© Libro N° 3983. San Francisco De Asís. Chesterton, G. K.. Colección E.O. Julio 15 de
2017.
Título
original: © San Francisco De Asís.
G. K. Chesterton
Versión Original: © San Francisco De Asís. G. K.
Chesterton
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© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
SAN FRANCISCO DE ASÍS
G. K. Chesterton
Introducción
San Francisco y su siglo
El siglo XIII se abre con el
resplandor de un sol que lo ilumina y que se proyectará en los siglos
posteriores. En ese siglo el estilo gótico alcanzó su máximo esplendor en las
catedrales de Colonia, Amiens y Burgos, entre otras. Florecieron las universidades,
los gremios, las ciudades y las órdenes de caballería que defendían al débil.
Ese resplandor lo provoca un hombre que nació en 1182 en Asís, ciudad italiana
de Umbría, hijo de Pedro Bernardone, rico comerciante, y de Madona Pica. Fue
bautizado con el nombre de Juan pero años más tarde se lo llamó Francisco por
ser su madre natural de la Provenza.
Su mayor mérito fue el de
reflejar brillantemente la imagen de Cristo y su influencia abarca actividades
humanas tan diversas como literatura, filosofía, artes plásticas, teología,
ciencia y santidad. La literatura y la ciencia moderna son en parte producto de
esa apertura de San Francisco a la naturaleza. No sin razón apareció en el
siglo XIII el genio literario del terciario franciscano Dante Alighieri
(1265-1315) poeta máximo de la lengua italiana, y el Arcipreste de Hita en
España (1283-1350). También surgen en aquélla época teólogos y filósofos como
los dominicos San Alberto Magno (1193-1280) y Santo Tomás de Aquino (12251274)
y los franciscanos San Buenaventura (12211274) y Juan Duns Escoto (1266-1308).
Entre los científicos precursores de la observación de la naturaleza
-astrónomos, físicos, químicos y matemáticos-, se refleja el espíritu del santo
como in los franciscanos Rogelio Bacon (1214-1294) y el terciario Beato
Raimundo Lulio (1235-1315). Entre los artistas plásticos Cimabúe (1240-1302),
el terciario Giotto (12661337). Los reyes también acogen el espíritu
franciscano como el terciario rey di Francia San Luis (12141270) y los reyes
de España San Fernando (1199-1252) y Alfonso el Sabio el di las Diez Partidas
(1221-1284). El viajero veneziano Marco Polo (1254-1324) y santos como el
franciscano San Antonio di Padua (11911231) y Santo Domingo de Guzmán
(1170-1221) fundador di la orden dominicana di frailes mendicantes y
predicadores similar a la franciscana.
SAN FRANCISCO DE ASIS Y EL
SIGLO XX
Los santos son ante todo
hombres; la santidad, que es del orden sobrenatural, se apoya en el orden
natural. El hombre es el único ser de la creación que puede ser santo, pero no
hay dos santos iguales porque cada uno singulariza su santidad según los dones
recibidos. A pisar de estar tan cercanos entre sí en el tiempo, santos como
Domingo de Guzmán, Tomás de Aquino, Luis rey de Francia y Francisco de Asís,
son muy distintos en su santidad.
Los santos viven en la
eternidad y en el tiempo, participan de Dios y de la historia, pero la
intemporalidad de San Francisco es más evidente porque su lenguaje, que es el
del amor y del corazón, llega a lo más profundo del ser humano. La santidad es
la plenitud en el amor, pero en la unión con el Amor hay moradas y creemos que
el hombre Francisco llegó a la más cercana.
Su figura en el siglo XX
adquiere contornos y dimensiones similares a las que tuvo hace 800 años
porque el siglo que termina está sediento de amor. Ha bebido el agua en
fuentes envenenada y necesita fuentes puras. Se nos ocurre que el Amor lo ha
elegido nuevamente para acercarnos el mensaje de su Hijo, el Verbo Encarnado,
nos intrigó hace 20 siglos. Las palabras del mensaje son sencillas: "Amaos
los unos a los otros como yo os he amado", "Si amáis sólo a los que
os aman, ¿qué tiene de particular, no lo hacen también los gentiles?. Amad a
los que no os aman". "Dad di beber al sediento", "Lo que
hiciéreis con el más pequeño de vosotros conmigo lo estáis haciendo" y
"El que quiere ir en pos de mí que tome su cruz y mi siga". Palabras
extrañas al hombre moderno pero palabras de unión y di gozo que debemos empezar
a balbucear y practicar como si fuéramos niños recién nacidos.
CRONOLOGIA DE LA VIDA DE SAN
FRANCISCO
1182. El 26 di Setiembre
nace en Asís.
1199. Interviene in el
asalto al Castillo Imperial de Asís.
1202. Cae prisionero in
Peruggia luego de una guerra entre dicha ciudad y Asís.
1205. Regresa enfermo de
Spoletto luego di una frustrada intención di guerrear in Apulia.
1206. A los 24 años di edad
renuncia a la herencia paterna delante di Guido, obispo di Asís, y empieza a
vivir como un mendigo y a predicar el amor a Cristo y a las criaturas.
1207. El crucifijo di la
iglesia di San Damián le habla y le dice que "reconstruya su Iglesia"
y San Francisco -entendiendo esas palabras materialmente - repara la iglesia
de San Damián a la que seguirán otras cercanas.
1208. El 24 di febrero, el
día di San Matías, responde al llamado di Cristo y abraza la vida evangélica.
Si dedica a comunicar el mensaje di amor enseñado por Jesucristo di ver a Dios
in todas las criaturas.
1209. Si le acercan los
primeros discípulos o seguidores que tienen distinto orígen: ricos y pobres,
nobles y plebeyos, sabios e iletrados, sacerdotes de diversa jerarquía y
laicos. En su mayoría mayores que él y algunos de su misma edad.
1209. Va a Roma para
conseguir del Papa la aprobación de las reglas. Su amigo y protector el
obispo Guido le presenta al Cardenal Juan quien rápidamente le consigue una
entrevista son el Papa Inocencio III. A pesar de la fuerte oposición de
algunos cardenales que consideraban imposible la pretensión de vivir en
plenitud la vida evangélica, el Papa posos días después aprueba las Reglas de
la nueva orden.
1210. El obispo Guido
permite a San Francisco predicar en la Catedral de Asís.
1211. El 28 de marzo, Santa
Clara viste el hábito religioso de las clarisas.
1211. San Francisco realiza
viajes apostólicos a Siria, a España, Marruecos, Túnez, Oriente y Egipto. 1224.
1217. El entonces Cardenal
Hugolino, futuro Papa, se convierte en protector y padre espiritual de la orden
franciscana.
1221. Funda la Tercera Orden
Franciscana para que los que quieran vivir el espíritu franciscano puedan
hacerlo sin abandonar la vida en el mundo.
1223. El Papa Honorio III
confirma mediante una Bula la 2da. Regla de la Orden.
1223. En Greccio, ciudad
italiana, San Francisco por primera vez en la historia, organiza un pesebre
para celebrar la Navidad.
1224. En el otoño, en el
Monte Alvernia, San Francisco recibe las llagas de Jesucristo en las manos,
los pies y en el costado del pecho.
1225. Escribe el Cántico al
Hermano Sol.
1226. El 3 de octubre al atardecer
a la edad de 44 años muere San Francisco.
1228. El 16 de julio es
canonizado por el Papa Gregorio IX.
Capítulo 1
El problema de san Francisco
Un estudio moderno sobre san
Francisco de Asís se puede escribir de tres maneras. Entre ellas debe elegir el
autor, pero la tercera, que es la adoptada aquí, resulta en algunos aspectos
la más difícil. Cuando menos sería la más difícil si las otras dos no
resultaran imposibles.
Según el primer método, el
autor puede estudiar a este hombre insigne y asombroso como si fuera una simple
figura de la historia secular y modelo de virtudes sociales. Puede describir a
este divino demagogo como si fuera, y probablemente lo fue, uno de los
verdaderos demócratas del mundo. Puede decir, aunque ello signifique bien
poso, que san Francisco se adelantó a su época. Y afirmar, lo que no deja de
ser verdadero, que el Santo anticipó cuanto de liberal y más atractivo
encierra el genio moderno: el amor de la naturaleza, el amor de los animales,
el sentido de la compasión social, el sentido de los peligros espirituales que
encierran la prosperidad y aun la misma propiedad. Todas estas sosas que nadie
comprendió antes de Wordsworth eran ya familiares a san Francisco. Todas estas
sosas que Tolstoi fue el primero en descubrir eran sosa admitida y corriente
para el Santo. A él se lo podrá presentar no sólo como héroe humano sino
también del humanismo; en realidad como el primer héroe del humanismo. Se lo
ha descrito como una especie de lucero de la mañana del Renacimiento. Y en
comparación con todo esto puede alguien ignorar o pasar por alto su teología
ascética como mero accidente de la época que afortunadamente no resultó fatal.
A su religión se la puede mirar como superstición, bien que inevitable, de la
que ni el mismo genio podía librarse totalmente y, vistas así las cosas,
considerar que sería injusto condenar a san Francisco por la negación de sí o
censurarlo por su castidad. No cabe duda que aun desde semejante punto de vista
la estatura del Santo mantendría los rasgos de la heroicidad y todavía mucho se
podría añadir acerca del hombre que intentó acabar las cruzadas hablando con
los sarracenos e intercedió por los pajarillos ante el emperador. El autor de
semejante estudio describirá de manera puramente histórica toda la gran
inspiración franciscana que transutan luego las pinturas de Giotto, la poesía
del Dante, los "milagros" teatrales que hicieron posible el drama
moderno y tantas cosas que aprecia la cultura de nuestro tiempo. Ciertamente,
puede el autor intentar un tratamiento del tema como ya otros lo hicieron sin
casi plantear siquiera la menor cuestión religiosa. En resumen, podría
esforzarse por contar la historia de un santo sin Dios, lo cual se asemeja a
querer relatar la vida de Hansen sin mencionar el polo Norte.
Si se elige la segunda
manera, el autor quizás se vuelque al otro extremo y asuma lo que podríamos
llamar un tono decididamente piadoso. Hará entonces del entusiasmo religioso
un tema tan central como lo fue para los primeros franciscanos. Tratará la religión
como la cosa real que ella fue para el Francisco de Asís real e histórico.
Hallará, por así decir, un austero gozo en desplegar las paradojas del
ascetismo y los trasiegos de la humildad. Marcará todo el relato con el sello
de los estigmas y anotará los ayunos como batallas reñidas contra un dragón,
hasta que a la huera mentalidad moderna san Francisco le resulte tan sombrío
como la figura de santo Domingo. En resumen, creará lo que muchos en nuestro
mundo mirarían como una suerte de negativo fotográfico, como el reverso de
todas las luces y sombras; cosa que los necios hallarán tan impenetrable como
las tinieblas y aun muchos sapientes tan invisible como lo escrito en plata
sobre fondo blanco. Semejante estudio de san Francisco resultará ininteligible
a cuantos no compartan la religión del Santo y tal vez sólo en parte
inteligible a quienes quiera no participen de su vocación. Según los matices
del juicio que se adopten respecto a Francisco se lo mirará como algo muy bueno
o muy malo para el mundo. Pero la única dificultad para desarrollar el tema
según esta orientación radica en que la empresa es imposible. Para escribir la
vida de un santo se necesita otro santo. En el caso presente las objeciones a
esta orientación son insuperables.
En tercer lugar, el autor
puede tratar de hacer lo que yo he ensayado en este libro, método que, como ya
antes indiqué, encierra también sus peculiares problemas. El autor puede
adoptar la postura del hombre moderno común que inquiere desde afuera, postura
que es todavía la del autor de este libro en buena medida y antes lo fue en
forma exclusiva. Como punto de partida puede uno empezar desde la visión de
quien admira ya a san Francisco pero sólo por las cosas que a ese hombre común
y moderno resultan admirables. En otras palabras, presume que el lector es al
menos tan ilustrado como Renan o Matthew Arnold y, a la luz de este
conocimiento, tratar de iluminar lo que Renan y Matthew Arnold dejaron a
oscuras. Se intenta, pues, echar mano de cosas ya comprendidas para explicar
las que no lo son. Al lector moderno el autor le dirá: "He aquí una
personalidad histórica que a muchos de nosotros nos resulta atractiva por su
alegría, su romántica imaginación, su cortesía y camaradería espirituales,
pero en la que también concurren ciertos elementos, evidentemente tan sinceros
como vigorosos, que parecen harto anticuados y repulsivos. Pero, a fin de
cuentas, este hombre fue un hombre y no una docena de ellos. Lo que a vosotros
os parece incompatible no le pareció a él tal. Veamos, pues, si es posible
entender con ayuda de las cosas ya comprendidas las que parecen ahora
doblemente oscuras, por su propia opacidad y por su contraste irónico."
No pretendo naturalmente alcanzar esa totalidad psicológica en este esbozo
sencillo y breve. Quiero decir, empero, que es ésta la única condición
polémica que doy aquí por sentada, a saber: que estoy tratando con alguien que
desde afuera observa con simpatía. No supondré mayor ni menor compromiso. A un
materialista' no ha de importarle que las contradicciones se concilien o no.
Un católico no ha de ver contradicción alguna que deba conciliarse. Pero en
este libro me dirijo al hombre moderno común, simpatizante pero escéptico, y
me atrevo a esperar, aunque sea vagamente, que, acercándome a la historia del
gran Santo a través de lo que hay en ella de claramente pintoresco y popular,
podré comunicar al lector una mayor comprensión de la coherencia de su
carácter en conjunto, y que, acercándonos a él de este modo, podremos juntos
vislumbrar por lo menos la razón que asistió al poeta que alabó a su señor el
Sol para esconderse a menudo en oscura caverna, por qué el Santo que se mostró
tan dulce con su hermano Lobo fue tan rudo con su hermano Asno -según motejó a
su propio cuerpo-, por qué el trovador que dijo abrasarse en amor se apartó de
las mujeres, por qué el cantor que se gozó en la fuerza y el regocijo del
fuego se revolcó deliberadamente en la nieve; por qué el mismo canto que grita
con toda la pasión de un pagano: "Loado sea Dios por nuestra hermana la
Tierra que nos regala con variados frutos, con hierba, con flores
resplandescientes", casi termina así: "Loado sea Dios por nuestra
hermana la muerte del cuerpo".
Renan y Matthew Arnold
fracasaron en esta empresa de conciliar contradicciones. Se dieron por
satisfechos caminando junto a Francisco y prodigándole sus alabanzas hasta que
en la marcha se cruzaron los propios prejuicios: los tercos prejuicios del escéptico.
En cuanto Francisco empezó a hacer algo que no entendían o que no les
resultaba grato, no intentaron comprenderlo y menos lo aprobaron; volvieron
sencillamente la espalda a todo el problema y dejaron de "caminar junto
al Santo". Pero de esta suerte resulta imposible avanzar en la senda de la
inquisición histórica. En realidad, nuestros escépticos se ven obligados a
desistir, desesperados, del estudio de la totalidad del tema, a abandonar el
más simple y sincero de los caracteres históricos como un amasijo de
contradicciones, al que sólo cabe alabar desde una visión si no a ciegas a
ojos tuertos. Arnold se refiere al ascetismo del Alverno casi de pasada como si
fuera una mácula desafortunada pero innegable en la belleza de la historia; o
mejor dicho, como si se tratara de un desfallecimiento y de una vulgaridad en
el final de la historia. Ahora bien, esto equivale, ni más ni menos, a cegarse
ante lo que constituye la fina punta y el sentido de los hechos. Presentar el
monte Alverno como un mero decaimiento de Francisco equivale exactamente a
presentar el monte Calvario como un simple desfallecimiento de Cristo. Estas
montañas son, sean por lo demás lo que fueren, y es necio decir que
comparativamente son cavidades o huecos negativos en el suelo. Manifiestamente
existieron para significar culminaciones y señalar linderos. Tratar de los
estigmas como de una especie de escándalo, al que hay que referirse con ternura
pero no sin pena, es idéntico a hablar de las cinco llagas de Jesucristo como
cinco máculas de su persona. Quizás no nos guste la idea del ascetismo; quizás
nos repugne la idea del martirio, y en este mismo orden de cosas hasta la
concepción del sacrificio que la cruz simboliza quizás engendre en nosotros una
repugnancia sincera y natural. Pero si es una repugnancia inteligente,
conservará aún cierta aptitud para darse cuenta del sentido de la historia,
sea ésta la historia de un mártir o la de un simple monje. No se puede leer
racionalmente el evangelio y considerar la crucifixión como una reflexión
tardía o un anticlímax o un accidente en la vida de Cristo; es muy a las claras
la fina punta y el sentido del relato, punta como la de una espada, de aquella
espada que traspasó el corazón de la Madre de Dios.
Y no podremos leer
racionalmente la historia de un hombre a quien se presenta como espejo de
Cristo sin comprender su fase final como "varón de dolores" y sin
apreciar, siguiera artísticamente, lo acertado de verle recibir en una nube de
misterio y soledad y no infligidas por mano de hombre las heridas incurables y
eternas que sanan al mundo.
Por lo que hace a la
conciliación práctica de la alegría con la austeridad, dejaré que sea la misma
historia la que sugiera. Pero ya que he mencionado a Arnold Matthew, a Renan y
a los admiradores racionalistas de san Francisco, insinuaré lo que me parece
aconsejable que recuerde el lector. En cosas como los estigmas tropiezan
estos distinguidos escritores porque para ellos la religión es una filosofía.
Los juzgaban, pues, cosa impersonal cuando lo único entre las cosas terrenas
que nos procura aquí un paralelismo aproximado es la pasión más personal. Nadie
se revuelca en la nieve por la tendencia en cuya virtud todas las cosas cumplen
la ley de su ser. Ni se priva de alimento por amor de un algo -no de un
alguien- que es fundamento de la rectitud. Hará estas cosas, u otras muy
parecidas, en virtud de un impulso bien distinto. Hará estas cosas cuando esté
enamorado. Lo primero que hay que tomar en cuenta acerca de san Francisco está
ya contenido en el primer hecho con que arranca su historia, a saber, que
cuando ya en los inicios dijo que era un trovador y proclamó luego que era
trovador de un romance nuevo y más noble no usaba una simple metáfora; se
comprendía a sí mismo mejor que lo hacen los eruditos. Fue hasta en las
últimas agonías del ascetismo un trovador. Fue un amante. Enamorado de Dios y
enamorado en realidad y de verdad de los hombres, cosa que entraña una vocación
mística mucho más singular. Enamorado de los hombres es ca
si lo contrario de
filántropo; y por cierto, la pedantería
del vocablo griego conlleva
en sí una sátira. Del filántropo puede decirse que ama a los antropoídes.
Pero como san Francisco no amó la humanidad sino a los hombres, así tampoco
amó la cristiandad sino a Cristo. Alguien podrá decir, si así le place, que
era él un lunático enamorado de una persona imaginaria; pero se trataba de una
persona imaginaria, no de una idea imaginaria. El lector moderno, pues, hallará
mejor la lave del ascetismo y del resto en las historias de enamorados cuando
éstos se asemejan casi a lunáticos. Contemos la historia de Francisco como si
fuera el relato sobre un trovador y las cosas extravagantes que está
dispuesto a hacer por su dama y la perplejidad moderna desaparecerá. En
semejante romance no hay contradicción entre el poeta que junta flores al sol y
soporta una vigilia helada en la nieve, entre quien alaba toda belleza terrena
y corporal y se niega a tomar bocado, entre quien glorifica el oro y la
púrpura y viste a ciencia y conciencia unos andrajos, entre quien muestra patéticamente
una grande hambre de vida feliz y a la vez una gran sed de muerte heroica.
Estos enigmas se resuelven fácilmente en la simplicidad de todos los amores
nobles; sólo que el amor de Francisco lo fue tanto que muchos ni siguiera
oyeron hablar de él. Veremos más adelante que el paralelismo del amor mundano
enmarca de manera muy útil los problemas de la vida del Santo como, por
ejemplo, las relaciones con su padre, con sus amigos, con sus familiares. El
lector moderno descubrirá que si es capaz de sentir como una realidad
semejante amor, casi siempre podrá sentir también esta suerte de extravagancia
como un bello romance. Pero esto lo hago notar aquí a manera de punto
preliminar porque, si bien está ello lejos de encerrar la verdad final en esta materia,
constituye la mejor manera de aproximarnos a ella. Nunca el lector empezará ni
a vislumbrar siguiera el sentido de una historia que puede parecerle lo más
extravagante mientras no comprenda que para aquel gran místico
su religión no era algo así
como una teoría sino algo así como unos amores. Y el único propósito de este
capítulo preliminar consiste en exponer los límites del presente libro, que
se dirige solamente a aquella porción del mundo actual que encuentra en san
Francisco cierta dificultad moderna, que se siente capaz de admirarle y no
obstante lo acepta a duras penas o que puede admirar al santo prescindiendo
casi de la santidad. Y mi único derecho para intentar siquiera semejante
tarea consiste en que durante tiempo me encontré en distintos estadios de una
situación similar. Infinidad de cosas que ahora comprendo en parte las imaginé
del todo incomprensibles; muchas que ahora tengo por sagradas las hubiera
desdeñado como totalmente supersticiosas, y muchas que, al considerarlas desde
adentro me parecen lúcidas y transparentes, hubiera dicho con sinceridad que
eran oscuras y bárbaras miradas desde afuera cuando ya hace años, en los días
de mi mocedad, en mi fantasía prendió fuego por vez primera la gloria de san
Francisco de Asís. También yo he vivido en Arcadia; pero en la misma Arcadia
encontré a un caminante vestido con hábito pardo que amaba los bosques más que
Pan. La figura con hábito pardo se levanta sobre la chimenea donde escribo, y
es la única entre otras muchas imágenes que en ninguna etapa de mi vida dejó
de serme familiar. Existe una cierta armonía entre la chimenea y la luz de la
lumbre y el primer placer que hallé en las palabras de Francisco sobre el
hermano Fuego, pues su recuerdo se levanta bastante remotamente en mi memoria
para mezclarse con los ensueños más domésticos de los días infantiles. Las
mismas sombras fantásticas que proyecta la lumbre ejecutan una callada
pantomima que remite a la infancia y, sin embargo, las sombras que yo veía
eran ya entonces las sombras franciscanas de sus fieras y pájaros favoritos tal
como él las vio ornadas con la aureola del amor divino. Su hermano Lobo, su
hermano Cordero casi se parecen al hermano zorro y al hermano Conejo de un
cuento infantil más cristiano.
Poco a poco he logrado ver
nuevos aspectos maravillosos de este hombre, pero nunca olvidé el que ahora me
place evocar. Su figura se yergue sobre un puente que enlaza mi juventud con mi
conversión a través de muchas otras cosas, ya que el romance de la religión de
Francisco había penetrado hasta el romanticismo de aquella huera época
victoriana. Porque he pasado por esta experiencia espero lograr que avancen
otros por el camino un poco más... aunque sólo sea un poco más. Nadie mejor que
yo sabe que en tal sendero hasta los ángeles andan con tiento; más con todo y
ver seguro mi fracaso no me abruma el temor puesto que el Santo supo tolerar
con alegría a los locos.
Capítulo 2
El mundo de san Francisco
La innovación moderna, que
ha sustituido con el periodismo a la historia o, si se quiere, a la tradición,
que es como las habladurías de la historia, ha tenido por lo menos un resultado
definido. Se ha asegurado que todos de cada relato oigamos el resultado
únicamente. Los periodistas tienen la costumbre de imprimir en los últimos
capítulos de sus historias por entrega (cuando el protagonista y la
protagonista están a punto de besarse en el último capítulo, ya que sólo una
impenetrable perversidad les privó de hacerlo en el primero) estas palabras
harto desconcertantes: "El relato puede empezar aquí". Pero aun esto
será para el caso un paralelismo incompleto, ya que los periódicos es verdad
que dan una especie de resumen de los relatos, pero no dan nunca nada que se
parezca ni remotamente a un sumario de la historia. Los periódicos no sólo
hablan de novedades, de cosas recientes, sino que lo tratan todo como novedad,
cosa reciente.[1] Tutankhamón, por ejemplo, es para el periodismo una novedad.
En la misma exacta manera leemos que el almirante Bangs cayó muerto de un
tiro, con lo que ésta es la primera indicación que nos llega de que haya
nacido. Hay algo curiosamente significativo en el uso que hace el periodismo
de sus relatos biográficos. Nunca piensa en informar sobre la vida sino cuando
publica la muerte. Y aplica este procedimiento así a los individuos como a las
instituciones y a las ideas. Después de la Primera Guerra Mundial nuestro
público empezó a oir hablar de naciones de toda laya que se habían emancipado;
pero nadie le había informado sobre que hubieran sido esclavizadas. Se nos
convocaba a juzgar la equidad de las soluciones cuando nunca se nos permitió
ni oir siquiera palabra cuando la existencia de conflictos. A la gente le
parece pedante comentar la poesía épica de los servios y preferirá hablar en el
lenguaje llano y moderno de cada día acerca de la nueva diplomacia
internacional yugoslava; le conmociona extraordinariamente algo que llaman
Checoslovaquia y al parecer nunca ha oído hablar de Bohemia. Cosas tan antiguas
como la misma Europa se consideran más recientes que las proclamas muy
posteriores enarboladas en las praderas de América. Algo sorprendente y
curioso: tanto como lo es el último acto del drama para quien llega al teatro
un momento antes de caer el telón. Pero no precisamente conducente a saber de
qué se trata. Esta desgarbada manera de presenciar el drama podrá recomendarse
a quienes se contenten con presenciar el momento del pistoletazo o del beso
apasionado. Pero a quienes atormente la curiosidad intelectual sobre quién da
el beso o es asesinado y por qué nunca les resultará ello suficiente.
En buena medida la historia
moderna, sobre todo en Inglaterra, se resiente del mismo defecto peculiar al
periodismo. De la cristiandad nos contará a lo sumo la mitad de la historia y,
para el caso, la segunda sin la primera. Hombres para quienes la razón empieza
con el Renacimiento y la religión con la Reforma nunca serán capaces de
brindarnos un relato completo de nada, pues obligadamente parten de
instituciones cuyo origen no saben explicar y, por lo común, ni siquiera
imaginar. Tal como nos
enteramos de que el almirante cayó muerto de un tiro sin habérsenos informado
que hubiera nacido, asi oímos hablar largamente sobre la disolución de los
monasterios sin casi ser advertidos de la creación de los mismos. Ahora bien,
una historia así resulta irremediablemente insuficiente hasta para el hombre
inteligente que odia los monasterios. Y resulta también irremediablemente
insatisfactoria con relación a ciertas instituciones que de hecho odian con
espíritu perfectamente sano muchos hombres inteligentes. Por ejemplo, es
posible que algunos de nosotros nos hayamos tropezado en nuestros cultos
autores de primera línea con alusiones incidentales a una oscura institución
llamada Inquisición española. Y bien, por lo que nos cuentan ellos y los
relatos en que se inspiran era ésta en verdad una institución oscura. Es
oscura porque lo es su origen. La historia protestante empieza simplemente con
esta cosa horrible en su apogeo como la pantomima arranca con el rey-demonio a punto
de freír a los duendes. No es improbable que la Inquisición, sobre todo hacía
su última época, haya sido una cosa horrible poblada de demonios; pero con
decir esto ni siquiera vagamente nos enteramos de la razón por la que es asi.
Para comprender la Inquisición española se hace necesario descubrir dos cosas
de las que nunca nos preocupamos: saber qué era España y qué era la
Inquisición. Lo primero suscita en su totalidad la gran cuestión de la cruzada
contra el moro y de cómo, a partir de la heroica gesta de andantes caballeros,
una nación europea pudo liberarse de la dominación extranjera venida del
África. Lo segundo plantea todo el problema de la otra cruzada contra los
albícenses y de por qué la gente amó y odió la visión nihilista venida del Asia.
Sí no comprendemos que estos acontecimientos encerraban en los orígenes el
ímpetu y el romance de una cruzada, no lograremos entender cómo hayan alucinado
a los hombres y los hayan arrastrado hacía el mal. Los cruzados abusaron
indudablemente de su victoria, pero la victoria tentaba al abuso. Existe una
forma de entusiasmo que incita a los excesos y disimula las faltas. Para
poner un ejemplo, en mí caso particular yo sostuve desde días lejanos la
responsabilidad de los ingleses por el trato atroz que dispensaron a los
irlandeses. Pero no sería justo para con los ingleses sí describiera las
maldades del 98 y pasara por alto toda mención de la guerra contra Napoleón.
Sería injusto insinuar que la mentalidad inglesa sólo soñaba con la muerte de
Emmett[2] cuando lo probable es que se hallara enchída con la gloria de la
muerte de Nelson. Por desgracia, el 98 está lejos de ser la última fecha en que
Inglaterra se aplicara a tan innoble tarea; todavía hace pocos años sus
políticos se dedicaban a gobernar a Irlanda mediante el asesinato y el robo
indiscriminados mientras gentilmente enrostraban a los irlandeses por recordar
todavía viejas cosas desafortunadas y batallas del pasado. Pero por mal que
pensemos en el tema de los Blackand- Tan,[3] sería injusto olvidar que muchos
de nosotros no pensábamos en ellos sino en los caquis y que el caqui tenía
entonces una noble connotación nacional que compensaba muchas cosas. Escribir
sobre la guerra de Irlanda sin mencionar la guerra contra Prusia y la
sinceridad inglesa en este punto sería injusto para con los ingleses. Por igual
modo hablar de la máquina de torturar que se supone fue la Inquisición como
sí fuera un juego horrendo es cosa injusta para con los españoles. No explica
de manera convincente y desde su origen lo que los españoles hicieron ni por
qué lo hicieron. Podemos conceder a nuestros contemporáneos que por lo menos
no es esta una historia que termine bien. Tampoco les reprochamos por suponer
que debería haber empezado bien. Nuestra queja se reduce a que en la versión
de ellos la historia ni siquiera empieza. Esa gente sólo en el instante de la
ejecución está presente y aun entonces, como lord Tom Noddy, llega tarde para
presenciar el momento de echar la soga al cuello. Es cierto que la Inquisición
fue a menudo más horrible que todas las ejecuciones, pero nuestros modernos
historiadores sólo recogen, por decirlo así, las cenizas de las cenizas, la
última vara del haz de leña de la hoguera.
Tomamos aquí, al azar, el
caso de la Inquisición por ser uno de tantos que ilustran una misma cosa y no
precisamente porque esté relacionado con san Francisco, sea cual fuere la
relación que la Inquisición haya podido tener con santo Domingo. Cabe suponer,
tema que luego explayaremos, que san Francisco, la igual que santo Domingo,
resulta ininteligible si no captamos en alguna medida lo que para el siglo
trece significaban la herejía y la cruzada. Pero de momento utilizo el caso de
la Inquisición como ejemplo menor para ilustrar un propósito más amplio. Para
dar a entender que empezar la historia de san Francisco con su nacimiento es
pasar por alto el sentido de los hechos o, mejor, no relatar siquiera la
historia. Y para insinuar que la moderna forma del relato periodístico que
empieza por el rabo nos lleva siempre al fracaso. Nos enteramos de la
existencia de reformadores sin saber que algo había por reformar; de rebeldes
sin una idea siquiera de aquello contra lo cual se rebelaban; de memoriales que
no se relacionaban con ninguna memoria, y de restauraciones de cosas que
aparentemente no existieron nunca. Por ello, aun a riesgo de que el presente
capítulo parezca desproporcionado, es necesario decir algo acerca de los
grandes movimientos que nos conducen hasta la aparición del fundador de los
franciscanos. Lo que implica que describamos un mundo o aun un universo con
miras a describir un hombre. Y que inevitablemente lo hagamos con unas pocas
generalidades osadas y unas pocas frases abruptas. Lo que lejos de significar
que en tan amplio firmamento sólo veremos una figura muy pequeña nos dice que
debemos medir la amplitud del cielo si en verdad queremos abarcar toda la
estatura de hombre tan gigante.
