© Libro N° 3941. Guarida De Ladrones. Grey, Zane. Colección E.O. Julio 1 de 2017.
Título
original: © Robber’s Roost
Versión Original: © Guarida De Ladrones. Zane
Grey
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Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
GUARIDA
DE LADRONES
Zane Grey
Un joven cowboy,
que maneja el revolver con la celeridad del relámpago, tuvo la desgracia de
cometer un homicidio y, para burlar la expiditiva sanción con la que en
aquellas latitudes se castiga este crimen, huyó a otros parajes, llevando una
vida de lobo solitario.
Por la imperiosa
necesidad de subsistir, se complicó alguna que otra vez con profesionales del
delito, de tal modo que está ya en el resbaladizo plano inclinado de la
delincuencia como único medio de vida, cuando decide internarse en el Oeste,
donde nadie le conoce.
En este punto
empieza na novela, cuyo desenlace y desarrollo no desmerece de este
interesantísimo comienzo, y donde se ve al protagonista redimido por una mujer.
Título original:
Robber’s Roost
Zane Grey, 1932
Traducción: M.
Rodríguez Rubi
I
En una tarde de
primavera, en el año 1877, un solitario jinete avanzaba por las desiertas
laderas que conducen al vado del Río Verde.
Era un joven
respecto a los años, pero su rostro tenía la dureza y sus ojos la mirada de
águila que la experiencia suele dar a la edad madura en aquellas salvajes
tierras. Montaba un soberbio caballo bayo, cubierto de polvo, rendido por lo
prolongado de la jornada y un tanto cojo. El jinete debía de tener considerable
peso, a juzgar por su alta estatura y el amplio desarrollo de sus hombros, a lo
que se ha de añadir la silla, y el rifle y un voluminoso petate. De vez en
cuando el joven miraba por encima del hombro a la grandiosa pared de granito
parecida a un colosal estante de libros con las hojas a medio abrir. Era la
mirada firme y vigilante del hombre que deja atrás muchos acontecimientos.
Llegó por fin a una carretera; pronto descubrieron sus ojos la linde de un
bosque de algodoneros, y el reflejo de das cenagosas aguas del río, que habían
logrado abrirse paso a través de la gigantesca muralla de piedra. En los
confines de la orilla opuesta, un poco elevada sobre el nivel del agua, se veía
una mancha verde que rodeaba un montón de casas perdido en das vastas
proporciones de aquel desierto paraje. Era la ciudad de Río Verde, en el Estado
de Utah.
El jinete
necesitaba llegar a ella antes del anochecer. Su repuesto de víveres va hacía
dos días que estaba agotado, pero a menos de que encontrara una barca, no
podría realizar su deseo, por no estar su caballo en condiciones de aventurarlo
en las revueltas aguas de aquel río cargado de movediza arena.
Siguió bajando la
carretera hasta llegar adonde principiaba la vegetación. Los cascos de su
caballo levantaban nubes de polvo, y en la espesa capa de éste, que cubría el
suelo, sus penetrantes ojos descubrieron recientes huellas. Al entrar en el
bosque de algodoneros, observó que el fresco verdor de sus hojas estaba también
cubierto de polvo. Indudablemente, no había llovido desde mucho tiempo atrás en
la comarca. A medida que avanzaba, el olor de agua fresca fue sobreponiéndose
al del polvo. De súbito, el jinete descubrió un caballo ensillado que a cierta
distancia pacía tranquilamente la hierba nacida en la tierra del bosque, y un
poco más lejos divisó un hombre junto a la orilla del río, antes de que el
desconocido lo viera a él. Casi simultáneamente salió a un claro, desde el cual
distinguió un paradero de transbordador. Un rudo cable, sujeto a un árbol, se
alargaba por encima de su cabeza a través del río, combándose en el centro.
Anclada en la ribera opuesta, estaba la embarcación.
El jinete se apoyó
sobre su caballo, consciente de que el hombre que había visto dio algunos pasos
tras de la maleza, pero ese movimiento pudo ser casual, pues no tardó en salir
del escondite, diciendo lacónicamente:
—¡Buenas tardes!
—¡Buenas tardes!
—contestó el jinete dándose inmediata cuenta de que era examinado por una
mirada no menos penetrante que la suya. En aquel sitio y época, la observación
no era producto de ofensiva curiosidad. El joven tenía delante un hombre de
prestigiosa figura, cubierto de polvo, con botas y espuelas, y armado hasta los
dientes. Las amplias alas del sombrero daban sombra a un rostro enjuto y duro,
del que apenas dejaban ver más que las guías de un bigote ceniciento, y el
brillo de unos ojos profundos y muy claros.
—¿Se quiere cruzar
el río? —preguntó.
—Sí. Allí veo el
transbordador —contestó el jinete, y sin perder de vista al desconocido, echó
pie a tierra y enderezando su elevada estatura, añadió—: Me daría por contento
con estar en la otra orilla, porque mi caballo no puede más.
—Ya lo veo. ¡Buena
pieza…! Yo también quiero cruzar y ya hace una hora que estoy esperando…
Supongo que ya no tardará en acercarse.
—¿Es aquello da
ciudad de Río Verde?
—Justamente… ¿Es
usted forastero?
—Sí.
—¿De dónde viene?
—Supongamos que de
Wyoming —repuso el joven con indiferencia.
El desconocido,
echándose a reír, observó:
—Dice usted bien;
¿qué más da un sitio u otro? Lo mismo que los nombres: el mío es Hank Hays.
Lo pronunció como
quien espera causar sensación en su interlocutor, pero éste, sin reaccionar lo
más mínimo, preguntó tras de una pausa:
—¿Conoce usted el
país?
—Bastante.
—¿Podría decirme si
me conviene detenerme o seguir de largo? —inquirió fríamente el dueño del bayo.
—¡Hombre…! Sí que
puedo; pero eso depende… —contestó el interrogado echándose el sombrero atrás.
La acción dejó descubierto un rostro de expresión audaz, que para el jinete era
como una página escrita, cuya única dificultad estaba sólo en sus estrechos, grises
y escrutadores ojos.
—¿Depende de qué?
—preguntó el otro.
—De usted… ¿Lleva
dinero?
—Unos diez dólares.
—¡Bah! Con eso no
puede usted emprender negocio en los ranchos… El ganado abunda entre este río y
las rompientes del Diablo Sucio… También en las montañas de Henry… Hay muchos
equipos por allá.
¿Mormones?
—Mitad por mitad…
Estamos en Utah y por aquí no son tan numerosos… ¿Es usted vaquero?
—¡No! —contestó con
cierta tristeza el joven.
—¡Bueno…! Como
forastero no deja usted de ser franco —repuso Hays, que evidentemente vio en la
rotunda negativa algo muy significativo—. ¡Hola…! ¡Otro jinete…! Pues ¡no está
poco concurrido este desierto!
Por el extremo
visible de da carretera apareció un hombre bajo y gordo, montado sobre un
caballo y llevando de reata otros dos de carga.
—Le dejé atrás no
hace mucho…; ya tenemos aquí al hombre del transbordador… Parece un buen
muchacho.
—¡Buena vista,
amigo…! Por fin podremos cruzar…
Nuestro joven
dirigió una ojeada al hombre de los caballos, volviendo después la vista a la
embarcación.
El rapaz la había
empujado hacia fuera y la conducía a la corriente con el remo. Pronto la vieron
acercarse deslizándose, sobre la polea.
El transbordador y
el tercer pasajero casi llegaron juntos a la orilla. Hays, que parecía
interesarse por el recién llegado, le saludó cortésmente, pero sólo obtuvo una
seca respuesta.
Mientras tanto el
joven forastero había conducido su hermoso bayo a través de la arenosa orilla,
haciéndole entrar en la enorme y plana embarcación. Era ésta de construcción
muy primitiva, con tablas sin pulir, pero al parecer bastante sólida para
ofrecer seguridad, lo que no impedía que el bayo diera señales de inquietud.
Hays, después de
una rápida ojeada al hombre de los caballos, condujo el suyo a bordo.
Una sonrisa iluminó
el pecoso rostro del barquerillo al reconocer a Hank.
—¿Cuánto cuesta el
pasaje? —preguntó el recién llegado. Era hombre de unos cincuenta años, de
barba corrida, y modales bruscos y autoritarios.
—Veinticinco
centavos —contestó el chico.
—¿Por cabeza?
—Sí, señor… Ése es
el precio corriente por cabeza, sea de hombre o de bestia; pero las personas
decentes suelen darme algo más.
Dicho esto, el
hombre de la barba quitó la carga de sus caballos, depositándola sobre la
embarcación.
—¿Qué mil diablos
va a hacer esta activa bola humana? —preguntábase Hays mirando la maniobra con
interés.
Pronto se puso de
manifiesto. El hombre gordo ató el ronzal del primer caballo de carga a la cola
del de silla y el segundo animal de carga fue igualmente sujetado al primero.
Después, bridas en mano, trasladóse a la embarcación, diciendo:
—Por mí, ya puedes
remar, muchacho.
—¡Cómo! ¿No han de
subir también sus caballos?
—Mis caballos
seguirán la balsa a nado. Vamos, no pierdas tiempo y despega de la orilla.
El mozuelo ahoyó la
pértiga en tierra para dar impulso a la pesada embarcación y soltándola luego
para coger el enorme remo, la condujo hacia la corriente; tomé ésta y,
atravesándola, orientó la embarcación hacia el repente de marea de la otra
orilla.
El dueño del bayo
hubo de sujetar su caballo, para impedir que saltara antes de llegar a tierra.
—No te gusta esta
manera de viajar, ¿verdad, bayo? —le preguntó su amo al sacarle de la
embarcación.
Hays también
condujo su caballo a tierra, observando sin cesar las idas y venidas del gordo
pasajero, quien, tras de ayudar a sus cabalgaduras a salir del agua, cogió una
de las cargas, diciendo:
—Tráeme la otra,
muchacho.
—¡Guárdate de
hacerlo, Juanillo!, —mandó Hays.
—No pienso mover ni
un dedo —contestó el amostazado chicuelo.
—¿Muchos pasajeros
en esta temporada?
—No sé. Éstos son
los primeros desde hace tres días. En dos semanas no hemos podido echar la
balsa al agua, por lo alto que venía el río. Padre dice que este verano se le
hincharon las narices a Río Verde.
Soplando como una
locomotora, el panzudo pasajero transportó la segunda carga.
—No eres muy…
atento, que digamos —gruñó al echar mano al bolsillo para sacar el mísero
precio del pasaje.
El muchacho de la
balsa había echado también pie a tierra, y Hays se mantenía a su lado.
El avaro, sin dejar
de gruñir y evidentemente molesto por tener que sacar una repleta cartera,
extrajo de ella un billete de un dólar, y dijo:
—Toma, y dame los
setenta y cinco centavos del cambio.
Así lo hizo
Juanillo, no sin advertir:
—Otra vez que
vuelva usted por aquí, no trate de hacerme la misma broma.
El jinete, un poco
apartado, seguía con curiosidad la escena, cuando de súbito ésta cambió de
carácter. Hays, que había sacado una pistola, ordenó:
—¡Manos arriba!
El hombre gordo le
miró aterrado.
—¡Alza esas manos!
—bramó la ronca voz de Hank—. No tengo costumbre de repetir las órdenes —y
apoyó el cañón del arma en el prominente abdomen del pasajero, que,
desconcertado y lívido, levantó las manos agitadas por visible temblor.
—¿Qué… es… esto…?
¡La… dro… nes! —balbuceó.
Hays metió la mano
en el bolsillo interior de la chaqueta, sacando la cartera. Retrocedió entonces
y, sin variar la puntería, ordenó:
—Ahora puedes irte
al infierno —y aparentemente no se ocupó más de su víctima, aunque, a juicio
del forastero, no la perdía de vista.
—No iba mal
provisto el pajarraco —observó el ladrón mirando la cartera con complacencia.
—Si hay… justicia…
en el mundo…, me las… pagarás —rezongaba el despojado viajero entre resoplidos,
mientras que aceleraba en lo posible la carga de los caballos.
—¡Bah! Justicia… No
serás tú quien recurra a ella… En estas tierras, la única justicia es la que yo
tengo en la mano…, y no me refiero a tu cartera.
Hays se metió la
cartera en el bolsillo interior del chaleco, y con la misma mano (la otra
seguía apuntando al viajero) sacó de otro bolsillo un billete y dijo:
—Toma, Juanillo, yo
pago por todos.
—Pero… yo no puedo
cobrar tanto, señor —exclamó el muchacho, sobresaltado.
—Claro está que
puedes… Ya habrás observado que ese dinero es mío y no de aquél —replicó el
ladrón metiendo el billete en la mano del vacilante mocito. Volvióse después
hacia el atribulado viajero, y dijo:
—Oye, mormón,
cuando llegues a tu pueblo, no te olvides de decir que llevas afectuosos
recuerdos de Hank Hays.
—Ya oirás hablar de
mí, sinvergüenza —fue la iracunda respuesta del otro, que ya había reanudado la
marcha.
Hays guardóse la
pistola y, dirigiéndose al que había contemplado en silencio el incidente,
preguntó:
—¿Qué le parece a
usted lo sucedido?
—Muy bien —contestó
el forastero—. Merecía ese pillo una dura lección por su avaricia. ¡Vaya un
modo de escamotear los centavos al pobre chico!
—¿Verdad que sí?
Eso es lo que en parte me animó… Sin embargo, si no hubiera sacado la cartera…
puede que habría sido más circunspecto.
—¿Hay sheriff f en
Río Verde?
—Si lo hay, no lo
he visto nunca… Bueno… seguiré mi camino… ¿Viene usted, forastero?
—No tengo
inconveniente, pero, si no le molesta, seguiré a pie.
—La distancia es
muy corta… Yo sé de una buena posada donde por poco dinero se come bien y se
bebe mejor.
—Me conviene por
varias razones.
—¿Cómo ha dicho
usted que se llama?
—No he dicho nada.
—Dispense…, no es
que sea curioso, pero siempre es más agradable saber el nombre de la persona
con quien se habla.
—Llámeme usted
Wall, Jim Wall —repuso con presteza el joven.
—¿Wall…? Corriente…
Eso me basta…, y ahora apresuremos el paso…
Empezaron a subir
la arenosa ladera que entre los bosques de algodoneros conducía a la ciudad, seguidos
por las miradas del joven del transbordador.
La despreocupación
de Hays informó a Wall respecto a las costumbres de Río Verde. Por fin llegaron
a un ancho espacio, más bien plaza que calle, en uno de cuyos lados se veía una
hilera de casas anchas y bajas; algunas de ellas procuraban aparentar mayor
elevación, por medio de anchos frontispicios de madera colocados sobre su único
piso. En cuanto alcanzaba la vista no se distinguía ningún vehículo, ni más
gente que algunos hombres apoyados en el quicio de las puertas. Arriba y abajo
de la pequeña ciudad divisábase, a cierta distancia, la ciclópea muralla de
granito, enrojecida por los rayos del sol poniente, excepto la parte superior,
cubierta por espesa capa de nieve.
—¿Hay salón de
baile en esta plaza? —preguntó Wall.
—No hay nada que se
le parezca. Es usted aficionado a la danza, ¿eh?
—No es eso, al
contrario; los dos últimos en que fui a caer me han curado del deseo de visitar
los restantes.
—¿Cuestión de
faldas?
—No fue culpa mía.
—¡Ja…!, ¡ja…!, ¡ya
lo creo…! Tiene usted cuanto se necesita para atraer las miradas de las
mujeres. Pero aquí, no tendrá suerte. En Río Verde no hay más que vejestorios,
y las que aún están de buen ver, son casadas e insociables.
—A mí poco me
importa, pero usted parece que lo siente.
—Wall, las mujeres
han sido mi desgracia —exclamó sentenciosamente Hays.
—Pues no parece que
sea usted desgraciado.
—Nunca somos lo que
parecemos.
—En eso estamos
conformes, Hays. Yo juzgo a la gente por su apariencia, y no suelo equivocarme.
—¿Cómo me juzga
usted a mí? —preguntó el ladrón con cierta inquietud, disimulada por la
jovialidad.
—Si lo digo, lo
tomará usted por adulación.
—¡Hum…! ¿Está usted
seguro?, —y Hank detuvo el caballo frente a un edificio de ladrillo.
—¿Qué habrá sido
del individuo a quien aligeró usted el bolsillo? —preguntó Jim, que no podía
borrar de la memoria la pasada escena.
—Supongo que habrá
seguido su camino a Moab, donde los mormones tienen un rancho y una fundación.
Pero no pasemos de aquí; quiero jugar unas cuantas partidas.
—¡Qué ciudad tan
tranquila! —murmuró Jim como hablando consigo mismo.
Un hombre con
bigote rojo aparecía en el portal que daba acceso al salón de la posada. De
ello daba fe un rótulo con descoloridas letras.
—¡Hola, Rojo!
—¡Hola, Hays!
—¿Has sabido algo
de un sujeto con facha de trompo y cara de pastel? Monta un buen caballo alazán
y lleva otros dos con carga.
—¿Ah…? ¿Ése…? Ya lo
creo… Ha pasado por aquí diciendo a gritos que le habían robado —contestó
alegremente el llamado Rojo.
—¿Eso decía? ¿Quién
es?
—¡Yo qué sé! Un
mormón probablemente… Al menos así lo ha dicho Happy. Aquí estaba, cuando llegó
ese majadero aullando que quería ver al sheriff porque le habían atracado, y
aprovechando un instante en que se detuvo para coger aliento, va y salta Happy
diciendo: «Veamos si te han dejado algo que valga la pena». Apenas oyó esto, se
fue como alma que lleva el diablo.
El expresivo relato
del Rojo enteré a Jim de muchas cosas.
—Voy a cuidar mi
caballo —limitóse a decir el joven.
—Llévelo a la cuadra,
que está al otro lado del patio. Si no está Jake, allí encontrará agua, pienso,
y hasta lugar para acondicionarse usted mismo.
La pesadez con que
desmontó Hays indicaba lo mucho que había trotado aquel día.
—Estoy muerto de
cansancio; manda a ese gandul de Jake para que se ocupe de mi caballo —dijo el
Rojo.
El edificio era el
último de la naciente población, y, a poca distancia de sus paredes, ya
empezaban las laderas cubiertas de algodoneros. La mencionada cuadra era una
construcción de madera defendida por una empalizada de estacas. Al abrir Jim la
puerta del corral, encontróse con un mozo de aspecto desgarbado, cuya facción
saliente era una dentadura excesivamente grande para su boca.
—¿Eres tú el
llamado Jake? —preguntó el forastero.
—El mismo… ¿He de
cuidar ese caballo?
—De eso ya me
ocuparé yo. Pero ahí fuera hay un jinete que quiere confiarte el suyo… Dice que
se llama Hank Hays, ¿le conoces?
La respuesta del
mozo fue echar a correr moviendo los talones con la máxima ligereza.
—Bueno —murmuró
para sí Wall buscando cuanto necesitaba—. No se puede negar que el señor Hays
es un personaje respetado en Río Verde, al menos en lo que concierne a su
pandilla.
Muy activa estaba
la mente de Jim en tanto que atendía a las necesidades de su bayo. Ya hacía
tiempo que se había familiarizado con la vida nómada que le llevaba a
campamentos y pueblos desconocidos. Y el juzgar a los hombres a primera vista,
hablase convertido para él en un hábito, al que contribuía el instinto de
propia conservación. Sin embargo, Utah era un país más solitario y salvaje que
todos cuantos llevaba recorridos. Le gustaban sus grandiosas y desiertas
llanuras, y las abruptas y rocosas paredes, cuya crestería quedaba envuelta por
los tupidos velos de las nubes.
—Bayo, hijo mío, ya
hace tiempo que no disfrutabas del regalo de una cuadra —dijo Jim a su
caballo—. Come y descansa cuanto puedas, que la buena vida dura poco.
Cuando Wall salió
de la barraca, todo el Oeste era una deslumbradora hoguera con tornasoles rojo
y oro. El forastero habría querido estar en la punta de los peñascos que
asomaban por detrás de la pequeña ciudad, para admirar más de cerca aquellas
montañas Henry, que había estado viendo todo el día. Por el Este y del lado
allá del río, podía distinguir las arenosas laderas que subían hasta el pie de
la pétrea muralla, que empezaba a sumirse en las sombras.
Jim tenía por
costumbre no volver una esquina sin asegurarse de lo que había al otro lado de
ella. Esto hizo que antes de que Hays, y otros dos sujetos que le acompañaban,
se enteraran de su presencia, ya los había él visto. Al ruido de sus pasos,
volvieron los tres la cabeza.
—¡Hola…! ¿Ya
estamos aquí? —exclamó Hays—. Estaba hablando de usted… Éstos son Jack Happy y
Lincoln Brad… Amigos, el forastero responde por el nombre de Jim Wall.
Se cambiaron
saludos, pero ninguno de los tres alargó la mano. Las miradas eran
infinitamente más elocuentes que las pocas palabras de ruda cortesía. Para
Wall, el hombre que se apellidaba Happy merecía su nombre. Lo único
contradictorio en su persona eran las pistolas, que no podían pasar
inadvertidas. Este detalle, sin embargo, nada significaba para Jim. El otro,
llamado Lincoln, merecía ser mirado con más detenimiento. Era de color cetrino
y ojos inquietos. Lo mismo que sus compañeros, nada en su indumentaria
recordaba al cowboy.
—Vamos a remojar la
garganta —propuso Hays.
—Yo no tengo sed
—contestó Wall—, pero hace dos días que no he comido.
—Ya está el Rojo
haciendo la cena —repuso Hays empujando la puerta.
El interior del
salón, bien alumbrado con lámparas de petróleo, era mucho más vistoso que el
exterior. Tenía un suelo de piedra muy liso, un mostrador cubierto de vasos y
botellas, y las paredes profusamente adornadas con espejos y estampas de
mujeres desnudas. Varios hombres de rudo aspecto estaban bebiendo, mas todas
las conversaciones se interrumpieron al acercarse Hays y su acompañamiento. Al
extremo de la vasta estancia, tres cowboys estaban sentados ante la chimenea,
en la que ardía un buen fuego de leña. Las demás mesas estaban vacías, menos
una, en la que dormía un parroquiano echado de bruces. Por una puerta
entreabierta penetraba un apetitoso olor a jamón frito.
Los recién llegados
se agruparon junto al mostrador para ser servidos por el Rojo, que a más de ser
el dueño del local, actuaba de camarero. Hays se tomó la copa de whisky de un
solo trago; Happy la levantó antes, diciendo: «¡A vuestra salud!», e, y Lincoln
saboreó la suya en silencio. El whisky no era una de las debilidades de Wall;
no era hombre que se permitiera ninguna debilidad, pero aceptaba una copa
cuando así lo exigían las circunstancias, y las actuales no dejaban de ser
apremiantes.
—¿Vaquero?
—preguntó Lincoln, que estaba junto a Jim.
—Sí; pero hace
algún tiempo que no me dedico a ese trabajo.
—Tiene usted todo
el porte… ¿De dónde es usted?
—De Wyoming.
—Muy lejos… No
conozco esa tierra… Y, ¿adónde va?
—No tengo sitio
determinado —contestó Wall con reserva—. Tal vez me quedaría aquí si encontrara
colocación en un equipo…
—¿De tramposos?
—interrumpió Lincoln.
Dejó Wall el vaso
y, volviéndose a su interlocutor, preguntó con frialdad:
—¿Se propone usted
insultarme?
—No por cierto…
Además, yo no soy curioso… Hablaba por hablar.
—Está bien; pero
¿se puede saber lo que usted entiende por tramposo?
—La cosa no tiene
duda…, un hombre que vive de engañar a los demás.
—Yo no soy de ésos
—contestó desdeñosamente Jim.
—Ya me lo había
figurado, amigo; pues tiene usted la facha, la mirada y los movimientos de mano
de ser un buen tirador… Soy conocedor en la materia.
—¿De veras…? Siendo
así, espero que esa condición no me perjudicará en Utah.
Hays, que había
oído la última parte del diálogo, intervino en él diciendo:
—Eso no perjudica a
nadie en todo el Oeste, y es la mejor recomendación para entrar en mi
cuadrilla.
—¡Su cuadrilla!
—repitió Wall, cual si quisiera corroborar la franca declaración del ladrón.
—Seguramente… No
haga caso de Brad; es un chaval brusco y malhumorado…, ya nos veremos luego,
compañeros.
Wall siguió a Hays
a un cuarto reservado, donde una apechugada hembra les saludó efusivamente,
invitándoles a sentarse a la mesa.
—Es la mujer del
Rojo —observó Hays—, y guisa como un ángel. Sírvase usted, Wall.
No cambiaron más
palabras durante la cena.
A la conclusión,
Jim no pudo substraerse a la sensación de bienestar que emana de un estómago
repleto.
—¿Quiere un
cigarro? —ofreció Hank—. Aquí son muy apreciados, porque andan escasos.
—Gracias, pero no
soy fumador.
—Bueno… Pasemos al
salón… Quisiera que habláramos claro, antes de reunirnos con los otros
compañeros —propuso Hays.
Volvieron al amplio
aposento. Estaba desierto, tan sólo el Rojo encendía una lámpara en un rincón.
—Todos han salido
al encuentro de la diligencia.
—¡Diligencia…! ¿De
dónde?
—Del Oeste,
naturalmente —contestó Hays riendo—. La del Este no llegará hasta… Bueno…, ¿qué
día tenemos hoy?
—Sábado.
—Eso es…, hasta el
próximo miércoles. Para entonces ya no estará usted aquí.
—¿No…? Pues ¿dónde
estaré, ya que parece usted tan bien enterado?
—Puede que en el
Paraíso, revoloteando con los angelitos… —y cambiando de tono prosiguió el
ladrón—: Mire usted, Wall, me parece usted un muchacho un poco extraño, pero
eso no quita para que pueda ser un buen compañero.
—En efecto…, nada
se opone a ello —contestó pensativo Jim.
—Corriente…, y
gracias a mi mucha experiencia, creo comprenderlo mejor que otros —prosiguió
resueltamente Hays, que escarbó con la bota en el amortiguado fuego para
encender en él su cigarro, del que extrajo espesas nubes de humo—. ¡Ah!, me
recuerda usted a uno que conocí en Virginia hace ya muchos años… ¿Qué ha sido
usted en un principio, Wall?
Éste, con amarga
sonrisa, contestó:
—En un tiempo fui
maestro de escuela en mi pueblo…, antes de cumplir veinte años.
—¡Lléveme el
diablo…! ¿Está usted hablando en serio? —preguntó Hays con tono de
incredulidad.
—Y tan en serio…
Convengo en que parece broma… Quizás antes de la cena yo mismo no lo hubiera
recordado.
—Ni el mismo
demonio sabe lo que puede ser un hombre en distintas épocas de su vida. Pero lo
que a mí me interesa es la presente, y quisiera hacerle algunas preguntas.
—Desembuche usted.
—No habrá usted
tomado a mal el que yo le limpiara los bolsillos al tunante del transbordador,
¿eh?
—No… Estoy
convencido de que era un perfecto canalla.
—¿Habría usted
hecho lo mismo?
—Es posible.
—Muy bien… Yo… yo
hice sin provocación. ¿Tiene esto alguna importancia para usted?
—Ninguna…, puesto
que nada tengo que ver con ese asunto.
—Wall, figúrese por
un momento que fuera cosa suya.
—Mire Hays, déjese
de andar por las ramas y vamos al grano —dijo resueltamente Jim.
—Sí; estoy conforme
—asintió Hays, pensativo, quitando lentamente la ceniza al cigarro, mientras
que fijaba la vista en las brasas de la chimenea.
Wall comprendió que
aquél era el primer momento en que su interlocutor se disponía a expresarse con
entera sinceridad, manifestando sus propósitos, aunque tal vez no en todo su
alcance.
—¿Decía usted que
estaba sin blanca? —empezó de nuevo Hays.
—Lo estaré en
cuanto pague la cuenta del hospedaje.
—Eso es cosa mía.
Le prestaré algún dinero. Algo ha de tener en el bolsillo, si ha de jugar con
nosotros.
¿Qué condiciones
pone usted al préstamo?
—Ninguna… Yo tomo y
doy los dólares con facilidad.
—Entonces, muchas
gracias… Aceptaré cincuenta…
—Me bastarán hasta
que encuentre colocación.
—Pero si lo más
gracioso es que yo quiero colocarle a usted.
II
—Acerque la oreja y
escuche —prosiguió Hank—. La lección que di a aquel avaro estuvo bien merecida,
pero fue una imprudencia, atendiendo a que ahora tengo toda la carne puesta en
el asador. Si no se tratara de un mormón, estaría yo tranquilo. Preste atención
a lo que digo: Hace poco que estoy a sueldo de un ranchero de las montañas
Henry. Es un aristócrata inglés, con más dinero que juicio, y más loco que una
cabra. Enamorado del paisaje, ha comprado diez mil cabezas de ganado y una
porción de caballos. En su casa ha reunido varios equipos de cowboys, entre los
que hay algunas cuadrillas de bandidos. El inglés, cuyo nombre es Herrick, se
propone contratar a todos los hombres de pelo en pecho, sean vaqueros,
tiradores o bandidos, para tener a raya a toda la comarca con tan selecto
personal. ¿Qué le parece la idea?
—Muy nueva por lo
menos, pero poco práctica, a menos de que tenga medios para reformar a los
malvados —contestó Jim con interés.
—Justamente, pero a
mí me importa poco el que sea práctica o no. El inglés se ha aficionado a mi
persona, y me ha nombrado su administrador, enviándome a reclutar a todos los
mozos crúos[1] que encuentre, y como usted tiene todas las trazas de serlo, el haberle
encontrado creo que será una suerte para los dos.
—Me toma usted por
un aventurero que sabe manejar un caballo y hacer blanco a cada tiro, ¿eh?
—Seguramente… En
cuanto le echo la vista encima a uno…, pero conste que no pregunto nada…
—Siga usted.
—Bueno, pues lo
necesito a usted en mi cuadrilla —resumió Hays—. Brad no partirá peras con
usted, lo he visto a la primera ojeada: es un hombre suspicaz, cazurro y
envidioso, como lo son muchos. Pero no será él quien impida el que entre usted
en una cuadrilla. A quien tengo sentado en la boca del estómago, es a Heeseman.
—¿Heeseman…? ¿Quién
es?
—¿Cerrará usted el
pico sobre lo que le voy a confiar, en caso de que no nos arreglemos? —preguntó
con gravedad Hays.
—Puede usted contar
con mi discreción.
—Bueno, pues,
Heeseman es el principal cuatrero del Cañón del Dragón. Los rancheros no lo
saben, pero yo sí. Cuenta con una banda reducida, pero muy peligrosa. No sé
cómo ha llegado a sus oídos el proyecto del inglés, y el diablo me lleve si a
estas horas no está camino de las montañas de Henry, para ofrecerse con su
gente.
—Probablemente
habrá visto las mismas ventajas que usted —observó con calma Jim.
—Bueno, a eso iba
—asintió Hays—. Yo he sido el primero y me corresponde ser el jefe. Pero tarde
o temprano se formarán dos bandos, y cuanto antes lleguemos a las manos, mejor.
—Comprendo: se
luchará por el botín.
—Wall…, yo no soy
cuatrero —replicó Hank, resentido.
—Dispense, y si no
lo toma a mal, ¿quiere usted decirme con exactitud lo que es?
—¿Ha oído usted
hablar de Henry Plummer? —Que yo me acuerde, nunca.
—Plummer floreció
hace unos quince años o más, primero en Montana y después en Idaho. Era el
ladrón más famoso que ha existido en el Oeste. Había nacido en el Este, y era
hombre educado y de buena familia. Pero la fiebre del oro se apoderó de él, y
no era hombre para acabar en las minas. Operaba en todas partes; al mismo
tiempo era representante de la Ley y jefe de la más importante banda de
ladrones que se ha conocido en la frontera, y que durante varios años fue el
terror de mineros, campesinos y diligencias… Bueno, pues yo vi ahorcar a
Plummer. Era yo uno de los más jóvenes de su banda.
—Gracias por la
confidencia —dijo Jim, sorprendido—. Mucha confianza debo inspirar a usted para
que me la haya hecho.
—Seguramente…
Además, no podía tolerar que me calificaran de cuatrero.
—Ya comprendo…, es
demasiado bajo… Pero, veamos: ¿Qué planes tiene usted respecto a Herrick?
—No se reducirán
seguramente a robar un par de becerros. Mas no se trata ahora de eso. Lo que
importa es saber si quiere usted formar parte de mi cuadrilla.
—Eso depende…
—¿Tiene usted
escrúpulos? Recuerde que yo he jugado limpio.
—No tengo derecho a
tenerlos… Soy un escapado de presidio.
—¿Cuál fue su
delito?
—Matar a un
hombre…, y querían ahorcarme.
—¡Canastos…! ¿Era
justo el castigo?
—A mi entender,
no…, y tuve que herir al carcelero para fugarme.
—¿Cuándo sucedió
todo eso?
—Hace unos cuantos
años.
—Y, ¿desde
entonces…?
—Ando errante
buscándome la vida como puedo… Me es imposible estar mucho tiempo en el mismo
sitio…, y así me he internado en el Oeste, donde nadie me conoce.
—Muy agradecido
—dijo Hays—. Me encuentro más a gusto desde que me ha devuelto usted la
confidencia… Apostaría cualquier cosa a que no ha robado usted nunca. ¿Me
equivoco?
—Todavía no…, pero,
a veces, poco le ha faltado —contestó con amargura Jim.
—Bueno; eso
significa que es usted hombre al agua, y un día u otro ha de saltar la línea
divisoria.
—Una pregunta más…
¿Qué familia tiene ese inglés? —Por ahora, ninguna. Algo he oído de una hermana
que piensa venir, pero aún no se sabe cuándo.
—¿Hermana? Su
presencia sería endiabladamente importuna.
—Claro está… Estas
comarcas no son para mujeres.
Le pareció a Jim
que esta conformidad de pareceres reforzaba el naciente vínculo que le unía al
ladrón, que espontáneamente confesaba serlo, y empezó a sentir creciente
interés por la situación en que su destino le había colocado. El afán de
aventuras había sido importante factor en el suceso que dio fin a su vida
errante.
El trato fue
cerrado con un riguroso apretón de manos, en el que ambos pusieron cierta
solemnidad, como si este acto tuviera fuerza moral aun entre ladrones. Hays
pidió más bebida, y poco después el local fue gradualmente llenándose de
hombres con gruesas botas y estentóreas voces.
Entre ellos estaban
Happy, Lincoln Brad y una especie de gigante con barba rojiza, a quien Hays
presentó con el nombre de Montana. Por su aspecto parecía un minero, pero la
mano que atentamente alargó era demasiado fina para haber estado asociada en el
último tiempo a tan ruda labor.
Los tres hombres,
como obedeciendo a un tácito acuerdo, sentáronse aparte, observando en
silencio. Lincoln tenía los ojos de halcón del hombre que no se deja sorprender
por nada.
Jim Wall
recostábase en el respaldo de su asiento, con cierta complacencia desde largo
tiempo no sentida. Estaba muy familiarizado con salones de baile y casas de
juego, pero no había visto ningún local como el de Río Verde en Utah. Allí no
existía el tipo del tahúr vestido de frac, no se presentaba ninguna bailarina
medio desnuda, ni se veía ningún tirador mejicano de larga melena y ojos de
fuego buscando dónde hacer un blanco que le permitiera marcar otra raya en el
arma.
Los cowboys
brillaban por su ausencia, aunque antes de la cena, Wall había visto tres.
Podría contarse hasta una docena de ganaderos, tratantes y administradores; la
profesión de los restantes permanecía dudosa hasta para la penetrante mirada de
Jim. Entonces un individuo, trampero sin duda, entró. Iba vestido con piel de
gamo, y parecía que el lugar no era adecuado para él. La sala se iba animando,
y el Rojo hacía buen negocio vendiendo copas de whisky a cuarenta centavos.
—Parece que el
dinero corre en abundancia —observó Wall—. ¿De dónde lo sacan?
—Ya veo que te
sorprende —contestó Hays tuteando al que ya consideraba cual compañero—. A mí
también al principio… Esta ciudad es el punto central de Utah y afluye el
tráfico de todo el Estado.
—Ya comprendo, pero
en este bar hay lo menos media docena de hombres que no son rancheros, ni
viajantes, ni parecen caballistas.
—Caballistas lo
son, más o menos, todos los hombres de esta tierra. Pero estás en lo cierto.
Aquí hay cinco o seis caras que no las he visto nunca.
—¿Quién es ése que
lleva el sombrero tan encasquetado, que sólo se le ve la punta de la barba
negra? —Es un tal Marley. Pretende ser ranchero, pero el diablo cargue conmigo
si no es el lugarteniente de la banda del Dragón Negro.
¿Y ese otro que
chilla tanto, con un chaleco a cuadros en cuyo interior lleva dos pistolas con
el cañón hacia arriba?
—¡Diablo, qué ojos
tienes! No me había fijado. Su nombre es Stud y no sé qué más. Ya le he visto
antes de ahora, pero no es santo de mi devoción.
De súbito abrióse
la puerta, empujada por una vigorosa mano, y entró una mujerona echando chispas
por los ojos. Llevaba la cabeza envuelta en un pañuelo colorado, y hacía
retemblar el piso con sus pesadas botas de hombre.
—¡Sam Butler!
—gritó con perentoria voz—. ¡Ven acá en seguida!
El interpelado
separóse con prontitud de los amigos y, acompañado por las ruidosas carcajadas
de éstos, eclipsóse como un borrego, pegado a las faldas de su airada esposa.
—Una mujer así es
lo que me convendría —murmuró Hays, sin ocultar su admiración.
—¿Jugamos una
partida de póquer? —preguntó Happy.
—Seguramente, pero
no entre nosotros solos. Brad, ve en busca de jugadores, pero no invites a ese
hombre que se llama Stud… No ha ganado su mala fama haciendo solitarios.
Sólo había dos
amplias mesas de juego, una de las cuales estaba ocupada. Lincoln volvió
trayendo a Marley y al gigante Montana. Entre éstos y Hays no mediaron saludos
ni ninguna otra forma de cortesía. Eran lobo centra lobo, y así lo comprendió
Jim.
—Jugaremos entre
seis… Será una partidita amistosa… Vaya, siéntate, Wall.
Éste contestó
riendo:
—Cuando se tiene la
bolsa vacía, no se juega. —Yo le surtiré…
—No, gracias; otro
día. Prefiero mirar.
—Dispense, pero no
nos gustan los mirones —declaró secamente Marley.
No bien se habían
sentado, cuando el hombre que, según Hays, se llamaba Stud, dejó su puesto. Era
de corta estatura, pero muy fuerte, y de los que nadie gusta encontrar en sitio
solitario.
Dirigiéndose a
Hays, preguntó:
—¿Por qué no se ha
contado conmigo?
—Lincoln tenía ya
bastantes para hacer la partida —respondió Hank fríamente, y devolviendo mirada
por mirada.
—¿Es decir, que se
invita a mis amigos y a mí no?
—Si tan
endiabladamente quisquilloso es usted, siéntase y juegue —contestó Hays
barajando los naipes—, pero si quiere conocer mi opinión particular, ninguna
gracia me hace el jugar con usted.
—¿Se propone
insultarme? —preguntó Stud con tono cortante, y dirigiendo la diestra al
interior del chaleco. Si Wall no hubiera observado va el bulto de las pistolas,
este ademán le habría hecho colegir la existencia de ellas. Seguramente Stud
estaba dotado de un carácter áspero, que el frecuente contacto con la botella
hacía insufrible.
—Nada de eso
—respondió Hays, para quien no había pasado por alto el ademán de su
interlocutor—. Quiero decir, solamente, que es usted un jugador demasiado hábil
para Hank Hays. No me gusta que se me escape el dinero.
—Hábil, ¿eh…? Eso
ya es otra cosa, y no tengo por qué ofenderme. No conozco jugador que no haga
lo que pueda por ser hábil. Pero el que se haya invitado a mis amigos y a mí
no…, eso es muy distinto.
—Siéntese, Stud
—resumió cortésmente Hays dando cartas—. Esta noche creo que tendré suerte. La
vez pasada fue usted el afortunado.
La partida empezó,
teniendo a Happy y Jim por espectadores. Desde el primer instante la suerte se
pronunció en favor de Hays. Lincoln perdía más que ganaba. El gigante Montana
era un jugador tímido que sólo se arriesgaba cuando tenía buenas cartas, y Stud,
por el contrario, era muy atrevido, no dejaba pasar mano sin jugar, pero
aquella noche tenía el santo de espaldas, y se puso tan taciturno y callado que
Jim, aburrido, dejó de observarle y se fue junto al fuego.
Mas pronto tuvo
ocasión para observar más atentamente que antes el juego de cartas. El giro de
la conversación entre los jugadores, sobre todo por parte de Stud iba tomando
un tono tan agresivo, que haría inevitable la contienda. Aquellos hombres eran
de carácter perverso, y Jim empezaba a darse cuenta de la ruda vida del Oeste,
donde no hay más ley que el arma de seis tiros.
Allá en Wyoming y
Montana, pensaba Wall, hay ciertas garantías de seguridad personal. Existen
tribunales, sheriffs, cárceles y, sobre todo, esa admirable institución que se
llama nudo Corredizo, y que tan eficaz es para tener a raya a cuantos faltan a
la Ley. Muchos criminales había visto Jim colgados de las ramas de un
algodonero. Mientras que sus ojos seguían fijos en Stud, vio como éste
escamoteaba una carta con la mayor limpieza. Sólo desde el sitio en que estaba
Wall pudo ser descubierta la operación.
No obstante, la
suerte seguía siéndole adversa; había consumido sus recursos, y pidió prestado
a Marley para hacer una puesta máxima. Por último, dio un resoplido de
satisfacción, diciendo:
—¡Por fin…! ¡Mío es
el juego!
Y tiró un as sobre
la mesa. Hays, que había robado tres cartas, exclamó en el acto:
—Stud… ¡Cuánto
siento darle un disgusto…! No me atrevo a enseñar las cartas.
—¿A ver…? Échelas
sobre la mesa. ¡Pronto!
Hays, complaciente,
volvió los cuatro dieces, y con ávidas manos llevóse todas las puestas; Stud le
contempló con ojos de fuego.
—Ha robado usted
tres cartas —dijo—. ¿Ha ido usted al robo teniendo varios dieces?
—Sólo tenía uno
—contestó Hank negligentemente—. Ya dije que esta noche tendría suerte.
—¡Sería usted capaz
de sacar dinero de los ojos de un muerto!
—¡Ja…!, ¡ja…!,
¡ja!, —rió el afortunado jugador. Pero fue el único de entre los seis que
pareció encontrar cómica la situación. Sin dejar el tono chancero, añadió—:
Stud, esa ocurrencia de usted la tomé como una broma.
—¿De veras? —repuso
Stud, incisivo.
—¡Claro que sí…!
—replicó Hays con dura voz. Sus claros ojos tomaron un matiz verdoso.
—Pues lo que he
dicho no tenía nada de humorístico.
—¡Ah, ah! Estoy
viéndole a usted y, en realidad, no está de broma. Supongamos ahora que usted
me dijera sinceramente lo que piensa…
—Pues pienso que ha
empalmado los tres dieces.
A estas palabras
decisivas, siguió el arrastre de varias sillas, la caída de un taburete, y en
un instante los dos contendientes quedaron solos ante la mesa.
—Es usted un…
embustero —silbó Hays, que de repente se había puesto lívido.
A Jim le pareció
que ya era tiempo de intervenir. Los ojos de Stud lanzaban siniestros fulgores.
Hays tenía desventaja en cuanto a sacar la pistola, y seguramente Stud podría y
querría matarle.
—¡Alto! —gritó Wall
separándose de la chimenea contra la que estuvo apoyado. Su voz hizo estremecer
a los dos hombres.
Hays, sin volverse,
dijo a Jim:
—Manténte apartado,
compañero. Yo me basto para acabar con este renacuajo.
—Fuera de aquí,
forastero —advirtió Stud, que vigilaba a Jim al mismo tiempo que a Hays—. No se
mezcle en lo que no le importa.
—Sólo quiero
decirle a Hays que el as lo escondió usted debajo del tapete.
También podría Wall
haber dicho algo de las trampas de Hank.
—¡Cómo! —bramó
Hays—. ¿Es así como obtuvo el as?
—Yo le vi dar el
salto.
—Corriente, y
supongamos que ha sido así —repico Stud con mortal frialdad—. Si usted, Hays,
puede dar su palabra honrada de que no ha hecho trampas, saque la pistola y
decida la suerte… De lo contrario, tengamos las manos quietas.
Esta imprevista
proposición, basada en el especial concepto del honor peculiar entre los
ladrones, tuvo la virtud de hacer callar a Hays. El pequeño jugador aplazó sus
malas intenciones hasta más propicia ocasión y, volviéndose, preguntó a Jim con
insolencia:
—Jim, Wall, ¿eh?
—Para servirle
—contestó el joven, que adivinaba lo que sucedía en la mente del fullero.
Stud necesitaba
tiempo para madurar sus actos. Su pensamiento era más peligroso que su voluntad
o su poder de ejecutarlo. Todo esto lo adivinaba Wall. Tal era la diferencia
que existía entre aquellos dos hombres.
—Admito que no
jugué limpio —dijo Stud en tono ronco—, pero no estoy dispuesto a dejarme
maltratar por un forastero.
—Bueno. ¿Y qué es
lo que va usted a hacer? —preguntó Jim. Su instinto le decía que el momento
culminante ya había pasado.
Stud no sabía lo
que iba a hacer, pero era evidente el hecho de que anhelaba destruir. Por su
parte, Wall no sentía el menor deseo de privar al Oeste de aquel irascible y
ruidoso fullero. En esta diferencia consistía la fuerza de Wall y la debilidad
de Stud. Los espectadores del drama casi no se atrevían a respirar.
La deliberada
pregunta de Wall puso término a las vacilaciones de su contrario. Estremecióse
el cenceño cuerpo de éste, y una mano negra y peluda, como la de un mono,
despegóse trémula de la mesa.
—¡Quieto! —rugió
Jim—. No ha nacido hombre que me asesine estando sentados a la misma mesa.
—¡Vaya… al
infierno! —jadeó Stud. La interrupción le cortó la fuerza para realizar su
propósito, y gruesas gotas de sudor aparecieron en su frente.
—Lleva usted una
pistola en cada lado del chaleco —prosiguió Wall con desprecio—. Hombres de su
especie no se toleran en mi tierra.
La tensión del
tahúr estaba quebrantada, y éste dejó caer sus manos, semejantes a garras,
sobre la mesa.
—Ven, Stud —dijo
Marley—. Vámonos de aquí. Stud, vencido por el momento, se levantó, y
encarándose con Hays, dijo con venenosa expresión:
—Usted y yo estamos
en paz, mas ya encontraré a su nuevo compañero en otra ocasión.
—Cuando guste,
Stud. Por mi parte, no le guardo rencor.
El hombrecillo se
acercó al mostrador, seguido de Marley y del gigante de la rojiza barba.
—Convidadme a una
copa. Me he quedado sin blanca —dijo el despojado fullero con ahogado acento.
Después de beber, abandonaron el local.
Hasta que salieron,
no se volvió Hays hacia su amigo, y entonces pudo ver que su rostro estaba
pálido.
—Jim, ése… traía
las dos pistolas ocultas para matarme.
—Soy de la misma
opinión —asintió Jim gravemente—. Observé que estabas perdido, pues necesitabas
levantarte para… emplear tus argumentos.
—¡Ah! —exclamó Hays
respirando a pleno pulmón, mientras se enjugaba la frente. Happy y Brad
volvieron a acercarse a la mesa.
—Brad, ¿dónde
estabas cuando surgió la cuestión?
—Procurando ponerme
a salvo.
—Sí, ya lo he
visto. Jim, te quedo muy agradecido. A mí no me hubiera gustado escurrirme en
ese particular momento. Tú puedes jugar; no puedo olvidarlo. Me gustaría saber
una cosa.
—¿Qué?
—¿Lo has
intimidado?
—Difícilmente. Has
hecho bien en no intentar sacar el arma. Pues al más pequeño movimiento…
—Te habría dado
mucho juego… Ese jugador Stud se ha creado un nombre aquí por su rapidez en
sacar la pistola…
—¡Bah!, —cortó Wall
bromeando—. Los hombres que saben manejar pistolas no las llevan tan bien
guardadas.
—Bien; aquí no he
visto otro como él todavía —repuso Hays—. Cuando le llamé, no aparté Tos ojos
de su mano, que tenía extendida sobre la mesa. Comprendí que podía disparar
fácilmente sobre él, y tenía intención de hacerlo. Pero ¡diablos!, ¡qué poco le
hubiera costado taladrarme él a mí!
—Le hubiera costado
mucho, estando yo presente… Vamos a dormir, Hays; tengo sueño.
—Bien pensado…,
pero vamos a beber primero. Los cuatro se agruparon ante el mostrador.
—Jim —dijo Hays
levantando la copa—. Es muy notable cómo unas cosas traen las otras. Cuando te
encontré junto al transbordador me dio el corazón que eras el hombre que
necesitaba… Y he acertado… ¡A tu salud!
Tras de apurar las
copas, dieron las buenas noches al Rojo y salieron a la intemperie. La noche
era oscura, ventosa y fría.
—¿Dónde vas a
dormir? —preguntó. Hays.
—He dejado el
petate en la cuadra junto a mi caballo.
—Supongo que no
llamarás cama a ese bulto, ¿eh…? Ven y dormirás en una verdadera cama.
—Para mí es
bastante buena. ¿Qué haremos mañana?
—Estaba pensando en
ello. Lo mejor será que nos sacudamos el polvo de Río Verde. La proximidad de
ese Marley podría no ser saludable para nosotros. Además, estoy repleto de
dinero, y aquí no haría más que perderlo. Así, pues, mañana levantaremos el
campo y en marcha para el rancho del inglés.
—Me place —contestó
Wall.
—Y tú, Brad, ¿qué
dices?
—Iré también, pero
conste que sólo voy porque no tengo cosa mejor. Ese nuevo proyecto me parece
que va a concluir de un modo nada divertido.
—¡Ja…!, ¡ja…! ¿Y
tú, Happy?
—A mí me parece
inmejorable —contestó Jack con el entusiasmo que se podía esperar de su
carácter optimista.
—Corriente…
Entonces, buenas noches. Mañana, temprano, almorzaremos aquí.
Se separaron. Jim
encaminóse con paso cauto a la cuadra. Cuando sus ojos se acostumbraron a la
oscuridad, aceleró un poco la marcha, cuidando de no pasar cerca de ninguna
pared ni grupo de árboles. Nada, sin embargo, justificó estas precauciones y,
ya en la cuadra, encontró su impedimenta en el mismo sitio en que la había
dejado. Extendió su cama al aire libre, y echóse en ella sin más que aflojar el
cinturón de cuero del que pendía la pistola.
Entonces desfilaron
por su mente los acontecimientos del pasado día, y aunque ningún placer le
causaron, le pareció que debía alegrarse de haber caído en manos de Hays, y sus
compinches. Durante tanto tiempo había vivido como un lobo solitario que la compañía
de seres humanos, por malos que fueran, le parecía grata. De antemano estaba
seguro de que pronto volvería a la vida errante. No podía parar en ningún lado.
Había tenido algunas buenas colocaciones y le gustaba la tranquilidad… Pero
ésta no existía en ninguna parte para Jim Wall, y lo mismo sería en Utah. En
raras ocasiones retrocedía su mente hasta los tiempos en que la existencia le
parecía llena de interés y encanto… Después hablase enfurecido su alma. Por el
momento se hallaba en el umbral de otra aventura, al parecer extraordinaria
hasta para él, y esta idea le mantenía desvelado, convencido de que por
recompensa no encontraría más que nuevos resentimientos y decepciones.
III
Jim despertó
saludado por una roja salida de sol. El joven arrolló su petate llevándole a la
cuadra, donde el bayo le recibió con un suave relincho. El agua que había en el
cubo estaba cubierta por una ligera capa de hielo.
Cuando poco después
entró por la puerta trasera en el local del Rojo, vio que Hays, Happy y Brad le
habían precedido.
—¡Buenos días!
—gritó el primero alegremente—. ¿Verdad que hoy huele el aire a primavera?
—Buenos días en
general —contestó Jim—. Sí, me parece que me va a gustar esta tierra.
—Lo único malo que
tiene este rincón de Utah es el trabajo que cuesta alejarse de él. Nosotros
acostumbramos a pasar aquí los inviernos, pero en verano hay que irse a otra parte,
porque el calor es infernal. Pero siempre vuelvo con gusto.
Concluido el
almuerzo, dijo el jefe:
—Brad, ve en busca
de los caballos de carga. Tú, Happy, procúrate una montura y nos encontraremos
junto a los almacenes, lo más pronto que podáis… Jim, vente conmigo.
—Hays…; yo necesito
comprar algunas cosas…
El ladrón puso un
puñado de billetes en la mano de Wall, sin preocuparse de saber a cuánto podía
subir la cantidad.
—Seguramente…
Compra cuanto necesites para tu equipo, sin olvidar una buena provisión de
municiones… ¡Ja…, ja…! Ya estamos frente al establecimiento, dirigido por Josh
Sneed, amigo de los mormones… Mas no importa; aceptará con gusto nuestro
dinero, aunque, si pudiera, nos desollaría vivos.
La tienda era
parecida a la mayoría de las que existen en el Oeste; ocupaba el piso bajo de
un edificio de piedra, y se amontonaban en ella todas las mercancías necesarias
para la azarosa vida de aquellas tierras.
Un simpático
muchacho, que parecía ser el hijo del dueño, encargóse de servir a Wall. Lo
primero que escogió fue una hermosa manta para el caballo. Después fue
comprando herraduras, clavos, martillo y lima, artículos que desde largo tiempo
necesitaba, y por cuya carencia andaba el bayo cojo… Escogió luego un equipo
completo de vestir, cuerdas, e hizo abundante acopio para su Colt 45,
recordando la imperiosa necesidad de una práctica constante, de tiempo
olvidada, por la sencilla razón de que no tenía fondos. También se proveyó de
algunas cajas de cápsulas Winchester 44. Hechas todas estas adquisiciones,
sorprendióse Jim al ver el mucho dinero que le quedaba. Hays había estado muy
rumboso. En vista de su opulencia, Wall se permitió comprar algunos artículos
de lujo, tales como: pañuelo: de seda, brocha, navaja, peine, un par de
toallas, jabón y, por último, nueces y bombones. Todo lo envolvió en un amplio
trozo de hule, y echándose el voluminoso paquete al hombro, fue a reunirse con
Hays, al que encontró comprando provisiones de boca.
—Necesitaré un
caballo de carga —insinuó Jim.
—Bueno…, ya contaba
con ello —contestó Hays riendo—. Tenemos cinco o seis caballos sobrantes… ¿Has
comprado alforjas y un pellejo para el agua?
—No… No se me ha
ocurrido…
—Bueno… Ya te los
compraré yo. Vete a dar prisa a Happy y Brad y diles que ensillen ahora mismo.
No hay tiempo que perder para salir de aquí.
Wall encontró a los
dos hombres por el camino.
—Hays me encarga
que os dé prisa —dijo cuando los vio.
—Vamos corriendo.
Wall, vas a tener un caballo de carga de primera —observó el jovial Happy.
Tal fue también la
opinión de Jim cuando vio los seis caballos que esperaban en el corral, todos:
fuertes y jóvenes, pero ninguno podía compararse a su bayo, y el joven
alegrábase en el alma de que su hermoso caballo ya no necesitara llevar carga.
Jim dividió sus
riquezas en un paquete pequeño y dos grandes, perfectamente acondicionados para
poder soportar un largo viaje por pésimos caminos.
Apenas había
acabado, cuando llegaron Jack y Lincoln, abrumados por la pesada carga.
Momentos después: presentóse Hays, y los envoltorios que traía delataban la
abundancia de sus medios.
—Hank, traes cara
de tormenta —observó Brad con mal disimulado regocijo.
—No me faltan ganas
de descargarla sobre alguien. ¿Qué os parece…? Ese zorro de Sneed, siempre me
ha hecho pagar al contado, pero hoy ha exigido: el pago anticipado.
—Esos mormones se
pierden de vista como hombres de negocios —observó Happy.
—Mal debes andar de
crédito en Río Verde —dijo Brad con sarcasmo.
—Voy a deciros una
cosa —gruñó Hays—. Si no fuera por lo que tengo entre manos en el Rancho de la
Estrella, ahora mismo íbamos a coger cuanto tiene ese mochuelo en su condenada
barraca.
—Vamos, de todos
modos.
—Ahora, por lo
menos, no… Quizá esto llegará a oídos… Pero hubiera dado un diente por meter
una bala en las afiladas narices de Sneed. ¡Ea, muchachos…! Daos prisa, que ya
estamos retrasados.
Media hora más
tarde, los cuatro jinetes, seguidos por cinco caballos cargados y dos de
refresco, dejaron atrás la pequeña ciudad, avanzando por la llanura con
dirección al Oeste. Tomaron después una carretera poco frecuentada, paralela a
la grandiosa pared de peñascos que zigzagueaba en la purpúrea y neblinosa
lejanía.
Bajaron, una
pedregosa colina provista de escasa vegetación, y tras ella se ocultaron, para
no volver a surgir, las casas de Río Verde y sus bosques de algodoneros.
Gradualmente, los
caballos de carga se formaron en fila india, sin necesitar guía, y los jinetes
marchaban detrás, llevando por vanguardia a Wall. Uno de los mayores placeres
de éste era el montar un buen caballo y tener delante un dilatado y desconocido
paisaje. Cuando hubieron subido: el lento e interminable declive que tenían
delante, Jim se vio rodeado por un territorio al que no pudo: menos de rendir
homenaje. Tejas, Kansas, Colorado, Wyoming y Montana dejaban mucho que desear
comparados con Utah. Jim no había andado por Arizona, y no podía juzgar. Pero
Utah era emocionante. A su derecha, formidables peñascos de un gris amarillento
realzaban la salvaje grandeza de sus desiguales picos; al frente extendíase una
vasta llanura, sin vegetación en el primer término, pero que a distancia se
cubría de manchas que rompían la monotonía del gris: con un pálido verde. Al
fondo, y muy lejos, las fantasmales y negras montañas de Henry amenazaban
taladrar el azul del firmamento con sus afiladas crestas cubiertas de nieve.
Pero lo que
principalmente fascinó las miradas del forastero fue la región situada al sur
de las montañas.
Ante el declive
desde el que arrancaba la planicie, erguíanse gigantescos y solitarios
pedruscos semejantes a centinelas que guardan la entrada de un país abrupto y
salvaje. Más allá, hacia la izquierda de Wall, lo llano del terreno ofrecía a
los ojos de éste una perspectiva infinita. La brillante cinta de plata de un
río bordeado de follaje, perdióse en la caótica aglomeración de rocas, cortadas
en todas las formas que pueda concebir la humana fantasía.
Ocurriósele a Jim
que el jinete capaz de internarse en aquel pétreo desierto, nada tendría que
temer de sus perseguidores. Estaría completamente solo, pudiendo dormir sin ser
precisa la vigilancia. Pero ¿cómo podría vivir?
A medida que
dejaban millas atrás, estas impresiones de Wall, lejos de disiparse, hacíanse
más intensas. La carretera iba siendo más arenosa, y en vano buscaba Jim las
trazas de algún ser vivo. ¡Qué territorio tan desierto e inhospitalario!
Transcurrieron
horas enteras, antes de que pudiera descubrir las huellas de un antílope sobre
la arena. No había pájaros, lagartos, ni conejos, nada más que una ilimitada
llanura de arena, salpicada de manchas verdosas. No obstante, las horas no se
hacían pesadas. Nunca lo eran para Jim, cuando, oprimiendo los lomos de un buen
potro, avanzaba hacia lo desconocido, olvidando todo cuanto dejaba atrás.
A la puesta del sol
llegaron a una amplia hondonada, cuya mayor vegetación delató, a los expertos
ojos del nómada jinete, la influencia del agua. Poco a poco, la desigualdad del
terreno hizo que las Henry se fueran hundiendo en el horizonte, y sólo quedó
visible la más elevada de sus cimas, bañada por un tono escarlata. Los últimos
rayos del sol teñían el cielo de un matiz color rosa y salmón, con nubecillas
de oro en el poniente. Una etérea luz violeta extendíase por el vasto y
solitario valle.
Hays se detuvo para
acampar en una fresca pradera inmediata a un manantial, y en la que había
bastante hierba para entretener a los caballos.
—¡Ajajá! —exclamó
el jefe—. ¡Cuánto me alegro de estar otra vez a campo raso, muchachos! Quitad
sillas y cargas…, que descansen las bestias. Happy, quedas nombrado cocinero…
Los demás buscad algo que quemar, lo que no deja de ser una endiablada tarea.
Jim corrió a
recoger maleza, cactos secos, girasoles, cuanto combustible encontró a mano, y
ya se habían extendido las sombras sobre el desierto cuando regresó al
campamento. Happy Jack estaba silbando cerca de un pequeño fuego; Hays,
arrodillado, amasaba la pasta de una cazuela, Lincoln estaba ocupado en alguna
tarea del campamento.
—A mí —estaba
diciendo Hays— no me gusta el pan duro…, prefiero la galleta. ¿Y tú, Wall?
—Yo también…, pero
sobre todo me gustan las tortas —contestó el interpelado soltando la carga.
—¡Tortas…! ¿Oyes lo
que dice el nuevo compañero, Jack…? ¿Sabes tú hacer tortas…?
—Seguramente…
tenemos harina, azúcar y leche; pero nos faltarás huevos.
—¡Ja…!, ¡ja! No nos
faltarán en cuanto lleguemos al Rancho de la Estrella. No habéis visto nunca
rancho semejante. Su dueño ha comprado todos los caballos, burros, vacas, toros
y gallinas de la comarca entera.
—Ya nos lo has
dicho —observó Lincoln— y no me faltan ganas de conocer a ese inglés. Debe de
tener más dinero que sesos.
—¡Voto al diablo!
Así es. A mi parecer, tiene la mollera vacía…, pero ¡qué dineral lleva gastado!
Jim se sentó para
descansar y escuchar. Sus nuevos compañeros le habían aceptado como jefe, y se
expresaban delante de él con absoluta franqueza.
—Singular
capricho…, un inglés podrido de dinero, tomarnos a nosotros para trabajar por
su cuenta —reflexionó Lincoln en tono preocupado—. Vaya…, no lo entiendo.
—Y, ¿quién lo
entiende? Yo tampoco, lo aseguro. Pero es un hecho cierto, y pronto seremos tan
ricos, que acabaremos por matarnos unos a otros.
—Puede que digas
más verdad de lo que piensas, pero… ¿cómo nos va a venir la riqueza?
—Todavía no lo sé…
Ya veremos. Lo principal es que he ganado la delantera a Heeseman y su banda.
—Ya procurarán
ellos cortarte el terreno.
—Es verdad. Tarde o
temprano tendremos que matar a ese hato de pillos.
—¡Jum!, eso no es
tan fácil como tú crees, Hank.
—Bueno, Brad, no
pongas dificultades antes de que llegue el caso —advirtió filosóficamente Hays.
—Lo dicho… No me
gusta el negocio —resumió tercamente Brad.
La cena estaba
dispuesta, y la despacharon casi en silencio La noche había cerrado, el viento
traía el penetrante grito de los coyotes, y la pequeña hoguera fue
consumiéndose, hasta quedar sólo algunas: brasas. Lincoln trató de reavivarla
con nuevo combustible, pero Hays le hizo desistir. Uno por uno, fueron en busca
de sus portátiles camas, siendo Jim el último. Poco después todos dormían. La
aurora los encontró despiertos y activos. Al salir el sol ya habían reanudado
la marcha.
Presentábase el día
ventoso, muy frío y alumbrado por un pálido sol. El polvo y la arena impedían
distinguir el paisaje. A mediodía pasaron junto a uno de aquellos montes
aislados, una inmensa y descarnada roca, de color de chocolate, tan castigada
por la intemperie, que daba la sensación de un formidable tubo de órgano, y un
poco más lejos, a través del polvo, surgió otro peñasco, parecido a la silueta
de un elefante. De allí en adelante aumentó el número de las rocas y peñascos,
así como el de los pantanos y los pedregosos desfiladeros.
A media tarde, su
camino los condujo, entre altas paredes de granito, a la orilla de un torrente,
cuyo amplio lecho estaba seco, excepto una estrecha cinta de agua que corría en
el centro.
—Éste es el
Cenagoso —anunció Hays, en beneficio de Jim—. Bastante peligroso cuando viene
crecido, pero no tanto como el Diablo Sucio. No tiene comparación.
—¿Qué es el Diablo
Sucio? —preguntó Wall.
—Es un río que
merece su nombre, te lo aseguro. Mañana, a una hora u otra, lo atravesaremos.
La segunda noche
establecieron el campamento sobre una resguardada meseta, por encima del
Cenagoso. Abundaba el bosque, pero no había agua ni hierba. Los caballos, no
obstante, no padecieron; habían bebido en el río, y se les dio pienso seco.
Las subsiguientes
conversaciones de Hays y Lincoln respecto a la empresa que tenían por delante,
confirmaron a Jim en la creencia de que el segundo era un hombre astuto, frío,
envidioso y agresivo. Hays no se distinguía por la inteligencia; era simplemente
un ladrón franco y desprovisto de escrúpulos. Inevitablemente llegarían a un
choque. Jim estaba tanto más seguro de ello, cuanto que en todos los equipos de
cowboys o cazadores de que había formado parte, nunca faltaron refriegas. Era
la costumbre establecida entre los hombres que vivían al aire libre, y sabido
era en todo el Oeste que en las: bandas de ladrones abundaban las contiendas.
Hank Hays era, evidentemente, un ladrón de cierta categoría, aunque apenas se
le podía considerar como un proscrito. ¡Era tan difícil el definir quién estaba
fuera de la Ley, en un país que carecía de ella!
A la mañana
siguiente, Wall tuvo razones, para que aumentara su curiosidad de conocer el
río Diablo Sucio, tan accidentado era el camino que les conducía a él.
Tratábase de un angosto sendero que bajaba, bajaba siempre, entre desfiladeros
de tierra negra, rojiza, amarillenta y violeta, en la que no se veía una sola
piedra.
A mediodía, el sol
calentó con tal fuerza este multicolor agujero, que hombres y animales sudaron
a mares, y, medio ahogados por el polvo, sufrieran los tormentos de la sed. Las
borrosas huellas que Hays venía siguiendo desaparecieron por completo, y éste
vióse perdido en un laberinto de profundos pantanos imposibles de rodear,
aunque parecía más imposible el escapar de ellos. La situación hacíase grave, y
los jinetes detuvieron el paso para deliberar.
—¡Condenado
agujero! —murmuró Happy casi sin aliento.
—¿Falta mucho para
salir de aquí, Hays? —preguntó con gravedad Jim.
—Ya quisiera que
estuviéramos lejos, te lo aseguro —fue la sincera respuesta del jefe—. Si nos:
internamos en estos zarzales, estamos perdidos. He oído hablar de ladrones que
se han refugiada en ellos, y de rancheros que iban en su persecución, y nada se
ha vuelto a saber ni de unos ni de otros.
