© Libro N°. 3075. Ojalá Estuvieras Aquí. Miralles, Francesc. Colección
E.O. Septiembre 3 de 2016.
Título original: © Ojalá Estuvieras Aquí. Francesc Miralles
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
OJALÁ ESTUVIERAS AQUÍ
Francesc Miralles
A la
memoria de Julia,
princesa
suburbana.
Ojalá,
ojalá estuvieras aquí.
Sólo
somos dos almas perdidas
nadando
en una pecera, un año tras otro.
Haciendo
la misma vieja ruta.
¿Qué
hemos encontrado?
Nuestros
miedos de siempre.
Ojalá
estuvieras aquí.
PlNK
FLOYD, Wish You Were Here
Resumen
El
día en que cumple los treinta, Daniel es abandonado por su prometida. Pero ese
mismo día, una amiga le regala un disco de Eva Winter, cuyas canciones parecen
hablar de su propia vida... Daniel viajará de Barcelona a París en busca de la
misteriosa cantante. Una historia llena de sorpresas, que nos habla del amor y
la amistad, con referencias a la música y la poesía, y que gustará
especialmente a los jóvenes.
Contigo
en el iglú
París
quedaba ya lejos. Aunque apenas hacía unos minutos que había despegado de
Charles de Gaulle, las nubes que envolvían el Airbus 319 me hacían sentir en
una especie de limbo: un lugar etéreo donde sólo tienen cabida los recuerdos y
los sueños.
Después
de todo lo sucedido durante aquellas últimas semanas, me resultaba un tanto
extraño regresar a casa. Temía encontrarme como Charlton Heston al final de El
planeta de los simios, cuando descubre la Estatua de la Libertad semienterrada
en la arena. El último vestigio de un pasado al que ya no podrá regresar.
Porque
¿es posible volver a ser quien eras cuando todo se ha derrumbado a tu
alrededor?
Al
cerrar los ojos me pareció que las nubes penetraban en mi interior, diluyendo
los últimos destellos de conciencia. Antes de dejarme vencer por el sueño
vislumbré una escena largamente olvidada: mi primer escarceo en el difícil
oficio de amar. Me resistí al sopor, dispuesto a ser espectador de mi propia
love story. Dicen que el pasado explica el presente y determina el futuro.
Empecé a visionar la película de mis catástrofes sentimentales en busca de
pistas para entender lo que acababa de vivir.
Yo
tenía entonces quince años y no me había enamorado nunca. Ni siquiera imaginaba
que algo así pudiera sucederme. Vivía al margen de mis compañeros, que me
repudiaban por vestir pulcramente y llevar los deberes al día. Cuando pasaba
junto a un grupo de chicos que compartían tabaco y confidencias sexuales, la
mayoría inventadas, las voces callaban hasta que yo pasaba de largo, o bien
recibía una lluvia de insultos.
Las
chicas eran para mí un mundo lejano y peligroso. Me repelían sus labios
pintados, su desagradable costumbre de mascar chicle y los perfumes de
imitación que se entremezclaban en el aula de manera ofensiva. Tampoco entendía
la metamorfosis que habían experimentado aquellos cuerpos: de un año para otro,
parecían haberse dotado de poderosas curvas con las que desafiaban a todo el
sector masculino.
Tenía
curiosidad, eso sí. Me intrigaba saber si aquellas redondeces eran reales o
sólo eran producto de unas espumillas hábilmente colocadas para atizar la
imaginación.
En
una de las pocas fiestas a las que fui invitado por aquella época, una tal Ruth
—la vampiresa de la clase— me pidió al oído que saliera al jardín
discretamente, pues ella se escabulliría del grupo para reunirse conmigo.
Hice
lo que me pedía. Era una noche excepcionalmente fría para el clima templado de
Barcelona, y mi chaqueta colgaba en el recibidor de la planta baja. No podía ir
a buscarla sin llamar la atención de los demás, que bailaban, bebían y fumaban
como si aquélla fuera la última noche del mundo. Por lo tanto, aguardé helado a
que ella acudiera. No tenía ni idea de qué haría entonces —ni siquiera sabía
cómo se ponía la lengua en un beso—, sólo era consciente de que iba a suceder
algo importante.
Lo
que sucedió fue que la voluptuosa Ruth nunca llegó. Tras un cuarto de hora
temblando en el jardín, protegido sólo por un fino jersey de lana, regresé al
salón sin entender nada.
Allí
me esperaban, en impaciente silencio, la totalidad de los invitados a la
fiesta, capitaneados por la que me había dado cita en el jardín. Me recibieron
con una carcajada humillante que no olvidaría nunca.
Tras
aquella noche no quise saber más de las chicas. Las rehuía deliberadamente y me
sentía fuerte por ello. Hasta que, un año después, apareció una para la que no
estaba vacunado.
Me
encontraba en la biblioteca de la escuela, preparando los exámenes del primer
trimestre, cuando el golpe de una gruesa carpeta sobre la madera me sobresaltó.
Aunque la larga mesa estaba vacía, así como la mayor parte del recinto, una de
las nuevas de aquel curso había decidido sentarse a mi lado.
La
miré de reojo mientras pretendía repasar unos apuntes de lengua española. Por
aquel entonces no sabía que un hombre nunca escoge, sino que es escogido, y
Sonia —ése era su nombre— me había elegido para pasar una dura prueba.
Hasta
entonces no había reparado en ella. Era más bien gruesa, con ojos pequeños y
brillantes, y un peinado corto e irregular que le daba un toque extravagante.
—Qué
asco de lista —exclamó al verme subrayar con el lápiz una columna de adjetivos.
Intimidado,
clavé la mirada en el papel sin saber qué decir. Pero Sonia volvió a la carga:
—Hay
palabras que deberían ser nominadas, ¿no crees?
—¿Nominadas?
¿Qué quieres decir con eso?
—Expulsadas
del diccionario, como los pardillos que van a concursos de la tele.
Aquello
me gustó. Más que el comentario en sí, me fascinaba la seguridad con la que se
expresaba.
—¿Y
qué palabras expulsarías? —me atreví a preguntar.
—Se
ha hecho una encuesta entre alumnos de bachillerato y las candidatas a irse son
engendros como «adalid», «crisol» o «inconmensurable». También palabras
apolilladas como «alféizar» o «argénteo».
—Apunta
«retRuecano» en la lista —añadí, divertido, mientras tachaba la palabra de mis
propios apuntes—, así como «fagocitar» y «enjuiciamiento».
—Sí,
a la mierda con ellas —repuso Sonia llevándose un cigarrillo a la boca—. ¿Me
acompañas afuera a fumar?
Así
empezó el primer romance verdaderamente catastrófico de mi vida. Fascinado con
la idea de que una chica con personalidad, aunque no entrara en el canon
estético general, se hubiera fijado en un pobre diablo como yo, mi imaginación
no tardó en ponerla en un pedestal. Justo entonces ella se cansó de mí.
De
repente me evitaba y yo no entendía por qué. Cuanto mayor era mi gentileza
hacia Sonia, más parecía rechazarme. Y con ello mi amor se hinchaba como un
globo, elevándose hacia cotas de dolor nunca antes imaginadas.
Totalmente
desolado, llegué a despertar la compasión de los bravucones que hasta entonces
me habían hecho escarnio.
—Pasa
de ese saco de patatas —me aconsejaba uno de ellos—. ¿No ves que está jugando
contigo? Tírale los tejos a una que esté cañón.
—Sería
incapaz de hacerlo —repuse, enfermizamente enamorado—. Además, ¿cómo quieres
que me haga caso una chica cañón si el saco de patatas me desprecia?
—Ahí
es donde te equivocas. Como las feas están llamadas a tener pocos rollos, son
quisquillosas y conservadoras a la hora de escoger. En cambio, las chicas cañón
disfrutan de su éxito y no les importa pegarse el lote con un tontainas como
tú. Van todo el día de safari a ver lo que pillan.
A mí
todo aquello me superaba, pero lo cierto es que permanecí fielmente enamorado
de Sonia durante el curso entero. Me trataba con demoledora indiferencia
mientras se dejaba seducir por los más brutos de la clase. Y yo seguía sin
entender nada.
La
tercera chica fue mi primera amiga, aunque tardaría una década en darme cuenta.
Yo había cumplido los diecisiete y me había labrado cierta reputación como
asistente de vagos y de mentes obtusas. Mientras se acercaban las fechas para
los exámenes de ingreso a la universidad, pasaba las horas libres aclarando
conceptos de física o matemáticas a los mismos que se habían burlado de mí dos
años antes.
«Daniel
es un tipo genial», decían, pero mi persona no parecía despertar la misma
admiración y solidaridad entre las chicas, que me seguían tratando como a un
bulto.
Y
entonces llegó Helena. Era la hermana de uno de mis «protegidos», un caso
perdido que luchaba por aprobar el bachillerato porque su padre le había
prometido una motocicleta de nueve mil euros si lo lograba.
La
conocí un día que había acudido a su casa para pasarle mis apuntes, que su
hermano fotocopiaba cansinamente en el escáner de su habitación.
Al
ser presentado, ella me dio dos besos muy fuertes, tan cerca de la comisura de
los labios que casi vi cumplido mi anhelo de besar a una chica antes de
alcanzar los dieciocho. Luego sonrió.
Enseguida
intuí que se avecinaban problemas.
Helena
poseía una belleza sencilla que me desarmaba. No se pintaba, como el resto de
las chicas, y su pelo conservaba el color castaño natural. Media melena que
encuadraba una expresión entre adormecida y risueña. Como su hermano, no se
aplicaba en los estudios.
Aunque
tenía dos años más que yo, pronto extendí las clases gratuitas a ella, que
estudiaba primero de Psicología y no podía con la asignatura de Estadística.
Para impresionarla, me empollaba aquel temario absurdo un día tras otro. Todo
por poder estar a su lado.
Obtuso
también para esto, su hermano no parecía percatarse de nada.
Al
terminar las clases particulares con ella no recibía más besos —éstos llegaban
al entrar, pero ya más lejos de mis labios—, sino que me agradecía el esfuerzo
acercándose la palma de la mano al pecho. Luego decía algo como:
—Te
lo agradezco de todo corazón.
La
amaba y trataba de demostrárselo de todas las formas posibles. Le regalaba novelas,
le llevaba tés aromatizados, le grababa discos y películas de culto.
—Eres
un cielo —decía.
Y
mientras tanto iba pasando de un ligue a otro, pero yo estaba siempre fuera de
la lista.
Una
tarde de invierno que ella estaba en mi habitación, ya no pude contenerme. Se
había producido un corte en el suministro de gas y Helena hizo el gesto de
abrazarse de frío. Le di uno de mis jerséis y, al vérselo puesto, me sentí
ridículamente orgulloso. Preso de una extraña y agradable intimidad, era como
si en aquella prenda que cubría su cuerpo estuviera un poco yo.
Entonces
me declaré.
Me
había costado un año decidirme, y el esfuerzo me valió una severa amonestación.
—Por
favor, Daniel, no digas esas cosas. Somos amigos, ¿no?
—Y
seguiremos siéndolo —argumenté—, pero no puedo conformarme sólo con eso. Quiero
que seas mi novia. Para siempre.
Estas
últimas dos palabras acabaron de mandarlo todo al garete.
Conocí
a la que estuvo a punto de ser mi esposa cinco años después, ya que hasta
entonces había permanecido enamorado de Helena, por absurdo que pueda parecer.
Por
aquel tiempo, ya era arquitecto y el trabajo funcionaba como un narcótico que
me tenía a salvo de los devaneos del corazón. Pero hay una llave para cada
cerrojo, y la mía fue una chica de familia bien que pasaba por una fase
metafísica.
La
conocí en un café de San Gervasio frecuentado por barbies de una cercana
agencia de modelos y publicistas melenudos con aire autosuficiente. Las paredes
estaban cubiertas con fotografías antiguas de estaciones de esquí; un detalle
que confería al local un aire demodé muy propio de la zona alta.
Yo
tenía una cita allí con un cliente que al final no se presentaría. Enfurruñado
por la espera, pedí un segundo té mientras leía la cartelera de películas en el
periódico. Como si se hubieran puesto todos de acuerdo, a los cinco minutos el
café se vació de modelos y fantasmones. Entonces la vi.
Era
una damisela de belleza frágil —se notaba que había crecido bajo el ala de un
patriarca protector— y expresión reconcentrada. Estaba sola en una mesa y tenía
la mirada fija en una de las viejas fotografías.
Antes
de que yo volviera al periódico, suspiró:
—El
silencio de la nieve.
Parecía
el título de una película europea de bajo presupuesto. Hice ver que no había
oído nada, pero ella volvió a hablar:
—¿No
te gusta?
Estaba
claro que se dirigía a mí. Y esperaba algún tipo de respuesta. Representando el
papel de padre dominguero, que levanta la mirada del periódico para atender las
bobadas de su hija, respondí:
—¿El
qué?
—El
silencio de la nieve. Quiero decir, uno puede saber si llueve al oír cómo caen
las gotas al suelo. Pero cuando caen copos de nieve no se oye nada. ¿No es
maravilloso? Es como si a la vida le hubieran quitado el sonido.
Esa
reflexión algo infantil despertó en mí la curiosidad por aquella resabiada, que
concluyó:
—A
mí el silencio me parece lo más elocuente del mundo.
«Entonces,
¿por qué no te callas?» Hubiera estado bien decirle eso, pero empezaba a
interesarme por Desirée, que acabó sentándose a mi mesa para proseguir aquella
charla surrealista. Antes de despedirse anotó su correo electrónico en una
servilleta de papel. Y yo hice lo propio.
Una
semana más tarde me mandó un mensaje desde Canadá:
Querido
Daniel:
Todo
es blanco a mi alrededor. Cuando veo caer los copos, recuerdo lo que te decía
en el café: la nieve es un fenómeno óptico y táctil, quizá, pero a diferencia
de la lluvia no se oye. Por eso la nieve es más metafísica, más intelectual.
Un
beso silencioso,
Desirée
La
lectura de este correo electrónico me provocó tal ataque de risa que de repente
me sentí juguetón. Cometí el error de pensar que podía meterme en su terreno y
salir ileso.
Dispuesto
a tomarle el pelo a mi etérea amiga, le respondí a continuación:
Querida
Desirée:
Deja
de hablar de la nieve y responde a la pregunta esencial: ¿qué sientes por mí?
Silenciosamente,
Daniel
La
respuesta tardó menos de una hora en llegar. El correo electrónico llevaba
adjunto un archivo de audio. Se trataba de un tema clásico de John Coltrane y
Miles Davis: In a Sentimental Mood.
Desde
el ordenador del estudio cliqué sobre el archivo. Poco después empezó a sonar
un saxo cálido y envolvente. Bajé la vista al texto del mensaje, donde Desirée
contestaba a mi pregunta:
No
puedo decirte lo que siento por ti, porque apenas te conozco. Sólo sé que cada
vez que escucho esta canción desearía estar contigo en un iglú.
Flores
en la niebla
Líneas
rectas
Antes
de la fatídica noche de mi treinta cumpleaños, todos opinaban —yo incluido— que
era un tipo con suerte.
Había
creado una empresa propia y me llovían los encargos de los mejores arquitectos
que recalaban en Barcelona. Mi misión era plasmar las ideas, traducir sus
sueños a la realidad mediante miles de rectas y curvas.
Por
ejemplo, una firma de prestigio me mandaba un esbozo de lo que parecía un misil
sin sentido, y yo acotaba las proporciones, sugería los materiales a emplear,
estructuraba el interior. Tenía cuatro colaboradores fijos trabajando para mí
de sol a sol para entregar los planos a tiempo, una coordinadora y varios
delineantes externos. Después de cumplir un encargo, ya apretaban los
siguientes.
Pronto
quedaría demostrado que no tenía la misma habilidad para diseñar mi propia
vida.
A
las pocas semanas de fundar mi estudio, IMAGO/27, había empezado a salir con
Desirée. La melancólica niña bien se había vuelto, con el tiempo, una asidua al
gimnasio —se dejaba la piel haciendo spinning— que trabajaba en un banco
realizando análisis financieros. Ya no hablaba del silencio de la nieve.
Faltaban
tres meses para nuestra boda.
Hasta
entonces yo no era consciente de que actuaba por inercia. Tal vez por falta de
carácter, me veía atrapado sistemáticamente por las circunstancias: saqué
buenas notas en la universidad para agradar a mis profesores, que a su vez me
colocaron en un excelente escaparate para mi promoción profesional. La creación
del propio negocio era cuestión de tiempo, y había sido Desirée quien me había
elegido como compañero, tal vez porque advirtió en mí suficiente paciencia para
contener sus cambios de humor. También había escogido ella el solar donde
proyectaría nuestro nido de amor con mi propio lápiz: una casa atrevidamente
moderna en la ladera del Tibidabo que pronto se convertiría en una cascara
vacía.
Pero
¿era eso lo que yo quería en realidad? Ciertamente no había tenido tiempo de
planteármelo. Cuando uno lucha a brazo partido para extraer todo el jugo de las
oportunidades, acaba sin saber por qué hace las cosas.
La
debacle llegó en la cena que organicé para celebrar mi entrada en la treintena.
Un evento así tiene como menú discursos grandilocuentes, que incluyen consejos
de los más veteranos para que vivas más despacio. Ese tipo de cosas.
Media
hora antes de llegar los invitados, mientras ponía la mesa me dije que,
exceptuando las curvas de Desirée, mi vida estaba determinada por las líneas
rectas. Tal vez influido por mi profesión, siempre me orientaba hacia lo
derecho y sencillo: si tienes clientes, abre un estudio; si tienes novia,
cásate con ella. Así de fácil.
Sin
embargo, pronto entendería que la línea recta no siempre es la distancia más
corta entre dos puntos. Hay destinos en la vida que exigen largos rodeos, una
habilidad especial para evolucionar en círculos hasta hallar la entrada a un
mundo que está dentro de éste, pero que hasta entonces no conocías.
Pero
volvamos a los preparativos de la cena. Mientras ponía un plato de Vinçon
delante de cada silla, tuve un mal presentimiento. Como si hubiera cometido un
error de bulto en el cálculo de cargas de un edificio, de repente supe que
aquella reunión de amigos terminaría mal.
Además
de Desirée, acudía mi vieja amiga Marta —la única que conservo de la carrera—,
y cinco amigos más de procedencia diversa. Cenaríamos unas doradas a la sal,
ensalada y vino blanco de a cuarenta euros la botella. Ellos traerían los
postres.
El
timbre sonó dos veces con una pausa demasiado larga, como era la costumbre de
Desirée. Me acerqué a la puerta siguiendo la estela de su perfume Coco
Mademoiselle. Lo llevaba desde que nos conocimos. Sabía perfectamente lo que
haría cuando yo abriera la puerta: me abrazaría con la languidez de una muñeca
desvencijada. Tras un beso breve y superficial, me diría su habitual: «¿Cómo
está mi amor?»
Pero
por una vez me equivocaba, porque al abrir la puerta la encontré quieta y con
los brazos caídos. Durante unos segundos no dijo nada. Me miró como si no
estuviera segura de conocerme y esbozó algo parecido a una sonrisa.
Fiesta
de los maniquíes
Siempre
he pensado que los regalos son espejos de las personas que los brindan, y no
solamente porque nos inclinamos a elegir aquello que nos gustaría recibir.
También son un mensaje en clave sobre cómo nos ven y qué esperan —o no— de
nosotros en cada época.
En
ese sentido, el desfile de invitados y sus obsequios fue un parte meteorológico
que indicaba por dónde soplaban los vientos. Otra cosa es que yo supiera dónde
me encontraba, aunque la velada iba a ser reveladora en ese sentido.
La
primera llamada de aviso fue la flamante corbata que encontré tras el
envoltorio que Desirée puso en mis manos. Una corbata es algo que regalas por
puro compromiso —a un padre, a un suegro o a un abuelo—; por muy original que
sean el diseño y los colores, es un obsequio impersonal, sin alma. El mensaje
que transmite la corbata es: «No sabía qué regalarte y te he traído esto.»
Ella
debió de captar enseguida mi asombro, ya que con una frialdad insólita dijo:
—Si
no te gusta, puedes cambiarla. Es de la casa Hermes, ya sabes dónde está.
—Oh
no, me encanta —mentí tras darle un breve beso en los labios—. Sólo es que no
me lo esperaba. ¿Sabes? Es como si de repente me hubiera hecho mayor.
—Y
te has hecho mayor —repuso Desirée mientras sacaba una Coca-Cola light de la
nevera.
Bosco,
un antiguo colaborador del estudio, prosiguió la obra de Desirée, como si
aquella noche todo el mundo se hubiera puesto de acuerdo para deprimirme. Me
regaló un libro de relatos de Ingeborg Bachmann: A los treinta años.
Tras
darle las gracias, para honrar su elección —se notaba que estaba orgulloso por
haber encontrado un título tan oportuno— leí en silencio delante de él las
primeras líneas del libro:
Cuando
uno cumple treinta años se le sigue llamando joven. Sin embargo, aunque no
descubra en sí ningún cambio, de repente se siente inseguro, como si ya no
pudiera hacerse pasar por joven. Y una mañana se despierta y de repente no es
capaz de levantarse, mientras le hieren los rayos del día que le despojan de
sus armas. Entonces cierra los ojos para protegerse y se desploma en la cama
desmayado, junto con todos los momentos que ha vivido.
Leído
esto, concluí la ceremonia de aceptación del libro —y de los treinta años—
echando una rápida ojeada a la solapa. Allí se explicaba que esta autora
austríaca murió justamente tras quemarse viva en la cama. Se supone que se
quedó dormida con un cigarrillo encendido, aunque también podría haber sido un
suicidio.
Desolado,
di a Bosco una palmadita en la espalda para que se sentara de una vez a la
mesa, en lugar de escrutarme como si fuera un bicho raro. ¿Tan terrible era
esto de cumplir treinta? Tal vez no me había dado cuenta porque había estado
demasiado ocupado corriendo de un lado para otro.
El
tercer regalo de la noche lo trajo Marta a la cocina mientras yo sacaba las
doradas del horno. Nos habíamos conocido en el primer curso de facultad. Desde
entonces nos habíamos visto a menudo excepto ese último año, que ella había
pasado recorriendo Francia para ilustrar un libro de arquitectura.
—¿Todavía
haces fotografías? —le pregunté levantando la bandeja caliente protegiéndome
con dos trapos.
Marta
me miró a través de sus gafas de montura de pasta y, con su timidez habitual,
respondió:
—Casi
exclusivamente. Me dedico a fotografiar la obra de los demás.
—Siempre
se ha dicho que en Barcelona, más que buenos arquitectos, hay grandes
fotógrafos de arquitectura. Parecemos más de los que somos en realidad. Seguro
que Francia se verá con otros ojos después de tu trabajo. Me tienes que regalar
alguna foto para que decore esta casa, ya sabes que soy un incondicional tuyo.
—Sólo
si es para tapar algún desconchado —sonrió mientras contemplaba aquella cocina
que veía por primera vez—. De momento te he traído música de la bohemia
parisina. No es necesario que lo abras ahora, de todos modos no conoces este
disco.
Besé
su mejilla con la bandeja de las doradas en las manos, mientras Marta dejaba el
paquete en la estantería de las especias.
La
llegada del segundo plato fue aplaudido por los invitados, que acababan de
descorchar la tercera botella de vino. Mientras calculaba cuánto me iba a
costar aquella cena, observé que Desirée no había tocado aún la ensalada.
Parecía ajena a todo lo que sucedía en la mesa.
Era
la primera vez que la veía tan ensimismada delante de la gente. Desde que había
abandonado la fase metafísica, no perdía ocasión de lucir palmito y pavonearse
de las últimas gestas realizadas en el banco de inversiones. Por eso mismo, al
servirle el plato le susurré al oído:
—¿Te
encuentras bien?
—No
del todo —repuso, visiblemente nerviosa—. ¿Podemos hablar un momento a solas?
Ocupados
en desmenuzar y engullir los pescados, creo que sólo Marta advirtió que Desirée
y yo salíamos del comedor y nos dirigíamos a la puerta de la casa.
A la
espera de que ella abriera la boca, escuché un tema de Golpes Bajos que algún
nostálgico había puesto en el reproductor.
Yo
quiero ser el guardián
de
esas noches sin estrellas.
No
demores tu tardanza
que
te esperan, cenicienta.
Fiesta
de los maniquíes,
no
los toques, por favor...
Nunca
he acabado de comprender el significado de esta canción, pero aún comprendí
menos lo que Desirée tenía que decirme:
—Te
ruego, sobre todo, que no te enfades conmigo.
—¿Enfadarme
contigo? No es culpa tuya que te encuentres mal. ¿Quieres que...?
Desirée
me tapó la boca mientras luchaba para contener las lágrimas. Allí había algo
que se me escapaba. Algo gordo.
—Creo
que nos hemos precipitado fijando la boda para este verano —continuó—. No sé
cómo explicarlo: ahora mismo me siento muy confundida.
—Estamos
a tiempo de retrasarla —dije disimulando mi perplejidad—. ¿Por qué no lo
hablamos mañana?
—No
puedo volver a sentarme a esa mesa. Pensaba que podría soportarlo, pero no
tengo fuerzas. Me siento muy mal por lo que te estoy haciendo, Daniel.
—Pero...
¿de qué estás hablando? A mí me da igual cuándo sea la boda. Quítate estas
tonterías de la cabeza y tengamos la cena en paz.
Los
labios de Desirée temblaron antes de decir:
—Es
que tampoco estoy segura de que más adelante funcione, ¿sabes? Estoy hecha un
lío. Creo que lo mejor es que, de momento, nos concedamos una pausa.
«Nos
concedamos una pausa», eso había sonado fatal. Es raro que dos personas se
concedan una pausa. Sólo es una manera elegante de decir: vas a salir de mi
vida de una patada en el trasero.
Noté
cómo una serpiente de angustia ascendía por mi pecho antes de que me atreviera
a preguntarle:
—¿Has
conocido a alguien?
Confirmando
mi sospecha, Desirée me abrazó con fuerza mientras emitía sollozos
entrecortados. Luego se despegó de mí casi con violencia, abrió la puerta y
salió de casa como si no fuera a volver nunca más. En aquel momento entendí que
era lo más probable.
También
entendí con gran estupor que ese «alguien» estaba en la mesa de la cena; tal
vez era el mismo que había pinchado la canción cuyo estribillo ya se estaba
extinguiendo:
Fiesta
de los maniquíes,
no
los toques, por favor...
Naturaleza
muerta con botellas vacías
Horas
después de que los invitados hubieran abandonado la casa, yo seguía sentado a
la mesa con la única compañía de las botellas vacías, a modo de ruinas de lo
que había sido mi vida hasta el momento. Un cuadro lamentable.
Me
sentía como el capitán de un barco torpedeado que se resiste a reconocer que
está naufragando.
Aunque
hacía años que no fumaba, me entretuve encendiendo y apurando las colillas que
habían dejado los tres fumadores en el cenicero. Uno de ellos era, sin duda, el
amante de Desirée y el causante de mi desgracia. Sospechaba que se trataba de
Bosco, porque se había despedido con un abrazo exageradamente cariñoso: el
abrazo del oso. Hasta entonces siempre había mantenido las distancias conmigo,
entre otras cosas porque suspiraba por Desirée. Se le notaba a la legua y eso
lo hacía doblemente sospechoso.
Al
parecer, me había birlado la novia.
La
siguiente pregunta era: «¿Qué demonios tiene Bosco que no tenga yo?» Había
trabajado para mí en los inicios del estudio y últimamente se había establecido
por su cuenta con grandes dificultades. Se rumoreaba que andaba con el agua al
cuello, aunque eso aún no le había privado de vestirse de Armani.
Ciertamente,
las chicas lo encontraban muy atractivo, y su lista de conquistas era de
vértigo. En los meses que estuvo conmigo se había pasado por la piedra a las
dos delineantes del estudio con asombrosa facilidad, además de algunas
colaboradoras externas.
Bosco
debía de poseer alguna aura sexual que yo no sabía ver. Sólo Marta parecía
inmune a sus encantos, tal vez porque su estampa de niña aplicada —con mucha
cabeza y pocas curvas— no ligaba con un rufián con clase como él.
Bosco
sabía encontrar en cada ocasión la palabra justa para conmover a su público.
Por ejemplo, si estábamos en una cafetería, vigilaba que las chicas obtuvieran
exactamente aquello que habían pedido. Si el camarero servía un cortado largo
de café a una que lo había pedido corto, se lo devolvía inmediatamente,
recalcándole con suave firmeza lo que debía traer.
Había
comprobado con mis propios ojos cómo ese gesto autoritario le reportaba
excelentes resultados. En los ambientes esnob hay mujeres a las que les gusta
ver emerger entre la niebla de lo políticamente correcto al macho protector de
toda la vida. Sin embargo, me hacía cruces de que Desirée —si me hallaba en lo
cierto— se hubiera dejado seducir con esa clase de trucos.
Mientras
vaciaba un culo de whisky en una taza de café, me sorprendí al comprobar que en
mi interior se agitaban toda clase de sentimientos excepto el odio. Tal vez eso
vendría más tarde cuando, recuperado de la primera estocada, me diera cuenta de
lo que había sucedido.
Los
invitados de la cena se me aparecían ahora como una imagen borrosa; su recuerdo
parecía llegar de las antípodas de mí mismo. Incluso me costaba evocar a la que
hasta entonces había sido mi prometida.
En
el silencio de la madrugada, que amplificaba mis penas, Desirée era un fantasma
que se desvanecía como el humo del tabaco. Tal vez por efecto del alcohol,
llegué a dudar incluso de su existencia, y eso me llevó a subir tambaleándome
hasta el dormitorio.
Una
vez allí busqué en los cajones la fotografía que me había regalado para mi
anterior cumpleaños. Estaba en un sobre cerrado con un cordel dorado bastante
cursi. Volví a bajar hasta la mesa del comedor, convertido en mi cuartel
general de aquella guerra perdida.
Apuré
el whisky de la taza y encendí la luz para deshacer el caprichoso lazo que
cerraba el sobre. Desirée había ido al estudio de un fotógrafo de primera para
que la retratara desnuda para mí. Una vez más, el regalo tenía varios niveles
de lectura: por una parte me regalaba su cuerpo desnudo para mi cumpleaños, por
otra parte reivindicaba su derecho a seducir más allá de las fronteras de
nuestra relación. Yo conocía al fotógrafo, y seguro que había disfrutado como
un poseso con ese encargo. Provocarme celos formaba, pues, parte del regalo,
que, por otra parte, era todo un aviso para navegantes: ve con cuidado porque
puedes perder a tu estrella.
Un
año después había recibido una corbata de Hermes. ¿Pretendía tal vez que me
ahorcara con ella?
Al
sacar del sobre la foto de 24 x 30 experimenté una punzada de dolor. Allí
estaba Desirée, emulando fielmente a Marilyn Monroe en su desnudo más conocido.
Con una tela roja como fondo, aparecía con las piernas juntas y flexionadas y
la espalda arqueada hacia atrás para realzar el busto, ya de por sí muy
prominente. Apoyaba la mano derecha en el suelo mientras levantaba el otro
brazo para apoyar la mejilla, de modo que su melena se derramaba como un
torrente dorado. A diferencia de Marilyn, Desirée tenía el pelo completamente
liso. Sobre el rojo carmín de los labios se alzaba su nariz respingona y unos
ojos verdes almendrados que me observaban desafiantes.
Deposité
la imagen sobre el cenicero y le prendí fuego. Observé sin rencor cómo una
llama azul disolvía los componentes químicos de la emulsión fotográfica. Aquél
era un fuego fatuo, porque hacía horas que la chica de la foto estaba muerta
para mí.
Un
columpio para abrazar el cielo
Me
desperté en la cama, aunque no recordaba haber subido al dormitorio. Lo último
registrado en mi memoria era Desirée en llamas. Estuve un buen rato inmóvil
bajo las sábanas, empapado de sudor, como el protagonista del libro de Bosco,
quien tal vez en aquel momento estaba abrazado a la que había sido mi pareja
los últimos siete años.
No
se podía decir que, por mi parte, fuera la manera más brillante de ingresar en
la treintena.
Cuando
logré levantarme, la cabeza me daba vueltas y mi corazón latía violentamente.
Antes de bajar las escaleras hasta el baño, tomé una sola decisión: aquel día
no acudiría al estudio. Enfundado en el albornoz, llamé a la coordinadora para
comunicarle que no quería recibir recados en todo el día. Colgué sin esperar
comentario alguno.
Ya
bajo la ducha, me dije que tal vez la depresión estuviera más cerca de lo que
me temía. Era el primer día laborable que no acudía al trabajo, aunque sólo
fuera para comprobar que las tareas en curso seguían el calendario previsto.
Como si el abandono de Desirée me hubiera vaciado de sentido, por primera vez
en mi vida empezaba a dudar de todo.
La
luz de un invierno que prometía ser duro se derramaba perezosa por el ventanal
de la cocina. Mientras mordisqueaba una barrita de cereales, analicé fríamente
la situación que se perfilaba en mi horizonte. De alguna manera sentía que
había llegado al final de un ciclo, sin la menor idea de lo que vendría a
continuación. Tenía treinta años, prestigio profesional y una bonita casa
recién estrenada en la que ya nadie —ni siquiera yo— quería vivir.
Incluso
después de la ducha, la resaca que me habían dejado el alcohol y las colillas
era considerable. Tenía dos alternativas: volver a la cama o tumbarme en el
sofá del salón a estudiar el techo. Me decanté por esta segunda opción. Sin
embargo, antes de salir de la cocina con un café reparé en el paquete fino y
cuadrado apoyado en la estantería de las especias.
Recordé
como una nebulosa el momento en el que Marta lo había dejado allí, justo cuando
yo sostenía la bandeja de las doradas a la sal. «No es necesario que lo abras
ahora —había dicho—, de todos modos no conoces este disco.»
Para
entretener la ansiedad, retiré con cuidado la mortaja del estuche. Sabía que en
el momento que emergieran a la conciencia los momentos vividos con Desirée me
derrumbaría. Por pura supervivencia emocional me había impuesto la consigna de
no pensar ni sentir.
Efectivamente,
no conocía el disco, pero su título, Ojalá estuvieras aquí, me golpeó en lo más
hondo. Dada mi situación, parecía una broma de mal gusto.
Estuve
largo rato mirando la carátula. La cantante, Eva Winter, era una treintañera
morena de aire desvalido. Clavaba la mirada en un cielo gris, mientras el
viento levantaba ligeramente parte de su melena, dejando al descubierto la
oreja derecha, pequeña y redonda. Al fondo de la imagen, un ancho río surcado
por barcazas. Tal vez fuera el Sena a las afueras de París, aunque no resultaba
fácil decirlo porque el fondo era muy brumoso.
Fui
al salón entre bostezos. Me preguntaba si en París hacía mucho viento o si el
fotógrafo había utilizado un ventilador para lograr ese efecto.
Puse
el disco en el reproductor Bang & Olufsen. Lo había elegido Desirée, como
casi todo lo que había en la casa. Con una suavidad casi irritante se tragó a
Eva Winter, mientras yo me tumbaba en el sofá dispuesto a poner banda sonora a
mi depresión.
La
primera canción se inició con unos acordes de guitarra acústica, lentos y
sincopados. Luego surgió la voz. Era excepcionalmente bella: tersa y diáfana,
pero sin la afectación de la mayoría de las cantantes melódicas.
Estaba
tan atento a aquella voz acariciante que tardé en darme cuenta de que cantaba
en castellano:
Siempre
deseaste tener un columpio para
abrazar
el cielo ni que fuera un instante...
Cuando
me desperté al mediodía, necesité un buen rato para entender qué hacía yo allí,
un jueves, tirado en el sofá del salón. Al parecer me había quedado dormido
mientras escuchaba música.
«Ojalá
estuvieras aquí», me dije recordando súbitamente el título del disco.
Indagaciones
sobre Eva Winter
El
sentimiento ligeramente dulce con el que me había levantado se emborrascó al
descubrir el bolso de Desirée mientras limpiaba el comedor. Como era naranja,
igual que la tapicería de las sillas, me había pasado inadvertido hasta
entonces.
Su
necesidad de huida debía de haber sido muy acuciante para olvidar su bolso
naranja marca Chloe, donde comprobé que tenía las llaves de su apartamento.
¿Por qué no había vuelto a recogerlo? ¿Dónde habría dormido?
De
repente recordé que Bosco había sido el primero en despedirse —gran abrazo
mediante— tras la marcha intempestiva de Desirée, a quien tuve que justificar
aduciendo que sufría una jaqueca terrible, algo así como la que tenía yo ahora.
Nuestro Casanova parecía tener mucha prisa. Quién sabe si ella no lo estaría
esperando en la puerta de su casa o en un bar cercano.
Justo
mientras ataba cabos —de repente, todo encajaba— sonó mi teléfono móvil. Era
Bosco. Contemplé con indiferencia su nombre en el monitor durante unos segundos
antes de responder.
—¿Estás
bien? —preguntó después de un gélido saludo por mi parte.
—No
tengo previsto suicidarme en las próximas horas, si es eso lo que quieres
saber. ¿Qué ocurre?
—He
visto a Desirée está mañana —dijo escuetamente.
«En
tu cama, cuando has corrido las cortinas tras pasar la noche con ella», me dije
un poco antes de responder:
—Muy
bien. ¿Y llamas para decirme eso?
Bosco
parecía inmune a mis cortes, así que decidí tomarme el asunto como si la cosa
no fuera conmigo.
—La
verdad es que está muy afectada —continuó— y no tiene ánimos para llamarte,
pero se pondrá en contacto contigo más adelante.
—Aja.
—Me
ha pedido que te llame para recuperar el bolso que olvidó anoche en tu casa.
«En
tu casa —repetí para mis adentros—, es decir, que de un día para otro ha dejado
de ser nuestra casa.»
—Pásate
cuando quieras —respondí, haciendo acopio de serenidad—. No tengo intención de
moverme de aquí en todo el día.
—Mejor
te mando un mensajero. Hoy lo tengo algo así como imposible para poder
escaparme del despacho.
—Como
quieras.
Se
hizo un silencio incómodo. Estaba claro que Bosco no sabía cómo despedirse. La
situación superaba su repertorio de frases ingeniosas. Finalmente dijo:
—Lamento
mucho que te hayamos dado el cumpleaños.
—Más
lo lamento yo. Y colgué.
El
corazón humano tiene resortes realmente misteriosos. Tras una conversación como
aquélla, se suponía que yo debía estar furioso, dolido, indignado, celoso y no
sé cuántas cosas más. Pero, en lugar de eso, me invadió una extraña sensación
de calma y desapego. Como un barco que ha estado amarrado a puerto demasiado tiempo,
de repente me sentía casi aliviado de dejar atrás lo que yo creía tierra firme.
Hacia
dónde navegaría en adelante era otro asunto.
Con
la tranquilidad de quien no tiene nada que perder, me serví un trozo de tarta
que había quedado en la nevera y bebí abundante agua para acabar de neutralizar
la resaca. Luego pulsé la tecla replay en el reproductor de discos compactos y
Eva Winter reanudó su recital.
Si
la primera vez la canción del columpio me había seducido, en la segunda
audición me capturó completamente. Y no sólo por la voz acariciante de la
cantante y por la melodía tiernamente ingenua. Descubrí un paralelismo entre la
historia que contaba la canción y mi propia infancia. Durante años yo había
luchado sin éxito para que mis padres instalaran un columpio en el jardín
trasero de nuestra casa. A mi madre le daba miedo que me rompiera la crisma
volando demasiado alto cuando no me estuvieran vigilando, así que prefirieron
limitar lo del columpio a las sesiones controladas en el parque del barrio.
Podía
ser una simple coincidencia, una nimiedad, pero me admiraba que Eva Winter
contara la misma historia. Si tenía un poso autobiográfico, ella era entonces
una niña bien, pues no todo el mundo tiene un terreno donde se pueda instalar
un columpio.
El
timbre de la puerta interrumpió estas conjeturas de tres al cuarto.
Era
el mensajero, a quien entregué el bolso Chloe con el secreto deseo de que lo
perdiera de camino a la guarida de Desirée.
Tras
firmar el albarán, volví al sofá y escuché la segunda canción del disco. Tenía
un ritmo más animado y hablaba de un adolescente que escribe durante las
vacaciones una larga carta de amor a la compañera de clase de quien está
enamorado. Como suele suceder en estos casos, una semana después obtiene una
respuesta dolorosamente frustrante. El amor platónico del chico aniquila en su
respuesta cualquier esperanza de felicidad compartida, excepto la amistad sana
y normal entre dos compañeros de clase.
Justamente
ése era el título de la canción: «Sólo amigos.»
También
yo había pasado por ese trance —con carta y todo— como último intento de
enamorar a Helena, y puedo asegurar que el «Sólo amigos» es el mayor insulto
que te pueden asestar cuando te mueres por los huesos de alguien.
Aunque
todo esto era contado —y cantado— por una Eva Winter en estado de gracia, no
pude evitar sentirme absolutamente vulgar. Uno piensa que ha vivido cosas
únicas y especiales y, de repente, descubre que le ha pasado lo mismo que a
todo el mundo. Es ridículo haber concedido en su momento tanta importancia a
lugares comunes.
Mientras
sonaban los compases finales, repasé en el estuche el listado de canciones.
Eran once en total, pero ninguna se llamaba «Ojalá estuvieras aquí». Tal vez
fuera sólo un velado homenaje al emblemático disco de Pink Floyd.
