar la
confrontación. El centrismo hizo de ese contrasentido el núcleo de su credo
político. Tomar la pacificación democrática por la superación de la guerra, es
cometer el más trágico de los errores (o la más infame de las ma-nipulaciones,
agrego yo) porque se puede estar seguro que la conflictualidad negada aquí,
resurgirá en otro si-tio…”
La conclusión de Lordon vale para la sociedad
chilena : Esta verdadera llaga política, que consiste en el olvido de la
violen-cia a acomodar y la confusión entre conflictualidad regulada y
conflictualidad superada, mina la sociedad chilena desde hace casi 30 años.
El „consenso‟, lo que Andrés Zaldívar llama „la
cocina‟, la po-lítica de los „acuerdos‟ que ensalzan los grandes patrones,
nie-ga el conflicto, niega que los intereses de quienes se benefician del orden
social, económico y jurídico impuesto en dictadura, divergen dolorosamente de
los intereses de quienes sufren las consecuencias de un modelo ilegítimo,
injusto y depredador del país y de su población.
La resurgencia de la agresividad y de ciertas
formas de violen-cia -en particular la violencia del Estado- no es sino la
mani-festación más clara de la supervivencia de los innumerables conflictos que
atraviesan la sociedad chilena.
Laborit, afirmando que la agresividad y la
violencia no son „innatas‟ en el hombre, escribe:
“…la policía o los ejércitos nunca prohibieron los
actos de violencia, del mismo modo que las instituciones inter-nacionales
tampoco prohibieron las guerras, habida cuenta que sencillamente impusieron las
leyes que expre-san la dominación de los más fuertes sin intentar com-prender
los mecanismos en cuestión; ellas hacen respetar por medio de la violencia, una
violencia institucionaliza-da...”
En el siglo XVII, Jean de La Fontaine lo había
inscrito en le-tras de oro en su célebre Fábula del Lobo y el Cordero: “La
raison du plus fort est toujours la meilleure”: La razón del más fuerte es
siempre la mejor…
De modo que, expulsados por la puerta, los
conflictos regresan por la ventana.
Afirmar que los intereses de las Isapres coinciden
con los in-tereses de sus víctimas es una infamia. Pretender que el des-tino de
millones y millones de jubilados y futuros pensionados está ligado al lucro
indecente de las AFP es una ignominia. Hacer de la CPC, o la Sofofa, el
representante por excelencia de los „empresarios‟ es una falacia, visto que
cientos de miles de pequeños y medianos empresarios -social y sociológica-mente
más cercanos a un asalariado cualquiera que a Luksic, Piñera, Angelini, Paulmann,
Solari o Matte- no forman parte de la „elite‟ que frecuenta Casapiedra, ni se
reúnen periódica-mente con el jefe de Estado ni el ministro de Hacienda. Del
mismo modo, los intereses de la decena de familias poseedoras de las riquezas
del mar, en virtud de una expoliadora Ley de Pesca, están en conflicto abierto
con los intereses de los pes-cadores artesanales. Los vendedores de una dizque
“enseñanza superior”, en realidad mercaderes de diplomas devaluados, viven de
la estafa de la población estudiantil y sus familias. Los intereses de quienes
saquean las riquezas básicas (cobre, litio, agua, bosques…) están en conflicto
mortal con los intere-ses de toda la nación. La lista de los conflictos que
atraviesan la sociedad chilena es interminable.
Hace falta una fuerte dosis de cinismo para
pretender que la „política de los acuerdos‟ resuelve la masa de contradicciones
larvadas que solo espera el momento propicio para transfor-marse en conflicto
abierto, en agresividad y en violencia.
¿Cómo, en esas condiciones, pretender a un
fantasmagórico „consenso‟? ¿Consenso en torno a qué? Una vez más, en torno a
los intereses de los poderosos. Los intereses de la casta do-minante que
confisca la riqueza generada con el esfuerzo de todos, presentados como el
interés común, el interés general.
Frédéric Lordon lo expresa así:
“Todos esos tipos, felices de encontrarse,
subrepticia-mente, de acuerdo sobre las grandes orientaciones de la política
pública, en particular de la política económica - libre mercado,
financiarización, ortodoxia presupuesta-ria y monetaria- y sin tener nada que
mostrar sino dife-rencias secundarias, con tanta más ostentación que estas son
tendencialmente evanescentes, obran de hecho, pero sin saberlo, al
desmantelamiento de un régimen histórico de regulación de la violencia
política. Sin sustituirlo con nada puesto que están persuadidos de hacer
acceder el país -¡por fin!- a un régimen de unanimidad coordinada por la razón
experta, una suerte de „más allá del conflic-to‟.”
Queda por saber dónde, cuando y bajo qué formas
resurgirán la agresividad y la violencia que por lo demás nunca cesaron. La
simple aparición de un embrión de alternativa a los „cen-tros‟ (centroderecha y
centroizquierda), aun cuando emoliente, ambigua, desordenada, sin programa ni
rumbo claro, y cuya estrategia se limita a competir en el marco de una
instituciona-lidad tramposa (otra forma de violencia…), titila ya los
instin-tos agresivos de políticos parasitarios, prensa, „expertos‟,
pe-riodistas, famosillos y grandes empresarios.
La experiencia histórica muestra que el recurso a
la „modera-ción‟ (del lenguaje, del programa, de los modos de acción…) por
parte de la alternativa a la dominación de los poderosos, no basta para
desarmar la „agresividad defensiva‟ (como la llama Laborit) de un grupo
consciente de su dominación y del con-trol que ejerce sobre los elementos
„gratificantes‟ que monopo-liza en su propio beneficio.
