© Libro N° 8575. Una Mujer Sin Prejuicios. Chejov, Anton. Emancipación. Mayo 1 de 2021.
Título
original: © Una Mujer Sin Prejuicios.
Anton Chejov
Versión Original: © Una Mujer Sin Prejuicios. Anton Chejov
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Anton Chejov
Una Mujer Sin Prejuicios
Anton Chejov
Maxim Kuzmich Salutov es alto, fornido, corpulento.
Sin temor a exagerar, puede decirse que es de complexión atlética. Posee una
fuerza descomunal: dobla con los dedos una moneda de veinte kopecs, arranca de
cuajo árboles pequeños, levanta pesas con los dientes; y jura que no hay en la
tierra hombre capaz de medirse con él. Es valiente y audaz. Causa pavor y hace
palidecer cuando se enfada. Hombres y mujeres chillan y enrojecen al darle la
mano. ¡Duele tanto! No hay modo de oír su bella voz de barítono, porque hace
ensordecer. ¡El vigor en persona! No conozco a nadie que le iguale.
¡Pues esa fuerza misteriosa, sobrehumana, propia de
un buey, se redujo a la nada, a la de una rata muerta, cuando Maxim Kuzmich se
declaró a Elena Gavrilovna! Maxim Kuzmich palideció, enrojeció, tembló; y no
hubiera sido capaz de levantar una silla en el momento en que hubo de extraer
de su enorme boca el consabido «¡La amo!». Se disipó su energía y su corpachón
se convirtió en un gran recipiente vacío.
Se le declaró en la pista de patinaje. Ella se
deslizaba por el hielo con la grácil ligereza de una pluma, y él,
persiguiéndola, temblaba, se derretía, susurraba palabras incomprensibles.
Llevaba en el semblante escrito el sufrimiento… Sus piernas, ágiles y diestras,
se torcían y se enredaban cada vez que debía describir en el hielo alguna curva
difícil… ¿Creen ustedes que temía unas calabazas? No. Elena Gavrilovna le
correspondía y ansiaba oír de sus labios la declaración de amor. Morena,
menudita, guapa, ardía de impaciencia. El elegido de su corazón había cumplido
ya los treinta; su rango no era nada elevado, y su fortuna tampoco tenía mucho
que envidiar; pero, en cambio, ¡era tan bello, tan ingenioso, tan hábil!
Bailaba admirablemente, tiraba al blanco como un as y nadie le aventajaba
montando a caballo. Una vez, paseando con ella, se saltó una zanja que no la
hubiera salvado el mejor corcel de Inglaterra.
¿Cómo no amar a un hombre como aquel?
Y él sabía que era amado. Estaba seguro de ello.
Pero un pensamiento le hacía sufrir. Un pensamiento que le oprimía el cerebro,
que le hacía desvariar, llorar, no comer, no beber, no dormir. Un pensamiento
que le amargaba la vida. Mientras él hablaba de su amor, la maldita obsesión
bullía en su cerebro y le martilleaba las sienes.
-¡Sea usted mi mujer! -suplicaba a Elena
Gavrilovna-. ¡La amo locamente con pasión torturante!
Pero al mismo tiempo pensaba:
“¿Tengo derecho a ser su marido? ¡No, no tengo
derecho! ¡Si ella conociese mi origen, si alguien le contase mi pasado, sería
capaz de abofetearme! ¡Un pasado infeliz y vergonzoso! ¡Ella, de buena familia,
rica e instruida, me escupiría si supiese qué clase de pájaro soy!”
Cuando Elena Gavrilovna se le lanzó al cuello,
jurándole amor eterno, él no se sintió feliz. Le atormentaba el dichoso
pensamiento… Mientras volvía de la pista a su casa, iba mordiéndose los labios
y cavilando:
“¡Soy un canalla! De ser un hombre, se lo contaría
todo, ¡todo! Antes de hacerle la declaración debí revelarle mi secreto. ¡Pero
como no lo hice, soy un granuja y un infame!”
Los padres de Elena Gavrilovna dieron su
consentimiento para el matrimonio. El atleta les gustaba: era respetuoso, y
como funcionario hacía concebir grandes esperanzas. Elena Gavrilovna se sentía
en el séptimo cielo. Era feliz. En cambio, ¡cuan desdichado era el pobre
atleta! Hasta el día de la boda sufrió la misma tortura que en el momento de
declararse.
También le atormentaba un amigo que conocía el
pasado de Maxim Kuzmich como la palma de su mano…, y que le sacaba casi todo el
sueldo.
-Convídame a comer en el Ermitage -le intimaba-.
Convídame o lo cuento todo… Y, además, préstame veinticinco rublos.
El infeliz Maxim Kuzmich adelgazó a ojos vistas. Se
le hundieron las mejillas, y los puños se le volvieron huesudos. Su idea fija
le hizo enfermar. A no ser por la mujer amada, se hubiera pegado un tiro…
“¡Soy un bribón, un canalla! -se decía a sí mismo-.