El
tercer tema, «Islandia», era una balada deliciosa sobre alguien que sueña
repetidamente que puede volar, mientras en la vigilia vive aplastado por una
rutina que lo inmoviliza. La estrofa inicial me dejó paralizado:
No
has ido nunca a Islandia,
pero
has recorrido mil veces
su
litoral con el dedo,
como
si el mapa fuera una radiografía
de
tu corazón helado.
En
este punto detuve el disco.
Toda
mi vida había deseado ir a Islandia y, ciertamente, en mi infancia había
recorrido mil veces la silueta de la isla en un viejo atlas que todavía
conservaba. En su interior guardaba incluso un recorte sobre la presidenta
Vigdís Finnbogadóttir, la primera mujer en el mundo elegida jefe de Estado en
sufragio universal.
Había
intentado, en vano, convencer a Desirée de que fuéramos allí para nuestra luna
de miel, pero se negaba a pasar quince días de agosto a diez grados cuando
podía broncear su piel en un exclusivo resort de las Maldivas.
¿Sería
también Eva Winter una entusiasta de Islandia como yo? Tal vez el suyo fuera un
nombre artístico —cantaba en un perfecto castellano— por su afición a los
hielos.
Fuera
como fuese, había demasiadas afinidades entre aquel disco y mi biografía para
quedarme cruzado de brazos. Si Eva Winter era mi alma gemela, quería averiguar
todo lo posible sobre ella. Tal vez descubriría incluso algo de mí mismo que
necesitaba saber, una salida del laberinto en el que me encontraba.
Puse
el ordenador portátil en mi regazo y escribí en el buscador «Eva Winter». Luego
golpeé el botón de enter como si lanzara un mortífero misil. Y en cierto modo
iba a ser así, aunque la bomba tardaría aún unos días en estallar.
Entre
el listado de sitios web encontrados cliqué sobre el oficial de la cantante.
Tras un complicado mar de ondas diseñado con Flash, apareció la página de
inicio. En el centro estaba Eva Winter sentada de espaldas con los pelos
revueltos y una guitarra acústica en las manos. A su alrededor giraban seis
lunas relucientes con las diferentes opciones del menú.
Era
a todas luces una página web poco práctica —y poco elegante en comparación con
la carátula del disco—, porque necesité varios intentos para acertar con el
cursor en la opción BIO.
La
referencia biográfica no podía ser más escueta, pero ya se sabe que hay personas
a las que no les gusta hablar de sí mismas:
Eva
Winter es una cantautora hispanocanadiense y Ojalá estuvieras aquí es el primer
disco de su carrera. Después de una exitosa gira por Latinoamérica, se ha
instalado en París para conquistar al público francés.
Al
marcar sobre el icono DISCOS aparecía, lógicamente, sólo la cubierta del
compacto y el listado de canciones, de las que se podía escuchar los primeros
segundos.
No
dejaba de ser chocante que una cantautora de mi edad hubiera engendrado un
único trabajo discográfico. Tal vez Eva Winter era de esa clase de artistas que
pulen una obra durante diez años hasta darla por acabada.
En
la opción MANAGER se abrió la dirección de una agencia de París y una cuenta de
correo electrónico. Acto seguido cliqué sobre CONCIERTOS y el siguiente mensaje
parpadeó sobre la pantalla:
19
de diciembre, 22:30 h,
La
Divette de Montmartre,
Rue
Marcadet 136
Miré
el calendario de mi reloj: jueves 10 de diciembre. Casi sentí envidia de
aquellos que el sábado siguiente podrían ver y escuchar en directo a Eva
Winter.
Tras
varios intentos logré dar con el cursor sobre las lunas de las secciones
NOTICIAS y OPINIONES. En ambos casos, el resultado fue un decepcionante «En
construcción».
Yo
mismo me hallaba en construcción. Siempre es más agradable pensar eso que
aceptar que has sido derribado por las circunstancias.
El
plan imposible
Tampoco
el viernes acudí al estudio. Di unas cuantas instrucciones por teléfono y seguí
encerrado en casa, donde me limitaba a dormir, comer y escuchar el disco. Con
cada nueva audición descubría más retazos de mi propia biografía —diez de
aquellas once canciones resumían diferentes etapas de mi estúpida existencia—,
lo cual sólo lograba incrementar la confusión que me tenía paralizado.
Cualquiera
que me hubiera visto en aquella situación, escuchando una y otra vez el disco
con la cabeza en las nubes, hubiera pensado que estaba loco o que me había
enamorado de Eva Winter, lo cual a mi edad también sería señal de locura.
Por
este motivo, ni siquiera se me ocurrió llamar a Marta para agradecerle el
regalo. Me sentía extrañamente agitado y a la vez incapaz de explicar lo que me
sucedía. Algo se había «soltado» en mi interior, eso era todo lo que podía
decir. Desde la llegada de Ojalá estuvieras aquí, mi apartamento se había
convertido en una especie de limbo donde yo visionaba escenas de mi pasado y
daba vueltas a mi futuro inmediato.
Si
las primeras diez canciones eran como una recapitulación de mi biografía, la
que cerraba el disco resultaba más inquietante si cabe. «Flores en la niebla»
hablaba de un arquitecto que, tras años diseñando los sueños de otros, decide
cruzar la frontera para abrazar su propio destino lejos de la maraña del
pasado. Ese destino abrazable es una mujer frágil y morena —era imposible no
pensar en Eva Winter— que espera la llegada del arquitecto desde la orilla
izquierda del Sena.
En
circunstancias normales, esta letra me habría provocado vergüenza ajena, pese a
la elegante melodía de corte jazzístico. Pero mi identificación con las
canciones anteriores y mi situación personal hacían que me reflejara en ese
soñador que abandona su mundo en busca del amor verdadero. Que el protagonista
fuera un arquitecto era sólo el último eslabón de la cadena de coincidencias.
El
estribillo decía:
Atraviesa
el fondo de mis ojos,
que
han llorado de tanto esperarte,
y
encontrarás flores en la niebla.
Como
un adolescente que suspira por su ídolo, de repente me encontré imaginando cómo
sería tomarse esa canción en serio y aparecer por París la noche del concierto.
El sentido común decía que, tras gozar en multitud de las canciones de Eva
Winter, saldría de la sala tan solo como había entrado.
Aquello
era tan absurdo como innecesario, pero no sería el primero en hacer algo así:
tomar un avión esperando que se produzca un milagro..., y regresar con la
convicción de ser tonto de remate.
Precisamente
porque sabía que era absurdo, me resultaba divertido escenificar desde el sofá
del salón EL PLAN IMPOSIBLE, algo mucho más ambicioso que un viaje puntual para
asistir a un concierto. Me preguntaba cómo sería dejarlo todo sin fecha de
regreso, instalarme en un apartamento de París e intentar conocer a esa mujer
con la que parecía compartir tantas cosas y que, además, me había llamado
secretamente.
Mi
entorno personal vería la aventura como una forma de espantar la depresión. Lo
de Eva Winter sólo podía ser una excusa: primero porque un enamoramiento tan
caprichoso no encajaba con mi mentalidad racional; segundo porque, desde el
asesinato de John Lennon, los artistas no se dejan conocer por sus fans por
mucho empeño que éstos pongan.
De
embarcarme en algo así, yo mismo levantaría el dedo acusador y me diría: «Has
montado todo este número para olvidar a Desirée.»
Probablemente
también me atraía la aventura de conseguir algo que parecía imposible, porque
desde mi ingreso en la edad adulta no había estado nunca enamorado hasta el
punto de hacer algo tan aparatoso.
El
sonido del teléfono me despertó del ensueño.
Me
levanté del sofá con un lamentable sentimiento de vulnerabilidad, porque en esa
llamada podía estar mi condena o mi salvación. Bastaba con que Desirée dijera
algo como: «Lo he pensado mejor y creo que debemos darnos una segunda
oportunidad.» Otro topicazo, pero al menos me conduciría a la casilla de
salida, al punto en el que me había extraviado hasta llegar al estado actual.
Pero
cuando alcancé el aparato, ya habían colgado.
¡No
cierran nunca!
Transcurrió
todo el sábado y medio domingo sin que me sintiera impulsado a romper mi
aislamiento. Había llegado a un extraño punto de equilibrio en el que temía
descalabrarme si hacía cualquier movimiento. Me alimentaba de agua, galletas y
de la voz quebrada de Eva Winter, que había logrado que sintiera nostalgia de
mí mismo.
Deseaba
vivamente conocerla, preguntarle dónde había hallado la inspiración para
componer aquellas letras, comprobar si éramos almas gemelas destinadas a
encontrarse. Tal vez quince minutos de conversación bastarían para satisfacer
mi curiosidad. Quince minutos cara a cara, lo cual no era pedir poco cuando se
trata de una artista de masas.
Si
lograba acceder a los camerinos, podía abrir fuego con una entrada
presuntamente graciosa del tipo: «Vengo a reclamar mis derechos de autor,
porque todo lo que cantas tiene que ver conmigo.»
O
bien podría ser más avispado, a fin de cuentas se suponía que yo era un hombre
de recursos que había montado un lucrativo estudio en tiempo récord. Podía
hacerme pasar por periodista, conseguir credenciales incluso, y solicitar una
entrevista formal para una revista musical de gran tiraje. Era dudoso que su
mánager de París se molestara en comprobarlo.
Mi
aspecto era lo bastante serio para que no me tomaran por un fan, y con la
excusa de la entrevista —podía centrarla en los textos de las canciones—
averiguaría muchas cosas sin levantar sospechas. Lo importante era que Eva
Winter no supiera que había viajado sólo para conocerla, y representar el papel
del periodista vividor que se ha trasladado a París para pulsar lo que se cuece
en la bohemia. Eso evitaría cualquier peligro de acoso y la acercaría a mí. Si
ella se relajaba, tal vez lograra incluso que aceptara una invitación para
almorzar.
Todo
eso sonaba muy bien. Sin embargo, yo carecía de la energía necesaria para
llevar a cabo una farsa como ésa. Acostumbrado a las líneas rectas, para
acercarme a Eva Winter necesitaba describir una curva muy bien calculada. Y me
hallaba en tal estado de fragilidad que temía romperme.
Harto
de mí mismo y de mis patéticos sueños, a las ocho de la tarde de aquel domingo
decidí vestirme y salir a la calle.
La
brisa fría me hizo volver repentinamente a la cordura, así que me encaminé como
un autómata hacia el estudio, al que siempre iba andando. Tras cuatro días sin
personarme por IMAGO/27, de repente me había invadido un ataque de
responsabilidad. A fin de cuentas, uno debe ocuparse de aquello que ha creado.
Ya lo decía el Principito: «Eres responsable de tu rosa.»
Pese
a todo, al abrir la puerta y encender las luces me invadió un desfallecimiento
mortal, como si el resplandor que iluminaba uniformemente la sala pusiera al
descubierto mis miserias. Casi me disgustó comprobar que todo se encontraba
igual que si yo hubiera estado allí al pie del cañón.
En
cada «isla de trabajo» —así llamábamos los grupos de mesas de melamina blanca—
había un racional desorden de planos, fotografías, lápices y escalímetros, con
el monitor de pantalla plana como límite, además de los catálogos y las
memorias de los proyectos. En un cuartito adjunto parpadeaba el servidor,
cerebro y archivo de todo ese galimatías. Se notaba que en aquel loft se
desarrollaba una actividad febril doce horas al día.
Comprobar
que todo seguía su curso normal, conmigo o sin mí, me acabó de deprimir. Así
pues, tampoco allí era imprescindible.
Con
el estudio ya asentado y unos clientes fieles, por primera vez entendí que lo
importante ya estaba hecho. Mi presencia allí se había vuelto casi testimonial,
como la del presidente honorífico de una institución. Me había procurado los
mejores colaboradores —les pagaba más que la competencia— para que los encargos
salieran adelante sin que yo tuviera que hacer de bombero. Lo que acababa de
ver era la prueba de que había logrado un equipo con suficiente autonomía para
tomar decisiones por su cuenta.
De
regreso a casa se me abrió ligeramente el apetito. Puesto que tenía la nevera
vacía, fui en busca de una tapa caliente o un bocadillo, pero todos los bares y
restaurantes estaban cerrados. Como una ciudad abandonada tras la guerra, el
barrio entero eran luces apagadas y puertas cerradas.
En
la cima del abatimiento, al llegar nuevamente a casa me pareció insoportable la
idea de volver a encerrarme allí, hacer tiempo para acostarme y acudir al
trabajo al día siguiente. Tal vez porque la había hecho construir siguiendo los
deseos de Desirée, el chalet de inspiración racionalista me parecía ahora un
sarcófago.
Para
retrasar el momento de mi entrada me senté en un escalón de aluminio que
precedía a la puerta y dejé ir un suspiro. Por pura inercia arranqué una
revista doblada que asomaba en el buzón. Era una publicación de ciencia
divulgativa que recibía hacía años por error. Una vez me habían regalado una
suscripción por seis meses y desde entonces no había dejado de recibirla.
Aunque había llamado dos veces a la redacción para comunicar el error —que
además les hacía perder dinero—, la revista seguía llegando puntualmente a mi
buzón, incluso tras cambiar de domicilio.
Mientras
abría la revista por el medio, jugué con la idea de un benefactor secreto que
se empeñaba en que me llegara aquello.
Pese
a la oscuridad reinante, pude ver que el póster coleccionable era esta vez una
deslumbrante fotografía del firmamento con una frase enigmática inscrita en el
centro:
¡NO
CIERRAN NUNCA!
Al
leer este mensaje sobre el fondo estrellado, me estremecí sin saber por qué,
como si el inconsciente hubiera comprendido algo esencial que aún no había
emergido a la razón.
Me
interrogué sobre qué querría decir. Tal vez se refería a que las estrellas
siempre están encendidas, indiferentes a las calamidades del mundo. Incluso
cuando no las vemos continúan allí, guiando a los navegantes.
También
los sueños son como estrellas que se encienden en nuestro horizonte. Aunque los
perdamos de vista, siguen brillando en algún lugar recóndito de nuestro ser.
¿Será eso la esperanza?
Sorprendido
por mis propias conclusiones, levanté la cabeza hacia el cielo y casi sentí
vértigo. Había miles de estrellas visibles, algunas resplandecientes como
candilejas, otras tímidas y vacilantes como flores en la niebla cósmica.
Inspiré
profundamente y sentí que aquella explosión de luz lejana penetraba en mi
interior hasta colmarlo. Casi sin darme cuenta repetí: «No cierran nunca.»
ESTO
ES UNA HISTORIA DE AMOR
Alguien
espera en algún lugar
Cuando
todo se vacía de sentido para uno, sólo hay dos alternativas: aniquilarte o
aniquilar el mundo que te ha rodeado hasta entonces, dinamitar tu viejo hogar
para salir en busca de uno nuevo.
Por
pueril que pudiera parecer, las canciones habían sido la chispa definitiva para
operar un cambio que ahora me parecía apremiante.
Como
en el cuento de Ingeborg Bachmann, los rayos del sol de la verdad me habían
herido pero, superado el desmayo inicial, tenía la impresión de salir de la
cama por primera vez en mi vida.
Hasta
cumplir los treinta años todo había sido demasiado fácil para mí. Había llegado
la hora de complicarse un poco la vida, aunque no lo hubiera decidido yo. La
vida nos elige para ciertas pruebas sin que sepamos por qué.
Mientras
los pasajeros acababan de llenar el avión con destino a París, mantuve la
última conversación telefónica con la coordinadora de IMAGO/27, recién
ascendida a jefa de proyectos. Había delegado en ella la toma de decisiones en
mi ausencia.
—Bastará
con que me mandes por mail de vez en cuando un informe de los trabajos en curso
—le dije a modo de conclusión, cuando ya se cerraban las compuertas de la
aeronave.
Cuando
la azafata inició su letanía sobre qué hacer en caso de emergencia —como si uno
pudiera salvarse cuando cae un avión—, examiné el correo que había recogido en
el estudio antes de tomar un taxi. Entre el papeleo bancario encontré un sobre
con mi nombre escrito a pluma. Era la letra limpia e inconfundible de Desirée.
Estuve
dudando entre abrirlo o reservar la lectura para mi llegada a París. Finalmente
hice lo primero, ya que Desirée encarnaba lo que dejaba atrás: una vida falsa
que no quería llevar á cuestas en la aventura que estaba a punto de empezar,
por infantil que ésta fuera.
Rasgué
el sobre y extraje del interior la impresión de un correo electrónico que, por
algún motivo, ella no se había decidido a mandarme. Quizá porque hay ciertas
cosas, como una carta de despido, que deben entregarse en un sobre de papel.
El
avión comenzó a rodar pesadamente por la pista mientras me disponía a leer las
últimas palabras —supuse— de alguien que, en un tiempo de mi vida, lo había
sido todo para mí.
Querido
Daniel:
Sé
que te he hecho vivir un infierno los últimos días y lo lamento profundamente.
He estado tentada de llamarte muchas veces, pero mi sentimiento de culpa y la
desorientación en la que me encontraba me lo impidieron.
Ahora
que estoy un poco más serena puedo darte algunas explicaciones. Como debes ya
de suponer, estoy con Bosco. No busques razones especiales porque no las hay:
simplemente nos hemos enamorado. Sé que te costará entenderlo. Tampoco yo lo
entendía cuando todo empezó. El amor es misterioso y tiene sus propias leyes,
lejos de nuestra lógica humana.
No
ha sido hasta hoy que he empezado a ver en perspectiva lo que ha fallado entre
nosotros. Creo que ha sido un problema de evoluciones. Hemos crecido en
direcciones distintas, incluso a ritmos distintos.
Siempre
me has visto como la canción de Coltrane: una chica sentimental. En tu corazón
he permanecido en el mismo café donde nos conocimos. Por eso no has visto venir
la crisis. Pero la vida cambia, ¿sabes?, y las personas cambian con ella.
Tú,
en cambio, aunque te disfraces de ser racional, continúas siendo un soñador en
eterno revival adolescente. Te resistes a hacerte mayor ¿quizá porque te da
miedo? Puede que Bosco no tenga tu inteligencia, pero sabe lo que quiere en la
vida. Y eso le ayudará a salir adelante.
Nosotros
teníamos fecha de boda, una casa, dinero, pero faltaba algo: un proyecto
compartido. En el fondo yo sabía que lo hacías todo por mí, para satisfacerme,
porque tu cabeza siempre ha estado en las nubes. Sólo querías mantener a tu
lado a la Desirée que escuchaba el silencio de la nieve. Pero la nieve se ha
derretido y la chica se ha marchado. Tenía otras cosas que hacer, como hacerse
mayor.
Justamente
porque me has idealizado no puede haber una verdadera comunicación entre
nosotros. Por eso nuestro amor se ha vuelto cada vez más etéreo, casi
fantasmal, diría. Hablamos desde lo que fuimos, no desde lo que somos. Y yo
quiero un amor real.
Sé
que suena muy duro todo lo que te estoy contando, pero ha llegado el momento de
afrontar la realidad. A fin de cuentas, es donde vas a vivir el día que bajes
de las alturas.
Sufro
por el daño que te he hecho, pero me siento tranquila respecto a tu felicidad.
Sé que encontrarás una mujer etérea y metafísica que se enamore de ti. No te
quepa duda, Daniel: alguien te espera en algún lugar.
Hasta
siempre,
DESIRÉE
Hotel
Saint Germain
Aterrizamos
en la noche de París, y el taxi me llevó a través de la deprimente banlieue
hacia el hotel reservado por mi agencia de viajes habitual. Sólo tres noches.
Con eso bastaría para tomar contacto con la ciudad y, si tenía suerte, con Eva
Winter. Luego ya se vería.
Tal
vez porque la oscuridad altera nuestra percepción del tiempo, el trayecto entre
el aeropuerto de Orly y el 6o distrito de París me pasó en un suspiro. El
taxista era un joven de raza negra y ojos brillantes que amenizó la media hora
de trayecto con una selección de temas de Radiohead. Tras la amenazadora «How
to Disappear Completely», sonó una balada mística que no había escuchado antes.
Si se trataba de un oráculo sobre lo que me esperaba, no era nada halagüeño:
Don
't get any big ideas
They're
not gonna happen
You
paint your smile
And
fill the boles
There'll
be something missing
Just
when you found it
El
alojamiento recomendado por la agencia, en el n.° 36 de la Rue Bonaparte,
excedía claramente el propósito de mi viaje. El hotel Saint Germain des Prés
resultó ser un palacete con salones tapizados en rojo, estatuas neoclásicas y
pinturas de cacerías y escenas gentiles.
Acostumbrado
al diseño zen de mi casa y del estudio, aquella explosión de barroquismo
resultaba mareante.
Mientras
me registraba en recepción, consulté en la tabla de precios lo que estaba
pagando —hasta entonces no me había detenido a mirarlo—, 190 euros la noche. Un
lujo excesivo para hacer el bohemio.
Como
arquitecto amante del diseño nórdico, me horroricé nuevamente al descubrir en
mi habitación un cubrecama con estampado de filigranas. Lo único razonable allí
era que hubieran conservado las vigas de madera.
Puestos
a representar el papel de burgués sin complejos, llamé al restaurante para
pedir que me subieran un tentempié en la misma habitación. Mientras llegaba,
saqué de mi cartera el ordenador portátil y comprobé que se conectaba al wi-fi
sin problemas.
Faltaban
24 horas para el concierto, así que llevé a cabo la idea peregrina que había
sopesado los últimos días: solicitar una entrevista con Eva Winter como
presunto reportero de una revista musical. Después de entrar con dificultades
en la web, que funcionaba con exasperante lentitud, cliqué sobre el link del
mánager y le escribí en la ventanita del correo:
Estimado
señor Didier Lorenzen:
Soy
periodista de 33PM, una nueva revista musical que empezará a publicarse en
español el próximo enero. Actualmente me hallo en París realizando un reportaje
sobre la nueva ola de folk alternativo. Dado que su representada, Eva Winter,
actúa mañana en La Divette de Montmartre, me agradaría que me concediera una
entrevista antes o después del espectáculo.
Cordialmente,
Daniel
p. H.
Había
puesto las iniciales de mis apellidos después del nombre para evitar que un
«busca» en el Google por parte del mánager revelara que yo no era periodista,
sino arquitecto.
Una
vez enviado el correo electrónico, dejé el portátil encendido sobre la cama y
navegué por los canales de televisión. Entre tanto, un camarero me subió un
sándwich de pavo braseado y una cerveza. Me detuve finalmente en un reportaje
sobre los preparativos de Navidad en Palestina.
De
camino al hotel había visto bastantes luces decorativas, pero no me había dado
cuenta de que faltaba sólo una semana para Nochebuena. De repente, la idea de
pasar esas fechas en Barcelona, solo y haciéndome mala sangre, me resultaba
intolerable. En la otra orilla de la desesperación, una vez entrevistada Eva
Winter —si el mánager atendía mi solicitud—, tendría poco o nada que hacer en
la capital francesa.
Porque
lo cierto era que a medida que pasaban las horas veía más absurdo mi plan. A
los treinta años era patético acechar a una cantante haciéndome pasar por
periodista. Por mucho que coincidiera mi vida con las letras del disco, eso no
aseguraba que fuéramos almas gemelas. Tal vez sólo significaba que yo era un
tipo absolutamente convencional, alguien que compartía experiencias con el
grueso de la humanidad, incluida Eva Winter.
Saqué
de la maleta el cede para contemplar una vez más a la mujer que me había
llevado hasta allí. Volví a admirar sus cabellos levantados por el viento y
releí el título del disco: Ojalá estuvieras aquí.
—Ya
he llegado —respondí en la habitación vacía, como si ella pudiera oírme.
Justo
entonces escuché la campanita que anunciaba la entrada de un nuevo mensaje en
mi Outlook.
Al
llevar el portátil a mi regazo, comprobé que era la respuesta al correo que
había mandado media hora antes. Con cierta excitación cliqué sobre el mensaje
para leer lo que sigue:
Vete
a la mierda, pervertido.
El
secreto de Los Panchos
La
luz grisácea de la mañana me encontró durmiendo a pierna suelta bajo aquella
colcha detestable. Aunque no tenía más sueño, permanecí casi media hora
hipnotizado por la claridad de un nuevo día, el cual desconocía por completo
qué me depararía.
Entre
los últimos retazos del sueño recordé el insulto recibido la noche anterior
ante mi petición de entrevista. Más que ofendido, me resultaba inconcebible que
alguien acostumbrado a tratar con periodistas mostrara esos modales. A no ser
que fuera la propia Eva Winter quien había respondido desde el otro lado de la
red.
En
ese caso, aún lo entendía menos.
Ya
en pie, lo primero que hice fue descorrer las cortinas para disfrutar de la
vista. Descubrí, decepcionado, que mi habitación no daba a la Rue Bonaparte,
sino a un patio formado por varios bloques de viviendas. Una de las ventanas
correspondía a un despacho donde un hombre de unos cuarenta años se afanaba
malhumorado sobre su ordenador.
Del
patio llegaba el arrullo de una docena de palomas que picoteaban el suelo con
nervio. Entendí que alguna viejecita sentimental acababa de arrojar por la
ventana la ración matutina de pan seco.
Sintiéndome
de repentino buen humor, me encaminé hacia la ducha para vivir mi primer día en
París —hacía diez años que no visitaba la ciudad— lo más fresco posible.
La
Rue Bonaparte era un lugar apacible aquel sábado por la mañana. Estrecha y
tapizada de adoquines, sólo estaba habitada por unos niños que corrían tras un
balón que rebotaba irregularmente contra el suelo.
Sin
prisa por llegar a ningún lugar, me detuve en el escaparate de una tienda donde
se exhibían artículos de todo pelaje —ropa antigua, tapizados, brújulas,
grandes bolas de cristal— antes de entrar en la placita donde se yergue la
iglesia de Saint Germain des Prés. Es la única superviviente de la antigua
abadía que había sido pasto de las llamas a finales del siglo XVIII y que ahora
daba nombre al barrio.
Estuve
apenas un minuto ante aquella mole de piedra blanca coronada por un pináculo
negro, como una bruja con su gorro. Se suponía que un arquitecto debería
interesarse por un edificio histórico como aquél: la iglesia más antigua de
París. Sin embargo, me sentía súbitamente desapegado de la arquitectura, como
si mis estudios y mi profesión se hubieran quedado en Barcelona junto con mi
antigua vida.
Tras
echar un último vistazo a aquella torre cubierta de hiedra, salí de la plaza.
Al pasar junto a un busto dedicado a Apollinaire, recordé que muy cerca de allí
estaban los dos cafés que habían frecuentado Sartre y Simone de Beauvoir
durante el apogeo del existencialismo. Uno de ellos era Les Deux Magots, que me
pareció demasiado concurrido, así que preferí entrar en su rival de la época:
el Café de Flore. Este pretencioso local del Boulevard Saint-Germain conservaba
la decoración interior art déco, con sus espejos gastados y los asientos rojos.
Mientras
esperaba a que un camarero me trajera un café, vi cómo una joven turista
deslizaba una jarrita para la leche vacía en su bolso.
Sorprendido
ante aquel hurto de poca monta, me dije que la chica debía de ser una mitómana
del existencialismo, ya que toda la vajilla de allí llevaba grabado el nombre
del café en su vieja tipografía. Sin embargo, al pagar más de cinco euros por
el café cambié de opinión. Aquello era sólo una pequeña venganza.
Estaba
entretenido con estas suposiciones, cuando la mujer que ocupaba la mesa a mi
izquierda se dirigió a mí directamente en castellano.
—¿Me
permite que le haga una sugerencia?
Sobresaltado,
me giré hacia quien me había hablado. Era una dama de unos cincuenta años con
una tupida melena, cortada a la manera de Cleopatra. Iba enfundada en un abrigo
de pieles, aunque en el interior del café no hacía precisamente frío.
—¿Habla
usted conmigo? —le pregunté.
—Por
supuesto —dijo con una seguridad que rozaba la arrogancia.
—¿Cómo
sabe que entiendo el español? —me defendí.
—Es
evidente. La manera en la que ha mirado a la chica de la jarrita lo delata.
Por
el acento entendí que era mexicana. Me estaba abordando una mujer de clase alta
del D.E, probablemente, con ganas de provocar a un ciudadano de la Madre
Patria.
—Los
parisinos nunca miran tan directamente como usted —explicó la dama—, se
considera casi una agresión. De hecho, si le aguanta la mirada a un tipo de
malas pulgas en un vagón de metro, puede que reciba un buen sopapo.
—¿Lo
dice por experiencia? —ironicé, molesto con aquella intromisión.
—Aja.
La primera vez que vine a París tuve unos problemas tremendos con los hombres
cada vez que tomaba el metro. Siempre me seguían y recibía proposiciones
constantemente. Al rechazarlas se ponían violentos. Hasta que entendí que el
malentendido lo provocaba yo.
—¿Por
la mirada?
—Exacto.
Como aquí la gente procura no mirarse a los ojos, mi mirada era interpretada
por algunos hombres como una invitación a seguirme. Incluso me tomaron por
puta. Ahora hago como los demás y miro al suelo. Por cierto, me llamo Cora.
Estreché
su mano mientras mi primer contacto en París parecía repasar mi atuendo con un
rápido movimiento ocular. Tras decirle mi nombre, me preguntó:
—¿Está
usted en viaje de negocios? No me parece un turista de los que vienen al Flore.
—Ah,
¿no? ¿Por qué?
—Porque
está usted solo.
Ese
último adjetivo abrió en mi interior una pequeña herida, como si al darle
nombre mi abandono hubiera tomado más cuerpo.
—París
no es ciudad para hombres solos —prosiguió la mexicana—. Demasiado deprimente.
Y sólo encontrará mujeres de mal humor: son las herederas del existencialismo.
¿Por qué ha venido?
—Soy
periodista musical —mentí, ensayando el discurso que pensaba emplear con Eva
Winter, si lograba acceder a ella—. Preparo un reportaje sobre el folk
alternativo en París.
La
tal Cora me estudiaba con atención mientras con una uña se corregía el carmín
de los labios. Como si no acabara de creer lo que le había contado, dijo:
—El
folk de París tiene poco de alternativo. Justamente lo que se lleva aquí son
los cantautores que emulan a Brassens y Leo Ferré, hay un revival permanente.
También está de moda el jazz manouche y el fanfar, esa música con instrumentos
de viento a la manera de los Balcanes.
—Veo
que es usted toda una entendida en música.
—Algo
conozco. ¿Sabe cuál fue la tesis con la que me doctoré en Historia? La
influencia de las canciones de Los Panchos en la cultura popular mexicana
contemporánea.
Tuve
que hacer acopio de todo mi autocontrol para no echarme a reír. Recordaba
vagamente haber visto la imagen de aquellos tres hombres trajeados, guitarra en
mano, cantando boleros en algún programa de televisión de mi infancia.
—Aunque
son un icono de México, los tres procedían de Nueva York —continuó—. Con casi
ochenta años continuaban haciendo giras, pero tenían su secreto.
—Ah,
¿sí? —pregunté fingiendo interés—. ¿Cuál era?
—Se
aguantaban con un palo detrás clavado en el suelo. Se lo ponían bajo la
americana para no caerse.
La
Divette de Montmartre
Las
diez y media de la noche era una hora algo peregrina para un concierto, dado lo
pronto que cenan los franceses, me dije tumbado en la amplia cama del hotel.
Del bloque vecino ya hacía rato que me llegaba el rumor de platos y cubiertos.
Para
evitar perderme por los callejones empinados de Montmartre —sólo conocía el
Sacre Coeur y el mirador sobre París—, había solicitado que un taxi me
recogiera a las nueve y media. No había logrado fijar la entrevista con Eva
Winter, pero al menos quería tener una localidad cercana al escenario. Me
preguntaba cómo sonaría en directo «Flores en la niebla». Lo lógico tras ser
insultado habría sido bajar a la cantante canadiense del pedestal, pero la
curiosidad que sentía por un ser con una biografía paralela a la mía dominaba
sobre la ofensa.
La
sola idea de ver a la chica de la carátula con mis propios ojos y sentir la
vibración de su voz me sobrecogía. Era la primera vez que me embargaba una
devoción tan adolescente, lo cual era un barómetro de la crisis en la que me
hallaba.
El
timbre sutil del teléfono me indicó que había llegado la hora. Descolgué para
confirmar si se trataba efectivamente del taxista, pero sólo me llegó el
chirrido de una radio entre dos canales.
Tras
colgar, salté de la cama dispuesto a cumplir el oráculo de la última canción
del disco: el arquitecto encontraría, aunque fuera sobre un escenario, a la
mujer frágil y morena de la orilla izquierda del Sena.
Lo
primero que me sorprendió de La Divette de Montmartre fue que se trataba de un
bar en el que cabrían a lo sumo medio centenar de personas. Ni siquiera me
cobraron entrada.
Mientras
dudaba de que aquél fuera el lugar del concierto, me aposté en la barra a
estudiar el local. Tendría cien metros cuadrados como mucho. Las paredes y el
techo estaban recubiertos de discos de vinilo estampados, una moda que precedió
a la desaparición de este soporte. Sólo había un par de mesas, el resto del
público —unas quince personas— estaba de pie.
Me
llamó la atención que detrás de la barra hubiera un pequeño estanco atendido
por el mismo camarero. Aquello daba al bar un aire todavía más «retro».
Le
pregunté si allí tendría lugar el concierto de Eva Winter y se limitó a
responder con un murmullo afirmativo. Luego levantó la mirada hacia un
televisor donde en aquel momento se emitía un partido de rugby.
Escamado
ante aquel ambiente tan desidioso, pedí una cerveza de medio litro y me senté a
la mesa más próxima al escenario. Me hallaba tan cerca —unos dos metros— que me
parecía impensable que el concierto fuera a tener lugar delante de mis narices.
Había tenido suerte, pensé.
Me
extrañó que en el escenario no hubiera instrumentos. Sólo los amplificadores y
un taburete vacío.
Mientras
me preguntaba cómo se desarrollaría el show, me limité a observar las
evoluciones del público por La Divette de Montmartre. Entre sorbo y sorbo
comprobé, aturdido, cómo el local se vaciaba prácticamente al terminar el
partido de rugby.
Por
lo tanto, no esperaban a Eva Winter.
El
resto —media docena de personas— se repartió entre una mesa detrás de la mía y
una pared cercana al escenario. Allí se situaron dos chicas desastradas, con
ojeras de no haber dormido en una semana.
Media
hora después de la hora prevista se apagaron las luces del local, donde el
televisor continuaba emitiendo radiaciones en silencio. Una luz cenital iluminó
entonces el centro del escenario.
Para
mi sorpresa, la artista no salió de algún camerino trasero, sino que saltó
directamente al escenario desde el bar. Era una de las chicas del público. Eva
Winter tenía la cara tan demacrada, respecto a la fotografía del disco, que
pese a haberla tenido media hora larga a mi lado no la había reconocido.
Ahora
que el foco iluminaba su rostro podía reconocerla, pero parecía que le hubieran
caído diez años encima. Tenía bellas facciones, y una sedosa melena morena le
caía sobre los hombros; pero el color extremadamente pálido de la piel, salpicada
de granitos, le daba un aire enfermizo.
Tras
cruzar las piernas —llevaba unos téjanos de pata de elefante— y acomodar su
guitarra acústica, saludo tímidamente al público en francés y dedicó un par de
minutos a afinar las cuerdas. Aproveché ese lapso para contabilizar el número
exacto de espectadores: siete, si me incluía a mí mismo y al camarero.
Recordé
lo que había leído en su página web: «Después de una exitosa gira por
Latinoamérica, se ha instalado en París para conquistar al público francés.»
Al
parecer, me dije, esa conquista se realizaba a un ritmo más bien pausado. Y yo
gozaba de un raro privilegio: saberme iniciado en un valor musical que aún
desconocían los franceses me hacía sentir importante. Hasta que empezó el
concierto.
Eva
Winter tocó a modo de introducción los acordes de «Islandia» unas cuantas
veces, como si no encontrara el momento de entrar a cantar. Tal vez fuera
porque se trataba de un concierto unplugged y en solitario, pero me pareció que
sus dedos no aterrizaban sobre las cuerdas de manera suficientemente suave y
precisa. Los acordes de aquella bonita balada sonaban salpicados de pequeñas
distorsiones metálicas, como si la guitarrista no pisara bien los trastes.
Tampoco el tempo era como en el disco. El arpegio se precipitaba demasiado
veloz para, de repente, quedar frenado sin que hubiera un motivo para ello.
Cuando
la voz aterciopelada de Eva Winter se transmitió, a través del micrófono, a los
altavoces de la sala empecé a temerme lo peor. Tras un inicio prometedor, en
las notas largas empezó a decaer. No acertaba con el tono y el pobre
acompañamiento de guitarra no ayudaba precisamente a disimular ese defecto.
Asombrado,
atribuí aquel mal inicio a un largo parón por enfermedad o bien a que tenía que
calentar la voz. Sin embargo, al atacar «Un columpio para abrazar el cielo» la
cosa fue a peor. No sólo desafinaba, sino que —por efecto de los nervios—
empezó a confundir los acordes de la guitarra.
Supuse
que el show iba a suspenderse de un momento a otro. O bien estaba indispuesta o
en aquel momento se hallaba bajo los efectos de alguna droga, porque no daba la
impresión de que pudiera levantar el vuelo. Hacía años que no acudía a un
concierto de música moderna, pero aquello era claramente un escándalo.
Sin
embargo, pronto entendí que la artista no era consciente de sus carencias. Con
la cabeza desmayada hacia delante y la melena a modo de cortina sobre el
rostro, prosiguió con su repertorio, ajena a lo que pudiera pasar en la sala,
incluyendo mis pensamientos.
Por
su parte, el reducido público se retiró paulatinamente a los dominios de la
barra, donde pidieron bebidas antes de darse a la conversación. Y lo peor —me
dije— era que, con toda probabilidad, se trataba de amigos de la cantante.
Mi
situación como único espectador de ese concierto de despropósitos me hizo
pensar en el aforismo de Étienne de Beaumont: «Las fiestas se hacen sobre todo
para aquellos a los que no se invita.»
Todos
somos raros
Sumido
en el desánimo, el domingo por la mañana decidí alejarme de los cafés
frecuentados por los turistas y me decanté por un pequeño bar de un callejón
cercano al hotel: Le Chat Hurlant.
«El
gato aullador» no era un nombre muy sugerente, pero estaba agradablemente vacío
y en aquel momento sonaba el jazz místico de Jan Garbarek en su disco Officium.
Las voces cristalinas de la Hilliard Ensemble, sobre las que el saxofonista
noruego hacía sus improvisaciones, eran una cura para el desconcierto de la
noche anterior.
Tras
pedir un café y un cruasán con mermelada, repasé lo que había sucedido en el
escenario. Me parecía inconcebible que alguien que había grabado un disco
primoroso tuviera un directo tan horrible. Decepcionado, me dije que el
paralelismo entre aquellas canciones y las líneas maestras de mi vida debían de
ser puro azar. Una cruel casualidad.
Mientras
pensaba en todo eso, fui al baño del café a refrescarme la cara por segunda
vez. Aunque no había bebido demasiado, me notaba la cabeza espesa. Pronto
empezaría a aullar como el gato que daba nombre al local. Después de secarme
con la toalla, observé que al lado del espejo había una pegatina curiosa. Bajo
una imagen del «monstruo de las galletas» se anunciaba la siguiente fiesta:
Velada
contradictoria: TODOS SOMOS RAROS
La
dirección del evento había sido arrancada por algún freak que tenía prisa en
llegar a la velada, supuse. De vuelta a mi mesa pedí un segundo café al
camarero: un joven rubio extremadamente delgado que parecía levitar sobre el
suelo de madera. Yo había dejado de ser el único cliente, dado que sobre la
mesa contigua había ahora un libro de tapas ámbar. Supuse que era de una dienta
que había entrado en el baño mientras yo estaba en el de hombres.
Aburrido
hasta la médula, esperé a ver quién acompañaría mi soledad aquel domingo por la
mañana. Era, sin duda, una única persona —el clásico lector de café—, más
concretamente una mujer.
Sin
embargo, diez minutos después no había salido nadie del lavabo de mujeres.
Picado por la curiosidad, me levanté y dirigí mis pasos hacia la zona de los
aseos, como un niño que se monta su película. Llamé dos veces a la puerta antes
de preguntar:
—¿Se
encuentra bien?
Como
nadie contestó, así el tirador de la puerta, a la que no se había echado el
cierre. Tras unos instantes de duda, abrí para descubrir que no había nadie.
Acto seguido fui al lavabo de hombres. También vacío. No entendía nada.
Al
regresar al salón del pequeño café todo seguía igual: mi taza en la mesa y el
libro ámbar en la contigua. Ni un alma excepto el camarero, que me miraba con
cara de sapo.
—Alguien
se ha dejado ese libro —dije a modo de justificación.
Como
toda respuesta, el camarero liberó un bostezo. Insistí sobre el tema:
—¿Se
ha fijado en quién había en esa mesa? Lo digo porque tal vez sea de un cliente
habitual.
—No
ha venido nadie —repuso sosamente—. Usted es el primer cliente de la mañana, y
de momento el último.
—Imposible,
puesto que hace un rato el libro no estaba ahí.
El
rubiales se encogió de hombros, como diciendo: «¿Y a mí qué coño me importa?»
Acto seguido volvió tras la barra y se sirvió una cerveza. El saxofón de
Garbarek continuaba asesinando los coros sacros.
Desconcertado,
tomé el libro en mis manos. Era la edición en español de una novela juvenil de
1910, tal como leí en la contracubierta. Hice girar el libro para ver el título
y el autor: El jardín secreto, de Frances Hodgson.
