© Libro N° 3982. Ortodoxia. Chesterton, G. K. Colección E.O. Julio 15 de
2017.
Título
original: © Ortodoxia. G. K.
Chesterton
Versión Original: © Ortodoxia. G. K. Chesterton
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© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
RTODOXIA
G. K. Chesterton
Por extraña casualidad, a la
misma hora en que, en su vivienda campesina de Beaconsfield, fallecía Gilbert
Keith Chesterton, anunciaba George Bernard Shaw, en Newcastle, que no hablaría
más en público.
Con estos mosqueteros, que
tantas veces midieron sus armas dialécticas, el espectáculo de la refriega
ideológica perdió en Inglaterra sus dos más diestros, tenaces y fantásticos
combatientes.
Chesterton y Shaw nacieron
tal para cual. Dotados del mismo vigor polémico. e idéntico afán proselitista,
iguales en ingenio, no existía bajo el sol una sola cuestión frente a la cual
sus opiniones no se encontraran en diametral oposición.
La oposición de sus
opiniones encendió y mantuvo encandilada, sin un momento de desmayo, durante
dos generaciones, la más fragorosa batalla que engendró nunca la inventiva. Sus
controversias públicas eran como justas de la razón dirimidas con los fuegos artificiales
de las paradojas, las sutilezas, los retruécanos y las imágenes, donde el
público olvidaba el objeto de la riña y se dejaba fascinar por el deslumbrante
espectáculo.
Shaw vencía en el arte de la
dramatización de su causa, pero Chesterton le vencía en la sutileza que
infundía al argumento de la suya.
Como si quisiera compensarle
de la monstruosa corpulencia que levantó sobre sus pies, el Creador dotó el
cerebro de Chesterton con el más ágil, elástico, fino entendimiento que puso en
ninguno de nuestros contemporáneos. Era tan gigantesco y pingüe que le llamaron
"monumento andante de Londres", y en una ocasión, durante un
banquete en su honor, Bernard Shaw dijo a la hora de los discursos: "Tan
galante es nuestro agasajado, señores, que esta misma mañana les dejó su
asiento en el tranvía a tres señoras".
Fantasía o imaginación no
iban a la zaga de su figura en cuanto a exuberancia.
Aunque, superficialmente
considerada, la obra de Chesterton aparece sólo como un intento ingenioso de
encontrar la verdad por procedimientos originales en los que el ingenio y la
originalidad semejan lo principal y la verdad lo secundario, en realidad ocurre
todo lo contrario.
Chesterton vivió
perpetuamente desasosegado por la idea de la verdad, y sus paradojas no eran
sino el doble lazo con que pretendía coger por los cuernos tan elusivo toro.
Su versatilidad estaba
propulsada por el mismo desasosiego, el cual le llevaba del verso al artículo
de periódico; de éste al ensayo filosófico; del ensayo a la novela teológica,
cuando no detectivesca, o al discurso proselitista y a la controversia.
La búsqueda de la verdad' le
condujo al catolicismo en 1922 y, poco después, a la fundación del movimiento
distributista, en el que pretendía encarnar su ideología y al que, secundado
por su fiel y veterano escudero el escritor casticista Hilario Belloc, dedicara
la mayor parte de su astronómica energía durante los diez últimos años.
Chesterton odiaba tanto al
capitalismo como al comunismo, porque ambos destruyen igualmente la propiedad
privada individual, el ejercicio de los oficios manuales que, para él,
constituyen la base de la libertad y el desenvolvimiento espiritual del hombre.
En el imaginario "Reino
distributivo" cada individuo es propietario de las herramientas con que
trabaja, ejerce su oficio individualmente y posee su vivienda. Para propulsar
el triunfo del Estado distributivo, que debe ser alcanzado por los medios
constitucionales, "puesto que los ingleses aborrecen la violencia",
Chesterton fundó un semanario, excelente y brillantemente escrito, titulado
"G. K's Weekly", es decir, "Semanario de Chesterton",
donde colaboraba una pléyade escogida de jóvenes intelectuales católicos.
La concepción chestertoniana
de la economía estaba íntimamente vinculada a la que tenía de la libertad.
La libertad abstracta que la
Reforma impuso sobre Europa es, según Chesterton, una maldición que ha devorado
la libertad concreta que se gozaba anteriormente en los pueblos de la
Cristiandad. "La libertad de la postReforma significa esto: cualquiera
puede escribir un folleto, cualquiera puede dirigir un partido, cualquiera
puede imprimir un periódico, cualquiera puede fundar una secta. El resultado ha
sido que nadie posee su propia tienda o sus propias herramientas, que nadie
puede beber un vaso de cerveza o apostar a un caballo. Ahora yo les ruego a
ustedes, con toda seriedad, que consideren la situación desde el punto de vista
del hombre del pueblo. ¿Cuántos seres humanos desean fundar sectas, escribir
folletos o dirigir partidos?".
Esta cita es un ejemplo
característico del procedimiento con que Chesterton mezcla lo arbitraria y lo
lógico, el sentido común y lo absurdo para, después de fundirlos en el crisol
de su imaginación, elevar el resultado a teoría.
Tan natural como su
extravagante figura física era en Chesterton la jovialidad intelectual, el gozo
en el puro juego de la inteligencia y la frase chispeante. Cualquier argumento
podía ser convertido por él, automáticamente, en un deslumbrador juego de prestidigitación.
Muchas de sus frases y de
las incidencias de sus controversias se han convertido ya en leyenda que el
pueblo transmite de boca en boca. Un día debatía por la radio con un poeta
defensor del verso libre, quien le acusó de no entender la "nueva métrica".
Verso libre -respondió G. K.
Chesterton- no es una nueva métrica, del mismo modo que dormir al raso no es
una nueva forma de arquitectura.
-Pero no, podrá usted negar
-objetó el poeta- que es una revolución en la forma literaria.
-El verso libre es una
revolución, respecto a la forma literaria, igual que el comer carne cruda es
una revolución respecto al arte de la cocina -replicó Chesterton.
A la agudeza y mordacidad
intelectual, que Ie hacían un enemigo temible, se unían en la inmensa humanidad
de Gilbert Keith una bondad y campechanía primitivas y populares que le
convertían en el más delicioso de los amigos. De su amistad privada disfrutaban
muchos de aquellos con quienes Chesterton cambiaba en público los más
inflexibles mandobles: librepensadores, racionalistas, protestantes,
socialistas, eugenistas, y, especialmente, la encarnación misma de todos estos
"ismos", el inescrutable, invencible, incorregible George Bemard
Shaw.
Con Bernard Shaw y Lloyd
George compartió Chesterton el privilegio único de que tanto en los periódicos
como en las conversaciones se le mencionara por las solas iniciales de su
nombre. "¡Pobre G. K. Chesterton!", se decía la gente al saludarse,
en Londres, el día de su muerte.
Una de las mejores
biografías que existe hoy de Bernard Shaw la escribió, en 1909, Chesterton.
Antes había escrito ya una de sus obras maestras, la biografía de poeta
Browning.
Más tarde escribió las de
Chaucer, Stevenson, Colbett, San Francisco de Asís y Santo Tomás de Aquino.
Dos meses antes de morir había terminado la suya propia.
Sus libros de poemas llenan
casi una biblioteca. Uno de ellos se titula "Bagatelas tremendas".
Las dos novelas más famosas que escribió: "El hombre que fue jueves"
y "El padre Brown", están traducidas al español, pero, en cambio,
creo que no ha sido trasladado al castellano ninguno de sus últimos libros, ni
siquiera el epos de "Lepanto".
The Napoleon of Notting Hill
y A Club of Queer Trades son novelas de la vida suburbana de Londres, en las
que revive el espíritu "pickwickiano". Chesterton hace de los
personajes de sus novelas instrumentos en que emplear su ingenio y les obliga
a proceder del modo más incongruente que jamás procedieron los habitantes del
mundo novelesco.
De entre las obras teóricas
o filosóficas, aparte de Ortodoxia, aquella en que la ideología del autor
adquiere más coherencia es la contenida en el tomo de ensayos sobre el tema Qué
hay de malo en el mundo, donde arguye contra las concepciones eugenistas, las
cuales asumen que la suerte de la vida está determinada por el nacimiento, y
hace la más impresionante descripción del concepto cristiano de la vida que se
haya escrito en este siglo.
Aunque sostuvo siempre la
opinión de que el viajar contrae la inteligencia y apoca la fantasía, visitó
Italia, Irlanda y América y escribió un libro sobre las impresiones recibidas
en cada uno de dichos países.
Al revés que Bernard Shaw y
Wells, las otras dos grandes figuras de las letras inglesas de su tiempo,
Chesterton no sufrió privaciones en su juventud, sino que disfrutó de la más
esmerada educación que en aquella época podía recibir un hijo de burgueses
ricos.
A pesar de que era dieciocho
años más joven que Bernard Shaw, sus obras comenzaron a ser conocidas al mismo
tiempo que las de éste. Chesterton no desempeñó nunca, en realidad, otra
ocupación que la de escritor, a la que se dedicó por entero desde los veinte
años, después de haber abandonado el aprendizaje de dibujante. Por entonces
consistía su cultura, fundamentalmente, en 'un profundo conocimiento de la
Biblia que le había infundido el padre, propietario de un importante negocio de
alquileres. Por las venas de la madre corría sangre francesa.
Tuvo un solo hermano, Cecil,
que se dedicó también al periodismo y había logrado gran renombre cuando, poco
después de la guerra, vino a sorprenderle la muerte.
A los veinticinco años se
casó y de su matrimonio no le quedó ningún hijo a la viuda.
Su vida toda fue una
portentosa exhibición de atletismo intelectual y de entusiasmo espiritual.
AUGUSTO ASSÍA.
INTRODUCCIÓN
EN DEFENSA DE TODO LO DEMÁS
La única justificación
posible para este libro, consiste en ser la respuesta a un desafío. Hasta un
mal tirador se dignifica aceptando un duelo.
Cuando hace algún tiempo
publiqué una serie de apresurados; pero sinceros ensayos bajo el título de
"Heréticas", algunos críticos por cuyas inteligencias siento
caluroso respeto (puedo mencionar especialmente al señor G. S. Street),
dijeron que estaba muy bien de mi parte sugerir a todos que probaran su teoría
cósmica, pero que yo había evitado diligentemente confirmar mis consejos con
el ejemplo. "Voy a comenzar a preocuparme por mi filosofía, (dijo el señor
Street) cuando el señor Chesterton nos haya expuesto la suya". Tal vez fue
imprudente hacer tal indicación a una persona demasiado dispuesta a escribir
libros por la provocación más leve. Pero después de todo, aunque el señor
Street haya inspirado y provocado la creación de este libro, no tiene ninguna
necesidad de leerlo.
Si lo lee, verá que en forma
personal, en sus páginas he intentado dar testimonio de la filosofía en la
cual he venido a creer, valiéndome de un conjunto de imágenes mentales más que
de una serie de deducciones. No voy a llamarla "mi filosofía",
porque yo No la hice. Dios y la Humanidad la hicieron; y ella me hizo a mí.
Con frecuencia he sentido
deseos de escribir una novela sobre un "yachtman" inglés que erró
levemente su ruta y descubrió Inglaterra convencido de haber descubierto una
nueva isla en los mares del Sur. No obstante, siempre me encontré demasiado
perezoso o demasiado ocupado para escribir sobre ese refinado tema. Por
consiguiente puedo postergar una vez más mi deseo, ahora por fines de
ilustración filosófica.
Probablemente existirá la
impresión general de que se sintió muy tonto el hombre que llegó a tierra
(armado hasta los dientes y hablando por señas) para plantar la bandera
inglesa sobre aquél templo bárbaro que resultó ser el Pabellón de Brighton. No
me concierne a mí negar que parecía tonto. Pero si ustedes se imaginan que se
sintió tonto, por lo menos que la sensación de tontera fue su única y
dominante emoción, significa que no han estudiado con minuciosidad suficiente,
la rica naturaleza romántica del héroe de este cuento. Su error fue en verdad
un error muy envidiable. Y él lo sabía, si era el hombre que yo imagino.
¿Qué podría ser más
agradable que sentir, simultáneamente y en pocos minutos, todas las
fascinadoras angustias del partir, combinadas con toda la seguridad humana de
volver a casa? ¿Qué mejor que gozar con la diversión de descubrir África, sin
tener la desagradable necesidad de trasladarse a ese continente? ¿Qué podría
ser más agradable que felicitarse por descubrir Nueva Gales del Sur y
comprender luego, con lágrimas de alegría, que en realidad' no era más que la
vieja Gales del Sur?
Este, al menos a mi parecer,
es el problema principal de los filósofos y en cierta forma, el principal
problema de este libro.
¿Cómo es posible que el
mundo nos asombre y al mismo tiempo nos hallemos en él como en nuestra casa?
¿Cómo puede este pueblo
cósmico, con sus monstruos y lámparas antiguas, cómo este mundo puede hacernos
sentir simultáneamente, la fascinación de un pueblo exótico y el confort y el
honor de ser nuestro propio pueblo?
Demostrar que una creencia o
una filosofía es verdadera desde todo punto de vista, sería empresa demasiado
grande aún para un libro más vasto que éste; es necesario atenerse a una sola
línea de argumentación; y esa es la táctica que me propongo observar.
Quiero dejar expuesta mi fe,
como llenando esa doble necesidad espiritual: la necesidad de aliar lo
familiar con lo extraño, aliación que con acierto, el cristianismo llama
"romance". Porque la misma palabra "romance", tiene en sí el
misterio y el primitivo significado de "Roma".
Cualquiera que se disponga a
discutir algo, debe empezar siempre, especificando qué es lo que no discute.
Antes de determinar qué se propone probar, debería determinarse qué es lo que
no se propone probar.
Lo que no intento probar, lo
que me propongo dejar como lugar común a mí y a la mayoría de los lectores,
es esta inclinación a una vida activa e imaginativa, pintoresca y llena de
poética curiosidad; a una vida como la que el hombre occidental, por lo menos
aparenta haber deseado siempre.
Si un hombre opina que la
extinción es mejor que la existencia o que una vida vacía y monótona es mejor
que la variación y la aventura, ese hombre no es uno de los seres normales a
quienes me dirijo. Si un hombre no tiene preferencia por nada, nada puedo
darle. Pero aproximadamente todas las personas que he encontrado en esta
sociedad occidental en que vivo, estarían de acuerdo con la idea general de
que necesitamos esta vida de novela práctica; la combinación de algo que es
extraño y problemático con algo que es familiar y seguro. Necesitamos eso para
vislumbrar al mundo combinando una idea de asombro con una idea de bienvenida.
Necesitamos ser felices en este mundo de maravillas sin sentirnos en él ni
siquiera confortables. Es esta enseñanza concluyente de mi credo, lo que voy
a contemplar en las siguientes páginas.
Pero tengo una razón
personal para mencionar al hombre en el yacht que descubrió Inglaterra.
Porque ese hombre soy yo. Yo
descubrí Inglaterra.
No sé cómo podría evitar que
este libro girara en tomo al "ego"; y para decir verdad no sé cómo
evitar que resulte árido y confuso.
Su aridez, sin embargo, me
librará del reproche que más lamento, el reproche de ser irónico y petulante.
El sofisma liviano, es lo
que más desprecio y tal vez resulte un hecho saludable que se me acuse
precisamente de usar de él. No conozco nada más despreciable que una simple
paradoja; que es una simple e ingeniosa defensa de lo indefinible. Si fuera
cierto (según se ha dicho) que el señor Bernard Shaw, vivía de paradojas, el
señor Bernard Shaw sería un vulgar millonario, porque un hombre de su actividad
mental, puede inventar un sofisma cada seis minutos. Inventar un sofisma es
tan fácil como mentir; porque es mentir. Lo cierto, naturalmente, es que el
señor Shaw se ha visto cruelmente trabado, por el hecho de que no puede decir
una mentira, a menos que piense decir una verdad.
Yo también me siento bajo la
misma intolerable trabazón. Jamás en mi vida dije nada por la sola razón de
creer gracioso lo que decía; no obstante, es claro' que he tenido la vulgar
vanidad humana, de hallarlo gracioso porque yo lo había dicho.
Narrar una entrevista con
una gorgona, criatura que no existe, es una cosa. Y otra cosa es descubrir que
el rinoceronte existe y deleitarse luego en el hecho de que parece que no
existiera.
Se busca la verdad, pero es
posible que instintivamente se persigan las verdades más increíbles, y ofrezco
este libro, con los sentimientos profundos del corazón, a la buena gente que
detesta lo que escribo y lo mira (muy justamente a mi entender) como una pobre
payasada o como ejemplar de broma de mal gusto.
Porque si este libro es una
broma, es una broma contra mí mismo. Soy el hombre que haciendo derroche de
audacia, descubrió lo que ya había sido descubierto.
Si hay una sombra de farsa
en lo que sigue, yo, soy el objeto de esa farsa; porque este libro explica cómo
imaginé ser el primero en poner pie en Brighton y cómo descubrí luego, que en
realidad era el último.
Cuento mis fantásticas
aventuras en busca de lo evidente.
Nadie podría hallar mi caso
más ridículo de lo que lo pienso yo; ningún lector puede acusarme aquí de
intentar ridiculizarlo. Yo soy el ridículo de esta historia y nadie ha de
rebelarse para arrojarme de mi trono. Confieso abiertamente todas las ambiciones
de fines del siglo XIX. Yo, como otros solemnes chiquilines, traté de
anticiparme a la época. Como ellos, intenté adelantarme por diez minutos a la
verdad, y encontré que ella se me había adelantado unos 1 800 años. Esforcé la
voz gritando mis verdades con una penosa exageración juvenil, y recibí el
castigo más adecuado, porque yo conservé mis verdades, pero descubrí luego que
si bien mis verdades eran verdades, mis verdades no eran mías.
Me hallé en la ridícula
situación de creer que me sostenía sólo: estando en realidad sostenido por
toda la cristiandad.
Posiblemente, (y el ciclo me
perdone) traté de ser original; pero sólo llegué a inventar una copia
imperfecta, de las ya existentes tradiciones de la religión civilizada. El
hombre del yacht creyó descubrir Inglaterra; yo creí descubrir Europa.
Traté de encontrar para mi
uso, una herejía propia, y cuando la perfeccionaba con los últimos toques,
descubrí que no era herejía, sino simple ortodoxia.
Es posible que alguien se
divierta con el relato de este chasco feliz; es posible que un amigo o un
enemigo se entretenga leyendo cómo gradualmente aprendí la verdad de una
leyenda falseada o de la falsedad de alguna filosofía difundida, cosas que
pude aprender en mi catecismo. Si alguna vez lo hubiera estudiado.
Es posible que haya
diversión, o que no la haya, en leer cómo encontré al fin, en mi club
anarquista o en un templo babilónico, lo que pude encontrar en la iglesia
parroquial vecina.
Si alguien se entretiene
enterándose cómo las flores del campo o las frases que se oyen en el ómnibus,
o los incidentes de los políticos, o las preocupaciones de los jóvenes, se
unieron en un cierto orden para producir una cierta convicción de ortodoxia
cristiana, ese alguien posiblemente pueda leer este libro.
Pero en todo cabe una
razonable división del trabajo. Yo escribí el libro, pero nada en el mundo
podría inducirme a leerlo.
Agrego una advertencia
esencialmente pedante. Estos ensayos se limitan a discutir el hecho actual, de
que en el eje central de la teología cristiana (suficientemente resumida en el
Símbolo de los Apóstoles) se halla el mejor punto de apoyo para una ética
enérgica y consistente.
Mis ensayos no intentan
discutir el interesante, pero diferente punto de cuál es la actual sede de
autoridad que proclama ese Credo.
Aquí, el término
"ortodoxia", significa "credo de los Apóstoles" según lo
entienden los que se llamaban cristianos hasta hace muy poco tiempo y según la
conducta histórica, de los que sostuvieron tal credo.
Por razones de espacio me he
visto forzado a limitarme a lo que he extractado de ese Credo; no toco el
asunto, tan discutido por los cristianos modernos, del origen del cual
nosotros lo obtuvimos.
Esto no es un tratado
eclesiástico, sino una autobiografía un poco deshilada.
Pero si alguno quiere saber
mi opinión sobre la actual sede de autoridad de tal creencia, el señor G. S.
Street, no tiene más que arrojarme un nuevo desafío, y gustoso le escribiré
otro libro.
II. EL MANIÁTICO
Ni siquiera la gente mundana
comprende al mundo; confía enteramente en unas cuantas máximas cínicas, que
no son ni verdaderas.
Recuerdo una vez: caminaba
con un próspero editor que me hizo una observación oída con frecuencia; es casi
un estribillo del mundo moderno. No obstante haberla oído con demasiada
frecuencia, o tal vez por esa misma razón, recién entonces, repentinamente, vi
que tal observación no entrañaba verdad alguna. El editor dijo de alguien:
"ese hombre va a llegar; se tiene fe".
Y recuerdo que mientras
levantaba la cabeza para escuchar mejor, mi mirada cayó en un ómnibus que
llevaba escrito su punto de destino: "Hanwell"[1] y le contesté:
-"Quiere que le diga dónde están los hombres que se tienen fe?, porque
puedo decírselo. Conozco hombres que creen en sí mismos más colosalmente que
Napoleón y César. Puedo llevarlo hasta los tronos de los superhombres. Los que
realmente se tienen fe, están en un asilo de lunáticos."
Me respondió que no obstante
esa creencia mía, había muchos hombres que se tenían fe y no estaban en
manicomios.
-"Sí; los hay -repuse-,
y usted más que nadie debe conocerlos. Aquel poeta borracho a quien usted
rechazó una tragedia lúgubre creía en sí mismo. Aquel viejo pastor que escribió
una obra épica y de quien usted se escondía en la trastienda, creía en sí
mismo. Si usted consultara su experiencia de editor en vez de consultar su
horrenda filosofía individualista, sabría que haberse tenido fe, es una de las
características más comunes de los fracasados. Los actores que no pueden
actuar, creen en sí mismos, y creen en sí mismos los deudores que no le pueden
pagar. Sería más cierto decir que un hombre fracasará porque se tiene
fe."
-"Tener completa fe en
sí mismo, no es exclusivamente un pecado. Tenerse fe absoluta es una
debilidad. Tenerse fe completa, creer completamente en sí mismo, es tener una
creencia histérica y supersticiosa. El hombre que la tiene, lleva la palabra "Hanwell"
escrita en su frente, con tanta claridad como la lleva escrita ese
ómnibus."
Mi amigo el editor, dio esta
profunda y efectiva réplica a mis conclusiones: -"Y si un hombre no debe
creer en sí mismo ¿en qué debe creer?"
Luego de una larga pausa
respondí: "Iré a casa y escribiré un libro contestando a esa
pregunta."
Y este es el libro que
escribí para contestarla.
Pero creo, que muy bien
puedo empezarlo donde se inició nuestra discusión; en la vecindad de un
manicomio
Los modernos maestros de la
ciencia insisten, sobre la necesidad de basar toda investigación, en un hecho.
Los antiguos maestros de religión, se mostraron igualmente entusiastas de esa
teoría. Empezaron basándose en el hecho del pecado; un hecho tan evidente como
las papas. Fuera posible o no fuera posible que el hombre se purificara con
ciertas aguas milagrosas, no cabe duda de que necesitaba purificación. Pero
algunos caudillos religiosos de Londres, relativamente materialistas, convenza
ron en nuestros días a negar, no la discutible milagrosidad del agua, sino a
negar la indiscutible existencia de la mancha. Ciertos teólogos modernos,
discuten el pecado original, que es el único punto de la teología de la
cristiandad que puede ser realmente probado. Algunos discípulos del Reverendo
R. J. Campbell, admiten la inocencia divina que no pueden vislumbrar ni en
sueños, pero niegan, especialmente, la culpa humana que pueden ver hasta en la
calle. Los santos más intransigentes y los más obcecados escépticos, por igual
unos y otros, tomaron el positivo mal, como punto de partida de sus
argumentaciones.
Si es cierto (como
evidentemente lo es) que un hombre puede hallar exquisito placer desollando un
gato, el filósofo religioso puede llegar a una de dos conclusiones. Debe, o
negar la existencia de Dios, que es lo que hacen los ateos; o bien negar la
inalterable unión entre Dios y el hombre, que es lo que hacen los cristianos.
Parece que los nuevos teólogos piensan llegar a una solución altamente
racionalista negando el gato
En esta situación
especialísima, evidentemente ahora no es posible (con una esperanza remota de
aceptación general) comenzar como comenzaron nuestros padres, basándose en el
hecho del pecado. Este mismo hecho que fue para ellos (y es para mí) tan evidente
como la luz, es precisamente el hecho que ha sido discutido o negado. Pero
aunque los modernos nieguen la existencia del pecado, supongo que no han negado
aun la existencia del manicomio.
Todavía estamos de acuerdo,
en que actualmente se produce un colapso intelectual, tan innegable e
inconfundible como el derrumbe de una casa. Los hombres niegan el infierno;
pero aun no niegan el manicomio. Para no perder de vista los fines de nuestro
primer argumento, el uno, el infierno, podría muy bien reemplazar al otro, el
manicomio. Quiero decir que, si una vez todos los pensamientos y las teorías
fueron juzgadas según condujeran al hombre a perder su alma, así, por nuestro
presente punto de vista, todas las teorías modernas pueden ser juzgadas, según
conduzcan al hombre a perder sus cabales.
Es cierto que algunos hablan
de la locura, con soltura y simpatía, como si se tratara de algo amable y
atrayente.
Pero un minuto de reflexión
basta para demostrarnos que si hallamos belleza en la enfermedad, generalmente
es en la enfermedad de otro.
Un ciego puede ser
pintoresco; pero se necesitan dos ojos para verlo pintoresco, Y similarmente,
aun la más salvaje poesía de la locura, sólo puede percibirla el cuerdo. Para
el insano su locura es perfectamente prosaica porque es perfectamente cierta. El
hombre que se cree pollo, siente en sí, toda la insignificancia del pollo.
Solamente porque vemos lo grotesco de su idea, podemos en contraria hasta
divertida; y solamente porque él no ve lo grotesco de su idea, lo han llevado
a "Hanwell". Abreviando, las rarezas sólo sorprenden a la gente
normal. Las rarezas no sorprenden a la gente rara. Por esa razón, la gente
normal se sabe divertir y la gente rara, siempre se lamenta del aburrimiento de
la vida. Por esa razón, las novelas modernas fenecen; y por esa razón, los
cuentos de hadas permanecen. Los viejos cuentos de hadas presentan al héroe
como un joven humano normalmente normal; sus aventuras son las sorprendentes;
y lo soprenden porque es normal. Pero en la novela psicológica moderna, el
héroe es un anormal; él, que es el centro, no es bien centrado. De ahí que las
aventuras más extrañas no logren sorprenderlo adecuadamente y que el libro
resulte monótono. Se puede escribir la historia de un héroe entre dragones;
pero no la de un dragón entre dragones. El cuento de hadas relata lo que hará
un hombre cuerdo en un mundo loco. La novela, sobriamente realista de hoy,
relata lo que un hombre esencialmente loco, puede hacer en un mundo cuerdo.
Empecemos pues en el
manicomio; desde este fatídico y fantástico albergue, iniciemos nuestro viaje
intelectual.
Ahora, si es que vamos a
contemplar la filosofía de la cordura lo primero que hemos de hacer, es
destruir un grande y difundido error. Por todas partes se ha difundido la idea
de que la imaginación, especialmente la imaginación mística, es peligrosa para
el equilibrio mental del hombre. En general se tiene a los poetas como
inseguros, desde el punto de vista psicológico; y generalmente se hace
asociación de ideas entre los laureles entrelazados y las pajas pinchadas en el
pelo... Los hechos y la historia desmienten tal interpretación. Muchos de los
poetas, de los verdaderamente grandes poetas, han sido no sólo perfectamente
cuerdos sino extremadamente aptos para el comercio; y si Shakespeare alguna
vez contuvo caballos, fue porque era el hombre más indicado para contenerlos.
La imaginación no provoca la
locura. Para ser exacto, lo que fomenta la locura es la razón. Los poetas no
enloquecen; los jugadores de ajedrez sí. Los matemáticos y los cajeros, se
vuelven locos; pero rara vez enloquecen los artistas que crean. Como podrá
verse, en ninguna forma ataco la lógica: digo solamente que el peligro de la
locura reside en la lógica; no en la imaginación. La paternidad artística es
tan saludable como la física. Sin embargo, vale la pena destacar que cuando un
poeta fue realmente mórbido, comúnmente lo fue porque existía algún punto
débil en su racionalismo. Poe, por ejemplo, fue realmente morboso; no porque
fue poético, sino porque fue esencialmente analítico. Aun el ajedrez era
demasiado poético para él; le desagradaba porque había demasiados caballeros y
castillos, como en un poema.
Abiertamente manifestó su
preferencia por las fichas negras, que sobre el damero parecían el punteado
de un diagrama. Quizás el ejemplo más contundente es este: que sólo un gran
poeta inglés se volvió loco.
Cowper. Y decididamente, fue
llevado a la locura por la lógica; por la extraña lógica de la
predestinación. La poesía no fue su enfermedad sino su remedio; la poesía, en
parte conservó su salud. Por algunos momentos, pudo olvidar el rojo y sediento
infierno al que lo empujaba su horrendo necesitarismo, entre las extendidas
aguas y los lirios blancos del Duse. Cowper, fue condenado por Juan Calvino y
casi fue salvado por Juan Gilpin.
En todas partes, vemos que
el hombre no enloquece por soñar. Los críticos son mucho más locos que los
poetas. Homero, es bastante tranquilo y completo; son sus críticos que lo
destrozan en jirones de extravagancia. Shakespeare, fue perfectamente él mismo;
sólo algunos de sus críticos descubren que Shakespeare fue otro. Y San Juan
Evangelista, no obstante haber visto en su visión muchos monstruos extraños, no
vio criatura alguna tan salvaje como uno de sus comentaristas. El hecho
general es claro. La poesía es cuerda, porque flota sin esfuerzo en un mar
infinito; la razón pretende cruzar el mar infinito y hacerlo así finito.
El resultado es la
exterminación mental; como lo fue la extenuación física para el señor Holbein.
Aceptarlo todo, es un
ejercicio; entenderlo todo, es un esfuerzo. Lo único que desea el poeta, es
exaltación y expansión, un mundo para explayarse.
El poeta sólo pretende
entrar su cabeza en el cielo.
El lógico es el que pretende
hacer entrar el cielo en su cabeza. Y es su cabeza la que revienta.
Es un detalle, pero no
insignificante, que este asombroso error se halla comúnmente apoyado en una
citación tergiversada.
Todos hemos oído citar la
celebrada frase de Dryden: "el gran genio es aliado de la locura".
Pero Dryden no dijo que el gran genio fuera aliado de la locura. El mismo
Dryden era un genio y sabía mejor. Sería difícil encontrar un hombre más romántico
y más sensato. Lo que Dryden dijo, fue esto: "El gran sabio está
frecuentemente próximo a la locura", y eso es cierto. Es exclusivamente la
gran agilidad intelectual, lo que peligra desequilibrarse. También la gente
podría recordar, a qué clase de hombre se refería Dryden. No se trataba de un
visionario ajeno a este mundo como Vaughan o Jorge Herbert.
Hablaba de un cínico hombre
de mundo, un escéptico, un diplomático, un político práctico. Esos hombres,
ciertamente están próximos al desequilibrio. Su incesante investigaren el
cerebro propio y en el ajeno, es oficio peligroso. Siempre es peligroso para
la mente penetrar la mente. Una persona espiritual preguntó por qué decíamos
"loco como un sombrerero". Una persona más espiritual, podría haber
respondido que el sombrerero es loco, porque debe tomar las medidas de la
cabeza humana.
Y si los grandes razonadores
con frecuencia son maniáticos, es igualmente exacto que los maniáticos son
grandes razonadores.
Cuando me hallaba embarcado
en una controversia con el "Clarion", sobre el tema de la voluntad
libre, el eficiente escritor señor R. B. Suthers dijo, que la voluntad libre,
era lunatismo, porque implicaba acciones inmotivadas, y las acciones del
lunático son sin causa. No me ocupo aquí de un lapsus desastroso para la
lógica determinista. Evidentemente, si una acción, aun la acción de un
lunático, puede ser inmotivada, se acaba el determinismo.
Porque si un loco puede
interrumpir la cadena de causalidad, también puede interrumpirla un hombre
aunque no sea loco. Pero mi objeto es destacar algo más práctico. Tal vez fuera
natural que un moderno marxista ignorara todo lo referente a la voluntad libre.
Pero sería ciertamente extraño que un marxista moderno ignorara todo lo que se
refiere a los lunáticos. Lo último que se podría decir de un lunático, es que
sus acciones son inmotivadas. Si algunos actos humanos pudieran ser
irreflexivamente llamados "sin motivo", esos serían los
insignificantes actos del hombre cuerdo, que silba al caminar; roza el césped
con su bastón; golpea los talones y se frota las manos. Es el hombre contento
el que hace las cosas inútiles; el hombre enfermo no es bastante fuerte para
ser un ocioso.
Esas acciones sin causa y
descuidadas, son precisamente las que un loco no podría comprender nunca,
porque el loco (como el determinista) tiene demasiado en cuenta las causas de
todo. Esas actividades huecas, tienen para un loco significado de conspiración.
Pensará que rozar el pasto, es atentar contra la propiedad privada. Pensará
que golpear los talones, es una señal convenida con un cómplice. Si por un
instante el loco se volviera descuidado, se volvería cuerdo. Todo el que haya
tenido la desgracia de hablar con gente que se hallara en el corazón o al borde
del desequilibrio mental, sabe que su característica más siniestra, es una
horrible lucidez para captar el detalle; una facilidad de conectar entre sí
dos cosas perdidas en su mapa confuso como un laberinto. Si ustedes discuten
con un loco, es muy probable que lleven la peor parte en la discusión; porque
en muchas formas, la mente del loco es más ágil y rápida, al no hallarse
trabada por todas las cosas que lleva aparejadas el buen discernimiento. No lo
detiene el sentido del humor o de la caridad o las ya enmudecidas certezas de
la experiencia, El loco es más lógico, por carecer de ciertas afecciones de la
cordura. La frase común que se aplica a la insania, desde este punto de vista
es errónea. El loco no es el hombre que ha perdido la razón. Loco es el hombre
que ha perdido todo, menos la razón.
Las explicaciones que un
loco da sobre algo son completas y con frecuencia, en un sentido estrictamente
racional, hasta son satisfactorias.
O para hablar con más
precisión, la explicación del insano si bien no es concluyente, es por lo menos
irrefutable; y esto puede observarse en los dos o tres casos más comunes de
locura.
Si un hombre dice (por
ejemplo) que los hombres conspiran contra él, no se le puede discutir más que
diciendo que todos los hombres niegan ser conspiradores; que es exactamente
lo que harían los conspiradores. Su exposición concuerda con los hechos tanto
como la de ustedes. O si un hombre dice que es el legítimo Rey de Inglaterra,
no es una respuesta adecuada decirle que las autoridades lo catalogan loco;
porque si realmente fuera Rey legítimo de Inglaterra, eso posiblemente sería
lo más sabio que atinaran a hacer las autoridades existentes. O si un hombre
dice que es Jesucristo, no es una respuesta decirle que el mundo ' niega su
divinidad; porque el mundo niega también la divinidad de Cristo.
Sin embargo, ese hombre está
equivocado. Pero si intentamos exponer su error en términos exactos, veremos
que no es tan fácil como pudimos suponerle. Tal vez lo más aproximado que
podríamos hacer, es decir esto: que su mente actúa en un círculo perfecto pero
estrecho. Un círculo pequeño es tan infinito como uno grande; pero a pesar de
ser tan infinito, no es tan amplio. Del mismo modo, la explicación del insano
es tan completa como la del sano, pero no tan vasta. Una bala es redonda como
el mundo, pero no es el mundo.
Hay algo así como una amplia
universalidad; y algo así como una estrecha y restringida eternidad. Lo
podemos ver en muchas religiones modernas.
Ahora, hablando externa y
empíricamente, podemos decir que la más consistente e inconfundible seña de
locura, es esta combinación entre la integridad lógica y la contracción
espiritual. La teoría del lunático, explica un vasto número de cosas, pero no explica
esas cosas en forma vasta. Quiero decir que si ustedes, o yo lidiáramos con
una mente que se vuelve mórbida, lo indicado sería, no tanto ofrecerle
argumentos como darle aire, para convencerla de que existe algo más limpio y
fresco, fuera de la sofocación de un único argumento. Supongamos que fuera,
por ejemplo, el primer caso típico que mencioné: el caso de un hombre que
acusara a todo el mundo de conspirar contra él. Si pudiéramos expresar nuestros
profundos sentimientos de protesta, apelando contra tal obsesión, supongo que
le diríamos algo así: "Oh; admito que usted tiene su caso y que lo
siente de corazón, y que muchas cosas son como usted dice. Admito que su
explicación explica muchas cosas, pero ¡cuántas cosas no explica! ¿No hay en
el mundo más historia que la suya; y todos los hombres se ocupan de usted?
Suponga que demos por sabido los detalles; tal vez cuando aquel hombre en la
calle se hizo el que no lo veía, fue por astucia; tal vez si el agente le
preguntó su nombre, lo hizo porque ya lo sabía. Pero ¡cuánto más contento
estaría si le constara que esa gente no se ocupa en absoluto de usted! ¡Cuánto
más grande sería su vida si usted se empequeñeciera en ella! ¡Si pudiera mirar
a los otros hombres con curiosidad y gusto comunes, si pudiera verlos paseando
como pasean su radiante egoísmo y su varonil indiferencia! Comenzarían a
interesarlo porque vería que no se interesan en usted. Se evadiría de ese
teatro vistoso y mezquino en el que siempre se representa su dramita personal,
y se encontraría bajo un cielo más despejado, en una calle llena de
espléndidos desconocidos."
O supongamos que fuera el
segundo caso de locura, el del hombre que reclama la corona; el impulso de
ustedes, sería contestarle: "Está bien; tal vez usted sepa que es el Rey
de Inglaterra pero, ¿por qué se preocupa? Haga un esfuerzo magnífico, sea un
ser humano y mire de arriba a todos los reyes de la tierra."
O podría ser el tercer caso,
del loco que se cree Cristo. Si dijéramos lo que sentimos, diríamos: "¡Así
que usted es el Creador y el Redentor del mundo! ¡Pero qué mundo pequeño debe
ser! Qué cielo más pequeño debe habitar con ángeles no tan grandes como
mariposas. ¡Qué aburrido ser Dios! ¡Y un Dios inadecuado!
Realmente, no hay vida más
plena ni amor más maravilloso que el suyo; y en realidad ¿es en su mezquina y
penosa compasión que toda carne debe depositar su fe? ¡Cuánto más feliz sería
si la masa de un Dios más grande, pudiera deshacer su pequeño cosmos, desparramara
las estrellas como si fueran pajas, y lo dejara en la inmensidad abierta, libre
como otros hombres de mirar hacia arriba y hacia abajo!"
Y hay que recordar que la
ciencia más puramente práctica, ataca desde este punto de vista al mal mental;
no intenta discutirlo como una herejía sino simplemente quebrarlo como un
encantamiento. Ni la ciencia moderna ni la religión antigua creen en la completa
libertad del pensamiento. La teología reprime ciertos pensamientos que llama
blasfemos. La ciencia reprime ciertos pensamientos que llama morbosos. Por
ejemplo, algunas sociedades religiosas, más o menos exitosamente quieren alejar
al hombre del pensamiento sexual. La nueva sociedad científica, intenta
alejarlo del pensamiento de la muerte; que es un hecho, pero es considerado
como un hecho morboso.
Y atendiendo a aquellos cuya
morbosidad tiene un dejo de manía, la ciencia moderna se preocupa de la
lógica, mucho menos que un derviche en pleno baile. En esos casos, no es
suficiente que el hombre desgraciado desee la verdad; debe desear la salud.
Nada puede salvarlo excepto una ciega ansiedad de normalidad. Ningún hombre
debe creerse a salvo del desequilibrio mental; porque es el órgano que actúa el
pensamiento el que se vuelve enfermo; ingobernable, como si fuera
independiente. Sólo puede salvarlo la voluntad o la fe. Desde que empieza a
actuar su razón, actúa en la antigua ruta circular; girará en torno de su
círculo lógico, igual que un hombre en un coche de tercera clase de Juner
Circle, girará en torno de
Juner Circle, hasta que realice el voluntario, vigoroso y místico acto, de
bajarse en Gower Street. Aquí, la decisión lo es todo; una puerta debe cerrarse
para siempre. Cada remedio, es un remedio desesperado. Cada cura, es una cura
milagrosa. Curar a un hombre no es discutir con un filósofo, es arrojar un
demonio. Y por apaciblemente que trabajen en el asunto los doctores y los
filósofos, su actitud es profundamente incomprensiva. Su actitud es ésta: que
el hombre debe dejar de pensar, si quiere seguir viviendo. Tal tratamiento, es
una amputación intelectual.
Si tu cabeza te perturba,
córtatela; porque es mejor entrar al Reino de los Cielos no solamente como un
niño sino como un imbécil, que ser arrojado con la inteligencia al infierno. .
. o a "Hanwell".
Tal es el loco de los
experimentos. Por lo general es un razonador; y con frecuencia un razonador
acertado. Sin duda se le podrá derrotar en un terreno puramente racional
planteándole su caso con lógica. Pero se le puede plantear con mayor
precisión en términos más generales y aún más estéticos. Está encerrado en la
pulcra y lúcida prisión de una sola idea; se ha aguzado hasta un penoso
extremo. Carece de la indecisión del sano y de su complejidad. Ahora, según
expliqué en la introducción, me propongo ofrecer en estos primeros capítulos,
no tanto el diagrama de una doctrina, cuanto algunas imágenes de un punto de
vista. Y he sido extenso describiendo mi visión del maniático, por esta razón:
porque así como me impresiona el maniático, así me impresionan muchos
pensadores modernos.
Esa inconfundible nota que
me llega de "Hanwell", la escucho también de muchas cátedras de
Ciencia y de muchas aulas de hoy día; y muchos médicos de alienados, tienen de
alienados algo más que su especialidad.
En todos se manifiesta esa
combinación que hemos notado: la combinación de una razón expansiva y
extenuante, con un sentido común contraído y restringido. Son universales en
cuanto se aferran a una explicación razonable y la llevan hasta muy lejos. Pero
una muestra, puede prolongarse hasta siempre y ser no obstante, una pequeña
muestra.
En un tablero de ajedrez,
ven el blanco sobre el negro; si el universo entero está pavimentado como el
tablero, siempre siguen viendo el blanco sobre el negro. Como el lunático, no
pueden alterar su punto de vista; no pueden hacer un esfuerzo mental y repentinamente
verlo negro sobre blanco.
Tomen primero el caso más
obvio del materialismo. Para dar una explicación del mundo, el materialismo
tiene una especie de simplicidad insana.
Tiene justo la cualidad del
argumento del loco; nos hace sentir simultáneamente, que todo lo abarca y que
todo lo deja afuera.
Contemplen un materialista
sincero v eficiente como por ejemplo Mac Cabe, y tendrán esa exacta y
exclusiva sensación. Lo comprende todo; y todo parece no merecer la pena de
ser comprendido.
Sus cosmos, puede ser
completo en cada remache y en cada engranaje, pero aún así, su cosmos es más
pequeño que nuestro mundo. En cierta forma, su plan, como el lúcido plan del
loco, parece insensible a las remotas energías y a la completa indiferencia de
la tierra; es no pensar en las realidades de la tierra: en los pueblos que
luchan, en las madres, en el primer amor y en el terror extendido sobre el mar.
La tierra es tan vasta y el cosmos tan pequeño. El cosmos es, algo así como el
agujero más pequeño en el cual un hombre puede esconder su cabeza.
Hay que entender que ahora
no discuto la relación de esas creencias con la verdad, sino, por el momento,
solamente sus relaciones con la salud. Más compenetrados con el argumento,
espero atacar el punto de la verdad objetiva; aquí sólo hablo de un fenómeno
psicológico.
Por ahora, no intento
probarle a Haeckel que el materialismo es falso, como no intenté probarle al
hombre que se creía Cristo, que elaboraba sobre una creencia errónea. Aquí,
destaco exclusivamente el hecho de que ambos casos son en un mismo sentido completos,
y en un mismo sentido incompletos. Se puede explicar que la indiferencia
pública detiene en "Hanwell" a un hombre diciendo que esa detención
es la crucifixión de un Dios que el mundo no merecía. La explicación explica.
Similarmente se puede explicar el orden universal, diciendo que todas las
cosas, aún las almas de los hombres, son hojas inevitablemente distribuidas en
un árbol por completo inconsciente, i ciego destino de la materia. La
explicación explica, a pesar de no explicar tan completamente como la
explicación del loco. Pero aquí el asunto es que la mente humana normal, no
sólo objeta a ambas explicaciones, sino que tiene para las dos la misma
objeción. Su testimonio aproximado es éste: que si el hombre de Hanwell es el
verdadero Dios, no tiene aspecto de serlo. Y similarmente, que si el cosmos del
materialista es el verdadero cosmos no tiene aspecto de cosmos. La cosa se
empequeñece. La deidad es menos divina que varios hombres; y (según Haeckel) el
conjunto de la vida, es algo mucho más trivial, gris y estrecho, que varios
aspectos aislados de ella. Las partes parecen mayor que el todo. Porque
debemos recordar que la filosofía materialista, sea o no sea verdadera, tiene
por cierto muchas más limitaciones que cualquier religión. En un sentido por
supuesto, todas las ideas inteligentes son limitadas. No pueden ser más vastas
que sí mismas. Un Cristiano está restringido solamente en el sentido en que
está restringido un ateo. No puede pensar que el Cristianismo es falso y
seguir siendo cristiano; y el ateo no puede pensar que el ateísmo es falso y
seguir siendo ateo.
Pero siendo las cosas como
son, hay un aspecto especial en el cual el materialismo tiene más
restricciones que el espiritualismo. El señor Mac Cabe piensa que soy un
esclavo porque no me es permitido creer en el determinismo. Creo que el señor
Mac Cabe es un esclavo porque no le está permitido creer en las hadas. Pero si
examinamos las dos prohibiciones, veremos que la suya es mucho más absoluta
que la mía. El cristiano es muy libre de creer que en el mundo hay un conjunto
de ordenamientos establecidos y de sucesos inevitables. Pero el materialista
no puede aceptar ni el más mínimo dejo de espiritualismo o de milagro.
