© Libro N° 8569. Gente Sobrante. Chéjov,
Antón. Emancipación. Mayo 1 de 2021.
Título
original: © Gente
Sobrante. Antón Chéjov
Versión Original: © Gente Sobrante. Antón Chéjov
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Antón Chéjov
Gente Sobrante
Antón Chéjov
Son las seis de la tarde de un día del mes de
junio.
Desde el apeadero de Jikovo y en dirección a la
colonia veraniega marcha un grupo de veraneantes recién bajados del tren. Son,
en su mayor parte, pa-dres de familia, y van cargados de paquetes, carteras,
sombrereras y esas cajas de cartón que guardan las creaciones de la moda
femenina. Todos presentan un aspecto cansado, hambriento y malhumorado, como si
para ellos no brillara el sol ni floreciera la hierba.
En el grupo se encuentra Pavel Matveevich Sai-kin,
miembro del tribunal del distrito, hombre alto, un poco encorvado, vestido con
un traje barato y portador de una escarapela en su gorra descolorida. Está
sudoroso, sofocado y apesadumbrado.
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ANTON CHÉJOV
-Viene usted diariamente a la dacha? -dice
diri-giéndose a él un veraneante de pantalones color co-brizo.
-No. Diariamente, no -contesta sombrío Saikin-. Mi
mujer y mi hijo residen aquí siempre, mientras que yo vengo dos días a la
semana. No tengo tiem-po de venir todos los días y, además, sale caro.
-¡Y tanto que sale caro! -suspira el de los
panta-lones color rojizo-. Primeramente, en la ciudad no puedes ir a pie hasta
la estación y tienes que tomar un coche...; luego, el billete, que cuesta
cuarenta y dos kopekas... Después, en el camino, que si te compras el
periódico..., o incurres en la debilidad de beberte una copita de vodka...
¡Todos gastos pe-queños... insignificantes!... ¡pero al final del verano
resulta que se te han ido doscientos rublos! . . Claro que tiene más valor el
poder disfrutar de la Natura-leza... , eso no lo voy a discutir... La vida
bucólica...
Pero hay que tener en cuenta lo que son nuestros
sueldos de funcionarios. Por usted mismo sabrá que las kopekas están
contadas... y que si se descuida uno gastando, luego no duerme en toda la
noche...
¡Así es!... Yo, señor mío... (no tengo el gusto de
co-nocer su nombre), cobro cerca de dos mil rublo; al año... tengo el grado de
consejero civil..., y fumo
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GENTE SOBRANTE
tabaco de segunda y no me sobra un rublo para
comprarme el agua mineral de Viehy que me ha si-do prescrita por el médico,
para las piedras del hí-gado.
-Todo, en general, es desagradable -dice Saikin
después de un corto silencio-. Por mi parte, sus-tento la opinión de que la
vida veraniega ha sido inventada por los diablos y por las mujeres. A los
diablos les mueve la maldad, y a las mujeres su ex-trema inconsciencia. Porque
esto no es vida..., ¡es un infierno! ¡Las galeras!... El calor no te deja
respi-rar, y aunque te sofoques, tienes que andar de un lado para otro como un
condenado, sin contar un momento de tranquilidad. En la ciudad estás sin muebles....
sin servicio... ¡Todo se lo llevaron a la
dacha!... En cuanto a alimentarte, ¡sabe el diablo
con qué te ali-mentas!... El té no lo puedes tomar, por-que no hay nadie que
pueda prepararte el samovar...
No te lavas, y cuando llegas aquí, o sea a la plena
Naturaleza, tienes que darte una caminata a pie a través del polvo y con
calor... ¡Puf!... ¿Está usted cansado?
-Sí, señor..., y tengo tres nenitos -suspiran los
pantalones color rojizo.
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ANTON CHÉJOV
-En general, ¡todo es desagradable! Lo
sencilla-mente asombroso es que vivamos todavía.
Por fin, los veraneantes llegan a la colonia, y
Saikim, despidiéndose de los pantalones rojizos, se dirige hacia su dacha.
