© Libro N° 3984. Robert Louis Stevenson. Chesterton, Gilbert K. Colección E.O. Julio 15 de
2017.
Título
original: © Robert Louis
Stevenson, (1927)
Versión Original: © Robert Louis Stevenson. Gilbert
K. Chesterton
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digital de Versión original de textos:
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© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
ROBERT LOUIS STEVENSON
Gilbert K. Chesterton
I
EL MITO DE STEVENSON
En este breve estudio sobre Stevenson me
propongo seguir un método algo insólito al trazar lo que podría considerarse
como un bosquejo algo excéntrico. Ello sólo puede justificarse en la práctica,
y tengo un saludable temor de que mi práctica no lo justifique. Sin embargo, no
lo he adoptado sino después de muchas reflexiones, y hasta dudas, sobre el
mejor modo de tratar un problema real y práctico. Así, antes de que fracase
completamente en la práctica, quiero darme el placer de justificarlo en
principio.
La dificultad se ofrece así. En los grandes
días de Stevenson, los críticos habían empezado a avergonzarse de ser críticos
y de dar a su antigua función el nombre de crítica. Estaba de moda publicar un
libro que era un trabajo de juicios críticos y llamarlo «apreciaciones». Pero
el mundo adelanta, y si un libro de esta clase se publicase ahora podría muy
bien llevar el título general de «Desapreciaciones». Stevenson ha sufrido más
que muchos otros de esta nueva moda de minimizar y poner tachas; y algunos enérgicos
y reputados escritores se han lanzado a la tarea, casi con la avidez de unos
bolsistas cuyo empeño fuese provocar el hundimiento en vez del alza de los
valores Stevenson. Se puede discutir si necesitamos acoger con mejor gusto al
oso (bear) que al toro (bull) en la elegante cacharrería de las letras
inglesas[1]. Otros parecen tomar como agradable entretenimiento el probar que
determinado escritor ha sido sobreestimado. Escriben largos y enrevesados
artículos, llenos de detalle biográfico y de acerbo comentario, para demostrar
que el tema no merece atención; y escriben páginas sobre Stevenson para
demostrar que no es digno de que se escriba sobre él. Ni sus motivos ni los
métodos que emplean son muy claros o satisfatorios. Si es verdad que todos los
cisnes son gansos para el ojo discernidor del ornitólogo científico, ello
difícilmente basta para explicar una tan larga y fatigosa caza del ganso
salvaje[2].
Pero es verdad que, en un sentido más general
que el de estos irritables individuos, una tal reacción existe: Y es una
reacción contra Stevenson o por lo menos contra los stevensonianos. Acaso fuera
más correcto llamarlo una reacción contra el stevensonianismo. Y permítaseme
decir, en este momento inicial, que convengo sinceramente en que ha habido
demasiado stevensonianismo. En cierto sentido, todo lo concerniente a alguien
tan interesante como Stevenson, es interesante. En cierto sentido, todo lo
concerniente a todo el mundo es interesante. Pero no todo el mundo puede
interesar a todo el mundo; y está bien saber que un autor ha sido amado; pero
no publicar todas las cartas de amor. A veces sólo era que teníamos que
soportar aquella grande y espantosa tragedia: una verdad repetida con demasiada
frecuencia. A veces oíamos las opiniones stevensonianas, repetidas con
violación de todas las reglas stevensonianas. Porque lo que él aborrecia más
era la dilución: y gustaba de tomar el lenguaje puro, como un licor. En
resumen, se pasaba de la medida: todo era demasiado ruidoso y, no obstante,
sobre una sola nota; sobre todo era demasiado incesante y demasiado prolongado.
Como digo, había una variedad de causas que sería innecesario y a veces poco
amable discutir. Había quizá en ello algo de la misma virtud de Stevenson; él
toleraba muchas compañías y le interesaban muchos hombres; y no hubo nada que
lo protegiera contra los peores resultados del hecho de que los hombres se
interesasen por él. Especialmente después de su muerte, una persona tras otra,
apareció y escribió un libro sobre si había conocido a Stevenson en un vapor o
en un restaurante; y no es de sorprender que tales autores empezasen a tomar un
aire de vulgares corredores de apuestas. Había, tal vez, algo de la vieja broma
de Johnson; que los escoceses están conjurados para alabarse los unos a los
otros. A menudo era porque los escoceses son, en secreto, unos sentimentales y
no pueden siempre guardar el secreto. Su interés por una historia tan brillante
y, en algunos aspectos, tan patética, era perfectamente natural y humano; pero
a pesar de todo, este interés era excesivo. Era a veces, me duele decirlo,
porque este interés podría llamarse un interés puesto a rédito. Sea lo que
fuere, toda suerte de hechos acertaron a combinarse para vulgarizar la cosa;
pero el vulgarizar una cosa no la hace realmente vulgar.
Ahora bien, la vida de Stevenson fue realmente
lo que llamamos pintoresca; en parte, porque él lo vió todo como en pintura; y,
en parte, porque una serie de accidentes le unieron realmente a lugares muy
pintorescos. Nació en las altas terrazas de la más noble de las ciudades
norteñas en su mansión familiar de Edimburgo, en 185O; fue el hijo de una casa
de respetables constructores de faros; y nada puede ser más verdaderamente
romántico que esta leyenda de unos hombres que trabajaban afanosamente
erigiendo las torres del mar coronadas de estrellas. Dejó de seguir, sin
embargo, la tradición de la familia por varias razones; su salud era mala y
sentía el atractivo del arte: éste último le envió a adquirir pintorescas
maneras y poses en la colonia artística de Barbizon; el primero le envió, muy
pronto, hacia el Sur, a climas cada vez más cálidos; y, como ha observado él
mismo, los países a donde nos mandan cuando la salud nos abandona tienen a
veces una belleza mágica y algo engañosa. Una vez hizo una especie de visita de
vagabundo a América, cruzando las feas llanuras que conducen a la abrupta
belleza de California, la tierra prometida. La describió en dos estudios
titulados A través de las llanuras, una obra que dejó vagamente insatisfecho al
autor y deja vagamente insatisfecho al lector. Yo creo que registra el vacío
subconsciente y la sensación de desconcierto que experimenta todo verdadero
europeo al ver por vez primera la luz y el paisaje de América. El choque de la
negación fue en su caso verdaderamente anormal. Casi escribió un libro insulso.
Pero hay otro motivo para notar esta excepción aquí.
Este libro no pretende ser ni siquiera un
bosquejo de la vida de Stevenson. En su caso particular yo expresamente omito
tal bosquejo porque encuentro que éste ya ha embrollado y hecho borroso el muy
definido y lúcido perfil de su arte. Pero, en todo caso, sería verdaderamente
difícil contar la historia sin contarla en detalle y en un detalle más bien
desconcertante. Lo primero que nos llama la atención en una rápida ojeada a su
vida y sus cartas son sus innumerables cambios de residencia, especialmente en sus
primeros tiempos. Si sus amigos hubiesen seguido el ejemplo que él mismo
ofrece, en el caso de mister Michael Finsbury, y se hubiesen negado a aprender
más de una dirección para cada amigo, él habría tenido que dejar su
correspondencia ciertamente muy atrasada. Sus idas y venidas por la Europa
occidental aparecían sobre el mapa más raras y extensas que «el curso probable
de los vagabundeos de David Balfour» por el occidente de Escocia. Si
empezásemos a contar la historia de este modo, tendríamos que consignar cómo
Stevenson fue primero a Menton y luego volvió a Edimburgo; y luego fue a
Fontainebleau, y luego a los Highlands; y luego a Fontainebleau otra vez, y
luego a Davos en la montaña, y así sucesivamente; un zigzagueante peregrinaje
imposible de condensar si no es en una más extensa biografía. Pero todo, o la
mayor parte de él, puede ser cubierto por una generalización. Esta carta de
navegación era una carta de hospitales. Sus dentadas montañas representaban
temperaturas; o, por lo menos, climas. Toda la historia de Stevenson está
considerada por una cierta complicación que un respeto por la lengua inglesa
nos impedirá llamar un complejo. Era una especie de paradoja, en virtud de la
cual él estaba, a la vez, más y menos protegido que otros hombres; como alguien
que viajase por los más raros caminos del mundo, en un camión cerrado. Fue a
donde fue, en parte porque era un aventurero, y, en parte, porque era un
enfermo. A causa de esta especie de cojeante agilidad, se puede decir que vio a
la vez poco y demasiado. Era tal vez un viajero innato; pero no era un viajero
normal. Nadie le trató nunca como completamente normal; y esta es la verdad que
se esconde en la falsedad de los que se sonríen de su infantilidad como si
fuese la de un niño mimado. Era animoso; y, no obstante, se le había de escudar
contra dos cosas a la vez; su debilidad y su valor. Pero su pintura de sí mismo
como un vagabundo con los dedos amoratados en el camino invernal es
confesamente una pintura ideal: ésta fue exactamente la clase de libertad que
no pudo tener nunca. No pudo ser más que llevado de panorama en panorama, o
incluso de aventura en aventura. Realmente, hay aquí una curiosa exactitud en
la rara simplicidad de su verso infantil que dice «Mi cama es como un pequeño
barco». A través de todas sus varias experiencias, su cama fue un barco, y su
barco fue una cama. Panoramas de palmeras tropicales y de naranjales
californianos pasaron ante aquel lecho ambulante como la larga pesadilla de las
paredes de la «nursery». Pero su verdadero valor no estaba tan vuelto hacia
afuera, al drama del barco, como hacia dentro, al drama de la cama. Nadie sabía
mejor que él que nada es más terrible que un lecho, puesto que siempre está
esperando su conversión en lecho de muerte. Hablando en general, pues, su
biografía estaría formada de viajes hacia aquí y hacia allí, con un burro en
los Cevennes, con un baronet en los canales franceses; sobre un trineo en
Suiza, o en un sillón de ruedas en Bournemouth. Pero todos estaban, de un modo
u otro, relacionados con el problema de su salud, tanto como con la excitación
de su curiosidad. Ahora bien, de todas las cosas humanas, la busca de la salud
es la menos sana. Y es verdaderamente una gran gloria para Stevenson el que él,
casi el único entre los hombres, supiera ir persiguiendo su salud corporal sin
perder una sola vez su salud mental. Tan pronto como llegaba a un lugar, le
faltaba tiempo para encontrar una nueva y mejor razón para haber ido allí.
Podrá ser un niño, un soneto, un amorío, o el plan de una novela; pero él hacía
de ello el motivo verdadero, en lugar del insano motivo de la salud. Sin
embargo siempre ha habido, un poco en el fondo de todo, alguna indicación del
motivo de la salud; como la hubo en aquel último gran viaje a su última y
definitiva residencia en los mares del Sur.
La única brecha en este curioso y doble
proceso de protección y riesgo, fue su escapada a América, que se relaciona, en
parte al menos, con el asunto de su casamiento. A su familia, y a sus amigos,
ésta les pareció no tanto la conducta de un enfermo que ha huído del hospital,
como la conducta de un loco inexplicablemente escapado del manicomio. En
realidad, el viaje les pareció menos loco que su matrimonio. Como esto no es un
estudio biográfico no necesito profundizar en las delicadas disputas acerca de
este asunto; pero éste fue francamente algo bastante fuera de lo regular. Lo
que importa para lo que aquí se discute es que mientras tenía algo qua era
hasta noble, no era normal. No era amor como el que suele darse en los jóvenes:
no hay falta de respeto para ninguno de los interesados en decir que en ambos,
psicológicamente hablando, había un elemento de remiendo más bien que de unión.
Stevenson había encontrado, primero en París y más tarde en América, a una
señora americana casada con un caballero americano, poco recomendable al
parecer, contra quien hubo de entablar demanda de divorcio. Stevenson entonces
cruzó precipitadamente los mares y, en cierto modo, la persiguió hasta
California; supongo que con la vaga idea de estar presente cuando se resolviese
el asunto; pero en realidad estuvo muy cerca de hallarse al fin de su propia
vida. El viaje le acarreó uno de los peores y más agudos ataques de su
enfermedad; la dama, como es natural, estando allí, se puso a cuidarle, y en
cuanto él pudo sostenerse sobre dos vacilantes piernas, se casaron. Ello
produjo consternación en la familia de Stevenson, la cual, no obstante, parece
haber sido ganada más tarde por el magnetismo personal de la extranjera y casi
exótica novia. Realmente, en la compañía de ésta, la labor literaria de
Stevenson prosiguió con renovado impulso y hasta con regularidad; y el resto de
su historia es prácticamente la historia de sus importantes obras, variada por
sus todavía, si cabe, más importantes amistades. Hubo enfermedades, y durante ellas
se encontraron muchas veces en el caso de dos enfermos que se cuidan
mutuamente. Entonces vino la decisión de refugiarse en el seguro clima de las
islas del Pacífico; lo cual le condujo a fijar su última residencia en Vailima,
en la isla de Samoa; en un archipiélago de color que nuestros alegres abuelos
podían haber descrito como las Islas de los Caníbales, pero que Stevenson
estaba más dispuesto a describir como las Islas de los Bienaventurados. Allí
vivió tan feliz como pueda serlo un desterrado que ama a su país y a sus
amigos; libre, por fin, de todos los peligros cuotidianos de su afección
pulmonar; y allí murió, casi de repente, a la edad de cuarenta y cuatro años,
siendo un querido patriarca de una pequeña comunidad blanca y morena que le
conocía como Tusitala o el Contador de historias.
Estas son las líneas principales de la
verdadera biografía de Robert Louis Stevenson; y desde el tiempo en que siendo
muchacho subía por los risco y peñascales de Painted Hill, mirando por encima
de las isletas del Forth, hasta el momento en que unos bárbaros altos y
morenos, coronados de flores encarnadas, lo llevaron sobre sus lanzas a la
cumbre de su montaña sagrada, el espíritu de este artista pudo habitar y, como
si dijéramos, encantar los más bellos lugares de la tierra. Hasta el fin gustó
esta belleza con ardiente sensibilidad; y en su caso no es una broma decir que
habría gozado yendo a su propio entierro. Claro está que esta generalización
tiene todavía demasiado de simplificación. No le fueron desconocidos, ¡ay!,
como tendremos luego ocasión de notar, ambientes sórdidos y sombríos. Oscar
Wilde dijo con cierta verdad que Stevenson habría podido producir novelas más
ricas y purpúreas si hubiese vivido siempre en Gower Street; y él fue,
ciertamente, uno de los pocos que habían logrado sentirse fogosos y llenos del
espíritu de aventura en Bournemouth. Pero hablando en general, es cierto que el
perfil de la vida de Stevenson fue romántico; y por eso, quizás, fue convertido
con demasiada facilidad en una novela. El mismo, deliberadamente, lo convirtió
en novela; pero no todos aquellos noveleros fueron tan buenos novelistas como
él. Así la novela tendió a convertirse en una mera repetición de chismorreos, y
la romántica figura se diluyó en periodismo, como la figura de Robin Hood se
diluyó en inacabables cuentos de miedo y series infantiles; como la figura de
Micawber fue multiplicada y empobrecida hasta convertirla en Ally Sloper.
Entonces vino la reacción; una reacción que yo calificaría más bien de
excusable que de justificable. Pero esta reacción es el problema que presenta
hoy día el estudio popular de Stevenson.
Ahora bien: si yo hubiese de seguir el método
usual en libros como este, habría de empezar contando poco a poco y
sistemáticamente, la historia que acabo de contar rápida y abreviadamente.
Tendría que dedicar un capítulo a su tía preferida y a su niñera, todavía más
querida; y a todas las cosas más o menos claramente registradas en A Child's
garden of verses. Había de dedicar un capítulo a su juventud, a sus diferencias
con su padre, a su lucha con su enfermedad, a sus luchas, todavía más fuertes,
a propósito de su casamiento; y así, a todo lo largo del libro, para terminar
con el retrato que tantas ilustraciones y biografías nos han hecho familiar; el
enjuto semitropical Tusitala, con su largo cabello castaño, su largo rostro
oliváceo y sus extraños y rasgados ojos, sentado, vestido de blanco o coronado
de guirnaldas y contando historias a todas las tribus de los hombres. Ahora
bien, lo triste de todo esto sería que equivaldría a decir, en una lenta serie
de capítulos, que no hay nada más que decir sobre Stevenson, excepto lo que ya
se ha dicho mil veces. Sería sugerir que la verdadera fama de Stevenson tadavía
depende, en realidad, de esta sarta de accidentes pintorescos; y que no hay
realmente nada por decir acerca de él, excepto que llevaba el cabello largo en
el Savile Club, o vestidos ligeros en las montañas samoanas. Su vida fue
realmente novelesca; pero repetir aquella novela es como reimprimir la
Pimpinela Escarlata u ofrecer al mundo un nuevo retrato de Rodolfo Valentino.
Es contra esta repetición que se ha producido la reación; quizás sin motivo,
pero muy fuertemente. Y reproducirla a lo largo de todo este libro sería dar la
impresión (que me mortificaría un poco) de que este libro no es más que el
milésimo e innecesario volumen del stevensonismo. De cualquier modo que yo
contase esta historia en detalle, aunque fuese con toda la simpatía que siento
hacia él, no podría evitar aquella impresión de una especie de gastado
periodismo. La actitud y la carrera pintoresca de Stevenson lo perjudican algo en
este momento; no a mis ojos, porque a mí me gusta lo pintoresco, sino a los de
esta nueva pose, que se podría llamar la pose de lo prosaico. Para estos
desdichados realistas, decir que había en él todas estas cosas románticas es
sólo otra manera de decir que no había nada en él. Y había muchísimo en él. Me
veo obligado a adoptar algún otro método para ponerlo de relieve. Cuando
intento describirlo, lo encuentro, quizás, más difícil de describir que de
ponerlo en práctica. Pero lo que me propongo hacer es algo así: London Dodd, en
quien hay mucho de Louis Stevenson, dice muy acertadamente en The Wrecker que
para el artista el resultado externo es siempre como espuma que se escapa: sus
ojos están vueltos hacia adentro: «vive para un estado de ánimo». Yo me propongo
intentar la descripción conjetural de ciertos estados de ánimo mediante los
libros que fueron su «expresión externa». Si para el artista su arte es espuma,
a menudo su vida lo es todavía más; es todavía más una ficción. Es aquella de
sus obras en que menos dice la verdad. Stevenson era más real que muchos,
porque era más novelesco que muchos. Pero yo prefiero las novelas, que son
todavía más reales. Quiero decir que los vagabundeos de Balfour me parecen más
stevensonianos que los vagabundeos de Stevenson: que el duelo de Jekyll y Hyde
es más ilustrador que la disputa de Stevenson y Henley: y que la verdadera vida
privada se ha de buscar no en Samoa, sino en la Isla del Tesoro; porque donde
está el tesoro está también el corazón.
En resumen; me propongo estudiar sus libros
con ilustraciones de su vida; más bien que escribir su vida con ilustraciones
de sus libros. Y lo hago así, no porque su vida no fuese tan interesante como
cualquier libro, sino porque el hábito de hablar demasiado de su vida ha
conducido ya, de hecho, a estimar demasiado poco su literatura. Sus ideas están
siendo subestimadas precisamente porque no se estudian separada y seriamente
como ideas. Su arte está siendo subestimado, precisamente porque no se le
conceden ni siquiera las prerrogativas del Arte por el Arte. Hay ciertamente
una curiosa ironía en el destino de los hombres de aquella época, que se
entusiasmaban con esta máxima. Reclamaban que se les juzgase como artistas, no
como hombres; y en realidad se les recuerda mucho más como hombres que como
artistas. Son más los hombres que conocen las anécdotas whistlerianas que los
que conocen los grabados whistlerianos: y el pobre Wilde vive en la historia
como inmoral, más bien que como amoral. Pero hay una razón de peso para
estudiar intrínsecos valores intelectuales en el caso de Stevenson; y no es
necesario decir que donde la moderna máxima sería útil no se usa nunca. La
nueva crítica de Stevenson es todavía una crítica de Stevenson más que de la
obra de Stevenson; es siempre una crítica personal, y, a menudo, creo yo, una
crítica malévola. Es simplemente tonto, por ejemplo, que un distinguido
novelista sugiera que la correspondencia de Stevenson es un tenue hilo de
soliloquio egoísta, desprovisto de afecto para nadie, excepto para sí mismo. La
correspendencia de Stevenson rebosa de vivas expresiones de añoranza de
personas y lugares determinados; prorrumpe por todas partes con deleite en
aquel lenguaje peculiar de los escoceses que, como dijo Stevenson con mucha
verdad, en otro sitio da una especial libertad a todos los términos del afecto.
Stevenson, naturalmente, podía mentir, aunque no sé por qué un autor atareado
había de mentir tanto para nada. Pero no veo cómo un hombre podía decir más
para sugerir su necesidad del trato con amigos. Estos son hechos positivos de
personalidad que nunca pueden ser probados o no probados. Yo no he conocido a
Stevenson; pero he conocido a muchos de sus amigos y corresponsales favoritos.
He conocido a Henry James y a Willian Archer; y todavía tengo el honor de
tratar a sir James Barrie y a sir Edmund Goose. Y cualquiera que los conozca,
por ligera y superficialmente que sea, debe saber que no son hombres para
mantener durante años una correspondencia amistosa con un egoísta necio, insaciable
y exigente sin descubrir que lo es; o para dejarse bombardear por aburridoras
autobiografías sin aburrirse. Pero parece una lástima que estos críticos se
sientan todavía llamados a hurgar en la correspondencia de Stevenson, cuando
podrían pensar que ya empieza a ser hora de que se llegue a alguna conclusión,
acerca del puesto que ocupa Stevenson en la literatura. En todo caso, yo me
propongo en la presente ocasión ser lo bastante perverso para interesarme por
la literatura cuando trato de un literato; e interesarme especianmemte no sólo
por la literatura que el hombre ha dejado, sino por la filosofía inherente a
esta literatura. Y me intereso especialmente por cierta historia, que es
realmente la historia de su vida, pero no exactamente la historia de su
biografía. Fue una historia externa y espiritual; y los pasos de ella se han de
encontrar más en las historias que el hombre escribió, que en sus actos
externos. Está mejor contada en la diferencia que existe entre La Isla del
Tesoro y La historia de una mentira, o entre A Child's garden of Verses y
Markheim u Olalla, que en ninguna relación detallada de sus diferencias con su
padre o de los fragmentarios amores de su juventud. Porque me parece que se
puede sacar una moraleja del arte de Stevenson (si las sombras de Wilde y de
Whistler no se indignan por ello) y es una que se relaciona con el futuro de la
cultura europea y con la esperanza que ha de guiar a nuestros hijos. Si seré o
no capaz de sacar esta moraleja y de hacerla lo bastante visible y clara, lo sé
yo tan poco como el lector.
Sin embargo, en esta fase del ensayo quiero
decir una cosa. Tengo, en cierto sentido una especie de teoría acerca de
Stevenson; una visión de él que, acertada o no, se refiere a su vida y a su
obra como un todo. Pero ella es quizás menos exclusivamente personal que mucha
parte del interés que se ha tomado generalmente por su personalidad. Es, sin
duda, todo lo contrario de los ataques que comúnmente, y sobre todo
recientemente, se han dirigido a su personalidad. Así, los críticos gustan de
sugerir que Stevenson no era más que un hombre muy consciente de sí mismo, que
toda su importancia nacía de esta atención a todo lo suyo. Yo creo que el único
trabajo grande e importante que hizo Stevenson para el mundo fue hecho
inconscientemente. Muchos lo han censurado por adoptar poses; algunos lo han
censurado por predicar. Pero a mí, lo que principalmente me interesa no es su
mera pose, si es que era una pose, sino el amplio paisaje o fondo, sobre el
cual estaba «posando», y que él mismo sólo en parte percibió, pero que viene a
formar un cuadro histórico de alguna importancia. Y aunque es cierto que a
veces predicó, y predicó muy bien, yo no estoy del todo seguro de que lo que
predicó fuese lo mismo que enseñó. O, por decirlo de otro modo, lo que él pudo
enseñar no fue tan grande como lo que podemos aprender. Por otra parte, muchos
de estos críticos declaran que Stevenson fue solamente una maravilla de nueve
días; una figura pasajera que acertó a atraer las miradas y hasta a influir en
la moda; y que con aquella moda será olvidado. Yo creo que la lección de su
vida sólo se verá cuando el tiempo haya revelado el pleno sentido de nuestras
tendencias actuales; creo que será vista de lejos como un vasto plano o
laberinto trazado sobre la ladera de una montaña; trazado, tal vez, por uno que
ni siquiera veía el plano mientras trazaba los caminos. Creo que los viajes y
las idas y venidas de Stevenson revelan una idea, y hasta una doctrina. Pero
acaso fuese una doctrina en que él no creía o por lo menos no creía creer. En
otras palabras, pienso que la significación de Stevenson se destacará más
fuertemente en relación con problemas más importantes que empiezan a pesar de
nuevo en el espíritu del hombre; pero de los cuales, muchos hombres apenas
tienen conciencia en nuestro tiempo y no tenían ninguna en la suya. Pero
cualquier contribución a la solución de estos problemas será recordada; y
Stevenson aportó una contribución muy grande, probablemente más grande de lo
que él se figuraba. Finalmente, estos mismos críticos no vacilan, en muchos
casos, en acusarlo francamente de insincero. Yo diría que nadie tan
abiertamente aficionado a la comedia como lo era él, puede ser insincero. Pero
cuadra más, a mi intención presente, decir que su relación con la enorme media
verdad que llevaba en sí, era por su misma simplicidad una señal de veracidad.
Porque él tuvo la espléndida y resonante sinceridad de dar testimonio, con una
voz que parecía una trompeta, de una verdad que no comprendía.
II
EN EL PAIS DE SKELT
De vez en cuando, leyendo la crítica corriente
nos sorprende alguna afirmación tan asombrosamente inexacta, o por lo menos
contraria a los hechos, que es como si un hombre que pasase por la calle se
pusiese de pronto a sostenerse sobre la cabeza. Y ello es más notable cuando el
crítico tiene realmente una fuerte cabeza sobre la cual sostenerse. Uno de los
más capaces de nuestros críticos jóvenes, cuyos estudios sobre otros temas yo
he admirado sinceramente, escribió en nuestro inapreciable London Mercury un
estudio sobre Stevenson. Y lo más importante que dijo, en realidad casi lo
único que dijo, fue que el pensamiento de Stevenson instantáneamente nos
retrotrae al ejemplo mayor de Edgar Allan Poe; que ambos eran pálidas y
graciosas figuras «que hacían flores de cera» como alguien ha dicho;
naturalmente, el primero y el más grande lleva la ventaja al segundo y menos
grande. De hecho el crítico trataba a Stevenson como a la sombra de Poe; que no
sin razón podía llamarse la sombra de una sombra. Casi venía a insinuar que
cuando se ha leído a Poe, no vale la pena leer a Stevensom. Y en verdad yo casi
podría sospechar que él había seguido su propio consejo; y no había leído en su
vida una sola línea de Stevenson.
Si alguien dijese que Maeterlinck procede tan
directamente de Dickens, que es difícil establecer una línea divisoria entre
ambos, yo de momento, me quedaría sin saber qué quiere decir. Si decía que Walt
Whitman es un copista tan fiel de Pope que casi no vale la pena leer la copia,
yo no vería en el acto a dónde iba a parar. Pero hallaría estas comparaciones
algo más próximas, por decirlo así, que la comparación entre Stevenson y Poe.
Dickens no se limitó a temas cómicos tanto como Poe a los trágicos, y un ensayo
sobre el Optimismo podría acoplar los nombres de Pope y de Whitman. Podría
también incluir el nombre de Stevenson; pero difícilmente brillaría y
centellearía con el nombre de Poe. El contraste, sin embargo, tiene más
profundidad que las simples etiquetas o lugares comunes de controversia. Tiene
mucha más profundidad que las habituales distinciones entre lo cómico y lo
serio. Se relaciona con algo que ahora está de moda en los salones llamar
psicológico; pero que aquellos que antes querían hablar latín o griego, todavía
prefieren llamar espiritual. No es necesariamente lo que los periódicos
llamarían moral; pero ello es porque es más moral que mucha moralidad moderna.
Cuando Stevenson era conocido como Stennis por
muchos estudiantes de arte parisinos que no podían pronunciar su nombre, era la
hora del arte por el arte. La pintura debía ser impersonal, aunque los pintores
(como Whistler) eran quizás, a veces, un poco personales. Pero todos insistían
en que cada pintura es tan impersonal como la muestra de un dibujo. Hubieran
debido insistir en que cada muestra es tan personal como una pintura. Tanto si
vemos como si no vemos rostros en una alfombra, debiéramos ver un pensamiento
en la alfombra; y, de hecho, hay un pensamiento en cada plan de ornamento. Hay
una moralidad tan enfáticamente expresada en la arquitectura babilónica o en la
arquitectura barroca como si todas ellas estuvieran cubiertas de textos
bíblicos. Ahora bien, del mismo modo hay en el fondo de cada mente de artista
algo como una muestra o un tipo de arquitectura. La cualidad original en
cualquier hombre de imaginación la integran las imágenes que crea. Es algo así
como los paisajes de sus sueños; la clase de mundo que él desearía hacer o en
que desearía corretear; la extraña flora y la extraña fauna de su propio y
secreto planeta; la clase de cosa en que le gusta pensar. Esta atmósfera
general, y este patrón o estructura de crecimiento rige sus creaciones por
variadas que sean; y porque él puede, en este sentido, crear un mundo, él es,
en ese mismo sentido, un creador; la imagen de Dios.
Ahora bien: todo el mundo sabe cuáles eran en
semejante aspecto, la atmósfera y la arquitetura de Poe. Vino oscuro, lámparas
moribundas, olores narcóticos, una sensación de asfixia entre cortinajes de
terciopelo negro, una materia que es, a la vez, absolutamente negra e
infinitamente blanda; todo lleva en sí un sello de indefinida e infinita
descomposición. La palabra infinita no está usada aquí indefinidamente. Lo
esencial de Poe es que sentimos que todo se deshace, incluso nosotros mismos;
los rostros están ya perdiendo sus facciones, como los de los leprosos; las
casas se están pudriendo, desde el tejado a los cimientos; un gran hongo gris,
vasto como un bosque, está chupando la vida en vez de darla; reflejado en
charcos estancados, como lagos de veneno que se pierden sin límite ni frontera
en el lodazal. Las estrellas no son limpias a sus ojos; son más bien otros
mundos hechos para gusanos. Y esta corrupción se ve aumentada por un genio
imaginativo, con la adición de una sedosa faz de lujo y hasta una terrible
especie de confort o de «Purpúreos almohadones, donde se hunde la luz de las
lámparas», está dentro del espíritu de su hermano Baudelaire, quien habló de
divans profonds comme les tombeaux. Su flaqueza parece poner más vívidamente de
relieve cómo todas estas cosas están siendo absorbidas y alejadas de nosotros
por un lento torbellino parecido a una ciénaga móvil. Esta es la atmósfera de
Edgar Allan Poe; una especie de rica podredumbre, de descomposición, con algo
espeso y narcótico en el aire mismo. Es ocioso describir lo que tan siniestra y
magníficamente se describe a sí mismo. Pero tal vez el modo mejor y más corto
de describir aquel talento artístico consiste en decir que el de Stevenson es
exactamente lo contrario.
