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Libro N° 3982. Ortodoxia. Chesterton, G. K.

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© Libro N° 3982. Ortodoxia. Chesterton, G. K. Colección E.O. Julio 15 de 2017.

Título original: ©  Ortodoxia. G. K. Chesterton

 

Versión Original: © Ortodoxia. G. K. Chesterton

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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RTODOXIA

G. K. Chesterton

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por extraña casualidad, a la misma hora en que, en su vivienda campe­sina de Beaconsfield, fallecía Gilbert Keith Chesterton, anunciaba George Bernard Shaw, en Newcastle, que no hablaría más en público.

Con estos mosqueteros, que tantas veces midieron sus armas dialéc­ticas, el espectáculo de la refriega ideológica perdió en Inglaterra sus dos más diestros, tenaces y fantásticos combatientes.

Chesterton y Shaw nacieron tal para cual. Dotados del mismo vigor polémico. e idéntico afán proselitista, iguales en ingenio, no existía bajo el sol una sola cuestión frente a la cual sus opiniones no se encontraran en diametral oposición.

La oposición de sus opiniones encendió y mantuvo encandilada, sin un momento de desmayo, durante dos generaciones, la más fragorosa batalla que engendró nunca la inventiva. Sus controversias públicas eran como justas de la razón dirimidas con los fuegos artificiales de las para­dojas, las sutilezas, los retruécanos y las imágenes, donde el público olvi­daba el objeto de la riña y se dejaba fascinar por el deslumbrante es­pectáculo.

Shaw vencía en el arte de la dramatización de su causa, pero Ches­terton le vencía en la sutileza que infundía al argumento de la suya.

Como si quisiera compensarle de la monstruosa corpulencia que le­vantó sobre sus pies, el Creador dotó el cerebro de Chesterton con el más ágil, elástico, fino entendimiento que puso en ninguno de nuestros contemporáneos. Era tan gigantesco y pingüe que le llamaron "monu­mento andante de Londres", y en una ocasión, durante un banquete en su honor, Bernard Shaw dijo a la hora de los discursos: "Tan galante es nuestro agasajado, señores, que esta misma mañana les dejó su asiento en el tranvía a tres señoras".

Fantasía o imaginación no iban a la zaga de su figura en cuanto a exuberancia.

Aunque, superficialmente considerada, la obra de Chesterton aparece sólo como un intento ingenioso de encontrar la verdad por procedimien­tos originales en los que el ingenio y la originalidad semejan lo principal y la verdad lo secundario, en realidad ocurre todo lo contrario.

Chesterton vivió perpetuamente desasosegado por la idea de la verdad, y sus paradojas no eran sino el doble lazo con que pretendía coger por los cuernos tan elusivo toro.

Su versatilidad estaba propulsada por el mismo desasosiego, el cual le llevaba del verso al artículo de periódico; de éste al ensayo filosófico; del ensayo a la novela teológica, cuando no detectivesca, o al discurso proselitista y a la controversia.

La búsqueda de la verdad' le condujo al catolicismo en 1922 y, poco después, a la fundación del movimiento distributista, en el que pretendía encarnar su ideología y al que, secundado por su fiel y veterano escudero el escritor casticista Hilario Belloc, dedicara la mayor parte de su astro­nómica energía durante los diez últimos años.

Chesterton odiaba tanto al capitalismo como al comunismo, porque ambos destruyen igualmente la propiedad privada individual, el ejer­cicio de los oficios manuales que, para él, constituyen la base de la liber­tad y el desenvolvimiento espiritual del hombre.

En el imaginario "Reino distributivo" cada individuo es propietario de las herramientas con que trabaja, ejerce su oficio individualmente y posee su vivienda. Para propulsar el triunfo del Estado distributivo, que debe ser alcanzado por los medios constitucionales, "puesto que los ingleses aborrecen la violencia", Chesterton fundó un semanario, exce­lente y brillantemente escrito, titulado "G. K's Weekly", es decir, "Se­manario de Chesterton", donde colaboraba una pléyade escogida de jóvenes intelectuales católicos.

La concepción chestertoniana de la economía estaba íntimamente vinculada a la que tenía de la libertad.

La libertad abstracta que la Reforma impuso sobre Europa es, según Chesterton, una maldición que ha devorado la libertad concreta que se gozaba anteriormente en los pueblos de la Cristiandad. "La libertad de la postReforma significa esto: cualquiera puede escribir un folleto, cualquiera puede dirigir un partido, cualquiera puede imprimir un periódico, cualquiera puede fundar una secta. El resultado ha sido que nadie posee su propia tienda o sus propias herramientas, que nadie puede beber un vaso de cerveza o apostar a un caballo. Ahora yo les ruego a ustedes, con toda seriedad, que consideren la situación desde el punto de vista del hombre del pueblo. ¿Cuántos seres humanos desean fundar sectas, escribir folletos o dirigir partidos?".

Esta cita es un ejemplo característico del procedimiento con que Chesterton mezcla lo arbitraria y lo lógico, el sentido común y lo absurdo para, después de fundirlos en el crisol de su imaginación, elevar el resultado a teoría.

Tan natural como su extravagante figura física era en Chesterton la jovialidad intelectual, el gozo en el puro juego de la inteligencia y la frase chispeante. Cualquier argumento podía ser convertido por él, automáticamente, en un deslumbrador juego de prestidigitación.

Muchas de sus frases y de las incidencias de sus controversias se han convertido ya en leyenda que el pueblo transmite de boca en boca. Un día debatía por la radio con un poeta defensor del verso libre, quien le acusó de no entender la "nueva métrica".

Verso libre -respondió G. K. Chesterton- no es una nueva métrica, del mismo modo que dormir al raso no es una nueva forma de arquitectura.

-Pero no, podrá usted negar -objetó el poeta- que es una revo­lución en la forma literaria.

-El verso libre es una revolución, respecto a la forma literaria, igual que el comer carne cruda es una revolución respecto al arte de la cocina -replicó Chesterton.

A la agudeza y mordacidad intelectual, que Ie hacían un enemigo temible, se unían en la inmensa humanidad de Gilbert Keith una bondad y campechanía primitivas y populares que le convertían en el más deli­cioso de los amigos. De su amistad privada disfrutaban muchos de aque­llos con quienes Chesterton cambiaba en público los más inflexibles mandobles: librepensadores, racionalistas, protestantes, socialistas, euge­nistas, y, especialmente, la encarnación misma de todos estos "ismos", el inescrutable, invencible, incorregible George Bemard Shaw.

Con Bernard Shaw y Lloyd George compartió Chesterton el privi­legio único de que tanto en los periódicos como en las conversaciones se le mencionara por las solas iniciales de su nombre. "¡Pobre G. K. Chesterton!", se decía la gente al saludarse, en Londres, el día de su muerte.

Una de las mejores biografías que existe hoy de Bernard Shaw la escribió, en 1909, Chesterton. Antes había escrito ya una de sus obras maestras, la biografía de poeta Browning.

Más tarde escribió las de Chaucer, Stevenson, Colbett, San Fran­cisco de Asís y Santo Tomás de Aquino. Dos meses antes de morir había terminado la suya propia.

Sus libros de poemas llenan casi una biblioteca. Uno de ellos se titula "Bagatelas tremendas". Las dos novelas más famosas que escribió: "El hombre que fue jueves" y "El padre Brown", están traducidas al español, pero, en cambio, creo que no ha sido trasladado al castellano ninguno de sus últimos libros, ni siquiera el epos de "Lepanto".

The Napoleon of Notting Hill y A Club of Queer Trades son novelas de la vida suburbana de Londres, en las que revive el espíritu "pick­wickiano". Chesterton hace de los personajes de sus novelas instrumen­tos en que emplear su ingenio y les obliga a proceder del modo más incongruente que jamás procedieron los habitantes del mundo novelesco.

De entre las obras teóricas o filosóficas, aparte de Ortodoxia, aquella en que la ideología del autor adquiere más coherencia es la contenida en el tomo de ensayos sobre el tema Qué hay de malo en el mundo, donde arguye contra las concepciones eugenistas, las cuales asumen que la suerte de la vida está determinada por el nacimiento, y hace la más impresionante descripción del concepto cristiano de la vida que se haya escrito en este siglo.

Aunque sostuvo siempre la opinión de que el viajar contrae la in­teligencia y apoca la fantasía, visitó Italia, Irlanda y América y escribió un libro sobre las impresiones recibidas en cada uno de dichos países.

Al revés que Bernard Shaw y Wells, las otras dos grandes figuras de las letras inglesas de su tiempo, Chesterton no sufrió privaciones en su juventud, sino que disfrutó de la más esmerada educación que en aque­lla época podía recibir un hijo de burgueses ricos.

A pesar de que era dieciocho años más joven que Bernard Shaw, sus obras comenzaron a ser conocidas al mismo tiempo que las de éste. Chesterton no desempeñó nunca, en realidad, otra ocupación que la de escritor, a la que se dedicó por entero desde los veinte años, después de haber abandonado el aprendizaje de dibujante. Por entonces consistía su cultura, fundamentalmente, en 'un profundo conocimiento de la Biblia que le había infundido el padre, propietario de un importante negocio de alquileres. Por las venas de la madre corría sangre francesa.

Tuvo un solo hermano, Cecil, que se dedicó también al periodismo y había logrado gran renombre cuando, poco después de la guerra, vino a sorprenderle la muerte.

A los veinticinco años se casó y de su matrimonio no le quedó ningún hijo a la viuda.

Su vida toda fue una portentosa exhibición de atletismo intelectual y de entusiasmo espiritual.

 

AUGUSTO ASSÍA.

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

 

EN DEFENSA DE TODO LO DEMÁS

 

 

La única justificación posible para este libro, consiste en ser la respues­ta a un desafío. Hasta un mal tirador se dignifica aceptando un duelo.

Cuando hace algún tiempo publi­qué una serie de apresurados; pero sinceros ensayos bajo el título de "Heréticas", algunos críticos por cu­yas inteligencias siento caluroso respeto (puedo mencionar especialmen­te al señor G. S. Street), dijeron que estaba muy bien de mi parte suge­rir a todos que probaran su teoría cósmica, pero que yo había evitado diligentemente confirmar mis conse­jos con el ejemplo. "Voy a comenzar a preocuparme por mi filosofía, (dijo el señor Street) cuando el señor Chesterton nos haya expuesto la suya". Tal vez fue imprudente hacer tal indicación a una persona dema­siado dispuesta a escribir libros por la provocación más leve. Pero des­pués de todo, aunque el señor Street haya inspirado y provocado la crea­ción de este libro, no tiene ninguna necesidad de leerlo.

Si lo lee, verá que en forma per­sonal, en sus páginas he intentado dar testimonio de la filosofía en la cual he venido a creer, valiéndome de un conjunto de imágenes mentales más que de una serie de deduc­ciones. No voy a llamarla "mi filo­sofía", porque yo No la hice. Dios y la Humanidad la hicieron; y ella me hizo a mí.

Con frecuencia he sentido deseos de escribir una novela sobre un "yachtman" inglés que erró levemente su ruta y descubrió Inglaterra convencido de haber descubierto una nueva isla en los mares del Sur. No obstante, siempre me encontré demasiado perezoso o demasiado ocu­pado para escribir sobre ese refinado tema. Por consiguiente puedo pos­tergar una vez más mi deseo, ahora por fines de ilustración filosófica.

Probablemente existirá la impre­sión general de que se sintió muy tonto el hombre que llegó a tierra (armado hasta los dientes y hablando por señas) para plantar la ban­dera inglesa sobre aquél templo bár­baro que resultó ser el Pabellón de Brighton. No me concierne a mí negar que parecía tonto. Pero si us­tedes se imaginan que se sintió ton­to, por lo menos que la sensación de tontera fue su única y dominante emoción, significa que no han estu­diado con minuciosidad suficiente, la rica naturaleza romántica del hé­roe de este cuento. Su error fue en verdad un error muy envidiable. Y él lo sabía, si era el hombre que yo imagino.

¿Qué podría ser más agradable que sentir, simultáneamente y en po­cos minutos, todas las fascinadoras angustias del partir, combinadas con toda la seguridad humana de volver a casa? ¿Qué mejor que gozar con la diversión de descubrir África, sin tener la desagradable necesidad de trasladarse a ese continente? ¿Qué podría ser más agradable que felici­tarse por descubrir Nueva Gales del Sur y comprender luego, con lágrimas de alegría, que en realidad' no era más que la vieja Gales del Sur?

Este, al menos a mi parecer, es el problema principal de los filóso­fos y en cierta forma, el principal problema de este libro.

¿Cómo es posible que el mundo nos asombre y al mismo tiempo nos hallemos en él como en nuestra casa?

¿Cómo puede este pueblo cósmi­co, con sus monstruos y lámparas antiguas, cómo este mundo puede hacernos sentir simultáneamente, la fascinación de un pueblo exótico y el confort y el honor de ser nuestro propio pueblo?

Demostrar que una creencia o una filosofía es verdadera desde todo punto de vista, sería empresa dema­siado grande aún para un libro más vasto que éste; es necesario atenerse a una sola línea de argumentación; y esa es la táctica que me propongo observar.

Quiero dejar expuesta mi fe, como llenando esa doble necesidad espi­ritual: la necesidad de aliar lo fa­miliar con lo extraño, aliación que con acierto, el cristianismo llama "ro­mance". Porque la misma palabra "romance", tiene en sí el misterio y el primitivo significado de "Roma".

Cualquiera que se disponga a dis­cutir algo, debe empezar siempre, especificando qué es lo que no dis­cute. Antes de determinar qué se propone probar, debería determinarse qué es lo que no se propone probar.

Lo que no intento probar, lo que me propongo dejar como lugar co­mún a mí y a la mayoría de los lec­tores, es esta inclinación a una vida activa e imaginativa, pintoresca y llena de poética curiosidad; a una vida como la que el hombre occi­dental, por lo menos aparenta haber deseado siempre.

Si un hombre opina que la extin­ción es mejor que la existencia o que una vida vacía y monótona es mejor que la variación y la aventura, ese hombre no es uno de los seres nor­males a quienes me dirijo. Si un hom­bre no tiene preferencia por nada, nada puedo darle. Pero aproxima­damente todas las personas que he encontrado en esta sociedad occiden­tal en que vivo, estarían de acuerdo con la idea general de que necesita­mos esta vida de novela práctica; la combinación de algo que es extraño y problemático con algo que es fa­miliar y seguro. Necesitamos eso para vislumbrar al mundo combinando una idea de asombro con una idea de bienvenida. Necesitamos ser fe­lices en este mundo de maravillas sin sentirnos en él ni siquiera con­fortables. Es esta enseñanza conclu­yente de mi credo, lo que voy a contemplar en las siguientes páginas.

Pero tengo una razón personal para mencionar al hombre en el yacht que descubrió Inglaterra.

Porque ese hombre soy yo. Yo descubrí Inglaterra.

No sé cómo podría evitar que este libro girara en tomo al "ego"; y para decir verdad no sé cómo evitar que resulte árido y confuso.

Su aridez, sin embargo, me librará del reproche que más lamento, el reproche de ser irónico y petulante.

El sofisma liviano, es lo que más desprecio y tal vez resulte un hecho saludable que se me acuse precisamente de usar de él. No conozco nada más despreciable que una sim­ple paradoja; que es una simple e ingeniosa defensa de lo indefinible. Si fuera cierto (según se ha dicho) que el señor Bernard Shaw, vivía de paradojas, el señor Bernard Shaw sería un vulgar millonario, porque un hombre de su actividad mental, pue­de inventar un sofisma cada seis mi­nutos. Inventar un sofisma es tan fácil como mentir; porque es men­tir. Lo cierto, naturalmente, es que el señor Shaw se ha visto cruelmente trabado, por el hecho de que no pue­de decir una mentira, a menos que piense decir una verdad.

Yo también me siento bajo la mis­ma intolerable trabazón. Jamás en mi vida dije nada por la sola razón de creer gracioso lo que decía; no obstante, es claro' que he tenido la vulgar vanidad humana, de hallarlo gracioso porque yo lo había dicho.

Narrar una entrevista con una gor­gona, criatura que no existe, es una cosa. Y otra cosa es descubrir que el rinoceronte existe y deleitarse lue­go en el hecho de que parece que no existiera.

Se busca la verdad, pero es posi­ble que instintivamente se persigan las verdades más increíbles, y ofrezco este libro, con los sentimientos profundos del corazón, a la buena gente que detesta lo que escribo y lo mira (muy justamente a mi enten­der) como una pobre payasada o como ejemplar de broma de mal gusto.

Porque si este libro es una broma, es una broma contra mí mismo. Soy el hombre que haciendo derroche de audacia, descubrió lo que ya había sido descubierto.

Si hay una sombra de farsa en lo que sigue, yo, soy el objeto de esa farsa; porque este libro explica cómo imaginé ser el primero en poner pie en Brighton y cómo descubrí luego, que en realidad era el último.

Cuento mis fantásticas aventuras en busca de lo evidente.

Nadie podría hallar mi caso más ridículo de lo que lo pienso yo; nin­gún lector puede acusarme aquí de intentar ridiculizarlo. Yo soy el ri­dículo de esta historia y nadie ha de rebelarse para arrojarme de mi trono. Confieso abiertamente todas las am­biciones de fines del siglo XIX. Yo, como otros solemnes chiquilines, tra­té de anticiparme a la época. Como ellos, intenté adelantarme por diez minutos a la verdad, y encontré que ella se me había adelantado unos 1 800 años. Esforcé la voz gritando mis verdades con una penosa exa­geración juvenil, y recibí el castigo más adecuado, porque yo conservé mis verdades, pero descubrí luego que si bien mis verdades eran ver­dades, mis verdades no eran mías.

Me hallé en la ridícula situación de creer que me sostenía sólo: estan­do en realidad sostenido por toda la cristiandad.

Posiblemente, (y el ciclo me perdone) traté de ser original; pero sólo llegué a inventar una copia imperfec­ta, de las ya existentes tradiciones de la religión civilizada. El hombre del yacht creyó descubrir Inglaterra; yo creí descubrir Europa.

Traté de encontrar para mi uso, una herejía propia, y cuando la per­feccionaba con los últimos toques, descubrí que no era herejía, sino simple ortodoxia.

Es posible que alguien se divierta con el relato de este chasco feliz; es posible que un amigo o un enemigo se entretenga leyendo cómo gradualmente aprendí la verdad de una le­yenda falseada o de la falsedad de alguna filosofía difundida, cosas que pude aprender en mi catecismo. Si alguna vez lo hubiera estudiado.

Es posible que haya diversión, o que no la haya, en leer cómo encon­tré al fin, en mi club anarquista o en un templo babilónico, lo que pude encontrar en la iglesia parroquial vecina.

Si alguien se entretiene enterán­dose cómo las flores del campo o las frases que se oyen en el ómnibus, o los incidentes de los políticos, o las preocupaciones de los jóvenes, se unieron en un cierto orden para pro­ducir una cierta convicción de orto­doxia cristiana, ese alguien posiblemente pueda leer este libro.

Pero en todo cabe una razonable división del trabajo. Yo escribí el li­bro, pero nada en el mundo podría inducirme a leerlo.

Agrego una advertencia esencialmente pedante. Estos ensayos se li­mitan a discutir el hecho actual, de que en el eje central de la teología cristiana (suficientemente resumida en el Símbolo de los Apóstoles) se halla el mejor punto de apoyo para una ética enérgica y consistente.

Mis ensayos no intentan discutir el interesante, pero diferente punto de cuál es la actual sede de autori­dad que proclama ese Credo.

Aquí, el término "ortodoxia", sig­nifica "credo de los Apóstoles" según lo entienden los que se llamaban cris­tianos hasta hace muy poco tiempo y según la conducta histórica, de los que sostuvieron tal credo.

Por razones de espacio me he vis­to forzado a limitarme a lo que he extractado de ese Credo; no toco el asunto, tan discutido por los cristia­nos modernos, del origen del cual nosotros lo obtuvimos.

Esto no es un tratado eclesiástico, sino una autobiografía un poco deshilada.

Pero si alguno quiere saber mi opinión sobre la actual sede de au­toridad de tal creencia, el señor G. S. Street, no tiene más que arrojarme un nuevo desafío, y gustoso le es­cribiré otro libro.

 

 

 

II. EL MANIÁTICO

 

 

Ni siquiera la gente mundana com­prende al mundo; confía enteramen­te en unas cuantas máximas cínicas, que no son ni verdaderas.

Recuerdo una vez: caminaba con un próspero editor que me hizo una observación oída con frecuencia; es casi un estribillo del mundo moder­no. No obstante haberla oído con demasiada frecuencia, o tal vez por esa misma razón, recién entonces, re­pentinamente, vi que tal observación no entrañaba verdad alguna. El edi­tor dijo de alguien: "ese hombre va a llegar; se tiene fe".

Y recuerdo que mientras levanta­ba la cabeza para escuchar mejor, mi mirada cayó en un ómnibus que llevaba escrito su punto de destino: "Hanwell"[1] y le contesté: -"Quie­re que le diga dónde están los hom­bres que se tienen fe?, porque puedo decírselo. Conozco hombres que creen en sí mismos más colosalmente que Napoleón y César. Puedo llevarlo hasta los tronos de los superhombres. Los que realmente se tienen fe, están en un asilo de lunáticos."

Me respondió que no obstante esa creencia mía, había muchos hombres que se tenían fe y no estaban en manicomios.

-"Sí; los hay -repuse-, y usted más que nadie debe conocerlos. Aquel poeta borracho a quien usted rechazó una tragedia lúgubre creía en sí mismo. Aquel viejo pastor que escribió una obra épica y de quien usted se escondía en la trastienda, creía en sí mismo. Si usted consul­tara su experiencia de editor en vez de consultar su horrenda filosofía in­dividualista, sabría que haberse tenido fe, es una de las características más comunes de los fracasados. Los actores que no pueden actuar, creen en sí mismos, y creen en sí mismos los deudores que no le pueden pa­gar. Sería más cierto decir que un hombre fracasará porque se tiene fe."

-"Tener completa fe en sí mismo, no es exclusivamente un pecado. Te­nerse fe absoluta es una debilidad. Tenerse fe completa, creer comple­tamente en sí mismo, es tener una creencia histérica y supersticiosa. El hombre que la tiene, lleva la palabra "Hanwell" escrita en su frente, con tanta claridad como la lleva escrita ese ómnibus."

Mi amigo el editor, dio esta profunda y efectiva réplica a mis con­clusiones: -"Y si un hombre no debe creer en sí mismo ¿en qué debe creer?"

Luego de una larga pausa respon­dí: "Iré a casa y escribiré un libro contestando a esa pregunta."

Y este es el libro que escribí para contestarla.

Pero creo, que muy bien puedo empezarlo donde se inició nuestra discusión; en la vecindad de un ma­nicomio

Los modernos maestros de la cien­cia insisten, sobre la necesidad de basar toda investigación, en un hecho. Los antiguos maestros de religión, se mostraron igualmente entusias­tas de esa teoría. Empezaron ba­sándose en el hecho del pecado; un hecho tan evidente como las papas. Fuera posible o no fuera posible que el hombre se purificara con ciertas aguas milagrosas, no cabe duda de que necesitaba purificación. Pero al­gunos caudillos religiosos de Londres, relativamente materialistas, convenza ron en nuestros días a negar, no la discutible milagrosidad del agua, sino a negar la indiscutible existen­cia de la mancha. Ciertos teólogos modernos, discuten el pecado origi­nal, que es el único punto de la teo­logía de la cristiandad que puede ser realmente probado. Algunos dis­cípulos del Reverendo R. J. Camp­bell, admiten la inocencia divina que no pueden vislumbrar ni en sueños, pero niegan, especialmente, la culpa humana que pueden ver hasta en la calle. Los santos más intransigentes y los más obcecados escépticos, por igual unos y otros, tomaron el posi­tivo mal, como punto de partida de sus argumentaciones.

Si es cierto (como evidentemente lo es) que un hombre puede hallar exquisito placer desollando un gato, el filósofo religioso puede llegar a una de dos conclusiones. Debe, o negar la existencia de Dios, que es lo que hacen los ateos; o bien negar la inalterable unión entre Dios y el hombre, que es lo que hacen los cris­tianos. Parece que los nuevos teólo­gos piensan llegar a una solución altamente racionalista negando el ga­to

En esta situación especialísima, evidentemente ahora no es posible (con una esperanza remota de acep­tación general) comenzar como co­menzaron nuestros padres, basándose en el hecho del pecado. Este mismo hecho que fue para ellos (y es para mí) tan evidente como la luz, es precisamente el hecho que ha sido discutido o negado. Pero aunque los modernos nieguen la existencia del pecado, supongo que no han negado aun la existencia del manicomio.

Todavía estamos de acuerdo, en que actualmente se produce un colapso intelectual, tan innegable e in­confundible como el derrumbe de una casa. Los hombres niegan el in­fierno; pero aun no niegan el mani­comio. Para no perder de vista los fines de nuestro primer argumento, el uno, el infierno, podría muy bien reemplazar al otro, el manicomio. Quiero decir que, si una vez todos los pensamientos y las teorías fueron juzgadas según condujeran al hom­bre a perder su alma, así, por nues­tro presente punto de vista, todas las teorías modernas pueden ser juzgadas, según conduzcan al hombre a perder sus cabales.

Es cierto que algunos hablan de la locura, con soltura y simpatía, como si se tratara de algo amable y atrayente.

Pero un minuto de reflexión basta para demostrarnos que si hallamos belleza en la enfermedad, generalmente es en la enfermedad de otro.

Un ciego puede ser pintoresco; pero se necesitan dos ojos para verlo pintoresco, Y similarmente, aun la más salvaje poesía de la locura, sólo puede percibirla el cuerdo. Para el insano su locura es perfectamente prosaica porque es perfectamente cier­ta. El hombre que se cree pollo, siente en sí, toda la insignificancia del pollo. Solamente porque vemos lo grotesco de su idea, podemos en contraria hasta divertida; y solamen­te porque él no ve lo grotesco de su idea, lo han llevado a "Hanwell". Abreviando, las rarezas sólo sorpren­den a la gente normal. Las rarezas no sorprenden a la gente rara. Por esa razón, la gente normal se sabe divertir y la gente rara, siempre se lamenta del aburrimiento de la vida. Por esa razón, las novelas modernas fenecen; y por esa razón, los cuen­tos de hadas permanecen. Los viejos cuentos de hadas presentan al héroe como un joven humano normalmente normal; sus aventuras son las sor­prendentes; y lo soprenden porque es normal. Pero en la novela psicoló­gica moderna, el héroe es un anor­mal; él, que es el centro, no es bien centrado. De ahí que las aventuras más extrañas no logren sorprenderlo adecuadamente y que el libro resul­te monótono. Se puede escribir la historia de un héroe entre dragones; pero no la de un dragón entre dra­gones. El cuento de hadas relata lo que hará un hombre cuerdo en un mundo loco. La novela, sobriamente realista de hoy, relata lo que un hom­bre esencialmente loco, puede hacer en un mundo cuerdo.

Empecemos pues en el manico­mio; desde este fatídico y fantástico albergue, iniciemos nuestro viaje in­telectual.

Ahora, si es que vamos a contem­plar la filosofía de la cordura lo pri­mero que hemos de hacer, es destruir un grande y difundido error. Por to­das partes se ha difundido la idea de que la imaginación, especialmente la imaginación mística, es peligrosa para el equilibrio mental del hombre. En general se tiene a los poetas como inseguros, desde el punto de vista psicológico; y generalmente se hace asociación de ideas entre los laureles entrelazados y las pajas pinchadas en el pelo... Los hechos y la historia desmienten tal interpretación. Mu­chos de los poetas, de los verdaderamente grandes poetas, han sido no sólo perfectamente cuerdos sino ex­tremadamente aptos para el comer­cio; y si Shakespeare alguna vez contuvo caballos, fue porque era el hombre más indicado para contenerlos.

La imaginación no provoca la locura. Para ser exacto, lo que fomen­ta la locura es la razón. Los poetas no enloquecen; los jugadores de aje­drez sí. Los matemáticos y los ca­jeros, se vuelven locos; pero rara vez enloquecen los artistas que crean. Como podrá verse, en ninguna forma ataco la lógica: digo solamente que el peligro de la locura reside en la lógica; no en la imaginación. La paternidad artística es tan saludable como la física. Sin embargo, vale la pena destacar que cuando un poeta fue realmente mórbido, comúnmente lo fue porque existía algún punto dé­bil en su racionalismo. Poe, por ejem­plo, fue realmente morboso; no porque fue poético, sino porque fue esencialmente analítico. Aun el aje­drez era demasiado poético para él; le desagradaba porque había dema­siados caballeros y castillos, como en un poema.

Abiertamente manifestó su prefe­rencia por las fichas negras, que so­bre el damero parecían el punteado de un diagrama. Quizás el ejemplo más contundente es este: que sólo un gran poeta inglés se volvió loco.

Cowper. Y decididamente, fue lle­vado a la locura por la lógica; por la extraña lógica de la predestina­ción. La poesía no fue su enfermedad sino su remedio; la poesía, en parte conservó su salud. Por algunos momentos, pudo olvidar el rojo y sediento infierno al que lo empujaba su horrendo necesitarismo, entre las extendidas aguas y los lirios blancos del Duse. Cowper, fue condenado por Juan Calvino y casi fue salvado por Juan Gilpin.

En todas partes, vemos que el hom­bre no enloquece por soñar. Los críticos son mucho más locos que los poetas. Homero, es bastante tranquilo y completo; son sus críticos que lo destrozan en jirones de extravagancia. Shakespeare, fue perfectamente él mismo; sólo algunos de sus críticos descubren que Shakespeare fue otro. Y San Juan Evangelista, no obstante haber visto en su visión muchos monstruos extraños, no vio criatura alguna tan salvaje como uno de sus comentaristas. El hecho ge­neral es claro. La poesía es cuerda, porque flota sin esfuerzo en un mar infinito; la razón pretende cruzar el mar infinito y hacerlo así finito.

El resultado es la exterminación mental; como lo fue la extenuación física para el señor Holbein.

Aceptarlo todo, es un ejercicio; entenderlo todo, es un esfuerzo. Lo único que desea el poeta, es exalta­ción y expansión, un mundo para explayarse.

El poeta sólo pretende entrar su cabeza en el cielo.

El lógico es el que pretende hacer entrar el cielo en su cabeza. Y es su cabeza la que revienta.

Es un detalle, pero no insignifi­cante, que este asombroso error se halla comúnmente apoyado en una citación tergiversada.

Todos hemos oído citar la celebrada frase de Dryden: "el gran genio es aliado de la locura". Pero Dryden no dijo que el gran genio fuera aliado de la locura. El mismo Dryden era un genio y sabía mejor. Sería difícil encontrar un hombre más ro­mántico y más sensato. Lo que Dryden dijo, fue esto: "El gran sabio está frecuentemente próximo a la locura", y eso es cierto. Es exclusivamente la gran agilidad intelectual, lo que peligra desequilibrarse. Tam­bién la gente podría recordar, a qué clase de hombre se refería Dryden. No se trataba de un visionario ajeno a este mundo como Vaughan o Jorge Herbert.

Hablaba de un cínico hombre de mundo, un escéptico, un diplomáti­co, un político práctico. Esos hom­bres, ciertamente están próximos al desequilibrio. Su incesante investigaren el cerebro propio y en el ajeno, es oficio peligroso. Siempre es peli­groso para la mente penetrar la men­te. Una persona espiritual preguntó por qué decíamos "loco como un sombrerero". Una persona más es­piritual, podría haber respondido que el sombrerero es loco, porque debe tomar las medidas de la cabeza hu­mana.

Y si los grandes razonadores con frecuencia son maniáticos, es igualmente exacto que los maniáticos son grandes razonadores.

Cuando me hallaba embarcado en una controversia con el "Clarion", sobre el tema de la voluntad libre, el eficiente escritor señor R. B. Sut­hers dijo, que la voluntad libre, era lunatismo, porque implicaba acciones inmotivadas, y las acciones del luná­tico son sin causa. No me ocupo aquí de un lapsus desastroso para la lógica determinista. Evidentemen­te, si una acción, aun la acción de un lunático, puede ser inmotivada, se acaba el determinismo.

Porque si un loco puede interrum­pir la cadena de causalidad, también puede interrumpirla un hombre aunque no sea loco. Pero mi objeto es destacar algo más práctico. Tal vez fuera natural que un moderno mar­xista ignorara todo lo referente a la voluntad libre. Pero sería ciertamen­te extraño que un marxista moderno ignorara todo lo que se refiere a los lunáticos. Lo último que se podría decir de un lunático, es que sus ac­ciones son inmotivadas. Si algunos actos humanos pudieran ser irrefle­xivamente llamados "sin motivo", esos serían los insignificantes actos del hombre cuerdo, que silba al caminar; roza el césped con su bastón; golpea los talones y se frota las ma­nos. Es el hombre contento el que hace las cosas inútiles; el hombre enfermo no es bastante fuerte para ser un ocioso.

Esas acciones sin causa y descui­dadas, son precisamente las que un loco no podría comprender nunca, porque el loco (como el determinis­ta) tiene demasiado en cuenta las causas de todo. Esas actividades hue­cas, tienen para un loco significado de conspiración. Pensará que rozar el pasto, es atentar contra la propie­dad privada. Pensará que golpear los talones, es una señal convenida con un cómplice. Si por un instante el loco se volviera descuidado, se volvería cuerdo. Todo el que haya tenido la desgracia de hablar con gente que se hallara en el corazón o al borde del desequilibrio mental, sabe que su característica más sinies­tra, es una horrible lucidez para cap­tar el detalle; una facilidad de co­nectar entre sí dos cosas perdidas en su mapa confuso como un laberinto. Si ustedes discuten con un loco, es muy probable que lleven la peor parte en la discusión; porque en muchas formas, la mente del loco es más ágil y rápida, al no hallarse trabada por todas las cosas que lleva aparejadas el buen discernimiento. No lo detiene el sentido del humor o de la caridad o las ya enmudecidas cer­tezas de la experiencia, El loco es más lógico, por carecer de ciertas afecciones de la cordura. La frase común que se aplica a la insania, desde este punto de vista es errónea. El loco no es el hombre que ha per­dido la razón. Loco es el hombre que ha perdido todo, menos la razón.

Las explicaciones que un loco da sobre algo son completas y con fre­cuencia, en un sentido estrictamente racional, hasta son satisfactorias.

O para hablar con más precisión, la explicación del insano si bien no es concluyente, es por lo menos irre­futable; y esto puede observarse en los dos o tres casos más comunes de locura.

Si un hombre dice (por ejemplo) que los hombres conspiran contra él, no se le puede discutir más que di­ciendo que todos los hombres niegan ser conspiradores; que es exactamen­te lo que harían los conspiradores. Su exposición concuerda con los hechos tanto como la de ustedes. O si un hombre dice que es el legítimo Rey de Inglaterra, no es una respuesta adecuada decirle que las auto­ridades lo catalogan loco; porque si realmente fuera Rey legítimo de In­glaterra, eso posiblemente sería lo más sabio que atinaran a hacer las autoridades existentes. O si un hom­bre dice que es Jesucristo, no es una respuesta decirle que el mundo ' niega su divinidad; porque el mun­do niega también la divinidad de Cristo.

Sin embargo, ese hombre está equi­vocado. Pero si intentamos exponer su error en términos exactos, vere­mos que no es tan fácil como pudimos suponerle. Tal vez lo más aproximado que podríamos hacer, es decir esto: que su mente actúa en un círculo perfecto pero estrecho. Un círculo pequeño es tan infinito como uno grande; pero a pesar de ser tan infinito, no es tan amplio. Del mismo modo, la explicación del insano es tan completa como la del sano, pero no tan vasta. Una bala es re­donda como el mundo, pero no es el mundo.

Hay algo así como una amplia uni­versalidad; y algo así como una es­trecha y restringida eternidad. Lo podemos ver en muchas religiones modernas.

Ahora, hablando externa y empí­ricamente, podemos decir que la más consistente e inconfundible seña de locura, es esta combinación entre la integridad lógica y la contracción es­piritual. La teoría del lunático, explica un vasto número de cosas, pero no explica esas cosas en forma vasta. Quiero decir que si ustedes, o yo li­diáramos con una mente que se vuel­ve mórbida, lo indicado sería, no tanto ofrecerle argumentos como darle aire, para convencerla de que existe algo más limpio y fresco, fuera de la sofocación de un único argu­mento. Supongamos que fuera, por ejemplo, el primer caso típico que mencioné: el caso de un hombre que acusara a todo el mundo de conspirar contra él. Si pudiéramos expresar nuestros profundos senti­mientos de protesta, apelando contra tal obsesión, supongo que le diría­mos algo así: "Oh; admito que us­ted tiene su caso y que lo siente de corazón, y que muchas cosas son como usted dice. Admito que su ex­plicación explica muchas cosas, pero ¡cuántas cosas no explica! ¿No hay en el mundo más historia que la suya; y todos los hombres se ocupan de usted? Suponga que demos por sabido los detalles; tal vez cuando aquel hombre en la calle se hizo el que no lo veía, fue por astucia; tal vez si el agente le preguntó su nom­bre, lo hizo porque ya lo sabía. Pero ¡cuánto más contento estaría si le constara que esa gente no se ocupa en absoluto de usted! ¡Cuánto más grande sería su vida si usted se em­pequeñeciera en ella! ¡Si pudiera mirar a los otros hombres con curio­sidad y gusto comunes, si pudiera verlos paseando como pasean su ra­diante egoísmo y su varonil indife­rencia! Comenzarían a interesarlo porque vería que no se interesan en usted. Se evadiría de ese teatro vistoso y mezquino en el que siempre se representa su dramita personal, y se encontraría bajo un cielo más despejado, en una calle llena de es­pléndidos desconocidos."

O supongamos que fuera el segundo caso de locura, el del hombre que reclama la corona; el impulso de us­tedes, sería contestarle: "Está bien; tal vez usted sepa que es el Rey de Inglaterra pero, ¿por qué se preo­cupa? Haga un esfuerzo magnífico, sea un ser humano y mire de arriba a todos los reyes de la tierra."

O podría ser el tercer caso, del loco que se cree Cristo. Si dijéramos lo que sentimos, diríamos: "¡Así que usted es el Creador y el Redentor del mundo! ¡Pero qué mundo pequeño debe ser! Qué cielo más pequeño debe habitar con ángeles no tan grandes como mariposas. ¡Qué aburrido ser Dios! ¡Y un Dios inadecuado!

Realmente, no hay vida más plena ni amor más maravilloso que el suyo; y en realidad ¿es en su mezquina y penosa compasión que toda carne debe depositar su fe? ¡Cuánto más fe­liz sería si la masa de un Dios más grande, pudiera deshacer su pequeño cosmos, desparramara las estrellas como si fueran pajas, y lo dejara en la inmensidad abierta, libre como otros hombres de mirar hacia arriba y hacia abajo!"

Y hay que recordar que la ciencia más puramente práctica, ataca desde este punto de vista al mal mental; no intenta discutirlo como una here­jía sino simplemente quebrarlo como un encantamiento. Ni la ciencia mo­derna ni la religión antigua creen en la completa libertad del pensamien­to. La teología reprime ciertos pen­samientos que llama blasfemos. La ciencia reprime ciertos pensamientos que llama morbosos. Por ejemplo, algunas sociedades religiosas, más o menos exitosamente quieren alejar al hombre del pensamiento sexual. La nueva sociedad científica, intenta ale­jarlo del pensamiento de la muerte; que es un hecho, pero es considerado como un hecho morboso.

Y atendiendo a aquellos cuya mor­bosidad tiene un dejo de manía, la ciencia moderna se preocupa de la ló­gica, mucho menos que un dervi­che en pleno baile. En esos casos, no es suficiente que el hombre des­graciado desee la verdad; debe de­sear la salud. Nada puede salvarlo excepto una ciega ansiedad de nor­malidad. Ningún hombre debe creerse a salvo del desequilibrio mental; porque es el órgano que actúa el pensamiento el que se vuelve enfer­mo; ingobernable, como si fuera independiente. Sólo puede salvarlo la voluntad o la fe. Desde que empieza a actuar su razón, actúa en la antigua ruta circular; girará en torno de su círculo lógico, igual que un hombre en un coche de tercera clase de Juner

Circle, girará en torno de Juner Cir­cle, hasta que realice el voluntario, vigoroso y místico acto, de bajarse en Gower Street. Aquí, la decisión lo es todo; una puerta debe cerrarse para siempre. Cada remedio, es un remedio desesperado. Cada cura, es una cura milagrosa. Curar a un hom­bre no es discutir con un filósofo, es arrojar un demonio. Y por apa­ciblemente que trabajen en el asunto los doctores y los filósofos, su actitud es profundamente incomprensiva. Su actitud es ésta: que el hombre debe dejar de pensar, si quiere seguir viviendo. Tal tratamiento, es una am­putación intelectual.

Si tu cabeza te perturba, córtatela; porque es mejor entrar al Reino de los Cielos no solamente como un niño sino como un imbécil, que ser arrojado con la inteligencia al infier­no. . . o a "Hanwell".

Tal es el loco de los experimentos. Por lo general es un razonador; y con frecuencia un razonador acerta­do. Sin duda se le podrá derrotar en un terreno puramente racional plan­teándole su caso con lógica. Pero se le puede plantear con mayor preci­sión en términos más generales y aún más estéticos. Está encerrado en la pulcra y lúcida prisión de una sola idea; se ha aguzado hasta un penoso extremo. Carece de la indecisión del sano y de su complejidad. Ahora, según expliqué en la introducción, me propongo ofrecer en estos primeros capítulos, no tanto el diagrama de una doctrina, cuanto algunas imá­genes de un punto de vista. Y he sido extenso describiendo mi visión del maniático, por esta razón: porque así como me impresiona el ma­niático, así me impresionan muchos pensadores modernos.

Esa inconfundible nota que me llega de "Hanwell", la escucho tam­bién de muchas cátedras de Ciencia y de muchas aulas de hoy día; y muchos médicos de alienados, tienen de alienados algo más que su espe­cialidad.

En todos se manifiesta esa combi­nación que hemos notado: la com­binación de una razón expansiva y extenuante, con un sentido común contraído y restringido. Son univer­sales en cuanto se aferran a una ex­plicación razonable y la llevan hasta muy lejos. Pero una muestra, puede prolongarse hasta siempre y ser no obstante, una pequeña muestra.

En un tablero de ajedrez, ven el blanco sobre el negro; si el universo entero está pavimentado como el ta­blero, siempre siguen viendo el blan­co sobre el negro. Como el lunático, no pueden alterar su punto de vista; no pueden hacer un esfuerzo mental y repentinamente verlo negro sobre blanco.

Tomen primero el caso más obvio del materialismo. Para dar una ex­plicación del mundo, el materialismo tiene una especie de simplicidad insana.

Tiene justo la cualidad del argu­mento del loco; nos hace sentir si­multáneamente, que todo lo abarca y que todo lo deja afuera.

Contemplen un materialista since­ro v eficiente como por ejemplo Mac Cabe, y tendrán esa exacta y exclu­siva sensación. Lo comprende todo; y todo parece no merecer la pena de ser comprendido.

Sus cosmos, puede ser completo en cada remache y en cada engranaje, pero aún así, su cosmos es más pe­queño que nuestro mundo. En cierta forma, su plan, como el lúcido plan del loco, parece insensible a las remotas energías y a la completa indiferencia de la tierra; es no pensar en las realidades de la tierra: en los pueblos que luchan, en las madres, en el primer amor y en el terror extendido sobre el mar. La tierra es tan vasta y el cosmos tan pequeño. El cosmos es, algo así como el agu­jero más pequeño en el cual un hom­bre puede esconder su cabeza.

Hay que entender que ahora no discuto la relación de esas creencias con la verdad, sino, por el momento, solamente sus relaciones con la salud. Más compenetrados con el argumen­to, espero atacar el punto de la verdad objetiva; aquí sólo hablo de un fenómeno psicológico.

Por ahora, no intento probarle a Haeckel que el materialismo es falso, como no intenté probarle al hombre que se creía Cristo, que elaboraba sobre una creencia errónea. Aquí, destaco exclusivamente el hecho de que ambos casos son en un mismo sentido completos, y en un mismo sen­tido incompletos. Se puede expli­car que la indiferencia pública detiene en "Hanwell" a un hombre diciendo que esa detención es la cru­cifixión de un Dios que el mundo no merecía. La explicación explica. Si­milarmente se puede explicar el or­den universal, diciendo que todas las cosas, aún las almas de los hombres, son hojas inevitablemente distribui­das en un árbol por completo incons­ciente, i ciego destino de la materia. La explicación explica, a pesar de no explicar tan completamente como la explicación del loco. Pero aquí el asunto es que la mente humana nor­mal, no sólo objeta a ambas explica­ciones, sino que tiene para las dos la misma objeción. Su testimonio aproximado es éste: que si el hom­bre de Hanwell es el verdadero Dios, no tiene aspecto de serlo. Y similarmente, que si el cosmos del materialista es el verdadero cosmos no tiene aspecto de cosmos. La cosa se empequeñece. La deidad es menos divina que varios hombres; y (según Haeckel) el conjunto de la vida, es algo mucho más trivial, gris y estrecho, que varios aspectos ais­lados de ella. Las partes parecen mayor que el todo. Porque debemos recordar que la filosofía materialista, sea o no sea verdadera, tiene por cierto muchas más limitaciones que cualquier religión. En un sentido por supuesto, todas las ideas inteligentes son limitadas. No pueden ser más vastas que sí mismas. Un Cristiano está restringido solamente en el sen­tido en que está restringido un ateo. No puede pensar que el Cristianis­mo es falso y seguir siendo cristiano; y el ateo no puede pensar que el ateísmo es falso y seguir siendo ateo.

Pero siendo las cosas como son, hay un aspecto especial en el cual el materialismo tiene más restriccio­nes que el espiritualismo. El señor Mac Cabe piensa que soy un esclavo porque no me es permitido creer en el determinismo. Creo que el señor Mac Cabe es un esclavo porque no le está permitido creer en las hadas. Pero si examinamos las dos prohibi­ciones, veremos que la suya es mu­cho más absoluta que la mía. El cristiano es muy libre de creer que en el mundo hay un conjunto de ordenamientos establecidos y de su­cesos inevitables. Pero el materialista no puede aceptar ni el más mínimo dejo de espiritualismo o de milagro.

Al pobre señor Mac Cabe, no le está permitido admitir la posibilidad de que exista un geniecillo ni es­condido en una flor. El cristiano admite que el universo es variado y aún mezclado, tal como el hombre cuerdo admite su propia compleji­dad. El hombre cuerdo sabe que tiene un poco de bestia, un poco de demonio, un poco de santo y un poco de ciudadano. Y lo que es más, el hombre realmente cuerdo, admite tener, sabe que tiene, algo de loco. Pero el mundo materialista es muy sólido y simple, así como el loco, está completamente seguro de ser cuerdo. El materialista está seguro de que la historia es simplemente y solamente una cadena de casualidades, así como la interesante persona que se mencionó antes, está segura de ser simplemente y solamente un pollo. Los materialistas y los locos, nunca tienen dudas.