Al pobre señor Mac Cabe, no
le está permitido admitir la posibilidad de que exista un geniecillo ni
escondido en una flor. El cristiano admite que el universo es variado y aún
mezclado, tal como el hombre cuerdo admite su propia complejidad. El hombre cuerdo
sabe que tiene un poco de bestia, un poco de demonio, un poco de santo y un
poco de ciudadano. Y lo que es más, el hombre realmente cuerdo, admite tener,
sabe que tiene, algo de loco. Pero el mundo materialista es muy sólido y
simple, así como el loco, está completamente seguro de ser cuerdo. El
materialista está seguro de que la historia es simplemente y solamente una
cadena de casualidades, así como la interesante persona que se mencionó antes,
está segura de ser simplemente y solamente un pollo. Los materialistas y los
locos, nunca tienen dudas.
Las doctrinas espirituales,
actualmente no limitan la mente tanto como las negaciones materialistas. Aun
creyendo en la inmortalidad, no necesito pensar en ella. Pero si no creo en la
inmortalidad, no debo pensar en ella. En el primer caso la ruta está abierta y
puedo llegar tan lejos como quiera. En el segundo, la ruta está cerrada.
Pero el caso es aún más
concluyente y el paralelo con la locura, más extraño todavía. Porque nuestro
caso era contra la agotadora y lógica teoría del lunático, que bien o mal,
destruía gradualmente su humanidad. Ahora el cargo es contra las principales
deducciones del materialista, que bien o mal, gradualmente destruyen su
humanidad; no me refiero sólo a la bondad, me refiero a la esperanza, al valor,
a la poesía, a la iniciativa y a todo lo que es humano. Siendo el materialismo
lo que conduce al hombre hacia el fatalismo completo (como generalmente ocurre)
es inútil pretender que se trate en ningún sentido de una fuerza libertadora.
Es absurdo decir que avanza especialmente la liberación, cuando el libre
pensamiento sólo se usa para destruir la voluntad libre. Los deterministas
atan, no desatan.
A su ley, bien pueden
llamarla "cadena" de causalidad. Es la peor cadena que puede
aprisionar al ser humano. Si gustan, pueden usar el lenguaje de la libertad en
la enseñanza materialista, pero salta a la vista que tal lenguaje es en ese
uso tan, pueden decir que el hombre empleara para conversar con el hombre
encerrado en el manicomio. Si gustan, pueden decir que el hombre es libre de
pensar que es un huevo hervido. Pero seguramente es de más peso e importancia
el hecho, de que si es un huevo hervido, no es libre de comer, beber, dormir,
caminar o fumarse un cigarrillo.
Si gustan, igualmente pueden
decir que el audaz especulador determinista es libre de no creer en la
voluntad libre. Pero en tal caso, es de mucho más peso e importancia el hecho,
de que no es libre de alabar, de maldecir, de agradecer, de justificar, de
discutir, de castigar, de resistir a la tentación, de agitar muchedumbres, de
perdonar pecadores, de reprimir tiranos, o aún de decir "gracias, por la
mostaza."
Pasando de este asunto,
puedo destacar que existe una extraña mistificación que presenta al fatalismo
materialista en cierta manera favorable al perdón, a la abolición de los
castigos crueles o de cualquier clase de castigo. Esto es sorprendentemente opuesto
a la verdad. Es muy admisible que la doctrina necesitarista no hace
diferencias, que deja azotando al que azota y al buen amigo exhortando como
antes. Pero evidentemente que si algo detuviera, detendría la exhortación. Que
los pecados sean inevitables, no es un hecho que impide el castigo; si algo
impide es la persuasión. Es tan probable que el determinismo conduzca a la
crueldad como a la cobardía. El determinismo no es incompatible con el hecho
de tratar cruelmente a los criminales. Con lo que tal vez es incompatible es
con darles tratamiento benigno; con apelar a sus mejores sentimientos; con
alentarlos en su lucha moral.
El determinismo no cree en
la eficacia de apelar a la voluntad, pero cree en la eficacia de cambiar el
medio ambiente. No dirá al pecador: "Ve, y no peques más", porque el
pecador no puede rehuir la ofensa. Pero puede sumergirlo en aceite hirviendo;
porque el aceite hirviendo es un medio ambiente. De ahí que el materialista,
considerado como una silueta, tenga los contornos fantásticos de la silueta
del loco. Ambos asumen una actitud, al mismo tiempo inapelable e intolerable.
Por supuesto, que todo lo
que antecede se puede decir no sólo del materialista. Lo mismo podría
aplicarse al extremo opuesto de la lógica especulativa. Hay un escéptico
mucho más terrible que el que cree que todo comenzó en la materia. Es posible
encontrar el escéptico que cree que todo comienza en sí mismo. Él no duda de la
existencia de los ángeles o de los demonios, sino de la de los hombres y las
vacas. Para ése, sus propios amigos no son sino una mitología hecha por él.
Creó su propio padre y su propia madre. Esta fantasía horrenda tiene algo
decididamente atrayente para el egoísmo en cierta forma místico de nuestros
días. Aquel editor que pensaba que los hombres que se tenían fe, llegarían;
esos buscadores del superhombre que siempre creen encontrarlo mirándose al
espejo; esos escritores que hablan de imprimir su personalidad en vez de crear
vida para el mundo, toda esa gente está realmente a una cuarta de aquella
vaciedad horrible.
Entonces, cuando en torno al
hombre el mundo se haya oscurecido como una mentira, cuando los amigos se
desvanezca en espíritus y vacilen los cimientos de la tierra; entonces, cuando
no creyendo en nada y en nadie el hombre se encuentre a solas en su pesadilla,
entonces el gran lema individualista se trazará sobre él como una ironía
vengadora. Las estrellas apenas serán puntos en la oscuridad de su propio
cerebro; el rostro de la madre sólo será un ensayo de su lápiz loco en las
paredes del calabozo. Pero sobre la puerta de su celda se habrá escrito con
horrible verdad: "Cree en sí mismo."
No obstante, lo única que
nos concierne aquí, es destacar que este extremo del pensamiento egoísta,
encierra y exhibe la misma paradoja que el otro extremo del materialismo. En
teoría es igualmente completo e igualmente lisiado en la práctica. En bien de
la claridad, es más fácil exponer la idea diciendo que un hombre puede creer
que siempre vive en un sueño. Pero evidentemente no se le puede ofrecer una
prueba positiva de que no sueña por la sencilla razón de que no hay prueba que
no se le pueda ofrecer igualmente mientras está soñando. Pero si el hombre
comienza a incendiar
Londres y dice que el ama de
llaves pronto lo llamará a tomar el desayuno, lo tomaríamos y lo llevaríamos
con otros lógicos a un lugar que se ha mencionado con frecuencia en el
transcurso de este capítulo.
El hombre que no puede creer
a sus sentidos y el hombre que no puede creer en nada, son igualmente insanos,
pero no es posible probar el desequilibrio por un error de sus argumentos sino
por la manifiesta equivocación conjunta de sus vidas. Ambos se han encerrado en
sendas cajas pintadas interiormente con el sol y las estrellas; los dos son
incapaces de salir, uno a la salud y la dicha del cielo, otro a la salud y la
dicha de la tierra. Su posición es muy razonable; y aún más, en cierto sentido
es infinitamente razonable, así como una moneda de diez centavos es
infinitamente redonda. Pero hay algo así como una infinidad mezquina, una
humillada y esclavizada eternidad. Es entretenido advertir que muchos místicos
o escépticos modernos, han tomado como insignia un símbolo oriental, que es muy
el símbolo de esta nulidad extrema. Representan la eternidad por una serpiente
con la cola en la boca. Hay un admirable sarcasmo en esta imagen de una comida
poco satisfactoria. La eternidad del materialismo fatalista, la eternidad de
los teósofos arrogantes y de los científicos encumbrados de hoy, está bien
representada por la serpiente que se come la cola; un animal degradado que
destruye hasta su propio ser.
Este capítulo es puramente
práctico y se refiere al principal signo y elemento actual de la insania, que
es, en resumen, la razón usada sin base; la razón en el vacío. El hombre que
comienza a pensar sin la base de un primer principio adecuado, enloquece; es el
hombre que empieza por el mal lado. Y en las páginas que siguen tenemos que
tratar de descubrir cuál es el buen extremo. Pero podemos preguntar, a guisa de
conclusión, si esto es lo que vuelve loro al hombre ¿qué es lo que lo conserva
cuerdo?
Hacia el fin de este libro
espero dar una respuesta concluyente (algunos pensarán que una respuesta
demasiado concluyente). Mas por el momento, y en la misma forma netamente
práctica, es posible dar una respuesta referente a lo que en la actual historia
de la humanidad, puede conservar cuerdos a los hombres. Mientras tienen
misterios, tienen salud; cuando se destruye el misterio, se crea la
morbosidad. El hombre común siempre ha sido cuerdo, porque el hombre común
siempre ha sido místico. Siempre ha aceptado la nebulosidad. Siempre ha tenido
un pie en la tierra y otro en el país de las hadas. Siempre ha conservado la
libertad de dudar de sus dioses; pero (contrariamente a los agnósticos de hoy)
también ha conservado su libertad de creer en ellos. Siempre se ha preocupado
más de la verdad que de la consistencia. Si vio dos verdades que se
contradecían mutuamente, tomó las verdades y la contradicción junto con ellas.
Su vista espiritual es estereoscópica, como su vista física. Al mismo tiempo ve
dos cosas diferentes, y no obstante, o por lo mismo, las ve mejor.
De ahí que siempre haya
existido algo como el destino, pero también algo como la libertad de
albedrío. De ahí que creyó que de los niños era el reino de los cielos, y que
no obstante lo cual, debían obedecer en el reino de la tierra. Admiró a la
juventud porque era joven y a la vejez porque no lo era.
Es, precisamente este don de
asociar las aparentes contradicciones, lo que constituye toda la elasticidad
del hombre sano. El único secreto del misticismo es éste: que el hombre puede
entenderlo todo merced a la ayuda de todo lo que no entiende. El lógico
mórbido, intenta dilucidarlo todo y sólo consigue volverlo todo misterio. El
místico permite que algo sea misterioso, y todo lo demás se vuelve lúcido. El
determinista hace muy clara la teoría de causalidad y luego descubre que no
puede decir "por favor" a la mucama. El Cristiano acepta que la
libertad de albedrío siga siendo un misterio sagrado; por eso sus relaciones
con la mucama son de una cristalina y luminosa claridad. Pone la simiente del
dogma en una oscuridad central; pero la simiente germina y se ramifica en
todas direcciones con espontánea y saludable abundancia. Así como hemos tomado
al círculo como símbolo de la razón y de la locura, muy bien podemos tomar a la
cruz como símbolo al mismo tiempo de la salud y del misterio. El budismo es
centrípeto pero el Cristianismo centrífugo: se vuelca hacia afuera. Porque el
círculo es perfecto e infinito en su naturaleza; pero se halla siempre limitado
a su tamaño; nunca puede ser mayor ni más pequeño. Pero la cruz, pese a tener
en su centro una fusión y una contradicción, puede prolongar hasta siempre sus
cuatro brazos, sin alterar su estructura.
Puede agrandarse sin cambiar
nunca, porque en su centro yace una paradoja. El círculo vuelve sobre sí mismo
y está cernido.
La cruz abre sus brazos a
los cuatro vientos; es el indicador de los viajeros libres.
Hablando de este profundo
tema, los símbolos escuetos son de un valor confuso; y otro símbolo tomado de
la naturaleza expresará con claridad suficiente, lo que es el misticismo para
la raza humana.
La única cosa creada que no
podemos ver, es la única cosa a cuya luz podemos verlo todo. Como el sol en su
ocaso, el misticismo explica todo lo demás con los rayos de su invisibilidad
victoriosa.
El intelectualismo
desinteresado es (en el exacto sentido del dicho popular) puro brillo de luna,
porque es luz sin calor y luz reflejada de un mundo muerto. Pero los griegos
tenían razón cuando hicieron a Apolo dios de la imaginación y de la sensatez.
Luego hablaré de los dogmas de necesidad y de un credo especial. Pero ese
trascendentalismo según el cual viven los hombres, originariamente tiene mucho
de la posición del sol en el cielo. Tenemos conciencia de él, como de una
especie
III. EL SUICIDIO DEL
PENSAMIENTO
Las frases callejeras no
solamente son vigorosas, sino también sutiles: porque una figura de lenguaje
con frecuencia puede llegar a ser demasiado simple para prestarse a
definición. Frases como "fuera de uso", o "fuera de tono",
podrían haber sido acuñadas por el señor Henry James, en una agonía de
precisión verbal. Y no hay verdad tan sutil como aquella de la cotidiana frase
sobre el hombre que tiene el corazón bien puesto. Abarca una idea de proporción
normal; no sólo existe una cierta función, sino que también esa función está
correctamente relacionada con otras funciones. Por cierto que lo opuesto de
esa frase, describiría con gran exactitud, la piedad y la ternura, en cierta
forma morbos, de los modernos más representativas. Si por ejemplo tuviera que
describir con sinceridad el carácter del señor Bernard Shaw, no podría
expresarme más exactamente que diciendo que, posee un corazón generoso y
heroicamente amplio, pero no es un corazón bien puesto. Y eso mismo ocurre
con la sociedad típica de nuestro tiempo.
El mundo moderno no es malo;
en cierto modo el mundo moderno es demasiado bueno. Está lleno de feroces y
malgastadas virtudes. Cuando se perjudica una empresa religiosa (como se
perjudicó el Cristianismo con la Reforma) no es solamente de confusión espléndida;
es algo brillante y sin forma, al mismo tiempo llamarada y mancha. Pero el
círculo de la luna es tan claro e inconfundible, tan periódico e inevitable
como el círculo de Euclides sobre un pizarrón. Porque la luna es completamente
razonable; es la madre de los lunáticos, y a todos ellos les ha dado su nombre.
a causa de los vicios
desencadenados. Los vicios, por cierto se desencadenan y se extienden y causan
perjuicios. Pero las virtudes también andan desencadenadas; y las virtudes se
extienden más desenfrenadas y causan perjuicios más terribles. El mundo moderno
está lleno de viejas virtudes cristianas que se volvieron locas. Enloquecieron
las virtudes porque fueron aisladas unas de otras y vagan por el mundo
solitarias.
De ahí que algunos
cientistas se preocupan por la verdad; y su verdad es despiadada, y de allí que
algunos humanistas se preocupan sólo de la piedad y su piedad. (lamento
decirlo) frecuentemente es falseada. Por ejemplo: el señor Blatchford ataca al
cristianismo porque está loco por una virtud cristiana; la puramente mística y
casi irracional virtud de la caridad. Tiene la extraña idea de que facilitará
el perdón de los pecados, diciendo que no hay pecados que perdonar. El señor
Blatchford es no solamente uno de los primeros cristianos; es el único de los
primeros cristianos que realmente mereció ser comido por los leones. Porque en
su caso, la acusación pagana es verdadera: su misericordia significa anarquía.
En realidad, por ser tan humano, es enemigo de la raza humana. Como extremo
opuesto podríamos tomar al realista agriado, que deliberadamente mató en sí
todo placer humano, con fábulas alegres o con el endurecimiento del corazón.
Torquemada, torturaba físicamente a la gente, en bien de la verdad moral. Zola
tortura a la gente moralmente, en bien de la verdad física. Pero en tiempos de
Torquemada, por lo menos existía un sistema que hasta cierto punto permitía
que la rectitud y la paz se besaran. Ahora, ambas no se saludan ni con una
inclinación de cabeza.
Pero podríamos encontrar un
caso mucho más concluyente que estos dos de la piedad y de la verdad, en la
sorprendente dislocación de la humanidad.
Aquí sólo nos concierne
tratar de un aspecto de la humildad. Por mucho tiempo, humildad ha significado
una restricción de la arrogancia e infinitud del apetito del hombre. Del hombre
que siempre estaba aventajando a sus misericordias con el continuado invento
de necesidades nuevas.
Su propia capacidad de goce
destruía la mitad de sus goces. Procurándose placeres, perdió el placer
principal; porque el principal placer es la sorpresa. De ahí resulta evidente
que si el hombre quiere hacer amplio a su mundo, él debe estar siempre haciéndose
pequeño. Aún las ciudades más encumbradas y los pináculos inclinados por su
propia altura, son creaciones de la humildad. Los gigantes que derriban montes
como si fueran pasto, son creaciones de la humildad. Las torres que se pierden
en lo alto por encima de la estrella más solitaria en su lejanía, son
creaciones de la humildad. Porque las torres no son altas sino cuando las
miramos desde abajo; y los gigantes no son gigantes sino más grandes que
nosotros. Toda esa imaginación de lo gigantesco, que es quizá el más vigoroso
de los placeres del hombre, en el fondo es enteramente humilde. Sin humildad
es imposible gozar de nada; ni aun de la soberbia.
Pero lo que nos hace padecer
el presente es la modestia mal ubicada. La modestia se ha mudado del órgano de
la ambición. La modestia se ha instalado en el órgano de la convicción: la cual
nunca se la había destinado.
El hombre estaba destinado a
dudar de sí; pero no de la verdad; ha sucedido precisamente lo contrario.
Actualmente la parte del
hombre que el hombre proclama, es exactamente la parte que no debía proclamar:
su propio yo. La parte que pone en duda, es exactamente la parte de la cual no
debía dudar: la razón Divina. Huxley, predicó una humildad que se conformaba
con aprender de la naturaleza. Pero el escéptico de nuevo cuño es tan humilde,
que duda hasta de poder aprender. De ahí resulta que si nos hubiéramos
apresurado a decir que no existe una humildad típica de nuestro tiempo, nos
hubiéramos equivocado. La verdad es que hay una real humildad típica de
nuestro tiempo. Pero ocurre que, prácticamente, es una humildad tan envenenada
como la más desorbitada de las postraciones del asceta. La vieja humildad era
una espuela que impedía al hombre detenerse; no un clavo en su zapato que le
impedía proseguir. Porque la vieja humildad hacía que el hombre dudara de su
esfuerzo, lo cual lo conducía a trabajar más duro. Pero la nueva humildad hace
que el hombre dude de su meta, lo cual lo conduce a cesar su esfuerzo por
completo.
En cualquier esquina podemos
encontrar un hombre pregonando la frenética y blasfema confesión de que puede
estar equivocado. Cada día nos cruzamos con alguno que dice, que, por supuesto,
su teoría puede no ser la cierta.
Por supuesto, su teoría debe
ser la cierta, o de lo contrario, no sería su teoría. Estamos en camino de
producir una raza de hombres mentalmente demasiado modestos para creer en la
tabla de multiplicar. Nos hallamos en peligro de ver filósofos que duden de la
ley de gravedad, por considerarla como un simple producto de sus
imaginaciones. Los farsantes de otros tiempos eran demasiado orgullosos para
dejarse convencer; pero éstos son demasiado humildes para poder ser
convencidos. Los humildes heredan la tierra; pero los escépticos modernos son
demasiado humildes, hasta para reclamar su herencia. Y precisamente esta
impotencia intelectual es nuestro segundo problema.
El último capítulo se
refería a un hecho observado: que el peligro de morbidez que puede correr un
hombre, proviene más de su corazón que de su imaginación. No se intentaba
atacar la autoridad de la razón; su objeto más bien fue defenderla; porque
necesita defensa.
Todo el mundo moderno está
en guerra con la razón; y la torre, ya vacila.
Con frecuencia se dice que
los sensatos no hallan respuesta para el enigma de la religión. Pero la
dificultad con nuestros sensatos, no es que no puedan ver la respuesta, sino
que no pueden ver ni siquiera el enigma. Son como niños suficientemente estúpidos
como para no notar nada paradójico en la manifestación de que una puerta no es
una puerta. Los tolerantes modernos, por ejemplo, hablan sobre la autoridad
religiosa, no solamente como si no hubiera razón alguna de su existencia,
sino como si nunca hubiera habido una razón para que exista.
A más de no ver su base
filosófica, no pueden siquiera ver su causa histórica. La autoridad religiosa,
ha sido con frecuencia opresiva e irrazonable, tal como cada sistema
legislativo (y especialmente el nuestro actual) ha sido duro y culpable de una
penosa apatía. Es razonable atacar a la policía; también es glorioso. Pero los
modernos críticos de la autoridad religiosa, son como hombres que atacaran a
la policía, sin nunca haber oído hablar de asaltantes. Porque existe un grande
y posible peligro para la mente humana; un peligro tan real como el de un
asalto. Contra él, bien o mal, la autoridad Religiosa se irguió como una
barrera. Y contra él, algo por cierto debe erguirse como barrera si es que
nuestra raza debe salvarse de la ruina.
Ese peligro consiste en que
el intelecto humano es libre de autodestruirse. Tal como una generación
podría impedir la existencia de la generación siguiente, recluyéndose toda en
monasterios o arrojándose al mar; así un núcleo de pensadores puede impedir,
hasta cierto punto, los pensamientos subsiguientes, enseñando a la nueva
generación que no existe validez en ningún pensamiento humano. Sería cargoso
hablar siempre de la alternativa entre la razón o la fe. La razón en sí misma
es un objeto de la fe. Es un acto de fe afirmar que nuestro pensamiento no
tiene relación alguna con la realidad.
Si usted es puramente un
escéptico, tarde o temprano se hará esta pregunta: "¿Por qué todo puede
andar bien, aun la observación y la deducción? ¿Por qué la buena lógica es
tan engañosa como la mala lógica? ¿Ambas son actividades en el cerebro de un
mono sorprendido?"
Hay un pensamiento que
detiene el pensamiento. Y ese es el único pensamiento que debería ser
detenido. Ese es el mal concluyente contra el cual se dirigió toda la
autoridad religiosa. Recién aparece al final de edades decadentes como la
nuestra; y el señor H. G. Wells, ya izó su estridente bandera; ha escrito una
delicada pieza de escepticismo llamada: "Las dudas del instrumento".
Allí interroga al cerebro e intenta excluir la realidad, hasta de sus propias
afirmaciones, pasadas, presentes y por venir. Contra esta ruina lejana, se
organizó y se jerarquizó originariamente, todo el sistema militar de la
religión. Las creencias y las cruzadas, las jerarquías y las persecuciones, no
fueron organizadas según la ignorancia, -dice-, para suprimir la razón. El
hombre, por un instinto ciego sabía que si las cosas fueron discutidas
ensañadamente, la razón pudo ser discutida primero. La autoridad para absolver
que tienen los sacerdotes; la autoridad de los papas para d€ terminar
autoridades; aun la autoridad para aterrar de los inquisidores, eran solamente
sombrías defensas erigidas en torno de una autoridad central más
indemostrable, más sobrenatural que todas: la autoridad para pensar que tiene
el hombre. Sabemos ahora que las cosas son así; no tenemos excusa para
ignorarlo. Porque a través de la vieja rueda de autoridades, podemos oír al
escepticismo crujiente, y al mismo tiempo ver a la razón íntegra y fuerte
sobre su trono.
En tanto que la religión
marche, la razón marcha. Porque ambas son de la misma primitiva y autoritaria
especie. Ambas son métodos que prueban y no pueden ser probados. Y en la acción
de destruir la idea de la autoridad divina, hemos destruido sobradamente la
idea de esa autoridad humana, por la cual podemos abreviar una división muy
larga. Con un rudo y sostenido tiroteo, hemos querido quitar la mitra al
hombre pontificio, y junto con la mitra le arrebatamos la cabeza.
A menos que a esto se le
llame divagación, tal vez fuera conveniente repasar rápidamente, los
principales modos de pensar modernos, que han causado este efecto de detener el
pensamiento. Tuvieron ese efecto el materialismo y la teoría de que todo es
producto de una ilusión individual; porque si la mente es mecánica, el pensar
no puede ser muy divertido; y si el cosmos no es real, no hay nada en qué
pensar. Pero en estos casos el efecto es indirecto y dudoso. En algunos casos
es directo y evidente; especialmente en el caso de lo que por lo general se
llama evolucionismo.
El evolucionismo es un buen
ejemplo de esta inteligencia moderna, que si algo destruye, se destruye a sí
misma. El evolucionismo es, o una ingenua explicación científica de cómo
sucedieron algunos fenómenos terráqueos, o si es algo más que eso, es un
ataque al pensamiento mismo. Si el evolucionismo destruye algo, no destruye a
la religión sino al racionalismo. Si la evolución significa simplemente que
algo positivo llamado mono, se convirtió, muy lentamente, en algo positivo
llamado hombre, entonces es inofensivo hasta para el más ortodoxa, porque un
Dios personal, puede hacer las cosas, tanto lenta como rápidamente, en
especial si como el Dios Cristiano, está situado fuera del tiempo.
Pero si evolución quiere
decir algo más, significa que no existe cosa tal como un mono a convertir, ni
cosa tal como un hombre en el cual ser convertido. Significa que no existe tal
cosa como una cosa. A lo más existe una sola cosa; y esa, es el flujo del todo
y de la nada. Esto, es un ataque no contra la fe, sino contra la mente; no es
posible pensar si no hay riada en qué pensar. No es posible pensar sin que el
pensamiento esté separado de su objeto. Descartes dijo: "Yo pienso; por
consiguiente existo". El filósofo evolucionista invierte y hace negativo
el epigrama. Dice: "Yo no existo; por consiguiente no puedo pensar".
Luego está el opuesto ataque
al pensamiento, aquel anticipado por el señor H. G. Wells cuando insiste en que
cada cosa aislada es "única", y en que no existen categorías.
También esta teoría es puramente destructiva.
Pensar significa relacionar
cosas y detenerse cuando no pueden ser relacionadas. Es obvio decir, que este
escepticismo prohibitivo del pensamiento, prohíbe también el lenguaje: un
hombre no puede abrir la boca sin contradecirlo. De ahí que cuando el señor H.
G. Wells dice (como lo hizo en alguna parte) "todas las sillas son
completamente diferentes", expresa no solamente un error, sino también
una contradicción de términos. Si todas las sillas son por completo
diferentes, no se las puede llamar "todas las sillas".
Semejante a esta es la
teoría progresista que sostiene que alteramos la prueba en vez de tratar de
pasarla. Con frecuencia oímos decir, por ejemplo, "lo que es bien en una
época es mal en otra". Esto es muy razonable si significa que existe una
meta permanente, y que ciertos sistemas logran alcanzarla en ciertos y
determinados tiempos y no en otros. Digamos: si las mujeres desean ser
elegantes, puede que en una época lograrán su deseo engordando y en otra época
adelgazando. Pero no se podría decir que alcanzan su meta dejando de desear ser
elegantes y comenzando a desear ser ovaladas. Si el tipo varía ¿cómo podría
haber perfeccionamiento, si éste implica la permanencia de un tipo? Vietzscke
inició la insensata idea de que los hombres una vez fueron en pos de un bien
que ahora nosotros llamamos mal; si fuera así no podríamos ni hablar de
aventajarlos o aún de aparejarnos a ellos. ¿Cómo podría usted alcanzar a Pérez
siendo que usted camina en dirección opuesta? No se puede discutir si un
pueblo, procurando hacerse miserable tuvo más éxito que el éxito que tuvo otro
procurando hacerse feliz. Sería como discutir si Milton fue más puritano de lo
que un cerdo es gordo.
Cierto es que un hombre (un
hombre tonto) podría cambiar su ideal o su objeto. Pero en cuanto al ideal, en
si es incambiable. Si el admirador de la alteración desea controlar su propio
progreso, debe ser rigurosamente leal al ideal de la alteración; no debe
ponerse a flirtear alegremente con el ideal de la monotonía. El progreso en sí
mismo no puede progresar. Vale la pena destacar de paso, que cuando Tennyson,
en forma bastante alocada y débil, dio la bienvenida a la idea de la variación
infinita de la sociedad, instintivamente empleó una metáfora que sugiere algo
de encarcelado hastío. Escribió:
"Dejad al gran mundo
extenderse hacia los ruidosos abismos de la variante."
Pensó que la variación en sí
es un invariable abismo, y eso es. La variación, aproximadamente es el abismo
más árido y estrecho en que pueda colarse un hombre.
No obstante, aquí lo
principal es que esta idea de una alteración fundamental del tipo, es una de
las cosas que hacen simplemente imposible, pensar en el pasado o en el futuro.
La teoría de una alteración
completa en los prototipos de la historia humana, no solamente nos priva del
placer de honrar a nuestros padres; nos priva hasta del más moderno y
aristocrático placer de despreciarlos.
Este escueto sumario de las
fuerzas destructivas del pensamiento contemporáneo, no estaría completo si
careciera de alguna referencia al pragmatismo[2]; porque aunque aquí lo haya
empleado y lo defienda en todas partes como guía preliminar de la verdad, se
hace de él una aplicación exagerada que implica la ausencia total de verdad
alguna. Mi concepto, puede expresarse brevemente, así. Estoy de acuerdo con el
pragmatismo en que la aparente verdad objetiva no lo es todo; en que existe una
legítima necesidad de creer las cosas que son necesarias a la mente humana. Mas
yo agrego que una de estas necesidades, es precisamente la de creer en la
verdad objetiva. El pragmático aconseja al hombre creer lo que se debe creer y
no preocuparse de lo Absoluto. Pero precisamente una de las cosas que debe
creer es lo Absoluto. Por cierto esta filosofía es una especie de paradoja
verbal. El pragmatismo es una cuestión de necesidades humanas y una de las
primeras necesidades humanas, es ser algo más que un pragmático. El pragmatismo
extremoso es tan inhumano como el determinismo al cual vigorosamente ataca. El
determinista (que para hacerle justicia no tiene pretensiones de ser humano),
se burla del sentido humano para hacer la elección activa del hecho. El
pragmatista, que profesa ser esencialmente humano, se burla del sentido humano
frente al hecho en acción.
Para resumir lo expuesto
hasta aquí, podríamos decir que las filosofías corrientes más características,
no sólo tienen rasgos de manía, sino rasgos de manía suicida. El investigador
ha dado con la cabeza contra los límites del pensamiento humano; y se la
rompió. Esto es lo que hace tan inútiles las advertencias del ortodoxo y tan
vana la jactancia de los vanguardistas sobre 14 peligrosa adolescencia del
libre pensamiento. Lo que estamos presenciando no es la adolescencia del libre
pensamiento, es su vejez decrépita y su disolución terminante. Es inútil que
los obispos y los sabios discutan qué horribles sucesos vendrán si el
desenfrenado escepticismo sigue su curso.
Es en vano que los ateos
elocuentes hablen de las grandes verdades que se revelarán una vez que veamos
los comienzos del libre pensamiento. Ya hemos visto su término.
No tiene ya preguntas por
hacer; se ha interrogado a sí mismo. No es posible evocar visión más salvaje
que la de una ciudad cuyos hombres se preguntan si tienen persona.
No es posible imaginar un
mundo más escéptico que aquél en el cual los hombres dudan de que el mundo
existe. El libre pensamiento podría haber llegado a la quiebra más rápida y limpiamente,
de no haber sido débilmente trabado por la aplicación de las indefendibles
leyes de la blasfemia o por la absurda pretensión de que Inglaterra moderna es
cristiana. Pero de cualquier modo hubiera quebrado.
Los ateos militantes aún son
injustamente perseguidos; pero más por ser una antigua minoría que por ser una
minoría nueva. El libre pensamiento ha agotado su propia libertad.
Está hastiado de sus propios
éxitos. Si ahora algún libre pensador ansioso, saluda a la libertad
filosófica como a un amanecer, es igual al hombre de Mark Twain que envuelto
en sus sábanas salió a ver la salida del sol y llegó justo a tiempo para ver su
ocaso. Si algún pastor alarmado dice todavía que sería terrible que se
extendiera la oscuridad del libre pensamiento, sólo podríamos responderle con
las palabras del señor H. Belloc: "Le ruego no se turbe previendo el
incremento de fuerzas en disolución. Se ha equivocado en las horas de la
noche; ya es la mañana". No hemos dejado preguntas por preguntar. Hemos
buscado interrogaciones en los rincones más sombríos y en las cumbres más
inexploradas. Hemos hallado todas las preguntas que se pueden hallar. Ya es
hora de que cesemos de buscar interrogantes y comencemos a buscar respuestas.
Pero hay que agregar una
palabra más. Al comienzo de esta conversación negativa dije que nuestra ruina
mental la trae la razón desenfrenada y no la desenfrenada imaginación. Un
hombre no se vuelve loco por hacer una estatua de 1.600 metros de altura; pero
puede volverse loco pensándola en pulgadas cúbicas. Ahora, una escuela de
pensadores comprendiéndolo así, se ha abalanzado a esa verdad, creyendo hallar
en ella la forma de remozar la salud paganizada del mundo.
Vieron que la razón
destruye; pero dicen que la voluntad crea. La autoridad ulterior reside en la
voluntad, no en la razón. El punto supremo es no el por qué un hombre requiere
algo, sino el hecho de que lo requiera. No tengo espacio para describir o exponer
esta filosofía de la Voluntad.
Supongo que llegó a través
de Nietzsche, que predicó algo llamado egoísmo. Por cierto Nietzsche fue
bastante ingenuo, porque renegó del egoísmo simplemente predicándolo. Puesto
que predicar algo, es renunciar a ello. Primero, el egoísmo llama guerra despiadada
a la vida y luego se toma todas las molestias posibles para arrojar sus
enemigos a la guerra. Predicar el egoísmo es practicar el altruismo. Pero como
quiera que empiece, su punto de vista es bastante común en la literatura
corriente. La principal disculpa de estos pensadores, es que no son
pensadores: son actores. Dicen que elegir es en sí divino. De ahí que el señor
Bernard Shaw haya atacado la vieja idea según la cual los actos deben juzgarse
conforme al típico deseo de felicidad.
Dice que los actos del hombre no son causados por su tendencia a la felicidad,
sino por un esfuerzo de voluntad.
No dice: "el jamón me
hará feliz", sino "yo quiero jamón". Y en esta temía, otros le
siguen aun con mayor entusiasmo. El señor John Davidson, un destacado poeta,
tanto se apasiona por este asunto, que se ve obligado a escribir en prosa.
Publicó sobre él, una obra breve con varios extensos prefacios. Lo cual es
bastante natural para el señor Bernard Shaw, cuyas obras son todas prefacios.
El señor Shaw (sospecho) es el único hombre sobre la tierra que haya escrito
poesía. Pero ese señor Davidson, que puede escribir poesía excelente y en vez
de escribirla debe escribir complicada metafísica en defensa de esta doctrina
de la voluntad, demuestra que la doctrina de la voluntad, se ha posesionado de
los hombres. Aún el señor H. G. Wells, a medias ha hablado en su lenguaje
diciendo que el hombre debe probar sus actos no como un pensador sino como un
artista; diciendo "siento que esta curva está bien" o "esta
línea debe ir en tal forma." Todos están agitados; y bien pueden estarlo.
Porque por esta doctrina de la divina autoridad de la voluntad, creen que
pueden liberarse de la fortaleza carcelaria del racionalismo. Creen que pueden
escapar. Pero no pueden.
Esta alabanza confusa a la
volición, concluye en la misma destrucción confusa que la observancia de la
lógica. Así como el absoluto libre pensamiento, implica dudar del pensamiento
en sí, exactamente así, la aceptación exclusiva del "querer",
paraliza la voluntad.
El señor Bernard Shaw, no ha
percibido la positiva diferencia que existe entre el viejo experimento
utilitario del placer (que por supuesto es burdo y mal expresado) y lo que él
sostiene. La real diferencia entre la experimentación de la felicidad y la
experimentación de la voluntad consiste en que la experimentación de la
felicidad es un experimento y la otra, no Io es. Se puede discutir si el acto
de un hombre que se precipita desde una colina, tiende a la felicidad; no se
puede discutir que ese acto derive de la voluntad. Por supuesto que deriva.
Se puede alabar un acto diciendo que se le había destinado a procurar placer o
dolor, a descubrir la verdad o salvar el alma. Pero no se le puede alabar
porque implique voluntad, porque tal alabanza, no es más que decir que es un
acto. Según esta alabanza de la voluntad, no se puede elegir un camino mejor
que otro. Y sin embargo, la elección de un camino por ser mejor que otro, es la
verdadera definición de la voluntad que se está alabando.
La adoración de la voluntad,
es la negación de la voluntad. Admirar exclusivamente la elección en sí, es
rehusarse a elegir. Si el señor Bernard Shaw, viene a mí y me dice:
"quiera algo", es como si me dijera: "no me importa lo que usted
quiera", que es como decir: "yo no tengo voluntad en general, porque
la esencia de la voluntad es ser_ particular. Un brillante anarquista como el
señor John Davidson, se irrita contra la moralidad ordinaria y de ahí invoca a
la voluntad, la voluntad para cualquier cosa. Lo único que quiere es que la
humanidad quiera algo. Pero la humanidad quiere algo. Quiere la moralidad
ordinaria. Se rebela contra la ley y nos dice que queramos algo o cualquier
cosa. Pero algo hemos querido. Hemos querido la ley contra la cual se rebela.
Todos los fanáticos de la voluntad, desde Nietzsche hasta el señor Davidson,
están realmente privados de volición. No pueden "querer"; apenas
pueden desear. Y si alguien exige. una prueba, se la puede hallar fácilmente
en este hecho: que siempre hablan de la voluntad como de algo que puede
dilatarse y quebrarse. Pero ocurre exactamente lo opuesto. Cada acto de
voluntad, es un acto de autolimitación. Desear acción, es desear limitación.
En este sentido, cada acto voluntario, es un acto de autosacrificio.
Cuando se elige algo, se
rechaza todo lo demás.
Esta objeción que los
'hombres de la dicha escuela, aplicaban al acto de contraer matrimonio, es en
realidad la objeción adecuada para cada acto. Cada acto es una selección y una
exclusión irrevocable. Tal como cuando usted se casa con una mujer renuncia a
todas las demás, así cuando elige un camino de acción, reunía a todos los
otros caminos. Si usted acepta ser. Rey 'de Inglaterra, renuncia al puesto de
Ujier de Brompton. Si usted se va a Rome, inmola una rica y placentera vida en
Wimbledon. La existencia de este lado negativo o limitante de la voluntad, hace
poco más que jocosa la charla de los anárquicos, adoradores de la voluntad.
Por ejemplo; el señor John Davidson nos dice que nada podremos hacer contra el
"Vos, no podréis"; pero seguramente "Vos, no podréis",
sólo es uno de los corolarios imprescindibles del "yo quiero".
"Yo quiero ir a la Reyista del Lord Mayor, y Vos, no podréis
detenerme." El anarquismo nos conjura a ser artistas creadores y audaces,
sin importársele de las leyes o de los límites. El arte es limitación; la
esencia de cada pintura está en sus perfiles. Si usted dibuja 'una jirafa,
debe dibujarla con el pescuezo largo.
Si en su audaz forma
creadora, se conserva libre de dibujar una jirafa. con el pescuezo corto,
ciertamente descubrirá que usted no es libre de dibujar una jirafa. En el
momento de entrar al mundo de los hechos, se entra al mundo de las
limitaciones.
Usted puede liberar las
cosas de sus leyes accidentales o accesorias, pero no de las leyes propias de
sus naturalezas. Si usted quiere, puede liberar a un tigre de sus rejas, mas no
lo libre de su cautiverio. No libre al camello de su joroba: puede estar
librándolo de ser camello. No se pasee como un demagogo incitando a los
triángulos a evadirse de sus tres lados. Si un triángulo se sale de sus tres
lados, su vida llegará a un lamentable término. Alguien escribió un artículo
titulado: "Los Amores de los Triángulos";` nunca lo leí, pero estoy
seguro de que si los triángulos alguna vez fueron amados, fueron amados por ser
triangulares. Este es ciertamente el caso de toda creación artística, la cual
en cierto modo, es el más acabado ejemplo de voluntad pura.. Los artistas aman
sus limitaciones: constituyen lo que están haciendo. El pintor, se alegra de
que la tela sea chata. El escultor se alegra de que el yeso sea incoloro.
En caso de que el ejemplo no
fuera claro; podría ilustrarse con un ejemplo histórico. La Revolución Francesa
fue algo heroico y decisivo, porque los Jacobinos quisieron algo definitivo y
limitado. Quisieron la libertad de la democracia, pero quisieron también todas
las restricciones de la democracia. Desearon tener votos y no tener títulos.
Los Republicanos tuvieron su aspecto ascético en Franklin o en Robespierre,
tanto como en Danton y Wilkes tuvieron su aspecto expansivo. Por ' lo tanto
crearon algo sólido en sustancia y apariencia; la justa igualdad social y el
bienestar campesino de Francia. Pero desde entonces, la mente revolucionaria o
especulativa de Europa, ha decaído, rechazando toda propuesta a causa de las
limitaciones de la proposición.
El liberalismo fue rebajado
a liberalidad. Los hombres intentaron hacer intransitivo al verbo transitivo:
"revolucionar". El jacobino podía decir no solamente contra qué
sistema se rebelaría sino (lo que es más) contra qué sistema no se hubiera
rebelado;' en qué sistema habría puesto su confianza. Pero el rebelde de
nuevo cuño es un escéptico y nada cree por entero. No tiene lealtad; por
consiguiente no puede ser nunca un verdadero revolucionario. Y el hecho de que
duda de todo, por cierto lo fastidia cuando quiere proclamar algo. Porque toda
proclamación implica una doctrina moral determinada; y el revolucionario no
sólo duda de la institución que proclama sino también de la doctrina por la
cual la ha proclamado. De ahí resulta que escriba un libro quejándose porque
opresión imperial insulta la pureza de las mujeres y después escriba otro libro
(sobre el problema sexual) en el que a su vez las insulta. Maldice al Sultán
porque las muchachas cristianas pierden la virginidad y luego maldice ala señora
Grundy[3] porque la conserva. Como político gritará que ' la guerra es una
pérdida de vidas y como filósofo gritará que la vida es una pérdida de
tiempo. Un ruso pesimista denunciará, a un policía por haber matado un
campesino y luego, por un proceso filosófico de alto vuelo, probará que el
'campesino merecía la muerte. Un hombre proclama que el matrimonio es una
mentira y, luego denuncia al aristócrata canalla, porque lo trata como si
fuera una mentira. A la bandera le dice juguete y luego increpa a los opresores
Polonia o de Irlanda porque
les han quitado su juguete. El hombre de esta escuela, primero va al meeting
político donde se queja de que a los salvajes se les trata como a bestias; y
luego toma el sombrero y el paraguas y se va a un meeting científico en el que
prueba que os salvajes son verdaderamente bestias. Abreviando, el
revolucionario moderno, siendo infinitamente escéptico, siempre está ocupado
en minar sus propias minas.
En su libro sobre política
ataca a los hombres por pisotear la moral; en su libro sobre ética ataca la
moral por humillar al hombre. Como consecuencia, el revoltoso moderno se ha
vuelto completamente inútil para toda tentativa de revuelta. Rebelándose contra
todo, ha perdido su derecho a rebelarse contra algo.
Podría agregarse que la
misma laguna y la misma bancarrota se
observa en todos los tipos terribles y violentos de literatura; especialmente
en la satírica.
La sátira será loca y
anárquica, pero presupone la admisión de cierta
superioridad de unas cosas
sobre as; presupone un modelo, típico.
Cuando en la calle los
chicos se ríen de la gordura de un distinguido periodista, inconscientemente
lo comparan con el mármol de Apolo. Y la extraña desaparición de la sátira de
nuestra literatura, es un ejemplo de las cosas violentas que se desvanecen por
carecer de alguna base sobre la cual ejercer violencia. Nietzsche, tiene
cierto talento natural para el sarcasmo; podía burlarse a pesar de que no pudo
reír; pero siempre hay en su sátira algo incorpóreo y enclenque, sencillamente
porque no estaba respaldada por ningún fondo de moral corriente. Es en sí más
grotesco que ninguna de sus expresiones. Pero ciertamente, Nietzsche se
mantendrá como exponente del fracaso total de la violencia abstracta. El
reblandecimiento cerebral que finalmente se apoderó de él, no fue un accidente
físico. Si Nietzsche no hubiera concluido en la imbecilidad, el nietzchismo
habría concluido imbécil Pensando aisladamente y con orgullo, se termina por
ser un idiota. El hombre cuyo corazón no se ablande, acabará con los sesos
reblandecidos.
Esta última tentativa de
evadirse del intelectualismo, concluye en el intelectualismo y por consiguiente
en la muerte. La evasión fracasó. La admiración frenética de la ilegalidad y la
adoración materialista de la ley, terminan en la misma nada. Nietzsche escala
montañas vacilantes y finalmente aparece en el Tibet. Se sienta al lado de
Tolstoy en el país del vacío. Ambos son inválidos, uno porque no puede retener
nada y otro porque no puede perder nada.
La voluntad dé Tolstoy se
congela por la intuición budista de que todas las acciones especiales son
malas. Pero la voluntad de Nietzsche igualmente se congela por su teoría de
que todas las acciones especiales son buenas, porque si todas las acciones especiales
son buenas, ninguna de ellas es especial.
Hacen alto en la
encrucijada, y uno odia todos los caminos y al otro le gustan todos. El
resultado es bueno; algunos no son difíciles de prever: hacen alto en la
encrucijada.
Aquí termino (gracias a
Dios) el primer y más árido asunto de este libro; la revisión sumaria del
pensamiento reciente. Después de esto, comienzo a describir otro aspecto de la
vida que tal vez no interesa al lector, pero que a mí por lo menos me interesa.
Con ese objeto he hojeado una pila de libros modernos que tengo ante mí al
terminar esta página; una pila de ingenuidades, una pila de fruslerías. Por mi
presente desprendimiento accidental, puedo ver el inevitable choque de las
filosofías .de Shopenhauer y Tolstoy, de Nietzsche y Shaw, tan claramente
como se puede ver desde, un globo, un choque de trenes.
Todos están encaminados a la
vaciedad del hospicio.
Porque la locura puede
definirse como uso de la actividad mental, hasta llegar a la impotencia mental;
y todos ellos, casi han llegado. Aquel que piense que está hecho de vidrio,
piensa en pro de la destrucción del pensamiento; porque el vidrio no puede pensar.
Así también el que no quiere rechazar nada, quiere en pro de la destrucción de
la voluntad; porque voluntad no es sólo poder elegir algo, sino rechazar casi
todo. Y así que vuelvo y revuelvo sobre los inteligentes, hermosos, cansadores
e inútiles libros modernos; el título de uno de ellos detiene mi mirada. Se
llama "Juana de Arco" de Anatole France. Solamente lo he hojeado,
pero una mirada bastó para recordarme la "Vida de Jesús", de Renán.
Sigue el mismo método que el reverente escéptico. Desacredita los relatos
sobrenaturales que tienen algún fundamento, simplemente' contando historias
naturales que no tienen fundamento alguno. Porque no podemos creer en lo que
hizo un santo; debemos pretender que sabemos exactamente lo que sintió. Pero
no menciono a ninguno de ambos libros con objeto de criticarlo, sino porque a
causa de la accidental combinación de los nombres, recordé dos sorprendentes
ejemplos de sensatez que hacen desaparecer todos los libros que tenía ante mí.
Juana de Arco no se turbó en la encrucijada, ni rechazando todas las sendas
como Tolstoy ni aceptándolas todas como Nietzsche.
