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Libro N° 3941. Guarida De Ladrones. Grey, Zane.

 


© Libro N° 3941. Guarida De Ladrones. Grey, Zane. Colección E.O. Julio 1 de 2017.

Título original: ©  Robber’s Roost

 

Versión Original: © Guarida De Ladrones. Zane Grey

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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GUARIDA DE LADRONES

Zane Grey

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un joven cowboy, que maneja el revolver con la celeridad del relámpago, tuvo la desgracia de cometer un homicidio y, para burlar la expiditiva sanción con la que en aquellas latitudes se castiga este crimen, huyó a otros parajes, llevando una vida de lobo solitario.

Por la imperiosa necesidad de subsistir, se complicó alguna que otra vez con profesionales del delito, de tal modo que está ya en el resbaladizo plano inclinado de la delincuencia como único medio de vida, cuando decide internarse en el Oeste, donde nadie le conoce.

En este punto empieza na novela, cuyo desenlace y desarrollo no desmerece de este interesantísimo comienzo, y donde se ve al protagonista redimido por una mujer.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Título original: Robber’s Roost

Zane Grey, 1932

Traducción: M. Rodríguez Rubi

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

I

 

En una tarde de primavera, en el año 1877, un solitario jinete avanzaba por las desiertas laderas que conducen al vado del Río Verde.

Era un joven respecto a los años, pero su rostro tenía la dureza y sus ojos la mirada de águila que la experiencia suele dar a la edad madura en aquellas salvajes tierras. Montaba un soberbio caballo bayo, cubierto de polvo, rendido por lo prolongado de la jornada y un tanto cojo. El jinete debía de tener considerable peso, a juzgar por su alta estatura y el amplio desarrollo de sus hombros, a lo que se ha de añadir la silla, y el rifle y un voluminoso petate. De vez en cuando el joven miraba por encima del hombro a la grandiosa pared de granito parecida a un colosal estante de libros con las hojas a medio abrir. Era la mirada firme y vigilante del hombre que deja atrás muchos acontecimientos. Llegó por fin a una carretera; pronto descubrieron sus ojos la linde de un bosque de algodoneros, y el reflejo de das cenagosas aguas del río, que habían logrado abrirse paso a través de la gigantesca muralla de piedra. En los confines de la orilla opuesta, un poco elevada sobre el nivel del agua, se veía una mancha verde que rodeaba un montón de casas perdido en das vastas proporciones de aquel desierto paraje. Era la ciudad de Río Verde, en el Estado de Utah.

El jinete necesitaba llegar a ella antes del anochecer. Su repuesto de víveres va hacía dos días que estaba agotado, pero a menos de que encontrara una barca, no podría realizar su deseo, por no estar su caballo en condiciones de aventurarlo en las revueltas aguas de aquel río cargado de movediza arena.

Siguió bajando la carretera hasta llegar adonde principiaba la vegetación. Los cascos de su caballo levantaban nubes de polvo, y en la espesa capa de éste, que cubría el suelo, sus penetrantes ojos descubrieron recientes huellas. Al entrar en el bosque de algodoneros, observó que el fresco verdor de sus hojas estaba también cubierto de polvo. Indudablemente, no había llovido desde mucho tiempo atrás en la comarca. A medida que avanzaba, el olor de agua fresca fue sobreponiéndose al del polvo. De súbito, el jinete descubrió un caballo ensillado que a cierta distancia pacía tranquilamente la hierba nacida en la tierra del bosque, y un poco más lejos divisó un hombre junto a la orilla del río, antes de que el desconocido lo viera a él. Casi simultáneamente salió a un claro, desde el cual distinguió un paradero de transbordador. Un rudo cable, sujeto a un árbol, se alargaba por encima de su cabeza a través del río, combándose en el centro. Anclada en la ribera opuesta, estaba la embarcación.

El jinete se apoyó sobre su caballo, consciente de que el hombre que había visto dio algunos pasos tras de la maleza, pero ese movimiento pudo ser casual, pues no tardó en salir del escondite, diciendo lacónicamente:

—¡Buenas tardes!

—¡Buenas tardes! —contestó el jinete dándose inmediata cuenta de que era examinado por una mirada no menos penetrante que la suya. En aquel sitio y época, la observación no era producto de ofensiva curiosidad. El joven tenía delante un hombre de prestigiosa figura, cubierto de polvo, con botas y espuelas, y armado hasta los dientes. Las amplias alas del sombrero daban sombra a un rostro enjuto y duro, del que apenas dejaban ver más que las guías de un bigote ceniciento, y el brillo de unos ojos profundos y muy claros.

—¿Se quiere cruzar el río? —preguntó.

—Sí. Allí veo el transbordador —contestó el jinete, y sin perder de vista al desconocido, echó pie a tierra y enderezando su elevada estatura, añadió—: Me daría por contento con estar en la otra orilla, porque mi caballo no puede más.

—Ya lo veo. ¡Buena pieza…! Yo también quiero cruzar y ya hace una hora que estoy esperando… Supongo que ya no tardará en acercarse.

—¿Es aquello da ciudad de Río Verde?

—Justamente… ¿Es usted forastero?

—Sí.

—¿De dónde viene?

—Supongamos que de Wyoming —repuso el joven con indiferencia.

El desconocido, echándose a reír, observó:

—Dice usted bien; ¿qué más da un sitio u otro? Lo mismo que los nombres: el mío es Hank Hays.

Lo pronunció como quien espera causar sensación en su interlocutor, pero éste, sin reaccionar lo más mínimo, preguntó tras de una pausa:

—¿Conoce usted el país?

—Bastante.

—¿Podría decirme si me conviene detenerme o seguir de largo? —inquirió fríamente el dueño del bayo.

—¡Hombre…! Sí que puedo; pero eso depende… —contestó el interrogado echándose el sombrero atrás. La acción dejó descubierto un rostro de expresión audaz, que para el jinete era como una página escrita, cuya única dificultad estaba sólo en sus estrechos, grises y escrutadores ojos.

—¿Depende de qué? —preguntó el otro.

—De usted… ¿Lleva dinero?

—Unos diez dólares.

—¡Bah! Con eso no puede usted emprender negocio en los ranchos… El ganado abunda entre este río y las rompientes del Diablo Sucio… También en las montañas de Henry… Hay muchos equipos por allá.

¿Mormones?

—Mitad por mitad… Estamos en Utah y por aquí no son tan numerosos… ¿Es usted vaquero?

—¡No! —contestó con cierta tristeza el joven.

—¡Bueno…! Como forastero no deja usted de ser franco —repuso Hays, que evidentemente vio en la rotunda negativa algo muy significativo—. ¡Hola…! ¡Otro jinete…! Pues ¡no está poco concurrido este desierto!

Por el extremo visible de da carretera apareció un hombre bajo y gordo, montado sobre un caballo y llevando de reata otros dos de carga.

—Le dejé atrás no hace mucho…; ya tenemos aquí al hombre del transbordador… Parece un buen muchacho.

—¡Buena vista, amigo…! Por fin podremos cruzar…

Nuestro joven dirigió una ojeada al hombre de los caballos, volviendo después la vista a la embarcación.

El rapaz la había empujado hacia fuera y la conducía a la corriente con el remo. Pronto la vieron acercarse deslizándose, sobre la polea.

El transbordador y el tercer pasajero casi llegaron juntos a la orilla. Hays, que parecía interesarse por el recién llegado, le saludó cortésmente, pero sólo obtuvo una seca respuesta.

Mientras tanto el joven forastero había conducido su hermoso bayo a través de la arenosa orilla, haciéndole entrar en la enorme y plana embarcación. Era ésta de construcción muy primitiva, con tablas sin pulir, pero al parecer bastante sólida para ofrecer seguridad, lo que no impedía que el bayo diera señales de inquietud.

Hays, después de una rápida ojeada al hombre de los caballos, condujo el suyo a bordo.

Una sonrisa iluminó el pecoso rostro del barquerillo al reconocer a Hank.

—¿Cuánto cuesta el pasaje? —preguntó el recién llegado. Era hombre de unos cincuenta años, de barba corrida, y modales bruscos y autoritarios.

—Veinticinco centavos —contestó el chico.

—¿Por cabeza?

—Sí, señor… Ése es el precio corriente por cabeza, sea de hombre o de bestia; pero las personas decentes suelen darme algo más.

Dicho esto, el hombre de la barba quitó la carga de sus caballos, depositándola sobre la embarcación.

—¿Qué mil diablos va a hacer esta activa bola humana? —preguntábase Hays mirando la maniobra con interés.

Pronto se puso de manifiesto. El hombre gordo ató el ronzal del primer caballo de carga a la cola del de silla y el segundo animal de carga fue igualmente sujetado al primero. Después, bridas en mano, trasladóse a la embarcación, diciendo:

—Por mí, ya puedes remar, muchacho.

—¡Cómo! ¿No han de subir también sus caballos?

—Mis caballos seguirán la balsa a nado. Vamos, no pierdas tiempo y despega de la orilla.

El mozuelo ahoyó la pértiga en tierra para dar impulso a la pesada embarcación y soltándola luego para coger el enorme remo, la condujo hacia la corriente; tomé ésta y, atravesándola, orientó la embarcación hacia el repente de marea de la otra orilla.

El dueño del bayo hubo de sujetar su caballo, para impedir que saltara antes de llegar a tierra.

—No te gusta esta manera de viajar, ¿verdad, bayo? —le preguntó su amo al sacarle de la embarcación.

Hays también condujo su caballo a tierra, observando sin cesar las idas y venidas del gordo pasajero, quien, tras de ayudar a sus cabalgaduras a salir del agua, cogió una de las cargas, diciendo:

—Tráeme la otra, muchacho.

—¡Guárdate de hacerlo, Juanillo!, —mandó Hays.

—No pienso mover ni un dedo —contestó el amostazado chicuelo.

—¿Muchos pasajeros en esta temporada?

—No sé. Éstos son los primeros desde hace tres días. En dos semanas no hemos podido echar la balsa al agua, por lo alto que venía el río. Padre dice que este verano se le hincharon las narices a Río Verde.

Soplando como una locomotora, el panzudo pasajero transportó la segunda carga.

—No eres muy… atento, que digamos —gruñó al echar mano al bolsillo para sacar el mísero precio del pasaje.

El muchacho de la balsa había echado también pie a tierra, y Hays se mantenía a su lado.

El avaro, sin dejar de gruñir y evidentemente molesto por tener que sacar una repleta cartera, extrajo de ella un billete de un dólar, y dijo:

—Toma, y dame los setenta y cinco centavos del cambio.

Así lo hizo Juanillo, no sin advertir:

—Otra vez que vuelva usted por aquí, no trate de hacerme la misma broma.

El jinete, un poco apartado, seguía con curiosidad la escena, cuando de súbito ésta cambió de carácter. Hays, que había sacado una pistola, ordenó:

—¡Manos arriba!

El hombre gordo le miró aterrado.

—¡Alza esas manos! —bramó la ronca voz de Hank—. No tengo costumbre de repetir las órdenes —y apoyó el cañón del arma en el prominente abdomen del pasajero, que, desconcertado y lívido, levantó las manos agitadas por visible temblor.

—¿Qué… es… esto…? ¡La… dro… nes! —balbuceó.

Hays metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta, sacando la cartera. Retrocedió entonces y, sin variar la puntería, ordenó:

—Ahora puedes irte al infierno —y aparentemente no se ocupó más de su víctima, aunque, a juicio del forastero, no la perdía de vista.

—No iba mal provisto el pajarraco —observó el ladrón mirando la cartera con complacencia.

—Si hay… justicia… en el mundo…, me las… pagarás —rezongaba el despojado viajero entre resoplidos, mientras que aceleraba en lo posible la carga de los caballos.

—¡Bah! Justicia… No serás tú quien recurra a ella… En estas tierras, la única justicia es la que yo tengo en la mano…, y no me refiero a tu cartera.

Hays se metió la cartera en el bolsillo interior del chaleco, y con la misma mano (la otra seguía apuntando al viajero) sacó de otro bolsillo un billete y dijo:

—Toma, Juanillo, yo pago por todos.

—Pero… yo no puedo cobrar tanto, señor —exclamó el muchacho, sobresaltado.

—Claro está que puedes… Ya habrás observado que ese dinero es mío y no de aquél —replicó el ladrón metiendo el billete en la mano del vacilante mocito. Volvióse después hacia el atribulado viajero, y dijo:

—Oye, mormón, cuando llegues a tu pueblo, no te olvides de decir que llevas afectuosos recuerdos de Hank Hays.

—Ya oirás hablar de mí, sinvergüenza —fue la iracunda respuesta del otro, que ya había reanudado la marcha.

Hays guardóse la pistola y, dirigiéndose al que había contemplado en silencio el incidente, preguntó:

—¿Qué le parece a usted lo sucedido?

—Muy bien —contestó el forastero—. Merecía ese pillo una dura lección por su avaricia. ¡Vaya un modo de escamotear los centavos al pobre chico!

—¿Verdad que sí? Eso es lo que en parte me animó… Sin embargo, si no hubiera sacado la cartera… puede que habría sido más circunspecto.

—¿Hay sheriff f en Río Verde?

—Si lo hay, no lo he visto nunca… Bueno… seguiré mi camino… ¿Viene usted, forastero?

—No tengo inconveniente, pero, si no le molesta, seguiré a pie.

—La distancia es muy corta… Yo sé de una buena posada donde por poco dinero se come bien y se bebe mejor.

—Me conviene por varias razones.

—¿Cómo ha dicho usted que se llama?

—No he dicho nada.

—Dispense…, no es que sea curioso, pero siempre es más agradable saber el nombre de la persona con quien se habla.

—Llámeme usted Wall, Jim Wall —repuso con presteza el joven.

—¿Wall…? Corriente… Eso me basta…, y ahora apresuremos el paso…

Empezaron a subir la arenosa ladera que entre los bosques de algodoneros conducía a la ciudad, seguidos por las miradas del joven del transbordador.

La despreocupación de Hays informó a Wall respecto a las costumbres de Río Verde. Por fin llegaron a un ancho espacio, más bien plaza que calle, en uno de cuyos lados se veía una hilera de casas anchas y bajas; algunas de ellas procuraban aparentar mayor elevación, por medio de anchos frontispicios de madera colocados sobre su único piso. En cuanto alcanzaba la vista no se distinguía ningún vehículo, ni más gente que algunos hombres apoyados en el quicio de las puertas. Arriba y abajo de la pequeña ciudad divisábase, a cierta distancia, la ciclópea muralla de granito, enrojecida por los rayos del sol poniente, excepto la parte superior, cubierta por espesa capa de nieve.

—¿Hay salón de baile en esta plaza? —preguntó Wall.

—No hay nada que se le parezca. Es usted aficionado a la danza, ¿eh?

—No es eso, al contrario; los dos últimos en que fui a caer me han curado del deseo de visitar los restantes.

—¿Cuestión de faldas?

—No fue culpa mía.

—¡Ja…!, ¡ja…!, ¡ya lo creo…! Tiene usted cuanto se necesita para atraer las miradas de las mujeres. Pero aquí, no tendrá suerte. En Río Verde no hay más que vejestorios, y las que aún están de buen ver, son casadas e insociables.

—A mí poco me importa, pero usted parece que lo siente.

—Wall, las mujeres han sido mi desgracia —exclamó sentenciosamente Hays.

—Pues no parece que sea usted desgraciado.

—Nunca somos lo que parecemos.

—En eso estamos conformes, Hays. Yo juzgo a la gente por su apariencia, y no suelo equivocarme.

—¿Cómo me juzga usted a mí? —preguntó el ladrón con cierta inquietud, disimulada por la jovialidad.

—Si lo digo, lo tomará usted por adulación.

—¡Hum…! ¿Está usted seguro?, —y Hank detuvo el caballo frente a un edificio de ladrillo.

—¿Qué habrá sido del individuo a quien aligeró usted el bolsillo? —preguntó Jim, que no podía borrar de la memoria la pasada escena.

—Supongo que habrá seguido su camino a Moab, donde los mormones tienen un rancho y una fundación. Pero no pasemos de aquí; quiero jugar unas cuantas partidas.

—¡Qué ciudad tan tranquila! —murmuró Jim como hablando consigo mismo.

Un hombre con bigote rojo aparecía en el portal que daba acceso al salón de la posada. De ello daba fe un rótulo con descoloridas letras.

—¡Hola, Rojo!

—¡Hola, Hays!

—¿Has sabido algo de un sujeto con facha de trompo y cara de pastel? Monta un buen caballo alazán y lleva otros dos con carga.

—¿Ah…? ¿Ése…? Ya lo creo… Ha pasado por aquí diciendo a gritos que le habían robado —contestó alegremente el llamado Rojo.

—¿Eso decía? ¿Quién es?

—¡Yo qué sé! Un mormón probablemente… Al menos así lo ha dicho Happy. Aquí estaba, cuando llegó ese majadero aullando que quería ver al sheriff porque le habían atracado, y aprovechando un instante en que se detuvo para coger aliento, va y salta Happy diciendo: «Veamos si te han dejado algo que valga la pena». Apenas oyó esto, se fue como alma que lleva el diablo.

El expresivo relato del Rojo enteré a Jim de muchas cosas.

—Voy a cuidar mi caballo —limitóse a decir el joven.

—Llévelo a la cuadra, que está al otro lado del patio. Si no está Jake, allí encontrará agua, pienso, y hasta lugar para acondicionarse usted mismo.

La pesadez con que desmontó Hays indicaba lo mucho que había trotado aquel día.

—Estoy muerto de cansancio; manda a ese gandul de Jake para que se ocupe de mi caballo —dijo el Rojo.

El edificio era el último de la naciente población, y, a poca distancia de sus paredes, ya empezaban las laderas cubiertas de algodoneros. La mencionada cuadra era una construcción de madera defendida por una empalizada de estacas. Al abrir Jim la puerta del corral, encontróse con un mozo de aspecto desgarbado, cuya facción saliente era una dentadura excesivamente grande para su boca.

—¿Eres tú el llamado Jake? —preguntó el forastero.

—El mismo… ¿He de cuidar ese caballo?

—De eso ya me ocuparé yo. Pero ahí fuera hay un jinete que quiere confiarte el suyo… Dice que se llama Hank Hays, ¿le conoces?

La respuesta del mozo fue echar a correr moviendo los talones con la máxima ligereza.

—Bueno —murmuró para sí Wall buscando cuanto necesitaba—. No se puede negar que el señor Hays es un personaje respetado en Río Verde, al menos en lo que concierne a su pandilla.

Muy activa estaba la mente de Jim en tanto que atendía a las necesidades de su bayo. Ya hacía tiempo que se había familiarizado con la vida nómada que le llevaba a campamentos y pueblos desconocidos. Y el juzgar a los hombres a primera vista, hablase convertido para él en un hábito, al que contribuía el instinto de propia conservación. Sin embargo, Utah era un país más solitario y salvaje que todos cuantos llevaba recorridos. Le gustaban sus grandiosas y desiertas llanuras, y las abruptas y rocosas paredes, cuya crestería quedaba envuelta por los tupidos velos de las nubes.

—Bayo, hijo mío, ya hace tiempo que no disfrutabas del regalo de una cuadra —dijo Jim a su caballo—. Come y descansa cuanto puedas, que la buena vida dura poco.

Cuando Wall salió de la barraca, todo el Oeste era una deslumbradora hoguera con tornasoles rojo y oro. El forastero habría querido estar en la punta de los peñascos que asomaban por detrás de la pequeña ciudad, para admirar más de cerca aquellas montañas Henry, que había estado viendo todo el día. Por el Este y del lado allá del río, podía distinguir las arenosas laderas que subían hasta el pie de la pétrea muralla, que empezaba a sumirse en las sombras.

Jim tenía por costumbre no volver una esquina sin asegurarse de lo que había al otro lado de ella. Esto hizo que antes de que Hays, y otros dos sujetos que le acompañaban, se enteraran de su presencia, ya los había él visto. Al ruido de sus pasos, volvieron los tres la cabeza.

—¡Hola…! ¿Ya estamos aquí? —exclamó Hays—. Estaba hablando de usted… Éstos son Jack Happy y Lincoln Brad… Amigos, el forastero responde por el nombre de Jim Wall.

Se cambiaron saludos, pero ninguno de los tres alargó la mano. Las miradas eran infinitamente más elocuentes que las pocas palabras de ruda cortesía. Para Wall, el hombre que se apellidaba Happy merecía su nombre. Lo único contradictorio en su persona eran las pistolas, que no podían pasar inadvertidas. Este detalle, sin embargo, nada significaba para Jim. El otro, llamado Lincoln, merecía ser mirado con más detenimiento. Era de color cetrino y ojos inquietos. Lo mismo que sus compañeros, nada en su indumentaria recordaba al cowboy.

—Vamos a remojar la garganta —propuso Hays.

—Yo no tengo sed —contestó Wall—, pero hace dos días que no he comido.

—Ya está el Rojo haciendo la cena —repuso Hays empujando la puerta.

El interior del salón, bien alumbrado con lámparas de petróleo, era mucho más vistoso que el exterior. Tenía un suelo de piedra muy liso, un mostrador cubierto de vasos y botellas, y las paredes profusamente adornadas con espejos y estampas de mujeres desnudas. Varios hombres de rudo aspecto estaban bebiendo, mas todas las conversaciones se interrumpieron al acercarse Hays y su acompañamiento. Al extremo de la vasta estancia, tres cowboys estaban sentados ante la chimenea, en la que ardía un buen fuego de leña. Las demás mesas estaban vacías, menos una, en la que dormía un parroquiano echado de bruces. Por una puerta entreabierta penetraba un apetitoso olor a jamón frito.

Los recién llegados se agruparon junto al mostrador para ser servidos por el Rojo, que a más de ser el dueño del local, actuaba de camarero. Hays se tomó la copa de whisky de un solo trago; Happy la levantó antes, diciendo: «¡A vuestra salud!», e, y Lincoln saboreó la suya en silencio. El whisky no era una de las debilidades de Wall; no era hombre que se permitiera ninguna debilidad, pero aceptaba una copa cuando así lo exigían las circunstancias, y las actuales no dejaban de ser apremiantes.

—¿Vaquero? —preguntó Lincoln, que estaba junto a Jim.

—Sí; pero hace algún tiempo que no me dedico a ese trabajo.

—Tiene usted todo el porte… ¿De dónde es usted?

—De Wyoming.

—Muy lejos… No conozco esa tierra… Y, ¿adónde va?

—No tengo sitio determinado —contestó Wall con reserva—. Tal vez me quedaría aquí si encontrara colocación en un equipo…

—¿De tramposos? —interrumpió Lincoln.

Dejó Wall el vaso y, volviéndose a su interlocutor, preguntó con frialdad:

—¿Se propone usted insultarme?

—No por cierto… Además, yo no soy curioso… Hablaba por hablar.

—Está bien; pero ¿se puede saber lo que usted entiende por tramposo?

—La cosa no tiene duda…, un hombre que vive de engañar a los demás.

—Yo no soy de ésos —contestó desdeñosamente Jim.

—Ya me lo había figurado, amigo; pues tiene usted la facha, la mirada y los movimientos de mano de ser un buen tirador… Soy conocedor en la materia.

—¿De veras…? Siendo así, espero que esa condición no me perjudicará en Utah.

Hays, que había oído la última parte del diálogo, intervino en él diciendo:

—Eso no perjudica a nadie en todo el Oeste, y es la mejor recomendación para entrar en mi cuadrilla.

—¡Su cuadrilla! —repitió Wall, cual si quisiera corroborar la franca declaración del ladrón.

—Seguramente… No haga caso de Brad; es un chaval brusco y malhumorado…, ya nos veremos luego, compañeros.

Wall siguió a Hays a un cuarto reservado, donde una apechugada hembra les saludó efusivamente, invitándoles a sentarse a la mesa.

—Es la mujer del Rojo —observó Hays—, y guisa como un ángel. Sírvase usted, Wall.

No cambiaron más palabras durante la cena.

A la conclusión, Jim no pudo substraerse a la sensación de bienestar que emana de un estómago repleto.

—¿Quiere un cigarro? —ofreció Hank—. Aquí son muy apreciados, porque andan escasos.

—Gracias, pero no soy fumador.

—Bueno… Pasemos al salón… Quisiera que habláramos claro, antes de reunirnos con los otros compañeros —propuso Hays.

Volvieron al amplio aposento. Estaba desierto, tan sólo el Rojo encendía una lámpara en un rincón.

—Todos han salido al encuentro de la diligencia.

—¡Diligencia…! ¿De dónde?

—Del Oeste, naturalmente —contestó Hays riendo—. La del Este no llegará hasta… Bueno…, ¿qué día tenemos hoy?

—Sábado.

—Eso es…, hasta el próximo miércoles. Para entonces ya no estará usted aquí.

—¿No…? Pues ¿dónde estaré, ya que parece usted tan bien enterado?

—Puede que en el Paraíso, revoloteando con los angelitos… —y cambiando de tono prosiguió el ladrón—: Mire usted, Wall, me parece usted un muchacho un poco extraño, pero eso no quita para que pueda ser un buen compañero.

—En efecto…, nada se opone a ello —contestó pensativo Jim.

—Corriente…, y gracias a mi mucha experiencia, creo comprenderlo mejor que otros —prosiguió resueltamente Hays, que escarbó con la bota en el amortiguado fuego para encender en él su cigarro, del que extrajo espesas nubes de humo—. ¡Ah!, me recuerda usted a uno que conocí en Virginia hace ya muchos años… ¿Qué ha sido usted en un principio, Wall?

Éste, con amarga sonrisa, contestó:

—En un tiempo fui maestro de escuela en mi pueblo…, antes de cumplir veinte años.

—¡Lléveme el diablo…! ¿Está usted hablando en serio? —preguntó Hays con tono de incredulidad.

—Y tan en serio… Convengo en que parece broma… Quizás antes de la cena yo mismo no lo hubiera recordado.

—Ni el mismo demonio sabe lo que puede ser un hombre en distintas épocas de su vida. Pero lo que a mí me interesa es la presente, y quisiera hacerle algunas preguntas.

—Desembuche usted.

—No habrá usted tomado a mal el que yo le limpiara los bolsillos al tunante del transbordador, ¿eh?

—No… Estoy convencido de que era un perfecto canalla.

—¿Habría usted hecho lo mismo?

—Es posible.

—Muy bien… Yo… yo hice sin provocación. ¿Tiene esto alguna importancia para usted?

—Ninguna…, puesto que nada tengo que ver con ese asunto.

—Wall, figúrese por un momento que fuera cosa suya.

—Mire Hays, déjese de andar por las ramas y vamos al grano —dijo resueltamente Jim.

—Sí; estoy conforme —asintió Hays, pensativo, quitando lentamente la ceniza al cigarro, mientras que fijaba la vista en las brasas de la chimenea.

Wall comprendió que aquél era el primer momento en que su interlocutor se disponía a expresarse con entera sinceridad, manifestando sus propósitos, aunque tal vez no en todo su alcance.

—¿Decía usted que estaba sin blanca? —empezó de nuevo Hays.

—Lo estaré en cuanto pague la cuenta del hospedaje.

—Eso es cosa mía. Le prestaré algún dinero. Algo ha de tener en el bolsillo, si ha de jugar con nosotros.

¿Qué condiciones pone usted al préstamo?

—Ninguna… Yo tomo y doy los dólares con facilidad.

—Entonces, muchas gracias… Aceptaré cincuenta…

—Me bastarán hasta que encuentre colocación.

—Pero si lo más gracioso es que yo quiero colocarle a usted.

 

II

 

—Acerque la oreja y escuche —prosiguió Hank—. La lección que di a aquel avaro estuvo bien merecida, pero fue una imprudencia, atendiendo a que ahora tengo toda la carne puesta en el asador. Si no se tratara de un mormón, estaría yo tranquilo. Preste atención a lo que digo: Hace poco que estoy a sueldo de un ranchero de las montañas Henry. Es un aristócrata inglés, con más dinero que juicio, y más loco que una cabra. Enamorado del paisaje, ha comprado diez mil cabezas de ganado y una porción de caballos. En su casa ha reunido varios equipos de cowboys, entre los que hay algunas cuadrillas de bandidos. El inglés, cuyo nombre es Herrick, se propone contratar a todos los hombres de pelo en pecho, sean vaqueros, tiradores o bandidos, para tener a raya a toda la comarca con tan selecto personal. ¿Qué le parece la idea?

—Muy nueva por lo menos, pero poco práctica, a menos de que tenga medios para reformar a los malvados —contestó Jim con interés.

—Justamente, pero a mí me importa poco el que sea práctica o no. El inglés se ha aficionado a mi persona, y me ha nombrado su administrador, enviándome a reclutar a todos los mozos crúos[1] que encuentre, y como usted tiene todas las trazas de serlo, el haberle encontrado creo que será una suerte para los dos.

—Me toma usted por un aventurero que sabe manejar un caballo y hacer blanco a cada tiro, ¿eh?

—Seguramente… En cuanto le echo la vista encima a uno…, pero conste que no pregunto nada…

—Siga usted.

—Bueno, pues lo necesito a usted en mi cuadrilla —resumió Hays—. Brad no partirá peras con usted, lo he visto a la primera ojeada: es un hombre suspicaz, cazurro y envidioso, como lo son muchos. Pero no será él quien impida el que entre usted en una cuadrilla. A quien tengo sentado en la boca del estómago, es a Heeseman.

—¿Heeseman…? ¿Quién es?

—¿Cerrará usted el pico sobre lo que le voy a confiar, en caso de que no nos arreglemos? —preguntó con gravedad Hays.

—Puede usted contar con mi discreción.

—Bueno, pues, Heeseman es el principal cuatrero del Cañón del Dragón. Los rancheros no lo saben, pero yo sí. Cuenta con una banda reducida, pero muy peligrosa. No sé cómo ha llegado a sus oídos el proyecto del inglés, y el diablo me lleve si a estas horas no está camino de las montañas de Henry, para ofrecerse con su gente.

—Probablemente habrá visto las mismas ventajas que usted —observó con calma Jim.

—Bueno, a eso iba —asintió Hays—. Yo he sido el primero y me corresponde ser el jefe. Pero tarde o temprano se formarán dos bandos, y cuanto antes lleguemos a las manos, mejor.

—Comprendo: se luchará por el botín.

—Wall…, yo no soy cuatrero —replicó Hank, resentido.

—Dispense, y si no lo toma a mal, ¿quiere usted decirme con exactitud lo que es?

—¿Ha oído usted hablar de Henry Plummer? —Que yo me acuerde, nunca.

—Plummer floreció hace unos quince años o más, primero en Montana y después en Idaho. Era el ladrón más famoso que ha existido en el Oeste. Había nacido en el Este, y era hombre educado y de buena familia. Pero la fiebre del oro se apoderó de él, y no era hombre para acabar en las minas. Operaba en todas partes; al mismo tiempo era representante de la Ley y jefe de la más importante banda de ladrones que se ha conocido en la frontera, y que durante varios años fue el terror de mineros, campesinos y diligencias… Bueno, pues yo vi ahorcar a Plummer. Era yo uno de los más jóvenes de su banda.

—Gracias por la confidencia —dijo Jim, sorprendido—. Mucha confianza debo inspirar a usted para que me la haya hecho.

—Seguramente… Además, no podía tolerar que me calificaran de cuatrero.

—Ya comprendo…, es demasiado bajo… Pero, veamos: ¿Qué planes tiene usted respecto a Herrick?

—No se reducirán seguramente a robar un par de becerros. Mas no se trata ahora de eso. Lo que importa es saber si quiere usted formar parte de mi cuadrilla.

—Eso depende…

—¿Tiene usted escrúpulos? Recuerde que yo he jugado limpio.

—No tengo derecho a tenerlos… Soy un escapado de presidio.

—¿Cuál fue su delito?

—Matar a un hombre…, y querían ahorcarme.

—¡Canastos…! ¿Era justo el castigo?

—A mi entender, no…, y tuve que herir al carcelero para fugarme.

—¿Cuándo sucedió todo eso?

—Hace unos cuantos años.

—Y, ¿desde entonces…?

—Ando errante buscándome la vida como puedo… Me es imposible estar mucho tiempo en el mismo sitio…, y así me he internado en el Oeste, donde nadie me conoce.

—Muy agradecido —dijo Hays—. Me encuentro más a gusto desde que me ha devuelto usted la confidencia… Apostaría cualquier cosa a que no ha robado usted nunca. ¿Me equivoco?

—Todavía no…, pero, a veces, poco le ha faltado —contestó con amargura Jim.

—Bueno; eso significa que es usted hombre al agua, y un día u otro ha de saltar la línea divisoria.

—Una pregunta más… ¿Qué familia tiene ese inglés? —Por ahora, ninguna. Algo he oído de una hermana que piensa venir, pero aún no se sabe cuándo.

—¿Hermana? Su presencia sería endiabladamente importuna.

—Claro está… Estas comarcas no son para mujeres.

Le pareció a Jim que esta conformidad de pareceres reforzaba el naciente vínculo que le unía al ladrón, que espontáneamente confesaba serlo, y empezó a sentir creciente interés por la situación en que su destino le había colocado. El afán de aventuras había sido importante factor en el suceso que dio fin a su vida errante.

El trato fue cerrado con un riguroso apretón de manos, en el que ambos pusieron cierta solemnidad, como si este acto tuviera fuerza moral aun entre ladrones. Hays pidió más bebida, y poco después el local fue gradualmente llenándose de hombres con gruesas botas y estentóreas voces.

Entre ellos estaban Happy, Lincoln Brad y una especie de gigante con barba rojiza, a quien Hays presentó con el nombre de Montana. Por su aspecto parecía un minero, pero la mano que atentamente alargó era demasiado fina para haber estado asociada en el último tiempo a tan ruda labor.

Los tres hombres, como obedeciendo a un tácito acuerdo, sentáronse aparte, observando en silencio. Lincoln tenía los ojos de halcón del hombre que no se deja sorprender por nada.

Jim Wall recostábase en el respaldo de su asiento, con cierta complacencia desde largo tiempo no sentida. Estaba muy familiarizado con salones de baile y casas de juego, pero no había visto ningún local como el de Río Verde en Utah. Allí no existía el tipo del tahúr vestido de frac, no se presentaba ninguna bailarina medio desnuda, ni se veía ningún tirador mejicano de larga melena y ojos de fuego buscando dónde hacer un blanco que le permitiera marcar otra raya en el arma.

Los cowboys brillaban por su ausencia, aunque antes de la cena, Wall había visto tres. Podría contarse hasta una docena de ganaderos, tratantes y administradores; la profesión de los restantes permanecía dudosa hasta para la penetrante mirada de Jim. Entonces un individuo, trampero sin duda, entró. Iba vestido con piel de gamo, y parecía que el lugar no era adecuado para él. La sala se iba animando, y el Rojo hacía buen negocio vendiendo copas de whisky a cuarenta centavos.

—Parece que el dinero corre en abundancia —observó Wall—. ¿De dónde lo sacan?

—Ya veo que te sorprende —contestó Hays tuteando al que ya consideraba cual compañero—. A mí también al principio… Esta ciudad es el punto central de Utah y afluye el tráfico de todo el Estado.

—Ya comprendo, pero en este bar hay lo menos media docena de hombres que no son rancheros, ni viajantes, ni parecen caballistas.

—Caballistas lo son, más o menos, todos los hombres de esta tierra. Pero estás en lo cierto. Aquí hay cinco o seis caras que no las he visto nunca.

—¿Quién es ése que lleva el sombrero tan encasquetado, que sólo se le ve la punta de la barba negra? —Es un tal Marley. Pretende ser ranchero, pero el diablo cargue conmigo si no es el lugarteniente de la banda del Dragón Negro.

¿Y ese otro que chilla tanto, con un chaleco a cuadros en cuyo interior lleva dos pistolas con el cañón hacia arriba?

—¡Diablo, qué ojos tienes! No me había fijado. Su nombre es Stud y no sé qué más. Ya le he visto antes de ahora, pero no es santo de mi devoción.

De súbito abrióse la puerta, empujada por una vigorosa mano, y entró una mujerona echando chispas por los ojos. Llevaba la cabeza envuelta en un pañuelo colorado, y hacía retemblar el piso con sus pesadas botas de hombre.

—¡Sam Butler! —gritó con perentoria voz—. ¡Ven acá en seguida!

El interpelado separóse con prontitud de los amigos y, acompañado por las ruidosas carcajadas de éstos, eclipsóse como un borrego, pegado a las faldas de su airada esposa.

—Una mujer así es lo que me convendría —murmuró Hays, sin ocultar su admiración.

—¿Jugamos una partida de póquer? —preguntó Happy.

—Seguramente, pero no entre nosotros solos. Brad, ve en busca de jugadores, pero no invites a ese hombre que se llama Stud… No ha ganado su mala fama haciendo solitarios.

Sólo había dos amplias mesas de juego, una de las cuales estaba ocupada. Lincoln volvió trayendo a Marley y al gigante Montana. Entre éstos y Hays no mediaron saludos ni ninguna otra forma de cortesía. Eran lobo centra lobo, y así lo comprendió Jim.

—Jugaremos entre seis… Será una partidita amistosa… Vaya, siéntate, Wall.

Éste contestó riendo:

—Cuando se tiene la bolsa vacía, no se juega. —Yo le surtiré…

—No, gracias; otro día. Prefiero mirar.

—Dispense, pero no nos gustan los mirones —declaró secamente Marley.

No bien se habían sentado, cuando el hombre que, según Hays, se llamaba Stud, dejó su puesto. Era de corta estatura, pero muy fuerte, y de los que nadie gusta encontrar en sitio solitario.

Dirigiéndose a Hays, preguntó:

—¿Por qué no se ha contado conmigo?

—Lincoln tenía ya bastantes para hacer la partida —respondió Hank fríamente, y devolviendo mirada por mirada.

—¿Es decir, que se invita a mis amigos y a mí no?

—Si tan endiabladamente quisquilloso es usted, siéntase y juegue —contestó Hays barajando los naipes—, pero si quiere conocer mi opinión particular, ninguna gracia me hace el jugar con usted.

—¿Se propone insultarme? —preguntó Stud con tono cortante, y dirigiendo la diestra al interior del chaleco. Si Wall no hubiera observado va el bulto de las pistolas, este ademán le habría hecho colegir la existencia de ellas. Seguramente Stud estaba dotado de un carácter áspero, que el frecuente contacto con la botella hacía insufrible.

—Nada de eso —respondió Hays, para quien no había pasado por alto el ademán de su interlocutor—. Quiero decir, solamente, que es usted un jugador demasiado hábil para Hank Hays. No me gusta que se me escape el dinero.

—Hábil, ¿eh…? Eso ya es otra cosa, y no tengo por qué ofenderme. No conozco jugador que no haga lo que pueda por ser hábil. Pero el que se haya invitado a mis amigos y a mí no…, eso es muy distinto.

—Siéntese, Stud —resumió cortésmente Hays dando cartas—. Esta noche creo que tendré suerte. La vez pasada fue usted el afortunado.

La partida empezó, teniendo a Happy y Jim por espectadores. Desde el primer instante la suerte se pronunció en favor de Hays. Lincoln perdía más que ganaba. El gigante Montana era un jugador tímido que sólo se arriesgaba cuando tenía buenas cartas, y Stud, por el contrario, era muy atrevido, no dejaba pasar mano sin jugar, pero aquella noche tenía el santo de espaldas, y se puso tan taciturno y callado que Jim, aburrido, dejó de observarle y se fue junto al fuego.

Mas pronto tuvo ocasión para observar más atentamente que antes el juego de cartas. El giro de la conversación entre los jugadores, sobre todo por parte de Stud iba tomando un tono tan agresivo, que haría inevitable la contienda. Aquellos hombres eran de carácter perverso, y Jim empezaba a darse cuenta de la ruda vida del Oeste, donde no hay más ley que el arma de seis tiros.

Allá en Wyoming y Montana, pensaba Wall, hay ciertas garantías de seguridad personal. Existen tribunales, sheriffs, cárceles y, sobre todo, esa admirable institución que se llama nudo Corredizo, y que tan eficaz es para tener a raya a cuantos faltan a la Ley. Muchos criminales había visto Jim colgados de las ramas de un algodonero. Mientras que sus ojos seguían fijos en Stud, vio como éste escamoteaba una carta con la mayor limpieza. Sólo desde el sitio en que estaba Wall pudo ser descubierta la operación.

No obstante, la suerte seguía siéndole adversa; había consumido sus recursos, y pidió prestado a Marley para hacer una puesta máxima. Por último, dio un resoplido de satisfacción, diciendo:

—¡Por fin…! ¡Mío es el juego!

Y tiró un as sobre la mesa. Hays, que había robado tres cartas, exclamó en el acto:

—Stud… ¡Cuánto siento darle un disgusto…! No me atrevo a enseñar las cartas.

—¿A ver…? Échelas sobre la mesa. ¡Pronto!

Hays, complaciente, volvió los cuatro dieces, y con ávidas manos llevóse todas las puestas; Stud le contempló con ojos de fuego.

—Ha robado usted tres cartas —dijo—. ¿Ha ido usted al robo teniendo varios dieces?

—Sólo tenía uno —contestó Hank negligentemente—. Ya dije que esta noche tendría suerte.

—¡Sería usted capaz de sacar dinero de los ojos de un muerto!

—¡Ja…!, ¡ja…!, ¡ja!, —rió el afortunado jugador. Pero fue el único de entre los seis que pareció encontrar cómica la situación. Sin dejar el tono chancero, añadió—: Stud, esa ocurrencia de usted la tomé como una broma.

—¿De veras? —repuso Stud, incisivo.

—¡Claro que sí…! —replicó Hays con dura voz. Sus claros ojos tomaron un matiz verdoso.

—Pues lo que he dicho no tenía nada de humorístico.

—¡Ah, ah! Estoy viéndole a usted y, en realidad, no está de broma. Supongamos ahora que usted me dijera sinceramente lo que piensa…

—Pues pienso que ha empalmado los tres dieces.

A estas palabras decisivas, siguió el arrastre de varias sillas, la caída de un taburete, y en un instante los dos contendientes quedaron solos ante la mesa.

—Es usted un… embustero —silbó Hays, que de repente se había puesto lívido.

A Jim le pareció que ya era tiempo de intervenir. Los ojos de Stud lanzaban siniestros fulgores. Hays tenía desventaja en cuanto a sacar la pistola, y seguramente Stud podría y querría matarle.

—¡Alto! —gritó Wall separándose de la chimenea contra la que estuvo apoyado. Su voz hizo estremecer a los dos hombres.

Hays, sin volverse, dijo a Jim:

—Manténte apartado, compañero. Yo me basto para acabar con este renacuajo.

—Fuera de aquí, forastero —advirtió Stud, que vigilaba a Jim al mismo tiempo que a Hays—. No se mezcle en lo que no le importa.

—Sólo quiero decirle a Hays que el as lo escondió usted debajo del tapete.

También podría Wall haber dicho algo de las trampas de Hank.

—¡Cómo! —bramó Hays—. ¿Es así como obtuvo el as?

—Yo le vi dar el salto.

—Corriente, y supongamos que ha sido así —repico Stud con mortal frialdad—. Si usted, Hays, puede dar su palabra honrada de que no ha hecho trampas, saque la pistola y decida la suerte… De lo contrario, tengamos las manos quietas.

Esta imprevista proposición, basada en el especial concepto del honor peculiar entre los ladrones, tuvo la virtud de hacer callar a Hays. El pequeño jugador aplazó sus malas intenciones hasta más propicia ocasión y, volviéndose, preguntó a Jim con insolencia:

—Jim, Wall, ¿eh?

—Para servirle —contestó el joven, que adivinaba lo que sucedía en la mente del fullero.

Stud necesitaba tiempo para madurar sus actos. Su pensamiento era más peligroso que su voluntad o su poder de ejecutarlo. Todo esto lo adivinaba Wall. Tal era la diferencia que existía entre aquellos dos hombres.

—Admito que no jugué limpio —dijo Stud en tono ronco—, pero no estoy dispuesto a dejarme maltratar por un forastero.

—Bueno. ¿Y qué es lo que va usted a hacer? —preguntó Jim. Su instinto le decía que el momento culminante ya había pasado.

Stud no sabía lo que iba a hacer, pero era evidente el hecho de que anhelaba destruir. Por su parte, Wall no sentía el menor deseo de privar al Oeste de aquel irascible y ruidoso fullero. En esta diferencia consistía la fuerza de Wall y la debilidad de Stud. Los espectadores del drama casi no se atrevían a respirar.

La deliberada pregunta de Wall puso término a las vacilaciones de su contrario. Estremecióse el cenceño cuerpo de éste, y una mano negra y peluda, como la de un mono, despegóse trémula de la mesa.

—¡Quieto! —rugió Jim—. No ha nacido hombre que me asesine estando sentados a la misma mesa.

—¡Vaya… al infierno! —jadeó Stud. La interrupción le cortó la fuerza para realizar su propósito, y gruesas gotas de sudor aparecieron en su frente.

—Lleva usted una pistola en cada lado del chaleco —prosiguió Wall con desprecio—. Hombres de su especie no se toleran en mi tierra.

La tensión del tahúr estaba quebrantada, y éste dejó caer sus manos, semejantes a garras, sobre la mesa.

—Ven, Stud —dijo Marley—. Vámonos de aquí. Stud, vencido por el momento, se levantó, y encarándose con Hays, dijo con venenosa expresión:

—Usted y yo estamos en paz, mas ya encontraré a su nuevo compañero en otra ocasión.

—Cuando guste, Stud. Por mi parte, no le guardo rencor.

El hombrecillo se acercó al mostrador, seguido de Marley y del gigante de la rojiza barba.

—Convidadme a una copa. Me he quedado sin blanca —dijo el despojado fullero con ahogado acento. Después de beber, abandonaron el local.

Hasta que salieron, no se volvió Hays hacia su amigo, y entonces pudo ver que su rostro estaba pálido.

—Jim, ése… traía las dos pistolas ocultas para matarme.

—Soy de la misma opinión —asintió Jim gravemente—. Observé que estabas perdido, pues necesitabas levantarte para… emplear tus argumentos.

—¡Ah! —exclamó Hays respirando a pleno pulmón, mientras se enjugaba la frente. Happy y Brad volvieron a acercarse a la mesa.

—Brad, ¿dónde estabas cuando surgió la cuestión?

—Procurando ponerme a salvo.

—Sí, ya lo he visto. Jim, te quedo muy agradecido. A mí no me hubiera gustado escurrirme en ese particular momento. Tú puedes jugar; no puedo olvidarlo. Me gustaría saber una cosa.

—¿Qué?

—¿Lo has intimidado?

—Difícilmente. Has hecho bien en no intentar sacar el arma. Pues al más pequeño movimiento…

—Te habría dado mucho juego… Ese jugador Stud se ha creado un nombre aquí por su rapidez en sacar la pistola…

—¡Bah!, —cortó Wall bromeando—. Los hombres que saben manejar pistolas no las llevan tan bien guardadas.

—Bien; aquí no he visto otro como él todavía —repuso Hays—. Cuando le llamé, no aparté Tos ojos de su mano, que tenía extendida sobre la mesa. Comprendí que podía disparar fácilmente sobre él, y tenía intención de hacerlo. Pero ¡diablos!, ¡qué poco le hubiera costado taladrarme él a mí!

—Le hubiera costado mucho, estando yo presente… Vamos a dormir, Hays; tengo sueño.

—Bien pensado…, pero vamos a beber primero. Los cuatro se agruparon ante el mostrador.

—Jim —dijo Hays levantando la copa—. Es muy notable cómo unas cosas traen las otras. Cuando te encontré junto al transbordador me dio el corazón que eras el hombre que necesitaba… Y he acertado… ¡A tu salud!

Tras de apurar las copas, dieron las buenas noches al Rojo y salieron a la intemperie. La noche era oscura, ventosa y fría.

—¿Dónde vas a dormir? —preguntó. Hays.

—He dejado el petate en la cuadra junto a mi caballo.

—Supongo que no llamarás cama a ese bulto, ¿eh…? Ven y dormirás en una verdadera cama.

—Para mí es bastante buena. ¿Qué haremos mañana?

—Estaba pensando en ello. Lo mejor será que nos sacudamos el polvo de Río Verde. La proximidad de ese Marley podría no ser saludable para nosotros. Además, estoy repleto de dinero, y aquí no haría más que perderlo. Así, pues, mañana levantaremos el campo y en marcha para el rancho del inglés.

—Me place —contestó Wall.

—Y tú, Brad, ¿qué dices?

—Iré también, pero conste que sólo voy porque no tengo cosa mejor. Ese nuevo proyecto me parece que va a concluir de un modo nada divertido.

—¡Ja…!, ¡ja…! ¿Y tú, Happy?

—A mí me parece inmejorable —contestó Jack con el entusiasmo que se podía esperar de su carácter optimista.

—Corriente… Entonces, buenas noches. Mañana, temprano, almorzaremos aquí.

Se separaron. Jim encaminóse con paso cauto a la cuadra. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, aceleró un poco la marcha, cuidando de no pasar cerca de ninguna pared ni grupo de árboles. Nada, sin embargo, justificó estas precauciones y, ya en la cuadra, encontró su impedimenta en el mismo sitio en que la había dejado. Extendió su cama al aire libre, y echóse en ella sin más que aflojar el cinturón de cuero del que pendía la pistola.

Entonces desfilaron por su mente los acontecimientos del pasado día, y aunque ningún placer le causaron, le pareció que debía alegrarse de haber caído en manos de Hays, y sus compinches. Durante tanto tiempo había vivido como un lobo solitario que la compañía de seres humanos, por malos que fueran, le parecía grata. De antemano estaba seguro de que pronto volvería a la vida errante. No podía parar en ningún lado. Había tenido algunas buenas colocaciones y le gustaba la tranquilidad… Pero ésta no existía en ninguna parte para Jim Wall, y lo mismo sería en Utah. En raras ocasiones retrocedía su mente hasta los tiempos en que la existencia le parecía llena de interés y encanto… Después hablase enfurecido su alma. Por el momento se hallaba en el umbral de otra aventura, al parecer extraordinaria hasta para él, y esta idea le mantenía desvelado, convencido de que por recompensa no encontraría más que nuevos resentimientos y decepciones.

 

III

 

Jim despertó saludado por una roja salida de sol. El joven arrolló su petate llevándole a la cuadra, donde el bayo le recibió con un suave relincho. El agua que había en el cubo estaba cubierta por una ligera capa de hielo.

Cuando poco después entró por la puerta trasera en el local del Rojo, vio que Hays, Happy y Brad le habían precedido.

—¡Buenos días! —gritó el primero alegremente—. ¿Verdad que hoy huele el aire a primavera?

—Buenos días en general —contestó Jim—. Sí, me parece que me va a gustar esta tierra.

—Lo único malo que tiene este rincón de Utah es el trabajo que cuesta alejarse de él. Nosotros acostumbramos a pasar aquí los inviernos, pero en verano hay que irse a otra parte, porque el calor es infernal. Pero siempre vuelvo con gusto.

Concluido el almuerzo, dijo el jefe:

—Brad, ve en busca de los caballos de carga. Tú, Happy, procúrate una montura y nos encontraremos junto a los almacenes, lo más pronto que podáis… Jim, vente conmigo.

—Hays…; yo necesito comprar algunas cosas…

El ladrón puso un puñado de billetes en la mano de Wall, sin preocuparse de saber a cuánto podía subir la cantidad.

—Seguramente… Compra cuanto necesites para tu equipo, sin olvidar una buena provisión de municiones… ¡Ja…, ja…! Ya estamos frente al establecimiento, dirigido por Josh Sneed, amigo de los mormones… Mas no importa; aceptará con gusto nuestro dinero, aunque, si pudiera, nos desollaría vivos.

La tienda era parecida a la mayoría de las que existen en el Oeste; ocupaba el piso bajo de un edificio de piedra, y se amontonaban en ella todas las mercancías necesarias para la azarosa vida de aquellas tierras.

Un simpático muchacho, que parecía ser el hijo del dueño, encargóse de servir a Wall. Lo primero que escogió fue una hermosa manta para el caballo. Después fue comprando herraduras, clavos, martillo y lima, artículos que desde largo tiempo necesitaba, y por cuya carencia andaba el bayo cojo… Escogió luego un equipo completo de vestir, cuerdas, e hizo abundante acopio para su Colt 45, recordando la imperiosa necesidad de una práctica constante, de tiempo olvidada, por la sencilla razón de que no tenía fondos. También se proveyó de algunas cajas de cápsulas Winchester 44. Hechas todas estas adquisiciones, sorprendióse Jim al ver el mucho dinero que le quedaba. Hays había estado muy rumboso. En vista de su opulencia, Wall se permitió comprar algunos artículos de lujo, tales como: pañuelo: de seda, brocha, navaja, peine, un par de toallas, jabón y, por último, nueces y bombones. Todo lo envolvió en un amplio trozo de hule, y echándose el voluminoso paquete al hombro, fue a reunirse con Hays, al que encontró comprando provisiones de boca.

—Necesitaré un caballo de carga —insinuó Jim.

—Bueno…, ya contaba con ello —contestó Hays riendo—. Tenemos cinco o seis caballos sobrantes… ¿Has comprado alforjas y un pellejo para el agua?

—No… No se me ha ocurrido…

—Bueno… Ya te los compraré yo. Vete a dar prisa a Happy y Brad y diles que ensillen ahora mismo. No hay tiempo que perder para salir de aquí.

Wall encontró a los dos hombres por el camino.

—Hays me encarga que os dé prisa —dijo cuando los vio.

—Vamos corriendo. Wall, vas a tener un caballo de carga de primera —observó el jovial Happy.

Tal fue también la opinión de Jim cuando vio los seis caballos que esperaban en el corral, todos: fuertes y jóvenes, pero ninguno podía compararse a su bayo, y el joven alegrábase en el alma de que su hermoso caballo ya no necesitara llevar carga.

Jim dividió sus riquezas en un paquete pequeño y dos grandes, perfectamente acondicionados para poder soportar un largo viaje por pésimos caminos.

Apenas había acabado, cuando llegaron Jack y Lincoln, abrumados por la pesada carga. Momentos después: presentóse Hays, y los envoltorios que traía delataban la abundancia de sus medios.

—Hank, traes cara de tormenta —observó Brad con mal disimulado regocijo.

—No me faltan ganas de descargarla sobre alguien. ¿Qué os parece…? Ese zorro de Sneed, siempre me ha hecho pagar al contado, pero hoy ha exigido: el pago anticipado.

—Esos mormones se pierden de vista como hombres de negocios —observó Happy.

—Mal debes andar de crédito en Río Verde —dijo Brad con sarcasmo.

—Voy a deciros una cosa —gruñó Hays—. Si no fuera por lo que tengo entre manos en el Rancho de la Estrella, ahora mismo íbamos a coger cuanto tiene ese mochuelo en su condenada barraca.

—Vamos, de todos modos.

—Ahora, por lo menos, no… Quizá esto llegará a oídos… Pero hubiera dado un diente por meter una bala en las afiladas narices de Sneed. ¡Ea, muchachos…! Daos prisa, que ya estamos retrasados.

Media hora más tarde, los cuatro jinetes, seguidos por cinco caballos cargados y dos de refresco, dejaron atrás la pequeña ciudad, avanzando por la llanura con dirección al Oeste. Tomaron después una carretera poco frecuentada, paralela a la grandiosa pared de peñascos que zigzagueaba en la purpúrea y neblinosa lejanía.

Bajaron, una pedregosa colina provista de escasa vegetación, y tras ella se ocultaron, para no volver a surgir, las casas de Río Verde y sus bosques de algodoneros.

Gradualmente, los caballos de carga se formaron en fila india, sin necesitar guía, y los jinetes marchaban detrás, llevando por vanguardia a Wall. Uno de los mayores placeres de éste era el montar un buen caballo y tener delante un dilatado y desconocido paisaje. Cuando hubieron subido: el lento e interminable declive que tenían delante, Jim se vio rodeado por un territorio al que no pudo: menos de rendir homenaje. Tejas, Kansas, Colorado, Wyoming y Montana dejaban mucho que desear comparados con Utah. Jim no había andado por Arizona, y no podía juzgar. Pero Utah era emocionante. A su derecha, formidables peñascos de un gris amarillento realzaban la salvaje grandeza de sus desiguales picos; al frente extendíase una vasta llanura, sin vegetación en el primer término, pero que a distancia se cubría de manchas que rompían la monotonía del gris: con un pálido verde. Al fondo, y muy lejos, las fantasmales y negras montañas de Henry amenazaban taladrar el azul del firmamento con sus afiladas crestas cubiertas de nieve.

Pero lo que principalmente fascinó las miradas del forastero fue la región situada al sur de las montañas.

Ante el declive desde el que arrancaba la planicie, erguíanse gigantescos y solitarios pedruscos semejantes a centinelas que guardan la entrada de un país abrupto y salvaje. Más allá, hacia la izquierda de Wall, lo llano del terreno ofrecía a los ojos de éste una perspectiva infinita. La brillante cinta de plata de un río bordeado de follaje, perdióse en la caótica aglomeración de rocas, cortadas en todas las formas que pueda concebir la humana fantasía.

Ocurriósele a Jim que el jinete capaz de internarse en aquel pétreo desierto, nada tendría que temer de sus perseguidores. Estaría completamente solo, pudiendo dormir sin ser precisa la vigilancia. Pero ¿cómo podría vivir?

A medida que dejaban millas atrás, estas impresiones de Wall, lejos de disiparse, hacíanse más intensas. La carretera iba siendo más arenosa, y en vano buscaba Jim las trazas de algún ser vivo. ¡Qué territorio tan desierto e inhospitalario!

Transcurrieron horas enteras, antes de que pudiera descubrir las huellas de un antílope sobre la arena. No había pájaros, lagartos, ni conejos, nada más que una ilimitada llanura de arena, salpicada de manchas verdosas. No obstante, las horas no se hacían pesadas. Nunca lo eran para Jim, cuando, oprimiendo los lomos de un buen potro, avanzaba hacia lo desconocido, olvidando todo cuanto dejaba atrás.

A la puesta del sol llegaron a una amplia hondonada, cuya mayor vegetación delató, a los expertos ojos del nómada jinete, la influencia del agua. Poco a poco, la desigualdad del terreno hizo que las Henry se fueran hundiendo en el horizonte, y sólo quedó visible la más elevada de sus cimas, bañada por un tono escarlata. Los últimos rayos del sol teñían el cielo de un matiz color rosa y salmón, con nubecillas de oro en el poniente. Una etérea luz violeta extendíase por el vasto y solitario valle.

Hays se detuvo para acampar en una fresca pradera inmediata a un manantial, y en la que había bastante hierba para entretener a los caballos.

—¡Ajajá! —exclamó el jefe—. ¡Cuánto me alegro de estar otra vez a campo raso, muchachos! Quitad sillas y cargas…, que descansen las bestias. Happy, quedas nombrado cocinero… Los demás buscad algo que quemar, lo que no deja de ser una endiablada tarea.

Jim corrió a recoger maleza, cactos secos, girasoles, cuanto combustible encontró a mano, y ya se habían extendido las sombras sobre el desierto cuando regresó al campamento. Happy Jack estaba silbando cerca de un pequeño fuego; Hays, arrodillado, amasaba la pasta de una cazuela, Lincoln estaba ocupado en alguna tarea del campamento.

—A mí —estaba diciendo Hays— no me gusta el pan duro…, prefiero la galleta. ¿Y tú, Wall?

—Yo también…, pero sobre todo me gustan las tortas —contestó el interpelado soltando la carga.

—¡Tortas…! ¿Oyes lo que dice el nuevo compañero, Jack…? ¿Sabes tú hacer tortas…?

—Seguramente… tenemos harina, azúcar y leche; pero nos faltarás huevos.

—¡Ja…!, ¡ja! No nos faltarán en cuanto lleguemos al Rancho de la Estrella. No habéis visto nunca rancho semejante. Su dueño ha comprado todos los caballos, burros, vacas, toros y gallinas de la comarca entera.

—Ya nos lo has dicho —observó Lincoln— y no me faltan ganas de conocer a ese inglés. Debe de tener más dinero que sesos.

—¡Voto al diablo! Así es. A mi parecer, tiene la mollera vacía…, pero ¡qué dineral lleva gastado!

Jim se sentó para descansar y escuchar. Sus nuevos compañeros le habían aceptado como jefe, y se expresaban delante de él con absoluta franqueza.

—Singular capricho…, un inglés podrido de dinero, tomarnos a nosotros para trabajar por su cuenta —reflexionó Lincoln en tono preocupado—. Vaya…, no lo entiendo.

—Y, ¿quién lo entiende? Yo tampoco, lo aseguro. Pero es un hecho cierto, y pronto seremos tan ricos, que acabaremos por matarnos unos a otros.

—Puede que digas más verdad de lo que piensas, pero… ¿cómo nos va a venir la riqueza?

—Todavía no lo sé… Ya veremos. Lo principal es que he ganado la delantera a Heeseman y su banda.

—Ya procurarán ellos cortarte el terreno.

—Es verdad. Tarde o temprano tendremos que matar a ese hato de pillos.

—¡Jum!, eso no es tan fácil como tú crees, Hank.

—Bueno, Brad, no pongas dificultades antes de que llegue el caso —advirtió filosóficamente Hays.

—Lo dicho… No me gusta el negocio —resumió tercamente Brad.

La cena estaba dispuesta, y la despacharon casi en silencio La noche había cerrado, el viento traía el penetrante grito de los coyotes, y la pequeña hoguera fue consumiéndose, hasta quedar sólo algunas: brasas. Lincoln trató de reavivarla con nuevo combustible, pero Hays le hizo desistir. Uno por uno, fueron en busca de sus portátiles camas, siendo Jim el último. Poco después todos dormían. La aurora los encontró despiertos y activos. Al salir el sol ya habían reanudado la marcha.

Presentábase el día ventoso, muy frío y alumbrado por un pálido sol. El polvo y la arena impedían distinguir el paisaje. A mediodía pasaron junto a uno de aquellos montes aislados, una inmensa y descarnada roca, de color de chocolate, tan castigada por la intemperie, que daba la sensación de un formidable tubo de órgano, y un poco más lejos, a través del polvo, surgió otro peñasco, parecido a la silueta de un elefante. De allí en adelante aumentó el número de las rocas y peñascos, así como el de los pantanos y los pedregosos desfiladeros.

A media tarde, su camino los condujo, entre altas paredes de granito, a la orilla de un torrente, cuyo amplio lecho estaba seco, excepto una estrecha cinta de agua que corría en el centro.

—Éste es el Cenagoso —anunció Hays, en beneficio de Jim—. Bastante peligroso cuando viene crecido, pero no tanto como el Diablo Sucio. No tiene comparación.

—¿Qué es el Diablo Sucio? —preguntó Wall.

—Es un río que merece su nombre, te lo aseguro. Mañana, a una hora u otra, lo atravesaremos.

La segunda noche establecieron el campamento sobre una resguardada meseta, por encima del Cenagoso. Abundaba el bosque, pero no había agua ni hierba. Los caballos, no obstante, no padecieron; habían bebido en el río, y se les dio pienso seco.

Las subsiguientes conversaciones de Hays y Lincoln respecto a la empresa que tenían por delante, confirmaron a Jim en la creencia de que el segundo era un hombre astuto, frío, envidioso y agresivo. Hays no se distinguía por la inteligencia; era simplemente un ladrón franco y desprovisto de escrúpulos. Inevitablemente llegarían a un choque. Jim estaba tanto más seguro de ello, cuanto que en todos los equipos de cowboys o cazadores de que había formado parte, nunca faltaron refriegas. Era la costumbre establecida entre los hombres que vivían al aire libre, y sabido era en todo el Oeste que en las: bandas de ladrones abundaban las contiendas. Hank Hays era, evidentemente, un ladrón de cierta categoría, aunque apenas se le podía considerar como un proscrito. ¡Era tan difícil el definir quién estaba fuera de la Ley, en un país que carecía de ella!

A la mañana siguiente, Wall tuvo razones, para que aumentara su curiosidad de conocer el río Diablo Sucio, tan accidentado era el camino que les conducía a él. Tratábase de un angosto sendero que bajaba, bajaba siempre, entre desfiladeros de tierra negra, rojiza, amarillenta y violeta, en la que no se veía una sola piedra.

A mediodía, el sol calentó con tal fuerza este multicolor agujero, que hombres y animales sudaron a mares, y, medio ahogados por el polvo, sufrieran los tormentos de la sed. Las borrosas huellas que Hays venía siguiendo desaparecieron por completo, y éste vióse perdido en un laberinto de profundos pantanos imposibles de rodear, aunque parecía más imposible el escapar de ellos. La situación hacíase grave, y los jinetes detuvieron el paso para deliberar.

—¡Condenado agujero! —murmuró Happy casi sin aliento.

—¿Falta mucho para salir de aquí, Hays? —preguntó con gravedad Jim.

—Ya quisiera que estuviéramos lejos, te lo aseguro —fue la sincera respuesta del jefe—. Si nos: internamos en estos zarzales, estamos perdidos. He oído hablar de ladrones que se han refugiada en ellos, y de rancheros que iban en su persecución, y nada se ha vuelto a saber ni de unos ni de otros.