—Me parece que ya
llevamos varias millas dando inútiles rodeos —observó Jim.
Apeóse Lincoln y
dio varios pasos por el desfiladero, buscando al parecer un camino para trepar
por la elevada pared de tierra. No le halló, mas algo debía ver, puesto que,
volviendo a montar, hizo una seña a los demás para que le siguieran.
—¡No! —gritó Hays—.
Ese camino va hacia el Sur, y si le seguimos no saldremos nunca.
—Pues yo oigo el
murmullo del río en esta dirección —afirmó Brad— y voy hacia él.
También Jim había
oído un lejano susurro, que no reconoció al pronto. Siguieron todos a Lincoln,
que los condujo hasta una angosta garganta de altas paredes, por cuyo fondo
corría el Diablo Sucio.
Las aguas estaban
turbias, la corriente era escasa y las arenas, traidoras; pero llevando del
ramal a los caballos de carga, hombres y animales pudieron pasar a la orilla
opuesta, sin más accidente que un remojón. Lo más difícil fue que los caballos
estaban tan sedientos, que se necesitaba una mano muy firme para hacerles salir
del agua. Por último, al ganar la orilla, encontraron tierra bastante firme
para permitir a los jinetes llenar de agua cantimploras y pellejos, mientras
sus monturas satisfacían la sed.
Sin embargo, aún
seguían perdidos, y lo único que pudieron hacer fue seguir un desfiladero
lateral, que, afortunadamente, no desembocaba en una red de desfiladeros aun
más estrechos, como sucedía en la orilla opuesta. Por fin, salieron de aquel
atolladero; Hays pudo orientarse y pronto llevó a sus compañeros a una pradera
muy propia para establecer el campamento.
—Muchachos —dijo
Hank—, os apuesto lo que queráis a que por estas cercanías existe una guarida
en la que nadie podría encontrarnos, mientras el mundo exista.
—Y si lo hicieran,
tendrían que conformarse con nuestros huesos pelados —murmuró Brad.
—Bueno, supongamos
que no necesitaremos utilizar semejante escondite…, pero ¿qué piensas de esto,
Jim?
—Que jamás he
encontrado un sitio igual en todas mis correrías, pero ya nada me sorprende. ¿Cuándo
subiremos lo bastante para tener horizonte despejado?
—Mañana, poco antes
de llegar al pie de las montañas. Es la comarca más estupenda de cuantas he
visto… y se comprende el entusiasmo del inglés, que está completamente chiflado
con las vistas. Además, el terreno es inmejorable para la caza.
—Hank, siempre has
tenido pasión por la caza —interrumpió Brad.
—Bueno, cada uno
tiene sus flaquezas… Las tuyas son el whisky, el rencor y la avaricia —contestó
resueltamente el jefe.
La respuesta no agradó
a Lincoln, aunque nada dijo por el momento, pero Jim cada vez se iba
convenciendo más de que ningún afecto unía a los dos hombres.
Ya en el
campamento, pudieron descansar todos, excepto Happy Jack, a quien le agradaba
tanto el trabajo como la charla y la risa. Después de cenar, Jim separóse del
campamento, y fue hasta el sitio en que desembocaba el desfiladero: un espacio
desconocido, profundo y tenebroso, y sintió una deprimente impresión de la
inmensidad de aquellas regiones de montañas, planicies, gargantas y rocas por
las que estaba viajando.
Mientras Jim
meditaba, envuelto en las crecientes tinieblas, fue apoderándose de su ánimo
una inexplicable repugnancia a proseguir la aventura. Creíase empujado por la
fatalidad a una existencia en la que hallaría más amarguras que en su anterior
vida de fugitivo. No podía desechar la obsesión; necesitaba la luz del día para
restablecer su equilibrio mental.
Muy pensativo,
volvió sobre sus pasos. En su mente surgía el recuerdo de su primera juventud,
de su honrado hogar, y veía las figuras de su madre y de su hermana, que ya no
eran más que sombras de un lejano pasado. Todos, hasta los más empedernidos
ladrones, tienen estas lagunas en la memoria, donde dormita la conciencia
durante largo tiempo, y despierta inesperadamente de vez en cuando… La vista de
sus compañeros, que envueltos en sus mantas dormían sin preocupaciones, disipó
la visión. Pero Jim se acostó con un deseo, que de haberlo seguido, habría
montado en su caballo, lanzándose a galope hacia lo desconocido.
A la mañana
siguiente, le parecía haber tenido una descabellada pesadilla, pero no
recordaba detalles. En aquellos días había fumado mucho, y las fuertes bebidas
que Hays traía consigo no eran lo más adecuado para calmar los nervios. Jim
encontróse frente al dilema de aceptar la peligrosa compañía de aquellos
hombres, o volver a su vida de lobo solitario. Por el momento, escogió lo
primero.
A pesar de la
abundancia de agua y pastos, habíanse escapado algunos de los caballos de
carga. Brad trajo los restantes, siendo recibidos por Hays con un chaparrón de
palabrotas. Esto retrasó un poco la salida; no obstante, el jefe aseguró a Wall
que aquella misma tarde llegarían al Rancho de la Estrella.
El camino se
alargaba por una amplia garganta llena de fresca vegetación, teniendo las
montañas delante como masas de negras nubes. Alegróse Jim de salir por fin del
interminable cañón hacia otra zona, donde terminaban las laderas de las
montañas. ¡Por fin los cedros…! ¿Puede haber jinete a quien no gusten los
cedros? En los hermosos árboles de verde follaje y purpúreas bayas, encuentra
protección contra el frío y el viento, a más de suave y saludable fragancia.
Pero mirando atrás,
olvidóse Jim del mágico panorama. ¿Era posible que hubiera salido vivo de aquel
espantoso abismo? Hays, poniéndose a su lado, dijo:
—Espérate un poco,
Jim. Todo esto que ves no vale nada. Espera hasta que demos la vuelta. Entonces
verás lo que es bueno.
Siguieron avanzando
juntos. El camino era ancho, y pronto descubrió Jim varias huellas recientes,
que venían del Noroeste. Hays no tardó en verlas también:
—Parece que abundan
los jinetes en el bosque —murmuró Hank.
—¿Cuánto tiempo
hace que te marchaste? —preguntó el joven.
—¿Del rancho…?
Veamos… Hará un par de semanas… ¡Demasiado tiempo, voto al diablo…! Herrick me
envió a Gran Unión, y a la vuelta di un rodeo, pasando por Río Verde.
—¿Esperabas
encontrar allí a Brad y Happy?
—Seguramente, y
algunos otros más, pertenecientes a mi banda. Tú los substituirás con ventaja.
—Espero no
decepcionarte —contestó secamente Jim.
Estoy seguro de
ello… Pero yo estaría más a gusto, Jim, si me hablaras con franqueza, para
saber quién eres y qué eres.
—Hays, yo no te he
pedido que me admitas.
—Bien dices,
muchacho. En cuanto a mí, creo que todos saben quién es Hank Hays…; si hasta
han puesto mi nombre a una ciudad: Hankville.
—¿A una ciudad…?
Jamás la he oído nombrar.
—Bueno…, cuando
digo una ciudad… Pero ahora sólo se compone de unas cuantas barracas, la
primera de las cuales la construí con mi padre, ya hace bastantes años. Mi
viejo, en su edad avanzada, se hizo explorador, y siempre había sido mormón. Yo
nunca he tenido nada de mormón. Allí vivimos algún tiempo; yo me dedicaba a
recorrer a caballo las montañas, y llegué a conocerlas como la palma de la
mano, excepto las inmediaciones del desfiladero del Dragón Negro, y ese
condenado agujero del Diablo Sucio. Mi padre fue asesinado por los cuatreros.
—Supongo que no te
dedicas a eso; pero ¿cómo has llegado a desempeñar tu actual profesión?
—¡Ja…! ¡Ja! ¡Actual
profesión…! Eso me gusta, pero, vamos, Jim, ¿a qué eres que me dedico?
—Si he de juzgar
por lo que he visto, me parece que a aligerar al prójimo de lo que le sobra en
los bolsillos.
—Muy finamente
expresado, Jim. Me molesta que me tomen por un vulgar ladrón… En otro tiempo yo
era un hombre honrado… y ha sido una mujer la que ha hecho de mí lo que soy.
¡Por eso las aborrezco!
—¿Estabas casado?
—preguntó Wall con interés.
—Eso era lo peor
del asunto —contestó Hank sin ganas de llevar más lejos la confidencia.
—Pues mi historia,
Hays, si no tan triste como la tuya, tampoco es propia para atraerse la
simpatía.
—Ya me había dado
en la nariz que tú escondes algo —observó Hays sacudiendo la cabeza—, y seguro
estoy de que Jim Wall no es tu verdadero nombre… Para aquí cualquiera es bueno…
No temas contarme tu historia, ahora, o cuando quieras.
—Gracias, Hays. En
la soledad se hace uno muy cauto. Piedra movediza no cría musgo.
—Pues yo prefiero
estar rodeado de enemigos a verme solo… No puedo soportar la soledad por largo
tiempo.
—¿Por eso aguantas
a Lincoln? No puede negarse que a veces te peina al revés.
—Sí… Brad es un
malhumorado bribón, pero tiene sus buenas condiciones, aunque no se ven en
circunstancias como éstas.
Jim no pudo evitar
el hacer conjeturas acerca de qué circunstancias serían las más favorables para
presentar a Lincoln Brad por el lado bueno, y no pudo dar con ellas. El camino
hízose más estrecho, imponiendo la fila india, y, por consiguiente, la separación
de los jinetes.
La mañana estaba
fresca y hermosa. El ambiente, embalsamado por el aroma de la salvia, que
parecía descender para encontrarse con ellos. Chillaban las azulosas chovas,
los sinsontes cantaban melodiosamente y los halcones revoloteaban sobre las
laderas. Por entre los cedros, triscaban los corzos. En las tierras del Rancho
de la Estrella debía abundar la caza. Pensando en el nuevo rancho, opinaba Jim
que no duraría mucho su prosperidad.
Llegaron a la zona
de las colinas, donde la vegetación hacíase más feraz. Las azuladas lagunas al
pie de los peñascales, eran la mejor prueba de que había empezado el deshielo.
La vista de Jim, restringida durante muchas horas, no estaba preparada para encontrarse
con el espacio libre al volver una esquina. Asombrado por la magnificencia del
paisaje, hubiera detenido su bayo en el mismo sitio, al no observar que Hays le
esperaba un paso más adelante, mientras los otros desaparecieron con los
caballos tras una grisácea muralla de roca.
—Bueno, compañero,
esto es Utah —y en la voz del ladrón vibraba una nota de orgullo—. Te informaré
brevemente: Ya ves cómo los pies de las colinas descienden al amarillo y al
gris. Aquella mancha verde es Hankville. Dista de aquí cuarenta millas de carretera,
es decir, menos que el vuelo de un cuervo, y la especie de colosal cazuela
rayada que está más allá, son las rompientes del Diablo Sucio. ¡Figúrate! Un
diámetro de setenta millas. Ése es el terreno que nadie conoce. Mi padre me
dijo que había allí cavernas dignas de ser vistas. Bueno… Allí donde el verde
empieza a trepar a las alturas, es ya la salida de ese infierno. Más allá se
extienden pradera tras pradera, casi hasta Río Verde.
El silencio de Jim
era el mejor elogio. No podía encontrar palabras con que expresar su
admiración.
—Vamos a echar una
mirada por la región de los desfiladeros —prosiguió Hays extendiendo su largo
brazo—. Ahí tenemos doscientas millas de roca viva, constantemente azotada por
la lluvia y los vientos. ¿Ves aquellas hebras de plata entre el gris de las
piedras? Son los ríos.
El Verde y el
Grande se unen para formar el Colorado a unas sesenta millas de donde estamos.
Mira cómo se ve dónde se juntan las cintas… Cuando viajaba con mi padre, estuve
en Escalante, San Juan, Noki y Piute. Pero ya no sabría ir a ninguno de esos
sitios. Oímos hablar de grandes puentes de piedra echados sobre los
desfiladeros, mas no llegamos a verlos; tan sólo los indios saben dónde están.
»Esa montaña que
está al frente y tiene la cima redonda, es Navajo. Y ahora, vuelve la cabeza,
Jim. ¿Ves aquella línea negra que con tanta regularidad corta el horizonte? Es
la meseta del Caballo Salvaje. Tiene setenta y cinco millas de largo, sin
contar las estribaciones de las Henry. Desfiladeros a cada lado, y pocas millas
de anchura. Se extiende hasta la región de los desfiladeros, que hace parecer a
nuestro Diablo Sucio como un rancho mormón lleno de zanjas para riego. Nadie
conoce esa comarca, Jim. Mi padre me aseguró que sólo unos pocos mormones
habían llegado a la cúspide de esa meseta. ¿Qué te parece mi tierra?
—Asombrosa… No
puedo decir más.
—¡Ajajá! Celebro
que no seas tan descontentadizo como Lincoln. Tú y yo nos entenderemos bien. Y
ahora miremos más cerca: éstos son los Montes Negros, llamados también Orejas
de Oso, y ese macizo de peñas que atraviesa el valle es Rocas Rojas. Poco a
poco las irás conociendo todas. En cuanto el camino dé la vuelta, veremos el
rancho de Herrick; consta de unas treinta millas de tierra. Pongámonos en
marcha, porque ya estoy deseando echarle la vista encima.
Pero Jim permaneció
a la zaga, tratando de comprender las desconocidas impresiones que le
embargaban y hacían latir sus sienes. ¿Había atravesado solo casi todo el
salvaje Oeste para dejarse dominar por los nervios?
Trataba el mozo de
abarcar el espectáculo que sus ojos contemplaban, diciéndose que ya se
familiarizaría con su grandeza, mas por el momento temblaba como si estuviera
al borde de algo que habría de decidir su destino, y sentíase impotente para
dominar sus sensaciones.
Con la mirada
perdida por el grandioso horizonte, monologueó Jim:
—Por estos
escarpados vericuetos, encontrará Hays alguna vez su guarida de ladrones.
Y poniendo en
movimiento el caballo, prosiguió el camino.
Antes de que
llegara la noche de aquel día, Wall había visto más ganado, paciendo la fresca
hierba del valle, que en todos los grandes rebaños que existían desde Texas a
Abilene, o en las orillas del Río del Viento, en Wyoming. A juzgar por el
primer golpe de vista, habría allí más de diez mil cabezas de ganado vacuno.
Creyó exagerada la descripción de Hays, pero allí estaban los incomparables
pastos, poblados de ganado. Al otro lado del valle extendíase otra depresión
del terreno semejante a la presente, y tal vez otras muchas que al igual de los
rayos de una rueda llegarían hasta las estribaciones de las Henry. Pero ¿dónde
estaba el mercado para tan magna empresa agrícola?
Herrick había
escogido para su vivienda el lugar más pintoresco del valle, aunque tal vez no
fuera el más indicado para la administración de tan vasto negocio. Diez millas
más abajo de la parte alta del valle, extendíase un bosque de pinos hasta la
falda de la montaña. Allí estaba situado el edificio principal, amplio y de un
solo piso, construido con troncos pelados, que amarilleaban a la luz del sol.
Un poco más abajo extendíanse las numerosas barracas, cobertizos y corrales. Un
arroyuelo bajaba espumeante de la montaña, y tras de cruzar el valle, iba a
unir sus aguas con las del río principal de la comarca. Bastante separada de
los corrales y dependencias, veíase una nueva barraca apresuradamente
construida, cuyos huecos aún no estaban cubiertos. El tejado se extendía por
tres lados sobre amplias aberturas, que dejaban ver unas cuantas camas, sillas,
mantas y otros objetos propios de caballista. La espalda de la barraca estaba
apoyada en la misma peña. Jim comprendió que Hays hubiese construido esta vivienda,
mejor que verse mezclado con el restante personal. Desde la entrada del frente
se podía tirar una piedra al arroyo, o pescar truchas. El pinar se extendía
hasta la orilla del arroyo.
Naturalmente, no
había sitio en el valle que estuviera desprovisto de encanto, pero la situación
de aquella barraca era verdaderamente ideal para gente de a caballo. Hays tenía
su corral particular. Cuando Jim se encaminó hacia esta vivienda, su penetrante
vista distinguió varios hombres que, apoyados en la pared, le miraban en
silencio con evidente curiosidad. También observó que había un buen repuesto de
leña almacenada en el portal.
—Ya estamos en
casa, Wall —anunció Hays—, y si no te das por satisfecho, serás muy difícil de
contentar. Agua fresca, abundancia de carne de vaca, ternera y cordero, caza
mayor y menor, mantequilla para las tostadas y leche a discreción. Lo mejor de
todo es que el trabajo no mata… ¡Ja…! ¡Ja…!
—¿Dónde nos
instalamos? —preguntó Jim.
—Tú, en la planta
baja con los demás; yo me reservo la buhardilla.
—Si no te opones,
dejaré ahí dentro la impedimenta, pero prefiero dormir bajo los pinos —contestó
Wall.
Cuando, por fin,
entró éste con su bagaje en la barraca, Hays le dijo:
—Aquí tienes al
resto de mi grupo… Compañeros, os presento a Jim Wall, procedente de Wyoming.
El recién
presentado dio las buenas tardes, y allí acabaron las ceremonias.
Hays púsose en
seguida a conferenciar con los cuatro hombres que allí había, Happy empezó los
preparativos para la cena y Brad ocupóse de su equipaje. Jim instaló el suyo en
un rincón, y después salió para buscar sitio donde dormir. Fiel a su larga
costumbre, originada por una decidida necesidad de estar alerta, prefería
dormir siempre en escondrijos, como los conejos o cualquier otro animal que
necesita protección, y no pensaba desprenderse de este hábito, mientras
estuviera en compañía de Hank Hays y sus secuaces. La impresión que éstos
habían causado en él distaba mucho de ser satisfactoria. El ranchero que tomaba
aquellos cenceños y siniestros bandidos por vaqueros, forzosamente había de ser
muy ignorante del oficio, o tener el juicio trastornado. Esto hacía más viva la
curiosidad que sentía por conocer al ranchero inglés. Por fin encontró un sitio
a pedir de boca, entre dos peñascos. La pinocha cubría el suelo, proporcionando
mullido colchón, y apenas llegaba el murmullo del agua. Jim no habría establecido
sus reales donde el ruido del torrente o cualquier otro pudiera estorbar el
funcionamiento de su fino oído. Aun no contaba con enemigos en la cuadrilla,
pero instintivamente desconfiaba de Lincoln, y es seguro que desconfiaría
también de los otros, a medida que los fuera conociendo. Sólo Hays parecía la
personificación del honor, según lo entienden los ladrones, y Jim había llegado
al convencimiento de que se podían esperar grandes hechos de aquel ladrón.
IV
Hasta la mañana
siguiente no tuvo ocasión Jim de hacer un minucioso escrutinio de los cuatro
miembros del equipo de Hays.
Su primera
impresión fue que ninguno de ellos había sido nunca vaquero, lo que hacía algo
incongruente su presencia en un rancho. Tampoco ninguno de los cuatro cumpliría
los treinta años. Tanto durante el almuerzo como después, en el porche, Wall
conversó largamente con el cuarteto. Aunque no había convivido jamás con
semejantes tipos, sabía cómo tratarlos.
El más viejo, que
llevaba el nombre de Mac, era un hombre de rostro cadavérico, piel viscosa, y
ojos de vampiro. Siempre estaba frotándose y retorciéndose las manos, flacas y
huesudas, pero fuertes.
—¿De dónde vienes?
—preguntó a Wall.
—De Wyoming
—contestó afablemente el mozo.
—Me atrevo a
apostar que eres de Texas.
—Es gracioso que
todos me tomen par tejano, cuando nunca he estado en esas tierras.
—Gracioso no lo es
—replicó el otro con una carcajada—. Al menos para Smoky, ¡ja…!, ¡ja…! Sí, no
cabe duda, tienes facha de tejano.
—Supongo que eso no
me perjudicará aquí, ¿eh? —Al contrario, me atrevo a decir.
Jeff Bridges, un
hombrón macizo, con cabeza de taro y que le faltaría poco para cumplir los
cuarenta, probablemente había sido ranchero o campesino. Tenía maneras bruscas
y francas, y al parecer no era muy largo de alcances.
—Me alegro de que
Hank te haya tomado —dijo—. Hablando en serio, necesitábamos un verdadero
hombre de campo en el equipo.
Sparrowhowk
Latimer, el tercero de los cuatro, se parecía mucho a un cuatrero que Wall
había visto ahorcado: la misma nariz chafada, la misma cabeza pequeña, y los
mismos ajillos de acero.
—¿Conque de la
comarca del Río del Viento? —preguntó este último—. Allí estuve yo hace años.
Ahora estará aquello muy poblado… Antes era comarca poco saludable.
—Hay muchos
ranchos, muchos caballistas… y sheriffs —contestó Jim con desenvoltura—. Por
eso me marchó yo.
—Por aquí no abunda
ese género. Utah puede decirse que está en estado salvaje, exceptuando el Este,
donde están los valles de los mormones.
—Smoky —dijo el
jefe al cuarto miembro: un rubio menudo, ligero, con el rostro y las manos
llenas de pecas, y uno de los ojos, pálidamente azules, defectuoso—. ¿Te
acuerdas de aquel Stud Smith que siempre rodaba por las ciudades que tienen
diligencia y era una especie de fullero?
—No lo he olvidado.
—Bueno, pues una
noche nos pusimos a jugar una partida con él. Me favoreció la suerte, y Stud
llevó tan a mal sus pérdidas, que hizo cuanto pudo por armar bronca. Primero me
quiso matar a mí, después a Jim. Y lo hubiera hecho, si éste no hubiera sabido
imponerse.
—Te felicito, Wall
—dijo con, cierto sarcasmo Smoky, mientras examinaba a Jim con ojos poco
satisfechos—. Ya que tan guapo eres, ¿por qué no tiraste sobre él?
—Nunca he matado un
hombre porque tenga ocasión de hacerlo.
Estas palabras
encerraban una sutil intimación, que probablemente no fue perdida para Slocum.
Los grandes gunmen suelen ser gente tranquila, pacífica y que no busca
disputas, pero su número es escaso comparado con el de los varios tipos de
matones que abundan en los ranchos y las poblaciones fronterizas. No ignoraba
Jim que su respuesta le crearía un enemigo, pues no se podía esperar respeto de
hombres de aquella especie. Resollando como una comadreja, murmuró Slocum
Smoky:
—¿No, eh…?
Corriente. Yo sigo el principio opuesto, y probablemente viviré más tiempo…
Wall, me has causado una impresión desfavorable.
—Gracias por la
franqueza, ya que no por cortesía —respondió Jim—. Sabido es que no se puede
gustar a todo el mundo.
Encarándose con su
lugarteniente, tronó el jefe:
—¿Conque
desfavorable…? ¿Quieres decir qué mil diablos ha hecho para disgustarte?
—No he dicho que me
disguste, sino que la impresión ha sido desfavorable, sin ánimo de ofenderle.
—¡Pedazo de búfalo!
—murmuró Hays con gesto de asco—. No puedes ser buen compañero de un hombre que
te causa esa impresión.
—Lo dicho, dicho
está.
—Smoky, no quiero
rencores en mi cuadrilla. Estoy a punto de acometer la mayor empresa de cuantas
he llevado a cabo, y exijo que haya armonía entre nosotros.
—Hank, estás
chocheando. ¿Armonía en un grupo de hombres desarrollados, todos ellos
endurecidos, amargados y proscritos?
—¡Oye! El que tú
estés fuera de la Ley no es motivo para que nos tomes a mí y a éstos por tus
iguales. No hablo de Jim, porque aún no me ha hecho su confidente.
—Yo no soy un
proscrito —fue la fría respuesta de éste.
—Eso importa poco,
y lo que os digo es que este inglés tiene bastante dinero para traer la Ley a
este rincón desierto si se le antoja. Hank, ya sabes que yo he sido contrario a
nuestra venida aquí, y sigo siéndolo.
—Digo lo propio
—intervino Brad.
—Bueno… Ya pediré
vuestra opinión… cuando la necesite. Pero Smoky refunfuña contra el nuevo
compañero, y eso es más grave… Vamos a ver, Jim, ¿puedes decirnos algo respecto
de tu vida?
—Estoy dispuesto a
contestar, a menos que las preguntas sean de mal género —declaró Wall con
franqueza.
—¿Dirás la verdad?
—preguntó vivamente Slocum.
—La diré… si es que
contesto —repuso con lentitud el joven.
—¿Cómo has llegado
a formar parte de la banda de Hays? —empezó Slocum.
—Con la mayor
facilidad —repuso Wall con desenfado—. Nos encontramos junto al transbordador
que atraviesa el Río Verde. Un tercer viajero reunióse a nosotros, un tacaño
mormón, que por poco ahoga sus caballos para ahorrarse unos centavos. Hank le
atracó.
—¡Así me coman las
pulgas! —exclamó Slocum—. ¡A dos pasos de la ciudad…!, y precisamente a un
mormón.
—Convengo en que
fue una tontería, Smoky, pero no lo pude remediar —declaró exasperado Hays.
—Bueno, antes de
mucho tendrás que buscar refugio en el monte —añadió Smoky en tono desdeñoso. Y
dirigiéndose a Jim, dijo—: Esto explica el porqué te reuniste con Hays, pero
aún quisiera hacer un par de preguntas.
—Suéltalas —asintió
alegremente Jim, comprendiendo que ya no había peligro de ruptura.
—¿Te han echado de
Wyoming?
—No, pero si
hubiera permanecido allí, probablemente habría sacado un palmo de lengua.
—¿Robo de caballos?
Por cierto que el tuyo vale la pena de ser robada.
—No.
—¿Ellas detenido
una diligencia o cosa por el estilo?
—No. En una ocasión
ayudé a robar un Banco, pero de eso hace ya muchos años.
—¡Ladrón de Bancos!
Jim, eres de una clase superior a la nuestra.
—No digas eso. Fue
mi primero y único asalto a un Banco. Dos de los nuestros perecieron. Después
detuvimos un tren y abrimos la caja de valores del correo.
—¿Cuánto cogisteis?
—preguntó Smoky con el mismo interés que se revelaba en la faz de sus:
compañeros.
—Poca cosa. Nada
más que sesenta mil dólares en oro… ¡El trabajo que nos costó transportarlos!
Un suave silbido
atestiguó la admiración de Smoky. Los otros escuchaban con la boca abierta y
Mac frotábase de continuo las manos.
—Éstos, señores
—prosiguió Jim—, son mis únicos hechos como ladrón. No he sido cogido nunca, y
no es ésta la causa que me obligó a salir de Wyoming, pues lo que acabo de
contar sucedió en Iowa. Fue una cuestión personal la que hizo Wyoming
inhabitable para mí.
—¿Mujeres?
—preguntó Hays, mientras su rostro se iluminaba.
—No.
—¿Pistolas?
—sugirió Smoky en tono penetrante. Echándose a reír, contestó Wall:
—Por lo menos, una
pistola.
—Smoky, ya ves que
Wall se ha expresado con franqueza —dijo Hays—. Me parece que ya ha dicho
bastante.
—Conformes —convino
Smoky. Pero aún no estaba completamente satisfecho, quizá consigo mismo.
Hays hizo sonar sus
botas sobre las piedras del porche, diciendo con evidente satisfacción:
—Y ahora,
muchachos, pongámonos a trabajar.
—¡Trabajar…! ¡Mil
rayos! —exclamó Mac—. Pues si estamos con la lengua fuera desde que te
marchaste…
—¿Qué habéis hecho?
—preguntó sorprendido el jefe.
—¿Hecho? Cavar
surcos, mondar vigas, aserrar madera, mezclar la cal, matar bueyes… Decid,
compañeros: ¿hemos hecho algo más?
—Pero es que ahora
sois cowboys —respondió Hays en tono chancero—. Por cierto que Herrick me hizo
una porción de encargos, y como yo no he sido nunca labrador… Jim, ¿entiendes
tú lo concerniente al ganado?
—Desde la A a la Z.
—¡Qué suerte la mía
al encontrarte! Vamos a recorrer el rancho. ¿Quién ha mandado aquí desde que me
ausenté?
—Herrick… Él ha
admitido a Heeseman y su gente. Ésos nos darán qué hacer, Hank. Tendremos que
acabar con ellos antes de hacer nada de provecho.
—Escuchad —dijo
imperiosamente Hays—. Traigo un proyecto entre ceja y ceja…, pero necesito
tiempo para madurarlo.
—¿Cuánto tiempo?
—interrogó Lincoln.
—Aún no lo sé…
Pongamos dos meses… A ese Heeseman no lo puedo tragar. Esta noche tendremos
junta. Ahora voy a ver al amo y vosotros a trabajar. ¡Ja…! ¡Ja…!
—¿Qué he de hacer
yo, Hank? —preguntó Jim.
—Ve a vigilar las
excavaciones.
Jim no perdió
tiempo en cumplir la primera orden que recibía del intendente del Rancho de la
Estrella. ¡De qué monstruoso engaño iba a ser víctima aquel extranjero! El
joven no experimentaba lástima hacia él, pero tenía curiosidad por conocerle.
Evidentemente,
había habido rancheros en el valle antes de Herrick; así lo atestiguaban las
viejas construcciones y corrales, adjuntos a los nuevos. Todo el rancho vibraba
de animación y vida. Jim no recordaba haber oído jamás tantos y tan distintos
ruidos. Todo era una confusión de rebuznos, relinchos, balidos de corderos,
gruñidos de puercos, y el inocente chillido de los pavos. Verdaderamente era
una típica escena de rancho y, a pesar de su excesiva aglomeración, de la
desproporción respecto de un rancho ordinario, tenía un magnífico colorido, era
bullicioso y excitante en extremo.
Jim se hubiera
atrevido a apostar que ningún hombre del Oeste había visto jamás graneros como
el recién construido, que no sabía si calificar de monstruoso o de admirable.
Probablemente los
planos serían ingleses. Si a Herrick no le importaba el gasto, esa clase de
innovaciones mejorarían mucho la finca.
Jim se cruzó con
varios cowboys, sin otro saludo que una palabra o un ligero ademán. Estaba
cierto de saber cómo tratarlos, tanto a éstos como a otros, pues la mayor parte
de su vida de campo la había pasado entre ellos. Los otros…, los de la especie
de Hays y su gente, eran los que le daban más cuidado… Deseando informarse sin
llamar la atención, púsose a hablar con un mozo de cuadra, que resultó locuaz,
y con un viejecito que, según dijo, había sido propietario de un pequeño rancho
que después compró Herrick. Según los informes del anciano ranchero, el inglés
había adquirido todas las propiedades y ganado desde la línea de las Colinas
hasta Limestone. Todos los jinetes y vaqueros de esos pequeños ranchos, estaban
actualmente a sueldo del extranjero. También supo que Heeseman, con su grupo de
diez hombres, había entrado a formar parte del personal. La mayoría de los
verdaderos cowboys eran mormones, y de ahí sacó Jim la conclusión de que no
tardarían en surgir antagonismos entre éstos y los caballistas de más edad y de
dudosa profesión.
De pronto,
encontróse el mozo con Hays, acompañado por un hombre corpulento, florido, muy
rubio y ataviado cual jamás lo estuvo ningún natural del país. Indudablemente
era el inglés. Joven, pues aún no habría cumplido los treinta años, merecía con
justicia el calificativo de guapo.
—Señor Herrick,
éste es el nuevo bracero de quien estaba hablando a usted —dijo Hays con
volubilidad—. Se llama Jim Wall, y procede de Wyoming… Jim, te presento al amo.
—¿Cómo está usted,
señor Wall? —saludó Herrick alargando la mano, que Jim apresuróse a estrechar,
inclinándose cortésmente—. Hays me ha hecho calurosos elogios de usted. Según
parece, tiene usted vasta experiencia en cuanto se refiere a agricultura.
—Sí, señor. Desde
niño he vivido en el campo —respondió Jim, consciente de que los inteligentes
ojos azules le sometían a un detenido examen.
—Hays me ha
propuesto que le nombre a usted capataz.
—Procuraré hacerme
digno del cargo.
—¿Es usted mormón?
—No, señor, soy de
familia metodista.
—¿Casado?
—No, señor.
—Veo que tiene
usted mejor educación que la mayoría del personal, y una de sus obligaciones
será llevar los libros. Están en una confusión espantosa; declaro que soy una
calamidad para las cuentas.
—Señor Herrick, si
no tiene usted los comprobantes de los sueldos, compras de ganado, vituallas,
etc., no será fácil ponerlos en orden; no obstante, trataré de hacerlo, pues
ese trabajo no es nuevo para mí.
—Eso mismo le decía
yo al amo —intervino Hays—. Estoy seguro de que Jim lo hará como las propias
rosas.
—Según tengo
entendido —prosiguió Herrick—, el capataz es el que manda sobre todos los
caballistas del rancho, y siendo esta vida campestre casi desconocida para mí,
celebro mucho tener un capataz de confianza y experto. En las ciudades de Gran
Unión y Lago Salado me advirtieron de lo poco adecuado que era esta comarca
para emprender en ella la cría de ganado. El inconveniente consiste en que las
montañas de Henry son el punto de reunión de varias bandas de cuatreros. El
hecho ha sido confirmado por los rancheros a quienes he comprado tierras y
rebaños. Esto me sugirió la idea de tomar algunos buenos gunmen junto con los
vaqueros. En Gran Unión me indicaron a Hays como el hombre más duro y osado de
todo el Oeste de Utah… No trato de lisonjearle a usted, Hays, pero: estas
referencias, ¡por Júpiter!, fueron muy satisfactorias para mí. Mis
proposiciones llegaron hasta Hays, y éste se comprometió a actuar…, ya
comprenderá usted, en la capacidad de tope entre mis intereses y esos
cuatreros. Otros hombres, con reputación suficiente para tener a raya a los
ladrones, se me han ofrecido espontáneamente…, y yo he tomado a Heeseman y sus
compañeros. ¿Qué le parece a usted mi idea, Wall?
—Que no es
original, señor Herrick —contestó Jim con franqueza, viendo la impresión que
causaba en el inglés.
—Se ha empleado en
varios casos, hasta el punto de que en algunos se ha intentado coger a un
ladrón por medio de otro ladrón. Pero su valor depende de su eficacia. Por el
presente, no creo que necesitara usted hacer el gasto, y me atreveré a decir,
correr, el riesgo de contratar a Heeseman y su banda.
—El gasto carece de
importancia; el riesgo…, ¿qué quiere usted decir con eso?
—Entre nosotros,
tengo fundadas razones para creer que ese Heeseman capitanea la más importante
partida de cuatreros de las montañas Henry.
—¡Cuerpo del
diablo…! ¿Qué me dice usted…? Es muy notable… Justamente, Heeseman dijo lo
mismo respecto a Hays.
Jim, que esperaba
esta respuesta, apresuróse a añadir:
—Hays matará a
Heeseman por haber dicho esas palabras, pero, naturalmente, no mientras esté a
su servicio. Me parece muy importante, señor Herrick, que conozca usted algunas
costumbres del Oeste. Hay mucha diferencia entre un atrevido jinete, que juega
fuerte y tiene buena puntería, y un cuatrero, aunque un cuatrero puede ser
también lo otro. A éste se le conceptúa de esfera más baja. El padre de Hank
Hays fue un explorador mormón, y su hijo nunca ha traficado con ganado vacuno,
sino con caballos. Si va usted desde Río Verde a Moab, oirá usted decir a todos
que Hays nunca ha sido cuatrero.
—Yo he tomado a
Hays sin más garantías que su palabra —contestó el inglés—. En cuanto a
Heeseman, me parece un perfecto majadero.
—Bueno, señor
Herrick, no se preocupe usted —dijo en tono suave Hays—. No deja de ofenderme
lo que de mí ha dicho Heeseman en presencia de usted, mas, por el momento, no
me daré por entendido. Dejemos que ese tunante obre a su antojo, hasta que le
pillemos con las manos en la masa. Entonces, si corre la sangre, la culpa no
será de usted.
—Mientras tanto, es
preciso ir conociendo el terreno —añadió Jim—. Una finca como ésta necesita
mucha previsión. No conviene que venda usted ni un toro en todo el verano.
—¿Vender…?
Actualmente no hago más que comprar.
—Eso facilita
nuestra tarea —observó con veracidad Hays—. ¿Hay algo nuevo respecto al negocio
que tenía usted pendiente en Gran Unión?
—Sí, he recibido
ayer la respuesta —contestó el opulento ranchero—, y tengo que enviar una carta
a la ciudad para cerrar la transacción. ¡Por Júpiter…! Esto me hace recordar…
He recibido unas líneas de mi hermana Elena… Ya ha salido de San Luis… Viene por
la ruta de Denver, y llegará a Gran Unión sobre el 15.
—¡Ah, sí…! Ya
recuerdo… Tiene usted una hermana que está para venir —observó Hays algo
violento.
—¿Se trata de una
niña…, si no es indiscreción? —preguntó Jim.
—De una joven…
Elena ha cumplido veintidós años.
—Vendrá para hacer
una corta visita, ¿eh? —preguntó a su vez Hays.
—¡Por Júpiter!,
probablemente se prolongará mientras le dure la vida —anunció Herrick en tono
jovial—. Elena quiere establecer su hogar en el Rancho de la Estrella, Unos
amigos nuestros, que son rancheros en Colorado, han sido la causa de mi venida
aquí. Mi hermana y yo carecemos de familia, excepto algunos parientes lejanos.
Siempre hemos estado muy unidos, y será una alegría para mí, si logra
aclimatarse en este desierto.
—Usted sabrá lo que
hace —contestó Hays sin entusiasmo—; pero Utah no es sitio propio para una
señorita.
—¿Por qué…? ¡Por
Júpiter…! Seguro estoy que le gustará mucho.
—Una vida muy
dura…, hombres muy toscos…, carencia de mujeres… Dispense la pregunta, señor
Herrick: ¿Su hermana goza de buena salud?
—Ésa es cualidad
propia de todas las muchachas inglesas. Es muy robusta y monta a caballo como
un tártaro… Es de suponer que en un par de días hará andar a todos de cabeza.
—Cualquier muchacha
de buen palmito haría otro tanto, señor Herrick —observó Hank en tono de
resignación—. Pero, Jim y yo, sólo garantizamos el tener a raya a los
cuatreros.
—¡Por Júpiter!
—exclamó riendo el inglés—. También tendrán ustedes que entenderse con toda esa
tropa de cowboys mormones. Otra cosa: ¿podrían hacer el camino hasta Gran Unión
en un solo día?
—Seguramente, si
contamos con un coche y un buen tronco —respondió Hays.
Jim Wall no lograba
substraerse a una impresión indefinible y deprimente.
El coloquio fue
interrumpido por un grupo de cowboys que llevaban una manada de becerros a los
establos. Cuando hubieron pasado, Herrick reanudó el paseo con Hays, dejando a
Jim entregado a sus propias iniciativas.
Éste dio una vuelta
por los corrales, cruzó las inmensas praderas salpicadas de ganado, y el límite
del paseo fue el tinglado del herrador, hombre jovial y comunicativo, cuyo
apellido era Crocker. Pertenecía al número de los rancheros que todo lo habían vendido
al inglés, pero él no era mormón. Sin duda, él y sus asociados en el negocio
del ganado se habían aturdido ante la desconcertante irrupción del inglés en el
tranquilo valle, pero, en honor a la verdad, no ganaron mucho con el cambio.
Desde la herrería,
Jim tomó el camino alto, que le condujo al espacioso: rancho. Tan reciente era
su construcción que aún olía la resina de los pelados troncos y los altos
pinos, y la vista general del hermoso valle causó al joven una vaga y nimia
sentida impresión de envidia. ¡Qué feliz sería el que pudiera establecer su
hogar en aquellos sitios y contemplar con serena mirada la vastísima propiedad,
cuyos límites se extendían hasta el desierto! Esa dicha no la conocería nunca
Jim Wall, a quien el Destino condenaba a una eterna vida errante.
La hermana del
inglés —esa Elena Herrick— llegaría dispuesta a tomar cariño a este salvaje y
remoto valle, mas por mucho que le gustara el reunirse con su hermano y
disfrutar de la primitiva vida del Oeste, semejante visita no podía menos de
acabar en tragedia. De antemano, la idea aterraba a Jim. Una mujer, sobre todo
si es joven y guapa, siempre es causa de desasosiego para los hombres, aunque
por el momento: Jim sólo pensaba en ella. ¡Qué gente tan singular eran los
ingleses! Recordó a un hijo de: la Gran Bretaña que paseaba su pulcro traje de
etiqueta por las timbas de la ciudad fronteriza llamada Abilene jamás había
encontrado Jim adversario más frío ni temible con los naipes en la mano.
Herrick tenía cierto parecido con él, mas bajo un aspecto que denotaba el
orgullo de una brillante posición, en lugar de abyección y miseria. ¿Cómo sería
la inglesa? Veintidós años, robusta, buena amazona, probablemente hermosa, y
casi de seguro rubia como su hermano, y Jim calculaba mentalmente los rufianes
que estaban a sueldo de Herrick. ¡Dieciocho! Más, porque, incluyéndose a sí
mismo llegaban a diecinueve.
Le repugnaba la
perspectiva de ser cómplice, aunque involuntariamente, de la desgracia de una
mujer. Pero en los últimos años, ¡eran tantas las cosas que había hecho a
disgusto…! ¿A qué rebelarse contra las circunstancias? Hank Hays le había
proporcionado una buena colocación, y debía darse por satisfecho. Los mendigos
no deben ser descontentadizos, ni escrupulosos los ladrones. Sin embargo…
Púsose en marcha
para que el ejercicio diera nuevo giro a sus pensamientos. Evitando el echar
otra larga mirada al vasto espacio que tenía delante, exquisitamente claro por
lo diáfano de la atmósfera, metióse por un empinado atajo, que: en breve le
condujo: al llano, y desde allí tomó el camino hacia la amplia barraca de Hays,
satisfecho y descontento, a partes iguales, por lo que había visto y oído
aquella mañana.
V
Jim pasó la tarde
sobre la silla de su caballo, familiarizándose con el valle que rodeaba la casa
y dependencias del rancho.
El galopar sin
preocupaciones era un placer que desde mucho tiempo atrás no había gustado, y
le pareció uno de los principales, alicientes, del Rancho de la Estrella. El
camino que había tomado le llevó al campamento de Heeseman, un grupo de sucias
tiendas de campaña y un carromato, situados en la orilla opuesta del riachuelo.
Éste, por aquellos sitios, era muy pedregoso e infranqueable. Un camino cruzaba
el campamento, en recta dirección hacia la hendidura del valle y a las
estribaciones de las montañas de Henry. Éste era el camino principal de Gran
Unión; a unas cincuenta millas largas de distancia. Jim, por pasar el tiempo,
detuvo el bayo junto al carromato, en cuya parte trasera un hombre corpulento
pelaba patatas.
—Buenas tardes
—dijo con urbanidad—. ¿Es este el campamento de Heeseman?
—Buenas las tenga
—contestó el cocinero mirándole con curiosidad—. Apéese y entre, si quiere,
pero el jefe no ha vuelto aún del campo.
—Entonces no puedo
esperar. Antes de que anochezca he de estar en la barraca de Hays… ¿Quiere
usted decirle a Heeseman que había venido para saludarle? Soy Jim Wall,
procedente de Wyoming.
—¿Jim Wall…? ¡Vaya
si se lo diré! Ninguno de los del equipo de Hays ha hecho otro tanto.
—Son un hato de
brutos… En mi tierra no somos así.
Jim regresó pasando
por las calles formadas por las barracas de los cowboys. La mayoría de éstos
eran muchachos que apenas llegaban a los veinte años. Los que estaban a las
puertas le miraron con disimulado desdén, cuchicheando después entre ellos. Al
llegar al corral inmediato a la casa de Hays, desensilló el bayo, dejándole
libre como los demás caballos. Él se aligeró también, pero tomó su Winchester.
Hays le saludó
desde el banco del porche, en el que estaba sentado con varios de sus hombres.
—¿Dónde has estado,
Jim…? ¿Dando un vistazo por el campo?
—Sí; montones de
ojeadas, como diría un indio. Me detuve para dar las buenas tardes a Heeseman,
pero no había, regresado aún al campamento.
—Está visto, Jim,
que tienes los nervios bien templados. Ahora mismo estaba diciendo a éstos lo
simpático que has sido al amo.
—¡Venid y llenad el
buche antes de que vengan los otros! —chilló alegremente Happy desde el
interior.
Sus palabras
produjeron inmediato revuelo. Jim, sin apresurarse, entró el último, justamente
en el momento en que Smoky estaba a punto de sentarse en su banquillo de madera
situado a un extremo de la larga mesa. El joven separó el banco de un puntapié,
y, simultáneamente, Smoky dio con su cuerpo en tierra, quedando en ridícula
postura. Entre el coro general de carcajadas, las de Hays fueron las más
ruidosas.
Levantóse el
hombrecillo frotándose la parte lastimada, y se encaró con Jim, vociferando:
—¿De qué te sirven
los ojos? Accidentes como ése han costado la vida a más de cuatro torpes como
tú.
—Smoky…, no quiero
mentir —contestó Jim riendo—. No ha sido accidente.
—¿Quieres decir que
lo has hecho adrede?
—Le pegué una
patada al banquillo… No me pude contener… Lo mismo habrías hecho tú.
—¡Así me…! —exclamó
Smoky, enfurecido—. Conque tenemos un bromista en la banda, ¿eh? Pues mucho
ojo, señor de Wyoming, algún día que estés tú sentado, le pegaré fuego al
asiento… Reíd cuanto queráis, borricos, pero ninguna gracia tiene… Por poco me
rompo los dientes.
Hays fue el último
que dejó de reír; indudablemente le había parecido graciosa la broma de Jim.
Después dio un vigoroso asalto a la cena preparada por Happy, y al terminar
ésta, dijo:
—Compañeros, vamos
a celebrar junta. Recoged la mesa, venga otra lámpara y dad cartas; pondremos
aquí algún dinero, y en el caso de que alguien meta las narices, diremos que
estamos echando una partidita. Pero, en realidad, la partida va a ser la más
importante de cuantas se han jugado en Utah.
Así fue cómo Jim
Wall tomó parte en la junta en que una banda de ladrones discutió los medios de
arruinar a un ranchero inglés, rico y excéntrico.
—Hablemos todos
bajo —ordenó el jefe—, y uno de nosotros que vigile la puerta de vez en cuando,
no vaya Heeseman a ser lo bastante listo para enviar un soplón por aquí…
¡Happy…!, desentierra la caja de cigarros que he reservado para esta ocasión.
—¡Cigarros!
—exclamó Smoky.
—Hank, obséquianos
con champaña —propuso Lincoln.
—Nada de bebida,
muchachos —respondió el jefe—. Aquí somos gente formal. No se bebe, ni se
juega, ni se disputa, ni se pelea. El que no esté conforme con este programa,
puede tomar la puerta.
Los ladrones,
dominados por tan fría decisión, y atraídos por la esperanza del lucro,
permanecieron inmóviles.
—Corriente
—prosiguió Hays—. Sin que sea necesario decir por qué, habéis de saber que he
cambiado de opinión respecto a la marcha de este negocio. Hemos de apresurar su
conclusión.
Jim creyó adivinar,
como a la luz de un relámpago, la causa de este súbito apresuramiento. Hays era
más profundo de lo que a primera vista parecía.
—Herrick calcula
que su ganado puede apreciarse en diez mil cabezas, pero yo, que he comprado
varios rebaños para él, lo aprecio por lo menos en dos mil cabezas más. ¡Vaya
una manada, compañeros…! ¿Se puede conducir en totalidad?
—¿Somos acaso un
grupo de cowboys? —preguntó con desdeñoso tono Lincoln.
—No, ni tampoco
hemos sido jamás cuatreros, ya lo sé —resumió el jefe no menos
sarcásticamente—. Si no sabéis más que decir gansadas, lo mejor será que
cerréis el pico… ¿Hay alguno entre vosotros que tenga a menos el ayudar a un
negocio en que se trata de doce mil cabezas, a cuarenta dólares cada una?
El silencio
evidenció que no habla ninguno.
—Corriente y me
alegro… Pero ¿se puede conducir tan numeroso rebaño? —Esta vez la pregunta de
Hays fue directamente dirigida a Jim.
—¿Qué distancia ha
de recorrer? —preguntó el mozo.
—Unas cincuenta
millas, hasta encontrar compradores que paguen bien y no hagan preguntas.
—Se puede en tres
días, si contamos con ocho jinetes bien montados, y que no necesiten combatir.
—¡Ah! —exclamó
Smoky por todo comentario, lanzando una bocanada de humo.
—Tendríamos que
pelear… tan seguro como que existe el invierno… Y la banda de Heeseman es más
fuerte que la nuestra.
—Pues no vale la
pena robar para que otra partida se lleve el provecho —murmuró Brad.
—Convengo en ello
—asintió con viveza Hays—. No me entusiasma la idea… pero ¡es tan
endiabladamente fácil…!
—Jefe: escucha lo
que voy a decir —propuso Smoky—. Gran parte de las reses del rancho se alejan
por las praderas abajo, hasta unas veinte millas de distancia. Varios de
nosotros, digamos cinco, podríamos despedimos del inglés, y escondemos por
aquellos lugares. Mientras tanto, tú vas a Gran Unión y te arreglas para
encontrar compradores que quieran adquirir semanalmente un rebaño de mil o dos
mil cabezas, y nosotros los iremos llevando mientras no se descubra el pastel.
Tú eres intendente, y Wall, capataz; podéis disponer que los vaqueros no se
alejen del rancho.
—Tu idea me parece
excelente, Smoky —aprobó Hays—. Pero ¿y Heeseman?
—Cierto, a ése no
podremos ocultarle…
—Habrá: que
suprimir ese estorbo.
—Quitemos de en
medio toda la pandilla.
Hays sacudió su
enjuta cabeza, descontento de todas estas proposiciones.
—Poco a poco,
muchachos. Si buscamos camorra a la otra banda, es seguro que alguno de los
nuestros morirá, y varios quedarán inútiles. Entonces no podremos hacer nada.
Me parece mejor que uno de nosotros mate a Heeseman.
—¿Te encargarás tú
del trabajo, Hays?
Jeff Bridges
apresuróse a contestar:
—Naturalmente, será
Smoky, a menos que sea Brad.
—Ni uno ni otro
—fue la respuesta del jefe—. Sin despreciar a Smoky ni a Lincoln, he de
confesar que no me sirven para el caso. Jim es el hombre que necesitamos.
—¿Puede saberse por
qué? —preguntó Smoky con voz alterada. Hubiera sido difícil precisar si se
encontraba ofendido o celoso.
—Por dos razones:
la primera, porque Jim nos gana a todos con la pistola en la mano, y la
segunda…
—¿Cómo lo sabes?
—interrumpió agriamente Brad.
—¡Fuego del, infierno!
—estalló Hank, súbitamente enfurecido—. ¿Queréis probarlo vosotros mismos…? Así
tendré dos hombres menos en la cuadrilla.
La salvaje fiereza
de esta réplica impuso silencio a todos, y Jim comprendió que Hays era un jefe
lo bastante enérgico para mantener a raya al susceptible Smoky y al taciturno
Brad.
—No te incomodes
con nosotros —dijo Mac tomando por primera vez la palabra—. Harto sé que nos
aprecias a todos y que nunca has tenido favoritos.
—Jim, estoy seguro
de que para ti será un verdadero asesinato el «sacar» la pistola para Heeseman
—observó Hays.
—Diré lo que Brad:
¿Cómo lo sabes? —contestó fríamente Wall.
—Entre las
cualidades de Heeseman no se cuenta la de la buena puntería… Ya sé que ha
matado varios hombres, pero no obstante, apuesto lo que se quiera a que en una
riña quedo yo vencedor. Para estar completamente seguros de su muerte,
enviaremos a Jim. Además, Heeseman no lo conoce.
—Si he de decir lo
que pienso, me parece mejor preparar una celada a la banda en masa —expuso
Lincoln—. Así acabaremos con todos de una vez, o, cuando menos, con la mayoría.
—¡Hum! ¡Prepararles
una celada! —repitió Hays rascándose la mal afeitada barbilla—. Eso me parece
acción muy baja para nosotros.
—Jugamos una
partida decisiva.
—Tal vez podremos
llevarnos seis u ocho mil cabezas de ganado antes de que Heeseman se dé cuenta.
¿Por qué hemos de pelear antes de vernos obligados a ello? No nos expongamos a
tener que internarnos en Diablo Sucio, sin llevar la presa por delante.
La proposición fue
acogida por todos. Sólo el jefe replicó:
—Pero no nos
conviene que Heeseman siga nuestra pista.
—¿Quieres decir
después de dado el golpe? —Seguramente, me refiero a después.
—¿Qué mil diablos
puede importamos eso, una vez tengamos los cuartos en el bolsillo y estemos
camino de la guarida…? Allá no ha de ir a encontramos.
—No acaba de
gustarme la idea, compañeros —dijo evasivamente Hays.
A Jim, que
observaba con atención al jefe de los ladrones le pareció que éste no exponía
todos los detalles de su plan.
—¡Ea! Vaya al
infierno Heeseman, antes o después —exclamó Smoky—. Pongamos mi idea a
votación.
Llevada ésta a cabo
con toda solemnidad, utilizando el tapete como receptor, resultó aprobada la
proposición de Smoky.
—Conformes —dijo
Hays con un suspiro—. Ahora, veamos… Tú, Smoky, mañana mismo forma tu cuadrilla
incluyendo en ella a Lincoln, y te despides. Busca por allá abajo un agujero y
os escondéis. Yo iré a Gran Unión para buscar brazos que os substituyan, y a mi
vuelta os daré instrucciones. Entonces podréis empezar a ir llevando ganado.
—Bueno… ¿Y qué hay
respecto al dinero?
—Los compradores no
me pagarán por adelantado, puedes apostar lo que quieras. Pero te pagarán a ti,
a medida que entregues la mercancía. Da a cada uno de tus hombres lo que le
toque y resérvanos nuestra parte.
—¡Guapo…! Cada vez
me gusta más este negocio —declaró Smoky. La confianza con que se le honraba
parecía pesar poco sobre su ánimo. Sin embargo, Jim estaba seguro de que se
portaría con perfecta honradez respecto a su jefe y camaradas. Por
consecuencia, alguna otra razón debía tener la lealtad que guardaba a Hays.
Este ladrón empezaba a preocupar al joven.
—Necesito saber
dónde estableceréis el campamento —prosiguió Hank—. Lo mejor será que vaya con
vosotros mañana.
—No, tú te largas a
Gran Unión. Ya cuidaremos de que Jim y Happy sepan, dónde encontrar nuestro
campo.
—¿Se nos olvida
algo? —preguntó el jefe con los ojos fijos en el espacio.
—Nada más que
Heeseman —gruñó Lincoln.
—Bueno, aún queda
alguna cosilla…, pero basta por ahora —dijo Hays. Metióse unos cuantos cigarros
en el bolsillo, y arrojando la caja sobre la mesa, añadió:
—Repartidlos con
equidad… Espero que no serán los últimos cigarros de a dólar que fuméis.
La conferencia
había concluido. El jefe acercóse a la encendida chimenea y, sentándose a la
sombra, abismóse en sus reflexiones.
La opinión de Jim
era que el intendente del rancho abrigaba planes mucho más vastos que los
divulgados. Lincoln le dirigió una mirada trena de desconfianza. Los restantes,
que parecían encantados con la perspectiva, fumaban y reían.
—¿Vamos a jugar a
las narices? —propuso Happy. Una tempestad de protestas acogió la iniciativa.
—Jugaré a diez
centavos la carta, pero no quiero que me pongan la trompa como un tomate
—declaró Smoky.
—¿Qué juego es ése?
—preguntó Jim con curiosidad.
—Que te lo explique
Happy.
—Veamos, Happy:
¿Cómo se juega eso?
—Es mucho mejor que
el póquer —contestó el jovial cocinero—. Es muy divertido y se pierde poco
dinero. Se dan tres cartas, y el que está en la izquierda sale, los otros han
de seguirle; si no tienen, van al robo que encuentran… Pero juguemos y ya irás
viendo…
—Hoy no, pero
quiero saber cuándo salen las narices.
—Verás: el que se
queda con más cartas es el que pierde, y los demás tienen derecho a pegarle por
tres veces con las cartas en las narices. Además, tiene que pagar diez centavos
a cada jugador.
—Un juego muy a
propósito para esta banda —observó Jim riendo.
—Cierto, que no
faltan aquí buenas narices en que pegar. Nunca has visto un juego tan bonito.
Jim dio las buenas
noches en general. La última mirada que lanzó a Hays fue de las que dan qué
pensar. Encendió otro cigarro, que se propuso fuera el último durante tiempo, y
salió al raso, dándole vueltas en la cabeza a lo dicho en la junta.
Era una estrellada
noche de primavera con airecillo fresco, que pronosticaba escarcha a la
madrugada. Oíanse ladridos de coyote, y el plañidero y monótono croar de las
ranas, que despertaban profundos ecos en la memoria de Jim. A éste, las noches
le gustaban menos que los días, y aunque había pasado el Rubicón y estaba
voluntariamente comprometido: en tan ilícita empresa, cada vez le gustaba
menos… ¿Sería posible que este ladrón con ojos de besugo tuviera malas
intenciones respecto a la hermana del amo? Jim no podía desechar la sospecha.
Si el hombre era aficionado a faldas, seguramente reaccionaría en cuanto la
ocasión le fuera favorable. Pero tramar algo que no había expresado,
comprometer a su gente en una infamia mil veces peor que robar una manada de becerros,
conducir a su banda a ciegas, tal vez hasta el asesinato o el rapto… ¡No! Hank
Hays era hombre demasiado grande para caer tan bajo. Contaba con la adhesión de
sus hombres… Sin embargo… «¡Condenada muchacha! —murmuró el joven—. ¿Por qué
han de venir siempre las mujeres a trastornar los planes de los hombres?».
Dejóse caer Jim en
su cómoda cama, donde permaneció despierto, escuchando los ruidos que poblaban
las, tinieblas. Hasta las mismas rocas parecían tener voces. La Naturaleza
había dotado al joven de una sensibilidad exquisita, y su roce con la vida le
había endurecido, pero cuanto más, duro se hacía, más tenía que luchar con la
facilidad de sentir, profundamente oculta en el fondo de su corazón.
Al despertar Jim a
la mañana siguiente, vio movimiento y rostros sombríos. Cinco hombres del grupo
de Hays se marchaban, llevándose seis caballos de los de carga y la mayor
parte: de las vituallas. El jefe los siguió con la mirada hasta que
desaparecieron bajo los cedros.
—Bueno —dijo al
perderlos de vista—. Ahora tengo que ir a casa del amo.
—¿Qué pretexto
darás?
—Para el inglés
basta cualquiera, pero Heeseman temo que no sea tan fácil de engañar.
—Perfectamente.
Dile al amo que tu pandilla se ha dividido por mi causa.
—¿Por tu…? ¡Cuernos
del diablo…! No está mal… pero ¿el motivo?
—Smoky y Brad están
muy pagados de su habilidad en «sacar» la pistola, ¿verdad? Dile lo falsos que
son los gunmen de su clase; cómo odian por instinto al verdadero gunman. Y que
Slocum y Lincoln te obligaron a escoger entre ellos y yo. Tú me elegiste a mí,
y ellos se marcharon con sus compinches.
—¡Ajajá…! Así,
cuando el cuento llegue a oídos de Heeseman, éste se figurará que cuando me
encuentre en un apuro entre pistolas, tendré más confianza en ti para
defenderme que en ellos.
—Exactamente…
Procura adornar el tema; Herrick no te comprenderá, de modo que cuanto más
misterioso, mejor.
Al poco rato volvió
Hays a su barraca, muy alegre, y dijo:
—¿Qué dirás que ha,
hecho el inglés? Pues echarse a reír como un loco, y encargarme que busque unos
cuantos hombres con agallas, que no se asusten de Jim Wall.
—¡Ja…! ¡Ja…! Pero
quizá Heeseman no torne la cosa tan a risa.
—Mira, no seas tú
el primero que busque ruido.
—Yo me estaré
quieto, pero si él me provoca…
—Le apagas los
faros —interrumpió con fiereza el jefe—. Y ahora, vamos: a la ciudad… ¡Happy…!
Empaquétame algo con que matar el hambre.
—¿Cuánto tiempo
necesitas para llegar allá?
—Unas ocho horas,
poco más o menos. Me propongo estar de, vuelta mañana por la noche.
—¿No necesitarás,
más tiempo para ponerte en relación con los compradores?
—Casi me atrevo a
asegurar que no.
—Perdona mi
curiosidad, pero no puedo menos de sorprenderme de que ultimes el negocio con
tanta rapidez, no habiendo sido nunca ladrón de ganado, como tú dices.
—Eso, Jim, es
asunto mío. Puede que te lo explique algún día.
—De fijo esos
compradores sabrán que les vendes género robado.
—¡Oh!,
naturalmente.
Cuando Hays hubo
emprendido la marcha, dispúsose Jim a pasar el tiempo lo mejor posible.
—Puede que no nos
aburramos —observó con un guiño Happy—. Tenemos tres rifles y un saco de
municiones a mano. ¡Que vengan si quieren!
Jim estaba casi
seguro de que Herrick daría una vuelta por la barraca, pero la mañana
transcurrió sin que viniera nadie… Hacia la media tarde, aparecieron seis
jinetes que al trote corto avanzaban a lo largo de la orilla opuesta. Al
divisarlos, estremecióse Jim. ¡Cuántas veces había visto lo mismo! Un compacto
pelotón de jinetes con rostros sombríos y montados sobre caballos oscuros… El
espectáculo no podía ser más sugestivo para un hombre de su experiencia.
—Ven acá, Jack
—llamó el capataz—, echa una ojeada hacia el camino.
Happy obedeció con
premura.
—¡Ya están ahí!
—exclamó el cocinero—. Voy a dar una vuelta a la cena, no sea que se queme.
Jim entró un
momento, y volviendo a salir con el rifle, apoyóse negligentemente en un poste
de la empalizada. Cuando los jinetes llegaron al sitio en que la carretera
cruza el riachuelo, y está fuera del alcance de un tiro de pistola,
detuviéronse, menos uno, indudablemente el jefe, que cruzó el puente, y desde
allí gritó:
—¡Eh…! ¿Hay paso?
—¿Qué se ofrece?
—preguntó en el mismo tono Jim. ¿Es hoy buen día para hacer una visita?
—Nosotros estamos
en casa todos los días, hasta los domingos.
El hombre, a quien
Jim, naturalmente, tomó por Heeseman, avanzó con su caballo hasta media
distancia y detúvose de nuevo. Los perspicaces ojos, de Jim descubrieron que la
funda del rifle del visitante estaba vacía, hecho muy significativo. Aún estaba
el jinete demasiado lejos para poder verle la cara, pero la figura era airosa y
estaba acostumbrada a la silla.
En este instante
salió Happy de la vivienda y con descuido dejó un rifle apoyado contra la
pared.
—¿Quién viene a
vernos? —preguntó en voz alta.
—No lo sé —contestó
Jim.
—Soy Bill Heeseman,
y vengo para que hablemos —dijo el recién llegado.
—¿Para que hablemos
amistosamente? —preguntó Jim.
—Eso dependerá de
usted.
—Tómese la molestia
de pasar.
Los cinco hombres
que habían quedado en la otra orilla fumaban sus respectivos cigarrillos,
observando con faz sombría a su jefe, que se había apeado y avanzaba con
perfecta serenidad hacia la amplia barraca.
Jim apoyó su rifle
contra la puerta y echóse a un lado para dejar paso a Heeseman, que sin mirar
atrás subió los escalones. Quitóse un viejo sombrero, dejando al descubierto el
rostro de un hombre que no llegaría a cuarenta años, de piel blanca, pero muy
curtida por el sol, y profundos ojos azules, algo enrojecidos por el viento y
el aire. La expresión era más franca de lo que Jim había esperado. Era
indudable que, a primera vista, Heeseman resultaba más simpático que Hays.
—¿Se puede uno
sentar? —preguntó el cuatrero.
—Está usted en su
casa —respondió Jim tomando una postura menos desconfiada, mientras que el otro
posesionábase de un asiento.
—¿Es usted Wall?
—Ése es mi nombre y
éste es Jack Happy, el cocinero del equipo de Hays.
Heeseman saludó a
Jack con una inclinación de cabeza, a la que correspondió Happy diciendo con
urbanidad:
—Mucho gusto en
conocerle —y se fue a la cocina.
Al quedar solos,
Heeseman recostóse contra la pared, sometiendo a Jim a un minucioso examen que,
a decir verdad, nada tenía de agresivo. El joven no experimentaba ninguna
aversión hacia el hombre que fijaba en él la firme y fría mirada de sus
profundos ojos.
—He oído que es, la
mano derecha de Hays, y que acaba de llegar de Wyoming.
—Lo último, por lo
menos, es cierto.
—¿Son ustedes
compañeros? Hays ha robado por todas partes…
—No tan antiguos.
—Pero ¿le conoce
usted bien? —La pregunta fue hecha en tono más bajo.
—Tal vez no tan
bien como usted —repuso el joven, que de súbito recordó lo superficialmente que
conocía a Hank.
—Pues voy a decirle
algo que le importa saber.
—Heeseman, no gaste
saliva en balde —objetó Jim, impaciente. Había contestado lo que debía, pero la
impaciencia le devoraba.
—No acostumbro a
gastar mucha —contestó el otro— y si no fuera usted recién llegado a Utah, me
habría ahorrado la molestia. Usted creerá lo que le voy a decir.
—¿Por qué he, de
creerlo?
—Porque es la
—verdad.
No había argumento
que oponer a esto. Además, la verdad resplandecía en las miradas de los
hundidos ojos y, principalmente, en la ligera alteración de la voz, que
delataba antiguos resentimientos y justicia.
—¿Le ha dicho a
usted Hays que soy un cuatrero? —Me parece haberle oído algo por el estilo.
—¿Le ha dicho
también que en un tiempo fuimos compañeros… y que él me hizo traición?
—¡No!
—¿Puede usted darme
su palabra de que lo dicho no le da qué pensar?
—En realidad, no
puedo darla —contestó Jim profundamente interesado, a despecho del antagonismo
que se había propuesto sentir.
—Bien… Dejemos las
cosas así —observó fríamente Heeseman—. Muy agradecido a su cortesía, y si le
pica la curiosidad, venga a verme.
Levantóse estirando
su aventajada figura, montó a caballo y salió al trote, dejando a su
interlocutor más sorprendido que nunca. Happy salió a la puerta a tiempo de
verle reunirse con sus camaradas, y emprender juntos el regreso al campamento.
—Corta ha sido la
visita. Más vale así. ¿Qué quería? —Así me condene si lo sé…; tú ¿no has oído
nada?
—No… Yo me dije que
cuanto menos oyera, mejor… Así no me mareará Hank a preguntas. Pero me parece
que tengo una idea del motivo de su venida.
