© Libro N° 8576. Chile: De La Dificultad De Nacer. La Previsible Evolución Del Jaguar
Latinoamericano. Casado, Luis. Emancipación. Mayo 8 de 2021.
Título
original: © Chile: De La Dificultad
De Nacer La Previsible Evolución Del Jaguar Latinoamericano. Luis Casado
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Previsible Evolución Del Jaguar Latinoamericano. Luis Casado
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CHILE: DE LA DIFICULTAD DE NACER
La Previsible Evolución Del Jaguar Latinoamericano
Luis Casado
Chile: De La Dificultad De
Nacer
La Previsible Evolución Del
Jaguar Latinoamericano
Luis Casado
Antes del dilema de Hamlet, Ser o no ser, nos
enfren-tamos a la simple posibilidad de nacer. Si a primera vista no lo parece,
el hecho constituye sin embargo
un dato económico de fondo, muy lejos de las
peripecias de las tasas de interés, del precio del cobre, del yo-yo del dólar o
las siempre optimistas declaraciones del ministro de Hacien-da.
Curiosamente, los economistas, que dedican lo mejor
de su tiempo a practicar el oficio de Yolanda Sultana haciendo pre-visiones sin
sentido, omiten referirse a la natalidad como si se tratase de una constante
secundaria. Los numerosos estudios que justifican un pseudo premio Nobel de
economía, cuando no se ocupan de la teoría de los juegos, suelen centrarse en
la casuística, como si la acumulación de ejemplos específicos pudiese izarse,
inducción mediante, a la envergadura de una ley general.
Emmanuel Todd, conocido demógrafo, historiador y
sociólo-go francés, se hizo famoso en el ámbito planetario cuando apenas
cumplía 25 años de edad, en el año 1976, al predecir la eventual desaparición
de la Unión Soviética apoyado en algunos indicadores demográficos. Su obra La
caída final: Ensayo sobre la descomposición de la esfera soviética, expo-ne,
entre otros, datos relativos a las tasas de natalidad y de mortalidad infantil,
o aún a los saldos migratorios.
Para Todd, los datos antropológicos y demográficos
determi-nan tendencias de fondo que se manifiestan en el largo plazo,
relativamente inmunes a las políticas monetarias, presupues-tarias y/o
tributarias, herramientas privilegiadas de quienes mangonean en la economía. Lo
que no significa que no las influencien, como queda en evidencia en la Alemania
actual.
Alemania constata una caída significativa de su
tasa de natalidad. Su bajo nivel de desempleo no es el producto de una economía
cuyas tasas de crecimiento disminuyen desde hace décadas, ni reposan sólo en un
buen sistema educativo, sino que son simplemente – como afirma Emmanuel Todd –
la consecuencia de una relativa ausencia de jóvenes. “Osemos decirlo – escribe
– quién no existe no puede estar desemplea-do.”
Un ejemplo europeo
La contradicción fundamental entre los intereses
económicos de Francia y Alemania, las dos primeras potencias económi-cas de
Europa, reside mayormente en la divergencia de sus tasas de natalidad y sus
índices de fecundidad. La menor tasa de desempleo en Alemania (6% contra 10% en
Francia) se explica – entre otros – por el recurso, en Alemania, a la
eli-minación de 1 millón y medio de parados de las estadísticas y a un mayor
número de nacimientos en Francia.
En pocos años la población francesa habrá superado
a la po-blación alemana, con todas las consecuencias que eso traerá consigo. La
divergencia de intereses económicos no hará sino profundizarse, y con ella las
tensiones en el seno de la Unión Europea.
Si a lo que precede le agregamos el fenómeno del
envejeci-miento de la población alemana, las divergencias no hacen sino
aumentar.
Las trayectorias divergentes de Alemania y Francia
tendrán consecuencias mayores y diferenciadas en la inversión social (lo que
nuestros economistas llaman el “gasto social”), el mercado del trabajo, la
capacidad productiva y la sostenibili-dad de la deuda pública, o sea de la
capacidad de inversión pública que también puede expresarse como la capacidad
de recaudación tributaria.
Por consiguiente, no existe una política pública
que satisfaga las exigencias de dos economías y dos poblaciones
sustan-cialmente diferentes, contrariamente a lo preconizado hasta ahora por la
Comisión Europea y el Banco Central Europeo.
Si tal contradicción salta a la vista en este caso,
debiese a su vez ser evidente en las políticas propiciadas por el FMI, que le
sugiere a todos los países exactamente los mismos reme-dios independientemente
de la innegable diversidad de sus realidades culturales, demográficas,
antropológicas y econó-micas.
A la luz de lo que precede, conviene darle una
mirada a la evolución de la economía chilena, así como a algunos índices
generalmente despreciados u ocultados, cuando no derecha-mente manipulados.
Chile: la precuela
A lo largo del último siglo América Latina ha
conocido cam-bios fundamentales en el ámbito demográfico. Tales cambios
provocaron análisis, declaraciones, decisiones y políticas cu-ya incoherencia
se explica sólo por la coherencia de sus pro-motores.
Detrás de objetivos declarados que persiguen un día
el au-mento de la población, y al otro el control de la natalidad, suelen
esconderse los mismos intereses económicos y políti-cos orientados a concentrar
la riqueza producida en las manos de un puñado de privilegiados.
En el verano europeo del año 1981 redacté en Madrid
una Memoria que debía completar las secuencias pedagógicas que me permitieron
obtener un diploma de ingeniero de Estado en Francia.
Allí le consagré algunas páginas a la evolución
demográfica de Latinoamérica y a los profundos cambios constatados en el curso
de las décadas precedentes:
“Primero, un crecimiento demográfico muy rápido:
los 100 millones de latinoamericanos de 1930 son 370 millones en el año 1980 y
serán 600 millones a fines del siglo.
Las cifras hablan por sí mismas: a principios de
siglo la tasa de natalidad promedio en América Latina giraba en torno a 45/1000
por año, y el de la mortalidad entre 30 y 35 por mil.
En 1970 la tasa de mortalidad había bajado a 9 por
mil, y la tasa de natalidad permanecía en alrededor de 38/1000.
Este tan rápido proceso de crecimiento demográfico
trajo consigo un notable rejuvenecimiento de la población: en 1970 la población
de más de 65 años de edad era inferior al 5% de la población total, y aquella
comprendida entre 0 y 14 años alcanzaba el 42%.
En 1975 esas cifras eran respectivamente 3% para la
pobla-ción de más de 65 años, y 45% para la población entre 0 y 14 años de
edad.”
