© Libro N° 8577. Chile, El Golpe, Y Los Gringos. García Marquez, Gabriel. Emancipación. Mayo 8 de
2021.
Título
original: © Chile, El Golpe, Y Los
Gringos. Gabriel García Marquez
Versión Original: © Chile, El Golpe, Y Los Gringos.
Gabriel García Marquez
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CHILE, EL GOLPE, Y LOS GRINGOS
Gabriel García Marquez
Chile, El Golpe, Y Los
Gringos
Gabriel García Marquez
Chile, El Golpe, Y Los Gringos *
Gabriel García Marquez
A fines de 1969, tres generales del Pentágono
cenaron con cuatro militares chilenos en una casa de los suburbios de
Washington. El anfitrión era el entonces coronel Gerardo López Angulo, agregado
aéreo de la misión militar de Chile en los Estados Unidos, y los invi-tados
chilenos eran sus colegas de las otras armas. La cena era en honor del Director
de la escuela de Aviación de Chile, general Toro Mazote, quien había llegado el
día anterior para una visita de estudio. Los siete militares comieron ensalada
de frutas y asado de ternera con guisantes, bebieron los vinos de corazón tibio
de la remota patria del sur donde había pájaros luminosos en las playas
mientras Wa-shington naufragaba en la nieve, y hablaron en inglés de lo único
que parecía interesar a los chilenos en aquellos tiempo: las elecciones
presidenciales del próximo septiembre.
A los postres, uno de los generales del Pentágono
preguntó qué haría el ejército de Chile si el candidato de la izquierda
Salvador Allende ganaba las elecciones. El general Toro Mazote contestó:
"Nos tomaremos el palacio de la Moneda en
media hora, aunque tengamos que incendiarlo"
Uno de los invitados era el general Ernesto Baeza,
actual director de la Seguridad Nacional de Chile, que fue quien dirigió el
asalto al palacio presidencial en el golpe reciente, y quien dio la orden de
in-cendiarlo. Dos de sus subalternos de aquellos días se hicieron céle bres en
la misma jornada: el general Augusto Pinochet, presidente de la Junta Militar,
y el general Javier Palacios, que participó en la re-friega final contra
Salvador Allende. También se encontraba en la mesa el general de brigada aérea
Sergio Figueroa Gutiérrez, actual ministro de obras públicas, y amigo íntimo de
otro miembro de la Junta Militar el general del aire Gustavo Leigh, que dio la
orden de bombardear con cohetes el palacio presidencial. El último invitado era
el actual almirante Arturo Troncoso, ahora gobernador naval de Valparaíso, que
hizo la purga sangrienta de la oficialidad progresista de la marina de guerra,
e inició el alzamiento militar en la madrugada del once de septiembre.
-
* Aunque
escrito hace tiempo, el presente texto no pierde validez ya que explica con
sencillez y claridad, sobre todo a las jóvenes generaciones, la caída del
Go-bierno Allende, sus motivaciones, y señalando a los ejecutores directos e
indirec-tos del golpe de estado. (Nota del maquetador)
Aquella cena histórica fue el primer contacto del
Pentágono con ofi-ciales de las cuatro armas chilenas. En otras reuniones
sucesivas, tanto en Washington como en Santiago, se llegó al acuerdo final de
que los militares chilenos más adictos al alma y a los intereses de los Estados
Unidos se tomarían el poder en caso de que la Unidad Popu-lar ganara las
elecciones. Lo planearon en frío, como una simple operación de guerra, y sin
tomar en cuenta las condiciones reales de Chile.
El plan estaba elaborado desde antes, y no sólo
como consecuencia de las presiones de la International Telegraph &
Telephone (I.T.T), sino por razones mucho más profundas de política mundial. Su
nom-bre era "Contingency Plan". El organismo que la puso en marcha
fue la Defense Intelligence Agency del Pentágono, pero la encargada de su
ejecución fue la Naval Intelligency Agency, que centralizó y pro-cesó los datos
de las otras agencias, inclusive la CIA, bajo la direc-ción política superior del
Consejo Nacional de Seguridad. Era normal que el proyecto se encomendara a la
marina, y no al ejército, porque el golpe de Chile debía coincidir con la
Operación Unitas, que son las maniobras conjuntas de unidades norteamericanas y
chilenas en el Pacífico. Estas maniobras se llevaban a cabo en septiembre, el
mis-mo mes de las elecciones y resultaba natural que hubiera en la tierra y en
el cielo chilenos toda clase de aparatos de guerra y de hombres adiestrados en
las artes y las ciencias de la muerte.