Lo primero que se advierte en la creación de
Stevenson es que todas sus imágenes se destacan en contornos muy definidos; y
son, por decirlo así, todo canto. Es algo en él que más tarde le llevó hacia el
abrupto y angular blanco y negro de los grabados en madera. Se ve desde el
principio en la manera como sus figuras setecentistas se destacan contra el
horizonte con sus chafarotes y sus sombreros de tres picos. Las mismas palabras
llevan el sonido y la significación. Es como si estuviesen cortados con machetes,
como lo fue aquella inolvidable astilla que el acero de Billy Bones hizo saltar
de la muestra de «El Almirante Benbow». Aquella definida mella en el cuadro de
madera queda como una especie de forma simbólica que expresa el tipo de ataque
literario de Stevenson. Y aunque todos los colores se me borrasen y el
escenario de toda aquella aventura se oscureciese, yo creo que la negra muestra
de madera con el trozo arrancado sería la última forma que dejaría de ver. No
es un mero juego de palabras decir que aquél es el mejor de los grabados en
madera[3]. De todos modos aquel escenario, normalmente es todo lo contrario de
oscuro y todo lo contrario de indefinido. Así como toda su forma puede ser
descrita como bien cortada, así todo su color es notablemente limpio y
brillante. Es por esto que tales figuras se ven a menudo destacándose sobre el
mar. Todo el que haya estado en la costa habrá observado cuán netas y cuán
fuertemente coloreadas, cual pintadas caricaturas, aparecen hasta las figuras
más ordinarias cuando pasan perfilándose sobre el fondo azul del mar. Hay algo
también de aquella dura luz que cae llena y pálida sobre los buques y las
playas abiertas; y aun más, no es necesario decirlo, de una cierta salobre y
ocre claridad en el aire. Pero es notable el caso en los contornos de estas
figuras marineras. Son todo borde y están junto al mar que es el borde del
mundo.
Esto es sólo un grosero método experimental;
pero se hallará útil el hacer el experimento, el evocar todas las escenas
stevensonianas que acuden más prontamente a la memoria; y notar esta brillante
y dura cualidad de forma y color. Ello hará parecer todavía más extraño el
hecho que ningún ornitólogo haya podido confundir el cuervo de Poe con el loro
de Long John Silver. No es que el loro fuese mucho más honorable; pero era un
pájaro de las tierras de plumajes brillantes y cielos azules, mientras que el
otro pájaro era una mera sombra que hacía más oscura la oscuridad. Hasta vale
la pena de observar que cuando los piratas más modernos de The Wrecker se
llevaron consigo un pájaro enjaulado, éste fue un canario. Esto es
especialmente de notar cuando Stevenson se ocupa de aquellas cosas que muchos
de sus contemporáneos hicieron meramente vagas o insondablemente misteriosas;
tales como las montañas escocesas y los perdidos reinos de los gaélicos. Sus
historias de los Higlands tienen de escocés todo excepto la niebla escocesa. Y
en aquel tiempo, y aun antes, escritores de la escuela de Fiona Maeleod estaban
ya tratando a estas gentes como a los hijos de la niebla. Pero hay muy poca
niebla en las montañas de Stevenson. Hay muy poca penumbra céltica en aguellos
celtas. Alan Breck Stewart no suspiraba por ningún tenue vapor que viniese a
velar el brillo de sus botones de plata o de su casaca azul. Apenas había una
nube en el cielo el día fatídico en que Glenure cayó muerto a pleno sol; y él
no tenía el pelo rojo porque sí. Stevenson se siente incluso impulsado a
mencionar que el criado que le seguía iba cargado de limones; porque los
limones son de color amarillo. Esta manera de componer un cuadro puede no ser
consciente, pero no por ello es menos característica. Por supuesto, no quiero
decir literalmente que todas las escenas de cualquier novela puedan tener la
misma disposición de color u ocurrir a la misma hora del día. Hay excepciones a
la regla; pero aún éstas resultarán, en general, excepciones que confirman la
regla. La hora de A lodging for the night es, no sin motivo, la noche; pero aun
en aquella pesadilla de invierno en el París medieval, los ojos del espíritu se
llenan más de la blancura de la niebla que de la negrura de las tinieblas. Es
destacándose sobre el fondo de la nieve como vemos las llameantes figuras
medievales, y especialmente aquella memorable figura que (como Campbell de
Glenure) no tenía ningún derecho a tener pelo rojo estando muerto. El pelo es
como una roja mancha de sangre que clama venganza; pero dudo que al condenado
caballero de la poesía de Poe se le hubiese permitido tener pelo rojo aun
estando vivo. Del mismo modo sería fácil responder en detalle hallando alguna
descripción de la noche en las obras de Stevenson; pero nunca sería aquella
noche que se echa eternamente sobre las obras de Poe. Se podría decir, por
ejemplo, que hay pocas escenas en las historias de Stevenson más vívidas y
típicas que la del duelo a medianoche en The Master of Ballantrae. Pero aquí,
también la excepción confirma la regla; la descripción insiste no en la
oscuridad de la noche sino en la dureza del invierno, en la «quieta
constricción de la helada», las velas que se tienen rectas como espadas; las
llamas de las velas, que parecen casi tan frías como las estrellas. He hablado
del doble sentido de woodcut (grabado en madera; corte en la madera): este es,
en el mismo doble sentido, un grabado en acero. Un frío de acero endurece y
serena aquel resonante juego del acero; y ello no sólo materialmente sino
moralmente. La casa de Durrisdeer no cae a la manera de la casa Usher. Hay en
aquella mortal escena un no sé qué de limpio y salobre y sano; y, a despecho de
todo, la blanca helada da a las velas una especie de fría purificación, como la
de la Candelaria. Pero el quid está por el momento en que, cuando decimos que
esto se hizo de noche, no queremos decir que se hiciera en la oscuridad. Hay
una sensación de exactitud y de preciso detalle que pertenece enteramente al
día. Aquí, en verdad, los dos autores tan extrañamente comparedos podían casi
haber conspirado de antemano contra el crítico que los comparó: como cuando el
ideal detective de Poe prefiere pensar en la oscuridad y cierra los portalones,
incluso durante el día. Dupin lleva la oscuridad exterior al gabinete, mientras
que Durie lleva la luz de las velas al bosque. Estas imágenes no son fantasmas
o casualidades: su espíritu informa toda la escena. El mismo incidente, por
ejemplo, muestra todo el amor del autor por los contornos definidos y la acción
tajante y penetrante. Es supremamente típico que él haga a mister Durie hundir
la espada hasta el puño en el suelo helado. Es verdad que más tarde (quizás
bajo la triste mirada de mister Archer y los sensibles realistas) consintió a
retirar esto «como una exageración que asustaría al mismo Hugo». Pero es mucho
más significativo que originalmente, no asustó a Stevenson. Era el gesto vital
de todas sus obras el que aquella aguda hoja hubiera de hendir aquella dura
tierra. Era verdad en muchos otros sentidos, tocantes al barro mortal y a la
espada del espíritu. Pero estoy hablando ahora del gesto del artífice como del
de un hombre que corta madera. Este hombre tenía una afición a cortarla
limpiamente. Nunca cometió en homicidio sin hacer de el una cosa clara.
¿De dónde vino este espíritu, y como empezó su
historia? Esta es la buena y verdadera manera de empezar la historia de
Stevenson. Si digo que empezó con el recortar figuras de cartón, podría sonar
como una parodia de las pedantescas fantasías sobre la psicología juvenil y la
educación de los muchachos. Pero acaso será mejor correr el horrible riesgo de
ser confundido con un pedagogo moderno, que repetir las frases demasiado
familiares gracias a las cuales el admirador de Stevenson ha llegado a ser
definido como un sentimental. Se ha hablado demasiado a este respecto del alma
del niño o el Peter Pan de Samca; no porque ello no sea verdad, sino porque es
una equivocación decir una verdad demasiado a menudo, de modo que se le haga
perder su frescura especialmente cuando es la verdad acerca del modo de
conservarse fresco. Muchos están ya un poco cansados de oírla; aunque nunca se
cansarían de tenerla. Yo, por lo tanto, he abordado el asunto, de propósito,
por otro camino y aún por un camino que corre hacia atrás. En vez de hablar
primero de Cummy y las anécdotas infantiles de Master Louis (a riesgo de volver
ridícula por pura repetición, a los ojos de multitud de personas muy inferiores
una figura realmente graciosa) he probado a tomar primero el nervio y carácter
de su obra y luego observar que realmente data, en un sentido especial, de su
infancia; y que no es sentimental ni disparatado o fuera de propósito el
decirlo.
Si, por tanto, yo preguto, «¿dónde empieza su
especial estilo o espíritu y de dónde proceden; cómo adquirió o empezó a
adquirir la cosa que le hizo diferente del vecino de al lado?», no tengo duda
sobre la respuesta. Lo adquirió del misterioso mister Skelt del Drama infantil,
por otro nombre el Teatro de juguete, que de todos los juguetes es el que más
produce en el espíritu el efecto de la magia. O mejor dicho, lo adquirió de la
manera en que su propio temperamento individual aprehendió la naturaleza del juego.
El lo ha escrito todo en un excelente ensayo, y por lo menos en una verdadera
frase de autobiografía. «¿Qué es el mundo, qué es el hombre y la vida, sino la
que mi Skelt los ha hecho ser?» El interés psicológico es algo más especial de
lo que expresa la común generalización sobre la imaginación de la infancia. No
es meramente una cuestión de juguetes infantiles; es una cuestión de una
determinada especie de juguete, como de una determinada especie de talento. No
era lo mismo, por ejemplo, comprar teatros de juguete en Edimburgo que lo que
habría sido ir a teatros verdaderos en Londres. En aquel pequeño teatro de
cartón podía haber algo de la pantomima, pero no había nada del cuadro
disolvente. El positivo perfil de todo, tan bien esbozado en su propio ensayo,
el duro rostro de la heroína, los grupos de vegetación, las nubes hinchadas
cono almohadones, estas cosas decían algo al alma de Stevenson, por su misma
abultada solidez o su angular agresividad. Y no es una exageración decir que él
pasó su vida enseñando al mundo lo que había aprendido de ellos. Lo que había
aprendido de ellos era mucho más de lo que ninguna otra persona hubiera
aprendido de ellos; y ésta es su enseñanza y su autoridad para enseñar. Pero
hasta el fin, él presentó su moraleja en una serie de Emblemas Morales que
tenían algo de común con aquellos definidos contornos y retadoras actitudes; y
nunca hubo nombre para ello fuera del nombre que él le dio de «skeltery».
Es porque gustaba de ver en estas líneas, y de
pensar en estos términos, que todas sus imágenes instintivas san claras y no
nebulosas; que le gustaba un alegre centón de color combinado con una
ziezagueante energía de acción, tan rápida como el zigzagueante rayo. Le
gustaba que las cosas se destacasen; podríamos decir que le gustaba que
sobresaliesen; como hacen el puño de un sable o una pluma en un sombrero. Le
gustaba la figura de las espadas cruzadas; casi le gustaba la figura de la
horca; porque es una forma clara como la cruz. Y lo importante es que esta
figura corre siempre a través o por debajo de sus obras más maduras o
complejas; y nunca se pierde, ni aún en los momentos en que él es realmente
trágico, o, lo que es peor, realista. Hasta cuando se lamenta como un hombre,
todavía goza como un niño. Los hombres con monstruosos cascos de buzo en la
sórdida lacería de The Ebb‑Tide todavía parecen máscaras de trasgos de
pantomima destacándose contra el resplandeciente azur. Y James Durie es tan
claro, podríamos decir tan brillante, con su casaca negra, como Alan Breck con
su casaca azul.
Tomando esta clase de juguete como un tipo o
símbolo, podríamos decir que Stevenson vivió dentro de su teatro de juguete. Es
cierto que vivió en un sentido excepcional dentro de su propio
hogar; y a menudo, me
imagino, dentro de su propia alcoba. Es aquí donde aparece ya al principio de
su vida, aquel otro elemento que estaba destinado a ensombrecerla, a menudo con
algún parecido a la sombra de la muerte. Yo no sé hasta qué punto esta sombra
pudo ser vista a veces en las paredes de la «nursery». Pero lo cierto es que
fue un niño delicado y enfermizo; y por tanto se sintió más rechazado hacia
aquella imaginativa vida interior que si hubiese tenido una infancia más
robusta. El mundo dentro de aquel hogar fue un mundo suyo; sí, hasta un mundo
de su propia imaginación, una cosa no tanto de juego en el hogar como de
imágenes en el juego. El mundo fuera de su hogar era muy diferente; hasta para
aquellos que compartían su vida doméstica; y éste es un contraste que tendré
ocasión de hacer resaltar cuando llequemos a la crisis de su juventud. Baste
notar aquí la paradoja de que se hallaba en cierto modo protegido por la vida
de familia hasta contra las más severas tradiciones de su familia. Así como ésta
no edificaba faros en el estanque del jardín, así no siempre llevaba el Kirk,
la rígida iglesia puritana de Escocia, a la «nursery».
El ha descrito cómo su abuelo, rígido
calvinista, toleraba en la «nursery» los fantásticos cuentos árabes que podía
haber denunciado en el púlpito. Y así, como hasta aquella casa de Edimburgo le
defendía de los vientos invernales de Edimburgo, así también le protegía en
cierto grado contra las heladas ráfagas del puritanismo que tan reciamente
soplaba en la vida pública. Esto puede haber sido porque era un niño enfermizo
o porque era un niño mimado; pero el hecho de que se le permitiera habitar a
solas con sus ensueños aquella casa dentro de una casa, tipificada por el
teatro de juguete, es algo que hay que recordar: porque significa mucho en una
etapa posterior.
Sobre este tema de lo que se ha dado en llamar
el Niño en R. L. S., ya he reconocido que se había hablado demasiado; pero se
ha pensado demasiado poco. La cosa es una realidad; y queda como un problema
muy considerable para la razón, y todavía no resuelto por el mundo moderno, aun
cuando se haya hablado mucho de él. Tenemos un montón de testimonios de hombres
de toda clase, desde Treherne a Hazlitt, o de Worsdworth a Thackeray, del hecho
psicológico de que el niño experimenta goces que resplandecen como joyas hasta
en el recuerdo. Ninguna de las normales explicaciones naturalistas explica el
hecho natural; y algunos han insinuado que se trata en realidad de un hecho
sobrenatural. En el sentido ordinario de crecimiento mental, no hay más razón
para que el niño sea mejor que el hombre, que para que el renacuajo sea mejor
que la rana. Y las tentativas de explicarlo por crecimiento físico todavía son
más futiles. Hay un buen ejemplo de esta futilidad en uno de los ensayos de
Stevenson, quien, naturalmente, se vió contagiado por la primera moda y
excitación del darwinismo. Hablando del anciano ministro calvinista que
reconoció el maravilloso encanto de Las mil y una noches, sugiere que en el
cerebro del teólogo subsiste todavía el travieso mono, el antepasado del
hombre, «probablemente arbóreo». Demuestra la seguridad de esta ciencia el que
los antropólogos digan ahora que probablemente no era arbóreo. Pero, sea como
fuere, es un tanto difícil de ver por qué razón un hombre ha de amar la
complejidad de ciudades laberínticas, o querer cabalgar con las enjoyadas
cohortes de los príncipes de la Arabia, sólo porque uno de sus antecesores haya
sido una bestia peluda que se trepaba como un oso a lo alto de un palo con
ramas. Esto nos recuerda la gloriosa manera como se disculpó Stevenson por
haber supuesto que un hombre rico debía conocer a un Gobernador del Crist's
Hospital. «Comprendo que un hombre con un romadizo no ha de conocer
necesariamente a un cazador de ratones; y la relación, según aparece ahora a mi
humillado y despierto entendimiento, es igualmente próxima».
La relación entre la expansiva energía de un
joven mono y los secretos ensueños de un niño es igualmente próxima. De hecho,
la época en que un niño está lleno de la energía de un mono no es ciertamente
la época en que el nido está más lleno de los imaginativos placeres del poeta.
Estos siempre vienen en un período menos vigoroso; muy a menudo vienen a una
persona menos vigorosa. Especialmente y notablemente fue así en el caso de
Stevenson; y es absurdo explicar la aguda sensibilidad de un niño inválido por
la corporal exhuberancia de un muchacho en el tiempo en que es más
frecuentemente un pequeño salvaje. Stevenson con toda la ventaja de sus
desventajas, puede haber pasado el período en que todo el mundo tiene una punta
de salvajismo. Pero aquel desagradable período de juventud no fue el período en
que los coloridos cuadros de su mente fueron más claros; fueron mucho más
claros más tarde, en la edad del dominio de sí mismo, y antes, en la edad de la
inocencia. Lo principal que hay que entender aquí es que eran cuadros coloridos
de una especie particular. Los colores se perdían, pero en cierto sentido las
formas permanecían fijas; es decir, que, aunque la luz del día los opacaba
ligeramente, cuando la linterna volvía a estar iluminada desde dentro, las mismas
vistas brillaban sobre la blanca pantalla. Eran todavía cuadros de piratas y
oro encendido y brillante mar azul, como lo eran en su infancia. Y este hecho
es muy importante en la historia de su espíritu, como veremos cuando su
espíritu revierta a ellos: porque había de llegar el momento en que
verdaderamente, como Jim Hawkins, tendría que ser rescatado por un siniestro
criminal con muletas y machete de un destino peor que la muerte y de hombres
peores que Long John Silver, de la última fase del ilustrado siglo diecinueve y
de los principales pensadores de la época.
III
JUVENTUD Y EDIMBURGO
Es la idea de este capítulo
que cuando Stevenson salió por vez primera de su primer hogar de Edimburgo,
resbaló en el umbral. Puede no haber sido nada peor, para empezar, que el
ordinario resbalón sobre la mantequilla de la broma juvenil, broma parecida a
la que llena el típico cuento edimburgués titulado Las desventuras de John
Nicholson. Pero este cuento por sí solo indicaba que había algo un poco
mugriento y hasta ceniciento en la mantequilla. Es una extraña historia para
ser escrita por Stevenson; y ningún stevensoniano tiene ningún deseo especial
de detenerse en aquellas pocas de sus obras que casi podían haber sido escritas
por cualquier otro. Pero tiene una importancia biográfica que no ha sido
debidamente apreciada, aun en relación con una biografía tan trabajada como la
de Stevenson. Es una comedia curiosamente desagradable y penosa, aunque no lo
bastante penosa para ser una tragedia. El héroe no solamente no es heroico,
sino que apenas es más divertido que atractivo, y la broma que se hace de él no
solamente no es genial, sino que ni siquiera es especialmente divertida. Es
extraño que tales desventuras salgan de la misma mente que nos dio la brillante
bufonada de The Wrong Box. Pero yo la menciono aquí porque está llena de una
cierta atmósfera en la que Stevenson fue sumergido bruscamente, creo yo, cuando
pasó de la adolescencia a la juventud. Es exacto llamarlo la atmósfera, o una
de las atmósferes de Edimburgo; pero, no obstante, es absolutamente lo
contrario de muchas cosas que asociamos legítimamente con la árida dignidad de
la Atenas moderna. Hay algo muy especialmente sórdido y escuálido en los
atisbos de mala vida que nos ofrecen las disipaciones de John Nicholson; y algo
del mismo género nos llega, como un chorro de gas, de los estudiantes de
medicina de El ladrón de cadáveres. Cuando digo que este primer paso de
Stevenson le desvió algo abruptamente, no quiero decir que haya hecho nada, ni
la mitad de malo que lo que multitud de educadas personas han hecho en los más
refinados centros de la civilización. Pero quiero decir que su ciudad no era,
en aquel particular aspecto muy educada o refinada o, si se quiere,
especialmente civilizada. Y lo noto aquí porque ha sido poco observado; y
algunas otras cosas se han observado demasiado.
Es una verdad evidente que Stevenson nació de
una tradición puritana, en un país presbiteriano, donde todavía resonaba el eco
de los truenos teológicos de Knox; donde el Sabbath a veces se parecía más a un
día de muerte que a un día de descanso. Es fácil, demasiado fácil, aplicar esto
representando al padre de Stevenson como a un rígido presbiteriano que miraba
con ceño los brillantes talentos de su hijo; y esta simplificación aparece por
doquier en tintes blanco y negros. Pero como muchas otras afirmaciones en
blanco y negro, no es cierta; y ni siquiera leal. El anciano mister Stevenson
era un presbiteriano y presumiblemente un puritano, pero no era un fariseo y
ciertamente no nesitaba ser un fariseo para condenar algunos actos de la
conducta de su hijo. Es probablemente cierto que casi cualquier otro hijo podía
haber disgustado del mimo modo; pero también es verdad que casi cualquier padre
se habría disgustado del mismo modo. El hijo habría sido el último en pretender
que la culpa estaba toda de un solo lado; lo único que puede interesar a la
posteridad, en este caso, son ciertas condiciones sociales que dieron a
aquellas faltas un sabor particular, que se tuvo en cuenta aún mucho tiempo
después que las faltas en sí hubiesen pasado a la historia. Y al paso que se ha
escrito demasiado sobre la sombra del Kirk y las restricciones de una sociedad
puritana, hay algo que no se ha visto en lo que podría llamarse el bajo fondo
de una ciudad puritana como aquella. Hay algo extrañamente repelente y
desagradable no sólo en las virtudes, sino también en los vicios, y
especialmente en los placeres, de una ciudad así. Esto puede percibirse, como
digo, en las mismas historias de Stevenson y en muchas otras historias sobre
Edimburgo. Tufaradas de whisky puro, nos llegan traídas por ráfagas de aquel
húmedo viento; hay a veces algo estridente como el chillido de las gaitas en la
risa escocesa; a veces algo muy próximo a la demencia, en la embriaguez
escocesa. Yo no lo relacionaré, como hacía un amigo mío, con la hipótesis de que
los paganos escoceses originalmente adoraban a los demonios; pero probablemente
se relaciona con la misma intensidad algo salvaje que les dio su radicalismo
teológico. Sea como fuere, es verdad que en un mundo así hasta la misma
tentación tenía tanto de terrorífico como de tentador, y no obstante, al mismo
tiempo, algo de degradado y bajo. Esto es lo que se cruzó con la natural
ambición o aventura poética del joven poeta; y dió a aquella primera parte de
su historia un carácter de frustración, si no de aberración.
Lo que pasaba en Stevenson, me imagino yo, si
es que le pasaba algo, fue que había un contraste demasiado vivo entre las
delicadas fantasías de su protegida infancia y la clase de mundo con que topó,
como con el viento, en el umbral de su puerta. No era meramente el contraste
entre la poesía y el puritanismo; era también el contraste entre la poesía y la
prosa, y una prosa que era casi repulsivamente prosaica. El no creía le
bastante en el puritanismo para aferrarse a él; pero creía mucho en una
potencial poesía de la vida y le confundía su aparentemente imposible posición
en el mundo de la vida real. Y su religión nacional, aunque hubiese creído en
su religión tan ardientemente como creía en su nación, nunca habría resuelto
aquella dificultad.
El puritanismo no tenía ninguna idea de la
pureza. Casi podríamos decir que hay todas las virtudes en el puritanismo,
excepto la pureza; a menudo incluyendo la continencia, que es una cosa distinta
de la pureza. Pero no tiene muchas imágenes de inocencia positiva; de las cosas
que son a la vez blancas y sólidas, como la blanca cal o la blanca madera que
tanto gustan a los niños. Esto no rebaja en modo absoluto las nobles cualidades
puritanas: la simplicidad republicana, el espíritu luchador, el ahorro, la lógica,
la renuncia al lujo, la resistencia a los tiranos, la energía y su espíritu de
iniciativa que han contribuído a dar al escocés su emprendedora preeminencia
por todo el mundo. Pero no es menos verdad que ha habido en su credo (el de
Stevenson) cuando más una pureza negativa más bien que positiva: la diferencia
entre la blanca ventana falsa y la torre de marfil. Ya sé que un prejuicio
victoriano todavía considera esta interpretación de la historia por la teología
como un ejemplo del más penoso mal gusto. También sé que este tabú sobre el
tema principal de la humanidad se está convirtiendo en un engorro intolerable;
y está privando a todo el mundo, desde el papista al ateo, de decir lo que
realmente piensa sobre los temas más reales del mundo. Y me tomaré la libertad
de hacer constar, a pesar del Tabú, que es pertinente recordar aquí este
defecto puritano. Es un hecho tan real el de que el Kirk del país de Stevenson
no tenía culto del Niño Dios, ninguna fiesta de los Santos Inocentes, ninguna
tradición de los hermanitos de San Francisco, nada que pudiera en ningún modo
encender el infantil entusiasmo por las cosas sencillas. Todo esto es un hecho
tan cierto como que los cuáqueros no son una buena escuela militar o los buenos
musulmanes unos buenos catadores de vinos. De aquí se siguió que cuando
Stevenson dejó su hogar, cerró la puerta a una casa guarnecida con el oro del
país de las hadas, pero salió a un contraste terrible; a tentaciones a la vez
atreyentes y repulsivas y a terrores que eran deprimentes aún cuando se les
desestimase. El muchacho, en un medio así, se halla desgarrado por algo peor
que el dilema de Tannhauser. Se pregunta por qué es atraído por cosas
repelentes.
Yo haré aquí una conjetura a ciegas, y en un
muy oscuro asunto del espíritu. Pero sospecho que fue de esta sima de fea
división, de donde salió originalmente aquel monstruo bicéfalo, el misterio de
Jekyll y Hyde. Hay ciertamente una particularidad en aquella siniestra historia
que no he visto anotada en ninguna parte; aunque me atrevo a decir que podía
haber sido anotada más de una vez. Se objetará que no soy, ¡ay!, un estudioso
tan atento de lo stevensoniano como muchos que parecen apreciar menos a Stevenson.
Pero me parece que la historia de Jekyll y de Hyde, que, presumiblemente está
presentada como ocurrida en Londres, ocurre todo el tiempo, de una manera
inconfundible, en Edimburgo. Más de uno de sus personajes parece ser un escocés
puro. Mister Utterson, el abogado, es un abogado inconfundiblemente escocés
ocupado estrictamente en cosas del derecho escocés. Ningún abogado inglés
moderno se ha puesto a leer por la tarde un libro de árida teología sólo porque
aquel día fuese domingo. Mister Hyde posee ciertamente el encanto cosmopolita
que une a todas las naciones; pero hay algo resueltamente caledoniamo en el Dr.
Jekyll; y especialmente algo que recuerda aquella cualidad de Edimburgo que
indujo a un observador poco amable, probablemente de Glasgow, a describirla
como «un lugar del oeste azotado por el viento del este». El tono particular de
su respetabilidad y el horror a su reputación con la fragilidad mortal,
pertenece a las clases altas de sólidas comunidades puritanas. Y, viniendo más
especialmente al caso del presente razonamiento, hay un sentido en que aquel
puritanismo se halla todavía más expresado en mister Hyde que en el Dr. Jekyll.
El sentido del súbito hedor del mal, la inmediata invitación a entrar en la
pura inmundicia, la brusquedad de la alternativa entre aquella limpia y aseada
acera y aquel negro y maloliente arroyo. Todo esto, aunque indudablemente
incluido en la lógica del cuento, es demasiado franca y familiarmente ofrecido
para no tener alguna base en la observación y la realidad. No es así como el
ordinario joven pagano de climas más cálidos, concibe la alternativa entre el
Cristo y Afrodita. Su imaginación y la mitad de su mente están ocupadas en
defender la belleza y la dignidad del placer de dioses y hombres. No es así
como el mismo Stevenson vino a hablar de estas cosas después de haber sentido
caer la sombra de la antigua Atenas sobre el lado pagano de París. Comprendo
todo el horror necesario en la concepción de Hyde. Pero esta sórdida cualidad
no pertenece exclusivamente a las diabólicas hazañas de Hyde. Se halla
implícida, de un modo u otro, en cada palabra que se refiere a los furtivos
vicios de Jekyll. Es la tragedia de la ciudad puritana que recuerda la leyenda
que gustó a Stevenson, en la cual el bastón del mayor Weir echó a andar solo
por la calle. Espero decir algo dentro de un momento, sobre la muy profunda y,
en realidad, muy justa y sabia moraleja que se halla contenida en aquel feo
cuento. Sólo hago notar aquí que la atmósfera y el marco de éste son los de un
cuento de rígida hipocresía en una rígida secta o pueblo provinciano; podría
ser un cuento de aquel Middle West cruelmente disecado en la Spoon River
Antology. Pero lo esencial de él es que la humana belleza que hace el pecado
más peligroso no aparece ni por asomo; este Belial nunca es gracioso o humano;
y en esto me parece que hay algo indicador del orden invertido y el feo
contraste con que se presenta la licencia en un mundo que desaprueba la
libertad. Es la expresión de alguien que, por decirlo con palabras de Kipling,
conoció lo peor demasiado joven; no necesariamente en sus propios actos o por
su propia culpa, sino por la naturaleza de un sistema que no veía diferencia
alguna entre lo peor y lo moderademente malo. Pero cualquiera que fuese la
forma que hubiese tomado en Stevenson el choque con el mal, yo pienso que le
desvió bruscamente del normal desarrollo de su naturaleza romántica y es
responsable de mucho de lo que pareció extraño y retardado en su vida.
No quiero dar a entender que la moral de la
historia en sí tenga nada de falso o morboso, sino todo lo contrario. Aunque la
fábula pueda parecer loca, la moral es muy cuerda; la moral, de hecho, es
estrictamente ortodoxa. Lo malo es que muchos que la mencionan no conocen la
moral, posiblemente porque nunca han leído la fábula. De vez en cuando, estas
anónimas autoridades periodísticas que desechan a Stevenson con tan lánguida
gracia dirán que hay algo muy común y trillado en la idea de que un hombre sea
realmente dos hombres, y pueda hallarse dividido entre el bien y el mal.