—Me parece que ya llevamos varias millas dando inútiles rodeos —observó Jim.

Apeóse Lincoln y dio varios pasos por el desfiladero, buscando al parecer un camino para trepar por la elevada pared de tierra. No le halló, mas algo debía ver, puesto que, volviendo a montar, hizo una seña a los demás para que le siguieran.

—¡No! —gritó Hays—. Ese camino va hacia el Sur, y si le seguimos no saldremos nunca.

—Pues yo oigo el murmullo del río en esta dirección —afirmó Brad— y voy hacia él.

También Jim había oído un lejano susurro, que no reconoció al pronto. Siguieron todos a Lincoln, que los condujo hasta una angosta garganta de altas paredes, por cuyo fondo corría el Diablo Sucio.

Las aguas estaban turbias, la corriente era escasa y las arenas, traidoras; pero llevando del ramal a los caballos de carga, hombres y animales pudieron pasar a la orilla opuesta, sin más accidente que un remojón. Lo más difícil fue que los caballos estaban tan sedientos, que se necesitaba una mano muy firme para hacerles salir del agua. Por último, al ganar la orilla, encontraron tierra bastante firme para permitir a los jinetes llenar de agua cantimploras y pellejos, mientras sus monturas satisfacían la sed.

Sin embargo, aún seguían perdidos, y lo único que pudieron hacer fue seguir un desfiladero lateral, que, afortunadamente, no desembocaba en una red de desfiladeros aun más estrechos, como sucedía en la orilla opuesta. Por fin, salieron de aquel atolladero; Hays pudo orientarse y pronto llevó a sus compañeros a una pradera muy propia para establecer el campamento.

—Muchachos —dijo Hank—, os apuesto lo que queráis a que por estas cercanías existe una guarida en la que nadie podría encontrarnos, mientras el mundo exista.

—Y si lo hicieran, tendrían que conformarse con nuestros huesos pelados —murmuró Brad.

—Bueno, supongamos que no necesitaremos utilizar semejante escondite…, pero ¿qué piensas de esto, Jim?

—Que jamás he encontrado un sitio igual en todas mis correrías, pero ya nada me sorprende. ¿Cuándo subiremos lo bastante para tener horizonte despejado?

—Mañana, poco antes de llegar al pie de las montañas. Es la comarca más estupenda de cuantas he visto… y se comprende el entusiasmo del inglés, que está completamente chiflado con las vistas. Además, el terreno es inmejorable para la caza.

—Hank, siempre has tenido pasión por la caza —interrumpió Brad.

—Bueno, cada uno tiene sus flaquezas… Las tuyas son el whisky, el rencor y la avaricia —contestó resueltamente el jefe.

La respuesta no agradó a Lincoln, aunque nada dijo por el momento, pero Jim cada vez se iba convenciendo más de que ningún afecto unía a los dos hombres.

Ya en el campamento, pudieron descansar todos, excepto Happy Jack, a quien le agradaba tanto el trabajo como la charla y la risa. Después de cenar, Jim separóse del campamento, y fue hasta el sitio en que desembocaba el desfiladero: un espacio desconocido, profundo y tenebroso, y sintió una deprimente impresión de la inmensidad de aquellas regiones de montañas, planicies, gargantas y rocas por las que estaba viajando.

Mientras Jim meditaba, envuelto en las crecientes tinieblas, fue apoderándose de su ánimo una inexplicable repugnancia a proseguir la aventura. Creíase empujado por la fatalidad a una existencia en la que hallaría más amarguras que en su anterior vida de fugitivo. No podía desechar la obsesión; necesitaba la luz del día para restablecer su equilibrio mental.

Muy pensativo, volvió sobre sus pasos. En su mente surgía el recuerdo de su primera juventud, de su honrado hogar, y veía las figuras de su madre y de su hermana, que ya no eran más que sombras de un lejano pasado. Todos, hasta los más empedernidos ladrones, tienen estas lagunas en la memoria, donde dormita la conciencia durante largo tiempo, y despierta inesperadamente de vez en cuando… La vista de sus compañeros, que envueltos en sus mantas dormían sin preocupaciones, disipó la visión. Pero Jim se acostó con un deseo, que de haberlo seguido, habría montado en su caballo, lanzándose a galope hacia lo desconocido.

A la mañana siguiente, le parecía haber tenido una descabellada pesadilla, pero no recordaba detalles. En aquellos días había fumado mucho, y las fuertes bebidas que Hays traía consigo no eran lo más adecuado para calmar los nervios. Jim encontróse frente al dilema de aceptar la peligrosa compañía de aquellos hombres, o volver a su vida de lobo solitario. Por el momento, escogió lo primero.

A pesar de la abundancia de agua y pastos, habíanse escapado algunos de los caballos de carga. Brad trajo los restantes, siendo recibidos por Hays con un chaparrón de palabrotas. Esto retrasó un poco la salida; no obstante, el jefe aseguró a Wall que aquella misma tarde llegarían al Rancho de la Estrella.

El camino se alargaba por una amplia garganta llena de fresca vegetación, teniendo las montañas delante como masas de negras nubes. Alegróse Jim de salir por fin del interminable cañón hacia otra zona, donde terminaban las laderas de las montañas. ¡Por fin los cedros…! ¿Puede haber jinete a quien no gusten los cedros? En los hermosos árboles de verde follaje y purpúreas bayas, encuentra protección contra el frío y el viento, a más de suave y saludable fragancia.

Pero mirando atrás, olvidóse Jim del mágico panorama. ¿Era posible que hubiera salido vivo de aquel espantoso abismo? Hays, poniéndose a su lado, dijo:

—Espérate un poco, Jim. Todo esto que ves no vale nada. Espera hasta que demos la vuelta. Entonces verás lo que es bueno.

Siguieron avanzando juntos. El camino era ancho, y pronto descubrió Jim varias huellas recientes, que venían del Noroeste. Hays no tardó en verlas también:

—Parece que abundan los jinetes en el bosque —murmuró Hank.

—¿Cuánto tiempo hace que te marchaste? —preguntó el joven.

—¿Del rancho…? Veamos… Hará un par de semanas… ¡Demasiado tiempo, voto al diablo…! Herrick me envió a Gran Unión, y a la vuelta di un rodeo, pasando por Río Verde.

—¿Esperabas encontrar allí a Brad y Happy?

—Seguramente, y algunos otros más, pertenecientes a mi banda. Tú los substituirás con ventaja.

—Espero no decepcionarte —contestó secamente Jim.

Estoy seguro de ello… Pero yo estaría más a gusto, Jim, si me hablaras con franqueza, para saber quién eres y qué eres.

—Hays, yo no te he pedido que me admitas.

—Bien dices, muchacho. En cuanto a mí, creo que todos saben quién es Hank Hays…; si hasta han puesto mi nombre a una ciudad: Hankville.

—¿A una ciudad…? Jamás la he oído nombrar.

—Bueno…, cuando digo una ciudad… Pero ahora sólo se compone de unas cuantas barracas, la primera de las cuales la construí con mi padre, ya hace bastantes años. Mi viejo, en su edad avanzada, se hizo explorador, y siempre había sido mormón. Yo nunca he tenido nada de mormón. Allí vivimos algún tiempo; yo me dedicaba a recorrer a caballo las montañas, y llegué a conocerlas como la palma de la mano, excepto las inmediaciones del desfiladero del Dragón Negro, y ese condenado agujero del Diablo Sucio. Mi padre fue asesinado por los cuatreros.

—Supongo que no te dedicas a eso; pero ¿cómo has llegado a desempeñar tu actual profesión?

—¡Ja…! ¡Ja! ¡Actual profesión…! Eso me gusta, pero, vamos, Jim, ¿a qué eres que me dedico?

—Si he de juzgar por lo que he visto, me parece que a aligerar al prójimo de lo que le sobra en los bolsillos.

—Muy finamente expresado, Jim. Me molesta que me tomen por un vulgar ladrón… En otro tiempo yo era un hombre honrado… y ha sido una mujer la que ha hecho de mí lo que soy. ¡Por eso las aborrezco!

—¿Estabas casado? —preguntó Wall con interés.

—Eso era lo peor del asunto —contestó Hank sin ganas de llevar más lejos la confidencia.

—Pues mi historia, Hays, si no tan triste como la tuya, tampoco es propia para atraerse la simpatía.

—Ya me había dado en la nariz que tú escondes algo —observó Hays sacudiendo la cabeza—, y seguro estoy de que Jim Wall no es tu verdadero nombre… Para aquí cualquiera es bueno… No temas contarme tu historia, ahora, o cuando quieras.

—Gracias, Hays. En la soledad se hace uno muy cauto. Piedra movediza no cría musgo.

—Pues yo prefiero estar rodeado de enemigos a verme solo… No puedo soportar la soledad por largo tiempo.

—¿Por eso aguantas a Lincoln? No puede negarse que a veces te peina al revés.

—Sí… Brad es un malhumorado bribón, pero tiene sus buenas condiciones, aunque no se ven en circunstancias como éstas.

Jim no pudo evitar el hacer conjeturas acerca de qué circunstancias serían las más favorables para presentar a Lincoln Brad por el lado bueno, y no pudo dar con ellas. El camino hízose más estrecho, imponiendo la fila india, y, por consiguiente, la separación de los jinetes.

La mañana estaba fresca y hermosa. El ambiente, embalsamado por el aroma de la salvia, que parecía descender para encontrarse con ellos. Chillaban las azulosas chovas, los sinsontes cantaban melodiosamente y los halcones revoloteaban sobre las laderas. Por entre los cedros, triscaban los corzos. En las tierras del Rancho de la Estrella debía abundar la caza. Pensando en el nuevo rancho, opinaba Jim que no duraría mucho su prosperidad.

Llegaron a la zona de las colinas, donde la vegetación hacíase más feraz. Las azuladas lagunas al pie de los peñascales, eran la mejor prueba de que había empezado el deshielo. La vista de Jim, restringida durante muchas horas, no estaba preparada para encontrarse con el espacio libre al volver una esquina. Asombrado por la magnificencia del paisaje, hubiera detenido su bayo en el mismo sitio, al no observar que Hays le esperaba un paso más adelante, mientras los otros desaparecieron con los caballos tras una grisácea muralla de roca.

—Bueno, compañero, esto es Utah —y en la voz del ladrón vibraba una nota de orgullo—. Te informaré brevemente: Ya ves cómo los pies de las colinas descienden al amarillo y al gris. Aquella mancha verde es Hankville. Dista de aquí cuarenta millas de carretera, es decir, menos que el vuelo de un cuervo, y la especie de colosal cazuela rayada que está más allá, son las rompientes del Diablo Sucio. ¡Figúrate! Un diámetro de setenta millas. Ése es el terreno que nadie conoce. Mi padre me dijo que había allí cavernas dignas de ser vistas. Bueno… Allí donde el verde empieza a trepar a las alturas, es ya la salida de ese infierno. Más allá se extienden pradera tras pradera, casi hasta Río Verde.

El silencio de Jim era el mejor elogio. No podía encontrar palabras con que expresar su admiración.

—Vamos a echar una mirada por la región de los desfiladeros —prosiguió Hays extendiendo su largo brazo—. Ahí tenemos doscientas millas de roca viva, constantemente azotada por la lluvia y los vientos. ¿Ves aquellas hebras de plata entre el gris de las piedras? Son los ríos.

El Verde y el Grande se unen para formar el Colorado a unas sesenta millas de donde estamos. Mira cómo se ve dónde se juntan las cintas… Cuando viajaba con mi padre, estuve en Escalante, San Juan, Noki y Piute. Pero ya no sabría ir a ninguno de esos sitios. Oímos hablar de grandes puentes de piedra echados sobre los desfiladeros, mas no llegamos a verlos; tan sólo los indios saben dónde están.

»Esa montaña que está al frente y tiene la cima redonda, es Navajo. Y ahora, vuelve la cabeza, Jim. ¿Ves aquella línea negra que con tanta regularidad corta el horizonte? Es la meseta del Caballo Salvaje. Tiene setenta y cinco millas de largo, sin contar las estribaciones de las Henry. Desfiladeros a cada lado, y pocas millas de anchura. Se extiende hasta la región de los desfiladeros, que hace parecer a nuestro Diablo Sucio como un rancho mormón lleno de zanjas para riego. Nadie conoce esa comarca, Jim. Mi padre me aseguró que sólo unos pocos mormones habían llegado a la cúspide de esa meseta. ¿Qué te parece mi tierra?

—Asombrosa… No puedo decir más.

—¡Ajajá! Celebro que no seas tan descontentadizo como Lincoln. Tú y yo nos entenderemos bien. Y ahora miremos más cerca: éstos son los Montes Negros, llamados también Orejas de Oso, y ese macizo de peñas que atraviesa el valle es Rocas Rojas. Poco a poco las irás conociendo todas. En cuanto el camino dé la vuelta, veremos el rancho de Herrick; consta de unas treinta millas de tierra. Pongámonos en marcha, porque ya estoy deseando echarle la vista encima.

Pero Jim permaneció a la zaga, tratando de comprender las desconocidas impresiones que le embargaban y hacían latir sus sienes. ¿Había atravesado solo casi todo el salvaje Oeste para dejarse dominar por los nervios?

Trataba el mozo de abarcar el espectáculo que sus ojos contemplaban, diciéndose que ya se familiarizaría con su grandeza, mas por el momento temblaba como si estuviera al borde de algo que habría de decidir su destino, y sentíase impotente para dominar sus sensaciones.

Con la mirada perdida por el grandioso horizonte, monologueó Jim:

—Por estos escarpados vericuetos, encontrará Hays alguna vez su guarida de ladrones.

Y poniendo en movimiento el caballo, prosiguió el camino.

Antes de que llegara la noche de aquel día, Wall había visto más ganado, paciendo la fresca hierba del valle, que en todos los grandes rebaños que existían desde Texas a Abilene, o en las orillas del Río del Viento, en Wyoming. A juzgar por el primer golpe de vista, habría allí más de diez mil cabezas de ganado vacuno. Creyó exagerada la descripción de Hays, pero allí estaban los incomparables pastos, poblados de ganado. Al otro lado del valle extendíase otra depresión del terreno semejante a la presente, y tal vez otras muchas que al igual de los rayos de una rueda llegarían hasta las estribaciones de las Henry. Pero ¿dónde estaba el mercado para tan magna empresa agrícola?

Herrick había escogido para su vivienda el lugar más pintoresco del valle, aunque tal vez no fuera el más indicado para la administración de tan vasto negocio. Diez millas más abajo de la parte alta del valle, extendíase un bosque de pinos hasta la falda de la montaña. Allí estaba situado el edificio principal, amplio y de un solo piso, construido con troncos pelados, que amarilleaban a la luz del sol. Un poco más abajo extendíanse las numerosas barracas, cobertizos y corrales. Un arroyuelo bajaba espumeante de la montaña, y tras de cruzar el valle, iba a unir sus aguas con las del río principal de la comarca. Bastante separada de los corrales y dependencias, veíase una nueva barraca apresuradamente construida, cuyos huecos aún no estaban cubiertos. El tejado se extendía por tres lados sobre amplias aberturas, que dejaban ver unas cuantas camas, sillas, mantas y otros objetos propios de caballista. La espalda de la barraca estaba apoyada en la misma peña. Jim comprendió que Hays hubiese construido esta vivienda, mejor que verse mezclado con el restante personal. Desde la entrada del frente se podía tirar una piedra al arroyo, o pescar truchas. El pinar se extendía hasta la orilla del arroyo.

Naturalmente, no había sitio en el valle que estuviera desprovisto de encanto, pero la situación de aquella barraca era verdaderamente ideal para gente de a caballo. Hays tenía su corral particular. Cuando Jim se encaminó hacia esta vivienda, su penetrante vista distinguió varios hombres que, apoyados en la pared, le miraban en silencio con evidente curiosidad. También observó que había un buen repuesto de leña almacenada en el portal.

—Ya estamos en casa, Wall —anunció Hays—, y si no te das por satisfecho, serás muy difícil de contentar. Agua fresca, abundancia de carne de vaca, ternera y cordero, caza mayor y menor, mantequilla para las tostadas y leche a discreción. Lo mejor de todo es que el trabajo no mata… ¡Ja…! ¡Ja…!

—¿Dónde nos instalamos? —preguntó Jim.

—Tú, en la planta baja con los demás; yo me reservo la buhardilla.

—Si no te opones, dejaré ahí dentro la impedimenta, pero prefiero dormir bajo los pinos —contestó Wall.

Cuando, por fin, entró éste con su bagaje en la barraca, Hays le dijo:

—Aquí tienes al resto de mi grupo… Compañeros, os presento a Jim Wall, procedente de Wyoming.

El recién presentado dio las buenas tardes, y allí acabaron las ceremonias.

Hays púsose en seguida a conferenciar con los cuatro hombres que allí había, Happy empezó los preparativos para la cena y Brad ocupóse de su equipaje. Jim instaló el suyo en un rincón, y después salió para buscar sitio donde dormir. Fiel a su larga costumbre, originada por una decidida necesidad de estar alerta, prefería dormir siempre en escondrijos, como los conejos o cualquier otro animal que necesita protección, y no pensaba desprenderse de este hábito, mientras estuviera en compañía de Hank Hays y sus secuaces. La impresión que éstos habían causado en él distaba mucho de ser satisfactoria. El ranchero que tomaba aquellos cenceños y siniestros bandidos por vaqueros, forzosamente había de ser muy ignorante del oficio, o tener el juicio trastornado. Esto hacía más viva la curiosidad que sentía por conocer al ranchero inglés. Por fin encontró un sitio a pedir de boca, entre dos peñascos. La pinocha cubría el suelo, proporcionando mullido colchón, y apenas llegaba el murmullo del agua. Jim no habría establecido sus reales donde el ruido del torrente o cualquier otro pudiera estorbar el funcionamiento de su fino oído. Aun no contaba con enemigos en la cuadrilla, pero instintivamente desconfiaba de Lincoln, y es seguro que desconfiaría también de los otros, a medida que los fuera conociendo. Sólo Hays parecía la personificación del honor, según lo entienden los ladrones, y Jim había llegado al convencimiento de que se podían esperar grandes hechos de aquel ladrón.

 

IV

 

Hasta la mañana siguiente no tuvo ocasión Jim de hacer un minucioso escrutinio de los cuatro miembros del equipo de Hays.

Su primera impresión fue que ninguno de ellos había sido nunca vaquero, lo que hacía algo incongruente su presencia en un rancho. Tampoco ninguno de los cuatro cumpliría los treinta años. Tanto durante el almuerzo como después, en el porche, Wall conversó largamente con el cuarteto. Aunque no había convivido jamás con semejantes tipos, sabía cómo tratarlos.

El más viejo, que llevaba el nombre de Mac, era un hombre de rostro cadavérico, piel viscosa, y ojos de vampiro. Siempre estaba frotándose y retorciéndose las manos, flacas y huesudas, pero fuertes.

—¿De dónde vienes? —preguntó a Wall.

—De Wyoming —contestó afablemente el mozo.

—Me atrevo a apostar que eres de Texas.

—Es gracioso que todos me tomen par tejano, cuando nunca he estado en esas tierras.

—Gracioso no lo es —replicó el otro con una carcajada—. Al menos para Smoky, ¡ja…!, ¡ja…! Sí, no cabe duda, tienes facha de tejano.

—Supongo que eso no me perjudicará aquí, ¿eh? —Al contrario, me atrevo a decir.

Jeff Bridges, un hombrón macizo, con cabeza de taro y que le faltaría poco para cumplir los cuarenta, probablemente había sido ranchero o campesino. Tenía maneras bruscas y francas, y al parecer no era muy largo de alcances.

—Me alegro de que Hank te haya tomado —dijo—. Hablando en serio, necesitábamos un verdadero hombre de campo en el equipo.

Sparrowhowk Latimer, el tercero de los cuatro, se parecía mucho a un cuatrero que Wall había visto ahorcado: la misma nariz chafada, la misma cabeza pequeña, y los mismos ajillos de acero.

—¿Conque de la comarca del Río del Viento? —preguntó este último—. Allí estuve yo hace años. Ahora estará aquello muy poblado… Antes era comarca poco saludable.

—Hay muchos ranchos, muchos caballistas… y sheriffs —contestó Jim con desenvoltura—. Por eso me marchó yo.

—Por aquí no abunda ese género. Utah puede decirse que está en estado salvaje, exceptuando el Este, donde están los valles de los mormones.

—Smoky —dijo el jefe al cuarto miembro: un rubio menudo, ligero, con el rostro y las manos llenas de pecas, y uno de los ojos, pálidamente azules, defectuoso—. ¿Te acuerdas de aquel Stud Smith que siempre rodaba por las ciudades que tienen diligencia y era una especie de fullero?

—No lo he olvidado.

—Bueno, pues una noche nos pusimos a jugar una partida con él. Me favoreció la suerte, y Stud llevó tan a mal sus pérdidas, que hizo cuanto pudo por armar bronca. Primero me quiso matar a mí, después a Jim. Y lo hubiera hecho, si éste no hubiera sabido imponerse.

—Te felicito, Wall —dijo con, cierto sarcasmo Smoky, mientras examinaba a Jim con ojos poco satisfechos—. Ya que tan guapo eres, ¿por qué no tiraste sobre él?

—Nunca he matado un hombre porque tenga ocasión de hacerlo.

Estas palabras encerraban una sutil intimación, que probablemente no fue perdida para Slocum. Los grandes gunmen suelen ser gente tranquila, pacífica y que no busca disputas, pero su número es escaso comparado con el de los varios tipos de matones que abundan en los ranchos y las poblaciones fronterizas. No ignoraba Jim que su respuesta le crearía un enemigo, pues no se podía esperar respeto de hombres de aquella especie. Resollando como una comadreja, murmuró Slocum Smoky:

—¿No, eh…? Corriente. Yo sigo el principio opuesto, y probablemente viviré más tiempo… Wall, me has causado una impresión desfavorable.

—Gracias por la franqueza, ya que no por cortesía —respondió Jim—. Sabido es que no se puede gustar a todo el mundo.

Encarándose con su lugarteniente, tronó el jefe:

—¿Conque desfavorable…? ¿Quieres decir qué mil diablos ha hecho para disgustarte?

—No he dicho que me disguste, sino que la impresión ha sido desfavorable, sin ánimo de ofenderle.

—¡Pedazo de búfalo! —murmuró Hays con gesto de asco—. No puedes ser buen compañero de un hombre que te causa esa impresión.

—Lo dicho, dicho está.

—Smoky, no quiero rencores en mi cuadrilla. Estoy a punto de acometer la mayor empresa de cuantas he llevado a cabo, y exijo que haya armonía entre nosotros.

—Hank, estás chocheando. ¿Armonía en un grupo de hombres desarrollados, todos ellos endurecidos, amargados y proscritos?

—¡Oye! El que tú estés fuera de la Ley no es motivo para que nos tomes a mí y a éstos por tus iguales. No hablo de Jim, porque aún no me ha hecho su confidente.

—Yo no soy un proscrito —fue la fría respuesta de éste.

—Eso importa poco, y lo que os digo es que este inglés tiene bastante dinero para traer la Ley a este rincón desierto si se le antoja. Hank, ya sabes que yo he sido contrario a nuestra venida aquí, y sigo siéndolo.

—Digo lo propio —intervino Brad.

—Bueno… Ya pediré vuestra opinión… cuando la necesite. Pero Smoky refunfuña contra el nuevo compañero, y eso es más grave… Vamos a ver, Jim, ¿puedes decirnos algo respecto de tu vida?

—Estoy dispuesto a contestar, a menos que las preguntas sean de mal género —declaró Wall con franqueza.

—¿Dirás la verdad? —preguntó vivamente Slocum.

—La diré… si es que contesto —repuso con lentitud el joven.

—¿Cómo has llegado a formar parte de la banda de Hays? —empezó Slocum.

—Con la mayor facilidad —repuso Wall con desenfado—. Nos encontramos junto al transbordador que atraviesa el Río Verde. Un tercer viajero reunióse a nosotros, un tacaño mormón, que por poco ahoga sus caballos para ahorrarse unos centavos. Hank le atracó.

—¡Así me coman las pulgas! —exclamó Slocum—. ¡A dos pasos de la ciudad…!, y precisamente a un mormón.

—Convengo en que fue una tontería, Smoky, pero no lo pude remediar —declaró exasperado Hays.

—Bueno, antes de mucho tendrás que buscar refugio en el monte —añadió Smoky en tono desdeñoso. Y dirigiéndose a Jim, dijo—: Esto explica el porqué te reuniste con Hays, pero aún quisiera hacer un par de preguntas.

—Suéltalas —asintió alegremente Jim, comprendiendo que ya no había peligro de ruptura.

—¿Te han echado de Wyoming?

—No, pero si hubiera permanecido allí, probablemente habría sacado un palmo de lengua.

—¿Robo de caballos? Por cierto que el tuyo vale la pena de ser robada.

—No.

—¿Ellas detenido una diligencia o cosa por el estilo?

—No. En una ocasión ayudé a robar un Banco, pero de eso hace ya muchos años.

—¡Ladrón de Bancos! Jim, eres de una clase superior a la nuestra.

—No digas eso. Fue mi primero y único asalto a un Banco. Dos de los nuestros perecieron. Después detuvimos un tren y abrimos la caja de valores del correo.

—¿Cuánto cogisteis? —preguntó Smoky con el mismo interés que se revelaba en la faz de sus: compañeros.

—Poca cosa. Nada más que sesenta mil dólares en oro… ¡El trabajo que nos costó transportarlos!

Un suave silbido atestiguó la admiración de Smoky. Los otros escuchaban con la boca abierta y Mac frotábase de continuo las manos.

—Éstos, señores —prosiguió Jim—, son mis únicos hechos como ladrón. No he sido cogido nunca, y no es ésta la causa que me obligó a salir de Wyoming, pues lo que acabo de contar sucedió en Iowa. Fue una cuestión personal la que hizo Wyoming inhabitable para mí.

—¿Mujeres? —preguntó Hays, mientras su rostro se iluminaba.

—No.

—¿Pistolas? —sugirió Smoky en tono penetrante. Echándose a reír, contestó Wall:

—Por lo menos, una pistola.

—Smoky, ya ves que Wall se ha expresado con franqueza —dijo Hays—. Me parece que ya ha dicho bastante.

—Conformes —convino Smoky. Pero aún no estaba completamente satisfecho, quizá consigo mismo.

Hays hizo sonar sus botas sobre las piedras del porche, diciendo con evidente satisfacción:

—Y ahora, muchachos, pongámonos a trabajar.

—¡Trabajar…! ¡Mil rayos! —exclamó Mac—. Pues si estamos con la lengua fuera desde que te marchaste…

—¿Qué habéis hecho? —preguntó sorprendido el jefe.

—¿Hecho? Cavar surcos, mondar vigas, aserrar madera, mezclar la cal, matar bueyes… Decid, compañeros: ¿hemos hecho algo más?

—Pero es que ahora sois cowboys —respondió Hays en tono chancero—. Por cierto que Herrick me hizo una porción de encargos, y como yo no he sido nunca labrador… Jim, ¿entiendes tú lo concerniente al ganado?

—Desde la A a la Z.

—¡Qué suerte la mía al encontrarte! Vamos a recorrer el rancho. ¿Quién ha mandado aquí desde que me ausenté?

—Herrick… Él ha admitido a Heeseman y su gente. Ésos nos darán qué hacer, Hank. Tendremos que acabar con ellos antes de hacer nada de provecho.

—Escuchad —dijo imperiosamente Hays—. Traigo un proyecto entre ceja y ceja…, pero necesito tiempo para madurarlo.

—¿Cuánto tiempo? —interrogó Lincoln.

—Aún no lo sé… Pongamos dos meses… A ese Heeseman no lo puedo tragar. Esta noche tendremos junta. Ahora voy a ver al amo y vosotros a trabajar. ¡Ja…! ¡Ja…!

—¿Qué he de hacer yo, Hank? —preguntó Jim.

—Ve a vigilar las excavaciones.

Jim no perdió tiempo en cumplir la primera orden que recibía del intendente del Rancho de la Estrella. ¡De qué monstruoso engaño iba a ser víctima aquel extranjero! El joven no experimentaba lástima hacia él, pero tenía curiosidad por conocerle.

Evidentemente, había habido rancheros en el valle antes de Herrick; así lo atestiguaban las viejas construcciones y corrales, adjuntos a los nuevos. Todo el rancho vibraba de animación y vida. Jim no recordaba haber oído jamás tantos y tan distintos ruidos. Todo era una confusión de rebuznos, relinchos, balidos de corderos, gruñidos de puercos, y el inocente chillido de los pavos. Verdaderamente era una típica escena de rancho y, a pesar de su excesiva aglomeración, de la desproporción respecto de un rancho ordinario, tenía un magnífico colorido, era bullicioso y excitante en extremo.

Jim se hubiera atrevido a apostar que ningún hombre del Oeste había visto jamás graneros como el recién construido, que no sabía si calificar de monstruoso o de admirable.

Probablemente los planos serían ingleses. Si a Herrick no le importaba el gasto, esa clase de innovaciones mejorarían mucho la finca.

Jim se cruzó con varios cowboys, sin otro saludo que una palabra o un ligero ademán. Estaba cierto de saber cómo tratarlos, tanto a éstos como a otros, pues la mayor parte de su vida de campo la había pasado entre ellos. Los otros…, los de la especie de Hays y su gente, eran los que le daban más cuidado… Deseando informarse sin llamar la atención, púsose a hablar con un mozo de cuadra, que resultó locuaz, y con un viejecito que, según dijo, había sido propietario de un pequeño rancho que después compró Herrick. Según los informes del anciano ranchero, el inglés había adquirido todas las propiedades y ganado desde la línea de las Colinas hasta Limestone. Todos los jinetes y vaqueros de esos pequeños ranchos, estaban actualmente a sueldo del extranjero. También supo que Heeseman, con su grupo de diez hombres, había entrado a formar parte del personal. La mayoría de los verdaderos cowboys eran mormones, y de ahí sacó Jim la conclusión de que no tardarían en surgir antagonismos entre éstos y los caballistas de más edad y de dudosa profesión.

De pronto, encontróse el mozo con Hays, acompañado por un hombre corpulento, florido, muy rubio y ataviado cual jamás lo estuvo ningún natural del país. Indudablemente era el inglés. Joven, pues aún no habría cumplido los treinta años, merecía con justicia el calificativo de guapo.

—Señor Herrick, éste es el nuevo bracero de quien estaba hablando a usted —dijo Hays con volubilidad—. Se llama Jim Wall, y procede de Wyoming… Jim, te presento al amo.

—¿Cómo está usted, señor Wall? —saludó Herrick alargando la mano, que Jim apresuróse a estrechar, inclinándose cortésmente—. Hays me ha hecho calurosos elogios de usted. Según parece, tiene usted vasta experiencia en cuanto se refiere a agricultura.

—Sí, señor. Desde niño he vivido en el campo —respondió Jim, consciente de que los inteligentes ojos azules le sometían a un detenido examen.

—Hays me ha propuesto que le nombre a usted capataz.

—Procuraré hacerme digno del cargo.

—¿Es usted mormón?

—No, señor, soy de familia metodista.

—¿Casado?

—No, señor.

—Veo que tiene usted mejor educación que la mayoría del personal, y una de sus obligaciones será llevar los libros. Están en una confusión espantosa; declaro que soy una calamidad para las cuentas.

—Señor Herrick, si no tiene usted los comprobantes de los sueldos, compras de ganado, vituallas, etc., no será fácil ponerlos en orden; no obstante, trataré de hacerlo, pues ese trabajo no es nuevo para mí.

—Eso mismo le decía yo al amo —intervino Hays—. Estoy seguro de que Jim lo hará como las propias rosas.

—Según tengo entendido —prosiguió Herrick—, el capataz es el que manda sobre todos los caballistas del rancho, y siendo esta vida campestre casi desconocida para mí, celebro mucho tener un capataz de confianza y experto. En las ciudades de Gran Unión y Lago Salado me advirtieron de lo poco adecuado que era esta comarca para emprender en ella la cría de ganado. El inconveniente consiste en que las montañas de Henry son el punto de reunión de varias bandas de cuatreros. El hecho ha sido confirmado por los rancheros a quienes he comprado tierras y rebaños. Esto me sugirió la idea de tomar algunos buenos gunmen junto con los vaqueros. En Gran Unión me indicaron a Hays como el hombre más duro y osado de todo el Oeste de Utah… No trato de lisonjearle a usted, Hays, pero: estas referencias, ¡por Júpiter!, fueron muy satisfactorias para mí. Mis proposiciones llegaron hasta Hays, y éste se comprometió a actuar…, ya comprenderá usted, en la capacidad de tope entre mis intereses y esos cuatreros. Otros hombres, con reputación suficiente para tener a raya a los ladrones, se me han ofrecido espontáneamente…, y yo he tomado a Heeseman y sus compañeros. ¿Qué le parece a usted mi idea, Wall?

—Que no es original, señor Herrick —contestó Jim con franqueza, viendo la impresión que causaba en el inglés.

—Se ha empleado en varios casos, hasta el punto de que en algunos se ha intentado coger a un ladrón por medio de otro ladrón. Pero su valor depende de su eficacia. Por el presente, no creo que necesitara usted hacer el gasto, y me atreveré a decir, correr, el riesgo de contratar a Heeseman y su banda.

—El gasto carece de importancia; el riesgo…, ¿qué quiere usted decir con eso?

—Entre nosotros, tengo fundadas razones para creer que ese Heeseman capitanea la más importante partida de cuatreros de las montañas Henry.

—¡Cuerpo del diablo…! ¿Qué me dice usted…? Es muy notable… Justamente, Heeseman dijo lo mismo respecto a Hays.

Jim, que esperaba esta respuesta, apresuróse a añadir:

—Hays matará a Heeseman por haber dicho esas palabras, pero, naturalmente, no mientras esté a su servicio. Me parece muy importante, señor Herrick, que conozca usted algunas costumbres del Oeste. Hay mucha diferencia entre un atrevido jinete, que juega fuerte y tiene buena puntería, y un cuatrero, aunque un cuatrero puede ser también lo otro. A éste se le conceptúa de esfera más baja. El padre de Hank Hays fue un explorador mormón, y su hijo nunca ha traficado con ganado vacuno, sino con caballos. Si va usted desde Río Verde a Moab, oirá usted decir a todos que Hays nunca ha sido cuatrero.

—Yo he tomado a Hays sin más garantías que su palabra —contestó el inglés—. En cuanto a Heeseman, me parece un perfecto majadero.

—Bueno, señor Herrick, no se preocupe usted —dijo en tono suave Hays—. No deja de ofenderme lo que de mí ha dicho Heeseman en presencia de usted, mas, por el momento, no me daré por entendido. Dejemos que ese tunante obre a su antojo, hasta que le pillemos con las manos en la masa. Entonces, si corre la sangre, la culpa no será de usted.

—Mientras tanto, es preciso ir conociendo el terreno —añadió Jim—. Una finca como ésta necesita mucha previsión. No conviene que venda usted ni un toro en todo el verano.

—¿Vender…? Actualmente no hago más que comprar.

—Eso facilita nuestra tarea —observó con veracidad Hays—. ¿Hay algo nuevo respecto al negocio que tenía usted pendiente en Gran Unión?

—Sí, he recibido ayer la respuesta —contestó el opulento ranchero—, y tengo que enviar una carta a la ciudad para cerrar la transacción. ¡Por Júpiter…! Esto me hace recordar… He recibido unas líneas de mi hermana Elena… Ya ha salido de San Luis… Viene por la ruta de Denver, y llegará a Gran Unión sobre el 15.

—¡Ah, sí…! Ya recuerdo… Tiene usted una hermana que está para venir —observó Hays algo violento.

—¿Se trata de una niña…, si no es indiscreción? —preguntó Jim.

—De una joven… Elena ha cumplido veintidós años.

—Vendrá para hacer una corta visita, ¿eh? —preguntó a su vez Hays.

—¡Por Júpiter!, probablemente se prolongará mientras le dure la vida —anunció Herrick en tono jovial—. Elena quiere establecer su hogar en el Rancho de la Estrella, Unos amigos nuestros, que son rancheros en Colorado, han sido la causa de mi venida aquí. Mi hermana y yo carecemos de familia, excepto algunos parientes lejanos. Siempre hemos estado muy unidos, y será una alegría para mí, si logra aclimatarse en este desierto.

—Usted sabrá lo que hace —contestó Hays sin entusiasmo—; pero Utah no es sitio propio para una señorita.

—¿Por qué…? ¡Por Júpiter…! Seguro estoy que le gustará mucho.

—Una vida muy dura…, hombres muy toscos…, carencia de mujeres… Dispense la pregunta, señor Herrick: ¿Su hermana goza de buena salud?

—Ésa es cualidad propia de todas las muchachas inglesas. Es muy robusta y monta a caballo como un tártaro… Es de suponer que en un par de días hará andar a todos de cabeza.

—Cualquier muchacha de buen palmito haría otro tanto, señor Herrick —observó Hank en tono de resignación—. Pero, Jim y yo, sólo garantizamos el tener a raya a los cuatreros.

—¡Por Júpiter! —exclamó riendo el inglés—. También tendrán ustedes que entenderse con toda esa tropa de cowboys mormones. Otra cosa: ¿podrían hacer el camino hasta Gran Unión en un solo día?

—Seguramente, si contamos con un coche y un buen tronco —respondió Hays.

Jim Wall no lograba substraerse a una impresión indefinible y deprimente.

El coloquio fue interrumpido por un grupo de cowboys que llevaban una manada de becerros a los establos. Cuando hubieron pasado, Herrick reanudó el paseo con Hays, dejando a Jim entregado a sus propias iniciativas.

Éste dio una vuelta por los corrales, cruzó las inmensas praderas salpicadas de ganado, y el límite del paseo fue el tinglado del herrador, hombre jovial y comunicativo, cuyo apellido era Crocker. Pertenecía al número de los rancheros que todo lo habían vendido al inglés, pero él no era mormón. Sin duda, él y sus asociados en el negocio del ganado se habían aturdido ante la desconcertante irrupción del inglés en el tranquilo valle, pero, en honor a la verdad, no ganaron mucho con el cambio.

Desde la herrería, Jim tomó el camino alto, que le condujo al espacioso: rancho. Tan reciente era su construcción que aún olía la resina de los pelados troncos y los altos pinos, y la vista general del hermoso valle causó al joven una vaga y nimia sentida impresión de envidia. ¡Qué feliz sería el que pudiera establecer su hogar en aquellos sitios y contemplar con serena mirada la vastísima propiedad, cuyos límites se extendían hasta el desierto! Esa dicha no la conocería nunca Jim Wall, a quien el Destino condenaba a una eterna vida errante.

La hermana del inglés —esa Elena Herrick— llegaría dispuesta a tomar cariño a este salvaje y remoto valle, mas por mucho que le gustara el reunirse con su hermano y disfrutar de la primitiva vida del Oeste, semejante visita no podía menos de acabar en tragedia. De antemano, la idea aterraba a Jim. Una mujer, sobre todo si es joven y guapa, siempre es causa de desasosiego para los hombres, aunque por el momento: Jim sólo pensaba en ella. ¡Qué gente tan singular eran los ingleses! Recordó a un hijo de: la Gran Bretaña que paseaba su pulcro traje de etiqueta por las timbas de la ciudad fronteriza llamada Abilene jamás había encontrado Jim adversario más frío ni temible con los naipes en la mano. Herrick tenía cierto parecido con él, mas bajo un aspecto que denotaba el orgullo de una brillante posición, en lugar de abyección y miseria. ¿Cómo sería la inglesa? Veintidós años, robusta, buena amazona, probablemente hermosa, y casi de seguro rubia como su hermano, y Jim calculaba mentalmente los rufianes que estaban a sueldo de Herrick. ¡Dieciocho! Más, porque, incluyéndose a sí mismo llegaban a diecinueve.

Le repugnaba la perspectiva de ser cómplice, aunque involuntariamente, de la desgracia de una mujer. Pero en los últimos años, ¡eran tantas las cosas que había hecho a disgusto…! ¿A qué rebelarse contra las circunstancias? Hank Hays le había proporcionado una buena colocación, y debía darse por satisfecho. Los mendigos no deben ser descontentadizos, ni escrupulosos los ladrones. Sin embargo…

Púsose en marcha para que el ejercicio diera nuevo giro a sus pensamientos. Evitando el echar otra larga mirada al vasto espacio que tenía delante, exquisitamente claro por lo diáfano de la atmósfera, metióse por un empinado atajo, que: en breve le condujo: al llano, y desde allí tomó el camino hacia la amplia barraca de Hays, satisfecho y descontento, a partes iguales, por lo que había visto y oído aquella mañana.

 

V

 

Jim pasó la tarde sobre la silla de su caballo, familiarizándose con el valle que rodeaba la casa y dependencias del rancho.

El galopar sin preocupaciones era un placer que desde mucho tiempo atrás no había gustado, y le pareció uno de los principales, alicientes, del Rancho de la Estrella. El camino que había tomado le llevó al campamento de Heeseman, un grupo de sucias tiendas de campaña y un carromato, situados en la orilla opuesta del riachuelo. Éste, por aquellos sitios, era muy pedregoso e infranqueable. Un camino cruzaba el campamento, en recta dirección hacia la hendidura del valle y a las estribaciones de las montañas de Henry. Éste era el camino principal de Gran Unión; a unas cincuenta millas largas de distancia. Jim, por pasar el tiempo, detuvo el bayo junto al carromato, en cuya parte trasera un hombre corpulento pelaba patatas.

—Buenas tardes —dijo con urbanidad—. ¿Es este el campamento de Heeseman?

—Buenas las tenga —contestó el cocinero mirándole con curiosidad—. Apéese y entre, si quiere, pero el jefe no ha vuelto aún del campo.

—Entonces no puedo esperar. Antes de que anochezca he de estar en la barraca de Hays… ¿Quiere usted decirle a Heeseman que había venido para saludarle? Soy Jim Wall, procedente de Wyoming.

—¿Jim Wall…? ¡Vaya si se lo diré! Ninguno de los del equipo de Hays ha hecho otro tanto.

—Son un hato de brutos… En mi tierra no somos así.

Jim regresó pasando por las calles formadas por las barracas de los cowboys. La mayoría de éstos eran muchachos que apenas llegaban a los veinte años. Los que estaban a las puertas le miraron con disimulado desdén, cuchicheando después entre ellos. Al llegar al corral inmediato a la casa de Hays, desensilló el bayo, dejándole libre como los demás caballos. Él se aligeró también, pero tomó su Winchester.

Hays le saludó desde el banco del porche, en el que estaba sentado con varios de sus hombres.

—¿Dónde has estado, Jim…? ¿Dando un vistazo por el campo?

—Sí; montones de ojeadas, como diría un indio. Me detuve para dar las buenas tardes a Heeseman, pero no había, regresado aún al campamento.

—Está visto, Jim, que tienes los nervios bien templados. Ahora mismo estaba diciendo a éstos lo simpático que has sido al amo.

—¡Venid y llenad el buche antes de que vengan los otros! —chilló alegremente Happy desde el interior.

Sus palabras produjeron inmediato revuelo. Jim, sin apresurarse, entró el último, justamente en el momento en que Smoky estaba a punto de sentarse en su banquillo de madera situado a un extremo de la larga mesa. El joven separó el banco de un puntapié, y, simultáneamente, Smoky dio con su cuerpo en tierra, quedando en ridícula postura. Entre el coro general de carcajadas, las de Hays fueron las más ruidosas.

Levantóse el hombrecillo frotándose la parte lastimada, y se encaró con Jim, vociferando:

—¿De qué te sirven los ojos? Accidentes como ése han costado la vida a más de cuatro torpes como tú.

—Smoky…, no quiero mentir —contestó Jim riendo—. No ha sido accidente.

—¿Quieres decir que lo has hecho adrede?

—Le pegué una patada al banquillo… No me pude contener… Lo mismo habrías hecho tú.

—¡Así me…! —exclamó Smoky, enfurecido—. Conque tenemos un bromista en la banda, ¿eh? Pues mucho ojo, señor de Wyoming, algún día que estés tú sentado, le pegaré fuego al asiento… Reíd cuanto queráis, borricos, pero ninguna gracia tiene… Por poco me rompo los dientes.

Hays fue el último que dejó de reír; indudablemente le había parecido graciosa la broma de Jim. Después dio un vigoroso asalto a la cena preparada por Happy, y al terminar ésta, dijo:

—Compañeros, vamos a celebrar junta. Recoged la mesa, venga otra lámpara y dad cartas; pondremos aquí algún dinero, y en el caso de que alguien meta las narices, diremos que estamos echando una partidita. Pero, en realidad, la partida va a ser la más importante de cuantas se han jugado en Utah.

Así fue cómo Jim Wall tomó parte en la junta en que una banda de ladrones discutió los medios de arruinar a un ranchero inglés, rico y excéntrico.

—Hablemos todos bajo —ordenó el jefe—, y uno de nosotros que vigile la puerta de vez en cuando, no vaya Heeseman a ser lo bastante listo para enviar un soplón por aquí… ¡Happy…!, desentierra la caja de cigarros que he reservado para esta ocasión.

—¡Cigarros! —exclamó Smoky.

—Hank, obséquianos con champaña —propuso Lincoln.

—Nada de bebida, muchachos —respondió el jefe—. Aquí somos gente formal. No se bebe, ni se juega, ni se disputa, ni se pelea. El que no esté conforme con este programa, puede tomar la puerta.

Los ladrones, dominados por tan fría decisión, y atraídos por la esperanza del lucro, permanecieron inmóviles.

—Corriente —prosiguió Hays—. Sin que sea necesario decir por qué, habéis de saber que he cambiado de opinión respecto a la marcha de este negocio. Hemos de apresurar su conclusión.

Jim creyó adivinar, como a la luz de un relámpago, la causa de este súbito apresuramiento. Hays era más profundo de lo que a primera vista parecía.

—Herrick calcula que su ganado puede apreciarse en diez mil cabezas, pero yo, que he comprado varios rebaños para él, lo aprecio por lo menos en dos mil cabezas más. ¡Vaya una manada, compañeros…! ¿Se puede conducir en totalidad?

—¿Somos acaso un grupo de cowboys? —preguntó con desdeñoso tono Lincoln.

—No, ni tampoco hemos sido jamás cuatreros, ya lo sé —resumió el jefe no menos sarcásticamente—. Si no sabéis más que decir gansadas, lo mejor será que cerréis el pico… ¿Hay alguno entre vosotros que tenga a menos el ayudar a un negocio en que se trata de doce mil cabezas, a cuarenta dólares cada una?

El silencio evidenció que no habla ninguno.

—Corriente y me alegro… Pero ¿se puede conducir tan numeroso rebaño? —Esta vez la pregunta de Hays fue directamente dirigida a Jim.

—¿Qué distancia ha de recorrer? —preguntó el mozo.

—Unas cincuenta millas, hasta encontrar compradores que paguen bien y no hagan preguntas.

—Se puede en tres días, si contamos con ocho jinetes bien montados, y que no necesiten combatir.

—¡Ah! —exclamó Smoky por todo comentario, lanzando una bocanada de humo.

—Tendríamos que pelear… tan seguro como que existe el invierno… Y la banda de Heeseman es más fuerte que la nuestra.

—Pues no vale la pena robar para que otra partida se lleve el provecho —murmuró Brad.

—Convengo en ello —asintió con viveza Hays—. No me entusiasma la idea… pero ¡es tan endiabladamente fácil…!

—Jefe: escucha lo que voy a decir —propuso Smoky—. Gran parte de las reses del rancho se alejan por las praderas abajo, hasta unas veinte millas de distancia. Varios de nosotros, digamos cinco, podríamos despedimos del inglés, y escondemos por aquellos lugares. Mientras tanto, tú vas a Gran Unión y te arreglas para encontrar compradores que quieran adquirir semanalmente un rebaño de mil o dos mil cabezas, y nosotros los iremos llevando mientras no se descubra el pastel. Tú eres intendente, y Wall, capataz; podéis disponer que los vaqueros no se alejen del rancho.

—Tu idea me parece excelente, Smoky —aprobó Hays—. Pero ¿y Heeseman?

—Cierto, a ése no podremos ocultarle…

—Habrá: que suprimir ese estorbo.

—Quitemos de en medio toda la pandilla.

Hays sacudió su enjuta cabeza, descontento de todas estas proposiciones.

—Poco a poco, muchachos. Si buscamos camorra a la otra banda, es seguro que alguno de los nuestros morirá, y varios quedarán inútiles. Entonces no podremos hacer nada. Me parece mejor que uno de nosotros mate a Heeseman.

—¿Te encargarás tú del trabajo, Hays?

Jeff Bridges apresuróse a contestar:

—Naturalmente, será Smoky, a menos que sea Brad.

—Ni uno ni otro —fue la respuesta del jefe—. Sin despreciar a Smoky ni a Lincoln, he de confesar que no me sirven para el caso. Jim es el hombre que necesitamos.

—¿Puede saberse por qué? —preguntó Smoky con voz alterada. Hubiera sido difícil precisar si se encontraba ofendido o celoso.

—Por dos razones: la primera, porque Jim nos gana a todos con la pistola en la mano, y la segunda…

—¿Cómo lo sabes? —interrumpió agriamente Brad.

—¡Fuego del, infierno! —estalló Hank, súbitamente enfurecido—. ¿Queréis probarlo vosotros mismos…? Así tendré dos hombres menos en la cuadrilla.

La salvaje fiereza de esta réplica impuso silencio a todos, y Jim comprendió que Hays era un jefe lo bastante enérgico para mantener a raya al susceptible Smoky y al taciturno Brad.

—No te incomodes con nosotros —dijo Mac tomando por primera vez la palabra—. Harto sé que nos aprecias a todos y que nunca has tenido favoritos.

—Jim, estoy seguro de que para ti será un verdadero asesinato el «sacar» la pistola para Heeseman —observó Hays.

—Diré lo que Brad: ¿Cómo lo sabes? —contestó fríamente Wall.

—Entre las cualidades de Heeseman no se cuenta la de la buena puntería… Ya sé que ha matado varios hombres, pero no obstante, apuesto lo que se quiera a que en una riña quedo yo vencedor. Para estar completamente seguros de su muerte, enviaremos a Jim. Además, Heeseman no lo conoce.

—Si he de decir lo que pienso, me parece mejor preparar una celada a la banda en masa —expuso Lincoln—. Así acabaremos con todos de una vez, o, cuando menos, con la mayoría.

—¡Hum! ¡Prepararles una celada! —repitió Hays rascándose la mal afeitada barbilla—. Eso me parece acción muy baja para nosotros.

—Jugamos una partida decisiva.

—Tal vez podremos llevarnos seis u ocho mil cabezas de ganado antes de que Heeseman se dé cuenta. ¿Por qué hemos de pelear antes de vernos obligados a ello? No nos expongamos a tener que internarnos en Diablo Sucio, sin llevar la presa por delante.

La proposición fue acogida por todos. Sólo el jefe replicó:

—Pero no nos conviene que Heeseman siga nuestra pista.

—¿Quieres decir después de dado el golpe? —Seguramente, me refiero a después.

—¿Qué mil diablos puede importamos eso, una vez tengamos los cuartos en el bolsillo y estemos camino de la guarida…? Allá no ha de ir a encontramos.

—No acaba de gustarme la idea, compañeros —dijo evasivamente Hays.

A Jim, que observaba con atención al jefe de los ladrones le pareció que éste no exponía todos los detalles de su plan.

—¡Ea! Vaya al infierno Heeseman, antes o después —exclamó Smoky—. Pongamos mi idea a votación.

Llevada ésta a cabo con toda solemnidad, utilizando el tapete como receptor, resultó aprobada la proposición de Smoky.

—Conformes —dijo Hays con un suspiro—. Ahora, veamos… Tú, Smoky, mañana mismo forma tu cuadrilla incluyendo en ella a Lincoln, y te despides. Busca por allá abajo un agujero y os escondéis. Yo iré a Gran Unión para buscar brazos que os substituyan, y a mi vuelta os daré instrucciones. Entonces podréis empezar a ir llevando ganado.

—Bueno… ¿Y qué hay respecto al dinero?

—Los compradores no me pagarán por adelantado, puedes apostar lo que quieras. Pero te pagarán a ti, a medida que entregues la mercancía. Da a cada uno de tus hombres lo que le toque y resérvanos nuestra parte.

—¡Guapo…! Cada vez me gusta más este negocio —declaró Smoky. La confianza con que se le honraba parecía pesar poco sobre su ánimo. Sin embargo, Jim estaba seguro de que se portaría con perfecta honradez respecto a su jefe y camaradas. Por consecuencia, alguna otra razón debía tener la lealtad que guardaba a Hays. Este ladrón empezaba a preocupar al joven.

—Necesito saber dónde estableceréis el campamento —prosiguió Hank—. Lo mejor será que vaya con vosotros mañana.

—No, tú te largas a Gran Unión. Ya cuidaremos de que Jim y Happy sepan, dónde encontrar nuestro campo.

—¿Se nos olvida algo? —preguntó el jefe con los ojos fijos en el espacio.

—Nada más que Heeseman —gruñó Lincoln.

—Bueno, aún queda alguna cosilla…, pero basta por ahora —dijo Hays. Metióse unos cuantos cigarros en el bolsillo, y arrojando la caja sobre la mesa, añadió:

—Repartidlos con equidad… Espero que no serán los últimos cigarros de a dólar que fuméis.

La conferencia había concluido. El jefe acercóse a la encendida chimenea y, sentándose a la sombra, abismóse en sus reflexiones.

La opinión de Jim era que el intendente del rancho abrigaba planes mucho más vastos que los divulgados. Lincoln le dirigió una mirada trena de desconfianza. Los restantes, que parecían encantados con la perspectiva, fumaban y reían.

—¿Vamos a jugar a las narices? —propuso Happy. Una tempestad de protestas acogió la iniciativa.

—Jugaré a diez centavos la carta, pero no quiero que me pongan la trompa como un tomate —declaró Smoky.

—¿Qué juego es ése? —preguntó Jim con curiosidad.

—Que te lo explique Happy.

—Veamos, Happy: ¿Cómo se juega eso?

—Es mucho mejor que el póquer —contestó el jovial cocinero—. Es muy divertido y se pierde poco dinero. Se dan tres cartas, y el que está en la izquierda sale, los otros han de seguirle; si no tienen, van al robo que encuentran… Pero juguemos y ya irás viendo…

—Hoy no, pero quiero saber cuándo salen las narices.

—Verás: el que se queda con más cartas es el que pierde, y los demás tienen derecho a pegarle por tres veces con las cartas en las narices. Además, tiene que pagar diez centavos a cada jugador.

—Un juego muy a propósito para esta banda —observó Jim riendo.

—Cierto, que no faltan aquí buenas narices en que pegar. Nunca has visto un juego tan bonito.

Jim dio las buenas noches en general. La última mirada que lanzó a Hays fue de las que dan qué pensar. Encendió otro cigarro, que se propuso fuera el último durante tiempo, y salió al raso, dándole vueltas en la cabeza a lo dicho en la junta.

Era una estrellada noche de primavera con airecillo fresco, que pronosticaba escarcha a la madrugada. Oíanse ladridos de coyote, y el plañidero y monótono croar de las ranas, que despertaban profundos ecos en la memoria de Jim. A éste, las noches le gustaban menos que los días, y aunque había pasado el Rubicón y estaba voluntariamente comprometido: en tan ilícita empresa, cada vez le gustaba menos… ¿Sería posible que este ladrón con ojos de besugo tuviera malas intenciones respecto a la hermana del amo? Jim no podía desechar la sospecha. Si el hombre era aficionado a faldas, seguramente reaccionaría en cuanto la ocasión le fuera favorable. Pero tramar algo que no había expresado, comprometer a su gente en una infamia mil veces peor que robar una manada de becerros, conducir a su banda a ciegas, tal vez hasta el asesinato o el rapto… ¡No! Hank Hays era hombre demasiado grande para caer tan bajo. Contaba con la adhesión de sus hombres… Sin embargo… «¡Condenada muchacha! —murmuró el joven—. ¿Por qué han de venir siempre las mujeres a trastornar los planes de los hombres?».

Dejóse caer Jim en su cómoda cama, donde permaneció despierto, escuchando los ruidos que poblaban las, tinieblas. Hasta las mismas rocas parecían tener voces. La Naturaleza había dotado al joven de una sensibilidad exquisita, y su roce con la vida le había endurecido, pero cuanto más, duro se hacía, más tenía que luchar con la facilidad de sentir, profundamente oculta en el fondo de su corazón.

Al despertar Jim a la mañana siguiente, vio movimiento y rostros sombríos. Cinco hombres del grupo de Hays se marchaban, llevándose seis caballos de los de carga y la mayor parte: de las vituallas. El jefe los siguió con la mirada hasta que desaparecieron bajo los cedros.

—Bueno —dijo al perderlos de vista—. Ahora tengo que ir a casa del amo.

—¿Qué pretexto darás?

—Para el inglés basta cualquiera, pero Heeseman temo que no sea tan fácil de engañar.

—Perfectamente. Dile al amo que tu pandilla se ha dividido por mi causa.

—¿Por tu…? ¡Cuernos del diablo…! No está mal… pero ¿el motivo?

—Smoky y Brad están muy pagados de su habilidad en «sacar» la pistola, ¿verdad? Dile lo falsos que son los gunmen de su clase; cómo odian por instinto al verdadero gunman. Y que Slocum y Lincoln te obligaron a escoger entre ellos y yo. Tú me elegiste a mí, y ellos se marcharon con sus compinches.

—¡Ajajá…! Así, cuando el cuento llegue a oídos de Heeseman, éste se figurará que cuando me encuentre en un apuro entre pistolas, tendré más confianza en ti para defenderme que en ellos.

—Exactamente… Procura adornar el tema; Herrick no te comprenderá, de modo que cuanto más misterioso, mejor.

Al poco rato volvió Hays a su barraca, muy alegre, y dijo:

—¿Qué dirás que ha, hecho el inglés? Pues echarse a reír como un loco, y encargarme que busque unos cuantos hombres con agallas, que no se asusten de Jim Wall.

—¡Ja…! ¡Ja…! Pero quizá Heeseman no torne la cosa tan a risa.

—Mira, no seas tú el primero que busque ruido.

—Yo me estaré quieto, pero si él me provoca…

—Le apagas los faros —interrumpió con fiereza el jefe—. Y ahora, vamos: a la ciudad… ¡Happy…! Empaquétame algo con que matar el hambre.

—¿Cuánto tiempo necesitas para llegar allá?

—Unas ocho horas, poco más o menos. Me propongo estar de, vuelta mañana por la noche.

—¿No necesitarás, más tiempo para ponerte en relación con los compradores?

—Casi me atrevo a asegurar que no.

—Perdona mi curiosidad, pero no puedo menos de sorprenderme de que ultimes el negocio con tanta rapidez, no habiendo sido nunca ladrón de ganado, como tú dices.

—Eso, Jim, es asunto mío. Puede que te lo explique algún día.

—De fijo esos compradores sabrán que les vendes género robado.

—¡Oh!, naturalmente.

Cuando Hays hubo emprendido la marcha, dispúsose Jim a pasar el tiempo lo mejor posible.

—Puede que no nos aburramos —observó con un guiño Happy—. Tenemos tres rifles y un saco de municiones a mano. ¡Que vengan si quieren!

Jim estaba casi seguro de que Herrick daría una vuelta por la barraca, pero la mañana transcurrió sin que viniera nadie… Hacia la media tarde, aparecieron seis jinetes que al trote corto avanzaban a lo largo de la orilla opuesta. Al divisarlos, estremecióse Jim. ¡Cuántas veces había visto lo mismo! Un compacto pelotón de jinetes con rostros sombríos y montados sobre caballos oscuros… El espectáculo no podía ser más sugestivo para un hombre de su experiencia.

—Ven acá, Jack —llamó el capataz—, echa una ojeada hacia el camino.

Happy obedeció con premura.

—¡Ya están ahí! —exclamó el cocinero—. Voy a dar una vuelta a la cena, no sea que se queme.

Jim entró un momento, y volviendo a salir con el rifle, apoyóse negligentemente en un poste de la empalizada. Cuando los jinetes llegaron al sitio en que la carretera cruza el riachuelo, y está fuera del alcance de un tiro de pistola, detuviéronse, menos uno, indudablemente el jefe, que cruzó el puente, y desde allí gritó:

—¡Eh…! ¿Hay paso?

—¿Qué se ofrece? —preguntó en el mismo tono Jim. ¿Es hoy buen día para hacer una visita?

—Nosotros estamos en casa todos los días, hasta los domingos.

El hombre, a quien Jim, naturalmente, tomó por Heeseman, avanzó con su caballo hasta media distancia y detúvose de nuevo. Los perspicaces ojos, de Jim descubrieron que la funda del rifle del visitante estaba vacía, hecho muy significativo. Aún estaba el jinete demasiado lejos para poder verle la cara, pero la figura era airosa y estaba acostumbrada a la silla.

En este instante salió Happy de la vivienda y con descuido dejó un rifle apoyado contra la pared.

—¿Quién viene a vernos? —preguntó en voz alta.

—No lo sé —contestó Jim.

—Soy Bill Heeseman, y vengo para que hablemos —dijo el recién llegado.

—¿Para que hablemos amistosamente? —preguntó Jim.

—Eso dependerá de usted.

—Tómese la molestia de pasar.

Los cinco hombres que habían quedado en la otra orilla fumaban sus respectivos cigarrillos, observando con faz sombría a su jefe, que se había apeado y avanzaba con perfecta serenidad hacia la amplia barraca.

Jim apoyó su rifle contra la puerta y echóse a un lado para dejar paso a Heeseman, que sin mirar atrás subió los escalones. Quitóse un viejo sombrero, dejando al descubierto el rostro de un hombre que no llegaría a cuarenta años, de piel blanca, pero muy curtida por el sol, y profundos ojos azules, algo enrojecidos por el viento y el aire. La expresión era más franca de lo que Jim había esperado. Era indudable que, a primera vista, Heeseman resultaba más simpático que Hays.

—¿Se puede uno sentar? —preguntó el cuatrero.

—Está usted en su casa —respondió Jim tomando una postura menos desconfiada, mientras que el otro posesionábase de un asiento.

—¿Es usted Wall?

—Ése es mi nombre y éste es Jack Happy, el cocinero del equipo de Hays.

Heeseman saludó a Jack con una inclinación de cabeza, a la que correspondió Happy diciendo con urbanidad:

—Mucho gusto en conocerle —y se fue a la cocina.

Al quedar solos, Heeseman recostóse contra la pared, sometiendo a Jim a un minucioso examen que, a decir verdad, nada tenía de agresivo. El joven no experimentaba ninguna aversión hacia el hombre que fijaba en él la firme y fría mirada de sus profundos ojos.

—He oído que es, la mano derecha de Hays, y que acaba de llegar de Wyoming.

—Lo último, por lo menos, es cierto.

—¿Son ustedes compañeros? Hays ha robado por todas partes…

—No tan antiguos.

—Pero ¿le conoce usted bien? —La pregunta fue hecha en tono más bajo.

—Tal vez no tan bien como usted —repuso el joven, que de súbito recordó lo superficialmente que conocía a Hank.

—Pues voy a decirle algo que le importa saber.

—Heeseman, no gaste saliva en balde —objetó Jim, impaciente. Había contestado lo que debía, pero la impaciencia le devoraba.

—No acostumbro a gastar mucha —contestó el otro— y si no fuera usted recién llegado a Utah, me habría ahorrado la molestia. Usted creerá lo que le voy a decir.

—¿Por qué he, de creerlo?

—Porque es la —verdad.

No había argumento que oponer a esto. Además, la verdad resplandecía en las miradas de los hundidos ojos y, principalmente, en la ligera alteración de la voz, que delataba antiguos resentimientos y justicia.

—¿Le ha dicho a usted Hays que soy un cuatrero? —Me parece haberle oído algo por el estilo.

—¿Le ha dicho también que en un tiempo fuimos compañeros… y que él me hizo traición?

—¡No!

—¿Puede usted darme su palabra de que lo dicho no le da qué pensar?

—En realidad, no puedo darla —contestó Jim profundamente interesado, a despecho del antagonismo que se había propuesto sentir.

—Bien… Dejemos las cosas así —observó fríamente Heeseman—. Muy agradecido a su cortesía, y si le pica la curiosidad, venga a verme.

Levantóse estirando su aventajada figura, montó a caballo y salió al trote, dejando a su interlocutor más sorprendido que nunca. Happy salió a la puerta a tiempo de verle reunirse con sus camaradas, y emprender juntos el regreso al campamento.

—Corta ha sido la visita. Más vale así. ¿Qué quería? —Así me condene si lo sé…; tú ¿no has oído nada?

—No… Yo me dije que cuanto menos oyera, mejor… Así no me mareará Hank a preguntas. Pero me parece que tengo una idea del motivo de su venida.

Jim, sin apurar la cuestión, llevó el rifle al interior de la barraca, un tanto avergonzado de la excesiva precipitación con que lo había exhibido. Tenía que esforzarse por dominar la curiosidad que le impelía a correr tras de Heeseman. Más tarde, el cocinero salió con la esperanza de cazar un corzo, y Jim quedóse, de guardián de la casa, hasta que al anochecer volvió Happy, jadeando bajo el peso de la carga.

