© Libro N° 8570. Kashtanka. Chejov,
Anton P. Emancipación. Mayo 1 de 2021.
Título
original: © Kashtanka. Anton P. Chejov
Versión Original: © Kashtanka. Anton P. Chejov
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
https://biblioteca.org.ar/libros/155038.pdf
Licencia Creative Commons:
Emancipación
Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Portada E.O. de Imagen original:
https://imaginaria.com.ar/wp-content/uploads/2012/06/01-Kashtanka.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Anton P. Chejov
Kashtanka
Anton P. Chejov
I
MALA CONDUCTA
Un perro joven y canelo -un chucho de raza
in-definida-, de morro muy parecido al de una raposa, corría adelante y atrás
por la acera y miraba inquieto a los lados. De tarde en tarde se detenía y, con
las-timero aullido, levantaba ya una, ya otra de sus he-ladas patas, tratando
de comprender cómo había podido perderse.
Recordaba muy bien lo que había hecho durante el
día y cómo, a la postre, había ido a parar a aquella desconocida acera.
Por la mañana, su amo, el ebanista Luká
Ale-xándrich, se había puesto el gorro, había tomado
bajo el brazo cierta pieza de madera envuelta en un
trapo rojo y había gritado:
- ¡Vamos,
Kashtanka!
Al oír su nombre, el chucho de raza indefinida
había salido de debajo del banco de carpintero, donde de ordinario dormía entre
las virutas, se ha-bía estirado agradablemente y había seguido a su amo. Los
clientes de Luká Alexándrich vivían muy lejos, así que antes de llegar hasta
cada uno de ellos el ebanista debía hacer algunas paradas en las taber-nas para
reponer sus fuerzas. Kashtanka recordaba que por el camino su conducta había
sido muy in-conveniente. La alegría de que le hubiesen sacado a pasear le hacía
dar brincos, ladrar al tranvía de caba-llos, meterse por los patios y perseguir
a todos los perros que se encontraba. A cada instante el eba-nista lo perdía de
vista, lo llamaba y le reñía enfada-do. En una ocasión, con expresión de cólera
pintada en el semblante, había llegado a agarrarle de su oreja de raposa,
dándole unos tirones, y había dicho, alar-gando las palabras:
-¡O-ja-lá re-vien-tes, canalla!
Después de despachar con los clientes, Luká
Alexándrich se acercó un momento a casa de su hermana, donde bebió una copa y
tomó un bocado,
De allí se dirigió a visitar a un encuadernador
cono-cido, del encuadernador a la taberna, de la taberna a ver un compadre,
etc. En unas palabras, cuando Kashtanka se vio en aquella acera extraña, ya
ano-checía y el ebanista estaba borracho como una cuba. Agitaba los brazos y,
suspirando profundamente, balbuceaba:
-Todos hemos nacido en el pecado. ¡Oh, peca-dores,
pecadores! Ahora vamos por la calle y mira-mos las farolas, pero cuando nos
llegue la muerte nos consumiremos en el fuego del infierno...
O bien le daba por un tono bonachón, llamaba a
Kashtanka y le decía:
-Tú, Kashtanka, no eres más que un insecto. Si se
te compara con el hombre, eres como un mal carpintero frente a un buen
ebanista...
Estaba hablando así con él cuando resonaron los
acordes de una banda militar. Kashtanka, volvió la cabeza y vio que por la
calle, hacia él, venía un regimiento. No podía soportar la música, que le
descomponía los nervios, y empezó a aullar, yendo y viniendo. Con gran asombro
suyo, el ebanista, en vez de asustarse, de chillar y ladrar, sonrió
amplia-mente y, poniéndose en posición de firmes, se llevó la mano a la visera.
Viendo que su amo no protesta-
ba, Kashtanka aulló con más fuerza y, sin
compren-der lo que hacía, cruzó la calzada hasta la acera opuesta.
Al darse cuenta de las cosas, la música ya no se
oía y el regimiento había desaparecido, corrió al lu-gar donde había dejado a
su amo, pero, ¡ay!, el eba-nista ya no estaba allí, parecía que se le hubiera
tragado la tierra... Kashtanka olisqueó la acera con la esperanza de encontrar
al amo por el olor de sus huellas, pero un miserable acababa de pasar con sus
chanclos nuevos y todos los olores delicados se confundían con aquella peste de
la goma, hasta tal punto, que era imposible distinguir nada.
Kashtanka corrió adelante y atrás sin encontrar a
su dueño. A todo esto había oscurecido. A ambos lados de la calle encendieron
las farolas, las ventanas de las casas se fueron iluminando. Caían unos copos
grandes y esponjosos, cubriendo de blanco la calza-da, los lomos de los
caballos y los gorros de los co-cheros, y cuanto más oscuro era el aire, más
claros se hacían los objetos. junto a Kashtanka, cubriendo su campo visual y
empujándole con sus pies y pier-nas, no cesaban de ir y venir clientes desconocidos.
(Kashtanka dividía a toda la humanidad en dos par-tes muy desiguales: amos y
clientes, con la diferencia
esencial, entre unos y otros, de que los primeros
podían pegarle y a los segundos él mismo estaba autorizado para morderles las
pantorrillas.) Los clientes tenían prisa y no le prestaban atención al-guna.
Cuando se hizo completamente de noche, Kashtanka se
vio dominado por la desesperación y el miedo. Se arrimó a un portal y empezó a
llorar amargamente. Las andanzas de todo el día con Luká Alexándrich le habían
fatigado, sentía frío en las orejas y las patas y, para colmo de males, estaba
hambriento. Desde por la mañana sólo había tenido ocasión de llevarse algo al
estómago dos veces: un poco de cola en casa del encuadernador y una tripa de
salchichón que había encontrado junto al mos-trador de una de las tabernas. Y
eso era todo. Si hu-biese sido persona, a buen seguro habría pensado: «No, esta
vida es imposible. ¡Hay que pegarse un tiro!»
II
EL MISTERIOSO DESCONOCIDO
Pero no pensaba en nada y se limitaba a llorar.