Eligió un camino y lo
recorrió como reguero de pólvora. No obstante, cuando vine a pensar en ella,
vi que Juana poseía todo lo que fue verdad en Tolstoy y en Nietzsche; aun todo
lo que en ambos fue tolerable. Pensé en todo lo que es noble en Tolstoy; el
placer de las cosas sencillas, especialmente de la piedad sencilla, la
deferencia para el pobre, la dignidad de las espaldas dobladas. Juana de Arco,
tuvo todo eso, más este gran agregado; que sobrellevó la pobreza tan bien como
la había admirado, en tanto que Tolstoy fue un aristócrata típico tratando de
hallar su secreto. Y luego pensé en todo lo que había de valiente, y de
arrogante y de patético en el pobre Nietzsche, y su rebelión contra la vaciedad
y la timidez de nuestro tiempo. Pensé en su grito de alarma por el estático
equilibrio del peligro, su ansiedad por la disparada de los grandes caballos,
su grito a las armas. Bien, Juana de Arco tuvo todo eso y, otra vez, con esta
diferencia; que no alabó la lucha, pero luchó. Sabemos que no temía a un ejército,
mientras que Nietzsche, por todo lo que sabemos, pudo tener miedo de una vaca.
Tolstoy solamente alabó al campesino; ella, fue campesina. Nietzsche alabó al
guerrero; ella fue guerrero. Ella, los derrota a ambos en sus propios ideales
antagónicos; fue más dulce que el uno y más violenta que el otro. No obstante,
fue una persona perfectamente práctica que hizo algo, en tanto que ellos son
feroces especuladores que no hicieron nada. Era imposible que no cruzara por mi
mente el pensamiento de que ella y su fe, tenían quizá un secreto de unidad y
utilidad moral, que se nos ha perdido. Y con este pensamiento vino otro más
vasto y la figura colosal de su Señor, cruzó por el teatro de mis reflexiones.
La misma dificultad moderna que ha sombreado el sujeto-materia de Anatole
France, ha sombreado también el de Ernesto Renán. Renán también aísla a la
piedad del vigor, en su héroe. Renán llega a representar la justa ira contra
Jerusalén, como si fuera un mero quebranto 'nervioso luego de las idílicas expectativas
de Galilea. ¡Como si hubiera contradicción entre amar a la humanidad y odiar lo
inhumano! Los altruistas con débiles voces denuncian egoísta a Cristo. Los
egoístas (con voces más débiles aún), lo denuncian altruista. En la atmósfera
actual, tales cavilaciones resultan bastante comprensibles. El amor del héroe
es más terrible que el odio del tirano. El odio del héroe es más generoso que
el amor del filántropo. Existe una heroica y magnífica sensatez de la cual los
modernos sólo pueden recoger fragmentos. Existe un gigante, del cual sólo
podemos ver los brazos y las piernas moviéndose en torno a nosotros. Han
desgarrado el alma de Cristo en girones tontos de altruismo y dé egoísmo, y
siguen igualmente des-concertados por su magnificencia insana y por su insana
mansedumbre. Se han repartido sus vestiduras y sobre su túnica echaron suerte;
a pesar de que su túnica carecía de costuras y era toda una desde arriba hasta
abajo.
IV. LA ÉTICA EN EL PAIS DE
LOS ELFOS
Cuando el hombre de negocios
reprocha al joven empleado su idealismo, por lo general lo hace en estos
términos: "¡Ah! sí, cuando se es joven, se tienen esos ideales abstractos
y esos castillos en el aire; pera llegando a la madurez, todos se desvanecen
como nubes y se empieza a creer en la política práctica, a usar de los medios
de que se dispone y a reconciliarse con el mundo tal cual es". Por lo
menos cuando yo era niño así me hablaban hombres filántropos y venerables que
hoy yacen en sus honradas tumbas. Pero desde entonces he crecido y he
descubierto que esos viejos filántropos me mentían.
Que en realidad sucedió lo
contrario de lo que ellos me decían que iba a suceder. Decían que perdería
mis ideales y comenzaría a creer en los métodos prácticos de la política.
Y no he perdido en absoluto
mis ideales; mi fe es fundamentalmente exacta a lo que ha sido siempre. Lo que
he perdido es mi antigua infantil confianza en la política práctica. Continúo
tan interesado como antes en la Batalla de Armaguedón; pero no estoy tan
interesado en las Elecciones Generales. Cuando era bebé, a su sola mención
saltaba en las rodillas de mi madre. No; la visión es siempre sólida y
fidedigna; la visión siempre es un hecho. La realidad es lo que con
frecuencia resulta un fraude.
Creo en el liberalismo tanto
como siempre; más que nunca. Pero en una época rosada de inocencia, creí en los
liberales.
Teniendo que trazar ahora el
curso de mi especulación personal, tomo este ejemplo de una de las creencias
que persisten, porque tal vez se la pueda contar como única tendencia positiva.
Crecí como liberal y he creído siempre en la democracia, en la doctrina
elemental de una humanidad autogobernada.
Si alguno encuentra esta
frase vaga o confusa, sólo puedo detenerme un momento para explicar que el
principio democrático, según yo lo entiendo, podría enunciarse en dos
proposiciones. La primera es ésta: que las cosas comunes a todos los hombres,
son más importantes que las cosas peculiares de cualquier hombre. Las cosas
ordinarias tienen más valor que las extraordinarias; aún mejor: son más
extraordinarias. El hombre, es algo más imponente que los hombres; algo más
sorprendente. El sentido milagroso de lo humano en sí, debe ser siempre algo
más vívido para nosotros que todas las maravillas del poder, de la
inteligencia, del arte o de la civilización.
El vulgar hombre sobre sus
dos piernas, como tal, debería ser sentido como algo más emocionante que
cualquier música, más sorprendente que cualquier caricatura. Morir es más trágico que morir de hambre.
Tener nariz, es más cómico
aún que tener una nariz normanda.
Ese, es el primer principio
demócrata: que las cosas esenciales para los hombres, son las cosas que
poseen en común; no las cosas que poseen por separado. Y el segundo principio
es sencillamente este: que el instinto o deseo político, es una de esas cosas
que poseen en común.
Enamorarse es más poético
que languidecer en poesías.
La idea demócrata es que el
gobierno (ayudando a regir un país) es algo así como enamorarse y no como
languidecer en poesías. No algo análogo a tocar el órgano' en una iglesia, a
pintar telas o a descubrir el Polo Norte ( ¡pérfida costumbre!) y a hechos
por el estilo. Porque no deseamos que los hombres hagan esas cosas, a no ser
que las hagan muy bien. Por el contrario, la idea demócrata es que el gobierno
es algo análogo a escribir las propias cartas de amor, o a sonarse la nariz.
Estas cosas deseamos cine los hombres las hagan por sí mismos, aunque las hagan
muy mal. No discuto aquí la exactitud de ninguna de estas concepciones; sé que
algunos modernos andan por ahí pidiendo que los científicos les elijan sus
esposas, y por lo que sabemos, pronto pedirán que las niñeras les suenen la
nariz.
Digo solamente, que la
humanidad reconoce estas universales funciones humanas, y que la democracia
incluye al gobierno entre ellas. Abreviando, la teoría demócrata es ésta: que
las cosas más terriblemente importantes deben dejarse libradas al hombre, la
complementación de los sexos, la educación de la juventud, las leyes del
estado. Esto es democracia: yen esto es en lo que he creído siempre.
Pero desde mi juventud hasta
hoy, hay algo que nunca pude comprender. Nunca he podido comprender de dónde es
que la gente ha sacado la idea, de que la democracia se opone en cierta forma a
la tradición.
Evidentemente, la tradición
es sólo la democracia prolongada a través del tiempo. Es creer en un concierto
de vulgares voces humanas, más que en un registro aislado y arbitrario de los
hechos. El hombre que cita a un historiador alemán en su ataque a la tradición
de la Iglesia Católica, apela estrictamente a la aristocracia.
Recurre a la superioridad de
un experto para oponerla a la tremenda autoridad de una muchedumbre popular.
Es fácil ver por qué una
leyenda es tratada, y debe ser tratada, con más respeto que un libro de
historia.
La leyenda, generalmente la
hace la mayoría (le la gente sensata de un pueblo. El libro, generalmente está
escrito por un sólo loco del pueblo. Aquellos que contra la tradición arguyen
que los hombres de ayer eran ignorantes, pueden ir con sus argumentos al Club
Carlton[4], manifestando que los votantes de los garitos son ignorantes. No nos
hace nada.
Si cuando se trata de
asuntos cotidianos, concedemos gran importancia a la opinión unánime del
común de los hombres, no hay razón para que la menospreciemos cuando se trata
de fábulas y de historia. La tradición podría definirse como una extensión de esa
franquicia.
Tradición, significa dar
votos a la más oscurecida de todas las clases: nuestros antecesores. Es la
democracia de los muertos. La tradición rehúsa someterse a la pequeña y
arrogante oligarquía de aquellos que casualmente, andan por ahí.
La democracia pone
objeciones a los hombres por ser incapacitados por el accidente de su
nacimiento; la tradición se las pone por ser incapacitados por el accidente de
su muerte. La democracia nos aconseja no desoír la opinión de un hombre
bueno; aunque sea nuestro mucamo. La tradición nos pide que no desoigamos la
opinión de un hombre bueno; aunque sea nuestro padre. Yo por lo menos, no
puedo separar las ideas de democracia y de tradición; me parece evidente que
ambas son una misma idea.
Tendremos a los muertos en
nuestros concilios. Los antiguos griegos votaban en piedras; éstos, votarán en
lápidas. Todo es perfectamente oficial y correcto, puesto que muchas lápidas,
como muchas papeletas de votar, están marcadas con una cruz.
Debo decir primero, qué si
he tenido una inclinación, siempre fue una inclinación a favor de la
democracia, y por consiguiente, de la tradición. Antes de llegar a ningún
principio teórico o lógico, me conformo con permitirme esta confesión
personal: siempre he estado más inclinado a creer en el clamor de la clase
trabajadora, que a creer en esa selecta y perturbada clase literata, a la cual
pertenezco. Prefiero aún las fantasías y los _prejuicios del pueblo que ve la
vida desde dentro, a las demostraciones más claras del pueblo que vé la vida
desde fuera. Siempre creeré más en las fábulas de las viejas mujeres que en
los hechos de las viejas solteronas. Mientras la fantasía sea fantasía innata,
puede ir tan lejos como le plazca.
Ahora, tengo que explicar
una posición general y no pretendo estar entrenado para esas cosas. Por
consiguiente, me propongo hacerlo, escribiendo sucesivamente las tres o cuatro
ideas fundamentales que hallé por mí mismo y fielmente en la forma en que las
hallé.
Luego, rápidamente he d
sintetizarlas., agregando mi filosofía propia o religión natural; luego,
describiré mi sorprendente descubrimiento de que el todo, ya había sido
descubierto. Había sido descubierto por el Cristianismo. Pero de estas
profundas persuasiones de las que debo dar cuenta ordenadamente, la primera
concernía a este elemento de tradición popular.
Y sin la explicación en
curso, referente a la tradición y a la democracia, difícilmente podría
exponer con claridad mi experiencia mental. Y aún así, no sé si podré ser
claro. Y ya me propongo por lo menos, intentarlo.
Mi primera y última
filosofía, aquella en la cual creo con fe inquebrantable, la aprendí en la
nursery.
Y vagamente, la aprendí de
una niñera; es decir, de la solemne y estrellada sacerdotiza de la democracia
y de la tradición. Las cosas en las cuales más creía entonces, las cosas en las
cuales más creo ahora, son los llamados "cuentos de hadas."
Me parecen ser las cosas más
razonables. No son fantasías; comparadas con ellos, otras cosas son las
fantásticas. Comparadas con ellos, la religión y el racionalismo son
anormales, a pesar de que la religión es anormalmente cierta y el racionalismo
anormalmente equivocado. El país de las hadas, no es más que la radiante patria
del sentido común. No es la tierra la que juzga al cielo sino el cielo el que
juzga a la tierra; y del mismo modo, a lo menos para mí, no era la tierra la
que criticaba al país de los elfos, sino el país de los elfos el que criticaba
a la tierra. Conocí el lenguaje de las habas antes de haberlas probado; estaba
seguro de que existía el "hombre de la luna", antes de estar seguro
de que la luna existía. Todo iba de acuerdo con la tradición popular. Los
poetas modernos de segunda categoría son naturalistas y hablan de la enramada
o del arroyo; pero los cantantes de la antigua épica fabulosa, eran
supernaturalistas y hablaban de los dioses de la enramada y del arroyo. Eso es
lo que quieren significar los modernos, cuando dicen que los antiguos no
"apreciaban la Naturaleza", porque, dicen ellos, la Naturaleza, es
divina. Las viejas ayas no hablan a los niños del pasto, sino do las hadas que
bailan sobre el pasto; y los antiguos griegos, no podían ver los árboles
distraídos por las dríades.
Pero aquí me ocupo en
demostrar que la ética y la filosofía vienen, alimentándose uno con cuentos de
hadas.
Si me ocupara de ellos
detalladamente podría mencionar muchos nobles y saludables principios que de
ellos provienen. Allí está la caballeresca lección de "Juan el
Gigante", según la cual se debe matar a los gigantes porque son
gigantescos. Es un motín valiente contra la soberbia. Porque el rebelde es más
antiguo que todos los reinos y el Jacobino tiene más tradición que el Jacobita.
Allí está la lección de
"Cenicienta que es la misma lección que la del Magníficat: Exaltavit
hamaca.
Allí, está la gran lección
de "La Bella y la Bestia", según la cual una cosa debe ser amada,
antes de ser amable.
Allí está la terrible
lección de "La Bella Durmiente", que nos dice cómo la criatura
humana al nacer fue regalada con toda clase de bendiciones y no obstante,
maldecida con la muerte; y cómo a veces la muerte, puede dulcificarse hasta ser
un sueño. Pero no me ocupo de los estatutos aislados del país de los elfos,
sino del espíritu de su ley en conjunto; su ley que aprendí antes de saber
hablar y recordaré cuando no pueda escribir.
Me ocupo, de una cierta
manera de mirar la vida, creada en mí por los cuentos de hadas, pero que desde
entonces, fue humildemente confirmada por los hechos.
Podría exponerse de este
modo: Existen ciertas continuidades o desenvolvimientos (cosas siguiendo a
otras cosas) que son razonables, en toda la extensión de la palabra. Que, en
toda la extensión de la palabra, son necesarias. Tales son las continuidades
matemáticas y lógicas. Nosotros, en el país de las hadas (que son las más
razonables de todas las criaturas) admitimos esa razón y esa necesidad. Por
ejemplo, si las hermanas feas, son mayores que Cenicienta, es necesario que
Cenicienta sea menor que las hermanas feas. No hay otro camino. En torno a ese
hecho Haeckel puede hablar todo lo que guste de fatalismo. Si Juan es hijo de
un molinero, un molinero es el padre de Juan. La fría razón lo decreta desde su
trono imponente: y nosotros, en el país de las hadas, nos sometemos. Si tres
hermanos pasean a caballo, allí andan complicados seis animales y dieciocho
piernas: esto es verdadero racionalismo, v el país de las hadas, rebosa de él.
Pero cuando asomo la cabeza por encima del cerco de los elfos y comienzo a
estudiar el mundo natural, observo algo extraordinario. Observo que los hombres
cultos y con anteojos, hablaban de cosas actuales que sucedían, al amanecer,
la muerte, etc.…, como si fueran razonables o inevitables. Hablaban como si el
hecho de que los árboles den frutas, fuera tan necesario como el hecho de que
dos árboles y un árbol son tres árboles. Pero no es tan necesario. Según la
experiencia del país de las hadas, que es la prueba de la imaginación, entre
ambas cosas existe una enorme diferencia. No es posible, imaginar que dos y
uno, no sean tres. Pero fácilmente se imaginan árboles que no dan fruta; o
árboles que den candelabros dorados; o árboles de cuyas ramas cuelguen tigres
asidos por la cola.
Estos hombres con anteojos,
hablaban de un tal señor Newton que fue golpeado por una manzana y descubrió
una ley. Pero esos hombres, no pueden llegar a ver la diferencia que existe
entre una ley necesaria, una ley razonable y el mero hecho de unas manzanas
cayendo. Si la manzana golpeó la nariz a Newton, la nariz de Newton golpeó la
manzana. Esto es una necesidad cierta: porque no podemos imaginar quo ocurra
lo uno sin lo otro. Pero podemos concebir muy bien que la manzana no cayera
sobre su nariz; podemos imaginarla volando anhelosa por el aire para ir a
golpear otra nariz cualquiera hacia la cual sintiera una aversión más
definida. En nuestros cuentos de hadas, siempre hemos conservado esta
diferencia penetrante entre la ciencia de las relaciones mentales en la cual
existen leyes y la ciencia de los hechos físicos en la cual no existen leyes
sino solamente repeticiones extrañas. Creemos en milagros corpóreos pero no en
imposibilidades mentales. Creemos que un tallo de habas trepó hasta el cielo;
pero esto no altera nuestras convicciones en la cuestión filosófica de cuántas
habas suman cinco.
Y aquí reside la perfección
peculiar a la verdad y al tono de las fábulas infantiles. El hombre de ciencia
dice: "corte el cabo y la manzana caerá"; pero lo dice
tranquilamente, como si una idea condujera en realidad hacia la otra. La bruja
en el cuento de hadas dice: "sopla el cuerno y caerá el castillo del
ogro"; pero no lo dice como si hubiera algo por lo cual evidentemente el
efecto proviniera de la causa. Sin duda, dio ese mismo consejo a muchos
castillos, pero no pierde su aire expectante ni su razón. No hurga en su
cabeza hasta imaginar una conexión mental necesaria entre el cuerno y el
castillo tambaleante. Pero los científicos hurgan en sus cabezas hasta
imaginar una conexión mental entre la manzana abandonando el árbol y la
manzana llegando al suelo. Hablan como si realmente hubieran descubierto no
sólo una cantidad de hechos maravillosos, sino una verdad que conecta entre
sí esos hechos. Hablan como si la conexión física de dos cosas extrañas las
conectara también filosóficamente. Sienten que por el hecho de que una cosa
incomprensible constantemente siga a otra cosa incomprensible, de algún modo
las dos forman algo comprensible. Dos jeroglíficos negros formando una
respuesta blanca.
En el país de las hadas
evitamos usar la palabra "ley"; pero en el país de la ciencia, le son
particularmente afectos. De ahí que llamen "Ley de Grimm" a alguna
conjetura interesante sobre cómo los pueblos olvidados pronunciaban el alfabeto.
Pero la ley de Grimm es mucho menos interesante que los cuentos de hadas de
Grimm. Los cuentos, por lo menos, son verdaderamente cuentos, mientras que la
ley, no es una ley.
Una ley implica que
conozcamos la naturaleza de su generalización y de su establecimiento, no que
tengamos sólo una vaga idea de sus efectos. Si existe una ley, según la cual
los rateros deben ir a la cárcel, in1 ' plica que hay una conexión mental imaginable
entre la idea de prisión y la idea de ratería y sabemos cuál es la idea.
Podemos explicar por qué privamos de Libertad a un hombre que se toma
libertades. Pero no podemos decir por qué un huevo pudo convertirse en pollo,
del mismo modo que no podemos decir por qué un oso pudo convertirse en
príncipe. Como ideas, la de huevo y la de pollo, son más remotas entre sí que
la de oso y la de príncipe, porque en sí, no hay huevos con aspecto de pollo
mientras que hay príncipes con aspecto de oso.
Concedido que existen
ciertas transformaciones, es esencial que las consideremos desde el punto de
vista filosófico de los cuentos de hadas y no a la antifilosófica manera de la
ciencia y de las "Leyes de la Naturaleza". Cuando nos pregunten por
qué los huevos se convierten en aves y por qué los frutos caen en otoño,
debemos contestar exactamente como la contestaría el hada madrina a Cenicienta,
si ésta le preguntara por qué los ratones se convertían en caballos y sus
vestidos desaparecían al dar media noche.
Debemos contestar que es
magia. No es una ley, porque no entendemos su fórmula general. No es una
necesidad, porque a pesar de dar prácticamente por descontado que esas cosas
sucedan, no tenemos derecho a decir que siempre han de suceder. El hecho de que
contemos con el curso ordinario de los acontecimientos, no es (según imaginó
Huxley) argumento suficiente para fundar la inmutabilidad de una ley. Y no
contamos con el curso ordinario de las cosas, sino que apostamos sobre él. Nos
arriesgamos a la remota posibilidad de un milagro, como lo haríamos con un
pastel envenenado o con un cometa destructor del mundo. Lo damos por
descontado, no porque es un milagro y por consecuencia una excepción. Todos
los términos empleados en los libros de ciencia, "ley",
"necesidad", "orden", "tendencia" y otros en ese
estilo, son en realidad inintelectuales porque implican una síntesis
intrínseca que no poseemos.
Las únicas palabras que
siempre me satisficieron para describir la Naturaleza, son las empleadas en
los libros de cuentos de hadas, tales como "encanto",
"hechizo", "encantamiento". Expresan la arbitrariedad del
hecho y de su misterio. Un árbol da frutas porque es un árbol mágico. El agua
cae de la montaña porque está embrujada.
El sol brilla porque está
encantado.
Niego absolutamente que esto
sea fantástico o aun místico. Más tarde podremos tener algún misticismo; mas
para hablar de las cosas, ' este lenguaje de cuentos de hadas es simplemente
racional y agnóstico. Emplearlo, es mi único camino para expresar con palabras
mi clara y definida percepción, de que una cosa es muy distinta a otra; que no
existe conexión lógica entre volar y poner huevos. Místico es el hombre que
habla de "una ley" sin nunca haberla visto. Del mismo modo que es
estrictamente sentimental el corriente hombre de ciencia. Es un sentimental en
este sentido; se deja empapar v arrastrar por meras asociaciones. Ha visto
pájaros volando y poniendo huevos con tanta frecuencia, que siente que entre
las dos ideas, debe existir alguna conexión tierna y soñadora, cuando en
realidad no hay ninguna. El amante abandonado puede ser incapaz de disasociar
a la luna de su amor perdido; así como el materialista es incapaz de disasociar
a la luna de las mareas. En ambas cosas no existía más conexión que la de
haber sido vistas simultáneamente. Un sentimental puede llorar por el perfume
de una flor de manzano, a causa de que por una nebulosa asociación personal de
ideas, le recuerda su infancia. Así el profesor materialista (aunque esconda
sus lágrimas) es un sentimental, porque por una nebulosa asociación personal,
la flor de manzano le recuerda las manzanas. Pero el frío racionalista del país
ele las hadas, en lo abstracto no ve por qué el manzano no ha de dar tulipanes
rojos; en su patria a veces los da.
Sin embargo, este asombro no
es una mera fantasía derivada de los cuentos de hadas; al contrario, de él
deriva todo el fuego de los cuentos de hadas. Así como a todos nos gustan los
cuentos de amor, porque hay en ellos un instinto de sexo, a todos nos gustan
las fábulas asombrosas porque tocan la fibra del antiguo instinto de asombro.
Esto lo prueba el hecho de que cuando somos muy niños, no necesitamos cuentos
de hadas; solamente necesitamos cuentos; La vida resulta bastante interesante.
Un chico de siete años se entusiasma, si le dicen que Tomás abrió una puerta y
vio un dragón. Pero un chico de tres años, se entusiasmará si le dicen que
Tomás abrió una puerta. A los chicos les gustan los cuentos románticos; pero a
los bebés les gustan los cuentos realistas, porque los encuentran románticos.
En realidad, un bebé, pienso que aproximadamente, es la única persona que
puede leer una novela realista moderna, sin aburrirse.
Esto prueba que aun las
fábulas infantiles sólo son eco de un sobresalto, casi prenatal, de interés y
de asombro. Estas fábulas dicen que las manzanas son doradas, con el único fin
de resucitar el momento olvidado en que descubrimos que eran verdes. Dicen que
corren ríos de vino, para recordarnos por un loco momento, que corren ríos de
agua. Dije que esto es completamente razonable y aún agnóstico. Y ciertamente
que sobre este punto, estoy con el agnosticismo; cuyo nombre mejor es
Ignorancia.
Todos hemos leído en libros
científicos y por cierto también en las novelas, la historia del hombre que
olvidó su nombre.
Ese hombre camina por las
calles y puede verlo y apreciarlo todo; sólo no puede recordar quién es. Bien,
cada hombre, es ese hombre de la historia. Cada hombre ha olvidado quién es. Es
terrible comprender el cosmos pero nunca comprender el "ego"; el
yo", es más remoto que cualquier estrella. Amarás al Señor tu Dios, pero
nunca lo comprenderás. Todos padecemos de la misma calamidad mental; todos
hemos olvidado nuestros nombres. Todos hemos olvidado lo que somos. Lo que
llamamos sentido común, y racionalidad y practicidad y positivismo, significa
que por ciertas regulaciones de nuestra vida, olvidamos que hemos olvidado.
Todo lo que llamamos espíritu, y arte y éxtasis, significa que solamente por un
magnífico instante, recordamos que habíamos olvidado.
Pero a pesar de que (como el
hombre sin memoria en la novela) caminamos por las calles con una especie de
admiración tardía, todavía es con admiración. Es admiración en inglés y no
puramente admiración en latín.
El asombro tiene un positivo
elemento de alabanza. Este es el próximo mojón que hemos de pasar para
hallarnos definitivamente resueltos en nuestro camino a través del país de las
hadas. En el próximo capítulo hablaré del aspecto intelectual del optimismo y
del pesimismo; tanto manto tengan uno. Aquí sólo trato de describir las enormes
emociones que no pueden ser descritas. Y la emoción más fuerte de la vida, fue
tan hermosa como desconcertante.
Fue un éxtasis porque fue
una aventura; fue una aventura porque fue una oportunidad. La bondad de los
cuentos de hadas no se afectó porque en ellos puedan haber más dragones que
princesas; ya era bondad figurar en un cuento de hadas. La prueba de toda felicidad
es la gratitud; y me siento agradecido, pese a no saber a quién.
Los niños están agradecidos
a Santa Claus, cuando llena sus medias de juguetes y dulces. ¿Podría no estar
agradecido a Santa Claus cuando ha llenado mis medias con dos piernas
milagrosas? Agradecemos a la gente regalos de cumpleaños como cigarros y zapatillas.
¿Puedo no agradecer a nadie
el regalo de cumpleaños de mi nacimiento?
Luego, allí están esos dos
sentimientos indefinibles e indiscutibles. El mundo era un choque; pero no era
puramente chocante; la existencia fue una sorpresa, pero fue una sorpresa
agradable. De hecho, mis primeras impresiones se manifestaron como un jeroglífico
alojado en mi cabeza desde la infancia. La pregunta era: "¿Qué dijo la
primera rana?"; y la respuesta era: "¡Señor, cómo me haces
saltar!" Esto expresa brevemente todo lo que estoy diciendo. Dios hizo
saltar a la primera rana; pero la rana prefiere saltar. Mas cuando estas
cosas se han puesto de acuerdo, comienza el segundo gran principio de la
filosofía feérica. Puede hallarlo quienquiera lea los "Cuentos de
Hadas" de Grimm o las delicadas colecciones del señor Andrés Lang. Por darme
el gusto de ser pedante, a ese principio le llamaré Doctrina del goce
condicional. Touchstone decía que el "si", encerraba gran poder;
conforme a la ética del país de los elfos, todo poder reside en un
"si". El tono de las manifestaciones feéricas es siempre: "Usted
podrá vivir en un palacio de oro y zafiros si no pronuncia la palabra
"vaca"; o "Usted vivirá feliz con la hija del Rey, si no le
muestra un hongo." La realización siempre está pendiente de una condición.
Todas las cosas estridentes y colosales concedidas, dependen de una pequeña
cosa retenida. Todas las cosas terribles y vertiginosas que se permiten,
dependen de una cosa que se prohíbe. El señor W. B. Yeates, en su exquisita y
penetrante poesía feérica, describe a los genios como alegales; en una inocente
anarquía, cabalgan sobre los caballos desenfrenados del aire: "Cabalgan
en las crestas de las olas o sobre el desorden de las mareas, y bailan sobre
las montañas como llamaradas".
Que el señor Yeates no
comprende el país de las hadas, es penoso decirlo. Pero lo digo. Es un irlandés
irónico lleno de reacciones intelectuales. Pero no es bastante estúpido para
comprender el país de las hadas. Las hadas prefieren a la gente de yugo, como
yo; gente que bosteza y tuerce la boca y hace lo que se les dice. El señor
Yeates, ve en el país de los elfos, toda la justa insurrección de su propia
raza.
Pero la alegalidad de
Irlanda, es una insurrección Cristiana, fundada en la razón y en la justicia;
pero el verdadero ciudadano del país de las hadas, se rebela obedeciendo a algo
que no comprende en absoluto. En los cuentos de hadas, la felicidad incomprensible
depende de una incomprensible condición. Se abre una caja y todos los demonios
vuelan libertados. Se olvida una palabra y las ciudades perecen. Se enciende
una lámpara y el amor huye. Se recoge una flor y una vida termina.
Se come una manzana y se
pierde la esperanza en Dios.
Este es el tono de los
cuentos de hadas; y ciertamente no es un tono de insurrección ni de libertad, a
pesar de que, bajo una mezquina tiranía moderna, por comparación los hombres
pueden pensar que eso es libertad. Los que salen de la Cárcel de Portland,
pueden creer que en Fleet Street[5] se es libre; pero un estudio del asunto
hecho desde más cerca, probará que tanto las hadas como los periodistas son
esclavos del deber. Por lo menos las hadas madrinas son tan severas como otras
madrinas. Cenicienta recibió un coche traído del País de las Maravillas y un
cochero traído de ninguna parte, pero también recibió orden de volverse a las
doce. Tenía un zapato de cristal; y no puede ser una coincidencia que el
vidrio sea una sustancia tan común entre la gente científica. Esta princesa
vive en un palacio de cristal; aquella sobre una colina de cristal; ésta vé
todas las cosas en un espejo; todas pueden vivir en casas de vidrio mientras no
tiren piedras. Porque este cristal delgado y reluciente, en todas partes es
símbolo de un hecho: que la felicidad es reluciente pero frágil, como la
sustancia que más fácilmente destruye una mucama o un gato. Y este sentimiento
de los cuentos de hadas, arraigó en mí y llegó a ser también mi sentimiento
hacia todo el mundo. Sentí y siento que en sí la vida es tan brillante como un
brillante y tan frágil como un vidrio de ventana; y cuando se enfrentó a los
cielos con el cristal terrible, recuerdo que me estremecí. Tenía miedo de que
Dios dejara de sostener al mundo y el mundo cayera estruendosamente.
Recuérdese no obstante, que
ser rompible, no es lo mismo que ser perecedero. Golpee un vidrio y no durará
un instante; no lo 'golpee y durará cien años. Tal parece haber sido la alegría
del hombre en el cielo y en la tierra; la felicidad dependía de abstenerse de
hacer algo que en cualquier momento podría hacerse y que con frecuencia no era
evidente la razón por la cual no debía ser hecho. Aquí el punto es que a mí eso
no me parece injusto. Si el tercer hijo del molinero dijera al hada:
"Explícame por qué en el palacio de las hadas no me puedo parar sobre la
cabeza"; la otra, sinceramente pudo responder: "Bien; si en eso
estamos, explícame el porqué del palacio de las hadas." Si Cenicienta
dice: "¿Por qué tengo que dejar el baile a las doce?". Su madrina
podría contestarle: "¿Por qué es que puedes estar allí hasta las
doce?" Si en mi testamento le dejo a un hombre diez elefantes que hablan
y cien caballos alados, no puede quejarse, porque las condiciones compensan la
ligera excentricidad del regalo. A caballo alado no se le miran los dientes.
Y me parece que la
existencia, en sí, era una regalo excéntrico como ese y que no podía quejarme
de no entender las limitaciones de mi visión, cuando no entendía la visión que
limitaban. El marco, no era más extraño que la pintura. La condición muy bien
podría ser tan desorbitada como la visión; podría ser tan asombrosa como el
sol, tan escurridiza como el agua, tan fantástica y terrible como los árboles
gigantescos.
Por esta razón (que
podríamos llamar filosofía del hada madrina) nunca pude adherirme a los
jóvenes de mis tiempos, para sentir, lo que ellos llamaban "sentimiento
general de rebelión". Me habría opuesto (esperemos) a toda regla
perniciosa; pero de éstos y sus definiciones me ocuparé en otro capítulo. Lo
cierto es que no me sentía dispuesto a sostener cualquier regla, por el sólo
hecho de ser misteriosa. A veces, se reprimieron los estados con
procedimientos estúpidos; romper bastones, o pagar un grano de pimienta.
Yo quería reprimir al
inmenso estado del cielo y de la tierra, con alguna de esas fantasías feudales.
Nunca podría ser más loca
que el hecho de que me fuera permitido hacerlo. En este peldaño, sólo doy un
ejemplo ético para explicar lo que
quiero decir. Nunca me pude mezclar con la generación incipiente en el
murmullo común contra la monogamia; porque ninguna restricción al sexo me
parecía tan extraña e inesperada como el sexo mismo. Tener la posibilidad,
como Endimión, de enamorar a la luna y luego quejarse porque Júpiter guardaba
sus lunas propias en un harem (alimentado de cuentos de hadas como el de
Endimión), me parecía todo ello un anticlímax. Conservarse para una mujer, es
poco precio para lo mucho que es ver una mujer. Quejarme porque me casé
solamente una vez, es como quejarme porque he nacido una vez sola. Sería
desproporcionada esa queja, frente a la terrible conmoción de que se está
hablando. Oponerse a la monogamia evidenciaba no una exagerada sensibilidad de
sexo, sino una curiosa insensibilidad a él. Es un tonto el hombre que se queje
porque no puede entrar al Paraíso por cinco puertas al mismo tiempo. La
poligamia es una falta en la realización del sexo; es como el hombre que pela
cinco peras sencillamente porque está distraído. En su elogio a las cosas
amables, los estetas llegaron al último límite de la locura del lenguaje.
Lloran por los cardos y caen de rodillas ante un escarabajo.
No obstante, su emotividad,
nunca, ni por un instante llegó a conmoverme; por esta razón: nunca se les ha
ocurrido pagar su placer ni con un
sacrificio simbólico.
Los hombres (lo he sentido),
son capaces de vivir apurados cuarenta días, con tal de oír cantar a un mirlo.
Los hombres pueden pasar por el fuego para encontrar una hierba extraña. Sin
embargo, estos amantes de la belleza no podrían mantenerse sobrios por eI
mirlo. No pasarían por el común matrimonio cristiano en agradecimiento a la
hierba. Con la moral corriente seguramente se podrían pagar los goces
extraordinarios. Oscar Wilde dijo que las puestas de sol no tienen valor porque
no podemos pagarlas. Pero Oscar Wilde se equivocaba. Podemos pagar las
puestas de sol, con sólo no ser Oscar Wilde.
Bien; dejé los cuentos de
hadas por el suelo de la nursery; y desde entonces no encontré libros más
sensatos.
Dejé a la niñera, guardiana
de la tradición y la democracia; y no he encontrado otro tipo moderno tan
radicalmente sano, tan sanamente conservador. Pero el asunto del comentario
importante y central, está aquí: cuando por primera vez fui al mundo moderno,
hallé que el mundo moderno, en dos puntos, se encontraba decididamente opuesto
a mi niñera y a los cuentos infantiles. Tardé mucho tiempo para descubrir que
el mundo moderno se equivocaba y mi niñera no. Lo realmente curioso era esto:
que el pensamiento moderno contradecía esas creencias fundamentales de mi
infancia, en sus doctrinas más esenciales. He explicado que los cuentos de
hadas me infundieron dos convicciones: primera, que este mundo es un lugar
terrible y sorprendente, que podía haber sido distinto y es muy agradable;
segunda, que ante este salvajismo, y encanto, muy bien se puede ser modesto y
someterse a las más extrañas limitaciones de tan extraña bondad. Pero encontré
a todo el mundo moderno corriendo como una marejada contra mis dos ternuras, y
el colapso del encontrón, creó dos sentimientos repentinos y espontáneos, que
conservé desde entonces y han adquirido ya, solidez de convicciones.
Primero encontré al mundo
moderno hablando de fatalismo científico; decían que cada cosa es como hubo
de haber sido siempre, por ser conformada sin error, desde el principio. La
hoja del árbol es verde porque nunca pudo ser de otro color. El filósofo de los
cuentos de hadas, se alegra de que la hoja sea verde, porque pudo haber sido
colorada. Siente como si se hubiera vuelto verde un instante antes de mirarla.
Está satisfecho de que la nieve sea blanca, en el sentido estrictamente
razonable de que pudo haber sido negra. Cada color tiene en sí una cualidad
inconfundible; cómo si fuera elegida.
El rojo de las rosas de
jardín, no es sólo decisivo sino dramática, como repentinas salpicaduras de
sangre. El filósofo de los cuentos de hadas, siente como si algo se hubiera
hecho. Pero los grandes deterministas del siglo XIX, se opusieron
vigorosamente a esta sensación natural 'de que algo ha sucedido un momento
antes.
Según ellos, desde el
principio del mundo, nunca en realidad ha sucedido nada. Nunca había sucedido
nada desde el suceso de la existencia: y ni están muy seguros de la fecha en
que sucedió.
El mundo moderno tal como lo
encontré, se afirmaba en el Calvinismo moderno, por la necesidad de que las
cosas sean lo que fueron. Pero cuando comencé a pedir pruebas de esta
inevitable repetición descubrí que realmente no las tenían, a no ser el hecho de
que las cosas se repetían. Mas la mera repetición, me presentaba todo en una
forma bastante más extraña que racional. Era como si hubiera visto en la calle
una nariz extraña, la olvidara por considerarla accidental, y luego viera seis
narices más con la misma estructura asombrosa.
Por un momento, debí haberme
imaginado que se trataba de alguna sociedad secreta local. Así, un elefante
con trompa es extraño; pero todos los elefantes con trompa puede parecer una
especie de complot. Aquí hablo solamente de una emoción, y de una emoción
obstinada y al mismo tiempo sutil. Pero
la repetición en la naturaleza, a veces parecía ser una repetición enervada,
como la del maestro de escuela enfurecido, que repite la misma cosa una y otra
vez. El pasto parecía señalarme con todos los dedos a un tiempo; la multitud
de estrellas parecían inclinadas buscando comprensión. El sol se me mostraría
siempre, aunque salga mil veces. La repetición del universo llegó a adquirir el
ritmo enloquecido de un encantamiento; y comencé a vislumbrar una idea.
Todo el imponente
materialismo que domina a las mentes modernas, descansa ulteriormente en una
presunción; en una presunción falsa, Se supone que es muerta una. cosa que
constantemente se repite; algo como un engranaje relojero. La gente siente que
si el mundo fuera personal variaría; si el sol tuviera vida, bailaría.
Esto es un sofisma, aún si
se le relaciona con hechos conocidos. Porque en los asuntos humanos, la
variación generalmente la introduce la muerte v no la vida; el decaimiento o
el quebranto de la fuerza o el deseo.
Un hombre varía sus
movimientos por un leve elemento de fracaso o de fatiga. Se sube a un ómnibus
porque está cansado de caminar o camina porque está cansado de estarse quieto.
Pero si su vida y su alegría fueran tan gigantescas como para no cansarse nunca
de ir a Islington, podría ir a Islington tan regular y continuadamente como el
Támesis va a Sheerness. Y la misma velocidad y el éxtasis propios de su vida,
llegarían a la quietud de la muerte.
El sol se levanta cada
mañana; yo no me levanto cada mañana, pero lo que me diferencia de él no es mi
actividad sino mi inacción. Y para exponer el punto en una frase popular,
podría decir que el sol se levanta regularmente porque nunca se cansa de levantarse.
Podría observarse lo que quiero decir, por ejemplo en los niños, cuando
descubren un juego o una broma que les proporciona especial alegría. Un niño se
golpea rítmicamente los talones, a causa de un desborde y no de una carencia de
vida. Porque los niños rebosan vitalidad por ser en espíritu libres y altivos;
de ahí que quieran las cosas repetidas y sin cambios. Siempre dicen "hazlo
otra vez"; y el grande vuelve a hacerlo aproximadamente hasta que se
siente morir. Porque la gente grande no es suficientemente fuerte para
regocijarse en la monotonía. Pero tal vez Dios sea bastante fuerte para
regocijarse en ella. Es posible que Dios diga al sol cada mañana: "hazlo
otra vez", y cada noche diga a la luna: "hazlo otra vez.
Puede que todas las
margaritas sean iguales, no por una necesidad automática; puede que Dios haga
separadamente cada margarita y que nunca se haya cansado de hacerlas iguales.
Puede que Él, tenga el eterno instinto de la infancia; porque pecamos y envejecimos,
y nuestro Padre es más joven que nosotros. La repetición en la Naturaleza puede
no ser un mero recomenzar; puede ser un teatral "todavía". El Cielo
puede decir "todavía", al pájaro que puso un huevo.
Si el ser humano concibe y
trae al mundo un niño humano, y no un pez, ni un murciélago, ni una quimera,
la razón no puede ser que estemos encaminados a un destino animal, sin vida y
sin motivo. Puede ser que nuestra pequeña tragedia haya conmovido e interesado
a los dioses que la admiren desde sus galerías estrelladas, y que al fin de
cada drama humano, el hombre sea llamado una y otra vez a escena.
La repetición puede
continuar por millones de años y en cualquier momento puede detenerse. El
hombre puede permanecer sobre la tierra generaciones tras generaciones y sin
embargo, cada nacimiento, positivamente, puede ser su última aparición sobre
la tierra. Esta fue mi primera convicción, creada por la conmoción de mis
emociones infantiles, al encontrarse, a medio camino, con las creencias
modernas. Siempre había intuido vagamente que los hechos eran milagrosos, en el
sentido de que son sorprendentes: ahora empiezo a creerlos milagrosos en el
sentido más estricto, de que son premeditados. Quiero decir que son, o pueden
ser, ejercicios repetidos de una voluntad. En realidad, siempre creí que el
mundo implicaba magia: luego pensé que quizá implicara un mago. Y esto aguzaba
una emoción profunda, siempre presente y subconsciente: que este mundo nuestro
tiene un motivo; y si hay un motivo hay una persona. Siempre sentí que la vida,
era en primer lugar como una historia; y si hay una historia, hay un relator.
Pero el pensamiento moderno
también golpeó a mi segunda tradición humana. Iba contra mi feérico
sentimiento respecto a las condiciones y limitaciones estrictas. Al
pensamiento moderno, le gustaba hablar de expansión y amplitud. Herbert
Spenser se habría disgustado mucho si alguien le hubiera llamado imperialista,
de ahí que es profundamente lamentable que nadie lo haya hecho. Pero era un
imperialista y del tipo más bajo. Popularizó la despreciable idea de que la
magnitud del sistema solar, debía sobreponerse al dogma espiritual del hombre.
¿Por qué un hombre habría de entregar su dignidad al sistema solar más bien que
a una ballena? Si es simplemente el tamaño lo que prueba que el hombre no es
imagen de Dios, entonces, la ballena puede ser la imagen de Dios; una imagen
un tanto deforme: lo que se podría llamar un retrato de la escuela
impresionista. Es completamente inútil argüir que, comparado con el cosmos, el
hombre es pequeño; porque comparado con el árbol más próximo, el hombre siempre
fue pequeño. Pero Herbert Spenser, en su aturdido imperialismo, insistirá en
que, de cierta manera, hemos sido conquistados y anexados al universo
astronómico. Hablaba de los hombres y de
sus ideales, como hablaría de Irlanda y sus Ideales, el Unionista[6] más
insolente. Convirtió a la humanidad en una nacionalidad pequeña. Y su mala
influencia se advierte aún en los más vigorosos y honorables autores
científicos: notablemente en las primeras obras del señor H. G. Wells. En
forma exagerada, muchos moralistas han presentado como perversa a la tierra.
Pero el señor Wells, y sus seguidores, presentaron al Cielo como más perverso
aún. Levantaríamos la mirada a las estrellas, desde donde nos viniera nuestra
ruina…
Pero la expansión de la cual
hablo, era mucho más perversa. He observado que el materialista, como el loco,
está en prisión; en la prisión de un pensamiento. Y esa gente parece hallarla
especialmente inspiradora, ya que insiste en que la prisión es muy amplia. La
amplitud de ese mundo científico, no nos ofrece ninguna novedad, ningún
alivio. Su cosmos siempre seguía su marcha, pero ni en la constelación más
extraña había nada realmente interesante; nada como, por ejemplo, de perdón;
nada de libre albedrío.
La grandeza o la infinitud
del cosmos materialista, no le agregaba nada. Era como decir al prisionero de
la cárcel de Reading, que se alegrara de oír que la cárcel ahora alcanza a
cubrir medio condado. El guardián no tendría nada que mostrarle al hombre,
excepto más y más largos corredores de piedra, tétricamente alumbrados, y
vacíos de todo lo que es humano. Así, esos expansores del universo, no tenían
nada que mostrarnos, excepto más y más corredores del espacio, alumbrados por
lúgubres soles y vacíos de todo lo que es divino.
En el país de las hadas
existía una verdadera ley; una ley no podía ser quebrantada, porque la
definición de "ley", se refiere a algo que puede quebrarse. Pero la
maquinaría de esta prisión cósmica, era algo inquebrantable; porque nosotros
mismos, éramos sólo una parte de la maquinaria. O éramos incapaces de hacer
algo, o estábamos destinados forzosamente a hacerlo. La idea mística de lo
condicional desaparecía completamente; no era posible tener la firmeza de
observar la ley ni el placer de quebrantarla. La amplitud de este universo, no
tiene nada de la rebelión fresca y aireada que hemos alabado en el universo
del poeta. Este universo moderno, es literalmente un imperio; es decir, es
vasto pero no libre. Se pueden recorrer muchas habitaciones, a cual más grande,
pero sin ventanas; habitaciones grandiosas con perspectivas babilónicas; pero
no es posible descubrir nunca, ni la ventana más pequeña ni el susurro del aire
libre que se quedó afuera.
Sus paralelos infernales
parecían prolongarse más allá de la distancia; mas para mí, todas las cosas
buenas deben llegar a un punto, por ejemplo, las espadas. Encontrando los
alardes del cosmos, tan poco satisfactorios para mis emociones, comencé a profundizar
el asunto; y pronto hallé que todos sus desplantes eran aún más infundados de
lo que podía preverse. Según los materialistas el cosmos era una cosa, puesto
que era regido por una ley inquebrantable. Sólo que (dicen ellos) como es una
cosa, es también la única cosa que existe. ¿Por qué entonces preocuparse de
llamarla amplia? Sería igualmente sensato, llamarla pequeña.