Y esta sola frase me lleva a
las indicaciones preliminares que parecen necesarias antes de fijar siquiera
un débil bosquejo de la vida de san Francisco. Debemos percatamos, aunque sea
de manera basta y elemental, de cuál era el mundo en que entró el Santo y cuál
la historia, por lo menos en lo que a él le concernió. Se impone trazar, aunque
sea en pocas frases, una manera de prefacio al estilo del Bosquejo de la
historia de Wells. En el caso particular de Wells salta a los ojos que el
notable novelista experimentó la desventaja de quien se ve obligado a escribir
la novela de un héroe que odia. Escribir historia y odiar a Roma, tanto a la
pagana como a la papal, es odiar cuando ha acontecido. Casi equivale a odiar a
la humanidad por razones puramente humanitarias. Aborrecer a la vez al
sacerdote y al soldado, los laureles del guerrero y los lirios del santo
equivale a segregarse de la masa de la humanidad, hecho que todas las
destrezas de la más sutil y dúctil de las inteligencias modernas no pueden compensar.
Mayor simpatía se requiere para enmarcar históricamente a san Francisco que
fue guerrero y santo a la vez. Terminaré, pues, este capítulo con algunas
generalidades sobre el mundo que halló san Francisco.
La gente no cree porque no
quiere dilatar su pensamiento. Expresándolo en términos de fe individual, no
cabe duda que podría referir lo mismo diciendo que algunos hombres no son lo
bastante católicos (universales) para ser católicos. Pero no voy a discutir
aquí las verdades doctrinales del cristianismo sino tan sólo y en términos
generales el simple hecho histórico del mismo, tal como puede mostrársele a
una persona realmente ilustrada y de imaginación despierta aun cuando no sea
cristiana. Lo que de momento quiero significar es que la mayoría de las dudas
se asientan en pormenores. En el curso de lecturas casuales tropezamos con tal
costumbre pagana que nos sorprende por lo pintoresca o con tal acción cristiana
que nos llama la atención por lo cruel; pero no abrimos nuestra mente lo
bastante para descubrir la verdad esencial de las costumbres paganas o de la
reacción cristiana contra ellas. Mientras no comprendamos, no precisamente en
detalle sino en su estructura y proporción fundamental, aquel avance pagano y
aquella reacción cristiana, no comprenderemos realmente el punto esencial del
período histórico en que san Francisco apareció ni lo que fue su gran misión
popular.
Ahora bien, es cosa sabida,
en mi opinión, que los siglos doce y trece fueron un despertar del mundo.
Fueron un fresco florecer de cultura y arte, después del largo letargo de la
experiencia mucho más dura y diría más estéril que llamamos "Edad Oscura".
De aquellos siglos podemos decir que fueron una emancipación; fueron
ciertamente un fin, el fin de tiempos que se nos muestran por lo menos como más
rudos e inhumanos. Pero, ¿qué fue lo que acababa? ¿De qué se emancipaban
entonces los hombres? Aquí chocan las diversas filosofías de la historia y éste
es el punto crucial entre ellas. Desde un punto de vista puramente externo y
profano, con verdad se ha dicho que los hombres despertaban de un letargo; pero
aquél letargo se vio atravesado por sueños místicos y a veces monstruosos. De
acuerdo con la rutina racionalista en que ha caído la mayoría de los
historiadores modernos se considera suficiente decir que la humanidad se
emancipaba de la mera superstición salvaje y avanzaba simplemente hacia luces
de civilización. Y éste es precisamente el gran despropósito que se levanta
como tropiezo y obstáculo al principio de nuestra historia. Quien suponga que
la "Edad Oscura" fue tinieblas y nada más, y que la aurora del siglo
trece sólo fue plena luz de día, no encontrará pie ni cabeza en la historia
humana de san Francisco. Lo cierto es que la alegría del Santo y de los
juglares de Dios no fue sólo un despertar. Fue algo imposible de entender sin
comprender su credo místico. El fin de la "Edad Oscura" no fue únicamente
el fin de un sueño. En realidad de verdad, no fue el fin de una supersticiosa
esclavitud solamente. Fue el fin de algo perteneciente a un orden de ideas
perfectamente definido aunque totalmente distinto.
La "Edad Oscura"
representaba el fin de una penitencia o, si se prefiere, de una purgación.
Señaló el momento en que terminaba una cierta expiación espiritual y en que al
fin se extirpaban del sistema ciertas dolencias espirituales. Se lo hacía a
través de una era de ascetismo, único medio que podía curarlas. El
cristianismo entró en el mundo para sanarlo y lo sanó de la única manera que
era posible.
Observándolo de modo
puramente externo y experimental, la elevada civilización de la antigüedad
terminó en su totalidad al aprender una lección, a saber, al convertirse al
cristianismo. Pero esta lección fue un hecho psicológico tanto como una fe
teológica. Ciertamente la civilización pagana había alcanzado un nivel muy
elevado. Nuestra tesis no se debilitará y tal vez hasta se robustezca si
decimos que había llegado al grado más alto de cuantos la humanidad había
logrado. Había descubierto las artes de la poesía y la representación
plástica aún no rivalizadas, había descubierto sus propios y permanentes
ideales políticos, había descubierto su propio y claro sistema de lógica y de
lenguaje. Pero, por encima de todo, había descubierto su propio error.
El error era demasiado
profundo para ser definido ideológicamente, en abreviatura, se lo puede definir
como el culto de la naturaleza. Casi con igual razón se lo podría llamar el
error de la naturalidad, lo que era, ciertamente, un error muy natural. Los
griegos, esos grandes guías y pioneros de la antigüedad pagana, partieron de
una idea maravillosamente simple y directa: la de que mientras el hombre
avance por la gran vía de la razón y la naturaleza no cabe esperar daño alguno,
sobre todo si es él tan destacadamente ilustrado e inteligente como los
griegos. Si no fuera pedante diríamos que le bastaba al hombre seguir el
olfato de su nariz siempre que se tratara de una nariz griega. Pero no hace
falta más que los propios griegos para ilustrar la extraña pero cierta
fatalidad que se sigue de esta falacia. Apenas se empeñan los griegos en
seguir el olfato de su nariz y su noción de naturalidad, les acontece la cosa
más singular de la historia. Demasiado singular para ser tema fácil de
discusión. Notemos cómo nuestros más repelentes realistas nunca nos conceden a
nosotros el beneficio de su realismo. Sus estudios de temas desagradables no
toman nunca en cuenta el testimonio que de ellos se desprende en favor de las
verdades de la moralidad tradicional. Pero si en verdad tuviéramos olfato
para estas cosas, podríamos citar millares de ellas como partes de un alegato
en favor de la moral cristiana. Y un ejemplo de esto nos lo da el hecho de que
nadie haya escrito una verdadera historia moral de los griegos con esta
orientación. Nadie se ha percatado del peso o singularidad de esta historia.
Los hombres más sabios y prudentes del mundo se propusieron ser naturales, y
lo primero que hicieron fue la cosa menos natural del mundo. El efecto
inmediato de saludar al sol y de la soleada salud de la naturaleza fue una
perversión que se extendió como la peste. Los más grandes y aun los más puros
filósofos no pudieron librarse aparentemente de esta especie de locura de baja
estofa. ¿Por qué? Al pueblo cuyos poetas concibieron a Helena de Troya y cuyos
escultores labraron la Venus de Milo debe haberle parecido cosa sencilla
mantenerse sano en este particular. Pero lo cierto es que quien adora la salud
difícilmente pueda mantenerse sano. Cuando el hombre se empeña en seguir el
camino recto anda cojeando. Cuando sigue el olfato de su nariz termina
torciéndosela o aun quizás cortándosela en un rostro desfigurado, y esto
ocurrirá en consonancia con algo más profundo en la naturaleza humana de
cuanto son capaces de entender los adoradores de la misma. Hablando
humanamente el descubrimiento de ese algo fue lo que constituyó la conversión
al cristianismo. Hay una inclinación en el hombre como la hay en el juego de
bolos, y el cristianismo fue el descubrimiento de la manera de corregir la
perversa inclinación y acertar en el blanco. Muchos se sonreirán al oirlo, pero
es profundamente cierto que la buena noticia que trajo el evangelio fue la
nueva del pecado original.
Roma se levantó a contrapelo
de sus maestros griegos porque nunca aceptó del todo que le enseñaran
semejantes añagazas. Era dueña de una tradición doméstica mucho más decente;
pero a la postre adoleció de la misma falacia en su tradición religiosa, que
fue por fuerza y en no pequeña medida la tradición pagana del culto de la
naturaleza. El problema de toda la tradición pagana se concentra en que en la
vía al misticismo nada hallaron los hombres fuera de lo concerniente al
misterio de fuerzas innombrables de la naturaleza tales como el sexo, la
generación y la muerte. También en el Imperio Romano, ya mucho antes de su fin,
encontramos que el culto a la naturaleza produce inevitablemente cosas contra
natura. Se han convertido en proverbiales casos como el de Nerón cuando el
sadismo se asentaba, imprudente, en el trono a plena luz. Pero la verdad a que
me refiero es algo mucho más sutil y universal que un convencional catálogo de
atrocidades. Lo que le aconteció a la imaginación humana en su conjunto fue
que el mundo se iba tiñendo de peligrosas pasiones en rápida descomposición: de
pasiones naturales que se convertían en pasiones contra natura. Así, al tratar
la sexualidad como si sólo fuera cosa natural produjo el efecto de que el
resto de las cosas inocentes y naturales se embebiesen y saturasen de sexo.
Porque a la sexualidad no se la puede tratar simplemente en pie de igualdad con
emociones elementales o experiencias como el comer y el dormir. Tan luego como
el sexo deja de ser siervo se convierte en tirano. Hay algo peligroso y
desproporcionado en el lugar que el sexo ocupa en la naturaleza humana, y no
cabe duda de que el sexo necesita purificación y especial cuidado. La
charlatanería moderna sobre que el sexo es igual a los demás sentidos y sobre
el cuerpo bello como la flor o el árbol o es una descripción del paraíso
terrenal o un fragmento de pésima psicología, de la que el mundo se cansó hace
ya dos mil años.
Empero, no se confunda lo
dicho con mero sensacionalismo puritano acerca de la perversidad del mundo
pagano. Lo que aquí proponemos más que decir cuán perverso era el mundo pagano
señala que era éste lo bastante bueno como para percatarse de que su paganismo
se estaba pervirtiendo o, mejor dicho, que se hallaba en el camino lógico de la
perversión. Quiero decir que la "magia natural" no tenía porvenir
alguno; profundizar en ella no era sino obscurecerla hasta hacerla magia
negra. No tenía futuro alguno porque en lo pasado sólo fue inocente por ser
joven. Podríamos decir que fue inocente sólo porque era superficial. Los
paganos eran más sabios que el paganismo; por esto se hicieron cristianos.
Muchos de ellos poseían una filosofía, virtudes familiares y honor militar en
que afirmarse para no caer; pero por aquél entonces esa cosa puramente popular
que llamamos religión ya lo arrastraba por la pendiente. Y cuando contra el mal
se acepta una reacción semejante no es equivocado suponer que esto representaba
un mal que estaba por doquier. En un sentido distinto y más literal su nombre
era Pan.
No es metáfora decir que
esas gentes necesitaban un cielo nuevo y una tierra nueva, porque hablan
profanado la propia tierra y aun el propio cielo. ¿Cómo podían resolver su
problema mirando el cielo cuyas estrellas desplegaban leyendas eróticas? ¿Cómo podían
aprender algo del amor de los pájaros y las flores después de las historias de
amor que de ellos se contaban? No podemos multiplicar aquí las evidencias, y un
pequeño ejemplo habrá de suplirlas. Todos conocemos la naturaleza de las
asociaciones sentimentales que despierta en nosotros la palabra
"jardín" y cómo muchas veces nos trae a la memoria recuerdos de
romances melancólicos e inocentes o, con igual frecuencia, el de una graciosa
doncella o un bondadoso y anciano sacerdote modelado a la sombra de un vallado
de tejos, a la vista quizá de un campanario pueblerino. Y luego quien conozca
un poco de poesía latina invagine súbitamente lo que un tiempo se alzó,
obsceno y monstruoso, en el sitio de la puesta del sol o en el lugar de la fuente
y recuerde de qué condición fue el dios de los jardines.
Nada podía purgar semejante
obsesión sino una religión que literalmente no fuera terrena. No cuadraba
decir a tales gentes que disfrutaran de una religión poblada de estrellas y
flores; ni una flor ni una estrella siquiera existían que no hubieran sido mancillados.
Los hombres tenían que marchar al desierto para no encontrar flores o aun al
fondo de las cavernas para no ver estrellas. En este desierto y en esas
cavernas penetró el más alto intelecto humano cosa de cuatro siglos, y fue
esto lo más cuerdo que pudo hacer. Para la salvación de ese mundo nada restaba
sino lo francamente sobrenatural; si Dios no podía salvarle, no podrían
ciertamente hacerlo los dioses. La Iglesia primitiva llamó demonios a los
dioses del paganismo y tuvo razón. Sea la que fuere la relación que en los
principios tuvieron quizás los dioses con una religión natural, en aquellos
santuarios vacíos nada moraba ahora sino demonios. Pan ya no era más que
pánico. Venus ya no era más que vicio venéreo. No pretendo decir por manera alguna,
qué duda cabe, que todos los paganos individualmente tuvieran estos rasgos ni
siquiera hacia el final del paganismo, pero de ellos se apartaban como
individuos. Nada distingue tan claramente al paganismo del cristianismo como el
hecho de que ese algo que llamamos filosofía tuviera poco o nada que ver con
ese algo social que llamamos religión. De todas maneras, no cabía esperar
provecho alguno de predicar una religión natural a gente para quien la
naturaleza se habla convertido en tan poco natural como cualquier religión.
Sabían ellos mucho mejor que nosotros sus propios males y la suerte de
demonios que les tentaban y atormentaban a un tiempo, y escribieron el
siguiente texto encima de este dilatado espacio de la historia: "Esta
suerte (de demonios) no se echa sino con la oración y el ayuno".
Pues bien, la importancia
histórica de san Francisco y de la transición del siglo doce al trece se halla
en el hecho de haber señalado el fin de aquella expiación. Al término de la
"Edad Oscura" los hombres podían ser rudos, iletrados e ignorantes en
todo lo que no fueran guerras contra tribus paganas más bárbaras que ellos
mismos; pero tenían siquiera el alma limpia. Eran como niños, y los primeros
pasos de sus rudas artes respiraban el límpido placer de la infancia. Debemos
imaginarlos en una Europa viviendo bajo el dominio de pequeños gobiernos
locales, feudales por ser una supervivencia de guerras feroces contra los
bárbaros, monacales a veces y haciendo gala de un carácter amistoso y
patriarcal, aún ligeramente imperiales porque Roma gobernaba todavía a guisa
de una gran leyenda. Pero algo había sobrevivido en Italia representativo en
mayor grado del más bello espíritu de la antigüedad: la república. Italia
estaba ornada de pequeños estados, de ideales democráticos en su mayoría y
poblados a menudo con verdaderos ciudadanos. Pero la ciudad no se mantenía
ahora abierta como en los días de la paz romana, sino que se replegaba detrás
de altas murallas para defensa contra las guerras feudales, y todos los
ciudadanos tenían que ser soldados. Una de ellas se levantaba en un lugar
escarpado y peregrino entre las boscosas colinas de la Umbría, y su nombre era
Asís. Por su puerta profunda bajo los altos torreones debía llegar el mensaje
que sería el evangelio de la hora: "Tu guerra se ha cumplido; perdonada ha
sido tu iniquidad". Sobre ese fondo, pues, de feudalismo y libertad y
restos de ley romana, debía elevarse a comienzos del siglo trece, vasta y casi
universal, la poderosa civilización de la Edad Media.
Es exagerado atribuir ésta
por entero a la inspiración de un solo hombre, aunque se trate del genio más
original del siglo trece. La ética elemental de la fraternidad y la honradez
nunca se había extinguido totalmente, y el cristianismo nunca había dejado de
ser cristiano. Las grandes evidencias sobre la justicia y la piedad se
encuentran en los más rudos anales de la transición bárbara o en las más
rígidas máximas de la decadencia bizantina. Y ya en los tempranos comienzos de
los siglos once y doce claramente despuntaba un movimiento moral más amplio.
Pero lo que con justicia cabe decir es que por encima de estos primeros
movimientos flotaba todavía algo de la antigua austeridad acarreada por aquel
largo período penitencial. Eran aquéllos el crepúsculo matinal, pero todavía un
crepúsculo gris. Afirmación que puede aclararse con sólo mencionar dos de las
reformas anteriores a la franciscana. Por supuesto que la institución
monástica era de lejos más antigua que estos movimientos; indudablemente casi
tan antigua como el cristianismo. Los consejos de perfección habían tomado
siempre la forma de votos de castidad, pobreza y obediencia. Con estas metas
extramundanas el cristianismo había civilizado hacia ya tiempo buena parte del
mundo. Los monjes habían enseñado al pueblo a labrar y sembrar tanto como a
leer y escribir; en realidad le habían enseñado casi todo lo que el pueblo
sabía. pero se puede decir con verdad que los monjes fueron severamente
prácticos, en el sentido de que fueron no sólo prácticos sino también severos,
si bien solían mostrarse severos consigo mismos y prácticos para con los
demás. Todo aquel temprano movimiento monástico se había aquietado hacía ya
tiempo y, a no dudarlo, con frecuencia deteriorado; pero al llegar a los
primeros movimientos medievales este carácter austero resultaba todavía
evidente. Podemos tomar tres ejemplos para demostrarlo.
Primero, el viejo molde
social de la esclavitud empezaba a disiparse. No sólo el esclavo iba
transformándose en siervo, que era prácticamente libre en lo concerniente a la
propia granja y vida familiar, sino que muchos señores declaraban libres a
esclavos y siervos por igual. Esto lo hacían presionados por los sacerdotes,
pero sobre todo por espíritu de penitencia. Por supuesto que toda sociedad
católica debe mantener una atmósfera de penitencia, pero yo me estoy refiriendo
a aquel áspero espíritu de penitencia que había expiado los excesos del
paganismo. En torno de aquellas restauraciones flotaba la atmósfera del lecho
de muerte, pues muchas de ellas eran, sin duda, palmarios ejemplos de
arrepentimiento en el lecho de muerte. Un ateo de buena fe con quien disentí en
cierta ocasión recurrió a la siguiente expresión: "Lo único que mantuvo a
los hombres en la esclavitud fue el temor al infierno". Como entonces le
indiqué, si hubiera dicho que los hombres se liberaron de la esclavitud por temor
al infierno, por lo menos habría señalado un hecho histórico indiscutible.
Un segundo ejemplo lo
constituye la arrolladora reforma de la disciplina de la Iglesia llevada a
cabo por el papa Gregorio VII. Fue en verdad una reforma emprendida por los más
elevados móviles y que obtuvo los resultados más saludables: emprendió el Papa
una minuciosa investigación contra la simonía y las corruptelas pecuniarias del
clero e insistió en la necesidad de un ideal más serio y austero para la vida
del sacerdote parroquial. Pero el hecho de que la reforma gregoriana
cristalizara precisamente en la imposición universal del celibato con carácter
obligatorio da la nota de algo que, por noble que fuera, parecerá a muchos
vagamente negativo.
El tercer ejemplo es en un
sentido el más vigoroso de todos. Porque es el ejemplo de una guerra, una
guerra heroica y para muchos de nosotros santa aunque conserve aun así todas
las rígidas y terribles responsabilidades de la guerra. No dispongo aquí del
espacio suficiente para decir cuanto convendría acerca de la verdadera
naturaleza de las cruzadas. Nadie ignora cómo en la hora más oscura de la
"Edad Oscura" brotó en Arabia una suerte de herejía y se convirtió en
una religión de carácter militar bien que nómada bajo la invocación del
nombre de Mahoma. Intrínsecamente tiene características que encontramos en
muchas herejías desde la musulmana a la monista. El hereje ve su movimiento
como una saludable simplificación de la religión, mientras que el católico lo
ve como una simplificación insana de la misma ya que reduce todo a una idea
única y consiguientemente pierde la amplitud y la ponderación del catolicismo.
De todas formas, este movimiento revestía el carácter objetivo de un peligro
militar para la cristiandad y ésta le asestó una puñalada en el propio corazón
al intentar la reconquista de los Santos Lugares. El gran duque Godofredo y los
primeros cristianos que irrumpieron en Jerusalén fueron héroes si alguna vez
los hubo en el mundo... pero héroes de una tragedia.
Ahora bien, he tomado estos
dos o tres ejemplos de los primeros movimientos medievales para hacer notar el
carácter general que los relaciona y que se refiere a la penitencia que siguió
al paganismo. En todos ellos hay algo que se agita aunque sea todavía débil,
como un viento que sopla entre las hendiduras de los montes. Aquel viento
austero y puro de que habla el poeta[4] es realmente el espíritu de la época,
pues es el viento de un mundo que ha sido al fin purificado. Quien sepa
apreciar atmósferas encontrará claridad y pureza en la de aquella sociedad ruda
y a veces agria. Sus mismas pasiones son limpias porque no las mancilla ya el
hálito dé la perversidad. Sus mismas crueldades son transparentes: no son ya
las lujuriosas crueldades del anfiteatro. Arrancan o de un muy simple horror a
la blasfemia o de una furia muy simple ante el insulto. Gradualmente, contra
este horizonte gris, hace su aparición la belleza como algo realmente fresco y
delicado y, sobre todo, sorprendente. El amor que ahora retorna ya no es el
que una vez se llamó platónico sino el que todavía llamamos amor caballeresco.
Las flores y las estrellas recobraron su inocencia primigenia. Al fuego y al
agua se los reconoce como dignos de ser el hermano y la hermana de un santo. La
purificación del paganismo es por fin completa.
Porque la misma agua ha sido
lavada. El fuego mismo ha sido purificado como por el fuego. El agua no es ya
el agua donde arrojaban a los esclavos para alimento de los peces. El fuego no
es ya el fuego a través del cual se ofrecían a los niños a Moloch. Las flores
no huelen ya a olvidadas guirnaldas recogidas en el jardín de Priapo, y las
estrellas no son ya señales de la lejana frialdad de dioses tan fríos como
aquellas frías llamas. Ni el universo ni la tierra tienen ya la antigua
significación siniestra. Esperan una nueva reconciliación con el hombre, pero
están ya en capacidad de ser reconciliadas. F1 hombre ha arrancado de su alma
el último girón del culto de la naturaleza y puede volver a ella.
Cuando aún alumbraba el
crepúsculo, sobre una colina que dominaba la ciudad apareció silenciosa y
súbitamente una figura oscura contra la oscuridad que se desvanecía. Era el fin
de una larga y áspera noche, noche de vela, visitada empero por estrellas. Aquella
figura se afirmaba de pie, las manos en alto, como en tantas estatuas y
pinturas, y en torno de ella se agitaba el bullicio de pájaros cantando. Y a su
espalda se abría la aurora.
Capítulo 3
Francisco, el batallador
Según un antiguo relato que
si no es real no deja de ser típico, el mismo nombre de san Francisco no era
tal sino un apodo. En la idea de aplicarle un sobrenombre a la manera en que
en la escuela a un chico común se lo llama "el francés" hay algo que
emparenta con el instinto familiar y popular del Santo. Según aquella versión,
su nombre no era Francisco sino Juan, y sus compañeros le llamaban
"Francesco" o "el Francesillo" a causa de su pasión por la
poesía francesa de los trovadores. Lo más probable es que su madre lo haya llamado
Juan cuando el niño nació estando ausente el padre, y éste, poco tiempo
después, al regresar de Francia -donde sus éxitos comerciales le llenaron de
entusiasmo por los gustos y usos sociales franceses- diera a su hijo el nuevo
nombre que significaba "el franco" o "francés". Sea como
quiera, no carece el nombre de significación relacionando desde el principio a
Francisco con el romántico país encantado de los trovadores.
El padre se llamaba Pietro
Bernardone, y era un distinguido ciudadano del gremio de mercaderes de telas en
la ciudad de Asís. es difícil describir la posición de semejante hombre sin
examinar la de aquel gremio y aun la de la ciudad. Exactamente no correspondía
a nada de lo que en los tiempos modernos se entiende por comerciante u hombre
de negocios o industrial, o a nada de lo que se da dentro del sistema
capitalista. Bernardone pudo tener empleados pero no era patrono; es decir, no
pertenecía a una clase de empleadores como distinta de una clase de empleados.
La persona que ciertamente
sabemos que empleó fue su hijo Francisco; alguien, estamos inclinados a
suponer, que sería la última persona en asalariar el hombre de negocios en
trance de contratar empleados. Era tan rico como puede serlo el labrador con
el trabajo de su familia; pero aguardaba, sin lugar a dudas, que su familia
trabajara de manera casi tan normal y evidente como puede esperarlo de la suya
el campesino. Era un ciudadano preminente, pero pertenecía a un orden social
cuya propia naturaleza cerraba el paso a toda preeminencia excesiva que lo
llevara a trascender al mero ciudadano. Orden semejante mantenía a toda su
gente en el plano de la simplicidad que le cuadraba sin que riqueza alguna
viniera acompañada de esa fuga del trabajo pesado por la que a un muchacho, en
tiempos modernos, se lo considera gentilhombre o caballero o cualquier otra
cosa menos hijo de un mercader de telas. )rato es una regla probada aun en su
misma excep- ción. Francisco era una de esas personas que son populares en todas
partes, y su jactancia sin artificio como trovador y campeón de modas francesas
lo convirtió en una especie de jefe romántico entre los jóvenes de la ciudad.
Derrochaba dinero en extravagancias y liberalidades por igual siguiendo la
inclinación nativa del hombre que nunca comprendió exactamente lo que era el
dinero. Esto exultaba y también exasperaba a su madre, la que dijo como podría
decirlo en cualquier rincón de la tierra la mujer de un mercader: "Más
parece un príncipe que hijo nuestro". Pero una de las primeras imágenes
que de él tenemos nos lo muestra vendiendo piezas de tela en un puesto del
mercado, lo que la madre habrá quizás estimado o no que era un hábito propio de
príncipes.
Esta primera imagen del
joven en el mercado es simbólica en más de un sentido. Ocurrió, en efecto, un
hecho que es tal vez el resumen más breve y agudo que puede darse de ciertos
rasgos curiosos que eran ya parte de su carácter mucho antes de que éste se
transfigurara por la fe trascendental. Mientras vendía telas y finos bordados
a un sólido comerciante de la ciudad se acercó un mendigo a pedir limosna,
evidentemente de una manera falta de tino. Era aquélla una sociedad ruda y
sencilla, y no había leyes que castigaran al hambriento por expresar su
necesidad de pan como las que se han promulgado luego en tiempos más
humanitarios, y la falta de una policía organizada permitía que tales gentes
importunaran a los ricos sin mayor peligro. Pero en muchos lugares, según
creo, existía la costumbre local del gremio que prohibía a los extraños
interrumpir una tratativa honesta; es posible que algo por el estilo colocara
al pobre mendigo en una postura falsa. Pues bien, durante toda la vida
Francisco experimentó una gran simpatía por cuantos se veían sometidos sin
remedio a situaciones falsas. Al parecer, en la presente ocasión, el Santo se
enfrentó a sus dos interlocutores con una mente dividida, distraída en verdad
y quizás también irritada. Tal vez se sintiera aún más molesto por las
fastidiosas normas establecidas que le habían inculcado y que aceptaba con toda
naturalidad. Todos están de acuerdo en que desde el principio la cortesía
brotaba de él como las fuentes públicas en aquél soleado mercado italiano.
Francisco hubiera podido escribir como lema entre sus versos esta estrofa del
poema de Belloc:
"La cortesía es mucho
menos
que la intrepidez del
corazón o la santidad
pero, bien meditado, yo
diría
que la gracia de Dios está
en la cortesía."
Nadie puso en duda nunca que
Francisco Bernardone fuera de corazón intrépido, en el sentido tanto puramente
varonil como militar, y llegaría un tiempo en que tampoco se dudaría en cuanto
a su santidad y gracia de Dios. Pero estimo que si en algo era puntilloso
Francisco era precisamente en el puntillo. Si de algo se sentía orgulloso este
hombre tan humilde era de sus buenos modales. Solamente que tras esta urbanidad
perfectamente natural se ocultaban más amplias y esforzadas disposiciones de
las que tenemos un primer atisbo en este trivial incidente. De todas maneras,
ante el embarazo frente a sus dos interlocutores, es evidente que el ánimo de
Francisco se hallaba dividido; pero de todas maneras cerró como pudo tratos con
el mercader y, cuando terminó, se halló con que el mendigo se había marchado.
Saltó de su tienda, abandonó las piezas de terciopelo y de paños finos a vista
y merced de todos y se lanzó a todo correr por la plaza del mercado, veloz como
una flecha. Corriendo aún recorrió el laberinto de calles estrechas y tortuosas
de la pequeña ciudad en busca de su hombre y descubrió por fin y colmó de
dinero al mendigo asombrado. Después se encaró consigo mismo, por decirlo
así, y juró ante Dios que nunca en la vida había de negar ayuda al pobre. La
avasalladora simplicidad de este emprendimiento resulta extraordinariamente
característica. Nunca ha existido un hombre a quien atemorizaran menos las
propias promesas. Su vida fue un torbellino de votos temerarios, de votos
temerarios que acabaron bien.
Los primeros biógrafos de
Francisco, naturalmente sensibles a la gran revolución religiosa que produjo,
con igual naturalidad volvieron la mirada hacia los primeros años del Santo en
busca de augurios y señales de aquél terremoto espiritual. Pero nosotros
escribiendo a mayor distancia no disminuiremos el efecto dramático y más bien
lo aumentaremos si nos percatamos de que en el joven no había por aquellos
días ningún signo exterior que delatara algo particularmente místico. No había
en él ni rastros de aquél temprano sentido de la vocación que ha sido peculiar
de algunos santos. Por encima de su ambición principal de lograr fama como
poeta francés, parece que pensó a menudo en adquirirla como soldado. De su
natural era bondadoso y bravo a la manera en que lo son los jóvenes
normalmente; pero tanto en bondad como en bravura fijaba su ideal sin desmedro
donde lo fijaría la mayoría de la juventud: ante la lepra sentía horror humano
como el que tienen sin necesidad de avergonzarse la mayoría de los hombres.
Gustaba de trajes alegres y brillantes propios del gusto heráldico de los
tiempos medievales y mostraba, según parece, una figura asaz festiva. Y si bien
no tiñó la ciudad con los colores subidos de le. juerga, no le hubiera
disgustado inundarla con el brillo de toda la gama del arco iris como en una
pintura medieval. Pero en el relato sobre un mancebo vestido de alegres colores
corriendo tras un mendigo en harapos relucen ciertas notas de la individualidad
natural de Francisco que hay que tomar en consideración desde el principio y
hasta el fin.
Por ejemplo, aquí se hace
manifiesto un cierto aire de rapidez. En algún sentido, san Francisco siguió
corriendo por el resto de su vida como corrió tras el mendigo. Porque todas las
empresas que asumió fueron emprendimientos de misericordia, en su retrato
sobresale también una nota de benignidad que, con todo y ser real en el sentido
más auténtico, se presta fácilmente a interpretaciones erróneas. Un cierto
atolondramiento era el cabal contrapeso de su alma. Entre los santos a
Francisco habría que representarlo como a menudo se ha pintado a los ángeles en
cuadros angélicos: con pies alados y aun con plumas y según el espíritu de
aquel texto que llama viento a los ángeles y fuego ardiente a los divinos
mensajeros. Señalemos la curiosidad del lenguaje, por lo menos en inglés, por
la que "coraje" (courage) implica de hecho correr (running) y no
faltarán modernos ascépticos para quienes en realidad signifique huir (running
away). Pero el coraje de Francisco quería decir "correr" en el sentido
de precipitarse. A pesar de toda su urbana cortesía en el fondo de su
impetuosidad había nativamente algo de impaciencia. La verdad psicológica del
hecho del mendigo que relatamos aclara muy bien la confusión moderna acerca de
la palabra "práctico". Si por práctico entendemos lo que es
practicable en forma bien inmediata, diremos que práctico equivale simplemente
a lo que es más fácil. En este sentido san Francisco fue muy poco práctico y
sus objetivos muy extramundanos. Pero si por practitidad queremos significar
una preferencia por el esfuerzo pronto y una energía semejante frente a la duda
y la dilación, el Santo fue en realidad de verdad un hombre muy práctico.
Pueden algunos llamarle loco pero fue precisamente el reverso de un soñador.
Nadie se atrevería a llamarlo hombre de negocio, pero fue muy señaladamente
hombre de acción. En algunos de sus tempranos emprendimientos lo fue tal vez en
demasía: obró con excesiva prontitud y fue inmoderadamente práctico para ser
prudente. Pero en cada recodo de su extraordinaria carrera lo veremos lanzarse
y tornar esquinas de la manera más inesperada como cuando por calles tortuosas
se lanzó en pos del mendigo.