Desgraciadamente para ellos, ésta no parece ser la idea. La verdadera clave de
la historia no está en el descubrimiento de que un hombre sea dos hombres, sino
de que los dos hombres no son más que un hombre. Después de todas las luchas y
peripecias de estos dos seres incompatibles hay un solo hombre nacido y un solo
hombre enterrrado. Jekyll y Hyde han llegado a ser un proverbio y una broma;
sólo que es un proverbio leído al revés, una broma que no entiende nadie. Pero
podía habérseles ocurrido a los lánguidos críticos, como una parte de la broma,
que el cuento es una tragedia, y que esto es sólo otra manera de decir que el
experimento fue un fracaso. El quid de la fábula no está en que el hombre pueda
desprenderse de su conciencia, sino en que no puede. La operación quirúrgica es
fatal en la historia. Es una amputación a consecuencia de la cual las dos
partes mueren. Jekyll, al morir, afirma la conclusión del caso: que el peso de
la lucha moral del hombre está unido a él y no se puede rehuir de este modo. La
razón es que no puede haber nunca igualdad entre el mal y el bien. Jekyll y
Hyde no son dos hermanos gemelos. Son más bien, según uno de ellos observa con
justicia, padre e hijo. Después de todo, Jekyll creó a Hyde; Hyde nunca habría
creado a Jekyll; sólo destruyó a Jekyll.
La idea no es tan gastada como la encuentran
los críticos, después que Stevenson la encontró para ellos, hace treinta años.
Pero la enseñanza de Jekyll no es que éste sea el primero de estos experimentos
sobre la dualidad; sino más bien, que debe ser el último.
Tampoco admito necesariamente la torpeza
técnica que algunos han alegado contra la historia, simplemente porque creo que
muchas de sus emociones fueron experimentadas antes en el temprano dolor de la
juventud. Algunos han entrado en particularidades de detalle para demolerla y
Mr. E. F. Benson ha hecho la (para mí) extraña observación de que la estructura
de la historia se hunde cuando Jekyll descubre que su combinación química era
en parte accidental y que, por lo tanto, no se puede reconstruir. El crítico
dice desdeñosamente que hubiera servido lo mismo que Jekyll hubiese tomado una
píldora laxante. Me parece extraño que alguien que parece saber tanto acerca
del demonio, como el autor de Colin, deje de reconocer la pezuña hendida, en el
espíritu evocado por el experimento de Jekyll. El momento en que Jekyll
encuentra que su propia fórmula le falla, por un accidente que no había
previsto, es sencillamente el momento supremo de toda historia acerca de un
hombre que compra un poder al infierno; el momento en que encuentra el defecto
en el contrato. Este momento llega a Macbeth y a Fausto y a cien otros más; y
todo su significado es que nada es realmente seguro, y mucho menos, una
seguridad satánica. La moraleja es que el diablo es un embustero, y más especialmente
un traidor; que es más peligroso para sus amigos que para sus enemigos, y, con
toda deferencia hacia míster Benson, ésta no es una moraleja trivial o sin
importancia. Pero aunque la historia apareció en definitiva como una gárgola
muy cuidadosamente esculpida por un acabado artífice, y era además una gárgola
de la mayor edificación espiritual, eminentemente a propósito para ser puesta
en el más sagrado edificio, lo importante de ese momento es que me figuro que
la piedra en que se esculpió fue hallada originalmente por Stevenson cuando era
un muchacho, vagando por la calle, por no decir por el arroyo. En otras
palabras, no necesitó abandonar la respetable metrópoli del norte para hallar
la fragilidad de Jekyll y los crímenes de Hyde.
Yo trato estas cosas en términos generales, no
simplemente por delicadeza, sino, en parte, por algo que casi podría llamar
impaciencia o desdén. Porque las disputas entre los enjabelgadores victorianos
y los embarradores post‑victorianos me parecen faltas de la ordinaria y decente
comprensión de las dificultades de la naturaleza humana. Ambos, los
escandalizados y los propagadores del escándalo, me parecen muy necios al lado
de la razonable persona de la Biblia, que se limitó a decir que hay cosas que
ningún hombre conoce, como el camino de un pájaro en el aire y el camino de un
hombre en su juventud. Que Stevenson era, en el sentido sano y normal, un
hombre bueno, es cierto, sin que necesite proclamarlo ninguna apologética
victoriana; que no hiciese nunca nada malo, es improbable, aunque ello no
resulte de ninguna minuciosa rebusca cloacal; y toda la cosa es falseada además
por el hecho de que, fuera de una cierta tradición religiosa, ni los
enjabelgadores ni los embarradores, creen realmente en la moral implicada. Los
primeros no salvan nada mejor que la respetabilidad; los últimos, aun cuando
calumnian, apenas saben condenar. Stevenson no era católico; no pretendió
haberse conservado puritano; pero era un pagano muy honrado, responsable y
caballereso en un mundo de paganos, la mayor parte de los cuales, eran
considerablemente menos notables por su caballerosidad y su honor. Yo, por mi
parte, si puedo decirlo así, estoy dispuesto a defender mis propios «standards»
o a juzgar a otros hombres por ellos. Pero la ficción victoriana de que todo
héroe de novela bien vestido con más de quinientas libras al año, ha nacido
inmune contra las tentaciones que los más grandes santos han combatido
revolcándose en las zarzas, no me interesa y no la volveré a discutir.
Pero lo que me interesa en este particular
momento de la historia, no es la cuestión de lo que Stevenson juzgase bueno o
malo después que se hubo vuelto consciente y consecuentemente un pagano, sino
el modo particular como lo bueno y lo malo se le aparecían en esta edad
inmadura y vacilamte en que era todavía, por tradición, un puritano. Y me
parece que hay algo con la cola por delante, para usar una de sus expresiones
favoritas, en la manera como el mal se insinuó en su existencia como lo hace en
la de todas las demás personas. Vió la cola del diablo antes de verle los
cuernos. El puritanismo le dió la llave de los sótanos más bien que de los
salones de Babilonia; y algo subterráneo, asfixiante y degradado flota como un
humo sobre la historia de Jekyll y Hyde. Pero sólo menciono estas cosas como
parte de un general despliegue de su mente y de su naturaleza moral, que me
parece haber tenido mucho que ver con el posterior desenvolvimiento de su
destino. El normal, o al menos, el ideal desenvolvimiento del destino de un
hombre va, desde el coloreado aposento de la infancia, hacia un todavía más
romántico jardín de la fe y la lealtad de la juventud. Va desde el jardín de
versos del niño hasta el jardín de votos del hombre. Ne pienso que el momento
de transición fuese normal en Stevenson. Me parece que algo lo falseó o
descarrió; me parece que fue entonces cuando el viento del Este del
puritanisino de Edimburgo lo empujó fuera de su ruta, de suerte que no volvió
hasta mucho más tarde a algo parecido a una segura lealtad y una correcta
relación humana. En una palabra, creo que en su infancia tuvo la mejor suerte
del mundo; y en su juventud la peor suerte del mundo; y que esto explica mucha
parte de su historia.
En todo caso, no halló dónde asentar
firmemente el pie en aquellas pinas calles de su bella ciudad y mientras tendía
la mirada sobre el semillero de isletas del ancho y resplandeciente estuario,
pudo haber tenido algún presentimiento de aquel casi vagabundo destino que
acabó en los confines de la tierra. No parecía haber, en un sentido, ninguna
razón de carácter social para que no acabase en Edimburgo, como había empezado
en Edimburgo. No parecía haber nada contra una carrera normalmente afortunada
para un hombre tan brillante, tan amable y, esencialmente, tan humano; su
historia podía habier sido tan confortable como una novela victoriana en tres
volúmenes. Podía haber tenido la suerte de casarse con una dama de Edimburgo
tan deliciosa y satisfactoria como Bárbara Grant. Podía haber presidido las
diversiones de un nuevo ramillete de Stevensons, que volviesen a casa desde
Leith Wtlk cargados con las alegres carpetas de Skelt. Podían también haber
comprado Pickwicks de a penique o haber ido rodeados de linternas; y la estima
que tuviese de estas cosas podía haberse alterado, aunque no necesariamente
debilitado, con la responsabilidad del que las ve reproducidas en otros. Pero
entre sus primeras travesuras de Edimburgo, que ha dejado anotadas, hay una que
tiene algo de símbolo. Habla, en cierto lugar, de unas manzanas que cogía, y
tal como las describía, podían muy bien ser cogidas de aquellos árboles salados
y retorcidos que crecían a orillas del mar. No sé qué fue ni qué forma tomó, ni
si tomó nunca alguna forma definida. Pero, de un modo u otro, de pensamiento,
de palabra o de obra, en aquél árido lugar comió la manzana del conocimiento; y
fue una manzana agria. Creo que fueron, en parte, los sinsabores de la juventud
los que más tarde hicieron para él tan vívidos los goces de la infancia. La
brecha en su vida fue, naturalmente, debida a la brecha en su salud. Pero fue
también debida, creo yo, a algo desgarrado y sucio en el borde de la vida
cuando tocó la orla de su vestido; en algo insatisfactorio en todo aquel
aspecto de la existencia, tal como aparece accidentalmente al hijo de las
convenciones puritanas. El efecto en Stevenson fue que, durante aquellos años,
creció demasiado desconectado de su vida doméstica y cívica, si no de sus
tradiciones nacionales; conociendo demasiado y demasiado poco a la vez. Nunca
se desnacionalizó porque era escocés; y un escocés no se desnacionaliza nunca,
aun cuando en teoría sea internacionalista. Pero empezó a internacionalizarse
en el sentido de que adquirió una especie de indistinta intimidad con la
cultura del mundo, especialmente con la más bien cínica especie de cultura que
era entonces corriente. Las convenciones locales y domésticas que en muchos
asuntos eran equivocadas, perdieron su poder de dirigirle aún en aquello en que
eran justas y razonables. Y de todo aquel pasado nada permaneció tan real como
los irreales ensueños de los primeros días. En los credos puritanos no había
nada en que pudiera creer ni siquiera tanto como había creído en la ficción
infantil. No había nada que le llamara hacia atrás ni la mitad tan claramente
como la llamada de aquella rima infantil de que habló más tarde en la
conmovedora dedicatoria que tiene por estribillo: «¿Cuánto hay de aquí a
Babilonia?» Desgraciadamente Babilonia no está lejos. Aquel mercado cosmopolita
del arte, que en la historia de Stevenson está principalmente representado por
París, le llamó cada vez más a vivir la vida del completo artista que en
aquellos días tenía un poco del completo anarquista. Entró en ella, por fin, en
persona y ya en espíritu; no había nada que le llamase atrás, sino el agudo y
tenue sonido de una trompeta de estaño; ésta sonó una vez y enmudeció.
Digo que no había nada que le llamase atrás y
muy poco que le contuviese; y para que cualquiera comprenda realmente la
psicología, y la psicología de aquella época de transición, es en verdad
sorprendente que fuese tan moderado. Todas sus aventuras serán mal
interpretadas si no comprendemos que dejó tras de sí una religión muerta. A
muchos ha engañado el hecho de que usase a menudo como tema el viejo credo
nacional, lo cual en realidad significa que éste se había convertido en un
objeto. Era un tema que había dejado de ser subjetivo; Stevenson trabajó sobre
él y no con él. El y los herederos de su admirable tradición, como Barrie y
Buchan, trataron aquel secreto nacional con simpatía y hasta con ternura; pero
su misma ternura era la primera señal de que la cosa estaba muerta. Por lo
menos ellos nunca habrían acariciado así el tigre‑gato del Calvinisino hasta
que, para ellos, hubiese perdido los dientes. En realidad esto era lo único y
lo patético de la situación del calvinisino escocés; ser hundido en la garganta
de la gente durante trescientos años como un argumento irrefutable para ser
heredado como un casi indefendible afecto; ser expuesto a los muchachos con el
ceño fruncido y recordado por los hombres con una sonrisa; aplastar todos los
sentimientos humanos y quedar al fin en la comedia sentimental de Thrums. Todo
aquel largo esfuerzo de lucidez, de lógica magistral, acabó, por fin, en una
risa; y la misma risa fue Robert Louis Stevenson. Con él había llegado la
ruptura, y se deduce que algo en él mismo se había roto. Chillaban los
zarapitos alrededor de las tumbas de los mártires y el corazón de Stevenson
recordaba, pero no su mente; el gran Knox hizo sonar tres veces la trompeta; y
lo que le conmovió no fue ninguna palabra, sino un ruido; el «Viejo Mortalidad»
parecía tadavía hacer su eterno recorrido para mantener vivo recuerdo del
Convenant; pero ya había doblado una campana para anunciar que hasta el «Viejo
Mortalidad» era mortal. Cuando Stevenson entró en el mundo más ancho del
Continente, con su más graciosa lógica y hasta su más gracioso vicio, fue como
algo al que se ha despojado de toda la ética y toda la metafísica de sus lares
y expuesto a todas las opiniones y a todos los vicios de una civilización
racionalista. Todas las más profundas lecciones de los primeros tiempos de su
vida debían parecerle muertas en su interior; y ni él mismo sabía qué era lo
que quedaba vivo en su interior.
IV
LA REACCION HACIA EL «ROMANCE»
Si un hombre va por la calle
con una larga pluma colgando de su sombrero y una espada de áureo puño
inclinada en ángulo provocador, siempre habrá alguna mecanógrafa o algún
oficinista de Chapman Junction lo bastante sagaz para percibir que hay algo
vagamente ostentoso en él. Y cuando un hombre pasea por Picadilly o por una
terraza de Bournemouth con un larga melena flotante coronada por un casquete
bordado, no faltan críticos tan agudos que reduzcan (con toda la minuciosa
perspicacia de Sherlock Holmes) que aquel hombre no es del todo enemigo de
llamar la atención. Muchos estudios largos y laboriosos se han publicado
últimamente para afirmar y establecer este noble resultado; y yo no tengo
necesidad de aplicarme a demostrarlo más. Anotemos, pues, con la debida
solemnidad, que el tribunal ha declarado a Robert Louis Stevenson culpable de
ser muy vanidoso, si el disfrazarse de niño y el no ofenderse con la curiosidad
que ello despierta, son los signos de la vanidad. Pero hay un aspecto de esta
verdad que me parece haber sido extraña y hasta sorprendentemente pasado por
alto. Todo el mundo habla como si Stevenson hubiese sido, no solamente notable,
sino enteramente único en esta clase de vanidad. Todo el mundo parece dar por
sentado que entre los artistas de su época, era el único que adolecía de esta
afectación. Contrastando en este respecto con la fastidiosa respetabilidad de
Oscar Wilde; notable, como exactamente opuesto a la evangélica humildad de
Jimmy Whistler, destacándose como se destaca al lado de la pretenciosa piedad
de Max Beerbohm; no teniendo nada de la placentera vulgaridad de Aubrey
Beardsley o de la prosaica modestia de Richard Gallieune, él naturalmente,
llamó la atención por una ligera desviación hacia la rareza o el dandismo,
cosas naturalmente tan impopulares entre los decadentes del noventa y tantos.
Entre otras cosas, todo el mundo parece haber olvidado que Stevenson vivió
durante algún tiempo entre los estudiantes de arte parisinos, los cuales no han
sido nunca notables por la burguesa regularidad de sus chaquetas y sombreros.
Sin embargo, él mismo menciona el ofensivo gorro bordado como algo que tuvo su
origen en la mascarada bohemia del Barrio Latino. En esto no era tan excéntrico
como convencional porque la convención era la inconvencionalidad. Una multitud
de hombres de aquel lugar, en aquella época habría hecho las mismas cosas, y
habría llevado la misma clase de vestidos; y no era Stevenson, como he dicho,
el único que paseaba por la vida estas actitudes y estas extravagancias. Cualquiera
de ellos habría podido llevar un gorro bordado, ninguno de ellos habría hecho
ascos a cualquier variedad del gorro de bufón, aunque no es fácil que desease
verlo identificado con el gorro de un pedante. Muchos de ellos, todavía vivos,
habrían reconocido que el gorro iba a la medida. Pero el pobre Stevenson ha de
ser recordado como un tarambana porque todos los tarambanas han sido olvidados,
exepto Stevenson.
No era esta clase de rareza lo que era
realmente raro. El traje que le hace ahora notable formaba, en realidad, parte
de un carnaval. La actitud en que se muestra, para asombro y desconsuelo de los
críticos, era, en realidad, la moda de una multitud. Pero lo que fue realmente
individual e interesante en él es la manera como reaccionó contra el ambiente;
el punto en que se negó a marchar con la multitud, o a seguir la moda. Ninguna
locura en aquel alegre manicomio es tan interesante como el golpe de Stevenson
volviéndose cuerdo. Ninguna autoridad romántica que él se hubiese o no se
hubiese permitido es tan curiosa como el verdadero espíritu de su rebelión en
el sentido de la respetabilidad.
La isla del tesoro, si no es una novela
histórica, fue esencialmente un acontecimiento histórico.
La rebelión de R. L. S. debe ser considerada
en relación con la historia, con la historia de toda la mentalidad y la moda
europea. Fue, ante todo, una reacción contra el pesimismo. Se extendía sobre la
tierra y el cielo la gigantesca sombra de Schopenhauer. Por lo menos parecía
entonces, aunque alguno de nosotros pueda haber sospechado que la sombra era
mayor que el hombre. Sea como fuere, en aquel período podemos casi decir que el
pesimismo era otro nombre para la cultura. La alegría se asociaba con el beocio
como la tonta sonrisa se asocia al patán. El pesimismo se leía entre líneas del
más ligero terceto o el más elegante ensayo. Cualquiera que realmente recuerde
aquel tiempo, reconocerá que el mundo estaba más lleno de esperanzas después de
la peor de sus guerras, de lo que lo estaba no mucho antes de ella. Mr. H. G.
Wells, cuyo genio acababa de ser descubierto por Henley era mucho más viejo de
lo que es ahora. Estaba profetizando que el curso de la historia acabaría, no
en compromisos, sino en canibalismo. Estaba profetizando el fin del mumdo: un
fin del mundo que no llegaba a ser lo bastante alegre para ser el día del
juicio. Oscar Wilde, que tal vez ocupase, en cuerpo y espíritu, más espacio que
nadie en el escenario de aquel momento, expresaba su filosofía con aquella fría
parábola en que Cristo trata de consolar a un hombre que llora y éste le
responde: «Señor, yo estaba muerto y me devolviste a la vida; ¿qué puedo hacer
si no llorar?»
Este es el espíritu que existía detrás de
aquella levedad, una levedad que se parecía a los fuegos artificiales en más de
un sentido. Hablamos de alguna sátira whistleriana como de una carretilla, pero
las carretillas sólo pueden brillar en la oscuridad. Hay mucha diferencia entre
los colores de los fuegos artificiales que están de espaldas a la bóveda de la
noche y los colores de los ventanales de las iglesias que tienen las espaldas
al sol.
Para aquella gente, toda la luz de la vida
estaba en el primer término; no había nada en el fondo, sino un abismo. Eran
más bien nihilisias que ateos, porque hay una diferencia entre adorar la nada y
no adorar nada. Ahora, el interés de la nueva etapa de Stevenson, es que se
detuvo de pronto en medio de todas estas cosas y se sacudió con una especie de
impaciente cordura, un encogimiento de hombros de esceptisismo acerca del
escepticismo. Su real distición es que tuvo el buen sentido de ver que no hay
nada que hacer con la Nada. Vió que en aquel vacilante universo era
absolutamente necesario asentarse de un modo u otro sobre algo; y en vez de
caer de cualquier modo como todos los demás lunáticos, se puso a buscar una
base sobre la cual tenerse en pie. Resueltamente, y hasta dramáticamente, se
negó a volverse loco; o, lo que es mucho peor, a continuar con sus futilezas.
Pero lo esencial del cuento es ahora pasado por alto; parcialmente a causa de
la demasiado concentrada idolatría de los sentimentales, y parcialmente por el
demasiado concentrado encono de los iconoclastas. Ellos no ven la histórica
relación del hombre con su tiempo y su escuela. El fue uno entre aquel montón
de artistas que dio rebeldes señales de abandonar el arte por la vida. Fué
hasta uno de los decadentes que se negó a decaer.
Ahora, lo que realmente sigue siendo
interesante en esta historia de Stevenson, a pesar de todas las vanas
repeticiones, es la autoridad a la que apeló. Era un poco extraña; y muchos
habrían dicho que su cordura era más loca que la locura. No recurrió a ningún
ideal de la clase usualmente perseguida por los idealistas; no trató de
edificar una filosofía optimista como Spinoza o Emerson; no predicó la venida
de un tiempo mejor como Willian Morris o Wells; no recurrió al Imperialismo o
al socialismo o a Escocia: recurrió a Skelt.
La familiarización había embotado la divina
paradoja de que debemos aprender moralidad de los niños. Stevenson nos dio la
más perturbadora paradoja de que debemos aprender moralidad de los jóvenes. El
niño que debía guiarnos era el niño común: el muchacho de los bodoques y la
pistola de juguete y el teatro de juguete. Stevenson parecía decir a los
semisuicidas que se dejaban caer a su alrededor junto a las mesas de café,
bebiendo absenta y discutiendo de ateísmo: «Al diablo todo eso; el héroe de un
cuento de miedo era mejor hombre que vosotros. Un Penny plnin and Twpensee
Coloured era un arte más digno de hombres vivos que el arte que todos vosotros
estáis profesando. El juntar figuras de cartón de piratas y almirantes valía
más la pena que todo esto; era entretenimiento; era lucha; era vida y
diversión, y si no puedo hacer otra cosa, que me ahorquen si no pruebo a hacer
aquello otra vez. Así fue ofrecido al mundo este divertido espectáculo del
estudiante de arte rodeado de caballetes sobre los cuales otros artistas
discutían los finos matices de Corot y de Renoir, mientras él gravemente estaba
pintando marineros de brillante color azul de Prusia sacado de una caja de
pinturas de a chelín y vertiendo su sangre en arroyos de inconfundible laca
carmesí. Esta es la paradoja fundamental de la juventud de Stevenson; o si se
quiere, la verdadera broma de Stevenson. De todo aquel intelectualismo bohemio,
el resultado fue un retorno a Skelt. De todo aquel revolcarse en Balzac, el
notable producto fue La isla del tesoro. Pero no es exagerado decir que ello
tenía todavía más que ver con juguetes que con tesoros. Stevenson no miraba en
realidad hacia adelante o hacia afuera, a cosas más grandes, sino hacia atrás y
hacia adentro, a un mundo de cosas más pequeñas, por la abertura de Skelt, que
era todavía la verdadera ventana del mundo.
Así, Skelt y sus títeres parecieron hechos
para una réplica a las frases favoritas de los pesimistas. Todo aquel mundo
estaba obsesionado, como por una melodía, por la hedonística desesperación del
Omar de Fitzgerald: uno de los grandes documentos históricos de esta historia.
Ninguna imagen podía hacer bajar la cabeza a aquellos hombres con mayor
desaliento y desesperación que aquella famosa:
«No somos más que una móvil hilera
de mágicas sombras y formas que vienen y van
alrededor de la pálida linterna sostenida
a medianoche por el Amo del espectáculo.»
Y ninguna imagen podía hacer brincar con más
intenso júbilo al niño Stevenson. Su respuesta, en efecto, a la filosofía de
las mágicas sombras y formas, fue que las sombras y formas eran realmente
mágicas. Por lo menos, parecían realmente mágicas a los niños; y no era una
filosofía falsa, sino verdadera, el llamar a la cosa «una linterna mágica». Era
capaz de hallar un vivo deleite en ser esta especie de porta‑linterna. Era
capaz de hallar un vivo deleite en ser una sombra así. Y cualquiera que haya
visto de niño una pantomima de sombras, como la he visto yo, y que haya
conservado algo que le ate a su propia infancia, comprenderá que Omar fue tan
desafortunado en su comentario sobre la linterna, como el delicioso vicario de
Voces Populi que hablaba de Valentín y Orson. El enseñaba optimismo como una
ilustración del pesimismo. Más adelante podremos tratar de la naturaleza del
hechizo de estos juegos y juguetes. Lo interesante de momento es que eran
asociados con la tristeza en filosofía, mientras eran asociados con placer en
psicología.
Lo mismo se aplica a las más comunes muestras
de las ideas del fatalista. Cuando el sabio dijo que los hombres «no son más
que títeres» le debe haber parecido al joven Louis algo como la blasfemia de
decir que «no son más que piratas». Podía haber parecido a cualquier niño como
decir que no son más que hadas o duendes. Hay algo desafortunado en lamentar
tristemente la suerte de los títeres del destino, a un auditorio que espera
ansiosamente la maravilla de una función de títeres. La reacción stevensoniana podría
ser representada «grosso modo» por la sugestión: si todos somos tan fútiles
como títeres, ¿hay algo particular que nos impida ser tan divertidos como
Punch? Y hay, como digo, un verdadero misterio espiritual detrás de este
místico embeleso de la mímica. Si los muñecos vivientes han de ser tan pasivos
e inertes, ¿por qué los muñecos inanimados son tan y tan vivos? Y si el ser un
muñeco es tan deprimente, ¿cómo es que el muñeco de un muñeco puede ser tan
atractivo?
Hay que observar que esta especie de
romanticismo, comparado con el realismo, no es más superficial, sino, al
contrario, más fundamental. Es una apelación de lo que es experimentado a lo
que es creído. Cuando la gente habla francamente de felicidad e infelicidad,
como hacían los pesimistas, es inútil decir que las sombras y las figuras de
cartón no deberían hacer feliz a la gente. Es inútil decir al joven Stevenson
que la tienda de teatros de juguete es una sórdida barraca llena de
polvorientos rollos de papel, cubiertos de figuras toscas y mal dibujadas, e
insistir en que estos son los únicos hechos. El, naturalmente, respondería:
«Mis hechos eran mis sentimientos; ¿y qué hacen ustedes con estos hechos? O hay
algo en Skelt, lo cual ustedes no admiten, o hay algo en la Vida, lo cual
ustedes tampoco admiten». De aquí nació aquella respuesta a los realistas que
se halla expresada del mejor modo en el ensayo titulado The Lantern Bearers.
Los realistas, a los que escapaban tantos detalles, nunca han advertido dónde
radicaba la falsedad de su método; radicaba en el hecho de que mientras fuese
materialista no podía ser verdaderamente realista. Porque no podía ser
psicológico. Si los juguetes y las bagatelas pueden hacer feliz a la gente,
esta felicidad no es una bagatela, y ciertamente no puede ser un engaño. Este
es el punto que ha pasado inadvertido, en todo lo que se ha dicho sobre la
pose. Los que repetían por centésima vez que Stevenson «posaba» no han llegado
hasta la pregunta evidente, «¿posaba como qué?» Todos los demás poetas y
artistas posaban; pero posaban como miembros del Club de los suicidas. El posó
como el Príncipe Florizel armado de una espada y retando al Presidente del Club
de los Suicidas. El era si se quiere, el absurdo enmascarado que he imaginado,
disfrazado con una pluma y una espada o una daga; pero no disfrazado más
extravagantemente que aquellos que aparecían como fantásticas figuras en sus
propios funerales. Si llevaba una pluma, no era una pluma blanca; si llevaba
una daga, no era una daga envenenada o la daga pesimista vuelta hacia adentro;
en resumen, si tenía una postura, era una postura de defensa ye, incluso, de
reto. Era después de todo la postura de moda en su tiempo la que se había
propuesto desafiar. Y es aquí donde realmente pertinente recordar que no fingía
en modo alguno cuando decía que desafiaba a la muerte. La muerte estaba mucho
más cerca de él que de los pesimistas; y lo sabía cada vez que tosía y
encontraba sangre en su pañuelo. No fingía tanto desafiarla como los otros fingían
buscarla. Y no es poco mérito de su parte que hiciera mejor uso de su mala
salud del que hizo Oscar Wilde de su buena salud; y nada tocante a la
exterioridad de cada uno de ellos puede alterar el contraste. La daga puede
haber sido teatral, pero la sangre era real. Como Cyrano dijo de su amigo: «Le
sang, c'est le sien». Y, en realidad, fue la falta de valor en la cultura de su
tiempo lo que provocó su protesta y su pose. En todo caso, los finos matices
intelectuales eran moralmente bastante oscuros. Pero aborrecía principalmente
la pérdida de lo que los soldados llaman moral más que la de lo que los
pastores llaman moralidad. Todo aquel mundo se agachaba bajo la sombra de la
muerte. Todos por igual viajaban bajo la bandera de la calavera y los huesos cruzados.
Pero sólo él pudo llamarlo el Jolly Roger, la bandera de los piratas.
Lo que realmente no se ha apreciado en
Stevenson es lo abrupto de este escape. Hablamos de volver los ojos con
gratitud hacia los que fueron innovadores o introductores de nuevas ideas; pero
de hecho nada es más difícil de hacer, puesto que para nosotros estas ideas son
ya necesariamente ideas viejas. Hay sólo un movimiento, a lo más, de triunfo
para el pensador original; mientras su pensamiento es una originalidad y antes
que se convierta en un mero origen. Las noticias se esparcen rápidamente: es
decir, se hacen viejas rápidamente; y aunque podemos llamar maravillosa una
obra, no podemos fácilmente ponernos en la situación de aquellos para quienes
fue una causa de maravilla, en el sentido de sorpresa. Entre la primera moda de
hablar demasiado en elogio de Stevenson y la moda más nueva de decir tonterías
para desacreditar a Stevenson, nos hemos acostumbrado completamente a la
asociación de ciertas ideas; de un extremo pulimento estilístico aplicado a
toscas aventuras de muchacho, de la figura del Penny Plain coloreada tan
cuidadosamente como una miniatura. Pero estas ideas no siempre habían sido
asociadas en la forma como las asoció Stevenson. Podemos romper y deshacer la
combinación; pero fue él quien la tejió; y como muchos habrán pensado, en hilos
muy dispares. Realmente parece tonto a muchos que un artista literario serio de
la époea de Pater se haya dedicado a escribir de nuevo cuentos de miedo y de
aventura. Era exactamente como si a George Meredith le hubiera dado por aplicar
toda su fina psicología femenina a escribir la clase de novelitas de dos
peniques que leían las criadas y que se titulaban: «El rapto de Panay» o «Las
campanas de boda de Winnie». Era como si se hubiera oído decir, o, por decirlo
así, insinuar a Henry James que había, después de todo, algo que realmente
habría debido ser mejor valorado y reexpresado, como si, dijéramos, en toda
aquella realmente indisoluble productividad de Ally Sloper's Half‑Holiday. Era
como si Paderewski hubiera insistido en ir por el mundo con un organillo; o Whistler
se hubiese limitado a pintar muestras de taberna. Un distinguido dramaturgo,
que es lo bastante viejo como para recordar los primeros éxitos de la madurez
de Stevenson, me contó cuán absurdo pareció entonces que nadie se tomara en
serio esta literatura del arroyo. Un libro escrito sólo para los muchachos,
quería decir un libro escrito solamente para muchachos mandaderos. Parecía una
extraña asociación de ideas que se escribiera cuidadosamente como un libro para
hombres, y aun para hombres literatos. No parece ello tan extraño ahora; porque
hace mucho tiempo que Stevenson lo hizo. Pero es importante tener en cuenta que
no todo el mundo halló natural que se empleara el estilo de Pulvis et Umbra, en
el equivalente de «Dick Deadshot entre los Piratas». Era la última clase de
entusiasmo que habría fácilmente arrebatado a ninguno de sus contemporáneos
cultos. El típico hombre de letras, con las ideas y la filosofía de aquella
generación, antes habría pasado su vida tirando saetas de papel o dibujando en un
encerado caricaturas de su editor.