Un hombre podía decir:
"me gusta este cosmos vasto, con su multitud de estrellas y su
muchedumbre variada de criaturas." Pero si es por eso, ¿por qué no diría
el hombre: "me gusta este cosmos pequeño e íntimo, con su discreto número
de estrellas y su provisión de vida tan breve, como a mí me gusta?" Una
cosa es tan sensata como la otra; ambos, son puramente sentimientos. Es
simplemente un sentimiento regocijarse porque el sol es más vasto que la
tierra; es un sentimiento tan sensato como el de regocijarse porque el sol no
sea más vasto que ella.
Un hombre se inclina a
sentir una determinada emoción frente a la amplitud del mundo. ¿Por qué no
podría estar inclinado a sentirla frente a su pequeñez? Y casualmente ocurre
que yo he sentido esa última emoción. Cuando se quiere a algo, uno llama a ese
algo con diminutivos, aunque se trate de un elefante o de un guarda espalda
gigantesco. La razón es que, cualquier cosa que uno imagine o conciba completa,
por inmensa que sea, puede concebirse como si fuera pequeña. Si el bigote
militar no se asociara con una espada, o los colmillos del elefante no
sugirieran una cola, el bigote y los colmillos, serían vastísimos, porque
serían inconmensurables. Desde el momento en que es posible imaginar un
guardaespalda, es posible imaginar un guardaespalda pequeño. Y desde el
momento en que es posible ver realmente un elefante, es posible comenzar a
llamarlo "Tiny". Si usted puede hacer una estatua de algo, de ese,
algo igualmente puede hacer una estatuita.
Esa gente materialista
proclama que el universo es algo coherente; pero no les gusta el universo. Pero
a mí el universo me gustaba terriblemente y quería dirigirme a él con un
diminutivo. Con frecuencia lo hice; y nunca pareció ofenderse. Luego, y sinceramente
sentí que esos oscuros dogmas de la vitalidad, se expresaban mejor llamando
"pequeño", al mundo, y no llamándole vasto. Porque había una especie
de displicencia hacia lo infinito que era el reverso de la orgullosa y piadosa
consideración que yo sentía por el valor inmenso y el peligro de la vida. Los
materialistas se mostraban con ella de una lúgubre prodigalidad; yo la sentí
como una especie de ahorro sagrado. Porque la economía es mucho más romántica
que el despilfarro. Para ellos, las estrellas eran una entrada sin fin de
medios centavos; pero yo, por el sol dorado y la luna de plata, me sentí como
se siente un escolar que tiene en su haber una esterlina de oro, y un peso
plateado. Estas convicciones subconscientes se manifiestan mejor con el colorido
y el tono de ciertos cuentos. Por eso dije que solamente las historias de magia
pueden expresar mi sensación de que la vida no es sólo un placer sino también
una especie de privilegio excéntrico. Puedo expresar esa otra sensación de la
confortable intimidad del cosmos, refiriéndome a otro libro siempre leído en
la infancia "Robinson Crusoe", que he leído más o menos
recientemente y que debe su eterna frescura al hecho de que celebra la poesía
de las limitaciones, y por consiguiente, hasta al silvestre romanticismo de la
prudencia. Crusoe es un hombre, recién evadido del mar que se ha instalado
sobre un peñasco con unas pocas comodidades. Lo más lindo del libro es la
ennumeración de las cosas salvadas del naufragio. El más grande de los poemas
es un inventario. Cada utensilio de cocina se convierte en el utensilio ideal,
porque Crusoe pudo haberlo dejado caer al mar. Es un buen ejercicio para las
horas ingratas o vacías del día, mirarlo todo y pensar cuán feliz uno puede
sentirse de haberlo salvado del barco zozobrante y llevado luego a la isla
solitaria.
Y es mejor aún el ejercicio
de recordar cómo todo se salvó por un pelo: cada cosa que tenemos se salvó de
un naufragio. Cada hombre ha tenido una horrible aventura: como un oculto
nacimiento fuera del tiempo; él, no era; igual que los niños que nunca llegan
a la luz. En mi infancia se hablaba mucho de hombres de genio disminuidos o
arruinados; y era común decir de mu
chas de ellos que eran: "Grandes Pudieron Ser." Para mí es un
hecho más cierto y sorprendente que cualquier hombre que cruzó por la calle
es un: "Grande Pudo No Haber Sido."
Pero aunque parezca tonto,
realmente sentí como si el orden y el número de cosas, fueran los románticos
restos del barco de Crusoe. Que haya dos sexos y un sol, era como que hubieran
allí dos armas de fuego y un hacha. Era absolutamente urgente que ninguna de
esas cosas se perdiera; pero en cierta forma era bastante extraño, que a esas,
no se pudiera agregar ninguna. Los árboles y los planetas parecían cosas
salvadas del naufragio; y cuando vi al Matterhorn[7] me alegré de que no
hubiera sido olvidado en la confusión del momento. Me sentí económico con las
estrellas, como si fueran zafiros (y así las llama Milton en el Paraíso) ; me
sentí avaro con las montañas. Porque el universo es todo, una sola joya y si
es natural en sentido figurado, decir inapreciable e incomparable a una joya,
decirlo de esta joya sería literalmente exacto. Este cosmos ciertamente es sin
par y sin precio: porque no existe otro. Así concluye con una imperfección
inevitable este intento de decir lo indecible. Esta es mi ulterior posición
frente a la vida; los zurces para la simiente de la doctrina; lo que pensé en
cierta forma obscura antes de poder escribir, lo que sentí antes de poder
pensar. Las resumo ahora para luego proseguir más fácilmente.
Sentí en mis huesos,
primero, que este mundo no se explica a sí mismo. Puede ser un milagro con una
explicación sobrenatural; puede ser el truco de un hechizo con una
explicación natural. Pero la explicación del conjuro, si ha de satisfacerme,
tiene que ser mejor que las explicaciones naturales que ya he oído. Falsa o
cierta, la cosa es de magia. Segundo, llegué a sentir que la magia tenía un
significado, y un significado debe tener alguien que lo signifique. En el
mundo, había algo personal, como en una obra de arte. Lo que significara
aquello, lo significaba violentamente. Tercero, hallé hermoso su objeto y sus
designios, pese a tener defectos, como serían por ejemplo los dragones.
Cuarto, comprendí que la
forma adecuada de agradecerlo, es tener una especie de humildad y de
restricción: debemos agradecer a Dios la cerveza y el. Borgoña, no
bebiéndolos en exceso. Debemos también obediencia, a quienquiera nos haya
hecho. Y finalmente, y lo más extraño, vino a mi mente una vaga y vasta
impresión de que en cierto modo, todo bien era un remanente a almacenar y a
conservar como sagrado; un remanente salvado de la primera ruina. El hombre ha
salvado su bien como Crusoe salvó sus bienes: los ha salvado de un naufragio.
Todo eso sentí, y los años me dieron valor para sentirlo. Yen todo ese tiempo,
no había ni siquiera pensado en la teología Cristiana.
V. LA BANDERA DEL MUNDO
Cuando era niño, por ahí
andaban corriendo dos hombres raros, a quienes llamaban optimista y pesimista.
Constantemente empleé esos
términos y confieso con toda ingenuidad, que nunca tuve una idea muy especial
de lo que significaban. Lo único que puede considerarse evidente, es que no
querían decir lo que decían; porque la explicación verbal corriente era que el
optimista juzgaba al mundo todo lo bueno que puede ser, mientras que el
pesimista lo juzgaba todo lo malo que puede ser. Siendo ambos juicios de una
insensatez rabiosa y evidente, era necesario buscar otra explicación.
Optimista no puede ser un hombre que encuentra todo bien y nada mal. Porque
eso es un absurdo;, es como llamar derecha a todo y a nada llamarle izquierda.
Por el conjunto llegué a la conclusión de que el optimista creía bueno a todo
menos al pesimista y que el pesimista todo lo creía malo excepto a sí mismo.
Sería injusto omitir a ambos de la lista de definiciones, misteriosas pero
sugestivas, hechas, según dicen, por una niñita: "Un optimista es un
hombre que cuida los ojos y un pesimista un hombre que cuida los pies." Y
no estoy seguro de que esta no sea la mejor de las definiciones, En ella hay
una especie de verdad alegórica Porque quizá allí haya una diferencia aplicable
a la que existe entre ese más lúgubre pensador que sólo piensa en nuestro
contacto de cada momento con la tierra, y ese otro menos triste pensador que
más bien considera nuestra primordial facultad de ver y de elegir camino.
Pero aquí hay un profundo
error en la alternativa del optimista y del pesimista. Implica que el hombre
critica este mundo como si fuera un buscador de casas, como si estuviera
visitando un edificio de departamentos. Si un hombre viniera a este mundo desde
otro mundo y viniera ya en plena posesión de sus facultades, podría discutir
si la ventaja de los bosques otoñales compensa o. no la desventaja de los
perros rabiosos, tanto como un hombre buscando alojamiento podría pesar la
conveniencia de tener teléfono contra el inconveniente de carecer de vista al
mar. Pero ningún hombre, está en esas condiciones. Un hombre pertenece a este
mundo antes de empezar a averiguar si es lindo pertenecerle. Ha luchado y con
frecuencia obtenido triunfos heroicos, para la bandera, mucho antes de estar
alistado. Para exponer brevemente la idea esencial: tiene una lealtad: mucho
antes de tener una admiración.
En el último capítulo, dije
que en los cuentos de hadas se expresa mejor esa sensación primera de que el
mundo es extraño y sin embargo atrayente. El lector, si quiere puede pasar por
alto el período siguiente de esa literatura belicosa que por lo general, en la
vida de un niño, sigue a la de los cuentos de hadas. Todos debemos una sana
moralidad, a los horrores baratos. Cualquiera sea la razón, me parecía, y
todavía me parece, que nuestra actitud respecto a la vida, se puede expresar
en términos de una especie de lealtad militar mejor que en términos de crítica
o de aprobación. Mi aceptación del universo no es optimismo, más bien es algo
como patriotismo. Es el caso de una lealtad elemental. El mundo no es una
hostería en Brigkton a la que dejamos si es miserable. Es la fortaleza de
nuestra familia, con la bandera flameando en la torre y que cuanto más
miserable sea, menos dispuestos estamos a dejarla.
El punto no es que este
mundo sea demasiado triste para ser amado o demasiado alegre para no serlo; el
punto es que cuando se ama algo, su alegría es la razón de amarlo y su tristeza
la razón de amarlo más. Todo pensamiento optimista sobre Inglaterra, y todo
pensamiento pesimista sobre ella, son razones de igual valor para el patriota
inglés. Similarmente, el optimismo y el pesimismo, son argumentos de igual
consistencia para el patriota cósmico.
Supongamos que se nos
enfrente con algo desesperante, digamos el Pimlico.[8] Si pensamos qué es
realmente mejor para el Pimlico, hallaremos que el curso del pensamiento nos
conduce hasta el trono de lo místico y de lo arbitrario. No es bastante que un
hombre desapruebe al Pimlico: porque en ese caso, simplemente se cortará el
pescuezo o se mudará a Chelsea.
Ni tampoco es bastante que
un hombre apruebe el Pimlico; porque en ese caso el Pimlico perdurará y tal
cosa sería terrible. La única solución parecería ser, que alguien amara al
Pimlico; lo amara con un afecto trascendental y sin ninguna razón terrena. Si
apareciera un hombre que amara al Pimlico, el Pimlico se elevaría en torres
de marfil y en pináculos dorados. El Pimlico se engalanaría como una mujer
cuando es amada. Porque la decoración no es para esconder algo horrible sino
para adornar una cosa ya adorable. Una madre no le da al hijo un moño azul,
porque sin él sería feo. Un enamorado no regala un collar a la muchacha, para
que esconda su cuello. Si los hombres amaran al Pimlico, como las madres aman a
los hijos, arbitrariamente, porque son suyos, en un año o dos el Pimlico sería
más bello que Florencia. Algunos lectores dirán que esto es mera fantasía. Y
respondo que esta es la actual historia de la humanidad. De hecho, es así como
las ciudades se hicieron grandes. Retrocedamos hasta las más oscuras raíces de
la civilización y las veremos anudadas en torno a una piedra, o rodeando
algún sagrado bien. Los pueblos, primero rindieron honores a un lugar y luego
le adquirieron su gloria. Los hombres no amaron a Roma porque fuera grande. Fue
grande porque la amaron.
Las teorías del contrato
social del siglo XVIII, en nuestros tiempos se expusieron a muchas críticas
burdas.
Y no obstante, eran
demostrablemente correctas en tanto que signifiquen que toda forma histórica
de gobierno, fue sostenida por una idea de satisfacción y de cooperación. Pero
tales teorías, son verdaderamente inexactas, en cuanto sugieren que los hombres
fueron conducidos al orden o a la ética, simplemente por un consciente
intercambio de intereses. La moralidad no la comenzó un hombre diciendo a otro
hombre: "No te golpearé si tú no me golpeas"; no hay vestigios de tal
transacción. Hay vestigios de que los dos hombres dijeron. "En el lugar
sagrado, no debemos golpearnos uno a otro."
Adquirieron su moralidad
observando su religión.
No cultivaron la valentía.
Lucharon por la reliquia y descubrieron que se habían hecho valientes. No
cultivaron la higiene. Se purificaron para el altar y descubrieron que eran
limpios. La historia de los Judíos es el único documento primitivo que conoce
la mayoría de los ingleses. Por ella, los hechos pueden ser suficientemente
juzgados. Los diez mandamientos, que han sido considera" dos
sustancialmente comunes a todo el género humano, fueron simplemente mandatos
militares; un código de órdenes al regimiento, emitido para proteger a cierta
arca a través de cierto desierto. La anarquía fue maligna, porque puso en
peligro lo santo. Y recién cuando hicieron un día santo (holy day) para Dios,
encontraron que habían hecho un día de descanso (holiday) para los hombres.
Si se consiente que esta
primera devoción a un lugar o a una cosa, es una fuente de energía creadora,
podemos seguir a un hecho peculiar. Reiteremos un instante que el único
optimismo justo es una especie do patriotismo universal. ¿Qué sucede con el
pesimista? Pienso que puede decirse que es el antipatriota cósmico. ¿Y qué
sucede con el antipatriota? Pienso que puede decirse, sin indebida amargura,
que es el amigo cándido. ¿Y qué hay del amigo cándido?
Aquí nos topamos con la roca
de la vida real y de la inmutable naturaleza humana.
Me atrevo a decir que lo
malo del amigo cándido es simplemente que no es cándido. Está escondiendo
algo, su propio placer sombrío de decir cosas desagradables. Tiene un secreto
deseo de herir, y ciertamente no para ayudar.
Por lo que supongo, esto es
lo que hace a cierta especie de antipatriota tan irritante para el ciudadano de
buena salud. No hablo (por supuesto) del antipatriotismo que solamente irrita
a los cambistas febriles y a las actrices sugerentes; llanamente dicho, eso es
patriotismo. No vale la pena contestar inteligentemente a un hombre que diga
que ningún patriota debe criticar la guerra Boer mientras no termine; está
diciendo que un buen hijo no debe advertir a su madre que caerá del peñasco,
sino después que haya caído. Pero hay un antipatriota que irrita honestamente
a los hombres honestos; y su explicación, según creo, es la que he sugerido: es
el cándido amigo sin candidez; el hombre que dice: "Siento decir que
estamos perdidos", y no siente nada. Y sin figura retórica, puede decirse
que es un traidor; porque ese triste conocimiento que se le facilitó para
estimular al ejército, lo emplea para desanimar a las gentes de unirse a él.
Porque le es permitido ser
pesimista como consejero militar; y está siendo pesimista como sargento de
reclutas.
En la misma forma el
pesimista (que es el antipatriota cósmico) usa la libertad que la vida
proporciona a sus consejeros, para alejar a las gentes de su bandera. De
acuerdo en que sólo manifiesta hechos, aún es interesante saber cuáles son sus
emociones, cuál es su motivo.
Puede que en Tottenham haya
mil doscientos hombres atacados de viruela; pero nosotros deseamos saber si
esto lo dice un gran filósofo que quiere maldecir los dioses, o solamente un
vulgar pastor que quiere procurar socorro a los enfermos.
El mal del pesimista no es
que quiera castigar a los dioses y a los hombres, sino que no ama lo que
castiga, no tiene esa primordial y sobrenatural lealtad a las cosas,
¿Cuál es el mal del hombre
comúnmente llamado optimista? Evidentemente se siente que el optimista,
deseando defender el honor del mundo, defenderá hasta lo indefendible.
Es el campeón del Universo;
dirá: "mi cosmos, bueno o malo". Se inclinará menos a modificar las
cosas; se inclina más a dar una especie de respuesta-parapeto a todas las
preguntas que le ataquen, calmando a cada uno con promesas. No lavará al mundo
pero querrá blanquearlo. Todo esto (que es cierto en un tipo de optimista) nos
conduce al punto de psicología verdaderamente interesante y sin el cual es
imposible explicar lo que antecede.
Decimos que debe existir una
lealtad elemental hacia la vida: la única pregunta es: ¿debe ser una lealtad
natural o sobrenatural? Y si les gusta más, así: ¿debe ser una lealtad
racional o irracional? Ahora, lo extraordinario es que el falso optimismo
(que blanquea la débil defensa de las cosas) va de acuerdo con el optimismo
razonable. El optimismo racional conduce al estacionamiento: es el optimismo
irracional el que conduce a la reforma. Déjenme explicar usando una vez más el
paralelo del patriotismo. El hombre más indicado para arruinar el lugar que
ama, es precisamente el hombre que lo ama por una razón. El hombre que
beneficia al lugar, es el hombre que lo ama sin razón alguna. Si un hombre ama
algún aspecto del Pimlico (lo que parece difícil) se encontrará defendiendo
ese aspecto contra el mismo Pimlico. Pero sí simplemente ama al Pimlico en Si,
puede que lo convierta en una Nueva Jerusalén.
No niego que la reforma
puede ser extremosa; sólo digo que el patriota místico es el que transforma. La
simple, autosugestión enardecida es más común entre aquellos que tienen alguna
razón pedante para su patriotismo. Los peores frenéticos no aman a Inglaterra
sino a una idea de Inglaterra.
Si amamos a Inglaterra por
ser un imperio, podemos exagerar el éxito con que regimos a los hindúes. Pero
si la amamos solamente por ser una nación, podemos hacer frente a todos los
acontecimientos: porque sería una nación aunque los hindúes nos rigieran a
nosotros. Y lo mismo aquellos cuyo patriotismo les permite sólo falsear la
historia, porque de la historia depende su patriotismo. A un hombre que ama a
Inglaterra porque es inglés, no le interesa cómo surgió Inglaterra. Pero uno
que la ama porque es anglosajón, podría ir a desmentir los hechos con sólo su
fantasía. Podría concluir (como Carlyle y Freeman) sosteniendo que la
conquista normanda fue una conquista sajona. Podría concluir en completa
irrazón, porque tiene una razón.
Un hombre que ama a Francia
porque es militar, excusaría al ejército de 1870. Pero un hombre que ama a
Francia porque es francés idealizaría al ejército de 1870. Esto es exactamente
lo que hicieron los franceses y Francia es un buen ejemplo de la paradoja que
explico. En ningún lugar el patriotismo es más puramente abstracto y
arbitrario; y en ningún lugar la reforma es más activa y progresiva. Cuanto más
trascendental es el patriotismo, más prácticos son los políticos.
Tal vez el ejemplo más
cotidiano de este asunto, sea el caso de las mujeres; y de su extraña y recia
lealtad. Algunas personas estúpidas iniciaron la idea de que las mujeres, por
apoyar a los suyos contra todo, son ciegas y no ven nada. Difícilmente habrán
conocido a las mujeres. Las mismas mujeres siempre prontas a defender sus
hombres a través de lo espeso y lo inconsistente en sus relaciones personales
con el hombre, son casi morbosamente lúcidas para hallar la inconsistencia de
sus excusas y el espesor de su seso. Al amigo del hombre le gusta su amigo,
pero lo deja tal cual es: su mujer lo ama y siempre está tratando de hacerlo
otro. Las mujeres extremadamente místicas en sus creencias, son extremadamente
cínicas en sus críticas. Esto lo expresó muy bien Thackeray cuando creó la
madre de Pendennis que adoraba a su hijo como a un Dios y no obstante asumió
que al crecer se volviera tan malo como un hombre. Desestimó su virtud a pesar
de que sobreestimaba su valor. El devoto es enteramente libre de criticar; el
fanático, tranquilamente puede ser un escéptico. El amor no es ciego; eso es
lo último que sería; y cuanto más consolidado esté el amor, es menos ciego.
Por lo menos, éste ha llegado a ser mi punto de vista para ver todo lo que es
llamado optimismo, pesimismo y progresión. Antes de obrar ningún acto de
reforma cósmica, debemos hacer un juramento de solidaridad cósmica. Un hombre
debe interesarse por la vida, luego puede interesarse de sus propias teorías
sobre ella. "Mi hijo me dio su corazón"; el corazón debe ponerse en
el verdadero objeto: desde el momento en que tenemos el corazón bien dado,
tenemos las manos libres. Debo hacer un paréntesis para anticiparme a una
crítica inevitable.
Se dirá que un ser racional,
con una relativa conformidad y una relativa satisfacción, acepta el mundo como
una mezcla del bien y del mal. Precisamente ésta es la actitud que sostengo y
que es defectuosa. Sé que es muy común en esta época; y lo expresaba
perfectamente Mateo Arnold en sus líneas más penetrantemente blasfemas que los
alaridos de Schopenhauer:
"Bastante vivimos: y si
una vida
"lograda es tan poco
frecuente,
"aunque soportables, no
vale la pena,
"por estas pompas del
mundo, este dolor de nacer".
Sé que esta sensación abunda
en nuestra época y pienso que es ella que la congela. A juzgar por nuestros
titánicos esfuerzos para creer y rebelamos, lo que necesitamos no es la fría
aceptación del mundo como un compromiso, sino hallar un modo por el cual
podamos odiarlo de corazón y de corazón amarlo. No queremos que la alegría y el
pesar se neutralicen mutuamente y produzcan una conformidad avinagrada;
queremos una satisfacción vigorosa y un vigoroso descontento. Debemos ver al
mundo como al castillo del ogro que hay que asaltar, y sin embargo mirarlo al
mismo tiempo como a nuestro propio hogar al que podemos regresar cuando
anochece.
Nadie duda que un hombre
normal puede llevarse bien con el mundo; pero requerimos, no bastante fuerza
para llevarnos bien con él, sino bastante fuerza para que él se lleve bien con
nosotros. ¿Es posible que el hombre lo odie tanto como para cambiarlo y que lo
ame bastante para pensar que vale la pena el cambio? ¿Es posible que mire hacia
la colosal grandeza de sus bienes sin sentir ni una vez admiración? ¿Es posible
que mire hacia la grandeza colosal de sus males, sin sentirse ni una vez
afligido? Abreviando: ¿puede el hombre ser al mismo tiempo, no sólo pesimista
y optimista sino un fanático pesimista y un optimista fanático?
¿Es bastante pagano para
morir por el mundo y bastante cristiano para morir en él? En esta combinación
sostengo que es el optimista racional el que fracasa, y el optimista
irracional el que tiene éxito. Está dispuesto a hacer pedazos a todo el
universo, en bien del universo mismo.
Escribo estas cosas, no en
la madurez de su lógico ordenamiento, sino tal como se presentaron, y esta
última teoría la aclaró y la aguzó un accidente del momento: A la extendida
sombra de Ibsen, apareció un argumento: que era algo muy lindo matarse a sí
mismo.
Los graves modernos dijeron
que no debíamos ni decir "pobre muchacho" a un hombre que se había
volado los sesos, puesto que era una persona envidiable y que se los había
volado a causa de su propia excepcional excelencia.
El señor Guillermo Avcher,
hasta sugirió que en la edad de oro habría máquinas de "moneda en la
ranura", gracias a las cuales un hombre pudiera suicidarse por diez centavos. En todo esto me hallé completamente
hostil a muchos que se llamaban liberales y humanos.
El suicidio no sólo es un
pecado; es el pecado. Es el mal interior y absoluto; es rehusarse a tomar un
interés por la existencia; es rehusarse a jurar lealtad a la vida. El hombre
que mata a un hombre, mata un hombre. El hombre que se mata, mata todos los
hombres; por lo que a él le concierne, arrasa con todo el inundo. Su acto
(simbólicamente considerado) es peor que cualquier rapto o cualquier atentado
con dinamita. Porque destruye todos los edificios e insulta a todas las
mujeres. El ladrón se satisface con diamantes; pero el suicida no: ese es su
crimen. No puede ser atraído ni por las relumbrantes piedras de la Ciudad
Celestial. El ladrón hace un cumplido a lo que roba, aunque no al robado. Pero
el suicida al no robarlas insulta a todas las cosas de la tierra. Desprecia a
cada criatura, más insignificante del cosmos, su muerte significa una sonrisa
burlona y despectiva. Cuando un hombre se cuelga de un árbol, las hojas podrían
caer con ira y los pájaros volar de él con furia: porque todos han recibido
una afrenta personal. Por supuesto puede existir una emoción patética que
excuse el acto. Frecuentemente la hay para un. rapto y casi siempre la hay
para la dinamita.
Pero si se trata de ideas
claras y de la interpretación inteligente de las cosas, hay mucha más verdad
racional y filosófica en el entierro del suicida en un cruce de caminos y en
el bastón atravesado sobre el cuerpo, que en las máquinas automáticas del
suicidio que pronosticó el señor Avcher.
El entierro apartado del
suicida, tiene un significado.
El crimen de ese hombre es
diferente de otros crímenes porque hace imposible hasta el crimen.
Más o menos por ese tiempo,
leí una solemne charlatanería de algún libre pensador: decía que el suicida era
lo mismo que el mártir. Esta falsedad contribuyó a aclarar el asun to.
Evidentemente el suicidio es lo opuesto al martirio. Mártir es un hombre tan
interesado en algo externo a sí mismo, que quiere ver el fin de todas las
cosas. Uno desea que empiece algo: el otro desea que todo termine.
En distintas palabras, el
mártir es noble precisamente porque (a pesar de que renuncia al mundo y rechaza
a la humanidad), proclama este último lazo con la vida; pone su corazón en
algo fuera de sí mismo: muere para que algo viva.
El suicida es innoble,
porque no tiene ese lazo con la existencia; es simplemente un, destructor;
espiritualmente destruye al universo. Y luego recordé la estaca y el cruce de
caminos y el extraño hecho de que el Cristianismo haya mostrado esta sorprendente
severidad para el suicida. Porque el Cristianismo se ha mostrado calurosamente
alentador con el mártir. El Cristianismo histórico fue acusado, no enteramente
sin razón, de llevar el martirio y el ascetismo hasta un punto desolado y
pesimista. Los primeros cristianos hablaban de la muerte con horrible alegría.
Blasfemaban de los bellos
deberes del cuerpo: olían la tumba con más deleite que si fuera un campo de
flores. Esto, a muchos les ha parecido la verdadera poesía del pesimismo. No
obstante, ahí está la estaca en el cruce de caminos para mostrar lo que el
Cristianismo piensa del pesimista.
Este fue el primero del
largo encadenamiento de enigmas con los cuales el Cristianismo entró a la
discusión.
Y, con éste se manifestó una
peculiaridad de la cual tendré que hablar más detalladamente, por ser
característica de toda noción cristiana y definitivamente iniciada en este
particular enigma. La actitud cristiana frente al martirio y al suicidio, no
fue la frecuentemente afirmada por las morales modernas. No era un caso de
graduación. No era que debió trazarse una línea en alguna parte y que el
autoasesino deprimido cayera fuera de ella.
El sentir cristiano no fue
simplemente que el suicida llevaba demasiado lejos el martirio. El sentir
cristiano estaba furiosamente con uno y furiosamente contra otro: estas dos
cosas que parecían tan similares, se hallaban en los extremos opuestos del cielo
y del infierno. Un hombre arrojó su vida; era tan bueno que sus huesos secos
podían sanear las ciudades apestadas. Otro hombre arrojó la vida; era tan malo
que sus huesos podían mancillara sus semejantes. No digo que era buena esa
fiereza, pero ¿por qué fue tan fiera?
Aquí fue donde primero
encontré que mi pie desorientado y vagabundo se hallaba al fin sobre un
sendero abierto. El Cristianismo también había sentido esa oposición entre el
mártir y el suicida: ¿la había sentido por la misma razón? ¿Habría sentido el Cristianismo
lo que yo sentí y no pudo (ni puede) expresar esa necesidad de una esencial
lealtad alas cosas y luego de una violenta reforma de ellas? Después recordé
que se inculpaba al Cristianismo precisamente de combinar esas dos cosas que yo
intentaba combinar. Se acusaba al Cristianismo de ser demasiado optimista
respecto al universo y demasiado pesimista respecto al mundo. La coincidencia
me paralizó repentinamente.
En la controversia moderna
ha surgido una imbécil costumbre de decir que tal y cual creencia puede ser
sostenida en una época, pero no en otra. Se nos dice que algún dogma fue
creíble en el siglo XII e increíble en el XX. Lo mismo sería decir que cierta
filosofía puede ser creída en lunes, pero no puede ser creída en viernes. Lo
mismo sería decir que un aspecto del cosmos era conveniente hasta las tres y
media, pero inconveniente hasta las cuatro y media. Lo que puede creer un
hombre depende de su filosofía y no del reloj o del siglo. Si un hombre cree
en una ley natural inalterable, no puede creer en ningún milagro de ninguna
época. Si un hombre cree en una voluntad anterior a la ley, puede creer en
cualquier milagro de cualquier época. Supongamos, en bien del argumento, que
nos halláramos frente al caso de una curación milagrosa. Un materialista del
siglo XII, no la creería más que un materialista del siglo XX. Pero un
científico cristiano del siglo XX la creería como un cristiano del siglo XII. Es
cuestión simplemente de la teoría de cada hombre sobre las cosas. Por
consiguiente, tratándose de cualquier contestación histórica, el punto no es si
fue dada en nuestro tiempo, sino si fue dada en respuesta a nuestra pregunta.
Y cuanto más pensé en cómo y cuándo apareció el Cristianismo en el mundo, más
sentí que había venido a responder a esta interrogación.
Por lo común es el cristiano
despreocupado y tolerante quien hace más indefendibles cumplidos al
Cristianismo. Habla como si nunca hubiera habido devoción ni compasión hasta
que llegó el Cristianismo, punto en el cual un medioeval cualquiera estaría ansioso
de desmentirle. Significarían que lo sorprendente del Cristianismo es que fue
el primero en predicar la sencillez o la mortificación o la franqueza o la
sinceridad. Me juzgarían muy estrecho (quiera eso decir lo que quieran) si
dijera que lo notable del Cristianismo era haber sido el primero en predicar
Cristianismo. Su peculiaridad fue ser peculiar y la sencillez y la sinceridad
no son peculiares, sino evidentes aspiraciones de toda la especie humana. El
Cristianismo fue la respuesta a un enigma y no la última verdad demostrable
luego de una larga conversación. En un excelente semanario de tendencias
puritanas, leí hace unos días esta observación; que el Cristianismo, despojado
de su armazón dogmática (como se hablaría de un hombre despojado de su
armazón) vendría a ser nada más que la doctrina Quáquera de la Luz Interior. Si
yo dijera que el Cristianismo vino al mundo especialmente para destruir la
doctrina de la Luz Interior, sería una exageración. Pero estaría mucho más
cerca de la verdad.
Los Estoicos Extremosos,
como Marco Aurelio, eran precisamente los que creían en la Luz Interior. Su
dignidad, su cansancio, su externa y triste preocupación por el prójimo, y su
incurable preocupación interna por sí mismos, toda era efecto de la Luz Interior,
y todo eso existió solamente a merced de esta lúgubre iluminación. Nótese que
Marco Aurelio insiste (como lo hacen siempre los moralistas introspectivos)
sobre, pequeñas cosas hechas u omitidas; es porque no siente ni odio ni amor
bastante para obrar una revolución moral. Se levanta por la mañana temprano
del mismo modo que se levantan por la mañana temprano nuestros propios
aristócratas que viven la Vida Sencilla, porque tal altruismo es mucho más
fácil que suspender los juegos del anfiteatro o que devolver al pueblo inglés
sus tierras. Marco Aurelio es, el más intolerable de los tipos humanos.
Es un altruista egoísta.
Altruista egoísta es un hombre cuyo orgullo carece ,de los atenuantes de la
pasión.
De todas las formas de
iluminación concebibles, la peor es la que esa gente llama Luz Interior. De
todas las religiones horrendas, la más horrible es la que adora al dios
interno. Cualquiera que conozca cualquier cuerpo, sabe cómo actuará,
cualquiera que conozca a cualquiera de esos que son Centro del Más Alto
Pensamiento, sabe cómo procede. Que Jones adore al dios interior, resulta
finalmente que iones adora a Jones. Que Jones adore al sol o a la luna, a
cualquier cosa menos a la Luz Interna; que Jones adore a los gatos o a los
cocodrilos, si puede encontrar alguno en su calle, pero no al dios interior.
El Cristianismo vino al mundo, en primer lugar para sostener violentamente que
el hombre no sólo debe mirar hacia adentro sino también hacia afuera, para
contemplar con asombro y regocijo una compañía divina y a un divino capitán.
La gran alegría del Cristianismo era que un hombre no quedaba a solas, con la
Luz Interna, sino que definidamente reconocía una luz externa, brillante como
el sol, clara como la luna, terrible como un ejército embanderado.
De todos modos, tal vez
fuera mejor que iones no adorara al sol y a la luna. De hacerlo, quizá tuviera
inclinación a imitarlos; a razonar que si el sol quema vivos los insectos, él
puede quemarlos vivos. Que si el sol insola a la gente, él puede contagiar el
sarampión a los vecinos. Que si la luna, según dicen, enloquece a los hombres,
él puede volver loca a su mujer. Este feo aspecto del optimismo simplemente
externo, también se manifestó en el mundo antiguo. Más o menos cuando el
idealismo estoico comenzó a descubrir los puntos débiles del pesimismo, la
antigua adoración de la naturaleza comenzó a descubrir las tremendas
debilidades del optimismo. Adorar la naturaleza es bastante natural mientras
la sociedad es joven, o en otras palabras, el Panteísmo es comprensible
mientras sea adorar a Pan.
Pero la naturaleza tiene
otro aspecto que la experiencia y el pecado no tardan en descubrir, y no es
frivolidad decir que el dios Pan, pronto mostró las uñas afiladas. La única
objeción a la Religión Natural es que en cierta forma siempre se vuelva innatural.
De mañana un hombre ama a la Naturaleza por su inocencia y su amabilidad y a
la noche, si es que aún la ama, será por su oscuridad y su sadismo. Al
amanecer se lava en agua clara, como el Hombre Sabio de los Estoicos y no
obstante por la noche, como Juliano el Apóstata, se está bañando en la sangre
caliente de un toro. La mera búsqueda de la salud siempre conduce a algo
insalubre.
La Naturaleza física no debe
ser considerada como directo objeto de la obediencia; debe ser gozada;
adorada, no.
No hay que tomar en serio a
las estrellas y a las montañas; si las tomáramos terminaríamos donde terminó
la adoración pagana de la naturaleza. Porque si la tierra es buena, podríamos
imitar todas sus crueldades. Porque sexualmente es cuerda, podríamos
enloquecernos por la sexualidad. De esa forma el mero optimismo llega a su
insano y adecuado término. La teoría de que todo es bueno, se convierte en
orgía de todo lo que es malo.
Por otra parte, nuestros
pesimistas idealistas, fueron representados por los viejos despojos del
Estoico. Marco Aurelio y sus amigos, habían realmente renunciado a la idea de
hallar un dios en el Universo y miraban sólo al dios interior. No tenían ninguna
esperanza de hallar virtud en la naturaleza y difícilmente la tuvieran de
hallar virtud en la sociedad. En realidad no tenían por el mundo exterior un
interés suficiente como para destruirlo o revolucionarlo. A la ciudad no la
amaron bastante como para prenderle fuego. Así, el mundo antiguo se halla
exactamente en nuestro propio y desolado dilema. Los únicos que en realidad
gozaban de este mundo, se hallaban ocupados en destruirlo; y las gentes
virtuosas, no se preocupaban por ellos tanto como para abatirlos. Y
repentinamente el Cristianismo intervino en este dilema (el mismo dilema
nuestro) y ofreció una singular respuesta que el mundo definitivamente aceptó
como "la" respuesta.
Fue "la" respuesta
entonces y creo que ahora, es "la" respuesta.
Esta respuesta fue como el
chasquido de una espada; separó; no unió, en ningún sentido sentimental de la
palabra. Rotundamente, dividió y separó a Dios y al cosmos. Esta trascendencia
y nitidez de la deidad que algunos cristianos ahora quieren suprimir del
Cristianismo, fue la única razón por la cual cualquiera quiso ser un cristiano.
Era el punto central de la respuesta cristiana al infeliz pesimista y al aún
más infeliz optimista. Como aquí sólo me concierne su problema particular, me
limitaré a mencionar brevemente esta gran sugerencia metafísica. Todas las
descripciones del principio creador y conservador de las cosas, por ser
verbales, deben ser metafóricas.
Por eso el panteísta se ve
obligado a hablar de Dios en todas las cosas, como si estuviera en una caja.
Por eso el evolucionista, fiel a su nombre, tiene la impresión de estar
enrollado como una alfombra. Todos los términos religiosos e irreligiosos quedan
abiertos a esta acusación. La pregunta es, si todos los términos serán
inservibles o si es posible, con tal o cual frase, abarcar una idea nítida
sobre el origen de las cosas. Creo que es posible y evidentemente también lo
cree el evolucionista o de lo contrario no hablaría de la evolución. Y la
frase radical de todo el teísmo cristiano, fue ésta: que Dios fue un creador,
como es creador un artista. Un poeta, está tan separado de su poema, que habla
de él como si fuera una insignificancia que ha "arrojado". Aún al
proyectarlo es como si se despojara de él. Este principio de que toda creación
o procreación es una ruptura, por lo menos tratándose del cosmos, es tan
consistente como el principio evolucionista, que dice que todo crecimiento es
una ramificación. Una mujer al tener un hijo pierde un hijo. Toda creación es
separación. Un nacimiento es una separación tan solemne como la muerte.
El primer principio
filosófico cristiano era que este divorcio existente en el acto divino de
crear (tal como se separa el poeta del poema y la madre del recién nacido), fue
la verdadera descripción del acto por el cual la absoluta energía hizo al mundo.
Según muchos filósofos, Dios haciendo al mundo, lo esclavizó. Según el
Cristianismo, lo liberó al hacerlo. Al hacer al mundo, Dios escribió no tanto
un poema como una pieza teatral; una pieza que había planeado perfecta, pero
que necesariamente hubo de ser confiada a actores, escenógrafos y empresarios
humanos, que desde entones la embarullaron toda. Luego discutiré la veracidad
de esta teoría. Aquí sólo debo destacar con qué suavidad asombrosa solucionó
el dilema tratado en este capítulo. De esta forma, por lo menos es posible
estar tanto feliz como indignado, sin necesidad de degradarse hasta ser un
optimista o un pesimista.
Con este sistema podría
combatirse contra todas las fuerzas de la existencia sin desertar la bandera
de la existencia. Sería posible estar en paz con el Universo y no obstante
estar en guerra con el mundo.
San Jorge pudo pelear contra
el dragón por grande que fuera el bulto del monstruo sobre el cosmos; aunque
fuera más grande que las ciudades poderosas y que las interminables colinas.
Si hubiera sido tan grande como el mundo, pudo aún ser matado en nombre del
mundo. San Jorge no tuvo que considerar evidentes disparidades o proporciones
en la escala de las cosas, sino solamente el secreto de sus finalidades.
Puede golpear al dragón con
su espada aunque el dragón sea el todo; aunque los cielos vacíos sobre su
cabeza, sólo fueran la inmensidad arqueada de sus garras abiertas.
Y luego siguió una sensación
difícil de describir. Era como si desde mi nacimiento hubiera estado perplejo
entre dos maquinarias enormes e ingobernables, de estructura distinta y sin
aparente conexión, el mundo y la tradición cristiana. En el mundo había
encontrado este hueco: había que hallar cierta manera de amar al mundo sin
creerle; cierta manera de amarle sin que lo mereciera. Aquel rasgo prominente
de la teología cristiana me pareció algo así como una recia estaca: la
dogmática insistencia de que Dios era personal y había hecho al mundo separado
de Sí. La cuña del dogma calzó exactamente en el hueco que había encontrado en
el mundo -era evidente que la destinaba a calzar en él- y luego comenzó lo más
extraño. Una vez que estas dos partes de las dos máquinas quedaron unidas, una
después de otra, todas las demás partes coincidieron con una precisión
estupenda. Pude oír cómo todos los pestillos de la máquina caían en su
lugar con una especie de "chic"
de alivio. Teniendo una parte correcta, todas las demás partes observaban y
repetían esa corrección, como un toque tras otro toque, el reloj llega a dar
medio día. Instinto más instinto se satisfacía con doctrina y más doctrina. O
para variar de metáfora, me sentí como si hubiera avanzado por un país enemigo
para tomar una fortaleza. Y al caer la fortaleza, todo el país se rendía y se
consolidaba a mis espaldas. La tierra toda se iluminó como antes; volvía a los
primeros campos de mi infancia. Todas las ciegas imaginaciones de la
adolescencia que en el cuarto capítulo en vano intenté trazar sobre la
oscuridad, repentinamente se volvían transparentes y sensatas.
Estaba en lo cierto cuando
sentí que las rosas eran rojas por una especie de elección: era la elección
divina.
Estaba en lo cierto cuando
sentí que diría más bien que el pasto no tenía el color adecuado que decir que
necesariamente, el verde, era su color: pudo en verdad ser de otro color
cualquiera.
Mi sensación de que la
felicidad pendía del hilo loco de una condición, adquirió un significado
cuando todo se hubo dicho: significaba toda la doctrina de la Caída. Aún
aquellos vagos e informes monstruos, esas nociones que no pude describir, y
menos defender, aun esas entraron tranquilamente en sus lugares, como
cariátides colosales de una creencia. La imaginación de que el cosmos no era
vasto y vacío sino pequeño y confortable, ahora tenía un significado; porque
cualquier obra de arte puede ser pequeña para la mirada del artista; para Dios,
las estrellas sólo pueden ser pequeñas y queridas como diamantes. Y mi instinto
de que, de alguna forma, el bien no era puramente un instrumento para ser usado
sino una reliquia para ser guardada, como los bienes del barco de / Crusoe,
aún eso, era un desesperado asirse de algo originariamente correcto, porque
conforme al Cristianismo, éramos de verdad sobrevivientes de un naufragio,
tripulación de un barco de oro que se hundió antes de comenzar el mundo.
Pero lo importante era esto:
esa doctrina daba vuelta por completo a la razón del optimismo. Y en el momento
en que se obraba la reversión se sintió bruscamente el bienestar que se siente
cuando un hueso vuelve a su órbita. Con frecuencia me había llamado optimista,
para rehuir la tan evidente blasfemia del pesimismo.
Pero todo el optimismo de la
época había sido ,falso y desalentador; por esta razón: siempre trataba de
probar que calzábamos muy bien en el mundo. El optimismo cristiano se basa en
el hecho de que no calzamos bien en el mundo. Intenté alegrarme, repitiéndome
que el hombre era un animal como otro cualquiera a quien Dios le procura su
alimento. Pero ahora fui realmente feliz, porque había aprendido que el hombre
es una monstruosidad. Estaba en lo cierto cuando sentía que todo me era
extraño, porque yo mismo era peor y mejor que todo. El placer del optimista
era prosaico porque se debía a la naturalidad que hallaba en todas las cosas;
el placer cristiano era poético, porque a la luz de lo sobrenatural, todo lo
hallaba extraño.
El filósofo moderno me decía
una vez y otra que estaba en mi lugar. Pero oí que no estaba en mi lugar y mi
alma cantó de gozo como el pájaro canta en primavera. Este conocimiento
descubrió iluminadas habitaciones olvidadas en la oscura casa de la infancia.
Supe al fin por qué el pasto me había parecido extraño como la barba verde de
un gigante y por qué en mi propio hogar pude sentir nostalgia.
VI. LAS PARADOJAS DEL
CRISTIANISMO
La verdadera dificultad con
este mundo nuestro, no es que sea un mundo irrazonable ni que sea un mundo
razonable. La dificultad más común, es que es aproximadamente razonable; pero
no del todo. La vida no es ilógica; pero es una trampa para los lógicos. Parece
un poco más matemática y regular de lo que es; su exactitud está evidente, pero
su inexactitud escondida; su salvajismo, yace en acecho. Doy un burdo ejemplo
de lo que digo.
Supongamos que un matemático
de la luna tuviera que dar cuenta del cuerpo humano; al punto vería que lo
esencial de él, es ser duplicado. Cada hombre es dos hombres; el de la
izquierda exactamente análogo al de la derecha. Habiendo observado que hay un
brazo a la izquierda y otro a la derecha, una pierna a la izquierda y otra a
la derecha, podría seguir observando y ver a cada lado el mismo número de
dedos, ojos gemelos, orejas gemelas y aún gemelas cavidades craneanas. Al fin,
lo tomará como una ley; y luego, al encontrar un corazón a un lado, deducirá
que también hay un corazón al otro. Y justamente cuando más sienta que está en
lo cierto, estará equivocado.
Este silencioso desviarse de
lo exacto por una pulgada, es en todo, un elemento imprevisto. Parece ser una
especie de traición secreta del Universo. Una manzana o una naranja' son
suficientemente redondas como para que se las califique redondas, y sin embargo,
no son redondas.
La misma tierra está
torneada como una naranja, nada más que para inducir a algún simple astrónomo a
que la llame globo. Una hoja de pasto se llama hoja, por asociación con la
espada que termina en un punto; pero la hoja, no termina. Este elemento de lo oculto
y lo imprevisto, existe en todas las cosas. El racionalista las pierde; pero
nunca las pierde sino a último momento. De la gran curva de nuestra tierra,
podría inferirse que cada uno de sus palmos, es curvado como ella. Parecería
racional que si un hombre tiene sesos a ambos lados de la cabeza, tuviera
también un corazón a cada lado del cuerpo. No obstante, todavía hay científicos
organizando expediciones al Polo Norte; les gusta mucho el terreno plano.
Todavía hay científicos organizando expediciones para encontrar el corazón del
hombre; y cuando tratan de localizarlo, generalmente lo buscan por el lado
donde no está.
Ahora, se comprueba la
intuición o inspiración, en cuanto sospecha o no estas deformaciones
imprevistas. Si nuestro matemático de la luna vio dos brazos y' dos orejas,
podría deducir que había .dos omoplatos en la espalda y dos divisiones en el
cerebro.
