© Libro N° 3940. Bajo El Signo De Marte. Zorn, Fritz. Colección E.O. Julio 1 de 2017.
Título
original: © Bajo El Signo De
Marte. Fritz Zorn
Versión Original: © Bajo El Signo De Marte.
Fritz Zorn
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
BAJO EL SIGNO DE MARTE
Fritz Zorn
Primera parte
Marte en el exilio
I
Soy joven,
rico y culto; y soy infeliz, neurótico y estoy solo. Provengo de una de las
mejores familias de la orilla derecha del lago de Zúrich, también llamada la
Costa Dorada. He tenido una educación burguesa y me he portado bien toda mi
vida. Mi familia es bastante degenerada, y probablemente también yo arrastre
una notable tara genética y además esté dañado por mi entorno. Por supuesto,
también tengo cáncer, cosa que se deduce automáticamente de lo que acabo de
decir. Pero con el cáncer existe una doble relación: por una parte es una
enfermedad corporal, de la cual probablemente muera en un futuro no muy lejano,
pero que quizá pueda llegar a superar y a sobrevivir; por la otra, el cáncer es
una enfermedad del alma de la que sólo puedo decir: es una suerte que
finalmente haya hecho eclosión. Quiero decir con ello que, de todo lo que he
recibido de mi familia en el transcurso de mi existencia poco grata, lo más
inteligente que hice jamás fue enfermar de cáncer. No quiero decir con esto que
el cáncer sea una enfermedad que a uno le depare muchas alegrías. Pero aunque
mi vida jamás se ha destacado por tener mucha alegría, después de una atenta
comparación he llegado a la conclusión de que estoy mucho mejor ahora que estoy
enfermo que antes cuando no lo estaba. Esto no quiere decir que yo quiera
definir mi situación como particularmente agradable. Sólo quiero decir que
entre un estado muy poco agradable y un estado simplemente poco agradable, el
segundo sin duda es preferible al primero.
Ahora he
decidido registrar mis recuerdos en este relato. Dicho de otra manera: no se
tratará aquí de Memorias en un sentido general, sino más bien de la historia de
una neurosis o al menos de algunos de sus aspectos. Por lo tanto ésta no será
mi autobiografía sino solamente la historia y posterior evolución de un único
aspecto de mi vida, el más dominante hasta hoy: mi enfermedad. Intentaré
recordar la mayor cantidad posible de sucesos acaecidos desde mi infancia que
me parecen típicos y significativos para esta enfermedad.
Así pues, si
debo recordar mi infancia diré ante todo que crecí en el mejor de los mundos.
Después de esta observación, el lector atento comprenderá de inmediato que la
cuestión debía necesariamente encaminarse mal. Por todo lo que se ha hablado y
contado sobre mí, debí de ser un niño muy agradable, despierto, alegre e
incluso radiante; puede suponerse entonces que tuve una infancia feliz. Por
otra parte recuerdo aquí un artículo editado en la sección de ensayos
psicológicos de una revista, en el que se trataba de un joven que no sabía
desenvolverse en la vida ni sabía cómo manejarla, cosa que resultaba
sorprendente ya que había tenido una infancia muy feliz. El comentario del
pseudopsicólogo fue muy simple: si actualmente ese joven no se sentía capaz de
manejar su vida, indudablemente tampoco su infancia había sido feliz. Por
tanto, si yo pienso ahora de qué manera he dominado o, mejor dicho, no he
dominado mi vida, entonces sólo puedo suponer que tampoco mi infancia fue
feliz.
A decir
verdad, apenas puedo recordar algún detalle muy especialmente infeliz de mi
infancia; por el contrario, todo lo que me ha quedado de mis años de infancia
parece en general bastante satisfactorio y me parecería excesivo exagerar ahora
algunas desgracias infantiles, cosa que no correspondería. No, en realidad todo
iba bien siempre, yo diría casi demasiado bien. Creo que era justamente eso lo
malo: que todo marchara demasiado bien. Durante mi juventud he estado alejado
siempre de casi todas las pequeñas desgracias y especialmente de todos los
problemas. Para decirlo con más precisión: nunca tuve problemas, en realidad no
tuve problemas en absoluto. Lo que me evitaban en mi infancia no fueron el
dolor o la desgracia sino los problemas en sí, y con ello también la capacidad
para afrontarlos. Paradójicamente, podría formularse de esta manera: lo malo
era que me encontrara en el mejor de los mundos; la desgracia era que todo
fuera delicia, armonía y felicidad en ése, el mejor de todos los mundos. Porque
no puede existir un mundo exclusivamente feliz y armonioso; y si mi mundo
juvenil fue un mundo nada más que feliz y armonioso, entonces tiene que haber
sido falso y mentiroso en sus bases. Por tanto, intentaré formularlo de la
siguiente manera: yo no crecí en un mundo infeliz sino en un mundo mentiroso. Y
si algo es mendaz, la desgracia no se hace esperar mucho; viene por sí sola,
naturalmente.
Quiero
intercalar aquí una indicación para la reconstrucción cronológica de mis
recuerdos juveniles: temo que casi no existirá articulación temporal en este
relato. Porque relataré poco acerca de acontecimientos aislados (que bien se
podrían ubicar en orden cronológico); intentaré más bien aclarar diversas
etapas de toma de conciencia de las cuales a menudo no recuerdo si se trata de
una simple intuición, de una evolución más o menos neblinosa o de una certeza.
Además, en mis años juveniles no hubiera sido capaz de formular mis impresiones
y de ser consciente de mis reacciones. Por tanto reuniré aquí muchas cosas con
un orden temporal diferente al ocurrido en la realidad. Incluso hoy en día no
sabría decir en qué año de mi vida sucedieron realmente una cantidad de
pequeños hechos aislados.
El tema más
importante del universo de mi juventud es sin duda la armonía, de la cual ya he
hablado. Haré abstracción aquí de mis años de infancia propiamente dichos —o de
mis años de niño—, para no caer en el riesgo de proyectar en mi infancia algo
que me parezca tan sólo plausible y probable más allá de que recuerde haberlo
vivido. Por tanto hablaré ahora del mundo tal cual era para mí cuando yo era
pequeño. Ese mundo era entonces armonioso. Aquí no se llegará a comprender
jamás en su totalidad el concepto de esa armonía. Crecí en un mundo tan
totalmente armonioso que hasta los más empecinados por la armonía temblarían de
horror. La atmósfera que reinaba en casa de mis padres era prohibitivamente
armoniosa. Quiero decir con esto que en casa todo debía ser armonioso, que nada
podía ser de otra manera que no fuera armonioso, que la noción o la posibilidad
de discordancia no existía siquiera. Podrá objetarse de inmediato que la
armonía total se encuentra en el dominio de lo imposible, que no puede haber
luz más que allí donde también hay sombra, y que la luz correrá graves riesgos
si no quiere admitir la existencia de la sombra. Y yo comparto esta objeción.
La cuestión
hamletiana que amenazaba a mi familia era: ser armonioso o no ser. Todo debía
ser armonioso; no debía existir nada problemático, eso sería el fin del mundo.
Y si algo era
problemático, había que eliminar el problema. En cualquier cuestión debía haber
siempre una opinión única, ya que una divergencia de opiniones hubiera
significado el fin de todo. Hoy comprendo también por qué una diferencia de
opiniones en nuestra casa hubiera sido considerada el fin del mundo: no
podíamos discutir. Quiero decir con esto que no sabíamos cómo discutir; de la
misma manera que alguien puede no saber cómo se toca la trompeta o se prepara
la mayonesa. No dominábamos la técnica de la discusión y por ello nos
absteníamos, al igual que quien no es trompetista no da conciertos de trompeta.
De ahí que estuviéramos obligados a no provocar nunca una situación en la que
tuviéramos que discutir. Los resultados eran catastróficos: todos eran siempre
de la misma opinión. Si alguna vez no se daba el caso, debía tratarse para
nosotros de un equívoco. Erróneamente, había parecido que se producía una
divergencia de opiniones; las opiniones se habían dividido sólo en apariencia y
una vez disipado el malentendido se hacía evidente que todas las opiniones eran
idénticas.
Hoy tengo la
certeza de que en mi juventud no aprendí a tener una opinión propia: sólo
aprendí a no tener opinión propia. En realidad nunca tuve una opinión, ni como
niño ni como joven.
Dudo de que
aprendiera la palabra «no» de mis padres (bien podría ser que se incorporara a
mi vocabulario en la escuela); esta palabra jamás se utilizaba en mi casa,
porque era superflua. El hecho de que se dijera «sí» a todo no parecía ser una
necesidad molesta o incluso una obligación; resultaba ser una necesidad que se
había hecho carne y sangre en nosotros y era tomada como lo más natural del
mundo. Era la expresión de la armonía total. En el fondo, el simple hecho de
decir «sí» ya era una necesidad (aun cuando no era una necesidad consciente):
¿qué hubiese sucedido si algún día alguien hubiese dicho que «no»? En ese caso,
nuestro mundo armonioso se habría visto desplazado hacia un contexto que de
ninguna manera podía afrontar y que era necesario mantener «fuera» a toda
costa. Por eso decíamos que sí. Sin duda es imposible nacer conformista, de
manera que yo no puedo llamarme un conformista nato; pero quiero dejar bien
claro aquí que yo fui perfectamente educado para ser conformista.
Hoy me resulta
difícil definir hasta qué punto para nosotros —o quizás hasta qué punto para
mí— ese «no», nunca expresado, era como un esqueleto en el desván. En algún
momento y de alguna manera ese esqueleto debió de moverse; pero yo no logro
recordarlo. Debió de hacerlo con suma prudencia. Por otra parte, a mis padres
no les gustaba pensar en esqueletos y seguramente tampoco oyeron lo que no
pensaban. Mi propio gusto era mucho más macabro que el de mis padres; quizá lo
oyera alguna vez, siendo pequeño, sin darme cuenta de ello.
A ello se debe
que no sólo nos era imposible decir «no», sino que a menudo también nos
resultaba sumamente difícil decir algo. Cualquiera que decía algo estaba
obligado a recordar que los demás debían y querían responder con un «sí» a sus
palabras, de manera que por delicadeza evitábamos cualquier palabra a la que
hubiese resultado un poco difícil a los demás conformistas decir el habitual
«sí». Cuando se trataba de emitir un juicio acerca de cómo se había apreciado
algo, por ejemplo un libro, al igual que en un juego de cartas se debían
sopesar las posibles reacciones de los otros antes de jugar la propia carta
para no correr el peligro de decir algo que no obtuviera la aprobación general.
O bien nos reservábamos nuestro juicio hasta el instante en que algún otro se
animara a dar su opinión, a la que luego podíamos asentir cómodamente. Es decir
que esperábamos que alguno diera el primer paso y dijera, por ejemplo, que lo
había encontrado «hermoso». Entonces todos los demás también lo encontrábamos
«hermoso», e incluso «bellísimo» o «espléndido». Pero si el primer orador
hubiese dicho «no bello», nosotros también lo habríamos aprobado encontrándolo
«nada hermoso» e incluso «horrible».
Comencé a
habituarme a no juzgar personalmente, sino a sólo asentir a los juicios de los
demás. Me acostumbré a no apreciar las cosas por mí mismo sino a apreciar nada
más que las cosas «buenas»; lo que los demás consideraban bueno me gustaba
también a mí, y lo que los otros no estimaban bueno, tampoco encontraba mi
aprobación. Leía «buenos libros» y me gustaban porque sabía que eran «buenos»;
escuchaba «buena música» y me gustaba por la misma razón. Pero los demás
determinaban qué era lo «bueno»; nunca yo mismo. Y perdí toda capacidad para
los sentimientos y preferencias espontáneos. Sabía que la música clásica era
«buena», pero que las canciones de moda y el jazz eran «malos». Por eso
escuchaba música clásica, al igual que mis padres, y la encontraba «buena»,
mientras que aborrecía el jazz, del que sabía que era «malo» a pesar de que
nunca había escuchado jazz y no tenía siquiera la menor idea de lo que era el
jazz en realidad. Solamente había oído decir que era «malo», y eso me bastaba.
Al respecto
recuerdo otra predilección dudosa de mi juventud de la que volveré a hablar una
y otra vez: la que yo tenía por las «cuestiones elevadas». Yo sabía —para
mantenerme dentro del mismo ejemplo— que el jazz era malo, pero a la vez veía
que todos mis compañeros de clase y en general todos los de mi edad escuchaban
con agrado música de jazz, canciones de moda y prácticamente todo tipo de
«mala» música. Llegué por lo tanto a la siguiente conclusión: yo ya había
aprendido lo «correcto» y había llegado a las «cuestiones elevadas»; yo ya
había comprendido lo que estaba bien y lo que estaba mal. Mis compañeros de
clase, un poco retrasados, todavía se encontraban en el grado de la música
«mala», mientras que yo me había elevado hasta las alturas de la «buena»
música. No tuve conciencia de que yo no había hecho ninguna comparación, que
nunca había elegido entre uno y otro tipo de música, sino aceptado ciegamente
el prejuicio de la «buena» música clásica y de la «mala» música moderna. Yo no
había superado el principio de que en el arte, básicamente, todo lo viejo es
«bueno» y todo lo moderno «malo»: Goethe y Miguel Ángel eran «buenos» porque
estaban muertos, mientras que Brecht y Picasso eran «malos» porque eran
modernos. Creía haberme elevado por encima de una valla para llegar a ser
conocedor de lo clásico, mientras que en realidad nunca había osado afrontar
ese obstáculo; simplemente lo había evitado. De esta manera había arrendado
para mí algo de ese mundo de lo «superior» y podía mirar hacia aquellos que no
habían llegado tan alto, sin comprender cuán hueca era mi aparente cultura.
Por supuesto,
el primer disco que compré con mi asignación semanal fue algo totalmente
clásico y «correcto» —probablemente fuera algún aburrido fragmento de Mozart o
de Beethoven—, y yo estaba sumamente orgulloso de mi «buena» compra. Poco
después mi hermano, tres años menor, compró su primer disco con su semanada;
fue el entonces muy popular «Tango criminal». La elección de mi hermanito hizo
que yo me sonriera porque sabía que ese tango era «kitsch»; sólo muchos años
más tarde me di cuenta de que mi hermano había elegido según su propio gusto
personal y no había cedido solamente frente a la censura de un buen gusto
exangüe y teóricamente correcto, sino que su elección había sido la correcta en
el más espontáneo y verdadero sentido de la palabra.
En ese
entonces yo no emitía opiniones, no tenía preferencias personales ni gustos
individuales; al contrario, seguía en todo la única opinión saludable: la de
los otros, la de ese comité de personas cuyas opiniones yo reconocía y que
representaban a la opinión pública, ya que sabían qué era lo correcto y qué lo
equivocado. Y cada vez que yo creía haber alcanzado también el nivel de ese
comité imaginario me alegraba y me sentía orgulloso. Tal como había aprendido
en el seno de mi familia, no era la opinión del individuo sino la de la
comunidad la que contaba en la vida, y sólo aquel que podía compartir esa
opinión sin reservas ocupaba el lugar que le correspondía. Claro que la
búsqueda constante de la opinión única y justa conducía muy rápidamente a una
enorme cobardía en materia de juicio, de manera que el miedo —ya excesivo— a
tomar partido impedía cualquier toma de conciencia espontánea. A la mayoría de
las preguntas que se me hacían respondía que no sabía, que no podía juzgar o
que me daba lo mismo; yo sólo lograba dar una respuesta cuando sabía de
antemano que ésta correspondería al canon salvador. Creo que en ese tiempo yo
era verdaderamente un pequeño Kant, que creía poder actuar solamente en
perfecta concordancia con la ley general.
De ello surgió
un mundo extraño para mí, un mundo del cual hoy día podría burlarme, si no
supiera lo nefasto que fue, posteriormente, para mí. No leía entonces más que
«buenos» libros, a decir verdad no poseía otros; ni siquiera sabía lo que eran
«malos» libros. Sabía que los libros malos eran «porquería», pero en el fondo
no sabía qué era. Un día me asombré enormemente al darme cuenta de que podía
suceder que a alguien no le gustara un «buen» libro. Yo había leído Ekkehard de
Scheffel y naturalmente lo había encontrado «bueno». Un día una muchacha de mi
edad que vio el libro en mi biblioteca me preguntó si me había gustado. Yo
pensé para mis adentros: «Qué pregunta tan estúpida, si es un “buen” libro»,
porque no se hacen preguntas acerca de cuestiones evidentes, y lógicamente
respondí que sí. Cuando me comentó que a ella no le había gustado en absoluto
yo no salí de mi asombro, ya que no entraba en mis cánones que un «buen» libro
pudiera no gustar. Más tarde reflexioné sobre esta cuestión y llegué a la
conclusión de que, como a esa muchacha le había disgustado, yo también lo
encontraría «malo» desde ese momento.
Estos pequeños
recuerdos juveniles pueden parecer insignificantes y ridículos, y reconozco
abiertamente que en sí mismos no significan mucho. Pero estoy convencido de que
pequeñas anécdotas de este tipo ya contenían en germen la catástrofe que más
tarde se abatiría sobre mí. Quiero significar con esto la violación de mi
entonces pequeña —o, mejor dicho, mi ya empequeñecida— personalidad, en la que
no debía haber nada propio, porque todo debía adecuarse a las leyes de lo que
estaba bien y era universalmente válido, ya que, de no ser así, la «armonía»
corría el riesgo de ser atacada; y yo sabía perfectamente que eso no debía
suceder. El fin de la armonía hubiera sido el fin de todo. Quiero repetir aquí
una vez más que la época de niñez y adolescencia no fue infeliz para mí;
simplemente era «armoniosa», lo cual era mucho más grave.
Por una parte,
la conciencia de hacer y decir siempre lo correcto me daba cierta seguridad;
pero por otra se abría frente a mí un mundo lleno de peligros, en la medida en
que pudiera sucederme no saber por qué estaba bien y hubiera debido depender de
mi propio criterio, justamente ese criterio propio que yo insistía con todas
mis fuerzas en sojuzgar. Recuerdo una conversación con un condiscípulo que me
preguntó cuáles eran mis verdaderas aficiones. No supe qué responder, de manera
que él comenzó a preguntarme si me interesaba esto o aquello. A cada pregunta
yo me sentía obligado a responder que no, aunque resistiéndome, ya que no me
gustaba decir que no e intuía que el otro se interesaba justamente en aquello
en lo que yo había negado un interés personal. Veía venir el momento en que,
como resultado de nuestros respectivos intereses, estaríamos en desacuerdo,
cosa que yo tenía la costumbre de evitar en la medida de lo posible. Finalmente
me preguntó si a mí también me gustaban los animales. A pesar de que yo les
tenía miedo a todos los animales, no logré volver a responderle con una
negación y dije que sí, aunque en mi interior sentía pánico de que ese «sí»
pudiera tener consecuencias catastróficas y que, por ejemplo, pudiera invitarme
a jugar con animales. Quizá mi afirmación no le había parecido suficientemente
convincente; pero después me preguntó si por casualidad me interesaban los
automóviles. En ese momento yo quise tener la misma opinión que él, mentí
nuevamente y volví a decir que sí. Entonces respondió que él no tenía el más
mínimo interés en los automóviles. Me había equivocado dos veces: él no había
creído en mi primera mentira dicha por cortesía; pero con la segunda mentira,
también por cortesía, había frustrado mi proyecto de poder tener la misma
opinión que él. Yo solamente quería ser cortés y tener su misma opinión; no
podía ser sincero. Pero no aprendí nada con todo eso. Creo que durante años he
perdido las amistades de otras personas, ya que tenía miedo de no estar de
acuerdo con alguien o tener una opinión diferente, o que algo no estuviera
«bien». Y para mantener esa difícil posición yo no podía ser sincero.
Puede parecer
un poco ridículo que yo no haya tenido nunca una opinión personal; parece
imposible que no se hayan producido para mí más situaciones conflictivas que me
obligasen a poner las cartas boca arriba. Pero en realidad yo estaba entrenado
en el arte de eludirlas; cuando no me negaba a tomar posición en alguna
cuestión desagradable, tenía a mi disposición gran cantidad de técnicas para
esquivarla.
En mi familia,
cuando se trataba de tomar partido, uno de los recursos preferidos era lo
«complicado». «Complicado» era la palabra mágica, la palabra clave que permitía
apartar todos los problemas no resueltos y con ello excluir de nuestro mundo
intacto todo lo que pudiera molestar y no armonizar. Cuando, por ejemplo,
durante una conversación familiar en casa amenazaba introducirse una cuestión
espinosa, inmediatamente se decía que la cuestión era «complicada». Con ello
quería insinuarse que el problema correspondiente era tan complejo y rico en
posibilidades inimaginables, que quedaba tácitamente convenido que no se
discutiría sobre él, como si ese problema superara el poder de comprensión del
vocabulario y del espíritu humano. La palabra «complicado» encerraba en sí algo
absoluto. Al igual que resulta difícil hablar sobre el infinito porque el
hombre como ser finito no tiene poder de concebirlo, de la misma manera
parecían moverse las cosas «complicadas»; en el espacio de lo que resultaba imposible
a la comprensión humana. Sólo era necesario descubrir que algo era «complicado»
para que en ese mismo instante se convirtiera en tabú. Podía decirse: Ajá, esto
es «complicado»; no hablemos entonces sobre ello y dejémoslo. Y ya no era
necesario hablar sobre ello, o más bien no se debía hablar sobre ello; quizá no
se debiera hablar sobre ello, porque «para el ser humano no es bueno hablar de
lo complicado». Quiero decir que la palabra «complicado» es casi mágica; se
decía «complicado» respecto de alguna cosa como si se pronunciara una palabra
encantada, y he aquí que la cosa desaparecía.
Pero casi
todas las relaciones humanas pertenecían al ámbito de lo «complicado»: la
política, la religión, el dinero y, naturalmente, el sexo. Hoy en día creo que
todo lo que podía ser interesante era considerado «complicado» en mi casa, y
por consiguiente nunca era comentado. Si intento ahora recordar de qué
hablábamos en casa, en un primer momento no recuerdo gran cosa; probablemente
de la comida, el tiempo, la escuela, y por supuesto la cultura (aunque sólo la
clásica y de gente que ya estaba muerta).
En cambio
puedo recordar la primera vez en mi vida que me di cuenta de que podía hablarse
acerca de algo excitante e interesante. Fue durante una salida con la escuela,
en la que pasamos la noche en el dormitorio colectivo de un refugio alpino. Yo
tuve miedo porque creía que mis condiscípulos notarían mi angustia reflejada en
la cara y aprovecharían para jugarme malas pasadas. En cambio constaté que, una
vez apagada la luz, los otros jóvenes continuaban charlando sobre las cosas más
interesantes del mundo, y me encontré muy pronto arrastrado a su conversación.
Se trataba de problemas religiosos acerca de las virtudes de una secta
cristiana bastante enardecida, a la que pertenecía uno de mis compañeros. Para
mí, fue un gran acontecimiento poder hablar de pronto sobre temas cautivadores,
porque yo nunca había tenido esa experiencia.
Aunque hoy día
debo reconocer que esa conversación nocturna en el refugio alpino no debió de
ser la única a la que pudiera aplicarse el calificativo de apasionante, y que
tuve probablemente muchos otros estímulos intelectuales, nunca en mi primera
juventud sentí como una deficiencia la pobreza de temas de mi casa paterna.
Conocía sin duda lugares en los que sucedían cosas más interesantes que en mi
casa, pero la atmósfera de ésta nunca me pareció insípida. Al contrario. Para
mí había sido un mérito particular de mis padres que encontraran todo
«complicado», cosa que me parecía el testimonio de un nivel más elevado:
gracias a mi estrechez de mente, veía las cuestiones tan simples, que podían
fácilmente ser formuladas en palabras. Pero en cambio mis padres me parecían
más experimentados y más inteligentes habiendo llegado ya a un nivel superior
desde el cual reconocían que las cosas ya no eran «tan simples» sino
«complicadas», incluso tan «complicadas» que no podía hablarse de ellas. En mi
infeliz impulso por las «cosas elevadas» intentaba yo también elevarme hacia el
nivel sublime del conocimiento profundo y comprender que las cosas eran
«complicadas». Y así me acostumbré, tal como había aprendido de mis padres, a
no reflexionar sobre nada y a solazarme en los reflejos de la «complicación» de
las cosas que yo había descubierto. Claro que en ese momento yo no sabía
todavía que antes de lograr el estado de perfección espiritual tan elevado, a
la manera de Buda, estado en que no hay que romperse la cabeza acerca de nada,
había que meditar sobre todo. (A lo cual habría que agregar quizá que ese Buda
diría que todas las cosas son más bien «simples» y no «complicadas».) Esa
posición superior estipulada era muy cómoda para mí, como lo era para todos
nosotros: nunca teníamos que comprometernos ni exponernos; era suficiente
encontrar siempre todo «complicado».
Si en mi
recuerdo lo «complicado» pertenecía ante todo al mundo de mi pobre madre, mi
pobre padre era el maestro de lo «incomparable». Por lo general, mi madre se
conformaba con encontrar las cosas «complicadas»; pero a mi padre le gustaba ir
un poco más allá, liquidándolas en tanto las extirpaba de su contexto natural y
las declaraba «incomprensibles». Una y otra vez se sentía incapaz de relacionar
diferentes cosas; decía que «no era posible compararlas» y así dejaba todo en
suspenso, colgado en el vacío.
Y su arte se
manifestaba sobre todo respecto a cuestiones muy parecidas, que efectivamente
provocaban una comparación. De esa manera era fácil impedir una discusión sobre
el valor o el no-valor de las cosas, porque algo sólo puede tener valor
comparándolo con otra cosa, así como la luz sólo puede ser clara en comparación
con la oscuridad.
Mientras esta
particularidad de mi padre en el campo puramente estético sólo era una manía,
en el campo político asumía formas grotescas. Así sucedió por ejemplo cuando en
Suiza se sometió a referéndum el voto femenino: mi padre decía que aun cuando
ya se hubiese admitido en todo el mundo el voto femenino, salvo en Suiza, Suiza
no podía ser considerada retrógrada, simplemente porque el derecho de voto de
los demás países no podía ser comparado con el derecho de voto en Suiza, de
manera que tampoco podía deducirse de ello que el voto femenino fuera positivo
para Suiza. También mi pobre madre se hizo eco de esta doctrina volviéndose
adversaria radical del voto femenino. Aun cuando finalmente se implantó el voto
femenino, mi madre se encasilló en su opinión, puntualizando una y otra vez lo
repugnante que le resultaba ese derecho y cómo se había opuesto siempre a él.
Que resultara
inadmisible comparar la justicia rusa con la española, eso era aceptado por mis
padres, ya que los rusos eran comunistas, y por lo tanto era malo que
masacraran a sus compatriotas; en cambio el gobierno español estaba en contra
de los comunistas, y por lo tanto no era malo que persiguiera a sus
compatriotas. Y en realidad el terror era una suerte para los españoles, porque
así reinaban «la calma y el orden». (No se trazó en cambio la sutil comparación
con la Unión Soviética, sin duda el Estado en el que reinan más que en
cualquier otro «la calma y el orden».) Tampoco podían compararse los campos de
concentración españoles con los de la época nazi; no era posible deducir del
fascismo de Hitler, que era malo, que el fascismo de Franco también lo fuera,
porque ambas cosas «no eran comparables».
Era como si en
el mundo no hubiera cuestiones comparables. Pero si no comparamos las cosas
unas con otras, carecen de valor y se encuentran solas y sin valor en un
espacio frío o irreal. No incitan ni a la crítica ni a la aprobación; no
producen ningún efecto; simplemente son incomparables.
Esa era
también mi imagen del mundo. No había conflictos, no podía haberlos porque las
cosas del mundo se deslizaban una junto a la otra en un sistema de completa
exclusividad, sin la menor fricción. Y esa ausencia de fricciones aparentemente
era positiva: porque donde no hay fricción, hay armonía; y donde hay armonía,
todo va bien. Claro que no sabían que yo no estaba ubicado por encima de ese
mundo sin fricciones, sino que yo mismo permanecía flotando en un frío espacio
irreal. Por el contrario, esa incapacidad de comparar diversas cosas entre sí,
al igual que el concepto de «lo complicado», implicaba para mí la expresión de
un nivel superior del espíritu. Me daba cuenta de que alguien era inteligente
cuando no hacía comparaciones. Mis conocimientos etimológicos de esa época eran
insuficientes y yo no sabía todavía que la palabra «inteligente» proviene del
«interlegere» y significa exactamente lo contrario de lo que poco a poco se
volvía para mí la quintaesencia de toda inteligencia.
Pero todo lo
que no era «complicado» ni «incomparable» y que de esa manera podía
exterminarse, se dejaba en mi casa por lo general «para mañana», esa fecha
favorita de todos aquellos débiles que se consuelan con la idea de que «mañana»
por lo general quiere decir «nunca». ¡Pero cuántas fórmulas existen para decir
«no», con el pretexto del «mañana»!
«Es un
problema muy interesante: reflexionaré sobre el tema en los próximos días.»
«Su
proposición me interesa mucho; mañana o pasado nos ocuparemos de ella.»
En casa de mis
padres regía entonces el lema: ¡No precipitarse! Pero por lo general ese no
precipitarse consistía en no ocuparse jamás de las cosas.
Cuántas veces
fui testigo azorado de una escena siempre igual, en la que se presentaba a mis
padres una sugerencia o una proposición de la que yo sabía perfectamente a
priori que no les gustaba, pero a la cual no se animaban a decir que no, por
cortesía, y que luego agradecían siempre con mucha deferencia y con la promesa
de estudiarla «gustosamente». Y en todos sus detalles, por supuesto. Cada
decisión debía ser estudiada «a fondo», cuanto más profundamente mejor, de modo
que ese «a fondo» y «con tiempo» se volvía siempre un «con mucho tiempo» y
luego un «nunca más». También aprendí a considerar esto con respeto; respetaba
el digno escepticismo de mis padres, el eterno miedo de no encontrar finalmente
lo «correcto», como una superioridad que representaba más que la facultad
elemental de poder decir alguna vez que sí y que no de forma «superficial». La
palabra «espontáneo» no formaba parte de nuestro vocabulario.
Soy consciente
de estar abordando aquí un tema filosófico que va por supuesto más allá de mis
recuerdos personales. Para los ojos del filósofo sin duda resulta posible que
el verdadero intelectual sea aquel que reflexiona sobre una cuestión teniendo
en cuenta todos sus aspectos, y que por consiguiente no decide ni actúa nunca;
ello puede justificarse en el campo puramente filosófico. Sin embargo a mí me
parece igualmente válido que aquel que siempre reflexiona y no actúa jamás es
el que fracasa en la vida. Aquel que no hace más que reflexionar «a fondo»
acerca de todo y se abstiene de tomar cualquier posición, es aquel cuyas
reflexiones finalmente no tienen valor y acaban derrumbándose como un castillo
de naipes. ¿Pero cómo hubiese podido darme cuenta de eso en mi adolescencia,
cuando yo mismo vivía en un castillo de naipes?
Aquí podrá
objetárseme que no pudo haber existido una ausencia tal de opiniones como la
que he mencionado, ni siquiera en casa de mis padres, y que alguien alguna vez
tenía que dar la pauta. Sí, alguien ciertamente daba la pauta: mi padre,
naturalmente; porque es lo «correcto» que el padre dé la opinión. Por lo
general era mi padre quien decía cómo eran las cosas, y nosotros asentíamos,
porque él tenía que saberlo mejor que nosotros. Mi madre seguía incondicionalmente
esta línea de conducta. Evitaba cualquier declaración directa, para no correr
el riesgo de eventualmente no estar de acuerdo con la opinión de mi padre; una
vez que él había emitido su voto, ella podía asentir tranquilamente y sin
riesgos. Si por casualidad este sistema de acuerdo sistemático alguna vez no
funcionaba sin contratiempos, mi pobre madre estaba dispuesta a realizar las
correcciones necesarias.
Si queremos
poner aquí como ejemplo la fecha que se fija para la realización de una
determinada cosa, podía suceder que mi madre propusiera imprudentemente una
fecha límite, por ejemplo el martes. Sin embargo, si mi padre prefería el
viernes (que, sin que él lo supiera, a mi madre no le resultaba cómodo), nada
más fácil para mi madre que tener imprevistamente la idea de que en realidad el
viernes le convenía mucho más que el martes, que desde todo punto de vista era
preferible al martes, y que, a fin de cuentas, ni siquiera debía tomarse en
cuenta el martes. En el fondo, lo ridículo de esta historia era que, en la
mayoría de los casos, había un tercer día de la semana, por ejemplo el
miércoles, que resultaba perfectamente no problemático para ninguno de los dos,
de manera que la elección del miércoles hubiera resultado un compromiso
juicioso, sin sacrificios inútiles. El ocultar sus sentimientos y la renuncia
por parte de mi madre habían sido completamente absurdos. Ella había querido
salvaguardar la «armonía», pero lo hacía de una manera totalmente inútil y
mentirosa. En un caso como éste, mis padres en realidad no habían estado
realmente «de acuerdo»: sólo habían evitado discutir acerca de la cuestión.
Cuando recuerdo y pienso en los innumerables sacrificios inútiles de este tipo
que se han hecho en mi familia en nombre de la armonía, no puedo más que llegar
a la conclusión de que no fueron efecto de la generosidad sino de la cobardía.
En lo que
puedo recordar, mis padres, que estuvieron casados durante treinta años,
tuvieron una sola y única pelea. La inusual situación de disensión paterna
resultó sumamente dolorosa para toda la casa, pero en lo que se refiere a la
disputa propiamente dicha, acabó en nada: mis padres no sabían pelear y
terminaron el experimento sin llegar a ningún resultado, después de haberse
enfrentado durante un día entero en total silencio. El experimento no volvió a
repetirse porque mis padres se dieron cuenta de que no poseían las virtudes
para llevarlo a cabo.
A este
respecto recuerdo una escena sumamente curiosa que quiero citar aquí para
ejemplificar muchas otras. Vino a visitarnos una tía muy culta que hizo un
comentario acerca de una exposición de cuadros del pintor Hans Erni. A los ojos
de mis padres ese pintor era sospechoso de ser comunista; ése ya era un motivo
para que sus cuadros no fueran realmente bellos. Sin embargo, la opinión de mi
tía era que la exposición había sido admirable. Mi madre, que estaba sirviendo
el té, había oído mal y entendió «abominable» en lugar de «admirable», cosa que
por otra parte ella esperaba escuchar, ya que Erni era comunista. Fue así como
se apuró entonces a agregar, por su parte, que encontraba «abominable» al
pintor. Claro que la tía mal comprendida persistió en su opinión y en su
«admirable», de manera que ahora sí mi madre escuchó la palabra correctamente,
cambió inmediatamente su opinión y encontró a Erni igualmente «admirable».
En general
podía encontrarse en mi madre una gran predilección por la expresión «o bien».
Constataba algo y proseguía: O bien es otra cosa. Mi pobre madre solía decir:
«El próximo viernes a las diez y media iré a Zúrich; o bien me quedare en
casa.» «Esta noche cenaremos espaguetis; o bien habrá ensalada.»
Hay que
preguntarse: ¿dónde está la realidad? Yo me voy; o bien me quedo en casa. Yo
estoy aquí; o bien yo no estoy aquí. La tierra es redonda; o bien es
triangular. Si se dice «o bien» demasiado a menudo, las palabras pierden todo
su peso y sentido; la lengua se descompone en una masa amorfa de partículas
carentes de significado; ya nada es concreto, todo se vuelve irreal.
Hoy me resulta
imposible clasificar en forma cronológica mis reacciones frente a mi entorno.
Cuando era niño y adolescente seguramente debía de estar al lado de mis padres
y en especial de mi pobre madre, esperando junto con ella que toda amenaza de
divergencia de opiniones se disolviera de la manera más suave y menos
conflictiva; con el tiempo comenzaron a molestarme las mentiras de esa eterna
armonía. No sabría decir cuándo sucedió eso; los primeros indicios quizá se
encuentren todavía en mi infancia, pero la podredumbre del mundo en que vivía
se me apareció tarde, terriblemente tarde, en toda su dimensión. Por una parte
me molestaban las excusas mentirosas de mi madre, por la otra yo ya estaba
demasiado imbuido de la armonía, y era demasiado hipócrita y cobarde para
aventurarme a entrar en una situación conflictiva y buscar más seriamente el
motivo por el que me chocaba todo eso. Consideraba la conducta de mi madre una
debilidad algo ridícula, una manía encantadora a la que hay que asentir sonriendo
antes que censurarla. Había leído en un libro y había hecho mío inmediatamente
el concepto de «manía encantadora». Sentía que podía necesitarlo para remendar
mi imagen del mundo en un momento en que quizás ésta no fuera totalmente
impermeable. Incluso comencé a presentir que yo tenía defectos y que todo mi
universo era falso y estaba averiado, pero retrocedía frente al compromiso de
la palabra «defecto» y quería a toda costa creer en la «encantadora manía»;
ello, claro está, porque en la palabra «defecto» se encuentra, inexpresada, una
invitación para discernir y tomar posición, mientras la manía, en especial
aquella «encantadora», era más bien algo que es preciso cuidar, mimar, quizá
con una pequeña sonrisa, pero que de cualquier manera había que cultivar.
II
Si echamos una
mirada a lo escrito hasta ahora, podría surgir fácilmente la impresión de que
lo único que me interesa es enumerar con malevolencia las debilidades de mis
pobres padres para presentarlos como los malvados que me destrozaron y a los
que habría que atribuir entonces todas mis desgracias. Pero yo creo que en este
relato hay algo más que la simple intención de hacer responsables a mis padres
de lo que yo hubiera debido saber y hacer mejor. Hoy no los considero tan
«culpables», sino más bien víctimas, junto conmigo (covíctimas), de la misma
situación falseada. Ellos no habían inventado esa errada forma de vivir, ellos
habían sido también engañados —tanto como yo— por esa vida falsa, aceptada sin
espíritu crítico. En este punto de mis recuerdos, uno podría creer llegado el
gran momento en el cual, en ese universo engañoso que era la casa de mis
padres, yo me rebelaría y diría: ¡Alto! ¡Esto no puede continuar así!
Pero ese
momento no llegó. Y la fatalidad estriba justamente en eso: en que no llegó y
en que, por otra parte, no podía llegar de ningún modo. Las pequeñas o grandes
debilidades de mis padres no eran malas en sí mismas; nadie es perfecto y
ninguna educación puede dar resultados perfectos, puesto que en algún momento
durante el transcurso de la educación todos los padres impondrán indudablemente
a sus hijos algo que más adelante los hará sufrir. Además, los niños no son
criaturas perfectas, y esto forma parte de algo evidente: simplemente, el mundo
no es perfecto. Lo malo no eran mis padres, ya que ellos no eran malvados; hoy
sólo puedo sentir piedad por ellos. Lo que era malo era el hecho de que el
mundo en el cual yo crecía no debía ser un mundo imperfecto, ya que su armonía
y su perfección eran obligatorias. Yo no debía caer en la cuenta de que el
mundo no era perfecto; la principal finalidad de mi educación podría
encontrarse seguramente en el hecho de que trataba justamente de hacer imposible
el momento en el que yo me diría: «¡Alto!», ya que me habían educado de manera
que no pudiera caer en la cuenta. Y tuvo éxito. Mi educación puede calificarse
en realidad de perfectamente lograda, ya que, durante treinta años, yo no «caí
en la cuenta» de nada. Fui educado para decir siempre sí, «utilicé lo que había
aprendido» y siempre dije sí a todo. La experiencia de mi educación había
tenido éxito. Lamentablemente.
Sin embargo,
este relato va más allá de lo puramente individual en el hecho de que mi caso
—digamos más bien: nuestro caso— no es un caso aislado que se pueda encarar sin
tener en cuenta todo el resto. Yo sólo puedo presentir en qué medida mis padres
eran culpables de un error o en qué medida no eran ellos mismos víctimas de un
error mucho mayor aún.
Por lo que sé
de ellos, mis padres no tenían buenas relaciones con sus propios padres; en
todo caso, esas relaciones no eran «armoniosas». Tal vez justamente el hecho de
haber sido privados de esa armonía en su infancia los había impulsado a adoptar
esa forma de vida «armoniosa». Quizá querían compensar armoniosamente todo lo
que creían haber sufrido de inarmonioso por parte de sus propios padres. Tal
vez haya que ver su actitud como una reacción deliberada frente a la de sus
padres, actitud que a su vez suscita en mí una disposición contraria y
agresiva. Naturalmente, se puede comprender toda la historia de las
generaciones como una eterna reproducción de la misma situación en la cual los
padres siempre «quieren sólo el bien» de sus hijos, pero los educan de manera
totalmente equivocada, de modo que los niños reaccionan luego contra esto,
cayendo en el otro extremo: quieren remediarlo todo y, a su vez, «sólo quieren
el bien» de sus hijos, de modo que el círculo vicioso continúa hasta el infinito.
En otras palabras: se haga lo que se haga, está mal hecho. Prosiguiendo en este
sentido, podríamos constatar muy pronto que las cuestiones de educación son
«complicadas», cosa que permitiría relegar ad acta todo el problema, que es en
sí absolutamente insoluble.
Sin embargo,
para no caer en ese error y considerando solamente, en este caso, lo que tiene
de «complicado», yo diría que mi educación adolecía de un mal real, y que no
había que atribuir simplemente los errores de mis padres a los errores inversos
de mis abuelos. En efecto, no creo que mi familia y yo viviésemos en una casa
de cristal, ridícula e irreal, que el menor golpe de viento podía destruir.
Creo que la casa de mis padres, tal cual la he descrito antes en diversos
ejemplos, constituye un caso muy representativo, y que toda una serie de otras
casas de padres no debe presentar muchas diferencias. Puede muy bien ser que en
mi casa las cosas fuesen un poco más acentuadas y exageradas que en otras, pero
sin duda no eran fundamentalmente diferentes de lo que pasaba en otras casas de
la burguesía.
Podría
objetarse que si todo eso me destrozó, lo que me perjudicó de mi educación
equivocada es, en el fondo, lo que tenía de excesivo en mi caso particular,
puesto que la educación de mis contemporáneos era indudablemente tan fallida
como la mía sin que por ello esos compañeros de infortunio hayan sufrido un
daño particular. O para decir las cosas más simplemente: toda educación es
mala, pero esto no tiene la menor importancia ya que la mayor parte de los
niños logra evadirse de ella. Si llega a suceder, excepcionalmente, que uno de
ellos no lo logre es porque ha tenido mala suerte, y hay que considerarlo
entonces un caso extremo o, simplemente, la excepción que confirma la regla.
A pesar de
ello, yo no creo en esa excepción. Las consecuencias extremas que tuvo
posteriormente ese daño para mí pueden constituir una excepción, ya que, a fin
de cuentas, quien ha sido educado equivocadamente no siempre desarrolla un
cáncer. Me parece más justo decir que el mal causado por una educación errónea
es a veces tan grande que puede manifestarse también bajo sus formas extremas
(como parecería ser mi caso) en enfermedades provocadas por una neurosis, por
ejemplo el cáncer. ¿Sobreviviré a esta enfermedad? Por ahora no lo sé. En el
caso de que muera, se podrá decir de mí que fui educado a muerte.
Por otra
parte, se puede pensar también que tuve mucha suerte: ya que fui educado en
vista del cáncer, se me ha ofrecido una posibilidad de reaccionar ahora contra
el mal. Sin duda estoy mejor preparado que miles de otros que no están en una
situación tan tremenda, y que ahora, sin sufrir un cáncer, tienen toda la
posibilidad de embrutecerse, desdichados y frustrados según la mejor tradición.
Éstos, que están solamente un poco menos mal preparados que yo, tienen,
justamente a causa de ese poco, muchas menos posibilidades de combatir el mal.
Porque, al fin y al cabo, todo rico ciudadano de Zúrich sufre un infarto y una
úlcera de estómago; sólo que eso no le inspira nada inteligente. Hay algo
podrido en Dinamarca (y también en otros Estados europeos), pero evidentemente
nadie se da cuenta hasta que el mal se agrava.
Sin embargo,
esto que se me aparece claramente como el peor defecto de mi educación —la
construcción ficticia y dogmática de un mundo perfecto y sano, llamado también
el universo de mi juventud— es sumamente parecido al universo de todos los que
han crecido como yo, no solamente en la orilla derecha, sino en la «buena»
orilla del lago de Zúrich, en la llamada «Orilla Dorada», en la sociedad
burguesa de Zúrich, en Suiza, en Europa, o, si se prefiere, en lo que se llama
el mundo libre occidental. Sin embargo, no quiero transformar este relato en un
tratado político, para lo cual me faltan tanto los conocimientos necesarios
como las ganas de hacerlo. Al contrario, quisiera limitarme únicamente a mis
recuerdos personales, aun cuando tengo conciencia de que mi caso personal no es
sólo un caso aislado, sino probablemente una historia representativa y general
que puede ilustrar las de los demás. Por esta razón puede constituir también
una cuestión política.
Después de
haber expresado mi convicción de que tal como éramos en casa no representábamos
un caso tan extraordinario, y después de haberme limitado casi exclusivamente a
la descripción de mi familia, por ejemplo cuando conversaba sentada a la mesa
puesta para el almuerzo, ahora quisiera intentar un esbozo del inquietante
mundo exterior.
Si hoy trato
de recordar cómo era la otra gente, la que existía fuera de la casa de mis
padres, yo diría que eran ridículos y respetables. Llegaban muy raramente al
grado máximo de ridículo total, aunque sí a menudo al de la total
respetabilidad; pero muy a menudo poseían esas dos cualidades al mismo tiempo;
cualidades que no se excluyen sino en apariencia.
Todos aquellos
que ocupaban una posición que infundía respeto eran respetables, naturalmente;
por ejemplo los profesores, médicos, sacerdotes, directores, titulados
universitarios, catedráticos de universidad, militares y, a decir verdad, todos
los ricos. Creo que el proverbio que sigue también era válido para nosotros:
«El que es rico, es bueno.» Naturalmente, se evitaba la palabra «bueno», que
era reemplazada por «bien», como se dice entre nosotros: la gente «bien» era la
gente rica. Por supuesto, nosotros no decíamos «rica»; se decía de alguien que
«tenía dinero». La gente tampoco era «avara» sino «acomodada». Los pobres no
eran «pobres» sino «simples». Las cosas —sobre todo las posesiones— no eran
«caras» sino «nada baratas». A decir verdad, no se habla del dinero: se tiene.
Una especie
importante de personas respetables merece aquí una atención particular: los
políticos. Por principio, ellos también eran respetables, pero se les imponía
una obligación: tenían que ser de derechas. Cuanto más a la derecha estaban,
más respetables eran y, por consiguiente, cuanto más se acercaban a la
izquierda se volvían más malos. La medida de toda la escala de valores en
materia política eran los malos, los comunistas: cuanto más anticomunista era
una persona, mejor se la consideraba; cuanto más sospechosa de tener algo que
ver con el comunismo, peor. Entre nosotros, la concepción política del mundo
era, por lo tanto, clara; existían el bien y el mal, y la línea demarcatoria
entre los dos era inequívoca. Suiza, yo lo sabía, era «bien» ya que en ella no
había comunistas, o solamente unos pocos. Y esos raros individuos estaban muy,
muy lejos de nosotros: en el cantón más alejado de la casa de mis padres, en
Ginebra, que debíamos imaginar, sin duda, bajo el aspecto político de una Babilonia
pecadora.
Naturalmente,
cuando yo era un niño todo lo referente a la política me resultaba
absolutamente oscuro; pero más tarde, cuando fui estudiante, recuerdo hasta qué
punto mi tímida toma de conciencia en ese campo apareció como fuera de lugar a
los ojos de mis padres. Un día, en la mesa se hablaba con conmiseración de la
suerte de un conocido al cual los detestables izquierdistas habían querido
reventar la carrera a causa de su pasado nazi (que en Suiza no se llamaba
naturalmente «pasado nazi» sino «pasado en el frente»). Como se me ocurrió
sacar a colación el ejemplo de un profesor de bachillerato que, por ser
socialista, no podía ser contratado por una escuela de tendencia conservadora,
atraje sobre mí la indignación y la cólera, ya que «no se podía en absoluto»
comparar las dos cosas. Sin embargo, es evidente que semejantes audacias de mi
parte no eran la regla y que en general, aun cuando era estudiante, en materia
política seguí siendo un fiel hijo de mi familia y obedientemente encontraba
«bien» todo lo que era de derechas y «mal» todo lo que era de izquierdas. Y era
lo que se decía «razonable».
Así que fui
criado dentro de ese espíritu, de tal modo que en todos los extraños a la
familia viera personas a las que se debe respeto. Digo «extraños» porque,
siendo niño aún, ya sentía que no eran de los nuestros. Había que tratarlos con
respeto, no debía excluirse tampoco una especie de discreta amabilidad, pero lo
más importante en las relaciones con ellos era la distancia. Amabilidad sí, sin
duda; cordialidad no, de ninguna manera. Ésa era la consigna. Los otros eran
siempre más bien enemigos en potencia que potenciales amigos. Cuando venía el
Señor Doctor, o el Señor Director, o el Señor Cura, no podíamos alegrarnos de
esa visita: había que esperar más bien un aguafiestas al cual debíamos
esforzarnos en hacerle lo menos desagradable posible esa intrusión con la mayor
cortesía, atención y tacto. Para subrayar el particular y penoso carácter de
las circunstancias, en casa todo tenía que ser ligeramente diferente que de
ordinario: las habitaciones debían estar un poco más arregladas que de costumbre,
un poco diferentes de lo que nos gustaba que estuviesen, ya que el hecho mismo
de que esa transformación no nos gustara daba mayor realce al ceremonial de
cortesía. Mis padres hacían gestos distintos de los habituales, hablaban de
otra manera, decían otras cosas, llegaban hasta a emitir otras opiniones que
las habituales y, sobre todo, en presencia de esas personas respetables se
dirigían a mi hermano y a mí en forma totalmente distinta de la habitual. En
presencia de esas personas respetables, aun el tono acostumbrado entre padres e
hijos debía ser diferente, más contenido y más artificial. Cada uno debía
representar su papel, y para que mi hermano y yo también representásemos un
rol, nuestros padres nos hablaban como si fuésemos niños completamente
distintos.
Durante mi
infancia ese ceremonial me parecía simplemente desagradable y me sentía
contento cuando todo ese teatro había terminado y el aguafiestas de turno
abandonaba la casa. Hoy me doy cuenta de que ese desagrado mismo tenía un
sentido muy particular: evidentemente, la impresión de que el intruso
molestaba, que era un extraño y que no tenía nada que ver con nosotros, debía
ser transmitida, tanto al respetable visitante como al resto de la familia. Y como
esa impresión no podía ser transmitida por medio de groserías o impertinencias,
la maniobra de intimidación debía ser efectuada simplemente por medio de una
cortesía exagerada. Lo que era absolutamente indeseable era el extraño; tan
pronto como alguno había abandonado la casa, el mundo estaba otra vez en orden
y nosotros estábamos de nuevo entre nosotros.
Yo sufría muy
intensamente esta impresión, sabía que las dos nociones de «visita» y de
«inoportuno» eran, de hecho, sinónimos, y también sabía que «visita es cuando
se aparenta».
Sin embargo,
además de esas personas respetables que por su profesión, su riqueza o alguna
otra superioridad inspiraban respeto, había una multitud de otras personas
respetables con las que ocurría justamente lo inverso. Se trataba en este caso
de personas que eran, de alguna manera, inferiores, obreros o empleados, o
cualquiera que debiese prestar un servicio. Nosotros nos dirigíamos a todas
esas personas con un respeto ostentoso y exagerado. En ese caso, una vez más,
era absolutamente imposible mostrarse natural con esas personas; una vez más
eran extraños a los que se trataba de mantener a distancia por medio de la
afectación. Lo que había de falso en este tipo de respeto era su exageración.
Mi madre expresaba sus elogios y agradecimiento por pequeños servicios con
acentos tan exaltados que esas manifestaciones sonaban a hueco, no podían ser
tomadas en serio y se volatizaban en lo irreal. Mi pobre madre decía por
ejemplo al vendedor de periódicos que era «maravilloso», «magnífico» y «admirable»
de su parte haber traído el periódico, negándose a reconocer que, después de
todo, el oficio de ese hombre era traer el periódico; podía agradecerle que lo
trajera, pero eso no era «admirable» en absoluto.
A menudo, mi
madre se dirigía también a los inferiores como si se tratara de imbéciles. Se
expresaba con una claridad excesiva y hablaba con más lentitud que de
costumbre, para que esos desdichados pudiesen captar con toda facilidad el
sentido de sus palabras, sin darse cuenta de que esos «desdichados» no lo eran
en absoluto y, sobre todo, no eran tan obtusos como para no poder seguir su
forma natural de hablar. Se producía siempre una situación cómica involuntaria
cuando esas personas aparentemente «simples» se revelaban como más inteligentes
que mi madre y, cuando ella se esforzaba por traspasar su discurso a un
lenguaje a medias infantil, le hablaban de cosas que ella no conocía o no
comprendía. Entonces los inferiores, las supuestas «personas simples», eran
también extraños que pertenecían a otro mundo, diferente del nuestro, pero
ellos no eran solamente distintos de nosotros, eran también más pequeños, más
bajos, más insignificantes. Y aun cuando jamás se los trataba con desdén, sino,
al contrario, siempre con el extremo opuesto al desdén, es decir, con una
consideración exagerada y falsa, para mí el desdén se hacía más evidente aún en
ese respeto vacío y simulado que si hubiera sido expresado sin ambages.
Se hubiera
dicho que nuestro medio sano estaba siempre rodeado de seres de otra especie,
hostiles, que sólo podían mantenerse a distancia siguiendo las reglas de la
diplomacia más cortés y sin alma. Pero seguramente mis pobres padres no tenían
sólo enemigos imaginarios, tenían también amigos de los cuales yo no puedo más
que desear que no hayan sido del todo imaginarios. Quiero esperar, sobre todo
por mis padres, que ellos no arruinasen sus relaciones con sus amigos desde el
principio, como me pareció a menudo posteriormente. Durante mi infancia,
naturalmente, yo no tenía aún ideas muy claras sobre los amigos de mis padres.
Cuando ellos recibían, mi hermano y yo no estábamos presentes, como es natural.
Sin embargo, antes de irnos a dormir, teníamos que desfilar ante los invitados,
darles la mano, saludarlos, decirles nuestra edad, que nos gustaba ir a la
escuela y en qué curso estábamos. En recompensa por estos informes, ellos nos
decían a su vez que, ahora que teníamos diez años, estábamos mucho mayores que
la última vez que nos habían visto, cuando teníamos nueve. Naturalmente, yo
sentía horror por todo eso. No tuve una impresión clara del círculo de amigos
de mis padres hasta que fui mayor y pude asistir a las recepciones que daban.