Las doctrinas espirituales, actualmente no limitan la mente tanto como las negaciones materialistas. Aun creyendo en la inmortalidad, no ne­cesito pensar en ella. Pero si no creo en la inmortalidad, no debo pensar en ella. En el primer caso la ruta está abierta y puedo llegar tan lejos como quiera. En el segundo, la ruta está cerrada.

Pero el caso es aún más conclu­yente y el paralelo con la locura, más extraño todavía. Porque nues­tro caso era contra la agotadora y lógica teoría del lunático, que bien o mal, destruía gradualmente su hu­manidad. Ahora el cargo es contra las principales deducciones del ma­terialista, que bien o mal, gradualmente destruyen su humanidad; no me refiero sólo a la bondad, me refiero a la esperanza, al valor, a la poesía, a la iniciativa y a todo lo que es humano. Siendo el materia­lismo lo que conduce al hombre hacia el fatalismo completo (como generalmente ocurre) es inútil pre­tender que se trate en ningún sentido de una fuerza libertadora. Es ab­surdo decir que avanza especialmen­te la liberación, cuando el libre pen­samiento sólo se usa para destruir la voluntad libre. Los deterministas atan, no desatan.

A su ley, bien pueden llamarla "cadena" de causalidad. Es la peor cadena que puede aprisionar al ser humano. Si gustan, pueden usar el lenguaje de la libertad en la ense­ñanza materialista, pero salta a la vista que tal lenguaje es en ese uso tan, pueden decir que el hombre empleara para conversar con el hombre encerrado en el manicomio. Si gus­tan, pueden decir que el hombre es libre de pensar que es un huevo her­vido. Pero seguramente es de más peso e importancia el hecho, de que si es un huevo hervido, no es libre de comer, beber, dormir, caminar o fumarse un cigarrillo.

Si gustan, igualmente pueden de­cir que el audaz especulador deter­minista es libre de no creer en la voluntad libre. Pero en tal caso, es de mucho más peso e importancia el hecho, de que no es libre de alabar, de maldecir, de agradecer, de justificar, de discutir, de castigar, de resistir a la tentación, de agitar muchedumbres, de perdonar pecadores, de reprimir tiranos, o aún de decir "gracias, por la mostaza."

Pasando de este asunto, puedo destacar que existe una extraña mistifi­cación que presenta al fatalismo ma­terialista en cierta manera favorable al perdón, a la abolición de los cas­tigos crueles o de cualquier clase de castigo. Esto es sorprendentemente opuesto a la verdad. Es muy admisi­ble que la doctrina necesitarista no hace diferencias, que deja azotando al que azota y al buen amigo exhor­tando como antes. Pero evidentemente que si algo detuviera, deten­dría la exhortación. Que los pecados sean inevitables, no es un hecho que impide el castigo; si algo impide es la persuasión. Es tan probable que el determinismo conduzca a la crueldad como a la cobardía. El determi­nismo no es incompatible con el hecho de tratar cruelmente a los cri­minales. Con lo que tal vez es incompatible es con darles tratamiento benigno; con apelar a sus mejores sentimientos; con alentarlos en su lucha moral.

El determinismo no cree en la efi­cacia de apelar a la voluntad, pero cree en la eficacia de cambiar el medio ambiente. No dirá al peca­dor: "Ve, y no peques más", porque el pecador no puede rehuir la ofen­sa. Pero puede sumergirlo en aceite hirviendo; porque el aceite hirviendo es un medio ambiente. De ahí que el materialista, considerado como una silueta, tenga los contornos fantásti­cos de la silueta del loco. Ambos asumen una actitud, al mismo tiem­po inapelable e intolerable.

Por supuesto, que todo lo que an­tecede se puede decir no sólo del materialista. Lo mismo podría apli­carse al extremo opuesto de la lógica especulativa. Hay un escéptico mu­cho más terrible que el que cree que todo comenzó en la materia. Es po­sible encontrar el escéptico que cree que todo comienza en sí mismo. Él no duda de la existencia de los án­geles o de los demonios, sino de la de los hombres y las vacas. Para ése, sus propios amigos no son sino una mitología hecha por él. Creó su propio padre y su propia madre. Esta fantasía horrenda tiene algo de­cididamente atrayente para el egoís­mo en cierta forma místico de nues­tros días. Aquel editor que pensaba que los hombres que se tenían fe, llegarían; esos buscadores del su­perhombre que siempre creen encon­trarlo mirándose al espejo; esos es­critores que hablan de imprimir su personalidad en vez de crear vida para el mundo, toda esa gente está realmente a una cuarta de aquella vaciedad horrible.

Entonces, cuando en torno al hom­bre el mundo se haya oscurecido como una mentira, cuando los ami­gos se desvanezca en espíritus y vacilen los cimientos de la tierra; en­tonces, cuando no creyendo en nada y en nadie el hombre se encuentre a solas en su pesadilla, entonces el gran lema individualista se trazará sobre él como una ironía vengadora. Las estrellas apenas serán puntos en la oscuridad de su propio cerebro; el rostro de la madre sólo será un ensayo de su lápiz loco en las paredes del calabozo. Pero sobre la puer­ta de su celda se habrá escrito con horrible verdad: "Cree en sí mismo."

No obstante, lo única que nos concierne aquí, es destacar que este extremo del pensamiento egoísta, encierra y exhibe la misma paradoja que el otro extremo del materialis­mo. En teoría es igualmente com­pleto e igualmente lisiado en la prác­tica. En bien de la claridad, es más fácil exponer la idea diciendo que un hombre puede creer que siempre vive en un sueño. Pero evidentemente no se le puede ofrecer una prueba positiva de que no sueña por la sencilla razón de que no hay prue­ba que no se le pueda ofrecer igualmente mientras está soñando. Pero si el hombre comienza a incendiar

Londres y dice que el ama de llaves pronto lo llamará a tomar el desa­yuno, lo tomaríamos y lo llevaríamos con otros lógicos a un lugar que se ha mencionado con frecuencia en el transcurso de este capítulo.

El hombre que no puede creer a sus sentidos y el hombre que no pue­de creer en nada, son igualmente insanos, pero no es posible probar el desequilibrio por un error de sus argumentos sino por la manifiesta equivocación conjunta de sus vidas. Ambos se han encerrado en sendas cajas pintadas interiormente con el sol y las estrellas; los dos son incapaces de salir, uno a la salud y la dicha del cielo, otro a la salud y la dicha de la tierra. Su posición es muy razonable; y aún más, en cierto sentido es infinitamente razonable, así como una moneda de diez centa­vos es infinitamente redonda. Pero hay algo así como una infinidad mez­quina, una humillada y esclavizada eternidad. Es entretenido advertir que muchos místicos o escépticos modernos, han tomado como insignia un símbolo oriental, que es muy el símbolo de esta nulidad extrema. Representan la eternidad por una ser­piente con la cola en la boca. Hay un admirable sarcasmo en esta ima­gen de una comida poco satisfacto­ria. La eternidad del materialismo fatalista, la eternidad de los teósofos arrogantes y de los científicos en­cumbrados de hoy, está bien repre­sentada por la serpiente que se come la cola; un animal degradado que destruye hasta su propio ser.

Este capítulo es puramente prác­tico y se refiere al principal signo y elemento actual de la insania, que es, en resumen, la razón usada sin base; la razón en el vacío. El hombre que comienza a pensar sin la base de un primer principio adecuado, enloquece; es el hombre que empie­za por el mal lado. Y en las páginas que siguen tenemos que tratar de descubrir cuál es el buen extremo. Pero podemos preguntar, a guisa de conclusión, si esto es lo que vuelve loro al hombre ¿qué es lo que lo conserva cuerdo?

Hacia el fin de este libro espero dar una respuesta concluyente (al­gunos pensarán que una respuesta demasiado concluyente). Mas por el momento, y en la misma forma netamente práctica, es posible dar una respuesta referente a lo que en la actual historia de la humanidad, pue­de conservar cuerdos a los hombres. Mientras tienen misterios, tienen sa­lud; cuando se destruye el misterio, se crea la morbosidad. El hombre común siempre ha sido cuerdo, porque el hombre común siempre ha sido místico. Siempre ha aceptado la nebulosidad. Siempre ha tenido un pie en la tierra y otro en el país de las hadas. Siempre ha conservado la libertad de dudar de sus dioses; pero (contrariamente a los agnósti­cos de hoy) también ha conservado su libertad de creer en ellos. Siem­pre se ha preocupado más de la verdad que de la consistencia. Si vio dos verdades que se contradecían mutuamente, tomó las verdades y la contradicción junto con ellas. Su vista espiritual es estereoscópica, como su vista física. Al mismo tiempo ve dos cosas diferentes, y no obstante, o por lo mismo, las ve mejor.

De ahí que siempre haya existi­do algo como el destino, pero tam­bién algo como la libertad de albedrío. De ahí que creyó que de los niños era el reino de los cielos, y que no obstante lo cual, debían obedecer en el reino de la tierra. Admiró a la juventud porque era joven y a la ve­jez porque no lo era.

Es, precisamente este don de asociar las aparentes contradicciones, lo que constituye toda la elasticidad del hombre sano. El único secreto del misticismo es éste: que el hom­bre puede entenderlo todo merced a la ayuda de todo lo que no entiende. El lógico mórbido, intenta dilucidarlo todo y sólo consigue volverlo todo misterio. El místico per­mite que algo sea misterioso, y todo lo demás se vuelve lúcido. El deter­minista hace muy clara la teoría de causalidad y luego descubre que no puede decir "por favor" a la muca­ma. El Cristiano acepta que la liber­tad de albedrío siga siendo un mis­terio sagrado; por eso sus relaciones con la mucama son de una cristalina y luminosa claridad. Pone la simien­te del dogma en una oscuridad cen­tral; pero la simiente germina y se ramifica en todas direcciones con es­pontánea y saludable abundancia. Así como hemos tomado al círculo como símbolo de la razón y de la locura, muy bien podemos tomar a la cruz como símbolo al mismo tiem­po de la salud y del misterio. El budismo es centrípeto pero el Cris­tianismo centrífugo: se vuelca hacia afuera. Porque el círculo es perfecto e infinito en su naturaleza; pero se halla siempre limitado a su tamaño; nunca puede ser mayor ni más pe­queño. Pero la cruz, pese a tener en su centro una fusión y una con­tradicción, puede prolongar hasta siempre sus cuatro brazos, sin alterar su estructura.

Puede agrandarse sin cambiar nun­ca, porque en su centro yace una paradoja. El círculo vuelve sobre sí mismo y está cernido.

La cruz abre sus brazos a los cua­tro vientos; es el indicador de los viajeros libres.

Hablando de este profundo tema, los símbolos escuetos son de un valor confuso; y otro símbolo tomado de la naturaleza expresará con claridad suficiente, lo que es el misticismo para la raza humana.

La única cosa creada que no po­demos ver, es la única cosa a cuya luz podemos verlo todo. Como el sol en su ocaso, el misticismo explica todo lo demás con los rayos de su invisibilidad victoriosa.

El intelectualismo desinteresado es (en el exacto sentido del dicho po­pular) puro brillo de luna, porque es luz sin calor y luz reflejada de un mundo muerto. Pero los griegos te­nían razón cuando hicieron a Apolo dios de la imaginación y de la sen­satez. Luego hablaré de los dogmas de necesidad y de un credo especial. Pero ese trascendentalismo según el cual viven los hombres, originariamente tiene mucho de la posición del sol en el cielo. Tenemos conciencia de él, como de una especie

 

 

III. EL SUICIDIO DEL PENSAMIENTO

 

 

Las frases callejeras no solamente son vigorosas, sino también sutiles: porque una figura de lenguaje con frecuencia puede llegar a ser demasiado simple para prestarse a defini­ción. Frases como "fuera de uso", o "fuera de tono", podrían haber sido acuñadas por el señor Henry James, en una agonía de precisión verbal. Y no hay verdad tan sutil como aquella de la cotidiana frase sobre el hombre que tiene el corazón bien puesto. Abarca una idea de proporción normal; no sólo existe una cierta función, sino que también esa función está correctamente relacio­nada con otras funciones. Por cierto que lo opuesto de esa frase, describi­ría con gran exactitud, la piedad y la ternura, en cierta forma morbos, de los modernos más representativas. Si por ejemplo tuviera que describir con sinceridad el carácter del señor Ber­nard Shaw, no podría expresarme más exactamente que diciendo que, posee un corazón generoso y heroi­camente amplio, pero no es un cora­zón bien puesto. Y eso mismo ocurre con la sociedad típica de nuestro tiempo.

El mundo moderno no es malo; en cierto modo el mundo moderno es demasiado bueno. Está lleno de feroces y malgastadas virtudes. Cuando se perjudica una empresa religio­sa (como se perjudicó el Cristianis­mo con la Reforma) no es solamente de confusión espléndida; es algo bri­llante y sin forma, al mismo tiem­po llamarada y mancha. Pero el círculo de la luna es tan claro e in­confundible, tan periódico e inevi­table como el círculo de Euclides sobre un pizarrón. Porque la luna es completamente razonable; es la madre de los lunáticos, y a todos ellos les ha dado su nombre.

a causa de los vicios desencadenados. Los vicios, por cierto se desen­cadenan y se extienden y causan perjuicios. Pero las virtudes también andan desencadenadas; y las virtu­des se extienden más desenfrenadas y causan perjuicios más terribles. El mundo moderno está lleno de viejas virtudes cristianas que se volvieron locas. Enloquecieron las virtudes porque fueron aisladas unas de otras y vagan por el mundo solitarias.

De ahí que algunos cientistas se preocupan por la verdad; y su verdad es despiadada, y de allí que al­gunos humanistas se preocupan sólo de la piedad y su piedad. (lamento decirlo) frecuentemente es falseada. Por ejemplo: el señor Blatchford ataca al cristianismo porque está loco por una virtud cristiana; la puramen­te mística y casi irracional virtud de la caridad. Tiene la extraña idea de que facilitará el perdón de los pe­cados, diciendo que no hay pecados que perdonar. El señor Blatchford es no solamente uno de los primeros cristianos; es el único de los primeros cristianos que realmente mereció ser comido por los leones. Porque en su caso, la acusación pagana es ver­dadera: su misericordia significa anarquía. En realidad, por ser tan humano, es enemigo de la raza hu­mana. Como extremo opuesto po­dríamos tomar al realista agriado, que deliberadamente mató en sí todo placer humano, con fábulas alegres o con el endurecimiento del corazón. Torquemada, torturaba fí­sicamente a la gente, en bien de la verdad moral. Zola tortura a la gente moralmente, en bien de la verdad física. Pero en tiempos de Tor­quemada, por lo menos existía un sistema que hasta cierto punto per­mitía que la rectitud y la paz se besaran. Ahora, ambas no se saludan ni con una inclinación de cabeza.

Pero podríamos encontrar un caso mucho más concluyente que estos dos de la piedad y de la verdad, en la sorprendente dislocación de la hu­manidad.

Aquí sólo nos concierne tratar de un aspecto de la humildad. Por mu­cho tiempo, humildad ha significado una restricción de la arrogancia e infinitud del apetito del hombre. Del hombre que siempre estaba aventa­jando a sus misericordias con el con­tinuado invento de necesidades nue­vas.

Su propia capacidad de goce des­truía la mitad de sus goces. Procurán­dose placeres, perdió el placer prin­cipal; porque el principal placer es la sorpresa. De ahí resulta evidente que si el hombre quiere hacer amplio a su mundo, él debe estar siempre haciéndose pequeño. Aún las ciuda­des más encumbradas y los pinácu­los inclinados por su propia altura, son creaciones de la humildad. Los gigantes que derriban montes como si fueran pasto, son creaciones de la humildad. Las torres que se pierden en lo alto por encima de la estrella más solitaria en su lejanía, son crea­ciones de la humildad. Porque las to­rres no son altas sino cuando las miramos desde abajo; y los gigantes no son gigantes sino más grandes que nosotros. Toda esa imaginación de lo gigantesco, que es quizá el más vigoroso de los placeres del hom­bre, en el fondo es enteramente hu­milde. Sin humildad es imposible gozar de nada; ni aun de la soberbia.

Pero lo que nos hace padecer el presente es la modestia mal ubicada. La modestia se ha mudado del ór­gano de la ambición. La modestia se ha instalado en el órgano de la convicción: la cual nunca se la ha­bía destinado.

El hombre estaba destinado a du­dar de sí; pero no de la verdad; ha sucedido precisamente lo contrario.

Actualmente la parte del hombre que el hombre proclama, es exactamente la parte que no debía proclamar: su propio yo. La parte que pone en duda, es exactamente la parte de la cual no debía dudar: la razón Divina. Huxley, predicó una humildad que se conformaba con aprender de la naturaleza. Pero el escéptico de nuevo cuño es tan hu­milde, que duda hasta de poder aprender. De ahí resulta que si nos hubiéramos apresurado a decir que no existe una humildad típica de nuestro tiempo, nos hubiéramos equi­vocado. La verdad es que hay una real humildad típica de nuestro tiem­po. Pero ocurre que, prácticamente, es una humildad tan envenenada como la más desorbitada de las postra­ciones del asceta. La vieja humildad era una espuela que impedía al hom­bre detenerse; no un clavo en su zapato que le impedía proseguir. Porque la vieja humildad hacía que el hombre dudara de su esfuerzo, lo cual lo conducía a trabajar más duro. Pero la nueva humildad hace que el hombre dude de su meta, lo cual lo conduce a cesar su esfuerzo por completo.

En cualquier esquina podemos en­contrar un hombre pregonando la frenética y blasfema confesión de que puede estar equivocado. Cada día nos cruzamos con alguno que dice, que, por supuesto, su teoría puede no ser la cierta.

Por supuesto, su teoría debe ser la cierta, o de lo contrario, no sería su teoría. Estamos en camino de pro­ducir una raza de hombres mentalmente demasiado modestos para creer en la tabla de multiplicar. Nos hallamos en peligro de ver filósofos que duden de la ley de gravedad, por considerarla como un simple produc­to de sus imaginaciones. Los farsan­tes de otros tiempos eran demasiado orgullosos para dejarse convencer; pero éstos son demasiado humildes para poder ser convencidos. Los hu­mildes heredan la tierra; pero los escépticos modernos son demasiado humildes, hasta para reclamar su he­rencia. Y precisamente esta impoten­cia intelectual es nuestro segundo problema.

El último capítulo se refería a un hecho observado: que el peligro de morbidez que puede correr un hom­bre, proviene más de su corazón que de su imaginación. No se intentaba atacar la autoridad de la razón; su objeto más bien fue defenderla; porque necesita defensa.

Todo el mundo moderno está en guerra con la razón; y la torre, ya vacila.

Con frecuencia se dice que los sen­satos no hallan respuesta para el enigma de la religión. Pero la difi­cultad con nuestros sensatos, no es que no puedan ver la respuesta, sino que no pueden ver ni siquiera el enigma. Son como niños suficientemente estúpidos como para no notar nada paradójico en la manifestación de que una puerta no es una puerta. Los tolerantes modernos, por ejem­plo, hablan sobre la autoridad reli­giosa, no solamente como si no hu­biera razón alguna de su existencia, sino como si nunca hubiera habido una razón para que exista.

A más de no ver su base filosó­fica, no pueden siquiera ver su causa histórica. La autoridad religiosa, ha sido con frecuencia opresiva e irra­zonable, tal como cada sistema le­gislativo (y especialmente el nuestro actual) ha sido duro y culpable de una penosa apatía. Es razonable ata­car a la policía; también es glorioso. Pero los modernos críticos de la auto­ridad religiosa, son como hombres que atacaran a la policía, sin nunca haber oído hablar de asaltantes. Porque existe un grande y posible peli­gro para la mente humana; un pe­ligro tan real como el de un asalto. Contra él, bien o mal, la autoridad Religiosa se irguió como una barrera. Y contra él, algo por cierto debe erguirse como barrera si es que nues­tra raza debe salvarse de la ruina.

Ese peligro consiste en que el in­telecto humano es libre de autodes­truirse. Tal como una generación podría impedir la existencia de la generación siguiente, recluyéndose toda en monasterios o arrojándose al mar; así un núcleo de pensadores puede impedir, hasta cierto punto, los pensamientos subsiguientes, en­señando a la nueva generación que no existe validez en ningún pensa­miento humano. Sería cargoso ha­blar siempre de la alternativa entre la razón o la fe. La razón en sí misma es un objeto de la fe. Es un acto de fe afirmar que nuestro pen­samiento no tiene relación alguna con la realidad.

Si usted es puramente un escép­tico, tarde o temprano se hará esta pregunta: "¿Por qué todo puede an­dar bien, aun la observación y la deducción? ¿Por qué la buena lógi­ca es tan engañosa como la mala lógica? ¿Ambas son actividades en el cerebro de un mono sorprendido?"

Hay un pensamiento que detiene el pensamiento. Y ese es el único pensamiento que debería ser deteni­do. Ese es el mal concluyente con­tra el cual se dirigió toda la autori­dad religiosa. Recién aparece al final de edades decadentes como la nues­tra; y el señor H. G. Wells, ya izó su estridente bandera; ha escrito una delicada pieza de escepticismo lla­mada: "Las dudas del instrumento". Allí interroga al cerebro e intenta excluir la realidad, hasta de sus pro­pias afirmaciones, pasadas, presentes y por venir. Contra esta ruina lejana, se organizó y se jerarquizó origina­riamente, todo el sistema militar de la religión. Las creencias y las cruzadas, las jerarquías y las persecu­ciones, no fueron organizadas según la ignorancia, -dice-, para suprimir la razón. El hombre, por un instinto ciego sabía que si las cosas fueron discutidas ensañadamente, la razón pudo ser discutida primero. La auto­ridad para absolver que tienen los sacerdotes; la autoridad de los papas para d€ terminar autoridades; aun la autoridad para aterrar de los inqui­sidores, eran solamente sombrías de­fensas erigidas en torno de una auto­ridad central más indemostrable, más sobrenatural que todas: la autoridad para pensar que tiene el hombre. Sabemos ahora que las cosas son así; no tenemos excusa para ignorarlo. Porque a través de la vieja rueda de autoridades, podemos oír al es­cepticismo crujiente, y al mismo tiempo ver a la razón íntegra y fuerte sobre su trono.

En tanto que la religión marche, la razón marcha. Porque ambas son de la misma primitiva y autoritaria especie. Ambas son métodos que prueban y no pueden ser probados. Y en la acción de destruir la idea de la autoridad divina, hemos des­truido sobradamente la idea de esa autoridad humana, por la cual po­demos abreviar una división muy larga. Con un rudo y sostenido ti­roteo, hemos querido quitar la mitra al hombre pontificio, y junto con la mitra le arrebatamos la cabeza.

A menos que a esto se le llame divagación, tal vez fuera conveniente repasar rápidamente, los principales modos de pensar modernos, que han causado este efecto de detener el pensamiento. Tuvieron ese efecto el materialismo y la teoría de que todo es producto de una ilusión in­dividual; porque si la mente es me­cánica, el pensar no puede ser muy divertido; y si el cosmos no es real, no hay nada en qué pensar. Pero en estos casos el efecto es indirecto y dudoso. En algunos casos es directo y evidente; especialmente en el caso de lo que por lo general se llama evolucionismo.

El evolucionismo es un buen ejem­plo de esta inteligencia moderna, que si algo destruye, se destruye a sí mis­ma. El evolucionismo es, o una in­genua explicación científica de cómo sucedieron algunos fenómenos terrá­queos, o si es algo más que eso, es un ataque al pensamiento mismo. Si el evolucionismo destruye algo, no destruye a la religión sino al raciona­lismo. Si la evolución significa sim­plemente que algo positivo llamado mono, se convirtió, muy lentamente, en algo positivo llamado hombre, en­tonces es inofensivo hasta para el más ortodoxa, porque un Dios per­sonal, puede hacer las cosas, tanto lenta como rápidamente, en especial si como el Dios Cristiano, está situa­do fuera del tiempo.

Pero si evolución quiere decir algo más, significa que no existe cosa tal como un mono a convertir, ni cosa tal como un hombre en el cual ser convertido. Significa que no existe tal cosa como una cosa. A lo más existe una sola cosa; y esa, es el flujo del todo y de la nada. Esto, es un ataque no contra la fe, sino contra la mente; no es posible pensar si no hay riada en qué pensar. No es po­sible pensar sin que el pensamiento esté separado de su objeto. Descar­tes dijo: "Yo pienso; por consiguien­te existo". El filósofo evolucionista invierte y hace negativo el epigrama. Dice: "Yo no existo; por consiguien­te no puedo pensar".

Luego está el opuesto ataque al pensamiento, aquel anticipado por el señor H. G. Wells cuando insiste en que cada cosa aislada es "única", y en que no existen categorías. Tam­bién esta teoría es puramente des­tructiva.

Pensar significa relacionar cosas y detenerse cuando no pueden ser re­lacionadas. Es obvio decir, que este escepticismo prohibitivo del pensa­miento, prohíbe también el lenguaje: un hombre no puede abrir la boca sin contradecirlo. De ahí que cuando el señor H. G. Wells dice (como lo hizo en alguna parte) "to­das las sillas son completamente di­ferentes", expresa no solamente un error, sino también una contradic­ción de términos. Si todas las sillas son por completo diferentes, no se las puede llamar "todas las sillas".

Semejante a esta es la teoría pro­gresista que sostiene que alteramos la prueba en vez de tratar de pa­sarla. Con frecuencia oímos decir, por ejemplo, "lo que es bien en una época es mal en otra". Esto es muy razonable si significa que existe una meta permanente, y que ciertos sistemas logran alcanzarla en ciertos y determinados tiempos y no en otros. Digamos: si las mujeres desean ser elegantes, puede que en una época lograrán su deseo engordando y en otra época adelgazando. Pero no se podría decir que alcanzan su meta dejando de desear ser elegantes y comenzando a desear ser ovaladas. Si el tipo varía ¿cómo podría haber perfeccionamiento, si éste implica la permanencia de un tipo? Vietzscke inició la insensata idea de que los hombres una vez fueron en pos de un bien que ahora nosotros llama­mos mal; si fuera así no podríamos ni hablar de aventajarlos o aún de aparejarnos a ellos. ¿Cómo podría usted alcanzar a Pérez siendo que us­ted camina en dirección opuesta? No se puede discutir si un pueblo, procurando hacerse miserable tuvo más éxito que el éxito que tuvo otro procurando hacerse feliz. Sería como discutir si Milton fue más puritano de lo que un cerdo es gordo.

Cierto es que un hombre (un hom­bre tonto) podría cambiar su ideal o su objeto. Pero en cuanto al ideal, en si es incambiable. Si el admira­dor de la alteración desea controlar su propio progreso, debe ser riguro­samente leal al ideal de la alteración; no debe ponerse a flirtear alegremente con el ideal de la monotonía. El progreso en sí mismo no puede progresar. Vale la pena destacar de paso, que cuando Tennyson, en for­ma bastante alocada y débil, dio la bienvenida a la idea de la variación infinita de la sociedad, instintivamente empleó una metáfora que su­giere algo de encarcelado hastío. Es­cribió:

"Dejad al gran mundo extenderse hacia los ruidosos abismos de la va­riante."

Pensó que la variación en sí es un invariable abismo, y eso es. La va­riación, aproximadamente es el abis­mo más árido y estrecho en que pue­da colarse un hombre.

No obstante, aquí lo principal es que esta idea de una alteración fun­damental del tipo, es una de las cosas que hacen simplemente im­posible, pensar en el pasado o en el futuro.

La teoría de una alteración com­pleta en los prototipos de la historia humana, no solamente nos priva del placer de honrar a nuestros padres; nos priva hasta del más moderno y aristocrático placer de despreciarlos.

Este escueto sumario de las fuerzas destructivas del pensamiento contemporáneo, no estaría completo si careciera de alguna referencia al pragmatismo[2]; porque aunque aquí lo haya empleado y lo defienda en todas partes como guía preliminar de la verdad, se hace de él una apli­cación exagerada que implica la ausencia total de verdad alguna. Mi concepto, puede expresarse brevemente, así. Estoy de acuerdo con el pragmatismo en que la aparente verdad objetiva no lo es todo; en que existe una legítima necesidad de creer las cosas que son necesarias a la mente humana. Mas yo agrego que una de estas necesidades, es preci­samente la de creer en la verdad objetiva. El pragmático aconseja al hombre creer lo que se debe creer y no preocuparse de lo Absoluto. Pero precisamente una de las cosas que debe creer es lo Absoluto. Por cierto esta filosofía es una especie de paradoja verbal. El pragmatismo es una cuestión de necesidades hu­manas y una de las primeras necesi­dades humanas, es ser algo más que un pragmático. El pragmatismo ex­tremoso es tan inhumano como el determinismo al cual vigorosamente ataca. El determinista (que para ha­cerle justicia no tiene pretensiones de ser humano), se burla del sentido humano para hacer la elección activa del hecho. El pragmatista, que pro­fesa ser esencialmente humano, se burla del sentido humano frente al hecho en acción.

Para resumir lo expuesto hasta aquí, podríamos decir que las filosofías corrientes más características, no sólo tienen rasgos de manía, sino rasgos de manía suicida. El investi­gador ha dado con la cabeza contra los límites del pensamiento humano; y se la rompió. Esto es lo que hace tan inútiles las advertencias del or­todoxo y tan vana la jactancia de los vanguardistas sobre 14 peligrosa ado­lescencia del libre pensamiento. Lo que estamos presenciando no es la adolescencia del libre pensamiento, es su vejez decrépita y su disolución terminante. Es inútil que los obis­pos y los sabios discutan qué horri­bles sucesos vendrán si el desenfre­nado escepticismo sigue su curso.

Es en vano que los ateos elocuen­tes hablen de las grandes verdades que se revelarán una vez que vea­mos los comienzos del libre pensa­miento. Ya hemos visto su término.

No tiene ya preguntas por hacer; se ha interrogado a sí mismo. No es posible evocar visión más salvaje que la de una ciudad cuyos hombres se preguntan si tienen persona.

No es posible imaginar un mundo más escéptico que aquél en el cual los hombres dudan de que el mundo existe. El libre pensamiento podría haber llegado a la quiebra más rápi­da y limpiamente, de no haber sido débilmente trabado por la aplicación de las indefendibles leyes de la blas­femia o por la absurda pretensión de que Inglaterra moderna es cris­tiana. Pero de cualquier modo hu­biera quebrado.

Los ateos militantes aún son injustamente perseguidos; pero más por ser una antigua minoría que por ser una minoría nueva. El libre pen­samiento ha agotado su propia li­bertad.

Está hastiado de sus propios éxi­tos. Si ahora algún libre pensador ansioso, saluda a la libertad filosó­fica como a un amanecer, es igual al hombre de Mark Twain que envuelto en sus sábanas salió a ver la salida del sol y llegó justo a tiempo para ver su ocaso. Si algún pastor alarmado dice todavía que sería te­rrible que se extendiera la oscuri­dad del libre pensamiento, sólo po­dríamos responderle con las palabras del señor H. Belloc: "Le ruego no se turbe previendo el incremento de fuerzas en disolución. Se ha equivo­cado en las horas de la noche; ya es la mañana". No hemos dejado preguntas por preguntar. Hemos buscado interrogaciones en los rincones más sombríos y en las cumbres más inexploradas. Hemos hallado todas las preguntas que se pueden hallar. Ya es hora de que cesemos de bus­car interrogantes y comencemos a buscar respuestas.

Pero hay que agregar una palabra más. Al comienzo de esta conversa­ción negativa dije que nuestra ruina mental la trae la razón desenfrenada y no la desenfrenada imagina­ción. Un hombre no se vuelve loco por hacer una estatua de 1.600 me­tros de altura; pero puede volverse loco pensándola en pulgadas cúbi­cas. Ahora, una escuela de pensa­dores comprendiéndolo así, se ha abalanzado a esa verdad, creyendo hallar en ella la forma de remozar la salud paganizada del mundo.

Vieron que la razón destruye; pero dicen que la voluntad crea. La auto­ridad ulterior reside en la voluntad, no en la razón. El punto supremo es no el por qué un hombre requiere algo, sino el hecho de que lo requier­a. No tengo espacio para describir o exponer esta filosofía de la Voluntad.

Supongo que llegó a través de Nietzsche, que predicó algo llamado egoísmo. Por cierto Nietzsche fue bastante ingenuo, porque renegó del egoísmo simplemente predicándolo. Puesto que predicar algo, es renun­ciar a ello. Primero, el egoísmo lla­ma guerra despiadada a la vida y luego se toma todas las molestias posibles para arrojar sus enemigos a la guerra. Predicar el egoísmo es practicar el altruismo. Pero como quiera que empiece, su punto de vista es bastante común en la literatura corriente. La principal dis­culpa de estos pensadores, es que no son pensadores: son actores. Dicen que elegir es en sí divino. De ahí que el señor Bernard Shaw haya atacado la vieja idea según la cual los actos deben juzgarse conforme al  típico deseo de felicidad. Dice que los actos del hombre no son causados por su tendencia a la felicidad, sino por un esfuerzo de vo­luntad.

No dice: "el jamón me hará feliz", sino "yo quiero jamón". Y en esta temía, otros le siguen aun con ma­yor entusiasmo. El señor John Da­vidson, un destacado poeta, tanto se apasiona por este asunto, que se ve obligado a escribir en prosa. Publicó sobre él, una obra breve con varios extensos prefacios. Lo cual es bas­tante natural para el señor Bernard Shaw, cuyas obras son todas prefa­cios. El señor Shaw (sospecho) es el único hombre sobre la tierra que haya escrito poesía. Pero ese señor Davidson, que puede escribir poesía excelente y en vez de escribirla debe escribir complicada metafísica en de­fensa de esta doctrina de la voluntad, demuestra que la doctrina de la vo­luntad, se ha posesionado de los hombres. Aún el señor H. G. Wells, a medias ha hablado en su lenguaje diciendo que el hombre debe probar sus actos no como un pen­sador sino como un artista; dicien­do "siento que esta curva está bien" o "esta línea debe ir en tal forma." Todos están agitados; y bien pueden estarlo. Porque por esta doctrina de la divina autoridad de la voluntad, creen que pueden liberarse de la fortaleza carcelaria del racionalismo. Creen que pueden escapar. Pero no pueden.

Esta alabanza confusa a la voli­ción, concluye en la misma des­trucción confusa que la observancia de la lógica. Así como el absoluto libre pensamiento, implica dudar del pensamiento en sí, exactamente así, la aceptación exclusiva del "querer", paraliza la voluntad.

El señor Bernard Shaw, no ha per­cibido la positiva diferencia que exis­te entre el viejo experimento utilitario del placer (que por supuesto es bur­do y mal expresado) y lo que él sostiene. La real diferencia entre la experimentación de la felicidad y la experimentación de la voluntad consiste en que la experimentación de la felicidad es un experimento y la otra, no Io es. Se puede dis­cutir si el acto de un hombre que se precipita desde una colina, tien­de a la felicidad; no se puede dis­cutir que ese acto derive de la voluntad. Por supuesto que deri­va. Se puede alabar un acto di­ciendo que se le había destinado a procurar placer o dolor, a descubrir la verdad o salvar el alma. Pero no se le puede alabar porque implique voluntad, porque tal alabanza, no es más que decir que es un acto. Según esta alabanza de la voluntad, no se puede elegir un camino mejor que otro. Y sin embargo, la elección de un camino por ser mejor que otro, es la verdadera definición de la vo­luntad que se está alabando.

La adoración de la voluntad, es la negación de la voluntad. Admirar exclusivamente la elección en sí, es rehusarse a elegir. Si el señor Bernard Shaw, viene a mí y me dice: "quiera algo", es como si me dijera: "no me importa lo que usted quiera", que es como decir: "yo no tengo voluntad en general, porque la esencia de la voluntad es ser_ par­ticular. Un brillante anarquista como el señor John Davidson, se irri­ta contra la moralidad ordinaria y de ahí invoca a la voluntad, la vo­luntad para cualquier cosa. Lo úni­co que quiere es que la humani­dad quiera algo. Pero la humanidad quiere algo. Quiere la moralidad ordinaria. Se rebela contra la ley y nos dice que queramos algo o cualquier cosa. Pero algo hemos querido. Hemos querido la ley con­tra la cual se rebela. Todos los fa­náticos de la voluntad, desde Nietz­sche hasta el señor Davidson, es­tán realmente privados de volición. No pueden "querer"; apenas pueden desear. Y si alguien exige. una prue­ba, se la puede hallar fácilmente en este hecho: que siempre hablan de la voluntad como de algo que puede dilatarse y quebrarse. Pero ocurre exactamente lo opuesto. Cada acto de voluntad, es un acto de autolimi­tación. Desear acción, es desear li­mitación. En este sentido, cada acto voluntario, es un acto de autosacri­ficio.

Cuando se elige algo, se rechaza todo lo demás.

Esta objeción que los 'hombres de la dicha escuela, aplicaban al acto de contraer matrimonio, es en reali­dad la objeción adecuada para cada acto. Cada acto es una selección y una exclusión irrevocable. Tal como cuando usted se casa con una mujer renuncia a todas las demás, así cuando elige un camino de ac­ción, reunía a todos los otros cami­nos. Si usted acepta ser. Rey 'de In­glaterra, renuncia al puesto de Ujier de Brompton. Si usted se va a Rome, inmola una rica y placentera vida en Wimbledon. La existencia de este lado negativo o limitante de la voluntad, hace poco más que jocosa la charla de los anárquicos, ado­radores de la voluntad. Por ejem­plo; el señor John Davidson nos dice que nada podremos hacer contra el "Vos, no podréis"; pero seguramen­te "Vos, no podréis", sólo es uno de los corolarios imprescindibles del "yo quiero". "Yo quiero ir a la Reyista del Lord Mayor, y Vos, no podréis detenerme." El anarquismo nos conjura a ser artistas creadores y auda­ces, sin importársele de las leyes o de los límites. El arte es limitación; la esencia de cada pintura está en sus perfiles. Si usted dibuja 'una ji­rafa, debe dibujarla con el pescuezo largo.

Si en su audaz forma creadora, se conserva libre de dibujar una jirafa. con el pescuezo corto, ciertamente descubrirá que usted no es libre de dibujar una jirafa. En el momento de entrar al mundo de los hechos, se entra al mundo de las limitaciones.

Usted puede liberar las cosas de sus leyes accidentales o accesorias, pero no de las leyes propias de sus naturalezas. Si usted quiere, puede liberar a un tigre de sus rejas, mas no lo libre de su cautiverio. No libre al camello de su joroba: puede estar librándolo de ser camello. No se pasee como un demagogo incitando a los triángulos a evadirse de sus tres lados. Si un triángulo se sale de sus tres lados, su vida llegará a un lamentable término. Alguien es­cribió un artículo titulado: "Los Amores de los Triángulos";` nunca lo leí, pero estoy seguro de que si los triángulos alguna vez fueron amados, fueron amados por ser triangu­lares. Este es ciertamente el caso de toda creación artística, la cual en cierto modo, es el más acabado ejem­plo de voluntad pura.. Los artistas aman sus limitaciones: constituyen lo que están haciendo. El pintor, se alegra de que la tela sea chata. El escultor se alegra de que el yeso sea incoloro.

En caso de que el ejemplo no fuera claro; podría ilustrarse con un ejemplo histórico. La Revolución Francesa fue algo heroico y decisivo, porque los Jacobinos quisieron algo definitivo y limitado. Quisieron la libertad de la democracia, pero qui­sieron también todas las restricciones de la democracia. Desearon tener votos y no tener títulos. Los Repu­blicanos tuvieron su aspecto ascético en Franklin o en Robespierre, tanto como en Danton y Wilkes tuvieron su aspecto expansivo. Por ' lo tanto crearon algo sólido en sustancia y apariencia; la justa igualdad social y el bienestar campesino de Francia. Pero desde entonces, la mente revo­lucionaria o especulativa de Europa, ha decaído, rechazando toda propuesta a causa de las limitaciones de la proposición.

El liberalismo fue rebajado a libe­ralidad. Los hombres intentaron ha­cer intransitivo al verbo transitivo: "revolucionar". El jacobino podía decir no solamente contra qué siste­ma se rebelaría sino (lo que es más) contra qué sistema no se hubiera re­belado;' en qué sistema habría pues­to su confianza. Pero el rebelde de nuevo cuño es un escéptico y nada cree por entero. No tiene lealtad; por consiguiente no puede ser nun­ca un verdadero revolucionario. Y el hecho de que duda de todo, por cierto lo fastidia cuando quiere proclamar algo. Porque toda proclamación implica una doctrina moral determinada; y el revolucionario no sólo duda de la institución que proclama sino también de la doctrina por la cual la ha proclamado. De ahí re­sulta que escriba un libro quejándose porque opresión imperial insulta la pureza de las mujeres y después escriba otro libro (sobre el proble­ma sexual) en el que a su vez las insulta. Maldice al Sultán porque las muchachas cristianas pierden la virginidad y luego maldice ala señora Grundy[3] porque la conserva. Como político gritará que ' la guerra es una pérdida de vidas y como filó­sofo gritará que la vida es una pér­dida de tiempo. Un ruso pesimista denunciará, a un policía por haber matado un campesino y luego, por un proceso filosófico de alto vuelo, probará que el 'campesino merecía la muerte. Un hombre proclama que el matrimonio es una mentira y, lue­go denuncia al aristócrata canalla, porque lo trata como si fuera una mentira. A la bandera le dice juguete y luego increpa a los opresores

Polonia o de Irlanda porque les han quitado su juguete. El hombre de esta escuela, primero va al meet­ing político donde se queja de que a los salvajes se les trata como a bes­tias; y luego toma el sombrero y el paraguas y se va a un meeting científico en el que prueba que os sal­vajes son verdaderamente bestias. Abreviando, el revolucionario moder­no, siendo infinitamente escéptico, siempre está ocupado en minar sus propias minas.

En su libro sobre política ataca a los hombres por pisotear la moral; en su libro sobre ética ataca la mo­ral por humillar al hombre. Como consecuencia, el revoltoso moderno se ha vuelto completamente inútil para toda tentativa de revuelta. Re­belándose contra todo, ha perdido su derecho a rebelarse contra algo.

Podría agregarse que la misma la­guna  y la misma bancarrota se ob­serva en todos los tipos terribles y violentos de literatura; especialmente en la satírica.

La sátira será loca y anárquica, pero presupone la admisión de cierta

superioridad de unas cosas sobre as; presupone un modelo, típico.

Cuando en la calle los chicos se ríen de la gordura de un distinguido pe­riodista, inconscientemente lo comparan con el mármol de Apolo. Y la extraña desaparición de la sátira de nuestra literatura, es un ejemplo de las cosas violentas que se desvane­cen por carecer de alguna base so­bre la cual ejercer violencia. Nietz­sche, tiene cierto talento natural para el sarcasmo; podía burlarse a pesar de que no pudo reír; pero siempre hay en su sátira algo incorpóreo y enclenque, sencillamente porque no estaba respaldada por ningún fondo de moral corriente. Es en sí más grotesco que ninguna de sus expre­siones. Pero ciertamente, Nietzsche se mantendrá como exponente del fracaso total de la violencia abstrac­ta. El reblandecimiento cerebral que finalmente se apoderó de él, no fue un accidente físico. Si Nietzsche no hubiera concluido en la imbecilidad, el nietzchismo habría concluido im­bécil Pensando aisladamente y con orgullo, se termina por ser un idiota. El hombre cuyo corazón no se ablan­de, acabará con los sesos reblande­cidos.

Esta última tentativa de evadirse del intelectualismo, concluye en el intelectualismo y por consiguiente en la muerte. La evasión fracasó. La admiración frenética de la ilegalidad y la adoración materialista de la ley, terminan en la misma nada. Nietz­sche escala montañas vacilantes y finalmente aparece en el Tibet. Se sienta al lado de Tolstoy en el país del vacío. Ambos son inválidos, uno porque no puede retener nada y otro porque no puede perder nada.

La voluntad dé Tolstoy se conge­la por la intuición budista de que todas las acciones especiales son ma­las. Pero la voluntad de Nietzsche igualmente se congela por su teoría de que todas las acciones especiales son buenas, porque si todas las ac­ciones especiales son buenas, ningu­na de ellas es especial.

Hacen alto en la encrucijada, y uno odia todos los caminos y al otro le gustan todos. El resultado es bueno; algunos no son difíciles de pre­ver: hacen alto en la encrucijada.

Aquí termino (gracias a Dios) el primer y más árido asunto de este libro; la revisión sumaria del pensamiento reciente. Después de esto, comienzo a describir otro aspecto de la vida que tal vez no interesa al lector, pero que a mí por lo menos me interesa. Con ese objeto he ho­jeado una pila de libros modernos que tengo ante mí al terminar esta página; una pila de ingenuidades, una pila de fruslerías. Por mi pre­sente desprendimiento accidental, puedo ver el inevitable choque de las filosofías .de Shopenhauer y Tols­toy, de Nietzsche y Shaw, tan cla­ramente como se puede ver desde, un globo, un choque de trenes.

Todos están encaminados a la va­ciedad del hospicio.

Porque la locura puede definirse como uso de la actividad mental, hasta llegar a la impotencia mental; y todos ellos, casi han llegado. Aquel que piense que está hecho de vidrio, piensa en pro de la destrucción del pensamiento; porque el vidrio no puede pensar. Así también el que no quiere rechazar nada, quiere en pro de la destrucción de la voluntad; porque voluntad no es sólo poder elegir algo, sino rechazar casi todo. Y así que vuelvo y revuelvo sobre los inteligentes, hermosos, cansadores e inútiles libros modernos; el título de uno de ellos detiene mi mirada. Se llama "Juana de Arco" de Anato­le France. Solamente lo he hojeado, pero una mirada bastó para recor­darme la "Vida de Jesús", de Re­nán. Sigue el mismo método que el reverente escéptico. Desacredita los relatos sobrenaturales que tienen al­gún fundamento, simplemente' con­tando historias naturales que no tie­nen fundamento alguno. Porque no podemos creer en lo que hizo un santo; debemos pretender que sabe­mos exactamente lo que sintió. Pero no menciono a ninguno de ambos libros con objeto de criticarlo, sino porque a causa de la accidental com­binación de los nombres, recordé dos sorprendentes ejemplos de sen­satez que hacen desaparecer todos los libros que tenía ante mí. Juana de Arco no se turbó en la encruci­jada, ni rechazando todas las sendas como Tolstoy ni aceptándolas todas como Nietzsche.