Pero si sospechó que el
corazón del hombre estaba en su verdadero lugar, yo le llamaría algo más que
matemático. Tal es exactamente la cualidad que desde entonces reconocí en el
Cristianismo. No simplemente que deduzca verdades lógicas, sino que cuando repentinamente
se vuelve ilógico, es que ha encontrado una, diremos, ilógica verdad. No sólo
va derecho con las cosas que van derecho, sino que se desvía cuando las cosas
se tuercen. Su plan se adapta a las irregularidades secretas y prevé lo
imprevisible. Es simple con la verdad simple; pero es insistente con la verdad
confusa.
Admitirá que el hombre tiene
dos manos; no admitirá (aunque los modernistas lo lamenten) la deducción obvia
de que tiene dos corazones. En el presente capítulo, mi objeto es este:
demostrar que cuando sentimos que hay algo extraño en la teología cristiana,
generalmente encontramos que hay algo extraño en la verdad. He mencionado
antes, una frase inconsistente, según la cual, tal. y tal creencia no puede ser
creída en nuestra época. Por supuesto que cualquier cosa puede ser creída en
cualquier época. Pero es bastante curioso que realmente haya un aspecto según
el cual una creencia, puede ser más firmemente creída en una sociedad compleja
que en una sociedad simple. Si un hombre encuentra verdadero al Cristianismo
en Birmingham, actualmente posee más claras razones para su fe, que si lo
hubiera hallado `verdadero en Mercía. Porque cuanto más complicada parece una
coincidencia, menos pues de ser una coincidencia. Si caen copos de nieve con la
forma exacta del corazón de Midlothian,[9] puede ser un accidente. Pero si caen
copos de nieve con la forma exacta del laberinto de Hampton Court, creo que se
podía pensar que es un milagro. He comenzado a sentir la filosofía cristiana
tal como si fuera uno de esos milagros.
La complicación de nuestro
mundo moderno prueba la veracidad de ese credo, más acabadamente que ninguno
de los sencillos, problemas de las épocas de fe. Fue en Notting Hill y en
Battersea donde comencé a ver que el Cristianismo era verdadero. Debe ser por
eso que la fe tiene la elaboración de doctrinas y detalles que tanto angustia a
aquellos que admiran al Cristianismo sin creer en él. Cuando se abraza una
creencia, se está orgulloso de su complejidad; como los cientistas están
orgullosos de la complejidad de la ciencia. Esa complejidad demuestra qué rica
es en descubrimientos. Si una creencia es en verdad correcta, es hacerle un
cumplido decir que es elaboradamente correcta. Accidentalmente, un bastón puede
calzar en un hoyo y una piedra calzar en un agujero. Pero una llave y una
cerradura, son cosas ambas complejas. Y. si una llave calza en una cerradura,
se sabe que es la llave adecuada.
Pero esta precisión
implícita de todas las cosas, hace difícil hacer lo que debo hacer ahora:
describir esa acumulación de verdades. Es muy difícil defender algo de lo cual
se está enteramente convencido. Sería relativamente fácil cuando se está sólo
en parte convencido.
Un hombre está parcialmente
convencido de algo, cuando ha encontrado esta o aquella prueba que le permite
proclamar ese algo. Pero un hombre no está realmente convencido de una teoría
filosófica cuando encuentra que algo la prueba. Está realmente convencido
recién cuando descubre que todo la prueba. Y cuando más razones encuentra
convergiendo hacia esa convicción, más perplejo se muestra si sorpresivamente
le piden que las enumere. Es por eso que si se pregunta a un hombre de
inteligencia corriente: "¿Por qué prefiere la civilización al
salvajismo?", desconcertado mirará a su alrededor objeto tras objeto y
apenas será capaz de responder vagamente: "Bueno, ahí está esa
biblioteca... y hay pianos... y hay policías... “Toda la defensa de la civilización,
es que su defensa es muy compleja. ¡Ha hecho tantas cosas! Pero la misma
multiplicidad de pruebas que pudo hacer aplastante la respuesta, la hace casi
imposible.
Por consiguiente, se ve que
en torno a toda convicción completa, hay una especie de impotencia colosal. La
creencia es tan grande que lleva mucho tiempo ponerla en acción. Y esa
indecisión nace principalmente, y es bastante curioso, de una cierta indiferencia
respecto al punto sobre el cual conviene empezar. Todos los caminos llevan a
Roma; lo cual es una poderosa razón para que mucha gente no llegue nunca. En el
caso de esta defensa de la convicción Cristiana, confieso que empezaría el
argumento tan pronto en una cosa como en otra; lo empezaría en un nabo o en un
coche de alquiler. Pero si he de velar por la claridad de lo que diga, supongo
que sería más acertado continuar los argumentos iniciados en el último capítulo
y que presentaban la primera de estas místicas' coincidencias; o mejor dicho,
ratificaciones. Cuanto había oído de la teología cristiana, había contribuido
a alejarme de ella. Era un pagano a los 12 años y un agnóstico completo a los
16; y no pude comprender que alguien pasara de los 17, sin hacerse la sencilla
pregunta que yo me hice. Por cierto, conservé una nebulosa reverencia hacia
una deidad cósmica y un gran interés histórico por el Fundador del
Cristianismo.
Pero cierto es que lo miraba
como a un hombre; no obstante, quizá, pensé que aún bajo ese aspecto
aventajaba a muchos de sus críticos modernos. Leí la científica y escéptica
literatura de mi tiempo, por lo menos toda la que encontré escrita en inglés y
rodando por ahí; y no leí nada más; quiero decir que no leí nada más sobre
ningún otro aspecto filosófico. Los horrores baratos que también leí, tenían
por cierto una saludable v heroica tradición de Cristianismo; pero entonces yo
no lo sabía. De apologética cristiana, nunca leí una línea. Y ahora leo de
ella lo menos posible. Fueron Huxley y Herbert Spencer y Bradlaugh, los que me
volvieron a la teología ortodoxa.
Sembraron en mi mente las
primeras frenéticas dudas de la duda. Nuestras abuelas estaban en lo cierto
cuando decían que Tom Paine y los librepensadores desordenaban la mente. La
desordenan. Desordenaron la mía de una manera horrenda, El racionalismo me hizo
pensar si la razón servía para algo; y cuando terminé de leer a Herbert
Spencer, ya había llegado hasta a dudar, por primera vez, que la evolución
realmente hubiera ocurrido nunca. Cuando dejé la última de las lecturas ateas
del Coroner[10] Ingersoll, el terrible pensamiento irrumpió en mi mente:
"Usted casi me persuade de hacerme cristiano". Estaba próximo a la
desesperación.
Esta extraña aptitud que
tienen los grandes agnósticos para crear dudas más profundas que las suyas
propias, podría ilustrarse de muchas maneras. Tomo una sola.
Desde los de Huxley hasta
los de Bradlaugh, todos los comentarios no cristianos y anticristianos que leía
y releía, fueron desarrollando en mi inteligencia, gradual pero gráficamente,
la lenta y aterradora idea de que el Cristianismo debía ser algo muy extraordinario.
Porque (según lo entendí) el Cristianismo no sólo poseía los más inflamados
defectos, sino que, aparentemente, tenía un místico talento para combinar entre
sí defectos que parecían incombinables. Se le atacaba de todas partes y por
razones todas contradictorias. Tan pronto un racionalista demostraba que
estaba demasiado al este, como otro demostraba con idéntica claridad, que
estaba demasiada al oeste. Ni bien se calmaba mi indignación ante su angulosa
y agresiva cuadratura, se despertaba nuevamente para observar y condenar su
redondez sensual y enervante. Para el caso de que algún lector no hubiera
sentido lo que estoy diciendo, daré algunos ejemplos que recuerde al azar, que
demuestran esta auto-contradicción en un mismo ataque. Doy cuatro o cinco de
ellos. Hay cincuenta más.
Por ejemplo, me impresionó
bien el elocuente ataque al Cristianismo, como cosa inhumana y triste; me
impresionó bien porque creía (y aún creo) que el sincero pesimismo es el
pecado sin perdón. El pesimismo insincero, es un cumplimiento social, más agradable
que otra cosa. Afortunadamente casi todos los pesimismos son insinceros. Pero
yo estaba dispuesto a volar la Iglesia Catedral San Pablo, si el Cristianismo
era pesimista como decía esa gente. Lo extraordinario es esto: en el Capítulo
I, me probaban (a mi completa satisfacción) que el Cristianismo era demasiado
pesimista; y luego en el Capítulo II, comenzaban a probarme que era demasiado
optimista. Una acusación era que el Cristianismo, con mórbidas lágrimas y
terrores, impedía al hombre buscar placer y gozo, en el seno de la Naturaleza.
Pero otra acusación era que confortaba a los hombres con una providencia
ficticia y los albergaba en una "nursery" blanca y rosada. Un gran
agnóstico preguntó por qué la Naturaleza no era bastante bella y por qué era
tan duro ser libre. Otro gran agnóstico objetó que el optimismo cristiano,
"vestidura engañosa tejida por piadosas manos", nos ocultaba que la
Naturaleza era fea y que era imposible ser libre. No bien un racionalista
terminaba de llamar "pesadilla" al Cristianismo, otro comenzaba a
llamarle paraíso de locos. Esto me intrigó; las acusaciones parecían
inconsistentes. El. Cristianismo no podía ser al mismo tiempo la máscara negra
de un mundo blanco y también la máscara blanca de un mundo negro. La situación
del cristiano no podía ser simultáneamente tan confortable que fuera cobardía
aferrarse a ella y tan incómoda que fuera idiotez soportarla.
Si se falseaba la visión
humana, se la falseaba en un sentido o en otro; no es posible usar anteojos
rosados y verdes, al mismo tiempo. Con tremendo gozo, como todos los jóvenes
de ese tiempo, preparé mi lengua para pronunciar las injurias que. gritó Swinburne
a las tristezas del credo.
"Habéis vencido, pálido
Galileo;
el mundo se tornó gris, con
vuestro aliento."
Pero cuando leí los
comentarios del mismo poeta sobre el paganismo (como ser en
"Atlanta") deduje que antes que el Galileo respirara sobre él, el
mundo era si es posible más gris, que después que hubo respirado.
El poeta sostenía (por
cierto en lo abstracto) que la vida era una oscuridad absoluta. Y no obstante,
en cierta forma, el Cristianismo había logrado oscurecerla. Era un pesimista
el mismo hombre que acusaba de pesimista al Cristianismo. Pensé que algo
estaba mal. Y por un loco instante cruzó mi mente la idea, de que tal vez no
fueran los mejores jueces de la relación de la religión con la alegría,
aquellos que, según sus propios comentarios, no poseían ni alegría ni religión.
Hay que entender que no
llegué precipitadamente a la conclusión de que las acusaciones eran falsas o
los acusadores tontos. Deduje simplemente que el Cristianismo debía ser más
magnífico y más perverso de lo que creían. Una cosa podía tener estos dos defectos
opuestos, pero si los tenía, debía ser algo muy curioso. Un hombre puede ser
muy gordo en una parte del cuerpo y muy delgado en otra; pero la suya será una
figura extraña. A esta altura mis pensamientos eran todos para la extraña
figura del Cristianismo; no atribuí ninguna extrañeza a la figura de la mente
racionalista.
Y aquí hay otro ejemplo de
la misma especie. Sentí que un sólido caso contra el Cristianismo provenía de
ese algo tímido, monjil, sin hombría que hay en torno de todo lo llamado
cristiano; especialmente en su actitud frente a la resistencia y a la lucha.
Los grandes escépticos del siglo XIX, eran ampliamente viriles. Bradlaugh con
su modo expansivo y Huxley con el suyo reticente, eran decididamente hombres.
Por comparación, parecía evidente la existencia de algo de debilidad y de
excesiva paciencia en los consejos cristianos. La paradoja del Evangelio sobre
"la otra mejilla", el hecho de que los sacerdotes nunca pelearán y
cien cosas más, hacían plausible la acusación de que el Cristianismo era un
intento de hacer al hombre demasiado parecido a las ovejas. Lo leí y lo creí, y
de no haber leído algo diferente, seguiría creyéndolo. Pero leí algo muy
distinto. Volví la página en mi manual de agnóstico y mis sesos dieron una
vuelta. Ahora encontraba que si debía odiar al Cristianismo no había de ser
porque luchaba poco sino porque luchaba demasiado. El Cristianismo ahora
parecía ser el padre de todas las guerras. Había hecho caer sobre el mundo un
diluvio de sangre.
Me había enojado contra él
porque no se enojaba nunca.
Ahora se me decía que me
enojara contra él porque su ira había sido lo más tremendo y horrible de la
historia humana; porque su ira había impregnado la tierra y se había levantado
hasta el sol. Los mismos que reprochaban al Cristianismo la mansedumbre y la
pasividad de los monasterios, eran los que ahora le reprochaban la violencia y
el valor de las Cruzadas. Si Eduardo el Confesor no peleó y si Ricardo Corazón
de León peleó, todo era culpa del pobre viejo Cristianismo.
Los Cuáqueros eran (se nos
dice), los únicos cristianos característicos y no obstante las masacres de
Cromwell y de Alva, eran crímenes característicamente cristianos. ¿Qué quería
decir todo aquello? ¿Qué era este Cristianismo que prohibía la guerra y
siempre provocaba guerras? ¿Cuál sería la naturaleza de aquello que uno
injuriaba primero porque no quería luchar y luego porque estaba constantemente
luchando? ¿En qué mundo de enigmas había nacido ese asesino monstruoso y esa
monstruosa mansedumbre? La figura del Cristianismo era más extraña a cada
instante.
Y tomo un tercer caso. El
más raro de todos porque contiene la única verdadera objeción a la fe.
La única verdadera objeción
que se puede poner a la religión cristiana, es decir simplemente que es una
religión. El mundo es un lugar grande lleno de gentes muy distintas. El
Cristianismo (razonablemente podría decirse), es algo limitado a ciertos sectores
de gente; comenzó en Palestina y prácticamente se ha detenido en Europa.
Cuando era joven me impresionó este argumento y me atrajo la doctrina que con
frecuencia se predica en las sociedades moralistas, que existe una gran iglesia
inconsciente común a toda la humanidad y fundada en la omnipresencia de la
conciencia humana. Se decía que la creencia divide los hombres; pero que al
menos la moral los unía. El alma podía recorrer los más extraños y remotos
países y edades encontrando siempre un sentir común esencialmente ético. Bajo
los árboles orientales podría encontrar a Confucio escribiendo "No
robarás". Podría descifrar los más oscuros jeroglíficos de los desiertos
primitivos, y descifrados dirían: "Los niños deben decir la verdad".
Creí esta doctrina de la confraternidad de todos los hombres en la posesión de
un instinto moral, v la creo. aún -junto a otras cosas. Estaba disgustado con
el Cristianismo porque sugería (según supuse) que todas las edades y todos los
imperios de los hombres habían huido de esta luz de la justicia y de la razón.
Pero luego encontré algo asombroso.
Encontré que los que decían
que desde Platón hasta Emerson la especie humana era una sola iglesia, eran los mismos que decían que la moralidad
había cambiado por completo y que lo que fue bien en una época, fue mal en
otra. Si v pedía, digamos, un altar, me decían que no lo necesitaba, porque los
hombres nuestros hermanos, en sus costumbres y en sus ideales, nos habían
legado claros oráculos y una creencia. Mas si tímidamente insinuaba que una de
las costumbres universales de los hombres fue tener un altar, daban la vuelta y
me respondían que los hombres siempre habían vivido en la oscuridad y en las
supersticiones de los salvajes. Hallé que su injuria cotidiana al Cristianismo
era culparlo de ser luz para unos y de haber dejado a otros morir en la oscuridad.
Pero también hallé que ellos mismos se jactaban de que la ciencia y el progreso
eran descubrimientos de unos pocos y que todos los demás, morían en las
tinieblas.
Su principal insulto al
Cristianismo, era actualmente la principal ponderación que hacían de si
mismos, y parecía haber una extraña injusticia en esa insistencia relativa
para volver sobre las dos cosas. Considerando a un pagano o a un agnóstico,
debíamos recordar que todos los hombres tenían una religión; considerando a un
místico o a un espiritualista, solamente debíamos observar qué absurdas
religiones tenían algunos hombres.
Podíamos fiarnos de la ética
de Epicuro, porque la ética nunca cambiaba; no debíamos fiarnos de la ética
de Bossuet porque la ética había cambiado mucho. Cambiaba en doscientos años,
pero no en dos mil.
Esto empezaba a ser
alarmante. Parecía no tanto que el Cristianismo fuera suficientemente malo para
contener cualquier defecto, sino más bien que cualquier bastón era
suficientemente bueno para apalear con él al Cristianismo.
Otra vez ¿qué podría ser ese
algo asombroso que la gente ansiaba contradecir y que por contradecirlo no
importaba contradecirse? Hacia todos los lados veía lo mismo. No puedo
conceder más espacio a esta discusión detallada del asunto; mas, para que nadie
suponga que he elegido con parcialidad los tres casos expuestos, brevemente
mencionaré otros. Por ejemplo, algunos escépticos escribieron que el gran
crimen del Cristianismo había sido atentar contra la familia; había arrastrado
a las mujeres a la soledad y a la contemplación del claustro; lejos de sus
hogares y de sus hijos. Pero otros escépticos (imperceptiblemente más
avanzados) decían que el gran crimen del Cristianismo era imponemos el
matrimonio y la familia; condenar a las mujeres al yugo del hogar y de los
hijos impidiéndoles la soledad y la contemplación. El cargo se invertía. O
bien, que algunas frases de las Epístolas y del ritual del matrimonio eran
dichas por anticristianos para expresar su desprecio por la inteligencia de la
mujer. Pero encontré que los anticristianos mismos despreciaban la
inteligencia de la mujer; su gran mofa a la Iglesia del Continente era porque
"solamente mujeres" la frecuentaban.
O bien, se reprochaba al
Cristianismo sus costumbres desnudas y hambrientas; sus sotanas y sus comidas
secas.
Pero un instante después se
le reprochaba su pompa y su ritual; sus relicarios de pórfido y sus
vestiduras doradas. Se le increpaba por ser demasiado sobrio y por ser
demasiado colorido. Y otro más; se acusaba al Cristianismo de restringir
demasiado la sexualidad, cuando Bradlaugh descubrió que la restringía
demasiado poco. Con frecuencia en el mismo aliento se le acusaba de
austeridad afectada y de religiosa extravagancia.
Entre las tapas del mismo
panfleto ateo, hallé que se reprendía a la fe por su falta de unidad,
"uno piensa una cosa y otro piensa otra" y se le reprendía también
por su unidad: "la diversidad de opiniones es lo que libra al mundo de caer
en lo salvaje". Un librepensador amigo mío en su conversación culpaba al
Cristianismo de despreciar a
los judíos y luego él mismo despreciaba al Cristianismo por ser judío.
Entonces quise ser
completamente imparcial; y completamente imparcial quiero ser ahora. No decidí
que todo el ataque contra el Cristianismo estaba equivocado. Solamente deduje
que si el Cristianismo era malo, debía ser realmente muy malo. Tales horrores
opuestos podían hallarse combinados en algo; pero ese algo debía ser algo único
y muy extraño. Hay hombres miserables, y a la vez pródigos; pero son raros. Hay
hombres sensuales y a la vez ascéticos; pero son raros. Pero si realmente
existía esa mole de contradicciones locas, cuaquerista y sedienta de sangre,
demasiado bella y demasiado harapienta, .austera y no obstante cómplice de la
voluptuosidad visual, enemiga de las mujeres y su refugio, solemnemente
pesimista y solemnemente optimista, si este demonio existía, luego en este
demonio había algo absolutamente supremo y exclusivo.
Porque mis maestros
racionalistas no me dieron ninguna explicación de esta corrupción excepcional.
A sus ojos, hablando teóricamente, el Cristianismo era solamente uno de esos
errores, vulgares mitos de los mortales. No me dieron la clave de tan inmensa y
desviada perversidad. Tal paradoja de maldad, adquiere proporciones
sobrenaturales.
Y ciertamente era casi tan
sobrenatural como la infalibilidad del Papa. Una institución histórica que
nunca acierta es en realidad tan milagrosa como una que no puede equivocarse.
La única explicación que se
me ocurrió de inmediato fue que el Cristianismo no venía del cielo sino del
infierno. Si Jesús de Nazareth no era Cristo, debió ser el Anticristo.
Y luego, en una hora de
calma, un pensamiento me asaltó como rayo silencioso. Repentinamente se me
ocurrió otra explicación. Supongamos que oímos a muchos hombres hablando de un
hombre desconocido. Supongamos que perplejos, oímos que unos decían que era
demasiado alto y otros decían que era demasiado bajo; unos comentaban su
gordura y otros su delgadez; unos le hallaban demasiado moreno y otros
demasiado rubio. Una de las explicaciones (como ya se admitió) sería que
podría tener una extraña figura.
Pero aquí hay otra
explicación. Podría ser el término medio. Los hombres ofensivamente altos le
hallarían bajo. Y los muy bajos lo encontrarían alto. Los viejos que ya
adquirían corpulencia, le juzgarían insuficientemente lleno; los viejos buenos
mozos que ya adelgazaban podrían sentir que propasaban las estrechas líneas de
la elegancia. Tal vez los suecos (que tienen el cabello pálido como estopa) le
llamaron moreno, mientras que los negros le consideraban definidamente rubio.
Abreviando, quizá ese algo extraordinario en realidad fuera lo ordinario, por
lo menos, lo normal; el justo medio. Tal vez, después de todo, el Cristianismo
fuera sensato y locos fueran todos sus críticos, en varios sentidos locos.
Probé esta idea preguntándome si en sus acusadores, había o no había, algo
morboso que explicara la acusación.
Me sorprendí al descubrir
que la llave andaba bien en una cerradura. Por ejemplo era ciertamente extraño
que el mundo moderno acusara al Cristianismo de austeridad corporal y al mismo
tiempo de pompa artística. Pero también era extraño, muy extraño, que el mismo
mundo moderno combinara el lujo corporal extremado con una extremada ausencia
de pompa artística. El hombre moderno pensaba que las ropas de Becket eran
demasiado ricas y sus comidas demasiado pobres.
Pero el hombre moderno era
excepcional en la historia; antes no
hubo hombre que comiera tan elaboradas comidas en tan horrendas vestimentas.
El hombre moderno juzgaba a la iglesia demasiado simple en lo que la vida
moderna es demasiado compleja; encontraba a la iglesia demasiado
resplandeciente en lo que la vida moderna es demasiado sombría. Al hombre que
le disgustaban las fiestas sencillas, lo enloquecían "los platos".
El hombre que reprobaba sus
vestiduras, usaba un par de pantalones grotescos. Y seguramente que si había
alguna insensatez en el asunto; la había en los pantalones y no en la túnica
simplemente caída.. Si había insensatez, era en los extravagantes "platos"
y no en el pan y el vino.
Recorrí todos los casos y la
llave calzaba siempre. Fácilmente explicable era el hecho de que Swinburne se
irritara por la infelicidad de los cristianos y se irritara más aún por su
felicidad. No se trataba ya de que en el Cristianismo hubiera una complicación
de enfermedades, sino de una complicación de enfermedades que había en
Swinburne. Las restricciones del Cristianismo le entristecían simplemente
porque era más hedonista de lo que seria un hombre sano. La fe de los
cristianos le irritaba porque era más pesimista de lo que sería un hombre sano.
Del mismo modo, los
maltusianos por instinto atacaban al Cristianismo; no porque en el Cristianismo
hubiera nada especialmente antimaltusiano, sino porque en el maltusianismo hay
algo antihumano.
No obstante estas
comprobaciones, sentía que no podía ser del todo cierto que el Cristianismo
fuera simplemente sensato y estuviera en el justo medio. En realidad había en
él un elemento de énfasis, casi de frenesí, que justificaba superficialmente la
crítica de los del siglo. Podía ser moderado; comencé a pensar más y más que
era moderado, pero no simple y completamente moderado; no era puramente
moderado y respetable. La fiereza de los cruzados y la mansedumbre de los
santos podían equilibrarse entre sí; no obstante la fiereza de los cruzados era
muy fiera y la mansedumbre de los santos era mansa más allá de toda decencia. Y
fue a esta altura de la especulación que recordé mis pensamientos sobre el
mártir y el suicida. Allí había esa combinación entre dos pasiones casi
insensatas que arrojaban un saldo de sensatez. Y aquí había otra contradicción
como aquella; y era verdad: Tal era exactamente una de las paradojas en que se
fundaban los escépticos para hallar falsa la creencia; y en ella me fundé yo
para hallarla verdadera. Por locamente que los cristianos amaran al martirio y
odiaran al suicidio, jamás sintieron esas pasiones más locamente que las sentí
yo mucho tiempo antes de pensar en el Cristianismo. Así se abrió la parte más
difícil e interesante del proceso mental y comencé a seguir la pista oscura de
esas ideas, a través de todos los enormes pensamientos de nuestra teología. La
idea era la misma que yo había bosquejado refiriéndome al optimismo y al
pesimismo: que no queremos la amalgama de dos cosas ni aceptarlas como un
compromiso; queremos ambas cosas al máximo de su energía; ira y amor, pero
ambos ardiendo. Aquí sólo sigo la idea en relación a la moral. Pero no necesito
recordar al lector que la idea de esta combinación es el centro de la teología
ortodoxa. Porque la teología ortodoxa ha insistido especialmente en que Cristo
no era un ser diferente a Dios y diferente al hombre, como los elfos; ni mitad
humano y mitad no, como los centauros, sino ambas cosas por completo: muy
hombre y muy Dios. Y ahora sigo la huella sobre la cual hallé esta noción.
Todos los hombres sensatos
pueden ver que la sensatez es un equilibrio; que es posible ser loco y comer
demasiado y ser loco y comer muy poco. Algunos modernos han aparecido con vagas
versiones de un progreso y una evolución que pretende destruir el equilibrio de
Aristóteles. Parecen sugerir que estamos encaminados a morir progresivamente
de hambre o a comer cada mañana desayunos más y más suculentos, hasta siempre.
Pero la gran verdad del equilibrio perdura para todos los hombres que piensan y
aquella gente no ha podido alterar ningún equilibrio, excepto, tal vez, el
propio. De acuerdo en que todos debemos conservar un equilibrio, el verdadero
interés viene con la pregunta de cómo debemos conservado. Tal fue el problema
que intentó resolver el paganismo; tal fue el problema que el Cristianismo
resolvió, y resolvió en una forma muy extraña.
El paganismo declaraba que
la virtud era un equilibrio. El Cristianismo declaraba que la virtud era un
conflicto: la colisión de dos pasiones aparentemente opuestas. Por supuesto,
no realmente incoherentes, sino difícilmente poseídas al mismo tiempo. Sigamos
por un momento la clave del mártir y del suicida y tomemos el caso de la
valentía. Ninguna cualidad anuló tanto como ésta al cerebro ni embarulló tanto
las definiciones de los sensatos puramente racionalistas. El coraje es casi
una contradicción de términos. Es un intenso deseo de vivir que toma forma de
disponerse para la muerte. "Aquél que perdiera su vida es aquél que la
salvará", no es una pieza de misticismo para los santos y los héroes. Es
una advertencia cotidiana para los marinos y los escaladores de montañas.
Podría estar impresa en las
guías alpinas y en el manual de instrucción de los reclutas. Esta paradoja es
todo el principio en que se funda la valentía; aún la valentía puramente
brutal y terrena. Un hombre arrojado por el mar a la costa, puede salvar su
vida si la arriesga en el precipicio. Sólo pisando continuamente a una pulgada
de él, podrá salvarse de la muerte. Un soldado acorralado por enemigos, para
evadirse del cerco tendrá que combinar un intenso deseo de vivir con un
extraño desdén por la muerte. No debe simplemente aferrarse a la vida, porque
sería un cobarde y no podría evadirse. Debe buscar la vida con un espíritu de
furiosa indiferencia hacia ella; debe desear la vida como si fuera agua y no
obstante beber la muerte como si fuera vino. Imagino que ningún filósofo jamás
ha expresado este romántico enigma con claridad suficiente; y por cierto yo
tampoco lo he hecho.
Pero el Cristianismo llegó a
más: ha demarcado los límites de este enigma sobre las funestas tumbas del
suicida y del héroe, mostrando la distancia que media entre aquél que murió por
la vida y aquél que murió por la muerte. Y al tope de las lanzas de Europa, ha
mantenido en alto el estandarte del misterio de la caballerosidad: la valentía
cristiana que es desdeñar la muerte y no la valentía china que es desdeñar la
vida.
Y ahora comencé a descubrir
que esta doble pasión en todo era la clave de la ética cristiana. Siempre la
creencia mitiga el silencioso choque de dos emociones impetuosas. Tomemos por
ejemplo el caso de la modestia; del equilibrio entre el orgullo y la postración.
El pagano moderado como el moderado agnóstico, sencillamente diría que está
conforme consigo mismo, pero no insolentemente satisfecho; que hay otros mucho
mejores y mucho peores; que unos pocos le han desertado, pero que los
reconquistará.
Abreviando, hablaría con su
cabeza en el aire, pero no necesariamente con la nariz en alto. Esta es una
actitud viril y racional, pero queda abierta a la objeción que mencioné para
el optimismo y el pesimismo, "la resignación" de Mathew Arnold. Dos
cosas que se mezclan, son dos cosas que se diluyen; ninguna se manifiesta con
todo su vigor ni contribuye con todo su color. Este orgullo moderado no eleva
el corazón como clamor de trompeta; no es posible vestirse de rojo y de oro al
mismo tiempo. Por otra parte, esta tímida modestia racionalista, no purifica
con fuego al alma ni la hace transparente como el cristal; no convierte al
hombre en un niño que puede sentarse en el pasto, como lo haría la estricta
humildad escudriñada. No le hace ver maravillas cuando mira hacia lo alto;
porque Alicia tiene que volverse pequeña para entrar al País de las Maravillas.
En esa mezcla se pierde la poesía de ser orgulloso y la poesía de ser humilde.
El Cristianismo, por un extraño procedimiento logró salvar ambas poesías.
Separó las dos ideas y las
exageró. En un sentido el Hombre debía ser más altivo de lo que había sido
antes; en otro sentido debía ser más humilde de lo que había sido nunca. En
tanto que soy Hombre, soy el rey de las criaturas. En tanto que soy un hombre,
soy el rey de los pecadores. Tenía que desaparecer toda humildad que
significara pesimismo; toda humildad que diera al hombre una visión vaga y
mezquina de su destino. Ya no debíamos escuchar el clamor de los Eclesiastas
que decían que la humanidad no tenía preeminencia sobre lo bruto, ni el
horrendo grito de Homero diciendo que el hombre era la bestia más triste de los
campos. El Hombre era la estatua de Dios caminando por el jardín; el Hombre
tenía preeminencia sobre todos los brutos; el hombre estaba triste porque no
era una bestia sino un dios roto. Los griegos habían hablado del hombre
arrastrándose sobre la tierra, como aferrándose a ella. Ahora, el Hombre
debía hollarla como subyugándola. El Cristianismo tenía una idea de la dignidad
del hombre, que sólo podría expresarse en coronas resplandecientes como el
sol o en abanicos del plumaje de pavos reales. No obstante, también tenía una
idea de la pequeñez del hombre que sólo podría expresarse en una fantástica y
estrecha sumisión, en las grises cenizas del Santo Domingo y en las nieves
blancas del San Bernardo. Cuando uno empezaba a pensar en sí mismo, había
suficiente perspectiva y espacio para acumular cualquier cantidad de fría
abnegación y de verdad amarga.
Ahí el caballero realista
puede dejarse ir tan lejos como quiera. Tenía un campo abierto el pesimista
alegre. Que diga cualquier cosa contra sí mismo, menos blasfemar del objeto
original de su existencia; que se llame tonto y aún maldito tonto (a pesar de
que esto es calvinista); pero no diga que no vale la pena que el tonto se
salve. No diga que el hombre, carece de valor. Abreviando, aquí otra vez el
Cristianismo resolvió la dificultad de combinar furias opuestas, conservando a
ambas y conservándolas furiosas. La Iglesia estaba en oposición con los dos
puntos. Difícilmente se pensaría demasiado mal de sí mismo. Difícilmente se
pensaría demasiado bien de la propia alma.
Tomemos otro caso; el
complicado problema de la caridad, la cual parecía muy fácil a algunos
idealistas altamente privados de ella. La caridad es una paradoja, como la
modestia y la valentía. Llanamente expresada, caridad significa una de dos
cosas: perdonar actos imperdonables o amar gente no amable. Pero si nos
preguntamos (como lo hicimos en el caso del orgullo) qué sentiría sobre ese
asunto un pagano sensato, probablemente empezáramos por el fondo del problema.
Un pagano sensato diría que hay algunas personas a quienes se puede perdonar y
otras para quienes el perdón es imposible:, es posible que riera de un esclavo
que roba vino; pero mataría y maldeciría aún después de muerto, a un esclavo
que traicionara a su benefactor. En tanto que el acto es perdonable, el hombre
es perdonable. Esto es racional y aún reconfortante, pero es una dilución de
dos cosas. No da lugar al horror por la injusticia, que sentiría un inocente.
No da lugar a la simple ternura de los hombres por los hombres, que es el encanto
de todo lo caritativo. El Cristianismo intervino como antes.
Sorpresivamente intervino
con una espada y separó el crimen del criminal. Al criminal debemos
perdonarle setenta veces siete. El crimen no debemos perdonarlo en absoluto.
No basta que el esclavo que roba vino inspirara en parte ira y en parte bondad.
Debíamos estar más furiosos que antes contra el robo y no obstante más buenos
que antes con el ladrón. Había lugar para una ira y para un amor desenfrenados.
Y cuanto más pensaba en el Cristianismo, más cuenta me daba de que habiendo
establecido una regla y un orden, el principal objeto de ese orden, era dar
lugar a que se desenfrenaran todas las cosas buenas.
La libertad mental y
emotiva, no eran tan sencillas como aparentaban. En realidad requerían un
equilibrio de leyes y condiciones tan estricto como el de la libertad social y
política. El vulgar anarquista asceta se larga a sentir libremente cualquier
cosa y termina al fin golpeándose contra una paradoja que le impide seguir
sintiendo nada. Se evade de las limitaciones del hogar para entregarse a la
poesía. Pero cuando deja de sentir las limitaciones del hogar, deja de sentir
"La Odisea". Está libre de prejuicios nacionales y fuera del
patriotismo. Pero al sentirse fuera del patriotismo se siente fuera de
"Enrique V". Así, un literato estaría excluido de toda literatura y
sería más prisionero que cualquier beatón. Porque si existe una pared entre
usted y el mundo, lo mismo es que se refiera a sí mismo como encerrado fuera o
como encerrado dentro. No queremos la universalidad que está fuera de todos los
sentimientos normales. Lo que queremos es la universalidad que está dentro de
todos los sentimientos normales. Y allí está la diferencia que existe entre
estar fuera de ellos como un hombre está fuera de la prisión y estar libre de
ellos como un hombre está libre de una ciudad. Estoy fuera del Castillo de
Windsor (es decir no estoy forzosamente detenido allí) pero no estoy, en
ninguna forma libre de ese edificio. ¿Cómo un hombre aproximadamente libre de
emociones refinadas podría hacerlas vibrar en un espacio abierto sin perjuicio
y desastre?
Esa fue la conclusión de la
paradoja cristiana sobre pasiones paralelas. Ya de acuerdo en el dogma
primordial de una guerra entre lo divino y lo diabólico, podían soltarse como
catarata la rebelión y la ruina del mundo, el optimismo y el pesimismo, como
si fueran simple poesía.
San Francisco alabando todo
bien, pudo ser un optimista más gritón que Walt Whitman. San Jerónimo
denunciando todo mal, pudo pintar al mundo con más negrura que Schopenhauer.
Ambas pasiones fueron libres porque se retuvieron en su lugar. El optimista
pudo volcar toda la alabanza que quiso sobre la alegre música de las marchas,
las trompetas doradas y los purpúreos estandartes yendo a la batalla. Pero no
podía decir que la lucha era inútil. El pesimista podría describir tan
sombríamente como quisiera, las enfermantes marchas o las heridas sangrientas.
Pero no debía decir que la lucha era sin esperanza. Y así era con todos les
problemas morales, con el orgullo, con la rebeldía, con la compasión.
Definiendo la doctrina central, la Iglesia no sólo mantuvo lado a lado cosas
aparentemente incoherentes, sino, lo que es más, les permitió irrumpir con una especie de violencia
artística, cosa imposible de realizar en otra forma, salvo tal vez, para los
anarquistas. La mansedumbre se volvió más dramática que la locura. El
Cristianismo histórico, se irguió hasta ser un golpe teatral de moralidad
-cosas que son a la virtud lo que los crímenes de Nerón son al vicio-. Los
espíritus de la indignación y de la caridad, adquirieron formas terribles y
atrayentes, escalonándose desde la mansedumbre paciente que el primer y más
grande Plantagenet azotó como a perro, hasta la sublime piedad de Santa
Catalina que ante la vergüenza pública besó la cabeza ensangrentada del
criminal. La poesía podía actuarse tanto como componerse. Pero este heroico y
monumental modernismo de la ética, se evaporó enteramente con la religión
sobrenatural. Siendo humildes, podían exhibirse; pero nosotros somos demasiado
orgullosos para ponernos en evidencia. Nuestros maestros moralistas, con toda
razón escriben en pro de la reforma de las prisiones; pero no es probable que
veamos al señor Cadbury o a ningún otro filántropo eminente, entrando a la
cárcel de Reading para abrazar el cadáver estrangulado antes de que lo arrojen
a la cal viva. Nuestros maestros moralistas, reposadamente escriben contra el
poder de los millonarios; pero no es probable que veamos al señor Rockefeller
o a ningún otro tirano moderno, recibiendo azotes públicamente en la Abadía de
Westminster.
Así las dobles acusaciones
de los del siglo a pesar de arrojar nada más que oscuridad y confusión sobre sí
mismos, arrojaron una positiva luz sobre la fe. Es cierto que la Iglesia
histórica había insistido simultáneamente sobre el celibato y sobre la familia;
al mismo tiempo (y si es posible expresarlo así) había sido vigorosamente
terminante en que se tuvieran hijos y en que no se tuvieran. Mantuvo lado a
lado las dos insistencias, como si mantuviera dos colores, rojo y blanco; como
el blanco y el rojo del escudo de San Jorge. Siempre ha manifestado un
saludable odio por lo rosado. Odia esa combinación de dos colores que es el
débil expediente de que se sirven los filósofos. Odia esa evolución del negro
al blanco que es equivalente a un gris sucio. De hecho, toda la teoría de la
Iglesia sobre la virginidad, podría simbolizarse en la expresión de que el
blanco es un color; no simplemente una ausencia de color. Todo lo que arguyo
aquí, podría expresarse diciendo que el Cristianismo, en muchos de esos casos,
logró conservar la coexistencia de dos colores con toda la nitidez de cada uno.
No hizo una mezcla, como es mezcla el bermellón y la púrpura.
Por supuesto, así pasó
también con la contradictoria acusación de los anticristianos, respecto al
sometimiento y a la masacre. Es cierto que la Iglesia dijo a algunos hombres
que lucharan y a otros que no lucharan; y es cierto que aquellos que lucharon
fueron como rayos, y aquellos que no lucharon fueron corno estatuas. Todo esto
significa simplemente que la Iglesia determinó emplear sus Superhombres y sus
Tolstoys. La vida de batalla debe tener algo bueno, ya que a muchos hombres
les gustó ser soldados. Y en la idea de la no resistencia también debe haber
algo bueno, ya que a muchos buenos hombres les gustó ser quáqueros. Todo lo que
hizo la Iglesia (en cuanto a esto se refiere) fue evitar que alguna de estas
cosas buenas suprimiera a la otra. Existieron lado a lado. Los tolstoyanos,
teniendo todos los escrúpulos monjiles, simplemente se hicieron monjes. Los
quáqueros formaron un club, en vez de formar una secta. Los monjes dijeron
todo lo que dicen los tolstoyanos; volcaron lúcidas lamentaciones sobre la
crueldad da las batallas y la inutilidad de la venganza. Pero los tolstoyanos
no son tan acertados como para gobernar el mundo; y en las épocas creyentes no
se les permitió gobernarlo. El mundo no dejó pasar desapercibida la última
carga de Sir James Douglas, o la bandera de la doncella Juana. Y algunas
veces, esta suavidad y aquella fiereza se encontraron y justificaron su
alianza; se cumplía la paradoja de todos los profetas, y en el alma de San
Luis, el león yacía junto al cordero. Pero hay que recordar que este texto se
interpretó con demasiada ligereza. Constantemente aseguran, especialmente las
tendencias tolstoyanas, que cuando el león reposa junto al cordero, se vuelve
medio cordero. Pero tal cosa seria brutal anexión e imperialismo de parte del
cordero. Es el cordero absorbiendo al león en vez de ser el león comiéndose al
cordero. El verdadero problema es: ¿puede el león descansar junto al cordero y
conservar no obstante su real ferocidad? Éste es el problema que afrontó el
Cristianismo; éste es el milagro que realizó la Iglesia.
Es lo que yo llamo presentir
las excentricidades ocultas de la vida. Esto es saber que el corazón del hombre
está a la izquierda y no al centro. Esto es saber no solamente que la tierra es
redonda sino saber en qué puntos es achatada. La doctrina cristiana se anticipó
a las rarezas de la vida. No sólo descubrió la ley sino también previó las
excepciones. Los que dicen que el Cristianismo descubrió la misericordia,
menosprecian al Cristianismo; cualquiera podría descubrir la misericordia.
De hecho, todos la
descubrieron. Pero descubrir un procedimiento que permitiera ser misericordioso
y al mismo tiempo severo, era anticiparse a una extraña necesidad de la
naturaleza humana.
Porque todos queremos que se
nos perdone un pecado grande como si fuera pequeño. Cualquiera dirá que no
somos tan completamente miserables ni tan completamente felices. Pero realizar
hasta qué punto es posible ser muy miserable sin que al mismo tiempo fuera
imposible ser muy feliz, eso ya era un descubrimiento en psicología. Cualquiera
aconsejaría: "No te magnifiques ni te empequeñezcas", y sería una
limitación. Pero decir: "Aquí te puedes magnificar y aquí te puedes
empequeñecer", era una emancipación.
Este era el gran hecho de la
ética cristiana; el descubrimiento de un nuevo equilibrio. El paganismo había
sido como un pilar de mármol, recto hacia arriba porque era simétricamente
proporcionado. El Cristianismo era como una roca inmensa, irregular y
romántica que, no obstante oscilar sobre su pedestal al menor contacto, por
sus mismas exageradas excrecencias que se equilibraban exactamente entre sí,
se entronizó en el mundo por mil años. En una catedral gótica, todas las
columnas eran diferentes, pero todas eran necesarias. Cada soporte parecía un
soporte accidental y fantástico; cada apoyo era un apoyo volante. Así en la
cristiandad, cada accidente daba equilibrio. Becket usó una camisa de crin bajo
la encarnada y oro; y hay mucho que decir sobre esa combinación; porque Becket
tuvo su beneficio de la camisa de crin, y los de la calle tuvieron el suyo de
la roja y dorada. Por lo menos ese es mejor que el proceder de los millonarios
modernos que usan la negra y la parda exteriormente, y llevan la de oro más
cerca del corazón.
Pero el equilibrio no
siempre estaba en el cuerpo de un hombre, como en el de Becket; el equilibrio,
frecuentemente estaba distribuido sobre todo el cuerpo de la cristiandad.
Porque un hombre oraba y ayunaba entre las nieves del Norte, en las ciudades del
Sur, se podían arrojar flores los días de sus fiestas; y porque los fanáticos
sólo bebían agua entre las arenas de Siria, otros hombres podían seguir
bebiendo sidra en los vergeles de Inglaterra. Esto es lo que hace que la
cristiandad sea mucho más sorprendente y al mismo tiempo más interesante que el
imperio pagano; tal como la catedral de Amiens, es no mejor, pero sí más
interesante que el Partenón. Si alguien quiere una prueba moderna de lo dicho,
que considere el hecho de que Europa, a pesar de conservarse una, bajo el
Cristianismo se dividió en naciones individuales.
El patriotismo es un ejemplo
perfecto de este deliberado equilibrio de un énfasis contra otro énfasis.. El
instinto del imperio pagano hubiera dicho: "Tenéis que ser todos
ciudadanos de Roma, y todos desenvolvernos igual; dejad que el germano sea cada
vez menos pausado y reverente; y los franceses menos experimentales y
veloces". Pero el instinto de Europa cristiana dice: "Dejad que el
germano continúe lento y reverente para que el francés pueda ser veloz y
experimental con más seguridad. Haremos un equilibrio entre esos excesos. El
absurdo llamado Alemania corregirá la locura llamada Francia".
Lo final y más importante es
esto que explica lo que resulta tan inexplicable a los críticos modernos de la
historia del Cristianismo. Me refiero a las monstruosas guerras que surgen en
torno de pequeños puntos de teología; los terremotos de emoción alrededor de un
gesto o una palabra. Es cuestión de una pulgada; pero una pulgada es todo
cuando se está conservando un equilibrio. En ciertas cosas, la Iglesia no puede
desviarse ni el espesor de un pelo, si es que debe seguir su grande y osado
experimento del equilibrio irregular. Con que una vez sola debilitara una idea,
otra idea frente a ella se volvería demasiado fuerte. Lo que conducía el pastor
cristiano no era un rebaño de ovejas, sino una manada de toros y de tigres, de
ideales terribles y arrasadoras doctrinas, cada una de ellas bastante fuerte
como para convertirse en una religión falsa que perdiera al mundo.
Recordemos que la Iglesia
intervenía con las ideas peligrosas; era una domadora de leones. La idea de
nacer por obra del Espíritu Santo, de la muerte de un ser divino, del perdón
de los pecados, del cumplimiento de las profecías, son ideas; cualquiera lo
vería, que por muy poco pueden convertirse en algo blasfemo y feroz. Al menor
eslabón que dejaran caer los artífices del Mediterráneo en las selvas olvidadas
del norte, el león ancestral del pesimismo rompería sus cadenas. Más adelante
hablaré de esta comparación teológica. Aquí basta destacar que el menor error
introducido en la doctrina, causaría inmensos trastornos en la felicidad
humana. Una sentencia mal redactada sobre la naturaleza del simbolismo,
destruiría todas las mejores estatuas de Europa. Un desliz en las definiciones
y se detendrían todas las danzas; se marchitarían todos los árboles de Navidad
y se romperían todos los huevos de Pascua. Las doctrinas debían ser definidas
dentro de límites estrictos a fin de que el hombre pudiera gozar de todas las
libertades humanas. La Iglesia tenía que ser vigilante aunque sólo fuera para
que el mundo pudiera ser descuidado.
Este es el asombroso
romanticismo de la Ortodoxia.