Cuando la nieve suave y esponjosa hubo cubierto su lomo y su cabeza, y,
exhausto, se había sumido en una pesada modorra, la puerta en que se hallaba
apoyado hizo un ruido, chirrió y le golpeó en un costado. Dio un salto. Por la
puerta salió un hom-bre que pertenecía a la categoría de los clientes. Como
Kashtanka había lanzado un chillido, enre-dándosele entre las piernas, aquel
hombre no pudo por menos que advertir su presencia. Se inclinó y preguntó:
-¿De dónde vienes, perrito? ¿Te he hecho daño?
Bueno, no te enfades, no te enfades... Perdóname.
Kashtanka miró al desconocido a través de los copos
que colgaban de sus pestañas y vio ante sí a un hombrecillo bajo y regordete,
de cara redonda y afeitada, con sombrero de copa y el abrigo desabro-chado.
-¿De qué te quejas? -prosiguió él, mientras con un
dedo le quitaba la nieve del lomo-. ¿Dónde está tu amo? Te has perdido,
¿verdad? ¡Pobre perrito! ¿Qué vamos a hacer ahora?
Percibiendo en la voz del desconocido un matiz
cordial y cariñoso, Kashtanka le lamió la mano y au-lló más lastimeramente
todavía.
-¡Resulta muy divertido! -dijo el hombre- ¡Eres
totalmente un zorro! En fin, no hay otro remedio: vente conmigo. Tal vez sirvas
para algo... ¡Ea, va-mos!
Chasqueó la lengua e hizo a Kashtanka una señal que
únicamente podía significar una cosa: «Ven.» Y Kashtanka le siguió.
Media hora más tarde estaba ya sentado sobre sus
cuartos traseros en el suelo de una habitación espaciosa y bien iluminada, con
la cabeza inclinada a un costado y contemplando con ternura y curiosi-dad al
desconocido, que daba buena cuenta de su cena. A la vez que comía le echaba
algún trozo... En
un principio le dio pan y una corteza verde de
que-so, luego un pedazo de carne, medio pastelillo y unos huesos de pollo; el
perro, hambriento, lo de-voraba todo con tal rapidez, que ni siquiera llegaba a
advertir el sabor de lo que engullía. Cuanto más comía, mayor era su hambre.
-¡Parece que no te alimentan muy bien tus amos!
-dijo el desconocido, viendo con qué ansia feroz tragaba sin masticar-. ¡Y qué
flaco estás! No tienes más que piel y huesos...
Kashtanka comió mucho, aunque sin llegar a
hartarse; sentíase como borracho. Después de la cena se tumbó en el suelo,
estiró las patas y meneó el rabo, sintiendo en todo su cuerpo una agradable
languidez. Mientras su nuevo amo, retrepado en el sillón, fumaba un cigarro, él
meneaba el rabo y tra-taba de dilucidar un problema: ¿Dónde se estaba mejor,
con el desconocido o con el ebanista? La vivienda del desconocido era pobre y
fea; quitando los sillones, el diván, el quinqué y las alfombras, no había nada,
y la habitación parecía vacía. En casa del ebanista, en cambio, todo se
encontraba repleto de cosas; estaban la mesa, el banco de carpintero, montones
de virutas, cepillos, garlopas, sierras, la jaula del jilguero, el barreño...
La habitación del des-
conocido no olía a nada, mientras que en la casa
del ebanista siempre había un espléndido olor a cola, barniz y virutas. Pero la
vivienda del desconocido ofrecía una gran ventaja. Le daban abundante comi-da
y, había que hacerle justicia, cuando Kashtanka estaba ante la mesa y le miraba
enternecido, no le golpeó ni una sola vez, no pataleó ni llegó a gritar
siquiera: «¡Vete de ahí, maldito!»
Terminado su cigarro, el nuevo amo salió por unos
instantes para volver con una pequeña col-choneta en las manos.
-¡Eh, perro, acércate! -dijo, poniendo la
colcho-neta en un rincón, al pie del diván -. Echate aquí, duérmete.
Luego apagó el quinqué y se marchó. Kashtanka se
tendió en la colchoneta y cerró los ojos; de la ca-lle llegó un ladrido que
sintió deseos de contestar, pero de pronto, cuando menos lo esperaba, le
inva-dió una oleada de tristeza. Recordó a Luká Alexán-drich, a su hijo
Fiédiushka, el confortable rinconcito de debajo del banco... Recordó las largas
tardes de invierno, cuando el ebanista cepillaba sus maderas o leía en voz alta
el periódico y Fiédiushka solía jugar con él... Le agarraba las patas traseras,
lo sacaba de debajo del banco y hacía con él tales diabluras, que
se le nublaba la vista y llegaba a sentir dolor en
to-das las articulaciones. Le hacía andar a dos patas, lo convertía en campana,
es decir, le tiraba fuerte-mente del rabo hasta que el animal empezaba a
chi-llar y a ladrar, le daba a oler tabaco... Resultaba verdaderamente
horrorosa una de las travesuras de Fiédiushka: ataba a una cuerda un trozo de
carne, se lo daba a Kashtanka y, cuando éste lo había tragado, entre grandes
risas, se lo sacaba del estómago. Y cuanto más vivos eran los recuerdos, tanto
más fuertes y lastimeros eran los aullidos de Kashtanka.
Pero la fatiga y el calorcillo no tardaron en
ven-cer la tristeza... Quedóse amodorrado. Creyó ver perros que pasaban
corriendo; entre otros, vio el lulú con el cual se había encontrado aquel día
en la calle, muy lanudo, con una catarata en un ojo y un mechón que le caía
junto a la nariz. Fiédiushka, con una barra de hierro en la mano, perseguía al
lulú; luego se cubrió de pronto de lanas, ladró alegre-mente y se fue a reunir
con Kashtanka. Uno y otro se olisquearon las narices y corrieron a la calle...
III
UNA NUEVA AMISTAD, QUE RESULTA
MUY AGRADABLE
Cuando Kashtanka se despertó había ya luz y desde
la calle llegaban ruidos que únicamente se oyen de día. En la habitación no
había ni un alma. Kashtanka se estiró, bostezó y, enfadado y sombrío, dio unas
vueltas por la pieza. Olisqueó los rincones y los muebles, se asomó a la
entrada y no encontró nada interesante. Además de la puerta que daba al
recibidor, había otra. Después de pensarlo, Kashtan-ka arañó con ambas patas,
la abrió y entró en el cuarto siguiente. Allí, en una cama y cubierto con su
manta, dormía un cliente que él identificó con el desconocido de la víspera.