El vigoroso aumento de la población de nuestros
países gene-ró algunas teorías tan descabelladas que hoy harían reír si no
fuese porque sus consecuencias en las políticas impulsadas por los EEUU, y
aplicadas por gobiernos dóciles, fueron dramáticas.
El presidente Lyndon Johnson, que sucedió a John
Fitzgerald Kennedy a su asesinato en Dallas (1963), declaró:
“Cinco dólares invertidos contra el crecimiento de
la pobla-ción son más eficaces que cien dólares invertidos en el cre-cimiento
económico”.
Era la época bendita del célebre programa “Alianza
para el Progreso” (1961-1970) lanzado por John Kennedy para ha-cerle frente a
los efectos subversivos generados en América Latina por la Revolución Cubana
que llevó a Fidel Castro al poder en el año 1959.
Ese programa estimulaba las políticas públicas de
control de la natalidad y de planificación familiar que en Chile se
im-plementaron en la presidencia de… Eduardo Frei Montalva.
El empleo de la píldora anticonceptiva y de los
dispositivos intrauterinos se masificaron en esos años, gracias a quienes hoy
en día se oponen a legislar sobre el aborto.
Sin embargo, la población de los países
latinoamericanos – y de Chile en particular – era particularmente baja:
Densidad en habitantes por km2
• Chile: 14
• Alemania:
247
• Países
Bajos: 337
• Bélgica: 324
• Reino
Unido: 229
Es muy probable que la democracia cristiana chilena
estuvie-se influenciada por el economista Robert McNamara, a la sazón
presidente del Banco Mundial – y que había sido presi-dente de FORD y
Secretario de Defensa de los EEUU durante la guerra de Vietnam – quién estimaba
que la explosión de-mográfica era el principal obstáculo para el progreso de
Amé-rica Latina al tiempo que anunciaba que el Banco Mundial le daría
prioridad, en sus créditos, a los países que aplicasen planes de control de la
natalidad.
Así, algunos tecnócratas ya nacidos elucubraban
teorías sobre las ventajas de no nacer, y pensaban que los problemas de América
Latina podían resolverse eliminando a los latinoa-mericanos.
La natalidad en Chile
A priori cualquiera pudiese pensar que el buen
éxito de la marcha de un país se mide en una vigorosa tasa de natalidad. Las
cosas van bien, ergo, la confianza en un avenir radiante debiese producir
familias numerosas y estables, la población debiese crecer con tanto más
dinamismo cuanto que no hay razones de inquietarse con relación a detallitos
como la vi-vienda, la salud, la educación, la previsión, el trabajo y los
salarios, para mencionar sólo algunos.
Una nota, del Dr. Enrique Donoso Siña, Editor Jefe
de la Re-vista Chilena de Obstetricia y Ginecología, publicada en el año 2007,
muestra un panorama algo diferente.
“La natalidad, dice el Dr. Donoso Siña, ha
presentando una sostenida reducción, especialmente entre los años 1990 y 2004”.
La reducción de la natalidad se agudizó pues al
término de la dictadura, y mantuvo su significativa caída durante los años de
la pretendida “transición”, bajo la presidencia de Aylwin y Frei y hasta bien
entrada la presidencia de Ricardo Lagos. Nada hace pensar que la curva se ha
invertido.
Si en 1990 se registraron 292.510 nacidos vivos, en
el año 2004 esa cifra bajó a sólo 230.606, una caída de un 21,2%. En plena
“transición”, cuando la alegría ya estaba entre noso-tros.
La citada nota comete una muy discutible
explicación para dar cuenta de la reducción de la tasa de natalidad.
Así como Ricardo Lagos explica el generalizado
descontento de chilenos y chilenas en razón de lo bien que va el país, Do-noso
Siña se empeña en atribuir la caída de la natalidad al “mayor desarrollo
económico, social, educacional y sanita-rio”. Que todo vaya bien es disuasivo a
la hora de tener hijos. Gary Becker debe estar dándose vueltas en su tumba.
Aceptar tal interpretación nos llevaría a admitir
que las socie-dades prósperas están fatalmente condenadas a su desapari-ción.
De ahí a terminar aplaudiendo la notoria incompetencia de no pocos políticos
empeñados en el enriquecimiento de unos pocos al precio de la miseria de los
más, con el loable propósito de prolongar la existencia de la sociedad, no hay
sino un paso.
Donoso Siña no ofrece ningún dato concreto relativo
a las explicaciones que avanza. Dejemos pues – transitoriamente – ese tema de
lado para adentrarnos en la evolución de la tasa de natalidad en Chile.
- 8 -
Lo cierto es que en el año 2004 la tasa global de
fecundidad era de 1,9 hijos por mujer. No escapa a la sagacidad del lector que
– como para bailar el tango – para procrear un hijo hacen falta dos personas, y
gracias a las modernas técnicas de pro-creación in vitro incluso tres. Si cada
pareja procrea menos de dos hijos, conviene prever una paulatina reducción de
la po-blación.
El citado documento lo expone del modo siguiente:
“Lo preocupante es que esta cifra es inferior a la
tasa de re-cambio poblacional que es de 2,1 hijos por mujer, concepto que
significa que los hijos nacidos por cada mujer no alcan-zarían para renovar la
población al momento del fallecimien-to de sus progenitores”.
Si suelo afirmar que los economistas pierden su
tiempo adivi-nando el futuro y haciendo previsiones, el CELADE me ofre-ce
generosamente una prueba: la nota del Dr. Donoso Siña señala que el CELADE
había previsto que Chile alcanzaría esa mediocre tasa de fecundidad sólo en el
año 2020, o sea 16 años más tarde, una nimiedad…
El autor se apoya en definiciones por lo menos
discutibles cuando pretende que “Chile se encuentra en la etapa de tran-sición
demográfica avanzada, definida por una baja tasa de natalidad (año 2004:
14,9/1000 habitantes) y de mortalidad (año 2004: 5,4/1000 habitantes), que se
traduce en un creci-miento natural también bajo (año 2004: 1%).”
Como ya se dijo, nuestro indetenible progreso nos
lleva irre-mediablemente a nuestra no menos irremediable pérdida. No mañana,
desde luego, esto lleva tiempo: sólo es cosa de pa-ciencia. Pero… ¿hay otra
interpretación de las cifras comentadas? Hay. Una vez más, paciencia. Ya viene.