Y debo señalar
que por lo general encontré ese círculo de amistades siempre en situaciones
semejantes, es decir, en recepciones. Desgraciadamente eran siempre
recepciones, pues este tipo de reuniones supone inevitablemente anfitriones e
invitados, dos roles con los cuales mis padres sabían identificarse hasta
hacerse irreconocibles. A decir verdad, mis padres eran buenos anfitriones,
pero eran deplorables invitados. Como anfitriones se ocupaban con tacto y
discreción de la comodidad de sus invitados y, a fuerza de atenciones, no
tenían necesidad de decir nada que sobrepasara el dominio de la pura
hospitalidad y la atención estereotipada. La cortesía perfecta es, sin duda,
intrínseca en un anfitrión perfecto. Desde el momento en que los invitados se
divertían, nadie debía observar que la amabilidad de mis padres se reducía a
una manifestación de hospitalidad puramente anónima y que, en medio de los
acontecimientos, mis padres se mantenían en el fondo, completamente aparte, sin
hacer otra cosa que representar sus papeles.
Sin embargo,
ese juego no funcionaba bien cuando los invitados eran ellos. En su calidad de
invitados no podían desempeñar un papel ritual como el de anfitrión y, en
consecuencia, estaban mucho más directamente implicados en el desarrollo de la
fiesta o por lo menos deberían haberlo estado. Por tanto, se compenetraban aún
más en el papel de invitado constantemente lleno de gratitud, alababan de la
manera más exaltada y sin cesar todo aquello que se les ofrecía y expresaban su
agradecimiento por ello. Cuando hacían esto, se notaba muy bien que,
proclamando exteriormente con entusiasmo que todo era «magnífico», ellos se
sentían interiormente más bien a disgusto y, en el fondo, hubieran preferido
volver a casa. Pero esta imposibilidad de obrar libremente se originaba en el
hecho de que ellos querían honrar así a su anfitrión y testimoniarle su
respeto. Yo diría que rendían homenaje a los penates del anfitrión
conduciéndose de la misma manera en su papel de invitados, con una cortesía
ceremoniosa y evitando hacerse notar de manera desagradable en lo que fuera.
Preferían no hacerse notar en absoluto, quedarse allí sentados, con sus buenas
maneras y su ligero malestar, sin contribuir en nada a la diversión general.
Por supuesto, cuando estaban solos, no ocultaban que no les gustaba en absoluto
ser invitados y que en el fondo respondían siempre de mala gana a cualquier
tipo de invitación. Pero, claro, no dejaban transparentar esta repugnancia en
lo más mínimo.
Tenían una
astucia particular que consistía en aceptar con un fingido entusiasmo una
invitación imposible de eludir y transformarla enseguida en una
contrainvitación y proponer recibir más bien a los otros en casa, empleando por
ejemplo la expresión equívoca «o bien»: «Iremos realmente encantados a su casa,
o bien... ¡por qué no vienen ustedes a nuestra casa!» Sucedía así muy a menudo
que mis padres, por pura inercia, porque simplemente les contrariaba ir de
visita a casa de los demás, no cejaban hasta que de invitados pasaban a
anfitriones. La mayoría de las veces los otros alababan esta actitud, que les
parecía generosa; pero yo sabía que sólo se trataba de comodidad. Esta cortesía
tiene también otro aspecto —muy extendido, no sólo aplicable a mi familia— y es
que permite evitar el terror de agradecer algo a quien sea. El que no acepta
nada tampoco debe decir nunca gracias y así puede sustraerse a la penosa
obligación de ser, algún día, deudor de algo o alguien. Esta especie de
cortesía no es otra cosa que egoísmo. Yo defendí siempre el punto de vista de
que dar —al menos en nuestra sociedad sobrealimentada, en la que se ignora la
necesidad material— hace mucho, mucho menos feliz que tomar. En efecto, dar
puede hacerlo cualquier millonario (y en la Orilla Dorada sólo hay
millonarios), pero aceptar algo con gratitud, sin enviar al día siguiente un
regalo del mismo valor en recompensa, son muy raras las personas entre Zúrich y
Rapperswil capaces de hacerlo. Detalle que no habla justamente en favor de
nuestra sociedad. En absoluto. (Pero al fin y al cabo no sólo existe la Orilla
Dorada, existen también los chinos y los negros y, a Dios gracias, son
mayoría.)
Se
sobreentiende que cuando mis padres recibían se practicaba, según la costumbre
establecida, la completa subversión de los valores. Todo lo que ellos ofrecían
en su calidad de anfitriones debía ser primeramente minimizado y, sobre todo,
había que decir que era demasiado malo, demasiado ordinario, demasiado simple
o, al menos, insuficiente. Por el contrario, todo lo que les era ofrecido en
una casa extraña era, de antemano, magnífico, incomparable y, en todo caso,
superior a lo que podían ofrecer ellos. Naturalmente, el verdadero valor de una
cosa no tenía la menor importancia; era el papel de anfitrión o de invitado el
que determinaba qué era lo absolutamente loable y lo absolutamente deleznable.
Como siempre, las cosas no tenían un valor real; sólo debían corresponder a las
formas de la cortesía impersonal. A título de ejemplo, mencionaré aquí un
penoso detalle.
Cuando era
invitada, mi pobre madre (sea porque verdaderamente lo prefería, sea por falsa
modestia) rehusaba a menudo el coñac o el whisky que se le ofrecía y en su
lugar pedía un simple vaso de agua. Pero como esa agua era servida por el
anfitrión, ella se sentía obligada a proclamar que era «deliciosa». Que la
Passugger (agua mineral) tiene en todas partes el mismo gusto, salga de la
propia nevera o de la del vecino, importaba poco para el caso. No se trataba de
la realidad de la cosa; se trataba de que en calidad de invitada había que
encontrar todo «delicioso». Sin duda, el anfitrión hubiera podido desollar viva
a mi madre y ella se habría creído obligada a encontrar «delicioso» el
desollamiento sólo porque había tenido lugar en la casa de su anfitrión. El
«delicioso» que ella otorgaba no tenía valor; la verdad no tenía importancia,
sólo contaba la cortesía.
Muchos años
después, cuando yo ya no vivía en casa de mis padres, su repugnancia por ir de
visita a casas ajenas tomó formas más bien macabras: en realidad, no iban más
que a los entierros. Aun cuando se hubiera tratado de visitar a un amigo
querido o a un conocido amable, por pereza o por indecisión la visita se iba
posponiendo indefinidamente hasta el día en que esa persona moría. Pero, una
vez que estaba muerta, mis padres iban al entierro porque eso era cuestión de
buena educación. Había que asistir a los entierros, eso estaba «bien»; el hecho
de que aquel al que se honraba ahora con una visita la hubiera agradecido más
cuando aún vivía no tenía importancia para el caso.
Después de
todas esas personas respetables, ya se tratara de funcionarios públicos, de
anfitriones o de pretendida «gente simple», quisiera hablar ahora del grupo,
aún más importante, de los ridículos, de todos los que eran algo diferentes de
nosotros y, por esa misma razón, un poco ridículos. Es necesario que aclare
enseguida que, en este relato, yo aplico la noción de «ridículo» a posteriori:
en casa de mis padres nadie hubiera osado, aun en sus pensamientos más
recónditos, establecer una relación entre la palabra «ridículo» y cualquier
persona. Era un proceso completamente inconsciente el que nos hacía encontrar
ridículos a los demás. Para decirlo de otro modo: nos parecían ridículos, pero
nosotros no lo sabíamos. He escrito más arriba que los demás nos parecían
ridículos porque eran diferentes de nosotros. Ellos no eran, justamente, tan
«bien» como nosotros. Pero, por supuesto, no se podía pedir a todo el mundo que
fuera tan «bien» como nosotros; hubiera sido exigirles demasiado. Estaba muy bien
así, que ellos no fueran exactamente tan «bien»; estaba escrito en las leyes de
la naturaleza que sólo algunos aristócratas pudieran llegar a ser completamente
«bien» y que los demás debieran detenerse mucho más abajo. Sin embargo, no por
eso debíamos calificar a esos inferiores de malos; eran personas correctas, y
buenas, se afanaban intensamente dentro del marco de su universo ligeramente
estrecho. De ningún modo merecían el desprecio, sólo que no eran tan
absolutamente «bien».
Poco a poco
comprendí que la imperfección de los otros resultaba más atrayente que
repulsiva; era cómica, era ridícula. Me di cuenta de que casi todos los demás
hacían sin cesar exactamente todo lo que nosotros nos esforzábamos por evitar:
mostraban sus debilidades, y esas debilidades nos divertían. Los demás hacían
constantemente cosas un poco ridículas, decían siempre cosas un poco ridículas
y, en general, su conducta y sus modales eran un poco ridículos. Eran personas
que no habían comprendido que todo era «complicado» y que hablaban a tontas y a
locas de cosas de las que nada sabían, justamente porque esas cosas eran
demasiado «complicadas»; gente que comparaba las cosas entre sí porque no sabía
que no se puede, en absoluto, hacer comparaciones; gente que, sobre todo, tenía
tontamente una opinión propia y la expresaba libremente. Yo sentía hasta qué
punto era divertido cuando los demás expresaban su opinión, opinión que podía
muy bien ser totalmente errónea, que muy probablemente lo era, mientras que
sabía de mí mismo que era demasiado distinguido e intelectualmente diferente
como para tener siquiera una opinión personal. Existían por lo tanto personas
que corrían el riesgo de ponerse al descubierto; y eso era ridículo. El mundo
de la gente que no era «bien» era nuestro teatro y nosotros éramos el público,
ya que no hacíamos nada; éramos siempre simples espectadores.
Aquellos a
quienes llamo aquí «los otros» eran, en el fondo, todo el mundo. Todo el mundo
era diverso, nadie era como nosotros; o para ser más exacto: no era otra cosa
que nuestra suficiencia inconfesada lo que nos hacía ver a toda la humanidad
bajo el aspecto de «los otros»; en realidad siempre éramos nosotros «los
otros», éramos nosotros los que estábamos siempre aparte. A propósito de esto
quisiera subrayar una vez más que es imposible imaginar hasta qué punto se
había mantenido abierta, imperceptible, esa fisura constante entre nosotros,
los espectadores, y los otros, los actores. No creo que mis padres tuvieran
conciencia de esa fisura; en todo caso, no hubieran sido capaces de expresarla
con palabras, aun si hubieran tenido una vaga idea sobre una cuestión de esa
naturaleza. En efecto, eran absolutamente inconscientes de lo más importante:
que la gente les parecía ridícula. Ridículo hubiera sido la última palabra que
hubiesen usado para calificar sus relaciones con el mundo exterior, ya que las
relaciones humanas estaban impregnadas, en ellos, de un respeto hierático,
completamente desprovisto de humor, y de la cortesía glacial de su rechazo del
prójimo. Si se les hubiera reprochado el hecho de sonreír acerca de sus
semejantes, mis padres se habrían defendido indignados. Y sin embargo lo
hacían. ¿Qué había entonces de realmente ridículo en esa relación entre mis
padres y los demás?
Yo definiría
el ridículo como la distancia entre lo perfecto y lo imperfecto, o,
formulándolo cínicamente, entre lo negativo y lo positivo: la nada siempre es
perfecta, el algo siempre tiene defectos. La agitación del mundo le parece
ridícula al sereno Buda, porque él mismo no tiene ya nada que ver con ella. Los
sentimientos del prójimo le parecen ridículos al cínico porque él mismo no
tiene ya sentimientos. Al que no juega al fútbol le parece ridículo correr
detrás de una pequeña pelota de cuero durante horas; no se pregunta si ese
juego no será terriblemente divertido; sólo ve el lado ridículo de esos hombres
adultos que juegan como muchachitos. Sin duda el que hace algo se pone siempre
en ridículo frente a los ojos del que no hace nada. El que obra puede siempre
presentar un flanco descubierto, el que no obra no corre ni siquiera ese
riesgo. Se podría decir que el que vive siempre es ridículo, ya que sólo el que
está muerto no lo es en absoluto.
En este
momento creo que eso era lo que pasaba con nosotros: no hacíamos nada y no
decíamos nada y no defendíamos nada y no teníamos opinión alguna; por eso
pasábamos nuestro tiempo divirtiéndonos con la gente que, ridículamente, decía
o hacía o pensaba algo. Esos payasos en nuestro salón eran, sin embargo, muy
necesarios para nuestra vida; ya que, como nosotros jamás nos poníamos en
ridículo, dependíamos de los otros que lo hacían en nuestro lugar y, de ese
modo, nos divertían. He aquí por qué esos payasos nos parecían tan simpáticos:
nos hacían reír, cosa de la cual éramos incapaces por nosotros mismos. Se
sobreentiende que había suficientes ridiculeces a nuestro alrededor ya que,
cuanto más es uno mismo una tienda de porcelana, más nos parece que todo lo que
viene del exterior, no importa qué sea, toma para nosotros el aspecto de un
elefante. Así pues, lo que nos parecía ridículo no era otra cosa que lo que era
específicamente ridículo para nosotros; para cualquier otra persona la cosa
hubiera sido completamente normal. Pienso, por ejemplo, en uno de nuestros
vecinos que tenía siempre una cantidad de coches extravagantes que usaba con
gran alegría; era un poco ridículo, un poco nuevo rico, ya que mi padre, que
era mucho más rico que ese vecino, no tenía coche y ni siquiera sabía conducir:
eso era más distinguido. El mismo vecino poseía también diversos modelos de
avión que podía hacer volar por media Suiza: esto era un poco ridículo, ya que
en el fondo resultaba algo pueril. Durante sus ocios mi padre sólo jugaba al
solitario (conocía una única variante que tampoco era demasiado apasionante):
sin duda era más distinguido.
Lo que quiero
decir al traer a colación este ejemplo, es que las preferencias de ese vecino
no tenían nada de ridículas en sí mismas, lo eran únicamente para nosotros, que
no teníamos ninguna preferencia y nos jactábamos de estar «por encima de eso».
Cuanto menos haces, menos ridículo eres. Tal era el adagio que practicábamos en
casa, y contribuyó a hacer de mí un ser distinguido y desdichado. Esta
pasividad generalizada puede ser ilustrada por la siguiente historia: mis
pobres padres formaban parte, en calidad de miembros pasivos, de todas las
asociaciones posibles e imaginables, ya que no ser socio de ellas «puede estar
mal visto por la gente del lugar». Pero ser activos por sí mismos, hacer ellos
mismos gimnasia en la sociedad gimnástica o cantar en la sociedad coral, o
jugar a los bolos en el club de bolos, eso sí que no lo hacían. Por pura
costumbre, mi pobre madre formaba parte también de la asociación de las
mujeres, aunque la detestaba porque esa asociación defendía el derecho al voto femenino.
Nuestra
actitud con respecto a la vida era benevolente, muy benevolente; nosotros la
considerábamos con la misma benevolencia que uno manifiesta a un rinoceronte o
a una jirafa en un zoológico. En efecto, basta con decir que contemplábamos la
vida desde fuera; que no nos gustaba estar inmersos en ella. Por otra parte la
vida nos gustaba, pero no la considerábamos nuestro oficio; para nosotros era
un espectáculo al que asistíamos. Amábamos a la gente, la calle y el ruido,
pero solamente como espectadores. Por eso no se nos hubiera podido tachar de
misántropos, pues en realidad íbamos hacia la gente, pero íbamos como se puede
ir al cine. La calle era lo que más gustaba a mis padres, particularmente las
calles meridionales, por ejemplo de Italia o de España: ¡se podía ver pasar tan
bien la vida en ellas! Pero era justamente eso: la veían pasar. Yo mismo,
durante años, no me di cuenta de que la calle es interesante; sabía solamente
que era pintoresca y que en ella podían verse tipos originales. No se me
ocurría la idea de que yo también era uno de esos tipos. A menudo he observado
el escenario de la calle, con todas esas personas que van en pos de su meta.
Era sólo yo el que no tenía otra meta salvo mirar cómo los otros perseguían la
suya. Un día, en una fiesta mayor, unos amigos me preguntaron qué me atraía
más; yo respondí, como si fuera algo que se daba por sentado, que lo que
prefería era observar a la gente. Tuve que esforzarme un poco para poner buena
cara mientras ellos me arrastraban de diversión en diversión, ya que yo no me
había dicho jamás, hasta el momento, que las diversiones no estaban hechas sólo
para los demás sino también para mí.
En la calle yo
tenía ocasión de ver tipos interesantes, pero no eran tipos con los que me
hubiera gustado entrar en contacto. Era como una película que proyectaran
delante de mis ojos que se detenía tan pronto como yo dejaba mi puesto de
espectador. Por la calle pasaban mujeres «muy elegantes» o que «tenían muy buen
aspecto», pero la idea de que eran «muy elegantes» y de que pasaran por allí
porque también a mí me hubieran podido parecer deseables no me cruzaba siquiera
por la cabeza. Sin duda esto expresaba la quintaesencia de ese mundo en el que
me habían hecho nacer y que también debía convertirse en mi mundo: la vida es
muy buena, pero nosotros no somos la vida; la vida son los otros.
Tomar la calle
como un espectáculo que me estaba reservado, como lo hacía yo en aquella época,
tuvo una consecuencia terrible para mí: como no hacía otra cosa que examinar a
los que pasaban y, lo que es peor, con mirada crítica y desdeñosa y no con
simpatía, pensaba que lo mismo hacían los demás con respecto a mí. Cada vez que
alguien me seguía con la vista, me parecía que su mirada era crítica,
reprobadora y que encontraba algo reprochable en mí. Pero como yo interpretaba
así todas las miradas, comencé a temer que existiese, efectivamente, un montón
de cosas reprobables en mí. Temía que mis trajes estuvieran sucios, o
desaliñados, o que, sin darme cuenta, siempre pusiera cara de pocos amigos.
Durante mi juventud yo expresaba este estado de un modo muy exacto, diciendo
que me sentía como si «llevara colgada al cuello una corneja muerta». Parecía
que todo el mundo veía colgar esa corneja muerta de mi cuello, y que sólo yo no
tenía conciencia de ese hecho escandaloso. Lo peor era cuando las chicas me
seguían con sus miradas; en efecto, lejos de pensar en seguir a las muchachas
con una mirada de admiración, yo no hacía otra cosa que acechar el ridículo,
también con respecto a las mujeres, de tal manera que pensaba forzosamente que
ellas hacían lo mismo conmigo. Indudablemente, yo no era ni particularmente
bello ni particularmente feo, de modo que las muchachas debían de mirarme a
menudo con simpatía; pero aun tratándose de miradas buenas yo no era capaz de
ver en ellas otra cosa que la expresión de la crítica y el descontento. Cada
sonrisa me parecía burlona y despreciativa y es de imaginar que no devolvía
jamás ninguna.
Ahora bien, si
antes he comparado la vida con el cine y he dicho que todos mirábamos la vida
como una película, debo apresurarme a agregar que en el cine nunca nos
dejábamos ganar por lo que veíamos y nunca tomábamos partido. A mis padres les
gustaba ir de vez en cuando al cine, pero a priori clasificaban todas las
películas en dos categorías: estaban las «morosas» y las «chifladas». La cosa
se presentaba de esta manera: un film era «moroso» cuando en él se mostraban
los aspectos tristes, desesperados o inarmoniosos de la existencia. Esas
películas no gustaban a mis padres; opinaban que no valía absolutamente la pena
rodarlas, ya que, «en efecto, la vida no era en absoluto como se mostraba en
ellas». Ellos partían de la base de que la vida no podía ser realmente tan
negra como la que mostraba un film de ese género «moroso», y en consecuencia
ese film era, en el fondo, fantasioso e inútilmente pesimista. Para el autor no
era un mérito el mostrar solamente la maldad, lo oscuro y la tristeza.
Las otras
películas eran «chifladas», es decir, cómicas, pero de una manera tan
completamente fantasiosa como trágicas eran las «morosas». En efecto, «la vida
no aparecía para nada» tal como era representada en los films «chiflados». Así,
los dos géneros estaban caracterizados por el hecho de representar algo
completamente fantasioso e imposible, con lo cual uno no podía ni debía
identificarse. Una subdivisión de los films «morosos» estaba constituida por
los «rusos». Estos tampoco eran realistas, ya que en ellos se trataban
constantemente problemas del alma y «entonces, verdaderamente, la vida no era
en absoluto como ellos la mostraban». Como mis padres no estaban habituados a
discurrir sobre los tormentos del alma, los personajes que sólo hacían eso les
debían de parecer extraños e inverosímiles. Puede muy bien ser que los rusos,
ese pueblo exótico y perfectamente inimaginable en nuestras latitudes, hablasen
del alma, pero ese tema, en nuestro mundo, era inconcebible.
Yo no me di
cuenta hasta mucho más tarde, y, de golpe, cuán poco fantasiosas eran las
películas que mis padres calificaban de «morosas», «chifladas» o «rusas». Todas
presentaban siempre —naturalmente con las máscaras y el estilo elegido para
cada producción— los mismos problemas esenciales de la humanidad, que pueden
agruparse bajo el nombre genérico de «vida». Las vivencias de los protagonistas
solían aparecer teatralmente exageradas, pero todo lo que les sucedía de
cómico, de trágico o de «ruso» no era, a fin de cuentas, absurdo en absoluto, y
le podía pasar a cualquiera de manera muy parecida. Sólo a nosotros no nos
podía pasar; sólo para nosotros no era nada-más-que-cine. El amor, el odio, la
pasión, la violencia, la locura, la depravación, el homicidio y el asesinato,
pero también el ridículo, las situaciones penosas, la estafa, la inocencia, por
más tonta que sea. La desfachatez, la seducción, el encanto, la debilidad, los
pasos en falso, la bohemia, el vicio, todo eso no era para nosotros nada más
que cine; en la vida nada de eso existía para nosotros. Puede ser que los
«rusos» también fueran así, pero nosotros no. A decir verdad, para nosotros no
había diferencia entre mirar una película o mirar a la gente que nos rodeaba.
El efecto era el mismo: lo que se veía no era en ningún caso un reflejo de
nosotros mismos. Nosotros mirábamos la vida como si hubiera sido un film; pero
tampoco en el cine queríamos admitir que en la película se retratara la vida.
III
Después de
haber intentado describir algunos aspectos característicos del mundo de mi
infancia y mi primera adolescencia, quiero dedicarme ahora a mis años de
bachillerato. Dejaré de lado los años de escuela primaria transcurridos en K.,
y que estuvieron totalmente bajo la influencia de mi casa paterna, para llegar
enseguida a mis años de escuela secundaria. Ya había algo de novedoso en el
hecho de que tenía que ir hasta Zúrich, con lo cual mi horizonte se ampliaba
algo, aunque fuera sólo geográficamente. Se había dispuesto de antemano que yo
asistiría al instituto. Antes de comenzar a prepararme para el examen de
ingreso me habían dicho que era inteligente y que mi lugar estaba en el
instituto. Como era habitual, no tenía nada que objetar.
Durante la
fiesta que se dio para los nuevos alumnos y después de haber presentado a
grandes rasgos el instituto, el director dijo que lo mejor de la escuela
secundaria era que allí conoceríamos a nuestros amigos más fieles y podríamos
llegar a colocar la piedra fundamental para más de una amistad que duraría toda
la vida. Mientras el director decía estas palabras yo estaba lejos de suponer
hasta qué punto estaba preparado para que esta profecía no se cumpliera. Si se
trata de averiguar si mi época de bachillerato fue feliz, debo responder
nuevamente que de todos modos no fue un período conscientemente infeliz, o bien
que ese período fue iluminado por el reflejo nefasto de un conformismo traidor
y falso.
Por supuesto
yo no era un alumno típicamente infeliz; tampoco era un mal alumno. Ante todo
me portaba terriblemente bien y debía de ser, sin duda, terriblemente aburrido.
Cuando pienso hoy en día en mis propios alumnos y hago un parangón entre ellos
y mi propia situación de entonces, sólo puedo suponer que yo debí de ser un
alumno de lo más aburrido. Y tampoco era un alumno demasiado interesado.
Estudiaba con bastante asiduidad casi todas las materias, no porque me
apasionara lo que estudiaba, sino porque yo me portaba especialmente bien. Por
tanto, siempre llevaba calificaciones muy buenas a casa, y se sobreentendía que
en «Conducta» tenía siempre sobresalientes. Por otra parte, como nunca hacía
tonterías, tampoco había necesidad de castigarme. Por lo tanto, es muy posible
que, sin quererlo y quizá por pura ingenuidad, yo fuera un alumno modelo. Eso
reforzaba la opinión de que yo era inteligente, porque por lo general se
considera, erróneamente, que los buenos alumnos y la gente inteligente son una
y la misma cosa.
Así pues, en
la escuela jamás tuve la más mínima dificultad, a diferencia de lo que solía
ocurrirle a la mayoría de estudiantes. Yo no tenía peleas con mis profesores;
los estimaba, a veces les temía un poco y a menudo los encontraba ridículos;
pero nunca llegaba a un enfrentamiento abierto. Seguramente también ellos
debían de estimarme; yo era un alumno tranquilo, atento, que no presentaba
problemas, y además un buen alumno. Para ellos no había ninguna razón para no
apreciarme.
Pero había una
materia en la que todo me salía mal: la gimnasia, naturalmente. Porque la
gimnasia no es como el estudio de materias científicas, sino que desarrolla la
fuerza, el valor y la flexibilidad del cuerpo, y yo no conocía nada de eso. El
cuerpo en sí me era extraño, y yo no sabía qué hacer con él. Estaba muy a mis
anchas en el mundo hipotético de las «cuestiones elevadas», pero tenía miedo de
la brutalidad, del aspecto primitivo del mundo corporal. No me gustaba moverme,
me encontraba feo y me avergonzaba de mi propio cuerpo. El cuerpo simplemente
estaba ahí, siempre; para él no había escapatoria hacia el mundo de lo
«complicado». Ese pudor excesivo que yo sentía se originaba en la falta —para
mí molesta— de unión entre mi cuerpo y la naturaleza. Yo no sólo evitaba
cualquier contacto físico sino que incluso evitaba aquellas palabras que hacían
referencia al cuerpo y a su pudor. No sólo era incapaz de formular expresiones
francamente desagradables; sentía asco y vergüenza incluso por expresar las más
inocentes palabras tales como «pecho», «desnudo», «partes pudendas»;
acostumbrado a la pudibundez victoriana heredada de mi casa, evitaba incluso
hablar de «pierna» y de «pantalón». La misma palabra «cuerpo» era tabú; incluso
la palabra que designa el concepto de lo que me horrorizaba no debía ser dicha.
Pero la vergüenza mayor la sentía frente a mi propia desnudez. Ese ya era un
motivo por el cual odiaba tanto la gimnasia; porque en la gimnasia, que es
justamente el «arte desnudo», la desnudez se descubría en su forma más real,
cosa que yo trataba de evitar por todos los medios. Aquí debía desnudarme en el
verdadero sentido de la palabra y exhibir mi feo cuerpo. Claro que tampoco me
animaba a ducharme después de las clases de gimnasia, porque me avergonzaba
demasiado de mi desnudez. A esta primera vergüenza se agregó en el transcurso
de mis años escolares una segunda: me di cuenta de que mis condiscípulos
evidentemente no se avergonzaban y poseían una relación absolutamente natural
con sus cuerpos, y me di cuenta de que en eso estaban más adelantados que yo,
que me había quedado atrás y en ese sentido no valía lo que ellos.
Como todos los
seres humanos púdicos, me avergonzaba terriblemente de sonrojarme y confesar de
esta manera a todo el mundo mis sentimientos más íntimos. Justamente el miedo a
ponerme colorado provocaba ese sonrojo, y cada vez que durante el curso de una
conversación o en una hora escolar veía surgir el tema que me haría sonrojar,
comenzaba una batalla desesperada con mi pañuelo para secarme un sudor
inexistente o simular una crisis de estornudos. Hipersensible en este aspecto,
esos crueles sucesos naturalmente se producían cada vez con más frecuencia, y
muy a menudo comenzaba a sonrojarme en muchos casos en que mi pudor todavía no
me lo exigía. Por mi parte evitaba, en la medida de lo posible, claro está,
todos los temas espinosos, y de esta manera aumentaba la cantidad de temas
sobre los que no quería hablar, y que me resultaban realmente «complicados». Ya
hice alusión a mi vocabulario depurado que, aun muy avanzados mis estudios,
seguía dándome que hacer en los casos en que tenía que comprarme pantalones, ni
qué hablar de calzoncillos, ya que una vez en la tienda apenas podía balbucir
la palabra escandalosa. Nunca pude decir tacos, en realidad hace sólo unos
pocos años que los he aprendido.
Sin embargo,
el cuerpo mismo ocultaba muchos más miedos y angustias que la vergüenza:
también tenía miedo al dolor. El médico encarnaba el dolor, claro está, desde
hacía mucho tiempo, ya que disponía de un enorme arsenal de instrumentos
puntiagudos y dolorosos y podía pincharme o cortarme o herirme de mil maneras.
El peligro que me amenazaba con más frecuencia era la inyección, y era lo que
más temía. El puntiagudo instrumento del médico no tenía derecho a perforar mi
piel, no debía penetrar en mí. Así como me protegía del mundo exterior y de la
vida sin dejar entrar jamás nada ni a nadie, tampoco debía suceder que tocaran
mi piel, que me preservaba del mundo exterior. La piel es sin duda el símbolo
corporal de la protección de todo lo vulnerable interior contra el exterior
hostil. Por eso, tampoco podía soportar que mi preciosa piel sufriera el menor
rasguño.
Pero tenía aún
más miedo a la sangre que al dolor. No podía verla, no podía oír hablar de
ella, simplemente no lo toleraba. Cada vez que algo así sucedía me sentía mal:
comenzaba a transpirar profusamente, me inundaba el pánico, mis sentidos se
negaban a obedecerme, y se me nublaba la vista; en esos casos tenía que salir
al aire libre, huir del lugar donde se hablaba o se pensaba en la sangre. No
era capaz de afrontar la sangre como concepto de la vida y de la existencia
corporal. La sangre encarnaba todo aquello que yo no quería saber, que quería
evitar, todo aquello que había expulsado de mi mundo sin problemas y
artificialmente armonioso. En el caso de la sangre, yo era incapaz de
contemplarla como un espectador exterior; estaba en mí mismo, horrible,
terrorífica, vivía en mí y yo vivía de ella; yo mismo era la sangre. La sangre
era la verdad, y frente a la verdad yo me hundía en la nada. Era vulnerable y
tenía tanto miedo a la vulnerabilidad porque no estaba preparado para ser
vulnerable, sino sólo para ser por siempre intacto, puro, indemne.
Todas estas
debilidades hubieran perfectamente podido ser el blanco de burlas por parte de
mis condiscípulos; sin embargo ellos, por lo general, reaccionaban
bonachonamente a mis carencias. Y si realmente alguno se burlaba de mí, lo
hacía sin maldad y sin desdén. Puedo decir que en realidad yo era aceptado en
mi clase —aun cuando en general era considerado un tipo raro y un débil— como
un condiscípulo con el cual no se podía hacer gran cosa, pero que tampoco
molestaba demasiado. La cuestión estaba clara: yo no era un aguafiestas para
las diversiones de mis compañeros pues por principio ni siquiera tomaba parte
en ellas. No era excluido de ellas, simplemente no estaba allí. Me entendía
bien con todos y no tenía enemigos, pero tampoco tenía especiales amigos. Era
un personaje algo desdibujado, que no suscitaba particulares aversiones ni
simpatías. Gozaba de un hálito de respeto por ser un buen alumno, y el hecho de
que en gimnasia obtuviera resultados tan desastrosos era considerado más bien
una curiosidad. Nadie se burlaba de mí porque no sabía ni quería jugar al
fútbol: simplemente era así, yo tampoco estaba allí.
Desde cierto
punto de vista, mi calidad de alumno original me proporcionaba incluso algunas
ventajas. Se notaba claramente que yo tenía que ver con lo «superior». En
primera instancia, esas «cuestiones elevadas» se manifestaban ante todo en el
hecho de que yo era más aburrido que los otros; pero, en segunda, ello debió de
otorgarme cierto aire de distinción. El hecho de que jamás utilizara tacos, de
que me mantuviera alejado de todo lo vulgar e impuro, y que siempre y en
cualquier circunstancia tuviera buenos modales, algo exagerados, era visto por
los demás alumnos no sólo como ridículo, sino también como original. Aun cuando
no podían apreciarme por mis cualidades individuales, apreciaban sin embargo,
por la extraña combinación de todas esas virtudes, que yo fuera distinto a
todos, y por lo tanto representaba algo especial. Algo especial no forzosamente
simpático, sino más bien algo misteriosamente especial que nadie comprendía.
Era diferente, singular, impenetrable, no se podía hacer nada conmigo: era como
un ser perteneciente a otro mundo, y todas esas extrañezas me hacían aparecer
ante los ojos de mis compañeros menos como un tipo desdeñable que como una
bestia rara, un monstruo en el cual no es posible distinguir bien dónde está la
cabeza y dónde los pies, pero del cual se sabía que era absolutamente
inofensivo e incapaz de morder.
Hoy no podría
determinar la primera vez que me di cuenta de lo contradictorio de mi
situación, pero evidentemente ya se encontraba en mí desde hacía mucho, primero
de forma inconsciente y luego aflorando lentamente a mi conciencia. Por una
parte, me había reservado el campo de las «cuestiones elevadas», pero por otra
estaba todavía enteramente atrapado en el de las cuestiones inferiores. Como ya
dije, sólo leía «buenos» libros y escuchaba «buena» música, y en aquella época
«bueno» significaba clásico. Me interesaba la literatura, me movía en los
mismos espacios culturales que los adultos, cosa que me permitía mirar a mis
compañeros un poco desde lo alto, ya que ellos «sólo» se interesaban por el
deporte, la radio, los artistas de cine, las canciones de moda, el jazz. Era
significativo que creyera en aquel tiempo que toda música no clásica estaba
compuesta por canciones de moda y jazz, las dos cosas, por supuesto, «malas».
En realidad no tenía la más mínima noción de lo que era el jazz, pero estaba
seguro de que había que condenarlo como algo malo; y cuando los adultos me
preguntaban acerca de eso, podía responder, con orgullo, que no me gustaba el
jazz.
Pude
percatarme de que, por lo general, la gente está mucho más orgullosa de las
cuestiones que no sabe y que no quiere saber que de las que sabe: no quiero
siquiera oír hablar de eso; no quiero tener nada que ver con eso; eso no existe
en casa de mis padres, es la fórmula típica del hombre de bien. A la mayoría de
la gente le importa más no tener vicios que tener ciertas virtudes concretas.
Como alumno,
me sentía orgulloso de no interesarme en tantas cosas interesantes y de ser ya
igual a un adulto. Estaba orgulloso de no jugar a la máquina del millón ni al
futbolín; de no frecuentar el Café Maroc, muy popular entre los alumnos del
instituto, para gastar allí mi asignación semanal en modestas tonterías; de no
querer saber quién era Elvis Presley y de no participar conscientemente de la
famosa vida dorada de los años sesenta. Nadie sabía en aquel entonces que Elvis
Presley llegaría a ser cien veces más importante en la historia de la humanidad
que el sempiterno Goethe, cuyas obras leía y encontraba suficientemente
clásicas. Lo que me resultaba determinante era simplemente que en esos
acontecimientos yo —una vez más— no estaba ahí, mientras que mis compañeros
estaban. Por tanto, sólo hacía aquello que había aprendido de mis padres:
excluirme de todo y sentirme orgulloso de ello.
Sin embargo,
desde hacía tiempo ese aparente estar por encima de los demás se encontraba
constantemente amenazado: era consciente de que no sólo estaba por encima de
todas las cosas sino también por debajo, que —en comparación con otros
condiscípulos— en algunas cosas me estaba quedando atrás, o ya me había
quedado. Durante mucho tiempo había podido explicar mi timidez y mi aprensión
excesivas diciendo que, si no era el menor, al menos era el más joven e
inexperto de todos, que en unos pocos años más habría recuperado lo que me
faltaba. Yo sabía que era muy joven aún y muy ignorante, y me imaginaba cómo
serían las cosas cuando estuviera «por encima» de ellas y me pudiera mover con
libertad, al igual que los demás. El solo sentimiento de estar por encima de
algo ya supone que uno se encuentra aprisionado por algo de lo que es necesario
liberarse, y la conciencia más o menos clara de no ser libre. En un primer
momento esperaba esta liberación simplemente del tiempo, que me debería liberar
automáticamente en cuanto los zapatos infantiles me quedaran pequeños. Pero
poco a poco me fui dando cuenta de que no eran sólo mis pocos años los que me
hacían quedar atrás, sino que había muchas cosas que me quedaban pequeñas. Mis
compañeros sabían hacer una serie de cosas que yo no sabía. Ellos eran capaces
de discutir con los profesores, mientras que yo sólo era capaz de aprender lo
que me enseñaban. Ellos podían expresar espontáneamente su simpatía o su
antipatía frente a profesores, condiscípulos u otras personas, mientras que yo
sólo sabía decir mi eterno «no puedo juzgar». Algunas veces yo había calificado
de «simpáticos» a ciertos profesores simplemente porque los consideraba
personas dignas de respeto, y en cambio mis condiscípulos me presentaron una
oposición vehemente. Ellos no encontraban «simpáticos» a esos profesores sino
detestables, falsos, vulgares, malos, ignorantes. Aun cuando intentaba
defenderlos a mi manera diciendo que «no eran tan malos», me quedaba sin
embargo clavada la espina de no haber sido capaz de darme cuenta de que esos
profesores eran detestables o falsos o tontos o malos. Comencé a intuir que me
faltaban para ello las facultades de reconocer a alguien como tonto o como
malo; en otras palabras: poco a poco me daba cuenta de que todos sabían cuándo
se trataba de bueno o malo, pero que yo, por el contrario, sólo sabía lo que
era «difícil», «complicado».
No tenía, por
ejemplo, la más mínima noción del dinero. Intuía que mi padre era rico, a pesar
de que a mis padres no les gustaba hablar de eso y solían distanciarse de otra
gente rica. Muchos adinerados conocidos de mis padres hacían ostentación de su
riqueza; pero, claro, eran «nuevos ricos vanidosos». Nosotros, por supuesto,
también éramos ricos, pero de una manera mucho más vergonzante; también nuestra
riqueza era pudibunda. En nuestra casa, en materia de finanzas, se practicaba
el típico understatement suizo: se posee, pero no se hace ostentación de ello;
se es pudiente, pero no ostentoso; todo tiene la apariencia de nada, pero
cuesta un montón de dinero; no se come el caviar en platos de oro, aunque la
sopa se toma en platos que parecen haber sido comprados en la cadena suiza de
grandes almacenes ABM y sin embargo valen por lo menos mil francos cada pieza.
Nada de lo que me pertenecía tenía precio. Sabía que no había que enterarse del
precio de un regalo; y como todas mis posesiones eran regalos, no sabía nunca
su valor. Mis condiscípulos siempre querían saber cuánto habían costado mis
cosas, pero no podía responderles. Contestaba siempre que había sido un regalo
y que no podía saber el precio. Una vez más, me parecía que no saber el precio de
nada formaba parte de las «cuestiones elevadas». Por otra parte me daba cuenta
de que mis compañeros estaban al corriente de cuestiones de las que yo —una vez
más— todavía no estaba al tanto. Debía protegerme cada vez más contra la
desagradable certeza de que eran ellos los que sabían, y no yo.
Esta lucha me
resultaba particularmente penosa en un sentido. Muchos de mis compañeros tenían
una amiga; yo, naturalmente, no tenía ninguna. Una vez más, el que esto fuera
«natural» se explica en el hecho de que tampoco en este campo yo estaba tan
avanzado como los otros. Me imaginaba que, con el tiempo, yo también tendría
una amiga. Debía comenzar entonces un proceso sumamente largo durante el cual
se oponían los dos puntos de vista: si simplemente todavía no tenía ninguna
amiga o si realmente no tenía una amiga. Mientras fue posible, traté de
aferrarme a la primera hipótesis, según la cual todavía no había madurado lo
suficiente como para poder tener una amiga. Pero me resultaba cada vez más
difícil defender este punto de vista. Tuve que pasar la triste experiencia de
que, desde hacía mucho, ya no eran solamente mis compañeros y mis
contemporáneos los que, contrariamente a mí, tenían una amiga, sino que alumnos
de nuestro instituto mucho más jóvenes y más pequeños ya tenían éxito en este
sentido; que el tiempo seguía avanzando inexorablemente y que yo sin embargo me
quedaba rezagado. Ya había llegado el momento en que todos tenían su amiga, y
yo también debía haber tenido una hacía mucho; y de pronto ya no se dijo
«todavía no» sino «hace ya mucho tiempo». Me di cuenta entonces de que este
suceso no debía considerarse algo que se produciría eventualmente en el futuro,
sino que ya hacía mucho tiempo que debía haberse producido. Ya no había ninguna
nebulosa posibilidad en el futuro para mí, sino que había detrás de mí un
pasado en el que había fracasado. Fue la primera vez en mi vida que me di
cuenta de que era culpable, culpable de haber perdido la oportunidad de algo
que hubiera debido hacer. Y muy lentamente comenzó a cristalizar en mí la idea
de que también en este sentido yo era distinto; no era que «todavía» no tuviera
una amiga, simplemente no tenía ninguna, eso era todo. El abismo entre mi
persona y los otros se hacía cada vez mayor.
Una piedra de
toque de esta evolución fue la clase de baile. Todo el mundo sabe que muchos
adolescentes tienen una amiga en la clase de baile. Aparentemente la clase de
baile era un lugar en el que había amigas. Mientras yo no estuve inscrito en la
clase de baile, tenía una explicación muy cómoda para mí: no había estado nunca
en el lugar en que había amigas; era absolutamente inocente en esta cuestión,
simplemente no había tenido aún la ocasión. Pero esta satisfacción latente no
debía durar eternamente para mí, puesto que finalmente también yo entré en la
clase de baile. Allí no tardé en darme cuenta de que había muchachos que sabían
qué hacer con las chicas, mientras que yo no sabía en absoluto qué hacer con
ellas, sentado siempre en un rincón, avergonzado y turbado. Una vez más los
otros formaban parte de los que sabían y yo no. Aporté a la escuela de baile
innumerables buenos modales, pero ningún sentido del ritmo, ningún impulso, y
además era un bailarín pésimo. Era distinguido pero insípido. No sabía qué
decir a las chicas, no sabía cómo tratarlas, pero me volví testigo mudo de
cómo, durante el desarrollo del curso de baile, las muchachas, primero
anónimas, se fueron volviendo poco a poco las amigas de la clase de baile de
mis compañeros. Fue así como la clase de baile, que hasta ese momento había
sido para mí una visión de futuro, se volvió una realidad en sí misma. Ahora
era el momento, ahora tenía lugar la clase de baile, ahora hubiera tenido que
mostrarme a su altura; pero yo no estaba allí, no me mostraba a su altura. La
realidad estaba aquí, pero yo fracasaba ante ella. De algún modo debía de
sentirlo ya en esa época: no era la clase de baile lo que no andaba bien, era
yo el que no andaba bien con nada. Pero en ese entonces yo todavía poseía la
facultad de ocultar todo y poco después asistí a otra clase de baile con la
vana esperanza de que ésa sería mucho mejor y me aportaría todo lo que quería.
No tenía el coraje de admitir ante mí mismo que todo estaba en mí cuando yo
fracasaba; que no era culpa de la clase de baile ni de ninguna otra institución
que me quedara rezagado; que la culpa era exclusivamente mía. Quizás intuyera
esa verdad, pero me faltaba la capacidad de hacerla consciente.
Con el tiempo
logré incluso habituarme un poco a ella; así como los otros sabían tantas cosas
que yo ignoraba, también los otros tenían amigas, cosa de la que yo no tenía la
más mínima idea tampoco. En ese momento todavía no lo sabía, pero ya me
encontraba prácticamente en el umbral de aquello tan espantoso que se abatiría
sobre mí.
IV
Estas
reflexiones últimas me llevan a un tema que no he tratado hasta ahora en su
totalidad. Ya he mencionado que, en casa de mis padres, todos los temas de
conversación que tenían algo de interesante en sí mismos eran tabú. A propósito
de esto, hay dos que quisiera mencionar: la religión y la sexualidad.
Seguramente, no hay nada de extraño que en el universo de un niño estos temas
sean tabú, creo incluso que es lo que sucede habitualmente. Pero el gran sufrimiento
que puede provocar esto en el interesado nunca es una cosa habitual, es cada
vez algo espantoso. Actualmente, en Chile miles de personas son torturadas
hasta que mueren. Pero el hecho de que sean miles no hace que la cosa parezca
habitual, todo lo contrario. La educación sexual —o mejor: la antieducación
sexual— que yo he experimentado tampoco es nada extraordinario: otros miles,
aparte de mí, indudablemente no han tenido mejor suerte. Por eso pienso que los
otros miles no han sido menos desdichados que yo; simplemente no escribieron sus
memorias. No todos los que no escriben sus memorias son forzosamente dichosos.
Como he dicho
antes, en mi casa nunca se discutían los temas verdaderamente importantes. La
educación religiosa que conocí no encontrará, sin duda, otra similar. Mis
padres eran profundamente arreligiosos, pero se hubieran cortado la lengua
antes de confesarlo. No eran partidarios muy convencidos de la religión
católica, pero la religión católica pasaba, entre nosotros, por algo bueno
desde todo punto de vista. Quiero decir con esto que en mi casa todos sabíamos
que nadie se sentía cristiano, pero que no se podía tolerar ninguna duda
concerniente a la Iglesia cristiana y a sus instituciones. O para hacer de lo
que antecede un imperativo categórico bastante discutible: debíamos estar en
contra, pero a pesar de todo debíamos considerar que estaba bien.
En casa de mis
padres no conocí nunca a Dios y a su extraño hijo (o más bien hijastro) Jesús;
esos dos personajes indignos no los llegué a conocer hasta que me hablaron de
ellos en la escuela. Y enseguida noté algo curioso: no tenía que hablar de Dios
a mis padres, pues sentían un santo horror por todo eso. Es más: a mi padre,
sobre todo, lo hacía montar en cólera; no lo soportaba, la situación se hacía
insostenible, se sentía el drama flotar en el ambiente, de tal modo que toda
alusión al tema debía ser, evidentemente, excluida de la conversación. Yo
sentía vagamente que Dios era una cosa muy contradictoria —ya que se hablaba
del «buen» Dios— que mis padres no podían tolerar se criticara o ridiculizara
pero que hacía que mi padre amenazara con ponerse desagradable en cuanto se la
mencionaba y que, por tanto, no era bien vista en mi casa. Tal vez yo dispuse
las cosas en mi cerebro infantil diciéndome que Dios también era uno de
nuestros payasos, que representaba para nosotros una especie de teatro del cual
éramos los espectadores. En efecto, Dios estaba manifiestamente muy bien para
todos los demás; sin duda, si nosotros no estábamos contra Dios no era más que
por cortesía y por delicadeza hacia los imbéciles. Ahora me resulta más fácil
comprender las creencias de mis padres, que yo definiría así: Dios está mal
porque uno está obligado a ocuparse de él, pero la Iglesia está bien porque es
una cosa respetable.
Naturalmente,
mis padres no iban jamás a la iglesia, aunque por principio estuviera «bien»
frecuentarla. Sin duda era bueno para los otros ir a la iglesia. Tal vez hasta
fuera ligeramente ridículo ir, sólo que no había que confesarlo. Mis padres no
permitían que me mofara de la Iglesia, aun cuando yo sospechase que ellos lo
hacían a escondidas. La cosa podría ser formulada así: cuando un individuo iba
a la iglesia era ridículo, porque ese individuo era siempre uno de nuestros
payasos, pero si se iba a la iglesia por principio, entonces estaba bien, ya
que la Iglesia en sí misma estaba bien. Mis padres preconizaban que se iba a la
iglesia por principio, pero no querían ridiculizarse yendo ellos en persona,
como simples individuos.
Pero
naturalmente iban a la iglesia. Para empezar estaban todos sus amigos muertos a
cuyo entierro tenían la costumbre de asistir. Pero una vez que mis padres iban
a la iglesia, entonces era de buen tono ir según todas las reglas del comme il
faut y, entonces, ¡misericordia, qué peregrinaje! Porque, una vez que ellos
estaban en la iglesia, ya nada les parecía criticable: elogiaban la iglesia, su
arquitectura, su decoración floral, al cura, el sermón, la música del órgano,
los cantos, la atmósfera y todo lo que puede elogiarse cuando uno está decidido
a elogiar todo en nombre de Dios. La iglesia les gustaba, porque estaba bien.
Sólo una cosa parecía disgustar a mi padre: cuando tenía que ponerse de pie,
junto con todos los demás, para la plegaria; tenía siempre un aire furibundo,
pues el tener que ponerse de pie como los otros y fingir que rezaba lo
encolerizaba. Sin embargo, después de la ceremonia religiosa estaba siempre de
buen humor y se deshacía en elogios; declaraba que el cura había hablado muy
bien, que se había expresado con palabras escogidas y que tenía una dicción
perfecta. Yo me asombraba, sin embargo, de que mi padre elogiara siempre la
forma del sermón y no su contenido. Recuerdo también que a la salida de uno de
esos funerales yo había pensado que el cura había dicho un montón de tonterías.
Sin embargo, mi pobre padre comentó ese discurso diciendo que el cura había
hablado muy bien. (A propósito de esto se podría llegar a un compromiso muy
sutil, ya que es muy posible que el cura hablara muy bien y muy tontamente a la
vez.) Ahora yo me explicaría las cosas diciéndome que mi padre estaba a favor,
únicamente, de la forma de la Iglesia, pero no a favor de su sentido. Estar a
favor de la forma de la Iglesia era de buen tono; estar a favor de su sentido
era ridículo.
Ya dije que
mis padres iban a todos los entierros, no importa que se tratase de parientes
lejanos o conocidos a los cuales no habían visitado jamás mientras vivían;
estaba bien ir. Por principio, tenían horror a las solemnidades y sin embargo
no tenían nada contra las solemnidades del duelo. Si mis pobres padres hacían
de todo para esquivar la menor ocasión de mostrarse sociables con los vivos, no
escatimaban en cambio sacrificios para rendir, como se dice, los últimos
honores a los muertos. Esa actitud era típica de nuestro mundo familiar: cuanto
más muerto estaba uno, más se le amaba.
No fue hasta
más tarde cuando se me reveló otro aspecto de esta extraña religiosidad de mi
padre. En realidad mi padre, que era arquitecto, no ejercía su profesión, sino
que trabajaba en la empresa de su suegro. Nunca construyó casas, sino que
siempre se ocupó de la conservación de monumentos y en particular de iglesias.
Fue así como mi padre llegó a conocer casi todas las iglesias de Suiza, por las
que, por otra parte, se interesaba vivamente. Lo que ese interés tenía para mí
de contradictorio, sin embargo, era que todas esas iglesias tenían algo que ver
con ese Dios que él no podía soportar. Un día en que me mostraba, en una
iglesia, cómo habían sido construidos la nave y el crucero, me di cuenta de que
las iglesias tienen que recordar la forma de la Cruz. Pero la Cruz era el
símbolo que mi padre detestaba. Comencé a preguntarme entonces cómo había
podido aguantar mi padre todas esas iglesias que estaban edificadas a sabiendas
sobre algo que a él le era hostil. Yo creo que en su carácter de arquitecto
sólo podía apreciar la forma de la iglesia, pero no quería saber nada con el
sentido de esa forma.
Su interés por
las iglesias me parecía vagamente inquietante, así como el placer que le
producían los sermones hermosos. Del mismo modo que todos los sacerdotes habían
hablado siempre «bien» o aun «magníficamente» pero no interesaba el contenido
de sus palabras, también las iglesias eran «hermosas» y «magníficas» pero en
cambio se levantaban sobre el vacío más absoluto. Sin embargo, tenía sentido el
que hubiera iglesias: cumplían una finalidad, eran un testimonio de Dios, con
el que mi padre no quería tener nada que ver. Pero mi padre parecía no
preocuparse por todo ese sentido religioso de las iglesias, era como si no
existiera para él. Se sentía bien en las iglesias, en esos espacios huecos,
vacíos de sentido, hostiles, que no emitían para él ningún mensaje sino aquel,
siempre el mismo, de que eran, abstracta e inhumanamente, «magníficas».
Ahora esas
iglesias me parecen también un símbolo de todo lo que es insensible, sin vida;
también estaban tan muertas como casi todo lo que había en nuestra casa.
Por tanto yo
no he tenido, en el sentido cabal de la palabra, una educación cristiana, pero
tampoco anticristiana, o al menos crítica con respecto a la religión. O para
citar una palabra célebre de la Biblia: el que no se pronuncia abiertamente
contra Jesús, en su corazón está siempre a favor de él. En este aspecto no hay
abstención válida. El que no dice nada no ha superado aún el cristianismo; al
contrario, continúa siendo cristiano. Mis padres esperaban que yo también
llegara a ser un incrédulo como ellos, pero no tenían el coraje de manifestar
abiertamente ese deseo. Así pues fui educado, en más de un aspecto, dentro de
un espíritu que, aun cuando no fuera conscientemente cristiano, en razón de su
naturaleza profunda debe ser calificado de cristianismo. Entiendo por ello las
virtudes cristianas más habituales como la templanza, la renuncia, la dulzura,
la resignación y, ante todo, el rechazo categórico de casi todo lo que hace a
la vida. En otros términos: no gozar de la vida pero soportarla sin quejarse;
no ser pecador sino frustrado. Cosa que, naturalmente, conduce directamente al
segundo gran tema tabú de mi infancia y mi adolescencia: la sexualidad. Desde
este punto de vista puedo considerar ciertamente mi educación bien cristiana;
en efecto, la sexualidad era el cenagal de todos los vicios, era algo indudable
para nosotros. Sé que no fui el único en haber sufrido una educación sexual
criticable y que no cuento aquí nada nuevo. Pero por eso mismo me interesa
hablar de ese tema sobre el que todavía no se ha dicho bastante.
Indudablemente, aún hoy todas las familias burguesas se oponen a la sexualidad,
pero no hay que deducir de esto que la cosa no tenga importancia simplemente
por el hecho de estar muy difundida. En mi casa, la actitud de mis padres con
respecto a la sexualidad era, naturalmente, el resumen y la coronación de su
actitud fundamental frente a la vida: NO. O, si era absolutamente necesario que
eso existiera, sí, pero sólo para los otros, no para nosotros.