Jim, sin apurar la
cuestión, llevó el rifle al interior de la barraca, un tanto avergonzado de la
excesiva precipitación con que lo había exhibido. Tenía que esforzarse por
dominar la curiosidad que le impelía a correr tras de Heeseman. Más tarde, el
cocinero salió con la esperanza de cazar un corzo, y Jim quedóse, de guardián
de la casa, hasta que al anochecer volvió Happy, jadeando bajo el peso de la
carga.
—Me gusta la caza
—dijo Jack depositando la res en el porche—. Voy a desollar un jamón y colgaré
el resto de la pieza para mañana.
Terminada la cena,
Jack encendió un cigarro, dando rienda suelta a su locuacidad, que Jim, escuchó
en silencio. Evidentemente, éste se había cantado las simpatías: del cocinero.
Al poco rato, despidióse Jim y se, fue a la cama, no: porque tuviera sueño, sino
para no correr en busca de Heeseman.
¡Cuántas noches
llevaba pasadas en vela bajo los oscuros árboles! Los pensamientos que suelen
atormentar la conciencia del hombre que marcha por mal camino, turbaban con
frecuencia su reposo; sin embargo, su antigua preocupación sobre el mañana se
sobreponía a sus sentimientos. Los hombres de este tipo suelen ser un compuesto
de instintos contradictorios que los impulsan a la propia conservación.
Sin ambages ni
vacilaciones, Hays se había declarado enemigo de Heeseman; con desdeñosa dureza
indicó la conveniencia de suprimir el bando contrario. Pero Heeseman había
estado muy hábil.
Sin duda alguna, su
propósito había sido quebrantar el prestigio de Hays a los ojos de su
lugarteniente, y unas cuantas palabras bastaron para conseguirlo. Poco le
importaba que Hays hubiera sido: cuatrero, ni que hubiera sido, o fuera aún,
mormón, pero el que no procediera con lealtad con un compañero… eso le llegaba
al alma.
Jim se hallaba por
demás perplejo. Él nada sabía de los mormones, pero le iban pareciendo gente
muy misteriosa y poco de fiar. Lo dicho por Heeseman dio nuevo pábulo a una
incierta sospecha, y aún no disipada en la mente del joven: que Hank Hays
abrigaba malas intenciones respecto a la hermana de Herrick. Tanto Heeseman
como Hays, seguramente, sabían desde tiempo atrás que se esperaba en los
próximos días la llegada de la señorita inglesa.
Suponiendo que así
fuera, ¿qué le importaba a él? Nada, sino que, perteneciendo a la banda de
Hays, tenía derecho para pedir cuentas de lo que se iba a emprender. El robar
ganado, no siendo con exageración, era negocio casi legitimado por la
costumbre. Los primeros rancheros de Texas aceptaban como cosa corriente sus
pérdidas comunes, y sólo el incremento que la impunidad dio a estos robos les
obligó a unirse en una acción colectiva contra los cuatreros, a quienes
declararon fuera de la Ley. Sin embargo, era muy dudoso que aquí, en la salvaje
Utah, ni aun el robo total de un inmenso rebaño agitara a la gente. En cambio,
el rapto de una muchacha sublevaría a todo el Oeste. La intención de Hays
seguramente sería exigir un cuantioso rescate en cuyo caso sería un perfecto
canalla. No obstante, Heeseman nada había dicho que fuera aplicable a este
caso. Tampoco fue ésta la sospecha original de Jim. «¡Bah!, —díjose éste—,
dejemos que decida el tiempo, y entre tanto permaneceré unido a Hays, en espera
de los acontecimientos».
El día siguiente
pasó sin ninguna novedad. Nada se supo de los que formaban la partida de Smoky,
ni regresó Hays. Jim esperó que Herrick le enviara órdenes, pero éstas no
llegaron. El aristócrata cazaba conejos y coyotes con sus perros.
En la mañana del
nuevo día, Jim montó a caballo con la intención de echar un vistazo por los
almiares y graneros. Por el camino encontró al amo luciendo un traje/ de
cazador como jamás lo habían visto sus ojos. La chaqueta encarnada fue lo que
más llamó la atención del joven. También era nuevo para él la numerosa jauría
de perros de caza que le rodeaban. Herrick invitó al capataz a que le
acompañara. Un pelotón de cowboys cerraba la/ marcha. Pasaron por el campamento
de Heeseman, que estaba desierto, y Jim supo que el amo había puesto el equipo
en masa a trabajar en la tala y poda de árboles, tarea preparatoria para la
construcción de nuevas barracas. Los conejos abundaban como si fueran hormigas.
Los perros, sujetos por los cowboys, pronto se pusieron ingobernables; hubo que
darles suelta, y empezó la caza. Donde el terreno estaba llano y sin
obstáculos, el inglés demostró su maestría en el manejo del caballo, pero al
atravesar la parte abrupta sufrió dos caídas, y una sobre todo bastante
estrepitosa.
—¡Amo!, tan seguro
como que Dios ha creado las manzanas, acabará usted por romperse la crisma, si
se empeña en montar sobre esta torta —observó uno de los cowboys con solicitud.
—¿Alude usted a mi
silla? —preguntó Herrick mientras le sacudían el polvo.
—Eso no es silla;
es una torta —fue la obstinada respuesta.
Siguió una
interesante discusión, en la que Herrick, a pesar de su insistencia, no obtuvo
la mejor parte. Por último apeló a Jim.
—Señor Herrick para
recorrer estos quebrados terrenos es indispensable la silla vaquera —contestó
el capataz—. Se necesita doble cincha, estribos anchos, sitio donde llevar la
cuerda, las armas y el bagaje, sin contar con la sujeción que ofrece su forma para
subir y bajar cuestas.
Sin desatender
estas razones, Herrick terminó la caza. Era bromista y algo excéntrico, pero
todo un valiente, y a Jim le iba siendo cada vez más simpático.
Durante el camino
de vuelta, Jim divirtió al inglés, disparando sobre los conejos con su Colt,
mientras corría. Herrick expresaba su asombro y admiración, al ver que de cada
cinco mataba tres.
—¡Por Júpiter!
—exclamó aturdido éste—. Jamás he visto puntería semejante.
—Esto no tiene
dificultad.
¡Sí, eh…!, ¿quiere
explicarme usted qué es lo que entiende por difícil?
—Por ejemplo: meter
cinco balas en un poste, pasando por delante al galope, —o romper el canto de
una tarjeta a veinte pasos.
—Enséñeme su
pistola.
Wall, faltando a su
costumbre, se la alargó.
Herrick la examinó
con encontrados sentimientos.
—Pero… Oiga usted…
Aquí no hay gatillo —expuso en el colmo del asombro.
—No, señor… No lo
uso nunca.
—¡Mil rayos…!
Hombre…, pero ¿cómo dispara usted entonces la pistola?
—Mire usted, y
comprenderá —repuso Jim recobrando el arma—. Con el pulgar hago funcionar el
martillo… Así…
—¡Por Júpiter…!
¡Explíqueme usted…!
—El montar la
pistola, levantando el gatillo, exige doble tiempo que el hacer simplemente
funcionar el disparador. Por ejemplo: entre dos hombres de igual puntería, el
que maneje un arma como ésta, mata a su contrario.
—¡Ah…! Sí, si… Ya
veo… Muy interesante… Esta comarca del Oeste es verdaderamente apabullante… y,
¿son muchos los que emplean esa simplificación del procedimiento?
—Muy pocos…, tan
pocos que agradeceré a usted me guarde el secreto.
—¡Oh…!, sí…, ¡por
Júpiter…!, ¡ja…!, ¡ja…!
—¡Ja…!, ya me hago
cargo… Wall, es muy satisfactorio el tenerle a usted en casa.
Evidentemente,
Herrick era un hombre franco, despreocupado y poco impresionable, acostumbrado
desde muy joven a realizar todos sus deseos. Su excentricidad no era aparente,
si se exceptúa el hecho de su presencia en la salvaje Utah. Le gustaban los
caballos, los perros, las armas y todos los ejercicios y esfuerzos físicos que
trae consigo la vida al aire libre, pero aún no se había hecho cargo de la
situación que ocupaba en aquel país por civilizar.
Cuando llegaron a
la vivienda del dueño, invitó éste a Jim para que entrara a tomar un refresco y
examinar algunas armas inglesas. El amplio salón tenía tres grandes ventanas y
su original decorado causó grata sorpresa a los ojos de Jim. El inglés había traído
consigo gran cantidad de tapices, pieles, cuadros, armas y otros objetos de
menos fácil nominación que, unidos al mobiliario del Oeste, con sus mantas de
mil colores y sus cabezas de alce, hacían que aquel aposento no tuviera igual.
—Me había propuesto
no beber —observó Jim—, pero una vez no hace costumbre… ¡A su salud!, señor
Herrick —y después de chocar, apuró la copa de coñac.
Las pesadas
escopetas inglesas no merecieron la aprobación del excelente tirador.
—Esto, no sirve
para aquí, señor Herrick, ni aun para tirar a los osos. Procúrese un Winchester
del 44.
—Así lo haré… Le
agradezco el consejo. Soy aficionadísimo a la caza.
Herrick tenía su
escritorio junto a una de las ventanas, y sobre él, entre libros, papeles y
carpetas, destacaba el retrato de una hermosa joven rubia, encerrada en lujoso
marco. El corte de las facciones recordaba a Herrick. Era la fotografía de su
hermana.
Al regresar Jim, al
paso de su caballo, a lo largo de la orilla, veía por todas partes aquella
encantadora visión. Maldijo mil veces al condenado inglés, que se atrevía a
traer semejante criatura a las salvajes soledades de Utah. Aquello no era
África, donde una mujer blanca está segura entre caníbales y negros; así, por
lo menos, lo había leído él. Después maldijo a Hays, y acabó maldiciendo las
circunstancias que le habían traído a tal atolladero.
—Ahora no queda más
que roer el hueso —murmuró con la radiante faz de los cabellos de oro ante los
deslumbrados ojos—. Debiera haberme alejado de esta banda.
VI
—He pasado por el
campamento de Smoky para hablar del reparto —anunció complacido Hays—. Así me
condene si no se han llevado más de dos mil cabezas de ganado.
Jim nada tenía que
decir, aunque muchas palabras temblaban en sus labios. Los planes de Hays
empezaban a realizarse y el ladrón resplandecía de alborozo.
—¡Empanadas…! Te
has lucido, Happy… Traigo un hambre de buitre… Dame más.
Terminada la cena,
prosiguió el jefe:
—He de ver al amo
esta misma noche… Ponme al corriente de lo que ha pasado en mi ausencia.
—Smoky y su gente
no han dado señales de vida. Así es que no sabemos dónde están acampados.
—Yo sí. A menos de
una milla de los matorrales del Diablo Sucio.
—¿Arriba o abajo?
—Abajo, en un
desfiladero. Buen sitio y fuera de la vista. He dado órdenes a Smoky para que a
cada viaje traiga provisiones, de la ciudad.
—Ya veo que te
estás preparando para pasar una temporada en algún escondite de los que hay por
ahí —observó el cocinero con una expresiva mueca.
—¿Sabes algo de
Heeseman? —preguntó Hays sin recoger la anterior insinuación.
—8i; ha estado aquí
—respondió con indiferencia Jim.
—¿Cómo?
¡Ya lo has oído!
Que Heeseman ha estado aquí para hacerme una visita.
—¡Fuego del
infierno! —exclamó el ladrón, aturdido—. ¿Ha procurado armar pelea?
—Nada de eso… Yo
creo que tenía curiosidad de verme.
—Bueno, pero ¿qué
satisfacción le podía dar el verte?
—Parece muy astuto,
Hank… Habrá querido tomarme la altura…, y si ése ha sido su objeto, puede estar
plenamente satisfecho.
—¿Ha dicho algo de
mí? —preguntó, Hays con los ojos súbitamente animados por un siniestro fuego.
—Eso ha sido lo más
gracioso… Ni siquiera te ha mentado —fue la poco verídica respuesta del joven.
—¡Hum…! No te fíes
de ese perro… Es el hombre más solapado que existe en todo Utah… Habrá
procurado trabar amistad contigo, ¿eh?
—Me parece que su
intención es medir las fuerzas de su banda con las de la tuya.
—¡Ajá…! Debí
haberlo previsto… Bien puede ser —admitió Hays, meditabundo—. No es digno de
nosotros el aguantar sus avances… Heeseman es un canalla, pero es tan valiente
como ladrón.
—Herrick ha
dispuesto que Heeseman y los suyos corten y pelen troncos. Necesita más
caballos, y quiere construir nuevas cuadras.
—Muy bien, esto
impedirá que esos condenados vayan a oler por el camino de Limestone. ¿Y los
vaqueros…? ¿Dónde han estado?
—Hay mucho trabajo,
y esto impide el que monten a caballo, excepto para seguir a los perros; todos
los días hay caza de liebres americanas. Una vez he acompañado al amo.
—¡Perros…!
¡Conejos…! ¿Qué vendrá después…? En fin, para nosotros, más vale esto que un
rancho bien ordenado… ¡Ja…!, ¡ja…!
—Herrick me hizo
entrar para enseñarme sus armas. ¿Las has visto? —Los ojos de Jim no se
apartaban de Hays.
—Seguramente… Unas
especies de cañones… Más inútiles que los antiguos fusiles de aguja.
—Pues no me
gustaría que me agujereara la piel uno de ellos.
—¡Bah…! En llegando
a agujerear, cuanto más gorda sea la bala, mejor.
—¡Qué habitación
tan hermosa la de Herrick! ¿La has visto?
—Sí, lo que él
llama su despacho. Un montón de cachivaches. Pero algo de lo que hay allí será
mío muy pronto.
Los labios de Jim
se contrajeron. No necesitaba preguntar más. De repente sintióse sacudido por
un impulso de ferocidad, como si acabara de sufrir una inesperada agresión.
Dominándose, dijo con descuido:
—A mí no me
desagradaría poseer todo aquello. Pero vamos al grano. ¿Qué hay por el
presente? Has vuelto. Smoky y los suyos están en la faena, y tenemos a Heeseman
sujeto, aunque esto último no me atrevería a jurarlo.
—Bueno, pues voy a
tener todo el mundo trabajando duro en una corta de árboles… y mientras tanto
irá adelantando nuestra negocio. Esto es lo que hay por el presente.
Tres días de
incesante faena en el campo y principalmente en la construcción del granero,
dejaron a Jim tan felizmente cansado que su deseo era de que se prolongara
indefinidamente. El trabajo era bueno. Jim sabía manejar herramientas, y esto
pronto se puso de manifiesto. Pero al cuarto día acercóse Herrick a Jim para
decirle:
—Wall, necesito que
vaya usted mañana a Gran Unión para recoger a mi hermana. Lleve consigo al
vaquero Barnes, que tiene su familia en Gran Unión. Dígale usted que mañana
temprano enganche el tronco negro al coche Mi hermana llegará al día siguiente
o al otro. Generalmente, la diligencia se detiene en la ciudad a eso de las
diez. Póngase en seguida en camino y vengan lo más aprisa posible.
—Está bien, señor
—contestó Jim y reanudó el trabajo, pero mirando de soslayo a Hays.
—Amo —dijo éste—:
mejor será que yo vaya con Jim.
—No he solicitado
sus servicios, Hays —contestó el inglés—, y aquí tal vez haga usted falta.
El topo con que
fueron pronunciadas estas palabras, era de los que no admiten réplica. Jim
deliberadamente retrasó la hora de retirarse del trabajo, con el deseo de no
encontrar a Hays. No obstante, cuando llegó a la barraca ya había recobrado el
dominio sobre sí mismo, aunque le duraba la estupefacción que le causó el haber
sido elegido por Herrick. Otros sentimientos batallaban también en su pecho,
fuera de una decidida aversión hacia Hays, no acertaba a definirlos.
La noche empezaba a
caer; el día había sido caluroso, para abril, y las ranas, precursoras del buen
tiempo, dejaban oír su monótono croar. Después de subir los escalones del
porche, Jim dirigió una mirada al inmenso; rancho, medio envuelto por las
sombras. El ganado empezaba a disminuir. Procuró apartar esta idea de su mente,
pero no tan pronto que no le causara un punzante dolor. Cada día le gustaba más
el trabajo del rancho, que durante años enteros venía echando de menos. Dio un
suspiro al salvar el umbral de su vivienda. Allí estaba Hays, con trazas de mal
talante, pero nada dijo al entrar Jim.
La alegre voz del
cocinero anunció la cena y los dos hombres, en silencio, ocuparon sus
correspondientes sitios.
Hays no comía con
su habitual apetito, y aunque procuraba bromear, su alegría era muy forzada.
Concluido el ágape, encendió la pipa, y sin mirar a Jim, dijo:
—¿Estabas ya
enterado de ese viaje?
—No; y mi sorpresa
no ha sido menor que la tuya.
—¿No podrías encontrar
cualquier excusa para dejar que fuera yo en tu lugar?
—¿Cómo? —exclamó
Jim palideciendo.
—Así tendría un par
de horas libres, en Gran Unión —añadió Hays con fingida indiferencia—. Me
conviene ver a unos compradores…, sería una oportunidad…
—Pero Herrick no
quiere que vayas —protestó el joven—. Rechazó de plano tu ofrecimiento.
—Harto lo sé…
¡Maldito inglés…! Ya me las pagará… Pero si tú no pudieses ir, yo sería el
escogido.
—Le parecería muy
extraño —replicó Jim procurando contenerse y leer en el pensamiento de Hays.
—Y ¿qué mil diablos
me importa a mí lo que le parezca a ese extranjero? —preguntó el jefe perdiendo
la paciencia—. ¿Quieres hacer o no lo que te pido?
—Hays, me llenas de
sorpresa. Estás como quien dice en vísperas de dar un golpe soberbio…, el más
importante de toda tu vida, y por una futesa te expones a disgustar al amo y a
que éste nos eche de aquí… ¡Hombre…! Ten juicio… ¿Por qué tienes tanto interés
en ir mañana a la ciudad…? ¡Dime por qué!
—Ya te lo he dicho
—repuso el otro evasivamente.
—Pues rehúso
—declaró Jim en tono decisivo y haciendo esfuerzos por contenerse—. Herrick me
ha mandado a mí que vaya, e iré.
Hays echó una
bocanada de humo. Estaba vencido y ahora tenía que salvar las apariencias.
Volvióse Jim al
sorprendido cocinero, diciéndole:
—Happy, mañana
necesito el almuerzo al amanecer.
—Cuando tú
dispongas, Jim.
Hays se levantó
pausadamente, y con tono del que se había borrado las trazas de enojo,
desperezóse diciendo:
—Bien mirado… puede
que tengas razón, Jim, aunque al pronto no me lo parecía.
Al salir el sol a
la siguiente mañana, ya estaba Wall en camino hacia Gran Unión. Barnes, un
joven cowboy, tenía no poco trabajo con guiar el fogoso tronco. La escarcha
blanqueaba las matas de salvia y los peñascos; las herraduras resonaban en la
endurecida tierra, espantando a los medrosos corzos que huían a esconderse en
las espesuras, mientras que los atrevidos coyotes, se quedaban mirando con:
impertinencia.
—¿Se espantan estos
caballos de los tiros? —preguntó Jim pegando casi los labios al oído del
conductor.
No lo sé…, pecó
mejor será que no dispare, si no hay precisión.
Jim se envolvió en
su manta, porque el trote largo de los caballos levantaba un vientecillo que
cortaba la cara. Por fin, hubo que aflojar el paso para subir una pesada
cuesta; el sol, ya con: más fuerza, les calentaba las espaldas: y la
temperatura empezó a ser agradable. El joven capataz emprendió entonces una
doble tarea: ganarse la confianza de su compañero de viaje, y obtener de él
cuantos informes pudiera.
Le hizo todas las
preguntas que le vinieron a la boca acerca de la localidad, sus costumbres, la
montaña que estaban subiendo, el deshielo, la caza y otra porción de cosas de
interés para Jim, pero hablando siempre en términos generales.
El empinado camino
que seguían era estrecho y ofrecía pocas vistas, pero al llegar a la cima,
descubríase un paisaje soberbio; un valle inmenso acotado por montañas, en las
que el sol ponía ráfagas de luz.
—Me encanta esta
tierra —declaró Jim con franqueza—, pero mi colocación no me entusiasma tanto.
—Apuesto a que ha
sido usted antes vaquero —insinuó el muchacho con sonrisa bobalicona.
—Acertarías y ojalá
siguiera siéndolo…, pero me eché por mal camino, y maté un hombre… Tendría yo
entonces aproximadamente tu edad.
—Y, ¿qué es lo que
ha venido usted a hacer aquí? —preguntó el mancebo, alentado por las
confidencias de Jim.
—A derechas no lo
sé… ¿Sabes tú por qué el amo ha tomado a Heeseman y a Hays?
—Ideas que tiene
uno.
—Yo creo que habrá
sido por tener en el rancho unos cuantos buenos tiradores, como una especie de
protección.
—Ya se ve que es
usted forastero en Utah.
—Bien dices… y por
eso no conozco el terreno.
—Mire usted, señor
Wall; la idea del amo sería muy buena si todos jugaran limpio… Pero esta parte
de Utah es inmensa, y está poblada de alimañas, unas de dos patas y otras de
cuatro.
—Barnes, has puesto
el dedo en la llaga y te agradezco la franqueza —respondió gravemente Jim.
—En esta tierra
nadie sabe con certeza quién es o no cuatrero —prosiguió Barnes—. Puede que lo
sea su vecino, y tal vez su mismo amo será el jefe de una banda de ellos. Eso
es lo peor del caso.
—¿Qué piensas de
Heeseman? —preguntó Jim—. No contestes si no quieres, Barnes; yo sólo pregunto
por saber con quién trato…, y lo que me digas quedará entre nosotros.
—Hay quien dice que
Heeseman y su gente se dedican a robar ganado…, hay quien no lo cree… Lo cierto
es que tiene marca propia, una H, y un extenso campo a la espalda de
Monticello.
—Eso es hablar
claro… y, ¿qué dices de Hank Hays?
—Si el amo me lo
preguntara, cerraría el pico o mentiría… Aquí, desde el Verde al Grande, todos
sabemos quién es y lo que es Hank Hays, pero nadie dice ni pío.
—¡Ah! Muy
interesante… A primera vista no me fue simpático… ¿Es cuatrero o simplemente
ladrón?
—¡Yo no he dicho
nada, señor Wall!
—Llámame Jim a
secas, hombre —repuso el capataz pareciéndole oportuno cambiar de tema—. Trae,
yo guiaré un poco.
No dijo más durante
un rato. La curiosidad podría haberle impelido a hacer nuevas preguntas, pero
en realidad nada más necesitaba saber de Hank Hays. En su pecho empezaba a
nacer un sordo antagonismo hacia el ladrón, que presagiaba trágicos
acontecimientos.
Hacia el mediodía,
detuvieron el tiro junto a un fresco manantial, a fin de dar descanso a los
caballos y reparar ellos las fuerzas con el almuerzo que les había preparado
Happy.
De allí en adelante
empezaron a ver rebaños de ganado en las laderas del valle, y tierras
cultivadas que delataban la proximidad de viviendas humanas. Según los informes
del joven vaquero, diez millas antes de la ciudad, estaban los terrenos de la
«Compañía de Ganado de Utah», vasta empresa con residencia social en Lago
Salado.
De súbito, los
siempre vigilantes ojos de Jim descubrieron un pelotón de jinetes que, dejando
el camino, se internaron en la espesura de cedros. «Deben de ser los compañeros
de Smoky —pensó Jim— que vuelven al rancho para preparar un nuevo envío».
El camino iba
haciéndose más llano, verde y cultivado en los espacios que dejaban libres los
bosques de rojizos cedros; en el horizonte, a lo lejos, alzábanse montañas
coronadas de nieve. Las cuatro serían cuando llegaron a Gran. Unión, que por
las dimensiones y la animación parecía más importante que Río Verde. Como todas
las aldeas del Oeste, contaba con una sola calle, bordeada por edificios de
piedra o madera, de un solo piso.
—Ya hemos llegado,
Barnes —dio Jim—. Esto parece una metrópoli, comparado con Ríe Verde.
—Tiempo hace que no
he dado una vuelta por mi casa —observó el muchacho—. El coche y los caballos
los llevaré a la cuadra de mi padre, y en cuanto a usted, señor Wall…, digo,
Jim, ¿quiere venir también, o prefiere hospedarse en el hotel?
—Gracias, me
quedaré aquí… ¿Es éste el hotel?
—Sí… No es de mucha
vista, pero la comida es buena y las camas son limpias.
—¡Magnífico! Bueno,
Barnes, tú y yo nos entendemos bien… ¡Dame algunas indicaciones…! ¿Cómo debo
portarme aquí?
—¡Ja…!, ¡ja…! ¡Qué
ocurrencias tiene usted, Jim! Aquí le mirarán por todos lados, pero nadie le
hará preguntas. Ya nos veremos: luego.
Barnes siguió con
el coche a lo largo de la calle y Jim entró con desenvoltura en el local, cuya
dueña, una corpulenta matrona de buen ver, acudió a servir con solicitud al
nuevo huésped, sin escasear las incendiarias miradas. La hostelera resultó ser
muy locuaz, y a los pocos minutos de, haber entrado Jim, ya estaba enterado,
con viva sorpresa suya; de que en toda la semana no había pasado por la ciudad
ningún ganado vacuno…
Después de la cena,
salió Jim a dar una vuelta. Aún era de día, y la calle estaba desierta. El
forastero cruzó de un lado a otro, detúvose, ante la casa en que le habían
dicho paraba la diligencia, y encontró las puertas cerradas; sobre la fachada
había un rótulo que decía: «Wells, Fargo y Compañía». Evidentemente, la pequeña
ciudad estaba situada en la línea de diligencias que va desde Denver a Lago
Salado. El espacioso almacén de la esquina aún estaba abierto, y Jim entró para
comprar algunas frioleras. Allí pudo incidentalmente corroborar lo dicho por
Herrick respecto a la llegada de la diligencia a la mañana siguiente. Por
último encaminé sus pasos a una taberna de lujo.
Con verdadera
sorpresa por su parte, encontróse con un amplio local; atestado de hombres que
se agrupaban en torno al mostrador o permanecían sentados como en espera de
algo. Jim cuadraba bien en aquella atmósfera. Encontrábase en terreno conocido
y ésa era la impresión que causaba. No llevaba mucho rato de permanencia allí,
cuando ya se dio cuenta de que los forasteros bien armados no eran considerados
como tales en aquel lugar y entre aquella gente. Allí no había cowboys
pendencieros y borrachos, ni jugadores de ventaja. Algunos de los presentes
tenían ojos sagaces, otros eran embrutecidos patanes, y la mayoría estaba
compuesta de hombres de gruesas y empolvadas botas, que no irradiaban cortesía,
ni hostilidad. Esto le convino a Jim. Así se había figurado él la ciudad.
Aquella noche durmió en un verdadero lecho, por primera vez, después de un
espacio de tiempo tan largo, que no recordaba cuándo fue la última; pero, fuera
la desacostumbrada blandura de la cama, o la cada vez más inmediata proximidad
del nuevo día, el hecho es que no logró pegar los ojos hasta la madrugada.
Mientras estuvo en vela, oyó continuamente el girar de una ruleta.
Probablemente la sala de juego estaría contigua a su cuarto. Despertóse
temprano y procedió a su matinal aseo, dedicando al aliño de la persona más
tiempo y atención de los que tenía por costumbre. Al mirarse al espejo, sonrió
con amargura. Jim Wall, el antiguo cowboy, convertido después en ladrón de
Bancos y salteador de trenes. ¿Qué clase de bandido era ahora? No acertaba a
definirlo. Por el presente estaba encargado de escoltar a una joven inglesa a
través de cincuenta millas de terreno inculto que separaban la ciudad del
Rancho de la Estrella. De una cosa por lo menos estaba seguro de que la
señorita Herrick se hallaría mucho más segura a su lado que al de Hank Hays.
Este hecho produjo súbita alarma en el ánimo del buen mozo. ¿Acaso era él mejor
que Hays? Hubo de convenir en que sí, y aunque desde los días en que recorría
la pradera como vaquero, la vista de una chica guapa siempre le había acelerado
el pulso, tiempo hacía que evitaba la proximidad de las mujeres, pues aunque
tenía hambre de amores, las que encontraba a su paso le causaban repugnancia.
Después de
almorzar, salió, no sin antes hacer que el mozo le sacara brilla a sus altas
botas de cuero, y pasara bien el cepillo por su traje oscuro y su amplio
sombrero negro. Casi en la puerta encontró a Barnes.
—¡Hola, muchacho!
¿Lo has pasado bien en tu casa?
—¡Ya lo creo!
—respondió el joven riendo—. Anoche estuve charlando con mi novia…, que no
quería dejarme ir.
—Hacía bien… y así
estás tú como unas Pascuas esta mañana.
—¡Caramba, Jim!
Usted sí que está hecho un brazo de mar… Es curioso lo que la sola idea de una
mujer puede hacer de nosotros.
—¿Curioso…? Querrás
decir terrible… porque una mujer es más peligrosa que un ejército con todos las
banderas desplegadas.
—¡Calle…! ¿Quién
había de pensar que usted dijera cosas que están en la Biblia?
—Sí…, en efecto…,
no sé cómo me ha venido tal frase a la memoria… Y ahora, Barnes, escucha con
atención: esta señorita Herrick es probable que me tome por un hombre decente y
honrado como tú. Si yo la dejara en esa creencia, valdría tanto como militar bajo
falsa bandera, y como no quiero malas inteligencias, ni puedo decirle yo mismo
la verdad, es preciso que se la digas tú.
—¿Qué es lo que yo
he de decir? —preguntó el vaquero muy perplejo.
—Hombre…, ya
sabes…, la clase de sujeto que soy.
—Una clase que a mí
me gusta mucho…, conque explíqueme con claridad que haya que decir.
—Empiezas por dar a
entender que Herrick ha metido en su hacienda a todos los forajidos de Utah, y
que yo soy uno de ellos. Preséntame a sus ojos peor que Hays y Heeseman juntos.
—Bueno…, eso no es
difícil… Pero ¿qué va usted a sacar con ello, Jim?
—Verás. Yo no
siempre he sido lo que soy ahora y me parece que sufriré menos si esa muchacha,
desde luego, se aparte de mí con repulsión. Si ella me tomara por un verdadero
hombre de campo…, ya comprendes…, y me hablara… y riera…, creo que me volvería
loco y tal vez pegara fuego al rancho… Así es, Barnes, que no dejes de hacerme
este favor.
—Claro está que lo
haré —contestó el joven con una mirada que en vano se esforzó por hacer
maliciosa—. Déme usted una ocasión en cuanto llegue la diligencia, que ya no
puede tardar… Voy mientras tanto, a enganchar el coche.
Aún tardó la
diligencia más de una hora en aparecer. Una hora que se hizo eterna al cada vez
más nervioso Jim. Aquella pequeña población no era diferente de otros pueblos
del Oeste. Apartados de la civilización, todo el mundo salía para ver la
llegada del vehículo. Para los chiquillos de los que había un número
sorprendente, daba la ocasión para manifestar ruidoso alborozo; las comadres
acudían a curiosear, y Jim observaba el espectáculo apoyado en la pared, cual
si quisiera incrustarse en ella. Por fin llegó el pesado armatoste, arrastrado
por cuatro pencos y envuelto en una nube de polvo. EL cochero, un viejo
fronterizo, paró en seco, después de una elegante curva, y gritó desde el
pescante:
—¡Gran Unión…!
Media hora para almorzar.
Los viajeros era
seis: dos pertenecían al sexo débil. La última en apearse fue una mujer alta,
evidentemente joven, a pesar del velo que envolvía su cabeza, cuya esbelta
figura iba cubierta por un guardapolvo. Llevaba un saquito de viaje en la mano
y se detuvo como esperando a alguien.
Adelantóse Jim y,
descubriéndose, preguntó:
—¿Es usted la
señorita Herrick?
—¡Ay, si! —contestó
ella respirando satisfecha.
—Su hermano de
usted nos ha enviado a buscarla —prosiguió Wall indicando a Barnes que se había
acercado.
—¿No ha venido él?
—La sonora voz de contralto, con acentuada pronunciación extranjera, impresionó
gratamente a los oídos de Jim.
—No; hay mucho
trabajo en el rancho. Pero todo marcha bien, y antes de que anochezca la
dejaremos a usted sana y salva a la puerta de la vivienda.
Jim no podía
distinguir claramente a través del velo, pero estaba seguro de que dos inmensos
ojos azules le miraban con fijeza, estudiándole atentamente.
—¿No ha enviado mi
hermano alguna carta o algo…? ¿Cómo puedo saber yo si realmente han sido
ustedes enviados por él?
—En cuanto a mí, no
tengo más garantía que mi palabra —respondió con gravedad Jim—. Pero los padres
de mi compañero viven en esta ciudad y tienen quien responda por él.
—Señorita —dijo
Barnes quitándose el sombrero y bajando la voz a tiempo que adelantaba un
paso—: el amo me dijo que usted tenía que recoger algo en la Banca de Wells
Fargo.
—Eso me basta
—repuso ella tranquilizada, al parecer—. Encárguense ustedes de mi equipaje;
cada bulto lleva mi nombre: Elena Herrick.
—Yo me ocuparé de
eso —apresuróse a decir Jim—, mientras Barnes acompaña a usted al comedor…
Podría dar un paseíto para estirar un poco las piernas… Nos esperan ocho horas
de coche.
—Buena idea. Llevo
dos semanas de viaje y tengo el cuerpo entumecido.
Sin más palabra,
púsose Jim a reunir todos los bultos marcados con el apellido Herrick. Éstos
constituían la principal carga de la diligencia, ¡en total diecinueve!
Evidentemente, la hermana del amo venía para tiempo. Lo difícil iba a ser el
acomodar toda aquella impedimenta en el carricoche. Jim emprendió con buena
voluntad la tarea, logrando a fuerza de maña colocarlo todo, en tanto que
pensaba: ¿Cómo tendrá la cara la señorita? No había podido distinguirla a
través del velo… Concluida su faena, situase junto a los impacientes caballos,
esperando. Y parecía esperar sin saber qué.
Poco después llegó
Barnes, y dándose cierta importancia, dijo en tono misterioso:
—Jim, ya he
despachado su encargo…, y espero que a su satisfacción.
—Te lo agradezco,
muchacho.
—Se quitó el abrigo
y el velo… ¡Cielos! Aquí no se ha visto nunca una cosa parecida. Labios como
cerezas, cara rosada, el pelo como oro puro, y los ojos del color de las
violetas… Pero… ¡bah…! Eso no es para nosotros… Me convidó a comer con ella, y
yo acepté… Es tan franca y sencilla como el amo. Mientras comíamos, aproveché
la ocasión para enterarla de quién es Jim Wall. Tal vez haya exagerado un poco.
Ella me miró… ¡Córcholis, qué ojos…!, y dijo sonriendo: ¿Conque mi hermano
envía a recibirme a un famoso bandido? ¡Qué estupenda idea…! Puede usted
creerme, Jim; éstas fueron sus propias palabras. Yo me quedé de una pieza y
ella se levantó diciendo que iba a la casa de Banca, y después nos pondríamos
en camino.
—Tú seguramente me
has hecho traición —dijo Jim mirando con desconfianza al joven—. Te encargué
que me rebajaras todo lo posible…
—Y lo he hecho…,
palabra… Con la mitad de lo dicho, se le habría puesto a otra carne de gallina.
En los pardos ojos
del vaquero retozaba la alegría Las instrucciones no debieron ser seguidas al
pie de la letra.
—Entraré para tomar
un bocado… Quédate al cuidado de los caballos.
Poco después de
volver Jim, vio salir a la señorita del portal de la posada; llevaba el
guardapolvo al brazo y la graciosa elasticidad de su paso revelaba salud y
vitalidad. Sobre su vestido oscuro llevaba un abrigo corto con cuello de
nutria, que contrastaba vivamente con su exquisita tez, y el velo, echado
atrás, dejaba ver las luminosas ondas de su dorado cabello. A cierta distancia,
sus ojos parecían oscuros, pero al acercarse, Jim vio con asombro que tenían un
extraño color de violeta y una expresión cálida y valiente.
—¿Estamos listos?
—preguntó alegremente.
—Sí, pero ¿ha
cumplido usted el encargo del amo? —contestó Jim.
—Ya lo tengo en mi
saquito —e indicó el objeto, medio oculto por el guardapolvo.
Jim trató de
interesarse por aquel saquito, puesto que estaba aliado con los ladrones, pero
no lo consiguió. De súbito, sintió el irresistible impulso de matar a Hays.
Aquella muchacha, en toda la vívida frescura de la juventud, no parecía
asustada, ni sentir la más mínima repulsión hacia él; al contrario, le
contemplaba con inconfundible y placentero interés.
—Señor Jim Wall:
usted no se parece en nada a lo que me hacían esperar las cartas de mi hermano.
—¡Cartas…! El señor
Herrick no ha tenido tiempo de escribir acerca de mí —replicó el joven con
acento de incredulidad—. Las cartas tardan mucho…, y llevo poco tiempo…
—No quiero decir
que me haya escrito de usted individualmente —interrumpió ella riendo—. Pero en
sus cartas me hablaba de bandidos y salteadores, en términos que me sugerían
una horripilante idea.
—Muchas gracias,
señorita —contestó Jim con gravedad—; pero no se fíe de apariencias en nuestro
salvaje Oeste… ¿Quiere usted subir…? El camino es largo.
E intentó ayudarla
a instalarse en el testero del primitivo coche.
—Si va usted a
guiar, yo me sentaré a su lado —dijo ella sin ambages.
Haciendo una
respetuosa inclinación, Jim la ayudó a subir al pescante, maldiciendo en su
interior a Barnes, Hays, Herrick y cuantos habían contribuido a colocarle en
tan violenta situación. En su aturdimiento, casi se olvidó de aguardar a
Barnes, que estaba despidiéndose de una guapa chica, y tuvo que correr para
trepar al interior del coche, al tiempo que arrancaba el fogoso tronco. Dado lo
mucho que Jim había aprovechado el sitio para colocar el equipaje, quedaba poco
espacio libre en el pescante. El pesado rifle y la funda molestaban a la
señorita Herrick.
—Con el arma ahí,
el asiento queda reducido —observó él, y colocó la funda sobre sus rodillas.
—¿Duerme usted con
ella? —preguntó la joven en tono zumbón.
—Sí —contestó Jim—;
y por el día no me considero completamente vestido hasta que la llevo puesta.
—¡Qué pueblo tan
sorprendente son ustedes, los americanos del Oeste!
—Algunos somos
bastante sorprendentes, y espero que las sorpresas que le causemos no serán
desagradables —contestó él aflojando más las riendas.
En pocos momentos
quedaron atrás el ruido, el polvo y el curioso populacho de Gran Unión, y la hilera
de montañas, enrojecidas por el sol, servía de fondo a las inmensas praderas
cubiertas de aromática salvia.
—¡Qué maravilla!
—exclamó extasiada Elena, cuando una curva del camino puso de manifiesto uno de
los admirables paisajes de Utah.
Jim tenía no poco
trabajo para refrenar la fogosidad del tronco negro, que pugnaba para tomar un
acelerado galope. Con amargura pensaba en que le gustaría abrir la mano y dejar
que los potros los estrellaran a los dos… Sí…, sería lo mejor… El retrato de la
hermana de su amo, colocado sobre el escritorio de éste, estaba muy lejos de
hacer justicia al original. No daba idea del encendido color de los labios, ni
del brillo luminoso del cabello, ni de la riente vivacidad de los ojos violeta.
Jim sentía en sus venas la fuerza de la vitalidad que irradiaba de aquella
excepcional criatura y que enardecía su sangre.
—El viento me hace
llorar —dijo Elena en tono alegre—, o tal vez sea por lo muy feliz que me
siento…
—¿Decía usted que
antes de la noche llegaremos al rancho?
—Seguramente.
—Estoy muy fatigada
por el largo y penoso viaje —exclamó Elena—. Pero ahora quiero ver, oler,
sentir y disfrutar.
—Señorita Herrick;
ésta es una hermosa vista, pero muy pálida en comparación con las que están del
otro lado de las Henry. ¡Ya verá usted lo que es paisaje cuando estemos en la
cima de la próxima montaña! Yo he recorrido casi todo el Oeste, y puedo asegurar
que la comarca en que está situado el Rancho de la Estrella es la más salvaje y
sublime de todo el territorio, y puede que del mundo entero.
—¿De veras…? Me
deja usted asombrada… Jamás se me ocurrió que un gunman, ¿no es eso lo que es
usted?, pudiera ser tan entusiasta apreciador de las bellezas naturales.
—Un error muy
general, señorita Herrick —repuso Jim—. La naturaleza desarrolla los hombres
que pasan en ella su dura y solitaria vida. En muchos casos les convierte en
bestias, sin más instinto que el de la propia conservación, pero en algunos
casos afina sus sentidos en dirección opuesta.
—Todo eso es muy
interesante —dijo sencillamente la inglesita—. Hábleme usted de esa sublime
comarca y de la gente que la habita.
Jim habló largo y
tendido, constantemente espoleado por el vivo interés de su gentil
interlocutora. Describió las magnificencias de la escarpada meseta del Caballo
Salvaje, y los inexplorados desfiladeros y abismos entre ésta y la montaña
Navajo, y, por último, las erizadas y siniestras malezas que rodean el Diablo
Sucio.
—¡Oh…! Me hace
usted estremecer —exclamó la extranjera—. Pero me encanta esta tierra. Estoy
harta de gente, de niebla y de lluvia y ansío perderme en uno de esos
solitarios desfiladeros, enrojecidos por el sol.
VII
Llegaron a una
extensa llanura en la que el camino se alargaba cual blanca cinta que los
caballos podían salvar al trote largo. Wall, inconscientemente, aflojó las
riendas; la velocidad era un calmante para su excitada imaginación.
¿Qué efecto iba a
causar la presencia de tan extraordinaria hembra entre los feroces hombres de
la solitaria región, principalmente sobre el desalmado Hank Hays? Quizás en
otro tiempo los ojos de éste se hubieran recreado en la contemplación de alguna
apetitosa moza de apretadas carnes y frescas mejillas; pero actualmente
comprendía Jim que Hays no vería otras que las de pecho liso, miembros
endebles, pies desmesurados y callosas manos, cuyos rostros eran oscuros,
ásperos, endurecida su piel por la intemperie. Llevaban zahones y gruesas botas
muy a menudo como indumentaria femenina y estaban todas casadas. La
civilización en Utah estaba todavía tan en los principios, que aún no habían
llegado las rameras y suripantas que poblaban los locales de Wyoming. Por
último, los caballos tuvieron que ser refrenados al pie de la cuesta más larga
de la jornada.
—¡Qué carrera!
—exclamó Elena sujetando los revueltos bucles bajo el velo que colgaba de su
sombrero—. Tengo costumbre de ir en coche, pero no de volar… en un vehículo
como éste.
—Aguarde usted
hasta que la conduzca alguno de estos viejos domadores de caballos… Yo, en
realidad, no soy cochero.
—¿Es usted cowboy?
—Lo he sido… y aún
sé galopar tras el ganado. Pero actualmente no soy más que caballista
independiente.
—¿Qué diferencia
hay entre uno y otro?
—El caballista no
tiene trabajo fijo…, y va de un campo a otro…
—Debe de ser una
vida deliciosa… Como los gitanos. Yo he visto los campamentos de gitanos en
España. Pero ésa no puede ser la posición que ocupa en casa de mi hermano.
—¿Acaso no le ha
dicho a usted Barnes quién soy y lo que soy? —preguntó Jim fijando sus grandes
ojos negros en los de su compañera de viaje.
—Sí, algo ha
murmurado, por el estilo de ese parlanchín arroyo que acabamos de pasar
—contestó Elena—. La mayoría de sus palabras eran griego para mí, pero logré
comprender que es usted forastero en Utah, que procede de Wyoming, donde ha
matado usted a muchos malhechores, y que es tal su reputación de valiente y
buen tirador, que su solo nombre basta para tener a raya a todos los cuatreros
y ladrones que pudieran amenazar al Rancho de la Estrella. Señor Wall, a mis
ojos es usted un héroe.
No se necesitaba
gran perspicacia para comprender que el entusiasmo de la joven era sincero. A
Jim le faltó poco para echarse a llorar.
—Señorita —dijo con
voz ahogada—: ese muchacho es un embustero.
—¿Cómo…? A mí me ha
parecido muy simpático, y lleva la bondad pintada en el semblante.
—Va usted a sufrir
una terrible desilusión.
—Señor Wall, es
inútil que trate de apagar mi entusiasmo. Estoy segura de que voy a adorar a
este hermoso y salvaje país. He pasado en Londres casi toda mi vida, y
aborrezco las calles atestadas de gente, el polvo, el barro, la oscuridad, y
las frías habitaciones en que se vive y en las que nunca penetra el sol. Por
mis venas circula algo de sangre primitiva. Uno de mis antepasados fue un
vikingo, y yo creo que otro debió de ser piel roja. —Y la joven dejó oír una
argentina carcajada—. De todos modos, voy a dar satisfacción a mis aficiones
salvajes; los dioses de los indios siempre me han inspirado simpatía, y desde
niña tengo el presentimiento de que estoy destinada a llevar a cabo grandes y
extraordinarias empresas.
—Apenas la
comprendo a usted, señorita —dijo Jim en tono de perplejidad—. Mi educación ha
sido muy limitada, excepto en materias campestres. He asistido a la escuela y
hasta he sido pasante en la de mi pueblo, antes de cumplir veinte años. Pero
jamás he hablado con nadie que se parezca a usted. De modo que si le parezco
ignorante, sírvase excusarme.
—¡Oh! Muy al
contrario, señor Wall, tengo la impresión de que está usted muy por encima de
la mayoría de sus paisanos —contestó la joven afectuosamente y sin la menor
señal de condescendencia—. Durante mi largo viaje he tropezado con mucha gente:
exploradores, vaqueros, y otros que no acierto a calificar. Con todos he
hablado, y no necesita usted excusarse… ¿Conque ha sido usted pasante en una
escuela? Nunca lo habría sospechado…; y, ¿qué más ha sido usted?
En aquel momento,
Jim no supo aprovechar la oportunidad para quitar aquella mujer de su camino.
Es más; quedó aturdido ante la imprevista idea de que no quería alejarla de él.
Respondió, titubeando:
—He sido un poco de
todo… Lo que solemos hacer en el Oeste…
—Ya veo que no
quiere usted hablar de sí mismo —dijo ella—. Perdone mi curiosidad, pero ha de
saber que yo quiero ayudar a mi hermano en las tareas del rancho. De modo que
también tendrá usted que trabajar conmigo.
—¡No lo permita
Dios! —exclamó Jim sin poderse dominar—. Alguien debe dé advertir a usted… mi…
un… caballista como yo, no puede permitirse dar consejos… Pero este Utah no es
sitio para una señorita como usted.
—¿Qué quiere usted
decir…? Eso no me suena a cumplido… Yo puedo y quiero trabajar… Verá usted: sé
ordeñar vacas, amasar pan, cuidar caballos. No sé por qué el tener dinero ha de
quitar la posibilidad de hacer algo.
—Señorita, no ha
comprendido usted mi idea —apresuróse a añadir Jim con sincero impulso—. No
quise decir que usted no sirva para ello… Estoy convencido de que sirve, y es
el mayor cumplido que puedo hacerle, pero quiero decir que no podrá usted vivir
como piensa hacerlo en Utah. Es absolutamente imposible que dé usted rienda
suelta a esas aficiones primitivas de que ha hablado antes… No puede usted
recorrer el rancho, ni aun salir de casa…
—¡En nombre del
cielo!… ¿Por qué no? —preguntó ella, atónita.
—Porque usted,
señorita… es demasiado inexperta…, demasiado joven y demasiado hermosa para
exponerse a las miradas de los hombres de Utah. No digo que todos sean así…,
tal vez sólo unos cuantos, pero éstos son precisamente los que encontrará usted
en el Rancho de la Estrella.
El tono con que
fueron dichas estas palabras no dejaba duda acerca de su sinceridad, y la joven
empezó a sospechar que algo había turbio en la hacienda, acerca de lo que nada
había dicho su hermano.
—Eso no puede usted
decirlo en serio.
—Se lo juro a
usted, señorita Herrick.
—Entonces, ¿dónde
se queda la decantada caballerosidad del Oeste? En Inglaterra se hacen lenguas
de la galantería de los americanos fronterizos. Yo misma he leído biografías de
Fremont, Kit Carson, Crook y otros varios.
—Verdad es
—contestó él con voz ronca—. Gracias a Dios puedo afirmarlo, pero no encontrará
usted ninguno de esos héroes en el Rancho de la Estrella.
—Dice usted que soy
demasiado inexperta…, demasiado joven, y aun creo que ha dicho demasiado
hermosa… No lo entiendo…, a menos… a menos que todo esto sólo sea una broma.
—¡Ojalá lo fuera!!
—Mi hermano sabrá
lo que haya de cierto; en sus palabras.
—¡No…! ¡No!
—exclamó Jim perdiendo la paciencia. ¿Qué le impulsaba a expresarse en aquella
violenta forma?—. Su hermano lo ignora todo… Nunca sabrá nada… Es inglés, y le
harán comulgar con ruedas de molino… ¡Oh!, no dé usted falsa interpretación a
mis palabras… Herrick es un mozo que vale mucho, generoso, franco y nada
engreído, pero Utah no es sitio para que un gentleman se entregue a los
deportes, y menos aún para que traiga a su hermana.
—Eso lo hemos, de
resolver nosotros —repuso ella fríamente—, y desde luego le advierto: que
recorreré todas las cercanías a caballo… Estoy acostumbrada a montar
diariamente, y me volvería loca si no pudiera galopar por esta admirable
comarca.
—He hecho cuanto he
podido… Ya está usted advertida —dijo él brevemente, como si hablara con su
conciencia.
—Gracias, señor
Wall —respondió Elena dándose cuenta del cambio de tono de su interlocutor—.
Seguramente ustedes tendrán a Bernie por un excéntrico. Admito que su idea de
fundar aquí un gigantesco rancho, por estupenda que yo la encuentre, pueda
parecer a usted absurda… Estoy dispuesta a que hagamos un trato…, Si realmente
es peligroso el que yo me aleje sola de la finca; le llevaré a usted conmigo,
no porque tenga miedo, pero así estaré perfectamente segura, ¿verdad?
Wall, aflojando las
riendas, dijo:
—Mire usted,
señorita Herrick, ya estamos por fin en la cima y puede ver parte de sus
propiedades. Las montañas negras con los picachos cubiertos de nieve, son las
Henry; pasando por aquel angosto desfiladero llegaremos al rancho, y ese
espacio color de púrpura que se ve a la izquierda es el desierto. Es un
panorama de asombrosa magnificencia.
—¡Ah… h… h!
—exclamó ella sin casi atreverse a respirar.
Jim detuvo los
caballos, esforzándose por ver él con los ojos de la extranjera. El silencio de
ésta atestiguaba con elocuencia su admiración. Pero, a él no le bastaba admirar
el paisaje, puesto que también sentía impulsos de montar a caballo e internarse
sólo en la espesura…; es más; tenía, el presentimiento de que pronto le
reclamarían las solitarias comarcas occidentales. Si de súbito en una de las
cimas de las Henry surgiera un volcán en plena erupción, no le parecería tan
peligroso como las consecuencias que podría traer la presencia de aquella
criatura de tez nacarada y cabellos de oro.
Jim esperaba una
explosión de entusiasmo por parte de la inglesa, pero fue en vana, y puso en
marcha los caballos, que emprendieron la bajada de la montaña por un camino
recto que conducía al valle. El sol había empezado a declinar, y Jim calculó
que debía aprovechar el tiempo si querían llegar al rancho antes del anochecer.
Ya no les: faltaba más que atravesar la última colina y el desfiladero, que por
aquel lado, era corto Hubiera querido volar. La hermana de Bernie Herrick
ejerció sobre Jim una acción inexplicable. ¡Bernie! El nombre cuadraba bien al
inglés, así como el de Elena resultaba el más a propósito para su hermana. Era
un nombre fatal para ser llevado por una belleza de nívea tez, ojos de amatista
y cabellos de oro. En la memoria del joven surgieron vagas reminiscencias de
antiguas leyendas.
A pesar del vivo
paso de los caballos, a Jim no le parecía bastante rápido para huir de sí
mismo. De pronto, el viento arrancó el sombrero a la señorita, y Jim tuvo que
demostrar su férreo puño parando en seco los fogosos negros. Bajóse con
ligereza y desanduvo unos pasos para recoger la volátil prenda. Pero al dar la
vuelta, no estaba preparado para ver a la joven inglesa con la cabeza desnuda.
—Muchas gracias
—dijo ella—. Siento que se haya molestado, pero nos lleva usted a un paso tan
rápido, que es un milagro el que la ropa no haya seguido al sombrero.
Jim murmuró algunas
palabras, sin saber lo que decía. Para él consistió el milagro en no dar la
vuelta al tronco internándose para siempre en la salvaje espesura, a fin de que
ningunos ojos masculinos pudieran posarse jamás en aquella seductora mujer.
Una hora más tarde,
habían cruzado el valle y subían una ladera; el paso relativamente lento de los
negros dio a la joven inglesa nueva oportunidad de reanudar la conversación.
Jim temía y deseaba, al mismo tiempo, oír aquella sonora voz, de timbre tan diferente
a cuantas hasta entonces había oído. Pero de nuevo le sorprendió por su
silencio. Elena estaba pasmada por las dos horas que llevaban de camino a
través de aquellas feraces regiones de maravilloso colorido. Sólo pareció
despertar cuando, llegados a la parte más alta del desfiladero, Jim le señaló
el valle del Rancho de la Estrella. Después, durante la hora y media que
tardaron en finalizar la jornada, Wall tuvo que contestar a las muchas
preguntas que ella hizo a propósito de cuanto veía. Esta conversación,
totalmente objetiva, era más fácil para el mozo, y el tiempo transcurría
mientras tanto.
Al pasar por
delante del campamento de Heeseman, todos sus dignos miembros estaban cenando.
La carretera cruzaba a seis metros escasos del coche-cocina.
—¡Qué hato de
rufianes! —exclamó Elena—. ¿Quiénes son esos hombres?
—Parte del personal
que su hermano contrató para defender su ganado de los cuatreros —contestó él—,
y lo más gracioso es que ellos mismos lo son.
—Sí que es muy
chocante, aunque a Bernie no creo le haga ninguna gracia… ¿Lo sabe él?
—No, que yo sepa.
Heeseman, el jefe de ese grupo, se presentó por su propia recomendación y fue
admitido.
—Pues yo se lo
diré… ¡Oh…! ¿Qué es aquello…? ¡Qué enorme barraca…! Y están construyendo otra…,
maderos y más maderos… ¿Qué les pasa a los caballos…? Quiero bajarme…
—No, señorita
—replicó ceñudo Jim—. La llevaré sana y salva hasta su casa o moriré en la
demanda… ¡No mire usted a ese hombre que viene por el camino!
—¿Cuál? —preguntó
Elena riendo.
—El que se ha
parado ahora —contestó Jim—. Uno alto; que lleva sombrero negro… ¡No lo mire
usted! ¡Ése es Hank Hays…! ¡Échese el velo en seguida!
Obedeció ella,
dejando oír su argentina risa, y dijo:
—Seguramente, esto
forma parte de la broma, pero le agradezco sus esfuerzos por distraerme.
Jim pasó de largo
con el coche por delante de Hays, que estaba un poco separado de un grupo de
cowboys. Hays tenía la postura de un vigilante conejo que se cree que no lo
miran. Ningún caso hizo de Jim, pero la mirada de éste, más penetrante que
nunca, fue a hundirse en los claros ojos que por el momento relampagueaban bajo
el ala del sombrero negro, y su mente concibió la primera idea peligrosa para
la seguridad de Hays.
—Hank Hays… ¿Quién
es, ése?, preguntó la joven.
—Otro de los
guardianes de su hermano.
—¡Uy…! ¡Qué ojos
tiene! Pero no es eso lo que más me ha sorprendido… En la India he visto cómo
las cobras se alzan para disponerse al ataque, y ese Hays me ha recordado a una
gigantesca cobra bajo un sombrero de alas anchas… ¡Qué tontería…!, ¿verdad?
—No es tontería…,
es el instinto de propia conservación —contestó gravemente Jim.
La frase quedó sin
respuesta, quizá porque en aquel mismo instante Elena divisé la casa principal
sobre la suave colina. A su vista, el entusiasmo de la inglesa no reconoció
límites. Al pie de las gradas que conducían a la entrada, estaba Herrick con
sus perros; vestía botas altas y chaqueta roja. Saludó con la mano.
Jim detuvo los
sudorosos caballos delante de los mismos escalones, y el encuentro de los dos
hermanos hizo honor a la legendaria flema británica.
—¡Hola, Bernie…! Ya
estamos todos aquí —dijo alegremente Elena levantándose.
—Bien venida seas;
Elena —contestó él ayudándola a bajar—: ¿Has tenido buen viaje?
—Espléndido…, sobre
todo de Gran Unión aquí.
Ni besos, ni
efusiones. Jim sacó la conclusión de que en tocante a sentimientos íntimos, los
ingleses, o carecen de ellos o los esconden. Volviendo a la realidad, saltó del
pescante, empezando a bajar el equipaje. Barnes, a quien había olvidado por
completo, bajóse de un brinco por el lado opuesto.
—Que se ocupe
Barnes de entrar los bultos, y usted, Jim, lleve cuanto antes lo caballos a la
cuadra; están cubiertos de espuma; deben de haber corrida mucho.
—Sí, señor. La
diligencia llegó con retraso, y hemos tenido que ganar tiempo.
—Elena, ¿dónde
tienes el paquete que te entregaron en la Banca de Wells Fargo? —preguntó.
Herrick.
—Aquí en mi saquito
de viaje… ¡Ay, Bernie! ¡Qué contenta estoy de verme en mi casa!
—Entra y quítate
ese velo —dijo él—. Y cogiéndola del brazo, penetraron ambos en la espaciosa
vivienda.
Jim encomendó a
Barnes el cuidado del tronco, y tomando la empinada y pedregosa orilla del
riachuelo, enderezó sus pasos hacia la barraca de Hays. Happy estaba dentro;
silbando ante el fuego, y el chocar de sartenes y cazuelas daba claro indicio
de la proximidad de la cena.
—¡Hola, Jack…! ¿Qué
hay de nuevo por aquí?, —fue el saludo de Jim.
—Me alegro de tu
vuelta —contestó cordialmente el cocinero—. Por aquí no hay más que caras
largas, empezando por la de Hays, que parece un perro, atada a la cadena. Ha
venido Smoky trayendo buenas, noticias y un rollo de algo bueno, muy, abultado…
Pues ni aun con eso ha desarrugado el ceño.
—¿Qué le sucede?,
preguntó Jim con impaciencia. —A derechas, no lo sé. Es algo, que tiene
relación con tu viaje a la ciudad, y que al parecer le importa más que las
ganancias de Smoky.
El ruido de unas
recias pisadas anunció la vuelta de Hays y sin más comentarios, Jim se apartó
de la mesa para encararse con la puerta. Entró Hays, pero no el satisfecho y
placentero Hays de otros días, sino con gesto sombrío e inquieto. Smoky entró
detrás de él; su risueño semblante contrastaba con el de Hays.
—¡Hola…! ¿Ya estás
aquí…? Te aguardaba junto a las cuadras —gruñó Hays.
—Buenas noches,
jefe —contestó Jim saludando a Smoky con un ademán—. He venido por el atajo.
—He hablado un momento con Barnes… Por lo visto, el viaje nada ha dejado que
desear… y has hecho correr de lo lindo a los negros.
—No ha sido tan
agradable como tú supones —repuso Jim en tono sombrío.
—¡Diablos…! Debes
de ser enemigo de las mujeres. Dejando ese particular a un lado, ¿qué ha
ocurrido que pueda molestarte?
—Nada que te
importe a ti o a la banda… Smoky me vio ayer antes, de que yo le distinguiera y
se escurrió del camino. En la ciudad nadie se fijó en mí más de lo que me
convenía.
—¡Ajajá…! Así me
gusta —asintió Hays, y revolviendo en el paquete que había sobre su cama,
volvió con un rollito, compuesto por billetes de Banco de elevado valor.
Extendiéndolos sobre la mesa, dijo:
—Aquí tienes tu
parte, Jim, éste es nuestro primer negocio.
—¿Qué es esto?
—preguntó el joven, estupefacto.
—Lo que te
corresponde en lo vendido por Smoky… La rapidez en la acción es la base de
nuestro sistema de trabajar.
Jim no quería dar
la impresión de que tales procedimientos le fueran desconocidos. Sentándose en
un banco, ojeó los billetes, diciendo como si hablara consigo mismo:
—Cinco mil
seiscientos… —y metiéndoselos en el bolsillo añadió—: Se agradece, Smoky… Ahora
puedo tomar parte en algún juego…
—Jim, ¿no has
sabido nada nuevo? —preguntó con interés Hays—. Un mozo con tu vista y con tu
oído, por fuerza debe de haber descubierto algo.
—La señorita
Herrick ha recogido un paquete por orden de su hermano en casa de Wells Fargo
—contestó Jim de mala gana, cumpliendo su deber de aliado a los ladrones.
—Entonces ya ha
llegado —dijo Hays frotándose las manos—. Herrick esperaba dinero por la
anterior diligencia.
—Puede —admitió Jim
con indiferencia.
—Muchachos, podéis
empezar —avisó Happy.
Como de costumbre,
la conversación no animó la cena. La banda de Hays, comía siempre cual si
estuviera a punto de perecer por inanición. Era un hábito comprensible en
aquellos rudos caballistas, cuya vida transcurría al aire libre y en continuo
movimiento. Concluida la cena, Smoky fue el primero que rompió el silencio para
decir:
—Jefe: puesto que
ya está Wall de vuelta, podrías poner en su conocimiento lo que querríamos
hacer.
—Escucha, Jim:
Smoky y los otros, excepto Brad, opinan que se limpien de una vez los prados de
Herrick. —¿Qué te parece?
—¿Llevarse todo el
ganado?
—Ésa es la idea.
Jim reflexionó un
momento. La respuesta surgió en el acto en su mente, pero no quiso
precipitarse.
—La tarea es
difícil, pero ahorra tiempo y tal vez nos salve el pescuezo —observó—. Esos
cowboys no tardarán en darse cuenta de que el ganado disminuye. Si Smoky se
lleva otro par de miles de cabezas, es casi seguro que seremos descubiertos.
—¿Lo estás oyendo,
jefe? Wall opina lo mismo que yo. En la carretera abunda el agua, y tenemos
bastantes víveres. Acabemos de una vez.
—¿Quieres decir que
yo, Jim y Happy tendríamos que seguirlos?
—Desde luego.
—Eso significaría
alejarnos súbitamente, del Rancho de la Estrella.
—Cierto, y eso es
lo mejor para nosotros.
—Pero yo no quiero
marcharme tan de prisa —declaró Hays.
—¿Por qué no, si
nos llevarnos diez mil cabezas por delante? —preguntó sorprendido Smoky.
—Esas diez mil
cabezas no valen lo que yo tengo en proyecto.
—¿Qué es lo que te
bulle en la cabeza, Hank?
—Eso es asunto mío.
El vuestro es conducir ganado.
—¿Te propones acaso
robar al inglés…? ¡Hombre…!
Por amor de Dios…,
no seas un canalla.
—Hays, me permitiré
decirte que Smoky tiene razón.
—Podéis decir lo
que queráis…, no cambiaré de parecer —replicó el jefe.
—Si pusiéramos el
caso a votación, Hank, saldrías vencido…, pero no quiero obrar contra ti…
Escuchad: he tenido la suerte de ponerme en contacto con Hadley, que es el
pájaro más gordo de Lago Salado, y está dispuesto a comprar cuanto le llevemos.
—Corriente… Has
andado listo… y no veo motivos de pelea… ni de precipitarse.
—Pues nosotros, sí…
Estamos todos de acuerdo; a Brad no le gustan estos manejos con, el inglés y
ahora Wall opina lo mismo…
Hays dejó caer su
pipa, sin fumar, sobre la mesa, y, levantándose con violencia, púsose a pasear
por la habitación, presa, al parecer, de encontrados sentimientos. Pero su
indecisión no duró mucho y encarándose con los que se le oponían, dijo con
gesto dominador:
—Estoy resuelto.
Seguiremos el plan primitivo. Vosotros, muchachos, iréis llevándoos el ganado
poco a poco; yendo despacio, me dará tiempo…
—¡Ah…! ¿Es decir
que te arriesgas a ponerte frente a toda la cuadrilla? —interrumpió Smoky
lanzando una extraña mirada a su superior.
—¡Mil rayos…!
¡Sí…!, puesto que así lo queréis —replicó Hays, y marchóse con paso altivo.
—No tiene remedio
—dijo Smoky—. Algo se le ha metido al jefe en la cabeza… Pensaba marcharme en
seguida y me detendré hasta mañana; pero será igual. ¿Vendrás con nosotros,
Jim?
—Bien quisiera…
Pero… ¿qué diría Hays?
—Diría que le
traicionabas… Dios quiera que no sea él quien nos haga traición.
—¿Os llevaréis la
segunda partida mañana? —preguntó Wall.
—Expondré el caso a
mi gente y ya te diré lo que se resuelva.
Y salió. A los
oídos de Jim llegaron un par de secas frases cambiadas entre Smoky y Hays, y
después reinó el silencio. Happy miró a Jim moviendo la cabeza en son de duda.
Este último permaneció allí un rato, esperando que Hays volviera, pero no lo
hizo. Por una vez le aterraba la idea de quedarse solo en la oscuridad y la
calma, y en lo más íntimo de su corazón hubo de convenir en que la presencia de
la joven inglesa le había producido un terrible trastorno moral.
Al día siguiente
volvió a su trabajo en las nuevas construcciones. Un sutil cambio en Hank Hays
aumentó las sospechas que le inspiraba este individuo. Jim renunció a
observarle, por creer que ya sabía a qué atenerse respecto a él.
Hays había ido con
los cowboys al otro lado del valle para encargarles de una tarea que
seguramente sólo era un pretexto para alejarlos de las cascadas de Limestone,
sitio en que solía pacer el gruesa del ganado. Jim no vio a Hays, hasta la hora
de cenar, y el día llegó a su término sin ver por ningún lado a Elena. El joven
pudo medir la intensidad de su deseo de verla por el agudo sufrimiento que le
causaba el no conseguirlo. Entonces se maldijo a sí mismo, tratándose de
majadero. Sus maneras sufrieron el mismo cambio que las de Hays, con el
resultado de que él y su caprichoso jefe parecieron evitarse uno a otro.
Sin embargo, al
llegar la noche, Jim, se propuso estudiar de cerca al ladrón y observarle a
cierta distancia. En la mesa, Hays hizo algunos esfuerzos por ser el de
siempre, pero esos esfuerzos delataron falta de naturalidad. Cuando en las
tinieblas creíase inobservado, parecía un hombre perseguido por espíritus
invisibles. ¿Qué pasaba en su mente…? ¿Qué nuevo crimen estaría madurando?
¿Acaso el deseo de robar el dinero de Herrick le obsesionaba hasta ese punto?
Al fin y al cabo, Jim no conocía bien a Hays, y aún le quedaba el recurso de
dudar.