La
cubierta mostraba una bella ilustración victoriana: un muchacho de porte
principesco de pie en una escalinata. Ésta iba a morir a un estanque con una
estatua en el centro. El chico clavaba su mirada melancólica en las aguas,
rodeadas por un jardín agreste que respiraba abandono.
Además
del hecho incomprensible de que en apariencia el libro hubiera surgido de la
nada, que la edición fuera en español añadía un grado más de extrañeza al
asunto. Como si aquella novela me hubiera andado buscando, decidí apropiármela
y empecé leyendo la ficha de la autora. Se había hecho famosa en 1885 con El
pequeño lord, que fue llevada a la gran pantalla medio siglo después por John
Cromwell. Sería la primera de una trilogía de novelas para niños completada con
Una princesita y El jardín secreto. Después de dos divorcios y de perder a su
primogénito, Francés Hodgson había residido en las Bermudas y en Long Island,
donde se dedicó a la jardinería y al espiritismo hasta su muerte.
Estimulado
por esa biografía, me acerqué el libro ámbar a la nariz, una costumbre que
tenía desde pequeño. Desprendía un sutil perfume a lavanda. Sin duda,
pertenecía a una mujer, pero no lograba explicarme cómo había llegado hasta
allí.
Tras
apurar la taza de café abrí el libro como si esperara encontrar en el inicio
algún tipo de clave para aquel misterio. De momento, el primer capítulo de la
novela, «No queda nadie», daba el perfecto titular para la situación en la que
me encontraba. Empecé a leer:
Cuando
Mary Lennox fue a vivir con su tío a la mansión de Misselthwaite, todo el mundo
dijo que era la niña más desagradable que jamás se hubiera visto. Y es que era
cierto: tenía el rostro afilado; el cuerpo, escuálido; los cabellos, apagados y
lacios; la expresión, agria. Su cabello era trigueño, pero también su faz era
del mismo color, y es que había nacido en la India y desde siempre había
padecido una u otra enfermedad.
El
relato de la infancia de Mary en la India se detiene a los nueve años, cuando
en la población donde vive se desata una epidemia de cólera. Esta se lleva a
los sirvientes que la cuidan. Hija de un oficial inglés, la protagonista se
despierta sola en casa con la única compañía de una culebra, y espera asustada
la vuelta de sus padres.
Las
autoridades coloniales llegan finalmente y se sorprenden al encontrar con vida
a la niña, que se había quedado dormida durante el brote de cólera. Muy
enfadada, cuando pregunta a los oficiales por qué se habían olvidado de ella,
recibe una contestación funesta: porque no queda nadie.
Y
así fue como, de una extraña y súbita manera, Mary se enteró de que no tenía
padre ni madre, ya que habían muerto, de que se los habían llevado de noche, de
que habían huido de la casa a toda prisa los pocos criados que no habían
perecido, y de que ninguno se había acordado de que existía la señorita sahib.
Por eso había un silencio tal; y era verdad, por tanto, que en la casa no había
habido nadie más que ella misma y la pequeña culebra susurrante.
A
veces las chicas tristes tienen suerte
Con
mi tercera noche en el Saint Germain se extinguía la reserva que había
realizado mi agencia. No deseaba prolongar mi estancia entre aquel mobiliario
rococó, más aún cuando lo que me había llevado a París había resultado ser un
bluf sin paliativos.
Miré
la fecha en mi ordenador portátil: lunes 21 de diciembre. Si regresaba aquel
mismo día —tenía un billete de avión abierto—, aún podría aprovechar media
semana de trabajo hasta el inevitable parón de Nochebuena.
Mientras
me disponía a llamar a la jefa de proyectos para saber cómo andaban las cosas,
una angustia creciente me anticipó lo que prometía ser la Navidad más gris de
mi vida.
El
teléfono ya estaba llamando al estudio cuando una suave campanilla anunció que
había entrado un mensaje en mi Outlook. Al ver el remitente —el mánager de Eva
Winter— colgué el aparato sobresaltado.
Estimado
señor Daniel P. H.:
En
atención a su solicitud de entrevista con nuestra representada, tengo el placer
de comunicarle que Eva Winter le concederá diez minutos después del concierto
de mañana martes. El evento tendrá lugar a las doce de la noche en Le
Limonaire, en el 21 de la Rue Bergére, distrito 9º.
Si
desea documentación fotográfica de la artista, nuestra agencia y discográfica
dispone de imágenes en alta resolución cuyo precio varía en función del uso
editorial. Le avanzo que Eva Winter no concede sesiones fotográficas salvo a
sus retratistas de confianza.
Atentamente,
DlDIER
LORENZEN
Director
creativo de BadGuy Producciones
Releí
varias veces ese mensaje con estupor. No sabía qué me indignaba más: si obtener
respuesta dos días después de ser insultado o que me hablara con esas ínfulas,
después de lo visto y oído en La Divette de Montmartre.
Tras
mandarme al carajo y calificarme de pervertido —si es que me había contestado
él mismo—, que pretendiera ahora venderme fotografías era más de lo que estaba
dispuesto a tolerar.
Lo
bueno de aquel inesperado contacto era que ahora tenía un plan más apetecible
que el de matar un mal año en el estudio de arquitectura: con la excusa de las
fotos, me personaría en BadGuy aquella misma mañana. Por la noche completaría
mi indagación entrevistando a la diva. Mi intención era preguntarle
directamente cuál había sido la inspiración para sus letras. Luego me
emborracharía en algún garito de París para volar a Barcelona, muy a mi pesar,
el miércoles 23.
Justo
a tiempo para comprar los turrones que me comería solo.
Al
hacer estos planes, sin embargo, no estaba teniendo en cuenta los intangibles:
en mi caso, una vuelta de tuerca tan insospechada como incontrolable.
La
sede de BadGuy estaba en un sótano de Le Marais, el barrio judío de París, no
muy lejos de la señorial plaza Des Vosges. Tras pasear un rato entre sus bellas
arcadas, busqué en mi mapa la Rue Aubriot. Luego me dirigí hacia allí con las
manos en los bolsillos del abrigo, mientras un viento helado empezaba a sacudir
los callejones.
Era
el primer día verdaderamente frío desde que había llegado a la capital
francesa. Sólo esperaba que no nevara, porque eso devolvería a la vida el
fantasma que estaba intentando expulsar de mi vida. Por mucho que ella hubiera
cambiado, para mí era imposible ver la nieve y no pensar en Desirée.
Al
llamar al timbre de BadGuy recibí un pequeño calambrazo, lo cual no auguraba
nada bueno. La publicidad acumulada en el buzón exterior tampoco hacía pensar
que aquella discográfica, agencia o lo que fuera se encontrara a pleno
funcionamiento.
Un
minuto después se abrió la puerta de hierro y me recibió un hombre de unos
cuarenta años. Era muy moreno de tez y de cabellos, que llevaba recogidos en
largas rastas formando una cola. Me miró desafiante, tal vez porque me había
tomado por un esbirro enviado por algún acreedor.
Al
presentarme, su expresión mudó de la hostilidad a la falsa camaradería. Me dio
una palmada en la espalda para que bajara las escaleras con él hacia lo que
resultó ser un minúsculo estudio de grabación.
—Tengo
las fotos en papel —explicó en un español bastante bueno—, pero te podría haber
mandado las imágenes en alta por correo. Previo pago, claro está.
—La
verdad es que... —me defendí antes de que me comprometiera.
—No
te preocupes —me cortó—, seguro que llegamos a un acuerdo.
Ya
en «el bunker», como Didier llamaba al estudio, cerró un portón de hierro y
tuve la impresión de que no saldría de allí sin dejarme una buena pasta.
Mientras
el director creativo —y único empleado, supuse— de BadGuy encendía su
ordenador, eché un vistazo a aquel lugar asfixiante. Constaba de un breve
pasillo atestado de bobinas de cedes y una estampadora digital de tamaño
casero. Por las muestras que vi en las estanterías, al parecer allí no sólo se
grababan los discos, sino que también se duplicaban junto con la impresión
digital de la carátula. Y atendían a los falsos periodistas como yo.
El
pasillo llevaba a un pequeño despacho cuadrangular que albergaba la mesa de
mezclas y varios ordenadores obsoletos, además de los altavoces que colgaban de
las paredes.
Fue
el mismo Didier quien me abrió una puerta de corcho contigua para que viera la
sala de grabación, que no tendría más de ocho metros cuadrados.
—¿Aquí
se ha grabado Ojalá estuvieras aquí? —pregunté, sorprendido por la estrechez de
aquellos estudios.
—Pues
sí, ¿a que quedó guapo? Lo mezclé yo mismo, aunque la masterización se hizo
fuera. Se la encargué a un ingeniero de primera división, que antes de caer en
desgracia había trabajado con Prince y con Peter Gabriel.
Me
importaba un comino el motivo por el que el masterizador de BadGuy había caído
en desgracia, pero había algo en aquel puzle que no encajaba.
—Debió
de ser una producción cara, entonces —comenté.
—La
que más. Por suerte no la pagué yo.
—¿Se
financió Eva Winter su propio disco?
Didier
respondió a mi pregunta con una breve carcajada. Luego declaró:
—Cuando
la conozcas, te darás cuenta de lo absurda que es tu pregunta. No tiene dónde
caerse muerta.
Me
desagradaba el cambio de tono que había operado Didier. Haciendo honor al
nombre del sello, de repente me pareció un tipo malvado y fanfarrón. Prefería
la cortesía postiza con la que me había escrito el correo electrónico.
—Por
eso estará muy contenta si le vendo dos o tres fotos —prosiguió—. La vida del
artista es un camino de zarzas, ya lo sabes. Y ella se llevará prácticamente
toda la guita. Estoy en esto sólo por amistad y porque creo en esta chávala.
Llámame gilipollas, si quieres, pero a mí Eva Winter no me da de comer.
—¿Quién
pagó la grabación de su disco, entonces? —insistí.
—Milagros
que ocurren de vez en cuando. A veces las chicas tristes tienen suerte.
Dicho
esto, puso en mis manos una carpeta azul con una sesión de fotos en blanco y
negro. Mientras las iba pasando —pertenecían a la misma serie de la portada del
disco—, le pregunté incrédulo:
—¿Quieres
decir que encontró un mecenas dispuesto a correr con los gastos?
—Corrió
con los gastos y con algo más —añadió con un brillo malicioso en los ojos—,
pero eso ya no es cosa tuya. Estaría mal que un mánager y productor revelara
los secretos de su artista.
Sorprendido
por la calaña de todo el asunto, volví a repasar los retratos. Eran delicados
como las canciones del disco. Emanaban una languidez melancólica que no casaba
con aquel bicho de BadGuy e incluso no del todo con la propia Eva Winter.
—¿Cuántas
te quedas? —me apremió.
Antes
de dejarme tomar el pelo, recordé lo que solíamos pagar en el estudio cuando
habíamos comprado alguna foto de archivo para su publicación: unos ciento
cincuenta euros. Añadí cincuenta más para no tener que entrar en un regateo con
aquel tipejo.
—Tengo
un presupuesto de doscientos euros. Creo que me quedaré con este retrato.
Separé
un primer plano de Eva Winter mirando tristemente al cielo gris con la melena
sacudida por el viento.
—¿Vas
a pagar en efectivo? —preguntó abriendo mucho los ojos.
Se
notaba que no había esperado sacar tanta tajada del último advenedizo del año.
Después de un recuento en mi cartera, afirmé con la cabeza.
—Entonces
te doy un CD-rom con todas las fotos de la serie —dijo—. Publica las que te dé
la gana.
Cielo
líquido
Después
de la visita a BadGuy me detuve en una sucursal de Air France para cerrar el
billete de vuelta. Salida el miércoles 23 a las 12.40 del aeropuerto Charles de
Gaulle. Llegada a El Prat a las 14.20.
Saber
que sólo me quedaban dos días de bohemia improvisada me dio cierta
tranquilidad, como si la visión del fin hiciera más llevadero el sinsentido en
el que se había convertido aquel viaje.
Quedaba
un día y medio para deambular por París antes del segundo concierto: el que
correspondía a la despedida y cierre. Como la temperatura había caído en
picado, me refugié temporalmente en un café de la misma plaza Des Vosges. Se
llamaba Le Victor Hugo porque —según leí en el menú— cerca de allí se hallaba
la casa del escritor.
Ya
era la hora francesa de almorzar, así que pedí una ensalada y una copa de rouge
mientras observaba la animada clientela, que se juntaba alrededor de las mesas
como si hiciera acopio de calor. Mientras comía, sentí una suave euforia.
Después de mucho tiempo, tenía la sensación de haber recobrado el control sobre
mi destino. Podía ir adonde quisiera, correr o sentarme, entrar o salir. En
suma: era libre.
Ésta
era mi ilusión a la una del mediodía en el café Le Victor Hugo de la plaza Des
Vosges.
Terminado
el almuerzo, el vino me sumió en una leve modorra, que combatí con un té al
limón mientras sacaba de mi bolsillo El jardín secreto. Le había tomado cariño
a ese libro, tal vez porque era lo único valioso que había conseguido desde mi
llegada a París. Reprendí la lectura en el punto donde la había dejado.
Tras
la muerte de sus padres en la India, Mary —la niña enfermiza de pésimo
carácter— es enviada en un barco a Inglaterra para vivir bajo el amparo de su
tío. Éste resulta ser un hombre huraño que habita en una mansión con un
centenar de estancias en medio de unos lúgubres páramos. La señora Medlock, el
ama de llaves, la conduce en plena noche hasta su desolado hogar y le advierte
que muchas de esas puertas están cerradas. Tiene prohibido incluso acercarse a
ellas.
Acto
seguido condujeron a Mary Lennox por una ancha escalinata, un largo pasillo y
una escalera de pocos peldaños, y luego por otro pasillo y otro, hasta que
llegaron a una puerta abierta en un muro y la niña se encontró en una
habitación con la chimenea encendida y la mesa puesta, con algo de cena.
La
señora Medlock le dijo, sin ninguna ceremonia:
—¡Pues
ya ves que estás aquí! Vivirás en esta habitación y en la contigua, y aquí
deberás permanecer. ¡No te olvides! —Y así fue como la señorita Mary llegó a la
mansión de Misselthwaite, y puede que nunca se hubiera sentido más desavenida
que en aquel momento.
Sin
embargo, Mary descubrirá que las estancias de la mansión no son lo único
prohibido en aquella propiedad. Entre los muchos jardines que la rodean, uno de
ellos está cerrado desde que la esposa de su tío falleciera en oscuras
circunstancias. El lugar preferido de la difunta está sellado desde entonces y
nadie sabe siquiera dónde está la entrada. Un alto y sólido muro rodea el
jardín secreto, donde sólo un amistoso petirrojo sabe qué se oculta.
Al
saber que en ese lugar prohibido habían existido rosales, la niña deja de lado
su apatía y pregunta al jardinero:
—¿No
hay una puerta? —exclamó Mary—. Tiene que haber una puerta...
—No
hay ninguna puerta que puedas tú encontrar, ni una puerta que a nadie le
importe.
Cerré
la novela al terminar el cuarto capítulo. Fue entonces cuando reparé en un
detalle que me había pasado por alto. En el punto de lectura —de la librería
Shakespeare & Co. — que estaba en el volumen había apuntada una dirección
de correo electrónico. No me había dado cuenta hasta entonces porque se hallaba
en el reverso del punto, en tinta azul sobre un fondo azul celeste.
Supuse
que era la dirección de la persona que había perdido el libro. Y debía de
entusiasmarle la historia, ya que había asumido el nombre de su protagonista:
maryinthegarden@gmail.com.
Por
lo tanto, tal como había sospechado, era una chica. El descubrimiento me hizo
gracia y, al mismo tiempo, me puso en una disyuntiva. Mi obligación era
comunicarle en aquella dirección de correo que la novela obraba en mi poder.
Por otra parte, me había encariñado con aquel libro de tapas ámbar y no me
gustaba la idea de desprenderme de él. Decidí, en todo caso, que terminaría de
leerlo antes de que volviera a manos de su dueña.
El
anochecer llegó con un manto gélido que hundió las temperaturas bajo cero. No
se estaba bien en ninguna parte, así que me retiré a mi habitación de hotel
—había reservado dos noches suplementarias— a ver la televisión.
Frente
a mi ventana, el oficinista que había visto la primera mañana seguía trabajando
ante el ordenador.
Tras
un poco de zapping, me detuve en el canal Arte, donde en aquel momento empezaba
una película que hacía tiempo que deseaba ver. Era la inclasificable Liquid
Sky, un filme de culto con un presupuesto de medio millón de dólares estrenado
en 1982. Había leído que su director, Slava Tuskerman, se había visto obligado
a utilizar un loft del Village neoyorquino como plató.
Una
trama así sólo era posible en la época del glam tardío: un pequeño platillo
volante aterriza sobre el ático de una modelo bisexual adicta a la heroína.
Mientras un productor de televisión observa secretamente las actividades del
alienígena, éste se ha ocultado en la entrepierna de la modelo, asesinando y
vaporizando a todos sus amantes.
Esta
aventura delirante tenía una banda sonora retrotecno y una estética muy
cuidada: apartamentos de diseño, maquillajes fosforescentes e incluso una
imagen del Empire State que revela su gran parecido a una jeringuilla.
Terminada
la película, apagué el televisor y me di cuenta de que el silencio ya reinaba
en los alrededores del hotel. Incluso el oficinista se había ido a dormir.
Mis
ojos se desviaron hacia las cubiertas ámbar de El jardín secreto, pero me
pareció un acto casi perverso leer aquella novela infantil tras el desfase de
los yonquis cargados de «cielo líquido».
Antes
de acostarme, sin embargo, escribí un breve correo a su propietaria:
Querida
Mary:
Deja
de buscar insistentemente el jardín secreto. Lo tengo yo conmigo. Si lees este
mensaje antes del martes a medianoche, puedo dejarte lo que es tuyo en el lugar
de París que elijas.
Mientras
tanto, sigue al petirrojo.
Tuyo,
D.
Le
limonaire
Llegué
a la entrada roja de Le Limonaire, en la zona de Grand Boulevard, diez minutos
antes de medianoche. El local se veía mucho más lleno que La Divette, aunque
quizá no fuera a causa de Eva Winter. Tal vez simplemente era más popular.
Entre
el público descubrí a Didier Lorenzen —alias BadGuy—, que me llamó con un
silbido delante de todo el mundo. Me acerqué a su mesa sabiendo que me tocaría
pagar las consumiciones de los dos. Fui recibido con dos besos en las mejillas,
como si fuera un amigo de toda la vida. Y eso que sólo le había comprado un
CD-rom de fotos.
—Bienvenido
a Le Limonaire —me dijo en español mientras levantaba la mano para pedir otra
cerveza al camarero—. Por cierto, ¿ya sabes qué significa el nombre del local?
—El
limonero, supongo.
—Falso.
Se traduce como «el limosnero», por lo de las limosnas, ¿sabes? Aquí hay la
tradición de pasar el sombrero después de cada actuación para que el público
eche lo que le parezca.
Mientras
BadGuy se alisaba las rastas de la cola con las manos, me dije que si el nivel
del concierto era como en La Divette, en el sombrero caería bien poca limosna.
Observé el público que llenaba las mesas frente al pequeño escenario. Habría
una treintena de personas, entre neohippies adolescentes y algunos tipos duros
que, por el brillo en los ojos, parecían ir cargados de alcohol. El entorno
perfecto para hacer un ridículo descomunal.
—¿
Cómo grabaste la voz de Eva Winter en el disco? —le pregunté de repente,
intrigado por la perfección de Ojalá estuvieras aquí.
El
productor y mánager entendió a qué me refería, ya que esbozó media sonrisa
antes de contestar:
—Con
el Autotune, un programa mágico para los vocalistas que desafinan. Cada vez que
se salen del tono, desplaza la voz hasta la nota más cercana.
—¿Así
de fácil?
—De
fácil, nada. A veces el cantante desafina tanto que se va un par de notas por
arriba o por abajo. El Autotune, entonces, coloca la nota donde puede, pero el
resultado no tiene nada que ver con la melodía de la canción. En ese caso, el
ingeniero de sonido tiene que echar un montón horas para corregir en la
pantalla la curva gráfica de la voz. Es para volverse loco. Y el resultado
tampoco es perfecto, alguien entendido notará que se ha marraneado la grabación
original. Por cierto, ¿nos pedimos una botella de whisky?
Aquella
propuesta me dejó boquiabierto. Aunque nuestras copas de cerveza ya estaban
vacías, una botella entera era demasiado, a no ser que pretendiera anestesiarme
para que soportara mejor el concierto.
Miré
mi reloj: las cero treinta y el escenario aún estaba desierto. Nada parecía
indicar que el recital fuera a empezar en breve. Acepté lo del whisky porque
tenía muchas preguntas antes de partir al día siguiente, y pensé que el alcohol
sería un buen lubricante para hacer hablar a BadGuy.
Dos
minutos después, el camarero ponía sobre la mesa dos vasitos y una botella de
Lagavulin de dieciséis años.
—Tiene
un sabor ahumado inconfundible —explicó BadGuy, contento, mientras me servía—.
De hecho, es más intenso minutos después de haber tomado el trago. No te quitas
el sabor de la boca ni al día siguiente.
—Espero
que me guste, entonces —repuse husmeando el whisky, que olía a madera
chamuscada—. Por cierto, ¿cuándo empieza el show?
—Pronto,
Eva debe de estar cenando con los músicos. Hoy toca con una banda, ¿sabes? La
acompaña un guitarrista, un bajo y una chica batería.
Ninguno
de esos instrumentos estaba en el escenario, así que supuse que nos iban a dar
las tantas antes de que empezara.
—Va
a sonar bárbaro, vas a ver —siguió—. Incluso parecerá que ella canta bien.
—¿Lleva
el Autotune?
—¡Imposible!
—rio después de apurar su chupito de un trago y volver a llenar los vasos—. Ese
programa no sirve para una actuación en directo. Pero le he pasado un pedal que
mete una reverberación y un eco que te cagas. Va a ser como barrer la porquería
bajo la alfombra, pero el público no se va a enterar.
Empecé
a degustar el segundo whisky con escepticismo.
—Además,
lleva un chivato para escucharse mejor —añadió.
—¿Un
chivato? ¿Qué es eso?
—Son
los altavoces que se ponen a ras de suelo, en dirección a los músicos. Ayudan a
afinar.
En
aquel momento se oyó el frenazo de un coche fuera de la sala. Segundos después,
empezaron a desfilar los músicos en dirección al escenario entre el murmullo de
desaprobación del público, que llevaba una hora esperando.
BadGuy
se había quedado pensativo tras hablarme sobre la reverberación y los chivatos.
Finalmente declaró a modo de coletilla:
—Y
ahora, quien quiera un milagro que vaya a Lourdes.
El
concierto empezó a la una y veinticinco de la madrugada. Para hacerlo posible,
BadGuy había tenido que vérselas con un amplificador que no funcionaba y
solucionar el acople entre el chivato de la vocalista y el del bajo. Regresó a
la mesa tambaleante: me ganaba en copas de whisky por seis a tres, aunque
tampoco yo me encontraba en mi mejor momento.
La
primera canción fue «Islandia». Una chica joven y menuda golpeaba con criterio
la batería, mientras los otros instrumentistas —dos melenudos bañados en sudor—
trataban de coordinarse. Pero era misión imposible: el bajo eléctrico y la
guitarra acústica se daban de patadas.
Liberada
de rascar las cuerdas, daba la impresión que Eva Winter iba a dar la mejor
versión de sí misma. Vestía unos ajustados pantalones de cuero y una camiseta
amarilla muy ceñida. A diferencia del concierto estático de La Divette, ahora
agitaba los cabellos al ritmo que marcaba la batería. No era la belleza frágil
que emanaba la portada del disco, pero se contorneaba lanzando las caderas a
lado y lado de forma bastante sexy.
Cuando
empezó a cantar, la reverberación y el eco eran tan extremos que fui incapaz de
entender una sola palabra. Junto al resto de instrumentos se había formado una
horrorosa bola de sonido que amenazaba con reventar los altavoces.
Mientras
arrancaba el segundo tema, «Sólo amigos», BadGuy logró ecualizar algo mejor los
diferentes amplificadores, además de rebajar el volumen de los instrumentos.
Eso dejó al descubierto las carencias de la vocalista, que el eco hacía parecer
que cantara desde la cripta de una iglesia. Su única ventaja era que, al
interpretar sus propias canciones, el público no conocía las melodías ni
entendía la letra. Por eso, aunque el concierto eléctrico estaba naufragando,
la reacción de la parroquia local no pasaba del estupor.
A mi
lado, BadGuy narcotizaba el fracaso con un séptimo vaso de Lagavulin.
El
gran error se produjo cuando, tras completar buena parte de su repertorio, Eva
Winter se atrevió con una versión. La canción de P.I.L. —una banda surgida de
las cenizas de los Sex Pistols— era además muy conocida. Su estribillo
repetitivo tenía gancho con la voz chillona del vocalista original, John Lydon,
pero en manos de Eva Winter se convertía en un sermón sin gracia alguna.
Aquello era un asesinato.
This
is not a love song
This
is not a love song
Yon
take the first train into the big world
Now
will I find you, now will you be there
Casi
recé para que el concierto terminara después de esa pieza. Y mi plegaria se vio
atendida ya que, tras un Merci, bonsoir, se encendieron las luces del local.
Nadie
pidió bises.
Pero
lo peor estaba por llegar. Dado que los artistas de Le Limonaire dependían de
los donativos del público, el dueño del local se vio obligado a pasar el
sombrero entre los quince supervivientes del concierto. Las mesas más cercanas
al escenario no soltaron ni un céntimo. Mientras se acercaba a nosotros, reuní
toda la calderilla que tenía en mi bolsillo para tratar de maquillar aquel
fiasco.
Antes
de que pudiera entregar las monedas, sin embargo, sucedió algo imprevisto que
daría otra vuelta de tuerca a esa noche aciaga. Un par de tipos en la mesa de
al lado —habían estado despotricando durante todo el concierto— se mofaron al
ver asomar el «limosnero». El dueño ya iba a dejarlos de lado y venía hacia
nosotros cuando el más borracho de los dos se levantó con violencia y escupió
sonoramente dentro del sombrero.
Como
impulsado por un resorte, BadGuy no se lo pensó dos veces y se abalanzó sobre
el tipo, derribándolo de un derechazo en la mandíbula. Tras esquivar la mesa y
el cuerpo que le venían encima, su compañero entendió que se había declarado la
guerra y agarró una silla de hierro para castigar a BadGuy. Éste, pese a la
embriaguez, tuvo suficientes reflejos para esquivar el sillazo, que impactó
sobre mi cabeza de pleno.
Mientras
las piernas se me plegaban, noté cómo perdía la visión a la vez que el sonido
de la pelea multitudinaria se alejaba extrañamente. En el breve limbo sin
estímulos que precedió a la inconsciencia, me dije que si no despertaba jamás,
tampoco perdía tanto.
ROCK
& ROLL
Eva
y la nieve
Por
el suave traqueteo del motor me di cuenta de que me hallaba en el interior de
un vehículo, aunque tardé un buen rato en abrir los ojos. Cuando lo logré,
descubrí que una cara conocida me observaba con preocupación.
Era
Eva Winter.
Estaba
vivo y, al parecer, cumpliendo mi sueño de la forma más extraña.
Como
no oía nada, me temí que me hubiera vuelto sordo a consecuencia del golpe. Pero
simplemente nadie hablaba. Paralizado ante aquella aparición, sin entender qué
hacía ella allí —o mejor dicho, qué hacía yo en una furgoneta llena de
instrumentos—, poco a poco recuperé toda la visión y pude enfocar la vista en
la ventanilla. Nevaba.
«Me
llevan a alguna parte», pensé al entender que estaba en la furgoneta de la
banda.
Por
primera vez, la nieve no me devolvía la imagen de Desirée, aunque había llegado
con el silencio metafísico del que ella me había hablado al conocernos.
De
alguna manera me pareció que aquella nieve pertenecía a la que había sido mi
musa antes de salir de Barcelona.
Continuamos
mirándonos en un silencio que no me resultaba incómodo. Ella tenía los ojos
ciertamente bonitos, con aquella melena morena algo enmarañada que le caía
sobre los hombros. Ya no llevaba la camiseta ajustada, sino un jersey de lana
roja que la hacía a mis ojos más vulnerable.
Mientras
me palpaba la herida con la mano —advertí que me habían puesto un vendaje—,
supe que deseaba abrazar a esa chica de aspecto desvalido. Era un pensamiento
extraño dada mi situación.
Eva
Winter debió de pensar que ya estaba recuperado, puesto que me habló en
perfecto español con una voz bellamente quebrada.
—¿Eres
un turista?
—No
exactamente. He venido a París a pasar una temporada.
—¿Para
hacer qué? —preguntó, mientras con la uña me levantaba ligeramente la venda
para ver si la herida estaba seca.
—No
lo sé —reconocí.
—Pues
deberías saberlo. Oye, tío, ¿de qué planeta has salido?
No
supe qué contestar a eso, así que volví la mirada hacia la ventanilla para
contemplar la nevada. Entre el sordo baile de copos distinguí la estela de un
avión que se alejaba en dirección al sur. Eso me hizo recordar que perdería mi
vuelo —eran ya las ocho de la mañana— y que mis cosas se habían quedado en el
hotel donde no había pasado la noche.
—¿Adónde
vamos? —pregunté alarmado.
—A
Lille —contestó mientras sacaba un Gauloise de la cajetilla y lo encendía—.
Vamos al taller interactivo de Jeanot.
No
sabía quién era ese tipo ni en qué consistía el taller interactivo, pero tenía
muy claro que yo no pintaba nada en aquella ciudad al norte de París. Así se lo
hice saber:
—¿Y
quién ha decidido que yo también tengo que ir?
Eva
Winter dio un par de caladas mientras me observaba con expresión divertida,
como si yo fuera un niño al que no hay que hacer mucho caso.
—Didier
y yo te llevamos al hospital después de la pelea. Allí te curaron la herida,
pero no tenían una cama libre. Además, el médico dijo que estabas borracho y
que te lleváramos a dormir la mona a otra parte. Como no sabíamos dónde vives,
te metimos en la furgoneta.
—Y
después del concierto y la juerga habéis empalmado para iros a lo del taller
—concluí—. ¿No es raro llevarse de paquete a alguien del público?
—Teníamos
que irnos y no te iba a dejar tirado. Después de lo que has hecho por mí...
Recordé
entre nebulosas la rápida bulla y el sillazo que me había dejado fuera de
juego. Supuse que Eva Winter había entendido que yo había salido en su defensa,
pagando un duro precio por eso.
—Además
—añadió mientras apagaba la colilla en una lata vacía de cerveza—, Didier me ha
dicho que me quieres hacer una entrevista. Y que has comprado un CD-rom de
fotos mías. ¿Por qué dices que no sabes qué has venido a hacer a París ?
Me
había pillado. Y no tenía fuerzas para inventar nuevas excusas, así que me
limité a responder:
—Supongo
que estaba un poco atontado por el golpe cuando te dije eso. ¿Cuándo puedo
hacerte la entrevista?
Ella
hizo ver que dudaba, pero la máscara de diva le había caído hacía tiempo. Si en
el escenario resultaba una pésima intérprete, en la distancia corta me pareció
una pobre chica que aspira a hacerse un hueco en el implacable show business.
Todas las niñas han soñado alguna vez con ser actrices, bailarinas o cantantes.
Y algunas, como Eva Winter, cargan con ese sueño hasta la edad adulta.
—Cuando
quieras, bobo —respondió mientras me agarraba el brazo con suavidad—. Pero
estaría bien que visitaras antes el taller interactivo de Jeanot. Te dará una
idea de lo que es una movida alternativa a la de París. Por cierto, ¿cómo te
llamas?
Estuve
a punto de darle mi nombre completo, pero enseguida recordé que existía el
riesgo de que me buscara en el Google como periodista, así que le dije:
—Puedes
llamarme Daniel.
Tras
darme la mano, que era delgada y suave, para que la estrechara, repuso con una
sonrisa:
—Encantada
de conocerte, Daniel. Puedes llamarme Eva.
El
amor no tiene fin
Al
parecer, el madrugón de la banda obedecía a un brunch organizado por el tal
Jeanot, que también parecía haber pasado la noche en vela. Nos abrió la puerta,
blanco y ojeroso. Era el típico cuarentón guapo con síndrome de Peter Pan;
llevaba el pelo rubio recogido en un pañuelo rojo con estrellas, como un
artista juvenil californiano.
Saludó
al bajista y al guitarra con un amistoso palmetazo en la espalda. La
percusionista y Eva Winter fueron recibidas, en cambio, con un beso en los
labios.
Mi
llegada no debió de agradarle, ya que me miró de arriba abajo con desconfianza.
Sin embargo, tras una conversación entre susurros con las chicas —entendí que
le decían que yo era un importante periodista musical—, cambió radicalmente de
actitud.
—Bienvenido
al taller interactivo —bramó mientras me pasaba el brazo por el hombro—.
Empezará al mediodía. Por cierto, ¿cómo te has hecho eso?
Eva
le explicó por encima cómo había ido la reyerta en Le Limonaire. Jeanot, que se
había creído a pies juntillas lo del reportaje, alzó la voz para demostrar su
carácter:
—¿Quiénes
son esos hijos de puta? Decidme cómo se llaman, que esta misma tarde cojo la
Harley y voy a arrancarles la cabeza.
—Olvídate
de esos gilipollas —dijo la percusionista para apaciguarlo—. De todos modos,
Didier ya les ha dado un escarmiento.
—Ole
sus huevos. Por cierto, ¿dónde está BadGuy?
Le
explicaron que había salido detrás de nosotros con su propio coche y que debía
de estar al caer. Luego pasamos al interior de la casa, que era una planta baja
mohosa y destartalada. Sentí que la cabeza me daba vueltas. Mientras temía
volver a desmayarme de un momento a otro, pude ver que en la mesa había un
viejo termo de café, media botella de zumo y unos cuantos cruasanes resecos.
Me
apoyé en la pared y respiré profundamente. Una tal Anette, que fue presentada
como pareja de Jeanot, sirvió a continuación una fuente de pan y un plato con
restos de quesos. Me pareció que no tendría más de quince años.
Varios
cigarrillos encendidos hacían la cocina irrespirable antes de que el brunch
empezara definitivamente, lo que contribuyó a reforzar mi dolor de cabeza.
Afortunadamente, el anfitrión se dio cuenta de que yo estaba en apuros, ya que
ordenó:
—Anette,
acompaña a Daniel al cuarto. Le han zurrado y queremos que esté entero para el
taller. ¿Verdad que sí, amigo?
Asentí
con la cabeza y seguí a la adolescente, que me llevó hasta un cuartucho detrás
de la cocina. Tras mostrarme un colchón con las sábanas manchadas, se quedó un
instante mascando chicle. Luego cerró la puerta de golpe.
Una
vez solo, aunque la cabeza me dolía horrores, eché un vistazo a las fotografías
que llenaban las paredes. Había instantáneas de Jeanot con más de diez chicas
diferentes, aunque ninguna con la cría que nos había sido presentada como su
novia.
Antes
de caer sobre aquel colchón que me daba escalofríos, pasé revista a la
colección de trofeos. Había un retrato de Jeanot desnudo en aquella misma cama
junto a una japonesa, al más puro estilo John Lennon. En otro estaba montando
en su Harley con una pelirroja que le metía la lengua en la oreja. Seguí
contemplando aquella exhibición de vanidad, que debía de invitar a sus amantes
a superarse, hasta que di con una fotografía que me puso de mal humor.
Mostraba
de cerca a Jeanot y a Eva Winter en la playa. Ella estaba en topless, de pie
sobre la arena, con él detrás cubriéndole los pechos con las manos.
Que
la autora de «Flores en la niebla» se hubiera liado con aquel papanatas,
formando parte de su muestrario, la bajaba unos cuantos puntos en mi escala de
consideración.
«El
mundillo de la música debe de ser así», me dije mientras me tumbaba sobre el
colchón rancio.
Una
vez en posición horizontal, me di cuenta de que en el techo había pegado un
enorme póster de una exposición del Museo de Brooklyn. Sobre una composición
abstracta dominada por el rojo sangre, se leía el título de la muestra:
LOVE
HAS NO END
Aunque
la intención de quien había puesto ese póster ahí fuera sólo impresionar a sus
amantes, me gustó cómo sonaba aquel mensaje de esperanza. Lo repetí para mis
adentros mientras los ojos se me cerraban de puro agotamiento.
Somos
el tiempo que nos queda
El
segundo despertar de aquel miércoles tuvo bastante menos encanto que el de Eva
y la nieve. Cuando mis ojos empezaron a ver a través de la penumbra de la
habitación, descubrí a BadGuy inclinado sobre mí.
—Arriba,
muchacho —dijo—. El taller está a punto de empezar.
Me
palpé instintivamente el vendaje de la cabeza antes de incorporarme. Iba a
asistir a una actividad que, cualquier cosa que fuera, me daba pereza antes de
empezar.
—¿Cómo
acabó la noche de ayer? —pregunté—. Quiero decir, después de que me dejaran
K.O.
—Se
armó una buena —explicó mientras se ajustaba la goma de la cola—, pero esos dos
ya han cobrado por lo que queda de año. No los volverás a ver por ahí.
—Seguro
que no, puesto que debería estar ya regresando a Barcelona. ¿Sabes que he
perdido mi vuelo por culpa de ese follón?
—Señal
de que París te necesita. Tómalo como un regalo del destino.
Miré
aquel colchón roñoso y la pared llena de retratos. Si aquél era el regalo que
el destino tenía reservado para mí, iba apañado.
—Además,
la noche no acabó tan mal —siguió—. Te libraste de pagar la botella de
Lagavulin, que costaba una pasta. Le pedí al amo de Le Limonaire que nos la
perdonara como daños y perjuicios. Me niego a dejar un solo euro en un lugar
donde insultan y pegan a mi gente.
Sin
hacerle demasiado caso, fui a refrescarme la cara en el lavadero de la cocina.
Luego seguí a BadGuy hasta un garaje trasero reconvertido en sala de ensayos.
El
presumido Jeanot estaba sentado en un taburete bajo dos potentes focos que le
hacían parecer aún más pálido. Delante de él, una veintena de asistentes —la
mayoría jovencitas— se habían acomodado en el suelo a la espera de que empezara
el taller interactivo. Entre el público distinguí, en primera fila, a Eva y su
banda. La tal Anette, en cambio, había desaparecido.
Me
senté sobre una caja de naranjas, detrás de todos, mientras Jeanot activaba
como preludio un reproductor de cedes. Los altavoces escupieron entonces una
guitarra animosa, sobre la cual el anfitrión vociferaba algo como «Somos el
tiempo que nos queda» en un inglés bastante pedestre.
Aquello
debía de formar parte del taller, ya que un minuto después Jeanot detuvo la
grabación y dijo a los asistentes:
—Esto
es una maqueta del disco que estoy grabando. Además de la voz, toco todos los
instrumentos y me he ocupado de la producción. Lo estáis escuchando en
primicia, amigos, así que ahora quiero vuestro feed-back.
—Es
intenso y visceral —dijo una veinteañera.
—A
mí me recuerda a los últimos conciertos de la Velvet Underground —añadió una
gruppie ya entrada en años—. Por ejemplo, el que dieron en Le Bataclan en 1972.
Jeanot
asentía complacido mientras afinaba las cuerdas de su guitarra acústica. Pero
aquel momento de placidez fue interrumpido por BadGuy, que soltó:
—Como
ingeniero de sonido, tengo que decir que las señoritas que acaban de hablar no
tienen ni pajolera de música. Esta maqueta suena como el culo.
Se
hizo un silencio tenso, como si todo el público aguantara la respiración, antes
de que el mánager de Eva prosiguiera:
—La
voz está demasiado comprimida y el color de las guitarras es feo. Sobre la
composición no voy a opinar.
—Haces
bien —dijo Jeanot, fingiendo serenidad—, porque a ti se te paró el reloj antes
de que Dylan cogiera la guitarra eléctrica. Ni siquiera sabes qué es Le
Bataclan.
Se
notaba que, aunque el anfitrión estaba disgustado, tenía cierto respeto por
BadGuy. O quizá fuera miedo, al ser el mánager de Eva Winter —una amante de
primer nivel— y propietario de unos estudios donde quizás aspirara a grabar.
Eso lo deduje por el tono extremadamente cauto con el que Jeanot se explicó a
continuación:
—Reconozco
que, de entrada, puede sonar algo distorsionado, pero la audición que acabamos
de hacer no sirve para valorar el disco. Eso lo aprendí de un productor sueco
colega mío que ha trabajado con los mejores. Decía que para saber si una
grabación funciona, no hay que escucharla con atención, como hemos hecho ahora.
—Ah,
¿no? —preguntó BadGuy en tono ciertamente burlón—. ¿Cómo hay que hacerlo?
—Según
el sueco, hay que poner el disco y hacer como que pasas por ahí, porque eso es
lo que sucede en la vida real cuando oímos un tema en la radio o en un bar.
Para
ilustrar esa teoría, que quedaba meridianamente clara, Jeanot se levantó del
taburete y cruzó el reducido escenario deteniéndose en un punto con la mano en
la oreja. Tras una expresión que significaba «Aja, suena bien» continuó
caminando con falsa naturalidad.
Desde
mi posición al fondo de la sala, no podía creerme que estuviera asistiendo a
aquel bodrio.
Eva
se había vuelto un par de veces en dirección a mí, como si quisiera saber mi
opinión sobre el taller. Yo me había limitado a levantar la mano, como
confirmando que continuaba ahí. Era todo lo que podía decir.