Una vez que
uno comienza a preguntarse por qué es tan evidente que en los medios burgueses
y cristianos la sexualidad representa la quintaesencia del mal, no es fácil dar
una respuesta. Por lo tanto, no me corresponde a mí responder a esta cuestión
que ya tiene dos mil años. Sin embargo, algunos elementos que podrían conducir
a una respuesta se me aparecen con gran claridad cuando evoco la atmósfera que
reinaba en casa de mis padres. La conciencia de la tradición constituye
seguramente uno de los aspectos burgueses del problema. Lo que siempre ha sido
importante debe continuar siéndolo; ya sea bueno o malo; o, en términos
burgueses, cuando algo es importante desde hace mucho tiempo, no puede ser malo
y, en consecuencia, tiene que ser bueno. (En este contexto yo me permitiría
hacer mención de nuestro ejército suizo.) Por lo tanto, si los abuelos y los
bisabuelos juzgaron bueno considerar la sexualidad algo inconveniente, las
jóvenes generaciones tradicionalistas no la quieren ver de otra manera, aun
cuando al obrar así no den muestras de gran reflexión; porque cuando un
bisnieto comete la misma falta que su bisabuelo, en la mayoría de los casos la
edad venerable de dicha falta hace que el bisnieto la considere una virtud.
Yo imagino que
así debió de ser también en casa de mis padres; ellos no sentían en absoluto
una vocación de revolucionarios como para tener de golpe otra concepción de la
sexualidad diferente de la que tuvieron todas las generaciones precedentes.
También aparece con evidencia el otro aspecto esencialmente cristiano: por poco
que uno quiera encontrar, a la manera cristiana, su salvación en las
pretendidas «cosas elevadas», en las cuestiones del espíritu, tiene igualmente
necesidad de un contrapeso que simbolice lo que es bajo, y si se quiere ver en
la bajeza lo contrario de la espiritualidad, es decir, la carne, esta bajeza de
la carne se encuentra sin duda muy fácilmente en la sexualidad y en el amor
físico. (Temo que la idea de que la sexualidad no es menos espiritual que
carnal, y que en todo caso no se puede concebir el cuerpo y el espíritu como
una pareja antagónica sino como una unidad, haya escapado a la doctrina
cristiana y a su cándida obstinación.) El que ve en todo lo que hay algo elevado
termina por encontrar, indefectiblemente, algo que desea considerar lo más
bajo, y para poder poner una cosa por las nubes es sin duda necesario que se
maldiga otra.
Ahora bien,
también entre nosotros las «cosas elevadas» eran visitas bienvenidas. Eran
invitadas muy cómodas, pues, en el fondo, gracias a las «cosas elevadas» es
fácil realizar todo lo que nos pase por la cabeza. En casa uno puede quedarse
sentado sobre el diván, en pantuflas, y participar al mismo tiempo de las
«cosas elevadas». No hay ninguna necesidad de incomodarse por ellas. Debatirse
en el pantano de la existencia, como suele decirse, o, lo que es igual,
ocuparse del pecado, es mucho más fatigoso, porque exige, por lo menos, hacer
algo. En todo caso, creo que eso que llaman virtud sólo tiene valor si se lo
conquista con lágrimas; mientras la virtud se limite a seguir la línea del
menor esfuerzo, pertenece al Demonio. Es así que las «cosas elevadas»,
invocadas tan a menudo, pueden también constituir una línea del menor esfuerzo.
Lo que significa que en el campo erótico la fidelidad conyugal burguesa puede
muy bien ser la más cómoda de las soluciones; las historias escandalosas son
considerablemente más difíciles e incómodas. Por eso se puede decir con
seguridad de la sexualidad que es algo incómodo, en primer lugar porque
engendra y suscita problemas. Sin embargo, quien prefiere sentirse a sus anchas
antes que estar incómodo verá de antemano con malos ojos todo lo que causa
problemas. Como dice la fábula de la zorra y las uvas: aquel a quien resulta
muy difícil alcanzar algo dice de buena gana que, en el fondo, no lo desea en
absoluto. Muy a menudo es muy fácil renunciar a algo; querer algo, con
frecuencia muy difícil. O como lo ha formulado uno de mis amigos: naturalmente
el sexo es y ha sido siempre un pecado porque no es necesario incomodarse para
obtener lo que está prohibido.
Pero otro
aspecto del problema es que la sexualidad representa siempre, en la naturaleza
humana, lo que hay en ella de más verdadero, de más vital y de más enérgico, y
pone todo en juego. Pero entre nosotros esas cosas eran muy mal recibidas. La
verdad nos horrorizaba profundamente, nunca queríamos llegar al fondo de algo,
preferíamos encontrar todo «complicado». Jamás queríamos hacer nada por
nosotros mismos: era mejor sonreír viendo lo que hacían los demás. No queríamos
probar nuestras energías, queríamos ser armoniosos y neutralizar todas las
diferencias en aras de una nada color de rosa que se parecía vagamente a la
felicidad. Pero, antes que nada, jamás queríamos «el todo»: el todo eran
siempre los otros; nosotros estábamos aparte. Una cosa nos repugnaba más aún:
el sexo siempre estaba en relación con el cuerpo vergonzoso, el cuerpo que
todos los demás, los seres bajos, no consideraban para nada vergonzoso, sino
deseable. Nosotros no pensábamos eso, naturalmente. Por otra parte no se puede
negar que la sexualidad nos pone al descubierto, en toda la extensión de la
palabra. Y era justamente eso lo que nosotros no queríamos a ningún precio.
Nuestra divisa era: hay que evitar a toda costa ponerse al descubierto.
Yo nos
compararía con el cangrejo ermitaño. Por delante, el cangrejo ermitaño está
hermosamente acorazado y es resistente, pero su tren trasero está desnudo. Por
eso debe poner su desnudez vulnerable al abrigo, dentro de conchas vacías,
exponiendo sólo su parte acorazada. Sin embargo, a medida que el cangrejo
ermitaño crece, la morada que ocupa se va haciendo poco a poco demasiado
estrecha para él y entonces se ve obligado a mudarse a una más grande. ¡Qué
tormento debe de sentir ese cangrejo cuando tiene que arriesgarse a encontrar
una nueva morada exponiendo su parte posterior a todos los cazadores! ¡Qué
horroroso debe de ser para él el lapso que pasa desde que deja su vieja casa
protectora para no verla nunca más y no sabe aún dónde encontrará un nuevo
alojamiento a su medida! Yo me digo que nosotros éramos iguales al cangrejo
ermitaño. Por delante estábamos ventajosamente acorazados, pero por detrás nos
amenazaba la desnudez. Sólo que no éramos cangrejos ermitaños muy valientes y
preferíamos languidecer en medio de nuestros sufrimientos dentro de nuestra
casa demasiado pequeña. La parte superior del cuerpo no nos traía problemas,
pero la inferior se veía constreñida a marchitarse en un encierro malsano antes
de aceptar, en bien de su propia salud, que su desnudez fuera peligrosamente
expuesta en público. Es natural que se califique a ese crustáceo de ermitaño,
pues el rechazo a ponerse al desnudo es asocial.
Formulado en
términos conocidos por todo niño criado en los medios burgueses: no se habla
del sexo. En la matemática de la frustración la ecuación se enuncia de la
siguiente manera: «No se habla de la sexualidad; por tanto no existe», igual a:
«La sexualidad no existe, por lo tanto no se habla de ella.» Por consiguiente,
entre nosotros las cosas pasaban como en todos los medios semejantes: no
hablábamos de la sexualidad; esa palabra estaba desterrada de nuestro
vocabulario.
Esto me
permite abordar otro tema encantador: el gran asunto de toda educación, cuyo
solo nombre es un horror en sí mismo: la información. ¿Cómo se puede explicar
todo el universo a los niños sin comprometer su salud espiritual? ¿Cómo
informarles sobre la procreación y el nacimiento mientras se siente un miedo
terrible a que su salud espiritual sea efectivamente dañada? He aquí un enigma
que yo no he logrado resolver hasta hoy. De niño, yo sabía que los comunistas
eran malos y los anticomunistas buenos, había sido iniciado en algunas argucias
teológicas según las cuales, por ejemplo, la religión y su Iglesia eran buenas
aunque Dios fuera malo; pero qué era un hombre y qué era una mujer, eso no lo
sabía porque no se me había instruido sobre ese tema. Para describir el mundo
del sexo yo estaba completamente librado a mi inspiración y obtenía muy buenos
resultados. Sabía que los niños nacen porque un hombre y una mujer «habían
estado juntos», y que los niños «salen de la madre». Me imaginaba entonces que
el hombre tiene una emanación masculina y la mujer una emanación femenina, y
que cuando un hombre toca a una mujer, la transpiración del hombre penetra en
la mujer por la piel y entonces se forma un niño en el cuerpo de una mujer. Sin
embargo, como ese niño tenía que «salir» y como yo había aprendido que el
ombligo era el «centro del mundo», era evidente que los bebés abandonaban el
cuerpo materno por la abertura del ombligo. Más tarde aprendí también que
existían niños ilegítimos en los que eso había «sucedido». Lo que significaba,
naturalmente, que el hombre había tocado a la mujer por distracción, tal vez en
un momento en que transpiraba mucho, de modo que, «a pesar de todas las
precauciones», un poco del sudor del hombre había podido penetrar en la mujer
—por la muñeca, por ejemplo— de manera que había «sucedido».
Sin embargo,
todo ese conocimiento era mi secreto, pues sabía que no estaba bien hablar de
esas cosas. Un día, leyendo, había tropezado con la palabra «casto» y no había
logrado explicarme su sentido. Cuando le pregunté a mi madre, ella se molestó
mucho. Yo no comprendía bien si simplemente no sabía lo que significaba «casto»
o si no podía o no quería decírmelo. Sólo estaba claro que le resultaba
profundamente desagradable verse comprometida en la situación, creada por mí,
de tener que explicarme el significado de la palabra «casto». Era como cuando a
mi padre se le hablaba de Dios. Era algo muy, muy malo que hubiera sido mejor
no provocar, un tema que no se hubiera debido abordar; tanto, que todos
respiraban aliviados cuando era dejado de lado. Lamentablemente, en mi
inocencia yo salvé la penosa situación, proponiendo una explicación que se me
había ocurrido. Dado el contexto en el que aparecía la palabra «casto», ésta
podía significar algo así como «conveniente», y yo formulé tal suposición a mi
madre. Enseguida la expresión de angustia desapareció de su rostro y aliviada
dijo: «Sí, sí, sí, eso exactamente es lo que quiere decir», y el elemento
molesto desapareció de inmediato. Más tarde, cuando yo aprendí lo que significa
«casto», comprendí también que no era un tema de conversación. El tema se
encontraba entre las cosas «complicadas».
Evidentemente,
la sexualidad no era armoniosa y se contaba entre las cosas inexpresables que
había que desterrar más allá del reducido horizonte de nuestra armonía
doméstica. Desde entonces consideré todo lo que es sexual perfectamente hostil,
malo y temible. Naturalmente también me sonrojaba cada vez que una conversación
se orientaba hacia las cuestiones sexuales, y eso me resultaba terrible, ya que
me daba vergüenza sonrojarme. Cuando efectivamente pude desvelar el secreto de
la procreación y mis locas ideas del sudor en las manos se disiparon, el coito
se me apareció como algo terrorífico, horrible y repugnante y tuve la sensación
de que, indudablemente, yo nunca sería capaz de realizar un acto tan abyecto.
Una vez superados mis primeros temores, perduró, sin embargo, un pudor
excesivo, y cuando estaba en los últimos años del instituto todavía me seguían
torturando mis sonrojos intempestivos, pues era el único alumno del curso que
se sonrojaba frente a preguntas que mis condiscípulos tomaban con la mayor
naturalidad.
Por otra
parte, la escuela era el lugar donde debía cumplirse la sucia necesidad de
información en materia sexual (tal como mis padres —y sin duda no solamente los
míos— lo habían esperado ardientemente para no tener que verse en esa situación
tan desagradable), aun cuando la cosa tuvo lugar bastante tarde. Se trataba,
primeramente, de una conferencia médica que tenía por objeto que las relaciones
sexuales inspiraran terror a los alumnos mayores. El médico escolar hizo
proyectar sobre la pared una serie de esquemas de órganos genitales de los dos
sexos y, para coronar su explicación, la reproducción gigantesca en colores
atroces de las partes sexuales de la mujer, para terminar declarando con una
voz llena de emoción: «Mirad, muchachos, éste es el horrible aspecto de la
mujer. Ninguno de vosotros tendrá ganas de entrar ahí dentro, ¿no es verdad?»
Siguieron fotos de sifilíticos en los diversos estados de la descomposición,
consecuencia evidente del amor. A modo de conclusión, el médico nos habló todavía
de algo particular. Algunas estadísticas habrían demostrado que en los Estados
Unidos muchos jóvenes se procuraban por sí mismos satisfacción sexual, pero en
realidad esto debía considerarse solamente una curiosidad pues, siempre según
las estadísticas, estos muchachos que se masturbaban no constituían más que una
minoría en franco retroceso, de modo que no se podía hablar al respecto de un
problema verdaderamente representativo (y además eso sucedía sólo en
Norteamérica). Ésa fue toda la información que recibimos.
La conferencia
no había modificado fundamentalmente mi concepción del mundo; simplemente había
confirmado lo que yo sabía desde hacía mucho tiempo: que la sexualidad no
estaba bien, sino mal. Naturalmente, por lo general no se usan para calificarla
los términos «bien» y «mal». En nuestra época nadie osa ya, como un monje de la
Edad Media, definir la sexualidad como la quintaesencia del mal. Muy al
contrario, uno se muestra «informado» y se apresura a conceder que la
sexualidad es «también muy importante» y que juega «un rol inmenso»; que «no se
puede en absoluto prescindir de ella» y que es también «indispensable para la
vida y la conservación de la especie»; en una palabra: se admite que «este
aspecto de la vida existe también», que se ha dejado atrás la idea de que la
sexualidad sea el diablo en persona. Sin embargo, nadie declararía públicamente
que la sexualidad es lo mejor de todo lo que existe.
Todavía hoy,
el eslogan hippie «Haz el amor, no la guerra» tiene una resonancia obscena para
los oídos burgueses. Sin embargo, nadie pone en duda que aunque la guerra es en
esencia negativa, lamentablemente es necesaria. Pero nadie sabría decir por qué
resulta tan absolutamente necesaria. Tampoco se puede formular claramente por
qué el amor es algo malo. Pero llegar incluso a decir francamente que el amor
no sólo es bueno, sino incluso mejor que la guerra, he aquí una verdad que la
sociedad burguesa todavía no ha logrado superar: esto sigue pareciendo una
obscenidad. Al fin y al cabo uno no es un amante, sino un soldado, ¡y más aún
siendo suizo! Como ejemplo típico de esta actitud se podría citar la
representación del mundo en el cine: todavía hoy las películas porno están
prohibidas o, al menos, censuradas; un film sobre la guerra, el asesinato y la
violencia no tiene sin embargo por qué temer ninguna censura.
Queda
sobreentendido que tampoco en este sentido mis padres eran revolucionarios y
que también en esto se remitían a la opinión pública. Ciertamente, la educación
sexual que recibí —o mejor dicho: la que no recibí— de mis padres no constituye
una excepción en los medios burgueses. Pero es evidente que mis padres debían
de estar perfectamente de acuerdo con ese tabú generalizado que condenaba la
sexualidad, en vista de que un tabú consiste en no hablar de su objeto, y no
hablar de nada era justamente lo que deseaban mis padres. Yo dividiría en dos
períodos la actitud tomada por mis padres frente a mi hermano y a mí con
respecto a la sexualidad: durante el primer período el sexo no existió; durante
el segundo fue ridículo. Quiero decir que el tema jamás se abordó cuando fuimos
pequeños; eso les servía a mis padres como pretexto para evitar informarnos.
Pero desde que mis padres tuvieron la esperanza de que algún otro los hubiera
dispensado del penoso deber de informarnos, ese tema fue clasificado junto con
todas las cosas que hacían «los otros», esos otros que nos divertían y que
siempre eran un poco ridículos a nuestros ojos. Yo no afirmaría que fue un
proceder muy feliz; pero, en todo caso, para mí fue un proceder claramente
funesto. Para empezar, hubiera debido ser un niño que no tenía derecho a saber
nada sobre la sexualidad, y cuando supusieron que sabía algo dieron por sentado
que yo tenía que estar por encima de esas cosas; como si, en efecto, fuera un
viejo que ya no quiere saber nada más desde hace mucho tiempo. De golpe,
entonces, la sexualidad ya no era mala sino solamente ridícula o aburrida. Mi
padre se sorprendía a menudo de que la gente fuera capaz de interesarse por las
películas o las revistas sobre el sexo, ya que la sexualidad era algo tan
aburrido. Jamás se le hubiera ocurrido la idea de prohibir la literatura o las
películas de ese género, ya que realmente no comprendía cómo alguien podía
apasionarse por ellas. Dicho de otro modo: había, por supuesto, gente que se
interesaba por eso: los otros, justamente. Los otros que hacían todas las
tonterías posibles, de modo que no había que admirarse si, con todas sus otras
estupideces, también se sentían atraídos por el sexo.
Hasta aquí
siempre he escrito que «nosotros» hacíamos o no hacíamos algo. Este plural me
permite indicar que yo seguía al pie de la letra a mis padres y sus ejemplos,
como si hubiera sido marcado por ellos. Me parecía que, fundamentalmente, ellos
tenían razón. A veces yo podía ser de otra opinión con respecto a ciertos
detalles, pero no se me ocurría poner realmente en tela de juicio sus acciones
o su manera de pensar. Yo me sentía seguro en la atmósfera de la casa de mis
padres y estaba esencialmente de acuerdo con ellos porque era como ellos. No
tenía por lo tanto ningún problema con mis padres; me sentía armoniosamente
unido a ellos. Ahora bien, el hecho de que yo me comportara de una manera tan
ejemplar y no tratara de contrariar en nada la voluntad de mis padres era sólo
la expresión de la corrección que era la regla entre nosotros. La conducta más
correcta en todas las circunstancias de la vida, aun si nuestra conducta era de
una corrección exagerada, nos parecía la mejor protección. ¿Protección contra
qué?, podríamos preguntarnos. Indudablemente no lo hubiéramos podido expresar
con palabras, pero ahora creo que necesitábamos protección contra el mundo
entero. Era necesario que estuviésemos libres de toda mancha; debíamos ser
puros e inmaculados en todo. Ser irreprochables nos parecía el mejor camino o
un rodeo necesario para conseguir atravesar indemnes la agitación, nada pura,
del mundo. Así como se dice que el que toca el betún se ensucia, podía decirse
de nosotros que, para no ensuciarnos, no tocábamos absolutamente nada. O bien:
como no lijábamos, tampoco volaba el serrín (como no hacíamos tortillas, no
rompíamos huevos). Por eso yo me mostraba siempre extremadamente correcto y
siempre limpio desde todo punto de vista. Esto se manifestaba notablemente en
la manía que tenía por una limpieza algo exagerada. Del mismo modo que yo era
correcto de pies a cabeza, era también limpio y prolijo en extremo. No debía
posarse sobre mí ni un grano de polvo, nadie debía tocarme ni un cabello.
Y me mantenía
limpio, nunca me ensuciaba, no tocaba nada y no tenía contacto con nada ni con
nadie. No tenía ni amigos ni amores. No era capaz de ningún contacto con
chicas; pero también era incapaz de hablar de mis dificultades para establecer
contacto. Además, había otro problema. A partir de cierta edad se considera
natural que los jóvenes tengan una amiga, y la gente me preguntaba con
benevolencia si yo también la tenía. Como yo sabía que había que responder
afirmativamente para no hacer el ridículo, en estos casos mentía siempre
obstinadamente y respondía que sí. Para evitar que me hicieran caer en una
trampa, pensaba en alguna chica con la que había ido alguna vez al teatro (pero
que evidentemente no era mi amiga) para que, si me seguían interrogando sobre
mi amiga imaginaria, me fuera posible dar informes personales sobre esa
muchacha, de modo que no fuera a descubrirse eventualmente mi mentira por una
vacilación en mis respuestas. Así, me comportaba correctamente a mi manera,
dando al que preguntaba la respuesta que él quería obtener.
Mi timidez con
las chicas era, sin embargo, sólo la expresión más marcada de mi timidez con
respecto a la gente en general. Tampoco lograba dirigir la palabra a otras
personas y sólo me decidía a hacerlo cuando era absolutamente imprescindible.
Prefería no hablar a alguien a quien no conocía o conocía vagamente, y a
menudo, aun cuando me moría de ganas de hablar (aunque fuera a propósito de la
cosa más insignificante), mi timidez me lo impedía y prefería callarme.
Esa timidez
llegaba hasta el simple hecho de saludar. Desde no sé cuántas generaciones, la
familia de mi madre vivía en K., así que todo el mundo conocía a mi familia, y
naturalmente a mí. Todas esas personas me saludaban por la calle porque sabían
quién era. Pero, para mí, ellos eran sólo desconocidos de los cuales yo lo
ignoraba todo, salvo que hubiera debido conocer sus nombres. Naturalmente, mis
padres me habían ordenado severamente que saludara a todas esas personas por
sus nombres, como se debía. Y yo me debatía sin cesar entre esos nombres que
olvidaba y confundía continuamente, de modo que no sabía nunca a ciencia cierta
de quién, de las innumerables personas a las que debía saludar, se trataba cada
vez, si era el señor Müller o el señor Meier. La conciencia de que yo hubiera
debido saber no sólo el nombre sino a quién tenía frente a mí (ya que él sabía
quién era yo), no hacía más que aumentar mi incomodidad frente al presunto
señor Meier del cual, para mi gran vergüenza, yo no sabía si era el «encantador
señor de la casa de la esquina» o el «muy simpático maestro artesano de la
Seestrasse». A menudo mi confusión era tan grande que, aun en presencia de
personas de las que yo estaba seguro de que se llamaban Müller, comenzaba a
preguntarme si su nombre no sería otro, y si las saludaba correctamente me
torturaba la idea de haberme equivocado completamente. También muy a menudo me
tragaba el nombre o lo deformaba en una masa sonora sin sentido, y a veces,
temiendo cometer un error, llegaba a escamotear el nombre, aun cuando lo
conociera.
Me decía
continuamente que esas personas tendrían la peor opinión de mí si yo ni
siquiera sabía sus nombres, mientras que ellas podían pronunciar siempre el mío
sin equivocarse. Sólo muchos años después, cuando ya era profesor, comprendí
hasta qué punto ese miedo era injustificado. Es evidente que cada uno de los
veinte alumnos de una clase conoce, desde la primera hora de clase, el nombre
del nuevo profesor, en tanto que el profesor no puede conocer, al cabo de una
hora, los nombres de veinte nuevos alumnos. De la misma manera hoy me resulta
evidente que todas las personas del pueblo que conocían a mi abuela y a mi
madre desde hacía tantos años, tenían que saber quién era el nieto o el hijo de
esas personas, mientras que para mí era infinitamente más difícil saber los
nombres de todas las personas que conocían a mi familia. Pero en aquella época
no lo había comprendido aún, así que había tomado la costumbre de saludar a
todos, sobre todo a los viejos, con una amabilidad exquisita, porque temía siempre
que se tratase de algún amigo de mi abuela que se habría ofendido seguramente
si yo pasaba sin saludarlo. Como puede verse, esos saludos no tenían nada que
ver con un contacto humano, ya que esas personas a las que saludaba eran, para
mí, desconocidos; sólo se trataba de buenos modales. Una vez saludado
correctamente el enemigo, el peligro había sido conjurado y el otro no podía
seguir teniendo una opinión desfavorable de mí. Mi contacto con la población de
K. se reducía por lo tanto a un saludo de lo más penoso. No recuerdo si llegué
a intercambiar algunas palabras con alguien.
Naturalmente,
la amiga que yo me imaginaba debía seguir siendo siempre un sueño. En efecto:
¿cómo me hubiera animado a dirigirle la palabra a una muchacha o a llegar a
preguntarle si quería ser mi amiga? Evidentemente no era porque yo tratara de
contarme aún entre los alumnos «pequeños» que no tenían una amiga. Ni tampoco
porque no había encontrado por casualidad una chica en la clase de baile de la
que ya he hablado. No, era mucho, mucho más que eso lo que me faltaba, ya que
detrás de esa amiga imaginaria se escondía, aun cuando todavía no me daba
cuenta bien de ello, la imagen de la mujer, de la sexualidad, del amor, en una
palabra: de la vida. (No quiero lanzarme aquí a una discusión sobre si se debe
decir amor o sexualidad; como ya hizo notar Freud que, en el caso de que
alguien se molestase por el empleo constante del término «sexualidad», él lo
reemplazaría simplemente por la palabra «amor», yo usaré esas dos nociones de
manera tal que una y otra signifiquen lo mismo y que la diferencia entre ambas
sea sólo una cuestión de estilo.) La sexualidad no formaba parte de mi mundo,
ya que la sexualidad encarna la vida y yo había crecido en una casa donde la
vida no estaba bien vista, pues entre nosotros se prefería ser correcto a
vivir. Sin embargo la vida toda es sexualidad, ya que florece en el amor, el
deseo y las relaciones con el otro. Todo el proceso de la vida debe situarse en
el mismo plano que el acto de unión sexual: todo lo que vive impulsa
continuamente a la mezcla, a la mutua penetración, a la unión; y toda
separación, división, disociación y dislocación es, incesantemente y cada vez,
la muerte. El que se une, vive; el que se mantiene aparte, muere. Pero ése era
justamente el lema bajo el cual se había colocado toda mi familia: ¡Mantente
apartado y muere! La lógica de esta fórmula, de este mandamiento, es impecable:
nada puede llamar menos la atención por su incorrección que algo muerto.
Se podría
formular también así: yo era demasiado correcto para ser capaz de amar; en
realidad, ni siquiera era yo; era simplemente correcto, puesto que si mi
verdadero yo hubiera querido mostrarse, por poco que fuese, en el mundo de la
cortesía y de las fórmulas, habría resultado molesto. Mi sola función era la de
ponerme al unísono con eso que creía que era el mundo. Yo ya no era yo como
individuo netamente delimitado con respecto al mundo que lo circunda; no era
más que una partícula conformista de ese mundo que me rodeaba. Ni siquiera era
un miembro útil de la sociedad humana, sólo era un miembro bien educado.
Mis
representaciones románticas del amor se limitaban a escenas de amor a primera
vista, como en el cine. Me figuraba que yo también (un día impreciso, cuando
fuera «mayor») encontraría una muchacha por la que debería sentir a primera
vista que ella era la única verdadera para mí (evidentemente, la joven, en el
mismo instante, sentiría lo mismo). Imaginándolo así, todos los penosos
esfuerzos por conquistar a esta persona ideal desaparecían naturalmente como
por encanto; no habría ningún problema con ella y me sentiría, de golpe, en
perfecta armonía con ella. No sería necesario ni abordarla ni dirigirle la
palabra; no me sonrojaría, ni tendría que afrontar la responsabilidad de
preguntarle si quería ser mi amiga; desde el principio todo ocurriría de forma
clara, armoniosa y sin problemas. Ella sería tan apática y aburrida como yo y,
como yo, haría todo lo posible para que ninguno de los dos fuese herido o
siquiera tocado por el otro. Pobre mujer.
Seguramente no
era el único que se entregaba a este tipo de ensoñaciones; el hecho de que yo
lo hiciera con especial entusiasmo se sobreentiende, si se piensa en la mañera
en que yo, pobre de mí, me imaginaba el mundo. La mujer que soñaba no era otra
cosa que un accesorio más en mi universo juvenil. No tenía personalidad y yo no
podía desear realmente que la tuviera, ya que tampoco la tenía. Así me
imaginaba el amor y lo imaginaba como «algo muy bello»; pero inconscientemente
y en mi fuero íntimo temía y odiaba el amor, pues representaba todo lo que a
mí, forzosamente, no me podía convenir y me era hostil.
El curso de
estas ideas cuadraba muy bien con la atmósfera general de mi período de
bachillerato. A pesar de ir al instituto en Zúrich y de pasar gran parte de mis
horas de trabajo fuera de la casa de mis padres, en lo más profundo de mí no
había aprendido nada. Seguía estando —sobre todo en lo referente al alma—
íntegramente en mi casa. Asistía a las clases y volvía enseguida, con el tren,
a K. y a casa de mis padres, donde yo sentía que estaba en mi casa, que ése era
mi lugar. A pesar de que me iniciaba en el latín, las matemáticas y las lenguas
modernas, esos estudios no ampliaban en absoluto mi horizonte; eran penosos
deberes que debía cumplir porque, aparentemente, eso era lo que se hacía. Era
correcto obligarse a cumplirlos, por eso yo los cumplía. Además, mi padre
quería que cumpliese con ellos, y yo sabía que no hubiera tolerado ninguna
rebelión contra esa decisión. Pero también me resultaba fácil someterme a la
voluntad de mi padre porque no tenía voluntad propia. A menudo el instituto me
resultaba pesado, pero eso no cambiaba nada, pues no podía imaginar qué hubiera
hecho si dejaba de asistir a las clases.
Así, yo era un
buen alumno, aunque un alumno muy indiferente; tenía los mejores modales del
mundo y en clase jamás causaba enfados o broncas; sólo en gimnasia era de una
debilidad casi inconcebible. Mis compañeros no me detestaban ni me
atormentaban, pero no eran mis amigos. Frecuentaba varios cursos de baile para
aprender también a tratar a las mujeres, pero era absolutamente incapaz de
aprender a bailar y, menos aún, a tratar a las mujeres. Era inteligente, pero
no sabía hacer nada. Visto desde fuera, era normal hasta un punto casi
repugnante, pero en realidad era cualquier cosa menos un joven sano y normal.
Oficialmente se me clasificaba como un tipo que se interesa por «las cosas
elevadas», pero interiormente yo sospechaba que estaba muy atrasado y que debía
ponerme a la misma altura que los alumnos más jóvenes de primer año. No tenía
ningún problema y pensaba que era mejor así, puesto que no habría sido capaz de
resolverlos si los hubiera tenido. En una palabra, tenía todas las condiciones
para convertirme en un ser muy desdichado.
Dicho y hecho.
Caí enfermo. En ese momento no sabía aún que se trataba de una enfermedad ni
conocía su nombre. Es una de las enfermedades más populares de nuestro tiempo:
la llaman depresión. Pienso ahora que debió de comenzar alrededor de mis
diecisiete o dieciocho años. Desde entonces no me ha abandonado. Hoy tengo
treinta y dos años, y si me tomo la molestia de calcular la duración de mis
sufrimientos, diré que son quince años. Sin embargo, no podría decir que a lo
largo de todos esos quince años el sufrimiento fuera constantemente de la misma
intensidad. A veces aumentaba, otras disminuía. Había momentos en que el
sufrimiento se borraba de tal manera que podía casi ir y venir como un ser
normal; una o dos veces me pareció que disminuía hasta el punto de que comencé
a tener la esperanza de haberlo vencido. Pero, aparte de esos períodos de
calma, debo decir que la depresión me acompañó sin interrupción durante esos
años. No quiero describir aquí una vez más ese fenómeno que ha sido suficientemente
descrito; además, todos saben qué es la depresión: todo es gris, frío y vacío.
Nada produce alegría y todo lo doloroso provoca un dolor exagerado. Se pierden
las esperanzas y no se ve nada más allá de un presente desdichado y privado de
todo sentido. Todas las cosas que se dicen regocijantes no nos regocijan en
absoluto; uno se siente más solo en sociedad que cuando lo está verdaderamente;
todas las diversiones nos dejan fríos; las vacaciones, en vez de ayudar a
cambiar las ideas, se hacen mucho más difíciles de soportar que las
no-vacaciones; todos los proyectos que se hacen para salir de la depresión se
dejan caer enseguida «porque de todos modos eso no sirve para nada». Las dos
características principales de la depresión son la soledad y la desesperación.
Así es como,
alrededor de un año antes de terminar el bachillerato, caí en las garras de la
depresión. Esta había alcanzado sus dos primeros puntos culminantes durante mis
últimas vacaciones, que pasé en Inglaterra, y en el momento de los exámenes
finales. Durante las vacaciones hubiera debido divertirme y era incapaz de
hacerlo. Por primera vez sentía el sufrimiento de no haberme liberado de todos
los enredos de la vida cotidiana (en lo relacionado con la escuela) más que
para atormentarme a mí mismo mucho más que en la escuela, durante ese período
de ocio durante el cual todo estaba a mi disposición para que lo aprovechara.
El segundo pozo depresivo se produjo en el momento de los últimos exámenes,
cuando todo el mundo festejaba alegremente el término de mis estudios,
considerándome desde ese momento un adulto, cuando me vi obligado a confesarme
que aparte de las palabras y las fórmulas no había aprendido nada en la escuela
y que no estaba más maduro que siete años antes, cuando pisé el instituto por
primera vez.
V
El mundo
estaba allí, frente a mí, gris y hostil, y había llegado el momento de que
cumpliera el deber de entrar en la alegre vida de estudiante. Desde el
principio se había sobreentendido que cursaría una carrera universitaria.
También yo deseaba comenzar esos estudios, pues al no tener la menor idea sobre
la profesión que podría ejercer en la vida, si me matriculaba en la universidad
podría posponer durante años la inoportuna cuestión de la elección de una
profesión. Como sólo era bueno para los idiomas, decidí dedicarme a la
lingüística. Dentro del marco de esta disciplina, debería hacer luego mi
elección, pero no fui yo quien la hizo: dos de mis condiscípulos, los únicos
que querían estudiar también idiomas, se habían decidido por estudiar filología
germánica, así que, como no tenía otra idea mejor, seguí su ejemplo y elegí la
misma carrera. De ese modo, puesto que no se me presentaba ninguna otra cosa y
no se me ocurría nada más inteligente que secundar el ejemplo de mis
compañeros, me convertí en universitario.
Era un
estudiante muy elegante. Llevaba siempre pantalón negro, camisa blanca,
americana azul marino y corbata negra. Eso tenía un aire muy distinguido y daba
la impresión de un uniforme elegante. Pero yo sabía que ese traje, que le
quedaba a un joven como una patada en el culo, sólo servía para expresar mi
depresión, que me obligaba a pregonarla con mis colores de luto.
Tampoco era,
naturalmente, un estudiante revolucionario. Me reía de buena gana de los cerdos
izquierdistas y de su espíritu retorcido, pues ni se me ocurría la idea de que
yo también podía tener la libertad de elegir una tendencia política, de
examinar el asunto y, a continuación, ponerme eventualmente de parte de la
izquierda. Se sobreentiende que en materia política yo no había hecho elección
alguna y me había unido automáticamente a la gran cantidad de personas «bien»
que eran de derechas. No había examinado y luego rechazado los argumentos de la
izquierda; sabía de antemano que los de izquierdas eran individuos ridículos
que sin duda alguna tenían opiniones completamente erróneas. Para mí era
indudable que la gente de izquierdas no podía tener razón y por consiguiente,
si yo quería tener razón, debía engrosar las filas de la derecha. Esta
pretendida decisión, que naturalmente sólo era una ausencia de decisión,
alegraba enormemente a mis padres, que podían constatar, una vez más, que su
hijo era «razonable» y que había elegido el buen camino.
Entre esa
actitud y mis relaciones con las mujeres en la universidad había una analogía
sorprendente: no tenía relaciones escandalosas, ni amores, ni amoríos, ni hijos
naturales. Eso también era digno de elogio. No tenía problemas con las mujeres,
y en ese aspecto también era un buen estudiante y les evitaba a mis padres
muchas penas y preocupaciones, ya que no tenía esos amoríos con los cuales
nuestro mundo armonioso no hubiera sabido qué hacer. En otras palabras: una vez
más, todo salía redondo.
Evidentemente,
nada salía redondo. Yo me sentía deprimido, estaba preso en un cada vez mayor
conflicto entre el «fuera» y el «dentro». Aparentemente no tenia el menor
problema y se me hacía cada vez más difícil integrar, de la manera más
convincente posible, esa aparente ausencia de problemas en mi concepción del
mundo. Porque resulta que yo quería ser un tipo sin problemas también ante mis
propios ojos, por lo que había recurrido a toda clase de subterfugios para
presentarme a mí mismo bajo el aspecto de esta figura ideal. Es cierto que
había perdido uno de mis principales puntos de apoyo. Durante mis estudios
secundarios había podido conservar siempre mi imagen: la de un tipo original
que se dedicaba a la literatura. Todos mis compañeros jugaban al fútbol, sólo
yo leía libros de hombre cultivado, particularidad que tenía que ver con las
«cosas elevadas». Pero en la universidad todos mis compañeros estudiaban
literatura, como yo, y no jugaban al fútbol más que rara vez, en sus ratos
perdidos. Este aspecto, positivo en apariencia, desapareció, y mucho más aún
que en mis últimos años de bachillerato; sólo era un joven entre muchos otros
semejantes al que, visto desde fuera, nada podía justificar que le faltara eso
que debería haber tomado una forma concreta en la persona de una amiga. Claro
que, en la universidad, el concepto de «amiga» había tomado dimensiones
completamente diferentes. Porque ahora los estudiantes entre los que me contaba
no se contentaban ya con ir al cine con sus amigas; esas mujeres eran sus
amantes. En ese momento yo tenía la edad justa, estaba en la sociedad que me
convenía y tenía la ocasión de tener, yo también, una mujer. No había ningún
obstáculo, salvo yo, naturalmente. Pasó entonces algo análogo a lo que ya me
había sucedido una vez. Así como mis padres habían esperado de mí, que durante
largo tiempo había sido un niño completamente ignorante y asexuado, que después
de haber sido informado me convirtiese en un hombre perfectamente clarificado y
«razonable», es decir, también asexuado; así como al comienzo era necesario que
no tuviera problemas sexuales porque ignoraba todo acerca de la sexualidad y,
enseguida, después, que no tuviese ningún problema sexual porque debía
«superar» la sexualidad, ya que la sexualidad era algo que, fundamentalmente,
no creaba problemas; así, una vez más, en la universidad pasé por alto el más
importante de los tres grados del desarrollo: el del medio. En el instituto me
había mantenido, por mi cuenta, entre los muchachos más pequeños, que no debían
tener, todavía, problemas sexuales; ahora, en la universidad, pasaba justamente
lo contrario. Porque también allí había no sólo mujeres seductoras y ardientes
jóvenes sino también una cantidad de viejas muchachas resecas y viejos solteros
empedernidos que estudiaban alguna ciencia abstrusa y se arrastraban embutidos
en sus trajes grises y gastados. Pero ellos no tenían amantes. Entonces, si yo
quería frente a mí mismo corresponder a un esquema exacto, tenía que asimilarme
a esta banda de doctos espantapájaros, todos ellos imbuidos de ciencia estéril
y académica. Antes era demasiado «joven» para ser yo mismo, ahora era muy
«viejo». Lo único que me resultaba imposible era tener, justamente, mi edad. A
la inversa, podía arreglar las cosas diciéndome que yo era totalmente normal o,
al menos, que estaba dentro de los límites de lo normal, ya que en la
universidad había muchos otros estudiantes que se me parecían. De este modo de
pensar se puede decir, seguramente, que es armonioso o que tiende hacia la armonía:
yo no quería ser el único fracasado frente a los demás, quería poder hacerme la
ilusión de que otros también veían las cosas como yo, que yo no era un
fracasado, sino un miembro perfectamente respetable de un grupo en el cual
todos eran como yo.
Eso se
convirtió en uno de mis grandes problemas durante mis estudios. En mi fuero
interno yo sabía que era un fracasado, pero no me lo quería confesar. También
sabía, en el fondo, que si era un fracasado era porque no tenía una mujer, ya
que «mujer» era el símbolo y la piedra de toque de todo lo que me faltaba, pero
también eso me lo ocultaba a mí mismo e inventaba mil razones por las cuales
estaba terriblemente deprimido todo el tiempo.
Me mostraba
siempre calmado y sereno, estaba siempre por encima de todo, no tenía problemas
con nada. Yo era del tipo indolente y no me faltaba nada. Nada podía irritarme,
nada podía abatirme, tenía siempre una sonrisa a flor de labios, ya que quería
ser la imagen viviente de un no-frustrado. Cuanto más deprimido me sentía en mi
fuero interno, más sonreía. Cuanto más negro por dentro, más blanco por fuera.
Mi yo se disociaba cada vez más. Mi eterna comedia se convertía cada vez más en
una costumbre y la costumbre me hacía tan familiar mi máscara de eufemismos que
poco a poco la identificaba cada vez más conmigo mismo. Por supuesto, quería
ser como mi máscara, me gustaba creer que era, en realidad, parecido al papel
que interpretaba. Algunos de mis compañeros, cuando sufrían por algún motivo,
me decían que yo tenía suerte de poder conservar siempre mi serenidad; a mí me
gustaba oírlo y también me gustaba creerlo. Evidentemente, mi máscara era
convincente. La gente creía que yo era tal como creía ser. Mi juego era
confirmado por mi entorno, y cuando empecé a dudar de mi fingida serenidad,
pude permitirme la falsedad de decirme: Solamente tengo la impresión de estar
deprimido. Pero todo el mundo dice que no lo estoy. No podían engañarse todos
al mismo tiempo.
Así, los otros
se convirtieron en mis cómplices. Si mi máscara amenazaba a veces con caer ante
mis ojos, yo podía siempre invocar a los otros, que seguían engañados por ella.
Creo que empleé la mayor parte de mi energía en mantener en pie el edificio de
mi yo simulado, que se desmoronaba. Siempre encontraba pretextos para probarme
que mis eternas depresiones no eran «nada más» que cosas sin importancia. Por
ejemplo: llovía, y alguien decía que la lluvia siempre lo deprimía muchísimo.
Enseguida yo me decía: ¡Naturalmente! Es la lluvia que me hace sentirme tan
deprimido a mí también. A veces era que había cogido frío, a veces que había
dormido poco, a veces demasiado, a veces me había levantado con el pie
izquierdo, a veces estaba, simplemente, de mal humor, a veces era culpa de la
clase mediocre a la que acababa de asistir, a veces había almorzado mal, a
veces había comido demasiado a mediodía y ésa era la razón de que me sintiera
fatigado. En una palabra: siempre encontraba una explicación valedera para
creer que en el fondo todo eso «no era nada». En realidad sé que la mala comida
no me hace nada; es cierto que me gusta comer bien, pero cuando la comida es
mala no me molesta particularmente. Tampoco dependo del clima. Por supuesto,
prefiero que haga buen tiempo, si fuera por mí no llovería nunca; sin embargo,
muchas semanas de mal tiempo no me afectan particularmente. Creo que en esto
tengo una feliz manera de ser. Mucha gente se deja deprimir por la lluvia; yo
no. Cada vez que decía «no es más que el tiempo», mentía. Mi depresión tenía un
origen mucho, mucho más profundo, y todas las intemperies del mundo nada podían
contra este simple hecho.
Yo era, sin
lugar a dudas, un mentiroso y un hipócrita, pero tenía tan buenos modales que
no se encontrarían fácilmente otros iguales en el mundo entero; sólo que esos
modales admirables eran el único arte que había aprendido. La educación que me
habían dado mis padres había sido coronada por el éxito.
Si fuera
verdad la definición según la cual un neurótico es alguien incapaz de vivir en
el presente y se refugia sin cesar en el pasado o en el porvenir, yo había
llenado con creces esas condiciones desde mis primeros años de universidad. Por
una parte me consideraba siempre el «pequeño» que se había quedado rezagado y
que no tenía aún ninguna capacidad; por otra, esperaba sin cesar que un lejano
porvenir, indeterminado en el tiempo, me trajese la concreción de todo lo que
el presente no podía ofrecerme. Me decía que aquí, en Zúrich, donde además
llovía continuamente, yo no podía «tener ningún impulso», pero que durante las
vacaciones de verano en España, donde el sol brilla de continuo, comenzaría a
vivir. En la universidad estaba constantemente en compañía de mujeres y me
ilusionaba pensando que durante esas mismas vacaciones españolas, nebulosas y
magníficas, encontraría seguramente a la mujer ideal. No era capaz de darme
cuenta de que no eran las circunstancias la causa de mi fracaso, sino que ese
fracaso se debía sólo a mí.
Mi espíritu
estaba enfermo y yo no quería reconocerlo. Por eso buscaba ejemplos; creía que,
cuando hubiera reconocido en mí un caso típico, tendría la certeza de ser como
los otros. En suma: de ser normal. Naturalmente, este razonamiento era falso,
pues lo típico no es lo normal; hay también síntomas típicos de enfermedad. No
por sufrir todos del mismo mal el estado de salud de los internados en un
sanatorio para tuberculosos es normal; más bien se dirá que son todos enfermos.
Pero yo estaba al acecho de casos parecidos al mío y los encontré,
especialmente en la literatura. Sí, en los libros aparecían sin cesar
personajes con los cuales me podía identificar. Lo que le había sucedido a un
personaje de ficción (y, muy probablemente, al autor e inventor de dicho
personaje) podía muy bien sucederme también a mí; por lo tanto, existían una
regla y una norma.
De todos los
personajes —ya fuesen creaciones literarias, ya los mismos autores— cuyo
destino era tal que ellos hubieran querido tener una mujer pero no la tenían, o
que hubiesen deseado vivir y sin embargo quedaban al margen de la vida, Tonio
Kröger era el que más me había sorprendido. Sí, se puede decir que desde el
colegio el héroe de esa triste novela de Thomas Mann me había acompañado
constantemente. Tampoco ese personaje participaba realmente de la vida, y
además estaba siempre deprimido; también él se interesaba por las «cosas
elevadas» y debía renunciar por ellas a las «delicias de la banalidad». Tonio
Kröger era un artista y, como tal, su misión no era vivir la vida, sino
describirla solamente. Como poeta, abarcaba la vida con la mirada; si él se
hubiera sumergido en la vida, como cualquier otro mortal, habría perdido,
forzosamente, esa visión de conjunto y se habría privado de la facultad de
describir. De acuerdo. Sin embargo, desde el principio muchas cosas me habían
molestado en la existencia de ese personaje. Por una parte, era necesario que
Tonio Kröger fuese diferente de la gente común —ya que ése era su oficio—, por
otra, él no podía ser en absoluto como las personas comunes, ése era su
defecto. Por un lado se podía aducir que tenía una vocación artística y por eso
se había excluido de la sociedad de la gente común; por otro, uno no podía
dejar de sospechar que era, por definición, incapaz de conducirse como los
demás, de manera que, en el fondo, no le quedaba más que convertirse, nolens
volens, en un artista, porque no tenía madera para ser otra cosa. Por una
parte, el señor Mann hacía decir a su Tonio que, si era doloroso estar separado
de la gente común, le era necesario aceptarlo, de buen o mal grado, como un
fenómeno accesorio, simplemente porque él estaba destinado a algo «superior»;
por otra parte, yo estaba convencido de que Tonio Kröger no era más que un
artista y que no había que considerar la condición de tal una superioridad,
sino, al contrario, una inferioridad a la que se veía obligado a acomodarse; lo
que contaba, ante todo, era esta incapacidad de ser como los otros; la calidad
de artista, como un fenómeno secundario, era una consecuencia natural.
Así fue como
tuve por primera vez el sentimiento de que tal vez el arte no debía ser
considerado más que el síntoma de una vitalidad deficiente, y comencé a
sospechar (cuando apenas conocía el nombre de Sigmund Freud) que la poesía era
tal vez, simplemente, ponerse a escribir versos automáticamente, con tal que
uno estuviera suficientemente frustrado. Pero las cosas no se presentaban tan
bien para mí, ya que yo también tenía la impresión de que mi vitalidad no era
de las mejores; y también escribí. Sin embargo, casi no escribía versos; desde
mi más tierna infancia había escrito piezas para el teatro de marionetas y
cuando fui estudiante traté también de escribir cuentos. Todos afirmaban que
tenía talento; hacía mucho que me calificaban de artista, casi en tono de
broma; además, siempre me había gustado ser considerado como tal. Era muy
posible que fuera, efectivamente, un artista. Sin embargo, durante mis primeros
años de universidad vi por primera vez el estatus del artista desde otro punto
de vista: tal vez el artista era siempre solamente el «artista y nada más», el
rechazado, el réprobo, el excluido y, como prueba de su inferioridad, llegaba
hasta a ofrecer sus producciones al público, de manera que cualquiera podía
exclamar: ¡Oh, Dios! Aquí tienen a uno que tampoco supo arreglárselas en la
vida y por eso se convirtió en un artista.
Por primera
vez mis obras me disgustaban. Poco importaba si una u otra me gustaba o no, que
tuviera o no valor artístico. Aparte de su valor literario, parecían hacerme
decir: Sólo escribí todo esto porque fracasé y soy un frustrado. Muchos de esos
escritos, sobre todo algunas obras de teatro, sin embargo me gustaban, veía que
tenían, literalmente, cierta razón de ser. Pero todo eso desaparecía frente a
la comprobación de que todo lo que había escrito no era, a fin de cuentas, más
que el producto de una frustración y la confesión de mi derrota. Quería
proponerme no escribir jamás y esconder mi vergüenza bajo un silencio eterno.
Muchísimas veces volví a renovar mi resolución de no escribir nunca más y de
ahogar todos mis deseos de escribir. Todas las veces quería volver a hacer
tabla rasa, y mi decisión a menudo coincidía con la destrucción de todas mis
obras, preferentemente por medio del fuego, para que la llama purificadora me
liberase de la mancha del arte. Pero mis decisiones y mis autos de fe renovados
no servían nunca para nada ya que no se puede quemar el gusto por escribir y,
casi siempre, poco después del auto de fe volvía la inspiración y tenía otra
vez ganas de escribir algo. Enseguida volvía a empezar con más fuerza que nunca
y me resignaba a sentirme impulsado a escribir, simplemente porque «tenía que
ser así», hasta el momento en que se repetía el proceso y aniquilaba nuevamente
todos mis escritos porque su presencia se me había hecho insoportable y
necesitaba, una vez más, quemarlos porque eso «no podía ser». Cuanto más me
gustaban mis obras, más penoso me resultaba destruirlas; pero a cada auto de fe
tenía la certeza de que no se trataba de la cualidad de la obra, sino que el
hecho de escribir era en sí mismo algo malo, que expresaba, ponía de manifiesto
y simbolizaba mi inferioridad de «artista y nada más».
Por otra
parte, se sobreentiende que me halagaba que me trataran como artista y hacía
todo lo posible para reforzar esa imagen; pero esta imagen era superficial. Así
como exteriormente me mostraba siempre alegre y contento, también me gustaba
adoptar un poco la pose de artista, sabiendo muy bien hasta qué punto podía
llegar en este campo. Sabía que había cierto tipo de artistas que concebían
también su vida como un arte y gastaban muchas energías para tratar de gozar de
ella como bohemios, cosa que conseguían muy a menudo. Pero intuía, con dolor,
que yo no era un artista de esa clase. Para mí, el ser artista sólo podía
depararme melancolía, depresión y frustración. Para mí era una vergüenza y una
desolación. La pose de artista aparentemente despreocupado que me esforzaba por
mantener sólo formaba parte de mi máscara.
En esta
problemática del artista hay ante todo dos puntos importantes. Para empezar, yo
podía continuar cultivando, en las «cosas elevadas» en las que no debe
encarnarse el arte, esa «elevación de pensamiento» que era la regla en la casa
de mis padres: los demás son gente común; los preciosos individuos que se
mantienen al margen de la vida son seres «superiores». En otras palabras: el
que es normal es ordinario; un neurótico es algo especial. Además, mi visión
fatalista del oficio de artista tenía el efecto de acorralarme en la posición
que justamente hubiese querido abandonar. Para mí era cosa del destino: todos
los artistas son neuróticos. Actualmente sigo persuadido de que, en efecto,
muchos artistas son neuróticos; pero sucede a menudo que también lo son los
panaderos o los jardineros, y un empleado de banco o un empresario no son,
realmente, nada divertidos. En lugar de contentarme con pensar que si a veces
un artista se muestra neurótico no tiene por qué serlo necesariamente, prefería
la aplastante certeza de que, forzosamente, todos los artistas eran neuróticos.
Conclusión que también era una solución fácil. Cuando de antemano está todo
determinado por el destino, no se puede cambiar nada, no hay necesidad de hacer
ningún esfuerzo. Mi concepción del trabajo de un artista correspondía
exactamente a las otras ideas que había heredado de mi familia: el mundo está
hecho así y no puede ser de ninguna otra manera. En un mundo «que está hecho
así» no puede haber rebelión; sólo se produce una revolución cuando el mundo
puede ser de otra manera.
Ahora quisiera
tratar de describir la evolución de mi enfermedad pero de un modo más
esquemático de como fue en realidad. Quiero decir con esto que, en interés de
la línea general, renunciaré a pintar todos los altibajos que se sucedieron
durante más de diez años; pasaré por alto las numerosas pequeñas recaídas
durante el curso de la mejoría general y las numerosas curaciones aparentes en
medio de la derrota. Tampoco hablaré de los dos primeros tratamientos
psicoterapéuticos que seguí durante cierto tiempo, ya que esas dos tentativas
sólo fueron el preludio de mi tercer y último tratamiento, la psicoterapia
propiamente dicha.
A propósito de
esto quiero hacer notar simplemente que la primera vez fueron mis padres los
que me enviaron al psicoterapeuta porque mis estados depresivos los inquietaban
y querían ayudarme. Naturalmente, toda la educación que ellos me habían dado
había tenido la única finalidad de ayudarme y de darme todo lo mejor que
tenían. Ahora bien, ellos me habían dado lo peor que tenían, pero no podían
saberlo. Supongo que antes de ponerse en contacto con el psicoterapeuta
debieron de hacerse la tradicional pregunta: ¿Qué hemos hecho mal?, pero no
podían adivinar que ese mal era justamente lo que a ellos debía de parecerles
el valor más alto en la vida. Dudo que fueran capaces de sospechar que su hijo
podía no ser normal. Debía de parecerles inconcebible que el hijo de padres tan
normales pudiera no serlo. Comprender que el hijo de padres tan sumamente
perfectos tiene, por fuerza, que volverse anormal, exige cierta dosis de humor
cósmico, y ellos no poseían esa clase de humor. En este momento pienso que creían
que yo tenía «complejos de inferioridad» y que el psiquiatra me curaría;
hubiera sido pedirles demasiado que se les ocurriera la idea de que yo era
realmente inferior. Lo que mis padres consideraban «complejos», como ideas que
yo me ponía en la cabeza, no eran tales. Yo no me subestimaba; al contrario,
tenía conciencia, una conciencia más o menos sofocada, de lo que pasaba
verdaderamente conmigo. El dentista no puede curar el dolor de dientes sino el
diente enfermo, con lo cual se termina, automáticamente, el dolor de dientes.