Por esa época, Henry Kissinger dijo en privado a un
grupo de chile-nos: "No me interesa ni sé nada del Sur del Mundo, desde
los Piri-neos hacia abajo”.
El Contingency Plan estaba entonces terminado hasta
su último deta-lle, y es imposible pensar que Kissinger no estuviera al
corriente de eso, y que no lo estuviera el propio presidente Nixon.
Chile es un país angosto, con 4.270 kilómetros de
largo y 190 de ancho, y con 10 millones de habitantes efusivos, dos de los
cuales viven en Santiago, la capital. La grandeza del país no se funda en la
cantidad de sus virtudes, sino el tamaño de sus excepciones. Lo único que
produce con absoluta seriedad es mineral de cobre, pero es el mejor del mundo,
y su volumen de producción es apenas inferior al de Estados Unidos y la Unión
Soviética. También produce vinos tan buenos como los europeos, pero exportan poco
porque casi todos se los beben los chilenos. Su ingreso per cápita, 600
dólares, es de los más elevados de América Latina, pero casi la mitad del
producto nacional bruto se lo reparten solamente 300.000 personas. En 1932,
Chile fue la primera república socialista del continente, y se intentó la
nacionalización del cobre y el carbón con el apoyo entusiasta de los
trabajadores, pero la experiencia sólo duró 13 días. Tiene un promedio de un
temblor de tierra cada dos días y un terremoto devas-tador cada tres años. Los
geólogos menos apocalípticos consideran que Chile no es un país de tierra firme
sino una cornisa de los Andes en una océano de brumas, y que todo el territorio
nacional, con sus praderas de salitre y sus mujeres tiernas, está condenado a
desapare-cer en un cataclismo.
Los chilenos, en cierto modo, se parecen mucho al
país. Son la gente más simpática del continente, les gusta estar vivos y saben
estarlo lo mejor posible, y hasta un poco más, pero tienen una peligrosa
ten-dencia al escepticismo y a la especulación intelectual. "Ningún
chile-no cree que mañana es martes", me dijo alguna vez otro chileno, y
tampoco él lo creía. Sin embargo, aún con esa incredulidad de fondo, o tal vez
gracias a ella, los chilenos han conseguido un grado de civi-lización natural,
una madurez política y un nivel de cultura que son sus mejores excepciones. De
tres premios Nobel de literatura que ha obtenido América Latina, dos fueron
chilenos. Uno de ellos, Pablo Neruda, era el poeta más grande de este siglo.
Todo esto debía saberlo Kissinger cuando contestó
que no sabía nada del sur del mundo, porque el gobierno de los Estados Unidos
conocía entonces hasta los pensamientos más recónditos de los chilenos. Los
había averiguado en 1965, sin permiso de Chile, en una inconcebible operación
de espionaje social y político: el Plan Camelot. Fue una investigación
subrepticia mediante cuestionarios muy precisos, sometidos a todos los niveles
sociales, a todas las profesiones y ofi-cios, hasta en los últimos rincones del
país, para establecer de un modo científico el grado de desarrollo político y
las tendencias so-ciales de los chilenos. En el cuestionario que se destinó a
los cuarte-les, figuraba la pregunta que cinco años después volvieron a oír los
militares chilenos en la cena de Washington: "¿Cuál será la actitud en
caso de que el comunismo llegue al poder? - La pregunta era cap-ciosa. Después
de la operación Camelot, los Estados Unidos sabían a cierta que Salvador
Allende sería elegido presidente de la república.
Chile no fue escogido por casualidad para este
escrutinio. La an-tigüedad y la fuerza de su movimiento popular, la tenacidad y
la in-teligencia de sus dirigentes, y las propias condiciones económicas y
sociales del país permitían vislumbrar su destino. El análisis de la operación
Camelot lo confirmó: Chile iba a ser la segunda república socialista del
continente después de Cuba. De modo que el propósito de los Estados Unidos no
era simplemente impedir el gobierno de Salvador Allende para preservar las inversiones
norteamericanas. El propósito grande era repetir la experiencia más atroz y
fructífera que ha hecho jamás el imperialismo en América Latina: Brasil.