Otra característica que
descubre aquella anécdota y cosa que era ya parcialmente un instinto natural de
Francisco antes de convertirse en ideal sobrenatural es algo que acaso no se
perdió nunca en aquellas pequeñas repúblicas italianas de la Edad Media. Algo
que algunos considerarán muy chocante y que por regla general verán con más
claridad los hombres del Sur que los del Norte y, en mi opinión, más los
católicos que los protestantes: a saber, el muy natural concepto de la
igualdad de los hombres. No guarda ésta una necesaria relación con el amor
franciscano a los hombres; por el contrario uno de los medios de comprobarla en
la muda práctica es la igualdad en el duelo. Y acaso no la acepte de verdad un
caballero mientras no admita la posibilidad de contender con su criado.
Estamos, pues, ante una situación antecedente de la fraternidad franciscana
cual la percibimos en ese temprano incidente de la vida seglar del Santo. Me
imagino que Francisco sintió verdadera perplejidad sobre a quién atender primero:
al mercader o al mendigo, y que, habiendo despachado al primero, corrió a
socorrer al segundo pues juzgó que ambos eran igualmente hombres. En una
sociedad de la que la igualdad está ausente esto resulta mucho más difícil de
describir, pero fue sin duda la base original de todo y es la razón por la que
el movimiento popular surgiera en tal preciso lugar y a través de aquél hombre.
La imaginativa magnanimidad del Santo se elevó luego como una torre hacia
cumbres estrelladas que pueden parecer vertiginosas y aun locura, pero aun
entonces se fundaba en los altos cimientos de la igualdad humana.
Entre un centenar de
anécdotas de la juventud de Francisco, he escogido ésta y me he detenido en su
significación, pues mientras no nos acostumbremos a desentrañar los
significados nos parecerá a menudo que al contar la historia poco o nada
hallamos fuera de un leve y superficial sentimiento. San Francisco no es
precisamente un personaje de quien pueda hablarse con sólo historias
"bonitas". Abundan éstas, pero se las utiliza muchas veces como si
fueran una especie de sedimento sentimental del mundo medieval en vez de
tomarlas, como Francisco lo fue en forma superlativa, por un desafío al mundo
moderno. Su despliegue humano hemos de tomarlo con mayor seriedad, y la
siguiente anécdota en que vislumbramos un verdadero atisbo de ese desarrollo,
se desenvuelve en un escenario muy distinto. Pero. de manera idéntica abre casi
como casualmente abismos de la mente y aun quizá del inconsciente. Francisco
se muestra todavía más o menos como un muchacho corriente, y sólo mirándolo así
nos damos cuenta de cuán extraordinario debió ser.
Había estallado la guerra
entre Asís y Perugia. Está ahora de moda decir con ánimo satírico que aquellas
guerras entre las ciudades-estados de la Italia medieval no tanto estallaban
cuanto continuaban indefinidamente. Bastará decir aquí que, aun si ellas se
hubieran sucedido sin interrupción durante un siglo, ni remotamente hubieran
muerto tantas gentes cuantas perecen en un año en una de nuestras grandes
guerras científicas entre nuestros grandes imperios industriales modernos.
Pero los ciudadanos de una república medieval podían estar seguros de vivir
con una limitación, la de no ser convocados a morir por nada que no fueran las
cosas por las cuales vivieron siempre: las casas donde moraban, los santuarios
que veneraban y los gobernantes y representantes que conocían, y no por
visiones más amplías fundadas en los últimos rumores sobre remotas colonias
mencionadas en periódicos anónimos. Sí de nuestra experiencia inferimos que la
guerra paralizó la civilización, debemos admitir por lo menos que aquellas
ciudades guerreras produjeron algunos paralíticos que se llamaron Dante y
Miguel Angel, Ariosto y Tiziano, Leonardo y Colón, por no mencionar a Catalina
de Sena y al protagonista de la presente historia. Mientras nosotros miramos
con lástima este patriotismo local como simples grescas de la "Edad
Oscura", no deja de ser un hecho curioso el que casi tres cuartas partes
de los más grandes hombres que en el mundo han existido hayan salido de esas
pequeñas ciudades y por añadidura hayan intervenido con frecuencia en esas
pequeñas guerras. Aún está por ver lo que a la postre saldrá de nuestras
grandes urbes; desde que alcanzaron éstas su actual tamaño no veo señal alguna
de algo semejante, y a veces me ha asaltado un sueño que ya pobló mí infancia,
a saber: que cosas como aquéllas no acaecerán hasta que alrededor de Clapham
no se levante una muralla y de noche suene el toque a rebato llamando a las
armas a los ciudadanos de Wimbledon.
Pero es el caso que el
clarín resonó en Asís y los ciudadanos se armaron y entre ellos Francisco, el
hijo del mercader de telas. Salió a la pelea en alguna compañía de lanceros, y
en alguna batalla o escaramuza, él y su pequeña banda cayeron prisioneros.
Tengo para mí como la cosa más probable que se haya tratado de una traición o
cobardía pues se nos cuenta que entre los cautivos había uno con quien los
compañeros, aun en prisión, se negaban a relacionarse, y cuando esto sucede
en tales circunstancias es porque el reproche militar por la rendición se
descarga sobre alguíen en concreto. De todas maneras, se ha hecho notar una
cosa menor, bien que curiosa, y que quizás parezca más negativa que positiva.
Nos cuentan que Francisco se movía entre los compañeros de cautiverio con su
cortesía y cordialidad características -"liberal y dado a la risa"
como alguien dijo de él-, resuelto a mantener el buen ánimo de todos y el
propio. Y cuando se cruzó con el proscripto, traidor o cobarde, o como se lo
quiera llamar, lo trató simplemente de idéntica manera que a los demás, sin
frialdad ni compasión, con la misma alegría sin afectación y el mismo buen
compañerismo. Pero sí en la prisión hubiera habido alguien dotado de una
segunda visión sobre la verdad e inclinación de las cosas espirituales, se
hubiera percatado de que se hallaba ante algo nuevo y al parecer casi
anárquico: una ola profunda que arrastraba hacía mares todavía ignotos de
caridad. Porque en este sentido todavía algo le faltaba en verdad a Francisco
de Asís, algo ante lo que permanecía ciego sí es que sus ojos debían abrirse
alguna vez a la posibilidad de cosas mejores y más hermosas. Todos esos límites
en el buen compañerismo y los buenos modales, todas las fronteras de la vida
social que separan al tolerable del intolerable, todos los escrúpulos sociales
y convenciones que son normales y aun nobles en el hombre corriente, todas las
cosas que mantienen la cohesión de muchas sociedades decentes nunca pudieron
dominar a nuestro hombre. Amó como amó, al parecer a todo el mundo pero en
especial a quienes por él quererlos acompañaba la enemiga de los demás. Cosa
muy dilatada y uníversal la que se encontraba ya presente en la estrecha
mazmorra, y en la oscuridad de ésta un vidente hubiera podido ver el halo
encendido de la caritas caritatum [caridad de caridades] que distingue a un
santo entre los santos tanto como entre los hombres. Hubiera podido oír el
primer susurro de aquella peregrína bendición que tomaría luego los ecos de
casi una blasfemia: "Él escucha a quienes ni el mismo Dios quiere
escuchar".
Pero, si el vidente quizás
hubiera podido ver esta verdad, es muy dudoso que ya entonces la conociera
Francisco. El Santo había obrado obedeciendo a una magnanimidad inconsciente-o
largueza, según la bella palabra medieval- interior, por algo casi diríamos
ilegal si no llegara a los umbrales de una ley más divina, aunque resulta del
todo improbable que como tal entonces le conociera Francisco. Es evidente que
por aquellos días no abrigaba propósito alguno de abandonar la vida militar y
menos aún de abrazar la monástica. Es cierto que, contrariamente a lo que
piensan pacifistas y necios, no hay incongruencia en amar a los hombres y
combatir contra ellos mientras se lo haga lealmente y por una causa justa.
Pero, a mi juicio, algo más que esto entraba aquí en juego: a saber que de
todas maneras la mente del joven se orientaba en realidad hacia una moralidad
de lo militar.
Por aquel entonces en el
camino de Francisco cruzó se la primera calamidad bajo la forma de una dolencia
que volvería a visitarlo en muchas ocasiones y obstaculizaría su temeraria
carrera. La enfermedad lo tomó más serio, pero imagino que lo hizo más serio
soldado o quizá más serio acerca de la vocación y vida militar. Y mientras
convalecía, algo bastante más importante que las pequeñas reyertas e
incursiones de las ciudades italianas abrióle el ancho camino de la aventura y
la ambición. Al parecer, un tal Gauthier de Brienne reclamaba la corona de
Sicilia, centro de controversias muy importantes por entonces, y la causa del
papa, en cuya ayuda se llamaba a Gauthier, despertaba el entusiasmo de muchos
jóvenes de Asís; entre éstos figuraba Francisco quien propuso marchar sobre
Apulia en apoyo del Conde; no es improbable que el nombre francés de éste haya
quizás pesado en todo el asunto.
Pues nunca olvidaremos que
si era aquél un mundo de cosas pequeñas, lo era de cosas pequeñas que se
ocupaban de las grandes. Había más internacionalismo en esas tierras
salpicadas de pequeñas repúblicas que en las enormes, homogéneas e
impenetrables divisiones de hoy en día. En aquellos tiempos la autoridad legal
de los magistrados quizá no alcanzara más allá de un tiro de ballesta desde
las altas murallas almenadas de la ciudad. Pero las simpatías de la gente
podían acompañar las incursiones de los normandos a través de Sicilia o de los
palacios de los trovadores en Tolosa o depositarse en el emperador entronizado
en las selvas germánicas o en el papa moribundo en el desierto de Salerno. Por
encima de todo no olvidemos que cuando los intereses de una edad son
primariamente religiosos serán forzosamente universales. Nada puede haber más
universal que el universo. Y varias son las cosas acerca de la postura
religiosa en ese particular momento que escapan no sin razón a la mentalidad
moderna. Entre otras, las gentes de hoy suelen confundir naturalmente a esos
pueblos tan remotos con pueblos antiguos y aún primitivos. Pensamos vagamente
que aquellos hechos acaecieron durante las primeras épocas de la Iglesia cuando
en realidad tenía ésta por entonces más de mil años. Vale decir que la Iglesia
era bastante más antigua que la Francia contemporánea para nosotros y mucho
más que la Inglaterra de nuestros días. La Iglesia se asemejaba al gran
Carlomagno, de luenga barba florida, a quien según la leyenda, habiendo reñido
mil batallas contra los infieles, un ángel le animaba a no desmayar y seguir
luchando sin cesar aunque tuviese dos mil años. La Iglesia había alcanzado los
mil años y avanzaba ahora a la vuelta del segundo milenio; salía de la
"Edad Oscura" cuando lo único que se podía hacer era pelear
desesperadamente contra los bárbaros y repetir porfiadamente el credo. Y el
credo se seguía repitiendo tras la victoria o la liberación, aunque no es de
extrañar que cierta monotonía se hubiera adueñado del gesto. La Iglesia parecía
tan antigua en tonces como ahora y había algunos que ya entonces la imaginaban
moribunda como ahora. En realidad, la ortodoxia no estaba muerta pero podía
parecer sombría, y es cierto que no faltaron quienes por tal la tuvieran. De
los trovadores del movimiento provenzal había empezado a apoderarse ese giro o
desvío hacia las fantasías orientales y las paradojas del pesimismo que se
adueña de los europeos como viento fresco cuando la propia salud parece añeja.
Tras aquellos siglos de guerras desesperadas en lo exterior y áspero ascetismo
en lo interior no es de extrañar que la ortodoxia oficial pareciera antigua.
El frescor y libertad de los primeros cristianos parecían, como ahora, una
olvidada y casi prehistórica edad de oro. Roma todavía era lo más racional de
todo y la Iglesia lo más sabio, pero bien podía parecer ella más aburrida que
el mundo. En las locas metafísicas que soplaban desde Asia, bullía quizás algo
más intrépido y atractivo. Sobre el mediodía se agolpaban soñaciones como
negros nubarrones a punto de estallar en truenos de anatema y guerra civil. En
la planicie alredor de Roma se derramaba sólo la luz, pero la luz era pálida y
la llanura rasa. Y nada se movía en el aire manso y el silencio inmemorial
circundaba la ciudad sagrada.
Arriba, en la oscura casa de
Asís, Francisco Bernardone dormía y soñaba en cosas de guerra. En las
tinieblas llególe una visión maravillosa de espadas con cruces labradas, a la
manera de las que usaban los guerreros cruzados, de picas, escudos y yelmos colgados
de una panoplia y marcados todos con el sagrado emblema. Al despertar acogió el
sueño como un clarín llamándolo al campo de batalla y se lanzó en busca de
caballo y armas. Gustaba sin duda de todo ejercicio caballeresco y era
indubitablemente un caballero cumplido en todas las suertes del torneo y la
maniobra militar. A no dudarlo, hubiera preferido una caballería de cuño
cristiano; pero parece evidente que por entonces su ánimo estaba sediento de
gloria, si bien para él esta gloria se identificaba siempre con el honor. No le
era ajena esa visión de la guirnalda de laurel que César legara a todos los
latinos. Mientras cabalgaba camino a la guerra, la gran puerta en la recia
muralla de Asís resonó con su última jactancia: "Volveré convertido en gran
príncipe".
A poco de caminar, de nuevo
le atacó aquella su enfermedad y le sumió en el lecho. No parece improbable,
dado su temperamento impetuoso, que hubiera emprendido sus andanzas antes de
sanar. Y en la oscuridad de este segundo tropiezo, mucho más desolador, parece
que tuvo otro sueño y en él le dijo una voz. "No has comprendido el
sentido de la visión. Vuelve a tu ciudad". Y Francisco desandó los pasos
hacia Asís, enfermo como estaba, lánguida figura asaz desengañada y
contrariada, burlada quizás, sin nada que hacer sino esperar los próximos
acontecimientos. Era su primer descanso a una oscura quebrada llamada valle de
la humillación, y le pareció rocosa y desolada aunque más tarde habría de
encontrar en ella un campo de flores.
Más no sólo chasqueado y
humillado se sintió Francisco sino perplejo y confundido. Creía aún
firmemente que sus dos sueños algo significaban y no podía imaginar el
sentido. Mientras vagaba, casi diría como un sonámbulo, por las calles de Asís
y los campos de extramuros, le aconteció un suceso que no siempre se ha
relacionado con el tema de sus sueños pero que significaba la culminación de
ellos. Cabalgaba indiferente por senderos apartados, al parecer a campo
abierto, cuando vio caminando hacia él una figura, y el Santo se detuvo: era un
íeproso. Y comprendió en el acto que aquí se lanzaba un desafío a su valor, no
como los que hace el mundo sino como lo haría quien conoce los secretos del
corazón del hombre. Lo que vio avanzando no era el estandarte y las espadas de
Perugia ante las que nunca retrocedió, ni los ejércitos que peleaban por la
corona de Sicilia, de los que siempre pensó lo que un hombre valiente piensa de
un vulgar peligro. Francisco Bernardone vio su miedo avanzando hacia él por el
camino, el miedo que nace de adentro no de afuera, blanco y horrible a la luz
del sol. Por una sola
vez en el largo correr de su
vida debió sentirse inmóvil. Luego, sin transición entre la inmovilidad y el
arrebato, saltó del caballo, se precipitó sobre el leproso y lo abrazo. Era el
principio de su larga vocación en el ministerio junto a los leprosos a quienes
brindó servicios sin cuento. Dio a aquel hombre cuanto dinero pudo, montó luego
y siguió su camino. No sabemos hasta donde cabalgó ni cual fue su pensamiento
sobre las cosas que le rodeaban; pero se dice que al volver la cabeza no pudo
ver a nadie en el camino.
Capítulo 4
Francisco, constructor
Hemos llegado ahora a la
gran ruptura en la vida de Francisco de Asís, al punto en que algo le aconteció
que permanecerá oscuro para muchos de nosotros, hombres ordinarios y egoístas,
a quienes Dios no ha quebrantado lo bastante como para hacemos nuevos.
Al tratar este pasaje
difícil y teniendo en cuenta mi propósito de hacer las cosas fáciles para el
simpatizante laico, me han asaltado dudas en cuanto al camino por seguir, y
por fin me he decidido a contar los hechos añadiendo sólo un barrunto de lo que
a mi entender fue su significado. La totalidad de éste se podrá debatir mejor
cuando podamos proyectarlo sobre la vida completa de Francisco. He aquí, pues,
lo acontecido. La anécdota se desarrolla casi por completo en la vecindad de
las ruinas de la iglesia de San Damián, un antiguo santuario de Asís que estaba
al parecer abandonado y cayendo a pedazos. Allá acostumbraba orar Francisco
ante un crucifijo durante aquellos días sombríos y sin rumbo que sucedieron al
trágico fracaso de sus ambiciones militares, días mas amargos aún por la
probable merma de prestigio social tan caro a su sensible espíritu. Mientras
oraba oyó una voz que le decía: "Francisco , ¿por ventura no ves que mi
casa esta en ruinas? Anda y restáurala por mi amor".
Francisco dio un salto y
echó a andar. Marchar y hacer cosas era una de las exigencias tiránicas de su
naturaleza; probablemente, pues, marchó y actuó sin meditar siquiera lo que
hacía. De todas maneras, lo que hizo fue decisivo aunque de momento haya sido
desastroso para su particular carrera social. Según el rudo lenguaje
convencional de un mundo que no comprende, robó. Según el exaltado punto de
vista del Santo, extendió hasta su venerable padre, Pedro Bernardo,, la
emoción exquisita y el inestimable privilegio de contribuir, bien que de
manera más o menos inconsciente, a la restauración de la iglesia de San
Damián.
En los hechos, lo que hijo
fue vender primero el propio caballo y luego algunas piezas de telas de su
padre trazando sobre ellas la señal de la cruz para indicar el destino piadoso
y caritativo. Pero Pedro Bernardone no vio las cosas bajo la misma luz. En
realidad, Pedro Bernardone carecía de luces apropiadas para ver con claridad y
captar el genio y temperamento de su extraordinario hijo. En vez de comprender
el viento y llamas de abstractos apetitos que el muchacho estaba viviendo, en
vez de decirle simplemente -como vino a hacerlo más tarde el sacerdote- que
había hecho algo indefendible con la mejor de las intenciones, el viejo
Bernardone consideró el asunto de la manera más dura posible: en forma literal
y legal. Hechó mano de poderes políticos absolutos como pudiera hacerlo un
padre pagano y él mismo en persona encerró a su hijo bajo llave como a un
vulgar ladrón. Según parece, lo hecho por Francisco escandalizó a muchos entre
quienes e! infortunado mancebo gozó un tiempo de popularidad... ¡y en su afán
por levantar la casa de Dios sólo había conseguido echarse encima la propia
casa y yacer soterrado bajo los escombros! El conflicto se arrastró mortalmente
por varias etapas; en un momento el infeliz muchacho parece haber desaparecido
como tragado por la tierra en una caverna o sótano donde estuvo sumido en la
oscuridad sin esperanza.
Sea como fuere, aquél fue su
instante más negro; el mundo entero yacía sobre él.
Cuando emergió, quizás
aunque sólo gradualmente, la gente se percató de que algo había acontecido.
Francisco y su padre fueron citados a comparecer ante el obispo ya que el Santo
se había negado a reconocer los tribunales legales. El obispo le dirigió algunas
reconvenciones cargadas de ese excelente sentido común que la Iglesia Católica
mantiene permanentemente como trasfondo ante todas las ardorosas actitudes de
sus santos. Dijo a Francisco que debía restituir sin discusión el dinero a su
padre, que ninguna bendición podía coronar una buena obra realizada por medios
injustos, en una palabra, por decirlo crudamente, que si el joven fanático
devolvía el dinero al viejo loco, se daría por terminado el incidente. En
Francisco se traslucía una nueva actitud. No se lo veía deprimido y menos aún
servil ante su padre, y sus palabras no traducían, en mi opinión, ni justa
indignación ni desafiante insolencia ni nada que implicara mera continuación de
la disputa. Las palabras de Francisco tenían más bien una remota analogía con
las misteriosas frases de su gran dechado: "¿Qué tengo yo que ver
contigo?" o también con aquel terrible: "No me toques".
Se puso de pie delante de
todos y dijo: "Hasta hoy he llamado padre a Pedro Bernardo,, pero ahora
soy el siervo de Dios. Restituiré a mi padre no sólo el dinero sino cuanto
pueda llamarse suyo, aun los vestidos que me dio". Y se despojó de todas
las ropas menos una, y todos vieron que ésta era una camisa de crin.
Amontonó las ropas en el
suelo y encima arrojó el dinero. Luego se volvió al obispo y recibió su
bendición como quien vuelve la espalda a la gente y, según reza la historia,
salió tal como estaba al frío mundo. Al parecer, era éste un mundo literalmente
frío. La nieve cubriendo el suelo. En el relato de esta gran crisis de la vida
de Francisco se consigna un detalle curioso que estimo de muy honda
significación. Salió medio des nudo con la sola camisa de crin hacia los
bosques invernales y caminó sobre el suelo helado entre los árboles cubiertos
de escarcha: era un hombre sin padre. No poseía dinero, no tenía familia en el
mundo, carecía de ocupación, de plan y de esperanza. Y mientras caminaba bajo
los árboles helados rompió de pronto a cantar.
Se ha notado como digno de
destacarse que la lengua en que cantó fue el francés o, para el caso, el
provenzal al que convencionalmente se llamaba entonces francés. No lo hizo en
su lengua nativa cuando precísamente sería en ésta donde cobraría más tarde
fama como poeta. Ciertamente San Francisco es uno de los primeros poetas
nacionales en los dialectos auténticamente nacionales en Europa. Pero entonces
cantó en la lengua con la que se identificaban sus ardores y ambiciones más
juveniles; para él era ésta preeminentemente la lengua del romance. El hecho
de que el provenzal brotara de sus labios en esas circunstancias extremas me
parece a simple vista cosa singular y en último análisis muy significativa.
Señalar, empero, lo que fue o haya podido ser este significado intentaré
sugerirlo en el capítulo siguiente, por ahora baste indicar que toda la
filosofía de San Francisco se mueve en torno de la idea de una nueva luz
sobrenatural que ilumina las cosas naturales, idea que implica la
recuperación final de éstas y no su rechazo definitivo. Y para el propósito de
esta parte de nuestra exposición puramente narrativa, baste consignar que
mientras el Santo vagaba por el bosque invernal vistiendo su camisa de crin
como el más áspero de los ermitaños cantó en el lenguaje de los trovadores.
Entre tanto, la narración
nos vuelve naturalmente al problema de la iglesia arruinada o, por lo menos,
abandonada que constituyó el punto de partida del inocente crimen del Santo y
de su beatífico castigo. Este problema todavía dominaba su pensamiento y
pronto reclamó su actividad insaciable, pero fue ésta de índole distinta: ya
no intentaría más inmiscuirse en la ética comercial de la ciudad de Asís.
Alboreaba en él una de esas grandes paradojas que son también perogrulladas.
Se percató de que la manera de construir un templo no consiste en andar
mezclado en tratativas y en, para él, molestos reclamos legales. La manera de
hacerlo consistía en pagar por ello y no ciertamente con dinero ajeno. La
manera de construir un templo era construirlo.
Púsose, pues, a recoger
piedras por sí mismo. Pidió a cuantos encontraba que se las dieran. De hecho se
convirtió en mendigo de un nuevo tipo invirtiendo la parábola: un mendigo que
no pide pan sino piedras. Probablemente, como habría de acontecerle muchas
veces en el curso de su extraordinaria existencia, la misma singularidad de la
súplica le dio una especie de popularidad, y mucha gente ociosa y opulenta se
sintió comprometida con el generoso proyecto cual si fuera una apuesta. Trabajó
Francisco con las propias manos en la reconstrucción de la iglesia arrastrando
los materiales como una bestia de carga y aprendiendo las más bajas y rudas
lecciones del trabajo. Se cuentan muchas historias sobre el Santo referentes a
este y otros períodos de su vida; pero para nuestro propósito, que es de
simplificación, lo mejor es detenernos en esta nueva y definitiva entrada de
Francisco en el mundo por la angosta puerta del trabajo manual. Corre en verdad
a lo largo de su vida una suerte de doble sentido como la propia sombra
proyectada en su muro. Todo su accionar revestía un cierto carácter alegórico
al punto de
que no resulta improbable
que a algún plúmbeo historiador científico se le ocurra un día demostrar que
el mismo Santo sólo fue alegoría. Es ello bastante cierto en el sentido de que
Francisco estaba trabajando en una tarea doble y reconstruyendo algo distinto a
la par
de la iglesia de San Damián.
Descubría la lección genérica de que su gloria no consistía en acaudillar
hombres en la batalla sino en edificar los positivos y creativos monumentos de
la paz. En verdad construía algo distinto o empezaba a hacerlo por los menos;
algo que con demasiada frecuencia ha caído en ruinas pero que nunca ha dejado
de reconstruirse, una iglesia que puede siempre reedificarse a nuevo aunque se
haya corrompido hasta la piedra angular, una Iglesia contra la que las puertas
del infierno nunca prevalecerán.
El siguiente paso en el
progreso de Francisco está probablemente señalado por la transferencia de
iguales energías de reconstrucción arquitectónica a la pequeña iglesia de Santa
María de los Ángeles en la Porciúncula. Cosa semejante había ya hecho antes en
una iglesia dedicada a San Pedro, y aquella cualidad en la vida del Santo
recién mencionada que hace de ella un drama simbólico ha llevado a muchos de
sus más devotos biógrafos a subrayar el simbolismo numérico de las tres
iglesias. De todas maneras, en cuanto a dos de el!as daba un simbolismo de
carácter más histórico y práctico. Ya que la primitiva iglesia de San Damián
habría de constituirse luego en asiento de su admirable experimento de una
Orden femenina y del puro y espiritual romance de Santa Clara. Y la iglesia de
!a Porciúncula quedará para siempre como una de las grandes construcciones
históricas del mundo porque en ella reunió Francisco el pequeño grupo de amigos
y devotos y en ella encontraron refugio muchos hombres sin hogar.
Sin embargo, no resulta
claro que Francisco haya abrigado por aquel entonces la idea definida de
semejante desarrollo monástico. Cuándo y cuán tempranamente haya alumbrado
éste en la mente del Santo es algo imposible de señalar; pero, de cara a los
hechos, la idea monástica toma primero la forma de unos pocos amigos que se
unen a Francisco de manera individual por compartir su pasión por la
simplicidad. Es, empero, muy significativo el relato sobre la forma de su
compromiso porque reviste el tono de una invocación a la simplicidad de la
vida cual la sugiere el Nuevo Testamento. Por largo tiempo, ya en lo pasado, la
adoración de Cristo formó parte de la naturaleza apasionada de los hombres.
Pero la imitación de Cristo como plan o programa ordenado de vida puede
decirce comienza aquí.
Al parecer, los dos hombres
a quienes cabe el crédito por haber percibido los primeros algo de lo que
estaba acaeciendo en el mundo de las almas fueron un sólido y rico ciudadano
llamado Bernardo Guintavalle y un canónigo de una iglesia cercana llamado
Pedro. Tanto más dignos de admiración cuando Francisco, si podemos decirlo así,
se revolcaba por entonces en la pobreza y en la compañía de leprosos y
harapientos mendigos y aquellos dos hombres mucho tenían que dejar: uno,
comodidades mundanas, otro, ambiciones en la carrera eclesiástica. Bernardo, el
pudiente burgués, acabó por vender todo cuanto poseía y darlo a los pobres.
Pedro hizo aún más, pues descendió de una cátedra de autoridad espiritual,
siendo probablemente hombre de edad madura y por ende de hábitos mentales ya
endurecidos, para ir en pos de un jovenzuelo extravagante y excéntrico que
muchos miraban quizás como un maniático. Lo que ellos vislumbraron y cuya
gloria viera a las claras Francisco podremos sugerirlo más adelante si hay
manera de hacerlo. Por el momento sólo queremos ver lo que vio todo Asís, algo
que bien merece un comentario. Los ciudadanos de Asís solo vieron al camello
pasando triunfalmente por el ojo de la aguja y a Dios realizando cosas
imposibles porque para él todas son posibles; sólo vieron al sacerdote que
razgaba sus vestiduras como publicano no como fariseo y al hombre rico que
marchaba alegremente porque no tenía posesiones.
Refiérese que estas tres
singulares figuras construyeron una especie de choza o cueva junto al hospital
de los leprosos. Allí conversaban entre sí durante los intervalos de las
faenas y peligros -pues requería diez veces más valor cuidar a un leproso que
combatir por la corona de Sicilia-, en términos de su vida nueva cual si fueran
niños hablando un lenguaje secreto. De los elementos individuales de su primera
amistad no podemos decir gran cosa con certidumbre, pero es cierto que fueron
amigos hasta el fin. Bernardo de Quintavalle ocupa en la historia un lugar
parecido al de sir Bedivere, "el primer caballero que armara el rey Arturo
y el último que le abandonó", pues reaparece a la derecha del Santo en el
lecho de muerte recibiendo una bendición de tipo especial. Pero todas estas
cosas pertenecen a otro mundo histórico y se hallan muy alejadas de ese trío
harapiento y fantástico y de su choza medio arruinada. No eran monjes a no ser
quizás en el sentido más literal y arcaico de la palabra que es idéntico a
eremita. Eran, por decirlo así, tres solitarios que vivían socialmente juntos
sin constituir sociedad. Todo aquello poseía un carácter intensamente
individual y, visto desde fuera, parecía indudablemente, individual hasta la
locura. El agitarse de algo que encerraba en sí la promesa de un movimiento o
de una misión se puede sentir, como ya indiqué, en el hecho de apelar al Nuevo
Testamento.
Era ésto una manera de sors
virgiliana aplicada a la Biblia; una práctica no desconocida entre los
protestantes si bien, atento a su espíritu crítico, se inclinarían ellos a
considerarla superstición de paganos. De todas formas, abrir las Escrituras al
azar parece casi lo opuesto a escudriñarlas; aquello, empero, fue lo que
ciertamente hizo Francisco. De acuerdo con uno de los relatos, trazó una simple
señal de la cruz sobre el Evangelio y lo abrió por tres lugares leyendo tres
textos. Era el primero la historia del joven rico cuya negativa a vender
todos sus bienes sirvió de ocasión a la paradoja del camello y la aguja. El
segundo refería el mandato a los discípulos de no llevar nada en el viaje ni
saca ni báculo ni dinero alguno. En el tercero aparecía aquella sentencia, a la
que en términos literales cabe llamar crucial, sobre el seguidor de Cristo que
debe cargar con su cruz. Otro relato no muy diferente habla sobre Francisco que
encuentra uno de esos textos casi por casualidad al escuchar el evangelio del
día. Pues bien, según la anterior versión pareciera que el incidente debió
ocurrir ciertamente en fecha muy temprana de la nueva vida de Francisco, acaso
poco después de la ruptura con su padre, ya que aparentemente fue de
conformidad con dicho oráculo como Bernardo, el primer discípulo, se lanzó a la
calle y repartió todos sus bienes entre los pobres. Si acaeció así, al parecer
nada siguió por el momento a este hecho más allá de la ascética vida individual
en la choza por ermita. Por supuesto que esa vida eremítica debe de haber
revestido características más bien públicas, aunque, no por ello dejaba de ser
en un sentido muy real un alejamiento del mundo. San Simeón Estilita en lo alto
de su columna fue en cierto sentido un personaje eminentemente público, pero, a
pesar de ello, algo había de particular en su situación. Cabe presumir que
muchos fueron los que estimaron particular la situación de Francisco y aun
algunos la creyeron particular en demasía. Había por cierto en la sociedad
católica de entonces y de siempre algo último y aun subconsciente capaz de
comprender lo acontecido mejor de como puede hacerlo una sociedad pagana o
puritana. Pero en este momento de los hechos creo que no debemos sobreestimar
esa potencial simpatía pública. Como ya hemos indicado, la Iglesia y todas sus
instituciones, entre ellas las monásticas, ya tenían por entonces el aire de
cosas viejas, establecidas y juiciosas. El sentido común era en la Edad Media,
creo, más común que en nuestra agitada edad periodística; pero hombres como
Francisco no son comunes en edad ninguna ni pueden ser cabalmente comprendidos
por el mero ejercicio del sentido común. El siglo trece fue, es cierto, un
período de progreso, acaso el único realmente progresista en la historia humana.