En su casa, un silencio mortal le sale al
encuen-tro. Tan solo se percibe en ella un zumbido de mosquitos y las
peticiones de auxilio de una mosca caída para la cena de una araña. A través de
las ventanas, de las que cuelgan cortinillas de muselina, se divisan flores de
geranio ya comenzando a mar-chitarse. En las paredes de madera, desprovistas de
pintura, junto a algunas oleografías, dormitan las moscas. Ni en el zaguán, ni
en la cocina, ni en el comedor..., se ve un alma. Solo en la habitación que recibe
al mismo tiempo el nombre de salón y el de sala, encuentra Saikin a su hijo
Petia, chiquillo de seis años. Petia, sentado junto a la mesa, sopando
fuertemente y alargando el labio inferior, está ocu-pado en recortar con unas
tijeras el valet de carreau de una baraja.
-¡Ah! ¿Eres tú, papá! -dice, sin volver la cabeza-.
Hola.
-Hola. ¿Dónde está tu madre?
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GENTE SOBRANTE
-¿Mamá?... Se fue con Olga Kirillovna al ensayo del
teatro. Pasado mañana es la función y me van a llevar a mí...
-¿Y tú vas a ir?
-Ssssí...
-¿Cuándo va a volver?
-Ha dicho que volvería al anochecer.
-Y Natalia, ¿dónde está?
-Mamá se la llevó para que la ayudara a vestirse en
la función, y Akulina se fue al bosque, por setas.
-Papá... , ¿por qué cuando pican los mosquitos se
les pone la tripa roja?
-No sé... Porque chupan la sangre... Entonces, ¿no
hay nadie en casa?
-Nadie. Estoy yo solo.
Saikin se sienta en la butaca y mira por la
venta-na con los ojos embotados.
-Y entonces, ¿quién nos va a servir la comida? -
pregunta.
-Hoy no han hecho comida, papá. Mamá pen-saba que
tú no vendrías, y dispuso que no se hiciera comida. Ella y Olga Kirillovna van
a comer durante el ensayo.
-¡Vaya... vayal... Y tú, ¿qué has comido?
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ANTON CHÉJOV
-Yo he comido leche. Para mí trajeron seis ko-pekas
de leche. Papá..., ¿y por qué chupan la sangre los mosquitos?...
A Saikin le parece de repente que algo pesado le
rueda por dentro hasta alcanzarle el hígado, al que empieza a chupar. De tal
modo se siente enojado, ofendido y amargado, que tiembla y respira con
di-ficultad. Siente ganas de pegar un brinco, de golpear en el suelo con algo
duro y de enfadarse, pero re-cuerda que el médico le ha prohibido
terminante-mente ponerse nervioso. Haciendo un esfuerzo se levanta y se pone a
silbar un pasaje de Los hugono-tes.
-¡Papá!... ¿Sabes tú, trabajar en el teatro? -oye
decir a la voz de Petia.
-¡Aj!... ¡No me molestes con preguntas tontas! - se
irrita Saikin-. ¡Eres más pegajoso que una lapa! Ya tienes seis años y sigues
tan tonto cono hace tres. ¡Qué niño más tonto y más mal criado!... ¿Por qué,
por ejemplo, estropeas la baraja?...cómo te atreves a estropearla?
-La baraja no es tuya -dice Petia, volviéndose-.
Me la ha dado Natalia.
-¡Miente, chiquillo mal criado! -se excita más y
más Saikin-. ¡Estás siempre mintiendo! ¡Lo que hay
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GENTE SOBRANTE
que hacer es darte unos azotes, renacuajo! ¡Tirarte
de las orejas!
Petia se levanta de un salto, estira el cuello y
mi-ra fijamente el rostro encendido y enfadado de su padre. Sus grandes ojos
parpadean primero, luego se humedecen y la cara del niño se contorsiona.
-Pero ¿por qué te enfadas? -chilla Petia-. ¿Qué te
he hecho yo, tonto?... ¡No he hecho nada malo..., no he hecho ninguna
travesura..., y tú te enfadas... ¿Y por qué te enfadas conmigo?...
El pequeño habla con acento convincente y llo-ra
con tal amargura que Saikin se siente avergonda-do.
"Es verdad -piensa-. ¿Por qué le fastidio?
-Bueno, bueno... -dice, cogiéndole por un hom-bro-.
La culpa es mía, Petiuja... Perdóname... Lo que eres es un niño muy listo, muy
bueno, y yo te quiero mucho.