—Me gusta la caza —dijo Jack depositando la res en el porche—. Voy a desollar un jamón y colgaré el resto de la pieza para mañana.

Terminada la cena, Jack encendió un cigarro, dando rienda suelta a su locuacidad, que Jim, escuchó en silencio. Evidentemente, éste se había cantado las simpatías: del cocinero. Al poco rato, despidióse Jim y se, fue a la cama, no: porque tuviera sueño, sino para no correr en busca de Heeseman.

¡Cuántas noches llevaba pasadas en vela bajo los oscuros árboles! Los pensamientos que suelen atormentar la conciencia del hombre que marcha por mal camino, turbaban con frecuencia su reposo; sin embargo, su antigua preocupación sobre el mañana se sobreponía a sus sentimientos. Los hombres de este tipo suelen ser un compuesto de instintos contradictorios que los impulsan a la propia conservación.

Sin ambages ni vacilaciones, Hays se había declarado enemigo de Heeseman; con desdeñosa dureza indicó la conveniencia de suprimir el bando contrario. Pero Heeseman había estado muy hábil.

Sin duda alguna, su propósito había sido quebrantar el prestigio de Hays a los ojos de su lugarteniente, y unas cuantas palabras bastaron para conseguirlo. Poco le importaba que Hays hubiera sido: cuatrero, ni que hubiera sido, o fuera aún, mormón, pero el que no procediera con lealtad con un compañero… eso le llegaba al alma.

Jim se hallaba por demás perplejo. Él nada sabía de los mormones, pero le iban pareciendo gente muy misteriosa y poco de fiar. Lo dicho por Heeseman dio nuevo pábulo a una incierta sospecha, y aún no disipada en la mente del joven: que Hank Hays abrigaba malas intenciones respecto a la hermana de Herrick. Tanto Heeseman como Hays, seguramente, sabían desde tiempo atrás que se esperaba en los próximos días la llegada de la señorita inglesa.

Suponiendo que así fuera, ¿qué le importaba a él? Nada, sino que, perteneciendo a la banda de Hays, tenía derecho para pedir cuentas de lo que se iba a emprender. El robar ganado, no siendo con exageración, era negocio casi legitimado por la costumbre. Los primeros rancheros de Texas aceptaban como cosa corriente sus pérdidas comunes, y sólo el incremento que la impunidad dio a estos robos les obligó a unirse en una acción colectiva contra los cuatreros, a quienes declararon fuera de la Ley. Sin embargo, era muy dudoso que aquí, en la salvaje Utah, ni aun el robo total de un inmenso rebaño agitara a la gente. En cambio, el rapto de una muchacha sublevaría a todo el Oeste. La intención de Hays seguramente sería exigir un cuantioso rescate en cuyo caso sería un perfecto canalla. No obstante, Heeseman nada había dicho que fuera aplicable a este caso. Tampoco fue ésta la sospecha original de Jim. «¡Bah!, —díjose éste—, dejemos que decida el tiempo, y entre tanto permaneceré unido a Hays, en espera de los acontecimientos».

El día siguiente pasó sin ninguna novedad. Nada se supo de los que formaban la partida de Smoky, ni regresó Hays. Jim esperó que Herrick le enviara órdenes, pero éstas no llegaron. El aristócrata cazaba conejos y coyotes con sus perros.

En la mañana del nuevo día, Jim montó a caballo con la intención de echar un vistazo por los almiares y graneros. Por el camino encontró al amo luciendo un traje/ de cazador como jamás lo habían visto sus ojos. La chaqueta encarnada fue lo que más llamó la atención del joven. También era nuevo para él la numerosa jauría de perros de caza que le rodeaban. Herrick invitó al capataz a que le acompañara. Un pelotón de cowboys cerraba la/ marcha. Pasaron por el campamento de Heeseman, que estaba desierto, y Jim supo que el amo había puesto el equipo en masa a trabajar en la tala y poda de árboles, tarea preparatoria para la construcción de nuevas barracas. Los conejos abundaban como si fueran hormigas. Los perros, sujetos por los cowboys, pronto se pusieron ingobernables; hubo que darles suelta, y empezó la caza. Donde el terreno estaba llano y sin obstáculos, el inglés demostró su maestría en el manejo del caballo, pero al atravesar la parte abrupta sufrió dos caídas, y una sobre todo bastante estrepitosa.

—¡Amo!, tan seguro como que Dios ha creado las manzanas, acabará usted por romperse la crisma, si se empeña en montar sobre esta torta —observó uno de los cowboys con solicitud.

—¿Alude usted a mi silla? —preguntó Herrick mientras le sacudían el polvo.

—Eso no es silla; es una torta —fue la obstinada respuesta.

Siguió una interesante discusión, en la que Herrick, a pesar de su insistencia, no obtuvo la mejor parte. Por último apeló a Jim.

—Señor Herrick para recorrer estos quebrados terrenos es indispensable la silla vaquera —contestó el capataz—. Se necesita doble cincha, estribos anchos, sitio donde llevar la cuerda, las armas y el bagaje, sin contar con la sujeción que ofrece su forma para subir y bajar cuestas.

Sin desatender estas razones, Herrick terminó la caza. Era bromista y algo excéntrico, pero todo un valiente, y a Jim le iba siendo cada vez más simpático.

Durante el camino de vuelta, Jim divirtió al inglés, disparando sobre los conejos con su Colt, mientras corría. Herrick expresaba su asombro y admiración, al ver que de cada cinco mataba tres.

—¡Por Júpiter! —exclamó aturdido éste—. Jamás he visto puntería semejante.

—Esto no tiene dificultad.

¡Sí, eh…!, ¿quiere explicarme usted qué es lo que entiende por difícil?

—Por ejemplo: meter cinco balas en un poste, pasando por delante al galope, —o romper el canto de una tarjeta a veinte pasos.

—Enséñeme su pistola.

Wall, faltando a su costumbre, se la alargó.

Herrick la examinó con encontrados sentimientos.

—Pero… Oiga usted… Aquí no hay gatillo —expuso en el colmo del asombro.

—No, señor… No lo uso nunca.

—¡Mil rayos…! Hombre…, pero ¿cómo dispara usted entonces la pistola?

—Mire usted, y comprenderá —repuso Jim recobrando el arma—. Con el pulgar hago funcionar el martillo… Así…

—¡Por Júpiter…! ¡Explíqueme usted…!

—El montar la pistola, levantando el gatillo, exige doble tiempo que el hacer simplemente funcionar el disparador. Por ejemplo: entre dos hombres de igual puntería, el que maneje un arma como ésta, mata a su contrario.

—¡Ah…! Sí, si… Ya veo… Muy interesante… Esta comarca del Oeste es verdaderamente apabullante… y, ¿son muchos los que emplean esa simplificación del procedimiento?

—Muy pocos…, tan pocos que agradeceré a usted me guarde el secreto.

—¡Oh…!, sí…, ¡por Júpiter…!, ¡ja…!, ¡ja…!

—¡Ja…!, ya me hago cargo… Wall, es muy satisfactorio el tenerle a usted en casa.

Evidentemente, Herrick era un hombre franco, despreocupado y poco impresionable, acostumbrado desde muy joven a realizar todos sus deseos. Su excentricidad no era aparente, si se exceptúa el hecho de su presencia en la salvaje Utah. Le gustaban los caballos, los perros, las armas y todos los ejercicios y esfuerzos físicos que trae consigo la vida al aire libre, pero aún no se había hecho cargo de la situación que ocupaba en aquel país por civilizar.

Cuando llegaron a la vivienda del dueño, invitó éste a Jim para que entrara a tomar un refresco y examinar algunas armas inglesas. El amplio salón tenía tres grandes ventanas y su original decorado causó grata sorpresa a los ojos de Jim. El inglés había traído consigo gran cantidad de tapices, pieles, cuadros, armas y otros objetos de menos fácil nominación que, unidos al mobiliario del Oeste, con sus mantas de mil colores y sus cabezas de alce, hacían que aquel aposento no tuviera igual.

—Me había propuesto no beber —observó Jim—, pero una vez no hace costumbre… ¡A su salud!, señor Herrick —y después de chocar, apuró la copa de coñac.

Las pesadas escopetas inglesas no merecieron la aprobación del excelente tirador.

—Esto, no sirve para aquí, señor Herrick, ni aun para tirar a los osos. Procúrese un Winchester del 44.

—Así lo haré… Le agradezco el consejo. Soy aficionadísimo a la caza.

Herrick tenía su escritorio junto a una de las ventanas, y sobre él, entre libros, papeles y carpetas, destacaba el retrato de una hermosa joven rubia, encerrada en lujoso marco. El corte de las facciones recordaba a Herrick. Era la fotografía de su hermana.

Al regresar Jim, al paso de su caballo, a lo largo de la orilla, veía por todas partes aquella encantadora visión. Maldijo mil veces al condenado inglés, que se atrevía a traer semejante criatura a las salvajes soledades de Utah. Aquello no era África, donde una mujer blanca está segura entre caníbales y negros; así, por lo menos, lo había leído él. Después maldijo a Hays, y acabó maldiciendo las circunstancias que le habían traído a tal atolladero.

—Ahora no queda más que roer el hueso —murmuró con la radiante faz de los cabellos de oro ante los deslumbrados ojos—. Debiera haberme alejado de esta banda.

 

VI

 

—He pasado por el campamento de Smoky para hablar del reparto —anunció complacido Hays—. Así me condene si no se han llevado más de dos mil cabezas de ganado.

Jim nada tenía que decir, aunque muchas palabras temblaban en sus labios. Los planes de Hays empezaban a realizarse y el ladrón resplandecía de alborozo.

—¡Empanadas…! Te has lucido, Happy… Traigo un hambre de buitre… Dame más.

Terminada la cena, prosiguió el jefe:

—He de ver al amo esta misma noche… Ponme al corriente de lo que ha pasado en mi ausencia.

—Smoky y su gente no han dado señales de vida. Así es que no sabemos dónde están acampados.

—Yo sí. A menos de una milla de los matorrales del Diablo Sucio.

—¿Arriba o abajo?

—Abajo, en un desfiladero. Buen sitio y fuera de la vista. He dado órdenes a Smoky para que a cada viaje traiga provisiones, de la ciudad.

—Ya veo que te estás preparando para pasar una temporada en algún escondite de los que hay por ahí —observó el cocinero con una expresiva mueca.

—¿Sabes algo de Heeseman? —preguntó Hays sin recoger la anterior insinuación.

—8i; ha estado aquí —respondió con indiferencia Jim.

—¿Cómo?

¡Ya lo has oído! Que Heeseman ha estado aquí para hacerme una visita.

—¡Fuego del infierno! —exclamó el ladrón, aturdido—. ¿Ha procurado armar pelea?

—Nada de eso… Yo creo que tenía curiosidad de verme.

—Bueno, pero ¿qué satisfacción le podía dar el verte?

—Parece muy astuto, Hank… Habrá querido tomarme la altura…, y si ése ha sido su objeto, puede estar plenamente satisfecho.

—¿Ha dicho algo de mí? —preguntó, Hays con los ojos súbitamente animados por un siniestro fuego.

—Eso ha sido lo más gracioso… Ni siquiera te ha mentado —fue la poco verídica respuesta del joven.

—¡Hum…! No te fíes de ese perro… Es el hombre más solapado que existe en todo Utah… Habrá procurado trabar amistad contigo, ¿eh?

—Me parece que su intención es medir las fuerzas de su banda con las de la tuya.

—¡Ajá…! Debí haberlo previsto… Bien puede ser —admitió Hays, meditabundo—. No es digno de nosotros el aguantar sus avances… Heeseman es un canalla, pero es tan valiente como ladrón.

—Herrick ha dispuesto que Heeseman y los suyos corten y pelen troncos. Necesita más caballos, y quiere construir nuevas cuadras.

—Muy bien, esto impedirá que esos condenados vayan a oler por el camino de Limestone. ¿Y los vaqueros…? ¿Dónde han estado?

—Hay mucho trabajo, y esto impide el que monten a caballo, excepto para seguir a los perros; todos los días hay caza de liebres americanas. Una vez he acompañado al amo.

—¡Perros…! ¡Conejos…! ¿Qué vendrá después…? En fin, para nosotros, más vale esto que un rancho bien ordenado… ¡Ja…!, ¡ja…!

—Herrick me hizo entrar para enseñarme sus armas. ¿Las has visto? —Los ojos de Jim no se apartaban de Hays.

—Seguramente… Unas especies de cañones… Más inútiles que los antiguos fusiles de aguja.

—Pues no me gustaría que me agujereara la piel uno de ellos.

—¡Bah…! En llegando a agujerear, cuanto más gorda sea la bala, mejor.

—¡Qué habitación tan hermosa la de Herrick! ¿La has visto?

—Sí, lo que él llama su despacho. Un montón de cachivaches. Pero algo de lo que hay allí será mío muy pronto.

Los labios de Jim se contrajeron. No necesitaba preguntar más. De repente sintióse sacudido por un impulso de ferocidad, como si acabara de sufrir una inesperada agresión. Dominándose, dijo con descuido:

—A mí no me desagradaría poseer todo aquello. Pero vamos al grano. ¿Qué hay por el presente? Has vuelto. Smoky y los suyos están en la faena, y tenemos a Heeseman sujeto, aunque esto último no me atrevería a jurarlo.

—Bueno, pues voy a tener todo el mundo trabajando duro en una corta de árboles… y mientras tanto irá adelantando nuestra negocio. Esto es lo que hay por el presente.

Tres días de incesante faena en el campo y principalmente en la construcción del granero, dejaron a Jim tan felizmente cansado que su deseo era de que se prolongara indefinidamente. El trabajo era bueno. Jim sabía manejar herramientas, y esto pronto se puso de manifiesto. Pero al cuarto día acercóse Herrick a Jim para decirle:

—Wall, necesito que vaya usted mañana a Gran Unión para recoger a mi hermana. Lleve consigo al vaquero Barnes, que tiene su familia en Gran Unión. Dígale usted que mañana temprano enganche el tronco negro al coche Mi hermana llegará al día siguiente o al otro. Generalmente, la diligencia se detiene en la ciudad a eso de las diez. Póngase en seguida en camino y vengan lo más aprisa posible.

—Está bien, señor —contestó Jim y reanudó el trabajo, pero mirando de soslayo a Hays.

—Amo —dijo éste—: mejor será que yo vaya con Jim.

—No he solicitado sus servicios, Hays —contestó el inglés—, y aquí tal vez haga usted falta.

El topo con que fueron pronunciadas estas palabras, era de los que no admiten réplica. Jim deliberadamente retrasó la hora de retirarse del trabajo, con el deseo de no encontrar a Hays. No obstante, cuando llegó a la barraca ya había recobrado el dominio sobre sí mismo, aunque le duraba la estupefacción que le causó el haber sido elegido por Herrick. Otros sentimientos batallaban también en su pecho, fuera de una decidida aversión hacia Hays, no acertaba a definirlos.

La noche empezaba a caer; el día había sido caluroso, para abril, y las ranas, precursoras del buen tiempo, dejaban oír su monótono croar. Después de subir los escalones del porche, Jim dirigió una mirada al inmenso; rancho, medio envuelto por las sombras. El ganado empezaba a disminuir. Procuró apartar esta idea de su mente, pero no tan pronto que no le causara un punzante dolor. Cada día le gustaba más el trabajo del rancho, que durante años enteros venía echando de menos. Dio un suspiro al salvar el umbral de su vivienda. Allí estaba Hays, con trazas de mal talante, pero nada dijo al entrar Jim.

La alegre voz del cocinero anunció la cena y los dos hombres, en silencio, ocuparon sus correspondientes sitios.

Hays no comía con su habitual apetito, y aunque procuraba bromear, su alegría era muy forzada. Concluido el ágape, encendió la pipa, y sin mirar a Jim, dijo:

—¿Estabas ya enterado de ese viaje?

—No; y mi sorpresa no ha sido menor que la tuya.

—¿No podrías encontrar cualquier excusa para dejar que fuera yo en tu lugar?

—¿Cómo? —exclamó Jim palideciendo.

—Así tendría un par de horas libres, en Gran Unión —añadió Hays con fingida indiferencia—. Me conviene ver a unos compradores…, sería una oportunidad…

—Pero Herrick no quiere que vayas —protestó el joven—. Rechazó de plano tu ofrecimiento.

—Harto lo sé… ¡Maldito inglés…! Ya me las pagará… Pero si tú no pudieses ir, yo sería el escogido.

—Le parecería muy extraño —replicó Jim procurando contenerse y leer en el pensamiento de Hays.

—Y ¿qué mil diablos me importa a mí lo que le parezca a ese extranjero? —preguntó el jefe perdiendo la paciencia—. ¿Quieres hacer o no lo que te pido?

—Hays, me llenas de sorpresa. Estás como quien dice en vísperas de dar un golpe soberbio…, el más importante de toda tu vida, y por una futesa te expones a disgustar al amo y a que éste nos eche de aquí… ¡Hombre…! Ten juicio… ¿Por qué tienes tanto interés en ir mañana a la ciudad…? ¡Dime por qué!

—Ya te lo he dicho —repuso el otro evasivamente.

—Pues rehúso —declaró Jim en tono decisivo y haciendo esfuerzos por contenerse—. Herrick me ha mandado a mí que vaya, e iré.

Hays echó una bocanada de humo. Estaba vencido y ahora tenía que salvar las apariencias.

Volvióse Jim al sorprendido cocinero, diciéndole:

—Happy, mañana necesito el almuerzo al amanecer.

—Cuando tú dispongas, Jim.

Hays se levantó pausadamente, y con tono del que se había borrado las trazas de enojo, desperezóse diciendo:

—Bien mirado… puede que tengas razón, Jim, aunque al pronto no me lo parecía.

Al salir el sol a la siguiente mañana, ya estaba Wall en camino hacia Gran Unión. Barnes, un joven cowboy, tenía no poco trabajo con guiar el fogoso tronco. La escarcha blanqueaba las matas de salvia y los peñascos; las herraduras resonaban en la endurecida tierra, espantando a los medrosos corzos que huían a esconderse en las espesuras, mientras que los atrevidos coyotes, se quedaban mirando con: impertinencia.

—¿Se espantan estos caballos de los tiros? —preguntó Jim pegando casi los labios al oído del conductor.

No lo sé…, pecó mejor será que no dispare, si no hay precisión.

Jim se envolvió en su manta, porque el trote largo de los caballos levantaba un vientecillo que cortaba la cara. Por fin, hubo que aflojar el paso para subir una pesada cuesta; el sol, ya con: más fuerza, les calentaba las espaldas: y la temperatura empezó a ser agradable. El joven capataz emprendió entonces una doble tarea: ganarse la confianza de su compañero de viaje, y obtener de él cuantos informes pudiera.

Le hizo todas las preguntas que le vinieron a la boca acerca de la localidad, sus costumbres, la montaña que estaban subiendo, el deshielo, la caza y otra porción de cosas de interés para Jim, pero hablando siempre en términos generales.

El empinado camino que seguían era estrecho y ofrecía pocas vistas, pero al llegar a la cima, descubríase un paisaje soberbio; un valle inmenso acotado por montañas, en las que el sol ponía ráfagas de luz.

—Me encanta esta tierra —declaró Jim con franqueza—, pero mi colocación no me entusiasma tanto.

—Apuesto a que ha sido usted antes vaquero —insinuó el muchacho con sonrisa bobalicona.

—Acertarías y ojalá siguiera siéndolo…, pero me eché por mal camino, y maté un hombre… Tendría yo entonces aproximadamente tu edad.

—Y, ¿qué es lo que ha venido usted a hacer aquí? —preguntó el mancebo, alentado por las confidencias de Jim.

—A derechas no lo sé… ¿Sabes tú por qué el amo ha tomado a Heeseman y a Hays?

—Ideas que tiene uno.

—Yo creo que habrá sido por tener en el rancho unos cuantos buenos tiradores, como una especie de protección.

—Ya se ve que es usted forastero en Utah.

—Bien dices… y por eso no conozco el terreno.

—Mire usted, señor Wall; la idea del amo sería muy buena si todos jugaran limpio… Pero esta parte de Utah es inmensa, y está poblada de alimañas, unas de dos patas y otras de cuatro.

—Barnes, has puesto el dedo en la llaga y te agradezco la franqueza —respondió gravemente Jim.

—En esta tierra nadie sabe con certeza quién es o no cuatrero —prosiguió Barnes—. Puede que lo sea su vecino, y tal vez su mismo amo será el jefe de una banda de ellos. Eso es lo peor del caso.

—¿Qué piensas de Heeseman? —preguntó Jim—. No contestes si no quieres, Barnes; yo sólo pregunto por saber con quién trato…, y lo que me digas quedará entre nosotros.

—Hay quien dice que Heeseman y su gente se dedican a robar ganado…, hay quien no lo cree… Lo cierto es que tiene marca propia, una H, y un extenso campo a la espalda de Monticello.

—Eso es hablar claro… y, ¿qué dices de Hank Hays?

—Si el amo me lo preguntara, cerraría el pico o mentiría… Aquí, desde el Verde al Grande, todos sabemos quién es y lo que es Hank Hays, pero nadie dice ni pío.

—¡Ah! Muy interesante… A primera vista no me fue simpático… ¿Es cuatrero o simplemente ladrón?

—¡Yo no he dicho nada, señor Wall!

—Llámame Jim a secas, hombre —repuso el capataz pareciéndole oportuno cambiar de tema—. Trae, yo guiaré un poco.

No dijo más durante un rato. La curiosidad podría haberle impelido a hacer nuevas preguntas, pero en realidad nada más necesitaba saber de Hank Hays. En su pecho empezaba a nacer un sordo antagonismo hacia el ladrón, que presagiaba trágicos acontecimientos.

Hacia el mediodía, detuvieron el tiro junto a un fresco manantial, a fin de dar descanso a los caballos y reparar ellos las fuerzas con el almuerzo que les había preparado Happy.

De allí en adelante empezaron a ver rebaños de ganado en las laderas del valle, y tierras cultivadas que delataban la proximidad de viviendas humanas. Según los informes del joven vaquero, diez millas antes de la ciudad, estaban los terrenos de la «Compañía de Ganado de Utah», vasta empresa con residencia social en Lago Salado.

De súbito, los siempre vigilantes ojos de Jim descubrieron un pelotón de jinetes que, dejando el camino, se internaron en la espesura de cedros. «Deben de ser los compañeros de Smoky —pensó Jim— que vuelven al rancho para preparar un nuevo envío».

El camino iba haciéndose más llano, verde y cultivado en los espacios que dejaban libres los bosques de rojizos cedros; en el horizonte, a lo lejos, alzábanse montañas coronadas de nieve. Las cuatro serían cuando llegaron a Gran. Unión, que por las dimensiones y la animación parecía más importante que Río Verde. Como todas las aldeas del Oeste, contaba con una sola calle, bordeada por edificios de piedra o madera, de un solo piso.

—Ya hemos llegado, Barnes —dio Jim—. Esto parece una metrópoli, comparado con Ríe Verde.

—Tiempo hace que no he dado una vuelta por mi casa —observó el muchacho—. El coche y los caballos los llevaré a la cuadra de mi padre, y en cuanto a usted, señor Wall…, digo, Jim, ¿quiere venir también, o prefiere hospedarse en el hotel?

—Gracias, me quedaré aquí… ¿Es éste el hotel?

—Sí… No es de mucha vista, pero la comida es buena y las camas son limpias.

—¡Magnífico! Bueno, Barnes, tú y yo nos entendemos bien… ¡Dame algunas indicaciones…! ¿Cómo debo portarme aquí?

—¡Ja…!, ¡ja…! ¡Qué ocurrencias tiene usted, Jim! Aquí le mirarán por todos lados, pero nadie le hará preguntas. Ya nos veremos: luego.

Barnes siguió con el coche a lo largo de la calle y Jim entró con desenvoltura en el local, cuya dueña, una corpulenta matrona de buen ver, acudió a servir con solicitud al nuevo huésped, sin escasear las incendiarias miradas. La hostelera resultó ser muy locuaz, y a los pocos minutos de, haber entrado Jim, ya estaba enterado, con viva sorpresa suya; de que en toda la semana no había pasado por la ciudad ningún ganado vacuno…

Después de la cena, salió Jim a dar una vuelta. Aún era de día, y la calle estaba desierta. El forastero cruzó de un lado a otro, detúvose, ante la casa en que le habían dicho paraba la diligencia, y encontró las puertas cerradas; sobre la fachada había un rótulo que decía: «Wells, Fargo y Compañía». Evidentemente, la pequeña ciudad estaba situada en la línea de diligencias que va desde Denver a Lago Salado. El espacioso almacén de la esquina aún estaba abierto, y Jim entró para comprar algunas frioleras. Allí pudo incidentalmente corroborar lo dicho por Herrick respecto a la llegada de la diligencia a la mañana siguiente. Por último encaminé sus pasos a una taberna de lujo.

Con verdadera sorpresa por su parte, encontróse con un amplio local; atestado de hombres que se agrupaban en torno al mostrador o permanecían sentados como en espera de algo. Jim cuadraba bien en aquella atmósfera. Encontrábase en terreno conocido y ésa era la impresión que causaba. No llevaba mucho rato de permanencia allí, cuando ya se dio cuenta de que los forasteros bien armados no eran considerados como tales en aquel lugar y entre aquella gente. Allí no había cowboys pendencieros y borrachos, ni jugadores de ventaja. Algunos de los presentes tenían ojos sagaces, otros eran embrutecidos patanes, y la mayoría estaba compuesta de hombres de gruesas y empolvadas botas, que no irradiaban cortesía, ni hostilidad. Esto le convino a Jim. Así se había figurado él la ciudad. Aquella noche durmió en un verdadero lecho, por primera vez, después de un espacio de tiempo tan largo, que no recordaba cuándo fue la última; pero, fuera la desacostumbrada blandura de la cama, o la cada vez más inmediata proximidad del nuevo día, el hecho es que no logró pegar los ojos hasta la madrugada. Mientras estuvo en vela, oyó continuamente el girar de una ruleta. Probablemente la sala de juego estaría contigua a su cuarto. Despertóse temprano y procedió a su matinal aseo, dedicando al aliño de la persona más tiempo y atención de los que tenía por costumbre. Al mirarse al espejo, sonrió con amargura. Jim Wall, el antiguo cowboy, convertido después en ladrón de Bancos y salteador de trenes. ¿Qué clase de bandido era ahora? No acertaba a definirlo. Por el presente estaba encargado de escoltar a una joven inglesa a través de cincuenta millas de terreno inculto que separaban la ciudad del Rancho de la Estrella. De una cosa por lo menos estaba seguro de que la señorita Herrick se hallaría mucho más segura a su lado que al de Hank Hays. Este hecho produjo súbita alarma en el ánimo del buen mozo. ¿Acaso era él mejor que Hays? Hubo de convenir en que sí, y aunque desde los días en que recorría la pradera como vaquero, la vista de una chica guapa siempre le había acelerado el pulso, tiempo hacía que evitaba la proximidad de las mujeres, pues aunque tenía hambre de amores, las que encontraba a su paso le causaban repugnancia.

Después de almorzar, salió, no sin antes hacer que el mozo le sacara brilla a sus altas botas de cuero, y pasara bien el cepillo por su traje oscuro y su amplio sombrero negro. Casi en la puerta encontró a Barnes.

—¡Hola, muchacho! ¿Lo has pasado bien en tu casa?

—¡Ya lo creo! —respondió el joven riendo—. Anoche estuve charlando con mi novia…, que no quería dejarme ir.

—Hacía bien… y así estás tú como unas Pascuas esta mañana.

—¡Caramba, Jim! Usted sí que está hecho un brazo de mar… Es curioso lo que la sola idea de una mujer puede hacer de nosotros.

—¿Curioso…? Querrás decir terrible… porque una mujer es más peligrosa que un ejército con todos las banderas desplegadas.

—¡Calle…! ¿Quién había de pensar que usted dijera cosas que están en la Biblia?

—Sí…, en efecto…, no sé cómo me ha venido tal frase a la memoria… Y ahora, Barnes, escucha con atención: esta señorita Herrick es probable que me tome por un hombre decente y honrado como tú. Si yo la dejara en esa creencia, valdría tanto como militar bajo falsa bandera, y como no quiero malas inteligencias, ni puedo decirle yo mismo la verdad, es preciso que se la digas tú.

—¿Qué es lo que yo he de decir? —preguntó el vaquero muy perplejo.

—Hombre…, ya sabes…, la clase de sujeto que soy.

—Una clase que a mí me gusta mucho…, conque explíqueme con claridad que haya que decir.

—Empiezas por dar a entender que Herrick ha metido en su hacienda a todos los forajidos de Utah, y que yo soy uno de ellos. Preséntame a sus ojos peor que Hays y Heeseman juntos.

—Bueno…, eso no es difícil… Pero ¿qué va usted a sacar con ello, Jim?

—Verás. Yo no siempre he sido lo que soy ahora y me parece que sufriré menos si esa muchacha, desde luego, se aparte de mí con repulsión. Si ella me tomara por un verdadero hombre de campo…, ya comprendes…, y me hablara… y riera…, creo que me volvería loco y tal vez pegara fuego al rancho… Así es, Barnes, que no dejes de hacerme este favor.

—Claro está que lo haré —contestó el joven con una mirada que en vano se esforzó por hacer maliciosa—. Déme usted una ocasión en cuanto llegue la diligencia, que ya no puede tardar… Voy mientras tanto, a enganchar el coche.

Aún tardó la diligencia más de una hora en aparecer. Una hora que se hizo eterna al cada vez más nervioso Jim. Aquella pequeña población no era diferente de otros pueblos del Oeste. Apartados de la civilización, todo el mundo salía para ver la llegada del vehículo. Para los chiquillos de los que había un número sorprendente, daba la ocasión para manifestar ruidoso alborozo; las comadres acudían a curiosear, y Jim observaba el espectáculo apoyado en la pared, cual si quisiera incrustarse en ella. Por fin llegó el pesado armatoste, arrastrado por cuatro pencos y envuelto en una nube de polvo. EL cochero, un viejo fronterizo, paró en seco, después de una elegante curva, y gritó desde el pescante:

—¡Gran Unión…! Media hora para almorzar.

Los viajeros era seis: dos pertenecían al sexo débil. La última en apearse fue una mujer alta, evidentemente joven, a pesar del velo que envolvía su cabeza, cuya esbelta figura iba cubierta por un guardapolvo. Llevaba un saquito de viaje en la mano y se detuvo como esperando a alguien.

Adelantóse Jim y, descubriéndose, preguntó:

—¿Es usted la señorita Herrick?

—¡Ay, si! —contestó ella respirando satisfecha.

—Su hermano de usted nos ha enviado a buscarla —prosiguió Wall indicando a Barnes que se había acercado.

—¿No ha venido él? —La sonora voz de contralto, con acentuada pronunciación extranjera, impresionó gratamente a los oídos de Jim.

—No; hay mucho trabajo en el rancho. Pero todo marcha bien, y antes de que anochezca la dejaremos a usted sana y salva a la puerta de la vivienda.

Jim no podía distinguir claramente a través del velo, pero estaba seguro de que dos inmensos ojos azules le miraban con fijeza, estudiándole atentamente.

—¿No ha enviado mi hermano alguna carta o algo…? ¿Cómo puedo saber yo si realmente han sido ustedes enviados por él?

—En cuanto a mí, no tengo más garantía que mi palabra —respondió con gravedad Jim—. Pero los padres de mi compañero viven en esta ciudad y tienen quien responda por él.

—Señorita —dijo Barnes quitándose el sombrero y bajando la voz a tiempo que adelantaba un paso—: el amo me dijo que usted tenía que recoger algo en la Banca de Wells Fargo.

—Eso me basta —repuso ella tranquilizada, al parecer—. Encárguense ustedes de mi equipaje; cada bulto lleva mi nombre: Elena Herrick.

—Yo me ocuparé de eso —apresuróse a decir Jim—, mientras Barnes acompaña a usted al comedor… Podría dar un paseíto para estirar un poco las piernas… Nos esperan ocho horas de coche.

—Buena idea. Llevo dos semanas de viaje y tengo el cuerpo entumecido.

Sin más palabra, púsose Jim a reunir todos los bultos marcados con el apellido Herrick. Éstos constituían la principal carga de la diligencia, ¡en total diecinueve! Evidentemente, la hermana del amo venía para tiempo. Lo difícil iba a ser el acomodar toda aquella impedimenta en el carricoche. Jim emprendió con buena voluntad la tarea, logrando a fuerza de maña colocarlo todo, en tanto que pensaba: ¿Cómo tendrá la cara la señorita? No había podido distinguirla a través del velo… Concluida su faena, situase junto a los impacientes caballos, esperando. Y parecía esperar sin saber qué.

Poco después llegó Barnes, y dándose cierta importancia, dijo en tono misterioso:

—Jim, ya he despachado su encargo…, y espero que a su satisfacción.

—Te lo agradezco, muchacho.

—Se quitó el abrigo y el velo… ¡Cielos! Aquí no se ha visto nunca una cosa parecida. Labios como cerezas, cara rosada, el pelo como oro puro, y los ojos del color de las violetas… Pero… ¡bah…! Eso no es para nosotros… Me convidó a comer con ella, y yo acepté… Es tan franca y sencilla como el amo. Mientras comíamos, aproveché la ocasión para enterarla de quién es Jim Wall. Tal vez haya exagerado un poco. Ella me miró… ¡Córcholis, qué ojos…!, y dijo sonriendo: ¿Conque mi hermano envía a recibirme a un famoso bandido? ¡Qué estupenda idea…! Puede usted creerme, Jim; éstas fueron sus propias palabras. Yo me quedé de una pieza y ella se levantó diciendo que iba a la casa de Banca, y después nos pondríamos en camino.

—Tú seguramente me has hecho traición —dijo Jim mirando con desconfianza al joven—. Te encargué que me rebajaras todo lo posible…

—Y lo he hecho…, palabra… Con la mitad de lo dicho, se le habría puesto a otra carne de gallina.

En los pardos ojos del vaquero retozaba la alegría Las instrucciones no debieron ser seguidas al pie de la letra.

—Entraré para tomar un bocado… Quédate al cuidado de los caballos.

Poco después de volver Jim, vio salir a la señorita del portal de la posada; llevaba el guardapolvo al brazo y la graciosa elasticidad de su paso revelaba salud y vitalidad. Sobre su vestido oscuro llevaba un abrigo corto con cuello de nutria, que contrastaba vivamente con su exquisita tez, y el velo, echado atrás, dejaba ver las luminosas ondas de su dorado cabello. A cierta distancia, sus ojos parecían oscuros, pero al acercarse, Jim vio con asombro que tenían un extraño color de violeta y una expresión cálida y valiente.

—¿Estamos listos? —preguntó alegremente.

—Sí, pero ¿ha cumplido usted el encargo del amo? —contestó Jim.

—Ya lo tengo en mi saquito —e indicó el objeto, medio oculto por el guardapolvo.

Jim trató de interesarse por aquel saquito, puesto que estaba aliado con los ladrones, pero no lo consiguió. De súbito, sintió el irresistible impulso de matar a Hays. Aquella muchacha, en toda la vívida frescura de la juventud, no parecía asustada, ni sentir la más mínima repulsión hacia él; al contrario, le contemplaba con inconfundible y placentero interés.

—Señor Jim Wall: usted no se parece en nada a lo que me hacían esperar las cartas de mi hermano.

—¡Cartas…! El señor Herrick no ha tenido tiempo de escribir acerca de mí —replicó el joven con acento de incredulidad—. Las cartas tardan mucho…, y llevo poco tiempo…

—No quiero decir que me haya escrito de usted individualmente —interrumpió ella riendo—. Pero en sus cartas me hablaba de bandidos y salteadores, en términos que me sugerían una horripilante idea.

—Muchas gracias, señorita —contestó Jim con gravedad—; pero no se fíe de apariencias en nuestro salvaje Oeste… ¿Quiere usted subir…? El camino es largo.

E intentó ayudarla a instalarse en el testero del primitivo coche.

—Si va usted a guiar, yo me sentaré a su lado —dijo ella sin ambages.

Haciendo una respetuosa inclinación, Jim la ayudó a subir al pescante, maldiciendo en su interior a Barnes, Hays, Herrick y cuantos habían contribuido a colocarle en tan violenta situación. En su aturdimiento, casi se olvidó de aguardar a Barnes, que estaba despidiéndose de una guapa chica, y tuvo que correr para trepar al interior del coche, al tiempo que arrancaba el fogoso tronco. Dado lo mucho que Jim había aprovechado el sitio para colocar el equipaje, quedaba poco espacio libre en el pescante. El pesado rifle y la funda molestaban a la señorita Herrick.

—Con el arma ahí, el asiento queda reducido —observó él, y colocó la funda sobre sus rodillas.

—¿Duerme usted con ella? —preguntó la joven en tono zumbón.

—Sí —contestó Jim—; y por el día no me considero completamente vestido hasta que la llevo puesta.

—¡Qué pueblo tan sorprendente son ustedes, los americanos del Oeste!

—Algunos somos bastante sorprendentes, y espero que las sorpresas que le causemos no serán desagradables —contestó él aflojando más las riendas.

En pocos momentos quedaron atrás el ruido, el polvo y el curioso populacho de Gran Unión, y la hilera de montañas, enrojecidas por el sol, servía de fondo a las inmensas praderas cubiertas de aromática salvia.

—¡Qué maravilla! —exclamó extasiada Elena, cuando una curva del camino puso de manifiesto uno de los admirables paisajes de Utah.

Jim tenía no poco trabajo para refrenar la fogosidad del tronco negro, que pugnaba para tomar un acelerado galope. Con amargura pensaba en que le gustaría abrir la mano y dejar que los potros los estrellaran a los dos… Sí…, sería lo mejor… El retrato de la hermana de su amo, colocado sobre el escritorio de éste, estaba muy lejos de hacer justicia al original. No daba idea del encendido color de los labios, ni del brillo luminoso del cabello, ni de la riente vivacidad de los ojos violeta. Jim sentía en sus venas la fuerza de la vitalidad que irradiaba de aquella excepcional criatura y que enardecía su sangre.

—El viento me hace llorar —dijo Elena en tono alegre—, o tal vez sea por lo muy feliz que me siento…

—¿Decía usted que antes de la noche llegaremos al rancho?

—Seguramente.

—Estoy muy fatigada por el largo y penoso viaje —exclamó Elena—. Pero ahora quiero ver, oler, sentir y disfrutar.

—Señorita Herrick; ésta es una hermosa vista, pero muy pálida en comparación con las que están del otro lado de las Henry. ¡Ya verá usted lo que es paisaje cuando estemos en la cima de la próxima montaña! Yo he recorrido casi todo el Oeste, y puedo asegurar que la comarca en que está situado el Rancho de la Estrella es la más salvaje y sublime de todo el territorio, y puede que del mundo entero.

—¿De veras…? Me deja usted asombrada… Jamás se me ocurrió que un gunman, ¿no es eso lo que es usted?, pudiera ser tan entusiasta apreciador de las bellezas naturales.

—Un error muy general, señorita Herrick —repuso Jim—. La naturaleza desarrolla los hombres que pasan en ella su dura y solitaria vida. En muchos casos les convierte en bestias, sin más instinto que el de la propia conservación, pero en algunos casos afina sus sentidos en dirección opuesta.

—Todo eso es muy interesante —dijo sencillamente la inglesita—. Hábleme usted de esa sublime comarca y de la gente que la habita.

Jim habló largo y tendido, constantemente espoleado por el vivo interés de su gentil interlocutora. Describió las magnificencias de la escarpada meseta del Caballo Salvaje, y los inexplorados desfiladeros y abismos entre ésta y la montaña Navajo, y, por último, las erizadas y siniestras malezas que rodean el Diablo Sucio.

—¡Oh…! Me hace usted estremecer —exclamó la extranjera—. Pero me encanta esta tierra. Estoy harta de gente, de niebla y de lluvia y ansío perderme en uno de esos solitarios desfiladeros, enrojecidos por el sol.

 

VII

 

Llegaron a una extensa llanura en la que el camino se alargaba cual blanca cinta que los caballos podían salvar al trote largo. Wall, inconscientemente, aflojó las riendas; la velocidad era un calmante para su excitada imaginación.

¿Qué efecto iba a causar la presencia de tan extraordinaria hembra entre los feroces hombres de la solitaria región, principalmente sobre el desalmado Hank Hays? Quizás en otro tiempo los ojos de éste se hubieran recreado en la contemplación de alguna apetitosa moza de apretadas carnes y frescas mejillas; pero actualmente comprendía Jim que Hays no vería otras que las de pecho liso, miembros endebles, pies desmesurados y callosas manos, cuyos rostros eran oscuros, ásperos, endurecida su piel por la intemperie. Llevaban zahones y gruesas botas muy a menudo como indumentaria femenina y estaban todas casadas. La civilización en Utah estaba todavía tan en los principios, que aún no habían llegado las rameras y suripantas que poblaban los locales de Wyoming. Por último, los caballos tuvieron que ser refrenados al pie de la cuesta más larga de la jornada.

—¡Qué carrera! —exclamó Elena sujetando los revueltos bucles bajo el velo que colgaba de su sombrero—. Tengo costumbre de ir en coche, pero no de volar… en un vehículo como éste.

—Aguarde usted hasta que la conduzca alguno de estos viejos domadores de caballos… Yo, en realidad, no soy cochero.

—¿Es usted cowboy?

—Lo he sido… y aún sé galopar tras el ganado. Pero actualmente no soy más que caballista independiente.

—¿Qué diferencia hay entre uno y otro?

—El caballista no tiene trabajo fijo…, y va de un campo a otro…

—Debe de ser una vida deliciosa… Como los gitanos. Yo he visto los campamentos de gitanos en España. Pero ésa no puede ser la posición que ocupa en casa de mi hermano.

—¿Acaso no le ha dicho a usted Barnes quién soy y lo que soy? —preguntó Jim fijando sus grandes ojos negros en los de su compañera de viaje.

—Sí, algo ha murmurado, por el estilo de ese parlanchín arroyo que acabamos de pasar —contestó Elena—. La mayoría de sus palabras eran griego para mí, pero logré comprender que es usted forastero en Utah, que procede de Wyoming, donde ha matado usted a muchos malhechores, y que es tal su reputación de valiente y buen tirador, que su solo nombre basta para tener a raya a todos los cuatreros y ladrones que pudieran amenazar al Rancho de la Estrella. Señor Wall, a mis ojos es usted un héroe.

No se necesitaba gran perspicacia para comprender que el entusiasmo de la joven era sincero. A Jim le faltó poco para echarse a llorar.

—Señorita —dijo con voz ahogada—: ese muchacho es un embustero.

—¿Cómo…? A mí me ha parecido muy simpático, y lleva la bondad pintada en el semblante.

—Va usted a sufrir una terrible desilusión.

—Señor Wall, es inútil que trate de apagar mi entusiasmo. Estoy segura de que voy a adorar a este hermoso y salvaje país. He pasado en Londres casi toda mi vida, y aborrezco las calles atestadas de gente, el polvo, el barro, la oscuridad, y las frías habitaciones en que se vive y en las que nunca penetra el sol. Por mis venas circula algo de sangre primitiva. Uno de mis antepasados fue un vikingo, y yo creo que otro debió de ser piel roja. —Y la joven dejó oír una argentina carcajada—. De todos modos, voy a dar satisfacción a mis aficiones salvajes; los dioses de los indios siempre me han inspirado simpatía, y desde niña tengo el presentimiento de que estoy destinada a llevar a cabo grandes y extraordinarias empresas.

—Apenas la comprendo a usted, señorita —dijo Jim en tono de perplejidad—. Mi educación ha sido muy limitada, excepto en materias campestres. He asistido a la escuela y hasta he sido pasante en la de mi pueblo, antes de cumplir veinte años. Pero jamás he hablado con nadie que se parezca a usted. De modo que si le parezco ignorante, sírvase excusarme.

—¡Oh! Muy al contrario, señor Wall, tengo la impresión de que está usted muy por encima de la mayoría de sus paisanos —contestó la joven afectuosamente y sin la menor señal de condescendencia—. Durante mi largo viaje he tropezado con mucha gente: exploradores, vaqueros, y otros que no acierto a calificar. Con todos he hablado, y no necesita usted excusarse… ¿Conque ha sido usted pasante en una escuela? Nunca lo habría sospechado…; y, ¿qué más ha sido usted?

En aquel momento, Jim no supo aprovechar la oportunidad para quitar aquella mujer de su camino. Es más; quedó aturdido ante la imprevista idea de que no quería alejarla de él. Respondió, titubeando:

—He sido un poco de todo… Lo que solemos hacer en el Oeste…

—Ya veo que no quiere usted hablar de sí mismo —dijo ella—. Perdone mi curiosidad, pero ha de saber que yo quiero ayudar a mi hermano en las tareas del rancho. De modo que también tendrá usted que trabajar conmigo.

—¡No lo permita Dios! —exclamó Jim sin poderse dominar—. Alguien debe dé advertir a usted… mi… un… caballista como yo, no puede permitirse dar consejos… Pero este Utah no es sitio para una señorita como usted.

—¿Qué quiere usted decir…? Eso no me suena a cumplido… Yo puedo y quiero trabajar… Verá usted: sé ordeñar vacas, amasar pan, cuidar caballos. No sé por qué el tener dinero ha de quitar la posibilidad de hacer algo.

—Señorita, no ha comprendido usted mi idea —apresuróse a añadir Jim con sincero impulso—. No quise decir que usted no sirva para ello… Estoy convencido de que sirve, y es el mayor cumplido que puedo hacerle, pero quiero decir que no podrá usted vivir como piensa hacerlo en Utah. Es absolutamente imposible que dé usted rienda suelta a esas aficiones primitivas de que ha hablado antes… No puede usted recorrer el rancho, ni aun salir de casa…

—¡En nombre del cielo!… ¿Por qué no? —preguntó ella, atónita.

—Porque usted, señorita… es demasiado inexperta…, demasiado joven y demasiado hermosa para exponerse a las miradas de los hombres de Utah. No digo que todos sean así…, tal vez sólo unos cuantos, pero éstos son precisamente los que encontrará usted en el Rancho de la Estrella.

El tono con que fueron dichas estas palabras no dejaba duda acerca de su sinceridad, y la joven empezó a sospechar que algo había turbio en la hacienda, acerca de lo que nada había dicho su hermano.

—Eso no puede usted decirlo en serio.

—Se lo juro a usted, señorita Herrick.

—Entonces, ¿dónde se queda la decantada caballerosidad del Oeste? En Inglaterra se hacen lenguas de la galantería de los americanos fronterizos. Yo misma he leído biografías de Fremont, Kit Carson, Crook y otros varios.

—Verdad es —contestó él con voz ronca—. Gracias a Dios puedo afirmarlo, pero no encontrará usted ninguno de esos héroes en el Rancho de la Estrella.

—Dice usted que soy demasiado inexperta…, demasiado joven, y aun creo que ha dicho demasiado hermosa… No lo entiendo…, a menos… a menos que todo esto sólo sea una broma.

—¡Ojalá lo fuera!!

—Mi hermano sabrá lo que haya de cierto; en sus palabras.

—¡No…! ¡No! —exclamó Jim perdiendo la paciencia. ¿Qué le impulsaba a expresarse en aquella violenta forma?—. Su hermano lo ignora todo… Nunca sabrá nada… Es inglés, y le harán comulgar con ruedas de molino… ¡Oh!, no dé usted falsa interpretación a mis palabras… Herrick es un mozo que vale mucho, generoso, franco y nada engreído, pero Utah no es sitio para que un gentleman se entregue a los deportes, y menos aún para que traiga a su hermana.

—Eso lo hemos, de resolver nosotros —repuso ella fríamente—, y desde luego le advierto: que recorreré todas las cercanías a caballo… Estoy acostumbrada a montar diariamente, y me volvería loca si no pudiera galopar por esta admirable comarca.

—He hecho cuanto he podido… Ya está usted advertida —dijo él brevemente, como si hablara con su conciencia.

—Gracias, señor Wall —respondió Elena dándose cuenta del cambio de tono de su interlocutor—. Seguramente ustedes tendrán a Bernie por un excéntrico. Admito que su idea de fundar aquí un gigantesco rancho, por estupenda que yo la encuentre, pueda parecer a usted absurda… Estoy dispuesta a que hagamos un trato…, Si realmente es peligroso el que yo me aleje sola de la finca; le llevaré a usted conmigo, no porque tenga miedo, pero así estaré perfectamente segura, ¿verdad?

Wall, aflojando las riendas, dijo:

—Mire usted, señorita Herrick, ya estamos por fin en la cima y puede ver parte de sus propiedades. Las montañas negras con los picachos cubiertos de nieve, son las Henry; pasando por aquel angosto desfiladero llegaremos al rancho, y ese espacio color de púrpura que se ve a la izquierda es el desierto. Es un panorama de asombrosa magnificencia.

—¡Ah… h… h! —exclamó ella sin casi atreverse a respirar.

Jim detuvo los caballos, esforzándose por ver él con los ojos de la extranjera. El silencio de ésta atestiguaba con elocuencia su admiración. Pero, a él no le bastaba admirar el paisaje, puesto que también sentía impulsos de montar a caballo e internarse sólo en la espesura…; es más; tenía, el presentimiento de que pronto le reclamarían las solitarias comarcas occidentales. Si de súbito en una de las cimas de las Henry surgiera un volcán en plena erupción, no le parecería tan peligroso como las consecuencias que podría traer la presencia de aquella criatura de tez nacarada y cabellos de oro.

Jim esperaba una explosión de entusiasmo por parte de la inglesa, pero fue en vana, y puso en marcha los caballos, que emprendieron la bajada de la montaña por un camino recto que conducía al valle. El sol había empezado a declinar, y Jim calculó que debía aprovechar el tiempo si querían llegar al rancho antes del anochecer. Ya no les: faltaba más que atravesar la última colina y el desfiladero, que por aquel lado, era corto Hubiera querido volar. La hermana de Bernie Herrick ejerció sobre Jim una acción inexplicable. ¡Bernie! El nombre cuadraba bien al inglés, así como el de Elena resultaba el más a propósito para su hermana. Era un nombre fatal para ser llevado por una belleza de nívea tez, ojos de amatista y cabellos de oro. En la memoria del joven surgieron vagas reminiscencias de antiguas leyendas.

A pesar del vivo paso de los caballos, a Jim no le parecía bastante rápido para huir de sí mismo. De pronto, el viento arrancó el sombrero a la señorita, y Jim tuvo que demostrar su férreo puño parando en seco los fogosos negros. Bajóse con ligereza y desanduvo unos pasos para recoger la volátil prenda. Pero al dar la vuelta, no estaba preparado para ver a la joven inglesa con la cabeza desnuda.

—Muchas gracias —dijo ella—. Siento que se haya molestado, pero nos lleva usted a un paso tan rápido, que es un milagro el que la ropa no haya seguido al sombrero.

Jim murmuró algunas palabras, sin saber lo que decía. Para él consistió el milagro en no dar la vuelta al tronco internándose para siempre en la salvaje espesura, a fin de que ningunos ojos masculinos pudieran posarse jamás en aquella seductora mujer.

Una hora más tarde, habían cruzado el valle y subían una ladera; el paso relativamente lento de los negros dio a la joven inglesa nueva oportunidad de reanudar la conversación. Jim temía y deseaba, al mismo tiempo, oír aquella sonora voz, de timbre tan diferente a cuantas hasta entonces había oído. Pero de nuevo le sorprendió por su silencio. Elena estaba pasmada por las dos horas que llevaban de camino a través de aquellas feraces regiones de maravilloso colorido. Sólo pareció despertar cuando, llegados a la parte más alta del desfiladero, Jim le señaló el valle del Rancho de la Estrella. Después, durante la hora y media que tardaron en finalizar la jornada, Wall tuvo que contestar a las muchas preguntas que ella hizo a propósito de cuanto veía. Esta conversación, totalmente objetiva, era más fácil para el mozo, y el tiempo transcurría mientras tanto.

Al pasar por delante del campamento de Heeseman, todos sus dignos miembros estaban cenando. La carretera cruzaba a seis metros escasos del coche-cocina.

—¡Qué hato de rufianes! —exclamó Elena—. ¿Quiénes son esos hombres?

—Parte del personal que su hermano contrató para defender su ganado de los cuatreros —contestó él—, y lo más gracioso es que ellos mismos lo son.

—Sí que es muy chocante, aunque a Bernie no creo le haga ninguna gracia… ¿Lo sabe él?

—No, que yo sepa. Heeseman, el jefe de ese grupo, se presentó por su propia recomendación y fue admitido.

—Pues yo se lo diré… ¡Oh…! ¿Qué es aquello…? ¡Qué enorme barraca…! Y están construyendo otra…, maderos y más maderos… ¿Qué les pasa a los caballos…? Quiero bajarme…

—No, señorita —replicó ceñudo Jim—. La llevaré sana y salva hasta su casa o moriré en la demanda… ¡No mire usted a ese hombre que viene por el camino!

—¿Cuál? —preguntó Elena riendo.

—El que se ha parado ahora —contestó Jim—. Uno alto; que lleva sombrero negro… ¡No lo mire usted! ¡Ése es Hank Hays…! ¡Échese el velo en seguida!

Obedeció ella, dejando oír su argentina risa, y dijo:

—Seguramente, esto forma parte de la broma, pero le agradezco sus esfuerzos por distraerme.

Jim pasó de largo con el coche por delante de Hays, que estaba un poco separado de un grupo de cowboys. Hays tenía la postura de un vigilante conejo que se cree que no lo miran. Ningún caso hizo de Jim, pero la mirada de éste, más penetrante que nunca, fue a hundirse en los claros ojos que por el momento relampagueaban bajo el ala del sombrero negro, y su mente concibió la primera idea peligrosa para la seguridad de Hays.

—Hank Hays… ¿Quién es, ése?, preguntó la joven.

—Otro de los guardianes de su hermano.

—¡Uy…! ¡Qué ojos tiene! Pero no es eso lo que más me ha sorprendido… En la India he visto cómo las cobras se alzan para disponerse al ataque, y ese Hays me ha recordado a una gigantesca cobra bajo un sombrero de alas anchas… ¡Qué tontería…!, ¿verdad?

—No es tontería…, es el instinto de propia conservación —contestó gravemente Jim.

La frase quedó sin respuesta, quizá porque en aquel mismo instante Elena divisé la casa principal sobre la suave colina. A su vista, el entusiasmo de la inglesa no reconoció límites. Al pie de las gradas que conducían a la entrada, estaba Herrick con sus perros; vestía botas altas y chaqueta roja. Saludó con la mano.

Jim detuvo los sudorosos caballos delante de los mismos escalones, y el encuentro de los dos hermanos hizo honor a la legendaria flema británica.

—¡Hola, Bernie…! Ya estamos todos aquí —dijo alegremente Elena levantándose.

—Bien venida seas; Elena —contestó él ayudándola a bajar—: ¿Has tenido buen viaje?

—Espléndido…, sobre todo de Gran Unión aquí.

Ni besos, ni efusiones. Jim sacó la conclusión de que en tocante a sentimientos íntimos, los ingleses, o carecen de ellos o los esconden. Volviendo a la realidad, saltó del pescante, empezando a bajar el equipaje. Barnes, a quien había olvidado por completo, bajóse de un brinco por el lado opuesto.

—Que se ocupe Barnes de entrar los bultos, y usted, Jim, lleve cuanto antes lo caballos a la cuadra; están cubiertos de espuma; deben de haber corrida mucho.

—Sí, señor. La diligencia llegó con retraso, y hemos tenido que ganar tiempo.

—Elena, ¿dónde tienes el paquete que te entregaron en la Banca de Wells Fargo? —preguntó. Herrick.

—Aquí en mi saquito de viaje… ¡Ay, Bernie! ¡Qué contenta estoy de verme en mi casa!

—Entra y quítate ese velo —dijo él—. Y cogiéndola del brazo, penetraron ambos en la espaciosa vivienda.

Jim encomendó a Barnes el cuidado del tronco, y tomando la empinada y pedregosa orilla del riachuelo, enderezó sus pasos hacia la barraca de Hays. Happy estaba dentro; silbando ante el fuego, y el chocar de sartenes y cazuelas daba claro indicio de la proximidad de la cena.

—¡Hola, Jack…! ¿Qué hay de nuevo por aquí?, —fue el saludo de Jim.

—Me alegro de tu vuelta —contestó cordialmente el cocinero—. Por aquí no hay más que caras largas, empezando por la de Hays, que parece un perro, atada a la cadena. Ha venido Smoky trayendo buenas, noticias y un rollo de algo bueno, muy, abultado… Pues ni aun con eso ha desarrugado el ceño.

—¿Qué le sucede?, preguntó Jim con impaciencia. —A derechas, no lo sé. Es algo, que tiene relación con tu viaje a la ciudad, y que al parecer le importa más que las ganancias de Smoky.

El ruido de unas recias pisadas anunció la vuelta de Hays y sin más comentarios, Jim se apartó de la mesa para encararse con la puerta. Entró Hays, pero no el satisfecho y placentero Hays de otros días, sino con gesto sombrío e inquieto. Smoky entró detrás de él; su risueño semblante contrastaba con el de Hays.

—¡Hola…! ¿Ya estás aquí…? Te aguardaba junto a las cuadras —gruñó Hays.

—Buenas noches, jefe —contestó Jim saludando a Smoky con un ademán—. He venido por el atajo. —He hablado un momento con Barnes… Por lo visto, el viaje nada ha dejado que desear… y has hecho correr de lo lindo a los negros.

—No ha sido tan agradable como tú supones —repuso Jim en tono sombrío.

—¡Diablos…! Debes de ser enemigo de las mujeres. Dejando ese particular a un lado, ¿qué ha ocurrido que pueda molestarte?

—Nada que te importe a ti o a la banda… Smoky me vio ayer antes, de que yo le distinguiera y se escurrió del camino. En la ciudad nadie se fijó en mí más de lo que me convenía.

—¡Ajajá…! Así me gusta —asintió Hays, y revolviendo en el paquete que había sobre su cama, volvió con un rollito, compuesto por billetes de Banco de elevado valor. Extendiéndolos sobre la mesa, dijo:

—Aquí tienes tu parte, Jim, éste es nuestro primer negocio.

—¿Qué es esto? —preguntó el joven, estupefacto.

—Lo que te corresponde en lo vendido por Smoky… La rapidez en la acción es la base de nuestro sistema de trabajar.

Jim no quería dar la impresión de que tales procedimientos le fueran desconocidos. Sentándose en un banco, ojeó los billetes, diciendo como si hablara consigo mismo:

—Cinco mil seiscientos… —y metiéndoselos en el bolsillo añadió—: Se agradece, Smoky… Ahora puedo tomar parte en algún juego…

—Jim, ¿no has sabido nada nuevo? —preguntó con interés Hays—. Un mozo con tu vista y con tu oído, por fuerza debe de haber descubierto algo.

—La señorita Herrick ha recogido un paquete por orden de su hermano en casa de Wells Fargo —contestó Jim de mala gana, cumpliendo su deber de aliado a los ladrones.

—Entonces ya ha llegado —dijo Hays frotándose las manos—. Herrick esperaba dinero por la anterior diligencia.

—Puede —admitió Jim con indiferencia.

—Muchachos, podéis empezar —avisó Happy.

Como de costumbre, la conversación no animó la cena. La banda de Hays, comía siempre cual si estuviera a punto de perecer por inanición. Era un hábito comprensible en aquellos rudos caballistas, cuya vida transcurría al aire libre y en continuo movimiento. Concluida la cena, Smoky fue el primero que rompió el silencio para decir:

—Jefe: puesto que ya está Wall de vuelta, podrías poner en su conocimiento lo que querríamos hacer.

—Escucha, Jim: Smoky y los otros, excepto Brad, opinan que se limpien de una vez los prados de Herrick. —¿Qué te parece?

—¿Llevarse todo el ganado?

—Ésa es la idea.

Jim reflexionó un momento. La respuesta surgió en el acto en su mente, pero no quiso precipitarse.

—La tarea es difícil, pero ahorra tiempo y tal vez nos salve el pescuezo —observó—. Esos cowboys no tardarán en darse cuenta de que el ganado disminuye. Si Smoky se lleva otro par de miles de cabezas, es casi seguro que seremos descubiertos.

—¿Lo estás oyendo, jefe? Wall opina lo mismo que yo. En la carretera abunda el agua, y tenemos bastantes víveres. Acabemos de una vez.

—¿Quieres decir que yo, Jim y Happy tendríamos que seguirlos?

—Desde luego.

—Eso significaría alejarnos súbitamente, del Rancho de la Estrella.

—Cierto, y eso es lo mejor para nosotros.

—Pero yo no quiero marcharme tan de prisa —declaró Hays.

—¿Por qué no, si nos llevarnos diez mil cabezas por delante? —preguntó sorprendido Smoky.

—Esas diez mil cabezas no valen lo que yo tengo en proyecto.

—¿Qué es lo que te bulle en la cabeza, Hank?

—Eso es asunto mío. El vuestro es conducir ganado.

—¿Te propones acaso robar al inglés…? ¡Hombre…!

Por amor de Dios…, no seas un canalla.

—Hays, me permitiré decirte que Smoky tiene razón.

—Podéis decir lo que queráis…, no cambiaré de parecer —replicó el jefe.

—Si pusiéramos el caso a votación, Hank, saldrías vencido…, pero no quiero obrar contra ti… Escuchad: he tenido la suerte de ponerme en contacto con Hadley, que es el pájaro más gordo de Lago Salado, y está dispuesto a comprar cuanto le llevemos.

—Corriente… Has andado listo… y no veo motivos de pelea… ni de precipitarse.

—Pues nosotros, sí… Estamos todos de acuerdo; a Brad no le gustan estos manejos con, el inglés y ahora Wall opina lo mismo…

Hays dejó caer su pipa, sin fumar, sobre la mesa, y, levantándose con violencia, púsose a pasear por la habitación, presa, al parecer, de encontrados sentimientos. Pero su indecisión no duró mucho y encarándose con los que se le oponían, dijo con gesto dominador:

—Estoy resuelto. Seguiremos el plan primitivo. Vosotros, muchachos, iréis llevándoos el ganado poco a poco; yendo despacio, me dará tiempo…

—¡Ah…! ¿Es decir que te arriesgas a ponerte frente a toda la cuadrilla? —interrumpió Smoky lanzando una extraña mirada a su superior.

—¡Mil rayos…! ¡Sí…!, puesto que así lo queréis —replicó Hays, y marchóse con paso altivo.

—No tiene remedio —dijo Smoky—. Algo se le ha metido al jefe en la cabeza… Pensaba marcharme en seguida y me detendré hasta mañana; pero será igual. ¿Vendrás con nosotros, Jim?

—Bien quisiera… Pero… ¿qué diría Hays?

—Diría que le traicionabas… Dios quiera que no sea él quien nos haga traición.

—¿Os llevaréis la segunda partida mañana? —preguntó Wall.

—Expondré el caso a mi gente y ya te diré lo que se resuelva.

Y salió. A los oídos de Jim llegaron un par de secas frases cambiadas entre Smoky y Hays, y después reinó el silencio. Happy miró a Jim moviendo la cabeza en son de duda. Este último permaneció allí un rato, esperando que Hays volviera, pero no lo hizo. Por una vez le aterraba la idea de quedarse solo en la oscuridad y la calma, y en lo más íntimo de su corazón hubo de convenir en que la presencia de la joven inglesa le había producido un terrible trastorno moral.

Al día siguiente volvió a su trabajo en las nuevas construcciones. Un sutil cambio en Hank Hays aumentó las sospechas que le inspiraba este individuo. Jim renunció a observarle, por creer que ya sabía a qué atenerse respecto a él.

Hays había ido con los cowboys al otro lado del valle para encargarles de una tarea que seguramente sólo era un pretexto para alejarlos de las cascadas de Limestone, sitio en que solía pacer el gruesa del ganado. Jim no vio a Hays, hasta la hora de cenar, y el día llegó a su término sin ver por ningún lado a Elena. El joven pudo medir la intensidad de su deseo de verla por el agudo sufrimiento que le causaba el no conseguirlo. Entonces se maldijo a sí mismo, tratándose de majadero. Sus maneras sufrieron el mismo cambio que las de Hays, con el resultado de que él y su caprichoso jefe parecieron evitarse uno a otro.

Sin embargo, al llegar la noche, Jim, se propuso estudiar de cerca al ladrón y observarle a cierta distancia. En la mesa, Hays hizo algunos esfuerzos por ser el de siempre, pero esos esfuerzos delataron falta de naturalidad. Cuando en las tinieblas creíase inobservado, parecía un hombre perseguido por espíritus invisibles. ¿Qué pasaba en su mente…? ¿Qué nuevo crimen estaría madurando? ¿Acaso el deseo de robar el dinero de Herrick le obsesionaba hasta ese punto? Al fin y al cabo, Jim no conocía bien a Hays, y aún le quedaba el recurso de dudar.

Durante el almuerzo de la mañana siguiente, Hays sorprendió a Jim con esta pregunta:

—¿Salió ayer la hermana de Herrick?

