© Libro N°. 3076. Ojo En El Cielo. Dick, Philip K. Colección
E.O. Septiembre 3 de 2016.
Título original: © Eye in the Sky
Versión Original: © Ojo En El Cielo. Philip K. Dick
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
OJO EN EL CIELO
Philip K. Dick
I
A
LAS CUATRO de la tarde del día 2 de octubre de 1959, el desviador de
radiaciones protónicas del Bevatrón de Belmont traicionó a sus creadores. Los
efectos de semejante infidelidad tuvieron un desarrollo inmediato. En cuanto se
dejó de corregir adecuadamente su trayectoria y, en consecuencia, al quedar sin
gobierno, el rayo de seis mil millones de voltios salió disparado hacia el
techo de la cámara y en su centellante ascenso redujo a cenizas una plataforma
de observación que dominaba el generador.
En
aquel preciso momento, ocho personas se encontraban en la plataforma, un grupo
de visitantes y su guía. Desposeídas inopinadamente de su estrado, las ocho
personas cayeron al piso de la cámara del Bevatrón, donde, sumidas en el dolor
de las lesiones y el susto del inesperado descenso a plomo, permanecieron hasta
que se disipó el campo magnético y se neutralizó en gran parte la intensa
radiación.
De
las ocho víctimas, fue necesario hospitalizar a cuatro. Otras dos, cuyas
quemaduras eran menos graves, quedaron sometidas a un período indefinido de
observación. Las dos restantes fueron examinadas y asistidas, después de lo
cual pasaron a sus domicilios. Los periódicos de San Francisco y Oakland
informaron del suceso. Los abogados de las personas damnificadas prepararon sus
demandas judiciales, iniciando los pleitos correspondientes. Varios
funcionarios relacionados con el Bevatrón se desmoronaron encima de la
chatarra, en compañía del «Sistema Rectificador Wilcox-Jones» y sus entusiastas
inventores. Surgieron operarios y empezaron a reparar los daños materiales.
El
lamentable acontecimiento duró apenas dos minutos. A las cuatro en punto
comenzó a fallar el aparato rectificador y a las cuatro y dos, ocho personas se
habían desplomado desde una altura de veinte metros y atravesado el haz de
protones que brotaba del circular receptáculo interno del generador.
El
guía, un joven negro, fue el primero en iniciar la caída y en estrellarse
contra el piso de la cámara. El último que descendió fue un técnico, también
joven, que trabajaba en las cercanas instalaciones de una fábrica de
proyectiles teledirigidos. Cuando el grupo salió a la plataforma, el muchacho
se separó de sus compañeros, regresó hacia el pasillo y se dispuso a sacar el
tabaco.
Es
muy probable que, de no haberse precipitado hacia adelante para sujetar a su
esposa, no hubiera caído con los demás. Su último recuerdo lúcido consistía en
eso: en que soltó el paquete de cigarrillos y alargó inútilmente la manga de la
chaqueta de Marsha...
Durante
toda la mañana, Hamilton estuvo sentado en los laboratorios de investigación de
la planta de proyectiles, sin hacer otra cosa que afilar la punta de un montón
de lapiceros y combatir su propia inquietud. En torno suyo, el equipo
continuaba trabajando; la entidad seguía su marcha.
Marsha
se presentó a las doce, radiante y preciosa, vestida de punta en blanco, tan
encantadora como un cisne de los que embellecían el Golden Gate Park. Hamilton
despertó al instante de su letargo meditabundo, le sacó de su estado de
languidez el dulce aroma de aquella costosa criatura que había conseguido
conquistar, una pertenencia a la que apreciaba más que a su conjunto de
aparatos estereofónicos de alta fidelidad y más que a su colección de buen
whisky.
—
¿Qué ocurre? —preguntó Marsha, al tiempo que se inclinaba brevemente sobre el
extremo de la superficie gris de la mesa metálica, unía sus dedos enguantados y
agitaba con nerviosismo las esbeltas piernas—. Démonos prisa, hay que almorzar
en un santiamén para poder acercarnos luego a ese sitio. Hoy es el día señalado
para la puesta en funcionamiento, por primera vez, del desviador de marras, ese
mecanismo que deseabas contemplar. ¿Lo habías olvidado? ¿Estás a punto?
—A
punto para la cámara de gas —repuso Hamilton, con cierta aspereza—. Y la cámara
de gas está preparada para recibirme.
Los
ojos de Marsha se dilataron un poco; su gesto adoptó un aire serio, dramático.
—
¿Pero qué pasa? ¿Más cuestiones secretas de esas de las que no puedes hablar?
Cariño, no me dijiste que hoy iba a suceder algo importante. Mientras nos
desayunábamos te manifestaste chistoso y juguetón como un cachorrillo.