Durante el almuerzo
de la mañana siguiente, Hays sorprendió a Jim con esta pregunta:
—¿Salió ayer la
hermana de Herrick?
—No la he visto
—repuso Jim dejando el vaso.
—Aún no me has
dicho qué tal cara tiene… Cuando llegó, no pude verla con aquel velo, que la
tapaba como una careta. Sólo conseguí vislumbrar el pelo… Es del color de los
girasoles…, y no está mal de figura.
—¡Ah…!, sí —dijo
Jim con forzada risa—. Me olvidé decirte, o supuse que no te interesaba… Es una
muñeca desteñida, que no parece tener sangre… Debe de estar tísica o anémica,
según creo.
—¿Tísica con
aquellos hombros…? Escucha, Wall…, me gustaría verla antes de que levantáramos
el vuelo.
—¿Has cambiado de,
parecer respecto a la idea de Smoky?
—No quiero decir
eso…, pero estoy dándole vueltas.
Hays vio sus deseos
satisfechos al día siguiente. Estaba trabajando en las nuevas construcciones,
cerca del sitio que ocupaba Jim, cuando, Elena se acercó en compañía de su
hermano. Wall creyó que sus ojos le engañaban. Nunca había visto una mujer en
traje de amazona a estilo inglés y le pareció una reina. Casi no la miró a la
cara, por observar el efecto que producía sobre Hank. Éste irguió su cabeza de
halcón, quedóse un momento como transfigurado, y por último arrojó la
herramienta que empuñaba. ¿Era ésta una prueba de satisfacción por haber
conseguido ver a la maravillosa criatura? ¿Era un homenaje a la excepcional
belleza que sólo una vez suele aparecer ante los ojos humanos? Más pudiera
calificarse de acto de renunciamiento a algo.
Herrick y su
hermana se encaminaron hablando hacia el sitio en que estaba Jim. Éste oyó de
nuevo la perlada risa y su corazón brincó de alborozo.
—¡Buenos días!
—dijo ella deteniéndose—. ¿Conque es usted tan hábil carpintero como
caballista?
Jim se enderezó,
quitándose el sombrero.
—No son éstas las
herramientas que mejor manejo —observó sonriendo, después de saludar.
—A propósito de
eso: Bernie me ha dicho que es usted capaz de matar conejos a, caballo —añadió
ella en tono de admiración—. Yo quisiera aprender, ¿querrá usted enseñarme?
—Con mucho gusto,
señorita Herrick; pero no garantiza que acierte todos —contestó él.
—Entonces, ¿vendrá
usted mañana conmigo?
—Siempre, estoy a
sus órdenes —repuso Jim, pareciéndole que su propia voz venía de lejos.
—Wall, le quedaré
agradecido si acompaña usted a Elena siempre que quiera montar —dijo Herrick—.
¡Por Júpiter! Yo no puedo pasarme la vida sobre la silla, y tampoco quiero que
vaya sola.
—Como usted
disponga contestó Jim mirando de soslayo a Hays, que parecía convertido en
estatua.
La pareja reanudó
la marcha hacia la explanada en que esperaban los caballos ensillados, al
cuidado de varios cowboys, y Jim oyó los ladridos de los perros, que anunciaban
el comienzo del paseo. Una palmada que Hays dio en el hombro de Jim, hizo a
éste interrumpir el trabajo.
—La he visto, Jim
—dijo el jefe, como si este acontecimiento fuera época—. Ha pasado por mi lado
y hasta la he olido.
—Y ¿qué tenemos con
eso? —preguntó Wall tratando de sonreír.
—Nada…, que me
habías informado mal. ¿A eso llamas tú «muñeca desteñida»…? ¡Vive Dios!
—¿Yo, que sé, Hank?
—replicó Jim secamente—. Como a mí no me gustan las, rubias…
—¡Cuerpo del
diablo…! Me parece que a ti no te gustan las mujeres de ningún color. ¿Qué te
decía?
—Según parece,
Herrick le ha contado que yo mato conejos a caballo, y quiere verlo.
—¿Es decir, que
irás con ella…? ¡Suerte que tienen algunos hombres!
—Preferiría que te
hubieran dado a ti el encargo —declaró Jim; y queriendo aclarar una cuestión,
añadió—: ¿Y si le dijera al amo que tú irías en mi lugar?
—Por mucho que me
gustara, yo no puedo hacer esas filigranas de puntería, y tampoco quiero
demostrar mi inferioridad.
—A mí en cambio no
me gusta, y como estaré nervioso, fallaré las piezas —y al decir esto, Jim bajó
los ojos para que no denunciaran su pensamiento. Y sin más, púsose a trabajar.
Hays estuvo dando vueltas, sin hacer nada, hasta que los dos hermanos dieron la
vuelta, subiendo la colina en que estaba la casa. Los cowboys llevaron los
caballos a la cuadra. Entonces Hays desapareció de súbito, haciéndose invisible
desde esa hora, y Jim, preocupado con sus propios pensamientos, no se dio
cuenta hasta la noche.
Aquel día concluyó
para Jim el trabajo de carpintero. Al siguiente, apenas terminado el almuerzo,
recibió orden de acompañar a los amos. ¡Apresuróse a cumplirla, siendo inútil!,
que tratara de negarse a sí mismo el vivísimo placer que le causaba. Aquellos
ingleses eran de ilustre cuna, y seguramente a sus, ojos el abismo que les
separaba tenía tal profundidad que ni siquiera pensaban en que se pudiera
salvar. Sin embargo, un vago presentimiento le anunciaba que para él no existía
tal abismo.
Bajo la excitación
de la inspiradora presencia de Elena, Jim hizo gala de una certera puntería que
superaba a todas sus anteriores proezas.
—¡Maravilloso!
—exclamó ella fijando en el diestro tirador sus brillantes ojos, llenos de
admiración—. El tener a usted por enemigo equivale a un suicidio…, pero ¡pobres
conejitos!… No va a quedar uno alrededor del rancho.
—¿No te había yo
dicho que es un endiablado tirador? —exclamó Herrick.
Aquella noche
evidenció Hays inconfundibles síntomas de celos al manifestar Jim que de quince
conejos había matado trece. Los dilatados ojos de Happy y su estentórea voz
proclamaron el hecho como uno entre mil.
—¿Tienes el pulso
igualmente firme frente a un hombre de temple? —preguntó el jefe de la banda.
Jim le miró de
arriba abajo, diciendo lentamente:
—Puede que no lo
tenga tan, firme.
—Bueno… Cualquier
día de éstos liaremos la prueba —añadió Hank con aparente indiferencia.
—Cuando gustes
—dijo el joven feamente, y salió en busca del descanso. No quiso conceder
importancia a estas palabras, pero otras ideas se cruzaban en su mente,
ahuyentándole el sueño.
Al día siguiente,
Herrick no acompañó a su hermana en su matinal Paseo, circunstancia que dio a
la joven mayor libertad de acción, aumentando las temores de Jim acerca de la
seguridad de la gentil señorita. El caballista no podía juzgar bien de sus
cualidades de amazona, a causa de la silla inglesa que usaba, Pero desaprobó
sin rodeos la falta de equilibrio que ofrecía, diciendo «que era peor que la
“torta” de su hermano».
Elena, sin hacer
caso, continuó galopando tras de los perros, hasta que fue arrojada. Si hubiera
caído sobre piedras o sobre tierra dura podría haberse matado o al menos haber
sufrido alguna grave fractura. Por suerte, cuando el caballo tropezó, ella fue
lanzada por encima de la cabeza y fue a dar sobre blanda arena. Casi
simultáneamente arrojóse al suelo Jim, llamando a gritos a los vaqueros.
Arrodillado junto a
Elena sostenía su cabeza. La joven parecía aturdida, y tenía las mejillas
llenas de arena.
—¡Agua, Barnes!
—dijo Jim en cuanto el cowboy estuvo al alcance de la voz.
—No la hay por aquí
—replicó el mozo.
—Ya… estoy… bien
—tartamudeó Elena con voz débil—. He caído… como una pelota…, ¿verdad?
Al decir esto, se
sentó sin dejar de apoyarse en el brazo de Jim. Evidentemente, no había sufrido
ningún daño: Él le limpió la arena con su pañuelo de seda, sin poder impedir
que le temblara la mano. ¡Si hubiera tenido que disparar entonces…! El sombrero
hongo que cubría la cabeza de la amazona había ido rodando a varios metros de
distancia. Barnes lo trajo. Los cabellos de Elena caían sobre sus hombros como
cascada de luz. A pesar de los guantes que cubrían sus manos, logró sujetarlos
bajo el sombrero y dirigiéndose a Jim, dijo:
—Haga usted el
favor de ayudarme.
El joven puso un
musculoso brazo bario el de ella, y la levantó hasta ponerla en pie. Aunque
Elena parecía capaz de sostenerse, continuaba aferrada al brazo protector.
—Parece mentira que
sea tan ñoña —observó ella al notar que le flaqueaban las rodillas.
—¿De veras no se ha
lastimado usted? —preguntó solícitamente Jim—. La caída podía tener malas
consecuencias.
—No…, no me ha
pasado nada —y soltando el brazo de Jim, probó a dar algunos pasos soda.
El caballista
sintió la desagradable impresión de una corriente de aire fresco, y como
consecuencia se refugié en el enojo.
—Ya le había dicho
a usted, señorita Herrick, que esa silla no vale nada. Es un milagro que no se
haya estrellado usted.
—¡Oh…! No hay que
exagerar tanto… En mi país he tomado parte en muchas cacerías y hasta carreras…
—Barnes…, ayúdame a
convencerla —dijo Jim apelando al cowboy.
—Jim tiene razón,
señorita —afirmó el vaquero con gran formalidad—. Usted iba al galope… y si
este suelo llega a ser piedra… como en muchos sitios…, ¿quién sabe lo que
habría pasado?
—Sí…, el golpazo ha
sido fuerte —admitió ella en tono dolorido.
—Ha de montar usted
en silla vaquera, con doble cincha, y llevando pantalones —concluyó Jim.
—¡Pantalones!
—exclamó ella poniéndose como la grana—. ¿Quiere usted decir como esos azules
que lleva Barnes?
—Eso mismo… Así
podrá usted montar… Aquí estamos en el Oeste, señorita… Hay cosas que son
peligrosas, y si no me hace caso, hablaré a su hermano.
—No… Es que nunca
he montado a horcajadas…, pero lo haré, ya que tanto teme por la integridad de
mi persona… Hágame el favor de ayudarme a montar.
Este sencillo acto
dejó a Jim más trémulo que a Elena el golpe… Pero no era el miedo por ella lo
que hacía temblar al real mozo, sino las torturantes sensaciones engendradas
por el contacto con aquella hermosísima joven. Estremecióse todo su cuerpo al
darse cuenta de que al verla en el suelo con los brazos abiertos, el dorado
cabello esparcido sobre la arena, su primer impulso fue estrecharla contra su
pecho. Impulso muy natural, dadas las circunstancias, pero tratándose de él…,
absurdo.
Hays no acudió
aquella noche a la cena, sin que su ausencia preocupara a Jim en lo más mínimo.
Harto tenía en qué pensar, para acordarse del jefe.
Los días
transcurrieron rápidos o pesados, según permitía el tiempo que saliera o no con
Elena. Ésta se acostumbró a la silla vaquera como los patos al agua. Montaba
admirablemente. Además, aquel temperamento fogoso, al que antes había aludido,
se adueñaba de ella. A veces salía sola, galopando con la rapidez del viento, y
en una ocasión los vaqueros tuvieron que buscarla hasta el anochecer por
diversos caminos. Herrick no parecía conceder importancia a estas escapatorias.
En lo que concierne
a Jim Wall, sus frecuentes paseos con la joven no le dejaron dudas acerca del
amor insensato que le inspiraba, y los que daba ella sola causábanle agudas
torturas a causa de Hays. No podía asegurar si el jefe seguía o no a la
señorita, pero el día en que supo de cierto que Hank había recorrido los
lugares frecuentados por Elena, le pareció que ya era tiempo de obrar.
Esto puso a Jim en
un verdadero apuro: dadas las circunstancias y el sitio, para un hombre como
él, no había más que un medio de actuar. ¿Pero debía meter una bala en la
cabeza de su jefe por meras sospechas de que se proponía secuestrar a la
inglesita? El procedimiento era censurable para el que siempre se había
envanecido de jugar limpio, tanto con honrados amigos como con criminales
aliados.
Jim se paseaba bajo
los copudos árboles a altas horas de la noche, en vez de consagrarlas al sueño.
Pasaron los días sin que tratara de evitar el supuesto desastre, y no lo
intentó, comprendiendo que era inútil. El deseo de estar junto a la encantadora
rubia era cada día más irresistible. Más de una vez hubo de reprimir el
temerario impulso de declarar a la señorita Herrick su amor. La idea era
sencillamente insensata, pero cuando trató de rechazarla, no obtuvo más
resultado que robustecerla en términos que llegaban a enloquecerle. Pero su
condición de hombre hizo que la desechara. El amor del macho, principalmente
del que vive solitario en el desierto, le inspiraba ideas que el mismo Jim
comprendía eran un bárbaro atavismo. Se le ocurrían en sus vagos e incoherentes
sueños y no podían menos de influir en el ánimo de un ser en el que prevalecían
los instintos primitivos. Pero nuestro joven procuraba no ceder a su
ascendiente… Recordaba a su madre y a su hermana, y no admitía la posibilidad
de hacer ningún daño a la que adoraba.
Esto mismo le
inducía a la tentación. ¿Qué significaba el que declarase su amor a Elena,
junto a las ofensas que ésta podría sufrir de Hays? De todo esto no podía
resultar más que una catástrofe.
Durante el almuerzo
de la siguiente mañana Hays comentó el que Smoky no hubiera dado señales de
vida en más de dos semanas.
—Es preciso
concluir cuanto antes —determinó en tono sombrío.
—A estas fechas
deben de haber hecho dos expediciones más —observó Happy—. Ayer recorrí ocho o
diez millas, y el ganado disminuye… Cualquier vaquero que tenga ojos: en la
cara no puede menos de darse cuenta. —Claro… Yo bien los tengo ocupados por
otra parte, pero no puedo impedir esos paseos acompañados de perros. El mejor
día se le ocurre a Herrick cazar por el camino de Limestone y entonces se
descubre el pastel.
—El amo no notará
la diferencia —interpuso Jim.
—No apostara nada,
por si acaso —replicó Hays con voz ronca, añadiendo finalmente—: Esperemos
hasta que sepamos algo de Smoky y los suyos.
Cada mañana, cuando
Jim salía a caballo hacia los corrales, experimentaba una embriaguez más dulce
que la del vino. Las horas soleadas en que la salvia y los pinos mezclan su
balsámica fragancia y él tenía delante aquella fascinadora muchacha de luminosos
cabellos, eran muy diferentes de las horas de sombrío aburrimiento que pasaba
solo al terminar el día. No dudaba de que aquella incongruente situación, tan
amarga y tan dulce a la vez, no podía durar. En los momentos de humildad,
engendrados por las más puras emociones que aquella mujer despertaba en su
alma, Jim se persuadía a sí mismo de que sólo intentaba salvarla de caer en
manos de hombres peores que él.
Barnes y otro
vaquero tenían los caballos de los dos hermanos al pie de la escalinata, pero
con amargo desconsuelo por parte de Jim, vio éste que Elena salía a galope,
seguida por el cowboy, dejando atrás el caballo de su hermano. Los perros
saltaban ladrando alrededor de su amo, ansiosos de la caza.
La bella inglesa
parecía menos altiva e inaccesible en sus atavíos semimasculinos, que en cambio
hacían resaltar más que nunca sus femeniles atractivos.
Barnes entregó el
caballo del amo a un mozo de cuadra y reunióse a su compañero para escoltar a
la señorita. Jim puso su bayo al mismo paso, y los tres siguieron juntos.
—¿Por qué no ha
salido Herrick? —preguntó Jim.
—Estaba regañando
con Heeseman.
—¿Qué dices…? ¿Por
qué?
—Como saberlo, no
lo sé… Abrieron la espita al alejarme yo —contestó el joven vaquero—. Pero vi
lo bastante para saber que las cosas van torcidas. Estaban en el portal; el amo
parecía de mal humor; según oí, no quería que su hermana fuese hoy de caza, pero
ella, quieras o no, se fue.
—¿Qué aspecto tenía
Heeseman? —preguntó Jim, pensativo. Algo debía de haber pasado, pues dos: días:
antes la cuadrilla de Heeseman trabajaba en la corta de árboles.
—Estaba más serio
que un entierro, y al parecer quería persuadir de algo al amo.
Jim guardó
silencio. ¿Qué giro tomarían las: cosan en los próximos días? El suelo del
rancho empezaba a quemarle los pies.
Cada día era
preciso alejarse más para encontrar caza. Los conejos, espantados, hablarme
refugiado en el valle.
A cuatro o cinco
millas, los perros levantaron un coyote agazapado tras un macizo de salvia. Al
principio, los perros ganaron terreno, pero tras una persecución de una milla
aproximadamente, al perseguido supo guardar la distancia que le separaba de
ellos y que sólo era de unos cincuenta pies. La caza proseguía ruidosa y
emocionante. La alimaña logró meterse por la ladera del Oeste cubierta de
bosque, lo que impuso mayor lentitud a la caza en lo que concierne a los
jinetes.
Los cowboys iban a
la cabeza; seguía Elena, y Jim cerraba la marcha. El ascenso era gradual y
largo hasta alcanzar la meseta donde los pinos alternaban con grupos de
chaparras, formando un pintoresco paisaje.
Allí los perros
levantaron una manada de corzos, y a pesar de los gritos de los vaqueros,
lanzáronse tras ellos con un coro de ensordecedores ladridos. Barnes y su
colega salieron en su persecución, tratando de recogerlos y pronto estuvieron
unos y otros fuera del alcance de la vista y del oído.
Jim se acercó a
Elena, que esperaba en un claro entre los pinos. Con el rostro enrojecido y
despeinado el cabello, había colgado el sombrero del pomo de la silla. Su
aspecto era realmente enloquecedor.
—La caza se ha
perdido para nosotros, señorita Herrick —dijo el joven—. Los muchachos tardarán
horas enteras en atrapar la manada.
—¡Qué lástima…!
Pero… el incidente… ha sido emocionante —contestó ella, sofocada y riendo—. Me
alegro de que se haya escapado el coyote…, y eso que su poblada cola había
despertado mi ambición.
—¿Daremos la
vuelta?, preguntó Jim, intranquilo. Las pocas ocasiones en que estuvo solo con
Elena, fueron muy cortas, pero le bastaron para darle a conocer el peligro de
su prolongación.
—Dejemos descansar
los caballos… Yo misma estoy sin aliento… ¡Escuche…! ¿No oye usted los perros…?
Puede que vuelvan empujando a los, corzos… Me gusta mucho ver saltar los corzos
sobre sus finas patitas…
Jim, que prestaba
atento oído, oyó primero el latir de su sangre que sonaba como sordo redoble y
luego el susurro de las copas del arbolado.
—No, no son los:
perros… Es el viento entre los pinos. —¡Que sonido tan melancólico, pero tan
grato!
Jim se apeó para
apretar la cincha de su silla. Sentíase indefenso y agitado y sobre todo
impaciente por ponerse en movimiento.
—Wall, eche una
mirada a esta cincha —dijo ella.
—¿Me permite usted
que le ruegue no me llame Wall? —protestó el caballista con injustificado
resentimiento—. Me atrevo a recordarle que no soy su criado.
—Dispense usted
—añadió ella sorprendida—. ¿Debo llamar a usted señor Wall?
—Sí…, puesto que es
usted demasiado tiesa para llamarme Jim —repuso él con rudeza.
Elena no se dignó
contestar, y esto acabó de enfurecer al joven.
—Ya que se presenta
la ocasión, aprovecharé para decir a usted una cosa —añadió él con cierta
brutalidad—. No vuelva usted a alejarse sola… Como no podía hablar con usted,
se lo he dicho a su hermano, que se ha echado a reír en mi propia cara… Está
más loco que un cencerro.
—¡Señor Wall, no
quiero escuchar ese lenguaje! —protestó ella.
—¡Ah…! Usted no
quiere —repitió él acercándose al caballo—. No está usted ahora en un salón de
Londres, frente a un mayordomo poco respetuoso. Está usted en pleno Utah,
señorita, y yo soy Jim Wall.
—Lo último es
indudable, por desgracia —contestó ella fríamente—. ¿Quiere usted tener la
bondad de apretar esta cincha? Será el último servicio que reclame de usted.
—¡Gracias a Dios!
—exclamó él con inequívoca franqueza—. Sin embargo, diré a usted… Si fuera una
muchacha americana, mee comprendería sin dificultad; si se tratara de una chica
nacida en el Oeste, no habría necesidad de explicación…, pero como es usted una
inglesa de ilustre nacimiento, y cree que su condición basta para protegerla de
todo, hay que abrirle los ojos a la fuerza… No es conveniente que corretee
usted todo el valle como una moza desenfrenada.
—¿Por qué…? Ya
trató usted de amedrentarme durante el camino de la ciudad al rancho, pero sin
darme razones, concretas del peligro.
—Alguno de estos
bandidos puede secuestrarla para obtener rescate.
—¡Qué tontería!
—exclamó ella desdeñosamente.
—O también alguno
puede salirle al paso con malas intenciones…
—Señor Wall, quiero
creer que las de usted son buenas; pero exagera mucho el peligro, suponiendo
que haya alguno. Mi hermano ha preguntado a Heeseman, y la respuesta ha sido
que por ser de Wyoming, habla usted mal de Utah.
—¡Ja…!, ¡ja…!,
¡ja…! —Jim soltó una sarcástica carcajada al oír la información—. ¿Qué dirá
usted, señorita Herrick, si yo le aseguro que Hank Hays lleva ya varios días
espiándola y procurando hallar ocasión propicia para ultrajarla?
Palideció Elena
bajó la penetrante mirada de su interlocutor, y cambiando el tono, dijo:
—No lo creo… Por
razones que no alcanzo, tiene usted un celo excesivo por mi seguridad…, tanto,
que llega a ser molesto.
—¿Cree usted que
miento?
—Señor Wall… Yo no
le he llamado embustero —contestó ella can impaciencia—. Sólo digo…
—¿Y seguirá usted
galopando sola, cuando y hasta dónde le dé la gana? —preguntó él subiéndosele
la sangre a la cabeza.
—Eso nada le
importa a usted —replicó ella, ofendida—; pero no dejaré de hacerlo siempre que
me plazca.
—Entonces es usted
una insensata, lo mismo o más que el simple de su hermano —declaró Jim
perdiendo los estribos—. Heme aquí, el único hombre de todo el rancho lo
bastante honrado y decente para decirle la verdad, y sólo obtengo desaires e
insultos por mis esfuerzos.
Elena permanecía
muda como una estatua, y Jim, que había puesto la mano sobre el pomo de la
silla, sacudiéndola con fuerza, dijo de pronto:
—La cincha está
floja, ¿quiere usted hacerme el favor de bajarse?
—Ya está bien para
la vuelta —respondió ella en tono glacial.
—Se le escurrirá la
manta, y la silla puede dar la vuelta con usted y todo… Sería un merecido
castigo el que se rompiera la cabeza contra una peña.
Quitando el pie del
estribo, dijo ella:
—Apriete, pues, la
cincha y de prisa.
Jim obedeció con
rapidez, pero la casualidad hizo que la tocara a ella, y este contacto le causó
la impresión de un torrente de fuego. Bajo su influencia levantó la cabeza para
mitigar la ofensa con algunas protestas de sinceridad… que no llegó a pronunciar.
La joven hablase inclinado para anudar el cordón de la bota, y al levantar Jim
la cabeza, encontróse a menos de un palmo de los rojos labios. Sin pensar más,
con la rapidez del relámpago, estampó en ellos un beso y retrocedió aterrado.
Irguióse Elena con
el rostro echando llamas.
—¿Cómo se ha
atrevido usted? —exclamó entre incrédula y enojada.
—¡Dios mío…! No
quise hacerlo —murmuró el culpable—. Ha sucedido… no sé cómo…
Ella, blandiendo su
latiguillo de cuero, le cruzó el rostro con tal fuerza, que saltó la sangre. La
furia de Jim se desbordé sin límites. Con rapidez felina intercepté el segundo
latigazo, que le cayó sin fuerza sobre el cuello, y arrancando el látigo de la
mano que lo empuñaba, lo arrojó muy lejos. Después, su puño de hierro sujeté a
Elena por la blusa; de una sacudida la hizo caer de la silla; su otro brazo se
ciñó al hermoso cuerpo, y cuando ella quiso defenderse desesperadamente, ya era
tarde.
La boca de Jim,
aplastada contra la de ella, ahogaba sus gritos. Hubo un momento de lucha; la
inteligencia no era débil, pero se hallaba en brazos de un gigante enloquecido,
que le destrozaba los labios con prolongados y repetidos besos de salvaje
pasión. De súbito dióse él cuenta de que sus brazos sostenían el peso de un
cuerpo inanimado. Lo que esto pudiera significar, causó en Wall una conmoción
superior a la de la más ciega rabia. Dejó deslizar a la joven, que, medio
desmayada, cayó de rodillas junto a un pino, extendiendo los brazos con ademán
de rechazarle.
—Y ahora…
aristocrática señorita… espero que estará usted convencida —jadeó él con los
labios trémulos y fatigosa la respiración—. Si no fuera usted una frágil
muñequilla sin sangre… en las venas… habría comprendido antes… lo que somos los
hombres de Utah… Pero ahora no volveré a poner la mano sobre su cuerpo… ni
aunque me fuera en ello la vida… ¡Levántese usted!
Obedeció Elena con
lentitud, apoyándose con una mano en el pino, mientras que con la otra se
oprimía el pecho. Tenía trazas de sangre en los labios y mejillas; lo restante
del rostro parecía una máscara de alabastro.
—Creo que he estado
lo bastante loco para enamorarme de usted, y desear protegerla contra otros
hombres peores que yo —prosiguió él con ronca voz—. Espero en Dios que esto le
servirá a usted de lección… Cuide de poner su hermosa cara y su cuerpo fuera del
alcance de Hays y de esos otros bandidos. Su sed de oro, no es nada comparada
con el ansia que tienen de mujer. Aquí se carece de ellas, y serían capaces de
comérsela a usted viva. Es una ligereza criminal, por parte de usted, el
mezclarse sola con esta clase de hombres, como si no tuviera usted más misión
que la de trastornarlos con su hermosura. Su hermano ha sido un insensato en
venir a Utah… y más; insensato aún en traerla a usted. Vuelva a su casa… antes
de que sea demasiado tarde… y dígale que se vaya… si no quiere verse pronto en
la ruina.
Elena, temblando
como una azogada, limpióse la sangre de los labios y mejillas.
—¿Me ha… ultrajado
usted… de este modo… sólo para asustarme? —preguntó ella con entrecortada voz.
En su acento había una singular mezcla de horror y fascinación.
—Monte a caballo y
vaya delante —ordenó él con dureza—. Pero antes, señorita Elena Herrick, una
última palabra: No diga usted nada de lo ocurrido a su hermano, hasta que yo me
haya marchado… De k contrario, me veré obligado a matarle.
Elena había dejado
un guante en el suelo, y Jim no dio ningún paso para recogerlo. El bayo habíase
alejado un corto trecho, y cuando Jim saltó sobre él, ya estaba Elena en la
silla. Aquélla se adelantó unos cuantos pasos, antes de que Wall la siguiera.
El exceso de
emoción de éste hablase disipado, dejándole sereno y contento del giro que
había tomado el asunto. La situación había llegado a serle intolerable y se
burlaba de sí mismo, por sus afanes de presentarse por el buen lado a los ojos
de Elena. ¡Ridículas pretensiones para el miembro de una cuadrilla de bandidos!
Pero el hecho de ser un ladrón no impedía que él pudiera sentir lo que otros
hombres, respecto a las mujeres. Ya sabía que nunca podría disponer de sus
propios sentimientos. Por muy singular que le pareciera, no podía menos de
convenir en que se había enamorado de Elena Herrick.
Ésta seguía bajando
la cuesta a paso lento, sin mirar ni a un lado ni a otro. Debía de tener los
ojos bajos, y la postura de su cabeza y hombros denotaba vergüenza y
abatimiento. ¡Ultrajada por unos cuantos besos tomados a viva fuerza…! Toda la
vida se acordaría de los brutales besos de un hombre rudo. En cuanto a Jim, no
olvidaría nunca aquel primer beso dado por sorpresa en los frescos labios
rojos.
Llegaron a la vista
de la casa señorial, que amarilleaba entre el follaje verde y gris de los
árboles, y Elena detuvo el paso de su montura, como si quisiera retrasar la
llegada. Tal vez sentía inquietud al tener que encontrarse con su hermano. Ya
casi la había alcanzado Jim, cuando volvió a emprender la marcha. La próxima
vez que la miró él, ya había recobrado su posición habitual en la silla.
Al llegar al nivel
de la carretera que hace la curva para subir a la casa, Elena esperó a que Jim
llegara a su lado, y mirándole de frente, preguntó:
—¿Le queda a usted
aún la bastante honradez para decirme la verdad?
—Yo nunca le he
mentido —contestó él, muy sorprendido—. ¿Quién es capaz de entender a las
mujeres?
—Aquel beso… el
primero… ¿fue realmente espontáneo… e impremeditado?
—Señorita Herrick,
no sé por quién se lo puedo jurar a usted… no teniendo Dios, ni honor… ni… pero
sí… algo me queda: ¡mi madre! Por su recuerdo juro a usted que jamás fue mi
ánimo insultarla. Miré hacia arriba…, usted bajó la cabeza… ¡Tiene usted unos labios
tan rojos…! Enloquecí y los besé.
Dieron unos diez
pasos antes de que ella volviera a tomar la palabra.
—Le creo a usted
—dijo, sin que temblara su sonora voz de contralto, aunque era evidente lo
profundo de su emoción—. Lo que ha hecho usted es imperdonable… Pero yo no he
debido pegarle con el látigo… Esto, y su afán de asustarme, tal vez puedan
justificar su brutalidad… No diré nada… No se vaya usted del Rancho de la
Estrella.
Por un instante,
sintió Jim un vértigo, cual si estuviera al borde de un precipicio. Aquél era
el golpe final del accidentado paseo… El entendimiento de Jim no alcanzaba a
comprender lo que ella se proponía. Sólo podía tomar lo dicho al pie de la
letra. Pero aquel cambio de repulsión a incomprensible generosidad despertó sus
buenos sentimientos.
—Señorita Herrick,
mucho lo siento, pero debo marcharme —respondió con tristeza—. No soy más que
un caballista errante, un mediano gunman, miembro de una banda de ladrones… y
he sido lo bastante loco para enamorarme de usted… Olvídelo… Vuelva usted a
Inglaterra… Pero si permanece aquí… no salga sola nunca.
Y espoleando su
caballo, cruzó la explanada que conducía al riachuelo. Al bajar por su orilla,
vio un compacto grupo de jinetes delante de la barraca de Hays. Su aspecto
causó un intenso estremecimiento al joven… ¡Era la cuadrilla de Smoky!
VIII
Hays estaba delante
de su barraca, sin sombrero y con las piernas separadas, como si quisiera echar
sólidas raíces en la tierra. Tenía los brazos en jarras, y sus despeinados
cabellos color de arena recordaban la melena de un león.
—¡Uf! Parece que el
jefe no está para bromas —soliloquió Jim—. No hay más que verle… Apuesto a que
está rechinando los dientes… El caso no es para menos. Smoky y su gente se han
sublevado, o están a punto de hacerlo… Olfateo que la circunstancia va a ser
favorable para mí.
Jim dio la vuelta
para meterse en la cuadra, donde quitó la silla al bayo, lentamente. No quería
demostrar prisa por enterarse de lo que pasaba. A todo evento, dejó el rifle en
la funda de la silla. Si sus cálculos, no fallaban, aquella misma noche se alejaría
del Rancho de la Estrella, idea que le complacía, al mismo tiempo que le
atormentaba.
Dominando el
murmullo del riachuelo, oyó Jim la enojada voz del jefe de la banda. El joven
se encaminó al puente, y mientras: lo cruzaba vio los caballos de la pandilla
de Smoky con las bridas sobre el cuello, y sus jinetes agrupados frente al
porche. Jim subió los escalones.
Hays hablase
sentado en un poyo. Con la angulosa cabeza apoyada en la pared, las largas
piernas extendidas y los ojos lanzando siniestros: relámpagos, ofrecía la
propia imagen de un hombre furioso y vencido, cuyos labios contraídos ni aun le
permiten hablar.
Smoky, muy sereno,
liaba un cigarrillo, pero la expresión de sus ojos era más dura que el acero.
Brad, sentado en la barandilla, contemplaba al jefe con sardónico gesto. Mac
tenía más aspecto de vampiro que nunca, y Bridges y Latimer estaban muy
nerviosos.
—¡Buenas tardes,
Jim! —gritó Smoky.
—¡Hola, muchachos…!
¿Qué ocurre…? ¿Estamos dentro o fuera?
—Yo creo que
dentro… y que Hank es el único que va a quedarse fuera —contestó Smoky,
añadiendo:
—Toma, Jim,
guárdate esto.
Y sacando de un
bolsillo muy repleto un pequeño rollo verde oscuro, se lo tiró con tal rapidez,
que le dio en el pecho, y Wall lo cogió al rebotar. Era un rollo de billetes de
Banco, atado con una tira de piel de gamo.
—Es lo que te
corresponde en el reparto —prosiguió Smoky—. No lo cuentes ahora; vienen
muchos: billetes pequeños y podrías confundirte. Pero se ha hecho el reparto
con toda exactitud.
La cifra del
billete que había en el exterior era de ciento, y como el rollo era demasiado
grande para caber en el bolsillo del chaleco, por fuerza hubo Jim de meterlo en
el del costado.
—Mucho dinero es
éste —dijo Jim en tono de duda— para quien nada ha hecho… Pero el jefe no
parece contento del resultado —observó al ver que había en el suelo un rollo
idéntico al que acababa de recibir.
—¡Me habéis hecho
traición! —estalló por fin Hays.
—Eso es según y
cómo se mire —respondió Smoky—. No estabas con nosotros cuando debieras haber
estado, y no podemos trotar cada día cuarenta millas para venir a hablar
contigo… La cosa ocurrió en Gran Unión… tropezamos con algunos hombres de los
que manda Heeseman… Tan cierto como alumbra el sol, nos iban pisando los
talones… o nos pisarán muy pronto… Yo puse el caso a votación, y todos, como un
solo hombre, opinamos por llevarnos el ganado de una sola vez, en lugar de por
pequeñas partidas. Diez días hemos pasado conduciendo la manada, sin bajarnos
de la silla, medio muertos de hambre y de sueño… Tus compradores me juraron que
no estaban en fondos, y les era imposible pagar más de doce dólares por cabeza…
¡Luego se habla de ladrones…! Bueno; tuve que tomar lo que me ofrecían y darme
por contento… y ahora, jefe, ya están las cartas sobre la mesa… tanto si te
gusta el resultado, como si no.
—Lo que te digo,
Smoky… es que… por menos he matado a un hombre.
—No lo dudo… pero a
mí no me matas… Yo no tengo ninguna culpa… Ya he dicho que se decidió por
votación.
—¡Rayos…!
Desobedeciste mis órdenes.
—Que decida Jim… Es
casi un extraño entre nosotros y no tiene partido por ninguno… ¿Qué te parece
el caso, Jim?
El joven tomó en
serio la apelación, y dirigiéndose a quemarropa a Hays, dijo:
—Smoky tiene razón…
Si te proponías limpiar el comedero al inglés, así es como debía hacerse.
—Ya se ve que
estáis todos bajo una misma manta.
—No diría lo que
digo, si creyera que la razón no estaba de esa parte —replicó enfadado Jim.
Aquí veía la
probabilidad de exasperar a Hank y hacerle que saltara. Si hubiera medio de
obligar al ladrona reñir, teniendo su gente en contra, tal vez podría mejorarse
la presente situación para los Herrick.
—Yo soy el que
dirige los actos —recordó secamente Hays.
—Pues este del
Rancho de la Estrella has estado a punto de que te falle.
—Eso no es negocio
tuyo, Jim Wall —declaró el jefe con mayor acritud.
—Sí que lo es… ¿Por
quién me tomas…? ¿Qué te has creído…? Mientras pertenezca a la banda, tus
negocios son los míos, lo mismo que de Smoky y de los demás.
—Mejor será que
cierres el pico.
—No me da la gana
de cerrarlo, Hays. Alguno había de tener agallas para decirte las verdades, y
ése soy yo… No tenemos mala voluntad hacia ti, pues nunca he visto una banda
tan leal a su jefe como los de ésta, ni he oído nunca hablar de un pelotón de
jinetes que trabajasen como negros, en tanto que el jefe se rasca las narices y
pronuncia palabras misteriosas.
Hays lanzó una
mirada digna de un toro rabioso, encogió las piernas y levantóse con lentitud.
—Cuidado con lo que
haces, jefe —advirtió Smoky.
—¿Quién es el que
manda aquí? —preguntó Hays con un silbido como el de una víbora.
—Nadie, por el
momento. Yo he hablado para meterte en razón… Jim ha hecho lo mismo, y por
cierto muy bien… Te has de meter en esa cabeza de pedernal que Jim ha hablado
por todos nosotros.
—¿Quién es el que
tiene aquí la cabeza más dura…? Yo tengo mis razones… No puedo dejar el rancho
todavía y, ¡por Júpiter…!, no lo dejaré.
—¿Por qué no?
—preguntó con curiosidad Smoky—. Nuestra faena está concluida. Nos hemos
llevado casi todo el ganado, y tú ya has recibido la guita. Debieras tener más
prisa que nadie.
—Aún no estoy listo
—replicó el tozudo ladrón.
—Pues debieras
estarlo. La pandilla de Heeseman nos perseguirá. ¿Por qué hemos de matarnos sin
necesidad…? El ranchero, ese inglés, debe tener dinero en casa, pues todo lo
paga al contado. Pero ¿es decente que nos llevemos hasta la calderilla? Hemos
hecho un negocio espléndido, y tenemos los bolsillos más repletos que nunca.
Hays parecía
serenarse gradualmente bajo la acción de los persuasivos argumentos expuestos
por su lugarteniente. Jim vio desvanecerse la ansiada ocasión.
—Smoky… ¿por qué no
preguntas al jefe cuáles son sus misteriosos proyectos? —insinuó Wall con
sarcasmo.
Hays degeneraba de
león en rata, y Jim no sabía qué hacer para excitar su fiereza.
—Hank, ¿qué mil
diablos se te han metido en el cuerpo? —interrogó Smoky en voz alta—. ¿Por qué
nos miras como un acorralado coyote?
—Smoky… el jefe
está en la higuera —observó cáusticamente Jim—. Pretende robar a Herrick.
Bueno; pero esto no es más que una pantalla… Lo que él quiere es la muchacha.
—¿Aquella moza
rubia que trajiste de la ciudad? —Justo… la hermana de Herrick.
—¡Vaya por Dios…!
¡Ja…!, ¡ja…!, ¡ja…! Conque, ¿es eso lo que te consume, Hank?
Hays había llegado
al límite, y a no ser por la estrepitosa hilaridad de Smoky, es probable que
hubiera roto las hostilidades. Vaciló, pero había un resplandor mortal en la
mirada que clavó en Jim.
Smoky, al
observarlo, se puso entre los dos.
—Vamos a cuentas,
Hank… ¿Es eso lo que te detiene? ¿Quieres atacar al pobre Jim, sólo porque dice
la verdad…? Mira; si tantas ganas tienes de soltar una bala, suéltamela a mí,
que soy el que empezó la cuestión y metió en ella a Jim.
Hubo un instante en
que hubiera bastado tocar la escopeta para que saliera el tiro. Después, Hays
recobró el dominio sobre sí mismo.
—Me doy por vencido
—dijo con voz ronca—. Tienes razón, Jim, y tú también, Smoky… Tengo una cabeza
de chorlito y la he perdido al pensar en la hermana de Herrick y en el dinero
que podríamos obtener por ella.
—Bueno; eso es
hablar como un hombre —declaró Smoky respirando a pleno pulmón—. ¿Por qué no
has desembuchado antes lo que dices ahora? Ni yo, ni Jim, ni nadie te criticará
porque te guste esa chica… ¡Es un verdadero capullo de rosa! Pero ¡mil
diablos…! ¿Es que eres lo bastante viejo para chochear…? Si estuvieras lo
suficientemente trastornado para querer llevarte esa hembra a viva fuerza, ¡por
Júpiter!, nos alejaríamos de ti como un solo hombre.
Hays se Inclinó
para coger el fajo de billetes, que tiró al aire, recogiéndolo como una pelota.
No se escapó a la penetrante mirada de Jim que el jefe había capitulado por el
momento, pero sin estar vencido, ni mucho menos.
—¡Happy! ¿Qué hay
de la pitanza?
—Cuando usted
quiera, jefe.
—Empezad,
muchachos… Tengo que tomar algunas disposiciones… —Y salió.
Antes de que
hubieran terminado la cena, volvió Hays, arrojando el sombrero a un rincón. Su
rostro parecía la máscara de la tragedia.
—Esta misma noche
nos sacudiremos para siempre el polvo del Rancho de la Estrella —dijo en tono
resuelto—. Recoged el equipaje y poneos en camino sin tardar… Yo os alcanzaré…
Si no me reúno con vosotros en el campamento de Smoky, seguramente nos encontraremos
en el bosque de cedros que cae sobre el desfiladero Rojo.
—Está bien —asintió
Smoky.
—Ya era tiempo
—añadió Brad—. ¿Nos meteremos en algún escondite, hasta que se apague el ruido?
—Ésa es mi
intención. ¡Smoky…! No te olvides de empaquetar todas las vituallas de que
dispongas.
—Sí. Podremos
aguantar seis meses sin pasar necesidad.
Nadie hizo más
preguntas ni comentarios, y cada cual guardó para sí la opinión que le
mereciera el peculiar modo con que Hays dirigía su banda. Jim no acababa de
tranquilizarse, aunque daba por hecho que Hays había renunciado a cuantos
proyectos tuviera contra la hermana de Herrick. Seguramente, aquella noche
haría un postrer esfuerzo para robar al inglés. Esta probabilidad preocupaba a
Wall. En cuanto a Elena, había recibido una buena lección, y no sería fácil en
lo sucesivo cogerla desprevenida. Jim no podía arriesgarse más: tenía que
marchar con la cuadrilla. Si se quedaba rezagado para espiar al jefe, y frustar
cualquier plan que tuviera contra el bolsillo de Herrick, tendría que matar a
Hays, cosa que no le importaba lo más mínimo, pero no le sonreía la perspectiva
de recorrer un país desconocido con Smoky y sus compañeros dándole caza.
—Que se encargue
cualquiera de recoger mi equipaje —mandó Hays—. Yo voy a vigilar por ahí fuera…
Sería lástima que esta última noche fuéramos sorprendidos por Heeseman y su
tropa.
Las sombras
empezaban a cubrir el valle cuando salió Jim, que, escondido tras unos pinos,
buscó a Hays, esperando encontrarle de centinela. Pero el ladrón no estaba
frente a la puerta Paseábase a lo largo de la orilla, y tanto vigilaba la
probable venida de Heeseman, como el mismo Jim. Su cabeza gacha, el abatimiento
que revelaba su inclinada figura con las manos cruzadas a Ja espalda, todo en
él daba a conocer al hombre combatido por enloquecedora pasión.
Jim ahogó un
juramento. A punto estuvo de dejarse dominar por los celos que le sugería su
amor, y separarse aquella misma noche de la banda de Hays, pero la reflexión se
impuso, y él mismo llegó a calificar sus temores de imaginarios. Estaba
perdidamente enamorado de Elena, y esto le hacía ver visiones, Hank Hays era un
bandido capaz de sacar dinero a costa de una mujer, pero no de traicionar a su
banda, a la que guardaba la misma fidelidad que sus miembros tenían para el
jefe. Esto es lo que se llama honor entre los ladrones… Sin embargo, tratándose
de una criatura tan excepcional como la hermana de Herrick…
Jim se arrancó a sí
mismo de la contemplación del meditabundo malhechor. Era preciso tomar una
decisión y la tomó, suponiendo que Elena, al lado de su hermano y rodeada de
servidumbre, nada tenía que temer.
El joven volvió a
su escondite, y púsose a recoger su cama y cuanto le pertenecía. Los mazos de
billetes le causaron alguna perplejidad, por ser demasiado grandes para
llevarlos en los bolsillos, pero resolvió el conflicto haciendo de los dos
cuatro. Después transportó su equipaje a la barraca, donde reinaba bulliciosa
animación. Todos estaban muy contentos de alejarse del rancho y hablaban de la
inexpugnable guarida en la que, según Hays, pasarían muchos meses de regalada
ociosidad, bebiendo y jugando al amparo de los montes.
—¿Estáis listos?
—preguntó Hays apareciendo en la puerta.
—Sí… y deseando
ahuecar el ala.
—Después de
pensarlo, me parece mejor que uno de nosotros se quede conmigo… ¿,Te conviene,
Latimer?
—Corriente
—contestó el interpelado.
—¿Lo apruebas
también, Smoky?
—Lo que té
dispongas…, pero si me consultaras, te aconsejaría que nos quedáramos contigo
yo y Jim.
—Así lo haría si
hubiese la menor probabilidad de combate… Cuidad del caballo de carga de
Latimer y del mío.
Pocos minutos
después, todos los que estaban dispuestos a la marcha montaron a caballo. Los
de carga fueron dispuestos en fila. Jim hizo varios esfuerzos por verle el
rostro a Hays; habían apagado las luces, y la oscuridad era muy densa.
—Esperad en vuestro
campamento hasta la salida del sol —mandó el jefe—. Y si no he llegado, nos
encontraremos al mediodía, de fijo, a la entrada del desfiladero Rojo.
Sin más despedida,
Smoky dio la señal de marcha, situándose detrás de los caballos de carga, y los
cinco jinetes le siguieron. Atravesado el riachuelo, todos los caballos tomaron
un trotecillo vivo. Jim volvió la vista hacia atrás; la barraca desapareció
entre las sombras. Una milla más adelante, un rayo de luz iluminaba
parcialmente la orilla: procedía de la vivienda de Herrick. Éste y su hermana
estarían en su hermoso salón leyendo o conversando. Al fin y al cabo, ¡qué
fácil sería para Hays asaltar a los dos desprevenidos amos! Un malestar
desconocido apoderóse de Jim, algo como si una masa de plomo frío le oprimiera
el pecho. Procuró sacudir la extraña sensación, diciéndose que debía alegrarse
de no volver a tropezar nunca con Elena.
La noche se iba
volviendo fresca a medida que pasaban las horas, y los jinetes buscaron el
resguardo de la montaña. Cuando se alejaron de las brumas que envolvían el
valle, la brillante luz de las estrellas iluminé su camino. No se oía más que
el rudo de las herraduras al chocar contra el duro suelo. Los jinetes
proseguían la marcha en fila india, sin hablar más palabras que las dirigidas a
los caballos de carga, siempre que aflojaban el paso.
Al mediar la noche,
Smoky hizo tomar a los que iban delante la dirección del bosque, y tras de una
hora de penoso camino, llegaron a la embocadura de un ancho desfiladero, dentro
del que se oía el rumor del agua que se desprendía de las peñas.
—Ya estamos en casa
—dijo Smoky haciendo crujir el cuero al apearse lentamente—. Echad los bultos
al suelo y a dormir. Yo haré la primera guardia.
Mientras se cumplía
la orden, los hombres hablaban a media voz, y Jim oyó a Brad apostar a que Hays
no aparecería al amanecer. Gradualmente fueron callándose; Wall instaló su cama
junto a un peñasco, y después de quitarse las botas y aflojarse el cinturón, se
metió bajo las mantas. No estaba cansado ni tenía sueño. Las estrellas,
brillantes y despiadadas, parecían burlarle de él. ¿Volvería a conciliar el
sueño, sin tener delante la hechicera faz de Elena Herrick y sin sentir la
fragancia de sus rojos labios sobre los suyos? Este recuerdo era el más hermoso
de su vida… Después volvió a vivir los momentos de salvaje embriaguez en que
estuvo a punto de destrozarla, y por último experimentó de nuevo las extrañas
sensaciones que acompañaron su partida del Rancho de la Estrella, antes de
quedarse dormido.
El crujir de una
rama y la voz de Henry llegaron a oídos de Jim antes de que abriera los ojos.
El sol aparecía por Oriente. Jim sentóse en la cama y, tras de estirarse, buscó
las botas, echando una mirada a su alrededor. El campamento era un barranco, con
el suelo liso, estrechándose hacia una región de bosque que había más abajo.
Detrás se alzaban paredes de piedra caliza pobladas de matojos, que por una de
sus grietas daban salida a un abundante manantial de agua fresca. Los hombres
estaban repartidos: dos mantenían la lumbre y otros vigilaban los caballos.
Happy trajo un haz de leña, Bridges estaba cortando tocino, y Jim aspiró el
olor de leña quemada mezclado con el aroma del café.
—Bueno…, ya hace
rato que ha salido el sol —observó Smoky acercándose a la hoguera—. ¿Quién ha
apostado con Brad a que no vendría el jefe?
—Nadie —contestó
Lincoln.
—Jim, ¿y si
cogieras la escopeta y fueras a tumbar un ciervo? —insinuó Smoky—. Aún no hace
tres minutos que he visto, de lejos, un macho y dos hembras. Si cazas algo,
déjalo en el suelo, y lo recogeremos al marchar. Muy bien nos vendría un poco
de carne fresca…
Pero antes de
tirar, echa una mirada por el bosque, no sea que se acerque Hays o alguien.
Unos trescientos
metros por la ladera condujeron a Jim a campo abierto. ¡Qué espléndida salida
de sol! Todo el valle estaba iluminado por una cálida luz purpúrea. Ningún
jinete avanzaba por la blanca y tortuosa carretera. El joven contempló
largamente el profundo abismo que tenía a la izquierda: era un espectáculo para
erizar el cabello al hombre más acostumbrado a recorrer lugares solitarios, y
lo bastante hermoso para que los occidentales sintiéranse orgullosos de su
salvaje grandeza.
Al dar la vuelta
cautelosamente hacia el bosque, Jim distinguió una pareja de ciervos, a unos
sesenta pasos, con las orejas de punta. Mató el macho a pie quieto y envió
distraídamente una bala en pos de la hembra, fallándole.
Al entrar en el
campamento, Smoky le dijo por vía de saludo:
—Estaba apestando
con Brad a que has cobrado dos piezas.
—Lo siento, pero
has perdido, porque he fallado, la hembra. No importa: el macho es bastante
gordo. —¡Guapo! Tenemos dos caballos de carga de sobra… Ahora, Jim, echa un
poco de lastre al cuerpo, que vamos a emprender la marcha.
—¿A qué distancia
estamos del desfiladero Rojo?
—No sé…, a unas
quince millas… millas de Utah…, ¡ja…!, ¡ja…! ¿No recuerdas el espeso bosque de
cedros que conducía a un agujero rojo?
—Me parece que sí…
Suponiendo que encontremos allí a Hays, seguramente habrá seguido otro camino,
¿verdad?
—¿Cómo
«suponiendo»? De fijo que le encontraremos. Habrá venido a través de las
montañas o por otros atajos que él conoce y nosotros no.
—Lo principal es
que acuda.
—¿Se habrá quedado
atrás para provocar a Heeseman? ¡Tiene un odio a ese cuatrero!
En menos de una
hora los jinetes ya estaban bajando la montaña.
El cargar el ciervo
cazado por Jim retrasó un poco la marcha, y algo más adelante, el jefe de
grupo, que iba el primero, gritó:
—Vengan acá dos
pares de ojos de larga vista.
Todos se acercaron
a Smoky, y éste, señalando una tenue neblina que se veía en el valle, preguntó:
—¿Es eso polvo?
La mayoría de los
jinetes fueron de opinión de que sólo era niebla.
—A diez millas, o
más de distancia, es difícil precisar… —dijo Jim—; pero a mi parecer no es humo
ni niebla.
—Quisiera tener los
prismáticos de Hays… Mis ojos no tienen tan largo alcance… Bueno, sea lo que
quiera, a esta distancia poco nos importa.
Sin embargo,
observó Jim que Smoky dio un rodeo hacia la izquierda, antes de volver al
camino.
Pronto siguieron
una curva y llegaron al sitio en que Hays había hecho a Jim la descripción del
panorama. Si entonces, alumbrado por la pálida luz de la tarde, sorprendía,
ahora, poco después de salir el sol, dejaba suspenso el ánimo, como si se
vieran innumerables círculos de un deslumbrador arco iris. Tan diferente estaba
el paisaje, que Jim no podía reconocer los puntos señalados por el jefe.
Con verdadero
disgusto del joven, el brillante espectáculo desapareció pronto tras de
arenosas colinas.
Smoky hizo tomas el
trote a los caballos de carga. Repetidas veces subieron y bajaron cerros que al
fin quedaron atrás, y avanzó la caravana por un atajo cubierto de musgo y
guijos que conducía a los matorrales. A la izquierda, el formidable macizo de
las montañas Henry alzábase majestuosamente con las nevadas cimas envueltas en
perpetua niebla. Por un momento divisó Jim un valle abierto en las rocas a
fuerza de barrenos; su color era purpúreo, excepto en el extremo más lejano,
donde tomaba un suave matiz violáceo. Por delante, y a respetable distancia,
empezaba a destacarse la oscura cortina de los cedros, sobre una línea roja,
que era el desfiladero en que Hays había dado cita a su banda.
Cuando hubieron
dado otra vuelta, desde donde se podía vigilar el camino hasta unas cinco
millas, detuvo el caballo Smoky, siendo imitado por los demás.
—Jeff, quédate aquí
—dijo—, y no pierdas de vista la carretera… No estoy seguro de que fuera niebla
lo que antes vimos en el valle… Bueno… Desde este rincón puedes ver fácilmente
el bosquecillo de cedros, donde nosotros esperaremos al jefe, y si descubres
jinetes que se acercan, avisa en el acto. No te quedes más que hasta pasado el
mediodía.
Unas cinco millas
más abajo de la ladera, estaba el término de la jornada. Jim recordó el sitio,
pero no era, como creía, el punto por donde Hays logró romper la espesura que
rodea al Diablo Sucio.
Aún faltaba
bastante para las doce. Smoky trató de descubrir horizonte, pero no era posible
ver a distancia, por impedirlo los variados accidentes del terreno,
interpuestos con profusión.
—¿Qué hacemos,
Smoky? ¿Desensillamos o no? —preguntó uno de los jinetes.
—Lléveme el diablo
si lo sé —contestó el subjefe con impaciencia—. La situación es endemoniada,
con un calor de perros, que aumenta por instantes… Se me olvidó preguntar a
Hank… En fin, aligerar las bestias mientras esperamos… Yo vigilaré para ver si
viene el jefe. Jim, después de atar su bayo a la sombra de un cedro, trepó con
felina agilidad a lo alto de un grupo de peñascos, para tener más amplia vista.
Apenas estuvo arriba, divisó tres jinetes que, a poco más de una milla,
vadeaban un pantano. Ya había abierto la boca para anunciar la buena nueva,
cuando algo se la hizo cerrar, con tanta rapidez, que se mordió la lengua.
Restregóse los ojos
y miró de nuevo… ¡Tres jinetes! Admitiendo que dos de ellos fueran Hays y
Latimer, ¿quién era el tercero? Desaparecieron tras de una elevación del
terreno, y Jim se sentó, inundado de sudor… Tal vez serían tres indios o
forasteros de Hankville, quizá exploradores…, pero no llevaban caballos de
carga.
Después de una
prolongada y angustiosa espera, los tres jinetes reaparecieron mucho más cerca.
El que iba en medio montaba un caballo tordo, que formaba contraste con las
oscuras monturas de sus compañeros. Otra vez desaparecieron. Smoky desojábase
en vano; estaba demasiado bajo para poder descubrir a los jinetes. Jim temblaba
atacado por un horroroso presentimiento, cuando uno de los jinetes presentóse
de nuevo ante su vista. En el acto reconoció la angulosa figura, el amplio
sombrero negro y la apostura en la silla. Aquel hombre era Hank Hays.
Jim casi no se
atrevía a fijar la mirada en el segundo jinete, pero una fuerza irresistible
obligóle a ello. Era una figura esbelta, vestida de caqui y parecía pesar sobre
la silla.
—¡Dios me ayude!
—murmuré volviendo a caer sobre la piedra. El segundo jinete era Elena Herrick.
Por un estante
ardió una llamarada en el pecho de Jim. ¡Cómo se maldijo por su estúpida vacilación!
Sus presentimientos eran justos… Había descubierto las perversas intenciones
del jefe de la banda, pero fue lo bastante imbécil para no dar crédito a sus
propias sospechas. Aquel acto era la sentencia de muerte para Hays. Jim sintió
que el frío le penetraba hasta el tuétano, y, haciendo un supremo esfuerzo,
púsose a reflexionar. Ese condenado perro había conseguido apoderarse de Elena.
¿Cómo? Eran inútiles las conjeturas, pero ¿convenía matarle sin más ni más? Sus
hombres tratarían de vengarle, tal vez la venganza alcanzara a la infeliz
muchacha… ¡Imposible! Era preciso mostrarse despreocupado y conciliador… Jim se
propuso dominar su furia…, oír el parecer de los demás… y esperar una ocasión
propicia.
Había sido una
suerte para Jim que la casualidad concediera tiempo para reflexionar y decidir
lo que convenía hacer. Si Hank Hays se hubiera presentado ante él de súbito,
habría sido su perdición.
Uno de los caballos
de carga relinché y los demás enderezaron las orejas.
—Me parece oír el
ruido de cascos contra las piedras —dijo Mac, cuyos oídos eran dignos de un
perro perdiguero.
—¿Qué ocurre?
—preguntó Smoky bajando con viveza.
—¡Mira…! Se acercan
los jinetes.
—Pues no puede ser
otro que Hank.
Jim bajó a saltos
de las peñas, cayendo entre sus compañeros, a los que asustó.
—Smoky…, ahí viene
Hays… Ya hace rato que le he visto…
—¿Y por qué mil
diablos no has avisado? —gruñó Smoky.
—Se me paralizó la
mollera —contestó fríamente Jim.
—Sí que es Hank
—afirmó Mac.
—No hay duda. Yo
también le veo ahora… Mas ¿por qué se te paralizó la mollera?
—¡Porque los
jinetes son tres! —exclamó Jim.
—Bueno…, ya lo veo…
y, ¿qué tenemos con eso? —preguntó Smoky.
—El que va detrás
es Latimer.
—¿Quién será el
tercero?
—¡Qué ocurrencias
tiene Hank…! ¿A qué traerse un extraño…?
—Parece que lleva
careta.
—Y algo le cuelga
por detrás…
—¡Compañeros!
—exclamó el subjefe—. ¡Aquélla es una mujer con un velo!
Jim pensó que el
momento era oportuno.
—Muchachos —dijo
con voz vibrante—: Hays nos ha hecho traición y ha robado la hermana de
Herrick.
—¡El muy…! —maldijo
Smoky.
Nadie añadió una
palabra a este profano desahogo que probablemente resumía la opinión de los
presentes. Hays guié sus dos acompañantes hasta pocos pasos del grupo, y
entonces se apeó y detuvo el caballo tordo. La relampagueante mirada de Jim
abarcó los tres caballos cubiertos de polvo, clavándose después en Elena. Las
facciones de ésta estaban ocultas por el velo. El guardapolvo de lienzo crudo
tenía algunos rasgones causados por el contacto con la maleza. Llevaba debajo
el traje de montar con botas y calzones, y ninguna ligadura le sujetaba las
manos ni los pies.
—¡Hola…! Ya veo que
estáis todos aquí, menos Jeff empezó Hays. Presentábase con plena confianza en
sí mismo, sin que la amenguara el temor a las fieras, ni a los hombres, ni aun
al mismo Dios.
—Ahora vendrá Jeff
—contestó Smoky.
—No podemos esperar
ni un condenado minuto —observó Hays.
—¿Adónde vas?
—Hacia la espesura
del Diablo Sucio.
—Pero ¿nos vas a
meter a todos en aquel infernal agujero?
—Sin pérdida de
tiempo.
Brad adelantó unos
pasos con rostro sombrío, y con la mano en la pistolera, preguntó:
—¿Quién es esa
persona?
—Bueno…, ya te lo
puedes figurar —fue la evasiva respuesta de Hays.
—Apuesto a que te
has traído la hermana de Herrick. —Ya veo que eres un chico listo…, mereces el
número uno de la escuela.
—Hank Hays, después
de tanto hablar nos han engañado —bramó Smoky.
—Bueno, pues si lo
he hecho así…, figuraos que he jugado limpio.
—¡Jugado limpio…!
¡Maldición…! ¡Eres un embustero…! ¡Eres un tramposo…! Eres un… ¿Te figuras que
puedes meternos en negocios tan sucios como éste…? ¿Basta un buen palmito para
que nos hagas traición…? ¡Grandísimo…!
Adelantóse Jim con
rapidez amenazadora.
—Hays, basta de
bromas —dijo con voz de trueno—. La señorita vuelve ahora mismo a su casa.
—¡Idos todos al
infierno! —replicó el ladrón con tono estridente—. Marchaos o quedaos, pero si
me dejáis decir una palabra, oiréis que esta moza la he traído para obtener
rescate, ella me ha seguido voluntariamente, pues de lo contrario habría matado
a su hermano, que nos ciará por ella veinticinco o tal vez cincuenta mil
dólares. ¿No se ha de aprovechar una ocasión así?
—¡Ah…! ¿Es ésa tu
intención? —preguntó Smoky.
—Ésa y nada más…, y
ahora ¿qué tenéis que decir?
—Hank, mirada por
ese lado, la cosa es diferente… Pero, de todos modos, nos has engañado.
—Lo mismo que
vosotros a mí… Conque, estamos en paz.
—Hays, eres un
cochino embustero —exclamó Jim interponiéndose de nuevo con fiereza—. Tú no has
robado esta mujer para obtener rescate.
—Bueno…, tolero que
todos discutáis mi conducta, pero no aguanto insultos de nadie.
Volviéndose hacia
la abatida figura que montaba el caballo tordo, preguntó Jim:
—Señorita Herrick,
¿dice este hombre la verdad?
—Sí, me han
secuestrado para obtener rescate —confirmó Elena con emoción—. Asaltaron mi
cuarto, el uno por la ventana y por la puerta el otro… Me amenazaron con las
pistolas… Si gritaba me matarían…, y si me negaba a seguirlos matarían a mi
hermano… Accedí… Hube de vestirme delante de ellos… ¡Cafres…! Me obligaron a
ponerme el traje de montar… y desde anoche no he bajado de la silla.
—¿Qué le han hecho
a su hermano?
—Yo nada he visto,
y no sé si han dicho la verdad o han mentido.
—Jim, puesto que
tanta curiosidad tienes, perderé un par de minutos para explicarte lo ocurrido
—dijo interviniendo Hays—. Atamos a Herrick antes de robar la muchacha, y
después de hacerle prometer que nos daría buen rescate…
—¡Basta!
—interrumpió violentamente Jim—. Dame un par de hombres y la llevaremos a su
casa, recogiendo de paso el dinero.
—¡Eh…! Para el
carro… —aulló Hays—, que aún no he concluido… Tuve que matar a Progar… ¿Quién
es Progar?
—Es la mano derecha
de Heeseman… Según parece, ese zorro de Heeseman tenía planeado el mismo golpe
que yo he dado… Progar y otro de la banda nos sorprendieron cuando sacábamos la
muchacha… El otro se escapó…
—¡…! ¡Cada vez se
enreda más el asunto! —bramó Smoky—. ¡Heeseman nos descubrirá!
—Apuesto a que no
lo consigue, aunque no dejará de intentarlo… Ya hemos visto que toda la partida
sigue nuestras huellas.
¡Calla! ¡Vienen
caballos!
—¡Manos a las
escopetas y buscad escondites!
La confusión que se
originó fue aplacada por Smoky:
—¡Quietos todos…!
Es Jeff gritó.
—¡Cielos…! ¡Qué
paso trae…! No es sorprendente que le tomáramos por un escuadrón.
Una abertura del
bosque dejó ver a Jeff, que se acercaba a galope tendido. Con los ojos
inflamados y echando humo, su pesada cabalgadura levantaba nubes de polvo.
—¡La cuadrilla de
Heeseman nos persigue! —anunció jadeante—. Estaba a unas cinco millas cuando
dejé el puesto.
Smoky se volvió con
fría rabia hacia su jefe, diciendo:
—¡Así te…! ¿Estás
viendo en lo que nos has metido?
IX
Desde este
instante, según cálculo de Jim, databa el principio de la definitiva ruptura
entre Hank Hays y su lugarteniente.
—Bueno, ahora no es
tiempo de acusarme —vociferé el capitán.
—¡Vive Dios…!
¡Quisiera tenerlo para decirte cuatro palabritas! —dijo amargamente Smoky—.
¡Ea, muchachos…! Preparad las armas y buscad defensas…
—Aquí no las hay,
Smoky —replicó Lincoln.
—El sitio no es
conveniente —interpuso Jim con viveza—. Alguna bala perdida podría alcanzar a
la señorita Herrick… Busquemos un desfiladero.
—No nos conviene un
combate ahora —añadió Hays.
—Pero, hombre, ¿qué
remedio nos queda más que combatir? Los de Heeseman tienen caballos ligeros, y
nosotros llevamos toda esa impedimenta… Nos alcanzarán de seguro… Mi opinión es
que nos escondamos detrás de esos árboles y esperemos.
La experiencia del
menudo subjefe era indiscutible, y Jim le hubiera apoyado, a no ser por Elena.
Si ésta caía en manos de Heeseman, su suerte, en vez de mejorar, tal vez habría
empeorado.
—¿Se acercan, Jeff?
—preguntó Hays a Bridges, que de pie sobre la silla observaba la carretera.
—No; pero veo polvo
en la cumbre, y supongo que son ellos.
Hays montó en su
caballo e inclinóse para coger la cuerda que el de la señorita llevaba atada al
cuello.
—¡Usted me dijo una
mentira! —dijo trémula de enojo la secuestrada—. Me aseguró que si no oponía
resistencia, pronto me dejarían en libertad…, y ahora estamos a mil leguas del
rancho…
Hays, sin hacer el
menor caso, puso en movimiento su caballo, guiando el de Elena.
—¡Jim Wall…! ¿Va
usted a permitir este ultraje? —imploró ella volviéndose hacia él.
—Ningún poder tengo,
señorita —contestó rápidamente Jim—. No soy más que uno de la banda de Hays…,
nos persiguen, y aún será peor si cae en poder de Heeseman.
—¡Qué horror, Dios
mío…! Yo no quiero que me lleven a ese espantoso agujero.
—Poned los caballos
de carga en fila detrás de mí —ordenó Hays—. Una vez que lleguemos al río me
comprometo a darles esquinazo.
—¡Bah…! Estás loco
—murmuró Smoky—. Heeseman conoce el terreno tan bien como tú.