Eligió un camino y lo recorrió como reguero de pólvora. No obstan­te, cuando vine a pensar en ella, vi que Juana poseía todo lo que fue verdad en Tolstoy y en Nietzsche; aun todo lo que en ambos fue tole­rable. Pensé en todo lo que es no­ble en Tolstoy; el placer de las cosas sencillas, especialmente de la piedad sencilla, la deferencia para el pobre, la dignidad de las espaldas dobladas. Juana de Arco, tuvo todo eso, más este gran agregado; que sobrellevó la pobreza tan bien como la había admirado, en tanto que Tolstoy fue un aristócrata típico tra­tando de hallar su secreto. Y luego pensé en todo lo que había de va­liente, y de arrogante y de patético en el pobre Nietzsche, y su rebelión contra la vaciedad y la timidez de nuestro tiempo. Pensé en su grito de alarma por el estático equilibrio del peligro, su ansiedad por la dis­parada de los grandes caballos, su grito a las armas. Bien, Juana de Arco tuvo todo eso y, otra vez, con esta diferencia; que no alabó la lucha, pero luchó. Sabemos que no temía a un ejército, mientras que Nietzsche, por todo lo que sabemos, pudo tener miedo de una vaca. Tols­toy solamente alabó al campesino; ella, fue campesina. Nietzsche alabó al guerrero; ella fue guerrero. Ella, los derrota a ambos en sus propios ideales antagónicos; fue más dulce que el uno y más violenta que el otro. No obstante, fue una persona perfectamente práctica que hizo al­go, en tanto que ellos son feroces especuladores que no hicieron nada. Era imposible que no cruzara por mi mente el pensamiento de que ella y su fe, tenían quizá un secreto de unidad y utilidad moral, que se nos ha perdido. Y con este pensamiento vino otro más vasto y la figura co­losal de su Señor, cruzó por el teatro de mis reflexiones. La misma difi­cultad moderna que ha sombreado el sujeto-materia de Anatole France, ha sombreado también el de Ernesto Renán. Renán también aísla a la piedad del vigor, en su héroe. Renán llega a representar la justa ira con­tra Jerusalén, como si fuera un mero quebranto 'nervioso luego de las idí­licas expectativas de Galilea. ¡Como si hubiera contradicción entre amar a la humanidad y odiar lo inhumano! Los altruistas con débiles voces de­nuncian egoísta a Cristo. Los egoís­tas (con voces más débiles aún), lo denuncian altruista. En la atmós­fera actual, tales cavilaciones resultan bastante comprensibles. El amor del héroe es más terrible que el odio del tirano. El odio del héroe es más generoso que el amor del filántropo. Existe una heroica y magnífica sen­satez de la cual los modernos sólo pueden recoger fragmentos. Existe un gigante, del cual sólo podemos ver los brazos y las piernas moviéndose en torno a nosotros. Han desgarrado el alma de Cristo en girones tontos de altruismo y dé egoísmo, y siguen igualmente des-concertados por su magnificencia insana y por su insana mansedumbre. Se han repartido sus vestiduras y sobre su túnica echaron suerte; a pesar de que su túnica carecía de costuras y era toda una desde arriba hasta abajo.

 

 

 

IV. LA ÉTICA EN EL PAIS DE LOS ELFOS

 

 

 

Cuando el hombre de negocios reprocha al joven empleado su idea­lismo, por lo general lo hace en estos términos: "¡Ah! sí, cuando se es joven, se tienen esos ideales abstrac­tos y esos castillos en el aire; pera llegando a la madurez, todos se des­vanecen como nubes y se empieza a creer en la política práctica, a usar de los medios de que se dispone y a reconciliarse con el mundo tal cual es". Por lo menos cuando yo era niño así me hablaban hombres fi­lántropos y venerables que hoy yacen en sus honradas tumbas. Pero desde entonces he crecido y he descubierto que esos viejos filántropos me men­tían.

Que en realidad sucedió lo con­trario de lo que ellos me decían que iba a suceder. Decían que perde­ría mis ideales y comenzaría a creer en los métodos prácticos de la polí­tica.

Y no he perdido en absoluto mis ideales; mi fe es fundamentalmente exacta a lo que ha sido siempre. Lo que he perdido es mi antigua infantil confianza en la política práctica. Continúo tan interesado como antes en la Batalla de Armaguedón; pero no estoy tan interesado en las Elec­ciones Generales. Cuando era bebé, a su sola mención saltaba en las ro­dillas de mi madre. No; la visión es siempre sólida y fidedigna; la vi­sión siempre es un hecho. La reali­dad es lo que con frecuencia resulta un fraude.

Creo en el liberalismo tanto como siempre; más que nunca. Pero en una época rosada de inocencia, creí en los liberales.        

Teniendo que trazar ahora el cur­so de mi especulación personal, tomo este ejemplo de una de las creencias que persisten, porque tal vez se la pueda contar como única tendencia positiva. Crecí como liberal y he creído siempre en la democracia, en la doctrina elemental de una humani­dad autogobernada.

Si alguno encuentra esta frase va­ga o confusa, sólo puedo detenerme un momento para explicar que el principio democrático, según yo lo entiendo, podría enunciarse en dos proposiciones. La primera es ésta: que las cosas comunes a todos los hombres, son más importantes que las cosas peculiares de cualquier hombre. Las cosas ordinarias tienen más valor que las extraordinarias; aún mejor: son más extraordinarias. El hombre, es algo más imponente que los hombres; algo más sorpren­dente. El sentido milagroso de lo humano en sí, debe ser siempre algo más vívido para nosotros que todas las maravillas del poder, de la inte­ligencia, del arte o de la civilización.

El vulgar hombre sobre sus dos piernas, como tal, debería ser senti­do como algo más emocionante que cualquier música, más sorprendente que cualquier caricatura.  Morir es más trágico que morir de hambre.

Tener nariz, es más cómico aún que tener una nariz normanda.

Ese, es el primer principio demó­crata: que las cosas esenciales para los hombres, son las cosas que po­seen en común; no las cosas que poseen por separado. Y el segundo principio es sencillamente este: que el instinto o deseo político, es una de esas cosas que poseen en común.

Enamorarse es más poético que languidecer en poesías.

La idea demócrata es que el go­bierno (ayudando a regir un país) es algo así como enamorarse y no como languidecer en poesías. No algo análogo a tocar el órgano' en una iglesia, a pintar telas o a descu­brir el Polo Norte ( ¡pérfida costum­bre!) y a hechos por el estilo. Porque no deseamos que los hombres hagan esas cosas, a no ser que las hagan muy bien. Por el contrario, la idea demócrata es que el gobier­no es algo análogo a escribir las pro­pias cartas de amor, o a sonarse la nariz. Estas cosas deseamos cine los hombres las hagan por sí mismos, aunque las hagan muy mal. No dis­cuto aquí la exactitud de ninguna de estas concepciones; sé que algunos modernos andan por ahí pidiendo que los científicos les elijan sus esposas, y por lo que sabemos, pronto pedirán que las niñeras les suenen la nariz.

Digo solamente, que la humani­dad reconoce estas universales fun­ciones humanas, y que la democracia incluye al gobierno entre ellas. Abre­viando, la teoría demócrata es ésta: que las cosas más terriblemente im­portantes deben dejarse libradas al hombre, la complementación de los sexos, la educación de la juventud, las leyes del estado. Esto es demo­cracia: yen esto es en lo que he creído siempre.

Pero desde mi juventud hasta hoy, hay algo que nunca pude comprender. Nunca he podido comprender de dónde es que la gente ha sacado la idea, de que la democracia se opone en cierta forma a la tradición.

Evidentemente, la tradición es sólo la democracia prolongada a través del tiempo. Es creer en un concier­to de vulgares voces humanas, más que en un registro aislado y arbi­trario de los hechos. El hombre que cita a un historiador alemán en su ataque a la tradición de la Iglesia Católica, apela estrictamente a la aristocracia.

Recurre a la superioridad de un experto para oponerla a la tremenda autoridad de una muchedumbre po­pular.

Es fácil ver por qué una leyenda es tratada, y debe ser tratada, con más respeto que un libro de historia.

La leyenda, generalmente la hace la mayoría (le la gente sensata de un pueblo. El libro, generalmente está escrito por un sólo loco del pue­blo. Aquellos que contra la tradi­ción arguyen que los hombres de ayer eran ignorantes, pueden ir con sus argumentos al Club Carlton[4], manifestando que los votantes de los garitos son ignorantes. No nos hace nada.

Si cuando se trata de asuntos co­tidianos, concedemos gran importan­cia a la opinión unánime del común de los hombres, no hay razón para que la menospreciemos cuando se trata de fábulas y de historia. La tradición podría definirse como una extensión de esa franquicia.

Tradición, significa dar votos a la más oscurecida de todas las clases: nuestros antecesores. Es la democra­cia de los muertos. La tradición rehúsa someterse a la pequeña y arrogante oligarquía de aquellos que casualmente, andan por ahí.

La democracia pone objeciones a los hombres por ser incapacitados por el accidente de su nacimiento; la tradición se las pone por ser incapa­citados por el accidente de su muer­te. La democracia nos aconseja no desoír la opinión de un hombre bue­no; aunque sea nuestro mucamo. La tradición nos pide que no desoi­gamos la opinión de un hombre bue­no; aunque sea nuestro padre. Yo por lo menos, no puedo separar las ideas de democracia y de tradición; me parece evidente que ambas son una misma idea.

Tendremos a los muertos en nues­tros concilios. Los antiguos griegos votaban en piedras; éstos, votarán en lápidas. Todo es perfectamente ofi­cial y correcto, puesto que muchas lápidas, como muchas papeletas de votar, están marcadas con una cruz.

Debo decir primero, qué si he tenido una inclinación, siempre fue una inclinación a favor de la demo­cracia, y por consiguiente, de la tra­dición. Antes de llegar a ningún prin­cipio teórico o lógico, me conformo con permitirme esta confesión perso­nal: siempre he estado más inclinado a creer en el clamor de la clase tra­bajadora, que a creer en esa selecta y perturbada clase literata, a la cual pertenezco. Prefiero aún las fanta­sías y los _prejuicios del pueblo que ve la vida desde dentro, a las de­mostraciones más claras del pueblo que vé la vida desde fuera. Siempre creeré más en las fábulas de las vie­jas mujeres que en los hechos de las viejas solteronas. Mientras la fanta­sía sea fantasía innata, puede ir tan lejos como le plazca.

Ahora, tengo que explicar una po­sición general y no pretendo estar entrenado para esas cosas. Por consiguiente, me propongo hacerlo, es­cribiendo sucesivamente las tres o cuatro ideas fundamentales que ha­llé por mí mismo y fielmente en la forma en que las hallé.

Luego, rápidamente he d sinteti­zarlas., agregando mi filosofía propia o religión natural; luego, describiré mi sorprendente descubrimiento de que el todo, ya había sido descu­bierto. Había sido descubierto por el Cristianismo. Pero de estas profundas persuasiones de las que de­bo dar cuenta ordenadamente, la primera concernía a este elemento de tradición popular.

Y sin la explicación en curso, re­ferente a la tradición y a la demo­cracia, difícilmente podría exponer con claridad mi experiencia mental. Y aún así, no sé si podré ser claro. Y ya me propongo por lo menos, intentarlo.

Mi primera y última filosofía, aquella en la cual creo con fe in­quebrantable, la aprendí en la nur­sery.

Y vagamente, la aprendí de una niñera; es decir, de la solemne y es­trellada sacerdotiza de la democra­cia y de la tradición. Las cosas en las cuales más creía entonces, las cosas en las cuales más creo ahora, son los llamados "cuentos de hadas."

Me parecen ser las cosas más razo­nables. No son fantasías; comparadas con ellos, otras cosas son las fan­tásticas. Comparadas con ellos, la religión y el racionalismo son anor­males, a pesar de que la religión es anormalmente cierta y el racionalismo anormalmente equivocado. El país de las hadas, no es más que la radiante patria del sentido común. No es la tierra la que juzga al cielo sino el cielo el que juzga a la tierra; y del mismo modo, a lo menos para mí, no era la tierra la que criticaba al país de los elfos, sino el país de los elfos el que criticaba a la tierra. Conocí el lenguaje de las habas an­tes de haberlas probado; estaba seguro de que existía el "hombre de la luna", antes de estar seguro de que la luna existía. Todo iba de acuerdo con la tradición popular. Los poetas modernos de segunda catego­ría son naturalistas y hablan de la enramada o del arroyo; pero los can­tantes de la antigua épica fabulosa, eran supernaturalistas y hablaban de los dioses de la enramada y del arro­yo. Eso es lo que quieren significar los modernos, cuando dicen que los antiguos no "apreciaban la Naturale­za", porque, dicen ellos, la Natura­leza, es divina. Las viejas ayas no hablan a los niños del pasto, sino do las hadas que bailan sobre el pasto; y los antiguos griegos, no podían ver los árboles distraídos por las dríades.

Pero aquí me ocupo en demostrar que la ética y la filosofía vienen, ali­mentándose uno con cuentos de hadas.

Si me ocupara de ellos detalladamente podría mencionar muchos no­bles y saludables principios que de ellos provienen. Allí está la caballe­resca lección de "Juan el Gigante", según la cual se debe matar a los gigantes porque son gigantescos. Es un motín valiente contra la soberbia. Porque el rebelde es más antiguo que todos los reinos y el Jacobino tiene más tradición que el Jacobita.

Allí está la lección de "Cenicien­ta que es la misma lección que la del Magníficat: Exaltavit hamaca.

Allí, está la gran lección de "La Bella y la Bestia", según la cual una cosa debe ser amada, antes de ser amable.

Allí está la terrible lección de "La Bella Durmiente", que nos dice có­mo la criatura humana al nacer fue regalada con toda clase de bendicio­nes y no obstante, maldecida con la muerte; y cómo a veces la muerte, puede dulcificarse hasta ser un sueño. Pero no me ocupo de los esta­tutos aislados del país de los elfos, sino del espíritu de su ley en conjunto; su ley que aprendí antes de saber hablar y recordaré cuando no pueda escribir.

Me ocupo, de una cierta manera de mirar la vida, creada en mí por los cuentos de hadas, pero que desde entonces, fue humildemente confir­mada por los hechos.

Podría exponerse de este modo: Existen ciertas continuidades o desenvolvimientos (cosas siguiendo a otras cosas) que son razonables, en toda la extensión de la palabra. Que, en toda la extensión de la palabra, son necesarias. Tales son las conti­nuidades matemáticas y lógicas. Nosotros, en el país de las hadas (que son las más razonables de todas las criaturas) admitimos esa razón y esa necesidad. Por ejemplo, si las her­manas feas, son mayores que Ceni­cienta, es necesario que Cenicienta sea menor que las hermanas feas. No hay otro camino. En torno a ese hecho Haeckel puede hablar todo lo que guste de fatalismo. Si Juan es hijo de un molinero, un molinero es el padre de Juan. La fría razón lo decreta desde su trono imponente: y nosotros, en el país de las hadas, nos sometemos. Si tres hermanos pasean a caballo, allí andan complicados seis animales y dieciocho pier­nas: esto es verdadero racionalismo, v el país de las hadas, rebosa de él. Pero cuando asomo la cabeza por encima del cerco de los elfos y co­mienzo a estudiar el mundo natural, observo algo extraordinario. Observo que los hombres cultos y con anteo­jos, hablaban de cosas actuales que sucedían, al amanecer, la muerte, etc.…, como si fueran razonables o inevitables. Hablaban como si el hecho de que los árboles den frutas, fuera tan necesario como el hecho de que dos árboles y un árbol son tres árboles. Pero no es tan necesa­rio. Según la experiencia del país de las hadas, que es la prueba de la imaginación, entre ambas cosas exis­te una enorme diferencia. No es po­sible, imaginar que dos y uno, no sean tres. Pero fácilmente se ima­ginan árboles que no dan fruta; o árboles que den candelabros dorados; o árboles de cuyas ramas cuel­guen tigres asidos por la cola.

Estos hombres con anteojos, ha­blaban de un tal señor Newton que fue golpeado por una manzana y descubrió una ley. Pero esos hombres, no pueden llegar a ver la diferencia que existe entre una ley necesaria, una ley razonable y el mero hecho de unas manzanas cayendo. Si la manzana golpeó la nariz a Newton, la nariz de Newton golpeó la man­zana. Esto es una necesidad cierta: porque no podemos imaginar quo ocurra lo uno sin lo otro. Pero po­demos concebir muy bien que la manzana no cayera sobre su nariz; podemos imaginarla volando anhelo­sa por el aire para ir a golpear otra nariz cualquiera hacia la cual sintie­ra una aversión más definida. En nuestros cuentos de hadas, siempre hemos conservado esta diferencia pe­netrante entre la ciencia de las rela­ciones mentales en la cual existen leyes y la ciencia de los hechos físi­cos en la cual no existen leyes sino solamente repeticiones extrañas. Creemos en milagros corpóreos pero no en imposibilidades mentales. Cree­mos que un tallo de habas trepó hasta el cielo; pero esto no altera nues­tras convicciones en la cuestión filosófica de cuántas habas suman cinco.

Y aquí reside la perfección pecu­liar a la verdad y al tono de las fábulas infantiles. El hombre de ciencia dice: "corte el cabo y la man­zana caerá"; pero lo dice tranquilamente, como si una idea condujera en realidad hacia la otra. La bru­ja en el cuento de hadas dice: "sopla el cuerno y caerá el castillo del ogro"; pero no lo dice como si hu­biera algo por lo cual evidentemente el efecto proviniera de la causa. Sin duda, dio ese mismo consejo a muchos castillos, pero no pierde su aire expectante ni su razón. No hur­ga en su cabeza hasta imaginar una conexión mental necesaria entre el cuerno y el castillo tambaleante. Pero los científicos hurgan en sus ca­bezas hasta imaginar una conexión mental entre la manzana abando­nando el árbol y la manzana lle­gando al suelo. Hablan como si realmente hubieran descubierto no sólo una cantidad de hechos ma­ravillosos, sino una verdad que co­necta entre sí esos hechos. Ha­blan como si la conexión física de dos cosas extrañas las conectara tam­bién filosóficamente. Sienten que por el hecho de que una cosa incom­prensible constantemente siga a otra cosa incomprensible, de algún modo las dos forman algo comprensible. Dos jeroglíficos negros formando una respuesta blanca.

En el país de las hadas evitamos usar la palabra "ley"; pero en el país de la ciencia, le son particularmente afectos. De ahí que llamen "Ley de Grimm" a alguna conjetura interesante sobre cómo los pueblos olvidados pronunciaban el alfabeto. Pero la ley de Grimm es mucho menos interesante que los cuentos de hadas de Grimm. Los cuentos, por lo menos, son verdaderamente cuen­tos, mientras que la ley, no es una ley.

Una ley implica que conozcamos la naturaleza de su generalización y de su establecimiento, no que tenga­mos sólo una vaga idea de sus efectos. Si existe una ley, según la cual los rateros deben ir a la cárcel, in1 ' plica que hay una conexión mental imaginable entre la idea de prisión y la idea de ratería y sabemos cuál es la idea. Podemos explicar por qué privamos de Libertad a un hombre que se toma libertades. Pero no po­demos decir por qué un huevo pudo convertirse en pollo, del mismo modo que no podemos decir por qué un oso pudo convertirse en príncipe. Como ideas, la de huevo y la de pollo, son más remotas entre sí que la de oso y la de príncipe, porque en sí, no hay huevos con aspecto de pollo mientras que hay príncipes con aspecto de oso.

Concedido que existen ciertas transformaciones, es esencial que las consideremos desde el punto de vista filosófico de los cuentos de hadas y no a la antifilosófica manera de la ciencia y de las "Leyes de la Natu­raleza". Cuando nos pregunten por qué los huevos se convierten en aves y por qué los frutos caen en otoño, debemos contestar exactamente como la contestaría el hada madrina a Cenicienta, si ésta le preguntara por qué los ratones se convertían en ca­ballos y sus vestidos desaparecían al dar media noche.

Debemos contestar que es magia. No es una ley, porque no entende­mos su fórmula general. No es una necesidad, porque a pesar de dar prácticamente por descontado que esas cosas sucedan, no tenemos de­recho a decir que siempre han de suceder. El hecho de que contemos con el curso ordinario de los acon­tecimientos, no es (según imaginó Huxley) argumento suficiente para fundar la inmutabilidad de una ley. Y no contamos con el curso ordinario de las cosas, sino que apostamos so­bre él. Nos arriesgamos a la remota posibilidad de un milagro, como lo haríamos con un pastel envenenado o con un cometa destructor del mundo. Lo damos por descontado, no porque es un milagro y por conse­cuencia una excepción. Todos los términos empleados en los libros de ciencia, "ley", "necesidad", "orden", "tendencia" y otros en ese estilo, son en realidad inintelectuales porque implican una síntesis intrínse­ca que no poseemos.

Las únicas palabras que siempre me satisficieron para describir la Na­turaleza, son las empleadas en los libros de cuentos de hadas, tales como "encanto", "hechizo", "encantamiento". Expresan la arbitrariedad del hecho y de su misterio. Un ár­bol da frutas porque es un árbol mágico. El agua cae de la montaña porque está embrujada.

El sol brilla porque está encantado.

Niego absolutamente que esto sea fantástico o aun místico. Más tarde podremos tener algún misticismo; mas para hablar de las cosas, ' este lenguaje de cuentos de hadas es sim­plemente racional y agnóstico. Em­plearlo, es mi único camino para expresar con palabras mi clara y de­finida percepción, de que una cosa es muy distinta a otra; que no existe conexión lógica entre volar y poner huevos. Místico es el hombre que habla de "una ley" sin nunca haberla visto. Del mismo modo que es estrictamente sentimental el corriente hombre de ciencia. Es un sentimen­tal en este sentido; se deja empapar v arrastrar por meras asociaciones. Ha visto pájaros volando y poniendo huevos con tanta frecuencia, que siente que entre las dos ideas, debe existir alguna conexión tierna y so­ñadora, cuando en realidad no hay ninguna. El amante abandonado pue­de ser incapaz de disasociar a la luna de su amor perdido; así como el materialista es incapaz de disasociar a la luna de las mareas. En am­bas cosas no existía más conexión que la de haber sido vistas simul­táneamente. Un sentimental puede llorar por el perfume de una flor de manzano, a causa de que por una ne­bulosa asociación personal de ideas, le recuerda su infancia. Así el pro­fesor materialista (aunque esconda sus lágrimas) es un sentimental, porque por una nebulosa asociación per­sonal, la flor de manzano le recuerda las manzanas. Pero el frío racionalista del país ele las hadas, en lo abstracto no ve por qué el manzano no ha de dar tulipanes rojos; en su patria a veces los da.

Sin embargo, este asombro no es una mera fantasía derivada de los cuentos de hadas; al contrario, de él deriva todo el fuego de los cuentos de hadas. Así como a todos nos gus­tan los cuentos de amor, porque hay en ellos un instinto de sexo, a todos nos gustan las fábulas asombrosas porque tocan la fibra del antiguo instinto de asombro. Esto lo prueba el hecho de que cuando somos muy niños, no necesitamos cuentos de hadas; solamente necesitamos cuentos; La vida resulta bastante interesante. Un chico de siete años se entusias­ma, si le dicen que Tomás abrió una puerta y vio un dragón. Pero un chico de tres años, se entusiasmará si le dicen que Tomás abrió una puerta. A los chicos les gustan los cuentos románticos; pero a los bebés les gustan los cuentos realistas, porque los encuentran románticos. En realidad, un bebé, pienso que apro­ximadamente, es la única persona que puede leer una novela realista moderna, sin aburrirse.

Esto prueba que aun las fábulas infantiles sólo son eco de un sobresal­to, casi prenatal, de interés y de asombro. Estas fábulas dicen que las manzanas son doradas, con el úni­co fin de resucitar el momento olvidado en que descubrimos que eran verdes. Dicen que corren ríos de vino, para recordarnos por un loco momento, que corren ríos de agua. Dije que esto es completamente ra­zonable y aún agnóstico. Y ciertamente que sobre este punto, estoy con el agnosticismo; cuyo nombre mejor es Ignorancia.

Todos hemos leído en libros cien­tíficos y por cierto también en las novelas, la historia del hombre que olvidó su nombre.

Ese hombre camina por las calles y puede verlo y apreciarlo todo; sólo no puede recordar quién es. Bien, cada hombre, es ese hombre de la historia. Cada hombre ha olvidado quién es. Es terrible comprender el cosmos pero nunca comprender el "ego"; el yo", es más remoto que cualquier estrella. Amarás al Señor tu Dios, pero nunca lo comprende­rás. Todos padecemos de la misma calamidad mental; todos hemos ol­vidado nuestros nombres. Todos he­mos olvidado lo que somos. Lo que llamamos sentido común, y raciona­lidad y practicidad y positivismo, sig­nifica que por ciertas regulaciones de nuestra vida, olvidamos que he­mos olvidado. Todo lo que llamamos espíritu, y arte y éxtasis, significa que solamente por un magnífico ins­tante, recordamos que habíamos ol­vidado.

Pero a pesar de que (como el hombre sin memoria en la novela) caminamos por las calles con una es­pecie de admiración tardía, todavía es con admiración. Es admiración en inglés y no puramente admira­ción en latín.

El asombro tiene un positivo elemento de alabanza. Este es el pró­ximo mojón que hemos de pasar para hallarnos definitivamente resueltos en nuestro camino a través del país de las hadas. En el próximo capítu­lo hablaré del aspecto intelectual del optimismo y del pesimismo; tanto manto tengan uno. Aquí sólo trato de describir las enormes emociones que no pueden ser descritas. Y la emoción más fuerte de la vida, fue tan hermosa como desconcertante.

Fue un éxtasis porque fue una aventura; fue una aventura porque fue una oportunidad. La bondad de los cuentos de hadas no se afectó porque en ellos puedan haber más dragones que princesas; ya era bondad figurar en un cuento de hadas. La prueba de toda felicidad es la gratitud; y me siento agradecido, pese a no saber a quién.

Los niños están agradecidos a Santa Claus, cuando llena sus medias de juguetes y dulces. ¿Podría no estar agradecido a Santa Claus cuando ha llenado mis medias con dos piernas milagrosas? Agradecemos a la gente regalos de cumpleaños como cigarros y zapatillas.

¿Puedo no agradecer a nadie el regalo de cumpleaños de mi naci­miento?

Luego, allí están esos dos senti­mientos indefinibles e indiscutibles. El mundo era un choque; pero no era puramente chocante; la existencia fue una sorpresa, pero fue una sorpresa agradable. De hecho, mis pri­meras impresiones se manifestaron como un jeroglífico alojado en mi cabeza desde la infancia. La pre­gunta era: "¿Qué dijo la primera rana?"; y la respuesta era: "¡Señor, cómo me haces saltar!" Esto expresa brevemente todo lo que estoy di­ciendo. Dios hizo saltar a la pri­mera rana; pero la rana prefiere sal­tar. Mas cuando estas cosas se han puesto de acuerdo, comienza el se­gundo gran principio de la filosofía feérica. Puede hallarlo quienquiera lea los "Cuentos de Hadas" de Grimm o las delicadas colecciones del señor Andrés Lang. Por darme el gusto de ser pedante, a ese principio le lla­maré Doctrina del goce condicional. Touchstone decía que el "si", ence­rraba gran poder; conforme a la ética del país de los elfos, todo poder re­side en un "si". El tono de las ma­nifestaciones feéricas es siempre: "Usted podrá vivir en un palacio de oro y zafiros si no pronuncia la palabra "vaca"; o "Usted vivirá feliz con la hija del Rey, si no le muestra un hongo." La realización siempre está pendiente de una condición. Todas las cosas estridentes y colosa­les concedidas, dependen de una pe­queña cosa retenida. Todas las co­sas terribles y vertiginosas que se permiten, dependen de una cosa que se prohíbe. El señor W. B. Yeates, en su exquisita y penetrante poesía feérica, describe a los genios como alegales; en una inocente anarquía, cabalgan sobre los caballos desenfre­nados del aire: "Cabalgan en las cres­tas de las olas o sobre el desorden de las mareas, y bailan sobre las mon­tañas como llamaradas".

Que el señor Yeates no comprende el país de las hadas, es penoso decirlo. Pero lo digo. Es un irlandés irónico lleno de reacciones intelec­tuales. Pero no es bastante estúpido para comprender el país de las hadas. Las hadas prefieren a la gente de yugo, como yo; gente que bos­teza y tuerce la boca y hace lo que se les dice. El señor Yeates, ve en el país de los elfos, toda la justa in­surrección de su propia raza.

Pero la alegalidad de Irlanda, es una insurrección Cristiana, fundada en la razón y en la justicia; pero el verdadero ciudadano del país de las hadas, se rebela obedeciendo a algo que no comprende en absoluto. En los cuentos de hadas, la felicidad incomprensible depende de una incom­prensible condición. Se abre una caja y todos los demonios vuelan libertados. Se olvida una palabra y las ciu­dades perecen. Se enciende una lámpara y el amor huye. Se recoge una flor y una vida termina.

Se come una manzana y se pierde la esperanza en Dios.

Este es el tono de los cuentos de hadas; y ciertamente no es un tono de insurrección ni de libertad, a pe­sar de que, bajo una mezquina tira­nía moderna, por comparación los hombres pueden pensar que eso es libertad. Los que salen de la Cárcel de Portland, pueden creer que en Fleet Street[5] se es libre; pero un estudio del asunto hecho desde más cerca, probará que tanto las hadas como los periodistas son esclavos del deber. Por lo menos las hadas ma­drinas son tan severas como otras madrinas. Cenicienta recibió un coche traído del País de las Maravillas y un cochero traído de ninguna parte, pero también recibió orden de volverse a las doce. Tenía un zapato de cristal; y no puede ser una coin­cidencia que el vidrio sea una sus­tancia tan común entre la gente científica. Esta princesa vive en un palacio de cristal; aquella sobre una colina de cristal; ésta vé todas las cosas en un espejo; todas pueden vivir en casas de vidrio mientras no tiren piedras. Porque este cristal del­gado y reluciente, en todas partes es símbolo de un hecho: que la feli­cidad es reluciente pero frágil, como la sustancia que más fácilmente des­truye una mucama o un gato. Y este sentimiento de los cuentos de hadas, arraigó en mí y llegó a ser también mi sentimiento hacia todo el mundo. Sentí y siento que en sí la vida es tan brillante como un brillante y tan frágil como un vidrio de ventana; y cuando se enfrentó a los cielos con el cristal terrible, recuerdo que me estremecí. Tenía miedo de que Dios dejara de sostener al mundo y el mundo cayera estruendosamente.

Recuérdese no obstante, que ser rompible, no es lo mismo que ser pe­recedero. Golpee un vidrio y no du­rará un instante; no lo 'golpee y durará cien años. Tal parece haber sido la alegría del hombre en el cielo y en la tierra; la felicidad dependía de abstenerse de hacer algo que en cualquier momento podría hacerse y que con frecuencia no era evidente la razón por la cual no debía ser hecho. Aquí el punto es que a mí eso no me parece injusto. Si el ter­cer hijo del molinero dijera al hada: "Explícame por qué en el palacio de las hadas no me puedo parar so­bre la cabeza"; la otra, sinceramente pudo responder: "Bien; si en eso estamos, explícame el porqué del palacio de las hadas." Si Cenicienta dice: "¿Por qué tengo que dejar el baile a las doce?". Su madrina po­dría contestarle: "¿Por qué es que puedes estar allí hasta las doce?" Si en mi testamento le dejo a un hom­bre diez elefantes que hablan y cien caballos alados, no puede quejarse, porque las condiciones compensan la ligera excentricidad del regalo. A caballo alado no se le miran los dien­tes.

Y me parece que la existencia, en sí, era una regalo excéntrico como ese y que no podía quejarme de no entender las limitaciones de mi vi­sión, cuando no entendía la visión que limitaban. El marco, no era más ex­traño que la pintura. La condición muy bien podría ser tan desorbitada como la visión; podría ser tan asom­brosa como el sol, tan escurridiza como el agua, tan fantástica y terri­ble como los árboles gigantescos.

Por esta razón (que podríamos lla­mar filosofía del hada madrina) nun­ca pude adherirme a los jóvenes de mis tiempos, para sentir, lo que ellos llamaban "sentimiento general de re­belión". Me habría opuesto (espere­mos) a toda regla perniciosa; pero de éstos y sus definiciones me ocu­paré en otro capítulo. Lo cierto es que no me sentía dispuesto a sostener cualquier regla, por el sólo hecho de ser misteriosa. A veces, se reprimie­ron los estados con procedimientos estúpidos; romper bastones, o pagar un grano de pimienta.

Yo quería reprimir al inmenso estado del cielo y de la tierra, con alguna de esas fantasías feudales.

Nunca podría ser más loca que el hecho de que me fuera permitido ha­cerlo. En este peldaño, sólo doy un ejemplo ético para explicar lo que  quiero decir. Nunca me pude mez­clar con la generación incipiente en el murmullo común contra la mono­gamia; porque ninguna restricción al sexo me parecía tan extraña e ines­perada como el sexo mismo. Tener la posibilidad, como Endimión, de enamorar a la luna y luego quejarse porque Júpiter guardaba sus lunas propias en un harem (alimentado de cuentos de hadas como el de Endi­mión), me parecía todo ello un anti­clímax. Conservarse para una mujer, es poco precio para lo mucho que es ver una mujer. Quejarme porque me casé solamente una vez, es como quejarme porque he nacido una vez sola. Sería desproporcionada esa queja, frente a la terrible conmoción de que se está hablando. Oponerse a la monogamia evidenciaba no una exa­gerada sensibilidad de sexo, sino una curiosa insensibilidad a él. Es un tonto el hombre que se queje porque no puede entrar al Paraíso por cinco puertas al mismo tiempo. La poligamia es una falta en la realización del sexo; es como el hombre que pela cinco peras sencillamente porque está distraído. En su elogio a las cosas amables, los estetas llegaron al último límite de la locura del lenguaje. Lloran por los cardos y caen de rodillas ante un escarabajo.

No obstante, su emotividad, nun­ca, ni por un instante llegó a conmo­verme; por esta razón: nunca se les ha ocurrido pagar  su placer ni con un sacrificio simbólico.

Los hombres (lo he sentido), son capaces de vivir apurados cuarenta días, con tal de oír cantar a un mirlo. Los hombres pueden pasar por el fuego para encontrar una hierba extraña. Sin embargo, estos amantes de la belleza no podrían mantenerse sobrios por eI mirlo. No pasarían por el común matrimonio cristiano en agradecimiento a la hierba. Con la moral corriente seguramente se po­drían pagar los goces extraordinarios. Oscar Wilde dijo que las puestas de sol no tienen valor porque no pode­mos pagarlas. Pero Oscar Wilde se equivocaba. Podemos pagar las pues­tas de sol, con sólo no ser Oscar Wilde.

Bien; dejé los cuentos de hadas por el suelo de la nursery; y desde entonces no encontré libros más sen­satos.

Dejé a la niñera, guardiana de la tradición y la democracia; y no he encontrado otro tipo moderno tan ra­dicalmente sano, tan sanamente con­servador. Pero el asunto del comen­tario importante y central, está aquí: cuando por primera vez fui al mun­do moderno, hallé que el mundo mo­derno, en dos puntos, se encontraba decididamente opuesto a mi niñera y a los cuentos infantiles. Tardé mu­cho tiempo para descubrir que el mundo moderno se equivocaba y mi niñera no. Lo realmente curioso era esto: que el pensamiento moderno contradecía esas creencias fundamen­tales de mi infancia, en sus doctrinas más esenciales. He explicado que los cuentos de hadas me infundieron dos convicciones: primera, que este mun­do es un lugar terrible y sorprendente, que podía haber sido distinto y es muy agradable; segunda, que ante este salvajismo, y encanto, muy bien se puede ser modesto y someterse a las más extrañas limitaciones de tan extraña bondad. Pero encontré a todo el mundo moderno corriendo como una marejada contra mis dos ternuras, y el colapso del encontrón, creó dos sentimientos repentinos y espontáneos, que conservé desde en­tonces y han adquirido ya, solidez de convicciones.

Primero encontré al mundo mo­derno hablando de fatalismo cientí­fico; decían que cada cosa es como hubo de haber sido siempre, por ser conformada sin error, desde el prin­cipio. La hoja del árbol es verde porque nunca pudo ser de otro color. El filósofo de los cuentos de hadas, se alegra de que la hoja sea verde, porque pudo haber sido colorada. Siente como si se hubiera vuelto verde un instante antes de mirarla. Está satisfecho de que la nieve sea blanca, en el sentido estrictamente razona­ble de que pudo haber sido negra. Cada color tiene en sí una cualidad inconfundible; cómo si fuera elegida.

El rojo de las rosas de jardín, no es sólo decisivo sino dramática, como repentinas salpicaduras de san­gre. El filósofo de los cuentos de hadas, siente como si algo se hubie­ra hecho. Pero los grandes determi­nistas del siglo XIX, se opusieron vi­gorosamente a esta sensación natural 'de que algo ha sucedido un momen­to antes.

Según ellos, desde el principio del mundo, nunca en realidad ha suce­dido nada. Nunca había sucedido nada desde el suceso de la existen­cia: y ni están muy seguros de la fecha en que sucedió.

El mundo moderno tal como lo en­contré, se afirmaba en el Calvinismo moderno, por la necesidad de que las cosas sean lo que fueron. Pero cuando comencé a pedir pruebas de esta inevitable repetición descubrí que realmente no las tenían, a no ser el hecho de que las cosas se repetían. Mas la mera repetición, me presen­taba todo en una forma bastante más extraña que racional. Era como si hubiera visto en la calle una nariz extraña, la olvidara por considerarla accidental, y luego viera seis narices más con la misma estructura asom­brosa.

Por un momento, debí haberme imaginado que se trataba de alguna sociedad secreta local. Así, un ele­fante con trompa es extraño; pero todos los elefantes con trompa pue­de parecer una especie de complot. Aquí hablo solamente de una emo­ción, y de una emoción obstinada  y al mismo tiempo sutil. Pero la repe­tición en la naturaleza, a veces parecía ser una repetición enervada, como la del maestro de escuela enfurecido, que repite la misma cosa una y otra vez. El pasto parecía señalarme con todos los dedos a un tiempo; la mul­titud de estrellas parecían inclinadas buscando comprensión. El sol se me mostraría siempre, aunque salga mil veces. La repetición del universo llegó a adquirir el ritmo enloquecido de un encantamiento; y comencé a vislumbrar una idea.

Todo el imponente materialismo que domina a las mentes modernas, descansa ulteriormente en una pre­sunción; en una presunción falsa, Se supone que es muerta una. cosa que constantemente se repite; algo como un engranaje relojero. La gente siente que si el mundo fuera personal variaría; si el sol tuviera vida, bai­laría.

Esto es un sofisma, aún si se le relaciona con hechos conocidos. Porque en los asuntos humanos, la va­riación generalmente la introduce la muerte v no la vida; el decaimiento o el quebranto de la fuerza o el deseo.

Un hombre varía sus movimientos por un leve elemento de fracaso o de fatiga. Se sube a un ómnibus porque está cansado de caminar o camina porque está cansado de es­tarse quieto. Pero si su vida y su alegría fueran tan gigantescas como para no cansarse nunca de ir a Is­lington, podría ir a Islington tan regular y continuadamente como el Támesis va a Sheerness. Y la mis­ma velocidad y el éxtasis propios de su vida, llegarían a la quietud de la muerte.

El sol se levanta cada mañana; yo no me levanto cada mañana, pero lo que me diferencia de él no es mi actividad sino mi inacción. Y para exponer el punto en una frase po­pular, podría decir que el sol se le­vanta regularmente porque nunca se cansa de levantarse. Podría obser­varse lo que quiero decir, por ejem­plo en los niños, cuando descubren un juego o una broma que les proporciona especial alegría. Un niño se golpea rítmicamente los talones, a causa de un desborde y no de una carencia de vida. Porque los niños rebosan vitalidad por ser en espíritu libres y altivos; de ahí que quieran las cosas repetidas y sin cambios. Siempre dicen "hazlo otra vez"; y el grande vuelve a hacerlo aproximadamente hasta que se siente mo­rir. Porque la gente grande no es suficientemente fuerte para regocijarse en la monotonía. Pero tal vez Dios sea bastante fuerte para rego­cijarse en ella. Es posible que Dios diga al sol cada mañana: "hazlo otra vez", y cada noche diga a la luna: "hazlo otra vez.

Puede que todas las margaritas sean iguales, no por una necesidad automática; puede que Dios haga se­paradamente cada margarita y que nunca se haya cansado de hacerlas iguales. Puede que Él, tenga el eter­no instinto de la infancia; porque pe­camos y envejecimos, y nuestro Padre es más joven que nosotros. La repetición en la Naturaleza puede no ser un mero recomenzar; puede ser un teatral "todavía". El Cielo puede decir "todavía", al pájaro que puso un huevo.

Si el ser humano concibe y trae al mundo un niño humano, y no un pez, ni un murciélago, ni una quime­ra, la razón no puede ser que este­mos encaminados a un destino ani­mal, sin vida y sin motivo. Puede ser que nuestra pequeña tragedia haya conmovido e interesado a los dioses que la admiren desde sus ga­lerías estrelladas, y que al fin de cada drama humano, el hombre sea llamado una y otra vez a escena.

La repetición puede continuar por millones de años y en cualquier momento puede detenerse. El hombre puede permanecer sobre la tierra ge­neraciones tras generaciones y sin embargo, cada nacimiento, positi­vamente, puede ser su última apa­rición sobre la tierra. Esta fue mi primera convicción, creada por la conmoción de mis emociones infan­tiles, al encontrarse, a medio camino, con las creencias modernas. Siempre había intuido vagamente que los hechos eran milagrosos, en el sentido de que son sorprendentes: ahora empiezo a creerlos milagrosos en el sentido más estricto, de que son premeditados. Quiero decir que son, o pueden ser, ejercicios repetidos de una voluntad. En realidad, siempre creí que el mundo implicaba magia: luego pensé que quizá implicara un mago. Y esto aguzaba una emoción profunda, siempre presente y subconsciente: que este mundo nuestro tiene un motivo; y si hay un motivo hay una persona. Siempre sentí que la vida, era en primer lugar como una historia; y si hay una historia, hay un relator.

Pero el pensamiento moderno tam­bién golpeó a mi segunda tradición humana. Iba contra mi feérico sen­timiento respecto a las condiciones y limitaciones estrictas. Al pensa­miento moderno, le gustaba hablar de expansión y amplitud. Herbert Spenser se habría disgustado mucho si alguien le hubiera llamado impe­rialista, de ahí que es profundamente lamentable que nadie lo haya hecho. Pero era un imperialista y del tipo más bajo. Popularizó la desprecia­ble idea de que la magnitud del sistema solar, debía sobreponerse al dogma espiritual del hombre. ¿Por qué un hombre habría de entregar su dignidad al sistema solar más bien que a una ballena? Si es simplemen­te el tamaño lo que prueba que el hombre no es imagen de Dios, en­tonces, la ballena puede ser la ima­gen de Dios; una imagen un tanto deforme: lo que se podría llamar un retrato de la escuela impresionista. Es completamente inútil argüir que, comparado con el cosmos, el hombre es pequeño; porque comparado con el árbol más próximo, el hombre siempre fue pequeño. Pero Herbert Spenser, en su aturdido imperialismo, insistirá en que, de cierta manera, hemos sido conquistados y anexados al universo astronómico. Hablaba de los hombres  y de sus ideales, como hablaría de Irlanda y sus Ideales, el Unionista[6] más insolente. Convirtió a la humanidad en una nacionalidad pequeña. Y su mala influencia se advierte aún en los más vigorosos y honorables autores científicos: nota­blemente en las primeras obras del señor H. G. Wells. En forma exa­gerada, muchos moralistas han pre­sentado como perversa a la tierra. Pero el señor Wells, y sus seguidores, presentaron al Cielo como más perverso aún. Levantaríamos la mirada a las estrellas, desde donde nos vi­niera nuestra ruina…

Pero la expansión de la cual ha­blo, era mucho más perversa. He observado que el materialista, como el loco, está en prisión; en la prisión de un pensamiento. Y esa gente parece hallarla especialmente inspiradora, ya que insiste en que la prisión es muy amplia. La amplitud de ese mundo científico, no nos ofrece nin­guna novedad, ningún alivio. Su cos­mos siempre seguía su marcha, pero ni en la constelación más extraña ha­bía nada realmente interesante; nada como, por ejemplo, de perdón; nada de libre albedrío.

La grandeza o la infinitud del cos­mos materialista, no le agregaba nada. Era como decir al prisionero de la cárcel de Reading, que se alegrara de oír que la cárcel ahora alcanza a cubrir medio condado. El guardián no tendría nada que mostrarle al hombre, excepto más y más largos corredores de piedra, tétricamente alumbrados, y vacíos de todo lo que es humano. Así, esos expansores del universo, no tenían nada que mos­trarnos, excepto más y más corredores del espacio, alumbrados por lúgubres soles y vacíos de todo lo que es divino.

En el país de las hadas existía una verdadera ley; una ley no podía ser quebrantada, porque la defini­ción de "ley", se refiere a algo que puede quebrarse. Pero la maquinaría de esta prisión cósmica, era algo inquebrantable; porque nosotros mis­mos, éramos sólo una parte de la maquinaria. O éramos incapaces de hacer algo, o estábamos destinados forzosamente a hacerlo. La idea mística de lo condicional desaparecía completamente; no era posible tener la firmeza de observar la ley ni el placer de quebrantarla. La amplitud de este universo, no tiene nada de la rebelión fresca y aireada que he­mos alabado en el universo del poeta. Este universo moderno, es literalmente un imperio; es decir, es vasto pero no libre. Se pueden recorrer muchas habitaciones, a cual más grande, pero sin ventanas; ha­bitaciones grandiosas con perspecti­vas babilónicas; pero no es posible descubrir nunca, ni la ventana más pequeña ni el susurro del aire libre que se quedó afuera.

Sus paralelos infernales parecían prolongarse más allá de la distancia; mas para mí, todas las cosas buenas deben llegar a un punto, por ejem­plo, las espadas. Encontrando los alardes del cosmos, tan poco satis­factorios para mis emociones, co­mencé a profundizar el asunto; y pronto hallé que todos sus desplantes eran aún más infundados de lo que podía preverse. Según los materialistas el cosmos era una cosa, puesto que era regido por una ley inquebrantable. Sólo que (dicen ellos) como es una cosa, es también la única cosa que existe. ¿Por qué entonces preocuparse de llamarla am­plia? Sería igualmente sensato, lla­marla pequeña.

Un hombre podía decir: "me gus­ta este cosmos vasto, con su multi­tud de estrellas y su muchedumbre variada de criaturas." Pero si es por eso, ¿por qué no diría el hombre: "me gusta este cosmos pequeño e íntimo, con su discreto número de estrellas y su provisión de vida tan breve, como a mí me gusta?" Una cosa es tan sensata como la otra; ambos, son puramente sentimientos. Es simplemente un sentimiento rego­cijarse porque el sol es más vasto que la tierra; es un sentimiento tan sensato como el de regocijarse porque el sol no sea más vasto que ella.