No puedo dejar de citar otro pasaje de la nota
publicada por la revista de Obstetricia y Ginecología, que toca un fenómeno
descrito más arriba en el caso alemán: el envejecimiento de la población. Helo
aquí:
“Una de las características de la transición
demográfica de un país es que los grupos etarios que forman su población no
crecen simétricamente. Es así que hay un aumento progresivo de los grupos
etarios mayores de 65 años (año 2004: 8% de la población total), como
consecuencia de la alta natalidad del pasado y de la baja mortalidad actual,
con una progresi-va reducción de la población de 15 a 64 años, definida como la
potencialmente activa de un país. Esto trae como conse-cuencia un mayor
descenso de la natalidad, el envejecimiento poblacional, como también problemas
sociales, económicos y de salud pública, derivados de ese fenómeno.”
¿Ves hacia donde vamos? ¿Puedes comenzar a
contrastar las políticas públicas en vigor con las necesidades que este
estu-dio pone de relieve?
Contrariamente a lo que uno pudiese creer cuando
algún “ex-perto” viene a la TV y despacha, en 35 segundos cronometra-dos, la
explicación del hundimiento (o la explosión) de los valores bursátiles, o la
caída del consumo de petróleo a pesar de la brutal reducción de su precio, las
cosas no son tan senci-llas.
El Dr. Donoso Siña hace bien mencionando un hecho
que por otra parte pudiese atentar contra sus propias explicaciones a propósito
de la caída de la tasa de natalidad: la reducción de la mortalidad infantil y
la disminución del riesgo para las ma-dres. Normalmente ellas debiesen
contribuir al aumento de la población, pero no logran equilibrar la caída del
índice de fecundidad.
Peor aún, “es de esperar una desaceleración de la
curva de descenso de la mortalidad materna e infantil en los próximos años.”
¿Y cómo se resuelve esto, maestro? La citada nota
señala muy a propósito que:
“Algunos países, especialmente los desarrollados,
han trata-do de compensar cambios similares a los observados en Chi-le, a
través de incentivos sociales y económicos para aumen-tar los nacimientos, e
indirectamente por la inmigración. Sin embargo, en nuestro país, aún la
emigración (año 2000:
453.000 emigrantes) supera la inmigración (año 2000:
195.000 inmigrantes).”
Curiosamente, el “mayor desarrollo económico,
social, edu-cacional y sanitario” en Chile se salda por una fuga de los
chilenos al extranjero, fuga no equilibrada por aquellos que vienen a vivir en
Jauja. Por cada inmigrante que entra se van 2,32 chilenos.
No parece que los millones de emigrados que se
desplazan de un país a otro por razones económicas, militares, climáticas u
otras, prefieran venir a vivir en la Copia Feliz del Edén. Este hecho
observable no tiene ninguna relación con la teoría de la transición
demográfica. El saldo migratorio en Chile es nega-tivo, y la nota del Dr.
Donoso Siña no ofrece ninguna expli-cación.
No obstante, sería injusto no señalar que la nota
ofrece algu-nas pistas más serias para comprender la caída de la natali-dad.
Particularmente al citar un estudio socio-económico queseñala:
“el costo de formar hijos, especialmente
educacional, es el principal determinante del descenso de la fertilidad en
ma-trimonios o convivencia; que el mayor ingreso familiar solo es determinante
en la decisión de tener un tercer o cuarto hijo, y que el mayor ingreso al
campo laboral de la mujer casada o en convivencia tiende a posponer la
fertilidad de los primeros 2 hijos.”
Así, las causas de la caída de la tasa de natalidad
y del índice de fecundidad habría que buscarlas en el ámbito socio-económico, y
en la dimisión por parte de los poderes públicos en cuanto a sus
responsabilidades en materia de Educación.
Lo que nos ofrece una transición ideal para exponer
un par de perogrulladas.
Algunos países conocieron una rápido crecimiento de
su PIB por el simple expediente de incorporar al trabajo a las muje-res.
Cuando digo trabajo me refiero al que produce
bienes mer-cantiles, susceptibles de ser comprados y vendidos, único tra-bajo
que cuenta. Las mujeres siempre trabajaron, siempre produjeron, amén de parir y
criar a la prole, pero eso – en el cálculo del PIB – no cuenta.
De ese modo, el numerito que hace la felicidad de
los econo-mistas – el PIB – crece y todos felices.
No es que la matriz productiva haya cambiado, que
la produc-tividad general haya crecido: simplemente, – para una pro-ductividad
dada, o sea el producto generado por una jornada de trabajo – si más personas
se incorporan a la población ac-tiva que trabaja, producen más bienes de
consumo y el producto global aumenta.
China conoció un rápido aumento de su PIB
incorporando a decenas de millones de campesinos – hasta entonces reduci-dos a
producir su propia supervivencia (producto no conside-rado en el PIB) – al
mercado del trabajo, ese en el que se pro-ducen bienes mercantiles.
En la materia Chile no ha sido precisamente un
ejemplo. En una nota de “Economía y Negocios”, difundida en noviembre de 2011,
Augusto de la Torre, economista jefe del Banco Mundial para América Latina y el
Caribe, señala:
“A diferencia de otros países de la región, Chile
comenzó con una participación (de la mujer) relativamente baja en la fuerza
laboral. En los años 80 llegaba a 28,7%, y a fines de la década pasada a un
43%. Recién en los 90 y a comienzos de 2000, Chile empieza a tener una
participación laboral de la mujer en la dirección de lo que se espera, dado su
nivel de ingreso per cápita, y se ha acercado a los estándares
inter-nacionales.”
Respondiendo a una consulta sobre la evolución de
la incor-poración de la mujer al mercado del trabajo, Augusto de la Torre
precisa:
“Empezó con una participación muy rezagada, pero
está más o menos en 47% promedio, acercándose a estándares inter-nacionales,
pero aún por debajo de lo que se esperaría por su ingreso per cápita”.
Cuando los gobiernos de turno se auto felicitan del
bajo nivel del desempleo en Chile, conviene recordar que no toda la po-blación
potencialmente activa está incorporada al mercado del trabajo o, para decirlo
de otro modo, no está buscando empleo.
Ya tuve la ocasión de recordar que la ministro del
Trabajo Claudia Serrano (2008 – 2010), constatando el aumento de la tasa de
paro en el trimestre febrero-abril del 2009, le pidió públicamente a los
trabajadores chilenos no salir a buscar empleo:
“… a quienes no estén apremiados, o cuyos cónyuges
e hijos tienen tranquilidad en materia de empleo, que no presionen el marcado
laboral saliendo a buscar nuevos empleos porque eso hace más difíciles las
cosas (…) Si no es estrictamente necesario, no es la recomendación de partir
por primera vez y activarse a buscar empleo en un momento en que no se está
generando mucho nuevo empleo en el sector trabajo… (sic).”
Claudia Serrano puede dormir tranquila en su
oficina de la OCDE en París, adonde la enviaron en premio a su conmove-dora
solicitud: la caída de la tasa de natalidad nos resolverá el problema.