—No la he visto —repuso Jim dejando el vaso.

—Aún no me has dicho qué tal cara tiene… Cuando llegó, no pude verla con aquel velo, que la tapaba como una careta. Sólo conseguí vislumbrar el pelo… Es del color de los girasoles…, y no está mal de figura.

—¡Ah…!, sí —dijo Jim con forzada risa—. Me olvidé decirte, o supuse que no te interesaba… Es una muñeca desteñida, que no parece tener sangre… Debe de estar tísica o anémica, según creo.

—¿Tísica con aquellos hombros…? Escucha, Wall…, me gustaría verla antes de que levantáramos el vuelo.

—¿Has cambiado de, parecer respecto a la idea de Smoky?

—No quiero decir eso…, pero estoy dándole vueltas.

Hays vio sus deseos satisfechos al día siguiente. Estaba trabajando en las nuevas construcciones, cerca del sitio que ocupaba Jim, cuando, Elena se acercó en compañía de su hermano. Wall creyó que sus ojos le engañaban. Nunca había visto una mujer en traje de amazona a estilo inglés y le pareció una reina. Casi no la miró a la cara, por observar el efecto que producía sobre Hank. Éste irguió su cabeza de halcón, quedóse un momento como transfigurado, y por último arrojó la herramienta que empuñaba. ¿Era ésta una prueba de satisfacción por haber conseguido ver a la maravillosa criatura? ¿Era un homenaje a la excepcional belleza que sólo una vez suele aparecer ante los ojos humanos? Más pudiera calificarse de acto de renunciamiento a algo.

Herrick y su hermana se encaminaron hablando hacia el sitio en que estaba Jim. Éste oyó de nuevo la perlada risa y su corazón brincó de alborozo.

—¡Buenos días! —dijo ella deteniéndose—. ¿Conque es usted tan hábil carpintero como caballista?

Jim se enderezó, quitándose el sombrero.

—No son éstas las herramientas que mejor manejo —observó sonriendo, después de saludar.

—A propósito de eso: Bernie me ha dicho que es usted capaz de matar conejos a, caballo —añadió ella en tono de admiración—. Yo quisiera aprender, ¿querrá usted enseñarme?

—Con mucho gusto, señorita Herrick; pero no garantiza que acierte todos —contestó él.

—Entonces, ¿vendrá usted mañana conmigo?

—Siempre, estoy a sus órdenes —repuso Jim, pareciéndole que su propia voz venía de lejos.

—Wall, le quedaré agradecido si acompaña usted a Elena siempre que quiera montar —dijo Herrick—. ¡Por Júpiter! Yo no puedo pasarme la vida sobre la silla, y tampoco quiero que vaya sola.

—Como usted disponga contestó Jim mirando de soslayo a Hays, que parecía convertido en estatua.

La pareja reanudó la marcha hacia la explanada en que esperaban los caballos ensillados, al cuidado de varios cowboys, y Jim oyó los ladridos de los perros, que anunciaban el comienzo del paseo. Una palmada que Hays dio en el hombro de Jim, hizo a éste interrumpir el trabajo.

—La he visto, Jim —dijo el jefe, como si este acontecimiento fuera época—. Ha pasado por mi lado y hasta la he olido.

—Y ¿qué tenemos con eso? —preguntó Wall tratando de sonreír.

—Nada…, que me habías informado mal. ¿A eso llamas tú «muñeca desteñida»…? ¡Vive Dios!

—¿Yo, que sé, Hank? —replicó Jim secamente—. Como a mí no me gustan las, rubias…

—¡Cuerpo del diablo…! Me parece que a ti no te gustan las mujeres de ningún color. ¿Qué te decía?

—Según parece, Herrick le ha contado que yo mato conejos a caballo, y quiere verlo.

—¿Es decir, que irás con ella…? ¡Suerte que tienen algunos hombres!

—Preferiría que te hubieran dado a ti el encargo —declaró Jim; y queriendo aclarar una cuestión, añadió—: ¿Y si le dijera al amo que tú irías en mi lugar?

—Por mucho que me gustara, yo no puedo hacer esas filigranas de puntería, y tampoco quiero demostrar mi inferioridad.

—A mí en cambio no me gusta, y como estaré nervioso, fallaré las piezas —y al decir esto, Jim bajó los ojos para que no denunciaran su pensamiento. Y sin más, púsose a trabajar. Hays estuvo dando vueltas, sin hacer nada, hasta que los dos hermanos dieron la vuelta, subiendo la colina en que estaba la casa. Los cowboys llevaron los caballos a la cuadra. Entonces Hays desapareció de súbito, haciéndose invisible desde esa hora, y Jim, preocupado con sus propios pensamientos, no se dio cuenta hasta la noche.

Aquel día concluyó para Jim el trabajo de carpintero. Al siguiente, apenas terminado el almuerzo, recibió orden de acompañar a los amos. ¡Apresuróse a cumplirla, siendo inútil!, que tratara de negarse a sí mismo el vivísimo placer que le causaba. Aquellos ingleses eran de ilustre cuna, y seguramente a sus, ojos el abismo que les separaba tenía tal profundidad que ni siquiera pensaban en que se pudiera salvar. Sin embargo, un vago presentimiento le anunciaba que para él no existía tal abismo.

Bajo la excitación de la inspiradora presencia de Elena, Jim hizo gala de una certera puntería que superaba a todas sus anteriores proezas.

—¡Maravilloso! —exclamó ella fijando en el diestro tirador sus brillantes ojos, llenos de admiración—. El tener a usted por enemigo equivale a un suicidio…, pero ¡pobres conejitos!… No va a quedar uno alrededor del rancho.

—¿No te había yo dicho que es un endiablado tirador? —exclamó Herrick.

Aquella noche evidenció Hays inconfundibles síntomas de celos al manifestar Jim que de quince conejos había matado trece. Los dilatados ojos de Happy y su estentórea voz proclamaron el hecho como uno entre mil.

—¿Tienes el pulso igualmente firme frente a un hombre de temple? —preguntó el jefe de la banda.

Jim le miró de arriba abajo, diciendo lentamente:

—Puede que no lo tenga tan, firme.

—Bueno… Cualquier día de éstos liaremos la prueba —añadió Hank con aparente indiferencia.

—Cuando gustes —dijo el joven feamente, y salió en busca del descanso. No quiso conceder importancia a estas palabras, pero otras ideas se cruzaban en su mente, ahuyentándole el sueño.

Al día siguiente, Herrick no acompañó a su hermana en su matinal Paseo, circunstancia que dio a la joven mayor libertad de acción, aumentando las temores de Jim acerca de la seguridad de la gentil señorita. El caballista no podía juzgar bien de sus cualidades de amazona, a causa de la silla inglesa que usaba, Pero desaprobó sin rodeos la falta de equilibrio que ofrecía, diciendo «que era peor que la “torta” de su hermano».

Elena, sin hacer caso, continuó galopando tras de los perros, hasta que fue arrojada. Si hubiera caído sobre piedras o sobre tierra dura podría haberse matado o al menos haber sufrido alguna grave fractura. Por suerte, cuando el caballo tropezó, ella fue lanzada por encima de la cabeza y fue a dar sobre blanda arena. Casi simultáneamente arrojóse al suelo Jim, llamando a gritos a los vaqueros.

Arrodillado junto a Elena sostenía su cabeza. La joven parecía aturdida, y tenía las mejillas llenas de arena.

—¡Agua, Barnes! —dijo Jim en cuanto el cowboy estuvo al alcance de la voz.

—No la hay por aquí —replicó el mozo.

—Ya… estoy… bien —tartamudeó Elena con voz débil—. He caído… como una pelota…, ¿verdad?

Al decir esto, se sentó sin dejar de apoyarse en el brazo de Jim. Evidentemente, no había sufrido ningún daño: Él le limpió la arena con su pañuelo de seda, sin poder impedir que le temblara la mano. ¡Si hubiera tenido que disparar entonces…! El sombrero hongo que cubría la cabeza de la amazona había ido rodando a varios metros de distancia. Barnes lo trajo. Los cabellos de Elena caían sobre sus hombros como cascada de luz. A pesar de los guantes que cubrían sus manos, logró sujetarlos bajo el sombrero y dirigiéndose a Jim, dijo:

—Haga usted el favor de ayudarme.

El joven puso un musculoso brazo bario el de ella, y la levantó hasta ponerla en pie. Aunque Elena parecía capaz de sostenerse, continuaba aferrada al brazo protector.

—Parece mentira que sea tan ñoña —observó ella al notar que le flaqueaban las rodillas.

—¿De veras no se ha lastimado usted? —preguntó solícitamente Jim—. La caída podía tener malas consecuencias.

—No…, no me ha pasado nada —y soltando el brazo de Jim, probó a dar algunos pasos soda.

El caballista sintió la desagradable impresión de una corriente de aire fresco, y como consecuencia se refugié en el enojo.

—Ya le había dicho a usted, señorita Herrick, que esa silla no vale nada. Es un milagro que no se haya estrellado usted.

—¡Oh…! No hay que exagerar tanto… En mi país he tomado parte en muchas cacerías y hasta carreras…

—Barnes…, ayúdame a convencerla —dijo Jim apelando al cowboy.

—Jim tiene razón, señorita —afirmó el vaquero con gran formalidad—. Usted iba al galope… y si este suelo llega a ser piedra… como en muchos sitios…, ¿quién sabe lo que habría pasado?

—Sí…, el golpazo ha sido fuerte —admitió ella en tono dolorido.

—Ha de montar usted en silla vaquera, con doble cincha, y llevando pantalones —concluyó Jim.

—¡Pantalones! —exclamó ella poniéndose como la grana—. ¿Quiere usted decir como esos azules que lleva Barnes?

—Eso mismo… Así podrá usted montar… Aquí estamos en el Oeste, señorita… Hay cosas que son peligrosas, y si no me hace caso, hablaré a su hermano.

—No… Es que nunca he montado a horcajadas…, pero lo haré, ya que tanto teme por la integridad de mi persona… Hágame el favor de ayudarme a montar.

Este sencillo acto dejó a Jim más trémulo que a Elena el golpe… Pero no era el miedo por ella lo que hacía temblar al real mozo, sino las torturantes sensaciones engendradas por el contacto con aquella hermosísima joven. Estremecióse todo su cuerpo al darse cuenta de que al verla en el suelo con los brazos abiertos, el dorado cabello esparcido sobre la arena, su primer impulso fue estrecharla contra su pecho. Impulso muy natural, dadas las circunstancias, pero tratándose de él…, absurdo.

Hays no acudió aquella noche a la cena, sin que su ausencia preocupara a Jim en lo más mínimo. Harto tenía en qué pensar, para acordarse del jefe.

Los días transcurrieron rápidos o pesados, según permitía el tiempo que saliera o no con Elena. Ésta se acostumbró a la silla vaquera como los patos al agua. Montaba admirablemente. Además, aquel temperamento fogoso, al que antes había aludido, se adueñaba de ella. A veces salía sola, galopando con la rapidez del viento, y en una ocasión los vaqueros tuvieron que buscarla hasta el anochecer por diversos caminos. Herrick no parecía conceder importancia a estas escapatorias.

En lo que concierne a Jim Wall, sus frecuentes paseos con la joven no le dejaron dudas acerca del amor insensato que le inspiraba, y los que daba ella sola causábanle agudas torturas a causa de Hays. No podía asegurar si el jefe seguía o no a la señorita, pero el día en que supo de cierto que Hank había recorrido los lugares frecuentados por Elena, le pareció que ya era tiempo de obrar.

Esto puso a Jim en un verdadero apuro: dadas las circunstancias y el sitio, para un hombre como él, no había más que un medio de actuar. ¿Pero debía meter una bala en la cabeza de su jefe por meras sospechas de que se proponía secuestrar a la inglesita? El procedimiento era censurable para el que siempre se había envanecido de jugar limpio, tanto con honrados amigos como con criminales aliados.

Jim se paseaba bajo los copudos árboles a altas horas de la noche, en vez de consagrarlas al sueño. Pasaron los días sin que tratara de evitar el supuesto desastre, y no lo intentó, comprendiendo que era inútil. El deseo de estar junto a la encantadora rubia era cada día más irresistible. Más de una vez hubo de reprimir el temerario impulso de declarar a la señorita Herrick su amor. La idea era sencillamente insensata, pero cuando trató de rechazarla, no obtuvo más resultado que robustecerla en términos que llegaban a enloquecerle. Pero su condición de hombre hizo que la desechara. El amor del macho, principalmente del que vive solitario en el desierto, le inspiraba ideas que el mismo Jim comprendía eran un bárbaro atavismo. Se le ocurrían en sus vagos e incoherentes sueños y no podían menos de influir en el ánimo de un ser en el que prevalecían los instintos primitivos. Pero nuestro joven procuraba no ceder a su ascendiente… Recordaba a su madre y a su hermana, y no admitía la posibilidad de hacer ningún daño a la que adoraba.

Esto mismo le inducía a la tentación. ¿Qué significaba el que declarase su amor a Elena, junto a las ofensas que ésta podría sufrir de Hays? De todo esto no podía resultar más que una catástrofe.

Durante el almuerzo de la siguiente mañana Hays comentó el que Smoky no hubiera dado señales de vida en más de dos semanas.

—Es preciso concluir cuanto antes —determinó en tono sombrío.

—A estas fechas deben de haber hecho dos expediciones más —observó Happy—. Ayer recorrí ocho o diez millas, y el ganado disminuye… Cualquier vaquero que tenga ojos: en la cara no puede menos de darse cuenta. —Claro… Yo bien los tengo ocupados por otra parte, pero no puedo impedir esos paseos acompañados de perros. El mejor día se le ocurre a Herrick cazar por el camino de Limestone y entonces se descubre el pastel.

—El amo no notará la diferencia —interpuso Jim.

—No apostara nada, por si acaso —replicó Hays con voz ronca, añadiendo finalmente—: Esperemos hasta que sepamos algo de Smoky y los suyos.

Cada mañana, cuando Jim salía a caballo hacia los corrales, experimentaba una embriaguez más dulce que la del vino. Las horas soleadas en que la salvia y los pinos mezclan su balsámica fragancia y él tenía delante aquella fascinadora muchacha de luminosos cabellos, eran muy diferentes de las horas de sombrío aburrimiento que pasaba solo al terminar el día. No dudaba de que aquella incongruente situación, tan amarga y tan dulce a la vez, no podía durar. En los momentos de humildad, engendrados por las más puras emociones que aquella mujer despertaba en su alma, Jim se persuadía a sí mismo de que sólo intentaba salvarla de caer en manos de hombres peores que él.

Barnes y otro vaquero tenían los caballos de los dos hermanos al pie de la escalinata, pero con amargo desconsuelo por parte de Jim, vio éste que Elena salía a galope, seguida por el cowboy, dejando atrás el caballo de su hermano. Los perros saltaban ladrando alrededor de su amo, ansiosos de la caza.

La bella inglesa parecía menos altiva e inaccesible en sus atavíos semimasculinos, que en cambio hacían resaltar más que nunca sus femeniles atractivos.

Barnes entregó el caballo del amo a un mozo de cuadra y reunióse a su compañero para escoltar a la señorita. Jim puso su bayo al mismo paso, y los tres siguieron juntos.

—¿Por qué no ha salido Herrick? —preguntó Jim.

—Estaba regañando con Heeseman.

—¿Qué dices…? ¿Por qué?

—Como saberlo, no lo sé… Abrieron la espita al alejarme yo —contestó el joven vaquero—. Pero vi lo bastante para saber que las cosas van torcidas. Estaban en el portal; el amo parecía de mal humor; según oí, no quería que su hermana fuese hoy de caza, pero ella, quieras o no, se fue.

—¿Qué aspecto tenía Heeseman? —preguntó Jim, pensativo. Algo debía de haber pasado, pues dos: días: antes la cuadrilla de Heeseman trabajaba en la corta de árboles.

—Estaba más serio que un entierro, y al parecer quería persuadir de algo al amo.

Jim guardó silencio. ¿Qué giro tomarían las: cosan en los próximos días? El suelo del rancho empezaba a quemarle los pies.

Cada día era preciso alejarse más para encontrar caza. Los conejos, espantados, hablarme refugiado en el valle.

A cuatro o cinco millas, los perros levantaron un coyote agazapado tras un macizo de salvia. Al principio, los perros ganaron terreno, pero tras una persecución de una milla aproximadamente, al perseguido supo guardar la distancia que le separaba de ellos y que sólo era de unos cincuenta pies. La caza proseguía ruidosa y emocionante. La alimaña logró meterse por la ladera del Oeste cubierta de bosque, lo que impuso mayor lentitud a la caza en lo que concierne a los jinetes.

Los cowboys iban a la cabeza; seguía Elena, y Jim cerraba la marcha. El ascenso era gradual y largo hasta alcanzar la meseta donde los pinos alternaban con grupos de chaparras, formando un pintoresco paisaje.

Allí los perros levantaron una manada de corzos, y a pesar de los gritos de los vaqueros, lanzáronse tras ellos con un coro de ensordecedores ladridos. Barnes y su colega salieron en su persecución, tratando de recogerlos y pronto estuvieron unos y otros fuera del alcance de la vista y del oído.

Jim se acercó a Elena, que esperaba en un claro entre los pinos. Con el rostro enrojecido y despeinado el cabello, había colgado el sombrero del pomo de la silla. Su aspecto era realmente enloquecedor.

—La caza se ha perdido para nosotros, señorita Herrick —dijo el joven—. Los muchachos tardarán horas enteras en atrapar la manada.

—¡Qué lástima…! Pero… el incidente… ha sido emocionante —contestó ella, sofocada y riendo—. Me alegro de que se haya escapado el coyote…, y eso que su poblada cola había despertado mi ambición.

—¿Daremos la vuelta?, preguntó Jim, intranquilo. Las pocas ocasiones en que estuvo solo con Elena, fueron muy cortas, pero le bastaron para darle a conocer el peligro de su prolongación.

—Dejemos descansar los caballos… Yo misma estoy sin aliento… ¡Escuche…! ¿No oye usted los perros…? Puede que vuelvan empujando a los, corzos… Me gusta mucho ver saltar los corzos sobre sus finas patitas…

Jim, que prestaba atento oído, oyó primero el latir de su sangre que sonaba como sordo redoble y luego el susurro de las copas del arbolado.

—No, no son los: perros… Es el viento entre los pinos. —¡Que sonido tan melancólico, pero tan grato!

Jim se apeó para apretar la cincha de su silla. Sentíase indefenso y agitado y sobre todo impaciente por ponerse en movimiento.

—Wall, eche una mirada a esta cincha —dijo ella.

—¿Me permite usted que le ruegue no me llame Wall? —protestó el caballista con injustificado resentimiento—. Me atrevo a recordarle que no soy su criado.

—Dispense usted —añadió ella sorprendida—. ¿Debo llamar a usted señor Wall?

—Sí…, puesto que es usted demasiado tiesa para llamarme Jim —repuso él con rudeza.

Elena no se dignó contestar, y esto acabó de enfurecer al joven.

—Ya que se presenta la ocasión, aprovecharé para decir a usted una cosa —añadió él con cierta brutalidad—. No vuelva usted a alejarse sola… Como no podía hablar con usted, se lo he dicho a su hermano, que se ha echado a reír en mi propia cara… Está más loco que un cencerro.

—¡Señor Wall, no quiero escuchar ese lenguaje! —protestó ella.

—¡Ah…! Usted no quiere —repitió él acercándose al caballo—. No está usted ahora en un salón de Londres, frente a un mayordomo poco respetuoso. Está usted en pleno Utah, señorita, y yo soy Jim Wall.

—Lo último es indudable, por desgracia —contestó ella fríamente—. ¿Quiere usted tener la bondad de apretar esta cincha? Será el último servicio que reclame de usted.

—¡Gracias a Dios! —exclamó él con inequívoca franqueza—. Sin embargo, diré a usted… Si fuera una muchacha americana, mee comprendería sin dificultad; si se tratara de una chica nacida en el Oeste, no habría necesidad de explicación…, pero como es usted una inglesa de ilustre nacimiento, y cree que su condición basta para protegerla de todo, hay que abrirle los ojos a la fuerza… No es conveniente que corretee usted todo el valle como una moza desenfrenada.

—¿Por qué…? Ya trató usted de amedrentarme durante el camino de la ciudad al rancho, pero sin darme razones, concretas del peligro.

—Alguno de estos bandidos puede secuestrarla para obtener rescate.

—¡Qué tontería! —exclamó ella desdeñosamente.

—O también alguno puede salirle al paso con malas intenciones…

—Señor Wall, quiero creer que las de usted son buenas; pero exagera mucho el peligro, suponiendo que haya alguno. Mi hermano ha preguntado a Heeseman, y la respuesta ha sido que por ser de Wyoming, habla usted mal de Utah.

—¡Ja…!, ¡ja…!, ¡ja…! —Jim soltó una sarcástica carcajada al oír la información—. ¿Qué dirá usted, señorita Herrick, si yo le aseguro que Hank Hays lleva ya varios días espiándola y procurando hallar ocasión propicia para ultrajarla?

Palideció Elena bajó la penetrante mirada de su interlocutor, y cambiando el tono, dijo:

—No lo creo… Por razones que no alcanzo, tiene usted un celo excesivo por mi seguridad…, tanto, que llega a ser molesto.

—¿Cree usted que miento?

—Señor Wall… Yo no le he llamado embustero —contestó ella can impaciencia—. Sólo digo…

—¿Y seguirá usted galopando sola, cuando y hasta dónde le dé la gana? —preguntó él subiéndosele la sangre a la cabeza.

—Eso nada le importa a usted —replicó ella, ofendida—; pero no dejaré de hacerlo siempre que me plazca.

—Entonces es usted una insensata, lo mismo o más que el simple de su hermano —declaró Jim perdiendo los estribos—. Heme aquí, el único hombre de todo el rancho lo bastante honrado y decente para decirle la verdad, y sólo obtengo desaires e insultos por mis esfuerzos.

Elena permanecía muda como una estatua, y Jim, que había puesto la mano sobre el pomo de la silla, sacudiéndola con fuerza, dijo de pronto:

—La cincha está floja, ¿quiere usted hacerme el favor de bajarse?

—Ya está bien para la vuelta —respondió ella en tono glacial.

—Se le escurrirá la manta, y la silla puede dar la vuelta con usted y todo… Sería un merecido castigo el que se rompiera la cabeza contra una peña.

Quitando el pie del estribo, dijo ella:

—Apriete, pues, la cincha y de prisa.

Jim obedeció con rapidez, pero la casualidad hizo que la tocara a ella, y este contacto le causó la impresión de un torrente de fuego. Bajo su influencia levantó la cabeza para mitigar la ofensa con algunas protestas de sinceridad… que no llegó a pronunciar. La joven hablase inclinado para anudar el cordón de la bota, y al levantar Jim la cabeza, encontróse a menos de un palmo de los rojos labios. Sin pensar más, con la rapidez del relámpago, estampó en ellos un beso y retrocedió aterrado.

Irguióse Elena con el rostro echando llamas.

—¿Cómo se ha atrevido usted? —exclamó entre incrédula y enojada.

—¡Dios mío…! No quise hacerlo —murmuró el culpable—. Ha sucedido… no sé cómo…

Ella, blandiendo su latiguillo de cuero, le cruzó el rostro con tal fuerza, que saltó la sangre. La furia de Jim se desbordé sin límites. Con rapidez felina intercepté el segundo latigazo, que le cayó sin fuerza sobre el cuello, y arrancando el látigo de la mano que lo empuñaba, lo arrojó muy lejos. Después, su puño de hierro sujeté a Elena por la blusa; de una sacudida la hizo caer de la silla; su otro brazo se ciñó al hermoso cuerpo, y cuando ella quiso defenderse desesperadamente, ya era tarde.

La boca de Jim, aplastada contra la de ella, ahogaba sus gritos. Hubo un momento de lucha; la inteligencia no era débil, pero se hallaba en brazos de un gigante enloquecido, que le destrozaba los labios con prolongados y repetidos besos de salvaje pasión. De súbito dióse él cuenta de que sus brazos sostenían el peso de un cuerpo inanimado. Lo que esto pudiera significar, causó en Wall una conmoción superior a la de la más ciega rabia. Dejó deslizar a la joven, que, medio desmayada, cayó de rodillas junto a un pino, extendiendo los brazos con ademán de rechazarle.

—Y ahora… aristocrática señorita… espero que estará usted convencida —jadeó él con los labios trémulos y fatigosa la respiración—. Si no fuera usted una frágil muñequilla sin sangre… en las venas… habría comprendido antes… lo que somos los hombres de Utah… Pero ahora no volveré a poner la mano sobre su cuerpo… ni aunque me fuera en ello la vida… ¡Levántese usted!

Obedeció Elena con lentitud, apoyándose con una mano en el pino, mientras que con la otra se oprimía el pecho. Tenía trazas de sangre en los labios y mejillas; lo restante del rostro parecía una máscara de alabastro.

—Creo que he estado lo bastante loco para enamorarme de usted, y desear protegerla contra otros hombres peores que yo —prosiguió él con ronca voz—. Espero en Dios que esto le servirá a usted de lección… Cuide de poner su hermosa cara y su cuerpo fuera del alcance de Hays y de esos otros bandidos. Su sed de oro, no es nada comparada con el ansia que tienen de mujer. Aquí se carece de ellas, y serían capaces de comérsela a usted viva. Es una ligereza criminal, por parte de usted, el mezclarse sola con esta clase de hombres, como si no tuviera usted más misión que la de trastornarlos con su hermosura. Su hermano ha sido un insensato en venir a Utah… y más; insensato aún en traerla a usted. Vuelva a su casa… antes de que sea demasiado tarde… y dígale que se vaya… si no quiere verse pronto en la ruina.

Elena, temblando como una azogada, limpióse la sangre de los labios y mejillas.

—¿Me ha… ultrajado usted… de este modo… sólo para asustarme? —preguntó ella con entrecortada voz. En su acento había una singular mezcla de horror y fascinación.

—Monte a caballo y vaya delante —ordenó él con dureza—. Pero antes, señorita Elena Herrick, una última palabra: No diga usted nada de lo ocurrido a su hermano, hasta que yo me haya marchado… De k contrario, me veré obligado a matarle.

Elena había dejado un guante en el suelo, y Jim no dio ningún paso para recogerlo. El bayo habíase alejado un corto trecho, y cuando Jim saltó sobre él, ya estaba Elena en la silla. Aquélla se adelantó unos cuantos pasos, antes de que Wall la siguiera.

El exceso de emoción de éste hablase disipado, dejándole sereno y contento del giro que había tomado el asunto. La situación había llegado a serle intolerable y se burlaba de sí mismo, por sus afanes de presentarse por el buen lado a los ojos de Elena. ¡Ridículas pretensiones para el miembro de una cuadrilla de bandidos! Pero el hecho de ser un ladrón no impedía que él pudiera sentir lo que otros hombres, respecto a las mujeres. Ya sabía que nunca podría disponer de sus propios sentimientos. Por muy singular que le pareciera, no podía menos de convenir en que se había enamorado de Elena Herrick.

Ésta seguía bajando la cuesta a paso lento, sin mirar ni a un lado ni a otro. Debía de tener los ojos bajos, y la postura de su cabeza y hombros denotaba vergüenza y abatimiento. ¡Ultrajada por unos cuantos besos tomados a viva fuerza…! Toda la vida se acordaría de los brutales besos de un hombre rudo. En cuanto a Jim, no olvidaría nunca aquel primer beso dado por sorpresa en los frescos labios rojos.

Llegaron a la vista de la casa señorial, que amarilleaba entre el follaje verde y gris de los árboles, y Elena detuvo el paso de su montura, como si quisiera retrasar la llegada. Tal vez sentía inquietud al tener que encontrarse con su hermano. Ya casi la había alcanzado Jim, cuando volvió a emprender la marcha. La próxima vez que la miró él, ya había recobrado su posición habitual en la silla.

Al llegar al nivel de la carretera que hace la curva para subir a la casa, Elena esperó a que Jim llegara a su lado, y mirándole de frente, preguntó:

—¿Le queda a usted aún la bastante honradez para decirme la verdad?

—Yo nunca le he mentido —contestó él, muy sorprendido—. ¿Quién es capaz de entender a las mujeres?

—Aquel beso… el primero… ¿fue realmente espontáneo… e impremeditado?

—Señorita Herrick, no sé por quién se lo puedo jurar a usted… no teniendo Dios, ni honor… ni… pero sí… algo me queda: ¡mi madre! Por su recuerdo juro a usted que jamás fue mi ánimo insultarla. Miré hacia arriba…, usted bajó la cabeza… ¡Tiene usted unos labios tan rojos…! Enloquecí y los besé.

Dieron unos diez pasos antes de que ella volviera a tomar la palabra.

—Le creo a usted —dijo, sin que temblara su sonora voz de contralto, aunque era evidente lo profundo de su emoción—. Lo que ha hecho usted es imperdonable… Pero yo no he debido pegarle con el látigo… Esto, y su afán de asustarme, tal vez puedan justificar su brutalidad… No diré nada… No se vaya usted del Rancho de la Estrella.

Por un instante, sintió Jim un vértigo, cual si estuviera al borde de un precipicio. Aquél era el golpe final del accidentado paseo… El entendimiento de Jim no alcanzaba a comprender lo que ella se proponía. Sólo podía tomar lo dicho al pie de la letra. Pero aquel cambio de repulsión a incomprensible generosidad despertó sus buenos sentimientos.

—Señorita Herrick, mucho lo siento, pero debo marcharme —respondió con tristeza—. No soy más que un caballista errante, un mediano gunman, miembro de una banda de ladrones… y he sido lo bastante loco para enamorarme de usted… Olvídelo… Vuelva usted a Inglaterra… Pero si permanece aquí… no salga sola nunca.

Y espoleando su caballo, cruzó la explanada que conducía al riachuelo. Al bajar por su orilla, vio un compacto grupo de jinetes delante de la barraca de Hays. Su aspecto causó un intenso estremecimiento al joven… ¡Era la cuadrilla de Smoky!

 

VIII

 

Hays estaba delante de su barraca, sin sombrero y con las piernas separadas, como si quisiera echar sólidas raíces en la tierra. Tenía los brazos en jarras, y sus despeinados cabellos color de arena recordaban la melena de un león.

—¡Uf! Parece que el jefe no está para bromas —soliloquió Jim—. No hay más que verle… Apuesto a que está rechinando los dientes… El caso no es para menos. Smoky y su gente se han sublevado, o están a punto de hacerlo… Olfateo que la circunstancia va a ser favorable para mí.

Jim dio la vuelta para meterse en la cuadra, donde quitó la silla al bayo, lentamente. No quería demostrar prisa por enterarse de lo que pasaba. A todo evento, dejó el rifle en la funda de la silla. Si sus cálculos, no fallaban, aquella misma noche se alejaría del Rancho de la Estrella, idea que le complacía, al mismo tiempo que le atormentaba.

Dominando el murmullo del riachuelo, oyó Jim la enojada voz del jefe de la banda. El joven se encaminó al puente, y mientras: lo cruzaba vio los caballos de la pandilla de Smoky con las bridas sobre el cuello, y sus jinetes agrupados frente al porche. Jim subió los escalones.

Hays hablase sentado en un poyo. Con la angulosa cabeza apoyada en la pared, las largas piernas extendidas y los ojos lanzando siniestros: relámpagos, ofrecía la propia imagen de un hombre furioso y vencido, cuyos labios contraídos ni aun le permiten hablar.

Smoky, muy sereno, liaba un cigarrillo, pero la expresión de sus ojos era más dura que el acero. Brad, sentado en la barandilla, contemplaba al jefe con sardónico gesto. Mac tenía más aspecto de vampiro que nunca, y Bridges y Latimer estaban muy nerviosos.

—¡Buenas tardes, Jim! —gritó Smoky.

—¡Hola, muchachos…! ¿Qué ocurre…? ¿Estamos dentro o fuera?

—Yo creo que dentro… y que Hank es el único que va a quedarse fuera —contestó Smoky, añadiendo:

—Toma, Jim, guárdate esto.

Y sacando de un bolsillo muy repleto un pequeño rollo verde oscuro, se lo tiró con tal rapidez, que le dio en el pecho, y Wall lo cogió al rebotar. Era un rollo de billetes de Banco, atado con una tira de piel de gamo.

—Es lo que te corresponde en el reparto —prosiguió Smoky—. No lo cuentes ahora; vienen muchos: billetes pequeños y podrías confundirte. Pero se ha hecho el reparto con toda exactitud.

La cifra del billete que había en el exterior era de ciento, y como el rollo era demasiado grande para caber en el bolsillo del chaleco, por fuerza hubo Jim de meterlo en el del costado.

—Mucho dinero es éste —dijo Jim en tono de duda— para quien nada ha hecho… Pero el jefe no parece contento del resultado —observó al ver que había en el suelo un rollo idéntico al que acababa de recibir.

—¡Me habéis hecho traición! —estalló por fin Hays.

—Eso es según y cómo se mire —respondió Smoky—. No estabas con nosotros cuando debieras haber estado, y no podemos trotar cada día cuarenta millas para venir a hablar contigo… La cosa ocurrió en Gran Unión… tropezamos con algunos hombres de los que manda Heeseman… Tan cierto como alumbra el sol, nos iban pisando los talones… o nos pisarán muy pronto… Yo puse el caso a votación, y todos, como un solo hombre, opinamos por llevarnos el ganado de una sola vez, en lugar de por pequeñas partidas. Diez días hemos pasado conduciendo la manada, sin bajarnos de la silla, medio muertos de hambre y de sueño… Tus compradores me juraron que no estaban en fondos, y les era imposible pagar más de doce dólares por cabeza… ¡Luego se habla de ladrones…! Bueno; tuve que tomar lo que me ofrecían y darme por contento… y ahora, jefe, ya están las cartas sobre la mesa… tanto si te gusta el resultado, como si no.

—Lo que te digo, Smoky… es que… por menos he matado a un hombre.

—No lo dudo… pero a mí no me matas… Yo no tengo ninguna culpa… Ya he dicho que se decidió por votación.

—¡Rayos…! Desobedeciste mis órdenes.

—Que decida Jim… Es casi un extraño entre nosotros y no tiene partido por ninguno… ¿Qué te parece el caso, Jim?

El joven tomó en serio la apelación, y dirigiéndose a quemarropa a Hays, dijo:

—Smoky tiene razón… Si te proponías limpiar el comedero al inglés, así es como debía hacerse.

—Ya se ve que estáis todos bajo una misma manta.

—No diría lo que digo, si creyera que la razón no estaba de esa parte —replicó enfadado Jim.

Aquí veía la probabilidad de exasperar a Hank y hacerle que saltara. Si hubiera medio de obligar al ladrona reñir, teniendo su gente en contra, tal vez podría mejorarse la presente situación para los Herrick.

—Yo soy el que dirige los actos —recordó secamente Hays.

—Pues este del Rancho de la Estrella has estado a punto de que te falle.

—Eso no es negocio tuyo, Jim Wall —declaró el jefe con mayor acritud.

—Sí que lo es… ¿Por quién me tomas…? ¿Qué te has creído…? Mientras pertenezca a la banda, tus negocios son los míos, lo mismo que de Smoky y de los demás.

—Mejor será que cierres el pico.

—No me da la gana de cerrarlo, Hays. Alguno había de tener agallas para decirte las verdades, y ése soy yo… No tenemos mala voluntad hacia ti, pues nunca he visto una banda tan leal a su jefe como los de ésta, ni he oído nunca hablar de un pelotón de jinetes que trabajasen como negros, en tanto que el jefe se rasca las narices y pronuncia palabras misteriosas.

Hays lanzó una mirada digna de un toro rabioso, encogió las piernas y levantóse con lentitud.

—Cuidado con lo que haces, jefe —advirtió Smoky.

—¿Quién es el que manda aquí? —preguntó Hays con un silbido como el de una víbora.

—Nadie, por el momento. Yo he hablado para meterte en razón… Jim ha hecho lo mismo, y por cierto muy bien… Te has de meter en esa cabeza de pedernal que Jim ha hablado por todos nosotros.

—¿Quién es el que tiene aquí la cabeza más dura…? Yo tengo mis razones… No puedo dejar el rancho todavía y, ¡por Júpiter…!, no lo dejaré.

—¿Por qué no? —preguntó con curiosidad Smoky—. Nuestra faena está concluida. Nos hemos llevado casi todo el ganado, y tú ya has recibido la guita. Debieras tener más prisa que nadie.

—Aún no estoy listo —replicó el tozudo ladrón.

—Pues debieras estarlo. La pandilla de Heeseman nos perseguirá. ¿Por qué hemos de matarnos sin necesidad…? El ranchero, ese inglés, debe tener dinero en casa, pues todo lo paga al contado. Pero ¿es decente que nos llevemos hasta la calderilla? Hemos hecho un negocio espléndido, y tenemos los bolsillos más repletos que nunca.

Hays parecía serenarse gradualmente bajo la acción de los persuasivos argumentos expuestos por su lugarteniente. Jim vio desvanecerse la ansiada ocasión.

—Smoky… ¿por qué no preguntas al jefe cuáles son sus misteriosos proyectos? —insinuó Wall con sarcasmo.

Hays degeneraba de león en rata, y Jim no sabía qué hacer para excitar su fiereza.

—Hank, ¿qué mil diablos se te han metido en el cuerpo? —interrogó Smoky en voz alta—. ¿Por qué nos miras como un acorralado coyote?

—Smoky… el jefe está en la higuera —observó cáusticamente Jim—. Pretende robar a Herrick. Bueno; pero esto no es más que una pantalla… Lo que él quiere es la muchacha.

—¿Aquella moza rubia que trajiste de la ciudad? —Justo… la hermana de Herrick.

—¡Vaya por Dios…! ¡Ja…!, ¡ja…!, ¡ja…! Conque, ¿es eso lo que te consume, Hank?

Hays había llegado al límite, y a no ser por la estrepitosa hilaridad de Smoky, es probable que hubiera roto las hostilidades. Vaciló, pero había un resplandor mortal en la mirada que clavó en Jim.

Smoky, al observarlo, se puso entre los dos.

—Vamos a cuentas, Hank… ¿Es eso lo que te detiene? ¿Quieres atacar al pobre Jim, sólo porque dice la verdad…? Mira; si tantas ganas tienes de soltar una bala, suéltamela a mí, que soy el que empezó la cuestión y metió en ella a Jim.

Hubo un instante en que hubiera bastado tocar la escopeta para que saliera el tiro. Después, Hays recobró el dominio sobre sí mismo.

—Me doy por vencido —dijo con voz ronca—. Tienes razón, Jim, y tú también, Smoky… Tengo una cabeza de chorlito y la he perdido al pensar en la hermana de Herrick y en el dinero que podríamos obtener por ella.

—Bueno; eso es hablar como un hombre —declaró Smoky respirando a pleno pulmón—. ¿Por qué no has desembuchado antes lo que dices ahora? Ni yo, ni Jim, ni nadie te criticará porque te guste esa chica… ¡Es un verdadero capullo de rosa! Pero ¡mil diablos…! ¿Es que eres lo bastante viejo para chochear…? Si estuvieras lo suficientemente trastornado para querer llevarte esa hembra a viva fuerza, ¡por Júpiter!, nos alejaríamos de ti como un solo hombre.

Hays se Inclinó para coger el fajo de billetes, que tiró al aire, recogiéndolo como una pelota. No se escapó a la penetrante mirada de Jim que el jefe había capitulado por el momento, pero sin estar vencido, ni mucho menos.

—¡Happy! ¿Qué hay de la pitanza?

—Cuando usted quiera, jefe.

—Empezad, muchachos… Tengo que tomar algunas disposiciones… —Y salió.

Antes de que hubieran terminado la cena, volvió Hays, arrojando el sombrero a un rincón. Su rostro parecía la máscara de la tragedia.

—Esta misma noche nos sacudiremos para siempre el polvo del Rancho de la Estrella —dijo en tono resuelto—. Recoged el equipaje y poneos en camino sin tardar… Yo os alcanzaré… Si no me reúno con vosotros en el campamento de Smoky, seguramente nos encontraremos en el bosque de cedros que cae sobre el desfiladero Rojo.

—Está bien —asintió Smoky.

—Ya era tiempo —añadió Brad—. ¿Nos meteremos en algún escondite, hasta que se apague el ruido?

—Ésa es mi intención. ¡Smoky…! No te olvides de empaquetar todas las vituallas de que dispongas.

—Sí. Podremos aguantar seis meses sin pasar necesidad.

Nadie hizo más preguntas ni comentarios, y cada cual guardó para sí la opinión que le mereciera el peculiar modo con que Hays dirigía su banda. Jim no acababa de tranquilizarse, aunque daba por hecho que Hays había renunciado a cuantos proyectos tuviera contra la hermana de Herrick. Seguramente, aquella noche haría un postrer esfuerzo para robar al inglés. Esta probabilidad preocupaba a Wall. En cuanto a Elena, había recibido una buena lección, y no sería fácil en lo sucesivo cogerla desprevenida. Jim no podía arriesgarse más: tenía que marchar con la cuadrilla. Si se quedaba rezagado para espiar al jefe, y frustar cualquier plan que tuviera contra el bolsillo de Herrick, tendría que matar a Hays, cosa que no le importaba lo más mínimo, pero no le sonreía la perspectiva de recorrer un país desconocido con Smoky y sus compañeros dándole caza.

—Que se encargue cualquiera de recoger mi equipaje —mandó Hays—. Yo voy a vigilar por ahí fuera… Sería lástima que esta última noche fuéramos sorprendidos por Heeseman y su tropa.

Las sombras empezaban a cubrir el valle cuando salió Jim, que, escondido tras unos pinos, buscó a Hays, esperando encontrarle de centinela. Pero el ladrón no estaba frente a la puerta Paseábase a lo largo de la orilla, y tanto vigilaba la probable venida de Heeseman, como el mismo Jim. Su cabeza gacha, el abatimiento que revelaba su inclinada figura con las manos cruzadas a Ja espalda, todo en él daba a conocer al hombre combatido por enloquecedora pasión.

Jim ahogó un juramento. A punto estuvo de dejarse dominar por los celos que le sugería su amor, y separarse aquella misma noche de la banda de Hays, pero la reflexión se impuso, y él mismo llegó a calificar sus temores de imaginarios. Estaba perdidamente enamorado de Elena, y esto le hacía ver visiones, Hank Hays era un bandido capaz de sacar dinero a costa de una mujer, pero no de traicionar a su banda, a la que guardaba la misma fidelidad que sus miembros tenían para el jefe. Esto es lo que se llama honor entre los ladrones… Sin embargo, tratándose de una criatura tan excepcional como la hermana de Herrick…

Jim se arrancó a sí mismo de la contemplación del meditabundo malhechor. Era preciso tomar una decisión y la tomó, suponiendo que Elena, al lado de su hermano y rodeada de servidumbre, nada tenía que temer.

El joven volvió a su escondite, y púsose a recoger su cama y cuanto le pertenecía. Los mazos de billetes le causaron alguna perplejidad, por ser demasiado grandes para llevarlos en los bolsillos, pero resolvió el conflicto haciendo de los dos cuatro. Después transportó su equipaje a la barraca, donde reinaba bulliciosa animación. Todos estaban muy contentos de alejarse del rancho y hablaban de la inexpugnable guarida en la que, según Hays, pasarían muchos meses de regalada ociosidad, bebiendo y jugando al amparo de los montes.

—¿Estáis listos? —preguntó Hays apareciendo en la puerta.

—Sí… y deseando ahuecar el ala.

—Después de pensarlo, me parece mejor que uno de nosotros se quede conmigo… ¿,Te conviene, Latimer?

—Corriente —contestó el interpelado.

—¿Lo apruebas también, Smoky?

—Lo que té dispongas…, pero si me consultaras, te aconsejaría que nos quedáramos contigo yo y Jim.

—Así lo haría si hubiese la menor probabilidad de combate… Cuidad del caballo de carga de Latimer y del mío.

Pocos minutos después, todos los que estaban dispuestos a la marcha montaron a caballo. Los de carga fueron dispuestos en fila. Jim hizo varios esfuerzos por verle el rostro a Hays; habían apagado las luces, y la oscuridad era muy densa.

—Esperad en vuestro campamento hasta la salida del sol —mandó el jefe—. Y si no he llegado, nos encontraremos al mediodía, de fijo, a la entrada del desfiladero Rojo.

Sin más despedida, Smoky dio la señal de marcha, situándose detrás de los caballos de carga, y los cinco jinetes le siguieron. Atravesado el riachuelo, todos los caballos tomaron un trotecillo vivo. Jim volvió la vista hacia atrás; la barraca desapareció entre las sombras. Una milla más adelante, un rayo de luz iluminaba parcialmente la orilla: procedía de la vivienda de Herrick. Éste y su hermana estarían en su hermoso salón leyendo o conversando. Al fin y al cabo, ¡qué fácil sería para Hays asaltar a los dos desprevenidos amos! Un malestar desconocido apoderóse de Jim, algo como si una masa de plomo frío le oprimiera el pecho. Procuró sacudir la extraña sensación, diciéndose que debía alegrarse de no volver a tropezar nunca con Elena.

La noche se iba volviendo fresca a medida que pasaban las horas, y los jinetes buscaron el resguardo de la montaña. Cuando se alejaron de las brumas que envolvían el valle, la brillante luz de las estrellas iluminé su camino. No se oía más que el rudo de las herraduras al chocar contra el duro suelo. Los jinetes proseguían la marcha en fila india, sin hablar más palabras que las dirigidas a los caballos de carga, siempre que aflojaban el paso.

Al mediar la noche, Smoky hizo tomar a los que iban delante la dirección del bosque, y tras de una hora de penoso camino, llegaron a la embocadura de un ancho desfiladero, dentro del que se oía el rumor del agua que se desprendía de las peñas.

—Ya estamos en casa —dijo Smoky haciendo crujir el cuero al apearse lentamente—. Echad los bultos al suelo y a dormir. Yo haré la primera guardia.

Mientras se cumplía la orden, los hombres hablaban a media voz, y Jim oyó a Brad apostar a que Hays no aparecería al amanecer. Gradualmente fueron callándose; Wall instaló su cama junto a un peñasco, y después de quitarse las botas y aflojarse el cinturón, se metió bajo las mantas. No estaba cansado ni tenía sueño. Las estrellas, brillantes y despiadadas, parecían burlarle de él. ¿Volvería a conciliar el sueño, sin tener delante la hechicera faz de Elena Herrick y sin sentir la fragancia de sus rojos labios sobre los suyos? Este recuerdo era el más hermoso de su vida… Después volvió a vivir los momentos de salvaje embriaguez en que estuvo a punto de destrozarla, y por último experimentó de nuevo las extrañas sensaciones que acompañaron su partida del Rancho de la Estrella, antes de quedarse dormido.

El crujir de una rama y la voz de Henry llegaron a oídos de Jim antes de que abriera los ojos. El sol aparecía por Oriente. Jim sentóse en la cama y, tras de estirarse, buscó las botas, echando una mirada a su alrededor. El campamento era un barranco, con el suelo liso, estrechándose hacia una región de bosque que había más abajo. Detrás se alzaban paredes de piedra caliza pobladas de matojos, que por una de sus grietas daban salida a un abundante manantial de agua fresca. Los hombres estaban repartidos: dos mantenían la lumbre y otros vigilaban los caballos. Happy trajo un haz de leña, Bridges estaba cortando tocino, y Jim aspiró el olor de leña quemada mezclado con el aroma del café.

—Bueno…, ya hace rato que ha salido el sol —observó Smoky acercándose a la hoguera—. ¿Quién ha apostado con Brad a que no vendría el jefe?

—Nadie —contestó Lincoln.

—Jim, ¿y si cogieras la escopeta y fueras a tumbar un ciervo? —insinuó Smoky—. Aún no hace tres minutos que he visto, de lejos, un macho y dos hembras. Si cazas algo, déjalo en el suelo, y lo recogeremos al marchar. Muy bien nos vendría un poco de carne fresca…

Pero antes de tirar, echa una mirada por el bosque, no sea que se acerque Hays o alguien.

Unos trescientos metros por la ladera condujeron a Jim a campo abierto. ¡Qué espléndida salida de sol! Todo el valle estaba iluminado por una cálida luz purpúrea. Ningún jinete avanzaba por la blanca y tortuosa carretera. El joven contempló largamente el profundo abismo que tenía a la izquierda: era un espectáculo para erizar el cabello al hombre más acostumbrado a recorrer lugares solitarios, y lo bastante hermoso para que los occidentales sintiéranse orgullosos de su salvaje grandeza.

Al dar la vuelta cautelosamente hacia el bosque, Jim distinguió una pareja de ciervos, a unos sesenta pasos, con las orejas de punta. Mató el macho a pie quieto y envió distraídamente una bala en pos de la hembra, fallándole.

Al entrar en el campamento, Smoky le dijo por vía de saludo:

—Estaba apestando con Brad a que has cobrado dos piezas.

—Lo siento, pero has perdido, porque he fallado, la hembra. No importa: el macho es bastante gordo. —¡Guapo! Tenemos dos caballos de carga de sobra… Ahora, Jim, echa un poco de lastre al cuerpo, que vamos a emprender la marcha.

—¿A qué distancia estamos del desfiladero Rojo?

—No sé…, a unas quince millas… millas de Utah…, ¡ja…!, ¡ja…! ¿No recuerdas el espeso bosque de cedros que conducía a un agujero rojo?

—Me parece que sí… Suponiendo que encontremos allí a Hays, seguramente habrá seguido otro camino, ¿verdad?

—¿Cómo «suponiendo»? De fijo que le encontraremos. Habrá venido a través de las montañas o por otros atajos que él conoce y nosotros no.

—Lo principal es que acuda.

—¿Se habrá quedado atrás para provocar a Heeseman? ¡Tiene un odio a ese cuatrero!

En menos de una hora los jinetes ya estaban bajando la montaña.

El cargar el ciervo cazado por Jim retrasó un poco la marcha, y algo más adelante, el jefe de grupo, que iba el primero, gritó:

—Vengan acá dos pares de ojos de larga vista.

Todos se acercaron a Smoky, y éste, señalando una tenue neblina que se veía en el valle, preguntó:

—¿Es eso polvo?

La mayoría de los jinetes fueron de opinión de que sólo era niebla.

—A diez millas, o más de distancia, es difícil precisar… —dijo Jim—; pero a mi parecer no es humo ni niebla.

—Quisiera tener los prismáticos de Hays… Mis ojos no tienen tan largo alcance… Bueno, sea lo que quiera, a esta distancia poco nos importa.

Sin embargo, observó Jim que Smoky dio un rodeo hacia la izquierda, antes de volver al camino.

Pronto siguieron una curva y llegaron al sitio en que Hays había hecho a Jim la descripción del panorama. Si entonces, alumbrado por la pálida luz de la tarde, sorprendía, ahora, poco después de salir el sol, dejaba suspenso el ánimo, como si se vieran innumerables círculos de un deslumbrador arco iris. Tan diferente estaba el paisaje, que Jim no podía reconocer los puntos señalados por el jefe.

Con verdadero disgusto del joven, el brillante espectáculo desapareció pronto tras de arenosas colinas.

Smoky hizo tomas el trote a los caballos de carga. Repetidas veces subieron y bajaron cerros que al fin quedaron atrás, y avanzó la caravana por un atajo cubierto de musgo y guijos que conducía a los matorrales. A la izquierda, el formidable macizo de las montañas Henry alzábase majestuosamente con las nevadas cimas envueltas en perpetua niebla. Por un momento divisó Jim un valle abierto en las rocas a fuerza de barrenos; su color era purpúreo, excepto en el extremo más lejano, donde tomaba un suave matiz violáceo. Por delante, y a respetable distancia, empezaba a destacarse la oscura cortina de los cedros, sobre una línea roja, que era el desfiladero en que Hays había dado cita a su banda.

Cuando hubieron dado otra vuelta, desde donde se podía vigilar el camino hasta unas cinco millas, detuvo el caballo Smoky, siendo imitado por los demás.

—Jeff, quédate aquí —dijo—, y no pierdas de vista la carretera… No estoy seguro de que fuera niebla lo que antes vimos en el valle… Bueno… Desde este rincón puedes ver fácilmente el bosquecillo de cedros, donde nosotros esperaremos al jefe, y si descubres jinetes que se acercan, avisa en el acto. No te quedes más que hasta pasado el mediodía.

Unas cinco millas más abajo de la ladera, estaba el término de la jornada. Jim recordó el sitio, pero no era, como creía, el punto por donde Hays logró romper la espesura que rodea al Diablo Sucio.

Aún faltaba bastante para las doce. Smoky trató de descubrir horizonte, pero no era posible ver a distancia, por impedirlo los variados accidentes del terreno, interpuestos con profusión.

—¿Qué hacemos, Smoky? ¿Desensillamos o no? —preguntó uno de los jinetes.

—Lléveme el diablo si lo sé —contestó el subjefe con impaciencia—. La situación es endemoniada, con un calor de perros, que aumenta por instantes… Se me olvidó preguntar a Hank… En fin, aligerar las bestias mientras esperamos… Yo vigilaré para ver si viene el jefe. Jim, después de atar su bayo a la sombra de un cedro, trepó con felina agilidad a lo alto de un grupo de peñascos, para tener más amplia vista. Apenas estuvo arriba, divisó tres jinetes que, a poco más de una milla, vadeaban un pantano. Ya había abierto la boca para anunciar la buena nueva, cuando algo se la hizo cerrar, con tanta rapidez, que se mordió la lengua.

Restregóse los ojos y miró de nuevo… ¡Tres jinetes! Admitiendo que dos de ellos fueran Hays y Latimer, ¿quién era el tercero? Desaparecieron tras de una elevación del terreno, y Jim se sentó, inundado de sudor… Tal vez serían tres indios o forasteros de Hankville, quizá exploradores…, pero no llevaban caballos de carga.

Después de una prolongada y angustiosa espera, los tres jinetes reaparecieron mucho más cerca. El que iba en medio montaba un caballo tordo, que formaba contraste con las oscuras monturas de sus compañeros. Otra vez desaparecieron. Smoky desojábase en vano; estaba demasiado bajo para poder descubrir a los jinetes. Jim temblaba atacado por un horroroso presentimiento, cuando uno de los jinetes presentóse de nuevo ante su vista. En el acto reconoció la angulosa figura, el amplio sombrero negro y la apostura en la silla. Aquel hombre era Hank Hays.

Jim casi no se atrevía a fijar la mirada en el segundo jinete, pero una fuerza irresistible obligóle a ello. Era una figura esbelta, vestida de caqui y parecía pesar sobre la silla.

—¡Dios me ayude! —murmuré volviendo a caer sobre la piedra. El segundo jinete era Elena Herrick.

Por un estante ardió una llamarada en el pecho de Jim. ¡Cómo se maldijo por su estúpida vacilación! Sus presentimientos eran justos… Había descubierto las perversas intenciones del jefe de la banda, pero fue lo bastante imbécil para no dar crédito a sus propias sospechas. Aquel acto era la sentencia de muerte para Hays. Jim sintió que el frío le penetraba hasta el tuétano, y, haciendo un supremo esfuerzo, púsose a reflexionar. Ese condenado perro había conseguido apoderarse de Elena. ¿Cómo? Eran inútiles las conjeturas, pero ¿convenía matarle sin más ni más? Sus hombres tratarían de vengarle, tal vez la venganza alcanzara a la infeliz muchacha… ¡Imposible! Era preciso mostrarse despreocupado y conciliador… Jim se propuso dominar su furia…, oír el parecer de los demás… y esperar una ocasión propicia.

Había sido una suerte para Jim que la casualidad concediera tiempo para reflexionar y decidir lo que convenía hacer. Si Hank Hays se hubiera presentado ante él de súbito, habría sido su perdición.

Uno de los caballos de carga relinché y los demás enderezaron las orejas.

—Me parece oír el ruido de cascos contra las piedras —dijo Mac, cuyos oídos eran dignos de un perro perdiguero.

—¿Qué ocurre? —preguntó Smoky bajando con viveza.

—¡Mira…! Se acercan los jinetes.

—Pues no puede ser otro que Hank.

Jim bajó a saltos de las peñas, cayendo entre sus compañeros, a los que asustó.

—Smoky…, ahí viene Hays… Ya hace rato que le he visto…

—¿Y por qué mil diablos no has avisado? —gruñó Smoky.

—Se me paralizó la mollera —contestó fríamente Jim.

—Sí que es Hank —afirmó Mac.

—No hay duda. Yo también le veo ahora… Mas ¿por qué se te paralizó la mollera?

—¡Porque los jinetes son tres! —exclamó Jim.

—Bueno…, ya lo veo… y, ¿qué tenemos con eso? —preguntó Smoky.

—El que va detrás es Latimer.

—¿Quién será el tercero?

—¡Qué ocurrencias tiene Hank…! ¿A qué traerse un extraño…?

—Parece que lleva careta.

—Y algo le cuelga por detrás…

—¡Compañeros! —exclamó el subjefe—. ¡Aquélla es una mujer con un velo!

Jim pensó que el momento era oportuno.

—Muchachos —dijo con voz vibrante—: Hays nos ha hecho traición y ha robado la hermana de Herrick.

—¡El muy…! —maldijo Smoky.

Nadie añadió una palabra a este profano desahogo que probablemente resumía la opinión de los presentes. Hays guié sus dos acompañantes hasta pocos pasos del grupo, y entonces se apeó y detuvo el caballo tordo. La relampagueante mirada de Jim abarcó los tres caballos cubiertos de polvo, clavándose después en Elena. Las facciones de ésta estaban ocultas por el velo. El guardapolvo de lienzo crudo tenía algunos rasgones causados por el contacto con la maleza. Llevaba debajo el traje de montar con botas y calzones, y ninguna ligadura le sujetaba las manos ni los pies.

—¡Hola…! Ya veo que estáis todos aquí, menos Jeff empezó Hays. Presentábase con plena confianza en sí mismo, sin que la amenguara el temor a las fieras, ni a los hombres, ni aun al mismo Dios.

—Ahora vendrá Jeff —contestó Smoky.

—No podemos esperar ni un condenado minuto —observó Hays.

—¿Adónde vas?

—Hacia la espesura del Diablo Sucio.

—Pero ¿nos vas a meter a todos en aquel infernal agujero?

—Sin pérdida de tiempo.

Brad adelantó unos pasos con rostro sombrío, y con la mano en la pistolera, preguntó:

—¿Quién es esa persona?

—Bueno…, ya te lo puedes figurar —fue la evasiva respuesta de Hays.

—Apuesto a que te has traído la hermana de Herrick. —Ya veo que eres un chico listo…, mereces el número uno de la escuela.

—Hank Hays, después de tanto hablar nos han engañado —bramó Smoky.

—Bueno, pues si lo he hecho así…, figuraos que he jugado limpio.

—¡Jugado limpio…! ¡Maldición…! ¡Eres un embustero…! ¡Eres un tramposo…! Eres un… ¿Te figuras que puedes meternos en negocios tan sucios como éste…? ¿Basta un buen palmito para que nos hagas traición…? ¡Grandísimo…!

Adelantóse Jim con rapidez amenazadora.

—Hays, basta de bromas —dijo con voz de trueno—. La señorita vuelve ahora mismo a su casa.

—¡Idos todos al infierno! —replicó el ladrón con tono estridente—. Marchaos o quedaos, pero si me dejáis decir una palabra, oiréis que esta moza la he traído para obtener rescate, ella me ha seguido voluntariamente, pues de lo contrario habría matado a su hermano, que nos ciará por ella veinticinco o tal vez cincuenta mil dólares. ¿No se ha de aprovechar una ocasión así?

—¡Ah…! ¿Es ésa tu intención? —preguntó Smoky.

—Ésa y nada más…, y ahora ¿qué tenéis que decir?

—Hank, mirada por ese lado, la cosa es diferente… Pero, de todos modos, nos has engañado.

—Lo mismo que vosotros a mí… Conque, estamos en paz.

—Hays, eres un cochino embustero —exclamó Jim interponiéndose de nuevo con fiereza—. Tú no has robado esta mujer para obtener rescate.

—Bueno…, tolero que todos discutáis mi conducta, pero no aguanto insultos de nadie.

Volviéndose hacia la abatida figura que montaba el caballo tordo, preguntó Jim:

—Señorita Herrick, ¿dice este hombre la verdad?

—Sí, me han secuestrado para obtener rescate —confirmó Elena con emoción—. Asaltaron mi cuarto, el uno por la ventana y por la puerta el otro… Me amenazaron con las pistolas… Si gritaba me matarían…, y si me negaba a seguirlos matarían a mi hermano… Accedí… Hube de vestirme delante de ellos… ¡Cafres…! Me obligaron a ponerme el traje de montar… y desde anoche no he bajado de la silla.

—¿Qué le han hecho a su hermano?

—Yo nada he visto, y no sé si han dicho la verdad o han mentido.

—Jim, puesto que tanta curiosidad tienes, perderé un par de minutos para explicarte lo ocurrido —dijo interviniendo Hays—. Atamos a Herrick antes de robar la muchacha, y después de hacerle prometer que nos daría buen rescate…

—¡Basta! —interrumpió violentamente Jim—. Dame un par de hombres y la llevaremos a su casa, recogiendo de paso el dinero.

—¡Eh…! Para el carro… —aulló Hays—, que aún no he concluido… Tuve que matar a Progar… ¿Quién es Progar?

—Es la mano derecha de Heeseman… Según parece, ese zorro de Heeseman tenía planeado el mismo golpe que yo he dado… Progar y otro de la banda nos sorprendieron cuando sacábamos la muchacha… El otro se escapó…

—¡…! ¡Cada vez se enreda más el asunto! —bramó Smoky—. ¡Heeseman nos descubrirá!

—Apuesto a que no lo consigue, aunque no dejará de intentarlo… Ya hemos visto que toda la partida sigue nuestras huellas.

¡Calla! ¡Vienen caballos!

—¡Manos a las escopetas y buscad escondites!

La confusión que se originó fue aplacada por Smoky:

—¡Quietos todos…! Es Jeff gritó.

—¡Cielos…! ¡Qué paso trae…! No es sorprendente que le tomáramos por un escuadrón.

Una abertura del bosque dejó ver a Jeff, que se acercaba a galope tendido. Con los ojos inflamados y echando humo, su pesada cabalgadura levantaba nubes de polvo.

—¡La cuadrilla de Heeseman nos persigue! —anunció jadeante—. Estaba a unas cinco millas cuando dejé el puesto.

Smoky se volvió con fría rabia hacia su jefe, diciendo:

—¡Así te…! ¿Estás viendo en lo que nos has metido?

 

IX

 

Desde este instante, según cálculo de Jim, databa el principio de la definitiva ruptura entre Hank Hays y su lugarteniente.

—Bueno, ahora no es tiempo de acusarme —vociferé el capitán.

—¡Vive Dios…! ¡Quisiera tenerlo para decirte cuatro palabritas! —dijo amargamente Smoky—. ¡Ea, muchachos…! Preparad las armas y buscad defensas…

—Aquí no las hay, Smoky —replicó Lincoln.

—El sitio no es conveniente —interpuso Jim con viveza—. Alguna bala perdida podría alcanzar a la señorita Herrick… Busquemos un desfiladero.

—No nos conviene un combate ahora —añadió Hays.

—Pero, hombre, ¿qué remedio nos queda más que combatir? Los de Heeseman tienen caballos ligeros, y nosotros llevamos toda esa impedimenta… Nos alcanzarán de seguro… Mi opinión es que nos escondamos detrás de esos árboles y esperemos.

La experiencia del menudo subjefe era indiscutible, y Jim le hubiera apoyado, a no ser por Elena. Si ésta caía en manos de Heeseman, su suerte, en vez de mejorar, tal vez habría empeorado.

—¿Se acercan, Jeff? —preguntó Hays a Bridges, que de pie sobre la silla observaba la carretera.

—No; pero veo polvo en la cumbre, y supongo que son ellos.

Hays montó en su caballo e inclinóse para coger la cuerda que el de la señorita llevaba atada al cuello.

—¡Usted me dijo una mentira! —dijo trémula de enojo la secuestrada—. Me aseguró que si no oponía resistencia, pronto me dejarían en libertad…, y ahora estamos a mil leguas del rancho…

Hays, sin hacer el menor caso, puso en movimiento su caballo, guiando el de Elena.

—¡Jim Wall…! ¿Va usted a permitir este ultraje? —imploró ella volviéndose hacia él.

—Ningún poder tengo, señorita —contestó rápidamente Jim—. No soy más que uno de la banda de Hays…, nos persiguen, y aún será peor si cae en poder de Heeseman.

—¡Qué horror, Dios mío…! Yo no quiero que me lleven a ese espantoso agujero.

—Poned los caballos de carga en fila detrás de mí —ordenó Hays—. Una vez que lleguemos al río me comprometo a darles esquinazo.

—¡Bah…! Estás loco —murmuró Smoky—. Heeseman conoce el terreno tan bien como tú.