La orilla que había
seguido Hays al venir era la que conducía al Desfiladero Rojo. El desecado y
polvoriento lecho del torrente ofrecía fácil acceso. Jim no pudo descubrir ni
la más leve huella de herradura… No podía ponerse en duda lo bien que Hays conocía
el camino. La roja tierra del desfiladero, al parecer, le era familiar. Pronto
se unía con otro que venía de la izquierda, y entonces era magnífico en todos
sus aspectos. El lecho del torrente se hacía más pedregoso y las paredes más
altas. Perdiéronse de vista las señales, del terreno, y hasta las montañas de
Henry desaparecieron. Las patas de los caballos de carga levantaban nubes de
polvo rojo, que obligaban a los jinetes a cubrirse la boca y narices con los
pañuelos del cuello, ahogando en ellos juramentos y maldiciones.
Jim mantúvose
deliberadamente apartado, ocupándose de los caballos de carga, y sin dejar de
observar a intervalos a Hays y Elena. Latimer marchaba inmediato a ellos. El
desfiladero hacíase más profundo, y poco después las paredes llegaron a ser tan
lisas que nadie habría podido subir por ellas.
Este desfiladero
parecía inclinarse al Norte, sin que Jim pudiera precisar cuánto. Al entrar en
él, tenían el sol de frente, después alumbró algunas veces por la derecha y
ahora le llevaban de espaldas. Las breves manchas de sombra eran un consuelo,
pues los caballos empezaban a cubrirse de una capa de polvo pegada al sudor.
Jim miró hacia atrás; Lincoln, con la cara enrojecida y húmeda, marchaba tras
el último caballo de carga, y formaban la retaguardia. Jeff, Mac, Happy, y el
último, Smoky: un pelotón de sombrías figuras, cuya sola apostura daba a
entender su resentimiento por la innecesaria fuga.
Gradualmente, la
arena, pedruscos y agujeros obligaron a marchar al paso de los caballos de
carga. Hays daba grandes voces a sus jinetes para que aceleraran la marcha, y
señalaba la pared de la izquierda, como si de un momento a otro fueran a
presentarse por allí los jinetes enemigos. Si así sucediera, pensó Jim, sería
el final de la banda de Hays. El pensar en qué se podría hacer, junto con el
calor y el polvo, hicieron perder al joven su habitual sangre fría Desde el
primer momento en que vio a Elena, prisionera de Hays, concibió el propósito de
rescatarla, pero ¿cómo, dónde y cuándo? Lo único que podía hacer era estar
alerta y esperar el desarrollo de los acontecimientos. La necesidad más urgente
era huir, hasta encontrar algún refugio seguro. Una hora larga de camino, la
primera mitad rápida y la segunda lenta, los llevó hasta un espacio abierto que
pareció poco seguro a Jim y aumentó las inquietudes de Smoky, que arreó
despiadadamente a los caballos de carga.
La próxima señal de
vida que dio el lugarteniente fue un tiro de escopeta que repitieron los ecos.
Jim corrió hacia él, a tiempo que disparaba una segunda bala, con la cabeza y
el arma levantadas hacia la cima de la pared derecha.
—¿A quién tiras?
—aullé Brad montando la escopeta.
—He visto jinetes
—chilló Smoky—. Se han echado atrás y seguramente quieren tomarnos la
delantera.
Hays dio una orden,
señalando arriba. Jim, desde el sitio que ocupaba, no podía ver lo inminente
del peligro, pero hacia la mitad de aquel largo trayecto divisé la embocadura
de un profundo desfiladero. Allí estarían a salvo de sus perseguidores, al menos
hasta que éstos pudieran ganar lo alto de las paredes, y esto suponía el
recorrido de muchas millas. Esta seguridad sirvió de alivio a Jim, éste, con
los demás jinetes detrás, obligaron a tomar el galope a los caballos de carga,
cosa muy arriesgada, pues suponía que si algún caballo resbalaba sería preciso
abandonarle, y para aquellos fugitivos, que iban a encerrarse en un desierto
agujero, cada paquete era de un valor incalculable.
De súbito, los
jinetes volvieron a presentarse sobre la pared que empalmaba ambos
desfiladeros. Hays y Latimer rompieron el fuego con sus Colts 45, cuyas pesadas
balas no tenían bastante alcance, y hacían saltar amarillento polvo sobre el
cenagoso suelo. Los enemigos empezaron a contestar con sus rifles. Jim vio cómo
Latimer caía del caballo, pero trepó de nuevo a la silla, sin grave daño, al
parecer. Se lanzó a la carrera detrás de Hays, que arrastraba al caballo de
Elena, sin dejar de disparar contra los contrarios hasta que penetraron en el
angosto desfiladero. Latimer desapareció en pos de ambos. Entonces los jinetes
volvieron la atención al resto de la banda enemiga.
—¡Venid! —gritó Jim
a los que tenía detrás—. ¡Corred al desfiladero…! Es nuestra única esperanza.
Y cargando tras las
caballerías de la impedimenta, guió su bayo sin dejar de hacer fuego.
La distancia que le
separaba de sus perseguidores era de unas cuatrocientas yardas, muy larga para
poder acertar el tiro con un Winchester 44, y desde un caballo a galope. La
banda de Heeseman llevaba la mejor parte, puesto que podían tirar a pie quieto y
de rodillas, Aparentemente, conocían su ventaja, y no trataban de esconderse.
Jim oía sus penetrantes alaridos, que cabalgaban a sus espaldas. Aún les
faltaba recorrer un cuarto de milla para llegar a sitio seguro. Los caballos de
carga, espantados, se diseminaban por el desfiladero. Tim los redujo a la
obediencia, disparando lo mejor que podía, sin aflojar el paso. De súbito, un
ruido infernal hizo retemblar las paredes del desfiladero. Las descargas
aumentadas y cien veces repetidas por los ecos, simulaban un continuo trueno.
Una de las primeras
balas de Tim había herido a un caballo, y la séptima topé con un jinete, al que
tumbó hacia atrás, como un conejo mutilado, perdiéndose de vista. El resto de
los atacantes se alarmaron y retrocedieron en busca de alguna defensa. Jim descargó
todas las municiones de su rifle antes de entrar en la zona de seguridad. No
vio e Hays ni a sus acompañantes, pues el estrecho pasadizo formaba a pocos
pasos una curva muy pronunciada.
Jim detuvo su bayo
en cuanto hubieron entrado todos los caballos de carga, sin que se perdiera un
solo paquete. Afuera siguió el tronar de las descargas. Lincoln fue el primero
que entré, seguido muy cerca por Mac, Happy y Jeff; todos tenían las armas humeantes.
Por último entró Smoky sin aliento y con el rostro ensangrentado.
—¡Smoky…! ¿Te han
dado? —preguntó Lincoln con evidente alarma.
—Una caricia no más
—jadeé Slocum echando lumbre.
—¡Los muy…! ¡Si
pudiéramos acabar con ellos a puñetazos! Parece que los de delante están sin
novedad… Cargad las armas y… seguid.
Al dar la vuelta a
la curva, encontraron a Hays y a los otros dos jinetes. Los caballos de carga
marchaban detrás de ellos. Tomaron por un desfiladero que empalmaba por la
derecha, y que, por el momento, les ponía fuera del alcance de sus
perseguidores.
—Muchachos,
Heeseman y su gente necesitan bajar y volver a subir —declaró Brad—. Y en eso
se tarda horas… Espero que Hank sabrá aprovechar el tiempo.
—¡Vaya una manera
de afeitarle a uno! —exclamó Smoky—. La bala tropezó con mi rifle, y al
resbalar me ha hecho, un rasguño junto a la oreja.
—Latimer se cayó
del caballo —dijo Jim—, pero volvió a montar como un gato.
—Hemos tenido
suerte… Pero el calor aprieta de lo lindo… Si no llegamos pronto a ese río, nos
vamos a cocer.
—Ya debe de estar
próximo.
Esta consoladora
afirmación no resultó cierta. El Diablo Sucio, esperado con ansia a cada vuelta
de esquina, tardaba en presentarse. El desfiladero hacíase cada vez más
profundo, hasta que sus agrietadas paredes, tan desnudas como el duro suelo,
alzábanse unos trescientos pies por cada lado, y por doquier un desprendimiento
de tierras parecía inminente.
Las primeras horas
de la tarde encontraron a los fugitivos entrando en un área más despejada,
donde el aire y el sol anunciaban la proximidad de un espacio abierto.
Seguramente: el Diablo Sucio. Así fue, en efecto. Primero aparecieron montones
de fango, que fueron seguidos por lagunas de agua transparente, de las que
costaba trabajo separar a los sedientos, caballos.
El Desfiladero Rojo
se juntaba con el del, Diablo Sucio, unión sorprendente por su esterilidad.
Todo era allí gris, amarillo y rojo; las aguas del siniestro río deslizábanse
sobre bancos de arena.
Hays esperó hasta
que todos los jinetes estuvieron reunidos a su alrededor y los caballos de
carga le hubieron alcanzado.
—Apretad las
cinchas y cuidado con los animales de carga —mandó—. Si tenemos el infierno por
delante, en cambio no llevamos nadie detrás.
—¿Estás seguro?
—preguntó Lincoln—. No te hagas ilusiones respecto a que Heeseman desistirá de
seguirnos.
—Bueno… puede que
siga nuestra pista hasta aquí… pero éste será el límite —declaró el ladrón—. En
todo Utah no hay hombre capaz de seguirme en las espesuras del Diablo Sucio.
—¿Es que nos vas a
llevar a esa famosa guarida de la que tanto has hablado, sin que la hayamos
visto nunca? —preguntó Smoky.
—Precisamente la
tenía reservada para una ocasión como ésta… Aligerad los caballos, pues en
cuanto entremos en las arenas movedizas, no nos será posible parar por nada ni
por nadie… Cuidado con las sillas y la carga.
Obedecieron los,
jinetes. Jim, por encima de los lomos del bayo, observaba a Elena, cuando el
jefe la mandó apearse. El guardapolvo la cubría hasta más abajo de las
rodillas, y andaba como si casi hubiera perdido el uso de las piernas. La vio
inclinarse rígidamente para frotarse los tobillos, levantándose después el
velo, a fin de que la suave brisa le acariciara el rostro. Mas cuando la
imperiosa voz de Hays la mandó que se acercara, volvió a echarse el velo. Su
andar era vacilante y llevaba la cabeza baja.
—Escuchad,
compañeros —principió el jefe—. El río está bajo… Yo supuse que traería mucha
agua, por el deshielo… La suerte nos protege y hemos de pasar cuanto antes a la
otra orilla… Cargad de prisa y en marcha… No hay tiempo que perder.
—¡Ah…! Corriente…
Pero Latimer tiene mala cara y está muy débil —observó Smoky.
—Ya se apañará…
Ahora no podemos curarle. —Latimer… Ya ves, lo que dice el jefe… ¿Estás herido?
—No tan mal como te
figuras, Smoky —repuso el interpelado—. La bala me entró por la espalda, y la
tengo aquí… Me causa un dolor de mil demonios.
—¿Has escupido
sangre?
—Sí, una poca… Me
parece que tengo el pulmón atravesado… Pero no es mucho y puedo sostenerme en
la silla… No te preocupes por mí, Smoky.
Hays dejó caer su
ruda mano sobre la hermana de Herrick.
—Monte usted y no
nos maree con sus lamentos —dijo el ladrón. Y montando en su caballo, tomó la
cuerda del de Elena, para entrar en la fangosa corriente.
La marcha no era
tan penosa como parecía. Las arenas eran movedizas, pero estaban cubiertas por
una costra dura que sólo se rompía al levantar las cascos los caballos. El
hermoso bayo temía las traidoras arenas, pero Confiaba en su jinete. Las
bestias de carga vacilaron en la orilla hasta que entró una, entonces siguieron
las gemas.
Hays llegó hasta el
centro del río, tomando luego corriente abajo. Nunca encontraba dificultades, y
el tordo que conducía a Elena le seguía dócilmente. El agua sólo tenía un palmo
escaso de profundidad, lo que facilitaba la marcha por aquel lado. Pronto la
caravana en masa chapoteó en el río sin dejar huellas de su paso. Por ambas
orillas del Diablo Sucio desembocaban pantanos, gargantas y desfiladeros. Media
milla más abajo, el río, haciendo una curva aguda, escondíase de nuevo en una
especie de túnel oscuro y húmedo, en el que se oían siniestros crujidos. Hays
metió resueltamente su caballo en aguas más rápidas y profundas, arrastrando al
de su prisionera. Pasaron una amplia garganta, de la que nacía una cenagosa
corriente. Aquél, a juicio de Jim, era buen sitio para tomar tierra firme. Pero
el jefe siguió adelante. Sólo 61 sabía adónde iban. Perseguía un fin, del que
sólo la muerte hubiera podido apartarle. Los caballos de carga quedábanse a
veces atascados y era preciso recurrir a la violencia para obligarles a
continuar. Las miradas de Jim recorrían a intervalos cuanto le rodeaba, para
fijarse de nuevo en la silenciosa figura que iba sobre el tordo, y a la que, de
vez en cuando, salpicaba el agua. Su caballo hundía con precaución un casco
tras otro, y ella, con frecuencia, volvía la cabeza, pudiendo ver sin duda a
través del velo, que Jim estaba muy próximo. Éste hubo, por fin, de admitir que
tan repentino movimiento no podía ser casual.
Hank pasó por
delante de la embocadura de varias gargantas. El camino cada vez se hacía más
difícil, hasta que el guía se metió por una hendidura, invisible a cien yardas
de distancia, y al penetrar Jim por ella, fue para ver que Hays tomaba por otro
angosto pasadizo surcado por una rápida corriente. Según Jim, era imposible que
nadie tomara por allí, a menos de conocer previamente el terreno. La entrada
estaba oculta por un saliente de la pared, que la hacía invisible desde la
orilla opuesta, y desde la parte alta del desfiladero… Indudablemente era la
puerta secreta que daba acceso a la parte más salvaje de aquel infernal
laberinto.
Esta incisión
ondulaba como una serpiente en las propias entrañas de la tierra, y por esta
causa, Jim, a veces, no podía distinguir a Hays, mirando hacia delante, ni más
de un par de caballos, mirando hacia atrás. Pero en cuanto el agua se hizo
limpia, comprendió el joven que el suelo del desfiladero empezaba a cambiar, y
pronto tendrían tierra firme. Lo primero resultó cierto. El desfiladero se
ensanchó y las paredes hiciéronse más bajas. El musgo y la hierba aparecieron
sobre ambas orillas; un lecho de guijas comunicaba un alegre murmullo a la
corriente; divisáronse formidables peñascos, entre los que abrían sus bocas
profundas cavernas. Pero el nivel del agua no descendía.
Al ponerse el sol,
calculó Jim que los caballos habían andado unas siete u ocho millas sin
descansar ni salir del agua. El calor y el polvo habían desaparecido, y la luz
íbase haciendo escasa. Por fin, en un sitio donde las paredes arenas
alcanzarían cien pies de altura, el desfiladero dividíase en dos, y Hays tomó
el lado izquierdo, que estaba seco. Las sombras, al hacerse más densas, sólo
permitían que Jim distinguiera el impreciso contorno del caballo tordo; las
estrellas aparecieron en el trozo visible del firmamento, y las cansadas patas
de los caballos chocaban contra las piedras.
Dos interminables
horas más tarde, salía por fin Hays del ahogado desfiladero, para encontrarse
frente a un amplio paisaje negro y gris, iluminado hasta en el horizonte por
miríadas de estrellas. Otro par de horas marcharon entre hierbas y maleza,
hasta que Jim empezó a sorprenderse de que los caballos pudieran aguantar
tanto. De pronto emprendieron un rápido descenso, que los condujo a una
hondonada redonda y negra, cuyas dimensiones era difícil precisar. Pronto
llegaron al fondo, desde el que se alzaban altas y enhiestas paredes, que
parecían amenazar al cielo. Jim sintió que se le hundían los pies entre la
espesa hierba, olía a tierra mojada y llegó a sus oídos el murmullo de las
hojas movidas por la brisa.
—Ya hemos llegado
—dijo Hays en voz alta—. Fuera sillas y carga… No hay cuidado de que se escapen
los caballos.
La orden fue
rápidamente cumplida, y momentos después los caballos de carga mostraban sus
desnudos lomos a las sombras. Los jinetes no estaban tan exhaustos que se
abstuvieran de comentar la fatigosa jornada:
—¿Dónde diablos
estamos?
—Huele bien.
—¡Mil rayos…! No
tengo ganas de comer, pero me estoy cayendo de sueño.
—Latimer, ¿cómo te
encuentras?
—Aún estoy vivo, y
sin sangrar.
Los ojos de ave
nocturna de Jim descubrieron a Hays que bajaba a Elena del caballo, y casi en
brazos la llevaba hacia el sitio en que se oía el murmullo del follaje. Jim,
bajo pretexto de conducir su caballo, siguió al jefe hasta lo que resultó ser
un bosquecillo de algodoneros, impenetrable a la vista. Oyó el rumor del agua,
y una argentina voz que decía angustiada:
—¡Por amor de Dios,
suélteme usted!, —y su cuerpo se desplomó sobre la hierba.
—Tendrá usted que
irse acostumbrando —murmuró el ladrón en voz baja—. ¿Quiere tomar algo?
—Agua…, nada más
que agua…; me ahogo. —Voy a buscarla y le prepararé la cama.
Poco podía
figurarse Hays que Jim, en la sombra, espiaba sus movimientos con la pistola en
la mano y un furioso anhelo de beber su sangre en el corazón. El enamorado
afirmóse en su resolución de matar a Hays… ¿Por qué no hacerlo sin más
dilación…? Pero lo mismo que la vez anterior, tuvo bastante dominio sobre sí
mismo para vencer la imperiosa tentación.
Con mano trémula,
desempaquetó su cama, y después de soltar al caballo que lo llevaba, sentóse
encima del rollo de mantas, extenuado por la tortura física y mental de
aquellas veinticuatro horas.
Un poco más arriba,
sus compañeros desempaquetaban el equipaje, hablando en voz baja. Hank pasó con
una cama, arrollada al hombro, y Jim oyó que la extendía muy cerca de allí,
sobre la hierba y al amparo de los árboles.
—¿Hay bosque cerca
de este florido agujero? —preguntó Happy a gritos—. Si lo hay, aunque sea de
noche, cortaré unas ramas para encender lumbre y hacer café.
—¡Diablos del
infierno! —gruñía Smoky—. Tengo un tremendo dolor de cabeza… ¡Si me encontrara
con el individuo que me ha enviado ese confite…!
Volvió Hays; estaba
lleno de energía y, con tono vibrante, dijo:
—Aquí tenemos leña
de sobra. Ya verás mañana que estamos en la más espléndida guarida que Utah
puede ofrecer a unos ladrones.
—Más vale así
—gruñó. Lincoln.
Jim aguzaba el
oído, mientras que sus ojos trataban de penetrar las tinieblas que le rodeaban.
Parecía hallarse en el fondo de un redondo agujero, cuyas circulares paredes se
elevaban a más de cien pies sobre él. Sólo un par de agujeros, uno en forma de «V»,
grande, mirando al Oeste; otro, más reducido, hacia el Norte, rompían el borde
uniforme de las aisladoras paredes. Las estrellas despedían una luz blanquecina
desde un cielo azul oscuro. Las contenidas voces de los hombres, el traqueteo
de los bultos, y la hierba cortada por los dientes de los cuadrúpedos, sólo
servían para hacer más penetrante el profundísimo silencio. El lugar era
verdaderamente fascinador. Un mochuelo ululaba en alguna parte del cañón, y
mucho más lejos sonaban los aullidos de un hambriento lobo.
Al oír los crujidos
de la leña, miró Jim en aquella dirección, viendo una creciente luz y negras
sombras que se agrupaban a su derredor. Happy silbaba alegremente. Su
jovialidad exasperó a Jim, que permaneció quieto hasta que descubrió a Hays
junto al fuego; entonces él también fue a reunirse con los demás.
—¿Pondremos
centinelas, jefe? —preguntó Lincoln.
—No. Sólo
vigilaremos durante el día —contestó Hank.
—Mañana os
explicaré la situación del terreno.
—¿Qué especie de
guarida es ésta…? ¿Algo parecido al Desfiladero del Dragón?
—No, por cierto. Yo
sólo he visto una vez este sitio. Es una caverna… a unos cuarenta pies del
fondo del valle. Se sube por unos troncos, en los que están tallados los
escalones…, pero yo no he subido nunca… Sólo tiene una salida y ésa es por el
camino que vinimos… Este escondite tiene cuatro… En cien años nadie logrará
descubrirnos.
—Conformes… ¿Y los
caballos?
—Ya sabes que los
caballos huyen del terreno árido. Se quedarán pegados aquí…, no habrá que ir a
buscarlos lejos… Agua riquísima, sin cal…, y pastos hasta que no quieran más…
Ya hace diez años que no frecuentaba el lugar, pero estas cosas no cambian.
—¿Y caza?
—Antílopes y
conejos a montones.
—Pero ¿hacia dónde
estamos?
—Mañana lo
explicaré cuando puedas ver.
—¿Y la señora?
¿Cómo ha soportado la jornada?
—Está que no puede
más.
—¡Dios…! ¡Ya lo
creo…! La faena ha sido ruda hasta para un hombre.
—Estoy pensando que
voy a montar la tienda de campaña para mi huéspeda.
—Oye, Hank… ¿Es que
piensas dormir tú también… en la tienda? —preguntó Smoky, que hasta entonces no
había hablado, con un tonillo especial.
—No… Ya que te
interesa saberlo —contestó Hays tras de una larga pausa.
—¡Ah…! Muchas
gracias… Tenía curiosidad…
—Hank, ¿cómo
diablos vas a recoger ahora el dinero del rescate? —preguntó Lincoln.
—Así me condene si
lo sé… Este Heeseman me ha estropeado la combinación. Pero ya haré nuevos
planes, que pondremos en obra después de reposar una temporada.
—¿Y durante todo
ese tiempo hemos de tener aquí a la muchacha?
—Y, ¿qué quieres
que haga de ella, hombre? Yo bien pensado lo tenía todo, pero me han echado a
perder el juego…
—El juego estaba
echado a perder desde un principio, jefe… Y si no hubiera sido porque Heeseman
nos ha atacado por el camino… yo no hubiera tolerado esto.
—Pues ahora lo
tienes que tolerar, tanto si quieres como si no quieres.
—¡Diablos…,
veremos! —murmuró Smoky, cual si hablara consigo mismo.
—Ahora se siente
uno mejor —observó Hays después de consumir la parca cena—. Latimer, vamos a
echar un vistazo a tu herida.
—Mejor será con la
luz del día… Creo que me dejará descansar…
—Ya sabes que eso
puede ser muy malo. Cuando la sangre está envenenada, las cosas van muy de
prisa. Voy en busca del ungüento y de algunos trapos limpios. Aviva la lumbre,
Jack, y pon a calentar agua. Necesito dos pucheros, uno de ellos casi
hirviendo.
Jim no perdía de
vista al jefe, mientras curaba al herido, que juraba como un réprobo, hundiendo
las espuelas en la tierra.
—Hay que sacar la
bala, o puedes contarte entre los muertos… Quizá la encuentre mañana… Las balas
en sitios carnosos no suelen causar graves perjuicios… Ya hace años que tengo
una en el cuerpo. Mas si a esa bolita de plomo de calibre cuarenta y cuatro le
da por bajar, en vez de estarse quieta, me parece que te las lías.
Era duro y
metódico, mas su formalidad y solicitud estaban fuera de dudas. Mientras que
vendaba al herido, Jim se escapó en la oscuridad hacia el sitio en que el jefe
había dejado la prisionera. No corría riesgo de ser sorprendido, puesto que él
podía ver a todos a la luz de la hoguera, mientras que desde allí era imposible
que ninguno le divisara entre las densas tinieblas de la noche.
X
Hacia el
bosquecillo de algodoneros estaba más oscuro que boca de lobo, pero guiaron a
Jim el rumor del agua corriente y el murmullo de las hojas. Por fin distinguió
el joven una mancha sobre la negrura de la hierba y se acercó más.
—¿Dónde está usted,
señorita Herrick? —preguntó en voz apenas perceptible—. Soy Jim Wall.
Oyó el ruido de
botas que hacían crujir la arena, y logró divisar a Elena sentada sobre una
cama a medio extender. El joven dobló una rodilla. Los ojos de Elena parecían
más grandes y más oscuros en la blancura alabastrina de su rostro.
—¡Oh…! Tenga usted
cuidado —murmuró ella—. Hays ha jurado que matará al primero que se me acerque.
—Lo haría si
pudiera…, pero a mí no me mata —cuchicheó Jim—. Quería decirle a usted que yo
la sacaré de aquí de un modo u otro. No pierda el ánimo, defiéndase…
—Tenía el
presentimiento de que me salvaría usted —interrumpió la prisionera con suave y
emocionada voz—. ¡Si yo hubiera escuchado sus consejos…! Pero no tenía miedo y
dejé la ventana y la puerta de mi cuarto abiertas… Hays puso sus manazas sobre
mí, para arrojarme fuera de la cama… Yo estaba atontada… Me ordenaron ponerme
el traje de montar… Corrí a mi tocador…, pero no me dejaron cerrar la puerta…
¡Malvados!
—Ya he visto cómo
la cogió a usted antes —dijo Jim en tono contenido.
—Sí… Aprovecha
todas las ocasiones… Y yo me muero de asco. Empiezo a temer que eso del rescate
no es más que un engaño… Si me ha robado a mí, seguramente habrá hecho lo mismo
con Bernie…, y son necesarias muchas semanas para que llegue el dinero hasta
aquí por la diligencia. Mientras tanto…
—Ya le he dicho a
usted que no se desanime —interrumpió Jim: mirando hacia la hoguera—. Pero no
quiero engañarla: Hank Hays es capaz de todo. Sus hombres le son muy adictos…
menos yo, que si estoy con ellos, en realidad no pertenezco a la banda. Podría
matarle a cualquier hora, pero me vería obligado a luchar con los demás, y hay
pocas probabilidades de que pudiera salvarla. Es preciso que me ayude a ganar
tiempo hasta que se presente una oportunidad.
—Tengo plena
confianza en usted y haré cuanto me diga… ¡Muchas gracias!
—¿Decía usted que
Hays la había robado? —preguntó Jim dando otra mirada al campamento. Hays
seguía de pie junto a la hoguera.
—Sí; tenía yo unas
cuatro mil libras en moneda americana. Estaban guardadas en mi maleta, que
rompieron y registraron… También mis joyas… Otra cosa que me disgustó…, me
obligaron a traer ropas y más objetos de tocador…
—¡Ah…! Pero ¿dónde
estaba su hermano, a todo esto?
—Dijeron que le
habían dejado atado en el salón —prosiguió ella rápidamente—. Después recordé
haber oído muchas voces, pero no hice caso… ¡Qué estúpidamente me he portado…!
¡Nunca debí haber venido a Utah!
—¿Cuánto dinero
tenía Herrick en casa?
—No lo sé…, pero
debía ser una cantidad considerable.
—¿Dónde
acostumbraba guardarlo?
—No tengo la menor
idea… Los Herrick damos poca importancia al dinero.
—Se puede dar por
seguro que también ha robado a su hermano, de modo que lo del rescate resulta
una filfa. Hank Hays es un ladrón de los que incendian los puentes después de pasar
por ellos.
—¡Dios mío! ¿Qué va
a ser de mí? —gimió la infeliz—. Estoy por completo a merced de ese bandido.
—Ya estaba usted
avisada, señorita, y ahora no hay más que tomar la pócima, como decimos aquí.
Si la vida le importa a usted algo, yo se la salvaré tarde o temprano, según el
giro que tomen las cosas. En cuanto a lo demás…
—¡Cielo santo…!
¡Máteme usted antes de permitir que ese hombre me toque…!
—Yo no podré
matarla… Eso sería imposible para mí… porque también la amo…
—¡Silencio…!
Alguien se acerca… Váyase…, váyase…, usted es mi única esperanza.
Sin una palabra
más, levantóse Jim, deslizándose sin ruido entre los árboles, envuelto en la
sombra. A punto estuvo de perderse, pero de improviso advirtióle su instinto
que estaba al borde de un precipicio que se hallaba entre el bosquecillo y la
pared, por cuyo fondo corría el agua. La potente voz de Hays sonaba en
dirección contraria. Volviendo hacia la izquierda, ganó un terreno más alto
desde el que veía de nuevo la hoguera del campamento. Los caballos pacían por
allí cerca.
Jim empezó a pasear
de un lado a otro, pero dióse cuenta de que no era esto lo que debía hacer… Si
fuera descubierto por Hays o Smoky, acabaría por hacerse sospechoso y era
preciso evitarlo. Volvió al sitio en que tenía su cama, acurrucándose en ella.
Se habla
comprometido; había jurado que libertaría la prisionera del poder de Hays.
Adoraba a la mujer de fina piel y cabellos de oro, pero aunque no fuera así,
habría procurado salvarla. Una vez, en el Rancho de la Estrella, había cedido a
los impulsos de su avasalladora pasión, pero la señorita Herrick, en su casa,
protegida por su hermano y en el pináculo de su elevada posición, era
tremendamente distinta de la pobre cautiva en poder de unos ladrones y en la
soledad del desierto.
Mientras Jim seguía
desvelado bajo la blanca luz de las despiadadas estrellas, penetraba en su
mente el convencimiento de que si Elena tuviera que permanecer semanas o meses
prisionera de aquellos bárbaros, enfermaría seguramente de alma y de cuerpo.
Ver cada día sus cabellos de oro, su blanca faz y sus admirables ojos, que
nunca podrían perder su belleza, y quizás oír sus desgarradores gritos en el
silencio de la noche…, también sería demasiado para él.
Además, comprendía
Jim, por estar familiarizado con las leyes especiales porque se rigen los
solitarios hombres del Oeste, que al robar Hank Hays una muchacha había hecho
traición a su banda, condenándose a sí mismo. Por mucha que fuera la fidelidad,
de sus compañeros, la sola presencia de una mujer significa disgregación,
ruptura y muerte.
Por último, el
sueño cerró los ojos de Jim. La mañana descubrió ante sus miradas un panorama
como jamás había visto. El viento, embalsamado y suave, nada tenía de frío:
sinsontes, mirlos y alondras mezclaban su melodioso canto, que aún parecía más
grato en aquella soledad, y las flemas hojas de los algodoneros volvían su
lustrosa cara hacia el sol.
Jim se levantó para
cerciorarse de si aquel sitio era realidad o formaba parte de un sueño. Pronto
se convenció de lo primero. A sus pies divisé la tiendecita de campaña gris,
que Hays había montado para la prisionera. Alzábase contra el bosquecillo de algodoneros,
que sólo constaba de unos cincuenta árboles muy jóvenes. Parte de estos árboles
estaban más altos que los restantes, hecho que indicaba una desigualdad, en el
terreno hacia el centro del bosquecillo. La salvaje exuberancia de las vides,
helechos, musgos, hierbas y flores silvestres, daba elocuente prueba de la
abundancia de aguas. El bosquecillo estaba separado de la pared por un arroyo
por cada lado que, reuniéndose después, desembocaban más abajo en un
desfiladero profundo, de oscuras paredes, que en una revuelta se perdía de
vista. Mirando en dirección opuesta, vio varios hombres junto a la hoguera,
entre los que se contaba el jefe. Más lejos alzábase una pared de piedra
blanca, gris y rojiza, a la que las erosiones daban fantásticas formas. El peñascal
del otro lado era más imponente, con copas y bancos cubiertos de musgo, cactos
y flores. Mucho más allá, una garganta dividía el peñascal, y Jim recordó lo
que dijo Hays a propósito de las salidas de la guarida. Por el lado opuesto
estaban las escaleras a las que el jefe hizo alusión al hablar de este
fantástico lugar.
El terreno
comprendido dentro del óvalo sería, quizá, de unos veinticinco acres de bien
nivelada y jugosa pradera. En la extrema lejanía, las paredes se abrían en
línea oblicua, formando una amplia puerta que daba sobre un valle, salpicado de
matorrales, que conducía a grisáceas laderas. Las paredes que le rodeaban
tenían numerosos salientes. Evidentemente, los caballos habían pastado fuera
del agujero, lo que demostraba la abundancia de hierba en los alrededores. Jim
hizo el descubrimiento de que en el centro de este oasis había una meseta más
elevada que las márgenes. Aparte de la forma, que hacía aquel sitio ideal para
guarida de ladrones, era sorprendente por su fertilidad, por su resguardado
aislamiento y la brillantez del colorido.
Jim se encaminé al
campamento para hacer su matinal aseo.
—¡Buenos días,
muchachos! —dijo—. Magnífico sitio. Lo que es por mí, no tengo prisa en
marcharme.
—El camino es
infernal…, pero aquí se está bien —contestó uno.
—¿Cómo sigue
Latimer? —preguntó Jim.
—La sangre se ha
contenido. —Esta vez contestaba Hays—. Si la calentura no sube, puede que
escape… Convendría sacarle la, bala…, pero temo que no podré.
—Déjale descansar…
¿Y la prisionera?
—¡Yo qué sé!, todos
me preguntáis por ella, y yo no la he visto… Anoche estaba medio muerta.
—Que duerma, pobre
chica… La jornada ha sido durísima.
—Después de echar
combustible al cuerpo, subiremos para ver nuestra madriguera desde arriba
—anunció el jefe—. No podéis apreciarla desde aquí. Esos arroyos que se reúnen
y bajan son una salida, a mi parecer, la mejor. Conducen a una cascada de
cincuenta pies de altura, que parece impasable, mas la casualidad me ha
demostrado que no lo es. Tiene un saliente oblicuo por el que puede marchar un
caballo. Eso sí, es muy resbaladizo y musgoso, y está casi debajo del agua… Se
necesitan hígados para pasar por él. Este arroyo desemboca en el que tomamos al
pasar por el Diablo Sucio. También podríamos salir por el desfiladero que
seguimos anoche. Otro camino, es por el peñascal de la parte alta, y el cuarto,
por la brecha del Norte, pero el que lo siga se perderá irremisiblemente en el
laberinto de desfiladeros y barrancos.
—Ciertamente que es
una guarida inmejorable —observó Jim enjugándose el rostro— y si nos sorprenden
por un lado, no tenemos más que marcharnos por el otro.
—La ventaja es que
no pueden sorprendernos —dijo Hays, muy satisfecho—. Un centinela con mis
prismáticos puede vigilar todos los alrededores, y antes de que nadie logre
acercarse, nosotros, con nuestros caballos, ya estaremos lejos.
—Pero, Hank, tú nos
trajiste aquí de noche.
—Cierto es, y no
poco trabajo que me costó; varias veces me vi perdido, y eso que conozco el
camino. —¿Hay alguien que conozca este sitio?
—Había, pero han
muerto.
—Los muertos no
persiguen a nadie, que yo sepa —dijo Smoky—. Sin embargo, Hank, yo no juraría
que nadie pudiera seguirnos la pista hasta aquí. ¿Estás conforme, Brad?
—Mucho coraje se
necesita para ir tras nuestras huellas por ese condenado Diablo Sucio —contestó
Lincoln.
—¿Qué dices tú,
Jim?
—Que si yo fuera
Heeseman, y hubiera visto a mis enemigos, como él nos ha visto a nosotros, en
tres días daría con ellos —dijo deliberadamente Jim—. Siempre, por supuesto,
que tuviera caballos de carga y vituallas.
—Pues yo os apuesto
doble contra sencillo a que ni siquiera sabríais salir de aquí —declaró Hays.
—Pero, hombre, si
acabas de decirnos los caminos.
—El del arroyo
puede que dierais con él, pero los demás, ni soñarlo… Bueno: hay que vigilar
durante el día… Yo creo que un hombre basta… ¿Qué os parece mejor: dos horas y
diez de descanso diarias, o cuatro de vigilancia, un día sí y otro no?
—Por mi parte,
prefiero las cuatro horas —contestó Jim.
—Yo también.
—Digo lo mismo.
—Vaya, pues, por
las cuatro horas —asintió el jefe—. Tú, Jim, puesto que al parecer te gusta el
vigilar, te encargarás de la primera guardia… Pero antes podemos almorzar con
toda tranquilidad.
—Hank, no olvides
que tú encontraste el camino después de cerrar la noche… Puede que haya otro
tan listo como tú —observó el pesimista Lincoln.
Durante el
almuerzo, Hays salió de su habitual mutismo y estuvo decidor y charlatán,
delatando a los observadores ojos de Jim inusitada excitación. Insistió en la
seguridad que ofrecía el escondite, procurando desvanecer cuantas dudas
tuvieran sus compañeros.
—Seguro estoy de
que aquí no se siente el calor en verano —afirmó el ladrón— y llueve…, llueve
mucho; eso se conoce en lo lamidas que están las peñas de los desfiladeros
porque pasamos… Construiremos una especie de barraca para comer en seco y
jugar… En cuanto a dormitorios, no faltan cavernas bien resguardadas y con un
aire tan saludable como en el cuarto de un hotel. Cuando terminemos la pitanza,
os explicaré el terreno desde arriba. Luego, dejaremos a Jim de centinela y
nosotros empezaremos a trabajar.
Sucedió, que
mientras Hays hablaba de sus proyectos de construcción, Jim dióse cuenta de que
Smoky y Brad se miraban de un modo muy singular. No era que cambiaran miradas
de inteligencia, sino que a los dos parecía habérseles ocurrido la misma idea.
—Muchachos —dijo
Hays, cuando hubieron concluido, con cierta turbación—: Se me había olvidado el
deciros que, al marchar, tomamos un poco de dinero a Herrick. Hoy mismo lo
repartiré.
La noticia fue
acogida con manifiesta satisfacción.
—¿Cuánto, poco más
o menos? —preguntó con avidez Bridges.
—No lo he contado…,
pero siempre tocaremos a un par de miles por barba.
—¡Guapo…! Eso,
encima de lo que ya tengo, me redondea, y por esta vez lo voy a guardar.
—Hank, si no
tenemos trabajo en todo el verano, al menos se podrá jugar, ¿eh?
—Jugad hasta que no
podáis más, siempre que no haya riñas.
—Jefe… Se me olvidó
decir que me traje un par de barriles de la cantina —confesó Smoky en tono
contrito.
—Bueno…, poco
importa…, pero parece que todos olvidamos, algo —contestó el jefe secamente.
—Hank, ¿cuándo
piensas ir a buscar el rescate de la muchacha? —preguntó Lincoln.
—No iré mientras
tengamos una cuadrilla entera pisándonos los talones… ¿Lo habías olvidado?
—Brad, mientras el
jefe se porte decentemente, no podemos ponerle la soga al cuello por causas que
él no puede remediar —observó Jim, que no quería llamar la atención por su
silencio.
—Sí…, mientras así
sea —contestó Smoky en tonillo significativo.
Brad no dio
respuesta.
Más tarde acercóse
Jim a Smoky, ocupado con su equipaje, e inclinándose a su oído, le dijo:
—Smoky…, desearía
que pudiéramos hablar… Ahora no es: posible… Pero tú y yo hemos de cuidar de
que esa pobre chica no sufra ningún daño.
—Y, ¿por qué tú y
yo, Jim? —preguntó el menudo ladrón fijando sus sagaces ajillos en su
interlocutor.
—Eso es
precisamente de lo, que quisiera hablarte…, pero me bulle en la cabeza que si
yo no estuviera aquí, tú harías cuanto pudieses, por ella. Separémonos… Aprisa…
Hays es más desconfiado que un zorro.
—Y tú más agudo que
punta de alfiler, Jim —murmuró Smoky volviendo a sus arreglos—. Estamos
conformes… Uno de los dos la vigilará de día y otro de noche. ¿Basta eso?
—Gracias, Smoky…
Algo me decía que eras un buen hombre —contestó Jim retrocediendo
apresuradamente junto a la hoguera.
Después de reposar
el almuerzo, Hays condujo a sus hombres, excepto, Latimer, al montículo del
Oeste, que era el punto más elevado de las cercanías, y ofrecía un magnífico
punto de vista sobre aquella asombrosa comarca. Se alcanzaban a ver todos los
rincones del verde agujero, así como los caminos que le daban acceso, incluso
el del arroyo bajo. Un vigía, dotado de penetrante vista y provisto de anteojos
de campaña, podría descubrir a los perseguidores a varias millas de distancia,
y, mucho antes aún, vería el polvo que levantaran.
—No hay nada que
decir —fue el lacónico parecer de Smoky.
Los otros no
escasearon ruidosos encomios.
Brad observó
sarcásticamente:
—¿Conque habías
reservado este nidito para tu vejez?
Todos rieron y Jim
expuso con calma su opinión:
—Unos cuantos
hombres podrían permanecer aquí veinte arios… a menos de que pelearan entre
ellos. —¡Ah! Esta sencilla exclamación partió de Smoky, siendo imposible el
discernir si contenía aprobación o censura.
—Bueno…, que yo
sepa, este agujero no tiene nombre —concluyó el jefe—. Dejemos que se lo dé el
futuro. Pero me apuesto cuanto llevo encima a que ninguna banda permanecerá
aquí veinte años. Si Heeseman nos persigue, a él le perseguirá Morley, y así
sucesivamente. Ninguno de nosotros vivirá lo bastante para ver cowboys definitivamente
establecidos en estas salvajes breñas.
Dejaron a Jim para
que hiciera la primera guardia.
—Me gustaría hacer
esta faena cada día —observó alegremente el joven.
—¡Ya lo creo! Y
mientras tanto que trabajen otros, ¿eh…? ¡Ja…!, ¡ja…!
Alegrábase Jim de
quedarse solo. Se había ganado un día. Hays tenía dispuesta su cama y sin duda
se echaría a dormir con largo y profundo sueño.
Había engañado a
sus fieles aliados, no sólo en lo del rapto de la señorita Herrick, sino
también en el equitativo reparto de lo robado. Jim sabía por Elena a lo que
ascendía lo que le quitaron a ella, y estaba cierto de que, también había
robado al inglés. No había dicho la verdad respecto a las sumas substraídas y
ésta era otra prueba de la descomposición del carácter del jefe. Sólo con
rectitud y buen ejemplo podía haber ganado la confianza y lealtad de tan ruda y
endurecida cuadrilla.
Según todas las
probabilidades, Latimer estaría enterado de la omisión del jefe; tal vez le
habría sobornado para que guardara silencio. Jim resolvió no perder tiempo, y
rodear al herido de cuidados y atenciones. Latimer estaba gravemente enfermo.
La cuadrilla disponíase a jugar, y en esta agradable ocupación, las horas
pasaban como instantes.
Una depresión
redonda del peñasco proporcionaba cómodo asiento.
En el rigor del
verano el calor sería insoportable en la despejada altura, mas al presente
gustaba el sol.
Podía ver los
hombres a simple vista, y con los prismáticos casi alcanzaba a leer sus
pensamientos. ¡Con qué salvaje expresión de celos vigilaba a Hays…! En aquella
soledad era inútil el disimulo.
No obstante los
dictados de su pasión, Jim no descuidaba las obligaciones de un buen vigía, y
se propuso hacer un concienzudo estudio del terreno. Los caballos pastaban en
las praderas que se extendían entre él y el campamento, y todo hacía presumir
que se quedaría allí indefinidamente. A medida que avanzara el verano con sus
cálidas lluvias, el valle se pondría cada vez más exuberante, y los animales,
acostumbrados a terreno estéril, no querrían salir de allí. Esto solucionaba el
importantísimo problema de tener las monturas a mano.
Por el Norte y el
Oeste los promontorios de peñas rojas dominaban la escena, pero había muchas
praderas y valles entre ellos. El principal desfiladero que formaba parte de la
guarida, prolongábase durante millas y millas, hasta perderse en el horizonte hacia
el Oeste. Jim descubrió innumerables conejos, muchos antílopes y algún coyote.
Aquella región del Oeste debía ser un paraíso para los ligeros ciervos de las
llanuras. Pero no se veían señales de agua en aquella dirección.
Por el Este y el
Sur extendíanse los matorrales en multicolores cortaduras hasta las laderas que
formaban la base de las formidables Henry, negras y engañosas con las cimas
eternamente, de nubes. Sólo un precipicio vagamente azulado marcaba la zona de
los desfiladeros, de la que los breñales del Diablo Sucio eran solamente el
punto de partida. Jim recordó los enormes despeñaderos que vio desde la meseta
del Caballo Blanco. Debían, de tener cientos de pies de profundidad y todos
eran de roca viva; las paredes de su guarida eran en su mayoría de piedra
caliza o granito, y no llegaban a cien pies de altura; sin embargo, parecían
inaccesibles, excepto para hombres temerarios o conocedores de sus brechas.
¿En qué pararía la
persecución de Heeseman, suponiendo que fuera tenaz? La caza y ataque del día
anterior no tuvo consecuencias de importancia. Cualquier grupo de jinetes sin
caballos de carga, habría hecho otro tanto. Pero si Heeseman proseguía la persecución,
no podía ser más que por motivos de venganza o deseo de lucro: tal vez por
ambos.
Evidentemente,
existía un odio feroz entre Heeseman y Hays, fundado en causas antiguas. Y Jim
se inclinaba al escepticismo de Lincoln, suponiendo que Heeseman llevaría
adelante la ofensiva.
Mientras Jim
pensaba, sus ojos, a través de los cristales de aumento, descifraban el
paisaje. Estudió con detenimiento el camino de la grieta blanca por la que Hays
penetró en la hondonada, tratando de seguir sus caprichosas desviaciones hasta
que se perdía en los matorrales. Inclinó su aumentada vista a la oscura
garganta que desembocaba por debajo del bosquecillo de algodoneros. También
merecieron su atención las otras dos salidas de la plaza. De este modo llegó a
conocerlas todas. Después de cada período de observación, enfocaba los anteojos
hacia la hondonada de formada ovalada, en la que trabajaban los ladrones.
Algunos
transportaban agua, maleza o piedras, en tanto que otros abrían hoyos para
empotrar maderos. Hays debía entender en albañilería, pues había empezado a
construir un fogón de piedras planas. Sus compañeros le alargaban los
materiales, pero él sólo construía. Una hora después de haberlo empezado, el
fogón estaba listo. Cuatro troncos de algodoneros habían sido puestos en las
esquinas; probablemente el jefe tenía el proyecto de ponerle un techo de
matojos, lo bastante grueso para que resguardara de la lluvia.
La reciente
construcción tenía fascinado a Jim. ¿Qué iría a pasar allí? Por tres veces
suspendió Hank su trabajo, encaminando los pasos a la tienda de campaña en que
permanecía invisible Elena. Indudablemente, el ladrón la llamaba, y a la
tercera vez se acercó, levantando un poco la grisácea lona.
—¡Entra…! ¡Atrévete
a entrar, perro sarnoso! —exclamé Jim en voz alta… Experimentaba una brutal
alegría al oír sus propias palabras…, allí no era necesario el disimulo… y
podía bramar como un toro, si así se desahogaba.
Pero Hays no entró
en la tienda. Cierto es que echó una mirada hacia atrás, para ver si sus
compañeros le observaban. Así lo hacían, aunque sin aparentarlo, pero Jim, con
sus potentes prismáticos, podía apreciar la expresión de sus rostros. Smoky
hablaba con Lincoln, e hizo un significativo movimiento de cabeza, señalando a
la tienda y al jefe. Éste volvió sobre sus pasos, reanudando la faena.
El sol iba
aumentando en fuerza, y cuando llegó al cenit, Hays y sus hombres suspendieron
el trabajo durante un rato, y fueron al sombrajo en que Happy había establecido
la provisional cantina. Latimer apareció saliendo del bosquecillo de
algodoneros… Andaba con paso vacilante, y uno de los compañeros salió para
ayudarle. Permanecieron allí más de una hora…, y en toda la mañana, Elena sin
dar la menor señal de vida.
Ya hacía rato que
había empezado la tarde y Jim llevaba más de seis horas de centinela cuando
Jeff Bridges se apartó del grupo y trabajosamente fue subiendo por la ladera
que conducía al puesto de observación.
Jeff era un hombrón
pesado y tenía poca costumbre de andar a pie. Su encendido semblante estaba
cubierto de sudor.
—Jim…, casi te
habíamos olvidado —dijo sin aliento, pero en tono bondadoso—. El jefe no nos ha
dejado respirar… Está empeñado en hacer un paraíso de este hoyo.
Wall cedió los
anteojos y el asiento a Bridges.
—No me importa
—afirmó el joven—. Me gusta estar aquí.
Y sin más, tomó la
rojiza senda que conducía al fondo del valle. Numerosos conejos le salían de
entre los pies, para ir a esconderse detrás de cercanos matorrales. Jim sacó la
pistola y escogiendo un momento favorable, saltó un ojo a un conejo, repitiendo
la operación pocos instantes después. Con un conejo en cada mano, presentóse en
la hondonada, echándose a reír al ver que no había nadie. Todos se habían
escondida al oír los disparos. A medida que avanzaba el joven, iban saliendo
los que se habían ocultado, y al llegar junto a la cantina de Happy, ya estaban
todos presentes.
—¡Uf! —exclamó Hays
con forzada risa—. No nos has dado mal susto. ¿Quién diablos iba a suponer que
te entretuvieras matando conejos?
—Un par de
conejillos tiernos para cenar no nos vendrán mal —observó Jim.
—Seguramente que no
—asintió Smoky—. Trae acá. Después de examinar los conejos, exclamó:
—¡Mira esto, Brad…!
¡Ha saltado un ojo a cada conejo…!
—Condenado me vea
si no es verdad —dijo aquél sin ocultar su entusiasmo—. ¿A cuántos pasos, Jim?
—No los he contado…
Supongo que serían unos veinte o más —contestó Jim estirando un poco la verdad.
Sabía el efecto que su puntería causaba en aquellas morbosas mentalidades.
—¡Guau…! ¡Vaya
puntería! —declaró Lincoln.
—Hank…, por favor…
No demos motivos a Jim para que tire sobre nosotros —observó Smoky lanzando una
ruidosa carcajada.
El jefe, al
parecer, no encontró ninguna gracia a la ocurrencia.
—¡Mil rayos! No… No
queremos que Jim tire sobre nosotros, ni queremos tampoco tirar sobre Jim. —La
respuesta era de doble intención, pero a Jim no le convenía darse por
entendido.
—Burlaos cuanto
queráis de mi buena voluntad de procuraros caza fresca para la cena —expuso
alegremente Jim—. Pero no admito bromas tocante a la puntería. Soy muy
quisquilloso.
—¿Te atreverías a
hacer blanco en una botella tirada al aire?
—Sería lástima si
estuviese llena.
—Vaya…, en serio…,
¿podrías hacerlo?
—Acepto cuanto
apostéis.
—¡Eh…! Muchachos,
ahorrad las municiones —dijo Hays en tono gruñón—. Puede que tengáis pronto
ocasión de tirar cuanto gustéis… Jim, toma un bocadillo y ven a trabajar con
nosotros.
XI
Mientras proseguían
la faena, propuso Smoky la construcción de un abrigo que resguardara de la
lluvia y del sol a la prisionera, y Jim, afectando indiferencia, secundó la
proposición, a la que Hays dio de mala gana su consentimiento. Así fue que
antes de cerrar la noche terminaron la especie de tinglado en que Elena tendría
algo más de comodidad.
—Convengamos en que
el bosquecillo de algodoneros es propiedad particular de la señorita —añadió
Smoky.
En general todos
estaban bien dispuestos hacia la hermosa cautiva, y Lincoln, cuya acritud hacia
el jefe, lejos de disminuir parecía haber aumentado, dijo en tono mordaz:
—Me atrevo a
apostar que Hank querrá hacer de ese bosquecillo su propiedad particular.
—Pues no lo
consentiremos —rezongó Smoky—. No es culpa nuestra el que esa muchacha esté
aquí, pero ya que está… hemos, de cuidar de que se la trate como a una
princesa.
Estas enérgicas
palabras no hicieron mella en el jefe. Una vez cumplido su designio de traerse
a Elena, no le faltarían recursos para coronar su obra.
El tinglado se
extendía desde la esquina del bosquecillo en que estaba la tienda hasta una
distancia suficiente para permitir algunas rústicas comodidades. Por debajo de
los árboles corría un limpio y diminuto arroyuelo, en el que Jim, con trozos de
roja peña, formó una pequeña balsa de agua transparente.
Smoky, que era muy
mafioso, con unas cuantas tablas hizo una tosca butaca, a la que las mantas de
las sillas dieron relativa blandura, y Hays, por no ser menos, trajo un
voluminoso brazado de helechos.
Salga usted,
señorita —dijo llamando a la tienda—; ya verá usted qué cómoda va a estar;
traigo helechos para hacer una mullida cama.
Salió Elena con los
ojos enrojecidos, pero sin que éstos amenguaran su brillo. Jim quiso mirar a
otra parte, pero no pudo, y Hays entró en la tienda con objeto de extender los:
helechos.
—Ya me haré yo la
cama —dijo Elena impaciente, añadiendo en cuanto salió el jefe—: ¿Debo colegir
por estas atenciones que mi estancia aquí va a ser larga?
—Así parece… Yo
¿qué puedo hacer? —contestó Hays sin atreverse a levantar la vista.
—Puede usted enviar
a Jim Wall u otro cualquiera al Rancho de la Estrella. Yo le daré una carta
para mi hermano encargándole que pague el rescate sin hacer preguntas ni dar
pasos.
—No dudo de que Jim
se prestaría a ir, pero ninguno de mis hombres se arriesgaría a ello.
Hank, mejor será
—propuso Smoky— que Jim y yo llevemos a la muchacha, si ella da su palabra de
que tendremos el dinero.
—¡Lo juro! —exclamó
vivamente Elena.
—No hay que
pensarlo siquiera —replicó Hays en tono seco.
Pero Smoky,
justificando la confianza que Jim había puesto en él, encaróse con el jefe,
diciendo:
—¡Mil bombas,
Hank…! Yo creo, al contrario, que se ha de pensar mucho… y ni tú, ni nadie,
manda en mi pensamiento.
—Bueno…, lo que
quiero decir es que yo no pienso así…; y como soy el jefe de la banda, lo que
yo digo es lo que se hace, ¿entiendes?
—Seguramente… La
cosa está más clara que el agua.
—Pues ni una
palabra más. Cuando a mí me convenga, es decir, cuando el camino esté libre,
enviaré por el dinero…; antes, no.
Y tomó el camino de
la cantina, para buscar un jarro y una palangana para la señorita Herrick.
Happy protestó
ruidosamente de que se le privara de ninguno de sus escasos y preciosos
utensilios, y Jim oyó que el jefe decía:
—Bueno…, dejaré el
jarro… Esos dos condenados defensores de mujeres han hecho una poza en el
arroyo… Me llevaré la vasija y no hablemos más.
Durante este
intervalo, Elena lanzó a Jim tan elocuente mirada de súplica y esperanza, que
el joven sintióse poseído por la desesperación…
—Y usted…, ¿cuál es
su nombre? —preguntó la inglesita volviéndose al diminuto ladrón.
—Puede usted
llamarme Smoky —repuso con ambigua sonrisa. La hermosura y pureza de la cautiva
habían conmovido su duro corazón.
—Usted es, amigo de
Jim… y me ayudará… ¿No es cierto?
—A eso vamos…, mas
¡cuernos…!, no hable tan alto… Que nadie se entere de lo que tramamos…, ni de
la parte que usted tome en ello —y Smoky volvió a su trabajo, antes de que se
acercara Hays.
Elena entró en la
tienda, donde Jim la oyó extender las mantas sobre los helechos.
Poco más se habló
aquel día, hasta que, por orden de Hays, dióse por terminada la tarea.
—¿Dónde has
extendido el petate, Smoky? —preguntó Hays.
—Bajo aquellas
peñas, junto a Latimer…; el pobre necesita quien le cuide.
—Lo siento por él,
pero aún hemos salido bien librados… Si llegamos a tener un cuarto de hora de
retraso…
—Habría sido el fin
de la banda de Hank Hays —comentó con sarcasmo Smoky.
—Eso hemos ganado…
¿Dónde dormirás tú, Jim?
—Allí he puesto mis
trastos —contestó señalando el joven—, y conservaré el sitio mientras no
llueva.
Hays nada dijo.
Todos se reunieron en la cantina para cenar. Más talle, a la luz de la hoguera.
Wall vio a la señorita pasear arriba y abajo en la creciente oscuridad. Llegó
hasta muy cerca del sitio en que Jim había establecido sus reales, al abrigo de
un saliente peñasco. Preguntábase el enamorado si comprendería Elena que él
estaba muy cerca de ella y era el que tenía más ligero el sueño.
Pronto la oscuridad
se hizo completa, y los ladrones, fatigados por el trabajo, buscaron el
descanso. Jim permaneció despierto lo bastante para ver que Hays extendió su
largo cuerpo bajo las mantas, junto al sombrajo de Happy. Del oprimido pecho
de, Jim escapóse un suspiro de satisfacción. Su impulso de apelar a Smoky había
sido una inspiración. Tuvo el presentimiento de que, a pesar de ser un pillo
escapado de la horca, tenía ciertas cualidades que le hacían, digno de inspirar
confianza. Tales eran los pensamientos que acompañaron a Jim a la cama. Aún
estuvo más de una hora en vela, aguzando cuanto podía la vista y el oído.
Llegó el siguiente
día, igual en un todo al anterior; los trabajos para mejorar el campamento, la
vigilancia, la asistencia al herido, y la general, aunque disimulada,
observación de Elena. Ésta permaneció largos ratos fuera de la tienda, comió,
hizo ejercicio, y sus grandes ojos observaban a Jim con angustiosa mirada.
A este día
siguieron otros llenos de inquietudes para Jim. Cada amanecer le traía el
sobresalto de lo que ocurría, pues no se le ocultaba que aquel estado de cosas
de soledad, durante la vigilancia, llegó a la conclusión de que no podía
intentar algo radical, antes de tener fundado motivo. Se imponía la espera.
Mientras tanto, él y Smoky habían asumido la asistencia del enfermo, que
pareció mejoraba durante un par de días, y recayó después. Hays, en su
creciente absorción, cedió con gusto el trabajo de cuidarle a Jim, y Smoky,
espontáneamente, prestóse a ayudarle. Entre los dos hicieron cuanto permitían
las circunstancias, pero el herido iba dé mal en peor. En sus momentos lúcidos,
preguntaba con frecuencia por Hays y su prisionera.
—Lléveme el diablo,
Jim —observó Smoky en una ocasión en que estaban solos—, si Latimer no sufre
resquemores de conciencia.
Puede y yo creo que
también siente la indiferencia del jefe.
—Natural… Es el que
lleva más tiempo con él… Pero para mí, que tiene algo que le consume.
—Tal vez se
arrepienta de haber tomado parte en el rapto de la señorita.
—No… Latimer no es
de esa casta —contestó con decisión Smoky.
—Como no sea porque
mató a Progar y esto ha sido la causa de que nos persiga Heeseman…
—¡Bah…! Mal conoces
a Latimer… Jamás ha pensado dos veces, en los hombres que ha matado. Debe ser
algo que le llegue a lo vivo.
Esto sugirió una
idea a Jim, que tuvo buen cuidado de guardar para sí: Latimer sabía, sin duda,
que el jefe no había repartido equitativamente el dinero robado a Herrick. Eso
debía ser. De todos modos, el joven, que era sumamente afectuoso con el enfermo,
decidió consagrarle más tiempo.
Al séptimo día,
durante el calor de las primeras horas de la tarde, en tanto que los hombres
dormían la siesta y Jim estaba de guardia con sus inseparables prismáticos,
Hays empezó a transportar cosas a la barraca que se había construido a cierta
distancia, en una explanada del valle del Sur, y estaba separada del campamento
por un hondo barranco.
Los anteojos de Jim
le acercaban las cosas (demasiado para su tranquilidad de ánimo), y así pudo
distinguir que el primer bulto que Hays metió en la barraca era su equipaje, y
el segundo, su propia cama. Jim le maldijo, y un sudor frío humedeció su frente.
Pasadas las horas de guardia, volvió Jim al campamento, y al acercarse con paso
lento, se encontró con que varios de los hombres estaban disputando.
—¡Voto a mil
diablos…! ¡Te digo que no! —gritaba Smoky al llegar Jim.
—Pues, voto a
cuantos diablos quieras, yo afirmo que sí —replicó Lincoln.
—Compañeros…, eso
sería una porquería —prosiguió acaloradamente Smoky—. Todos somos tan malos
como los huevos podridos…, pero Hank no es el peor… ¡Cobrar el rescate y
devolver la muchacha deshonrada…! ¡No puede ser!
—Smoky, eres más
simple que una mata de habas —dijo Lincoln—. ¿Cuándo abrirás los ojos?
—Los tengo bien
abiertos —fue la tozuda respuesta.
—¡Basta…! Ahí se
acerca el jefe.
A Jim le satisfacía
la gradual desconfianza que iba inspirando Hank a su banda.
—Escuchad,
compañeros —dijo aprisa y con voz queda—. Os he oído, y estoy conforme con
Lincoln. Hays se traslada a la barraca, seguramente para arrastrar allí a la
señorita Herrick.
Se hizo un intenso
silencio.
—Lo he visto yo
mismo con los prismáticos —añadió Jim.
—¡Vive Dios! —explotó
Smoky, convencido a pesar suyo—. ¡Y yo que me reprochaba el pensar mal de
Hank…! Lucharemos cara a cara… y cuando acabe conmigo, sigue tú, Jim.
—¡Déjame ser el
primero! —pidió el joven con voz ronca.
—Pero ¿qué mosca os
ha picado? —preguntó Lincoln.
—Cierra el pico… Ya
está aquí… Apártate un poco.
Tan pensativo
andaba el jefe, que habría pasado sin decir nada, pero la vibrante voz de Smoky
le sacó de su abstracción.
—¡Hank, ven aquí!
—gritó el hombrecillo plantándose ante su jefe—. Tenemos algunas dudas respecto
de ti… Ya me conoces, y sabes que si pregunto es para que se me conteste con
franqueza. ¿Es cierto que tienes malas intenciones respecto a esa muchacha?
—¿Malas? —repitió
Hays, y su congestionada faz se puso pálida.
—Eso es lo que
pregunto.
—Bueno…, y
suponiendo que las tuviera… ¿Es acaso asunto tuyo?, preguntó cínicamente el
jefe.
—Entonces, empuña
el arma y vamos a repartirnos unos cuantas balas.
—¡Smoky! —exclamó
en tono de incredulidad Hays.
—Y cuando acabes
conmigo, empiezas con Jim —dijo Smoky.
—¿Más traiciones?
—aullé Hays, súbitamente enfurecido.
—Traiciones, sí,
Hank…, pero son las tuyas.
El jefe escupió con
rabia, y después, haciendo un violento esfuerzo, logró serenarse.
—Querría, saber
nada más hasta dónde os atreveríais a ir —declaró Hays—. Y me habéis dado no
poco en qué pensar… En cuanto a la moza, mis sentimientos no son peores que los
vuestros. ¿Estamos…? Y os diré que si se vuelve a hablar de tales tonterías,
disolveré la banda.
—En realidad, ya
está disuelta, Hank —contestó Smoky, en el tono amargo de la decepción.
Jim se fue a su
rincón hasta la puesta del sol, pasando la horas más horribles que había vivido
hasta entonces. Hays no quería pelear, y esto le ataba las manos, por lo menos
hasta que se presentaron nuevas complicaciones. Ni aun una avasalladora pasión era
capaz de hacerle faltar a su credo, que era el mismo de Smoky. Pero no estaba
seguro de que lo respetaran cuantos vivían en la solitaria guarida. Parecía
como si Hank Hays se hubiera por fin estrellado contra la roca de sus ansias de
mujer.
Smoky espiaba el
regreso de Jim, y adelantóse a su encuentro.
—Latimer pregunta
por ti —dijo en tono sombrío—. Me temo que se las lía.
Cuando Jim se
inclinó sobre el enfermo, no pudo menos de compartir los temores de su
compañero.
—¿Qué ocurre,
Sparrowhowk…? Estaba de guardia —dijo el joven tomando su mano seca y ardorosa.
—¿Estoy… para dar…
el último hipo? —pregunté Latimer, sereno, pero con una mirada que conmovió a
Jim.
—No niego que estés
bastante mal…, pero mientras hay vida hay esperanza.
—No es la primera
vez que recibo un balazo…, pero nunca me he sentido como ahora… Escucha, Jim…
Si estoy para morirme… no me lo ocultes… porque necesito deciros a ti y a Smoky
algo que no me atrevería a declarar si hubiera de vivir… ¿Comprendéis?
Smoky, que estaba
de rodillas al otro lado, inclinó tristemente la cabeza.
—No puedo exigir
que nos hagas ahora esa confesión —dijo Jim—. Aún puedes restablecerte, pero te
doy mi palabra de que te lo recordaré, si creo llegado el momento.
—Bueno…, eso me
tranquiliza. Dadme un sorbo de agua fresca.
Smoky tomó el vaso
y fue a buscarla.
—Jim…, te quiero…
más de lo que te figuras.
—Gracias,
Sparrowhowk… Yo también te aprecio mucho.
—Hombres como yo…
tienen que morir así…, siempre me lo figuré… y ahora ha llegado… Jim… ¿no has
pensado nunca en que… sería mejor… volver al buen camino?
—En el último
tiempo, no —contestó Jim con tono sombrío.
—Tú eres más joven
que nosotros… Aún vale la pena… Smoky volvió trayendo el agua, y los dos
hombres, ayudaron a beber al enfermo.
—El agua sola no te
dará fuerzas —observó Smoky lleno de buena voluntad—. Vamos a buscarte una
friolera.
Por el camino,
Smoky dijo con gravedad a Jim:
—Me parece que lo
mejor será dejar que desembuche Latimer lo que le escarabajea en el pecho. ¿No
opinas así?
—Seguramente,
Smoky.
—Tal vez, sería
mejor no saberlo —añadió sombríamente el singular ladrón.
—Pero, hombre, si
es algo que Latimer debe confesar, no hay duda de que es algo que nosotros
debemos saber. —¿Aunque disuelva la banda?
—Cuanta más
importancia tenga… más necesitamos saber de qué se trata.
—No hables tan
alto… que estas peñas tienen oídos. Bueno… Mañana veremos.
Aquella noche, Jim
cené despacio y estuvo dando vueltas alrededor de la hoguera, hasta mucho
después de despedirse Hays con un significativo:
—¡Buenas noches a
todos…! Me voy a dormir.
—Me parece que Hank
ya se ha cansado de pasar las noches en vela, oyendo los sollozos de la
muchacha —observó Mac.
—Así parece.
—También es ésa mi
opinión —añadió el cocinero—. Antes de llamaros, preparé la cena para ella.
Hank se la llevó, volviendo a poco para cenar con vosotros.
—Bueno… Eso es
portarse con decencia.
Jim trasladó su
cama a un sitio más cercano de los algodoneros, desde el que dominaba la
elevación del terreno y no podía pasar nadie sin destacarse sobre el horizonte.
Permaneció sentado sobre la cama, hasta que el cansancio le obligó a cambiar de
postura, y, aun después de echarse, continuó vigilando…
Pero no pasaba
nada. Las horas transcurrían, pesando como plomo en el oprimido pecho de Wall.
Hasta los grillos interrumpieron su monótono canto, y el viento cesó de soplar.