El 4 de septiembre de 1970, como estaba previsto,
el médico socialis-ta y masón Salvador Allende fue elegido presidente de la
república. Sin embargo, el Contingency Plan no se puso en práctica. La
expli-cación más corrientes es también la más divertida: alguien se equivo-có
en el Pentágono, y solicitó 200 visas para un supuesto orfeón na-val que en
realidad estaba compuesto por especialistas en derrocar gobiernos, y entre
ellos varios almirantes que ni siquiera sabían can-tar. El gobierno chileno
descubrió la maniobra y negó las visas. Este percance, se supone, determinó el
aplazamiento de la aventura. Pero la verdad es que el proyecto había sido
evaluado a fondo: otras agen-cias norteamericanas, en especial la CIA y el
propio embajador de los Estados Unidos en Chile, Edward Korry, consideraron que
el Contingency Plan era sólo una operación militar que no tomaba en cuenta las
condiciones actuales de Chile.
En efecto, el triunfo de la Unidad Popular no
ocasionó el pánico so-cial que esperaba el Pentágono. Al contrario, la
independencia del nuevo gobierno en política internacional, y su decisión en
materia económica, crearon de inmediato un ambiente de fiesta social. En el
curso del primer año se habían nacionalizado 47 empresas indus-triales, y más
de la mitad del sistema de créditos. La reforma agraria expropió e incorporó a
la propiedad social 2.400.000 hectáreas de tierras activas. El proceso
inflacionario se moderó: se consiguió el pleno empleo y los salarios tuvieron
un aumento efectivo de un 40 por ciento.
El gobierno anterior, presidido por el demócrata
cristiano Eduardo Frei, había iniciado un proceso de chilenización del cobre.
Lo único que hizo fue comprar el 51 por ciento de las minas, y sólo por la
mi-na de El Teniente pagó una suma superior al precio total de la empre-sa. La
Unidad Popular recuperó para la nación con un solo acto legal todos los
yacimientos de cobre explotados por las filiales de com-pañías norteamericanas,
la Anaconda y la Kennecott. Sin indemniza-ción: el gobierno calculaba que las dos
compañías habían hecho en 15 años una ganancia excesiva de 80.000 millones de
dólares.
La pequeña burguesía y los estratos sociales
intermedios, dos gran-des fuerzas que hubieran podido respaldar un golpe
militar en aquél momento, empezaban a disfrutar de ventajas imprevistas, y no a
ex-pensas del proletariado, como había ocurrido siempre, sino a expen-sas de la
oligarquía financiera y el capital extranjero. Las fuerzas armadas, como grupo
social, tienen la misma edad, el mismo origen y las mismas ambiciones de la
clase media y no tenían motivo, ni siquiera una coartada, para respaldar a un grupo
exiguo de oficiales golpistas. Consciente de esa realidad, la Democracia
Cristiana no solo no patrocinó entonces la conspiración de cuartel, sino que se
opuso resueltamente porque la sabía impopular dentro de su propia clientela. Su
objetivo era otro: perjudicar por cualquier medio la bue-na salud del gobierno
para ganarse las dos terceras partes del Con-greso en las elecciones de marzo
de 1973. Con esa proporción podía decidir la destitución constitucional del
presidente de la república.
La Democracia Cristiana era una grande formación
inter-clasista, con una base popular auténtica en el proletariado de la
industria moderna, en la pequeña y media industria moderna, en la pequeña y
media propiedad campesina, y en la burguesía y la clase media de las ciu-dades.
La Unidad Popular expresaba al proletariado obrero menos favorecido, al
proletariado agrícola, a la baja clase media de las ciu-dades.
La Democracia Cristiana, aliada con el Partido
Nacional de extrema derecha, controlaba el Congreso. La Unidad Popular
controlaba el poder ejecutivo. La polarización de esas dos fuerzas iba a ser,
de hecho, la polarización del país. Curiosamente, el católico Eduardo Frei, que
no cree en el marxismo, fue quien aprovechó mejor la lucha de clases, quien la
estimuló y exacerbó; con el propósito de sacar de quicio al gobierno y
precipitar al país por la pendiente de la desmora-lización y el desastre
económico.