Un hombre se inclina a sentir una determinada emoción frente a la am­plitud del mundo. ¿Por qué no po­dría estar inclinado a sentirla frente a su pequeñez? Y casualmente ocu­rre que yo he sentido esa última emoción. Cuando se quiere a algo, uno llama a ese algo con diminuti­vos, aunque se trate de un elefante o de un guarda espalda gigantesco. La razón es que, cualquier cosa que uno imagine o conciba completa, por inmensa que sea, puede concebirse como si fuera pequeña. Si el bigote militar no se asociara con una espa­da, o los colmillos del elefante no sugirieran una cola, el bigote y los colmillos, serían vastísimos, porque serían inconmensurables. Desde el momento en que es posible imaginar un guardaespalda, es posible imagi­nar un guardaespalda pequeño. Y desde el momento en que es posible ver realmente un elefante, es posi­ble comenzar a llamarlo "Tiny". Si usted puede hacer una estatua de algo, de ese, algo igualmente puede hacer una estatuita.

Esa gente materialista proclama que el universo es algo coherente; pero no les gusta el universo. Pero a mí el universo me gustaba terri­blemente y quería dirigirme a él con un diminutivo. Con frecuencia lo hice; y nunca pareció ofenderse. Lue­go, y sinceramente sentí que esos oscuros dogmas de la vitalidad, se expresaban mejor llamando "pequeño", al mundo, y no llamándole vas­to. Porque había una especie de dis­plicencia hacia lo infinito que era el reverso de la orgullosa y piadosa consideración que yo sentía por el valor inmenso y el peligro de la vida. Los materialistas se mostraban con ella de una lúgubre prodigalidad; yo la sentí como una especie de ahorro sagrado. Porque la economía es mu­cho más romántica que el despilfarro. Para ellos, las estrellas eran una en­trada sin fin de medios centavos; pero yo, por el sol dorado y la luna de plata, me sentí como se siente un escolar que tiene en su haber una esterlina de oro, y un peso plateado. Estas convicciones subconscientes se manifiestan mejor con el colorido y el tono de ciertos cuentos. Por eso dije que solamente las historias de magia pueden expresar mi sensación de que la vida no es sólo un placer sino también una especie de privile­gio excéntrico. Puedo expresar esa otra sensación de la confortable in­timidad del cosmos, refiriéndome a otro libro siempre leído en la infan­cia "Robinson Crusoe", que he leído más o menos recientemente y que debe su eterna frescura al hecho de que celebra la poesía de las limita­ciones, y por consiguiente, hasta al silvestre romanticismo de la pruden­cia. Crusoe es un hombre, recién evadido del mar que se ha instalado sobre un peñasco con unas pocas comodidades. Lo más lindo del libro es la ennumeración de las cosas sal­vadas del naufragio. El más grande de los poemas es un inventario. Cada utensilio de cocina se convierte en el utensilio ideal, porque Crusoe pudo haberlo dejado caer al mar. Es un buen ejercicio para las horas ingratas o vacías del día, mirarlo todo y pensar cuán feliz uno puede sentirse de haberlo salvado del barco zo­zobrante y llevado luego a la isla solitaria.

Y es mejor aún el ejercicio de re­cordar cómo todo se salvó por un pelo: cada cosa que tenemos se sal­vó de un naufragio. Cada hombre ha tenido una horrible aventura: como un oculto nacimiento fuera del tiempo; él, no era; igual que los ni­ños que nunca llegan a la luz. En mi infancia se hablaba mucho de hom­bres de genio disminuidos o arrui­nados; y era común decir de mu  chas de ellos que eran: "Grandes Pudieron Ser." Para mí es un hecho más cierto y sorprendente que cual­quier hombre que cruzó por la ca­lle es un: "Grande Pudo No Ha­ber Sido."

Pero aunque parezca tonto, realmente sentí como si el orden y el número de cosas, fueran los románticos restos del barco de Crusoe. Que haya dos sexos y un sol, era como que hubieran allí dos armas de fue­go y un hacha. Era absolutamente urgente que ninguna de esas cosas se perdiera; pero en cierta forma era bastante extraño, que a esas, no se pudiera agregar ninguna. Los árbo­les y los planetas parecían cosas sal­vadas del naufragio; y cuando vi al Matterhorn[7] me alegré de que no hubiera sido olvidado en la confu­sión del momento. Me sentí eco­nómico con las estrellas, como si fueran zafiros (y así las llama Milton en el Paraíso) ; me sentí avaro con las montañas. Porque el uni­verso es todo, una sola joya y si es natural en sentido figurado, de­cir inapreciable e incomparable a una joya, decirlo de esta joya sería literalmente exacto. Este cos­mos ciertamente es sin par y sin precio: porque no existe otro. Así concluye con una imperfección inevi­table este intento de decir lo indeci­ble. Esta es mi ulterior posición frente a la vida; los zurces para la simiente de la doctrina; lo que pensé en cier­ta forma obscura antes de poder es­cribir, lo que sentí antes de poder pensar. Las resumo ahora para luego proseguir más fácilmente.

Sentí en mis huesos, primero, que este mundo no se explica a sí mismo. Puede ser un milagro con una ex­plicación sobrenatural; puede ser el truco de un hechizo con una expli­cación natural. Pero la explicación del conjuro, si ha de satisfacerme, tiene que ser mejor que las explica­ciones naturales que ya he oído. Falsa o cierta, la cosa es de magia. Se­gundo, llegué a sentir que la magia tenía un significado, y un significado debe tener alguien que lo signifique. En el mundo, había algo personal, como en una obra de arte. Lo que significara aquello, lo significaba violentamente. Tercero, hallé hermoso su objeto y sus designios, pese a te­ner defectos, como serían por ejem­plo los dragones.

Cuarto, comprendí que la forma adecuada de agradecerlo, es tener una especie de humildad y de res­tricción: debemos agradecer a Dios la cerveza y el. Borgoña, no bebién­dolos en exceso. Debemos también obediencia, a quienquiera nos haya hecho. Y finalmente, y lo más extraño, vino a mi mente una vaga y vasta impresión de que en cierto modo, todo bien era un remanente a almacenar y a conservar como sagrado; un remanente salvado de la primera ruina. El hombre ha salvado su bien como Crusoe salvó sus bienes: los ha salvado de un naufragio. Todo eso sentí, y los años me dieron valor para sentirlo. Yen todo ese tiempo, no había ni siquiera pensado en la teología Cristiana.

 

 

V. LA BANDERA DEL MUNDO

 

 

Cuando era niño, por ahí andaban corriendo dos hombres raros, a quie­nes llamaban optimista y pesimista.

Constantemente empleé esos tér­minos y confieso con toda ingenui­dad, que nunca tuve una idea muy especial de lo que significaban. Lo único que puede considerarse evi­dente, es que no querían decir lo que decían; porque la explicación verbal corriente era que el optimista juzgaba al mundo todo lo bueno que puede ser, mientras que el pesimista lo juzgaba todo lo malo que puede ser. Siendo ambos juicios de una insensatez rabiosa y evidente, era ne­cesario buscar otra explicación. Op­timista no puede ser un hombre que encuentra todo bien y nada mal. Porque eso es un absurdo;, es como lla­mar derecha a todo y a nada llamarle izquierda. Por el conjunto llegué a la conclusión de que el optimista creía bueno a todo menos al pesi­mista y que el pesimista todo lo creía malo excepto a sí mismo. Sería injusto omitir a ambos de la lista de definiciones, misteriosas pero suges­tivas, hechas, según dicen, por una niñita: "Un optimista es un hombre que cuida los ojos y un pesimista un hombre que cuida los pies." Y no estoy seguro de que esta no sea la mejor de las definiciones, En ella hay una especie de verdad alegórica Porque quizá allí haya una diferencia aplicable a la que existe entre ese más lúgubre pensador que sólo piensa en nuestro contacto de cada momento con la tierra, y ese otro menos triste pensador que más bien considera nuestra primordial facul­tad de ver y de elegir camino.

Pero aquí hay un profundo error en la alternativa del optimista y del pesimista. Implica que el hombre critica este mundo como si fuera un buscador de casas, como si estuviera visitando un edificio de departamen­tos. Si un hombre viniera a este mundo desde otro mundo y viniera ya en plena posesión de sus facul­tades, podría discutir si la ventaja de los bosques otoñales compensa o. no la desventaja de los perros ra­biosos, tanto como un hombre bus­cando alojamiento podría pesar la conveniencia de tener teléfono con­tra el inconveniente de carecer de vista al mar. Pero ningún hombre, está en esas condiciones. Un hom­bre pertenece a este mundo antes de empezar a averiguar si es lindo per­tenecerle. Ha luchado y con fre­cuencia obtenido triunfos heroicos, para la bandera, mucho antes de es­tar alistado. Para exponer brevemen­te la idea esencial: tiene una lealtad: mucho antes de tener una admira­ción.

En el último capítulo, dije que en los cuentos de hadas se expresa me­jor esa sensación primera de que el mundo es extraño y sin embargo atrayente. El lector, si quiere puede pasar por alto el período siguiente de esa literatura belicosa que por lo general, en la vida de un niño, si­gue a la de los cuentos de hadas. Todos debemos una sana moralidad, a los horrores baratos. Cualquiera sea la razón, me parecía, y todavía me parece, que nuestra actitud res­pecto a la vida, se puede expresar en términos de una especie de lealtad militar mejor que en términos de crítica o de aprobación. Mi acepta­ción del universo no es optimismo, más bien es algo como patriotismo. Es el caso de una lealtad elemental. El mundo no es una hostería en Brigkton a la que dejamos si es mi­serable. Es la fortaleza de nuestra familia, con la bandera flameando en la torre y que cuanto más miserable sea, menos dispuestos estamos a de­jarla.

El punto no es que este mundo sea demasiado triste para ser amado o demasiado alegre para no serlo; el punto es que cuando se ama algo, su alegría es la razón de amarlo y su tristeza la razón de amarlo más. To­do pensamiento optimista sobre In­glaterra, y todo pensamiento pesi­mista sobre ella, son razones de igual valor para el patriota inglés. Similarmente, el optimismo y el pesimismo, son argumentos de igual consistencia para el patriota cósmico.

Supongamos que se nos enfrente con algo desesperante, digamos el Pimlico.[8] Si pensamos qué es realmente mejor para el Pimlico, hallaremos que el curso del pensamiento nos conduce hasta el trono de lo místico y de lo arbitrario. No es bastante que un hombre desaprue­be al Pimlico: porque en ese caso, simplemente se cortará el pescuezo o se mudará a Chelsea.

Ni tampoco es bastante que un hombre apruebe el Pimlico; porque en ese caso el Pimlico perdurará y tal cosa sería terrible. La única so­lución parecería ser, que alguien amara al Pimlico; lo amara con un afecto trascendental y sin ninguna razón terrena. Si apareciera un hom­bre que amara al Pimlico, el Pim­lico se elevaría en torres de marfil y en pináculos dorados. El Pimlico se engalanaría como una mujer cuando es amada. Porque la decoración no es para esconder algo horrible sino para adornar una cosa ya ado­rable. Una madre no le da al hijo un moño azul, porque sin él sería feo. Un enamorado no regala un collar a la muchacha, para que esconda su cuello. Si los hombres amaran al Pimlico, como las madres aman a los hijos, arbitrariamente, porque son suyos, en un año o dos el Pimlico sería más bello que Florencia. Al­gunos lectores dirán que esto es mera fantasía. Y respondo que esta es la actual historia de la humanidad. De hecho, es así como las ciudades se hicieron grandes. Retrocedamos hasta las más oscuras raíces de la ci­vilización y las veremos anudadas en torno a una piedra, o rodeando al­gún sagrado bien. Los pueblos, pri­mero rindieron honores a un lugar y luego le adquirieron su gloria. Los hombres no amaron a Roma porque fuera grande. Fue grande porque la amaron.

Las teorías del contrato social del siglo XVIII, en nuestros tiempos se expusieron a muchas críticas burdas.

Y no obstante, eran demostrablemente correctas en tanto que signi­fiquen que toda forma histórica de gobierno, fue sostenida por una idea de satisfacción y de cooperación. Pero tales teorías, son verdaderamente inexactas, en cuanto sugieren que los hombres fueron conducidos al orden o a la ética, simplemente por un consciente intercambio de in­tereses. La moralidad no la comenzó un hombre diciendo a otro hombre: "No te golpearé si tú no me golpeas"; no hay vestigios de tal tran­sacción. Hay vestigios de que los dos hombres dijeron. "En el lugar sagrado, no debemos golpearnos uno a otro."

Adquirieron su moralidad obser­vando su religión.

No cultivaron la valentía. Lucharon por la reliquia y descubrieron que se habían hecho valientes. No cultivaron la higiene. Se purificaron para el altar y descubrieron que eran limpios. La historia de los Judíos es el único documento primitivo que conoce la mayoría de los ingleses. Por ella, los hechos pueden ser sufi­cientemente juzgados. Los diez man­damientos, que han sido considera" dos sustancialmente comunes a todo el género humano, fueron simplemen­te mandatos militares; un código de órdenes al regimiento, emitido para proteger a cierta arca a través de cierto desierto. La anarquía fue ma­ligna, porque puso en peligro lo san­to. Y recién cuando hicieron un día santo (holy day) para Dios, encon­traron que habían hecho un día de descanso (holiday) para los hom­bres.

Si se consiente que esta primera devoción a un lugar o a una cosa, es una fuente de energía creadora, podemos seguir a un hecho peculiar. Reiteremos un instante que el único optimismo justo es una especie do patriotismo universal. ¿Qué sucede con el pesimista? Pienso que pue­de decirse que es el antipatriota cósmico. ¿Y qué sucede con el anti­patriota? Pienso que puede decirse, sin indebida amargura, que es el amigo cándido. ¿Y qué hay del ami­go cándido?

Aquí nos topamos con la roca de la vida real y de la inmutable natu­raleza humana.

Me atrevo a decir que lo malo del amigo cándido es simplemente que no es cándido. Está escondiendo al­go, su propio placer sombrío de decir cosas desagradables. Tiene un secreto deseo de herir, y ciertamen­te no para ayudar.

Por lo que supongo, esto es lo que hace a cierta especie de antipatriota tan irritante para el ciudadano de buena salud. No hablo (por supues­to) del antipatriotismo que solamen­te irrita a los cambistas febriles y a las actrices sugerentes; llanamente dicho, eso es patriotismo. No vale la pena contestar inteligentemente a un hombre que diga que ningún pa­triota debe criticar la guerra Boer mientras no termine; está diciendo que un buen hijo no debe advertir a su madre que caerá del peñasco, sino después que haya caído. Pero hay un antipatriota que irrita hones­tamente a los hombres honestos; y su explicación, según creo, es la que he sugerido: es el cándido amigo sin candidez; el hombre que dice: "Sien­to decir que estamos perdidos", y no siente nada. Y sin figura retórica, puede decirse que es un traidor; porque ese triste conocimiento que se le facilitó para estimular al ejército, lo emplea para desanimar a las gentes de unirse a él.

Porque le es permitido ser pesi­mista como consejero militar; y está siendo pesimista como sargento de reclutas.

En la misma forma el pesimista (que es el antipatriota cósmico) usa la libertad que la vida proporciona a sus consejeros, para alejar a las gentes de su bandera. De acuerdo en que sólo manifiesta hechos, aún es interesante saber cuáles son sus emociones, cuál es su motivo.

Puede que en Tottenham haya mil doscientos hombres atacados de vi­ruela; pero nosotros deseamos saber si esto lo dice un gran filósofo que quiere maldecir los dioses, o solamente un vulgar pastor que quiere procurar socorro a los enfermos.

El mal del pesimista no es que quiera castigar a los dioses y a los hombres, sino que no ama lo que castiga, no tiene esa primordial y sobrenatural lealtad a las cosas,

¿Cuál es el mal del hombre comúnmente llamado optimista? Evi­dentemente se siente que el optimis­ta, deseando defender el honor del mundo, defenderá hasta lo indefen­dible.

Es el campeón del Universo; dirá: "mi cosmos, bueno o malo". Se in­clinará menos a modificar las cosas; se inclina más a dar una especie de respuesta-parapeto a todas las pre­guntas que le ataquen, calmando a cada uno con promesas. No lavará al mundo pero querrá blanquearlo. Todo esto (que es cierto en un tipo de optimista) nos conduce al pun­to de psicología verdaderamente in­teresante y sin el cual es imposible explicar lo que antecede.

Decimos que debe existir una leal­tad elemental hacia la vida: la única pregunta es: ¿debe ser una lealtad natural o sobrenatural? Y si les gus­ta más, así: ¿debe ser una lealtad racional o irracional? Ahora, lo ex­traordinario es que el falso optimis­mo (que blanquea la débil defensa de las cosas) va de acuerdo con el optimismo razonable. El optimismo racional conduce al estacionamiento: es el optimismo irracional el que conduce a la reforma. Déjenme explicar usando una vez más el paralelo del patriotismo. El hombre más indicado para arruinar el lugar que ama, es precisamente el hombre que lo ama por una razón. El hombre que beneficia al lugar, es el hombre que lo ama sin razón alguna. Si un hombre ama algún aspecto del Pim­lico (lo que parece difícil) se encontrará defendiendo ese aspecto contra el mismo Pimlico. Pero sí simplemente ama al Pimlico en Si, puede que lo convierta en una Nue­va Jerusalén.

No niego que la reforma puede ser extremosa; sólo digo que el patriota místico es el que transforma. La simple, autosugestión enardecida es más común entre aquellos que tie­nen alguna razón pedante para su patriotismo. Los peores frenéticos no aman a Inglaterra sino a una idea de Inglaterra.

Si amamos a Inglaterra por ser un imperio, podemos exagerar el éxito con que regimos a los hindúes. Pero si la amamos solamente por ser una nación, podemos hacer frente a todos los acontecimientos: porque sería una nación aunque los hindúes nos rigieran a nosotros. Y lo mismo aquellos cuyo patriotismo les permite sólo falsear la historia, porque de la historia depende su patriotismo. A un hombre que ama a Inglaterra porque es inglés, no le interesa cómo surgió Inglaterra. Pero uno que la ama porque es anglosajón, podría ir a desmentir los hechos con sólo su fantasía. Podría concluir (como Car­lyle y Freeman) sosteniendo que la conquista normanda fue una con­quista sajona. Podría concluir en completa irrazón, porque tiene una razón.

Un hombre que ama a Francia porque es militar, excusaría al ejér­cito de 1870. Pero un hombre que ama a Francia porque es francés idealizaría al ejército de 1870. Esto es exactamente lo que hicieron los franceses y Francia es un buen ejem­plo de la paradoja que explico. En ningún lugar el patriotismo es más puramente abstracto y arbitrario; y en ningún lugar la reforma es más activa y progresiva. Cuanto más tras­cendental es el patriotismo, más prác­ticos son los políticos.

Tal vez el ejemplo más cotidiano de este asunto, sea el caso de las mujeres; y de su extraña y recia lealtad. Algunas personas estúpidas iniciaron la idea de que las mujeres, por apoyar a los suyos contra todo, son ciegas y no ven nada. Difícilmente habrán conocido a las muje­res. Las mismas mujeres siempre prontas a defender sus hombres a través de lo espeso y lo inconsistente en sus relaciones personales con el hombre, son casi morbosamente lú­cidas para hallar la inconsistencia de sus excusas y el espesor de su seso. Al amigo del hombre le gusta su ami­go, pero lo deja tal cual es: su mu­jer lo ama y siempre está tratando de hacerlo otro. Las mujeres extre­madamente místicas en sus creencias, son extremadamente cínicas en sus críticas. Esto lo expresó muy bien Thackeray cuando creó la madre de Pendennis que adoraba a su hijo como a un Dios y no obstante asu­mió que al crecer se volviera tan malo como un hombre. Desestimó su virtud a pesar de que sobreesti­maba su valor. El devoto es enteramente libre de criticar; el fanático, tranquilamente puede ser un escép­tico. El amor no es ciego; eso es lo último que sería; y cuanto más consolidado esté el amor, es menos cie­go. Por lo menos, éste ha llegado a ser mi punto de vista para ver todo lo que es llamado optimismo, pesi­mismo y progresión. Antes de obrar ningún acto de reforma cósmica, de­bemos hacer un juramento de soli­daridad cósmica. Un hombre debe interesarse por la vida, luego pue­de interesarse de sus propias teorías sobre ella. "Mi hijo me dio su cora­zón"; el corazón debe ponerse en el verdadero objeto: desde el momento en que tenemos el corazón bien dado, tenemos las manos libres. Debo hacer un paréntesis para anticiparme a una crítica inevitable.

Se dirá que un ser racional, con una relativa conformidad y una re­lativa satisfacción, acepta el mundo como una mezcla del bien y del mal. Precisamente ésta es la actitud que sostengo y que es defectuosa. Sé que es muy común en esta época; y lo expresaba perfectamente Mateo Arnold en sus líneas más penetran­temente blasfemas que los alaridos de Schopenhauer:

 

 

"Bastante vivimos: y si una vida

"lograda es tan poco frecuente,

"aunque soportables, no vale la pena,

"por estas pompas del mundo, este dolor de nacer".

 

 

Sé que esta sensación abunda en nuestra época y pienso que es ella que la congela. A juzgar por nues­tros titánicos esfuerzos para creer y rebelamos, lo que necesitamos no es la fría aceptación del mundo como un compromiso, sino hallar un modo por el cual podamos odiarlo de corazón y de corazón amarlo. No queremos que la alegría y el pesar se neutralicen mutuamente y produzcan una conformidad avinagrada; quere­mos una satisfacción vigorosa y un vigoroso descontento. Debemos ver al mundo como al castillo del ogro que hay que asaltar, y sin embargo mirarlo al mismo tiempo como a nuestro propio hogar al que podemos regresar cuando anochece.

Nadie duda que un hombre nor­mal puede llevarse bien con el mun­do; pero requerimos, no bastante fuerza para llevarnos bien con él, sino bastante fuerza para que él se lleve bien con nosotros. ¿Es posible que el hombre lo odie tanto como para cambiarlo y que lo ame bastante para pensar que vale la pena el cambio? ¿Es posible que mire hacia la colosal grandeza de sus bienes sin sentir ni una vez admiración? ¿Es posible que mire hacia la grandeza colosal de sus males, sin sentirse ni una vez afligido? Abreviando: ¿pue­de el hombre ser al mismo tiempo, no sólo pesimista y optimista sino un fanático pesimista y un optimista fanático?

¿Es bastante pagano para morir por el mundo y bastante cristiano para morir en él? En esta combina­ción sostengo que es el optimista ra­cional el que fracasa, y el optimista irracional el que tiene éxito. Está dispuesto a hacer pedazos a todo el universo, en bien del universo mismo.

Escribo estas cosas, no en la ma­durez de su lógico ordenamiento, sino tal como se presentaron, y esta última teoría la aclaró y la aguzó un accidente del momento: A la extendida sombra de Ibsen, apareció un argumento: que era algo muy lindo matarse a sí mismo.

Los graves modernos dijeron que no debíamos ni decir "pobre muchacho" a un hombre que se había vo­lado los sesos, puesto que era una persona envidiable y que se los ha­bía volado a causa de su propia ex­cepcional excelencia.

El señor Guillermo Avcher, hasta sugirió que en la edad de oro habría máquinas de "moneda en la ranura", gracias a las cuales un hombre pudiera suicidarse por diez  centavos. En todo esto me hallé completamen­te hostil a muchos que se llamaban liberales y humanos.

El suicidio no sólo es un pecado; es el pecado. Es el mal interior y absoluto; es rehusarse a tomar un interés por la existencia; es rehusarse a jurar lealtad a la vida. El hombre que mata a un hombre, mata un hombre. El hombre que se mata, mata todos los hombres; por lo que a él le concierne, arrasa con todo el inundo. Su acto (simbólicamente considerado) es peor que cualquier rapto o cualquier atentado con di­namita. Porque destruye todos los edificios e insulta a todas las muje­res. El ladrón se satisface con dia­mantes; pero el suicida no: ese es su crimen. No puede ser atraído ni por las relumbrantes piedras de la Ciudad Celestial. El ladrón hace un cumplido a lo que roba, aunque no al robado. Pero el suicida al no ro­barlas insulta a todas las cosas de la tierra. Desprecia a cada criatura, más insignificante del cosmos, su muerte significa una sonrisa burlona y despectiva. Cuando un hombre se cuelga de un árbol, las hojas podrían caer con ira y los pájaros volar de él con furia: porque todos han reci­bido una afrenta personal. Por supuesto puede existir una emoción patética que excuse el acto. Fre­cuentemente la hay para un. rapto y casi siempre la hay para la dinamita.

Pero si se trata de ideas claras y de la interpretación inteligente de las cosas, hay mucha más verdad ra­cional y filosófica en el entierro del suicida en un cruce de caminos y en el bastón atravesado sobre el cuerpo, que en las máquinas automáticas del suicidio que pronosticó el señor Av­cher.

El entierro apartado del suicida, tiene un significado.

El crimen de ese hombre es dife­rente de otros crímenes porque hace imposible hasta el crimen.

Más o menos por ese tiempo, leí una solemne charlatanería de algún libre pensador: decía que el suicida era lo mismo que el mártir. Esta falsedad contribuyó a aclarar el asun to. Evidentemente el suicidio es lo opuesto al martirio. Mártir es un hombre tan interesado en algo exter­no a sí mismo, que quiere ver el fin de todas las cosas. Uno desea que empiece algo: el otro desea que todo termine.

En distintas palabras, el mártir es noble precisamente porque (a pesar de que renuncia al mundo y rechaza a la humanidad), proclama este úl­timo lazo con la vida; pone su cora­zón en algo fuera de sí mismo: mue­re para que algo viva.

El suicida es innoble, porque no tiene ese lazo con la existencia; es simplemente un, destructor; espiri­tualmente destruye al universo. Y luego recordé la estaca y el cruce de caminos y el extraño hecho de que el Cristianismo haya mostrado esta sorprendente severidad para el sui­cida. Porque el Cristianismo se ha mostrado calurosamente alentador con el mártir. El Cristianismo his­tórico fue acusado, no enteramente sin razón, de llevar el martirio y el ascetismo hasta un punto desolado y pesimista. Los primeros cristianos hablaban de la muerte con horrible alegría.

Blasfemaban de los bellos deberes del cuerpo: olían la tumba con más deleite que si fuera un campo de flores. Esto, a muchos les ha pare­cido la verdadera poesía del pesimis­mo. No obstante, ahí está la estaca en el cruce de caminos para mostrar lo que el Cristianismo piensa del pe­simista.

Este fue el primero del largo en­cadenamiento de enigmas con los cuales el Cristianismo entró a la dis­cusión.

Y, con éste se manifestó una pe­culiaridad de la cual tendré que ha­blar más detalladamente, por ser ca­racterística de toda noción cristiana y definitivamente iniciada en este particular enigma. La actitud cris­tiana frente al martirio y al suicidio, no fue la frecuentemente afirmada por las morales modernas. No era un caso de graduación. No era que debió trazarse una línea en alguna parte y que el autoasesino deprimi­do cayera fuera de ella.

El sentir cristiano no fue simplemente que el suicida llevaba dema­siado lejos el martirio. El sentir cris­tiano estaba furiosamente con uno y furiosamente contra otro: estas dos cosas que parecían tan similares, se hallaban en los extremos opuestos del cielo y del infierno. Un hombre arrojó su vida; era tan bueno que sus huesos secos podían sanear las ciu­dades apestadas. Otro hombre arrojó la vida; era tan malo que sus huesos podían mancillara sus semejantes. No digo que era buena esa fiereza, pero ¿por qué fue tan fiera?

Aquí fue donde primero encontré que mi pie desorientado y vagabun­do se hallaba al fin sobre un sendero abierto. El Cristianismo también ha­bía sentido esa oposición entre el mártir y el suicida: ¿la había sentido por la misma razón? ¿Habría senti­do el Cristianismo lo que yo sentí y no pudo (ni puede) expresar esa necesidad de una esencial lealtad alas cosas y luego de una violenta reforma de ellas? Después recordé que se inculpaba al Cristianismo precisamente de combinar esas dos cosas que yo intentaba combinar. Se acusaba al Cristianismo de ser demasiado optimista respecto al uni­verso y demasiado pesimista respec­to al mundo. La coincidencia me paralizó repentinamente.

En la controversia moderna ha sur­gido una imbécil costumbre de decir que tal y cual creencia puede ser sostenida en una época, pero no en otra. Se nos dice que algún dogma fue creíble en el siglo XII e increíble en el XX. Lo mismo sería decir que cierta filosofía puede ser creída en lunes, pero no puede ser creída en viernes. Lo mismo sería decir que un aspecto del cosmos era convenien­te hasta las tres y media, pero inconveniente hasta las cuatro y me­dia. Lo que puede creer un hombre depende de su filosofía y no del re­loj o del siglo. Si un hombre cree en una ley natural inalterable, no puede creer en ningún milagro de ninguna época. Si un hombre cree en una voluntad anterior a la ley, puede creer en cualquier milagro de cualquier época. Supongamos, en bien del argumento, que nos hallára­mos frente al caso de una curación milagrosa. Un materialista del siglo XII, no la creería más que un ma­terialista del siglo XX. Pero un científico cristiano del siglo XX la creería como un cristiano del siglo XII. Es cuestión simplemente de la teoría de cada hombre sobre las cosas. Por consiguiente, tratándose de cualquier contestación histórica, el punto no es si fue dada en nuestro tiempo, sino si fue dada en respuesta a nuestra pre­gunta. Y cuanto más pensé en cómo y cuándo apareció el Cristianismo en el mundo, más sentí que había venido a responder a esta interro­gación.

Por lo común es el cristiano despreocupado y tolerante quien hace más indefendibles cumplidos al Cristianismo. Habla como si nunca hu­biera habido devoción ni compasión hasta que llegó el Cristianismo, pun­to en el cual un medioeval cualquie­ra estaría ansioso de desmentirle. Significarían que lo sorprendente del Cristianismo es que fue el primero en predicar la sencillez o la morti­ficación o la franqueza o la sinceri­dad. Me juzgarían muy estrecho (quiera eso decir lo que quieran) si dijera que lo notable del Cristia­nismo era haber sido el primero en predicar Cristianismo. Su peculiari­dad fue ser peculiar y la sencillez y la sinceridad no son peculiares, sino evidentes aspiraciones de toda la especie humana. El Cristianismo fue la respuesta a un enigma y no la última verdad demostrable luego de una larga conversación. En un ex­celente semanario de tendencias puritanas, leí hace unos días esta observación; que el Cristianismo, des­pojado de su armazón dogmática (como se hablaría de un hombre des­pojado de su armazón) vendría a ser nada más que la doctrina Quáquera de la Luz Interior. Si yo dijera que el Cristianismo vino al mundo espe­cialmente para destruir la doctrina de la Luz Interior, sería una exage­ración. Pero estaría mucho más cerca de la verdad.

Los Estoicos Extremosos, como Marco Aurelio, eran precisamente los que creían en la Luz Interior. Su dignidad, su cansancio, su externa y triste preocupación por el prójimo, y su incurable preocupación interna por sí mismos, toda era efecto de la Luz Interior, y todo eso existió solamente a merced de esta lúgubre ilu­minación. Nótese que Marco Aure­lio insiste (como lo hacen siempre los moralistas introspectivos) sobre, pequeñas cosas hechas u omitidas; es porque no siente ni odio ni amor bastante para obrar una revolución moral. Se levanta por la mañana tem­prano del mismo modo que se le­vantan por la mañana temprano nuestros propios aristócratas que viven la Vida Sencilla, porque tal al­truismo es mucho más fácil que suspender los juegos del anfiteatro o que devolver al pueblo inglés sus tierras. Marco Aurelio es, el más intolerable de los tipos humanos.

Es un altruista egoísta. Altruista egoísta es un hombre cuyo orgullo carece ,de los atenuantes de la pa­sión.

De todas las formas de ilumina­ción concebibles, la peor es la que esa gente llama Luz Interior. De todas las religiones horrendas, la más horrible es la que adora al dios interno. Cualquiera que conozca cual­quier cuerpo, sabe cómo actuará, cualquiera que conozca a cualquiera de esos que son Centro del Más Alto Pensamiento, sabe cómo procede. Que Jones adore al dios interior, re­sulta finalmente que iones adora a Jones. Que Jones adore al sol o a la luna, a cualquier cosa menos a la Luz Interna; que Jones adore a los gatos o a los cocodrilos, si puede en­contrar alguno en su calle, pero no al dios interior. El Cristianismo vino al mundo, en primer lugar para sos­tener violentamente que el hombre no sólo debe mirar hacia adentro sino también hacia afuera, para contemplar con asombro y regocijo una compañía divina y a un divino ca­pitán. La gran alegría del Cristia­nismo era que un hombre no quedaba a solas, con la Luz Interna, sino que definidamente reconocía una luz externa, brillante como el sol, clara como la luna, terrible como un ejército embanderado.

De todos modos, tal vez fuera me­jor que iones no adorara al sol y a la luna. De hacerlo, quizá tuviera inclinación a imitarlos; a razonar que si el sol quema vivos los insectos, él puede quemarlos vivos. Que si el sol insola a la gente, él puede contagiar el sarampión a los vecinos. Que si la luna, según dicen, enloquece a los hombres, él puede volver loca a su mujer. Este feo aspecto del optimismo simplemente externo, también se manifestó en el mundo an­tiguo. Más o menos cuando el idea­lismo estoico comenzó a descubrir los puntos débiles del pesimismo, la antigua adoración de la naturaleza comenzó a descubrir las tremendas debilidades del optimismo. Adorar la naturaleza es bastante natural mien­tras la sociedad es joven, o en otras palabras, el Panteísmo es compren­sible mientras sea adorar a Pan.

Pero la naturaleza tiene otro as­pecto que la experiencia y el pecado no tardan en descubrir, y no es fri­volidad decir que el dios Pan, pronto mostró las uñas afiladas. La única objeción a la Religión Natural es que en cierta forma siempre se vuel­va innatural. De mañana un hombre ama a la Naturaleza por su inocen­cia y su amabilidad y a la noche, si es que aún la ama, será por su oscu­ridad y su sadismo. Al amanecer se lava en agua clara, como el Hombre Sabio de los Estoicos y no obstante por la noche, como Juliano el Após­tata, se está bañando en la sangre ca­liente de un toro. La mera búsqueda de la salud siempre conduce a algo insalubre.

La Naturaleza física no debe ser considerada como directo objeto de la obediencia; debe ser gozada; ado­rada, no.

No hay que tomar en serio a las estrellas y a las montañas; si las to­máramos terminaríamos donde termi­nó la adoración pagana de la natu­raleza. Porque si la tierra es buena, podríamos imitar todas sus cruelda­des. Porque sexualmente es cuerda, podríamos enloquecernos por la se­xualidad. De esa forma el mero op­timismo llega a su insano y adecuado término. La teoría de que todo es bueno, se convierte en orgía de todo lo que es malo.

Por otra parte, nuestros pesimistas idealistas, fueron representados por los viejos despojos del Estoico. Marco Aurelio y sus amigos, habían realmente renunciado a la idea de hallar un dios en el Universo y miraban sólo al dios interior. No tenían ninguna esperanza de hallar virtud en la naturaleza y difícilmente la tuvie­ran de hallar virtud en la sociedad. En realidad no tenían por el mundo exterior un interés suficiente como para destruirlo o revolucionarlo. A la ciudad no la amaron bastante como para prenderle fuego. Así, el mundo antiguo se halla exactamen­te en nuestro propio y desolado dilema. Los únicos que en realidad gozaban de este mundo, se hallaban ocupados en destruirlo; y las gentes virtuosas, no se preocupaban por ellos tanto como para abatirlos. Y repen­tinamente el Cristianismo intervino en este dilema (el mismo dilema nuestro) y ofreció una singular respuesta que el mundo definitivamen­te aceptó como "la" respuesta.

Fue "la" respuesta entonces y creo que ahora, es "la" respuesta.

Esta respuesta fue como el chas­quido de una espada; separó; no unió, en ningún sentido sentimental de la palabra. Rotundamente, divi­dió y separó a Dios y al cosmos. Esta trascendencia y nitidez de la deidad que algunos cristianos ahora quieren suprimir del Cristianismo, fue la única razón por la cual cualquiera quiso ser un cristiano. Era el punto central de la respuesta cristiana al infeliz pesimista y al aún más infeliz optimista. Como aquí sólo me concierne su problema particular, me limitaré a mencionar brevemente esta gran sugerencia metafísica. To­das las descripciones del principio creador y conservador de las cosas, por ser verbales, deben ser metafó­ricas.

Por eso el panteísta se ve obligado a hablar de Dios en todas las cosas, como si estuviera en una caja. Por eso el evolucionista, fiel a su nombre, tiene la impresión de estar enrollado como una alfombra. Todos los términos religiosos e irreligiosos quedan abiertos a esta acusación. La pregunta es, si todos los términos se­rán inservibles o si es posible, con tal o cual frase, abarcar una idea nítida sobre el origen de las cosas. Creo que es posible y eviden­temente también lo cree el evolucio­nista o de lo contrario no hablaría de la evolución. Y la frase radical de todo el teísmo cristiano, fue ésta: que Dios fue un creador, como es creador un artista. Un poeta, está tan separado de su poema, que ha­bla de él como si fuera una insigni­ficancia que ha "arrojado". Aún al proyectarlo es como si se despojara de él. Este principio de que toda creación o procreación es una rup­tura, por lo menos tratándose del cosmos, es tan consistente como el principio evolucionista, que dice que todo crecimiento es una ramificación. Una mujer al tener un hijo pierde un hijo. Toda creación es separa­ción. Un nacimiento es una separa­ción tan solemne como la muerte.

El primer principio filosófico cris­tiano era que este divorcio existente en el acto divino de crear (tal como se separa el poeta del poema y la madre del recién nacido), fue la ver­dadera descripción del acto por el cual la absoluta energía hizo al mun­do. Según muchos filósofos, Dios haciendo al mundo, lo esclavizó. Se­gún el Cristianismo, lo liberó al ha­cerlo. Al hacer al mundo, Dios es­cribió no tanto un poema como una pieza teatral; una pieza que había planeado perfecta, pero que necesa­riamente hubo de ser confiada a ac­tores, escenógrafos y empresarios humanos, que desde entones la em­barullaron toda. Luego discutiré la veracidad de esta teoría. Aquí sólo debo destacar con qué suavidad asom­brosa solucionó el dilema tratado en este capítulo. De esta forma, por lo menos es posible estar tanto feliz como indignado, sin necesidad de degradarse hasta ser un optimista o un pesimista.

Con este sistema podría combatirse contra todas las fuerzas de la existen­cia sin desertar la bandera de la exis­tencia. Sería posible estar en paz con el Universo y no obstante estar en guerra con el mundo.

San Jorge pudo pelear contra el dragón por grande que fuera el bulto del monstruo sobre el cosmos; aunque fuera más grande que las ciuda­des poderosas y que las interminables colinas. Si hubiera sido tan grande como el mundo, pudo aún ser matado en nombre del mundo. San Jorge no tuvo que considerar evidentes dis­paridades o proporciones en la escala de las cosas, sino solamente el secreto de sus finalidades.

Puede golpear al dragón con su espada aunque el dragón sea el todo; aunque los cielos vacíos sobre su ca­beza, sólo fueran la inmensidad ar­queada de sus garras abiertas.

Y luego siguió una sensación difí­cil de describir. Era como si desde mi nacimiento hubiera estado per­plejo entre dos maquinarias enormes e ingobernables, de estructura distin­ta y sin aparente conexión, el mundo y la tradición cristiana. En el mun­do había encontrado este hueco: ha­bía que hallar cierta manera de amar al mundo sin creerle; cierta manera de amarle sin que lo mereciera. Aquel rasgo prominente de la teolo­gía cristiana me pareció algo así como una recia estaca: la dogmática insistencia de que Dios era personal y había hecho al mundo separado de Sí. La cuña del dogma calzó exactamente en el hueco que había encon­trado en el mundo -era evidente que la destinaba a calzar en él- y luego comenzó lo más extraño. Una vez que estas dos partes de las dos má­quinas quedaron unidas, una después de otra, todas las demás partes coin­cidieron con una precisión estupen­da. Pude oír cómo todos los pesti­llos de la máquina caían en su lugar  con una especie de "chic" de alivio. Teniendo una parte correcta, todas las demás partes observaban y repe­tían esa corrección, como un toque tras otro toque, el reloj llega a dar medio día. Instinto más instinto se satisfacía con doctrina y más doctrina. O para variar de metáfora, me sentí como si hubiera avanzado por un país enemigo para tomar una fortaleza. Y al caer la fortaleza, todo el país se rendía y se consolidaba a mis espaldas. La tierra toda se ilu­minó como antes; volvía a los primeros campos de mi infancia. Todas las ciegas imaginaciones de la ado­lescencia que en el cuarto capítulo en vano intenté trazar sobre la os­curidad, repentinamente se volvían transparentes y sensatas.

Estaba en lo cierto cuando sentí que las rosas eran rojas por una es­pecie de elección: era la elección di­vina.

Estaba en lo cierto cuando sentí que diría más bien que el pasto no tenía el color adecuado que decir que necesariamente, el verde, era su color: pudo en verdad ser de otro color cualquiera.

Mi sensación de que la felicidad pendía del hilo loco de una condi­ción, adquirió un significado cuando todo se hubo dicho: significaba toda la doctrina de la Caída. Aún aque­llos vagos e informes monstruos, esas nociones que no pude describir, y menos defender, aun esas entraron tranquilamente en sus lugares, como cariátides colosales de una creencia. La imaginación de que el cosmos no era vasto y vacío sino pequeño y confortable, ahora tenía un signifi­cado; porque cualquier obra de arte puede ser pequeña para la mirada del artista; para Dios, las estrellas sólo pueden ser pequeñas y queridas como diamantes. Y mi instinto de que, de alguna forma, el bien no era puramente un instrumento para ser usado sino una reliquia para ser guar­dada, como los bienes del barco de / Crusoe, aún eso, era un desesperado asirse de algo originariamente correc­to, porque conforme al Cristianismo, éramos de verdad sobrevivientes de un naufragio, tripulación de un barco de oro que se hundió antes de comenzar el mundo.

Pero lo importante era esto: esa doctrina daba vuelta por completo a la razón del optimismo. Y en el momento en que se obraba la reversión se sintió bruscamente el bienestar que se siente cuando un hueso vuel­ve a su órbita. Con frecuencia me había llamado optimista, para rehuir la tan evidente blasfemia del pesi­mismo.

Pero todo el optimismo de la épo­ca había sido ,falso y desalentador; por esta razón: siempre trataba de probar que calzábamos muy bien en el mundo. El optimismo cristiano se basa en el hecho de que no calzamos bien en el mundo. Intenté alegrarme, repitiéndome que el hombre era un animal como otro cualquiera a quien Dios le procura su alimento. Pero ahora fui realmente feliz, porque había aprendido que el hombre es una monstruosidad. Estaba en lo cierto cuando sentía que todo me era extraño, porque yo mismo era peor y mejor que todo. El placer del op­timista era prosaico porque se debía a la naturalidad que hallaba en todas las cosas; el placer cristiano era poé­tico, porque a la luz de lo sobrena­tural, todo lo hallaba extraño.

El filósofo moderno me decía una vez y otra que estaba en mi lugar. Pero oí que no estaba en mi lugar y mi alma cantó de gozo como el pá­jaro canta en primavera. Este co­nocimiento descubrió iluminadas ha­bitaciones olvidadas en la oscura casa de la infancia. Supe al fin por qué el pasto me había parecido extraño como la barba verde de un gigante y por qué en mi propio hogar pude sentir nostalgia.

 

 

VI. LAS PARADOJAS DEL CRISTIANISMO

 

 

 

La verdadera dificultad con este mundo nuestro, no es que sea un mundo irrazonable ni que sea un mundo razonable. La dificultad más común, es que es aproximadamente razonable; pero no del todo. La vida no es ilógica; pero es una trampa para los lógicos. Parece un poco más matemática y regular de lo que es; su exactitud está evidente, pero su inexactitud escondida; su salvajismo, yace en acecho. Doy un burdo ejem­plo de lo que digo.

Supongamos que un matemático de la luna tuviera que dar cuenta del cuerpo humano; al punto vería que lo esencial de él, es ser dupli­cado. Cada hombre es dos hombres; el de la izquierda exactamente aná­logo al de la derecha. Habiendo ob­servado que hay un brazo a la iz­quierda y otro a la derecha, una pierna a la izquierda y otra a la derecha, podría seguir observando y ver a cada lado el mismo número de dedos, ojos gemelos, orejas gemelas y aún gemelas cavidades craneanas. Al fin, lo tomará como una ley; y luego, al encontrar un corazón a un lado, deducirá que también hay un corazón al otro. Y justamente cuando más sienta que está en lo cierto, estará equivocado.

Este silencioso desviarse de lo exac­to por una pulgada, es en todo, un elemento imprevisto. Parece ser una especie de traición secreta del Uni­verso. Una manzana o una naranja' son suficientemente redondas como para que se las califique redondas, y sin embargo, no son redondas.

La misma tierra está torneada como una naranja, nada más que para inducir a algún simple astrónomo a que la llame globo. Una hoja de pasto se llama hoja, por asociación con la espada que termina en un punto; pero la hoja, no termina. Este elemento de lo oculto y lo impre­visto, existe en todas las cosas. El racionalista las pierde; pero nunca las pierde sino a último momento. De la gran curva de nuestra tierra, podría inferirse que cada uno de sus palmos, es curvado como ella. Pa­recería racional que si un hombre tiene sesos a ambos lados de la ca­beza, tuviera también un corazón a cada lado del cuerpo. No obstante, todavía hay científicos organizando expediciones al Polo Norte; les gusta mucho el terreno plano. Todavía hay científicos organizando expediciones para encontrar el corazón del hom­bre; y cuando tratan de localizarlo, generalmente lo buscan por el lado donde no está.

Ahora, se comprueba la intuición o inspiración, en cuanto sospecha o no estas deformaciones imprevistas. Si nuestro matemático de la luna vio dos brazos y' dos orejas, podría de­ducir que había .dos omoplatos en la espalda y dos divisiones en el ce­rebro.

Pero si sospechó que el corazón del hombre estaba en su verdadero lugar, yo le llamaría algo más que matemático. Tal es exactamente la cualidad que desde entonces reco­nocí en el Cristianismo. No simplemente que deduzca verdades lógicas, sino que cuando repentinamente se vuelve ilógico, es que ha encontrado una, diremos, ilógica verdad. No sólo va derecho con las cosas que van derecho, sino que se desvía cuando las cosas se tuercen. Su plan se adap­ta a las irregularidades secretas y prevé lo imprevisible. Es simple con la verdad simple; pero es insistente con la verdad confusa.