La gente ha caído en la
tonta costumbre de hablar de la ortodoxia como de algo pesado, monótono y
seguro. Y nunca hubo nada tan peligroso y apasionante como la ortodoxia. Era
sensatez; y ser sensato es más dramático que ser loco. Era el equilibrio de un
hombre conduciendo caballos desbocados; parecía tumbarse aquí y desviarse
allí, y no obstante, en cada posición conservaba la gracia estatuaria y la
precisión aritmética. En sus primeros días, la Iglesia fue fiera y veloz como
cualquier cárcel de guerra; sin embargo, es completamente antihistórico, que
se volviera loca en torno de una sola idea, como una vulgar fanática. Se
inclinó hacia la derecha y hacia la izquierda para sortear obstáculos enormes.
A un lado dejó la mole inmensa del arrianismo, que apoyado por las fuerzas
mundanas, quería hacer demasiado mundano el Cristianismo. Al próximo instante
se desviaba otra vez para evitar un orientalismo que lo hubiera hecho demasiado
inmundano. La Iglesia ortodoxa nunca siguió la táctica de la sumisión ni aceptó
convencionalismos; la Iglesia ortodoxa nunca fue respetable. Habría sido mucho
más fácil aceptar el poder terrenal de los arrianos. Y en el calvinista siglo
XVII, habría sido mucho más fácil dejarse caer en el pozo sin fondo de la
predestinación. Es fácil ser un loco; es fácil ser un hereje. Siempre es fácil
dejar que el mundo se salga con la suya; lo difícil es salirse con la de uno
mismo. Siempre es fácil ser un modernista; tan fácil como ser un snob.
Ciertamente habría sido fácil caer en cualquiera de esas trampas abiertas del
error y la exageración, que moda tras moda y secta tras secta, fueron tendiendo
al paso histórico de la cristiandad. Siempre es fácil caer; se cae en una
infinidad de ángulos, y sólo en uno se está de pie. Haber caído en cualquiera
de las fruslerías que el gnosticismo opuso a la ciencia cristiana, por cierto
era obvio y soso. Pero evitarlas todas, fue una aventura vertiginosa; y en mi
visión veo a la carroza celestial que vuela tronando a través de las edades;
veo a las estúpidas herejías postradas, revolcándose, y veo a la verdad
tremenda vacilante, pero erguida.
VII. LA ETERNA REVOLUCIÓN
Se han analizado las
siguientes proposiciones: Primero, que nuestra vida requiere una creencia,
hasta para mejorar; segundo: que es necesario sentir un descontento por las
cosas, hasta para sentirse satisfecho; tercero, que para tener el obvio
equilibrio del estoico, no basta tener ese descontento necesario y esa
necesaria satisfacción. Porque la simple resignación no encierra la gigantesca
levedad del placer ni la magnífica intolerancia del dolor. Hay una objeción
vital para aquel consejo: haz un visaje y soporta. La objeción es que si usted
soporta, usted no hace visajes. Los héroes griegos no hacían visajes; las
gárgolas sí, porque son cristianas. Y cuando un cristiano está contento (en el
sentido exacto), está terriblemente contento; su satisfacción es terrible.
Cristo profetizó toda la
arquitectura gótica, en aquella hora en que la gente nerviosa y respetable
(tal como la que hoy se opone a las gaitas), se opuso a que los tapagoteras de
Jerusalén, gritaran por las calles. Cristo dijo: "Si estos callaran, las
mismas piedras gritarían." Bajo el impulso de su espíritu surgieron, como
un coro clamoroso, las fachadas de las catedrales medioevales, reforzadas con
caras de bocas abiertas gritando. La profecía se había cumplido: las mismas
piedras gritaban.
Si esto se acepta, aunque
más no sea que por el argumento, podemos volver a tomar el hilo del
pensamiento donde lo habíamos dejado: en el hombre natural, la cual los
escoceses llaman (con una familiaridad lamentable) "El Hombre
Viejo". Podemos hacer la siguiente pregunta, tan manifiesta e inevitable.
Es necesario sentir alguna satisfacción, aún para mejorar las cosas. Pero ¿qué
entendemos por mejorar las cosas? La mayor parte de las conversaciones
modernas sobre este asunto, es simplemente un argumento en círculo, ese
círculo que ya mencionamos como símbolo de la locura y del mero racionalismo.
La evolución sólo es buena si produce bien; el bien sólo es bueno si facilita
la evolución. El elefante sobre la tortuga y la tortuga sobre el elefante.
Evidentemente de nada
valdría que tomáramos nuestros ideales de los principios de la naturaleza; por
la sencilla razón de que (excepto para alguna teoría humana o divina) la
naturaleza no tiene principios. Por ejemplo un antidemócrata barato de hoy día,
solemnemente nos diría que en la naturaleza no hay igualdad. Y tiene razón;
pero, no ve lo que sigue. No hay igualdad en la naturaleza; y tampoco hay
desigualdad. La desigualdad o la igualdad, presupone la existencia de un tipo
de valor. Descubrir aristocracia o descubrir democracia en la anarquía de los
animales, es algo puramente sentimental. Ambas, democracia y aristocracia,
son ideales humanos: una que dice que todos los hombres son apreciables, y
otra que dice que unos hombres son más apreciables. Pero la naturaleza no dice
que los gatos son más apreciables que las ratas; la naturaleza no hace ninguna
observación sobre ese asunto. Ni siquiera dice si el gato es más digno de
envidia y la rata más digna de lástima. Pensamos que el gato es superior,
porque tenemos (o muchos tenemos) una filosofía particular según la cual la
vida es mejor que la muerte.
Pero si el ratón resultara
ser un ratón alemán pesimista, no pensaría en absoluto que el gato le ha
vencido. Pensaría que ha vencido al gato porque llegó a la tumba antes que él.
O podría sentir que actualmente impuso al gato el castigo tremendo de dejarlo
vivir. Tal como un microbio podría sentirse orgulloso de haber propagado una
peste, así el ratón pesimista podría regocijarse pensando que renovaba en el
gato la tortura de la existencia consciente.
Todo depende de la filosofía
del ratón. Ni siquiera es posible decir que hay victorias o superioridades en
la naturaleza, a menos de poseer una doctrina referente a qué cosas son
superiores. Ni siquiera se podría decir que el ratón roe, si no hubiera un
modo o sistema de roer.
Ni siquiera es posible decir
que el gato lleva la mejor parte si no hay una parte esteblecidamente mejor que
otra.
Luego, no podemos extraer
nuestros ideales de la naturaleza, y como seguimos con la primera reflexión
natural, descartaremos (por ahora) la idea de que podemos obtenerlos de Dios.
Debemos tener nuestro propio punto de vista. Pero los intentos de muchos
modernos para expresar ese punto de vista, es sumamente vago y confuso.
Algunos, sencillamente caen
con el reloj: hablan como si un simple paso por el tiempo, otorgara alguna
superioridad y así, hasta un hombre del primer calibre mental,
despreocupadamente usa esta frase, "la moralidad" humana nunca está
al día". ¿Cómo podría ser que algo estuviera al día? una fecha no tiene
carácter. ¿Cómo podría decirse que las celebraciones de Navidad no son
adecuadas para el 25 de un mes? Por supuesto, lo que habrá querido decir el
escritor, es que la mayoría queda postergada, o a la par, de su minoría
favorita. Otros modernos vagos, se refugian en las metáforas materiales; de
hecho, ésta es la principal característica de los vagos modernos.
No atreviéndose a definir
sus doctrinas sobre lo que es bien, emplean figuras físicas de lenguaje, sin
medida y sin vergüenza; y lo que es peor, parecen pensar que esas analogías
baratas son exquisitamente espirituales y superiores a la vieja moralidad.
Así, creen que es muy intelectual hablar de cosas que son "altas".
Esto, por lo menos, es el reverso de lo intelectual; es una simple frase
adecuada para hablar de un campanario o una veleta. "Tomás era un buen
chico", es una declaración netamente filosófica, digna de Platón o de
Aquino. "Tomás vivió la vida más alta", es una burda comparación con
una regla de tres metros.
Incidentalmente, ésta fue
casi toda la debilidad de Nietzsche, a quien algunos están proclamando audaz y
vigoroso pensador. Nadie negará que fue un pensador poético y sugestivo, pero
precisamente lo contrario de vigoroso.
Y no era en absoluto audaz.
Nunca presentó su pensamiento en llanas palabras abstractas como hicieron
Aristóteles, Calvino y hasta Karl Marx, los recios y temerarios hombres del
pensamiento. Nietzsche siempre eludió una pregunta respondiendo con una metáfora
física, como cualquier poeta de menor categoría. Dijo: "Más allá del bien
y el mal", porque no tuvo valor para decir: "más bueno que el bien y
el mal" o "más malo que el bien y el mal".
Si sin metáforas hubiera
hecho frente a su pensamiento, habría descubierto que no tenía sentido. Así
cuando describe su héroe, no se anima a decir: "él hombre más puro",
o "el hombre más feliz", o "el hombre más triste"; porque,
esas, son ideas, y las ideas son alarmantes. Dice: "el hombre más elevado
o "el hombre de más arriba"; metáfora física adecuada para referirse
a alpinistas o a acróbatas.
Nietzsche es en verdad un
pensador muy tímido; Realmente ni sabe qué especie de hombre desea que
produzca la evolución. Y si él no lo sabe, por cierto menos lo sabrán los
comunes evolucionistas que hablan de las cosas más "elevadas".
Luego, también algunos caen
en una inconfundible quietud de sumisión. Dicen que la naturaleza algún día
hará algo; nadie sabe qué y nadie sabe cuándo. No tenemos por qué obrar ni por
qué no obrar. Si algo sucede, es bueno; si algo se evita, es malo. Otros, por
el contrario, pretenden anticiparse a la naturaleza, haciendo algo; cualquier
cosa. Y se cortan las piernas por si acaso nos llegaran a crecer alas. No
obstante, por todo lo que saben, tal vez la naturaleza esté tratando de
hacerlos ciempiés.
Finalmente, hay una cuarta
especie de personas, que toman lo que desean diciendo que ese es el ulterior
designio de la evolución. Y son los únicos sensatos. Esa es la única forma
saludable de encarar la evolución; procurarse lo que uno quiere, y luego llamar
a eso evolución. El único sentido inteligible que el progreso o el adelanto
puede tener entre los hombres, es que poseemos un concepto definido y que
conforme a él deseamos modelar al mundo. Y si les gusta más de otra forma, la
esencia de esa doctrina es que, cuanto nos rodea es un simple método o
preparación para algo que hemos de creer. Este, no es el mundo; más bien es el
material para hacer el mundo.
Dios nos ha dado no tanto
los colores de cuadro como los colores de una paleta. Pero nos ha dado también
un motivo, un modelo, una visión determinada. Tenemos que ser claros respecto
a lo que queremos pintar. Esto, suma un principio más a nuestra previa lista de
principios. Dijimos que debemos querer al mundo hasta para cambiarlo. Ahora
agregamos que debemos querer a todo mundo (real o imaginario) a fin de tener
un mundo según el cual podamos reformar el nuestro.
No necesitamos analizar los
términos "evolución" o "progreso"; personalmente prefiero
el término "reforma". Porque reforma, presupone una forma. Implica
que tratamos de modelar el mundo según una imagen definida y determinada;
intentamos hacerlo conforme a algo que ya hemos visto en nuestra mente.
Evolución es una metáfora del desarrollo simplemente automático. Progreso es
una metáfora del simple andar a lo largo de un camino. Pero reforma, es una
metáfora para hombres razonables y decididos: significa que vemos algo fuera de
forma y queremos ponerlo en forma. Y sabemos en cuál forma.
Y aquí viene el colapso y
tremendo desatino de nuestra época. Hemos confundido dos cosas diferentes;
dos cosas opuestas. Progresar debería significar que siempre estamos cambiando
al mundo para adaptarlo a un concepto. Y hoy progresar significa que estamos
cambiando el concepto. Debería significar que lenta pero firmemente traemos a
los hombres: justicia y misericordia, pero significa que cada vez estamos más
inclinados a dudar que la justicia y la misericordia sean deseables. Cualquier
hombre lo dudaría ante una página violenta escrita por un sofista Prusiano.
Progresar, debería significar que cada vez estamos más cerca de la Nueva
Jerusalén. Y significa hoy, que la Nueva Jerusalén, cada vez se aleja más de
nosotros. No estamos alterando lo real para adaptarlo a lo ideal. Estamos
alterando el ideal: es más fácil.
Los ejemplos tontos siempre
son más sencillos; supongamos que un hombre quisiera una determinada clase de
mundo; digamos, un mundo azul. No tendría por qué quejarse de que su empresa
fuera rápida o liviana; se afanaría durante mucho tiempo en su transformación;
trabajaría hasta que todo fuera azul. Tendría aventuras heroicas; darle a un
tigre los últimos toques de azul. Tendría feéricos sueños; el albor de una
luna azulada. Pero trabajando mucho, ese fiero reformador, ciertamente
dejaría al mundo (desde su punto de vista) mejor y más azul de lo que lo había
encontrado. Si cada día cambiara una hoja de pasto a su color favorito,
lentamente, acabaría. Pero si cambiara cada día de color favorito, no acabaría
nunca.
Si después de leer a un
filósofo nuevo, comenzara a pintarlo todo de rojo o amarillo, su trabajo se
arruinaría; no tendría nada que mostrar, excepto quizá unos pocos tigres
azules ejemplares de su primer capricho.
Esta es exactamente la
actitud del pensador moderno. Se dirá que este ejemplo fue francamente
ridículo. Pero es literalmente un hecho de la historia contemporánea.
Los grandes y graves cambios
introducidos en nuestra civilización política, todos pertenecen a los
comienzos del siglo XIX; no a sus finales. Pertenecen a la época blanca y
negra, cuando los hombres creían firmemente en el Protestantismo, en el Calvinismo,
en la Reforma, y frecuentemente, en la Revolución. En cualquier cosa que
creyera cada hombre, martillaba sobre ella constantemente, sin escepticismo: y
hubo un momento en el cual la Iglesia Establecida pudo caer, y la Cámara de
los Lores, casi había caído.
Era porque los Radicales
fueron lo suficientemente vivos para ser unidos y constantes; era porque los
Radicales fueron suficientemente vivos para ser Conservadores. Pero en la
atmósfera actual, el Radicalismo no tiene ni tradición ni tiempo para abatir
cosa alguna. Había mucha verdad en la sugerencia de Lord Hugh Cecil, cuando
finamente dijo que la era de cambios había concluido y que la nuestra es una
de conservación y reposo. Pero probablemente a Lord Hugh Cecil le dolería
mucho realizar (y es lo cierto) que nuestra época es una época de exclusiva
conservación porque es una época de completa incredulidad. Que las creencias se
marchiten rápida y constantemente, si queremos que las instituciones perduren
tal como son. Cuanto más desquiciada está la vida de la mente, más abandonada a
sí misma queda la máquina de la materia. El resultado neto de todas las
tendencias políticas, del calvinismo, tolstoismo, neofeudalismo, comunismo y
anarquismo, el simple resultado de todo eso, es que la monarquía y la Cámara
de los Lores, perdurarán. El resultado neto de todas las religiones nuevas,
será que la Iglesia de Inglaterra no será derrocada, sabe el cielo, hasta
cuándo.
Fueron Karl Marx, Nietzsche,
Tolstoi, Grahame, Bernard Shaw y Auberon Herbert, Ios que entre sí, con sus
espaldas dobladas sostuvieron el trono del Arzobispo de Canterbury.
Cómodamente podemos decir
que el librepensamiento es la mejor de las salvaguardias contra la libertad.
Administrado según el estilo moderno, la emancipación de la mente del esclavo,
sería el mejor camino para evitar que el esclavo se emancipara. Que le enseñen
a desentrañar que si quiere o no quiere liberarse, y nunca se hará libre. Otra
vez podrían decir que el ejemplo es remoto y exagerado. Pero otra vez, es lo
exactamente cierto respecto a los hombres que pasan a nuestro lado por las
calles. Verdad es que el esclavo negro, por ser un bárbaro subyugado podrá
tener, o un humano aprecio por la lealtad, o un humano aprecio por la libertad.
Pero el hombre que vemos cada día; el obrero de la fábrica del señor Gradgrin,
el humilde empleado de las oficinas del señor Gradgrin, está demasiado
mentalmente preocupado para creer en la libertad. La literatura revolucionaria
lo tranquiliza. Una sucesión constante de filosofías frenéticas le calma y le
retiene en su lugar. Un día es marxista, otro día netzschista, otro día
(probablemente) un superhombre; y siempre un esclavo. Lo único que queda
después de todas las filosofías, es la fábrica. El único hombre que gana Con
todas las filosofías, es Gradgrin. Le valdría la pena mantener sus edificios
provistos de literatura escéptica. Y ahora que lo pienso, por supuesto
Gradgrin es famoso por donar bibliotecas. Manifiesta su sensatez. Todos los
libros modernos están a su favor. Mientras se esté cambiando siempre la idea
del cielo, la visión de la tierra será siempre la misma. Ningún ideal perdura
tiempo bastante para ser realizado; ni parcialmente realizado. El joven moderno
nunca cambiará su medio ambiente, porque siempre cambiará su idea.
De lo dicho, se desprende
que nuestro primer requerimiento respecto al ideal, hacia el cual se dirige el
progreso, será éste: que sea un ideal establecido. Whistler, acostumbraba
hacer varios rápidos ensayos de sus retratos, no importaba que rompiera veinte
veces sus trazados. Pero habría importado mucho que mirara veinte veces al
modelo, y cada vez hubiera visto una persona distinta posando plácidamente para
un retrato. Así (hablando comparativamente), no importa con cuanta frecuencia
fracase la humanidad imitando su ideal; porque todas las pasadas derrotas son
fecundas. Pero tiene una importancia terrible, la frecuencia con que cambia sus
ideales; porque entonces, todos sus pasados fracasos, son estériles. La
pregunta adecuada vendría a ser ésta: "¿Cómo podemos hacer para que el
artista se mantenga descontento de su cuadro y evitar al mismo tiempo que esté
vitalmente descontento de su arte? ¿Cómo hacer para que el hombre nunca esté
satisfecho de su trabajo y no obstante siempre esté satisfecho de trabajar?
¿Cómo asegurarnos de que el pintor arrojará al retrato por la ventana en vez
de tomar la actitud más humana y natural de arrojar por la ventana al modelo?
Una regla estricta es
necesaria, no sólo para reglamentarse sino también para rebelarse. Para
cualquier clase de revolución, es necesario que exista un ideal fijo y
familiar. Algunas veces el hombre obra lentamente sobre las ideas nuevas; sólo
sobre ideas viejas obrará con rapidez.
Si simplemente quisiera
flotar, o evaporarme o desenrollarme, podría ser por anarquismo; pero si quiero
hacer un bochinche, tiene que ser por algo espetable. Y ahí está toda la
debilidad de ciertas escuelas de progreso o evolución moral. Sugieren que ha habido
un lento movimiento moralizador, con una imperceptible modificación ética a
cada año; o a cada instante. En esta teoría, hay una desventaja.
Habla de un lento movimiento
hacia la justicia; pero no admite un movimiento rápido. A un hombre no le está
permitido pararse de un salto y declarar que un cierto estado de cosas es
intrínsecamente intolerable. Es mejor tomar un ejemplo específico para
aclarar mejor el asunto. Algunos de los vegetarianos idealistas, como ser el
señor Salt, dicen que ha llegado el momento de no comer más carne;
implícitamente aceptan que en otro momento se pudo comer carne y sugieren (en
palabras que es posible citar), que algún día no se podrá comer huevos ni beber
leche. Aquí no discuto que sería justo para los animales. Solamente digo que lo
que es justicia en cualquier circunstancia dada, siempre debe ser pronta
justicia., Si se hace sufrir a un animal, debe sernos posible precipitarnos a
su rescate. Pero ¿cómo podríamos precipitarnos si tal vez estamos adelantados
respecto a nuestro tiempo? ¿Cómo podemos precipitarnos para alcanzar un tren
que tal vez no llegue sino dentro de unos pocos siglos? ¿Cómo puedo denunciar a
un hombre que desuella gatos, si apenas es ahora, lo que yo posiblemente
llegaré a ser bebiéndome un vaso de leche? Una espléndida y frenética secta
rusa, corría por las calles soltando a los animales de sus carros. ¿Cómo
podría yo tener ese arranque de valentía y soltar el caballo de mi cabriolé
de alquiler, cuando no sé si mi reloj evolucionista adelanta un poquito o si el
cochero está un poquito atrasado? Supongamos que dijera a un
"sweater"[11]: "La esclavitud fue adecuada a cierto período de la
evolución." Y supongamos que él me respondiera: "Sudar es adecuado a
este período de la evolución." ¿Cómo podría replicarle si no hay un punto
de referencia establecido? Si los "sweaters pueden estar atrasados con
respecto a la moralidad corriente ¿por qué los filántropos no podrían estar
adelantados con respecto a ella?
Y ¿qué en la tierra, es
moralidad corriente, sino en su sentido literal, la moralidad que siempre está
corriendo más lejos? Por eso podemos decir que un ideal establecido es tan
necesario para el innovador como para el conservador; es necesario, tanto si
deseamos que las órdenes del rey se ejecuten prontamente, como si deseamos que
el rey sea prontamente ejecutado. La guillotina tiene muchas culpas; pero si
hemos de hacerle justicia, no tiene nada de evolucionista. El argumento
evolucionista favorito, tiene en el hacha su mejor réplica. El Evolucionario
dice: "¿Dónde trazas la línea?". Y el revolucionario contesta:
"La trazo aquí; exactamente entre la cabeza y el cuerpo." Si en
cualquier momento dado puede surgir una huelga, debe existir un bien y un mal
abstracto; debe haber algo eterno si es que puede haber algo repentino. De ahí
que todas las empresas humanas inteligibles, sean para alterar las cosas o
para conservarlas como son; para fundar un sistema estable como en China o para
alterarlo cada mes como a principios de la Revolución Francesa; para todo es
exactamente necesaria la existencia de un concepto que sea un concepto
establecido.
Ese es nuestro primer
requerimiento.
Una vez escritas estas
cosas, sentí la presencia de algo en la discusión: como el hombre que oye las
campanas de la iglesia por encima de los ruidos de la calle. Algo parecía
decir: "Al fin mi ideal se ha fijado; porque estaba firme ya antes que los
fundamentos del mundo. Mi concepto de lo perfecto ya no puede alterarse;
porque se llama Paraíso. Usted puede alterar el lugar hacia donde se dirige;
pero no puede alterar el lugar de donde viene. Para el ortodoxo, siempre debe
haber un motivo de revuelta; porque en el corazón del hombre, Dios quedó bajo
el pie de Satanás. En cualquier momento puede darse un golpe de perfección no
vista por el hombre desde Adán. Ni la costumbre inmutable ni la variante
evolución, podrán hacer del bien original otra cosa que no sea el bien
original. El hombre pudo haber tenido concubinas en tanto las vacas tuvieran
cuernos, no obstante, si el concubinato es culpable, no formó parte del
hombre. Los hombres pueden haber vivido bajo la opresión desde que los peces
viven bajo el agua; no obstante no debieron vivir bajo ella, si la opresión es
culpable. La cadena puede parecer tan natural al esclavo o la pintura a la
meretriz como la pluma es natural al pájaro y la conejera al zorro; no obstante
si esas cosas son culpables no les son naturales.
Levanto mi leyenda
prehistórica para desafiar toda su historia. Me detuvo para destacar la nueva
coincidencia del Cristianismo: pero seguí de largo.
Seguí a la siguiente
condición de cualquier ideal de progreso. Algunos (como ya dijimos) creen que
en la naturaleza de las cosas se produce un progreso automático e impersonal.
Pero resulta claro que no se podría estimular ninguna, actividad política diciendo
que el progreso es natural e inevitable; esa no es una razón para ser activo
sino más bien un motivo para ser perezoso. Si estamos avocados a mejorar, no
necesitamos preocuparnos de mejorar. La pura doctrina del progreso es la mejor
de las razones para no ser un progresista. Pero no es sobre estos comentarios
obvios sobre los que en primer lugar quiero llamar la atención.
El único punto interesante
es éste: que si suponemos que el mejoramiento es natural, debe ser un
mejoramiento hermosamente simple. Es concebible que el mundo trabajara en orden
a una consumación; pero difícilmente lo haría en orden a una combinación de varias
cualidades. Tomando nuestro ejemplo original, la Naturaleza por sí misma podría
volverse más azul; este es un proceso tan simple que puede ser impersonal.
Pero a menos que la Naturaleza fuera personal, no podría hacer un minucioso
cuadro de varios colores escogidos. Si la meta del mundo fuera una completa
oscuridad o una luz completa, podría llegar, tan lenta e inevitablemente como
llega al amanecer y al crepúsculo. Pero si la meta del mundo ha de ser una
pieza de elaborado y artístico "chiaroscuro", entonces, debe haber un
diseño. humano o divino. El mundo, sólo con el correr del tiempo, podría
oscurecerse como un cuadro antiguo o blanquearse como una chaqueta vieja; pero
si se transforma en una determinada pieza de arte en blanco y negro, entonces,
existe un artista.
Y doy un ejemplo más simple
por si acaso la diferencia no fuera evidente. Constantemente oímos de los
humanistas modernos, una creencia particularmente cósmica; empleo la palabra
"humanista" en el sentido ordinario, que significa un hombre que
levanta las protestas de todas las criaturas contra aquellas de la humanidad.
Sugieren ellos que a través de las épocas, nos hemos hecho más y más humanos,
es decir que, uno después de otro, todos los sectores o grupos de seres,
esclavos, niños, mujeres, vacas, etc., gradualmente han sido admitidos a
participar de la justicia y de la misericordia. Dicen que una vez pensamos que
era correcto comerse a los hombres (no lo pensamos); pero no me concierne aquí
su historia, la cual es altamente inhistórica. Como hecho, la antropofagia,
es por cierto una costumbre decadente; no primitiva.
Es mucho más probable que
los hombres modernos por afectación coman carne humana y no que la comiera por
ignorancia el hombre primitivo. Aquí solamente estoy siguiendo los contornos
del argumento, el cual sugiere que el hombre ha sido progresivamente más
lenitivo, primero para los ciudadanos, luego para los esclavos, luego para los
animales y luego (posiblemente) para las plantas. Pienso hoy que está mal que
me siente sobre un hombre. Pronto pensaré que está mal que me siente sobre un
caballo. Eventualmente (supongo) pensaré que está mal que me siente sobre una
silla. Esa es la dirección que sigue el argumento. Y según este argumento, se
diría que es posible hablar del hombre en términos de evolución o de inevitable
progreso. La perpetua tendencia a tocar cada vez menos objetos, uno siente que
ha de ser una tendencia inconsciente y bruta, como aquella tendencia de la
especie a producir cada vez menos hijos. Este impulso puede ser realmente
evolucionario, porque es estúpido.
Es posible que el darwinismo
sirva para respaldar dos moralidades locas; pero no puede servir para respaldar
ni una sola moralidad sensata. El parentesco y la competencia entre todas las
criaturas vivientes, podría ser una razón para ser insensatamente cruel o
insensatamente sentimental; pero no para sentir un sensato amor por los
animales. Sobre la base evolucionista es posible ser inhumano o ser
absurdamente humano; pero no es posible ser humano. Que usted y un tigre sean
uno, puede ser una razón para ser cruel como el tigre. Amaestrar al tigre para
que lo imite a usted es un camino; pero el camino más corto es que usted imite
al tigre.
Pero en ninguno de los dos
casos la evolución nos dice cómo tratar razonablemente al tigre, es decir, cómo
admirar sus líneas mientras se evitan sus garras. Si usted quiere tratar a un
tigre razonablemente, tiene que volverse al jardín del Paraíso. Porque el
obstinado recuerdo vuelve a surgir: solamente lo sobrenatural ha encarado a la
Naturaleza desde un punto de vista sano. La esencia de todo panteísmo,
evolucionismo y religión cósmica moderna, en realidad se encuentra en esta
proposición: que la Naturaleza es nuestra madre. Pero si miramos la
Naturaleza como madre, desgraciadamente descubrimos que es una suegra. El
punto principal del Cristianismo era éste: la Naturaleza no es nuestra madre;
la Naturaleza es nuestra hermana. Puesto que tenemos un mismo padre, podemos
estar orgullosos de su belleza; pero no tiene autoridad sobre nosotros;
tenemos que admirarla, pero no imitarla. Esta idea da al típico placer
cristiano de esta tierra, un toque de ligereza que es casi frivolidad. La
Naturaleza era una solemne madre para los entusiastas de Isis y Cibeles. La
Naturaleza es una solemne madre para Wordsworth o para Emerson. Pero la
Naturaleza no es solamente para Francisco de Asís o para Jorge Herbert. Para
San Francisco la Naturaleza es una hermana y hasta una hermana menor: una
hermana bailadora de la cual se ríe y a la cual ama.
Este, difícilmente sería
nuestro punto principal, al menos por ahora; lo he admitido solamente con
objeto de mostrar cuan frecuentemente, y como por casualidad, la llave puede
calzar bien en las puertas más pequeñas. Aquí nuestro punto principal es que,
si en la Naturaleza existe una mera inclinación 'al mejoramiento impersonal,
debe ser presumiblemente una tendencia simple hacia un triunfo simple. Es
posible imaginar que alguna tendencia automática de la biología trabajara para
procurarnos narices cada vez más largas. Pero la cuestión es ¿queremos narices
cada vez más largas? Imagino que no; creo que la mayoría de nosotros
querríamos decir a nuestra nariz: "Hasta aquí y no más lejos; aquí se
estacione tu punto de orgullo"; requerimos una nariz cuyo largo nos
asegure la posesión de una cara interesante. Pero no podemos concebir que
exista una mera tendencia biológica hacia la producción de caras
interesantes; porque una cara interesante la constituye una determinada
combinación de ojos, nariz y boca complejamente proporcionados entre sí. La
proporción no puede resultar de un impulso; resulta de un accidente o de un
diseño. Lo mismo ocurre con el ideal de moralidad humana en su relación con los
humanitarios y antihumanitarios. Es concebible que cada vez fuéramos a tocar
menos cosas: no andaremos a caballo, no recogeremos flores. Eventualmente,
podremos estar confinados a no perturbar la mente del hombre ni con argumentos;
a no perturbar el sueño de los pájaros ni con una tos. Y la apoteosis final, parece
que va a ser un hombre sentado inmóvil, que no osa moverse por temor de
molestar a una mosca y no se anima a comer por temor de incomodar a un
microbio. Posiblemente el impulso inconsciente podría tender a consumación
tan cruda. Pero ¿es que queremos tan cruda consumación? Lo mismo podríamos
evolucionar en sentido opuesto ó sea seguir la línea nietzschiana del
desenvolvimiento, el superhombre aplastando al superhombre, formando una
torre de tiranos, hasta que el mundo que destruido por pura diversión. Pero
¿queremos destruir, por pura diversión, al mundo? No es muy claro que lo que
realmente esperamos sea una proposición y una administración determinada de
estas dos cosas: una cierta dosis de respeto y moderación, una cierta dosis de
energía y dominio. Si nuestra vida alguna vez fuera tan bella como un cuento
de hadas, tendremos que recordar que toda la belleza de los cuentos de hadas
reside en esto: que el príncipe siente un asombro que termina justo antes de
llegar al miedo. Si teme al gigante, el príncipe llegará a su fin; pero si el
gigante no le asombra, llegará a su fin el cuento de hadas. Todo' el asunto
depende de que el príncipe sea bastante altivo para desafiar. Así nuestra
actitud respecto al gigante del mundo, no debe ser meramente aumentar la
sumisión o aumentar el desdén: debe ser una proporción determinada de las dos
cosas, la cual, ha de ser exactamente correcta. Por las cosas externas a
nosotros debemos sentir una reverencia tal que nos haga hollar el pasto
temerosamente. Por las cosas externas a nosotros debemos sentir un desdén tal
que, en el momento debido, nos haga escupir a las estrellas. No obstante (si
hemos de ser buenos o felices), esas dos cosas deben ser combinadas no en
cualquier combinación sino en una combinación determinada. La perfecta
felicidad de los hombres sobre la tierra (si llega alguna vez), no será algo
liso y compacto como la satisfacción de los animales. Será un equilibrio
exacto y peligroso; como el de una novela desesperada. El hombre debe tener justo
la suficiente fe en sí mismo como para correr aventuras y justo la suficiente
duda de sí mismo como para gozarlas.
Luego, este es nuestro
segundo requerimiento respecto al ideal del progreso. Primero, debe ser
establecido; segundo, debe ser compuesto. Si ha de satisfacer nuestras almas,
no debe ser el predominio de una sola cosa que se devora a las demás, orgullo o
amor, quietud o aventura; debe ser un cuadro definitivo y compuesto por estos
elementos en la proporción precisa y en la mejor de sus combinaciones.
No me concierne ahora negar
que, por la constitución de las cosas, tal culminación podría estar reservada
para la especie humana. Solamente destaco que si se estableció para nosotros
esta felicidad compuesta, debió ser establecida por una inteligencia; porque
sólo una inteligencia puede fijar las proporciones exactas que resultarán una
felicidad compuesta. Si la beatificación del mundo es obra simplemente de la
Naturaleza, luego debe ser tan sencilla de realizar como la congelación del
mundo o el incendio del mundo. Pero si la beatificación del mundo no es obra de
la Naturaleza sino una obra de arte, presupone la existencia de un artista. Y
aquí otra vez detuvo mi contemplación aquella vieja voz que me decía:
"Hace mucho tiempo pude decirte estas cosas; si existe positivamente mi
progreso, solamente puede ser mi especie de progreso; el progreso hacia la
ciudad completa, de virtudes y dominaciones, en donde la justicia y la paz se
combinan para besarse. Una fuerza impersonal podría conducirte a un desierto
de perfectas llanuras o a una cumbre de altitud perfecta. Pero solamente un
Dios personal podría conducirte (si es cierto que eres conducido) a una ciudad
con calles y perspectivas arquitectónicas, a una túnica multicolor de José,
la contribución de sus propios colores".
Por segunda vez el
Cristianismo intervenía con la respuesta exacta que yo quería. Yo dije:
"El ideal debe ser constante", y la Iglesia había respondido;
"El mío es constante puesto que existía antes que todo lo demás".
Luego dijo: "Debe ser como un cuadro, artísticamente combinado"; y
la Iglesia respondió: "El mío es literalmente un cuadro, puesto que
conozco a quien lo pintó".
Luego, seguí a la tercera
condición, la cual era igualmente necesaria para una Utopía o para una meta de
progreso. Y de las tres, es la infinitamente más difícil de expresar. Tal vez
pudiera manifestarse así: necesitamos ser vigilantes, aún en la Utopía como
caímos del Paraíso.
Observamos que una razón que
se ofrecía para ser progresista es que las cosas naturalmente tienden a
mejorar. Pero la única verdadera razón que hay para ser progresista, es que
las cosas naturalmente tienden a empeorarse. La corrupción no es sólo el mejor
argumento para ser progresista, sino también el único argumento para no ser
conservador. Si no fuera por la corrupción de las cosas, la teoría conservadora
sería realmente concluyente e incontestable. Pero toda conservación se basa en
el hecho de que dejar las cosas en paz, es dejarlas como son. Pero no es eso.
Si se las deja en paz, se las abandona a un torrente de alteraciones. Si dejo
en paz a un poste blanco, pronto será un poste negro. Si lo deseo
especialmente blanco, siempre tengo que estar pintándolo de blanco; es decir
siempre estaré haciendo una revolución. Brevemente, si quiero el viejo poste
blanco, tengo que hacer un poste nuevamente blanco. Pero esto que es verdad
para las cosas inanimadas, es verdad, en un sentido terrible y complete, de
todas las cosas humanas. Por la horrible rapidez con que envejecen las
instituciones de los hombres, los ciudadanos requieren una casi artificial
vigilancia. En las novelas y en el periodismo se acostumbra hablar de hombres
que sufren bajo la opresión de antiguas tiranías. Pero de hecho, los hombres
casi siempre han sufrido bajo la opresión de tiranías nuevas; bajo tiranías que
hace escasamente veinte años, eran liberalidades públicas. Así Inglaterra se
enloqueció de alegría con el patriótico reinado de Isabel; y luego (casi en
seguida) se enloqueció de ira en la trampa de la tiranía de Carlos I. Así
también en Francia, la monarquía se hizo intolerable no inmediatamente después
de haber sido tolerada, sino inmediatamente después de haber sido adorada. El
hijo del bienamado Luis, fue Luis el guillotinado. Así, del mismo modo, los
elaboradores del radicalismo eran creídos una mera tribuna del pueblo, hasta
que repentinamente oímos el grito del socialista diciéndonos que eran tiranos
que devoraban al pueblo como si fuera pan. Así, otra vez, casi hasta último
momento confiábamos en los periódicos por ser portavoces de la opinión
pública. Y muy recientemente vimos (y no lentamente sino con brusquedad) que no
son en absoluto tales. Son, por la naturaleza del asunto, los juguetes de unos
pocos hombres ricos. No tenemos ninguna necesidad de rebelarnos contra la
antigüedad; tenernos que rebelarnos contra la novedad. El capitalista y el
editor son los nuevos conductores que realmente poseen al mundo. No hay temor
(le que ningún rey moderno intente extenuar la constitución; es más que
probable que la ignore y trabaje respaldándola; no abusará de su poder de rey;
es más probable que se aproveche de su impotencia de rey; del hecho de estar
fuera de la publicidad y de las críticas. Porque el rey es la persona con más
intimidad privada de nuestros tiempos. No es necesario que nadie vuelva a
oponerse a la censura a la prensa. No necesitamos una censura para la prensa.
Tenemos a la prensa de censura.
Esta asombrosa velocidad con
que los sistemas populares se vuelven opresivos, es el tercer hecho al cual
apelaremos para que se acepte nuestra perfecta teoría del progreso. Siempre
hay que estar alerta al abuso de los privilegios y a la desviación de las
empresas rectas. Respecto a este punto, estoy completamente de parte de los
revolucionarios. Tienen razón para sospechar siempre de todas las instituciones
humanas; tienen razón al no fiarse de los príncipes ni de ningún hijo de
hombre. El jefe que opta por ser amigo del pueblo, se convierte en enemigo del
pueblo; los periódicos comenzaron para decir la verdad, y hoy existen para
impedir que la verdad se diga. Aquí, dije, siento que al fin estoy realmente
con les revolucionarios. Y súbitamente me callé, porque recordé que una vez más
estaba con la ortodoxia.
El Cristianismo habló
nuevamente y dijo: "Siempre he sostenido que los hombres son naturalmente
apóstatas; que la virtud humana, por su propia naturaleza tiende a la
podredumbre, siempre dije que los seres humanos, como tales, se vuelven
malos, especialmente los seres humanos felices, especialmente los seres
humanos prósperos y soberbios. Esta eterna revolución, esta desconfianza
sostenida a través de los siglos, tú (siendo un confuso moderno) la llamas
doctrina del progreso. Si fueras filósofo, como yo la llamarías doctrina del
pecado original. Puedes llamarla avance cósmico, tanto como quieras; yo la
llamo lo que es: la Caída".
He hablado de la ortodoxia
interviniendo como una espada; confieso que aquí interviene como un hacha de
combate. Porque en realidad (cuando llegué a pensarlo), el Cristianismo es lo
único que queda con derecho a discutir las facultades de la buena educación y
de la buena cuna. Con bastante frecuencia he oído decir a los socialistas, y
aún a los demócratas, que las condiciones físicas del pobre, por fuerza han de
hacerlo mental y moralmente degradado. He oído hombres científicos (que
todavía hay científicos no opositores de la democracia) diciendo que si
proporcionáramos a los pobres condiciones de vida más salubres, el vicio y el
mal desaparecerían de entre ellos. Los he escuchado con una atención inmensa,
con una fascinación terrible. Porque era como estar mirando al hombre que
enérgicamente serrucha del árbol la rama sobre la cual está sentado. Si estos
alegres demócratas pudieran probar su alegato, darían un golpe mortal a la
democracia. Si de ese modo los pobres están absolutamente desmoralizados podría
ser práctico o no ser /práctico levantarlos. Pero sería ciertamente práctico
quitarles algunas franquicias. Si el hombre que tiene un mal dormitorio no
puede dar un buen voto, la deducción más rápida y primera es que no debe votar.
La clase gobernante, no sin razón, puede decir: "Nos tomará algún tiempo
reformar su habitación. Pero si ese hombre es el bruto que usted dice, podría
arruinar nuestro país en muy poco tiempo. Por lo tanto, seguiremos su
indicación y no le daremos la oportunidad de hacerlo". Me llena de
admiración la forma en que el vehemente socialista industriosamente exhibe los
fundamentos de toda aristocracia, explayándose blandamente sobre la evidente
ineptitud de los pobres para ser gobernantes. Es como oír a alguien disculpándose
en una fiesta nocturna por haber entrado sin traje de etiqueta y explicando
que recientemente estuvo intoxicado, que tiene en esos casos la costumbre
personal de desvestirse en la calle y sobre todo que recién acaba de cambiarse
el uniforme de la cárcel. Uno siente que en cualquier momento el dueño de casa
podría decirle que si las cosas estaban tan mal como todo eso, no necesitaba
haber venido. Así es cuando el vulgar Socialista con la cara radiante prueba
que el pobre, después de sus golpeadas experiencias, realmente no puede
merecer confianza. En cualquier momento, el rico podría decirle: "Muy
bien, no se la daremos", y cerrarle la puerta en las narices. Basándonos
en el punto de vista del señor Blatchford sobre la herencia y el ambiente, el
alegato de la aristocracia es abrumador. Si las casas limpias y el aire limpio
hacen almas limpias, ¿por qué no dar el poder (a lo menos por ahora) a aquellos
que indudablemente respiran aire limpio? ¿Si mejores condiciones de vida harán
al pobre más apto para gobernarse, ¿por qué esas mejores condiciones de vida
todavía no han hecho a los ricos más aptos para gobernarles? El asunto está
claramente manifiesto en el argumento en curso. La clase confortable, debe ser
simplemente nuestra vanguardia en la Utopía.
¿Existe alguna réplica para
esta sugerencia de que aquellos que han tenido mejores oportunidades,
probablemente sean nuestros mejores guías? ¿Hay alguna respuesta al argumento
de que es mejor que aquellos que han respirado aire limpio decidan por aquellos
que lo respiraron sucio? Por lo que yo sé, solamente hay una respuesta y esa
respuesta es el Cristianismo. Solamente la Iglesia Cristiana puede oponer una
objeción racional a esa confianza absoluta en los ricos. Porque ella desde el
principio sostuvo que el peligro no estaba en los ambientes' donde actuaba el
hombre sino en el hombre mismo. Y llegó más lejos; sostuvo que si vamos a
hablar de ambientes peligrosos, el más peligroso de todos es el ambiente
confortable. Sé que la manufactura más moderna se ha ocupado intentando
producir una aguja anormalmente gruesa. Sé que los biólogos más recientes han
estado sinceramente ansiosos de descubrir un camello enano. Pero si disminuimos
el camello al máximo de su pequeñez y ampliamos el; ojo de la aguja al máximo,
de su latitud; abreviando, si tomamos las palabras de Cristo en el menor de
sus significados, lo menos que sus palabras quisieron decir, es esto: qué los
ricos muy probablemente no son moralmente dignos de confianza. El
Cristianismo, hasta cuando entibiado, es bastante caliente para hervir toda la
sociedad moderna y dejarla hecha girones. El mínimum de la Iglesia sería un
ultimátum mortal para el mundo. Porque todo el mundo moderno está
absolutamente basado en la presunción, no de que el rico es necesario (lo que
sería sostenible) sino de que el rico es digno de confianza, lo cual (para un
Cristiano) no es sostenible. Oiremos que incansablemente se repite en las
discusiones sobre periódicos, compañías, aristocracias o reuniones políticas,
ese argumento de que el rico no es sobornable. El hecho por supuesto es que el
rico es sobornable; ya fue sobornado. Por eso es rico. Todo el alegato del
Cristianismo es que el hombre pendiente de los hijos de esta vida es un hombre
corrompido; espiritualmente corrompido, políticamente corrompido,
financieramente corrompido. Hay algo que Cristo y los santos cristianos
repitieron con salvaje monotonía. Han dicho simplemente que ser rico es estar
en un peculiar peligro de naufragio moral. No es demostrable cristiano matar a
los ricos por ser violadores de la justicia definible. No es demostrablemente
cristiano coronar a los ricos como convenientes regidores de la sociedad.
Ciertamente no es cristiano rebelarse; contra los ricos o someterse a ellos.
Pero ciertamente es cristiano fiarse de los ricos y creerlos moralmente más
dignos de fe que los pobres. Por cierto un cristiano puede decir: "Respeto
al hombre de ese rango, a pesar de que acepta sobornos". Pero un cristiano
no puede decir lo que dicen los hombres modernos en el desayuno y en el
almuerzo: "Un hombre de ese rango no acepta sobornos". Porque es
parte del dogma cristiano, a cualquier hombre de cualquier rango, es capaz de
aceptar sobornos. Es parte del dogma cristiano; y ocurre, por una curiosa
coincidencia, que también es parte evidente de la historia humana. Cuando la
gente dice que un hombre "en esa posición" es incorruptible, no es
necesario introducir al Cristianismo en la discusión. ¿Lord Bacon era
lustrabotas? ¿El Duque de Marlborough era barrendero? En la Utopía más
perfecta debo seguir preparado para la caída de cualquier hombre de cualquier ,
posición en cualquier momento; especialmente para mi caída, desde mi posición,
en este momento.
Mucho periodismo vago y
sentimental ha vertido la teoría de que el Cristianismo era pariente de la
democracia; y casi todo lo dicho en ese sentido en claridad y solidez no
alcanza para refutar el hecho de que ambas cosas se han peleado con
frecuencia. La democracia y el Cristianismo se aúnan sobre un punto mucho más
profundo. La idea especial y particularmente cristiana; cristiana es la idea
de Carlyle: la idea de que debe regir el hombre que se siente capaz de regir.
Sea lo que sea cristiano, eso es pagano. Si nuestra fe comenta los gobiernos,
su comentario debe ser este: que debe regir el hombre que no se piense capaz
de regir. El héroe de Carlyle dirá, "Seré rey"; pero el santo
cristiano dirá, "Nolo episcoparí". Si la gran paradoja del
Cristianismo quiere decir algo, quiere decir esto: que hemos de tomar la corona
en nuestras manos y buscar en los lugares áridos y en los rincones oscuros de
la tierra hasta encontrar al hombre que se sienta incapaz de usarla. Carlyle'
estaba muy equivocado; no tenemos que coronar al hombre excepcional que sabe
que puede regir. Más bien tenemos que coronar al hombre mucho más excepcional
que sabe que no puede.