—A
la hora del desayuno no lo sabía. —Tras echar un vistazo a su reloj de pulsera,
Hamilton se puso en pie, sin abandonar su expresión sombría—. Disfrutemos de un
espléndido almuerzo; tal vez sea el último para mí. —Y añadió—: Y acaso sea
también la de esta tarde la última excursión de mi vida.
Pero
no llegaron a la rampa de salida de los Laboratorios de Mantenimiento de
California, así que mucho menos al restaurante establecido carretera abajo,
allende la zona vigilada de edificios e instalaciones. Un ordenanza uniformado
les salió al paso y extendió la mano, en la que llevaba una hoja de papel
blanco, bien dobladita.
—Esto
es para usted, señor Hamilton. El coronel T. E. Edwards me encargó que se lo
entregase.
Estremecido,
Hamilton desdobló la cuartilla.
—Bueno
—se dirigió a su esposa en tono apagado—, ya está. Siéntate en la antesala. Si
dentro de una hora no he vuelto, regresa a casa y abre una lata de carne de
cerdo con judías.
—Pero...
—La muchacha esbozó un ademán de impotencia—. Te expresas de un modo tan... tan
siniestro. ¿Sabes de qué se trata?
Hamilton
lo sabía. Se inclinó hacia adelante y le dio un beso fugaz en los labios rojos,
húmedos y más bien temblorosos. Luego se alejó por el pasillo con rápida
zancada, en pos del ordenanza, rumbo a la serie de despachos del coronel
Edwards, el puñado de salas de conferencias de alto nivel, donde los jefes de
la compañía celebraban sus reuniones solemnes.
Mientras
tomaba asiento, la densa y opaca presencia de hombres de negocios de mediana
edad alentaba a su alrededor, en medio de una atmósfera saturada de humo de
cigarrillos, desodorante y olor a negro betún para zapatos. Flotaba un
constante murmullo sobre la alargada mesa de acero. En un extremo de ésta, se
encontraba sentado el propio T. E., parapetado tras un montón regular de
impresos, formularios e informes. De acuerdo con su categoría respectiva, cada
uno de los funcionarios allí reunidos contaba con su trinchera protectora de
papeles, su abierta carterita de documentos, su cenicero y su vaso de agua
tibia. Frente al coronel Edwards se acomodaba la figura rechoncha y uniformada
de Charley McFeyffe, capitán del servicio de seguridad, cuya misión consistía
en husmear por los alrededores de la fábrica de proyectiles y protegerla de los
agentes rusos.
—Ya
lo tenemos aquí —murmuró el coronel T. E. Edwards, al tiempo que dirigía a
Hamilton una mirada severa, por encima de la montura de sus gafas—. No vamos a
entretenerle durante mucho rato, Jack. En la agenda de trabajo de la
conferencia sólo hay un asunto que le concierna; por lo tanto, no es necesario
que, una vez debatido, continúe usted aquí.
Hamilton
no dijo nada. Tensos los nervios y tirante la expresión, se limitó a seguir
sentado, a la espera de lo que se le iba a venir encima.
—Esta
cuestión se refiere a su esposa —empezó Edwards, mientras se humedecía el
grueso pulgar y pasaba las hojas de un informe—. Veamos, tengo entendido que
desde que Sutherland presentó la dimisión, ha estado usted al frente de
nuestros laboratorios investigadores. ¿Exacto?
Hamilton
asintió. Encima de la mesa, sus manos habían perdido todo color, para
transformarse en dos miembros rígidos y carentes de sangre. «Como si ya
estuviese muerto», pensó Hamilton en plan derrotista. Como si ya le hubieran
ahorcado, extrayéndole la vida, el aliento, la posible luminosidad de su
interior. Sí, le habían colgado, como uno de los cerdos de Hormel, en la oscura
santidad del matadero.
—Su
esposa —prosiguió Edwards con voz retumbante, a la vez que sus moteadas muñecas
subían y bajaban, pasando páginas— ha sido clasificada como un peligro para la
seguridad de la fábrica. Aquí tengo el informe. —Señaló con un movimiento de
cabeza al silencioso jefe de policía de la planta—. Me lo trajo McFeyffe. Y
debo añadir que lo hizo de muy mala gana.
—Con
la peor gana del mundo —subrayó McFeyffe, dirigiéndose a Hamilton.
Sus
grises pupilas pedían perdón. El gesto torvo y pétreo de Hamilton se lo denegó,
despreciando al capitán a base de indiferencia absoluta.