Si el efecto mecánico de un bajo índice de
fecundidad puede traducirse en una caída del PIB y en un cierto número de
des-equilibrios (masa declinante de trabajadores activos frente a una masa
creciente de adultos mayores “improductivos”, re-ducción de la demanda interna,
etc.), no es menos cierto que para llegar a una conclusión sostenible es
preciso examinar la evolución de la productividad.
Por productividad (del trabajo), para una
estructura producti-va dada, se entiende el valor añadido producido en una
jorna-da de trabajo (o si prefieres en una hora de trabajo, o una uni-dad de
tiempo trabajado).
Para el INSEE – instituto nacional de estadísticas
y de estudios económicos de Francia – “En economía, la productivi-dad se define
como la relación, en volumen, entre una pro-ducción y los recursos puestos en
obra para obtenerla.”
Si la población activa declina, la consiguiente
caída de la producción pudiese ser equilibrada por el aumento de la
pro-ductividad del trabajo: la misma cantidad de trabajadores produce más por
unidad de tiempo trabajado. Sin cambiarle nada a la estructura productiva o, si
prefieres, al volumen de capital fijo.
Otro tema a considerar es precisamente la formación
de capi-tal fijo: a mayores inversiones corresponde –o debiese co-rresponder –
un aumento de la producción.
Mejor aún, mejores estructuras productivas, una
utilización más eficiente del capital fijo, pueden aumentar la productivi-dad
del capital.
No parece ser el caso: la estructura productiva
chilena sigue anclada en la producción de bienes primarios, materias pri-mas,
productos agropecuarios y forestales, sectores en los cuales la calificación
profesional de la mano de obra no es un dato crítico.
Veamos pues cual es la evolución de la
productividad en Chi-le.
La evolución de la productividad en Chile
Justamente, ¿cómo evoluciona la productividad en
Chile? Una nota en El Mercurio del 22 de diciembre de 2015 nos informa sobre la
productividad del trabajo:
“Productividad de la economía chilena agudiza su
caída y acumula 8 trimestres seguidos en rojo.”
“El Índice de Productividad, que elaboran Icare y
Clapes UC fruto de una alianza firmada este año, cayó 1,5% en el tercer
trimestre de 2015, ajustado por la calidad y el uso del empleo. De esta forma,
la productividad de la economía chi-lena agudiza su caída, y acumula – desde
diciembre de 2013
– ocho trimestres consecutivos en rojo. Este
resultado consti-tuye la peor racha de decrecimiento de la productividad en un
cuarto de siglo, desde 1990 a la fecha. Solo es comparable con los cinco
trimestres seguidos de contracción, que se ob-servó en 2009.”
En la misma nota, Rodrigo Cerda, director alterno
(?) de Cla-pes UC, señala:
“Los empleos que se están creando en la economía no
son de buena calidad ni muy productivos.”
Como ves, ya la tenemos liada. ¿Cómo se define un
empleo de buena calidad?
Mis incursiones – asesorando a los sindicatos – en
las nego-ciaciones colectivas en la mediana minería del cobre y el oro me han
permitido constatar que cualquier minero es mucho más productivo – en el
sentido del producto creado en una jornada de trabajo – que un ingeniero
aeronáutico o un médi-co cirujano.
Minero… ¿es un empleo de buena calidad Sr. Cerda?
Si se toma en cuenta el salario de un minero de la mediana minería, seguramente
no. Como pude demostrarle a sus patrones, ga-nan menos del salario mínimo en
Francia y otros países de Europa, menos que un minero canadiense o
estadounidense, e incluso menos que los mineros de África del sur.
Cuando les llaman “la aristocracia obrera” debiesen
tomarlo como una cruel ironía. Que sus colegas de otros sectores ga-nen aún
menos da la medida del respeto que se tiene en Chile por los trabajadores.
Simple detalle. Dejémoslo transitoriamente de lado.
De lo que tratamos en este momento es de la evolución demográfi-ca, de la
productividad, y de su influencia en el comporta-miento de la economía chilena.
La tasa de natalidad disminuye significativamente,
y la pro-ductividad está en caída libre. Ya podemos hacernos una idea, aún
somera, de las consecuencias que eso trae consigo.
Si hubiese que exponerlas claramente, bastaría con
citar a
Felipe Larraín:
“Si la productividad no hubiera caído 1,6% en 2014
y se hu-biera mantenido estancada, el país habría crecido 1,6% más.”
O lo que es lo mismo, si Napoleón no hubiese
muerto, aún estaría vivo. Jodido Felipe Larraín: con ese tipo de razona-miento
llegó a ministro de Hacienda.
Como quiera que sea, yo que tú no me inquietaría
mucho. De la baja de la tasa de natalidad y de la caída de la productivi-dad
digo, visto que el año 2016 fue declarado por la Presiden-te Bachelet como el
“Año de la Productividad”.
Mejor aún, el gobierno y los empresarios crearon
este año sendas Comisiones de Productividad: la de La Moneda, pre-sidida por el
académico de la Universidad de Chile, Joseph Ramos, y la de la Confederación de
la Producción y del Co-mercio (CPC), liderada primero por Rafael Guilisasti, y
por Andrés Santa Cruz luego de la salida de Guilisasti cuando asumió la
presidencia de las sociedades cascada.
A grandes males grandes remedios, decía mi
abuelita. Con Bachelet en el medio y dos comisiones presididas por los
mencionados talentos, es como si estuviese hecho.
Pero… ¿merece la pena ocuparse de tales
dificultades?
Si uno le cree a algunos expertos, tal vez no.
Mejor aún, la caída de la tasa de natalidad sería por el contrario una
magní-fica oportunidad. Como lo lees. Hay quién asegura que:
“Con 1.9 hijos por mujer, la sociedad chilena no
alcanza a tener el mínimo de hijos necesarios (2.1) para mantener en el tiempo
su población activa, lo que empeorará la calidad de vida de las generaciones
futuras”.
Malas vibras.
Otros afirman exactamente lo contrario. Una
publicación chi-lena expone lo que sigue:
“El estudio sobre el Dividendo Demográfico
Sustentable ex-plica que durante las primeras etapas de la baja en la tasa de
natalidad los países normalmente experimentan prosperidad, pues una mayor
proporción de adultos jóvenes trabajadores usan sus años más productivos y
generan riqueza. Como és-tos tienen menos niños de los que preocuparse, aumenta
la fuerza laboral femenina y los adultos están más propensos a consumir bienes
durables. Asimismo, por ser pocos, cada niño recibe una mayor inversión. Ésta es
la situación que comienza a vivir Chile, pues como la generación anterior
mantuvo una mayor tasa de fertilidad, actualmente cuenta con una importante
fuerza laboral joven, la que a su vez debe
mantener económicamente a menos de dos hijos por
pareja.”