Y se lo puede llamar progresista con justeza por la precisa razón de que su
progreso fue muy ordenado: es realmente y con verdad ejemplo de una época de
reformas sin revoluciones. Pero las reformas fueron no sólo progresistas si
no también muy prácticas y sirvieron además para el adelanto de instituciones
altamente prácticas a la vez: las ciudades, las corporaciones comerciales y las
artes manuales. Pues bien, en tiempos de Francisco de Asís los hombres
importantes de las ciudades y corporaciones fueron probablemente muy
importantes por cierto. Pero gozaron además de mayor igualdad en lo económico
y, dentro de esta esfera, estuvieron mejor gobernados que los modernos que
luchan desesperadamente entre e! hambre y !os precios monopólicos del capitalismo;
pero es bastante probable que la mayoría de ellos hayan sido también tercos
como labriegos. Ciertamente, la conducta del venerable Pedro Bernardone no
manifiesta ninguna delicada simpatía por las finas y casi caprichosas sutilezas
del espíritu franciscano. Y no podremos medir la belleza y originalidad de esta
extraña aventura espiritual si carecemos de ingenio y simpatía humanos como
para trasladar a palabras llanas lo que ella deber haber parecido a personas
tan poco dispuestas, en el momento de ocurrir los hechos. En el próximo
capítulo intentaré indicar, por fuerza de manera inadecuada, el sentido íntimo
de la historia de la construcción de las tres iglesias y la pequeña choza. En
e! presente no he hecho más que bosquejarla desde el exterior. Y al concluirlo
ahora ruego al lector que recuerde y comprenda lo que debieron parecer los
acontecimientos cuando se los veía desde afuera. Para el caso debemos suponer
un crítico de sentido común bastante rudo, carente ante los hechos de todo
sentimiento que no fuera el de molestia y preguntarnos: ¿Cómo se ubicaba para
él la historia?
Sorprenden a un necio
jovenzuelo o pilluelo robando a su padre y vendiendo mercadería que debió
guardar, y la única explicación que da es que una fuerte voz salida de no se
sabe donde le habló al oído ordenándole reparar las grietas y rendijas de determinado
muro. Luego se declara naturalmente independiente de todos los poderes propios
de la policía o de los magistrados y se refugia al amparo de un obispo
amigable que se ve obligado a reñirle y decirle que está equivocado. Enseguida
se despoja en público de sus vestiduras y prácticamente las arroja contra su
padre anunciando
Que mismo tiempo que su
padre no es su padre.' Corre luego por la ciudad mendigando de quienquiera
piedras o materiales de construcción llevado según parece por su antigua
monomanía de reparar un muro. Que se rellenen los huecos de las hendiduras
quizás sea cosa excelente, pero es preferible que lo haga quien no tenga el
cerebro hueco; y las restauraciones arquitectónicas, como otras cosas, no se
llevan a cabo mejor, precisamente, por quien tiene en su techo mental una teja
suelta.[5] Finalmente, el infeliz muchacho se hunde en los harapos y la
inmundicia y prácticamente se sume en el albañal. Este es el espectáculo que
Francisco exhibió ante los ojos de muchos de sus vecinos y amigos.
Su modo de vivir debió
parecerles dudoso; presumiblemente ya mendigaba entonces por pan como por
materiales de construcción. Pero ponía siempre sumo cuidado en pedir el pan
negro y de peor calidad, las cortezas más duras o cosa cualquiera que fuera
menos sabrosa que las migas que comen los perros al caer de la mesa del hombre
rico. En esto su condición sería notablemente peor que la del mendigo porque
éste busca para comer lo mejor que encuentra y el Santo, lo peor. Lisa y
llanamente, Francisco había optado por vivir de sobras, una experiencia
bastante más desagradable que la refinada simplicidad que vegetarianos y
abstemios llaman vida sencilla. Lo que observaba con relación a los alimentos
lo cumplía igualmente con relación al vestido. Se regía en ello por el mismo
principio de tomar lo que le ofrecían y de esto nunca lo mejor de lo que así
hubiera podido obtener. Según un relato, trocó sus ropas por las de un mendigo
y no le hubiera disgustado cambiarlas por las de un espantapájaros. Según otra
versión, echó Francisco mano de la áspera túnica parda del mendigo, pero
presumiblemente así lo hizo porque primero de las suyas el labriego le dio más
vieja ¡qué bien debía de serlo)
Los labriegos no suelen
tener muchas ropas para regalar y la mayoría de ellos no se ven inclinados a
ofrecerlas hasta que su estado lo exige en absoluto. Se dice que en lugar del
cinturón que acaba de arrojar lejos -probablemente con mucho de desprecio simbólico
porque de él pendía la bolsa o la alforja según costumbre de la época- recogió
una cuerda porque la encontró a mano y se la ciñó. Hizo esto como pobre
expediente tal como el vagabundo abandonado ata a veces el lío de sus ropas
con un cordón. Quiso acentuar la nota de ceñir sus ropas sin mayor cuidado como
harapos hallados en armarios polvorientos. Diez años después aquel vestido
improvisado era el uniforme de cinco mil hombres y, cien años más tarde, para
mayor solemnidad pontifical, llevaron a enterrar al gran Dante con igual
atuendo.
Capítulo 5
El juglar de Dios
Para dar una idea de lo que
realmente acaeció en la mente del joven poeta de Asís se puede echar mano de
numerosos símbolos y señales. En realidad son éstos excesivos para no tener
que elegir y al mismo tiempo demasiado superciales para satisfacernos. Pero
uno de ellos apunta en el hecho menor y aparentemente accidental que paso a
narrar. Cuando Francisco y sus compañeros seglares paseaban por la ciudad los
faustos de la poesía se llamaron a sí mismos trovadores; pero cuando el Santo y
sus compañeros en la aventura del espíritu se volcaron sobre el mundo para
llevar a cabo su labor espiritual su jefe los llamaba los juglares de Dios.
Con detenimiento nada hemos
dicho aquí acerca de la gran cultura de los trovadores, a pesar de la notable
influencia que tuvieron en la historia y en San Francisco. Algo más diremos
cuando nos llegue el turno de inventariar la relación del Santo con la
historia; aquí bástenos notar en pocas frases los hechos acerca de los
trovadores que son relevantes respecto a Francisco y en particular el punto
singular que ahora discutimos y que de todos fue el más notable. Todo el mundo
conoce quiénes fueron los trovadores; todo el mundo sabe que muy temprano en
la Edad Media, durante los siglos doce y trece, floreció en el mediodía de
Francia una civilización que amenazaba rivalizar con la de París y acaso
eclipsarla. Fue su fruto principal una escuela de poesía o más precísamente
una escuela de poetas. Conformaban éstas por lo común poetas del amor aún
cuando a menudo hayan escrito también sátiras y críticas de orden general. Su
posición pintoresca en la historia obedece en buena medida que cantaban sus
propios poemas y con frecuencia ejecutaban también sus propios acompañamientos
con los leves instrumentos musicales de la época: eran ministriles a la vez
que hombres de letras. Vinculadas con la poesía amorosa de los trovadores
encontramos otras instituciones de naturaleza decorativa y fantasiosa que
también guardan relación con el tema del amor. Ahí estaba la llamada gaya
ciencia, intento de reducir a una suerte de sistema los bellos matices del
galanteo y el cortejo. Encontramos también las cortes de amor en las que se
discutían los mismos temas delicados con pompa legal y afectación. Y, al llegar
a este punto, cabe señalar con respecto a San Francisco algo singular. Todo
aquel soberbio sentimentalismo encerraba peligros morales manifiestos; pero
sería erróneo suponer que el único era el de exageración por el lado del
sensualismo. Había una tensión en los romances meridionales que era
precísamente un exceso de espiritualidad; tal como la herejía pesimista que
produjeran fue en cierto sentido un exceso de lo mismo. El amor que celebraban
los trovadores no siempre fue material, a veces era tan etéreo que casi lindaba
con lo alegórico. El lector comprende sin dificultad que la dama de los
trovadores es lo más hermoso que darse pueda, pero tiene a veces sus dudas
sobre la existencia de semejante ser. Dante debió algo a los trovadores, y las
discusiones de los críticos acerca de su mujer ideal son un ejemplo excelente
de aquellas dudas. Sabemos que Beatriz no fue su esposa; pero con igual
certidumbre debemos insistir en que tampoco fue su amante, y hay críticos que
han llegado a insinuar que Beatriz no fue nada en absoluto sino su musa. La
idea de Beatriz como figura alegórica me parece poco sólida, y lo mismo pensará
todo el que haya leído la Vita Nuova y haya estado enamorado. Pero el mero
hecho de que sea posible insinuarla comprueba que algo había de abstracto y
escolástico en aquellas pasiones medievales. Ahora bien, con todo y ser
pasiones abstractas, eran pasiones muy apasionadas. Aun ante las alegorías y
las abstracciones aquellos hombres podían sentirse casi como enamorados. Es
necesario recordar estos hechos para comprender que San Francisco hablaba el
verdadero lenguaje de los trovadores al decir que también él servía a una
gloriosísima y más graciosa dama y que su nombre era Pobreza.
Pero lo que aquí merece
notarse no se relaciona tanto con la palabra "trovador" como con la
palabra "juglar". En especial con la transición de una a otra; y para
esto es necesario captar otro detalle acerca de los poetas de la gaya ciencia.
Un juglar no era lo mismo que un trovador aun cuando la misma persona fuese a
la vez ambas cosas. En la mayoría de los casos, según estimo yo, eran hombres
distintos como distintos eran sus menesteres. En muchas oportunidades, según
parece, juglares y trovadores andaban juntos por el mundo como compañeros de
armas o como compañeros de arte. Un juglar era, hablando con propiedad, un
gracioso o chancero y a veces lo que llamaríamos un bufón. Este es el caso, me
imagino, de Taillefer, el Juglar, en la batalla de Hastings, que cantaba la
muerte de Rolando y lanzaba su espada al aire y la recogía como el bufón lanza
y recoge las bolas. Y hasta podía el juglar ser un volantinero como aquel de la
hermosa leyenda a quien llamaban El juglar de Nuestra Señora porque anduvo dando
volteretas y se sostuvo pies arriba y cabeza abajo ante una imagen de la
Virgen, por lo que se vio muy notablemente agradecido y consolado por Nuestra
Señora y toda la celestial compañía. Podemos suponer que por lo común el
trovador exaltaba los ánimos del público con intensos y solemnes arrebatos de
amor que luego le seguía el juglar como una especie de extrémes cómico. Todavía
está por escribirse el glorioso romance medieval de aquellos camaradas en su
vagar por el mundo. De todas maneras, si en algún sitio puede encontrarse el
verdadero espíritu franciscano fuera de la historia franciscana auténtica, se
lo encontrará en el relato del Juglar de Nuestra Señora; y cuando San Francisco
llamó a sus seguidores juglares de Dios quiso significar algo así como
volatineros de Nuestro Señor.
Dentro de esta transición
entre la ambición del trovador y las payasadas del bufón se esconde como una
parábola la verdad de San Francisco. De los dos ministriles el bufón era
presumiblemente el siervo o, por lo menos, la figura secundaria. San Francisco
quiso sin duda significar lo que decía cuando afirmó que había hallado el
secreto de la vida en ser siervo o la figura secundaria. A la postre, en
semejante servicio se descubría una libertad rayana casi en la frivolidad. Se
lo podía comparar con la condición del bufón porque casi lindaba con la
ligereza. El juglar puede sentirse libre donde el caballero debe ser envarado y
serio, y era posible ser bufón en un servicio que era la libertad perfecta.
Este paralelo entre dos tipos de poetas o ministriles es acaso la mejor
aproximación externa y preliminar al cambio que el franciscanismo obró en los
corazones, presentado en una imagen por la que la imaginación del mundo moderno
siente cierta simpatía. En ello, por supuesto, se implicaba mucho más, y debemos
aplicarnos, aunque sea imperfectamente, a penetrar la idea más allá de la
imagen. Esta es para muchos una 'idea que discurre pies arriba y cabeza abajo
como los volatineros.
Francisco, por el tiempo en
que desapareció en la prisión o en una oscura caverna o poco más o menos,
experimentó un cambio de tipo psicológico: fue realmente como el cambio en la
voltereta de un salto mortal donde en un círculo completo volvió a quedar o
pareció quedar en la misma posición normal del principio. Es necesario
recurrir al símil grotesco de la pirueta acrobática porque difícilmente
encontraremos otra imagen que aclare mejor el hecho. Pero en lo interior fue
una profunda revolución espiritual. El hombre que entró en la caverna no fue el
que salió de ella; en este sentido, era tan distinto como si hubiera muerto o
se hubiera convertido en fantasma o espíritu bienaventurado. Y los efectos que
esto produjo en su actitud frente al mundo de los mortales fueron en realidad
tan extravagantes como no podrá expresarlos paralelismo alguno. Miraba al mundo
de manera tan distinta de los demás como si hubiera salido de aquel antro
oscuro caminando con las manos.
Si aplicamos a nuestro caso
la parábola del Juglar de Nuestra Señoara nos acercaremos mucho al sentido
real del cambio en Francisco. Y bien, es un hecho probado que a veces los
paisajes se ven más clara y deliciosamente si se contemplan de cabeza abajo.
Ha habido pintores paisajistas que adoptaron las posturas más sorprendentes y
pintorescas para contemplarlos un instante de esta manera. Así, esta visión
invertida, tanto más brillante y singular y atractiva, tiene cierta semejanza
con el mundo que contemplaba un místico como san Francisco. Pero acotemos ahora
lo que es el aspecto esencial de la parábola. El juglar de Nuestra Señora no
se mantuvo cabeza abajo con miras a contemplar las flores y los árboles en una
visión más clara y original. No lo hizo con este fin ni tal cosa se le hubiera
ocurrido nunca. Se sostuvo así para agradar a Nuestra Señora. Y bien, si san
Francisco hubiera realizado algo semejante, como era muy capaz de hacerlo, lo
hubiera hecho originariamente por idéntico motivo, por un motivo de carácter
puramente sobrenatural. Y sólo después de ello su entusiasmo se hubiera
extendido confiriendo una especie de halo al contorno de las cosas terrenas.
Por ello resulta erróneo presentar al Santo como simple precursor romántico
del Renacimiento y restaurador de los placeres naturales gustados por sí
mismos. El punto esencial de su pensamiento radica en que según él el secreto
para recobrar los placeres naturales se encuentra en considerarlos a la luz del
goce sobrenatural. Para decirlo de otro modo, repitió en la propia persona el
proceso histórico a que nos referimos en e! primer capítulo introductorio: es
decir, repitió la vigilia de! ascetismo que culmina en la visión de un mundo
natural hecho nuevo. Pero en el caso personal del Santo había aún más que esto:
se encontraban elementos que hacen todavía más apropiado el paralelismo del
juglar de Nuestra Señora.
No es desacertado pensar que
en aquella celda oscura o cueva debió pasar Francisco las horas más negras de
su vida. Era él por naturaleza hombre con esa clase de vanidad que es
cabalmente lo opuesto del orgullo, esa vanidad que se halla muy cerca de la humildad.
No desprecio nunca a los demás y por esta razón tampoco menosprecio nunca las
opiniones de ellos incluyendo en esto la admiración que pudieran profesarle.
Todo este aspecto de su naturaleza humana había sufrido golpes rudos y
aplastantes. Es posible que a su humillante regreso tras la frustrada campaña
militar !o hayan !lamado cobarde. Y es cierto que después del altercado con su
padre a propósito de las piezas de tela !e !lamaron !adrón. Y aun aquellos que
más simpatizaron con él, el sacerdote cuya iglesia restauro y el obispo que lo
bendijo, le trataron evidentemente con divertida afabilidad que dejaba
entrever muy claramente lo que pensaban de! caso. Había hecho un loco de sí
mismo. Quien haya sido joven, quien haya montado caballos o se haya sentido
capaz de combatir, quien se haya imaginado un trovador y haya aceptado las
forma!idades de la camaradería comprenderá el peso enorme y aplastante de
esta simp!e frase. En cierto modo, la conversión de san Francisco como la de
san Pablo derribo súbitamente del caballo a su persona; pero hasta cierto punto
fue una caída peor porque se trataba de un caba!!o de guerra. De cualquier
modo, !o cierto es que nada quedaba en él que no fuera ridícu!o. Todo e! mundo
sabia que se había vuelto loco. Era esto un hecho so!ido y objetivo como las
piedras del camino. Se vio a sí mismo como un objeto pequeño pequeño y
distinto a la manera de una mosca caminando por el cristal de una ventana e
indudablemente se había vuelto loco. Y mientras contemplaba el vocablo
"loco" escrito ante su mirada en caracteres luminosos, la palabra
empezó a brillar y a mudar de sentido,
En nuestra infancia solían
contarnos que si un hombre practicaba un agujero en la tierra y fuese bajando
continuamente por él llegaría un momento, en el centro de la tierra, en que le
parecería estar subiendo. No sé si esto es cierto. Y no lo sé porque no he
practicado nunca un agujero en la tierra y menos me he arrastrado tierra
adentro. Si ignoro las sensaciones de esta inversión, es porque no la he podido
experimentar nunca. Y también esto constituye una alegoría. Es cierto que el
autor y posiblemente el lector, siendo personas normales, nunca hayamos estado
allí. Así tampoco podemos seguir a san Francisco hasta ese final giro
espiritual en que la humillación total se transforma en total felicidad y
bienaventuranza porque tampoco estuvimos en esto. Por lo que a mí se refiere
confieso que no puedo seguir al Santo más allá de aquella demolición de las
barricadas románticas de la vanidad juvenil que he bosquejado en el párrafo
anterior. Y aun ese párrafo no es, por supuesto, más que mera conjetura y una
suposición de mi parte de lo que el Santo pudo sentir, pero quizás sintió cosa
muy distinta. Sean, empero, los que fuesen sus sentimientos, fueron por lo
menos análogos a los del cuento sobre el hombre del túnel tierra adentro en
cuanto trata de alguien que baja y baja hasta que en determinado y misterioso
momento empieza a subir. Nosotros nunca subimos de igual manera porque tampoco
nunca bajamos así; pero cuanto más candorosa y pausadamente leemos la historia
humana, y en especial la de los hombres más sabios y prudentes, más llegamos a
la conclusión de que estas cosas acontecen. Sobre la esencia intrínseca de la
experiencia no me atreveré a escribir nada. Pero el efecto externo de la misma
puede expresarse, para el propósito de esta narración, diciendo que cuando
Francisco emergió de la caverna de sus visiones portaba todavía la misma
palabra "loco" como una pluma en su gorro, diríamos como un penacho
o una corona. No dejaría de ser loco y hasta sería cada vez más y más loco; de
ahora en más sería el loco y el bufón de la corte del Rey del Paraíso.
Semejante estado sólo se
puede representar mediante símbolos; más el símbolo de la inversión resulta
exacto en otro sentido. Si un hombre ve el mundo al revés, con todos los
árboles y las torres colgando cabeza abajo como vistas reflejadas en un lago, el
efecto obtenido será el de acentuar la idea de dependencia. El latín y el
sentido literal establece aquí la conexión, pues la palabra
"dependencia" significa simplemente "pender",
"colgar". Lo que no hace sino más vívido el texto de la Escritura
cuando dice que Dios suspendió al mundo de la nada. Si en uno de sus sueños
singulares san Francisco hubiera visto la ciudad de Asís patas arriba, no
necesariamente diferiría ésta de sí misma ni en los menores detalles fuera de
que la estaría viendo completamente al revés. Pero he aquí lo esencial: pues
para el ojo normal las grandes piedras de sus murallas y los macizos
fundamentos de la ciudadela y los elevados torreones contribuían a dar a la
ciudad gran seguridad y firmeza, al invertir todo aquello el propio peso de
los mismos la haría aparecer más débil y en mayor peligro. Esto no es más que
un símbolo que explica el hecho psicológico. San Francisco podía amar ahora su
pequeña ciudad tanto o más que antes; pero la naturaleza de su amor se había
mudado en cuando el amor se acrecentase. Podía ver y amar cada teja de los
inclinados techos o cada pájaro en las almenas; pero debió verlo todo bajo
nueva y divina luz de eterno peligro y dependencia. En vez de sentirse
simplemente orgulloso de su esforzada ciudad porque era imposible conmoverla,
agradecía al Señor por no soltarla al vacío por no dejar caer al cosmos entero
como un inmenso cristal que se fragmenta en lluvia de estrellas. Acaso san
Pedro viera al mundo de este modo cuando lo crucificaron con la cabeza en
tierra.
Los hombres dan generalmente
un sentido cínico a la frase cuando dicen: "Bienaventurado quien nada
espera porque no será defraudado". En un sentido plenamente serio y
entusiasta san Francisco dijo: "Bienaventurado quien nada espera porque
de todo disfrutará". A causa de esta idea deliberada de arrancar de
cero, de partir de la oscura nada de los propios desiertos llegó el Santo a
gozar aún de las mismas cosas terrenas como pocos lo lograron, y son ellas en
sí mismas el ejemplo más valedero de la idea. Porque no hay otra manera para el
hombre de conquistar una estrella o merecer los esplendores de un ocaso. Pero
es mucho más lo que aquí se encierra y en palabras se puede expresar. Verdad
llana es que cuanto menos el hombre piensa en sí mismo más piensa en su buena
fortuna y en todos los dones de Dios. Y también es verdad que mejor ve las
cosas el hombre cuanto mejor capta su origen; porque su origen es parte de
ellas y en verdad la más importante. Y así las cosas se convertirán en más
extraordinarias por el hecho de ser explicadas. Por ellas sentirá ahora el
hombre mayor admiración y menor miedo; porque una cosa es realmente admirable
cuando es significante y no cuando es insignificante; y un monstruo informe o
mudo meramente destructor quizás sea mayor que las montañas pero sigue siendo,
en el sentido literal de la palabra, insignificante, sin sentido. Para un
místico como San Francisco los monstruos tenían un sentido, o sea que habían
entregado al mundo su mensaje. Ya no hablaban una lengua ignorada. Y éste es el
sentido de las narraciones,-legendarias o históricas, en las que se muestra al
Santo como un mago hablando el lenguaje de las bestias y los pájaros. El
místico nada tiene que ver con el mero misterio; el mero misterio es por lo
común un misterio de iniquidad.
La transición entre el
hombre bueno y el santo es una especie de revolución en virtud de la cual quien
vela las cosas como ilustración y luz de Dios ve a Dios ilustrando e iluminando
las cosas. Es esto parecido a la inversión de imagen que realiza un enamorado
al decir, cuando ve por primera vez a su dama, que semeja una flor y decir
luego que todas las flores le recuerdan a su dama. Un santo y un poeta ante una
flor parecerán decir la misma cosa; pero ciertamente, aunque ambos digan la
verdad, estarán diciendo verdades distintas. Pero uno de los efectos de la
diferencia en el caso está en que el significado de la dependencia divina, que
para el artista es como luz de rayo, para el santo es como pleno mediodía.
Hallándose en sentido místico como del otro lado de las cosas, el santo las
contempla saliendo de la divinidad como niños saliendo de una morada familiar
y conocida, en vez de tropezar con ellas, según hacemos muchos, a medida que
nos salen al paso por los caminos del mundo. Y se da la paradoja de que por
razón de este privilegio el santo está, con respecto a las cosas, en actitud
más familiar, más libre y fraternal y más naturalmente hospitalaria que
nosotros. Para nosotros los elementos son como heraldos que nos anuncian al
son de trompeta y tambor que nos acercamos a la ciudad del gran rey; pero el
santo saluda a las cosas con una antigua familiaridad rayana casi en la
frivolidad. Las llama hermano Fuego y hermana Agua.
Así surge desde lo profundo
de este abismo casi nihilista esa cosa noble llamada la alabanza, algo que
nadie comprenderá mientras la identifique con el culto de la naturaleza o con
el optimismo panteísta. Cuando decimos que el poeta alaba la creación entera,
por lo común sólo queremos significar que alaba la totalidad del cosmos. Pero
este tipo de poeta que es el místico alaba realmente la creación en cuanto acto
de creación. Alaba el pasaje o transición del no ser al ser, pasaje sobre el
que recae la sombra de la imagen arquetípica del puente que ha dado al
sacerdote su nombre arcaico y misterioso. El místico que pasa a través del
momento en que nada existe sino Dios presencia en cierto sentido los
principios sin principio donde
en realidad había nada. No
sólo descubre todo sino la nada de que todo fue hecho. Experimenta la alegría
de alguna manera y aun contesta la ironía como donante del Libro de Job: en
cierto sentido presencia el acto de asentar los fundamentos del mundo mientras
el lucero del alba y los hijos de Dios cantan de alegría. Esto no es más que un
lejano atisbo de la razón por la que los franciscanos, harapientos, sin dinero
y al parecer sin esperanza, avanzaran por la vida elevando cánticos que
parecían salir del lucero del alba y gritos de alegría dignos de los hijos de
Dios.
Este sentido de mucha
alegría y la sublime dependencia no es una simple frase ni un sentimiento
siquiera; lo importante en este tema es que constituye la roca viva de la
realidad. No es una fantasía, sino un hecho, y sería más exacto decir que fuera
de él todos los demás hechos son fantasías. Decir que en cada momento y en
cada detalle dependemos de Dios, como lo hace el cristiano, o de la existencia
o de la naturaleza, como hasta el agnóstico es capaz de reconocer, no
constituye una ilusión de la imaginación; por lo contrario, es el hecho
fundamental que cubrimos, como un manto, con la ilusión de la vida ordinaria.
Es ésta cosa en sí admirable tanto como lo es también la imaginación. Pero en
la trama de la vida ordinaria hay más imaginación que en la contemplación.
Quien ha visto el mundo pendiente de la misericordia de Dios como de un cabello
ha visto la verdad. Quien ha tenido la visión invertida de su ciudad pies
arriba no ha dejado de verla tal cual es.
Rosseti observa en alguna
parte, amargamente pero con gran verdad, que el peor momento del ateo es aquel
en que se siente agradecido y no encuentra a quien dar gracias. El reverso de
esta proposición es también exacto, y es cierto que esta gratitud ha proporcionado
a hombres como los que aquí consideramos los instantes de más pura alegría que
el hombre pueda conocer. El gran pintor se jacta de mezclar todos los colores
con inteligencia y del gran santo se puede decir que mezcla todos sus
pensamientos con gratitud. Todos los bienes parecen mejores cuando a la vista
se exponen como dádivas. Y en este sentido resulta exacto decir que el método
místico establece una muy saludable relación externa con todas las cosas del
mundo. Pero nunca hay que olvidar que éstas ocupan por siempre un lugar segundo
en comparación con el simple hecho de la dependencia de la realidad divina.
Mientras las relaciones
sociales ordinarias traen en si algo que parece sólido y autosuficiente, un
sentido de hallarse a la vez sobre base firme y mullida, mientras fundan la
buena salud en el sentido de seguridad y la seguridad en el sentido de autosuficiencia,
a quien ha visto el mundo pendiente de un cabello no le resulta fácil
tomárselas tan en serio. Mientras las autoridades seglares y las jerarquías y
las superioridades las más naturales y las subordinaciones las más necesarias
tienden a colocar al hombre en el lugar que le corresponde y al mismo tiempo a
conferirle seguridad en su posición, quien ha visto las jerarquías humanas
pies arriba y cabeza abajo siempre tendrá sólo una sonrisa para ellas. En este
sentido la visión directa de la realidad divina subvierte solemnidades que en
sí mismas no dejan de ser sanas. Quizás el místico logre añadir un codo a su
estatura, pero por lo general pierde con seguridad algo de su status. No puede
ya sentirse garantizado por el mero hecho de comprobar su existencia en el
registro parroquial o en la biblia familiar. El místico tiene acaso algo del
lunático que ha perdido su nombre con todo y conservar su naturaleza y que ha
olvidado enteramente la clase de hombre que fue. "Hasta hoy he llamado
padre a Pietro Bernardone, pero ahora soy siervo de Dios."
Todas estas profundas
materias podemos insinuarlas con frases cortas e imperfectas; y la más breve
afirmación acerca de uno de los aspectos de esta iluminación consiste en decir
que es el descubrimiento de una deuda. Se tendrá posiblemente por paradoja si
decimos que un hombre puede sentirse transportado de gozo al descubrir que
tiene una deuda. Pero ello obedece solamente a que en las transacciones
comerciales el acreedor no comparte los transportes de gozo del deudor, y con
mayor razón cuando la deuda es por hipótesis infinita y, por ende, imposible
de saldar. Pero de nuevo el paralelismo de una noble historia de amor natural
disipa la dificultad con la rapidez del rayo. Allí el acreedor infinito
comparte la alegría del infinito deudor, porque en realidad son ambos a la vez
acreedores y deudores. En otras palabras, la deuda y la dependencia se
convierten verdaderamente en placer ante el amor no maculado; puede que en
simplificaciones populares como las que aquí hacemos empleemos la palabra "amor"
con excesiva laxitud y frecuencia, pero en este caso la palabra es la clave.
Es la clave para todos los problemas de la moralidad franciscana que embarazan
a la mentalidad moderna, pero por encima de todo es la clave del ascetismo. La
más alta y santa de las paradojas se encuentra en el hecho de que quien sabe
muy de veras que no podrá pagar su deuda esté pagándola siempre. Por siempre
estará uno devolviendo lo que no puede devolver, aquello de lo que ni siquiera
tiene la esperanza de poder hacerlo. Por siempre estará el hombre
desprendiéndose de cosas y echándolas en un abismo sin fondo de insondable
acción de gracias. Los que se crean excesivamente modernos para comprender
esto son en realidad demasiados mezquinos, y la mayoría de nosotros somos en
verdad demasiado mezquinos para practicarlo. No somos lo bastante generosos
para ser ascetas, y me atrevería a decir que no somos lo bastante geniales. El
hombre necesita la magnanimidad de la renuncia, pero de ella sólo en el primer
amor alcanza por lo general un barrunto, como un atisbo del Edén perdido. Pero
tanto si lo vemos como si no, la verdad está encerrada en este acertijo: que el
mundo entero es cosa buena y mala deuda.
Si alguna vez este amor tan
singular, que fue la verdad de los trovadores, llegara a pasar de moda y a ser
tratado como ficción, semejante falta de comprensión se parecería a la del
mundo moderno frente al ascetismo. Bárbaros puede haber, quién lo duda, que
intentarán destruir la caballerosidad en el amor como destruyeron la
caballerosidad en la guerra los bárbaros que gobernaban Berlín. Sí esto
llegara a ocurrir tendríamos que oír las mismas pullas carentes de imaginación
e inteligencia. Aparecerá entonces gente que pregunte qué clase de mujer tan
egoísta era ésta que exigía sin piedad tributo en forma de flores o cuán avara
para reclamar oro sólido en forma de sortija. Del mismo modo se pregunta hoy
qué clase de Dios es el que demanda sacrificio y negación de si mismo. Quienes
así procedan habrán perdido la clave de todo lo que los enamorados entienden
por amor y no comprenderán que estas cosas se hacen porque no son reclamadas.
Pero sirvan o no estas cosas menores pata iluminar las más importantes, es de
todas maneras inútil estudiar algo tan grande como el movimiento franciscano
mientras se alimente esa condición moderna que critica el ascetismo por
sombrío. El punto esencial acerca de san Francisco está precisamente en que si
fue asceta pero no sombrío. Tan pronto como se vio derribado de su cabalgadura
por la gloriosa humillación que le infiriera la visión de la dependencia del
amor divino, lanzóse Francisco al ayuno y a la vigilia exactamente como antes
se lanzara furiosamente a la batalla. Había vuelto las espaldas a su corcel,
pero no hubo alto ni freno en el ímpetu atronador de su ataque. No cabía en él
nada negativo; su sistema no era ni régimen ni estoica sencillez de vida. Ni
era negación de sí mismo en el sentido de autodominio. Era algo tan positivo
como la pasión y tenia todo el regusto de algo tan positivo como el placer.
Francisco devoraba el ayuno como la gente el alimento. Se había sumergido en
la pobreza como se sumergen tierra adentro los hombres que cavan locamente en
busca de oro. Y es precisamente la calidad positiva y apasionada de este
aspecto de su personalidad lo que constituye un desafío a la mentalidad
moderna frente al problema de la prosecución del placer. Ahí está
innegablemente el hecho histórico y ahí está unido a él otro moral casi tan
indiscutible. Es cierto que el Santo se mantuvo en esta carrera heroica y nada
natural desde el momento en que partió vistiendo su camisa de crin por los
bosques invernales hasta el día en que, en su misma agonía, quiso yacer desnudo
sobre la desnuda tierra para demostrar que nada poseía y nada era. Y casi con
la misma certidumbre podemos decir que, en sus brillantes rondas sobre el
mundo de la humanidad que pena, las estrellas pudieron por una vez, al pasar
por sobre este cuerpo enjuto y consumido yacente en el suelo roqueño,
contemplar a un hombre feliz.