La orilla que había seguido Hays al venir era la que conducía al Desfiladero Rojo. El desecado y polvoriento lecho del torrente ofrecía fácil acceso. Jim no pudo descubrir ni la más leve huella de herradura… No podía ponerse en duda lo bien que Hays conocía el camino. La roja tierra del desfiladero, al parecer, le era familiar. Pronto se unía con otro que venía de la izquierda, y entonces era magnífico en todos sus aspectos. El lecho del torrente se hacía más pedregoso y las paredes más altas. Perdiéronse de vista las señales, del terreno, y hasta las montañas de Henry desaparecieron. Las patas de los caballos de carga levantaban nubes de polvo rojo, que obligaban a los jinetes a cubrirse la boca y narices con los pañuelos del cuello, ahogando en ellos juramentos y maldiciones.

Jim mantúvose deliberadamente apartado, ocupándose de los caballos de carga, y sin dejar de observar a intervalos a Hays y Elena. Latimer marchaba inmediato a ellos. El desfiladero hacíase más profundo, y poco después las paredes llegaron a ser tan lisas que nadie habría podido subir por ellas.

Este desfiladero parecía inclinarse al Norte, sin que Jim pudiera precisar cuánto. Al entrar en él, tenían el sol de frente, después alumbró algunas veces por la derecha y ahora le llevaban de espaldas. Las breves manchas de sombra eran un consuelo, pues los caballos empezaban a cubrirse de una capa de polvo pegada al sudor. Jim miró hacia atrás; Lincoln, con la cara enrojecida y húmeda, marchaba tras el último caballo de carga, y formaban la retaguardia. Jeff, Mac, Happy, y el último, Smoky: un pelotón de sombrías figuras, cuya sola apostura daba a entender su resentimiento por la innecesaria fuga.

Gradualmente, la arena, pedruscos y agujeros obligaron a marchar al paso de los caballos de carga. Hays daba grandes voces a sus jinetes para que aceleraran la marcha, y señalaba la pared de la izquierda, como si de un momento a otro fueran a presentarse por allí los jinetes enemigos. Si así sucediera, pensó Jim, sería el final de la banda de Hays. El pensar en qué se podría hacer, junto con el calor y el polvo, hicieron perder al joven su habitual sangre fría Desde el primer momento en que vio a Elena, prisionera de Hays, concibió el propósito de rescatarla, pero ¿cómo, dónde y cuándo? Lo único que podía hacer era estar alerta y esperar el desarrollo de los acontecimientos. La necesidad más urgente era huir, hasta encontrar algún refugio seguro. Una hora larga de camino, la primera mitad rápida y la segunda lenta, los llevó hasta un espacio abierto que pareció poco seguro a Jim y aumentó las inquietudes de Smoky, que arreó despiadadamente a los caballos de carga.

La próxima señal de vida que dio el lugarteniente fue un tiro de escopeta que repitieron los ecos. Jim corrió hacia él, a tiempo que disparaba una segunda bala, con la cabeza y el arma levantadas hacia la cima de la pared derecha.

—¿A quién tiras? —aullé Brad montando la escopeta.

—He visto jinetes —chilló Smoky—. Se han echado atrás y seguramente quieren tomarnos la delantera.

Hays dio una orden, señalando arriba. Jim, desde el sitio que ocupaba, no podía ver lo inminente del peligro, pero hacia la mitad de aquel largo trayecto divisé la embocadura de un profundo desfiladero. Allí estarían a salvo de sus perseguidores, al menos hasta que éstos pudieran ganar lo alto de las paredes, y esto suponía el recorrido de muchas millas. Esta seguridad sirvió de alivio a Jim, éste, con los demás jinetes detrás, obligaron a tomar el galope a los caballos de carga, cosa muy arriesgada, pues suponía que si algún caballo resbalaba sería preciso abandonarle, y para aquellos fugitivos, que iban a encerrarse en un desierto agujero, cada paquete era de un valor incalculable.

De súbito, los jinetes volvieron a presentarse sobre la pared que empalmaba ambos desfiladeros. Hays y Latimer rompieron el fuego con sus Colts 45, cuyas pesadas balas no tenían bastante alcance, y hacían saltar amarillento polvo sobre el cenagoso suelo. Los enemigos empezaron a contestar con sus rifles. Jim vio cómo Latimer caía del caballo, pero trepó de nuevo a la silla, sin grave daño, al parecer. Se lanzó a la carrera detrás de Hays, que arrastraba al caballo de Elena, sin dejar de disparar contra los contrarios hasta que penetraron en el angosto desfiladero. Latimer desapareció en pos de ambos. Entonces los jinetes volvieron la atención al resto de la banda enemiga.

—¡Venid! —gritó Jim a los que tenía detrás—. ¡Corred al desfiladero…! Es nuestra única esperanza.

Y cargando tras las caballerías de la impedimenta, guió su bayo sin dejar de hacer fuego.

La distancia que le separaba de sus perseguidores era de unas cuatrocientas yardas, muy larga para poder acertar el tiro con un Winchester 44, y desde un caballo a galope. La banda de Heeseman llevaba la mejor parte, puesto que podían tirar a pie quieto y de rodillas, Aparentemente, conocían su ventaja, y no trataban de esconderse. Jim oía sus penetrantes alaridos, que cabalgaban a sus espaldas. Aún les faltaba recorrer un cuarto de milla para llegar a sitio seguro. Los caballos de carga, espantados, se diseminaban por el desfiladero. Tim los redujo a la obediencia, disparando lo mejor que podía, sin aflojar el paso. De súbito, un ruido infernal hizo retemblar las paredes del desfiladero. Las descargas aumentadas y cien veces repetidas por los ecos, simulaban un continuo trueno.

Una de las primeras balas de Tim había herido a un caballo, y la séptima topé con un jinete, al que tumbó hacia atrás, como un conejo mutilado, perdiéndose de vista. El resto de los atacantes se alarmaron y retrocedieron en busca de alguna defensa. Jim descargó todas las municiones de su rifle antes de entrar en la zona de seguridad. No vio e Hays ni a sus acompañantes, pues el estrecho pasadizo formaba a pocos pasos una curva muy pronunciada.

Jim detuvo su bayo en cuanto hubieron entrado todos los caballos de carga, sin que se perdiera un solo paquete. Afuera siguió el tronar de las descargas. Lincoln fue el primero que entré, seguido muy cerca por Mac, Happy y Jeff; todos tenían las armas humeantes. Por último entró Smoky sin aliento y con el rostro ensangrentado.

—¡Smoky…! ¿Te han dado? —preguntó Lincoln con evidente alarma.

—Una caricia no más —jadeé Slocum echando lumbre.

—¡Los muy…! ¡Si pudiéramos acabar con ellos a puñetazos! Parece que los de delante están sin novedad… Cargad las armas y… seguid.

Al dar la vuelta a la curva, encontraron a Hays y a los otros dos jinetes. Los caballos de carga marchaban detrás de ellos. Tomaron por un desfiladero que empalmaba por la derecha, y que, por el momento, les ponía fuera del alcance de sus perseguidores.

—Muchachos, Heeseman y su gente necesitan bajar y volver a subir —declaró Brad—. Y en eso se tarda horas… Espero que Hank sabrá aprovechar el tiempo.

—¡Vaya una manera de afeitarle a uno! —exclamó Smoky—. La bala tropezó con mi rifle, y al resbalar me ha hecho, un rasguño junto a la oreja.

—Latimer se cayó del caballo —dijo Jim—, pero volvió a montar como un gato.

—Hemos tenido suerte… Pero el calor aprieta de lo lindo… Si no llegamos pronto a ese río, nos vamos a cocer.

—Ya debe de estar próximo.

Esta consoladora afirmación no resultó cierta. El Diablo Sucio, esperado con ansia a cada vuelta de esquina, tardaba en presentarse. El desfiladero hacíase cada vez más profundo, hasta que sus agrietadas paredes, tan desnudas como el duro suelo, alzábanse unos trescientos pies por cada lado, y por doquier un desprendimiento de tierras parecía inminente.

Las primeras horas de la tarde encontraron a los fugitivos entrando en un área más despejada, donde el aire y el sol anunciaban la proximidad de un espacio abierto. Seguramente: el Diablo Sucio. Así fue, en efecto. Primero aparecieron montones de fango, que fueron seguidos por lagunas de agua transparente, de las que costaba trabajo separar a los sedientos, caballos.

El Desfiladero Rojo se juntaba con el del, Diablo Sucio, unión sorprendente por su esterilidad. Todo era allí gris, amarillo y rojo; las aguas del siniestro río deslizábanse sobre bancos de arena.

Hays esperó hasta que todos los jinetes estuvieron reunidos a su alrededor y los caballos de carga le hubieron alcanzado.

—Apretad las cinchas y cuidado con los animales de carga —mandó—. Si tenemos el infierno por delante, en cambio no llevamos nadie detrás.

—¿Estás seguro? —preguntó Lincoln—. No te hagas ilusiones respecto a que Heeseman desistirá de seguirnos.

—Bueno… puede que siga nuestra pista hasta aquí… pero éste será el límite —declaró el ladrón—. En todo Utah no hay hombre capaz de seguirme en las espesuras del Diablo Sucio.

—¿Es que nos vas a llevar a esa famosa guarida de la que tanto has hablado, sin que la hayamos visto nunca? —preguntó Smoky.

—Precisamente la tenía reservada para una ocasión como ésta… Aligerad los caballos, pues en cuanto entremos en las arenas movedizas, no nos será posible parar por nada ni por nadie… Cuidado con las sillas y la carga.

Obedecieron los, jinetes. Jim, por encima de los lomos del bayo, observaba a Elena, cuando el jefe la mandó apearse. El guardapolvo la cubría hasta más abajo de las rodillas, y andaba como si casi hubiera perdido el uso de las piernas. La vio inclinarse rígidamente para frotarse los tobillos, levantándose después el velo, a fin de que la suave brisa le acariciara el rostro. Mas cuando la imperiosa voz de Hays la mandó que se acercara, volvió a echarse el velo. Su andar era vacilante y llevaba la cabeza baja.

—Escuchad, compañeros —principió el jefe—. El río está bajo… Yo supuse que traería mucha agua, por el deshielo… La suerte nos protege y hemos de pasar cuanto antes a la otra orilla… Cargad de prisa y en marcha… No hay tiempo que perder.

—¡Ah…! Corriente… Pero Latimer tiene mala cara y está muy débil —observó Smoky.

—Ya se apañará… Ahora no podemos curarle. —Latimer… Ya ves, lo que dice el jefe… ¿Estás herido?

—No tan mal como te figuras, Smoky —repuso el interpelado—. La bala me entró por la espalda, y la tengo aquí… Me causa un dolor de mil demonios.

—¿Has escupido sangre?

—Sí, una poca… Me parece que tengo el pulmón atravesado… Pero no es mucho y puedo sostenerme en la silla… No te preocupes por mí, Smoky.

Hays dejó caer su ruda mano sobre la hermana de Herrick.

—Monte usted y no nos maree con sus lamentos —dijo el ladrón. Y montando en su caballo, tomó la cuerda del de Elena, para entrar en la fangosa corriente.

La marcha no era tan penosa como parecía. Las arenas eran movedizas, pero estaban cubiertas por una costra dura que sólo se rompía al levantar las cascos los caballos. El hermoso bayo temía las traidoras arenas, pero Confiaba en su jinete. Las bestias de carga vacilaron en la orilla hasta que entró una, entonces siguieron las gemas.

Hays llegó hasta el centro del río, tomando luego corriente abajo. Nunca encontraba dificultades, y el tordo que conducía a Elena le seguía dócilmente. El agua sólo tenía un palmo escaso de profundidad, lo que facilitaba la marcha por aquel lado. Pronto la caravana en masa chapoteó en el río sin dejar huellas de su paso. Por ambas orillas del Diablo Sucio desembocaban pantanos, gargantas y desfiladeros. Media milla más abajo, el río, haciendo una curva aguda, escondíase de nuevo en una especie de túnel oscuro y húmedo, en el que se oían siniestros crujidos. Hays metió resueltamente su caballo en aguas más rápidas y profundas, arrastrando al de su prisionera. Pasaron una amplia garganta, de la que nacía una cenagosa corriente. Aquél, a juicio de Jim, era buen sitio para tomar tierra firme. Pero el jefe siguió adelante. Sólo 61 sabía adónde iban. Perseguía un fin, del que sólo la muerte hubiera podido apartarle. Los caballos de carga quedábanse a veces atascados y era preciso recurrir a la violencia para obligarles a continuar. Las miradas de Jim recorrían a intervalos cuanto le rodeaba, para fijarse de nuevo en la silenciosa figura que iba sobre el tordo, y a la que, de vez en cuando, salpicaba el agua. Su caballo hundía con precaución un casco tras otro, y ella, con frecuencia, volvía la cabeza, pudiendo ver sin duda a través del velo, que Jim estaba muy próximo. Éste hubo, por fin, de admitir que tan repentino movimiento no podía ser casual.

Hank pasó por delante de la embocadura de varias gargantas. El camino cada vez se hacía más difícil, hasta que el guía se metió por una hendidura, invisible a cien yardas de distancia, y al penetrar Jim por ella, fue para ver que Hays tomaba por otro angosto pasadizo surcado por una rápida corriente. Según Jim, era imposible que nadie tomara por allí, a menos de conocer previamente el terreno. La entrada estaba oculta por un saliente de la pared, que la hacía invisible desde la orilla opuesta, y desde la parte alta del desfiladero… Indudablemente era la puerta secreta que daba acceso a la parte más salvaje de aquel infernal laberinto.

Esta incisión ondulaba como una serpiente en las propias entrañas de la tierra, y por esta causa, Jim, a veces, no podía distinguir a Hays, mirando hacia delante, ni más de un par de caballos, mirando hacia atrás. Pero en cuanto el agua se hizo limpia, comprendió el joven que el suelo del desfiladero empezaba a cambiar, y pronto tendrían tierra firme. Lo primero resultó cierto. El desfiladero se ensanchó y las paredes hiciéronse más bajas. El musgo y la hierba aparecieron sobre ambas orillas; un lecho de guijas comunicaba un alegre murmullo a la corriente; divisáronse formidables peñascos, entre los que abrían sus bocas profundas cavernas. Pero el nivel del agua no descendía.

Al ponerse el sol, calculó Jim que los caballos habían andado unas siete u ocho millas sin descansar ni salir del agua. El calor y el polvo habían desaparecido, y la luz íbase haciendo escasa. Por fin, en un sitio donde las paredes arenas alcanzarían cien pies de altura, el desfiladero dividíase en dos, y Hays tomó el lado izquierdo, que estaba seco. Las sombras, al hacerse más densas, sólo permitían que Jim distinguiera el impreciso contorno del caballo tordo; las estrellas aparecieron en el trozo visible del firmamento, y las cansadas patas de los caballos chocaban contra las piedras.

Dos interminables horas más tarde, salía por fin Hays del ahogado desfiladero, para encontrarse frente a un amplio paisaje negro y gris, iluminado hasta en el horizonte por miríadas de estrellas. Otro par de horas marcharon entre hierbas y maleza, hasta que Jim empezó a sorprenderse de que los caballos pudieran aguantar tanto. De pronto emprendieron un rápido descenso, que los condujo a una hondonada redonda y negra, cuyas dimensiones era difícil precisar. Pronto llegaron al fondo, desde el que se alzaban altas y enhiestas paredes, que parecían amenazar al cielo. Jim sintió que se le hundían los pies entre la espesa hierba, olía a tierra mojada y llegó a sus oídos el murmullo de las hojas movidas por la brisa.

—Ya hemos llegado —dijo Hays en voz alta—. Fuera sillas y carga… No hay cuidado de que se escapen los caballos.

La orden fue rápidamente cumplida, y momentos después los caballos de carga mostraban sus desnudos lomos a las sombras. Los jinetes no estaban tan exhaustos que se abstuvieran de comentar la fatigosa jornada:

—¿Dónde diablos estamos?

—Huele bien.

—¡Mil rayos…! No tengo ganas de comer, pero me estoy cayendo de sueño.

—Latimer, ¿cómo te encuentras?

—Aún estoy vivo, y sin sangrar.

Los ojos de ave nocturna de Jim descubrieron a Hays que bajaba a Elena del caballo, y casi en brazos la llevaba hacia el sitio en que se oía el murmullo del follaje. Jim, bajo pretexto de conducir su caballo, siguió al jefe hasta lo que resultó ser un bosquecillo de algodoneros, impenetrable a la vista. Oyó el rumor del agua, y una argentina voz que decía angustiada:

—¡Por amor de Dios, suélteme usted!, —y su cuerpo se desplomó sobre la hierba.

—Tendrá usted que irse acostumbrando —murmuró el ladrón en voz baja—. ¿Quiere tomar algo?

—Agua…, nada más que agua…; me ahogo. —Voy a buscarla y le prepararé la cama.

Poco podía figurarse Hays que Jim, en la sombra, espiaba sus movimientos con la pistola en la mano y un furioso anhelo de beber su sangre en el corazón. El enamorado afirmóse en su resolución de matar a Hays… ¿Por qué no hacerlo sin más dilación…? Pero lo mismo que la vez anterior, tuvo bastante dominio sobre sí mismo para vencer la imperiosa tentación.

Con mano trémula, desempaquetó su cama, y después de soltar al caballo que lo llevaba, sentóse encima del rollo de mantas, extenuado por la tortura física y mental de aquellas veinticuatro horas.

Un poco más arriba, sus compañeros desempaquetaban el equipaje, hablando en voz baja. Hank pasó con una cama, arrollada al hombro, y Jim oyó que la extendía muy cerca de allí, sobre la hierba y al amparo de los árboles.

—¿Hay bosque cerca de este florido agujero? —preguntó Happy a gritos—. Si lo hay, aunque sea de noche, cortaré unas ramas para encender lumbre y hacer café.

—¡Diablos del infierno! —gruñía Smoky—. Tengo un tremendo dolor de cabeza… ¡Si me encontrara con el individuo que me ha enviado ese confite…!

Volvió Hays; estaba lleno de energía y, con tono vibrante, dijo:

—Aquí tenemos leña de sobra. Ya verás mañana que estamos en la más espléndida guarida que Utah puede ofrecer a unos ladrones.

—Más vale así —gruñó. Lincoln.

Jim aguzaba el oído, mientras que sus ojos trataban de penetrar las tinieblas que le rodeaban. Parecía hallarse en el fondo de un redondo agujero, cuyas circulares paredes se elevaban a más de cien pies sobre él. Sólo un par de agujeros, uno en forma de «V», grande, mirando al Oeste; otro, más reducido, hacia el Norte, rompían el borde uniforme de las aisladoras paredes. Las estrellas despedían una luz blanquecina desde un cielo azul oscuro. Las contenidas voces de los hombres, el traqueteo de los bultos, y la hierba cortada por los dientes de los cuadrúpedos, sólo servían para hacer más penetrante el profundísimo silencio. El lugar era verdaderamente fascinador. Un mochuelo ululaba en alguna parte del cañón, y mucho más lejos sonaban los aullidos de un hambriento lobo.

Al oír los crujidos de la leña, miró Jim en aquella dirección, viendo una creciente luz y negras sombras que se agrupaban a su derredor. Happy silbaba alegremente. Su jovialidad exasperó a Jim, que permaneció quieto hasta que descubrió a Hays junto al fuego; entonces él también fue a reunirse con los demás.

—¿Pondremos centinelas, jefe? —preguntó Lincoln.

—No. Sólo vigilaremos durante el día —contestó Hank.

—Mañana os explicaré la situación del terreno.

—¿Qué especie de guarida es ésta…? ¿Algo parecido al Desfiladero del Dragón?

—No, por cierto. Yo sólo he visto una vez este sitio. Es una caverna… a unos cuarenta pies del fondo del valle. Se sube por unos troncos, en los que están tallados los escalones…, pero yo no he subido nunca… Sólo tiene una salida y ésa es por el camino que vinimos… Este escondite tiene cuatro… En cien años nadie logrará descubrirnos.

—Conformes… ¿Y los caballos?

—Ya sabes que los caballos huyen del terreno árido. Se quedarán pegados aquí…, no habrá que ir a buscarlos lejos… Agua riquísima, sin cal…, y pastos hasta que no quieran más… Ya hace diez años que no frecuentaba el lugar, pero estas cosas no cambian.

—¿Y caza?

—Antílopes y conejos a montones.

—Pero ¿hacia dónde estamos?

—Mañana lo explicaré cuando puedas ver.

—¿Y la señora? ¿Cómo ha soportado la jornada?

—Está que no puede más.

—¡Dios…! ¡Ya lo creo…! La faena ha sido ruda hasta para un hombre.

—Estoy pensando que voy a montar la tienda de campaña para mi huéspeda.

—Oye, Hank… ¿Es que piensas dormir tú también… en la tienda? —preguntó Smoky, que hasta entonces no había hablado, con un tonillo especial.

—No… Ya que te interesa saberlo —contestó Hays tras de una larga pausa.

—¡Ah…! Muchas gracias… Tenía curiosidad…

—Hank, ¿cómo diablos vas a recoger ahora el dinero del rescate? —preguntó Lincoln.

—Así me condene si lo sé… Este Heeseman me ha estropeado la combinación. Pero ya haré nuevos planes, que pondremos en obra después de reposar una temporada.

—¿Y durante todo ese tiempo hemos de tener aquí a la muchacha?

—Y, ¿qué quieres que haga de ella, hombre? Yo bien pensado lo tenía todo, pero me han echado a perder el juego…

—El juego estaba echado a perder desde un principio, jefe… Y si no hubiera sido porque Heeseman nos ha atacado por el camino… yo no hubiera tolerado esto.

—Pues ahora lo tienes que tolerar, tanto si quieres como si no quieres.

—¡Diablos…, veremos! —murmuró Smoky, cual si hablara consigo mismo.

—Ahora se siente uno mejor —observó Hays después de consumir la parca cena—. Latimer, vamos a echar un vistazo a tu herida.

—Mejor será con la luz del día… Creo que me dejará descansar…

—Ya sabes que eso puede ser muy malo. Cuando la sangre está envenenada, las cosas van muy de prisa. Voy en busca del ungüento y de algunos trapos limpios. Aviva la lumbre, Jack, y pon a calentar agua. Necesito dos pucheros, uno de ellos casi hirviendo.

Jim no perdía de vista al jefe, mientras curaba al herido, que juraba como un réprobo, hundiendo las espuelas en la tierra.

—Hay que sacar la bala, o puedes contarte entre los muertos… Quizá la encuentre mañana… Las balas en sitios carnosos no suelen causar graves perjuicios… Ya hace años que tengo una en el cuerpo. Mas si a esa bolita de plomo de calibre cuarenta y cuatro le da por bajar, en vez de estarse quieta, me parece que te las lías.

Era duro y metódico, mas su formalidad y solicitud estaban fuera de dudas. Mientras que vendaba al herido, Jim se escapó en la oscuridad hacia el sitio en que el jefe había dejado la prisionera. No corría riesgo de ser sorprendido, puesto que él podía ver a todos a la luz de la hoguera, mientras que desde allí era imposible que ninguno le divisara entre las densas tinieblas de la noche.

 

X

 

Hacia el bosquecillo de algodoneros estaba más oscuro que boca de lobo, pero guiaron a Jim el rumor del agua corriente y el murmullo de las hojas. Por fin distinguió el joven una mancha sobre la negrura de la hierba y se acercó más.

—¿Dónde está usted, señorita Herrick? —preguntó en voz apenas perceptible—. Soy Jim Wall.

Oyó el ruido de botas que hacían crujir la arena, y logró divisar a Elena sentada sobre una cama a medio extender. El joven dobló una rodilla. Los ojos de Elena parecían más grandes y más oscuros en la blancura alabastrina de su rostro.

—¡Oh…! Tenga usted cuidado —murmuró ella—. Hays ha jurado que matará al primero que se me acerque.

—Lo haría si pudiera…, pero a mí no me mata —cuchicheó Jim—. Quería decirle a usted que yo la sacaré de aquí de un modo u otro. No pierda el ánimo, defiéndase…

—Tenía el presentimiento de que me salvaría usted —interrumpió la prisionera con suave y emocionada voz—. ¡Si yo hubiera escuchado sus consejos…! Pero no tenía miedo y dejé la ventana y la puerta de mi cuarto abiertas… Hays puso sus manazas sobre mí, para arrojarme fuera de la cama… Yo estaba atontada… Me ordenaron ponerme el traje de montar… Corrí a mi tocador…, pero no me dejaron cerrar la puerta… ¡Malvados!

—Ya he visto cómo la cogió a usted antes —dijo Jim en tono contenido.

—Sí… Aprovecha todas las ocasiones… Y yo me muero de asco. Empiezo a temer que eso del rescate no es más que un engaño… Si me ha robado a mí, seguramente habrá hecho lo mismo con Bernie…, y son necesarias muchas semanas para que llegue el dinero hasta aquí por la diligencia. Mientras tanto…

—Ya le he dicho a usted que no se desanime —interrumpió Jim: mirando hacia la hoguera—. Pero no quiero engañarla: Hank Hays es capaz de todo. Sus hombres le son muy adictos… menos yo, que si estoy con ellos, en realidad no pertenezco a la banda. Podría matarle a cualquier hora, pero me vería obligado a luchar con los demás, y hay pocas probabilidades de que pudiera salvarla. Es preciso que me ayude a ganar tiempo hasta que se presente una oportunidad.

—Tengo plena confianza en usted y haré cuanto me diga… ¡Muchas gracias!

—¿Decía usted que Hays la había robado? —preguntó Jim dando otra mirada al campamento. Hays seguía de pie junto a la hoguera.

—Sí; tenía yo unas cuatro mil libras en moneda americana. Estaban guardadas en mi maleta, que rompieron y registraron… También mis joyas… Otra cosa que me disgustó…, me obligaron a traer ropas y más objetos de tocador…

—¡Ah…! Pero ¿dónde estaba su hermano, a todo esto?

—Dijeron que le habían dejado atado en el salón —prosiguió ella rápidamente—. Después recordé haber oído muchas voces, pero no hice caso… ¡Qué estúpidamente me he portado…! ¡Nunca debí haber venido a Utah!

—¿Cuánto dinero tenía Herrick en casa?

—No lo sé…, pero debía ser una cantidad considerable.

—¿Dónde acostumbraba guardarlo?

—No tengo la menor idea… Los Herrick damos poca importancia al dinero.

—Se puede dar por seguro que también ha robado a su hermano, de modo que lo del rescate resulta una filfa. Hank Hays es un ladrón de los que incendian los puentes después de pasar por ellos.

—¡Dios mío! ¿Qué va a ser de mí? —gimió la infeliz—. Estoy por completo a merced de ese bandido.

—Ya estaba usted avisada, señorita, y ahora no hay más que tomar la pócima, como decimos aquí. Si la vida le importa a usted algo, yo se la salvaré tarde o temprano, según el giro que tomen las cosas. En cuanto a lo demás…

—¡Cielo santo…! ¡Máteme usted antes de permitir que ese hombre me toque…!

—Yo no podré matarla… Eso sería imposible para mí… porque también la amo…

—¡Silencio…! Alguien se acerca… Váyase…, váyase…, usted es mi única esperanza.

Sin una palabra más, levantóse Jim, deslizándose sin ruido entre los árboles, envuelto en la sombra. A punto estuvo de perderse, pero de improviso advirtióle su instinto que estaba al borde de un precipicio que se hallaba entre el bosquecillo y la pared, por cuyo fondo corría el agua. La potente voz de Hays sonaba en dirección contraria. Volviendo hacia la izquierda, ganó un terreno más alto desde el que veía de nuevo la hoguera del campamento. Los caballos pacían por allí cerca.

Jim empezó a pasear de un lado a otro, pero dióse cuenta de que no era esto lo que debía hacer… Si fuera descubierto por Hays o Smoky, acabaría por hacerse sospechoso y era preciso evitarlo. Volvió al sitio en que tenía su cama, acurrucándose en ella.

Se habla comprometido; había jurado que libertaría la prisionera del poder de Hays. Adoraba a la mujer de fina piel y cabellos de oro, pero aunque no fuera así, habría procurado salvarla. Una vez, en el Rancho de la Estrella, había cedido a los impulsos de su avasalladora pasión, pero la señorita Herrick, en su casa, protegida por su hermano y en el pináculo de su elevada posición, era tremendamente distinta de la pobre cautiva en poder de unos ladrones y en la soledad del desierto.

Mientras Jim seguía desvelado bajo la blanca luz de las despiadadas estrellas, penetraba en su mente el convencimiento de que si Elena tuviera que permanecer semanas o meses prisionera de aquellos bárbaros, enfermaría seguramente de alma y de cuerpo. Ver cada día sus cabellos de oro, su blanca faz y sus admirables ojos, que nunca podrían perder su belleza, y quizás oír sus desgarradores gritos en el silencio de la noche…, también sería demasiado para él.

Además, comprendía Jim, por estar familiarizado con las leyes especiales porque se rigen los solitarios hombres del Oeste, que al robar Hank Hays una muchacha había hecho traición a su banda, condenándose a sí mismo. Por mucha que fuera la fidelidad, de sus compañeros, la sola presencia de una mujer significa disgregación, ruptura y muerte.

Por último, el sueño cerró los ojos de Jim. La mañana descubrió ante sus miradas un panorama como jamás había visto. El viento, embalsamado y suave, nada tenía de frío: sinsontes, mirlos y alondras mezclaban su melodioso canto, que aún parecía más grato en aquella soledad, y las flemas hojas de los algodoneros volvían su lustrosa cara hacia el sol.

Jim se levantó para cerciorarse de si aquel sitio era realidad o formaba parte de un sueño. Pronto se convenció de lo primero. A sus pies divisé la tiendecita de campaña gris, que Hays había montado para la prisionera. Alzábase contra el bosquecillo de algodoneros, que sólo constaba de unos cincuenta árboles muy jóvenes. Parte de estos árboles estaban más altos que los restantes, hecho que indicaba una desigualdad, en el terreno hacia el centro del bosquecillo. La salvaje exuberancia de las vides, helechos, musgos, hierbas y flores silvestres, daba elocuente prueba de la abundancia de aguas. El bosquecillo estaba separado de la pared por un arroyo por cada lado que, reuniéndose después, desembocaban más abajo en un desfiladero profundo, de oscuras paredes, que en una revuelta se perdía de vista. Mirando en dirección opuesta, vio varios hombres junto a la hoguera, entre los que se contaba el jefe. Más lejos alzábase una pared de piedra blanca, gris y rojiza, a la que las erosiones daban fantásticas formas. El peñascal del otro lado era más imponente, con copas y bancos cubiertos de musgo, cactos y flores. Mucho más allá, una garganta dividía el peñascal, y Jim recordó lo que dijo Hays a propósito de las salidas de la guarida. Por el lado opuesto estaban las escaleras a las que el jefe hizo alusión al hablar de este fantástico lugar.

El terreno comprendido dentro del óvalo sería, quizá, de unos veinticinco acres de bien nivelada y jugosa pradera. En la extrema lejanía, las paredes se abrían en línea oblicua, formando una amplia puerta que daba sobre un valle, salpicado de matorrales, que conducía a grisáceas laderas. Las paredes que le rodeaban tenían numerosos salientes. Evidentemente, los caballos habían pastado fuera del agujero, lo que demostraba la abundancia de hierba en los alrededores. Jim hizo el descubrimiento de que en el centro de este oasis había una meseta más elevada que las márgenes. Aparte de la forma, que hacía aquel sitio ideal para guarida de ladrones, era sorprendente por su fertilidad, por su resguardado aislamiento y la brillantez del colorido.

Jim se encaminé al campamento para hacer su matinal aseo.

—¡Buenos días, muchachos! —dijo—. Magnífico sitio. Lo que es por mí, no tengo prisa en marcharme.

—El camino es infernal…, pero aquí se está bien —contestó uno.

—¿Cómo sigue Latimer? —preguntó Jim.

—La sangre se ha contenido. —Esta vez contestaba Hays—. Si la calentura no sube, puede que escape… Convendría sacarle la, bala…, pero temo que no podré.

—Déjale descansar… ¿Y la prisionera?

—¡Yo qué sé!, todos me preguntáis por ella, y yo no la he visto… Anoche estaba medio muerta.

—Que duerma, pobre chica… La jornada ha sido durísima.

—Después de echar combustible al cuerpo, subiremos para ver nuestra madriguera desde arriba —anunció el jefe—. No podéis apreciarla desde aquí. Esos arroyos que se reúnen y bajan son una salida, a mi parecer, la mejor. Conducen a una cascada de cincuenta pies de altura, que parece impasable, mas la casualidad me ha demostrado que no lo es. Tiene un saliente oblicuo por el que puede marchar un caballo. Eso sí, es muy resbaladizo y musgoso, y está casi debajo del agua… Se necesitan hígados para pasar por él. Este arroyo desemboca en el que tomamos al pasar por el Diablo Sucio. También podríamos salir por el desfiladero que seguimos anoche. Otro camino, es por el peñascal de la parte alta, y el cuarto, por la brecha del Norte, pero el que lo siga se perderá irremisiblemente en el laberinto de desfiladeros y barrancos.

—Ciertamente que es una guarida inmejorable —observó Jim enjugándose el rostro— y si nos sorprenden por un lado, no tenemos más que marcharnos por el otro.

—La ventaja es que no pueden sorprendernos —dijo Hays, muy satisfecho—. Un centinela con mis prismáticos puede vigilar todos los alrededores, y antes de que nadie logre acercarse, nosotros, con nuestros caballos, ya estaremos lejos.

—Pero, Hank, tú nos trajiste aquí de noche.

—Cierto es, y no poco trabajo que me costó; varias veces me vi perdido, y eso que conozco el camino. —¿Hay alguien que conozca este sitio?

—Había, pero han muerto.

—Los muertos no persiguen a nadie, que yo sepa —dijo Smoky—. Sin embargo, Hank, yo no juraría que nadie pudiera seguirnos la pista hasta aquí. ¿Estás conforme, Brad?

—Mucho coraje se necesita para ir tras nuestras huellas por ese condenado Diablo Sucio —contestó Lincoln.

—¿Qué dices tú, Jim?

—Que si yo fuera Heeseman, y hubiera visto a mis enemigos, como él nos ha visto a nosotros, en tres días daría con ellos —dijo deliberadamente Jim—. Siempre, por supuesto, que tuviera caballos de carga y vituallas.

—Pues yo os apuesto doble contra sencillo a que ni siquiera sabríais salir de aquí —declaró Hays.

—Pero, hombre, si acabas de decirnos los caminos.

—El del arroyo puede que dierais con él, pero los demás, ni soñarlo… Bueno: hay que vigilar durante el día… Yo creo que un hombre basta… ¿Qué os parece mejor: dos horas y diez de descanso diarias, o cuatro de vigilancia, un día sí y otro no?

—Por mi parte, prefiero las cuatro horas —contestó Jim.

—Yo también.

—Digo lo mismo.

—Vaya, pues, por las cuatro horas —asintió el jefe—. Tú, Jim, puesto que al parecer te gusta el vigilar, te encargarás de la primera guardia… Pero antes podemos almorzar con toda tranquilidad.

—Hank, no olvides que tú encontraste el camino después de cerrar la noche… Puede que haya otro tan listo como tú —observó el pesimista Lincoln.

Durante el almuerzo, Hays salió de su habitual mutismo y estuvo decidor y charlatán, delatando a los observadores ojos de Jim inusitada excitación. Insistió en la seguridad que ofrecía el escondite, procurando desvanecer cuantas dudas tuvieran sus compañeros.

—Seguro estoy de que aquí no se siente el calor en verano —afirmó el ladrón— y llueve…, llueve mucho; eso se conoce en lo lamidas que están las peñas de los desfiladeros porque pasamos… Construiremos una especie de barraca para comer en seco y jugar… En cuanto a dormitorios, no faltan cavernas bien resguardadas y con un aire tan saludable como en el cuarto de un hotel. Cuando terminemos la pitanza, os explicaré el terreno desde arriba. Luego, dejaremos a Jim de centinela y nosotros empezaremos a trabajar.

Sucedió, que mientras Hays hablaba de sus proyectos de construcción, Jim dióse cuenta de que Smoky y Brad se miraban de un modo muy singular. No era que cambiaran miradas de inteligencia, sino que a los dos parecía habérseles ocurrido la misma idea.

—Muchachos —dijo Hays, cuando hubieron concluido, con cierta turbación—: Se me había olvidado el deciros que, al marchar, tomamos un poco de dinero a Herrick. Hoy mismo lo repartiré.

La noticia fue acogida con manifiesta satisfacción.

—¿Cuánto, poco más o menos? —preguntó con avidez Bridges.

—No lo he contado…, pero siempre tocaremos a un par de miles por barba.

—¡Guapo…! Eso, encima de lo que ya tengo, me redondea, y por esta vez lo voy a guardar.

—Hank, si no tenemos trabajo en todo el verano, al menos se podrá jugar, ¿eh?

—Jugad hasta que no podáis más, siempre que no haya riñas.

—Jefe… Se me olvidó decir que me traje un par de barriles de la cantina —confesó Smoky en tono contrito.

—Bueno…, poco importa…, pero parece que todos olvidamos, algo —contestó el jefe secamente.

—Hank, ¿cuándo piensas ir a buscar el rescate de la muchacha? —preguntó Lincoln.

—No iré mientras tengamos una cuadrilla entera pisándonos los talones… ¿Lo habías olvidado?

—Brad, mientras el jefe se porte decentemente, no podemos ponerle la soga al cuello por causas que él no puede remediar —observó Jim, que no quería llamar la atención por su silencio.

—Sí…, mientras así sea —contestó Smoky en tonillo significativo.

Brad no dio respuesta.

Más tarde acercóse Jim a Smoky, ocupado con su equipaje, e inclinándose a su oído, le dijo:

—Smoky…, desearía que pudiéramos hablar… Ahora no es: posible… Pero tú y yo hemos de cuidar de que esa pobre chica no sufra ningún daño.

—Y, ¿por qué tú y yo, Jim? —preguntó el menudo ladrón fijando sus sagaces ajillos en su interlocutor.

—Eso es precisamente de lo, que quisiera hablarte…, pero me bulle en la cabeza que si yo no estuviera aquí, tú harías cuanto pudieses, por ella. Separémonos… Aprisa… Hays es más desconfiado que un zorro.

—Y tú más agudo que punta de alfiler, Jim —murmuró Smoky volviendo a sus arreglos—. Estamos conformes… Uno de los dos la vigilará de día y otro de noche. ¿Basta eso?

—Gracias, Smoky… Algo me decía que eras un buen hombre —contestó Jim retrocediendo apresuradamente junto a la hoguera.

Después de reposar el almuerzo, Hays condujo a sus hombres, excepto, Latimer, al montículo del Oeste, que era el punto más elevado de las cercanías, y ofrecía un magnífico punto de vista sobre aquella asombrosa comarca. Se alcanzaban a ver todos los rincones del verde agujero, así como los caminos que le daban acceso, incluso el del arroyo bajo. Un vigía, dotado de penetrante vista y provisto de anteojos de campaña, podría descubrir a los perseguidores a varias millas de distancia, y, mucho antes aún, vería el polvo que levantaran.

—No hay nada que decir —fue el lacónico parecer de Smoky.

Los otros no escasearon ruidosos encomios.

Brad observó sarcásticamente:

—¿Conque habías reservado este nidito para tu vejez?

Todos rieron y Jim expuso con calma su opinión:

—Unos cuantos hombres podrían permanecer aquí veinte arios… a menos de que pelearan entre ellos. —¡Ah! Esta sencilla exclamación partió de Smoky, siendo imposible el discernir si contenía aprobación o censura.

—Bueno…, que yo sepa, este agujero no tiene nombre —concluyó el jefe—. Dejemos que se lo dé el futuro. Pero me apuesto cuanto llevo encima a que ninguna banda permanecerá aquí veinte años. Si Heeseman nos persigue, a él le perseguirá Morley, y así sucesivamente. Ninguno de nosotros vivirá lo bastante para ver cowboys definitivamente establecidos en estas salvajes breñas.

Dejaron a Jim para que hiciera la primera guardia.

—Me gustaría hacer esta faena cada día —observó alegremente el joven.

—¡Ya lo creo! Y mientras tanto que trabajen otros, ¿eh…? ¡Ja…!, ¡ja…!

Alegrábase Jim de quedarse solo. Se había ganado un día. Hays tenía dispuesta su cama y sin duda se echaría a dormir con largo y profundo sueño.

Había engañado a sus fieles aliados, no sólo en lo del rapto de la señorita Herrick, sino también en el equitativo reparto de lo robado. Jim sabía por Elena a lo que ascendía lo que le quitaron a ella, y estaba cierto de que, también había robado al inglés. No había dicho la verdad respecto a las sumas substraídas y ésta era otra prueba de la descomposición del carácter del jefe. Sólo con rectitud y buen ejemplo podía haber ganado la confianza y lealtad de tan ruda y endurecida cuadrilla.

Según todas las probabilidades, Latimer estaría enterado de la omisión del jefe; tal vez le habría sobornado para que guardara silencio. Jim resolvió no perder tiempo, y rodear al herido de cuidados y atenciones. Latimer estaba gravemente enfermo. La cuadrilla disponíase a jugar, y en esta agradable ocupación, las horas pasaban como instantes.

Una depresión redonda del peñasco proporcionaba cómodo asiento.

En el rigor del verano el calor sería insoportable en la despejada altura, mas al presente gustaba el sol.

Podía ver los hombres a simple vista, y con los prismáticos casi alcanzaba a leer sus pensamientos. ¡Con qué salvaje expresión de celos vigilaba a Hays…! En aquella soledad era inútil el disimulo.

No obstante los dictados de su pasión, Jim no descuidaba las obligaciones de un buen vigía, y se propuso hacer un concienzudo estudio del terreno. Los caballos pastaban en las praderas que se extendían entre él y el campamento, y todo hacía presumir que se quedaría allí indefinidamente. A medida que avanzara el verano con sus cálidas lluvias, el valle se pondría cada vez más exuberante, y los animales, acostumbrados a terreno estéril, no querrían salir de allí. Esto solucionaba el importantísimo problema de tener las monturas a mano.

Por el Norte y el Oeste los promontorios de peñas rojas dominaban la escena, pero había muchas praderas y valles entre ellos. El principal desfiladero que formaba parte de la guarida, prolongábase durante millas y millas, hasta perderse en el horizonte hacia el Oeste. Jim descubrió innumerables conejos, muchos antílopes y algún coyote. Aquella región del Oeste debía ser un paraíso para los ligeros ciervos de las llanuras. Pero no se veían señales de agua en aquella dirección.

Por el Este y el Sur extendíanse los matorrales en multicolores cortaduras hasta las laderas que formaban la base de las formidables Henry, negras y engañosas con las cimas eternamente, de nubes. Sólo un precipicio vagamente azulado marcaba la zona de los desfiladeros, de la que los breñales del Diablo Sucio eran solamente el punto de partida. Jim recordó los enormes despeñaderos que vio desde la meseta del Caballo Blanco. Debían, de tener cientos de pies de profundidad y todos eran de roca viva; las paredes de su guarida eran en su mayoría de piedra caliza o granito, y no llegaban a cien pies de altura; sin embargo, parecían inaccesibles, excepto para hombres temerarios o conocedores de sus brechas.

¿En qué pararía la persecución de Heeseman, suponiendo que fuera tenaz? La caza y ataque del día anterior no tuvo consecuencias de importancia. Cualquier grupo de jinetes sin caballos de carga, habría hecho otro tanto. Pero si Heeseman proseguía la persecución, no podía ser más que por motivos de venganza o deseo de lucro: tal vez por ambos.

Evidentemente, existía un odio feroz entre Heeseman y Hays, fundado en causas antiguas. Y Jim se inclinaba al escepticismo de Lincoln, suponiendo que Heeseman llevaría adelante la ofensiva.

Mientras Jim pensaba, sus ojos, a través de los cristales de aumento, descifraban el paisaje. Estudió con detenimiento el camino de la grieta blanca por la que Hays penetró en la hondonada, tratando de seguir sus caprichosas desviaciones hasta que se perdía en los matorrales. Inclinó su aumentada vista a la oscura garganta que desembocaba por debajo del bosquecillo de algodoneros. También merecieron su atención las otras dos salidas de la plaza. De este modo llegó a conocerlas todas. Después de cada período de observación, enfocaba los anteojos hacia la hondonada de formada ovalada, en la que trabajaban los ladrones.

Algunos transportaban agua, maleza o piedras, en tanto que otros abrían hoyos para empotrar maderos. Hays debía entender en albañilería, pues había empezado a construir un fogón de piedras planas. Sus compañeros le alargaban los materiales, pero él sólo construía. Una hora después de haberlo empezado, el fogón estaba listo. Cuatro troncos de algodoneros habían sido puestos en las esquinas; probablemente el jefe tenía el proyecto de ponerle un techo de matojos, lo bastante grueso para que resguardara de la lluvia.

La reciente construcción tenía fascinado a Jim. ¿Qué iría a pasar allí? Por tres veces suspendió Hank su trabajo, encaminando los pasos a la tienda de campaña en que permanecía invisible Elena. Indudablemente, el ladrón la llamaba, y a la tercera vez se acercó, levantando un poco la grisácea lona.

—¡Entra…! ¡Atrévete a entrar, perro sarnoso! —exclamé Jim en voz alta… Experimentaba una brutal alegría al oír sus propias palabras…, allí no era necesario el disimulo… y podía bramar como un toro, si así se desahogaba.

Pero Hays no entró en la tienda. Cierto es que echó una mirada hacia atrás, para ver si sus compañeros le observaban. Así lo hacían, aunque sin aparentarlo, pero Jim, con sus potentes prismáticos, podía apreciar la expresión de sus rostros. Smoky hablaba con Lincoln, e hizo un significativo movimiento de cabeza, señalando a la tienda y al jefe. Éste volvió sobre sus pasos, reanudando la faena.

El sol iba aumentando en fuerza, y cuando llegó al cenit, Hays y sus hombres suspendieron el trabajo durante un rato, y fueron al sombrajo en que Happy había establecido la provisional cantina. Latimer apareció saliendo del bosquecillo de algodoneros… Andaba con paso vacilante, y uno de los compañeros salió para ayudarle. Permanecieron allí más de una hora…, y en toda la mañana, Elena sin dar la menor señal de vida.

Ya hacía rato que había empezado la tarde y Jim llevaba más de seis horas de centinela cuando Jeff Bridges se apartó del grupo y trabajosamente fue subiendo por la ladera que conducía al puesto de observación.

Jeff era un hombrón pesado y tenía poca costumbre de andar a pie. Su encendido semblante estaba cubierto de sudor.

—Jim…, casi te habíamos olvidado —dijo sin aliento, pero en tono bondadoso—. El jefe no nos ha dejado respirar… Está empeñado en hacer un paraíso de este hoyo.

Wall cedió los anteojos y el asiento a Bridges.

—No me importa —afirmó el joven—. Me gusta estar aquí.

Y sin más, tomó la rojiza senda que conducía al fondo del valle. Numerosos conejos le salían de entre los pies, para ir a esconderse detrás de cercanos matorrales. Jim sacó la pistola y escogiendo un momento favorable, saltó un ojo a un conejo, repitiendo la operación pocos instantes después. Con un conejo en cada mano, presentóse en la hondonada, echándose a reír al ver que no había nadie. Todos se habían escondida al oír los disparos. A medida que avanzaba el joven, iban saliendo los que se habían ocultado, y al llegar junto a la cantina de Happy, ya estaban todos presentes.

—¡Uf! —exclamó Hays con forzada risa—. No nos has dado mal susto. ¿Quién diablos iba a suponer que te entretuvieras matando conejos?

—Un par de conejillos tiernos para cenar no nos vendrán mal —observó Jim.

—Seguramente que no —asintió Smoky—. Trae acá. Después de examinar los conejos, exclamó:

—¡Mira esto, Brad…! ¡Ha saltado un ojo a cada conejo…!

—Condenado me vea si no es verdad —dijo aquél sin ocultar su entusiasmo—. ¿A cuántos pasos, Jim?

—No los he contado… Supongo que serían unos veinte o más —contestó Jim estirando un poco la verdad. Sabía el efecto que su puntería causaba en aquellas morbosas mentalidades.

—¡Guau…! ¡Vaya puntería! —declaró Lincoln.

—Hank…, por favor… No demos motivos a Jim para que tire sobre nosotros —observó Smoky lanzando una ruidosa carcajada.

El jefe, al parecer, no encontró ninguna gracia a la ocurrencia.

—¡Mil rayos! No… No queremos que Jim tire sobre nosotros, ni queremos tampoco tirar sobre Jim. —La respuesta era de doble intención, pero a Jim no le convenía darse por entendido.

—Burlaos cuanto queráis de mi buena voluntad de procuraros caza fresca para la cena —expuso alegremente Jim—. Pero no admito bromas tocante a la puntería. Soy muy quisquilloso.

—¿Te atreverías a hacer blanco en una botella tirada al aire?

—Sería lástima si estuviese llena.

—Vaya…, en serio…, ¿podrías hacerlo?

—Acepto cuanto apostéis.

—¡Eh…! Muchachos, ahorrad las municiones —dijo Hays en tono gruñón—. Puede que tengáis pronto ocasión de tirar cuanto gustéis… Jim, toma un bocadillo y ven a trabajar con nosotros.

 

XI

 

Mientras proseguían la faena, propuso Smoky la construcción de un abrigo que resguardara de la lluvia y del sol a la prisionera, y Jim, afectando indiferencia, secundó la proposición, a la que Hays dio de mala gana su consentimiento. Así fue que antes de cerrar la noche terminaron la especie de tinglado en que Elena tendría algo más de comodidad.

—Convengamos en que el bosquecillo de algodoneros es propiedad particular de la señorita —añadió Smoky.

En general todos estaban bien dispuestos hacia la hermosa cautiva, y Lincoln, cuya acritud hacia el jefe, lejos de disminuir parecía haber aumentado, dijo en tono mordaz:

—Me atrevo a apostar que Hank querrá hacer de ese bosquecillo su propiedad particular.

—Pues no lo consentiremos —rezongó Smoky—. No es culpa nuestra el que esa muchacha esté aquí, pero ya que está… hemos, de cuidar de que se la trate como a una princesa.

Estas enérgicas palabras no hicieron mella en el jefe. Una vez cumplido su designio de traerse a Elena, no le faltarían recursos para coronar su obra.

El tinglado se extendía desde la esquina del bosquecillo en que estaba la tienda hasta una distancia suficiente para permitir algunas rústicas comodidades. Por debajo de los árboles corría un limpio y diminuto arroyuelo, en el que Jim, con trozos de roja peña, formó una pequeña balsa de agua transparente.

Smoky, que era muy mafioso, con unas cuantas tablas hizo una tosca butaca, a la que las mantas de las sillas dieron relativa blandura, y Hays, por no ser menos, trajo un voluminoso brazado de helechos.

Salga usted, señorita —dijo llamando a la tienda—; ya verá usted qué cómoda va a estar; traigo helechos para hacer una mullida cama.

Salió Elena con los ojos enrojecidos, pero sin que éstos amenguaran su brillo. Jim quiso mirar a otra parte, pero no pudo, y Hays entró en la tienda con objeto de extender los: helechos.

—Ya me haré yo la cama —dijo Elena impaciente, añadiendo en cuanto salió el jefe—: ¿Debo colegir por estas atenciones que mi estancia aquí va a ser larga?

—Así parece… Yo ¿qué puedo hacer? —contestó Hays sin atreverse a levantar la vista.

—Puede usted enviar a Jim Wall u otro cualquiera al Rancho de la Estrella. Yo le daré una carta para mi hermano encargándole que pague el rescate sin hacer preguntas ni dar pasos.

—No dudo de que Jim se prestaría a ir, pero ninguno de mis hombres se arriesgaría a ello.

Hank, mejor será —propuso Smoky— que Jim y yo llevemos a la muchacha, si ella da su palabra de que tendremos el dinero.

—¡Lo juro! —exclamó vivamente Elena.

—No hay que pensarlo siquiera —replicó Hays en tono seco.

Pero Smoky, justificando la confianza que Jim había puesto en él, encaróse con el jefe, diciendo:

—¡Mil bombas, Hank…! Yo creo, al contrario, que se ha de pensar mucho… y ni tú, ni nadie, manda en mi pensamiento.

—Bueno…, lo que quiero decir es que yo no pienso así…; y como soy el jefe de la banda, lo que yo digo es lo que se hace, ¿entiendes?

—Seguramente… La cosa está más clara que el agua.

—Pues ni una palabra más. Cuando a mí me convenga, es decir, cuando el camino esté libre, enviaré por el dinero…; antes, no.

Y tomó el camino de la cantina, para buscar un jarro y una palangana para la señorita Herrick.

Happy protestó ruidosamente de que se le privara de ninguno de sus escasos y preciosos utensilios, y Jim oyó que el jefe decía:

—Bueno…, dejaré el jarro… Esos dos condenados defensores de mujeres han hecho una poza en el arroyo… Me llevaré la vasija y no hablemos más.

Durante este intervalo, Elena lanzó a Jim tan elocuente mirada de súplica y esperanza, que el joven sintióse poseído por la desesperación…

—Y usted…, ¿cuál es su nombre? —preguntó la inglesita volviéndose al diminuto ladrón.

—Puede usted llamarme Smoky —repuso con ambigua sonrisa. La hermosura y pureza de la cautiva habían conmovido su duro corazón.

—Usted es, amigo de Jim… y me ayudará… ¿No es cierto?

—A eso vamos…, mas ¡cuernos…!, no hable tan alto… Que nadie se entere de lo que tramamos…, ni de la parte que usted tome en ello —y Smoky volvió a su trabajo, antes de que se acercara Hays.

Elena entró en la tienda, donde Jim la oyó extender las mantas sobre los helechos.

Poco más se habló aquel día, hasta que, por orden de Hays, dióse por terminada la tarea.

—¿Dónde has extendido el petate, Smoky? —preguntó Hays.

—Bajo aquellas peñas, junto a Latimer…; el pobre necesita quien le cuide.

—Lo siento por él, pero aún hemos salido bien librados… Si llegamos a tener un cuarto de hora de retraso…

—Habría sido el fin de la banda de Hank Hays —comentó con sarcasmo Smoky.

—Eso hemos ganado… ¿Dónde dormirás tú, Jim?

—Allí he puesto mis trastos —contestó señalando el joven—, y conservaré el sitio mientras no llueva.

Hays nada dijo. Todos se reunieron en la cantina para cenar. Más talle, a la luz de la hoguera. Wall vio a la señorita pasear arriba y abajo en la creciente oscuridad. Llegó hasta muy cerca del sitio en que Jim había establecido sus reales, al abrigo de un saliente peñasco. Preguntábase el enamorado si comprendería Elena que él estaba muy cerca de ella y era el que tenía más ligero el sueño.

Pronto la oscuridad se hizo completa, y los ladrones, fatigados por el trabajo, buscaron el descanso. Jim permaneció despierto lo bastante para ver que Hays extendió su largo cuerpo bajo las mantas, junto al sombrajo de Happy. Del oprimido pecho de, Jim escapóse un suspiro de satisfacción. Su impulso de apelar a Smoky había sido una inspiración. Tuvo el presentimiento de que, a pesar de ser un pillo escapado de la horca, tenía ciertas cualidades que le hacían, digno de inspirar confianza. Tales eran los pensamientos que acompañaron a Jim a la cama. Aún estuvo más de una hora en vela, aguzando cuanto podía la vista y el oído.

Llegó el siguiente día, igual en un todo al anterior; los trabajos para mejorar el campamento, la vigilancia, la asistencia al herido, y la general, aunque disimulada, observación de Elena. Ésta permaneció largos ratos fuera de la tienda, comió, hizo ejercicio, y sus grandes ojos observaban a Jim con angustiosa mirada.

A este día siguieron otros llenos de inquietudes para Jim. Cada amanecer le traía el sobresalto de lo que ocurría, pues no se le ocultaba que aquel estado de cosas de soledad, durante la vigilancia, llegó a la conclusión de que no podía intentar algo radical, antes de tener fundado motivo. Se imponía la espera. Mientras tanto, él y Smoky habían asumido la asistencia del enfermo, que pareció mejoraba durante un par de días, y recayó después. Hays, en su creciente absorción, cedió con gusto el trabajo de cuidarle a Jim, y Smoky, espontáneamente, prestóse a ayudarle. Entre los dos hicieron cuanto permitían las circunstancias, pero el herido iba dé mal en peor. En sus momentos lúcidos, preguntaba con frecuencia por Hays y su prisionera.

—Lléveme el diablo, Jim —observó Smoky en una ocasión en que estaban solos—, si Latimer no sufre resquemores de conciencia.

Puede y yo creo que también siente la indiferencia del jefe.

—Natural… Es el que lleva más tiempo con él… Pero para mí, que tiene algo que le consume.

—Tal vez se arrepienta de haber tomado parte en el rapto de la señorita.

—No… Latimer no es de esa casta —contestó con decisión Smoky.

—Como no sea porque mató a Progar y esto ha sido la causa de que nos persiga Heeseman…

—¡Bah…! Mal conoces a Latimer… Jamás ha pensado dos veces, en los hombres que ha matado. Debe ser algo que le llegue a lo vivo.

Esto sugirió una idea a Jim, que tuvo buen cuidado de guardar para sí: Latimer sabía, sin duda, que el jefe no había repartido equitativamente el dinero robado a Herrick. Eso debía ser. De todos modos, el joven, que era sumamente afectuoso con el enfermo, decidió consagrarle más tiempo.

Al séptimo día, durante el calor de las primeras horas de la tarde, en tanto que los hombres dormían la siesta y Jim estaba de guardia con sus inseparables prismáticos, Hays empezó a transportar cosas a la barraca que se había construido a cierta distancia, en una explanada del valle del Sur, y estaba separada del campamento por un hondo barranco.

Los anteojos de Jim le acercaban las cosas (demasiado para su tranquilidad de ánimo), y así pudo distinguir que el primer bulto que Hays metió en la barraca era su equipaje, y el segundo, su propia cama. Jim le maldijo, y un sudor frío humedeció su frente. Pasadas las horas de guardia, volvió Jim al campamento, y al acercarse con paso lento, se encontró con que varios de los hombres estaban disputando.

—¡Voto a mil diablos…! ¡Te digo que no! —gritaba Smoky al llegar Jim.

—Pues, voto a cuantos diablos quieras, yo afirmo que sí —replicó Lincoln.

—Compañeros…, eso sería una porquería —prosiguió acaloradamente Smoky—. Todos somos tan malos como los huevos podridos…, pero Hank no es el peor… ¡Cobrar el rescate y devolver la muchacha deshonrada…! ¡No puede ser!

—Smoky, eres más simple que una mata de habas —dijo Lincoln—. ¿Cuándo abrirás los ojos?

—Los tengo bien abiertos —fue la tozuda respuesta.

—¡Basta…! Ahí se acerca el jefe.

A Jim le satisfacía la gradual desconfianza que iba inspirando Hank a su banda.

—Escuchad, compañeros —dijo aprisa y con voz queda—. Os he oído, y estoy conforme con Lincoln. Hays se traslada a la barraca, seguramente para arrastrar allí a la señorita Herrick.

Se hizo un intenso silencio.

—Lo he visto yo mismo con los prismáticos —añadió Jim.

—¡Vive Dios! —explotó Smoky, convencido a pesar suyo—. ¡Y yo que me reprochaba el pensar mal de Hank…! Lucharemos cara a cara… y cuando acabe conmigo, sigue tú, Jim.

—¡Déjame ser el primero! —pidió el joven con voz ronca.

—Pero ¿qué mosca os ha picado? —preguntó Lincoln.

—Cierra el pico… Ya está aquí… Apártate un poco.

Tan pensativo andaba el jefe, que habría pasado sin decir nada, pero la vibrante voz de Smoky le sacó de su abstracción.

—¡Hank, ven aquí! —gritó el hombrecillo plantándose ante su jefe—. Tenemos algunas dudas respecto de ti… Ya me conoces, y sabes que si pregunto es para que se me conteste con franqueza. ¿Es cierto que tienes malas intenciones respecto a esa muchacha?

—¿Malas? —repitió Hays, y su congestionada faz se puso pálida.

—Eso es lo que pregunto.

—Bueno…, y suponiendo que las tuviera… ¿Es acaso asunto tuyo?, preguntó cínicamente el jefe.

—Entonces, empuña el arma y vamos a repartirnos unos cuantas balas.

—¡Smoky! —exclamó en tono de incredulidad Hays.

—Y cuando acabes conmigo, empiezas con Jim —dijo Smoky.

—¿Más traiciones? —aullé Hays, súbitamente enfurecido.

—Traiciones, sí, Hank…, pero son las tuyas.

El jefe escupió con rabia, y después, haciendo un violento esfuerzo, logró serenarse.

—Querría, saber nada más hasta dónde os atreveríais a ir —declaró Hays—. Y me habéis dado no poco en qué pensar… En cuanto a la moza, mis sentimientos no son peores que los vuestros. ¿Estamos…? Y os diré que si se vuelve a hablar de tales tonterías, disolveré la banda.

—En realidad, ya está disuelta, Hank —contestó Smoky, en el tono amargo de la decepción.

Jim se fue a su rincón hasta la puesta del sol, pasando la horas más horribles que había vivido hasta entonces. Hays no quería pelear, y esto le ataba las manos, por lo menos hasta que se presentaron nuevas complicaciones. Ni aun una avasalladora pasión era capaz de hacerle faltar a su credo, que era el mismo de Smoky. Pero no estaba seguro de que lo respetaran cuantos vivían en la solitaria guarida. Parecía como si Hank Hays se hubiera por fin estrellado contra la roca de sus ansias de mujer.

Smoky espiaba el regreso de Jim, y adelantóse a su encuentro.

—Latimer pregunta por ti —dijo en tono sombrío—. Me temo que se las lía.

Cuando Jim se inclinó sobre el enfermo, no pudo menos de compartir los temores de su compañero.

—¿Qué ocurre, Sparrowhowk…? Estaba de guardia —dijo el joven tomando su mano seca y ardorosa.

—¿Estoy… para dar… el último hipo? —pregunté Latimer, sereno, pero con una mirada que conmovió a Jim.

—No niego que estés bastante mal…, pero mientras hay vida hay esperanza.

—No es la primera vez que recibo un balazo…, pero nunca me he sentido como ahora… Escucha, Jim… Si estoy para morirme… no me lo ocultes… porque necesito deciros a ti y a Smoky algo que no me atrevería a declarar si hubiera de vivir… ¿Comprendéis?

Smoky, que estaba de rodillas al otro lado, inclinó tristemente la cabeza.

—No puedo exigir que nos hagas ahora esa confesión —dijo Jim—. Aún puedes restablecerte, pero te doy mi palabra de que te lo recordaré, si creo llegado el momento.

—Bueno…, eso me tranquiliza. Dadme un sorbo de agua fresca.

Smoky tomó el vaso y fue a buscarla.

—Jim…, te quiero… más de lo que te figuras.

—Gracias, Sparrowhowk… Yo también te aprecio mucho.

—Hombres como yo… tienen que morir así…, siempre me lo figuré… y ahora ha llegado… Jim… ¿no has pensado nunca en que… sería mejor… volver al buen camino?

—En el último tiempo, no —contestó Jim con tono sombrío.

—Tú eres más joven que nosotros… Aún vale la pena… Smoky volvió trayendo el agua, y los dos hombres, ayudaron a beber al enfermo.

—El agua sola no te dará fuerzas —observó Smoky lleno de buena voluntad—. Vamos a buscarte una friolera.

Por el camino, Smoky dijo con gravedad a Jim:

—Me parece que lo mejor será dejar que desembuche Latimer lo que le escarabajea en el pecho. ¿No opinas así?

—Seguramente, Smoky.

—Tal vez, sería mejor no saberlo —añadió sombríamente el singular ladrón.

—Pero, hombre, si es algo que Latimer debe confesar, no hay duda de que es algo que nosotros debemos saber. —¿Aunque disuelva la banda?

—Cuanta más importancia tenga… más necesitamos saber de qué se trata.

—No hables tan alto… que estas peñas tienen oídos. Bueno… Mañana veremos.

Aquella noche, Jim cené despacio y estuvo dando vueltas alrededor de la hoguera, hasta mucho después de despedirse Hays con un significativo:

—¡Buenas noches a todos…! Me voy a dormir.

—Me parece que Hank ya se ha cansado de pasar las noches en vela, oyendo los sollozos de la muchacha —observó Mac.

—Así parece.

—También es ésa mi opinión —añadió el cocinero—. Antes de llamaros, preparé la cena para ella. Hank se la llevó, volviendo a poco para cenar con vosotros.

—Bueno… Eso es portarse con decencia.

Jim trasladó su cama a un sitio más cercano de los algodoneros, desde el que dominaba la elevación del terreno y no podía pasar nadie sin destacarse sobre el horizonte. Permaneció sentado sobre la cama, hasta que el cansancio le obligó a cambiar de postura, y, aun después de echarse, continuó vigilando…

Pero no pasaba nada. Las horas transcurrían, pesando como plomo en el oprimido pecho de Wall. Hasta los grillos interrumpieron su monótono canto, y el viento cesó de soplar. Toda la guarida parecía una inmensa tumba de piedra. El silencio y la soledad eran pavorosos. Pero Jim desconocía el miedo, y su afán de matar al ladrón traicionero no le dejaba tiempo para oír las fantasías de la imaginación.