Dicho de otro modo, si somos menos, cualquiera sea
el tama-ño de la torta, nos tocará una parte más importante del pastel por
cabeza. Razonamiento que parece salido de la cabeza de Robert McNamara o de
Lyndon Johnson y de los “expertos” que parieron la Alianza para el Progreso en
los años 1960.
Interpretación de una sencillez bíblica que no toma
en cuenta la progresiva acumulación de la riqueza en pocas manos, fe-nómeno que
encuentra en Chile uno de sus más extraordina-rios exponentes.
Es el tipo de razonamiento primario en el que se
destaca Feli-pe Larraín. Una familia dada, con un ingreso dado, dispone de más
para cada miembro en la medida en que son menos, ergo, tener hijos es una mala
decisión económica. Estamos en pleno delirio beckeriano.
Lo peor de todo es que ese razonamiento encuentra
ecos hasta en personas supuestamente competentes:
“Estamos en los años felices del „bono
demográfico'”, es el optimista diagnóstico que realiza la socióloga experta en
de-mografía Viviana Salinas, de la Pontificia Universidad Cató-lica, al
analizar los datos que arrojó el último Censo de po-blación en Chile.
Mientras surgen voces de preocupación porque la
población chilena no creció tanto ni llegó a los 17 millones como se es-peraba,
descendió la natalidad y se asoman en el horizonte las amenazas de una
población que envejece, la profesional apor-ta una mirada distinta del momento
que estamos viviendo y asegura que el país tiene en sus manos la oportunidad
para dar un gran salto hacia el progreso.
Explica que Chile se encuentra atravesando por un
promete-dor periodo, llamado “bono demográfico”, que se da cuando la “tasa de
dependencia” alcanza mínimos históricos. Esto quiere decir que la población en
edad productiva – jóvenes y adultos – supera ampliamente a la población
dependiente – niños y ancianos, que dependen de los primeros.
Esta situación se produce porque en el país ha
disminuido la natalidad – que, cuando era más alta, hacía aumentar el nú-mero
de dependientes al haber más niños –, pero, al mismo tiempo, la población aún
no ha envejecido tanto, por lo que predominan los jóvenes y los adultos en edad
de trabajar.
Este periodo es una oportunidad única para que los
países hagan crecer sus economías y aumenten sus ahorros. “Como hay más gente
en edad productiva, el país produce más que en otras épocas”, explica la
socióloga. Y afirma que ésta “es la etapa que se debe aprovechar para que la
gente en edad productiva trabaje mucho y haga crecer al país económica-mente”.
De acuerdo a un documento que elaboró la Cepal, en
2008, Chile ya se encontraría desde hace algunos años en el periodo del “bono
demográfico”, que terminaría alrededor del año 2025.
Los datos del último Censo confirmarían esta
situación, ya que la población en edad productiva (entre 15 y 65 años)
prácticamente duplica a la población de dependientes (meno-res de 15 y mayores
de 65 años), siendo 11.326.119 por sobre 5.308.484. Es decir, que por cada una
persona dependiente hay dos personas en edad productiva.
No sé si percibes la confusión – o la mala leche,
eso es según
– que preside lo que no me atrevo a llamar análisis
de “la socióloga experta en demografía de la Pontificia Universidad
Católica”.
Ella afirma lo que ya has leído:
“Este periodo es una oportunidad única para que los
países hagan crecer sus economías y aumenten sus ahorros. “Como hay más gente
en edad productiva, el país produce más que en otras épocas” (…), ésta “es la
etapa que se debe aprove-char para que la gente en edad productiva trabaje
mucho y haga crecer al país económicamente”.
Ahora bien, si hay más gente en edad productiva es
precisa-mente porque la tasa de natalidad y el índice de fecundidad fueron
altos en la época en la que querían – precisamente – acabar con la „explosión
demográfica‟.
De modo que su afirmación, en el sentido que si
pones más gente a trabajar “el país produce más que en otras épocas” no debe
haberle exigido mucho esfuerzo intelectual.
¿Qué justifica que no se mantengan tasas de
natalidad e índi-ces de fecundidad altos? ¿Se trata de una fatalidad, de un
cas-tigo divino? ¿Se puede hacer algo para retornar a tasas de natalidad más
altas?
Ante esas cuestiones los “expertos” callan, miran
hacia el lado. O a lo sumo alegan que vivimos un período de “transi-ción
demográfica”, eventualmente “avanzada”.
Si comencé este texto mostrando los ejemplos de
Francia y Alemania es porque Francia sostiene tasas de natalidad e ín-dices de
fecundidad muy superiores al resto de Europa, que permiten no sólo la
renovación de la población sino incluso su aumento, a pesar de haber atravesado
el período llamado “transición demográfica avanzada” que describen el Dr.
Do-noso Siña, el BID, la CEPAL y el CELADE como si se trata-se de una verdad
revelada.
Lo que resulta incomprensible es la aseveración de
la soció-loga: “se debe aprovechar para que la gente en edad produc-tiva
trabaje mucho y haga crecer al país económicamente”.
La eminente experta continúa reflexionando en
riqueza per cápita, haciendo un calculito aritmético que debe haber aprendido
en la escuela primaria, y que le hace pensar que mientras menos somos, mejor,
más ricos somos, sobre todo si “la gente en edad productiva trabaja
mucho…”(sic).
En su reflexión está ausente un detallito: la
apropiación del producto. La riqueza per cápita, noción banalmente
estadísti-ca, no da cuenta de las profundas desigualdades que se cons-tatan en
el seno de la sociedad, particularmente en Chile en donde la concentración de
la riqueza creada con el esfuerzo de todos en manos de unos pocos privilegiados
es LA cues-tión que se sitúa en el origen de otras calamidades, incluyen-do la
caída de la natalidad.
Estamos viviendo los años felices del “bono
demográfico” – ¡Aleluya! – lo que advenga en un futuro próximo no nos
con-cierne. El mismo tipo de reflexión irresponsable y criminal que nos lleva a
destruir la Naturaleza y el planeta en nombre del consumo presente.
El Mercurio lo pone claro:
“La demógrafa afirma que “el verdadero problema lo
más vamos a tener después, una vez que se acabe el bono demo-gráfico”, cuando
la población esté más envejecida y la jubilación y la salud sean los temas
centrales. Sin embargo, por ahora es el momento de aprovechar los “años
felices” del bono.”
Y a la mierda el resto.