Ahora, esta es una de las
dos a tres defensas vitales de la democracia actuante. El simple mecanismo del
voto, no es democracia, a pesar de que por hoy no es fácil proponer un método
democrático más simple. Pero aún el mecanismo de la votación, en su sentido
práctico, es profundamente cristiano, es un intento de obtener la opinión de
aquellos hombres demasiado modestos para ofrecerla. Es una aventura mística;
es confiar especialmente en aquellos que no confían en sí. Este enigma es
estrictamente peculiar a la cristiandad. En realidad, nada de humilde hay en
la abnegación del budista; el dulce hindú es apacible pero no manso. Pero hay
algo psicológicamente cristiano en la idea de buscar la opinión de los
oscuros, en vez de seguir la conducta obvia de aceptar la opinión de los
eminentes. Podría parecer curioso que diga que procurar votos es cristiano.
Pero la idea primaria de la procuración de votos, es cristiana. Es estimular a
los humildes, es decir al hombre modesto: "Amigo, sube más alto". Y
si existe algún leve defecto en la procuración de votos, es decir, en su
perfecta y cabal misericordia, posiblemente sea porque la procuración no se
cuida de estimular también al procurador.
La aristocracia no es una
institución; la aristocracia es un pecado; generalmente venial. Es
simplemente un desvío o un desliz de los hombres hacia la pomposidad y el
aprecio de lo poderoso, lo cual es la parte más obvia y fácil de las relaciones
del mundo.
Una de las mil réplicas a la
fugaz perversión de la fuerza moderna es que las más rápidas y audaces
empresas son también las más frágiles y llenas de sensibilidad. Lo más veloz
es lo más suave. Un pájaro es activo porque es suave. Una piedra es inválida
porque una piedra es dura. Por su propia naturaleza la piedra debe ir hacia
abajo porque la dureza es debilidad. Por su naturaleza el pájaro puede subir,
porque la fragilidad es fuerza. En la fuerza perfecta hay una especie de
frivolidad, de ventilación,
que por sí misma puede
mantenerse en el aire. Los investigadores modernos de la historia de los
milagros, solemnemente han admitido que una característica de los grandes
santos es su poder de "levitación". Podrían ir más lejos; una
característica de los grandes santos es su poder de levedad. Los ángeles
pueden volar porque se levantan a sí mismos livianamente. Este ha sido siempre
el instinto de la cristiandad y especialmente el instinto del arte cristiano.
Recuérdese cómo representaba Fra Angélico a sus ángeles, no sólo como pájaros
sino casi como mariposas. Recuérdese cómo el arte medioeval rebosaba de
ligeros y ondulantes ropajes y de pies veloces y saltarines. Fue lo que los
modernos prerrafaelistas no pudieron imitar nunca de los verdaderos prerrafaelistas.
Burne-Jones, nunca pudo adquirir esa profunda levedad de la Edad Media. En los
cuadros cristianos antiguos, sobre cada figura, el cielo es como un paracaídas
azul o dorado. Cada figura parece en actitud de volar hacia lo alto o de flotar
por los cielos. La capa andrajosa del mendigo lo llevará hacia arriba lo mismo
que las radiantes plumas de los ángeles. Pero los reyes con sus oros pesados y
los soberbios con sus ropajes de púrpura, por sus naturalezas se hundirán,
porque el orgullo no puede llegar a la levedad o a la levitación. En todas las
cosas el orgullo es una trapo cabizbajo de la solemnidad fácil. Uno "se
instala" en una especie de seriedad egoísta; pero hay que elevarse hasta
el alegré olvido de sí mismo. Un hombre "cae" en una reflexión parda;
hacia arriba llega a un cielo azul. La seriedad no es una virtud. Sería herejía
decirlo, pero una herejía más sensata sería decir que la seriedad es un vicio.
.En realidad, eso de tomarse en serio es una inclinación o falla natural,
porque es la cosa más fácil de hacer. Escribir un buen artículo orientador en
el Times, es mucho más fácil que escribir un buen chiste en el Punch. Porque la
solemnidad fluye de los hombres naturalmente; pero la risa es un brote
repentino. Es fácil ser pesado y difícil ser liviano. Satanás cayó por la
fuerza de su seriedad.
Pero desde que Europa es
cristiana, mientras tuvo aristocracia, en el fondo de su corazón tuvo a
peculiar honor tratar a la aristocracia como a una debilidad, generalmente
como a una debilidad que debe ser permitida. Si alguien desea investigar este
punto, que pase del Cristianismo a alguna otra atmósfera filosófica. Por
ejemplo, compare las clases de Europa con las castas de la India. Allí, la
aristocracia es mucho más respetada porque es mucho más intelectual. Se siente
seriamente la escala de clases es una escala de valores espirituales; que en un
sentido sagrado e invisible, el panadero es mejor que el carnicero. Pero el
Cristianismo no; ni el Cristianismo más ignorante y pervertido sugirió jamás,
que en ese sentido sagrado, un barón fuera mejor que un carnicero. Ningún
Cristianismo, por ignorante o extravagante que fuera, sugirió jamás que un
duque no se condenará. En la sociedad pagana pudo existir (no lo sé) división
tan seria entre el hombre libre y el esclavo. Pero en la sociedad cristiana siempre
hemos pensado que el caballero es una especie de broma, a pesar de que admito
que en algunas grandes cruzadas y concilios, conquistó el derecho de ser
llamado una broma práctica. Pero realmente en Europa, y en las raíces de
nuestras almas, jamás hemos tomado en serio a la aristocracia. Solamente un
ocasional aliado no europeo (como el doctor Oscar Levy, el único nietzschista
inteligente) puede arreglarse para tomar la aristocracia seriamente, aunque
sea por un momento. Tal vez sea una inclinación patriota, que no lo creo, pero
me parece que la aristocracia Inglesa es no solamente el tipo sino la corona y
la flor de todas las aristocracias actuales: posee todas las virtudes de la
Oligarquía y todos sus defectos. Es casual, es buena, es valiente en los
asuntos obvios; pero tiene un mérito que sobrepasa a aquéllos. El grande y
evidente mérito de la aristocracia Inglesa es que no hay posibilidad de que
nadie la tome seriamente.
Abreviando; he deletreado
pausadamente, como siempre. la necesidad de una ley pareja en la Utopía; y
como siempre, encontré qua el Cristianismo había llegado allí antes que yo.
Toda la historia de mi Utopía tiene la misma tristeza divertida. Siempre me
precipitaba de mí arquitectura reflexiva con los planos de una nueva
torrecilla solamente para encontrarla allí, a la luz del sol, resplandeciente y
vieja de mil años. En el antiguo y parcialmente en el nuevo sentido, en mi Dios
respondió a la plegaria "Líbranos de nuestros hechos". Sin vanidad,
realmente pienso que hubo un momento en que pude inventar el voto del
matrimonio (institución) como obra de mi propia cabeza; pero descubrí con
asombro que ya se había inventado. En vista de que sería largo mostrar hecho
por hecho y palmo por palmo, cómo vi que mi propia concepción de la Utopía
solamente se realizaba en la Nueva Jerusalén, tomaré este caso de la materia
del matrimonio como indicador del manejo convergente; podría decir del
convergente fracaso de todo lo demás.
Cuando los vulgares
opositores del Socialismo hablan de imposibilidades y alteraciones de la
naturaleza humana, siempre desaperciben una importante distinción. En las
concepciones del ideal de sociedad moderna, hay algunos deseos posiblemente
inaccesibles; pero hay algunos deseos que son indeseables. Que todos los
hombres vivan en casas igualmente hermosas, es un sueño que puede o no puede
realizarse. Pero que todos los hombres vivan en la misma casa hermosa, no es un
sueño; es una pesadilla. Que un hombre ame a todas las viejas mujeres, es un
ideal que puede no lograrse. Pero que un hombre mire a todas las viejas mujeres
exactamente como mira a su madre, es no sólo un ideal irrealizable sino un
ideal que no debe realizarse. No sé si el lector estará de acuerdo conmigo en
esos ejemplos; pero agregaré el ejemplo que más me afectó siempre. Nunca pude
concebir o tolerar una Utopía que no 'me dejara la libertad que más aprecio,
la libertad de atarme yo mismo. La anarquía completa no sólo haría imposible tener
disciplina y fidelidad alguna; también haría imposible tener ninguna
diversión. Para tomar un ejemplo evidente, no valdría la pena hacer apuestas si
una apuesta no atara. La disolución de todos los contratos no sólo arruinaría
la moralidad sino que estropearía los deportes. Las apuestas y juegos de esa
clase son simplemente la traza desarrollada y adaptada del instinto original
del hombre por la aventura y el romanticismo, instinto del cual mucho se ha
dicho en estas páginas. Y los peligros, las recompensas, los castigos y demás
accesorios de una aventura, deben ser reales, o la aventura es sólo una
pesadilla tramoyada y sin corazón. Si apuesto es porque pienso pagar, o si no
en apostar no hay poesía. Si desafío es porque pienso pelear, o si no no hay
poesía en el desafío. Si hago voto de ser fiel, debo ser maldecido cuando soy
infiel o si no no hay ningún atractivo en la promesa sagrada. Ni un cuento de
hadas podría hacerse con las experiencias de un hombre que cuando lo traga una
ballena se cree en el tope de la torre Eiffel o que cuando se convierte en sapo
es capaz de portarse como una cigüeña. Los resultados deben ser reales e
irrevocables aun en el romanticismo más salvaje. El matrimonio cristiano es el
gran ejemplo de un resultado real e irrevocable; y por eso es el tema
principal y central de toda la literatura romántica. Y este es mi último
ejemplo de las cosas que pediría, y pediría imperativamente de cualquier
Paraíso social; pediría conservar mis pactos, pediría que mis juramentos y mis
compromisos se tomaran seriamente; pediría que la Utopía vengara mi honor
sobre mí mismo.
Todos mis amigos utopistas
modernos se miran desconcertados, porque su última esperanza es la disolución
de todas las ataduras. Pero otra vez me parece oír, como una especie de eco,
una respuesta que viene desde más allá del mundo. "Tendrás obligaciones
reales, por consiguiente reales aventuras, cuando llegues a mi Utopía. Pero la
obligación más ardua y la más escarpada aventura es llegarse hasta ella."
VIII. EL ROMANTICISMO DE LA
ORTODOXIA
Nuestro mundo sería más
silencioso si fuera más esforzado y esto que es verdad del aparente estruendo
físico es verdad también del aparente estruendo intelectual. Las frases
científicas se emplean como engranajes y pistones científicos para hacer aún más
veloz y llano el recorrido del comodón. Las palabras largas nos pasan zumbando
como los trenes largos. Sabemos que llevan cientos de demasiado cansados o
demasiado indolentes para caminar y pensar por sí mismos. En un buen ejercicio
probar alguna vez el modo de expresar cualquier opinión que se posea, en
palabras de una sílaba. Si Ud. dice "La utilidad social de la sentencia
indeterminada es reconocida por todos los crimonologistas como parte de
nuestra evolución sociológica hacia un concepto más humano y científico del
castigo", puede seguir hablando así durante horas sin requerir casi ni un
movimiento de la materia gris de su cráneo. Pero si usted empieza "Quiero
que Jones vaya a la cárcel y que Brown diga cuando debe salir Jones", con
un estremecimiento de horror descubrirá que está obligado a pensar. Las
palabras largas no son las palabras difíciles; difíciles son las palabras
cortas. En la palabra "condena"[12] (damm) hay mucha más sutileza
metafísica que en la palabra "degeneración". Pero esas cómodas
palabras largas que libran a la gente de la fatiga de razonar, tienen un
aspecto particular por el cual son especialmente perjudiciales y confusas. Esta
dificultad se presenta cuando esas palabras largas se emplean con distintas
conexiones para significar cosas muy distintas. Por eso, tomando un ejemplo
bien conocido, la palabra "idealista" tiene un significado en cuanto
parte de la filosofía y otro como pieza de retórica moral. Por la misma razón
los materialistas científicos con justa razón se quejan de que la gente
confunda "materialista" como término de cosmología con
"materialista" como farsa moral. Así, para tomar un ejemplo de menor
precio, el hombre que en Londres odia a los "progresistas", en Sud
África siempre se dice "progresista". Una confusión tan falta de
sentido como esta se ha producido con la palabra "liberal" en cuanto
aplicada a la religión y en cuanto aplicada a lo político y a lo social. Con
frecuencia se ha sugerido que todos los liberales deberían ser librepensadores
puesto que deben amar todo lo libre. Lo mismo se podría decir que todos los
idealistas deberían ser de la Alta Iglesia, puesto que deben amar todo lo
elevado. Lo mismo se podría decir que los chistes "groseros" deberían
gustar a los clérigos "amplios"[13] y que a los de la "Low
Church"[14] les debería gustar la "Low Mass"[15]. Todo no es más
que una coincidencia de términos. En la actual Europa moderna el librepensador
no es un hombre que piensa por sí mismo. Es un hombre que habiendo pensado por
sí mismo, ha llegado a una clase determinada de conclusiones, el origen
material del fenómeno, la imposibilidad de los milagros, lo improbable de la
inmortalidad personal y así sucesivamente. Y ninguna de estas ideas es
particularmente liberal. Y es más, casi todas estas ideas son por cierto
definitivamente iliberales, como me propongo demostrar en este capítulo.
En las pocas páginas
siguientes mi objeto es hacer notar tan rápidamente como sea posible, que cada
una de las materias sobre las cuales han insistido más vigorosamente los
liberadores de la teología, ha tenido efectos definitivamente iliberales en la
práctica social. Casi cada propuesta contemporánea de introducir libertad en la
iglesia ha sido una propuesta de introducir tiranía en el mundo. Porque ahora
liberar la iglesia no significa liberarla en todo sentido. Significa liberar
ese conjunto de dogmas ligeramente llamados científicos, dogma del monismo, del
panteísmo y si fuera necesario, del Arrianismo. Y cada uno de esos (que los
tomaremos separadamente) puede demostrarse que es un aliado natural de la
opresión. De hecho, es una circunstancia notable (por cierto no tan notable
cuando se llega a pensar), la mayoría de las cosas son aliadas de la opresión.
Solamente existe una que nunca puede pasar de cierto punto en su alianza con la
opresión: es la ortodoxia. Cierto es que puedo retorcer la ortodoxia hasta que
parcialmente justifique a un tirano. Pero, también es cierto que puedo hacer
que una filosofía Alemana se autojustifique.
Ahora tomemos en orden las
innovaciones que son notas de la nueva teología de la iglesia modernista.
Terminamos el último capítulo descubriendo a una de ellas. La misma doctrina a
la cual se le dice ser la más anticuada, resultó ser la salvaguarda de las
nuevas democracias de la tierra. La doctrina más aparentemente impopular
resultó ser la única fuerza del pueblo. Abreviando, encontramos que la única
negación lógica de la oligarquía estaba en la afirmación del pecado original. Y
sostengo que lo mismo ocurre en todos los otros casos.
Tomo primero el ejemplo más
evidente, el caso de los milagros. Por alguna razón extraordinaria, hay una
obstinada noción de que es más liberal no creer en los milagros que creer en
ellos. ¿Por qué? Ni yo puedo imaginarlo ni nadie puede decírmelo. Por alguna
causa inconcebible un clérigo "amplio" o "liberal",
siempre es un hombre que por lo menos desea disminuir el número de milagros;
nunca es un hombre que desea aumentar ese número. Siempre significa un hombre
libre de no creer que Cristo salió de su sepulcro; nunca significó un hombre
libre de creer que su propia tía, salió de su tumba. Es común descubrir
disturbios en una parroquia porque el párroco no puede admitir que San Pedro
caminó sobre las aguas; no obstante, rara vez encontramos disturbios en una
parroquia porque el párroco dice que su padre caminó sobre el Serpentine! Y
esto no es porque nuestra experiencia nos diga que los milagros son increíbles
(como explicarían los precipitados controversistas seculares). No es porque los
milagros "no ocurran", como dice el dogma que Mateo Arnold proclamó
con simple fe. Se declaran más hechos sobrenaturales sucedidos en nuestros
tiempos que hace ochenta años. Los hombres de ciencia creen más de lo que antes
creían en tales maravillas. Los prodigios más asombrosos, y hasta terribles,
del espíritu y de la mente los revela la psicología moderna. Lo que la
antigua ciencia por lo menos habría rechazado francamente por no reconocerlo
milagroso, hoy lo afirma la ciencia moderna. La única que todavía es bastante
anticuada para rechazar milagros es la Nueva Teología. Pero en verdad esta idea
de que es "libre" de negar los milagros, no tiene nada que ver con
la evidencia que dé en pro o en contra de ellos. Que los comienzos originales
de la vida no se explicaban en la libertad de pensamiento sino en el dogma del
materialismo, no es más que un perjuicio verbal sin vida. El hombre del siglo
XIX no creyó en la Resurrección no porque el Cristianismo liberal le
permitiera ponerla en duda.
No creyó en ella porque su
mismo materialismo estricto no le permitía creerla. Tennyson un típico hombre
del siglo XIX profirió una de las verdades indubitables instintivas de sus
contemporáneos, cuando dijo que había fe en sus honestas dudas. Ciertamente
había. Esas palabras encierran una profunda y hasta horrible verdad. En su
dudar los milagros, había fe en un inevitable destino sin Dios; una honda y
sincera fe en la irremediable rutina del cosmos. Las dudas del agnóstico eran
la doctrina del monista.
Más adelante hablaré del
hecho y la evidencia de lo sobrenatural. Aquí sólo nos concierne este punto; en
tanto pueda decirse que la idea liberal de la libertad entra a ambos lados ,de
la discusión sobre los milagros, evidentemente está de parte de los milagros.
La reforma (en el único sentido aceptable) o el progreso, significa
simplemente el control gradual de la mente sobre la materia. Un milagro,
significa sencillamente un control rápido de la mente sobre la materia. Si
usted desea alimentar a un pueblo en el desierto, es imposible, pero no puede
pensar que sea liberal. Si usted realmente desea que los niños pobres puedan
ir a la playa, no podría pensar que es liberal que vayan sobre dragones
voladores; solamente puede pensar que es improbable que vayan en tales
vehículos. Como el liberalismo, también una vocación significa la libertad del
hombre. Un milagro, sólo significa la libertad de Dios. Puede negar
concienzudamente cualquiera de las dos libertades pero no puede decir que esa
negación, sea un triunfo de la idea liberal.' La Iglesia Católica creyó que el
hombre y Dios tenían ambos una especie de libertad espiritual. El Calvinismo
retiró la libertad al hombre pero se la dejó a Dios. El materialismo
científico limita al mismo Creador: encadena a Dios como el Apocalipsis
encadenó al demonio. En el Universo no deja nada libre. Y aquellos que
intervienen en este proceso se dicen "teólogos liberales".
Este, como digo, es el caso
de menos peso y de más evidencia. Es literalmente opuesta a la verdad la
presunción de que la duda de los milagros tiene algo en común con el
liberalismo o reforma. Si un hombre no puede creer en los milagros, es asunto
concluido; no es particularmente liberal pero es perfectamente honorable y
lógico, que son cualidades muy superiores. Pero si puede creer en los milagros,
ciertamente es más liberal creyendo en ellos: porque significan, primero, la
libertad del alma y segundo, su control sobre la tiranía de las
circunstancias. A veces se ignora esta verdad de un modo singularmente
cándido; y la ignoran aún los hombres más capaces. Por ejemplo el señor
Bernard Shaw habla de los milagros con un anticuado y complacido desprecio,
como si fueran brechas que la naturaleza ha abierto en la fe: parece
extrañamente inconsciente de que los milagros son sólo las flores terminales de
su árbol favorito, la doctrina de la omnipotencia de la voluntad. Y en el
mismo tono llama egoísta y mezquino al deseo de la inmortalidad, olvidando
que llamó al deseo de la vida, saludable y heroico egoísmo. ¿Cómo puede ser
noble el deseo de hacer infinita a la propia vida, y no obstante ser mezquino
el deseo de hacerla inmortal? No, si es deseable que el hombre triunfe sobre
la crueldad de la naturaleza y de la costumbre, ciertamente los milagros son
deseables; más adelante discutiremos si son posibles.
Pero debo pasar a los casos
más vastos de este curioso error; la noción de que "liberalizar" la
religión, en cierto modo es cooperar en la liberación del mundo. El segundo
ejemplo puede hallarse en la cuestión del panteísmo, o mejor dicho, en cierta
actitud moderna frecuentemente llamado imanentismo y que a menudo es Budismo.
Pero éste es un asunto tanto más difícil que no puedo abordarlo sin bastante
preparación.
Las cosas que más
confiadamente dicen las personas avanzadas a los auditorios numerosos, por lo
general son las cosas en completa oposición con los hechos; nuestras verdades
indiscutibles, actualmente río son verdades. Aquí está el caso. Hay una frase
de liberalidad fácil que una y otra vez se pronuncia en las sociedades éticas
y en las controversias de religión: "las religiones de la tierra difieren
en ritos y fórmulas pero son una sola en cuanto a sus enseñanzas". Es
falso; es opuesto a los hechos. Las religiones de la tierra no difieren
mayormente en sus ritos y en sus fórmulas; difieren enormemente en lo que
enseñan. Es como si un hombre dijera: "No se deje engañar porque el
"Church Times" y el "Librepensador" parezcan enteramente
distintos, porque uno esté pintado sobre vitela y otro esculpido en mármol,
porque uno es triangular y el otro octagonal; léalos, y verá que dicen lo
mismo". Lo cierto es que se parecen en todo menos en lo que dicen. Un
corredor ateo de Surbiton parece exactamente igual a un corredor sueco en
Wimbledon. Puede dar veinte vueltas en torno de ellos y someterlos al estudio
personal más impertinente, sin hallar nada sueco en el sombrero de uno y nada
ateo en el paraguas de otro. Es en sus almas, exactamente, donde está la diferencia.
Así también es verdad que la dificultad de todos los credos de la tierra, no
está, según afirman, en esa máxima de poco valor: que coinciden en la esencia
y difieren en el mecanismo. Es exactamente lo contrario. Coinciden en el
mecanismo; casi todas las religiones importantes de la tierra obran con los
mismos métodos externos, con sacerdotes, escrituras, altares, fraternidades
juramentadas, fiestas especiales. Coinciden en la forma de enseñar; en lo que
difieren es en lo que enseñan. Los optimistas paganos y los pesimistas
occidentales, ambos tendrán templos, como los Liberales y los Conservadores
ambos tienen periódicos. Credos que existen para destruirse mutuamente, ambos
tienen escrituras, igual que los ejércitos que existen para destruirse
mutuamente, ambos tienen cañones. El más acabado ejemplo de esta presunta
identidad entre todas las religiones es la pretendida identidad espiritual del
Budismo y el Cristianismo. Aquéllos que adoptan esta teoría, generalmente
rehuyen la moral de la mayoría de los otros credos, excepto, claro está, la del
Confucionismo, el cual les complace porque no es un credo. Pero son prudentes
en sus ponderaciones del Mahometismo, limitándose por lo general a despertar
respeto por su moralidad alegando solamente los "refrigerios" que
proporciona a las clases bajas. Rara vez mencionan los puntos de vista
Mahometanos respecto al matrimonio (de los cuales habría mucho que decir) su
actitud hacia los Thughs[16] y fetichistas puede decirse que es hasta fría.
Pero en el caso de la gran religión de Cautama[17], sienten sinceramente que
existe una semejanza.
Los estudiosos de la ciencia
popular, como el señor Blatchford siempre insisten en que el Cristianismo y el
Budismo son muy parecidos. Es una creencia muy popular y así lo creí yo mismo
hasta que leí el libro en el cual se daban las razones de esa semejanza. Las
razones eran de dos clases: semejanzas que no significaban nada porque eran
comunes a toda la humanidad, y semejanzas que no eran semejanzas. El autor
explicaba solemnemente que los dos credos se parecían en cosas que son iguales
en todos los credos, o los describía semejantes sobre puntos en los cuales son
evidentemente distintos. Así, como ejemplo de primera clase decía que Cristo y
Buda ambos fueron llamados por la voz divina que venía del cielo, como si uno
esperara que la voz divina viniera del sótano. O, también, declaraba
gravemente que por una notable coincidencia esos dos maestros orientales
tenían algo que ver con el lavado de pies.
Lo mismo se podría decir que
era una notable coincidencia que ambos tuvieran pies que poder lavar. Y la otra
clase desemejanzas eran aquéllas que sencillamente no eran semejantes. Así,
este conciliador de las dos religiones concedía una ferviente atención al
hecho de que en ciertas fiestas religiosas se rasgan las vestiduras del Lama en
señal de res-peto, y los restos de ellas son alta-mente apreciados. Pero éste
es el reverso del parecido porque las vestiduras de Cristo no se desgarraron
en señal de respeto sino de escarnio; y los restos de ella sólo fueron
apreciados por lo que se obtendría de su venta en los comercios de trapos.
Este argumento es bastante parecido a alegar una conexión evidente entre las
dos ceremonias de la espada: golpeando el hombro del hombre o cortándole la
cabeza. Para ese hombre entre ambas ceremonias no hay ninguna semejanza. Esas
migajas de pedantería infantil tendrían poca importancia si no fuera verdad
que también son de esa clase las otras semejanzas filosóficas que se alegan;
prueban demasiado o no prueban nada.
Que el Budismo apruebe la
misericordia y la mortificación no quiere decir que sea especialmente
parecido al Cristianismo; sólo quiere decir que no es del todo distinto de la
humanidad existente. El Budismo en teoría desaprueba la crueldad y el exceso,
porque todos los seres humanos normales en teoría desaprueban la crueldad y
el exceso. Pero es simplemente falso que el Budismo y el Cristianismo posean la
misma filosofía sobre esas dos cosas. Toda la humanidad está de acuerdo en que
nos hallamos en una red de pecado. Casi toda la humanidad está de acuerdo en
que existe algún camino para salir de ella. Pero no creo que en el Universo
haya dos instituciones que se contradigan más plenamente que el Cristianismo
y el Budismo respecto a cuál es ese camino.
Hasta cuando pensé, como
mucha gente bien informada aunque sin escuela especial, que el Budismo y el
Cristianismo eran parecidos, siempre hubo en ellos algo que me des-concertaba;
me refiero a las sorprendentes diferencias de sus artes religiosas. No quiero
decir en el es-tilo técnico de sus representaciones sino en lo que
manifiestamente in-tentaban representar. No podían existir dos idealizaciones
más opuestas que un santo cristiano de una catedral gótica y un santo budista
de un templo chino. La oposición se evidencia en cada punto; pero tal vez la
prueba más corta sea que el santo budista siempre tiene los ojos cerrados
mientras que el santo cristiano siempre los tiene bien abiertos. El cuerpo del
santo budista es fino y armonioso, pero la pesadez de sus ojos la sella el
sueño. El cuerpo del santo medioeval se ha consumido hasta los huesos, pero
sus ojos son terriblemente vivos. No puede existir ninguna real afinidad de
espíritu entre fuerzas que producen símbolos tan distintos.
Concediendo que ambas
imágenes sean extravagancias, corrupciones del credo puro, aún, debe existir
una divergencia real que provoque extravagancias tan opuestas. El budista,
con peculiar intensidad mira hacia dentro. El cristiano, tiene la mirada fija hacia
afuera con una intensidad peculiar. Si seguimos firmemente esta pista
encontraremos algunas cosas interesantes.
La señora Bésant hace poco
tiempo anunció en un interesante ensayo, que en el mundo sólo existía una
religión, que todos los credos son versiones o desfiguraciones de ella y que se
hallaba dispuesta a decir cuál era esa religión. Según la señora Bésant, esa
iglesia universal simplemente es el "yo" universal. Es la doctrina
según la cual todos somos realmente una sola persona; que no hay un muro
individual entre hombre y hombre. Si puedo expresarlo así, la señora Bésant
no nos dice que amemos a nuestros vecinos; nos dice que seamos nuestros
vecinos. Esta es la meditada y sugestiva descripción que la señora Bésant nos
hace de la religión según la cual todos los hombres deben hallarse en
armonía. Y nunca en mi vida había oído una sugerencia con la que me hallara en
más violento desacuerdo. Quiero amar a mi vecino no porque él sea yo sino
precisamente porque él no es yo. Quiero amar al mundo no como se ama a un
espejo porque es uno mismo sino como se ama a una mujer porque es enteramente
diferente. El amor es posible si las almas están separadas. Si las almas están
unidas el amor es evidente-mente imposible. En vago puede decirse que un hombre
se ama, pero difícilmente pueda enamorarse de sí mismo, y si se enamora, sus
festejos serán monótonos. Si el mundo está lleno de "yo", realmente
podrían ser "yo" desinteresados. Pero basándose en el principio de la
señora Bésant, todo el cosmos es solamente una enorme persona egoísta.
Es justamente aquí donde el
Budismo está con el panteísmo moderno y con el inmanentismo. Y es justamente
aquí donde el Cristianismo está con la humanidad, con la libertad y con el
amor. El amor de-sea personalidad; por consiguiente el amor desea la división.
El instinto del Cristianismo es alegrarse de que Dios haya quebrado el universo
en pequeños trozos, porque son trozos vivientes. Su instinto es decir
"que los niños se amen", más que decir a una persona grande que se
ame a sí misma. Este es el abismo existente entre el Budismo y el
Cristianismo: para el budista o el teósofo, la personalidad es la caída del
hombre y para el Cristiano es el designio de Dios, todo el centro de su idea
cósmica.
El alma-mundo de los
teósofos pide que el hombre le ame para que pueda arrojarse en ella. Pero el
di-vino centro del Cristianismo actual-mente arrojó de sí al hombre para que el
hombre pudiera amarle. La deidad oriental es como un gigante que hubiera perdido
una pierna o una mano y siempre estuviera buscándola; pero el poder Cristiano
es como un gigante que en un extraño gesto de generosidad se hubiera cortado la
mano derecha para que por su propio acuerdo pudiera estrechar manos con él.
Volvemos a la incansable observación respecto a la naturaleza del Cristianismo;
todas las filosofías modernas son cadenas que conectan y atan; el
Cristianismo es una espada que separa y libera. Ninguna otra filosofía se
refiere al regocijo de Dios por la división del universo en almas vivientes.
Pero según la ortodoxia cristiana esa separación entre Dios y el hombre es
sagrada porque es eterna. Para que el hombre pueda amar a Dios es necesario
que haya no solamente un Dios a quien amar sino también un hombre para que le
ame. Todas aquellas vagas mentes teósofas para quienes el universo es una
inmensa vasija de fundir, son precisamente las mentes que se cohíben por ese
estruendoso dicho de nuestro Evangelio que declaran que el Hijo de Dios no
vino en son de paz sino esgrimiendo una cortante espada. El dicho parece
enteramente cierto hasta cuando se lo considera por lo que evidentemente dice;
cualquier hombre que predica el verdadero amor, está destinado a engendrar
odios. Eso es verdad, tanto de la fraternidad demócrata como del amor divino;
el amor fingido concluye como un cumplido o en vulgar filosofía; pero el
verdadero amor siempre concluyó en derramamientos de sangre. No obstante,
detrás del significado obvio de esa declaración hay una verdad aún más terrible
respecto a nuestro Señor. Según Él, el Hijo era una espada separando al
hermano del hermano, que por una eternidad debían de odiarse mutuamente.
Pero el Padre también era una espada que en los comienzos oscuros separó al
hermano del hermano para que al fin se amaran uno a otro. Este es el
significado de la casi insana alegría en los ojos del santo del cuadro
medioeval. Este es el significado de los ojos cerrados de la altiva imagen
Budista. El santo cristiano se alegra porque fue dividido del mundo; está
separado de las cosas y las observa con asombro. Pero ¿por qué se asombraría de
las cosas el santo Budista puesto que existe solamente una cosa y esa, por ser
impersonal, difícilmente puede despertar su asombro? Han escrito muchos poemas
panteístas con intentos de sugerir asombro, pero ninguno fue realmente
logrado. El panteísta no se puede asombrar porque no puede alabar a Dios ni a
las cosas como en verdad distintas de sí mismo. Pero nuestro asunto inmediato
aquí se refiere al efecto de esa admiración Cristiana (que se exterioriza hacia
una deidad distinta del admirador) sobre la necesidad general de una actividad
ética y de una reforma social. Y de seguro sus efectos son suficientemente
obvios. No hay posibilidad alguna de extraer del panteísmo ningún impulso
especial de acción moral. Porque la naturaleza del panteísmo implica que una
cosa es tan buena como otra. En cambio la naturaleza de la acción implica la
existencia de una cosa decididamente preferible a otra. Swinburne en la cumbre
de su escepticismo vanamente intentó luchar contra esta dificultad. En sus
"Canciones antes del Amanecer", escrito bajo la inspiración de
Garibaldi y la revolución Italiana, proclamó la religión más nueva y el dios
más puro que marchitaría a todos los sacerdotes del mundo.
¿Qué haces tú ahora
mirando hacia Dios para
llorar?
Yo soy yo, tú eres tú,
Yo soy bajo y tú grande,
Yo soy tú que tú buscas para
encontrarle a él
y te encuentras a ti mismo,
tú eres yo.
De esto, la evidente e
inmediata deducción es que los tiranos son tan hijos de Dios como Garibaldi; y
que el Rey de Nápoles "habiéndose hallado" con todo éxito, es
idéntico al bien ulterior de todas las cosas. Lo cierto es que la energía oriental
que destrona a los tiranos proviene de la teología occidental que dice
"Yo soy yo, tú eres tú". La misma separación que vio y derrocó a un
buen rey en el Universo, vio y derrocó a un mal rey en Nápoles. Los adoradores
del Dios del Rey de Nápoles destronaron al Rey de Nápoles. Los adoradores del
Dios de Swinburne cubrieron Asia durante siglos y nunca destronaron a un
tirano. El santo Hindú, puede razonablemente cerrar los ojos porque está
mirando a aquello que es yo y tú y nosotros y ellos. Es una ocupación racional;
pero no es cierto en la teoría ni es cierto en la práctica que esa actitud
ayude al Hindú a tener la vista puesta en Lord Curzon[18]. Esa vigilancia
externa que ha sido característica del Cristianismo (el mandato "vigilad
y orad") se ha manifestado en la ortodoxia occidental típica y en la
típica política de occidente, pero en ambos casos depende de la idea de una
deidad trascendente, diferente de nosotros, una deidad que desaparece.
Ciertamente los credos más sagaces pueden sugerir que nos es posible buscar a
Dios en los repliegues cada vez más profundos de nuestro "ego". Pero
nosotros, solamente nosotros de la cristiandad podemos decir que buscamos a
Dios como a un águila entre las montañas: y que hemos eliminado a todos los
monstruos que cruzamos en nuestra cacería.
Aquí otra vez encontramos
que si valoramos la democracia y la autorenovación de las energías
occidentales, tenemos más probabilidades de encontrarlas en la teología
antigua que en la nueva. Si queremos reforma hemos de adherirnos a la
ortodoxia especialmente en esto (tan discutido por el señor R. J. Campbell)
de insistir sobre la existencia de una deidad trascendente o inmanente.
Insistiendo en la inmanencia de Dios llegamos a la introspección, al
autoaislamiento, a la inercia, a la indiferencia social, al Tíbet.
Insistiendo en la
trascendencia de Dios, llegamos al asombro, a la curiosidad, a la aventura
moral y política, a la justa indignación, al Cristianismo. Insistiendo en
que, Dios está dentro del hombre, el hombre siempre estará dentro de sí mismo.
Insistiendo en que Dios trasciende del hombre, el hombre trasciende de sí.
Si tomamos cualquier otra
doctrina, que han llamado anticuada encontraremos el mismo caso. Es el mismo,
por ejemplo, en el profundo asunto de la Trinidad. Los Unitarios (una secta que
nunca debe mencionarse sin especial respeto por su distinguida dignidad
intelectual) con frecuencia son reformadores merced a ese accidente que
conduce a tal actitud a muchas sectas pequeñas. Pero no hay nada de liberal ni
pariente de la reforma en la sustitución de la Trinidad por un panteísmo
puro. El complejo Dios del Credo Atanasiano podrá ser un enigma para la
inteligencia; pero es mucho más probable que ese Dios se pliegue más al
solitario Dios de Omar y Mahoma, que al misterio y a la crueldad del Sultán. El
Dios que es una mera y triste unidad, no es un rey solamente sino un rey
oriental. El corazón de la humanidad, especialmente el de la humanidad
europea, se satisface mejor con las extrañas insinuaciones y símbolos que se
juntan en torno a la idea de la Trinidad, con la imagen de un concilio en el
cual apela tanto la misericordia como la justicia, con la concepción de una
especie de libertad y variedad existentes en los más recónditos aposentos del
mundo. Porque la religión de occidente, siempre sintió con intensidad la idea
de que "no es bueno que el hombre esté solo". El instinto social se
confirmó en todo, como cuando la idea oriental del ermitaño fue reemplazada
por la idea occidental del monje. Así, hasta el ascetismo se volvió fraterno;
y los Trapenses eran sociables aun cuando guardaban silencio. Si este amor a
una complejidad viviente es nuestra prueba, ciertamente es más saludable
tener una religión Trinitaria que una Unitaria. Porque para nosotros
Trinitarios (si puedo decirlo así con reverencia) Dios en Sí mismo es una
sociedad.
Por cierto ese es un
insondable misterio de la Teología y aunque yo fuera suficientemente teólogo
para tratarlo directamente, no tendría ninguna utilidad si lo hiciera aquí.
Basta decir que este triple enigma es tan reconfortante como el vino y tan amplio
como el hogar de las chimeneas inglesas; esto que desconcierta al
entendimiento sosiega completamente al corazón: pero salidos del desierto, de
los lugares áridos y los soles tristes vienen los crueles hijos del Dios
solitario; los verdaderos Unitarios, cimitarra en mano, conducen el mundo a la
perdición. Porque no es bueno que Dios esté solo.
Otra vez, lo mismo es verdad
de aquél difícil asunto del peligro del alma, asunto que ha perturbado a tantas
mentes justas. Esperar, es imperativo para todas las almas; y es muy
defendible que su salvación sea inevitable. Es defendible pero no especialmente
favorable a la actividad o al progreso. Nuestra sociedad creadora y luchadora
más bien debería insistir en el peligro que corren todos, en el hecho de que
cada hombre está pendiendo de un hilo o colgando sobre el precipicio. Es una
observación comprensible decir que de cualquier modo todo andará bien: pero no
se puede decir que eso sea el llamado de una trompeta. Europa debería ser
enfática más bien en la posibilidad de perderse; y Europa siempre ha sido
enfática en ese sentido. Sobre este punto su religión más grande está a una
con sus romanticismos baratos. Para el budista o el fatalista oriental, la
existencia es una ciencia o un plan que debe concluir de determinado modo. Mas
para el cristiano, la existencia es una historia que puede concluir de
cualquier manera. En una novela apasionante (ese producto puramente cristiano)
el héroe no es devorado por los caníbales; pero es esencial para el interés de
la trama, que el héroe "hubiera podido" ser devorado por los,
caníbales. El héroe (por decirlo así), debe ser un héroe devorable. Así, la
moral cristiana siempre dijo al hombre, no que perdería su alma sino que debía
tener cuidado de no perderla. Abreviando, por la moral cristiana está mal
decirle a un hombre "condenado"; pero es estrictamente religioso y
filosófico decirle "condenable".
Todo el Cristianismo se
concentra en el hombre que se halla al cruce de caminos. Las vastas y triviales
filosofías, las colosales síntesis del engaño, todas hablan de las épocas y de
la evolución y del ulterior acontecimiento. La verdadera filosofía se ocupa de
un instante. ¿Un hombre tomará este camino o aquél?, eso es lo único en que hay
que pensar, si les gusta pensar en algo. Es bastante fácil pensar en
eternidades, cualquiera puede pensar en ellas. El instante es en verdad
terrible: y porque nuestra religión ha sentido intensamente "el
instante", en su literatura se ocupa mucho de combates y en su teología
se ocupa mucho del infierno. Está llena de peligro, como el libro de un niño:
se halla siempre en una crisis inmortal. Hay gran cantidad de semejanzas entre
la ficción popular y la religión de los occidentales. Si usted dice que la
ficción popular es vulgar y vistosa, está diciendo lo mismo que dicen los
temibles bien informados de las imágenes de las iglesias católicas. La vida (según
la fe) es muy semejante a las historias en serie de las revistas: la vida
concluye con la promesa (o la amenaza) "continuará en el próximo".
También, con noble vulgaridad la vida imita al cuento y se interrumpe en el
momento más apasionante. Porque es definitivamente interesante el momento de la
muerte.
Pero la cuestión es que el
interés de una historia, consiste en que posee un elemento de voluntad, de lo
que la teología llama libre albedrío. No es posible concluir una suma como nos
da la gana. Cuando alguien descubrió el Cálculo Diferencial, sólo podía
descubrir un Cálculo Diferencial. Pero cuando Shakespeare hizo morir a Romeo,
lo mismo pudo haberle casado con la vieja aya de Julieta, si se hubiera sentido
inclinado a hacerlo. Y la Cristiandad se ha destacado en las novelas
narrativas precisamente porque ha insistido en la teológica libertad de
albedrío. Ese es un vasto asunto y demasiado al costado de éste para tratarlo
aquí adecuadamente; pero es la verdadera objeción a ese torrente de
conversaciones modernas que hablan del crimen como de una enfermedad, que
hablan de hacer las prisiones un simple ambiente higiénico como el de un
hospital y de curar el pecado con lentos procedimientos científicos. La
falacidad de todo consiste en que el mal es una cuestión de elección activa, en
tanto que la enfermedad no lo es. Si usted dice que va a curar a un disoluto
como cura a un asmático, mi réplica evidente será "Muéstreme las personas
que han querido ser asmáticas, como otras quisieron ser disolutas". Un
hombre, quedándose quieto puede curar de una enfermedad. Pero no debe quedarse
quieto si quiere curarse de un pecado; al contrario, debe levantarse, saltar
violentamente. Todo esto está, claramente expresado en la palabra que
empleamos para designar al hombre recluido en un hospital.
"Paciente", es una forma pasiva; "pecador", es una forma
activa. Si se ha de salvar de influenza, el hombre puede ser un paciente. Pero
si se ha de salvar de falsificar, el hombre no debe ser un paciente, sino un
impaciente. Personalmente debe impacientarse con la falsificación. Toda
reforma moral debe comenzar en una voluntad activa y no en una voluntad
pasiva.
Aquí otra vez llegamos a la
misma conclusión sustancial. Mientras deseamos la reconstrucción definitiva y
las arriesgadas revoluciones que han caracterizado a la civilización Europea,
no descartemos el pensamiento de una posible catástrofe; más bien estimularemos
dicho pensamiento. Si como los santos orientales sólo deseamos contemplar lo
bien que andan las cosas, por supuesto nos limitaremos sólo a decir que
seguirán bien. Pero si particularmente deseamos "hacer" que vayan
bien, hemos de repetirnos que podrían ir mal.
Finalmente, esta verdad
también es verdad en el caso de los vulgares intentos modernos de disminuir o
suprimir la divinidad de Cristo. La cosa puede ser cierta y puede no serlo; de
eso me ocuparé antes de terminar. Pero si la divinidad es verdadera, es terriblemente
revolucionaria. Todos sabemos ya que un buen hombre podría llegar a tener la
espalda contra la pared, pero que Dios pueda estar acorralado, es una jactancia
de los insurgentes. El Cristianismo es la única religión de la tierra que ha
sentido que la omnipotencia hacía completo a Dios. Solamente el Cristianismo
sintió en que Dios, para ser completamente Dios, debió ser tanto un rebelde
como un rey. Único entre todos los Credos, el Cristianismo agregó la valentía a
las demás virtudes del Creador. Porque la única valentía que merece llamarse
valentía, es la que significa que el alma ha pasado un punto de quebranto sin
quebrantarse.
Aquí me acerco a un asunto
más terrible y obscuro que fácil de discutir; y anticipadamente pido disculpa
por si cualquiera de mis frases cae mal o aparenta irreverencia hacia una
materia que los más grandes santos y pensadores, justamente temieron abordar.
En ese terrible relato de la Pasión, hay una nítida y emotiva sugerencia de que
el autor de todas las cosas (en cierta manera inconcebible) pasó no sólo por la
agonía sino también por la incertidumbre. Está escrito "No tentarás al
Señor, tu Dios". No; pero el Señor tu Dios, puede tentarse a sí mismo; y
parece que eso fue lo que sucedió en Getsemaní: En un jardín, Satanás tentó al
hombre; y en un jardín Dios tentó a Dios. En cierto modo sobrehumano, pasó por
el humano horror del pesimismo. Cuando tembló la tierra, y el sol se ocultó en
el cielo, no fue por la crucifixión, sino por el grito que partía de la cruz:
el grito que confesaba que Dios había abandonado a Dios. Y ahora dejemos que
los revolucionarios elijan un credo de entre todos los credos, un dios de entre
todos los dioses del mundo, luego de haber comparado minuciosamente a todos los
dioses de asistencia segura y de invariable poder. No encontrarán otro Dios que
se haya rebelado. Y aún más (aunque el asunto se hace demasiado difícil para la
expresión humana), dejemos que los ateos elijan un Dios. Encontrarán sólo una
divinidad que haya traducido su desamparo; solamente una religión en la cual,
por un instante, Dios pareció ser ateo.
Estas podrían llamarse las
esencias de la vieja ortodoxia, cuyo mérito principal es ser fuente natural
de la revolución y de la reforma, y cuyo principal defecto es ser
evidentemente sólo una aserción abstracta. Su mayor ventaja es ser la más
viril y aventurera de todas las teologías. Su mayor desventaja simplemente es
ser una teología. Contra ella siempre se puede argüir que en su Naturaleza es
arbitraria y está en el aire. Pero no tan alta en el aire que grandes arqueros
no se hayan pasado todas sus vidas arrojándole `flechas, sí, y sus últimas
flechas; hay hombres que se destrozarían y destrozarían la civilización, con
tal de destrozar esa antigua y fantástica leyenda. Ese es el último y más
pasmoso hecho de nuestra fe; que sus enemigos emplearan cualquier arma contra
ella, las espadas que cortan sus propios dedos y los tizones que incendian sus
propias casas. Los hombres que empiezan luchando contra la Iglesia en pro de
la libertad y de la humanidad, acaban desechando a la humanidad y a la libertad
para mejor luchar contra la Iglesia. Esto no es exageración; podría llenar un
libro con ejemplos. El señor Blatchford se dedicó como vulgar destructor de la
Biblia, a demostrar que Adán era inocente de culpa contra Dios, y maniobrando
para sostener esa idea, como simple consecuencia paralela, admitió que todos
los tiranos, desde Nerón hasta el Rey Leopoldo, eran inocentes de culpa contra
la humanidad. Conozco un hombre que tiene tal pasión por demostrar que después
de la muerte no tendrá existencia personal, que cae en una posición en que no
tiene existencia personal ahora. Invoca al Budismo y dice que todas las almas
se fundirán una en otra; para probar que no puede ir al cielo, prueba que no
puede ir a Hartlepool. He conocido personas que protestaban contra la educación
religiosa con argumentos contrarios a cualquier educación, diciendo que la
mente del niño debe desarrollarse libremente o que los mayores no deben enseñar
a los jóvenes. He conocido personas que demostraban que no podría haber juicio
divino, demostrando que no podía haber juicio humano ni para finalidades
prácticas. Quemaban su propio grano para incendiar la iglesia; para
destruirla, destruían sus propias herramientas; cualquier palo era bastante
bueno para golpearla, aunque ese palo fuera el último despojo de sus
desmembrados mobiliarios. No admiramos, apenas disculpamos al fanático que
destruye este mundo por amor al otro. Pero ¿qué diremos del fanático que
destroza a este mundo a fuerza de odiar al otro? Sacrifica toda la existencia
de la humanidad por la no existencia de Dios. Sus víctimas no son para el altar
sino meramente para proclamar la inutilidad de altar y la vaciedad del trono.