Por fin se durmió, empezando a soñar que montaba sobre un gigantesco caballo negro, con ojos de fuego. Al borde del abismo crecía una linda florecilla, y en su insensato deseo de cogerla, se cayó al precipicio, rodando y rodando, hasta el oscuro fondo. De pronto, un penetrante grito pareció subir de las entrañas de la tierra.

Sentóse en la cama, con la frente bañada de sudor y el corazón palpitante. ¿Qué había sido aquello? La noche seguía melancólica y silenciosa. Jurarla que un desgarrador alarido le había ahuyentado el sueño… Entonces recordó su pesadilla… ¡Qué absurdo, soñar que él cogía florecillas y que se caían a un abismo profundo! Sin embargo, este sueño le perturbó… Hay cosas muy difíciles de explicar… Él soñaba muy pocas veces… El resto de la noche lo pasó dormitando a intervalos, y molestado por algo que no conseguía precisar.

Uno por uno fueron apareciendo los miembros de la banda en la cantina, para tomar el desayuno. Sin trabajo urgente, y sin caballos, que limpiar o montar, los ladrones caían en brazos de la pereza.

Jim fue el último en presentarse, excepto el jefe, que aún no había aparecido.

—Esta vida de holganza es la que me pide el cuerpo —declaró Mac.

—Pues, yo, aunque estoy tumbado diez horas, duermo poco —expuso malhumorado Smoky—. Parece que siempre esté esperando algo.

—Dad una voz al jefe…, que estoy ronco —advirtió Happy.

Nadie se tomó la molestia de cumplir el encargo, y todos se pusieron a almorzar. Lincoln no había dicho nada, y tenía la vista clavada en el suelo, pero ya era cosa olvidada, de puro sabida, que Lincoln estaba taciturno por las mañanas. Terminado el almuerzo, Jim, según tenía por costumbre, corrió al lado del herido… Apenas estaba a medio camino, cuando Smoky se reunió con él.

—Jim, esta mañana tienes cara de condenado.

—Es que no he dormido bien… Estoy cansado, y hace días que no me afeito.

—Bueno… Si no es más que eso… Pero, escucha, ¿has oído llorar anoche a la muchacha?

—¡Cómo…! ¿Ha llorado?

—Y tanto que me puso carne de gallina… ¡Cáspita…! ¡Mira el pobre Latimer!

El paciente había rodado de su lecho a la hierba. Se apresuraron a echarle de nuevo en la cama, lo más cómodo posible. La fiebre le abrasaba, dando a sus ojos alarmante brillo, pero tenía conocimiento, y pidió agua. Jim corrió a buscarla.

—Cómo diablos he podido rodar así, es cosa que no comprendo —dijo, el enfermo después de beber con ansia.

—Estarías delirando —insinuó Smoky.

—No…, lo, que estaba es asustado.

—¡Asustado…! ¿Tú…? ¿Estás de broma…? —dijo Smoky mirando a Jim.

—¿Qué ha podido asustarte, pobre viejo…? —preguntó aquél refrescando, el enardecido rostro de Latimer con su pañuelo de seda humedecido.

—Después de dormir el primer sueño… debía ser tarde… porque no suelo dar cuenta de mi persona en cinco o seis horas, y estaba bien despierto. No se movía una mosca… De repente oí un chillido… Me asusté tanto, que pegué un bote y me caí de la cama…, quedé atontado… y ni aun intenté levantarme.

—Tal vez un coyote escondido entre los matorrales —contestó Jim.

—Compañeros, apuesto lo que queráis a que la muchacha está muerta… ¡Asesinada! —concluyó el enfermo con voz ahogada.

—¡Hombre…! Eso sería… —exclamó Smoky.

—Escucha Sparrowhowk —dijo gravemente Jim—. Parece que estés en tu juicio, aunque tus palabras no lo acrediten. ¿Tienes, razones para pensar así?

—Claro está que las tengo —repuso el herido bajando la voz Hays hirió y robó a Herrick. Esto es una parte de lo que deseaba deciros cuando fuera a estirar la pata, y voy a hacerlo ahora… Pero os pido, como compañeros, que me guardéis el secreto hasta que esté muerto.

—Lo juro —dijo vivamente Smoky.

—Puedes confiar en nosotros —añadió Jim.

—Eso me hace temer que haya acabado también con la pobre chica.

—¡Robar a Herrick! —murmuró en tono incrédulo Smoky ¿Acaso Hays peleé con el inglés?

—Hays es capaz de sacar dinero de los ojos de un negro muerto… Él me dijo que se proponía llevarse a la joven para pedir rescate… y a Herrick le exigió dinero… Éste se puso furioso, y entonces le hirió.

—¿Por qué no nos, has dicho eso antes? —preguntó severamente Smoky.

—Por consideración a Hank… Pero confieso que si de antemano le hubiera visto el juego… no le habría ayudado… Después… ya era tarde… Bueno… Sucedió, y yo guardé el secreto… Ahora siento en los huesos que me voy… y lo digo… porque Hank os ha hecho traición a todos.

—Yo en tu lugar, habría obrado lo mismo —dijo Smoky en tono consolador—. Toma un sorbito de whisky para darte fuerzas, y cuenta lo que pasó.

—Bastante calor tengo sin licores…, pero contaré…; dame un poco de agua.

Después de beber, Latimer dio un prolongado suspiro, y resumió lo pasado en estas palabras:

—Hank me escogió… porque me tiene cogido… Tras de separarnos aquella noche… Hank cogió otro caballo… Tenía una silla escondida en el campo… y con los caballos nos acercamos a la casa…

—¡Ah…! Seguramente el plan lo tenía ya madurado —interrumpió Smoky.

—Sí… Dejamos; los caballos atados, y antes de entrar en la vivienda, me dijo que pensaba robar a Herrick cuanto dinero tuviera en casa y después llevarse a su hermana para pedir rescate. Yo abrí el sumidero para decir que dejara en paz a la chica, pero él miró de un modo que me dio a entender que estaba perdido por ella… y me callé… Herrick estaba en el salón… Allí nos encaminamos, pero, antes de entrar, Hays me señaló la abierta ventana del cuarto de la muchacha… Al entrar, el inglés nos miró, y Hank, sacando una pistola, dijo: «¡Calle y entregue cuanto dinero tenga…!». Herrick, lejos de amedrentarse, lanzóse contra él como una fiera, pero el jefe le dio un tremendo golpe con la pistola en la cabeza, que le dejó atontado, y manando sangre… Entonces abrió el escritorio y sacó varios mazos de billetes; grandes… Salimos; al vestíbulo… y Hank me mandó que entrara por la ventana del cuarto de ella… La luna estaba muy clara…, pero de momento no recordaba cuál era… Pronto me guió la misma voz de la muchacha… Dame otro sorbo.

El enfermo calmó su extraordinaria sed, mientras que Jim y Smoky cambiaban significativas miradas por encima de él.

—Bueno… ¿Dónde estaba…? ¡Ah…! Cuando entré por la ventana, la encontré a ella sentada en la cama, más blanca que las mismas sábanas, y Hank, que le apuntaba a la cabeza con la pistola, decía que si pedía socorro disparaba. A mí me mandó que registrara, para coger dinero y joyas. Yo obedecí; pero sin quitarles ojo… El cuarto estaba tan claro como el campo. El jefe dispuso que la chica se vistiera para montar a caballo… Rehusé ella… y Hank, de un manotazo, le sacó de la cama, arrancándole medio camisón. «Sepa usted —le dijo— que tengo a su hermano atado abajo, y si no obedece cuanto yo digo, lo mataré». La pobrecilla; sollozando, se metió en su tocador. Él repitió que se pusiera el traje de montar y empaquetara lo más preciso, añadiendo: «La secuestro a usted para obtener rescate… En cuanto lo reciba volverá a su casa… Mientras; sea dócil, no le pasará nada». Entre tanto, yo había encontrado un montón de ricas joyas…, diamantes como nueces… y buena cantidad de billetes de los gordos, envueltos todavía con el papel de la casa Wells Fargo… Me rellené los bolsillos… y quedé hecho una mina de oro ambulante.

—¿Cuánto podría haber en todo? —preguntó con curiosidad Smoky, mientras; se detenía el enfermo para tomar aliento.

—Ya voy a eso… Salimos por la ventana, y Hank la condujo hacia el bosque, llevándome a retaguardia. Pronto llegamos a los caballos. Hank ayudó a la muchacha a montar en el tordo… Al disponemos a partir… oímos ruido por la carretera… Alejóse Hays, encargándome que vigilara a la prisionera… Oímos, un disparo; y el sordo golpe de un cuerpo que se desplomaba. Volvió Hays soplando como un toro, y dijo que se había encontrado de manos a boca con Drogar y otro de la cuadrilla de Heeseman.

»—Señorita Herrick —dijo él—, esos pillos intentaban robar y aun tal vez matar a su hermano. Yo he tumbado a Drogar, pero el otro ha huido.

»Ató el paquete a su caballo, cogió el ramal del que montaba la chica y tomamos el camino de las montañas. No descansamos hasta el día siguiente. Yo entregué entones el dinero y las joyas a Hays, que conté el dinero robado a Herrick…, más de dieciséis mil dólares…, pero no abrió el paquete de Wells Fargo, que yo había encontrado; en la maleta de ella. Esto es todo, compañeros… Nos pusimos de nuevo en marcha, hasta que os encontramos en los cedros.

—¿Cuánto contenía el paquete de Wells Fargo? —preguntó Smoky tras de larga pausa.

—No sé…, eran billetes grandes…, y el mazo muy pesado.

—Es decir, ¿que Hays se ha apropiado de eso, más las joyas?

—Sí… Por cierto que ayer me entregó mi parte de los dieciséis mil… Aquí la tengo, en la chaqueta… Os la podéis repartir… porque adonde yo voy…, no se necesita dinero.

—Sparrowhowk, el relato ha sido largo para un enfermo… y difícil de contar —dijo sentidamente Smoky—. Jim y yo respetaremos tu confidencia, y si logras salir del: paso (espero en Dios que así sea) no chistaremos:… Pero, compañero, no te sorprendas: de lo: que pueda ocurrir.

 

XII

 

Cinco días después falleció Latimer, tras de una breve mejoría, que hizo concebir nuevas esperanzas a sus camaradas. Murió solo, durante la noche, y al acercarse Smoky por la mañana, lo encontró ya rígido y frío.

—Tentado estoy de envidiar a Sparrowhowk —dijo con tristeza Smoky—. Maldito si vale la pena de vivir para hacer lo que hacemos.

Se le enterró con su mismo petate, sorteándose entre la cuadrilla sus demás pertenencias.

—¿Qué habéis hecho con el dinero que le habéis encontrado encima? —preguntó Hays.

—No hemos encontrado ninguno. Latimer nos lo entregó a mí y a Jim hace pocos días —contestó Smoky.

—Pues lo mejor será que lo repartáis.

—¡Ya hablaremos de eso!, —fue la ambigua respuesta de Smoky sin separar los penetrantes ajillos negros del jefe.

—¿Por qué?

—Porque, Latimer nos lo entregó, no para que lo repartiéramos, sino para que lo guardáramos.

—Dile a Hays la otra razón, Smoky —apuntó Jim.

—Aguardemos un poco, Jim… No corre prisa… y no estoy seguro de que el difunto verdaderamente deseara que habláramos.

El rostro de Hank Hays se puso lívido y la mirada que fulminó sobre sus dos subordinados reflejaba los siniestros fulgores de un alma desesperada.

—¡Ah…! Puede que hagáis bien en conservar la boca cerrada —dijo, alejándose sin tardanza.

Brad fue el primero que preguntó con viva curiosidad:

—¿Qué ocurre?

—Métete la lengua en el bolsillo —contestó Smoky en tono provocativo.

—Compañeros —prosiguió Lincoln volviéndose a los otros—. Hace tiempo vengo oliendo algo Podrido en este asunto…: ¿,me autorizáis para que en nombre de todos pida explicaciones a Smoky y a Jim?

—¡Sí…! ¡Sí…! —contestaron a coro Bridges, Mac y Happy.

—Ya lo habéis oído… Tú, Smoky, siempre has sido franco y leal con tus camaradas… di lo que debamos saber.

—Me encuentro, en un endiablado lío… Lo que pides es justo y, muerto Latimer, Jim y yo no tenernos por qué callar… Pero estamos en este maldito agujero, y quisiera impedir el que peleáramos unos con otros.

—Escuchad…, propongo que decida la suerte… Juguemos al póquer… y si ganamos toda la pasta al jefe (no será difícil ahora que sólo piensa en la rubia), me parece que no tendremos necesidad de decir nada. ¿Eh, Jim?

—Yo no prometo nada, Smoky —repuso el joven—. Admiro tu buen deseo…, pero me parece que vas un poco lejos, y que en justicia todos debieran saber la verdad.

—¡Condenado muchacho! —gruñó Smoky, pero sin acritud.

Lincoln silbó como un reptil… Su cólera era una confirmación de las sospechas. Smoky le puso una mano en el hombro para apaciguarle.

—Ya sabes lo que he dicho, Brad —observó Smoky—. Se trata de escoger entre las cartas… o saber la verdad.

—Elijo las cartas… y vosotros, no siempre guardaréis el secreto —dijo Lincoln en tono sombrío.

Desde aquel momento empezó un desenfrenado juego en el que todos participaban. Dejando uno de centinela, el resta de la banda se pasaba horas enteras en el sombrajo que les servía de cantina, entregados a su pasión favorita. Hays era jugador por naturaleza, jugaba con todo, principalmente con la vida y con la muerte.

Jim hizo dos partes de su dinero; en un lado puso los billetes de cantidad más elevada y los pequeños en otra.

Los primeros, que eran mucho más numerosos que los segundos, los cosió entre el forro de su chaqueta mientras estaba de guardia. Tenía el presentimiento de que podía necesitarlos alguna vez. Y los restantes se los metió en los bolsillos, para tomar parte en el juego, retirándose en cuanto los perdiera.

Pero la fortuna es caprichosa, y en lugar de perder, ganó con insistencia. Mientras ganaba, no tenía pretexto para dejar el juego…, y él prefería estar en la altura que le servía de atalaya. Por fin, cambió la suerte y perdió ganancias y capital.

—Me he quedado limpio —dijo levantándose—. Pero no puedo negar que me he divertido.

—Cierto que en el último tiempo has tenido cartas podridas, pero no puedes haber perdido cuanto tienes —observó Hays.

—Verdad es que algo me queda —convino Jim—, pero eso lo guardo para mejor ocasión.

—Yo estoy en fondos…, te prestaré lo que quieras —ofreció generosamente Hays.

—No, gracias…, me alegro de salir de este pozo. Voy al peñasco para reemplazar a Mac. De aquí en adelante me encargará del servicio de vigilancia. Me gusta.

—Eso es portarse como buen compañero… ¿Cuántas cartas, Jeff…? Oye, Smoky…, ¿es que ya ni por casualidad abres la boca…? No sé verdaderamente en lo que estás pensando.

—Más vale que no lo sepas —dijo en tono sombrío el hombrecillo. Hays tenía la alegría ruidosa cuando ganaba, pero se ponía inaguantable si perdía.

Jim alegrábase mucho de que hubiera pasado esta fase de su conexión con la cuadrilla. Había jugado varios días, ganado y perdido, todo en interés del proyecto que mentalmente estaba madurando. Si no sobrevenía nada imprevisto, el juego conduciría a la inevitable reyerta; que Hays ganara o perdiera, habría pelea. Cada día las apuestas eran mayores, el juego más atrevido, y la acritud de los que perdían más profunda. Tenían demasiado dinero aquellos ladrones… Había sido mal ganado, y sólo daños les acarrearía su posesión.

Mac se alegró tanto de verse prontamente relevado de su solitaria guardia sobre el soleado peñón, que echó a correr como un chiquillo por la senda que llevaba al campamento.

En cambio, Jim se quedó muy complacido. Aunque no le temía al sol, había traído un montón de hojarasca y tres largos maderos para hacerse una especie de sombrajo. La tarea resultó difícil por no haber tierra en que clavar los maderos; por fin logró acoplarlos entre las piedras y pudo sentarse a la sombra, para disfrutar del merecido descanso.

Mas poco tardó en levanta se de nuevo. Estaba inquieto, nervioso. El hallarse día tras día entre aquellos hombres, teniendo que ocultar constantemente sus pensamientos, le producía perenne intranquilidad. Happy era un buen hombre, que ningún punto de contacto tenía con los ladrones. Carecía de fuerza, variaba como el viento, y siempre le convencía el último que llegaba. Smoky era el alma de la banda, si tal nombre se le podía dar a alguno de los secuaces de Hays; los demás le habían aceptado por compañero y él quería hallarse presente cuando surgiera la disputa. Su ayuda podía ser muy valiosa.

Enfocó los anteojos, acortando la distancia que le separaba de los purpúreos barrancos, de las plateadas lagunas y de los frondosos valles a los que el calor envolvía en tenues velos rosados, semejantes a humo, que lentamente ascendían hacia picachos y cresterías de rojizas peñas. Con frecuencia los cristales de aumento permanecían largo tiempo fijos en la tienda gris, donde la prisionera pasaba sus tristes días. A pesar del vivísimo deseo que Jim sentía de precipitar los acontecimientos a riesgo de provocar una catástrofe, aún conservaba el suficiente dominio sobre sí mismo para esperar ocasión oportuna. El tiempo conspiraba en favor de sus proyectos. Tan cierto como que el sol caldeaba durante el día la guarida de ladrones, y las estrellas la iluminaban por la noche, la tragedia era inevitable y cada día la acercaba más.

Había llegado la estación le las tormentas. La lluvia caía a chaparrones diariamente, limpiando de polvo la atmósfera. El calor era menos sofocante, y flores y hierbas cubrían toda la tierra.

Jim conservaba su sombrajo en las alturas, pero muy pocas veces se guarecía en él, aunque lloviera. Le gustaba el olor a tierra y a piedras mojadas. Por las mañanas el cielo solía estar azul, excepto sobre los picachos de los montes Henry, que era donde se formaban las tormentas. Hacia el mediodía, gruesos nubarrones blancos se extendían por todas partes, y poco a poco iban haciéndose más densos y oscuros; después tupidas cortinas de lluvia gris, empujadas por el viento, corríanse hacia el desierto. Aquí brillaba de nuevo el sol, allá se acumulaban las sombras, y entre ambos lugares extendíanse deslumbradores arco iris de transparente y etérea belleza.

Un día en que Jim regresaba al campamento poco antes de anochecer, oyó el disparo de un arma de fuego, que le causó natural sobresalto. Allí no se oían más tiros que los suyos, cuando cazaba conejos o antílopes. Aguzó el oído, pero no oyó ninguno más.

En el momento en que entraba en la hondonada y vio a Hays que se dirigía a su barraca con el cabello erizado, y a los demás que se agrupaban a la entrada de la cantina, dióse cuenta de que algo había pasado, y deseé con toda el alma que la víctima no fuera Smoky ni Happy… Cualquiera de los otros, no representaría para él más que uno menos.

Al ver a Jim, Smoky destacóse del grupo y salió a su encuentro. Andaba despacio y con la cabeza gacha. Se encontraron frente a la pequeña elevación en que el jefe había construido su barraca.

—¿Qué sucede. Smoky?

—Hank ha matado a Brad.

—¿Cuándo…? ¿Cómo…? ¿Quieres decir que Hays ha tirado sobre Lincoln?

—Eso mismo. Jim, eso mismo ha hecho —y los ojos del hombrecillo brillaban con extraño fulgor Hank estaba al extremo de la mesa y tenía libertad de acción. ¿Te acuerdas del banco que Jack clavó junto al fogón? Allí estaba sentado Brad y la mesa le impedía sacar la pistola… Esto dio la ventaja a Hays, que agujereé a Brad. Yo he sido el único testigo… Los demás habían puesto pies en polvorosa.

—Pero ¿cuál fue el motivo, Smoky?

—Poca cosa… Brad, que cada día estaba de peor humor, hoy perdió cuanto le quedaba. Hank le había ganado casi todo su dinero; levantóse furioso, sin duda para desafiar a Hank, pero éste, sin darle tiempo, ni aun de salir del rincón en que estaba, le metió plomo en el cuerpo.

—Eso ha sido asesinato, Smoky —declaró, gravemente Jim.

—Seguramente… Hank le temía a la lengua de Brad y, amigo Jim…, esto es una advertencia para nosotros.

—¿Para, ti y para mí?

—Así lo pienso.

—No es hombre, Hays, para matarme a mí dijo fríamente Jim.

—Tampoco creo que se atreva conmigo cara a cara.

—¿Sabe que nosotros conocemos su traición?

—Debe suponerlo —contestó Smoky, algo perplejo—, pero en el último tiempo se ha vuelto tan solapado, que cualquiera adivina sus pensamientos.

—¿Quieres que le llamemos para hablar claro?

—¡Mil rayos, no…! —protestó Smoky violentamente—. Después de todo, la culpa fue de Brad… Mira, Jim, yo no puedo aconsejarte… Cada palo que aguante su vela.

—Bueno, hombre… Yo no me ando con escrúpulos —declaró Jim con intención—. Te quiero bien, Smoky, porque me parece que eres la única persona decente de esta pandilla, y si necesitas un consejo, te lo daré con mucho gusto.

—Gracias, Jim. Yo también te aprecio —admitió Smoky—; pero tan verdad como Dios me oye… no me atrevo a pedirte nada… y tengo miedo.

—¿Miedo, tú? ¿De qué?

—No lo sé… Voy creyendo que Hank nos ha embrujado al traer aquí a esa chica.

Entraron en la cantina. Lincoln estaba caído de bruces sobre la mesa, el brazo derecho le colgaba a poca distancia del suelo, y la pistola estaba cerca de la mano.

—Muchachos —dijo el cocinero—, si he de poner la mesa para la cena, apresuraos a rendir los honores fúnebres al difunto compañero.

—¿Quién será el que le siga? —preguntó sombríamente Mac retorciendo las secas manos.

—¡A ver, arrimad el hombro aquí!, —mandó Smoky en tono perentorio.

Lleváronse a Lincoln hacia la parte baja del bosquecillo de algodoneros, donde tenía su cama y efectos.

—Yo, le registraré —dijo Smoky—. Tú, Mac, echa una mirada al equipaje, y tú, Jim, tráete algo con que, se pueda cavar.

Media hora más tarde, ya descansaba el muerto en la tierra, y sus pertenencias habían pasado a ser propiedad de sus enterradores.

—Sepultura número dos —comentó Smoky—. Me parece, compañero, que dentro de veinte de veinte años la guarida de ladrones será un vasto cementerio.

—¿Cómo puede ser eso, no sabiendo nadie que estamos aquí?

—Ya nos encontrará Heeseman, y a ellos los descubrirá Morley, y tras de éste vendrán otros —contestó Smoky en tono profético.

—¡Entonces huyamos de este maldito agujero! —propuso Bridges.

Ya había anochecido cuando Happy los llamó para cenar, y Jim trajo un brazado de leña seca para avivar el fuego. A su llama vieron que se aproximaba Hays y cuando estuvo cerca, dijo:

—Jim ¿te han contado la verdad respecto a lo ocurrido con Brad?

—Supongo que sí —contestó fríamente el joven.

—¿Tienes algo que decir?

—No…, me parece que era lo único que podías hacer.

—Has puesto el dedo en la llaga. En el momento en que Brad iba a saltar sobre mí, leí en sus ojos que se proponía matarme…, fui más listo que él… Jack, ¿qué vas a damos de cena?

Por tácito acuerdo y sin decir ni una palabra, los hombres evitaron el sentarse a la mesa aquella noche, y cada cual comió alrededor de la hoguera del campamento.

Hays permaneció en pie; Smoky sentóse en una piedra y los demás tomaron posturas más o menos cómodas.

—La lluvia ha refrescado, el aire —observó Hays, después de concluir; cogiendo una gavilla encendida, añadió—: Me parece que a la prisionera le vendrá bien un poco de lumbre.

Y se alejó blandiendo la gavilla para que no se apagara…

—Eso se llama redaños —declaró Smoky—. ¿Qué te parece, Jim?

—Fanfarronería solamente… Obsérvale.

—Hank acabará por perder la chaveta —comentó Happy, atreviéndose por una vez a murmurar—, porque la muchacha le aborrece más que a la peste.

—Lo que ella pueda pensar, le trae sin cuidado a Hays —dijo con rabia Jim.

—La he visto anoche —prosiguió el cocinero—, cuando me llamó el jefe para que le subiera la cena. Es la primera vez que le he visto bien la cara, desde que estamos aquí… Parece la sombra de la otra.

—Sí… y vosotros, compañeros, sólo veréis la sombra del dinero que Hays robó a Herrick —contestó Jim presintiendo que había llegado el momento de las confidencias.

Un rumor de enojo acogió sus palabras. Smoky alzó los brazos y se alejó de la hoguera. Entonces Jim, con palabras claras y concisas, puso a todos al corriente de las maquinaciones de su jefe. Después de la primera explosión, aceptaron el descubrimiento con un silencio sorprendente, como abyecto, y Jim, dejando que el veneno hiciera su camino, alejóse en la oscuridad.

La lumbre que Hays había encendido frente a la tienda de campaña, iluminaba a la prisionera, paseando arriba y abajo. Jim, al amparo de las peñas, acercóse hasta una distancia de doscientos pies escasos, sentándose sobre la hierba. Si Elena habló con Hays cuando éste le trajo la cena, por el momento paseaba en silencio, echando tan insistentes miradas hacia la hoguera del campamento, que eran demasiado expresivas para ser casuales.

Jim sentía que estaba al cabo de su paciencia. Allí mismo, si hubiera visto a Hays intentar acercarse a Elena, le hubiera pegado un tiro, aun a riesgo de tener que luchar con el resto de la banda. Pero el jefe estaba sentado en la sombra, con más trazas de penitente que de conquistador. Por último, Elena se metió en la tienda, y Jim, destrozado por la continua tensión de sus nervios, alejóse en dirección a su cama… Esperaría a mañana… ¡Mañana…! De seguro se iniciaría la rebelión… Hays no era hombre para tolerar reproches ni críticas sobre su conducta… Necesitaba no sólo su dinero, sino el de todos ellos… y lo necesitaba para algo más que para jugar… La guarida sólo era un alto en su camino… y la salvaje Utah no llenaba sus aspiraciones… Tales eran los pensamientos de Jim, hasta que el sueño le cerró los ojos.

Durante la noche despertóse el joven, cual sucedía con frecuencia. La bóveda celeste cubríase de un matiz opalino. La luna ya se había ocultado, pero su blanquecina luz aún dominaba la de las estrellas, y los altos peñascos estaban coronados por claridades de color peral… A lo lejos se oían los aullidos de los lobos… Tal vez sería ésta la causa de haberse despertado… Lo cierto era que sentíase envuelto por algo melancólico y misterioso, cual si estuviera bajo la influencia de un sueño.

Cuando cerró de nuevo los ojos, una mano suave tocó su mejilla, y una voz muy baja, que le hizo estremecer, murmuró a su oído:

—Jim…, despierte…, soy yo.

El joven se incorporó con violento impulso. Elena estaba de rodillas a su lado.

—¡Usted…! ¿Qué pasa…? ¿Acaso ese demonio…?

—¡Cuidado…! No tan alto… No ha sucedido nada… Pero no podía dormir… y necesitaba hablar con usted, para no volverme loca.

A la luz de las estrellas su rostro tenía el mismo tono perla que las nubes, y sus ojos parecían dos negros abismos que lo agujereaban. Tras de un instante, él, ya más sereno, dijo, en el mismo tono:

—Corriente…, hablemos…, pero nos arriesgamos mucho.

Dejó descansar las manos sobre la manta y ella puso encima las suyas, cual si quisiera asegurarle de su presencia y sentimientos. Con voz muy queda y dulce, empezó:

—Primero quiero decirle cuán castigada he sido por mi ignorancia y por no haber hecho caso de sus consejos… después… de haberme ofendido con tanta rudeza… aquel día en la montaña. ¡Ah! ¡Si yo hubiera tenido confianza en usted…! Mas quiero convencerle de que esa confianza la tengo ahora.

—Gracias y me alegro…, pero debo confesar… que los besos… que le di entonces… temo que no sólo fueran para asustar a usted.

—Es igual… Si hubiera seguido sus consejos… no me vería en esta espantosa situación… El miedo y la inquietud me van consumiendo.

—Pero usted está buena todavía, ¿no es verdad…? ¿Acaso se ha atrevido ese hombre…?

—No…, a nada se ha atrevido, y yo no estoy aún enferma…, adelgazo porque no puedo comer…, pero eso nada importa… Lo principal es que no me atrevo a dormir de noche…, temo a cada instante que entre y me ahogue para impedirme gritar… Hasta ahora no ha osado…, yo le juré que si intentaba tocarme, sería capaz de arrojarme a un precipicio… Creo que le asusté… Pero… yo reo… y siento… ¡Ay, Jim…! ¡Por amor de Dios, haga usted algo para que acabe esta pesadilla…!

En su desamparo y debilidad, dejóse caer hacia delante, ocultando el rostro en el pecho de Jim.

Éste la separó con suavidad, sin asomos de la violencia que tuvieron sus besos en el Rancho de la Estrella.

—No se desespere usted, Elena —contestó él—. Ha sido muy valiente… y vamos saliendo mejor de lo que se podía creer… Todo consiste en esperar un poquito más.

—Podríamos huir… ahora.

—Ya lo he pensado muchas veces… pero sólo conseguiríamos morir de hambre y sed en el intrincado laberinto de este desierto.

—Más valdría…, al menos para mí.

—Si puede usted aguantar… digamos hasta mañana por la noche…, procuraré hacer los preparativos. Necesitamos caballos…, provisiones…, y en conciencia debo advertirle que entre cien probabilidades, las noventa y nueve nos son contrarias… Si tenemos un poco más de paciencia, la situación mejorará.

—¿Qué le hace a usted suponer eso?

—Esta pandilla está a punto de disolverse… Habrá una sangrienta reyerta, en la que es casi seguro morirá Hays y puede que algún otro. Esto nivelará las fuerzas… y yo podré obrar sin arriesgarla a usted.

—Y aun entonces será no poco difícil hallar el camino para salir de esta horrenda madriguera.

—Sí, pero entonces tendré tiempo…, llevaremos lo que sea necesario… Elena…, tenga usted confianza en mí… Este plan es el más seguro…

—Si me devuelve usted a mi hermano, recibirá todo el rescate…

—¡No me insulte usted! —exclamó Jim con amargura.

Levantóse ella al oír estas palabras, y echándose el pelo atrás, dijo con dulzura:

—Perdóneme usted…, ya le he dicho que estoy medio loca… No sé cómo he podido decir… Pero ya hallaré otro medio de recompensarle.

—El haber logrado salvar a usted es la única recompensa que pido… y mucho más de la que merezco… —¿Ha olvidado usted que la amo?

—Sí…, lo había olvidado —contestó Elena mirándole con sus grandes ojos, a la luz de las estrellas, como si estas palabras aquí tuvieran muy diferente significado que en el Rancho de la Estrella.

—Lo que prueba que esta pasión es inmensa es que perteneciendo a una banda de ladrones, estoy dispuesto a traicionarlos, a matar al jefe y a todos los demás, excepto a Smoky… Ése es nuestro amigo. En el fondo es un buen hombre…, ya lo verá usted cuando llegue el rompimiento… Si fuera usted americana, sería lo bastante práctica para hacerse cargo de la situación y ayudarme a salir de ella.

—Yo soy muy práctica y tengo tanto valor como cualquier americana —replicó Elena, herida por las cáusticas palabras de él—. Habla usted de amor con la misma franqueza que se habla aquí de caballos, pistolas y muertes… Pero seguramente no querrá usted decir que si me salva es porque me ama.

—Mucho temo que así sea.

—¡No le creo a usted…! No puedo figurarme que sea un desalmado…

—Señorita Herrick…, todo eso importa poco —interrumpió Jim con cierta frialdad—. Estamos perdiendo el tiempo… y arriesgando mucho.

—No le hace… Yo he venido aquí para hablar… Antes de que despertara usted, estuve aquí arrodillada unos instantes… Esto me calmó los nervios y me dio fuerzas para exponer mis pensamientos.

—Bueno…, hable cuanto quiera…, pero baje la voz. Poco ruido deben haber hecho sus pasos, porque yo duermo con sólo un ojo.

—Pues esta vez tenía usted bien cerrados los dos, y los labios, con un gesto muy severo…, y yo…, al contemplarle así…, no sé cómo se me ocurrió pensar que ha debido tener usted una madre muy buena, y quizá también una hermana…

—Sí que las he tenido —murmuré él con sentido acento.

—¿Lo ve usted?

—Lo que no ha evitado que yo cayera…

De súbito irguióse Elena, rígida, al oír el leve ruido que cortó la frase de Jim, y aterrada le puso una mano en los labios, mirándole con extraviados ojos.

A la luz de las estrellas y por encima del hombro de la joven, los ojos de Jim vieron una sombra más oscura que el suelo, y al acercarse tomó la forma de un hombre que se arrastra con manos y rodillas.

A pesar de su temple de acero, Wall sintióse invadido por un frío terror. Aquella sombra, sin duda, era Hays, pronto a caer sobre ellos pistola en mano. Un chorro de sangre caliente invadió el cerebro de Jim paralizando sus pensamientos. La muerte estaba terriblemente cerca de los dos. Tenía la pistola debajo de la almohada, y entre él y Hays estaba arrodillada Elena. En tan crítica situación, el menor movimiento podía ser fatal; era preciso que la astucia precediera a la acción.

Cambió la mirada desde la negra sombra al rostro de Elena, que parecía de mármol, y los dedos, que aún conservaba sobre los labios de Jim, habían empezado a temblar.

—Es Hays —dijo con voz apenas perceptible—. Sígame usted —y haciendo un esfuerzo, dijo con voz natural—: No, señorita Herrick, lo siento, pero no puedo complacerla. No apruebo el que Hays la haya secuestrado, pero ya está hecho. Yo soy miembro de su banda, y no puedo obrar contra él, marchándome solo con usted.

Siguió un profundo silencio, llena de temores para Jim. ¿Sería capaz Elena de tanto disimulo? Si el jefe no había oído sus apartes, aún sería posible engañarle. Comprendió Elena, y Wall tuvo el privilegio de presenciar la reacción de una mujer en un momento peligroso.

—Pero todo el dinero del rescate será para usted —dijo ella con voz clara y acento persuasivo—. Además, mi hermano le recompensará…

—Yo no me dejo sobornar —interrumpió Jim y aconsejo a usted que no pruebe el mismo medio con Smoky o con otro de la partida.

—Pero es que Hays…

—¡Quietos…! ¡No te muevas, Jim!, —mandó desde la sombra una voz baja y dura.

Elena lanzó un grito ahogado dejándose caer sobre las rodillas y, tras de breve pausa, contestó Jim:

—No me muevo, Hank.

Enderezóse la elevada figura de Hays y avanzó. Si hubiera disparado su pistola, Jim habría puesto breve término a la escena, pero la mantenía medio levantada. Las sombras impedían ver la expresión de su rostro, y no obstante, Jim comprendió que había creído el engaño.

—¡Condenada gata! —exclamó brutalmente Hays—. Si la vuelvo a pillar sobornando a mis hombres, la trataré de modo que no se atreverá ni aun a presentarse ante el muñeco de su hermano… ¡Métase pronto en la tienda!

Levantóse Elena sin tardanza, desapareciendo en las tinieblas.

—Jim Wall —dijo lentamente el jefe—. Hace poco que estás en mi banda y apenas te conozco, pero lo que acabas de hacer me ha llegado al alma. Te lo agradezco mucho, y creo que eres el único, entre los hombres, de mi cuadrilla, capaz de resistir a esa mujer.

—En eso te equivocas, Hank; Smoky o cualquiera de los otros habrían hecho lo mismo.

—Casi he perdido la confianza en ellos.

—La culpa es tuya. No tienes derecho a quejarte. Puede decirse que has sacrificado la partida a esa mujer.

—Oye… No permito que ni tú ni nadie me juzgue —gruñó el jefe con aire sombrío—. Bien os alegraréis todos de embolsaron la parte de rescate que os toque.

—La cosa es que… ¿la recibiremos? —preguntó Jim en tono significativo.

Hays hizo un movimiento como reptil al que se pisa la cola.

—¿Qué quieres decir?

—Soy yo el que pregunta.

—¿Quieres insinuar que tal vez no recibas tu parte? —preguntó Hays.

Jim, a quien la costumbre del peligro había aguzado los sentidos, adivinó que no estaba lejos de la muerte en aquel instante.

Si hubiera tenido el arma al alcance de la mano, acaso hubiese puesto súbito fin al diálogo. Pero todas las probabilidades estaban a favor de su contrario. El ingenio y la astucia tenían que sacarle del apuro. Jim se daba cuenta de la ansiedad del jefe por enterarse de lo que él sabía.

—No —replicó brevemente el joven—. Preguntaba en nombre de todos.

—Bueno…, reuniré la banda y se lo preguntaré yo mismo.

—Buena idea… Tal vez evites la ruptura, si repartes el dinero robado a Herrick.

—¡Voy a retorcer el pescuezo a esa condenada gata blanca!, —silbó el ladrón.

—Vas errado por ese camino, jefe. Ella no ha dicho nada, porque no sabe que robarais a su hermano… Sparrowhowk lo confesó antes de morir.

Hays soltó un espantoso juramento…

—¿Y dijo…?

—Todo…, a Smoky y a mí. Nosotros hemos guardado el secreto mientras ha sido posible, pero como el que más y el que menos sospechaba algo poco limpio…

—Lo sabíais todo este tiempo —interrumpió Hays con extraña mezcla de vergüenza y admiración. Por primera vez parecía darse cuenta de su crimen.

—Ya lo ves, Hank, tu banda te ha permanecido fiel, aun conociendo tu culpa.

—¡Ah…! Repararé mi falta… si no es demasiado tarde —contestó con voz ronca y desapareció en las tinieblas.

Jim tornó a echarse entre sus mantas con un peso menos sobre el oprimido pecho. Por el momento, estaba a salvo. ¿Qué sucedería mañana? Después de reflexionar, le pareció que había metido a Hays en un rincón del que no hallaría modo de escapar.

 

XIII

 

Jim, que durmió mal el resto de la noche, levantóse a la mañana siguiente muy temprano y se puso a encender la lumbre. Le oyó Happy, cuya cama estaba inmediata a la cantina, y vino a reunirse con él, silbando alegremente, según su costumbre.

—Dios te pague la buena obra, Jim —dijo Happy, interrumpiendo el matinal concierto—. Mucho me gusta el guisar, pero desde niño tengo un odio mortal a encender la lumbre.

—Eres un mastuerzo, Harry —contestó Jim—. ¿Cómo puedes silbar y perder el tiempo diciendo tonterías cuando sabes que la cuadrilla está a punto de disolverse?

—Convenidos, pero ¿qué voy yo ganando con apurarme y poner la cara larga? —replicó filosóficamente el cocinero—. Cuando un nombre llega a tener cierta edad, le da por una cosa o por otra. Mira a Brad, vivía para el juego y el juego le trajo la muerte. Mira a Hays, el amor al robo le privó de todos los amores haciéndole perder esposa, familia, rancho y consideración, y mírate a ti, Jim, que vives como lobo solitario con la mano siempre impaciente por soltar una bala.

—¿En ese aspecto me consideras? —preguntó Jim, sinceramente sorprendido.

—Yo veo muchas cosas que me callo.

—Pues en esta ocasión has visto mal, Jack. No soy un perdonavidas que recorro el mundo buscando pelea, pero no puedo soportar que nadie abuse de mí y se aproveche de la situación.

—Sí…, convengo en que Hays nos ha hecho una mala jugada.

Jim almorzó antes que los demás. Aún faltaba media hora para la salida del sol. Era la parte más hermosa del día. Todo estaba fresco, embalsamado y los pájaros cantaban a plena garganta. A Jim le parecía que la plácida hermosura de la Naturaleza y los alegres gorjeos de los pájaros, eran una burla a la tragedia que se cernía sobre la siniestra guarida de ladrones, en donde una inocente prisionera vivía en constante peligro. Jim subió a cumplir sus funciones de vigía antes de que Hays y sus acusadores se reunieran junto a la hoguera del campamento.

Con el rifle en la mano, encaminóse el centinela a su elevado punto de observación, y hasta que estuvo fuera del valle no se dio cuenta de que empuñaba el arma larga. El hecho le sorprendió; en el campamento sobraba carne y no pensaba en cazar. Había sido un acto instintivo…, quizá justificado por los acontecimientos que pudiera traer el día.

Tal vez tuviera esto alguna relación con la singular belleza de la mañana, la imponente soledad de aquella enrarecida atmósfera que daba a las cimas de las montañas engañosa proximidad.

El sol estaba aún por debajo del horizonte de Oriente, pero su proximidad se anunciaba por deslumbrantes resplandores de grana y oro, que daban cálida entonación a las mesetas, y teñían de ardientes tonos las ondulantes paredes de lejanos terraplenes. Jim no había subido nunca tan temprano. Cualquier criatura humana habría quedado atónita ante la sublime grandeza del panorama. A Jim le sugirió el pensamiento de que si estaba destinado a morir en aquel día, dejaría la tierra sin haber conocido plenamente sus misterios y seductoras promesas, y, por extraña ilación de ideas, le parecía que Elena Herrick era la única que podría revelarle los unos y realizar las otras.

—Decididamente, estoy loco —monologueó despertando de súbito de sus absurdas reflexiones. La excitación constante de los últimos días lee había alterado en términos que le desfiguraban ante sí mismo. Tomó la severa decisión de dominarse, a fin de ser completamente dueño de sus acciones cuando volviera a encontrarse con Hays en el campamento.

El sombrajo que erigió había sido más de una vez derribado por el viento. Esta mañana también estaba caído, excepto uno de los maderos. El joven recogió la hojarasca del techo, formando mullida cama para descansar y en ella se sentó dispuesto a dar comienzo a sus observaciones.

Le parecía que nunca había visto una salida de sol. La presente no era comparable con cuantas recordaba. La exageración con que la Naturaleza prodigaba color, hermosura, transparencia y espacio, era casi excesiva para poderla abarcar la vista natural del hombre.

Pero esta superlativa grandeza desvanecióse pronto, dejando tras de sí algo que Jim podía aceptar como real.

Desde su nido de águilas, miró el vigía al sombrío agujero que tenía debajo y en el que aún no había penetrado un solo rayo de sol. La negra boca del desfiladero parecía abrirse con hambriento bostezo. Sobre ella, en todas direcciones, se elevaban grisáceas y rojizas moles de peñas, coronadas por cedros enanos, de las que se desprendían espumosos torrentes. Montículos verdeantes, salpicados del oro de los girasoles, terminaban sin transición en insondables abismos. Las paredes de granito mostraban al desnudo su férrea dureza, rompiendo su monotonía en pirámides y promontorios. Aquí, una serie de laderas conducía a oscuras profundidades, .y como fondo digno de este cuadro, las salvajes, negras y colosales montañas Henry alzábanse a lo lejos bañadas por cárdena luz de la mañana, como gigantescos fantasmas negros que amenazaban escalar el azul del cielo.

La soledad era incomparable. No había ruidos, sólo un profundo silencio. La vastísima región carecía de vida. Pero sobre esta escena de desolación levantóse lentamente el astro del día, caldeándola con sus cegadores rayos y vistiéndola toda con rico manto de color de cobre.

Antes de llegar este momento, Wall había enfocado los prismáticos sobre la hondonada. Los hombres iban agrupándose poco a poco en torno de la hoguera, después de haber almorzado. La puerta de la barraca estaba abierta, y en ella apareció la alta silueta del jefe, estirando los largos brazos en perezoso bostezo. A su vista, encendiósele la sangre a Jim.

—¡Por Dios vivo! —exclamó en voz alta y cual si quisiera oírse a sí mismo—. Éste es tu último día, Hays, y antes de que termine, habrás dejado de respirar. Que se entiendan con él sus hombres —pensó Jim con dureza—, pero si no se atreven a hacer justicia en su jefe, su fin no será por eso menos cierto.

El joven levantó los anteojos, más por costumbre que por deliberado propósito de observar. Nada había que ver en la absoluta soledad de aquel desierto.

De pronto, en el aumentado círculo visual de Jim observó una fila de puntos negros y movibles.

Tanta fue su sorpresa, que movió los prismáticos y perdió la línea. ¿Qué podría haber sido? ¡Bah! Una hilera de cedros…, una ofuscación propia de un cerebro excitado.

—¡Allí! —exclamó conteniendo la respiración—. ¡No son cedros…, ni peñas…, es algo que se mueve…! ¡Mil rayos…! ¿Habré perdido el juicio?

¡Caballos…! ¡Una fila de oscuros caballos! Los fatigados ojos de Jim se enturbiaron y bajando el aparato auxiliar con mano trémula, murmuró:

—Algo como jinetes… ¡Dios venga en mi ayuda!

Por tercera vez enfocó los prismáticos… Jinetes y caballos de carga… La esperada persecución, que el tiempo había hecho olvidar, se convertía de pronto en realidad… Parecía la banda de Heeseman, que se acercaba lentamente por un camino mucho más al Sur del que siguió Hays.

—Están a tres millas —murmuró Jim—. Van al paso… deben de haberse perdido…, pero no se hallan lejos, del camino que nos trajo aquí…; si lo encuentran avanzarán con rapidez… Aún no ha llovido bastante para borrar del todo nuestras huellas. No tenemos tiempo ni aun para recoger y marcharnos… ¡Rayos y truenos…! ¡Estamos copados…! ¡Prepárate, Hank Hays!

Jim echó la última ojeada… No era posible la duda.

Era una banda numerosa que avanzaba a buen paso… El jefe montaba un caballo negro. Jim recordaba haber visto aquel caballo… recogiendo el rifle guardóse los prismáticos y echó a correr hacia abajo. Al pasar contó los caballos: seis, siete, ocho…, los demás no estaban visibles… Hays rabiaría como un condenado… Jim tomó por un atajo que bajó dando gigantescas zancadas… y ya en el valle, devoró la distancia que le separaba del campamento:

Con profundo asombro encontróse a Hays sentado en incómoda postura contra una de las pilastras de madera y atado de pies y manos. Una segunda mirada le demostró que tenía puesta una mordaza y que su rostro apenas parecía humano, por la maldad y la ira que reflejaba.

—¡Voto al infierno…! ¿Qué es esto? —preguntó, estupefacto, Jim.

El preso contestó con un sonido inarticulado, pero elocuente… Jim se encaminó a la cantina con el rifle a punto de disparar, cual si supusiera que la partida de Heeseman había llegado antes que él. Su aturdimiento llegó al colmo al encontrar a Elena almorzando, sentada ante la ruda mesa de la cantina. Happy la servía, silbando como de costumbre.

—¿Qué significa esto? —preguntó Jim.

—Ya se lo dirán sus compañeros —contestó ella.

En la parte de afuera estaba Smoky sentado sobre una peña; no lejos de él los otros dos se mantenían en pie. Todos parecían profundamente agitados.

—Ya lo ves, Jim —expuso Smoky con sonrisa agridulce—, tenemos nuevo jefe.

—¿Quién ha atado a Hays?

—Me parece que he sido yo…, con un poco de ayuda.

—¿Por qué?

—Maldito si lo sé… Pero la señorita me lo mandó.

—¿La señorita Herrick le ha obligado a atar a Hank? —preguntó Jim procurando disimular la alegría.

—La misma en persona. Apoyando la pistola de Hank sobre mi estómago, dijo resuelta: «¿Quiere usted atar ese villano, y jurarme por su honor no soltarle ni dejar que se suelte, o quiere usted que le abra un boquete?».

—Pero ¿cómo pudo coger esa pistola?

—Con una ligereza de ardilla…, he ahí cómo. Al amartillarla, salió el tiro que le pasó a Hank entre las piernas; en sus calzones puedes ver el agujero. ¿Que si se asustó? En mi vida he visto hombre tan asustado como el jefe en aquel instante…, y ella, más fresca que un pepino, volvió a montar el arma y nos apuntó a todos; estábamos sentados a la mesa y nos mandó poner de pie y que levantáramos las manos. Entonces me dijo las palabras que antes dije, y lléveme el diablo si no se me puso carne de gallina. Prometí por mi honor de ladrón lo que quiso… Cuando Hays se vio cogido, se puso como loco y tales blasfemias por la boca, que ella nos mandó ponerle una mordaza.

—Me has dejado de una pieza.

—Lo comprendo… Verás cómo sucedió: estábamos almorzando, y se presentó Hank para arreglar cuentas. Esta vez, Jim, jugaba limpio. Quiso repartir todo lo que había robado a los ingleses, incluso las joyas y pedrerías. Compañeros —dijo—; podría mentir diciéndoos que pensaba hacer el reparto cuando se recibiera el rescate, pero no quiero ir por ese camino. Os he traicionado… por primera vez en mi vida… Yo quería guardármelo todo, así como el rescate… Pero ahora no habrá rescate, porque, esa mujer se quedará aquí… Es mía y puedo hacer de ella lo que quiera… Si alguno de vosotros no está conforme, que abra el pico. Nos quedamos tan aturdidos, que ninguno vio a la muchacha, que se adelantó por detrás de la cantina. Oyó las últimas palabras de Hank… y hubiera querido que vieras cómo se arrojó sobre el jefe… Éste se quedó inmóvil… Yo creo que le asustaron aquellos ojos… y entonces le quitó la pistola.

—Y ahora ¿qué vais a hacer? —preguntó Jim.

—No me lo preguntes. He dado mi palabra, y sabré cumplirla… Por lo que toca a los otros, todos están a favor de la señorita, con o sin rescate.

De repente salió Jim de su estupefacción para recordar la proximidad de Heeseman.

—Smoky —dijo con acento breve—: lo que vais a hacer es combatir… La sorpresa me hizo olvidar que la banda de Heeseman se acerca… Los he divisado a unas tres millas… Vienen despacio, pero certeros. No tenemos tiempo de recoger y fugamos. Busquemos, los mejores sitios para defendernos, y llevemos a ellos las municiones… ¡Pronto!

—Heeseman —repitió fríamente Smoky—, por fin, nos ha encontrado… Ya lo suponía… Ea, muchachos, a la faena.

Jim entró en la cantina. Elena debía haber oído algo, porque estaba muy pálida.

—Hemos sido sorprendidos por la partida de Heeseman —dijo él sin rodeos—. Hay que combatir… Para usted será aún peor si cae en manos. Lo siento, pero tenemos que libertar a Hays…, nos hace falta.

—¡Demasiado tarde! —murmuró ella.

—Recoja cuanto le pertenece, y métase lo antes posible en la caverna que está a ese lado.

Y Jim, asiendo la pistola de Hays que estaba sobre la mesa, apresuróse a salir. Mientras quitaba la mordaza y ligaduras al jefe, le puso al corriente de la situación y cuando estuvo libre le entregó el arma.

—Heeseman… Bueno…, que venga —dijo Hays estirando los doloridos miembros. Encaróse después con Jim, preguntando—: ¿A qué distancia están?

—Dos millas.

—¡Dios poderoso…! ¿Por dónde…? ¿Qué camino traen?

Señalando al Sur, contestó el joven:

—Un poco al sudeste… Siguen una torrentera que los conducirá a la grieta por donde entramos.

—Ya la conozco…, pero el camino es muy pedregoso antes de llegar a ella… ¿Se han buscado los caballos?

—En el valle he visto ocho…, los demás se han alejado.

—¡Tú…! —maldijo Hays con repentino furor—. ¡Vaya una vigilancia la tuya…! ¿Cómo no has avisado con tiempo bastante para recoger y huir?

—No podía haberlos visto ni media milla antes —replicó Jim—. Porque salieron por detrás de una loma.

—¡Fuego del infierno…! Me vendrás a mí con ésas… Estarías durmiendo.

—¡Mentira! —gritó Jim adelantándose amenazador—. Abre la boca para decirme otra insolencia, y te la cierro para siempre.

—Tú eres: el que ha de cerrar el morro —contestó Hays en tono estridente—. Si no quieres una dosis de la medicina que administré a Brad.

—¡No te temo, perro amarillo, ladrón de mujeres! Smoky corrió a ponerse delante de Jim.

—¡Vamos, vamos! —gritó el hombrecillo con voz penetrante—. ¿Es ocasión ésta para disputas…? Cálmate, Jim… Dispensa a Hank, le ciega la rabia.

—No me importa tener diez cuadrillas sobre nuestra pista… Yo no me dejo insultar… y tú, Smoky, me parece que abusas de nuestra amistad.

—Convengo en ello, y no lo haré más —contestó muy deprisa el original ladrón—. Hank es todo lo que le has llamado, pero dejad la refriega hasta que acabemos con Heeseman.

—Por mi parte, convenidos. Eso es ponerse en razón —admitió Jim contestando a un ademán de Hays—. La partida de Heeseman se compone de unos diez hombres.

—¡Bien está! —contestó el jefe con bronca voz.

—Dispón lo que se ha de hacer… aprisa —apremió Smoky.

Hays, tras de recogerse un instante en sí mismo, dijo:

—Vosotros, Mac y Jeff, corred como relámpagos en busca de cuantos caballos podáis reunir. Y Smoky, Happy y Wall, recoged todo lo que encontréis y metedlo en la cueva, al otro lado del arroyo. Por mi parte subo a observar… y cuanto dé un grito, corred a esconderos.

—Pero ¿hemos de pelear o huir? —preguntó Smoky.

—Hemos de empaquetar lo más necesario… mientras que algunos los detienen… Lo malo es que no podemos irnos por donde vinimos. El Diablo Sucio estará demasiado crecido… Y Heeseman ha tomado el mejor camino… Si tuviéramos tiempo… Pero no os detengáis… cada cual a su trabajo.

Mac y Jeff ya habían emprendido veloz carrera hacia los prados; la preocupación de Happy llegaba hasta el extremo de silbar mientras empaquetaba sus cacharros. Hays tomó el camino del promontorio situado al Oeste de su barraca. Jim estaba en plena actividad, y Smoky corrió en dirección al bosquecillo de algodoneros.

 

XIV

 

La primera salida que hizo Jim de la cueva fue para encontrarse a Elena, cargada con todas sus pertenencias.

—Déme usted, Elena… yo lo llevaré… pero aprisa… No hay tiempo que perder.

—Jim… —suplicó ella—, prométame usted… que me matará… antes de dejar que caiga en manos de Hays o de cualquiera de esas fieras.

Después de meditar un instante, contestó él:

—Se lo prometo.

La respuesta de Elena fue incoherente, aunque pronunciada con apasionado acento. Jim corrió al campamento: estaba resuelto a conservar una bala en su rifle, y a vigilar de cerca a Hays.

El cuarto de hora que siguió estuvo lleno de acción incesante y ruidosa. Con reunidos esfuerzos recogieron apresuradamente todas las provisiones, utensilios, equipajes, sillas y camas en la parte de atrás de la cueva, y bajo el cobertizo de la cantina. La cueva, que era triangular, tenía por techo una mole de piedra, descansando sobre sus naturales paredes, socavadas por las lluvias. Un pequeño manantial fluía al pie de esas paredes. En la parte alta tenía una abertura casi tapada por espesos matorrales. Otros no menos tupidos cubrían el lado oeste de esta pequeña caverna. Delante del cobertizo e inmediato al ángulo opuesto de aquélla, habían construido un corral al amparo del saliente de la pared. Era el mejor sitio para defender el llano, y Jim creía que la banda de Hays podría sostenerse allí por tiempo indefinido, pero sin salvar los caballos. Si llegaban a sitiarlos, podrían soltarlos.

Smoky llegó jadeante bajo el peso de la impedimenta del jefe.

—Ya sólo queda… la cama —dijo.

—¡Escucha!

—¿Qué oyes?

—Caballos.

—Sí…, yo también los oigo…, pero ¿por dónde?

—Maldito si lo sé.

—Monta el rifle… Aunque me parece que estando Hays a la mira, ha debido verlos antes.

—Tienes razón… serán Mac y Jeff.

La suposición era exacta. Media docena de caballos entraron a la desbandada en el óvalo, perseguidos por los dos ladrones, que montaban en pelo. Sobre el ruido de los cascos, elevóse la estentórea voz de Hays, gritando:

—¡Al campamento…! ¡A escape…! ¡Llevad los caballos por delante!

Y el jefe bajó a saltos por el atajo. Sus palabras iban dirigidas a Mac y Jeff, que debieron correr mayor riesgo que él.

—Jim, no pierdas de vista aquel peñasco —advirtió Smoky, a tiempo de parapetarse tras de la crecida maleza.

Una nubecilla de humo apareció sobre las desigualadas del pétreo borde. ¡Pam! Se había roto el fuego.

Uno de los hombres, Bridges, dejó escapar un bronco alarido y se tambaleó hasta casi perder el equilibrio. Jim apartó la vista de él para fijarla en la altura. Otra nubecilla blanca y algo negro que sobresalía del borde… un sombrero, Jim alzó el rifle… y retumbó la detonación, desapareciendo el sombrero.

—Si ese pájaro no ha tomado la precaución de poner el sombrero en un palo, apuesto a que tiene taladrada la mollera —murmuró Smoky.

Llegaron los caballos, espantados, pero no desbocados, y Mac los encerró en el corral… Bridges, tambaleándose sobre su montura, siguió a Mac al corral, llegando a tiempo de ser recogido por éste al caerse. Hays, casi sin aliento, llegó de la parte opuesta.

—Heeseman… y su banda… Total, nueve… Se separaron… quieren rodearnos… pero no pueden cruzar… por el camino de abajo… y por arriba… no hay paso… Todo va bien.

—Ya se ve por las trazas… ¡ja…!, ¡ja!, —rió Smoky en tono zumbón, volviendo a esconderse.

Mac arrastró como pudo al corpulento Bridges hasta la zona de seguridad, dejándole allí con la cabeza apoyada en un arrollado petate.

—¿Dónde tiene el tiro? —preguntó Hays—. Lástima no haber visto antes al que lo disparó.

—Le ha atravesado.

—Hank… de esta hecha… estoy listo —dijo con debilidad el herido.

—Deja que mire…

El jefe se arrodilló junto al moribundo, separando la ensangrentada camisa… La bala había entrado por la espalda, atravesándole de parte a parte.

—Bueno…, nada hay que hacer… Reza alguna oración, Jeff… y que coja otro sus armas.

—Tómalas tú mismo, Hank —propuso Mac en tono displicente.

—Hank, escóndete con la prisionera, mientras nosotros combatimos —dijo Smoky, que había sacado la cabeza entre las matas que le servían de refugio.

—¿Esconderme…? ¿Cómo demonios se te ocurre…?

—Ya sabes que te vamos conociendo.

—Hays…; los presentes preferimos morir peleando, a deberle la vida a una bala tuya —dijo Happy con un frío desprecio, del que Jim, no le habría creído capaz.

—Bueno…, os complaceré —contestó Hays tras breve reflexión. Había degenerado hasta el punto de que su pasión le dominaba por completo.

—¡Tú te quedas aquí!, —mandó imperiosamente Jim—. Tú nos has metido en este atolladero. Tú nos has engañado y hecho traición, y ¡vive el cielo!, que combatirás, a menos que seas tan cobarde como traidor.

El grisáceo rostro del jefe se puso lívido. Sólo entonces comprendió el significado de las despreciativas palabras de sus compañeros.

—¡Sois un hato de traidores!

—No tanto como tú…, y si salimos de este lío, que me temo que no salgamos, tendremos que ajustar cuentas tú y yo declaró Smoky.

—Me parece que he obrado lealmente, repartiendo todo el dinero —replicó Hays con voz ahogada—. Pero esa mujer me ha vuelto loco, y no podía pensar más que en ella.

—¡Ja…!, ¡ja…! A la vejez viruelas… ¿Qué es eso? Una bala rebotó en la pared, seguida de la respuesta dada por un rifle.

—¡Escondeos…! Ésta viene de otro lado —mandó Hays—. Echarse atrás.

Retrocedieron unos veinte pies. Allí estaban aparentemente a salvo, excepto desde la cumbre cubierta de vegetación que se alzaba frente al óvalo, y a la que no era probable se atreviera a subir ningún tirador en pleno día. Smoky espié por el rincón del oeste y Mac por el opuesto. Hays, con una rodilla en tierra, sostenía el rifle entre las manos, y Jim, retrocediendo hasta la abertura de la cueva, puso un pie en cada lado de ella y ayudándose con las manos trepó hasta una pequeña meseta desde la que podía extender la vista fuera del agujero. Un terreno accidentado y pedregoso se extendía por la izquierda hasta la profunda garganta de abajo. Sus investigaciones en esa dirección no descubrieron ninguno de los atacantes que, según Hays, trataban de rodear el óvalo, pero bien pudieran estar emboscados tras de las peñas, o escondidos entre sus grietas.

Después de un examen minucioso, Jim se escurrió por los matorrales a tiempo que ligeras nubecillas blancas indicaban la posición de los tiradores. El joven, separando los matojos, oteó el frente, sin descubrir hombres, pero sí un grupo de caballos a los que aún no se había quitado sillas ni: cargas. Heeseman trataba de sitiarlos.

Jim no tenía prisa por bajar… Una sección de peñascos desiguales que se alzaban hacia el Sur, despertaba sus sospechas por parecerle lugar a propósito para una emboscada. Más al Oeste, de donde procedieron los primeros disparos, quizá hubiera esperanza de localizar al enemigo.

Arrastrándose como un indio, Jim avanzó unos cuantos metros hacia el borde sombreado de maleza, y repitió la observación. Casi al mismo tiempo divisó un objeto oscuro que se movía entre una grieta de la roca. La distancia era excesiva para poder hacer blanco en un punto tan pequeño, pero el antiguo cowboy, apuntando con mano firme, disparó. El objeto dejó de verse; un grito inconfundible para todo hombre acostumbrado a manejar armas, rasgó los aires, y Jim tuvo la seguridad de que había inutilizado por lo menos, uno de los hombres de Heeseman. Un instante después, un fuego graneado caía por ambos lados sobre el matorral que guarecía a Jim. Éste retrocedió como un cangrejo; más que bajar, dejóse caer en el óvalo. Las balas habían silbado a pocos centímetros de su cabeza. Encontróse a Smoky que se disponía a subir.

—¿Te han dado? —preguntó la bronca voz del lugarteniente.

—De poco ha ido —contestó Wall—. Yo he hecho blanco en uno de ellos, allí arriba, desde donde tiraron a Bridges. Allí hay unos cuantos escondidos en el montículo donde estuvo de centinela Jeff.

—¡Ah!, sí, en esa dirección he visto yo el humo.

—Es bastante cerca… Pero desde allí no pueden hacemos ningún daño si tenemos precaución…

—Jim… estamos descubiertos —dijo gravemente Smoky.

—No lo niego, pero mientras estemos fuera de alcance…

—Estrecharán el cerco. No tardará Heeseman en colocar algunos hombres en el centro de aquella altura y podrán tirar directamente aquí.

—Dices bien, Smoky, uno de nosotros debe situarse en el extremo opuesto del óvalo.

—No puedo ir directamente sin ser visto. Podría bajar atravesando la garganta, y volver a subir por debajo del bosquecillo de algodoneros, hasta llegar a la parte opuesta.

—Sí…, pero ¿y si hay enemigos por el camino de abajo, como supone Hays?

—Sería el final de la historia de Slocum Smoky. —Más vale que— esperes y no te arriesgues. Creo que puedes alcanzar a ver el centro de la altura que dices.

—¿Desde dónde?

—Desde ese agujero que hay arriba… Por la parte del óvalo está más abajo… y me parece bastante resguardado.

—Voy contigo.

Bridges, echado sobre la espalda, gemía sin cesar, con la faz azulada y las manazas sujetando maquinalmente la ropa. Mac le contemplaba sin saber qué hacer, y Hays seguía arrodillado junto a la esquina de la pared, teniendo a Jack a retaguardia.

—Ten mi rifle…, voy a subir allí —dijo Jim. Y con las manos libres, pronto alcanzó la agujereada peña, teniendo la satisfacción de constatar que le permitía mantenerse en pie, y dominar todo el óvalo, sin ser visto por el enemigo.

—Ten estos dos rifles —dijo a su vez. Smoky, y momentos después estaba al lada de Jim, pero su corta estatura no le permitía mirar sobre el borde. Por fortuna, encontró piedras con que suplir esa deficiencia y examinó el terreno como un general antes de la batalla.

—Jim, no hay más que un sitio que no alcancemos a ver, y es el fondo del centro… Si lo supieran, seguramente tratarían de aprovechar esa ventaja.

—Tienes razón…, pero mira —y señaló Jim la entrada del Oeste, donde en aquel instante podían verse dos movibles figuras que se arrastraban de mata en mata al estilo de los pieles rojas.

—Dios te conserve la vista, Jim —dijo muy contento Smoky—. Y ahora dime: ¿No es eso una vergüenza? ¿No ven esos zopencos que corren a servir de blanco a nuestras balas…? ¡Míralos…! Desde aquí me atrevo a agujerear la piel de uno.