Toda la guarida parecía una inmensa tumba de piedra. El silencio y la soledad
eran pavorosos. Pero Jim desconocía el miedo, y su afán de matar al ladrón
traicionero no le dejaba tiempo para oír las fantasías de la imaginación.
Por fin se durmió,
empezando a soñar que montaba sobre un gigantesco caballo negro, con ojos de
fuego. Al borde del abismo crecía una linda florecilla, y en su insensato deseo
de cogerla, se cayó al precipicio, rodando y rodando, hasta el oscuro fondo. De
pronto, un penetrante grito pareció subir de las entrañas de la tierra.
Sentóse en la cama,
con la frente bañada de sudor y el corazón palpitante. ¿Qué había sido aquello?
La noche seguía melancólica y silenciosa. Jurarla que un desgarrador alarido le
había ahuyentado el sueño… Entonces recordó su pesadilla… ¡Qué absurdo, soñar
que él cogía florecillas y que se caían a un abismo profundo! Sin embargo, este
sueño le perturbó… Hay cosas muy difíciles de explicar… Él soñaba muy pocas
veces… El resto de la noche lo pasó dormitando a intervalos, y molestado por
algo que no conseguía precisar.
Uno por uno fueron
apareciendo los miembros de la banda en la cantina, para tomar el desayuno. Sin
trabajo urgente, y sin caballos, que limpiar o montar, los ladrones caían en
brazos de la pereza.
Jim fue el último
en presentarse, excepto el jefe, que aún no había aparecido.
—Esta vida de
holganza es la que me pide el cuerpo —declaró Mac.
—Pues, yo, aunque
estoy tumbado diez horas, duermo poco —expuso malhumorado Smoky—. Parece que
siempre esté esperando algo.
—Dad una voz al
jefe…, que estoy ronco —advirtió Happy.
Nadie se tomó la
molestia de cumplir el encargo, y todos se pusieron a almorzar. Lincoln no
había dicho nada, y tenía la vista clavada en el suelo, pero ya era cosa
olvidada, de puro sabida, que Lincoln estaba taciturno por las mañanas.
Terminado el almuerzo, Jim, según tenía por costumbre, corrió al lado del
herido… Apenas estaba a medio camino, cuando Smoky se reunió con él.
—Jim, esta mañana
tienes cara de condenado.
—Es que no he
dormido bien… Estoy cansado, y hace días que no me afeito.
—Bueno… Si no es
más que eso… Pero, escucha, ¿has oído llorar anoche a la muchacha?
—¡Cómo…! ¿Ha
llorado?
—Y tanto que me
puso carne de gallina… ¡Cáspita…! ¡Mira el pobre Latimer!
El paciente había
rodado de su lecho a la hierba. Se apresuraron a echarle de nuevo en la cama,
lo más cómodo posible. La fiebre le abrasaba, dando a sus ojos alarmante
brillo, pero tenía conocimiento, y pidió agua. Jim corrió a buscarla.
—Cómo diablos he
podido rodar así, es cosa que no comprendo —dijo, el enfermo después de beber
con ansia.
—Estarías delirando
—insinuó Smoky.
—No…, lo, que
estaba es asustado.
—¡Asustado…! ¿Tú…?
¿Estás de broma…? —dijo Smoky mirando a Jim.
—¿Qué ha podido
asustarte, pobre viejo…? —preguntó aquél refrescando, el enardecido rostro de
Latimer con su pañuelo de seda humedecido.
—Después de dormir
el primer sueño… debía ser tarde… porque no suelo dar cuenta de mi persona en
cinco o seis horas, y estaba bien despierto. No se movía una mosca… De repente
oí un chillido… Me asusté tanto, que pegué un bote y me caí de la cama…, quedé
atontado… y ni aun intenté levantarme.
—Tal vez un coyote escondido
entre los matorrales —contestó Jim.
—Compañeros,
apuesto lo que queráis a que la muchacha está muerta… ¡Asesinada! —concluyó el
enfermo con voz ahogada.
—¡Hombre…! Eso
sería… —exclamó Smoky.
—Escucha
Sparrowhowk —dijo gravemente Jim—. Parece que estés en tu juicio, aunque tus
palabras no lo acrediten. ¿Tienes, razones para pensar así?
—Claro está que las
tengo —repuso el herido bajando la voz Hays hirió y robó a Herrick. Esto es una
parte de lo que deseaba deciros cuando fuera a estirar la pata, y voy a hacerlo
ahora… Pero os pido, como compañeros, que me guardéis el secreto hasta que esté
muerto.
—Lo juro —dijo
vivamente Smoky.
—Puedes confiar en
nosotros —añadió Jim.
—Eso me hace temer
que haya acabado también con la pobre chica.
—¡Robar a Herrick!
—murmuró en tono incrédulo Smoky ¿Acaso Hays peleé con el inglés?
—Hays es capaz de
sacar dinero de los ojos de un negro muerto… Él me dijo que se proponía
llevarse a la joven para pedir rescate… y a Herrick le exigió dinero… Éste se
puso furioso, y entonces le hirió.
—¿Por qué no nos,
has dicho eso antes? —preguntó severamente Smoky.
—Por consideración
a Hank… Pero confieso que si de antemano le hubiera visto el juego… no le
habría ayudado… Después… ya era tarde… Bueno… Sucedió, y yo guardé el secreto…
Ahora siento en los huesos que me voy… y lo digo… porque Hank os ha hecho
traición a todos.
—Yo en tu lugar,
habría obrado lo mismo —dijo Smoky en tono consolador—. Toma un sorbito de
whisky para darte fuerzas, y cuenta lo que pasó.
—Bastante calor
tengo sin licores…, pero contaré…; dame un poco de agua.
Después de beber,
Latimer dio un prolongado suspiro, y resumió lo pasado en estas palabras:
—Hank me escogió…
porque me tiene cogido… Tras de separarnos aquella noche… Hank cogió otro
caballo… Tenía una silla escondida en el campo… y con los caballos nos
acercamos a la casa…
—¡Ah…! Seguramente
el plan lo tenía ya madurado —interrumpió Smoky.
—Sí… Dejamos; los
caballos atados, y antes de entrar en la vivienda, me dijo que pensaba robar a
Herrick cuanto dinero tuviera en casa y después llevarse a su hermana para
pedir rescate. Yo abrí el sumidero para decir que dejara en paz a la chica,
pero él miró de un modo que me dio a entender que estaba perdido por ella… y me
callé… Herrick estaba en el salón… Allí nos encaminamos, pero, antes de entrar,
Hays me señaló la abierta ventana del cuarto de la muchacha… Al entrar, el
inglés nos miró, y Hank, sacando una pistola, dijo: «¡Calle y entregue cuanto
dinero tenga…!». Herrick, lejos de amedrentarse, lanzóse contra él como una
fiera, pero el jefe le dio un tremendo golpe con la pistola en la cabeza, que
le dejó atontado, y manando sangre… Entonces abrió el escritorio y sacó varios
mazos de billetes; grandes… Salimos; al vestíbulo… y Hank me mandó que entrara
por la ventana del cuarto de ella… La luna estaba muy clara…, pero de momento
no recordaba cuál era… Pronto me guió la misma voz de la muchacha… Dame otro
sorbo.
El enfermo calmó su
extraordinaria sed, mientras que Jim y Smoky cambiaban significativas miradas
por encima de él.
—Bueno… ¿Dónde
estaba…? ¡Ah…! Cuando entré por la ventana, la encontré a ella sentada en la
cama, más blanca que las mismas sábanas, y Hank, que le apuntaba a la cabeza
con la pistola, decía que si pedía socorro disparaba. A mí me mandó que
registrara, para coger dinero y joyas. Yo obedecí; pero sin quitarles ojo… El
cuarto estaba tan claro como el campo. El jefe dispuso que la chica se vistiera
para montar a caballo… Rehusé ella… y Hank, de un manotazo, le sacó de la cama,
arrancándole medio camisón. «Sepa usted —le dijo— que tengo a su hermano atado
abajo, y si no obedece cuanto yo digo, lo mataré». La pobrecilla; sollozando,
se metió en su tocador. Él repitió que se pusiera el traje de montar y
empaquetara lo más preciso, añadiendo: «La secuestro a usted para obtener
rescate… En cuanto lo reciba volverá a su casa… Mientras; sea dócil, no le
pasará nada». Entre tanto, yo había encontrado un montón de ricas joyas…,
diamantes como nueces… y buena cantidad de billetes de los gordos, envueltos
todavía con el papel de la casa Wells Fargo… Me rellené los bolsillos… y quedé
hecho una mina de oro ambulante.
—¿Cuánto podría
haber en todo? —preguntó con curiosidad Smoky, mientras; se detenía el enfermo
para tomar aliento.
—Ya voy a eso…
Salimos por la ventana, y Hank la condujo hacia el bosque, llevándome a
retaguardia. Pronto llegamos a los caballos. Hank ayudó a la muchacha a montar
en el tordo… Al disponemos a partir… oímos ruido por la carretera… Alejóse
Hays, encargándome que vigilara a la prisionera… Oímos, un disparo; y el sordo
golpe de un cuerpo que se desplomaba. Volvió Hays soplando como un toro, y dijo
que se había encontrado de manos a boca con Drogar y otro de la cuadrilla de
Heeseman.
»—Señorita Herrick
—dijo él—, esos pillos intentaban robar y aun tal vez matar a su hermano. Yo he
tumbado a Drogar, pero el otro ha huido.
»Ató el paquete a
su caballo, cogió el ramal del que montaba la chica y tomamos el camino de las
montañas. No descansamos hasta el día siguiente. Yo entregué entones el dinero
y las joyas a Hays, que conté el dinero robado a Herrick…, más de dieciséis mil
dólares…, pero no abrió el paquete de Wells Fargo, que yo había encontrado; en
la maleta de ella. Esto es todo, compañeros… Nos pusimos de nuevo en marcha,
hasta que os encontramos en los cedros.
—¿Cuánto contenía
el paquete de Wells Fargo? —preguntó Smoky tras de larga pausa.
—No sé…, eran
billetes grandes…, y el mazo muy pesado.
—Es decir, ¿que
Hays se ha apropiado de eso, más las joyas?
—Sí… Por cierto que
ayer me entregó mi parte de los dieciséis mil… Aquí la tengo, en la chaqueta…
Os la podéis repartir… porque adonde yo voy…, no se necesita dinero.
—Sparrowhowk, el
relato ha sido largo para un enfermo… y difícil de contar —dijo sentidamente
Smoky—. Jim y yo respetaremos tu confidencia, y si logras salir del: paso
(espero en Dios que así sea) no chistaremos:… Pero, compañero, no te
sorprendas: de lo: que pueda ocurrir.
XII
Cinco días después
falleció Latimer, tras de una breve mejoría, que hizo concebir nuevas
esperanzas a sus camaradas. Murió solo, durante la noche, y al acercarse Smoky
por la mañana, lo encontró ya rígido y frío.
—Tentado estoy de
envidiar a Sparrowhowk —dijo con tristeza Smoky—. Maldito si vale la pena de
vivir para hacer lo que hacemos.
Se le enterró con
su mismo petate, sorteándose entre la cuadrilla sus demás pertenencias.
—¿Qué habéis hecho
con el dinero que le habéis encontrado encima? —preguntó Hays.
—No hemos
encontrado ninguno. Latimer nos lo entregó a mí y a Jim hace pocos días
—contestó Smoky.
—Pues lo mejor será
que lo repartáis.
—¡Ya hablaremos de
eso!, —fue la ambigua respuesta de Smoky sin separar los penetrantes ajillos
negros del jefe.
—¿Por qué?
—Porque, Latimer
nos lo entregó, no para que lo repartiéramos, sino para que lo guardáramos.
—Dile a Hays la
otra razón, Smoky —apuntó Jim.
—Aguardemos un
poco, Jim… No corre prisa… y no estoy seguro de que el difunto verdaderamente
deseara que habláramos.
El rostro de Hank
Hays se puso lívido y la mirada que fulminó sobre sus dos subordinados
reflejaba los siniestros fulgores de un alma desesperada.
—¡Ah…! Puede que
hagáis bien en conservar la boca cerrada —dijo, alejándose sin tardanza.
Brad fue el primero
que preguntó con viva curiosidad:
—¿Qué ocurre?
—Métete la lengua
en el bolsillo —contestó Smoky en tono provocativo.
—Compañeros
—prosiguió Lincoln volviéndose a los otros—. Hace tiempo vengo oliendo algo
Podrido en este asunto…: ¿,me autorizáis para que en nombre de todos pida
explicaciones a Smoky y a Jim?
—¡Sí…! ¡Sí…!
—contestaron a coro Bridges, Mac y Happy.
—Ya lo habéis oído…
Tú, Smoky, siempre has sido franco y leal con tus camaradas… di lo que debamos
saber.
—Me encuentro, en
un endiablado lío… Lo que pides es justo y, muerto Latimer, Jim y yo no
tenernos por qué callar… Pero estamos en este maldito agujero, y quisiera
impedir el que peleáramos unos con otros.
—Escuchad…,
propongo que decida la suerte… Juguemos al póquer… y si ganamos toda la pasta
al jefe (no será difícil ahora que sólo piensa en la rubia), me parece que no
tendremos necesidad de decir nada. ¿Eh, Jim?
—Yo no prometo
nada, Smoky —repuso el joven—. Admiro tu buen deseo…, pero me parece que vas un
poco lejos, y que en justicia todos debieran saber la verdad.
—¡Condenado
muchacho! —gruñó Smoky, pero sin acritud.
Lincoln silbó como
un reptil… Su cólera era una confirmación de las sospechas. Smoky le puso una
mano en el hombro para apaciguarle.
—Ya sabes lo que he
dicho, Brad —observó Smoky—. Se trata de escoger entre las cartas… o saber la
verdad.
—Elijo las cartas…
y vosotros, no siempre guardaréis el secreto —dijo Lincoln en tono sombrío.
Desde aquel momento
empezó un desenfrenado juego en el que todos participaban. Dejando uno de
centinela, el resta de la banda se pasaba horas enteras en el sombrajo que les
servía de cantina, entregados a su pasión favorita. Hays era jugador por
naturaleza, jugaba con todo, principalmente con la vida y con la muerte.
Jim hizo dos partes
de su dinero; en un lado puso los billetes de cantidad más elevada y los
pequeños en otra.
Los primeros, que
eran mucho más numerosos que los segundos, los cosió entre el forro de su
chaqueta mientras estaba de guardia. Tenía el presentimiento de que podía
necesitarlos alguna vez. Y los restantes se los metió en los bolsillos, para
tomar parte en el juego, retirándose en cuanto los perdiera.
Pero la fortuna es
caprichosa, y en lugar de perder, ganó con insistencia. Mientras ganaba, no
tenía pretexto para dejar el juego…, y él prefería estar en la altura que le
servía de atalaya. Por fin, cambió la suerte y perdió ganancias y capital.
—Me he quedado
limpio —dijo levantándose—. Pero no puedo negar que me he divertido.
—Cierto que en el
último tiempo has tenido cartas podridas, pero no puedes haber perdido cuanto
tienes —observó Hays.
—Verdad es que algo
me queda —convino Jim—, pero eso lo guardo para mejor ocasión.
—Yo estoy en
fondos…, te prestaré lo que quieras —ofreció generosamente Hays.
—No, gracias…, me
alegro de salir de este pozo. Voy al peñasco para reemplazar a Mac. De aquí en adelante
me encargará del servicio de vigilancia. Me gusta.
—Eso es portarse
como buen compañero… ¿Cuántas cartas, Jeff…? Oye, Smoky…, ¿es que ya ni por
casualidad abres la boca…? No sé verdaderamente en lo que estás pensando.
—Más vale que no lo
sepas —dijo en tono sombrío el hombrecillo. Hays tenía la alegría ruidosa
cuando ganaba, pero se ponía inaguantable si perdía.
Jim alegrábase
mucho de que hubiera pasado esta fase de su conexión con la cuadrilla. Había
jugado varios días, ganado y perdido, todo en interés del proyecto que
mentalmente estaba madurando. Si no sobrevenía nada imprevisto, el juego
conduciría a la inevitable reyerta; que Hays ganara o perdiera, habría pelea.
Cada día las apuestas eran mayores, el juego más atrevido, y la acritud de los
que perdían más profunda. Tenían demasiado dinero aquellos ladrones… Había sido
mal ganado, y sólo daños les acarrearía su posesión.
Mac se alegró tanto
de verse prontamente relevado de su solitaria guardia sobre el soleado peñón,
que echó a correr como un chiquillo por la senda que llevaba al campamento.
En cambio, Jim se
quedó muy complacido. Aunque no le temía al sol, había traído un montón de
hojarasca y tres largos maderos para hacerse una especie de sombrajo. La tarea
resultó difícil por no haber tierra en que clavar los maderos; por fin logró
acoplarlos entre las piedras y pudo sentarse a la sombra, para disfrutar del
merecido descanso.
Mas poco tardó en
levanta se de nuevo. Estaba inquieto, nervioso. El hallarse día tras día entre
aquellos hombres, teniendo que ocultar constantemente sus pensamientos, le
producía perenne intranquilidad. Happy era un buen hombre, que ningún punto de
contacto tenía con los ladrones. Carecía de fuerza, variaba como el viento, y
siempre le convencía el último que llegaba. Smoky era el alma de la banda, si
tal nombre se le podía dar a alguno de los secuaces de Hays; los demás le
habían aceptado por compañero y él quería hallarse presente cuando surgiera la
disputa. Su ayuda podía ser muy valiosa.
Enfocó los
anteojos, acortando la distancia que le separaba de los purpúreos barrancos, de
las plateadas lagunas y de los frondosos valles a los que el calor envolvía en
tenues velos rosados, semejantes a humo, que lentamente ascendían hacia
picachos y cresterías de rojizas peñas. Con frecuencia los cristales de aumento
permanecían largo tiempo fijos en la tienda gris, donde la prisionera pasaba
sus tristes días. A pesar del vivísimo deseo que Jim sentía de precipitar los
acontecimientos a riesgo de provocar una catástrofe, aún conservaba el
suficiente dominio sobre sí mismo para esperar ocasión oportuna. El tiempo
conspiraba en favor de sus proyectos. Tan cierto como que el sol caldeaba
durante el día la guarida de ladrones, y las estrellas la iluminaban por la
noche, la tragedia era inevitable y cada día la acercaba más.
Había llegado la
estación le las tormentas. La lluvia caía a chaparrones diariamente, limpiando
de polvo la atmósfera. El calor era menos sofocante, y flores y hierbas cubrían
toda la tierra.
Jim conservaba su
sombrajo en las alturas, pero muy pocas veces se guarecía en él, aunque
lloviera. Le gustaba el olor a tierra y a piedras mojadas. Por las mañanas el
cielo solía estar azul, excepto sobre los picachos de los montes Henry, que era
donde se formaban las tormentas. Hacia el mediodía, gruesos nubarrones blancos
se extendían por todas partes, y poco a poco iban haciéndose más densos y
oscuros; después tupidas cortinas de lluvia gris, empujadas por el viento,
corríanse hacia el desierto. Aquí brillaba de nuevo el sol, allá se acumulaban
las sombras, y entre ambos lugares extendíanse deslumbradores arco iris de
transparente y etérea belleza.
Un día en que Jim
regresaba al campamento poco antes de anochecer, oyó el disparo de un arma de
fuego, que le causó natural sobresalto. Allí no se oían más tiros que los
suyos, cuando cazaba conejos o antílopes. Aguzó el oído, pero no oyó ninguno
más.
En el momento en
que entraba en la hondonada y vio a Hays que se dirigía a su barraca con el
cabello erizado, y a los demás que se agrupaban a la entrada de la cantina,
dióse cuenta de que algo había pasado, y deseé con toda el alma que la víctima
no fuera Smoky ni Happy… Cualquiera de los otros, no representaría para él más
que uno menos.
Al ver a Jim, Smoky
destacóse del grupo y salió a su encuentro. Andaba despacio y con la cabeza
gacha. Se encontraron frente a la pequeña elevación en que el jefe había
construido su barraca.
—¿Qué sucede.
Smoky?
—Hank ha matado a
Brad.
—¿Cuándo…? ¿Cómo…?
¿Quieres decir que Hays ha tirado sobre Lincoln?
—Eso mismo. Jim,
eso mismo ha hecho —y los ojos del hombrecillo brillaban con extraño fulgor
Hank estaba al extremo de la mesa y tenía libertad de acción. ¿Te acuerdas del
banco que Jack clavó junto al fogón? Allí estaba sentado Brad y la mesa le
impedía sacar la pistola… Esto dio la ventaja a Hays, que agujereé a Brad. Yo
he sido el único testigo… Los demás habían puesto pies en polvorosa.
—Pero ¿cuál fue el
motivo, Smoky?
—Poca cosa… Brad,
que cada día estaba de peor humor, hoy perdió cuanto le quedaba. Hank le había
ganado casi todo su dinero; levantóse furioso, sin duda para desafiar a Hank,
pero éste, sin darle tiempo, ni aun de salir del rincón en que estaba, le metió
plomo en el cuerpo.
—Eso ha sido
asesinato, Smoky —declaró, gravemente Jim.
—Seguramente… Hank
le temía a la lengua de Brad y, amigo Jim…, esto es una advertencia para
nosotros.
—¿Para, ti y para
mí?
—Así lo pienso.
—No es hombre,
Hays, para matarme a mí dijo fríamente Jim.
—Tampoco creo que
se atreva conmigo cara a cara.
—¿Sabe que nosotros
conocemos su traición?
—Debe suponerlo
—contestó Smoky, algo perplejo—, pero en el último tiempo se ha vuelto tan
solapado, que cualquiera adivina sus pensamientos.
—¿Quieres que le
llamemos para hablar claro?
—¡Mil rayos, no…! —protestó
Smoky violentamente—. Después de todo, la culpa fue de Brad… Mira, Jim, yo no
puedo aconsejarte… Cada palo que aguante su vela.
—Bueno, hombre… Yo
no me ando con escrúpulos —declaró Jim con intención—. Te quiero bien, Smoky,
porque me parece que eres la única persona decente de esta pandilla, y si
necesitas un consejo, te lo daré con mucho gusto.
—Gracias, Jim. Yo
también te aprecio —admitió Smoky—; pero tan verdad como Dios me oye… no me
atrevo a pedirte nada… y tengo miedo.
—¿Miedo, tú? ¿De
qué?
—No lo sé… Voy
creyendo que Hank nos ha embrujado al traer aquí a esa chica.
Entraron en la
cantina. Lincoln estaba caído de bruces sobre la mesa, el brazo derecho le
colgaba a poca distancia del suelo, y la pistola estaba cerca de la mano.
—Muchachos —dijo el
cocinero—, si he de poner la mesa para la cena, apresuraos a rendir los honores
fúnebres al difunto compañero.
—¿Quién será el que
le siga? —preguntó sombríamente Mac retorciendo las secas manos.
—¡A ver, arrimad el
hombro aquí!, —mandó Smoky en tono perentorio.
Lleváronse a
Lincoln hacia la parte baja del bosquecillo de algodoneros, donde tenía su cama
y efectos.
—Yo, le registraré
—dijo Smoky—. Tú, Mac, echa una mirada al equipaje, y tú, Jim, tráete algo con
que, se pueda cavar.
Media hora más
tarde, ya descansaba el muerto en la tierra, y sus pertenencias habían pasado a
ser propiedad de sus enterradores.
—Sepultura número
dos —comentó Smoky—. Me parece, compañero, que dentro de veinte de veinte años
la guarida de ladrones será un vasto cementerio.
—¿Cómo puede ser
eso, no sabiendo nadie que estamos aquí?
—Ya nos encontrará
Heeseman, y a ellos los descubrirá Morley, y tras de éste vendrán otros
—contestó Smoky en tono profético.
—¡Entonces huyamos
de este maldito agujero! —propuso Bridges.
Ya había anochecido
cuando Happy los llamó para cenar, y Jim trajo un brazado de leña seca para
avivar el fuego. A su llama vieron que se aproximaba Hays y cuando estuvo
cerca, dijo:
—Jim ¿te han
contado la verdad respecto a lo ocurrido con Brad?
—Supongo que sí
—contestó fríamente el joven.
—¿Tienes algo que
decir?
—No…, me parece que
era lo único que podías hacer.
—Has puesto el dedo
en la llaga. En el momento en que Brad iba a saltar sobre mí, leí en sus ojos
que se proponía matarme…, fui más listo que él… Jack, ¿qué vas a damos de cena?
Por tácito acuerdo
y sin decir ni una palabra, los hombres evitaron el sentarse a la mesa aquella
noche, y cada cual comió alrededor de la hoguera del campamento.
Hays permaneció en
pie; Smoky sentóse en una piedra y los demás tomaron posturas más o menos
cómodas.
—La lluvia ha
refrescado, el aire —observó Hays, después de concluir; cogiendo una gavilla
encendida, añadió—: Me parece que a la prisionera le vendrá bien un poco de
lumbre.
Y se alejó
blandiendo la gavilla para que no se apagara…
—Eso se llama
redaños —declaró Smoky—. ¿Qué te parece, Jim?
—Fanfarronería
solamente… Obsérvale.
—Hank acabará por
perder la chaveta —comentó Happy, atreviéndose por una vez a murmurar—, porque
la muchacha le aborrece más que a la peste.
—Lo que ella pueda
pensar, le trae sin cuidado a Hays —dijo con rabia Jim.
—La he visto anoche
—prosiguió el cocinero—, cuando me llamó el jefe para que le subiera la cena.
Es la primera vez que le he visto bien la cara, desde que estamos aquí… Parece
la sombra de la otra.
—Sí… y vosotros,
compañeros, sólo veréis la sombra del dinero que Hays robó a Herrick —contestó
Jim presintiendo que había llegado el momento de las confidencias.
Un rumor de enojo
acogió sus palabras. Smoky alzó los brazos y se alejó de la hoguera. Entonces
Jim, con palabras claras y concisas, puso a todos al corriente de las
maquinaciones de su jefe. Después de la primera explosión, aceptaron el
descubrimiento con un silencio sorprendente, como abyecto, y Jim, dejando que
el veneno hiciera su camino, alejóse en la oscuridad.
La lumbre que Hays
había encendido frente a la tienda de campaña, iluminaba a la prisionera,
paseando arriba y abajo. Jim, al amparo de las peñas, acercóse hasta una
distancia de doscientos pies escasos, sentándose sobre la hierba. Si Elena
habló con Hays cuando éste le trajo la cena, por el momento paseaba en
silencio, echando tan insistentes miradas hacia la hoguera del campamento, que
eran demasiado expresivas para ser casuales.
Jim sentía que
estaba al cabo de su paciencia. Allí mismo, si hubiera visto a Hays intentar
acercarse a Elena, le hubiera pegado un tiro, aun a riesgo de tener que luchar
con el resto de la banda. Pero el jefe estaba sentado en la sombra, con más
trazas de penitente que de conquistador. Por último, Elena se metió en la
tienda, y Jim, destrozado por la continua tensión de sus nervios, alejóse en
dirección a su cama… Esperaría a mañana… ¡Mañana…! De seguro se iniciaría la
rebelión… Hays no era hombre para tolerar reproches ni críticas sobre su
conducta… Necesitaba no sólo su dinero, sino el de todos ellos… y lo necesitaba
para algo más que para jugar… La guarida sólo era un alto en su camino… y la
salvaje Utah no llenaba sus aspiraciones… Tales eran los pensamientos de Jim,
hasta que el sueño le cerró los ojos.
Durante la noche
despertóse el joven, cual sucedía con frecuencia. La bóveda celeste cubríase de
un matiz opalino. La luna ya se había ocultado, pero su blanquecina luz aún
dominaba la de las estrellas, y los altos peñascos estaban coronados por
claridades de color peral… A lo lejos se oían los aullidos de los lobos… Tal
vez sería ésta la causa de haberse despertado… Lo cierto era que sentíase
envuelto por algo melancólico y misterioso, cual si estuviera bajo la
influencia de un sueño.
Cuando cerró de
nuevo los ojos, una mano suave tocó su mejilla, y una voz muy baja, que le hizo
estremecer, murmuró a su oído:
—Jim…, despierte…,
soy yo.
El joven se
incorporó con violento impulso. Elena estaba de rodillas a su lado.
—¡Usted…! ¿Qué
pasa…? ¿Acaso ese demonio…?
—¡Cuidado…! No tan
alto… No ha sucedido nada… Pero no podía dormir… y necesitaba hablar con usted,
para no volverme loca.
A la luz de las
estrellas su rostro tenía el mismo tono perla que las nubes, y sus ojos
parecían dos negros abismos que lo agujereaban. Tras de un instante, él, ya más
sereno, dijo, en el mismo tono:
—Corriente…,
hablemos…, pero nos arriesgamos mucho.
Dejó descansar las
manos sobre la manta y ella puso encima las suyas, cual si quisiera asegurarle
de su presencia y sentimientos. Con voz muy queda y dulce, empezó:
—Primero quiero
decirle cuán castigada he sido por mi ignorancia y por no haber hecho caso de
sus consejos… después… de haberme ofendido con tanta rudeza… aquel día en la
montaña. ¡Ah! ¡Si yo hubiera tenido confianza en usted…! Mas quiero convencerle
de que esa confianza la tengo ahora.
—Gracias y me
alegro…, pero debo confesar… que los besos… que le di entonces… temo que no
sólo fueran para asustar a usted.
—Es igual… Si
hubiera seguido sus consejos… no me vería en esta espantosa situación… El miedo
y la inquietud me van consumiendo.
—Pero usted está
buena todavía, ¿no es verdad…? ¿Acaso se ha atrevido ese hombre…?
—No…, a nada se ha
atrevido, y yo no estoy aún enferma…, adelgazo porque no puedo comer…, pero eso
nada importa… Lo principal es que no me atrevo a dormir de noche…, temo a cada
instante que entre y me ahogue para impedirme gritar… Hasta ahora no ha osado…,
yo le juré que si intentaba tocarme, sería capaz de arrojarme a un precipicio…
Creo que le asusté… Pero… yo reo… y siento… ¡Ay, Jim…! ¡Por amor de Dios, haga
usted algo para que acabe esta pesadilla…!
En su desamparo y
debilidad, dejóse caer hacia delante, ocultando el rostro en el pecho de Jim.
Éste la separó con
suavidad, sin asomos de la violencia que tuvieron sus besos en el Rancho de la
Estrella.
—No se desespere
usted, Elena —contestó él—. Ha sido muy valiente… y vamos saliendo mejor de lo
que se podía creer… Todo consiste en esperar un poquito más.
—Podríamos huir…
ahora.
—Ya lo he pensado muchas
veces… pero sólo conseguiríamos morir de hambre y sed en el intrincado
laberinto de este desierto.
—Más valdría…, al
menos para mí.
—Si puede usted
aguantar… digamos hasta mañana por la noche…, procuraré hacer los preparativos.
Necesitamos caballos…, provisiones…, y en conciencia debo advertirle que entre
cien probabilidades, las noventa y nueve nos son contrarias… Si tenemos un poco
más de paciencia, la situación mejorará.
—¿Qué le hace a
usted suponer eso?
—Esta pandilla está
a punto de disolverse… Habrá una sangrienta reyerta, en la que es casi seguro
morirá Hays y puede que algún otro. Esto nivelará las fuerzas… y yo podré obrar
sin arriesgarla a usted.
—Y aun entonces
será no poco difícil hallar el camino para salir de esta horrenda madriguera.
—Sí, pero entonces
tendré tiempo…, llevaremos lo que sea necesario… Elena…, tenga usted confianza
en mí… Este plan es el más seguro…
—Si me devuelve
usted a mi hermano, recibirá todo el rescate…
—¡No me insulte
usted! —exclamó Jim con amargura.
Levantóse ella al
oír estas palabras, y echándose el pelo atrás, dijo con dulzura:
—Perdóneme usted…,
ya le he dicho que estoy medio loca… No sé cómo he podido decir… Pero ya
hallaré otro medio de recompensarle.
—El haber logrado
salvar a usted es la única recompensa que pido… y mucho más de la que merezco…
—¿Ha olvidado usted que la amo?
—Sí…, lo había
olvidado —contestó Elena mirándole con sus grandes ojos, a la luz de las
estrellas, como si estas palabras aquí tuvieran muy diferente significado que
en el Rancho de la Estrella.
—Lo que prueba que
esta pasión es inmensa es que perteneciendo a una banda de ladrones, estoy
dispuesto a traicionarlos, a matar al jefe y a todos los demás, excepto a
Smoky… Ése es nuestro amigo. En el fondo es un buen hombre…, ya lo verá usted
cuando llegue el rompimiento… Si fuera usted americana, sería lo bastante
práctica para hacerse cargo de la situación y ayudarme a salir de ella.
—Yo soy muy
práctica y tengo tanto valor como cualquier americana —replicó Elena, herida
por las cáusticas palabras de él—. Habla usted de amor con la misma franqueza
que se habla aquí de caballos, pistolas y muertes… Pero seguramente no querrá
usted decir que si me salva es porque me ama.
—Mucho temo que así
sea.
—¡No le creo a
usted…! No puedo figurarme que sea un desalmado…
—Señorita Herrick…,
todo eso importa poco —interrumpió Jim con cierta frialdad—. Estamos perdiendo
el tiempo… y arriesgando mucho.
—No le hace… Yo he
venido aquí para hablar… Antes de que despertara usted, estuve aquí arrodillada
unos instantes… Esto me calmó los nervios y me dio fuerzas para exponer mis
pensamientos.
—Bueno…, hable
cuanto quiera…, pero baje la voz. Poco ruido deben haber hecho sus pasos,
porque yo duermo con sólo un ojo.
—Pues esta vez
tenía usted bien cerrados los dos, y los labios, con un gesto muy severo…, y
yo…, al contemplarle así…, no sé cómo se me ocurrió pensar que ha debido tener
usted una madre muy buena, y quizá también una hermana…
—Sí que las he
tenido —murmuré él con sentido acento.
—¿Lo ve usted?
—Lo que no ha
evitado que yo cayera…
De súbito irguióse
Elena, rígida, al oír el leve ruido que cortó la frase de Jim, y aterrada le
puso una mano en los labios, mirándole con extraviados ojos.
A la luz de las
estrellas y por encima del hombro de la joven, los ojos de Jim vieron una
sombra más oscura que el suelo, y al acercarse tomó la forma de un hombre que
se arrastra con manos y rodillas.
A pesar de su
temple de acero, Wall sintióse invadido por un frío terror. Aquella sombra, sin
duda, era Hays, pronto a caer sobre ellos pistola en mano. Un chorro de sangre
caliente invadió el cerebro de Jim paralizando sus pensamientos. La muerte
estaba terriblemente cerca de los dos. Tenía la pistola debajo de la almohada,
y entre él y Hays estaba arrodillada Elena. En tan crítica situación, el menor
movimiento podía ser fatal; era preciso que la astucia precediera a la acción.
Cambió la mirada
desde la negra sombra al rostro de Elena, que parecía de mármol, y los dedos,
que aún conservaba sobre los labios de Jim, habían empezado a temblar.
—Es Hays —dijo con
voz apenas perceptible—. Sígame usted —y haciendo un esfuerzo, dijo con voz
natural—: No, señorita Herrick, lo siento, pero no puedo complacerla. No
apruebo el que Hays la haya secuestrado, pero ya está hecho. Yo soy miembro de
su banda, y no puedo obrar contra él, marchándome solo con usted.
Siguió un profundo
silencio, llena de temores para Jim. ¿Sería capaz Elena de tanto disimulo? Si
el jefe no había oído sus apartes, aún sería posible engañarle. Comprendió
Elena, y Wall tuvo el privilegio de presenciar la reacción de una mujer en un
momento peligroso.
—Pero todo el
dinero del rescate será para usted —dijo ella con voz clara y acento
persuasivo—. Además, mi hermano le recompensará…
—Yo no me dejo
sobornar —interrumpió Jim y aconsejo a usted que no pruebe el mismo medio con
Smoky o con otro de la partida.
—Pero es que Hays…
—¡Quietos…! ¡No te
muevas, Jim!, —mandó desde la sombra una voz baja y dura.
Elena lanzó un
grito ahogado dejándose caer sobre las rodillas y, tras de breve pausa,
contestó Jim:
—No me muevo, Hank.
Enderezóse la
elevada figura de Hays y avanzó. Si hubiera disparado su pistola, Jim habría
puesto breve término a la escena, pero la mantenía medio levantada. Las sombras
impedían ver la expresión de su rostro, y no obstante, Jim comprendió que había
creído el engaño.
—¡Condenada gata!
—exclamó brutalmente Hays—. Si la vuelvo a pillar sobornando a mis hombres, la
trataré de modo que no se atreverá ni aun a presentarse ante el muñeco de su
hermano… ¡Métase pronto en la tienda!
Levantóse Elena sin
tardanza, desapareciendo en las tinieblas.
—Jim Wall —dijo
lentamente el jefe—. Hace poco que estás en mi banda y apenas te conozco, pero
lo que acabas de hacer me ha llegado al alma. Te lo agradezco mucho, y creo que
eres el único, entre los hombres, de mi cuadrilla, capaz de resistir a esa mujer.
—En eso te
equivocas, Hank; Smoky o cualquiera de los otros habrían hecho lo mismo.
—Casi he perdido la
confianza en ellos.
—La culpa es tuya.
No tienes derecho a quejarte. Puede decirse que has sacrificado la partida a
esa mujer.
—Oye… No permito
que ni tú ni nadie me juzgue —gruñó el jefe con aire sombrío—. Bien os
alegraréis todos de embolsaron la parte de rescate que os toque.
—La cosa es que…
¿la recibiremos? —preguntó Jim en tono significativo.
Hays hizo un
movimiento como reptil al que se pisa la cola.
—¿Qué quieres
decir?
—Soy yo el que
pregunta.
—¿Quieres insinuar
que tal vez no recibas tu parte? —preguntó Hays.
Jim, a quien la
costumbre del peligro había aguzado los sentidos, adivinó que no estaba lejos
de la muerte en aquel instante.
Si hubiera tenido
el arma al alcance de la mano, acaso hubiese puesto súbito fin al diálogo. Pero
todas las probabilidades estaban a favor de su contrario. El ingenio y la
astucia tenían que sacarle del apuro. Jim se daba cuenta de la ansiedad del
jefe por enterarse de lo que él sabía.
—No —replicó
brevemente el joven—. Preguntaba en nombre de todos.
—Bueno…, reuniré la
banda y se lo preguntaré yo mismo.
—Buena idea… Tal
vez evites la ruptura, si repartes el dinero robado a Herrick.
—¡Voy a retorcer el
pescuezo a esa condenada gata blanca!, —silbó el ladrón.
—Vas errado por ese
camino, jefe. Ella no ha dicho nada, porque no sabe que robarais a su hermano…
Sparrowhowk lo confesó antes de morir.
Hays soltó un
espantoso juramento…
—¿Y dijo…?
—Todo…, a Smoky y a
mí. Nosotros hemos guardado el secreto mientras ha sido posible, pero como el
que más y el que menos sospechaba algo poco limpio…
—Lo sabíais todo
este tiempo —interrumpió Hays con extraña mezcla de vergüenza y admiración. Por
primera vez parecía darse cuenta de su crimen.
—Ya lo ves, Hank,
tu banda te ha permanecido fiel, aun conociendo tu culpa.
—¡Ah…! Repararé mi
falta… si no es demasiado tarde —contestó con voz ronca y desapareció en las
tinieblas.
Jim tornó a echarse
entre sus mantas con un peso menos sobre el oprimido pecho. Por el momento,
estaba a salvo. ¿Qué sucedería mañana? Después de reflexionar, le pareció que
había metido a Hays en un rincón del que no hallaría modo de escapar.
XIII
Jim, que durmió mal
el resto de la noche, levantóse a la mañana siguiente muy temprano y se puso a
encender la lumbre. Le oyó Happy, cuya cama estaba inmediata a la cantina, y
vino a reunirse con él, silbando alegremente, según su costumbre.
—Dios te pague la
buena obra, Jim —dijo Happy, interrumpiendo el matinal concierto—. Mucho me
gusta el guisar, pero desde niño tengo un odio mortal a encender la lumbre.
—Eres un mastuerzo,
Harry —contestó Jim—. ¿Cómo puedes silbar y perder el tiempo diciendo tonterías
cuando sabes que la cuadrilla está a punto de disolverse?
—Convenidos, pero
¿qué voy yo ganando con apurarme y poner la cara larga? —replicó
filosóficamente el cocinero—. Cuando un nombre llega a tener cierta edad, le da
por una cosa o por otra. Mira a Brad, vivía para el juego y el juego le trajo
la muerte. Mira a Hays, el amor al robo le privó de todos los amores haciéndole
perder esposa, familia, rancho y consideración, y mírate a ti, Jim, que vives
como lobo solitario con la mano siempre impaciente por soltar una bala.
—¿En ese aspecto me
consideras? —preguntó Jim, sinceramente sorprendido.
—Yo veo muchas
cosas que me callo.
—Pues en esta
ocasión has visto mal, Jack. No soy un perdonavidas que recorro el mundo
buscando pelea, pero no puedo soportar que nadie abuse de mí y se aproveche de
la situación.
—Sí…, convengo en
que Hays nos ha hecho una mala jugada.
Jim almorzó antes
que los demás. Aún faltaba media hora para la salida del sol. Era la parte más
hermosa del día. Todo estaba fresco, embalsamado y los pájaros cantaban a plena
garganta. A Jim le parecía que la plácida hermosura de la Naturaleza y los alegres
gorjeos de los pájaros, eran una burla a la tragedia que se cernía sobre la
siniestra guarida de ladrones, en donde una inocente prisionera vivía en
constante peligro. Jim subió a cumplir sus funciones de vigía antes de que Hays
y sus acusadores se reunieran junto a la hoguera del campamento.
Con el rifle en la
mano, encaminóse el centinela a su elevado punto de observación, y hasta que
estuvo fuera del valle no se dio cuenta de que empuñaba el arma larga. El hecho
le sorprendió; en el campamento sobraba carne y no pensaba en cazar. Había sido
un acto instintivo…, quizá justificado por los acontecimientos que pudiera
traer el día.
Tal vez tuviera
esto alguna relación con la singular belleza de la mañana, la imponente soledad
de aquella enrarecida atmósfera que daba a las cimas de las montañas engañosa
proximidad.
El sol estaba aún
por debajo del horizonte de Oriente, pero su proximidad se anunciaba por
deslumbrantes resplandores de grana y oro, que daban cálida entonación a las
mesetas, y teñían de ardientes tonos las ondulantes paredes de lejanos
terraplenes. Jim no había subido nunca tan temprano. Cualquier criatura humana
habría quedado atónita ante la sublime grandeza del panorama. A Jim le sugirió
el pensamiento de que si estaba destinado a morir en aquel día, dejaría la
tierra sin haber conocido plenamente sus misterios y seductoras promesas, y,
por extraña ilación de ideas, le parecía que Elena Herrick era la única que
podría revelarle los unos y realizar las otras.
—Decididamente,
estoy loco —monologueó despertando de súbito de sus absurdas reflexiones. La
excitación constante de los últimos días lee había alterado en términos que le
desfiguraban ante sí mismo. Tomó la severa decisión de dominarse, a fin de ser
completamente dueño de sus acciones cuando volviera a encontrarse con Hays en
el campamento.
El sombrajo que
erigió había sido más de una vez derribado por el viento. Esta mañana también
estaba caído, excepto uno de los maderos. El joven recogió la hojarasca del
techo, formando mullida cama para descansar y en ella se sentó dispuesto a dar
comienzo a sus observaciones.
Le parecía que
nunca había visto una salida de sol. La presente no era comparable con cuantas
recordaba. La exageración con que la Naturaleza prodigaba color, hermosura,
transparencia y espacio, era casi excesiva para poderla abarcar la vista
natural del hombre.
Pero esta
superlativa grandeza desvanecióse pronto, dejando tras de sí algo que Jim podía
aceptar como real.
Desde su nido de
águilas, miró el vigía al sombrío agujero que tenía debajo y en el que aún no
había penetrado un solo rayo de sol. La negra boca del desfiladero parecía
abrirse con hambriento bostezo. Sobre ella, en todas direcciones, se elevaban
grisáceas y rojizas moles de peñas, coronadas por cedros enanos, de las que se
desprendían espumosos torrentes. Montículos verdeantes, salpicados del oro de
los girasoles, terminaban sin transición en insondables abismos. Las paredes de
granito mostraban al desnudo su férrea dureza, rompiendo su monotonía en
pirámides y promontorios. Aquí, una serie de laderas conducía a oscuras
profundidades, .y como fondo digno de este cuadro, las salvajes, negras y
colosales montañas Henry alzábanse a lo lejos bañadas por cárdena luz de la
mañana, como gigantescos fantasmas negros que amenazaban escalar el azul del
cielo.
La soledad era
incomparable. No había ruidos, sólo un profundo silencio. La vastísima región
carecía de vida. Pero sobre esta escena de desolación levantóse lentamente el
astro del día, caldeándola con sus cegadores rayos y vistiéndola toda con rico
manto de color de cobre.
Antes de llegar
este momento, Wall había enfocado los prismáticos sobre la hondonada. Los
hombres iban agrupándose poco a poco en torno de la hoguera, después de haber
almorzado. La puerta de la barraca estaba abierta, y en ella apareció la alta
silueta del jefe, estirando los largos brazos en perezoso bostezo. A su vista,
encendiósele la sangre a Jim.
—¡Por Dios vivo!
—exclamó en voz alta y cual si quisiera oírse a sí mismo—. Éste es tu último
día, Hays, y antes de que termine, habrás dejado de respirar. Que se entiendan
con él sus hombres —pensó Jim con dureza—, pero si no se atreven a hacer
justicia en su jefe, su fin no será por eso menos cierto.
El joven levantó
los anteojos, más por costumbre que por deliberado propósito de observar. Nada
había que ver en la absoluta soledad de aquel desierto.
De pronto, en el
aumentado círculo visual de Jim observó una fila de puntos negros y movibles.
Tanta fue su
sorpresa, que movió los prismáticos y perdió la línea. ¿Qué podría haber sido?
¡Bah! Una hilera de cedros…, una ofuscación propia de un cerebro excitado.
—¡Allí! —exclamó
conteniendo la respiración—. ¡No son cedros…, ni peñas…, es algo que se mueve…!
¡Mil rayos…! ¿Habré perdido el juicio?
¡Caballos…! ¡Una
fila de oscuros caballos! Los fatigados ojos de Jim se enturbiaron y bajando el
aparato auxiliar con mano trémula, murmuró:
—Algo como jinetes…
¡Dios venga en mi ayuda!
Por tercera vez
enfocó los prismáticos… Jinetes y caballos de carga… La esperada persecución,
que el tiempo había hecho olvidar, se convertía de pronto en realidad… Parecía
la banda de Heeseman, que se acercaba lentamente por un camino mucho más al Sur
del que siguió Hays.
—Están a tres
millas —murmuró Jim—. Van al paso… deben de haberse perdido…, pero no se hallan
lejos, del camino que nos trajo aquí…; si lo encuentran avanzarán con rapidez…
Aún no ha llovido bastante para borrar del todo nuestras huellas. No tenemos
tiempo ni aun para recoger y marcharnos… ¡Rayos y truenos…! ¡Estamos copados…!
¡Prepárate, Hank Hays!
Jim echó la última
ojeada… No era posible la duda.
Era una banda
numerosa que avanzaba a buen paso… El jefe montaba un caballo negro. Jim
recordaba haber visto aquel caballo… recogiendo el rifle guardóse los
prismáticos y echó a correr hacia abajo. Al pasar contó los caballos: seis,
siete, ocho…, los demás no estaban visibles… Hays rabiaría como un condenado…
Jim tomó por un atajo que bajó dando gigantescas zancadas… y ya en el valle,
devoró la distancia que le separaba del campamento:
Con profundo
asombro encontróse a Hays sentado en incómoda postura contra una de las
pilastras de madera y atado de pies y manos. Una segunda mirada le demostró que
tenía puesta una mordaza y que su rostro apenas parecía humano, por la maldad y
la ira que reflejaba.
—¡Voto al
infierno…! ¿Qué es esto? —preguntó, estupefacto, Jim.
El preso contestó
con un sonido inarticulado, pero elocuente… Jim se encaminó a la cantina con el
rifle a punto de disparar, cual si supusiera que la partida de Heeseman había
llegado antes que él. Su aturdimiento llegó al colmo al encontrar a Elena almorzando,
sentada ante la ruda mesa de la cantina. Happy la servía, silbando como de
costumbre.
—¿Qué significa
esto? —preguntó Jim.
—Ya se lo dirán sus
compañeros —contestó ella.
En la parte de
afuera estaba Smoky sentado sobre una peña; no lejos de él los otros dos se
mantenían en pie. Todos parecían profundamente agitados.
—Ya lo ves, Jim
—expuso Smoky con sonrisa agridulce—, tenemos nuevo jefe.
—¿Quién ha atado a
Hays?
—Me parece que he
sido yo…, con un poco de ayuda.
—¿Por qué?
—Maldito si lo sé…
Pero la señorita me lo mandó.
—¿La señorita
Herrick le ha obligado a atar a Hank? —preguntó Jim procurando disimular la
alegría.
—La misma en
persona. Apoyando la pistola de Hank sobre mi estómago, dijo resuelta: «¿Quiere
usted atar ese villano, y jurarme por su honor no soltarle ni dejar que se
suelte, o quiere usted que le abra un boquete?».
—Pero ¿cómo pudo
coger esa pistola?
—Con una ligereza
de ardilla…, he ahí cómo. Al amartillarla, salió el tiro que le pasó a Hank
entre las piernas; en sus calzones puedes ver el agujero. ¿Que si se asustó? En
mi vida he visto hombre tan asustado como el jefe en aquel instante…, y ella,
más fresca que un pepino, volvió a montar el arma y nos apuntó a todos;
estábamos sentados a la mesa y nos mandó poner de pie y que levantáramos las
manos. Entonces me dijo las palabras que antes dije, y lléveme el diablo si no
se me puso carne de gallina. Prometí por mi honor de ladrón lo que quiso…
Cuando Hays se vio cogido, se puso como loco y tales blasfemias por la boca,
que ella nos mandó ponerle una mordaza.
—Me has dejado de
una pieza.
—Lo comprendo…
Verás cómo sucedió: estábamos almorzando, y se presentó Hank para arreglar
cuentas. Esta vez, Jim, jugaba limpio. Quiso repartir todo lo que había robado
a los ingleses, incluso las joyas y pedrerías. Compañeros —dijo—; podría mentir
diciéndoos que pensaba hacer el reparto cuando se recibiera el rescate, pero no
quiero ir por ese camino. Os he traicionado… por primera vez en mi vida… Yo
quería guardármelo todo, así como el rescate… Pero ahora no habrá rescate,
porque, esa mujer se quedará aquí… Es mía y puedo hacer de ella lo que quiera…
Si alguno de vosotros no está conforme, que abra el pico. Nos quedamos tan
aturdidos, que ninguno vio a la muchacha, que se adelantó por detrás de la
cantina. Oyó las últimas palabras de Hank… y hubiera querido que vieras cómo se
arrojó sobre el jefe… Éste se quedó inmóvil… Yo creo que le asustaron aquellos
ojos… y entonces le quitó la pistola.
—Y ahora ¿qué vais
a hacer? —preguntó Jim.
—No me lo
preguntes. He dado mi palabra, y sabré cumplirla… Por lo que toca a los otros,
todos están a favor de la señorita, con o sin rescate.
De repente salió
Jim de su estupefacción para recordar la proximidad de Heeseman.
—Smoky —dijo con
acento breve—: lo que vais a hacer es combatir… La sorpresa me hizo olvidar que
la banda de Heeseman se acerca… Los he divisado a unas tres millas… Vienen
despacio, pero certeros. No tenemos tiempo de recoger y fugamos. Busquemos, los
mejores sitios para defendernos, y llevemos a ellos las municiones… ¡Pronto!
—Heeseman —repitió
fríamente Smoky—, por fin, nos ha encontrado… Ya lo suponía… Ea, muchachos, a
la faena.
Jim entró en la
cantina. Elena debía haber oído algo, porque estaba muy pálida.
—Hemos sido
sorprendidos por la partida de Heeseman —dijo él sin rodeos—. Hay que combatir…
Para usted será aún peor si cae en manos. Lo siento, pero tenemos que libertar
a Hays…, nos hace falta.
—¡Demasiado tarde!
—murmuró ella.
—Recoja cuanto le
pertenece, y métase lo antes posible en la caverna que está a ese lado.
Y Jim, asiendo la
pistola de Hays que estaba sobre la mesa, apresuróse a salir. Mientras quitaba
la mordaza y ligaduras al jefe, le puso al corriente de la situación y cuando
estuvo libre le entregó el arma.
—Heeseman… Bueno…,
que venga —dijo Hays estirando los doloridos miembros. Encaróse después con
Jim, preguntando—: ¿A qué distancia están?
—Dos millas.
—¡Dios poderoso…!
¿Por dónde…? ¿Qué camino traen?
Señalando al Sur,
contestó el joven:
—Un poco al
sudeste… Siguen una torrentera que los conducirá a la grieta por donde
entramos.
—Ya la conozco…,
pero el camino es muy pedregoso antes de llegar a ella… ¿Se han buscado los
caballos?
—En el valle he
visto ocho…, los demás se han alejado.
—¡Tú…! —maldijo
Hays con repentino furor—. ¡Vaya una vigilancia la tuya…! ¿Cómo no has avisado
con tiempo bastante para recoger y huir?
—No podía haberlos
visto ni media milla antes —replicó Jim—. Porque salieron por detrás de una
loma.
—¡Fuego del
infierno…! Me vendrás a mí con ésas… Estarías durmiendo.
—¡Mentira! —gritó
Jim adelantándose amenazador—. Abre la boca para decirme otra insolencia, y te
la cierro para siempre.
—Tú eres: el que ha
de cerrar el morro —contestó Hays en tono estridente—. Si no quieres una dosis
de la medicina que administré a Brad.
—¡No te temo, perro
amarillo, ladrón de mujeres! Smoky corrió a ponerse delante de Jim.
—¡Vamos, vamos!
—gritó el hombrecillo con voz penetrante—. ¿Es ocasión ésta para disputas…?
Cálmate, Jim… Dispensa a Hank, le ciega la rabia.
—No me importa
tener diez cuadrillas sobre nuestra pista… Yo no me dejo insultar… y tú, Smoky,
me parece que abusas de nuestra amistad.
—Convengo en ello,
y no lo haré más —contestó muy deprisa el original ladrón—. Hank es todo lo que
le has llamado, pero dejad la refriega hasta que acabemos con Heeseman.
—Por mi parte,
convenidos. Eso es ponerse en razón —admitió Jim contestando a un ademán de
Hays—. La partida de Heeseman se compone de unos diez hombres.
—¡Bien está!
—contestó el jefe con bronca voz.
—Dispón lo que se
ha de hacer… aprisa —apremió Smoky.
Hays, tras de
recogerse un instante en sí mismo, dijo:
—Vosotros, Mac y
Jeff, corred como relámpagos en busca de cuantos caballos podáis reunir. Y
Smoky, Happy y Wall, recoged todo lo que encontréis y metedlo en la cueva, al
otro lado del arroyo. Por mi parte subo a observar… y cuanto dé un grito,
corred a esconderos.
—Pero ¿hemos de
pelear o huir? —preguntó Smoky.
—Hemos de
empaquetar lo más necesario… mientras que algunos los detienen… Lo malo es que
no podemos irnos por donde vinimos. El Diablo Sucio estará demasiado crecido… Y
Heeseman ha tomado el mejor camino… Si tuviéramos tiempo… Pero no os detengáis…
cada cual a su trabajo.
Mac y Jeff ya
habían emprendido veloz carrera hacia los prados; la preocupación de Happy
llegaba hasta el extremo de silbar mientras empaquetaba sus cacharros. Hays
tomó el camino del promontorio situado al Oeste de su barraca. Jim estaba en
plena actividad, y Smoky corrió en dirección al bosquecillo de algodoneros.
XIV
La primera salida
que hizo Jim de la cueva fue para encontrarse a Elena, cargada con todas sus
pertenencias.
—Déme usted, Elena…
yo lo llevaré… pero aprisa… No hay tiempo que perder.
—Jim… —suplicó
ella—, prométame usted… que me matará… antes de dejar que caiga en manos de
Hays o de cualquiera de esas fieras.
Después de meditar
un instante, contestó él:
—Se lo prometo.
La respuesta de
Elena fue incoherente, aunque pronunciada con apasionado acento. Jim corrió al
campamento: estaba resuelto a conservar una bala en su rifle, y a vigilar de
cerca a Hays.
El cuarto de hora
que siguió estuvo lleno de acción incesante y ruidosa. Con reunidos esfuerzos
recogieron apresuradamente todas las provisiones, utensilios, equipajes, sillas
y camas en la parte de atrás de la cueva, y bajo el cobertizo de la cantina. La
cueva, que era triangular, tenía por techo una mole de piedra, descansando
sobre sus naturales paredes, socavadas por las lluvias. Un pequeño manantial
fluía al pie de esas paredes. En la parte alta tenía una abertura casi tapada
por espesos matorrales. Otros no menos tupidos cubrían el lado oeste de esta
pequeña caverna. Delante del cobertizo e inmediato al ángulo opuesto de
aquélla, habían construido un corral al amparo del saliente de la pared. Era el
mejor sitio para defender el llano, y Jim creía que la banda de Hays podría
sostenerse allí por tiempo indefinido, pero sin salvar los caballos. Si
llegaban a sitiarlos, podrían soltarlos.
Smoky llegó
jadeante bajo el peso de la impedimenta del jefe.
—Ya sólo queda… la
cama —dijo.
—¡Escucha!
—¿Qué oyes?
—Caballos.
—Sí…, yo también
los oigo…, pero ¿por dónde?
—Maldito si lo sé.
—Monta el rifle…
Aunque me parece que estando Hays a la mira, ha debido verlos antes.
—Tienes razón…
serán Mac y Jeff.
La suposición era
exacta. Media docena de caballos entraron a la desbandada en el óvalo,
perseguidos por los dos ladrones, que montaban en pelo. Sobre el ruido de los
cascos, elevóse la estentórea voz de Hays, gritando:
—¡Al campamento…!
¡A escape…! ¡Llevad los caballos por delante!
Y el jefe bajó a
saltos por el atajo. Sus palabras iban dirigidas a Mac y Jeff, que debieron
correr mayor riesgo que él.
—Jim, no pierdas de
vista aquel peñasco —advirtió Smoky, a tiempo de parapetarse tras de la crecida
maleza.
Una nubecilla de
humo apareció sobre las desigualadas del pétreo borde. ¡Pam! Se había roto el
fuego.
Uno de los hombres,
Bridges, dejó escapar un bronco alarido y se tambaleó hasta casi perder el
equilibrio. Jim apartó la vista de él para fijarla en la altura. Otra nubecilla
blanca y algo negro que sobresalía del borde… un sombrero, Jim alzó el rifle… y
retumbó la detonación, desapareciendo el sombrero.
—Si ese pájaro no
ha tomado la precaución de poner el sombrero en un palo, apuesto a que tiene
taladrada la mollera —murmuró Smoky.
Llegaron los
caballos, espantados, pero no desbocados, y Mac los encerró en el corral…
Bridges, tambaleándose sobre su montura, siguió a Mac al corral, llegando a
tiempo de ser recogido por éste al caerse. Hays, casi sin aliento, llegó de la
parte opuesta.
—Heeseman… y su
banda… Total, nueve… Se separaron… quieren rodearnos… pero no pueden cruzar…
por el camino de abajo… y por arriba… no hay paso… Todo va bien.
—Ya se ve por las
trazas… ¡ja…!, ¡ja!, —rió Smoky en tono zumbón, volviendo a esconderse.
Mac arrastró como
pudo al corpulento Bridges hasta la zona de seguridad, dejándole allí con la
cabeza apoyada en un arrollado petate.
—¿Dónde tiene el
tiro? —preguntó Hays—. Lástima no haber visto antes al que lo disparó.
—Le ha atravesado.
—Hank… de esta
hecha… estoy listo —dijo con debilidad el herido.
—Deja que mire…
El jefe se
arrodilló junto al moribundo, separando la ensangrentada camisa… La bala había
entrado por la espalda, atravesándole de parte a parte.
—Bueno…, nada hay
que hacer… Reza alguna oración, Jeff… y que coja otro sus armas.
—Tómalas tú mismo,
Hank —propuso Mac en tono displicente.
—Hank, escóndete
con la prisionera, mientras nosotros combatimos —dijo Smoky, que había sacado
la cabeza entre las matas que le servían de refugio.
—¿Esconderme…?
¿Cómo demonios se te ocurre…?
—Ya sabes que te
vamos conociendo.
—Hays…; los
presentes preferimos morir peleando, a deberle la vida a una bala tuya —dijo
Happy con un frío desprecio, del que Jim, no le habría creído capaz.
—Bueno…, os
complaceré —contestó Hays tras breve reflexión. Había degenerado hasta el punto
de que su pasión le dominaba por completo.
—¡Tú te quedas
aquí!, —mandó imperiosamente Jim—. Tú nos has metido en este atolladero. Tú nos
has engañado y hecho traición, y ¡vive el cielo!, que combatirás, a menos que
seas tan cobarde como traidor.
El grisáceo rostro
del jefe se puso lívido. Sólo entonces comprendió el significado de las
despreciativas palabras de sus compañeros.
—¡Sois un hato de
traidores!
—No tanto como tú…,
y si salimos de este lío, que me temo que no salgamos, tendremos que ajustar
cuentas tú y yo declaró Smoky.
—Me parece que he
obrado lealmente, repartiendo todo el dinero —replicó Hays con voz ahogada—.
Pero esa mujer me ha vuelto loco, y no podía pensar más que en ella.
—¡Ja…!, ¡ja…! A la
vejez viruelas… ¿Qué es eso? Una bala rebotó en la pared, seguida de la
respuesta dada por un rifle.
—¡Escondeos…! Ésta
viene de otro lado —mandó Hays—. Echarse atrás.
Retrocedieron unos
veinte pies. Allí estaban aparentemente a salvo, excepto desde la cumbre
cubierta de vegetación que se alzaba frente al óvalo, y a la que no era
probable se atreviera a subir ningún tirador en pleno día. Smoky espié por el
rincón del oeste y Mac por el opuesto. Hays, con una rodilla en tierra,
sostenía el rifle entre las manos, y Jim, retrocediendo hasta la abertura de la
cueva, puso un pie en cada lado de ella y ayudándose con las manos trepó hasta
una pequeña meseta desde la que podía extender la vista fuera del agujero. Un
terreno accidentado y pedregoso se extendía por la izquierda hasta la profunda
garganta de abajo. Sus investigaciones en esa dirección no descubrieron ninguno
de los atacantes que, según Hays, trataban de rodear el óvalo, pero bien
pudieran estar emboscados tras de las peñas, o escondidos entre sus grietas.
Después de un
examen minucioso, Jim se escurrió por los matorrales a tiempo que ligeras
nubecillas blancas indicaban la posición de los tiradores. El joven, separando
los matojos, oteó el frente, sin descubrir hombres, pero sí un grupo de
caballos a los que aún no se había quitado sillas ni: cargas. Heeseman trataba
de sitiarlos.
Jim no tenía prisa
por bajar… Una sección de peñascos desiguales que se alzaban hacia el Sur,
despertaba sus sospechas por parecerle lugar a propósito para una emboscada.
Más al Oeste, de donde procedieron los primeros disparos, quizá hubiera
esperanza de localizar al enemigo.
Arrastrándose como
un indio, Jim avanzó unos cuantos metros hacia el borde sombreado de maleza, y
repitió la observación. Casi al mismo tiempo divisó un objeto oscuro que se
movía entre una grieta de la roca. La distancia era excesiva para poder hacer
blanco en un punto tan pequeño, pero el antiguo cowboy, apuntando con mano
firme, disparó. El objeto dejó de verse; un grito inconfundible para todo
hombre acostumbrado a manejar armas, rasgó los aires, y Jim tuvo la seguridad
de que había inutilizado por lo menos, uno de los hombres de Heeseman. Un
instante después, un fuego graneado caía por ambos lados sobre el matorral que
guarecía a Jim. Éste retrocedió como un cangrejo; más que bajar, dejóse caer en
el óvalo. Las balas habían silbado a pocos centímetros de su cabeza. Encontróse
a Smoky que se disponía a subir.
—¿Te han dado?
—preguntó la bronca voz del lugarteniente.
—De poco ha ido
—contestó Wall—. Yo he hecho blanco en uno de ellos, allí arriba, desde donde
tiraron a Bridges. Allí hay unos cuantos escondidos en el montículo donde
estuvo de centinela Jeff.
—¡Ah!, sí, en esa
dirección he visto yo el humo.
—Es bastante cerca…
Pero desde allí no pueden hacemos ningún daño si tenemos precaución…
—Jim… estamos
descubiertos —dijo gravemente Smoky.
—No lo niego, pero
mientras estemos fuera de alcance…
—Estrecharán el
cerco. No tardará Heeseman en colocar algunos hombres en el centro de aquella
altura y podrán tirar directamente aquí.
—Dices bien, Smoky,
uno de nosotros debe situarse en el extremo opuesto del óvalo.
—No puedo ir
directamente sin ser visto. Podría bajar atravesando la garganta, y volver a
subir por debajo del bosquecillo de algodoneros, hasta llegar a la parte
opuesta.
—Sí…, pero ¿y si
hay enemigos por el camino de abajo, como supone Hays?
—Sería el final de
la historia de Slocum Smoky. —Más vale que— esperes y no te arriesgues. Creo
que puedes alcanzar a ver el centro de la altura que dices.
—¿Desde dónde?
—Desde ese agujero
que hay arriba… Por la parte del óvalo está más abajo… y me parece bastante
resguardado.
—Voy contigo.
Bridges, echado
sobre la espalda, gemía sin cesar, con la faz azulada y las manazas sujetando
maquinalmente la ropa. Mac le contemplaba sin saber qué hacer, y Hays seguía
arrodillado junto a la esquina de la pared, teniendo a Jack a retaguardia.
—Ten mi rifle…, voy
a subir allí —dijo Jim. Y con las manos libres, pronto alcanzó la agujereada
peña, teniendo la satisfacción de constatar que le permitía mantenerse en pie,
y dominar todo el óvalo, sin ser visto por el enemigo.
—Ten estos dos
rifles —dijo a su vez. Smoky, y momentos después estaba al lada de Jim, pero su
corta estatura no le permitía mirar sobre el borde. Por fortuna, encontró
piedras con que suplir esa deficiencia y examinó el terreno como un general
antes de la batalla.
—Jim, no hay más
que un sitio que no alcancemos a ver, y es el fondo del centro… Si lo supieran,
seguramente tratarían de aprovechar esa ventaja.
—Tienes razón…,
pero mira —y señaló Jim la entrada del Oeste, donde en aquel instante podían
verse dos movibles figuras que se arrastraban de mata en mata al estilo de los
pieles rojas.
—Dios te conserve
la vista, Jim —dijo muy contento Smoky—. Y ahora dime: ¿No es eso una
vergüenza? ¿No ven esos zopencos que corren a servir de blanco a nuestras
balas…? ¡Míralos…! Desde aquí me atrevo a agujerear la piel de uno.