Así, hay una de aquellas frases que se ha
citado demasiado, en contraste con tantas que se han citado demasiado poco, de
que él y sus amigos artistas llevaban encima voluminosos libros verdes «muy
desvergonzadamente franceses». Pero según las ideas de aquel mundo artístico,
La Isla del Tesoro es muy desvergonzadamente inglés. Según las convenciones de
aquel mundo no había nada inconveniente en estudiar a Balzac o en ser bohemio.
Era mucho más inconveniente estudiar al Capitán Marryat y escribir sobre el buen
capitán que hizo tremolar la Unión Jack sobre la empalizada, desafiando a los
malos bucaneros. Desde el punto de vista del arte de aquellos días hasta
aquella bandera tenía demasiado de emblema moral. Sólo cuando comprendemos qué
era lo que parecía raro y hasta sin dignidad en su arriesgada travesura,
podemos comprender claramente las inconvenientes verdades que yacen detrás de
ella. Porque contra la bandera negra del pesimismo, su bandera era realmente un
emblema moral. Había una moralidad en su reacción hacia la aventura; su
apelación al espíritu del camino real, aunque fuera, a veces, el espíritu de un
salteador.
En una palabra, recurrió a su propia infancia.
Una cosa se cuenta de ella: que cuando alguien se burlaba de él a propósito de
una espada de juguete, respondía solemnemente: «El puño es de oro y la vaina es
de plata, y el niño está contento». Fue a este momento al que regresó de
pronto. Buscando algo satisfactorio, no encontró nada tan sólido como aquella
fantasía. Aquello no había sido la Nada; aquello no había sido pesimista;
aquello no era la vida a propósito de la cual Lázaro no podía hacer otra cosa
que llorar. Esto era tan positivo como las pinturas de la caja de colores y la
diferencia entre el bermellón y el amarillo cromo. Sus goces habían sido tan
verdaderos como el gusto de las golosinas; y era una tontería decir que no
había habido en ello nada por lo que valiera la pena vivir. La comedia es
siempre seria. Mientras podamos decir «vamos a figurar», hemos de ser sinceros.
Por lo tanto, recorrió, a través del vacío o foso de su algo estéril juventud,
al jardín de la infancia que había conocido un tiempo y que era la idea más
aproximada que tenía del Paraíso. No había santuarios en la fe o en la ciudad
de sus padres; no había medios de consagración o confesión; no había
imaginería, salvo en las imágenes sin rostro que habían dejado los
iconoclastas. Un hombre en su estado de reacción hacia la felicidad, antes
podía haber rezado al Hombre Negro, que representaba al diablo local de
Escocia, que al Dios envuelto en negras nubes, que lanzaba tan horríficos rayos
en la Biblia calvinista de la familia. Pero, en medio de aquella vastedad de
páramo escocés, el sol todavía brillaba sobre aquel cuadro de jardín como una
mancha de oro. Las lecciones se habían perdido, pero los juguetes eran eternos;
los hombres habían sido duros, pero el niño había estado contento, y si no
había nada mejor, volvería.
En la filosofía elemental, por supuesto, lo
que movía a Stevenson era lo que movía a Wordsworth; el hecho incontestable de
la prístina vividez en la visión de la vida. Pero la tuvo a su curioso modo: no
era precisamente la visión del prado, el bosque, el arroyo. Era más bien la
visión del ataúd, la horca y el sable sangriento que se vestían con luz
celestial, la gloria y el esplendor de un sueño. Pero estaba recurriendo a una
especie de sanguinaria inocencia contra una especie de callada y secreta
perversión. Aquí, como por todo en este tosco ensayo, tomo algo como La isla
del tesoro, con un espíritu de simplificación y de símbolo. No quiero decir,
naturalmete, que escribiera La isla del tesoro en un café de los bulevares,
como tampoco quiero decir que escribiese Jekyll y Hyde en un sótano o en una
buhardilla de las tierras del Cowgate. Ambos libros pertenecen a su producción
posterior y fueron planeados por etapas del mayor esmero literario y
proseguidos con la característica coherencia de su arte a través de toda la
igualmente característica mutabilidad de su domicilio. Cuando digo que un libro
determinado nació de una experiencia determinada, quiero decir que se sirvió de
aquella experiencia para escribirlo, o que el libro fue el íntimo resultado que
la reacción de aquella excelencia produjo en su mente. Y quiero decir en este
caso que lo que dió forma y aguzó en Stevenson el recuerdo del mero
despropósito de lo skeltery, fue su creciente sensación de la necesidad de
escapar al asfixiante cinismo de la masa de hombres y artistas de su tiempo.
Quiso volver a aquel despropósito, porque le pareció, por comparación,
enteramente razonable.
La isla del tesoro fue escrita como un libro
para muchachos; tal vez no sea siempre leído como un libro para muchachos. A
veces, me figuro que un muchacho de veras lo podría leer mejor si lo leyera al
revés. El final, que está lleno de esqueletos y de antiguo crimen, es
verdaderamente bello; hasta es idealista. Porque es la realización de un ideal;
aquel que se promete en su provocativo y atrayente mapa; una visión no sólo de
blancos esqueletos, sino también de verdes palmeras y de mares color de zafiro.
Pero el principio del libro, considerado como un libro para muchachos,
difícilmente puede ser llamado idealista; resulta más bien, en la práctica,
demasiado realista. Yo puedo hacer aquí una confesión personal, que me parece
que no es única ni está desprovista de universal relación con el espíritu de la
infancia. Cuando niño leí el libro, y no me horrorizaron los que se llaman
horrores. Algo me impresionó, es cierto, un poco más de lo que debe ser
impresionado un niño; porque, naturalmente, el niño no hallaría diversión donde
nada le impresionase. Pero lo que me impresionó no fue el pecho del hombre
muerto o los crímenes del vivo, o la noticia de que «la bebida y el diablo
habían hecho lo demás»; todo ello me pareció bastante alegre y confortante. Lo
que me pareció horrible fue lo que podría pasar exactamente en cualquier sala
de taberna, aunque no hubiera piratas en el mundo. Fue aquel asunto de la
apoplejía o de no sé qué especie de intoxicación alchólica. Fue que el marinero
tuviese una cosa misteriosa llamada un ataque; mucho más aterradora que un
sablazo. Yo estaba dispuesto a chapotear en mares de sangre; porque toda la
sangre era laca carmesí; y en realidad siempre me la había imaginado como un
lago de carmesí. Para lo que no estaba precisamente preparado era para aquellas
pocas gotas de sangre sacada del brazo del exánime marinero, cuando fue
sangrado por el cirujano.
Aquella sangre no era laca carmesí. Así
tenemos la paradoja de que me horrorizó el acto de curar, mientras que todo el
zipizape de golpes y sablazos no me producía ningún horror. Me repugnaba un
acto de piedad porque tomaba una forma de medicina. No me detendré a sacar
muchas moralejas de esta paradoja; especialmente en relación con la corriente
falacia del pacifismo. Me limitaré a decir, tanto si me hago entender como si
no, que un niño no es lo bastante perverso como para reprobar la guerra. Pero,
ocurriese lo que ocurriese con la mayoría de los muchachos, hubo ciertamente un
muchacho que disfrutó con La isla del tesoro; y su nombre es Robert Louis
Stevenson. El experimentó realmente la sensación del que ha huído el mar libre
y a tierras extrañas; quizá más vívidamente de lo que la experimentó más tarde,
cuando hizo aquel viaje, no metafóricamente, sino materialmente, y descubrió su
propia Isla del Tesoro, en los mares del Sur. Pero así como en el segundo caso
corría hacia cielos más limpios huyendo de climas insalubres, así al resucitar
la historia de aventuras, escapaba a un clima extremadamente insalubre. El
microbio del morbo podía haber estado dentro de él, lo mismo que el germen de
la tisis; pero en las ciudades que había abandonado, el pesimismo hacía
estragos como una peste. Multitudes de pálidos poetas, informes y y olvidados,
se amontonaban alrededor de aquellas mesas de café como espíritus en el Hades,
adorando «la sorcière glauque», como aquél de entre ellos cuya mortalidad ha
sido inmortalizada por Max. Se olvida demasiado a menudo que si Stevenson
hubiera sido sólo un pálido joven que hacía flores de cera, habría encontrado
muchos pálidos jóvenes para hacerlas con él; y las flores y los floristas se
habrían marchitado juntos. Pero sólo él escapó, como de la ciudad de los
muertos; cortó las amarras cuando Jim Hawknis robó el bote y emprendió su
propio viaje, por el camino del sol. La bebida y el diablo han acabado con los
demás, especialmente el diablo; pero es que ellos bebían absenta y no con un
«Yo ho ho»; la consumían sin el más debil intento de «Yo ho ho» ‑un defecto que
constituía, naturalmente, la parte más seria e importante del asunto‑. Porque
«Yo ho ho» era precisamente lo que Stevenson, con su exacta selección de las
palabras, quería decirles especialmente entonces. Era por el momento su más
articulado mensaje a la humanidad.
V
LAS HISTORIAS ESCOCESAS
Los dichos de la gente son generalmente verdad
mientras no sean dichos sobre gente de otros pueblos. Sería poco cuerdo
recorrer Sussex para averiguar si los hombres de Kent tienen cola, o Inglaterra
para saber si los franceses tienen cuernos. Y hay evidentemente mucho de
inexacto en el tipo tradicional del escocés práctico y puritano con su rígida
economía y su tiesa respetabilidad. Una figura de tan severo decoro no es
evocada muy vívidamente por el título de «Rob the Rauter», o el Hechicero del
Norte. Y pocos en nuestra generación han sido convencidos de ello ni siquiera
por el rigor científico que nos ha dado Peter Pan o la sobria responsabilidad
que envara la narración de Las nuevas Mil y Una noches. A los lectores de esta
última obra les sorprenderá oír que un escocés es incapaz de comprender una
broma cuando parece tan eminentemente capaz de hacer una y el lector de la
primera se sentirá inclinado a pensar que la broma nacional no es demasiado
sobria, sino demasiado extravagante. Peter Pan continúa, por tradición directa,
el culto del niño que empieza con La isla del tesoro, pero si hay algo que
criticar en la bella fantasía de sir James Barrie, es que a Wendy le pasan en
una «nursery» de Londres cosas más extraordinarias que las que nunca pasaron a
Jim en una isla tropical. La única objeción a vivir en una «nursery» donde el
perro es la niñera y el padre vive en la casita del perro, es que no hay
necesidad de ir a la «tierra de nunca jamás» para buscar lo que nunca ocurre.
Sea lo que fuere lo que podamos decir del genio escocés, éste, en ningún modo,
es meramente árido o prosaico; y en realidad el verdadero complejo del genio
escocés está tan lleno de contradicciones como el del dibujo cruzado del plaid
o faldón escocés. Y aun en esto hay sutileza lo mismo que contradicción; y el
tartán puede ser una antigua forma tribal de camuflaje. Hay un color en la
montaña o en el páramo escocés que de momento parecerá gris y al menor cambio
de luz parece púrpura; lo cual es en sí una imagen de Escocia. Un pasar del color
más apagado el más violento, que, sin embargo, no parece ser más que un nuevo
matiz, podría muy bien representar el complejo de contención y violencia que
informa toda la historia nacional y el carácter nacional. Stevenson representa
uno de estos momentos de la historia en que el gris se vuelve púrpura; y no
obstante en su púrpura hay mucho de gris. Hay mucho de contención artística
todavía más que moral; hay cierta frialdad en el comentario, aun sobre objetos
pintorescos; hay incluso cierta ausencia del común concepto de la pasión. Hay
matices hasta en la púrpura; hay diferencias entre la purpúrea orquídea y el
purpúreo brezo; y la suya parece ser a veces, por fortuna, como el brezo
blanco. En otras palabras: su idea de la felicidad es todavía del género vivaz
y juvenil; y aunque describió muy felizmente la felicidad de los amantes en
Catriona y empezó a prever su felicidad en Weir of Hermiston, atacó el tema
relativamente tarde en su vida; y éste entró muy poco en aquella idea original
de una vuelta a la simplicidad, que le había llegado como un viento de un patio
de juego. Imaginad lo enojado que se habría puesto Jim Hawkins, si se hubiera
permitido a un grupo de muchachos que se metieran en el negocio de ir en busca
de un tesoro. Tan brillante es esta resurrección de la infancia, que casi
podemos creer por un momento que Stevenson debe haber sido tan joven e
insensible como Jim. Sólo que, como digo, sospecho que, en cierto modo, había
procurado hacerse un poco insensible en aquella materia. En ella sus aventuras
habían sido desventuras. No evocaba por mero placer el recuerdo de la juventud
como lo hacía con el recuerdo de la infancia.
Las dos novelas sobre David Balfour son
ejemplos muy notables de lo que he mencionado generalmente como la nota
stevensoniana: la manera viva y brillante; los breves discursos; los gestos
tajantes y el agudo perfil de energía, como el de un hombre que avanza recta y
rápidamente por el ancho camino. Las grandes escenas de Kidnapped, la defensa
de la cámara en el buque o el enfrentamiento del tío Ebenezer y Alan Breck,
están llenos de estas frases explosivas que parecen derribar las cosas como
pistoletazos. Todo un ensayo sobre el estilo de Stevenson, como el que
intentaré, sin muchas esperanzas de éxito, en otra página, pudo ser escrito por
un crítico de veras sobre la frase: «Su espada relampagueaba como mercurio
(Quicksilver), entre la confusión de nuestros enemigos». El hecho de que el
nombre de determinado metal acierte a combinar la palabra «plata» (silver) con
la palabra «veloz» (quick), es sencillamente un accidente algo recóndito; pero
el arte de Stevenson consistió en aprovecharse de estos accidentes. A los que
dicen que estos juegos con fáciles de hallar, lo único que se les puede
responder es: «Vayan a buscarlas». Un escritor no puede crear palabras, a menos
de ser el feliz autor de Jaberwocky o La tierra donde viven los Jumblies; pero
lo más próximo a crearlas que puede hacer, es encontrarlas de éste modo y para
este uso. Los personajes de la novela son excelentes; aunque quizás no hay
realmente más que dos. Hay más en la continuación titulada Catriona; y el
estudio del lord Abogado Prestongrange es un intento, muy interesante, de hacer
una cosa muy difícil: describir un político que no ha dejado completamente de
ser un hombre. El diálogo es animado y lleno de finos rasgos escoceses; pero
todas estas cosas son casi sencundarias en Kidnapped y Catriona, como lo son en
la misma Isla del Tesoro. La cosa es todavía simplemente una historia de
aventuras, y especialmente una historia de las aventuras de un muchacho. Y hay
momentos en que el muchacho es uno solo; y su nombre no es ni Hawkins ni
Balfour, sino Stevenson.
Pero aunque la cosa ha de ser criticada (y
admirada) estrictamente como una novela de aventuras, hay aspectos interesantes
en ella considerada como novela histórica. Lleva en sí una actitud crítica
curiosamente equilibrada, heredada en parte de la actitud de Sir Walter Scott;
la paradoja de hallarse intelectualmente al lado de los Whigs y moralmente al
lado de los Jacobitas. Hay bastante materia moral en la historia del largo
asesinato legal de James of the Glens para sublevar a todo un clan de
jacobitas, y lanzarlos enfurecidos al desfiladero de Killiencrankie. Pero hay
contra ello el vasto supuesto legal de que, en cierto modo, todas estas cosas
son para un mejor fin; que es la herencia de la visión providencial de la
comunidad presbiteriana. Del mismo modo es evidente, en la primera de estas
novelas, que David Balfour no difiere mucho de Alan Breck, en su manera de
juzgar la opresión de los campesinos montañeses y en su patética lealtad al
pasado. En el balance ético de muerte de Apin, si bien no abona el homicidio,
ciertamente no dice nada que abone la tiranía. Es evidente que le conmueve y le
impresiona el espectáculo de todo un paisanaje fiel a su ideal y desafiando una
presión más civilizada, pero mucho más cínica. Pero, cosa curiosa, cuando
Stevenson vió exactamente la misma historia representada ante sus ojos en la
tragedia de los campesinos de Irlanda, se dejó convencer por alguna vaguedad
periodística sobre la perversidad de la Land Leogne (aguijoneado quizás por el
absurdo jingoísmo de Henley) y, con todo, su innato valor y mucho menos de su
innato buen sentido, quiso plantarse en una granja reclamada, pertenciente a
una familia llamada Curtin, a la cual parecía considerar como la única víctima
de la situación social. No parece que se le ocurriera que estaba simplemente
ayudando al Master of Loval a atropellar a David Balfour. Parecía suponer
realmente que, en aquellas condiciones sociales, los campesinos irlandeses
podían pedir justicia a gobiernos imperiales que abolían todos los derechos
locales y se llevaban a todo patriota irlandés para ser juzgado ante un jurado
amañado, compuesto por forasteros y enemigos. «¡Justicia, David! En todo, la
misma justicia que halló Gleaure al borde del camino».
Pero esta curiosa y, a veces, inconsecuente
mezcla de la gris «whigeria», con el purpúreo romanticismo jacobita, en el
sentimiento tradicional de escoceses como Stevenson, se relaciona con cosas
mucho más profundas referentes al imperio que su historia tenía sobre ellos. Es
necesario declarar aquí que hay verdadera y seriamente una influencia del
Puritanismo escocés en Stevenson, aunque me parece más una filosofía
parcialmente aceptada por su intelecto que el ideal especial que fuese el
secreto de su corazón. Pero todo filósofo es alterado por la filosofía, aun
cuando, como en el caso inmortal de Boswell, el contento esté siempre rompiendo
el dique. Y había una parte en la mente de Stevenson que no era alegre; que,
según pienso yo, en alguna de sus manifestaciones no era ni siquiera sana. Y no
obstante hay que hacer a este especial elemento escocés la justicia de declarar
que aun cuando decimos que no era sano, difícilmente podríamos arriesgarnos a
decir que no era fuerte. Era la sombra de aquel antiguo fatalismo pagano que en
el siglo diecisiete había tomado la forma poco menos pagana del calvinismo; y
que había sonado en tantas tragedias escocesas con una nota de predestinación.
La apreciamos vivamente cuando volvemos los ojos de sus dos comedias escocesas
de aventuras a su tercera novela escocesa que es una tragedia de carácter. Es
cierto, como se podrá observar más adelante, que aun en este concentrado drama
de pecado y de dolor, entra un elemento curioso y hasta incongruente de
historia de aventuras; como un fragmento de las anteriores aventuras de David y
de Jim. Pero dejando esto a un lado, por el momento, hemos de hacer justicia a
la dignidad que da a la historia misma su más sombrío escenario y su más adusto
credo. Stevenson demostró su perfecto instinto cuando lo tituló Un cuento de
invierno. Es su única historia en blanco y negro, y no puedo recordar una
palabra que sea unae mancha de color.
Al tocar el punto algo olvidado del lado más
desagradable de la vida puritana, el primitivo y bárbaro sabor de su mal y sus
excesos, puede haber parecido que subestimaba los superiores aunque más duros
aspectos del puritanismo escocés. No pienso hacerlo; y ciertamente nadie puede
permitirse hacerlo al emprender un estudio competente de Stevenson. El
permaneció, en ciertos aspectos, hasta el día de su muerte, leal a la tradición
presbiteriana; podría decir a los prejuicios presbiterianos y por lo menos en uno
o dos casos a las antipatías presbiterianas. Pero me figuro que era más bien un
caso de la moderna religión del patriotismo en cuanto se opone al más extenso
patriotismo de la religión. Como muchos otros hombres de francos acerbos y
antojadizos prejuicios (que son la clase de prejuicios que nunca nos
predisponen contra un hombre) era capaz de ver en algunas cosas extranjeras los
males a que estaba acostumbrado en cosas de su país; y de empezar de nuevo la
gran disputa internacional de la sartén y la caldera. Es divertido, por
ejemplo, hallar al joven escocés de Olalla, desaprobando gravemente el tétrico
crucifijo español con su arte torturado y de expresión violenta, y dejando,
probablemente aquella tierra de religiosa lobreguez para volver y gozar del encanto
y la alegría de Janet la contrahecha. Si nunca hubo un arte lóbrego y violento,
uno pensaría que se halla en esta contorsionada figura; y hasta Stevenson
reconoce que Olalla sacaba más consuelo del crucifijo que Janet del ministro; o
añadiré yo, que el ministro del ministerio. En realidad, cuentos de esta clase
con contados por Stevenson con un voluntario entenebrecimiento del paisaje
escocés y una exultación en la ferocidad del credo escocés. Pero sería una
equivocación no echar de ver aquí cierto auténtico orgullo nacional que informa
todo este arte anormal, y una convicción de que la fuerza de la tragedia tribal
atestigua, en cierto modo, la fuerza de la tribu.
Podría sostenerse que el mejor efecto de la
educación religiosa del escocés fue el enseñarle a pasarse sin religión. Le
permitió sobrevivir como una clase especial de librepensador; uno que, a
diferencia de sus más corrientes compañeros, no estaba tan embriagado de
libertad que se olvidase de pensar. Podría decirse que entre los escoceses en
vez de que le religiosidad sentimental haya reemplazado a la religión dogmática
(como es el caso corriente entre los ingleses) ha ocurrido algo completamente
opuesto. Cuando murió la religión, quedó la teología, o por lo menos quedó el
gusto por la teología. Quedó porque, sea lo que sea, la teología es al menos
una forma de pensamiento. Stevenson conservó ciertamente esta disposición
mental mucho tiempo después de que sus creencias, como las de muchos de su
generación, se hubieran simplificado hasta desvanecerse. El fué, como ha dicho
Henley, algo así como el catequista breve, aun cuando su propio catecismo se
hubiese vuelto más breve todavía. Todo esto, sin embargo, constituía
indudablemente una fuerza para él y para su nación, y un motivo real de
gratitud para su antigua tradición religiosa. Aquellos áridos deístas y sesudos
utilitarios que paseaban por las calles de Glasgow y Edimburgo durante el siglo
dieciocho y a principios del diecinueve, eran evidentemente un producto del
espíritu religioso nacional. Los ateos escoceses eran inconfundiblemente hijos
del Kirk. Y aunque a veces pareciesen absurdamente deshumanizados, el mundo
ahora padece por falta de una parecida lucidez. Por decirlo brevemente, siendo
teológicos habían aprendido por lo menos a ser lógicos; y al abandonar el
prefijo griego como una bagatela superflua contaron con la simpatía de muchos
modernos menos ilógicos que ellos. La influencia de esta especie de claridad en
Stevenson es muy clara.
No fué su misión figurar como un escocés
metafísico; o sacar sus deducciones siguiendo las líneas de la lógica. Pero
siempre, acaso por instinto, trazó líneas que eran tan claras y distintas como
las de un diagrama matemático. El mismo ha hecho una comparación muy luminosa
entre un teorema geométrico y una obra de arte. He tenido ocasión de hacer
notar, una y otra vez, en el curso de este ensayo, cierta árida decisión en las
pinceladas del estilo de Stevenson. Creo que ello era debido, en no poca
medida, a aquella herencia de definición que acompaña una herencia de dogma. Lo
que escribió, no estaba, como dijo él mismo, despectivamente, de cierta obra
literaria, escrito sobre arena con una cucharilla para la sal; estaba, según la
tradición de las escrituras, grabado con acero sobre piedra. Esta fue una de
las muchas cosas buenas que sacó de la atmósfera espiritual de sus mayores.
Pero sacó otras cosas también; aunque estas son mucho menos fáciles de
describir y mucho menos fáciles de alabar.
De vez en cuando, he adoptado insensible e
inevitablemente el tono del que defiende a Stevenson como si necesitase
defensa. Y, en realidad, creo que necesita alguna defensa; aunque no sobre
puntos en que ahora se considera necesario defenderle. Me causa en verdad
cierto enojo la mezquina detracción de nuestro tiempo que me parece mucho más
frívola y menos generosa que la propaganda de un libro de moda. Siento cierto
desprecio por los que califican de afectación toda frase que resulte
impresionante o que acusan a alguien de que habla para producir efecto, como si
se pudiese hablar para otra cosa. Pero encontraría poco leal atacar a los
denigradores de Stevenson sin arriesgarme a decir dónde pienso que debería ser,
si no atacado, por lo menos reprendido. Hay, creo yo, un punto flaco en
Stevenson; pero es exactamente lo contrario de la debilidad alegada
generalmente por los críticos; en realidad es exactamente lo contrario de lo
que éstos considerarían probablemente como débil. La excusa para ello, en cuanto
ello existe para ser excusado, se halla en la misma dirección de aquel brusco
viraje que dió cuando volvió la espalda a los decadentes. He dicho ya y nunca
se repetirá demasiado, que la novela de Stevenson era una reacción contra una
época de pesimismo. Ahora bien: la objeción real a ser un reaccionario, es que
un reaccionario, como tal, difícilmente evita el reaccionar hacia el error y la
exageración. Lo contrario de la herejía del pesimismo es la herejía gemela del
optimismo. Stevenson no se sintió, en modo alguno, atraído por un plácido y
pacífico optimismo. Pero empezó a sentirse demasiado atraído por una especie de
insolente y opresivo optimismo. La reacción a la idea de que lo bueno fracasa
siempre es la idea de que lo bueno triunfa siempre. Y de allí, muchos se dejan
resbalar hasta el peor engaño: que lo que triunfa es bueno siempre.
En los días en que los antepasados de
Stevenson, los Covenantes, luchaban con los Cavaliers, un anciano Cavalier de
la secta episcopal, hizo una interesente observación: que el cambio que él
realmente aborrecía era el representado por decir «El Señor», en vez de
«Nuestro Señor». Lo último implicaba afecto; lo primero, sólo temor. De hecho,
describía sucintamente lo primero como un lenguaje de demonios. Y esto es
verdad en el sentido de que el muy elocuente lenguaje en que ha figurado el
nombre de «El Señor» es el lenguaje del poder y la majestad y hasta del terror.
Y en se hallaba realmente implicada en diversos grados la idea de glorificar a
Dios por su grandeza, más bien que por su bondad. Y aquí volvía a ocurrir la
natural inversión de ideas. Puesto que el puritano se limitó a gritar con el
musulmán: «Dios es grande», el descendiente del puritano está simpre algo
inclinado a gritar con el nietzscheano: «La grandeza es Dios». En algunos de
los extremos realmente malos, este sentimiento se enlobreguecía hasta caer en
una especie de diabolismo. En Stevenson estaba presente muy débilmente pero
ocasionalmente se hace sentir; y para mí (lo he de confesar) se hace sentir
como un defecto. Se siente débilmente, por ejemplo, en la gran novela escocesa
The Master of Ballantrae; se siente más definidamente, me parece, en la última
novela escocesa Weir of Hermiston. En el primer caso, Stevenson dijo en su
correspondencia, en un tono asaz humorístico y sano, que el Master era todo lo
que él conocía del demonio. No pongo ningún reparo a que el Master sea el
demonio. Pero me repugna un algo sutil y subconsciente, que, de vez en cuando,
parece insinuar que es El Señor. Quiero decir el Señor en el vago sentido de
cierta autoridad en aristocracia o hasta en mero dominio. Quizás, hasta siento
oscuramente que hay algo del lejano trueno del Señor en el título mismo de The
Master. Este algo, sea cual sea la manera como lo definamos y el grado en que
lo reconozcamos, había progresado en muchos grados cuando escribió la última novela.
Quizá fuese en parte la influencia de Henley, quien con sus muchas generosas
virtudes tenía ciertamente esta debilidad hasta el histerismo. Quiero decir la
pérdida de la natural reacción de un hombre contra un tirano. A veces toma la
forma del menos masculino de todos los vicios, la admiración por la brutalidad.
Se ha debatido mucho si los velentones son siempre cobardes; me limito a hacer
notar que los admiradores de los valentones están siempre, por la naturaleza
misma de las cosas, tratando de ser cobardes. Si no lo consiguen siempre, es
porque tienen inconscientes virtudes que restringen aquel obsceno culto y esto
es cierto hasta de Henley; y, más todavía, de Stevenson. Stevenson estuvo
siempre entrenado en verdadero valor; porque luchó cuando era débil. Pero no se
puede negar que, por una combinación de causas, su propia rebelión contra un
inveterado pesimismo, la reaccionaria violencia de Henley, pero principalmente,
creo yo, la vaga tradición escocesa de un Dios de mero poder y terror, llegó a
familiarizarse demasiado en sus últimas obras con una especie de culto brutal
del miedo. Lo siento en el personaje de Weir of Hermiston, o mejor dicho en la
actitud de todos los demás, incluso el autor, hacia este personaje. No me
molesta que el juez se complazca en el juego de insultar y ahorcar a alguien;
porque sé que el juez puede ser más vil que el hombre a quien ahorca. Pero me
molesta que el autor se complazca en ello cuando sé que no tiene nada de vil.
