© Libro N° 14194. Un Cuento De
Aviadores. Leóntievich
Gorbátov, Borís. Emancipación. Agosto 23
de 2025
Título Original: © Un Cuento De Aviadores. Borís
Leóntievich Gorbátov
Versión Original: © Un Cuento De Aviadores. Borís Leóntievich Gorbátov
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© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
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CRÍTICA TODA LA CULTURA
UN CUENTO DE AVIADORES
Borís Leóntievich Gorbátov
Un Cuento De
Aviadores
Borís Leóntievich Gorbátov
Un Cuento De
Aviadores
Borís Leóntievich
Gorbátov
Donbass-Ucrania, 1908
Empieza a
dedicarse a la literatura en 1922. Sus primeras novelas están dedicadas a la
vida de la juventud obrera de su país. ("La célula", 1928;
"Nuestra ciudad", 1930; "Mi generación", 1933). Publica
varios libros de relatos, como "Artífices del trabajo" (1933),
"Marcha a través de las montañas" (1932) y "Relatos sobre el
Artico" (1937-38), que tratan de la vida más allá del círculo polar
ártico. "Los indomables" (1943) le hicieron acreedor del premio
Stalin. Su última obra, "Donbas", vio la luz en 1954, después del
fallecimiento de su autor.
"Un cuento de
aviadores", incluido en esta antología, es una muestra del sentido del
humor y del optimismo que poseen la mayor parte de sus relatos.
La tempestad de
nieve no nos dejaba mover de la pequeña factoría de Shaitangor. Allí estábamos
enjaulados, oyendo el desenfrenado batallar de los vientos en torno a la isba,
cuyos maderos llegaban a crujir. Parecía que el torbellino iba a arrojarse
sobre nuestra vieja casita, levantándola y estrellándola contra los afilados
témpanos y los duros montones de nieve helada, lo mismo que hacía con todo lo
demás: piedras, trozos de hielo, nubes de nieve.
Durante los últimos
días, casi no salíamos de los sacos de dormir. En la isba hacía frío, casi no
encendíamos la estufa por ahorrar leña. Durante la noche el suelo entarimado se
cubría de fina y pálida capa de nieve, que durante el día se derretía. Nos metíamos
en los sacos de dormir vestidos, con pantalones de piel y chaquetas enguatadas.
Enfundábamos la cabeza en pesados gorros de piel.
El
radiotelegrafista rasgueaba la balalaika, pero se le entumecieron los dedos y
metió el instrumento en el saco. Continuó tocando; se oían, apagadas, las notas
de un vals, como por arte de ventriloquía. El radiotelegrafista tocaba para sí
mismo, para distraerse.
-Ahora, en Moscú,
están bailando -suspiró-. Nieve... Automóviles... Proyectores... Música -
Empezó a canturrear una rumba.
Agucé el oído. Me parecía que entre el aullido de la tempestad se distinguían
los acordes de una orquesta. No pude menos que sonreír.
Se abrió la puerta.
Un remolino de nieve irrumpió en la habitación y entró el mecánico. Todos los
ojos se clavaron en él, iluminados por la esperanza: ¿no amaina? El mecánico
sacudió en silencio el gorro, del que se desprendió un polvo plateado.
Le sangraban las
manos. Puso dos palos helados sobre la mesa, con sordo ruido. Adivinamos: era
salchichón. Sacó luego una botella del bolsillo: era alcohol. El mecánico había
ido a buscar provisiones de boca en el avión. Era nuestras últimas reservas.
-Apenas pude
arrancarlo -dijo- Todo está helado. En la maleta se ha helado el agua de
colonia. ¡Vaya frío!
-¡Y vaya colonia! -
comentó uno chuscamente.
Todos nos reímos.
Pronto
Chisporroteó, el salchichón en la sartén.
Entró Yaptune
Vasili, el nentse cazador. Se sentó en cuclillas junto a la puerta, sacó
el niamt, el cuerno de reno. Sin apresurarse, quitó el tapón de
madera, que pendía de una cadenita de hierro, y se echó un poco de tabaco en la
palma de la mano.
-Voiva, voiva -dijo,
moviendo la cabeza-. Mal andan las cosas... Por las cuatro partes del cielo
cuelga la tempestad de nieve.
Luego hizo un
presente al mecánico: un pescado helado.
Nuestro mecánico
era amigo de hablar y buscar el porqué de las cosas. Antes de empezar a comer,
preguntó discretamente:
-¿Cómo se llama
este pescado? ¡Ah! ¡Salmón! Encantado de conocerlo.
Lo tomó y empezó a
cortarlo en pequeñas rajas.
-Las rajas de
pescado son un manjar exquisito, se comen crudas. Es un entremés sin igual
rociado con líquido de muchos grados. -explicó sin soltar el cuchillo.
De pronto vi unos
cartones amarillentos entre los libros colocados en una polvorienta estantería.
-¡El flirt de las
flores! -exclamé sorprendido-. Vamos a flirtear, camaradas.
Distribuí las
cartas; pero nadie sabía cómo se jugaba.
-¿Cómo se come
esto? - preguntó. cortés, el mecánico.