—Es no poca
temeridad por su parte, después del disparo que hice desde lo alto de esta
misma peña —observó Jim.
—Puede que no se
hayan enterado… ¿Dónde están ahora?
—Detrás del
saliente de aquella roca… Date prisa, Smoky, antes de que suelten un par de
balas.
—Si lo hacen…
desearía que ambas fueran a clavarse en el gaznate de Hank.
—Estamos
conformes…, pero veo algo que brilla a la derecha… Es el cañón de un rifle…
¡Ah!
—Apunta al primero…
Uno, dos, tres…
Los disparos
sonaron al unísono. El que recibió la bala de Jim pegó un salto y, rodando, se
perdió de vista; el que fue alcanzado por la bala de Smoky pareció que se
hundía en la tierra y quedó inmóvil.
Un instante
después, una nube de humo envolvió la meseta y una lluvia de balas silbaron
desagradablemente cerca de los tiradores.
—¡Abajo, Jim!
—exclamó satisfecho Smoky—. Dame tu pistola y salta pronto… Ahora bajan la
puntería.
Deslizóse Jim
saltando al pie de la pared de la cueva. Smoky, echándose al suelo, atrajo los
rifles: hacia sí, e inmediatamente después siguió a su compañero.
Hays se adelanté
hacia ellos seguido de Happy.
—¿Habéis dado en lo
vivo? —preguntó el primero con ansiedad.
Jim, sin dignarse
contestar, dijo a su amigo:
—Smoky…, parece que
yo puse alas al mío, pero tú dejaste seco al tuyo.
—¡Dos: más…! Le va
a salir caro el paseo a Heeseman… Si pudiéramos matar otros dos o tres,
particularmente al jefe…, el resto de la banda diría «pies para qué os quiero».
—Sí, pero ahora
estamos clavados aquí, y ellos ya no se: arriesgarán tanto.
—Bueno… La suerte
está con nosotros… y ahora voy a ver sí encuentro un camino por detrás de
ellos.
—No, Smoky… No
quiero que te expongas tanto.
—Me importa un
comino lo que tú quieras o no. El caso es que no podemos dejar que nos copen
aquí.
—Este lugar es más
seguro para nosotros que para ellos.
—¡Al diablo la
seguridad…! Heeseman sabe dónde estamos… y será lo bastante ladino para hacer
que sus hombres tomen posiciones durante la noche y, en cuanto amanezca, nos
cazarán como conejos. ¡No…! Si no podemos acabar con ellos antes de anochecer…,
en cuanto cierre la noche tenemos que desalojar el campo.
Hays, que se había
acercado aún más, exclamó:
—¡Buena idea,
Smoky!
—¿Es a mí?
—preguntó el segundo con insolencia.
—Claro que es ti,
puerco espín. ¿Qué mil demonios te pasa a ti… y a todos vosotros? —preguntó con
voz ronca el jefe.
—Quieres: saberlo,
¿eh?
—Naturalmente que
quiero…, y como soy el amo aquí, lo que yo digo…
—¡Eh…! Compañeros…,
el amo quiere que hablemos —interrumpió el menudo ladrón con fiereza—.
Vosotros, Happy y Mac, ¿queréis: hablar con el zorro que antes era nuestro
jefe…? Tú, Jeff, ¿puedes decirle algo?
El moribundo
levantó su descompuesto semblante, que no necesitaba palabras para expresar su
odio hacia el jebe degradado.
—Hays…, cuando nos
encontremos en el infierno…, te saltaré esos ojos… de gato traidor que tienes
jadeó Bridges haciendo un postrer esfuerzo. Y como si en él hubiera agotado
toda su energía, cayó hacia atrás, doblando la cabeza sobre el pecho y quedó
muerto.
—Se acabó… y ya van
tres de los nuestros —murmuró Mac retorciendo las inquietas manos alrededor del
rifle.
—Vamos…, habla tú,
condenado —bramó Smoky—. El que fue nuestro jefe pide explicaciones.
—¿Yo…? No le
hablaría aunque estuviera tan muerto como Jeff y hablándole recobrara la vida.
—Jim…, ¿quieres
hacer ese favor a nuestro antiguo compañero?
—Nada tengo que
decirle, Smoky…, al menos con la boca.
—Bueno… Entonces me
toca a mí —declaró Smoky con deje de amargura—. A mí, que durante diez años he
recorrido Utah a tu lado…, a mí, que me salvaste la vida y te quería como a un
hermano…, a mí, que en tu compañía he dormido, peleado, robado y matado.
Al pronunciar estas
enérgicas palabras el cuerpecillo de Smoky parecía agrandarse hasta llegar al
nivel de Hays… Jim sintió un escalofrío de expectación… Smoky mataría al jefe.
Hays podía haberse envilecido tanto que no reaccionara con palabras, pero no estaba
a prueba de balas.
—Hank Hays, alguno
de nosotros vivirá lo bastante para contar en las praderas de Utah hasta dónde
has descendido —principié Smoky—. Y este lugar, que apuesto un millón a que
será tu sepulcro, no quedará olvidado en tu historia…; ¿guarida de ladrones…?,
mejor le cuadra el nombre de «tumba de ladrones». En lo sucesivo, muchas
cuadrillas como la nuestra se esconderán en este sitio, y no pocos cuatreros o
vulgares ladrones se echarán a reír diciendo: «Aquí dejó el pellejo Hank Hays,
después de haberse portado cochinamente con hombres, de probada lealtad, y todo
por el buen palmito de una chiquilla, a la que su sola presencia daba asco».
—¡Eh…! Para el
carro, condenado…, que aún conservo el pellejo.
—Pues si Heeseman
no te lo hace dejar, me encargaré yo de la faena.
—¡Hombre! ¿Estás
borracho o loco? —preguntó en tono de incredulidad Hays.
—Ninguna de las dos
cosas, y éstas han sido las últimas palabras que te dirijo, Hank —concluyó
Smoky fríamente.
Jim, sentado en una
desigualdad de la pared, observaba en silencio. Hubiera querido, que Smoky
terminara de una vez con el jefe, no obstante la peligrosa situación en que se
hallaban. Las bravatas de Hays no engañaron a Jim, quien se dio cuenta de que
Hank apreciaba con exactitud la inminencia del peligro, produciendo este
desastroso efecto en su ánimo… Estaba acorralado en su última trinchera…
Heeseman, un antiguo enemigo, estaba allí dispuesto a matarle… y suponiendo que
él y lo que restaba de su banda logran ahuyentar a los adversarios, no por eso
dejaría de estar menor cercano su fin… Smoky no amenazaba en vano…, y si no
lograba acabar con él…, lo haría seguramente el forastero…, el misterioso
tirador procedente de Wyoming.
Tales debían ser
los pensamientos de Hays… Una probabilidad de salvación entre mil… y pareció
resuelto a aprovecharla en un rapto de desesperada energía.
—Jack, dame la
pistola y el cinturón de Jeff —dijo, y después de tomarlo, se lo abrochó encima
del suyo. Vació en sus bolsillos un paquete de balas de rifle que sacó de su
equipaje y, por último, desabrochándose la camisa, quitóse un voluminoso cinto
repleto de dinero que llevaba pegado a la piel. A éste era debido el aspecto de
gordura de su flaco cuerpo. Colgando el cinto de un saliente de la pared, dijo:
—Ahí queda eso, por
si no vuelvo…, y en mi equipaje hay otros cuántos paquetes, de pasta.
En aquel momento su
siniestra figura tenía cierta grandeza. Era la de un réprobo sin temor a Dios
ni a los hombres. Empuñando el rifle trepó atrevidamente por el rincón de la
izquierda, exponiéndose a una granizada de balas por dos partes.
—Vamos a sorprender
a los antiguos amigos —murmuró. Y cruzando por encima de la cueva, desapareció
por el atajo de la izquierda, sin que la maniobra fuera saludada con nuevas
descargas.
—Bueno…, parece que
hemos despertado al antiguo demonio —dijo Smoky, cuya trágica expresión
dulcificóse un poco—. El haber colgado ahí su cinto, demuestra que Hank se
considera ya pegado a la pared… Ya le he visto así en otra ocasión… ¡Dios
poderoso…! No doy un comino por la vida de Heeseman.
—¿Qué se propondrá
Hays?
—Tal vez conozca
algún camino para atacarlos por detrás… Si lo consigue y atrae hacia sí el
fuego, pondré mi plan por obra.
—¿Cruzarás hasta el
otro extremo?
—Seguramente… Ya
hace días que me proponía hacer lo que voy a realizar ahora.
—Si Hank llama la
atención hacia aquel lado, podrás hacerlo, pero espera hasta que…
Un choque sordo que
acompañó más bien que siguió a una detonación, cortó la palabra a Jim, y éste,
antes de mirar, supo que se trataba de una bala que había penetrado en la
carne. En efecto: Happy había interrumpido repentinamente su eterno silbar.
Permaneció un instante inmóvil, desplomándose después, con espantoso alarido;
Smoky corrió hacia él y dijo:
—Muerto…; le ha
dado en la sien… ¿De dónde ha venido la bala?
—Ha rebotado de la
roca… Lo conozco por el sonido; ¿habrá sido casualidad?
—De fijo… ¿Cómo
puede alcanzarnos una bala aquí, a menos que tiren desde detrás de esa altura?
—No; la bala vino
de…
—¡Pum! El mismo
sonido y otro proyectil, que fue a dar sobre la piedra que estaba muy cerca de
la cabeza de Jim, y cayó silbando a empotrarse en la tierra.
—¡Esa roca! —aulló
Smoky señalando—. Mira la marca de las balas… Algún astuto tirador nos ha
descubierto.
A unos veinte pies,
un poco a la izquierda del centro de la cueva, alzábase un formidable bloque de
granito, con la cara hacia el Oeste, lisa como si estuviera cortada a pico. En
la grisácea superficie, las dos balas habían dejado dos marcas blancas, casi
juntas. Otro disparo, y otro pesado proyectil de plomo que rebotó silbando, de
pared en pared, y por poco tropieza con Mac, quien se apartó de en medio con un
prodigioso brinco.
—Ven, Jim, que aquí
no huele a salud —dijo Smoky arrastrándose por la pared hacia el extremo rincón
de la izquierda—. Apostaría cuanto tengo a que ése es Heeseman… Mal bicho para
tenerle por enemigo. Recuerdo haber oído decir a Hank que en un tiempo él y
Heeseman fueron compañeros en el robo de caballos. Parece imposible, ¿verdad…?
Bueno, pues unos cuatreros les robaron el ganado; Hank siguió su pista hasta un
precipicio conocido por el nombre de Barranco del Dragón Negro. Allí había una
cueva situada a bastante altura del fondo, y Hank me contó cómo él y Heeseman
acabaron con los cuatreros, tirando contra la pared de la cueva.
—Si disponen de
bastantes municiones, igual podrán acabar con nosotros… ¡Esa maldita roca…! No
podemos quitarla de su sitio, por muchas ganas que tengamos.
—Tenemos que matar
a Heeseman.
—En eso mismo
estaba pensando… ¡Pum…! Otro. —Ahora he visto el humo; sale del lado izquierdo…
de aquella ancha grieta. Démosle una buena dosis de su propia medicina… Tenemos
más municiones de las que podremos emplear.
Pronto volvió a
manifestarse la blanca nubecilla, seguida inmediatamente por el disparo. Smoky,
con una rodilla en tierra, hizo funcionar el disparador de su arma, sosteniendo
el cañón, inmóvil, hasta que vomitó cuanta carga tenía. Jim pudo ver el polvo rojizo
que levantaban las balas en torno de la grieta, y antes de que se sentara de
nuevo, su rifle emulé al de Smoky.
—Puede que haya
quedado satisfecho con la rociada —dijo Smoky volviendo a cargar el arma.
Pero las balas de
rechazo menudearon aún más, con gran disgusto de los sitiados.
—Voy a subir a ese
maldito agujero —dijo Mac, furioso, después de repetirse los disparos.
—Mac, miro que es
muy expuesto —advirtió Smoky.
—Todo lo doy por
bien empleado, si puedo matar uno de esos canallas.
Trabajosamente
emprendió la ascensión, perdiéndose de vista, y un momento después oyó Jim que
disparaba. No fue contestado por ninguna descarga cerrada, sino por un simple
tiro. Volvió a disparar Mac, y con voz de trueno gritó:
—Smoky, he herido a
uno que corría.
—No hieras a nadie,
Mac —vociferó Smoky—. Mátalos a todos… y resguarda la cabeza.
Nuevas balas
vinieron a chocar contra la lisa cara del peñasco; Jim oyó ruido de pataleo
arriba, seguido por el choque de metal contra las piedras… Mac había dejado
caer el rifle… Estremecióse el joven presintiendo la catástrofe, y apretándose
contra la pared, miró por la abertura. Un súbito golpe sordo no le sorprendió…
El cuerpo de Mac había caído a la hondonada con la pesadez de un saco lleno;
sangraba por la cabeza y quedó inmóvil en el suelo.
Antes de que Smoky
y Jim pudieran darse exacta cuenta de esta nueva disminución de fuerzas, otra
carga de plomo fue rechazada por el fatal peñasco, y chocó contra ambas paredes
de la cueva, antes de caer a tierra.
—Jim —declaró
Smoky—: el único lugar seguro es la abertura de este rincón, y no hay sitio
para dos. —Ocúpalo tú, Smoky… no te cuides de mí… tengo una sensación en los
huesos… que no anuncia muerte.
—Sí, ¿eh…? Pues yo
también siento algo en los tuétanos; pero es un frío que no presagia nada
bueno… Jim… procuremos escaparnos, pasando por detrás de ellos… Es lo mejor que
podemos hacer, a la altura en que está el combate.
—¿Y dejar aquí sola
a Elena…? ¡Jamás!
—¡Rayos del
infierno…! La había olvidado —dijo con ingenuidad Smoky—. Bueno…, yo salgo y tú
te quedas… Sería una lástima que este pimpollo fuera a caer en manos de
Heeseman y su pandilla…; la devorarían como a una oveja entre manada de
hambrientos lobos.
—No lo permitiré,
Smoky… ¡Lo juro por el cielo! —Escucha… Hank ha ido para animar el combate por
allí… y voy a hacer lo mismo por el lado opuesto. A ver si entre los dos
ahuyentamos a esos tunantes, pero si no lo conseguimos y tú comprendes que no
hay ninguna esperanza de que puedas salvar a la pobre chica…
—Pero, Smoky…,
¿dónde vas a parar…?
—Quiero decir, que
si ves la cosa perdida…, Jim, pégale un tiro… Será una obra de caridad.
—Así, he prometido
hacerlo.
—Entonces, todo va
bien… ¡Vaya…! Otra balita del invisible tirador… Vamos a ver si le meto un par
de ellas en los sesos… Pero aún tengo otra cosa en el buche.
—Fuera con ella.
—Hays… No podré
estar a gusto en los infiernos si sé que ese canalla vive… para martirio de esa
infeliz criatura… Yo tuve una hermana…, de esto hace muchos años… También tenía
el pelo rubio, aunque no tan dorado como ésta.
—También tengo yo a
Hays en el buche, en la cabeza y en la sangre…
—Bueno… Supongo que
no estará escrito que los dos estiremos la pata, dejando vivo a Hank… Jim…,
creo que me entiendes…
—Siempre nos hemos
entendido, Smoky… y en mejores circunstancias, habríamos sido buenos amigos.
—Ahora ya es demasiado tarde…, pues seguramente no saldremos los dos con vida
de este atolladero, mas no por eso dejaré de decir que eres un mozo como a mí
me gustan.
Éstas fueron las
últimas palabras que dirigió a Jim… Mascullando algo entre dientes, depositó un
pesado mazo de billetes junto al cinturón de Hays. El acto no necesitaba
explicación. Después, se echó un buen trago de whisky de la cantimplora que
estaba junto al cadáver de Bridges, y mientras rebuscaba en su equipaje para
recoger todas las municiones, otra bala entró de rechazo en la cueva, como
saludo del invisible tirador. Jim salió un momento para ver si podía devolver
el tiro…, pero no se veía ni la menor señal de humo. Cuando miró atrás, Smoky
se había marchado y aún alcanzó a verle desaparecer tras la esquina del corral.
Apenas le perdió de
vista, acordóse Jim de los prismáticos…; hubiera debido llevárselos Smoky… Jim
se arriesgó a ir hasta su equipaje para recogerlos… y por poco fue alcanzado en
el camino por una nueva bala.
¿Qué habría sido de
Hays…? Un momento de reflexión desvaneció las naturales, sospechas del joven
respecto a una nueva traición. ¡No! Cuando Hays, olvidando la mujer, y azotado
por las despreciativas palabras de Smoky, salió para matar a Heeseman, había vuelto
a ser el que fue, con una especie de desdoblamiento, quizá debido a la
desesperación. Pronto tendrían noticias: Heeseman y su cuadrilla del depuesto
capitán y no quedarían muy contentos.
Jim volvió a su
rincón para esperar. Sentado con la espalda apoyada en la pared, trataba de
descubrir a Smoky a través del óvalo. Pero los únicos seres vivos que
atravesaban el radio de su visualidad eran pájaros y conejos. Mientras tanto se
repetían los disparos con intervalo de un minuto y Jim llegó a acostumbrarse al
acompasado ruido.
Después, trató de
descubrir al activo miembro de la banda capitaneada por Heeseman. El hombre,
evidentemente, tiraba agachado desde detrás del borde, sin que se pudiera ver
ni el cañón de su rifle. No obstante, calculando la posición que ocupaba, por
las ligeras nubecillas de humo, debía quedar expuesto por la parte Oeste de
aquel peñasco. Jim tuvo el presentimiento de que poco rato duraría la impunidad
al hábil tirador. Al presente, Smoky debía de haber pasado la zona de peligro.
Tal vez lograría bajar por el Norte al valle que estaba más bajo que el óvalo,
y siempre a cubierto, encontrar un atajo por donde subir por detrás de los
jinetes de Heeseman, que aún permanecían por la parte del Oeste.
«¿Dónde estará
Hays?», pensaba Jim en su solitaria espera entre el choque de las balas.
Decidió salir otra vez del agujero, seguro de que su impaciencia no tendría
fatales consecuencias. Se encaramó por las peñas con el rifle en la mano y los
anteojos en bandolera. Una eran mancha de sangre indicaba el sitio en donde
había caído Mac.
Desde allí y sin
exponer la cabeza, podía escudriñar las cercanías con ayuda de los prismáticos.
A través de los claros en la maleza, los cristales le acercaban, aumentaban, la
parte superior del peñasco del Oeste.
El misterioso
tirador espaciaba las descargas, cansado, sin duda, de malgastar municiones.
Jim buscó el trozo de borde sospechoso, enfocando sobre él los anteojos y en el
mismo instante la blanca nubecilla precedió a la salida de una nueva bala que
fue de rechazo a chocar con las paredes de la cueva. Un momento después, un
lejano disparo vino a herir los oídos de Jim. Debía de ser de Smoky. Casi al
mismo tiempo, una negra silueta se perfiló sobre el azul del cielo, y con los
brazos extendidos, cayó rodando al abismo. Sin duda era el emboscado tirador,
herido por la bala de Smoky.
El trágico
incidente generalizó la guerra entre las peñas. Sordas detonaciones de pesadas
armas de fuego atronaron el espacio, siendo fría y acompasadamente contestadas
por las certeras balas del rifle, más allá del peñasco. Smoky había realizado
su plan, y a cubierto o exponiéndose, tal y como lo exigieran las
circunstancias, iba exterminando la partida de Heeseman.
El estampido de los
rifles fue alejándose, sin perder en intensidad, y los solitarios disparos
sonaron cada vez más cercanos y ruidosos. Era evidente que los restos de la
cuadrilla mandada por Heeseman retrocedían ante los disparos del Oeste.
Jim cambió la
dirección de los gemelos, recorriendo a través de los cristales las cresterías
de la izquierda.
De pronto descubrió
a Hays subiendo atrevidamente por una escarpada senda. Su atrevimiento no
excluía la prudencia, pues iba de roca en roca, aprovechando todas las ventajas
del terreno para esconderse. Al parecer, aún no había sido descubierto. Harto
tenían que hacer los que estaban en la cima con defenderse del invisible
peligro del Oeste.
Jim ignoraba los
propósitos del jefe, que parecía correr en busca de la muerte y, palpitante y
conteniendo el aliento, le seguía con la vista. Otro disparo de Smoky…, ¡el
último…! Pero Hays había subido lo bastante para dominar al grupo enemigo. Con
ademán resuelto, echóse el rifle a la cara apuntando con detenimiento. ¡Qué
apostura tan terrible y amenazadora la suya! Su rigidez era la del hombre
dominado por avasalladora idea. Hizo fuego.
—¡Heeseman!
—murmuró entre dientes Jim, tan seguro como si él hubiera disparado el tiro.
Hays, bajando el rifle, retrocedió de un salto, echándose a un lado; sonaron
varios tiros, uno le alcanzó, al Parecer, pero él se mantuvo firme, volviendo a
disparar; de nuevo fue alcanzado o al menos lo fue el rifle que se rompió entre
sus manos. Sacó entonces sus dos Colts y, después de amartillarlos, disparó uno
después del otro, retrocediendo hacia la parte más resguardada del: valle. Jim:
vio el rojizo polvo que levantaban las balas en las piedras que estaban sobre
la cabeza y a los lados de Hays. Los enemigos tiraban atropelladamente, quizá
desde lugar desfavorable o retrocediendo. De todos modos, la posición de Hays
no parecía sostenible. Una de las pistolas estaba descargada. Tras un instante
de descanso, Jim enfocó nuevamente los cristales. ¡Qué figura tan arrogante y
trágica! Jim no pudo substraerse a un involuntario impulso de respeto y
admiración… Al fin el bandido volvía a ser el hombre que tan ciega adhesión
inspiró a caracteres tan rudos como Smoky y Latimer. Resultaba grandioso por su
desprecio a la vida; cuando emprendió el camino hacia la altura, ya había
aceptado la muerte, pero ésta no vino.
Los tiros se
hicieron más escasos, y por fin cesaron; Hays seguía el camino de la izquierda,
apuntando con la pistola que le quedaba hacia la parte baja del otro lado de la
ladera… Los restos de la deshecha cuadrilla habían emprendido la fuga. El jefe
los vio dar la vuelta al macizo de rocas, y se puso a cargar las pistolas. En
este momento, Jim dejó los prismáticos, para coger el rifle. A simple vista,
por un claro de la maleza, podía distinguir a Hank concluyendo de cargar sus
armas. Después, el ladrón se examinó un hombro, donde evidentemente había
recibido un balazo.
El ademán con que
se ató un pañuelo por debajo de la camisa, parecía ser de suprema indiferencia.
Aquél era el momento más a propósito para deshacerse del peligroso malhechor…
Jim le apuntó al pecho…, pero no hizo funcionar el disparador. Bajando el cañón
del arma, Jim vio cómo Hays desaparecía saltando entre las peñas. Sin duda
quería mirar de cerca al enemigo muerto por su denuedo.
Estaba a punto de
desencadenarse una tormenta. El cielo hablase cubierto de nubarrones, y lejanos
truenos empezaban a retumbar en el sofocante ambiente.
Jim salió de su
escondite para ver más espacio. Mucho más allá de las cumbres rojas, divisó
varios hombres que corrían por el blanco lecho de un torrente seco… Eran tres e
iban separados. Por detrás de una loma salió un cuarto, que debía estar herido.
Hacía desesperados ademanes para llamar a sus compañeros, que le dejaban
abandonado a su suerte. Unos y otros se encaminaban al sitio en que dejaron los
caballos. Su precipitada fuga atestiguaba que la batalla había acabado en
derrota para la que fue partida de Heeseman.
Jim recogió los
prismáticos, pero antes de bajar a la cueva, sentóse un momento para
reflexionar… La batalla había sido fatal para los dos bandos… ¿Volvería a ver a
Smoky?; pero en nada había cambiado su determinación… Aún no se conocía el
resultado supremo. La sangre de Jim refluyó al corazón, y en esta disposición
de ánimo se puso en busca del que había tenido por jefe.
XV
Hays no estaba
visible, retumbaban los truenos, repetidos por los ecos, y torrentes de aguas,
semejantes a grisáceos velos, se desprendían de rojizas nubes. La tormenta,
negra cual la tinta, estaba enganchada en los picachos de las Henry. Hacia el
Oeste brillaba el sol entre arreboles de grana y oro, y sobre valles y
desfiladeros, los arco iris extendían la belleza de sus etéreos matices.
En los intervalos
de las descargas eléctricas, reinaba una tranquilidad absoluta, una bochornosa
suspensión del aire. Aun en aquel crítico instante la belleza del panorama no
pudo menos de asombrar a Jim, a quien parecía innatural tanta hermosura, cuando
la muerte estaba en su proximidad, sangrienta y espectral, y abajo, cerca del
arroyo, andaba el empedernido ladrón.
Jim siguió adelante
y pronto pudo echar la vista encima al jefe, que andaba despacio, cual sumido
en honda preocupación.
Jim, como todo
caballista de la frontera, tenía su credo especial. Éste había sido también en
el que había vivido Hank Hays, hasta que la belleza de una mujer se lo hizo
olvidar. Pero había vuelto a él en el momento supremo. Solo y desafiando a la
muerte había ido a decidir la batalla matando a Heeseman. La suerte le fue
propicia a Jim; ni aun por la mujer querida, se sentía capaz de cometer un
asesinato aunque éste lo justificara la anterior villanía de Hank.
Al acercarse a la
cueva el jefe de los ladrones, le gritó Jim:
—¿Dónde está
Smoky?, —y sus ojos de lince no se apartaban de la mano derecha de Hays.
—En el otro mundo
—gruñó el ladrón fijando en el joven la siniestra mirada de sus claros ojos—.
Ha muerto después de matar a no sé cuántos. Pero la banda de Morley había
reforzado la de Heeseman, y cuando ese fullero de Stud quiso enfrentarse con
él, mutuamente se mataron.
—¿Quiénes han
escapado…? He visto huir a cuatro.
—Morley y Montana,
Los otros no los conozco… Huyeron tirando las armas. Iban por los caballos, que
estaban atados más abajo.
—¿Adónde habrán
ido?
—En busca de más
hombres… Morley es tan tozudo como Heeseman… Una vez que ha visto nuestra
guarida… no parará hasta conquistarla, suprimiendo lo que de nosotros quede.
—¿Y Heeseman?
—Ése no ha huido…
¡Ja…!, ¡ja…! Ahora mismo le está el sol tostando las tripas.
El jefe dio unos
pasos hacia la cueva, mirando a su alrededor… Jim, quedóse quieto en el sitio
que había escogido, es decir, entre el ladrón y el escondite de Elena.
—¿También Jack y
Mac? —preguntó sorprendido Hays.
—¿Cómo puede ser
esto…? No creo que ninguno de los enemigos haya llegado hasta aquí.
—Mac estiró
demasiado el pescuezo fuera de la cueva, y Happy fue alcanzado por una bala que
rebotó de aquella peña… Mira esas marcas blancas: cada una de ellas fue hecha
por una bala… Ese condenado peñasco nos ha enviado de rechazo más de dos
docenas.
—Aunque no le
hubiera visto, sólo por esa maniobra le conocería —dijo Hays hablando consigo
mismo, y suspirando añadió—: ¡Los antiguos tiempos del Barranco del Dragón
Negro!
—No hemos quedado
más que los dos, Hays —recalcó Jim con insinuante acento.
El ladrón había
olvidado por completo el anterior desafío, y ahora que no existía Smoky,
pensaba que nada tenía que temer.
—La tempestad se
corre hacia allí —dijo escuchando el retumbar de los truenos, que repercutía
entre los barrancos, como el derrumbamiento de formidables rocas—. Me parece
que podemos pasar aquí otra noche más.
—¿Quieres enterrar
los muertos? —preguntó con viveza Jim.
—Arrastremos los
cuerpos hasta el torrente, y los dejaremos en la orilla.
—El agua y la arena
los destrozarán.
—Y, ¿qué mil
diablos nos importa a nosotros…? Si los quito de en medio es por mi prisionera…
Esas piltrafas no son ningún recreo para la vista.
Si Jim necesitaba
un espolazo para animarle a ejecutar el acto que tenía premeditado, aquellas
cínicas palabras le encendieron la sangre.
—Ya los enterraré
yo más tarde —dijo.
—Como quieras. Yo,
por hoy, ya: he hecho bastante —contestó Hays. Y sentándose pesadamente, se
llevó la mano al hombro. Jim observó que el rostro de Hank se contraía y la
sangre, después de empañar el pañuelo, se extendía por la camisa.
—Te han dado, según
veo.
—Herida en blando…
que no tiene importancia. También me han hecho un rasguño en la cabeza… que me
duele endiabladamente… Si llega a darme la bala un poco más abajo…
—Hubiera yo quedado
dueño y señor de la guarida.
—Seguramente, Jim…,
repleto de dinero y con una muchacha como una perla… Pero no ha sucedido así.
—No…, no ha sucedido…, pero sucederá.
Esta fría
afirmación despertó la aletargada mente del bandido. Levantó la descarnada
cabeza y en sus hundidos ojos, semejantes a hornos apagados, brilló una
singular mirada. Al retirar con lentitud la mano que tenía debajo de la camisa,
los dedos estaban teñidos de sangre.
—¿Qué mala hierba
has pisado? —preguntó perplejo.
—¿Acaso no
recuerdas ya…?
—¡Oh…! Claro está
que no me acordaba de la maldita lengua de Smoky… ¡Así se la tuesten en los
infiernos…! Pero, Jim, ese asunto no era tuyo.
—Pues yo lo hago
mío.
—¿Estabas asociado
con Smoky?
—Sí…, y aún algo
más.
—Y, ¿te parece que
no he sido equitativo en el reparto?
—Hays… Estoy cierto
de que me has engañado, lo mismo que a los demás.
—Escucha, Wall… No
me pongas la soga al cuello… Hemos quedado sólo dos… y sería estúpido el
regañar… ¿Basta la tercera parte de mi dinero para que me dejes en paz?
—No.
—¿No…? Ya veo que
te aprovechas de la situación. ¿Hace la mitad?
—No.
Un escalofrío
recorrió el cuerpo del ladrón; su sangre empezaba a bullir, pero conteniéndose,
dijo:
—Jim, no te
entiendo… ¿Adónde vas a parar…? La mitad de ese dinero es una fortuna superior
a cuanto hayas podido soñar… Cierto que yo cogí la parte del león, pero eso ya
pasó.
—No quiero tratos
de ninguna clase contigo.
—¡Guau…! ¿Es decir
que rompemos?
—Ya hemos roto hace
tiempo.
—¿Es que estás
buscando pelea conmigo?
Una carcajada fue
la respuesta de Jim.
—Pues si eso
buscas, te diré que a mí no me da la gana de pelear… ¡Ni de que estuviéramos
locos! Yo y tú podemos entendernos… Eres un hombre como yo los necesito… Nos
esconderemos por algún tiempo, y después reorganizaremos la banda.
—Hays, ya veo que
eres muy tardo de comprensión —dijo sarcásticamente Jim—. ¿Cómo te he de decir
que a mí no me embaucas más?
—¿Quién trata de
eso? —preguntó vivamente Hays—. Yo no quiero más que encontrar un arreglo.
—No existe…
—Estoy dispuesto a
dar las dos terceras partes de lo robado.
—Hays…, no tomaré
ni un solo dólar… de los que quieras voluntariamente darme.
—¿Que no quieres
dinero? —preguntó el jefe, asombrado… Probablemente en aquellos momentos estaba
embotada su natural perspicacia.
Jim se volvió un
poco hacia la izquierda, ocultando la mano derecha, con la que había sacado la
pistola, teniendo ya el pulgar en el disparador. A su juicio, Hays era ya
hombre muerto.
—Todo será mío
dentro de poco —dijo con fría seguridad.
—¿Pretendes
robarme?, —carraspeó Hays—. ¿Es eso lo que has aprendido en mi banda…?
—Hays, prometí a Smoky
que te mataría… Cosa que él se proponía hacer, si hubiera vuelto con vida.
El rostro del
ladrón se puso color de cera, bajo su rala barba amarillenta. Por fin
comprendió. Al menos en parte… La postura de Jim, su mano invisible, todo tenía
un tremendo significado.
—Siendo así…, no
digo nada —admitió el ladrón—. Cuando los nervios: de un hombre se ponen
tirantes, en tiempos como éstos, hay que dejar que se desahoguen… Pero yo he
hecho lo posible para despejar el aire. Si Smoky hubiera vuelto, estoy seguro
de que después de hablar conmigo, habría visto las cosas de otro modo…, y
espero, Jim, que serás lo bastante justo para reconocer mi buena voluntad.
—Es posible que
hubieras logrado enredar de nuevo a Smoky… Tenía una ciega adhesión a tu
persona. Pero a mí no me convences, Hank.
—¿Por qué, ¡vive
Dios!, cuando te cedo la mejor parte del botín…?
—Porque lo que yo
quiero es la muchacha —tronó Jim. Hays se quedó atónito, y la realidad abrióse
paso.
—¡Ella…! ¿Eso era
lo que querías… desde el principio?
—Desde el
principio, Hank Hays —contestó Jim con firmeza. Y ya no tuvo necesidad de
observar los pálidos ojos del ladrón, para leer su pensamiento en ellos.
Un violentísimo
estremecimiento agité el cuerpo del que fue jefe, calmándose lentamente para
dejar el puesto a una glacial rigidez… Jim le había herido en lo vivo. Fuese
como fuera, Hank Hays amaba a Elena. Lo que empezó en capricho sórdido y
brutal, había concluido en adoración hacia la diosa de cabellos de oro. Todo
esto lo leyó Jim en los falaces ojos claros, y aún leyó más: que si el raptor
de Elena había combatido con heroísmo, fue por salvarla a ella, y no por
recuperar su prestigio ante sus hombres, ni dejar a salvo el honor de los
ladrones. Esto daba a entender la infernal llamarada de odio que brotaba de
aquellos ojos y que ni aun la misma muerte habría podido satisfacer. Todo esto
convergía en la inmediata necesidad de obrar… y concluir.
Al intentar el
ladrón el ataque, Jim disparó y su primera hala fue a incrustarse en el pecho
de su contrario. Este dio media vuelta sobre sí mismo, y el disparo de su arma
hizo saltar la tierra a los pies de Jim. Una terrible herida con sus dolores, y
la conciencia de la proximidad de la muerte, añadidas a la ferocidad de un odio
insensato, dieron al moribundo fuerzas y actividad sobrehumanas. Daba vueltas y
saltos con tanta ligereza, que Jim falló el segundo tiro.
La pistola de Hays
disparaba sin cesar, pero como describía las mismas curvas y ángulos que su
cuerpo, no lograba hacer blanco. Cuando la furia dejó el puesto a la
desesperada necesidad de acabar, detúvose para hacer puntería… y la tercera
bala de Jim acabó con sus ficticias fuerzas y con su vida.
El demoníaco rostro
de Hays tomó la rigidez de la piedra. Su mano dejó caer la pistola con el
gatillo levantado, que se disparé al chocar con el suelo, y el que fue jefe de
ladrones quedó muerto, sostenido por un saliente de la pared, y con toda la
violencia de sus salvajes pasiones retratada en la descompuesta faz.
La lucha había
concluido. Jim tomó aliento; la mano que sostenía el arma estaba tan mojada,
que creyó le corría la sangre, pero sólo era sudor.
—Quisiera… que
Smoky… pudiera verlo —murmuré con trémulos labios, y quitando al muerto de la
pared.
Enjugóse Jim el
rostro y, falto de fuerzas, se sentó sobre una piedra… La prolongada excitación
que culminó en la trágica escena, le había debilitado. Con el corazón
palpitante y la mente hecha un caos, permaneció unos: momentos… Ya había pasado
lo que el Destino dispuso que pasara… Todos muertos…, los leales y los
traidores… ¿Qué hacer ahora…? ¡Elena…! Había que huir de aquel infernal
agujero, antes de ser nuevamente sitiados… Haría los preparativos sin perder
minuto… para escapar aprisa… con ella. Saltó de alegría su corazón, y un
torrente de ardorosa sangre le subió hasta los labios, borrando de ellos la
fría náusea. Por salvar a aquella mujer, a la diosa de cabellos de oro y ojos
de violeta…, por llevarla a su lado un día…, una hora…, estaba dispuesto a dar
lo que el capitán de ladrones había dado.
—¡Jim…! ¡Jim!
—gritó una voz desde el fondo de la cueva.
—¡Elena…! Todo… ha
concluido —contesté él con entrecortado acento.
Apareció ella en la
abertura.
—¿Se han ido?
—murmuró.
—Unos se han ido… y
otros han muerto.
—¿Ha muerto… él?
—Sí…, está usted
libre —dijo Jim con una expresión que alivió su oprimido pecho.
—¡Oh…! Anúdeme a
bajar.
Corrió él para
ofrecerle el apoyo de sus robustos brazos, y ella, dejándose deslizar, fue a
caer a los pies de Jim, abrazándose a sus rodillas.
Las manos del joven
la cogieron por los brazos, tratando de sostenerla, pero sin conseguirlo.
—Levántese usted
—mandó él secamente.
Pero ella, sin
oírle, seguía abrazada a sus rodillas repitiendo:
—¡Dios le:
bendiga…! ¡Dios le bendiga a usted!
La voz, aunque
ronca y alterada, tenía la riqueza de tonos que era uno de los encantos de
Elena.
—¡No diga usted
eso! —protestó horrorizado Jim. Ella abrió los brazos y levantó la cabeza para
mirar a su salvador… Él sólo vio que de sus ojos, sin lágrimas, brotaba un
raudal de gratitud.
—¡Jim! —susurró
ella—. Le debo la vida.
—Todavía no está
usted en salvo —objetó él—. Tenemos, que salir de aquí a toda prisa.
Levantóse ella,
pero sin dejar de apoyarse en él.
—Perdóneme lo
egoísta que soy… Ya tendremos ocasión de hablar… Debí comprender su deseo de
salir de esta ratonera… Dígame lo que debo hacer…, le obedeceré en todo.
Jim retrocedió
desasiéndose de ella.
—Así no puedo
pensar —y un instante después añadió—: Sí…, es preciso marcharnos… Póngase
usted el traje de montar y recoja todos sus menesteres… No se apresure… Por el
momento estamos seguros… Sobre todo, no mire alrededor, hasta que yo entierre a
Hays y a sus hombres.
—No tema usted que
flaquee mi ánimo —contestó ella—. Yo vi como usted mataba al miserable… y le
ayudaré a enterrarle.
—No necesito ayuda
—respondió Jim alejándose, presa de contradictorias emociones… ¿Qué clase de
mujer era ésta…? Le había bendecido empleando el nombre de Dios… Y sólo veía en
él su salvador… Lo que era aún más duro de sobrellevar… e inefablemente dulce
al mismo tiempo, es que, con espontáneo impulso, habíase agarrado a él como a
su único apoyo.
Medio loco andaba
el joven de un lado a otro, maldiciendo entre dientes mientras buscaba los
cadáveres, a los que registró, e hizo un montón con todo el dinero y valores
que llevaban encima. Siguió maldiciendo, al llevarlos hasta el borde de una
pequeña hondonada, en la que los fue dejando caer uno a uno con todo el cuidado
posible. Arrastró a Hays, cogiéndolo por los pelos, y lo empujó a la sepultura
junto con los otros ladrones que fueron mejores que él. Después cubrió los
cuerpos con grandes bloques de piedra que transporté con mil esfuerzos y dejó
caer por último un verdadero alud de tierra y cascajo que medio llenó la
hondonada.
Jim quedó tan
mojado como perro que sale del agua; su piel abrasaba y, no obstante,
interiormente sentía frío.
Pero la acción
había devuelto a Jim, si no la tranquilidad, al menos la firmeza. Metió todo el
dinero en la bolsa que llevaba en la silla; recogió también las municiones, en previsión
de un nuevo ataque. Después hizo dos paquetes con las mejores provisiones, sin
olvidar algunos utensilios. ¡Pobre Happy! ¡Ya no silbaría más! Y arrolló su
cama, que consistía en tres mantas y una gruesa tela impermeable, a más de la
colchoneta. La segunda parte fue poner las mantas y sillas a los dos caballos
mejores, en los que cargó todo el bagaje. Como síntoma de su estado de ánimo,
baste decir que, habiendo sido siempre bastante desmañado para empaquetar, en
la presente ocasión desplegó una rapidez y una habilidad sorprendentes. Hecho
esto, ya no le quedaba más que ensillar el bayo y el caballo tordo que trajo
Elena.
De súbito, despertó
en su mente el recuerdo de Smoky… Si hubiera estado solo, o con otro hombre, no
habría dejado de buscar el cadáver del singular ladrón para darle sepultura,
pero alejarse de Elena, ¡imposible!
Mientras daba
vueltas a su meollo para no olvidar nada, acordóse de un saco de grano que Hays
cogió en el Rancho, lo encontró medio lleno y lo ató al bulto más ligero. La
vista de un rifle dio nuevo giro a su pensamiento. Lo metió en la funda que
colgaba de la silla.
Gruesas gotas de
lluvia salpicaban la tierra y las recalentadas piedras.
La tormenta
derivaba hacia el Noroeste arrastrando los grises velos de agua entre barrancos
y desfiladeros, que hacía impracticables.
El sol, que
brillaba por el Sur, y las nubecillas blancas esparcidas sobre el azul del
firmamento, le animaron a seguir aquel camino.
Corriendo hacia
donde estaba Elena, grita:
—¿Está usted
dispuesta?
—Ya hace rato que
espero —contestó ella saliendo a su encuentro. El traje de montar ponía en
evidencia las suaves redondeces de su esbelta figura. Se había trenzado el
cabello, y el sombrero de anchas alas sombreaba su bello rostro.
—¿Por qué no se ha
puesto, usted el velo y el guardapolvo? —preguntó Jim, viéndola con la
imaginación como en el inolvidable día de su llegada.
—Los quemó… él
—contestó Elena con voz insegura.
—Póngase usted esto
—y la ayudé a meterse en su impermeable, que la envolvía toda, cayéndole hasta
los pies.
—Pero si me pierdo
en él…
—Estamos en la
estación de las lluvias y usted no ha de mojarse.
Volviéndose Elena
hacia el caballo tordo, montó en él, pero por poco se cayó, a causa del
embarazoso abrigo. Jim la sujetó en el aire, hasta que hubo recobrado el
equilibrio…, después sus ágiles manos acortaron los estribos.
¡Qué fuerza tiene
usted…! Le he visto manejar esos enormes pedruscos como si fuera un gigante.
Jira no dio
respuesta a tan frívola observación. Su mente volvía a divagar, mas por
confusos que fueran sus pensamientos, sobre todos dominaba un impulso de
salvaje alegría… ¡Elena estaba salvada…! La eterna espera había terminado…
Ahora dependía de él… ¿Que si tenía fuerzas…? Por ella sería capaz de destruir
todas aquellas montañas hasta sus propios cimientos, y de vadear un río de
sangre cuajada. Algo vago y nuevo iba abriéndose camino en el concepto que él
tenía de la posesión; y esto aumentaba su alegría.
Sus manos, que
momentos antes demostraron ser tan activas y seguras, tornáronse temblonas y
desmañadas en la tarea de acortar estribos y apretar cinchas. La causa era que
no podía evitar el contacto con su enloquecedora protegida.
—Vaya usted a mi
lado cuando haya sitio, y pase delante cuando no lo haya —fueron las
instrucciones de él.
Jim ató a su silla
el ramal de los dos caballos de carga, y saltó sobre el bayo… por primera vez
después de varias semanas. El fogoso animal se encabritó, pero un puño de acero
le trajo de nuevo a la obediencia.
Elena miraba atrás
como fascinada por aquellos lugares, pero Jim mantuvo su firme mirada fija en
lo que tenían delante, murmurando:
—Si estuviera en mi
poder, destruiría este cubil.
Salieron del óvalo
llevando los caballos de carga por delante. La lluvia caía en gruesas gotas que
producían olor a polvo. El camino se extendía serpenteando entre las colinas;
en la grieta de una mole de granito, descubrió Jim a un hombre muerto en posición
supina. Pronto llegaron al ancho cauce del río, en cuyo arenoso fondo se
descubrían huellas de caballo medio borradas por el agua.
Detrás de ellos
seguía la tempestad con sus relámpagos y truenos, cada vez más lejanos.
Siguieron por el río, que de pronto se ensanchaba hasta adquirir las
proporciones de un pequeño valle. Empezaban a alternar con la maleza los cedros,
las chumberas y girasoles. Pasaron el resguardado lugar en que los jinetes
dejaron los caballos. El camino hacia el Sur era ancho y profundo.
—¿Va usted bien?
—preguntó Jim.
—Sí, bien…, pero no
sé si volveré a ser capaz de sentir alegría.
—Lo que está usted
es mareada. Vacila usted en la silla. Déme la mano… y no hable…, pero mire… Tal
vez descubra usted algo que yo no vea.
Se acercaron por
fin a la cima de un desfiladero en cuyo fondo se advertían huellas de caballo.
—Vinimos de noche
por este camino, pero lo recuerdo —dijo ella—. ¿Lo seguiremos hasta el fin?
Imposible.
—Pero es el que
conduce al Rancho de la Estrella.
—Sí, mas sería una
temeridad el pretender seguir por el cauce del Diablo Sucio. Con las lluvias
del verano, seguramente estará crecido.
—Usted lo sabrá
mejor… ¡Sentirme libre…! ¡Volver a abrazar a mi hermano…! Parece un sueño.
Jim miró a través
de los altos breñales y dijo:
—Hay que encontrar
camino para salir de este agujero. El terreno es muy singular y no tardaré en
perderme… Pero por cualquiera parte que sea, no dejaremos de encontrar un
solitario barranco, donde haya hierba y agua… No puedo aventurarme a caer en
las manos de ganaderos… Los ladrones no son mis únicos enemigos, y sentiría que
me ahorcaran, por haberla salvado a usted.
—¡Ahorcarle…! ¡Oh…!
¿Por qué?
—No es necesario
que se lo diga. No es seguro el que podamos eludir los restos de la desbaratada
cuadrilla de Heeseman, si pretendemos ir por el camino. Sería más seguro
permanecer algunas horas ocultos hacia el Sur y fuera de la pista de los
jinetes.
—Lléveme usted
adonde le parezca mejor —dijo ella, trémula.
—Y si sale bien de
ésta, vuelva cuanto antes a su casa de Inglaterra.
—No tengo casa en
Inglaterra… Bernie es mi única familia, excepto algunos parientes lejanos, que
aborrecen hasta el nombre de Herrick.
—Entonces vaya
usted a otro Estado que no se parezca en nada a este salvaje desierto de
piedras y maleza. Por ejemplo, Minnesota, donde si hay nieve en invierno, en la
primavera se cubre de flores, cantan los pájaros en los frutales…
—No; yo no quiero
salir de Utah —dijo ella resueltamente.
Un relámpago de
alegría brilló en los ojos de Jim, pero no supo qué contestar. Dejando la
amplia carretera se metió por terreno desconocido y le pareció que esta
separación tenía cierto inescrutable paralelo con los tumultos que encerraba su
corazón. El sol se puso con un cielo que amenazaba tormenta todo alrededor del
horizonte. Por el Norte retumbaban los truenos a lo lejos, y por el Sur imitaba
suaves quejidos. Jim no pudo contener un enérgico juramento. Avanzaban por
donde el terreno lo permitía. Montículos de tierra parda y roja, alternando con
moles de roca y verdes pantanos, sucedíanse solitarios y desolados hasta
perderse de vista… Jim empezó a buscar sitio favorable para establecer el
campamento.
Por fin, cuando la
media luz sombreaba el paisaje, Jim descubrió otro vallecito en el que crecía
una hierba escasa. Algunos cedros secos parecían fantasmas y a la parte Oeste
una caverna baja, abierta en la roca, ofrecía seguridad y abrigo. Wall condujo a
ella los caballos y, bajándose del suyo, anunció que acamparían allí. La
respuesta de Elena fue un suspiro y al intentar anearse, cayó en brazos de su
salvador.
XVI
Al mismo Jim le
parecía un milagro el que hubiera estrechado a Elena contra su pecho. Su sangre
circulaba con la tumultuosa precipitación del fuego que, empujado por el
viento, se extiende por un bosque. Pero supo contenerse, al pensar en la
confianza con que la desamparada muchacha se abandonaba a sus fuerzas, y la
dejó derecha en el suelo.
—¿Puede usted
sostenerse? —preguntó él.
—Lo intentaré…,
pero parece que tengo las piernas muertas.
—A ver si puede
andar un poco.
Elena lo probó
apoyada en el brazo de Jim, quien la condujo a la caverna, dejándola sentada
con la espalda y la cabeza descansando en la pared.
—No me faltan
ánimos, pero la carne es débil dijo ella.
—Se ha portado
usted admirablemente… El camino ha sido largo y pesado, sobre todo después de
semejante día —replicó él—. Temo que he exigido demasiado de usted… Ahora
descanse, mientras yo abro los paquetes… Pronto estará usted más cómoda.
Jim se entregó con
frenesí al trabajo, como si buscara en la acción física un contrapeso a su
agitación. En un cuarto de hora y antes de que cerrara la noche, había
desensillado y dado el pienso a los caballos, encendido lumbre y puesto agua a
calentar. Traía tres cantimploras y un pellejo llenos de agua. Mientras
trabajaba, discurría. Las tormentas de agua serían buenas para los caballos,
pero malas para viajar. Agotaría las probabilidades, antes de aventurarse a
atravesar el fatídico Diablo Sucio. En su mente surgió el recuerdo de lo que
Hays le dijo una noche acerca de un maravilloso y fértil valle, más allá del
río… El lugar fue en un tiempo cultivado por mormones, que después se
trasladaron a otro punto. Jim haría lo posible por dar con este valle.
El diligente mozo
llevó su cama a la cueva, mulló la colchoneta y extendió las mantas, echando
por encima la tela encerada por si salpicaba la lluvia, cosa muy probable, pues
los truenos sonaban más cerca y la caverna no era bastante profunda para resguardar
por completo, a menos que el agua la azotara por detrás.
La lumbre iluminaba
la caverna y de pronto se dio cuenta Jim de que Elena le observaba con los ojos
muy abiertos y embellecidos por un brillo sobrenatural. La cambiante luz de la
pequeña hoguera disimulaba los estragos que las pasadas semanas habían hecho en
el rostro de la inglesita, prestándole una hermosura sobrehumana.
—¿Se siente usted
capaz de andar un poquito? —preguntó Jim—. También es necesario que coma y
beba, o no tendrá fuerzas para escapar.
—Lo intentaré.
Él la ayudó a
levantarse y a salir del molesto impermeable, y después de dar unos cuantos
pasos apoyada en él, ya pudo andar sola.
—¡Magnífico…! Tiene
usted una fibra envidiable. Elena. Ahora paséese usted arriba y abajo mientras
yo preparo la cena.
—¿Estamos seguros
aquí?
—Sólo Dios lo
sabe…, pero yo espero que sí. Esto es un verdadero desierto… Nuestros enemigos
han ido por otro camino… y ¡no se asuste usted…!, tienen más miedo de nosotros
que nosotros de ellos… Pero Morley se ha salvado con uno de sus hombres por lo
menos. Saben que han desbaratado la banda de Hays y no dejarán de volver con
refuerzos… No ignoran que Hays tiene una fortuna en su poder… y la tiene a
usted.
—¿Morley…? Me suena
el nombre, pero no sé cuándo lo he oído… Hays me contaba siempre aventuras de
amor…, de lo que él entendía por amor, de odios, venganzas y muertes… Ese
Morley querrá cogerme para pedir rescate, ¿verdad?
—Eso del rescate,
puede que en un principio lo pensara sinceramente Hays…, pero… la soledad hace
a los hombres de esta dura tierra más malos que perros —concluyó Jim con tono
sombrío.
Continuaba él su
faena sin mirar a su gentil protegida, que seguía sus paseos. La lluvia había
arreciado, salpicando en las brasas y en el hornillo que estaba encima. Jim
había calentado un par de galletas marineras, de las que tenía un saco lleno.
Con ellas, carne fresca, frutas secas y café con azúcar, pensaba que podrían
pasarlo bien. Cuando quiso llamar a Elena para cenar, quedó sorprendido al
encontrarla sentada detrás de él, observándole con fijeza.
Con desconsuelo del
cocinero, la joven comió muy poco, pero tomó con gusto el café.
—Es la mejor cena
que he hecho desde hace tiempo —dijo ella—. Si no estuviera tan nerviosa, quizá
tendría más apetito.
—Ya lo recobrará
usted —observó él para animarla—. El sueño le es aún más necesario que el
alimento.
—¡El sueño…!
¡Cuánto hace que no he dormido…! Pero ahora es diferente.
Jim echó una ojeada
a la hoguera…, chisporroteaban las brasas y se alzaban opalinas cenizas al caer
en ellas las gotas, de lluvia. Tenía que recoger leña seca, ponerla a cubierto
para la noche y cuidar de que no se distanciaran los caballos.
—Jim, no puedo
quitarme las botas —dijo Elena—. ¿Quiere usted hacer el favor de ayudarme?
—Lo mejor será que
duerma usted con ellas, tal como haré yo.
—Pero es que me
duelen mucho los pies… y me parece que los tengo hinchados.
La muchacha hablase
sentado en la cama, cuando Jim se apoderó de la bota que ella levantaba.
Bastante trabajo le
costó el sacarla, en cambio la otra salió con facilidad.
—Las medias están
llenas de agujeros… ¿No tiene usted otro par?
—Sí…, aún me queda
uno… ¡Ay! ¡Qué daño me hacen los pies…! Los tengo ardiendo… Mucho me aliviaría
un baño… He tenido tan pocas ocasiones… Hays me traía a veces agua caliente…,
pero daba tantas vueltas alrededor mío, que antes de que se marchara, ya estaba
el agua fría.
—No hable usted de
Hays, se lo ruego —dijo seca mente Jim.
—Dispense…, pero ha
sido tal la obsesión que durante días y noches me ha causado, que su recuerdo
me pesa como una montaña de plomo —dijo ella en son de disculpa, asustada de su
aspereza.
—Mire usted si
tiene ampollas… Voy a darle un baño de pies de agua fría y sal.
—¿Agua fría…? Los
tendré como témpanos de hielo el resto de la noche.
—Ya he puesto una
piedra a la lumbre… La envolveré en un saco, y se los calentará a usted.
Trajo él una vasija
con agua y se arrodilló ante la hermosa criatura, pareciéndole imposible la
poca huella que los pasados sufrimientos habían dejado en aquel cuerpo.
—Nunca me ha dado
un baño de pies un caballero —dijo ella con un tono de buen humor, que Jim, de
puro turbado, no supo entender.
—Déjese de
ceremonias y meta los pies… Tenga entendido, señorita, que esto lo hago por
mera caridad y no por gusto.
Mucho ha cambiado
usted desde que estábamos en el rancho —musitó ella—. De todos modos, muchas
gracias —y metió los menudos pies en la vasija.
Jim no perdió
tiempo en friccionarlos con el agua y sal, hasta el punto de hacerla chillar, y
lo que le faltó al masaje de suavidad, lo ganó en eficacia. Como Elena carecía
de toalla, Jim le secó los pies con su pañuelo del cuello, frotándolos
concienzudamente, hasta que estuvieron como dos tomates.
—Póngase usted las
medias y duerma vestida —dijo él.
—Es lo único que
puedo hacer. Señor Jim…, dígame… —¿Tiene usted esposa?
—¡Oh, Dios mío…!
¡No! —apresuróse a contestar él.
—¿Y novia?
Jim dejó caer la
cabeza al responder:
—Tampoco… Nada que
valga la nena de contarse. Era yo tan joven…, antes de, ser ladrón…
—No diga tonterías…
Usted no es ladrón… Lo preguntaba porque hace usted estas cosas con tanta
indiferencia… Yo creía tener los pies bonitos…, pero usted ni siquiera lo ha
reparado… ¡Qué tonta soy…! Jim, no me haga usted caso…, pero tengo unas ganas
de hablar… Parece que me hayan desatado la lengua…
—Hable usted mañana
cuanto quiera, pero basta por esta noche… Tenernos por delante un día, con
seguridad muy pesado… Espere antes de acostarse; voy por la piedra.
De un puntapié hizo
rodar el redondo pedrusco del fuego, y, envolviéndolo en un trapo, lo metió
bajo las mantas, diciendo:
—Ponga usted aquí
los pies.
—¡Ajajá! —exclamó
ella estirándose con lento movimiento de bienestar, a tiempo que se subía las
mantas hasta debajo de la barbilla… Sus grandes ojos eran dos enigmáticos
abismos de emociones y pensamientos.
—¡A dormir!
Y después de una
larga mirada, añadió él: No puedo afirmar que estemos a salvo, ni que logre
devolverla a su hermano con vida, pero si nos cogen, la mataré a usted antes
que me maten.
—En ambas cosas
será usted mi salvador… Tan desesperada estaba yo, que ni aun rezar podía…,
pero ahora…, ya veo que Dios… no me ha olvidado.
Casi
instantáneamente se quedó dormida con el rostro iluminado por la movible llama
de la hoguera y las níveas manos cruzadas sobre el borde de las mantas.
La mayor parte de
la vida de Jim, desde que cumplió dieciséis años, la había pasado en diversos
campamentos, pero jamás pasó una noche comparable a aquélla. No podía
comprender la opresión que sentía en el pecho, y sus pensamientos adquirían una
asombrosa versatilidad.
Salió para buscar
los caballos; éstos pacían tranquilamente la hierba inmediata al campamento. La
lluvia seguía cayendo, aunque con menos fuerza. No había estrellas, y algunos
retrasados relámpagos por la parte del desierto iluminaban con su oscilante luz
negros macizos de roca y abruptas pendientes. Aún retumbaban lejanos truenos
hacia el Sur. Probablemente, mañana se repetiría la tormenta. El lugar parecía
aún más solitario que la guarida. Allí, el follaje y el ruido del agua rompía
un poco la desolada monotonía, pero aquí no había nada. Hasta la lluvia caía en
silencio.
Jim recogió una
buena porción de ramas de los cedros muertos, y la llevó a la cueva para
ponerla a secar. Extendió después la cama que trajo para sí. Era la que
perteneció a Smoky, y Jim dedicó un piadoso recuerdo al menudo e implacable
gunman, de corazón de león, que se sacrificó por salvar a sus compañeros, y
ahora yacería rígido y frío entre las peñas, recibiendo el azote de la lluvia
en pleno rostro. Cumplió con su credo hacia los hombres. Su credo hacia las
mujeres no podía ser muy distinto.
Jim seguía
paseando, sin hacer caso de la lluvia. Echó más leña al fuego, y avivada la
llama reflejóse en los dorados cabellos de Elena, que envolvían su blanco
rostro con luminosa aureola. Jim dio suavemente unos cuantos pasos para verla
más de cerca. Dormía con el sueño profundo y tranquilo de la infancia… Por
extraña ilación de ideas, recordó la pálida faz de su madre muerta… Él, ya un
proscrito, había arriesgado su libertad por verla y darle el último adiós… Pero
aquél era un rostro demacrado por las penas y en nada semejante al de la joven
dormida, indefensa que confiaba en él como hubiera podido hacerlo en un
hermano.
Ejercía sus
funciones de centinela, entre el vacilante fuego y la dormida muchacha, de
arriba abajo y de sombra en sombra, caminando sin hacer caso de la lluvia,
agachándose desvelado durante horas, siempre en guardia, tan despiadado consigo
mismo como lo habría sido con los nocturnos merodeadores. Cuando por fin le
rindió el sueño, fue para dormir sólo con un ojo, como las liebres.
Levantóse al
amanecer, empezando por arrollar su cama. El aire estaba crudo y frío y una
fina lluvia le mojó el rostro. Aún era demasiado temprano para empezar los
preparativos del almuerzo, y estaba sobrado oscuro para buscar los caballos.
Así, se puso a repasar los últimos acontecimientos, que parecían estar alelados
por espacio mucho más largo que el de una noche.
Para salir de aquel
laberinto de peñas y broza se necesitaban por lo menos dos jornadas de a
sesenta millas cada una. ¿Las soportaría Elena? Era preciso elegir entre el
riesgo de comprometer su salud, y el de ser alcanzados en aquel desierto por la
estación de las torrenciales lluvias. Su decisión fue instantáneamente tomada.
Cuando ella no pudiera más, la llevaría en brazos, pero a toda costa era
preciso alejarse de allí, antes de que empezaran las periódicas inundaciones.
Toda la región, excepto las peñas, se convertirían entonces en un mar de fango,
y las grandes lluvias parecían estar cerca.
Dentro de la gruta
las sombras fueron adquiriendo un tono gris, a medida que aclaraba el día, y
tan pronto como lo permitió la luz, acercóse Jim para mirar a Elena. Ésta
seguía en la misma postura en que diez horas antes se quedó dormida. Su rostro
resaltaba como una mancha blanca, sobre la oscura manta… Parecía muerta… A Jim
le dio un vuelco el corazón, e inclinándose, acercó el oído, al que
instantáneamente llegó la suave y acompasada respiración de la dormida.
Incorporóse el hombre con ademán brusco, al darse cuenta de las peligrosas
emociones que empezaban a dominarle… ¿Cuántas veces tendría que combatirlas
cada día?
Jim se apresuró a
salir en busca de los caballos. Todo el paisaje estaba mojado y el cielo
cubierto de nubes grises, del mismo color que los peñascos y tierra de aquel
desconsolador rincón del mundo. Los caballos se habían alejado, lo que le causó
cierta alarma, pues aunque el riesgo fuera problemático, no le gustaba la idea
de separarse de Elena. Por fortuna, siguiendo las huellas de las herraduras,
encontró los cuatro caballos paciendo en un vallecito inmediato. Cogiendo el
ronzal con que les había atado las patas, los trajo al improvisado campamento,
repartiéndoles su ración de grano. Después, avié los caballos de carga, dejando
para lo último el ensillar el bayo y el tordo.
En tanto que
preparaba Jim el desayuno, había acabado de romper el día, cesando la lluvia.
El uniforme gris del firmamento presentaba algunos desgarrones, sin que por
ellos se viera el azul. El aire estaba cargado de tormenta. Jim encontró una
piedra ancha y plana en la que puso el desayuno de Elena, llevándolo junto a la
cama cual si fuera en una bandeja. Entonces la llamó, no obtuvo respuesta; una
segunda llamada consiguió el mismo resultado negativo, y no tuvo más remedio
que darle una ligera sacudida. Al abrir ella los ojos, retrocedió Jim asustado
ante la profundidad de aquellos dos abismos color de amatista. Ella despertó
como en las mañanas anteriores, pero al ver arrodillado a Jim junto a su cama,
cambió totalmente la expresión de los bellísimos ojos, para aumentar los
tormentos del pobre muchacho.
—No me ha costado
poco el despertarla a usted —dijo él—. Aquí he traído algo de alimento y una
taza de café… Haga usted un esfuerzo y coma.
—Ya he oído entre
sueños que me llamaba…, he sentido el contacto de su mano… y pensé…
—interrumpióse de súbito e incorporándose, añadió—: Comeré aunque me sepa a
serrín.
Jim consumió
también su frugal almuerzo, y después recogió los enseres, dejando a mano las
provisiones para la jornada.
—¿Me ha robado
usted las botas, señor ladrón? —preguntó ella riendo.
Apresuróse él a
buscarlas junto al fuego, donde los había puesto a secar.
—Soy más ladrón de
lo que usted se figura —contestó Jim.
—¡Ah…! Secas y
calientes… Muchas gracias… Por mí, puede usted seguir representando su papel,
Jim Wall… pero yo sé… lo que sé… ¡Ay…! ¡Qué dolorido tengo el cuerpo…! ¡Pobres
huesos míos…! Pero quiero mantenerme firme hasta la muerte.
Se puso las botas,
salió trabajosamente de entre las mantas y, estirándose, pidió agua caliente…
Jim se la trajo, así como el paquete de sus ropas.
Ya libre para
entregarse al trabajo, Jim, con metódica actividad, recogió todo menos el bulto
perteneciente a Elena, que ella misma trajo, diciendo:
—Me siento mejor
esta mañana.
—Veamos si puede
usted montar a caballo —y Jim acercó el tordo—. Cuando esté usted en la silla,
se echará el impermeable por encima.
Elena montó sin
necesidad de ayuda y después, con el auxilio de Jim, se envolvió en el amplio
abrigo, que la cubría hasta las botas.
—El día será húmedo
—prosiguió él—, pero por ahora no llueve, y a menos que se caiga usted a una
balsa, es de esperar que no se mojará. Sosténgase mientras pueda, y en último
caso yo la llevaré, pero es absolutamente necesario que salgamos pronto de estos
peñascales.
Mientras hablaba
había atado tras de su silla el ligero equipaje de Elena, cubrió los caballos
de carga con unos trozos de hule que pertenecieron a Smoky y emprendieron la
marcha.
El paisaje que se
desarrollaba ante ellos era igual al que dejaban: colinas de tierra rojiza y
bloques de roca o granito flanqueados de vallecitos, con la diferencia de que
iba haciéndose más despejado hacia el Oeste, a medida que por Oriente cada vez
era más impenetrable la oscura maraña de aquella salvaje vegetación. Jim
avanzaba sin rumbo fijo y acomodándose a las condiciones del terreno, pero
manteniendo en lo posible la dirección al Norte. Los caballos de carga rompían
la marcha; Jim los seguía y Elena formaba la retaguardia. Al ver su seguridad
en la silla, el joven se tranquilizó un tanto. Por el presente no había temor
de que hubieran de retrasar el avance. Empezó a llover, mas no por eso detuvo
la marcha Jim… Había que adelantar con toda la premura que permitieran los
animales de carga, marchando al trote siempre que el terreno estuviera en
condiciones. Jim no podía ver más de media milla de distancia, por la densa
neblina que envolvía aquel inmenso desierto. Lo parecía que derivaban al Oeste,
sin conseguir cerciorarse.
Durante toda la
mañana llovió a intervalos. A veces las nubes se separaban dando paso a un
rayito de luz. De pronto, dejóse ver una mancha azul y el sol iluminó un
altísimo picacho de extraña forma. Jim quedó sorprendido, y creyó que era uno
que él había visto desde la meseta al pie de las montañas Henry y que estaba a
cien millas o más hacia el Sur.
Poco después,
reuniéronse las nubes y una formidable tormenta estalló sobre los pobres
viajeros. Los caballos pudieron satisfacer su sed. El agua caía a torrentes de
las rocas, y Jim, sin apearse, llenó las vacías cantimploras.
Pronto empezó el
camino a estar cruzado por cenagosos arroyos. El caballo de cabecera sabía lo
que se hacía, y se granjeó el aprecio de su amo. Seguramente no era la primera
vez que hacía el camino. La lluvia cesó, pero la inundación seguía en aumento.
Por fin llegaron los fugitivos a un verdadero río, en el que los caballos de
carga no se atrevieron a entrar. En cambio, el brioso bayo no demostró ningún
temor. El río tenía una anchura de cincuenta metros, debía ser un crecido
torrente, cuyas aguas arrastraban grandes trozos de roca. Todo era soledad y
desolación. Jim no alcanzaba a distinguir ningún refugio, ni bosque ni siquiera
hierba. El amo del hermoso bayo puso a prueba su resistencia. El valiente
animal entró en el río sin vacilar, aunque en el centro el agua le llegaba a
los flancos.