De la misma manera el psiquiatra no debe curar el complejo de inferioridad,
sino la inferioridad propiamente dicha, de tal manera que los complejos se
hagan superfluos. Mi depresión era como el dolor de dientes: ambos tienen la
función de señalar la enfermedad a través del dolor. Pero mis padres no
hubieran podido jamás hacerse a la idea de que su hijo querido, tan bien
dotado, tan inteligente, pudiera estar enfermo, psíquicamente enfermo. Tener un
hijo anormal no entraba en su concepción del mundo. Por otra parte, tampoco yo
podía hacerme a esa idea; yo quería persuadirme a toda costa de que era
perfectamente normal.
Y me mantuve
fiel a esta opinión, de tal modo que mis dos primeras tentativas de
psicoterapia no me fueron de ninguna ayuda y hoy debo considerarlas las
primeras vicisitudes de mi dolorosa historia, vicisitudes que no modificaron
esencialmente mi estado.
Sin embargo,
quiero caracterizar lo esencial de mi evolución en esa época de esta manera:
por una parte iba mejorando; por otra iba de mal en peor. Y cuanto mejor
estaba, más se agravaba mi estado inconsciente, de modo que las depresiones se
hacían cada vez más incomprensibles e inmotivadas. Uno de los dos procesos, la
mejoría, proporcionaba incesantemente nuevos impulsos a mi máscara, de modo que
cada vez se me hacía más fácil conservar intacta mi fachada. Pero la evolución
paralela hacia el empeoramiento tenía el efecto de hacer cada vez más profundo
e infranqueable el abismo entre mi verdadero yo y mi yo simulado, de manera que
la dificultad, enorme desde siempre, que tenía para manifestar aunque fuera un
poco de mi verdadero ser, ya no tenía límites.
VI
Mis primeros
años en la universidad sólo habían contribuido a agravar mi estado. En el
instituto, usando toda clase de pretextos, todavía había logrado mantenerme
apartado de la vida; había vivido aún bajo la protección inmediata de la casa
de mis padres. En general, vivía en esa casa, pero como allí no pasaba nada,
nada me podía suceder. Por el contrario, cuando ingresé en la universidad, ya
no hubo presiones externas sobre mí. Yo tenía que someterme a los profesores;
pasaba generalmente todo el día en la facultad, en Zúrich, y comía en el
comedor universitario. La casa de mis padres en K. se iba convirtiendo, cada
vez más, en un lugar donde solamente dormía; mi vida, propiamente dicha,
transcurría en Zúrich. Esta libertad, muy agradable de por sí, me enseñó, sin
embargo, cosas muy dolorosas: no sabía qué hacer con esa libertad. Eso que
llaman la alegre vida de estudiante tenía también sus aspectos negativos: en
primer lugar, constaté que en mi casa la atmósfera no tenía realmente nada de
alegre y que el sábado y el domingo que yo pasaba habitualmente en K. se
convertían, poco a poco, en los días más penosos de la semana; en segundo
lugar, me di cuenta de que no tenía otra solución para mi fin de semana que
volver a mi casa, pues no se me ocurría qué podría hacer en lugar de eso;
tercero: me vi obligado a reconocer que la parte placentera de la semana no era
siempre tan placentera y que a menudo me aburría terriblemente también en la
universidad y que me sentía solo. En cuanto a esto, la noche era siempre el
momento más penoso de la jornada. Cuando no tenía compañía y no sabía qué
hacer, esperaba simplemente en el vestíbulo de la universidad, frente a la
desagradable alternativa de o bien dejar de esperar inmediatamente y terminar
el día volviendo melancólicamente a mi casa, o bien tener un poco más de
paciencia, con la esperanza de que finalmente llegara alguien a liberarme de mi
soledad. Entonces, muy a menudo, después de haber esperado durante horas,
pasaba alguien, pero sólo para decirme «hasta pronto». Ese alguien se daba
cuenta entonces de que yo todavía estaba allí y luego me decía «hasta pronto»
mientras me informaba de que debía irse porque tenía que hacer. Dos cosas
llaman la atención aquí: era siempre «alguien» a quien yo esperaba y nunca una
persona determinada. Si se hubiera tratado de una persona determinada, yo
habría podido fijar una cita y no estar esperando sin saber a quién; o hubiera
debido saber que la persona en cuestión no pasaría ya porque ese día no tenía
clase o a esa hora nunca estaba en la universidad; o que, de todos modos, nunca
tenía tiempo por la noche. Pero ese alguien imaginario estaba siempre
completamente libre y disponible (como yo); también podría estar aburrido y
sentirse solo y alegrarse de encontrar aún, a las siete de la tarde, en la
universidad desierta, un compañero de infortunio. Pero la mayoría de las veces
ese alguien no aparecía; el vestíbulo se iba despoblando hasta que, finalmente,
me quedaba solo y el alguien se convertía en nadie. Entonces sólo quedaba yo,
que debía obligarme a no esperar ya nada ese día y volver a K.
El segundo
punto notable de esas vanas esperas era que todos los compañeros que me
saludaban, siempre tenían algo que hacer. No era que no quisieran quedarse
conmigo y que además no tuvieran nada que hacer; al contrario, no se podían
quedar conmigo porque, justamente, tenían otro programa. En cambio yo no tenía
nada. Mi único proyecto era el de volver a casa lo más tarde posible y
permanecer el mayor tiempo posible en la universidad. Me sentía abrumado al
constatar que los otros siempre tenían algún plan y, en cuanto podían,
abandonaban la universidad y al mismo tiempo me abandonaban a mí. El día más
melancólico para mí era siempre el viernes. Muchos estudiantes, que vivían en
Zúrich sólo durante la semana y volvían a sus casas a pasar el fin de semana,
se iban ya el viernes por la tarde, después de la última clase, puesto que no
tenían nada más que hacer en la facultad, de manera que el viernes por la tarde
el vacío se notaba mucho más que de costumbre. Entonces me sentía más
abandonado aún y veía llegar ese fin de semana que no me iba a deparar ninguna
sorpresa.
Ya he dicho
que me deprimía mucho al ver que los demás estaban demasiado ocupados para
matar el tiempo en mi compañía; pero eso no era todo.
Me daba cuenta
de que esos estudiantes que se entregaban sin cesar a sus actividades eran más
interesantes y sabían más que yo. En el instituto yo había sido un ocioso lleno
de misterio; ahora, de golpe, cuando todos me habían dicho «hasta pronto» para
correr a sus ocupaciones, era el pobre abandonado. El paso del instituto a la
facultad no había cambiado nada al respecto: conocía a mucha gente, por
supuesto, tenía un montón de compañeros, pero sólo eran eso: compañeros. En el
instituto había tenido condiscípulos con los cuales, en general, no me había
entendido mal, pero no había tenido amigos. Ahora, en la universidad, tenía
numerosos compañeros y conocidos; gente que yo conocía, nada más. Todos
hacíamos lo mismo; asistíamos a menudo a las mismas clases y, naturalmente, nos
hacíamos sin cesar las mismas preguntas técnicas acerca de los libros y los
exámenes; yo tenía innumerables contactos con mis compañeros, pero no tenía
amigos de verdad. En cambio, había grupos que se componían, por lo general, de
estudiantes que por una u otra razón se reunían regularmente y a los que uno se
unía automáticamente si pertenecía por casualidad al mismo grupo. Los grupos no
estaban compuestos forzosamente por amigos. Naturalmente, podía suceder que los
miembros de un grupo se hicieran amigos, pero no era algo necesario. El grupo
era más bien una colectividad dentro de la cual el individuo podía evolucionar
sin estar particularmente ligado a él. Se sobreentiende que yo era de los que
pasaban por el grupo sin crearse vínculos personales. En realidad, yo no me
vinculaba más que con una colectividad, la de los romanistas. Era a ellos a los
que tenía la costumbre de esperar en el hall. Pero no eran mis amigos. Yo
quería a los romanistas, pero los quería de forma colectiva. Ahora, cuando
reflexiono sobre lo que podían ser realmente los romanistas, me digo que eran
la suma de un gran número de alguien., de los cuales, personalmente, ninguno
representaba gran cosa para mí. Aquellos a los que yo tenía costumbre de esperar
eran siempre esos alguien que formaban parte de un gran todo. Cada una de esas
virtuales personas esperadas era «un romanista», es decir, un simple
representante del colectivo, y por eso, en el fondo, no me importaba demasiado
saber quién me hacía compañía, ya que les tenía afecto a todos. Mejor dicho:
ninguno me era tan querido como para que lo prefiriese a otro.
Más tarde me
asombró advertir que, una vez terminada la universidad, de pronto nunca más
sentí la necesidad de ver a muchos de mis antiguos compañeros con los cuales me
encontraba casi todos los días durante mis estudios. En esa época me había
acostumbrado a verles diariamente en un grupo y a conversar con ellos, pero
desde que el contacto cotidiano se rompió, tampoco eché de menos su falta. Debo
confesar que una cantidad de personas que podría nombrar como mis principales
compañeros me eran completamente indiferentes; cada uno de ellos sólo era «un
romanista», nada más. Por el contrario, muchos de mis verdaderos amigos de hoy
fueron estudiantes al mismo tiempo que yo, pero apenas nos habíamos visto
durante nuestros estudios, tal vez porque, por razones personales, estos amigos
no participaban en la fraternal vida estudiantil, o porque nuestros respectivos
horarios hacían imposible un contacto más frecuente en la universidad.
Después de
algunos semestres yo había abandonado los estudios de filología germánica por
los de filología románica. Me gustaba estar con los romanistas; me sentía bien
con ellos. En cierto sentido había encontrado allí una nueva casa, la
universidad se había convertido en mi hogar. Sin embargo, en más de una cosa
ese hogar no difería en nada de mi antiguo hogar, en casa de mis padres; yo
había transportado casi todo de mi vieja residencia a la nueva. Sí, en la
facultad yo me sentía como en casa, pero no vivía allí de manera diferente a
como lo había hecho hasta entonces. La facultad se había convertido en mi nueva
casa, mi nuevo refugio, que yo abandonaba tan de mala gana como antes dejaba la
casa de mis padres, el caparazón protector de la intimidad familiar. Además, la
mayor parte del tiempo no abandonaba la universidad, en el sentido más literal
de la palabra; allí asistía a mis clases, allí leía o escribía en las salas
reservadas al seminario de lenguas románicas y allí pasaba el resto de mi tiempo,
más o menos ocioso, bebiendo un café en el vestíbulo del que ya he hablado.
Cuando estaba libre, no abandonaba el edificio de la facultad para ir a la
ciudad; no sentía la necesidad de salir finalmente de entre esos muros, siempre
iguales a sí mismos, y me quedaba allí, ocupado o desocupado, pero casi siempre
desocupado. En esta situación, la universidad no se diferenciaba en nada de la
casa de mis padres, en la cual ya no me sentía a gusto; me aburría allí, no
sabía qué hacer, pero al mismo tiempo tenía miedo de dejar aquel lugar aburrido
y de salir de allí, ya que «fuera» todo sería peor. Se puede decir por tanto
que en la universidad, más o menos por fuerza, yo me sentía en mi casa;
reemplazando así la casa de mis padres, la universidad se había convertido en
mi caparazón, dentro del cual me escondía por miedo y por necesidad de
protección, dentro del cual me veía obligado a esconderme aun cuando allí no me
esperase ya nada regocijante.
Efectivamente,
muy a menudo no tenía nada que hacer en la universidad. En el instituto había
sido un alumno pasablemente aplicado porque esa actitud me resultaba el camino
más fácil; en la universidad, mi aplicación o la falta de ella ya no interesaba
a nadie, de manera que me convertí en un estudiante muy perezoso. En aquel
entonces se me repetía a menudo el sabio precepto según el cual el instituto
nos enseñaba a trabajar como se debía, de tal manera que luego pudiésemos usar
conscientemente la libertad universitaria. Sin embargo, yo creo que durante el
bachillerato sólo percibí, en el fondo, la presión que se ejercía sobre mí y no
capté el sentido del trabajo, de modo que no solamente usé sino que abusé de la
libertad universitaria tan ponderada, para gozar simplemente del hecho de que
nada podía ya, en ese momento, obligarme a trabajar. Muy pronto encontré buenas
razones para no hacer nada. Nadie ignoraba, por otra parte, que la
característica de la vida de estudiante no era tanto el trabajo regular cuanto
la alegre despreocupación, y que uno podía estar más orgulloso de sí mismo
cuanto más concienzudamente cultivaba esa cualidad. Hice por lo tanto de mi
vicio virtud (como en el fondo todo el mundo hace constantemente, ya que, a fin
de cuentas, casi todas las virtudes son vicios inconfesados o estilizados) y me
empeñé sobre todo en no perder jamás mi buen humor perezoso y en mirar con
desdén desde mis alturas a los estudiantes insípidos que se encerraban en su
trabajo con «obstinación». Además, mi concepto de dicha obstinación era muy
tajante: la menor sospecha de asiduidad que llegaba a descubrir en los otros
olía ya, para mí, a exceso de aplicación. Era casi siempre yo el que invitaba a
los demás a interrumpir el trabajo e ir a tomar un café conmigo; y cuando era
yo el invitado, jamás decía que no, estaba siempre dispuesto a plantar mi
trabajo e ir a tomar un café con los demás. De este modo, mi jornada consistía
más en tiempo de ocio que en tiempo de trabajo, pues no cesaba nunca de intercalar
pausas en mi ritmo de estudio. Sin embargo, cuando tenía por delante una horita
en la que nada hubiese justificado una interrupción, por suerte o por desgracia
algún otro interrumpía su trabajo y yo no tenía voluntad para negarme a ir a
tomar un café con él y continuar con mi trabajo. Por tanto, mi vida se componía
de pausas, mis pausas y las pausas de los otros.
Claro que
durante esas pausas yo no me sentía realmente contento. Se hubiera podido decir
de mí que era un estudiante escandalosamente perezoso e incapaz. Pero yo sabía
demasiado bien que no era ése el caso. Al contrario, era más bien un estudiante
modélico y hasta ejemplar en el sentido de que, según las buenas tradiciones,
tomaba la vida de estudiante a la ligera. No tenía el coraje de ser
verdaderamente bohemio. No pasaba mi tiempo en la taberna, no me emborrachaba,
no recorría los garitos y los burdeles y no consagraba mis días a seducir a las
bellas estudiantes (tal vez no hubiera sido ésa la peor de las soluciones) ya
que, por principio, me portaba bien. Si faltaba a menudo a las clases, no era
para emplear el tiempo ganado en algo más divertido, sino para beber mi
centésimo café en el vestíbulo de la universidad. (Cosa típica: no se servían
bebidas alcohólicas en la universidad. No por nada Zúrich es llamada la ciudad
de Zwinglio.) En ese enésimo café veo hoy el símbolo característico de mi
pseudoalegría de estudiante: yo no era un estudiante aplicado, pero no sabía
utilizar mi pereza en nada más inteligente que en beber un café tras otro (cuyo
sabor, por otra parte, era execrable). Y después de la última taza abandonaba
mi hogar de día y volvía a K., a casa de mis padres, donde me sentía aún más
profunda y perniciosamente en mi casa.
Mi lugar
estaba entre los romanistas y yo era también uno de ellos. Estaba dentro de un
grupo protector y también, muy a menudo, dentro del edificio protector de la
facultad, pero mi actividad consistía más en una propensión a adaptarme a mi
nuevo hogar que a representar allí un rol nuevo y personal. Recomendaba la
camaradería del instituto: conocía a una cantidad de gente, tenía incluso una
reputación de tipo despreocupado y jovial, pues todo el mundo sabía que yo era
la persona con la cual siempre se podía tomar un café; por eso yo no resultaba
particularmente odioso a nadie, pero me permito dudar de que alguien me
apreciara de modo particular por el solo hecho de que bebiera un café tras
otro. Lo que tenían de característico todos esos cafecitos tomados con alguien
era, en verdad, que la mayoría de las veces se hablaba mucho pero no se hacía
nada. Quiero significar, como ya he dicho, que mis compañeros siempre tenían
«algo que hacer». Si ellos se iban de fin de semana, esquiaban, estaban invitados
a casa de una amiga o se dedicaban a hacer deportes o tocaban el piano, siempre
se trataba de algo más apasionante que beber mal café en la universidad. Los
estudiantes que tenían un programa interesante, además de sus estudios,
trataban de organizar su trabajo universitario de la forma más intensiva
posible, a fin de tener el mayor tiempo posible para sus otros intereses. No es
nada asombroso, entonces, que ellos no tuvieran necesidad de esos cafecitos en
el vestíbulo. Pero yo no tenía más que la universidad; era lo mejor que tenía y
los cafecitos valían para mí por todo lo que hubiera debido ocupar mi interés
más valedero. Después de los cafecitos sólo me esperaba el aburrimiento. Pero,
ante todo, mis compañeros siempre hacían algo en común con sus amigos: iban
juntos a esquiar o a jugar al tenis, o a una exposición en Basilea; yo, que
estaba solo, no tenía ninguna razón para querer copiar ese tipo de programa en
una melancólica soledad. Por eso no iba ni a esquiar, ni a jugar al tenis, ni a
ver una exposición en Basilea. Yo volvía a casa de mis padres. La mayor parte
de las diversiones de la vida, a excepción de los solitarios en los que mi
padre se había hecho maestro (a pesar de que conocía, como ya he dicho, una
sola variante), se encuentran en sociedad; uno sólo puede divertirse en
compañía de otros y, como yo estaba siempre solo, nada de todo eso sucedía
conmigo.
Todavía queda
otro aspecto de las cosas por analizar: los estudiantes no pasaban todo su
tiempo libre divirtiéndose sin cesar (como yo imaginaba, lleno de envidia);
muchos trabajaban también para ganar dinero. Pero ésa era una cuestión
completamente extraña para mí. Nunca había tenido que trabajar para ganar
dinero; no entendía nada de dinero y jamás le había dispensado gran atención a
la relación entre el trabajo y el dinero. Yo no necesitaba ganar dinero, pues
ya lo tenía. Naturalmente, dinero para mis gastos. Para mi dicha y para mi
desdicha, mi padre era muy liberal en ese aspecto. Me daba dinero en abundancia
y, además, pagaba los gastos grandes que yo debía hacer, especialmente para mis
vacaciones o mis estancias en el extranjero. Como no existía la costumbre de
hablar de dinero en mi casa, porque el dinero era casi una cosa inconveniente,
yo no tenía la menor idea sobre su valor. Tenía siempre suficiente y podía
gastarlo en todo lo que me gustaba, ya que, de todos modos, mis padres me mantenían:
vivía en casa de ellos y podía comer allí siempre que lo deseara. Si no comía
en casa era solamente porque me aburría menos en la universidad. Si después
tenía hambre, siempre encontraba en la nevera algo con que prepararme una
pequeña colación. Tampoco tenía que ahorrar para las vacaciones, porque mi
padre me las pagaba.
Mis buenos
padres me ofrecían viajes y vacaciones y me las pagaban. Sin embargo, esta
dependencia financiera no me creaba ningún problema por la sencilla razón de
que yo dependía tanto de mis padres que el aspecto económico no era más que una
pequeña muestra de una dependencia mucho más vasta y considerable. Compartía el
estilo de vida de mis padres, compartía sus opiniones y convicciones, compartía
su actitud negativa frente a la vida, ¿por qué no habría de compartir también
su dinero? Estaba a salvo del conflicto de muchos estudiantes que por razones
materiales dependen de sus padres pero sostienen opiniones completamente
distintas de las de ellos y sufren por no poder realizar sus ideales. Yo tenía
las mismas ideas que mi padre y podía, sin conflicto alguno, aceptar su dinero.
Se sobreentiende que no tenía un temperamento tan activo como para pensar, por
mi propia iniciativa, en querer ganar dinero.
Por tanto,
también en ese campo permanecía inactivo; así como no trabajaba para ganar
dinero, tampoco trabajaba en mis estudios. No hacía más que tomar café y
charlar. Me pregunto ahora sobre qué temas podía charlar así el día entero.
Todas las cosas eran «complicadas» para mí y la mayor parte de las que no eran
«complicadas» me había acostumbrado a considerarlas ridículas. Me resultaba
fácil entonces evitar casi todos los temas de conversación o tratarlos con un
tono burlón, y cuando a pesar de todo era necesario sostener una opinión, la
mía era siempre la que había recibido en mi casa y llevado por el camino de la
vida, es decir, la opinión de mi padre. En este momento me veo obligado a
admitir que, si alguna vez se dio el caso de que tuviera que hablar seriamente
de algo, esa seriedad poco frecuente me sirvió siempre para expresar el punto
de vista de un viejo. Sin embargo, como según mi costumbre yo no hablaba
seriamente y lo hacía a la manera de mi padre, sólo podía mostrarme
superficial, irónico y poco serio.
Creo que hay
una expresión que caracteriza a las mil maravillas todo el período de mis
estudios: «poco serio». Yo no tomaba muy en serio mi trabajo científico, y
después de los cafecitos que habían reemplazado el trabajo yo era poco serio
también en mi conversación. Pero lo que sucedía era que esa falta de seriedad
que caracterizó mi período de estudiante no era alegre o despreocupada sino que
era una falta de seriedad profundamente triste: la falta de seriedad y la
melancolía se equilibraban.
Me sentía
siempre solo y no lograba soportar la soledad; me refugiaba en la compañía de
los otros, pero esos otros no eran jamás amigos verdaderos, sino siempre «los
otros», y como yo era tan incapaz de afrontar las relaciones humanas como mi
propia soledad, a menudo me sentía mucho más solo en compañía que sin ella. De
este modo, me debatía entre los sentimientos más contradictorios: cuando estaba
solo pensaba que no podía soportar más esa soledad y necesitaba buscar una
compañía a toda costa o, a menudo, solamente esperarla, tal vez en vano; pero
cuando me encontraba en sociedad, me volvía a dar cuenta de lo alejado que
estaba de los demás, separado de ellos por una distancia infranqueable.
Entonces me sentía realmente como un ser marginado y sólo pensaba en abandonar
la buena compañía, aunque sólo fuera para escapar a ese sentimiento de estar
excluido.
Además, esa
situación repercutió muy pronto en mis estudios. Muchas veces asistía a las
clases sólo para escapar a la soledad; a menudo tenía una sola clase por la
tarde y esperaba durante horas el momento de asistir a ella. Pero cuando
comenzaba esa clase ya no lograba interesarme, y no porque fuese terriblemente
aburrida, sino porque yo era incapaz de fijar mi atención. Aun cuando el tema
me interesara realmente, a menudo era incapaz de concentrarme. Me esforzaba por
seguir la exposición del profesor, pero mis pensamientos se apartaban de ella
involuntariamente y empezaba a dar vueltas en mi cabeza la impresión de que la
clase no era tan importante y que primero debía resolver algo mucho más grave.
Naturalmente, esta impresión era la justa, ya que, inconscientemente, desde
hacía mucho tiempo me daba cuenta de que me había metido en la universidad en
una situación completamente insostenible y que lo más importante hubiera sido,
ante todo, aclararme de una buena vez el porqué de mi estado de depresión y de
desolación. Pero no podía llegar verdaderamente al fondo de las cosas, ni lo
quería ni osaba hacerlo. Por tanto, terminaba siempre con una sensación
oprimente de algo no resuelto que era mucho más importante que toda la
literatura y la lingüística, y que me privaba de todo interés por los estudios,
sin que, por otra parte, llegara a una solución del enorme y difícil problema.
De esta manera, aun en esta situación tan simple, a menudo llegaba a
encontrarme entre la espada y la pared; hasta en la clase, que yo había
esperado tal vez durante tres horas, estaba ausente. Había perdido el día
esperándola y finalmente llegaba a la conclusión de que la clase en sí era una
meta completamente ficticia. Después de esta decepción, si todavía me quedaban
fuerzas, volvía a bajar al vestíbulo para encontrar allí, al menos, una
compañía o, si era necesario, esperar a alguien con la esperanza desesperada de
que el día pudiera depararme aún algo agradable.
Así como en
realidad mi jornada de trabajo se componía sólo de pausas, el curso de mi vida
se componía, casi siempre, de esperas. Como hacía mucho tiempo que me había
acostumbrado a eso, yo esperaba siempre «tiempos mejores» imaginarios que me
liberarían de mis sufrimientos. Además, mi comportamiento era absolutamente
pasivo y esperaba siempre que el porvenir me «trajera» algo. No se me ocurría
la idea de tratar por mí mismo de extraer algo del presente. Mi capacidad de
esperar debía de ser asombrosa. Por supuesto que la esperanza es también una
alternativa en la vida, pero a veces la mejor reacción ante las circunstancias
sería la desesperación: «Esperar y esperar siempre es lo característico de los
tontos.» Pero justamente porque yo no desesperaba nunca, salvo en mi interior e
inconscientemente, no hacía más que consumirme de pena sin querer reconocerlo,
y podía mantener la ficción de que en el fondo todo estaba bien y de que mis
pequeñas manías no sobrepasaban los límites de lo normal. En tanto pudiera
decirme a mí mismo que mi estado era normal, no creía tener que inquietarme
seriamente por mí. Sin embargo, no podía ver esta normalidad bajo otro aspecto
que no fuera el de la normalidad burguesa, y en el marco de esas normas
familiares heredadas yo era, a decir verdad, pasablemente normal.
Por tanto, no
me quejaba de las miserias de mi alma, porque para mí era como si no
existiesen. Sobre todo no osaba hablar de mis tormentos sexuales, lo cual me
hubiera resultado demasiado violento. En mi desesperación, adoptaba a veces la
actitud de la mayor parte de los frustrados, que rechazan la idea de que en la
vida «todo es solamente sexo», y a menudo sostenía la tesis de que seguramente
la sexualidad era «muy importante» pero que además había otras cosas hermosas,
y otras tonterías por el estilo. Indudablemente es cierto que existen otras
cosas hermosas, pero también es indiscutible que, cuando las cosas no funcionan
en el plano sexual, el resto tampoco puede marchar, incluidas las otras cosas
hermosas mencionadas anteriormente. Pero admitir eso hubiera sido admitir lisa
y llanamente que nada funcionaba en mí, y yo quería a toda costa la
concordancia y la coherencia perfectas.
Con relación a
este período hay todavía una cosa de la que quisiera hablar: por supuesto, yo
estaba en contra de los psiquiatras. Como todos los neuróticos testarudos que
quieren ser, o al menos parecer, normales, sentía una profunda aversión por los
que ejercían esta profesión, cuyo deber hubiese consistido en informarme de que
yo era justamente cualquier cosa menos normal. Me complacía también en citar la
célebre máxima según la cual uno se pone aún más loco cuando va al psiquiatra.
Seguramente hay casos en los que sucede eso: aquel que sólo aparenta ser normal
comienza por enloquecer más cuando el psiquiatra le ha mostrado que esa
apariencia normal sólo es fingida. Estoy persuadido de que muchísimas personas
sienten, sin hacerlo consciente, que el psiquiatra sabe la verdad sobre ellas y
por eso necesitan fustigar con todas sus fuerzas a los psiquiatras.
(Evidentemente, también hay malos psiquiatras. Pero también existen malos
carniceros y ésa no es razón para que nadie, por principio, tome partido contra
ellos. Ni siquiera existe una prevención generalizada contra los vendedores de
las papelerías, que son todos unos estúpidos.) Creo que yo era un caso más
entre muchos otros. Estaba en contra de los psiquiatras y tenía mis razones
personales para estarlo. Pero también estaba en contra de los psiquiatras
porque el medio del cual yo había salido les era totalmente hostil: los padres
burgueses prefieren educar a sus hijos en la idea de que más vale no ir al
psiquiatra. En efecto: si los hijos van al psiquiatra, cuando salen de su
consultorio han dejado de ser burgueses.
Con respecto a
este asunto yo me comportaba como alguien que tiene dolor de muelas y a la vez
miedo al dentista, y para no tener que ir al dentista prefiere aguantarse el
dolor. Los que han adquirido maestría en este arte llegan a actuar como si no
les dolieran las muelas en absoluto y cuando, al masticar el pan, muerden con
la muela enferma sin poder gritar por miedo a traicionarse, hacen simplemente
una mueca y dicen que se han golpeado el pie con la pata de la mesa.
Yo también
dominaba ese arte a las mil maravillas. Como quería ser normal a toda costa y
no quería parecer desdichado, devoraba mi pena, negaba que pudiera tener
problemas, pues sentía vagamente que si los hubiera admitido se abatirían sobre
mí de una manera tan espantosa que superarían todo lo imaginable. Si
consideramos que este estado de mi vida psíquica se agravaba e intensificaba
incesantemente, podemos comprender que yo debía de sentirme cada vez peor en la
universidad. Sin embargo, paralelamente a esta evolución se iba produciendo
otra, en sentido contrario, cuya eclosión no sabría decir si fue feliz o
desdichada para mí; en efecto, en un sentido inverso comenzó a irme cada vez
mejor en la facultad. Quisiera dar algunos ejemplos.
Con el tiempo
comenzó a disiparse un punto negro que databa de la época de mis estudios
secundarios. No recuerdo cuándo se me ocurrió esa idea revolucionaria, lo
cierto es que esa idea tomó cuerpo y empecé a hacer gimnasia. Al principio la
hacía en casa, en mi rincón, pero al cabo de un tiempo comencé a frecuentar los
gimnasios, que aborrecía desde la época del instituto y fue allí donde, como
estudiante, tomé parte activa en los ejercicios de adiestramiento. Y, además,
no solamente era buen alumno, sino que las clases me divertían. Al mismo tiempo
me asombraba ver que, si a mí me gustaba mucho hacer gimnasia, no sucedía lo
mismo a otros estudiantes que, evidentemente, cumplían con ella como con un
desagradable trabajo forzado. Esos estudiantes no experimentaban placer con los
movimientos que hacían en bien de su salud. Parecían no tener en absoluto
conciencia de su cuerpo y considerarlo más bien una máquina pesada cuyo
mantenimiento debían realizar. Me daba cuenta de que, de repente, era yo el que
estaba más suelto y más «físico» que los otros. Casi al mismo tiempo, de golpe
me encontré con que sabía bailar, cosa que no había conseguido durante tantos
años.
Sin embargo,
esos progresos no me causaron una gran alegría, al contrario, no hicieron más
que agravar en mí un conflicto que databa de años. Seguramente ya no me
consideraba el pobre patito feo del que podía decirse que, por su propia
naturaleza, era una figura lastimosa; al contrario, de golpe me sentía un joven
elegante y seductor que parecía mucho menos tenso y más normal que pocos años
antes. Por eso me asombraba aún más el hecho de no encontrar una amiga. Cuanto
más me había atrincherado detrás de mi fealdad y mi insignificancia, supuestas
e imaginarias, tanto más, seguramente, había encontrado en ellas una excusa
para mi poca aptitud en establecer contactos. Pero cuanto más evidente se hacía
que yo estaba en la mejor edad y había llegado al apogeo de mi desarrollo
físico, más inexplicable me parecía el hecho de que no consiguiera relacionarme
con las mujeres. Cada vez me resultaba más difícil justificar mi salud psíquica
ante los ojos de mi espíritu crítico, desde el momento en que yo presentaba la
imagen perfecta de la fuerza y la salud físicas.
Suena como una
paradoja, pero no lo es: cuanto más en forma estaba, peor me sentía. Cuanto más
se aflojaba la presión de los problemas concretos y comprensibles, más
incomprensible e inquietante se hacía la secreta convicción de que, en el
fondo, estaba gravemente enfermo. Cuanto más me acercaba en apariencia a la
imagen que uno se hace de un hombre joven normal, más difícil se me hacía
encontrar las razones por las cuales yo no lo era. Esta discordancia se debía
cada vez menos al hecho de que me faltara algo y cada vez más, por el
contrario, «era simplemente así», sin razón, fatal, impuesta por un destino
adverso.
Por otra
parte, en muchos aspectos no se podía dejar de reconocer esta mejoría aparente.
Con el correr del tiempo dejé de ser «un» romanista anónimo que la mayor parte
del tiempo no estudiaba y que bebía un café detrás de otro, para convertirme en
un personaje característico en la universidad. Poco a poco me fui dando cuenta
de que todos me tenían afecto. Al principio esto me asombró, simplemente, pues
hubiera sido incapaz de encontrar una razón para esta popularidad; pero con el
tiempo me acostumbré y llegué a aceptar como algo normal el hecho de que mis
compañeros me apreciaran. Ya era muy raro que tuviera que esperar durante horas
a un hipotético «alguien» para encontrar compañía; conocía a mucha gente,
muchos estudiantes estaban contentos de conocerme o de que les fuera
presentado, y los momentos en que me encontraba realmente solo se hacían cada
vez más raros. No pienso que esa nueva situación que se creaba poco a poco
cambiara nada en mi soledad generalizada, pero como ya no sufría tanto por
estar físicamente solo, me resultaba más fácil esconder y disfrazar ante mis
propios ojos mi soledad psíquica. Sin embargo seguía siendo incapaz de
establecer lazos personales con los demás, y, en fin, entre los romanistas, que
por aquel entonces eran «todos» amigos míos, no había ninguno que fuese de
verdad mi amigo.
Debo confesar
también que el criterio de mi popularidad no me resultaba nada simpático. Uno
de mis méritos reales o pretendidos era mi originalidad. Esta palabra me ha
parecido siempre muy ambigua. Por una parte yo era dueño de cierta originalidad
a la que contribuía notablemente mi aire de artista, personaje que yo
continuaba representando nolens volens. Por otra, esta originalidad que tanto
gustaba a mis compañeros tenía para mí aspectos muy desagradables. La
originalidad era justamente la expresión de mi diferencia y hacía mucho tiempo
que esa diferencia me daba la sensación de que yo no era mejor sino peor que
los otros. Era diferente en todos los aspectos en los que me había quedado
atrás, en los que debía decirme que «no había llegado allí todavía» (y adonde,
tal vez, nunca llegaría); era diferente cada vez que me sentía solo y
rechazado; era diferente cada vez que, de nuevo, se me imponía la oscura
sensación de que toda mi vida era falsa y estaba mal encaminada. Así, mi
originalidad se acercaba a lo enfermizo, a lo doloroso, a lo anormal.
Pero también
este conflicto referente a la originalidad halló una salida. Más por azar que
por mi intervención personal, llegó a saberse que escribía obras para el teatro
de marionetas (cosa que no sorprendió a nadie ya que yo tenía algo de artista),
de manera que me fue confiada la dirección de un espectáculo para una fiesta de
los romanistas. La obra gustó y la representación tuvo un gran éxito. Algunos
años más tarde, convencido una vez más de la nulidad y de lo enfermizo de mi
talento artístico, destruí ese texto, junto con todas mis otras producciones
literarias, pero eso no sirvió de nada: fui y seguí siendo el autor e
intérprete de una obra teatral que casi todos mis compañeros habían visto y que
se había revelado como un gran éxito de público.
Desde entonces
se dio por sentado que yo organizaría todas las fiestas de los romanistas.
Escribí otras obras y ofrecí nuevas representaciones; yo era el presidente de
los romanistas y dirigía las festividades de la facultad. A decir verdad, esas
obras no pasaron los límites de un público de la facultad y casi todas fueron
representadas una sola vez en ese marco restringido; sin embargo, siempre me
depararon éxito. Muy pronto esa carrera modesta y brillante a la vez se
convirtió para mí en lo esencial de mis estudios, sin que por eso el estudio
propiamente dicho sufriera menoscabo. Diversos trabajos que me habían sido
encargados, algunos muy bienvenidos, representaban éxitos de los que podía
estar orgulloso. En una palabra: mi vida de estudiante era satisfactoria; o no.
No sabría evaluar hoy en qué medida esos últimos años de facultad fueron
dichosos o desdichados. Objetivamente, todo eso no me impidió hacer buenos
trabajos, redactar una tesis doctoral aceptable y aprobar sin demasiados nervios,
con calma y seguridad, mi doctorado, con el que obtuve la calificación de Summa
cum laude. Además no era malo, seguramente, que hubiese puesto en escena obras
de teatro que gustaban y que divertían y alegraban a la vez a los actores y al
público. Sin embargo, todas esas pequeñas alegrías sólo tenían poder para
alejarme, una y otra vez, algunos pasos más del enorme abismo desde el que
acechaban mis angustias, mis sufrimientos y mi desesperación. Cada vez que
realizaba algo de lo que podía enorgullecerme, tenía una nueva ocasión de
decirme que en ese momento, sin embargo, estaba remontando la pendiente, que
había hecho un gran progreso y que «pronto» llegaría a la posición imaginaria
de la cual me separaba aún mi retraso.
La depresión
no me había abandonado, sino que yo me había acostumbrado a ella en la medida
en que se había hecho crónica. Gracias a mis nuevos éxitos me resultaba fácil
poner en la balanza los valores positivos de mi vida frente a los negativos y
decirme que los dos platillos estaban casi a la misma altura. En otras
palabras: me resultaba cada vez más imposible convencerme de la falsedad de mi
alegría fingida desde el momento en que tantas cosas alegres recubrían cada vez
más lo que había de oscuro en el fondo.
Supongamos que
a alguien le duele una muela pero que trata de consolarse diciéndose que las
flores crecen maravillosamente en su jardín. Enseguida vemos que una cosa nada
tiene que ver con la otra. Que las flores crezcan o no, no influye para nada
sobre el dolor. No hay resarcimiento posible, pues la muela seguiría doliendo
aunque las flores hubiesen sido destruidas por la helada. Tampoco impediría
crecer a las flores el hecho de que se curara, en cuyo caso el paciente tendría
los dos placeres a la vez: el de las flores y el de la muela curada. Para el
que ama las flores y tiene dolor de muelas hay una sola solución: el dentista.
Yo era ese
tipo de paciente. Me decía que seguramente estaba deprimido pero que en todo lo
demás marchaba bien. Me decía que estaba solo pero que, en compensación, era
inteligente; que me sentía desdichado pero en cambio tenía cantidad de
relaciones o incluso de amigos; que era un frustrado pero, en compensación,
doctor, cosa que no podía decir todo el mundo. En una palabra: estaba
desesperado pero, frente a mí mismo, no tenía el derecho de estarlo. Yo no
quería reconocer hasta qué punto era absurdo considerar la depresión el precio
por la inteligencia o mis obras de teatro la compensación de la soledad; como
si no se pudiera ser a la vez imbécil y depresivo, o inteligente y satisfecho.
Como si un autor dramático no pudiera tener una amante, o un donjuán no pudiera
estar dotado para el teatro. Todo eso servía para agravar aún más mi desdicha.
Otro aspecto
de mi enfermedad eran las incesantes comparaciones que establecía con todas las
situaciones enojosas inimaginables en las cuales podían encontrarse mis
compañeros de la facultad. Como siempre, era incapaz de tratar de saber quién y
qué era yo; al contrario, lo único que me interesaba era ser considerado una
parte casi indiferenciada del gran todo. Me di cuenta de que numerosos
estudiantes tenían un montón de problemas concretos que no eran los míos.
Muchos de ellos vivían en desacuerdo con sus padres, y se quejaban de que en
ninguna parte se sentían en su casa. Muchos no tenían dinero, se veían
obligados a vivir en la estrechez y durante los momentos que a mí me quedaban
libres después de haber terminado mis tareas universitarias, ellos tenían que
ir a trabajar para poder pagar sus estudios. Muchos no conocían a nadie en la
universidad, eran impopulares, estaban solos, y pasaban sus noches en horribles
cuartos amueblados, en casas de señoras que daban pensión. Otros, en fin, tenían
dificultades con sus estudios, no comprendían la materia o no podían asimilarla
sino a costa de grandes trabajos; comparado con ellos, yo terminaba mis
trabajos con rapidez, sin necesidad de que mis esfuerzos se vieran acompañados
de noches insomnes, momentos de pánico o ingestión de pastillas excitantes o
calmantes.
No me daba
cuenta de que hay problemas de tipos muy diferentes. Así, muchos de mis
compañeros se sentían deprimidos porque habían fracasado en un examen; pero
yo..., yo estaba deprimido a pesar de haber aprobado brillantemente el mismo
examen. Sólo quería ver lo que teníamos en común: que los dos estábamos
deprimidos; pero no quería ver la diferencia: que la pena de uno de nosotros
tenía una razón, mientras que la del otro no tenía ninguna. Es normal que uno
lo vea todo negro cuando ha suspendido un examen que preparó durante mucho
tiempo y a fondo. Pero ser completamente incapaz de alegrarse por haberlo
aprobado y pasarse la noche sentado sin hacer nada, tan deprimido como el que
no lo aprobó, eso no es normal. Es triste no tener dinero; pero lo único que se
puede hacer con él es comprar algo. Con toda seguridad, yo podía comprarme todo
cuanto apetecía, pero mis compras jamás conseguían alegrarme. Yo no estaba
triste porque me faltara algo determinado; estaba triste a pesar de que no me
faltaba nada, o de que, aparentemente, no me faltaba nada. Al contrario de
muchas personas tristes, yo no tenía razón para estarlo; justamente en esto
estribaba la diferencia, ahí estaba lo anormal de mi tristeza.
También
viajaba mucho durante las vacaciones, y visité los países más diversos.
Indudablemente, estos países diferían en más de un aspecto de Suiza y, como un
turista dócil, llegaba a distinguir cuáles eran esas diferencias. Sin embargo,
todos mis viajes turísticos tenían algo en común: que ningún país, ninguna
ciudad extranjera conseguía alegrarme. Es cierto: el sol calienta más en España
que en Suiza, pero para mí el frío glacial de la depresión no era menos
punzante en España que en Suiza.
Por este
motivo, durante mucho tiempo eso que se da en llamar los días aciagos se me
hacían menos intolerables; es decir, cada vez que había una buena razón para
quejarse abiertamente, con toda libertad y de común acuerdo con los demás. Cada
vez me resultaba más difícil expresar gozosamente mi asentimiento cuando
alguien me decía al pasar que este día de verano era espléndido, y tenía
necesidad de forzarme mucho menos para asentir cuando se me decía que esa
lluvia antipática atacaba los nervios. Cuando todo el mundo se quejaba del
frío, de la lluvia y del invierno, tenía la impresión de estar menos solo en mi
desolación. Sin duda, en la mayoría de los casos esto era una mera ilusión que
se pulverizaba tan pronto como los días hermosos venían a consolar y a alentar
nuevamente a la multitud de aquellos que se entristecían a causa del frío y de
la humedad, en tanto que, llegada la primavera, yo quedaba completamente solo,
eterno desconsolado.
En este orden
de cosas quisiera hablar de un breve período durante el cual logré,
efectivamente, reponerme un poco, de manera dudosa. Fue cuando tuve hepatitis.
La había contraído en Lisboa. Muchas semanas antes que se declarase la
enfermedad ya me había sentido fatigado y desgraciado; no tenía energía y
retrocedía ante el menor esfuerzo; todo era demasiado para mí; estaba lleno de
melancolía.
Pero este
triste estado, por sí solo, no permitía pensar en una próxima enfermedad, ya
que no era nada nuevo para mí. Sólo cuando la enfermedad se declaró recordé
repentinamente hasta qué punto me había sentido fatigado y triste desde hacía
mucho tiempo.
No fue una
hepatitis grave la que me postró en Lisboa. Pasé diez días en el hospital y,
según las reglas tradicionales, se me prescribieron varias semanas de reposo y
de dieta. Partí de Lisboa en avión y comencé mis diez semanas de convalecencia
una vez llegado a Suiza. Supe por una persona conocida que todos los enfermos
del hígado se ponen melancólicos y además había oído decir que, según la
opinión de los antiguos, la melancolía tiene su asiento en el hígado. Al
principio eso sólo significó para mí que durante otras diez semanas debería
poner entre paréntesis mi penoso estado normal. Sabía ahora que toda mi
desolación provenía del hígado y seguiría proviniendo de él a lo largo de todo
un trimestre. Naturalmente, durante este período no estuve ni mejor ni peor que
de costumbre; pero lo que lo distinguía agradablemente de algunas otras fases
era que mi depresión tenía ahora una explicación y yo podía decirme que no era
«más que el hígado». Tenía una coartada de muy larga duración y durante todo ese
tiempo nadie tendría la posibilidad de detectar en mí depresiones sospechosas,
ya que la enfermedad me concedía un salvoconducto y, dadas mis condiciones
físicas, el derecho reconocido a sentirme melancólico a gusto.
Evidentemente
esta coartada escondía una gran parte de hipocresía, una hipocresía que yo no
quería admitir. Hubiera debido saber, y lo sabía muy bien en una parte de mí
que rehusaba dejarse nombrar, que el verano de la hepatitis no se distinguía en
nada de otros veranos, y que antes mi estado anímico no había sido ni mejor ni
peor que después de mi enfermedad. Sólo se trataba de una exageración
desmesurada de mis mentiras habituales; por ejemplo, cuando llovía y yo
afirmaba que la lluvia tenía una influencia deprimente sobre mi temperamento.
No es necesario, por lo tanto, que describa aquí cómo, después de la tregua
fijada por el médico, fui arrojado otra vez a la ruda vida de las personas
sanas y, al término de una enfermedad que según se decía lo ponía a uno tan
melancólico, yo no estaba ni un ápice menos melancólico que antes.
Lo que me dejó
la hepatitis fue una ligera tendencia instintiva a especializarme en las cosas
tristes, pues sentía que éstas servían a mis maniobras. También me esforzaba
para que las cosas alegres no se me acercaran demasiado. Tenía conciencia de
que las grandes fiestas estudiantiles, como el baile del politécnico y el baile
de la universidad, no estaban hechas para mí; y prefería quedar al margen de
esas diversiones.
Sin embargo,
no era en absoluto el tipo de personaje que podía ser señalado por su
hostilidad declarada a las diversiones. Al contrario, hasta había adquirido
cierta reputación gracias a las fiestas que ofrecía. También había comenzado a
dar esas fiestas por casualidad. Un día me invitaron a una recepción que luego,
por ciertas razones, no pudo realizarse, de modo que me arriesgué a preguntar
si no se podía organizar en mi casa, es decir, en casa de mis padres. Para mi
sorpresa, esta proposición contó con la aprobación general. Yo estaba
sorprendido, porque no me veía participando en una fiesta. Ya desde el
instituto se sobreentendía que no había que considerar las fiestas algo en lo
que yo debía participar. Y en ese momento casualidades favorables o adversas me
ponían en la situación de representar el papel de anfitrión y yo me preguntaba
si aprobaría ese examen tan difícil con el beneplácito general. Lo aprobé. La
fiesta en casa de mis padres fue considerada un éxito y peticiones insistentes
permitieron que se renovara la experiencia. Sucedió entonces que de vez en
cuando comencé a invitar gente a mi casa —o mejor dicho: a casa de mis padres—
y pude perfeccionarme en mi papel de anfitrión. Como era imposible concebir de
otra manera, en mi nueva función me ocupaba concienzudamente de la comodidad de
mis invitados, velaba para que tuvieran comida y bebida y para que estuvieran
contentos desde todo punto de vista. Según la vieja tradición familiar, era un
anfitrión perfecto, como resultado de lo cual era, en realidad, el sirviente de
mis invitados más que su compañero de diversión y, como perfecto dueño de la
casa, me quedaba siempre un poco al margen de lo que sucedía.
VII
Sin embargo,
se aproximaba lentamente el momento en el que debería abandonar mi nueva patria
ambivalente, la universidad, para ejercer una profesión: la de profesor. Pero
separarme de esa alma mater que me había protegido y preservado no me resultó
tan penoso como había temido. Más aún, durante los últimos semestres que
precedieron a mi adiós definitivo a la universidad experimenté una leve y
modesta emancipación con respecto a las tradiciones. Ya daba algunas lecciones
de castellano en la escuela cantonal de una pequeña ciudad, lo que me
proporcionaba, por primera vez, un modesto ingreso. Había renunciado a vivir
permanentemente en casa de mis padres en K. y me alojaba durante toda la semana
en Zúrich, en una vieja casa infecta que daba albergue a una docena de
estudiantes. Esa vieja casa infecta, en la que me veía privado de todo el
confort al que me tenía acostumbrado la casa de mis padres, me gustaba
enormemente. La casucha vetusta, sucia, abandonada, fría en invierno y
sofocante en verano, estaba situada en uno de los barrios más ruidosos; la
mayoría de sus habitantes eran tipos desagradables y asociales, que no tenían
nada que decirse y se robaban mutuamente a la menor ocasión. Un medio poco
acogedor pero que no me disgustaba en absoluto; todavía recuerdo con placer el
año que pasé allí. No fue la peor época de mi vida.
Mi alejamiento
de la universidad trajo consigo, en general, una mejoría en mi estado de salud.
La finalización de mis estudios me había transformado de estudiante en doctor y
me introducía, aunque sólo fuera superficialmente, en otro medio. Al pasar de
la vida de estudiante a la de profesional, me hacía económicamente
independiente de mis padres: ganaba yo mismo mi dinero y podía hacer con él lo
que mejor me pareciera sin tener que preguntarme si no estaba usando el dinero
de mis padres para cosas que ellos no aprobarían. Renuncié también a mi vida
nómada del fin de semana y me instalé en un pequeño apartamento en el barrio
antiguo de Zúrich. Durante mucho tiempo estuve fascinado con mi nueva morada,
que por otra parte arreglé muy bien. Advertí que mi gusto difería en todo de
los gustos de mis padres y que, de golpe, me encontraba viviendo en una casa
que respondía realmente a mis preferencias.
Ahora tenía
todo lo que quería: había terminado mis estudios con éxito, tenía una
profesión, tenía una bonita casa. La casualidad había hecho (sin que yo hubiese
buscado especialmente ese privilegio) que mi casa estuviera situada en el
barrio más codiciado de Zúrich y tenía todas las ventajas posibles e
imaginables: ubicación romántica en la ciudad vieja, hermosa vista sobre el mar
de viejos tejados angulosos, calma absoluta y muchas otras cosas agradables.
Por lo tanto, podía vivir allí maravillosa y alegremente, y en cierto sentido
estaba muy contento viviendo dentro de ese nuevo decorado.
Los primeros
años que pasé en mi hermosa y nueva casa realizaron y llevaron a cabo
realmente, en su más alto grado, la evolución precedente que había hecho que,
por una parte, yo me sintiera cada vez mejor y, paralelamente, cada vez peor.
Por lo que concierne a la mejoría, mi nuevo estilo de vida daba un testimonio
más que suficiente de ella; en cuanto al empeoramiento, yo hacía todo, más o
menos inconscientemente, para que éste no pudiera o no debiera manifestarse
abiertamente.
Tal vez se
trataba de detalles anodinos más que de síntomas claros, pero todos apuntaban
en el mismo sentido. Para empezar, era evidentemente «bonito» y meritorio de mi
parte que cocinara y me preparase todas las comidas solo, y se sobreentiende
que prefería comer solo y en mi encantador apartamento antes que en un
restaurante «poco agradable». Pero no eran sólo mis comidas propiamente dichas
lo que yo hacía entre mis cuatro paredes: cada taza de café, cada botella de
cerveza y cada vaso de vino que consumía, los tomaba en casa. En otras
palabras, no salía jamás. No se me hubiera ocurrido nunca la idea de tomar una
cerveza o un café en un sitio público para encontrarme rodeado de gente
mientras comía, ya que me sentía «mucho mejor» en casa. También ese apartamento
se había convertido para mí en un caparazón cuyo abrigo protector no abandonaba
sino con pesar.
Me quedaba
sentado a la mesa durante horas enteras, consumiendo mis comidas (que por otra
parte eran muy apetitosas y muy caras), y contemplaba las puestas de sol. Esta
costumbre, que había adquirido en mi antigua casa destartalada, me había
acompañado a mi nuevo domicilio.
Y así
observaba cómo los rayos del sol poniente caían sobre un cuadro que colgaba de
la pared opuesta y lo recorrían lentamente hasta que quedaba otra vez en la
sombra y el sol se ponía. Una gran tristeza me invadía cada vez que contemplaba
ese espectáculo y sentía un gran peso sobre el corazón. Por supuesto se puede
alegar que la puesta del sol es, por naturaleza, algo melancólico y que hay
razones para entristecerse cada vez que la claridad del día toca a su fin y
vuelve la oscuridad de la noche. Pero es evidente que esta explicación general
no puede aplicarse al caso en cuestión. La puesta de sol era más bien una
ocasión superficial para despertar una aflicción mucho más grande que la que se
experimenta al ver morir el día. A menudo yo expresaba mi pena con palabras y
recitaba versos, casi siempre los mismos. Eran pasajes del lamento fúnebre de
Jorge Manrique o, más bien, casi siempre el mismo pasaje:
¿Qué se hizo el rey don Juan?Los infantes de Aragón¿qué se
hicieron?
A causa de mi
mudanza y de los frecuentes cambios de mobiliario en mi nuevo apartamento los
rayos del sol poniente caían sobre toda clase de cuadros durante este ritual,
porque cada seis meses colgaba un nuevo cuadro en ese lugar donde se reflejaba
la puesta del sol. Ahora bien, esos cuadros, muy diferentes entre sí, eran
todos alegres y no representaban nada triste. Sin embargo, cada vez que uno era
alcanzado por los últimos rayos del sol, yo me sentía invadido por la misma
tristeza, y así, por ejemplo, la foto de un bosque y, cosa curiosa, un cartel
de teatro que representaba un payaso podían ponerme triste de la misma manera,
aunque su tema no diera ningún motivo para sentir pena. La tristeza se
apoderaba de mí sin ninguna razón, pero de un modo fuerte, regular y durable.
Con el tiempo, esos estados no se limitaron solamente al ritual del sol
poniente sobre los cuadros, y se fueron haciendo cada vez más frecuentes e
inmotivados. Poco a poco, el lamento fúnebre se fue alternando cada vez con mayor
frecuencia con el lamento sobre la soledad y —espontáneamente, una vez más, y
en forma completamente intuitiva— yo recitaba los versos del trovador portugués
Martim Codax:
¿Ai, Deus, se sabe ora meu amigo,como eu senheira estou em Vigo?
(¿Ah, Dios, si solamente supiera mi amigoqué solo me siento en
Vigo?)
Y no se
trataba de un simple recitado; esos versos expresaban una tristeza, un
sufrimiento y una soledad infinitos. Yo no diría que recitaba deliberadamente;
esas recitaciones se generaban espontáneamente. Creo que era la misma tristeza
que hablaba por mi boca; no tenía ya necesidad de hacer nada a propósito, me
había convertido en el instrumento pasivo por medio del cual la tristeza se
expresaba. Por eso no reflexionaba ya sobre nada; simplemente las palabras de
tristeza brotaban de mi boca. Esa actitud que yo tomaba hubiera podido
expresarse con estas palabras fatales: «Es así.» Y, efectivamente, era así;
simplemente, una y otra vez sucedía que, estando sentado en mi escritorio o en
la cama, yo pronunciaba estas palabras lastimeras:
¿Ai, Deus, se sabe ora meu amigo,como eu senheira estou em Vigo?