Allí, en una
pequeña factoría, más allá del círculo polar, veía por primera vez cartas
semejantes. ¿Cómo habrían ido a parar allí aquellas mugrientas cartas?
Di una orquídea al
mecánico: "Orquídea. Usted es la coqueta, usted juega con mi
corazón".
Pero el juego no
tuvo éxito. Pronto abandonamos las cartas. Ni las fogosas capuchinas, ni las
llameantes peonías lograron avivar nuestros entumecidos corazones.
-Voiva, voiva -
meneó la cabeza el nentse -. Está todo muy mal... Las personas se han
escondido... Las fieras se han escondido... Se han escondido los zorros
plateado. Sólo corre un zorro, el maldito Nojo cojo, que estropea los cepos y
roba el cebo.
Empezó a hablar de
aquel zorro. Era muy astuto, enorme, fortísimo. Nadie era capaz de darle caza.
Un día, sin embargo, metió la pata en un cepo. Se aserró el pie con los
colmillos, y huyó cojeando. Todavía ahora se encuentran sus huellas por la
tundra.
-Es un zorro
embrujado - añadió en un susurro, abriendo exageradamente los ojos.
-Es el diablo.
-Magnífico, ya
hemos llegado a los diablos -comentó el mecánico, alegre-. Es el momento más
oportuno.
-Pues mira, un
amigo mío vio al diablo -terció el radiotelegrafista-. Invernábamos los dos en
una pequeña estación radiotelegráfica por el año diecinueve. Kolchak había
ocupado Siberia, no podíamos comunicar por radio con nadie. eramos dos hombres
aislados del mundo. Nadie se acordaba de nosotros. Sin embargo, yo continuaba
auscultando el éter. A veces captábamos alguna estación nuestra, aunque con más
frecuencia cogíamos las emisoras enemigas. Lográbamos adivinar cuál era la
situación en los frentes. Alarmados telegramas de los blancos, partes
incompletos,mensajes privados, todo lo confirmaba: los nuestros atacaban. Mi
amigo no se acercaba a la estación radiotelegráfica. Se pasaba el santo día
acostado, bebiendo hasta perder el sentido. Para no tener que molestarse, metió
el barril de alcohol en la isba, puso un tubo de goma y sorbía el líquido desde
la cama. Por la noche le pareció que de la isba salían diablos. "Verdes,
peludos (gritaba enronquecido), me asfixian, me estrangulan..."
-Y qué, ¿se echó a
perder el muchacho? -preguntó el piloto, casi siempre callado.
-No, se curó.Ahora
trabaja en Moscú. Es radiotelegrafista. No puede ver el vodka, le recuerda los
diablos.
Todos se rieron.
-¡Eso no es nada!
-añadió el mecánico-. Lo que os voy a contar sí que es una gran historia.
Y nos contó la
historia del avión que, sin piloto, recorrió el aeródromo.
Hace de ello
algunos años. Un aviador joven -le llamaremos Lanin - regresaba en un pequeño
avión Sh-2, al que los aviadores han bautizado cariñosamente con el nombre de
Shúrochka. Lanin volaba solo. Estaba cansado y transido de frío, esperaba con
impaciente alegría que apareciera de un momento a otro la ciudad y el
aeródromo. Entraría en calor, se lavaría, se cambiaría de traje y festejaría la
llegada del nuevo año en casa de unos amigos. En esa casa, probablemente, todo
era ya ajetreo, ruido y mucha actividad en la cocina. Le parecía que el helado
aire olía a ganso y a col salada.
"¡Estupendo!
-se sonrió-. Allí veré a Natasha, la tierna y graciosa muchacha de claros ojos.
Chocaremos las copas, beberemos por la mañana feliz, por nuestro mañana, por el
mío y el de Natasha."
El avión se
balanceó. Lanin soltó un taco y apretó el volante. Casi se le habían entumecido
las manos, enfundadas en los guantes. Entre los montones de nieve descubrió,
abajo, los arrabales de la ciudad. Pronto vería el aeródromo.
-¡ Vaya tiempo más
estúpido! - murmuraba Lanin, irritado -. La ventisca es como una mujer
histérica, tan pronto se enfurece como se amansa.
Entre los claros de
las ráfagas de nieve divisó el aeródromo. Aterrizó; pero calculó mal y marró.
Se dio cuenta de ello cuando ya estaba en el suelo. El aeródromo quedaba a un
lago, a un kilómetro de distancia, poco más o menos. Lanin de nuevo empezó a denostar
el tiempo, a sí mismo y al avión.
"Hay que
conducirlo hasta allí", se dijo, y dio gas; pero el avión ni se movió del
sitio.
-¿Qué pasa? - gritó
enfadado.
Después de unos
minutos de inútiles pruebas, decidió bajar del aparato y mirar si había
ocurrido algo con los esquís.
"¡Qué frío más
terrible!", pensó, al descender, pegándose de manotazos a los costados.
Dio la vuelta al aparato. Efectivamente, los esquís se habían helado. El viento
arrastraba la nieve por el campo en oleadas y había empezado a amontonarla junto
a los esquís.