Tras
aquel preludio desafortunado, Jeanot pasó a explicar en qué consistía el evento
que había reunido a aquella parroquia.
—Lo
de esta tarde no va a ser un concierto normal donde el público escucha
pasivamente unas canciones. Para nada. Lo llamo «taller interactivo» porque
quiero que me interroguéis después de cada canción. Podéis preguntarme con toda
libertad el trasfondo de la letra y todo eso. ¿Estáis listos?
Tres
o cuatro asistentes consintieron tímidamente. Luego el anfitrión empezó a
rascar en su guitarra los acordes de la canción de la maqueta, tal vez para
corregir la mala impresión que había causado en BadGuy. Tras una ejecución muy
correcta, un chico con acné levantó la mano para tomar parte en el taller
interactivo.
—¿Qué
quieres decir exactamente con eso de «somos el tiempo que nos queda» ?
Jeanot
le dirigió una mirada reprobatoria antes de responder:
—¿De
verdad necesitas que te conteste a eso?
Se
hizo otro silencio incómodo. Luego, el presunto artista arrancó con el segundo
tema dejando al jovenzuelo con su pregunta en el aire.
Traté
de seguir los primeros compases de esa canción, pero la letra era tan
pretenciosa —con rebuscados juegos de palabras sin gracia alguna— y su forma de
cantar tan histriónica que desconecté. No me interesaba aquel pagado de sí
mismo.
Empezaba
a entender, además, la verdadera finalidad del taller. Se trataba de que las
chicas hicieran sus preguntas para que Jeanot tuviera ocasión de camelárselas.
Las intervenciones de los hombres estaban fuera de lugar, sobre todo si no
tenían los galones de BadGuy.
Tras
media docena de canciones soporíferas sin preguntas de por medio, Jeanot
increpó patriarcalmente al público:
—Vamos,
no seáis tímidos. Estoy dispuesto a contaros todos los secretos de mis
canciones.
Nuevamente,
el chico del acné levantó la mano. Antes de que se le diera el turno de
intervención, disparó:
—¿Por
qué dices en la última canción que la sombra de los amantes puede vencer a los
rayos del sol?
Jeanot
inspiró profundamente antes de responder:
—Porque
me da la gana.
Eva
dice
—Jeanot
es un imbécil —declaró ella, al volante de su coche, mientras encendía un
Gauloise.
—Pues
él cree que es una estrella —repuse.
—Para
ser una estrella hay que tener luces. Y él no las tiene.
Me
quedé meditando aquellas palabras mientras el humo de tabaco negro llenaba el
Peugeot 205 con el que se había ofrecido a llevarme al hotel. Eran las doce de
la noche pasadas y atravesábamos una zona de polígonos industriales entre Lille
y París. Aunque había dejado de nevar, todo estaba helado.
Por
contraste, recordé la fotografía en la playa con Jeanot y me pregunté qué
habría pasado para que Eva lo detestara ahora. Tal vez se hubiera sentido
desplazada por una nueva amante, como la quinceañera que había servido el
brunch.
Dejando
de lado estas cuitas de serie B, preferí preguntarle algo que me intrigaba
desde hacía algunos días.
—¿Por
qué me mandaste a la mierda cuando te solicité la entrevista?
Eva
abrió un poco la ventanilla para que escapara el humo antes de contestar:
—Te
confundí con un Daniel que me persigue. Después de montarme un numerito en
medio de un concierto, ha tratado de ponerse en contacto conmigo de las formas
más extrañas. Por eso pensé que eras él.
—¿Y
lo de pervertido?
—Se
bajó la bragueta delante del escenario mientras yo cantaba. Tenía una erección
descomunal.
—Supongo
que lo echaron los de seguridad.
Mientras
entrábamos ya en los primeros suburbios de París, Eva me miró de reojo y esbozó
una sonrisa. Estaba asombrada por mi ingenuidad.
—¿Seguridad?
En el club donde tocaba hay un camarero y gracias. Suficiente para los cuatro
gatos que vinieron a escucharme.
—¿Qué
hiciste entonces?
—Paré
el concierto y dije a través del micro algo como: «¿Alguien puede llevarse a
este sacapichas?»
Intenté
contener la risa en la oscuridad del coche. Me sorprendía que una canadiense,
aunque fuera de origen hispano, utilizara aquel tipo de palabras. Esperando
esclarecer aquellas dudas, decidí iniciar la entrevista sin más espera.
—¿Cómo
es que hablas tan bien el castellano?
—Aunque
nací en Montreal, mi madre era de Granada. Hablábamos en castellano. Me instalé
en París cuando murió.
—¿Y
tu padre? ¿Es canadiense?
—Supongo
que sí.
—¿Supones...?
—Nunca
lo conocí. Mi madre se quedó embarazada por inseminación artificial. El donante
es secreto.
Antes
de seguir preguntando, me dije que si Eva Winter tenía más o menos mi edad, lo
de los bancos de semen era más antiguo de lo que yo suponía. Como no
tardaríamos en llegar al sexto distrito, decidí poner la directa para que me
contara lo que me interesaba saber.
—En
el artículo —mentí—, quiero hacer bastante hincapié en las letras. Por eso voy
a hacerte preguntas sobre cada una de las canciones.
—Yo
no soy como Jeanot —protestó, cambiando repentinamente de humor—. No me gusta
hablar de cómo están hechas mis canciones. Las canto y punto.
No
entendía por qué se ponía en guardia, cuando en cambio me había revelado tan
tranquilamente lo del padre anónimo. Aquella mujer no dejaba de desconcertarme.
—Tú
cuenta sólo lo que quieras —repuse para apaciguarla—, pero necesito tener
información para elaborar el reportaje.
—Puedes
hablar del taller interactivo. Es una fantasmada, pero este tipo de movidas se
llevan mucho ahora. Yo la tengo montó un concierto similar no hace tanto.
—Lo
del taller me parece de un interés muy limitado —dije poniéndome serio—.
Prefiero centrar el reportaje en ti. No deja de ser curioso que una canadiense
de madre española se haya establecido en París.
—¿No
te gusta París?
—Claro
que me gusta. Pero no me parece la ciudad más adecuada para impulsar la carrera
de alguien que canta en castellano.
Mi
comentario pareció disgustar a Eva, que ya no respondió. Se limitó a conducir
con expresión enfurruñada por el centro de París. De repente me sentí ridículo
por estar representando aquella farsa. Volvía a mí la clásica pregunta de Bruce
Chatwin: «¿Qué hago yo aquí?»
Decidí
echar el resto para acabar de una vez. Si me daba otra negativa, ahí terminaba
el presunto reportaje y mi estancia en la ciudad de las luces.
—Si
no quieres hablarme de las canciones, necesito al menos conocer un poco de tu
biografía. ¿Puedo preguntarte cosas sobre tu vida?
—Puedes,
pero no ahora —respondió en tono más suave—. Estoy muerta. Llevo treinta y seis
horas sin dormir y, además, conducir de noche me agota. Cuando caiga en la cama
no me levantaré hasta mañana por la tarde.
—¿Qué
tal mañana por la noche, entonces? —propuse más por inercia que por deseo.
—No
suelo conceder entrevistas la noche de Navidad —dijo, recuperando el buen
humor—. ¿En qué planeta vives?
Era
la segunda vez que me lo preguntaba aquella larga jornada. Y no sin razón:
había olvidado totalmente que al día siguiente era 24 de diciembre.
—Dejémoslo
entonces —concluí, sintiéndome más ridículo todavía—. Será mejor que regrese ya
a Barcelona, si es que encuentro plaza en algún vuelo. Te mandaré desde allí un
cuestionario por correo electrónico, ¿vale?
Habíamos
llegado ya a la esquina de la Rue Bonaparte con el Boulevard Saint Germain.
Ella había detenido el coche y parecía meditar en silencio sobre lo que acababa
de decirle.
Yo
también estaba muerto de sueño y deseaba poner fin a esa historia estúpida. Sin
embargo, antes de que pudiera despedirme, Eva me sorprendió con esta propuesta:
—¿Quieres
pasar la Nochebuena conmigo?
No
supe qué contestar. Era una idea algo peregrina celebrar una víspera así con
alguien que conoces hace sólo catorce horas.
—Podemos
tomar algo en el Drugstore de Champs Elysées —dijo— y pasear un poco por el
París desierto. Es la única noche del año que no encuentras a nadie.
Aquella
cita insólita revelaba que Eva estaba tan sola como yo. Únicamente un mendigo
que no tiene a nadie en el mundo compartiría la Nochebuena con un desconocido.
Tomando
mi silencio por una aceptación, Eva garabateó un número en un papel y dijo:
—Aquí
tienes mi móvil. Llámame a partir de las seis, no creo que me levante antes.
Mientras
guardaba el papel en el bolsillo del pantalón, un coche empezó a pitar
compulsivamente detrás de nosotros.
—De
acuerdo —respondí aturdido mientras abría la puerta—. Gracias por acompañarme
al Hotel.
Como
toda despedida, Eva Winter tendió uno de sus largos brazos para poner el
reverso de su mano a la altura de mis labios. Sin entender a qué venía aquella
galantería, agarré con suavidad sus dedos y deposité un beso sobre su mano.
Luego
cerró la puerta y me dirigió una última sonrisa a través del cristal antes de
arrancar.
Daños
colaterales
Al
entrar en la pomposa recepción del hotel Saint Germain des Prés me di cuenta de
que debía de tener mala pinta, ya que el portero trató de impedirme la entrada.
—He
sufrido un accidente —me expliqué en francés—. Tengo mi equipaje aquí, puede
dar mi nombre en recepción.
Me
indicó que me esperara alzando la palma de la mano. Tras un breve cuchicheo con
la recepcionista, que me escrutó severa desde su puesto, se me permitió cruzar
el tapiz rojo hasta el mostrador.
—Esta
mañana tenía usted el check out a las diez —dijo mientras miraba
alternativamente mi ficha y el reloj, que marcaba las dos de la madrugada—. Por
lo tanto deberá abonar las dos noches extra más una tercera.
—De
acuerdo, eso significa entonces que aún tengo habitación, ¿no?
—Lamento
comunicarle que el hotel está lleno —respondió en un tono impersonal—. Estamos
en vísperas de fiestas.
—No
lo entiendo —protesté—. Si me cobran esta noche, al menos tengo derecho a usar
la habitación.
La
recepcionista respiró hondamente antes de decir:
—Ya
está ocupada. Su equipaje ha estado aparcado allí hasta media tarde. Al ver que
no hacía el check out ni comunicaba a recepción que alargaba su estancia, hemos
tenido que guardar sus cosas en nuestra consigna.
—Me
niego a pagar una habitación donde está durmiendo otra persona —dije poniéndome
firme—. Porque seguro que también ha pagado los ciento noventa euros.
Mi
razonamiento debió de parecer convincente, ya que la recepcionista me pidió que
esperara un momento y realizó una rápida llamada. Como nadie respondió al otro
lado, al colgar el teléfono tuvo que decidir por ella misma.
—De
acuerdo —claudicó—, se le cobrarán sólo las dos noches extra. Luego el portero
lo acompañará hasta la consigna. ¿Tarjeta o efectivo?
—Tarjeta.
Mientras
maldecía la idea de buscar un hotel en París a las dos de la madrugada, busqué
la cartera en el bolsillo interior de mi abrigo.
Pero
la cartera había desaparecido.
Víctima
del pánico, me saqué el abrigo y revisé cada uno de los bolsillos, también los
del pantalón y el de la camisa que llevaba bajo el jersey.
Nada.
—Creo
que me han robado a raíz del accidente —declaré, sudando—. En la cartera
llevaba la tarjeta de crédito y la documentación. ¿Me permite llamar a la
policía?
La
recepcionista me dirigió una mirada desconfiada y marcó con un círculo un plano
de la zona. Al entregármelo, se expresó en tono gélido:
—No
necesita llamar. La gendarmería está a dos pasos de aquí.
Tomé
el plano con rabia. Tenía la sensación de haber caído en una espiral de
desgracias que me arrastraba hacia un fondo aún por conocer.
—En
todo caso, quisiera recuperar mi maleta —dije—. Si voy a alojarme en otro
hotel, necesito ropa para cambiarme.
—Lo
lamento mucho, pero no nos es permitido abrir la consigna hasta que el cliente
satisface el importe debido. Son normas de la casa.
Estaba
a punto de montar un escándalo, pero la mirada penetrante del portero me hizo
saber que iba a tener problemas si no me iba de inmediato.
—Aprovecharé
la visita a la comisaría para denunciar también este hotel —la amenacé mientras
daba media vuelta.
—Es
decisión suya —repuso la recepcionista sin alterarse.
Una
vez en la calle, volví a revisar los bolsillos del abrigo. Pero todo lo que
encontré fue el teléfono móvil —apagado desde mi llegada a París—, un billete
de cincuenta euros y el libro ámbar de El jardín secreto. También tenía el
teléfono de Eva Winter, a quien decidí llamar para salir del atolladero.
Azotado
por una brisa helada y envolvente, vi cómo la pantalla del móvil se encendía
tras un largo letargo. Tal vez no había sido tan buena idea desconectarme del
mundo, me dije, ya que a los pocos segundos entraron una docena de mensajes, la
mayoría llamadas perdidas del estudio.
Los
problemas de IMAGO/27 eran lo último que me preocupaba en aquel momento, así
que llamé directamente a Eva con la esperanza de que aún no se hubiera metido
en la cama.
Su
voz soñolienta tardó medio minuto en surgir del otro lado:
—Alo?
—Soy
Daniel, el periodista. Disculpa que te llame a estas horas.
—¿Qué
quieres?
El tono
de su voz denotaba más perplejidad que enfado. Dije lo siguiente de corrido,
por miedo a que me colgara antes de que pudiera terminar:
—Me
lo han robado todo. Hasta que arregle este lío no tengo dónde caerme muerto. No
me quieren ni en el hotel.
Al
otro lado oí una breve risita. Luego Eva respondió:
—No
seas trágico. Vente a dormir a casa y mañana lo arreglas.
—Gracias
infinitas. Si me das la dirección, tomaré un taxi ahora mismo. ¿Me llega con
cincuenta euros?
—Yo
creo que sí. Daniel, ahora voy a colgar. Te mando un SMS con mi dirección y las
claves de entrada, ¿vale? Dejaré la llave del apartamento bajo la alfombrilla
de la puerta.
Dicho
esto, cortó la comunicación sin más ceremonia.
En
los siguientes minutos no sucedió nada. Ya me temía que Eva Winter se hubiera
quedado dormida bajo el efecto de alguna pastilla, cuando un nuevo mensaje se
iluminó en mi móvil.
RUE
DES DAMES 16,4o 2ª, AAGZ, MC39
No
me costó encontrar un taxi en el Boulevard Saint Germain. El chófer era un
hombre de facciones indias que tenía el salpicadero del coche lleno de símbolos
cristianos. Le mostré el billete de cincuenta euros y le pregunté si era
suficiente para llegar al destino.
El
taxista movió la cabeza de lado a lado, como es costumbre en la India para
decir «sí». Luego tomó el billete y lo puso bajo una estatuilla de la Virgen,
que hizo de pisapapeles.
Con
la sospecha de que no me devolvería el cambio, me acomodé en el asiento de
cuero y cerré los ojos mientras el taxi atravesaba la madrugada de París.
Tú eres
importante para mí
La
Rue des Dames resultó estar cerca de la Place de Clichy, en el distrito 17°. Al
bajar del taxi con lo puesto, como un clochard tuve la ilusión de que mi suerte
iba a cambiar, ya que el taxista me entregó religiosamente un cambio de
veintiocho euros y cuarenta céntimos.
Ése
era todo mi patrimonio hasta que lograra salir del pozo en el que me había
metido.
Tras
asegurarme de que aquél era el portal, introduje en el panel que daba a la
calle las cuatro letras de la primera clave. La puerta se desbloqueó con un
suave zumbido.
El
corto pasillo de entrada al interior del edificio terminaba en otra puerta
cerrada con su propia botonera. Asombrado con aquellas medidas de seguridad,
consulté nuevamente el mensaje e introduje la segunda clave, formada por dos
letras y dos números. También esa puerta se abrió para mi alivio.
Acto
seguido me metí en el ascensor, que era muy angosto, y subí hasta la cuarta
planta. Tal como me había dicho Eva, la llave se hallaba bajo un felpudo en
forma de gato. «Buena chica», pensé mientras contemplaba el llavero, que tenía
una medalla de plata con una niña anticuada sentada sobre la hierba.
Hice
girar la llave en la cerradura con cuidado de no hacer ruido. Al abrir la
puerta vi que Eva había dejado encendida una lámpara de pie en el pequeño
salón. Iluminaba un sofá con una almohada sobre una nórdica doblada. Entendí
que era allí donde tenía que dormir. Aparte de aquel saloncito, el apartamento
constaba de un baño minúsculo y de una cocina tan estrecha que había que entrar
de lado.
Había
una tercera puerta que estaba cerrada; supuse que era la habitación donde Eva
estaba durmiendo.
Antes
de acomodarme en la cama eché un vistazo a la guarida de la que había sido mi
última musa en Barcelona. Aunque había cierto desorden, olía a limpio y estaba
arreglada con gusto. Los muebles sesenteros de IKEA combinaban bien con las
paredes decoradas con portadas de vinilos. Dominaban los discos de jazz y blues
con enormes tipografías.
Tras
esta inspección superficial, me desvestí a toda prisa y fui al baño a asearme
un poco. Como la mayoría de los lavabos de mujeres, el estante estaba lleno de
cremas y aceites de complejos nombres. El espejo no tenía una sola mancha en su
superficie.
Me
asusté al ver el reflejo de mi propia imagen. Parecía un guerrillero que
acabara de escapar de una emboscada. Retiré la venda con cuidado y vi que la
herida de la noche anterior ya estaba seca y había echado costra. Por lo demás,
tenía la frente sucia y el pelo revuelto.
Dado
que una ducha habría despertado a la inquilina, me conformé con refrescarme la
cara y el torso. Tras secarme con la toalla del baño, seguí un ritual que había
practicado, muchos años atrás, en las casas de las chicas que me gustaban.
Buscaba entre las colonias y perfumes el que yo identificaba con ella y me
ponía unas gotas cerca de la nariz. De ese modo sentía durante horas a la chica
muy próxima, como si fuera a besarla.
Con
algo más de vergüenza que entonces, busqué qué perfumes tenía Eva Winter en el
estante. No tuve que ir destapando esencias para localizar el suave aroma a
cítricos que relacionaba con ella, ya que había un único frasco. Y parecía
caro: era una botellita rosa con flores estampadas, todo ello diseño de Andy
Warhol.
Mientras
me preguntaba qué amante le habría regalado ese perfume, lo destapé e hice un
par de pulverizaciones sobre mis dedos. Luego me froté suavemente la piel sobre
el labio superior. De repente era como si Eva Winter estuviera a escasos
centímetros de mí.
Ante
el riesgo de hacer un ridículo espantoso si ella abría la puerta, dejé el
frasco en su sitio y me fui con el aroma de Eva al sofá. Allí me esperaba la
penúltima sorpresa. Al desplegar la colcha nórdica descubrí un gato blanco con
manchitas negras. Era joven y estaba delgado como su dueña. Aquél debía de ser
su lugar de hibernación, y me lo hizo saber con un maullido quejumbroso.
No
estaba dispuesto a negociar a las tres de la madrugada, así que di un tirón a
la nórdica y el gato saltó espantado. Tras una carrera en semicírculo, se
detuvo junto a la puerta de su ama y me miró ofendido.
—Puedes
dormir a mis pies, si lo deseas... —le susurré.
Ya
iba a apagar la luz para sumergirme en el sueño, cuando vi que junto al sofá
había un revistero con algunos periódicos. Pese al cansancio, me entraron ganas
de saber qué había pasado en el mundo mientras yo asistía a conciertos malos,
recibía golpes y me robaban la cartera. Pero eran ejemplares de Le Monde
demasiado antiguos para que despertaran mi interés. Entre éstos, sin embargo,
me chocó encontrar un número de El País de más de seis meses de antigüedad.
Aunque
Eva tuviera raíces españolas y hablara bien el idioma, me extrañaba que le
interesaran las miserias del país vecino, donde como mucho debía de haber
pasado unas vacaciones. ¿O me equivocaba?
Fue
casi divertido hojear aquellas noticias viejas que ya no tenían ningún valor.
Sólo me detuve en la página de deportes, porque había un reportaje sobre un
entrenador de fútbol con métodos fuera de lo común. Él biografiado era
Francisco Chaparro, apodado el Mick Jagger de Triana por su gran parecido con
el vocalista de los Rolling.
Al
aterrizar en su nuevo equipo, sumido en la depresión colectiva por los malos
resultados, lo primero que había hecho fue entregar a cada uno de sus hombres
una pulsera con la inscripción: «Tú eres importante para mí.» Al parecer, ese
mensaje ayudó a los jugadores a remontar el marcador en contra ante uno de los
grandes de la liga.
Su
segunda medida había sido instalar una cadena de música en los vestuarios,
donde en los entrenamientos y antes de los partidos sonaban canciones
moralizantes como «I will survive» de Gloria Gaynor o el «Resistiré» del Dúo
Dinámico.
Cerré
el periódico y apagué la luz con un sentimiento agridulce. Porque yo también
deseaba ser importante para alguien, aunque fuera para el Mick Jagger de
Triana.
Lo
que revela el día
Desperté
a media mañana con un mullido peso en los pies. Al sacar la cabeza de debajo de
la colcha descubrí que era el gatito moteado. Había tomado al pie de la letra
todo lo que le había dicho la madrugada anterior.
—Por
lo tanto, también tú entiendes el castellano —le dije en un susurro.
Al
sentir que le hablaban, el gato levantó la cabeza de su propio ovillo y me
saludó con dos maullidos breves y entrecortados.
Era
el primer ser vivo que me daba los buenos días desde que me había dejado
Desirée. Y parecía haber pasado una eternidad desde mi huida de Barcelona. Si
contaba racionalmente los días, sólo hacía una semana que había llegado a
París, pero habían sucedido tantas cosas entre mi anterior existencia y aquello
que estaba viviendo —no sabía cómo definirlo— que me sentía exiliado de mis
viejas andanzas.
Y lo
peor de todo era que pese a los gallos de Eva Winter, los golpes y el robo del
que había sido víctima, me sentía mejor que nunca. Eso me llevó a preguntarme
si no estaría viviendo algún tipo de síndrome de Estocolmo.
En
cualquier caso, tendría que romper mi aislamiento aquella misma mañana, pues
para obtener otro pasaporte y una nueva tarjeta de crédito estaba obligado a
llamar a Barcelona.
Incómodo
con esa idea, salté de la cama dispuesto a tomar una ducha reparadora. De
camino al baño el gato se cruzaba sin parar delante de mis piernas, como si
quisiera mostrarme un camino distinto. Cuando finalmente cedí a sus
pretensiones, me llevó con la cola en vertical hasta el cuenco de la comida,
que se hallaba en la cocina junto a un bol con agua. Estaba vacío.
Mientras
buscaba en los armarios dónde estaba el pienso, me dije que aquel gato debía de
pasar hambre y sed, si dependía de los horarios de su dueña. Tal vez por eso
estaba tan delgado.
Detrás
de una sartén di con lo que buscaba y pude llenar el cuenco de croquetitas con
sabor a salmón salvaje y trucha. O al menos eso decía la bolsa. El animal
celebró la llegada del banquete con un poderoso ronroneo mientras metía la
cabeza en la comida.
Tras
renovarle el agua, volví al salón para tomar definitivamente el camino de la
ducha. Fue entonces cuando advertí algo importante que me había pasado por
alto. La puerta de Eva ya no estaba cerrada, sino sólo entornada. Golpeé
suavemente en la madera pero no obtuve respuesta.
Imaginando
que había salido por la mañana, empujé la puerta para cerciorarme. Para mi
sorpresa, dormía plácidamente en la pequeña habitación —la cama ocupaba
prácticamente todo el espacio disponible—, abrazada a una almohada. Su sueño
parecía ajeno a la luz del día que se derramaba por todas partes.
Mientras
le tapaba con la colcha un hombro que tenía al descubierto, observé durante
unos segundos su rostro dormido. Con la melena morena esparcida a su alrededor
como un mar de ondas de seda, sus facciones resultaban todavía más bonitas. Su
expresión denotaba una vulnerabilidad llena de encanto. Eva en bruto, sin
pintar y con los granitos que le estropeaban el cutis, me gustaba más que la
artista imposible que había visto en el escenario.
Cuando
ya salía de la habitación, me di cuenta de un detalle que explicaba por qué al
acostarme había visto la puerta cerrada y ahora estaba abierta. En el suelo,
junto al lado desocupado de la cama, había un slip de hombre marca Calvin
Klein. Lo reconocí porque yo utilizaba el mismo modelo, sólo que de otro color.
Ahora
entendía por qué Eva había sido tan parca en nuestra conversación de madrugada
—su amante debía de esperarla en el apartamento mientras regresaba en coche—, y
valoré que se hubiera molestado en buscarme una colcha y una almohada, bajo
riesgo de que el otro se pusiera celoso. Se había comportado como una buena
amiga.
No
me intrigaba tanto quién había sido su compañero de cama como la posibilidad de
que se hubiera vestido sin ponerse los calzoncillos.
Tras
pensar eso me sentí como un intruso. No tenía ningún derecho a meterme en la
vida privada de Eva Winter, más aún cuando me había salvado de pasar la noche
al raso.
Mientras
me duchaba me dije, además, que si al despertar ella me encontraba en casa y
pasábamos el día juntos, luego no tendría ninguna gracia nuestra cita. Lo suyo
era desaparecer para encontrarnos en el centro de París a la hora de cenar,
aunque mi presupuesto global fuera de veintiocho euros y cuarenta céntimos.
Decidido
por esta opción, tras ponerme la ropa —la había colgado para que se aireara
durante la noche— busqué en el salón un trozo de papel y un bolígrafo. Dejé la
nota bajo un jarrón vacío, en una mesa donde el gato ahora descansaba después
del atracón.
Amiga
Eva:
Muchas
gracias por haberme dado refugio esta noche. Salgo a «arreglar mis asuntos». Te
esperaré en el Drugstore de Champs Elysées a las 19.30 h.
Ponte
guapa para Nochebuena, tú que puedes, aunque no lo necesitas. Tuyo,
DANIEL
Vivir
para siempre jamás
Tras
invertir un euro veinte de mi presupuesto en un cruasán de panadería y otros
tres euros en un café, me dije que tenía que cortar el grifo hasta que
solucionara mis problemas de liquidez y documentación.
Dispuesto
a que aquel café me durara unas cuantas horas, había hecho del Bistrot des
Dames, en la misma calle de Eva, mi cuartel general para gestionar aquella
crisis. Me había llamado la atención por las lámparas estilo Chevet y los
viejos pósteres con los que estaban empapeladas las paredes. Desde el salón
comedor se accedía a un inesperado jardín que debía de hacer las delicias de
los vecinos en verano. Ahora sus únicos clientes eran los carámbanos de hielo
que colgaban de las mesas y sillas.
Apostado
en una mesa al lado de la calle, empecé escuchando y leyendo doce mensajes
distintos en mi móvil. Me decepcionó que todos fueran de trabajo. Ninguno de
amigos o de los pocos parientes que me quedaban, a los que veía justamente por
Navidad.
Deseoso
de encontrar al otro lado una voz amiga, llamé a Marta. Aquella fotógrafa de
arquitectura era la única persona de mi círculo que se resistía a tener un
móvil, así que me tuve que conformar con escuchar su voz enlatada, donde decía
que estaría ausente de su domicilio durante las vacaciones navideñas.
No
me quedaba más remedio que llamar al estudio. Había anulado mi tarjeta de
crédito la noche anterior, pero necesitaba que alguien me agilizara las cosas
para poder salir del embrollo antes de que fuera demasiado tarde. Si no me
equivocaba, aquel jueves 24 sólo se trabajaba por la mañana, así que —era la
una y cinco— me quedaba menos de una hora para realizar las gestiones.
Al
escuchar al otro lado la voz de la jefa de proyectos de IMAGO/27 tuve la
desagradable impresión de estar de vuelta allí, como si nada hubiera pasado.
Tras contestarle rápidamente a todas las preguntas de trabajo y comprometerme a
despachar con ella al menos una vez por semana, le expuse el lío en el que me
encontraba sin darle demasiados detalles.
—Puedo
transferir al Saint Germain el pago por las dos noches —propuso siempre
eficiente— y te busco un buen hotel para que te manden allí la documentación y
la tarjeta de crédito. Te reservaré cuatro días en pensión completa para que no
te falte de nada.
—Es
una buena idea, pero estoy harto de hoteles. Además, estoy viviendo con una
amiga parisina.
Sentí
algo de vergüenza tras haber dicho esto; por una parte, porque no era verdad
que pudiera seguir ocupando el sofá de Eva; por otra, porque podía parecer que
lo decía para dejar claro que, aunque me habían abandonado, no estaba solo.
—Dime
entonces dónde hay que mandarte el pasaporte nuevo y la tarjeta de crédito.
Tras
dictarle la dirección y el nombre de la anfitriona, le pregunté:
—¿Crees
que puede llegar hoy?
—Imposible
—dijo con la seca honestidad que la caracterizaba—, esta tarde está todo
cerrado. Aunque el banco te la hiciera de inmediato, no voy a encontrar un
servicio de mensajería para hoy mismo.
—Entonces
mañana.
—Mañana
es 25, día de Navidad, Daniel. El 26 es San Esteban y el 27 es domingo. Siendo
realistas, no recibirás nada hasta por lo menos el lunes 28 por la mañana. Me
tocaba fiesta, pero me encargaré personalmente de ello.
—Te
lo agradezco mucho.
—Mientras
tanto, tal vez puedas pedir un préstamo a tu amiga parisina.
—Lo
haré —mentí, lamentando ya no haber aceptado lo del hotel—. De momento bastará
con que llames al Saint Germain y pagues lo que debo desde la cuenta del
estudio. Necesito que esa gente me devuelva mi maleta.
—Eso
está hecho.
Ya
me había despedido de ella cuando levantó la voz para que no colgara:
—Por
cierto, feliz Navidad.
A la
una y media me echaron amablemente del bistrot, porque se había llenado de familias
del barrio que acudían a comer tarde tras salir del trabajo.
Aproveché
que el sol brillaba generosamente en el cielo de París para sentarme en un
banco de la Rue des Dames. En la retaguardia tenía un graffiti —las fachadas de
aquel barrio estaban llenas de ellos— que mostraba un pájaro de alas azules que
repartía estrellas con su vuelo.
Con
el teléfono nuevamente desconectado en el bolsillo interior, me abroché el
abrigo a conciencia para no resfriarme. Me había propuesto terminar la lectura
de El jardín secreto, con el permiso de las nubes y del viento helado de
diciembre.
En
lo que llevaba leído, Mary había descubierto la entrada al jardín donde se
había matado la esposa de su tío. Éste lo había clausurado desde entonces,
convirtiéndolo en un jardín secreto.
Eso
me hizo pensar en un cuento de Pere Calders que había leído en la escuela: el
propietario de una mansión encuentra enterrada en su jardín una mano cortada.
Sin saber qué hacer, el asustado burgués pone un anuncio en la prensa: «Alguien
ha perdido algo muy importante en mi jardín» junto con la dirección para que
acudan los interesados. Tras la publicación de esta nota, el propietario recibe
a personas que han perdido allí las cosas más insólitas: una moza ha perdido la
virginidad con su jardinero, un hombre perdió la memoria a consecuencia de un
golpe al saltar la tapia… Escandalizado, el burgués pregunta qué puede hacer
para que no se le meta tanta gente en su jardín. El consejo que le da un amigo
es antológico: «Conviértelo en un jardín público. Entonces seguro que no va
nadie.»
Mary
es una de esas personas a las que les gusta adentrarse en lo prohibido, y para
sus excursiones en el jardín secreto ha hecho un amiguito: Dickon. Este niño de
familia humilde le muestra todos los secretos de las plantas y los animales,
que lo siguen como si fuera Francisco de Asís.
El
libro tenía escenas algo ingenuas —no dejaba de ser una novela para niños de
1910—, pero de vez en cuando las páginas se iluminaban con pasajes que me
conmovían hasta arrancarme las lágrimas. Viví uno de esos momentos sublimes en
aquel banco suburbano, con cuatro árboles helados como todo jardín. Mientras
leía lo que sigue enfundado en mi abrigo sentí que, después de mucho tiempo,
era feliz:
Sólo
muy de vez en cuando se puede estar seguro de que se va a vivir para siempre
jamás, y ésa es una de las curiosidades de la vida. A veces sucede cuando uno
se levanta al amanecer, ese momento de meliflua solemnidad, y se sale al
jardín, y se queda uno allí quieto y solo; y se levanta mucho la mirada, más y
más arriba, y se observa cómo muda de color el pálido cielo azul, sonrojándose,
cómo va sucediendo lo insólito y maravilloso, hasta que el Oriente casi le hace
a uno clamar, y el corazón parece que dejara de latir ante la inexplicable,
imperturbable majestad del sol naciente. Desde hace miles y miles de años, esto
es lo que acontece cada mañana, y es entonces cuando por un instante se sabe
que uno va a vivir para siempre. Y también se sabe a veces cuando uno está solo
en un bosque, a la hora del crepúsculo; y la misteriosa quietud del oro intenso
que desciende inclinándose entre las ramas, y bajo ellas, parece que nos dijera
muy despacio, una y otra vez, algo que no se termina de entender. Y luego, a veces,
nos lo confirma el inmenso sosiego de la oscuridad azul de la noche, en la que
nos aguardan y observan millones de estrellas; y a veces nos lo dice una música
lejana; y otras, está escrito en unos ojos que nos miran.
Noticias
de Mary
Para
matar las horas había decidido ir a pie hasta el Drugstore, lo que me obligó a
atravesar buena parte de la ciudad. Hacía un día más tibio que los anteriores,
por lo que pude caminar sin helarme del todo.
De
vez en cuando me detenía en una plaza donde una viejecita alimentaba las
palomas desmigajando pan duro, o dos enamorados se daban un beso abrazados en
un banco. Aquella víspera de Navidad, París me pareció la ciudad más
melancólica del mundo —el spleen del que hablaba Baudelaire—, y también la más
dura. En mi camino hacia el distrito 1o, me crucé con un sinfín de locos que
deambulaban agitando los brazos, hablando solos o insultando al viento que les
azotaba la cara.
Me
dije que yo también podía acabar un día como ellos si la suerte me daba la
espalda un par de veces más.
Antes
de iniciar mi kilométrica andadura me había planteado, mirando el mapa, la
posibilidad de hacer un rodeo hasta el distrito 6o para recoger la maleta en el
hotel Saint Germain. La desestimé, en primer lugar, porque me obligaba a
patearme todo el distrito 8o, pasar sobre el Sena y seguir por el distrito 7o y
el 6o para luego volver a cruzar el río. En segundo lugar, me desagradaba la
idea de vagar por toda la ciudad cargando con un maletón. Me parecía la imagen
misma de un desarraigado, que era en lo que me estaba convirtiendo.
Cuando
uno camina solo durante horas por una ciudad como París, acaba pensando muchas
cosas. Yo le daba vueltas al asunto de la cartera. Tenía claro que me la había
robado algún cliente de Le Limonaire al caer al suelo. Lo que me parecía
inconcebible era que durante el día siguiente, tanto en el coche como en el
taller de Jeanot, no hubiera comprobado si la cartera seguía en mi bolsillo
interior. Debía de haberme llevado un buen tortazo para andar tan desatento.
También
pensé en el libro ámbar que tenía en el bolsillo de mi abrigo, y en la
dirección de correo electrónico que había descubierto en el punto de lectura de
Shakespeare & Co. Tras decir a la que se hacía pasar por Mary que el
volumen obraba en mi poder, no había vuelto a consultar mi correo. Tenía
curiosidad por saber si la dueña de El jardín secreto lo reclamaba.
Cuando
llegué a los Champs Elysées, los árboles iluminados por Navidad me alegraron
como cuando era niño y las luces anunciaban que los Reyes Magos andaban cerca.
A las seis y media de la tarde, sólo paseaban por allí algunos turistas y los
mendigos de siempre. Los parisinos estaban a buen recaudo en sus casas; quizá
degustaban ya los primeros platos de un menú para calentar el cuerpo y el alma.
La
mayoría de los comercios estaban cerrados, así que supuse que la animación se
concentraría en el Drugstore cercano a la Place de l’Etoile.
Durante
las décadas de 1970 y 1980, en Barcelona habían coexistido simultáneamente
varios drugstores, galerías comerciales donde podías hacer alguna compra, cenar
o beber a cualquier hora. Sin embargo, la chusma que se arremolinaba en esos
after hours pioneros hizo que los locales fueran cerrando uno tras otro.
Demasiado gasto en seguridad para las cuatro copas que se servían de madrugada.
El
de París era otra cosa. Recordaba haber pasado por aquel drugstore en un viaje
estudiantil de Año Nuevo. Habíamos salido del albergue para comprar provisiones
y nos impresionó el ambiente de los Campos Elíseos. Las campanadas nos habían
pillado al salir del establecimiento con nuestras botellas de vino.
Mi
primera sorpresa fue que la gente, incluso las chicas más guapas, te detenían
en plena calle para darte dos besos y desearte bone année. La segunda fue un
coche de policía donde dos gendarmes bebían a morro de una botella de champán
mientras saludaban a los paseantes.
Desde
entonces me convencí de que los franceses, aunque estén de mal humor buena
parte del año, saben vivir.
Entré
en el Drugstore cargado de recuerdos que me hicieron olvidar la fatiga. Tal
como había imaginado, la barra circular del snack bar estaba llena de parisinos
solitarios. Otras almas en pena como yo curioseaban entre las tiendas para huir
del frío. De repente me di cuenta de que no había concretado a Eva en qué lugar
de aquellas galerías debíamos encontrarnos. Tampoco tenía la seguridad de que
ella fuera a despertarse a tiempo para ver mi nota, arreglarse y acudir a la
cita.
Mientras
navegaba entre estas dudas, vi que en el exterior de la cafetería había dos
monitores de una compañía telefónica que ofrecían Internet a dos euros los diez
minutos.
Como
aún faltaba un buen rato para las siete y media, decidí sacrificar una de mis
últimas monedas —después de eso me quedarían diecinueve euros con veinte,
porque había invertido tres euros en un kebab— para conectarme al resto del
mundo. Mi idea era leer los periódicos por encima mientras me durara el
crédito, pero una rápida consulta a mi correo hizo que me detuviera en uno de
los mensajes.
Quien
estuviera detrás de maryinthegarden@gmail.com había respondido a mi mensaje,
donde le decía que hasta el martes —estábamos ya a jueves— podía restituirle su
libro en el lugar de París elegido por ella. Como yo había firmado el correo
con la inicial de mi nombre, D., mi interlocutora había pensado que asumía el
papel de Dickon, el amiguito de Mary, ya que se dirigía a mí de ese modo:
Querido
Dickon:
No
necesito seguir buscando el jardín secreto, porque ya lo encontré. El petirrojo
me llevó hasta él.
Es
un lugar encantado, donde el tiempo se detiene y sientes calor por mucho frío
que haga fuera. Las estatuas están nevadas y tienen un casquete blanco en el
colondrillo como el del Papa. Las ardillas corren de un lado para otro y
vigilan las despensas de nueces que llenaron en primavera. Desde el cielo gris,
los pajarillos las vigilan por si un descuido les pone una baya o unas cuantas
semillas en el pico.
En
tu carta decías algo de marcharte el martes por la noche, pero yo no creo que
hables en serio. ¿Cómo vas a irte, Dickon, antes de haber entrado al menos una
vez en el jardín secreto?
Siempre
tuya,
Mary
Me
quedé pasmado ante aquel mensaje, que estaba escrito en un tono similar al de
la novela, aunque tal vez todo tuviera un sentido más pícaro. ¿A qué jardín
secreto se refería? ¿Quién diablos era esa Mary? ¿Cómo podía saber que no me
había marchado de París? El correo estaba escrito aquel mismo día a las tres de
la tarde.
Sólo
había un modo de averiguarlo. Tras releer el mensaje, utilicé los minutos de
crédito que me quedaban para contestarle brevemente siguiéndole el juego.
Querida
Mary:
París
es muy grande y yo demasiado pequeño para encontrar solo el jardín secreto. No
sabría por dónde empezar. Desconozco qué aspecto tiene un petirrojo y nunca he
visto ese lugar donde las ardillas corren con disimulo para que los pajarillos
no les saqueen la despensa.
¿Puedes
ayudarme?
Te
estaría agradecido para siempre jamás.
Tuyo,
Dickon
Montparnasse
Contra
todo pronóstico, mi cita hizo acto de presencia a la hora fijada. Su llegada levantó
la mirada de los hombres que llenaban el snack bar, a la puerta del cual me
había apostado porque me parecía el punto de encuentro más probable.
Aquella
noche, Eva Winter robaba el aliento. Iba vestida con zapatos de tacón y una
minifalda negra que hacía que sus piernas parecieran aún más largas de lo que
eran. Por encima de las caderas se cubría con una chaquetilla de borrego teñida
de azul cielo. Una boina negra ladeada completaba el atuendo.
—He
encontrado un restaurante abierto —me susurró al oído como saludo—, así que
vamos a disfrutar de una buena cena de Nochebuena.
—Pues
ya me veo lavando los platos —dije mientras ella me tomaba del brazo para salir
del Drugstore—, porque aún no he logrado «arreglar mis asuntos».
—Invito
yo, bobo. Pero no te acostumbres, ¿eh?