Está dispuesto hasta destruir la ética elemental por la cual viven todas las
cosas, para realizar su extraña y eterna venganza sobre alguien que nunca ha
existido.
Sin embargo, todo queda
colgando de los cielos ilesos. Sus adversarios solamente logran destruir
aquello que justamente les es querido. No destruyen la ortodoxia; sólo
destruyen el coraje político y el sentido común. No prueban que Adán no era
responsable ante Dios, ¿cómo podrían probarlo? Sólo prueban (según sus
premisas) que el Zar, no es responsable ante Rusia. No prueban que Adán no
debió ser castigado por Dios; sólo prueban que el explotador más próximo no
debe ser castigado por los hombres que explota. Con sus orientales dudas
respecto a la personalidad, no aseguran que no tendremos vida personal en el
más allá; solamente aseguran que la que tendremos aquí no será ni muy alegre
ni muy completa. Con sus paralizantes insinuaciones de que todas las
conclusiones saldrán mal, no rasgan el libro del Ángel del Archivo; solamente
hacen un poco más 'difícil la tarea de llevar los libros de Marshall y
Snelgrove. La fe no sólo es la madre de todas las energías del mundo, sino que
también sus propios enemigos son los padres de toda la confusión del mundo.
Los del siglo no han destruído las cosas seculares, si es que saberlo les puede
proporcionar alguna satisfacción.
Los Titanes no escalaron los
cielos, pero estropearon al mundo.
IX. LA AUTORIDAD Y EL
AVENTURERO
El último capítulo trató de
la demostración de que la ortodoxia no es solamente (como se ha dicho con
frecuencia) el único guardián seguro de la moralidad o del orden, de la
innovación o del adelanto. Si deseamos abatir a los prósperos opresores, no
podemos hacerlo con la nueva doctrina del perfeccionamiento humano; podemos
hacerlo con la vieja doctrina del pecado original. Si queremos desarraigar
crueldades inherentes o reelevar poblaciones perdidas, no podemos hacerlo con
la teoría científica de que la materia precede a la mente; podemos hacerlo con
la teoría sobrenatural de que la mente precede a la materia. Si especialmente
deseamos despertar a la gente a la vigilancia social y al incansable
perseguimiento de la práctica, no podemos cooperar mucho insistiendo en el
Dios Inmanen te o en la Luz: porque a lo más estos son motivos de complacencia;
podemos colaborar mucho insistiendo en el Dios trascendente y en el resplandor
volante y escurridizo. Porque estos significan divino descontento. Si particularmente
deseamos sostener la idea de un equilibrio generoso contra aquélla de una
terrible autocracia, instintivamente seremos Trinitarios y no Unitarios. Si
deseamos que la civilización Europea sea una invasión y un rescate,
insistiremos en que las almas están en un verdadero peligro; en vez de
insistir en que su peligro es ulteriormente imaginario. Y si queremos exaltar
al paria y al crucificado, preferimos pensar que un verdadero Dios fue
crucificado y no que lo haya sido un héroe o un sabio. Sobre todo si deseamos
proteger al pobre, estaremos a favor de las reglas establecidas y de los
dogmas claros. Las reglas de un club ocasionalmente están a favor del socio
pobre. El grueso del club siempre está a favor del rico.
Y aquí llegamos a la
cuestión crucial que sinceramente concluye el tema. Un agnóstico razonable, si
es que hasta aquí estuvo de acuerdo conmigo, justamente puede darse vuelta y
decir: "Usted ha hallado una filosofía práctica en la doctrina de la Caída".
Muy bien; usted ha hallado un aspecto de la democracia, hoy peligrosamente
descuidado; sensatamente afirmado en el Pecado Original; muy bien. Ha
encontrado una verdad en la doctrina del infierno; lo felicito. Está
convencido de que los adoradores de un Dios personal, miran al exterior y son
progresistas; los felicito. Pero aun suponiendo que aquellas doctrinas
encierren aquellas verdades ¿por qué no puede tomar las verdades y dejar las
doctrinas? Concedido que toda la sociedad moderna está confiando demasiado en
el rico porque lo piensa libre de debilidades humanas; concedido que las
épocas ortodoxas tienen grandes ventajas porque (creyendo en la Caída) aceptan
las debilidades humanas, ¿por qué no puede simplemente aceptar las debilidades
sin creer en la Caída? Si usted ha descubierto que la idea de la condenación
representa una saludable idea de peligro ¿por qué no puede tomar simplemente
la idea de la condenación? Si usted ve claramente la almendra del sentido
común en la cáscara del Cristianismo ¿por qué simplemente no tomar la pepita y
dejar la cáscara? ¿Por qué no puede (para emplear la jerigonza periodista que
yo de la escuela agnóstica, me avergüenzo un poco de usar), por qué no puede
simplemente tomar lo que es bueno del Cristianismo, lo que usted puede
calificar de apreciable lo que puede comprender y dejar todo lo demás, todos
los dogmas absolutos que en su naturaleza son incomprensibles?
Esta es la verdadera
pregunta; ésta es la última pregunta; y es un placer tratar de contestarla.
La primera respuesta es
sencillamente decir que soy un racionalista. Me gusta tener alguna
justificación intelectual para mis intuiciones. Si estoy tratando al hombre
como a un ser caído, para mí es una conveniencia intelectual creer que cayó; y
por alguna curiosa razón psicológica encuentro que puedo ocuparme mejor del'
ejercicio del libre albedrío del hombre, si creo que lo posee. Pero en este
asunto soy aún más definidamente racionalista. Mi propósito no es convertir
este libro en una corriente apologética cristiana; me gustaría encontrarme con
los enemigos del Cristianismo en aquellas más adecuadas arenas. Aquí sólo
estoy dando cuenta de mi propio crecimiento en la certeza espiritual. Mas
puedo hacer una pausa para observar que cuanto más vi de los argumentos
meramente abstractos contra las cosmología cristiana, menos bien pensé de
ellos. Quiero decir que habiendo hallado que la atmósfera moral de la
Encarnación era sentido común, miré a los argumentos intelectuales
establecidos contra la Encarnación y los hallé común sin sentido. Por si acaso
los argumentos pudieran sufrir por los hechos. El seglar no es reprochable
porque sus objeciones contra el Cristianismo sean miscelánicas y pequeñas;
precisamente esos pequeños pedacitos son los que convencen a la mente. Quiero
decir que un hombre puede convencerse de su filosofía mucho menos con cuatro
libros que con un libro, una batalla, un paisaje y un viejo amigo. El hecho de
que las cosas sean de distinta especie precisamente aumenta la importancia del
hecho que todas señalen una misma conclusión. .Hoy el anti-Cristianismo del
hombre medianamente educado, para hacerle justicia, casi siempre proviene de
esas experiencias sueltas pelo vivientes. Sólo puedo decir que mis
experiencias en pro del Cristianismo son de la misma vívida pero variada
especie que las de aquél que las tiene en contra del Cristianismo. Porque
cuando observo esas varias verdades anti-Cristianas, simplemente descubro que
ninguna es verdadera. Descubro que la verdadera marea y fuerza de los hechos
fluye hacia el otro lado. Tomemos casos. Muchos hombres modernos sensatos,
deben haber abandonado el Cristianismo bajo la presión de tres convicciones
convergentes tales como estas: primera, que los hombres, con su figura, su
estructura y su sexualidad, son muy semejantes a las bestias; mera variedad
del reino animal; segunda, que la religión primitiva nació de la ignorancia y
del temor; tercera, que los sacerdotes han entenebrecido a las sociedades con
la amargura y la melancolía. Esos tres argumentos anticristianos son muy
diferentes; pero todos son muy lógicos y legítimos; y todos convergen. La
única objeción que se les puede hacer es que (descubrí) no son verdad. Si usted
deja de leer libros sobre bestias y empieza a mirar a los hombres y a las
bestias (si usted tiene algún humorismo o imaginación, algún sentido de lo
frenético, o de la farsa) observará que lo sorprendente no es lo semejante del
hombre y la bestia sino lo diferente que son. La monstruosa escala de su divergencia
requiere una explicación.
El hombre y el bruto, en un
sentido, son semejantes; es una verdad indudable; pero la sorpresa y el
enigma es que siendo tan semejantes puedan ser tan locamente distintos. Que un
mono tenga manos, para el filósofo es mucho menos interesante que el hecho de
que teniendo manos no hace con ellas aproximadamente nada; no juega con los
nudillos ni toca el violín; no esculpe mármol ni trincha corderos. La gente
habla de arquitectura barbárica y de arte corrompido. Pero los elefantes no
pueden edificar templos de marfil ni en estilo rococó; los camellos no pintan
ni malos cuadros, a pesar de que están provistos de material para muchos
pinceles de pelo de camello. Ciertos soñadores modernos dicen que las hormigas
y las abejas tienen una sociedad superior a la nuestra. Por cierto tienen una
civilización; pero esa verdad misma sólo nos recuerda que es una civilización
inferior. ¿Quién encontró jamás un hormiguero decorado con estatuas de hormigas
famosas? ¿Quién ha visto un panal con las imágenes esculpidas de bellas reinas
del pasado? No; el abismo entre el hombre y otras criaturas podrá tener una
explicación natural; pero es un abismo. Hablamos de animales salvajes; pero el
único animal salvaje es el hombre. El hombre es el que se ha evadido. Todos
los otros animales son animales mansos, continuando la tosca respetabilidad de
la tribu o del tipo. Todos los otros animales son animales domésticos; sólo el
hombre sigue siempre indomable, tanto si es un perdido como si es un monje.
Así; esta primera razón superficial del materialismo si es algo, será
contradictoria; donde concluye la biología es exactamente donde comienza toda
la religión.
Y lo mismo sería si
examinara el segundo o el tercero de los argumentes racionalistas; el
argumento que dice que todo lo que llamamos divino comienza en la oscuridad y
en el terror. Cuando intenté examinar los fundamentos de esta idea moderna,
encontré simplemente que no los había. La ciencia no sabe nada del hombre
prehistórico; por la excelente razón de que es prehistórico. Unos pocos
profesores optaron por conjeturar que cosas tales como los sacrificios humanos
una vez fueron inocentes y comunes; mas de ello no existe evidencia directa y
la pequeña cantidad de evidencia indirecta que existe es muy hacia el otro
lado. En las leyendas más antiguas que poseemos, tales como la de Isaac e
Efigenia, el sacrificio humano no es presentado como algo antiguo y
generalizado sino más bien como algo reciente; como una extraña y aterrante
excepción sombríamente ordenada por los dioses. La historia no dice nada; y
todas las leyendas dicen que en los primeros tiempos la tierra era más buena.
No hay tradición del progreso; pero toda la especie humana tiene una
tradición de la Caída. Bastante ameno resulta que la misma diseminación de
esta idea, es usada contra su propia autenticidad. Hombres instruidos
literalmente dicen que esta calamidad prehistórica no puede ser cierta porque
cada raza de la especie humana la recuerda. No soy capaz de marchar al paso de
estas paradojas.
Y si tomamos el tercer
ejemplo será lo mismo; la teoría de que los sacerdotes oscurecen y amargan al
mundo. Miro al mundo y sencillamente descubro que no lo hacen. Aquellos países
de Europa en los cuales todavía existe la influencia de los sacerdotes, son
precisamente los países que todavía cantan y bailan al aire libre con arte y
coloridas vestimentas. La doctrina y la disciplina Católica puede que sean
murallas; pero son las murallas que cercan un campo de juegos. El
Cristianismo es el único sistema que ha preservado al placer del Paganismo.
Podríamos imaginar algunos niños jugando en la llana cima herbosa de una
elevada isla en el mar. Mientras hubo un muro en torno. a los bordes de la
colina pudieron brincar en cualquier juego frenético y convertir la cima en la
más ruidosa de las "nurseries". Pero los muros fueron abatidos y
quedó al desnudo el peligro del precipicio. No cayeron en él los niños; pero
cuando volvieron sus amigos los hallaron confundidos de terror en el centro
de la isla; y sus cantos habían cesado.
Así, estos hechos de la
experiencia, hechos tales que pueden producir un agnóstico, se invierten
completamente desde este punto de vista. Y sigo diciendo. "Denme una
explicación, primero de la tremenda excentricidad del hombre entre los
brutos; segundo, de la amplia tradición humana de una antigua felicidad;
tercero, de la perpetuación de tal alegría pagana en los países de la Iglesia
Católica."
De todos modos, una
explicación abarcaría las tres: la teoría de que el orden natural fue dos veces
interrumpido por una explosión o revelación, tal como la que la gente llama
"psiquis". Una vez, el Cielo vino a la tierra en forma de un poder o
sello llamado "imagen de Dios", por el cual el hombre tomó el mando
de la Naturaleza; y otra vez (cuando los hombres de todos los imperios lo
estaban ansiando) el Cielo vino a la tierra en la terrible figura de un
hombre, para salvar a la humanidad. Esto
explicaría por qué el grueso de los hombres siempre mira hacia atrás; y por
qué el único rincón donde los hombres miran hacia adelante es el pequeño
continente en el cual Cristo tiene su Iglesia. Sé que me dirán que Tapón se ha
hecho progresivo. Pero ¿cómo podría ser esa una respuesta si decir que
"Japón se ha hecho progresivo" quiere decir en realidad que
"Japón se ha Europeizado"? Pero aquí no deseo tanto insistir en mi
observación primera. Estoy de acuerdo con el común incrédulo de la calle, en
ser guiado por tres o cuatro hechos extraños que indican todos una cosa; sólo
que, cuando vine a considerar esos hechos, encontré que indicaban otra cosa.
He dado un trío imaginado de
argumentas contra el Cristianismo; y si aún son una base estrecha en la premura
del momento daré otro. Esta es la clase de argumentos que combinados crean la
impresión de que el Cristianismo es algo débil y enfermizo. Primero, por
ejemplo, que Jesús era una criatura dulce, tipo oveja, antimundana; una mera e
ineficaz apelación al mundo; segundo, que el Cristianismo surgió y floreció en
las tenebrosas épocas de la ignorancia y que la Iglesia nos volvería a ellas;
tercero, que las personas que todavía son profundamente religiosas o (si lo
quieren así) supersticiosas, personas como los Irlandeses, son débiles, poco
prácticas y atrasadas respecto a la época. Menciono estas ideas solamente para
afirmar lo mismo que antes: que cuando las consideré 'independientemente
hallé, no que las conclusiones eran antifilosóficas, sino simplemente que los
hechos no eran hechos. En vez de mirar libros y cuadros sobre el Nuevo
Testamento, miré al Nuevo Testamento. Allí, no encontré el comentario ni
remotamente de una persona con cabellos partidos al medio o las manos unidas
en actitud de súplica, sino de un ser extraordinario con labios de trueno y
recias decisiones, derribando mesas, arrojando demonios y pasando con la
discreción del viento, de la soledad de la montaña al ejercicio de una
terrible demagogia; de un ser que frecuentemente obró como un Dios airado y
siempre como un Dios. Cristo tuvo hasta un estilo literario propio, que creo
imposible hallar en otra parte; consiste en un casi furioso empleo del A
fortiori. Sus "cuanto más" se apilan como un castillo sobre otro
entre las nubes. El estilo que se usa con Cristo ha sido quizá sabiamente dulce
y sumiso. El estilo usado por Cristo es curiosamente gigantesco; está lleno de
camellos pasando por ojos de agujas y de montañas arrojadas al mar. Moralmente
es igualmente terrorífico; se llamó a sí mismo, espada de exterminación y
dijo a los hombres que adquirieran espadas aunque para ello debieran vender sus
túnicas. Y el empleo de términos aún más salvajes en pro de la pasividad,
aumenta el misterio; y también aumenta la violencia.
No podemos explicarnos ese
ser ni aún llamándole insano; porque la insania generalmente sigue un curso
coherente. El maniático por lo general es un monomaníaco.
Aquí debemos recordar la
difícil definición que ya se dio del Cristianismo; el Cristianismo es una
paradoja sobrehumana en la cual dos pasiones opuestas pueden arder una junto
a otra. En el lenguaje del Evangelio, la explicación que lo explica sería decir
que es la vigilancia de alguien que desde una altura sobrenatural contempla una
síntesis muy sorprendente.
En orden sigo al próximo
ejemplo ofrecido: la idea de que el Cristianismo pertenece a las épocas
oscuras. Aquí no me satisfice leyendo generalizaciones modernas; leí una
pequeña historia. Y en la historia hallé que el Cristianismo lejos de
pertenecer a las épocas oscuras, era el único sendero que cruzaba las épocas
oscuras sin él ser oscuro.
Era un puente
resplandeciente uniendo dos resplandecientes civilizaciones. Si alguno dice
que la fe surgió en la ignorancia y el salvajismo,, la respuesta sería simple:
no hay tal. Surgió en la civilización Mediterránea en pleno estío del Imperio
Romano. El mundo era un hervidero de escépticos y el panteísmo más evidente
que el sol, cuando Constantino clavó la cruz en el mástil. Es perfectamente
cierto que luego se hundió el barco; pero aún es más extraordinario el hecho
de que el barco saliera a flote otra vez. Esa es la obra extraordinaria de la
Religión: convirtió al barco zozobrante en submarino. El arca vivió bajo la
carga de las aguas; después de ser sepultados bajo los escombros de las
dinastías y de los clanes, surgimos nuevamente y somos un recuerdo de Roma. Si
nuestra fe hubiera sido una mera fruslería del imperio decadente, en el
crepúsculo la fruslería habría
continuado a la fruslería y si la civilización resurgía alguna vez (muchas no
resurgieron nunca) habría sido bajo alguna nueva bandera barbárica. Pero la
Iglesia Cristiana fue la vida final de la sociedad antigua y también los
principios de la vida de la sociedad nueva. Tomó a las gentes que estaban
olvidando cómo construir el arca y les enseñó a inventar el arca Gótica. En una
palabra, lo más absurdo que podría decirse de la Iglesia es lo que hemos oído
decir de ella. ¿Cómo podemos decir que la Iglesia desea volvernos a las épocas oscuras? La Iglesia
fue lo único que una vez logró sacarnos de ellas.
Agregué a este segundo trío
de objeciones un ejemplo ocioso sugerido por aquéllos que sienten que personas
como los irlandeses, están debilitados y estacionados por las supersticiones.
Lo agregué solamente porque este es un caso peculiar de testimonio de un
hecho, que resulta ser declaración de una falsedad. Constantemente se dice
que los irlandeses no son prácticos. Pero si por un momento nos contenemos para
no considerar lo que se dice de ellos y miramos lo que hacen, veremos que los
irlandeses no sólo son prácticos sino también penosamente exitosos. La pobreza
de su país, la minoría de sus sujetos, son simplemente condiciones bajo las
cuales se les pide que trabajen; pero ningún otro grupo del Imperio Británico
ha hecho tanto como ellos en condiciones tan desfavorables. Los Nacionalistas
fueron la única minoría que logró jamás, desviar ingeniosamente de su senda, a
todo el Parlamento Británico. En estas islas, los labriegos irlandeses son los
únicos pobres hombres que han forzado a sus patrones a agachar la cabeza.
Estas gentes a quienes
llamamos cabalgaduras del clero, son los únicos británicos que no serán
cabalgaduras de los caballeros. Y cuando vine a considerar el actual carácter
irlandés, el caso era el mismo. Los irlandeses son campeones en las
profesiones más arduas, el comercio del hierro, el abogado, el soldado. En
todos los casos, por consiguiente, vuelvo a la misma conclusión; el escéptico
hacía bien en guiarse por los hechos, sólo que no había observado los hechos.
El escéptico es demasiado crédulo; cree en los diarios y hasta en las
enciclopedias. Otra vez los tres asuntos me dejaron tres interrogantes
antagónicos. El escéptico intermedio quería saber cómo explicaba la
observación del Evangelio, la conexión del credo con la oscuridad medioeval y la
impracticabilidad de la política del Cristiano Celta. Pero yo quise preguntar
y preguntar con un ardor rayando en la urgencia, "¿qué es esta
incomparable energía que se manifiesta primero en alguien que camina por la
tierra como un juicio viviente, y esta energía que puede morir con una
civilización agonizante y sin embargo puede forzarla a resucitar de la muerte;
esta energía que pese a todo, puede inflamar la derrota del labriego con una fe
tan firme en la justicia, que llega obtener lo que pide en tanto que otros se
alejan vacíos; en forma de que la isla más sin recurso del Imperio, actualmente
puede prestarle ayuda?.
Hay una respuesta: es una
respuesta para decir que esa energía es en verdad ajena al mundo; que es
psíquica o por lo menos uno de los resultados de un verdadero tumulto psíquico.
La mayor gratitud y respeto son debidos a las grandes civilizaciones humanas,
tales como la antigua civilización Egipcia y la China existente. Sin embargo,
no es cometer una injusticia con ellas decir que solamente la Europa moderna ha
exhibido incesantemente una facultad de autorrenovación, ocurrida
frecuentemente con los más breves intervalos, y que desciende hasta los más
pequeños detalles de la edificación o de la indumentaria. Todas las otras
sociedades mueren finalmente con dignidad. Morimos cada día. Siempre estamos
naciendo otra vez, con una casi indecente obstetricia. Apenas es exageración
decir que en la cristiandad histórica hay una especie de vida innatural:
podría explicarse como una vida sobrenatural. Podría explicarse como una
terrible vida galvánica obrando en lo que pudo haber sido un cadáver. Porque
nuestra civilización hubo de haber muerto, según todas las comparaciones y
según todas las probabilidades sociológicas, en el despedazamiento del fin de
Roma. Esta es la extraña inspiración de nuestro rango: usted y yo, no
tendríamos por qué estar aquí. Todos somos fantasmas; todos los cristianos
vivos, son paganos muertos que caminan. Precisamente cuando Europa estaba a
punto de seguir la suerte de Asiria y Babilonia, algo penetró en su cuerpo. Y
Europa ha tenido una vida extraña y no sería mucho decir que desde entonces ha
tenido sobresaltos.
He, tratado largamente las
dudas típicas que se combinan en tríos, a fin de llegar al principal asunto de
mi caso personal en pro del Cristianismo, que es racional; pero no es simple.
Es una acumulación de hechos variados con los del agnóstico ordinario. Pero el
agnóstico ordinario ha reunido hechos falsos. Es incrédulo por una multitud de
razones; pero sus razones no son verdaderas. Duda porque la Edad Media era
barbárica, pero no lo era; porque el Darwinismo está demostrado, pero no lo
está; porqué los milagros no ocurren, pero ocurren; porque los monjes son
perezosos, pero son laboriosos; porque las monjas son desgraciadas, pero
sonsos!" Con toda razón podrían replicarnos (en estruendoso coro):
"¡Cómo centellas podríamos descubrir, sin estar furiosos, si es cierto
que la gente enfurecida ve rojo!" Así, con razón los santos y los ascetas
podrían replicar: "Supóngase que el asunto es si los creyentes pueden
tener visiones, entonces si usted se interesa en las visiones no hay objeto en
objetar a los creyentes". Todavía se está argumentando en círculo, en
aquél loco círculo con el cual comenzó este libro.
La cuestión de que
ocurrieron los milagros, es una cuestión de sentido común y de vulgar
imaginación histórica. Seguramente aquí es posible descartar aquél tan
insensato exponente de pedantería que habla de una necesidad de
"condiciones científicas" en conexión con los fenómenos espirituales
alegados. Si preguntamos si un muerto puede comunicarse con un vivo, es
ridículo insistir en que debe hallarse en condiciones por las cuales dos almas
vivientes y en sus cabales seriamente no se comunicarían entre sí. El hecho de
que los espíritus prefieran la oscuridad no refuta la existencia de los
espíritus, como el hecho de que los enamorados prefieran la oscuridad, no
refuta la existencia del amor. Si usted opta por decir: "Creeré que la
Señorita Brown le dijo a su novio "caracolito" o cualquier otro
término cariñoso, si repite la palabra ante diecisiete psicólogos";
entonces yo replicaría: "Muy bien; entonces nunca sabrá la verdad porque
ella ciertamente no querrá repetirla en esas condiciones". Es tan poco científico
como es poco filosófico sorprenderse de que ciertas simpatías extraordinarias
no surjan en un ambiente antipático. Es como si dijera que, no puedo decir si
había niebla porque no había bastante claridad en la atmósfera; o si
insistiera en tener una luz solar perfecta para poder ver mejor un eclipse de
sol.
Como conclusión sensata, tal
como aquéllas a que llegamos referentes al sexo y a la media noche
(comprendiendo que por su naturaleza muchos detalles deben omitirse) resolví
que ocurren milagros. Estuve obligado a hacerlo por una conspiración de los hechos;
el hecho de que Ios hombres que se encuentran con ángeles o con elfos no son
los místicos o mórbidos soñadores sino los pescadores, los chacareros y todos
los hombres que a la vez son rústicos y desconfiados; el hecho de que todos
conocemos hombres que no son espiritualistas y atestiguan incidentes
espirituales; el hecho de que la ciencia cada día los acepta más y más. La
ciencia aceptará la Ascención si se la llama Levitación y` muy probablemente
aceptará la Resurrección cuando haya pensado otro término para nombrarla. Yo
sugiero "Regalvanización".
Pero el más fuerte de todos
es el dilema mencionado más arriba; que esos incidentes sobrenaturales son
negados únicamente sobre dos bases: o sobre la antidemocracia o sobre el
dogmatismo materialista, que llamaría materialismo místico. El escéptico siempre
asume una de dos actitudes; o que no es necesario creer al hombre ordinario, o
que no se debe creer en un suceso extraordinario. Porque espero que podemos
descartar el argumento dirigido contra las maravillas intentadas en la mera
recapitulación del fraude, de los mediums tramposos o de los milagros
ilusorios. Eso no es argumento, ni bueno ni malo. Un espíritu falso refuta la
realidad de los espíritus tanto como un cheque falso refuta la existencia del
Banco de Inglaterra; si algo hace, es probar que existe.
Dada esta convicción de que
el fenómeno espiritual ocurre (de lo cual mi evidencia es compleja pero
racional) venimos luego a chocar con el peor de los males mentales de la época.
El desastre más grande del siglo XIX fue éste: que los hombres comenzaron a
emplear la palabra "espiritual" como si dijera lo mismo que la
palabra "bien". Pensa han que crecer en refinamiento e
incorporabilidad era crecer en virtud. Cuando se insinuó la evolución
científica, algunos temieron que fomentaría la animalidad. Hizo peor; fomentó
la mera espiritualidad. Enseñó a los hombres que dejando atrás al mono, ya
iban al ángel. Pero usted puede pasar al mono e irse al diablo.
Un hombre de genio, muy
típico de esa época de desorientación, lo expresó perfectamente. Benjamín
Disraeli tenía razón cuando dijo que estaba del lado de los ángeles.
Ciertamente estaba; del lado de los ángeles caídos. No estaba del lado de
ningún apetito o de la brutalidad animalesca; pero estaba del lado del
imperialismo de los príncipes del abismo; estaba de parte de la arrogancia y
del misterio y del desprecio de todo bien evidente. Uno puede suponer que entre
esta soberbia zozobrante y las encumbradas humildades del cielo, existen
espíritus de otras estructuras y dimensiones. Al encontrarse con ellos el
hombre comete los mismos errores que comete cuando se encuentra con cualquiera
de los variados tipos de otro continente lejano. Al principio debe ser difícil
discernir cuál es supremo y cuál insubordinado. Si una sombra surge del otro
mundo y contempla Picadilly, no comprendería del todo la idea de los carruajes
cerrados. Supondría que el cochero en el pescante es un conquistador victorioso
que arrastra tras sí a un cautivo prisionero y pataleante. Así, si vemos por
primera vez un hecho espiritual, podemos equivocamos sobre cuál es el superior.
No basta hallar los dioses; son evidentes; debemos hallar al Dios, al
verdadero jefe de los dioses. Hemos de tener una larga experiencia histórica
de los fenómenos sobrenaturales para poder descubrir cuál es realmente natural.
Y a esta luz encuentro que la historia del Cristianismo y aún la de sus
orígenes hebreos, es completamente práctica y clara.
No me perturba en lo más
mínimo que me digan que el dios Hebreo era uno entre varios. Sé que lo era sin
que ninguna investigación me lo diga. Jehovah y Baal parecían igualmente
importantes, tal como el sol y la luna parecen ser del mismo tamaño. Sólo lentamente
aprendemos que el sol es inmensamente nuestro mayor y la pequeña luna
solamente nuestro satélite. Creyendo que existe un mundo de espíritus
caminaría en él como en el de los hombres, buscando las cosas que me gustan y
que creo buenas. Así como en un desierto buscaría agua limpia y me fatigaría en
el Polo Norte para hacer una fogata confortable, así revisaré la tierra del
vacío y de la visión hasta encontrar algo tan fresco como el agua y tan
confortable como el fuego; hasta encontrar en la eternidad algún lugar en el
cual me encuentre como en mi casa. Y sólo es posible hallar un lugar como ese.
Ya he dicho bastante para
mostrar (a quienes era esencial tal explicación) que en el terreno vulgar de
la apologética tengo un fundamento de creencia. En los puros registros de la
experiencia (si se toman democráticamente, sin desdén y sin favoritismos) hay
evidencia primero, de que ocurren milagros; segundo, de que los milagros más
nobles pertenecen a nuestra tradición. Pero no voy a fingir que esta breve
discusión es mi verdadera razón para aceptar plenamente el Cristianismo en vez
de tomar el bien moral del Cristianismo como lo hubiera tomado del
Confucionismo.
Tengo un fundamento mucho
más sólido y central para acatarlo come una fe en vez de elegir algunas de sus
sugerencias, como si fuera un programa. Y ese fundamento es esto: que la
Iglesia Cristiana en sus relaciones prácticas con mi alma es una maestra viviente,
no muerta. No sólo me enseñó ciertamente ayer sino que casi ciertamente me
enseñará mañana. Una vez repentinamente vi el significado de la estructura de
la cruz; algún día repentinamente veré el significado de la estructura de la
mitra. Una clara mañana vi por qué las ventanas eran puntiagudas; alguna clara
mañana veré por qué los sacerdotes son afeitados. Platón nos dijo una verdad.
Platón ha muerto. Shakespeare nos asombró con una imagen; pero Shakespeare
nos sorprenderá con otra. Pero imaginad lo que sería vivir con tales hombres
viviendo, saber que Platón podría irrumpir mañana con una original conferencia,
o que en cualquier momento Shakespeare podría hacer temblar al mundo con uno
sólo de sus cantos. El hombre que vive en contacto con lo que él cree una
Iglesia viviente, es un hombre que siempre está esperando encontrarse con
Platón y Shakespeare en el desayuno de mañana. Siempre está esperando ver una
verdad que no ha visto todavía. Sólo hay otra situación comparable a ésta: y
ella es la de los comienzos de nuestra vida. Cuando su padre de usted caminando
por el jardín le dijo que las abejas pican y que las rosas tienen un perfume
dulce, usted, no pensó en tomar solamente lo mejor de su filosofía. Cuando las
abejas le picaron a usted no pensó que eso fuera una coincidencia divertida.
Cuando olió el perfume dulce de las rocas, usted no dijo: "Mi padre es un
símbolo rudo y barbárico reservando (tal vez inconscientemente) la profunda y
delicada verdad de que las flores huelen". No; usted creyó en su padre
porque halló en él una fuente viva de hechos; algo que realmente sabía más que
usted: algo que mañana le diría la verdad como se la dijo hoy. Y si esto era
cierto de su padre, era aún más cierto de su madre; por lo menos fue cierto de
la mía, a quien está dedicado este libro. Ahora, que la sociedad se encuentra
bastante alborotada con motivo de la sujeción de las mujeres, nadie dice
cuánto debe cada hombre a la tiranía y a los privilegios de las mujeres por el
solo hecho de que dirigen la educación hasta que la educación es fútil: porque
el niño va a aprender a la escuela cuando ya es tarde para enseñarle nada. Ya
se hizo lo verdadero, y gracias a Dios aproximadamente siempre, lo hicieron las
mujeres. Cada hombre se ha feminizado simplemente por haber nacido. Hablan de
la mujer varonil; pero cada hombre es. un hombre femenil. Y si alguna vez los
hombres caminaran hasta Westminster para protestar contra el privilegio de
las mujeres, yo no me uniría a su procesión.
Porque recuerdo con certeza
este hecho psicológico establecido; justamente cuando más estuve bajo la
autoridad de una mujer, más lleno me sentí de ardor y de aventura. Precisamente
porque mi madre dijo que las hormigas mordían, y mordieron y porque la nieve
cayó en invierno (como dijo ella); desde entonces el mundo fue para mí un país
encantado de maravillosos cumplimientos; era como vivir en alguna época
Hebraica cuando se cumplían profecías tras profecías. Salí afuera, como un niño
sale a un jardín y hallé un lugar para mí terrible, precisamente porque poseía
su clave; de no haberla tenido, no me habría parecido terrible sino manso. Un
simple salvajismo insignificativo no es ni siquiera impresionante. Pero el
jardín de la infancia era fascinador justamente porque cada cosa tenía un
significado determinado que podía descubrirse cuando llegara su turno. Palmo a
palmo podía ir descubriendo cuál era el objeto de la fe forma llamada
rastrillo; o construir una nebulosa conjetura sobre el por qué mis padres tenían
un gato.
Así, desde que acepté a la
Cristiandad por madre y no meramente como ejemplo azaroso,, una vez más hallé
que Europa y el mundo eran semejantes al pequeño jardín donde contemplé las
simbólicas figuras del gato y del rastrillo; todo lo miro con la vieja ignorancia
y expectación de los elfos. Éste o aquél rito o doctrina pueden parecer tan
feos y extraordinarios como el rastrillo; pero por la experiencia sé que los
tales de cierto modo terminan en césped y en flores. Un clérigo aparentemente
puede ser tan inútil como un gato, pero también es tan fascinador, porque debe
haber alguna extraña razón para que exista.
Doy un ejemplo de cien; no
tengo ningún parentesco instintivo con aquél entusiasmo por la virginidad
física que ciertamente ha sido una nota del Cristianismo histórico. Pero cuando
miro, no a mí mismo sino al mundo, percibo que ese entusiasmo no es solamente
una nota del Cristianismo sino también una nota del Paganismo, una nota de la
parte elevada de la naturaleza humana en muchas esferas. Los griegos sintieron
la virginidad cuando esculpieron a Artemisa, los romanos cuando vistieron a
las vestales; los peores y más desorbitados dramaturgos isabelinos se
aferraron a la pureza literal de una mujer como al pilar central del mundo.
Sobre todo el mundo moderno (aún mientras se burla de la inocencia sexual) se
ha arrojado a una generosa idolatría de la inocencia sexual, el gran
entusiasmo moderno por los niños. Porque cualquier hombre que quiera a los
niños estará de acuerda en que una insinuación de sexo físico lastima su
peculiar belleza. Con toda esta experiencia humana unida a la autoridad
cristiana, simplemente decido que yo estoy equivocado y que la iglesia tiene
razón; o más bien, que yo soy imperfecto en tanto que la iglesia es universal.
Hay muchas maneras de concebir una iglesia; ella no me pide que sea soltero.
Pero el hecho de que yo no tenga aprecio por los solteros, lo acepto como
acepto el hecho de que no tengo oído para la música. Lo mejor de la experiencia
humana está contra mí del mismo modo en que está contra mí en lo referente a
Bach. El celibato es una flor del jardín de mi padre de cuyo dulce o terrible
nombre aún no me he enterado. Pero me lo pueden decir cualquier día.
Por consiguiente, en
conclusión, ésta es mi razón para aceptar la religión y para no conformarme con
extraer de ella unas cuantas dispersas verdades seculares. La acepto porque no
meramente me ha dicho esta verdad o aquella sino porque se ha revelado veraz y
fidedigna. Todas las demás filosofías dicen cosas que llanamente parecen
verdad; sólo esta filosofía ha dicho una y otra vez cosas que no parecen verdad
pero son verdad. único entre los credos, es convincente donde no es atrayente;
resultó que tenía razón, como mi padre la tuvo en aquel jardín. Los Teósofos,
por ejemplo, predicarán una idea evidentemente atrayente, como la
reencarnación; pero si esperamos a ver sus resultados lógicos, será el
altanerismo espiritual y la crueldad de casta. Porque si un hombre es
pordiosero a causa de sus culpas prenatales, la gente se inclinará a
despreciar al mendigo. Pero el Cristianismo predica una idea evidentemente
poco atrayente como el pecado original; pero cuando esperamos a ver sus
resultados, son patéticos y fraternales, un trueno de risa y de piedad; porque
solamente por el pecado original podemos compadecer al mendigo y desconfiar
del rey. Los hombres de ciencia nos ofrecen salud, un beneficio obvio; recién
después descubrimos que por salud entendían esclavitud corporal y tedio del
espíritu. La ortodoxia nos hace saltar con los sorpresivos bordes del
infierno; sólo después realizamos que brincar es un saludable ejercicio
altamente benéfico para nuestra salud. Solamente después descubrimos que aquel
peligro es la raíz de todo drama y de todo romanticismo. El argumento más
vigoroso en pro de la gracia divina es, simplemente, su desgarbo. Cuando se
examinan los puntos impopulares del Cristianismo, resulta que son los propios
puntales del pueblo. El círculo exterior es una rígida guardia de abnegaciones
éticas y de sacerdotes profesionales; pero dentro de esa guardia inhumana se
encontrará la vieja vida humana, bailando como los niños, bebiendo vino como
los hombres; porque el Cristianismo es el único cerco de la libertad pagana.
Mas en la filosofía moderna el caso es inversa; el cerco exterior es
evidentemente atrayente y emancipado; la desesperación está adentro.
Y su desesperación es ésta:
no cree realmente que haya ningún significado en el universo; de ahí que no
pueda esperar hallar en él ningún romanticismo; su novela no tiene trama. Un
hombre no puede esperar aventuras en el país de la anarquía. Pero viajando por
la tierra de la autoridad, el hombre puede esperar cualquier número de
aventuras. No es posible hallar significaciones en un matorral de
escepticismos; mas cruzando un bosque de doctrinas y designios encontrará
cada vez más significaciones. Allí, cada cosa trae a la cola su historia
escrita, como las herramientas y los cuadros de la casa de mi padre; porque
también es la casa de mi padre. Termino donde empecé, por el extremo correcto.
A lo menos he pasado ya, la puerta de toda buena filosofía. He entrado en mi
segunda infancia.
Pero este universo Cristiano
más vasto y más intrépido, tiene un sello final difícil de expresar; no
obstante, como conclusión de todo el tema, intentaré expresarlo. Todo el
verdadero argumento de la religión se encierra en el problema de que si un hombre
que ha nacido al revés, puede decir o no, cuando toma la posición correcta.
La principal paradoja del
Cristianismo es que dentro de él la posición de un hombre no es la que parece
sana y sensata; en sí, la posición normal es anormal. Esta es la íntima
filosofía de la Caída. En el interesante y reciente Catecismo de Sir Oliver
Lodge, las dos primeras preguntas son éstas: "¿Qué es usted?" y
"Entonces ¿qué significa Caída del Hombre?" Recuerdo que me divertí
escribiendo mis propias respuestas a esas interrogaciones; pero pronto descubrí
que mis respuestas eran muy deficientes y muy agnósticas. A la pregunta
"¿Qué es usted?" sólo pude contestar: "¡Sabe Dios!" Y a la
pregunta "¿Qué significa Caída del hombre?" pude contestar con
absoluta sinceridad, "significa que sea yo lo que seas no soy yo mismo".
Esta es la paradoja primordial de nuestra religión; algo que nunca hemos
conocido plenamente, algo que no sólo es mejor que nosotros sino hasta más
natural a nosotros que nuestro propio "yo". En realidad, esto no hay
forma de probarlo excepto con la prueba meramente experimental con la cual
comenzaron estas páginas; el experimento de la celda tapiada y de la puerta
abierta.
Solamente desde que conocí
la ortodoxia conocí la emancipación mental. Pero en conclusión, la ortodoxia
tiene una aplicación especial a la ulterior idea de la alegría.
Se dice que el Paganismo es
una religión de júbilo y el Cristianismo una de tristeza; sería muy fácil
probar que el Cristianismo es pura alegría y el Paganismo pura congoja. Tales
conflictos no significan nada y no conducen a ninguna parte. Todo lo humano
debe tener en sí júbilo v tristeza; lo interesante es la manera en que ambas
cosas se equilibran o se dividen. Y lo realmente interesante es ésto, que el
pagano era (principalmente) alegre y más alegre a medida que se acercaba a la
tierra pero triste y más triste a medida que se acercaba al cielo. La alegría
del mejor paganismo, como la jovialidad de Cátulo y Teócrito, es ciertamente
una alegría eterna, inolvidable para una humanidad agradecida. Pero todo es
una alegría en torno a los hechos de la vida, no en torno a su origen. Para el
pagano las pequeñas cosas son tan dulces como el arroyito que cae por la
montaña; pero las cosas grandes son amargas como el mar. Cuando el pagano mira
al corazón mismo del cosmos se queda helado. Detrás de los dioses que son
simplemente déspotas, se sientan los hados, que son mortales. Aún más; los
hados son peor que mortales; son muertos. Y los racionalistas, desde su punto
de vista, tienen razón cuando dicen que el mundo antiguo era más luminoso que
el cristiano. Porque cuando ellos dicen luminoso, quieren decir oscurecido por
una desesperación incurable. Es profundamente cierto que el mundo antiguo era
más moderno que el cristiano. El vínculo común está en el hecho de que los
antiguos como los modernos han sido infelices respecto a la existencia,
respecto a todas las cosas, en tanto que los medioevales eran felices por lo
menos respecto a eso. Libremente concedo que los paganos como los modernos eran
infelices solamente respecto a todo, eran muy gallardos respecto a lo demás.
Reconozco que los Cristianos de la Edad Media estaban en paz, solamente con
todo, con todo lo demás estaban en guerra. Pero si el asunto pasa al quicio
primordial del cosmos, entonces sí había más contento cósmico en las
ensangrentadas calles de Florencia que en el teatro de Atenas o en los
jardines abiertos de Epicuro. Giotto vivió en un pueblo más melancólico que
el de Eurípides, pero en un universo más alegre que el suyo.
La masa de hombres se vio
forzada a alegrarse por las cosas pequeñas y a entristecerse por las grandes.
Sin embargo (ofrezco mi dogma con cierta desconfianza), esa actitud no es
innata en el hombre. El hombre es más sí mismo, el hombre es más varonil,
cuando lo fundamental en él es la alegría y lo superficial la tristeza. La
melancolía debería ser un interludio inocente, una tierna y fugaz disposición
de la mente; el júbilo debería ser la pulsación permanente del alma. El
pesimismo, a lo más, es una semivacación emocional; la alegría es la rugiente
labor por la cual viven todas las cosas. No obstante, según la actitud
aparente del hombre visto por el pagano o por el agnóstico, esta necesidad
primaria de la naturaleza humana, nunca puede ser satisfecha. El júbilo
debería ser expansivo; mas para el agnóstico, el júbilo debe retraerse, debe
recluirse pegado a algún rincón del mundo. La aflicción debería ser retraída,
mas para el agnóstico su desolación se extiende a través de una eternidad
inconcebible. Esto es lo que llamo haber nacido al revés. El escéptico puede
decir sinceramente que es charlatanería; porque sus pies bailan para arriba
en un éxtasis ocioso en tanto que su cabeza queda en el abismo. Para el hombre
moderno, los cielos están actualmente debajo de la tierra. La explicación es
sencilla; está parado sobre su cabeza; la cual es un pedestal demasiado débil
para pararse encima. Pero el hombre moderno sabe cuándo vuelve a encontrar sus
pies. El Cristianismo repentinamente satisface y perfecciona el instinto
ancestral del hombre de estar en la posición correcta; en ésto lo satisface
soberanamente; por su credo la alegría se convierte en algo gigantesco y la
tristeza en algo accidental y pequeño. La bóveda que nos cubre no es sorda porque
el universo sea idiota; el silencio no es el descorazonado silencio de un
universo sin fin y sin objeto. El silencio que nos rodea más bien es una
pequeña y compasiva quietud semejante a la quietud invariable del cuarto de un
enfermo. Tal vez la tragedia nos sea permitida como sí fuera una especie de
comedia misericordiosa: porque la frenética energía de las cosas divinas nos
derribaría como una farsa ebria. Podemos tomar nuestras lágrimas más
ligeramente de lo que pudiéramos tomar la levedad tremenda de los ángeles. Tal
vez así nos sentamos en el aposento estrellado del silencio, mientras la,
risa de los cielos sea demasiado clamorosa para que nosotros la escuchemos.
La alegría, que fue la
pequeña publicidad del pagano, es el secreto gigantesco del Cristianismo. Y al
cerrar este volumen caótico, vuelvo a abrir el extraño librito del cual vino
todo el Cristianismo; y otra vez me ronda una especie de confirmación. La figura
tremenda que respecto a ésto y a todo lo demás, llena las torres del Evangelio,
por encima de todos los pensadores que se creyeron grandes. Su patetismo fue
natural; casi fortuito. Los Estoicos antiguos y modernos se enorgullecieron de
ocultar sus lágrimas. Él, nunca ocultó sus lágrimas; abiertamente las mostró en
su rostro accesible a todas las miradas cotidianas tanto como a la remota
mirada de su ciudad natal. No obstante, escondió algo. Los superhombres y los
diplomáticos imperiales se enorgullecieron de refrenar su ira. Él, nunca
refrenó su ira. Derribó las mesas por la escalinata del Templo y preguntó a
los hombres cómo esperaban librarse de la condenación del infierno. No
obstante, Él refrenó algo. Lo digo con reverencia; en esa personalidad
violenta había un rasgo qué debe ser timidez. Hubo en Él algo que escondió a
todos los hombres cuando subió a orar en la montaña. Había algo que
constantemente ocultó con un silencio repentino, o con un impetuoso
aislamiento. Cuando caminó sobre nuestra tierra, había en Él algo demasiado
grande para que Dios nos lo mostrara; y algunas veces imaginé que era Su
alegría.
FIN


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