© Libro N° 8568. Exageró La Nota. Chejov, Antón. Emancipación. Mayo 1 de 2021.
Título
original: © Exageró
La Nota. Antón Chejov
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Antón Chejov
Exageró La Nota
Antón Chejov
Cortesía de : Verónica vaymelek@yahoo.com.ar
La finca a la cual se dirigía para efectuar el
deslinde distaba unos treinta o cuarenta kilómetros, que el agrimensor Gleb
Smirnov Gravrilovich tenía que recorrer a caballo. Se había apeado en la
estación de Gñilushki.
(Si el cochero está sobrio y los caballos son de
buena pasta, pueden calcularse unos treinta kilómetros; pero si el cochero se
ha tomado cuatro copas y los caballos están fatigados, ha que calcular unos
cincuenta.)
- Oiga señor
gendarme, ¿podría decirme dónde puedo encontrar caballos de posta? -le preguntó
el agrimensor al gendarme de servicio en la estación.
- ¿Cómo dice?
¿Caballos de posta? Aquí no hay un perro decente en cien kilómetros a la
redonda. ¿Cómo quiere que haya caballos? ¿Tiene usted que ir muy lejos?
- A la finca
del general Jojotov, en Devkino.
-Intente en el patio, al otro lado de la estación
-dijo el gendarme, bostezando-. A veces hay campesinos que admiten pasajeros.
El agrimensor dio un suspiro y, malhumorado, pasó
al otro lado de la estación. Tras muchas discusiones y regateos, se puso de
acuerdo con un campesino alto y recio, de rostro sombrío, picado de viruelas,
embutido en un chaquetón roto y calzado con unas botas de abedul.
- Vaya un
carro -gruñó el agrimensor al subir al destartalado vehículo-. No se sabe dónde
está la parte delantera ni la parte trasera...
- Nada más
fácil -replicó el campesino-. Donde el caballo tiene la cola es la parte de
adelante y donde está sentado su señoría es la parte de atrás.
El caballo era joven, aunque muy flaco, abierto de
patas y de orejas caídas. Cuando el campesino, alzándose sobre su asiento lo
azotó con el látigo, el caballo se limitó a sacudir la cabeza; al segundo
azote, acompañado de una blasfemia, el carro rechinó y empezó a temblar como si
tuviera fiebre. Después del tercer azote, el carro se tambaleó; después del
cuarto, se puso en marcha.
- ¿Crees que
llegaremos a ese paso? -preguntó el agrimensor, dolorido por las fuertes
sacudidas y maravillado de la habilidad que muestran los carreteros rusos para
combinar la marcha a paso de tortuga con sacudidas capaces de arrancarle a uno
el alma del cuerpo.
- ¡Desde
luego! -respondió el carretero, en tono tranquilizador-. El caballo es joven y
animoso... Cuando se pone en marcha, no hay modo de detenerlo. ¡Arre-e-e,
maldi-i-i-to!
Cuando el carro salió del patio de la estación
empezaba a oscurecer. A la derecha del agrimensor se extendía una llanura
interminable, oscura y helada. Probablemente conducía al lugar donde Cristo dio
las tres voces... En el horizonte, donde la llanura se confundía con el cielo,
se extinguía perezosamente el frío crepúsculo de aquella tarde otoñal. A la
izquierda del camino, en la oscuridad, se divisaban unos montones que lo mismo
podían ser pilas de heno del año anterior que casas rurales. El agrimensor no
veía lo que había delante, pues en aquella dirección su campo visual quedaba
tapado por la ancha espalda del carretero. La calma era absoluta. El frío,
intensísimo. Helaba.
"¡Qué parajes más solitarios! -pensaba el
agrimensor, mientras trataba de taparse las orejas con el cuello del abrigo-.
Ni un solo árbol, ni una sola casa... Si por desgracia te asaltan, nadie se
entera de ello, aunque dispares un cañonazo. Y el cochero no tiene un aspecto
muy tranquilizador que digamos... ¡Vaya espaldas! Un tipo así te pega un
trompazo y sacas el hígado por la boca. Y su cara es de lo más
sospechosa..."
- Oye, amigo
- le preguntó al cochero -. ¿Cómo te llamas?
- ¿A mí me
hablas? Me llamo Klim.
- Dime, Klim,
¿qué tal andan las cosas por aquí? ¿No hay peligro? ¿No hay quienes hagan
bromas pesadas?
- No, gracias
a Dios. ¿Quién va a gastar bromas en un lugar como éste?
- Me alegro
de que no tengan esas aficiones. Pero, por si acaso, voy armado con tres
revólveres - mintió el agrimensor -. Y, con un revólver en la mano, el que
quiera buscarme las pulgas está arreglado: puedo
enfrentarme con diez bandidos, ¿sabes?
La oscuridad era cada vez más intensa. De pronto el
carro emitió un quejido, rechinó, tembló y dobló hacia la izquierda, como si lo
hiciera de mala gana.
"¿A dónde me lleva este sinvergüenza? - pensó
el agrimensor -. Íbamos en línea recta y ahora, de repente, tuerce hacia la
izquierda. Sabe Dios... quizás a alguna cueva de bandoleros... y... no sería el
primer caso..."
- Escucha -
le dijo al campesino -. ¿De veras no son peligrosos estos parajes? ¡Qué
lástima! Con lo que a mí me gusta verme las caras con los bandidos... Aquí
donde me ves, con mi aspecto flaco y enfermizo, tengo la fuerza de un toro...