Casi
podía sentir en mi espalda las miradas rabiosas de los hombres que llenaban el
bar. Con aquellos tacones, Eva era casi tan alta como yo.
Mientras
contemplábamos el Arco de Triunfo iluminado en la Place de l'Etoile, yo pensaba
dos cosas. La primera era lo ridículamente pequeño que es el Arco de Triunfo
neomudéjar de Barcelona. La segunda, que me gustaba más la Eva desgreñada y
vulnerable que había visto dormir aquella mañana en su cama. Prefería su piel
erosionada a la crema de pote que la recubría, sus grandes ojos tristes a la
máscara de rímel que la hacía parecer una gata.
—¿Por
dónde queda el restaurante? —pregunté.
—Por
aquí—repuso señalando la boca del metro, y acto seguido me volvió a tomar del
brazo. Mientras me dejaba guiar, de su cuello me llegaba el perfume que yo
había robado la noche anterior, pero mucho mejor. La fragancia primaveral de
Andy Warhol se mezclaba deliciosamente con la esencia de Eva Winter.
Durante
el viaje hasta la estación de Montparnasse, Eva me informó de un condicionante
que lastraba aquella noche. A las doce de la noche —como Cenicienta— tenía que
salir en coche hacia el sur de Francia, donde había sido aceptada en un curso
de meditación impartida por una celebridad local.
—¿Y
no puedes salir por la mañana? —protesté.
—La
charla de bienvenida es a las ocho de la mañana. Sería una descortesía por mi
parte llegar más tarde.
—Entonces
deberías haber salido este mediodía para dormir antes de que empiece el curso.
—No
podía —dijo muy seria—. ¿Olvidas que había quedado contigo para celebrar la
Nochebuena?
Camino
del restaurante le pregunté de dónde sacaba el dinero para pagar el alquiler
del apartamento, la gasolina del coche, los cursos de meditación y la cena de
un presunto periodista sin blanca.
Antes
de responderme me miró perpleja, como si no hubiera esperado una pregunta tan
estúpida por mi parte.
—Trabajando,
como todo el mundo. ¿Por quién me has tomado?
—Pensaba
que los artistas se dedicaban sólo a actuar —me excusé—, que vivían de los
conciertos.
—Eso
será en las películas. Yo trabajo de camarera.
Declaró
aquello con amarga rotundidad, como si no hubiera esperado aquel destino al
salir de Montreal. Luego trató de suavizarlo:
—Pero
sólo los mediodías. De lo contrario no podría hacer los bolos que me encuentra
BadGuy. Por suerte, el propietario tiene familia fuera y cierra cada Navidad.
Habíamos
llegado a la puerta del restaurante. Era un chino abierto en la planta baja de
la imponente torre de Montparnasse, que brillaba en la noche como una
gigantesca espada de luces. Antes de pasar al interior, pese al frío me quedé
un buen rato contando los pisos —cincuenta y nueve— del que era el rascacielos
más alto de Francia.
A
Eva pareció divertirle mi interés, ya que desempolvó lo que se aprende en la
primera etapa en una ciudad, que siempre es de descubrimientos hasta que uno se
acostumbra.
—¿Cuánto
dirías que mide? —me desafió.
Como
ella no sabía que yo era arquitecto, me hallaba en la posición ideal para
sorprenderla.
—Unos
doscientos metros, diría yo.
—Muy
bien, doscientos nueve exactamente. ¿Sabes que las barandillas de la terraza se
pueden desmontar para convertirla en una plataforma de aterrizaje de
helicópteros? ¡Y sólo tardan dos minutos exactos en hacerlo!
—¿Quiénes?
—pregunté intrigado. Eva Winter encogió los hombros como toda respuesta. Luego
me sujetó el brazo con fuerza, como si de repente aquella mole le hubiera dado
vértigo.
La
promesa
Durante
la cena, que consistió en un pato de Pekín reseco acompañado de vino de la
casa, Eva se mostró extremadamente cauta y esquiva. En las distancias cortas
parecía asaltarla una timidez repentina, como si tuviera miedo de dar demasiado
de sí misma.
Esa
precaución, que yo no lograba entender, hizo que me abstuviera de indagar
acerca de unas letras que empezaban a quedarme lejanas. Tal vez estuviera dando
demasiadas vueltas a lo que sólo era un cúmulo de casualidades. La vida está
llena de ellas.
Por
otra parte, me extrañaba la hospitalidad que prodigaba Eva Winter a un supuesto
periodista musical que había conocido un día y medio atrás.
—Quédate
en mi apartamento mientras «arreglas» lo tuyo —dijo tras haberle expuesto mi
situación—. Puedes dormir en mi cama, ya que no estaré de vuelta hasta el 30.
Así
pues, el farol ante la jefa de proyectos había sido profético. No tendría que
pasar las noches del largo fin de semana bajo el metro de París, como había
llegado a plantearme. Si no se torcían las cosas en el último momento, tenía un
lugar donde dormir —nada menos que la cama de Eva Winter— y el dinero que
llevaba en el bolsillo bastaría para comprar arroz, huevos y salsa de tomate.
En la carrera había conocido a estudiantes que se habían alimentado durante
semanas de arroz a la cubana.
—No
sé cómo devolverte lo que estás haciendo por mí —declaré muy en serio.
Su
respuesta no fue demasiado romántica:
—Es
agradable hacer cosas por los demás de vez en cuando. —Tras decir esto, me
observó en silencio a través de la copa llena de agua. Luego concluyó—: A mí me
han ayudado, y ahora yo te ayudo a ti. La vida es así de sencilla.
—¿Quién
te ha ayudado? —pregunté lleno de curiosidad—. ¿Te refieres al mecenas que pagó
la grabación del disco?
Me
acababa de cargar la magia de la noche con un par de frases. Eva me miró
asustada, como si el hecho de que yo supiera aquello la dejara indefensa.
—Te
pido disculpas de todo corazón —dije acalorado—. Tenías razón: no hay que hacer
entrevistas en Navidad.
—No
seas tan correcto —repuso sonriendo mientras ponía su mano sobre la mía—. Soy
frágil, pero tampoco me quiebro por tan poca cosa. ¿Quieres que te enseñe algo?
Asentí
en silencio mientras el camarero chino dejaba la cuenta sobre la mesa y
empezaba a retirar nuestros platos. Éramos los últimos clientes de la noche.
Eva
Winter dejó tres billetes de veinte sobre la bandeja y se levantó para que la
siguiera.
Cinco
minutos después estábamos en un ascensor que subía a la azotea de la torre de
Montparnasse, aquel lugar insólito donde unos enigmáticos obreros desmontaban
las barandillas en ciento veinte segundos para convertir la terraza en un
helipuerto.
De
hecho, sólo fueron precisos treinta y ocho segundos para llegar a ciento
noventa y seis metros de altura. Desde allí subimos a un bar ya cerrado a
aquellas horas. Un último tramo de escaleras nos condujo hasta la famosa
azotea. La vista sobre París era sobrecogedora.
Estuvimos
diez minutos largos agarrados en silencio a la barandilla, como temiendo que un
golpe de viento nos arrancara de allí para lanzarnos al vacío. Desde aquella
atalaya, París era un tapiz de calles doradas, con la Torre Eiffel y el Sacre
Coeur resplandeciendo como joyas de diseño archiconocido.
Me
gustaba seguir el rastro luminoso de los pocos coches que atravesaban las
cicatrices de la ciudad. Era fascinante pensar que quien conducía a esas horas
no sospechaba que alguien seguía su recorrido desde las alturas. Eso me hacía
sentir casi como un Dios.
La
voz quebrada de Eva Winter me sacó de aquel entretenimiento ingenuo.
—Hay
algo que quiero decirte desde hace horas. Pero tengo miedo de que te enfades.
—¿Enfadarme?
—dije apartando los ojos de la ciudad para mirar a Eva.
Mientras
el fuerte viento alborotaba sus cabellos, Eva pareció buscar las palabras
justas. Finalmente dijo:
—Sólo
te pido una cosa: no te enamores de mí.
—No
pienso hacerlo —le respondí, herido en mi orgullo.
—¿Seguro?
Quiero oírlo.
—Te
lo acabo de decir.
—Quiero
que digas: «No me enamoraré de ti.» Vamos, dilo —me pidió obstinada.
—No
me enamoraré de ti.
—Buen
chico. ¿Sabes? Cuando un hombre se enamora de mí, pierdo todo el interés. Es
superior a mí.
Estuvimos
unos minutos más sin hablar, sólo mirando las calles incandescentes de París.
Luego consulté mi reloj y anuncié:
—Son
las doce. Ahora debes salir corriendo y perder tu zapato de cristal.
jardines
secretos
Días
tranquilos
Pasé
el 25 y el 26 de diciembre prácticamente sin salir de la cama.
Tras
la cena de Nochebuena con Eva, había recogido mi maleta en el hotel Saint
Germain des Prés, donde de repente todo fueron reverencias. Al abonar las
noches adeudadas, la jefa de proyectos del estudio debía de haberse quejado por
haber retenido mi equipaje.
—Lamentamos
mucho la calamidad que ha sufrido en París —había dicho un eficiente jefe de
turno—. Para compensarle por los inconvenientes, le hemos reservado la mejor
suite. La primera noche corre a cargo de la casa.
Yo
me había limitado a declinar el ofrecimiento sin más comentarios. Luego cargué
con mi maleta hasta el metro que me llevaría a lo que iba a ser mi hogar por
unos días.
Solo
en el apartamento, me seducía la perspectiva de unas Navidades sin comidas
familiares ni compromisos de ninguna clase. Me sentía extrañamente aliviado. Mi
situación me recordaba a un poema zen que había leído años atrás. Decía:
El
granero se ha quemado;
por
fin puedo ver la luna.
Meterme
en la cama de Eva Winter fue tan natural como hacerlo en mi propia casa, aunque
el tenue perfume que impregnaba las sábanas me recordaba agradablemente a su
dueña. ¿Me estaría convirtiendo en un desarraigado?
Tampoco
Michelle —así se llamaba la gata— parecía disgustada con el cambio. No tardó en
tomar posesión del centro de la cama, donde remoloneaba estirando las patas y
ronroneaba como un motor.
El
hedonismo de aquel animal delgaducho me animó a hacer lo mismo. Dormí hasta
bien entrado el mediodía y, tras comer un par de tostadas con mermelada, volví
a entrar en la cama sintiendo una libertad que no había conocido en décadas. Ni
siquiera encendí el móvil para leer los mensajes de Navidad, ya que me habría
visto obligado a contestarlos.
En lugar
de eso dediqué aquel día y el siguiente a leer una biografía sobre los años
parisinos de Henry Miller. Imaginé que aquel escritor canalla debía de fascinar
a Eva, ya que había encontrado el libro bajo su almohada. En algunos pasajes
había un símbolo de exclamación marcado con lápiz.
Me
gustó saber que el autor de Trópico de Cáncer había vivido en Clichy, no muy
lejos de donde me encontraba. La disposición con la que había salido de
América, huyendo de la Gran Depresión, lo decía todo:
Pronto
cumpliría treinta y tres años, la edad de Cristo crucificado. Se abría delante
de mí toda una nueva vida, si tenía el coraje de arriesgarlo todo. De hecho, no
había nada que arriesgar: me encontraba en el peldaño más bajo de la escalera;
era un fracasado en todos los sentidos.
A su
llegada a París pasó hambre y frío como un pordiosero, ya que se alimentaba de
lo que le daban y dormía cada noche bajo un puente distinto. Probablemente le
salvó la vida Richard Orson, un abogado norteamericano que le ofreció una
habitación en su casa y le dejaba cada mañana un billete de diez francos en la
mesa para que los gastara como quisiera. Estas cosas sólo las hacen los
norteamericanos.
Gracias
a algunos ingresos esporádicos, entre 1932 y 1934 pudo alquilar con un amigo un
apartamento en el número 4 de la Rue Anatole France, en Clichy. Allí, él
recordaba haber pasado «días tranquilos», aunque cuando no estaba escribiendo
saltaba de una amante a la siguiente, con Anaïs Nin como pasión fija. Tras las
frecuentes borracheras, acostumbraba escarbar en la basura para rescatar algún
resto aún comestible.
Para
convertirlo en un santuario creativo, Miller recubrió las paredes de su
dormitorio con papel de embalar. Sobre éste garabateaba notas y diagramas para
sus futuras novelas, además de pegar fotografías y páginas arrancadas de sus
libros favoritos. Rodeado de ese collage de ideas, mecanografiaba en su máquina
de escribir veinte páginas al día mientras fumaba un Gauloise tras otro.
Aquello
me hizo pensar en Eva Winter. Tal vez no sólo imitara a Henry Miller en la
marca de tabaco, y los numerosos amantes —entre ellos el insufrible Jeanot—
fueran un atributo más del personaje bohemio en el que se quería convertir. A
fin de cuentas, también ella había salido de América esperando que París fuera
la confirmación de su arte. Pero como decía san Mateo en la Biblia: «Muchos son
los llamados, pocos los elegidos.»
Después
de gandulear dos días seguidos entre la cama, la cocina y el baño —el disco de
Eva Winter volvía a sonar tras una semana de silencio—, el domingo por la tarde
me decidí a tomar una ducha y hacer algo más que esperar al lunes.
Saqué
mi ordenador portátil de la maleta y comprobé que se conectaba felizmente con
el Internet de algún vecino. Borré sin haber leído todos los mensajes navideños
con PowerPoint adjunto. El único correo que me interesaba era la respuesta de
«Mary en el jardín» al correo que yo le había escrito desde el Drugstore tres
días atrás. También parecía haber pasado una eternidad de eso.
Querido
Dickon:
Me
apena mucho que no sepas cómo es un petirrojo y que no hayas visto nunca correr
a las ardillas en invierno. ¿Sabes que trazan con sus patitas dibujos en la
nieve? Son figuras enormes que sólo puede leer desde las alturas el Dios de las
ardillas, que como todo el mundo sabe tiene su residencia en las nubes y
produce truenos cada vez que casca sus nueces celestiales.
Por
tu mensaje entiendo que necesitas ayuda para encontrar ese jardín que, aparte
de los animalitos, sólo nos pertenece a los dos. Yo llevo viviendo tanto tiempo
en él que ya he olvidado por dónde entré, pero puede que lo consigas desde el
Jardin des Plantes. Me ha dicho un pajarillo que este lunes, a eso de las doce,
se abrirá entre la maleza una entrada al jardín secreto. ¡No tengas miedo,
Dickon! ¡Eres el mejor amigo que tengo! Tuya impaciente,
Mary
Perplejo,
cerré el mensaje sin contestarlo. Aquella Mary me tenía totalmente
desconcertado. ¿Quién era? ¿Qué diablos quería de mí?
Decidí
que al día siguiente acudiría a la cita con el libro ámbar bajo el brazo para
que ella me reconociera, si es que no me conocía ya. Aunque corría el riesgo de
toparme con una loca, la curiosidad me podía más que la prudencia.
Tras
tomar esta determinación, vi en el reloj que eran las siete y me dispuse a
consumir lo que quedaba de día en la cama con Henry Miller. Pero no me fue
posible porque, pasados tres días de silencio y olvido, me sobresaltó el timbre
de la puerta.
Para
ver el cielo a través de él
A
falta de otras compañías aparte de la gata, recibí a BadGuy como si llegara un
amigo. Y se había vestido con sus mejores galas: bajo un abrigo de pieles,
llevaba un inmaculado traje blanco del que asomaban unas relucientes botas de
punta.
—¿Adónde
vas con esta facha? —le pregunté mientras le invitaba a pasar.
—Querrás
decir «adónde vamos», porque tengo instrucciones de llevarte a una cena. Estás
conmigo en el registro de invitados.
—¿De
qué cena hablas? Te advierto que sólo tengo diecisiete euros y veinte céntimos.
—Lo
ha decidido nuestra querida jefa: Eva. Sabía que no querrías salir del nido y
nos inscribió a los dos a lo de Jim. Por el dinero no te preocupes: yo pondré
los tres euros que te faltan.
No
entendía de qué me estaba hablando, así que le pedí a BadGuy que me diera más
detalles sobre aquella cena. Antes de hacerlo, fue hasta la nevera y sacó dos
latas de cerveza. Regresó con la gata pegada a los talones.
—Jim
Haynes es uno de esos norteamericanos que se instalaron aquí en busca del sueño
parisino —explicó—. Vive en el que había sido el estudio de Matisse, y lleva
treinta y cinco años montando en su casa cada domingo una cena para cien
personas.
—Curioso
tipo —comenté—. ¿Por qué lo hace?
—No
creo que sea por el dinero. Los invitados suelen dejar un billete de veinte
euros para costear la compra de los alimentos, porque el cocinero es uno
distinto cada vez y viene voluntario. Hay casi una competición entre ellos: se
trata de superar los platos del domingo anterior.
BadGuy
vació media lata de cerveza de un trago antes de exponer su conclusión:
—En
realidad, a Jim le encanta presentar a desconocidos entre sí. Lo verás en la
cena: no para de correr de un lado a otro de la casa. Coge de la mano a un tipo
solitario y lo lleva hasta alguien que, por la jeta, cree que encajará. Nadie
se atreve a contradecirle. De hecho, creo que Jim tiene el récord mundial de
presentaciones. ¿Sabías que fue él quien presentó a Yoko Ono a John Lennon?
—Pensaba
que habían intimado en una galería de arte cuando Lennon estaba fatal —dije—.
Tengo entendido que Yoko le dio una tarjeta donde ponía RESPIRA. Y luego una
segunda tarjeta con un agujero en medio donde ponía PARA VER EL CIELO A TRAVÉS
DE ÉL.
—Es
posible —dijo BadGuy muy serio—. Pero sólo después de que Jim los hubiera
presentado.
La
casa de Jim Haynes estaba en la Rue de la Tombe Issoire, en el distrito 14°.
Habíamos llegado en metro hasta la estación de St. Jaques, porque BadGuy
tampoco andaba sobrado de dinero. Allí nos encontramos ante un portón de metal
con el habitual panel de códigos.
Mi
introductor en aquella iniciativa freak conocía la clave, así que la puerta se
abrió con suavidad. Daba acceso a un jardín donde en aquel momento charlaban
una docena de personas, pese al frío de la noche.
Tras
tomar dos botellines de cerveza de un gran cubo, entramos en la planta baja del
estudio, que estaba a rebosar de gente. Aun así, Jim detectó nuestra llegada
desde su atalaya: un alto taburete al lado de la mesa donde los invitados se
servían. Levantó la mano para que nos acercáramos.
Mientras
BadGuy depositaba cuarenta euros en una caja de zapatos, el viejo Jim —debía de
tener más de setenta años, aunque parecía en plena forma— me entregó un
formulario y me dijo en inglés:
—Rellénalo
si quieres formar parte del club.
Sorprendido
ante esa formalidad, encontré un lápiz por la casa y apoyé el papel en una
pared para escribir mi nombre y edad, dirección completa y teléfono. Tuve que
esperar a que acabara de hablar con un par de americanos entrados en años para
entregarle el papel. Mientras tanto, me llamó la atención un gran cartel en el
comedor que era toda una declaración de principios:
EL
SUEÑO DE JIM: QUEDARTE EN CASA Y QUE TE PAGUEN POR ELLO
Había
perdido de vista a BadGuy, pero el anfitrión ya tenía otros planes para mí:
tras mirar mis datos en el papel, se levantó tomándome del brazo. Me sentí como
un niño en una fiesta infantil a quien obligan a jugar con otro. Tras cruzar de
su brazo la sala atestada de gente, me llevó hasta un sofá donde una mujer de
unos cincuenta años cenaba sin hablar con nadie. Un último empujón por parte de
Jim me dio a entender que debía charlar con ella.
Me
quedé atónito al darme cuenta de que ya la conocía. Era la mexicana
especialista en música popular con la que había coincidido el segundo día en
París. En el café de Flore me había contado que Los Panchos se aguantaban con
un palo atrás.
—Será
cierto, entonces, que Jim es un genio de las presentaciones —dijo ella
ofreciéndome la mano—. Creo que usted es la única persona de aquí con la que me
apetece hablar.
—¿Cómo
lo sabe? Hay un montón de gente.
La
dama mexicana me miró de arriba abajo antes de contestar:
—Cierto,
pero están cortados por el mismo patrón. La mayoría son estadounidenses
residentes en París que van de abiertos, pero sólo se entienden entre ellos.
Aquí todos han chingado con todos.
Me
asombró que una señora con tanta clase —llevaba un vestido de alta costura—
utilizara aquel vocabulario, pero supuse que se debía a los ambientes musicales
que frecuentara. Prueba de ello fue que, tras presentarse como Cora Brenchat,
me entregó una invitación para un concierto en la sala Olympia, la catedral
musical de París. Allí habían actuado desde Edith Piaf a The Doors. Leí que era
un festival que se celebraba el 5 de enero, la noche de Reyes, bajo el lema en
castellano/ «Nuevas voces del folk.»
—Este
es el motivo por el que estoy aquí —explicó—. Me encargo de organizar este
evento a través de una fundación francomexicana. Al día siguiente me volveré al
D.F.
Una
idea empezaba a tomar cuerpo en mi cabeza, aunque me resistía a expresarla.
—¿Y
qué artistas actuarán en el festival? —pregunté tímidamente.
—La
mayoría son jóvenes promesas que tienen uno o dos discos en el mercado. El
chileno Nelson Poblete; Gabriel Maugeri, de Argentina; y los hermanos Lligadas,
de Barcelona. También hay varios artistas de Cuba, Colombia y México,
naturalmente. Va a ser muy lindo.
—Y
muy largo también —comenté sin atreverme a lanzar la propuesta.
—No
tema, cada uno canta solamente un par de canciones.
Se
hizo un silencio entre nosotros —la cena había llegado a su apogeo y los
invitados vociferaban con el plato de plástico en la mano—, hasta que
finalmente disparé:
—Creo
que el concierto sería más completo si se incluye en el programa algún artista
francófono. Si sólo cantan hispanos puede acabar pareciendo el festival de la
OTI.
—¡La
OTI! —exclamó Cora, sorprendida de que alguien de mi edad recordara aquella
Eurovisión a la española.
—Mi
madre me ponía grabaciones en VHS de pequeño —me expliqué—. Le gustaban esas
cosas.
—En
cualquier caso —alegó ella—, no veo qué sentido tiene meter canción francesa en
un festival hispano.
Acto
seguido, le expuse atropelladamente una versión idealizada de Eva Winter. Para
conmoverla le conté que, pese a ser canadiense, se aferraba al idioma de su
madre y trataba de hacer carrera en París.
—No
he oído hablar de esa Eva Winter en mi vida —repuso muy seca—. ¿Quién es?
Entiendo que se trata de una amiga suya, pero ¿cree que la programación del
Olympia se hace de una semana para otra?
Avergonzado,
me disculpé por mi atrevimiento y me despedí con la excusa de ir a llenar mi
plato.
Mientras
me servía una sopa de setas, me dije que había sido una suerte que mi propuesta
fuera rechazada. Un nuevo ridículo de Eva Winter ante un teatro como aquél
habría hundido definitivamente su carrera.
Para
escapar de un nuevo emparejamiento de Jim, fingí estar muy ocupado mirando la
estantería con los libros de su editorial, Handshake Books. Algunos títulos los
firmaba él mismo, como Trabajadores del mundo, ¡uníos y dejad de trabajar! Una
respuesta al marxismo. También había volúmenes de memorias y un manual
culinario, sin duda de propio cuño: Cocinar para cien.
En
una estantería más baja vi que Handshake tenía también una colección de guías
de viaje, The People to People Travel Guides. Mientras me disponía a examinar
la de París, reapareció BadGuy con un vaso de vino en la mano.
—Son
guías de la gente amable que hay en cada ciudad —explicó—. Supongo que los
datos que has anotado en el formulario son falsos, ¿verdad?
—¿Falsos?
—repetí alarmado—. ¿Por qué iba a hacerlo?
Al
oír esto, BadGuy liberó una carcajada y apoyó su mano libre en mi hombro para
decirme:
—Amigo
mío, tu dirección y tu teléfono saldrán publicados en la próxima guía de gente
amable de Barcelona. Se te presentará gente como ésta a cualquier hora del día.
—Pues
creo que voy a quedarme en París, entonces —dije sofocado.
En
aquel momento, Jim arrastró a BadGuy hasta otra punta de la sala para
presentarle a alguien. Yo me disponía a secundarlo, cuando la mexicana me salió
al paso con la tarjeta de su hotel y una noticia de órdago:
—Mándame
el cede de tu amiga y veré lo que puedo hacer. Me caes bien, periodista. ¿Harás
una nota de prensa sobre el festival?
—Seguro
—mentí.
La
tal Cora se me quedó mirando escéptica, como si no terminara de creer que yo
desempeñara ese oficio. Luego concluyó:
—Debes
de quererla mucho para proponerme algo así.
El
sueño de Rilo Kiley
A
petición de BadGuy, apuramos la velada de Jim hasta sus últimos estertores.
Hacia medianoche, los invitados se fueron despidiendo apresuradamente de Jim.
Algunos ya se habían inscrito para el siguiente domingo.
—Quedémonos
una horita más —me pidió mi acompañante—. Hoy hay quiz y el ganador se llevará
un lote de vinilos de Jefferson Airplane.
—No
los conozco.
—Son
de la época de Jim. Si ganamos nosotros, siempre podremos venderlos a algún
coleccionista.
El
quiz musical era una especie de Trivial casero, con tarjetas escritas por
algunos de los miles de comensales que habían pasado por aquella casa. En una
cara había la pregunta, y en la otra, la respuesta correcta. No se daban
opciones: o el participante sabía la respuesta o perdía el turno.
De
buen principio se comprobó que las preguntas eran ciertamente peregrinas. Entre
los diez concursantes que se reunían alrededor de la mesa —la mexicana ya se
había marchado—, le tocó iniciar el juego a una jovencita norteamericana que
estaba de paso por París.
Jim
se calzó sus gafas de pasta para leer la primera pregunta, que tenía un largo
enunciado:
—«En
1999, la canadiense Leslie Feist, integrante de Social Broken Scene, lanzó su
primer álbum de debut en solitario, Monarch, que sería descatalogado
posteriormente por la propia artista. En aquella época, ella tocaba una
guitarra JK Ledo de los años setenta de color beige claro que fue robada por un
fan en un concierto en Kalamazoo, Michigan, en 2000. ¿Qué nombre había puesto
Feist a esa guitarra?»
Se
hizo un silencio sepulcral. Si aquél era el grado de complicación de las
preguntas, el quiz podía alargarse hasta la madrugada sin que nadie hubiera
logrado un solo punto.
—No
tengo ni puta idea —contestó finalmente la norteamericana.
El
resto de los concursantes rieron, pero nadie fue capaz de responder a la
pregunta cuando Jim les fue cediendo el turno.
Al
verificar que había fracasado toda la mesa, el anfitrión giró la tarjeta con un
suspiro para leer la respuesta:
—«Diente
de fumador.»
—¿Cómo?
—preguntó la que había iniciado la ronda.
—La
guitarra se llamaba «Diente de fumador» —explicó Jim, cansino—. Supongo que por
el color beige gastado. Vamos a por la siguiente pregunta, amigos. Empezamos
por Didier.
Mientras
el anfitrión sacaba con los ojos cerrados otra tarjeta de la caja, BadGuy se
alisaba la coleta nerviosamente, como si con ello despejara el camino a las
neuronas. Jim leyó:
—«El
año 2001, los californianos Jenny Lewis y Blake Sennett, que habían sido niños
actores, grabaron su primer disco, Take-Offs and Landings, con su banda Rilo
Kiley. ¿De dónde surgió este nombre?
—Paso
—dijo BadGuy, malhumorado—. Cuando acabe el juego de hoy, hemos de escribir
preguntas nuevas. Cosas que la gente pueda saber. ¡Es imposible que nadie
responda a eso!
Los
siguientes tres participantes, entre los que yo estaba, nos abstuvimos. Sin
embargo, un francés cuarentón con barbita de chivo levantó la mano para indicar
que iba a dar una respuesta.
—Según
Blake, es el nombre con el que se presentó en un sueño un jugador de rugby
australiano del siglo XIX. Le dijo que se llamaba Rilo Kiley y le pronosticó la
fecha de la muerte de Jenny, la cantante.
Aquel
alarde de erudición musical hizo enmudecer a los participantes del quiz. Antes
de que el francés recibiera el primer punto en forma de una ficha de casino,
BadGuy saltó:
—¿Cómo
puedes saber eso, tío?
—Es
mi banda favorita —se explicó—. Además, da la casualidad de que esa tarjeta la
escribí yo.
Jardin
des Plantes
El
lunes me desperté con una extraña sensación. Mientras la luz de finales de
diciembre se posaba sobre las sábanas, tuve la certeza de que me había
convertido en otra persona. No sabía en quién, pero, sin duda, era alguien
diferente del que había llegado a París huyendo del fracaso amoroso.
Vi
en un viejo despertador que eran las diez y cuarto. Acto seguido recordé lo que
había dicho Mary en su mensaje: a las doce del mediodía se abriría en algún
lugar del Jardín des Plantes una entrada al jardín secreto.
Amodorrado
entre las sábanas, me debatía entre ir allí para curiosear o librarme
nuevamente al sueño. Había regresado a casa a las cuatro de la madrugada; el
metro ya estaba cerrado al terminar el quiz, lo que conllevó patearme un par de
distritos a bajo cero. Ya me había inclinado por la segunda opción cuando el
timbre de la calle me obligó a saltar de la cama.
Me
sobresalté al escuchar al otro lado mi nombre pronunciado a la francesa. Era un
mensajero.
Minutos
más tarde tenía en mis manos un sobre que contenía una tarjeta de crédito
nueva, mil euros en billetes de cien y una nota donde ponía que en la embajada
española de París tendrían un pasaporte provisional para mí en el plazo de
veinticuatro horas.
Espoleado
por la eficiencia de la jefa de proyectos de IMAGO/27, me dije que no podía
quedarme en la cama tras haber recuperado mi autonomía financiera y legal. Sin
embargo, dado que me sentía otro, no utilizaría aquel dinero para taxis,
hoteles y restaurantes. No quería volver a la vida de antes.
Tras
llenar los cuencos de Michelle y limpiar la arena de su cajón, tomé una ducha
rápida. Luego me vestí para tomar el metro hasta Jussieu, la estación más
cercana al Jardín des Plantes.
Al
emerger a la calle se me empezó a helar el cogote, así que me puse un gorro de
lana roja que había encontrado en la habitación de Eva. La supuesta entrada al
jardín secreto se hallaba en el distrito 5o de París, entre monumentos como la
iglesia de Odeón y la misma Torre Eiffel.
El
Jardin des Plantes debía de ser muy bonito en meses más cálidos, pero aquella
mañana me pareció un lugar desolado. Tras caminar entre parterres helados y
explanadas barridas por el viento, llegué a las galerías de botánica y
geología, custodiadas por dos estatuas de nombre intrigante; El amor prisionero
y Venus genitrix.
En
mi exploración sin rumbo —no tenía la menor idea de dónde podía estar aquella
«entrada en la maleza» de la que había hablado Mary—, caminé por un melancólico
paseo flanqueado de plátanos. Las ramas aún retenían parte de la última nevada.
Llegué
hasta un solitario invernadero, el Jardin d'hiver, protegido por una armadura
metálica de estilo art déco blanqueada por la escarcha. De aquel lugar emanaba
un lúgubre romanticismo, así que me decidí a entrar.
No
me había cruzado con ningún visitante hasta el momento, y tampoco vi a nadie
mientras paseaba entre una tupida exhibición de palmeras, bananeras y plantas
trepadoras. Y, sin embargo, tenía la sensación de que alguien me estaba
vigilando. Esta impresión se confirmó cuando de repente empezó a sonar una
canción. Por los agudos supe que no era un hilo musical del invernadero.
Parecía más bien que alguien hubiera ocultado un pequeño altavoz entre la
maleza. ¿Sería aquélla la entrada de la que había hablado Mary?
Mientras
avanzaba despacio hacia la melodía, cantada por una voz que me pareció la de
Henri Salvador, presté atención a la letra.
Dans
mon jardin d'hiver...
Tes
mains qui courent,
je
n'en peux plus de t'attendre
Les
années passent,
qu'il
est loin l'âge tendre
Nul
ne peut nous entendre.
Cuando
casi había llegado a la fuente del sonido, la canción se interrumpió de
repente. Sin duda mi acercamiento había sido detectado, pero... ¿por quién?
Me
quedé pasmado delante de un ficus. Mientras buscaba con la mirada alguna pista
entre la maleza, deseé que quien la había hecho sonar —la Mary del jardín—
llegara por detrás y me cubriera los ojos con sus manos frías.
Pero
nadie vino, ni encontré nada que se pudiera entender como un acceso al jardín
secreto.
Decepcionado,
salí del invernadero tan solo como había entrado. Aunque quizás un poco menos,
ya que en mi melancólico camino hacia la salida del jardín me acompañaba la
canción de Henri Salvador.
Vida
y milagros de Chan Marshall
Tras
mi visita al jardín de los desplantes no tenía ganas de encerrarme otra vez en
casa, así que me acerqué a Le Marais para visitar a BadGuy. La noche anterior
me había dicho que estaría todo el día mezclando un disco de jazz, así que
supuse que no le importaría que me dejara caer por ahí.
Antes
de llegar a la Rue Aubriot, donde estaba el estudio, compré una pizza grande en
un libanés suponiendo que mi único amigo en París —en la ausencia de Eva—
tendría el estómago vacío.
Estuve
llamando cinco minutos largos sin respuesta. Ya estaba a punto de dar media
vuelta cuando el productor salió, ojeroso, de su guarida y se disculpó:
—Llevaba
puestos los cascos. ¿Qué quieres?
—Traigo
esta pizza —dije acercándole la caja caliente para que la oliera—. Y quiero
hablar contigo sobre Eva. Tengo novedades.
—¿Qué
novedades? —preguntó intrigado mientras me invitaba a pasar.
—Está
por confirmar, pero podría ser que consiguiera un bolo para Eva en la sala
Olympia.
Al
oír esto, a BadGuy se le redondearon los ojos brillantes por el canabis. Luego
expulsó una risa seca antes de responder:
—No
me vengas con gilipolleces. ¿Eva Winter en el Olympia? Creo que no sabes de qué
sala estás hablando.
—Lo
sé perfectamente, porque conozco a quien organiza ese festival —declaré
tendiéndole el flyer—. Hoy voy a mandarle el disco. ¿Te queda alguno por ahí?
—¡Más
de los que querría! Pilla los que quieras del almacén, pero dime una cosa: ¿qué
hay de la pasta?
—¿De
qué pasta hablas?
—De
la del Olympia, obviamente —dijo, reivindicando su papel de mánager—. No van a
subir ahí a mi niña para que se vaya luego con las manos vacías.
—No
sé qué decirte, Didier —le expliqué—. La promotora no ha hablado de dinero. De
momento ya será mucho si incluyen a Eva en el programa. Por su bien, creo que
deberíamos pensar en algo para que no haga un ridículo estrepitoso. Lo del
Olympia puede ser un trampolín o una tumba.
BadGuy
se quedó reflexivo mientras yo abría la caja de la pizza sobre la duplicadora
de cedes. Se notaba que le contrariaba no sacar tajada de una actuación en
aquella catedral, más allá de lo que pudiera hacer su representada en el
escenario. Para reconducir los ánimos, añadí:
—Si
los del festival no pagan, puedo compensarte económicamente. Estoy en deuda con
Eva y no quiero que se pierda esta oportunidad.
Aquello
reactivó su entusiasmo, ya que me dio un palmetazo en el hombro y dijo:
—Eres
un caballero a la antigua usanza, y eso me gusta. Es bueno para Eva que estés
cerca. No sé si te explicó que a principios de este año tuvo algunos
problemillas.
—No
me ha dicho nada. ¿Qué clase de problemillas?
—Ya
te los contará ella cuando te coja más confianza —dijo mientras arrancaba una
porción de pizza cuatro estaciones—. Te aprecia mucho, ¿sabes?
—¿Quieres
decir? Apenas nos conocemos.
—Me
lo ha dicho ella misma.
Aquello
me hizo sofocar como un adolescente, así que decidí desviar el tema hacia otro
terreno:
—Bueno,
a lo que vamos. Quiero que seas sincero: ¿crees que hay alguna fórmula para que
Eva cante un par de canciones en el Olympia sin que se le eche el público
encima?
BadGuy
respondió a mi pregunta con una sonrisa enigmática. Acto seguido tomó una
segunda porción de pizza y se la llevó al cuarto donde tenía la mesa de
mezclas. Regresó con medio trozo menos y un cede de Cat Power que mostraba en
la carátula a una chica agazapada en un frondoso jardín. Se titulaba You Are
Free.
Mientras
miraba la caja pensando en el jardín secreto, el productor metió el cede en un
reproductor y seleccionó la pista número 5.
El
tema se iniciaba con un acorde de guitarra muy simple y un violín gimiente.
Tras esta introducción, una voz femenina oscura y frágil empezó una balada que
me erizó la piel. La letra tenía el surrealismo propio de muchas canciones de
rock: hablaba de un hombre lobo que se interna en el bosque sin romper una sola
rama y llora bajo el resplandor de la luna. Sin embargo, la voz etérea de la
cantante se colaba, como una luz cenital, entre el follaje del alma.
Al
terminar la canción, BadGuy apagó el reproductor y cruzó los brazos a la espera
de mi comentario. Como no dije nada, declaró:
—¿Verdad
que es una maravilla? Pues no es mejor cantante que Eva.
Yo
tenía más en mente las dos actuaciones que había visto en París que el disco
retocado en aquel estudio, así que la comparación no me pareció acertada y se
lo hice saber. Él afirmó entonces:
—Lo
único que diferencia a Cat Power, que en realidad se llama Chan Marshall, de
una Eva Winter cualquiera es que se lo cree.
—¿Qué
quieres decir con eso de «se lo cree»?
—Yo
la he visto unas cuantas veces, y cuando Chan no está borracha o drogada, al
subir al escenario logra encarnar un personaje propio. Porque hay que
distinguir entre la persona y el personaje, como dicen los loqueros. ¿Entiendes
lo que digo?
—No
del todo.
—Te
pondré un ejemplo. Si subes a un escenario como Chan Marshall, una pueblerina
de Georgia, y te pones a hablar de hombres lobo, la vas a cagar. Nadie se va a
tomar en serio a esa chica, ni siquiera ella misma. Antes debe encarnar un
personaje. Como Cat Power, con su historial de caídas y resurrecciones, es
posible cantar el drama del hombre lobo.
Acto
seguido, me empezó a contar la vida y milagros de esa artista, como, por
ejemplo, que en una de sus primeras actuaciones se dedicó a tocar una guitarra
con sólo dos cuerdas mientras cantaba la palabra «No» durante quince minutos.
—Eso
es echarle morro al asunto —comentó— y como la audiencia no se revolvió contra
ella, la chica ganó confianza. Tras conocer el éxito, decidió abandonar la
música para trabajar de baby sitter en un poblacho. Luego se fue a vivir a una
granja de Carolina del Sur con su novio. No pensaba volver nunca más a los
escenarios, pero una noche de insomnio escribió unas cuantas canciones que le
llevarían a grabar otro disco.
—¿El
del hombre lobo? —pregunté.
—No,
ése vino justo después. Lo que te quiero decir con esta historia es que un
artista debe ser fiel a su personaje, dejarse guiar por él.
—Algo
así como el método Stanislavsky, en el que los actores se convierten en lo que
interpretan y sienten y viven a través de su nueva identidad, ¿es eso?
—Es
un modo de explicarlo —repuso mientras encendía un cigarrillo apenas terminada
la pizza—. Eva no lo sabe, pero desafina porque tiene miedo cuando está en el
escenario. Hay demasiada distancia entre ella y lo que canta. Un psicólogo, o
mejor aún, un chamán, la ayudaría a entrar en su personaje. Pero unas clases de
canto tampoco le irían mal.
Me
gustó que BadGuy hubiera hablado por fin con practicidad. Aunque de confirmarse
el evento tendríamos una semana escasa de margen, era algo con lo que empezar.
—Dejando
de lado la música por unos instantes —concluyó el productor—, yo creo que te la
puedes ganar.
—No
entiendo. ¿A qué te refieres?
—¡A
Eva, demonios! Si te lo curras, podría ser tu novia. Hazme caso: no suelo
equivocarme en estas cosas.
—Parece
que me la quieras endosar —dije molesto—. ¿Qué pasa? ¿Es que a ti no te gusta?
BadGuy
meditó un par de segundos antes de contestar:
—Claro
que sí, pero a mí me van los tíos.
Bajo
la plata ennegrecida
Querido
Dickon.
Eres
mucho más listo de lo que me figuraba. Ayer estuviste muy cerca de la entrada
al jardín. ¡Y sin que te guiara el petirrojo! Yo andaba muy cerca de ti y pude
verte. Eres un mozo robusto y decidido. Pero un jardín así no acepta un nuevo
inquilino a la primera, ¿sabes? Como las ardillas y las mariposas, necesita
saber que puede confiar en ti para revelarte su secreto.
Vas
por buen camino, Dickon, sigue así. Yo sigo esperándote en este paraíso. ¡Me
siento muy sola rodeada de tantas maravillas que no puedo compartir!
Mañana
miércoles habrá una nueva oportunidad en el cementerio de Pére-Lachaise.
¿Vendrás? ¡Hazlo por mí!
Un
barco de cristal pasará a recogerte antes del mediodía.