El mismo fino y desagradable matiz de cosas se puede hallar en las últimas
páginas de The Ebb‑Tide. Mi punto de vista puede verse expuesto «grosso modo»,
diciendo que no hallo inconveniente en que el autor cree una persona tan
repulsiva como mister Attwater; pero sí lo hallo en que lo cree y no lo
aborrezca. Creo aun más exacto expresarlo en otra forma: que no habría
inconveniente si aborreciera y admirase a Attwater exactamente como aborrecía y
admiraba a Huish. En cierto sentido, evidentemente admiraba a Huich, pues era
la pasión de su vida el admirar el valor. Pero no esperaba que nadie respetase
a Huish; y hay momentos en que parece hallar natural que la gente respete a
Attwater. Esta secreta idolatría de lo que un sentimiento femenino llama
«fuerza», era la única lesión en la perfecta cordura de Stevenson, la única
llaga en la salud normal de su alma; y aun ésta había venido de un esfuerzo
demasiado violento para ser sano. Así él, pobre muchacho, podía haber provocado
una hemorragia al moverse demasiado vigorosamente en su lecho. Porque no le
reprocho por tener este defecto en el sentido de tener ningún exceso de él. Le
reprocho, siendo lo que era, por tener siquiera una sombra de él. Pero creo que
es desgraciadamente demasiado cierto que tenía una sombra de él. Hay algo casi
cruel en buscar así las inocentes fuentes de crueldad. Pero, como se ha dicho
tan a menudo y tan simplemente y con tanta verdad, Robert Louis Stevenson era
un niño. La moraleja de estos capítulos, sobre su nación, su ciudad y su hogar,
es que era algo más que un niño. Era un niño perdido. No había nada para
guiarle en los locos movimientos y reacciones de la modernidad; ni su nación ni
su religión ni su irreligión, eran aptos para la tarea. Carecía de mapa para
aquel osado viaje; poco se le podía culpar si creía tener que escoger entre la
salvaje rosa del orgullo de Scylla y el suicida remolino de la desesperación de
Caribdis. Sólo que, como Ulises, a pesar de todo su espíritu aventurero,
siempre estaba tratando de llegar a casa. Para variar la metáfora, su rostro se
volvía siempre, como el girasol, hacia el sol; aunque fuese detrás de una nube;
y quizá después de todo no hay nada más cierto que la frase demasiado familiar
del diario del doctor o la enfermera: que fue un niño enfermo que se pasaba la
vida tratando de ponerse bueno.
VI
EL ESTILO DE STEVENSON
Antes de escribir este
capítulo debería explicar que soy del todo incapaz de escribirlo: por lo menos
como muchas y serias autoridades literarias imaginan que debería ser escrito.
Soy una de estas humildes personas para quienes lo principal del estilo se
relaciona con el decir algo; y en general, en el caso de Stevenson, con contar
una historia. El estilo toma su más viva, y por lo tanto, más adecuada forma,
de dentro; como la narración se anima y salta, o la afirmación se hace
vehemente o de peso, por ser o autoritaria o argumentativa. La frase toma su
forma del movimiento, como toma su movimiento del motivo. Y el motivo (para
nosotros los fuera de la ley) es lo que el hombre tiene por decir. Pero hay un
tratamiento técnico del estilo por el cual siento un profundo respeto, pero es
un respeto de lo desconocido, por no decir de lo ininteligible. No diré que sea
griego para mí, porque conozco el alfabeto griego y no conozco el alfabeto de
estos gramáticos de la cadencia y la secuencia; todavía puedo leer el Testamento
Griego, pero el evangelio del puro y abstracto inglés no me trae ninguna nueva.
Lo saludo de lejos como hago con la armonía musical o las matemáticas
superiores; pero no introduciré en este libro un capítulo sobre ninguno de
estos tres temas. Cuando hablo del estilo de Stevenson quiero decir la manera
como podía expresarse en inglés corriente, aun cuando fuese en algunos aspectos
un inglés peculiar; y sólo dispongo del más elemental inglés para criticarlo.
No puedo usar los términos de ninguna ciencia del lenguaje, ni de ninguna
ciencia de la literatura.
Mister Max Beerbohm, cuya aguda y clásica
crítica está llena de esas brillantes profundidades que muchos toman por
superficialidades, ha comentado con mucho acierto las fatigosas repeticiones de
los periódicos, que perjudicaron grandemente la fama stevensoniana en el
período de la moda stevensoniana. Anotó especialmente que cierta frase usada
por Stevenson al hablar de sus primeras tentativas literarias según la cual
«played the sedulous ape» (imitó asiduamente), a Hazlitt o a Lamb, debería
guardarse compuesta en las imprentas de los periódicos; tan frecuentemente la
citan los periodistas. Hay mil cosas en Stevenson más dignas de ser citadas y
mucho más intructivas de veras acerca de su formación literaria. Todo joven
escritor, por original que sea, empieza por imitar a otros, consciente o
inconscientemente y casi ningún escritor viejo tendrá reparo en confesarlo. La
verdadera ironía del incidente no parece haber sido notada por nadie. La
verdadera razón por la cual esta confesión de plagio entre un centenar de
confesiones así, se cita siempre, es porque la confesión en sí tiene el sello,
no del plagio, sino de originalidad personal, en el mismo acto de decir que ha
copiado otros estilos. Stevenson escribe de la manera más inconfundible en su
propio estilo. Me parece que habría podido adivinar, entre un centenar de
autores quién había usado la expresión «played the sedulous ape». No pienso que
Hazlitt hubiera añadido la palabra «sedulous». Algunos podrían decir que habría
quedado mejor porque habría sido más simple sin ella; algunos dirían que la
palabra es, en sentido estricto, demasiado recherchée; algunos podrían decir
que se distingue por forzada o afectada. Todo esto es materia de discusión;
pero resulta una especie de broma que un recurso tan individual se quiera
convertir en una prueba de imitación. Como quiera que sea, esta clase de
recurso, la curiosa combinación de dos palabras así es lo que entiendo por el
estilo de Stevenson.
En el caso de Stevenson, la crítica ha tendido
siempre a ser hipercrítica. Es como si el crítico se hubiese esforzado en ser
tan riguroso con el artista, como el artista lo era consigo mismo. Pero los
críticos no son muy consecuentes o mirados en este asunto. Le reprochan el ser
nimio y exigente, y con ello se hacen más nimios y exigentes ellos mismos. Lo
condenan por perder demasiado tiempo en buscar la palabra exacta; y, luego,
pierden más tiempo ellos en esfuerzos poco afortunados para demostrar que no es
la palabra exacta. Recuerdo que mister George Moore (quien, por lo menos,
dirigió el ataque cuando Stevenson vivía y se hallaba en la cumbre de su
popularidad, pretendió, de una manera algo misteriosa haber desenmascarado todo
el truco de Stevenson, extendiéndose largamente sobre la palabra interjected,
en el pasaje que describe a un hombre parando en reloj con interjected finger.
Parecía haber cierta idea de que, porque la palabra era poco usada en aquel
sentido, ello demostraba que no había nada más que un artificial verbalismo en
toda la tragedia de Jekyll y Hyde o en todo el humor de The Wrong Box... Me
parece que es ya hora de que toda esta melindrosidad sobre la melindrosidad sea
corregida con un poco de sentido común. La pregunta más natural que se podría
hacer a Mr. Moore cuando pone reparo a la palabra interjected es, «¿Qué palabra
usaría usted?». Inmediatamente descubriría que cualquier otra palabra sería
mucho menos enérgica y hasta mucho menos exacta. Decir «interposed finger»
sugeriría por su mismo sonido una acción mucho más torpe y menos precisa;
«interjected» sugiere por su mismo sonido una especie de limpio y seco
movimiento, una precisión mecánica que corrige un mecanismo. En otras palabras,
sugiere lo que se quería sugerir. Stevenson usó la palabra porque era la
palabra exacta. Nadie más la usó, porque nadie más pensó en ella. Y esta es
toda la historia del estilo stevensoniano.
La literatura no es más que lenguaje; es sólo
un sorprendente milagro en virtud del cual un hombre dice realmente lo que
quiere decir. Es inevitable que la mayor parte de la conversación sea la
conversación: como cuando descubrimos una mirada de contrastes o cualidades
opuestas llamando nice a todo un mundo de personas diferentes. Algunos
escritores, incluyendo a Stevenson, han deseado ser (en el antiguo y propio
sentido de la palabra) más nice en su distinción de la niceness. Ahora bien:
nos guste o no nos guste esta feliz exigencia, nos sintamos complacidos o
irritados por un estilo como el de Stevenson; tengamos o no tengamos una razón
personal o impersonal para no poder sufrir el estilo o al hombre, deberíamos
tener, por lo menos, la suficiente imparcialidad y justicia crítica para ver
cuál es la prueba literaria. La prueba es si las palabras están bien o mal
escogidas, no al objeto de satisfacer nuestro propio gusto en materia de
palabras, sino al objeto de satisfacer el sentido de la realidad de las cosas
que puede tener todo el mundo. Y es absurdo en cualquiera que pretenda amar la
literatura, el no ver la excelencia de la expresión de Stevenson en este
aspecto. Escoge las palabras que dan la imagen que él, particularmente, quiere
dar. Ellas fijan una cosa particular, y no alguna cosa general de la misma
especie; y, no obstante, la cosa, a veces, es muy difícil de distinguir de
otras cosas de la misma especie. Este es el arte de las letras; y el artífice
hizo una vasta multitud de estas imágenes con toda clase de materiales. En este
aspecto podemos decir de Stevenson casi lo mismo que él dijo de Burns. Hizo
notar que Burns sorprendió al mundo culto, con todos sus estetas y anticuarios,
no escribiendo nunca poemas sobre cascadas, castillos arruinados y otros
reconocidos temas de interés, lo cual precisamente demuestra que Burns era un
poeta y no un turista. Siempre es la persona prosaica la que pide temas
poéticos. Son los únicos temas acerca de los cuales ella puede ser más o menos
poética. Pero Burns, como dijo Stevenson, tenía un don natural de comentario
vivo y flexible que podía ejercer tan fácilmente sobre una cosa como sobre
otra; una iglesia o una taberna; un grupo que va al mercado o un par de perros
que juegan en la calle. Este don debe ser juzgado por su acierto, su viveza y
su alcance; y todo lo que sugiera que el talento de Stevenson era una pieza de
plata, pulida perpetuamente por su servilleta, no sabe literalmente de qué está
hablando. Stevenson tenía exactamente el talento que atribuimos a Burns de no
tocar nada sin animarlo. Y muy lejos de esconder un solo talento en una
servilleta, sería mucho mejor decir que llegó a ser dueño de diez ciudades,
puestas en los confines de la tierra. Ciertamente, la última frase sola sugiere
un ejemplo o un texto.
Tomaré el caso de uno de su libros; de
propósito me abstengo de tomar uno de los mejores. Tomaré The Wrecker, un libro
que muchos llamarían un fracaso y que nadie llamaría un impecable acierto
artístico, y menos que nadie el artista. El cuadro se escapa del marco; en
realidad es más un panorama que una pintura. La historia se extiende sobre tres
continentes; y su desenlace tiene demasiado el aire de ser solamente el último
de una larga serie de pasajes inconexos. El libro parece un álbum de recortes;
de hecho es muy exactamente un álbum de apuntes de Loudon Dodd, el aprendiz de
arte que nunca pudo ser plenamente un artista, así como su historia nunca pudo
ser plenamente una obra de arte. El hace apuntes de la gente con la pluma como
lo hace con el lápiz, en cuatro o cinco ambientes dispares, en la escuela de
comercio de Maskegon o la escuela de Bellas Artes de París, bajo el viento este
de Edimburgo o las negras borrascas de los mares del Sur: del mismo modo como
hizo el apunte de los cuatro asesinos fugitivos que gesticulaban y mentían en
el saloon californiano. Lo interesante es (según los estrictos principios de
l'art pour l'art, tan caros a Mr. Dodd) que él bosquejaba endiabladamente bien.
Podemos tomar, uno tras otro, los retratos de veinte tipos sociales, sacados de
seis mundos completamente extraños unos a otros y hallar en cada caso que las
pinceladas son pocas y definitivas, es decir, que la palabra está bien escogida
entre cien palabras y que una palabra hace el trabajo de veinte. La historia
empieza: «El principio de este cuento es el carácter de mi pobre padre» y el
carácter está comprimido en un sólo párrafo. Cuando Jim Pinkerton entra en la
historia y es descrito como un joven «de maneras agitadas y cordiales» nosotros
vamos, por todo el resto de la naración, con un hombre vivo; y oímos no
solamente palabras, sino una voz. No hay otros dos adjetivos que pudiesen haber
hecho el milagro. Cuando el desastrado y sospechoso abogado, con su cultura
«cockney» y su refinamiento vulgar aparece manejando un asunto de mayor
envergadura que los que le ocupan ordinariamente, se conduce con una especie de
«encogida presunción». El lector, especialmente si no es escritor, puede
imaginar que palabras así importan poco; pero si supone que del mismo modo se
podía haber dicho «tímido orgullo» o «cobarde arrogancia», no entiende nada de
escribir y quizás no mucho de leer. Todo el quid está en dar en el clavo y
mucho más cuando el clavo es una pequeña y gastada tachuela como Mr Harry D.
Bellairs, de San Francisco. Cuando London Dodd habla con un oficial de marina y
anota después que ha sacado poco menos que nada de él, la misma negación tiene
un tacto de vida fría; como un pez. «Juzgué que estaba pasando agonías de
aprensión por miedo a que yo resultase una relación indeseable; le diagnostiqué
como un tímido, tonto, vano y esquivo animal, sin defensa apropiada... una
especie de caracol sin concha». La visita a un pueblecito inglés, bajo la
sombra de una mansión señorial inglesa, es también propiamente valorada, desde
el verde marco de la pequeña población «un dominó de techos con tejas y
jardines cercados» hasta los recuerdos del ex mayordomo acerca del desterrado
hijo menor. «Cerca de cuatro generaciones de Corthews habían sido evocadas, sin
obtener nada interesante; y habíamos matado a Mr. Henry en la cacería con una
vasta profusión de penosos detalles; y lo habíamos enterrado en medio de toda
una contristada comarca, antes de que yo consiguiese traer a la escena a mi
íntimo amigo Mr. Morris... El era la única persona en toda aquella borrosa
serie que parecía haber hecho algo digno de mención, y sus hazañas, pobre
infeliz, parecían haberse limitado a irse al diablo y a ser más o menos
llorado... No tenía dignidad, se me dijo; se sentaba a hablar con cualquiera, y
ello parecía entrañar la implicación, algo molesta, de que debía a esta
particularidad mi relación con el héroe». Pero no me he de dejar arrastrar por
la tentación de ir citando ejemplos de la fría y sostenida ironía con que
London Dodd cuenta toda su historia. Sólo estoy dando unos ejemplos, escogidos
al azar, de sus rápidos esbozos de muy diferentes clases de sociedades y
personalidades; y lo importante es que puede describirlos rápidamente y no
obstante describirlos bien. En otras palabras, el autor posee la facultad,
enteramente excepcional, de expresar lo que quiere expresar en palabras que
realmente lo expresan. Y para demostrar que esto era cuestión de genio en el
hombre, y no (como algunos críticos quisieran dar a entender) cuestión de
laborioso tratamiento técnico aplicado a dos o tres casos notables; he tomado
todos estos ejemplos de una de las obras menos conocidas, una de las menos
admiradas y quizás de las menos admirables. Trozos enteros de ella fluyen casi
tan sencillamente como su correspondencia particular; y su correspondencia
particular está llena de la misma vivaz y animada limpieza. Sólo en este
olvidado volumen de The Wrecker, hay miles de cosas parecidas, y todo demuestra
que podía haber escrito veinte volúmenes más, igualmente llenos de estos felices
aciertos. Un hombre que hace esto, no sólo es un artista que hace lo que muchos
hombres no saben hacer, sino que hace lo que muchos novelistas no hacen. Muy
buenos novelistas hay que no tienen este don especial de pintar toda una figura
humana con unas pocas palabras inolvidables.
Al final de una novela de Mr. Arnold Benett o
de Mr. E. F. Benson, tengo la impresión de que Lord Raingo o Lord Chesham es un
hombre de veras, muy bien comprendido; pero nunca tengo, al principio, aquella
sensación de magia, de que un hombre ha sido traído a la vida por tres palabras
de un sortilegio.
Este era el genio de Stevenson; y es
sencillamente necio quejarse de él porque era stevensoniano. Yo no censuro a
ninguno de los otros novelistas por no ser otra persona. Pero me atrevo a
censurarles un poco el que gruñesen porque Stevenson era él mismo. No acabo de
ver por qué se le ha de cubrir de desprecio porque podía encerrar en una línea
lo que otros hombres ponen en un página; por qué había de ser tenido por
superficial porque veía más en el andar o en el perfil de un hombre de lo que
los modernos pueden extraer de sus complejos y su subconsciente y por qué se le
había de llamar artificial porque buscaba (y encontraba) la palabra exacta para
un objeto real; por qué se le había de juzgar baladí porque iba derechamente a
lo significativo sin tener que nadar por mares verbales de insignificancia; o
por qué se le había de tratar de embustero perque no le daba vergüenza de ser
un cuentista.
Por supuesto, hay muchos otros vívidos rasgos
del estilo de Stevenson a más de este particular elemento de la frase escogida
y aguda o, mejor dicho, la combinación de frases escogidas y agudas. Podía
haber dado más importancia a algo que existe en sus períodos rápidamente
ascendentes, especialmente en la narración, y que corresponde a su filosofía de
la actitud militante y las virtudes activas. La palabra «angular», que me he
sentido impulsado a usar demasiado a menudo, pertenece a la precisión de sus
gestos verbales, tanto como a los sables y destrales de sus piratas de cartón.
Aquellas figuras teatrales, sacadas del álbum de Skelt, eran todas por su
naturaleza como instantáneas de personas en rápida acción. Juan Tres Dedos no
podía haber permanecido siempre con el mazo o el sable levantados sobre su
cabeza, ni Robin Hood con la flecha en el arco tendido; y las descripciones de
los personajes de Stevenson, las más de las veces, no son descripciones
estáticas, sino más bien dinámicas; se refieren más bien a cómo un homhre hizo
o dijo algo que a cómo era este hombre. El agudo y preciso estilo escocés de
Efraim Mackellar o de David Balfour parece, por su mismo sonido, a propósito
para describir al hombre que hace chasquear los dedos o que golpea con su
bastón. Indudablemente, un artista tan cuidadoso como Stevenson, variaba su
estilo para adaptarse al tema y al orador; no buscaríamos estas secas y
abruptas brevedades en las reflexiones diletantes de London Dodd; pero conozco
muy pocas obras del autor en que no haya, en las crisis, frases tan cortas y
afiladas como el cuchillo que el Capitán Wicles clavó en su propia mano. Algo
debería haberse dicho, por supuesto, de los pasajes en que Stevenson,
deliberademente, hace sonar un instrumento musical algo diferente (como cuando
se ejercitó en la Flauta de Pan) en respetuosa imitación de Meredith, con un
pito de a penique. Algo debería haberse dicho del estilo de sus poemas que son,
tal vez más afortunados en su fraseología que en su poesía. Pero hasta estos
están cuajados de estas frases separadas, tensas y tajantes; la descripción de
las ramas que se entrelazan como espadas cruzadas en un combate; los hombres
que sostienen el cielo que se cae como serenas cariátides; las rumorosas
escaleras de honor y los brillantes ojos del peligro. Pero ya he explicado que
no pretendo entender mucho de estos problemas de ejecución: y sólo puedo hablar
del estilo de Stevenson según afecta especialmente a mi propio gusto y manera
de ver. Y la cosa que más me impresiona todavía es esta sensación de que
alguien es tocado con un florete en un determinado botón: de una especie de
meticulosidad que tiene algo del espíritu luchador que apunta a un blanco y
marca un punto, y que no es, ciertamente, un mero jugar con las palabras por
sólo su elegancia externa o su melodía intrínseca. Como parte de este juicio
crítico, esto es sólo otra manera de decir, según la vieja frase, que el estilo
es el hombre, y que el hombre era verdaderamente un hombre, no solamente un
hombre de letras. Encuentro en todo, hasta en su lenguaje y sintaxis, aquel
tema que constituye toda la filosofía de los cuentos de hadas, de los viejos
romances, y hasta del absurdo libreto del pequeño teatro, la concepción de que
el hombre ha nacido con esperanza y valor, ciertamente, pero ha nacido fuera de
aquello que estaba destinado a alcanzar; que hay una busca, una prueba por
combate o por peregrinaje de descubrimiento; o, en otras palabras, que el
hombre no se basta a sí mismo ni en la paz ni en la desesperación. El mismo
movimiento de la frase es el movimiento de un hombre que va a alguna parte y
que lucha con algo; y aquí es donde el optimismo y el pesimismo son opuestos
por igual a aquella paz esencial o potencial que el violento toma por asalto.
VII
EXPERIMENTO Y EXTENSlON
EN toda generalización sobre
Stevenson, es fácil, sin duda, olvidar que su obra fue muy variada, en el
sentido de ser muy versátil. En un sentido, ensayó estilos muy diferentes; y
tuvo siempre mucho cuidado de no ensayar más de un estilo a la vez. La unidad
de cada uno acentúa la diversidad de todos. El hecho mismo de que se esmerase
en mantener cada uno de sus diferentes estudios dentro de su propio tono o
color, hace que su obra parezca más una colcha de retazos de lo que es en
realidad. Es siempre un preciso contraste entre cosas completas y homogéneas;
cuando estas cosas de descomponen en subdivisiones, el conjunto forma un dibujo
más variado pero más general. En un sentido, esto no es más que una
perogrullada. No sería muy difícil hacer ver que el estilo del Príncipe Otto es
muy diferente del de The Wrong Box. Es diferente con toda la diferencia que
existe entre el trabajo que se hace en cera y el que se hace en cartón o en
ébano. El Príncipe Otto es una especie de grupo de pastores de porcelana que practican
una arcádica cortesanía en un parque del siglo dieciocho; The Wrong Box es una
especie de Tía Sally apedreada de cómicas desventuras como si fuera con cocos.
Nadie puede confundir estas formas de arte; nadie pone una pastora de porcelana
a que la apedreen con cocos; pocos son tan caballerescos que se acerquen a Tía
Sally con las deferentes reverencias de un cortesano. Pero cuando hemos dejado
atrás este evidente contraste, que nadie podría pasar por alto, hallamos (de un
curioso modo) que hay versatilidad sin variedad. Lo que hace destacar estas
historias en nuestra memoria es cierto espíritu con que son contadas; sí, y
hasta cierto estilo además del espíritu. No son exactamente las historias en
sí; todavía es menos ninguna real inmersión del autor en un asunto de las
historias en sí. Percibimos, mientras leemos, que Stevenson sería el último
hombre que desearía realmente ser encerrado para toda la vida en una pequeña
corte alemana o plantado para siempre entre una porcelana tan frágil. Lo
conocemos, como sabemos que Stevenson no piensa dedicar su atención al negocio
de cueros, o (aunque aquí podríamos suponer más fuerte la tentación) hacerse un
rufianesco procurador con sospechosos clientes, a la manera del inapreciable
míster Michael Piusbury. Recordamos la manera como es tratado el tema más que
el tema mismo; porque la manera es realmente mucho más viva que el tema. Mucho
tiempo después de desvanecerse las sombras de aquel jardín ornamental, cuando
hemos olvidado completamente quién era quién en la corte del Príncipe Otto,
oímos y recordamos en las honduras de aquel valle, «la sólida caída de la
catarata». Y mucho después que los detalles del sistema de la tontina se hayan
hecho borrosos y, con ellos, todos los mucho menos interesantes detalles de nuestra
vida diaria; cuando todas las cosas pequeñas se hayan vuelto más pequeñas y la
misma vida esté desapareciendo de mi vista, todavía veré ante mí la forma
evocada por aquel inspirado párrafo: «Su traje tenía aquella mercantil
brillantez que describimos como elegante; y no se podía decir nada contra él,
excepto que parecía demasiado un invitado a una boda para ser un caballero».
Aun a través de estas amplias divergencias de
tema, corre algo que es, no solamente el genio, sino resueltamente el método de
Stevenson. En un sentido, tiene cuidado de variar el estilo; en otro sentido,
el estilo no varía nunca. Podríamos decir que es el estilo dentro del estilo el
que no varía nunca. Pero, una vez bien sentado esto, sería injusto con él no
insistir sobre el ancho campo que llegó a cubrir en su corta y azarosa vida
literaria. Una vez se hizo el reproche de no haber ensanchado su vida construyendo
faros además de escribir libros. Pero la casa Stevenson & Son se habría
estremecido de ver aparecer por todas partes faros con siete estilos de
arquitectura; un faro gótico, un faro egipcio, un faro parecido a una pagoda
china. Y esto es lo que hizo con las torres de la imaginación y la luz de la
razón.
Hay, ciertamente, como he indicado, uno o dos
lugares donde se puede sostener que Stevenson dejó que su estilo se
descarriara, y vagó por otros senderos, a veces senderos más viejos, lejos del
inmediato rumbo del viaje. Personalmente lo encuentro así en los vagabundeos
del Master of Ballantrae y el Caballero Burke. Son una especie de historia de
aventuras fuera de lugar; y aunque Mr. James era ciertamente un aventurero en
el mal sentido de la palabra, es imposible hacer de él uno en el bueno. Es
imposible convertir un malvado en un héroe para servir a lo novelesco. Jim
Hawkins no podía haber seguido sus aventuras permanentemente del brazo de Long
John Silver. El episodio de Blackbeard es una especie de fracasado anticlima
que chisporrotea como las pajuelas en el sombrero de aquel loco. Una persona
tan fingida no merecía que se la mencionase tanto en aquella tragedia
espiritual de los terribles espíritus gemelos, los hermanos de Durrisdeer. Es
casi como si los piratas fuesen realmente una manía privada del autor, y que no
supiese mantenerlos fuera del cuento, aunque quisiera; y eso que los piratas,
en realidad, tienen tan poco que hacer en este cuento como en The Wrong Box.
Pero es curioso observar cuán completamente los decolora el blanco rayo de la
muerte que brilla sobre aquel cuento de invierno. Su sangre y oro no eran
realmente rojos; sus mares no eran ni siquiera azules. Esta no era una ocasión
pare Twopence coloured. El estilo mismo de la narración de Mackellar podría ser
propiamente resumido bajo el título de Penny Plain. Pero esto no es solamente
porque aquel digno mayordomo fuese amigo de la sencillez y no enemigo de los
peniques. Es también porque era un hombre apegado al hogar y al hábito y
opuesto a la aventura; y la idea del Master arrastrándolo por medio mundo tiene
algo de chocante y grotesco, impropio de la naturaleza de sus relaciones
intelectuales y espirituales.
La verdad es que el Master of Ballantrae es,
no sólo el demonio de la familia, sino un fantasma de familia, y no debería
rondar otra casa que no fuera la suya. Los fantasmas no viajan como turistas,
ni siquiera por el placer de visitar a sus parientes en las colonias. La
historia de los Durrisdeer es positivamente doméstica; como aquellas muy
domésticas historias de la vida de familia en que Edipo acuchilló a su padre u
Orestes pisoteó el cadáver de su madre. Estos incidentes fueron lamentables y
hasta penosos; pero todos quedaron en la familia. Algo nos dice que la mayor
parte de ellos ocurrieron detrás de altas puertas atrancadas o en terribles
entrevistas sin testigos. Aquella gente no lavaba su ensangrentada ropa en
público y, mucho menos, en todos los siete mares del Imperio británico, pero la
aparición del «Master», primero en la India y luego en América, casi hace
pensar en el Príncipe de Gales haciendo una tournée imperial. Ahora bien: las
escenas del Master of Ballantrae que tienen lugar en la triste casa de sus
padres o en el sombrío parque de afuera tienen una indefinible grandeza y hasta
una magnitud de contorno que recuerda las tragedias griegas. Es más; hasta
tienen aquella sugestión de largos viajes y remotos lugares que se pierde
cuando los viajes y los lugares son seguidos con demasiado detalle. En aquel
momento inolvidable en que el forastero aparece, largo y negro y delgado sobre
la roca y hace con su bastón un movimiento que parece una especie de burla,
sentimos que aquel hombre podría haber venido del fin del mundo, que podría
haber llegado del imperio del Mogol o haber caído de la luna. Pero la ironía
del cuento está en aquel odioso amor o puro amor del odio, que es el lazo que
le une a los suyos, y les hace tan domésticos como la cumbrera del tejado,
aunque sea tan destructor como un ariete. Es curioso, y hasta más que curioso,
hallar este raro defecto en una obra que, en sus partes principales, es tan
intachable. Puede parecer todavía más pedante hallarle otra pequeña tacha; pero
parece que Stevenson perdió una gran oportunidad, de un modo muy raro en él,
cuando hizo a Mackellan tan afectado que escribiese para la última línea del
epitafio una frase como: «con su fraternal enemigo». Seguramente las palabra se
habrían destacado con fuerza más siniestra y significativa, si hubiera escrito
simplemente: «Y duerme con su hermano en la misma sepultura».
Pero esta mezcla de dos tipos de historia es
todo lo contrario de característica. No conozco ninguna otra parte de sus obras
en que se pueda hallar, a no ser quizás que podamos tomar como excepción el
ligero elemento de su irritación política que se hace sentir en la amable
pesadilla de «El Dinamitero». Es realmente imposible usar un cuento en que todo
es ridículo para demostrar que determimados fenianos o agitadares anarquistas
son ridículos. Como tampoco es sostenible que los hombres que arriesgan sus vidas
para cometer tales crímenes sean tan ridículos como eso. Pero, hablando en
general, la característica del arte concienzudo de este escritor es que tiene
mucho cuidado de mantener las diferentes formas de arte en compartimientos
estancos. Esto era, claro está, un modo de sentir acerca de la técnica y el
material muy en boga en la época de Whistler y en el mundo donde Stevenson
había estudiado el arte. Y el artista antes habría clavado un pedazo de mármol
en medio de un bajo relieve en terracota, o aplicado una capa de pintura a una
labor que estuviese haciendo en marfil, que poner un fragmento de tragedia en
una comedia de salón o un estallido de noble indignación en una farsa. En toda
esta parte de la mentalidad de Stevenson, especialmente tal como se revela en
sus cartas, los críticos han dejado de advertir el muy duradero efecto de las
charlas sobre el trabajo artístico o la jerga sobre las normas del oficio oídas
por él entre los estudiantes franceses de arte. Había invertido casi toda la
filosofía de lo que ellos querían hacer pero todavía conservaba el dialecto en
que ellos hablaban de cómo se hacía. Pero lo hablaba mucho mejor que ellos y
tenía su propio arte de usar la palabra exacta hasta para buscar la palabra
exacta. Es típico que dijera que una historia ha de tener una sola tendencia
general; y que en todo el libro no debe haber una sola palabra «que mire hacia
el otro lado». No hay una sola palabra que mire hacia el otro lado en todo el
«Príncipe Otto» o en todo «The Wrong Box».