—Es no poca temeridad por su parte, después del disparo que hice desde lo alto de esta misma peña —observó Jim.

—Puede que no se hayan enterado… ¿Dónde están ahora?

—Detrás del saliente de aquella roca… Date prisa, Smoky, antes de que suelten un par de balas.

—Si lo hacen… desearía que ambas fueran a clavarse en el gaznate de Hank.

—Estamos conformes…, pero veo algo que brilla a la derecha… Es el cañón de un rifle… ¡Ah!

—Apunta al primero… Uno, dos, tres…

Los disparos sonaron al unísono. El que recibió la bala de Jim pegó un salto y, rodando, se perdió de vista; el que fue alcanzado por la bala de Smoky pareció que se hundía en la tierra y quedó inmóvil.

Un instante después, una nube de humo envolvió la meseta y una lluvia de balas silbaron desagradablemente cerca de los tiradores.

—¡Abajo, Jim! —exclamó satisfecho Smoky—. Dame tu pistola y salta pronto… Ahora bajan la puntería.

Deslizóse Jim saltando al pie de la pared de la cueva. Smoky, echándose al suelo, atrajo los rifles: hacia sí, e inmediatamente después siguió a su compañero.

Hays se adelanté hacia ellos seguido de Happy.

—¿Habéis dado en lo vivo? —preguntó el primero con ansiedad.

Jim, sin dignarse contestar, dijo a su amigo:

—Smoky…, parece que yo puse alas al mío, pero tú dejaste seco al tuyo.

—¡Dos: más…! Le va a salir caro el paseo a Heeseman… Si pudiéramos matar otros dos o tres, particularmente al jefe…, el resto de la banda diría «pies para qué os quiero».

—Sí, pero ahora estamos clavados aquí, y ellos ya no se: arriesgarán tanto.

—Bueno… La suerte está con nosotros… y ahora voy a ver sí encuentro un camino por detrás de ellos.

—No, Smoky… No quiero que te expongas tanto.

—Me importa un comino lo que tú quieras o no. El caso es que no podemos dejar que nos copen aquí.

—Este lugar es más seguro para nosotros que para ellos.

—¡Al diablo la seguridad…! Heeseman sabe dónde estamos… y será lo bastante ladino para hacer que sus hombres tomen posiciones durante la noche y, en cuanto amanezca, nos cazarán como conejos. ¡No…! Si no podemos acabar con ellos antes de anochecer…, en cuanto cierre la noche tenemos que desalojar el campo.

Hays, que se había acercado aún más, exclamó:

—¡Buena idea, Smoky!

—¿Es a mí? —preguntó el segundo con insolencia.

—Claro que es ti, puerco espín. ¿Qué mil demonios te pasa a ti… y a todos vosotros? —preguntó con voz ronca el jefe.

—Quieres: saberlo, ¿eh?

—Naturalmente que quiero…, y como soy el amo aquí, lo que yo digo…

—¡Eh…! Compañeros…, el amo quiere que hablemos —interrumpió el menudo ladrón con fiereza—. Vosotros, Happy y Mac, ¿queréis: hablar con el zorro que antes era nuestro jefe…? Tú, Jeff, ¿puedes decirle algo?

El moribundo levantó su descompuesto semblante, que no necesitaba palabras para expresar su odio hacia el jebe degradado.

—Hays…, cuando nos encontremos en el infierno…, te saltaré esos ojos… de gato traidor que tienes jadeó Bridges haciendo un postrer esfuerzo. Y como si en él hubiera agotado toda su energía, cayó hacia atrás, doblando la cabeza sobre el pecho y quedó muerto.

—Se acabó… y ya van tres de los nuestros —murmuró Mac retorciendo las inquietas manos alrededor del rifle.

—Vamos…, habla tú, condenado —bramó Smoky—. El que fue nuestro jefe pide explicaciones.

—¿Yo…? No le hablaría aunque estuviera tan muerto como Jeff y hablándole recobrara la vida.

—Jim…, ¿quieres hacer ese favor a nuestro antiguo compañero?

—Nada tengo que decirle, Smoky…, al menos con la boca.

—Bueno… Entonces me toca a mí —declaró Smoky con deje de amargura—. A mí, que durante diez años he recorrido Utah a tu lado…, a mí, que me salvaste la vida y te quería como a un hermano…, a mí, que en tu compañía he dormido, peleado, robado y matado.

Al pronunciar estas enérgicas palabras el cuerpecillo de Smoky parecía agrandarse hasta llegar al nivel de Hays… Jim sintió un escalofrío de expectación… Smoky mataría al jefe. Hays podía haberse envilecido tanto que no reaccionara con palabras, pero no estaba a prueba de balas.

—Hank Hays, alguno de nosotros vivirá lo bastante para contar en las praderas de Utah hasta dónde has descendido —principié Smoky—. Y este lugar, que apuesto un millón a que será tu sepulcro, no quedará olvidado en tu historia…; ¿guarida de ladrones…?, mejor le cuadra el nombre de «tumba de ladrones». En lo sucesivo, muchas cuadrillas como la nuestra se esconderán en este sitio, y no pocos cuatreros o vulgares ladrones se echarán a reír diciendo: «Aquí dejó el pellejo Hank Hays, después de haberse portado cochinamente con hombres, de probada lealtad, y todo por el buen palmito de una chiquilla, a la que su sola presencia daba asco».

—¡Eh…! Para el carro, condenado…, que aún conservo el pellejo.

—Pues si Heeseman no te lo hace dejar, me encargaré yo de la faena.

—¡Hombre! ¿Estás borracho o loco? —preguntó en tono de incredulidad Hays.

—Ninguna de las dos cosas, y éstas han sido las últimas palabras que te dirijo, Hank —concluyó Smoky fríamente.

Jim, sentado en una desigualdad de la pared, observaba en silencio. Hubiera querido, que Smoky terminara de una vez con el jefe, no obstante la peligrosa situación en que se hallaban. Las bravatas de Hays no engañaron a Jim, quien se dio cuenta de que Hank apreciaba con exactitud la inminencia del peligro, produciendo este desastroso efecto en su ánimo… Estaba acorralado en su última trinchera… Heeseman, un antiguo enemigo, estaba allí dispuesto a matarle… y suponiendo que él y lo que restaba de su banda logran ahuyentar a los adversarios, no por eso dejaría de estar menor cercano su fin… Smoky no amenazaba en vano…, y si no lograba acabar con él…, lo haría seguramente el forastero…, el misterioso tirador procedente de Wyoming.

Tales debían ser los pensamientos de Hays… Una probabilidad de salvación entre mil… y pareció resuelto a aprovecharla en un rapto de desesperada energía.

—Jack, dame la pistola y el cinturón de Jeff —dijo, y después de tomarlo, se lo abrochó encima del suyo. Vació en sus bolsillos un paquete de balas de rifle que sacó de su equipaje y, por último, desabrochándose la camisa, quitóse un voluminoso cinto repleto de dinero que llevaba pegado a la piel. A éste era debido el aspecto de gordura de su flaco cuerpo. Colgando el cinto de un saliente de la pared, dijo:

—Ahí queda eso, por si no vuelvo…, y en mi equipaje hay otros cuántos paquetes, de pasta.

En aquel momento su siniestra figura tenía cierta grandeza. Era la de un réprobo sin temor a Dios ni a los hombres. Empuñando el rifle trepó atrevidamente por el rincón de la izquierda, exponiéndose a una granizada de balas por dos partes.

—Vamos a sorprender a los antiguos amigos —murmuró. Y cruzando por encima de la cueva, desapareció por el atajo de la izquierda, sin que la maniobra fuera saludada con nuevas descargas.

—Bueno…, parece que hemos despertado al antiguo demonio —dijo Smoky, cuya trágica expresión dulcificóse un poco—. El haber colgado ahí su cinto, demuestra que Hank se considera ya pegado a la pared… Ya le he visto así en otra ocasión… ¡Dios poderoso…! No doy un comino por la vida de Heeseman.

—¿Qué se propondrá Hays?

—Tal vez conozca algún camino para atacarlos por detrás… Si lo consigue y atrae hacia sí el fuego, pondré mi plan por obra.

—¿Cruzarás hasta el otro extremo?

—Seguramente… Ya hace días que me proponía hacer lo que voy a realizar ahora.

—Si Hank llama la atención hacia aquel lado, podrás hacerlo, pero espera hasta que…

Un choque sordo que acompañó más bien que siguió a una detonación, cortó la palabra a Jim, y éste, antes de mirar, supo que se trataba de una bala que había penetrado en la carne. En efecto: Happy había interrumpido repentinamente su eterno silbar. Permaneció un instante inmóvil, desplomándose después, con espantoso alarido; Smoky corrió hacia él y dijo:

—Muerto…; le ha dado en la sien… ¿De dónde ha venido la bala?

—Ha rebotado de la roca… Lo conozco por el sonido; ¿habrá sido casualidad?

—De fijo… ¿Cómo puede alcanzarnos una bala aquí, a menos que tiren desde detrás de esa altura?

—No; la bala vino de…

—¡Pum! El mismo sonido y otro proyectil, que fue a dar sobre la piedra que estaba muy cerca de la cabeza de Jim, y cayó silbando a empotrarse en la tierra.

—¡Esa roca! —aulló Smoky señalando—. Mira la marca de las balas… Algún astuto tirador nos ha descubierto.

A unos veinte pies, un poco a la izquierda del centro de la cueva, alzábase un formidable bloque de granito, con la cara hacia el Oeste, lisa como si estuviera cortada a pico. En la grisácea superficie, las dos balas habían dejado dos marcas blancas, casi juntas. Otro disparo, y otro pesado proyectil de plomo que rebotó silbando, de pared en pared, y por poco tropieza con Mac, quien se apartó de en medio con un prodigioso brinco.

—Ven, Jim, que aquí no huele a salud —dijo Smoky arrastrándose por la pared hacia el extremo rincón de la izquierda—. Apostaría cuanto tengo a que ése es Heeseman… Mal bicho para tenerle por enemigo. Recuerdo haber oído decir a Hank que en un tiempo él y Heeseman fueron compañeros en el robo de caballos. Parece imposible, ¿verdad…? Bueno, pues unos cuatreros les robaron el ganado; Hank siguió su pista hasta un precipicio conocido por el nombre de Barranco del Dragón Negro. Allí había una cueva situada a bastante altura del fondo, y Hank me contó cómo él y Heeseman acabaron con los cuatreros, tirando contra la pared de la cueva.

—Si disponen de bastantes municiones, igual podrán acabar con nosotros… ¡Esa maldita roca…! No podemos quitarla de su sitio, por muchas ganas que tengamos.

—Tenemos que matar a Heeseman.

—En eso mismo estaba pensando… ¡Pum…! Otro. —Ahora he visto el humo; sale del lado izquierdo… de aquella ancha grieta. Démosle una buena dosis de su propia medicina… Tenemos más municiones de las que podremos emplear.

Pronto volvió a manifestarse la blanca nubecilla, seguida inmediatamente por el disparo. Smoky, con una rodilla en tierra, hizo funcionar el disparador de su arma, sosteniendo el cañón, inmóvil, hasta que vomitó cuanta carga tenía. Jim pudo ver el polvo rojizo que levantaban las balas en torno de la grieta, y antes de que se sentara de nuevo, su rifle emulé al de Smoky.

—Puede que haya quedado satisfecho con la rociada —dijo Smoky volviendo a cargar el arma.

Pero las balas de rechazo menudearon aún más, con gran disgusto de los sitiados.

—Voy a subir a ese maldito agujero —dijo Mac, furioso, después de repetirse los disparos.

—Mac, miro que es muy expuesto —advirtió Smoky.

—Todo lo doy por bien empleado, si puedo matar uno de esos canallas.

Trabajosamente emprendió la ascensión, perdiéndose de vista, y un momento después oyó Jim que disparaba. No fue contestado por ninguna descarga cerrada, sino por un simple tiro. Volvió a disparar Mac, y con voz de trueno gritó:

—Smoky, he herido a uno que corría.

—No hieras a nadie, Mac —vociferó Smoky—. Mátalos a todos… y resguarda la cabeza.

Nuevas balas vinieron a chocar contra la lisa cara del peñasco; Jim oyó ruido de pataleo arriba, seguido por el choque de metal contra las piedras… Mac había dejado caer el rifle… Estremecióse el joven presintiendo la catástrofe, y apretándose contra la pared, miró por la abertura. Un súbito golpe sordo no le sorprendió… El cuerpo de Mac había caído a la hondonada con la pesadez de un saco lleno; sangraba por la cabeza y quedó inmóvil en el suelo.

Antes de que Smoky y Jim pudieran darse exacta cuenta de esta nueva disminución de fuerzas, otra carga de plomo fue rechazada por el fatal peñasco, y chocó contra ambas paredes de la cueva, antes de caer a tierra.

—Jim —declaró Smoky—: el único lugar seguro es la abertura de este rincón, y no hay sitio para dos. —Ocúpalo tú, Smoky… no te cuides de mí… tengo una sensación en los huesos… que no anuncia muerte.

—Sí, ¿eh…? Pues yo también siento algo en los tuétanos; pero es un frío que no presagia nada bueno… Jim… procuremos escaparnos, pasando por detrás de ellos… Es lo mejor que podemos hacer, a la altura en que está el combate.

—¿Y dejar aquí sola a Elena…? ¡Jamás!

—¡Rayos del infierno…! La había olvidado —dijo con ingenuidad Smoky—. Bueno…, yo salgo y tú te quedas… Sería una lástima que este pimpollo fuera a caer en manos de Heeseman y su pandilla…; la devorarían como a una oveja entre manada de hambrientos lobos.

—No lo permitiré, Smoky… ¡Lo juro por el cielo! —Escucha… Hank ha ido para animar el combate por allí… y voy a hacer lo mismo por el lado opuesto. A ver si entre los dos ahuyentamos a esos tunantes, pero si no lo conseguimos y tú comprendes que no hay ninguna esperanza de que puedas salvar a la pobre chica…

—Pero, Smoky…, ¿dónde vas a parar…?

—Quiero decir, que si ves la cosa perdida…, Jim, pégale un tiro… Será una obra de caridad.

—Así, he prometido hacerlo.

—Entonces, todo va bien… ¡Vaya…! Otra balita del invisible tirador… Vamos a ver si le meto un par de ellas en los sesos… Pero aún tengo otra cosa en el buche.

—Fuera con ella.

—Hays… No podré estar a gusto en los infiernos si sé que ese canalla vive… para martirio de esa infeliz criatura… Yo tuve una hermana…, de esto hace muchos años… También tenía el pelo rubio, aunque no tan dorado como ésta.

—También tengo yo a Hays en el buche, en la cabeza y en la sangre…

—Bueno… Supongo que no estará escrito que los dos estiremos la pata, dejando vivo a Hank… Jim…, creo que me entiendes…

—Siempre nos hemos entendido, Smoky… y en mejores circunstancias, habríamos sido buenos amigos. —Ahora ya es demasiado tarde…, pues seguramente no saldremos los dos con vida de este atolladero, mas no por eso dejaré de decir que eres un mozo como a mí me gustan.

Éstas fueron las últimas palabras que dirigió a Jim… Mascullando algo entre dientes, depositó un pesado mazo de billetes junto al cinturón de Hays. El acto no necesitaba explicación. Después, se echó un buen trago de whisky de la cantimplora que estaba junto al cadáver de Bridges, y mientras rebuscaba en su equipaje para recoger todas las municiones, otra bala entró de rechazo en la cueva, como saludo del invisible tirador. Jim salió un momento para ver si podía devolver el tiro…, pero no se veía ni la menor señal de humo. Cuando miró atrás, Smoky se había marchado y aún alcanzó a verle desaparecer tras la esquina del corral.

Apenas le perdió de vista, acordóse Jim de los prismáticos…; hubiera debido llevárselos Smoky… Jim se arriesgó a ir hasta su equipaje para recogerlos… y por poco fue alcanzado en el camino por una nueva bala.

¿Qué habría sido de Hays…? Un momento de reflexión desvaneció las naturales, sospechas del joven respecto a una nueva traición. ¡No! Cuando Hays, olvidando la mujer, y azotado por las despreciativas palabras de Smoky, salió para matar a Heeseman, había vuelto a ser el que fue, con una especie de desdoblamiento, quizá debido a la desesperación. Pronto tendrían noticias: Heeseman y su cuadrilla del depuesto capitán y no quedarían muy contentos.

Jim volvió a su rincón para esperar. Sentado con la espalda apoyada en la pared, trataba de descubrir a Smoky a través del óvalo. Pero los únicos seres vivos que atravesaban el radio de su visualidad eran pájaros y conejos. Mientras tanto se repetían los disparos con intervalo de un minuto y Jim llegó a acostumbrarse al acompasado ruido.

Después, trató de descubrir al activo miembro de la banda capitaneada por Heeseman. El hombre, evidentemente, tiraba agachado desde detrás del borde, sin que se pudiera ver ni el cañón de su rifle. No obstante, calculando la posición que ocupaba, por las ligeras nubecillas de humo, debía quedar expuesto por la parte Oeste de aquel peñasco. Jim tuvo el presentimiento de que poco rato duraría la impunidad al hábil tirador. Al presente, Smoky debía de haber pasado la zona de peligro. Tal vez lograría bajar por el Norte al valle que estaba más bajo que el óvalo, y siempre a cubierto, encontrar un atajo por donde subir por detrás de los jinetes de Heeseman, que aún permanecían por la parte del Oeste.

«¿Dónde estará Hays?», pensaba Jim en su solitaria espera entre el choque de las balas. Decidió salir otra vez del agujero, seguro de que su impaciencia no tendría fatales consecuencias. Se encaramó por las peñas con el rifle en la mano y los anteojos en bandolera. Una eran mancha de sangre indicaba el sitio en donde había caído Mac.

Desde allí y sin exponer la cabeza, podía escudriñar las cercanías con ayuda de los prismáticos. A través de los claros en la maleza, los cristales le acercaban, aumentaban, la parte superior del peñasco del Oeste.

El misterioso tirador espaciaba las descargas, cansado, sin duda, de malgastar municiones. Jim buscó el trozo de borde sospechoso, enfocando sobre él los anteojos y en el mismo instante la blanca nubecilla precedió a la salida de una nueva bala que fue de rechazo a chocar con las paredes de la cueva. Un momento después, un lejano disparo vino a herir los oídos de Jim. Debía de ser de Smoky. Casi al mismo tiempo, una negra silueta se perfiló sobre el azul del cielo, y con los brazos extendidos, cayó rodando al abismo. Sin duda era el emboscado tirador, herido por la bala de Smoky.

El trágico incidente generalizó la guerra entre las peñas. Sordas detonaciones de pesadas armas de fuego atronaron el espacio, siendo fría y acompasadamente contestadas por las certeras balas del rifle, más allá del peñasco. Smoky había realizado su plan, y a cubierto o exponiéndose, tal y como lo exigieran las circunstancias, iba exterminando la partida de Heeseman.

El estampido de los rifles fue alejándose, sin perder en intensidad, y los solitarios disparos sonaron cada vez más cercanos y ruidosos. Era evidente que los restos de la cuadrilla mandada por Heeseman retrocedían ante los disparos del Oeste.

Jim cambió la dirección de los gemelos, recorriendo a través de los cristales las cresterías de la izquierda.

De pronto descubrió a Hays subiendo atrevidamente por una escarpada senda. Su atrevimiento no excluía la prudencia, pues iba de roca en roca, aprovechando todas las ventajas del terreno para esconderse. Al parecer, aún no había sido descubierto. Harto tenían que hacer los que estaban en la cima con defenderse del invisible peligro del Oeste.

Jim ignoraba los propósitos del jefe, que parecía correr en busca de la muerte y, palpitante y conteniendo el aliento, le seguía con la vista. Otro disparo de Smoky…, ¡el último…! Pero Hays había subido lo bastante para dominar al grupo enemigo. Con ademán resuelto, echóse el rifle a la cara apuntando con detenimiento. ¡Qué apostura tan terrible y amenazadora la suya! Su rigidez era la del hombre dominado por avasalladora idea. Hizo fuego.

—¡Heeseman! —murmuró entre dientes Jim, tan seguro como si él hubiera disparado el tiro. Hays, bajando el rifle, retrocedió de un salto, echándose a un lado; sonaron varios tiros, uno le alcanzó, al Parecer, pero él se mantuvo firme, volviendo a disparar; de nuevo fue alcanzado o al menos lo fue el rifle que se rompió entre sus manos. Sacó entonces sus dos Colts y, después de amartillarlos, disparó uno después del otro, retrocediendo hacia la parte más resguardada del: valle. Jim: vio el rojizo polvo que levantaban las balas en las piedras que estaban sobre la cabeza y a los lados de Hays. Los enemigos tiraban atropelladamente, quizá desde lugar desfavorable o retrocediendo. De todos modos, la posición de Hays no parecía sostenible. Una de las pistolas estaba descargada. Tras un instante de descanso, Jim enfocó nuevamente los cristales. ¡Qué figura tan arrogante y trágica! Jim no pudo substraerse a un involuntario impulso de respeto y admiración… Al fin el bandido volvía a ser el hombre que tan ciega adhesión inspiró a caracteres tan rudos como Smoky y Latimer. Resultaba grandioso por su desprecio a la vida; cuando emprendió el camino hacia la altura, ya había aceptado la muerte, pero ésta no vino.

Los tiros se hicieron más escasos, y por fin cesaron; Hays seguía el camino de la izquierda, apuntando con la pistola que le quedaba hacia la parte baja del otro lado de la ladera… Los restos de la deshecha cuadrilla habían emprendido la fuga. El jefe los vio dar la vuelta al macizo de rocas, y se puso a cargar las pistolas. En este momento, Jim dejó los prismáticos, para coger el rifle. A simple vista, por un claro de la maleza, podía distinguir a Hank concluyendo de cargar sus armas. Después, el ladrón se examinó un hombro, donde evidentemente había recibido un balazo.

El ademán con que se ató un pañuelo por debajo de la camisa, parecía ser de suprema indiferencia. Aquél era el momento más a propósito para deshacerse del peligroso malhechor… Jim le apuntó al pecho…, pero no hizo funcionar el disparador. Bajando el cañón del arma, Jim vio cómo Hays desaparecía saltando entre las peñas. Sin duda quería mirar de cerca al enemigo muerto por su denuedo.

Estaba a punto de desencadenarse una tormenta. El cielo hablase cubierto de nubarrones, y lejanos truenos empezaban a retumbar en el sofocante ambiente.

Jim salió de su escondite para ver más espacio. Mucho más allá de las cumbres rojas, divisó varios hombres que corrían por el blanco lecho de un torrente seco… Eran tres e iban separados. Por detrás de una loma salió un cuarto, que debía estar herido. Hacía desesperados ademanes para llamar a sus compañeros, que le dejaban abandonado a su suerte. Unos y otros se encaminaban al sitio en que dejaron los caballos. Su precipitada fuga atestiguaba que la batalla había acabado en derrota para la que fue partida de Heeseman.

Jim recogió los prismáticos, pero antes de bajar a la cueva, sentóse un momento para reflexionar… La batalla había sido fatal para los dos bandos… ¿Volvería a ver a Smoky?; pero en nada había cambiado su determinación… Aún no se conocía el resultado supremo. La sangre de Jim refluyó al corazón, y en esta disposición de ánimo se puso en busca del que había tenido por jefe.

 

XV

 

Hays no estaba visible, retumbaban los truenos, repetidos por los ecos, y torrentes de aguas, semejantes a grisáceos velos, se desprendían de rojizas nubes. La tormenta, negra cual la tinta, estaba enganchada en los picachos de las Henry. Hacia el Oeste brillaba el sol entre arreboles de grana y oro, y sobre valles y desfiladeros, los arco iris extendían la belleza de sus etéreos matices.

En los intervalos de las descargas eléctricas, reinaba una tranquilidad absoluta, una bochornosa suspensión del aire. Aun en aquel crítico instante la belleza del panorama no pudo menos de asombrar a Jim, a quien parecía innatural tanta hermosura, cuando la muerte estaba en su proximidad, sangrienta y espectral, y abajo, cerca del arroyo, andaba el empedernido ladrón.

Jim siguió adelante y pronto pudo echar la vista encima al jefe, que andaba despacio, cual sumido en honda preocupación.

Jim, como todo caballista de la frontera, tenía su credo especial. Éste había sido también en el que había vivido Hank Hays, hasta que la belleza de una mujer se lo hizo olvidar. Pero había vuelto a él en el momento supremo. Solo y desafiando a la muerte había ido a decidir la batalla matando a Heeseman. La suerte le fue propicia a Jim; ni aun por la mujer querida, se sentía capaz de cometer un asesinato aunque éste lo justificara la anterior villanía de Hank.

Al acercarse a la cueva el jefe de los ladrones, le gritó Jim:

—¿Dónde está Smoky?, —y sus ojos de lince no se apartaban de la mano derecha de Hays.

—En el otro mundo —gruñó el ladrón fijando en el joven la siniestra mirada de sus claros ojos—. Ha muerto después de matar a no sé cuántos. Pero la banda de Morley había reforzado la de Heeseman, y cuando ese fullero de Stud quiso enfrentarse con él, mutuamente se mataron.

—¿Quiénes han escapado…? He visto huir a cuatro.

—Morley y Montana, Los otros no los conozco… Huyeron tirando las armas. Iban por los caballos, que estaban atados más abajo.

—¿Adónde habrán ido?

—En busca de más hombres… Morley es tan tozudo como Heeseman… Una vez que ha visto nuestra guarida… no parará hasta conquistarla, suprimiendo lo que de nosotros quede.

—¿Y Heeseman?

—Ése no ha huido… ¡Ja…!, ¡ja…! Ahora mismo le está el sol tostando las tripas.

El jefe dio unos pasos hacia la cueva, mirando a su alrededor… Jim, quedóse quieto en el sitio que había escogido, es decir, entre el ladrón y el escondite de Elena.

—¿También Jack y Mac? —preguntó sorprendido Hays.

—¿Cómo puede ser esto…? No creo que ninguno de los enemigos haya llegado hasta aquí.

—Mac estiró demasiado el pescuezo fuera de la cueva, y Happy fue alcanzado por una bala que rebotó de aquella peña… Mira esas marcas blancas: cada una de ellas fue hecha por una bala… Ese condenado peñasco nos ha enviado de rechazo más de dos docenas.

—Aunque no le hubiera visto, sólo por esa maniobra le conocería —dijo Hays hablando consigo mismo, y suspirando añadió—: ¡Los antiguos tiempos del Barranco del Dragón Negro!

—No hemos quedado más que los dos, Hays —recalcó Jim con insinuante acento.

El ladrón había olvidado por completo el anterior desafío, y ahora que no existía Smoky, pensaba que nada tenía que temer.

—La tempestad se corre hacia allí —dijo escuchando el retumbar de los truenos, que repercutía entre los barrancos, como el derrumbamiento de formidables rocas—. Me parece que podemos pasar aquí otra noche más.

—¿Quieres enterrar los muertos? —preguntó con viveza Jim.

—Arrastremos los cuerpos hasta el torrente, y los dejaremos en la orilla.

—El agua y la arena los destrozarán.

—Y, ¿qué mil diablos nos importa a nosotros…? Si los quito de en medio es por mi prisionera… Esas piltrafas no son ningún recreo para la vista.

Si Jim necesitaba un espolazo para animarle a ejecutar el acto que tenía premeditado, aquellas cínicas palabras le encendieron la sangre.

—Ya los enterraré yo más tarde —dijo.

—Como quieras. Yo, por hoy, ya: he hecho bastante —contestó Hays. Y sentándose pesadamente, se llevó la mano al hombro. Jim observó que el rostro de Hank se contraía y la sangre, después de empañar el pañuelo, se extendía por la camisa.

—Te han dado, según veo.

—Herida en blando… que no tiene importancia. También me han hecho un rasguño en la cabeza… que me duele endiabladamente… Si llega a darme la bala un poco más abajo…

—Hubiera yo quedado dueño y señor de la guarida.

—Seguramente, Jim…, repleto de dinero y con una muchacha como una perla… Pero no ha sucedido así. —No…, no ha sucedido…, pero sucederá.

Esta fría afirmación despertó la aletargada mente del bandido. Levantó la descarnada cabeza y en sus hundidos ojos, semejantes a hornos apagados, brilló una singular mirada. Al retirar con lentitud la mano que tenía debajo de la camisa, los dedos estaban teñidos de sangre.

—¿Qué mala hierba has pisado? —preguntó perplejo.

—¿Acaso no recuerdas ya…?

—¡Oh…! Claro está que no me acordaba de la maldita lengua de Smoky… ¡Así se la tuesten en los infiernos…! Pero, Jim, ese asunto no era tuyo.

—Pues yo lo hago mío.

—¿Estabas asociado con Smoky?

—Sí…, y aún algo más.

—Y, ¿te parece que no he sido equitativo en el reparto?

—Hays… Estoy cierto de que me has engañado, lo mismo que a los demás.

—Escucha, Wall… No me pongas la soga al cuello… Hemos quedado sólo dos… y sería estúpido el regañar… ¿Basta la tercera parte de mi dinero para que me dejes en paz?

—No.

—¿No…? Ya veo que te aprovechas de la situación. ¿Hace la mitad?

—No.

Un escalofrío recorrió el cuerpo del ladrón; su sangre empezaba a bullir, pero conteniéndose, dijo:

—Jim, no te entiendo… ¿Adónde vas a parar…? La mitad de ese dinero es una fortuna superior a cuanto hayas podido soñar… Cierto que yo cogí la parte del león, pero eso ya pasó.

—No quiero tratos de ninguna clase contigo.

—¡Guau…! ¿Es decir que rompemos?

—Ya hemos roto hace tiempo.

—¿Es que estás buscando pelea conmigo?

Una carcajada fue la respuesta de Jim.

—Pues si eso buscas, te diré que a mí no me da la gana de pelear… ¡Ni de que estuviéramos locos! Yo y tú podemos entendernos… Eres un hombre como yo los necesito… Nos esconderemos por algún tiempo, y después reorganizaremos la banda.

—Hays, ya veo que eres muy tardo de comprensión —dijo sarcásticamente Jim—. ¿Cómo te he de decir que a mí no me embaucas más?

—¿Quién trata de eso? —preguntó vivamente Hays—. Yo no quiero más que encontrar un arreglo.

—No existe…

—Estoy dispuesto a dar las dos terceras partes de lo robado.

—Hays…, no tomaré ni un solo dólar… de los que quieras voluntariamente darme.

—¿Que no quieres dinero? —preguntó el jefe, asombrado… Probablemente en aquellos momentos estaba embotada su natural perspicacia.

Jim se volvió un poco hacia la izquierda, ocultando la mano derecha, con la que había sacado la pistola, teniendo ya el pulgar en el disparador. A su juicio, Hays era ya hombre muerto.

—Todo será mío dentro de poco —dijo con fría seguridad.

—¿Pretendes robarme?, —carraspeó Hays—. ¿Es eso lo que has aprendido en mi banda…?

—Hays, prometí a Smoky que te mataría… Cosa que él se proponía hacer, si hubiera vuelto con vida.

El rostro del ladrón se puso color de cera, bajo su rala barba amarillenta. Por fin comprendió. Al menos en parte… La postura de Jim, su mano invisible, todo tenía un tremendo significado.

—Siendo así…, no digo nada —admitió el ladrón—. Cuando los nervios: de un hombre se ponen tirantes, en tiempos como éstos, hay que dejar que se desahoguen… Pero yo he hecho lo posible para despejar el aire. Si Smoky hubiera vuelto, estoy seguro de que después de hablar conmigo, habría visto las cosas de otro modo…, y espero, Jim, que serás lo bastante justo para reconocer mi buena voluntad.

—Es posible que hubieras logrado enredar de nuevo a Smoky… Tenía una ciega adhesión a tu persona. Pero a mí no me convences, Hank.

—¿Por qué, ¡vive Dios!, cuando te cedo la mejor parte del botín…?

—Porque lo que yo quiero es la muchacha —tronó Jim. Hays se quedó atónito, y la realidad abrióse paso.

—¡Ella…! ¿Eso era lo que querías… desde el principio?

—Desde el principio, Hank Hays —contestó Jim con firmeza. Y ya no tuvo necesidad de observar los pálidos ojos del ladrón, para leer su pensamiento en ellos.

Un violentísimo estremecimiento agité el cuerpo del que fue jefe, calmándose lentamente para dejar el puesto a una glacial rigidez… Jim le había herido en lo vivo. Fuese como fuera, Hank Hays amaba a Elena. Lo que empezó en capricho sórdido y brutal, había concluido en adoración hacia la diosa de cabellos de oro. Todo esto lo leyó Jim en los falaces ojos claros, y aún leyó más: que si el raptor de Elena había combatido con heroísmo, fue por salvarla a ella, y no por recuperar su prestigio ante sus hombres, ni dejar a salvo el honor de los ladrones. Esto daba a entender la infernal llamarada de odio que brotaba de aquellos ojos y que ni aun la misma muerte habría podido satisfacer. Todo esto convergía en la inmediata necesidad de obrar… y concluir.

Al intentar el ladrón el ataque, Jim disparó y su primera hala fue a incrustarse en el pecho de su contrario. Este dio media vuelta sobre sí mismo, y el disparo de su arma hizo saltar la tierra a los pies de Jim. Una terrible herida con sus dolores, y la conciencia de la proximidad de la muerte, añadidas a la ferocidad de un odio insensato, dieron al moribundo fuerzas y actividad sobrehumanas. Daba vueltas y saltos con tanta ligereza, que Jim falló el segundo tiro.

La pistola de Hays disparaba sin cesar, pero como describía las mismas curvas y ángulos que su cuerpo, no lograba hacer blanco. Cuando la furia dejó el puesto a la desesperada necesidad de acabar, detúvose para hacer puntería… y la tercera bala de Jim acabó con sus ficticias fuerzas y con su vida.

El demoníaco rostro de Hays tomó la rigidez de la piedra. Su mano dejó caer la pistola con el gatillo levantado, que se disparé al chocar con el suelo, y el que fue jefe de ladrones quedó muerto, sostenido por un saliente de la pared, y con toda la violencia de sus salvajes pasiones retratada en la descompuesta faz.

La lucha había concluido. Jim tomó aliento; la mano que sostenía el arma estaba tan mojada, que creyó le corría la sangre, pero sólo era sudor.

—Quisiera… que Smoky… pudiera verlo —murmuré con trémulos labios, y quitando al muerto de la pared.

Enjugóse Jim el rostro y, falto de fuerzas, se sentó sobre una piedra… La prolongada excitación que culminó en la trágica escena, le había debilitado. Con el corazón palpitante y la mente hecha un caos, permaneció unos: momentos… Ya había pasado lo que el Destino dispuso que pasara… Todos muertos…, los leales y los traidores… ¿Qué hacer ahora…? ¡Elena…! Había que huir de aquel infernal agujero, antes de ser nuevamente sitiados… Haría los preparativos sin perder minuto… para escapar aprisa… con ella. Saltó de alegría su corazón, y un torrente de ardorosa sangre le subió hasta los labios, borrando de ellos la fría náusea. Por salvar a aquella mujer, a la diosa de cabellos de oro y ojos de violeta…, por llevarla a su lado un día…, una hora…, estaba dispuesto a dar lo que el capitán de ladrones había dado.

—¡Jim…! ¡Jim! —gritó una voz desde el fondo de la cueva.

—¡Elena…! Todo… ha concluido —contesté él con entrecortado acento.

Apareció ella en la abertura.

—¿Se han ido? —murmuró.

—Unos se han ido… y otros han muerto.

—¿Ha muerto… él?

—Sí…, está usted libre —dijo Jim con una expresión que alivió su oprimido pecho.

—¡Oh…! Anúdeme a bajar.

Corrió él para ofrecerle el apoyo de sus robustos brazos, y ella, dejándose deslizar, fue a caer a los pies de Jim, abrazándose a sus rodillas.

Las manos del joven la cogieron por los brazos, tratando de sostenerla, pero sin conseguirlo.

—Levántese usted —mandó él secamente.

Pero ella, sin oírle, seguía abrazada a sus rodillas repitiendo:

—¡Dios le: bendiga…! ¡Dios le bendiga a usted!

La voz, aunque ronca y alterada, tenía la riqueza de tonos que era uno de los encantos de Elena.

—¡No diga usted eso! —protestó horrorizado Jim. Ella abrió los brazos y levantó la cabeza para mirar a su salvador… Él sólo vio que de sus ojos, sin lágrimas, brotaba un raudal de gratitud.

—¡Jim! —susurró ella—. Le debo la vida.

—Todavía no está usted en salvo —objetó él—. Tenemos, que salir de aquí a toda prisa.

Levantóse ella, pero sin dejar de apoyarse en él.

—Perdóneme lo egoísta que soy… Ya tendremos ocasión de hablar… Debí comprender su deseo de salir de esta ratonera… Dígame lo que debo hacer…, le obedeceré en todo.

Jim retrocedió desasiéndose de ella.

—Así no puedo pensar —y un instante después añadió—: Sí…, es preciso marcharnos… Póngase usted el traje de montar y recoja todos sus menesteres… No se apresure… Por el momento estamos seguros… Sobre todo, no mire alrededor, hasta que yo entierre a Hays y a sus hombres.

—No tema usted que flaquee mi ánimo —contestó ella—. Yo vi como usted mataba al miserable… y le ayudaré a enterrarle.

—No necesito ayuda —respondió Jim alejándose, presa de contradictorias emociones… ¿Qué clase de mujer era ésta…? Le había bendecido empleando el nombre de Dios… Y sólo veía en él su salvador… Lo que era aún más duro de sobrellevar… e inefablemente dulce al mismo tiempo, es que, con espontáneo impulso, habíase agarrado a él como a su único apoyo.

Medio loco andaba el joven de un lado a otro, maldiciendo entre dientes mientras buscaba los cadáveres, a los que registró, e hizo un montón con todo el dinero y valores que llevaban encima. Siguió maldiciendo, al llevarlos hasta el borde de una pequeña hondonada, en la que los fue dejando caer uno a uno con todo el cuidado posible. Arrastró a Hays, cogiéndolo por los pelos, y lo empujó a la sepultura junto con los otros ladrones que fueron mejores que él. Después cubrió los cuerpos con grandes bloques de piedra que transporté con mil esfuerzos y dejó caer por último un verdadero alud de tierra y cascajo que medio llenó la hondonada.

Jim quedó tan mojado como perro que sale del agua; su piel abrasaba y, no obstante, interiormente sentía frío.

Pero la acción había devuelto a Jim, si no la tranquilidad, al menos la firmeza. Metió todo el dinero en la bolsa que llevaba en la silla; recogió también las municiones, en previsión de un nuevo ataque. Después hizo dos paquetes con las mejores provisiones, sin olvidar algunos utensilios. ¡Pobre Happy! ¡Ya no silbaría más! Y arrolló su cama, que consistía en tres mantas y una gruesa tela impermeable, a más de la colchoneta. La segunda parte fue poner las mantas y sillas a los dos caballos mejores, en los que cargó todo el bagaje. Como síntoma de su estado de ánimo, baste decir que, habiendo sido siempre bastante desmañado para empaquetar, en la presente ocasión desplegó una rapidez y una habilidad sorprendentes. Hecho esto, ya no le quedaba más que ensillar el bayo y el caballo tordo que trajo Elena.

De súbito, despertó en su mente el recuerdo de Smoky… Si hubiera estado solo, o con otro hombre, no habría dejado de buscar el cadáver del singular ladrón para darle sepultura, pero alejarse de Elena, ¡imposible!

Mientras daba vueltas a su meollo para no olvidar nada, acordóse de un saco de grano que Hays cogió en el Rancho, lo encontró medio lleno y lo ató al bulto más ligero. La vista de un rifle dio nuevo giro a su pensamiento. Lo metió en la funda que colgaba de la silla.

Gruesas gotas de lluvia salpicaban la tierra y las recalentadas piedras.

La tormenta derivaba hacia el Noroeste arrastrando los grises velos de agua entre barrancos y desfiladeros, que hacía impracticables.

El sol, que brillaba por el Sur, y las nubecillas blancas esparcidas sobre el azul del firmamento, le animaron a seguir aquel camino.

Corriendo hacia donde estaba Elena, grita:

—¿Está usted dispuesta?

—Ya hace rato que espero —contestó ella saliendo a su encuentro. El traje de montar ponía en evidencia las suaves redondeces de su esbelta figura. Se había trenzado el cabello, y el sombrero de anchas alas sombreaba su bello rostro.

—¿Por qué no se ha puesto, usted el velo y el guardapolvo? —preguntó Jim, viéndola con la imaginación como en el inolvidable día de su llegada.

—Los quemó… él —contestó Elena con voz insegura.

—Póngase usted esto —y la ayudé a meterse en su impermeable, que la envolvía toda, cayéndole hasta los pies.

—Pero si me pierdo en él…

—Estamos en la estación de las lluvias y usted no ha de mojarse.

Volviéndose Elena hacia el caballo tordo, montó en él, pero por poco se cayó, a causa del embarazoso abrigo. Jim la sujetó en el aire, hasta que hubo recobrado el equilibrio…, después sus ágiles manos acortaron los estribos.

¡Qué fuerza tiene usted…! Le he visto manejar esos enormes pedruscos como si fuera un gigante.

Jira no dio respuesta a tan frívola observación. Su mente volvía a divagar, mas por confusos que fueran sus pensamientos, sobre todos dominaba un impulso de salvaje alegría… ¡Elena estaba salvada…! La eterna espera había terminado… Ahora dependía de él… ¿Que si tenía fuerzas…? Por ella sería capaz de destruir todas aquellas montañas hasta sus propios cimientos, y de vadear un río de sangre cuajada. Algo vago y nuevo iba abriéndose camino en el concepto que él tenía de la posesión; y esto aumentaba su alegría.

Sus manos, que momentos antes demostraron ser tan activas y seguras, tornáronse temblonas y desmañadas en la tarea de acortar estribos y apretar cinchas. La causa era que no podía evitar el contacto con su enloquecedora protegida.

—Vaya usted a mi lado cuando haya sitio, y pase delante cuando no lo haya —fueron las instrucciones de él.

Jim ató a su silla el ramal de los dos caballos de carga, y saltó sobre el bayo… por primera vez después de varias semanas. El fogoso animal se encabritó, pero un puño de acero le trajo de nuevo a la obediencia.

Elena miraba atrás como fascinada por aquellos lugares, pero Jim mantuvo su firme mirada fija en lo que tenían delante, murmurando:

—Si estuviera en mi poder, destruiría este cubil.

Salieron del óvalo llevando los caballos de carga por delante. La lluvia caía en gruesas gotas que producían olor a polvo. El camino se extendía serpenteando entre las colinas; en la grieta de una mole de granito, descubrió Jim a un hombre muerto en posición supina. Pronto llegaron al ancho cauce del río, en cuyo arenoso fondo se descubrían huellas de caballo medio borradas por el agua.

Detrás de ellos seguía la tempestad con sus relámpagos y truenos, cada vez más lejanos. Siguieron por el río, que de pronto se ensanchaba hasta adquirir las proporciones de un pequeño valle. Empezaban a alternar con la maleza los cedros, las chumberas y girasoles. Pasaron el resguardado lugar en que los jinetes dejaron los caballos. El camino hacia el Sur era ancho y profundo.

—¿Va usted bien? —preguntó Jim.

—Sí, bien…, pero no sé si volveré a ser capaz de sentir alegría.

—Lo que está usted es mareada. Vacila usted en la silla. Déme la mano… y no hable…, pero mire… Tal vez descubra usted algo que yo no vea.

Se acercaron por fin a la cima de un desfiladero en cuyo fondo se advertían huellas de caballo.

—Vinimos de noche por este camino, pero lo recuerdo —dijo ella—. ¿Lo seguiremos hasta el fin? Imposible.

—Pero es el que conduce al Rancho de la Estrella.

—Sí, mas sería una temeridad el pretender seguir por el cauce del Diablo Sucio. Con las lluvias del verano, seguramente estará crecido.

—Usted lo sabrá mejor… ¡Sentirme libre…! ¡Volver a abrazar a mi hermano…! Parece un sueño.

Jim miró a través de los altos breñales y dijo:

—Hay que encontrar camino para salir de este agujero. El terreno es muy singular y no tardaré en perderme… Pero por cualquiera parte que sea, no dejaremos de encontrar un solitario barranco, donde haya hierba y agua… No puedo aventurarme a caer en las manos de ganaderos… Los ladrones no son mis únicos enemigos, y sentiría que me ahorcaran, por haberla salvado a usted.

—¡Ahorcarle…! ¡Oh…! ¿Por qué?

—No es necesario que se lo diga. No es seguro el que podamos eludir los restos de la desbaratada cuadrilla de Heeseman, si pretendemos ir por el camino. Sería más seguro permanecer algunas horas ocultos hacia el Sur y fuera de la pista de los jinetes.

—Lléveme usted adonde le parezca mejor —dijo ella, trémula.

—Y si sale bien de ésta, vuelva cuanto antes a su casa de Inglaterra.

—No tengo casa en Inglaterra… Bernie es mi única familia, excepto algunos parientes lejanos, que aborrecen hasta el nombre de Herrick.

—Entonces vaya usted a otro Estado que no se parezca en nada a este salvaje desierto de piedras y maleza. Por ejemplo, Minnesota, donde si hay nieve en invierno, en la primavera se cubre de flores, cantan los pájaros en los frutales…

—No; yo no quiero salir de Utah —dijo ella resueltamente.

Un relámpago de alegría brilló en los ojos de Jim, pero no supo qué contestar. Dejando la amplia carretera se metió por terreno desconocido y le pareció que esta separación tenía cierto inescrutable paralelo con los tumultos que encerraba su corazón. El sol se puso con un cielo que amenazaba tormenta todo alrededor del horizonte. Por el Norte retumbaban los truenos a lo lejos, y por el Sur imitaba suaves quejidos. Jim no pudo contener un enérgico juramento. Avanzaban por donde el terreno lo permitía. Montículos de tierra parda y roja, alternando con moles de roca y verdes pantanos, sucedíanse solitarios y desolados hasta perderse de vista… Jim empezó a buscar sitio favorable para establecer el campamento.

Por fin, cuando la media luz sombreaba el paisaje, Jim descubrió otro vallecito en el que crecía una hierba escasa. Algunos cedros secos parecían fantasmas y a la parte Oeste una caverna baja, abierta en la roca, ofrecía seguridad y abrigo. Wall condujo a ella los caballos y, bajándose del suyo, anunció que acamparían allí. La respuesta de Elena fue un suspiro y al intentar anearse, cayó en brazos de su salvador.

 

XVI

 

Al mismo Jim le parecía un milagro el que hubiera estrechado a Elena contra su pecho. Su sangre circulaba con la tumultuosa precipitación del fuego que, empujado por el viento, se extiende por un bosque. Pero supo contenerse, al pensar en la confianza con que la desamparada muchacha se abandonaba a sus fuerzas, y la dejó derecha en el suelo.

—¿Puede usted sostenerse? —preguntó él.

—Lo intentaré…, pero parece que tengo las piernas muertas.

—A ver si puede andar un poco.

Elena lo probó apoyada en el brazo de Jim, quien la condujo a la caverna, dejándola sentada con la espalda y la cabeza descansando en la pared.

—No me faltan ánimos, pero la carne es débil dijo ella.

—Se ha portado usted admirablemente… El camino ha sido largo y pesado, sobre todo después de semejante día —replicó él—. Temo que he exigido demasiado de usted… Ahora descanse, mientras yo abro los paquetes… Pronto estará usted más cómoda.

Jim se entregó con frenesí al trabajo, como si buscara en la acción física un contrapeso a su agitación. En un cuarto de hora y antes de que cerrara la noche, había desensillado y dado el pienso a los caballos, encendido lumbre y puesto agua a calentar. Traía tres cantimploras y un pellejo llenos de agua. Mientras trabajaba, discurría. Las tormentas de agua serían buenas para los caballos, pero malas para viajar. Agotaría las probabilidades, antes de aventurarse a atravesar el fatídico Diablo Sucio. En su mente surgió el recuerdo de lo que Hays le dijo una noche acerca de un maravilloso y fértil valle, más allá del río… El lugar fue en un tiempo cultivado por mormones, que después se trasladaron a otro punto. Jim haría lo posible por dar con este valle.

El diligente mozo llevó su cama a la cueva, mulló la colchoneta y extendió las mantas, echando por encima la tela encerada por si salpicaba la lluvia, cosa muy probable, pues los truenos sonaban más cerca y la caverna no era bastante profunda para resguardar por completo, a menos que el agua la azotara por detrás.

La lumbre iluminaba la caverna y de pronto se dio cuenta Jim de que Elena le observaba con los ojos muy abiertos y embellecidos por un brillo sobrenatural. La cambiante luz de la pequeña hoguera disimulaba los estragos que las pasadas semanas habían hecho en el rostro de la inglesita, prestándole una hermosura sobrehumana.

—¿Se siente usted capaz de andar un poquito? —preguntó Jim—. También es necesario que coma y beba, o no tendrá fuerzas para escapar.

—Lo intentaré.

Él la ayudó a levantarse y a salir del molesto impermeable, y después de dar unos cuantos pasos apoyada en él, ya pudo andar sola.

—¡Magnífico…! Tiene usted una fibra envidiable. Elena. Ahora paséese usted arriba y abajo mientras yo preparo la cena.

—¿Estamos seguros aquí?

—Sólo Dios lo sabe…, pero yo espero que sí. Esto es un verdadero desierto… Nuestros enemigos han ido por otro camino… y ¡no se asuste usted…!, tienen más miedo de nosotros que nosotros de ellos… Pero Morley se ha salvado con uno de sus hombres por lo menos. Saben que han desbaratado la banda de Hays y no dejarán de volver con refuerzos… No ignoran que Hays tiene una fortuna en su poder… y la tiene a usted.

—¿Morley…? Me suena el nombre, pero no sé cuándo lo he oído… Hays me contaba siempre aventuras de amor…, de lo que él entendía por amor, de odios, venganzas y muertes… Ese Morley querrá cogerme para pedir rescate, ¿verdad?

—Eso del rescate, puede que en un principio lo pensara sinceramente Hays…, pero… la soledad hace a los hombres de esta dura tierra más malos que perros —concluyó Jim con tono sombrío.

Continuaba él su faena sin mirar a su gentil protegida, que seguía sus paseos. La lluvia había arreciado, salpicando en las brasas y en el hornillo que estaba encima. Jim había calentado un par de galletas marineras, de las que tenía un saco lleno. Con ellas, carne fresca, frutas secas y café con azúcar, pensaba que podrían pasarlo bien. Cuando quiso llamar a Elena para cenar, quedó sorprendido al encontrarla sentada detrás de él, observándole con fijeza.

Con desconsuelo del cocinero, la joven comió muy poco, pero tomó con gusto el café.

—Es la mejor cena que he hecho desde hace tiempo —dijo ella—. Si no estuviera tan nerviosa, quizá tendría más apetito.

—Ya lo recobrará usted —observó él para animarla—. El sueño le es aún más necesario que el alimento.

—¡El sueño…! ¡Cuánto hace que no he dormido…! Pero ahora es diferente.

Jim echó una ojeada a la hoguera…, chisporroteaban las brasas y se alzaban opalinas cenizas al caer en ellas las gotas, de lluvia. Tenía que recoger leña seca, ponerla a cubierto para la noche y cuidar de que no se distanciaran los caballos.

—Jim, no puedo quitarme las botas —dijo Elena—. ¿Quiere usted hacer el favor de ayudarme?

—Lo mejor será que duerma usted con ellas, tal como haré yo.

—Pero es que me duelen mucho los pies… y me parece que los tengo hinchados.

La muchacha hablase sentado en la cama, cuando Jim se apoderó de la bota que ella levantaba.

Bastante trabajo le costó el sacarla, en cambio la otra salió con facilidad.

—Las medias están llenas de agujeros… ¿No tiene usted otro par?

—Sí…, aún me queda uno… ¡Ay! ¡Qué daño me hacen los pies…! Los tengo ardiendo… Mucho me aliviaría un baño… He tenido tan pocas ocasiones… Hays me traía a veces agua caliente…, pero daba tantas vueltas alrededor mío, que antes de que se marchara, ya estaba el agua fría.

—No hable usted de Hays, se lo ruego —dijo seca mente Jim.

—Dispense…, pero ha sido tal la obsesión que durante días y noches me ha causado, que su recuerdo me pesa como una montaña de plomo —dijo ella en son de disculpa, asustada de su aspereza.

—Mire usted si tiene ampollas… Voy a darle un baño de pies de agua fría y sal.

—¿Agua fría…? Los tendré como témpanos de hielo el resto de la noche.

—Ya he puesto una piedra a la lumbre… La envolveré en un saco, y se los calentará a usted.

Trajo él una vasija con agua y se arrodilló ante la hermosa criatura, pareciéndole imposible la poca huella que los pasados sufrimientos habían dejado en aquel cuerpo.

—Nunca me ha dado un baño de pies un caballero —dijo ella con un tono de buen humor, que Jim, de puro turbado, no supo entender.

—Déjese de ceremonias y meta los pies… Tenga entendido, señorita, que esto lo hago por mera caridad y no por gusto.

Mucho ha cambiado usted desde que estábamos en el rancho —musitó ella—. De todos modos, muchas gracias —y metió los menudos pies en la vasija.

Jim no perdió tiempo en friccionarlos con el agua y sal, hasta el punto de hacerla chillar, y lo que le faltó al masaje de suavidad, lo ganó en eficacia. Como Elena carecía de toalla, Jim le secó los pies con su pañuelo del cuello, frotándolos concienzudamente, hasta que estuvieron como dos tomates.

—Póngase usted las medias y duerma vestida —dijo él.

—Es lo único que puedo hacer. Señor Jim…, dígame… —¿Tiene usted esposa?

—¡Oh, Dios mío…! ¡No! —apresuróse a contestar él.

—¿Y novia?

Jim dejó caer la cabeza al responder:

—Tampoco… Nada que valga la nena de contarse. Era yo tan joven…, antes de, ser ladrón…

—No diga tonterías… Usted no es ladrón… Lo preguntaba porque hace usted estas cosas con tanta indiferencia… Yo creía tener los pies bonitos…, pero usted ni siquiera lo ha reparado… ¡Qué tonta soy…! Jim, no me haga usted caso…, pero tengo unas ganas de hablar… Parece que me hayan desatado la lengua…

—Hable usted mañana cuanto quiera, pero basta por esta noche… Tenernos por delante un día, con seguridad muy pesado… Espere antes de acostarse; voy por la piedra.

De un puntapié hizo rodar el redondo pedrusco del fuego, y, envolviéndolo en un trapo, lo metió bajo las mantas, diciendo:

—Ponga usted aquí los pies.

—¡Ajajá! —exclamó ella estirándose con lento movimiento de bienestar, a tiempo que se subía las mantas hasta debajo de la barbilla… Sus grandes ojos eran dos enigmáticos abismos de emociones y pensamientos.

—¡A dormir!

Y después de una larga mirada, añadió él: No puedo afirmar que estemos a salvo, ni que logre devolverla a su hermano con vida, pero si nos cogen, la mataré a usted antes que me maten.

—En ambas cosas será usted mi salvador… Tan desesperada estaba yo, que ni aun rezar podía…, pero ahora…, ya veo que Dios… no me ha olvidado.

Casi instantáneamente se quedó dormida con el rostro iluminado por la movible llama de la hoguera y las níveas manos cruzadas sobre el borde de las mantas.

La mayor parte de la vida de Jim, desde que cumplió dieciséis años, la había pasado en diversos campamentos, pero jamás pasó una noche comparable a aquélla. No podía comprender la opresión que sentía en el pecho, y sus pensamientos adquirían una asombrosa versatilidad.

Salió para buscar los caballos; éstos pacían tranquilamente la hierba inmediata al campamento. La lluvia seguía cayendo, aunque con menos fuerza. No había estrellas, y algunos retrasados relámpagos por la parte del desierto iluminaban con su oscilante luz negros macizos de roca y abruptas pendientes. Aún retumbaban lejanos truenos hacia el Sur. Probablemente, mañana se repetiría la tormenta. El lugar parecía aún más solitario que la guarida. Allí, el follaje y el ruido del agua rompía un poco la desolada monotonía, pero aquí no había nada. Hasta la lluvia caía en silencio.

Jim recogió una buena porción de ramas de los cedros muertos, y la llevó a la cueva para ponerla a secar. Extendió después la cama que trajo para sí. Era la que perteneció a Smoky, y Jim dedicó un piadoso recuerdo al menudo e implacable gunman, de corazón de león, que se sacrificó por salvar a sus compañeros, y ahora yacería rígido y frío entre las peñas, recibiendo el azote de la lluvia en pleno rostro. Cumplió con su credo hacia los hombres. Su credo hacia las mujeres no podía ser muy distinto.

Jim seguía paseando, sin hacer caso de la lluvia. Echó más leña al fuego, y avivada la llama reflejóse en los dorados cabellos de Elena, que envolvían su blanco rostro con luminosa aureola. Jim dio suavemente unos cuantos pasos para verla más de cerca. Dormía con el sueño profundo y tranquilo de la infancia… Por extraña ilación de ideas, recordó la pálida faz de su madre muerta… Él, ya un proscrito, había arriesgado su libertad por verla y darle el último adiós… Pero aquél era un rostro demacrado por las penas y en nada semejante al de la joven dormida, indefensa que confiaba en él como hubiera podido hacerlo en un hermano.

Ejercía sus funciones de centinela, entre el vacilante fuego y la dormida muchacha, de arriba abajo y de sombra en sombra, caminando sin hacer caso de la lluvia, agachándose desvelado durante horas, siempre en guardia, tan despiadado consigo mismo como lo habría sido con los nocturnos merodeadores. Cuando por fin le rindió el sueño, fue para dormir sólo con un ojo, como las liebres.

Levantóse al amanecer, empezando por arrollar su cama. El aire estaba crudo y frío y una fina lluvia le mojó el rostro. Aún era demasiado temprano para empezar los preparativos del almuerzo, y estaba sobrado oscuro para buscar los caballos. Así, se puso a repasar los últimos acontecimientos, que parecían estar alelados por espacio mucho más largo que el de una noche.

Para salir de aquel laberinto de peñas y broza se necesitaban por lo menos dos jornadas de a sesenta millas cada una. ¿Las soportaría Elena? Era preciso elegir entre el riesgo de comprometer su salud, y el de ser alcanzados en aquel desierto por la estación de las torrenciales lluvias. Su decisión fue instantáneamente tomada. Cuando ella no pudiera más, la llevaría en brazos, pero a toda costa era preciso alejarse de allí, antes de que empezaran las periódicas inundaciones. Toda la región, excepto las peñas, se convertirían entonces en un mar de fango, y las grandes lluvias parecían estar cerca.

Dentro de la gruta las sombras fueron adquiriendo un tono gris, a medida que aclaraba el día, y tan pronto como lo permitió la luz, acercóse Jim para mirar a Elena. Ésta seguía en la misma postura en que diez horas antes se quedó dormida. Su rostro resaltaba como una mancha blanca, sobre la oscura manta… Parecía muerta… A Jim le dio un vuelco el corazón, e inclinándose, acercó el oído, al que instantáneamente llegó la suave y acompasada respiración de la dormida. Incorporóse el hombre con ademán brusco, al darse cuenta de las peligrosas emociones que empezaban a dominarle… ¿Cuántas veces tendría que combatirlas cada día?

Jim se apresuró a salir en busca de los caballos. Todo el paisaje estaba mojado y el cielo cubierto de nubes grises, del mismo color que los peñascos y tierra de aquel desconsolador rincón del mundo. Los caballos se habían alejado, lo que le causó cierta alarma, pues aunque el riesgo fuera problemático, no le gustaba la idea de separarse de Elena. Por fortuna, siguiendo las huellas de las herraduras, encontró los cuatro caballos paciendo en un vallecito inmediato. Cogiendo el ronzal con que les había atado las patas, los trajo al improvisado campamento, repartiéndoles su ración de grano. Después, avié los caballos de carga, dejando para lo último el ensillar el bayo y el tordo.

En tanto que preparaba Jim el desayuno, había acabado de romper el día, cesando la lluvia. El uniforme gris del firmamento presentaba algunos desgarrones, sin que por ellos se viera el azul. El aire estaba cargado de tormenta. Jim encontró una piedra ancha y plana en la que puso el desayuno de Elena, llevándolo junto a la cama cual si fuera en una bandeja. Entonces la llamó, no obtuvo respuesta; una segunda llamada consiguió el mismo resultado negativo, y no tuvo más remedio que darle una ligera sacudida. Al abrir ella los ojos, retrocedió Jim asustado ante la profundidad de aquellos dos abismos color de amatista. Ella despertó como en las mañanas anteriores, pero al ver arrodillado a Jim junto a su cama, cambió totalmente la expresión de los bellísimos ojos, para aumentar los tormentos del pobre muchacho.

—No me ha costado poco el despertarla a usted —dijo él—. Aquí he traído algo de alimento y una taza de café… Haga usted un esfuerzo y coma.

—Ya he oído entre sueños que me llamaba…, he sentido el contacto de su mano… y pensé… —interrumpióse de súbito e incorporándose, añadió—: Comeré aunque me sepa a serrín.

Jim consumió también su frugal almuerzo, y después recogió los enseres, dejando a mano las provisiones para la jornada.

—¿Me ha robado usted las botas, señor ladrón? —preguntó ella riendo.

Apresuróse él a buscarlas junto al fuego, donde los había puesto a secar.

—Soy más ladrón de lo que usted se figura —contestó Jim.

—¡Ah…! Secas y calientes… Muchas gracias… Por mí, puede usted seguir representando su papel, Jim Wall… pero yo sé… lo que sé… ¡Ay…! ¡Qué dolorido tengo el cuerpo…! ¡Pobres huesos míos…! Pero quiero mantenerme firme hasta la muerte.

Se puso las botas, salió trabajosamente de entre las mantas y, estirándose, pidió agua caliente… Jim se la trajo, así como el paquete de sus ropas.

Ya libre para entregarse al trabajo, Jim, con metódica actividad, recogió todo menos el bulto perteneciente a Elena, que ella misma trajo, diciendo:

—Me siento mejor esta mañana.

—Veamos si puede usted montar a caballo —y Jim acercó el tordo—. Cuando esté usted en la silla, se echará el impermeable por encima.

Elena montó sin necesidad de ayuda y después, con el auxilio de Jim, se envolvió en el amplio abrigo, que la cubría hasta las botas.

—El día será húmedo —prosiguió él—, pero por ahora no llueve, y a menos que se caiga usted a una balsa, es de esperar que no se mojará. Sosténgase mientras pueda, y en último caso yo la llevaré, pero es absolutamente necesario que salgamos pronto de estos peñascales.

Mientras hablaba había atado tras de su silla el ligero equipaje de Elena, cubrió los caballos de carga con unos trozos de hule que pertenecieron a Smoky y emprendieron la marcha.

El paisaje que se desarrollaba ante ellos era igual al que dejaban: colinas de tierra rojiza y bloques de roca o granito flanqueados de vallecitos, con la diferencia de que iba haciéndose más despejado hacia el Oeste, a medida que por Oriente cada vez era más impenetrable la oscura maraña de aquella salvaje vegetación. Jim avanzaba sin rumbo fijo y acomodándose a las condiciones del terreno, pero manteniendo en lo posible la dirección al Norte. Los caballos de carga rompían la marcha; Jim los seguía y Elena formaba la retaguardia. Al ver su seguridad en la silla, el joven se tranquilizó un tanto. Por el presente no había temor de que hubieran de retrasar el avance. Empezó a llover, mas no por eso detuvo la marcha Jim… Había que adelantar con toda la premura que permitieran los animales de carga, marchando al trote siempre que el terreno estuviera en condiciones. Jim no podía ver más de media milla de distancia, por la densa neblina que envolvía aquel inmenso desierto. Lo parecía que derivaban al Oeste, sin conseguir cerciorarse.

Durante toda la mañana llovió a intervalos. A veces las nubes se separaban dando paso a un rayito de luz. De pronto, dejóse ver una mancha azul y el sol iluminó un altísimo picacho de extraña forma. Jim quedó sorprendido, y creyó que era uno que él había visto desde la meseta al pie de las montañas Henry y que estaba a cien millas o más hacia el Sur.

Poco después, reuniéronse las nubes y una formidable tormenta estalló sobre los pobres viajeros. Los caballos pudieron satisfacer su sed. El agua caía a torrentes de las rocas, y Jim, sin apearse, llenó las vacías cantimploras.

Pronto empezó el camino a estar cruzado por cenagosos arroyos. El caballo de cabecera sabía lo que se hacía, y se granjeó el aprecio de su amo. Seguramente no era la primera vez que hacía el camino. La lluvia cesó, pero la inundación seguía en aumento. Por fin llegaron los fugitivos a un verdadero río, en el que los caballos de carga no se atrevieron a entrar. En cambio, el brioso bayo no demostró ningún temor. El río tenía una anchura de cincuenta metros, debía ser un crecido torrente, cuyas aguas arrastraban grandes trozos de roca. Todo era soledad y desolación. Jim no alcanzaba a distinguir ningún refugio, ni bosque ni siquiera hierba. El amo del hermoso bayo puso a prueba su resistencia. El valiente animal entró en el río sin vacilar, aunque en el centro el agua le llegaba a los flancos.