¡Tengo que contárselo todo antes de la boda! ¡Aunque me escupa en la cara!”
Mas le faltó valor para contárselo. La idea de que
después de la explicación tendría que separarse de la mujer amada, era para él
la más aterradora.
Llegó el día de la boda. Bendijo el cura a los
novios y todo eran felicitaciones y augurios de felicidad. El pobre Maxim
Kuzmich recibía los parabienes, bebía, bailaba, reía; pero era horriblemente
desdichado: “¡Confiesa, pedazo de animal! Nos han casado pero todavía estamos a
tiempo. ¡Aún podemos separarnos!”
Y confesó.
Cuando llegó la hora ansiada y condujeron a los
desposados al dormitorio, la conciencia y la honradez se sobrepusieron a todo…
Maxim Kuzmich, pálido, tembloroso, aturdido, respirando a duras penas, se
aproximó tímidamente a Elena Gavrilovna, y musitó:
-Antes de que nos pertenezcamos… el uno al otro,
debo…, debo explicar…
-¿Qué te pasa, Max? ¡Estás demacrado! Te encuentro
todos estos días pálido y taciturno. ¿Te sientes mal?
-Yo… debo contártelo todo, Liolia… Sentémonos… Me
veo obligado a anonadarte, a malograr tu felicidad…, pero ¿qué otra cosa cabe
hacer? El deber ante todo… Voy a contarte mi pasado…
Liolia abrió desmesuradamente los ojos y sonrió:
-Bueno, pues cuéntamelo… Pero acaba pronto, por
favor. Y no tiembles de ese modo.
-Yo nací en Tam…, en Tam… bov. Mis padres eran
humildes y muy pobres… Y ahora te diré qué clase de elemento soy. Vas a
horrorizarte. Espera un poco… Ahora lo verás… Fui un mendigo. Cuando niño vendí
manzanas…, peras…
-¿Tú?
-¿Te horrorizas? Pues aún te queda por oír lo peor,
querida. ¡Oh, qué desgraciado soy! ¡Cuando se entere usted, me maldecirá!
-Pero ¿de qué se trata?
-A los veinte años fui…, fui… ¡Perdóneme! ¡No me
arroje de su lado! ¡Fui… payaso de circo!
-¿Tú? ¿Tú fuiste payaso?
Salutov, en espera de una bofetada, se cubrió la
cara con ambas manos. Le faltaba poco para desmayarse.
-¿Tú, payaso?
Liolia se cayó del sofá en que se había tendido. Se
incorporó. Corrió de una parte a otra de la habitación…
¿Qué le sucedía? Se llevó las manos al vientre… Por
el dormitorio se expandió una risa semejante a una carcajada histérica…
-¡Ja, ja, ja! ¿De manera que fuiste payaso? ¿Tú?
Maximka, palomo mío, ejecuta para mí algún número. ¡Demuéstrame ahora que
fuiste payaso! ¡Ja, ja, ja! ¡Palomito de mi alma!
Así diciendo se arrojó al cuello de Salutov y le
abrazó.
-¡Haz alguna payasada, querido, rico!
-¿Te burlas, desdichada? ¿Me desprecias?
-¡Haz algo para que yo lo vea! ¿Sabes también andar
por una cuerda? ¡No te creo!
Mientras hablaba cubría de besos la cara del
marido, se apretaba contra él, le hacía mil zalamerías, sin la menor señal de
enojo. Y él, desconcertado, sin comprender una palabra de lo que sucedía,
accedió de buena gana a los ruegos de su mujer.
Se aproximó a la cama, contó hasta tres e hizo la
vela, con los pies para arriba, apoyando la frente en el borde de la cama.
-¡Bravo, Max! ¡Bis, bis! ¡Ja, ja, ja! ¡Eres un
tesoro! ¡Hazlo otra vez!
Max se balanceó y, en la posición anterior, saltó
al suelo y se puso a andar con las manos…
Por la mañana, los padres de Liolia estaban
asombradísimos.
-¿Quién dará esos golpes ahí arriba? -se
preguntaban-. Los recién casados deben de estar dormidos. ¿No serán los criados
bromeando? ¡Hay que ver el alboroto que arman, los muy tunos!
El padre subió al piso de arriba, pero no encontró
allí a nadie de la servidumbre.
Para asombro suyo, comprobó que el ruido provenía
del dormitorio de los desposados. Después de permanecer un instante junto a la
puerta, la empujó ligeramente con el hombro y la entreabrió. Al mirar al
interior por poco se muere del susto: Maxim Kuzmich, en medio de la habitación,
estaba ejecutando un arriesgadísimo salto mortal. Y Liolia, a su lado, le
aplaudía. Las caras de los dos resplandecían de felicidad.
FIN


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