-Rrrr... -gruñó, pero, recordando el festín de la
víspera, meneó el rabo y se dedicó a olisquear.
Pasó revista a la ropa y a las botas del
descono-cido y encontró que olían intensamente a caballo. En el dormitorio
había una nueva puerta, que tam-bién estaba cerrada. Kashtanka arañó en ella,
empujó con el pecho, la abrió e instantáneamente advirtió un olor extraño, muy
sospechoso. Previendo un desagradable encuentro, sin cesar de gruñir y mi-rando
a un lado y a otro, penetró en un pequeño cuarto, cuyas paredes estaban
cubiertas por un papel muy sucio, y se hizo atrás, dominado por el miedo. Había
visto algo inesperado y espantoso. Con el cuello y la cabeza casi pegados al
suelo, las alas des-plegadas y palpando, avanzaba sobre él un ganso de plumaje
gris. A un lado, sobre una colchoneta, había un gato blanco; al ver a Kashtanka
se puso en pie de un salto, encorvó el espinazo y, con la cola tiesa y el pelo
erizado, emitió un bufido. El perro se asustó de veras, pero, para disimular el
miedo que le domi-naba, lanzó un sonoro ladrido y se arrojó sobre el gato. Este
encorvó todavía más el espinazo, repitió el bufido y dio a Kashtanka un zarpazo
en la cabeza. El perro se hizo atrás de un salto, agachóse, alargó hacia el
gato el hocico y ladró con voz lastimera; en
este tiempo el ganso se le acercó por detrás y le
dio un tremendo picotazo en el lomo. Kashtanka se arrojó de un salto sobre el
gato...
-¿Qué pasa ahí? - se oyó una voz sonora y
enfa-dada, y en el cuarto entró el desconocido de batín y con un cigarro entre
los dientes- ¿Qué significa es-to? ¡Cada uno a su sitio!
Se acercó al gato, le dio unas palmadas en el
en-corvado lomo y dijo:
-¿Qué significa esto, Fiódor Timoféich? ¿Os
pelea-bais? ¡Ah, viejo canalla! ¡Échate!
Y, volviéndose hacia el ganso, gritó:
-¡Iván Ivánich, a tu sitio!
El gato se acostó dócilmente en su colchoneta y
cerró los ojos. A juzgar por la expresión de su cara y sus bigotes, él mismo
estaba descontento de haber-se acalorado y de enzarzarse en la riña. Kashtanka
refunfuñó ofendido y el ganso estiró el cuello y em-pezó a hablar rápidamente,
con pasión y vocalizan-do muy bien, pero sin que se le entendiese nada.
-Bueno, bueno - dijo el amo, bostezando Hay que
vivir en paz y buena amistad.
Hizo una caricia a Kashtanka y prosiguió:
-Y tú, canelo, no tengas miedo... son buena gente,
no te harán nada malo. Pero, espera, ¿cómo
te vamos a llamar? Porque no puedes estar sin
nombre, amigo.
El desconocido lo pensó y dijo:
-Verás... Te vas a llamar Tío... ¿ Comprendes?
¡Tío!
Y, después de repetir varias veces la palabra
«Tío», salió del cuarto. Kashtanka se sentó y se dedi-có a observar. El gato
permanecía inmóvil en la col-choneta, haciendo como que dormía. El ganso, con
el cuello estirado, se removía en su sitio sin cesar de hablar, con el calor y
la rapidez de antes, en su len-guaje. Parecía un ganso muy inteligente; después
de cada parrafada se hacía atrás con un gesto de asom-bro, como admirado de su
propio discurso... Kash-tanka lo estuvo escuchando un rato, contestó con un «
rrrr... » y se dedicó a oler los rincones. En uno de ellos había un pequeño
comedero en el que vio guisantes reblandecidos y unas cortezas de pan de
centeno mojado en agua. Probó los guisantes, pero no le agradaron; probó las
cortezas y le parecieron buenas. El ganso no se enfadó lo más mínimo al ver que
un perro desconocido se comía sus alimentos; al contrario, se puso a hablar con
más calor todavía, y para demostrar su confianza, se acercó él mismo al
comedero y engulló unos cuantos guisantes.
IV
MARAVILLAS Y PORTENTOS
Poco después volvió el desconocido trayendo un
extraño objeto en forma de trapecio. Del trave-saño de aquel tosco trapecio de
madera colgaba una campana y en él había sujeta una pistola. Del badajo de la
campana y del gatillo de la pistola pendían unas cuerdas. El desconocido colocó
el trapecio en el centro del cuarto, pasó bastante tiempo desatan-do y atando,
y luego miró al ganso y dijo:
-Tenga la bondad, Iván Ivánich.
El ganso se acercó a él y quedó a la expectativa.
-¡Ea! - siguió el desconocido -, empezaremos
por el principio. Ante todo, saluda y haz la
reveren-cia. ¡Vivo!
Iván Ivánich alargó el cuello, lo inclinó a derecha
y a izquierda y golpeó el suelo con la pata.
-Muy bien... ¡Ahora muérete!
El ganso se tendió sobre su espalda con las pa-tas
en alto. Después de realizar algunos números por el estilo, nada difíciles, el
desconocido se llevó las manos a la cabeza, puso una cara de espanto y
gritó-¡Socorro! ¡Que se quema la casa! ¡Que arde-mos!
Iván Ivánich corrió hacia el trapecio, tomó la
cuerda con el pico e hizo sonar la campana.
El desconocido quedó muy satisfecho, pasó la mano
por el cuello del ganso y dijo:
-Muy bien, Iván Ivánich, Ahora eres un joyero que
vende oro y brillantes. Llegas a la tienda y te encuentras con unos ladrones.
¿Qué harías en tal caso?