Capítulo 6
El Pobrecillo
De aquella caverna que fue
horno de ardiente gratitud y humildad salió una de las personalidades más
poderosas, singulares y originales que ha conocido la historia humana. entre
otras cosas, Francisco fue de manera destacada lo que llamamos un carácter,
casi como hablamos de carácter en una buena novela u obra de teatro. No sólo
fue un humanista sino un humorista, especialmente según el antiguo sentido
inglés de un hombre que está siempre de buen humor y anda su camino y hace lo
que nadie haría sino él. Las anécdotas acerca de Francisco tienen una calidad
biográfica cuyo ejemplo más familiar es el doctor Johnson y que pertenece en
otro sentido a William Blake o Charles Lamb. La atmósfera que las distingue
sólo se puede definir mediante una especie de antítesis: el hecho siempre es
inesperado y nunca más apropiado. Antes que la cosa sea dicha o hecha no puede
ni conjeturarse, pero en cuanto se la realiza nos damos cuenta de que es
simplemente característica. Por manera sorprendente y, sin embargo, inevitable
es ella individual. Esta cualidad de congruencia abrupta y conveniencia
desconcertante es tan peculiar de san Francisco que lo distingue de la mayoría
de sus coetáneos. La gente va aprendiendo ahora cada día más acerca de las
sólidas virtudes sociales de la civilización medieval, pero estas impresiones
son todavía más sociales que individuales. El mundo medieval aventajaba al
moderno por el sentido de las cosas en que todos coincidían: la muerte, la luz
meridiana de la razón y la conciencia común que mantiene unidas a las
comunidades. Sus generalizaciones eran más sanas y más sólidas que las locas
teorías materialistas del presente: nadie hubiera tolerado a un Shopenhauer
haciendo escarnio de la vida o a un Nietzsche viviendo solamente para el escarnio.
Pero el mundo moderno es más sutil en su sentido de las cosas en que los
hombres no coinciden: en las variedades y diferencias temperamentales que
conforman los problemas de la vida personales. Quienes no carezcan de
capacidad de pensar se darán hoy cuenta de que el pensamiento de los grandes
escolásticos fue maravillosamente claro, pero también, por decirlo así,
deliberadamente incoloro. Todos coinciden hoy en que el arte más grande de la
época fue el de los edificios públicos; el arte popular y comunitario de la
arquitectura. Y no fue una edad apropiada para el retrato. Sin embargo, los
amigos de san Francisco se las ingeniaron para dejar a la posteridad un retrato
del Santo, algo casi parecido a una caricatura devota y afectuosa. Hay en él lineas
y colores que son tan personales que resultan perversos, si podemos usar la
palabra "perversidad" para significar una inversión que era también
una conversión. Aún entre los santos san Francisco tiene un aire de excéntrico,
si el vocablo cuadra a quien tuvo la excentricidad de volver siempre al centro.
Antes de resumir la
narración de sus primeras aventuras y de la creación de aquella gran hermandad
que fue principio de revolución tan beneficiosa, creo conveniente completar
aquí este imperfecto retrato personal; y habiendo procurado en el capitulo anterior
brindar una descripción tentativa del proceso de transformación del Santo
procuraré en el presente añadir unas pocas notas sobre el resultado. Por
resultado quiero significar el hombre real después de sus primeras
experiencias formativas: el hombre que la gente encontraba caminando por los
caminos de Italia con su túnica parda ceñida de una cuerda. Porque este hombre,
descontando la gracia de Dios, es la explicación de cuanto luego acaeció; los
hombres actuaron de muy diferente manera según que lo hallaron o no. Si luego
vemos un gran tumulto, una apelación al papa, tropeles de hombres en hábito
pardo asediando las cátedras de autoridad, pronunciamientos papales, sesiones
heréticas, juicio y supervivencia triunfal, el mundo rebosante de un nuevo movimiento,
el fraile convertido en una palabra hogareña en todos los rincones de Europa,
si vemos esto y nos preguntamos por qué aconteció todo sólo nos acercaremos a
la respuesta si por manera siquiera indirecta, vaga e imaginativa somos
capaces de oír una voz humana y ver un rostro humano debajo de la capucha. No
hay respuesta fuera de que Francisco Bernardone fue un hecho, y de alguna
manera debemos ver lo que hubiéramos visto si Francisco hubiera sido un
acontecimiento para nosotros. En otras palabras, después de algunas sugestiones
tentativas sobre su vida vista desde el interior, hemos de volver a considerar
a Francisco desde afuera, como si fuera él un extraño que se adelanta por el
camino hacia nosotros a lo largo de las colinas de Umbría entre olivares y
viñedos.
¡Francísco de Asís era de
figura delgada, con ese tipo de delgadez que, combinada con otro tanto de
vívacídad, da la impresión de pequeñez. Es probable que haya sido más alto de
lo que parecía; de mediana está tura, dicen sus biógrafos. Fue ciertamente muy
activo y, considerando los trabajos por qué pasó, debió ser medianamente
robusto. Su tez era morena, del color corriente en los países meridionales; su
barba oscura, fina y puntiaguda cual la que vemos en los cuadros bajo la
capucha de los elfos, y ardía en sus ojos aquel fuego que día y noche le
consumió. En la descripción de cuanto dijera o hiciera hay algo que sugiere que
nuestro Santo, aún más que la mayoría de los italianos, tendía naturalmente al
apasionado desborde de gestos. Si esto fue realmente así, es por igual verdad
que, más aún que la mayoría de los italianos, sus ademanes fueron los de la
cortesía y la hospitalidad. Y ambas cosas, la vivacidad y la cortesía, son los
signos exteriores que lo distinguen muy pronuncíadamente de muchos que podrían
parecérsele más de lo que en realidad lo son. Con razón se ha dicho que
Francisco de Asís fue uno de los fundadores del drama medieval y por ende del
moderno. Fue la antítesis del personaje teatral en el sentido de pagado de sí
mismo; pero, así y todo, fue en forma preeminente una persona dramática. Se
puede sugerir mejor este aspecto tomando lo que se puede juzgar una cualidad
reposada y que comunmente se describe como amor de la naturaleza. Y aquí nos
vemos obligados a emplear esta denominación, que es completamente inexacta.
Pues san Francisco no fue un
amante de la naturaleza. Bien entendidas las cosas, esto es lo que de ninguna
manera fue. La frase implica aceptar el universo material como una atmósfera
vaga en una especie de panteísmo sentimental. Durante el período romántico de
la literatura, en la edad de Byron y Scott, no era difícíl imaginar a un
eremita que entre las ruinas de una capilla, con preferencia bajo el claro de
luna; encontraba paz y un gozo tranquilos en medio de la armonía de bosques
solemnes y calladas estrellas mientras sobre un rollo o volumen miniado
meditaba sobre la naturaleza de la liturgia, sobre la cual el autor se
manifestaba vago. En resumen, el ermitaño podía amar la naturaleza como telón
de fondo. Y bien, para san Francisco nada existía que pudiera considerar como
tal. Podríamos decir que su mente no conocía otro telón de fondo como no fuera
tal vez la tiniebla divina de donde el amor de Dios llamara al ser una a una a
la totalidad de las criaturas multicolores. Francisco todo lo veía dramáticamente,
destacado de su encuadramiento, en manera alguna en una sola pieza como en un
cuadro sino en acción como en el drama. Un pájaro pasaba a su lado como una
flecha, era algo con historia y un objetivo aunque fuera éste propósito de
vida y no de muerte. Un matorral podía detenerlo igual que un bandido; y en
realidad Francisco se sentía tan dispuesto a dar buena acogida al bandido como
al matorral.
En una palabra, tratamos de
un hombre que no podía ver el bosque en razón de los árboles. A san Francisco
no le agradaba ver el bosque en lugar de los árboles. Quería ver cada árbol
como cosa distinta y casi sagrada, siendo hijo de Dios y por ende hermano o
hermana del hombre. No le gustaba moverse ante un decorado que se usara
únicamente como telón de fondo y del que pudiera decirse: "Escena: un
bosque". En este sentido, podemos decir que era excesivamente dramático
para el drama. Por ello el escenario cobrará vida en sus comedias: las paredes
hablarán de verdad, como Snout el Calderero, y los árboles echarán a andar
camino de Dunsinane. Todo se hallará en el primer plano y bajo la luz de las
candilejas, por así decirlo. Todo será en todos los sentidos un carácter, Esta
es la cualidad por la que, como poeta, es lo más opuesto del panteísta. A la
naturaleza no la llamó madre; llamará hermano a un determinado jumento y
hermana a una alondra. Si hubiera llamado a la jirafa su tía y al elefante su
tío, como bien pudo hacerlo, todavía hubiera querido significar que eran éstas
criaturas individuales asignadas por el creador a lugares concretos y no meras
expresiones de la energía evoluti- va de las cosas. Por esta razón su
misticismo se acerca mucho al sentido común de los niños. Un niño comprende sin
dificultad que Dios hizo al perro y al gato, y no obstante se da cuenta cabal
de que la creación de perros y gatos sacándolos de la nada es un proceso
misterioso que su imaginación no logra alcanzar. Pero ningún niño nos
entenderá si mezclamos perros, gatos y todas las cosas para formar con ellos un
monstruo de mil patas al que llamamos naturaleza. A ser semejante el niño no le
encontrarla ni pies ni cabeza. San Francisco fue un místico, pero creía en el
misticismo y no en la mistificación. Como místico fue enemigo mortal de todos
esos místicos que funden el contorno de las cosas y disuelven al ser en el
medio circundante. Fue un místico del pleno mediodía y la noche cerrada, pero
no de las entreluces del ocaso. Fue lo más opuesto a ese género de visionarios
orientales que son místicos sólo por ser demasiado escépticos para ser
materialistas. San Francisco fue enfáticamente un realista, y uso la palabra
en el sentido mucho más real de los medievales. En este punto se emparentaba
con los mejores espíritus de la época que acababan de triunfar del nominalismo
del siglo doce. Y en este aspecto hay algo de simbólico en el arte y la
decoración de aquel período, algo como lo que se encuentra en el arte y la decoración
de aquel periodo, algo como lo que se encuentra en el arte de la heráldica. Los
pájaros y las fieras franciscanas se asemejan bastante a las aves y las fieras
heráldicas; no porque sean animales fabulosos sino en el sentido de ser
tratados como si fueran hechos definidos y positivos y no influídos por las
ilusiones de la atmósfera y la perspectiva. En este sentido, Francisco pudo
ver en verdad un pájaro sable en campo azur o una oveja argéntea en campo
sinople. Pero la heráldica de la humildad fue para él más rica que la del
orgullo porque vela todas las cosas que nos ha, dado Dios como algo más
precioso y único que los blasones que príncipes y nobles se otorgan a sí
mismos. De las profundidades del renunciamiento la heráldica de la humildad
se elevaba por encima de los títulos más elevados de la época feudal, por
encima del laurel de César o la corona de hierro de Lombardia. Constituye un
ejemplo de que los extremos se tocan, el hecho de que el Pobrecillo que se
había despojado de todo y se decía nada a si mismo haya tomado, llamándose
Hermano del Sol y de la Luna, el mismo título que fuera alarde salvaje del
pomposo autócrata asiático.
Esta cualidad de algo
acusado y sorprendente en las cosas tal cual las vela san Francisco es
importante aquí para ilustrar una característica de su vida. Como vela todas
las cosas dramáticamente así fue él dramático siempre. Tenemos que suponer, y
apenas hay necesidad de decirlo, que el Santo fue siempre y en todo, un poeta
y que sólo como tal se lo puede comprender. Pero poseía un privilegio poético
que ha sido negado a la mayoría de ellos. Por eso de él puede decirse que fue
el único poeta feliz entre todos los infelices poetas del mundo. Era un poeta
cuya vida toda fue un poema. No era precisamente un ministril que canta
simplemente las propias canciones sino un dramaturgo capaz de representar la
propia obra del principio al fin. Las cosas que dijo e hizo eran más
figurativas que las que escribió. Todo el curso de su vida fue una sucesión de
escenas en las que nunca le abandonó la fortuna para llevar las cosas a un
hermoso desenlace. Hablar del arte de vivir suena ahora a algo artificial más
que artístico.. Pero san Francisco convirtió muy concretamente el simple
derecho de vivir en arte, aun cuando haya sido un arte impremeditado. Para el
gusto racionalista muchos de sus actos parecerán grotescos y chocantes. Pero
fueron siempre actos, no explicaciones, y significaron siempre lo que el Santo
quiso. La sorprendente viveza con que su vida se grabó en la memoria y en la
imaginación de la humanidad se debe en gran parte a que se lo ha visto una y
otra vez bajo semejante circunstancias dramáticas. Desde el momento en que se
quitó las ropas y las arrojó a los pies de su padre hasta el día en que se
acostó muriendo sobre el suelo desnudo en forma de cruz, su vida estuvo hecha
de esas actitudes inconscientes y esos gestos sin vacilación. No seria difícil
llenar con ejemplos páginas y más páginas, pero proseguiré en el método que he
considerado ajustado en otros lugares de este breve bosquejo y tomaré un
ejemplo típico, deteniéndome en él algo más detalladamente de lo que seria
posible en un catálogo de anécdotas, con la esperanza de aclarar mejor el
sentido. El ejemplo a que me refiero ocurrió en los últimos días de su vida
pero de manera curiosa nos retrotrae a su juventud y así redondea la notable
unidad de este romance religioso.
La frase que habla de su
hermandad con el sol y la luna y con el agua y el fuego se encuentra por
supuesto en el famoso poema del Santo llamado Cántico de las criaturas o
Cántico del sol. Lo entonó vagando por los prados durante los días soleados de
su propia carrera cuando derramaba hasta los cielos todas las pasiones del
poeta. Es una obra característica en grado sumo, a partir de la cual sola se
puede reconstruir casi toda su personalidad. Aun cuando bajo ciertos aspectos
se trate de algo tan sencillo y directo como una balada hay aquí un delicado
instinto de diferenciación. Obsérvese, por ejemplo, cómo trata el sexo de las
cosas inanimadas, algo que va mucho más allá de los géneros arbitrarios de la
gramática. No fue por azar que Francisco Mamara hermano al fuego, valiente,
alegre y vigoroso, y hermana al agua, pura, clara y casta. Recordemos que san
Francisco no se vio ni entorpecido ni ayudado por todo ese politeísmo griego y
romano que transformado en alegoría ha representado a menudo una inspiración
para la poesía europea y con excesiva frecuencia un convencionalismo. Tanto sí
ganara como sí perdiera con este menosprecio de la cultura, nunca se le ocurrió
a Francisco relacionar a Neptuno y a las ninfas con el agua o a Vulcano y a
los cíclopes con el fuego. Esto comprueba lo que ya sugerimos, o sea que lejos
de constituir un revivir del paganismo, el renacimiento franciscano fue una
suerte de punto de partida fresco y un primer despertar tras el olvido del
mismo. Y a él se debe ciertamente un cierto frescor. Sea como fuere, san
Francisco fue, por así decirlo, el fundador de un nuevo folklore; pero podía
distinguir sus hadas de sus hados y sus brujas de sus brujos. En una palabra,
si tuvo que construirse su propia mitología, distinguía a primera vista los
dioses de las diosas. Este instinto fantástico del Santo ante los sexos no es
el único ejemplo de un instinto figurativo de ese género. Hallamos la misma
felicidad singular en el hecho de distinguir al sol, a más de llamarlo
hermano, con un titulo que conlleva mayor cortesía, con una frase que bien
pudiera usar un rey dirigiéndose a otro rey, algo así como Monsieur notre
frére. Se trasluce aquí como una vaga e irónica sombra de la fulgente primacía
que habla el sol ocupado en los cielos paganos. Se cuenta que cierto obispo se
quejaba de que un inconformista dijera Pablo en vez de san Pablo, y que
añadía: "Debió llamarle siquiera señor Pablo". Así san Francisco se
ve liberado de tener que gritar, por alabanza o terror, "Señor Dios,
Apolo", y puede en cambio en sus nuevos cielos infantiles saludarlo como
el señor Sol. En estas cosas trasunta una especie de infancia inspirada cuyo
único paralelo se encuentra en los cuentos de hada del cuarto de niños. Algo de
un temor semejante, oscuro pero saludable, hace que el cuento del Brer Fox and
Brer Rabbit se refiera respetuosamente al señor Hombre.
Este poema del Sol,
rebosante de la alegría de la juventud y los recuerdos de la infancia, se
repite al correr de toda la vida de Francisco como un estribillo y fragmentos
de él salpican constantemente los hábitos cotidianos de su hablar. Quizás la
última aparición de este particular lenguaje se encuentre en un incidente que
siempre me ha parecido particularmente impresionante y que resulta de todos
modos muy demostrativo de los gestos y estilos grandiosos de que estoy
hablando. Impresiones así son cosas de imaginación y, en todo caso, de gusto.
No tiene sentido argumentar acerca de ellas porque su punto esencial está en
que van más allá de las palabras y en qué aún cuando recurran a las palabras,
pareciera que éstas se completaran mediante ,un movimiento ritual como una
bendición o un golpe. Así, en lo que es el ejemplo supremo de esto, hay algo
que va mucho más allá de toda exposición, algo como el raudo movimiento y la
poderosa sombra de una mano que entenebrece las propias tinieblas de Getsemaní:
"Dormid ahora y descansad...".
Y, sin embargo, no falta
quienes han emprendido la obra de parafrasear y ampliar la historia de la
Pasión.
San Francisco estaba
moribundo; diríamos que era un anciano cuando aconteció el incidente a que nos
referimos, más, en realidad, era sólo un hombre prematuramente envejecido,
pues no llegaba a los cincuenta años, cuando murió consumido por su vida de lucha
y ayuno. Pero a su retorno del terrorífico ascetismo y la aún más terrorífica
revelación del Alverno, era un hombre quebrado. Como bien se verá cuando más
adelante volvamos sobre estos hechos, no era solamente la enfermedad y el
decaimiento corporal lo que seguramente oscurecía entonces su vida: pesaba
sobre él el desengaño en lo referente a su misión primordial de poner fin a las
cruzadas mediante la conversión del islam y todavía mayor era el peso que lo
abatía ante las señales de compromiso y de un espíritu más político y práctico
en la propia orden; en la protesta había agotado sus últimas energías. Y en
estas circunstancias le anuncian que se estaba quedando ciego. Si hemos logrado
dar en este libro siquiera un atisbo somero de cómo sintió san Francisco la
gloria y el fasto de la tierra y el cielo y la forma heráldica, el color y el
simbolismo de fieras y flores, podrá el lector darse idea de lo que
significaba esto para el Santo. Y, sin embargo, el remedio propuesto debió
parecerle peor que la enfermedad. El remedio, por supuesto un remedio
incierto, consistía en cauterizar el ojo y ello sin ninguna anestesia. En
otras palabras, habían de quemarle las niñas de los ojos con un hierro
candente. Muchas de las torturas de los mártires que envidió al leerlas en el
martirologio y buscó vanamente en sus andanzas por Siria no hubieran sido
peores. Cuando sacaron el tizón del horno Francisco se levantó como en un gesto
urbano y comedido y habló como si se dirigiese a una presencia invisible:
"Hermano Fuego, Dios os hizo bello, poderoso y útil; ruego que seáis
cortés conmigo".
Si acaso existe cosa tal
como el arte de vivir, tengo para mí que momento semejante ha sido una de sus
obras maestras. A no muchos poetas les ha sido dado recordar su propia poesía
en un momento así y menos aún vivir uno de los propios poemas. Hasta el mismo
William Blake se hubiera sentido desconcertado si, mientras releía las nobles
lineas: "Tiger, tiger, burning bright" [Tigre, Tigre, que ardes
brillantemente], un tigre de Bengala real y de gran tamaño hubiese metido la
cabeza por la ventana de la casa de campo en Felpham con la intención evidente
de arrancar de un mordisco la cabeza del escritor. No cabe la menor duda de
que hubiera vacilado antes de saludar cortésmente al animal y seguir recitando
el poema al cuadrúpedo en cuyo honor lo había compuesto. Y También Shelley,
cuando deseaba ser nube u hoja que vuela delante del viento, no hubiera dejado
de sorprenderse si se hubiera encontrado cabeza abajo girando lentamente por
el aire a quinientos metros sobre el mar. Y aun el mismo Keats, sabiendo cuán
débil era el lazo que lo unía a la vida, se hubiera turbado si descubría que
el hipocrás auténtico y rojo que acababa de, beber libremente contenía de
verdad una droga que le aseguraba muerte sin dolor hacia la medianoche. Para
Francisco no hubo droga, si mucho dolor. Y entonces su primer pensamiento fue
una de las fantasías primeras de sus cantos juveniles. Recordó el tiempo
cuando la llama fue flor, si bien la ostentaba el más alegre y hermoso color
entre las flores del jardín de Dios, y cuando esta radiante imagen de su
visión volvía a él en la. forma de un instrumento de tortura la saludó de lejos
como a un viejo amigo y la llamó por su sobrenombre, que bien podría decirse
que era su cristiano nombre de pila.
Esto no es más que una
anécdota en una vida llena de ellas; y la he elegido en parte porque muestra lo
que quiero aquí expresar al hablar de esa sombra de gesto que acompaña todas
sus palabras, ese ademán dramático del hombre del sur, y en parte, porque su
referencia especial a la cortesía recubre el próximo hecho que quiero
subrayar. El instinto popular de san Francisco y su preocupación constante por
la idea de la fraternidad serán mal entendidos si les atribuimos el sentido de
lo que con frecuencia llamamos camaradería, esa fraternidad que consiste en
golpear la espalda. Con frecuencia entre los amigos y con mayor aún entre los
amigos del ideal democrático se ha sostenido que esta nota es necesaria para la
democracia. Se da por sentado que igualdad significa que todos los hombres
sean igualmente inciviles cuando lo que obviamente se debería expresar es que
todos los hombres son igualmente civiles. Quienes así piensan olvidaron el
sentido y la etimología de la palabra "civilidad" si no se percatan
de que ser incivil es ser anticívico. Pero, de cualquier modo que sea, no es
ésta la igualdad que alentó san Francisco sino una de signo opuesto: la
camaradería que se funda, de hecho, en la cortesía.
Hasta en los linderos de
aquel mágico país de sus puras fantasías sobre flores, animales y aun seres
inanimados conservó Francisco su constante actitud de deferencia. Un amigo mío
decía de alguien que era capaz de presentar sus excusas al mismo gato. San
Francisco sin duda lo hubiera hecho. En una ocasión, estando por predicar en
un bosque repleto de murmullos de aves, dijo con amable ademán:
"Hermanitas, si ya expresasteis vuestros dichos, ya es hora de que
también me oigáis a mí". Y todas las aves callaron, cosa que yo, por mi
parte, creo sin esfuerzo. Atento al particular propósito que me ha guiado de
hacer las cosas inteligibles a la mentalidad moderna media, he tratado por
separado el tema de los poderes milagrosos que el Santo poseyó con toda certidumbre.
Pero aun prescindiendo de todo poder milagroso, hombres de tal naturaleza
magnética, con un interés por los animales tan intenso, ejercen a menudo un
poder extraordinario sobré ellos. Más el que tuvo san Francisco siempre lo
ejercitó con la elaborada cortesía de que hablamos. En ésta mucho había sin
duda de una especie de broma simbólica y de piadosa pantomima cuya finalidad
consistía en comunicar lo que era la distinción vital en su misión divina, a
saber: que él no sólo amaba sino que reverenciaba a Dios en todas sus
criaturas. En este sentido, Francisco trasuntaba un aire de querer presentar
sus excusas al gato y a las aves y aún a la silla por sentarse en ella y a la
mesa por a ella arrimarse. Quien por la vida hubiera ido tras sus pasos con el
único propósito de reírse de él como de un amable lunático, sin dificultad se
hubiera llevado la impresión de que era uno de esos que se inclinan ante todos
los postes o se descubren ante todos los árboles. Todo esto formaba parte de
su instinto por los gestos figurativos. Buena parte de sus lecciones las enseñó
Francisco al mundo mediante una suerte de alfabeto mudo divino. Pero si en él
se da este elemento ceremonial aun en las cosas más pequeñas e insignificantes,
su significado se torna tanto más grave al tratarse de la obra seria de su
vida, que consistió en un llamado a la humanidad o, mejor, a los seres humanos.
He dicho que san Francisco
con toda deliberación no veía el bosque en razón de los árboles. Aún más cierto
es que no vio la muchedumbre en razón de los hombres. Lo que distingue a este
demócrata muy auténtico del simple demagogo es que nunca engañó ni se engañó
por la ilusión de las masas. Cualquiera que haya sido su gusto por los
monstruos nunca vio ante sí una bestia de muchas cabezas. Sólo vio la imagen
de Dios multiplicada pero nunca monótona. Para él un hombre era siempre un
hombre y no desaparecía en la espesa muchedumbre como no desaparecía en el
desierto. Honró a todos los hombre, lo que es decir que no sólo los amó sino
que a todos respetó. Lo que le diera su extraordinario poder personal era esto:
que del papa al mendigo, desde el sultán de Siria en su rica tienda hasta los
ladrones harapientos arrastrándose por el bosque, nunca existió un hombre que
se mirara en esos ojos pardos y ardientes sin tener la certidumbre de que
Francisco Bernardone se interesaba realmente por el, por el interior de su
propia vida individual desde la cuna al sepulcro, de que él en persona era
estimado y tomado en serio y meramente añadido a los restos de algún programa
social o a los nombres de algún documento burocrático. Ahora bien, para esa
particular idea moral y religiosa no hay otra expresión externa como no sea la
cortesía. No la expresa la exhortación que sólo es mero entusiasmo abstracto ni
la beneficencia pues no es más que piedad. Sólo la puede trasmitir el gesto
grandilocuente que llamaríamos buenos modales. Podemos decir, si nos place,
que san Francisco, en la desnuda y mísera simplicidad de su vida, se había
asido, a pesar de todo, a un girón de lujo: a las formas de la corte. Pero
mientras en una corte hay un rey y cien cortesanos, en esta particular historia
hubo un cortesano entre cien reyes. Porque el Santo trató a la muchedumbre de
los hombres como si fuera una muchedumbre de reyes. Y ésta fue en realidad de
verdad la única actitud con que podía conmover a esa parte del hombre que
quería conmover. No podía conseguirlo ofreciendo oro ni pan pues es proverbial
que cualquier truhán puede convertir la liberalidad en simple escarnio. Ni
tampoco lo lograría prodigando atención y tiempo pues numerosos filántropos y
burócratas benévolos lo hacen con escarnio en sus corazones mucho más frío y
horrible. Ni planes ni propuestas ni arreglos eficientes pueden devolver la
autoestima y el sentimiento de estar hablando con un igual al hombre quebrado.
Puede lograrlo un gesto.
Con tal gesto se movió entre
los hombres Francisco de Asís, y pronto se vio que en él algo había de mágico
y que obraba, en doble sentido, como un encantamiento. Pero a este gesto hay
que pensarlo siempre como un gesto completamente natural, porque en realidad
era casi un ademán de excusa. Hemos de imaginarnos al Santo circulando
raudamente por el mundo con una suerte de cortesía impetuosa, casi con el
movimiento de quien dobla una rodilla a medias por prisa y por reverencia. Su
rostro ansioso bajo la parda capucha era el de quien siempre se dirige a
alguna parte como siguiendo, además de contemplarlo, el vuelo de los pájaros. Y
este sentido del movimiento encierra en realidad toda la significación de la
revolución que llevó a cabo; porque la obra que pasamos a describir tiene
todas las características del terremoto o del volcán: era una explosión que
lanzó al aire con dinámica energía las fuegas guardadas durante diez siglos en
la fortaleza o arsenal monástico y desparramó sin pausa todas esas riquezas
hasta los confines de la tierra. En un sentido mejor del que traduce la
antítesis, se puede decir con verdad que lo que san Benito almacenó san
Francisco lo prodigó; pero en el mundo de las cosas espirituales el grano que
se acopió en los graneros se desparramó por el mundo convertido en simiente.
Los siervos de Dios que fueran guarnición sitiada se convierte en un ejército
en marcha; los camino del mundo se llenan con el tronar de las pisadas de sus
pies, y muy a lo lejos, a la cabeza de aquellas huestes siempre en aumento,
marcha cantando un hombre; con la misma simplicidad que lo había hecho aquella
mañana por los bosques de invierno cuando caminó sólo.
Capítulo 7
Las tres órdenes
Sin duda, y en cierto
sentido, dos hombres forman compañía y tres no; pero también existe otro
sentido según el cual tres constituyen compañía y no cuatro, como lo prueba el
desfile de figuras históricas y de la ficción que se mueven de tres en fondo
como los Tres mosqueteros o los Three soldiers (Tres soldados) de Kipling. Pero
hay además otro sentido diferente según el cual cuatro hombres forman compañía
y tres no: ocurre esto cuando usamos la palabra "compañía" en el
sentido más vago de muchedumbre o masa. Con el cuarto hombre entra la sombra de
la multitud: el grupo no lo forman ya tres individuos solos concebidos en forma
individual. Pues bien, la sombra de ese cuarto hombre cayó sobre la pequeña
ermita de la Pociúncula cuando un hombre llamado Egidio, al parecer un
trabajador pobre, fue invitado a entrar en el equipo por san Francisco. Sin
dificultad Egidio se sumó al mercader y al canónigo que ya se habían
convertido en compañeros del Santo; pero con su llegada se traspasó una
frontera invisible, pues por entonces debió de advertirse que el crecimiento
de aquel grupo pequeño se transformaba en potencialmente indefinido o por lo
menos su contorno adquiría de modo permanente tal característica. Debió de ser
por el tiempo de esa transición cuando Francisco tuvo otro de sus sueños
poblados de voces, pero las voces eran ahora .clamor de lenguas de todas las
naciones: franceses e italianos e ingleses y españoles y alemanes, todos
proclamaban la gloria de Dios, cada uno en la propia lengua ¡Era un nuevo
Pentecostés y una Babel de más ventura!
Antes de describir los
primeros pasos que adoptó Francisco para regularizar el crecimiento del grupo
será bueno echar una mirada, bien que somera, sobre lo que el Santo concebía
que aquél debía ser. No llamó monjes a sus seguidores, y no resulta claro si
cruzó por su pensamiento, por lo menos en aquel momento, la idea de que lo
fueran. Les dio un nombre que se suele traducir por "frailes
menores", pero que estaríamos mucho más cerca de la atmósfera del pensar
franciscano si lo vertiéramos casi literalmente así: "hermanitos".
Es probable que ya por entonces el Santo hubiera decidido que sus seguidores
tomaran los tres votos de pobreza, castidad y obediencia que siempre se han
tenido por nota distintiva del monje. Pero cabe suponer que no eran tanto al
monje a lo que él temía cuando al abad. Le atemorizaba pensar que las elevadas
magistraturas 'espirituales, que hasta en sus más santos poseedores se había
visto salpicadas con resabios de orgullo impersonal y corporativo,
introdujeran en el grupo un elemento de pomposidad que maculase su tan
extremada y casi extravagante versión de la vida en humildad. Pero la máxima
diferencia entre la disciplina del Santo y la del antiguo sistema monástico
estribaba, por supuesto, en que los monjes de Francisco debían ser itinerantes
casi nómades en vez de sedentarios. Debían mezclarse con el mundo, a lo que el
monje a la antigua usanza opondría con toda naturalidad la dificultad de
hacerlo sin verse enredado en él. Es ésta una inquietud mucho más real de lo
que puede imaginar una religiosidad superficial; pero para ella san Francisco
poseía una respuesta muy suya, y en esta contestación tan individual estriba
todo el interés del problema.