Muchas otras
cosas eran también «así». Era también así que, a pesar del gran cansancio que
sentía, no podía dormir de noche. Era así que todos los somníferos no me
servían de nada y las innumerables copitas que bebía eran más eficaces para
producirme una intoxicación alcohólica que para inducirme al sueño. El problema
era insoluble desde el punto de vista médico, era absolutamente «nervioso»; era
así, simplemente.
Con el correr
del tiempo reapareció mi vieja ropa negra de luto. No era que me sintiese
particularmente triste, pero en ese momento, repentinamente, el negro era el
color que me «gustaba» más. Todos los otros colores no me gustaban, por lo que
para vestirme siempre elegía automáticamente el negro: pantalones negros,
camisas negras, jerséis negros, una americana negra; todo era negro. La
relación del color negro con la tristeza es evidente; sólo que yo pensaba que
prefería el negro no porque simbolizaba la aflicción sino por su elegancia.
También en ese sentido me comportaba pasivamente, porque no me decidía
conscientemente por los colores de luto, sino que todos los otros colores,
aparte del negro, empezaron a disgustarme, de modo que una vez más me vi
simplemente impulsado por ese desvío hacia aquel que, manifiestamente, debía
ser mi color: el negro.
El hecho de
que no saliera ya de vacaciones también era simplemente «así». Sin embargo,
como profesor tenía muchas vacaciones; como persona sola, no tenía ningún
problema monetario; además, como mi padre había muerto hacía unos años, había
heredado una pequeña fortuna que me hubiera permitido hacer cualquier viaje,
aunque fuera a América o a la China. Pero no viajaba nunca. Sabía que, durante
las vacaciones, me sentía siempre «peor aún» que en casa. No tenía ningún deseo
de renovar otra vez la vieja experiencia que había vivido cuando viajaba a
lugares donde, según la opinión general, uno se sentía «bien» y en los cuales
me sentía todavía mucho más deprimido, desdichado y solo que en mi casa.
Tampoco tocaba
para nada el dinero heredado de mi padre. No tenía deseos que satisfacer, ya
que carecía de deseos. Era desgraciado sin desear nada. El dinero carecía de
sentido para mí, ya que nada de lo que me hubiese permitido adquirir podía
causarme placer. Por tanto, yo no era un comprador entusiasta, pues sabía que,
para mí, no había nada que comprar. Tenía un montón de dinero pero no sabía en
qué gastarlo. También eso era «así». Cosa singular: tampoco estaba abonado a un
diario. No sentía la necesidad de saber lo que pasaba en el mundo, cosa que yo
justificaba diciéndome que, en la mayoría de los casos, los diarios sólo
publicaban tonterías (verdad totalmente exacta en sí misma y que nadie,
indudablemente, rebatirá), pero no es necesario decir que este conocimiento
profundo de lo que es el periodismo no era la verdadera causa de mi abstención.
El hecho de
que esos años no habían traído nada nuevo en el campo en el cual, desde
siempre, yo me había sentido más desdichado se deriva naturalmente de lo que
dije anteriormente. Como siempre, estaba solo. En el ínterin, la mayoría de mis
amigos se habían casado, naturalmente. También había algunos que no lograban
decidirse nunca a contraer matrimonio, pasaban de una amiga a otra y eran
solteros empedernidos, lo que también era completamente natural. Muchos tenían
hijos, otros no los tenían y estaban descontentos de su matrimonio. Se habían
divorciado o vuelto a casar. Yo era el único que seguía sin tener amiga. Eso
también «era así». Tan natural como el hecho de que casi todos mis amigos
estuvieran casados era el que yo no hubiera tenido aún relaciones con una
mujer. Dejando de lado el amor, jamás había experimentado sentimientos
particulares con respecto a una mujer y, en cuanto a las relaciones sexuales,
tampoco las había tenido, naturalmente.
Cuando era
estudiante, como mis relaciones con las mujeres nunca marchaban bien, a menudo
se me metía en la cabeza la idea de que yo era simplemente homosexual, o, más
bien, tenía miedo de ser homosexual. Nunca había pensado que aunque hubiera
sido así yo habría sido tan incapaz de mantener una relación amorosa con un
hombre como con una mujer. La homosexualidad asumida o temida no hubiera
explicado mi desdichada situación más que, en otras épocas, el «mal» curso de
baile o el pretendido mal tiempo meteorológico o la hepatitis.
Yo no me
quejaba nunca. Siempre me iba «bien». Es más, siempre me iba tan continuamente
bien que muchas personas me confesaron, sorprendidas, el haberse preguntado
cómo podía ser que siempre me fuera tan invariablemente bien. En líneas
generales, eso se debía sin duda a que yo tenía lo que se da en llamar un
temperamento feliz. En realidad, yo diría que tenía una forma de ser no alegre,
sino más bien no inclinada a la queja. Jamás me quejaba de nada. Sólo en mi
casa, donde me encontraba a menudo tan bien, afloraba todo eso de mi interior,
una y otra vez, y decía:
¿Ai, Deus, se sabe ora meu amigo,como eu senheira estou em Vigo?
Con la excusa
del color que me gustaba infinitamente desde hacía mucho tiempo, todo eso
brotaba de mi interior y me anunciaba la tristeza. Sabía que estaba casi
destrozado por la soledad y la falta de amor, sabía que la frustración y la
depresión llenaban hasta tal punto mi vida que casi nada más podía encontrar
lugar en ella, aparte de la tortura depresiva omnipresente. Lo sabía, pero no
lo creía, o, más bien, no quería creerlo (lo que es quizá más o menos lo
mismo). No quería creer que mi vida anímica se había convertido en el objeto de
una aterradora devastación, que era un hombre con el alma gravemente enferma,
que ya casi no era capaz de experimentar ninguna emoción humana normal sino
que, atrapado en el túnel de una situación sin salida que le era propia, no
hacía más que desollarse; no quería creer que no tenía «un ligero toque» como
todo el mundo, sino un problema muy serio: que mi alma estaba profundamente
dañada y que cada nueva tentativa de hacerme creer que de todos modos «la cosa no
era tan grave» era un veneno para mí. Tal vez habría que considerar que mi
actitud era humana en la medida en que nadie se puede familiarizar con la idea
de que está al borde del abismo. A nadie le gusta que le digan: «La situación
es catastrófica.» La máxima según la cual el único que puede creer que se puede
sobrevivir a lo peor es aquel que efectivamente ha sobrevivido, me era
completamente desconocida en esa época.
Me parece que
hay una palabra aplicable al estado en que entonces me encontraba: resignación.
Ya me había acostumbrado de tal modo a estar siempre mal, y me había acomodado
tanto a esa situación, que a veces ni siquiera me daba cuenta de ella.
Admitimos, sin embargo, que un loco tampoco se da cuenta de que lo está. El que
cree ser Napoleón no se considera un loco con un complejo napoleónico, sino que
cree ser Napoleón en persona. Y así yo también empecé a perder conciencia del
hecho de estar triste. Lo cierto era que no podía dormir de noche, miraba
fijamente mis cuadros cuando el sol se ponía mientras recitaba versos tristes,
a menudo escribía, durante horas, las palabras tristeza o soledad en zigzag
sobre el papel cuadriculado, llenando de esta manera hojas enteras, y me vestía
siempre de negro; pero no hubiera afirmado que me sentía triste. Estaba solo,
aspiraba a encontrar el calor de un afecto y el amor, sufría constantemente
complejos de inferioridad en el plano sexual, pero jamás hubiera confesado que
podía sentirme desgraciado y desesperado. La superficie permanecía siempre en
calma e impasible, pero sólo conseguía que cada vez se fuera haciendo más chata
y más vacía. Sin embargo, toda la energía vital que se expresaba desde entonces
bajo la forma de sufrimientos y tormentos se desencadenaba subterráneamente; la
había disociado de mi conciencia y no podía ya vivirla realmente.
Una serie de
visiones que tuve durante años, la primera de las cuales se produjo poco
después de la muerte de mi padre, fue la curiosa manifestación de aquellos
estados de ánimo. No se trataba nunca de imágenes aisladas, sino que siempre
eran historias enteras que se desarrollaban interminablemente, a menudo en
forma de historias de familia o de las repercusiones dinásticas de dramas
concernientes a la realeza en las cuales, después de haberse extinguido la
primera generación, las generaciones siguientes proseguían las viejas historias
y también a menudo las repetían y variaban. Pero no se trata de presentar
dentro de este relato las historias y los héroes más o menos novelescos o
psicológicamente interesantes de estos sucesos y de interpretar el posible
sentido de cada episodio o de cada destino. Me interesa solamente mencionar a
este respecto algunos rasgos de los personajes que se repetían una y otra vez.
La mayor parte de ellos eran tristes. Es decir, muy a menudo no estaban tristes
a priori, sino que se iban poniendo tristes: la tristeza los atrapaba y ellos
terminaban aplastados por la tristeza. Una y otra vez se presentaba el caso de
que determinado personaje sufría de melancolía. A menudo no eran ni siquiera
las vicisitudes particularmente adversas por las que debía pasar el personaje
en cuestión las que provocaban la tristeza; ésta iba subiendo más bien como si
fuera la niebla que se va elevando de la tierra y envolvía completamente al
personaje. Había en esas historias toda una serie de figuras de hombres y
mujeres que al principio de su historia estaban llenos de vida y no tenían
ninguna razón determinada para quejarse pero que luego, en el devenir de sus
vidas, por una razón explícita o vagamente oscura, o hasta totalmente
incomprensible, se precipitaban en la más profunda melancolía, de la cual, casi
siempre, ya nada podía hacerlos reaccionar. Con respecto a esto último, sobre
todo, algunos personajes femeninos tomaban una aterradora dimensión alegórica y
se me aparecían, una y otra vez, en una claridad visionaria, como emblemas de
la melancolía petrificada, como figuraciones de la tristeza más impenetrable.
En su existencia imaginaria esas mujeres eran, casi siempre, de edad avanzada,
les resultaba casi imposible morir; debían continuar viviendo eternamente,
imágenes de la desolación y la desgracia.
Ahora bien, no
hay que creer que yo fabricara conscientemente esas visiones. Estas se
generaban espontáneamente y sobre todo los diversos personajes simplemente
estaban siempre ahí; yo no hubiera podido cambiar nada al respecto. Cuando se
veían arrastrados a los conflictos dramáticos, podía a veces, motu proprio,
contribuir en algo a determinar el curso de los acontecimientos y aun decidir
sobre la vida y la muerte de personajes secundarios: dejarlos morir o
permitirles sobrevivir. Sin embargo, en la mayoría de los casos esos sucesos se
producían por sí mismos y sin intervención consciente de mi parte: un buen día
moría uno de mis personajes y entonces estaba muerto para siempre. Nunca se
daba el caso de que (como hacen muchos novelistas), después de la muerte de un
personaje, lo hiciera revivir porque me hubiese arrepentido de su muerte.
Además, casi siempre morían no porque yo quisiera o lo ordenase: morían sin mi
intervención y así estaban realmente muertos. Entonces podía suceder que yo llorase
a uno de esos muertos en lugar de poder devolverle la vida. Asimismo lo más
frecuente era que yo no pudiera dar muerte a esos personajes; al contrario:
continuaban viviendo aunque yo hubiese deseado lo contrario. Si, por una vez,
lograba eliminar a uno brutalmente y matarlo resueltamente, no me servía nunca
de nada, porque en ese mismo momento se levantaba una nueva figura que se ponía
a administrar la herencia del difunto y me oprimía con la misma intensidad que
el que acababa de morir.
Era sobre todo
el personaje de la mujer sumida en el dolor el que se presentaba en todas estas
historias. Esta figura, que típicamente alcanzaba siempre una edad avanzada,
sobrevivía a todos sus contemporáneos y era la última de su época en morir.
Pero cuando sobrevenían una nueva época y una nueva generación, volvía a
presentarse la figura de la Gran Afligida. A veces, al principio de un nuevo
capítulo, yo no sabía aún que el antiguo personaje de la Gran Afligida había
vuelto, o también podía suceder que no supiese decir cuál, de entre las mujeres
de la nueva generación, sería la Gran Afligida. Pero siempre, al cabo de cierto
tiempo, una de esas apariciones femeninas, anodinas al comienzo, se revelaba:
era ella. Ese personaje iba adquiriendo entonces, poco a poco, la misma aureola
de melancolía que sus predecesores, aun cuando sus respectivos caracteres
difiriesen totalmente. También era de rigor que todas esas mujeres fueran
completamente diferentes; no tenían más que un solo punto de contacto: al final
se iban convirtiendo siempre en la representación del dolor encarnado, en una
suerte de diosas de la aflicción.
Así, mientras
mi vida exterior iba «bien», y yo confirmaba tal cosa frente a mí mismo y a los
demás, incesantemente renacía en mí la imagen viviente de la tristeza bajo el
aspecto de la mujer, cada vez diferente y sin embargo siempre igualmente triste
y desdichada. En este momento yo pienso que esta figura alegórica era la imagen
de mi alma que se presentaba a mí bajo esa forma visible para poner frente a
mis ojos lo que había en mí realmente, o para preguntarme si nunca me había
dado cuenta de que ella estaba sumida en la angustia más absoluta y yo en
peligro mortal. Me resulta difícil decir hoy cuánto tiempo duraron esas
visiones, ya que no pueden relacionarse esos acontecimientos interiores con los
exteriores, y no sabría decir si en el momento en que se producía tal cosa yo
pasaba justamente por tal fase de la serie de visiones. Sin embargo, creo que
ese estado duró dos o tres años en total, hasta que hubo desaparecido
totalmente el último fragmento de ese otro mundo. Digo definitivamente porque,
aun cuando numerosos apocalipsis amenazaban ese pequeño universo hacia el fin
de ese período, él renacía de sí mismo sin cesar, no podía ni quería
desaparecer. Así como casi siempre me resultaba imposible hacer morir a los
personajes principales sin que enseguida resucitara una figura análoga, también
todo ese mundo de visiones se negaba a dejarse aniquilar y se reproducía
continuamente por sí mismo, de modo que no puedo explicarme su desaparición más
que diciéndome que, a fin de cuentas, ese mundo quiso extinguirse por sí mismo,
sin que yo participase en lo más mínimo, y así lo hizo y desapareció, de manera
que ya no tuve más visiones desde entonces.
Nunca anoté
esas historias; por otra parte, no estaban destinadas en absoluto a ser
escritas. Si yo redactara en forma de novela los destinos de los diversos
personajes, resultaría probablemente la cosa más aburrida del mundo en la que
no quedaría nada, bajo esa forma literaria, de la fascinación que ejercía sobre
mí cada una de esas visiones. Si hubiese sido pintor o músico, tal vez habría
podido pintar esas figuras o darles una forma sinfónica, pero no puedo
imaginármelas, en absoluto, como personajes de una novela. Me he conformado con
bosquejar esquemáticamente los puntos esenciales del destino de los principales
personajes con la única finalidad de no olvidarlos.
De este modo,
todo ese mundo también se desvaneció. Si la figura de la mujer afligida había
sido realmente mi alma que pedía ayuda, sus gritos de angustia se habían
acallado sin haber sido escuchados. El alma, para seguir usando esta imagen,
había vuelto al espantoso lugar donde yo tenía la costumbre de esconder todas
mis penas y mis inquietudes, y durante algún tiempo logré mantener en pie la
ilusión de sentirme alegre y de estar bien, antes de caer en el abismo.
VIII
Pero,
súbitamente, ya nada andaba bien. Dos acontecimientos extraños dieron la señal
de mi ruina. Para empezar, la muerte de un vecino que se encontraba
perfectamente y con el cual yo había hablado la noche anterior y que a la
mañana siguiente fue encontrado muerto, sentado en su sillón. Enseguida yo lo
sentí como una evidencia: ahora la muerte está en la casa. Unos años antes la
casa había sido remodelada y restaurada íntegramente antes que los otros inquilinos
y yo nos instalásemos allí. En su nueva forma, la casa no había conocido
todavía la muerte; antes (la casa tiene varios siglos) todo tenía un aspecto
muy diferente como para que se pudiera decir que las habitaciones eran las
mismas. Pero ahora la muerte había llegado y para mí era como si ella, que en
los años siguientes a la remodelación no había podido tomar posesión de la
casa, hubiera recuperado el tiempo perdido y tuviera ahora la casa en su poder,
como tenía por otra parte todas las demás casas. Al día siguiente vi una
película policíaca. El protagonista era al mismo tiempo el asesino, que finge
amar muchísimo a su joven esposa pero sólo se ha casado con ella por el dinero
y, poco después de la boda, la mata. Como él se muestra tan desconsolado por
esa pérdida, a nadie se le ocurre sospechar que pudiera ser el asesino. Después
del crimen quiere casarse con su cómplice, pero se da cuenta de que, a pesar de
todo, algo amó a su primera esposa. Durante la discusión que sigue con la otra
mujer, la mata también —enfurecido con ella y consigo mismo— y entonces sí es
acusado de asesinato. Después de ver la película me di cuenta de que el
asesino, a pesar de tener dos muertes sobre la conciencia y haber sido
encerrado en un manicomio y tal vez condenado a muerte, había sido un hombre
mucho mejor y mucho más feliz que yo, por la razón de que, al menos, había
amado un poco a su primera mujer. Yo todavía no había amado a nadie. Enseguida
se me hizo evidente que el crimen, constituido por los dos asesinatos, no
importaba nada comparado con el hecho de que él había amado un poco a la
primera mujer (aunque luego la hubiera asesinado con premeditación); que en lo
que a mi persona concernía, eso no tenía ninguna importancia, ya que por pura
casualidad yo no era un asesino y sólo importaba mi crimen de no haber amado
jamás a nadie: el asesino de la película era declarado inocente, yo era
condenado.
Me di cuenta
entonces de que mi vida era peor que la del asesino y sabía además que desde
ese momento la muerte había tomado posesión de la casa. Desde entonces decliné
rápidamente.
De repente, ya
no seguía estando «bien». La depresión ya no era subterránea y sofocada, se
mostraba a la luz del día y cubría todo cuanto hasta el presente yo había
podido decir que me alegraba. Advertí que ya nada me causaba alegría y sentí
cuánto me pesaban muchas cosas que hasta ese momento no había querido admitir y
cómo me aplastaban desde siempre. Repentinamente, mi imagen de hombre alegre y
contento era cuestionada; es más, no sólo era cuestionada sino que, ante mis
ojos, ya había sido derribada y caído hecha pedazos. En poco tiempo me di
cuenta de que todo estaba de nuevo «como antes». Pero «como antes» significaba
más que algo simplemente cronológico; significaba, más bien, «como desde
siempre». Fui consciente de que, en el fondo, no era que «antes» me sintiera
mal y que luego, con el correr de los años, ese estado hubiera mejorado
continuamente, de manera que, con el tiempo, yo estaba «bien»; al contrario,
veía que siempre me había sentido mal pero que durante mucho tiempo no había querido
admitirlo.
Entonces
sucedió que, cada vez más a menudo, de repente e involuntariamente me
encontraba sentado en mi cama recitando los siguientes versos:
¿Ai, Deus, se sabe ora meu amigo,como eu senheira estou em Vigo?
Podía
sucederme también a menudo que estuviera sentado en mi escritorio y comenzara a
escribir, sin cesar una y otra vez en todos los sentidos, las palabras tristeza
y soledad sobre el papel cuadriculado. También me pasaba a menudo que «no podía
más», como se dice con tanta justeza: el camino era demasiado largo para mí, la
escalera era muy alta para mí, la cesta de las provisiones era demasiado pesada
para mí y todas las cosas encerraban en ellas la posibilidad de revelarse como
demasiado fatigosas para mí. Estaba cansado. Hay una teoría que dice que el
cuerpo nunca está cansado y que por lo tanto uno nunca puede fatigarse, que
sólo el espíritu se cansa y que la sola fatiga del espíritu provoca la
pretendida fatiga corporal. Es posible que haya una analogía con la sospecha de
que sólo se queja de que la lluvia deprime aquel que ya está deprimido sin
necesidad de la lluvia. Sin duda, el camino era muy largo para mí porque no
tenía ningún deseo de alcanzar la meta hacia la cual llevaba, y una empresa era
demasiado ardua porque no tenía ningunas ganas de llevarla a cabo. Sin embargo,
la razón por la cual yo no quería realizar ya nada era, evidentemente, que ya
nada me producía alegría.
Casi
contemporáneamente con esta evolución comenzó a desarrollarse un tumor en mi
cuello. Al principio no me causaba molestias porque no me dolía y yo no
sospeché que fuera nada malo. Jamás se me ocurrió que pudiese ser un cáncer, y
como el tumor se negaba a desaparecer y cada vez se agrandaba más, lo hice
examinar por los médicos sin imaginar que iban a descubrir algo muy grave.
Todavía no tenía la menor idea de cuál era mi estado real. Por una parte era
muy ignorante en todo lo que a medicina se refiere y por otra, según mi vieja
costumbre, no quería admitir que podía estar realmente muy mal. Aunque todavía
no sabía que tenía cáncer, yo hacía, intuitivamente, el diagnóstico correcto,
porque según mi parecer el tumor estaba formado por «lágrimas tragadas». Con lo
que quería significar, más o menos, que todas las lágrimas que no había llorado
y no había querido llorar durante mi vida se habían amontonado en mi cuello y
habían formado ese tumor porque no habían podido cumplir con su verdadero destino:
el de ser lloradas. Desde un punto de vista estrictamente médico, ese
diagnóstico con ribetes poéticos no era, evidentemente, exacto; pero, aplicado
a mi persona en general, decía la verdad: todos los sufrimientos acumulados que
yo me había tragado durante años no se dejaban ya comprimir en mi interior; la
presión excesiva los hizo explotar, y esa explosión destruyó el cuerpo.
Esta
explicación del cáncer parece correcta, aunque sólo sea porque en el fondo no
hay otra. Por supuesto, los médicos saben un montón de cosas sobre el cáncer,
pero no saben qué es en realidad. Yo creo que el cáncer es una enfermedad del
alma que hace que aquel que devora toda su pena sea devorado a su vez, al cabo
de cierto tiempo, por esa misma pena que vive en él. Y porque un hombre así se
destruye a sí mismo, los tratamientos médicos no sirven, en la mayoría de los
casos, absolutamente para nada. De la misma manera que si el camino que debemos
recorrer no nos interesa nos fatiga indeciblemente, o que el cesto de la compra
que no nos interesa llevar parece excesivamente pesado, así el cuerpo destruye
espontáneamente la vida humana cuando ya no hay interés alguno en vivir esa
vida.
Cuando pasó el
invierno sin que los médicos hubiesen averiguado en qué consistía mi tumor, se
decidieron a operar y extirparlo para determinar su naturaleza. Hasta el
momento anterior a la operación inminente yo no pensaba en nada peligroso, pero
tenía la firme impresión de que la operación era necesaria y cifraba en ella
vagas esperanzas. Eran mi primera operación y mi primera anestesia, y veía en
ellas un símbolo de muerte y resurrección. Esperaba confusamente sufrir una
muerte simbólica durante la anestesia y renacer luego a una vida tal vez más
feliz. Aun cuando no obtuviera resultados tan buenos y si esta simple operación
no podía depararme ni la muerte ni la resurrección, mis esperanzas eran
fundadas en la medida en que yo sentía que tenía una gran necesidad de esa
muerte y esa resurrección. Presentía que estaba maduro para la muerte y que
sólo podía esperar, en el mejor de los casos, encontrar, después de mi muerte
simbólica, el camino de una vida nueva y mejor.
La operación
se desarrolló sin problemas y sin dolor. Después de los demás exámenes
necesarios y de las primeras tentativas que hicieron los médicos, según su
costumbre, para camuflar mi enfermedad, muy pronto, observándome, descubrí que
tenía cáncer.
Como la
palabra «cáncer» no había aparecido hasta entonces en mis reflexiones, el
nombre de esta enfermedad y el hecho de tenerla constituyeron un pequeño shock
para mí. Lo digo expresamente: pequeño, pues, para ser fiel a la verdad, no
podría calificarlo de grande. No me sentí ni trastornado ni aterrado ni
sorprendido, o, como se dice preferentemente en ese tipo de cosas, «como
fulminado por un rayo». Al contrario, mi primera palabra en presencia de ese
nuevo hecho fue: naturalmente. Enseguida me pareció evidente que tenía cáncer;
luego eso me pareció lógico y justo, comprendía que tenía que llegar a eso y
que yo lo había esperado. Sabía que no era mera casualidad el que justamente
ese invierno hubiera contraído cáncer, sino que yo estaba enfermo desde hacía
muchos años y que el cáncer sólo constituía el último eslabón de una larga
cadena o, si se quiere, la cima de un témpano.
Aquella cosa
terrible que me había torturado toda mi vida sin que pudiera darle un nombre,
había recibido uno finalmente; y nadie puede negar que lo terrible y conocido
es mucho mejor que lo que es terrible y desconocido. En las viejas fórmulas
mágicas el diablo es conjurado a menudo invocando su nombre:
Wola, wiht,
thaz thu weist, thaz thu wiht heizist.
El célebre
Rumpelstilzchen6 también es vencido cuando la reina puede decirle que se llama
Rumpelstilzchen. Se sobreentiende que nadie se anima a pronunciar el nombre del
cáncer; nada hay de asombroso entonces en que hasta el día de hoy no se le haya
podido vencer. Todavía no he encontrado un médico que pronuncie la palabra
«cáncer». Y como los médicos no osan llamar al diablo por su nombre,
naturalmente tampoco pueden vencerlo. Por supuesto, los pacientes son operados,
tratados con rayos y atiborrados de medicamentos, pero falta la parte más
importante de la terapia. Todos saben que el último de los jarabes para la tos
y el más inocuo comprimido no sirven para nada si el paciente no cree en ellos.
Si el paciente cree, se le puede administrar, en lugar del comprimido, un
pedazo de tiza, y se curará. Pero en todos los tratamientos de cáncer el mundo
médico se envuelve generalmente en el silencio, de manera que el paciente
pierde la fe en la eficacia del tratamiento y, en consecuencia, es imposible curarlo.
Pero no son sólo los médicos los que no hablan del cáncer. Nadie habla de él.
La palabra es tabú. (Sin duda mis pobres padres hubiesen dicho a propósito del
cáncer que era algo «complicado».) Así es como el enfermo de cáncer está
condenado a desesperar totalmente y a morir de su desesperación.
Ésta es la
razón de que también yo crea que el cáncer es, en primer lugar, una enfermedad
del alma, y que hay que considerar los diversos tumores cancerosos sólo como
manifestaciones corporales secundarias del sufrimiento, ya que el cáncer
presenta absolutamente todas las características de una enfermedad moral. Si
uno se ha resfriado o tiene gripe puede hablar de ello, pero si está deprimido
no puede decirlo. (Creo que la gente se resfría también para poder, finalmente,
quejarse por una vez sin infringir las reglas del decoro.)
Creo que una
vez más yo me porté bien conforme a las costumbres y conforme al cáncer. Toda
mi vida fui desdichado, y durante toda mi vida no dije ni una sola palabra
debido a la idea, bien aprendida, de que tal cosa «no se hace». En el mundo en
el que vivía, yo sabía que, por tradición, no debía, por ninguna causa, ni
molestar ni ponerme en evidencia. Sabía que debía ser correcto y mostrarme
conforme y, sobre todo, normal. Sin embargo, la normalidad, tal como yo la
comprendía, residía en que no se debe decir la verdad, sino ser cortés. Toda mi
vida fui bien educado y gentil y ésa es la razón de que desarrollara un cáncer.
Y está bien
así. Yo creo que cualquiera que haya sido toda su vida bien educado y cortés no
merece otra cosa más que contraer un cáncer. No es más que el justo castigo.
Todavía hoy
tendría la posibilidad de ser bien educado y gentil y apagarme en silencio, sin
llamar la atención. Sin embargo este destino me ha sido evitado en la medida en
que en mi enfermedad ese célebre cáncer al que sin embargo no osan llamar por
su nombre —propiamente diabólico— y del cual, normalmente, se muere en muy poco
tiempo, yo he entrevisto en cambio una especie de muerte y de resurrección,
aunque la muerte no debe ser considerada ya puramente simbólica sino, al
contrario, bien concreta. La amenaza de muerte me llevó a pensar que tal vez,
en el caso de que pudiera escapar de ella, por fin tendría una posibilidad de
renacer realmente; es decir, de renacer a una nueva vida que quizá no fuese tan
cruel como mi vida pasada. He escrito antes que mi enfrentamiento con el cáncer
no había sido más que un pequeño shock para mí por la simple razón de que,
durante toda mi vida, lo único que había conocido era el cáncer del alma; pero
evidentemente el shock había sido lo bastante grande como para sacudirme de mi
resignación y hacerme tomar conciencia de que mi vida era intolerable. Por poco
que se pueda comparar el cáncer a una idea, yo diría que la mejor idea que he
tenido fue la de contraer un cáncer; creo que ha sido el único medio aún
efectivo para liberarme de mi resignación. Se sobreentiende que no pretendo
decir aquí que el cáncer, en sí mismo, sea algo hermoso. Ciertamente es una
desgracia y trae aparejados muchos sufrimientos. Pero, en mi caso personal, me
veo obligado a afirmar que esa desgracia me resulta menos pesada que la
infelicidad que me depararon los treinta primeros años de mi vida.
Evidentemente, nadie enfermo de cáncer es muy feliz y yo tampoco lo soy; pero
soy un poco menos desgraciado que en la época en la cual, oficialmente, no
tenía todavía cáncer aparte del cáncer del alma que contraje como consecuencia
de mi tradición familiar.
IX
Sin embargo,
el hecho de ser menos infeliz no debía producirse tan rápidamente, ya que antes
de sufrir la muerte concreta yo debía todavía sufrir la muerte simbólica. Digo
esto porque cuando llegué a un determinado punto de mis reflexiones en que mi
enfermedad aguda se me apareció como el primer paso de un posible proceso de
muerte y resurrección, visité al psicoterapeuta, a quien conocía de antes, para
discutir con él acerca de la probabilidad o improbabilidad de esta cuestión.
Aunque durante estas primeras consultas yo no pensé en una psicoterapia
propiamente dicha, algo parecido a esto comenzó a desarrollarse concretando las
ideas de muerte y resurrección en hechos.
En realidad,
ahora debería venir la parte más interesante de este relato, que es la
descripción de mi psicoterapia. Pero es justamente eso lo que no quiero
describir. No sólo porque esta psicoterapia aún no ha terminado, y quizá
tampoco haya tenido éxito, sino porque no puedo esperar a que mi terapia haya
concluido para dejar mis recuerdos por escrito, porque por el momento me
resulta imposible saber si esta terapia finalizará antes que yo muera de cáncer.
Pero como quiero escribir este relato de todas maneras, debo hacerlo mientras
aún esté vivo; y como todavía estoy vivo, quiero escribir este relato ahora, a
pesar de que la psicoterapia todavía no ha llegado a su fin y que yo todavía no
he sido dado de alta como «curado».
Pero el
principal motivo de impedimento es que me resulta demasiado difícil explicar
esta terapia con la sola ayuda de las palabras. Aunque no cabe duda de que soy
capaz de describir mis recuerdos de los primeros tiempos, siempre que los pueda
evocar y decir de ellos: sucedió así y así, y ahora pienso esto y aquello de
todo lo que sucedió. También puedo anotar mis opiniones o reflexiones actuales
tal como se me presentan hoy en día; pero me parece imposible describir
procesos de transformación psíquica —ante todo, porque son los míos propios,
con respecto a los que yo no puedo tomar ninguna distancia— y decir: ahora
estoy pasando por tal o cual cambio, y ahora me encuentro en esta o aquella
fase. Es muy posible e incluso me parece probable que desde el comienzo de esta
psicoterapia hayan tenido lugar diversos cambios, y que yo haya pasado por las
más diversas fases (seguramente también ahora me encuentro pasando por alguna,
probablemente siempre se está en alguna fase, y quizá no se pueda vivir sin
todas las fases); pero no puedo afirmar que ayer pasé por la fase X y hoy por
la fase Y (si no quiero caer en el error de aquella estudiante de portugués
cuando dijo que en Brasil el romanticismo comenzó un 17 de julio).
Por tanto,
omitiré aquí la descripción propiamente dicha de mi tratamiento
psicoterapéutico. En una primera instancia, a decir verdad, el tratamiento sólo
me ofreció cosas desagradables, ya que todos los recuerdos que anoté aquí con
aparente facilidad tuvieron que revivir primero durante el transcurso de la
terapia. Pero lo que afloró sobre todo fue el reconocer qué encerraban en
realidad esos recuerdos: no se trataba en mi caso de que, como todo el mundo,
yo hubiera tenido «problemas» durante mi juventud, y a veces también
«dificultades en el colegio», que hubiera sufrido «problemas de adaptación» o
de «dificultades para lograr contacto», y otras cuestiones que no excedían el
marco de lo habitual. Yo no había padecido «dificultades para lograr contacto»,
sino que toda mi vida hasta entonces se había desarrollado dentro de una
carencia total de relaciones. En la universidad tampoco había tenido
«dificultades al comienzo» que luego disminuyeran cuando fui conociendo a otros
estudiantes, sino que había arrastrado durante toda mi carrera y hasta el
último día las dificultades del primero.
Tampoco «me
había sentido solo a veces» ya que, desde que tengo memoria, he sufrido siempre
e ininterrumpidamente la sensación de soledad. No había tenido «dificultades
con las mujeres» y menos aún «problemas sexuales»; yo no había tenido nada con
mujeres, y toda mi vida no fue más que un único y no resuelto problema sexual.
No había tenido amores contrariados, no era que el asunto no había funcionado y
que la mujer «se había ido con otro», sino que yo no había estado enamorado
nunca y no tenía siquiera la más mínima idea de lo que era el amor; el amor era
una sensación que no conocía, tal como no conocía casi ningún otro sentimiento.
Mi problema nada tenía que ver con «dificultades con las mujeres»; mi problema
consistía en una impotencia total del alma. Yo no «me había sentido a menudo
infeliz, antes», sino que había sufrido depresiones incesantes durante quince
años, quizás aún durante más tiempo. Resultó así que mi llamada «infancia y
juventud felices» habían sido una invención mía, en la que incluso había creído
en parte. Quedó demostrado también que mi último triunfo había resultado ser un
fracaso: yo no era «normal», tal como siempre quise creer cuando la suma de
contradicciones de mi vida amenazaba ahogarme. Mis sufrimientos no eran los hitos
normales que cualquier ser humano joven encuentra en el camino de la vida. Eran
anormales, cualquiera que fuera el sentido de la palabra «anormal».
Dicho de otra
manera: quedó determinado que me encontraba en un estado lamentable, pero que
ése siempre había sido mi estado habitual; y quedaba demostrado además que yo
cumplía todos los requisitos para que, en el futuro, también me encontrase en
un estado lamentable. De esta manera me vi enfrentado al hecho de que yo no era
«normal», aunque en este sentido se abría inmediatamente la cuestión acerca del
concepto de «normalidad» y, ante todo, de «anormalidad». Ello significaba en
primer lugar que, probablemente desde sus comienzos, mi vida se había
encaminado en una dirección que no era la vía normal. Este error o desviación
tuvo como consecuencia que yo no cumpliera o que lo hiciera de manera
incompleta todos aquellos desarrollos y transformaciones que un niño o un joven
debe cumplir, y que en algunos aspectos estaba atrofiado. Y eran justamente
estas deformaciones o atrofias las que constituían mi anormalidad.
Pero esta
afirmación tampoco permite aseverar que yo fuera «loco» en el sentido en que
uno se imagina a un alienado que vive en un ámbito de alucinaciones o que
comete actos sin sentido. Evidentemente, mi inteligencia no se había visto
atrofiada de esta manera: yo no soy demasiado inteligente, pero tampoco
demasiado tonto; quiero decir que mi inteligencia es «normal». El hecho de que
haya estudiado en la facultad no agrega nada a mi grado de inteligencia. Porque
no es imprescindible ser excepcionalmente inteligente para aprobar un examen de
bachillerato; a veces es suficiente tener un padre con dinero. Y más aún en el
caso de una carrera en la Facultad de Filosofía, donde no se necesita ser
inteligente en absoluto; por el contrario, la inteligencia incluso puede llegar
a ser nociva. En realidad, sólo estudian filosofía aquellos que no saben qué
otra cosa inteligente pueden hacer (lo que de ninguna manera es un testimonio
del grado de inteligencia).
A decir
verdad, tampoco me faltaba el sentido práctico para moverme con habilidad en la
vida. Sea como fuere, yo había enseñado durante varios años en una escuela
secundaria estatal sin que se volviese intolerable el hecho de que entre los
profesores se encontrara un «anormal». Dejemos de lado la cuestión de saber en
qué medida esta actividad pedagógica ha sido satisfactoria o no; seguramente no
ha excedido los límites de lo normal.
Evidentemente,
tampoco sería una enfermedad mental caracterizada por alucinaciones; no era
esquizofrénico, y podía diferenciar perfectamente las cosas reales de las
irreales. En el caso de ciertas visiones que tuve algunos años antes, siempre
estuvo claro aquello que sólo existía en mi fantasía y lo que había fuera de
ella. La enfermedad se encontraba en otro campo totalmente distinto que podría
denominarse «humano» o quizá, simplemente, la esfera de los sentimientos. La
inteligencia estaba intacta y no había sufrido ningún daño, pero el sentimiento
estaba atrofiado y enfermo. Yo no podía tener sentimientos, ante todo no podía
tener sentimientos para con otras personas; no podía amar a nadie. Aunque
sufría intensamente por mi soledad, no poseía la capacidad de superarla, ya que
no podía proponerme y menos aún ordenarme amar a alguien desde un momento
determinado. No podía proponerme: ¡A partir de mañana amaré al señor Müller!
Uno no puede proponerse amar al señor o a la señora Müller, así como tampoco
puede proponerse ser inteligente a partir de un día determinado. El hecho de
amar a alguien es más bien algo que le sucede a uno. Pero a mí no podía
sucederme, ya que no poseía siquiera la capacidad de darme cuenta de que algo
así me sucedía. No se le puede ordenar a un idiota que comprenda que dos por
dos es igual a cuatro. En el caso de que su deficiencia intelectual sea tan
grande que no fuera capaz de asimilar este conocimiento, no puede sucederle que
comprenda de pronto que, efectivamente, dos por dos es igual a cuatro; no puede
suceder que diga de pronto: ¡Ah, sí, ahora comprendo!
En mi caso,
sin duda habría que hablar de una idiotez emocional. Esta carencia me impedía
darme cuenta: Ajá, quiero a éste o a aquél. Yo no quería a nadie simplemente
porque no era capaz de querer. Por lo tanto no me resultaba posible llegar a un
contacto emocional con el mundo. Podía evolucionar en él como un ciudadano bien
educado, sin provocar la sensación de ser un «loco», pero sólo podía moverme en
el mundo como un cuerpo extraño, un perpetuo cuerpo extraño que —en cualquier
acepción de la palabra— no choca.
Por tanto yo
no sufría, según el diccionario, una enfermedad mental que en el sentido
estricto del término se denomina psicosis, sino solamente una neurosis tomada
más bien como un trastorno que como una enfermedad mental. Sólo tenía una
neurosis y no una psicosis, cosa que podía ser considerada una ventaja. Es
posible distinguir dos tipos de neurosis: neurosis benigna y neurosis grave, y
la mía debía catalogarse como una neurosis grave. A mí me resultaba evidente,
ya que la neurosis, por su naturaleza, provoca a menudo diversos trastornos
corporales; y como mi neurosis evidentemente había provocado un grave trastorno
corporal como lo es el cáncer, seguramente debía de ser una neurosis grave que
había arrastrado consigo consecuencias físicas igualmente graves.
Ahora se me
aclaraban muchas cosas. Evidentemente yo no estaba loco en el sentido de que
toda mi vida espiritual hubiera sido dañada; por tanto durante el transcurso de
mi vida me había resultado posible demostrar que, a pesar de todo, yo era
normal en una serie de campos. En numerosos campos había podido afrontar sin
problemas la comparación con otras personas: mi espíritu no estaba confundido y
en este sentido era ciertamente mucho más normal que cualquier tipo de espíritu
confuso con el que me hubiera comparado; tampoco era histérico; así pues, debía
ser considerado normal en comparación con un histérico. En otras palabras: en
mi manía de compararme con otros seres humanos, siempre me había comparado con
ellos en aquellos campos en los que yo podía medirme ventajosamente y en los
que no había nada desfavorable para mí. Ahora me daba cuenta de lo absurdo de
esta conducta mía. Una y otra vez había advertido que existían personas más
tontas o más inhábiles o más torpes que yo, y de ahí había deducido que, en ese
caso, no podía ser en absoluto anormal. En el caso de mi doctorado, por
ejemplo, poco había importado que mi vida interior estuviera desquiciada o no;
el hecho de que durante la época de la redacción de mi tesis de doctorado yo
viviera en un Sahara espiritual nada tenía que ver con la utilidad científica
de mi trabajo, y el catedrático no había tenido que decidir si su estudiante
tenía el alma enferma o no, sino solamente si la tesis era inteligente o no.
Más tarde, profesor yo mismo, tampoco necesitaba demostrar a mis propios
alumnos que poseía equilibrio psíquico; sólo debía enseñarles el subjuntivo
español, y ellos podían aprender las reglas del subjuntivo español tan bien de
un maestro neurótico como de un maestro normal.
Repentinamente
yo era el desesperado «tipo normal» que había sido durante treinta años, que se
veía obligado a preguntarse sin cesar: «¿Por qué, por qué todo es siempre tan
terrible para mí, aun siendo normal?» La pregunta obsesiva y sin respuesta
ahora había desaparecido; sabía por qué nunca nada había marchado bien durante
mi vida, y por qué mi existencia había sido siempre tan atroz. Claro que aquí
puede objetarse que la palabra «neurosis» sólo es una palabra, y que en
realidad no quiere decir gran cosa. Pero yo tendría que responder, a esta
objeción, que sin embargo esta palabra dice mucho: yo había perdido la ilusión
de ser «normal» pero por otra parte había comprendido que en muchos campos yo
realmente podía ser normal, sin tener que tener miedo a ser, allí también,
anormal.
Todo lo que
dije acerca del cáncer es igualmente válido para la neurosis. La neurosis
tampoco tiene nada de agradable y acarrea también grandes sufrimientos; pero
aun cuando ya no se trata de una enfermedad corporal sino espiritual, el hecho
de saber que la padece es para el paciente un consuelo mucho más que un peso
suplementario.
Este fue
entonces el primer resultado de mi psicoterapia: yo estaba neurótico, y eso no
desde poco tiempo atrás sino desde hacía muchos años, quizá durante toda mi
vida. Esta constatación acarreó una consecuencia muy desagradable: comprendí
que toda mi vida había sido falsa. Desde mi más temprana juventud, todas mis
acciones y decisiones habían sido dictadas en primer lugar no por el buen
sentido común, sino justamente por mi desequilibrio mental.
Por lo tanto
debía acomodarme al siguiente hecho concreto: durante mi juventud yo había sido
«loco» en el sentido descrito más arriba; por lo tanto, mi juventud, en lo que
respecta a una vida normal y quizás incluso feliz, se había perdido. Aunque
todavía no era un hombre viejo, tampoco era ya un hombre joven, y tuve que
hacerme a la idea de que en los primeros treinta años de mi vida no había
vivido eso que se llama habitualmente «juventud», sino que había sufrido una
enfermedad espiritual que me había privado de la capacidad de ser joven. Además
tuve que cobrar conciencia de que esa enfermedad del alma había debilitado mi
cuerpo de tal manera que ahora, precisamente, yo sufría cáncer, y que la
probabilidad de que muriera dentro de poco a causa del cáncer era tan grande
que debía afrontar la idea de que tal vez muriese antes de curarme de mi
enfermedad espiritual. En otras palabras, existía la posibilidad de que ya
fuera demasiado tarde para mí y de que pudiese morir a causa de mi enfermedad del
alma y sus consecuencias corporales sin haber sabido jamás cómo es la vida para
alguien que no está espiritualmente enfermo.
De la misma
manera tuve que acomodarme al hecho de que toda mi vida pasada hasta este
momento había sido errónea en el más amplio sentido de la palabra: ya no era el
niño feliz proveniente de una familia feliz, de un medio sano y con un
trasfondo razonable. Mis condiciones no habían sido en absoluto buenas y sanas,
aun cuando durante mi niñez y mi adolescencia no lo había notado. No se trata
de discutir aquí si yo, aun siendo el mismo niño, hubiera sido feliz con otros
padres o si mi personalidad se hubiese desarrollado mejor teniendo otro
carácter pero con los mismos padres; o bien si hubiese llegado a ser feliz
siendo un niño de otra clase social (todas estas preguntas en realidad son
ociosas); había una sola cosa segura: tal como yo nací, como ese niño que había
sido, con el carácter que tenía, y los padres que me tocaron en suerte, y en el
estrato social en el que había crecido, yo no fui feliz, sino que me volví
neurótico y desarrollé un cáncer. Tampoco intento descubrir aquí al culpable:
si el culpable fue mi carácter o mis padres o la sociedad burguesa; tal vez
nadie haya sido el culpable, quizá todos. Se trataba no tanto de la cuestión de
la culpa y del origen de todo el mal como de los resultados: aquí se había
destruido a un hombre desde su más temprana juventud y en forma persistente, y
las consecuencias de esta destrucción ahora se encontraban frente al
psicoterapeuta, ubicadas en un profundo sillón, esperando a ver qué vendría. Y
ese ser destruido era yo.
Una
consecuencia de esta constatación fue el sentimiento de estar profundamente
perdido y sin hogar. De pronto no me sentía en casa en ninguna parte, y
justamente encontrarme en algún hogar protector, al igual que el cangrejo
ermitaño, había sido una necesidad acuciante durante toda mi vida. Ahora no
podía volver a mi casa porque ya no tenía hogar. Mi vida hasta ese momento no
era mi hogar, y en mi vida actual de ninguna manera me sentía en mi casa. De una
masa de sentimientos que primero fueron contradictorios, terminó por
cristalizarse cada vez más la certeza de que en el fondo yo no podía odiar a
mis padres, el lugar de mi origen y mi casa, sino que todo ello hacía nacer en
mí un sentimiento de un enorme distanciamiento. Con respecto a mi padre, ahora
muerto, tenía la impresión de que siempre había estado muerto y de que en
realidad no había existido nunca. La tumba de mi padre se encuentra en K., y
cuando alguna vez la visito, siempre me parece que debería decir: «¡Mira esto!
Aquí hay uno enterrado que en vida llevó el mismo apellido que yo. ¡Qué
casualidad!» Mi madre vive todavía, y la veo de vez en cuando. Me parece una
agradable anciana, tal como son todas las ancianas que viven en la Orilla
Dorada de Zúrich; pero cuando pienso que estoy emparentado con esa agradable
anciana, ese pensamiento me parece francamente ridículo. De la misma manera
podría estar emparentado con el emperador de la China. Encuentro simpática a mi
madre, pero la idea de que es mi madre sólo me parece graciosa. A veces visito
la casa en la que vive mi madre: es una gran villa a orillas del lago, con
vista hacia él y numerosas habitaciones. Esa hermosísima villa es mi casa
paterna. Soy consciente de ese hecho, pero de todos modos la expresión «casa de
mis padres» me parece extraña.
De todos
modos, entre los aspectos positivos que trae consigo casi cualquier enfermedad
y también la neurosis, seguramente se encuentra la idea de la curación.
Probablemente todo enfermo ansia ser curado de su enfermedad, y por lo tanto
tiene ante sí una meta más o menos definida. Pero, para mí, esa meta era una
novedad. En aquella época en que todavía intentaba convencerme de que yo era
normal, solía decirme siempre que, en realidad, «todo estaba bien», aun cuando
realmente nada lo estuviera. Pero esperar alguna vez una solución mejor que ese
penoso «todo está bien» no me había resultado posible entonces. Y ahora, de
pronto, no era que todo estuviera bien, sino que ya nada estaba bien; yo estaba
gravemente enfermo, física y psíquicamente, y abiertamente amenazado por la
muerte. Pero como el cáncer y la neurosis seguían aún siendo curables, existía
la posibilidad de que algún día pudiese irme mejor, de que todo ese difícil
período llegara a su fin y de que quizás, alguna vez, yo pudiera dejar de ser
un enfermo.
Sin embargo,
si toda mi vida estuve enfermo espiritualmente, y si existía teóricamente para
mí la posibilidad de una curación, eso sólo significaba que podía curarme de la
desgracia que había arrastrado conmigo desde hacía treinta años y que había
considerado el verdadero contenido y la verdadera forma de mi vida; sólo quería
decir que el tormento que durante treinta años había sido mi vida no fue mi
vida real sino más bien el elemento enfermizo que la había destruido;
significaba que se abría la posibilidad de existir, que tal vez todavía podía
haber vida futura para mí y que podría despertar de la actual como de una
pesadilla. Si mi tormento era neurótico y la neurosis puede curarse, eso no
quería decir otra cosa que, quizá, podría ver algún día el fin de ese tormento.
Quizás. Era
consciente de que en esos sueños de futuro se trataba de una posibilidad y no
de una certeza. Por el momento nada permitía presumir que yo pudiera llegar a
vivir siquiera ese incierto futuro. El cáncer, que en un primer momento sólo se
había exteriorizado en ese tumor en el cuello, «las lágrimas tragadas», hacía
mucho que se había extendido, y mis posibilidades en el campo médico habían
empeorado sin lugar a dudas. Sin embargo, los médicos todavía no me habían
abandonado; pero yo sabía que mi estado era mucho más grave que al comienzo de
la enfermedad. También me enteré de que si los médicos tenían éxito en el
tratamiento de una zona del cuerpo, el cáncer reaparecía en otra, conservando
así siempre una ventaja sobre los médicos. Intuí entonces que los médicos solos
ya no podrían ayudarme, y de que yo solamente podría ser salvado si el
organismo entero, cuerpo y alma juntos, pudiera desarrollar una resistencia
suficiente como para vencer a la enfermedad. También me di cuenta de que, evidentemente,
el alma todavía no podía manifestar ninguna resistencia, porque estaba mucho
más enferma que el cuerpo; y que el cuerpo enfermaba más y más antes de que el
alma pudiera contribuir en algo a la ayuda del cuerpo.
No cabía la
menor duda de que las posibilidades de sobrevivir no eran nada favorables. De
la psicoterapia yo no podía decir que hubiera contribuido a hacerme mucho más
feliz. Por el contrario, hasta el momento sólo había cumplido el deber de hacer
añicos mi vida pasada, o mejor dicho: la ilusión que yo había tenido de mi vida
pasada; y este proceso, comprensiblemente, no provocaba alegría sino
depresiones adicionales. Ese primer año de mi psicoterapia fue el peor año de
mi vida, porque, antes de crear algo nuevo, tenía que demoler todo lo viejo. Y
todo lo viejo fue demolido, efectivamente. La idea, hasta entonces sólo vaga,
de que debía sufrir primero la muerte antes de pensar en una resurrección, fue
concretada por la psicoterapia en tanto que, en ese año, yo sufrí efectivamente
la muerte, y justamente la muerte de todo mi yo anterior, en medio de atroces
tormentos. Y finalmente ese yo estaba totalmente muerto, ya que no quedó nada
de él. Sólo quedó un pequeño montoncito desgraciado que ahora debía esperar la
resurrección bajo una forma cualquiera, en un momento y de una manera
cualesquiera. La sola idea del renacimiento tenía algo de curioso, ya que de
momento los médicos debían cumplir innumerables tareas: sin cesar me operaban,
me aplicaban rayos, me revisaban y me atiborraban de medicamentos, sólo para
que ese poquito de vida que había quedado de mí no se les escurriera totalmente
de entre los dedos y para que la muerte simbólica a la que hice alusión no se
convirtiera en una muerte banal a causa del cáncer.
Poco a poco,
sin embargo, se fue produciendo una cosa curiosa, algo quizás ansiado, quizás
incluso esperado, pero ante todo curioso: un buen día las depresiones habían
desaparecido. No puedo decir: tal día desaparecieron y nunca más volvieron; sin
embargo, poco a poco noté que efectivamente habían desaparecido para siempre.
No quiero decir con esto que me sintiera mucho más feliz; pero ese nuevo estado
existía y desde cierto punto de vista era preferible al estado anterior. La
mejor manera de expresarlo sería decir que, sin duda, yo era infeliz, pero que
jamás se me impusieron, contra mi voluntad, los versos:
¿Ai, Deus, se sabe ora meu amigo,como eu senheira estou em Vigo?
Tampoco volví
a encontrarme nunca más frente a mi escritorio escribiendo durante horas a lo
largo y a lo ancho la palabra tristeza sobre papel cuadriculado. Había otra
diferencia más: desde cierto punto de vista, yo reaccionaba de una manera que
podía denominarse más «razonable», con lo cual quiero decir, por ejemplo, que
si veía una película cómica, ahora tenía que reírme porque era cómica, y no,
como antes, llorar a pesar de que era cómica. A pesar de que seguía siendo
solitario, ahora me sentía realmente solitario cuando estaba efectivamente solo
y sin compañía y mucho menos frecuentemente, como antes, a pesar de que me
encontraba entre gente. Además había adquirido cierta habilidad para alegrarme
por algo. Generalizando, podría decirse que comenzaba a sentir como más
agradables las cosas realmente agradables, y que comenzaba a sentir cada vez
más también las cosas desagradables como cosas desagradables en sí. Antes, todo
había sido «simplemente así», y por lo general opresivo: yo estaba deprimido a
pesar de que llovía y a pesar de que brillaba el sol. Ahora comenzaba a
adquirir la habilidad de alegrarme de que el sol brillara y de enojarme porque
llovía. Por tanto, si de nada me había servido antes el hecho de que la lluvia
dejara paso al sol porque la depresión persistía a pesar del sol, ahora mi
malhumor a causa de la lluvia podía desaparecer de manera natural porque había
dejado de llover. Ahora, desde ciertos puntos de vista, constataba que la
palabra «normal» era más que un simple concepto muerto, y que, en muchos casos,
comenzaba a reaccionar efectivamente de manera más «normal» que hasta entonces.
También
aprendí a apreciar otro aspecto de mí mismo: la alegría. Durante mi vida yo
había sido la tradicional persona alegre, y la alegría a menudo fue la etiqueta
que me ponía o la bandera bajo la cual me enrolaba. Ahora comprendía que en
numerosas circunstancias mi alegría no había sido otra cosa que el disfraz bajo
el cual escondía mi tristeza. Nunca había sido capaz de hablar de cosas tristes
y tampoco de cosas serias, porque la tristeza que llevaba en mí había sido
siempre tan grande que hubiera hecho pedazos el marco de cualquier conversación
convencional de haber abierto yo los diques que retenían las cataratas de
desesperación que había en mí. Esa era la causa por la cual siempre me había
orientado automáticamente hacia lo divertido e incluso hacia lo ridículo, para
evitar en lo posible la desgracia que me amenazaba. Es decir que por lo general
mi eterna alegría no había sido espontánea, sino el resultado de un esfuerzo
desesperado y prolongado una y otra vez para alejar un poquito más la catástrofe
inminente. Por tanto, siempre me había creído obligado a esparcir alegría a mi
alrededor —y también lo había logrado—, pero no me había tomado el trabajo de
observar más de cerca un punto determinado: era capaz de hacer reír a
cualquiera, pero yo mismo no reía nunca.