El bloqueo económico de los Estados Unidos por la
expropiaciones sin indemnización y el sabotaje interno de la burguesía hicieron
el resto. En Chile se produce todo, desde automóviles hasta pasta dentífrica,
pero la industria tiene una identidad falsa: en las 160 em-presas más
importantes, el 60 por ciento era capital extranjero, y el 80 por ciento de sus
elementos básicos importados. Además, el país necesitaba 300 millones de
dólares anuales para importar artículos de consumo, y otros 450 millones para
pagar los servicios de la deuda externa. Los créditos de los países socialistas
no remediaban la carencia fundamental de repuestos, pues toda industria
chilena, la agricultura y el transporte, estaban sustentados por equipo
norteamer-icano. La Unión Soviética tuvo que comprar trigo de Australia para mandarlo
a Chile, porque ella misma no tenía y a través del Banco de la Europa del
Norte, de París, le hizo varios empréstitos sustanciosos en dólares efectivos.
Cuba, en un gesto que fue más ejemplar que decisivo, mandó un barco cargado de
azúcar regalada. Pero las ur-gencias de Chile eran descomunales. Las alegres
señoras de la bur-guesía, con el pretexto de racionamiento y de las
pretensiones exce-sivas de los pobres, salieron a la plaza pública haciendo
sonar sus cacerolas vacías. No era casual, sino al contrario, muy
significativo, que aquel espectáculo callejero de zorros plateados y sombreros
de flores ocurriera la misma tarde que Fidel Castro terminaba una visita de
treinta días que había sido un terremoto de agitación social.
La última cueca feliz de Salvador Allende
El Presidente Salvador Allende comprendió entonces,
y lo dijo, que el pueblo tenía el gobierno pero no tenía el poder. La frase más
alar-mante, porque Allende llevaba dentro una almendra legalista que era el
germen de su propia destrucción: un hombre que peleó hasta la muerte en defensa
de la legalidad, hubiera sido capaz de salir por la puerta mayor de la Moneda,
con la frente en alto, si lo hubiera desti-tuido el congreso dentro del marco
de la constitución.
La periodista y política Rossana Rossanda, que
visitó a Allende por aquella época, lo encontró envejecido, tenso y lleno de
premonicio-nes lúgubres, en el diván de cretona amarilla donde había de reposar
el cadáver acribillado y con la cara destrozada por un culatazo de fusil. Hasta
los sectores más comprensivos de la Democracia Cristia-na estaban entonces
contra él. "¿Inclusive Tomic?" -le preguntó Ros-sana.
-"Todos", contestó, Allende.
En vísperas de las elecciones de marzo de 1973, en
las cuales se ju-gaba su destino, se hubiera conformado con que la Unidad
Popular obtuviera el 36 por ciento. Sin embargo, a pesar de la inflación
desbocada, del racionamiento feroz, del concierto de olla de las cacerolinas
alborotadas, obtuvo el 44 por ciento. Era una victoria tan espectacular y
decisiva, que cuando Allende se quedó en el despacho, sin más testigos que su
amigo y confidente, Augusto Olivares, hizo cerrar la puerta y bailó solo una
cueca.
Para la Democracia Cristiana, aquella era la prueba
de que el proceso democrático promovido por la Unidad Popular no podía ser
contra-riado con recursos legales, pero careció de visión para medir las
con-secuencias de su aventura: es un caso imperdonable de irresponsabi-lidad
histórica. Para los Estados Unidos era una advertencia mucho más importante que
los intereses de las empresas expropiadas; era un precedente inadmisible en el
progreso pacífico de los pueblos del mundo, pero en especial para los de Francia
e Italia, cuyas condicio-nes actuales hacen posible la tentativa de
experiencias semejantes a las de Chile: Todas las fuerzas de la reacción
interna y externa se concentraron en un bloque compacto.
En cambio los Partidos de la Unidad Popular cuyas
grietas internas eran mucho más profundas de lo que se admite, no lograron
ponerse de acuerdo con el análisis de la votación de marzo. El gobierno se
encontró sin recursos, reclamado desde un extremo por los partidari-os de
aprovechar la evidente radicalización de las masas para dar un salto decisivo
en el cambio social, y los más moderados que temían al espectro de la guerra
civil y confiaban en llegar a un acuerdo re-gresivo con la Democracia Cristiana.
Ahora se ve con mucha clari-dad que esos contactos, por parte de la oposición
no eran más que un recurso de distracción para ganar tiempo.