En vista del éxito, retrocedió Jim, y cogiendo del ronzal los caballos de carga, los obligó a seguirle. En poco estuvo que uno de ellos, el que llevaba la carga más pesada, no fuera arrastrado por la corriente, pero la suerte hizo que no perdiera pie, y consiguió alcanzar la orilla opuesta, relinchando de terror. Jim volvió por Elena.

—Yo la llevaré a usted…, y usted no suelte la brida de su caballo —dijo Jim acercando el suyo al tordo—. Saque los pies de los estribos, e inclínese hacia mí. —La levantó en vilo, sentándola delante de él donde la sujetó con el brazo izquierdo—. Tome usted las bridas… ¡Vamos, bayo; anda, viejo perro de aguas!

El soberbio corcel soportó con brío la doble carga y apenas llegaron a la otra orilla, aumentó perceptiblemente la crecida por una nueva oleada.

—¿Ve usted? —exclamó Jim dejando a Elena en el suelo—. Si estuviéramos ahora en el centro del río, todo habría concluido para nosotros… Decididamente es palpable que la suerte nos acompaña.

—¡Dios y la suerte! —corrigió ella.

—¿Tiene usted miedo?

—Ni una pizca… En circunstancias más felices me parecería esto una aventura interesante… Voy a hacer un poco de ejercicio… Tengo las piernas entumecidas y me duele mucho el costado.

—Tiene usted una asombrosa energía. Hemos andado unas dieciocho o veinte millas… Pero no sé dónde estamos…, subimos continuamente, y me parece que oigo el rumor del Diablo Sucio.

—¿Ese sordo murmullo…? Si hubiéramos tomado por donde nos trajo…, por donde vinimos, habríamos perecido seguramente. ¿Les habrá pasado eso a nuestros perseguidores?

—No es de creer… Estarán resguardados en alguna meseta, o habrán vuelto atrás, en cuyo caso encontrarán nuestras huellas.

—¿Nos seguirán?

—No lo sé…, de todos modos, no tenemos tiempo que perder.

—Saldremos con bien… Me lo da el corazón… Hágame el favor de ayudarme a montar.

Cuando hubieran reanudado la marcha, Jim dio a su compañera una galleta y un poco de carne, diciendo:

—Coma usted…, no tardará en arreciar la lluvia.

En efecto, pocos instantes después caía un diluvio que no dejaba ver los objetos a tres metros de distancia. El caballito delantero siguió siendo digno de confianza. Jim estaba convencido de que había estado por largo tiempo en aquellos solitarios parajes. Además, acá y allá encontraba trazas de haber existido allí camino, y eso le daba ánimos, suponiendo que debía conducir a alguna parte.

La tormenta pasó, dejando grandes charcos en el suelo y chorros de agua que se deslizaban de las rocas. Pero los arroyos estaban bajos.

Cerca de la caída de la tarde abrióse momentáneamente la masa de nubes, y los rojizos rayos de sol tiñeron de púrpura las mojadas peñas y colinas.

Atravesaron nuestros fugitivos la línea de cerros que limitaba su horizonte, desembocando en, un valle largo y verde, de cuyo extremo opuesto llegaba un sordo rumor. Un río rojo, seguramente el Diablo Sucio, corría lamiendo una alta pared de tierra y en el momento en que miraba Jim, una parte de ella, minada por las aguas, se hundió con sordo estruendo.

Los restos de un camino rodeaban la base de la montaña. Aquel valle parecía el prohibido portal de un territorio aún más diabólico.

—No puedo… sostenerme… más —murmuró Elena con voz débil.

—¿Por qué no me lo ha dicho usted antes? —dijo Jim en tono de reproche—. Yo la llevaré a usted.

Ató las riendas al pomo de su silla, trasladó a Elena a su caballo, y sujetándola con el brazo izquierdo, dijo:

—Sigue, tordo.

Continuó el avance Jim, consciente de que su compañera se había desmayado. La terrible naturaleza de aquel desierto y la amenaza de otra tempestad eran para impresionar hasta un ánimo tan indomable como el de Jim. Era posible que cayeran en una trampa de las que abundan en las orillas del río infernal, pródigas en desfiladeros sin salida y en pantanos de movedizas y absorbentes tierras. Y si intentaba retroceder, ¿adónde irían? Llevaban enemigos tras de sí, y no había que pensar en la guarida de ladrones como refugio. Pero aún seguía teniendo confianza en el instinto de su caballo delantero. La lluvia, que había empezado a caer de nuevo, le salpicaba el rostro y colocó a Elena de modo que volviera la espalda a la tormenta; aunque le habló, ella no dio respuesta.

Cuando calmó la tempestad, habían avanzado unas cuantas millas y se acercaban al extremo del valle. A su derecha se alzaban enormes bloques de rojiza peña sembrados de grandes pedruscos sueltos, prontos a deslizarse. La base de aquellas moles se estrechaba, empotrándose en unos bancos de tierra, cortada a pico, que daba sobre una fangosa llanura, reducida entonces por la crecida del río a una anchura de cien metros escasos.

El caballito delantero seguía chapoteando en el agua, sin compartir los temores de Jim acerca de lo que pudiera haber a la vuelta de aquel gigantesco peñasco. El Diablo Sucio trazaba una curva hacia la izquierda y podía vérsele correr en aquella dirección durante varias millas. La noche no estaba lejos, y una cercana tormenta hacía más inmediata la oscuridad.

Pasaron detrás del promontorio tomando la estrecha senda que por él subía, al que en tiempos pasados debió ser un camino. Sin el caballo delantero jamás se le habría ocurrido aventurarse por aquel despeñadero, pero el inteligente animal indudablemente buscaba un sitio conocido. Desapareció, dando la vuelta a la esquina, por un borde que escasamente tenía diez pies de ancho, húmedo, escurridizo, con chorros de agua que manaban de la roca y sembrado de pedruscos movedizos. El segundo caballo de carga, confiando en su predecesor, dobló también la esquina.

—Vamos, bayo —dijo Jim dando un ligero silbido para animar al tordo—. Salgamos de este mal paso. No mire usted, Elena.

Como ella no contestara, inclinóse Jim para mirarle al rostro… ¡Dormía! Si ya le había maravillado esta mujer bajo muchos aspectos, ¿qué impresión sería la suya a la vista de este imprevisto sueño? Por de pronto, le llenó de orgullo que puso término a sus vacilaciones.

—Ven, tordo —dijo llamando al caballo que cerraba la marcha. Dirigiéndose al suyo, añadió—: Firme, compañero, y si se estrecha el camino, mira dónde pones las patas.

Y se estrechó… de diez pies se redujo a siete, a seis… y aún a menos. Desprendían terrones de tierra, pero los caballos de carga habían doblado la esquina. Un extraño rumor llegó a los oídos de Jim… Por algún sitio cercano corría agua… No se atrevió a mirar adelante, pero una terrible perspectiva le parecía inevitable. El retroceso era imposible… El abismo sobre el que estaba colgado aquel estrecho borde, tenía más de cincuenta pies de profundidad y su fondo era un cenagal.

De súbito, encontróse Jim con una nueva reducción del ya estrecho sendero, cuya anchura no llegaría a metro y medio. El borde se había derrumbado recientemente…, mejor dicho: se estaba derrumbando; Jim oía el desprendimiento de la tierra, a pesar del creciente bullir del agua.

El valiente bayo marchaba con precaución y confianza; sabía que otros caballos con pesada carga habían pasado por allí, y él seguía adelante. De pronto vaciló; había puesto una de las patas traseras sobre una tierra que se desprendió, pero con una sacudida saltó a otro sendero más ancho y siguió subiendo.

Jim sintió que momentáneamente se le haba paralizado el corazón y que la lengua se le pegó al paladar. Al oír el pataleo de un caballo, volvió la cabeza a tiempo de ver al tordo saltar desde un trozo del primitivo sendero, que empezaba a ceder, al sólido terreno del de más arriba. Un instante después, más de seis pies del camino inmediato a la peña, se desplomó al abismo como un alud.

—De buena hemos escapado —murmuró Jim mirando hacia delante para ver lo que les deparaba el Destino.

A sus pies, un torrente de rojizas aguas caía con estrépito a una garganta de hendidas paredes de roca, y el bramido, que había alarmado a Jim, provenía de una cascada que se desprendía desde el borde superior de la roca. Por todas partes manaban chorros de agua rojiza y trozos de seccionadas peñas caían rebotando en la ladera que tenía delante, para hundirse en el abismo. Capas enteras de cascajo deslizábanse y caían con el ruido de las guijas arrastradas por la marea.

Aquello era el nacimiento de un tributario, de un defectuoso hijo del infernal Diablo Sucio, que interceptaba el avance de los fugitivos. A treinta pasos delante, en la parte más ancha del camino, descansaban los caballos de carga. Jim obligó a sus espantados ojos a mirar atrás. Ningún jinete volvería a subir por aquel camino.

 

XVII

 

La lluvia había disminuido; de otro modo, Jim no habría podido ver a tanta distancia. Un estremecimiento de la mujer que llevaba entre los brazos le sacó de su abstracción.

Avanzó hasta un enorme trozo de pared de peña que había caído de arriba y ahora ocupaba un ángulo poco más allá del destrozado camino. Parecía un refugio relativamente seguro, a menos que toda aquella parte se desmoronara en forma de alud, catástrofe nada inverosímil en una montaña compuesta de gigantescas paredes de piedra, sobre base de arcilla roja.

Jim desmontó cuidadosamente y huso a Elena debajo del trozo de pared, sentada sobre polvo, que al menos estaba seco.

—¿Dónde estamos…? ¿Qué ruido es ése tan espantoso?, preguntó ella, en voz que más parecía un suspiro.

—Estamos detenidos por una tormenta. Quítese usted este impermeable mojado.

—¿Es que todo ha acabado para nosotros?

Jim no contestó. Doblando el impermeable en forma de almohada, lo colocó debajo de la cabeza de Elena, que parecía no tener fuerzas ni aun para estar sentada, sin la ayuda de su compañero. Éste procuraba evitar las miradas de ella, sin poder conseguirlo, y alejándose unos pasos, quitó la silla del bayo, la puso bajo el pétreo cobertizo y, guiando al fiel animal, lo llevó al pequeño terraplén en que los caballos de carga y el tordo se habían reunido. El continuo crujir de las rocas, las capas de grava que caían al agua en el torrente de abajo y el ronco bramar de la cascada, componían una pavorosa melopea. Si la lluvia empezaba de nuevo, aquella garganta sería un fiel trasunto del infierno, y, comparado con ella, todo el camino anterior era un verdadero paraíso. Pero Jim no perdió el tiempo en mirar a su alrededor.

El instinto de los animales le había guiado hasta el único punto seguro, en aquella insegura comarca, y éste era la especie de plataforma formada por varias enormes moles de ancha base. Los caballos estaban cansados, pero no parecían tener miedo. Jim les quitó la carga, pero no las sillas. El saco del pienso y los trozos de hule los había atado lo último, así es que sin ningún trabajo extendió las enceradas telas y distribuyó en ellas el grano para cada caballo. Por último, sujetó los bultos contra el borde de las moles de piedra y dejó que los animales se cuidaran de sí mismos.

Entonces guisó examinar las condiciones del terreno. El crepúsculo envolvía la garganta en una siniestra luz roja. Tendría unos cien metros de ancha, con la pared opuesta baja, y formada por trozos de roca empotrados en arcilla roja. De las numerosas grietas de las paredes manaban pequeños manantiales, cuyas aguas se unían en caprichosas ondulaciones. A unos ciento cincuenta metros más arriba, la garganta se inclinaba hacia la izquierda. Aquí saltaba la cascada desde una inmensa abertura en la parte superior del acantilado y, bramando, Caía al rocoso abismo. Aún parecía más temible el gigantesco talud que se alzaba a la izquierda y en el que Jim todavía no había reparado. Era altísimo y tanto se inclinaba hacia atrás, que era imposible ver su cima. Varias corrientes se unían para constituir un caudaloso torrente, cuya salida no veía Jim, aunque le parecía oírla. Aquel talud era una verdadera montaña, pero inestable y traicionero como las arenas movedizas. Por todas partes se observaba movimiento, no sólo en el agua, sino en la grava, en el fango y en los trozos de todos tamaños de desprendida roca. En las pasadas tormentas, miles de toneladas de peñas habían cambiado de lugar; sobre ellas el viento dejó caer tierra y así se había formado la meseta en que estaban. Ésta era de la aproximada anchura de quince metros a lo sumo y su longitud no pasaría de unos sesenta. El extremo superior bajaba en empinada pendiente al cauce del arroyo, que era donde sin duda pasaba el antiguo camino. Últimamente esta pequeña garganta desembocaba en el valle del Diablo Sucio, cuyo bramido era bastante recio para que se oyera por encima de los ruidos más cercanos.

Por encima de esta infernal ratonera, un cielo oscuro y parcialmente teñido de matiz rojo, dominante en el inseguro agujero, presagiaba nuevas tormentas. Por encima de los más altos picachos, hilos de fuego serpenteaban entre los oscuros nubarrones, pero Jim no podía oír si los acompañaban truenos. Había un trueno más cercano que iba en aumento.

—Si la tempestad estalla con violencia, estamos perdidos —monologueaba Jim con sombría solemnidad.

¿Había soportado las tormentas de las pasadas semanas, la desesperada lucha con los bandidos y por último con Hays; había hecho lo imposible por salvar a Elena para que la aplastara una roca o se la llevara un alud…? ¿Para qué había sufrido, peleado y matado…? Hasta los elementos combinaban sus destructoras fuerzas para vencerle. Sombrío, dominado por las circunstancias, encaminé sus pasos hacia la suspendida roca.

Temía las próximas horas… la noche… la… no acertaba a definir el qué. Pero el espacio de tiempo que pasaran hasta que llegara la muerte o la imprevista salvación, sería una prolongada tortura; de eso estaba seguro.

Quitóse Jim el impermeable y lo dobló a lo largo. Al acercarse a Elena, ésta dijo algo que él no entendió; pero deseoso de procurarse la comodidad posible, puso el impermeable en el sitio que le pareció mejor, cubriéndolo con la más seca de las mantas. Cogió a Elena y la dejó encima, tapándola con otra manta seca. Entonces él se echó en las piedras; a su lado, de modo que la cabeza de ella descansara en su hombro, y pasando un brazo por debajo de aquel hermoso cuerpo, le atrajo suavemente hacia sí. No era solamente que él quisiera prestarle su propio calor, era que anhelaba tenerla en sus brazos cuando llegara el innominado horror que presentía.

En la semioscuridad pudo ver los ojos de ella muy abiertos, como dos negros agujeros en un blanco pergamino. Sus labios se movían.

—No la oigo a usted —dijo él inclinándose más.

—¿Tiene usted miedo?

—Sí… me parece que sí.

—¿Por mí?

—Puedo asegurar a usted que no es por mí.

—¿Qué ha pasado?

He seguido un camino muy antiguo… El terreno es nuevo para mí… y hemos llegado a un sitio espantoso… No podemos avanzar ni retroceder… Ya oye usted las aguas, las guijas y las, peñas… Además, estamos amenazados por una violenta tempestad.

—¿Tenemos pocas esperanzas?

—Una probabilidad entre mil.

Ella guardó silencio durante un instante; después levantó la cabeza para que sus labios estuvieran inmediatos al oído de Jim, quien sintió el leve contacto de una mano sobre su hombro.

—Por mí no temo —dijo ella—, pero por ti sí…, hombre noble y valiente…, para luchar como lo has hecho, debes realmente de amarme… Yo, en el Rancho de la Estrella, no lo comprendí… Has hecho cuanto humanamente es posible… ¡Dios te bendiga…! Yo rezaré… por ti… mientras me dure… la vida.

De pronto, la tierra tembló debajo de Jim, y una formidable explosión, por un momento, dominé los: demás ruidos… Un alud: o un desprendimiento de rocas… Ya lo esperaba… y nada añadía a sus temores, pero no eran de origen físico.

Con los ojos fijos en la creciente oscuridad, entregóse a hondas meditaciones provocadas por las últimas palabras de Elena… No temía a la muerte… y le había llamado noble y valiente… A él le parecía su pasado cobarde e innoble. Pero aquellas palabras de Elena Herrick causaron una completa revolución en sus sentimientos… Un creciente reproche para su anterior conducta y un odio inextinguible hacia todo cuanto le alió con los ladrones que la robaron.

Estaba enamorado de ella…; esto ya era sabido, aunque nunca perdió mucho tiempo en esos alambicados pensamientos… Para él, hasta ahora, el amor, en su más cruda expresión, había sido el ansia o la necesidad de mujer, sin preocuparse de los: deseos, del corazón o de los sentimientos de ella. Pero esto era muy diferente de lo que sentía ahora…, y ¡ella pedía a Dios que le bendijera…! ¡Y estaba dispuesta a rezar por él, hasta el último instante!

Una emoción inmensa agitó el alma del extraviado mozo, anudándole la garganta. Por un momento, su mente fue un caos… Que se confundieron sus alientos, al parecer arrastrados por un torrente, o deshechos entre rocas y tierra… Morir por Elena no era nada, y dispuesto estaba a ello… Pero morir con ella…, estrechándola entre sus brazos…, esto: era mucho más de lo que merecía… ¿Qué hizo en su vida para desear prolongarla…? Una bala perdida…, un fracasado…, un pájaro errante, un ladrón, un asesino. ¿Podría seguir siendo el mismo, después de que ella había rezado por él…? ¡No…! Lo juraba por el Dios en el que ella creía. Ahora que aquella excepcional mujer estaba allí, indefensa, confiada y sin más amparo que él, la verdad de su monstruoso pasado surgía en su interior con más fuerza que la tempestad y las desbordadas aguas.

Se aflojó la tensión nerviosa que mantenía su cuerpo rígido, como si un maleficio o un espíritu infernal hubiera salido de él, perdiéndose en las tinieblas de la noche… Aquella vida indómita y salvaje que fue parte de sí mismo, parecía haber acumulado la furia de los elementos en contra suya para iluminarle en sus últimos instantes y hacer que muriera arrepentido.

El Dios a quien ella imploraba y la naturaleza que él conocía se habían unido para vencerle. Ante el primero, sólo podía temblar con el pavor que inspira lo desconocido…, lo que se encuentra cuando va es demasiado tarde. Pero la Naturaleza había vivido en ella y ahora daba la bienvenida a sus furores.

El trueno se impuso a los demás ruidos terrenales y la roja luz de los relámpagos descubría la pavorosa negrura del cielo y de la espectral garganta. El firmamento parecía próximo a deshacerse en agua, un diluvio batía las movedizas peñas y ningún ruido lograba hacerse oír entre el continuo retumbar del trueno y el aguacero.

Jim estrechó aun más a Elena entre sus brazos. Su temple era bueno, pero parecía inconsciente o sumido en un sopor, del que no lograba despertar. Ahora, que se desplomara sobre ellos la bóveda de los cielos, va que los elementos se habían conjurado para labrar el sepulcro a dos desvalidos seres humanos. Aún subsistía en Jim el temor que despertó en su pecho el que Elena se diera cuenta de su heroísmo y de su amor, pero iba disminuyendo a medida que veía más inmediato el cataclismo.

Éste era el apogeo de la tormenta que desde días atrás venía amenazando. En la desierta planicie hubiera sido peligroso para los viajeros; aquí era la catástrofe segura. Tim no esperaba vivir lo bastante para ver su término. Pero vivió para darse cuenta de que toda la garganta se había transformado en un río. La cascada adquirió una potencia que sus bramidos eran una prolongación de los truenos. Durante un rato lo dominó todo, hasta que los miles de engrosadas corrientes cayendo de arriba sobre las peñas hicieron tal estruendo, que por poco ensordecieron a Jim.

Una cortina de agua desprendida de la roca, bajo la que se guarecían los fugitivos, privó a Jim de seguir viendo la opaca oscuridad. De un momento a otro, la inundación invadiría el medio deshecho camino, y entonces proponíase Jim, sin soltara su adorada, trepar peñas arriba, dejarse escurrir por resbaladizas vertientes, en una palabra: combatir hasta el último instante.

Pero a medida que transcurrieron las horas, cambiaba la situación. Las aguas no invadieron los restos del camino. Dejó de caer agua de la peña y los ojos de Jim vieron nuevamente la oscuridad. Aún seguía oyendo los aludes, el choque de las enormes piedras que rodaban, la furiosa corriente de abajo y el bramar de la cascada. Mas llegó un momento en que todos los ruidos, con asombro de Jim, que creía soñar, fueron perdiendo intensidad, disminuyendo y, por último, cesaron; menos el murmullo del torrente de abajo, que empezó a hacerse irregular, con intervalos de silencio, seguidos de furioso gorgoteo. Por fin, comprendió Jim que se trataba de una impetuosa corriente que arrastraba grandes cantidades de arena que a veces la cegaban. Largo tiempo permaneció escuchando la gradual disminución de estos sonidos.

Los torrentes dejaron de fluir, las capas de cascajo cesaron de caer, los peñascos se afirmaron en su base y la cascada pasó del fragor del trueno a un bronco rugido y de éste a un suave murmullo. La Naturaleza parecía agotada por los esfuerzos que le había costado la pasada tempestad… Y aún quedaba intacta aquella parte de la montaña, con sus fugitivos átomos de carne y alma.

A Jim le pareció que veía estrellas, y que una tenue luz infiltrándose en las sombras empezaba a cambiar lo negro en gris. ¿Estaría próximo el amanecer…? ¿Los habría indultado la muerte? El gorgoteo del torrente de abajo iba confundiéndose con el lejano murmullo del Diablo Sucio. Jim permaneció inmóvil, mirando las espectrales formas de la pared opuesta, y con la cabeza llena de pensamientos que nunca existieron antes en su conturbado cerebro.

Pero el cielo iba poniéndose gris, la garganta íbase perfilando en las sombras, y aquel lugar, horas antes ruidoso cual infernal aquelarre, estaba ahora silencioso como una tumba.

Por último hubo de aceptar Jim la existencia de un maravilloso fenómeno… La aurora empezaba a lucir sus galas. El joven separóse con suavidad de Elena, que seguía durmiendo. Tenía el cuerpo dolorido y sentía violentos calambres en las coyunturas. La grisácea luz del alba permitía distinguir los objetos. No alcanzaba él a ver el extremo opuesto de la garganta donde caía la cascada, pero el silencio permitía colegir que ésta no era más que producto de las aguas sobrantes de las lluvias y que había cesado de correr. En el fondo, se veía la fina arena del cauce, sin un solo charco. A la orilla, los caballos seguían esperando pacientemente, menos el bayo, que olfateaba el suelo en busca de unas briznas de hierba que no existían en aquella estéril tierra. El gran talud seguía siendo el mismo y, sin embargo, algo en él inducía a creer que estaba condenado a una próxima y total destrucción.

La salida del sol encontró a Jim marchando por un torrente rocoso, a varias millas del lugar en que se desarrollaran las escenas de la espantosa noche. Continuaba dejándose guiar por el caballo delantero.

El cielo era azul; el sol, brillante y cálido, teñía de oro la cima del alto picacho que Jim creía haber visto antes. Ahora parecía muy cercano; sobresaliendo por encima de una cordillera de montañas pardas y amarillas, Jim seguía llevando a Elena sobre su caballo. La pobre muchacha había recobrado el conocimiento, pero sin fuerzas para hablar ni moverse, dejábase llevar con los ojos fijos en su salvador.

Era indudable que allí había existido antes un camino, como lo probaba la depresión central de aquella pedregosa tierra. Cuando Jim acabó de subir el declive, desarrollóse ante sus ojos un sorprendente y maravilloso panorama.

—¡El Valle Azul! —exclamó.

A sus pies se extendía un valle estrecho, formando curva, poblado de sauces y algodoneros, todo él verde como las esmeraldas, que en la lejanía tomaba un matiz azulado, bajo los rayos del ardiente sol. El Diablo Sucio lo atravesaba cual brillante cinta color de ámbar. En el término opuesto del valle, que Jim no alcanzaba a distinguir, sonaba un sordo murmullo que delataba la existencia de un salto de agua.

—¡El Valle Azul! ¡Elena…! Ya estamos fuera del peligroso laberinto… ¡Salvados! Por aquí viven mormones.

Ella le ovó y su sonrisa probaba su alegría más por él que por ella… En su actual estado de postración, todo le era indiferente.

No había señal de vivienda, pero Jim sabía que aquello era el Valle Azul. Tendría unas quince millas de largo y era probable que las haciendas estuvieran situadas a la entrada, donde había más facilidades para regar la tierra. ¿Cómo podrían seres humanos, aunque fueran exploradores mormones, utilizar las aguas de aquel infernal río?

La impresionante belleza de ese perdido valle se apoderó de Jim inmediatamente. Parecía una ondulosa joya colocada entre estériles colinas de jaspe y pórfido y abigarrados mosaicos formados por la base de los montes, que se alejaban hacia la izquierda, ramblas de esculpidas rocas, terraplenes de oscura arcilla y húmedas dunas. El colosal picacho de roca bañado por la luz del sol dominaba el paisaje por el Oeste, escueto y magnífico en su aislamiento, cual asombroso gigante rodeado de enanos.

Jim siguió a los caballos de carga por la senda de bajada, cubierta de lodo. En el valle abundaba la vegetación, además de los hermosos algodoneros. Los girasoles ardían como ígneos discos de oro entre el verde follaje. Los sauces bordeaban praderas cubiertas de hierba, profusamente salpicadas por margaritas, amapolas y otras flores campestres. A cada paso se hundían las patas de los caballos para salir arrastrando un pan de fango.

A mediodía pasaron por delante de algunas chozas abandonadas. No parecían viejas, aunque seguramente no eran muy nuevas. ¿Estaría completamente abandonado el Valle Azul…? Jim creía lo contrario, pero al descubrir una rústica iglesia sin cristales y con evidentes indicios de abandono, sintió que se le oprimía el corazón; Elena necesitaba descanso, cuidado, alimento… Él estaba al cabo de sus recursos.

Una hora más tarde pasaron ante una amplia barraca construida con troncos y piedras, inmediata a una cueva abierta en la montaña. Allí había vivido gente, pero mucho tiempo atrás. Algunas botas viejas y destrozados zapatitos de niño, junto a los restos de un carro, y una máquina de coser rota, atestiguaban, con melancólica elocuencia, que allí había habitado una familia.

Desvanecíase la última esperanza de Jim. Aún estaban lejos de la entrada del valle, mas parecía que va habían dejado atrás la zona habitada. La tarde avanzaba, los caballos seguían chapoteando en el lodo, cada vez más despacio, cansados hasta el agotamiento, y Elena era un cuerpo muerto entre sus brazos. A punto estaba el heroico mozo de entregarse a la desesperación, cuando al doblar una esquina, frente a la ladera y un bosquecillo de algodoneros, encontróse ante un vasto espacio de tierra labrada, que tenía al fondo una casa de madera, cuya chimenea arrojaba azulada nube de humo.

Detrás de esta halagüeña transformación del paisaje, erguíase el colosal picacho con su cresta señalando al cielo, viendo en ello Jim, un significativo símbolo.

Los caballos salieron trabajosamente del terreno fangoso para tomar otra senda más alta, pero Jim dirigió el bayo hacia la casa. Jamás le causó tan inmensa alegría el oler humo, el ver un jardín y el oír ladrar un perro. Sus siempre perspicaces ojos descubrieron un hombre que también debía haberlos visto, pues salió del portal empuñando el rifle. Jim detuvo el caballo junto a la cerrada empalizada. Abundaban las flores ante la casa y la puerta de ésta estaba sombreada por una parra, lo que descubría que allí trabajaban manos femeninas. Inmediata a la puerta había una cama.

—¡Buenas tardes! —gritó Jim a tiempo que se apeaba cuidadosamente, sosteniendo con ambas manos a Elena.

—¡Buenas tardes!, contestó el hombre mirando a los jóvenes con curiosidad exenta de malevolencia, y mientras Jim empujaba la puerta con el pie, el habitante del Valle Azul dejó el rifle junto a la pared y llamó a alguien.

Lo primero que hizo Jim fue correr hacia la cama y dejar en ella a Elena, quien, harto débil para hablar, le dio las gracias con una sonrisa. Entonces se enderezó Wall para mirar al hombre. Amigo o enemigo, tanto le importaba; tenía la certeza de que sabría obligarle a prestar a Elena los cuidados que le eran necesarios. Sabía cómo tratar a los hombres. Su perspicaz mirada, aguzada por las circunstancias, cayó sobre un sujeto robusto, de mediana edad, característico modelo del colono mormón, de faz serena y barbuda. Jim no tuvo más que mirar en sus bondadosos ojos azules para estar seguro de que el hombre, fuese quien fuera, jamás había oído nada del rapto de la hermana de Herrick.

—Muy bien venido, forastero…

—Mi nombre es Wall —dijo Jim en respuesta al saludo.

—El mío Tasker… ¿De dónde venís?

—De Durango… Mi esposa y yo nos hemos perdido… A ella le han faltado las fuerzas… y temo que esté enferma.

—Mala cara tiene… Pero el Señor es misericordioso… y tal vez sólo esté fatigada.

—¿Qué sitio es éste?

—El Valle Azul.

—Y ¿dónde está el Valle Azul?

—A sesenta millas de Torrey.

—¿Torrey…? Nunca he oído hablar de ese sitio.

—Es una colonia mormónica. Yo me he establecido aquí, pero pronto habré de abandonar todo esto. Es inútil tratar de vencer a ese Diablo Sucio. Hace unos cinco años, más de ochenta familias vivían en este valle… El Valle Azul tiene su historia, amigo…

—Y yo tendré mucho gusto en oírla —interrumpió Jim—. Por el momento necesito ayuda… ¿Puede prestármela? Traigo dinero suficiente para pagar…

—Ya he dicho que sois bien venidos…, y guarda tu dinero. Yo y mi familia no pedimos nada por ayudar a quien lo necesita.

—Muchas gracias —dijo apresuradamente Jim—. ¿Quiere llamar a su esposa, para que se encargue de… mi… mujer?

Elena, que seguía mirando a Jim con sus estáticos ojos, preguntó con voz desmayada:

¿Marcha todo bien?

—Sí… Si así puede llamarse el encontrar alojamiento, comida y amigos —dijo bondadosamente el mormón. Y acercándose a la puerta gritó—: ¡Mary…! El jinete no viene solo… Trae a su esposa… Los dos se han perdido en los peñascales del Diablo Sucio… Tenemos que cuidarlos.

 

XVIII

 

Aquella noche, después que los hospitalarios mormones aseguraron a Jim que Elena sólo estaba rendida por el cansancio, y ella corroboró esta afirmación con una sonrisa, éste se fue a dormir bajo los algodoneros y no se movió en diecisiete horas.

Cuando despertó, le pareció entrar en un mundo transfigurado; el Diablo Sucio había cesado de gruñir y la puesta del sol teñía el paisaje de matices que parecían supraterrenales. Jim se prometió el deleite de trepar a una altura que le permitiera contemplar el arrogante centinela que le había servido de guía. Aún había algo más. Algo que él mismo no acertaba a expresar, relacionado con la metamorfosis moral que sufrió cuando la furiosa tormenta estaba en su período culminante. Ahora respiraba tranquilo, libre de los lazos de un pasado que jamás volvería.

A la hora de cenar, el piadoso mormón inclinó la cabeza rezando con fervor:

—¡El Señor bendiga nuestra mesa, y extienda sus bendiciones al forastero que hoy se sienta a ella, dándoles salud a él y a su esposa y un feliz viaje de regreso! ¡En tu Santo nombre, Amén!

Aquella noche supo Jim la triste historia del Valle Azul, y la efímera conquista del Diablo Sucio. Como circunstancia singular y digna de llamar la atención, le dijeron que la lejana colonia fue siempre respetada por los bandidos y cuatreros de Utah, y que los jinetes que pasaron por ella, en sus días florecientes, no dejaron tras sí más que gratos recuerdos. El mormón, acostumbrado a la soledad, y sociable por naturaleza, estuvo tan comunicativo, que Jim, al acostarse, ya conocía la ruta que les convenía tomar.

Al día siguiente se levantó Elena, y aunque débil e insegura, su aspecto auguraba un rápido restablecimiento. Sus grandes ojos se clavaban en Jim, observándole en silencio. Le seguían en sus paseos por la orilla del río y bajo los algodoneros, como los girasoles siguen el astro del día.

Jim no se alejaba nunca de la vivienda, por muchos que fueron sus deseos de trepar a la peña negra. Los mormones le designaban con el nombre de «monte de carbón», pues de él extraían todo el combustible que necesitaban. Las vetas de carbón le daban aquel extraño color oscuro. Ni una mata, ni una simple brizna de hierba crecía en la solitaria montaña, que parecía imagen de la muerte. Ni aun las águilas querían anidar en ella.

A la marina siguiente, en tanto que las mujeres trabajaban en la casa y Tasker recorría las plantaciones, acercóse Jim a Elena, que estaba bajo la parra del pórtico balanceándose en una mecedora de construcción rústica.

Podía considerarse como un milagro lo mucho que había mejorado en tan corto plazo. Sus hermosos cabellos brillaban como luminosa corona de oro.

—Tiene usted un aspecto inmejorable esta mañana —dijo él—. Será preciso pensar en alejarse de este agradable lugar de descanso.

—Por mí, podemos ponernos en camino en seguida —apresuróse a contestar ella.

—No hay que pedir demasiado. Ya veremos mañana. Entonces si nos acompaña la suerte, en tres días podrá estar usted en su casa… En cuanto a mí… —interrumpióse con tan evidente depresión, que ella sintió empañada su vivísima alegría por una nube de tristeza.

—¿No volverá usted a… su antigua vida? —preguntó ella palpitante de interés.

—¡Nunca, así Dios me ayude…!, y esto, a usted sola se lo debo. Elena… Aún podré ser feliz… pero basta de mí… Recobra usted las fuerzas por momentos y… está más hermosa que nunca… Pero aún estamos en el desierto de Utah, con sus extraños misterios, sus canales subterráneos… y su maldito Diablo Sucio… He convenido con Tasker en que engancharemos dos caballos al más ligero de sus carros; tomando la carretera, no tardará en llegar a Gran Unión.

Callóse Jim y Elena separó las manos del rostro, dejando ver sus ojos húmedos de lágrimas, y con una mirada que hizo huir a Jim.

—¡Espere usted…! ¡Por favor! —gritó ella mientras su salvador, a paso largo, iba hacia la empalizada. Pero no se detuvo ni volvió… Todo lo podía soportar, menos ser objeto de lástima para ella.

Esta vez se encaminó a la solitaria montaña que se había prometido visitar. Tuvo que vadear la profunda corriente que atravesaba el valle… Se encontró con que el gigante negro estaba más lejos y era más alto de lo que le pareció desde la vivienda. Lo que él tomó por cima, sólo era el rocoso borde desde el que se alzaba una loma que subía gradualmente, hasta terminar en puntiaguda mole de piedra.

Por fin, con la respiración fatigosa y cubierto de sudor, logró trasponer el peligroso reborde para quedar suspenso por la vista que tenía delante.

Los salvajes peñascales, la misteriosa región de los escarpados cañones y desfiladeros, de matices liláceos, teniendo por fondo las formidables y negras montañas Henry, componían un panorama de imponderable y siniestra grandiosidad.

Mucho más lejos elevábase la especie de colosal pirámide que tanto le obsesionó desde lejos, y de la que sólo había visto la parte superior. Aquel gigante solitario producía un efecto indescriptible. Jim se había pasado días y semanas enteras contemplándole en la forzada ociosidad de los tristísimos tiempos de la guarida. Para él significaba entonces no sólo la libertad, sino lo inalcanzable. Y ahora no sólo disfrutaba de la primera, sino también de algo que simbólicamente había alcanzado. Desde la base de la montaña en que estaba, extendíanse abismos, de leguas de anchura, que iban a parar a aquel fenómeno de la Naturaleza, situado en el centro de una vasta planicie despojada de vegetación, y en la que un suelo pedregoso y engañador a la vista iba estrechándose durante millas y millas, hasta formar las primeras estribaciones en la base del inverosímil monumento natural.

Tan portentosa creación, fuese de la Naturaleza o del Todopoderoso, recordaba a Jim su propia vida, soberbia, estéril y solitaria, destinada a desmoronarse un día, sin dejar nada tras de sí.

Pero algo en su interior le decía que él era más que aquella absurda aglomeración de rocas. Él tenía un corazón, un cerebro, una voluntad y un alma; era una criatura consciente, y había logrado desprenderse de lo que le sujetaba al abismo, y elevarse gracias a un amor de una magnitud desconocida hasta para muchos hombres mejores que él.

Cuando regresó, ya era tarde; la luna brillaba en todo su esplendor, y los Tasker se habían retirado a disfrutar del merecido descanso. Oyó Jim que le llamaban por su nombre, y suavemente, sin ruido, acercóse a la cama de Elena, que le dijo en voz muy baja:

—No volvió usted… aunque le llamé… y no podía dormir… Tengo que decirle… algo importante…

Él, sin contestar, sentóse sobre el mismo lecho, y cogió entre sus manos la que le tendía Elena, mirando el blanco rostro con los fascinadores ojos de amatista.

—¿Es su verdadero nombre Jim Wall? —preguntó ella.

—No. Si quiere usted, le diré cómo me llamo.

—¿Es usted libre?

—¿Libre? ¿Qué quiere usted decir…? Sí, naturalmente… soy libre.

—Me ha presentado usted como su esposa… a esta buena gente.

Me pareció lo mejor… para evitar malas interpretaciones.

—Sí… ya comprendo… y me ha parecido muy bien. Pero lo que yo quería decirle, es que deseo vuelva usted al Rancho de la Estrella conmigo.

—¿Me pide usted que… vuelva…? —preguntó él con tono de incredulidad.

—Sí eso mismo es lo que pido.

—Pero si no es necesario… Si aquí se encargarán de que llegue bien a Gran Unión… Está usted completamente segura…

—Puede ser… Pero yo nunca más me encontraré segura en Utah, a menos que esté usted a mi lado. He tenido demasiado miedo, Jim… Quizá una de sus muchachas americanas hubiera soportado mejor la aventura… Pero para ser mi primera experiencia en estas tierras, convengamos en que ha sido un poco fuerte.

—Yo no puedo volver al Rancho de la Estrella —dijo Jim gravemente, tras corta vacilación.

—¿Por qué no…? ¿Porque es usted, o mejor dicho, era miembro de una banda de ladrones…? ¡Bah…! Entre mis antepasados, hay un ladrón que también robaba. Ser ladrón no es tanta deshonra como usted supone… cuando el ladrón es noble y grande… como usted.

—No es ésa la única razón.

—Pues, ¿cuál otra hay?

—Si la dejo a usted, después de haberla puesto en buenas manos, podré irme en paz a Arizona u otro Estado, volver a mi antigua profesión de cowboy y ser feliz con el recuerdo de haberla servido y de que el amor que le tengo me haya dado fuerzas para renunciar a la mala vida. Pero si vuelvo al Rancho de la Estrella, y la veo cada día y… y…

—Y damos largos paseos a caballo —insinuó ella.

—Y damos largos paseos a caballo —repitió él con voz ahogada—. Eso, como decía usted antes, será un poco fuerte para mí… Será inaguantable… y después de todo, yo no soy más que un hombre.

—Los corazones cobardes no agradan a las mujeres —dijo ella retirando la mano y volviendo el rostro, y en tono aún más bajo añadió—: Yo, en su lugar, me arriesgaría a ello.

Jim abarcó de una mirada el correcto perfil, los entornados ojos, el ondulado cabello, al que la luna daba tonos de platino, y, con el corazón destrozado, se alejó en silencio.

 

XIX

 

Antes de amanecer, ya había adquirido Jim el convencimiento de que el paraíso que le ofrecía Elena, no era más que la gratitud de una mujer generosa. Además, aún no había recobrado su perfecto equilibrio… Sería infame el aprovecharse de las circunstancias… Para su tranquilidad, la acompañaría al Rancho de la Estrella, cuidando de no abordar de nuevo ese peligroso e imposible tema, y cuando la hubiera dejado en su casa, se alejaría en la misma noche, para que el silencio fuera su despedida.

Al salir el sol, Jim puso en conocimiento de Tasker su deseo de partir para Torrey, siempre que Elena estuviera en disposición de aguantar el viaje.

—Creo lo más prudente que yo os acompañe por la orilla del Pantano Grande hasta Torrey —propuso el mormón.

Esto complació en extremo a Jim. Un día entero, con su cambio de escenas y variedades de incidentes, más la compañía del bondadoso colono, le haría más tolerable el cumplimiento del deber que se había impuesto.

Durante el almuerzo y la agitación de los preparativos de marcha, Jim estaba seguro de que Elena le observaba, encontrando algo extraño en él, y no se atrevía a soportar la mirada de sus pensativos ojos.

Pronto emprendieron el camino. Elena, cómodamente instalada en los asientos de detrás, y los dos hombres en el pescante.

El mormón era comunicativo, y completó la historia del Valle Azul con otras narraciones relativas a la región. El Pantano Grande era una hendidura que partía un ele vado risco de rojizas piedras, y el camino, el cauce de una rápida y fangosa corriente. Hacia el fin, el paraje se transformaba en amplio y espléndido cañón.

Un ranchero mormón, a la puerta de cuya vivienda detuvo los caballos Tasker, invitó a los viajeros a pasar la noche en su casa; a la mañana siguiente podrían tomar la ruta de Gran Unión, y aun llegar a ella mediante una larga jornada. Jim aceptó la invitación y el consejo.

Al salir el sol, el buen mormón se despidió de sus huéspedes, deseándoles feliz viaje.

—Muchísimas gracias por todo, señor Tasker —dijo Elena—. Tendré muy presente sus bondadosas atenciones… Pero quisiera recobrar los caballos que Jim ha dejado en su casa, dándole, por supuesto, su importe.

—Yo se los llevaré a usted, si quiere decirme dónde.

—Al Rancho de la Estrella… Al Norte de Gran Unión.

—Ya he oído hablar de él… Bueno; pues uno de estos días nos veremos por allí.

—No debía usted haberle pedido que llevara los caballos, Elena —dijo Jim en tono de reproche—. Ahora se enterará de que he mentido.

—¿Mentir usted…? ¿Por qué?

—Le dije a Tasker que era usted mi esposa.

—¡Ah…! ¿No es más que eso? —replicó ella riendo y con las mejillas cubiertas de rubor—. Ya se explicará satisfactoriamente si es necesario… Pero ¡mire usted…! ¡Qué maravilloso país…! ¡No…! Jamás me marcharé de esta tierra.

Entre sustos, estremecimientos y congojas, Jim llevó a buen término la prolongada jornada, y antes de anochecer llegaron a Gran Unión, sin que le pareciera demasiado pronto al pobre enamorado.

Hizo entrar a Elena en una pequeña hostería, antes de que fuera reconocida; entregó el cansado tronco al mozo de cuadra, y no se atrevía a entrar en el comedor ni en el salón, por temor a tropezar con amigos de Hays. Ya era tarde cuando bajó a cenar, después de haberse afeitado y vestido ropa limpia.

Con sorpresa por su parte, encontró a Elena radiante:

—¿Qué dirá usted que ha hecho Bernie?

—¿Bernie? —repitió Jim.

—Sí, mi hermano… La posadera me lo ha dicho… Jim, tiene usted diez mil dólares a su disposición.

—¡Yo…! ¿Qué está usted diciendo?

—Lo que oye… Bernie los ha ofrecido al que me traiga a casa sana y salva.

—No tocaré ni uno solo —replicó él en tono sombrío.

—Eso mismo haría yo —exclamó Elena impetuosamente—. No es la mitad ni la cuarta parte de lo que usted merece.

—Ya sabe usted que no aceptaré dinero —replicó él con altivez.

—Entonces, ¿qué es lo que usted quiere, Jim? —inquirió ella con tentadora dulzura—. Pero dejemos eso… por ahora. Escuche… Bernie ha puesto en movimiento la región entera. Ha encargado de mi busca a todos los jinetes de la comarca… También descubrió los sitios en que Hays había vendido el ganado, y ha obligado a los compradores a devolverle todas las cabezas que compraron, al precio que las pagaron, si no querían comparecer ante el tribunal de Lago Salado.

—Las noticias no pueden ser mejores, y esa energía contribuirá a terminar con el robo de ganado, al menos en grandes partidas… ¿Ha oído usted si fue grave la herida de su hermano?

—No ha dicho nada sobre eso…, pero no debió serlo, porque Bernie ha estado aquí. ¿Y… usted? ¿No cena? ¡Oh…! Esta noche no podré dormir… ¿Qué le diré a Bernie?

Jim dejó la pregunta sin respuesta, y deseando distraer la atención de Elena, le recordó que aún les quedaban cincuenta millas por recorrer.

—Necesita usted tomar nuevas fuerzas —concluyó él—. Es preciso que coma y beba. Acuéstese temprano, porque saldremos antes de amanecer.

Cada instante del día siguiente trajo una alegría y una angustia para Jim: Le pareció tan corto cuan largo fue el anterior. Elena estaba alternativamente alegre, triste, pensativa y locuaz, pero ni una sola vez abordó el tema que tantas fatigas costaba a Jim.

Sucedió que, al llegar a la cima de la carretera que después baja hasta el Rancho de la Estrella, salía el sol de entre celajes de grana, alumbrando la meseta del Caballo Salvaje, y los desfiladeros de los peñascos del Diablo Sucio. Jim juzgó del efecto que su siniestra belleza causaba sobre su compañera, por el súbito silencio de ésta.

No volvió a pronunciar una palabra hasta que el joven detuvo los caballos frente al portal de la hermosa vivienda.

—¡Mi casa! —murmuró Elena, como si no hubiera esperado volver a verla.

Al ruido de caballos salió Bernie.

—¡Por Júpiter…! ¿Ya estás aquí? —dijo tan tranquilo como si viniera su hermana de hacer una visita en la próxima aldea.

—Sí, Bernie, ya estoy aquí… gracias a mi caballero escolta —dijo Elena.

Jim ayudó a bajar a ésta, mientras varios cowboys acudían silbando, para llamar a los demás.

—Voy a llevar los caballos a la cuadra —apresuróse decir Jim.

—Usted viene con nosotros —replicó el amo sacudiendo vigorosamente la mano del salvador de su hermana. Abraza a ésta y, cogiéndola por la cintura, la condujo a casa. Jim, deliberadamente, se detuvo más de lo necesario para recoger el escaso y destrozado equipaje de Elena, que llevó al salón.

Cuando los tres estuvieron allí, dijo la joven:

—Jim, cenará usted con nosotros… Ahora le dejo con Bernie… ¡Ay…! ¡Con qué gusto me voy a dar un baño y a cambiar de ropa!, —y salió corriendo.

—Venga usted acá, Jim Wall, sanguinario y certero tirador —dijo el inglés sentándose.

—Ése no es mi verdadero nombre —replicó apresuradamente el interpelado.

—¡Al infierno con eso!, como dicen por aquí, Jim, vamos a beber algo.

Con mano que la emoción hacía temblar, Herrick sirvió un licor rojo y, después de apurar las copas, volvió a llenarlas, diciendo:

—Elena ha podido contarme muy poco. Hays la secuestré para obtener rescate, metiéndola en un maldito agujero en los peñascales, al que dieron el nombre de guarida de ladrones. Allí la tuvo cautiva, y la habría deshonrado sin la intervención de usted. Los ladrones jugaban con mi dinero y peleaban irnos con otros… Fueron descubiertos por Heeseman y su tropa; hubo batalla campal; que terminó matando usted a Hays. Después ha traído usted a Elena… Éste es el resumen de la historia, pero yo quiero conocer los detalles.

—Traigo todo el dinero casi hasta el último dólar —anunció Jim.

El inglés, con un ademán, indicó la poca importancia que daba a eso, e insistió en saber circunstancialmente lo ocurrido. Terminado el relato, Herrick dijo con voz ronca:

—Apuremos una copa…, apuremos dos…

—Por regla general, no bebo; pero la ocasión es verdaderamente excepcional… ¡A su salud, Herrick…; y por la dicha y bienestar de su hermana en Utah!

Revistiéndose el joven inglés de cierta gravedad, dijo:

—Elena me ha pedido que le conserve a usted en el rancho… Supongo que la débacle[2] de Hays no es motivo para que nos abandone.

—Mi permanencia aquí es de todo punto imposible —respondió brevemente Jim—. Pero le agradezco su bondad.

—Estoy dispuesto a confiar a usted la dirección del rancho…, a interesarle en las ganancias…

—Por favor…, no trate usted de quebrantar mi decisión… No puedo quedarme… Es muy duro de confesar…, pero he tenido el atrevimiento, la insensatez de enamorarme como un loco de su hermana… No lo he podido remediar… Pero quiero que sepa usted que esta pasión me ha hecho dejar el mal camino que llevaba… Me iré muy lejos, y emprenderé vida nueva.

—¡Por Júpiter…! ¿Es ésa toda la dificultad…? ¿Conoce Elena sus sentimientos?

Sí…, se lo he tenido que decir… después de pedirme que la acompañara hasta aquí. Yo no quería… Pero dijo que no se encontraba segura sin mí.

—No la reprocho… y yo también me encuentro más seguro si está usted entre nosotros… Ese maldito Hays me estampó su marca de fábrica… ¿La ve usted…? ¡Mil truenos…! Wall…, le comprendo a usted y declaro que es un hombre que merece toda mi consideración y simpatía… ¿No podríamos llegar a un acuerdo?

—No es posible, Herrick.

—Elena está muy acostumbrada a hacer siempre su santísima voluntad…, y si se le ha metido en la mollera que se quede usted, de antemano le advierto que se quedará… ¿Hay alguna razón que en conciencia le impida el permanecer entre nosotros…, dejando aparte su amor a Elena?

—Usted mismo lo juzgará —y Jim hizo un sincero resumen de la historia de su vida.

—¡Lléveme el diablo…! ¡Interesantísima biografía…! ¡Brindemos a su salud!

—¡Vaya por otra copa! —asintió Jim sintiendo que se había quitado un peso de encima. Sin que él mismo acertara a saber por qué, anhelaba presentarse tal cual era a la vista de aquel original inglés.

—¡Dios me condene si no le he tomado afición a este país y a sus hombres! —exclamó Bernie—. Lo que Elena disponga, lo apruebo, desde luego… En confianza…, no entiendo su insistencia en que usted se quede…, a menos que participe de sus sentimientos.

—¿Está usted loco, Herrick…? ¡Semejante suposición es inconcebible…! Después de los horrores que ha pasado, no se debe tomar en serio lo que diga… Todo ello no es más que la expresión de su gratitud.

—Ustedes se entenderán… Bebamos otro sorbo.

Largo rato paseó Jim aquella noche bajo los pinos, envuelto en las sombras, que ni aun las estrellas querían disipar. Por primera vez desde hacía muchos años sentíase contento de sí mismo, casi feliz. ¿Quién era él, para que Dios le hubiera deparado la ocasión no sólo de hacer el bien, sino de elevarse del profundo abismo a que estaba condenado? Inmensa era su gratitud hacia aquella mujer que le había dado ánimos para cambiar de vida.

El orden estaba restablecido. No era probable que en lo sucesivo ningún peligro amenazara a los hermanos Herrick. Golpes de mano como el de Hank Hays nunca se repetían en el mismo sitio. Jim se creía obligado a dar al inglés algunos enérgicos consejos, relacionados con la dirección del rancho. Por el momento, se concedía el placer de soñar qué maravillosa y productiva finca habría podido hacer él de aquellos vastos terrenos, si las circunstancias le hubieran permitido aceptar las proposiciones de Herrick. En cuanto a su persona y futuro, experimentaba un singular optimismo. Ningún trabajo, por duro que fuese, podría disminuir la gloria de soñar con lo que era completamente suyo. La mayoría de los seres humanos pasan por el mundo sin vivir; algunos viven bien o mal, pero a muy pocos les es dado vivir algún hecho extraordinario suficiente para llenar el resto de la existencia.

El campo estaba tranquilo. En la casa principal todo parecía dormir.

Jim aguzó el oído para captar los antiguos y familiares ruidos de la noche, pero sólo llegó a ellos el murmullo del aire entre los pinos, cuyas agujas, como las hojas del tiemblo, nunca estaban quietas. Por último, dirigió los pasos Jim al cuarto que le habían destinado, y habiendo extendido sus facultades mentales y físicas hasta su límite, apenas cayó en la cama, quedóse profundamente dormido.

Al despertar, tuvo la impresión de que durante el sueño se había decidido su suerte. De todos modos, aquél sería el último día que pasara en el Rancho de la Estrella… Aunque se tuviera que marchar a pie.

Mientras se vestía, sus pensamientos volaron hacia Elena. Su recuerdo sería el constante compañero de su vida… ¡Qué hermosísima e incomprensible mujer era aquélla…! A la cena de la noche anterior, se había presentado con un vaporoso vestido blanco, tan soberanamente bella, que él casi no la reconoció. Ni con una palabra, ni aun con un suspiro, aludió al incidente de la guarida de ladrones. ¿Cómo podía esta muchacha ocultar emociones demasiado recientes para que el tiempo las hubiera borrado? Y Jim rendía fervoroso homenaje a la fuerza de voluntad de la muchacha. Tan pronto como aquellos dos hermanos se compenetraran con el Oeste, lo mejorarían con su trabajo y condiciones de carácter.

Elena acudió a almorzar ataviada con el mismo traje de montar que vestía en la nunca olvidada mañana de su último paseo a caballo. Estaba serena, fresca y dulce, pero sus ojos despedían audaces miradas. La impresión que sacudió el cuerpo de Jim con prolongado estremecimiento estuvo a punto de causarle un desmayo.

—¡Por Júpiter! —exclamó Herrick al verla—. Yo, en tu lugar, no me atrevería a volver a montar a caballo.

Jim la saludó con una inclinación… No podía hablar, pero sus miradas expresaban su asombro y admiración.

—Vuelvo a tomar mi vida de campo donde la dejé…, sin perjuicio de las tristes experiencias adquiridas —dijo ella sentándose—. Bernie…, tenemos que sustituir al caballo bayo de Jim. ¿Cuál podría tomar?

—El que mejor le parezca… No faltan en la cuadra buenos ejemplares.

—A propósito, Jim, pronto nos traerán los caballos, pues dije a Tasker que nos siguiera de cerca. Siempre conservaré al tordo. ¡Nada menos que el caballo de un ladrón…! Quizá mañana mismo llegue Tasker.

A Jim le pareció que la tierra se abría bajo sus pies…, pero tomando un tono de indiferencia contestó:

—Pensaba marcharme hoy mismo, pero, siendo así me esperaré hasta mañana… El bayo es una alhaja, y sentiría separarme de él.

—¿Tan pronto? —preguntó Elena clavando en Jim la mirada de sus enigmáticos ojos.

—Está usted en su casa…, rodeada de cuidados y atenciones…, y yo… debo seguir mi camino. —Estas frías palabras le costaron un verdadero esfuerzo al hombre cuyo corazón era un volcán.

—Bernie, ¿no puedes convencer a Jim para que se quede? —preguntó ella.

Herrick encogióse de hombros con ademán de impotencia y siguió almorzando. Elena, sonriendo, dio a Jim la siguiente explicación:

—Mi hermano consiente en que yo tome parte en esta empresa agrícola; yo quisiera que fuese productiva, y se me ha metido en la cabeza que sin usted será muy difícil, si no imposible.

—¿Por qué ha de serlo? —respondió forzadamente Jim. Levantóse ella diciendo:

—Vamos a montar… discutiremos mejor en el campo… ¿Vienes con nosotros, Bernie?

—No, gracias… Tengo que ver dónde meto ese montón de dinero que ha traído Wall —contestó Herrick; y al disponerse Jim a seguir a Elena, le detuvo para decirle—: Wall, mucho cuidado con los secuestradores.

—¿Qué habrá querido decirme con eso? —preguntó el caballista, mientras bajaban la escalinata del pórtico.

—Bernie tiene muy buen humor —dijo Elena riendo—, y me parece que sus últimas palabras son un consejo para que yo pruebe el sistema de Hank Hays con usted… Escúcheme, Jim…, dejando aparte mis deseos, Bernie le necesita a usted… Le es indispensable un hombre de toda confianza, que sepa manejar a esta gente, principalmente uno que sea temido por todos, y que tengan razón para temerle.

Jim no conseguía desplegar los labios… Empezaba a preocuparle el paseo. A la vuelta, ¿seguiría su voluntad tan firme como ahora…? Sólo el estar cerca de ella…

Barnes fue el encargado de saludar a Elena en nombre del personal del rancho; y la bienvenida que le dio fue, si no elocuente, calurosa y sincera. Elena contestó a él y a todos, haciendo este sencillo resumen de lo ocurrido:

—Hank Hays me secuestró llevándome a la guarida de ladrones; Heeseman nos siguió; hubo una refriega en la que murieron casi todos los miembros de ambas bandas. Jim mató a Hays, y me ha traído a casa.

Barnes dejó caer una mirada sobre Jim, como sólo una vez en la vida la recibe un hombre, a tiempo que murmuraba para sí:

—Bien lo decía yo… Siempre me lo figuré.

No explicó qué era lo que decía o se figuraba; tal vez por parecerle que desde cualquier punto de vista era absolutamente superfluo.

Ya en la silla, Elena dijo al sencillo vaquero:

—Barnes, hoy no necesitamos los perros, ni que nos acompañe nadie. El paseo será corto, pues aún no me siento con fuerzas para ir lejos.

Jim montó en el caballo que le había ensillado Barnes y siguió a Elena, que, con no poca sorpresa por su parte, volvió a tomar la dirección de la casa… Quizá se le habría olvidado algo. Mas cuando dobló la esquina, vio que la muchacha subía por el camino que conducía al bosque de pinos. Aunque una barrera de gigantes montados en colosales corceles hubieran tratado de impedir el paso de Jim, éste habría seguido adelante. Cuando llegaron a la meseta poblada de altos pinos, el joven quiso ponerse al lado de Elena, pero ésta siguió guardando una corta distancia entre ambos. Jim miraba a su alrededor cada vez más atónito. Aquél era el camino por donde volvieron la memorable mañana en que tan salvajes besos estampó en la faz de Elena. La vista y el oído, su sentido de todo lo que estaba a su alrededor, se había intensificado. Los pinos cuchicheaban, las peñas tenían secretas voces, el cielo lucía un manto azul más puro, las blancas nubes se desplegaban como fantásticos velos, las negras montañas Henry crecían y los tonos púrpura y gris del valle ganaban en intensidad. El aire estaba tan poblado de presagios como en el día en que bajó a saltos el atajo de la guarida para anunciar la presencia del enemigo. Pero ¡qué inmensa era la diferencia entre unos y otros!

Elena había detenido el caballo bajo el mismo pino en que se pararon para oír alejarse los perros y los cowboys que perseguían a los corzos.

—Me parece que tengo muy desarrollado el sentido de la dirección —dijo Elena volviendo el rostro hacia Jim… Su palidez y relampagueantes ojos anulaban la aparente ligereza de la observación.

—¡Elena…! Me atreveré a decir que, en efecto…, ese sentido es en usted muy superior a la… bondad… ¿Para qué me ha traído usted aquí?

—Para que vea si hay que apretar esta cincha —contestó ella con la mayor frescura.

Jim echó pie a tierra, más inseguro de sí que en ninguno de los muchos momentos críticos de su azarosa vida. No sabía comprender a las mujeres y tomaba al pie de la letra las palabras de Elena.

La cincha nada tenía que corregir, y así se lo dijo a la muchacha secamente.

—Entonces…, tal vez será el estribo —añadió ella separando la bota provista de espuela.

—No parece que tampoco haya nada que arreglar… en el estribo…, Elena.

Algo cayó al suelo…, los guantes y el sombrero…, que, seguramente, fueron arrojados por su dueña. Una ola de tan irresistible fuerza como las del mar, reventó en el pecho del hombre, que aún logró permanecer exteriormente frío. Al sentir que una mano desnuda se apoyaba en su hombro, dijo con voz ahogada:

—El estribo… está bien.

—No se trata de la cincha, ni del estribo… Con franqueza, Jim… ¿Verdad que ninguna de las muchachas del Oeste habría maniobrado mejor que yo?

¿Para qué?

—Para traerle a usted aquí…, a este mismo sitio… donde ocurrió…

—Cualquiera otra mujer habría sido más misericordiosa.

—Pero si yo le amo…

—¡No diga usted locuras! —interrumpió él, frenético.

—Y quiero que…, ahora mismo, repita la escena del otro día.

Vaciló Jim como herido por un rayo… La verdad casi le dejó anonadado. La sinceridad y el amor que expresaban los ojos de Elena eran aún más elocuentes que sus propias palabras. Su palidez había desaparecido, lo mismo que su frialdad.

—Jim —dijo con su cálida voz de contralto—. Pudieras haberme evitado este sofoco…, pero quizá lo tenga merecido… Estás ofuscado por un error, que necesito disipar… Yo… no puedo vivir sin ti… y te suplico que te quedes.

—Si estás segura…, me quedaré…; pero ¡por Dios!, que no sea por otro sentimiento que el del… del…

—Amor —concluyó ella—. Jim, estoy segura… Si tuviera que volver a Inglaterra, me sentiría igualmente orgullosa de llevarte a mi lado… El ser como eres ha sido la causa de que me enamore de ti… El tiempo que he pasado en la guarida de ladrones ha hecho que me conozca a mí misma, disipando las telarañas que tenía en el cerebro… Este admirable y duro Oeste y tú sois iguales… y yo os quiero a los dos.

—Pero yo no soy nadie…, no tengo nada —dijo él con entrecortada voz.

—Tú tienes todo lo que necesita una mujer para sentirse feliz y bien guardada a su lado. No hay que culparme si hasta hace poco no he sabido apreciar estas cosas.

—Pero eso pudiera ser generosidad…, lástima…, la necesidad que una mujer como tú siente de pagar…

—Sí que podría…, pero no lo es…, y por eso te he traído aquí.

Jim rodeó con sus brazos a Elena, y como le daba vergüenza dejar ver las lágrimas que cegaban sus ojos, escondió el rostro en el regazo de su amada, balbuciendo que la adoraría hasta su último instante y aún más allá de la muerte.

La blanca mano de Elena acarició los cabellos del que amaba, separándoselos de las sienes.

—Gente…, ciudades…; mi frívola existencia anterior, todo se ha borrado de mi memoria… Necesito poesía, aventuras, amor… ¡Jim…! Me considero tan afortunada como tú crees serlo… Bájame de aquí… Nos sentaremos un rato al pie de nuestro pino… Jim, llévame en tus brazos… Ya sabes… como la otra vez…

 

 

ZANE GREY (Zanesville, Ohio, 31 de enero de 1872 - Altadena, California, 23 de octubre de 1939) fue un escritor estadounidense que convirtió las novelas del Oeste en un género muy popular.

Su nombre auténtico era Pearl Zane Gray. Más adelante prescindiría de su primer nombre, y su familia cambiaría el apellido de «Gray» a «Grey». Se educó en su localidad natal, Zanesville, una ciudad fundada por su antepasado materno Ebenezer Zane. En la infancia se interesó por el béisbol, la pesca y la escritura. Estudió en la Universidad de Pensilvania, gracias a una beca de béisbol. Se graduó en odontología en 1896. Llegó a jugar en una liga menor de béisbol en Virgina Occidental.

Mientras ejercía como dentista, conoció, en una de sus excursiones a Lackawaxen, en Pensilvania, donde acudía con frecuencia para pescar en el río Delaware, a su futura esposa, Lina Roth, más conocida como «Dolly». Con su ayuda, y los recursos económicos que le proporcionaba la herencia familiar, empezó a dedicarse plenamente a la escritura. Publicó su primer relato en 1902. En 1905 contrajo matrimonio con «Dolly», y la joven pareja estableció su residencia en una granja de Lackawaxen. En tanto que su esposa permanecía en el hogar, encargándose de la carrera literaria del autor y educando a sus hijos, Grey pasaba a menudo largas temporadas fuera de casa, pescando, escribiendo y pasando el tiempo con numerosas amantes. Aunque «Dolly» llegó a conocer sus aventuras, mostró una actitud tolerante.

En 1918 los Grey se mudaron a Altadena, en California, un lugar que habían conocido durante su luna de miel. Al año siguiente, el autor adquirió en Millionaire’s Row (Mariposa Street) una gran mansión que había sido construida para el millonario Arthur Woodward. La casa destacaba por ser la primera en Altadena construida a prueba de fuego, ya que Woodward, que había perdido a amigos y familiares en el incendio del teatro Iroquois de Chicago, ordenó que fuera construida con cemento. El amor de Grey por Altadena se resume en una frase que es citada a menudo en la ciudad: «En Altadena, he encontrado aquellas cualidades que hacen que la vida valga la pena».

El interés de Zane Grey por el Lejano Oeste se inició en 1907, cuando llevó a cabo con un amigo una expedición para cazar pumas en Arizona.

 

 

 

 

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