Tuya
amantísima,
Mary
Después
de leer el mensaje, no sabía si enfadarme o echarme a reír. Probablemente su
remitente fuera una chiflada que se divertía a mi costa, a no ser que hubiera
algo esencial que se me estaba escapando.
Al
caer la tarde, ya había decidido no contestar a ese mensaje ni acudir a más
citas inútiles en París. Mary tendría que seguir agazapada en el jardín secreto
en solitario.
La
conversación que había mantenido con BadGuy me había dado, además, una línea de
actuación para afrontar lo que nos venía encima. Llamé con el teléfono fijo de
Eva al hotel de Cora Brenchat, que en aquel momento no estaba en su habitación.
Sin embargo, pasada media hora me devolvió la llamada para confirmarme que Eva
Winter entraba en el show, tal como me temía.
Mi
siguiente paso fue buscar en el Google un profesor de canto que estuviera
disponible en aquellas fechas para intentar salvar lo insalvable. Tras un poco
de exploración, di con un listado de particulares. Entre ellos elegí a uno que
tenía apellido español y marqué su número de móvil.
Una
voz adormecida surgió al otro lado. Le expliqué en castellano y sin muchos
prolegómenos el lío en el que íbamos a meternos a una semana vista. Tras
remarcarme que era profesor de canto y no mago, le arranqué el compromiso de
dar una clase diaria a Eva a partir de su llegada.
—¿Te
parece bien treinta y cinco euros la hora? —me propuso—. Normalmente cobro
veintisiete, pero no acostumbro dar clases en estas fechas.
—Hecho.
La acompañaré en la primera clase para dejártelas pagadas.
—Perfecto.
¿Es tu hija?
Aquella
pregunta me dejó algo chocado. Después de que Eva me librara de pasar la
Navidad en la calle, tal vez sí que me estaba comportando como un padre.
—Es
una amiga —respondí.
Solucionado
esto, había previsto un rápido viaje al supermercado para llenar una nevera que
ya estaba vacía a mi llegada. Eva regresaría al día siguiente y mi misión era
que no se distrajera con nada que no fuera el festival.
Sin
embargo, al introducir la llave en la cerradura sucedió algo casi mágico. Antes
de girarla a la derecha, observé la medalla de plata que, con su cadenita,
hacía de llavero. El grabado con la niña anticuada sobre la hierba recordaba
lejanamente la portada del You Are Free, de Cat Power. Pero no era aquella
imagen la que me había llamado la atención, sino una inscripción en inglés en
el reverso de la medalla. No la había advertido hasta entonces porque la plata
estaba ennegrecida y casi no se apreciaba.
La
única parte legible, justamente el final de la inscripción, me resultó
inquietante.
You're
too curious
Confirmando
que aquel mensaje era cierto, no pude resistir la tentación de saber qué ponía
en el resto de la inscripción. Saqué la llave de la cerradura y me fui con el
llavero a la cocina. Me había parecido ver en un armario unas toallitas para
limpiar metales.
Vigilado
atentamente por la gata Michelle, tras revolver un rato entre cacerolas
oxidadas y cubiertos que llevaban años fuera de uso, encontré uno de esos
sobres. Saqué de él una toallita de papel húmeda y froté con cuidado el reverso
de la medalla. Lo que surgió bajo el negro fue como una aparición:
You
can lose a friend in spring time easier
than
any other season if you're too curious.
THE
SECRET GARDEN
Conjeturas
sobre Mary
Aquel
descubrimiento me tuvo paralizado un buen rato. De repente, las piezas del
puzle existencial que estaba viviendo empezaban a encajar, aunque la imagen
final resultaba más desconcertante que las piezas por separado.
Miré
uno de los retratos de Eva Winter en el puente y le hablé como lo haría a un
fantasma.
—¿Eres
tú, Mary?
Luego
me senté en la cama, aturdido. Puesto que el llavero era de Eva Winter, me
resultaba imposible no conectar el viejo medallón de El jardín secreto con la
aparición del libro ámbar en el café. Era una coincidencia que rebasaba los
límites del azar.
La
única explicación posible era que Eva lo hubiera dejado en la mesa del café
aprovechando mi visita al baño. El camarero apático había asegurado no haber
visto a nadie, pero quizás ella, en su rápida incursión, le había pedido
silencio. Una chica guapa siempre lo tiene más fácil para hallar la complicidad
de los hombres.
Aquella
hipótesis presentaba, sin embargo, dos problemas de orden mayor.
En
primer lugar, yo había desayunado en Le Chat Hurlant la mañana después del
concierto en Montmartre. Aún no conocía personalmente a Eva Winter. Yo era sólo
un espectador anónimo que había asistido al show y regresado después a su
hotel. En ningún momento habíamos hablado ni me había dado a conocer, a
excepción de la petición de entrevista que había mandado a BadGuy a mi llegada
a París. Puesto que no reflejé mis señas en el mensaje, ni Eva ni él podían
haberme localizado.
Por
otro lado, puesto que ahora yo estaba viviendo en su casa, ¿qué sentido tenía
que Eva jugara conmigo al gato y al ratón? Si ella era Mary, significaba que
desde su retiro espiritual en el sur de Francia, si es que estaba allí, me
seguía mandando correos electrónicos para tomarme el pelo.
Aquella
explicación no me acababa de cuadrar, pero había que ceñirse a la evidencia: el
llavero de El jardín secreto, comprado quizás en un anticuario, revelaba que
debía de gustarle mucho esa novela que yo desconocía hasta mi llegada a París.
Por lo tanto, costaba pensar que no estuviera ella detrás de la aparición del
libro ámbar en el café, aunque faltaran veinticuatro horas para que nos
conociéramos.
Todo
aquello era muy extraño.
Incapaz
de atar los cabos que no encajaban en aquel tapiz misterioso, opté por seguir
mi vertiente más racional. Había tres posibles fuentes de información sobre la
misteriosa niña del jardín, así que llamé desde el fijo al estudio de BadGuy
para explorar la primera.
Pareció
muy sorprendido de que lo reclamara por segunda vez aquel martes.
—¿Aún
estás ahí? —pregunté a modo de saludo.
—¿A
ti qué te parece? —respondió socarrón—. Debo de estarlo, puesto que he
contestado al teléfono. ¿Qué quieres ahora?
—Tengo
un profesor de canto para Eva. Espero que acepte las clases cuando llegue
mañana a París.
—Las
aceptará, no lo dudes. Y tu detalle le va a llegar al corazón. Vas por buen
camino.
—De
hecho, no es ése el motivo por el que te llamo. Tengo una pequeña consulta que
hacerte.
—Vamos,
dispara.
—Como
debes de conocer a Eva hace tiempo, quisiera saber si te ha hablado alguna vez
del jardín secreto.
—El
jardín secreto... —repitió—. ¿Qué cono es eso? ¿Lo que tiene entre las piernas?
Acto
seguido rio efusivamente de su propia ocurrencia.
—No,
Didier, me refiero a un libro que se titula así —expliqué pacientemente—. Una
novela infantil publicada en 1910. Eva me dio un llavero que tiene un grabado
muy bonito de Mary, la niña protagonista.
Por
el silencio que siguió, advertí que BadGuy no entendía nada.
—¿Una
niña en un llavero? No tengo ni puta idea de lo que me estás hablando. ¿Por qué
no se lo preguntas a tu amiga cuando vuelva?
—Tienes
razón —repuse avergonzado—. Perdona que te haga perder el tiempo con mis
tonterías.
Tras
colgar el teléfono decidí explorar en persona la segunda línea de
investigación: el café donde el libro ámbar había aparecido como preludio de
aquel enigma.
Shakespeare
& Co
Sobre
la persiana metálica de Le Chat Hurlant había un decepcionante cartel que
rezaba:
CERRADO
POR VACACIONES
VOLVEMOS
EL 8 DE ENERO
Descartada
esta fuente de información —aunque habría tenido que sobornar al camarero para
hacerle hablar—, sólo quedaba ir a la librería de la que supuestamente procedía
aquel volumen. De acuerdo con el punto de lectura que había encontrado en el
libro, se trataba de Shakespeare & Co., el mítico establecimiento de la Rue
Bûcherie, justo al lado de la catedral de Notre-Dame.
Mientras
viajaba en metro hacia la estación Saint Michel, me dije que conocía mucho
menos a Eva Winter de lo que creía. No sólo había un enorme desfase entre la
calidad de la grabación y su directo, sino que tampoco me encajaba con aquel
juego sofisticado. Era extraño que alguien incapaz de encarnar su propio
personaje sobre el escenario se hubiera metido en el corazón de la bucólica
Mary.
Y,
sin embargo, las letras de las canciones sí tenían una delicadeza cercana al
jardín secreto. La pregunta era entonces: ¿quién era la auténtica Eva?
Llegué
cargado de preguntas como ésa a Shakespeare & Co., una de las librerías más
bellas del mundo. Al entrar en aquel bosque de libros viejos que amenazaban con
hundir los estantes, recordé un artículo que había leído en París sobre George
Whitman, el bohemio norteamericano que abrió el establecimiento en 1951.
Como
muchos otros estadounidenses que se hallaban en la ciudad al finalizar la
Segunda Guerra Mundial, George no quiso volver a su país enseguida. En lugar de
eso, acabó de perfeccionar su francés en la Sorbona y alquiló una habitación en
el Boulevard Saint Michel. Durante sus estudios, el cuarto se acabó llenando de
centenares de libros en inglés, hasta el punto que un amigo suyo le sugirió que
abriera con ellos una librería anglófona. El negocio tenía sentido, ya que por
aquella época andaban muchos norteamericanos por París con demasiado tiempo
libre.
George
se las apañó para alquilar un apartamento frente a Notre-Dame, donde fundó
Shakespeare & Co. Aquel librero inesperado insistía a sus clientes que
debían leer un libro al día por el bien de su alma.
Sin
embargo, limitarse a vender libros de segunda mano no bastaba al inquieto
propietario, que desde el primer día empezó a alojar escritores —o aspirantes a
ello— en la planta superior de la librería. El periodista del artículo estimaba
que, desde su apertura, un total de cincuenta mil literatos habían apoyado sus
bulliciosas cabezas en las almohadas de Shakespeare & Co.
Entre
los amigos de George y su librería estaban tipos como Henry Miller, Anaïs Nin,
Lawrence Durrell o Alien Ginsberg.
Mientras
me imaginaba las miles, quizá millones de conversaciones que habían tenido
lugar entre aquellas paredes atiborradas de libros, yo recorría las estanterías
reverencialmente, casi olvidando lo que me había llevado hasta allí. Al ver,
sentado tras el mostrador, a un joven con gafas redondas de aspecto
norteamericano retomé mi misión. Ajeno a los clientes que salían y entraban,
leía un diccionario de literatura.
Asumiendo
que aquel muchacho de pose intelectual debía de ser uno de los protegidos del
establecimiento, le pregunté si había estado despachando en la librería los
últimos meses.
—Algunos
días sí y otros no —respondió directamente en inglés—. ¿Por qué lo preguntas?
Parecía
enojado por haber sido arrancado de su lectura. Las cejas ligeramente fruncidas
ante mi interrupción mandaban este mensaje: «Somos unos putos genios, ¿no te
has dado cuenta? No se puede molestar a un invitado de Shakespeare & Co.
por cualquier chorrada.»
Desoyendo
el lenguaje no verbal, decidí ir al grano. Puse el libro ámbar sobre el
mostrador y le expliqué:
—He
encontrado esta novela con un punto de lectura de vuestra librería. Me interesa
mucho saber qué aspecto tenía la persona que lo compró. Sé que es como buscar
una aguja en un pajar, pero he pensado que quizá tú estabas aquel día a cargo
de la tienda.
El
joven lector me miró perplejo. Luego contestó:
—Aunque
lo hubiera vendido yo, no recordaría la cara. Somos libreros, no fisonomistas.
Ahí
el aspirante a escritor había encontrado una salida resultona. Me dispuse a
pagarle con su misma moneda.
—Esa
cara sí que la recordarías.
—¿Cómo
puedes estar tan seguro?
—Es
una nieta de Henry Miller —mentí—, bella y salvaje como él. De hecho, ahora que
lo pienso, tienen la misma nariz.
—No
sabía que Henry tuviera una nieta en París.
Lo
había llamado por el nombre de pila, como si fuera amigo suyo, aunque Miller
había muerto en 1980, mucho antes de que naciera aquel pipiolo con gafas.
Repentinamente interesado por el caso, es decir, por la chica, echó un vistazo
al libro antes de concluir:
—Lamentablemente,
no creo que lo comprara aquí. Debió de sacar el punto de lectura de otro libro
nuestro. Aquí no tenemos casi nada en castellano.
El
barco de cristal
Declaradas
estériles las tres vías de investigación, al día siguiente acudí al cementerio
de Pére-Lachaise sin pista alguna. En el Jardín Des Plantes el terreno estaba
más acotado —tres invernaderos y un par de galerías—, pero en aquella enorme
ciudad de muertos ilustres no sabía por dónde empezar.
En
su mensaje, Mary sólo decía que me recogería un barco de cristal, pero allí yo
sólo veía lápidas que se elevaban entre el suelo adoquinado. ¿A qué se refería?
Mientras me preguntaba esto, cientos de visitantes paseaban por el camposanto
de excelente humor, sorprendidos por el hallazgo de difuntos conocidos. Las
expresiones tipo: «¡Mira, es él!» abundaban en aquel cementerio con ambiente de
parque dominguero, aunque estuviéramos a miércoles.
Tratando
de encontrar el hilo de aquella madeja, una vez traspasados los muros
neoclásicos, me detuve ante un mapa con la ubicación de las principales
celebridades. Había tantas y tan conocidas que me costaba entrever alguna señal
en clave de la misteriosa Mary.
Para
establecer algún criterio de discriminación, decidí considerar sólo a los
muertos no europeos, quizá porque lo del barco de cristal me evocaba un viaje
de ultramar. Como mucho, incluiría también los de las islas Británicas e
Irlanda.
La
soprano Maria Callas, aparte de ser griega nacida en Nueva York, no me decía
gran cosa, así que pasé al siguiente de la lista. Oscar Wilde, enterrado junto
a su primer amante, Robert Ross, no parecía guardar relación con un jardín
secreto —era hombre de ciudad— y menos aún con un barco de cristal. Tampoco la
bailarina Isadora Duncan. De Gertrude Stein yo no sabía prácticamente nada,
salvo que había residido en París y escrito Ser norteamericanos.
Al
llegar a Jim Morrison resonó en mí una campanita interior. Primero pensé que me
había llamado la atención porque era el único roquero entre aquellos grandes
artistas y prohombres, pero en un segundo raid mental supe por qué aquella
tumba y no otra era la pista correcta. Había recordado que una de las pocas
baladas del líder de The Doors era justamente Crystal Ship, el barco de
cristal.
Mientras
me encaminaba hacia la sección 16a, donde se encontraba la tumba, un inesperado
resorte hizo sonar la canción del disco en mi cabeza como si de un jukebox se
tratara.
The
days are bright and filled with pain
Enclose
me in your gentle rain
The
time yon ran was too insane
We'll
meet again, we'll meet again
Oh
tell me where your freedom lies
The
streets are fields that never die...
Sin
duda, aquella moderna Mary me había mandado como recado esta canción. Y no sólo
para llevarme hasta la tumba de Jim, sino también para recordarme que era un
fugitivo de sí mismo. Eso no dejaba de ser inquietante, puesto que yo había
llegado a París con un pasado inventado y un futuro por inventar.
Al
ver desde lejos el aluvión de turistas que se arremolinaban alrededor de la
tumba, tuve la esperanza de que Mary estuviera camuflada entre ellos. Algo me
decía que no me costaría reconocerla. Por eso mismo, al acercarme tuve la
certeza de que no estaba allí: todo eran nostálgicos del hippismo y la
psicodelia que disparaban las cámaras contra su muerto favorito.
Nuevamente
decepcionado, esperé a que se despejara un poco el terreno para rastrear la
tumba. Me pareció entrañable que los fans dejaran a Jim latas de cerveza o
porros liados, pero nada de eso me ayudaría a encontrar la entrada al jardín
secreto.
Estuve
merodeando por las tumbas circundantes, sin la esperanza de encontrar nada,
cuando de repente noté que tiraban fuertemente de mi abrigo. Paralizado, en el
segundo que sucumbí al pánico tuve que pensar en las leyendas urbanas donde los
visitantes de cemente* ríos mueren de infarto al encallarse con una rama.
Aunque me bañaba la luz del mediodía, el hecho de que el tirón viniera de abajo
había despertado en mí una imagen de Carrie que me había aterrorizado de
pequeño: la mano de un muerto brotando del suelo.
Cuando
logré volverme, sin embargo, me encontré con una niña de unos nueve años
sentada sobre la grava. Por el pelo recogido en una cinta y el abrigo de lana
roja, podía ser la Mary del cuento, lo que hacía aquel encuentro aún más
insólito.
—¿Has
sido tú quien me ha tirado del abrigo? —le pregunté en francés.
La
niña afirmó con la cabeza mientras se le escapaba una risita.
—¿Por
qué lo has hecho? —le pregunté, encarnándome en Dickon—. ¿Querías mostrarme el
camino al jardín secreto?
Antes
de que me pudiera contestar, apareció un matrimonio joven de detrás de una
lápida y gritaron algo que no logré entender. Al parecer, estaban
escandalizados porque su hija hubiera entablado conversación con un extraño en
pleno cementerio.
Por
la mirada de odio que me dirigió el padre antes de tomar la mano" de la
niña, supe que me había etiquetado como un pervertido. Permanecí un rato
pasmado, sin saber si volver a la tumba de Jim Morrison o huir del cementerio.
Me
disponía a hacer esto último cuando descubrí algo de color rojo en el lugar
donde la niña había estado agazapada. Intrigado, me agaché a recogerlo y vi que
era una rosa de cartulina, como las del arte origami japonés. Me pareció muy
elaborada para ser obra de una niña, así que la desplegué con cuidado para ver
cómo estaba construida. Al deshacer el último pétalo vi que la cartulina roja
encerraba un mensaje escrito con polvo de oro. Al leerlo sentí que mis pies no
tocaban tierra firme:
AQUÍ
TIENES UNA FLOR DEL JARDÍN SECRETO
La
flor del paraíso
Pese
al frío, estuve horas vagando por los distritos periféricos de París en busca
de claridad.
Una
vez fuera del cementerio, había atravesado el multicultural Bel-Ville,
salpicado de iglesias, mezquitas y sinagogas, para proseguir por el distrito
19°, donde me detuve en un restaurante antillano a calentar el estómago. Luego
había seguido por las afueras de Montmartre hasta llegar al Pigalle, un «barrio
rojo» con evidentes signos de decadencia.
De
allí a la Rue des Dames quedaba un moderado trecho, así que hice parada y fonda
en un café frecuentado por ancianas pintarrajeadas. En aquel ambiente donde se
mezclaban los perfumes de imitación sentí la necesidad de palpar la flor del
jardín secreto. La había recompuesto antes de guardarla en mi bolsillo. Al
analizar aquel hallazgo inexplicable, pensé en un conocido poema de Coleridge
que planteaba una situación análoga:
Si
un hombre atravesara el paraíso en un sueño,
y le
dieran una flor como prueba de que había estado allí,
y si
al despertar encontrara esa flor en su mano... entonces, ¿qué?
Ciertamente,
yo sabía quién había dejado la flor entre las tumbas: la niña con la cinta en
el pelo que sus padres se habían llevado escandalizados. Aunque no entendía
casi nada, algo sí tenía claro: aquella cría no era Mary. No había fabricado la
rosa del jardín secreto ni había escrito su procedencia en la cartulina, ya que
era imposible que aquella pequeña francesa hubiera redactado los correos
electrónicos imitando, en castellano, el estilo Victoriano de Francés Hodgson.
Por
todo eso, era evidente que la niña de Pére-Lachaise era sólo una mensajera.
Mientras
un café sin azúcar ponía en danza mis neuronas, empecé a entender cómo habían
sucedido las cosas. La Mary que me acechaba sin mostrarse había ofrecido dinero
o algunas golosinas a aquella niña para que me entregara la flor que finalmente
se había quedado en el suelo. Así como había detectado mi llegada al Jardín de
invierno, también aquella mañana me había seguido a una distancia prudencial.
Al encontrar a una niña con una edad parecida a la del cuento, había
aprovechado alguna distracción de los padres para encargarle el recadito.
Continuaba
sin saber quién era Mary o qué pretendía con aquel juego del jardín secreto,
pero al menos —como en el poema de Coleridge— ahora tenía una prueba de su
existencia. La flor de papel en el bolsillo me causaba una alegría tan
injustificada como irracional.
Salí
del café con la idea de culminar el largo paseo hasta Clichy, pero una
repentina tormenta hizo que tuviera que resguardarme bajo el toldo de un
sex-shop. Tras esperar diez minutos largos a que amainara el aguacero, estuve
tentado de coger un taxi, pero me daba rabia no completar a pie el último tramo
de aquella expedición urbana.
Cobijado
por el toldo, mientras rondaba impaciente por el escaparate lleno de fruslerías
eróticas me di cuenta de que, justo después del sex-shop, había un locutorio
con Internet.
De
repente me pareció una buena idea escribir a Mary —yo había renunciado a
contestar sus últimos mensajes—, aunque no tenía ni idea de lo que le diría.
Sin embargo, al sentarme frente al ordenador y entrar en mi correo vi que, una
vez más, mi misteriosa amiguita se me había adelantado. Era un mensaje breve
pero rotundo.
Querido
Dickon:
Estás
cada vez más cerca.
Tuya
enamorada,
Mary
P.
D. ¿Qué te parecería terminar el año en el Bois de Boulogne?
El
interrogatorio
Un
aroma inconfundible —el perfume de cítricos mezclado con su piel— revelaba que
Eva estaba en la casa. Como un niño que regresa después de hacer una travesura,
abrí la puerta del apartamento con prevención.
Me
recibió con una sonrisa desde el sofá, donde fumaba un Gauloise con las piernas
cruzadas. Entendí que acababa de salir de la ducha, puesto que se cubría con
una toalla enrollada, mientras los cabellos mojados le caían sobre los hombros.
Michelle estaba a su lado y se acicalaba las patitas siguiendo su ejemplo.
Estuve
unos segundos embobado sin decir nada. Aunque Eva no hubiera dejado de fumar,
se notaba que la meditación le había sentado de maravilla. Su piel tenía un
tono más saludable y su rostro irradiaba una luz que no había visto en ella
desde que la conocía.
Mientras
Eva apagaba el cigarrillo en un vaso de yogur, dudé entre preguntarle por el
retiro en el sur o interrogarla directamente sobre el jardín secreto.
Finalmente fue ella quien dijo:
—¿Es
que no vas a darme un beso? ¿Qué haces ahí de pie?
Siguiendo
una costumbre que había observado en París, le besé dos veces cada mejilla, lo
cual le provocó un ataque de risa que casi le hizo caer la toalla.
—Eres
un chico ceremonioso —dijo burlona—. ¿Qué has hecho sin mí todo este tiempo?
Aparte de echarme de menos, quiero decir.
—He
hecho un descubrimiento... —anuncié sentándome a su lado en el sofá—, y también
algún milagro.
—No
sabía que fueras un santo.
—Yo
tampoco, aunque mi único mérito ha sido estar en el lugar oportuno en el
momento justo.
—¡Qué
misterios! —exclamó abrazándose las rodillas—. Vamos, no te andes más por las
ramas y cuenta.
Aquélla
era mi oportunidad de pillarla desprevenida, así que le pedí:
—Sólo
si antes respondes con sinceridad a una pregunta que voy a hacerte.
—Prometido
—declaró, levantando la mano solemnemente—. ¿Qué necesitas saber?
—Quiero
que me hables del jardín secreto.
—¿El
jardín secreto ? —repitió—. No entiendo. ¿ Es... una metáfora o algo así?
—Eso
mismo quisiera saber yo —dije impaciente—. Has prometido ser sincera, así que
no me digas ahora que no sabes nada.
Para
reforzar estas palabras saqué de mi bolsillo el llavero y dejé que el medallón
de plata girara.
—¿Pretendes
hipnotizarme? —repuso asombrada.
—No,
sólo quiero que me digas la verdad.
—Si
supiera de qué me estás hablando, podría decírtela.
Por
el tono dolido supe que estaba a punto de enfadarse. Cambiando de estrategia,
fui a buscar el libro ámbar y lo dejé en su regazo junto con el medallón del
llavero.
Eva
miró primero ambas cosas con perplejidad, como si no viera qué relación había
entre ellas. Luego giró el medallón distraídamente y exclamó:
—¡Lo
has limpiado! Antes estaba negro.
—Sí,
y fíjate en lo que pone.
Tras
leer la inscripción cerca de la lámpara, comentó:
—Es
una frase curiosa... No sabía que estuviera en el llavero. ¿Qué quiere decir?
—Tampoco
te lo sé explicar —dije armándome de paciencia—. Pero es del mismo libro que te
acabo de dar: una novela que me encontré «casualmente» en la mesa de un café.
—¿Y
qué tiene eso de raro? —repuso lanzándome un par de círculos de humo a la
cara—. La vida está hecha de casualidades.
Dándome
por vencido, acepté que lo más probable era qué Eva no tuviera nada que ver con
el libro ámbar, ni con los mensajitos y paseos invisibles de Mary. Pero de
todos modos quería saber cómo había llegado aquel llavero a sus manos.
Su
respuesta no hizo más que abrir un enigma en el laberinto en el que me había
metido.
—No
es mío. Me lo encontré una mañana, al salir, delante de la puerta.
—Eso
me interesa mucho —dije muy serio—. ¿Estaba justo al otro lado de la puerta?
—Sí,
sobre la alfombrilla. Yo creo que simplemente se le cayó a algún vecino que
subía o bajaba. Como no iba con ninguna llave y tiene ese grabado tan bonito,
decidí quedármelo. ¿Crees que tiene valor?
Aquella
pregunta me acabó de convencer de que Eva no formaba parte —al menos de manera
directa— de los extraños juegos de la Mary del jardín secreto.
—Y,
ahora, cuéntame el milagro —concluyó.
Plan
de vuelo
El
profesor de canto había aceptado reunirse con nosotros aquella misma noche.
Supuse que necesitaba el dinero que había prometido pagarle por adelantado.
Antes
de llamarlo, había explicado a Eva lo sucedido con la mexicana y su inclusión
en el programa del Olympia. Tras cubrirme de besos hasta dejarme sin aliento,
empezó a saltar delante de la ventana, como si quisiera que los vecinos
celebraran la noticia con ella.
Cuando
se hubo calmado, se metió en su habitación y empezó a vestirse apresuradamente
sin cerrar la puerta. Yo me senté en una silla de espaldas a la pared para
seguir hablando. Me sentía de algún modo responsable de su felicidad, lo que me
llevó a decirle:
—Tengo
un plan de vuelo para ti.
—¿Qué
quieres decir con eso?
—Antes
de ser periodista musical, en otra vida fui arquitecto. Pero no tenía una tarea
artística: mi misión era ayudar a cumplir los sueños de los demás. De algún
modo, siento que debo hacer lo mismo contigo.
—¿Y
tus sueños? —preguntó desde la habitación.
—No
tengo, que yo sepa. O, si los tengo, a lo mejor no me atrevo a confesármelos,
quién sabe.
Eva
Winter salió finalmente vestida con botines, unos pantalones de cuero y un
ajustado jersey de lana azul que realzaba su busto.
—Vamos
a conocer al profesor de canto, no al mánager del Olympia —dije al verla tan
imponente.
—Para
mí es lo mismo: una cosa lleva a la otra. ¿Sabes que actuar en el Olympia fue
siempre el sueño de mi vida? ¡Tengo que contenerme para no ponerme a gritar
ahora mismo!
—Guarda
las fuerzas para el día 5. Tenemos mucho que hacer de aquí a entonces. También
habrá que decidir qué temas te conviene cantar. Sólo son dos canciones, tres si
el público pide un bis. Por lo tanto, hay que meter toda la carne en el asador.
La
cita nocturna con el profesor me había despistado de algo esencial: ahora que
Eva había regresado a su apartamento, ya no había lugar para mí, a no ser que
quisiera monopolizar su sofá una noche tras otra. Como había tomado la
precaución de hacer mi maleta, decidí llevármela para buscarme un hotel después
de la clase.
—¿Adónde
vas con eso? —preguntó Eva, que se había enfundado un largo abrigo de color
morado.
—Regreso
al hotel. Ahora que he arreglado mis asuntos, ya no tengo que hacer de polizón.
—Pero
¿qué tonterías dices? Te necesito cerca para supervisar el plan de vuelo.
La
casa del profesor de canto era un dúplex bastante caótico. En la planta baja
estaba la vivienda, que compartía con un corso que tenía dos perros sabuesos de
fuerte olor. En aquel momento los tres miraban un concurso televisivo sentados
en un sofá lleno de desgarrones.
El
profesor nos condujo hasta el piso superior, donde había una pequeña habitación
insonorizada con suelo de corcho.
—Podéis
llamarme Michi —se presentó—. El verano que llegué a París no tenía dinero para
ropa y llevaba siempre una camiseta donde ponía «Michigan», de ahí el apodo.
Por
el habla dulce supuse que era chileno o tal vez uruguayo. Tendría unos
cincuenta años, aunque sus facciones eran muy suaves.
Fiel
a mi papel de mecenas, le entregué un sobre con 210 euros. Cubrían seis clases
a partir del día siguiente: entre el 31 de diciembre y el 5 de enero, el mismo
día del concierto. Michi se había comprometido a trabajar con Eva una hora
diaria, también los festivos. Por la hora intempestiva —eran ya casi las diez—,
yo había supuesto que aquel encuentro era un mero protocolo para fijar horas de
ensayo y todo eso, pero el profesor insistió en dar la primera clase
inmediatamente para que conociéramos su método.
—La
primera siempre es gratis —dijo guiñándome el ojo—. Es sólo para ver cuál es
nuestro punto de partida. El Olympia no es moco de pavo, así que quiero
averiguar el grado de catástrofe para ver qué podemos hacer.
—Por
favor, Michi, no seas negativo —protestó Eva—. Lo que yo necesito es que me des
ánimos para el festival, y que me enseñes algunos trucos para cantar mejor.
—¿Trucos?
—repitió él con las manos en jarras—. ¿Crees que con cuatro consejos ya se
puede subir a un escenario? Lo primero que debes aprender, chiquilla, es que la
voz es un instrumento tanto o más difícil que un oboe o un piano. ¿Verdad que
nadie aprende a tocar el piano en seis días? Pues con lo de cantar sucede lo
mismo. ¡Años! Eso es lo que lleva aprender a cantar bien.
—Estamos
de acuerdo contigo, Michi —intervine—, pero no olvides que lo que tenemos de
aquí al festival son seis días, no seis años. ¿Te ves capaz de hacer algo?
—Algo
sí—dijo acariciándose la papada—. Pero no mucho más.
Acto
seguido ordenó a Eva que se sacara los botines y se tumbara de espaldas sobre
el corcho. Luego le dijo:
—Desabróchate
un par de botones de esos pantalones imposibles que llevas. Necesito saber si
dominas la respiración abdominal. Y mañana quiero que vengas con ropas más
anchas, ¿de acuerdo?
Como
una niña que juega a algo divertido, Eva hizo lo que el profesor le pedía y se
levantó un poco el jersey para que el vientre, blanco y terso, quedara a la
vista.
—Lección
número uno —explicó Michi—. Para que la voz tenga fuerza, en lugar de respirar
únicamente por los pulmones y levantar las clavículas, la barriga debe subir y
bajar. Es lo que se llama respiración abdominal. A ver cómo lo haces… Dicho
esto se agachó a su lado y puso su mano plana sobre el vientre de Eva, como un
médico que ausculta a su paciente.
—Esto
no se mueve —dictaminó—. ¡Vamos, llena esa barriguita de aire! No, así no...
Estás respirando a trompicones. Hazlo más suave. ¿Por qué te has parado?
Cuando
Eva hubo comprendido qué era la respiración abdominal, el siguiente ejercicio
consistió en plantar bien los pies en el suelo para que «el instrumento»
tuviera estabilidad.
—Pero
¿cuándo voy a empezar a cantar? —preguntó Eva, impaciente.
—Cuando
hayas aprendido a apoyar la voz. Se trata de que la musculatura del vientre
actúe como un muelle que conecta con el suelo. ¿Te imaginas lo difícil que
sería tocar el violín sin apoyarlo en el hombro? Pues, nuevamente, con la voz
sucede lo mismo.
Una
hora después, tras demostrar a una desesperada Eva que se encontraba en los párvulos
del arte vocal, le dio cita para el día siguiente a primera hora de la tarde.
—Espera,
no te vayas aún. Te voy a poner deberes. Por las mañanas vas a hacer sirenitas
para calentar la voz.
—¡Sirenitas!
—exclamó Eva—. ¿Qué es eso?
—Es
un ejercicio que se hace en lo alto de las cuerdas vocales, sin apoyar la voz.
Se llama así porque recuerda al sonido de una ambulancia. Presta atención.
A
continuación, Michi liberó un gorgorito largo y ondulante capaz de poner los
nervios de punta a cualquiera. Eva me miró asustada. Más que ganas de reír, de
repente le había entrado el miedo escénico.
La
barrera de los diez segundos
Empezaba
a sospechar que el remedio iba a ser peor que la enfermedad. En lugar de
reforzar la seguridad de Eva, la clase con Michi había hundido su autoestima.
—Creo
que será mejor que no participe en el festival —dijo ella con lágrimas en los
ojos.
Nos
habíamos sentado eh un banco helado para que fumara un cigarrillo. Esperábamos
mesa en un bistrot cerca de la mezquita de París, en Saint Michel.
—Bobadas
—respondí—. La técnica vocal que enseña Michi es indispensable para tenores y
sopranos, pero la mayoría de cantantes del mundo mundial no tienen ni idea de
lo que es apoyar la voz o hacer sirenitas.
—¿De
verdad lo crees? —dijo secándose los ojos con el dedo índice.
—Claro
que sí. ¿Tiene buena voz Bob Dylan? ¡En absoluto! Es chillona y monótona, pero
la aguantamos y puede que incluso nos guste porque es él. Al final la gente
aprecia sólo lo auténtico. Por eso es importante que te lo creas —dije
reproduciendo el discurso de BadGuy—. Has de entrar en tu personaje: ahí es
donde te sentirás segura.
Eva
sostenía el cigarrillo con la mano enfundada en un guante de lana con un dedo
de cada color. Tenía la mirada fija en los adoquines, así que no estaba seguro
de que me estuviera escuchando. En un último intento por animarla decidí
exponerle un ejemplo que había oído a un famoso conferenciante en Barcelona.
—¿Sabías
que antes de 1968 se consideraba totalmente imposible que un corredor hiciera
los cien metros lisos en menos de diez segundos?
Tal
vez porque no encontraba la relación con lo que estábamos hablando, Eva levantó
la cabeza y me miró interrogativamente. Yo estaba dispuesto a soltarle el rollo
hasta el final:
—Desde
que se empezó a cronometrar oficialmente en los primeros juegos olímpicos, a
finales del siglo XIX, la marca andaba sobre los doce segundos. Como mucho,
algún corredor había logrado rebajarla en un par de décimas. Gracias a los
avances en los entrenamientos y en la alimentación, en 1921 un tal Paddock
logró el increíble récord de 10,4 segundos, que no sería superado en toda la
década. Hubo que esperar a los juegos de Berlín, en 1936, para que un negro
llamado Jesse Owens bajara el registro a 10,2, humillando a la plana mayor del
comité nazi. Pero la barrera de los diez segundos continuaba infranqueable.
Nadie creía que se pudiera reducir. De hecho, hasta 1968 un único atleta
consiguió que el crono marcara diez segundos justos al cruzar la línea de meta.
Pero ese año, Hiñes, otro estadounidense, logró lo impensable: corrió los cien
metros lisos en 9,95 segundos. Y ¿sabes qué ocurrió?
Eva
negó con la cabeza, desconcertada ante aquella lección de récords de atletismo.
—Pues
que quince años después fue superada, y a partir de entonces cada vez más
atletas bajan de los diez segundos. Lo que había requerido setenta años para
lograrse ahora parecía estar al alcance de muchos, y ¿sabes por qué?
Antes
de que ella intentara contestar, lancé yo mismo la conclusión:
—Porque
sabían que podía hacerse. En el momento que alguien lo demostró, esa barrera
psicológica cayó para el resto de los corredores. Ya lo decía Marco Aurelio:
«Si algo está dentro de los poderes de la provincia del hombre, también está
dentro de tus posibilidades.» Lo que quería decir el emperador romano es que,
en el fondo, no eres tan diferente de Bob Dylan.
Tras
mi improvisada sesión de coaching, Eva pareció relajarse, ayudada por una
botella de Cotes du Rhône de carácter bastante peleón.
Terminados
los platos, elegí la hora del postre para retomar una conversación que no había
prosperado en mi primer intento, durante el trayecto de Lille a la capital, ni
tampoco en nuestra cena bajo la torre de Montparnasse. Para interrogarla sobre
las letras de sus canciones —el anzuelo que me había llevado a París—, decidí
atacar por la tangente, refiriéndome de forma indirecta a un tema del disco.
—¿Has
logrado ya visitar Islandia?
Eva
bebió el último sorbo de vino antes de responder:
—No.
¿Por qué me lo preguntas? No tengo la menor intención de ir allí.
Mientras
esperábamos la llegada de una segunda botella, repasé mentalmente la letra: «No
has ido nunca a Islandia, pero has recorrido mil veces su litoral con el dedo,
como si el mapa fuera una radiografía de tu corazón helado.»
Resultaba
extraño que alguien que nunca se ha planteado viajar a Islandia hubiera escrito
esa letra. No esperé a que el camarero descorchara la segunda botella para
volver a la carga:
—¿Y
la canción? Me refiero a «Islandia».
—Es
sólo eso: una canción.
Como
las veces anteriores, parecía molestarla que le preguntara por sus letras. Yo
podía entender esa actitud en un artista al que le hubieran preguntado millones
de veces lo mismo, pero me desconcertaba que aquella cantante solitaria y sin
éxito no encontrara placer en hablar de sus canciones.
—¿Por
qué nunca quieres hablar de eso? —insistí.
Eva
me sirvió vino para aplacarme y acarició suavemente mi mano con la punta de sus
dedos.
—Es
algo que ni yo misma comprendo —repuso conciliadora—. Supongo que ese disco
habla de un pasado que quiero dejar atrás. Ahora estoy viviendo algo diferente
y quiero disfrutarlo, ¿lo entiendes? Desde que te conozco, creo que es posible
batir la barrera de los diez segundos.
Halagado
con que hubiera recurrido a aquel ejemplo, recordé los «problemillas» que había
mencionado BadGuy, de los que tampoco tenía conocimiento alguno. Al parecer, mi
sino en París era andar pegando palos de ciego.
Tras
un nuevo brindis, decidí renunciar a ese tipo de preguntas, ya que empezaba a
dudar de todo. Aunque era incapaz de explicarme por qué, algo me decía que las
coincidencias entre las letras de Ojalá estuvieras aquí y mi biografía no
obedecían a ninguna casualidad.
Cerré
mi tercer interrogatorio fallido con una cuestión de perfil bajo:
—¿Puedo
hacerte una pregunta que no tiene que ver con la música?
—Claro
que sí —respondió sonriendo, con la barbilla apoyada entre las manos.
—Me
dijiste que tu padre en Canadá es un donante desconocido y que tu madre era una
inmigrante de Granada, ¿cierto?
—Aja...
—Me
pregunto si Winter es un apellido típico granadino.
Aquello
tenía más números de enfadarla que lo de las canciones pero, para mi sorpresa,
no pareció importarle que yo conociera el secreto:
—¡Por
supuesto que no! Es mi nombre artístico.
—¿Cómo
te llamas, entonces?
—Eva
Rodríguez. ¿He perdido glamour para ti?
Dos
historias de miedo
A la
una de la madrugada regresamos al apartamento, donde la gata nos recibió con
suaves cabezazos en las piernas para que llenáramos su cuenco de pienso. Tras
renovarle también el agua y comprobar que su lavabo estaba en condiciones, fui
a tumbarme al sofá dando el día por terminado.
Sin
embargo, Eva no parecía ser de la misma opinión.
—¿Ya
te retiras?
—Eso
pensaba hacer. Los castellanos dicen: a mala cama, colchón de vino. Creo que el
Côtes du Rhône ha convertido este sofá en una habitación de cinco estrellas.
—Pero
yo no tengo sueño —protestó—. Cada vez que pienso en el Olympia me tiemblan las
piernas.
—Es
tu «olympiada» particular, tu barrera de los diez segundos. Piensa en lo de
Marco Aurelio: si otros han subido a ese escenario, tú también puedes hacerlo.
—Déjate
de filosofía de bolsillo. De momento, mañana tengo el último bolo del año.
Puede que me sirva para trabajarme el personaje, como dices.
—Pero...,
mañana es 31 de diciembre. ¿Vas a cantar en una fiesta de Año Nuevo?
—Algo
así. ¿Vendrás a escucharme?
—Sí,
pero tengo una petición para la artista.
—¿Qué
petición?
—Perdona
que vuelva sobre el disco, pero me llama la atención que el título Ojalá
estuvieras aquí no se corresponda con ninguno de los temas.
—Es
un homenaje a la canción de Pink Floyd —se defendió.
—Lo
sé. ¿Por qué no la versionas? A mí me gusta mucho.
—A
mí también, por eso no quiero cantarla.
Dicho
esto se metió en su habitación y cerró la puerta. Pensé que el asunto quedaba
zanjado, pero minutos después reapareció vestida con unos pantalones de pijama
y una camiseta corta para añadir:
—Lo
pensaré, ¿de acuerdo?