El buen obispo de Asís dejó
traslucir una suerte de horror ante la dura vida que los "hermanitos"
llevaban en la Porciúncula, sin comodidades, sin bienes, comiendo lo que
encontraban y durmiendo en el suelo. San Francisco le contestó con esa curiosa
y férrea sagacidad que a veces los rústicos descargan como un mazazo. Digole:
"Si poseyéramos bienes nos serían indispensables armas y leyes para
defenderlos". Esta frase encierra la clave de toda la política que el
Santo persiguió. Se apoyaba aquí sobre un fundamento de lógica innegable, y en
este punto por nada y ante nadie quiso ser otra cosa que lógico. En toda otra
materia estaba dispuesto a reconocer errores; pero en cuanto a esta regla en
particular estaba seguro de que llevaba razón. En una sola ocasión viósele
iracundo y fue cuando le hablaron de una excepción a esta regla.
He aquí el argumento de san
Francisco: el hombre consagrado podrá ir a todas partes y entre toda clase de
gente, aun la peor, mientras no haya nada con que puedan detenerlo. Si tuviese
ataduras o necesidades como el común de los mortales por fuerza se convertiría
en hombre corriente. De todos los hombres del mundo san Francisco habrá sido el
último en estimar menos al hombre corriente por el hecho de serlo: el afecto y
admiración que al tal brindara es muy probable que nunca hayan sido igualados.
Pero ante el propósito especial de sacudir al mundo y lanzarlo a un nuevo
entusiasmo vio con lógica claridad -que es precisamente lo contrario del
fanatismo o del sentimentalismo - que los frailes no debían asemejarse a
hombres corrientes; que la sal no debía perder su sabor ni aun al convertirse
en alimento cotidiano de la naturaleza humana. Y la diferencia entre el fraile
y el hombre corriente estribaba precisamente en que aquél tenía que ser más
libre que éste. Era necesario que estuviera libre del claustro, pero importaba
aún más que se viera libre del mundo. Es puro y cabal sentido común decir que
hay un aspecto en que el hombre corriente no puede -verse libre del mundo, o
mejor, en el que no debería estarlo. En particular, el mundo feudal constituía
un sistema enmarañado de dependencias; pero no sólo el mundo feudal se propagó
hasta engendrar el mundo medieval sino que de él se forjó el mundo entero, y
el mundo entero está lleno de esas dependencias. La vida familiar es por
naturaleza un sistema de dependencias tanto como la vida feudal. Los
sindicatos modernos, al igual que las antiguas corporaciones, son entre sí
interdependientes aun para asegurarse la independencia frente a los demás. En
la vida medieval como en la moderna, aun donde en verdad existían
limitaciones con el propósito de asegurar la libertad, contenían ellas un
importante elemento de azar. Las limitaciones eran en parte fruto, a veces
inevitable, de las circunstancias. Así, el siglo doce se convirtió en la edad
de los votos, y había algo de libertad relativa en el gesto feudal del voto
pues nadie reclamaría un voto del esclavo o del siervo de la gleba. En la
práctica, la gente todavía marchaba a la guerra para defender a la antigua casa
de la Columna o por seguir al gran Can de la Escalera o a cualquier otro
caudillo por el estilo, y en buena medida lo hacía porque había nacido en
determinaba ciudad o paraje. En cambio, a nadie se le exigía obedecer al
pequeño Francisco, el del viejo hábito pardo, sino por libre elección. Y quien
lo hacía quedaba en sus relaciones con el jefe elegido en posición
relativamente más libre que el mundo que le rodeaba. Era obediente pero no
dependiente. Y era libre como el viento, casi salvajemente libre, frente al
mundo circundante. Era éste, como ya notamos, una red de formas de dependencia
feudales, familiares y semejantes. Frente a esto la idea de san Francisco era
que los "hermanitos" fueran como peces que van y vienen libremente
entrando y saliendo de la malla. Podían hacerlo porque eran precisamente peces
pequeños y en este sentido escurridizos. El mundo no tenía de donde asirlos,
pues el mundo nos toma principalmente por el orillo de nuestros vestidos, por
las exterioridades fútiles de nuestras vidas. Más tarde uno de los francisca
nos diría: "Un monje
nada debe poseer más que su arpa", significando, supongo, que nada debe
valorar sino su canto, aquel canto con el cual era su oficio dar serenatas, a
guisa de ministril, en cada castillo y en cada casa de labriego: el canto de
la alegría del Creador en su creación y el de la belleza de la fraternidad
humana. Imaginando la vida de esta especie de visionario vagabundo, también
podemos echar una ojeada sobre el aspecto práctico de ese ascetismo que tanto
choca a quienes a sí mismos se consideran prácticos. Para pasar entre barrotes
y salir de la jaula se impone que uno sea delgado, y hay que estar libre de
cargas para andar de prisa y lejos. Todo el cálculo de aquella astucia
inocente, por llamarla así, se centraba en que el mundo debía verse flanqueado
y burlado por el fraile, perplejo por no saber qué hacer con él. No se podía
rendir por hambre a quien siempre ayunaba. No se podía arruinar y reducir a
mendicidad a quien ya era un mendigo. Y menguada satisfacción se iba a
encontrar en pegar bastonazos a quien sólo contestaba con pequeños brincos y
gritos de alborozo ya que la indignidad era su dignidad única. No podía
ponerse soga en torno a su cabeza por riesgo de que se convirtiera en halo.
Pero en materia de
practicidad y especialmente de prontitud para la acción importaba de manera
especial una distinción entre los antiguos monjes y los - nuevos frailes. Las
fraternidades antiguas, con sus habitaciones fijas y su existencia
enclaustrada, tenían las limitaciones de las casas de familia. Por muy sencilla
que fuese su vida necesitaban un número determinado de celdas o de camas o por
lo menos un determinado espacio cúbico para un determinado número de hermanos;
el número de éstos dependía, pues, del terreno y edificios que poseyeran. Pero
desde el momento en que cualquiera podía ser franciscano con sólo prometer que
se contentaría con comer las fresas del camino o con pedir un mendrugo en la
cocina o con dormir a la sombra de un cercado o con sentarse pacientemente en
el peldaño de una escalera, no existía ninguna razón económica para que no
hubiera un número indefinido de tales entusiastas excéntricos en cualquier
tiempo y lugar por reducidos que éstos fueren. Hay que recordar también que
todo este rápido desarrollo rebosaba un cierto entusiasmo democrático que en
realidad formaba parte del carácter personal de san Francisco. Su mismo
ascetismo era, en cierto modo; la culminación del optimismo. Francisco mucho
le exigía a la naturaleza humana no porque la despreciara sino porque confiaba
en ella. Esperaba grandes cosas de los hombres extraordinarios que lo seguían,
pero también esperaba mucho de los hombres corrientes a quienes los enviaba.
Pedía alimento a los seglares con la misma confianza con que pedía ayuno a los
frailes. Y confiaba en la hospitalidad de la gente porque en verdad miraba
todas las casas como morada de un amigo. Amaba y reverenciaba a los hombres
corrientes y a las cosas de todos los días; ciertamente nos cabe decir que
envió al mundo hombres no comunes y extraordinarios solamente para animar a
todos a ser hombres comunes y corrientes.
Esta paradoja quedará mejor
expresada y explicada cuando tratemos de la Orden Tercera, cuyo propósito era
ayudar a que hombres comunes y corrientes fuesen comunes y corrientes con una
alegría no común y extraordinaria. El punto que ahora nos interesa está en la
audacia y sencillez del plan franciscano al acuartelar a su ejército
espiritual en medio del pueblo, y hacerlo no por la fuerza sino por la
persuasión y, si se quiere, por la persuasión de la impotencia. Era un acto de
confianza y por ende de cortesía. Y tuvo un éxito completo. Era esto un ejemplo
de algo que siempre acompañó a san Francisco: una especie de tacto que parecía
buena fortuna porque era simple y directo como una centella. En las relaciones
privadas del Santo abundan los ejemplos de esta suerte de tacto sin tacto, de
esta sorpresa lograda mediante el golpear a la entraña misma del problema. Se
cuenta de un joven fraile que sufría una especie de ataque de melancolía -algo
bastante común en la juventud y en la veneración de héroes- por habérsele
metido en la cabeza que su héroe lo odiaba o le menospreciaba al menos. No nos
cuesta imaginar con qué tacto los diplomáticos sociales procurarían evitar
escenas y violencias y con qué cautela los psicólogos examinarían y tratarían
casos análogos. Francisco se dirigió de improviso a aquel joven que era, por
supuesto, reservado y silencioso como una tumba, y dijo: "No te turbes en
tus pensamientos porque eres de los que yo quiero y aun de los que quiero más.
Ya sabes que te considero digno de mi amistad y compañía; así pues, vente a mí
con confianza siempre que te plazca, y de la amistad aprende la fe". Como
habló a este muchacho enfermo así hablo Francisco a toda la humanidad. Siempre
se encaminaba al meollo de las cosas, siempre se mostró más simple y acertado
que la persona a quien hablaba. Algo en su actitud desarmaba al mundo como
nunca lo han hecho. Era mejor que el resto de los hombres, fue un benefactor de
toda la gente y, por sobre todo, nadie le ha odiado. El mundo entraba en la
Iglesia por una puerta nueva y próxima, y por la amistad aprendía la fe.
Ocurrió cuando el pequeño
grupo de la Porciúncula era todavía tan reducido que podía reunirse en un
cuarto pequeño: fue entonces cuando san Francisco decidió dar su primer golpe
importante y aun sensacional. Se dice que no pasaban de doce los franciscanos
cuando Francisco se resolvió a marchar a Roma y fundar la Orden franciscana. Al
parecer, no todos creían necesario el recurso a tan remota jerarquía
eclesiástica, y no sería improbable que todo pudiera resolverse bajo la
autoridad del obispo de Asís y el clero local. Y todavía parece más probable
que 'la gente haya considerado innecesario molestar al tribunal supremo de la
cristiandad para elegir el nombre que quisieran darse una docena de hombres
reunidos por azar. Pero Francisco se mostró obstinado y obsecado en este
particular, y su lúcida ceguera es extremadamente característica de él. Un
hombre satisfecho con las pequeñas cosas y aun enamorado de ellas nunca pudo
sentir como nosotros en lo que atañe a la desproporción entre lo pequeño y lo
grande. Nunca vio el mundo con la escala nuestra sino con una vertiginosa
desproporción que hace que la cabeza nos de vuelta. A veces su visión parece
fuera de cuadro como en los mapas medievales de alegre policromía, y luego
nuevamente la vemos desligada de todo como en un grabado en cuarta dimensión.
Refiérese que el Santo hizo un viaje para entrevistarse con el emperador
entronizado entre sus ejércitos bajo el águila del Sacro Romano Imperio sólo
para interceder por las vidas de unos pajaritos. Era en verdad muy capaz de
enfrentar a cincuenta emperadores para pedir en favor de un solo pájaro.
Partió con sólo dos compañeros para convertir al mundo musulmán. Y salió con
once compañeros para pedirle al papa la creación de un nuevo mundo monástico.
El gran papa Inocencio III
se paseaba, según refiere san Buenaventura, por la terraza de San Juan de
Letrán meditando sin duda las graves cuestiones políticas que turbaron su
pontificado cuando se le presentó de improviso un hombre vestido con traje de
campesino y a quien tuvo por una especie de pastor. Al parecer, sor liberó de
él con la congruente prisa, y no es improbable que lo pensara un loco. Sea como
fuere, no pensó más en él, según dice el gran biógrafo franciscano, hasta que
esa noche soñó un sueño extraño. Veía el enorme y antiguo templo de San Juan de
Letrán, por cuyas elevadas terrazas había paseado tan seguro, inclinarse
horriblemente y resquebrajarse bajo el cielo como si todas sus cúpulas y torres
cedieran ante el ímpetu de un terremoto. Luego miró de nuevo y ahora veía una
figura humana que sostenía todo el templo a manera de viviente carátide, y la
figura era la del pastor harapiento a quien volviera la espalda en la terraza.
Haya sido esto realidad o figura, es ciertamente una imagen de la brusca
simplicidad con que Francisco se ganó la atención y el favor de Roma. Según
parece, su primer amigo fue el cardenal Giovanni di San Paolo, quien habló en
favor de la idea franciscana en un cónclave de cardenales convocados al efecto.
Merece señalarse que las dudas sobre dicha idea surgían principalmente por
pensar que la regla era demasiado dura y rigurosa para el hombre, pues la
Iglesia Católica vela siempre ante los excesos del ascetismo y sus peligros.
Con probabilidad, diciendo ellos que era excesivamente dura y rigurosa,
quisieron significar también que era excesivamente peligrosa. Porque lo que
distingue la novedad franciscana frente a otras instituciones del género es un
elemento que bien cabe llamar peligro. En cierto sentido, el fraile es
ciertamente casi lo opuesto al monje. El valor del monacato antiguo consistía
en que fue un descanso no sólo moral sino económico. De ese descanso nacieron
obras que el mundo nunca agradecerá bastante: la conservación de los clásicos,
los principios del gótico, los rudimentos de la ciencia y la filosofía, los
manuscritos iluminados y los cristales polícromos. Lo importante para el monje
consistía en tener resuelto el problema económico; sabía dónde encontrar la
cena, aunque fuese cena muy frugal. En cambio, el punto esencial del fraile
estribaba en que no sabía dónde encontrar la cena y cabía siempre la
posibilidad de que quedara sin ella. Había en esto un elemento que llamaríamos
romancesco como el que se encuentra en el gitano o el aventurero. Pero había
también algo de tragedia posible como en el viajante o el obrero casual. Así
pues, los cardenales del siglo trece llenáronse de compasión viendo a unos
pocos hombres que por propia decisión abrazaban un estado del que se ven
arrancados por la fría coerción y la persecución policial los mendigos del
siglo veinte.
El cardenal San Paolo
argumentó, según parece, de este modo: podía tratarse de una vida dura y
áspera, pero al fin y al cabo era la que el evangelio parecía proponer como
ideal; estableced en esto todas las limitaciones que creáis prudentes o
humanas, pero no os atreváis a decir que los hombres no realizarán este ideal
si pueden hacerlo. Veremos la importancia del argumento cuando estudiemos en
su totalidad la faceta de la vida de san Francisco que podemos llamar la
imitación de Cristo. El remate de la discusión fue que el papa dio al proyecto
su aprobación verbal prometiendo la definitiva si el movimiento alcanzaba
proporciones considerables. Es probable que Inocencio, hombre de mente no
común, haya abrigado pocas dudas acerca de aquel desarrollo ulterior; pero de
todas maneras, si dudas tuvo, no pudo tenerlas por mucho tiempo. El siguiente
capítulo en la historia de la Orden se reduce simplemente al relato de gentes
más y más en número que corren a agruparse bajo ese estandarte y, como ya hemos
observado, una vez que el grupo empezó a crecer, pudo por su naturaleza
hacerlo con rapidez mayor que toda otra sociedad que requiera fondos
corrientes y edificios públicos. Ya la vuelta de los primeros frailes
fundadores tras la audiencia papal hubo de revestir notas de procesión
triunfal. En un lugar en particular, cuenta la historia, la población entera
del pueblo, hombres, mujeres y niños, les salió al encuentro abandonando las
tareas, las riquezas y las viviendas y pidiendo ser admitida en el acto en el
ejército de Dios. De acuerdo con el relato, ésta fue la ocasión cuando san
Francisco columbró por vez primera la idea de la Orden Tercera, que habría de
permitir a la gente participar del movimiento franciscano sin abandonar los
hogares y hábitos de la humanidad normal. De momento importa más considerar
este hecho como un ejemplo del alboroto de conversión con que el Santo llenaba
ya todos los caminos de Italia. Era un mundo de vagabundeo, de frailes que iban
y venían por sendas y atajos y que buscaban asegurarse de que no le faltara la
aventura espiritual a quien quiera que por azar se cruzara en su camino. La
Orden Primera de san Francisco había entrado en la historia.
Este esquema superficial
sólo podemos redondearlo con una breve descripción de las Ordenes Segunda y
Tercera, aun cuando fueron éstas fundadas más tarde y en épocas distintas. La
segunda fue una Orden para mujeres y debió su existencia, no hace falta decirlo,
a la bella amistad entre san Francisco y santa Clara. En ninguna otra historia
han estado tan perplejos y equivocados los críticos de otros credos, aun los
que son más simpatizantes. Pues no hay otra historia donde se patentice con
mayor claridad ese sencillo test que yo he tomado como fundamental en el curso
de mi crítica. Quiero decir que todo el problema de esos críticos es que se
niegan a creer que un amor celestial puede ser tan real como el terreno. Desde
el momento en que a aquél se lo trata como real en pie de igualdad con el amor
terreno, todos los enigmas se resuelven. Una muchacha de diecisiete años
llamada Clara y que pertenecía a una noble familia de Asís se sintió anegada
por el entusiasmo de la vida conventual, y Francisco ayudóla a escapar de la
casa y a asumir la vida conventual. Si nos place decirlo así, la ayudó a
fugarse al convento desafiando a los padres de ella como había hecho Francisco
con el propio. La escena reúne, en verdad, muchos de los elementos de una fuga
romántica corriente, ya que la muchacha escapó por una abertura practicada en
la pared, huyó a través del bosque y fue recibida a medianoche con antorchas.
Hasta Mrs. Oliphant, en su hermoso y delicado estudio sobre san Francisco,
llama al episodio "un incidente que se hace difícil relatar con
satisfacción".
Ahora bien, acerca de esto
sólo diré lo siguiente. Si de verdad todo hubiera sido nada más que una fuga
romántica y la muchacha hubiera terminado en novia en lugar de monja,
prácticamente la totalidad del mundo moderno hubiera hecho de ella una heroína.
Si la intervención del Fraile frente a Clara hubiera sido la del Fraile frente
a Julieta, todos hubieran simpatizado con aquélla exactamente como lo hacen con
ésta. Y no vale decir que Clara sólo tenía diecisiete años: Julieta tenía
catorce. Y en tiempos medievales las muchachas se casaban y los muchachos
entraban en batallas en tan tierna edad, y una jovencita a los diecisiete años
era ciertamente en el siglo trece lo bastante adulta para saber lo que hacía.
Y para quien considere los acontecimientos posteriores no le puede caber la
menor sombra de duda de que Clara sabía lo que hacía, Pero lo que vale señalar
por el momento es que el romanticismo moderno alienta similares
enfrentamientos con los padres cuando se entra en ellos en nombre del amor
romántico. Porque no ignora que éste es una realidad. Pero desconoce que sea
realidad el amor divino. Algo se puede decir en favor de los padres de Clara,
algo también en favor de Pedro Bernardone. Del mismo modo mucho se hubiera
podido decir en favor de los Montescos y los Capuletos; pero el mundo moderno
no quiere que esto se diga y no lo dice. El hecho es que tan pronto admitamos
por un momento como hipótesis lo que Francisco y Clara admitieron siempre como
algo absoluto, o sea, que hay una relación divina directa más gloriosa que
cualquier romance, la historia de la fuga de santa Clara se convierte
simplemente en un romance con final feliz y san Francisco en el san Jorge o
caballero andante que obró tan fausto desenlace. Y viendo que millones de
hombres y mujeres vivieron y murieron haciendo de esta relación una realidad,
mal podrá ser tenido por filósofo quien no pueda tratarla siquiera como
hipótesis.
Por lo demás, lo menos que
podemos admitir es que ningún partidario de lo que llaman la emancipación de
las mujeres lamentará la rebelión de santa Clara. Ella vivió muy de verdad,
según la jerga moderna, su propia vida, la que quería vivir, distinta de la que
le hubieran obligado a llevar las órdenes paternas y los arreglos
convencionales. Se convirtió en fundadora de un gran movimiento femenino que
todavía conmociona al mundo profundamente y que la ubica entre las grandes
mujeres de la historia. No creo evidente que la Santa hubiera podido alcanzar
igual grandeza o utilidad de haber concretado una fuga para casarse o de
haberse quedado en el hogar para concertar un mariage de convenance. Quizás
así lo digan personas sensibles considerando las cosas sólo desde lo exterior,
y no es mi propósito hacerlo desde adentro. Si a uno le cabe la duda de ser
digno de escribir una palabra sobre san Francisco, para hablar de la amistad de
san Francisco y santa Clara necesitará ciertamente palabras mejores que las propias.
Más de una vez he señalado que los misterios de esta historia se expresan mejor
simbólicamente a través de ciertas actitudes y acciones calladas. Y no conozco
símbolo mejor para esta relación que el que traduce muy felizmente la leyenda
popular cuando refiere de una noche donde los habitantes de Asís, a la vista
de un gran resplandor, imaginaron que los árboles y la santa casa eran presa
de las llamas y corrieron sin pausa para apagar el incendio. Pero, una vez
dentro, todo lo encontraron tranquilo y a Francisco partiendo el pan con santa
Clara en uno de sus raros encuentros y discurriendo acerca del amor de Dios.
Para expresar una pasión tan profundamente pura e incorporal será difícil
encontrar una imagen tan cargada de simbolismo e imaginación como la del halo
rojo en torno de las figuras extáticas en la colina: una llama que se alimenta
de nada y que infama el aire mismo.
Pero si la Segunda Orden fue
el memorial de semejante amor tan poco terreno, la Orden Tercera lo fue de una
sólida simpatía por los amores terrenos y las terrenas vidas. Todo el aspecto
de la vida católica de órdenes seglares en contacto con órdenes de clérigos no
es tema que se comprenda fácilmente en países protestantes y al que preste
mucha atención la historia de esa confesión. La visión franciscana que vamos
insinuando tan superficialmente en las presentes páginas nunca fue patrimonio
exclusivo de monjes o por lo menos de frailes. Ha servido de inspiración para
muchedumbres incontables de hombres y mujeres casados corrientes, que vivían
como nosotros aunque lo hicieran de manera enteramente distinta. Aquella
gloria matutina que san Francisco esparció por cielo y tierra se ha paseado
como un brillar secreto del sol sobre multitud de techos y aposentos. En
sociedades como la nuestra nada se sabe de semejante séquito franciscano. Nada
de los oscuros seguidores del Santo y menos aún de otros que fueron bien
conocidos. Si imaginamos el paso por !as calles de una procesión de la Orden
Tercera de san Francisco, las figuras famosas nos sorprenderán más que las
ignotas. Creeríamos asistir al desenmascaramiento de una poderosa sociedad
secreta. Allí cabalga san Luis el gran rey, señor de la alta justicia, cuyas
balanzas estaban cargadas en favor del pobre. Y Dante, coronado de laurel, el
poeta que en su vida apasionada cantó las alabanzas de la Señora Pobreza, de la
que el traje gris está forrado de púrpura y tachonado de gloria por dentro.
Grandes nombres de toda laya aun de siglos más recientes y racionalistas
quedarían al descubierto: el gran Galvani, por ejemplo, padre de la
electricidad, el mago que ha construido tantos sistemas de estrellas y sonidos.
Un séquito tan variado basta para probar que san Francisco no carecía de
simpatía a los ojos del hombre corriente si no lo demostrara ya el conjunto de
su vida.
Pero, en realidad, su vida
lo probó y, si se quiere, en un sentido aún más sutil. Creo que no carece de
verdad la insinuación de uno de los biógrafos modernos del Santo cuando dice
que hasta sus pasiones naturales eran singularmente normales y aun nobles, en
el sentir do de que se volcaban hacia cosas que en sí no eran prohibidas sino
sólo para él. No ha existido hombre en el mundo a quien con menos propiedad se
pueda aplicar la palabra "nostalgia". Aunque su natural mucho tenía
de romántico, nada tuvo de sentimental. No era lo bastante melancólico para
ello. era de temperamento demasiado rápido e impetuoso para entretenerse por
dudas y consideraciones acerca de su carrera, pero se reprochaba duramente por
no llevar una marcha más veloz. Y nos cabe sospechar como algo cierto que
cuando luchó con el demonio, como tiene que hacerlo todo hombre, las
insinuaciones del tentador se referían en gran medida a instintos saludables
que el Santo aprobaría en los demás; en nada debieron de asemejarse a ese
horriblemente decorado paganismo que envió sus diabólicas cortesanas para
tentar a san Antonio en el desierto. Si san Francisco hubiera optado por
complacerse, lo hubiera hecho con los placeres más sencillos. Se inclinaba más
por el amor que por la lujuria y por nada extravagante más allá de unas
campanas repicando a boda. Así lo sugiere esa singular historia de cómo
desafió al demonio modelando figuras de nieve y gritando que ellas le bastaban
por esposa y por hijos. Así lo indica el dicho que empleó cuando reconocía que
no le era imposible sucumbir al pecado. "Todavía podría tener hijos",
casi como si estuviera soñando en hijos más que en la mujer. Y esto, si el
hecho es cierto, da un toque final sobre su verdadero carácter. Tanto abundaba
en él el espíritu de la alborada, tanto lo curiosamente joven y limpio, que aun
lo malo en él era bueno. Como de otros se ha dicho que en sus cuerpos la luz
era tinieblas, así de este espíritu luminoso se puede decir que las mismas
sombras de su alma fueron luz. El propio mal no podía llegarse a él sino bajo
la forma de bien prohibido y sólo podía tentarlo un sacramento.
Capitulo 8
El espejo de Cristo
No es fácil a quien le fue
otorgada la libertad de la fe incurrir en la locas extravagancias por las que,
en tiempos posteriores, franciscanos bastardeados, mejor dicho, 'los fraticelos
intentaron ceñirse por entero a san Francisco como a un segundo Cristo y
creador de un evangelio nuevo. En realidad, semejante idea convierte en
fútiles todos los motivos en la vida de quien la adopta, pues nadie exaltará
con reverencia lo que se propone rivalizar ni profesará seguir lo que se
propone cambiar. Bien lejos de esto, como se verá luego, este pequeño estudio
ha de insistir de manera especial en que fue la sagacidad pontificia lo que
salvó al gran movimiento franciscano para beneficio del mundo entero y la
Iglesia universal, y lo libró de convertirse en ese tipo de secta, gastada y de
segunda mano, que llaman nueva religión. Por ello, cuanto aquí escribamos debe
entenderse no sólo como distinto sino como lo diametralmente opuesto a la
idolatría de los fraticelos. La diferencia entre Cristo y san Francisco es la que
se da entre el Creador y la criatura, y por cierto no ha existido criatura
alguna con mayor conciencia de tan colosal contraste como el mismo san
Francisco. Pero, admitida esta verdad, es cabalmente cierto y de brutal
importancia decir que Cristo fue el dechado que Francisco se propuso imitar,
que en muchos puntos las vidas humanas e históricas de ambos fueron
curiosamente coincidentes y, por encima de todo, que, comparando a Francisco
con nosotros, fue cuanto menos una aproximación muy sublime a su Maestro y, con
todo y ser intermediario y reflejo, un espléndido y aún así misericordioso
espejo de Cristo. Verdad ésta que sugiere otra que estimo ha sido escasamente
advertida pero que resulta un poderoso argumento para demostrar cómo la
autoridad de Cristo se continúa en la Iglesia Católica.
El cardenal Newman en su
penetrante obra de controversia escribió una frase que bien podría constituir
la pauta de lo que queremos significar al decir que el credo de san Francisco
tiende a la lucidez y la valentía lógica. Hablando de la facilidad con que se
puede hacer que la verdad parezca su propia sombra o impostura, Newman dijo:
"Y si el Anticristo es como Cristo, Cristo, supongo, será como el
Anticristo". El sentimiento religioso del hombre simple quizás encuentre
chocante el final de la frase, pero resulta inobjetable excepto para el lógico
que dijo que César y Pompeyo eran muy parecidos... especialmente Pompeyo. La
extrañeza será quizás más leve si digo, cosa que la mayoría de nosotros
olvidamos, que si san Francisco fue como Cristo, en la misma medida Cristo fue
como san Francisco. Y lo que aquí hace a mi propósito es que en realidad
resulta muy iluminador percatamos de que Cristo era como san Francisco. Quiero
decir que si en la historia de Galilea tropezamos con enigmas y palabras duras
de entender y que si para estas palabras y enigmas hay una respuesta en la
historia de Asís, ello demuestra que hay un secreto trasmitido en el tiempo en
una determinada tradición y en ninguna otra y que el arca que se selló en
Palestina se puede abrir en Umbría porque es la Iglesia la guardiana de las
llaves.
Pero, en realidad de verdad,
si siempre pareció natural explicar a san Francisco a la luz de Cristo, no son
muchos los que pasaron a hacerlo al revés y a explicar a Cristo a la luz del
Santo. Quizás la palabra "luz" no sea aquí la metáfora apropiada,
pero lo mismo cabe decir de la aceptada del espejo. San Francisco es espejo de
Cristo como la luna lo es del sol. Es aquélla mucho menor que éste, pero
también está mucho más cerca: aun siendo menos brillante resulta más visible.
En el mismo exacto sentido, san Francisco está más cerca nuestro y, siendo
simple hombre como nosotros, resulta así más imaginable. Abrigando menos
misterios, no nos habla tanto en misterio. Así, en los hechos, muchas cosas
menores que en boca de Cristo parecen enigmas en la de Francisco sólo sonarán a
paradojas típicas. Parece, pues, natural releer los acaecimientos más remotos
con la ayuda de los más recientes. Es un truismo decir que Cristo vivió antes
de la cristiandad; de donde se infiere que como figura histórica fue figura de
la historia pagana. Quiero significar que el medio en que se movió no fue el de
la cristiandad sino el del antiguo imperio pagano y por esto sólo, por no
mencionar la distancia en el tiempo, sus circunstancias nos resultan más
extrañas que las de un monje italiano como cualquiera de los que aun hoy
podemos encontrar a vuelta del camino. Creo que ni siquiera el comentario más
autorizado está capacitado para sopesar con certeza el valor corriente o
convencional de todas las palabras de Cristo ni para determinar cuáles de
ellas fueron quizás una alusión corriente y cuáles una sorprendente fantasía.
Lo arcaico del marco en que fueron dichas permite que muchas se levanten como
jeroglíficos y queden libradas a interpretaciones personales, múltiples y
peculiares. Y, sin embargo, de cada una de ellas no deja de ser verdad que si
las traducimos al dialecto de Umbría que usaron los primeros franciscanos, se
mostrarán como otra parte cualquiera de la historia franciscana: en un sentido
fantásticas sin lugar a dudas pero familiares a carta cabal. Alrededor del
pasaje que incita a la gente a considerar los lirios del campo y copiarlos no
pensando en el mañana, se han tejido toda clase de controversias críticas. El
escéptico vacila entre decirnos que seamos cristianos verdaderos y hagamos lo
que la sentencia dice o explicarnos que esto es imposible. Cuando el tal es
comunista a más de ateo duda por lo general entre censurarnos por predicar lo
impracticable o por no llevar a la práctica de inmediato el dicho., No voy aquí
a discutir ni de ética ni de economía. Dios me libre; voy simplemente a
observar que quienes se sienten perplejos ante el dicho de Cristo ni por un
momento se detendrían antes de aceptarlo si fuesen palabras de san Francisco.
Nadie se va a sorprender al hallar que el Santo dijo: "Hermanitos, os
ruego que seáis prudentes como la hermana Margarita y el hermano Girasol a
quienes el mañana no les quita el sueño y, sin embargo, traen coronas de oro
como los reyes y emperadores o como Carlomagno en todo el esplendor de su
gloria". Mayor desazón y extrañeza se ha suscitado a propósito del
mandato de poner la otra mejilla y dar el manto al ladrón que robó la túnica.
Está muy difundida la idea de que aquí se habla de la maldad de las guerras
entre naciones, tema sobre el que directamente no se ve palabra. Tomada la
frase literal y universalmente implica con más claridad la maldad de toda la
ley y gobierno. Sin embargo, muchos son los pacifistas venturosos a quienes
choca la idea de usar la fuerza bruta de los soldados contra un extranjero
poderoso más que la de aplicar la fuerza bruta de la policía contra un pobre
conciudadano.
Otra vez aquí me contento
con señalar que la paradoja se convierte en perfectamente humana y probable si
es Francisco quien habla con ella a franciscanos. Nadie se sorprenderá leyendo
que el hermano junípero corrió en pos del ladrón que le robara la capucha y le
rogó que llevara también el hábito, pues así lo había ordenado Francisco.
Tampoco a nadie le llamará la atención que el Santo haya dicho a un joven
noble, a punto de ser admitido en su compañía, que lejos de perseguir al ladrón
para recuperar los zapatos debía lanzarse en su seguimiento y brindarle el
regalo de las medias. Nos gustará o no la atmósfera que semejantes hechos
implican, pero por lo menos sabemos de qué atmósfera se trata. Reconocemos en
ellos un rasgo natural y claro como la nota del canto del pájaro: la nota y el
rasgo de san Francisco. Hay en ellos algo de amable burla ante la idea de
posesión, algo de la esperanza de desarmar al enemigo con la generosidad, algo
del sentido del humor que busca sorprender al mundano con lo inesperado y algo
de la alegría de llevar una convicción entusiasta hasta el extremo lógico.