Admitirá que el hombre tiene dos manos; no admitirá (aunque los mo­dernistas lo lamenten) la deducción obvia de que tiene dos corazones. En el presente capítulo, mi objeto es este: demostrar que cuando sentimos que hay algo extraño en la teología cristiana, generalmente encontramos que hay algo extraño en la verdad. He mencionado antes, una frase inconsistente, según la cual, tal. y tal creencia no puede ser creída en nuestra época. Por supuesto que cualquier cosa puede ser creída en cualquier época. Pero es bastante curioso que realmente haya un aspecto según el cual una creencia, puede ser más firmemente creída en una sociedad compleja que en una sociedad simple. Si un hombre en­cuentra verdadero al Cristianismo en Birmingham, actualmente posee más claras razones para su fe, que si lo hubiera hallado `verdadero en Mer­cía. Porque cuanto más complicada parece una coincidencia, menos pues de ser una coincidencia. Si caen copos de nieve con la forma exacta del corazón de Midlothian,[9] puede ser un accidente. Pero si caen copos de nieve con la forma exacta del la­berinto de Hampton Court, creo que se podía pensar que es un milagro. He comenzado a sentir la filosofía cristiana tal como si fuera uno de esos milagros.

La complicación de nuestro mun­do moderno prueba la veracidad de ese credo, más acabadamente que ninguno de los sencillos, problemas de las épocas de fe. Fue en Notting Hill y en Battersea donde comencé a ver que el Cristianismo era verda­dero. Debe ser por eso que la fe tiene la elaboración de doctrinas y detalles que tanto angustia a aque­llos que admiran al Cristianismo sin creer en él. Cuando se abraza una creencia, se está orgulloso de su com­plejidad; como los cientistas están orgullosos de la complejidad de la ciencia. Esa complejidad demuestra qué rica es en descubrimientos. Si una creencia es en verdad correcta, es hacerle un cumplido decir que es elaboradamente correcta. Accidentalmente, un bastón puede calzar en un hoyo y una piedra calzar en un agu­jero. Pero una llave y una cerradura, son cosas ambas complejas. Y. si una llave calza en una cerradura, se sabe que es la llave adecuada.

Pero esta precisión implícita de todas las cosas, hace difícil hacer lo que debo hacer ahora: describir esa acumulación de verdades. Es muy difícil defender algo de lo cual se está enteramente convencido. Sería relativamente fácil cuando se está sólo en parte convencido.

Un hombre está parcialmente convencido de algo, cuando ha encon­trado esta o aquella prueba que le permite proclamar ese algo. Pero un hombre no está realmente convenci­do de una teoría filosófica cuando encuentra que algo la prueba. Está realmente convencido recién cuando descubre que todo la prueba. Y cuando más razones encuentra conver­giendo hacia esa convicción, más perplejo se muestra si sorpresivamen­te le piden que las enumere. Es por eso que si se pregunta a un hombre de inteligencia corriente: "¿Por qué prefiere la civilización al salvajis­mo?", desconcertado mirará a su alrededor objeto tras objeto y apenas será capaz de responder vagamente: "Bueno, ahí está esa biblioteca... y hay pianos... y hay policías... “Toda la defensa de la civilización, es que su defensa es muy compleja. ¡Ha hecho tantas cosas! Pero la mis­ma multiplicidad de pruebas que pudo hacer aplastante la respuesta, la hace casi imposible.

Por consiguiente, se ve que en tor­no a toda convicción completa, hay una especie de impotencia colosal. La creencia es tan grande que lleva mucho tiempo ponerla en acción. Y esa indecisión nace principalmente, y es bastante curioso, de una cierta indiferencia respecto al punto sobre el cual conviene empezar. Todos los caminos llevan a Roma; lo cual es una poderosa razón para que mucha gente no llegue nunca. En el caso de esta defensa de la convicción Cris­tiana, confieso que empezaría el ar­gumento tan pronto en una cosa como en otra; lo empezaría en un nabo o en un coche de alquiler. Pero si he de velar por la claridad de lo que diga, supongo que sería más acertado continuar los argumentos iniciados en el último capítulo y que presentaban la primera de estas mís­ticas' coincidencias; o mejor dicho, ratificaciones. Cuanto había oído de la teología cristiana, había contribui­do a alejarme de ella. Era un pagano a los 12 años y un agnóstico completo a los 16; y no pude com­prender que alguien pasara de los 17, sin hacerse la sencilla pregunta que yo me hice. Por cierto, conser­vé una nebulosa reverencia hacia una deidad cósmica y un gran interés histórico por el Fundador del Cristianismo.

Pero cierto es que lo miraba como a un hombre; no obstante, quizá, pensé que aún bajo ese aspecto aven­tajaba a muchos de sus críticos mo­dernos. Leí la científica y escéptica literatura de mi tiempo, por lo menos toda la que encontré escrita en inglés y rodando por ahí; y no leí nada más; quiero decir que no leí nada más sobre ningún otro aspecto filosófico. Los horrores baratos que también leí, tenían por cierto una saludable v heroica tradición de Cris­tianismo; pero entonces yo no lo sa­bía. De apologética cristiana, nunca leí una línea. Y ahora leo de ella lo menos posible. Fueron Huxley y Herbert Spencer y Bradlaugh, los que me volvieron a la teología or­todoxa.

Sembraron en mi mente las pri­meras frenéticas dudas de la duda. Nuestras abuelas estaban en lo cier­to cuando decían que Tom Paine y los librepensadores desordenaban la mente. La desordenan. Desordenaron la mía de una manera horrenda, El racionalismo me hizo pensar si la razón servía para algo; y cuando terminé de leer a Herbert Spencer, ya había llegado hasta a dudar, por primera vez, que la evolución realmente hubiera ocurrido nunca. Cuando dejé la última de las lecturas ateas del Coroner[10] Ingersoll, el terrible pen­samiento irrumpió en mi mente: "Usted casi me persuade de hacerme cristiano". Estaba próximo a la de­sesperación.

Esta extraña aptitud que tienen los grandes agnósticos para crear du­das más profundas que las suyas propias, podría ilustrarse de muchas maneras. Tomo una sola.

Desde los de Huxley hasta los de Bradlaugh, todos los comentarios no cristianos y anticristianos que leía y releía, fueron desarrollando en mi inteligencia, gradual pero gráficamente, la lenta y aterradora idea de que el Cristianismo debía ser algo muy extraordinario. Porque (según lo entendí) el Cristianismo no sólo poseía los más inflamados defectos, sino que, aparentemente, tenía un místico talento para combinar entre sí defectos que parecían incombina­bles. Se le atacaba de todas partes y por razones todas contradictorias. Tan pronto un racionalista demostra­ba que estaba demasiado al este, como otro demostraba con idéntica claridad, que estaba demasiada al oeste. Ni bien se calmaba mi indig­nación ante su angulosa y agresiva cuadratura, se despertaba nuevamen­te para observar y condenar su re­dondez sensual y enervante. Para el caso de que algún lector no hubiera sentido lo que estoy diciendo, daré algunos ejemplos que recuerde al azar, que demuestran esta auto-con­tradicción en un mismo ataque. Doy cuatro o cinco de ellos. Hay cin­cuenta más.

Por ejemplo, me impresionó bien el elocuente ataque al Cristianismo, como cosa inhumana y triste; me im­presionó bien porque creía (y aún creo) que el sincero pesimismo es el pecado sin perdón. El pesimismo insincero, es un cumplimiento social, más agradable que otra cosa. Afor­tunadamente casi todos los pesimis­mos son insinceros. Pero yo estaba dispuesto a volar la Iglesia Catedral San Pablo, si el Cristianismo era pe­simista como decía esa gente. Lo extraordinario es esto: en el Capítulo I, me probaban (a mi completa sa­tisfacción) que el Cristianismo era demasiado pesimista; y luego en el Capítulo II, comenzaban a probarme que era demasiado optimista. Una acusación era que el Cristianismo, con mórbidas lágrimas y terrores, impedía al hombre buscar placer y gozo, en el seno de la Naturaleza. Pero otra acusación era que confor­taba a los hombres con una provi­dencia ficticia y los albergaba en una "nursery" blanca y rosada. Un gran agnóstico preguntó por qué la Na­turaleza no era bastante bella y por qué era tan duro ser libre. Otro gran agnóstico objetó que el optimismo cristiano, "vestidura engañosa tejida por piadosas manos", nos ocultaba que la Naturaleza era fea y que era imposible ser libre. No bien un racionalista terminaba de llamar "pe­sadilla" al Cristianismo, otro comen­zaba a llamarle paraíso de locos. Esto me intrigó; las acusaciones parecían inconsistentes. El. Cristianismo no podía ser al mismo tiempo la máscara negra de un mundo blanco y también la máscara blanca de un mundo negro. La situación del cris­tiano no podía ser simultáneamente tan confortable que fuera cobardía aferrarse a ella y tan incómoda que fuera idiotez soportarla.

Si se falseaba la visión humana, se la falseaba en un sentido o en otro; no es posible usar anteojos ro­sados y verdes, al mismo tiempo. Con tremendo gozo, como todos los jóvenes de ese tiempo, preparé mi lengua para pronunciar las injurias que. gritó Swinburne a las tristezas del credo.

 

 

"Habéis vencido, pálido Galileo;

el mundo se tornó gris, con vuestro aliento."

 

 

Pero cuando leí los comentarios del mismo poeta sobre el paganismo (como ser en "Atlanta") deduje que antes que el Galileo respirara sobre él, el mundo era si es posible más gris, que después que hubo respi­rado.

El poeta sostenía (por cierto en lo abstracto) que la vida era una oscuridad absoluta. Y no obstante, en cierta forma, el Cristianismo ha­bía logrado oscurecerla. Era un pe­simista el mismo hombre que acu­saba de pesimista al Cristianismo. Pensé que algo estaba mal. Y por un loco instante cruzó mi mente la idea, de que tal vez no fueran los mejores jueces de la relación de la religión con la alegría, aquellos que, según sus propios comentarios, no poseían ni alegría ni religión.

Hay que entender que no llegué precipitadamente a la conclusión de que las acusaciones eran falsas o los acusadores tontos. Deduje simplemente que el Cristianismo debía ser más magnífico y más perverso de lo que creían. Una cosa podía tener estos dos defectos opuestos, pero si los tenía, debía ser algo muy curioso. Un hombre puede ser muy gordo en una parte del cuerpo y muy del­gado en otra; pero la suya será una figura extraña. A esta altura mis pensamientos eran todos para la ex­traña figura del Cristianismo; no atri­buí ninguna extrañeza a la figura de la mente racionalista.

Y aquí hay otro ejemplo de la misma especie. Sentí que un sólido caso contra el Cristianismo provenía de ese algo tímido, monjil, sin hom­bría que hay en torno de todo lo llamado cristiano; especialmente en su actitud frente a la resistencia y a la lucha. Los grandes escépticos del siglo XIX, eran ampliamente viri­les. Bradlaugh con su modo expan­sivo y Huxley con el suyo reticente, eran decididamente hombres. Por comparación, parecía evidente la exis­tencia de algo de debilidad y de excesiva paciencia en los consejos cristianos. La paradoja del Evange­lio sobre "la otra mejilla", el hecho de que los sacerdotes nunca pelea­rán y cien cosas más, hacían plau­sible la acusación de que el Cristia­nismo era un intento de hacer al hombre demasiado parecido a las ovejas. Lo leí y lo creí, y de no haber leído algo diferente, seguiría creyéndolo. Pero leí algo muy dis­tinto. Volví la página en mi manual de agnóstico y mis sesos dieron una vuelta. Ahora encontraba que si de­bía odiar al Cristianismo no había de ser porque luchaba poco sino porque luchaba demasiado. El Cris­tianismo ahora parecía ser el padre de todas las guerras. Había hecho caer sobre el mundo un diluvio de sangre.

Me había enojado contra él porque no se enojaba nunca.

Ahora se me decía que me eno­jara contra él porque su ira había sido lo más tremendo y horrible de la historia humana; porque su ira había impregnado la tierra y se ha­bía levantado hasta el sol. Los mis­mos que reprochaban al Cristianis­mo la mansedumbre y la pasividad de los monasterios, eran los que aho­ra le reprochaban la violencia y el valor de las Cruzadas. Si Eduardo el Confesor no peleó y si Ricardo Corazón de León peleó, todo era culpa del pobre viejo Cristianismo.

Los Cuáqueros eran (se nos dice), los únicos cristianos característicos y no obstante las masacres de Crom­well y de Alva, eran crímenes carac­terísticamente cristianos. ¿Qué quería decir todo aquello? ¿Qué era este Cristianismo que prohibía la gue­rra y siempre provocaba guerras? ¿Cuál sería la naturaleza de aquello que uno injuriaba primero porque no quería luchar y luego porque estaba constantemente luchando? ¿En qué mundo de enigmas había nacido ese asesino monstruoso y esa mons­truosa mansedumbre? La figura del Cristianismo era más extraña a cada instante.

Y tomo un tercer caso. El más raro de todos porque contiene la úni­ca verdadera objeción a la fe.

La única verdadera objeción que se puede poner a la religión cristia­na, es decir simplemente que es una religión. El mundo es un lugar grande lleno de gentes muy distintas. El Cristianismo (razonablemente podría decirse), es algo limitado a ciertos sectores de gente; comenzó en Pa­lestina y prácticamente se ha dete­nido en Europa. Cuando era joven me impresionó este argumento y me atrajo la doctrina que con frecuencia se predica en las sociedades moralistas, que existe una gran iglesia inconsciente común a toda la huma­nidad y fundada en la omnipresencia de la conciencia humana. Se decía que la creencia divide los hombres; pero que al menos la moral los unía. El alma podía recorrer los más ex­traños y remotos países y edades encontrando siempre un sentir co­mún esencialmente ético. Bajo los árboles orientales podría encontrar a Confucio escribiendo "No robarás". Podría descifrar los más oscuros jero­glíficos de los desiertos primitivos, y descifrados dirían: "Los niños de­ben decir la verdad". Creí esta doctrina de la confraternidad de todos los hombres en la posesión de un instinto moral, v la creo. aún -junto a otras cosas. Estaba disgustado con el Cristianismo porque sugería (se­gún supuse) que todas las edades y todos los imperios de los hombres habían huido de esta luz de la jus­ticia y de la razón. Pero luego en­contré algo asombroso.

Encontré que los que decían que desde Platón hasta Emerson la es­pecie humana era una sola iglesia,  eran los mismos que decían que la moralidad había cambiado por com­pleto y que lo que fue bien en una época, fue mal en otra. Si v pedía, digamos, un altar, me decían que no lo necesitaba, porque los hombres nuestros hermanos, en sus costumbres y en sus ideales, nos habían legado claros oráculos y una creencia. Mas si tímidamente insinuaba que una de las costumbres universales de los hombres fue tener un altar, daban la vuelta y me respondían que los hombres siempre habían vivido en la oscuridad y en las supersticiones de los salvajes. Hallé que su injuria cotidiana al Cristianismo era culparlo de ser luz para unos y de haber dejado a otros morir en la oscuridad. Pero también hallé que ellos mismos se jactaban de que la ciencia y el progreso eran descubrimientos de unos pocos y que todos los demás, morían en las tinieblas.

Su principal insulto al Cristianis­mo, era actualmente la principal pon­deración que hacían de si mismos, y parecía haber una extraña injus­ticia en esa insistencia relativa para volver sobre las dos cosas. Conside­rando a un pagano o a un agnóstico, debíamos recordar que todos los hombres tenían una religión; consi­derando a un místico o a un espiri­tualista, solamente debíamos obser­var qué absurdas religiones tenían algunos hombres.

Podíamos fiarnos de la ética de Epicuro, porque la ética nunca cam­biaba; no debíamos fiarnos de la éti­ca de Bossuet porque la ética había cambiado mucho. Cambiaba en doscientos años, pero no en dos mil.

Esto empezaba a ser alarmante. Parecía no tanto que el Cristianismo fuera suficientemente malo para contener cualquier defecto, sino más bien que cualquier bastón era su­ficientemente bueno para apalear con él al Cristianismo.

Otra vez ¿qué podría ser ese algo asombroso que la gente ansiaba con­tradecir y que por contradecirlo no importaba contradecirse? Hacia to­dos los lados veía lo mismo. No puedo conceder más espacio a esta discusión detallada del asunto; mas, para que nadie suponga que he ele­gido con parcialidad los tres casos expuestos, brevemente mencionaré otros. Por ejemplo, algunos escépti­cos escribieron que el gran crimen del Cristianismo había sido atentar contra la familia; había arrastrado a las mujeres a la soledad y a la con­templación del claustro; lejos de sus hogares y de sus hijos. Pero otros escépticos (imperceptiblemente más avanzados) decían que el gran cri­men del Cristianismo era imponemos el matrimonio y la familia; condenar a las mujeres al yugo del hogar y de los hijos impidiéndoles la soledad y la contemplación. El cargo se invertía. O bien, que algunas frases de las Epístolas y del ritual del ma­trimonio eran dichas por anticristianos para expresar su desprecio por la inteligencia de la mujer. Pero encontré que los anticristianos mis­mos despreciaban la inteligencia de la mujer; su gran mofa a la Iglesia del Continente era porque "solamen­te mujeres" la frecuentaban.

O bien, se reprochaba al Cristia­nismo sus costumbres desnudas y hambrientas; sus sotanas y sus comi­das secas.

Pero un instante después se le re­prochaba su pompa y su ritual; sus relicarios de pórfido y sus vestidu­ras doradas. Se le increpaba por ser demasiado sobrio y por ser demasia­do colorido. Y otro más; se acusaba al Cristianismo de restringir dema­siado la sexualidad, cuando Brad­laugh descubrió que la restringía de­masiado poco. Con frecuencia en el mismo aliento se le acusaba de aus­teridad afectada y de religiosa ex­travagancia.

Entre las tapas del mismo panfle­to ateo, hallé que se reprendía a la fe por su falta de unidad, "uno pien­sa una cosa y otro piensa otra" y se le reprendía también por su uni­dad: "la diversidad de opiniones es lo que libra al mundo de caer en lo salvaje". Un librepensador amigo mío en su conversación culpaba al

Cristianismo de despreciar a los ju­díos y luego él mismo despreciaba al Cristianismo por ser judío.

Entonces quise ser completamente imparcial; y completamente impar­cial quiero ser ahora. No decidí que todo el ataque contra el Cristianismo estaba equivocado. Solamente dedu­je que si el Cristianismo era malo, debía ser realmente muy malo. Tales horrores opuestos podían hallarse combinados en algo; pero ese algo debía ser algo único y muy extraño. Hay hombres miserables, y a la vez pródigos; pero son raros. Hay hom­bres sensuales y a la vez ascéticos; pero son raros. Pero si realmente existía esa mole de contradicciones locas, cuaquerista y sedienta de san­gre, demasiado bella y demasiado harapienta, .austera y no obstante cómplice de la voluptuosidad visual, enemiga de las mujeres y su refugio, solemnemente pesimista y solemnemente optimista, si este demonio exis­tía, luego en este demonio había algo absolutamente supremo y ex­clusivo.

Porque mis maestros racionalistas no me dieron ninguna explicación de esta corrupción excepcional. A sus ojos, hablando teóricamente, el Cris­tianismo era solamente uno de esos errores, vulgares mitos de los mortales. No me dieron la clave de tan inmensa y desviada perversidad. Tal paradoja de maldad, adquiere proporciones sobrenaturales.

Y ciertamente era casi tan sobrena­tural como la infalibilidad del Papa. Una institución histórica que nunca acierta es en realidad tan milagrosa como una que no puede equivocarse.

La única explicación que se me ocurrió de inmediato fue que el Cris­tianismo no venía del cielo sino del infierno. Si Jesús de Nazareth no era Cristo, debió ser el Anticristo.

Y luego, en una hora de calma, un pensamiento me asaltó como rayo silencioso. Repentinamente se me ocurrió otra explicación. Suponga­mos que oímos a muchos hombres hablando de un hombre desconocido. Supongamos que perplejos, oímos que unos decían que era demasiado alto y otros decían que era dema­siado bajo; unos comentaban su gor­dura y otros su delgadez; unos le hallaban demasiado moreno y otros demasiado rubio. Una de las expli­caciones (como ya se admitió) sería que podría tener una extraña figura.

Pero aquí hay otra explicación. Podría ser el término medio. Los hombres ofensivamente altos le ha­llarían bajo. Y los muy bajos lo encontrarían alto. Los viejos que ya adquirían corpulencia, le juzgarían insuficientemente lleno; los viejos buenos mozos que ya adelgazaban podrían sentir que propasaban las estrechas líneas de la elegancia. Tal vez los suecos (que tienen el cabello pálido como estopa) le llamaron moreno, mientras que los negros le con­sideraban definidamente rubio. Abre­viando, quizá ese algo extraordinario en realidad fuera lo ordinario, por lo menos, lo normal; el justo medio. Tal vez, después de todo, el Cris­tianismo fuera sensato y locos fueran todos sus críticos, en varios sentidos locos. Probé esta idea preguntándo­me si en sus acusadores, había o no había, algo morboso que explicara la acusación.

Me sorprendí al descubrir que la llave andaba bien en una cerradura. Por ejemplo era ciertamente extraño que el mundo moderno acusara al Cristianismo de austeridad corporal y al mismo tiempo de pompa artís­tica. Pero también era extraño, muy extraño, que el mismo mundo mo­derno combinara el lujo corporal ex­tremado con una extremada ausencia de pompa artística. El hombre mo­derno pensaba que las ropas de Bec­ket eran demasiado ricas y sus comidas demasiado pobres.

Pero el hombre moderno era ex­cepcional en la historia;  antes no hubo hombre que comiera tan ela­boradas comidas en tan horrendas vestimentas. El hombre moderno juzgaba a la iglesia demasiado simple en lo que la vida moderna es de­masiado compleja; encontraba a la iglesia demasiado resplandeciente en lo que la vida moderna es demasia­do sombría. Al hombre que le dis­gustaban las fiestas sencillas, lo en­loquecían "los platos".

El hombre que reprobaba sus ves­tiduras, usaba un par de pantalones grotescos. Y seguramente que si ha­bía alguna insensatez en el asunto; la había en los pantalones y no en la túnica simplemente caída.. Si había insensatez, era en los extravagantes "platos" y no en el pan y el vino.

Recorrí todos los casos y la llave calzaba siempre. Fácilmente expli­cable era el hecho de que Swinburne se irritara por la infelicidad de los cristianos y se irritara más aún por su felicidad. No se trataba ya de que en el Cristianismo hubiera una complicación de enfermedades, sino de una complicación de enfermeda­des que había en Swinburne. Las restricciones del Cristianismo le en­tristecían simplemente porque era más hedonista de lo que seria un hombre sano. La fe de los cristianos le irritaba porque era más pesimista de lo que sería un hombre sano.

Del mismo modo, los maltusianos por instinto atacaban al Cristianismo; no porque en el Cristianismo hubiera nada especialmente antimaltusiano, sino porque en el maltusianismo hay algo antihumano.

No obstante estas comprobaciones, sentía que no podía ser del todo cier­to que el Cristianismo fuera simplemente sensato y estuviera en el justo medio. En realidad había en él un elemento de énfasis, casi de frenesí, que justificaba superficialmente la crítica de los del siglo. Podía ser moderado; comencé a pensar más y más que era moderado, pero no sim­ple y completamente moderado; no era puramente moderado y respeta­ble. La fiereza de los cruzados y la mansedumbre de los santos podían equilibrarse entre sí; no obstante la fiereza de los cruzados era muy fiera y la mansedumbre de los santos era mansa más allá de toda decencia. Y fue a esta altura de la especulación que recordé mis pensamientos sobre el mártir y el suicida. Allí había esa combinación entre dos pasiones casi insensatas que arrojaban un saldo de sensatez. Y aquí había otra contradicción como aquella; y era verdad: Tal era exactamente una de las paradojas en que se fundaban los es­cépticos para hallar falsa la creencia; y en ella me fundé yo para hallarla verdadera. Por locamente que los cristianos amaran al martirio y odia­ran al suicidio, jamás sintieron esas pasiones más locamente que las sentí yo mucho tiempo antes de pensar en el Cristianismo. Así se abrió la parte más difícil e interesante del proceso mental y comencé a seguir la pista oscura de esas ideas, a través de todos los enormes pensamientos de nuestra teología. La idea era la mis­ma que yo había bosquejado refi­riéndome al optimismo y al pesimis­mo: que no queremos la amalgama de dos cosas ni aceptarlas como un compromiso; queremos ambas cosas al máximo de su energía; ira y amor, pero ambos ardiendo. Aquí sólo sigo la idea en relación a la moral. Pero no necesito recordar al lector que la idea de esta combinación es el centro de la teología ortodoxa. Porque la teología ortodoxa ha insistido espe­cialmente en que Cristo no era un ser diferente a Dios y diferente al hombre, como los elfos; ni mitad humano y mitad no, como los cen­tauros, sino ambas cosas por comple­to: muy hombre y muy Dios. Y aho­ra sigo la huella sobre la cual hallé esta noción.

Todos los hombres sensatos pue­den ver que la sensatez es un equi­librio; que es posible ser loco y co­mer demasiado y ser loco y comer muy poco. Algunos modernos han aparecido con vagas versiones de un progreso y una evolución que pretende destruir el equilibrio de Aristóteles. Parecen sugerir que esta­mos encaminados a morir progresi­vamente de hambre o a comer cada mañana desayunos más y más sucu­lentos, hasta siempre. Pero la gran verdad del equilibrio perdura para todos los hombres que piensan y aquella gente no ha podido alterar ningún equilibrio, excepto, tal vez, el propio. De acuerdo en que todos debemos conservar un equilibrio, el verdadero interés viene con la pre­gunta de cómo debemos conservado. Tal fue el problema que intentó re­solver el paganismo; tal fue el pro­blema que el Cristianismo resolvió, y resolvió en una forma muy extraña.

El paganismo declaraba que la virtud era un equilibrio. El Cristia­nismo declaraba que la virtud era un conflicto: la colisión de dos pa­siones aparentemente opuestas. Por supuesto, no realmente incoherentes, sino difícilmente poseídas al mismo tiempo. Sigamos por un momento la clave del mártir y del suicida y to­memos el caso de la valentía. Nin­guna cualidad anuló tanto como ésta al cerebro ni embarulló tanto las de­finiciones de los sensatos puramente racionalistas. El coraje es casi una contradicción de términos. Es un intenso deseo de vivir que toma forma de disponerse para la muerte. "Aquél que perdiera su vida es aquél que la salvará", no es una pieza de mis­ticismo para los santos y los héroes. Es una advertencia cotidiana para los marinos y los escaladores de mon­tañas.

Podría estar impresa en las guías alpinas y en el manual de instruc­ción de los reclutas. Esta paradoja es todo el principio en que se funda la valentía; aún la valentía puramen­te brutal y terrena. Un hombre arro­jado por el mar a la costa, puede salvar su vida si la arriesga en el precipicio. Sólo pisando continuamente a una pulgada de él, podrá salvarse de la muerte. Un soldado acorralado por enemigos, para eva­dirse del cerco tendrá que combinar un intenso deseo de vivir con un ex­traño desdén por la muerte. No debe simplemente aferrarse a la vida, porque sería un cobarde y no podría evadirse. Debe buscar la vida con un espíritu de furiosa indiferencia hacia ella; debe desear la vida como si fuera agua y no obstante beber la muerte como si fuera vino. Ima­gino que ningún filósofo jamás ha expresado este romántico enigma con claridad suficiente; y por cierto yo tampoco lo he hecho.

Pero el Cristianismo llegó a más: ha demarcado los límites de este enigma sobre las funestas tumbas del suicida y del héroe, mostrando la distancia que media entre aquél que murió por la vida y aquél que mu­rió por la muerte. Y al tope de las lanzas de Europa, ha mantenido en alto el estandarte del misterio de la caballerosidad: la valentía cristiana que es desdeñar la muerte y no la valentía china que es desdeñar la vida.

Y ahora comencé a descubrir que esta doble pasión en todo era la clave de la ética cristiana. Siempre la creencia mitiga el silencioso choque de dos emociones impetuosas. Tome­mos por ejemplo el caso de la mo­destia; del equilibrio entre el orgullo y la postración. El pagano moderado como el moderado agnóstico, sen­cillamente diría que está conforme consigo mismo, pero no insolentemen­te satisfecho; que hay otros mucho mejores y mucho peores; que unos pocos le han desertado, pero que los reconquistará.

Abreviando, hablaría con su ca­beza en el aire, pero no necesariamente con la nariz en alto. Esta es una actitud viril y racional, pero queda abierta a la objeción que men­cioné para el optimismo y el pesi­mismo, "la resignación" de Mathew Arnold. Dos cosas que se mezclan, son dos cosas que se diluyen; nin­guna se manifiesta con todo su vigor ni contribuye con todo su color. Este orgullo moderado no eleva el corazón como clamor de trompeta; no es posible vestirse de rojo y de oro al mismo tiempo. Por otra parte, esta tímida modestia racionalista, no pu­rifica con fuego al alma ni la hace transparente como el cristal; no convierte al hombre en un niño que puede sentarse en el pasto, como lo haría la estricta humildad escudri­ñada. No le hace ver maravillas cuando mira hacia lo alto; porque Alicia tiene que volverse pequeña para entrar al País de las Maravillas. En esa mezcla se pierde la poesía de ser orgulloso y la poesía de ser humilde. El Cristianismo, por un ex­traño procedimiento logró salvar am­bas poesías.

Separó las dos ideas y las exage­ró. En un sentido el Hombre debía ser más altivo de lo que había sido antes; en otro sentido debía ser más humilde de lo que había sido nunca. En tanto que soy Hombre, soy el rey de las criaturas. En tanto que soy un hombre, soy el rey de los pecadores. Tenía que desaparecer toda humildad que significara pesimismo; toda humildad que diera al hombre una visión vaga y mezquina de su destino. Ya no debíamos escuchar el clamor de los Eclesiastas que decían que la humanidad no tenía preeminencia sobre lo bruto, ni el horrendo grito de Homero diciendo que el hombre era la bestia más triste de los campos. El Hombre era la estatua de Dios caminando por el jardín; el Hombre tenía preeminencia sobre todos los brutos; el hombre estaba triste porque no era una bestia sino un dios roto. Los griegos habían hablado del hombre arras­trándose sobre la tierra, como afe­rrándose a ella. Ahora, el Hombre debía hollarla como subyugándola. El Cristianismo tenía una idea de la dignidad del hombre, que sólo po­dría expresarse en coronas resplan­decientes como el sol o en abanicos del plumaje de pavos reales. No obs­tante, también tenía una idea de la pequeñez del hombre que sólo po­dría expresarse en una fantástica y estrecha sumisión, en las grises ce­nizas del Santo Domingo y en las nieves blancas del San Bernardo. Cuando uno empezaba a pensar en sí mismo, había suficiente perspectiva y espacio para acumular cual­quier cantidad de fría abnegación y de verdad amarga.

Ahí el caballero realista puede de­jarse ir tan lejos como quiera. Tenía un campo abierto el pesimista ale­gre. Que diga cualquier cosa contra sí mismo, menos blasfemar del ob­jeto original de su existencia; que se llame tonto y aún maldito tonto (a pesar de que esto es calvinista); pero no diga que no vale la pena que el tonto se salve. No diga que el hombre, carece de valor. Abre­viando, aquí otra vez el Cristianismo resolvió la dificultad de combinar furias opuestas, conservando a am­bas y conservándolas furiosas. La Iglesia estaba en oposición con los dos puntos. Difícilmente se pensa­ría demasiado mal de sí mismo. Difícilmente se pensaría demasiado bien de la propia alma.

Tomemos otro caso; el complicado problema de la caridad, la cual parecía muy fácil a algunos idealistas altamente privados de ella. La caridad es una paradoja, como la modestia y la valentía. Llanamente expresada, caridad significa una de dos cosas: perdonar actos imperdonables o amar gente no amable. Pero si nos preguntamos (como lo hicimos en el caso del orgullo) qué sen­tiría sobre ese asunto un pagano sensato, probablemente empezáramos por el fondo del problema. Un pagano sensato diría que hay algunas personas a quienes se puede perdo­nar y otras para quienes el perdón es imposible:, es posible que riera de un esclavo que roba vino; pero ma­taría y maldeciría aún después de muerto, a un esclavo que traicionara a su benefactor. En tanto que el acto es perdonable, el hombre es perdonable. Esto es racional y aún reconfortante, pero es una dilución de dos cosas. No da lugar al horror por la injusticia, que sentiría un ino­cente. No da lugar a la simple ternura de los hombres por los hombres, que es el encanto de todo lo caritati­vo. El Cristianismo intervino como antes.

Sorpresivamente intervino con una espada y separó el crimen del cri­minal. Al criminal debemos perdo­narle setenta veces siete. El crimen no debemos perdonarlo en absoluto. No basta que el esclavo que roba vino inspirara en parte ira y en parte bondad. Debíamos estar más furio­sos que antes contra el robo y no obstante más buenos que antes con el ladrón. Había lugar para una ira y para un amor desenfrenados. Y cuanto más pensaba en el Cristianis­mo, más cuenta me daba de que ha­biendo establecido una regla y un orden, el principal objeto de ese or­den, era dar lugar a que se desen­frenaran todas las cosas buenas.

La libertad mental y emotiva, no eran tan sencillas como aparentaban. En realidad requerían un equilibrio de leyes y condiciones tan estricto como el de la libertad social y po­lítica. El vulgar anarquista asceta se larga a sentir libremente cualquier cosa y termina al fin golpeándose contra una paradoja que le impide seguir sintiendo nada. Se evade de las limitaciones del hogar para entregarse a la poesía. Pero cuando deja de sentir las limitaciones del hogar, deja de sentir "La Odisea". Está libre de prejuicios nacionales y fuera del pa­triotismo. Pero al sentirse fuera del patriotismo se siente fuera de "Enri­que V". Así, un literato estaría ex­cluido de toda literatura y sería más prisionero que cualquier beatón. Porque si existe una pared entre usted y el mundo, lo mismo es que se refiera a sí mismo como encerrado fuera o como encerrado dentro. No queremos la universalidad que está fuera de todos los sentimientos nor­males. Lo que queremos es la uni­versalidad que está dentro de todos los sentimientos normales. Y allí está la diferencia que existe entre estar fuera de ellos como un hombre está fuera de la prisión y estar libre de ellos como un hombre está libre de una ciudad. Estoy fuera del Cas­tillo de Windsor (es decir no estoy forzosamente detenido allí) pero no estoy, en ninguna forma libre de ese edificio. ¿Cómo un hombre aproxi­madamente libre de emociones refi­nadas podría hacerlas vibrar en un espacio abierto sin perjuicio y desastre?

Esa fue la conclusión de la para­doja cristiana sobre pasiones parale­las. Ya de acuerdo en el dogma primordial de una guerra entre lo divino y lo diabólico, podían soltarse como catarata la rebelión y la ruina del mundo, el optimismo y el pesi­mismo, como si fueran simple poesía.

San Francisco alabando todo bien, pudo ser un optimista más gritón que Walt Whitman. San Jerónimo de­nunciando todo mal, pudo pintar al mundo con más negrura que Scho­penhauer. Ambas pasiones fueron li­bres porque se retuvieron en su lu­gar. El optimista pudo volcar toda la alabanza que quiso sobre la alegre música de las marchas, las trompetas doradas y los purpúreos estandartes yendo a la batalla. Pero no podía decir que la lucha era inútil. El pe­simista podría describir tan sombríamente como quisiera, las enfermantes marchas o las heridas sangrientas. Pero no debía decir que la lucha era sin esperanza. Y así era con todos les problemas morales, con el orgu­llo, con la rebeldía, con la compa­sión. Definiendo la doctrina central, la Iglesia no sólo mantuvo lado a lado cosas aparentemente incoheren­tes, sino, lo que es más, les permitió  irrumpir con una especie de violen­cia artística, cosa imposible de rea­lizar en otra forma, salvo tal vez, para los anarquistas. La mansedum­bre se volvió más dramática que la locura. El Cristianismo histórico, se irguió hasta ser un golpe teatral de moralidad -cosas que son a la vir­tud lo que los crímenes de Nerón son al vicio-. Los espíritus de la indignación y de la caridad, adquirie­ron formas terribles y atrayentes, es­calonándose desde la mansedumbre paciente que el primer y más grande Plantagenet azotó como a perro, hasta la sublime piedad de Santa Ca­talina que ante la vergüenza pública besó la cabeza ensangrentada del criminal. La poesía podía actuarse tanto como componerse. Pero este heroico y monumental modernismo de la ética, se evaporó enteramente con la religión sobrenatural. Siendo humildes, podían exhibirse; pero nosotros somos demasiado orgullosos para ponernos en evidencia. Nues­tros maestros moralistas, con toda razón escriben en pro de la reforma de las prisiones; pero no es probable que veamos al señor Cadbury o a ningún otro filántropo eminente, en­trando a la cárcel de Reading para abrazar el cadáver estrangulado an­tes de que lo arrojen a la cal viva. Nuestros maestros moralistas, repo­sadamente escriben contra el poder de los millonarios; pero no es pro­bable que veamos al señor Rocke­feller o a ningún otro tirano moder­no, recibiendo azotes públicamente en la Abadía de Westminster.

Así las dobles acusaciones de los del siglo a pesar de arrojar nada más que oscuridad y confusión sobre sí mismos, arrojaron una positiva luz sobre la fe. Es cierto que la Iglesia histórica había insistido simultáneamente sobre el celibato y sobre la familia; al mismo tiempo (y si es posible expresarlo así) había sido vigorosamente terminante en que se tuvieran hijos y en que no se tuvie­ran. Mantuvo lado a lado las dos in­sistencias, como si mantuviera dos colores, rojo y blanco; como el blan­co y el rojo del escudo de San Jorge. Siempre ha manifestado un saluda­ble odio por lo rosado. Odia esa combinación de dos colores que es el débil expediente de que se sirven los filósofos. Odia esa evolución del negro al blanco que es equivalente a un gris sucio. De hecho, toda la teoría de la Iglesia sobre la virgini­dad, podría simbolizarse en la expresión de que el blanco es un color; no simplemente una ausencia de co­lor. Todo lo que arguyo aquí, po­dría expresarse diciendo que el Cris­tianismo, en muchos de esos casos, logró conservar la coexistencia de dos colores con toda la nitidez de cada uno. No hizo una mezcla, como es mezcla el bermellón y la púrpura.

Por supuesto, así pasó también con la contradictoria acusación de los anticristianos, respecto al someti­miento y a la masacre. Es cierto que la Iglesia dijo a algunos hombres que lucharan y a otros que no lucha­ran; y es cierto que aquellos que lu­charon fueron como rayos, y aque­llos que no lucharon fueron corno estatuas. Todo esto significa simplemente que la Iglesia determinó em­plear sus Superhombres y sus Tols­toys. La vida de batalla debe tener algo bueno, ya que a muchos hom­bres les gustó ser soldados. Y en la idea de la no resistencia también debe haber algo bueno, ya que a muchos buenos hombres les gustó ser quáqueros. Todo lo que hizo la Iglesia (en cuanto a esto se refiere) fue evitar que alguna de estas cosas buenas suprimiera a la otra. Existie­ron lado a lado. Los tolstoyanos, teniendo todos los escrúpulos monji­les, simplemente se hicieron monjes. Los quáqueros formaron un club, en vez de formar una secta. Los mon­jes dijeron todo lo que dicen los tols­toyanos; volcaron lúcidas lamentacio­nes sobre la crueldad da las batallas y la inutilidad de la venganza. Pero los tolstoyanos no son tan acertados como para gobernar el mundo; y en las épocas creyentes no se les per­mitió gobernarlo. El mundo no dejó pasar desapercibida la última carga de Sir James Douglas, o la bande­ra de la doncella Juana. Y algunas veces, esta suavidad y aquella fiereza se encontraron y justificaron su alianza; se cumplía la paradoja de todos los profetas, y en el alma de San Luis, el león yacía junto al cordero. Pero hay que recordar que este texto se interpretó con demasiada ligereza. Constantemente aseguran, especialmente las tendencias tolstoyanas, que cuando el león reposa junto al cor­dero, se vuelve medio cordero. Pero tal cosa seria brutal anexión e im­perialismo de parte del cordero. Es el cordero absorbiendo al león en vez de ser el león comiéndose al cordero. El verdadero problema es: ¿puede el león descansar junto al cordero y conservar no obstante su real ferocidad? Éste es el problema que afrontó el Cristianismo; éste es el milagro que realizó la Iglesia.

Es lo que yo llamo presentir las excentricidades ocultas de la vida. Esto es saber que el corazón del hombre está a la izquierda y no al centro. Esto es saber no solamente que la tierra es redonda sino saber en qué puntos es achatada. La doctrina cristiana se anticipó a las rarezas de la vida. No sólo descubrió la ley sino también previó las excepciones. Los que dicen que el Cristianismo descubrió la misericordia, menosprecian al Cristianismo; cualquiera podría descubrir la mise­ricordia.

De hecho, todos la descubrieron. Pero descubrir un procedimiento que permitiera ser misericordioso y al mismo tiempo severo, era anticiparse a una extraña necesidad de la natu­raleza humana.

Porque todos queremos que se nos perdone un pecado grande como si fuera pequeño. Cualquiera dirá que no somos tan completamente miserables ni tan completamente felices. Pero realizar hasta qué punto es posible ser muy miserable sin que al mismo tiempo fuera imposible ser muy feliz, eso ya era un descubrimiento en psicología. Cualquiera aconsejaría: "No te magnifiques ni te empequeñezcas", y sería una limitación. Pero decir: "Aquí te puedes magnificar y aquí te puedes empe­queñecer", era una emancipación.

Este era el gran hecho de la ética cristiana; el descubrimiento de un nuevo equilibrio. El paganismo ha­bía sido como un pilar de mármol, recto hacia arriba porque era simétricamente proporcionado. El Cris­tianismo era como una roca inmensa, irregular y romántica que, no obs­tante oscilar sobre su pedestal al menor contacto, por sus mismas exa­geradas excrecencias que se equili­braban exactamente entre sí, se entronizó en el mundo por mil años. En una catedral gótica, todas las co­lumnas eran diferentes, pero todas eran necesarias. Cada soporte parecía un soporte accidental y fantástico; cada apoyo era un apoyo vo­lante. Así en la cristiandad, cada accidente daba equilibrio. Becket usó una camisa de crin bajo la encarnada y oro; y hay mucho que decir sobre esa combinación; porque Becket tuvo su beneficio de la camisa de crin, y los de la calle tuvieron el suyo de la roja y dorada. Por lo menos ese es mejor que el proceder de los millonarios modernos que usan la negra y la parda exteriormente, y llevan la de oro más cerca del corazón.

Pero el equilibrio no siempre estaba en el cuerpo de un hombre, como en el de Becket; el equilibrio, frecuentemente estaba distribuido sobre todo el cuerpo de la cristiandad. Porque un hombre oraba y ayunaba entre las nieves del Norte, en las ciudades del Sur, se podían arrojar flores los días de sus fiestas; y porque los fanáticos sólo bebían agua entre las arenas de Siria, otros hombres podían seguir bebiendo sidra en los vergeles de Inglaterra. Esto es lo que hace que la cristiandad sea mucho más sorprendente y al mismo tiempo más interesante que el imperio pagano; tal como la ca­tedral de Amiens, es no mejor, pero sí más interesante que el Partenón. Si alguien quiere una prueba mo­derna de lo dicho, que considere el hecho de que Europa, a pesar de conservarse una, bajo el Cristianismo se dividió en naciones individuales.

El patriotismo es un ejemplo per­fecto de este deliberado equilibrio de un énfasis contra otro énfasis.. El instinto del imperio pagano hubiera dicho: "Tenéis que ser todos ciudadanos de Roma, y todos desenvol­vernos igual; dejad que el germano sea cada vez menos pausado y re­verente; y los franceses menos experimentales y veloces". Pero el instinto de Europa cristiana dice: "De­jad que el germano continúe lento y reverente para que el francés pue­da ser veloz y experimental con más seguridad. Haremos un equilibrio en­tre esos excesos. El absurdo llamado Alemania corregirá la locura lla­mada Francia".

Lo final y más importante es esto que explica lo que resulta tan inexplicable a los críticos modernos de la historia del Cristianismo. Me refiero a las monstruosas guerras que surgen en torno de pequeños puntos de teología; los terremotos de emoción alrededor de un gesto o una palabra. Es cuestión de una pulgada; pero una pulgada es todo cuando se está conservando un equilibrio. En ciertas cosas, la Iglesia no puede desviarse ni el espesor de un pelo, si es que debe seguir su grande y osado experimento del equilibrio irregular. Con que una vez sola debilitara una idea, otra idea frente a ella se volvería demasiado fuerte. Lo que conducía el pastor cristiano no era un rebaño de ovejas, sino una manada de toros y de tigres, de ideales terribles y arrasadoras doctrinas, cada una de ellas bastante fuerte como para convertirse en una religión falsa que perdiera al mundo.

Recordemos que la Iglesia inter­venía con las ideas peligrosas; era una domadora de leones. La idea de nacer por obra del Espíritu San­to, de la muerte de un ser divino, del perdón de los pecados, del cumplimiento de las profecías, son ideas; cualquiera lo vería, que por muy poco pueden convertirse en algo blas­femo y feroz. Al menor eslabón que dejaran caer los artífices del Mediterráneo en las selvas olvidadas del norte, el león ancestral del pesimis­mo rompería sus cadenas. Más ade­lante hablaré de esta comparación teológica. Aquí basta destacar que el menor error introducido en la doctrina, causaría inmensos trastornos en la felicidad humana. Una sentencia mal redactada sobre la na­turaleza del simbolismo, destruiría todas las mejores estatuas de Eu­ropa. Un desliz en las definiciones y se detendrían todas las danzas; se marchitarían todos los árboles de Navidad y se romperían to­dos los huevos de Pascua. Las doctrinas debían ser definidas dentro de límites estrictos a fin de que el hombre pudiera gozar de todas las libertades humanas. La Iglesia tenía que ser vigilante aunque sólo fuera para que el mundo pudiera ser descuidado.

Este es el asombroso romanticismo de la Ortodoxia.