Lanin miró
alrededor. No vio a nadie. A lo lejos brillaban las primeras luces del
aeródromo. Empezó a quitar nieve, se echó al suelo y limpió los esquís. Vuelto
a la cabina, dio gas, pero el avión no se movió. La hélice giraba lentamente.
"Si alguien
empujara el avión un poco...", pensó Lanin ; pero por allí no había
nadie. Entonces descendió de nuevo y se puso a empujar. El aparato no se movió
del sitio, sólo se balanceó un poco. Por primera vez en la vida se
sentía Lanin débil. ¿Qué hacer? Decidió recurrir a la ayuda del motor.
"Daré gas y yo
mismo empujaré". Así lo hizo; pero el aparato seguía clavado en el lugar.
Entonces aumentó un poco más el gas. La hélice comenzó a lanzar veloces
reflejos. Lanin apretó con todas sus fuerzas un ala (las gotas de sudor se
le helaban en la frente) y... de pronto el aparato arrancó. se puso a correr,
oscilando sobre el campo desigual, y Lanin , boquiabierto, no acertaba a
comprender lo que ocurría.
El aparato huía de
él.
-¡Para! ¡Para! - se
puso a gritar, como si el avión pudiera oírle y comprenderle -. ¡Para!
Empezó a correr
detrás del aparato, hundiéndose en la nieve y casi llorando de rabia.
El avión se escapa
hacia el aeródromo. Lanin jadeante, ve horrorizado que el aparato se
dirige en línea recta al edificio del campo.
-¡Para! -gritó
desesperado, y haciendo un supremo esfuerzo aceleró su carrera.
En el aeródromo
quedaron sorprendidos al ver el loco aparato que pasaba raudo por delante de
ellos sin detenerse.
-¿Qué le ocurre
a Lanin ? ¡Ha pedido el juicio, o está borracho? ¿Adónde se dirige?
-¡Suicida!
De pronto vieron
a Lanin corriendo, tropezando,cayendo y levantándose. Había perdido el
gorro, le flameaba la bufanda alrededor del cuello, desplegada al viento como
una bandera sobre el aeródromo.
-¿Qué ha
pasado, Lanin?
-Se me ha escapado
el avión -exclamó ronco y quedó como quien ve visiones al oír el estallido de
risa con que acogieron sus palabras. No estaba él para risas.
-¡Detenedlo!,
¡cogedlo! -gritó fuera de sí.
El aparato se
hallaba ya cerca del edificio. De pronto, un pequeño montón ondulado de nieve,
surgió en el camino del avión. Los esquís resbalaron y el aparato se puso
a correr en otro sentido.
Detrás, corrían
todos apresuradamente, perdiendo los gorros, quitándose los capotes, los
guantes y las bufandas. Ya lo alcanzan, ya lo rodean,corren en
diagonal, Lanin va a saltar a la cabina; pero un inesperado obstáculo
cambia la dirección del aparato y éste toma otra trayectoria.
Allí era posible
creer en sortilegios yen zorros embrujados. La maldita máquina, como si tuviera
vida, trotaba por el aeródromo y se escabullía hábilmente de entre las manos de
sus perseguidores. Daba vueltas, saltaba por el campo dejando tras sí una huella
amplia y ondulada.
-¡Detenedlo!
¡Cogedlo! -gritaban los hombres, jadeantes. Sobre la nieve se destacaban con
manchas negras sus gorros y sus capotes.
Finalmente, el
aparato encontró un montón grande nieve blanda y se paró.
-Cuando Lanin,
rabioso -él mismo lo contó-, llegó junto al aparato, no pudo contenerse, y dio
un puñetazo al motor, como si se tratara del hocico de un caballo. Y con esto
se sintió aliviado -terminó diciendo el mecánico, coreado por las francas risas
de quienes le oímos.
-¿Y el avión, cómo
estaba?
-¡Intacto! Durante
mucho tiempo Lanin no quiso volver a volar en él. Le tenía tirria. Pero
todo ha pasado ya. Ha vuelto a volar...
Aun estuvimos
riéndonos mucho. De pronto regresó Yaptune Vasili (había salido de la isba) y
dijo, resplandeciente de alegría:
-El viento cede.
Mañana hará buen tiempo.
-¿De veras?
-exclamamos todos.
Y realmente, amainó
el viento. Al día siguiente estaríamos en el aire. ¡Volaríamos!
Sobre la mesa
humeaba el salchichón, que por poco se nos quema. Las sonrosadas lonjitas de
pescado se hallaban puestas sobre limpias hojas de papel. En los vasitos
brillaba el azulado alcohol.
El
radiotelegrafista sintonizó el altavoz, y se oyó la alegre tempestad de una
orquesta. ¿Moscú? ¿Jabárovsk? ¿Novosibirsk? No importaba. Era la patria.
El mecánico levantó
el vaso y dijo, solemnemente:
-¡Por la fiesta de
mañana! ¡Por el buen tiempo, que nos permite volar!
FIN
Autores Rusos
Contemporáneos
Editorial Vergara
S.A. 1966
Barcelona
FIN

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