Ahora tenía
que mirar mi alegría desde otro ángulo y llegar a la conclusión de que gran
parte de esa alegría había sido un bluff. Aunque creo poseer realmente el
talento para decir o escribir cosas divertidas, y ese talento, como cualquier
otro talento, debe evidentemente ser considerado un don positivo. Sólo que
llegar por eso a la conclusión de que yo era un ser humano alegre era algo
totalmente erróneo. Así como tampoco era normal, a pesar de que en ciertos
aspectos no me conducía de manera anormal, del mismo modo no era alegre y
sereno por el solo hecho de que a menudo decía cosas divertidas. Un pintor que
siempre pinta mujeres hermosas no necesita por eso ser un hombre bello. Por lo
tanto, debía enterrar a mi hijo predilecto: la idea de ser un hombre alegre.
Pero volviendo
al tema de la inferioridad: ahora ya no era posible seguir negando que yo era,
en cierto sentido, realmente inferior, aunque no en todos, pero sí en uno muy
importante, tal vez el más importante. Ya no se podía negar que en realidad yo
siempre había tenido mucha razón y que mi impresión había sido totalmente la
correcta, en el sentido de que había estado realmente separado de los demás
seres, y de que todo lo que la vida me había ofrecido hasta el momento sólo
podía considerarse algo sin importancia, que no había cambiado un ápice el
hecho fundamental de que lo más importante me faltó desde siempre. Pero una vez
que el curso de mi pensamiento llegó a formular la expresión «lo más
importante», inmediatamente pude comprender qué era eso: el amor, naturalmente.
Ahora bien, eso no tenía nada de novedoso para mí, ya que en realidad lo supe
desde siempre, y cualquiera lo sabe y lo supo siempre, y después de haber leído
la primera hoja de ese relato hubiera estado en condiciones de decirme cuál era
la parte de mi ser que estaba enferma.
Y sin embargo
era una novedad para mí. En este relato no he escrito mucho acerca del no-saber
y del no-querer-saber, y de que, cuando uno se entera de algo, siempre tiene
que haberse enterado de esa novedad antes de poder decir realmente de ella que
uno ya la conoce. Durante el curso de mi vida yo dije numerosas tonterías
acerca de que había tenido «dificultades en el amor», sin querer confesarme que
debía formularlo justamente así: que yo estaba pereciendo por falta de amor y
moriría por ello. Cuando alguien muere por inanición tampoco se dice que al
final de su vida tuvo «dificultades con la alimentación», sino que se murió de
hambre. Si yo he dicho de mí mismo que había tenido «dificultades con el amor»,
esa explicación fue casi tan exacta como si hubiese dicho de alguien que «había
tenido problemas de forma» después de haber sido arrollado por una apisonadora.
No me quedaba
más remedio que confesarme que no había tenido tales «dificultades», sino que
en el aspecto más importante que tiene la vida, el amor, había fracasado
totalmente, y no pudiendo soportar esa carencia esencial, me había vuelto loco
(o «neurótico», para utilizar una vez más este eufemismo bien educado), y que
esa locura había originado el cáncer que ahora estaba en vías de destruir mi
cuerpo.
No es
necesario que defina ampliamente lo que es «amor». Sin embargo, desde hace dos
mil años la palabra «amor» no ha cesado de ser profanada y arrastrada por el
fango por aquella secta funesta que aún hoy goza de la reputación de ser la
principal religión de lo que llamamos el Occidente bien educado, de modo que en
realidad no deberíamos asombrarnos de que, en nuestros días, ningún habitante
del Occidente cristiano supiera qué es el amor. Y sin embargo todo el mundo lo
sabe. Así como no se puede separar el cuerpo del alma y uno influye sobre el
otro y lo determina, y ambos forman un todo, tampoco puede disociarse el amor
en «espiritual» y «corporal» o en «platónico» y «sexual», y menos aún admitir
una diferencia entre amor y sexualidad. Para volver una vez más a Freud: aquel
al cual la palabra «amor» no le convenga por cualquier motivo, que diga
«sexualidad»; y aquel que tenga algo que objetar contra la palabra
«sexualidad», que diga «amor» si eso le agrada más.
A pesar de
ello y para adecuarme una vez más al uso actual de la lengua, que en algunos
casos dice «amor» y en otros «sexualidad», sólo puedo repetir, para afianzar
esta afirmación, que yo había fracasado en forma análoga en ambos campos
ficticios; dicho en otras palabras: no quise a nadie y no tuve relaciones
sexuales con nadie, lo que da como resultado lo mismo, si se lo resume en la
palabra «amor». Claro que yo no era normal; claro que yo era inferior, y
justamente por este motivo. De pronto todo resultaba tan simple que parecía
casi imposible que hubiera necesitado casi treinta años para darme cuenta de
esta verdad palmaria. Pero querría repetir aquí que para mí no era una verdad
palmaria, justamente en razón de sus graves consecuencias. Todo el mundo sabe
que las manzanas maduras tienen la tendencia a caer del árbol e incluso pueden
caérsele a uno sobre la cabeza. Pero si una manzana madura se cae sobre la
cabeza de Newton, éste descubre la ley de la gravedad y basa sobre ella la
física moderna. La mayor parte de los hechos son simples y conocidos por todos;
pero se vuelven significativos cuando se descubre su verdadero alcance.
Y yo me
encontraba ahora en vísperas de descubrir este alcance. Me daba cuenta de que
uno podía fracasar de las más diversas maneras; eso no era tan grave. Pero no
se podía fracasar en el campo sexual, porque era una vergüenza y algo
imperdonable. Me di cuenta de que aquí chocaba con un tabú mucho más importante
y primigenio que el simple tabú superficial, a la moda, burgués y Victoriano.
En realidad no se habla de amor, el amor es tabú y uno debe actuar como si no
existiera; ésa es justamente nuestra moda. Pero no se puede fracasar en el
amor; quien no es capaz de amar no es capaz de nada. Un hombre que no es hombre
no es nada. En realidad no se habla abiertamente de ello porque es un tema
tabú, pero todo el mundo está tácitamente de acuerdo. En realidad la sexualidad
ha sido desplazada como tema de conversación del mundo burgués, pero a pesar de
eso es el rasero según el cual todo se mide, se valora, se juzga. Nadie habla
de ello, pero todos lo saben. Nadie habla de ello, y sin embargo desde el comienzo
de los tiempos no se habla de otra cosa: desde que se creó la escritura, la
literatura no conoce otro tema que el de la sexualidad, que cuenta más que
cualquier otro. Ya sea que pongamos la radio y escuchemos la melodía más
trivial, o que leamos las palabras de los inspirados en el que se ha dado en
llamar Libro de los Libros, nunca se escucha otra cosa que, si uno no tiene
amor, no es más que «un bronce que suena a hueco y un cascabel tintineante».
Aparentemente,
sin embargo, no sólo me negué a admitir esta antiquísima verdad, sino que toda
la sociedad se niega a reconocerla. Cuando a comienzos de este siglo Freud hizo
conocer su teoría de que toda la vida sólo es sexualidad, todo el mundo se
sintió horrorizado al escuchar enunciar este hecho, a pesar de que todo el
mundo lo conocía desde siempre.
En este
sentido, un escéptico podría preguntarse si realmente todo es tan simple que
pueda expresarse con unas pocas palabras. Posiblemente también todo el mundo
sea escéptico, porque todos nosotros estamos acostumbrados a escuchar de mala
gana las verdades más simples. Muy a menudo, cuando algo parece muy simple, se
tiene inmediatamente la sospecha de que algo debe de haber allí de falso, ya
que nada puede ser simple. Sin duda es cuestión de temperamento el hecho de
creer o no en las cosas simples. En casa de mis padres, por ejemplo, era
habitual considerar que las cosas eran «complicadas» desde el principio; en lo
que a mí respecta, tengo la tendencia a pensar que las cosas son simples y que
uno no tiene ganas de reconocer hasta qué punto lo son realmente.
Mi vida y la
historia de mi enfermedad, por ejemplo, no me parecen complicadas sino la
cuestión más simple del mundo. Una cuestión muy desagradable, por cierto, pero
en absoluto «complicada». También soy capaz de familiarizarme perfectamente con
una teoría tan simple como la de Wilhelm Reich, la cual, sin duda, no deja nada
que desear desde el punto de vista de la simplicidad. Reich distingue por
principio sólo dos cosas: la crispación de la vida, origen del displacer, y el
relajamiento de la vida, origen del placer, y poco importa que se trate de un
protozoario o de un ser humano. Claro que el pobre protozoario no puede hacer
otra cosa que contraerse de vez en cuando, y en otras ocasiones distenderse; y
con ello recorre todo su campo de acción y su zona de influencia (siempre que
«recorrer» no sea un término exagerado para aplicar en el caso de un
protozoario). ¿Y el ser humano, que es reconocidamente «complicado»? En
realidad tampoco hace mucho más que crisparse a veces con desgana y relajarse a
veces con placer. Según Reich, además, el orgasmo es la forma más pura y total
del relajamiento, fuente del placer; una contracción constante igualmente
extrema del organismo, pasando por la atrofia espiritual y la atrofia de los
diversos órganos corporales que en su estado de contracción ya no pueden
expandirse, respirar correctamente y ser correctamente irrigados, lleva al
cáncer. De este modo, el hombre tenso se asemeja a un organismo unicelular que
no hace más que contraerse y empequeñecerse, sin poder jamás distenderse. Es
evidente que ello origina el cáncer. Por lo tanto, según Reich el orgasmo y el
cáncer son las dos formas más puras de expresión de los dos únicos contenidos
de la vida en sí. Yo reconozco que esta formulación parece extremadamente simple
y que seguramente es demasiado poco «complicada» para mucha gente. No quisiera
privar a nadie de la alegría de lo «complicado», pero creo sin embargo que la
teoría de Reich es básicamente justa. Aquel que no quiera tomar esta teoría al
pie de la letra puede aceptarla cum grano salis; en realidad no creo que exista
una gran diferencia entre una y otra. Tampoco quisiera afirmar que todo sea
siempre muy fácil, un juego de niños, o que toda la vida consista en un único
juego de niños (ya que mis experiencias personales me han convencido de que la
vida, justamente, no es tal juego de niños), pero creo que en muchos casos
podría distinguirse aquello que es simple, siempre que uno no se empecine en
querer ver siempre solamente lo complicado.
El resultado
de todo esto podría entonces resumirse así: mi situación era muy desagradable,
pero no confusa, en realidad. Las posibilidades que yo tenía no eran buenas,
pero aún no las había perdido todas. No estaba curado, pero era posible que
pudiera llegar a estarlo. De la misma manera era posible que no pudiera curarme
y que muriera. Hasta el momento, los médicos habían podido evitar que los
diversos tumores cancerosos se volvieran peligrosos para mi vida, pero todavía
no habían curado mi enfermedad propiamente dicha. La psicoterapia también me
había ayudado a clarificar el caos de mi enfermedad espiritual, pero tampoco
esa enfermedad estaba curada.
En estos
momentos mi estado sigue siendo el mismo. Todavía no estoy curado de mi
verdadera enfermedad, el cáncer. Actualmente entiendo como cáncer tanto el
cáncer físico como el cáncer psíquico, es decir: no dos enfermedades diferentes
sino una sola y única enfermedad, que simplemente presenta un aspecto físico y
un aspecto psíquico, que puede ser abarcado por otra parte dentro del concepto
de «psicosomático». Actualmente, puedo o bien ser curado o bien morir; ésas son
mis dos posibilidades. Sin duda, la muerte siempre es considerada algo muy poco
agradable. Sin embargo, teniendo en cuenta que incluso hoy en día hay gente que
se siente feliz de morir por Dios, por la patria capitalista y sus
multinacionales, sólo se puede llegar a la conclusión de que existen motivos
para morir más tontos que la muerte por falta de amor. Así como antes —y aún
hoy, en la ópera— se moría de amor, evidentemente se puede todavía hoy morir de
lo contrario: es decir por la falta de amor. Yo creo que ésta no es la peor causa
de una muerte.
Pero si llego
a curarme, entonces mi idea originaria de muerte y resurrección se habrá
convertido en realidad. Entonces podrá decirse que yo he muerto efectivamente
en un determinado sentido simbólico, digamos en el transcurso de los últimos
dos años, y que podré renacer a una nueva vida en la que, justificadamente,
puedo esperar que no todo se reduzca a mi enfermedad y que dicha vida no se
limite a una identificación más o menos profunda con ella. Queda por ver si esa
vida será feliz o infeliz; pero existe un alto porcentaje de probabilidades de
que se desarrolle de manera menos enfermiza.
Pero si muero
antes de ser curado, entonces no habré tenido esta posibilidad y pereceré a
causa de mi mal, sin haber tenido jamás la oportunidad de experimentar otro
aspecto de la vida que el de perecer. También esto es posible. Es sabido que no
todo el mundo tiene una oportunidad. Todos los años, sin ton ni son, millones
de negros e indios sucumben y mueren de hambre, de lepra o de alguna enfermedad
provocada por carencias; tampoco han tenido una oportunidad. Creo sin embargo
que existe una diferencia esencial entre uno de esos negros y mi persona. Ese
negro, simplemente, es devorado por la lepra, la peste o el hambre, sin tener
realmente conciencia de lo que le está sucediendo. Seguramente se asombrará de
su infeliz destino, pero después de haberse asombrado durante cierto tiempo
morirá, sin haber llegado a ninguna conclusión. Es posible que también yo sea
devorado en breve por el cáncer; pero la diferencia respecto al negro
consistirá en que yo soy perfectamente consciente de las causas que me han
llevado a mi situación actual. Tengo la impresión de saber con exactitud lo que
está sucediendo conmigo, y me parece que ésta es una gran ventaja frente a la
situación del negro. Aun cuando sucumba a causa de mi situación actual, mi
muerte será una muerte mucho más humana que la muerte del negro, que a fin de
cuentas reventará como una bestia inconsciente.
Posiblemente
sea ésta también la razón por la cual tengo que constatar que mi vida presente
es, a pesar de todo, menos desesperada y desolada que la de los primeros
treinta años de mi existencia. No soy feliz, pero por lo menos sólo soy infeliz
y ya no me siento deprimido. Me resulta difícil presentar en una fórmula
elegante la diferencia exacta de sentido entre «infeliz» y «deprimido», pero es
evidente que «infeliz» es menos grave que «deprimido». Para retomar el ejemplo
de las lágrimas tragadas, es posible expresarlo de esta manera: aquel que llora
es infeliz, mientras que aquel que está deprimido ya ha perdido la facultad de
llorar. Evidentemente, el contenido de este relato no es la felicidad pura;
pero el relato en sí no es el producto de una depresión, tal como hace dos años
lo era la constante visión del personaje alegórico de la mujer sumida en el
dolor que se negaba a morir. También es diferente y me resulta menos deprimente
un relato sobre la desgracia que continuar escribiendo sobre papel cuadriculado
la palabra tristeza. (Freud describe estos dos fenómenos con los nombres de
tristeza y melancolía.) La depresión era una nube gris, sofocante, omnipresente
e indefinida; la nueva situación es de una transparencia glacial y clara como
el cristal. Es dolorosa, pero no me ahoga. Además, me siento más activo.
Después de haber evitado la vida durante treinta años, tal como me enseñaron
mis padres y la clase social que ellos encarnaban, ahora me enfrento a la
muerte en su forma más concreta, y debo combatirla. En latín se dice: Hic
Rhodus, hic salta.7
Me imagino que
mi destino, una vez que se dio cuenta de que yo no podía en absoluto tener
éxito en la vida, se dijo: Bien, ya que no conseguimos nada con la vida,
intentémoslo con la muerte. Y he aquí que así anduvo mejor. Quiero recordar
también el concepto del ya mencionado humor cósmico. En realidad, lo peor nunca
es lo peor, y uno comienza a comprender lo que quiso decir Camus cuando en Le
mythe de Sisyphe demostró que Sísifo es feliz en el infierno.
Sin querer ser
pretencioso, creo que el conocimiento adquirido e incluso este relato pueden
ser de alguna utilidad en el plano teórico. No puedo imaginarme que mi caso sea
único en su género (porque la Costa Dorada es muy extensa y está superpoblada;
y en realidad no puedo imaginar que haya mucha gente normal que habite esa
orilla del lago de Zúrich). Creo más bien que yo represento un caso típico, y
que habrá muchas otras personas a las que les suceden y han sucedido
exactamente las mismas cosas que a mí o, al menos, cosas muy similares. Aun
cuando, igual que todos ellos, yo no conozca otra cosa más que, simplemente, el
hecho de haber sido devorado desde mi más temprana juventud por mi mal, al que
finalmente sucumbo totalmente, creo sin embargo que mi vida y mi muerte han
sido un poco menos absurdas que las del negro precitado.
He aquí una
primera gran ventaja con la cual se relaciona una segunda, la del
reconocimiento y conocimiento del mal: como siempre, creo que resulta menos
difícil soportar un mal reconocido y llamado por su nombre que un mal no
conocido y no comprendido. De ello se deduce que la esperanza de una posible
supervivencia también pueda tomar formas más concretas. Claro que la esperanza
es mínima, pero ese pequeño fragmento de esperanza es real y quizá más prometedor
que una gran esperanza indefinida y muy vaga, en la cual en realidad apenas es
posible distinguir qué es lo que efectivamente se espera. Tal vez podría
hablarse de una esperanza basada en lo posible concretamente. Cada uno espera,
naturalmente, no ser alcanzado jamás por un meteorito que cae, y muy
probablemente eso sea justificado; pero una esperanza tal no juega un rol
preponderante en la vida. En mi caso, la esperanza de sobrevivir a mi
enfermedad es para mí menos que verosímil, pero la perspectiva, que aún existe,
de que eso sea posible hace esa esperanza muy fuerte y muy importante.
Otro detalle
que caracteriza a la situación comentada más arriba es que yo no ansío para
nada que mi situación cambie. Teniendo en cuenta todas las condiciones que en
este momento tomo como mías, no puedo más que alegrarme de tener cáncer y de
que la psicoterapia haya logrado que toda mi existencia anterior se desplomara.
Me resulta imposible desear que todo ello no se hubiera producido; no puedo
hacer otra cosa que encontrarlo bien. Tampoco puedo desear que todo sea
distinto, porque entonces tendría que desear ser otra persona, y eso es
imposible. No puedo querer ser el señor Pérez y no yo mismo. No puedo desear
que lo sucedido hasta ahora no hubiera sucedido o hubiera sucedido de otra
manera, sino que tengo que convencerme de que, dadas las condiciones de mi
vida, todo lo acontecido hasta ahora ha sido tal como tenía que ser, y que ni
es posible ni deseable que hubiera sido de otra manera. Lo único que puedo
desear es que mi situación actual se encamine de la mejor forma posible; por
otra parte, este deseo todavía es posible y perfectamente realista. No tengo
necesidad de desear nada irreal ni quiero desear todo aquello que sería irreal.
Como me doy cuenta de lo necesario de mi posición presente, ésta se hace más
soportable que si tuviera que considerarla totalmente absurda.
Además, hay
también que tener en cuenta el punto siguiente: tal como yo creo, no soy yo
mismo el cáncer que me devora, sino que lo que me devora es mi familia, mi
origen, toda una herencia. Eso significa en términos médico-políticos o
sociopolíticos: mientras tenga cáncer, seguiré siendo el rehén del ambiente
burgués canceroso, y si muero de cáncer, habré muerto como burgués. Pequeña
pérdida en el plano sociológico, porque no se lamenta jamás la muerte de un
burgués. Pero en lo que hace a la esencia de la familia, creo que fueron los
griegos los que mejor la intuyeron. No por nada Edipo y su familia llegaron a
ser el símbolo de la familia propiamente dicha. También el destino horroroso de
Fedra se descubre en el verso que la señala como la hija de sus padres:
La fille de Minos et de Pasiphaé
Incluso la
buena Ifigenia alemana (aunque, como es sabido, es únicamente de Goethe) intuye
hasta qué punto es fatal ser la hija de su familia. Sin embargo no hay
personaje que muestre la hermosa vida de familia como el de Cronos, que devora
a sus propios hijos. Creo que esta bella y antigua costumbre ha seguido siendo
una tradición hasta el día de hoy, y seguramente entre nosotros no hay nadie
que no pueda aplicarse a sí mismo estas palabras:
Mi madre que me sacrifica,Mi padre que me devoró.
Claro que hoy
en día se es más civilizado y no se toman ya el tenedor y el cuchillo para
devorar a los propios hijos (porque los modales en la mesa son muy complicados
en el lugar del que yo provengo), sino que, simplemente y gracias a una
educación apropiada, se logra que los niños desarrollen un cáncer después; de
esta manera y según la costumbre de los antiguos, pueden ser devorados por sus
padres.
Sólo que no
todos los hijos son igualmente digeribles.
Por eso no
creo tampoco que mi estado actual pueda ser llamado «resignación». Antes, yo
tenía por dogma que me iba «bien»; pero ese estar bien se veía asaltado por
miedos siniestros acerca de que, sin embargo, hubiera algo de falso en esa
apreciación. Esa había sido justamente la resignación: que yo me hubiese
contentado con no tocar jamás, en ninguna circunstancia, cualquier cosa que
hubiera podido avivar esos miedos. Fue resignación el hecho de no abrir jamás
el armario para que el esqueleto que colgaba dentro no cayera en el salón.
Ahora ya no me va «bien», sino que me va mal, pero por otra parte ya no hay
esqueleto en el armario y además existe la posibilidad de que alguna vez no me
vaya mal.
Para
finalizar, quisiera anotar aquí todavía un aspecto de mi historia que tiene
algo de mágico, sin que esto signifique que yo lo tome en broma: el aspecto
astrológico.
Yo,
naturalmente, nací bajo el signo de Aries, considerado en realidad el verdadero
signo de Marte. En la astrología antigua también el signo del águila (que en
algunos aspectos se ha mantenido, por ejemplo como símbolo del evangelista
Juan, aun cuando el águila ha sido reemplazada hace mucho tiempo en la
astrología ordinaria por el signo de Escorpio) era considerado un signo de
Marte; sin embargo, desde que Escorpio tomó el lugar del águila, este signo del
zodíaco ha sido referido a menudo al planeta Plutón. Por lo tanto Aries es, más
que nunca, el verdadero representante de Marte.
Como todos
saben, Marte es el dios de la guerra, de la agresión y de la fuerza creadora
(sabemos desde hace siglos que la guerra es la madre de todas las cosas), de la
primavera y del comienzo del año (sabemos que entre los romanos el primer mes
del año era el mes de marzo, dedicado a Marte, y fue ese molesto Jesús quien
trajo con su nacimiento inoportuno el desorden en el hermoso orden antiguo).
Marte es el dios de la renovación y del principio creador, y en realidad el
dios de los creadores y de los artistas. En realidad también Apolo, muy
estimado en ciertos círculos (yo personalmente no lo estimo), tiene algo que
ver con la cultura; pero este adolescente un poco soso, con su sempiterna lira
y el peinado a lo Botticelli, es en realidad más el dios de los literatos que
el dios de los poetas, y corresponde más bien al suplemento literario dominical
de la Neue Zürcher Zeitung que al mundo de los verdaderos poetas, que en su
esencia pertenece a Marte.
Los seres
humanos nacidos bajo el signo de Aries y bajo la estrella de Marte son por su
naturaleza profundamente agresivos, y también creadores (en cuyo caso,
naturalmente, tomo la palabra «agresivo» no en sus atributos a menudo
erróneamente utilizados de «rabioso, buscapleitos, malo», sino en el sentido
más general como «capaz y deseoso de medirse con todo»), y necesitan sobre todo
un punto de apoyo para poder ejercer su acción y afirmarse. Si a un ser humano
nacido bajo Marte le faltan ese punto de apoyo exterior y esa resistencia,
entonces vuelve su agresividad natural hacia dentro y se destruye a sí mismo.
Pero el signo
del zodíaco de Cáncer corresponde al planeta Luna (utilizo aquí la
significación tradicional de la palabra «planeta» y no la moderna acepción
astronómica) y la cuarta casa astrológica. Pero la Luna,8 que en las lenguas
romances es designada más correctamente de manera femenina —Luna, la diosa de
la noche, o bien: Isis, Astarté, Artemisa, Diana, Hécate—, encarna a la Gran
Madre, al principio femenino, a lo pasivo, lo receptivo y lo inconsciente. La
cuarta casa representa todo aquello de donde proviene el ser humano, su origen,
su casa paterna, su relación con el suelo patrio, generalmente su familia y
todo lo que concierne a ella. El signo mismo de Cáncer encarna perfectamente al
ya mencionado cangrejo ermitaño, que no conoce ni quiere saber otra cosa que
ocultar su parte trasera vulnerable y sin protección en el alojamiento
protector de su concha de caracol, que aspira siempre al hogar, a la intimidad,
a la casa (ya sea la concha del caracol o la citada cuarta casa astrológica). Este
cangrejo siempre se agazapa en su casa, se esconde igualmente en su soledad y
en su aislamiento, busca refugio en todo aquello que favorece su aislamiento,
se adormece en una vida infantil, íntima y regresiva, porque en todas las
cuestiones el Cáncer9 marcha justamente hacia atrás. No quiere tener nada que
ver con la realidad, porque probablemente la encuentra demasiado «complicada»,
prefiere por el contrario retirarse a un mundo de sueños irreal y quimérico y,
tal como lo indica el manual de astrología, «cuando no puede vivir su sueño,
sueña su vida». Nunca participa en nada, al contrario: contempla todo desde
lejos, en la seguridad de su casa, ya que la realidad sería demasiado concreta
y demasiado poco tierna y delicada para él.
Es fácil
imaginarse lo que sucede con Aries cuando cae en la influencia de la cuarta
casa, de la casa paterna, de la casa materna y de la casa familiar: pierde el
punto de apoyo hacia fuera, ese punto de apoyo que tanto necesita; de pronto,
para él ya no existe lo exterior sino sólo lo interior; su agresividad recae
sobre su propia persona y comienza a agredirse a sí mismo; cae en la zona de
influencia de Cáncer y contrae —ahora la palabra adquiere una significación
tanto simbólica como astrológica como médica— el cáncer.
¡Como si
todavía fuera necesaria la astrología! No importa tanto si uno cree o no en la
astrología; pero si alguien es sensible a ello, no puede más que compartir ese
saber: lo que le sucede a alguien que se encuentra atrapado en la situación
descrita en este relato ya está escrito en las estrellas. Esto es mucho más
claro todavía que el mensaje explícito y conocido por todos desde siempre del
profesor Freud; se puede leer cada noche en el cielo, con o sin telescopio.
Creo que, una vez más, también aquí se trata mucho menos de los hechos ocultos
que de los ojos que quieren ver y de los oídos que quieren escuchar.
Ésta es mi
vida. Yo creí en el mejor, el más sano, el más armonioso, el más estéril y el
más falso de todos los mundos; hoy me encuentro frente a un montón de ruinas.
Sin embargo, ¿no es mil veces mejor encontrarse frente a un montón de ruinas
que delante de un árbol de Navidad tambaleante, obligado a soportar los miedos
más tremendos de que ese enfermo estúpido finalmente caiga, se rompa y se
arruine definitivamente? Con esto quiero llegar a la moraleja de esta historia:
Antes el cáncer que la armonía. O en español: ¡Viva la muerte!
Zúrich,
4-IV-1976
Segunda parte
«Ultima necat»
Hace algún
tiempo escribí la historia de mi enfermedad con la esperanza más o menos
fundada de que una recapitulación y una confrontación con mi pasado pudiesen
ayudarme a distanciarme de él o, tal vez, hasta me permitieran sobreponerme a
ese pasado. Ha ocurrido exactamente lo contrario. Desde que me ocupé más
estrechamente de él, el sufrimiento que siento al enfrentarme con mi historia
se abalanza sobre mí con redoblada violencia y una intensidad jamás alcanzada.
Escribir mis recuerdos no me ha deparado la calma, sino, al contrario, una
agitación y una desesperación aún más aguda.
La enfermedad
del alma ya no es una depresión que acompaña y envenena mi vida oficial; en
este momento se ha convertido en un fuego devorador que todo lo consume, y es
mi vida exterior lo que ahora me acompaña: mi trabajo, mis amigos, mi cáncer.
Del mismo modo
que he admitido desde hace mucho la existencia de una interacción entre el
estado del alma y el estado del cuerpo, debo rendirme ante la evidencia de que
mi estado físico se ha agravado súbitamente. El pequeño tumor canceroso que
tenía en el cuello hace dos años y medio, y que se expandía un poco en esa
zona, se ha convertido en un cáncer generalizado: el cuerpo entero está siendo
devorado por él y por todas partes y de continuo tengo nuevas metástasis. Estoy
constantemente en tratamiento médico y paso la mayor parte de mi tiempo con los
médicos. Nuevos síntomas se manifiestan sin cesar y cada nuevo síntoma dice una
vez más y siempre lo mismo: Memento mori. Naturalmente también tengo miedo,
aunque ya no tanto como antes. Cuando apareció mi enfermedad, a cada nueva
hinchazón y a cada nuevo dolor me decía: «¡Con tal que no sea de nuevo un signo
de cáncer!» Actualmente puedo contar sin problemas una media docena de lugares
de mi cuerpo donde se puede ver y sentir, por ejemplo, cómo el hueso se va
descomponiendo cada vez más, y en esas condiciones ya no tengo que temer que
pueda ser un cáncer: sé que es el cáncer.
A nadie le
gusta tener cáncer y a mí tampoco. Pero no puedo darle más importancia de la
que merece. Ni el cáncer ni el hecho de que esté a punto de morir de esta
enfermedad son para mí lo principal. El cáncer no es más que la ilustración
corporal del estado del alma. Tener miedo de la muerte y sentir pena cuando uno
muere es a mi modo de ver algo completamente normal; y todo lo que es normal en
mí jamás me ha producido grandes penas. La angustia frente a la muerte también
es un sentimiento, pero pequeño e insignificante comparado con las crisis
emocionales que me torturan verdaderamente.
La angustia y
la desesperación ya no me dan tregua. Se diría que hay un volcán que hace
erupción en mi interior y que no podrá extinguirse mientras yo viva. Cuando
durante la noche no puedo dormir y me debato en la cama sudando, gimiendo y
aullando, o cuando recorro el apartamento en incesantes círculos gritando como
un loco e insultando a las paredes de mi habitación, es ese volcán que entra en
erupción. Además, siento constantemente sensaciones físicas muy precisas. A
menudo es como si hundieran lentamente una espada en mi columna vertebral,
hasta las últimas vértebras lumbares, y frecuentemente todo mi cuerpo es
sacudido bruscamente por el dolor. No se trata de estremecimientos, no es ni
calor ni frío, no es el tiempo que hace ni tampoco el tener que madrugar el
lunes lo que me sacude. Es el dolor de mi alma, sin velos y sin máscara, que
arroja el cuerpo a una desesperación impotente y sin ninguna salida.
Esas
reacciones del cuerpo no tienen nada de racionales en sí mismas, no tienen
ninguna finalidad, se producen, simplemente. Tampoco la historia de mi vida
tiene sentido ni lleva a ninguna parte, ésta se produce, simplemente; pero eso
es justamente lo que caracteriza a todas las historias, que lo único que hacen
es producirse, poco importa que sean agradables o no.
Mi historia es
poco agradable. Sin embargo la escribo; o, mejor dicho: justamente por eso la
escribo. He decidido escribirlo todo y pienso que está muy bien así. Cuando a
uno lo golpean, grita. Gritar también es irracional, no sirve para nada y no
tiene sentido, pero está más o menos en el orden de las cosas el responder con
gritos a los golpes que se reciben. Y está bien que sea así. Por eso, también
está bien para mí escribir mi historia.
No tengo ya
necesidad de volver a hablar aquí de mi historia familiar propiamente dicha; ya
la he contado en mis recuerdos. Pero el resultado de esta historia familiar,
ese que, como producto, ha salido de esta familia que es la mía, ese desecho
humano al que llamo yo, me obliga a volver una y otra vez sobre él, pues el
conocimiento de mi estado de destrucción me perfora sin cesar como una
ametralladora. El sentimiento del fracaso me calcina el alma y el cuerpo.
Cuanto más me conozco a mí mismo, mejor me doy cuenta de cómo soy: destruido,
castrado, quebrado, deshonrado, encarnecido.
Cada velo que
descorro sobre lo que hasta ahora había quedado oculto en mi inconsciente,
revela una nueva perspectiva, más profunda aún, de desesperación; es como si el
sufrimiento sólo pudiera hacerse más profundo, eternamente, sin llegar nunca a
su fin. Mi universo está sumido en el dolor. De esta situación, que es la mía,
deduzco cada vez con mayor claridad la obligación de poner la cosa por escrito,
de comunicarla. ¿Por amor a quién tendría que callarme? ¿Por amor a quién
tendría que disimular la historia de mi vida? ¿A quién tendría que evitar
sufrimientos con mi silencio?
Si me callo,
evito sufrimientos a los que prefieren vivir en un mundo que sea el mejor de
los mundos posibles, a todos los que no quieren hablar de cosas desagradables y
que sólo desean reconocer lo que es agradable, a todos aquellos que rechazan y
niegan los problemas de nuestro tiempo en lugar de afrontarlos, a todos los que
condenan a la gente que condena lo que existe, aun a la más íntegra, y la
tachan de malvada, porque ellos prefieren vivir en una pocilga no criticada
antes que en una pocilga donde alguien ose pronunciar la palabra «puerco». Pero
es justamente a ésos a los que yo no quiero evitar sufrimientos ni prestarles
mi apoyo y con los cuales no quiero declararme solidario, puesto que son ellos
los que han hecho de mí lo que soy en este momento. Mi indulgencia no puede
alcanzarlos, únicamente mi odio. El lector sabe muy bien a quién estoy
aludiendo: a la sociedad burguesa, al Moloch que devora a sus propios hijos y
que, justamente, se apresta a devorarme también a mí y que dentro de poco me
habrá devorado completamente.
De todos los
vicios, hay uno que no debemos tener: la paciencia. Estoy pensando en uno de
los representantes más ejemplares de este rasgo del carácter, el Job del
Antiguo Testamento. En medio de toda su miseria, ni se le ocurre la idea de
tomar una posición, al contrario, agacha la cabeza o, como dice la Biblia: «En
todo esto no pecó Job ni tachó de injusto a Dios.» La mujer de Job, que
evidentemente es, de los dos, la que tiene un carácter más fuerte, le aconseja:
«¡Maldice a Dios y muérete!» Pero él le responde: «¿Cómo podría yo maldecir a
Dios? Estoy convencido de que no le agradaría a Dios que yo lo maldijera.»
¿Y si eso no
le gustaba? ¿Y si lo encontraba censurable? ¿Qué tendría de realmente terrible
si Dios se hubiese disgustado porque Job lo maldijera?
Por otra
parte, Dios pone muy pronto las cosas en su lugar y da a entender a Job que no
le resultaría nada agradable saber que se le critica. Entonces, el Eterno
respondió a Job desde el corazón de la tempestad y le dijo:
¿No he creado el Leviatán?¿Quién penetrará con el garfio sus
mandíbulas?¿Quién abrirá las puertas de sus fauces?Alrededor de sus dientes
habita el terror.
¿No he creado
el Leviatán, que es la más abominable de las criaturas? ¿No puede el Leviatán
morder, degollar, descuartizar, mutilar, aniquilar? ¿Cómo vienes tú a dudar de
mi autoridad, cuando yo soy el señor de todas las abominaciones?
Entonces
respondió Job al Eterno y dijo:
«Tienes razón.
Reconozco que eres el tipo más innoble, más asqueroso, más brutal, más
perverso, más sádico y más repugnante del mundo. Reconozco que eres un déspota
y un tirano y un poderoso que todo lo aplasta y mata. Ésta es una razón
suficiente para que yo te reconozca y te honre y te alabe como el único Dios
que concede la bienaventuranza. Tú eres el puerco más grande del universo. Mi
respuesta a esta situación de hecho es que me someto voluntariamente a ti, que
estás lleno de sentido para mí, y trato de amarte. Tú inventaste la Gestapo, el
campo de concentración y la tortura: reconozco por lo tanto que eres el más
grande y el más fuerte. Alabado sea el nombre del Señor.»
Se
sobreentiende cuál de las dos es la actitud moralmente más válida: la de Job o
la de la mujer de Job. Justamente porque Dios ha inventado al Leviatán, se
impone la obligación de rebelarse contra él, ya que si no lo hubiera inventado
no habría ninguna necesidad de rebelarse contra él. La reacción de Job no es
sólo cobarde, sino también estúpida.
Como tantas
cosas repudiables, también Job y su modo de ser han hecho escuela: en nuestros
días pululan los Job de ese tipo. Se los encuentra en todas partes; mi padre,
evidentemente, era uno de ellos. Pero justamente eso, el hecho de que los Job
sean tan numerosos, es lo que me obliga a no parecerme a ellos, a imitar a la
mujer de Job, y a maldecir a Dios mientras muero. No existe el derecho de
dejarse consolar mientras el consuelo no sea más que un sucio consuelo.
Hay una
cuestión de la que no me ocuparé aquí: la de saber para qué podría servir
verdaderamente maldecir al Creador del Leviatán. No es necesario que sirva para
algo; basta con hacerlo y tampoco el modo en que reaccionan los otros vencidos
tiene, a fin de cuentas, ninguna importancia; es suficiente con que por mí
mismo haya juzgado justo, para emplear una vez más aún la expresión bíblica,
«el maldecir a Dios». Poco importa si soy el único en ser demolido y carece de
interés comparar los destinos individuales. Todos los días veo innumerables
fracasados, enfermos, desquiciados, en la escuela, en las calles, en el
restaurante. Ya sea que los lleven en un sillón de ruedas o que los transporten
en una ambulancia después de un accidente de tráfico, que sea su inteligencia o
su alma la que ha naufragado, su número crece hasta el infinito. Después de
semejante comparación, no sirve para nada decirse que uno no es el único
vencido y que también los otros han sido golpeados por un triste destino; eso no
tiene ninguna utilidad ni para mí ni para los demás. A alguno le han aplastado
la pierna: es problema suyo. Yo soy neurótico: es mi problema. Cada uno debe
solucionar su problema y no ocuparse de la pierna que el otro ha perdido, ni el
otro de mi neurosis. Por eso no quiero tampoco contar en lugar de ellos la
historia de otros miles, ya que cada uno está solo con sus sufrimientos y su
soledad; cada uno tiene su propia historia.
A muchos de
ellos les tocó una parte peor aún que la mía. Es cierto, pero no hay que hacer
comparaciones de ninguna manera: cuando me duelen las muelas poco importa si a
mi vecino le duelen aún más que a mí. Yo no puedo luchar contra el dolor de
muelas del mundo entero; solamente puedo hacer que el dentista me saque mi
propio diente enfermo.
Y a pesar de
eso mucha gente está más dispuesta a prestar atención al dolor de muelas de su
vecino que al de sí misma, tal vez menor pero propio. O para formularlo de una
manera clásica: ven la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Cuando
yo era todavía un niño, en la sociedad que me veía obligado a considerar
entonces la mía, estaba en boga el uso de la expresión: «¡Ése debería ir a
Moscú!» dirigida a quienes se distanciaban de nuestro sistema helvético y
osaban criticarlo. Se quería expresar con eso que cualquiera que tuviese algo
que reprochar a Suiza no tenía más que irse a ese legendario Moscú, lugar donde
proverbialmente todo era mucho peor aún que en Suiza. «Ir a Moscú» significaba
más o menos que entre dos males había que elegir el menor, en lugar de
preguntarse si no se podía tratar de hacer algo para curar el mal que uno tenía
más cerca. Se decía: «Vete a Moscú» queriendo significar con eso: No estamos
dispuestos a escuchar ninguna crítica sobre nuestra forma de vida. Nos da lo
mismo que sea necesario corregirnos o no, preferimos invocar a «Moscú». ¡Que
empiecen por corregirse los «moscovitas»! La viga en nuestro ojo nos importa un
comino mientras la paja en el ojo ajeno puede servirnos de excusa.
Pero en
realidad ese Moscú legendario donde todo tiene fama de ser aún más negro que el
lugar donde justamente nos encontramos, no existe. Ya no existe un lugar donde
todo es siempre más negro que en El Dorado, donde todo es siempre más dorado
que en el lugar donde vivimos nosotros. El Moscú al que debían irse antaño los
no-conformistas es un lugar imaginario. Seguiría siendo un lugar imaginario aun
cuando en Moscú las cosas fueran mucho más negras que en Zúrich, como desean
muchos suizos; y no solamente porque se puede ser dichoso aun viviendo en Moscú
y desdichado aun viviendo en Zúrich. Inclusive si Moscú fuese el sombrío lugar
que describe la leyenda, ¿puede eso hacer feliz a un moscovita? Y aun cuando
las cosas fuesen tan maravillosas en Zúrich como se complacen en pintarlas en
este país, ¿de qué le sirve todo esto al zuriqués infeliz?
Sin embargo,
el Moscú descrito más arriba es un lugar imaginario por una razón mucho más
profunda. Cuando se trata de juzgar si una cosa es buena o mala, poco importa
que otra cosa sea mejor o peor; de dos cosas miserables, es lógico que una sea
mejor, y de dos cosas excelentes una ocupa forzosamente el segundo lugar y es
por lo tanto la peor. Si sólo se sabe de «Moscú» que es «peor», no se conoce
nada de ella y entonces Moscú deja, efectivamente, de existir. «Vete a Moscú»
no significa entonces ni más ni menos que «Vete al lugar que no existe». No hay
un camino a Moscú. Yo creo que en la vida no hay nunca realmente un camino a
Moscú. Cada situación en la que uno se encuentra es necesariamente la única
posible y nunca podemos decirnos: Dios sea loado, al menos no estoy en Moscú,
pues allá sería peor aún.
Cada vez que
veo pasar a mi lado a otro enfermo llevado en su sillón de ruedas, es como si
una voz me gritara: Alégrate, porque a ése le ha tocado algo peor que a ti, y
entonces es como si esa voz quisiera decir eso también: ¡Vete a Moscú! Pero aun
en comparación con esos otros enfermos, tampoco existe el camino a Moscú; yo no
estoy en otra parte, yo estoy aquí; yo no soy otro, yo soy yo y me encuentro en
el centro de mi propia tragedia, justo frente a la catástrofe final.
Ya he relatado
el contenido de este drama en mis recuerdos: soy el hijo neurótico de un padre
neurótico y de una madre neurótica; mi familia es para mí la quintaesencia de
todo aquello de lo que yo abomino, y sin embargo, como miembro de esa familia,
soy necesariamente un neurótico; me esfuerzo por arrancarme de mi pasado, pero
mi pasado me devorará ocultándose bajo la forma concreta del cáncer antes de
que yo haya logrado liberarme de él; lo que hay de aflictivo en toda esta
situación es que el asunto no está solucionado por el hecho de que yo no quiera
ser como mis padres y que desde entonces luche también para no ser como ellos,
sino que mis padres están en mí, mitad cuerpo extraño y mitad yo mismo, y me
devoran, del mismo modo que el cáncer que me devora es mitad una parte enferma
de mi propio organismo y mitad un cuerpo extraño en el interior de mi
organismo.
Ya me ha sido
formulada la pregunta diabólica de si por casualidad hubiese preferido ser mi
padre a ser yo mismo. No, naturalmente no. Mi padre formaba parte, él también,
de esa masa de gente cuyo destino ha sido peor que el mío; también mi padre es
uno de esos personajes que hacen pasar delante de mí en un sillón de ruedas al
tiempo que me preguntan: ¿Preferirías, por casualidad, ser ese tipo que pasa en
la silla de ruedas? Mi padre era un millonario cualquiera de la Orilla Dorada
de Zúrich, con un infarto y sesenta años de frustración. ¿Es preferible incubar
la muerte durante sesenta años al calor de la débil llama de la frustración, o,
mejor, morir a la temprana edad de treinta años a causa de la desesperación
producida por el cáncer? ¿El molino de la desesperanza debe girar más
lentamente durante sesenta años o es preferible, con un ritmo un poco más
rápido, estar al cabo de treinta años ya molido a muerte? Naturalmente yo
elegía la segunda posibilidad. Si ya, como descendiente de mi familia, no me
queda otra solución que dejarme triturar por la desesperación, prefiero morir a
los treinta años de mi desesperación convertida en cáncer que esperar durante
sesenta años el aneurisma liberador. Si no hay otra solución para mí que ser
destruido, prefiero un suicidio franco a un suicidio disfrazado.
¿Pero cuál es
para mí la utilidad de esta constatación? ¿Debo recordar la vida de mis padres
y decirme, para consolarme, que al menos yo no he sido mi padre? ¿Qué me
importa mi padre? Me parece que me están invitando de nuevo a irme a Moscú
cuando me proponen comparar mi propia vida con la de mi padre y considerar
entonces la suya la peor de las dos. Eso no me ayuda en absoluto. Mi padre está
muerto, ya murió; y el que muere ahora soy yo.
Y no tiene
nada que ver con mi propia muerte el que yo me diga ahora que mi padre,
muriendo, se liberó de un estado de su alma mucho más penoso que el mío.
Yo creo que en
numerosos casos hasta morir puede significar «ir a Moscú». La muerte reconcilia
con muchas cosas, y sobre todo con ciertas cosas con las que haríamos bien en
no reconciliarnos. Se nos sugiere: De mortuis nihil nisi bene. ¿Y por qué? Si
justamente lo que concierne a esos muertos no era bene, ¿por qué habría que
olvidar todo lo que ellos tenían de malo solamente porque han muerto? No estoy
pensando aquí en la costumbre de afirmar, con respecto a todos nuestros
difuntos, que fueron buenos y amables y nobles criaturas, sino, más bien,
pienso en mi propia muerte. Creo que frente a la propia muerte también podemos
sentirnos tentados de estilizarnos en un ser mejor de lo que fuimos en
realidad. Creo que, hasta en el momento de morir, la invitación tentadora se
hace oír una vez más: ¡Vete a Moscú!
Si en este
momento debo resumir y juzgar mi vida no puedo hacer otra cosa que llegar a la
conclusión de que ha sido una vida equivocada y fracasada. Mientras hay vida,
uno puede consolarse siempre diciéndose que la vida no ha fracasado más que
«hasta ese momento» y que en el futuro tal vez podrá mejorar. Pero frente a la
muerte no existe esa vía de escape y tampoco el «hasta este momento»; entonces
ya sólo se puede decir: «es un fracaso». En esa situación extrema tampoco hay
posibilidad de escapar a Moscú; frente a la muerte no sirve para nada ni vale
de nada ponerse gafas de color rosa y fingir que la vida de uno «no ha sido tan
terrible y que uno muere enteramente reconciliado consigo mismo y con el
mundo».
Si no es
cierto que uno muere reconciliado consigo mismo y con el mundo, tampoco hay que
decirlo, ni siquiera in articulo mortis, donde toda posibilidad de ayuda y de
mejoramiento posible y toda posibilidad de consuelo están excluidas.
En la novela
Effi Briest de Fontane, poco antes de morir por la pena que le causaron, por
incomprensión, sus padres y su esposo, la protagonista declara a su madre que
muere perfectamente tranquila, reconciliada y en paz. Compara la vida con un
banquete tal como está escrito en un libro: uno de los convidados ha debido
abandonar la mesa antes de tiempo, cosa que, sin embargo, no puede decirse que
sea una gran pérdida. Cuando se pregunta qué sucedió después de su partida, le
contestan: en realidad, no te has perdido nada. Effi es una mujer muy joven,
casi una muchacha, cuando muere de pena, pero ella se ha resignado, piensa que
no ha perdido nada. ¿Feliz o infeliz Effi? Cosa significativa: mi padre jamás
soportó la novela Effi Briest. La sola posibilidad de que alguien se inquietara
al fin de su vida por saber si valió o no realmente la pena vivir, le chocaba.
No puedo explicarme esto sino pensando en que era por el miedo que tenía de
formularse siquiera la pregunta; pero indudablemente él no podía sentir ese
miedo más que porque estaba seguro de cuál sería la respuesta. ¿Feliz o infeliz
padre, que no osaba preguntarse, sin embargo, si no se había equivocado en
algo, aunque hubo, de todos modos, «aún un montón de otras cosas» en la vida?
Cuando no se
ha hecho más que llevar a cabo «un montón de cosas» en la vida, se ha
conseguido muy poco y no se ha tenido éxito en la vida. Ante la pregunta de qué
es lo que los hombres quieren lograr ante todo, me digo que la primera meta de
los hombres es la felicidad. Con el nombre de felicidad yo me imagino un estado
que consiste en que el hecho de que existir no constituya en absoluto un
tormento para el hombre, que uno ame la vida y que incluso vivir le produzca
placer. Yo no conozco ese estado y no lo he conocido nunca. La facultad de ser
feliz está destruida en mí. Sin duda ése es el signo auténtico de la neurosis:
neurótico es aquel que no puede ser feliz. La expresión más neta de esta
impotencia para ser feliz es seguramente la impotencia sexual. La destrucción
de mi capacidad sexual es sin duda el daño más grande que he recibido. Mi alma
está castrada, no tengo impulsos sexuales, no puedo experimentar sentimientos
sexuales ni hacia las mujeres ni hacia los hombres. Jamás tuve relaciones con
las mujeres puesto que no puedo amarlas y no puedo desearlas. Lógicamente, ésta
es la razón por la que tampoco soy capaz de realizar el acto sexual, aunque
fuera sin sentimientos ni excitación y de una forma puramente mecánica; no
puedo obtener por la fuerza aquello que no existe y por eso sigo siendo
físicamente impotente.
Otro signo
típico de la neurosis es que no puedo reír. Signo tal vez algo menos dramático
que el que concierne al sexo, pero no por eso menos abrumador. Si es tan
agobiante, es porque uno no puede tampoco forzar la risa. No puedo reír porque
no hay nada que ría en mí. Ésta también es una incapacidad y una impotencia que
no se puede corregir con la voluntad. No puedo ordenarme reír, no hay nada que
ría, todo está simplemente muerto.
Actualmente se
emplea la palabra frustración para designar tales incapacidades, y la
frustración sexual es, sin duda alguna, la más funesta de todas. Esta
frustración es, efectivamente, de naturaleza ética, ya que tiene que ver con el
honor y no existe más honor que el sexual. Yo creo también que las nociones de
«honor» y de «sexualidad» son idénticas; son los sinónimos de una misma noción.
En todo caso, yo lo siento así. Si yo preguntara de qué materia se compone
entonces la frustración sexual, sólo podría responder; «deshonor, vergüenza».
Ahora bien, el elemento más funesto de la frustración sexual es la vergüenza
sexual que sufro. También este sentimiento se manifiesta a menudo en mí a
través de una sensación física: me veo forzado a bajar la cabeza porque no me
puedo arrogar el derecho de mantenerla alta.
Decir que me
siento roído por la frustración es también algo más que un simple modo de
hablar, es pasar, concretamente, al nivel del cuerpo. Sí, yo estoy siendo
realmente roído, en este caso por el cáncer. En realidad, eso es el cáncer, su
causa, su origen, su desesperación, mucho más allá de todo lo puramente médico.
Pero el
segundo objetivo específico de la vida humana me parece que es el sentido. Si
no se puede ser feliz, uno quisiera al menos que la vida, incluso la vida
infeliz, tuviera un sentido. Sin embargo, según me parece, la noción de sentido
sirve de pretexto para toda clase de estupideces. Me refiero con ello a esa
tendencia tan de moda a querer ver a toda costa un sentido en cualquier cosa.
Culpable, en primer término, de la perversión de la noción de sentido es la
religión cristiana, que nos enseña que ningún gorrión cae del tejado sin la
voluntad del creador de ese pájaro. La religión cristiana enseña: si el gorrión
permanece sobre el tejado es porque así lo quiere Dios y eso tiene un sentido;
si el gorrión cae, también es por voluntad de Dios y eso tiene un sentido,
solamente que nosotros no entendemos ese sentido. Entonces, si el pájaro
permanece sobre el tejado, eso tiene un sentido que podemos comprender; pero si
el pájaro cae del tejado, eso tiene un sentido que no podemos comprender en absoluto.
Ergo, todo tiene un sentido. En este razonamiento hay una contradicción que me
disgusta hasta tal punto que no podría soportarla sin hacer nada. En un momento
semejante habría que inventar al dios que creó a ese gorrión (ya que,
personalmente, creo que él no existe) nada más que para romperle el hocico.
Estoy
convencido de que el sentido existe. Y, como consecuencia necesaria, el
sinsentido también existe. No puede ser que todo tenga un sentido; ciertas
cosas deben carecer de sentido. Tampoco de la vida de un hombre se puede
pretender que ésta tenga a toda costa un sentido. La falta de sentido existe y
aun cuando nos hagamos la pregunta sobre el sentido de la vida en el instante
de la muerte, en el cual, como se ha dicho, ya no hay escape posible a Moscú,
eso no cambia en nada el hecho de que entonces hay que responder con un sí o
con un no a la pregunta sobre el sentido de la vida. Cuando la respuesta es no,
es doloroso para el interesado, pero no por eso resulta menos cierta.
Ahora bien, yo
no puedo descubrir sentido en mi vida. Mis padres neuróticos han producido en
mi persona un ser que si no fue lo suficientemente débil de cuerpo para morir
al nacer, su alma ha sido demolida de tal manera por el medio neurótico en el
cual se desarrolló, que tampoco era apto para una existencia que se pudiera
calificar de humana. Durante treinta años he existido en lo que respecta al
cuerpo, pero durante el mismo lapso he estado muerto en lo que respecta al
alma. Ahora, después de treinta años de esterilidad, el cuerpo también se
desintegra y el producto inapto para vivir se destruye a sí mismo. ¿Tiene algún
sentido que entre la muerte de mi alma y la de mi cuerpo hayan transcurrido
treinta años de miseria, de depresión y de frustración? ¿Tiene algún sentido
que yo no muriera al nacer? No, yo no puedo encontrarle un sentido a todo esto.
No puedo encontrarle un sentido al hecho de que mis padres produjeran esta
criatura sufriente que soy y a la cual, para encaminarla en la vida, sólo han
podido transmitirle su propia incapacidad para vivir y su propia neurosis.
Hubiera tenido mucho más sentido que no me hubieran engendrado, que se hubieran
abstenido de ello. Hubiera tenido más sentido que mi padre se hubiese hecho
esterilizar y que mi madre no hubiera sido fecundada. Pero las cosas no se
dieron así y yo digo que no ha tenido sentido el que no sucedieran así.