Puesto que los autores citados evocan, unos y
otros, las “polí-ticas públicas”, ¿cómo no advertir en sus reflexiones la
mis-ma irresponsabilidad de la que hacen gala los gobernantes que esquivan los
problemas de fondo y, si los tratan, es por medio de leyes que entrarán en
vigor muchos años más tarde, cuando ellos mismos ya hayan hecho abandono de sus
res-ponsabilidades?
La expresión “chutear la pelota para adelante”, o
sea dejarle todo el peso de las decisiones, y/o de sus consecuencias, al que
venga, describe con precisión la lamentable política que practica la costra
parasitaria transversal que maneja el país.
Otra experta, directora del ICF, nos ofrece la
versión exacta-mente opuesta:
“Sin embargo, esta „bonanza‟ es engañosa, explica
la Direc-tora del ICF, Claudia Tarud. El problema es que el primer efecto de la
baja de natalidad es la caída en la fuerza de tra-bajo de las futuras
generaciones, las que no pueden mantener este nivel de productividad y, con una
población ya envejeci-da, comienzan a consumir más recursos de los que se
produ-cen, bajando así la calidad de vida.
Además, al disminuir la población activa disminuyen
las eco-nomías de escala, así como los potenciales consumidores y, por lo
tanto, la demanda. También disminuye el emprendi-miento, pues son los jóvenes
quienes están más dispuestos a arriesgarse.”
Desafortunadamente no estamos en la secuencia
Agenda Económica de CNN Chile, en donde te explican todo esto en menos de un
minuto, y de paso te cuentan lo que piensan “los mercados”.
Pasemos sobre el hecho que Claudia Tarud confunde
el con-cepto de productividad con el de producto, pasemos sobre su
contradictoria afirmación de una población envejecida que consume más recursos
de los que se producen acompañada de una baja de la demanda en razón de una
disminución de po-tenciales consumidores.
No tomemos en cuenta la propensión de los jóvenes
al riesgo
– Claudia Tarud dixit –, y sigamos concentrándonos
en la tasa de natalidad y la baja de la productividad tal y como la defi-nimos
más arriba.
La misma nota ofrece este párrafo, muy ilustrativo
en lo que se refiere a las consecuencias de la caída del índice de fecun-didad:
“Esto es lo que sucede en Europa, Japón y China,
donde se habla de la aparición de la sociedad 4-2-1, en la que un hijo se hace
responsable de dos padres y de cuatro abuelos. De hecho, en un reciente reporte
de Morgan Stanley se sugiere que la proporción de adultos mayores de un país
puede ser un indicador más importante de su probabilidad de caer en default que
el tamaño de su deuda, especialmente porque los votantes mayores serían menos
propensos a permitir refor-mas que disminuyeran sus ingresos.”
Una vez más asistimos a aseveraciones que no tienen
ninguna base, muy propias a la construcción de un “relato” que le conviene a la
teoría expuesta: es extremadamente osado com
parar Europa, Japón y China, cuyas estructuras
demográficas son extremadamente variadas, así como sus variopintas
carac-terísticas antropológicas para no hablar de sus estructuras productivas,
su productividad, su economía y su situación financiera. Pasemos por alto, una
vez más, una afirmación gratuita.
Lo que no deja de llamar la atención es la lucidez
de Morgan Stanley, – en fin, de sus expertos –, que en el informe citado
sugiere que la evolución demográfica de un país puede ser un indicador más
importante que el tamaño de su deuda.
Ya ves, lo que te decía más arriba, a propósito de
las peripe-cias menores que ocupan a los economistas, no era tan desca-bellado.
Contrariamente a lo que cuentan el FMI y los obe-dientes ministros de Hacienda
que nos tocan en suerte, la deuda pública no es necesariamente mala.
Nuestros herederos no recibirán sólo una deuda,
sino también el patrimonio que se haya construido con ella. Si la tasa de
natalidad aumenta, nos lo agradecerán eternamente. Si la tasa de natalidad se
hunde, de seguro afrontarán un problema ma-yor.
La inflación tampoco es mala, la mejor prueba es
que la FED y el BCE hacen lo imposible para aumentar una raquítica in-flación
que no llega a un punto anual, para alcanzar su objeti-vo que es un 2%. ¿Por
qué un 2%? La respuesta es muy sen-cilla: ¿porqué no?
Cuando Morgan Stanley le dedica un parrafito a “los
votantes mayores” (…) “menos propensos a permitir reformas que disminuyeran sus
ingresos”, uno cree que habla de Alemania.
Toda la política económica alemana centrada en un
euro fuerte, en el incremento de las exportaciones (con un insuficiente consumo
interno), en la compresión salarial y otros detallitos no menores, persiguen
satisfacer el electorado de Angela Merkel y su partido: la enorme masa de
jubilados que no quiere arriesgar sus – por ahora – cómodos ingresos.
Un reciente libro de Jean-Luc Mélenchon lo pone
así:
“El sistema económico (alemán) reposa en la sobre
explota-ción de los asalariados, con un salario mínimo inexistente hasta hace
poco. 13 millones de personas bajo el umbral de pobreza, 7 millones de
asalariados que ganan menos de 450 euros por mes (337.500 pesos, o sea un
salario chileno…), 5 millones de trabajadores precarios, que conviene sumar a
los 3 millones de desempleados oficiales”.
Si querías disponer de un ejemplo de las
consecuencias de una caída de la tasa de natalidad, helo ahí.
Si las mismas causas producen los mismos resultados
– lo que no está garantizado en economía – ya sabemos a qué ate-nernos en
cuanto a nuestro futuro próximo.
Para hacerle frente al descenso de la tasa de
natalidad, sería necesario poner en práctica no las miserables y patéticas
“po-líticas públicas” que nunca – desde la época de Robert McNamara – han
logrado resolver ninguna cuestión de fondo, sino una Economía Política que
tenga en consideración las tendencias de fondo que aquí analizamos.
Si la sostenida tasa de natalidad francesa puede
explicarse de algún modo, la explicación está ciertamente ligada a lo que queda
de la excepción francesa, al predominio de los servi-cios públicos por sobre el
mercado en numerosas esferas: la educación pública, laica y gratuita, su
sistema de salud uni-
-26-
versal, su sistema de previsión construido en torno
a la solida-ridad generacional, el llamado sistema por repartición.
No son los únicos: numerosos sectores de la
actividad indus-trial y agroindustrial llevan la marca de la participación de
los poderes públicos.