La gente ha caído en la tonta cos­tumbre de hablar de la ortodoxia como de algo pesado, monótono y seguro. Y nunca hubo nada tan peli­groso y apasionante como la ortodo­xia. Era sensatez; y ser sensato es más dramático que ser loco. Era el equilibrio de un hombre conduciendo caballos desbocados; parecía tum­barse aquí y desviarse allí, y no obs­tante, en cada posición conservaba la gracia estatuaria y la precisión aritmética. En sus primeros días, la Iglesia fue fiera y veloz como cual­quier cárcel de guerra; sin embargo, es completamente antihistórico, que se volviera loca en torno de una sola idea, como una vulgar fanática. Se inclinó hacia la derecha y hacia la izquierda para sortear obstáculos enormes. A un lado dejó la mole inmensa del arrianismo, que apoyado por las fuerzas mundanas, quería hacer demasiado mundano el Cristianismo. Al próximo instante se desviaba otra vez para evitar un orientalismo que lo hubiera hecho demasiado inmundano. La Iglesia or­todoxa nunca siguió la táctica de la sumisión ni aceptó convencionalis­mos; la Iglesia ortodoxa nunca fue respetable. Habría sido mucho más fácil aceptar el poder terrenal de los arrianos. Y en el calvinista siglo XVII, habría sido mucho más fácil dejarse caer en el pozo sin fondo de la pre­destinación. Es fácil ser un loco; es fácil ser un hereje. Siempre es fácil dejar que el mundo se salga con la suya; lo difícil es salirse con la de uno mismo. Siempre es fácil ser un mo­dernista; tan fácil como ser un snob. Ciertamente habría sido fácil caer en cualquiera de esas trampas abiertas del error y la exageración, que moda tras moda y secta tras secta, fueron tendiendo al paso histórico de la cristiandad. Siempre es fácil caer; se cae en una infinidad de ángulos, y sólo en uno se está de pie. Haber caído en cualquiera de las fruslerías que el gnosticismo opuso a la ciencia cristiana, por cierto era obvio y soso. Pero evitarlas todas, fue una aven­tura vertiginosa; y en mi visión veo a la carroza celestial que vuela tro­nando a través de las edades; veo a las estúpidas herejías postradas, revolcándose, y veo a la verdad tre­menda vacilante, pero erguida.

 

 

 

VII. LA ETERNA REVOLUCIÓN

 

 

Se han analizado las siguientes proposiciones: Primero, que nuestra vida requiere una creencia, hasta para mejorar; segundo: que es necesario sentir un descontento por las co­sas, hasta para sentirse satisfecho; tercero, que para tener el obvio equi­librio del estoico, no basta tener ese descontento necesario y esa necesaria satisfacción. Porque la simple resignación no encierra la gigantesca levedad del placer ni la magnífica intolerancia del dolor. Hay una ob­jeción vital para aquel consejo: haz un visaje y soporta. La objeción es que si usted soporta, usted no hace visajes. Los héroes griegos no hacían visajes; las gárgolas sí, porque son cristianas. Y cuando un cristiano está contento (en el sentido exacto), está terriblemente contento; su sa­tisfacción es terrible.

Cristo profetizó toda la arquitec­tura gótica, en aquella hora en que la gente nerviosa y respetable (tal como la que hoy se opone a las gai­tas), se opuso a que los tapagoteras de Jerusalén, gritaran por las calles. Cristo dijo: "Si estos callaran, las mismas piedras gritarían." Bajo el impulso de su espíritu surgieron, como un coro clamoroso, las fachadas de las catedrales medioevales, refor­zadas con caras de bocas abiertas gritando. La profecía se había cum­plido: las mismas piedras gritaban.

Si esto se acepta, aunque más no sea que por el argumento, podemos volver a tomar el hilo del pensa­miento donde lo habíamos dejado: en el hombre natural, la cual los es­coceses llaman (con una familiaridad lamentable) "El Hombre Viejo". Podemos hacer la siguiente pregunta, tan manifiesta e inevitable. Es ne­cesario sentir alguna satisfacción, aún para mejorar las cosas. Pero ¿qué entendemos por mejorar las cosas? La mayor parte de las conversacio­nes modernas sobre este asunto, es simplemente un argumento en círcu­lo, ese círculo que ya mencionamos como símbolo de la locura y del mero racionalismo. La evolución sólo es buena si produce bien; el bien sólo es bueno si facilita la evolución. El elefante sobre la tortuga y la tor­tuga sobre el elefante.

Evidentemente de nada valdría que tomáramos nuestros ideales de los principios de la naturaleza; por la sencilla razón de que (excepto para alguna teoría humana o divina) la naturaleza no tiene principios. Por ejemplo un antidemócrata barato de hoy día, solemnemente nos diría que en la naturaleza no hay igualdad. Y tiene razón; pero, no ve lo que si­gue. No hay igualdad en la natura­leza; y tampoco hay desigualdad. La desigualdad o la igualdad, presupo­ne la existencia de un tipo de valor. Descubrir aristocracia o descubrir de­mocracia en la anarquía de los ani­males, es algo puramente sentimen­tal. Ambas, democracia y aristocracia, son ideales humanos: una que dice que todos los hombres son aprecia­bles, y otra que dice que unos hom­bres son más apreciables. Pero la naturaleza no dice que los gatos son más apreciables que las ratas; la naturaleza no hace ninguna obser­vación sobre ese asunto. Ni siquiera dice si el gato es más digno de en­vidia y la rata más digna de lástima. Pensamos que el gato es superior, porque tenemos (o muchos tenemos) una filosofía particular según la cual la vida es mejor que la muerte.

Pero si el ratón resultara ser un ratón alemán pesimista, no pensaría en absoluto que el gato le ha venci­do. Pensaría que ha vencido al gato porque llegó a la tumba antes que él. O podría sentir que actualmente impuso al gato el castigo tremendo de dejarlo vivir. Tal como un micro­bio podría sentirse orgulloso de ha­ber propagado una peste, así el ratón pesimista podría regocijarse pensan­do que renovaba en el gato la tor­tura de la existencia consciente.

Todo depende de la filosofía del ratón. Ni siquiera es posible decir que hay victorias o superioridades en la naturaleza, a menos de poseer una doctrina referente a qué cosas son superiores. Ni siquiera se podría de­cir que el ratón roe, si no hubiera un modo o sistema de roer.

Ni siquiera es posible decir que el gato lleva la mejor parte si no hay una parte esteblecidamente mejor que otra.

Luego, no podemos extraer nues­tros ideales de la naturaleza, y como seguimos con la primera reflexión natural, descartaremos (por ahora) la idea de que podemos obtenerlos de Dios. Debemos tener nuestro pro­pio punto de vista. Pero los intentos de muchos modernos para expresar ese punto de vista, es sumamente vago y confuso.

Algunos, sencillamente caen con el reloj: hablan como si un simple paso por el tiempo, otorgara alguna superioridad y así, hasta un hombre del primer calibre mental, despreo­cupadamente usa esta frase, "la moralidad" humana nunca está al día". ¿Cómo podría ser que algo estuvie­ra al día? una fecha no tiene carác­ter. ¿Cómo podría decirse que las celebraciones de Navidad no son ade­cuadas para el 25 de un mes? Por supuesto, lo que habrá querido de­cir el escritor, es que la mayoría queda postergada, o a la par, de su minoría favorita. Otros modernos va­gos, se refugian en las metáforas ma­teriales; de hecho, ésta es la principal característica de los vagos modernos.

No atreviéndose a definir sus doctrinas sobre lo que es bien, emplean figuras físicas de lenguaje, sin me­dida y sin vergüenza; y lo que es peor, parecen pensar que esas ana­logías baratas son exquisitamente es­pirituales y superiores a la vieja mo­ralidad. Así, creen que es muy intelectual hablar de cosas que son "altas". Esto, por lo menos, es el reverso de lo intelectual; es una sim­ple frase adecuada para hablar de un campanario o una veleta. "To­más era un buen chico", es una de­claración netamente filosófica, digna de Platón o de Aquino. "Tomás vivió la vida más alta", es una burda comparación con una regla de tres metros.

Incidentalmente, ésta fue casi to­da la debilidad de Nietzsche, a quien algunos están proclamando audaz y vigoroso pensador. Nadie negará que fue un pensador poético y sugestivo, pero precisamente lo contrario de vigoroso.

Y no era en absoluto audaz. Nun­ca presentó su pensamiento en lla­nas palabras abstractas como hicieron Aristóteles, Calvino y hasta Karl Marx, los recios y temerarios hom­bres del pensamiento. Nietzsche siempre eludió una pregunta respon­diendo con una metáfora física, como cualquier poeta de menor categoría. Dijo: "Más allá del bien y el mal", porque no tuvo valor para decir: "más bueno que el bien y el mal" o "más malo que el bien y el mal".

Si sin metáforas hubiera hecho frente a su pensamiento, habría descubierto que no tenía sentido. Así cuando describe su héroe, no se ani­ma a decir: "él hombre más puro", o "el hombre más feliz", o "el hom­bre más triste"; porque, esas, son ideas, y las ideas son alarmantes. Dice: "el hombre más elevado o "el hombre de más arriba"; metáfo­ra física adecuada para referirse a alpinistas o a acróbatas.

Nietzsche es en verdad un pensa­dor muy tímido; Realmente ni sabe qué especie de hombre desea que produzca la evolución. Y si él no lo sabe, por cierto menos lo sabrán los comunes evolucionistas que ha­blan de las cosas más "elevadas".

Luego, también algunos caen en una inconfundible quietud de sumisión. Dicen que la naturaleza al­gún día hará algo; nadie sabe qué y nadie sabe cuándo. No tenemos por qué obrar ni por qué no obrar. Si algo sucede, es bueno; si algo se evita, es malo. Otros, por el contrario, pretenden anticiparse a la na­turaleza, haciendo algo; cualquier cosa. Y se cortan las piernas por si acaso nos llegaran a crecer alas. No obstante, por todo lo que saben, tal vez la naturaleza esté tratando de hacerlos ciempiés.

Finalmente, hay una cuarta espe­cie de personas, que toman lo que desean diciendo que ese es el ulterior designio de la evolución. Y son los únicos sensatos. Esa es la única forma saludable de encarar la evolución; procurarse lo que uno quiere, y luego llamar a eso evolución. El único sentido inteligible que el pro­greso o el adelanto puede tener en­tre los hombres, es que poseemos un concepto definido y que confor­me a él deseamos modelar al mundo. Y si les gusta más de otra forma, la esencia de esa doctrina es que, cuan­to nos rodea es un simple método o preparación para algo que hemos de creer. Este, no es el mundo; más bien es el material para hacer el mundo.

Dios nos ha dado no tanto los colores de cuadro como los colores de una paleta. Pero nos ha dado también un motivo, un modelo, una vi­sión determinada. Tenemos que ser claros respecto a lo que queremos pintar. Esto, suma un principio más a nuestra previa lista de principios. Dijimos que debemos querer al mun­do hasta para cambiarlo. Ahora agre­gamos que debemos querer a todo mundo (real o imaginario) a fin de tener un mundo según el cual po­damos reformar el nuestro.

No necesitamos analizar los térmi­nos "evolución" o "progreso"; per­sonalmente prefiero el término "reforma". Porque reforma, presupone una forma. Implica que tratamos de modelar el mundo según una imagen definida y determinada; intentamos hacerlo conforme a algo que ya he­mos visto en nuestra mente. Evo­lución es una metáfora del desarrollo simplemente automático. Progreso es una metáfora del simple andar a lo largo de un camino. Pero refor­ma, es una metáfora para hombres razonables y decididos: significa que vemos algo fuera de forma y queremos ponerlo en forma. Y sabemos en cuál forma.

Y aquí viene el colapso y tremen­do desatino de nuestra época. He­mos confundido dos cosas diferentes; dos cosas opuestas. Progresar debería significar que siempre estamos cambiando al mundo para adaptarlo a un concepto. Y hoy progresar sig­nifica que estamos cambiando el con­cepto. Debería significar que lenta pero firmemente traemos a los hom­bres: justicia y misericordia, pero sig­nifica que cada vez estamos más inclinados a dudar que la justicia y la misericordia sean deseables. Cual­quier hombre lo dudaría ante una página violenta escrita por un sofis­ta Prusiano. Progresar, debería sig­nificar que cada vez estamos más cerca de la Nueva Jerusalén. Y sig­nifica hoy, que la Nueva Jerusalén, cada vez se aleja más de nosotros. No estamos alterando lo real para adaptarlo a lo ideal. Estamos alte­rando el ideal: es más fácil.

Los ejemplos tontos siempre son más sencillos; supongamos que un hombre quisiera una determinada cla­se de mundo; digamos, un mundo azul. No tendría por qué quejarse de que su empresa fuera rápida o liviana; se afanaría durante mucho tiempo en su transformación; traba­jaría hasta que todo fuera azul. Ten­dría aventuras heroicas; darle a un tigre los últimos toques de azul. Ten­dría feéricos sueños; el albor de una luna azulada. Pero trabajando mu­cho, ese fiero reformador, ciertamen­te dejaría al mundo (desde su punto de vista) mejor y más azul de lo que lo había encontrado. Si cada día cambiara una hoja de pasto a su color favorito, lentamente, acabaría. Pero si cambiara cada día de color favorito, no acabaría nunca.

Si después de leer a un filósofo nuevo, comenzara a pintarlo todo de rojo o amarillo, su trabajo se arruinaría; no tendría nada que mostrar, excepto quizá unos pocos tigres azu­les ejemplares de su primer capricho.

Esta es exactamente la actitud del pensador moderno. Se dirá que este ejemplo fue francamente ridículo. Pero es literalmente un hecho de la historia contemporánea.

Los grandes y graves cambios in­troducidos en nuestra civilización po­lítica, todos pertenecen a los comien­zos del siglo XIX; no a sus finales. Pertenecen a la época blanca y ne­gra, cuando los hombres creían fir­memente en el Protestantismo, en el Calvinismo, en la Reforma, y fre­cuentemente, en la Revolución. En cualquier cosa que creyera cada hombre, martillaba sobre ella cons­tantemente, sin escepticismo: y hu­bo un momento en el cual la Iglesia Establecida pudo caer, y la Cámara de los Lores, casi había caído.

Era porque los Radicales fueron lo suficientemente vivos para ser uni­dos y constantes; era porque los Ra­dicales fueron suficientemente vivos para ser Conservadores. Pero en la atmósfera actual, el Radicalismo no tiene ni tradición ni tiempo para abatir cosa alguna. Había mucha verdad en la sugerencia de Lord Hugh Cecil, cuando finamente dijo que la era de cambios había con­cluido y que la nuestra es una de conservación y reposo. Pero proba­blemente a Lord Hugh Cecil le do­lería mucho realizar (y es lo cierto) que nuestra época es una época de exclusiva conservación porque es una época de completa incredulidad. Que las creencias se marchiten rápida y constantemente, si queremos que las instituciones perduren tal como son. Cuanto más desquiciada está la vida de la mente, más abandonada a sí misma queda la máquina de la ma­teria. El resultado neto de todas las tendencias políticas, del calvinismo, tolstoismo, neofeudalismo, comunis­mo y anarquismo, el simple resul­tado de todo eso, es que la monarquía y la Cámara de los Lores, perdurarán. El resultado neto de to­das las religiones nuevas, será que la Iglesia de Inglaterra no será de­rrocada, sabe el cielo, hasta cuándo.

Fueron Karl Marx, Nietzsche, Tols­toi, Grahame, Bernard Shaw y Au­beron Herbert, Ios que entre sí, con sus espaldas dobladas sostuvieron el trono del Arzobispo de Canterbury.

Cómodamente podemos decir que el librepensamiento es la mejor de las salvaguardias contra la libertad. Administrado según el estilo moder­no, la emancipación de la mente del esclavo, sería el mejor camino para evitar que el esclavo se emancipara. Que le enseñen a desentrañar que si quiere o no quiere liberarse, y nun­ca se hará libre. Otra vez podrían decir que el ejemplo es remoto y exa­gerado. Pero otra vez, es lo exactamente cierto respecto a los hombres que pasan a nuestro lado por las ca­lles. Verdad es que el esclavo negro, por ser un bárbaro subyugado podrá tener, o un humano aprecio por la lealtad, o un humano aprecio por la libertad. Pero el hombre que ve­mos cada día; el obrero de la fábrica del señor Gradgrin, el humilde em­pleado de las oficinas del señor Gradgrin, está demasiado mentalmente preocupado para creer en la libertad. La literatura revoluciona­ria lo tranquiliza. Una sucesión constante de filosofías frenéticas le calma y le retiene en su lugar. Un día es marxista, otro día netzschis­ta, otro día (probablemente) un superhombre; y siempre un esclavo. Lo único que queda después de todas las filosofías, es la fábrica. El único hombre que gana Con to­das las filosofías, es Gradgrin. Le valdría la pena mantener sus edi­ficios provistos de literatura escép­tica. Y ahora que lo pienso, por supuesto Gradgrin es famoso por donar bibliotecas. Manifiesta su sen­satez. Todos los libros modernos están a su favor. Mientras se esté cambiando siempre la idea del cie­lo, la visión de la tierra será siem­pre la misma. Ningún ideal perdura tiempo bastante para ser realizado; ni parcialmente realizado. El joven moderno nunca cambiará su medio ambiente, porque siempre cambiará su idea.

De lo dicho, se desprende que nuestro primer requerimiento respec­to al ideal, hacia el cual se dirige el progreso, será éste: que sea un ideal establecido. Whistler, acostum­braba hacer varios rápidos ensayos de sus retratos, no importaba que rompiera veinte veces sus trazados. Pero habría importado mucho que mirara veinte veces al modelo, y cada vez hubiera visto una persona distinta posando plácidamente para un retrato. Así (hablando compara­tivamente), no importa con cuanta frecuencia fracase la humanidad imi­tando su ideal; porque todas las pa­sadas derrotas son fecundas. Pero tiene una importancia terrible, la frecuencia con que cambia sus ideales; porque entonces, todos sus pa­sados fracasos, son estériles. La pre­gunta adecuada vendría a ser ésta: "¿Cómo podemos hacer para que el artista se mantenga descontento de su cuadro y evitar al mismo tiempo que esté vitalmente descontento de su arte? ¿Cómo hacer para que el hombre nunca esté satisfecho de su trabajo y no obstante siempre esté satisfecho de trabajar? ¿Cómo ase­gurarnos de que el pintor arrojará al retrato por la ventana en vez de tomar la actitud más humana y na­tural de arrojar por la ventana al modelo?

Una regla estricta es necesaria, no sólo para reglamentarse sino también para rebelarse. Para cualquier clase de revolución, es necesario que exis­ta un ideal fijo y familiar. Algunas veces el hombre obra lentamente so­bre las ideas nuevas; sólo sobre ideas viejas obrará con rapidez.

Si simplemente quisiera flotar, o evaporarme o desenrollarme, podría ser por anarquismo; pero si quiero hacer un bochinche, tiene que ser por algo espetable. Y ahí está toda la debilidad de ciertas escuelas de progreso o evolución moral. Sugieren que ha habido un lento movimiento moralizador, con una imperceptible modificación ética a cada año; o a cada instante. En esta teoría, hay una desventaja.

Habla de un lento movimiento ha­cia la justicia; pero no admite un movimiento rápido. A un hombre no le está permitido pararse de un salto y declarar que un cierto estado de cosas es intrínsecamente intolera­ble. Es mejor tomar un ejemplo es­pecífico para aclarar mejor el asunto. Algunos de los vegetarianos idealis­tas, como ser el señor Salt, dicen que ha llegado el momento de no comer más carne; implícitamente aceptan que en otro momento se pudo comer carne y sugieren (en palabras que es posible citar), que algún día no se podrá comer huevos ni beber leche. Aquí no discuto que sería justo para los animales. Solamente digo que lo que es justicia en cualquier circunstancia dada, siem­pre debe ser pronta justicia., Si se hace sufrir a un animal, debe sernos posible precipitarnos a su rescate. Pero ¿cómo podríamos precipitarnos si tal vez estamos adelantados res­pecto a nuestro tiempo? ¿Cómo po­demos precipitarnos para alcanzar un tren que tal vez no llegue sino dentro de unos pocos siglos? ¿Cómo puedo denunciar a un hombre que desuella gatos, si apenas es ahora, lo que yo posiblemente llegaré a ser bebiéndome un vaso de leche? Una espléndida y frenética secta rusa, corría por las calles soltando a los animales de sus carros. ¿Cómo po­dría yo tener ese arranque de va­lentía y soltar el caballo de mi ca­briolé de alquiler, cuando no sé si mi reloj evolucionista adelanta un poquito o si el cochero está un po­quito atrasado? Supongamos que di­jera a un "sweater"[11]: "La esclavitud fue adecuada a cierto período de la evolución." Y supongamos que él me respondiera: "Sudar es adecuado a este período de la evolución." ¿Có­mo podría replicarle si no hay un punto de referencia establecido? Si los "sweaters pueden estar atrasados con respecto a la moralidad co­rriente ¿por qué los filántropos no podrían estar adelantados con res­pecto a ella?

Y ¿qué en la tierra, es moralidad corriente, sino en su sentido literal, la moralidad que siempre está co­rriendo más lejos? Por eso podemos decir que un ideal establecido es tan necesario para el innovador como para el conservador; es necesario, tanto si deseamos que las órdenes del rey se ejecuten prontamente, como si deseamos que el rey sea pron­tamente ejecutado. La guillotina tiene muchas culpas; pero si hemos de hacerle justicia, no tiene nada de evolucionista. El argumento evolucio­nista favorito, tiene en el hacha su mejor réplica. El Evolucionario dice: "¿Dónde trazas la línea?". Y el revolucionario contesta: "La trazo aquí; exactamente entre la cabeza y el cuerpo." Si en cualquier momen­to dado puede surgir una huelga, debe existir un bien y un mal abs­tracto; debe haber algo eterno si es que puede haber algo repentino. De ahí que todas las empresas humanas inteligibles, sean para alterar las co­sas o para conservarlas como son; para fundar un sistema estable como en China o para alterarlo cada mes como a principios de la Revolución Francesa; para todo es exactamente necesaria la existencia de un con­cepto que sea un concepto estable­cido.

Ese es nuestro primer requeri­miento.

Una vez escritas estas cosas, sentí la presencia de algo en la discusión: como el hombre que oye las campa­nas de la iglesia por encima de los ruidos de la calle. Algo parecía de­cir: "Al fin mi ideal se ha fijado; porque estaba firme ya antes que los fundamentos del mundo. Mi con­cepto de lo perfecto ya no puede alterarse; porque se llama Paraíso. Usted puede alterar el lugar hacia donde se dirige; pero no puede al­terar el lugar de donde viene. Para el ortodoxo, siempre debe haber un motivo de revuelta; porque en el corazón del hombre, Dios quedó bajo el pie de Satanás. En cualquier momento puede darse un golpe de per­fección no vista por el hombre desde Adán. Ni la costumbre inmutable ni la variante evolución, podrán ha­cer del bien original otra cosa que no sea el bien original. El hombre pudo haber tenido concubinas en tanto las vacas tuvieran cuernos, no obstante, si el concubinato es cul­pable, no formó parte del hombre. Los hombres pueden haber vivido bajo la opresión desde que los peces viven bajo el agua; no obstante no debieron vivir bajo ella, si la opre­sión es culpable. La cadena puede parecer tan natural al esclavo o la pintura a la meretriz como la pluma es natural al pájaro y la conejera al zorro; no obstante si esas cosas son culpables no les son naturales.

Levanto mi leyenda prehistórica para desafiar toda su historia. Me detuvo para destacar la nueva coin­cidencia del Cristianismo: pero se­guí de largo.

Seguí a la siguiente condición de cualquier ideal de progreso. Algunos (como ya dijimos) creen que en la naturaleza de las cosas se produce un progreso automático e impersonal. Pero resulta claro que no se podría estimular ninguna, actividad política diciendo que el progreso es natural e inevitable; esa no es una razón para ser activo sino más bien un motivo para ser perezoso. Si estamos avocados a mejorar, no necesitamos preocuparnos de mejorar. La pura doctrina del progreso es la mejor de las razones para no ser un progresis­ta. Pero no es sobre estos comen­tarios obvios sobre los que en pri­mer lugar quiero llamar la atención.

El único punto interesante es éste: que si suponemos que el mejoramien­to es natural, debe ser un mejoramiento hermosamente simple. Es concebible que el mundo trabajara en orden a una consumación; pero difícilmente lo haría en orden a una combinación de varias cualidades. Tomando nuestro ejemplo original, la Naturaleza por sí misma podría volverse más azul; este es un proceso tan simple que puede ser im­personal. Pero a menos que la Na­turaleza fuera personal, no podría hacer un minucioso cuadro de varios colores escogidos. Si la meta del mundo fuera una completa oscuri­dad o una luz completa, podría lle­gar, tan lenta e inevitablemente como llega al amanecer y al crepúsculo. Pero si la meta del mundo ha de ser una pieza de elaborado y artístico "chiaroscuro", entonces, debe haber un diseño. humano o divino. El mun­do, sólo con el correr del tiempo, podría oscurecerse como un cuadro antiguo o blanquearse como una cha­queta vieja; pero si se transforma en una determinada pieza de arte en blanco y negro, entonces, existe un artista.

Y doy un ejemplo más simple por si acaso la diferencia no fuera evi­dente. Constantemente oímos de los humanistas modernos, una creencia particularmente cósmica; empleo la palabra "humanista" en el sentido ordinario, que significa un hombre que levanta las protestas de todas las criaturas contra aquellas de la hu­manidad. Sugieren ellos que a través de las épocas, nos hemos hecho más y más humanos, es decir que, uno después de otro, todos los sectores o grupos de seres, esclavos, niños, mujeres, vacas, etc., gradualmente han sido admitidos a participar de la justicia y de la misericordia. Dicen que una vez pensamos que era co­rrecto comerse a los hombres (no lo pensamos); pero no me concierne aquí su historia, la cual es altamen­te inhistórica. Como hecho, la an­tropofagia, es por cierto una costum­bre decadente; no primitiva.

Es mucho más probable que los hombres modernos por afectación co­man carne humana y no que la comiera por ignorancia el hombre primitivo. Aquí solamente estoy si­guiendo los contornos del argumen­to, el cual sugiere que el hombre ha sido progresivamente más lenitivo, primero para los ciudadanos, luego para los esclavos, luego para los ani­males y luego (posiblemente) para las plantas. Pienso hoy que está mal que me siente sobre un hombre. Pronto pensaré que está mal que me siente sobre un caballo. Eventualmente (supongo) pensaré que está mal que me siente sobre una silla. Esa es la dirección que sigue el ar­gumento. Y según este argumento, se diría que es posible hablar del hombre en términos de evolución o de inevitable progreso. La perpetua tendencia a tocar cada vez menos objetos, uno siente que ha de ser una tendencia inconsciente y bruta, como aquella tendencia de la espe­cie a producir cada vez menos hijos. Este impulso puede ser realmente evolucionario, porque es estúpido.

Es posible que el darwinismo sirva para respaldar dos moralidades locas; pero no puede servir para respaldar ni una sola morali­dad sensata. El parentesco y la com­petencia entre todas las criaturas vi­vientes, podría ser una razón para ser insensatamente cruel o insensatamente sentimental; pero no para sen­tir un sensato amor por los animales. Sobre la base evolucionista es posi­ble ser inhumano o ser absurdamente humano; pero no es posible ser hu­mano. Que usted y un tigre sean uno, puede ser una razón para ser cruel como el tigre. Amaestrar al tigre para que lo imite a usted es un camino; pero el camino más corto es que usted imite al tigre.

Pero en ninguno de los dos casos la evolución nos dice cómo tratar razonablemente al tigre, es decir, cómo admirar sus líneas mientras se evitan sus garras. Si usted quiere tratar a un tigre razonablemente, tie­ne que volverse al jardín del Paraíso. Porque el obstinado recuerdo vuelve a surgir: solamente lo sobrenatural ha encarado a la Naturaleza desde un punto de vista sano. La esencia de todo panteísmo, evolucionismo y religión cósmica moderna, en reali­dad se encuentra en esta proposi­ción: que la Naturaleza es nuestra madre. Pero si miramos la Natura­leza como madre, desgraciadamente descubrimos que es una suegra. El punto principal del Cristianismo era éste: la Naturaleza no es nuestra madre; la Naturaleza es nuestra her­mana. Puesto que tenemos un mismo padre, podemos estar orgullosos de su belleza; pero no tiene autori­dad sobre nosotros; tenemos que admirarla, pero no imitarla. Esta idea da al típico placer cristiano de esta tierra, un toque de ligereza que es casi frivolidad. La Naturaleza era una solemne madre para los entusias­tas de Isis y Cibeles. La Naturaleza es una solemne madre para Words­worth o para Emerson. Pero la Na­turaleza no es solamente para Fran­cisco de Asís o para Jorge Herbert. Para San Francisco la Naturaleza es una hermana y hasta una hermana menor: una hermana bailadora de la cual se ríe y a la cual ama.

Este, difícilmente sería nuestro punto principal, al menos por ahora; lo he admitido solamente con objeto de mostrar cuan frecuentemente, y como por casualidad, la llave puede calzar bien en las puertas más pe­queñas. Aquí nuestro punto princi­pal es que, si en la Naturaleza existe una mera inclinación 'al mejoramien­to impersonal, debe ser presumiblemente una tendencia simple hacia un triunfo simple. Es posible imaginar que alguna tendencia automática de la biología trabajara para procurarnos narices cada vez más largas. Pero la cuestión es ¿queremos narices cada vez más largas? Imagino que no; creo que la mayoría de nosotros que­rríamos decir a nuestra nariz: "Hasta aquí y no más lejos; aquí se estacio­ne tu punto de orgullo"; requerimos una nariz cuyo largo nos asegure la posesión de una cara interesante. Pero no podemos concebir que exis­ta una mera tendencia biológica ha­cia la producción de caras interesantes; porque una cara interesante la constituye una determinada combi­nación de ojos, nariz y boca com­plejamente proporcionados entre sí. La proporción no puede resultar de un impulso; resulta de un accidente o de un diseño. Lo mismo ocurre con el ideal de moralidad humana en su relación con los humanitarios y antihumanitarios. Es concebible que cada vez fuéramos a tocar menos cosas: no andaremos a caballo, no recogeremos flores. Eventualmente, podremos estar confinados a no perturbar la mente del hombre ni con argumentos; a no perturbar el sueño de los pájaros ni con una tos. Y la apoteosis final, parece que va a ser un hombre sentado inmóvil, que no osa moverse por temor de molestar a una mosca y no se anima a comer por temor de incomodar a un micro­bio. Posiblemente el impulso incons­ciente podría tender a consumación tan cruda. Pero ¿es que queremos tan cruda consumación? Lo mismo podríamos evolucionar en sentido opuesto ó sea seguir la línea nietz­schiana del desenvolvimiento, el su­perhombre aplastando al superhom­bre, formando una torre de tiranos, hasta que el mundo que destruido por pura diversión. Pero ¿queremos destruir, por pura diversión, al mun­do? No es muy claro que lo que realmente esperamos sea una propo­sición y una administración determinada de estas dos cosas: una cier­ta dosis de respeto y moderación, una cierta dosis de energía y domi­nio. Si nuestra vida alguna vez fuera tan bella como un cuento de hadas, tendremos que recordar que toda la belleza de los cuentos de hadas re­side en esto: que el príncipe siente un asombro que termina justo antes de llegar al miedo. Si teme al gi­gante, el príncipe llegará a su fin; pero si el gigante no le asombra, llegará a su fin el cuento de hadas. Todo' el asunto depende de que el príncipe sea bastante altivo para de­safiar. Así nuestra actitud respecto al gigante del mundo, no debe ser meramente aumentar la sumisión o aumentar el desdén: debe ser una proporción determinada de las dos cosas, la cual, ha de ser exactamente correcta. Por las cosas externas a nosotros debemos sentir una reve­rencia tal que nos haga hollar el pas­to temerosamente. Por las cosas externas a nosotros debemos sentir un desdén tal que, en el momento de­bido, nos haga escupir a las estrellas. No obstante (si hemos de ser buenos o felices), esas dos cosas deben ser combinadas no en cualquier combi­nación sino en una combinación determinada. La perfecta felicidad de los hombres sobre la tierra (si llega alguna vez), no será algo liso y com­pacto como la satisfacción de los ani­males. Será un equilibrio exacto y peligroso; como el de una novela desesperada. El hombre debe tener justo la suficiente fe en sí mismo como para correr aventuras y justo la suficiente duda de sí mismo como para gozarlas.

Luego, este es nuestro segundo re­querimiento respecto al ideal del pro­greso. Primero, debe ser establecido; segundo, debe ser compuesto. Si ha de satisfacer nuestras almas, no debe ser el predominio de una sola cosa que se devora a las demás, orgullo o amor, quietud o aventura; debe ser un cuadro definitivo y compues­to por estos elementos en la proporción precisa y en la mejor de sus combinaciones.

No me concierne ahora negar que, por la constitución de las cosas, tal culminación podría estar reservada para la especie humana. Solamente destaco que si se estableció para nosotros esta felicidad compuesta, debió ser establecida por una inteli­gencia; porque sólo una inteligencia puede fijar las proporciones exactas que resultarán una felicidad com­puesta. Si la beatificación del mun­do es obra simplemente de la Natu­raleza, luego debe ser tan sencilla de realizar como la congelación del mundo o el incendio del mundo. Pero si la beatificación del mundo no es obra de la Naturaleza sino una obra de arte, presupone la existencia de un artista. Y aquí otra vez detuvo mi contemplación aquella vieja voz que me decía: "Hace mucho tiempo pude decirte estas cosas; si existe positivamente mi progreso, solamen­te puede ser mi especie de progreso; el progreso hacia la ciudad completa, de virtudes y dominaciones, en donde la justicia y la paz se combinan para besarse. Una fuerza impersonal po­dría conducirte a un desierto de per­fectas llanuras o a una cumbre de altitud perfecta. Pero solamente un Dios personal podría conducirte (si es cierto que eres conducido) a una ciudad con calles y perspectivas ar­quitectónicas, a una túnica multico­lor de José, la contribución de sus propios colores".

Por segunda vez el Cristianismo intervenía con la respuesta exacta que yo quería. Yo dije: "El ideal debe ser constante", y la Iglesia ha­bía respondido; "El mío es constante puesto que existía antes que todo lo demás". Luego dijo: "Debe ser como un cuadro, artísticamente com­binado"; y la Iglesia respondió: "El mío es literalmente un cuadro, puesto que conozco a quien lo pintó".

Luego, seguí a la tercera condi­ción, la cual era igualmente necesaria para una Utopía o para una meta de progreso. Y de las tres, es la infini­tamente más difícil de expresar. Tal vez pudiera manifestarse así: necesi­tamos ser vigilantes, aún en la Uto­pía como caímos del Paraíso.

Observamos que una razón que se ofrecía para ser progresista es que las cosas naturalmente tienden a me­jorar. Pero la única verdadera razón que hay para ser progresista, es que las cosas naturalmente tienden a em­peorarse. La corrupción no es sólo el mejor argumento para ser progre­sista, sino también el único argumen­to para no ser conservador. Si no fuera por la corrupción de las cosas, la teoría conservadora sería realmen­te concluyente e incontestable. Pero toda conservación se basa en el hecho de que dejar las cosas en paz, es dejarlas como son. Pero no es eso. Si se las deja en paz, se las abandona a un torrente de alteracio­nes. Si dejo en paz a un poste blan­co, pronto será un poste negro. Si lo deseo especialmente blanco, siem­pre tengo que estar pintándolo de blanco; es decir siempre estaré ha­ciendo una revolución. Brevemente, si quiero el viejo poste blanco, ten­go que hacer un poste nuevamente blanco. Pero esto que es verdad para las cosas inanimadas, es verdad, en un sentido terrible y complete, de todas las cosas humanas. Por la horrible rapidez con que envejecen las instituciones de los hombres, los ciudadanos requieren una casi arti­ficial vigilancia. En las novelas y en el periodismo se acostumbra hablar de hombres que sufren bajo la opre­sión de antiguas tiranías. Pero de hecho, los hombres casi siempre han sufrido bajo la opresión de tiranías nuevas; bajo tiranías que hace esca­samente veinte años, eran liberali­dades públicas. Así Inglaterra se en­loqueció de alegría con el patriótico reinado de Isabel; y luego (casi en seguida) se enloqueció de ira en la trampa de la tiranía de Carlos I. Así también en Francia, la monarquía se hizo intolerable no inmediatamente después de haber sido tolerada, sino inmediatamente después de haber sido adorada. El hijo del bienamado Luis, fue Luis el guillotinado. Así, del mismo modo, los elaboradores del radicalismo eran creídos una mera tribuna del pueblo, hasta que repen­tinamente oímos el grito del socialis­ta diciéndonos que eran tiranos que devoraban al pueblo como si fuera pan. Así, otra vez, casi hasta último momento confiábamos en los perió­dicos por ser portavoces de la opinión pública. Y muy recientemente vimos (y no lentamente sino con brusquedad) que no son en absolu­to tales. Son, por la naturaleza del asunto, los juguetes de unos pocos hombres ricos. No tenemos ninguna necesidad de rebelarnos contra la antigüedad; tenernos que rebelarnos contra la novedad. El capitalista y el editor son los nuevos conductores que realmente poseen al mundo. No hay temor (le que ningún rey moder­no intente extenuar la constitución; es más que probable que la ignore y trabaje respaldándola; no abusará de su poder de rey; es más proba­ble que se aproveche de su impo­tencia de rey; del hecho de estar fuera de la publicidad y de las crí­ticas. Porque el rey es la persona con más intimidad privada de nuestros tiempos. No es necesario que nadie vuelva a oponerse a la censura a la prensa. No necesitamos una censura para la prensa. Tenemos a la prensa de censura.

Esta asombrosa velocidad con que los sistemas populares se vuelven opresivos, es el tercer hecho al cual apelaremos para que se acepte nues­tra perfecta teoría del progreso. Siempre hay que estar alerta al abu­so de los privilegios y a la desviación de las empresas rectas. Respecto a este punto, estoy completamente de parte de los revolucionarios. Tienen razón para sospechar siempre de todas las instituciones humanas; tienen razón al no fiarse de los príncipes ni de ningún hijo de hombre. El jefe que opta por ser amigo del pueblo, se convierte en enemigo del pueblo; los periódicos comenzaron para decir la verdad, y hoy existen para impedir que la verdad se diga. Aquí, dije, siento que al fin estoy realmente con les revolucionarios. Y súbitamente me callé, porque recordé que una vez más estaba con la ortodoxia.

El Cristianismo habló nuevamente y dijo: "Siempre he sostenido que los hombres son naturalmente após­tatas; que la virtud humana, por su propia naturaleza tiende a la podre­dumbre, siempre dije que los seres humanos, como tales, se vuelven ma­los, especialmente los seres humanos felices, especialmente los seres hu­manos prósperos y soberbios. Esta eterna revolución, esta desconfianza sostenida a través de los siglos, tú (siendo un confuso moderno) la lla­mas doctrina del progreso. Si fueras filósofo, como yo la llamarías doctrina del pecado original. Puedes lla­marla avance cósmico, tanto como quieras; yo la llamo lo que es: la Caída".

He hablado de la ortodoxia inter­viniendo como una espada; confieso que aquí interviene como un hacha de combate. Porque en realidad (cuando llegué a pensarlo), el Cris­tianismo es lo único que queda con derecho a discutir las facultades de la buena educación y de la buena cuna. Con bastante frecuencia he oído decir a los socialistas, y aún a los demócratas, que las condiciones físicas del pobre, por fuerza han de hacerlo mental y moralmente degra­dado. He oído hombres científicos (que todavía hay científicos no opo­sitores de la democracia) diciendo que si proporcionáramos a los pobres condiciones de vida más salubres, el vicio y el mal desaparecerían de en­tre ellos. Los he escuchado con una atención inmensa, con una fascina­ción terrible. Porque era como estar mirando al hombre que enérgicamente serrucha del árbol la rama sobre la cual está sentado. Si estos alegres demócratas pudieran probar su alegato, darían un golpe mortal a la democracia. Si de ese modo los pobres están absolutamente desmo­ralizados podría ser práctico o no ser /práctico levantarlos. Pero sería ciertamente práctico quitarles algu­nas franquicias. Si el hombre que tiene un mal dormitorio no puede dar un buen voto, la deducción más rápida y primera es que no debe votar. La clase gobernante, no sin razón, puede decir: "Nos tomará al­gún tiempo reformar su habitación. Pero si ese hombre es el bruto que usted dice, podría arruinar nuestro país en muy poco tiempo. Por lo tanto, seguiremos su indicación y no le daremos la oportunidad de hacerlo". Me llena de admiración la forma en que el vehemente socialista in­dustriosamente exhibe los fundamen­tos de toda aristocracia, explayán­dose blandamente sobre la evidente ineptitud de los pobres para ser gobernantes. Es como oír a alguien disculpándose en una fiesta nocturna por haber entrado sin traje de eti­queta y explicando que recientemente estuvo intoxicado, que tiene en esos casos la costumbre personal de desvestirse en la calle y sobre todo que recién acaba de cambiarse el uniforme de la cárcel. Uno siente que en cualquier momento el dueño de casa podría decirle que si las cosas estaban tan mal como todo eso, no necesitaba haber venido. Así es cuando el vulgar Socialista con la cara radiante prueba que el pobre, después de sus golpeadas experien­cias, realmente no puede merecer confianza. En cualquier momento, el rico podría decirle: "Muy bien, no se la daremos", y cerrarle la puerta en las narices. Basándonos en el punto de vista del señor Blatch­ford sobre la herencia y el ambien­te, el alegato de la aristocracia es abrumador. Si las casas limpias y el aire limpio hacen almas limpias, ¿por qué no dar el poder (a lo menos por ahora) a aquellos que indudablemente respiran aire limpio? ¿Si mejores condiciones de vida ha­rán al pobre más apto para go­bernarse, ¿por qué esas mejores con­diciones de vida todavía no han hecho a los ricos más aptos para gobernarles? El asunto está claramente manifiesto en el argumento en curso. La clase confortable, debe ser simplemente nuestra vanguardia en la Utopía.

¿Existe alguna réplica para esta sugerencia de que aquellos que han tenido mejores oportunidades, pro­bablemente sean nuestros mejores guías? ¿Hay alguna respuesta al ar­gumento de que es mejor que aque­llos que han respirado aire limpio decidan por aquellos que lo respi­raron sucio? Por lo que yo sé, solamente hay una respuesta y esa respuesta es el Cristianismo. Solamente la Iglesia Cristiana puede oponer una objeción racional a esa confian­za absoluta en los ricos. Porque ella desde el principio sostuvo que el peligro no estaba en los ambientes' donde actuaba el hombre sino en el hombre mismo. Y llegó más lejos; sostuvo que si vamos a hablar de ambientes peligrosos, el más peli­groso de todos es el ambiente con­fortable. Sé que la manufactura más moderna se ha ocupado inten­tando producir una aguja anormalmente gruesa. Sé que los biólogos más recientes han estado sinceramente ansiosos de descubrir un camello enano. Pero si disminuimos el camello al máximo de su pe­queñez y ampliamos el; ojo de la aguja al máximo, de su latitud; abre­viando, si tomamos las palabras de Cristo en el menor de sus significados, lo menos que sus palabras qui­sieron decir, es esto: qué los ricos muy probablemente no son moralmente dignos de confianza. El Cris­tianismo, hasta cuando entibiado, es bastante caliente para hervir toda la sociedad moderna y dejarla hecha girones. El mínimum de la Iglesia sería un ultimátum mortal para el mundo. Porque todo el mundo mo­derno está absolutamente basado en la presunción, no de que el rico es necesario (lo que sería sostenible) sino de que el rico es digno de confianza, lo cual (para un Cristiano) no es sostenible. Oiremos que in­cansablemente se repite en las dis­cusiones sobre periódicos, compañías, aristocracias o reuniones políticas, ese argumento de que el rico no es sobornable. El hecho por supuesto es que el rico es sobornable; ya fue sobornado. Por eso es rico. Todo el alegato del Cristianismo es que el hombre pendiente de los hijos de esta vida es un hombre corrompido; espiritualmente corrompido, políticamente corrompido, financieramente corrompido. Hay algo que Cristo y los santos cristianos repitieron con salvaje monotonía. Han dicho sim­plemente que ser rico es estar en un peculiar peligro de naufragio moral. No es demostrable cristiano matar a los ricos por ser violadores de la justicia definible. No es de­mostrablemente cristiano coronar a los ricos como convenientes regidores de la sociedad. Ciertamente no es cristiano rebelarse; contra los ri­cos o someterse a ellos. Pero ciertamente es cristiano fiarse de los ricos y creerlos moralmente más dignos de fe que los pobres. Por cierto un cristiano puede decir: "Respeto al hombre de ese rango, a pesar de que acepta sobornos". Pero un cristiano no puede decir lo que dicen los hombres modernos en el desayuno y en el almuerzo: "Un hombre de ese rango no acepta sobornos". Porque es parte del dogma cristia­no, a cualquier hombre de cual­quier rango, es capaz de aceptar sobornos. Es parte del dogma cristia­no; y ocurre, por una curiosa coin­cidencia, que también es parte evi­dente de la historia humana. Cuando la gente dice que un hombre "en esa posición" es incorruptible, no es necesario introducir al Cristianismo en la discusión. ¿Lord Bacon era lus­trabotas? ¿El Duque de Marlbo­rough era barrendero? En la Utopía más perfecta debo seguir preparado para la caída de cualquier hombre de cualquier , posición en cualquier momento; especialmente para mi caída, desde mi posición, en este momento.

Mucho periodismo vago y senti­mental ha vertido la teoría de que el Cristianismo era pariente de la democracia; y casi todo lo dicho en ese sentido en claridad y solidez no alcanza para refutar el hecho de que ambas cosas se han peleado con fre­cuencia. La democracia y el Cris­tianismo se aúnan sobre un punto mucho más profundo. La idea es­pecial y particularmente cristiana; cristiana es la idea de Carlyle: la idea de que debe regir el hombre que se siente capaz de regir. Sea lo que sea cristiano, eso es pagano. Si nuestra fe comenta los gobiernos, su comentario debe ser este: que debe regir el hombre que no se pien­se capaz de regir. El héroe de Car­lyle dirá, "Seré rey"; pero el santo cristiano dirá, "Nolo episcoparí". Si la gran paradoja del Cristianismo quiere decir algo, quiere decir esto: que hemos de tomar la corona en nuestras manos y buscar en los lu­gares áridos y en los rincones oscu­ros de la tierra hasta encontrar al hombre que se sienta incapaz de usarla. Carlyle' estaba muy equivo­cado; no tenemos que coronar al hombre excepcional que sabe que puede regir. Más bien tenemos que coronar al hombre mucho más excepcional que sabe que no puede.