El ganso agarró con el pico la otra cuerda y dio un
tirón, con lo que se produjo un ensordecedor disparo. A Kashtanka le había
agradado mucho el repicar de la campana, pero el disparo le entusiasmó tanto,
que empezó a ladrar y a dar vueltas alrededor del trapecio.
-¡A tu sitio, Tío! -gritó el desconocido-.
¡Silencio!
El trabajo de Iván Ivánich no había terminado ahí.
Durante toda una hora el desconocido le hizo correr alrededor de él, mientras
hacía restallar el lá-tigo; el ganso debía saltar barreras y atravesar aros,
encabritarse, es decir, sentarse sobre la cola y mover las patas. Kashtanka,
sin apartar los ojos de Iván Ivá-nich, chillaba de entusiasmo, y en varias
ocasiones lo siguió corriendo, con un sonoro ladrido. Cuando el hombre y el
ganso se hubieron cansado, el desco-nocido se limpió el sudor de la frente y gritó:
-¡María, trae a Javronía Ivánovna!
Al cabo de un minuto se oía un gruñido...
Kash-tanka dio un respingo, adoptó un aire muy bravo y, por si acaso, se arrimó
al desconocido. Se abrió la puerta, se asomó una vieja y, después de decir unas
palabras, dejó pasar a un cerdo muy feo. Sin prestar atención alguna a las
protestas de Kashtanka, el cer-do levantó el hocico y gruñó alegremente.
Parecía muy contento de ver a su amo, al gato y a Iván Ivá-nich. Se acercó al
minino, le empujó ligeramente con el hocico por debajo de la tripa y luego se
puso a hablar con el ganso; en sus movimientos, en su voz y en el temblor del
rabo se advertía una gran dosis de bondad. Kashtanka comprendió al instante que
no merecía la pena gruñir y ladrar a tales sujetos.
El amo retiró el trapecio y gritó:
-¡Fiódor Timoféich, venga aquí!
El gato se levantó, se estiró perezosamente y con
desgana, como quien hace un favor, se acercó al cerdo.
-¡Ea!, empezaremos por la pirámide egipcia - dijo
el amo. Se entretuvo largo rato en dar explica-ciones y luego ordenó: «Uno...
dos... ¡tres! » Iván Ivá-nich, al oír la palabra «tres», batió las alas y saltó
al lomo del cerdo... Cuando con ayuda de las alas y del cuello logró afirmarse
sobre el áspero lomo, Fiódor Tímoféich, indolente y perezoso, con franco
des-precio y como si todo su arte le importase un bledo, subió al lomo del
cerdo y luego, con desgana, saltó sobre el ganso y se colocó en posición vertical
sobre las patas traseras. Resultó lo que el desconocido de-nominaba pirámide
egipcia. Kashtanka aulló de entu-siasmo, pero en este tiempo el viejo gato
bostezó y, perdido el equilibrio, se cayó del ganso. Iván Ivánich se tambaleó y
también se vino abajo. El desconoci-do gritó, agitando mucho los brazos, y
repitió las explicaciones.
Después de una hora de ejercicios perfeccio-nando
la pirámide, el infatigable amo se dedicó a
enseñar a Iván Ivánich a cabalgar sobre el gato,
hizo fumar a éste, etc.
Terminada la lección, el desconocido se limpió el
sudor de la frente y salió del cuarto. Fiódor Timo-féich soltó un desdeñoso
bufido, se tumbó en la col-choneta y cerró los ojos. Iván Ivánich se dirigió al
comedero y el cerdo fue retirado por la vieja.
Las muchas novedades de la jornada hicieron que el
tiempo transcurriera para Kashtanka insensi-blemente; al hacerse la noche fue
llevado con su colchoneta al cuarto del sucio empapelado y allí durmió en
compañía de Fiódor Timoféich y del ganso.
V
¡TALENTO! ¡TALENTO!
Transcurrió un mes.
Kashtanka se había habituado a las sabrosas
co-midas diarias y a que le llamasen Tío. Se habituó también al desconocido y a
sus nuevos compañeros de vivienda. La vida se deslizaba como sobre rue-das.
Los días empezaban siempre lo mismo. De or-dinario,
el primero en despertarse era Iván Ivánich, que inmediatamente se acercaba al
Tío o al gato, es-tiraba el cuello y comenzaba a hablar con calor, co-mo el que
trata de convencer de algo, aunque sus frases seguían siendo tan
incomprensibles como antes. En ocasiones levantaba la cabeza y pronun-
ciaba largos monólogos. En un principio Kashtanka
pensó que el ganso hablaba mucho porque era muy inteligente, pero no tardó en
perderle todo el res-peto; cuando se le acercaba con sus interminables
discursos, no movía ya el rabo, sino que trataba de sacudírselo como se hace
con un charlatán impor-tuno que no deja dormir a nadie, y sin la menor
ce-remonia le respondía: «Rrrr ...»
Fiódor Timoféich era un señor de otro linaje; al
despertarse, no emitía ruido alguno, no se movía y ni siquiera abría los ojos.
De buena gana no se ha-bría despertado, porque, según todos los síntomas, no
tenía apego a la vida. Nada le interesaba, todo lo miraba con indiferencia y
desdén, lo despreciaba todo e incluso, a la hora de la comida, hacía ascos a
los sabrosos manjares.
Kashtanka, al despertarse, empezaba a recorrer las
habitaciones, oliendo en cada rincón. Sólo el gato y él tenían permiso para
andar por todo el piso; el ganso no debía traspasar el umbral del cuarto del
empapelado sucio, y Javronia Ivánovna vivía fuera, en un cobertizo del patio, y
sólo aparecía a la hora de la lección. El amo se despertaba tarde, tomaba el té
e inmediatamente se entregaba a sus ejercicios con los animales. Cada día
aparecían en la habitación el tra-
pecio, el látigo y los aros, y cada día se repetía
lo mismo casi sin variación alguna. La lección duraba de tres a cuatro horas,
de modo que a veces Fiódor Timoféich llegaba a tambalearse como un borracho,
Iván Ivánich abría el pico, respirando fatigosamente, y el amo, rojo como un
tomate, no cesaba de limpiar-se el sudor de la frente.