Para ello el grupo dominante dispone de la prensa,
la TV y los medios de comunicación de masa. Es interesante la visión que de
ellos nos ofrece Laborit, a partir de un análisis del conflicto que comienza en
el nivel molecular, asciende hacia el ámbito de la célula, del órgano y del
organismo, para proyectarse en el grupo, la sociedad, los Estados y los grupos
de Estados que, desde el neolítico hasta ahora, constituyen estructuras de
do-minación:
“La utilización de los „mass media‟ que, según
parece, “informan”, le permite a la información fluir siempre en un solo
sentido, del poder hacia las masas. (…) el dinero permite realizar, de manera
sutil e inaparente, la auto-matización robótica de las motivaciones, crear
deseos, manipular afectivamente la opinión pública sin que la fi-nalidad del
sistema aparezca nunca a la luz del sol.”
El „centrismo‟, la voluntad de seguir negando el
conflicto, se infiltra en todas partes. Para decirlo en palabras de Lordon :
“Lo peor en este asunto está ligado al hecho que el
cen-trismo puede contar con la ayuda de fuerzas colectivas muy poderosas que
trabajan el cuerpo social en profun-didad y son el co-producto, invertido, de
la violencia fundamental: las fuerzas del deseo de paz. Porque los in-dividuos
tienen confusamente consciencia de la omnipre-sente violencia, la “gran
reconciliación” es la más tenaz de las ficciones consoladoras.”
Laborit, desde su punto de vista de etólogo,
hablaría de „inhi-bición de la acción‟, lo que está lejos de significar el fin
del conflicto, y ofrece, apenas, la posibilidad de no desaparecer aun cuando
suele terminar en patologías letales. Lordon, pro-sigue:
“El amor, la amistad, la familia son imaginados
como remansos de paz, lugares donde será posible reposarse de las agotadoras
agresiones de la violencia circundante. Un sociólogo durkheimiano agregaría la
eucaristía do-minical, ese momento en el que se dice explícitamente que los
fieles comulgan, es decir -con perdón de la tauto-logía-, fusionan, por un
breve momento en una comuni-dad que suspende los conflictos sociales y libera
de las fatigas de la lucha.”
La “Alegría que viene” vuelve a sonar en los oídos,
dando pa-so, ipso facto, a los ecuménicos discursos sobre la “reconcilia-ción”:
el conflicto desapareció, somos todos chilenos, venid y vamos todos con flores
a María…
Concluyamos con Frédéric Lordon:
Como “reconciliación de la derecha y de la
izquierda, y superación de las facciones (…) el centrismo es la vida política
concebida como un modelo de eucaristía a gran escala, menos la
transubstanciación, desde luego. A los partidarios del centrismo que se
confiesan cristianos ha-bría que recordarles que siempre llega el momento en
que la misa termina y hay que salir de la iglesia. Para regresar al mundo
social tal como es, o sea atravesado de conflictos."
En matemáticas se sabe que hay funciones en las que
se pro-duce una discontinuidad por paso al límite cuando la prolon-gación de
una tendencia a su punto culminante tiene por efecto el de interrumpir
brutalmente la curva. En el campo de la polí-tica no se habla de
„discontinuidad‟ sino de revolución.
Una vez más, nos vemos obligados a definir la
palabra que utilizamos.
Hay revoluciones políticas que se comportaron en el
estricto sentido etimológico del término: del latín revolutio, vuelta, regreso.
Como en mecánica, dieron una vuelta en torno a un eje para regresar al punto de
partida en el que una cierta oli-garquía ejerce la dominación sobre los
sumisos. En suma, no hubo cambio de dirección, ni social, ni político.
La „revolución‟ política que permitió el fin de la
dictadura y el alejamiento progresivo de Pinochet del poder, es un bello
ejemplo. En ese caso “No” quiso decir “Sí”.
Para decirlo en palabras de Henri Laborit, “La
única dife-rencia consiste en que el poder dogmático, que no tenía para imponer
su discurso sino la coerción y el crimen de Estado en gran escala”, fue
sustituido por otro en el que “el dinero permite realizar, de manera sutil e
inaparente, la automatización robótica de las motivaciones, crear de-seos,
manipular afectivamente a la opinión pública, sin que la finalidad del sistema
aparezca nunca a la luz del día.”
Cantando loas a la reconciliación: somos todos
hermanos, se acabó el conflicto.
Si, por el contrario, “Una revolución es un cambio
social fundamental en la estructura de poder o la organización que toma lugar
en un periodo relativamente corto o largo dependiendo la estructura de la
misma”, ese cambio fun-damental no pasa necesariamente por una guerra civil.
Salvador Allende intentó probarlo.
La violencia, en este ámbito, es siempre la
respuesta del domi-nante sobre el sumiso, que hasta ese momento, en la noción
de Laborit, se había contentado con vivir en la „inhibición de la acción‟, cuya
única recompensa es no ser exterminado por el dominante.
El programa del centrismo, en política, es ese: no
hacer nada que provoque la violencia del poder dominante. Ser „razona-ble‟,
„moderado‟, pidiendo lo que el dominante pudiese ceder sin cuestionar su poder.
El centrismo lo hace negando el con-flicto. O sea un elemento consustancial al
ser humano. De ahí que, según Lordon, el centrismo sea un error antropológico.
Para mí, un horror antropológico. Para convencerse,
basta con mirar las consecuencias.


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