Pero, a fin de cuentas, no tenemos dificultad en reconocer el gesto si leímos
la literatura de los "hermanitos" y del movimiento que nació en
Asís. Parece, pues, razonable inferir que si ese espíritu logró cosas tan
extrañas en tierras de Umbría, el mismo espíritu hubo de hacerlas posibles en
Palestina. Si a tanta distancia oímos nosotros en dos realidades la misma nota
inconfundible y paladeamos el mismo sabor indescriptible no es innatural
suponer que el caso más remoto respecto a nuestra experiencia no es cosa
distinta del que a ella está más próximo. Como todo resulta explicable si
presumimos que Francisco estaba hablando a franciscanos, no es explicación
irracional sugerir que también Cristo hablaba a un grupo escogido al que
cumplía realizar la misma función que los franciscanos. En otras palabras, me
parece natural sostener, como la Iglesia Católica lo ha hecho siempre, que
estos consejos forman parte de una vocación especial para asombro y enseñanza
del mundo. Pero, en todo caso, importa notar que cuando nos damos cuenta de
que estos rasgos singulares, que así encajan unos en otros de manera tan
fantástica, reaparecen después de más de mil años, debemos suponer que los ha
producido el mismo sistema religioso que para sí reclama la autoridad y
continuidad emanadas de los propios escenarios donde por vez primera
aparecieron. Numerosas filosofías repetirán las verdades más triviales del
cristianismo. Pero es la antigua Iglesia la que puede aún sorprender al mundo
con las paradojas del cristianismo. Ubi Petrus ibi Franciscos.
Pero si admitimos que fue en
verdad la inspiración de su divino Maestro la que empujó a Francisco a
realizar esos actos que sólo tienen de particular su rareza y excentricidad,
no podemos dejar de comprender que fue la misma inspiración la que lo llevó a
actos de negación propia y austeridad. Es evidente que esas parábolas
franciscanas del amor a los hombres más o menos lúdricas fueron concebidas
tras un cuidadoso estudio del Sermón de la Montaña. Pero es también evidente
que el Santo llevó a cabo un estudio, aún más minucioso si cabe, sobre el
callado sermón de esa otra montaña, la que llamaron desde antiguo el Gólgota.
Aquí también Francisco repetía la estricta verdad histórica cuando dijo que al
ayunar y sufrir toda humillación sólo quería hacer algo de lo que Cristo hizo,
y aquí nuevamente la aparición de la misma verdad en los dos extremos de la
misma cadena de tradición impone como muy probable el que la tradición ha
preservado la verdad. Pero, por el momento, la importancia de este hecho afecta
al paso siguiente en la historia personal del hombre Francisco.
A medida que más se
patentizaba que el esquema comunitario del Santo era un hecho asegurado y que
se había superado el peligro de un temprano colapso, a medida que se hacía
evidente que ahora existía algo que llamamos Orden de Frailes Menores, fue
acentuándose otra ambición de Francisco más intensa e individual. Tan pronto
como el Santo estuvo seguro de tener seguidores, no se comparó con quienes lo
podían mirar como maestro; lo hizo más y más con su Maestro ante quien se
descubría sólo como siervo. Esta, sea dicho al pasar, es una de las ventajas
morales y aun prácticas del privilegio ascético. Toda otra superioridad puede
ser arrogancia. Pero el santo nunca será arrogante porque se encuentra siempre,
por hipótesis, en presencia de un superior. La objeción que cabe levantar
contra la aristocracia es que es un sacerdocio sin Dios. Pero, de todas
maneras, el servicio a que san Francisco se consagraba cada vez más lo concebía
él por aquel tiempo en términos de sacrificio y crucifixión. Al Santo lo llenaba
el sentimiento de no sufrir lo bastante para ser digno de ser contado entre los
seguidores de su sufriente Dios. Y este período de su historia podemos
sintetizarlo elementalmente como la "búsqueda del martirio".
Esta fue la idea última de
el asunto tan llamativo que fue -la expedición suya entre los sarracenos en
Siria. Había, en verdad, otros elementos en ese proyecto que bien merecen una
comprensión más inteligente de la que por lo común se les dispensó. La idea de
Francisco, por supuesto, implicaba terminar las cruzadas en doble sentido:
lograr su conclusión y conseguir su propósito. Sólo que esto lo quería hacer
mediante la conversión y no por la conquista; vale decir, por medios
intelectuales y no materiales. La mentalidad moderna no es fácil de satisfacer,
y generalmente acusa de feroces los métodos de Godofredo y de fanáticos los de
Francisco. Esto es, que proclama impracticable todo método moral en el preciso
instante en que tacha de inmoral a todo el que resulta practicable. Pero la
idea de san Francisco estaba lejos de ser fanática o forzosamente
impracticable; aunque no cabe descartar que el Santo haya mirado el problema
con simplicidad un tanto excesiva, no poseyendo el saber de su gran heredero
Raimundo Lulio, quien comprendió más pero que ha sido, como el Santo, poco
comprendido. El modo de abordar la empresa fue altamente personal y peculiar,
mas esto puede decirse de cuanto Francisco hizo. En un sentido consistió en
una idea simple, como la mayoría de las suyas, pero que no fue en modo alguno
necia: mucho se puede abogar en favor de ella y aun es posible que hubiera
tenido éxito. Se reducia simplemente a pensar que era mejor crear cristianos
que destruir musulmanes. Si el islam se hubiera convertido, el mundo hubiera
sido inconmensurablemente más unido y feliz; por lo menos se hubieran ahorrado
tres cuartas partes de las
guerras que registra la historia moderna. No era absurdo suponer que esto
podía lograrse sin fuerza militar por misioneros que fueran también mártires.
De este modo la Iglesia había conquistado Europa e igual cabía esperar
respecto a Asia o África. Pero una vez que hayamos admitido todo esto, todavía
queda otro sentido según el cual san Francisco no pensaba en el martirio como
medio para un fin sino casi como fin en sí mismo: en el sentido, quiero decir,
de que para él el fin supremo era seguir de cerca el ejemplo de Cristo. Á
través de todos sus días precipitados e inquietos sonaba un estribillo:
"No he sufrido bastante; no me he sacrificado bastante; ni siquiera soy
digno de la sombra de tu corona de espinas". Vagaba por los valles del
mundo buscando el monte que tiene la silueta de la calavera.
Un poco antes de la partida
final a Oriente se celebró cerca de la Porciúncula una amplia y triunfal
asamblea sin organizar un comisariato. Domingo, el chozas de paja por la forma
en que acampó aquel poderoso ejército. Quiere la tradición que haya sido
entonces cuando Francisco se encontró con santo Domingo por primera y última
vez. Dice ella también, lo que es bastante probable, que el espíritu práctico
del español se sintió casi aterrado ante la devota irresponsabilidad del
italiano que había congregado semejante asamblea sin organizar una comisariato.
Domingo, el español, era, como casi todos los españoles, hombre con mentalidad
de soldado. Su caridad revestía las formas prácticas de la previsión y la
preparación. Pero, prescindiendo de disputas sobre la fe a que tales
incidentes se ven expuestos, santo Domingo no comprendió en este caso el
poder de la simple popularidad generado por la sola personalidad. En todos sus
saltos al vacío, san Francisco poseyó la extraordinaria facultad de caer de pie.
Como un alud la campiña entera se precipitó en ayuda de esta especie de picnic
piadoso proveyendo alimento y bebidas. Los campesinos trajeron carradas de
vino y caza; grandes señores se movían por el lugar cumpliendo menesteres de
siervos. Era una victoria manifiesta para el espíritu franciscano de fe siega
no sólo en Dios sino en el hombre. Por supuesto que abundan las dudas y
discusiones sobre la totalidad del relato y sobre la relación de Francisco y
Domingo, y los hechos sobre el Capitulo de las chozas de paja han sido
contados desde la perspectiva franciscana. Pero el supuesto encuentro merece
mencionarse precisamente porque ocurrió inmediatamente antes de que Francisco
partiera para su cruzada incruenta y, en este momento preciso, se vio, cuentan,
son Domingo a quien tanto se le ha criticado por prestarse a otra cruzada
mucho más cruenta. No hay espacio en este librito para explicar cómo san
Francisco tanto como santo Domingo hubiera aprobado la defensa por las armas de
la unidad cristiana como recurso último. Se requeriría un voluminoso libro en
vez de este pequeño para desarrollar este sólo punto desde sus primeros
principios. Porque la mente está en blanco cuando se trata de la filosofía de
la tolerancia, y el término medio de los agnósticos de épocas resientes no
tiene la mínima noción de lo que quiere decir cuando habla de libertad e
igualdad religiosas. Aprecia la propia ética como autoevidente y la aplica a
todo como al caso de la decencia y del error en la herejía adamítica. Y luego se
siente terriblemente sorprendido si a sus oídos llega que otros, musulmanes o
cristianos, toman también su ética por autoevidente y la aplican a su vez como
al tema de la reverencia o del error en la herejía atea. Y luego termina en
ese camino sin salida, ilógico y parcial, del inconsciente encontrando lo no
familiar, a lo que llama la liberalidad de la propia mente. El hombre medieval
estimó que si el orden social- se funda sobre determinada idea, se debe luchar
por ella, sea la idea tan simple como el islam o tan cuidadosamente equilibrada
como el catolicismo. El. hombre moderno en realidad opina lo mismo, como se ve
a las claras cuando los comunistas atacan las ideas de la propiedad. Sólo que
no lo piensan son igual lucidez porque en realidad tampoco han acabado de
formular su concepto de propiedad. Pero mientras resulta probable que san
Francisco a regañadientes haya coincidido son santo Domingo en que la guerra
por la verdad no era injusta como resorte último; es en cambio cierto que
santo Domingo coincidió entusiastamente son san Francisco sobre que de lejos
era mejor ganar la batalla por la persuasión y el esclarecimiento si era
posible. Santo Domingo se consagró mucho más a persuadir que a perseguir,
pero hubo diferencia en los métodos simplemente porque la había también en los
hombres. En todo lo que san Francisco hizo había algo que llamaría, en el buen
sentido, infantil y hasta terso. Se lanzaba abruptamente a las sosas como si
acabaran de cruzársele en el camino. Y así se arrojó a su empresa mediterránea
son algo del gesto del escolar que se escapa y se lanza a la mar.
En el acto primero de ese
intento Francisco se distinguió de manera característica. Nunca se detuvo a
aguardar presentaciones o tratativas o sostenes importantes que en realidad no
le faltaban por parte de gente responsable y risa. Simplemente vio un barco y
a él se lanzó como lo hizo siempre en todas las sosas. El gesto tuvo el aire
de quien corre una carrera, gesto que hace que toda su vida la leamos como una
escapada y aun literalmente como una fuga. Yacía el Santo como un leño entre el
resto de la sarga son un compañero que arrastró en su prisa; pero, según
parece, el viaje resultó fracasado y errático y acabó en forzado regreso a
Italia. Al parecer, la gran reunión en la Porciúnsula tuvo lugar después de
esta primera salida en falso, y entre ella y el viaje final a Siria hubo
también un intento de conjurar la amenaza musulmana predicando a los moros en
España. De hecho ahí varios entre los primeros franciscanos alcanzaron
gloriosamente el martirio. Pero el gran Francisco todavía avanzaba extendiendo
los brazos a semejantes tormentos y deseando en vano la agonía del martirio.
Nadie como él habrá estado tan pronto a decir que se parecía menos a Cristo que
quienes ya habían encontrado el Calvario; pero guardose para sí este
pensamiento como un secreto, guardóse para sí la más extraña entre las
pesadumbres del hombre.
El siguiente viaje fue más
afortunado por lo que se refiere a llegar al teatro de las operaciones. Arribó
al cuartel general de los cruzados que se hallaba entonces ante la ciudad
sitiada de Damietta y, en su manera rápida y solitaria, siguió camino en busca
del cuartel general de los sarracenos. Logró obtener una entrevista con el
sultán y fue evidentemente durante este encuentro que se ofreció -y algunos
dicen que lo hizo arrojarse el fuego desafiando, como en unas divinas ordalías,
a los maestros religiosos musulmanes a hacer lo mismo. Es muy cierto que a ello
estaba dispuesto al menor aviso. Y, en todo caso, arrojarse al fuego era acción
menos desesperada que lanzarse entre las armas e instrumentos de tortura de una
horda de fanáticos musulmanes y pedirles que renunciaran a Mahoma. Añaden luego
los relatos que los muftis mahometanos se mostraron fríos ante la competición
propuesta y que uno de ellos se retiró calladamente mientras se la discutía,
lo que también parece creíble. Pero, por los motivos que sean, Francisco
evidentemente volvió tan libre como había partido. Algo de verdad ha de haber
en la narración acerca de la impresión personal de Francisco sobre el sultán,
hecho que el narrador presenta como una especie de conversión secreta. Y también
algo de verdad en la sugerencia de que el santo varón se vio inconscientemente
protegido entre aquellos orientales semibárbaros por el halo de su santidad
que en aquellos países, suponen, rodea a los locos. Pero tanto o más verdad se
halla en la explicación más amplia que lo atribuye todo a esa cortesía y
compasión, graciosa bien que caprichosa, que en los sultanes del tipo y
tradición de Saladino se mezclaba con actitudes más salvajes. Finalmente
tampoco es desacertada la sugerencia de que el relato sobre Francisco en Siria
se puede contar como una especie de tragedia y comedia irónica titulada El
hombre que no lograba que lo mataran. Las gentes lo querían tanto por lo que
era que mal podían permitir que muriera por su fe, y así se acogía al hombre y
no a su mensaje. Pero ésto no son más que conjeturas convergentes sobre un gran
esfuerzo difícil de juzgar porque se quebró en su nacimiento mismo como los
principios de un gran puente que pudo unir a Oriente y Occidente y que
perdurará como un gran "pudo-haber-sido" de la historia.
Entre tanto el gran
movimiento daba pasos agigantados en Italia. Apoyado ahora por la autoridad
papal tanto como por el entusiasmo popular y creando una suerte de compañerismo
entre todas las clases, el movimiento franciscano generaba un alboroto de reconstrucción
por todos los costados de la vida social y religiosa, y en especial había
empezado a expresarse a través del entusiasmo por construir, que es una de las
notas de todas las resurrecciones de la Europa occidental. Notable entre otros
fue el magnífico hogar misionero de Frailes Menores que se habían establecido
en Bolonia: un vasto cuerpo de éstos y de fieles simpatizantes formaba
alrededor de la obra un coro de aclamaciones. La unanimidad del canto sufrió
una extraña interrupción. En esta muchedumbre se vio a un hombre solo que se
eregía increpando repentinamente al edificio cual si fuera un templo babilónico
y preguntando con indignación desde cuándo a, la Señora Pobreza se la
escarnecía con el lujo de los palacios. Era Francisco, una figura salvaje, de
regreso de su cruzada oriental. Y aquélla fue la primera y última vez en que
habló con ira a sus hijos.
Algo hemos de decir más
adelante acerca de la seria disparidad de sentimientos y política por la que
algunos franciscanos, y el propio Francisco hasta cierto punto, se separaron
de la política más moderada que a la postre prevaleció. En este lugar baste
observarla como una sombra que cayó sobre el espíritu del Santo tras su
desengaño en el desierto y como preludio en alguna manera de la fase siguiente
en su carrera, que es la más aislada y misteriosa. Es cierto que todo lo que se
relaciona con ese episodio parece envuelto por una nube de discusión, y aun la
misma fecha resulta incierta situándola algunos relatos en momento mucho más
temprano que el aquí adoptado. Pero sea el hecho o no cronológicamente la
culminación de la historia, lo es por cierto desde el punto de vista lógico,
por lo que es mejor indicarlo aquí. Y digo indicar porque en este particular
apenas si caben más que indicaciones siendo todo un misterio, tanto en su más
alto sentido moral cuanto en su más trivial sentido histórico. De todas
maneras, las circunstancias del caso parecen haber sido las siguientes. En el
curso de su habitual vagabundeo, Francisco y un joven compañero pasaron a la
vera de un castillo todo iluminado por la fiesta que daba el señor con motivo
de ser armado caballero uno de los hijos. A esta aristocrática mansión que
tomaba su nombre del Monte Feltro penetraron el Santo y su acompañante con su
manera casual y graciosa, y empezaron a trasmitir las buenas noticas de su
cosecha. No faltó quien oyera al Santo "como si fuera un ángel del
Señor", entre éstos un caballero por nombre Orlando de Chiusi que poseía
extensas tierras en Toscana y que procedió a brindar al Santo un acto de
cortesía singular y hasta diríamos pintoresco. Le ofreció una montaña,
obsequio muy único en el mundo si los hay. Presumiblemente la regla franciscana
que prohibía aceptar dinero nada había previsto en cuando a aceptar montañas,
Y en realidad, san Francisco sólo aceptó el regalo como había hecho con todo lo
demás: por temporaria conveniencia más que como posesión personal, y lo
convirtió en refugio para una vida más eremítica que monástica: allí se
retiraba cuando apetecía una vida de oración y ayuno que no pedía ni a sus más
cercanos amigos. Aquel refugio era el Alvenio de los Apeninos, y en su cima se
cierne por siempre una oscura nube circundada de un borde o halo de gloria.
Lo que allí aconteció no se
sabrá nunca con exactitud. El tema, según tengo entendido, ha sido materia de
discusión entre los más devotos estudiosos de tan santa vida y entre éstos y
los de condición y mente más secular. Es posible que san Francisco nunca haya
hablado a nadie del asunto; su silencio no sería en nada ajeno a su
idiosincrasia, y creo, lo que quizás no pase de suposición, que a lo sumo a no
más de una persona habló el Santo de ello. Bajo inventario, pues, de tan
santas dudas confieso que, en mi opinión, este testimonio solitario e
indirecto suena a relato de hecho real, a relato de esas cosas que son más
reales que las que llamamos nosotros realidades. Y aún ese algo borroso y
extraño, por así decirlo, que se observa en él parece destinado a trasmitir la
impresión de una experiencia que sacude los sentidos, como lo hace aquel pasaje
del Apocalípsis que habla de criaturas sobrenaturales llenas de ojos. Al
parecer, Francisco contempló los cielos, por encima de él, ocupados por un
dilatado ser alado, cual serafín, que se extendía por el cielo en forma de
cruz. Es un misterio si la figura estaba en realidad crucificada o en actitud
de crucifixión o se encerraba meramente bajo la estructura de sus alas un
colosal crucifijo. Pero parece claro que, de estas posibilidades la primera
fue la real pues san Buenaventura claramente dice que san Francisco dudaba y se
preguntaba cómo un serafín podía estar crucificado ya que aquellas antiguas y
terroríficas potestades estaban exentas de las debilidades de la Pasión. San
Buenaventura sugiere que la aparente contradicción puede significar que san
Francisco tuvo que ser crucificado como espíritu ya que no pudo serlo como
hombre; pero cualquiera sea el sentido de la visión, la idea general es muy
nítida y apabullante. San Francisco vio encima suyo llenando todo el firmamento
una vasta potestad, inmemorial e impensable, antigua como el Anciano de días,
del que la placidez los hombres concibieron bajo las formas de bueyes alados o
querubines monstruosos, y toda esta maravilla alada se agitaba en el
sufrimiento como pájaro herido. El dolor seráfico, dicen, atravesó el alma del
Santo con una espada de pesar y compasión, y cabe suponer que alguna forma de
creciente agonía acompañó al éxtasis. Desvanecióse por fin aquella visión en
el cielo y cálmose la agonía interior, y el silencio y el aire llenaron el
crepúsculo matinal y se cernieron lentamente por sobre los lagos purpúreos y
las escarpadas cimas de los Apeninos.
La cabeza del solitario se
reclinó sumida en calma y quietud donde el tiempo transcurría con apariencia de
lo definitivo y consumado, y al bajar los ojos vio las marcas de los clavos en
las propias manos.
Capítulo 9
Milagros y muerte
La terrible historia de los
estigmas de san Francisco con que terminaba el capítulo anterior fue también el
final de la vida del Santo. En pura lógica, lo hubiera sido aún si hubiera
ocurrido en el principio. Pero las tradiciones más verídicas la sitúan en fecha
tardía y sugieren que los restantes días en la vida sobre la tierra de
Francisco fueron como el deslizarse de una sombra. Sea exacta la insinuación de
san Buenaventura de que san Francisco en su visión seráfica vio como un vasto
espejo de la propia alma, de esa alma capaz de sufrir cuanto menos como un
ángel ya que no como un dios, o exprese bajo imágenes más primitivas y
colosales que el arte común de la cristiandad la primordial paradoja de la
muerte de Dios, es evidente, por sus consecuencias tradicionalmente admitidas,
que para la vida de Francisco tuvo la visión el significado de corona y sello.
Según parece, después de ella haya que situar los principios de su ceguera.
Pero este episodio ocupa, en
este esbozo tosco y limitado, un lugar distinto y no menos importante.
Constituye la ocasión propicia para estudiar brevemente y en conjunto todos
los hechos o fábulas de otro aspecto en la vida del Santo, no sé si el más discutible
pero sí el más discutido. Me refiero a todo el volumen de testimonios y
tradiciones sobre sus poderes milagrosos y experiencias sobrenaturales, con lo
que hubiera sido fácil engalanar cada página de esta historia si no fuera que
circunstancias obligadas de este tipo de narración no aconsejaran componer,
aunque sea desordenada mente, todas esas joyas en un ramillete.
He adoptado aquí este método
para dar cabida a un prejuicio. Un prejuicio, ciertamente, que lo es, en buena
medida, del pasado y que tiende palmariamente a desaparecer en tiempos de mayor
ilustración y especialmente de mayor amplitud del conocimiento y la
experimentación científica. Pero es un prejuicio que aún perdura en mucha gente
de la generación más vieja y que es tradicional en mucha de la más joven. Me
refiero, por supuesto, a lo que suele llamarse la creencia de que "los
milagros no acontecen", como creo que dijo Matthew Arnold haciéndose eco
de la visión de tíos y parientes de la época victoriana. En otras palabras, se
trata de los resabios de esa simplificación escéptica por la cual filósofos de
principios del siglo dieciocho popularizaron, aunque por poco tiempo, la
creencia de que habíamos descubierto las regulaciones del cosmos como
mecanismos de un reloj, de un reloj por lo demás sencillo ya que no era difícil
descubrir con una simple ojeada lo que podía caber o no caber en la experiencia
humana. Debería recordarse que éstos escépticos, fruto maduro de la edad
dorada del escepticismo, menospreciaban por igual las primeras invenciones de
la ciencia y las vetustas leyendas de la religión. Cuando contaron a Voltaire
que se había encontrado el fósil de un pez en los picos de los Alpes, se rió
abiertamente del caso e ironizó sobre algún monje o ermitaño dado al ayuno que
habría arrojado por allí las espinas del pescado... posiblemente para perpetrar
otro fraude frailuno. Nadie ignora hoy que la ciencia se ha vengado del
escepticismo. La frontera entre lo creíble y lo increíble otra vez se ha ido
haciendo imprecisa y vaga como pudo serlo en la penumbra de los tiempos
bárbaros; pero lo creíble crece ahora y se hunde en lo increíble. En tiempos de
Voltaire un hombre no sabía cuál sería el próximo milagro del que tendría que
desentenderse. El de hoy ignora cuál será el próximo que tendrá que tragar.
Pero mucho antes de que
acaecieran estas cosas, en los días de mi mocedad en que divise por primera vez
la figura de san Francisco, muy lejos y a la distancia, atrayéndome sin embargo
a pesar de ella, en esos días victorianos donde las virtudes de los santos se
separaban meticulosamente de sus milagros, ya me sentía perplejo por la manera
en que el método se podía aplicar a la historia. Para entonces, y tampoco
ahora, no lograba comprender los principios por los que se separa y elige en
las crónicas del pasado que parecen de una sola pieza. Todo nuestro
conocimiento de determinados periodos históricos, y de manera notable el de
todos los tiempos medievales, descansa sobre crónicas concatenadas escritas por
gentes de las cuales unas son innominadas y todas están muertas y a las que en
ningún caso podemos someter a interrogatorio y en algunos ni siquiera
corroborar. Nunca pude entender con que derecho los historiadores aceptan de
ellas cantidad de detalles como decididamente verídicos y como por encanto niegan
su veracidad cuando uno de ellos es preternatural. No me lamento de que sean
escépticos: lo que me sorprende es por que los escépticos no lo son más. Puedo
comprenderlos cuando dicen que detalles semejantes sólo pudieron incluirse en
una crónica si ésta fue escrita por lunáticos o por mentirosos; pero en este
caso la única inferencia válida es que la crónica fue escrita por lunáticos o
por mentirosos. Tales historiadores escribirán, por ejemplo: "No le fue
difícil al fantismo frailero difundir la noticia de que en la tumba de Thomas
Becket se obraban milagros". ¿Por que de la misma manera no escriben:
"No le fue difícil al fanatismo frailero difundir la noticia de que en la
cuatro caballeros de la corte del rey Enrique habían asesinado a Thomas Becket
en la catedral"? Escribirán también algo como esto: "La credulidad de
la época aceptó sin titubeos que Juana de Arco por divina inspiración señaló
quién era el Delfín, aun cuando iba éste disfrazado". ¿Por qué en virtud del
mismo principio no dicen: "La credulidad de la época llegaba hasta creer
que una oscura muchacha campesina pudo obtener audiencia en la corte del
Delfín"? Y así, en el presente caso, cuando califican de historia
extravagante la de san Francisco que se arroja al fuego y de él sale ileso,
¿qué principio concreto les impide llamar de igual manera el relato que habla
del Santo lanzándose al campo de los feroces mahometanos y retornando sano y
salvo? Lo único que pido es que me informen, por que no logro, yo por lo menos,
ver lo racional de la cosa. Me atrevo a decir que ninguno de los contemporáenos
escribió palabra sobre san Francisco sin creer en historias milagrosas y sin
atreverse a contarlas. Quizás sea todo fábulas frailunas y nunca existió un san
Francisco, un santo Tomás Becket o una Juana de Arco. Sin duda, esto es una
reductio ad absurdum, pero es una reductio ad absurdum del sistema que
considera absurdos todos los milagros.
Y, en pura lógica, este
método de selección conduciría a los más extravagantes absurdos. Una historia
intrínsecamente increíble sólo puede significar que la autoridad que la funda
no merece crédito. Nunca puede significar que otras partes distintas de ella
deban aceptarse con absoluta credulidad. Si alguien dijera que encontró un
hombre con pantalones amarillos que se empeñaba en dar saltos cabeza abajo, ni
le exigiríamos jurar sobre la Biblia ni estar dispuesto a morir en la hoguera
por haber afirmado que llevaba pantalones amarillos. Si alguien clamase haber
ascendido en un globo azul y hallado que la luna estaba hecha de queso verde no
le tomaríamos precisamente declaración jurada sobre lo azul del globo o lo
verde de la luna. Y la verdadera conclusión lógica de andar sembrando dudas en
cosas como los milagros de san Francisco tiene que sembrarlas sobre la propia
existencia de hombres como él. Y, en realidad, hubo un momento en la vida
moderna, tiempo de pleamar de un insano escepticismo, en que cosas así se
dijeron o hicieron. Por ahí andaba la gente afirmando que nunca existió san
Patricio, lo que es un despropósito humano e histórico tan monumental como
suponer que no existió la persona que llamamos Francisco. Hubo un tiempo, por
ejemplo, donde la locura de la explicación mitológica evaporó buena parte de
sólida historia bajo el calor y el brillo universal y lujuriantes del
"mito solar". Creo que este sol tan particular ya se ha puesto, pero
muchos son las lunas y los meteoros que ocuparon su lugar.
Sin duda que san Francisco
constituiría un magnífico "mito solar". ¿Cómo perder la oportunidad
de considerar "mito solar" a quien lo conocen por un cantar llamado
el Cántico del sol? Es innecesario señalar que de este sol el fuego en Siria
sería el nacimiento por Oriente y las sangrientas llagas de Toscana el ocaso
por Occidente. Podría explayar esta teoría con gran cuidado, sólo que, como por
común ocurre con teorizantes tan afinados, otra teoría cruza por mi mente más
prometedora. No acabo de maravillarme de que a nadie, ni siquiera antes a mí,
se le hubiera ocurrido la idea de que toda la historia de san Francisco tiene
origen totémico. Sin discusión éste es un relato simple donde pululan los
tótem. De ellos están llenos los bosques franciscanos como cualquier fábula de
pieles rojas. A Francisco se lo hizo llamar a sí mismo asno porque en el mito
original tal era el nombre de un asno real, de cuatro patas, que luego se
transformó vagamente en dios o héroe semihumano. Y a esto se debe sin ligar a
dudas el que yo haya descubierto cierta similitud entre el hermano Lobo y la
hermana Avecilla de san Francisco y el Brer Fox (hermano Zorro) y el Brer
Rabbit (hermano conejo) de los cuentos infantiles. Algunos creen que hay un
momento de la infancia en que de verdad creemos que los conejos hablan y el
zorro puede ser un grumete. Será así, no lo se; pero sí existe un período
inocente del crecimiento intelectual en que creemos a veces de verdad que san
Patricio fue un mito solar o san Francisco un tótem. Pero para la mayoría de
nosotros atrás quedaron tales fases del paraíso.
Según aclararé muy pronto,
hay un aspecto en que por razones prácticas podemos distinguir entre lo
probable y lo improbable en los relatos sobre milagros de san Francisco. No se
trata aquí tanto de crítica cósmica acerca de la naturaleza de los hechos cuanto
de crítica literaria acerca de la naturaleza del relato. De éstos unos se
cuentan con seriedad mayor que otros. Pero, aparte de esto, no intentaré
ninguna otra diferenciación entre ellos. No lo haré por un motivo práctico que
relaciono con la utilidad del procedimiento; quiero decir que en la práctica
todo el tema se agita en estado de ebullición de donde pueden salir muchas
cosas moldeadas en formas que el racionalismo denominaría monstruos. Los
puntos cardinales de la fe y de la filosofía, en realidad, no cambian nunca.
Que se acepte que el fuego puede dejar de quemar en algunos casos, depende de
la razón por la que uno cree que lo hace habitualmente. Si se acepta que entre
diez ramas el fuego quema nueve porque tal cosa está en su naturaleza o
destino, se sigue que la décima arderá también. Si nueve son las que arden
porque tal es la voluntad de Dios bien puede ser que sea voluntad de Dios que
la décima quede intacta. Sobre la razón del acaecer de las cosas, nadie puede
ir más allá de esta diferencia fundamental, y tan racional es para el teísta
creer en milagros como para el ateo no admitirlos. En otras palabras, sólo
existe unas razón inteligente para no creer en milagros: creer en el
materialismo. Pero estos puntos cardinales de la fe y la filosofía son
emprendimientos teóricos y no tienen cabida aquí. Y, en cosas de historia y
biografía, que sí caben aquí, nada hay definitivamente fijo. El mundo es un
crisol de lo posible y lo imposible, y nadie sabe cuál será la próxima
hipótesis científica para sustentar supersticiones antiguas. Las tres cuartas
partes de los milagros atribuidos a san Fancisco los explicarán los psicólogos
no como lo hace el católico sino como necesariamente se negará a explicarlos
el materialista. Hay todo un grupo de milagros franciscanos que podríamos
agrupar como "milagros de curación". ¿Qué gana declarándolo
impensables el escéptico superior cuando la cura por la fe es un floreciente
negocio yankee como el Circo Barnum? Otro grupo de milagros similares a los que
se relatan de Cristo lo forma la "percepción del pensamiento de los
hombres". ¿A qué censurarlos y suprimirlos porque se los presenta como
milagros cuando la lectura del pensamiento es hoy un juego de salón tanto como
las sillas musicales? Encontramos también otro grupo que habría que estudiar
por separado si es que el estudio científico de los mismos fuera posible e
incluye las maravillas perfectamente atestiguadas obradas por las reliquias
del Santo u otros fragmentos de posesiones suyas. ¿Por qué pasarlos por alto y
tenerlos por inconcebibles cuando en estas mismas reuniones son comunes trucos
psíquicos mediante el tacto de objetos familiares o teniendo en la mano alguna
pertenencia personal? Por supuesto que no creo que esos trucos sean de igual condición
que las buenas obras de un santo como no sea en el sentido de diabolus simios
Dei (el diablo es el mono de Dios). Pero no se trata ahora de lo que yo creo y
de su por qué sino de lo que no cree el escéptico y su porqué. Y la moraleja
para el biógrafo o historiador que se ciñen a los hechos es que hay que
esperar hasta que las cosas se aquieten un poco antes de proclamar que no se
cree en nada.