Pero, de vez en cuando, hizo algo más que
esto. Creó una forma de arte. Inventó un género que no existe fuera de su obra.
Puede parecer una paradoja decir que su obra más original fue una parodia. Pero
ciertamente la idea de Las nuevas mil y una noches es tan única en el mundo
como las antiguas Mil y una noches; y no debe su auténtico ingenio al modelo
que imita; Stevenson tejió aquí una singular especie de textura, o fabricó una
singular especie de atmósfera, que no se parece a nada más; un medio en que muchas
cosas incoherentes quieren hallar una lógica coherencia. Es, en parte, como la
atmósfera de un sueño, durante el cual son muchas las cosas que no causan la
menor sorpresa.
Es, en parte, la vaadera
atmósfera de Londres por la noche; es, en parte, la irreal atmósfera de Bagdad.
La figura solemne y plácida del Prícipe Florizel de Bohemia, aquel misterioso
soberano semireinante, es tratada con una especie de vasta y vaga reserva
diplomática, que es como el confuso sueño de un viejo cortesano cosmopolita. El
Príncipe mismo parece tener palacios en todos los países y no obstante, el
malicioso lector sospecha vagamente que el hombre, en realidad, no es más que
un pomposo vendedor de tabaco que Stevenson descubrió en Ruper Street y eligió
como héroe de una farsa. Esta doble mentalidad, parecida a la del verdadero
soñador, es sugerida con extraordinaria habilidad sin cargar en un solo
interrogante la inimitable ligereza de la narración. El humor de la colosal
invención de Florizel constituye, no solamente un carácter nuevo, sino una
nueva especie de carácter. El se halla en una relación nueva con la realidad y
la irrealidad; es una especie de sólida imposibilidad. Desde estinces, muchos
autores han escrito parecidas fantasías sobre las luces de Londres; porque
Stevenson padeció más que Tennyson de aquello de lo que éste último se quejaba
cuando «todo se había adocenado». Pero pocos de ellos han dado realmente estos
irónicos semitonos o han hecho tan completamente de una misma cosa una
combinación cockney y un cuento de hadas árabe. Hemos oído hablar mucho de
hacer romántica la vida de la ciudad moderna; y muchas de las tentativas de la
poesía moderna parecen sólo hacerla más fea de lo que es en realidad. Tenemos
en el momento actual un considerable culto de lo fantástico, con el resultado
de que lo fantástico se ha convertido en algo estereotipado. Se le realza con
colores chillones de amarillo cromo o magenta; y lo que resulta es demasiado
evidentemente un muñeco. Pero el Príncipe Florizel de Bohemia no es un muñeco.
Es una presencia, una persona que parece llenar la estancia y no obstante,
estar hecha de la materia de que están hechos los sueños; no sencillamente una
cosa hecha de serrín. Los muñecos rígidos e irreales pueden deshacerse en polvo
cuando cambia el humor; pero no podemos imaginar fácilmente a nadie haciendo
saltar el serrín del Príncipe Florizel. No diré que las Nuevas Mil y Una Noches
sea la más grande de las obras de Stevenson, aunque habría mucho que decir en
este sentido. Pero diré que es probablemnte la más original; no había nada
parecido antes de ella y creo que no ha habido nada igual después. Pero vale la
pena observar que aún aquí, donde podía temerse que la atmósfere fuese más
nebulosa, la generelización descansa en líneas definidas y en la precisa
extravagancia de Skelt. Por delicado que sea el aire de burla o de misterio,
hay poca modificación en el cortado estilo. La disputa con el «Club de los
Suicidas» es «sometida a la prueba de las espadas» y la frase vibra como las
espadas gemelas de Durisdeer. Nada puede ser más angular que Mr. Malthus, el
horrible paralítico que juega al borde del abismo del suicidio; es tan rígido
como un enorme escarabajo. Tiene toda la brusca agitación de los viejos y
enérgicos títeres cuando salta de su asiento, perdiendo un instante su
parálisis, a la vista de la muerte. Hay más movimiento en aquel paralítico solo
que en una multitud de figuras de sociedad moviéndose sosegadamente en ficciones
más tranquilas o meditativas. El mismo sonar de sus destrozados huesos, cuando
baja los escalones de piedra de Trafalgar Square, del cual no oímos sino un
eco, tiene aquella casi metálica cualidad. Las «brutalidades de gesto» de Jack
Bandeleur, su pantomima de abrir y cerrar la mano, son seguramente algo
pirático; él había sido Dictador del Paraguay; pero pienso que había llegado
allí en la Hispaniola. En resumen, aquí tenemos una vez más la continuidad de
un estilo dentro de un estilo. Y el hilo que corre por dentro de la seda es tan
delgado y fuerte como el alambre.
Otra cosa que ilustra esta variedad de
experimento es que Stevenson también escribió una historia detectivesca; o como
característicamente la llamó (en una especie de pendantesco inglés corriente),
una novela de policía. La escribió en colaboración con míster Lloyd Osborne; ya
he estudiado otro de sus aspectos en el color local de The Wrecker. Pero The
Wrecker es esencialmente una novela policíaca; y de la mejor clase de novela
policíaca, aquella en que no se llama nunca a la policía. Stevenson ha explicado
las razones que tuvo para abordar el problema con estudios de vida social; y
ciertamente habla mucho en favor de la animación de aquella vida el que
nosotros no nos impacientemos hasta el punto de ofrecer el comentario que
parece natural. De otro modo, tendríamos que hacer un reproche justificado. Se
puede perdonar al autor cuando tarda mucho tiempo en llegar a la solución, pero
no cuando pasa tanto tiempo para llegar al misterio. Hay que confesar que hemos
de esperar para que se plantee el problema, tanto como para que éste sea
resuelto. Personalmente me gusta esperar en la antesala de Pinkerton y Dodd.
Pero sea como fuere, cuando el problema es planteado, lo es con una gran
animación; y el placer de ponerse a juntar las piezas del rompecabezas, que es la
esencia del cuento detectivesco, pocas veces ha sido tan vivo como en las
intencionadas preguntas y las evasivas respuestas del Capitán Nares y su
sobrecargo. Aquí, sin embargo, la historia detectivesca no hace más que
ilustrar el hecho de que el autor tiene tantos «hierros en el fuego» como Jim
Pinkerton: Ilustra el hecho general de que ensayó muchos estilos diferentes, y
no obstante, su estilo no era diferente.
Si hubo experimentos en que su pincel fue
menos feliz, estos fueron, y ello es bastante curioso, los que se relacionan
con el mundo sencillo o semisalvaje en que encontró tanta felicidad. The Island
Nights Entertainments, no son tan entretenidos como los de las Noches Arabes,
antiguas o nuevas. La explicación puede hallarse quizás en la frase accidental
con que describió los Mares del Sur, barriendo al mismo tiempo, quizás sin
saberlo, gran número de ilusiones imperiales e internacionales cuando dijo de
todas aquellas regiones: «Es un océano grande, pero un mundo pequeño». No
encontró tipos verdaderamente nuevos, por lo menos entre los blancos; encontró
países nuevos, llenos de tipos, viajes y derroteros, hombres blancos que ya no
parecían muy evidentemente blancos: la historia de The Ebb‑Tide tiene mucha
vida, aunque no tengamos la plena satisfacción de ver dar de puntapiés a todos
sus personajes. De todos modos, es completamente cierto que cualquiera que
fuese la causa de la relativa flojedad de una parte de la obra hecha en
Vailima, no fue debida al agotamiento del autor o a un debilitamiento de sus
facultades. He dicho algo, en otro lugar, hablando de las historias escocesas,
de su última gran historia, que, por desgracia, no es más que un gran fragmento.
De hecho (estoy tentado de decir por fortuna) la historia que lleva el nombre
de Weir of Hermiston no trata principalmente del Weir de Hermiston. Por lo
menos no trata de la primera y más famosa persona de este nombre; y los mejores
capítulos que existen del libro se refieren a los más sensibles y vehementes
matices del temperamento escocés; ricos matices de pasión que no había
intentado tocar todavía. Si alguna vez el páramo gris se volvió purpúreo fue en
aquel momento en que la muchacha elevó su voz para entonar el canto de los
Elliot. Stevenson nunca olvida su abrupto ademán; y este nunca fue tan
impresionante como cuando la página del salterio de la muchacha fue rota por la
mitad.
Cuando Stevenson armó el arco largo por última
vez, como Robin Hood, tenía dos cuerdas en él, y las dos se rompieron; pero una
de ellas era más fuerte que la otra. En otras palabras, tenía dos historias en
el magín, y las dos quedaron interrumpidas; y acaso no sea sorprendente que la
más debil fuese algo olvidada en favor de la más fuerte. La historia de St.
Ives, contiene cosas excelentes, como todo lo que escribió, hasta la carta más
sencilla. Pero se le puede llamar decepcionante, con más exactitud de la que es
usual en el empleo de esta palabra. Saint Ives no puede evitar el ser una
especie de novela histórica; y no obstante es una novela más bien no histórica.
Con lo cual no quiero significar que haya errores sobre fechas y detalles, los
cuales no tienen ninguna importancia en la ficción y a los cuales se ha dado
demasiada hasta en la historia. Quiero decir que no es histórica en el hecho de
que muestra una extraña falta de imaginación histórica y del sentido de la
oportunidad histórica. Es la historia de un soldado de Napoleón, preso en el
castillo de Edimburgo y que se escapa de allí. Pero, de hecho, podemos
figurarnos que era Stevenson y no St. Ives quien estaba encerrado en el
castillo de Edimburgo. Y Stevenson no se escapó de allí. Un tema así exigía una
especie de intérprete internacional; y aquél es, en verdad, el más extrañamente
insular de todos sus libros. St. Ives no es un francés; no es más francés, sino
menos, porque se le haya atribuído toda la fachenda y el gusto por el atavío
que las solteronas del Edimburgo de 1813 asociaban con la idea de un francés.
No es más soldado francés que Bonaparte fue Boney. No tiene ni el realismo
francés ni el idealismo francés. No mira a Inglaterra como la habría mirado un
francés de las guerras de la revolución. Esta historia es sencillamente Francia
vista desde Inglaterra; no es, como debiera haber sido, Inglaterra vista desde
Francia. A menos que St. Ives hubiese sido un realista furioso (y evidentemente
no era esto, sino un moderado bonapartista), se hubiera concebido a sí mismo
como el que lleva no la gloria militar, sino la luz de la razón y la filosofía
y la justicia a los estados aristócratas y autocráticos. Se habría impacientado
ante la ilógica asistencia a las cosas racionales, en vez de enojarse simplemente
porque no le afeitaban o no le proveían de espejo. Pero Saint Ives no es un
soldado francés. Es un hombre con uniforme francés; pero también lo era Alan
Breck Stewart. Y este bendito y querido nombre puede quizás recordarnos que la
vanidad y la afición a lindas casacas pueden encontrarse ocasionalmente hasta
en las Islas Británicas. Pero acaso en esta misma insularidad haya un retorno a
cosas de su primer tiempo, y como un cerrar el círculo de su propia vida. En
este sentido, la historia de Stevenson, como la historia de St. Ives, empieza
en los riscos y el castillo de Edimburgo; y puede estar bien que, en cierto
modo, termine allí y no pase más allá. Las escenas más realmente
stevensonianas, por su espíritu y fogosa animación, son las que ocurren en la
prisión. Casi parece que St. Ives fuese más libre antes de haberse escapado. El
asunto del duelo con bastones convertidos en lanzas por la adición de hojas de
tijera, tiene toda la hilaridad de su antigua danza de la muerte. Ello sólo
sirve como excelente símbolo de aquel magnificar lo afilado y lo metálico, y de
la manera como el acero fue siempre un imán para su mente. Quizá fuera el
primer pacífico amo de casa a quien le ocurrió ver las tijeras como espadas.
Pero el libro ofrece un ejemplo todavía mejor
de esta vuelta a un casi estrecho romanticismo nacional, tan parecido al vuelo
de una paloma mensajera. Ocurre casi en las primeras líneas del libro; y no
obstante, podría servir hasta cierto punto como un título para todas sus obras.
Ocurre en relación con un pasaje típico de su amor al colorido brillante, en
que él, instantáneamente, envuelve en llamas la colina de la cárcel, al decir
que las chaquetas amarillas de los reclusos y los uniformes encarnados formaban
juntos «una animada pintura del infierno». Y, con referencia a esto, observa,
como de paso, que el antiguo nombre picto o celta de aquel castillo de
Edimburgo, era «La colina pintada» o, como he visto en alguna otra versión, «La
roca pintada». Ello podría servir de símbolo a muchas cosas menos
suficientemente indicadas aquí; de un escocés vestido, o casi disfrazado de
artista; de un estilo que podía ser abrupto y austero y, al mismo tiempo, lleno
de color; pero sobre todo de aquella combinación del color con una solemne e
infantil caricatura que hemos visto en el paisaje de fondo de su infancia;
porque el paisaje de Skelt estaba todo hecho de rocas pintadas. A Stevenson le
apasionaba la compresión. Con toda su fertilidad, tenía siempre ambición de ser
un hombre de pocas palabras. Me figuro que estaba buscando siempre en las
palabras una combinación que fuese también una compresión; dos palabras que
instantáneamente diesen a luz la tercera cosa que realmente quería decir. Se
puede discutir de él, como artista, si realmente logró decirla nunca. Pero
podríamos divertirnos imaginando que un sistema así, de brillantes
abreviaciones, podría ser como un sistema de señales, producido y comprendido
cada vez con mayor rapidez; que algún día un símbolo de dos palabras podía
representar una tesis a la manera como un críptico carácter chino representa
una palabra entera; y que todos los hombres podrían fácilmente escribir y leer
estos compactos jeroglíficos. Si así fuese no sería exageración decir que la
gran misión dada por Dios a Robert Louis Stevenson era decir en palabras «roca
pintada», y morir.
Como quiera que fuese, fue en medio de estos
nuevos experimentos como murió; cumpliendo los términos mismos de su demanda en
Aes Triplex, del hombre feliz a quien la muerte encuentra lleno de esperanzas y
planeando vastas construcciones. Y, de hecho, su muerte puede aparecer también,
al final de este capítulo de experimento, como el último de sus experimentos.
Yo era un muchacho cuando la noticia llegó a Inglaterra; y recuerdo que algunos
de sus amigos dudaron al principio porque el telegrama decía que había muerto
haciendo una ensalada; y decían «que nunca habían oído decir que hiciera una
cosa así». Y recuerdo que imaginé, con secreta arrogancia, que le conocía mejor
de lo que le conocían ellos, aunque nunca le había visto con estos ojos
mortales, porque me figuraba que si había algo que no se supiera que Stevenson
hubiera hecho nunca, sería precisamente esto lo que habría de hacer. Así, murió
realmente confeccionando nuevas ensaladas de muchas clases; y la imagen no es
impropia o irreverente, sino sólo tocada de una cierta ligereza y elasticidad,
como la de un resorte que le perteneció desde el principio hasta el fin, y es
aquella cualidad que el Dr. Jarolea ha llamado, con verdad, el espíritu francés
de Stevenson. Este murió de repente como herido por una flecha, y sobre su
tumba, algo de una elevada frivolidad se cierne llevado en alas, como un
pájaro. «Feliz viví y felizmente muero», tiene una música que ninguna
repetición puede hacer completamente irreal, ligera como las altas agujas de
Spyglan Hill y translúcida como las danzarinas olas. Tipifica una tenue pero
tenaz levedad y la leyenda que ha hecho de su tumba la cima de una montaña y de
su epitafio, una canción.
VIII
LOS LIMITES DE UN ARTE
La más justa crítica de
Stevenson fue escrita por Stevenson. Fue también muy stevensoniana, porque tomó
la forma de decir, a propósito de sus propios personajes ficticios, que su
tentación era siempre la de «separar la carne de los huesos». Aun aquí podemos
notar su peculiar acento tajante o cortante; la cosa suena como algún horrendo
crimen de Barbeme o de Billy Bones. En realidad, esta palabra es
suficientemente simbólica de Stevenson. El nombre de éste podía haber sido
Bones, como el marinero de El Almirante Benbow; y esto no es solamente porque
su eterna infancia haya estado llena de esqueletos como la vida escolar de
Traddles. Es también a causa de una cierta estructura ósea de todo su gusto y
toda su mentalidad; algo que era angular aunque largo y estrecho, como su flaco
y endeble cuerpo y su largo rostro de Don Quijote. Sin embargo, las palabras
fueron dichas como un reproche, y eran un reproche justo...
El verdadero defecto de Stevenson como
escritor, lejos de consistir en una especie de bordado prolijo y superficial o
superfluo, consiste en que simplificaba tanto que perdía algo de la confortable
complejidad de la vida real. Lo trataba todo con una economía de detalle y una
eliminación de superfluidades que acababa por darle un no sé qué de rígido y
poco natural. Se le puede elogiar, entre los autores, por ir siempre al grano;
pero en la vida real, la gente no suele ir al grano de este modo tan sistemático.
Podemos comprender mejor su verdadero error, así como su verdadera
originalidad, comparándolo con los grandes novelistas victorianos a cuya vasta
sombra creció. Tendré ocasión más adelante de hacer notar que su colisión con
éstos no fue en materia de moral o filosofía; porque en este aspecto miraba
hacia adelante y no hacia atrás. Pero hay un fuerte contraste, y un
sorprendente cambio de método, en el paso desde lo mejor de Thackeray o de
Trollope a los primeros bosquejos, casi diría rasguños, de Stevenson. Estos
bosquejos estaban hechos con unas pocas líneas y sólo con las líneas
necesarias; todo descansaba en la idea de que una línea innecesaria era una
pérdida y no una ganancia. Comparadas con ellos, las mejores novelas
victorianas eran un relleno. Pero hay algo que decir en favor del relleno
victoriano, como hay algo que decir en favor de la tapicería victorianaa El
confort no es una cosa despreciable cuando su otro nombre es hospitalidad; y
Dickens y Thackeray y Trollope estaban llenos de una enorme hospitalidad para
sus propios personajes. Se alegraban cordial y sinceramente de verlos, y
especialmente de volverlos a ver. De ahí su gusto por las continuaciones y las
inacabables historias de familia; y todas las positivamente últimas apariciones
de mister Pendennis o mistress Prondie. Y esta repetición, estas divagaciones,
y hasta este relleno, confirmaban, de una manera curiosa y confusa, la realidad
de los personajes. Así como el acolchado moblaje victoriano hacía que la gente
se sintiera a gusto, así las henchidas novelas victorianas hacían que el lector
se sintiera a gusto con los personajes. Pero el lector nunca se siente a gusto
con los personajes de Stevenson. No puede desprenderse de la impresión de que
los conoce demasiado poco, aunque sabe que conoce todo lo importante de ellos.
Alan Breck Stewart no sólo es un personaje muy animado, sino muy agradable. Y,
sin embargo, hay demasiado poco de él para quererlo; aunque sería capaz de
desenvainar su espada escocesa contra nosotros, si hiciéramos una alusión tan
peligrosa. No estamos a gusto con él, como lo estamos con Pickwick o con
Pendennis. Conocemos de él las cosas vitales; y éstas son muy vitales. Pero no
sabemos mil cosas de él; como las sabemos de un hombre con quien hemos vivido a
lo largo de una larga novela del primer período victoriano. Stevenson ha hecho
en verdad lo que se acusaba de hacer; es él quien esgrime la espada y separa la
carne de los huesos.
Una ilustración de esta diferencia puede
hallarse, no hay que decirlo, en la presentación del exterior de un personaje.
La sombría vivacidad del rostro de Alan Breck, los ojos con su «danzarina
locura, a la vez atractivos e inquietantes», se nos aparecen tan vivamente como
una fotografía en colores, en unas pimeras palabras de descripción; y las
mismas primeras palabras han hecho ya andar contoneándose la pequeña y activa
figura con su casaca azul, sus botones de plata y la fanfarria de la gran
espada. Pero toda la operación es tan rápida y completa que tiene algo de
irreal, como un juego de prestidigitación. Es como ver algo a la luz de un solo
relámpago; hay en esta iluminación una especie de engaño. Porque en el fondo de
todo lo que participa de la magia hay algo de burla. No es así como llegamos a
conocer el aspecto exterior de alguien en Thackeray o Trollope. Es, gracias a
una multitud de alusiones aparentemente accidentales, y aun innecesarias, como
gradualmente adqurimos la impresión de que Warrington era moreno y taciturno y
llevaba la barba afeitada. El exterior de lord Steyne está esparcido en retazos
por toda Vanity Fair; sus patillas rojas en un capítulo; sus piernas torcidas
en otro; su cabeza calva en un tercero. Pero es tan de ese modo como hablamos
realmente de la gente real que, por comparación, hay algo casi irreal en el
rápido realismo de Stevenson. Quizá el narrador debiera recordar más a menudo
que es un hombre que cuenta una historia. Tal vez hasta olvide que se supone
que la historia debe sonar como una historia verdadera. Y, después de todo, en
la vida real un hombre no dice a su mujer, mientras comen: «Un desconocido ha
venido a la oficina, esta mañana; tenía una figura fuerte y elegante, con un
bello perfil aguileño; en sus cejas y en las comisuras de los labios daba
señales de mal genio; y aunque todo su porte no careciese de distinción,
resultaba un poco teatral a causa de su magnífico chaqué, sus blancos botines y
una orquídea de color magenta que llevaba en el ojal». Un soliloquio así,
raramente se oye en el hogar suburbano; y si el aspecto del desconocido merece
alguna atención, va apareciendo poco a poco, como cuando se dice: «No me
sorprendió mucho verle arrojar el tintero, porque ya había visto en sus cejas
que tenía un genio bestial» o, «El botones de la oficina se quedó muerto de
risa al contemplar sus botines». Del mismo modo, nadie dice como dice Mackellar
en la novela de Stevenson: «Yo estaba ahora lo bastante cerca para verle; una
arrogante figura y un bello rostro, moreno, enjuto, afilado, de mirada hosca,
rápida y vigilante como la de un hombre luchador y acostumbrado a mandar; en
una de sus mejillas, tenía un lunar, que no le desfavorecía; un gran diamante
centelleaba en su mano; sus vestidos, aunque de un solo color, eran de corte
elegante y a la moda francesa; su chorrera y sus puños, que llevaba más largos
de lo corriente, de primoroso encaje». Los hombres, en la realidad, no
describen las cosas de este modo. ¡Así describieran algo tan bien! Estos hechos
referentes al «Master of Ballantrae» habrían aparecido de una manera más
fragmentaria en el relato real de un Mackellar real. El diamante habría sido
mencionado en relación con un rumor acerca de ladrones; el encaje, a propósito
de la colada. Y así es, más o menos, como los viejos novelistas victorianos
describen o mencionan estas cosas. Y creo que ello da realmente una impresión
de realidad. Comparado con ello, la misma totalidad de Stevenson parece
incompleta. Pero también es verdad que los viejos victorianos sólo podrían
haber logrado este realismo familiar siendo un poco más informes que Stevenson,
y careciendo de su bello y penetrante sentido de la claridad de la forma.
Aunque Stevenson parece describir su asunto con todo detalle, lo describe para
acabar con él, y nunca vuelve a él. Nunca dice nada innecesariamente; sobre
todo, nunca dice nada dos veces. Pocos se arriesgarían a decir que Thackeray
nunca dice nada dos veces; o que no sea capaz, en algunos casos, de decirlo
veinte veces. No obstante, en ciertos aspectos, esta repetición, aunque a veces
sea engorrosa es en cierto modo convincente, casi diría confortante. Procede de
aquel confortable sentido de holgura social que era el sello de la Inglaterra
de aquel período de éxito mercantil; o, por lo menos, de aquella parte de
Inglaterra formada por comerciantes que habían logrado el éxito. Y exhibía,
junto con otros vicios y virtudes, aquella benevolencia casi ruda que era, a la
vez, una virtud y un vicio. «Al hijo del comerciante inglés no le ha de faltar
nada, Señor», dice el viejo mister Osborne; y tampoco le ha de faltar al hijo
espiritual de mister William Makepeace Thackeray. Se le escanciarán las
palabras como vino; se abrirán páginas para él como parques en que pueda
pasear. Se le permitirá estar presente tanto como guste, y los parientes más
pobres de la historia serán invitados a comer una y otra vez. En resumen, el
lector llegará con todo sosiego a conocerle y a conocer toda clase de pequeños
detalles acerca de él; éstos no estarán dispuestos todos de una vez para
siempre, en un conciso y apretado párrafo. Volvemos a la palabra hospitalidad;
y a la charla de cien amigos y parientes en una reunión navideña inglesa. En
comparación, la economía verbal del novelista escocés sugiere algo de la
clásica broma contra el escocés. Es tan ahorrativo, que sus personajes son casi
delgados.
Las cosas más nobles de este mundo tienen su
debilidad o defecto, y con la palabra «delgado» llegamos al límite de la gloria
de Skelt y a descubrir que hasta el construrtor de teatros de juguete es
humano. Así como Stevenson adquirió en aquella escuela de infantil bizarría su
admirable sentido de la actitud y la acción simbólicas, su profundo goce del
color brillante y el gallardo continente; su magnífico sentido de la vida como
una historia y del honor como una lucha; su respuesta a la llamada de la puerta
abierta o a la atracción del camino que traspone la colina. Así como adquirió
todas estas grandes virtudes y valores bajo el símbolo de A Penny Plain y
Twpence coloured, así también dejó traslucir hasta en lo mejor de su obra algo
de la limitación técnica de un instrumento así. Esto no se puede enunciar más
claramente que diciendo que estas figuras planas sólo se pueden ver por un
lado. Más que hombres, son aspectos o actitudes de hombres; aunque los aspectos
y actitudes sean de gran importancia considerados como símbolos, como las
planas aureolas de los santos o las planas figuras del blasón. En este sentido,
y sólo en este sentido, no son lo bastante profundas; y les falta otra
dimensión. Son lo bastante profundas en el sentido en que es profunda cualquier
pintura bella; y en el sentido en que cualquier cosa bella siempre expresa más
que lo que dice, posiblemente más que lo que pretende expresar. En este
sentido, puede haber profundidad bastante hasta en el plano decorado de Skelt,
cuando la mirada del niño se hunde en él. Pero no hay profundidad en el sentido
de una gran familiaridad con el otro lado del decorado o la vida que se supone
existir detrás de la escena. Después de todo lo que se pueda decir, la
espléndida e inspiradora figura de Juan Tresdedos, es una figura y no una
estatua. No podemos andar a su alrededor; y si no tiene más de tres dedos,
tiene mucho menos de tres dimensiones. Pero la paradoja importante es que en
esto la imperfección de la obra es materialmente debida a la perfección del arte.
Es exactamente porque Balfour o Ballantrae sólo hacen aquello que les
corresponde hacer y lo hacen tan rápidamente y bien, por lo que nosotros
tenemos una vaga sensación de que no los conocemos como conocemos a otros
personajes más inactivos o más errabundos. Esto es, si se quiere, un defecto en
la obra del autor; pero es todavía más un defecto en los críticos que le tratan
de defectuoso. Porque le acusan de lo exactamente opuesto de su defecto real,
de una especie de sibarítica complacencia o regalo en la palabra por la
palabra. El mal procede de la misma pasión de Stevenson por la economía y el
rigor; del hecho de que podaba demasiado, hasta casi matar la planta; del hecho
de que iba demasiado directamente al grano, de modo que el movimiento era demasiado
rápido para ser visible y mucho menos familiar; sobre todo del hecho de que un
tal rigor de técnica tenía algo casi inhumano. A veces simplifica tanto el
muñeco, que deja ver el alambre. Pero hasta en esta relación entre la manera y
el alambre hay una especie de extraño realismo.
Stevenson era un hombre que creía en el
trabajo artístico, es decir en la creación. No tenía la menor simpatía natural
por aquellas vagas ideas paganas y panteístas que se disimulan con el nombre de
inspiración. Puede no haberlo expresado con la frase de que el hombre es una
imagen del Creador; pero consideraba positivamente al hombre como un creador de
imágenes. Está, y ha estado mucho tiempo, lloviendo sobre el mundo y
procedente, en un sentido inmediato, de los germanos y los eslavos y,
probablemente, en un sentido remoto, de las turbias filosofías del Asia, una
especie de doctrina de mística impotencia que toma un centenar de formas; y que
lo reconoce todo en el mundo, excepto la voluntad. Niega la voluntad de Dios y
no cree ni en la voluntad del hombre. No cree en una de las más gloriosas
manifestaciones de la voluntad del hombre, que es el acto de elección creativa,
esencial al arte. Esta tendencia ha sido admirablemente tratada por mister
Henry Massis, en su libro sobre la Defensa de Occidente. Y otro escritor
francés de la misma escuela, mister Maritain, ha hecho notar el importante
papel que la palabra artífice, como título de un artista, representaba en la
filosofía medieval, así como en la artesanía medieval. Como veremos más tarde,
la paradoja de Stevenson es que no se le hubiera dado un pito de tales
metafísicas medievales; y, no obstante, realizó en la práctica lo que estos
escritores están menteniendo ahora en el terreno de los principios. El fue, si
nunca hubo uno, un artífice; no un simple vocero de fuerzas o hados
elementales, sino un hombre que hacía algo a fuerza de voluntad y a la luz de
la razón. Era una especie de arte característico de la obra medieval en
literatura lo mismo que en escultura. Se hallaba notablemente presente en
aquellos poetas medievales que el mismo Stevenson admiraba; admiraba, quizás,
más que comprendía. Es sumamente típico de las finamente esculpidas baladas de
Villon. De hecho, el nombre de Stevenson se verá siempre, supongo yo,
pintorescamente asociado al nombre de Villon, aunque sólo fuera por aquel bello
nocturno macabro de A Lodging for the Night. Y, no obstante, si en alguna cosa
del mundo Stevenson andaba completamente equivocado, era acerca de Villon. Se
hace hasta culpable, respecto a él, de un error de hecho y una falta de lógica,
verdaderamente insólitos. En su ensayo sobre Villon, al paso que manifiesta
todo el entusiasmo de un buen crítico por un excelente poeta, insiste casi
rabiosamente en que el espíritu del hombre estaba lleno de cinismo bestial y de
bajo materialismo. «Sus ojos estaban cegados por su propia corrupción»; y no
podía ver nada noble o bello en el cielo ni en la tierra. Y a esto añade la
observación algo curiosa de que, hasta en aquella Francia del siglo quince,
Villon podía haber aprendido algo mejor, puesto que pocos años antes, Juana de
Arco había vivido una de las vidas más nobles de la historia. Parece un poco
fuerte para el pobre Villon atribuírle una satisfecha ignorancia de personas
como Juana de Arco, cuando él, de hecho, la menciona en la más famosa de sus
baladas «La buena dama de Lorena, a quien el inglés quemó en Rouen». Pero el
reproche es todavía más infundado en lo que hace al espíritu más que en lo que
hace a la letra. Se basa en una especie de falacia moderna, mezcla de sentimentalismo
y optimismo, según la cual un hombre que trate con alguna acritud a este mundo
no puede tener ideales, cuando la acritud nace a veces de la intensidad de sus
ideales. Sea como fuere, es indudable para cualquiera que sepa leer poesía sin
prejuicios, que Villon tenía ideales e ideales elevados; sólo que acertaban a
ser elevados ideales católicos. El piadoso poema que escribió para su madre,
donde la describe contemplando la encendida ventana medieval, resplandece de
sinceridad. Y escribió por lo menos una línea que sería suficiente para
deshacer la acusación; una de esas líneas que son demasiado sencillas para ser
traducidas adecuadamente: «Offrit à la mort sa très claire jeunesse», que es
algo como «Ofreció a la muerte su resplandeciente juventud». Lo escribió de
Jesucristo; pero ¿qué cosa mejor se podría escribir de Juana de Arco?