La CIA y el paro patronal
La huelga de camioneros fue el detonante final. Por
su geografía fra-gorosa, la economía chilena está a merced de su transporte
rodado. Paralizarlo es paralizar el país. Para la oposición era muy fácil
hacer-lo, porque el gremio del transporte era de los más afectados por la
escasez de repuestos, y se encontraba además amenazado por la dis-posición del
gobierno de nacionalizar el transporte con equipos so-viéticos. El paro se
sostuvo hasta el final, sin un solo instante de de-saliento, porque estaba financiado
desde el exterior con dinero efec-tivo. La CIA inundó de dólares el país para
apoyar el Paro Patronal, y esa divisa bajó en la bolsa negra, escribió Pablo
Neruda a un amigo en Europa. Una semana antes del golpe se había acabado el
aceite, la leche y el pan.
En los últimos días de la Unidad Popular, con la
economía desqui-ciada y el país al borde de la guerra civil, las maniobras del
gobierno y de la oposición se centraron en la esperanza de modificar, cada
quien a su favor, el equilibrio de fuerzas dentro del ejército. La juga-da
final fue perfecta: cuarenta y ocho horas antes del golpe, la oposi-ción había
logrado descalificar a los mandos superiores que respal-daban a Salvador
Allende, y habían ascendido en su lugar, uno por uno, en una serie de enroques
y gambitos magistrales a todos los ofi-ciales que habían asistido a la cena de
Washington.
Sin embargo, en aquel momento el ajedrez político
había escapado a la voluntad de sus protagonistas. Arrastrados por una
dialéctica irre-versible, ellos mismos terminaron convertidos en ficha de un
ajedrez mayor, mucho más complejo y políticamente mucho más importante que una
confabulación consciente entre el imperialismo y la reacción contra el gobierno
del pueblo. Era una terrible confrontación de clases que la habían provocado,
una encarnizada rebatiña de intereses contrapuestos cuya culminación final tenía
que ser un cataclismo social sin precedentes en la historia de América.
EL EJÉRCITO MÁS SANGUINARIO DEL MUNDO
Un golpe militar, dentro de las condiciones
chilenas, no podía ser incruento. Allende lo sabía. No se juega con fuego, le
había dicho a la periodista italiana Rossana Rossanda. Si alguien cree que en
Chile un golpe militar será como en otros países de América, como un simple
cambio de guardia en la Moneda, se equivoca de plano. Aquí, si el ejército se
sale de la legalidad. habrá un baño de sangre. Será Indonesia. Esa certidumbre
tenía un fundamento histórico.
Las fuerzas armadas de Chile, el contrario de lo
que se nos ha hecho creer, han intervenido en la política cada vez que se han
visto amena-zados sus intereses de clase y lo han hecho con un tremenda
ferocidad represiva. Las dos constituciones que ha tenido el país en un sig-lo
fueron impuestas por las armas y el reciente golpe militar era la
sexta tentativa de los últimos cincuenta años.
El ímpetu sangriento del ejército chileno le viene
de su nacimiento, en la terrible escuela de la guerra cuerpo a cuerpo contra
los arauca-nos, que duró 300 años. Uno de los precursores se vanagloriaba, en
1620, de haber matado con su propia mano, en una sola acción, a más de 2.000
personas. Joaquín Edwards Bello cuenta en sus cróni-cas que durante una
epidemia de tifo exantemático, el ejército sacaba a los enfermos de sus casas y
los mataba con un baño de veneno para acabar con la peste. Durante una guerra
civil de siete meses en 1891, hubo 10.000 muertos en una sola batalla. Los
peruanos aseguran que durante la ocupación de Lima, en la guerra del Pacífico,
los militares chilenos saquearon la biblioteca de don Ricardo Palma, pero que
no usaban los libros para leerlos, sino para limpiarse el trasero.
Con mayor brutalidad han sido reprimidos los
movimientos popu-lares. Después del terremoto de Valparaíso, en 1906, las
fuerzas na-vales liquidaron la organización de los trabajadores portuarios con
una masacre de 8.000 obreros. En Iquique, a principios del siglo, una
manifestación de huelguistas se refugió en la teatro municipal, huyendo de la
tropa y fue ametrallada: hubo 2.000 muertos. El 2 de abril de 1957 el ejército
reprimió una asonada civil en el centro de Santiago causando un número de
víctimas que nunca se pudo estable-cer, porque el gobierno escamoteó los
cuerpos en entierros clandesti-nos. Durante una huelga en la mina de El
Salvador, bajo el gobierno de Eduardo Frei, una patrulla militar dispersó a
bala una mani-festación y mató a seis personas, entre ellas varios niños y una
mujer encinta. El comandante de la plaza era un oscuro general de 52 años,
padre de cinco niños, profesor de geografía y autor de varios libros sobre
asuntos militares: Augusto Pinochet.