A
continuación encendió la velita de un quemador de incienso y apagó las luces de
la casa. Luego subió al sofá y reclinó la cabeza en el reposabrazos opuesto al
que me servía de apoyo.
—¿Por
qué has hecho eso?
—Ya
te lo he dicho, no tengo sueño. ¿Nos contamos historias de miedo?
Aquella
propuesta me dejó descolocado. Bajo la penumbra, de repente Eva me parecía una
niña grande que disfruta con esa clase de episodios.
—Cuéntame
cuál es la situación en la que más miedo has pasado, porque yo tengo una muy
buena —dijo.
Mientras
decía eso, con el pie me levantó el jersey para hacerme cosquillas en la
barriga. Se lo agarré e hice ver que le iba a dar un mordisco, como hubiera
hecho con un niño. Ella rio con una ingenuidad que me pareció encantadora y a
la vez insólita en una mujer así. Tal vez el alcohol era para ella un
transbordador hacia las orillas de su infancia.
—Vamos,
¡estoy esperando! —protestó dándome un toque con el pie en la barbilla.
—Si
te cuento la vez que pasé más miedo, te vas a reír de mí —la advertí—. Es una
historia algo tonta. Siempre que no te toque vivirla, claro.
—Te
escucho.
—Me
sucedió en un pueblo del norte de Alemania donde un compañero de la universidad
tenía una casa, porque era de allí. El caso es que me había dejado las llaves
porque yo estaba viajando en solitario por todo el país. Iba en tren, una de
esas cosas que se hacen en verano cuando eres estudiante.
—Un
Interrail.
—Eso
mismo. Como a la mañana siguiente quería ir a Hamburgo, tomé un tren de
cercanías hasta aquel pueblo, que estaba a unos veinte kilómetros de la ciudad.
Al llegar vi que eran cuatro casas. La mía, según el mapa, se hallaba a un par
de kilómetros del camino principal. Aceleré el paso para llegar antes de que
oscureciera del todo. Al final resultó ser una pequeña mansión rodeada de
bosque por todos los lados. Estaba vacía, porque mi amigo y su familia estaban
de vacaciones en la isla de Sylt.
—¿Y
te quedaste allí?
—¡Qué
remedio! Ya era tarde para echarse atrás y aquél era el único lugar que tenía
para pasar la noche. Por lo tanto, entré y cerré la puerta con varias vueltas
de llave. Al dar la electricidad y encender las luces, me tranquilicé un poco,
porque era una casa moderna con todas las comodidades: televisor, equipo de
música, microondas... Incluso me habían dejado una nota en la nevera con lo que
podía tomar del frigorífico. Así que me hice una lasaña, puse un documental en
la tele y me tomé una cerveza sintiéndome el dueño de la casa.
—Pero
algo pasó, ¿no? —apuntó Eva, entusiasmada.
—Si
hubiera pasado no estaría aquí para contarlo —dije muy serio para darle más
dramatismo a mi testimonio—, pero estuvo a punto. Yo en aquella época fumaba,
pero me daba reparo encender un cigarrillo dentro de la casa. Mi amigo era muy
maniático con el humo, por lo que supuse que su familia debía de ser igual, así
que decidí salir afuera. Probablemente ese cigarrillo me salvó la vida.
Eva
reaccionó a ese anuncio con un chillido contenido. Al parecer, lo estaba
pasando en grande.
—Era
una casa inteligente de la época, por lo que cuando salí un sensor iluminó los
alrededores de la vivienda. Estaba rodeada por una franja de césped de unos
quince metros de ancho. Más allá empezaba el bosque. Mientras fumaba
tranquilamente, caminé hasta los primeros árboles. Entonces lo vi.
—¿Qué
viste?
—Algo
que me extrañó mucho. Entre dos árboles encontré una bolsa de deporte
completamente nueva.
—Supongo
que la abriste para mirar qué había —añadió intrigada.
—Y
supones bien. Pero ahí viene lo bueno: la bolsa estaba completamente vacía. Era
nueva y estaba cerrada, pero no había nada dentro.
—¿Eso
fue todo?
—No.
Como me había sorprendido encontrarme aquello, hice una ronda por el perímetro
del bosque y encontré tres bolsas más entre los árboles. Todas nuevas, de la
misma marca y sin nada dentro.
—¿Y
qué hiciste?
—Las
dejé dónde estaban y me metí enseguida en la casa. Había tomado la precaución
de cerrar con llave al salir. Una vez dentro llamé a la policía para contar lo
que había visto. Yo no entendía nada de aquel misterio.
—Pero
ellos sí...
—Bueno,
me dijeron que no me moviera, que vendrían inmediatamente. Al parecer, por
aquella región ocultar bolsas vacías es una práctica habitual antes de asaltar
una casa. Lo dejan todo a punto para entrar, llevarse los objetos de valor y
luego desaparecer por el bosque. Pero los ladrones no habían previsto que
hubiera alguien en la mansión. De haber entrado, el encontronazo habría sido
fatal para mí. Gracias a que detecté las bolsas, la policía vino a tiempo y
rastrearon la zona con linternas. No encontraron a nadie, porque los ladrones,
que esperaban a que fuera noche cerrada, debieron de escabullirse al ver aquel
despliegue.
—Uau...
¡Tuviste suerte!
—Lo
que te he dicho: me salvó el cigarrillo. Para que luego digan que el tabaco
mata. ¿Y a ti qué te pasó?
Escuché
en la penumbra cómo Eva suspiraba profundamente. Se notaba que le gustaba
contar su historia, pero que al mismo tiempo le daba miedo. Encendió un
cigarrillo antes de preguntar:
—¿Te
importa que me tumbe sobre tu regazo?
—En
absoluto.
Eva
se tendió entonces y apoyó su cabeza sobre mis piernas. Dio un par de caladas
antes de empezar:
—Creo
que no te va a gustar lo que vas a oír.
—¿Cómo
puedes saberlo? —le dije mientras le acariciaba el pelo.
—A
mí no me gustaría pasar la noche en un apartamento donde ha sucedido algo así.
Fue terrible.
—Cuenta
ya, ¡me estás asustando antes de empezar!
—Poco
después de llegar a París encontré este apartamento. Era más o menos barato y
yo tenía unos ahorros de mi madre, así que me instalé sin saber muy bien cómo
era la ciudad. Me extrañaba, por ejemplo, eso de los códigos para entrar.
—A
mí también me extraña.
—Pues
fíjate en lo que pasó... Una noche que volvía de una cena que había acabado
tarde, tras pulsar el primer código entró un hombre detrás de mí. Primero me
llevé un susto de muerte, pero luego vi que era un chico muy guapo y bien
vestido. Se disculpó incluso por haberme sobresaltado. El caso es que esperó a
que marcara el segundo código para entrar conmigo en el edificio. Yo estaba
asustada, aunque parecía un muchacho de buena familia. Cuando se metió conmigo
en ese ascensor tan estrecho, empecé a tener miedo. Esperé a que pulsara él
primero el piso y, afortunadamente, eligió el de arriba. Yo entonces marqué el
cuarto. Mientras subíamos el corazón me latía muy fuerte, pero cuando al llegar
él se quedó en el ascensor y siguió subiendo, me quedé algo más tranquila.
—¿Eso
fue todo? —dije utilizando su misma pregunta.
—No.
Una vez dentro de casa cerré con llave y me quedé al lado de la puerta. Algo en
mi interior me decía que debía mantenerme alerta. Cuando escuché sus pasos
bajando por las escaleras, me quedé paralizada de miedo. Sólo fui capaz de
apagar la luz para que él no supiera que yo estaba detrás de la puerta.
—Y
¿qué sucedió?
—Se
detuvo delante de mi puerta y llamó al timbre. ¡Eran las cuatro de la
madrugada! Aterrorizada, me quedé pegada a la madera sudando de miedo. Creí que
me iba a desmayar.
—Imagino
que volvió a llamar—dije impresionado.
—Hizo
algo peor. Se quedó en silencio junto a la puerta, como si hubiera adivinado
que yo estaba al otro lado. Luego empezó a acariciar la madera, como si me
estuviera tocando a mí. Podía oír perfectamente cómo sus dedos describían
círculos justo donde yo estaba. Lo hizo durante varios minutos. Estaba a punto
de ponerme a gritar de miedo, cuando el ruido paró. Segundos después oí cómo
bajaba lentamente las escaleras.
—Supongo
que llamaste a la policía.
—Igual
que hiciste tú en la casa, corrí hasta el teléfono y expliqué atropelladamente
lo que había sucedido. Pensaba que no me tomarían en serio, pero el agente al
teléfono se interesó mucho por el caso. Tras asegurarme que mandaban una
patrulla aquella misma noche para vigilar la entrada de la casa, a la mañana
siguiente una pareja de policías vinieron a preguntarme por el chico guapo. Al
oír mi descripción, vi que se intercambiaban miradas de entendimiento. Al
parecer era un loco muy peligroso que andaban buscando hacía semanas.
—¿Y
les preguntaste qué había hecho?
—No
quise saberlo, porque quiero dormir tranquila.
El
tercer jardín
Lo
primero que hice la última mañana del año fue contemplar el sueño de Eva. Tras
la sesión de historias de miedo, habíamos charlado hasta la madrugada. En un
momento de la conversación, ella había caído dormida y yo la había llevado en
brazos hasta su cama, donde todavía descansaba plácidamente.
Mientras
la veía dormir, me daba cuenta de que estaba empezando a amarla, pero no de la
manera que era previsible entre dos almas sin nadie en el mundo. Cuando la
había sostenido en brazos, y al darle un beso en la frente antes de cerrar su
puerta, había sentido más ternura que deseo. Objetivamente hablando, Eva era
una mujer guapa, muy guapa incluso, pero por algún motivo no me imaginaba
haciendo el amor con ella. Como si alguna frontera secreta me impidiera ir más
allá, el cuerpo sólo me pedía abrazarla y cuidar de ella.
Puesto
que me había hecho prometerle en la torre de Montparnasse que no me enamoraría
de ella, tal vez era mejor así.
Eran
las once de la mañana y no me apetecía quedarme más tiempo en casa, así que
decidí acercarme al Bois de Boulogne. En su posdata, Mary no había especificado
a qué hora se abriría —era un decir— esta vez la entrada al jardín secreto,
pero puesto que en las otras ocasiones había sido al mediodía, supuse que no
habría dos sin tres.
Después
de cargar el comedero de la gata, en previsión del letargo de su ama, salí de
casa dispuesto a despedir el año de la manera más absurda posible.
Todo
lo que sabía del Bois de Boulogne era que se había convertido en un putiferio
de la ciudad, así que me sorprendió encontrarme con un lago idílico surcado por
barcas. Al fondo, un frondoso bosque me hizo pensar más en Canadá que en un
parque de París.
Admirado
por las dimensiones de aquel pulmón verde, que había inspirado cuadros a Van
Gogh y Monet, me dije que sería casi imposible dar con alguna pista. Aun así,
me acerqué a uno de los plafones con el mapa del parque para decidir por dónde
iniciar la exploración. Estuve dudando entre acercarme al Jardín de
Shakespeare, donde en verano se representaban obras al aire libre, o el Jardín
de aclimatación, que limitaba con el Boulevard Maurice-Barrés. Me decidí por
este último sólo porque estaba más cerca de la parada de metro. Puesto que se
trataba de dejarse engañar y de todos modos no llegaría a ningún sitio, tampoco
era necesario atravesar las ochenta y cinco hectáreas de parque.
En
el extremo norte del Bois de Boulogne, el Jardín de aclimatación estaba muy
animado aquel frío jueves al mediodía. Contenía un pequeño zoo y un minigolf,
además de una serie de canales donde los parisinos se esforzaban en remar y
mantener el rumbo de las barcas.
Dado
que los animales enjaulados me daban mucha pena y tenía alergia a los
minigolfs, fui paseando hasta una pequeña pagoda que emergía al pie de un
canal. Era el único lugar mínimamente romántico de aquel jardín. Aunque la
pintura se veía muy nueva, la combinación de rojo y verde daba a aquella
glorieta china un aire de cuento, por lo que supuse que Mary lo habría elegido.
Como
un melancólico mandarín, resistí el frío un buen rato bajo aquel techo,
mientras los enamorados entraban en calor remando en sus botes. Ya no me sentía
ridículo. Hacía tanto tiempo que mi vida había perdido su sentido que buscar la
entrada al jardín secreto me parecía, incluso, una actividad honrosa.
Al
ver que no sucedía nada, fuera de los movimientos normales en un jardín urbano,
bajé de la pagoda contrariado por no haber sido capaz de encontrar ninguna
pista.
Mientras
buscaba el camino de salida del parque, me crucé con un trenecito lleno de
niños entusiastas que me dio cierta envidia. Me hubiera gustado estar en ese
convoy con la impresión de que la vida de uno va hacia alguna parte.
Antes
de alcanzar la salida, sin embargo, vi que se formaba una cola delante de un
pequeño teatro de guiñol, aún dentro de los límites del Jardín de aclimatación.
Sentí la curiosidad de saber qué obra se representaba para que tanta gente
hiciera cola a la intemperie. La respuesta estaba en una pizarra junto a la
entrada:
LOS
JARDINEROS DE LA FANTASÍA
PRESENTAN
ALICIA
EN EL PAÍS DE LA MARAVILLAS
Acababa
de encontrar el acceso al jardín secreto, al menos el de aquel día. Un espíritu
infantil como el de Mary podía haber elegido perfectamente aquella distracción
para mí.
Pagué
una entrada de seis euros y me senté al lado de dos gemelos que, acompañados de
su abuelo, miraban hipnotizados el teatro de guiñol aún vacío.
Me
giré un par de veces para observar el medio centenar de personas que ocupaban
las sillas, pero no vi a nadie que pudiera relacionar con Mary. Y, sin embargo,
como en el Jardín des Plantes, tenía la sensación de estar siendo vigilado.
Cuando las primeras marionetas, Alicia y el Conejo Blanco, empezaron a moverse
por el pequeño escenario, me planteé la posibilidad de que mi enigmática amiga
estuviera moviendo los personajes mientras me vigilaba.
La
entrada de Alicia en la madriguera del conejo, con un fondo que giraba
verticalmente para reflejar la caída, me atrapó y dejé de pensar en el
misterio. Mientras me sumergía en aquella versión abreviada del cuento, me
sorprendió cuántas cosas había olvidado de una historia que creía conocer bien.
Por ejemplo, una conversación con el Gato de Cheshire que ahora se me antojaba
de lo más filosófica:
—<;
Quieres decirme, por favor, qué camino debo tomar para salir de aquí?
—preguntaba Alicia.
—Eso
depende mucho de adonde quieras ir —respondía el Gato.
—Poco
me preocupa adonde ir —decía Alicia.
—Entonces,
poco importa el camino que tomes —replicaba el Gato.
Terminada
la función, salí del teatro de guiñol tan desorientado como había entrado. Como
la pequeña Alicia, me sentía perdido en un mundo del que desconocía las reglas.
En
el primer jardín había obtenido la canción de Henri Salvador; y en el segundo,
una flor del jardín secreto. El tercero me había llevado de viaje por la
madriguera del Conejo Blanco. ¿Cuál era el sentido de todo eso?
Las
regaderas
Me
sentía tan fuera de la realidad, que durante todo el camino de vuelta me
pareció oír un leve tintineo a mi alrededor, como si un invisible genio burlón
me estuviera siguiendo y manifestara su presencia de ese modo. ¿Me estaba
volviendo majareta?
Incluso
los pasajeros del metro, que normalmente rehúyen el contacto visual, me
lanzaron miradas de curiosidad durante el trayecto hacia Place de Clichy.
El
misterio se resolvió al entrar en el apartamento de Eva, que me recibió con un
abrazo.
—¿Qué
diablo llevas ahí atrás?
—¿Cómo?
Eva
me rodeó nuevamente con los brazos. Asombrado, ya pensaba que la pregunta era
un pretexto para darme el primer beso de amor, cuando arrancó de mi abrigo una
especie de placa de metal.
—¿Has
venido todo el camino con esto colgando? —preguntó conteniendo la risa.
Le
arrebaté de las manos lo que resultó ser un gran broche con dos pequeñas
regaderas de latón cruzadas. De cada boca colgaba una fina cadena con
minúsculas campanitas que producían aquel sonido etéreo que me había parecido
sobrenatural. Gracias a la traviesa Mary, había sido la mofa del metro de
París.
—¡Es
muy bonito! —exclamó Eva mientras acariciaba con el dedo las regaderas en
miniatura—. Parece antiguo y todo, como...
—...
como el medallón del jardín secreto —completé yo.
Mientras
me quitaba el abrigo, embargado por la confusión, deduje que mi misteriosa
amiguita me había atraído hacia el guiñol para, una vez sorbido por las
aventuras, colgarme desde el banco de atrás el broche con las pequeñas
regaderas de Mary y Dickon. En el particular mundo del jardín secreto, podía
significar que nuestros destinos estaban unidos y a partir de ahora sólo había
que regar las semillas del amor para que creciera.
Sin
embargo, mi compañera en aquel huidizo edén se resistía a mostrarse. ¿Cuándo y
dónde terminaría aquel juego? ¿O esperaba Mary que yo fuera capaz de
desenmascararla?
—¿Qué
misterios te traes? —me preguntó Eva al verme tan pensativo.
Por
un momento estuve tentado de contarle todo lo que me había sucedido desde que
me había encontrado el libro ámbar en el café. Sin embargo, algo me decía que
era mejor mantener todo el asunto en secreto, como el propio jardín.
—¿Dónde
actúas esta noche? —dije para esquivar su pregunta—. ¿Tengo que alquilar un
esmoquin?
—Necesitarás
más bien ponerte un par de jerséis bajo el abrigo, porque vamos a tocar a la
intemperie.
—¿En
una fiesta del Ayuntamiento?
—¡Qué
va! —rio mientras se llevaba un cigarrillo a los labios—. Es un concierto que
organizan cada año los artistas de La Divette delante de la cárcel. También los
presos merecen un poco de alegría en una noche como ésta, ¿no te parece?
—Es
una idea fantástica. Lástima que no pueda contribuir de algún modo a una
iniciativa con tanto corazón.
—Eso
tiene fácil arreglo. Te daremos un megáfono para que felicites el año en
castellano a los presos.
Entre
los barrotes
Mientras
viajábamos hacia al sur de París en un convoy de cinco furgonetas con músicos,
me explicaron que aquél era el segundo año que la prisión de Fleury-Merogis, la
mayor de Europa, les otorgaba un permiso para tocar dentro del recinto.
Asustado
por lo que eso pudiera implicar, me tranquilizó que los músicos que repetían
experiencia llevaran jerséis con franjas negras sobre fondo blanco, como Elvis
en su Jailhouse Rock.
BadGuy,
que era uno de los organizadores del evento, me daba detalles sobre el
gigantesco centro de detención y el programa previsto.
—Son
dos mil quinientos reclusos repartidos en tres secciones: mujeres, jóvenes y
hombres. Este año tocaremos para ellos. Bueno, sólo para una parte, porque la
cárcel de tíos se divide en cinco edificios de tres alas cada una. Esto
significa que sólo nos podrán ver desde las celdas unos doscientos, aunque nos
escucharán bastantes más porque llevamos buen equipo.
Después
de un largo y riguroso trámite de entrada, en la que cada tornillo de las
furgonetas fue inspeccionado, cruzamos el muro que separaba el enorme recinto
del mundo exterior. Siguiendo a uno de los guardias, montamos nuestro escenario
entre dos alas carcelarias de cuatro plantas cada una. Me llamó la atención lo
estrechas que eran las ventanas en aquellas paredes de hormigón.
Otro
detalle que me impactó eran los montones de basura de todo tipo que había en el
solar donde se iba a celebrar el concierto. Supuse que era producto de lo que
iban arrojando los reos desde las ventanas de las celdas.
Aparte
de algún silbido puntual y de un par de piropos al ver a las chicas de la
expedición, en aquel ambiente de opresiva decadencia dominaba el silencio. Un
funcionario de prisiones nos indicó que nos situáramos a un mínimo de quince
metros de los muros para evitar la posible caída de objetos. Dicho esto,
dejaron que los técnicos de sonido trabajaran más o menos a su aire.
Dos
horas más tarde, cuando faltaba ya poco para medianoche, todo estaba listo para
que empezara la gala más insólita a la que había asistido en mi vida, y donde
se esperaba que yo también participara. Como los potentes focos del recinto
penitenciario ya iluminaban aquel foso más de lo deseable, pudimos poner toda
la potencia del grupo electrógeno en los amplificadores. Acotado el escenario,
que habíamos despejado de basura, el primer artista de la noche se situó ante
el solitario micro de pie.
Le
había tocado abrir fuego al presumido Jeanot, que saludó nervioso a la
audiencia y empezó a rascar poderosamente la guitarra acústica para sofocar
cualquier insulto que pudieran dedicarle los presos. Sin embargo, nada de eso
ocurrió. A lo largo de las seis canciones en inglés que fue desgranando el
guaperas de Lille, pareció que el espectáculo era seguido con gran atención por
los reclusos, de los que desde abajo sólo se adivinaban las sombras.
Las
únicas chanzas, que se mezclaron con los aplausos, llegaron después de que
Jeanot apostillara:
—Os
lo juro, colegas, que sois el mejor público que he tenido en todo el año.
Y lo
peor del caso era que debía de ser cierto.
El
éxito de esa primera actuación hizo que los segundos en saltar al ruedo, una
banda de París llamada Oxitocine, lo hicieran con el desparpajo propio de un
festival veraniego. El contrabajista arrancaba solos imposibles, mientras el
vocalista se entregaba a sus bailoteos al ritmo que marcaba una joven
percusionista.
No
obstante, el repertorio en francés de corte jazzístico no acababa de gustar a
los reclusos, que a partir de la tercera canción empezaron a silbar y a imitar
burlescamente los alaridos del cantante, que se batió en retirada tras un
último tema que llevaba el nombre de la banda.
Sin
saber qué diablos era la oxitocina, en éstas llegamos a medianoche y tocó
saludar a los presos en varios idiomas antes de reprender el concierto.
Mientras en la torre de vigilancia se reunían algunos funcionarios para el
brindis, BadGuy fue el encargado de felicitar en francés a los reclusos, lo
cual podía parecer un ejercicio de cinismo. Tal vez porque era consciente de
ello, se limitó a desearles que el año entrante fuera más llevadero que el que
acababa de morir y los emplazó a disfrutar del resto de las actuaciones.
Después
de otros tres breves parlamentos en inglés, árabe y en un idioma eslavo que no
supe identificar, me llegó el turno de ponerme delante del micro. Tomé un trago
de cerveza antes de largarles un mensaje que había preparado mientras montaban
el improvisado escenario.
—Quiero
deciros que este es el Año Nuevo más especial de mi vida. En lugar de
celebraciones absurdas en las que la gente se emborracha por obligación y dice
cosas que no siente, esta noche brilla lo humildemente humano, un sentimiento
profundo que nos hermana a los de fuera con los de dentro. Muchas gracias por
el regalo de vuestra atención. Vendrán años mejores.
Mi
intervención fue recibida con un débil aplauso. Al parecer, los reclusos
estaban cansados de tanto discursillo y deseaban el retorno de la música. Por
alguna razón, en ese mismo momento se redujo al mínimo la potencia de los
focos.
El
honor de la primera actuación del año correspondió a Eva, que se situó delante
del micro abrigada con un grueso jersey y pantalones de pana de pata de
elefante. Mientras se colgaba una guitarra eléctrica al hombro y probaba el
sonido, se había hecho un silencio sepulcral, lo que indicaba que los reos
seguían con gran interés aquellos preparativos.
Tras
comprobar que todo estaba bien, mi amiga se dirigió en francés a su invisible
público con la timidez habitual.
—Voy
a empezar con una versión de Elliot Smith, que murió a los 34 años tras
clavarse un puñal en el corazón.
No
era una presentación muy alegre, pero al público pareció encantarle aquel
detalle biográfico que daba un plus de autenticidad a la canción. Mientras Eva
cantaba con suavidad las primeras estrofas, acompañándose de un sencillo acorde
de guitarra, empezaron a aparecer puntitos de luz en las ventanas. Eran
cigarrillos que habían esperado a ser encendidos a la llegada de un momento
especial. Y el momento, había llegado.
Drink
up, baby, look at the stars
I’ll
kiss you again between the bars
where
l’m seeing you there with
your
hands in the air,
waiting
to finally be caught.
Drink
up one more time
and
I’ll make you mine
keep
you apart
deep
in my heart…
La
versión no estuvo privada de titubeos en la guitarra ni de pequeñas caídas en
la voz de Eva, que parecía que fuera a romperse de un momento a otro. Pero
tenía corazón y eso fue percibido por el público que fumaba muy atento, con los
dedos asomando entre los barrotes, como el título de la canción. En aquellos
puntitos de luz —un firmamento que disolvía los muros— vivía la esperanza.
Cuando
Eva culminó el tema con un lento acorde de fa, los presos la premiaron con una
entusiasta ovación. Sentí cómo las lágrimas pugnaban por salir y no hice nada
para retenerlas.
Aquella
fue la primera vez que lloré al escuchar a Eva Rodríguez.
LO
QUE SÓLO SABEN LAS HADAS
El
regreso
Llegamos
a casa a las cinco de la madrugada. Mientras Eva tomaba una ducha, decidí que
había llegado el momento de conectar el móvil y responder algunas
felicitaciones. Sólo las justas.
El
aparato necesitó medio minuto para conectarse a la red local y empezar a
recibir los mensajes de la última semana. Tres eran del estudio —nada que no
pudiera esperar—, y otros seis, de amigos y conocidos. Mientras contestaba
brevemente a sus felicitaciones de cortesía sonó la entrada de un décimo
mensaje.
Al
terminar, fui a este último, que para mi sorpresa era de Desirée. Pero lo más
gordo me esperaba en el contenido del SMS.
QUERIDO
DANIEL, MAÑANA VIERNES LLEGO A PARÍS.
DESEO
EMPEZAR EL AÑO CONTIGO. HAN SUCEDIDO MUCHAS COSAS EN BARCELONA MIENTRAS NO
ESTABAS, TENGO MUCHO QUE CONTARTE.
TE
ESPERO EN EL HOTEL SAINT GERMAIN DES PRÉS A LAS 12.00 H.
TODAVÍA,
DESIRÉE
No
era el inicio que yo había deseado para el nuevo año, pero sabía que no podía
negarme a acudir a la cita. Demasiados años de relación para ahora mirar hacia
otro lado. Si ella había decidido viajar en 1 de enero sólo para verme, debía
concederle al menos una conversación. Luego intentaría retomar mi vida en París
en el punto donde la había dejado.
Me
contrariaba que hubiera reservado el mismo hotel donde yo había pasado los
primeros días, como si eso demostrara que Desirée y yo éramos más parecidos de
lo que estábamos dispuestos a aceptar. Aunque lo del Saint Germain no obedecía
a ninguna casualidad, ya que ella probablemente seguía trabajando con la misma
agencia de viajes que me había llevado hasta allí.
Por
otra parte, una sospecha inquietante empezaba a vislumbrarse en el horizonte.
¿Sería justamente ella la Mary del jardín secreto? Por extravagante que pudiera
parecer ese juego en una analista financiera que gana noventa mil euros al año,
no era una hipótesis tan descabellada. A fin de cuentas, Desirée era una
persona muy culta e imaginativa. No me parecía extraño que conociera la novela
de Francés Hodgson y que en «la época de la nieve», como yo denominaba nuestros
inicios, ella hubiera disfrutado montando un lío como aquél.
Mi
hipótesis implicaba que Desirée me habría seguido hasta París, poco después de
mi llegada, y tal vez hubiera permanecido en la ciudad resguardada en el
anonimato. Tal vez se había alojado incluso en mi mismo hotel, donde ahora me
daba cita. ¿Qué había hecho mientras tanto, además de jugar a ser la Mary del
jardín? ¿Había estado aclarando sus ideas? ¿Y Bosco?
Aquella
teoría de los hechos tenía demasiados puntos ciegos para entender cómo había
sucedido todo, pero era la única que tenía algún sentido. En cualquier caso, al
mediodía siguiente tendría ocasión de confirmarlo. Que me hubiera citado a la
misma hora que Mary en los tres jardines era otro elemento que inclinaba la
balanza del lado de Desirée.
Mientras
pensaba en todo eso a oscuras en el sofá, se abrió la puerta del baño. La
silueta desnuda de Eva, esbelta y delicada como un hada del bosque, atravesó
las penumbras del salón hasta entrar en su cuarto.
—Buenas
noches —le dije mientras me tapaba con la colcha en un intento de dormir.
—¿No
vienes a verme?
La
pregunta me dejó helado. Por todo lo que habíamos vivido desde que compartíamos
nuestra soledad, incluyendo aquella noche mágica, tal vez hubiera llegado el
momento de que sucediera algo entre nosotros. Sin embargo, la sombra de Desirée
al día siguiente me impedía vivir aquello con naturalidad y, sobre todo, con
honestidad.
Entré
en su habitación con el miedo de quien penetra en un lugar encantado donde se
diluye la propia voluntad.
La
luz de la luna iluminaba tenuemente el cuerpo de Eva, que se había puesto un
vaporoso camisón de dormir. Eso rebajaba el voltaje de la situación, así que me
tendí a su lado sin saber muy bien lo que iba a hacer. Afortunadamente fue ella
quien empezó a hablar:
—Eres
un tipo extraño, ¿sabes? No acabo de calarte.
—Mira
quién habló... —me defendí.
—Yo
puedo estar un poco loca, pero al menos todo el mundo ve cómo soy. No hay más.
En cambio no sé nada de ti. Un día dices que eres periodista musical, otro día
te presentas como arquitecto. ¿Quién eres, Daniel?
—No
lo sé —respondí con sinceridad—. Supongo que vine a París para averiguarlo.
—Por
ahora estás protegiendo a una cantante fracasada, como el pájaro que levanta el
ala para que su polluelo no pase frío. Ya has encontrado una noble ocupación.
Aparte de eso, ¿qué más quieres de mí?
En
la perfumada oscuridad del cuarto, entendí que el asunto era más complejo de lo
que imaginaba. No era que Eva quisiera rematar el año que ya habíamos dejado
atrás con un revolcón; apuntaba a algo más serio. Pero dado que el regreso de
Desirée —y la posibilidad de que fuera Mary— me había desestabilizado, casi me
sentía más cómodo en ese terreno.
—Sólo
quiero estar a tu lado —respondí—. Al menos un poco más.
—¿Para
qué? ¿No tienes nada mejor que hacer?
Entendí
que me estaba provocando para que le abriera mis sentimientos, justo lo que me
había prohibido hacer en la torre de Montparnasse. Pero a mí no me faltaban
horas de vuelo en ese tipo de discusiones. Decidí apostar por la franqueza:
—Me
gusta estar contigo. Supongo que es porque a día de hoy no me importa nadie en
el mundo ni yo le importo a nadie. Cuidar de ti es lo único que tiene algún
sentido en este desierto en el que se ha convertido mi vida.
Eva
se volvió hacia mí, abriendo mucho sus ojos en la oscuridad. Estaba conmovida.
Pero se resistía a soltar prenda y ponía todo el rato el balón en mi tejado
para que me mojara.
—Entonces
quieres ser una especie de padre, o hermano mayor.
—O
simplemente un amigo, para no meter familia de por medio —dije muy tranquilo.
—Sabes
que eso es imposible —replicó acercando su nariz a la mía.
—¿Por
qué habría de serlo?
—La
amistad entre hombre y mujer sólo se da cuando, por el motivo que sea, no hay
deseo entre ellos. Y yo a ti te gusto.
—Me
gustas —dije perdiendo la sensación de control—, pero eres demasiado importante
para mí como para dejarme llevar. Lo fácil y previsible ahora sería echarme
encima de ti. No me faltan ganas.
—¿Y
por qué no lo haces?
La
frialdad con la que Eva me estaba interrogando, en aquella situación,
demostraba que era una seductora nata acostumbrada a ganar. Tal vez ni siquiera
quería hacer el amor conmigo y sólo me estaba poniendo a prueba. Darme cuenta
de eso me dio la moral necesaria para no ceder al deseo.
—Porque
después del placer, la magia que hay entre nosotros habría terminado. Me habría
convertido en uno más de tus amantes. Y yo no quiero ser uno más.
Mi
declaración pareció asustarla, ya que no se atrevió a preguntar qué era lo que
yo quería ser para ella.
Quizás
Eva estaba aquejada de pánico al compromiso, como la mayoría de los hombres
solteros de mi edad.
Finalmente
dijo:
—Dame
un abrazo y nos despedimos hasta el año que viene, ¿vale? Y no tendrás que irte
al sofá. Compartiremos la cama como buenos amigos —añadió con sorna antes de
puntualizar—, pero sólo hoy.
Tomé
aire antes de pasar los brazos por detrás de su espalda y atraerla suavemente
hacia mí. A través de la fina tela del camisón podía sentir la fragante
suavidad de su piel y la consistencia de sus pechos, que ella empujaba contra
mi cuerpo para provocarme. Luego me apartó con ambas manos y, tras darme un
fugaz beso en la mejilla, dijo fríamente:
—Fin
del abrazo.
Acto
seguido me dio la espalda como si estuviera enfadada. Tendido boca arriba, me
pregunté si Eva podía oír el tambor de mi corazón.
Primera
luz
La
claridad de un nuevo año me arrancó del sueño. Aunque no debía de haber cerrado
los ojos más de tres horas, sentí la necesidad de saltar de la cama donde Eva
dormía abrazada a la almohada.
Mientras
la cubría con la colcha, recordé con extrañeza la conversación de la noche
anterior, que había culminado con un abrazo abrupto, entre la sensualidad y el
rechazo. A la luz del día relativicé aquella escena violenta, que era
atribuible a los estragos del alcohol.
Faltaban
aún dos horas para una cita que yo imaginaba llena de revelaciones, pero me
apetecía dar antes una vuelta por los cafés del Boulevard Saint Germain.
Necesitaba airear un poco la cabeza.
Al
recoger la ropa de Eva esparcida por el suelo de su habitación, me pregunté qué
significaba aquel «todavía» con el que Desirée había firmado su SMS. ¿ Quería
decir que «todavía» me amaba? ¿O «todavía» no estaba segura de sus
sentimientos? ¿Estaría dudando entre Bosco y su ex?
Decidí
aparcar estas cuestiones para acabar de recoger la habitación. La bella
durmiente tenía clase de canto a las tres de la tarde, así que pensé que un
poco de orden en su cuarto la ayudaría a centrarse en la «Olympiada», como ella
lo llamaba.
Yo
pensaba que mis labores hogareñas le estaban pasando inadvertidas, pero cuando
al salir ajusté la puerta de la habitación, oí que decía:
—Lo
siento.
Metí
la cabeza nuevamente en su cuarto, imaginando que Eva estaba hablando en
sueños, pero tenía los ojos abiertos y me miraba aturdida —su resaca debía de
superar la mía— con la cara marcada por la almohada.
—Siento
lo de ayer —dijo muy seria.
—No
sé a qué te refieres exactamente. Ayer fue un día muy largo.
—Me
gusta jugar con los hombres, no puedo evitarlo —continuó con la certeza de que
yo sabía de qué estaba hablando—. Supongo que necesito mostrar mi poder en ese
campo, porque en todos los otros soy un cero a la izquierda. ¿Sabes lo que
quiero decir?
Sin
venir a cuento, de repente rompió a llorar y hundió la cabeza en la almohada.
Atacado por mi propia resaca, sentí un mareo al sentarme a su lado de la cama
para tomarle la mano.
—Ayer
fue una noche genial —la tranquilicé—. Jamás olvidaré tu actuación en la cárcel
de Fleury-Merogis.
—¿De
verdad? —me preguntó incorporándose con un esbozo de sonrisa—. Me equivoqué un
par de veces.
—O
tres. Pero estabas dando lo mejor de ti misma, y eso a la gente le llegó.
—Cantaba
de corazón.
—Se
notaba.
—Pero
tenía un motivo para hacerlo. Me imaginaba a todos esos pobrecitos allí arriba
en sus ratoneras, con tan pocas satisfacciones. No sé, sentía que les debía
algo, que era el momento de entregar un pedazo de mí. Por eso me preocupa la
actuación en el Olympia.
—¿Por
qué lo dices? —pregunté mientras la cabeza me empezaba a dar vueltas.
—Allí
estaré ante un público neutral. Muchos serán amigos de los otros músicos, o
turistas que tienen ganas de ver el Olympia por dentro. No sabré qué
entregarles.
—Cuando
llegue el momento ya lo sabrás —respondí por decir algo.
Eva
se llevó mi mano a los labios y me dio tres besos breves de agradecimiento. La
mujer fatal volvía a ser una niña demasiado crecida.
—Ahora
duerme —me despedí—. Te he puesto el despertador a las dos para que te des una
ducha y vayas a lo de Michi bien despejada. No hay que perder un solo día. Te
recogeré allí a las cuatro.
—No
hay que perder un solo día —repitió como un mantra—. Por cierto, ¿adónde vas?
—Voy
a saldar una cuenta pendiente.
Por
qué los dormitorios son tristes
El
enamoramiento es un virus fatal para la felicidad. Podía aportar como prueba mi
historial de desamores de juventud, y buena parte de lo que había vivido con
Desirée.
Mientras
me dirigía en metro a Saint Germain, recordé los inicios con la chica que
escuchaba el silencio de la nieve. Por algún motivo particular, Desirée me
había elegido —la elección siempre es femenina— y sólo ella sabía cuál era el
orden y ritmo de los acontecimientos.
Tras
un letargo sentimental que había sido como la travesía del desierto, yo me
había entregado a aquel amor inesperado con toda mi inocencia. Ella era más
caprichosa y fría; por eso debían de gustarle las nevadas.
En
nuestras primeras semanas no paraba de poner condicionantes para proseguir la
relación. Decía, por ejemplo:
—Estaremos
juntos a condición de que respetes mis amigos, de que no estés encima de mí
todo el día y te des cuenta de cuándo no tengo ganas de hablar.
—Pero
no puedes poner condiciones para amarme —protestaba yo—. No es justo, porque mi
amor es incondicional.
—Por
favor, no hables así —me había dicho—. El amor incondicional es de locos.
Recordaba
también lo que había pasado por mi cabeza al ver la habitación donde haríamos
el amor por primera vez.
Sus
padres nos habían dejado un chalet de nuevos ricos en un pueblo de costa al sur
de Tarragona. Pese a la excitación que me producía culminar con Desirée lo que
habíamos iniciado en tantos lugares, al entrar en el dormitorio me había
asaltado una extraña tristeza. Allí estaba la cama doble que utilizaban los
padres durante las vacaciones, con fotos de los hijos en las mesitas y una gran
acuarela sobre el cabezal con dos caballos como protagonistas.
Es
un sentimiento que se reproduce siempre que me muestran una casa —y como
arquitecto veo cientos de ellas— y llegamos al dormitorio. Más que un lugar de
descanso donde a veces se hace el amor, no puedo evitar pensar que es el lugar
donde, una mañana, alguien que se había acostado no se levantará más. Y, si se
trata de una pareja, el que quede vivo se acostará con esa ausencia cada noche
del mundo hasta que le llegue su turno.
No
era una reflexión tan extraña, puesto que mucha gente muere en la cama, pero
cuando se la expliqué a Desirée muchos años después me dijo que yo tenía un
problema y haría bien en buscar un terapeuta.
A
veces he intentado recordar qué ropa llevaba ella la primera vez que nos
acostamos, pero no logro evocar una sola prenda de las que le arranqué. En
cambio, por algún extraño motivo —la memoria tiene sus razones— nunca olvidaré
que bajo nosotros había un cubrecama plisado de color amarillo limón.
Al
preguntar por Desirée en la recepción del hotel Saint Germain, donde no
reconocí a ninguno de los empleados, me dijeron que ella me aguardaba en su
habitación.
Mientras
esperaba el ascensor, pensé en una frase del poeta norteamericano Wallace
Stevens que me había impresionado en mi adolescencia. Decía que después del
último «no» llega un «sí», y de ese «sí» depende el futuro del mundo.
Un
«no» de Desirée me había catapultado fuera de mi rutina y de mi ciudad. Mi
temor ahora era que un «sí» me devolviera a la vieja senda, ahora que empezaba
a sentirme libre.
Prueba
de que los tiros podían ir por ahí, fui recibido con un beso en los labios
antes de que lograra enfocarla con la mirada. Entre la pesadez de la resaca y
aquel golpe de efecto, me tambaleé mientras la seguía hasta una mesa al lado de
la ventana. Había café recién hecho y bollos.
La
calefacción estaba a tope, lo que le permitía llevar sin medias, un vestido de
seda granate que se ajustaba a su cuerpo como un guante. Me senté frente a
ella, que me observaba con sus verdes ojos de gata, encuadrados por una melena
larga y recta cortada con estilo.
Mientras
me servía café, tuve la sensación de haber retrocedido en el tiempo. Como si la
separación de Desirée nunca hubiera sucedido y aquel fuera uno de nuestros
fines de semana románticos.
—Tienes
muy buen aspecto —dije para romper el hielo.
No
me apetecía en absoluto hablar de lo que había provocado el cisma, menos en esa
ciudad que empezaba a sentir un poco mía.
—Pues
tú vas un poco desastrado, si quieres que te diga la verdad —repuso—. ¿Desde
cuándo llevas barba de una semana?
—¿Cuántos
días hace que llegaste al hotel? —pregunté para cambiar de tema.