—Naturalmente
—reanudó Edwards su tonante exposición—, está usted familiarizado con el
sistema de seguridad establecido aquí. Constituimos una empresa particular,
pero nuestro único cliente es el Gobierno. Nadie compra proyectiles, salvo el
Tío Sam. De forma que tenemos que andarnos con cien ojos. Le presento el asunto
con toda claridad imprescindible, al objeto de que pueda usted conducirlo según
su propio criterio. En primer lugar, es cosa suya. Para nosotros, su
importancia reside exclusivamente en el hecho de que usted ostenta el cargo de
jefe de nuestros laboratorios de investigación. Lo malo es que ese detalle lo
convierte también en asunto nuestro.
Miró
a Hamilton como si pusiera los ojos en él por primera vez, pese a que lo había
contratado personalmente en 1949, diez largos años antes, cuando Hamilton era
una brillante promesa, un ingeniero electrónico inteligente y apasionado por su
profesión, recién salido del I.T.M.
—
¿Significa esto —preguntó Hamilton en tono ronco, sin apartar la vista de sus
manos, que abría y cerraba espasmódicamente— que se prohíbe a Marsha entrar en
la fábrica?
—No
—respondió Edwards—. Significa que, hasta que se produzca un cambio en la
situación, no se le permitirá a usted tener acceso al material clasificado.
—Pero
eso representa... —Hamilton notó que se le quebraba la voz y que caía en la
estancia un silencio de pasmo—. Eso comprende todo el material con el que
trabajo.
Nadie
pronunció una sola palabra. Los altos funcionarios de la compañía, reunidos en
la sala, permanecieron inmóviles en sus asientos, resguardados tras sus
carteras y montones de impresos. En un rincón, el acondicionador de aire emitía
un zumbido rumoroso.
—
¡Qué barbaridad! Se me condena sin preámbulos —articuló Hamilton de súbito, con
voz clara y potente.
Unos
cuantos formularios se agitaron a impulsos de la sorpresa. Edwards le disparó
una mirada de soslayo que rezumaba curiosidad. Charley McFeyffe encendió un
cigarro y, nerviosamente, se pasó la mano por la rala cabellera. Con un
sencillo uniforme de color pardo, tenía todo el aspecto de un gordo agente
asignado al servicio de vigilancia en carretera.
—Léale
el pliego de cargos —dijo McFeyffe—. Concédale la oportunidad de defenderse, T.
E. Al fin y al cabo, Hamilton tiene algunos derechos.
Durante
unos momentos, el coronel Edwards forcejeó con el acervo de datos que componían
el informe del cuerpo de seguridad. Luego, sombrío el rostro a causa de la
irritación, empujó el expediente completo por encima de la mesa, hacia
McFeyffe.
—Su
departamento redactó todo eso —dijo, lavándose las manos en el asunto—.
Comuníqueselo usted.
—
¿Acaso pretenden leerlo aquí? —protestó Hamilton—. ¿Delante de treinta
personas? ¿En presencia de todos los empleados de la firma?
—Todos
han revisado la documentación —manifestó Edwards, no sin cierta amabilidad—.
Hace cosa de un mes que está concluido y desde entonces no ha dejado de
circular. Después de todo, muchacho, para la compañía es usted un hombre
importante. No íbamos a tomarnos a la ligera una cuestión como ésta.
—En
primer término —comenzó McFeyffe, que evidenciaba sentirse muy molesto—,
tenemos ese negocio del F.B.I. Nos lo traspasaron.
—
¿No lo pidieron ustedes? —preguntó Hamilton en tono agrio—. ¿O es que iba de un
lado a otro, a través del país, sin más ni más?
McFeyffe
se puso colorado.
—Bueno,
se solicitó, claro. En calidad de encuesta rutinaria. Por Dios, Jack, hay un
expediente acerca de mi propia persona... Incluso se lleva uno a nombre del
presidente Nixon.
—No
tiene por qué leerme toda esa escoria —a Hamilton le temblaba la voz—. Marsha
se afilió al Partido Progresista allá por el año 1948, cuando estudiaba su
primer curso universitario. Contribuyó con alguna que otra pequeña cantidad de
dinero cuando inició sus colectas la Comisión Recaudadora de Fondos Pro
Refugiados Hispanos. Se suscribió a In Fact Ya he oído todo eso en otras
ocasiones.
—Léale
los informes de última hora —aleccionó Edwards.
Avanzando
meticulosamente por la complicada senda del expediente, McFeyffe llegó a los
datos que estaban más al día.
—La
señora Hamilton abandonó el Partido Progresista en 1950. In Fact dejó de
publicarse. En 1952, asistió a varias asambleas de la «Artes, Ciencias y
Profesiones de California», organización de vanguardia apoyada por individuos
comunistoides. La señora Hamilton firmó la Propuesta de Paz de Estocolmo. Se
incorporó a la Unión de Libertades Civiles, que no faltan quienes tildan de pro
izquierdista.