Las lecciones y la comida hacían los días muy
interesantes, pero al llegar la noche venía el aburri-miento. El amo solía
salir llevando consigo al ganso y al gato. El Tío se quedaba solo, se acostaba
en su colchoneta y se entregaba a sus tristes pensamien-tos... La tristeza le
invadía sin que él mismo se diese cuenta, haciéndose cada vez más intensa, lo
mismo que la oscuridad de la habitación. Los primeros síntomas eran que el
perro perdía por completo los deseos de ladrar, de comer, de recorrer las habita-ciones
y hasta de mirar a nada; luego en su imagina-ción aparecían dos figuras.
confusas, que no sabría decir si eran perros o personas, de fisonomía
agra-dable y simpática, aunque no acababa de identifi-carlas. Cuando se le
presentaban, el Tío meneaba el rabo; le parecía haber visto y querido a
aquellos se-res en otro lugar... Y al dormirse, siempre sentía que
de esas figuras emanaba un olor a cola, a virutas y
a barniz.
Cierta vez, antes de comenzar la lección, cuando ya
se había hecho por completo a la nueva vida y de un chucho flaco que era se
había convertido en un perro gordo y bien criado, el amo le acarició y le dijo:
-Ya es hora, Tío, de que hagamos algo práctico. Se
acabó el holgazanear. Quiero hacer de ti un ar-tista... ¿Quieres ser artista?
Y empezó a enseñarle diversas habilidades. En la
primera lección aprendió a mantenerse de pie y a marchar sobre las patas
traseras, cosa que fue muy de su agrado. En la segunda hubo de saltar, siempre
sobre las patas traseras, hasta alcanzar un terrón de azúcar que el maestro
mantenía en alto sobre su cabeza. Luego vino bailar, correr sujeto a la cuerda,
describiendo círculos, aullar a los sones de la músi-ca, tocar la campana y
disparar; al cabo de un mes ya podía reemplazar perfectamente a Fiódor Timoféich
en la «pirámide egipcia». Era muy aplicado y se sen-tía satisfecho de sus
éxitos; correr con la lengua fue-ra, saltar por arco y cabalgar sobre el viejo
Fiódor Timoféích le proporcionaba el mayor de los placeres. Cada ejercicio bien
hecho lo acompañaba de sono-
ros y entusiásticos ladridos; el maestro, pasmado,
se entusiasmaba también y se frotaba las manos.
-Eres un talento, un talento – decía-. ¡Un talento
indudable! Seguro que tendrás éxito.
VI
UNA NOCHE INTRANQUILA
El Tío soñó que le perseguía un portero con su
escoba y se despertó sobresaltado.
La habitación estaba silenciosa y oscura, el calor
era sofocante. Las pulgas le picaban. El Tío no había sentido nunca miedo a la
oscuridad, pero ahora le invadía el terror y le entraron ganas de ladrar. En la
pieza vecina el amo suspiro profundamente; luego, al cabo de un rato, el cerdo
gruñó en su cobertizo, y todo quedó de nuevo en silencio. Cuando uno pien-sa en
la comida el alma parece aliviada, y el Tío em-pezó a pensar que aquel día
había robado a Fiódor Timoféich una pata de pollo, que dejó escondida en la
sala, entre el armario y la pared, en un lugar donde
abundaban las telarañas y el polvo. Le habría
agra-dado acercarse ahora y mirar si la pata seguía en su sitio. Era muy
posible que el amo la hubiese encon-trado y se la hubiera comido. Pero hasta la
mañana no se podía salir de la habitación: tal era la norma establecida. El Tío
cerró los ojos para dormirse pronto, pues por experiencia sabía que cuanto
antes se duerme uno más de prisa viene la mañana. Pero en esto, no lejos de él
resonó un grito terrible, que le hizo estremecerse y ponerse de pie. Era Iván Ivá-nich,
y su grito no era el de un charlatán que quiere convencer, como hacía a diario,
sino algo salvaje y estridente, antinatural, parecido al chirrido de una puerta
al abrirse. Sin ver nada en las tinieblas que le rodeaban, sin comprender lo
que ocurría, el Tío sin-tió más miedo aún y gruñó:
-Rrrr..
Transcurrió algún tiempo, el que se necesitaría
para roer un buen hueso; el grito no se repitió. El Tío se fue tranquilizando y
se durmió de nuevo. So-ñó con dos grandes perros negros; de los flancos y de
las patas traseras les colgaban sucios mechones de pelo; comían ávidamente
desperdicios en un ba-rreño, del que se desprendía un vapor blanco y un olor
muy apetitoso. En ocasiones miraban al Tío,
enseñaban los colmillos y gruñían: «A ti no te
dare-mos nada.» Pero de la casa salió un hombre vestido con un largo capotón y
los echó con un látigo. En-tonces, el Tío se acercó al barreño y se puso a
co-mer, pero en cuanto el hombre se hubo retirado, los perros negros de antes
se arrojaron sobre él, y en este momento resonó otro penetrante grito.
-¡Cua! ¡Cua-cua-cua!- gritaba Iván Ivánich.
El Tío se despertó, se puso en pie de un salto y,
sin salir de la colchoneta, emitió un largo aullido. Imaginábase que el autor
del grito no era Iván Ivá-nich, sino un desconocido. En el cobertizo volvió a
gruñir el cerdo.
Se oyó el arrastrar de unas zapatillas y en el
cuartito entró el amo envuelto en su batín y con una vela en la mano. Los
destellos de la luz saltaron por el sucio papel de las paredes y por el techo,
expul-sando la oscuridad. El Tío vio que en la habitación no había nadie
extraño. Iván Ivánich no dormía. Es-taba tendido en el suelo, con las alas
caídas y el pico entreabierto, como si se sintiese muy fatigado y qui-siera
beber. Tampoco dormía el viejo Fiódor Timo-féich, despertado, sin duda, por el
grito.
-¿Qué te ocurre, Iván Ivánich? - preguntó el amo al
ganso-. ¿Por qué gritas? ¿Estás enfermo?
El ganso guardó silencio. El amo le pasó la ma-no
por el cuello y el espinazo y dijo:
-Eres un impertinente: ni duermes ni dejas dormir.