Sin embargo,
encuentro aún un tercer objetivo posible para la vida humana después de la
felicidad y del sentido, a saber: la claridad. Si no puedo ser feliz y si mi
vida no puede tener un sentido, puedo todavía explicarme lo que soy y qué es mi
vida. A este respecto creo percibir claramente cierta lógica y coherencia en mi
vida. Ya hablé del temperamento neurótico de mis padres y de que debo admitir
que ellos tampoco eran seres felices. Si examino el desarrollo de mi vida, se
desprende de él una lógica catastrófica: la neurosis de mis padres es la causa
de mi propia neurosis; mi neurosis es la causa del tormento de toda mi vida; mi
tormento es la causa de que yo haya contraído el cáncer y éste, por último, es
la causa de mi muerte. No es una historia divertida, pero es clara. La historia
de mi vida me ahoga mortalmente, pero es clara para mí. He descubierto en ella
una fatalidad de la que no puedo decir: «Ay, esto no puede ser»; por el
contrario, no puedo más que tomar conciencia de que existe. Es lo que
comúnmente se dice: «apurar el cáliz hasta las heces» para constatar enseguida:
es así, así y no de otra manera.
Reconozco
también la necesidad de sacar el mayor partido posible de cada situación, lo
que me lleva a la necesidad de la honestidad: una vez que hemos reconocido que
una causa está perdida, es deshonesto negarse a constatarla. Más vale una
derrota confesada que inconfesada.
Yo no lo
logré; hubo una derrota, la guerra está perdida. Pero ¿guerra contra quién?
¿Quiénes son mis enemigos? Es difícil de decir, aunque no faltan las palabras:
mis padres, mi familia, el medio en el cual crecí, la sociedad burguesa, Suiza,
el sistema. Un poco de todo, eso es lo que está contenido en lo que yo llamaría
el principio que me es hostil, aun cuando ninguna de esas palabras exprese toda
la verdad. Se podría tratar de definir como una fuerza superior anónima,
completamente amorfa, en la cual las nociones como «mis padres» o «la sociedad»
brillan por momentos como chispas pasajeras. Por otra parte, en mis actuales
condiciones, yo no me preocupo tanto por saber quién y en qué medida puede
formar parte de esa fuerza superior anónima, ya que creo que, al menos aquí y
ahora, en Zúrich, en Suiza, dentro de nuestro sistema político, cada uno ha
sido amenazado y perjudicado por ese principio hostil anónimo. Ya he indicado
en mis recuerdos que no me considero un caso único en su género sino solamente
un caso en medio de muchos otros, si bien el mío es, tal vez, particularmente
grave. Todos han sufrido el mismo perjuicio que yo. Tal vez a algunos esto no
les haya afectado gran cosa, puede ser que otros lo hayan superado, quizás
otros hayan tenido más dificultades para soportar su peso pero logran
mantenerse a flote, y otros, finalmente, no lo han superado y corren hacia la
ruina.
Según Sartre,
en esta situación que es manifiestamente propia de la humanidad, lo esencial no
sería «lo que se ha hecho del hombre, sino lo que él hace a partir de aquello
que se ha hecho de él». Una frase que yo podría hacer mía.
Seguramente
puede que haya una oportunidad de hacer todavía algo con lo que han hecho de
nosotros, puede ser también que cada uno tenga esa oportunidad. Hasta yo podría
haberla tenido. Tal vez, si el perjuicio que me causaron mis padres (y todo lo
que forma parte de la noción de «padres») no hubiese sido tan desmesurado, me
habría sido imposible, temporalmente, ser yo mismo antes que el cáncer me
hubiera devorado. Tal vez si el término de mi enfermedad se alejara, se me
concedería aún cierto plazo en el curso del cual podría vencer mi neurosis. Tal
vez. Pero estas hipótesis son ociosas, ya que en realidad no hay nada de todo
eso, o, para citar otra vez a Sartre, yo no he logrado hacer otra cosa que lo
que han hecho de mí. Y han hecho algo de mí: me han demolido; pero yo no logré
sobreponerme a esa «demolición», como exige Sartre.
Hay todavía
otro punto que forma parte del inventario de mi vida. Yo definiría mi tragedia
diciendo que no pude ser ni encarnar en mi vida todo lo que se me aparecía como
lo único digno de ser vivido porque, en mi vida, evidentemente no fueron mi
voluntad, mis sentimientos y mi yo los esenciales, sino sólo y siempre la
herencia de los otros en mí: no es que yo quisiera lo que sucedió, sino lo que
mis padres —o, mejor, mis «padres» entre comillas— depositaron en mí. Así por
ejemplo, mis padres depositaron en mí la idea de que la sexualidad no existe en
mí, aunque en la parte de mi yo que designaría como «yo mismo» la sexualidad
sea el más alto de todos los valores. Creo que es la parte más ínfima de mi ser
la que es «yo mismo»; su parte mayor está envenenada, violada y destruida por
el principio hostil descrito más arriba cuyos más típicos representantes fueron
para mí mis padres. Es como un gigantesco cuerpo extraño en mí, que es mucho
más grande que la parte de mi yo llamada «yo mismo» y que me roe y me hace
sufrir.
Sin embargo,
la noción de «cuerpo extraño» hace visible la frontera entre lo que es extraño
y lo que es propio, y ésa es justamente la meta de ese objetivo de mi vida que
he llamado la claridad: descubrir cuál es la última pequeña parte de mi yo que
no fue envenenada por mi pasado, qué parte de mi yo puedo reconocer sin verme
obligado a volverme lleno de rabia y de disgusto. Creo que en este aspecto
puedo, una vez más, hacer un paralelismo entre mi neurosis y el cáncer.
Así como mi
cuerpo se ve invadido por la proliferación del cuerpo extraño «cáncer» (cuerpo
extraño que, por otra parte, está compuesto por células de mi cuerpo que no
eran malignas al principio), también mi alma ha sido invadida por la
proliferación del cuerpo extraño «padres» que, tal como los tumores cancerosos
del cuerpo, no conoce otra finalidad que la de destruir todo el organismo. Como
es sabido, los tumores cancerosos no duelen por ellos mismos; los que duelen
son los órganos sanos que son comprimidos por los tumores cancerosos. Creo que
puede aplicarse esta misma explicación a la enfermedad del alma: todo lo que me
duele es mío. La herencia de mis padres en mí es como un gigantesco tumor
canceroso; todo lo que sufre por su causa, mi miseria y mi tormento y mi
desesperación, soy yo. Yo no soy solamente como mis padres, yo soy también
diferente de mis padres: mi individualidad consiste en el sufrimiento que
siento. Mi vida es más trágica que la de mis padres, sus vidas fueron más
deprimentes que la mía: mis padres se destruyeron sin que jamás se les
ocurriera la idea de que, también para ellos, podría existir una posibilidad de
salir de su resignación. Yo entreví la posibilidad de que podría haber tenido
una oportunidad; el hecho de que no se haya presentado provoca mi
desesperación, que, a causa de la mortal decepción que la acompaña, es mucho
más furiosa y ardiente que el estado depresivo de mis padres. El hecho de que
yo esté desesperado hasta tal punto también me diferencia de mis padres, que no
quisieron correr el riesgo de vivir sin esperanza. La forma en que muero es
igualmente diferente de la forma en que murió mi padre: así, se puede aplicar a
mi padre la fórmula algo convencional de que el reloj desgastado por la edad se
llenó de polvo hasta llegar al punto en que terminó por detenerse; durante
cierto tiempo el reloj continuó penosamente haciendo tictac y después se
convirtió en un montón de herrumbre. Yo describiría mi propia muerte como una
explosión de desesperación. Pérdidas y fracasos. Pérdidas y fracasos también
puede considerarse convencional, pero no tan terrible como el caso del reloj.
Y además el
odio; ese odio que a pesar de toda esta ausencia de esperanza, esta carencia de
sentido, esta falta de salida, da zarpazos y muerde todavía y detesta como un
animal acorralado: eso también soy yo. Estoy destruido, pero no pacto con los
que me han destruido. Hasta la última porción de mi yo, agotado por el
sufrimiento y el tormento, devorado por el cáncer, muere ahora, pero
protestando. La protesta es una noción que sobrepasa la del sentido o la del
sinsentido. ¿Tenía sentido el que Ulrike Meinhof hubiera declarado la guerra
total a todo un país? «Tener sentido» no es, indudablemente, la palabra justa
para eso, «no tener sentido», tampoco. Puede ser que lo que hizo tampoco
tuviera sentido, lo admito, pero era coherente. Yo no sé cuáles son las
circunstancias que impulsaron a Ulrike Meinhof a convertirse en terrorista;
pero en ningún caso podría tratarse de buenas circunstancias, ya que nadie se
hace terrorista porque las cosas le van bien. Y probablemente su vida era una
vida desdichada, puede ser que hasta fuera una vida desprovista de sentido,
pero había una cosa en su vida: el espíritu de lucha. Es cierto que, por el
momento, yo no arrojo bombas; pero creo tener yo también espíritu de lucha.
Aunque ese espíritu sea lo único que tengo.
Cuando me
pregunto si realmente no existen para mí la felicidad, el consuelo y la
liberación, no puedo eludir la respuesta a esta pregunta, y esa respuesta es:
no. Esas cosas no me han sido dadas por la vida. Pero en cambio la vida me ha
traído otras: la claridad, la facultad de ver la catástrofe que es mi vida, de
comprenderla y de no engañarme con falsas ilusiones; y en segundo lugar, la
fuerza para soportar la verdad de lo que sé. Mi vida es un infierno: lo sé y
afronto este hecho sin maniobras de encubrimiento.
Ahora estoy en
el campo de concentración y mi parte de la herencia «paterna» está a punto de
enviarme a la cámara de gas. Pero yo estoy en el interior del campo, y los que
quieren mandarme a la cámara de gas están fuera. Dentro del campo yo tengo
cierta libertad individual, aunque sea una de las más limitadas. Tengo la
libertad de elegir si voy a gritar al recibir los golpes o a someterme con los
malos tratos. Puedo elegir si, mientras me ahogan con el gas, voy a gritar
«Heil Hitler» o «Asesinos». Tengo la libertad de reconocer la perversidad de la
sociedad que ha hecho de mí lo que soy, y de sufrir por este conocimiento.
También podría resignarme y decir sí y amén a mi asesinato. Esta voluntad de
tomar distancia de mi pasado familiar en la medida en que él me hace sufrir, es
mi libertad. Me han demolido y destruido, castrado, violado, envenenado y
matado; pero es justamente esta libertad individual, que es la mía, la que me
diferencia de una cabeza de ganado a la que, simplemente, se abate; en eso,
hasta yo llego a adquirir cierta dignidad humana.
Creo que es la
inmensidad de mis sufrimientos la que finalmente me emancipa, a pesar de todo,
de mi pasado familiar (en el medio que era antes el mío existía la costumbre de
morir de una manera más conveniente). Yo me he apenado a muerte, muero de
dolor. Puede ser que tenga que pagar con mi muerte mi voluntad de ser diferente
de mis padres. Tal vez el cáncer sea, en sí mismo, una libre decisión, el
precio que estoy dispuesto a pagar para liberarme de mis padres. Se podría
objetar aquí que esto sería lo mismo que arrojar al bebé junto con el agua del
baño. Pero si de todos modos el niño ya está perdido, si de todas maneras el
niño debe morir, entonces, en realidad, ¿no hay que tirar por lo menos el agua
del baño, sobre todo si el baño es aborrecido hasta tal punto que haya que
arrojarlo a toda costa? La emancipación, con respecto a mi pasado familiar,
debe concretarse a toda costa, ya que la opresión que ejerce sobre mí
constituye esta enormidad que invade mi vida; no hay, realmente, más precio que
la muerte; entonces, incluso morir no es pagar un precio demasiado alto. Ningún
precio es demasiado alto si lo que se adquiere con él representa una necesidad.
También podría resignarme y acomodarme simplemente a lo que soy, tal como
hicieron mis padres; pero entonces sería un traidor frente a esa pequeña parte
de mi yo que he denominado mi «yo mismo». Si me resignara y sufriera menos por
lo que soy, tal vez no llegaría a morirme de pena y podría continuar viviendo.
Entonces habría comprado mi vida al precio de esa parte de mí que es la única
que aún no ha sido envenenada. Entonces mi derrota se vería más agravada aún
por el hecho de que, además, me habría convertido en traidor a mí mismo. El
hecho de que tal cosa no haya sucedido representa para mí, a pesar de todo, en
medio de la inmensa derrota, una pequeña victoria.
Zúrich,
7-VI-76
Tercera parte
El caballero, la muerte,
el diablo
Siento ahora
la necesidad de escribir todavía una tercera parte de mi historia, si bien creo
que ni mi situación ha cambiado en su esencia ni yo he llegado a nuevas
conclusiones. Para mí, todo queda como estaba antes; sin embargo, las cosas han
cambiado. Quisiera aclarar esto mediante un ejemplo que, una vez más, creo que
tiene un carácter psicosomático. Digo esto porque desde hace poco el
diagnóstico médico de mis males es algo distinto del de antes. Después de
repetidos exámenes, los médicos han llegado a la conclusión de que yo no tengo
cáncer, sino otra enfermedad llamada linfoma maligno. Esta enfermedad tiene
características similares a las del cáncer, pero además presenta algunas
diferencias con él, suficientes para asignarle otro nombre. A este respecto
podemos agregar lo siguiente: esas diferencias entre el linfoma maligno y el
cáncer son demasiado poco manifiestas como para que las pueda reconocer un
profano en el campo médico. A los ojos de un profano, yo sigo teniendo «una
especie de cáncer»; solamente un médico puede determinar que mi enfermedad no
es un cáncer. También es posible considerar la cuestión desde la perspectiva
histórica: hace relativamente poco tiempo, la medicina no hubiese estado en
condiciones de reconocer mi enfermedad como un no-cáncer, y la habría
calificado como tal. Por tanto se necesitan determinadas circunstancias bien
definidas para poder reconocer la diferencia entre el cáncer y el no-cáncer.
Además, hay
que tomar en consideración mi situación individual y concreta. También el
linfoma maligno es una enfermedad maligna y, por lo mismo, mortal. Si muero
dentro de poco tiempo a causa del linfoma maligno, será para mí lo mismo que si
muriera de cáncer. O bien, lo que es lo mismo, aun cuando tuviera cáncer —tal
como se creyó hasta hace poco— y hubiera sobrevivido a pesar de su malignidad.
También los valores estadísticos se vuelven relativos a causa de esta
afirmación: es verdad que las posibilidades de sobrevivir en el caso del
linfoma maligno son algo mayores que las del cáncer; pero para el enfermo no
tiene importancia si muere a causa de una enfermedad con mayores posibilidades
estadísticas de supervivencia o a causa de otra. Para el enfermo, una sola cosa
tiene interés: recuperar la salud; le resultan indiferentes las cifras
estadísticas referentes a las posibilidades de curación.
Por eso creo
que la diferencia mayor entre mi actual situación médica y la anterior es
puramente estilística. La palabra «cáncer» designa todo aquello que, por
definición, es maligno, la palabra «linfoma», en cambio, no expresa nada desde
el punto de vista estilístico o, si se quiere, poético. No es florido,
inspirador, evocador, terrorífico, es simplemente un término técnico de la
medicina. No es un concepto mágico sino una palabra que puede encontrarse en el
diccionario médico. En el marco de este ensayo, entonces, la palabra «cáncer»
significa todo lo malo general e indiferenciado, mientras que «linfoma maligno»
representa un mal perfectamente definido y diferenciable. Éste es justamente el
sentido de este ensayo: distinguir el mal indefinido de mal definido.
Claro que para
mi estado emocional esta diferencia apenas tiene importancia. Nada ha cambiado
en mi desventura, y lo único que puedo hacer frente a esta desgracia es
anotarla una y otra vez. Mientras no sea liberado de mi miseria tengo que
expresarla una y otra vez y gritar toda mi desgracia, aun cuando no pueda
llegar a expulsarla totalmente nunca más y deba expresar durante toda mi vida
sólo mi sufrimiento. No es agradable tener que vomitar durante toda la vida
nuestro pasado no digerido, pero es peor no poder vomitar ese pasado. La
sensación miserable que precede al vómito es peor aún que el vómito mismo.
Uno podría
preguntarse si no basta con lo expuesto hasta ahora, y si no me he ocupado ya
lo suficiente de mi pasado; pero la realidad de la vida se opone a ello: aún no
es suficiente, y el sufrimiento de mi vida pasada y presente todavía no está
superado. Hasta el día de hoy aparecen sin cesar nuevos signos de cáncer, ya
sean corporales o espirituales, y hasta el presente ninguno ha sido el último.
El último signo podrá ser aquel después del cual no aparezcan otros, y cuya
curación sea el símbolo de mi curación: el último signo, sin embargo, también
podrá ser aquel que me mate. Esta alternativa todavía está vigente. Por el
momento hay una sola cosa cierta, y es que en el sentido literal del término el
mal está metido hasta los huesos, y que yo, como se dice, estoy siendo devorado
hasta el tuétano porque es justamente allí donde mi enfermedad se hizo sentir
en el último tiempo con más intensidad. La enfermedad maligna se encuentra
ubicada en cada uno de los innumerables huesos del esqueleto, esperando
destruirlos, y con ellos, a mí. Y de la misma manera sucede con mi enfermedad
espiritual. También la neurosis está todavía agazapada dentro de mí, igual de
maligna, igual de generalizada y de mortal. De la misma manera que no se sabe
todavía si la masa envenenada del linfoma maligno me matará, así tampoco se
sabe todavía si la masa envenenada de mi neurosis no será demasiado difícil de
soportar como para que la vida pueda proseguir.
A ello se
agrega el miedo de que yo no pueda lograrlo. Mi enfermedad espiritual aún no
está curada; si muriera a causa de mi enfermedad corporal antes de haber sido
curado de la espiritual, entonces no lo habré logrado, y llegará el día en que
deberé decirme que no cumplí el deber que me imponía la vida, y que fracasé. Lo
más angustioso es el miedo de no tener tiempo suficiente, de no vivir lo
necesario para liberarme de mi pasado.
Porque ésta es
mi tarea: librarme del agobiante tormento de mi pasado. Veo esta tarea como
perfectamente clara para mí, con toda su necesidad y su lógica, tanto si puedo
llevarla a cabo como si no. Para el problema que se me ha planteado no tiene
importancia el hecho de que yo gane o pierda. Me resulta angustioso pensar que
tengo grandes posibilidades de perder, pero esto no cambia en nada la cuestión
en sí. Cada instante de mi pasado lleva dentro de sí la capacidad de matarme,
así como cada una de las células de mi cuerpo contiene la posibilidad de
destruir mi organismo. La cuestión es clara: debo partir. Tengo que alejarme de
todo aquello que fui, ya que todo lo que fui significa para mí un peligro
inmediato de muerte.
Se puede
plantear esto con una fórmula matemática: cuanto más me alejo de todo aquello
que me mata, tanto mejor. Aun cuando ya no pueda lograrlo, cada pequeña
victoria parcial significa algo, aunque no consiga vencer mi mal en su
totalidad. Mejor algo que nada. O bien, dicho a la inversa: Tanto molesta lo
poco como lo mucho.10 Incluso los pequeños alivios son alivios, y aun en la más
negra desesperación puede suceder algo que a uno lo torture adicionalmente, más
allá de toda desesperación.
Mijaíl A.
Bulgákov formuló un ejemplo sumamente claro en El maestro y Margarita. Fue en
este libro donde leí por primera vez algo sobre la plaga de las moscas que
torturó a Jesús en la cruz. Miles de veces ha sido representada con palabras y
en la pintura «la cabeza cubierta de sangre y de heridas», pero nadie hasta
Bulgákov pensó jamás en las moscas. Evidentemente, las moscas no son lo peor ni
para un crucificado ni para un ser humano común. Pero si uno está colgado de la
cruz, lleno de sangre, de sufrimientos y de ignominia, y se ve encima rodeado
por una nube de moscas en el agobiante calor meridional, sólo se puede decir:
¡Lo que faltaba! Quizás incluso las moscas se conviertan en lo más importante a
partir de un determinado momento. Puedo imaginarme muy bien que para un
crucificado en esas condiciones, una vez que el dolor y el agotamiento se han
vuelto una tortura general e indiferenciada, poco antes de perder el
conocimiento, lo último que siente podría ser la sensación horripilante de una negra
nube de moscas.
Por otra
parte, si alguien ha sido condenado a la horca y está esperando ser ejecutado,
atado al árbol del que colgará, es necesario admitir que durante la espera, en
el caso de que sea un día caluroso, se sentará a la sombra del árbol, y no al
lado. Esto no cambia en nada la cuestión en sí de la ejecución, pero
evidentemente es mejor esperarla en la sombra que a pleno sol.
Con esto
quiero decir que también para mí cualquier alivio para mi enfermedad espiritual
es bienvenido, aunque sea demasiado tarde para una curación. Sin embargo esto
aún no ha sido confirmado. Aunque yo no estoy curado, tampoco es
irrevocablemente cierto que mi estado sea incurable. Mientras no se pruebe que
la situación es desesperada, todavía persiste la esperanza; y cuando me
pregunto qué es lo que me mantiene y hace que pueda soportar aún mi vida, es
justamente esa esperanza. Hasta el momento, la esperanza de una vida mejor ha
sido más fuerte que la desesperación que siento por mi vida pasada y presente,
y el deseo de ser liberado de mi vida actual, más potente que el de quitarme la
vida.
Esto tampoco
es nuevo; pero esta afirmación anhela volver a ser expresada por mí una y otra
vez. Aun cuando yo no quiera decir nada nuevo, quiero sin embargo volver a
decir una y otra vez lo que he dicho. Ya he anotado lo esencial de mi historia,
pero quiero describir aún las variantes y ramificaciones de esa historia en sus
diversas particularidades. Ahora, lo que más me importa es la claridad, la
necesidad de definir cada vez mejor los diversos aspectos de mi desdicha, y de
llamarlos por su nombre.
Ya he indicado
una vez que la particularidad de mi desgracia y del hecho de estar librado a
ella es de orden puramente cuantitativo. Todo el mundo es neurótico, pero yo lo
soy un poquito más. Todo el mundo está enfermo, y probablemente todas las
enfermedades dependen del plano psíquico (se habla incluso de que ciertas
catástrofes como accidentes de tráfico, que aparentemente tienen un origen
mecánico, son sin embargo de origen psicosomático); pero la jaqueca pasa,
mientras que el cáncer mata. No tiene ninguna importancia el hecho de que todo
el mundo sea neurótico y que, por eso mismo, mi neurosis se encuentre todavía
dentro de los límites de la normalidad. Yo mismo estoy igualmente convencido de
que soy «normal» en la medida en que sufro la misma neurosis que todos los
demás; creo sin embargo que lo anormal de mi caso consiste justamente en ese
poquito más, motivo por el cual el daño causado a mi alma se distingue de los
daños causados a las almas de los «normales». Es verdad que el agua hierve a
cien grados. No hierve todavía a noventa y ocho ni a noventa y nueve, pero es
evidente que sí hierve a cien; ésa es la pequeña —o la gran— diferencia.
Es justamente
esa diferencia lo que provoca la ebullición, una diferencia mínima en la escala
graduada, pero una diferencia relevante. Creo que existe la necesidad de
reconocer las cosas con claridad. En la primera parte de mi historia he
descrito lo «complicado» que era todo en casa de mis padres. Ahora quiero
tratar de demostrar que nada es «complicado» sino que, por el contrario, todas
las cosas son simples a fin de cuentas, o por lo menos es fácil decirlas. Con
esto quiero decir que proponer los problemas siempre es simple, aun cuando
resulte complicado resolverlos. La vida en sí misma no es «complicada» sino muy
simple; sólo es complicado dominarla. Tampoco son «complicadas» las cuestiones
de la vida, en sí mismas son simples, pero a veces es «complicado» llamarlas
por su nombre. No por ser «complicada» resulta difícil pronunciar la frase «él
ha muerto», sino porque es una frase terrible.
En el curso de
mi enfermedad, mi propio universo personal se ha ido volviendo más y más
simple, y más y más agobiante. Mis terrores, mis angustias, mis desesperaciones
han ido aumentando cada vez más, pero todas las cosas que se encontraban
dominadas por todos esos terrores y esos males han recibido sus nombres
exactos. Evidentemente, los nombres son algo importante. De la misma manera
que, cuando se creó el mundo, Adán sintió la necesidad de dar un nombre a todos
los animales y de decir: tú eres el tigre, y tú la araña, y tú el canguro, de
la misma manera y frente a mi inminente aniquilación, yo siento la necesidad de
dirigirme a cada uno de los golpes que me traspasan el corazón para decirle: tú
te llamas así, y tú así, y tú de esta otra manera. A nadie le gusta ser
anónimo; nadie, probablemente, quiere morir de algo anónimo.
Pero ante todo
quiero darme un nombre a mí mismo y decirme: Y yo me llamo así. Mi vida está
hecha en primer lugar de desdichas; eso ya lo he dejado bien sentado en la
primera parte de mi historia. Después de todo lo que sé de mí mismo, resulta en
realidad perfectamente evidente y lógico el hecho de que soy desgraciado, y por
eso mismo ya no es muy interesante. Mi desgracia consiste en que no puedo ser
lo que quiero; en que gran parte de mi yo no es yo mismo, sino algo extraño a
mí, algo que se opone a mi «yo mismo» de manera hostil, y que incluso amenaza
devorar y destruir a ese «yo mismo». En gran parte soy un producto residual de
prejuicios y frustraciones burguesas (nociones sobre las que volveré a hablar);
pero por otra parte no lo soy. Ya he intentado definir mi individualidad como
el dolor que siento por ser como soy. Quisiera ampliar aún más esta definición,
constatando que mi individualidad no sólo consiste en el dolor acerca de mi
situación, sino también en el juicio que yo me he formado acerca de esta
situación. Ya que debo considerarme un producto residual de la sociedad
burguesa, quisiera ahora cristalizar, a partir de los residuos, esta parte de
mí mismo que reflexiona sobre esos residuos, ya que esa parte soy «yo mismo».
En realidad es esa parte lo realmente interesante que tiene mi historia. Mi
desgracia es simplemente una parte de la desgracia universal, extraída al azar,
y no representa más que lo que tiene de universal y de no interesante. Lo que
interesa es sólo mi rebelión individual contra esa desgracia. Solamente lo
individual es mi historia; o mejor dicho: solamente lo individual es mi
historia.
En mi persona
casi todo ha sido programado: ese producto que soy ahora fue engendrado por mis
padres neuróticos, por un ambiente neurótico y por cierta receptividad de mi
parte con respecto al entorno generador de neurosis. Pero no solamente eso. Yo
no soy sólo el producto matemáticamente calculable de la computadora infernal
que me fabricó, un producto que encuentro absolutamente odioso, sino algo más;
ese algo más que se sustrae al campo de acción de la maquinaria diabólica, y es
justamente ese algo más lo que yo no odio; ese algo más no está programado ni
sometido ni degenerado, sino que es nuevo e importante. Es evidente que uno es
infeliz por ser degenerado. Pero lo que importa es aquello que intenta hacer
esa parte de mí que no está degenerada; eso es lo apasionante y particular
dentro de la historia de una desgracia no interesante, ya que es ordinaria.
Yo no soy algo
especial por el hecho de tener padres que me han legado sus propios problemas
mal digeridos y sus propias neurosis. Eso sucede siempre así, y todos los
padres hacen lo mismo. Los padres son simplemente un mal necesario; uno tiene
necesidad de ellos para existir. En realidad ya me he preguntado si en mi caso
el mal no ha sido mayor que la necesidad, pero hoy debo responder que no. Si
para mí hubiese sido efectivamente mejor no haber nacido, hace mucho tiempo que
me hubiera eliminado. Deduzco de ello que hasta hoy la necesidad de vivir ha
sido para mí, a pesar de todo, más fuerte que el mal de la vida.
Lo que hay de
particular en mi caso es simplemente que tanto el mal de la vida como el mal de
los padres han sido un nefasto poquito más fuerte que en los otros, normales o
anormales. Quisiera ilustrar este caso con un ejemplo de carácter geográfico.
Es posible comparar la individualidad del niño con un espacio vital biológico,
y la influencia de los padres que se opone a esa individualidad. En un bosque
habitan, por ejemplo, ciervos y lobos. Los lobos devoran a los ciervos, los
ciervos comen las hojas de los árboles, y el bosque constituye el espacio vital
para unos y para otros. Cuando aumenta la cantidad de lobos, diezman demasiado
a los ciervos, es decir que en ese caso se comerá demasiado poco follaje; el
bosque demasiado lujurioso se asemejará cada vez más a una selva, en la que no
podrán vivir ya ni ciervos ni lobos. Pero si aumentan los ciervos, entonces los
lobos no podrán abatir suficientes ciervos, y por lo tanto los ciervos comerán
demasiadas hojas de los árboles: el bosque perderá todas sus hojas y así, una
vez más, desaparecerá el espacio vital de ciervos y lobos. Está bien que, hasta
cierto punto, los ciervos sean devorados por los lobos, e incluso resulta una
necesidad vital para todos; sólo que no deben ser comidos demasiado, como
tampoco deben ser comidos demasiado poco.
De esta manera
quiero comparar mi situación vital con esta suerte de equilibrio ecológico
alterado: haber sido un poquito devorado no hubiera salido de los cánones de lo
ordinario y sano; mi problema es el haber sido devorado demasiado. Es
perfectamente coherente que se coma en este bosque que yo tomo como ejemplo. El
bosque funciona mientras se coma en él en la debida proporción; pero en cuanto
se come demasiado, el bosque ya no funciona, y muere. En ese caso poco importa
qué es lo que más gusta al espectador; que el observador prefiera a los ciervos
o a los lobos no tiene ninguna importancia. Los ciervos no son «pobres» ciervos
y los lobos no son lobos «malvados»; basta que las bestias coman y sean comidas
en la proporción justa con respecto al bosque. De esa manera, el bosque
funciona.
Tenemos así la
definición de la vida: el bosque vive mientras funciona. Aquel que se encuentra
en ese bosque no se cuestiona si tiene sentido que, por una parte, los lobos se
coman a los ciervos y, por otra, que los ciervos se coman las hojas de los
árboles; sólo constata que el bosque existe y que el bosque es verde y,
evidentemente, eso basta. También aquí estoy de acuerdo con la interpretación
de Wilhelm Reich según la cual no es necesario que la vida tenga un sentido, es
suficiente que la vida funcione. Dicho con otras palabras: no es en función de
eso que se denomina comúnmente con la palabra «sentido» que al observador del
bosque en cuestión le parece bien que éste funcione. Creo más bien que le
parece correcto que el bosque funcione porque sería una «desgracia» que no
funcionara. De esto deduzco: lo que no funciona es una desgracia; lo que
funciona es una suerte. O al revés: suerte es lo que funciona.
Creo también
que la suerte es algo bien concreto y brutalmente directo. Tampoco la vida es
tierna: ¿por qué debería ser delicada la suerte? Se es feliz tal como se está
vivo; para darse cuenta de ello no es necesario ser demasiado culto. Cuando
alguien es infeliz o está muerto, tirado en la calle, no se necesita un
profesor que estudie el caso más de cerca y que después, desde lo alto de su
experiencia, constate: está muerto.
Tampoco se
necesita un profesor para juzgar mi caso; sólo se necesita el valor suficiente
para llamar a las cosas por su nombre. Yo soy infeliz porque no funciono ni he
funcionado jamás. De joven, no fui joven; de adulto, no he sido adulto; como
hombre no soy hombre; no he funcionado desde ningún punto de vista. Además,
para que ese no funcionamiento se haga visible a los ojos del mundo entero,
simbólica y coherentemente ahora tampoco funciona ya el cuerpo; el cuerpo está
enfermo, está envenenado, está impregnado de muerte. Esa es mi desgracia, ese
no funcionamiento, esa muerte, esa muerte de los sentimientos, esa muerte del
cuerpo, esa muerte de la vida. Eso no es «complicado», sino lógico, claro,
simple; es así.
De la misma
manera que es simple el hecho de reconocer la desgracia, creo que también la
felicidad es algo simple, aun cuando el concepto de felicidad ha sido explicado
a través de los milenios de manera más o menos sofisticada. Pienso aquí, por
ejemplo, en la diferencia entre la felicidad del Antiguo Testamento y la
felicidad cristiana. El Dios del Antiguo Testamento promete a Abraham
bendecirlo de manera visible, y eso hace: «Y Abraham fue rico en ovejas y
vacas, plata y oro.» Jesús, en cambio, propone en su Sermón de la Montaña:
«Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro será el Reino de los
Cielos. Bienaventurados vosotros que ahora lloráis, porque reiréis. ¡Más, ay de
vosotros que ahora reís, porque os lamentaréis y lloraréis!» (Lucas, 6, 20).
Hay que reconocer que el concepto de felicidad del Nuevo Testamento es el más
«sutil», aun cuando sea un poco demasiado sutil para que uno se sienta contento
con él. Ya con el «Bienaventurados los pobres» uno siente cierto malestar en la
boca del estómago, pero con el «ay de vosotros que ahora reís», ya la náusea es
total. Un defensor de la nueva fe podría objetar aquí que la felicidad divina
de Abraham es una cosa sumamente banal ya que consiste sólo en oro y en
camellos, mientras que la felicidad prometida por Jesús es lo más elevado y
elegido. Podría objetar: ¿qué es un camello? A lo cual yo podría responder:
¿qué son las cosas elevadas? Resulta significativo que la sabiduría popular y
la teología cristiana se contradigan en lo que respecta a este punto. En el
sentido teológico, la esperanza es una de las siete virtudes cardinales,
mientras que la sabiduría popular afirma: Esperar y esperar siempre es lo
característico de los tontos. Por mi parte ya he reconocido que también en mi
vida la esperanza desempeña un papel preponderante, y estoy de acuerdo en que
la esperanza es una buena cosa, pero la esperanza no es una virtud. Me parece
que todo el problema es más bien una cuestión de gustos sobre los que, como
todo el mundo sabe, no se puede discutir. Es cuestión de temperamento el que
alguien prefiera el camello de Abraham al reino de Dios de Jesús. Por mi parte
me inclino por el camello, porque ésta me parece ser la resolución más vital.
Así como me
imagino la felicidad como algo concreto, de la misma manera sufro mi desgracia
como algo concreto. Mi desgracia es el cáncer y, como siempre, yo entiendo este
concepto como algo a la vez corporal y espiritual. Por otra parte he intentado
explicarme esta desgracia, llegando a la siguiente fórmula: mis padres son mi
mal canceroso. Ahora, como siempre, creo que esta fórmula es justa, pero no
quisiera dejarla como un simple tópico, sino que quisiera intentar
diferenciarla aún más. En este sentido me parece significativo que ahora la
definición médica para mi estado actual ya no sea cáncer, sino —más exactamente
y menos a la manera de un eslogan— linfoma maligno. Decir de mis padres que
ellos son mi linfoma maligno ya no suena a eslogan, sino que pone de manifiesto
que mis padres representan para mí ya no el mal en sí, sino un mal exacto,
preciso, diferenciado.
Constato ahora
que no sólo la palabra «cáncer» es un tópico, sino que también lo es la palabra
«padres», a pesar de que mis padres no son sólo un concepto teórico, sino que
existen y han existido de manera perfectamente real.
Quiero decir
con esto que considero a mis padres, al igual que a mí mismo, una mezcla de los
elementos más diversos. Yo he reconocido en mí una mezcla de mi individualidad
propia con la masa de prejuicios burgueses que actualmente me resulta extraña;
y de la misma manera concibo a mis padres como una mezcla equivalente de su
individualidad con las cargas no individuales heredadas por ellos.
Ya he aclarado
antes que no puedo considerar a mis padres simplemente los «malos», los que me
han hecho mal. A este respecto agrego una aclaración más: a mis ojos, mis
padres no eran solamente los malos, cosa que no significa sin embargo que no
hayan sido en absoluto malos para mí. Dicho esto en términos matemáticos: mis
padres no fueron para mí un poquito malos o bastante malos o malos a medias,
sino que en gran parte no fueron malos en absoluto; pero desde cierto punto de
vista fueron para mí muy malos, absoluta, totalmente malos. En lo que respecta
a su influencia sobre mi vida y sobre mi destino, mis padres tenían, entre
otros, un aspecto que representa para mí el mal absoluto. No veo contradicción
en la fórmula «el mal absoluto para mí»: es relativo sólo en su comparación con
los otros, es «absoluto» para mí en tanto que me amenaza con la muerte, y mi
muerte es, para mí, absoluta.
En su
manifestación individual, mis padres no eran malos, ni mi padre ni mi madre. Mi
padre, ese hombre tranquilo, agobiado, digno e incluso noble, que iba a su
trabajo con conciencia del deber y depresión a la vez, con una sensación de
angustia en la zona del plexo solar que si se le hubiera preguntado qué era
habría designado seguramente como «coraje»; mi madre, una anciana solitaria,
sumida en una estéril cortesía, que pasaba sus días en un gran chalet a orillas
del lago de Zúrich. No eran malos y sin embargo me han hecho mucho daño. Yo no
detesto al hombre «padre» ni a la mujer «madre», y sin embargo detesto a
aquellos que me han hecho mal, y que de manera muy generalizada se llaman
«padres» en el sentido general, porque uno debe odiar a sus verdugos. Hay que
odiar a aquellos que nos matan; no hacerlo sería una vergüenza. No hay que
decirle a aquel que nos mata: «Estoy de acuerdo.» Eso no se hace. Esta actitud
es también moral.
Durante largo
tiempo jugué mucho con la idea de matar a mi madre, y a menudo soñé también que
la mataba. Una y otra vez he vuelto a verme como en una visión, arrojando a mi
madre por la escalera del sótano, y luego golpeando una y otra vez su cabeza
ensangrentada contra los mosaicos del piso, hasta que esa masa informe se
disolvía en un charco de sangre. Una visión horripilante pero real. Vuelvo a
recordar a Goya, quien escribió como título, debajo de las más horrendas
representaciones de pesadillas y atrocidades de los Desastres de la Guerra, las
palabras: «Yo lo he visto.»11 Yo lo he visto, y por eso ha sucedido, y por eso
es la verdadera verdad. Si traslado ahora mi visión sobre mi verdadera madre
imaginándome que la empujo por la verdadera escalera del sótano de su casa,
¡qué asesinato tonto y absurdo sería ése! Un acto absurdo, pero no solamente
absurdo. Sería un acto sangriento, sin sentido, si tuviera lugar de manera
concreta; sin embargo existe cierta dimensión en la que no es absurdo, y en la
que incluso debe suceder. Tiene sentido y es necesario en la dimensión en que
mi madre corporiza para mí lo malo, y en esa dimensión adquiere sentido el
hecho de que yo hunda su cabeza en sangre y en muerte, aunque de una manera en
que los conceptos de «cabeza» y «sangre» ya no deben ser entendidos en un
sentido concreto, sino como valores simbólicos.
Por una parte
tampoco tuvo sentido decapitar a María Antonieta, porque ella no tenía la culpa
de la miseria del pueblo francés; pero por otra fue justo decapitarla porque
ella, haciendo abstracción de su personalidad individual, era también una
figura simbólica de esa miseria. El verdugo no sólo mostró al populacho de
París la cabeza cortada de la mujer María Antonieta; le mostró también la
cabeza de la reina, y el populacho debía tener esa cabeza, y por eso fue justo
que la obtuviera. No es posible objetar aquí que el populacho no es algo bueno
y que por tanto no hay que tener en cuenta sus pretensiones: el populacho
existe y manifiesta sus exigencias: ésa es la realidad. Tampoco el cáncer es
algo bueno, pero existe.
No es la
cabeza de la amable anciana dama del lago de Zúrich la que debe caer, sino que
debe caer otra cabeza que debe ser considerada un símbolo, porque de vez en
cuando caen cabezas. Ese es el curso del mundo. Yo estoy amenazado de muerte;
en este mismo momento me están asesinando. Me asesinan o ya me han asesinado
pero yo aún no sé quién lo ha hecho. Mis padres me han matado y sin embargo no
son mis padres los que me han matado. Ellos lo han hecho y, sin embargo, no lo
han hecho en absoluto y, ante todo, ellos no sabían que lo hacían. Lo hicieron
sin mala intención, inconscientemente y, a fin de cuentas, contra su voluntad.
Mi padre ha muerto, mi madre vive aún. En cierto sentido y entre otras cosas,
mi madre me ha matado, pero yo no puedo ni quiero odiarla por eso, ya que sé
que ella no lo sabe.
Una visión que
me asaltaba en otros tiempos, aparentemente fantástica y sin embargo muy
clarificadora en el plano simbólico, era la de hacer saltar por el aire el
Banco de Crédito Suizo de Zúrich. ¿Por qué justamente el Banco de Crédito
Suizo? Hoy, esta visión se me aparece como sumamente clara, porque en ese banco
está depositado todo el dinero que heredé de mi padre. En ese lugar se
encuentra mi herencia paterna de manera visible, tangible, y esa herencia
consiste en miles de francos sólo en una ínfima parte, ya que consiste sobre
todo en miles de angustias y de zozobras y de desesperaciones. Es evidente que
el Banco de Crédito Suizo es un símbolo verosímil del objeto que conviene hacer
saltar por el aire. La parte práctica de este plan no ofrece dificultades,
porque hoy en día cualquiera tiene un amigo que conoce a algún palestino.
También es comprensible que el proyecto sería una tontería desde el punto de
vista financiero, porque en definitiva yo necesito ese dinero heredado de mi
padre para pagarles a mis numerosos médicos (el seguro por enfermedad ya no me
paga ni un céntimo, porque el cáncer sale caro y, después de todo, la compañía
de seguros tiene que vivir de algo, de manera que estoy librado a mis propios
recursos financieros). Considero ese dinero mi indemnización: lo he recibido
por innumerables dolores y sufrimientos; lo gané más dolorosamente que si fuera
con el sudor de mi frente; lo gané con las lágrimas de mis ojos; y lo considero
bien ganado y mío. Incluso percibo una justicia social detrás de mi situación
financiera actual: es verdad, heredé más dinero de mis padres que otra gente,
pero también necesito más dinero que otra gente, porque esos numerosos daños
que también heredé de mis padres debo hacerlos reparar entregando importantes
sumas de dinero.
Actualmente me
parece muy loable en su significación de acto simbólico ese antiguo proyecto de
hacer saltar por el aire el Banco de Crédito Suizo: no cabe duda de que el
lugar donde se encuentra mi herencia merece estallar, sólo que no es necesario
que sea justamente el concreto y suntuoso edificio ubicado en la plaza más
imponente de Zúrich, Paradeplatz, donde mi dinero espera a sus médicos, ya que
mientras estoy enfermo no puedo permitirme el lujo de quebrar. También por
otras razones, no financieras, es evidente que no puedo desear realmente
transformar el más hermoso Banco de Zúrich en un montón de ruinas, por lo que
encarna ese banco para mí: el lugar donde está concentrado y resguardado el
total de mi herencia mortal no se puede hacer saltar por el aire con dinamita.
El Banco de Crédito Suizo es también el concepto de lo zuriqués, de lo burgués,
de lo suizo en sus peores encarnaciones; pero ese mal zuriqués, ese mal
burgués, ese mal suizo no se halla en un inmueble de piedra que se puede dinamitar,
sino que esa sustancia maligna está alojada en mis huesos, y los huesos no se
curan con dinamita.
Por otra
parte, no creo que los bancos sean únicamente execrables. Es verdad que los
bancos de Zúrich no me parecen un lugar bonito dentro del marco de la ciudad,
ya que exponen crudamente el carácter vil del zuriqués, porque Zúrich no es
odiada y despreciada en el mundo entero por su lago y por sus torres; pero
comprendo también que los bancos, dejando de lado su valor simbólico, cumplen
un deber necesario. Tampoco son agradables las cloacas, pero son necesarias.
He hablado de
valores simbólicos en relación con mis padres y con el dinero heredado de mis
padres que se encuentra depositado en el Banco de Crédito Suizo. Por esta razón
he tomado en serio mis antiguas visiones de violencia, porque esos valores
simbólicos tomaban una forma concreta que, si en su concreción real no hubiesen
tenido sentido, eran sin embargo razonables en su dimensión simbólica.
Pero debo
agregar aquí que lo que el intelecto logra no lo consigue tan fácilmente el
sentimiento. Yo comprendo que mis padres son dos cosas: por una parte, un señor
y una señora en un chalet con jardín a orillas del lago de Zúrich, y por la
otra, la encarnación de algo terrible y mortal para mí. Cuando estoy sentado
frente a mi escritorio, «frío, hasta el fondo del corazón», en ese caso mis
«padres» son para mí un concepto intelectual que yo, como hombre culto, puedo
manipular artísticamente y con ingenio, y gracias ai cual puedo hacer jugar
diversas facetas de una virtual situación problemática, como en un juego de
abalorios. Pero a veces no estoy sentado frente a mi escritorio, sino que me
revuelco en mi cama, lleno de una ira desesperada porque los dolores no me
dejan dormir de noche; y entonces ya no soy un intelectual que va hilvanando,
en su máquina de escribir, observaciones ingeniosas acerca del sufrimiento,
sino que estoy librado exclusivamente al dolor de mi cuerpo y de mi alma, y entonces
también yo soy el populacho de París que quiere ver una cabeza ensangrentada,
poco importa que sea la cabeza de cierta María Antonieta, ya que una sola cosa
cuenta para él: que sea la cabeza de una reina.
Podría
proponer para mí la receta y pronóstico siguientes: en cuanto haya superado a
mis padres —a mis «padres»—, en cuanto se me hayan vuelto indiferentes, estaré
salvado y curado. Pero eso me resulta todavía muy difícil, en tanto que la
medida de las ofensas que me han inferido todavía no ha sido colmada, sino que,
al contrario, no hace más que crecer. Yo podría olvidar el daño sufrido siempre
que lo hubiera superado totalmente. Pero ese daño todavía no se encuentra
enteramente superado, continúa actuando sobre mí, ahora, aquí, sin cesar. Yo no
derramo una sola lágrima por mi pasado infeliz, y me siento en condiciones, si
no de olvidar todo lo pasado, por lo menos de superarlo. Pero el hecho de que
todo aquello que me atormentó en mi pasado tenga lugar todavía en el presente,
me agobia tanto que no puedo tomarlo a la ligera o directamente ignorarlo. No
me afligen las penurias pasadas, sino el hecho de que sigan actuando, siempre
incesantemente. No es el peso del pasado lo que me agobia, sino no entrever un
final tampoco en el futuro, es eso lo que no puedo superar. Cada día puede
aparecer un nuevo daño corporal o espiritual; cada día trae consigo un nuevo
sufrimiento, y cada sufrimiento encierra la posibilidad de convertirse en un
nuevo tumor maligno. Cada uno de esos tumores quiere mi muerte y cada uno de
ellos puede ser el último; pero es el último el que mata. El aspecto simbólico
de esos tumores se refuerza y se transforma de simbólico en demoníaco. Cada
nuevo tumor que se asoma hacia el exterior de mi cuerpo en forma de una
protuberancia compacta se me aparece como la mueca grotesca y demoníaca de mis
«padres» diabólicos, nacida en las profundidades de su origen psicosomático,
mientras que el concepto de «padres», absorbido por un terrorífico torbellino
de niebla cósmica, se deshace en lo infinito, en el terror originario, en lo
indecible.
Es casi como
si se tratara de demostrar aquí hasta qué punto mis padres no fueron más que
mis «padres», es decir, mis padres únicamente en su contenido simbólico, y como
si hubiera que hacer de mis padres dos seres irreales que sólo sirven para ser
colocados aquí o allá, como piezas intelectuales de un juego, sobre el tablero
de ajedrez de mi construcción cerebral. Seguramente mis padres también son eso,
pero no son sólo figuras simbólicas de lo que es parental en general, burgués
en general, zuriqués en general, y suizo en general, sino que además son seres
humanos completamente reales; mi padre, muerto hace algunos años a causa de un
aneurisma, mi madre, su viuda, que vive en el chalet heredado a orillas del
lago de Zúrich. En su calidad de padres concretos fueron no sólo los
representantes y arquetipos del género «padres zuriqueses del ambiente
burgués», sino que también tenían su individualidad y su particularidad. Sin
embargo, si yo me dedico ahora sólo a ese aspecto particular, eso que para mí
llegó a ser nefasto, llego nuevamente a la conclusión de que la diferencia
entre mis padres y otros padres, también normales o anormales, fue puramente
cuantitativa. Con esto quiero decir que lo que mis padres tenían de
vituperables no era en absoluto original.
Ellos no eran
vituperables de una manera especial; eran solamente un poco más vituperables
que otros padres vituperables de los mismos círculos burgueses. Ni siquiera
eran más malos que otros padres (ya hice alusión al hecho de que incluso eran
seres sumamente amables); sólo eran un poco más degenerados de lo que se es a
priori como zuriqués nacido en la Orilla Dorada del lago de Zúrich. Eran un
poquito más burgueses, un poquito más inhibidos, un poquito más enemigos de la
vida, un poquito más enemigos de la sexualidad, un poquito más limpios, un
poquito más comme il faut, un poquito más suizos de lo que eran sus vecinos,
que también lo eran. Y fue justamente ese poquito más lo que ahora me mata. No
puedo hacer otra cosa que insistir una vez más en que, a fin de cuentas,
siempre es una sola gota la que hace desbordar el vaso.
¿Y yo? Claro,
yo era simplemente un poquito más sensible que otros niños ordinarios, y por
eso sobreviví peor que otros niños a mi ambiente. ¿Puede deducirse de ello que,
en el fondo, mi educación no fue tan mala desde el momento en que hubiese
podido sobrevivir a ella sin problemas de no haber sido tan sensible? Claro que
no, porque una educación es mala justamente cuando sobreviven a ella solamente
aquellos niños que no son sensibles, y es buena cuando aun los niños sensibles
sobreviven a ella. Efectivamente, yo no creo que la sensibilidad sea negativa
en sí misma, pero ante todo la sensibilidad no tiene la culpa de que alguien
muera. Una vez que yo haya muerto, no podrá decirse que he muerto «porque»
siempre fui muy sensible, sino que quedará bien establecido que habré muerto
como consecuencia de mi educación errada, con o sin sensibilidad. Me rebelo a
morir «porque sí», porque cuando haya muerto sabré por qué. Quiero agregar una
palabra con respecto a la sensibilidad. Aunque no creo que la sensibilidad sea
algo inferior, soy sin embargo el último en contentarme —como sucede a menudo
en círculos burgueses— cuando se dice de un hombre que es un «tipo sensible».
En su ensayo sobre lo ingenuo y lo sentimental Schiller demostró que lo
sentimental, aun cuando puede ser sumamente desagradable para el individuo,
puede representar sin embargo algo muy importante para la sociedad. Yo quisiera
ir más allá y hacer notar que a menudo la sensibilidad representa una gran
desgracia para aquel que la tiene, y que proporciona al hombre sensible muchos
dolores y pocas alegrías. Es evidente que es una desgracia para aquel que la
posee, pero en mi opinión no constituye un motivo para exterminarlo. La
considero un sufrimiento, pero no una debilidad en el sentido en que, para las
aves migratorias, la debilidad de sus crías es un motivo para matarlas a
picotazos en bien de una comunidad sana. La debilidad de las jóvenes aves
migratorias puede representar una inferioridad en el marco de su sociedad, pero
la sensibilidad no es una debilidad ni una inferioridad en el marco de la
sociedad humana. Al contrario, la sensibilidad incluso es una necesidad, porque
sólo el hombre sensible intuye hasta qué punto su propia sociedad es malvada, y
lo siente tan dolorosamente que intenta expresarlo en palabras y provocar una
mejora mediante la formulación de su crítica.
Haciendo aquí
una pequeña digresión respecto a mi verdadero propósito, es decir, mi voluntad
de sobrevivir como individuo, quisiera agregar que encuentro también sumamente
malsano lo que sucede conmigo incluso desde el punto de vista sociológico.
Desde el punto de vista sociológico no me considero en absoluto un caso
«complicado» sino un caso necesario, y en este sentido no me parece bien ser
aniquilado. Sabemos hoy que no se puede exterminar ninguna especie sin
exterminar al mismo tiempo numerosas especies que pertenecen a la misma
sociedad. Lo que ha sucedido conmigo no es sólo mi desgracia personal sino,
respecto a la opinión pública, un escándalo, y un escándalo con consecuencias.
Si se extermina a todos los Federicos,12 el mundo sucumbirá, ya que exterminar
la especie Federico es una suerte de polución del medio ambiente; y la polución
del medio ambiente siempre trae consecuencias funestas.
He intentado
representar mi situación como resultado de un conflicto entre mi individualidad
y el espíritu burgués; quisiera agregar ahora que hay que tomar aquí el
espíritu burgués como «el espíritu burgués», entre comillas. Lo burgués no es
sólo lo malo, y no todo lo malo es burgués; pero lo burgués tiene, además, un
aspecto en que encarna el mal, el mal absoluto. Tomo aquí el espíritu burgués
en el sentido político, pero no solamente en el sentido político, y en especial
no quiero apuntar a que haya que preferir todo lo antiburgués a lo burgués. El
hecho de que la sociedad burguesa sea tan negra no hace en absoluto que la
sociedad comunista sea rosada à tout prix; y el hecho de que Europa esté
degenerada no significa que entre los negros primitivos todo sea alegría.
Europa, ciertamente, es una ruina, se derrumba a fuerza de cultura; pero Idi
Amin Dada, a pesar de su primitivismo totalmente intacto, tampoco es una
alternativa atrayente. En Europa, es verdad, casi todos deben ir al psiquiatra,
pero yo dudo de que los salvajes de la selva, que se pasean con sus discos del
tamaño de un plato en el labio inferior o con sus cuellos de jirafa, sean tan
naturales y estén tan libres de neurosis con sus tocados extravagantes. Es
decir que yo no soy hostil al espíritu burgués en el sentido de que crea que
fuera del mundo zuriqués, suizo y europeo todo sea mejor, por ejemplo en los
campos de concentración de Siberia o entre los arbustos de los cafres zulúes,
sino que creo que en el concepto de «burgués» se oculta algo que es hostil a
todos y finalmente también a lo burgués en sí mismo.
Es el mismo
principio hostil que reconocí en mis padres el que vuelvo a encontrar en el
complejo que yo llamo burgués (que sin duda se confunde en una única noción si
pensamos que lo antinatural en mis padres era justamente el hecho de que ellos
no querían distinguirse en nada del ideal burgués que ellos mismos habían
aceptado). Deseo expresar aquí todavía una duda que se refiere a la
identificación aparentemente sin problemas de mis padres con el ideal burgués.