En cierta ocasión me atacaron unos bandidos. Pues bien, le sacudí a uno de tal
modo, que ahí quedó, ¿entiendes? Y los otros, gracias a mí, fueron enviados a
Siberia condenados a trabajos forzados. Ni yo mismo sé de dónde saco tanta
fuerza...
Tomo con una mano a un hombrón como tú... y lo
volteo.
Klim miró de reojo al agrimensor, parpadeó y arreó
al caballo.
- Sí, amigo -
continuó el agrimensor -. Pobre del que se meta conmigo. Le arranco los brazos,
las piernas y de postre, el bandido tiene que vérselas luego con los
tribunales. Todos los jefes de policía y todos los jueces me conocen. Soy un
funcionario del Estado, un personaje... La Superioridad sabe que hago este
viaje... y está pendiente de que nadie se meta conmigo. A lo largo del camino,
detrás de los arbustos, hay soldados apostados y gendarmes apostados. ¡Para!
¡Para! - bramó súbitamente -. ¿Dónde te has metido? ¿Adónde me llevas?
- ¿No tiene
usted ojos? ¡Al bosque!
"Es cierto, al bosque - pensó el agrimensor -.
¡Me había asustado! Pero no me conviene que este hombre se dé cuenta de mi
preocupación... Ya ha notado que tengo miedo. ¿Por qué se vuelve a mirarme
tantas veces? Seguro que está tramando algo... Antes avanzaba a paso de tortuga
y ahora vuela."
- Oye, Klim,
¿por qué arreas de ese modo al caballo?
- No le he
dicho nada. Se ha puesto a galopar por iniciativa suya. Cuando echa a correr,
no hay modo de detenerlo... Con esas patas que tiene...
- ¡Mientes,
amigo! ¡Mientes! Y te aconsejo que no corras tanto. Frena un poco al caballo.
¿Me oyes? ¡Frénalo!
- ¿Por qué?
- Porque...
porque detrás de mí debían salir otros cuatro camaradas de la estación. Tienen
que alcanzarnos... Prometieron alcanzarme en este bosque... El viaje será más
entretenido con ellos... Son gente sana, fuerte... los cuatro llevan pistola...
¿Por qué te vuelves tantas veces y te agitas como si tuvieras agujas en el
asiento? ¿Eh? ¡Cuidado, amigo! ¿Tengo monos en la cara? Lo único que tengo
interesante son mis revólveres... Espera, voy a sacarlos y te los enseñaré...
Espera...
El agrimensor fingió rebuscar en sus bolsillos;
pero en aquel instante sucedió lo que nunca se hubiera imaginado, a pesar de
toda su cobardía; de repente, Klim se lanzó fuera del carro y se dirigió a
cuatro patas hacia la espesura del bosque lindante.
- ¡Socorro! -
empezó a gritar -. ¡Socorro! ¡Llévate el caballo y la carreta, maldito, pero no
me condenes el alma! ¡Socorro!
Se oyeron pasos veloces que se alejaban, crujidos
de ramas al quebrarse, y luego reinó el silencio. Lo primero que hizo el
agrimensor, que se esperaba aquella salida, fue detener el caballo. Luego se
acomodó lo mejor que pudo en el carro y empezó a pensar.
"El muy imbécil ha huido, se ha asustado...
Bueno, ¿y qué hago yo ahora? No puedo seguir adelante, porque no conozco el
camino, y, además, podrían creer que he robado el caballo... ¿Qué hago?"
- ¡Klim!
¡Klim!
- ¡Klim! -le
respondió el eco.
La simple idea de tener que pasar la noche en aquel
oscuro bosque, al aire libre, sin más compañía que los aullidos de los lobos,
el eco y los relinchos del caballo le ponían la carne de gallina.
- ¡Klimito! - empezó a gritar -. ¡Querido! ¿Dónde
estás, Klimt?
El agrimensor se pasó unas dos horas gritando, y ya
se había quedado ronco, se había hecho ya a la idea de pasar la noche en el
bosque, cuando una débil ráfaga de viento llevó hasta sus oídos un lamento.
-¡Klim! ¿Eres tú, querido? ¡Acércate!
- ¿No... no me matarás?
- Sólo he
querido gastarte una broma, querido. ¡Te lo juro! ¡No llevo ningún revólver,
créeme! ¡Te he mentido por miedo! ¡Vámonos, por favor! ¡Me estoy helando!
Klim comprendió que si el agrimensor hubiera sido
un bandido, como había temido, se habría marchado con el caballo y el carro sin
esperar a más. Salió de su escondrijo y se dirigió hacia el vehículo con paso
vacilante.
- ¡Vamos! -
exclamó el agrimensor -. ¡Sube! Te he gastado una broma inocente y te has
asustado como un niño.
- ¡Dios te
perdone! - gruñó Klimt, subiendo a la carreta -. Si llego a imaginármelo, no te
hubiera llevado ni por cien rublos de plata. Por poco me muero de miedo...
Klim azotó el caballo. El carro tembló. Klim azotó
al animal por segunda vez y el vehículo se tambaleó. Después del cuarto azote,
cuando el carro se puso en marcha, el agrimensor se tapó las orejas con el
cuello del abrigo y se quedó pensativo. Ni el camino ni Klim le parecían ya
peligrosos.


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