Petia se enjuga los ojos con la manga, se sienta en
el mismo sitio que antes y se pone a recortar la dama de carreau. Sakin entra
en su despacho, se tumba en el diván con las manos debajo de la cabe-za y queda
pensativo. Las recientes lágrimas del chi-quillo han quebrantado su enfado y el
hígado se le
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ANTON CHÉJOV
ha ido aliviando poco a poco. Lo único que siente
es cansancio y hambre.
-¡Papá! -oye decir a través de la puerta-.
¿Quie-res que te enseñe mi colección de insectos?
-¡Sí!... ¡Enséñamela! Fetia entra en el despacho y
presenta a su padre un cajoncito largo, de color ver-de. Ya antes de tenerle
carabajos, saltamontes y moscas clavados con alfileres cerca, Saikin ha
perci-bido un zumbido desesperado y el arañar de unas patitas contra las
paredes de la caja. Levantando la tapa, ve una infinidad de mariposas al fondo
de la caja. Todas, salvo dos o tres mariposas, viven toda-vía y se agitan.
-¡El saltamontes aún está vivo! -se asombra
Pe-tia-. ¡Le cogimos ayer por la mañana y todavía no se ha muerto!
-¿Quién te ha enseñado a clavarlos así?
-Olga Kirillovna.
-Pues a quien habría que clavar es a Olga
Kiri-llovna -dice Saikin, con repugnancia-. ¡Qué ver-güenza! ¡Martirizar a los
animales!...
"¡Dios míol... ¡Cuán terriblemente mal se le
edu-ca!", piensa cuando se marcha Petia.
A Pavel Matveevich ya se le han olvidado el
cansancio y el hambre, y solo piensa en el destino
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GENTE SOBRANTE
de su pequeño. Mientras tanto al otro lado de las
ventanas la luz va apagándose lentamente. Se oye a los veraneantes que vuelven
en pequeños grupos del baño de la tarde. Alguien se detiene ante su ventana
abierta del comedor y grita:
-¿Quieren setas?
Como nadie le contesta, se aleja chapoteando con
los pies desnudos.
Pero cuando el crepúsculo se hace tan denso que ya
los geranios que se divisan a través de los visillos de muselina pierden sus
contornos y por la ventana empieza a entrar el frescor de la noche... escuchan
pasos rápidos, charlas y risas.
-¡Mamá! -chilla Petia.
Saikin se asoma por la puerta del despacho y ve a
su mujer, Nadejda Stepanovna, con su aspecto sonrosado y saludable de siempre.
Con ella está Ol-ga Kirillovna, mujer rubia y seca, de rostro pecoso, y dos
hombres desconocidos. Uno de ellos es joven, alto, de cabellera rojiza y rizada
y nuez prominente. El otro es de pequeña estatura, rollizo, y tiene un rostro
de actor, afeitado, en el que resalta la barbilla oscura y torcida.
-Natalia, prepara el samovar -dice Nadejda
Stehanovna haciendo crujir los pliegues de su vesti-
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do-. Me parece que ha llegado Pavel Matveevich.
¿Dónde estás, Pavel?... ¡Hola, Pavel! -dice, entrando corriendo en el despacho
y respirando anhelosa-mente-. ¿Ya has llegado?... Estoy contentísima. Traigo
conmigo a otros dos aficionados. Ven que te los presente. El más alto es
Koromislov... ¡Canta que es una maravilla!... El otro, el bajito, es
Smorkalov... ¡Enteramente un actor! ¡Lee prodigio-samente! ¡Ay!... Estoy
cansada... Acabamos de ter-minar el ensayo... Todo marcha a las mil maravillas.
Vamos a hacer El huésped del trombón y Ella le espera. La función será pasado
mañana.
-¿Para qué les has traído? -pregunta Saikin.
-¡No tenía más remedio, papaíto!... Después del té
tenemos que repasar los papeles y cantar alguna cosa, Koromislov y yo cantamos
a dúo. ¡Ah!..., que no se olvide... Haz el favor, querido, de mandar a Natalia
por unas sardinas, un poco de vodka, queso y alguna que otra cosa. Seguramente
se quedarán a cenar. ¡Uf, qué cansada estoy!...