Estando así las cosas, puede
uno elegir entre dos caminos, y entre ellos he elegido aquí yo, no sin cierta
vacilación, la vía mejor y la más audaz: narrar la totalidad de la historia
de manera directa,. sin omitir milagros ni todo lo demás, tal como hicieron
los historiadores primitivos. Y probablemente a este camino más saludable y
sencillo tendrán que volver los nuevos historiadores. Pero tengo que recordar
que este libro no pasa de ser -y lo confieso abiertamente- una introducción a
san Francisco o a su estudio. Quienes requieran una introducción son por su
condición extraños al tema. Ante ellos el propósito del autor es llevarlos a
oír siquiera al Santo y, para lograrlo, se justifica que los hechos se ordenen
de manera que lo familiar preceda a lo que no lo es y lo comprensible sin
problema a lo de difícil entendimiento. Me consideraré muy satisfecho si este
esquema incompleto y superficial encierra por lo menos una linea o dos que
muevan a la gente a estudiar por su cuenta a san Francisco, pues, si así lo
hacen, pronto verán que el lado sobrenatural de su historia es tan natural como
todo lo demás. Pero se imponía que mi estudio se ciñese a los aspectos
meramente humanos del personaje ya que quería presentarlo como un llamado a
la humanidad entera incluida la humanidad escéptica. Adopté, en consecuencia,
el segundo camino mostrando primero que nadie que no sea loco puede dejar de
comprender que Francisco de Asís fue un ser humano muy real e histórico, para
luego resumir brevemente en el presente capitulo los poderes sobrenaturales
que formaron ciertamente parte de esa historia y de esa humanidad. Sólo me
resta decir una pocas palabras sobre una distinción que cualquiera observará
sin dificultad en este tema, sea la que fuere su ideología: se trata de no
confundir el momento culminante en la vida del Santo con las fantasías y
rumores que en realidad sólo constituyeron los ribetes de su fama.
Hay una masa ingente de
leyendas y anécdotas acerca de san Francisco de Asís y son tantas y tan
admirables las compilaciones que las reúnen en su casi totalidad que me he
visto obligado a adoptar, dentro de los estrechos límites del presente trabajo,
una política restrictiva: seguir una linea de explicación y mencionar sólo
ocasionalmente alguna anécdota para ilustrar ¡os dichos. Si esto vale para
todas las leyendas y anécdotas, conserva una especial verdad cuando se trata de
leyendas milagrosas y relatos sobrenaturales. Si algunas anécdotas las
tomásemos tal cual se cuentan, nos dominaría la impresión harto desconcertante
de que la biografía contiene más acontecimientos sobrenaturales que naturales.
Y bien, claramente va contra la tradición católica, en tantos puntos
coincidente con el sentido común, suponer que ésta es la proporción que
guardaron los hechos en la vida humana real. Además, aún teniéndolos por
sobrenaturales o preternaturales los relatos se distribuyen en clases
distintas no tanto por nuestra experiencia de los milagros cuanto por nuestra
experiencia de los relatos históricos. Algunos tienen todos los rasgos de
cuentos de hadas más por la forma que por el argumento. Son anécdotas
contadas junto al hogar a labriegos o hijos de labriegos sin pretensiones de
sentar una doctrina religiosa para su aceptación o rechazo sino con el
propósito único de redondear una historia de la manera más simétrica en
conformidad con el esquema o pautas decorativas de todos los cuentos de hadas.
En otros su forma está obviamente destinada a presentar una evidencia; es
decir: son testimonios de una verdad o una mentira, y a un juez de la
naturaleza humana se le hace difícil pensar que son puro cuento.
Se admite que el relato de
los estigmas no es una leyenda y que sólo puede ser una mentira. Quiero decir
que no es ciertamente un agregado legendario y tardío que se añade a la fama de
san Francisco, sino algo que tuvo origen ya en sus primeros biógrafos. En la
práctica sólo queda suponer una conspiración, y de hecho ha habido cierta
disposición para responsabilizar del fraude al infortunado Elías, a quien
tantos escritores reputan como un muy útil villano universal. Se ha dicho, es
verdad, que los primeros biógrafos, sean Buenaventura, Celano y los "Tres
Compañeros", si bien declaran que san Francisco recibió las míticas
llagas, en ningún lugar dicen haberlas visto ellos mismos. No considero
concluyente el argumento, porque que sea así deriva solamente de la propia
naturaleza de la narración. Los Tres Compañeros en ningún momento están
haciendo una deposición jurada, y por ende ninguna de las partes admitidas de
su relato tiene forma tal. Están escribiendo una crónica en una descripción
comparativamente impersonal y muy objetiva. No dicen: "Vi las llagas de
san Francisco", sino "san Francisco recibió las llagas". Pero
tampoco escriben: "Vi a san Francisco marchar a la Porciúncula",
sino: "san Francisco marchó a la Porciúncula". Y nadie me hará
entender la razón por la que se los acepta como testigos presenciales y
confiables de una cosa y se los rechaza en la otra. Su trabajo es de una sola
pieza, y se vería como una interrupción abrupta y poco normal en la manera de
contar si de repente empezasen a jurar y perjurar, a dar sus nombres personales
y su dirección y a pronunciar solemne juramento de que ellos mismos en persona
vieron y verificaron los hechos en cuestión. Creo, pues, que esta discusión nos
vuelve al problema general que ya he mencionado, al problema del por qué hemos
de dar algún crédito a estas crónicas si abundan en relatos de lo increíble.
Pero, a su vez, probablemente esto nos lleve en última instancia al simple
hecho de que hay hombres que no pueden creer en milagros porque son materialistas.
Lo que no carece de lógica; pero los tales están obligados a negar lo
preternatural tanto en el testimonio de un profesor científico moderno como en
n el de un cronista monacal medieval. Y en nuestro, tiempo se encontrarán con
buen número de profesores a quienes contradecir.
Pero opínese lo que se
quiera de este sobrenaturalismo, en el sentido relativamente material y popular
de los hechos sobrenaturales, equivocaremos lo esencial de san Francisco,
especialmente de san Francisco después del Alverno, si no nos damos cuenta de
que el Santo estaba viviendo una vida sobrenatural. Y en realidad cada día
había en él más y más sobrenaturalismo de este género a medida que se acercaba
la muerte. Lo que no lo apartaba de lo natural porque todo su enfoque lo
llevaba a ver lo sobrenatural como algo que 1 lo unía de manera más perfecta a
lo natural. Lo sobrenatural no lo hacía lúgubre o deshumanizado, porque todo
el sentido de su mensaje consistía en que el misticismo hace al hombre alegre
y humano. Pero lo central en su actitud y el sentido total de su mensaje se
reducía a creer que todo en el se debía a un poder sobrenatural. Y si esta
distinción tan simple no fuera evidente por la totalidad de su vida, difícil
será que no la note quien lee el relato de su muerte.
Puede decirse en un sentido
que muriendo el Santo estuvo vagando como vagando anduvo en vida. A medida
que se hacía más evidente que su salud se quebrantaba, lo llevaron, según
parece, de lugar en lugar como a un trofeo de enfermedad o casi como a un
trofeo de mortalidad. Estuvo en Rieti, en Nursia, quizás en Nápoles,
ciertamente en Cortona junto al lago de Perugia. Pero hay algo profundamente
patético y pletórico de problemas en el hecho de que al final la llama de su
vida pareciera avivarse y regocijarse su corazón cuando divisó a lo lejos sobre
la colina de Asís los solemnes pilares de la Porciúncula. El que se hizo
vagabundo por causa de una visión, el que se negó a sí mismo todo sentimiento
de posesión y lugar, el que tuvo por evangelio y gloria ser hombre sin hogar,
recibió, como un golpe avieso de la naturaleza, la nostalgia del hogar.
También él sufría su maladie du cloche, su enfermedad del campanario, aunque
era éste más elevado que los nuestros. "Nunca -gritó con la súbita energía
de los desprendáis de este lugar. Vayáis donde vayáis o hagáis cualquier
peregrinación, volved siempre a vuestro hogar, porque ésta es la santa casa de
Dios". Y pasó la procesión bajo los arcos de su hogar; se tendió el Santo
en el lecho y en derredor se juntaron los hermanos para la última vela. No
considero que sea éste el momento para entrar en disputas sobre a cuáles
sucesores bendijo o en qué forma y con qué significado. En aquel momento
solemne nos bendijo a todos.
Habiéndose despedido de
algunos de sus amigos más íntimos y, sobre todo, de los más antiguos, le
bajaron del rudo lecho a ruego suyo y lo dejaron en el desnudo suelo, y algunos
dicen que sólo vestía una camisa de crin como el día primero en que marchó a
los bosques invernales alejándose de su padre. Era la última afirmación de su
gran idea fija: la alabanza y la acción de gracias elevándose a su más alta
culminación desde la desnudez y la nada. Mientras allí yacía, podemos tener la
certidumbre de que aquellos ojos quemados y ciegos nada vieron sino su objeto y
origen. Podemos tener la certidumbre de que, en aquella última e inconcebible
soledad, su alma estuvo cara a cara frente al mismo Dios encarnado y frente a
Cristo crucificado. Pero para los hombres que estaban junto a él otros deben
haber sido los pensamientos que se entrecruzaban: recuerdos que se agolpaban
como duendes en el crepúsculo al desvanecerse el día y descender la gran
tiniebla en la que todos perdimos un amigo.
Porque quien allí yacía no
era Domingo, el Mastín de Dios, capitán en guerras lógicas y controversias
sabias que podían reducirse a plan y como tal desplegarse, dueño de una
máquina de disciplina democrática mediante la cual otros podían organizarse a si
mismos. El que salía del mundo era un hombre, un poeta, un vigía en la vida
como una luz que va pasando, inquieta, sobre la tierra y el mar, algo que no
se reemplazará ni repetirá mientras dure la tierra. Se ha dicho que no existió
más que un cristiano, y murió en la cruz; es más exacto decir en este sentido
que sólo hubo un franciscano verdadero y se llamó Francisco.
Por grande y festiva que sea
la obra popular que Francisco dejó, hay algo que no pudo dejar, como el pintor
de paisajes no puede dejar sus ojos por testamento. Fue un artista en la vida
y lo llamaron para que lo fuera también en la muerte, y le asistía mejor razón
que a Nerón, su contrafigura, para decir: "Qualis artijex pereo"
(muero como un artista). Pues la vida de Nerón como la de un actor estuvo llena
de poses adoptadas para la ocasión y la del hijo de Umbría tuvo gracia natural
y continua como la de un atleta. Pero san Francisco tenía mejores cosas que
decir y hacer y sus pensamientos ascendieron donde no podemos seguirlo, a
alturas vertiginosas y divinas donde sólo la muerte puede elevarnos.
Alrededor del Santo estaban
los frailes con su hábito pardo, aquellos que le amaron aun cuando luego
disputaran entre si. Estaba Bernardo, su primer amigo, y Angelo que le había
servido de secretario, y Elías, su sucesor, al que la tradición intentó convertir
en una especie de judas pero que, al parecer, no pasó de ser un directivo que
ocupó el puesto para el que no estaba preparado. La tragedia de Elías fue
llevar hábito franciscano sin tener corazón de ello teniendo por lo menos una
cabeza con poco de tal. Si como franciscano bien poco tuvo de bueno, pudo haber
sido un dominico decente. De todos modos, no cabe duda de que amaba a
Francisco si hasta los rufianes y salvajes lo hicieron. Y de todas maneras, de
pie se mantuvo junto a los demás mientras pasaban las horas y se dilataban las
sombras en la casa de la Porciúncula, y no hay razón para pensar tan mal de él
hasta suponer que sus pensamientos vagaban ya entonces por el tumultuoso
porvenir entre las ambiciones y controversias de años futuros.
Quién nos impide imaginar
que las aves conocieron el momento en que todo aconteció y que se
estremecieron en el cielo. Como una vez, según refiere la historia, se
dispersaron a los cuatro vientos en forma de cruz a una señal del Santo, ahora
quizás escribieron con lineas de puntos negros un presagio más terrible sobre
el azul del cielo. Y en lo profundo del bosque, quizás se escondían pequeñas
criaturas temerosas a quien ya nadie reconocería ni comprendería como Francisco
lo había hecho. Se dice que los animales tienen a veces conciencia de cosas
ante las que los hombres, sus superiores espirituales, permanecen por el
momento ciegos. Ignoramos si un escalofrío sacudió a los ladrones, los
vagabundos, los proscriptos anunciándoles lo que le acontecía a quien nunca
les desdeñó. Más por lo menos en los pasadizos y pórticos de la Porciúncula se
desplomó un súbito silencio, y todas las pardas figuras quedaron inmóviles como
estatuas de bronce. Porque ya no latía aquel gran corazón que no se quebró
hasta que contuvo el mundo entero.
Capítulo 10
El testamento de san
Francisco
Triste ironía es, en cierto
sentido, que san Francisco, quien toda la vida deseó la concordia entre los
hombres, tuviera que morir entre crecientes disputas. Empero, no hemos de
exagerar el desacuerdo, como algunos han hecho, al punto de convertirlo en simple
derrota de todos los ideales del Santo. Hay quienes presentan su obra como
arruinada por la maldad del mundo o por la de la Iglesia, que para ellos
siempre es mayor.
Este librito es un ensayo
sobre san Francisco y no sobre la Orden franciscana y menos aún sobre la
Iglesia o el papado o sobre la política adoptada frente a los franciscanos
radicales o fraticelos. Lo único, pues, que se impone anotar aquí en pocas palabras
es la naturaleza general de la controversia desatada tras la muerte del gran
Santo y que en el alguna medida turbó también sus últimos días. El punto
dominante del problema fue la interpretación del voto de pobreza o el rechazo
de toda clase de posesiones. Que yo sepa, nadie propuso nunca intervenir en el
voto de cada fraile individual por el que se obligaba a no tener posesiones
personales. Vale decir que a nadie se le ocurrió modificar el voto en cuanto
negación de la propiedad privada. Pero algunos franciscanos, invocando en su
favor la autoridad de san Francisco, avanzaron más y fueron más lejos de lo
que, en mi parecer, nadie se ha atrevido. Propusieron abolir no sólo la
propiedad privada sino la misma propiedad. Quiero decir que se negaron a ser
corporativamente responsables por nada: edificio, provisiones, herramientas; se
negaron a ser propietarios colectivamente de las cosas aunque en tal carácter
las usaran. Es verdad justa y acabada que muchos, sobre todo entre los primeros
partidarios de semejantes ideas, fueron hombres de espíritu magnánimo y
desinteresado y consagrados por entero a los ideales del Santo. Pero también
es cierto que el papa y las autoridades eclesiásticas consideraron que esta
visión no representaba un arreglo practicable y la modificación al punto de
suprimir algunas cláusulas en el testamento de Francisco. Y en verdad no era
fácil apreciar si el arreglo resultaba viable o ver siquiera que era eso,
porque en realidad lo que se proponía era la negación de todo arreglo. Todo el
mundo sabía, naturalmente, que los franciscanos eran comunistas; pero lo que se
proponía más tenía de anarquismo que de comunismo. Con seguridad y por encima
de todo argumento, algo o alguien tenía que ser responsable por lo que
sobreviniera o concerniera a edificios históricos y bienes y posesiones
corrientes. Muchos idealistas de cuño socialista, destacadamente los de la
escuela de Mr. Shaw o de Mr. Wells, han tratado de esta disputa como si
hubiera sido un caso más de pontífices opulentos y perversos aplastando el
verdadero cristianismo de los socialistas cristianos. Pero en realidad ese
ideal extremo de que hablamos era, en un sentido, el cabal reverso de lo
socialista y aun de lo social. Lo que rechazaban aquellos entusiastas era la
propiedad social, idea sobre la que se construye el socialismo;
primordialmente se negaban a hacer lo que es la razón primordial del ser
socialista; poseer legalmente en su capacidad corporativa. Tampoco es verdad
que el tono con que los papas se dirigieron a esos entusiastas haya sido severo
y hostil. Por largo tiempo el papa mantuvo un compromiso destinado de modo
especial a acallar las objeciones de su conciencia, un compromiso que incluía
el que el propio papado conservaba, en una especie de fideicomiso, la
propiedad que sus dueños se negaban a tocar. A decir verdad, este incidente
demuestra dos cosas, muy comunes en la historia de la Iglesia Católica pero
poco entendidas por la historia periodística de la civilización industrial. Que
a veces los santos son grandes hombres cuando los papas son pequeños. Pero
también que a veces los grandes hombres se equivocan donde aciertan los
pequeños. Y, al fin de cuentas, al observador honrado y clarividente que
contempla las cosas desde afuera le será difícil negar el derecho que asistía
al papa cuando insistió que el mundo no se hizo solo de franciscanos.
Por que era esto lo que se
ocultaba tras la discusión. En el fondo de este problema particular se escondía
algo más amplio e importante cuyo palpitar se siente al leer la controversia.
Casi me atrevería a expresar la verdad última del caso en términos como éstos.
San Francisco fue un hombre tan grande y original que tenía algo de lo que
distingue al fundador de una religión. Y, en su corazón, muchos entre sus
seguidores estaban dispuestos a tratarlo como tal. Deseaban que el espíritu
franciscano emergiera del cristianismo como el espíritu cristiano lo había
hecho del judaísmo liberándose de él. No le disgustaba a este franciscanismo
eclipsar al cristianismo como éste a Israel. Francisco, el fuego que corrió por
los caminos de Italia, debía ser principio de un incendio que consumiría la
antigua civilización cristiana. Esto era lo que tenía que resolver el papa: si
el cristianismo tenía que absorber a Francisco o Francisco al cristianismo. Y
decidió según razón, aún sin contar con que era deber de su cargo: porque la
Iglesia puede acoger en su seno todo lo que es bueno en los franciscanos pero
los franciscanos no pueden hacer lo mismo con todo lo que es bueno en la
Iglesia.
Hay una consideración que,
con ser suficientemente clara en el conjunto de la historia, no ha sido quizás
lo bastante acotada, en especial por quienes no saben apreciar un cierto
sentido común católico más amplio que el entusiasmo franciscano. No obstante,
deriva ella de los propios méritos del hombre que con tanta razón admiran.
Francisco de Asís, como dijimos una y otra vez, fue un poeta; esto es, un
hombre que podía expresar su personalidad. Ahora bien, es característico de
este tipo de hombres que sus mismas limitaciones los engrandezcan. El santo es
quien es no sólo por lo que tiene sino también por sus carencias. Pero los que
son límites en un retrato tan personal no pueden serlo para el resto de la
humanidad. San Francisco es un ejemplo poderoso de esa cualidad en el hombre de
genio, por la que en él aún lo negativo es positivo como. parte de su
carácter. Y una hermosa ilustración de lo que quiero decir la brinda la actitud
el Santo frente al saber y la cultura. Ignoró los libros y el estudio y hasta
cierto punto desalentó su frecuentación, y desde su punto de vista y el de su
obra en el mundo no le faltaba razón. Toda la miga de su mensaje se reducía a
que fuera éste tan simple que pudiera entenderlo el idiota del pueblo. El
meollo de su visión de las cosas es que ella era una mirada fresca sobre un
mundo nuevo que bien pudiera haber sido creado aquella mañana misma. Fuera de
las grandes cosas primordiales: la creación, la historia del Edén, la primera
Navidad y la primera Pascua, para Francisco el mundo no tenía historia. Pero,
¿es cosa deseada o deseable que toda la Iglesia Católica carezca de ella?
Quizás una insinuación
principal del presente libro sea que san Francisco recorrió los caminos del
mundo como el "perdón de Dios". Quiero significar que la aparición
del Santo señaló el momento en que los hombres pudieron reconciliarse no sólo con
Dios sino con la naturaleza y, lo que es aún más difícil, consigo mismos. Pues
señaló el día cuando el añejo paganismo que había envenenado el mundo antiguo
fue por fin extirpado del sistema social. Francisco abrió las puertas de la
"Edad Oscura" como si fueran las de la prisión de un purgatorio donde
los hombres se purificaban como eremitas en el desierto o como héroes en
guerras bárbaras. En realidad, su misión consistió, toda, en convocar a los
hombres a empezar de cero y, en este sentido, a llamarlos a olvidar. Si lo que
se les pedía era que dieran vuelta la hoja y comenzaran página nueva con las
primeras grandes letras del alfabeto trazadas con sencillez y policromía
brillante a la manera de los primeros tiempos medievales, forzosamente debía
formar parte de esa peculiar alegría infantil hacer desaparecer la vieja
página toda ennegrecida y ensangrentada con cosas horrendas. Por ejemplo, ya he
observado que en la poesía del primer poeta italiano no hay rastros de la
mitología pagana que por tanto tiempo languideció después del paganismo. El
primer poeta italiano parece ser el único hombre del mundo que nunca oyó
nombrar a Virgilio. Y esto era lo apropiado precisamente para quien debía ser
el primer poeta italiano. Cuán razonable que llamara ruiseñor al ruiseñor y
que su canto no se viera manchado con las terribles historias de Itis o de
Procne. Brevemente, no está mal que san Francisco nunca haya oído hablar de
Virgilio. Pero, ¿desearemos para Dante lo mismo? ¿Desearemos que Dante nunca
hubiera leído una línea de mitología pagana? Se ha dicho con verdad que el uso
que hace Dante de semejante fábulas sirve cabalmente a una ortodoxia más
profunda y que sus largos fragmentos paganos, sus gigantes figuras de Minos y
Carón sólo se usan como indicios para señalar a una enorme religión natural que
se encuentra en el fondo de toda la historia y preanuncia desde el principio
la fe. No está mal que la Sibila tanto como David estén en el Dies trae. Decir
que san Francisco hubiese quemado todas las hojas de los libros de la Sibila a
cambio de una hoja fresca del árbol más cercano es perfectamente verdad y muy
peculiar del Santo. Pero es bueno que tengamos el Dies Trae a la par que el
Canto al sol.
Según esta tesis, y para
abreviar, el advenimiento de san Francisco fue como el nacimiento de un niño en
hogar lóbrego, cuya maldición viniera a levantar, de un niño que crece
inconsciente de la tragedia y triunfa de ella precisamente por su inocencia. En
un ser semejante no sólo es necesaria la inocencia sino también la ignorancia.
Forma parte de la esencia de esta historieta que el niño arranque los verdes
pastos ignorando que crecían sobre los restos de un hombre asesinado o que se
trepe al manzano sin saber que fue la horca de un suicida. Una amnesia y
reconciliación así es lo que trajo a todo el mundo el espíritu franciscano.
Pero de ello no se sigue que esta ignorancia debe imponerse a todo el mundo.
Personalmente opino que esto es lo que se intentaba hacer. Para algunos
franciscanos nada hubiera habido de mal si la poesía franciscana acababa con
la prosa benedictina. Para el niño a que recurrimos como símbolo hubiera sido
ello lo más racional. No vería error si el mundo entero se transformaba en
una nueva e inmensa nursery con blancas paredes desnudas donde poder trazar
con tiza, al estilo infantil; figuras de su cosecha, toscas por el dibujo y
alegres por los colores, sería como el principio de un arte nuevo. Con toda
razón, a nuestro niño la nursery le parecería la más magnífica mansión de la
imaginación humana. Pero en la casa de Dios hay muchas moradas.
Toda herejía ha sido un
esfuerzo por angostar la Iglesia. Si el movimiento franciscano hubiere
desembocado en una religión nueva, hubiera terminado siendo una religión
estrecha, y en la medida en que acá y acullá se tornó herejía fue herejía y
estrecha. Porque esto es lo que la herejía hace siempre: afianza la forma
contra el espíritu. Originariamente la forma era, es cierto, el espíritu del
gran san Francisco, bueno y glorioso, pero que no era todo el espíritu de Dios
y ni siquiera todo el del hombre. Y es un hecho que la forma degeneró al
tornarse monomanía. Y apareció una secta cuyos secuaces se llamaron fraticelos
a sí mismos y se proclamaron seguidores de san Francisco y rompieron con Roma
en favor de lo que hubieran podido llamar el programa completo de Asís. En poco
tiempo estos franciscanos desligados de Roma tuvieron aspecto tan feroz como
los flagelantes. Lanzaron nuevos y violentos vetos: atacaron el matrimonio, es
decir, atacaron la humanidad. En nombre del más humano de los santos declararon
la guerra a la humanidad. Desaparecieron presto, no precisamente por
habérselos perseguido; de ellos muchos llegaron a reconocer su error, y el
puñado de obstinados que quedó nada produjo que pudiera ni remotamente
recordar a nadie al verdadero san Francisco. El problema de esa gente consistía
en que eran místicos, místicos y nada más que místicos, místicos y no
católicos, místicos y no cristianos, místicos y no hombres. Y san Francisco,
por extravagantes y románticos que puedan aparecer sus acciones, siempre se
mantuvo sujeto a la razón como por un invisible e indestructible cabello.
El gran Santo era cuerdo, y
el mismo son de la palabra "cuerdo", como la cuerda más grave del
arpa, nos lleva a algo más profundo que a cuanto en él evoca una excentricidad
casi feérica. No fue un simple excéntrico porque apuntaba siempre al corazón y
centro de la maraña; podía tomar en el bosque los más extraños y tortuosos
vericuetos, pero avanzaba siempre hacia el hogar. No sólo fue demasiado
humilde para convertirse en heresiarca sino demasiado humano para aspirar a
extremista, en el sentido de quien se destierra a los confines del mundo. El
sentido del humor que aliña todas las historias de sus correrías le impidió
endurecerse en la solemnidad de una supuesta rectitud sectaria. Por su
natural estaba siempre dispuesto a admitir que se había equivocado; y si sus
seguidores, en temas prácticos, tuvieron que admitir que Francisco se había
equivocado, sólo lo hicieron para probar cuán acertado anduvo. Porque han sido
ellos, sus seguidores verdaderos, quienes han probado su acierto y quienes extendieron
y confirmaron su verdad aún en el mismo hecho de trascender algunas negaciones
suyas. La Orden franciscana no se fosilizó ni se quebró frustrada en su
propósito por una tiranía oficial o una traición interna. Tronco central y
ortodoxo de las tradiciones franciscanas, fue ella la que dio luego sus frutos
al mundo. Entre sus hijos figuran san Buenaventura, el gran místico, y
Bernardino, el predicador popular, que llenó a Italia con sus bufonadas de
juglar de Dios. Y Raimundo Lulio, con su raro saber y sus vastos y audaces
planes para la conversión del mundo, un hombre intensamente personal como lo
fue Francisco. Y Roger Bacon, el primer naturalista, cuyos experimentos con la
luz y el agua tuvieron la singularidad luminosa propia de los principios de la
historia natural y a quien hasta los más empedernidos materialistas saludan
como el padre de la ciencia. Todos ellos fueron hombres que hicieron cosas
grandes en beneficio del mundo; pero más verdad es que fueron todos de un
temple bien definido donde se conservaba el espíritu y la sapidez de un hombre
determinado y en quienes reconocemos el dejo y el saber de la audacia y la
simplicidad. Y sabemos que todos son hijos de san Francisco.
Porque con este espíritu
acabado y pleno es como debemos volvernos a san Francisco: con espíritu de
acción de gracias por cuanto hizo. Por encima de todo el Santo fue un donador
y buscó por sobre de todo el mejor don que llamamos dar las gracias. Si otro
hombre grande escribió una gramática del asentimiento[6], de san Francisco bien
cabría decir que suya fue la gramática de la aceptación, la gramática de la
gratitud. San Francisco entendió hasta su profundidad más insondable la teoría
de la acción de gracias, cuya hondura es un abismo sin fondo. Sabía que la
alabanza de Dios se asienta sobre la tierra más sólida cuando descansa en la
nada. Sabía que la mejor manera de medir el gigantesco milagro del mero
existir es darse cuenta de que si no fuera por una misericordia exquisita ni
siquiera existiríamos. Y bien, algo de esta verdad mayor debemos nosotros
repetir en forma menguada en nuestra relación con tan gigante hacedor de la
historia. También Francisco es para nosotros un dador de bienes que ni siquiera
soñamos, también él fue tan grande como para que sólo quepa responderle con
nuestro agradecimiento. De él viene el despertar y la aurora de un mundo donde
todas las formas y colores relucen otra vez como nuevos. Los grandes hombres de
genio que forjaron la civilización cristiana se muestran en la historia casi
como siervos e imitadores suyos. Antes que naciese Dante, Francisco le había
dado a Italia la poesía; antes de que san Luis reinase, él se había levantado
como tribuno del pobre; antes de que Giotto pintase sus cuadros, él había
actuado sus temas dramáticos. El gran pintor de quien arranca toda la
inspiración humana de la pintura europea frecuentó a san Francisco para
inspirarse se cuenta que cuando san Francisco armó en su manera ingenua un Pesebre
navideño, con reyes y ángeles arropados con tiesos y alegres trajes medievales
y pelucas doradas en lugar de coronas, un milagro se obró lleno de la gloria
franciscana. El Niño Dios era una figura de madera o un bambino, y se dice que
Francisco lo abrazó y que mientras esto hacía el niño cobró vida entre sus
brazos. Sus pensamientos no se detenían por cierto en cosas menores; pero
digamos sin temor a equivocarnos que una cosa por lo menos cobró vida entre los
brazos de Francisco, y la llamamos drama. Si exceptuamos su intensa afición
por el canto, acaso tal espíritu no lo haya él encarnado por mano propia en
ninguna de las otras artes. El, él mismo fue el espíritu que tomó cuerpo. Fue
esencia y substancia espirituales que recorrieron el mundo antes que nadie
percibiera las formas visibles que de ellas derivan; fue fuego errante, como
salido de ninguna parte, donde hombres más materiales pudieron encender
antorchas y cirios. Fue alma de la civilización medieval aun antes de que ésta
encontrara cuerpo. Y hay otra corriente de inspiración espiritual muy distinta
que también deriva de él: toda esa energía reformadora de tiempos medievales y
modernos que tiene por lema: Deus est Deus pauperum. Su abstracto amor por los
seres humanos se hizo concreto en multitud de justas leyes medievales contra el
orgullo y la crueldad de los ricos y hoy se encierra tras lo que se llama
libremente socialismo cristiano y con más propiedad democracia católica. Ni en
lo social ni en lo artístico nadie pretenderá que estas cosas no hubieran
existido sin Francisco pero es estricta verdad que nadie' hoy puede
imaginarlas sin él. Pues Francisco fue una vida real y cambió el mundo.
Y sobre quien conoce lo que
la inspiración de Francisco ha significado en la historia y en rosario de
frases inseguras y débiles intenta trasladarlo al escrito, descenderá algo de
este sentimiento de impotencia que fue más de la mitad del poder del Santo.
Conocerá algo de lo que Francisco quería decir al hablar sobre la una deuda
grande y buena que no se puede saldar.
Sentirá enseguida deseo de
haber hecho infinitamente más y reconocerá la futilidad de lo poco realizado.
Sabrá lo que es permanecer
bajo el diluvio de las tantas maravillas de un hombre desaparecido y no tener
nada para dar en retorno ni algo que ofrecer bajo los arcos imponentes y
apabullantes de semejante templo del tiempo y la eternidad más que esta breve
candileja tan pronto consumida ante su imagen.
[1] El autor hace un juego
de palabras tomando por base la semejanza de los vocablos: news, noticias,
novedades, news palier, periódico y new, nuevo, reciente.
[2] Emmett Robert
(1778-1803): Patriota irlandés a quien se recuerda como auténtico motor de la
revolución irlandesa. En 1802 estuvo en Francia para so!icitar !a ayuda de
Napoleón. Vuelto a Irlanda participó del movimiento separatista. Capturado por
los ingleses fue ajusticiado.
[3] A través de una alusión
a un nombre vinculado a la represión irlandesa, Black (negro) and Tan
(tostado), hace Chesterton un juego de palabras oponiéndolo al color caqui del
uniforme de los soldados ingleses.
[4] Alusión a unos bellos
versas de R. L. Stevenson
[5] Aquí el autor realiza un
ingenioso juego de palabras muy peculiar de su estilo. La locución inglesa to
have a tile loose, tener una teja suelta, equivale a nuestra expresión familiar
de "faltarle a uno un tornillo".
[6] Chesterton se refiere
aquí al cardenal Newman y a su libro Grammar of assent.


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