Yo he dicho antes que consideré el cáncer también una oportunidad, una
oportunidad que representa una señal de alarma que puede atraer la atención
sobre los peligros que amenazan. Escribí a propósito de mis padres que ellos
justamente no tuvieron esta oportunidad, y que por lo tanto para ellos fue más
difícil darse cuenta de la situación inextricable en que se encontraban. Pero
¿es que tiene que ser indefectiblemente el cáncer? ¿No puede darse cuenta
cualquiera de su estado, siempre que quiera darse cuenta? En este sentido no
puedo declarar a mis padres libres de toda culpa: su identificación con lo
considerado generalmente burgués estaba demasiado bien lograda como para sentir
que fuera obra de una sinceridad absoluta.
Debo suponer,
entonces, que no es exactamente lo mismo lo que yo señalo como el mal por una
parte en mis padres y por la otra en el concepto de burgués, pero en ambos
casos estoy rastreando la misma cuestión maligna: lo malo en sí. Me animo a
afirmar que lo malo es siempre lo mismo, y que en realidad hay un solo mal.
Aquello de lo que sufren los hombres siempre es el mismo mal, o bien: lo que se
les hace, siempre es el mismo mal. En términos de cosmocriminología: hay un
solo crimen que se comete constantemente y en cada uno; lo decisivo es sólo la
cantidad. Cuando el crimen es cometido sobre cualquiera conforme a las usanzas
locales, ni siquiera causa tanto daño. Si se comete un crimen en perjuicio de
ustedes, lo sienten como algo desagradable, pero sobreviven a ello, e incluso,
la mayoría de las veces, bastante bien. Más arriba yo ya me he definido como
normal en el sentido de que, al igual que todos los demás, también lo sufrí. Lo
anormal en mi historia es sólo que lo sufrí en proporción demasiado elevada.
Dicho en otras palabras: el mal me ha sido infligido en exceso.
Hice notar
antes que es bueno que algo funcione y malo que no funcione. Probablemente se
pueda ir más lejos y decir que no sólo es bueno que algo funcione, sino que eso
es en sí lo Bueno. Ya negué, más arriba, que deba tener sentido el que algo
funcione. Lo único que cuenta es que la cosa funcione. Los átomos funcionan en
la medida en que los electrones giren alrededor del núcleo. Esto, a decir
verdad, no tiene sentido, pero los electrones se burlan de ello y lo hacen, a
pesar de todo. El hormiguero funciona en la medida en que haya hormigueo. Es
absurdo que las hormigas siempre estén atareadas, pero está bien. El bosque
antes descrito funciona mientras el tigre se coma al ciervo. El universo
funciona mientras la Luna gire alrededor de la Tierra y ésta alrededor del Sol,
con lo que volvemos al hecho de girar, y a los átomos. En el caso de que a
alguien no le parezca evidente que girar sea bueno, sólo tiene que preguntarle
a un niño montado en un tiovivo si girar es bueno y sabrá la verdad, porque los
niños, como es proverbial, siempre dicen la verdad. Todo aquello que bulle y
hormiguea y gira, es bueno. Pero no todos lo encuentran bien, hay mucha gente
que está en contra.
Mientras estoy
tomando las notas para este ensayo en mi casa de la Krongasse de Zúrich oigo
cómo alguien grita por la ventana de las casas vecinas: ¡Silencio! La Krongasse
tiene una ubicación privilegiada en Zúrich porque la calle es tan angosta que
apenas pueden pasar los automóviles, y cuando por casualidad alguno se aventura
por ella, se desliza sin ruido calle abajo. Además es una zona decente en la
que no hay bodegas ni bares; por las noches no se oye jamás el alboroto de los
borrachos. Pero para la gente aún no reina suficiente silencio. Al mediodía a
veces hay niños que juegan en la calle, cosa que pueden hacer porque justamente
no hay tránsito de automóviles. Estos niños a veces gritan mientras juegan y
entonces las viejas de la Krongasse creen tener el derecho de exclamar
«¡Silencio!» desde sus ventanas. En realidad hay calma, pero es necesario que
haya aún más calma, por eso se grita «¡Silencio!» desde la ventana. Cuando, de
noche, algunos jóvenes entonan canciones en una terraza, los vecinos avisan a
la policía, porque cantar constituye una perturbación de la calma nocturna.
También se llama a la policía en Zúrich cuando al mediodía alguien toca la
guitarra frente a una fuente en la Ciudad Vieja, porque eso es una perturbación
de la calma de la hora de la siesta. Cada hora del día tiene su calma
particular y cuando no se respeta esa calma y alguien canta una canción,
entonces viene la policía, porque para el burgués la calma no sólo es su primer
deber sino también su primer derecho. Cada uno se embrutece dentro de la calma
de sus cuatro paredes, y cuando es molestado en su embrutecimiento por un ruido
extraño, se siente lesionado en su derecho a embrutecerse y llama a la policía.
(Se sobreentiende que no estoy hablando aquí en favor del alboroto, porque
parto de la hipótesis de que existe una diferencia entre el ruido que se
produce en una autopista y el ruido de una guitarra; reconozco también una
diferencia entre la necesidad de que, en Zúrich, cada uno vaya al trabajo en su
automóvil particular ocasionando así ruidos, y la necesidad de que los niños
jueguen y hagan ruido.)
La noción de
burgués a la que me refiero me parece incluir algo de malo, en tanto que
amenaza con identificarse con la «calma», esa «calma» que tiene a su vez una
relación con lo limpio, lo estéril, lo correcto y lo comme il faut, de los que
ya hemos hablado. Independientemente del hecho de que a cada uno a veces le
gusta estar «en calma», entendiéndose por calma algo así como relajamiento,
vacaciones, tiempo libre, la palabra «calma» tiene para mí, además, un aspecto
inquietante y siniestro. ¡La calma es tan silenciosa! (no lo tomo como un juego
de palabras sino más bien en el sentido lírico, como una forma de tristeza).
Quien dice calma casi siempre habla ya casi de calma sepulcral e incluso de
muerte. Cuando alguien muere se dice que finalmente ha encontrado su calma. En
Suiza, siempre debe estar todo en calma, y esta idea de calma se expresa bajo
la forma de un imperativo. Se dice: ¡Calma! ¡Calma!, como si se dijera en forma
imperativa: ¡Muerte! ¡Muerte!
También la
casa de mis padres era siempre muy tranquila, y en esa casa se consideraba una
virtud el ser tranquilo. Las personas simpáticas y que tenían carácter eran
pacientes; no, eran algo más que simplemente pacientes, eran «pacientes».
Cuando las muchachas casaderas de mi familia de entonces y las de los
alrededores habían encontrado a su futuro marido y se les preguntaba cómo era
el feliz elegido, en casa de mis padres se decía siempre: «Oh, es muy simpático;
es muy tranquilo.» Por otra parte, las jóvenes esposas de esos hombres
tranquilos por lo general se divorciaban después de algunos años de tranquilo
matrimonio; por lo visto porque el esposo había resultado demasiado tranquilo
para su gusto. La mayor parte del tiempo esas mujeres se habían quejado más o
menos abiertamente de que su tranquilidad matrimonial les había resultado
demasiado aburrida y de que se sentían frustradas. Sólo mi madre perseveró en
su calma conyugal y pudo decir durante treinta años, como Annette von
Droste-Hülshoff:13
Sólo debo permanecer,tan pura y delicada,sentada como un niño
bueno.
Hay muchas
cosas que en la vida son debidas al azar. Pero hay casualidades demasiado
«casuales». El padre de mi madre se llamaba Gottfried.14 Y todos los Zorn se
llamaban Gottfried: el padre de mi padre y también el marido de mi madre. Todos
se llamaban Gottfried Zorn y jamás se irritaron contra su Dios. Ellos vivían en
paz, en paz con Dios y con el mundo. Nunca fueron coléricos sino que decían:
Calma, calma. Creo que una vez, una única vez, mi madre se quejó en mi
presencia diciendo que en el fondo a ella le hubiera gustado ser alegre, pero
«eso simplemente no era posible». Es significativo que de esta manera repitió
una frase de su propia madre, mi abuela, que una vez me confesó que, siendo
joven, le hubiera gustado ir a bailar, pero que «eso simplemente no era
posible» porque el abuelo (ella decía abuelito) se mareaba. El «abuelito»
pasaba el día sentado frente a su escritorio, delante de un cuadro medieval de
un Cristo crucificado de tamaño casi natural. De la segunda puerta de su
escritorio colgaba un cuadro de tamaño algo menor, que representaba la
crucifixión. Mi abuela no tenía nada de distinguido, en absoluto; quizás
incluso fuera una cochina, pero seguramente era una pobre cochina. Cuando
pienso que le hubiera gustado bailar mientras «abuelito» Gottfried estaba
acurrucado frente a su Cristo, se me van las ganas de enojarme con ella.
Y mi madre,
¡mi pobre madre! Todos los domingos por la noche mi madre llamaba a algunos
parientes y les informaba de cómo habíamos pasado el domingo, y sus palabras
eran siempre: Estamos tranquilos. Tranquilos, ¡qué palabra tan abominable! Mi
tranquilo padre pasaba siempre el domingo haciendo solitarios, ya he dicho que
él conocía un único solitario, que era, además, el más aburrido. Yo mismo hago
solitarios de vez en cuando, pero no los hago todos los domingos, y además
conozco varios, y algunos de ellos son, incluso, interesantes; en pocas
palabras, también los solitarios pueden ser amenos, pero ese único solitario
todos los domingos era algo sumamente triste y deprimente. Mientras tanto mi
padre escuchaba discos, preferentemente alguna música triste y romántica de
Schumann, Schubert o Brahms, a veces incluso el Viaje de Invierno de Schubert,
donde para colmo aparecen estas palabras —como si todavía fuesen necesarias—:
Y escucho siempre este murmullo:Allí encontrarías la paz.
Claro que
existía un motivo por el que mi padre hacía solitarios: estaba «fatigado». Mi
padre tenía una vida «difícil», por eso estaba «cansado». He aprendido a tomar
el cansancio como algo sumamente complejo. A veces yo estoy cansado de
trabajar; a veces estoy cansado de no hacer nada, pero después de no hacer nada
siempre estoy mucho más fatigado que después de haber trabajado; y a veces
estoy cansado de tal manera, que la palabra «cansado» se hace sinónimo de
«triste». Y es entonces cuando mi cansancio es idéntico a estar triste, cuando
estoy más cansado que nunca. No por nada se habla de una necesidad de reposo,
caracterizado por el adjetivo «cansado de la vida».
Y hay algo más
que me pone triste. Mi padre, hombre inteligente, talentoso, culto, sensible y
noble, dejaba todas esas aptitudes sin cultivar y se dedicaba a hacer
solitarios. Su mayor crimen lo cometió contra sí mismo. Mi padre, nacido para
la actividad creadora, siempre estaba cansado y hacía sus solitarios, siempre
el mismo y único, y mi madre, como una esposa fiel, no lo molestaba y no
protestaba, ya que el esposo estaba «cansado». Mi madre, por su parte, era una
mujer nacida para divertirse, pero estaba «tranquila», estuvo tranquila durante
toda su vida. Esa tranquilidad en casa de mis padres daba pena.
Cuando
reflexiono acerca de la historia de mi familia llego a la conclusión de que yo,
con todas mis penas y mis sufrimientos, vivo mi vida con mucha mayor intensidad
que mis padres la suya, en su tranquilidad. Yo soy desgraciado, soy desgraciado
de una manera violenta y apasionada; mis padres «estaban tranquilos», pero esto
último es aún peor. Yo estoy rodeado de miles de cosas que me agobian, y paso
por mil terrores, pero por lo menos vivo algo, y mis padres no han vivido nada.
Yo estoy en el infierno, pero por lo menos estoy en el infierno, y mis padres,
en el mejor de los casos, estaban en el limbo, y en realidad ni siquiera
estaban. Actualmente, yo estoy a punto de morir, pero mis padres ¿han vivido
alguna vez? Mi padre ha encontrado ahora su «descanso eterno»; mi madre está
sola en una gran casa, y está triste.
Pero no todos
califican de «triste» lo que para mí es triste. Mis padres no se juzgaban
tristes, sino que sentían que estaban haciendo lo correcto, lo que estaba bien,
comme il faut. La paz de su casa no era para ellos un sufrimiento, sino una
virtud. (En eso, indudablemente, no se distinguen siquiera de otras personas,
porque ¡cuántos sufrimientos pasan por ser virtudes en nuestra sociedad!) La
casa de mis padres no funcionaba y eso los enorgullecía.
Y como no
funcionaba, nadie resultaba afectado y no molestaba a nadie. En casa de mis
padres siempre había una gran, una enorme tranquilidad. Nadie tenía que gritar
«¡Silencio!», porque el silencio ya estaba allí. Y justamente porque no
importunábamos a nadie ni la tranquilidad de nadie, éramos comme il faut. Y ésa
era, justamente, nuestra virtud.
Creo que para
definir esa noción de «burgués», intuida por mí, puedo arriesgar la siguiente
fórmula: lo «burgués» es esa tranquilidad a cualquier precio, porque de otra
manera algún otro puede ser molestado en su propia tranquilidad. Y eso es lo
malo. Es lo burgués y lo malo cuando uno está en contra de que los electrones
giren alrededor del núcleo del átomo, «porque eso quizá pueda molestar a
alguien». Significa estar en contra de que la hormiga se pasee por el bosque,
«porque el sendero por el que camina quizá sea una calle privada, cuyo paso
está prohibido bajo pena de multa». Significa estar en contra de que el león se
coma a la gacela, «primero, porque el león es un extranjero y, segundo, porque
la gacela no está empadronada y, tercero, porque ambos todavía son menores de
edad». Significa estar en contra de que la luna gire alrededor de la tierra,
«porque el claro de luna que ilumina la noche puede molestar». Significa estar
en contra de que el sol salga, «porque ya el banco ha comprado la mayor parte
de las acciones del dominio cielo y debe esperar que la situación económica
mejore antes de que el sol pueda salir». Significa que siempre existe alguien
en potencia al que posiblemente se pueda molestar; y si por casualidad ese
alguien es totalmente inhallable, se le inventa.
Creo que el
«no querer molestar» es algo malo porque es necesario molestar. No basta con
existir; también hay que atraer la atención acerca del hecho de existir. No
basta con ser, simplemente, también hay que hacer. Pero quien hace, molesta, en
el sentido más noble de la palabra.
Extraído de la
cantata de Bach «Arriba, marciales sonidos de alegres trompetas» (nomen est
omen):
Allá florecen muchas bellas flores,aquí, glorificando a Flora,se
yergue una planta, crecey quiere mostrar su crecimiento.
No basta que
la planta se eleve; debe asimismo «mostrar su crecimiento».
En la primera
parte de mi historia ya he pintado mediante una serie de ejemplos este fenómeno
burgués, tranquilo y suizo en el sentido más nefasto, y no necesito ahora
ampliar la lista. Sólo quisiera retomar un ejemplo que puede resumir todos los
demás, y es el de la sexualidad. Cuando yo escribí que lo burgués prohíbe al
sol que salga, es necesario tomarlo en sentido figurado, en una formulación
lírica, que reemplaza a muchas otras cosas. Pero si se toma en cuenta que todo
lo sexual «no existe» en el mundo burgués, es decir, no existe porque está
prohibido (como si prohibiendo algo uno pudiera hacerlo inexistente), no nos
enfrentaremos ya con un lirismo sino con una realidad que, además, es perversa.
La sexualidad existe, pero «molesta», o, lo que es peor aún, «podría quizá
molestar», y por eso se actúa como si no existiera. El sol brilla, pero aquí
está prohibido brillar, y por lo tanto hacemos como si no brillara. La luna
sale, pero ese hecho tal vez podría molestar a alguien, y por lo tanto hacemos
como si no hubiéramos visto que la luna sale y, a la luz de la luna, nos
golpeamos expresamente la cabeza contra un árbol, para probar que hemos
comprendido que la luna no brilla y que la noche está oscura.
Esto no es
tonto, es malo. Porque lo que se hace de tonto es sin querer, y lo que se hace
de malo es deliberado. Es tonto aquel que se golpea la cabeza contra un árbol
en plena oscuridad; es malo aquel que se golpea la cabeza contra un árbol en
una noche de luna.
Mi relato
llega ahora al punto que más me pesa. En la primera parte de mi historia
describí la atmósfera que reinaba en casa de mis padres, y qué sucedió conmigo
como producto de esa casa. Expuse asimismo por qué no puedo odiar a mis padres
a pesar de todos sus errores, y cómo, finalmente, los reconocí no como «malos»
sino como «dignos de lástima». También intenté aclarar cómo mis padres, «en
cierto sentido» y aun cuando fuera de una manera complicada, fueron «cómplices»
de mi desgracia. Hoy, sin embargo, me disgusta ese «en cierto sentido», porque
indica que la respuesta a esta pregunta es «complicada». Pero la pregunta ha
sido planteada y la respuesta sólo puede expresarse en estos términos: sí, sí;
o bien: no, no.
Yo puedo
constatar mi desgracia: es una realidad. Esa realidad no surgió de la nada, esa
realidad se fue haciendo. Yo no soy desgraciado «porque sí», yo no tuve «mala
suerte», no soy infeliz por azar. Me han hecho infeliz. El hecho de ser
desdichado no es el resultado de una casualidad o de un accidente, sino de una
falta. No «sucedió», sino que fue producido; no es el destino, sino una culpa.
Estoy
dispuesto a conceder a mis padres todas, insisto, todas las circunstancias
atenuantes; pero en cuanto a la pregunta de si son culpables o inocentes de mi
desgracia, mi veredicto es: culpables. También estoy dispuesto a perdonar a mis
padres, y en el fondo ya lo hice en el curso de mis reflexiones, pero el hecho
de que alguien sea indultado no significa en absoluto que haya sido inocente.
Por el contrario: sólo aquel que es culpable puede ser indultado.
Después de la
Segunda Guerra Mundial todos los nazis eran de pronto sólo «buenos alemanes»
que no habían hecho más que ejecutar las órdenes del Führer y cumplir con su
deber. Todos ellos «en realidad no sabían» qué era lo que sucedía en los campos
de exterminio, y sólo habían tenido «buenas intenciones». Yo me creo capaz
hasta de llegar a creerles. Pero los judíos estaban muertos. Mis padres no
habían tenido más que «buenas intenciones» y sólo me habían «educado comme il
faut». Yo les creo; creo a mi padre muerto y creo a mi pobre madre. Pero estoy
a punto de morirme por culpa de ese comme il faut. Se reconoce el árbol por sus
frutos.
Y, ahora, ni
una palabra más acerca de mis padres. He visto lo que me han hecho, les he
condenado, les he perdonado y tengo piedad de ellos. No puedo hacer más por
ellos. Ahora ya no me interesan. Lo que queda soy yo. Me ha visitado el dolor;
es un hecho y lo reconozco. En nuestra sociedad burguesa no es habitual ser
sufriente; ser sufriente no es comme il faut. En Zúrich no se vive el dolor
hasta su fin sino que se lo desplaza, ya que el hecho de sufrir «quizá podría
molestar a alguien». No se osa mirar a la cara al hecho de estar triste, porque
al sufrir se «interrumpe la paz»; y esta falta de coraje para molestar a
alguien a causa de la propia tristeza se llama «ser valiente» en la jerga
burguesa de mi país. Pero yo no comparto en absoluto esta opinión. No sólo debe
decirse:
Se yergue una planta, crecey quiere mostrar su crecimiento,
sino que
también es necesario mostrar la declinación. No sólo la alegría quiere
exteriorizarse, sino también la tristeza. Cuando ha habido un dolor es
necesario lamentarlo. A mí me parece bien. No es necesario acusar siempre,
basta el simple hecho de lamentarse. Desde este punto de vista, lo que yo
encuentro característico de mi vida actual es que las cosas tengan lugar. El
dolor tiene lugar, pero también tiene lugar el duelo por ese dolor. También el
duelo es un deber (no por nada A. Mitscherlich habla de «trabajo del duelo»).
Presumo que esta concepción del duelo es impopular. En la sociedad burguesa se
reprime el lamento fúnebre. En la sociedad actual, el penúltimo verso de la
Nänie15 de Schiller ya no corresponde a una realidad, porque nadie es un canto
fúnebre en boca de su amado; sin hablar siquiera de lo que eso podría tener de
«maravilloso». No sucede lo mismo, en cambio, con el último verso, pues el
hombre común desaparece siempre sin despertar ecos en el reino de las sombras,
pero hace mucho tiempo que ya no es solamente el hombre común. En América, como
es sabido, no se habla de la muerte, y en el american way of dying lo que es
noble desciende también desde hace mucho tiempo, sin despertar ecos, al reino
de los muertos. En este sentido, nuestro país es América por todas partes: para
empezar, somos liquidados por una sociedad degenerada en el plano emocional y
luego se hace un silencio de muerte sobre nosotros. En nuestra época, una vez
que alguien ha muerto, ni siquiera se dice que ha muerto, se dice que «ya no
está aquí». También eso, el no osar pronunciar la palabra «muerte», es burgués.
Todo tiene su nombre y la muerte también tiene el suyo. Pero cada pecado es
seguido por su castigo: es el destino del burgués que, simplemente, un buen día
«no esté ya aquí». Pero no yo. Yo nunca «no estaré ya aquí», yo estaré muerto,
y habré sabido por qué.
Varias veces
he expresado mi crítica a la sociedad burguesa, especialmente con referencia a
aquel aspecto del espíritu burgués cuya perversidad he constatado. Siento
también aversión contra esa sociedad burguesa porque yo mismo soy uno de sus
productos y porque me desagrada ese hecho. Reconozco que soy un producto de esa
sociedad, pero siento, por otra parte, que no soy solamente uno de esos
productos preprogramados. Así como creo que el papel que han jugado mis padres
en mi vida tendrá alguna vez su final, también creo que alguna vez se colmará
la medida en que el espíritu burgués me resultó fatal.
Creo que estoy
dividido en tres partes. Primero, consisto en una individualidad; en segundo
lugar soy el producto de mis padres, de mi educación, de mi familia y de mi
sociedad; en tercer lugar soy un representante del principio de la vida en
general, es decir de esa fuerza que hace que los electrones giren alrededor del
núcleo del átomo, que las hormigas hormigueen y que el sol salga. Una parte de
mí mismo es también electrón y hormiga y sol, y ésta ni la educación más
burguesa puede arruinarla.
Mi miseria
también es una parte de la miseria universal. Mi vida no sólo consiste en los
gemidos de un individuo de la burguesía de Zúrich, educado a muerte; es también
una parte del gemido de todo el universo, en el que el sol ya no sale. De niño,
había un pasaje determinado del Nuevo Testamento que siempre me causó una
impresión particular, aquel donde se dice que después de la muerte de Cristo se
había rasgado en dos el velo del Templo. Tengo esta impresión también hoy,
cuando me acosan los grandes dolores de mi desgracia: es entonces cuando siento
que en mi vida el velo del templo se rasga en dos constantemente, que todos los
velos de todos los templos se rasgan constantemente. Esa sensación es una de
las imágenes posibles que se me ocurren cuando escribo las palabras: «La
miseria tiene lugar.» Incluso esta representación de la desgracia
ininterrumpida es algo universal. Para no citar más que un ejemplo: se llora
sin pausa la muerte de Tamuz, de Dumuzi, del «verdadero hijo», del amante y del
hijo de la diosa Astarté del Asia Menor, ya sea como divinidad del mundo
vegetal quemado por el sol y la sequía, ya sea como Adonis muerto por el
jabalí, ya sea como Cristo crucificado. La muerte de cada ser humano es la
muerte de todos los seres humanos, y la muerte de cada ser humano es el fin del
mundo.
Según el
principio de conservación de la energía, la suma de todas las energías
permanece siempre constante. Creo que también es siempre constante la suma de
todos los sufrimientos; y por eso nada se pierde. No es una simple frase cuando
se dice que el sufrimiento grita su dolor al cielo. El sufrimiento no sólo
grita su dolor al cielo, sino que llega hasta allí y allí es atesorado.
Sin embargo,
como ya he dicho, de la misma manera que no me confundo en absoluto con lo que
es puramente burgués y que me ha sido transmitido, y con lo que han hecho de
mí, tampoco me confundo con aquello que es puramente universal. En parte, yo
también sufro la muerte simbólica y ritual de Tamuz, el dios del Asia Menor;
pero ante todo soy también un ser humano no-simbólico y concreto, amenazado por
la muerte concreta, incluso, como ya he dicho, por una muerte que amenaza
llegar antes que yo haya cumplido con la misión de mi vida. Y ese peligro
origina el miedo y el odio. El sentir miedo y odio en determinadas situaciones
no tiene ningún sentido; pero es así, y es propio de esas situaciones causar
miedo y odio.
No sé en qué
estado me encuentro y tampoco puede decírmelo ningún médico, porque ningún
médico lo sabe. Quizá ya haya perdido la partida, pero mientras no se haya
perdido del todo no se puede saber con seguridad que se ha perdido, y, además,
el hecho de haber perdido o no la partida a fin de cuentas no influye para nada
sobre la forma que uno ha dado a su vida, pues en ambos casos se hacen las
mismas cosas, aun cuando esas cosas no sirvan de nada. Por otra parte, ¿qué
significa «servir»? Que algo sirva para algo no significa gran cosa, más que el
hecho de que esa cosa tiene un sentido, y ya he dicho antes que no necesita
tener ningún sentido. Si pisas una abeja, el animal moribundo te picará el pie.
Claro que eso no le sirve para nada, porque de todos modos tiene que morir por
el hecho de haber sido pisada, pero ha hecho bien en picar antes de morir. Es
así como actúan las abejas.
También yo me
rebelo contra mi muerte inminente, también yo tengo horror a ser exterminado;
también yo pico todavía antes de morir. Eso no lo hacen sólo las abejas,
también lo hacen los seres humanos. Puedo comportarme más o menos bien en mi
situación; puedo arreglármelas más o menos bien con el fenómeno de la muerte,
como todo ser humano se las arregla con ese fenómeno. Puedo reconstruir los
pensamientos de toda la humanidad acerca de la muerte, frente a mi propia
muerte; pero a pesar de todo debo morir solo, de forma individual. La
explicación y la significación de mi enfermedad espiritual y corporal son
generales; en cierta medida, las reflexiones que hice sobre ella valen para
todos; creo que la causa de mi muerte será clara para todo el mundo; pero mis
propias angustias y sufrimientos son sólo míos, puesto que no hay explicación
posible. Una vez muerto, seré uno entre muchos otros, y muchos comprenderán la
razón por la cual habré muerto; pero estoy solo mientras muero.
He aquí ahora
una hipótesis sociológica. Aun cuando haya sido destruido como individuo, no
seré borrado de una manera nefasta para la sociedad. Si debo morir ahora, mi
muerte no será casual sino típica, ya que fui atacado por el mal que ataca en
mayor o menor grado a toda nuestra sociedad actual. Pero las muertes típicas
tienen la tendencia a extenderse hasta convertirse en una epidemia nacional. Es
cierto, hasta ahora no ha sido considerado jamás problema el demoler algo; pero
hoy comienza a volverse un problema el saber qué hacer con todos esos desechos
de la demolición. Yo habré muerto de una manera demasiado sintomática a los
ojos de nuestra sociedad como para que no se me deba considerar, en mi estado
póstumo de demolición, un desecho radiactivo también sintomático, un desecho
radiactivo del cual ya no es posible desembarazarse y que contamina todo cuanto
lo rodea. Yo afirmo que el hecho de haberme exterminado continuará ardiendo
bajo las cenizas y terminará por provocar la ruina de ese mundo que me
exterminó. Bajo la presión del comme il faut se me educó hasta tal punto comme
il faut, que a fuerza de comme il faut fui destruido. Pero a una sociedad cuyos
niños mueren por encarnar perfectamente a esa sociedad ya no le queda mucho
tiempo. En realidad, tanto va el cántaro a la fuente que al fin se rompe. Pero
entonces creo que es comme il faut que se rompa, e incluso il le faut. Una vez
más veo aparecer aquí una forma de ese humor cósmico que he encontrado a menudo
en el transcurso de mi historia.
Todas las
tonterías de la sociedad se vengent tôt ou tard, antes o después. En la antigua
China todas las mujeres tenían los pies atrofiados. Todas cojeaban y sufrían
dolores (y, según se lee, incluso olían mal), pero esos millones de piececitos
imperiales atrofiados ayudaron a que llegara la revolución y que con ella
desaparecieran los pies atrofiados junto con el emperador. ¿Pobre emperador?
No, emperador estúpido que hubiera hecho mejor cuidando los pies de sus
súbditos; quizás en ese caso se habría mantenido como cabeza de todos esos
pies.
Yo creo que la
revolución llega siempre a partir de cierta cantidad de pies atrofiados o de
otros miembros atrofiados, o de almas atrofiadas. Por otra parte, la revolución
tiene que llegar, ya que todo lo nuevo es siempre lo mejor. Encarezco a los
lectores que tomen esta frase curn grano salis y que renuncien a las astucias
de la interpretación, entonces la frase cobra valor (como lo prueba también su
inversión, ya que «volver hacia atrás» siempre es malo). Ya he mencionado la
Revolución Francesa como otro ejemplo de revolución, constatando que, a pesar
de todas sus atrocidades —también inútiles— y el absurdo de cortar la cabeza a
María Antonieta, nadie sin embargo derramó una lágrima por la reina. ¿Quién
hubiera querido que no se produjera y que desde Versalles los Borbones
siguieran rigiendo los destinos de Francia?
Quiero agregar
a esto una nota humorística. De la biografía del último emperador de China se
desprende que nadie se vio más beneficiado con la Revolución China que él
mismo, pues encerrado en la jaula de oro de su palacio imperial era el que más
había sufrido bajo el imperio. En un país en el que los privilegiados están
repartidos en forma despareja, los subprivilegiados se encuentran en una mala
situación, pero ¡en qué pésima situación se encuentran los superprivilegiados!
Esto no sólo es válido para China sino también para la quintaesencia de mi
propia historia.
Quisiera
insistir una vez más sobre el hecho de que no considero este ensayo un texto
esencialmente político, a pesar de que no desconozco la tesis según la cual
toda declaración tiene carácter político. Aunque yo esté convencido de la
necesidad de la revolución, no creo sin embargo que la revolución deba ser
siempre de carácter político.
Por otra
parte, creo que no hay tanta necesidad de estar a favor de la revolución; basta
con no estar en contra de ella, porque de todos modos la revolución se produce
por sí misma, y llega siempre, aunque por lo general necesita mucho tiempo para
producirse. De la misma manera que cada uno de esos millones de pies chinos
atrofiados representa una rueda en el engranaje de la Revolución China, también
mi historia es una rueda en el mecanismo de la revolución de la sociedad
burguesa. Yo mismo soy solamente una pequeña ruedecita, pero una ruedecita
típica; y si juntamos una cantidad determinada de pequeñas ruedecitas típicas
ya no tenemos un montón de ruedas sino una máquina, y en ese caso, una máquina
que provoca algo. En términos médico-sociológicos, cada organismo es tan fuerte
como el más débil de sus miembros. En mí, mis células linfáticas degeneradas
han atraído mi atención sobre aquello que está enfermo en el conjunto de mi
organismo corporal y espiritual; dentro de mi sociedad, yo mismo soy la célula
atacada por una enfermedad maligna que contamina al organismo social. El
peligro que representa para el total del organismo esa célula enferma debe ser
detectado, y esa célula enferma debe ser curada; de no ser así, el organismo
muere. Desde el punto de vista social, yo soy la célula cancerosa de mi
sociedad, y así como la primera célula maligna en mí tuvo un origen
psicosomático, lo que en cierto sentido puede definirse también como «causado
por su propia culpa», así también yo, el representante de la enfermedad de mi
sociedad, debo ser inscrito en el pasivo espiritual de esa sociedad. Por eso la
fórmula que parece un poco afectada pasa de ser una simple agudeza a
representar la expresión de la realidad concreta: Yo soy el ocaso de Occidente.
Claro que no soy todo el ocaso de Occidente, y no sólo yo soy el ocaso de
Occidente, pero sí soy una molécula de esa masa de la que surgirá el ocaso de
Occidente.
En ese
sentido, yo me definiría como un revolucionario: un revolucionario activo y un
revolucionario pasivo. Activo, pero no en el sentido de representar la opinión
de que en Suiza ahora todo debiera volverse inmediatamente chino, cubano o
africano; en mi opinión, eso no es necesario en absoluto. De la misma manera
que encontré insensato hacer volar por el aire el Banco de Crédito Suizo (a
pesar de que sigue siendo un hermoso y necesario fuego de artificio la
explosión de esta institución, en el sentido simbólico), de la misma manera
juzgo innecesario ahuyentar al diablo burgués gracias al Belcebú de cualquier
otro «ismo» político (aun cuando no hay que olvidar que el solo hecho de no
haber llamado a Belcebú no mejora en absoluto al viejo diablo). Es verdad que
yo me pronuncié violentamente contra las cosas burguesas o zuriquesas o suizas,
aunque no con la intención de liquidarlas. No deben ser liquidadas, pero
tampoco deben seguir siendo como son. Un paciente que sufre por una pierna
enferma no sana porque se le ampute la pierna, sino cuando se le cure la
pierna.
Me considero
un revolucionario pasivo en la medida en que, a través de mi historia, mis
sufrimientos y quizá también mi muerte, represento uno de los numerosos
elementos necesarios para que el mecanismo de la revolución se ponga en marcha.
En un sentido general, eso es lo necesario de mi historia, y personalmente,
para mí, también lo que tiene de triste. Yo no soy más que un número de la
revolución por cuyos dolores de pies nadie se preocupó tampoco después de la
revolución. En el catálogo de la revolución yo soy el número 5.743, número que
ha sido necesario para que pueda existir un número 5.742 y para que pueda haber
un número 5.744; pero ha desaparecido mi felicidad personal. Ése es mi
sufrimiento: mi vida también tiene una función para la colectividad, y esto es
suficiente para el espíritu; pero al mismo tiempo el corazón está hambriento y
grita.
Dicho esto,
dejemos esta digresión sociológica y volvamos a lo que me interesa. Reconozco
que, entre otras cosas, el mundo funciona también dentro de mí y por mí y a
pesar de mí, y eso satisface mi intelecto; pero el alma no quiere saber nada
del funcionamiento del mundo y no pretende más que su propio funcionamiento.
Quizás el corazón de un chino late con más fuerza al pensar que su propietario
trabaja activamente y hace horas extra para Mao y para el pueblo chino; pero mi
corazón no es un corazón chino, mi corazón es distinto. La mantis religiosa
consume por día dieciséis veces su propio peso; pero la boa constrictor come
sólo una vez al mes; es que, simplemente, son diferentes. En mi cálculo
sociológico, la operación da un resultado perfecto: yo soy una de las cifras
necesarias para que se obtenga el producto deseado; pero al mismo tiempo estoy
triste, y ninguna matemática ayuda a combatir la tristeza.
Como no es
posible dilucidar este mismo conjunto de temas de manera racional, quiero
intentar transcribirlo en el plano irracional o digamos más bien religioso. A
este respecto quisiera que se tome la noción de religioso no tanto en el
sentido ético sino más bien en el sentido demoníaco. Otra palabra, en lo que
concierne al vocabulario cristiano, que yo empleo con asiduidad. Yo mismo no
soy amigo de la religión cristiana, pero a menudo utilizo nociones que forman
parte de su vocabulario cuando hablo de problemas religiosos porque creo que
esos conceptos nos resultan más familiares tanto a mí como a mis semejantes,
más que los de cualquier otra religión. Poco importa si en este país se toma
partido a favor o en contra de la religión cristiana, de todos modos hemos
crecido en su zona de influencia y podemos, por lo tanto, captar mejor los
problemas religiosos del mundo dentro del vocabulario cristiano, siendo el
campo afectivo uno de los principales en este sentido.
A nosotros los
europeos no nos interesa el pésimo carácter del negro azteca Tezcotlipoca, y
estoy seguro de que los chinos no se preocuparán por el complejo paternal de
Abraham. Además, el empleo de la terminología cristiana tiene la ventaja de
responder mejor a nuestras representaciones inconscientes. También el nombre
«Juan» es judío y bíblico, sin que en este caso pensemos en algo
específicamente religioso. Quiero decir con esto que me importa menos la
realidad histórica del rabino judío Jeschua que la manera en que su imagen
continúa actuando en nuestras representaciones inconscientes y en cada miembro
de nuestra sociedad, incluso en mí, que no tuve una educación cristiana en casa
de mis padres.
En la segunda
parte de mi historia hice alusión al hecho de que, aun partiendo de la
hipótesis de que Dios no existe, habría que inventarlo, sólo para darle una
bofetada. Quiero ir un paso más allá para afirmar que si uno siente la
necesidad de inventar un concepto, ya ha inventado y creado ese concepto en ese
mismo instante. Creo que el alma atormentada siente la necesidad de la
existencia de Dios. Él es el lugar al que se puede enviar la propia acusación y
donde esta acusación debe llegar. Es el recipiente en el que el hombre tiene
que verter su odio. Él es la persona a la que, durante el Juicio Final —tal
como se describe en la Biblia, sólo que con los signos contrarios—, uno debe
dirigirse para decirle que ha sido muerto de hambre, ha estado desnudo y
triste, y que no fue alimentado ni vestido ni confortado. También es importante
que yo haya sido el que no supo nada de esas bienaventuranzas, y que se me
hayan infligido a mí todas esas ofensas.
En la teología
cristiana se expresa la idea de que Jesús es clavado en la cruz constantemente,
a cada instante de la eternidad; y yo puedo comprender esta idea, aunque con el
signo contrario. Comprendo que la humanidad atormentada clave constantemente a
Dios en la cruz, y sé también por qué: lo hace de rabia por todo lo que Dios le
ha hecho al mundo, ése es el motivo por el cual la humanidad clava a Dios en la
cruz. Creo que también yo soy uno de esos que crucifican a Dios, porque lo
odiamos, y queremos que muera constantemente.
Llego de esta
manera a un tema que me parece significativo dentro de este ensayo: el tema del
odio hacia Dios y la necesidad de que Dios muera. Ya me vi implicado en una
lucha con Dios bajo la forma de una visión en la cual nos peleábamos con la
misma arma: con el cáncer. Dios me golpea con una enfermedad maligna y mortal,
pero por otra parte él mismo es el organismo en el cual yo encarno la célula
cancerosa. Por el hecho de haber enfermado sin esperanza, yo demuestro hasta
qué punto es malo el mundo de Dios, y así represento el punto más débil del
organismo «Dios» que, en cuanto organismo, no puede ser más fuerte que su punto
más débil, es decir, yo. Yo soy el carcinoma de Dios. Nada más que un pequeño
carcinoma en el interior de ese enorme ámbito, pero carcinoma de todos modos.
El tamaño no tiene importancia, por otra parte, ya que el nervio más pequeño,
cuando duele puede producir un efecto tal que todo el cuerpo se siente sacudido
por el dolor. Y es así como me veo a mí mismo, tocando el nervio en el cuerpo
de Dios de manera tal que, como yo, tampoco él puede dormir de noche,
retorciéndose, gritando y aullando en su cama.
En esta visión
también he visto que aunque ambos contrincantes, Dios y yo, luchan con la misma
arma, el cáncer, que envenena y disgrega el cuerpo del contrincante, y que
ambos luchan aplicando la misma táctica, lo hacen por diferentes motivos. Mi
motivo: un odio abrasador; el motivo de Dios: un resentimiento malvado y sordo.
He reconocido en mí la necesidad imprescindible de golpear al adversario en el
centro del corazón; y en Dios, en cambio, una malignidad adormecida y amorfa
que, en el programa de aniquilación universal, me aniquilaría a mí también,
junto con todo el resto. En esta última representación, Dios se me aparece más
bien con el aspecto de un gigantesco animal maligno, una medusa repugnante que
intenta ahogarme y envenenarme, o como un pulpo con mil tentáculos que me
aprisionan por todos lados.
Si parto ahora
desde esta última imagen del pulpo, me parece encontrar en ella varios aspectos
conocidos. En mi vida he tenido una y otra vez el sentimiento de haber sido
aprisionado por innumerables tentáculos que no tenían otro fin que envenenarme
y asfixiarme, y de cuyo abrazo mortal apenas podía evadirme. He visto algo
similar en mis padres, en todo lo que es burgués, lo que es tranquilo, lo que
es zuriqués, lo que es suizo, y por lo general eso quería decir más que lo
concretamente familiar y burgués y zuriqués; quería significar todos esos
conceptos entre comillas, es decir lo «familiar», lo «burgués» y lo
«tranquilo». Todos estos conceptos no sólo se designaban a ellos mismos, sino
que hacían siempre alusión a algo más profundo: lo «familiar» era sólo un
aspecto de lo «burgués», y lo «burgués» era sólo un aspecto de lo «tranquilo»,
y esto último y todos los otros juntos, por su parte, eran un aspecto del
«mal». Y este «mal» parece coincidir en la visión del gran Pulpo con lo
«divino».
¿Hay que
deducir de esto que Dios es el Mal absoluto? (Sería una conclusión original en
sí misma, ya que está en contradicción con la concepción corriente y un poco
banal de que Dios encarna el Bien absoluto, el summum bonum.) Esta deducción
parece justificada en gran parte, aunque a mí no me gusta del todo. Y no me
disgusta por la palabra «mal», sino por la palabra «absoluto». Por lo tanto
quiero poner como hipótesis de trabajo la siguiente frase: Dios es el Mal, pero
no es el mal absoluto. Dicho más concretamente: el mundo es el mal, pero
todavía es posible mejorarlo (el mal no absoluto).
Pero la otra
cara de lo absoluto es lo relativo, o más bien lo regional, para utilizar una
expresión un poco más representativa. Por ello quisiera modificar mi tesis de
la siguiente manera: Dios es el Mal regional. Con esto quiero decir que hay que
concebir a Dios como algo profundamente regional; creo incluso que es
justamente lo regional lo que hace el encanto y la eficacia de Dios. El hombre
moderno, que se complace en pensar en Dios como en algo absoluto durante sus
especulaciones filosóficas, tendrá que habituarse a que el Dios absoluto y
universal es una simple construcción intelectual, pero que Dios, en el sentido
en que encarna simplemente lo «divino» y no sólo lo puramente intelectual, es
algo totalmente diferente en cada rincón de la tierra.
Dios no es
sólo distinto en cada una de las religiones del mundo; también el hipotético
Dios cristiano es diferente en cada uno de los países. El Dios de Irlanda del
Norte no es solamente distinto al Bon Dieu de Francia; incluso en la región
meridional del mundo católico el Dios de España es totalmente diferente al Dios
de Italia. También la Gran Diosa y Madre de estos dos países meridionales, la
figura de Miriam de Nazareth, la viuda del carpintero, la figura elevada hasta
el mito, es también, cada vez, otra: la Madonna de la Pietá de Miguel Ángel,
inclinada en un dolor distinguido sobre la cuidada anatomía de su hijo muerto,
nada tiene que ver con la Macarena sevillana que se dirige hacia el espectador
desde la pomposa monstruosidad de sus baratijas africanas.
A nadie se le
ocurre atribuir a la Macarena española una validez general europea; esa diosa
estará bien para los españoles, pero es inservible fuera de España. ¿No habrá
que asignarle también a esa otra figura mitológica que se designa de manera un
poco superficial en el lenguaje europeo llamándola simplemente «Dios» —ni
siquiera precedida por un artículo definido— la misma ubicación regional que se
asignó desde hace mucho tiempo a su madre? ¿Por qué el hijo de esa madre,
puramente nacional, debería ser internacional? Reconozco que la originalidad
del Dios cristiano consiste en que intenta ser universal, pero esa originalidad
me parece demasiado pretenciosa. No, los dioses no son así. Ellos siempre
provienen de un ámbito geográfico definido y forman parte de un ámbito
geográfico definido ya que son, por naturaleza, locales. Por otra parte no son
eternos, sino transitorios; los dioses son así, y así debe ser para ellos.
Cronos desplaza a Urano, y Zeus desplaza a Cronos; Set mata a Osiris, y Horus mata
a Set; y los germanos tienen su crepúsculo de los dioses, que funciona según el
mismo principio.
Sólo la
religión cristiana concibe a su Dios (o a sus dioses) como universal y eterno,
y se niega a admitir el advenimiento de otros dioses. Sostengo que esta
posición es antirrevolucionaria y reaccionaria. Creo que esto es lo que tiene
de malo la religión cristiana, que quiere ser a toda costa la mejor de todas y
que haya que imaginar a los dioses por ella creados como eternos e infinitos.
Las otras religiones demuestran que todos los dioses mueren alguna vez y son
reemplazados por nuevos dioses; sólo el Dios cristiano no quiere morir y dejar
advenir un dios nuevo y mejor.
Creo saber
ahora también lo que quise indicar con el concepto que designé como lo
«familiar», lo «burgués», lo «cristiano» y lo «tranquilo», y finalmente con la
palabra «Dios». «Dios» es el nombre que di al conjunto del mundo, que parecía
ser tan bueno porque era tan tranquilo, tan limpio, tan correcto, tan comme il
faut, tan burgués y tan bueno; y que sin embargo fue tan malo, especialmente
tan malo para mí, que ahora se dispone a aniquilarme. Todo eso en apariencia
bueno que me inculcaron durante mi infancia es el mundo mío que ahora me es
hostil y mortal; un mundo que trae la muerte, un mundo tan encarnizado en mi
aniquilación, una situación mortal en la que cada célula de mi cuerpo está
envenenada y en la que cada segundo de mi pasado familiar está envenenado, una
complexión de mí mismo que está tan en contra de mí que no puede más que sentir
la suma de todo aquello que está dirigido contra mí como algo total, y
denominar a esa totalidad con la palabra más abarcante que conoce la lengua alemana:
Gott (Dios). Error. De la misma manera que reconocí que no soy sólo el producto
de mis padres, el producto de la sociedad burguesa y el producto de la neurosis
cristiana universal, sino también yo mismo —aunque no más que en una
pequeñísima parte—, ahora resulta claro para mí que también eso que yo he
denominado «Dios» no es infinito. Dios no está en todas partes. Hay dominios en
los que no está, donde está terminado, donde ha cesado de estar. Él tiene su
lugar en alguna parte, y es allí donde debe estar; pero también hay lugares
donde no debe estar o donde ya no debe estar, y allí está terminado. Así como
hay dominios donde mis padres están terminados y donde la sociedad burguesa
está terminada y donde está terminado todo aquello que me atormenta. Después de
todo lo que he escrito sobre la naturaleza de lo divino, ahora puede decirse
realmente: Dios existe. Considero esta frase incluso la posibilidad de un
hecho. Pero aun cuando esta frase fuese cierta, es sólo cierta si se la precisa
de esta manera: Dios sólo existe en parte; para otra parte está liquidado.
A fin de
cuentas no se puede discutir acerca de la creencia en la finitud o en la
infinitud de las cosas; ésta es la cuestión que parece asimilarse a la cuestión
de los gustos, o si se quiere: es cuestión de temperamento creer en lo finito o
en lo infinito. En A Portrait of the Artist as a Young Man, James Joyce hace
una descripción aterradora del infinito, e incluso lo define como una cosa
terrible: «Eternity! O dread and dire word!» Jorge Luis Borges, por su parte,
demuestra en La doctrina de los ciclos, con toda la concisión del espíritu
latino, por qué el mundo tiene un fin y debe terminar: «Entonces habrá muerto.»
Seguramente
debido a mi temperamento, yo me inclino por el segundo punto de vista. Creo que
todo tiene que estar en contradicción con alguna cosa. No quiero decir aquí
sólo lo que generalmente se admite, que no puede haber negro sino donde también
hay blanco; quisiera aun ampliar esta creencia hasta el dominio de lo
irracional, hasta decir que frente a lo universal, a lo total y a lo absoluto,
debe existir algo que no esté incluido en ese universal, total y absoluto. Si
uno acuña entonces el concepto de «absoluto más esta excepción, justamente»,
que no está comprendida en lo absoluto, afirmo que tiene que haber algo que no
esté incluido en este «absoluto más esta excepción que no está incluido en lo
absoluto», de manera que el total nunca es totalmente total, y que lo absoluto
nunca puede ser absolutamente absoluto. Hay siempre algo que molesta.
¡Felizmente! (Ya he dicho antes cuán querida y preciosa me resulta la noción de
la molestia.)
Apenas es
posible expresar este a-absoluto o anti-absoluto en el lenguaje filosófico,
pero en el lenguaje religioso resulta de una simplicidad infantil. Para ello
hay una palabra muy simple. En alemán, esta palabra es: der Teufel (el Diablo).
Siempre será un enigma para mí cómo se pudo llegar a esta idea de que el Diablo
es algo malo. Creo más bien que el Diablo es nuestra última y quizá nuestra
única oportunidad.
Cosa curiosa,
se sabe muy poco acerca del Diablo. O tal vez ni siquiera sea curioso. Se
entiende que apenas aparezca en la Biblia, ya que dentro del marco del texto
bíblico el Diablo es un elemento demasiado explosivo como para que hubiese sido
posible incorporarlo, sin impunidad, en grandes dosis. No es bueno que salten
demasiadas chispas dentro del polvorín. En el texto se designa al Diablo o a
Satanás únicamente como el adversario, y se dice una vez de él que fue
«precipitado en los abismos de las tinieblas» (II, Pedro, 2, 4). No se sabe
mucho más de él, pero este poco que se sabe ya proporciona pautas importantes.
Sólo se sabe que Satanás fue «precipitado» y que por esta razón, evidentemente,
no está ya aquí. Eso es sin duda exacto en tanto que ya no está aquí, pero por
no estar aquí, está allí, justamente en los «abismos de las tinieblas» antes
citados. Todo esto me recuerda la casa de mis padres, donde se decía que los
comunistas eran, seguramente, muy malos, pero que realmente en Suiza no existían.
En psicología se designa represión al proceso por el cual de algo que no está
ya aquí se espera que tampoco esté allí. El hecho de que se sepa tan poco del
Diablo significa que ha sido ampliamente reprimido. A mí me interesan esos
«abismos de las tinieblas». Me interesan porque me parecen encarnar el lugar
que es tan caro a mi corazón, es decir: ese «en otra parte». El Diablo está en
otra parte, se encuentra allí donde Dios no está. El Diablo se encuentra en el
infierno, y el infierno, como se sabe, es un lugar desagradable, pero vale la
pena estar en el infierno, porque el infierno está allí, donde Dios no está.
Los románticos
han descrito a Satanás como un héroe y un rebelde de noble corazón, casi como
el prototipo de un revolucionario. Satanás es el rebelde que prefiere incluso
estar en el infierno por propia voluntad antes que tener que aguantar por más
tiempo la visión del monstruo Dios. En este sentido incluso puedo identificarme
con Satanás, ya que yo quise mi enfermedad y mi cáncer (porque hace dos años mi
enfermedad todavía se llamaba cáncer), tal como he escrito en la primera parte
de mi historia; yo quise ser «precipitado en los abismos de las tinieblas» para
estar en otra parte antes que en el mundo deprimente en el cual pasé los
primeros treinta años de mi vida. En este sentido también veo lo satánico como
liberador. Yo viví treinta años en un mundo que no era el infierno pero que era
«tranquilo», tomando uno solo de los innumerables adjetivos que actualmente se
ofrecen a mi elección, y eso fue mucho, mucho peor. Ahora estoy en el infierno,
pero al menos aquí no tengo «mi tranquilidad». Y vale la pena estar en el
infierno, aunque el infierno es espantoso. Camus incluso se aventura un paso
más allá en Le mythe de Sisyphe al afirmar, cuando Sísifo está en el infierno:
«Il est heureux.» Yo, por mi parte, prefiero otra solución —ya que no parto, como
Camus, de la hipótesis de que el infierno es infinito— y pienso en la
posibilidad de que, ahora que he descubierto que todo tiene un fin, también el
infierno debe tener un fin. O con palabras de los hermanos Grimm: «Tú estás
dentro, por lo tanto tienes que salir», lo que sólo significa que si alguien ha
entrado en alguna parte, también debe poder salir. Realmente me parece inútil y
banal permanecer para siempre en el infierno y mantenerme fijo en la idea de
que Dios es el Mal y que el Diablo es el Bien, porque eso sería repetir los
viejos errores con signos contrarios. Para mí, el infierno no es más que una
estación intermedia —aun cuando sea una estación intermedia necesaria— en la
que uno no debería quedarse eternamente, porque si se permanece demasiado
tiempo en su calor, entonces se revelará como demasiado ardiente. Por otra
parte, una permanencia demasiado larga junto a Satanás también se contradiría
con su naturaleza esencial, ya que Satanás es el «adversario» por excelencia, y
el contradictor estará siempre contra algo. Pero si ese algo se arreglara algún
día, desaparecería la necesidad de un contradictor, y si el Diablo sobreviviera
a la aniquilación de Dios, tendría entonces el poder de Belcebú.
Pero para mí
esta cuestión todavía no está liquidada, y mientras no esté liquidada el Diablo
aún es cobarde, y yo apruebo el que Satanás sea cobarde. Yo todavía no he
vencido aquello que estoy combatiendo; pero tampoco estoy vencido y, lo que es
más importante, todavía no he capitulado. Me declaro en estado de guerra total.
Comano,
17-VII-1976
Notas a pie de
página
1ABC, 1992.
2 «Hijo de
Marte, pero también de Belcebú», El País, 1992.
3 «Un héroe de
nuestro tiempo», El Urogallo., 1992.
4Zorn
significa «ira», «cólera». (N. de la T.)
5 En El loco y
la muerte. (N. de la T.)
6 Especie de
diablejo, protagonista de un cuento de hadas que fue retomado por los hermanos
Grimm. En castellano su nombre es Rumpelstiltskin. (N de la T.)
7 Ésta es
Rodas, ¡salta! (De una fábula de Esopo) (N. de la T.)
8 En alemán,
la palabra «Luna» es masculina. (N. de la T.)
9 En alemán,
«Krebs» significa a la vez cangrejo y cáncer (este último, como signo del
zodíaco y como la enfermedad). (N. de la T.)
10 En
castellano, en el original. (N. de la T.)
11 En
castellano, en el original. (N. de la T.)
12 En español
en el original. Nombre con que se hacía llamar Fritz Zorn en el círculo de sus
amigos. (N. de la T.)
13 Poetisa
alemana, 1797-1848. (N, de la T.)
14 Got = Dios;
Friede = paz; Zorn = ira. (N. de la T.)
15 Canto
fúnebre (por la muerte de Adonis), cuyos dos últimos versos podrían traducirse
así: «Ser un canto fúnebre en los labios de la amada es aún maravilloso, ya que
el hombre común desciende sin eco al reino de las sombras.» (N. de la T.)

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