Me he detenido en este paréntesis porque
prefigura la idea general a que tienden en definitiva estas algo dispersas
observaciones; la de que Stevenson defendió la verdad y no comprendió del todo
la verdad que defendía. Si la hubiese comprendido, habría sabido que el arte
viril que admiraba tanto en Villon, se relacionaba verdaderamente con ciertas
virtudes, que no porque fueran las virtudes de un ladrón, dejaban de ser las
virtudes de un artífice. Nadie pretende que Villon fuese un santo; los aspectos
socialmente deshonrosos de su pecado (para los de su misma fe), no le hacen
especial o supremamente un pecador irremisible. Si fue un ladrón, nadie puede
saber que no fuese un ladrón arrepentido; y el sistema moral a que estaba
adherido, había elevado un hombre así a los altares bajo el título algo
paradójico del Buen Ladrón. Era, probablemente, el último de los hombres que
esperaría en su propia persona el estar aquella noche en el Paraíso; pero no se
hallaba un paso más lejos de la misericordia del cielo, por el hecho de estar
cercano a colgar de una horca. Aquí hallamos, una vez más, me parece, un toque
del calvinismo con su dedo de miedo. Hay también aquel siniestro y pétreo
optimismo atribuído al Antiguo Testamento con su divino favoritismo para el
afortunado. Pero si la superficie de este juicio algo superficial de Stevenson
es extraña a aquel libre albedrío que es el creado del artífice, el espíritu
creativo personal que había debajo de ella era, no obstante, el del auténtico
artífice cristiano. Cuando Stevenson se puso a describir a Villon y su pandilla
de pícaros bajo la nieve y las gárgolas del País medieval, trabajó su historia
tan primorosamente como una balada francesa. No tomó opio ni absenta, y luego
se sentó a esperar que unas energías cósmicas sin nombre llegaran a su alma de
quién sabe dónde. Su espíritu no tenía nada que ver con el místico escepticismo
tan común en su tiempo. Era responsable, era cuidadoso, era económico, merecía
absolutamente el honroso título de trabajador.
Lo interesente aquí es que hasta su principal
defecto como artista era típicamente el defecto de un artífice. Trabajaba
demasiado escrupulosamente, produciendo sólo una cosa perfecta en su género,
con ciertos materiales, por cierto método y bajo las limitaciones de cierto
estilo.
La misma especie de crítica que encuentra que
una balada francesa es una forma demasiado fija y artificiosa, la misma especie
de crítica que encuentra que una virgen cuatrocentista es demasiado rígida o
afectada en su actitud, encuentra sin duda que una historia de Stevenson es
demasiado pobre de materiales o demasiado estricta en su unidad estilística.
Como he explicado más arriba, no quiero decir que esta crítica sea enteramente
injusta o irrazonable. La obra de Stevenson tiene sus faltas como otras obras
excelentes; y su principal deficiencia aparece en cierto defecto de delgadez
que es producido por este instinto de rigurosa simplificación. Pero nadie puede
escribir dignamente una historia de la literatura del siglo diecinueve sin
hacer notar esta importante desviación en la dirección de una más estrecha y
vigilante selección verbal, comparándola, o bien con la alegre laxitud que
existió antes, o bien con la triste laxitud que ha venido luego. Sea lo que
fuere lo que representa Stevenson en otros aspectos, representa ciertamente la
idea de que la literatura no es mera sensación o mera auto‑expresión o mero
documento, sino una sensación que llama a ciertos sentidos auto‑expresión con
cierto material y documento en cierto estilo. Y en esto afirmaba los derechos
del alma humama en oposición a varias fuerzas informes que algunos consideran
como el alma de la naturaleza; el anima mundi de los panteístas. De este modo,
Stevenson representó la misma profunda, antigua, hierática y tradicional verdad
que fue enseñada a aquella generación por William Morris; y ninguno de los dos
tuvo la menor idea de lo que era.
IX
LA FILOSOFIA DEL ADEMAN
Algo se ha dicho, de vez en
cuando, en estas páginas, de la justicia o injusticia de la pretendida reacción
contra Stevenson. Poco o nada se dirá sobre su éxito o fracaso definitivos, y
esto por dos razones al menos. Primero, porque estas conjeturas sobre las modas
del futuro yerran siempre, pues se fundan en una falacia muy evidente. Siempre
se cuenta con que el gusto del público seguirá progresando en la misma
dirección, lo cual es, en verdad, lo único que sabemos que no hará. Una cosa
que se aleja describiendo grandes curvas en espiral puede acabar en cualquier
parte; pero convertir cada curva en una línea recta que se prolonga en el vacío
será un error en cualquier caso. Esto es manifiesto hasta en la relativamente
corta historia de la novela moderna. Los victorianos hicieron una especie de
juego de sociedad de comparar Dickens con Thackeray; pero les hubiera asombrado
oír a la juventud moderna declarar que Thackeray es mucho más sentimental que
Dickens; les habría sorprendido la revalorización de Trollope acompañada del
relativo olvido de Thackeray. Porque para los más serios victorianos de aquel
mundo, Trollope significaba trivialidad. Habían experimentado lo que
experementaríamos nosotros si nos dijesen que Charles Garvice sobrevivirá a
John Galsworthy. Porque un gran genio puede aparecer bajo casi cualquier
disfraz, hasta bajo el disfraz de un novelista de éxito. La segunda razón por
la cual aparto de mí el manto profético, y renuncio a resolver la cuestión del
futuro, es que no creo que esto importe mucho. Hay buenos escritores del pasado
que, como algunos del presente, sólo son leídos por unos pocos y no admito que
los muchos lo sepan todo acerca de ellos, por la sola razón de que nunca los
han conocido. No veo por qué hemos de desconfiar tan ciegamente de la
popularidad y confiar tan ciegamente en la posteridad. Pero algunas de las
condiciones de la supervivencia pueden, tal vez, ser consideradas de un modo
general.
La fama de Stevenson en el futuro se mantendrá
o decaerá con la fuerza o la debilidad de un particular argumento. Este fue
expresado muy compendiosamente por un crítico que le acusó de «exterioridad».
Lo que llamaba el defecto de exterioridad me sentiría inclinado a adscribirlo a
la falacia del «interiorismo». Tal vez se me entenderá mejor si la llamo la
falacia de la «psicoiogía». Es la idea de que un novelista serio debería
limitarse al interior del cráneo humano. Ahora bien: la ficción de Stevenson
está llena de pantomima, en el sentido estricto de animada acción y ademán. Y
realmente parece que los críticos, por una especie de equívoco o perversión del
sentido, la hayan asociado con una pantomima infantil, aunque Stevenson habría
sido el último en poner objeciones ni siquiera a esto. En todo caso, esta idea
de que la ficción intelectual sólo debiera ocuparse del solitario e
incomumicativo intelecto, es, de hecho, una gran falacia. Está bien decir que
podemos ver debajo de la superficie; pero no que no podamos ver lo que está en
la superficie. Y lo menos razonable de todo es decir que no podemos creer en
ello porque ha salido a la superficie, aunque fuese tan enorme como una
ballena. En realidad, el tono recuerda el de algunos escépticos que daban a
entender que los marineros no debían creer que habían visto la gran serpiente
marina porque ésta tenía un cuarto de milla de largo cuando la vieron. Así
nosotros podemos sostener que las cosas psicológicas no son menos psicológicas
porque lleguen a la superficie en forma de pantomima. Lo contrario equivale a
decir que una delicada pieza de relojería sólo existe cuando el reloj no
funciona. Y, en verdad, supongo que estos críticos considerarían la acción del
reloj haciendo dar vueltas a las agujas como un ejemplo muy ofensivo de extraña
gesticulación. Es como decir que una locomotora sólo es una máquina de vapor
cuando no se mueve; o que un edificio que vuela con tremenda explosión ofrece
una prueba decisiva de que no era un polvorín.
Verdaderamente, en este respecto los críticos
psicólogos están algo atrasados hasta en psicología. Generalmente duele más a
esta clase de gente el estar atrasados que el estar contra la verdad; y en este
caso parece posible que estén en una y otra posición. La objeción a su falacia
de interiorismo es que no tiene sentido pensar sólo en pensamientos y no en
palabras o hechos, puesto que las palabras son sólo pensamientos hablados y los
hechos son sólo palabras en acción. Son, de hecho, las palabras más dominantes
y los pensamientos más triunfantes: los pensamientos que emergen. Pero, según
«la más moderna psicología» (esta infalible e inmutable autoridad), es más
equivocado todavía el tratar la superficie de un modo tan superficial. Los
actos no son sólo los pensamientos más rápidos; son hasta demasiado rápidos
para ser llamados pensamientos. Vienen de algo más fundamental que el común y
consciente pensamiento. Es precisamente nuestro subconsciente el que aparece en
actos más que en palabras o hasta en pensamientos. Es nuestro subconsciente el
que se muerde las uñas, o se retuerce el bigote, a da pataditas, o rechina los
dientes. Según algunos, hasta es nuestro subconsciente (este alegre compañero)
el que degüella a nuestra madre o limpia el bolsillo de nuestro padre. No tomo
tan en serio la más moderna psicología, pero todos los elementos de verdad que
hay en ella se oponen al tono de la más moderna crítica stevensoniana. La
prueba de que una ficción es buena, según este o cualquier otro patrón, no es
si sigue hilos de pensamiento en silencio; no si es subjetiva más bien que
objetiva, o si evita todo desenlace violento en los acontecimientos. La prueba
está simplemente en si tiene razón, si la psicología es acertada y si el acto
la representa convenientemente. En psicología, como en cualquier otra ciencia,
uno no debe equivocarse. Y el crítico más enconado de Stevenson hallará muy
difícil el demostrar que Stevenson se haya equivocado muy a menudo. Lo que el
enconado crítico podrá mostrar, y esto le enconará más todavía, es que
Stevenson lo expresaba todo por algún acto dramático. Y, según esta clase de
críticos, todo lo que es dramático es melodramático. La pueril cavilosa y
quisquillosa susceptibilidad de David Balfour durante su sola disputa con Alan
Breck Stewart está descrita tan delicada y tan exactamente que sería digna de
George Meredith, que tanto sobresalía en los tipos de muchacho; podía
fácilmente ser las cavilaciones de Evan Harrington o Harry Richmond. Sólo que
en la historia de Stevenson acaba, ¡ay!, con el cruce de los aceros y el gesto
de Alan, arrojando la espada; y esto, claro está, es horriblemente
melodramático. Uno no puede ser psicólogo dentro de un cinto del que pende una
espada; y los procesos cerebrales no deben tener lugar bajo un sombrero de tres
picos. El intervalo de limitada y casi estúpida felicidad de Henry Durie,
cuando la sombra de su hermano se ha retirado por algún tiempo, y su hijo está
creciendo al sol, es tan patético y tan real como cualquier intervalo lúcido
(si los hay) en la suburbana depresión de la escuela de Gissing. Pero cuando
esta especie de limbo es destruído por una palabra dicha al azar sobre la
posible perversión del niño, no se puede negar que Henry Durie se desploma como
una piedra. Y el cogitabundo crítico explica que un hombre así no puede tener
ningún sentimiento realmente interior, precisamente porque sus sentimientos
interiores son lo bastante fuertes para quitarle el sentido. El oscuro,
abnegado y casi automático altruísmo del pobre Herrick, en medio de toda su
maraña de traiciones en The Ebb‑Tide, es tan triste y verdadero como pueda
desear el más miserable moderno. Pero Herrirk se arroja al mar, dándose un gran
chapuzón, cuando, después de todo, debiera haberse encomendado al crítico
moderno no haciendo nada absolutamente, ni siquiera en aras del fructuoso culto
del suicidio. El partoteo de la muchacha Kristie, sobre recuerdos y ensueños e
imaginarias peleas de novios, mientras vuelve a casa desde la iglesia, es tan
fiel asunto de las reales imaginaciones de la mente joven y sentimental como
cualquier delicado matiz femenino en Henry James. Pero no se puede esperar que
el crítrco le perdone el dar dos o tres brinquitos mientras anda por el camino.
Ninguna dama de Henry lames ha brincado jamás. Es porque en cada uno de estos
casos algún movimiento exterior hace memorable el estado interior, por lo que
estos críticos encuentran que no puede ser realmente tan interior. Y es de
observar que ellos no se comprometen con una positiva negación; no afirman que
los personajes en cuestión no deberían sentir como sienten en la descripción;
ni siquiera dicen que no deberían obrar como obran en la descripción; que David
no debería luchar o Durie caer o Kristie saltar en el camino. Sencillamente,
tienen una refinada y delicada impresión de que la ficción psicológica debería
tratar solamente, o principalmente, de palabras no dichas o pensamientos
incompletos. Este es un punto de vista muy interesante, y convendría tenerlo
claramente expuesto y comprendido. Aunque Stevenson sólo hubiera servido como
una excusa para exponer esta interesante tesis crítica, ya podrían
agradecérselo y hasta esforzarse en ser corteses con él. Sea como fuese, este
parece ser su principio; y me he detenido lo suficiente en él para demostrar
que no deseo ignorarlo. Sólo quería observar, con todo respeto, que esa
diferencia no se encuentra solamente con Stevenson; por lo menos no solamente
con Stevenson. Se la encuentra también con Homero y con sus arcos tensos;
Hamlet y el salto en la tumba; con Francesca, dejando caer el libro; o con Don
Quijote arremetiendo contra los molinos de viento; con Enrique poniéndose la
corona, o con Antonio quitándose el casco; con el Roldán de Roncesvalles,
haciendo sonar la trompeta y rompiendo la espada y elevando el guante hacia
Dios. Con todas aquellas épicas energías que dieran a esta última historia, y a
las que dió origen el noble título de «Cantares de Gesta» Chansons de geste.
Entre las muchas objeciones irrazonables que
se hacen a la novela de Stevenson, reconozco que hay una objeción razonable que
se puede indicar aquí. Se puede decir que era culpable de exterioridad en este
sentido: que a veces empezaba con lo exterior por el hecho de ver en algún
escenario o marco la segestión o mejor dicho la provocación a lo novelesco.
«Hay jardines lúgubres y húmedos que piden un asesinato», observó con mucha
verdad; y a menudo se sintió movido a cometer el asesinato por delegación
literaria. Quiso, a veces, he dicho, proveer un lugar así de su leyenda
apropiada. Superficialmente la objeción tiene sentido; pero en un sentido más
profundo y comprensivo no admito que contradiga lo que he dicho antes de la
fuente prufunda del gesto o de la deliberación del trabajo artístico.
Simplemente significa que ha habido, desde el principio, en la obra de arte la
unidad de espíritu que debería tener siempre. Quiere decir que decidió qué
clase de novela escribiría antes de decidir qué novela escribiría; y esto está
bien y es inevitable. El jardín lúgubre y húmedo no puede gritar directamente
en otras tantas palabras: «En este lugar, el sincero preceptor con un ojo mayor
que el otro enterró el viejo machete de marinero con que había dado muerte al
horrible, pero secretamente malvado almirante que resultó ser su hermano».
Ningún jardín se ha expresado nunca con tanta precisión al impulsar algo a
alguien; pero no es menos verdad que el exacto grado de lobreguez y el exacto
perfil del desorden pueden haber sugerido, no simplemente un asesinato vulgar,
sino un asesinato que tuviera ciertas cualidades especiales de lo monstruoso o
lo extraño. Esto no prueba que no fuesen sentimientos profundos los que así
despertaron, a la vista del paisaje, y lucharon por hallar sus apropiadas
imágenes de tragedia. Sólo prueba que el origen de la novela era del mismo
orden que el origen de un poema. Podemos llamar a Stevenson un poeta en prosa,
si esto nos place; pero no podemos llamarle un escritor superficial, a no ser
que todos los poetas sean superficiales.
Tendré ocasión de hacer notar en otro lugar
que hay un sentido estrictamente técnico en que el procedimiento de Stevenson
puede llamarse «delgado o plano». Es un sentido en que podríamos decir que
cierto estilo de los herrajes decorativos es ligero y frágil, en que podríamos
decir que la manera de Whistler de extender capas monocromas, era meramente
plana. Tiene sus defectos, aun considerado como un procedimiento técnico; hay
una aversión artística a la filigrana; y muchos han sostenido que las acuarelas
de Whistler eran demesiado aguadas. Pero es esencial que esta crítica no se
confunda con la sugestión a que he respondido hace poco; la sugestión de que la
significación espiritual del dibujo o la pintura es superficial y no profunda.
Este es otro asunto y no tiene nada que ver con la cuestión de cual sea nuestra
forma preferida; y aunque la forma preferida de Stevenson fuese a veces
pintoresca en exceso, no hay nada trivial o meramente sentimental en la moral
del cuadro. Al contrario, se sentía muy atraído hacia temas morales difíciles e
intrincados, y le gustaba plantearse rompecabezas en las posibles relaciones de
las almas humanas. Sólo que, como hemos visto, le gustaba hacer que el alma
humana llegase a una conclusión en alguna manera y anunciase su conclusión de
un modo u otro. De aquí todos los abruptos ademanes y gestos corpóreos que
lamentan tanto los sensitivos; de aquí la moneda lanzada a través del cristal
de la ventana de Durrisdeer; el banjo arrojado al fuego en Midway Island; el
cuchillo clavado en el mástil, el diamante arrojado al río. En resumen, las
novelas de Stevenson son a memundo novelas de problema por el estilo de los que
fueron llamados dramas de problema. Pero hay un delito que le descalifica para
entrar en la compañía de los autores verdaderamente realistas y serios, de
dramas de problema y novelas de problema. Tenía una debilidad por resolver el
problema.
Hay en éste mérito el otro lado de un defecto;
un defecto del cual ha sido acusado a menudo. Se le ha llamado consciente de sí
mismo; y en su obra era tal vez demasiado consciente de sí mismo, comparado con
algunos escritores cuyos fundamentales y hasta casi olvidados impulsos se
dejaban expansionar más libremente, o acaso más naturalmente. Pero estas cosas
son cuestión de grado y de equilibrio; y algunos pueden sostener que es el tipo
opuesto el que ahora se ha vuelto desequilibrado. Corriendo hoy por el mundo,
no estoy seguro de no preferir el consciente de sí mismo al subconsciente.
Stevenson sentía una responsabilidad en el arte que se parecía a su vívido y
casi morboso sentido de responsabilidad en la conducta. Es cierto que sus
problemas de conducta eran a veces algo anárquicos; y su decisión ética en
ellos un poco de aficionado. Como Ibsen y Bernard Shaw y muchos hombres de su
tiempo, no había acabado de descubrir la perentoria y práctica necesidad de
tener una regla general, en ausencia de la cual el mundo se convierte en una
maraña de excepciones. Pero se interesaba fuertemente por la justa solución
moral, fuese la que fuese, aun cuando pareciese envolver la inversión de una
regla moral. Y este sentido de responsabilidad social era completamente sincero;
hasta cuando el especial alegato tenía que ser, quizás, un poco demasiado
individual para ser social. Era tal vez natural en un novelista el sentir muy
fuerte y vehemente el caso personal particular. Creo que generalmente lo sentía
así: como lo sentía London Dodd en The Wrecker cuando contrapesó el opio y Jim.
Estaba inmensamente intrigado por esta especie de problema. Henley le llamó
catecista; pero él habría dicho casuista. Declaraba tener poca simpatía por el
catolicismo; probablemente era lo bastante provinciano para tener horror al
jesuitismo; pero de hecho era más casuista que ningún jesuita. Es mucho menos
claro acerca de los dogmas originales y universales del catecismo, aunque fuese
el de los presbiterianos. Pero se sentía mucho más interesado por aquellas
especiales ocasiones en que el sentido general de aquellas doctrinas parecía
puesto a prueba por una especial necesidad. Podemos decir, por lo tanto, que,
en la vida y en la literatura era esencialmente una persona concienzuda. Y una
persona concienzuda es, presumiblemente, una persona consciente. Cometió en sus
libros, por medio de sus personajes, muchísimos crímenes; y entregó hornadas de
cadáveres a sus editores en el estilo requerido de todos los autores de novela
sensacional. Pero sus muertes tenían el matiz y la fina distinción del
asesinato; y nada del vulgar comunismo de la matanza. En el único episodio de
sus novelas que puede llamarse una matanza, la matanza de la vieja tripulación
de The Flying Scud por Wicks y sus hombres, todo el horror del incidente reside
en su fuerte individualismo. Reside en el hecho de que los hombres tienen que
ser muertos uno a uno; en el hecho de que la matanza no es una matanza, sino
una serie de asesinatos. En su correspondencia, Stevenson llegó a decir alegremente,
hablando de la sangrienta trampa puesta por Henry Durie a su hermano, que «es
un perfecto asesinato a sangre fría, que me propongo y espero que sea del gusto
del lector». Pero hasta en esto se notará que se propuso algo, y lo dijo, en lo
que pareció tan frío como el asesinato. Pero, al menos, no cometió asesinatos
sin saberlo, a la manera de nuestros más subconscientes criminales y locos de
la literatura moderna. No simpatizaba con estos héroes más recientes que
parecen seducir y traicionar y hasta apuñalar en una especie de prolongado
acceso de inconsciencia. No se había establecido para él o para sus personajes
aquella conveniente escalera secreta de mentalidad inconsciente o de movimiento
automático, por lo cual algo que no somos nosotros (y se carga todo lo malo)
puede escapar desde la cueva a la calle. Tal vez fuese un defecto; pero en todo
el conjunto de su vida y de su obra hay una completa ausencia de ausencia
mental.
Y con este tema de la responsabilidad, y la
confianza en la voluntad en materia moral, llegamos a la cuestión más amplia
que habremos de considerar en el último capítulo. Ello será, en cierto sentido,
un sumario de lo que ya se ha dicho; y no obstante será necesario decirlo algo
más claramente, y en relación con cosas sobre las cuales muchas personas
modernas se hallan demasiado confusas o son demasiado tímidas para hablar
claro. De momento, sólo es necesario decir que la importancia de Stevenson
reside grandemente en su relación con la tendencia de su época. Esta tendencia
era hacia cierto misticismo del materialismo, cuya expresión más dogmática es
lo que se llama monismo, pero que se puede expresar más ligeramente en un
centenar de formas, como que toda la vida es una, o que todo es herencia y
ambiente, o que lo impersonal es más elevado que lo personal, o que los hombres
viven por el instinto del rebaño o el alma de la colmena. Nuestros padres
llamaron fatalismo a esta atmósfera general; pero ahora se le dan gran número
de nombres más idealistas. Stevenson sintió todo esto sin definirlo
exactamente; lo sintió en el realismo de la literatura del siglo diecinueve; en
el pesimismo de la poesía contemporánea; en la timidez de la precaución
higiénica; en la presunción de la uniformidad de la clase media. Y mientras,
pertenecía completamente a aquel tiempo y a aquella sociedad; mientras leía a
todos los realistas, conocía a todos los artistas, dudaba con los escépticos, y
negaba con los incrédulos, llevaba dentro de sí algo que no podía menos que
estallar en una especie de apasionada protesta en favor de cosas más personales
y poéticas. Extendió los brazos en un ademán amplio y ciego, como uno que
quisiera hallar alas en el momento en que el mundo se hunde bajo sus pies.
X
LA ENSEÑANZA DE STEVENSON
HASTA a aquellos desdichados
para quienes el cuento de La isla del tesoro y la tradición continuada en los
piratas de Peter Pan forman un episodio que ya terminó, se les puede invitar a
examinarlo como un episodio; a examinarlo o, si se quiere, a examinarlo una vez
más. Hasta aquellos que apenas lo consideran como un ejemplo de literatura se
verán obligados a aceptarlo como un ejemplo de historia. No soy una de estas
tristes y desheredadas personas, como el lector, a estas alturas, ya habrá
podido sospechar; pero me avengo a dejar de lado, por el momento, la cuestión
de si su falta de aprecio es debida al progreso de la literatura o a la
decadencia del gusto literario. Les pido, por el momento, que lo consideren, no
como una obra maestra literaria, sino simplemente como una curiosidad de la
literatura. Les pido que se detengan en el episodio de los bucaneros
stevensonianos, como podrían detenerse en el episodio de los bucaneros de
veras, en algún curioso y viejo volumen sobre las vidas reales de Barbanegra y Henry
Morgan. Así como habría siempre algún interés histórico en considerar como el
saqueo de Panamá por los piratas se relaciona con los grandes asuntos del
Imperio español o la marina inglesa, así hay siempre algún interés filosófico
en considerar cómo el romanticismo de Stevenson se relaciona con el realismo y
el racionalismo y todos los grandes movimientos del siglo diecinueve. En
resumen, me contentaré, por el momento, si toda aquella maravillosa colección
de libros se junta en una mesa, bajo el título del más modesto de ellos, y es
considerada como una anotación a la Historia. Y ¿cuál era, pues, el significado
histórico de aquella extraña mancha de laca carmesí en la época gris de Gissing
y Howells, parecida a una mancha de sangre burlesca en una historia policíaca?
Para empezar preveo, que al plantear el asunto en este terreno histórico me
expongo a ciertas críticas de orden estrictamente histórico. Se puede decir que
las fechas y detalles de la vida y el tiempo de Stevenson no se corresponden
con esta comparación; que llegó demasiado al principio del progreso para ser
realmente un tipo del «noventa»; y que sus verdaderos rivales y modelos fueron
los «filisteos» victorianos. No admito esto como una verdad, aunque admito una
parte de ello como un hecho. Un anacronismo muchas veces no es más que una
elipsis; y una elipsis muchas veces es simplemente una necesidad. Lo que una
inteligiencia viva como la de Stevenson siente, no son los convencionalismos
trasnochados y estáticos de este mundo, sino el camino que lleva el mundo.
Hablamos familiarmente de tiempo y corriente; y en un caso como este es ocioso
recordar un tiempo sin comprender que era una corriente. El autor de The
Ebb‑Tide sabía muy bien cuál era la corriente que disminuía en aquel momento.
Era la corriente de lo que muchos consideraban como la virtud victoriana y toda
la felicidad descrita en la novela de tres tomos. Stevenson sabía muy bien que
esta especie de cosa trasnochada no era la fuerte amenaza o promesa del próximo
futuro. A veces se burla de los Filisteos; pero ataca con furiosa energía a los
estetas. Compárese, por ejemplo, el modo como habla de Walter Besant con el
modo como habla de Henry James, cuando tiene que diferir de ambos en aquella
admirable carta sobre «el arte compitiendo con la vida». Desdeña al novelista
famoso como al representante de algo que ya ha pasado, pero toma en serio al
novelista serio, y manifiestamente teme que a la larga sus métodos más sutiles
lleguen a triunfar. Estos métodos más sutiles, de los impresionistas y los
realistas y demás, eran para él, evidentemente, el peligro verdadero, porque
eran la corriente que crecía. En resumen, alguien puede quejarse de que
represente a Stevenson reaccionando contra la decadencia antes de que ésta
existiera. Y respondo que éste es el único modo verdadero como un hombre
luchador ataca con éxito un movimiento; cuando lo ataca después, lo ataca
demasiado tarde.
O también se podría decir que exagero la
novedad de una obra como la de La isla del tesoro: y que ésta sólo era la
continuación de la novela histórica de Scott o la novela marinera de Marryat. Y
de nuevo pienso que un crítico pasaría por alto en este caso, no solamente una
sutil distinción, sino también un punto muy esencial. Las antiguas novelas eran
novelas; no eran historias para muchachos, sino simplemente historias. La
comedia de los Oldbuckes y Osbaldistones es una comedia de carácter tan sólida
como la de mister Bennet o mistres Bates. Es sólo el incurable y casi
inconsciente sentido escocés de lo dramático el que envía los personajes de la
comedia al peligroso risco o al Clachan de Aberfoyle. No habría una premeditada
y desafiadora vuelta a un arte juvenil olvidado tal como aquella de que se
alardea en las cartas de Stevenson lo mismo que en la novela de Stevenson. El
punto puede ilustrarse una vez más con el recuerdo del teatro infantil de
Skelt. Una cosa es decir que un pintor como Maclise o un autor como Macready
podían haber tenido un estilo que nos choca como teatral y pomposo. Maclise y
Macreadey no sabían que eran teatrales y pomposos. Otra vez sería resucitar las
figuras del viejo teatro de juguete, casi (en cierto sentido) porque eran teatrales
y pomposos. Stevenson evidentemente resucitó todo este «romance», no porque
fuese la moda de su tiempo, como la pintura histórica de Maclise, sino porque
iba contra la creciente moda de su tiempo y tuvo que luchar por ella como por
una moda nueva, porque era, en realidad, una moda vieja. El glorificó una
anticuada skelteria, cuando sabía que era anticuada. Se concentró en un cierto
tipo de libro para muchachos cuando sabía que los muchachos lo tenían
abandonado hacía tiempo. Era tan concienzudo al copiar un viejo novelón de
piratas como los prerafaelistas al copiar una vieja pintura religiosa medieval.
Como ellos se esmeraban al incrustarla con joyas de color infantil, así él se
esmeraba al montar de nuevo la joya perdida de su propia infancia. Pero sabía
que no lo hacía como una moda, como sabía que no tenía realmente cinco años.