-¡Hum!... No tengo dinero.
-No hay más remedio, papaíto... ¡Es violento! ¡No
me hagas ponerme colorada!...
Media hora después sale Natalia en busca del vodka
y de los entremeses. Después de beberse su
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GENTE SOBRANTE
té y de comerse un panecillo francés, Saikin se
retira a su dormitorio y se acuesta mientras Tadejda Ste-panovna y sus
invitados, entre risas y ruido, se po-nen a ensayar los papeles. Durante largo
rato escuchó Pavel Matveevich la voz nasal de Koro-mislov leyendo y las
exclamaciones declamatorias de Smerkalov... A la lectura sigue una larga
peroración interrumpida por la risa chillona de Olga Kirillovna. Con el tono
autoritario de un actor de veras, aplo-mo y valor, Smerkalov explica los
papeles. Luego viene un dúo, y después un ruido de vajilla... Sailin, entre
sueños, oye cómo suplican a Smerkalov para que lea La pecadora, y cómo aquel,
después de hacer-se rogar, empieza su recitación. En ella silba, se gol-pea el
pecho, llora y ríe con voz ronca de bajo...
Saikin hace una mueca de desairado y mete la cabeza
bajo la manta.
-Van ustedes demasiado lejos y esta muy oscuro -oye
decir al cabo de una hora a la voz de Nadejda Stepanovna-. ¿Por qué no se
quedan a dormir?...
Koromislov se puede echar aquí, en el salón sobre
el diván, y Smerkalov en la cama de Petia. A Petia se le pone en el despacho de
mi marido. ¿Verdad?...
¡Quédense!
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Por fin, cuando el reloj da las dos de la
madru-gada, todo queda inmóvil. La puerta del dormitorio se abre y aparece
Nadejda Stepanovna.
-¡Pavel!... ¿Estás dormido?... -murmura.
-No. ¿Por qué?
-Querido..., vete al despacho y échate en el di-ván
para que pueda acostarse aquí Olga Kirillovna. ¡Anda, querido..., ve! Yo la
hubiera puesto en el despacho pero le da miedo dormir sola. ¡Anda...,
levántate)
Saikin se levanta, se echa encima una bata y
car-gado con la almohada, se arrastra hacia el despacho. Cuando alcanza a
tientas el diván, enciende una pe-rilla y ve a Petia echado encima de éste. El
chiquillo no duerme y con ojos muy abiertos mira la cerilla.
-¡Papá!..., ¿por qué no duermen los mosquitos por
la noche?...
-Porque..., porque... tú y yo estamos aquí de
so-bra. No tenemos ni siquiera un sitio en donde dor-mir .
-¡Papá!... ¿y por qué Olga Kirillovna tiene pecas
en la cara?
-¡Ah!... ¡Déjame! ¡Me aburres!
Después de pensarlo un poco, Saikin decide vestirse
y salir a la calle para refrescarse. Allí con-
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templa el cielo gris matinal, las nubes inmóviles.
Escucha el perezoso grito del rascón adormilado y empieza a soñar con el día de
mañana, en el que ya otra vez de vuelta en la ciudad y regresando del Juz-gado,
podrá echarse a dormir. De una esquina surge de pronto una figura humana.
"Seguramente el guarda", piensa Saikin.
Pero luego, cuando ésta se le aproxima y puede verla más detenidamente,
reconoce en ella al veraneante de los pantalones rojizos, conocido la víspera.
-¿No duerme usted? -pregunta.
-No... No tengo sueño -suspiran los pantalones
rojizos-. Me estoy recreando en la Naturaleza. Sabe usted..., a mi casa, en el
tren de la noche, nos Ilegó una querida huéspeda..., la mamá de mi mujer.
Vi-nieron con ella mis sobrinas, unas muchachas exce-lentes... Estoy muy
contento, aunque... ¡Hace mucha humedad!... , ¿no es cierto? ¿Y usted?... ¿Ha
salido usted también a recrearse en la Naturaleza?
-Sí... -muge Saikin-. También yo me estoy
re-creando en la Naturaleza... Diga... ¿Sabe si por aquí cerca hay alguna
taberna o restaurante?
Los pantalones de color rojizo alzan los ojos al
cielo y quedan profundamente pensativos.


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