Los sectores de la economía francesa que aún hoy le
disputan la primacía a las multinacionales, casi sin excepción, fueron creados
y desarrollados en el seno del sector público y aún conservan una sólida
participación pública: la energía, la construcción naval, la industria nuclear,
la industria aeroespa-cial, la industria automotriz, la industria
agroalimentaria, la explotación de los recursos pelágicos, el transporte, e
incluso, hasta la llegada de los socialistas al poder (1981), toda la banca
nacionalizada por Charles de Gaulle al término de la II Guerra Mundial.
Aún dañado, atacado en todos sus flancos, el estado
del bie-nestar constituye una poderosa razón para explicar la alta tasa de
natalidad que aún prevalece en Francia.
Ni la envergadura ni la constancia de tales
políticas podrían compararse con la miserable “focalización” que ha guiado el
conservatismo compasivo de los gobiernos que se han suce-dido en Chile desde
1990 en adelante.
Ahora bien, si la tasa de natalidad se hunde, aún
queda el re-curso al aumento de la productividad, que depende esencial-mente
del nivel de formación profesional. La estructura edu-cativa juega allí un
papel eminente.
Emmanuel Todd sostiene lo siguiente:
“La potencia de un sistema industrial no depende,
en ultima
-27-
instancia, o en el largo plazo, del stock de
máquinas, ni de la acumulación de capital, sino del nivel de formación
(profe-sional) de la población activa y de la concentración de la educación en
el sector científico y técnico”.
Otra forma de decir que la productividad y la
eficacia de la utilización del capital dependen esencialmente de la calidad de
la estructura educativa.
En ese sentido, una cosa es Europa, en donde la
educación pública, laica y gratuita es la regla, y muy otra los EEUU, en donde
se impuso la educación como mercancía.
Como la dictadura la impuso y la Concertación la
consagró en Chile.
El dinamismo del que dieron prueba los EEUU en
materia de educación parece haberse agotado. Europa o bien China, gra-dúan más
ingenieros y especialistas de los sectores científicos y tecnológicos que la
potencia americana.
Alain Greenspan, en su voluminosa autobiografía
publicada en el año 2007, explica la brutal concentración de la riqueza por “un
disfuncionamiento en los sistemas de educación pri-maria y secundaria de los
EEUU”.
Greenspan habla de “Desastre educativo” ante el
cual nadie hizo nada, y que provocó el rechazo de candidatos a puestos de
trabajo que exigían “modestas competencias, porque eran incapaces de redactar
frases coherentes o de sumar correc-tamente”.
Eso… ¿te recuerda algo?
Quienes lograban pasar el filtro de una educación
deficiente
-28-
para izarse a una cierta calificación, explica
Greenspan, obtu-vieron mejores salarios. Lo que se discute. Ya veremos. Lo
cierto es que la educación transformada en mercancía ofrece resultados que
provocan escalofríos. Desde New York el pe-riodista Sandro Pozzi envió el 21 de
diciembre pasado un despacho que vale la pena.
“Los universitarios de EEUU deben 1,2 billones de
euros”
O sea en torno al 8% del PIB estadounidense. Pozzi
precisa:
“Sólo la mitad de los matriculados en 2009 se han
graduado, lo que traba el pago de los créditos. De ahí que la deuda acumulada
por los estudiantes doblase desde el año 2007 y ascienda a 1,3 billones de
dólares. 80% de esos créditos es-tán firmados con instituciones federales”.
Cualquier parecido con los Créditos con Aval del
Estado (CAE) no es pura coincidencia. No te enfades si repito eso de: Si las
mismas causas producen los mismos resultados, lo que no está garantizado en
economía…
Siete de cada diez estudiantes en los EEUU
solicitan ayuda financiera y su deuda no para de crecer. Hace una década era de
US$ 18.550 en el momento de la graduación, y se ha dis-parado a US$ 176.000 si
se estudió medicina según la Asso-ciation of American Medical Colleges.
El endeudamiento de los estudiantes crece a un
ritmo que do-bla e incluso triplica la inflación.
La deuda es un lastre para las cuentas públicas
porque un 80% de estos créditos tiene garantía del gobierno federal. Hi-llary
Clinton declara: “No está bien que los jóvenes se que-den encadenados a
intereses del 8% o el 10% durante años”,
-29-
mientras que Bernie Sanders, su contendor en las
primarias demócratas, propone derechamente que la educación sea gra-tuita.
Por su parte, Janet Yellen, presidente de la FED –
el banco central de los EEUU – afirma que las bajas remuneraciones son un
reflejo de la dificultad que tienen las empresas para encontrar mano de obra
calificada, y eso explica a su vez el relativamente bajo incremento de la
productividad.
Ya ves, volvemos al punto de partida: la jodida
productivi-dad.
“Afrontamos el reto de educar y preparar a la gente
para trabajar en el siglo XXI, en una economía globalizada”, de-claró Janet
Yellen en Chicago.
El problema añadido – escribe Pozzi – es que los
empresarios prefieren cubrir las vacantes con empleados de baja califica-ción.
Una vez más, cualquier parecido con lo que ocurre en el campo de flores bordado
no es pura coincidencia.
Por otra parte, si las condiciones del mercado
laboral mejora-ron, no ha sido en modo suficiente para ofrecer un empleo bien
remunerado que permita pagar el alto coste de la educa-ción.
Gary Becker nos explicaría que un cálculo económico
bien hecho debiese disuadirnos de tener hijos, o en todo caso con-vencernos de
no enviarles a la escuela. Rentabilidad, rentabi-lidad… Gary Becker no invoca
tu nombre en vano.
A la vista de todo lo cual uno no se explica el
pseudo debate chilensis en torno a la gratuidad en la educación, entendida como
el forzado financiamiento de una actividad mercantil
-30-
privada por parte del Estado, y aún menos lo que un
Tartufo de primer orden, Andrés Velasco, llama justamente tratar “una política
pública con tanta liviandad, ligereza y chapu-cería”.
Puede que la explicación sea más sencilla de lo que
aparenta: ni Bachelet, ni Bitar, ni Eyzaguirre – para mencionarles sólo a ellos
– pagaron por su educación. Como es sabido, no hay peor astilla que la del
mismo palo.
La educación como mercancía es un concepto tan
adentrado en sus neuronas que ni siquiera imaginan restablecer la edu-cación
pública y se pierden en debates a propósito del dinero público que – desde
siempre – exige la educación privada, con la Iglesia católica a la cabeza.
Ahora bien, contrariamente a la idea que intentan
vender las universidades y algunos economistas utilitarios, endeudarse
“invirtiendo” en su propia formación profesional no es nece-sariamente
rentable.
La fortuna, los mejores salarios, los puestos mejor
remunera-dos no van necesariamente a quienes han pasado la mejor parte de su
juventud en la enseñanza superior, formándose en el ámbito científico-técnico.