El mito del legalismo y la mansedumbre de aquel
ejército carnicero había sido inventado en interés propio de la burguesía
chilena. La Unidad Popular lo mantuvo con la esperanza de cambiar a su favor la
composición de clase de los cuadros superiores. Pero Salvador Al-lende se
sentía más seguro entre los carabineros, un cuerpo armado de origen popular y
campesino que estaba bajo el mando directo del presidente de la república. En
efecto, sólo los oficiales más antiguos de los Carabineros secundaron el golpe.
Los oficiales jóvenes se atrincheraron en la escuela de Sub-oficiales de
Santiago y resistieron durante cuatro día, hasta que fueron aniquilados desde
el aire con bombas de guerra.
Esa fue la batalla más conocida de la contienda
secreta que se libró en el interior de los cuarteles la víspera del golpe. Los
golpistas asesinaron a los oficiales que se negaron a secundarlos y a los que
no cumplieron las órdenes de represión. Hubo sublevaciones de regi-mientos
enteros, tanto en Santiago como en la provincia que fueron reprimidas sin
clemencia y sus promotores fueron fusilados para es-carmiento de la tropa. El
comandante de los coraceros de Viña del Mar, coronel Cantuarias, fue ametrallado
por sus subalternos. El go-bierno actual ha hecho creer que muchos de esos
soldados leales fueron víctimas de la resistencia popular. Pasará tiempo antes
de que se conozcan las proporciones reales de esa carnicería interna, porque
los cadáveres eran sacados de los cuarteles en camiones de basura y sepultados
en secreto. En definitiva, sólo medio centenar de oficiales de confianza, al
frente de tropas depuradas de antemano, se hicieron cargo de la represión.
Numerosos agentes extranjeros tomaron parte en el
drama. El bom-bardeo del palacio de la Moneda, cuya precisión técnica asombró a
los expertos, fue hecho por un grupo de acróbatas aéreos norteameri-canos que
habían entrado con la pantalla de la operación Unitas, para ofrecer un
espectáculos de circo volador el próximo 18 de septiem-bre, día de la
independencia nacional. Numerosos policías secretos de los gobiernos vecinos,
infiltrados por la frontera de Bolivia, per-manecieron escondidos hasta el día
del golpe y desataron una perse-cución encarnizada contra unos 7.000 refugiados
políticos de otros países de América Latina.
Brasil, patria de los gorilas mayores, se había
encargado de ese servi-cio. Había promovido , dos años antes, el golpe
reaccionario en Bo-livia que quitó a Chile un respaldo sustancial y facilitó la
infiltración de toda clase de recursos para la subversión. Algunos de los
empréstitos que han hecho los Estados Unidos al Brasil han sido transferidos en
secreto a Bolivia para financiar la subversión en Chile. En 1972, el general
William Westmoreland hizo un viaje se-creto a La Paz, cuya finalidad no se ha revelado.
No parece casual, sin embargo, que poco después de aquella visita sigilosa, se
iniciaran movimientos de tropa y material de guerra en la frontera con Chile y
esto dio a los militares chilenos una oportunidad más de afianzar su posición
interna y de hacer desplazamientos de personal y promocio-nes jerárquicas
favorables al golpe inminente.
Por fin, el 11 de septiembre, mientras se
adelantaba la operación Uni-tas, se llevó a cabo el plan original de la cena de
Washington, con tres años de retraso, pero tal como se había concebido: no como
un golpe de cuartel convencional, sino como una devastadora operación de
guerra.
Tenía que ser así, porque no se trataba de tumbar a
un gobierno, sino de implantar la tenebrosa simiente del Brasil, con sus
terribles má-quinas de terror, de tortura y de muerte, hasta que no quedara en
Chi-le ningún rastro de las condiciones políticas y sociales que hicieron
posible la Unidad Popular. Cuatro meses después del golpe, el bal-ance era
atroz: casi 20.000 personas asesinadas; 30.000 prisioneros políticos sometidos
a torturas salvajes, 25.000 estudiantes expulsados y más 200.000 obreros licenciados.
La etapa más dura, sin embargo; aún no había terminado.