—¿Días?
Hace dos horas que he llegado. ¡Qué pregunta más rara! ¿Te encuentras bien?
Era
todo demasiado rápido y violento para tener una conversación razonable, así que
decidí poner la directa hacia el misterio que me arrastraba desde hacía una
semana.
—Ven
aquí un momento —le pedí—. Hay algo que quiero preguntarte antes de que sigamos
hablando.
Mientras
se levantaba y caminaba hacia mí, vi cómo la palidez se había apoderado de su
rostro. Tal vez no esperaba que cogiera el toro por los cuernos tan rápido.
Pero a mí los cuernos me traían sin cuidado, y era otro el toro que quería
agarrar.
—¿Eres
Mary? —le pregunté.
—No
te entiendo.
De
pie delante de mí, como un acusado ante el juez, Desirée me miraba asustada.
—Vamos,
no te hagas de rogar —insistí—. ¿Eres o no eres la del jardín secreto?
Por
la sonrisa que se dibujó en su cara, vi que se disponía a entrar en el juego,
lo que reforzaba mis sospechas.
—Prometiste
mostrarme el jardín secreto —dije muy metido en mi papel—. Pero sólo he
encontrado paisajes helados, una vieja canción y la madriguera del conejo.
Además de las regaderas, claro.
—¡Tú
sí que estás como una regadera! —exclamó entre risas que me desconcertaron—.
Así que quieres entrar en el jardín secreto...
—No
deseo otra cosa desde que llegué a París. ¿Cuándo me lo mostrarás?
—Ahora.
Tras
decir esto, se desabrochó el vestido con un rápido movimiento de las manos en
la espalda. La seda granate se derramó por el suelo, dejando al descubierto el
cuerpo desnudo de Desirée —no llevaba ropa interior— con un jardín bajo su
vientre que no era ningún secreto para mí.
La
despedida
No
sabía por qué Desirée había decidido hacer el amor conmigo. Por lo que luego
contaría, supuse que buscaba un punto de referencia porque andaba tan
desorientada como yo.
En
mi caso, quería saber si a través de su cuerpo podía poseer de nuevo lo que yo
había sido antes de que mi vida se convirtiera en un laberinto. Pero no era
posible. El iglú donde un día había sonado John Coltrane se había derretido.
Sólo nos quedaba el desierto blanco y un gran frío a nuestro alrededor.
Culminada
la pasión del reencuentro, Desirée clavó la mirada en un punto indeterminado
del espacio y dijo:
—Bosco
me la pega con otras.
Necesité
un rato para asumir que aquella frase había salido de sus labios. Más que el
contenido, que era previsible, me sorprendía la sinceridad con la que mi ex
había planteado la situación.
Al
ver que no respondía, me tomó la barbilla y volvió mi rostro hacia el suyo para
que reaccionara.
—¿Qué
te esperabas? —me limité a decir—. Todo el mundo sabe que Bosco es un seductor.
No puede evitarlo, porque ése es su oficio: seducir.
—Esperaba
que conmigo fuera diferente.
Para
evitar que el resentimiento diera un cierre negro a aquel inicio de año, aunque
hubiera tenido mil argumentos para descalificar a Bosco, preferí callármelos.
Reconduje la conversación hacia la trama del jardín secreto, que no terminaba
de encajar con el resto de los acontecimientos.
—Estás
pesadito con lo del jardín —respondió de mal humor—. No conozco a Mary ni a ese
Dickon del que me hablas. ¿Es que no has encontrado otros alicientes en París?
¡A veces cuesta de creer que hayas cumplido treinta años!
—Discúlpame
entonces —dije dolido—. En ese caso, creo que ha habido un error.
—Sí,
¡un enorme error!
Tras
la salida de tono de Desirée, me quedé sumido en un mar de confusión. No sólo
había extraviado el camino al jardín, sino que cada uno de mis movimientos
parecía alejarme más de una vida que tuviera sentido. Acababa de hacer el amor
con la que había sido mi compañera y, sin embargo, hablábamos como dos
extraños.
Supuse
que le sabía mal haberme gritado, ya que me acarició el pelo mientras me
preguntaba:
—¿Qué
has hecho estas semanas en París? Aparte de buscar ese jardín, me refiero.
—Perderme.
—¿Perderte...,
en la ciudad?
La
respuesta me salió del alma:
—En
la ciudad y en todas partes.
Tras
aquella conversación surrealista, Desirée se había quedado dormida. Yo había
permanecido un buen rato allí tendido, cazando musarañas, hasta que me di
cuenta de que eran casi las tres y media.
Me
di una ducha rápida antes de volver a lo que eran mis actividades en París. Tal
vez fueran absurdas, pero no lo serían tanto como ese reencuentro en el hotel.
O tal vez sí, pensé.
Mientras
salía de la habitación sin hacer ruido, entendí que Desirée había venido a
darme la despedida que no habíamos tenido en Barcelona.
La
alegría de los muertos cuando ponen sus canciones
Después
de la clase de canto, Eva me arrastró nuevamente hacia Montparnasse, donde la
negra torre se elevaba entre las azoteas como un extraño tótem pagano.
—¿Quieres
volver a subir? —le pregunté sin entender por qué aceleraba el pasó.
—Sí,
pero antes quiero que veas algo en el cementerio de Montparnasse. Cierra a las
cinco y media.
—Ya
estuve en el de Pére-Lachaise —dije sin explicar el motivo—. Al final voy a
hacerme experto en parques y cementerios.
Al
entrar con ella en el recinto funerario me sentí repentinamente vacío. Era como
si el reencuentro con Desirée me estuviera pasando factura lentamente; una
suave nevada de recuerdos que borraba los caminos trazados desde mi llegada a
París.
Aunque
lo nuestro hubiera terminado tiempo atrás, las cenizas de lo que habíamos sido
seguían candentes.
—¿En
qué piensas? —me preguntó Eva mientras me tomaba del brazo.
—Pienso
en los muertos —repuse sin mentir.
En
la media hora que quedaba antes de que el cementerio de Montparnasse cerrara
sus puertas, mi acompañante me mostró la discreta tumba de Sartre y Simone de
Beauvoir, la de Baudelaire —la lápida tenía adosada una foto en la que parecía
estar muy enfadado— y la de Cortázar. También la de Serge Gainsbourg, el autor
de la canción «Je t'aime... moi non plus».
Pero
no era ninguno de estos muertos ilustres lo que quería mostrarme mi amiga. Tras
localizar el sendero correcto, Eva tiró de mí hasta llevarme en presencia de
una extravagante estatua lapidaria. Era un enorme gato revestido de pedazos de
cerámica —una técnica gaudiniana— con el nombre en su panza: RICARDO.
Más
allá de las dimensiones de la estatua, que parecía obra de un aficionado —la
cabeza era muy pequeña en relación al cuerpo—, a ella le intrigaba saber a
quién debía de estar dedicado aquel monumento funerario, que los vecinos de
Montparnasse apodaban «el gatazo».
—Tal
vez a un gato muy querido por su amo —deduje—. O quizá Ricardo sea el nombre de
un niño que estaba muy apegado a su mascota.
—Yo
no quiero morir —dijo Eva.
Me
impactó que hubiera dicho aquello sin venir a cuento. Pensé en explicarle lo de
cuando uno sabe que va a vivir para siempre, pero la tumba de Gainsbourg me lo
había puesto más fácil.
—De
aquí cientos de años, bastará que alguien escuche una de tus canciones para que
vivas.
—Vale,
pero ¿ de qué me servirá si yo no me entero ?
—O
sí, no lo sabes. A lo mejor Gainsbourg se alegra desde donde esté cada vez que
alguien escucha su canción.
Clausurado
el cementerio por aquel día, Eva insistió en que volviéramos a la azotea de la
torre de Montparnasse antes de cenar. Parecía abatida después del paseo.
Una
vez en el mirador, estuvo diez minutos largos contemplando cómo se extinguía la
claridad y París se convertía en un oscuro tapiz surcado por destellos de luz.
El crepúsculo y sus relieves permitía observar la ciudad en toda su desmesurada
extensión.
Como
si llevara mucho rato pensándolo, Eva dijo de repente:
—¿Cómo
puede ser que entre tantos millones que hay ahí abajo no exista una sola
persona que me quiera mogollón?
Esta
última palabra me dio ganas de reír, pero me reprimí porque sabía que para ella
ésa era una reflexión importante.
—No
lo sabes. Justamente porque hay tantos millones...
—Sí
lo sé —me interrumpió—, van todos a la suya.
—Pero...
¿No me dijiste en esta misma torre que no querías que nadie se enamorara de ti?
—¡Sí
quiero que se enamoren de mí! Lo que pasa es que no quiero saberlo. A ver si me
explico: me gustaría sentir que hay alguien que me ama de verdad, pero que no
lo supiera nadie más que yo..., ni siquiera él.
—Ahora
sí que no te entiendo.
—Yo
tampoco, no te preocupes —dijo dándome un codazo cariñoso.
Le
pasé el brazo por el hombro, como un padre que intenta hacer entrar en razón a
su hija descarriada, y le dije:
—Si
vas con tantas exigencias, nunca encontrarás novio. Uno que te dure más de una
noche, quiero decir. ¿O es que te crees que eres perfecta?
Eva
frunció las cejas, haciendo ver que se enfadaba conmigo. Luego me cogió por las
solapas del abrigo y, conteniendo la risa, declaró:
—Soy
perfecta, lo que pasa es que nadie se da cuenta.
Encontrarle
un sentido al día
Tras
pasar el viernes leyendo biografías en el sofá —Eva coleccionaba vidas
rebeldes—, el sábado 3 de enero me desperté de madrugada con un cielo rojizo
que parecía anunciar el juicio final. Como si aquella luz me alertara de algo
inminente, me dije que podía ser un día importante.
Luego
me volví a dormir.
Me
levanté justo a tiempo para acompañar a Eva a la clase de canto, donde Michi se
desgañitaba para hacer comprender a su alumna difíciles conceptos de anatomía
vocal.
—Pero
¿cuándo voy a empezar a cantar? —protestaba ella.
—No
tiene ningún sentido que cantes sin conocer tu instrumento —le explicaba él.
—Lo
que no tiene sentido es que no practique cuando el concierto es pasado mañana.
Eva
siempre salía de los ensayos más abatida de como había entrado; por eso me
había propuesto recogerla todos los días.
Aunque
el año había empezado con lluvias, ella nunca quería volver a casa. Para calmar
los nervios ante lo que se le venía encima, pasábamos la tarde en el cine donde
echasen la película de título más largo.
Aquel
día habíamos visto Antes de que el diablo sepa que has muerto, una violenta
cinta del octogenario Sidney Lumet.
Aprovechando
que había parado de llover, paseamos hasta tarde por el Marais, donde
intentamos hacer una visita a BadGuy. Pero esta vez no abrió la puerta ni
contestó al teléfono.
Huyendo
de los caros restaurantes de la zona, compramos dos boles de fideos en un
vietnamita y nos sentamos en un banco de la plaza des Vosges, donde en aquel
momento un grupo de clochards compartían a gritos una botella de vino.
—Al
llegar a París empecé a tocar en esta plaza —explicó Eva mientras esperaba a
que se enfriaran un poco los fideos—. Daba una moneda de dos euros a uno de
estos vagabundos por cada hora que estaba tocando.
—¿En
serio?
—Claro,
para compensarle por alguna moneda que se desviara y acabara cayendo sobre mi
funda. No te puedes poner en la zona de un vagabundo, porque está trabajando.
En esta ciudad pedir en la calle es una de las profesiones más respetables que
hay. Además, ¿sabías que los clochards de París son verdaderos expertos en
arte? Pueden hablar durante horas sobre las últimas corrientes de vanguardia.
—Me
estás tomando el pelo —dije después de engullir una porción de fideos al curry.
—¡Lo
que te digo es cierto! Los clochards visitan todas las exposiciones el día de
la inauguración, porque dan bebida y comida gratis. Los galeristas los dejan
pasar porque saben que tienen buen criterio artístico. De algún modo, con sus
comentarios ejercen de animadores culturales.
—Es
lo que decía un filósofo vasco —sonreí—. Los intelectuales siempre están allí
donde hay un canapé.
Terminada
la cena y la conversación sobre los vagabundos, Eva me anunció que aquella
noche iba a una fiesta en las afueras de París. Al parecer, yo no estaba
invitado. La cosa iba para largo y no volvería hasta la mañana siguiente. Era
la primera vez que nos separábamos desde que ella había regresado del sur, así
que le pregunté:
—¿Vas
a ir en tu coche?
—No,
me llevan.
Si
hubiera preguntado quién la llevaba, habría encarnado el papel de enamorado
celoso, así que me limité a decirle:
—¿Cómo
es que nunca te acuestas antes de la madrugada?
—Aunque
me metiera en la cama, no me dormiría. Es un problema que tengo desde
adolescente. No puedo acostarme hasta encontrarle un sentido al día.
—¿Qué
quieres decir con eso?
—Es
un poco difícil de explicar —dijo cerrando el bol de plástico—. Si al llegar la
noche aún no ha sucedido nada excepcional, es como si aquel día no hubiera
existido. Por eso lo alargo con la esperanza de que suceda algo que dé sentido
a ese día.
—¿Algo?
¿Qué esperas que suceda?
Eva
se encogió de hombros como toda respuesta. Tras permanecer un buen rato en
silencio, concluyó:
—En
todo caso, ya no es tan grave, porque después de mucho tiempo en blanco, creo
que estoy enamorada. Eso me ayuda a encontrar un sentido al día.
—¿De
quién? —le pregunté asombrado.
—Es
un secreto.
Al
llegar solo a casa me esperaba un nuevo misterio que abriría la puerta a otro
más terrible si cabe. Tras ocuparme de Michelle y prepararme una infusión de
rooibos como un perfecto soltero, capturé con mi portátil el Internet que
fluctuaba entre el vecindario.
Desde
que había vuelto a conectar mi teléfono móvil, ya no sentía la necesidad de
aislarme del mundo.
Entre
unas cuantas felicitaciones navideñas, que dejé para contestar más adelante,
encontré un escueto correo de la Mary del jardín. No parecía dispuesta a darme
descanso tampoco aquel año.
Querido
Dickon:
Éste
es mi último mensaje.
Si
aún quieres encontrar la entrada al jardín secreto, bastará con que respondas a
esta pregunta: ¿Qué es lo que sólo saben las hadas?
Tuya
si me encuentras,
Mary
Aquel
jueguecito empezaba a cansarme, así que me dispuse a mandar a paseo a Mary para
que aquél fuera efectivamente su último correo.
Sin
embargo, mientras tecleaba el encabezamiento del mensaje, la mirada se me
desvió instintivamente hacia el llavero sobre la mesa, que mostraba a la niña
plácidamente sentada en el jardín. Justo entonces recordé algo que instaló en
mí una terrible sospecha.
Recuperé
la historia del presunto asesino que había seguido a Eva hasta la puerta. Dado
que había estado un buen rato al otro lado, podía haberle caído el llavero que
ella había encontrado en la alfombrilla de la entrada.
En
ese caso, toda aquella trama podía ser un anzuelo para atraer a su fallida
víctima hacia sus zarpas. Puesto que hasta el momento siempre había acudido
solo a las citas, tal vez esperaba a que Eva me acompañara para atacarla en un
momento de distracción.
Era
una explicación rocambolesca, pero sabía que no lograría pegar ojo sin haberla
descartado, así que marqué el número de móvil de mi amiga pese a ser ya
medianoche.
Como
era de prever, saltó el contestador, donde dejé grabada una pregunta muy
concisa: cuándo había encontrado el llavero antiguo al otro lado de la puerta.
Luego me acosté en el sofá con la esperanza de que mi suposición no fuera
cierta y Eva pudiera seguir buscando el sentido al día.
Un
carnet de identidad universal
Mi
noche transcurrió entre una marejada de pesadillas en las que se mezclaba
insistentemente el pasado y el presente. Desde el centro de control de la
conciencia, luché por despertar en unas cuantas ocasiones, pero cada vez que me
dormía era para caer en un sueño peor.
Fue
por ese agitado duermevela que pude escuchar a las ocho de la mañana el doble
pitido del móvil, indicando que había entrado un nuevo mensaje. En estado de
alerta desde que tenía aquella funesta sospecha, salté del sofá para tomar el
móvil del suelo.
Me
tranquilicé al ver que era un SMS de Eva.
EL
LLAVERO APARECIÓ HACE UNOS SEIS MESES
¿POR
QUÉ LO PREGUNTAS?
BESO
Puesto
que ella llevaba más de un año en París, respiré hondo al desvincular el
llavero y Mary de aquel terrible episodio. Estaba tan contento de haberme
quitado ese peso de encima, que en lugar de contestar al mensaje decidí llamar
a Eva, que respondió con voz despejada.
—¿Cómo
es que te levantas tan pronto? —le pregunté.
—¿Pronto?
¡Si aún no me he metido en la cama!
—Pues
yo de ti me acostaría. No creo que le encuentres ya sentido al día de ayer.
—Ja,
ja. ¿Llamas para controlarme?
—No,
llamo para hacerte una pregunta —improvisé sobre la marcha—. A ver si me puedes
ayudar: ¿qué es lo que sólo saben las hadas?
—¡Las
hadas! ¿A qué viene eso?
—Al
parecer debo encontrar la respuesta para llegar a un lugar.
—Espera
un momento, creo que por aquí hay alguien que entiende del tema.
Acto
seguido oí un barullo de voces entre platos que chocaban. Al parecer había
llegado el momento de la cena-desayuno. Cuando, un minuto después, se puso al
teléfono una gruesa voz de mujer, quise cerciorarme antes de empezar a hablar.
—¿Eres
Mary?
—Soy
Claudette, si te sirve.
—Me
sirve. ¿Es verdad que entiendes de hadas?
—¿Quién
te ha dicho eso?
—Eva.
—Bueno,
si te lo ha dicho ella, entonces sí que sé de hadas. Pero tú no necesitas
ninguna, teniendo a Eva en casa.
—No,
pero necesito que alguien responda a esta pregunta: ¿qué es lo que sólo saben
las hadas?
La
tal Claudette estuvo unos segundos en silencio, como si estuviera poniendo en
orden sus ideas. Luego empezó:
—Bueno,
en principio las hadas saben ver el color de las cosas. Pero no el que vemos
los humanos, sino el real.
—¿Qué
diferencia hay?
—No
me interrumpas, que a estas horas pierdo el hilo. Las hadas son seres que están
a medio camino entre el mundo de los humanos y el mundo sutil, por eso ven
mucho más que nosotros. Además del color de las cosas, pueden ver el color de
un sentimiento, incluso el color del pasado de una persona.
Estuve
a punto de preguntarle: «¿Tiene color el pasado?», pero me frené por miedo a
que se enfadara.
—Y
no sólo ven el color de las cosas —prosiguió Claudette—, sino también el hilo
que une lo que nosotros llamamos casualidades. Por eso son seres tan sabios: no
dejan nada al azar. Si los humanos tuviéramos visión sobre ese hilo, veríamos
una banda blanca y luminosa, como de telaraña fluorescente. Hay gente que
quiere ver a las hadas y no lo consigue nunca, porque son ellas quienes deciden
quién puede verlas. ¿Cómo escogen a unas personas y no a otras? Justamente por
el color del hilo de quien se acerca a ellas. Ese hilo es..., ¿cómo te lo
diría?..., un carnet de identidad universal.
Se
detuvo ahí mientras las voces de fondo subían de tono. Pude reconocer la de
Eva, que exclamaba algo como: «¡Es un tipo tan raro...!»
Ofendido
por la posible alusión, di las gracias a la experta en hadas y colgué el
teléfono.
Aquellas
criaturas maravillosas y sus hilos de colores me habían desvelado totalmente,
así que pasé por la ducha y me propuse dedicar el domingo a una limpieza a
fondo de la casa.
Me
gustaba la idea de que mi hada particular encontrara su casa impecable, tras la
clase de canto, ya que supuse que acudiría directamente desde el lugar de la
fiesta.
Después
de un desayuno consistente, empecé despejando el salón de trastos para poder
barrer y fregar. Desde lo alto de un armario, la gata vigilaba mis movimientos
por la casa con el rigor de un capataz. Una estantería llena de cajas que hacía
esquina con el sofá estaba pegajosa de tanta suciedad, así que decidí vaciarla
para pasarle un trapo húmedo.
Al
devolver una de esas cajas a su estante original sucedió un pequeño accidente
que lo cambiaría todo.
Un
abultado sobre marrón que estaba en la parte trasera del estante cayó al suelo
con un fuerte chasquido. Temiendo que en su interior hubiera un material
frágil, lo abrí con cuidado para verificarlo. Para mi alivio, sólo había
fotografías en un papel más grueso de lo normal, como el que se usa para las
exposiciones.
Vi
que la primera era del puente sobre París que aparecía en la portada del disco
de Eva, pero sin ella. Lleno de curiosidad, saqué las fotografías del sobre y
empecé a pasarlas con cuidado.
La
mayoría eran retratos de ella en una mañana de cielo gris, algunos de los
cuales ya conocía por el cede que me había vendido BadGuy. En todas las
imágenes, la porción de cielo era exageradamente grande en comparación con el
espacio que ocupaba la modelo. Eso le daba un aire etéreo, lo cual debía de ser
la intención del fotógrafo, pero también le imprimía un toque apocalíptico. Con
tanto cielo gris a su alrededor—recordé la canción de Bee Gees «Too Much
Heaven»—, parecía que Eva estuviera a punto de ahogarse.
Y lo
extraño del caso era que esa particular composición de las imágenes me
resultaba familiar. ¿Cómo era posible?
La
respuesta estaba en la siguiente fotografía. La cámara debía de haber sido
fijada en un trípode para que Eva y su retratista pudieran aparecer en el mismo
encuadre. Se trataba de una chica de edad parecida a la suya, con expresión
afable bajo el pelo corto y revuelto. Las gafas de montura de pasta le daban un
aire relajadamente intelectual. Por la sonrisa de complicidad, supe que aquella
fotógrafa no había cobrado por la sesión.
No
necesité visualizar ningún hilo fluorescente para adivinarlo porque conocía
bien a la retratista: era Marta.
De
verdad te lo digo
Aunque
quedaban todavía muchos cabos sueltos, de repente todo empezaba a encajar.
Aturdido, recordé la conversación con Marta la noche de mi cumpleaños. Ella
acababa de regresar de un tour fotográfico por Francia para un libro de
arquitectura.
Me
había presentado el disco como un poco de «bohemia parisina» que ella me
regalaba de su largo viaje. Ahora sabía que París no había sido una escala más,
ya que le había dado tiempo de conocer a Eva Rodríguez y preparar una serie
fotográfica para su disco, si es que su implicación no era mayor.
BadGuy
había hablado de un secreto mecenas que había costeado la producción, y me
inclinaba a pensar que podía ser la misma Marta. El motivo era algo que todavía
se me escapaba.
Atrapado
en una trama cada vez más desconcertante, aproveché que tenía el móvil
conectado para llamar a mi única amiga de la carrera de arquitectura, si
después de aquel engaño aún podía considerarla así. Su voz temperada repitió en
el contestador el mensaje que ya había escuchado después del robo.
Hola.
Estaré fuera de casa hasta el 6 de enero. Puedes dejar tu mensaje después de la
señal y te llamaré lo antes posible.
Tras
el pitido quise decirle algo, pero estaba tan bloqueado que me quedé sin habla.
Finalmente colgué.
Había
logrado que Eva me llevara, después de su clase, al puente sobre el Sena de la
fotografía. Algo me decía que allí se hallaba la raíz de todo aquel enredo, así
que me pareció el lugar adecuado para que aflorara de una vez todo lo que había
permanecido oculto.
Muy
callada durante todo el trayecto hacia el puente de Sully —la localización
elegida por Marta—, una vez allí empezó a mirar con resignación las aguas
sucias del Sena. Sus ojos habían adquirido la tristeza que emanaba de la
carátula de Ojalá estuvieras aquí.
Mientras
yo meditaba por dónde empezar, vi que el puente ofrecía dos vistas
contrapuestas: desde uno de los lados había un buen panorama de Notre-Dame y de
la Cité; el elegido por Marta, donde ahora estaba la modelo, daba a un paisaje
sombrío de astilleros decadentes y barcazas corroídas por la humedad.
De
repente recordé, como una revelación, lo que me había dicho BadGuy sobre el
«problemilla» que ella había tenido un año atrás. Y por algún motivo supe que
había puesto el dedo en la llaga.
—¿Te
trae malos recuerdos este puente? —me atreví a preguntar.
Eva
suspiró antes de responder:
—Buenos
y malos, como tantos otros lugares.
—Déjame
que adivine. Subida a este puente tuviste un pensamiento terrible, porque la
vida en París no era lo que tú esperabas encontrar. Era duro tocar en la calle
y no ver amor en ningún sitio, rodeada de tipos que sólo aspiraban a
emborracharte para echar un polvo. En el puente de Sully pensaste que nada
valía la pena y que tal vez lo mejor era dejarte caer para que las aguas te
arrastraran bien lejos, junto con tus sueños.
Una
lágrima temblorosa surcó la mejilla de Eva confirmando que no iba
desencaminado.
—Pero
alguien lo impidió —continué con mi deducción—. Alguien que estaba
fotografiando el puente se dio cuenta de que algo terrible estaba a punto de
pasar y te detuvo en el último momento. Se llamaba Marta y os llegasteis a
hacer amigas. En honor al lugar donde os conocisteis, quiso hacer aquí la foto
del disco que además te ayudó a producir.
Eva
se secó los ojos con la manga del abrigo antes de preguntar:
—¿Te
ha contado Marta todo eso?
—No
sé nada de ella desde que salí de Barcelona, aunque sospecho que corre por
aquí.
Una
sonrisa nerviosa de Eva me reveló que ella había visto a Marta durante mi
extraña aventura, de la que sólo empezaba a entender una pequeña parte.
—¿Estaba
ayer en la fiesta? —pregunté escandalizado.
—Aja.
—Por
eso yo no estaba invitado, porque se hubiera descubierto todo el pastel.
—Tampoco
es eso —dijo reclinándose sobre mi hombro, como si la hubieran abandonado las
fuerzas—. Muchas de las respuestas que buscas son algo entre Marta y tú, de
verdad te lo digo.
—Pues
yo quiero que me cuentes al menos tu parte.
Un
fuerte viento empezó a azotar el puente. Los cabellos de Eva se levantaban
dramáticamente como en la fotografía. Mientras se abrazaba el abrigo para
entrar en calor, declaró:
—Te
vas a llevar una decepción, te lo advierto.
Nos
refugiamos en un pequeño café cerca del puente. En compañía de una botella de
vino y dos copas, supe que Eva había querido corresponder a Marta alojándola en
su casa mientras fotografiaba París para el libro. Al parecer —me dije—, era su
costumbre cobijar a los que ella consideraba sus salvadores.
Lo
que había de ser la convivencia de unos días se fue alargando, porque Marta, de
algún modo, había tomado a Eva bajo su protección. Mientras la amistad entre
las dos crecía, una noche de borrachera la primera tuvo una idea
bienintencionada que acabaría desembocando en todo aquel lío. Le dijo que su
mejor amigo cumplía treinta años al cabo de un año y que le gustaría hacerle un
regalo muy especial: ella esbozaría unas letras con momentos de su vida para
que Eva compusiera la música y las cantara. Como Marta tenía un presupuesto
alto para el reportaje fotográfico, gastaría parte del dinero para financiar la
grabación.
El
plan era perfecto: Eva tendría su primer disco y Marta entregaría a su amigo un
regalo inolvidable, que era toda una declaración de amor.
Conmocionado
por estas revelaciones, tuve que salir a tomar aire antes de seguir tirando del
hilo. Un alud de recuerdos empezaba a encontrar su lugar en el laberinto del
que estaba a punto de salir. Durante la universidad había existido un amor
platónico entre nosotros; habíamos consumido cientos de horas en el bar
repasando nuestras vidas imperfectas. Alguna vez incluso habíamos estado a
punto de besarnos, pero la amistad se había convertido en una barrera demasiado
gruesa para atrevernos a cruzarla.
La
llegada de Desirée a mi vida había enfriado la relación, pero yo seguía
recordando aquellas conversaciones sin fin, cuando a Marta y a mí el mundo nos
parecía un lugar donde cualquier cosa podía suceder. Como ahora. Aquel disco y
las hazañas de Mary por los jardines de París indicaban que, por su parte,
tampoco Marta me había olvidado.
El
abandono de Desirée y mi huida de Barcelona había precipitado las cosas. Marta
no esperaba que el disco tuviera aquel efecto en mí y se sentía responsable,
así que se encarnó en un personaje de sus lecturas infantiles, Mary Lennox,
para mantenerme ocupado mientras ella vigilaba que yo no hiciera ninguna
tontería. Un ángel de la guarda bajo la forma de una niña victoriana. El
llavero era suyo, y había dejado personalmente el libro ámbar en el café con la
complicidad del camarero. Tenía previsto su regreso en un vuelo de madrugada
tras el concierto del Olympia, donde entraría una vez empezado el festival para
que yo no la descubriera.
—¿Estás
decepcionado conmigo? —preguntó Eva al completar su versión de los hechos.
—En absoluto
—dije, abrumado, mientras cubría su mano con la mía—. Pero me asombra que hayas
sido capaz de ocultarme tantas cosas durante todo este tiempo.
—Ha
sido un juego sucio por mi parte, lo reconozco. Pero no hacia ti, sino hacia
Marta.
—¿Por
qué lo dices?
Eva
miró mi mano sobre la suya, como si temiera perderla de vista, antes de
contestar:
—Porque
sabía que en cuanto supieras toda la historia no me amarías a mí, sino a ella.
La
noche del Olympia
El
nombre de Eva Rodríguez en caracteres rojos luminosos sobre el fondo blanco me
produjo un aguijonazo de felicidad. Era sólo uno de los ocho artistas
reflejados bajo el gran lema en castellano del festival, «Nuevas voces del
folk», pero lo importante era que brillaba en el rótulo del Olympia con luz
propia.
Una
vez dentro me impresionó la magnitud del teatro. Además de una amplísima platea
con tres largas franjas de asientos rojos, había espectadores que se situaban
en los anfiteatros del primer piso e incluso en un nivel más elevado al fondo
de la sala. Calculé que en total podían caber más de dos mil espectadores.
Tras
tomar asiento en una de las primeras filas, repasé lo vivido los casi veinte
días que llevaba en París. Sin que Eva lo supiera, había reservado una
habitación en el hotel para descansar allí después del concierto y salir sin
hacer ruido a la mañana siguiente. Nunca me han gustado las despedidas.
Por
muy mal que saliera el concierto, seguro que no le faltarían pretendientes para
ayudarla a encontrar sentido al día.
El
público iba llegando y se colocaba en pequeños grupos dispersos por toda la
platea y en los pisos superiores. Se respiraba un ambiente festivo, lo que me
tranquilizó un poco. Si no sucedía un milagro, haría falta mucha benevolencia
para lo que iban a oír.
Cuando
los técnicos de sonido empezaron a hacer pruebas en el escenario, la sala se
hallaba a la mitad de su capacidad. Faltaban diez minutos para el inicio del
festival, aunque con el cuarto de hora de cortesía lo previsible era que
arrancara en media hora. Andaba yo con esos cálculos —propios de un padre
preocupado por su hija—, cuando la verdadera hada madrina de aquel asunto, Cora
Brenchat, se acercó a mí con un elegante vestido negro que le llegaba a los
pies.
—Feliz
noche de Reyes —me deseó tras el intercambio de besos en las mejillas—. Eva me
ha pedido que te venga a buscar. Está en el camerino y quiere que le desees
suerte.
—Ya
lo he hecho —dije, incómodo con la idea de abandonar mi butaca.
—Pues
quiere que vayas otra vez. Está hecha un manojo de nervios. O vas a calmarla o
creo que se mea encima, como dicen ustedes.
Presa
yo también de la ansiedad, seguí a la mexicana hasta unos modernos camerinos
donde se apelotonaban una quincena de artistas, entre ellos Eva Rodríguez. La
encontré apoyada muy pálida en la pared mientras Michi, a su lado, le largaba
un rollo sobre cómo tenía que utilizar el aparato fonador para prevenir los
gallos.
Al
verme esbozó una sonrisa nerviosa y me tomó de la mano.
—Acompáñame
—me pidió.
Mientras
la mexicana charlaba con el profesor de canto, Eva tiró de mí y atravesamos dos
camerinos hasta llegar a un espacio muerto entre bambalinas. Supuse que
necesitaba palabras de ánimo, así que saqué mi vertiente más racional:
—Lo
más difícil, que era llegar hasta aquí, ya está hecho. Ahora debes sentirte
libre. Hagas lo que hagas, habrás debutado en el Olympia.
Eva
me tapó la boca con la mano para que no siguiera diciendo sandeces. Luego me
miró fijamente. El griterío de los camerinos y el rumor del público que iba
entrando pareció diluirse cuando ella me echó sus delgados brazos encima. Luego
me besó larga y profundamente antes de separarse —intuía que para siempre— y
decirme:
—Gracias.
El
primer artista en salir a la palestra fue el argentino Gabriel Maugeri, que
esgrimió un humor de fino estilista. El público celebró especialmente su
canción «Que sepa nadar», donde ironizaba sobre el hecho de que en los anuncios
laborales para azafatas se exija, entre muchas otras cosas, un buen nivel de
natación. Como si se pudiera salir a nado de un avión que se estrella en el
mar.
Los
hermanos Lligadas fueron los siguientes. Tres chicos rubios y virtuosos
desgranaron un repertorio de jazz latino tocado con guitarra, contrabajo y
cajón flamenco. El nivel técnico del vocalista era extraordinario, lo cual
ponía en bandeja el ridículo de Eva Rodríguez. Traté de relajarme prestando
atención a las letras, una de las cuales definía a la perfección el estado de
las cosas:
De
vez en cuando se hace tan grande la realidad que no nos entra en la cabeza.
Bajo
el nombre de Los Negritos, dos melenudos pusieron acto seguido a los
espectadores de pie a base de ritmos andinos con un sonido cercano al punk. El
cantante parecía la reencarnación de Jim Morrison, que había actuado en aquella
misma sala en 1971. A pecho descubierto, se marcó unos bailes eléctricos que
provocaron los gritos de las groupies.
Aquél
era el peor escenario posible, en un sentido figurado y literal, para quien fue
presentado en cuarto lugar: Eva Rodríguez.
Mientras
sentía que me faltaba el aliento, la vi atravesar el amplio escenario con un
bonito vestido azul y su guitarra acústica al hombro. Parecía muy tranquila.
Tras saludar tímidamente a la audiencia, se sentó en un taburete a afinar la
guitarra sin prisas. Luego dijo algo para sí como: «Creo que ya está», lo cual
llegó a través del micro al millar de espectadores del Olympia.
La
cosa tenía mal pronóstico, pero Eva parecía ajena a lo que sucediera fuera del
escenario. Como si se hallara en el salón de su casa, inició una larguísima
rueda de acordes que sólo después entendí que correspondía al «Wish You Were
Here» de Pink Floyd. Cuando se decidió a tararear, suavemente y sin palabras,
la melodía sobre los acordes parte de la sala aplaudió.
Ese
golpe de fortuna era peligroso, pensé, porque podía ser contemplado por el
público como el prólogo de una versión de gran calado, cuando con aquello Eva
Rodríguez había alcanzado su cénit. Sin embargo, ella misma se ocupó de
desmontar mi prejuicio al entonar correctamente el primer verso de la canción:
«Ojalá, estuvieras aquí...».
Un
aplauso más potente que el anterior eclipsó el siguiente verso, lo cual fue
providencial para la transición, ya que ella había decidido recitar sin melodía
—la traducción al castellano no encajaba con el fraseo original— el resto de la
letra sobre los acordes. Una voz que reconocí como la de Michi tarareaba
hábilmente la melodía desde el fondo del escenario, mientras ella sobrecogía al
público al pronunciar, lenta y dulcemente:
Sólo
somos dos almas perdidas nadando en una pecera, un año tras otro. Haciendo la
misma vieja ruta. ¿Qué hemos encontrado? Nuestros miedos de siempre.
Mientras
enunciaba estos versos, sus ojos tristes y profundos se posaron en los míos.
Aunque la estuvieran escuchando mil personas, supe que estaba cantando para mí.
Mis lágrimas la convertían en un hada borrosa bajo las luces del teatro.
Cuando,
al final de aquel recitado trascendente, Eva Rodríguez retomó la melodía para
culminar el último verso, «Ojalá estuvieras aquí», una enorme ovación atronó en
la sala.
Consciente
de que le habían llegado sus cinco minutos de gloria, dejó la guitarra en el
suelo y, ya de pie, lanzó un beso al frente mientras abría los brazos para
incluir a todo el Olympia. Luego abandonó el escenario.
El
amor verdadero te encontrará al final
Mi
taxi hacia el Charles de Gaville era conducido por un joven pelirrojo que
escuchaba en la radio un especial dedicado a Daniel Johnston. Me pareció un
buen augurio compartir nombre de pila con el último músico del que tendría
noticia en París, aunque su biografía era ciertamente perturbadora.
Declarado
con trastorno bipolar desde su juventud, entre los temas de su repertorio
estaban Casper el fantasma amigable y superhéroes como el Capitán América, pero
sobre todo el amor no correspondido por una mujer llamada Laurie Alien. La musa
de Johnston, después de casarse con un empresario de pompas fúnebres,
reaparecería en sus canciones bajo la figura de la muerte.
Recluido
en un psiquiátrico tras hacer que se estrellara el aeroplano que pilotaba su
padre, en el año 1991 consiguió que una emisora transmitiera en directo una
actuación desde el hospital. La rareza de Johnston dentro del show business
atrajo la atención de dinosaurios del rock como Bowie, Sonic Youth o Kurt
Cobain, el cual en muchos conciertos lucía una camiseta con su disco inacabado,
Hi, How are you?
Al
concluir esta introducción, el locutor presentó el tema más aclamado de Samuel
Johnston, «True love will find you in the end», que llegó a mis oídos como un
oráculo.
Ya
en el aeropuerto, me dejé engullir por los conductos propios de Jules Verne que
caracterizan el Charles de Gaulle. Tras localizar la terminal de facturación y
embarcar mi maleta, decidí que era el momento de llamar al gran «tapado» de
aquella aventura. Para devolverle —en una mínima parte— la jugada, no le diría
aún que me disponía a volar hacia ella.
Aunque
eran las diez de la mañana y debía de hacer sólo un par de horas que dormía,
marqué el teléfono de Marta decidido a colgar si salía el contestador por
tercera ocasión.
Pero
esta vez respondió ella en vivo y en directo. Abrí fuego:
—¿Qué
es lo que sólo saben las hadas?
El
corto silencio que precedió a su respuesta indicó que esperaba que en algún
momento le formulara aquella pregunta. Sin perder la compostura dijo:
—Saben
algo esencial: que sólo pueden vivir en los cuentos.
—¿Y
eso sólo lo saben las hadas?
—Sí,
porque el resto consumimos la vida esperando a seres maravillosos que nunca
aparecerán.
—Y
¿qué me dices del jardín secreto? —añadí—. Aún lo estoy buscando.
Marta
rio suavemente antes de decir:
—Con
los jardines secretos pasa lo mismo que con las hadas: nunca los encuentras
cuando los necesitas.
Tras
decir esto se hizo un silencio que no resultaba incómodo. Luego ella preguntó:
—¿Cuándo
volverás?
—No
lo sé aún. ¿Qué color tiene tu cielo?
—Si
te esperas un momento te lo digo.
Escuché
cómo se alejaban sus pasos descalzos. Una persiana gruñó al subir antes de que
Marta regresara para decir:
—Azul.
—¿Qué
clase de azul?
—El
que sólo puedes ver los días que estás muy contento.
—¿Cuando
sabes que vas a vivir para siempre jamás?
—Algo
así.
—Me
encantaría verlo.
—Y a
mí que lo vieras —suspiró—. Ojalá estuvieras aquí.
El
amor verdadero te encontrará al final,
entonces
te darás cuenta de quién era tu amigo.
No
estés triste, sé que no es fácil,
pero
no tires la toalla hasta que
el
amor verdadero te encuentre al final.
Esta
es una promesa con trampa:
sólo
si lo buscas lo encontrarás,
porque
el amor verdadero también te está buscando a ti.
¿Cómo
te reconocerá si no das un paso hacia la luz?
Por
eso no debes tirar la toalla hasta que
el
amor verdadero te encuentre al final.
Daniel
Johnston
Fin
Agradecimientos
● A
Jordi Lligadas, Noemí Conesa, Jordi Tamayo, Irene Claver y compañía, por haber
hecho posible el sueño de Hotel Guru; a Katinka y nuestros amigos por su apoyo.
● A
Pablo Despeyroux, un paciente cazador de estrellas.
● A
Jordi Parellada, por elevar la voz.
● A
José María de la Fuente, que es capaz de ver los hilos de las hadas.
● A
Carmen Domingo y Rocío Carmona, valiosas lectoras y amigas.
● A
los corsarios de L'Astrolabi, Jordi Cantavella, Mini y Jordi Griñó, por llevar
la música a buen puerto; a Gaelle por su arquitectura.
● A
Vanessa Revuelta, un día escucharás jazz en un iglú.
● A
Nelson Poblete, por sus aventuras parisinas.
● A
Joana Matinée y Ramón Plou, por toda la música que corre por sus venas.
● A
Giles Spence, una amistad sin fronteras.
● A
Marisa Tonezzer y Luis Stortini, por su cariño y confianza.
● Y,
como siempre, a Sandra Bruna.


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