Ahora, esta es una de las dos a tres defensas vitales de la democra­cia actuante. El simple mecanismo del voto, no es democracia, a pesar de que por hoy no es fácil propo­ner un método democrático más simple. Pero aún el mecanismo de la votación, en su sentido prácti­co, es profundamente cristiano, es un intento de obtener la opinión de aquellos hombres demasiado mo­destos para ofrecerla. Es una aven­tura mística; es confiar especialmente en aquellos que no confían en sí. Este enigma es estrictamente peculiar a la cristiandad. En reali­dad, nada de humilde hay en la abnegación del budista; el dulce hindú es apacible pero no manso. Pero hay algo psicológicamente cris­tiano en la idea de buscar la opi­nión de los oscuros, en vez de se­guir la conducta obvia de aceptar la opinión de los eminentes. Podría parecer curioso que diga que procurar votos es cristiano. Pero la idea primaria de la procuración de vo­tos, es cristiana. Es estimular a los humildes, es decir al hombre mo­desto: "Amigo, sube más alto". Y si existe algún leve defecto en la procuración de votos, es decir, en su perfecta y cabal misericordia, posiblemente sea porque la procu­ración no se cuida de estimular también al procurador.

La aristocracia no es una institu­ción; la aristocracia es un pecado; generalmente venial. Es simplemen­te un desvío o un desliz de los hombres hacia la pomposidad y el aprecio de lo poderoso, lo cual es la parte más obvia y fácil de las relaciones del mundo.

Una de las mil réplicas a la fu­gaz perversión de la fuerza moderna es que las más rápidas y audaces empresas son también las más frá­giles y llenas de sensibilidad. Lo más veloz es lo más suave. Un pá­jaro es activo porque es suave. Una piedra es inválida porque una pie­dra es dura. Por su propia natura­leza la piedra debe ir hacia abajo porque la dureza es debilidad. Por su naturaleza el pájaro puede su­bir, porque la fragilidad es fuerza. En la fuerza perfecta hay una es­pecie de frivolidad, de ventilación,

que por sí misma puede mantenerse en el aire. Los investigadores modernos de la historia de los mila­gros, solemnemente han admitido que una característica de los grandes santos es su poder de "levita­ción". Podrían ir más lejos; una característica de los grandes santos es su poder de levedad. Los ánge­les pueden volar porque se levantan a sí mismos livianamente. Este ha sido siempre el instinto de la cris­tiandad y especialmente el instinto del arte cristiano. Recuérdese cómo representaba Fra Angélico a sus án­geles, no sólo como pájaros sino casi como mariposas. Recuérdese cómo el arte medioeval rebosaba de li­geros y ondulantes ropajes y de pies veloces y saltarines. Fue lo que los modernos prerrafaelistas no pudieron imitar nunca de los verdaderos pre­rrafaelistas. Burne-Jones, nunca pudo adquirir esa profunda levedad de la Edad Media. En los cuadros cris­tianos antiguos, sobre cada figura, el cielo es como un paracaídas azul o dorado. Cada figura parece en actitud de volar hacia lo alto o de flotar por los cielos. La capa an­drajosa del mendigo lo llevará hacia arriba lo mismo que las radiantes plumas de los ángeles. Pero los reyes con sus oros pesados y los so­berbios con sus ropajes de púrpura, por sus naturalezas se hundirán, porque el orgullo no puede llegar a la levedad o a la levitación. En to­das las cosas el orgullo es una trapo cabizbajo de la solemnidad fácil. Uno "se instala" en una especie de seriedad egoísta; pero hay que ele­varse hasta el alegré olvido de sí mismo. Un hombre "cae" en una reflexión parda; hacia arriba llega a un cielo azul. La seriedad no es una virtud. Sería herejía decirlo, pero una herejía más sensata sería decir que la seriedad es un vicio. .En realidad, eso de tomarse en serio es una inclinación o falla na­tural, porque es la cosa más fácil de hacer. Escribir un buen artículo orientador en el Times, es mucho más fácil que escribir un buen chiste en el Punch. Porque la solemni­dad fluye de los hombres naturalmente; pero la risa es un brote repentino. Es fácil ser pesado y di­fícil ser liviano. Satanás cayó por la fuerza de su seriedad.

Pero desde que Europa es cris­tiana, mientras tuvo aristocracia, en el fondo de su corazón tuvo a pecu­liar honor tratar a la aristocracia como a una debilidad, generalmente como a una debilidad que debe ser permitida. Si alguien desea investi­gar este punto, que pase del Cris­tianismo a alguna otra atmósfera fi­losófica. Por ejemplo, compare las clases de Europa con las castas de la India. Allí, la aristocracia es mu­cho más respetada porque es mucho más intelectual. Se siente seriamente la escala de clases es una escala de valores espirituales; que en un sentido sagrado e invisible, el pana­dero es mejor que el carnicero. Pero el Cristianismo no; ni el Cristia­nismo más ignorante y pervertido sugirió jamás, que en ese sentido sagrado, un barón fuera mejor que un carnicero. Ningún Cristianismo, por ignorante o extravagante que fuera, sugirió jamás que un duque no se condenará. En la sociedad pagana pudo existir (no lo sé) divi­sión tan seria entre el hombre libre y el esclavo. Pero en la sociedad cristiana siempre hemos pensado que el caballero es una especie de broma, a pesar de que admito que en algunas grandes cruzadas y concilios, conquistó el derecho de ser llamado una broma práctica. Pero realmente en Europa, y en las raíces de nuestras almas, jamás hemos tomado en serio a la aristocracia. Solamente un ocasional aliado no europeo (como el doctor Oscar Le­vy, el único nietzschista inteligente) puede arreglarse para tomar la aris­tocracia seriamente, aunque sea por un momento. Tal vez sea una in­clinación patriota, que no lo creo, pero me parece que la aristocracia Inglesa es no solamente el tipo sino la corona y la flor de todas las aris­tocracias actuales: posee todas las virtudes de la Oligarquía y todos sus defectos. Es casual, es buena, es valiente en los asuntos obvios; pero tiene un mérito que sobrepasa a aquéllos. El grande y evidente mérito de la aristocracia Inglesa es que no hay posibilidad de que nadie la tome seriamente.

Abreviando; he deletreado pausa­damente, como siempre. la necesidad de una ley pareja en la Utopía; y como siempre, encontré qua el Cris­tianismo había llegado allí antes que yo. Toda la historia de mi Utopía tiene la misma tristeza divertida. Siempre me precipitaba de mí ar­quitectura reflexiva con los planos de una nueva torrecilla solamente para encontrarla allí, a la luz del sol, resplandeciente y vieja de mil años. En el antiguo y parcialmente en el nuevo sentido, en mi Dios respondió a la plegaria "Líbranos de nuestros hechos". Sin vanidad, realmente pienso que hubo un momento en que pude inventar el voto del matrimonio (institución) como obra de mi propia cabeza; pero descubrí con asombro que ya se había inventado. En vista de que sería largo mostrar hecho por hecho y palmo por palmo, cómo vi que mi propia concepción de la Utopía solamente se realizaba en la Nueva Jerusalén, tomaré este caso de la materia del matrimonio como indi­cador del manejo convergente; po­dría decir del convergente fracaso de todo lo demás.

Cuando los vulgares opositores del Socialismo hablan de imposibilida­des y alteraciones de la naturaleza humana, siempre desaperciben una importante distinción. En las con­cepciones del ideal de sociedad mo­derna, hay algunos deseos posiblemente inaccesibles; pero hay algunos deseos que son indeseables. Que to­dos los hombres vivan en casas igualmente hermosas, es un sueño que puede o no puede realizarse. Pero que todos los hombres vivan en la misma casa hermosa, no es un sueño; es una pesadilla. Que un hombre ame a todas las viejas mujeres, es un ideal que puede no lograrse. Pero que un hombre mire a todas las viejas mujeres exactamente como mira a su madre, es no sólo un ideal irrealizable sino un ideal que no debe realizarse. No sé si el lec­tor estará de acuerdo conmigo en esos ejemplos; pero agregaré el ejem­plo que más me afectó siempre. Nunca pude concebir o tolerar una Utopía que no 'me dejara la liber­tad que más aprecio, la libertad de atarme yo mismo. La anar­quía completa no sólo haría im­posible tener disciplina y fidelidad alguna; también haría imposible te­ner ninguna diversión. Para tomar un ejemplo evidente, no valdría la pena hacer apuestas si una apuesta no atara. La disolución de todos los contratos no sólo arruinaría la moralidad sino que estropearía los deportes. Las apuestas y juegos de esa clase son simplemente la traza desarrollada y adaptada del instinto original del hombre por la aventu­ra y el romanticismo, instinto del cual mucho se ha dicho en estas páginas. Y los peligros, las recom­pensas, los castigos y demás acce­sorios de una aventura, deben ser reales, o la aventura es sólo una pe­sadilla tramoyada y sin corazón. Si apuesto es porque pienso pagar, o si no en apostar no hay poesía. Si desafío es porque pienso pelear, o si no no hay poesía en el desafío. Si hago voto de ser fiel, debo ser maldecido cuando soy infiel o si no no hay ningún atractivo en la promesa sagrada. Ni un cuento de hadas po­dría hacerse con las experiencias de un hombre que cuando lo traga una ballena se cree en el tope de la torre Eiffel o que cuando se convierte en sapo es capaz de portarse como una cigüeña. Los resultados deben ser reales e irrevocables aun en el romanticismo más salvaje. El matrimonio cristiano es el gran ejem­plo de un resultado real e irrevoca­ble; y por eso es el tema principal y central de toda la literatura ro­mántica. Y este es mi último ejem­plo de las cosas que pediría, y pediría imperativamente de cualquier Paraíso social; pediría conservar mis pactos, pediría que mis juramentos y mis compromisos se tomaran seriamente; pediría que la Utopía ven­gara mi honor sobre mí mismo.

Todos mis amigos utopistas mo­dernos se miran desconcertados, porque su última esperanza es la diso­lución de todas las ataduras. Pero otra vez me parece oír, como una especie de eco, una respuesta que viene desde más allá del mundo. "Tendrás obligaciones reales, por consiguiente reales aventuras, cuando llegues a mi Utopía. Pero la obligación más ardua y la más es­carpada aventura es llegarse hasta ella."

 

 

 

VIII. EL ROMANTICISMO DE LA ORTODOXIA

 

Nuestro mundo sería más silencioso si fuera más esforzado y esto que es verdad del aparente estruendo físico es verdad también del apa­rente estruendo intelectual. Las fra­ses científicas se emplean como en­granajes y pistones científicos para hacer aún más veloz y llano el recorrido del comodón. Las palabras largas nos pasan zumbando como los trenes largos. Sabemos que llevan cientos de demasiado cansados o demasiado indolentes para caminar y pensar por sí mismos. En un buen ejercicio probar alguna vez el modo de expresar cualquier opinión que se posea, en palabras de una sílaba. Si Ud. dice "La utilidad social de la sentencia indeterminada es reco­nocida por todos los crimonologistas como parte de nuestra evolución so­ciológica hacia un concepto más hu­mano y científico del castigo", pue­de seguir hablando así durante horas sin requerir casi ni un movimiento de la materia gris de su cráneo. Pero si usted empieza "Quiero que Jones vaya a la cárcel y que Brown diga cuando debe salir Jones", con un estremecimiento de horror descubrirá que está obligado a pensar. Las palabras largas no son las pala­bras difíciles; difíciles son las palabras cortas. En la palabra "con­dena"[12] (damm) hay mucha más sutileza metafísica que en la pala­bra "degeneración". Pero esas có­modas palabras largas que libran a la gente de la fatiga de razonar, tienen un aspecto particular por el cual son especialmente perjudiciales y confusas. Esta dificultad se pre­senta cuando esas palabras largas se emplean con distintas conexiones para significar cosas muy distintas. Por eso, tomando un ejemplo bien conocido, la palabra "idealista" tie­ne un significado en cuanto parte de la filosofía y otro como pieza de retórica moral. Por la mis­ma razón los materialistas científi­cos con justa razón se quejan de que la gente confunda "materialista" como término de cosmología con "materialista" como farsa mo­ral. Así, para tomar un ejemplo de menor precio, el hombre que en Londres odia a los "progresis­tas", en Sud África siempre se dice "progresista". Una confusión tan falta de sentido como esta se ha producido con la palabra "liberal" en cuanto aplicada a la religión y en cuanto aplicada a lo político y a lo social. Con frecuencia se ha su­gerido que todos los liberales deberían ser librepensadores puesto que deben amar todo lo libre. Lo mismo se podría decir que todos los idealis­tas deberían ser de la Alta Iglesia, puesto que deben amar todo lo elevado. Lo mismo se podría decir que los chistes "groseros" deberían gustar a los clérigos "amplios"[13] y que a los de la "Low Church"[14] les debería gustar la "Low Mass"[15]. Todo no es más que una coinciden­cia de términos. En la actual Europa moderna el librepensador no es un hombre que piensa por sí mismo. Es un hombre que habiendo pensado por sí mismo, ha llegado a una clase determinada de conclusio­nes, el origen material del fenómeno, la imposibilidad de los milagros, lo improbable de la inmortalidad per­sonal y así sucesivamente. Y nin­guna de estas ideas es particularmente liberal. Y es más, casi todas estas ideas son por cierto definitivamente iliberales, como me propon­go demostrar en este capítulo.

En las pocas páginas siguientes mi objeto es hacer notar tan rápidamente como sea posible, que cada una de las materias sobre las cuales han insistido más vigorosamente los liberadores de la teología, ha tenido efectos definitivamente iliberales en la práctica social. Casi cada propuesta contemporánea de introducir libertad en la iglesia ha sido una propuesta de introducir tiranía en el mundo. Porque ahora liberar la iglesia no significa liberarla en todo sentido. Significa liberar ese conjunto de dogmas ligeramente llamados científicos, dogma del monismo, del panteísmo y si fuera necesa­rio, del Arrianismo. Y cada uno de esos (que los tomaremos separadamente) puede demostrarse que es un aliado natural de la opresión. De hecho, es una circunstancia no­table (por cierto no tan notable cuando se llega a pensar), la mayoría de las cosas son aliadas de la opresión. Solamente existe una que nunca puede pasar de cierto punto en su alianza con la opresión: es la ortodoxia. Cierto es que puedo retorcer la ortodoxia hasta que par­cialmente justifique a un tirano. Pero, también es cierto que puedo hacer que una filosofía Alemana se autojustifique.

Ahora tomemos en orden las innovaciones que son notas de la nue­va teología de la iglesia modernista. Terminamos el último capítulo descubriendo a una de ellas. La misma doctrina a la cual se le dice ser la más anticuada, resultó ser la salvaguarda de las nuevas democracias de la tierra. La doctrina más apa­rentemente impopular resultó ser la única fuerza del pueblo. Abreviando, encontramos que la única negación lógica de la oligarquía estaba en la afirmación del pecado original. Y sostengo que lo mismo ocurre en todos los otros casos.

Tomo primero el ejemplo más evi­dente, el caso de los milagros. Por alguna razón extraordinaria, hay una obstinada noción de que es más li­beral no creer en los milagros que creer en ellos. ¿Por qué? Ni yo puedo imaginarlo ni nadie puede decírmelo. Por alguna causa incon­cebible un clérigo "amplio" o "li­beral", siempre es un hombre que por lo menos desea disminuir el nú­mero de milagros; nunca es un hom­bre que desea aumentar ese número. Siempre significa un hombre libre de no creer que Cristo salió de su sepulcro; nunca significó un hom­bre libre de creer que su propia tía, salió de su tumba. Es común descubrir disturbios en una parroquia porque el párroco no puede admitir que San Pedro caminó so­bre las aguas; no obstante, rara vez encontramos disturbios en una pa­rroquia porque el párroco dice que su padre caminó sobre el Serpen­tine! Y esto no es porque nuestra experiencia nos diga que los mila­gros son increíbles (como explicarían los precipitados controversistas seculares). No es porque los mila­gros "no ocurran", como dice el dogma que Mateo Arnold proclamó con simple fe. Se declaran más he­chos sobrenaturales sucedidos en nuestros tiempos que hace ochenta años. Los hombres de ciencia creen más de lo que antes creían en tales maravillas. Los prodigios más asom­brosos, y hasta terribles, del espíri­tu y de la mente los revela la psi­cología moderna. Lo que la antigua ciencia por lo menos habría recha­zado francamente por no reconocerlo milagroso, hoy lo afirma la cien­cia moderna. La única que todavía es bastante anticuada para rechazar milagros es la Nueva Teología. Pero en verdad esta idea de que es "li­bre" de negar los milagros, no tiene nada que ver con la evidencia que dé en pro o en contra de ellos. Que los comienzos originales de la vida no se explicaban en la libertad de pensamiento sino en el dogma del materialismo, no es más que un perjuicio verbal sin vida. El hombre del siglo XIX no creyó en la Resu­rrección no porque el Cristianismo liberal le permitiera ponerla en duda.

No creyó en ella porque su mismo materialismo estricto no le permitía creerla. Tennyson un típico hombre del siglo XIX profirió una de las ver­dades indubitables instintivas de sus contemporáneos, cuando dijo que había fe en sus honestas dudas. Cier­tamente había. Esas palabras encie­rran una profunda y hasta horrible verdad. En su dudar los milagros, había fe en un inevitable destino sin Dios; una honda y sincera fe en la irremediable rutina del cosmos. Las dudas del agnóstico eran la doctrina del monista.

Más adelante hablaré del hecho y la evidencia de lo sobrenatural. Aquí sólo nos concierne este punto; en tanto pueda decirse que la idea liberal de la libertad entra a ambos lados ,de la discusión sobre los mi­lagros, evidentemente está de parte de los milagros. La reforma (en el único sentido aceptable) o el pro­greso, significa simplemente el con­trol gradual de la mente sobre la materia. Un milagro, significa sen­cillamente un control rápido de la mente sobre la materia. Si usted desea alimentar a un pueblo en el desierto, es imposible, pero no pue­de pensar que sea liberal. Si us­ted realmente desea que los niños pobres puedan ir a la playa, no podría pensar que es liberal que vayan sobre dragones voladores; solamente puede pensar que es im­probable que vayan en tales vehícu­los. Como el liberalismo, también una vocación significa la libertad del hombre. Un milagro, sólo sig­nifica la libertad de Dios. Pue­de negar concienzudamente cualquiera de las dos libertades pero no puede decir que esa negación, sea un triunfo de la idea liberal.' La Iglesia Católica creyó que el hom­bre y Dios tenían ambos una espe­cie de libertad espiritual. El Calvi­nismo retiró la libertad al hombre pero se la dejó a Dios. El materia­lismo científico limita al mismo Crea­dor: encadena a Dios como el Apo­calipsis encadenó al demonio. En el Universo no deja nada libre. Y aque­llos que intervienen en este proceso se dicen "teólogos liberales".

Este, como digo, es el caso de menos peso y de más evidencia. Es literalmente opuesta a la verdad la presunción de que la duda de los milagros tiene algo en común con el liberalismo o reforma. Si un hom­bre no puede creer en los milagros, es asunto concluido; no es particu­larmente liberal pero es perfectamente honorable y lógico, que son cualidades muy superiores. Pero si puede creer en los milagros, cier­tamente es más liberal creyendo en ellos: porque significan, primero, la libertad del alma y segundo, su con­trol sobre la tiranía de las circuns­tancias. A veces se ignora esta verdad de un modo singularmente cándido; y la ignoran aún los hom­bres más capaces. Por ejemplo el señor Bernard Shaw habla de los milagros con un anticuado y com­placido desprecio, como si fueran brechas que la naturaleza ha abierto en la fe: parece extrañamente inconsciente de que los milagros son sólo las flores terminales de su ár­bol favorito, la doctrina de la om­nipotencia de la voluntad. Y en el mismo tono llama egoísta y mezqui­no al deseo de la inmortalidad, ol­vidando que llamó al deseo de la vida, saludable y heroico egoísmo. ¿Cómo puede ser noble el deseo de hacer infinita a la propia vida, y no obstante ser mezquino el deseo de hacerla inmortal? No, si es deseable que el hombre triunfe so­bre la crueldad de la naturaleza y de la costumbre, ciertamente los milagros son deseables; más adelan­te discutiremos si son posibles.

Pero debo pasar a los casos más vastos de este curioso error; la no­ción de que "liberalizar" la religión, en cierto modo es cooperar en la liberación del mundo. El segundo ejemplo puede hallarse en la cues­tión del panteísmo, o mejor dicho, en cierta actitud moderna frecuentemente llamado imanentismo y que a menudo es Budismo. Pero éste es un asunto tanto más difícil que no puedo abordarlo sin bastante pre­paración.

Las cosas que más confiadamente dicen las personas avanzadas a los auditorios numerosos, por lo general son las cosas en completa oposición con los hechos; nuestras verdades indiscutibles, actualmente río son verdades. Aquí está el caso. Hay una frase de liberalidad fácil que una y otra vez se pronuncia en las socie­dades éticas y en las controversias de religión: "las religiones de la tierra difieren en ritos y fórmulas pero son una sola en cuanto a sus enseñanzas". Es falso; es opuesto a los hechos. Las religiones de la tie­rra no difieren mayormente en sus ritos y en sus fórmulas; difieren enormemente en lo que enseñan. Es como si un hombre dijera: "No se deje engañar porque el "Church Times" y el "Librepensador" parez­can enteramente distintos, porque uno esté pintado sobre vitela y otro esculpido en mármol, porque uno es triangular y el otro octagonal; léalos, y verá que dicen lo mismo". Lo cierto es que se parecen en todo menos en lo que dicen. Un corredor ateo de Surbiton parece exactamen­te igual a un corredor sueco en Wimbledon. Puede dar veinte vuel­tas en torno de ellos y someterlos al estudio personal más impertinente, sin hallar nada sueco en el sombrero de uno y nada ateo en el para­guas de otro. Es en sus almas, exac­tamente, donde está la diferencia. Así también es verdad que la di­ficultad de todos los credos de la tierra, no está, según afirman, en esa máxima de poco valor: que coin­ciden en la esencia y difieren en el mecanismo. Es exactamente lo con­trario. Coinciden en el mecanismo; casi todas las religiones importantes de la tierra obran con los mismos métodos externos, con sacerdotes, escrituras, altares, fraternidades ju­ramentadas, fiestas especiales. Coin­ciden en la forma de enseñar; en lo que difieren es en lo que enseñan. Los optimistas paganos y los pesi­mistas occidentales, ambos tendrán templos, como los Liberales y los Conservadores ambos tienen perió­dicos. Credos que existen para des­truirse mutuamente, ambos tienen es­crituras, igual que los ejércitos que existen para destruirse mutuamente, ambos tienen cañones. El más aca­bado ejemplo de esta presunta iden­tidad entre todas las religiones es la pretendida identidad espiritual del Budismo y el Cristianismo. Aquéllos que adoptan esta teoría, generalmen­te rehuyen la moral de la mayoría de los otros credos, excepto, claro está, la del Confucionismo, el cual les complace porque no es un cre­do. Pero son prudentes en sus pon­deraciones del Mahometismo, limi­tándose por lo general a despertar respeto por su moralidad alegando solamente los "refrigerios" que pro­porciona a las clases bajas. Rara vez mencionan los puntos de vista Ma­hometanos respecto al matrimonio (de los cuales habría mucho que decir) su actitud hacia los Thughs[16] y fetichistas puede decirse que es hasta fría. Pero en el caso de la gran religión de Cautama[17], sienten sinceramente que existe una seme­janza.

Los estudiosos de la ciencia po­pular, como el señor Blatchford siempre insisten en que el Cristianismo y el Budismo son muy pare­cidos. Es una creencia muy popu­lar y así lo creí yo mismo hasta que leí el libro en el cual se da­ban las razones de esa semejanza. Las razones eran de dos clases: semejanzas que no significaban nada porque eran comunes a toda la humanidad, y semejanzas que no eran semejanzas. El autor explicaba solemnemente que los dos credos se parecían en cosas que son iguales en todos los credos, o los des­cribía semejantes sobre puntos en los cuales son evidentemente dis­tintos. Así, como ejemplo de primera clase decía que Cristo y Buda ambos fueron llamados por la voz divina que venía del cielo, como si uno esperara que la voz divina vi­niera del sótano. O, también, decla­raba gravemente que por una nota­ble coincidencia esos dos maestros orientales tenían algo que ver con el lavado de pies.

Lo mismo se podría decir que era una notable coincidencia que ambos tuvieran pies que poder lavar. Y la otra clase desemejanzas eran aqué­llas que sencillamente no eran se­mejantes. Así, este conciliador de las dos religiones concedía una fer­viente atención al hecho de que en ciertas fiestas religiosas se rasgan las vestiduras del Lama en señal de res-peto, y los restos de ellas son alta-mente apreciados. Pero éste es el reverso del parecido porque las ves­tiduras de Cristo no se desgarraron en señal de respeto sino de escarnio; y los restos de ella sólo fueron apre­ciados por lo que se obtendría de su venta en los comercios de trapos. Este argumento es bastante parecido a alegar una conexión evidente en­tre las dos ceremonias de la espada: golpeando el hombro del hombre o cortándole la cabeza. Para ese hom­bre entre ambas ceremonias no hay ninguna semejanza. Esas migajas de pedantería infantil tendrían poca im­portancia si no fuera verdad que también son de esa clase las otras semejanzas filosóficas que se alegan; prueban demasiado o no prueban nada.

Que el Budismo apruebe la mi­sericordia y la mortificación no quie­re decir que sea especialmente pa­recido al Cristianismo; sólo quiere decir que no es del todo distinto de la humanidad existente. El Budismo en teoría desaprueba la crueldad y el exceso, porque todos los seres hu­manos normales en teoría desaprue­ban la crueldad y el exceso. Pero es simplemente falso que el Budismo y el Cristianismo posean la misma filosofía sobre esas dos cosas. Toda la humanidad está de acuerdo en que nos hallamos en una red de pecado. Casi toda la humanidad está de acuerdo en que existe algún camino para salir de ella. Pero no creo que en el Universo haya dos insti­tuciones que se contradigan más ple­namente que el Cristianismo y el Budismo respecto a cuál es ese camino.

Hasta cuando pensé, como mucha gente bien informada aunque sin escuela especial, que el Budismo y el Cristianismo eran parecidos, siem­pre hubo en ellos algo que me des-concertaba; me refiero a las sor­prendentes diferencias de sus artes religiosas. No quiero decir en el es-tilo técnico de sus representaciones sino en lo que manifiestamente in-tentaban representar. No podían existir dos idealizaciones más opues­tas que un santo cristiano de una catedral gótica y un santo budista de un templo chino. La oposición se evidencia en cada punto; pero tal vez la prueba más corta sea que el santo budista siempre tiene los ojos cerrados mientras que el santo cristiano siempre los tiene bien abiertos. El cuerpo del santo budista es fino y armonioso, pero la pesadez de sus ojos la sella el sueño. El cuerpo del santo medioe­val se ha consumido hasta los hue­sos, pero sus ojos son terriblemente vivos. No puede existir ninguna real afinidad de espíritu entre fuerzas que producen símbolos tan distintos.

Concediendo que ambas imágenes sean extravagancias, corrupciones del credo puro, aún, debe existir una divergencia real que provoque ex­travagancias tan opuestas. El budis­ta, con peculiar intensidad mira hacia dentro. El cristiano, tiene la mirada fija hacia afuera con una in­tensidad peculiar. Si seguimos fir­memente esta pista encontraremos algunas cosas interesantes.

La señora Bésant hace poco tiem­po anunció en un interesante ensa­yo, que en el mundo sólo existía una religión, que todos los credos son versiones o desfiguraciones de ella y que se hallaba dispuesta a decir cuál era esa religión. Según la señora Bésant, esa iglesia universal simplemente es el "yo" universal. Es la doctrina según la cual todos somos realmente una sola persona; que no hay un muro individual en­tre hombre y hombre. Si puedo ex­presarlo así, la señora Bésant no nos dice que amemos a nuestros vecinos; nos dice que seamos nues­tros vecinos. Esta es la meditada y sugestiva descripción que la señora Bésant nos hace de la religión se­gún la cual todos los hombres de­ben hallarse en armonía. Y nunca en mi vida había oído una suge­rencia con la que me hallara en más violento desacuerdo. Quiero amar a mi vecino no porque él sea yo sino precisamente porque él no es yo. Quiero amar al mundo no como se ama a un espejo porque es uno mismo sino como se ama a una mujer porque es enteramente diferente. El amor es posible si las almas están separadas. Si las almas están unidas el amor es evidente-mente imposible. En vago puede decirse que un hombre se ama, pero difícilmente pueda enamorarse de sí mismo, y si se enamora, sus festejos serán monótonos. Si el mun­do está lleno de "yo", realmente podrían ser "yo" desinteresados. Pero basándose en el principio de la señora Bésant, todo el cosmos es solamente una enorme persona egoísta.

Es justamente aquí donde el Bu­dismo está con el panteísmo moder­no y con el inmanentismo. Y es justamente aquí donde el Cristianis­mo está con la humanidad, con la libertad y con el amor. El amor de-sea personalidad; por consiguiente el amor desea la división. El instinto del Cristianismo es alegrarse de que Dios haya quebrado el universo en pequeños trozos, porque son tro­zos vivientes. Su instinto es decir "que los niños se amen", más que decir a una persona grande que se ame a sí misma. Este es el abismo existente entre el Budismo y el Cris­tianismo: para el budista o el teó­sofo, la personalidad es la caída del hombre y para el Cristiano es el designio de Dios, todo el centro de su idea cósmica.

El alma-mundo de los teósofos pide que el hombre le ame para que pueda arrojarse en ella. Pero el di-vino centro del Cristianismo actual-mente arrojó de sí al hombre para que el hombre pudiera amarle. La deidad oriental es como un gigante que hubiera perdido una pierna o una mano y siempre estuviera bus­cándola; pero el poder Cristiano es como un gigante que en un extraño gesto de generosidad se hubiera cortado la mano derecha para que por su propio acuerdo pudiera es­trechar manos con él. Volvemos a la incansable observación respecto a la naturaleza del Cristianismo; to­das las filosofías modernas son ca­denas que conectan y atan; el Cris­tianismo es una espada que separa y libera. Ninguna otra filosofía se refiere al regocijo de Dios por la división del universo en almas vi­vientes. Pero según la ortodoxia cristiana esa separación entre Dios y el hombre es sagrada porque es eter­na. Para que el hombre pueda amar a Dios es necesario que haya no solamente un Dios a quien amar sino también un hombre para que le ame. Todas aquellas vagas mentes teóso­fas para quienes el universo es una inmensa vasija de fundir, son preci­samente las mentes que se cohíben por ese estruendoso dicho de nues­tro Evangelio que declaran que el Hijo de Dios no vino en son de paz sino esgrimiendo una cortante espa­da. El dicho parece enteramente cier­to hasta cuando se lo considera por lo que evidentemente dice; cualquier hombre que predica el verdadero amor, está destinado a engendrar odios. Eso es verdad, tanto de la fra­ternidad demócrata como del amor divino; el amor fingido concluye como un cumplido o en vulgar filosofía; pero el verdadero amor siempre concluyó en derramamientos de san­gre. No obstante, detrás del signifi­cado obvio de esa declaración hay una verdad aún más terrible respec­to a nuestro Señor. Según Él, el Hijo era una espada separando al herma­no del hermano, que por una eter­nidad debían de odiarse mutuamen­te. Pero el Padre también era una espada que en los comienzos oscu­ros separó al hermano del hermano para que al fin se amaran uno a otro. Este es el significado de la casi insana alegría en los ojos del santo del cuadro medioeval. Este es el significado de los ojos cerrados de la altiva imagen Budista. El santo cristiano se alegra porque fue di­vidido del mundo; está separado de las cosas y las observa con asombro. Pero ¿por qué se asombraría de las cosas el santo Budista puesto que existe solamente una cosa y esa, por ser impersonal, difícilmente puede despertar su asombro? Han escrito muchos poemas panteístas con inten­tos de sugerir asombro, pero ningu­no fue realmente logrado. El pan­teísta no se puede asombrar porque no puede alabar a Dios ni a las cosas como en verdad distintas de sí mismo. Pero nuestro asunto inmediato aquí se refiere al efecto de esa admiración Cristiana (que se exterioriza hacia una deidad distin­ta del admirador) sobre la necesidad general de una actividad ética y de una reforma social. Y de seguro sus efectos son suficientemente obvios. No hay posibilidad alguna de extraer del panteísmo ningún impulso especial de acción moral. Porque la naturaleza del panteísmo implica que una cosa es tan buena como otra. En cambio la naturaleza de la acción implica la existencia de una cosa decididamente preferible a otra. Swinburne en la cumbre de su escep­ticismo vanamente intentó luchar contra esta dificultad. En sus "Can­ciones antes del Amanecer", escrito bajo la inspiración de Garibaldi y la revolución Italiana, proclamó la religión más nueva y el dios más puro que marchitaría a todos los sacerdotes del mundo.

 

 

 

¿Qué haces tú ahora

mirando hacia Dios para llorar?

Yo soy yo, tú eres tú,

Yo soy bajo y tú grande,

Yo soy tú que tú buscas para encontrarle a él

y te encuentras a ti mismo, tú eres yo.

 

 

 

De esto, la evidente e inmediata deducción es que los tiranos son tan hijos de Dios como Garibaldi; y que el Rey de Nápoles "habién­dose hallado" con todo éxito, es idéntico al bien ulterior de todas las cosas. Lo cierto es que la energía oriental que destrona a los tiranos proviene de la teología occiden­tal que dice "Yo soy yo, tú eres tú". La misma separación que vio y de­rrocó a un buen rey en el Univer­so, vio y derrocó a un mal rey en Nápoles. Los adoradores del Dios del Rey de Nápoles destronaron al Rey de Nápoles. Los adoradores del Dios de Swinburne cubrieron Asia durante siglos y nunca destronaron a un tirano. El santo Hindú, puede razonablemente cerrar los ojos porque está mirando a aquello que es yo y tú y nosotros y ellos. Es una ocupación racional; pero no es cier­to en la teoría ni es cierto en la práctica que esa actitud ayude al Hindú a tener la vista puesta en Lord Curzon[18]. Esa vigilancia exter­na que ha sido característica del Cristianismo (el mandato "vigilad y orad") se ha manifestado en la orto­doxia occidental típica y en la típica política de occidente, pero en am­bos casos depende de la idea de una deidad trascendente, diferente de no­sotros, una deidad que desaparece. Ciertamente los credos más sagaces pueden sugerir que nos es posible buscar a Dios en los repliegues cada vez más profundos de nuestro "ego". Pero nosotros, solamente no­sotros de la cristiandad podemos decir que buscamos a Dios como a un águila entre las montañas: y que hemos eliminado a todos los mons­truos que cruzamos en nuestra ca­cería.

Aquí otra vez encontramos que si valoramos la democracia y la autorenovación de las energías occiden­tales, tenemos más probabilidades de encontrarlas en la teología antigua que en la nueva. Si queremos reforma hemos de adherirnos a la or­todoxia especialmente en esto (tan discutido por el señor R. J. Camp­bell) de insistir sobre la existencia de una deidad trascendente o in­manente. Insistiendo en la inma­nencia de Dios llegamos a la intros­pección, al autoaislamiento, a la inercia, a la indiferencia social, al Tíbet.

Insistiendo en la trascendencia de Dios, llegamos al asombro, a la cu­riosidad, a la aventura moral y po­lítica, a la justa indignación, al Cris­tianismo. Insistiendo en que, Dios está dentro del hombre, el hombre siempre estará dentro de sí mismo. Insistiendo en que Dios trasciende del hombre, el hombre trasciende de sí.

Si tomamos cualquier otra doctri­na, que han llamado anticuada en­contraremos el mismo caso. Es el mismo, por ejemplo, en el profundo asunto de la Trinidad. Los Unitarios (una secta que nunca debe men­cionarse sin especial respeto por su distinguida dignidad intelectual) con frecuencia son reformadores mer­ced a ese accidente que conduce a tal actitud a muchas sectas pequeñas. Pero no hay nada de liberal ni pariente de la reforma en la sustitu­ción de la Trinidad por un panteís­mo puro. El complejo Dios del Cre­do Atanasiano podrá ser un enigma para la inteligencia; pero es mucho más probable que ese Dios se plie­gue más al solitario Dios de Omar y Mahoma, que al misterio y a la crueldad del Sultán. El Dios que es una mera y triste unidad, no es un rey solamente sino un rey oriental. El corazón de la humanidad, espe­cialmente el de la humanidad europea, se satisface mejor con las ex­trañas insinuaciones y símbolos que se juntan en torno a la idea de la Trinidad, con la imagen de un concilio en el cual apela tanto la mi­sericordia como la justicia, con la concepción de una especie de liber­tad y variedad existentes en los más recónditos aposentos del mundo. Porque la religión de occidente, siem­pre sintió con intensidad la idea de que "no es bueno que el hombre esté solo". El instinto social se confirmó en todo, como cuando la idea oriental del ermitaño fue reempla­zada por la idea occidental del mon­je. Así, hasta el ascetismo se volvió fraterno; y los Trapenses eran socia­bles aun cuando guardaban silencio. Si este amor a una complejidad vi­viente es nuestra prueba, ciertamen­te es más saludable tener una reli­gión Trinitaria que una Unitaria. Porque para nosotros Trinitarios (si puedo decirlo así con reverencia) Dios en Sí mismo es una sociedad.

Por cierto ese es un insondable mis­terio de la Teología y aunque yo fuera suficientemente teólogo para tratarlo directamente, no tendría nin­guna utilidad si lo hiciera aquí. Bas­ta decir que este triple enigma es tan reconfortante como el vino y tan amplio como el hogar de las chimeneas inglesas; esto que descon­cierta al entendimiento sosiega com­pletamente al corazón: pero salidos del desierto, de los lugares áridos y los soles tristes vienen los crueles hijos del Dios solitario; los verda­deros Unitarios, cimitarra en mano, conducen el mundo a la perdición. Porque no es bueno que Dios esté solo.

Otra vez, lo mismo es verdad de aquél difícil asunto del peligro del alma, asunto que ha perturbado a tantas mentes justas. Esperar, es im­perativo para todas las almas; y es muy defendible que su salvación sea inevitable. Es defendible pero no es­pecialmente favorable a la actividad o al progreso. Nuestra sociedad creadora y luchadora más bien debería insistir en el peligro que corren to­dos, en el hecho de que cada hom­bre está pendiendo de un hilo o colgando sobre el precipicio. Es una observación comprensible decir que de cualquier modo todo andará bien: pero no se puede decir que eso sea el llamado de una trompeta. Europa debería ser enfática más bien en la posibilidad de perderse; y Europa siempre ha sido enfática en ese sen­tido. Sobre este punto su religión más grande está a una con sus ro­manticismos baratos. Para el budis­ta o el fatalista oriental, la existen­cia es una ciencia o un plan que debe concluir de determinado modo. Mas para el cristiano, la existencia es una historia que puede concluir de cualquier manera. En una nove­la apasionante (ese producto puramente cristiano) el héroe no es de­vorado por los caníbales; pero es esencial para el interés de la trama, que el héroe "hubiera podido" ser devorado por los, caníbales. El héroe (por decirlo así), debe ser un héroe devorable. Así, la moral cris­tiana siempre dijo al hombre, no que perdería su alma sino que debía tener cuidado de no perderla. Abre­viando, por la moral cristiana está mal decirle a un hombre "condenado"; pero es estrictamente religioso y filosófico decirle "condenable".

Todo el Cristianismo se concentra en el hombre que se halla al cruce de caminos. Las vastas y triviales fi­losofías, las colosales síntesis del engaño, todas hablan de las épocas y de la evolución y del ulterior acon­tecimiento. La verdadera filosofía se ocupa de un instante. ¿Un hombre tomará este camino o aquél?, eso es lo único en que hay que pensar, si les gusta pensar en algo. Es bas­tante fácil pensar en eternidades, cualquiera puede pensar en ellas. El instante es en verdad terrible: y porque nuestra religión ha sentido intensamente "el instante", en su literatura se ocupa mucho de com­bates y en su teología se ocupa mu­cho del infierno. Está llena de pe­ligro, como el libro de un niño: se halla siempre en una crisis inmortal. Hay gran cantidad de semejanzas entre la ficción popular y la religión de los occidentales. Si usted dice que la ficción popular es vulgar y vistosa, está diciendo lo mismo que dicen los temibles bien informados de las imágenes de las iglesias ca­tólicas. La vida (según la fe) es muy semejante a las historias en se­rie de las revistas: la vida concluye con la promesa (o la amenaza) "con­tinuará en el próximo". También, con noble vulgaridad la vida imita al cuento y se interrumpe en el momento más apasionante. Porque es definitivamente interesante el momento de la muerte.

Pero la cuestión es que el interés de una historia, consiste en que po­see un elemento de voluntad, de lo que la teología llama libre albedrío. No es posible concluir una suma como nos da la gana. Cuando alguien descubrió el Cálculo Diferencial, só­lo podía descubrir un Cálculo Dife­rencial. Pero cuando Shakespeare hizo morir a Romeo, lo mismo pudo haberle casado con la vieja aya de Julieta, si se hubiera sentido incli­nado a hacerlo. Y la Cristiandad se ha destacado en las novelas narrati­vas precisamente porque ha insisti­do en la teológica libertad de albe­drío. Ese es un vasto asunto y demasiado al costado de éste para tratarlo aquí adecuadamente; pero es la verdadera objeción a ese torrente de conversaciones modernas que hablan del crimen como de una en­fermedad, que hablan de hacer las prisiones un simple ambiente higié­nico como el de un hospital y de curar el pecado con lentos procedi­mientos científicos. La falacidad de todo consiste en que el mal es una cuestión de elección activa, en tanto que la enfermedad no lo es. Si us­ted dice que va a curar a un diso­luto como cura a un asmático, mi ré­plica evidente será "Muéstreme las personas que han querido ser asmá­ticas, como otras quisieron ser diso­lutas". Un hombre, quedándose quieto puede curar de una enfer­medad. Pero no debe quedarse quie­to si quiere curarse de un pecado; al contrario, debe levantarse, saltar violentamente. Todo esto está, cla­ramente expresado en la palabra que empleamos para designar al hombre recluido en un hospital. "Paciente", es una forma pasiva; "pecador", es una forma activa. Si se ha de salvar de influenza, el hombre puede ser un paciente. Pero si se ha de salvar de falsificar, el hombre no debe ser un paciente, sino un impaciente. Personalmente debe impacientarse con la falsifica­ción. Toda reforma moral debe co­menzar en una voluntad activa y no en una voluntad pasiva.

Aquí otra vez llegamos a la mis­ma conclusión sustancial. Mientras deseamos la reconstrucción definiti­va y las arriesgadas revoluciones que han caracterizado a la civilización Europea, no descartemos el pensa­miento de una posible catástrofe; más bien estimularemos dicho pen­samiento. Si como los santos orien­tales sólo deseamos contemplar lo bien que andan las cosas, por supuesto nos limitaremos sólo a decir que seguirán bien. Pero si particu­larmente deseamos "hacer" que va­yan bien, hemos de repetirnos que podrían ir mal.

Finalmente, esta verdad también es verdad en el caso de los vulgares intentos modernos de disminuir o suprimir la divinidad de Cristo. La cosa puede ser cierta y puede no serlo; de eso me ocuparé antes de terminar. Pero si la divinidad es verdadera, es terriblemente revolu­cionaria. Todos sabemos ya que un buen hombre podría llegar a tener la espalda contra la pared, pero que Dios pueda estar acorralado, es una jactancia de los insurgentes. El Cris­tianismo es la única religión de la tierra que ha sentido que la omni­potencia hacía completo a Dios. Solamente el Cristianismo sintió en que Dios, para ser completamente Dios, debió ser tanto un rebelde como un rey. Único entre todos los Credos, el Cristianismo agregó la valentía a las demás virtudes del Creador. Porque la única valentía que merece llamarse valentía, es la que significa que el alma ha pasado un punto de quebranto sin quebrantarse.

Aquí me acerco a un asunto más terrible y obscuro que fácil de discu­tir; y anticipadamente pido disculpa por si cualquiera de mis frases cae mal o aparenta irreverencia hacia una materia que los más grandes santos y pensadores, justamente te­mieron abordar. En ese terrible relato de la Pasión, hay una nítida y emotiva sugerencia de que el autor de todas las cosas (en cierta manera inconcebible) pasó no sólo por la agonía sino también por la incerti­dumbre. Está escrito "No tentarás al Señor, tu Dios". No; pero el Señor tu Dios, puede tentarse a sí mismo; y parece que eso fue lo que sucedió en Getsemaní: En un jardín, Satanás tentó al hombre; y en un jardín Dios tentó a Dios. En cierto modo sobrehumano, pasó por el hu­mano horror del pesimismo. Cuando tembló la tierra, y el sol se ocultó en el cielo, no fue por la crucifixión, sino por el grito que partía de la cruz: el grito que confesaba que Dios había abandonado a Dios. Y ahora dejemos que los revolucionarios elijan un credo de entre todos los credos, un dios de entre todos los dioses del mundo, luego de haber comparado minuciosamente a todos los dioses de asistencia segura y de invariable poder. No encontrarán otro Dios que se haya rebelado. Y aún más (aunque el asunto se hace demasiado difícil para la expresión humana), dejemos que los ateos elijan un Dios. Encontrarán sólo una divinidad que haya traducido su desamparo; solamente una religión en la cual, por un instante, Dios pareció ser ateo.

Estas podrían llamarse las esen­cias de la vieja ortodoxia, cuyo mé­rito principal es ser fuente natural de la revolución y de la reforma, y cuyo principal defecto es ser eviden­temente sólo una aserción abstrac­ta. Su mayor ventaja es ser la más viril y aventurera de todas las teo­logías. Su mayor desventaja simplemente es ser una teología. Contra ella siempre se puede argüir que en su Naturaleza es arbitraria y es­tá en el aire. Pero no tan alta en el aire que grandes arqueros no se hayan pasado todas sus vidas arro­jándole `flechas, sí, y sus últimas flechas; hay hombres que se destro­zarían y destrozarían la civilización, con tal de destrozar esa antigua y fantástica leyenda. Ese es el último y más pasmoso hecho de nuestra fe; que sus enemigos emplearan cual­quier arma contra ella, las espadas que cortan sus propios dedos y los tizones que incendian sus propias casas. Los hombres que empiezan lu­chando contra la Iglesia en pro de la libertad y de la humanidad, aca­ban desechando a la humanidad y a la libertad para mejor luchar con­tra la Iglesia. Esto no es exagera­ción; podría llenar un libro con ejem­plos. El señor Blatchford se dedicó como vulgar destructor de la Biblia, a demostrar que Adán era inocente de culpa contra Dios, y maniobrando para sostener esa idea, como sim­ple consecuencia paralela, admitió que todos los tiranos, desde Nerón hasta el Rey Leopoldo, eran inocen­tes de culpa contra la humanidad. Conozco un hombre que tiene tal pasión por demostrar que después de la muerte no tendrá existencia personal, que cae en una posición en que no tiene existencia personal aho­ra. Invoca al Budismo y dice que todas las almas se fundirán una en otra; para probar que no puede ir al cielo, prueba que no puede ir a Hartlepool. He conocido personas que protestaban contra la educación religiosa con argumentos contrarios a cualquier educación, diciendo que la mente del niño debe desarrollarse libremente o que los mayores no deben enseñar a los jóvenes. He co­nocido personas que demostraban que no podría haber juicio divino, demostrando que no podía haber jui­cio humano ni para finalidades prác­ticas. Quemaban su propio grano para incendiar la iglesia; para des­truirla, destruían sus propias herra­mientas; cualquier palo era bastante bueno para golpearla, aunque ese palo fuera el último despojo de sus desmembrados mobiliarios. No admiramos, apenas disculpamos al fa­nático que destruye este mundo por amor al otro. Pero ¿qué diremos del fanático que destroza a este mundo a fuerza de odiar al otro? Sacrifica toda la existencia de la humanidad por la no existencia de Dios. Sus víctimas no son para el altar sino meramente para proclamar la inu­tilidad de altar y la vaciedad del trono. Está dispuesto hasta destruir la ética elemental por la cual viven todas las cosas, para realizar su extraña y eterna venganza sobre alguien que nunca ha existido.