El amo salió, llevándose la luz, y de nuevo que-dó
todo sumido en las tinieblas. El Tío sintió miedo. El ganso no gritaba, pero de
nuevo creyó que en la oscuridad había alguien extraño. Y lo peor de todo era
que a ese alguien no se le podía morder, porque era invisible y carecía de
forma. Pensó que esta no-che había de ocurrir forzosamente algo muy malo.
Fiódor Timoféích se mostraba también inquieto. El Tío oía cómo se removía en su
colchoneta, bostezaba y sacudía la cabeza.
En la calle llamaron a una puerta y en el
cober-tizo gruñó el cerdo. El Tío aulló, extendió las patas delanteras y colocó
la cabeza entre ellas. En los gol-pes dados a la puerta, en el gruñido del
cerdo - desvelado también -, en la oscuridad y en el silencio, advertía algo
que le producía angustia y miedo, lo mismo que el grito de Iván Ivánich. Todo
le causaba alarma e inquietud, pero ¿por qué? ¿Quién era ese ser extraño que no
se dejaba ver? junto al Tío, por un instante, brillaron dos turbias lucecitas
verdes. Por primera vez desde que se conocían Fiódor Timo-
féich se acercaba a él. ¿Qué querría? El Tío le
lamió una pata y, sin preguntare la causa de su venida, au-lló suavemente y en
distintos tonos.
-¡Cua! -gritó Iván Ivánich-. ¡Cua-a-a!
La puerta se abrió de nuevo y entró el amo con la
vela. El ganso seguía lo mismo que antes, con el pico abierto y las alas
caídas. Sus ojos estaban cerra-dos.
-Iván Ivánich -le llamó el amo.
El ganso no se movió. El amo se sentó ante él en el
suelo, lo miró un rato en silencio y dijo:
-¿Qué es eso, Iván Ivánich? ¿Te vas a morir? ¡Ah,
ahora lo recuerdo! - exclamó, llevándose las manos a la cabeza Ya sé lo que te
ocurre! ¡Es el pisotón que hoy te dio el caballo! ¡Dios mío, Dios mío!
El Tío no alcanzaba a comprender lo que decía el
dueño, pero por su cara vio que éste esperaba algo terrible. Alargó el morro
hacia la oscura venta-na por la que, creyó él, miraba un desconocido y aulló.
-¡Se muere, Tío! - dijo el amo, y juntó ambas
manos-. Sí, sí, se muere. La muerte ha venido a vi-sitarnos. ¿ Qué podríamos
hacer?
Pálido e inquieto, suspirando y meneando la
ca-beza, el amo volvió a su dormitorio. El Tío sintió
miedo de quedarse en la oscuridad y lo siguió. El
se sentó en la cama y repitió varias veces:
-Dios mío, ¿qué se podría hacer?
El Tío iba y venía junto a sus pies, sin
compren-der las razones de su angustia e inquietud; en sus deseos de alcanzar
la causa de todo esto, no se per-día ni uno solo de sus movimientos. Fíódor
Timoféich, que raras veces abandonaba su colchoneta, salió también al
dormitorio del amo y comenzó a frotarse en las piernas de éste. Sacudió la
cabeza, como si quisiera desprenderse de graves pensamientos, y miró
sospechosamente debajo de la cama.
El amo tomó un platillo, lo llenó de agua en el
grifo y volvió al cuarto del ganso.
-Bebe, Iván Ivánich - dijo cariñosamente, ponien-do
ante él el platillo-. Bebe, querido.
Pero Iván Ivánich no se movió ni abrió los ojos. El
dueño le acercó la cabeza al platillo y le metió el pico en el agua, pero el
ganso no quiso beber, dejó caer aún más las alas y su cabeza quedó inmóvil en
el platillo.
- ¡No, ya es
imposible hacer nada! - suspiró el amo Se acabó todo. ¡Adiós, Iván Ivánich!
Y por sus mejillas se deslizaron unas gotitas
bri-llantes, parecidas a las que bajan por las ventanas
cuando llueve. Sin comprender nada de esto, el Tío
y Fiódor Timoféich se apretaron contra él y miraron horrorizados al ganso.
-¡Pobre Iván Ivánich! -decía el amo, suspirando
tristemente- Y yo que pensaba llevarte esta primave-ra al campo, a que
corrieses por la hierba verde...
¡Te has muerto, mi bueno y querido compañero de
fatigas! ¿Cómo me las voy a arreglar sin ti?
Al Tío le pareció que también a él le iba a
suce-der algo parecido, es decir, que, sin saber por qué, iba a cerrar los
ojos, a estirar las patas y a abrir la boca, y que todos le mirarían
horrorizados. Esas mismas ideas debían de rondar por la cabeza de Fió-dor
Timoféich. jamás se había mostrado el viejo gato tan triste y taciturno como
ahora.
Comenzaba a amanecer y en la habitación no se
encontraba ya aquel ser extraño e invisible que ha-bía asustado al Tío. Cuando
se hizo de día, vino el portero, agarró al ganso por las patas y se lo llevó
quién sabe a dónde. Poco después se presentaba la vieja y retiraba el comedero.
El Tío se acercó a la sala y miró detrás del
arma-rio: el amo no se había comido la pata de pollo, que seguía en el mismo
sitio, entre el polvo y las telara-ñas. Pero se sentía dominado por el tedio y
la triste-
za; quería llorar. Ni siquiera olió la pata. Se
sentó al pie del diván y empezó a aullar con una delgada vo-cecita.
-Au-au-au...
VII
UN DEBUT DESAFORTUNADO
Era una hermosa tarde cuando el amo entró en el
cuartito del papel sucio y, frotándose las manos, dijo:
-Bueno...
Quería añadir algo más, pero salió sin terminar la
frase. El Tío, que durante las lecciones había estu-diado muy bien su cara y la
entonación de su voz, adivinó que estaba preocupado e inquieto, y acaso
enfadado. Poco después volvió y dijo:
-Tío, hoy te voy a llevar con Fiódor Timoféích. En
la «pirámide egipcia» sustituirás al difundo Iván Ivá-nich. ¡El diablo sabe qué
saldrá de todo esto! No hay nada preparado, no lo habéis aprendido, no hemos
tenido tiempo de ensayar. ¡Fracasaremos,
fracasa-remos!