¿Qué se proponía, pues, exactamente? ¿Qué, por
decirlo así, significaba ello; aunque él, en cierto sentido, no se lo
propusiera? Antes que nada, creo yo, fue una arremetida para la libertad; y
especialmente una arremetida para la felicidad. Fue una defensa contra la
posibilidad de la infelicidad; y una especie de respuesta a la pregueta, ¿puede
un hombre ser feliz?» Pero era una respuesta de una curiosa especie, lanzada
retadoramente en circunstancias curiosas. Era la fuga de un preso mientras se
le conducía encadenado de la cárcel del puritanismo a la cárcel del pesimismo.
Pocos han comprendido este pasaje de la historia de civilización manufacturera
del noroeste de Europa y de América. Pocos han caído en la cuenta de que la más
sombría especie de materialismo moderno cayó a menudo sobre una clase que
acababa de escapar a una igualmente sombría especie de espiritualidad. Apenas
acababan de salir de la sombra de Calvino cuando entraron en la sombra de
Schopenhauer. Desde el mundo del gusano que no muere pasaron al mundo de los
hombres que mueren como gusanos; y en el caso de alguno de los decadentes, casi
entusiasmados de ser devorados por los gusanos, como Herodes. Puritanismo y
pesimismo, en resumen, eran cárceles que se hallaban mey próximas; y nadie ha contado
nunca cuántos fueron los que dejaron una, sólo para entrar en la otra; o bajo
qué galería cubierta pasaron. La aventura de Stevenson fue una fuga, una
especie de romántica escapada para evitar a las dos. Y así como un fugitivo
muchas veces ha corrido a encontrarse en la casa de su madre, así este escapado
buscó refugio en su antiguo hogar; se fortificó en el cuarto de los niños y
casi trató de introducirse en la casa de muñecas. Y lo hizo por una especie de
instinto de que allí habían existido goces concretos que un puritano no podía
prohibir ni un pesimista negar. Pero fue una historia extraña. El tuvo su
respuesta a la pregunta ¿puede un hombre ser feliz?», y la respuesta fué: «Sí,
antes de que llegue a ser un hombre».
Son sólo las cosas manifiestas las que no se
ven nunca; y una cosa muchas veces se tiene por trivial sólo porque los hombres
la han estado mirando mucho tiempo sin verla. No hay nada más difícil que
encerrar, en un ámbito claro y reducido, las generalizaciones sobre la
historia, o aún sobre la humanidad. Pero hay una especialmente evidente y que
no obstante se escapa en este asunto de la felicidad. Cuando los hombres se
paran, en su persecución de la felicidad, a imaginarse seriamente la felicidad,
siempre han hecho lo que puede llamarse una pintura «primitiva». Los hombres
corren hacia la complejidad; pero anhelan la simplicidad. Tratan de ser reyes;
pero sueñan en ser pastores. Esto es verdad lo mismo si vuelven los ojos a la
Edad de Oro que si miran adelante hacia la más moderna utopía. La Edad de Oro
se imagina siempre como una edad libre de la maldición del oro. La perfecta
civilización del futuro es siempre algo que muchos llamarían un superior
salvajismo; y es concebida según el espíritu del que habló de «La civilización,
su causa y su remedio». Tanto si es la Arcadia del pasado como la utopía del
futuro, siempre es algo más simple que el presente. Desde el poeta griego o
romano que suspiraba por la paz de la vida pastoril al último sociólogo que expone
la vida social ideal, este sentido de un retorno y una resolución en cosas
elementales es manifiesto. El caramillo del pastor es siempre algo más sencillo
que la lira del poeta; y la vida social ideal es una forma más o menos sutil de
la vida sencilla. De esta tendencia hay todavía una tercera y tal vez más fiel
expresión. Puede observarse que estos ensueños de felicidad se relacionan más
bien con el alba que con el día. El reaccionario desea la vuelta a lo que
llamaría «el amanecer del mundo», pero el revolucionario, por su lado, habla
también de esperar el alba, de cantos de amanecer y de la aurora de un día más
feliz. No parece importarle mucho el mediodía de aquel día. Y un modo de
expresar este espíritu de la mañana es el retorno al niño.
Stevenson podía haber hecho su pregunta cien
años antes, cuando la rebelión de los primeros humanitarianos contra los
puritanos; cuando la misma ciudad de Ginebra que había visto fundar por Calvino
la religión del pesimismo, vio fundar por Rousseau la religión del optimismo. Y
si se hubiese hallado en aquel primer movimiento liberal o naturalista,
probablemente habría encontrado que la mejor expresión del movimiento romántico
era la realización del amor romántico. Pablo y Virginia, en vez de Poll y
Robinson Crusoe (para no mencionar a Long John Silver) habrían sido los felices
habitantes de la isla desierta. En aquella luna de miel de la humanidad, habría
parecido suficiente que Edwin y Angelina, unidos al fin (por un solemne
matrimonio civil ante el Escribano de la República) poblasen el mundo de puros
y felices republicanos. Pero aquella Arcadia del siglo dieciocho se había
ensombrecido mucho antes del tiempo de Stevenson; éste, en realidad, propendía
a ser un poco exageradamente nebuloso hasta acerca de aquellos de sus
principios que eran realmente claros. Y mientras los artistas más bohemios de
una época posterior seguían reclamando todas las libertades y más que las
licencias de aquella teoría, todos habían abandonado la ficción de que ella
conducía, en la práctica, a tal felicidad. Ha habido ciertamente una curiosa
ironía, a este respecto, en los artistas modernos, especialmente los artistas
literarios. La mitad del clamoreo contra ellos se produjo, con razón o sin
ella, porque insistían en que sus libros debían ser repulsivos para poder ser
realistas o sórdidos para poder ser verídicos. Pedían mano libre para describir
el sexo; y parecían dar por supuesto, en su propia defensa, que describir el
sexo es describir pecado y dolor. Insistían en que cualquier cosa bella debía
ser una ficción; y nunca vieron cuán precisamente reflejaban ellos el fin de
aquella misma danza de bellas ninfas y cupidos, que los había traído la
licencia que les era más cara. En resumen, parecían reclamar dos cosas: la
primera ser libres para hallar la perfecta felicidad de la pasión, y la segunda
ser libres para describir cuán sumamente infeliz es ella. En la vida uno puede
hacerlo todo para seguir el amor, porque es tan bello; y en el arte uno debe
hacerlo todo para describir el amor porque es tan admirablemente feo. Sus
doctrinas anárquicas eran contradichas en la realidad por sus descripciones
anárquicas. La casa del amor donde era necesario sacar tales licencias de
hospital para la amputación y vivisección, difícilmente podía ser (como dijo el
poeta) la casa del cumplimiento del anhelo. No era ciertamente la casa que
Rousseau y los antiguos liberales románticos habían anhelado. Como quiera que
fuese no era posible a un hombre de la generación de Stevenson buscar esta luz
o esta lúcida felicidad en el sexo o, en aquel sentido, ni siquiera en el
sentimiento. No era esto posible a un romántico que, nacido tal vez fuera de su
tiempo, vivía no en la época de Rousseau, sino en la época de Zola. Así
encontramos en Stevenson algo como un positivo rehuimiento de aquellos temas de
pasión que trepidaban por todo su alrededor en la nueva literatura; un
rehuimiento, hasta aquel normal amor romántico que no se toca en absoluto en
Kidnapped y que se toca graciosa, pero muy ligeramente, en Catriona. No era
solamente que las muchachas estorban en las aventuras. No era solamente que no
podía ser uno de aquellos para quienes una muchacha es la única aventura. Era
también porque un hombre que vivía bajo el duro reto del nuevo realismo ya no
podía pretender que fuese una aventura que siempre acababa bien. Deseaba
escapar hacia un mundo de más seguro goce y tal vez de menos dolor potencial. Y
esto se relaciona con verdades muy profundas de psicología, que todavía no se
han explorado debidamente, pero muchos hombres saben que hay una diferencia
entre la intensa emoción momentánea provocada por el recuerdo de los amores de
la juventud y el todavía, más instantáneo, pero más perfecto goce del recuerdo
de la infancia. La primera es siempre estrecha e individual, y traspasa el
corazón como una espada, pero el último es como el fulgor del relámpago, que
revela, por el espacio de medio segundo, todo un variado paisaje; no es el
recuerdo de ningún goce particular ni de ningún sufrimiento particular, sino de
todo un mundo que resplandece de maravilla. El primero es sólo un amante que
recuerda el amor; el segundo es como un muerto que recuerda la vida.
Una vez oí en un tren a una familia campesina
de la clase puritana discutiendo con un ministro no conformista el acto de un
muchacho, soldado de la Gran Guerra, que estando en el hospital estaba
entretenido en esculpir una cruz de madera y la había enviado a su familia. Su
familia estaba apenada, pero le excusaba. Sus observaciones tenían un
estribillo continuo de «él no quería significar nada con ello». Este
extraordinario estado de espíritu me intrigó tanto que escuché el resto de la
conversación, a intervalos de la cual el ministro repetía firmemente que no
necesitamos esta clase de cosa; que lo que necesitamos es un Cristo viviente. Y
nunca pareció ocurrírsele al reverendo señor que en aquel momento se hallaba en
guerra con todas las cosas vivientes, así como con todas las cosas cristianas;
con el instimto creador; con el deseo de forma; con el amor de la familia, con
el impulso de enviar señales y mensajes, con el humor, con el sentimiento, con
la virilidad del martirio y la fuerza del destierro. En realidad era el
escultor de la cruz quien daba testimonio de un Cristo viviente, y era el
partidario de un Cristo viviente quien estaba repitiendo una fórmula muerta. Y
no lo era menos por no ser una fórmula expresada en madera, sino una fórmula
expresada en palabras. Este curioso incidente ha quedado siempre en mi memoria,
aunque sólo haya sido por su nuevo y superficial humor. La imagen del joven
inconsciente que no quería significar nada con ello, que simplemente fue
cortando un palo hasta que, por mala suente, este tomó la forma de una cruz,
será siempre una fuente de provechoso entretenimiento para el espíritu. La idea
del joven dando tajos a la madera, a diestra y siniestra, atolondradamente, y
viendo surgir a cada lado símbolos teológicos a despecho de sus más enérgicos
esfuerzos, tiene algo de cuento de hadas. Y la idea de que si hubiera sabido lo
que iba a pasar nada le habría inclinado a tocar una cosa tan impropia y
ofensiva es materia de profundo negocio íntimo.
Y, no obstante, por extraño que parezca, debo
presentar mis exusas al pobre ministro y reconocer que algo parecido a aquella
fantástica idea puede ocurrir realmente. Después de todo, hay en el mundo una
multitud de inconscientes hacedores de cruces y de cruces hechas sin intención.
Hay, corriendo por el armazón mismo de
nuestras casas y nuestros muebles toda una especie de dibujo de cruces. Hay una
multitud de honrados carpinteros y ebanistas que hacen cruces de madera sin
querer significar nada con ello. Pero la figura significa algo a pesar de todo
y precisamente porque es una figura fundamental, basada en principios básicos
de equilibrio y conflicto y sostén. Todas nuestras sillas y mesas están llenas
de cruces, de barrotes y travesaños, y es posible que la mayor parte de
nosotros usemos los muebles sin caer en la cuenta del significado; no pensamos
en una mesa como en una mesa de comunión y podemos sentarnos en una silla sin
hablar inmediatamente ex cathedra. Y del mismo modo, cuanto más estudiamos
historia general y artística, más a menudo veremos hombres que hacen tronos
cuando sólo querían hacer sillas, y edifican iglesias cuando sólo querían
edificar casas. Y en esta retrospección de historia religiosa, me parece que
muchas desviaciones y hasta aberraciones han servido solamente para esbozar en
una mayor escala la verdad de ciertas antiguas doctrinas próximas y necesarias
al hombre; e ilustran la ortodoxia aunque fuese con detestables ejemplos.
Milton mismo fue un ejemplo: porque dijo más verdad de la que se proponía
decir, cuando dijo que el nuevo Presbítero era sólo el antiguo preste escrito
más largo. Era realmente la humana necesidad de un sacerdote escrita más largo;
y era escrita verdaderamente muy largo.
Ahora bien: los hombres de la generación de
Stevenson y especialmente los hombres tan inteligentes como él, tenían tal vez
menos conciencia de la verdadera razón en favor de estas antiguas ideas, de la
que pudiera haber tenido cualquier hombre que haya vivido antes o después. Nada
podía estar más lejos de sus pensamientos que la sospecha de que sus fantasías
artísticas pudieran referirse a aquellos antiguos dogmas sobre la Caída o el
oscurecimiento de la luz divina por el pecado. Wordsworth, aunque a veces se le
llame panteísta, vió en los vívidos placeres de la infancia lo que llamó
indicios de inmortalidad. Stevenson confesaba que halló a menudo difícil
obtener ningún indicio de inmortalidad. Y, no obstante, si no podía dar
testimonio de la Resurrección, continuamente da testimonio de la Caída. Decimos
ligeramente de un hombre bueno que es un cristiano sin saberlo. Nada, como
digo, le habría sorprendido más a él, o a su generación, que descubrir esto; y
puede que algunos, hasta de una generación más joven, sean tan tradicionales
que hayan dejado de ver el gradual despliegue de la verdad. El habría sido el
primero en decir que tales dogmas eran cosa muerta y que no podemos hacer
retroceder el reloj hasta el siglo quince. No obstante me explicó por qué, tan
a menudo, estaba tratando de hacer retroceder su reloj a su quinto año. Porque
la verdad es que no hay realmente ningún sentido o significación en ese
contínuo tributo de los poetas a la poesía de la infancia a no ser, como dice
Treherne, que el mundo del pecado se interponga entre nosotros y algo más bello
o, como dice Wordsworth, que nosotros vengamos en primer término de Dios, que
es nuestra patria. No me detendré a distinguir aquí entre la doctrina del
pecado original y la doctrina de la depravación que los calvinistas habían
probablemente enseñado a Stevenson, la cual sería por si sola bastante para
explicar el que no supiera cuán ortodoxo era. Tampoco expondré aquí la
distinción entre el pecado original y el actual, aparte del ideal del bautismo
infantil, para que el ya desconcertado escéptico moderno no crea que estoy
loco. Debe aceptar mi benévola seguridad de que el loco es más bien él, o si no
loco, aunque no por su culpa, deficiente mental. El caso es que no existe
realmente ninguna explicación de esta intensa concentración en la niñez si no
es una explicación mística. Todo el caso de la novela de Stevenson es el de un
hombre obsesionado por una canción, que anda siempre buscando las notas sueltas
de una olvidada melodía, lo que llamó la nota del ruiseñor devorador del
tiempo. «Pero sólo los niños la oyen bien» ¿Por que?
Además, como ya he hecho notar, este principio
de la beatífica visión de la inocencia queda todavía más probado en el
quebrantamiento que en la observancia. Los racionalistas y realistas, que
elogiaban la persecución de la felicidad por el adulto, se ocupaban (y todavía
se ocupan) principalmente en describir la infelicidad. Sólo demuestran que la
vida libre y el amor libre son realmente peores de como los haya representado
nunca ningún asceta. Las filosofías naturalistas no contradicen solamente el
cristianismo. Las filosofías naturalistas contradicen también las novelas
materalistas. Su ejercicio de su propio derecho de expresión fue bastante para
demostrar que la mera combinación de la madurez de la razón con los goces de la
pasión no producen, de hecho, una Utopía. No necesitamos discutir si los
zolaitas tenían razón al describir horrores con tanto afán. Si la mera libertad
hubiese realmente conducido a la felicidad, ellos habrían descrito la
felicidad. No habría sido necesario que un hombre adulto, con toda una
biblioteca de literatura moderna, se escondiera en un teatro de juguete para
sentirse feliz.
Esta sencillísima verdad es probablemente
demasiado simple para ser vista; porque, como muchas cosas parecidas, es
demasiado grande para ser vista. Pero, ciertamente existe todavía para ser
vista si algunos de los modernos pudiesen ensanchar sus mentes lo bastante para
verla. El tipo del realismo ha cambiado desde los días de Zola, así como el
tipo del romanticismo ha cambiado desde los días de Stevenson. Pero no ha
resuelto esta diferencia indiscutible entre los alegres cantos de la inocencia
y los melancóliccs cantos de la experiencia. En la reciente literatura de las
nuevas generaciones hay mucho de frívolo, pero poco de alegre. Pecisamente
ahora se nos pide incesantemente que nos alegremos a la vista de la juventud
que goza; lo cual, por mi parte, estoy muy dispuesto a hacer; pero lo estaría
mucho más si pudiera estar seguro de que la juventud goza. Y es un hecho
curioso que en su característica literatura contemporánea hay una casi absoluta
ausencia de alegría. Y pienso que sería exacto decir, de un modo general, que
no es suficientemente infantil para ser alegre. A propósito de esto, se me
puede permitir una vez más que sea a un mismo tiempo anecdótico y alegórico.
Cuando leí por vez primera el título de El sombrero verde me lo figuré como el
sombrero de copa de un anciano caballero que tenía un capricho por este color.
Me lo imaginé como una vivaracha figura simbólica de la primavera, con los
cabellos como el espino y un sombrero como las hojas nuevas; mi mente se perdía
por entre las copas de los árboles y los jugueteos del viento de abril; me lo
imaginaba persiguiendo su sombrero hasta el país de las hadas o hasta el fin
del mundo, o encaramándose en los árboles para hallar el pájaro azul anidando
en su verde cubrecabezas. La mera idea del verde me daba un atisbo de aquél
impalpable elemento del que el pájaro azul se ha hecho el emblema. Cuando abrí
el libro y hallé que el sombrero verde era sólo un sombrero de señora y que el
libro estaba lleno de opiniones sobre el sexo, me quedé tan absolutamente desilusionado
como el muchacho a quien han dado un diccionario en vez de un libro. Mis
sentimientos hacia las intrusas mmjeres eran los de Jim Hawkins; muy parecidos
a los que habría experimentado si una dama distinguida hubiera disuadido al
Squire Trelawney de irse a la mar. Es verdad que los personajes del libro
pretendían divertirse a lo que parecía ser su manera; pero no podían hacer que
me divirtiera como me habría divertido con la única verdadera, real y original
historia del sombrero verde. Reconocía que había ingenio en el libro, pero no
entretemimiento; no había ni un soplo de aquella fuerte brisa de primavera,
sino más bien un aceptado aire de otoño; de cosas que danzaban como danzan las
hojas de otoño, como las«Hojas Caídas» en la alegre revelación de míster Aldous
Huxley. Conozco todo lo que se dice en defensa de este realismo, fundándose en
que es real. Lo conozco dede el tiempo en que Stevenson escribía sobre Zola.
Pero no hablo de si esta literatura es razonable o defendible; hablo de si, de
hecho, despierta o trata de despertar un sentimiento de alegría positiva. Es
por esto que este episodio es digno de ser notado y recordado aunque sólo sea
como un episodio; y con mayor motivo si se halla en vivo contraste con los
episodios que siguen, así como con los anteriores. He reconocido que una parte
de la premeditada elección de la cosa infantil por parte de Stevenson fue una
reacción contra mal elogiosos ambientes y modos de conducta, en el período de
la pasión y la juventud. Pero los escritores más jóvenes que alardean de
escoger por sí mismos, parecen fracasar igualmente al querer hacer la pasión
idéntica al placer; parecen tareas incapaces de conservar el espíritu juvenil
de la juventud. He reconocido que cuando Stevenson inició su arremetida hacia la
libertad y la felicidad, podía haber parecido que no había otra alternativa que
la del puritanismo o el pesimismo. Pero los nuevos escritores que no se hallan
amenazados por el puritanismo parecen ser movidos todavía por el pesimismo.
No parece haber manera de explicar estos
estados de ánimo si no es diciendo que el apóstol de la infancia estaba, al
menos, buscando placer donde se le podía hallar, mientras que los apóstoles de
la juventud lo buscan donde no se puede hallar. Lo que nos aguarda después de
todos estos episodios no pretendo profetizarlo; sólo tengo la esperanza de que
sea la reconstrucción de la grande y abandonada filosofía cristiana, todas las
contribuciones a la cual serán recibidas con agradecimiento, especialmente la de
los ateos y anarquistas. Y ésta es en realidad la verdadera importancia tanto
del hombre que puede mostrar a la naturaleza humana feliz en el cuarto de un
niño, como del hombre que sólo la puede mostrar desgraciada en el club
nocturno. Ambos pueden ser, y generalmente lo son, de la clase que sonreiría
despectivamente al pensamiento de resucitar las viejas fábulas piadosas sobre
el infierno y el cielo. Pero de hecho, Stevenson estaba describiendo el reino
del cielo y llamándolo Skelt, mientras Zola estaba describiendo todos los
reinos del infierno y llamándolos la vida real. Ninguno de ellos sale del
círculo de hierro de la verdad real del caso; que una de las dos cosas, por
infantil que sea, es realmente una pintura de contento, mientras que en la
otra, el único elemento decente es el descontento.
Puede ser que el mundo olvide a Stevenson, un
siglo o dos después de haber olvidado a todos los actuales y distinguidos
detractores de Stevenson. Puede ser completamente lo contrario, como dijo el
poeta; puede ser que el mundo recuerde a Stevenson; lo recuerde con sobresalto
por decirlo así, cuando todo el mundo tenga olvidado que haya existido nunca
ninguna historia en una novela. La disolución a que se refiere Sir Edmund
Gosse, en virtud de la cual la literatura de ficción, que siempre fue una forma
algo vaga, se hará totalmente informe, puede por aquel tiempo haber eliminado
de la novela toda su original idea de una narración. Míster Wells, si vive para
deleitar al mundo tanto tiempo, podrá despachar el género en forma de grandes
masas de admirables análisis de condiciones sociales y económicas sin el
engorro de tener que recordar a cada doscientas páginas, o cosa así, que ha
dejado en algún punto, un héroe dentro de un auto o una heroína en una casa de
huéspedes. Miss Dorothy Richardson podrá formular estos vívidos inventarios del
mobiliario y la vajilla doméstica, que su yo subconsciente anota con una
precisión de oficinista, sin que se la moleste pidiéndole que diga quien poseyó
esos objetos o cual era el objeto de poseerlos. Los psicólogos podrán obsequiarnos
con una serie de sutiles y fascinadores estados de espíritu sin que tengamos la
morbosa curiosidad de preguntar a qué espíritu pertenecen. Ellos, a su vez,
pueden ceder el puesto a alguna otra escuela; como la de estos brillantes y
avispados americanos que se llaman a sí mismos «conductistas». Estos declaran
con cierto calor que no tienen realmente nada en la mente y que sólo piensan en
sus músculos; lo cual, en el caso de pensar algo podemos creer muy bien. En la
actualidad los conductistas se conducen del mejor modo. Pero no parece haber
ninguna razón para que esta nueva especie de cristianismo muscular invada algún
día la novela como lo hizo el psicoanálisis; y nosotros podremos deleitarnos
con un nuevo tipo de ficción en que un brillante pensamiento cruza por el
bíceps de Edwin o un vívido recuerdo despierta sin ser llamado en el deltoides
de Angelina. Porque es costumbre de la moderna ciencia psicológica el asegurase
de su ficción mucho antes de estar segura de sus hechos. Pero lo malo de esta ficción
será que tendrá mucho de novedad, pero nada de novela. La pasión por hacer
dibujos de curvas y espirales, como una carta de corrientes marinas, ha borrado
ya tanto el perfil de la individualidad que perdimos todo sentido de lo que un
hombre es, por no decir de todo lo que este hombre desea. Fuerzas universales y
sin nombre atravesando el subconsciente, corren como aquel río sagrado y
tenebroso que traza su curso por cavernas inmensurables para el hombre. Cuando
este proceso de desformación sea completo, siempre es posible que los hombres
den con una forma experimentando una especie de viva sorpresa; como la del
geólogo que encuentra el fósil de alguna extraña criatura que parece
petrificada en su último salto o en su último vuelo. O como la del arqueólogo
que pasando por las salas o templos de alguna ciudad iconoclasta cubiertas de
dibujos de belleza puramente matemática, diera con un miembro palpitante o con
el hombro levantado de una rota estatua griega. En aquellas condiciones puede
ser que la novela vuelva a ser novela. Y en aquellas condiciones, en aquella
reacción, ciertamente ninguna novela llenaría tan bien su objeto o señalaría
tan claramente el camino, como una novela de Stevenson. El cuento, el primero
de los infantiles y el más viejo de los humanos deleites, en ninguna parte
revelaría su estructura y su fin tan rápida y tan sencillamente como en los
cuentos de Tusitala. La antigüedad del mundo, en aquel grado, empezará de
nuevo; la infancia de la tierra volverá a ser descubierta; porque el contador
de historias habrá extendido una vez más su alfombra sobre el suelo; y será
verdaderamente una alfombra mágica.
Pero tanto si el mundo vuelve como si no
vuelve de este modo a Stevenson; tanto si vuelve, como si no vuelve a los
cuentos, volverá ciertamente a algo; y a algo de este género. Ló único que
podemos profetizar seguramente es lo que siempre se ha calificado de imposible.
Una y otra vez se nos ha dicho, por toda clase de pedantes y progresivas
personas, que la humanidad no puede volver atrás. La respuesta es que si la
humanidad no puede volver atrás no puede ir a ninguna parte. Todo cambio
importante en la historia se ha fundado en algo histórico: y si el mundo no
hubiese tratado una y otra vez de reproducir su juventud, habría muerto hace
tiempo. Así como el poeta hace sus canciones con recuerdos del primer amor, o
el escritor de cuentos de hadas ha de jugar a ser niño, como el niño juega a
ser hombre, así todo republicano ha vuelto los ojos a las remotas repúblicas de
la antigüedad y hasta el comunista habla de una primitiva comunidad de dioses.
El definido retorno a la simplicidad, como expresión de la ardiente sed de
felicidad, éste es el único hecho recurrente de la historia; y ésta es la
importancia del puesto de Stevenson en la historia literaria. Y no hay la menor
razón para suponer que la historia literaria del futuro sea en este respecto
nada diferente de la historia literaria del pasado. Al contrario, los dos o
tres ejemplos de cambio extremo con que los más recientes días nos han retado,
han confirmado curiosamente esta antigua verdad en un nuevo modo. De la cual se
puede decir con certeza que cuanto más cambia más es la misma cosa; y una cosa
muy buena, además.
Las modas cambian; pero este retorno al cuarto
de los niños no es una moda y no cambia. Si volvemos a los más recientes, y
podríamos decir, los más ruidosos, de los innovadores literarios, todavía
hallaremos que en tanto dicen algo, lo que dicen es esto. Supongamos que la
manera de hacer de Stevenson fuese completamente pasada y anticuada; dejemos a
Stevenson en el pasado muerto, con otros trastos viejos como Cervantes y Balzac
y Charles Dickens. Si nos lanzamos dentro de las modas y fantasías más en boga,
si corremos a los salones más nuevos o escuchamos las conferencias más
avanzadas, no escapamos a la llamada de nuestra infancia. Existe ya un grupo,
podríamos decir un grupo familiar, de poetes que se consideran a sí mismos, y
son considerados generalmente, como la última palabra en experimentos y hasta
en extravagancias, y a los cuales no faltan verdaderas cualidades de profunda
atmósfera y sugestión. No obstante, todo lo que es realmente profundo en lo
mejor de su obra sale de aquellas profundidades de perspectiva de jardín y de
amplia estancia, blancas, con las ventanas de la mañana. La mejor poesía de
Miss Sitwell es, después de todo, una especie de parodia de A Child's Garden of
verses, alfombrada de adjetivos ligeramente alterados que sorprenderían poco al
niño. Pero el poeta anda tanteando ciertamente en busca de su propia sombra
perdida como el niño «que se levantó y encontró el brillante rocío en cada
botón de oro»; y está todavía más inclinado a idealizar la nube movediza del
miriñaque que aquél que se contentó con decir «cada vez que tiíta se mueve, sus
vestidos hacen un curioso susurro». En la versión de Miss Sitwell harían un
ruido más curioso todavía, la naturaleza del cual no tengo valor para tratar de
adivinar. El brillante rocío podría conventirse en el chillón rocío o, en una
estimación más moderada, el reidor rocío; pero todavía sería un niño perdido el
que se hallaría admirado en aquellos grises prados antes del amanecer. Muchos
se han quejado, y tal vez justamente, de la casi americana modernidad de la
ambición artística de estos artistas. Ellos anuncian su mensaje con un
megáfono; lo gritan detrás de caretas de pantomima; se menean y empujan y arman
camorra; pero hay algo en ellos, a pesar de sus esfuerzos para anunciarlo o
para esconderlo. Y este algo es la nueva forma de la reacción de Stevenson;
exactamente como Stevenson fue la nueva forma de la reacción de Rousseau.
Muchos han especulado acerca de qué es lo que buscan en realidad; pero lo que
buscan es siempre lo mismo; este niño perdido que son ellos mismos; perdido en
los profundos jardines al anochecer.
Es por esto por lo que la verdadera historia
de Stevenson debe acabar en donde empezó, porque todos sus perpetuos
vagabundeos y esfuerzos se dirigían hacia este fin. Dije al principio que la
clave de su carrera fue puesta muy pronto en sus manos; está bien simbolizada
por el pincel mojado en púrpura o azul de Prusia, con que empezó a colorear las
rígidas caricaturas de Skelt. Pero aquel pincel ha estado en otras manos,
además de las suyas; ya he observado en otro lugar que, mojado en tonos algo
más pálidos, ha iluminado las vidas de aquellas vagas tías victorianas cuyos
vaporosos miriñaques flotan por los jardines de la nueva poesía «primitiva
victoriana». Ninguno de estos poetas sabe, tal vez que, al detenerse en estas
cosas, no hacen más que ilustrar una parábola más antigua y el misterio de un
niño envuelto en la niebla. Aquí, sin embargo, podemos tomar el asunto más
ligeramente y dejar que cuente él mismo su propia historia; pero al menos es
divertido reflexionar que la vieja historia de la lápida inconscientemente
cómica, el epitafio que ha sido objeto de un centenar de bromas, no estaba en
realidad tan equivocada después de todo; que hay una especie de vanidad
escondida en aquella notable inscripción, y que (prescindiendo de una
innecesaria alusión al Conde de Cork) podríamos repetir el epitafio con verdad
y hasta con profundidad: «El también pintó a la acuarela. Porque tal es el
reino de los cielos».
***
[1] El bear provoca la baj, y el bull
provoca el alza. Juego de palabras fundado en la frase a bull in a china‑shop.
[2] Wild‑goose chase, empresa quimérica.
[3] Woodcut, grabado en la madera, también
significa corte en la madera.


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