En vista del éxito,
retrocedió Jim, y cogiendo del ronzal los caballos de carga, los obligó a
seguirle. En poco estuvo que uno de ellos, el que llevaba la carga más pesada,
no fuera arrastrado por la corriente, pero la suerte hizo que no perdiera pie,
y consiguió alcanzar la orilla opuesta, relinchando de terror. Jim volvió por
Elena.
—Yo la llevaré a
usted…, y usted no suelte la brida de su caballo —dijo Jim acercando el suyo al
tordo—. Saque los pies de los estribos, e inclínese hacia mí. —La levantó en
vilo, sentándola delante de él donde la sujetó con el brazo izquierdo—. Tome
usted las bridas… ¡Vamos, bayo; anda, viejo perro de aguas!
El soberbio corcel
soportó con brío la doble carga y apenas llegaron a la otra orilla, aumentó
perceptiblemente la crecida por una nueva oleada.
—¿Ve usted?
—exclamó Jim dejando a Elena en el suelo—. Si estuviéramos ahora en el centro
del río, todo habría concluido para nosotros… Decididamente es palpable que la
suerte nos acompaña.
—¡Dios y la suerte!
—corrigió ella.
—¿Tiene usted
miedo?
—Ni una pizca… En
circunstancias más felices me parecería esto una aventura interesante… Voy a
hacer un poco de ejercicio… Tengo las piernas entumecidas y me duele mucho el
costado.
—Tiene usted una
asombrosa energía. Hemos andado unas dieciocho o veinte millas… Pero no sé
dónde estamos…, subimos continuamente, y me parece que oigo el rumor del Diablo
Sucio.
—¿Ese sordo
murmullo…? Si hubiéramos tomado por donde nos trajo…, por donde vinimos,
habríamos perecido seguramente. ¿Les habrá pasado eso a nuestros perseguidores?
—No es de creer…
Estarán resguardados en alguna meseta, o habrán vuelto atrás, en cuyo caso
encontrarán nuestras huellas.
—¿Nos seguirán?
—No lo sé…, de
todos modos, no tenemos tiempo que perder.
—Saldremos con
bien… Me lo da el corazón… Hágame el favor de ayudarme a montar.
Cuando hubieran
reanudado la marcha, Jim dio a su compañera una galleta y un poco de carne,
diciendo:
—Coma usted…, no
tardará en arreciar la lluvia.
En efecto, pocos
instantes después caía un diluvio que no dejaba ver los objetos a tres metros
de distancia. El caballito delantero siguió siendo digno de confianza. Jim
estaba convencido de que había estado por largo tiempo en aquellos solitarios
parajes. Además, acá y allá encontraba trazas de haber existido allí camino, y
eso le daba ánimos, suponiendo que debía conducir a alguna parte.
La tormenta pasó,
dejando grandes charcos en el suelo y chorros de agua que se deslizaban de las
rocas. Pero los arroyos estaban bajos.
Cerca de la caída
de la tarde abrióse momentáneamente la masa de nubes, y los rojizos rayos de
sol tiñeron de púrpura las mojadas peñas y colinas.
Atravesaron
nuestros fugitivos la línea de cerros que limitaba su horizonte, desembocando
en, un valle largo y verde, de cuyo extremo opuesto llegaba un sordo rumor. Un
río rojo, seguramente el Diablo Sucio, corría lamiendo una alta pared de tierra
y en el momento en que miraba Jim, una parte de ella, minada por las aguas, se
hundió con sordo estruendo.
Los restos de un
camino rodeaban la base de la montaña. Aquel valle parecía el prohibido portal
de un territorio aún más diabólico.
—No puedo…
sostenerme… más —murmuró Elena con voz débil.
—¿Por qué no me lo
ha dicho usted antes? —dijo Jim en tono de reproche—. Yo la llevaré a usted.
Ató las riendas al
pomo de su silla, trasladó a Elena a su caballo, y sujetándola con el brazo
izquierdo, dijo:
—Sigue, tordo.
Continuó el avance
Jim, consciente de que su compañera se había desmayado. La terrible naturaleza
de aquel desierto y la amenaza de otra tempestad eran para impresionar hasta un
ánimo tan indomable como el de Jim. Era posible que cayeran en una trampa de
las que abundan en las orillas del río infernal, pródigas en desfiladeros sin
salida y en pantanos de movedizas y absorbentes tierras. Y si intentaba
retroceder, ¿adónde irían? Llevaban enemigos tras de sí, y no había que pensar
en la guarida de ladrones como refugio. Pero aún seguía teniendo confianza en
el instinto de su caballo delantero. La lluvia, que había empezado a caer de
nuevo, le salpicaba el rostro y colocó a Elena de modo que volviera la espalda
a la tormenta; aunque le habló, ella no dio respuesta.
Cuando calmó la
tempestad, habían avanzado unas cuantas millas y se acercaban al extremo del
valle. A su derecha se alzaban enormes bloques de rojiza peña sembrados de
grandes pedruscos sueltos, prontos a deslizarse. La base de aquellas moles se
estrechaba, empotrándose en unos bancos de tierra, cortada a pico, que daba
sobre una fangosa llanura, reducida entonces por la crecida del río a una
anchura de cien metros escasos.
El caballito
delantero seguía chapoteando en el agua, sin compartir los temores de Jim
acerca de lo que pudiera haber a la vuelta de aquel gigantesco peñasco. El
Diablo Sucio trazaba una curva hacia la izquierda y podía vérsele correr en
aquella dirección durante varias millas. La noche no estaba lejos, y una
cercana tormenta hacía más inmediata la oscuridad.
Pasaron detrás del
promontorio tomando la estrecha senda que por él subía, al que en tiempos
pasados debió ser un camino. Sin el caballo delantero jamás se le habría
ocurrido aventurarse por aquel despeñadero, pero el inteligente animal
indudablemente buscaba un sitio conocido. Desapareció, dando la vuelta a la
esquina, por un borde que escasamente tenía diez pies de ancho, húmedo,
escurridizo, con chorros de agua que manaban de la roca y sembrado de pedruscos
movedizos. El segundo caballo de carga, confiando en su predecesor, dobló
también la esquina.
—Vamos, bayo —dijo
Jim dando un ligero silbido para animar al tordo—. Salgamos de este mal paso.
No mire usted, Elena.
Como ella no contestara,
inclinóse Jim para mirarle al rostro… ¡Dormía! Si ya le había maravillado esta
mujer bajo muchos aspectos, ¿qué impresión sería la suya a la vista de este
imprevisto sueño? Por de pronto, le llenó de orgullo que puso término a sus
vacilaciones.
—Ven, tordo —dijo
llamando al caballo que cerraba la marcha. Dirigiéndose al suyo, añadió—:
Firme, compañero, y si se estrecha el camino, mira dónde pones las patas.
Y se estrechó… de
diez pies se redujo a siete, a seis… y aún a menos. Desprendían terrones de
tierra, pero los caballos de carga habían doblado la esquina. Un extraño rumor
llegó a los oídos de Jim… Por algún sitio cercano corría agua… No se atrevió a
mirar adelante, pero una terrible perspectiva le parecía inevitable. El
retroceso era imposible… El abismo sobre el que estaba colgado aquel estrecho
borde, tenía más de cincuenta pies de profundidad y su fondo era un cenagal.
De súbito,
encontróse Jim con una nueva reducción del ya estrecho sendero, cuya anchura no
llegaría a metro y medio. El borde se había derrumbado recientemente…, mejor
dicho: se estaba derrumbando; Jim oía el desprendimiento de la tierra, a pesar
del creciente bullir del agua.
El valiente bayo
marchaba con precaución y confianza; sabía que otros caballos con pesada carga
habían pasado por allí, y él seguía adelante. De pronto vaciló; había puesto
una de las patas traseras sobre una tierra que se desprendió, pero con una
sacudida saltó a otro sendero más ancho y siguió subiendo.
Jim sintió que
momentáneamente se le haba paralizado el corazón y que la lengua se le pegó al
paladar. Al oír el pataleo de un caballo, volvió la cabeza a tiempo de ver al
tordo saltar desde un trozo del primitivo sendero, que empezaba a ceder, al
sólido terreno del de más arriba. Un instante después, más de seis pies del
camino inmediato a la peña, se desplomó al abismo como un alud.
—De buena hemos
escapado —murmuró Jim mirando hacia delante para ver lo que les deparaba el
Destino.
A sus pies, un
torrente de rojizas aguas caía con estrépito a una garganta de hendidas paredes
de roca, y el bramido, que había alarmado a Jim, provenía de una cascada que se
desprendía desde el borde superior de la roca. Por todas partes manaban chorros
de agua rojiza y trozos de seccionadas peñas caían rebotando en la ladera que
tenía delante, para hundirse en el abismo. Capas enteras de cascajo
deslizábanse y caían con el ruido de las guijas arrastradas por la marea.
Aquello era el
nacimiento de un tributario, de un defectuoso hijo del infernal Diablo Sucio,
que interceptaba el avance de los fugitivos. A treinta pasos delante, en la
parte más ancha del camino, descansaban los caballos de carga. Jim obligó a sus
espantados ojos a mirar atrás. Ningún jinete volvería a subir por aquel camino.
XVII
La lluvia había
disminuido; de otro modo, Jim no habría podido ver a tanta distancia. Un
estremecimiento de la mujer que llevaba entre los brazos le sacó de su
abstracción.
Avanzó hasta un
enorme trozo de pared de peña que había caído de arriba y ahora ocupaba un
ángulo poco más allá del destrozado camino. Parecía un refugio relativamente
seguro, a menos que toda aquella parte se desmoronara en forma de alud,
catástrofe nada inverosímil en una montaña compuesta de gigantescas paredes de
piedra, sobre base de arcilla roja.
Jim desmontó
cuidadosamente y huso a Elena debajo del trozo de pared, sentada sobre polvo,
que al menos estaba seco.
—¿Dónde estamos…?
¿Qué ruido es ése tan espantoso?, preguntó ella, en voz que más parecía un
suspiro.
—Estamos detenidos
por una tormenta. Quítese usted este impermeable mojado.
—¿Es que todo ha
acabado para nosotros?
Jim no contestó.
Doblando el impermeable en forma de almohada, lo colocó debajo de la cabeza de
Elena, que parecía no tener fuerzas ni aun para estar sentada, sin la ayuda de
su compañero. Éste procuraba evitar las miradas de ella, sin poder conseguirlo,
y alejándose unos pasos, quitó la silla del bayo, la puso bajo el pétreo
cobertizo y, guiando al fiel animal, lo llevó al pequeño terraplén en que los
caballos de carga y el tordo se habían reunido. El continuo crujir de las
rocas, las capas de grava que caían al agua en el torrente de abajo y el ronco
bramar de la cascada, componían una pavorosa melopea. Si la lluvia empezaba de
nuevo, aquella garganta sería un fiel trasunto del infierno, y, comparado con
ella, todo el camino anterior era un verdadero paraíso. Pero Jim no perdió el
tiempo en mirar a su alrededor.
El instinto de los
animales le había guiado hasta el único punto seguro, en aquella insegura
comarca, y éste era la especie de plataforma formada por varias enormes moles
de ancha base. Los caballos estaban cansados, pero no parecían tener miedo. Jim
les quitó la carga, pero no las sillas. El saco del pienso y los trozos de hule
los había atado lo último, así es que sin ningún trabajo extendió las enceradas
telas y distribuyó en ellas el grano para cada caballo. Por último, sujetó los
bultos contra el borde de las moles de piedra y dejó que los animales se
cuidaran de sí mismos.
Entonces guisó
examinar las condiciones del terreno. El crepúsculo envolvía la garganta en una
siniestra luz roja. Tendría unos cien metros de ancha, con la pared opuesta
baja, y formada por trozos de roca empotrados en arcilla roja. De las numerosas
grietas de las paredes manaban pequeños manantiales, cuyas aguas se unían en
caprichosas ondulaciones. A unos ciento cincuenta metros más arriba, la
garganta se inclinaba hacia la izquierda. Aquí saltaba la cascada desde una
inmensa abertura en la parte superior del acantilado y, bramando, Caía al
rocoso abismo. Aún parecía más temible el gigantesco talud que se alzaba a la
izquierda y en el que Jim todavía no había reparado. Era altísimo y tanto se
inclinaba hacia atrás, que era imposible ver su cima. Varias corrientes se
unían para constituir un caudaloso torrente, cuya salida no veía Jim, aunque le
parecía oírla. Aquel talud era una verdadera montaña, pero inestable y
traicionero como las arenas movedizas. Por todas partes se observaba
movimiento, no sólo en el agua, sino en la grava, en el fango y en los trozos
de todos tamaños de desprendida roca. En las pasadas tormentas, miles de
toneladas de peñas habían cambiado de lugar; sobre ellas el viento dejó caer
tierra y así se había formado la meseta en que estaban. Ésta era de la
aproximada anchura de quince metros a lo sumo y su longitud no pasaría de unos
sesenta. El extremo superior bajaba en empinada pendiente al cauce del arroyo,
que era donde sin duda pasaba el antiguo camino. Últimamente esta pequeña garganta
desembocaba en el valle del Diablo Sucio, cuyo bramido era bastante recio para
que se oyera por encima de los ruidos más cercanos.
Por encima de esta
infernal ratonera, un cielo oscuro y parcialmente teñido de matiz rojo,
dominante en el inseguro agujero, presagiaba nuevas tormentas. Por encima de
los más altos picachos, hilos de fuego serpenteaban entre los oscuros
nubarrones, pero Jim no podía oír si los acompañaban truenos. Había un trueno
más cercano que iba en aumento.
—Si la tempestad
estalla con violencia, estamos perdidos —monologueaba Jim con sombría
solemnidad.
¿Había soportado
las tormentas de las pasadas semanas, la desesperada lucha con los bandidos y
por último con Hays; había hecho lo imposible por salvar a Elena para que la
aplastara una roca o se la llevara un alud…? ¿Para qué había sufrido, peleado y
matado…? Hasta los elementos combinaban sus destructoras fuerzas para vencerle.
Sombrío, dominado por las circunstancias, encaminé sus pasos hacia la
suspendida roca.
Temía las próximas
horas… la noche… la… no acertaba a definir el qué. Pero el espacio de tiempo
que pasaran hasta que llegara la muerte o la imprevista salvación, sería una
prolongada tortura; de eso estaba seguro.
Quitóse Jim el
impermeable y lo dobló a lo largo. Al acercarse a Elena, ésta dijo algo que él
no entendió; pero deseoso de procurarse la comodidad posible, puso el
impermeable en el sitio que le pareció mejor, cubriéndolo con la más seca de
las mantas. Cogió a Elena y la dejó encima, tapándola con otra manta seca.
Entonces él se echó en las piedras; a su lado, de modo que la cabeza de ella
descansara en su hombro, y pasando un brazo por debajo de aquel hermoso cuerpo,
le atrajo suavemente hacia sí. No era solamente que él quisiera prestarle su
propio calor, era que anhelaba tenerla en sus brazos cuando llegara el
innominado horror que presentía.
En la semioscuridad
pudo ver los ojos de ella muy abiertos, como dos negros agujeros en un blanco
pergamino. Sus labios se movían.
—No la oigo a usted
—dijo él inclinándose más.
—¿Tiene usted
miedo?
—Sí… me parece que
sí.
—¿Por mí?
—Puedo asegurar a
usted que no es por mí.
—¿Qué ha pasado?
He seguido un
camino muy antiguo… El terreno es nuevo para mí… y hemos llegado a un sitio
espantoso… No podemos avanzar ni retroceder… Ya oye usted las aguas, las guijas
y las, peñas… Además, estamos amenazados por una violenta tempestad.
—¿Tenemos pocas
esperanzas?
—Una probabilidad
entre mil.
Ella guardó
silencio durante un instante; después levantó la cabeza para que sus labios
estuvieran inmediatos al oído de Jim, quien sintió el leve contacto de una mano
sobre su hombro.
—Por mí no temo
—dijo ella—, pero por ti sí…, hombre noble y valiente…, para luchar como lo has
hecho, debes realmente de amarme… Yo, en el Rancho de la Estrella, no lo
comprendí… Has hecho cuanto humanamente es posible… ¡Dios te bendiga…! Yo
rezaré… por ti… mientras me dure… la vida.
De pronto, la
tierra tembló debajo de Jim, y una formidable explosión, por un momento, dominé
los: demás ruidos… Un alud: o un desprendimiento de rocas… Ya lo esperaba… y
nada añadía a sus temores, pero no eran de origen físico.
Con los ojos fijos
en la creciente oscuridad, entregóse a hondas meditaciones provocadas por las
últimas palabras de Elena… No temía a la muerte… y le había llamado noble y
valiente… A él le parecía su pasado cobarde e innoble. Pero aquellas palabras
de Elena Herrick causaron una completa revolución en sus sentimientos… Un
creciente reproche para su anterior conducta y un odio inextinguible hacia todo
cuanto le alió con los ladrones que la robaron.
Estaba enamorado de
ella…; esto ya era sabido, aunque nunca perdió mucho tiempo en esos alambicados
pensamientos… Para él, hasta ahora, el amor, en su más cruda expresión, había
sido el ansia o la necesidad de mujer, sin preocuparse de los: deseos, del corazón
o de los sentimientos de ella. Pero esto era muy diferente de lo que sentía
ahora…, y ¡ella pedía a Dios que le bendijera…! ¡Y estaba dispuesta a rezar por
él, hasta el último instante!
Una emoción inmensa
agitó el alma del extraviado mozo, anudándole la garganta. Por un momento, su
mente fue un caos… Que se confundieron sus alientos, al parecer arrastrados por
un torrente, o deshechos entre rocas y tierra… Morir por Elena no era nada, y
dispuesto estaba a ello… Pero morir con ella…, estrechándola entre sus brazos…,
esto: era mucho más de lo que merecía… ¿Qué hizo en su vida para desear
prolongarla…? Una bala perdida…, un fracasado…, un pájaro errante, un ladrón,
un asesino. ¿Podría seguir siendo el mismo, después de que ella había rezado
por él…? ¡No…! Lo juraba por el Dios en el que ella creía. Ahora que aquella
excepcional mujer estaba allí, indefensa, confiada y sin más amparo que él, la
verdad de su monstruoso pasado surgía en su interior con más fuerza que la
tempestad y las desbordadas aguas.
Se aflojó la
tensión nerviosa que mantenía su cuerpo rígido, como si un maleficio o un
espíritu infernal hubiera salido de él, perdiéndose en las tinieblas de la
noche… Aquella vida indómita y salvaje que fue parte de sí mismo, parecía haber
acumulado la furia de los elementos en contra suya para iluminarle en sus
últimos instantes y hacer que muriera arrepentido.
El Dios a quien
ella imploraba y la naturaleza que él conocía se habían unido para vencerle.
Ante el primero, sólo podía temblar con el pavor que inspira lo desconocido…,
lo que se encuentra cuando va es demasiado tarde. Pero la Naturaleza había
vivido en ella y ahora daba la bienvenida a sus furores.
El trueno se impuso
a los demás ruidos terrenales y la roja luz de los relámpagos descubría la
pavorosa negrura del cielo y de la espectral garganta. El firmamento parecía
próximo a deshacerse en agua, un diluvio batía las movedizas peñas y ningún
ruido lograba hacerse oír entre el continuo retumbar del trueno y el aguacero.
Jim estrechó aun
más a Elena entre sus brazos. Su temple era bueno, pero parecía inconsciente o
sumido en un sopor, del que no lograba despertar. Ahora, que se desplomara
sobre ellos la bóveda de los cielos, va que los elementos se habían conjurado
para labrar el sepulcro a dos desvalidos seres humanos. Aún subsistía en Jim el
temor que despertó en su pecho el que Elena se diera cuenta de su heroísmo y de
su amor, pero iba disminuyendo a medida que veía más inmediato el cataclismo.
Éste era el apogeo
de la tormenta que desde días atrás venía amenazando. En la desierta planicie
hubiera sido peligroso para los viajeros; aquí era la catástrofe segura. Tim no
esperaba vivir lo bastante para ver su término. Pero vivió para darse cuenta de
que toda la garganta se había transformado en un río. La cascada adquirió una
potencia que sus bramidos eran una prolongación de los truenos. Durante un rato
lo dominó todo, hasta que los miles de engrosadas corrientes cayendo de arriba
sobre las peñas hicieron tal estruendo, que por poco ensordecieron a Jim.
Una cortina de agua
desprendida de la roca, bajo la que se guarecían los fugitivos, privó a Jim de
seguir viendo la opaca oscuridad. De un momento a otro, la inundación invadiría
el medio deshecho camino, y entonces proponíase Jim, sin soltara su adorada,
trepar peñas arriba, dejarse escurrir por resbaladizas vertientes, en una
palabra: combatir hasta el último instante.
Pero a medida que
transcurrieron las horas, cambiaba la situación. Las aguas no invadieron los
restos del camino. Dejó de caer agua de la peña y los ojos de Jim vieron
nuevamente la oscuridad. Aún seguía oyendo los aludes, el choque de las enormes
piedras que rodaban, la furiosa corriente de abajo y el bramar de la cascada.
Mas llegó un momento en que todos los ruidos, con asombro de Jim, que creía
soñar, fueron perdiendo intensidad, disminuyendo y, por último, cesaron; menos
el murmullo del torrente de abajo, que empezó a hacerse irregular, con
intervalos de silencio, seguidos de furioso gorgoteo. Por fin, comprendió Jim
que se trataba de una impetuosa corriente que arrastraba grandes cantidades de
arena que a veces la cegaban. Largo tiempo permaneció escuchando la gradual
disminución de estos sonidos.
Los torrentes
dejaron de fluir, las capas de cascajo cesaron de caer, los peñascos se
afirmaron en su base y la cascada pasó del fragor del trueno a un bronco rugido
y de éste a un suave murmullo. La Naturaleza parecía agotada por los esfuerzos
que le había costado la pasada tempestad… Y aún quedaba intacta aquella parte
de la montaña, con sus fugitivos átomos de carne y alma.
A Jim le pareció
que veía estrellas, y que una tenue luz infiltrándose en las sombras empezaba a
cambiar lo negro en gris. ¿Estaría próximo el amanecer…? ¿Los habría indultado
la muerte? El gorgoteo del torrente de abajo iba confundiéndose con el lejano
murmullo del Diablo Sucio. Jim permaneció inmóvil, mirando las espectrales
formas de la pared opuesta, y con la cabeza llena de pensamientos que nunca
existieron antes en su conturbado cerebro.
Pero el cielo iba
poniéndose gris, la garganta íbase perfilando en las sombras, y aquel lugar,
horas antes ruidoso cual infernal aquelarre, estaba ahora silencioso como una
tumba.
Por último hubo de
aceptar Jim la existencia de un maravilloso fenómeno… La aurora empezaba a
lucir sus galas. El joven separóse con suavidad de Elena, que seguía durmiendo.
Tenía el cuerpo dolorido y sentía violentos calambres en las coyunturas. La
grisácea luz del alba permitía distinguir los objetos. No alcanzaba él a ver el
extremo opuesto de la garganta donde caía la cascada, pero el silencio permitía
colegir que ésta no era más que producto de las aguas sobrantes de las lluvias
y que había cesado de correr. En el fondo, se veía la fina arena del cauce, sin
un solo charco. A la orilla, los caballos seguían esperando pacientemente,
menos el bayo, que olfateaba el suelo en busca de unas briznas de hierba que no
existían en aquella estéril tierra. El gran talud seguía siendo el mismo y, sin
embargo, algo en él inducía a creer que estaba condenado a una próxima y total
destrucción.
La salida del sol
encontró a Jim marchando por un torrente rocoso, a varias millas del lugar en
que se desarrollaran las escenas de la espantosa noche. Continuaba dejándose
guiar por el caballo delantero.
El cielo era azul;
el sol, brillante y cálido, teñía de oro la cima del alto picacho que Jim creía
haber visto antes. Ahora parecía muy cercano; sobresaliendo por encima de una
cordillera de montañas pardas y amarillas, Jim seguía llevando a Elena sobre su
caballo. La pobre muchacha había recobrado el conocimiento, pero sin fuerzas
para hablar ni moverse, dejábase llevar con los ojos fijos en su salvador.
Era indudable que
allí había existido antes un camino, como lo probaba la depresión central de
aquella pedregosa tierra. Cuando Jim acabó de subir el declive, desarrollóse
ante sus ojos un sorprendente y maravilloso panorama.
—¡El Valle Azul!
—exclamó.
A sus pies se
extendía un valle estrecho, formando curva, poblado de sauces y algodoneros,
todo él verde como las esmeraldas, que en la lejanía tomaba un matiz azulado,
bajo los rayos del ardiente sol. El Diablo Sucio lo atravesaba cual brillante
cinta color de ámbar. En el término opuesto del valle, que Jim no alcanzaba a
distinguir, sonaba un sordo murmullo que delataba la existencia de un salto de
agua.
—¡El Valle Azul!
¡Elena…! Ya estamos fuera del peligroso laberinto… ¡Salvados! Por aquí viven
mormones.
Ella le ovó y su
sonrisa probaba su alegría más por él que por ella… En su actual estado de
postración, todo le era indiferente.
No había señal de
vivienda, pero Jim sabía que aquello era el Valle Azul. Tendría unas quince
millas de largo y era probable que las haciendas estuvieran situadas a la
entrada, donde había más facilidades para regar la tierra. ¿Cómo podrían seres
humanos, aunque fueran exploradores mormones, utilizar las aguas de aquel
infernal río?
La impresionante
belleza de ese perdido valle se apoderó de Jim inmediatamente. Parecía una
ondulosa joya colocada entre estériles colinas de jaspe y pórfido y abigarrados
mosaicos formados por la base de los montes, que se alejaban hacia la
izquierda, ramblas de esculpidas rocas, terraplenes de oscura arcilla y húmedas
dunas. El colosal picacho de roca bañado por la luz del sol dominaba el paisaje
por el Oeste, escueto y magnífico en su aislamiento, cual asombroso gigante
rodeado de enanos.
Jim siguió a los
caballos de carga por la senda de bajada, cubierta de lodo. En el valle
abundaba la vegetación, además de los hermosos algodoneros. Los girasoles
ardían como ígneos discos de oro entre el verde follaje. Los sauces bordeaban
praderas cubiertas de hierba, profusamente salpicadas por margaritas, amapolas
y otras flores campestres. A cada paso se hundían las patas de los caballos
para salir arrastrando un pan de fango.
A mediodía pasaron
por delante de algunas chozas abandonadas. No parecían viejas, aunque
seguramente no eran muy nuevas. ¿Estaría completamente abandonado el Valle
Azul…? Jim creía lo contrario, pero al descubrir una rústica iglesia sin
cristales y con evidentes indicios de abandono, sintió que se le oprimía el
corazón; Elena necesitaba descanso, cuidado, alimento… Él estaba al cabo de sus
recursos.
Una hora más tarde
pasaron ante una amplia barraca construida con troncos y piedras, inmediata a
una cueva abierta en la montaña. Allí había vivido gente, pero mucho tiempo
atrás. Algunas botas viejas y destrozados zapatitos de niño, junto a los restos
de un carro, y una máquina de coser rota, atestiguaban, con melancólica
elocuencia, que allí había habitado una familia.
Desvanecíase la
última esperanza de Jim. Aún estaban lejos de la entrada del valle, mas parecía
que va habían dejado atrás la zona habitada. La tarde avanzaba, los caballos
seguían chapoteando en el lodo, cada vez más despacio, cansados hasta el
agotamiento, y Elena era un cuerpo muerto entre sus brazos. A punto estaba el
heroico mozo de entregarse a la desesperación, cuando al doblar una esquina,
frente a la ladera y un bosquecillo de algodoneros, encontróse ante un vasto
espacio de tierra labrada, que tenía al fondo una casa de madera, cuya chimenea
arrojaba azulada nube de humo.
Detrás de esta
halagüeña transformación del paisaje, erguíase el colosal picacho con su cresta
señalando al cielo, viendo en ello Jim, un significativo símbolo.
Los caballos
salieron trabajosamente del terreno fangoso para tomar otra senda más alta,
pero Jim dirigió el bayo hacia la casa. Jamás le causó tan inmensa alegría el
oler humo, el ver un jardín y el oír ladrar un perro. Sus siempre perspicaces
ojos descubrieron un hombre que también debía haberlos visto, pues salió del
portal empuñando el rifle. Jim detuvo el caballo junto a la cerrada empalizada.
Abundaban las flores ante la casa y la puerta de ésta estaba sombreada por una
parra, lo que descubría que allí trabajaban manos femeninas. Inmediata a la
puerta había una cama.
—¡Buenas tardes!
—gritó Jim a tiempo que se apeaba cuidadosamente, sosteniendo con ambas manos a
Elena.
—¡Buenas tardes!,
contestó el hombre mirando a los jóvenes con curiosidad exenta de malevolencia,
y mientras Jim empujaba la puerta con el pie, el habitante del Valle Azul dejó
el rifle junto a la pared y llamó a alguien.
Lo primero que hizo
Jim fue correr hacia la cama y dejar en ella a Elena, quien, harto débil para
hablar, le dio las gracias con una sonrisa. Entonces se enderezó Wall para
mirar al hombre. Amigo o enemigo, tanto le importaba; tenía la certeza de que
sabría obligarle a prestar a Elena los cuidados que le eran necesarios. Sabía
cómo tratar a los hombres. Su perspicaz mirada, aguzada por las circunstancias,
cayó sobre un sujeto robusto, de mediana edad, característico modelo del colono
mormón, de faz serena y barbuda. Jim no tuvo más que mirar en sus bondadosos
ojos azules para estar seguro de que el hombre, fuese quien fuera, jamás había
oído nada del rapto de la hermana de Herrick.
—Muy bien venido,
forastero…
—Mi nombre es Wall
—dijo Jim en respuesta al saludo.
—El mío Tasker… ¿De
dónde venís?
—De Durango… Mi
esposa y yo nos hemos perdido… A ella le han faltado las fuerzas… y temo que
esté enferma.
—Mala cara tiene…
Pero el Señor es misericordioso… y tal vez sólo esté fatigada.
—¿Qué sitio es
éste?
—El Valle Azul.
—Y ¿dónde está el
Valle Azul?
—A sesenta millas
de Torrey.
—¿Torrey…? Nunca he
oído hablar de ese sitio.
—Es una colonia mormónica.
Yo me he establecido aquí, pero pronto habré de abandonar todo esto. Es inútil
tratar de vencer a ese Diablo Sucio. Hace unos cinco años, más de ochenta
familias vivían en este valle… El Valle Azul tiene su historia, amigo…
—Y yo tendré mucho
gusto en oírla —interrumpió Jim—. Por el momento necesito ayuda… ¿Puede
prestármela? Traigo dinero suficiente para pagar…
—Ya he dicho que
sois bien venidos…, y guarda tu dinero. Yo y mi familia no pedimos nada por
ayudar a quien lo necesita.
—Muchas gracias
—dijo apresuradamente Jim—. ¿Quiere llamar a su esposa, para que se encargue
de… mi… mujer?
Elena, que seguía
mirando a Jim con sus estáticos ojos, preguntó con voz desmayada:
¿Marcha todo bien?
—Sí… Si así puede
llamarse el encontrar alojamiento, comida y amigos —dijo bondadosamente el
mormón. Y acercándose a la puerta gritó—: ¡Mary…! El jinete no viene solo… Trae
a su esposa… Los dos se han perdido en los peñascales del Diablo Sucio… Tenemos
que cuidarlos.
XVIII
Aquella noche,
después que los hospitalarios mormones aseguraron a Jim que Elena sólo estaba
rendida por el cansancio, y ella corroboró esta afirmación con una sonrisa,
éste se fue a dormir bajo los algodoneros y no se movió en diecisiete horas.
Cuando despertó, le
pareció entrar en un mundo transfigurado; el Diablo Sucio había cesado de
gruñir y la puesta del sol teñía el paisaje de matices que parecían
supraterrenales. Jim se prometió el deleite de trepar a una altura que le
permitiera contemplar el arrogante centinela que le había servido de guía. Aún
había algo más. Algo que él mismo no acertaba a expresar, relacionado con la
metamorfosis moral que sufrió cuando la furiosa tormenta estaba en su período
culminante. Ahora respiraba tranquilo, libre de los lazos de un pasado que
jamás volvería.
A la hora de cenar,
el piadoso mormón inclinó la cabeza rezando con fervor:
—¡El Señor bendiga
nuestra mesa, y extienda sus bendiciones al forastero que hoy se sienta a ella,
dándoles salud a él y a su esposa y un feliz viaje de regreso! ¡En tu Santo
nombre, Amén!
Aquella noche supo
Jim la triste historia del Valle Azul, y la efímera conquista del Diablo Sucio.
Como circunstancia singular y digna de llamar la atención, le dijeron que la
lejana colonia fue siempre respetada por los bandidos y cuatreros de Utah, y que
los jinetes que pasaron por ella, en sus días florecientes, no dejaron tras sí
más que gratos recuerdos. El mormón, acostumbrado a la soledad, y sociable por
naturaleza, estuvo tan comunicativo, que Jim, al acostarse, ya conocía la ruta
que les convenía tomar.
Al día siguiente se
levantó Elena, y aunque débil e insegura, su aspecto auguraba un rápido
restablecimiento. Sus grandes ojos se clavaban en Jim, observándole en
silencio. Le seguían en sus paseos por la orilla del río y bajo los
algodoneros, como los girasoles siguen el astro del día.
Jim no se alejaba
nunca de la vivienda, por muchos que fueron sus deseos de trepar a la peña
negra. Los mormones le designaban con el nombre de «monte de carbón», pues de
él extraían todo el combustible que necesitaban. Las vetas de carbón le daban
aquel extraño color oscuro. Ni una mata, ni una simple brizna de hierba crecía
en la solitaria montaña, que parecía imagen de la muerte. Ni aun las águilas
querían anidar en ella.
A la marina
siguiente, en tanto que las mujeres trabajaban en la casa y Tasker recorría las
plantaciones, acercóse Jim a Elena, que estaba bajo la parra del pórtico
balanceándose en una mecedora de construcción rústica.
Podía considerarse
como un milagro lo mucho que había mejorado en tan corto plazo. Sus hermosos
cabellos brillaban como luminosa corona de oro.
—Tiene usted un
aspecto inmejorable esta mañana —dijo él—. Será preciso pensar en alejarse de
este agradable lugar de descanso.
—Por mí, podemos
ponernos en camino en seguida —apresuróse a contestar ella.
—No hay que pedir
demasiado. Ya veremos mañana. Entonces si nos acompaña la suerte, en tres días
podrá estar usted en su casa… En cuanto a mí… —interrumpióse con tan evidente
depresión, que ella sintió empañada su vivísima alegría por una nube de tristeza.
—¿No volverá usted
a… su antigua vida? —preguntó ella palpitante de interés.
—¡Nunca, así Dios
me ayude…!, y esto, a usted sola se lo debo. Elena… Aún podré ser feliz… pero
basta de mí… Recobra usted las fuerzas por momentos y… está más hermosa que
nunca… Pero aún estamos en el desierto de Utah, con sus extraños misterios, sus
canales subterráneos… y su maldito Diablo Sucio… He convenido con Tasker en que
engancharemos dos caballos al más ligero de sus carros; tomando la carretera,
no tardará en llegar a Gran Unión.
Callóse Jim y Elena
separó las manos del rostro, dejando ver sus ojos húmedos de lágrimas, y con
una mirada que hizo huir a Jim.
—¡Espere usted…!
¡Por favor! —gritó ella mientras su salvador, a paso largo, iba hacia la
empalizada. Pero no se detuvo ni volvió… Todo lo podía soportar, menos ser
objeto de lástima para ella.
Esta vez se
encaminó a la solitaria montaña que se había prometido visitar. Tuvo que vadear
la profunda corriente que atravesaba el valle… Se encontró con que el gigante
negro estaba más lejos y era más alto de lo que le pareció desde la vivienda.
Lo que él tomó por cima, sólo era el rocoso borde desde el que se alzaba una
loma que subía gradualmente, hasta terminar en puntiaguda mole de piedra.
Por fin, con la
respiración fatigosa y cubierto de sudor, logró trasponer el peligroso reborde
para quedar suspenso por la vista que tenía delante.
Los salvajes
peñascales, la misteriosa región de los escarpados cañones y desfiladeros, de
matices liláceos, teniendo por fondo las formidables y negras montañas Henry,
componían un panorama de imponderable y siniestra grandiosidad.
Mucho más lejos
elevábase la especie de colosal pirámide que tanto le obsesionó desde lejos, y
de la que sólo había visto la parte superior. Aquel gigante solitario producía
un efecto indescriptible. Jim se había pasado días y semanas enteras
contemplándole en la forzada ociosidad de los tristísimos tiempos de la
guarida. Para él significaba entonces no sólo la libertad, sino lo
inalcanzable. Y ahora no sólo disfrutaba de la primera, sino también de algo
que simbólicamente había alcanzado. Desde la base de la montaña en que estaba,
extendíanse abismos, de leguas de anchura, que iban a parar a aquel fenómeno de
la Naturaleza, situado en el centro de una vasta planicie despojada de
vegetación, y en la que un suelo pedregoso y engañador a la vista iba estrechándose
durante millas y millas, hasta formar las primeras estribaciones en la base del
inverosímil monumento natural.
Tan portentosa
creación, fuese de la Naturaleza o del Todopoderoso, recordaba a Jim su propia
vida, soberbia, estéril y solitaria, destinada a desmoronarse un día, sin dejar
nada tras de sí.
Pero algo en su
interior le decía que él era más que aquella absurda aglomeración de rocas. Él
tenía un corazón, un cerebro, una voluntad y un alma; era una criatura
consciente, y había logrado desprenderse de lo que le sujetaba al abismo, y
elevarse gracias a un amor de una magnitud desconocida hasta para muchos
hombres mejores que él.
Cuando regresó, ya
era tarde; la luna brillaba en todo su esplendor, y los Tasker se habían
retirado a disfrutar del merecido descanso. Oyó Jim que le llamaban por su
nombre, y suavemente, sin ruido, acercóse a la cama de Elena, que le dijo en
voz muy baja:
—No volvió usted…
aunque le llamé… y no podía dormir… Tengo que decirle… algo importante…
Él, sin contestar,
sentóse sobre el mismo lecho, y cogió entre sus manos la que le tendía Elena,
mirando el blanco rostro con los fascinadores ojos de amatista.
—¿Es su verdadero
nombre Jim Wall? —preguntó ella.
—No. Si quiere
usted, le diré cómo me llamo.
—¿Es usted libre?
—¿Libre? ¿Qué
quiere usted decir…? Sí, naturalmente… soy libre.
—Me ha presentado
usted como su esposa… a esta buena gente.
Me pareció lo
mejor… para evitar malas interpretaciones.
—Sí… ya comprendo…
y me ha parecido muy bien. Pero lo que yo quería decirle, es que deseo vuelva
usted al Rancho de la Estrella conmigo.
—¿Me pide usted
que… vuelva…? —preguntó él con tono de incredulidad.
—Sí eso mismo es lo
que pido.
—Pero si no es
necesario… Si aquí se encargarán de que llegue bien a Gran Unión… Está usted
completamente segura…
—Puede ser… Pero yo
nunca más me encontraré segura en Utah, a menos que esté usted a mi lado. He
tenido demasiado miedo, Jim… Quizá una de sus muchachas americanas hubiera
soportado mejor la aventura… Pero para ser mi primera experiencia en estas
tierras, convengamos en que ha sido un poco fuerte.
—Yo no puedo volver
al Rancho de la Estrella —dijo Jim gravemente, tras corta vacilación.
—¿Por qué no…?
¿Porque es usted, o mejor dicho, era miembro de una banda de ladrones…? ¡Bah…!
Entre mis antepasados, hay un ladrón que también robaba. Ser ladrón no es tanta
deshonra como usted supone… cuando el ladrón es noble y grande… como usted.
—No es ésa la única
razón.
—Pues, ¿cuál otra
hay?
—Si la dejo a
usted, después de haberla puesto en buenas manos, podré irme en paz a Arizona u
otro Estado, volver a mi antigua profesión de cowboy y ser feliz con el
recuerdo de haberla servido y de que el amor que le tengo me haya dado fuerzas
para renunciar a la mala vida. Pero si vuelvo al Rancho de la Estrella, y la
veo cada día y… y…
—Y damos largos
paseos a caballo —insinuó ella.
—Y damos largos
paseos a caballo —repitió él con voz ahogada—. Eso, como decía usted antes,
será un poco fuerte para mí… Será inaguantable… y después de todo, yo no soy
más que un hombre.
—Los corazones
cobardes no agradan a las mujeres —dijo ella retirando la mano y volviendo el
rostro, y en tono aún más bajo añadió—: Yo, en su lugar, me arriesgaría a ello.
Jim abarcó de una
mirada el correcto perfil, los entornados ojos, el ondulado cabello, al que la
luna daba tonos de platino, y, con el corazón destrozado, se alejó en silencio.
XIX
Antes de amanecer,
ya había adquirido Jim el convencimiento de que el paraíso que le ofrecía
Elena, no era más que la gratitud de una mujer generosa. Además, aún no había
recobrado su perfecto equilibrio… Sería infame el aprovecharse de las
circunstancias… Para su tranquilidad, la acompañaría al Rancho de la Estrella,
cuidando de no abordar de nuevo ese peligroso e imposible tema, y cuando la
hubiera dejado en su casa, se alejaría en la misma noche, para que el silencio
fuera su despedida.
Al salir el sol,
Jim puso en conocimiento de Tasker su deseo de partir para Torrey, siempre que
Elena estuviera en disposición de aguantar el viaje.
—Creo lo más
prudente que yo os acompañe por la orilla del Pantano Grande hasta Torrey
—propuso el mormón.
Esto complació en
extremo a Jim. Un día entero, con su cambio de escenas y variedades de
incidentes, más la compañía del bondadoso colono, le haría más tolerable el
cumplimiento del deber que se había impuesto.
Durante el almuerzo
y la agitación de los preparativos de marcha, Jim estaba seguro de que Elena le
observaba, encontrando algo extraño en él, y no se atrevía a soportar la mirada
de sus pensativos ojos.
Pronto emprendieron
el camino. Elena, cómodamente instalada en los asientos de detrás, y los dos
hombres en el pescante.
El mormón era
comunicativo, y completó la historia del Valle Azul con otras narraciones
relativas a la región. El Pantano Grande era una hendidura que partía un ele
vado risco de rojizas piedras, y el camino, el cauce de una rápida y fangosa
corriente. Hacia el fin, el paraje se transformaba en amplio y espléndido
cañón.
Un ranchero mormón,
a la puerta de cuya vivienda detuvo los caballos Tasker, invitó a los viajeros
a pasar la noche en su casa; a la mañana siguiente podrían tomar la ruta de
Gran Unión, y aun llegar a ella mediante una larga jornada. Jim aceptó la invitación
y el consejo.
Al salir el sol, el
buen mormón se despidió de sus huéspedes, deseándoles feliz viaje.
—Muchísimas gracias
por todo, señor Tasker —dijo Elena—. Tendré muy presente sus bondadosas
atenciones… Pero quisiera recobrar los caballos que Jim ha dejado en su casa,
dándole, por supuesto, su importe.
—Yo se los llevaré
a usted, si quiere decirme dónde.
—Al Rancho de la
Estrella… Al Norte de Gran Unión.
—Ya he oído hablar
de él… Bueno; pues uno de estos días nos veremos por allí.
—No debía usted
haberle pedido que llevara los caballos, Elena —dijo Jim en tono de reproche—.
Ahora se enterará de que he mentido.
—¿Mentir usted…?
¿Por qué?
—Le dije a Tasker
que era usted mi esposa.
—¡Ah…! ¿No es más
que eso? —replicó ella riendo y con las mejillas cubiertas de rubor—. Ya se
explicará satisfactoriamente si es necesario… Pero ¡mire usted…! ¡Qué
maravilloso país…! ¡No…! Jamás me marcharé de esta tierra.
Entre sustos,
estremecimientos y congojas, Jim llevó a buen término la prolongada jornada, y
antes de anochecer llegaron a Gran Unión, sin que le pareciera demasiado pronto
al pobre enamorado.
Hizo entrar a Elena
en una pequeña hostería, antes de que fuera reconocida; entregó el cansado
tronco al mozo de cuadra, y no se atrevía a entrar en el comedor ni en el
salón, por temor a tropezar con amigos de Hays. Ya era tarde cuando bajó a
cenar, después de haberse afeitado y vestido ropa limpia.
Con sorpresa por su
parte, encontró a Elena radiante:
—¿Qué dirá usted
que ha hecho Bernie?
—¿Bernie? —repitió
Jim.
—Sí, mi hermano… La
posadera me lo ha dicho… Jim, tiene usted diez mil dólares a su disposición.
—¡Yo…! ¿Qué está
usted diciendo?
—Lo que oye… Bernie
los ha ofrecido al que me traiga a casa sana y salva.
—No tocaré ni uno
solo —replicó él en tono sombrío.
—Eso mismo haría yo
—exclamó Elena impetuosamente—. No es la mitad ni la cuarta parte de lo que
usted merece.
—Ya sabe usted que
no aceptaré dinero —replicó él con altivez.
—Entonces, ¿qué es
lo que usted quiere, Jim? —inquirió ella con tentadora dulzura—. Pero dejemos
eso… por ahora. Escuche… Bernie ha puesto en movimiento la región entera. Ha
encargado de mi busca a todos los jinetes de la comarca… También descubrió los
sitios en que Hays había vendido el ganado, y ha obligado a los compradores a
devolverle todas las cabezas que compraron, al precio que las pagaron, si no
querían comparecer ante el tribunal de Lago Salado.
—Las noticias no
pueden ser mejores, y esa energía contribuirá a terminar con el robo de ganado,
al menos en grandes partidas… ¿Ha oído usted si fue grave la herida de su
hermano?
—No ha dicho nada
sobre eso…, pero no debió serlo, porque Bernie ha estado aquí. ¿Y… usted? ¿No
cena? ¡Oh…! Esta noche no podré dormir… ¿Qué le diré a Bernie?
Jim dejó la
pregunta sin respuesta, y deseando distraer la atención de Elena, le recordó
que aún les quedaban cincuenta millas por recorrer.
—Necesita usted
tomar nuevas fuerzas —concluyó él—. Es preciso que coma y beba. Acuéstese
temprano, porque saldremos antes de amanecer.
Cada instante del
día siguiente trajo una alegría y una angustia para Jim: Le pareció tan corto
cuan largo fue el anterior. Elena estaba alternativamente alegre, triste,
pensativa y locuaz, pero ni una sola vez abordó el tema que tantas fatigas
costaba a Jim.
Sucedió que, al
llegar a la cima de la carretera que después baja hasta el Rancho de la
Estrella, salía el sol de entre celajes de grana, alumbrando la meseta del
Caballo Salvaje, y los desfiladeros de los peñascos del Diablo Sucio. Jim juzgó
del efecto que su siniestra belleza causaba sobre su compañera, por el súbito
silencio de ésta.
No volvió a
pronunciar una palabra hasta que el joven detuvo los caballos frente al portal
de la hermosa vivienda.
—¡Mi casa! —murmuró
Elena, como si no hubiera esperado volver a verla.
Al ruido de
caballos salió Bernie.
—¡Por Júpiter…! ¿Ya
estás aquí? —dijo tan tranquilo como si viniera su hermana de hacer una visita
en la próxima aldea.
—Sí, Bernie, ya
estoy aquí… gracias a mi caballero escolta —dijo Elena.
Jim ayudó a bajar a
ésta, mientras varios cowboys acudían silbando, para llamar a los demás.
—Voy a llevar los
caballos a la cuadra —apresuróse decir Jim.
—Usted viene con
nosotros —replicó el amo sacudiendo vigorosamente la mano del salvador de su
hermana. Abraza a ésta y, cogiéndola por la cintura, la condujo a casa. Jim,
deliberadamente, se detuvo más de lo necesario para recoger el escaso y
destrozado equipaje de Elena, que llevó al salón.
Cuando los tres
estuvieron allí, dijo la joven:
—Jim, cenará usted
con nosotros… Ahora le dejo con Bernie… ¡Ay…! ¡Con qué gusto me voy a dar un
baño y a cambiar de ropa!, —y salió corriendo.
—Venga usted acá,
Jim Wall, sanguinario y certero tirador —dijo el inglés sentándose.
—Ése no es mi
verdadero nombre —replicó apresuradamente el interpelado.
—¡Al infierno con
eso!, como dicen por aquí, Jim, vamos a beber algo.
Con mano que la
emoción hacía temblar, Herrick sirvió un licor rojo y, después de apurar las
copas, volvió a llenarlas, diciendo:
—Elena ha podido
contarme muy poco. Hays la secuestré para obtener rescate, metiéndola en un
maldito agujero en los peñascales, al que dieron el nombre de guarida de
ladrones. Allí la tuvo cautiva, y la habría deshonrado sin la intervención de
usted. Los ladrones jugaban con mi dinero y peleaban irnos con otros… Fueron
descubiertos por Heeseman y su tropa; hubo batalla campal; que terminó matando
usted a Hays. Después ha traído usted a Elena… Éste es el resumen de la
historia, pero yo quiero conocer los detalles.
—Traigo todo el
dinero casi hasta el último dólar —anunció Jim.
El inglés, con un
ademán, indicó la poca importancia que daba a eso, e insistió en saber
circunstancialmente lo ocurrido. Terminado el relato, Herrick dijo con voz
ronca:
—Apuremos una
copa…, apuremos dos…
—Por regla general,
no bebo; pero la ocasión es verdaderamente excepcional… ¡A su salud, Herrick…;
y por la dicha y bienestar de su hermana en Utah!
Revistiéndose el
joven inglés de cierta gravedad, dijo:
—Elena me ha pedido
que le conserve a usted en el rancho… Supongo que la débacle[2] de Hays no es
motivo para que nos abandone.
—Mi permanencia
aquí es de todo punto imposible —respondió brevemente Jim—. Pero le agradezco
su bondad.
—Estoy dispuesto a
confiar a usted la dirección del rancho…, a interesarle en las ganancias…
—Por favor…, no
trate usted de quebrantar mi decisión… No puedo quedarme… Es muy duro de
confesar…, pero he tenido el atrevimiento, la insensatez de enamorarme como un
loco de su hermana… No lo he podido remediar… Pero quiero que sepa usted que
esta pasión me ha hecho dejar el mal camino que llevaba… Me iré muy lejos, y
emprenderé vida nueva.
—¡Por Júpiter…! ¿Es
ésa toda la dificultad…? ¿Conoce Elena sus sentimientos?
Sí…, se lo he
tenido que decir… después de pedirme que la acompañara hasta aquí. Yo no
quería… Pero dijo que no se encontraba segura sin mí.
—No la reprocho… y
yo también me encuentro más seguro si está usted entre nosotros… Ese maldito
Hays me estampó su marca de fábrica… ¿La ve usted…? ¡Mil truenos…! Wall…, le
comprendo a usted y declaro que es un hombre que merece toda mi consideración y
simpatía… ¿No podríamos llegar a un acuerdo?
—No es posible,
Herrick.
—Elena está muy
acostumbrada a hacer siempre su santísima voluntad…, y si se le ha metido en la
mollera que se quede usted, de antemano le advierto que se quedará… ¿Hay alguna
razón que en conciencia le impida el permanecer entre nosotros…, dejando aparte
su amor a Elena?
—Usted mismo lo
juzgará —y Jim hizo un sincero resumen de la historia de su vida.
—¡Lléveme el
diablo…! ¡Interesantísima biografía…! ¡Brindemos a su salud!
—¡Vaya por otra
copa! —asintió Jim sintiendo que se había quitado un peso de encima. Sin que él
mismo acertara a saber por qué, anhelaba presentarse tal cual era a la vista de
aquel original inglés.
—¡Dios me condene
si no le he tomado afición a este país y a sus hombres! —exclamó Bernie—. Lo
que Elena disponga, lo apruebo, desde luego… En confianza…, no entiendo su
insistencia en que usted se quede…, a menos que participe de sus sentimientos.
—¿Está usted loco,
Herrick…? ¡Semejante suposición es inconcebible…! Después de los horrores que
ha pasado, no se debe tomar en serio lo que diga… Todo ello no es más que la
expresión de su gratitud.
—Ustedes se
entenderán… Bebamos otro sorbo.
Largo rato paseó
Jim aquella noche bajo los pinos, envuelto en las sombras, que ni aun las
estrellas querían disipar. Por primera vez desde hacía muchos años sentíase
contento de sí mismo, casi feliz. ¿Quién era él, para que Dios le hubiera
deparado la ocasión no sólo de hacer el bien, sino de elevarse del profundo
abismo a que estaba condenado? Inmensa era su gratitud hacia aquella mujer que
le había dado ánimos para cambiar de vida.
El orden estaba
restablecido. No era probable que en lo sucesivo ningún peligro amenazara a los
hermanos Herrick. Golpes de mano como el de Hank Hays nunca se repetían en el
mismo sitio. Jim se creía obligado a dar al inglés algunos enérgicos consejos,
relacionados con la dirección del rancho. Por el momento, se concedía el placer
de soñar qué maravillosa y productiva finca habría podido hacer él de aquellos
vastos terrenos, si las circunstancias le hubieran permitido aceptar las
proposiciones de Herrick. En cuanto a su persona y futuro, experimentaba un
singular optimismo. Ningún trabajo, por duro que fuese, podría disminuir la
gloria de soñar con lo que era completamente suyo. La mayoría de los seres
humanos pasan por el mundo sin vivir; algunos viven bien o mal, pero a muy
pocos les es dado vivir algún hecho extraordinario suficiente para llenar el
resto de la existencia.
El campo estaba
tranquilo. En la casa principal todo parecía dormir.
Jim aguzó el oído
para captar los antiguos y familiares ruidos de la noche, pero sólo llegó a
ellos el murmullo del aire entre los pinos, cuyas agujas, como las hojas del
tiemblo, nunca estaban quietas. Por último, dirigió los pasos Jim al cuarto que
le habían destinado, y habiendo extendido sus facultades mentales y físicas
hasta su límite, apenas cayó en la cama, quedóse profundamente dormido.
Al despertar, tuvo
la impresión de que durante el sueño se había decidido su suerte. De todos
modos, aquél sería el último día que pasara en el Rancho de la Estrella… Aunque
se tuviera que marchar a pie.
Mientras se vestía,
sus pensamientos volaron hacia Elena. Su recuerdo sería el constante compañero
de su vida… ¡Qué hermosísima e incomprensible mujer era aquélla…! A la cena de
la noche anterior, se había presentado con un vaporoso vestido blanco, tan soberanamente
bella, que él casi no la reconoció. Ni con una palabra, ni aun con un suspiro,
aludió al incidente de la guarida de ladrones. ¿Cómo podía esta muchacha
ocultar emociones demasiado recientes para que el tiempo las hubiera borrado? Y
Jim rendía fervoroso homenaje a la fuerza de voluntad de la muchacha. Tan
pronto como aquellos dos hermanos se compenetraran con el Oeste, lo mejorarían
con su trabajo y condiciones de carácter.
Elena acudió a
almorzar ataviada con el mismo traje de montar que vestía en la nunca olvidada
mañana de su último paseo a caballo. Estaba serena, fresca y dulce, pero sus
ojos despedían audaces miradas. La impresión que sacudió el cuerpo de Jim con
prolongado estremecimiento estuvo a punto de causarle un desmayo.
—¡Por Júpiter!
—exclamó Herrick al verla—. Yo, en tu lugar, no me atrevería a volver a montar
a caballo.
Jim la saludó con
una inclinación… No podía hablar, pero sus miradas expresaban su asombro y
admiración.
—Vuelvo a tomar mi
vida de campo donde la dejé…, sin perjuicio de las tristes experiencias adquiridas
—dijo ella sentándose—. Bernie…, tenemos que sustituir al caballo bayo de Jim.
¿Cuál podría tomar?
—El que mejor le
parezca… No faltan en la cuadra buenos ejemplares.
—A propósito, Jim,
pronto nos traerán los caballos, pues dije a Tasker que nos siguiera de cerca.
Siempre conservaré al tordo. ¡Nada menos que el caballo de un ladrón…! Quizá
mañana mismo llegue Tasker.
A Jim le pareció
que la tierra se abría bajo sus pies…, pero tomando un tono de indiferencia
contestó:
—Pensaba marcharme
hoy mismo, pero, siendo así me esperaré hasta mañana… El bayo es una alhaja, y
sentiría separarme de él.
—¿Tan pronto?
—preguntó Elena clavando en Jim la mirada de sus enigmáticos ojos.
—Está usted en su
casa…, rodeada de cuidados y atenciones…, y yo… debo seguir mi camino. —Estas
frías palabras le costaron un verdadero esfuerzo al hombre cuyo corazón era un
volcán.
—Bernie, ¿no puedes
convencer a Jim para que se quede? —preguntó ella.
Herrick encogióse
de hombros con ademán de impotencia y siguió almorzando. Elena, sonriendo, dio
a Jim la siguiente explicación:
—Mi hermano
consiente en que yo tome parte en esta empresa agrícola; yo quisiera que fuese
productiva, y se me ha metido en la cabeza que sin usted será muy difícil, si
no imposible.
—¿Por qué ha de
serlo? —respondió forzadamente Jim. Levantóse ella diciendo:
—Vamos a montar…
discutiremos mejor en el campo… ¿Vienes con nosotros, Bernie?
—No, gracias… Tengo
que ver dónde meto ese montón de dinero que ha traído Wall —contestó Herrick; y
al disponerse Jim a seguir a Elena, le detuvo para decirle—: Wall, mucho
cuidado con los secuestradores.
—¿Qué habrá querido
decirme con eso? —preguntó el caballista, mientras bajaban la escalinata del
pórtico.
—Bernie tiene muy
buen humor —dijo Elena riendo—, y me parece que sus últimas palabras son un
consejo para que yo pruebe el sistema de Hank Hays con usted… Escúcheme, Jim…,
dejando aparte mis deseos, Bernie le necesita a usted… Le es indispensable un
hombre de toda confianza, que sepa manejar a esta gente, principalmente uno que
sea temido por todos, y que tengan razón para temerle.
Jim no conseguía
desplegar los labios… Empezaba a preocuparle el paseo. A la vuelta, ¿seguiría
su voluntad tan firme como ahora…? Sólo el estar cerca de ella…
Barnes fue el
encargado de saludar a Elena en nombre del personal del rancho; y la bienvenida
que le dio fue, si no elocuente, calurosa y sincera. Elena contestó a él y a
todos, haciendo este sencillo resumen de lo ocurrido:
—Hank Hays me
secuestró llevándome a la guarida de ladrones; Heeseman nos siguió; hubo una
refriega en la que murieron casi todos los miembros de ambas bandas. Jim mató a
Hays, y me ha traído a casa.
Barnes dejó caer
una mirada sobre Jim, como sólo una vez en la vida la recibe un hombre, a
tiempo que murmuraba para sí:
—Bien lo decía yo…
Siempre me lo figuré.
No explicó qué era
lo que decía o se figuraba; tal vez por parecerle que desde cualquier punto de
vista era absolutamente superfluo.
Ya en la silla,
Elena dijo al sencillo vaquero:
—Barnes, hoy no
necesitamos los perros, ni que nos acompañe nadie. El paseo será corto, pues
aún no me siento con fuerzas para ir lejos.
Jim montó en el
caballo que le había ensillado Barnes y siguió a Elena, que, con no poca
sorpresa por su parte, volvió a tomar la dirección de la casa… Quizá se le
habría olvidado algo. Mas cuando dobló la esquina, vio que la muchacha subía
por el camino que conducía al bosque de pinos. Aunque una barrera de gigantes
montados en colosales corceles hubieran tratado de impedir el paso de Jim, éste
habría seguido adelante. Cuando llegaron a la meseta poblada de altos pinos, el
joven quiso ponerse al lado de Elena, pero ésta siguió guardando una corta
distancia entre ambos. Jim miraba a su alrededor cada vez más atónito. Aquél
era el camino por donde volvieron la memorable mañana en que tan salvajes besos
estampó en la faz de Elena. La vista y el oído, su sentido de todo lo que
estaba a su alrededor, se había intensificado. Los pinos cuchicheaban, las
peñas tenían secretas voces, el cielo lucía un manto azul más puro, las blancas
nubes se desplegaban como fantásticos velos, las negras montañas Henry crecían
y los tonos púrpura y gris del valle ganaban en intensidad. El aire estaba tan
poblado de presagios como en el día en que bajó a saltos el atajo de la guarida
para anunciar la presencia del enemigo. Pero ¡qué inmensa era la diferencia
entre unos y otros!
Elena había
detenido el caballo bajo el mismo pino en que se pararon para oír alejarse los
perros y los cowboys que perseguían a los corzos.
—Me parece que tengo
muy desarrollado el sentido de la dirección —dijo Elena volviendo el rostro
hacia Jim… Su palidez y relampagueantes ojos anulaban la aparente ligereza de
la observación.
—¡Elena…! Me
atreveré a decir que, en efecto…, ese sentido es en usted muy superior a la…
bondad… ¿Para qué me ha traído usted aquí?
—Para que vea si
hay que apretar esta cincha —contestó ella con la mayor frescura.
Jim echó pie a
tierra, más inseguro de sí que en ninguno de los muchos momentos críticos de su
azarosa vida. No sabía comprender a las mujeres y tomaba al pie de la letra las
palabras de Elena.
La cincha nada
tenía que corregir, y así se lo dijo a la muchacha secamente.
—Entonces…, tal vez
será el estribo —añadió ella separando la bota provista de espuela.
—No parece que
tampoco haya nada que arreglar… en el estribo…, Elena.
Algo cayó al
suelo…, los guantes y el sombrero…, que, seguramente, fueron arrojados por su
dueña. Una ola de tan irresistible fuerza como las del mar, reventó en el pecho
del hombre, que aún logró permanecer exteriormente frío. Al sentir que una mano
desnuda se apoyaba en su hombro, dijo con voz ahogada:
—El estribo… está
bien.
—No se trata de la
cincha, ni del estribo… Con franqueza, Jim… ¿Verdad que ninguna de las
muchachas del Oeste habría maniobrado mejor que yo?
¿Para qué?
—Para traerle a
usted aquí…, a este mismo sitio… donde ocurrió…
—Cualquiera otra
mujer habría sido más misericordiosa.
—Pero si yo le amo…
—¡No diga usted
locuras! —interrumpió él, frenético.
—Y quiero que…,
ahora mismo, repita la escena del otro día.
Vaciló Jim como
herido por un rayo… La verdad casi le dejó anonadado. La sinceridad y el amor
que expresaban los ojos de Elena eran aún más elocuentes que sus propias
palabras. Su palidez había desaparecido, lo mismo que su frialdad.
—Jim —dijo con su
cálida voz de contralto—. Pudieras haberme evitado este sofoco…, pero quizá lo
tenga merecido… Estás ofuscado por un error, que necesito disipar… Yo… no puedo
vivir sin ti… y te suplico que te quedes.
—Si estás segura…,
me quedaré…; pero ¡por Dios!, que no sea por otro sentimiento que el del… del…
—Amor —concluyó
ella—. Jim, estoy segura… Si tuviera que volver a Inglaterra, me sentiría
igualmente orgullosa de llevarte a mi lado… El ser como eres ha sido la causa
de que me enamore de ti… El tiempo que he pasado en la guarida de ladrones ha
hecho que me conozca a mí misma, disipando las telarañas que tenía en el
cerebro… Este admirable y duro Oeste y tú sois iguales… y yo os quiero a los
dos.
—Pero yo no soy
nadie…, no tengo nada —dijo él con entrecortada voz.
—Tú tienes todo lo
que necesita una mujer para sentirse feliz y bien guardada a su lado. No hay
que culparme si hasta hace poco no he sabido apreciar estas cosas.
—Pero eso pudiera
ser generosidad…, lástima…, la necesidad que una mujer como tú siente de pagar…
—Sí que podría…,
pero no lo es…, y por eso te he traído aquí.
Jim rodeó con sus
brazos a Elena, y como le daba vergüenza dejar ver las lágrimas que cegaban sus
ojos, escondió el rostro en el regazo de su amada, balbuciendo que la adoraría
hasta su último instante y aún más allá de la muerte.
La blanca mano de
Elena acarició los cabellos del que amaba, separándoselos de las sienes.
—Gente…, ciudades…;
mi frívola existencia anterior, todo se ha borrado de mi memoria… Necesito
poesía, aventuras, amor… ¡Jim…! Me considero tan afortunada como tú crees
serlo… Bájame de aquí… Nos sentaremos un rato al pie de nuestro pino… Jim,
llévame en tus brazos… Ya sabes… como la otra vez…
ZANE GREY
(Zanesville, Ohio, 31 de enero de 1872 - Altadena, California, 23 de octubre de
1939) fue un escritor estadounidense que convirtió las novelas del Oeste en un
género muy popular.
Su nombre auténtico
era Pearl Zane Gray. Más adelante prescindiría de su primer nombre, y su
familia cambiaría el apellido de «Gray» a «Grey». Se educó en su localidad
natal, Zanesville, una ciudad fundada por su antepasado materno Ebenezer Zane.
En la infancia se interesó por el béisbol, la pesca y la escritura. Estudió en
la Universidad de Pensilvania, gracias a una beca de béisbol. Se graduó en
odontología en 1896. Llegó a jugar en una liga menor de béisbol en Virgina
Occidental.
Mientras ejercía
como dentista, conoció, en una de sus excursiones a Lackawaxen, en Pensilvania,
donde acudía con frecuencia para pescar en el río Delaware, a su futura esposa,
Lina Roth, más conocida como «Dolly». Con su ayuda, y los recursos económicos
que le proporcionaba la herencia familiar, empezó a dedicarse plenamente a la
escritura. Publicó su primer relato en 1902. En 1905 contrajo matrimonio con
«Dolly», y la joven pareja estableció su residencia en una granja de
Lackawaxen. En tanto que su esposa permanecía en el hogar, encargándose de la
carrera literaria del autor y educando a sus hijos, Grey pasaba a menudo largas
temporadas fuera de casa, pescando, escribiendo y pasando el tiempo con
numerosas amantes. Aunque «Dolly» llegó a conocer sus aventuras, mostró una
actitud tolerante.
En 1918 los Grey se
mudaron a Altadena, en California, un lugar que habían conocido durante su luna
de miel. Al año siguiente, el autor adquirió en Millionaire’s Row (Mariposa
Street) una gran mansión que había sido construida para el millonario Arthur Woodward.
La casa destacaba por ser la primera en Altadena construida a prueba de fuego,
ya que Woodward, que había perdido a amigos y familiares en el incendio del
teatro Iroquois de Chicago, ordenó que fuera construida con cemento. El amor de
Grey por Altadena se resume en una frase que es citada a menudo en la ciudad:
«En Altadena, he encontrado aquellas cualidades que hacen que la vida valga la
pena».
El interés de Zane
Grey por el Lejano Oeste se inició en 1907, cuando llevó a cabo con un amigo
una expedición para cazar pumas en Arizona.

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