Volvió a salir y al cabo de un momento regresa-ba
enfundado en su abrigo de piel y con sombrero de copa. Acercóse al gato, lo
cogió de las patas de-lanteras, lo levantó y lo ocultó en su pecho, dentro del
abrigo; Fiódor Timoféich se mostró indiferente a todo esto, sin molestarse
siquiera en abrir los ojos. Veíase que no le importaba nada; que le era lo
mis-mo estar acostado o ser levantado de las patas, des-cansar en la colchoneta
o reposar en el pecho del amo, dentro del abrigo...
-Vamos, Tío -dijo el amo.
El Tío le siguió sin comprender nada y menean-do el
rabo. Al cabo de un minuto se encontraba en un trinco, a los pies del amo, y
oía cómo éste, es-tremeciéndose a causa del frío y la inquietud, gruñía:
-¡Vamos a fracasar! ¡Va a ser un fracaso!
El trineo se detuvo ante un edificio grande y de
extraña forma, parecido a una sopera puesta del re-vés. La larga entrada de
esta casa, con tres puertas de cristales, estaba iluminada por una docena de
faroles de viva luz. Las puertas se abrían con estré-pito y, cual si fuesen
fauces, se tragaban a la gente situada delante de ellas. Abundaban las
personas, a
veces se acercaban caballos, pero, en cuanto a
pe-rros, no se veía ninguno.
El amo agarró al Tío y se lo metió en el pecho,
dentro del abrigo, donde ya se encontraba Fiódor Timoféich. Allí no había luz,
faltaba aire, pero el ca-lorcillo era muy agradable. Por un instante brillaron
dos turbias chispas verdes: era el gato, que había abierto los ojos al sentir
el contacto de las frías y duras patas del vecino. El Tío le lamió la oreja y,
deseoso de acomodarse lo mejor posible, se remo-vió inquieto, haciéndose sitio,
recogiendo las frías patas, y, sin querer, sacó la cabeza al exterior; pero
inmediatamente la volvió a meter, con un gruñido de enfado. Creyó verse en una
habitación enorme, mal iluminada y llena de monstruos; por detrás de vallas y
rejas, que se extendían a ambos lados, aso-maban unas cabezas terribles: de
caballo, con cuer-nos, de largas orejas; una de ellas, gorda y grandísima,
tenía cola en vez de nariz, con dos lar-gos huesos bien roídos que le salían de
la boca.
El gato maulló con voz sorda, molesto por las patas
del Tío, mas en esto el abrigo se abrió, el due-ño dijo «¡Hop!» y Fiódor
Timoféich y el Tío saltaron al suelo. Se encontraban ya en una pequeña pieza
con paredes grises de tabla; los únicos muebles eran una
mesita con un espejo y un taburete. Descontando
esto y los trapos colgados de los rincones, allí no había nada más; en vez de
quinqué o de vela ardía una viva lucecita en forma de abanico, pegada a cierto
tubo que salía de la pared. Fiódor Timoféich se alisó el pelo, revuelto por el
Tío, y se echó debajo del taburete. El dueño, siempre inquieto y sin cesar de
frotarse las manos, comenzó a desnudarse... Se desnudó corno de ordinario lo
hacía en casa para acostarse, es decir, se quitó todo menos la ropa inte-rior;
luego se sentó en el taburete y, mirando al es-pejo, empezó a realizar sobre su
persona operaciones maravillosas. Lo primero de todo se colocó en la cabeza una
peluca con raya en medio y dos mechones parecidos a cuernos; seguidamente se
embadurnó la cara con algo blanco y por encima de lo blanco se pintó las cejas,
los bigotes y las mejillas. Pero no terminó ahí la cosa, sino que después de
embadurnarse la cara y el cuello se vistió con un traje como el Tío no había
visto nunca ni en las ca-sas ni en la calle. Imaginaos unos pantalones
anchí-simos de satén floreado, por el estilo del que se emplea en las casas de
la clase media para cortinas y fundas de muebles, unos pantalones que le
llegaban hasta las mismas axilas, una pernera era de color
castaño y la otra amarillo claro. Una vez sumergido
en estos pantalones, el amo se puso cierta chaqueti-lla de cuello grande y con
picos y una estrella de oro en la espalda, medias de distintos colores y
zapatos verdes...
Al Tío se le iban y venían los ojos con tal
varie-dad de colores. Aquella figura pesadota olía a amo, su voz era también la
de él, pero había momentos en que el Tío se sentía atormentado por la duda,
dispuesto a huir de aquel pintarrajeado hombre y a ladrar. El nuevo sitio, la
luz en forma de abanico, los olores, la metamorfosis experimentada por el amo:
todo ello le sumía en un estado de miedo inde-finido. Tenía el presentimiento
de que iba a trope-zarse con algo horroroso, al estilo de la enorme cabeza con
cola en lugar de nariz. Y para colmo de males, fuera tocaba la odiosa música y
en ocasiones se oía un rugido incomprensible. Lo único que le tranquilizaba era
la serenidad imperturbable de Fíó-dor Timoféich. Este dormía como si tal cosa
debajo del taburete y ni siquiera llegaba a abrir los ojos cuando el taburete
se movía.
Un hombre de frac y chaleco blanco asomó la cabeza
por la puerta del cuartito y dijo:
-Ahora empieza miss Arabela. Luego le tocará a
usted.
El amo no respondió nada. Sacó de debajo de la mesa
una maleta de reducidas proporciones y se sentó a esperar. Los labios y las
manos delataban su inquietud; el Tío oía cómo temblaba su respiración.
-Monsieur George, a escena -gritó alguien al otro
lado de la puerta.
El amo se levantó, se persignó tres veces, sacó al
gato de debajo del taburete y lo metió en la ma-leta.
-Ven aquí, Tío -dijo en voz baja.
El Tío, sin comprender nada, se acercó a sus manos;
él le dio un beso en la cabeza y lo colocó junto a Fiódor Timoféich. Luego todo
se hizo oscuro...