Para no mencionar sino un ejemplo, los
compra-venteros que llaman traders, cuyos salarios se miden en millones de
dóla-res anuales, no forman parte de la elite intelectual, ni provie-nen de las
mejores universidades, y ni siquiera saben qué es lo que venden o compran.
Para ser trader no es necesario justificar de tal o
cual diplo-ma, sino más bien disponer de un carácter de vencedor, agre-sivo e
irreductible.
-31-
Mejor aún, investigadores de la universidad de
Cambridge han mostrado que los resultados bursátiles de los traders son mejores
cuando éstos tienen niveles elevados de testosterona. Para que te vaya bien en
la Bolsas, tienes que tener las tuyas llenas, si oso escribir.
La inadecuación entre las carreras ofrecidas en el
mercado del “bien de consumo” llamado educación y las necesidades reales de la
economía por una parte, y el muy discutible valor intrínseco de las formaciones
propuestas por otro, generan frustraciones masivas. No sólo en los EEUU,
también en Chi-le.
La venta de diplomas inservibles es una estafa que
afecta a de cientos de miles de jóvenes. Ser titular de un diploma no es
garantía de acceso al ascensor social. En los EEUU tienen la franqueza de
reconocerlo. En Chile, las universidades se con-tentan con aumentar sus
presupuestos de publicidad.
Peor aún, hay formaciones que fuera del ámbito
nacional son perfectamente inservibles. Emmanuel Todd ofrece el ejemplo de los
abogados de negocios estadounidenses, que hacen for-tunas gracias a los
disfuncionamientos del sistema jurídico imperante. Tales profesionales no
pueden ser exportados por la sencilla razón que no encontrarían ninguna razón
de ser fuera de los EEUU.
Para el caso francés Todd propone los profesionales
de la Al-ta Administración Pública, en particular los economistas que han
llevado a Francia a casi 40 años de mediocres resultados económicos
empecinándose en aplicar el discurso único, o sea la doxa neoliberal.
Poner en evidencia cuales son las carreras vendidas
en Chile
-32-
que no tienen ningún valor añadido sería una
diversión cruel y al mismo tiempo necesaria.
Personalmente dudo que la desaparición del
florilegio de formaciones de Ingeniero Comercial afectase en lo más mí-nimo la
evolución del PIB. En todo caso, las carreras especia-lizadas en la llamada
“Criminalística” murieron sin generar otro daño que la estafa sufrida por los
miles de incautos (en el año 2007 llegaron a ser 40 mil…) que se veían como
futuros actores de una suerte de serie de televisión yanqui.
Conclusión
Me parece pertinente señalar que la indigencia del
análisis económico en la costra política parasitaria, incluyendo desde luego a
los ministros de Hacienda, a los directores del Banco Central y a los asesores
de Palacio, así como la mezquindad con la que se aborda el tema de la educación
y la formación profesional en todos sus niveles, auguran mal del futuro de la
economía chilena.
Las tendencias mencionadas y analizadas en este
opúsculo, que pueden ser calificadas de tendencias de fondo y de largo plazo,
determinarán de algún modo los resultados de la eco-nomía chilena en los
próximos años:
• caída de la
tasa de natalidad,
• descenso
del índice de fecundidad,
• estancamiento
primero y luego caída brutal de la pro-ductividad.
En conjunto le ponen un techo muy bajo a las
perspectivas de crecimiento por un lado, y a las de mejoramiento de la cali-dad
de vida de la inmensa mayoría de la población por el
-33-
otro.
Durante décadas, y en particular desde el fin
formal de la dic-tadura, los gobiernos chilenos han mantenido incólume una
política que le entrega la conducción de la economía a los llamados “mercados”,
que no son otra cosa que la representa-ción fantasmal del poder omnímodo
ejercido por una docena de familias que concentra la riqueza del país, y de
algunas decenas de multinacionales que benefician de patente de cor-so.
La concentración de la riqueza producida en pocas
manos es la regla, acompañada del dogma que asegura que no se puede distribuir
sino la riqueza por crear, manteniendo la posibili-dad en un futuro incierto,
inasible.
Moderar los efectos de la baja de la natalidad y de
la caída de la productividad incorporando a toda la población potencial-mente
activa al trabajo, en empleos con poca o ninguna cali-ficación (Sebastián
Piñera y Felipe Larraín batieron records en materia de creación de empleos de
“nana”), y prolongar el período de actividad de cada individuo hasta los 70 o
aún los 80 años, no hará sino prolongar la agonía.
Los efectos del envejecimiento de la población y la
consi-guiente reducción del poder adquisitivo de millones de hoga-res en el
momento de la jubilación – reducción que ya hoy en día les condena a la pobreza
después de una vida entregada al trabajo – no es ni será una sorpresa, ni un
choque imprevisto.
La previsión, construida en el marco del sistema de
capitali-zación regentado por las AFP, nació como un negocio desti-nado a
enriquecer a los propietarios de las AFP, sin ninguna consideración hacia
quienes aportan sus cotizaciones.
-34-
Por otra parte, como en alguna ocasión escribió
Armen Kou-youmdjian, a partir de salarios miserables no se pueden fi-nanciar
pensiones dignas. También en este tema se manifiesta brutalmente la cuestión de
la injusticia en la distribución de la riqueza producida.
Invertir la curva de la natalidad y del índice de
fecundidad en modo tal de generar un saludable crecimiento de la población
exige medidas de justicia económica y de protección de la sociedad toda que no
pueden ser postergadas indefinidamen-te. Se trata de una condición sine qua
non.
Como muestran los ejemplos de Chile y los EEUU,
dotar a esas futuras generaciones de jóvenes de las estructuras de enseñanza
pública capaces de entregarles una formación sóli-da en modo de potenciar su
productividad no puede reposar en un mercado de la educación que no tiene otra
motivación que el lucro.
Esas son tareas para la sociedad toda. Se trata de
un desafío colectivo de una envergadura tal que quienes han monopoli-zado el
acceso al oficio bien pagado de político – para el cual no hacen falta diplomas
– no están en situación de asumir. No mientras rehúsen introducir reformas de
fondo en el modelo económico que han protegido y perpetuado hasta ahora.
Eso genera una contradicción imposible de resolver
en el marco de la actual institucionalidad. Como bien apunta Ber-nard Manin,
pedirle a los beneficiarios de un sistema injusto que se hagan cargo de su
eliminación es un contrasentido.
Eso lleva a pensar que Chile no podrá ahorrarse una
ruptura política e institucional con el sistema impuesto en dictadura y
prolongado hasta la nausea por quienes han asumido el poder de 1990 en
adelante.


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