La verdadera muerte de un presidente
A la hora de la batalla final, con el país a merced
de las fuerzas des-encadenadas de la subversión, Salvador Allende continuó
aferrado a la legalidad. La contradicción más dramática de su vida fue ser al
mismo tiempo, enemigo congénito de la violencia y revolucionario apasionado y
él creía haberla resuelto con la hipótesis de que las condiciones de Chile
permitían una evolución pacífica hacia el so-cialismo dentro de la legalidad
burguesa. La experiencia le enseñó demasiado tarde que no se puede cambiar un
sistema desde el go-bierno sino desde el poder.
Esa comprobación tardía debió ser la fuerza que lo
impulsó a resistir hasta la muerte en los escombros en llamas de una casa que
ni siquie-ra era la suya, una mansión sombría que un arquitecto italiano
cons-truyó para fábrica de dinero y terminó convertida en el refugio de un
presidente sin poder. Resistió durante seis horas, con una metralleta que le
había regalado Fidel Castro y que fue la primera arma de fue-go que Salvador
Allende disparó jamás. El periodista Augusto Oliva-res, que resistió a su lado
hasta el final, fue herido varias veces y murió desangrándose en la Asistencia
Pública.
Hacia las cuatro de la tarde, el general de
división Javier Palacios logró llegar al segundo piso, con su ayudante, el
capitán Gallardo y un grupo de oficiales. Allí, entre las falsas poltronas Luis
XV y los floreros de dragones chinos y los cuadros de Rugendas del salón ro-jo,
Salvador Allende los estaba esperando, estaba en mangas de cam-isa, sin
corbata, y con la ropa sucia de sangre. Tenía la metralleta en la mano.
Allende conocía bien al general Palacios. Pocos
días antes, le había dicho a Augusto Olivares que aquel era un hombre peligroso
que mantenía contactos estrechos con la Embajada de los Estados Uni-dos. Tan
pronto como lo vio aparecer en la escalera, Allende le gritó:
"Traidor" y lo hirió en una mano.
Allende murió en un intercambio de disparos con
esta patrulla. Luego, todos los oficiales, en un rito de casta, dispararon
sobre el cuerpo. Por último, un suboficial le destrozó la cara con la culata
del fusil. La foto existe: la hizo el fotógrafo Juan Enrique Lira, del
periódico El Mercurio, el único a quien se permitió retratar el cadáver. Estaba
tan desfigurado, que a la señora Hortensia Allende, su esposa, le mostraron el
cuerpo en el ataúd, pero no permitieron que le descubriera la cara.
Había cumplido 64 años en el julio anterior y era
un Leo perfecto: tenaz, decidido e imprevisible. Lo que piensa Allende sólo lo
sabe Allende, me había dicho uno de sus ministros. Amaba la vida, amaba las
flores y los perros y era de una galantería un poco a la antigua, con esquelas
perfumadas y encuentros furtivos. Su virtud mayor fue la consecuencia, pero el
destino le deparó la rara y trágica grandeza de morir defendiendo a bala el
mamarracho anacrónico del derecho burgués, defendiendo una Corte Suprema de
Justicia que lo había repudiado y había de legitimar a sus asesinos,
defendiendo un Con-greso miserable que lo había declarado ilegítimo pero que
había de sucumbir complacido ante la voluntad de los usurpadores, defen-diendo
la libertad de los partidos de oposición que habían vendido su alma al
fascismo, defendiendo toda la parafernalia apolillada de un sistema de mierda
que él se había propuesto aniquilar sin disparar un tiro. El drama ocurrió en
Chile, para mal de los chilenos, pero ha de pasar a la historia como algo que
nos sucedió sin remedio a todos los hombres de este tiempo y que se quedó en
nuestras vidas para siempre. ■
Notas
* Este libelo fue publicado por la editorial de la
Revista Alternativa, con la que Gabriel García Márquez estuvo involucrado desde
su fundación y en la cual colaboró asiduamente. El libro recoge la larga
crónica de García Márquez sobre el golpe de Estado contra Salvador Allende en
Chile en 1973, así como algunos documentos especiales sobre el estado de la
izquierda y la persecución política en América Latina. Tomado de:
https://bibliotecanacional.gov.co/es-co/colecciones/biblioteca-digital/gaboteca/publicacion?Titulo=chile-el-golpe-y-los-gringos
http://www.encambio.ari.net.ar/
encambio@ari.net..ar


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