El Tío pisaba al gato, arañaba las paredes de la
ma-leta y, presa de terror, era incapaz de emitir el me-nor sonido; temblaba
mientras la maleta oscilaba como arrastrada por las olas...
-¡Aquí estoy yo! -gritó con voz sonora el amo-.
¡Aquí estoy yo!
El Tío sintió que después de este grito la maleta
chocaba con algo duro y dejaba de balancearse. Se oyó un rugido fuerte y largo:
golpeaban a alguien, y ese alguien, probablemente la cabeza de la cola en
vez de nariz, rugía y reía tan estrepitosamente,
que vibraban los cierres de la maleta. En respuesta al rugido se oyó la risa
del amo, una risa estridente y chillona como jamás la había escuchado en casa.
-¡Hola! -gritó, tratando de hacerse oír por enci-ma
del rugido-. Respetable público, acabo de llegar de la estación. Se ha muerto
mi abuela y me ha de-jado heredero. En la maleta hay algo muy pesado; debe de
ser oro... ¡A-ah! ¡Puede que haya un millón! Voy a abrirla y veremos...
Sonó el cierre de la maleta. Una luz cegadora le
hizo cerrar los ojos al Tío. Saltó fuera y, ensordecido por el rugido, corrió
cuanto pudo alrededor de su amo, ladrando alegremente.
- ¡Hola!
-gritó el amo- ¡Mi Tío Fiódor Timoféich! ¡Mi otro Tío! ¡Que el diablo os lleve,
queridos pa-rientes!
Cayó con el vientre sobre la arena, agarró al gato
y al Tío y los abrazó una vez y otra. El Tío, mientras él le apretaba entre sus
brazos, pudo lanzar una ojeada al mundo a que le había llevado el desti-no y,
asombrado de verse en un lugar tan grandioso, quedó por un momento inmóvil,
dominado por el asombro y el entusiasmo. Luego se evadió de los abrazos del amo
y, aturdido por tanta emoción, co-
menzó a dar vueltas como un lobezno. Ese mundo
nuevo era grande y resplandeciente; a donde quiera que mirase, desde el suelo
al techo, todo eran caras, caras y caras, y nada más.
-Tío, tenga la bondad de sentarse - dijo el amo.
Recordando lo que esto significaba, el Tío saltó
a una silla y se sentó. Miró al amo. Los ojos de
éste, como siempre, eran serios y cariñosos, pero la cara, en particular la
boca y los dientes, se hallaban desfi-gurados por una sonrisa ancha y
petrificada. El reía a carcajadas, saltaba, movía los hombros y en pre-sencia
de aquellos miles de persona hacía ver como si se sintiera muy alegre. El Tío
creyó en esa alegría y de pronto sintió con todo su ser que aquellos miles de
hombres y mujeres tenían los ojos puestos en él; levantó su hocico de raposa y aulló
alegremente.
-Usted, Tío, quédese ahí -le dijo el amo-,
mien-tras Fiódor Timoféich y yo bailamos la kamarinka.
Fiódor Timoféich, en espera de que le obligasen a
hacer estupideces, permanecía indiferente, mirando a los lados. Bailó con
desgana, de mal humor, y por sus movimientos, por su cola y sus bigotes
percibía-se el profundo desprecio que le inspiraban la gente, la viva luz, el
amo, él mismo... Bailó cuanto le co-rrespondía, bostezó y se sentó.
-Venga, Tío - dijo el amo -. Primero cantaremos y
luego bailaremos. ¿Qué le parece?
Sacó del bolsillo una flauta y empezó a tocar. El
Tío, que no podía soportar la música, se removió inquieto en la silla y aulló
una vez y otra. Esto pro-dujo una tempestad de gritos y aplausos. El amo saludó
y cuando todo se hubo acallado volvió a to-car... Estaba ejecutando una nota
muy alta cuando alguien que se encontraba en las últimas filas del público
lanzó una sonora exclamación de asombro.
-¡Padre! -gritó una voz infantil- ¡Pero si es
Kash-tanka!
-¡Sí que es Kashtanka! -confirmó otra voz, ésta de
borracho- ¡Kashtanka! Fiédiushka, que Dios me castigue si no es Kashtanka.
Alguien silbó en las alturas y dos voces, una de
niño y otra de adulto, llamaron a pleno pulmón:
-¡Kashtanka! ¡Kashtanka!
El Tío se estremeció y miró al lugar de donde
procedían los gritos. Dos caras, una peluda, alcohó-lica y sonriente, la otra
redonda de rojas mejillas y asustada, se le metieron por los ojoso antes se le
había metido la viva luz... Recordó, cayó de la silla y empezó a aullar en la
arena. Luego pegó un brinco y con alegres chillidos corrió hacia aquellas
caras. Es-
talló un ensordecedor rugido, del que sobresalían
los silbidos y un estridente grito infantil:
-¡Kashtanka! ¡Kashtanka!
El Tío saltó la barrera. Luego, por encima de los
hombros de alguien, fue a parar a un palco. Para subir al piso siguiente era
necesario saltar una alta pared. El Tío trató de hacerlo, pero no pudo y cayó
abajo. Luego fue pasando de unos a otros, lamiendo manos y caras, cada vez más
arriba, hasta que, por fin, se vio en el gallinero...
Media hora más tarde Kashtanka iba ya por la calle
detrás de personas que olían a cola y barniz. Luká Alexándrich se tambaleaba e
instintivamente, aleccionado por la experiencia, procuraba mante-nerse lejos de
las zanjas.
-En el abismo de mis entrañas anida el pecado...
-balbuceaba- Y a ti, Kashtanka, no hay quien te en-tienda. Comparado con el
hombre, eres como un mal carpintero frente a un buen ebanista.
A su lado caminaba Fiédiushka, tocado con la gorra
del padre. Kashtanka miraba las espaldas de ambos, le parecía que hacía ya
mucho que iba detrás de ellos y se alegraba de que su vida no se hubiese
interrumpido ni por un instante.
Recordaba el cuartito del empapelado sucio, el
ganso y Fiódor Tímoféich, las sabrosas comidas, las lecciones, el circo... pero
todo eso no era ahora para él sino una pesadilla larga y confusa.
FIN


Publicar un comentario