Sin embargo, todo queda colgan­do de los cielos ilesos. Sus adversa­rios solamente logran destruir aque­llo que justamente les es querido. No destruyen la ortodoxia; sólo des­truyen el coraje político y el senti­do común. No prueban que Adán no era responsable ante Dios, ¿cómo podrían probarlo? Sólo prueban (se­gún sus premisas) que el Zar, no es responsable ante Rusia. No prue­ban que Adán no debió ser casti­gado por Dios; sólo prueban que el explotador más próximo no debe ser castigado por los hombres que explota. Con sus orientales dudas respecto a la personalidad, no ase­guran que no tendremos vida per­sonal en el más allá; solamente ase­guran que la que tendremos aquí no será ni muy alegre ni muy com­pleta. Con sus paralizantes insinua­ciones de que todas las conclusiones saldrán mal, no rasgan el libro del Ángel del Archivo; solamente hacen un poco más 'difícil la tarea de llevar los libros de Marshall y Snelgrove. La fe no sólo es la madre de todas las energías del mundo, sino que también sus propios enemigos son los padres de toda la confusión del mun­do. Los del siglo no han destruído las cosas seculares, si es que saberlo les puede proporcionar alguna satisfacción.

Los Titanes no escalaron los cie­los, pero estropearon al mundo.

 

 

 

IX. LA AUTORIDAD Y EL AVENTURERO

 

 

El último capítulo trató de la demostración de que la ortodoxia no es solamente (como se ha dicho con frecuencia) el único guardián seguro de la moralidad o del orden, de la innovación o del adelanto. Si deseamos abatir a los prósperos opre­sores, no podemos hacerlo con la nueva doctrina del perfeccionamien­to humano; podemos hacerlo con la vieja doctrina del pecado original. Si queremos desarraigar crueldades inherentes o reelevar poblaciones perdidas, no podemos hacerlo con la teoría científica de que la materia precede a la mente; podemos hacerlo con la teoría sobrenatural de que la mente precede a la materia. Si especialmente deseamos despertar a la gente a la vigilancia social y al incansable perseguimiento de la práctica, no podemos cooperar mu­cho insistiendo en el Dios Inmanen te o en la Luz: porque a lo más estos son motivos de complacencia; podemos colaborar mucho insistiendo en el Dios trascendente y en el res­plandor volante y escurridizo. Porque estos significan divino descon­tento. Si particularmente deseamos sostener la idea de un equilibrio ge­neroso contra aquélla de una terrible autocracia, instintivamente seremos Trinitarios y no Unitarios. Si desea­mos que la civilización Europea sea una invasión y un rescate, insistire­mos en que las almas están en un verdadero peligro; en vez de insis­tir en que su peligro es ulteriormen­te imaginario. Y si queremos exaltar al paria y al crucificado, preferimos pensar que un verdadero Dios fue crucificado y no que lo haya sido un héroe o un sabio. Sobre todo si deseamos proteger al pobre, estare­mos a favor de las reglas estableci­das y de los dogmas claros. Las re­glas de un club ocasionalmente están a favor del socio pobre. El grueso del club siempre está a favor del rico.

Y aquí llegamos a la cuestión cru­cial que sinceramente concluye el tema. Un agnóstico razonable, si es que hasta aquí estuvo de acuerdo conmigo, justamente puede darse vuelta y decir: "Usted ha hallado una filosofía práctica en la doctrina de la Caída". Muy bien; usted ha hallado un aspecto de la democra­cia, hoy peligrosamente descuidado; sensatamente afirmado en el Pecado Original; muy bien. Ha encon­trado una verdad en la doctrina del infierno; lo felicito. Está convencido de que los adoradores de un Dios personal, miran al exterior y son progresistas; los felicito. Pero aun suponiendo que aquellas doctrinas encierren aquellas verdades ¿por qué no puede tomar las verdades y dejar las doctrinas? Concedido que toda la sociedad moderna está confiando demasiado en el rico porque lo piensa libre de debilidades humanas; concedido que las épo­cas ortodoxas tienen grandes ventajas porque (creyendo en la Caída) aceptan las debilidades humanas, ¿por qué no puede simplemente aceptar las debilidades sin creer en la Caída? Si usted ha descu­bierto que la idea de la condena­ción representa una saludable idea de peligro ¿por qué no puede to­mar simplemente la idea de la con­denación? Si usted ve claramente la almendra del sentido común en la cáscara del Cristianismo ¿por qué simplemente no tomar la pepita y dejar la cáscara? ¿Por qué no pue­de (para emplear la jerigonza pe­riodista que yo de la escuela ag­nóstica, me avergüenzo un poco de usar), por qué no puede simplemente tomar lo que es bueno del Cristianismo, lo que usted puede ca­lificar de apreciable lo que puede comprender y dejar todo lo demás, todos los dogmas absolutos que en su naturaleza son incomprensibles?

Esta es la verdadera pregunta; ésta es la última pregunta; y es un pla­cer tratar de contestarla.

La primera respuesta es sencillamente decir que soy un racionalis­ta. Me gusta tener alguna justifica­ción intelectual para mis intuiciones. Si estoy tratando al hombre como a un ser caído, para mí es una conve­niencia intelectual creer que cayó; y por alguna curiosa razón psicoló­gica encuentro que puedo ocuparme mejor del' ejercicio del libre albe­drío del hombre, si creo que lo po­see. Pero en este asunto soy aún más definidamente racionalista. Mi propósito no es convertir este libro en una corriente apologética cristia­na; me gustaría encontrarme con los enemigos del Cristianismo en aque­llas más adecuadas arenas. Aquí sólo estoy dando cuenta de mi pro­pio crecimiento en la certeza espi­ritual. Mas puedo hacer una pausa para observar que cuanto más vi de los argumentos meramente abstrac­tos contra las cosmología cristiana, menos bien pensé de ellos. Quiero decir que habiendo hallado que la atmósfera moral de la Encarnación era sentido común, miré a los ar­gumentos intelectuales establecidos contra la Encarnación y los hallé común sin sentido. Por si acaso los argumentos pudieran sufrir por los hechos. El seglar no es reprochable porque sus objeciones contra el Cris­tianismo sean miscelánicas y pequeñas; precisamente esos pequeños pe­dacitos son los que convencen a la mente. Quiero decir que un hombre puede convencerse de su filosofía mucho menos con cuatro libros que con un libro, una batalla, un paisa­je y un viejo amigo. El hecho de que las cosas sean de distinta especie precisamente aumenta la importancia del hecho que todas señalen una misma conclusión. .Hoy el anti-Cris­tianismo del hombre medianamente educado, para hacerle justicia, casi siempre proviene de esas experien­cias sueltas pelo vivientes. Sólo pue­do decir que mis experiencias en pro del Cristianismo son de la mis­ma vívida pero variada especie que las de aquél que las tiene en contra del Cristianismo. Porque cuando ob­servo esas varias verdades anti-Cris­tianas, simplemente descubro que ninguna es verdadera. Descubro que la verdadera marea y fuerza de los hechos fluye hacia el otro lado. Tomemos casos. Muchos hombres modernos sensatos, deben haber abandonado el Cristianismo bajo la presión de tres convicciones conver­gentes tales como estas: primera, que los hombres, con su figura, su estructura y su sexualidad, son muy semejantes a las bestias; mera varie­dad del reino animal; segunda, que la religión primitiva nació de la ig­norancia y del temor; tercera, que los sacerdotes han entenebrecido a las sociedades con la amargura y la melancolía. Esos tres argumentos anticristianos son muy diferentes; pero todos son muy lógicos y legíti­mos; y todos convergen. La única objeción que se les puede hacer es que (descubrí) no son verdad. Si usted deja de leer libros sobre bes­tias y empieza a mirar a los hom­bres y a las bestias (si usted tiene algún humorismo o imaginación, algún sentido de lo frenético, o de la farsa) observará que lo sorprendente no es lo semejante del hombre y la bestia sino lo diferente que son. La monstruosa escala de su diver­gencia requiere una explicación.

El hombre y el bruto, en un sen­tido, son semejantes; es una verdad indudable; pero la sorpresa y el enig­ma es que siendo tan semejantes puedan ser tan locamente distintos. Que un mono tenga manos, para el filósofo es mucho menos intere­sante que el hecho de que teniendo manos no hace con ellas aproxima­damente nada; no juega con los nu­dillos ni toca el violín; no esculpe mármol ni trincha corderos. La gente habla de arquitectura barbárica y de arte corrompido. Pero los ele­fantes no pueden edificar templos de marfil ni en estilo rococó; los ca­mellos no pintan ni malos cuadros, a pesar de que están provistos de material para muchos pinceles de pelo de camello. Ciertos soñadores modernos dicen que las hormigas y las abejas tienen una sociedad su­perior a la nuestra. Por cierto tienen una civilización; pero esa verdad misma sólo nos recuerda que es una civilización inferior. ¿Quién encontró jamás un hormiguero decorado con estatuas de hormigas famosas? ¿Quién ha visto un panal con las imágenes esculpidas de bellas reinas del pasado? No; el abismo entre el hombre y otras criaturas podrá te­ner una explicación natural; pero es un abismo. Hablamos de animales salvajes; pero el único animal sal­vaje es el hombre. El hombre es el que se ha evadido. Todos los otros animales son animales mansos, con­tinuando la tosca respetabilidad de la tribu o del tipo. Todos los otros animales son animales domésticos; sólo el hombre sigue siempre indo­mable, tanto si es un perdido como si es un monje. Así; esta primera razón superficial del materialismo si es algo, será contradictoria; donde concluye la biología es exactamente donde comienza toda la re­ligión.

Y lo mismo sería si examinara el segundo o el tercero de los argu­mentes racionalistas; el argumento que dice que todo lo que llamamos divino comienza en la oscuridad y en el terror. Cuando intenté exami­nar los fundamentos de esta idea moderna, encontré simplemente que no los había. La ciencia no sabe nada del hombre prehistórico; por la excelente razón de que es prehistó­rico. Unos pocos profesores optaron por conjeturar que cosas tales como los sacrificios humanos una vez fueron inocentes y comunes; mas de ello no existe evidencia directa y la pe­queña cantidad de evidencia indi­recta que existe es muy hacia el otro lado. En las leyendas más an­tiguas que poseemos, tales como la de Isaac e Efigenia, el sacrificio hu­mano no es presentado como algo antiguo y generalizado sino más bien como algo reciente; como una extraña y aterrante excepción sombríamente ordenada por los dioses. La historia no dice nada; y todas las leyendas dicen que en los primeros tiempos la tierra era más buena. No hay tradición del progreso; pero to­da la especie humana tiene una tra­dición de la Caída. Bastante ameno resulta que la misma diseminación de esta idea, es usada contra su pro­pia autenticidad. Hombres instruidos literalmente dicen que esta calami­dad prehistórica no puede ser cierta porque cada raza de la especie hu­mana la recuerda. No soy capaz de marchar al paso de estas paradojas.

Y si tomamos el tercer ejemplo será lo mismo; la teoría de que los sacerdotes oscurecen y amargan al mundo. Miro al mundo y sencillamente descubro que no lo hacen. Aquellos países de Europa en los cuales todavía existe la influencia de los sacerdotes, son precisamente los países que todavía cantan y bailan al aire libre con arte y coloridas vestimentas. La doctrina y la disci­plina Católica puede que sean mu­rallas; pero son las murallas que cercan un campo de juegos. El Cris­tianismo es el único sistema que ha preservado al placer del Paganismo. Podríamos imaginar algunos niños jugando en la llana cima herbosa de una elevada isla en el mar. Mien­tras hubo un muro en torno. a los bordes de la colina pudieron brin­car en cualquier juego frenético y convertir la cima en la más ruidosa de las "nurseries". Pero los muros fueron abatidos y quedó al desnudo el peligro del precipicio. No cayeron en él los niños; pero cuando volvie­ron sus amigos los hallaron confun­didos de terror en el centro de la isla; y sus cantos habían cesado.

Así, estos hechos de la experiencia, hechos tales que pueden producir un agnóstico, se invierten completamente desde este punto de vista. Y sigo diciendo. "Denme una expli­cación, primero de la tremenda ex­centricidad del hombre entre los bru­tos; segundo, de la amplia tradición humana de una antigua felicidad; tercero, de la perpetuación de tal alegría pagana en los países de la Iglesia Católica."

De todos modos, una explicación abarcaría las tres: la teoría de que el orden natural fue dos veces in­terrumpido por una explosión o re­velación, tal como la que la gente llama "psiquis". Una vez, el Cielo vino a la tierra en forma de un po­der o sello llamado "imagen de Dios", por el cual el hombre tomó el mando de la Naturaleza; y otra vez (cuando los hombres de todos los imperios lo estaban ansiando) el Cie­lo vino a la tierra en la terrible figura de un hombre, para salvar a  la humanidad. Esto explicaría por qué el grueso de los hombres siem­pre mira hacia atrás; y por qué el único rincón donde los hombres mi­ran hacia adelante es el pequeño continente en el cual Cristo tiene su Iglesia. Sé que me dirán que Tapón se ha hecho progresivo. Pero ¿cómo podría ser esa una respuesta si de­cir que "Japón se ha hecho progresivo" quiere decir en realidad que "Japón se ha Europeizado"? Pero aquí no deseo tanto insistir en mi observación primera. Estoy de acuer­do con el común incrédulo de la calle, en ser guiado por tres o cua­tro hechos extraños que indican to­dos una cosa; sólo que, cuando vine a considerar esos hechos, encontré que indicaban otra cosa.

He dado un trío imaginado de argumentas contra el Cristianismo; y si aún son una base estrecha en la premura del momento daré otro. Esta es la clase de argumentos que combinados crean la impresión de que el Cristianismo es algo débil y enfermizo. Primero, por ejemplo, que Jesús era una criatura dulce, tipo oveja, antimundana; una mera e ineficaz apelación al mundo; se­gundo, que el Cristianismo surgió y floreció en las tenebrosas épocas de la ignorancia y que la Iglesia nos volvería a ellas; tercero, que las per­sonas que todavía son profundamen­te religiosas o (si lo quieren así) supersticiosas, personas como los Ir­landeses, son débiles, poco prácticas y atrasadas respecto a la época. Men­ciono estas ideas solamente para afir­mar lo mismo que antes: que cuando las consideré 'independientemente hallé, no que las conclusiones eran antifilosóficas, sino simplemente que los hechos no eran hechos. En vez de mirar libros y cuadros sobre el Nuevo Testamento, miré al Nuevo Testamento. Allí, no encontré el co­mentario ni remotamente de una per­sona con cabellos partidos al medio o las manos unidas en actitud de súplica, sino de un ser extraordina­rio con labios de trueno y recias decisiones, derribando mesas, arrojando demonios y pasando con la dis­creción del viento, de la soledad de la montaña al ejercicio de una terrible demagogia; de un ser que frecuentemente obró como un Dios airado y siempre como un Dios. Cris­to tuvo hasta un estilo literario pro­pio, que creo imposible hallar en otra parte; consiste en un casi fu­rioso empleo del A fortiori. Sus "cuanto más" se apilan como un castillo sobre otro entre las nubes. El estilo que se usa con Cristo ha sido quizá sabiamente dulce y su­miso. El estilo usado por Cristo es curiosamente gigantesco; está lleno de camellos pasando por ojos de agujas y de montañas arrojadas al mar. Moralmente es igualmente te­rrorífico; se llamó a sí mismo, es­pada de exterminación y dijo a los hombres que adquirieran espadas aunque para ello debieran vender sus túnicas. Y el empleo de térmi­nos aún más salvajes en pro de la pasividad, aumenta el misterio; y también aumenta la violencia.

No podemos explicarnos ese ser ni aún llamándole insano; porque la insania generalmente sigue un curso coherente. El maniático por lo gene­ral es un monomaníaco.

Aquí debemos recordar la difícil definición que ya se dio del Cristia­nismo; el Cristianismo es una para­doja sobrehumana en la cual dos pa­siones opuestas pueden arder una junto a otra. En el lenguaje del Evan­gelio, la explicación que lo explica sería decir que es la vigilancia de alguien que desde una altura sobrenatural contempla una síntesis muy sorprendente.

En orden sigo al próximo ejemplo ofrecido: la idea de que el Cristia­nismo pertenece a las épocas oscuras. Aquí no me satisfice leyendo gene­ralizaciones modernas; leí una pe­queña historia. Y en la historia hallé que el Cristianismo lejos de perte­necer a las épocas oscuras, era el único sendero que cruzaba las épo­cas oscuras sin él ser oscuro.

Era un puente resplandeciente uniendo dos resplandecientes civili­zaciones. Si alguno dice que la fe surgió en la ignorancia y el salvajis­mo,, la respuesta sería simple: no hay tal. Surgió en la civilización Mediterránea en pleno estío del Im­perio Romano. El mundo era un hervidero de escépticos y el panteís­mo más evidente que el sol, cuando Constantino clavó la cruz en el más­til. Es perfectamente cierto que lue­go se hundió el barco; pero aún es más extraordinario el hecho de que el barco saliera a flote otra vez. Esa es la obra extraordinaria de la Reli­gión: convirtió al barco zozobrante en submarino. El arca vivió bajo la carga de las aguas; después de ser sepultados bajo los escombros de las dinastías y de los clanes, surgimos nuevamente y somos un recuerdo de Roma. Si nuestra fe hubiera sido una mera fruslería del imperio decaden­te, en el crepúsculo  la fruslería ha­bría continuado a la fruslería y si la civilización resurgía alguna vez (muchas no resurgieron nunca) ha­bría sido bajo alguna nueva bande­ra barbárica. Pero la Iglesia Cristia­na fue la vida final de la sociedad antigua y también los principios de la vida de la sociedad nueva. Tomó a las gentes que estaban olvidando cómo construir el arca y les enseñó a inventar el arca Gótica. En una palabra, lo más absurdo que podría decirse de la Iglesia es lo que he­mos oído decir de ella. ¿Cómo po­demos decir que la Iglesia desea  volvernos a las épocas oscuras? La Iglesia fue lo único que una vez lo­gró sacarnos de ellas.

Agregué a este segundo trío de objeciones un ejemplo ocioso suge­rido por aquéllos que sienten que personas como los irlandeses, están debilitados y estacionados por las supersticiones. Lo agregué solamen­te porque este es un caso peculiar de testimonio de un hecho, que re­sulta ser declaración de una false­dad. Constantemente se dice que los irlandeses no son prácticos. Pero si por un momento nos contenemos para no considerar lo que se dice de ellos y miramos lo que hacen, vere­mos que los irlandeses no sólo son prácticos sino también penosamente exitosos. La pobreza de su país, la minoría de sus sujetos, son simplemente condiciones bajo las cuales se les pide que trabajen; pero ningún otro grupo del Imperio Británico ha hecho tanto como ellos en condi­ciones tan desfavorables. Los Nacio­nalistas fueron la única minoría que logró jamás, desviar ingeniosamente de su senda, a todo el Parlamento Británico. En estas islas, los labrie­gos irlandeses son los únicos pobres hombres que han forzado a sus pa­trones a agachar la cabeza.

Estas gentes a quienes llamamos cabalgaduras del clero, son los úni­cos británicos que no serán cabalgaduras de los caballeros. Y cuando vine a considerar el actual carácter irlandés, el caso era el mismo. Los irlandeses son campeones en las pro­fesiones más arduas, el comercio del hierro, el abogado, el soldado. En todos los casos, por consiguiente, vuelvo a la misma conclusión; el escéptico hacía bien en guiarse por los hechos, sólo que no había ob­servado los hechos. El escéptico es demasiado crédulo; cree en los dia­rios y hasta en las enciclopedias. Otra vez los tres asuntos me dejaron tres interrogantes antagónicos. El es­céptico intermedio quería saber có­mo explicaba la observación del Evangelio, la conexión del credo con la oscuridad medioeval y la imprac­ticabilidad de la política del Cris­tiano Celta. Pero yo quise preguntar y preguntar con un ardor rayando en la urgencia, "¿qué es esta incom­parable energía que se manifiesta primero en alguien que camina por la tierra como un juicio viviente, y esta energía que puede morir con una civilización agonizante y sin em­bargo puede forzarla a resucitar de la muerte; esta energía que pese a todo, puede inflamar la derrota del labriego con una fe tan firme en la justicia, que llega obtener lo que pide en tanto que otros se alejan vacíos; en forma de que la isla más sin recurso del Imperio, actualmente puede prestarle ayuda?.

Hay una respuesta: es una respuesta para decir que esa energía es en verdad ajena al mundo; que es psíquica o por lo menos uno de los resultados de un verdadero tumulto psíquico. La mayor gratitud y respeto son debidos a las grandes civi­lizaciones humanas, tales como la antigua civilización Egipcia y la China existente. Sin embargo, no es cometer una injusticia con ellas decir que solamente la Europa moderna ha exhibido incesantemente una fa­cultad de autorrenovación, ocurrida frecuentemente con los más breves intervalos, y que desciende hasta los más pequeños detalles de la edi­ficación o de la indumentaria. To­das las otras sociedades mueren finalmente con dignidad. Morimos cada día. Siempre estamos naciendo otra vez, con una casi indecente obstetricia. Apenas es exageración decir que en la cristiandad histó­rica hay una especie de vida inna­tural: podría explicarse como una vida sobrenatural. Podría explicarse como una terrible vida galvánica obrando en lo que pudo haber sido un cadáver. Porque nuestra civiliza­ción hubo de haber muerto, según todas las comparaciones y según to­das las probabilidades sociológicas, en el despedazamiento del fin de Roma. Esta es la extraña inspiración de nuestro rango: usted y yo, no tendríamos por qué estar aquí. To­dos somos fantasmas; todos los cris­tianos vivos, son paganos muertos que caminan. Precisamente cuando Europa estaba a punto de seguir la suerte de Asiria y Babilonia, algo penetró en su cuerpo. Y Europa ha tenido una vida extraña y no sería mucho decir que desde entonces ha tenido sobresaltos.

He, tratado largamente las dudas típicas que se combinan en tríos, a fin de llegar al principal asunto de mi caso personal en pro del Cristianismo, que es racional; pero no es simple. Es una acumulación de he­chos variados con los del agnóstico ordinario. Pero el agnóstico ordina­rio ha reunido hechos falsos. Es incrédulo por una multitud de razones; pero sus razones no son verdaderas. Duda porque la Edad Media era barbárica, pero no lo era; porque el Darwinismo está demostrado, pero no lo está; porqué los milagros no ocurren, pero ocurren; porque los monjes son perezosos, pero son labo­riosos; porque las monjas son des­graciadas, pero sonsos!" Con toda razón podrían repli­carnos (en estruendoso coro): "¡Có­mo centellas podríamos descubrir, sin estar furiosos, si es cierto que la gente enfurecida ve rojo!" Así, con razón los santos y los ascetas po­drían replicar: "Supóngase que el asunto es si los creyentes pueden tener visiones, entonces si usted se interesa en las visiones no hay ob­jeto en objetar a los creyentes". Todavía se está argumentando en círculo, en aquél loco círculo con el cual comenzó este libro.

La cuestión de que ocurrieron los milagros, es una cuestión de sentido común y de vulgar imaginación his­tórica. Seguramente aquí es posi­ble descartar aquél tan insensato exponente de pedantería que habla de una necesidad de "condiciones científicas" en conexión con los fe­nómenos espirituales alegados. Si preguntamos si un muerto puede comunicarse con un vivo, es ridículo insistir en que debe hallarse en con­diciones por las cuales dos almas vivientes y en sus cabales seriamente no se comunicarían entre sí. El hecho de que los espíritus prefieran la oscuridad no refuta la existencia de los espíritus, como el hecho de que los enamorados prefieran la os­curidad, no refuta la existencia del amor. Si usted opta por decir: "Cree­ré que la Señorita Brown le dijo a su novio "caracolito" o cualquier otro término cariñoso, si repite la palabra ante diecisiete psicólogos"; en­tonces yo replicaría: "Muy bien; entonces nunca sabrá la verdad porque ella ciertamente no querrá repe­tirla en esas condiciones". Es tan poco científico como es poco filo­sófico sorprenderse de que ciertas simpatías extraordinarias no surjan en un ambiente antipático. Es como si dijera que, no puedo decir si ha­bía niebla porque no había bastante claridad en la atmósfera; o si insistiera en tener una luz solar per­fecta para poder ver mejor un eclip­se de sol.

Como conclusión sensata, tal como aquéllas a que llegamos referentes al sexo y a la media noche (com­prendiendo que por su naturaleza muchos detalles deben omitirse) re­solví que ocurren milagros. Estuve obligado a hacerlo por una cons­piración de los hechos; el hecho de que Ios hombres que se encuentran con ángeles o con elfos no son los místicos o mórbidos soñadores sino los pescadores, los chacareros y to­dos los hombres que a la vez son rústicos y desconfiados; el hecho de que todos conocemos hombres que no son espiritualistas y atesti­guan incidentes espirituales; el hecho de que la ciencia cada día los acepta más y más. La ciencia acep­tará la Ascención si se la llama Le­vitación y` muy probablemente acep­tará la Resurrección cuando haya pensado otro término para nombrarla. Yo sugiero "Regalvanización".

Pero el más fuerte de todos es el dilema mencionado más arriba; que esos incidentes sobrenaturales son negados únicamente sobre dos ba­ses: o sobre la antidemocracia o so­bre el dogmatismo materialista, que llamaría materialismo místico. El es­céptico siempre asume una de dos actitudes; o que no es necesario creer al hombre ordinario, o que no se debe creer en un suceso extraordinario. Porque espero que po­demos descartar el argumento diri­gido contra las maravillas intentadas en la mera recapitulación del frau­de, de los mediums tramposos o de los milagros ilusorios. Eso no es ar­gumento, ni bueno ni malo. Un es­píritu falso refuta la realidad de los espíritus tanto como un cheque falso refuta la existencia del Banco de In­glaterra; si algo hace, es probar que existe.

Dada esta convicción de que el fenómeno espiritual ocurre (de lo cual mi evidencia es compleja pero racional) venimos luego a chocar con el peor de los males mentales de la época. El desastre más grande del siglo XIX fue éste: que los hombres comenzaron a emplear la palabra "espiritual" como si dijera lo mismo que la palabra "bien". Pensa han que crecer en refinamiento e incorporabilidad era crecer en vir­tud. Cuando se insinuó la evolución científica, algunos temieron que fo­mentaría la animalidad. Hizo peor; fomentó la mera espiritualidad. En­señó a los hombres que dejando atrás al mono, ya iban al ángel. Pero usted puede pasar al mono e irse al diablo.

Un hombre de genio, muy típico de esa época de desorientación, lo ex­presó perfectamente. Benjamín Dis­raeli tenía razón cuando dijo que estaba del lado de los ángeles. Cier­tamente estaba; del lado de los án­geles caídos. No estaba del lado de ningún apetito o de la brutalidad animalesca; pero estaba del lado del imperialismo de los príncipes del abismo; estaba de parte de la arro­gancia y del misterio y del desprecio de todo bien evidente. Uno puede suponer que entre esta soberbia zo­zobrante y las encumbradas humildades del cielo, existen espíritus de otras estructuras y dimensiones. Al encontrarse con ellos el hombre comete los mismos errores que comete cuando se encuentra con cualquiera de los variados tipos de otro conti­nente lejano. Al principio debe ser difícil discernir cuál es supremo y cuál insubordinado. Si una sombra surge del otro mundo y contempla Picadilly, no comprendería del todo la idea de los carruajes cerrados. Supondría que el cochero en el pescante es un conquistador victorioso que arrastra tras sí a un cautivo prisionero y pataleante. Así, si vemos por primera vez un hecho espiritual, podemos equivocamos sobre cuál es el superior. No basta hallar los dio­ses; son evidentes; debemos hallar al Dios, al verdadero jefe de los dio­ses. Hemos de tener una larga ex­periencia histórica de los fenómenos sobrenaturales para poder descubrir cuál es realmente natural. Y a esta luz encuentro que la historia del Cristianismo y aún la de sus oríge­nes hebreos, es completamente prác­tica y clara.

No me perturba en lo más míni­mo que me digan que el dios Hebreo era uno entre varios. Sé que lo era sin que ninguna investigación me lo diga. Jehovah y Baal parecían igualmente importantes, tal como el sol y la luna parecen ser del mismo tamaño. Sólo lentamente apren­demos que el sol es inmensamente nuestro mayor y la pequeña luna solamente nuestro satélite. Creyen­do que existe un mundo de espíri­tus caminaría en él como en el de los hombres, buscando las cosas que me gustan y que creo buenas. Así como en un desierto buscaría agua limpia y me fatigaría en el Polo Norte para hacer una fogata confor­table, así revisaré la tierra del vacío y de la visión hasta encontrar algo tan fresco como el agua y tan confortable como el fuego; hasta en­contrar en la eternidad algún lu­gar en el cual me encuentre como en mi casa. Y sólo es posible hallar un lugar como ese.

Ya he dicho bastante para mostrar (a quienes era esencial tal explica­ción) que en el terreno vulgar de la apologética tengo un fundamento de creencia. En los puros regis­tros de la experiencia (si se toman democráticamente, sin desdén y sin favoritismos) hay evidencia primero, de que ocurren milagros; segundo, de que los milagros más nobles perte­necen a nuestra tradición. Pero no voy a fingir que esta breve discu­sión es mi verdadera razón para aceptar plenamente el Cristianismo en vez de tomar el bien moral del Cristianismo como lo hubiera tomado del Confucionismo.

Tengo un fundamento mucho más sólido y central para acatarlo come una fe en vez de elegir algunas de sus sugerencias, como si fuera un programa. Y ese fundamento es esto: que la Iglesia Cristiana en sus rela­ciones prácticas con mi alma es una maestra viviente, no muerta. No só­lo me enseñó ciertamente ayer sino que casi ciertamente me enseñará mañana. Una vez repentinamente vi el significado de la estructura de la cruz; algún día repentinamente veré el significado de la estructura de la mitra. Una clara mañana vi por qué las ventanas eran puntia­gudas; alguna clara mañana veré por qué los sacerdotes son afeitados. Platón nos dijo una verdad. Platón ha muerto. Shakespeare nos asom­bró con una imagen; pero Shakes­peare nos sorprenderá con otra. Pero imaginad lo que sería vivir con tales hombres viviendo, saber que Platón podría irrumpir mañana con una original conferencia, o que en cualquier momento Shakespeare podría hacer temblar al mundo con uno sólo de sus cantos. El hombre que vive en contacto con lo que él cree una Iglesia viviente, es un hom­bre que siempre está esperando en­contrarse con Platón y Shakespeare en el desayuno de mañana. Siempre está esperando ver una verdad que no ha visto todavía. Sólo hay otra situación comparable a ésta: y ella es la de los comienzos de nuestra vida. Cuando su padre de usted caminando por el jardín le dijo que las abejas pican y que las rosas tie­nen un perfume dulce, usted, no pensó en tomar solamente lo mejor de su filosofía. Cuando las abejas le picaron a usted no pensó que eso fuera una coincidencia divertida. Cuando olió el perfume dulce de las rocas, usted no dijo: "Mi pa­dre es un símbolo rudo y barbá­rico reservando (tal vez inconscien­temente) la profunda y delicada verdad de que las flores huelen". No; usted creyó en su padre porque halló en él una fuente viva de hechos; algo que realmente sa­bía más que usted: algo que ma­ñana le diría la verdad como se la dijo hoy. Y si esto era cierto de su padre, era aún más cierto de su madre; por lo menos fue cierto de la mía, a quien está dedicado este libro. Ahora, que la sociedad se en­cuentra bastante alborotada con mo­tivo de la sujeción de las mujeres, nadie dice cuánto debe cada hom­bre a la tiranía y a los privilegios de las mujeres por el solo hecho de que dirigen la educación hasta que la educación es fútil: porque el niño va a aprender a la escuela cuando ya es tarde para enseñarle nada. Ya se hizo lo verdadero, y gracias a Dios aproximadamente siempre, lo hicieron las mujeres. Cada hombre se ha feminizado simplemente por haber nacido. Hablan de la mujer varonil; pero cada hombre es. un hombre femenil. Y si alguna vez los hombres caminaran hasta West­minster para protestar contra el pri­vilegio de las mujeres, yo no me uniría a su procesión.

Porque recuerdo con certeza este hecho psicológico establecido; justamente cuando más estuve bajo la autoridad de una mujer, más lleno me sentí de ardor y de aventura. Precisamente porque mi madre dijo que las hormigas mordían, y mordieron y porque la nieve cayó en invierno (como dijo ella); desde en­tonces el mundo fue para mí un país encantado de maravillosos cumplimientos; era como vivir en alguna época Hebraica cuando se cumplían profecías tras profecías. Salí afuera, como un niño sale a un jardín y hallé un lugar para mí terrible, pre­cisamente porque poseía su clave; de no haberla tenido, no me habría parecido terrible sino manso. Un simple salvajismo insignificativo no es ni siquiera impresionante. Pero el jardín de la infancia era fascina­dor justamente porque cada cosa tenía un significado determinado que podía descubrirse cuando llegara su turno. Palmo a palmo podía ir descubriendo cuál era el objeto de la fe forma llamada rastrillo; o cons­truir una nebulosa conjetura sobre el por qué mis padres tenían un gato.

Así, desde que acepté a la Cris­tiandad por madre y no meramente como ejemplo azaroso,, una vez más hallé que Europa y el mundo eran semejantes al pequeño jardín donde contemplé las simbólicas figuras del gato y del rastrillo; todo lo miro con la vieja ignorancia y expectación de los elfos. Éste o aquél rito o doctrina pueden parecer tan feos y ex­traordinarios como el rastrillo; pero por la experiencia sé que los tales de cierto modo terminan en césped y en flores. Un clérigo aparentemente puede ser tan inútil como un gato, pero también es tan fascinador, porque debe haber alguna extraña razón para que exista.

Doy un ejemplo de cien; no ten­go ningún parentesco instintivo con aquél entusiasmo por la virginidad física que ciertamente ha sido una nota del Cristianismo histórico. Pero cuando miro, no a mí mismo sino al mundo, percibo que ese entusias­mo no es solamente una nota del Cristianismo sino también una nota del Paganismo, una nota de la parte elevada de la naturaleza humana en muchas esferas. Los griegos sin­tieron la virginidad cuando esculpie­ron a Artemisa, los romanos cuando vistieron a las vestales; los peores y más desorbitados dramaturgos isa­belinos se aferraron a la pureza li­teral de una mujer como al pilar central del mundo. Sobre todo el mundo moderno (aún mientras se burla de la inocencia sexual) se ha arrojado a una generosa idolatría de la inocencia sexual, el gran entusias­mo moderno por los niños. Porque cualquier hombre que quiera a los niños estará de acuerda en que una insinuación de sexo físico lastima su peculiar belleza. Con toda esta ex­periencia humana unida a la autori­dad cristiana, simplemente decido que yo estoy equivocado y que la iglesia tiene razón; o más bien, que yo soy imperfecto en tanto que la iglesia es universal. Hay muchas ma­neras de concebir una iglesia; ella no me pide que sea soltero. Pero el hecho de que yo no tenga apre­cio por los solteros, lo acepto como acepto el hecho de que no tengo oído para la música. Lo mejor de la experiencia humana está contra mí del mismo modo en que está contra mí en lo referente a Bach. El celi­bato es una flor del jardín de mi padre de cuyo dulce o terrible nom­bre aún no me he enterado. Pero me lo pueden decir cualquier día.

Por consiguiente, en conclusión, ésta es mi razón para aceptar la religión y para no conformarme con extraer de ella unas cuantas disper­sas verdades seculares. La acepto porque no meramente me ha dicho esta verdad o aquella sino porque se ha revelado veraz y fidedigna. Todas las demás filosofías dicen co­sas que llanamente parecen verdad; sólo esta filosofía ha dicho una y otra vez cosas que no parecen verdad pero son verdad. único entre los credos, es convincente donde no es atrayente; resultó que tenía razón, como mi padre la tuvo en aquel jardín. Los Teósofos, por ejemplo, predicarán una idea evi­dentemente atrayente, como la reen­carnación; pero si esperamos a ver sus resultados lógicos, será el alta­nerismo espiritual y la crueldad de casta. Porque si un hombre es por­diosero a causa de sus culpas pre­natales, la gente se inclinará a despreciar al mendigo. Pero el Cris­tianismo predica una idea eviden­temente poco atrayente como el pecado original; pero cuando espe­ramos a ver sus resultados, son pa­téticos y fraternales, un trueno de risa y de piedad; porque solamente por el pecado original podemos com­padecer al mendigo y desconfiar del rey. Los hombres de ciencia nos ofre­cen salud, un beneficio obvio; recién después descubrimos que por salud entendían esclavitud corporal y tedio del espíritu. La ortodoxia nos hace saltar con los sorpresivos bor­des del infierno; sólo después reali­zamos que brincar es un saludable ejercicio altamente benéfico para nuestra salud. Solamente después descubrimos que aquel peligro es la raíz de todo drama y de todo ro­manticismo. El argumento más vigo­roso en pro de la gracia divina es, simplemente, su desgarbo. Cuando se examinan los puntos impopulares del Cristianismo, resulta que son los propios puntales del pueblo. El círculo exterior es una rígida guardia de abnegaciones éticas y de sacer­dotes profesionales; pero dentro de esa guardia inhumana se encontrará la vieja vida humana, bailando como los niños, bebiendo vino como los hombres; porque el Cristianismo es el único cerco de la libertad pagana. Mas en la filosofía moderna el caso es inversa; el cerco exterior es evi­dentemente atrayente y emancipado; la desesperación está adentro.

Y su desesperación es ésta: no cree realmente que haya ningún sig­nificado en el universo; de ahí que no pueda esperar hallar en él nin­gún romanticismo; su novela no tie­ne trama. Un hombre no puede es­perar aventuras en el país de la anarquía. Pero viajando por la tie­rra de la autoridad, el hombre pue­de esperar cualquier número de aventuras. No es posible hallar sig­nificaciones en un matorral de escep­ticismos; mas cruzando un bosque de doctrinas y designios encontra­rá cada vez más significaciones. Allí, cada cosa trae a la cola su historia escrita, como las herramientas y los cuadros de la casa de mi padre; porque también es la casa de mi padre. Termino donde empecé, por el extremo correcto. A lo menos he pasado ya, la puerta de toda buena filosofía. He entrado en mi segunda infancia.

Pero este universo Cristiano más vasto y más intrépido, tiene un sello final difícil de expresar; no obstan­te, como conclusión de todo el tema, intentaré expresarlo. Todo el verda­dero argumento de la religión se encierra en el problema de que si un hombre que ha nacido al revés, puede decir o no, cuando toma la posición correcta.

La principal paradoja del Cris­tianismo es que dentro de él la po­sición de un hombre no es la que parece sana y sensata; en sí, la po­sición normal es anormal. Esta es la íntima filosofía de la Caída. En el interesante y reciente Catecismo de Sir Oliver Lodge, las dos primeras preguntas son éstas: "¿Qué es us­ted?" y "Entonces ¿qué significa Caída del Hombre?" Recuerdo que me divertí escribiendo mis propias respuestas a esas interrogaciones; pero pronto descubrí que mis respuestas eran muy deficientes y muy agnósticas. A la pregunta "¿Qué es usted?" sólo pude contestar: "¡Sabe Dios!" Y a la pregunta "¿Qué sig­nifica Caída del hombre?" pude contestar con absoluta sinceridad, "significa que sea yo lo que seas no soy yo mismo". Esta es la para­doja primordial de nuestra religión; algo que nunca hemos conocido ple­namente, algo que no sólo es mejor que nosotros sino hasta más natu­ral a nosotros que nuestro propio "yo". En realidad, esto no hay for­ma de probarlo excepto con la prueba meramente experimental con la cual comenzaron estas páginas; el experimento de la celda tapiada y de la puerta abierta.

Solamente desde que conocí la ortodoxia conocí la emancipación mental. Pero en conclusión, la orto­doxia tiene una aplicación especial a la ulterior idea de la alegría.

Se dice que el Paganismo es una religión de júbilo y el Cristianismo una de tristeza; sería muy fácil probar que el Cristianismo es pura ale­gría y el Paganismo pura congoja. Tales conflictos no significan nada y no conducen a ninguna parte. To­do lo humano debe tener en sí jú­bilo v tristeza; lo interesante es la manera en que ambas cosas se equi­libran o se dividen. Y lo realmente interesante es ésto, que el pagano era (principalmente) alegre y más alegre a medida que se acercaba a la tierra pero triste y más triste a medida que se acercaba al cielo. La alegría del mejor paganismo, como la jovialidad de Cátulo y Teó­crito, es ciertamente una alegría eter­na, inolvidable para una humanidad agradecida. Pero todo es una alegría en torno a los hechos de la vida, no en torno a su origen. Para el pagano las pequeñas cosas son tan dulces como el arroyito que cae por la montaña; pero las cosas grandes son amargas como el mar. Cuando el pagano mira al corazón mismo del cosmos se queda helado. Detrás de los dioses que son simplemente déspotas, se sientan los hados, que son mortales. Aún más; los hados son peor que mortales; son muertos. Y los racionalistas, desde su punto de vista, tienen razón cuando dicen que el mundo antiguo era más luminoso que el cristiano. Porque cuando ellos dicen luminoso, quieren decir oscurecido por una desesperación incurable. Es profundamente cierto que el mundo antiguo era más mo­derno que el cristiano. El vínculo común está en el hecho de que los antiguos como los modernos han sido infelices respecto a la existen­cia, respecto a todas las cosas, en tanto que los medioevales eran fe­lices por lo menos respecto a eso. Libremente concedo que los paganos como los modernos eran infe­lices solamente respecto a todo, eran muy gallardos respecto a lo demás. Reconozco que los Cristia­nos de la Edad Media estaban en paz, solamente con todo, con todo lo demás estaban en guerra. Pero si el asunto pasa al quicio primordial del cosmos, entonces sí había más contento cósmico en las ensan­grentadas calles de Florencia que en el teatro de Atenas o en los jar­dines abiertos de Epicuro. Giotto vivió en un pueblo más melancóli­co que el de Eurípides, pero en un universo más alegre que el suyo.

La masa de hombres se vio for­zada a alegrarse por las cosas pe­queñas y a entristecerse por las grandes. Sin embargo (ofrezco mi dogma con cierta desconfianza), esa actitud no es innata en el hombre. El hom­bre es más sí mismo, el hombre es más varonil, cuando lo fundamen­tal en él es la alegría y lo superficial la tristeza. La melancolía debería ser un interludio inocente, una tier­na y fugaz disposición de la mente; el júbilo debería ser la pulsación permanente del alma. El pesimismo, a lo más, es una semivacación emo­cional; la alegría es la rugiente labor por la cual viven todas las cosas. No obstante, según la actitud apa­rente del hombre visto por el pagano o por el agnóstico, esta necesidad primaria de la naturaleza humana, nunca puede ser satisfecha. El jú­bilo debería ser expansivo; mas para el agnóstico, el júbilo debe retraerse, debe recluirse pegado a algún rincón del mundo. La aflicción de­bería ser retraída, mas para el ag­nóstico su desolación se extiende a través de una eternidad inconcebi­ble. Esto es lo que llamo haber na­cido al revés. El escéptico puede decir sinceramente que es charlatane­ría; porque sus pies bailan para arri­ba en un éxtasis ocioso en tanto que su cabeza queda en el abismo. Para el hombre moderno, los cielos están actualmente debajo de la tierra. La explicación es sencilla; está parado sobre su cabeza; la cual es un pe­destal demasiado débil para pararse encima. Pero el hombre moderno sa­be cuándo vuelve a encontrar sus pies. El Cristianismo repentinamente satisface y perfecciona el instinto ancestral del hombre de estar en la posición correcta; en ésto lo satis­face soberanamente; por su credo la alegría se convierte en algo gigan­tesco y la tristeza en algo accidental y pequeño. La bóveda que nos cubre no es sorda porque el univer­so sea idiota; el silencio no es el descorazonado silencio de un uni­verso sin fin y sin objeto. El silen­cio que nos rodea más bien es una pequeña y compasiva quietud se­mejante a la quietud invariable del cuarto de un enfermo. Tal vez la tragedia nos sea permitida como sí fuera una especie de comedia mise­ricordiosa: porque la frenética ener­gía de las cosas divinas nos derri­baría como una farsa ebria. Podemos tomar nuestras lágrimas más ligeramente de lo que pudiéramos tomar la levedad tremenda de los ángeles. Tal vez así nos sentamos en el apo­sento estrellado del silencio, mien­tras la, risa de los cielos sea dema­siado clamorosa para que nosotros la escuchemos.

La alegría, que fue la pequeña publicidad del pagano, es el secreto gigantesco del Cristianismo. Y al ce­rrar este volumen caótico, vuelvo a abrir el extraño librito del cual vino todo el Cristianismo; y otra vez me ronda una especie de confirmación. La figura tremenda que respecto a ésto y a todo lo demás, llena las torres del Evangelio, por encima de todos los pensadores que se creye­ron grandes. Su patetismo fue natu­ral; casi fortuito. Los Estoicos antiguos y modernos se enorgullecieron de ocultar sus lágrimas. Él, nunca ocultó sus lágrimas; abiertamente las mostró en su rostro accesible a todas las miradas cotidianas tanto como a la remota mirada de su ciudad natal. No obstante, escondió algo. Los superhombres y los diplomáti­cos imperiales se enorgullecieron de refrenar su ira. Él, nunca refrenó su ira. Derribó las mesas por la esca­linata del Templo y preguntó a los hombres cómo esperaban librarse de la condenación del infierno. No obs­tante, Él refrenó algo. Lo digo con reverencia; en esa personalidad violenta había un rasgo qué debe ser timidez. Hubo en Él algo que es­condió a todos los hombres cuando subió a orar en la montaña. Había algo que constantemente ocultó con un silencio repentino, o con un im­petuoso aislamiento. Cuando caminó sobre nuestra tierra, había en Él algo demasiado grande para que Dios nos lo mostrara; y algunas veces imaginé que era Su alegría.

 

 

FIN

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