—
¿Qué significa eso de pro izquierdista? —inquirió Hamilton.
—Simpatizante
con personas o grupos que simpatizan con el comunismo. —Laboriosamente,
McFeyffe prosiguió—: El 8 de mayo de. 1953, la señora Hamilton escribió una
carta al Chronicle de San Francisco, protestando por el hecho de que se
impidiera la estancia en los Estados Unidos a Charlie Chaplin, un famoso
compañero de viaje. Firmó la Apelación para salvar a los Rosenberg: traidores
convictos. En 1954 pronunció un discurso en los locales de la Liga de
Sufragistas Femeninas de Alameda, manifestándose favorable a la admisión de la
China roja en las Naciones Unidas... Y la China roja es un país comunista. En
1955 se unió a la agencia abierta en Oakland por la Organización Internacional
de Coexistencia o Muerte, que tiene ramificaciones en los países del otro lado
del telón de acero. Y en 1956 entregó su contribución monetaria a la Sociedad
para el Progreso del Elemento Humano de Color. —Citó la cifra—: Cuarenta y ocho
dólares con cincuenta y cinco centavos.
Se
produjo un instante de silencio.
—
¿Ya está? —interrogó Hamilton.
—Sí,
lo más importante.
—
¿Se menciona también en ese expediente —dijo Hamilton, esforzándose en mantener
firma la voz— que Marsha está suscrita al Tribune de Chicago? ¿Se dice que en
1952 promovió activamente la candidatura de Adlai Stevenson? ¿Reflejan esos
papeles que en 1953 entregó su óbolo a la campaña organizada por la Sociedad
Protectora de Animales a favor de los perros y los gatos?
—No
comprendo que importancia pueden tener esos detalles —terció Edwards, algo
impaciente.
—
¡Complementan el cuadro! Claro, Marsha se suscribió a In Fact... y también al
New Yorker. Se dio de baja del Partido Progresista cuando lo hizo Wallace... se
unió a los Jóvenes Demócratas. ¿Queda constancia de eso? Desde luego, sentía
curiosidad acerca del comunismo, ¿la convierte eso en comunista? Todo lo que
afirman ustedes es que Marsha lee periódicos del ala izquierda y que escucha a
oradores de tendencias izquierdistas... Pero eso no demuestra que respalde al
comunismo, que esté sometida a la disciplina del Partido, que abogue por el
derrocamiento del Gobierno o que...
—Nadie
asegura que su esposa sea comunista —le interrumpió McFeyffe—. Sólo decimos que
se la ha incluido en la lista de personas susceptibles de constituir un peligro
para la seguridad de la fábrica. Existe, no obstante, la posibilidad de que
Marsha sea comunista.
—Santo
Dios —articuló Hamilton—. ¿He de demostrar que no lo es? ¿Se trata de eso?
—Es
una posibilidad latente —repitió Edwards—. Trate de mostrarse razonable, Jack;
no se ponga nervioso, ni empiece a dar gritos. Tal vez Marsha sea roja; tal vez
no. Pero tampoco es esa la cuestión. Lo que poseemos aquí es un conjunto de
informes demostrativos de que su esposa se interesa por la política... por la
política radical, claro. Y eso no es bueno.
—Marsha
se interesa por todo. Es una persona inteligente y educada. Dispone de todo el
día para enterarse de cosas. ¿Es que se la va a obligar a pasarse en casa las
horas muertas... —Hamilton rebuscó en su mente las palabras apropiadas—, sin
hacer otra cosa que no sea sacudir el mantel, lavar, planchar, zurcir y
cocinar?
—Tenemos
aquí un patrón de conducta —dijo McFeyffe—. Hay que reconocer que, en sí mismo
y por separado, ninguno de estos datos resulta indicativo. Pero cuando uno
forma con ellos un conjunto, cuando se saca el promedio estadístico... Entonces
se observa que tal promedio estadístico es demasiado alto, Jack. Su esposa está
complicada en un número excesivo de movimientos de tendencia izquierdista.
—Culpable
por asociación. Es una muchacha de curiosidad despierta; se siente interesada
por cuanto la rodea. ¿Basta eso para sacar la conclusión de que está de acuerdo
con todo lo que esa gente dice?
—No
podemos ver lo que hay dentro de su cabeza... y usted tampoco. Lo único
factible es juzgar a tenor de sus actos: de los grupos con los que se reúne,
las peticiones que firma, el dinero que aporta... Son las únicas pruebas de que
disponemos y no nos queda más remedio que seguir basándonos en ello. Dice usted
que su esposa asiste a esas asambleas, pero que no se identifica con las
teorías que expresan los oradores. Bueno, supongamos que la policía irrumpe en
un local donde se está desarrollando un espectáculo impúdico y detiene a las
chicas y a la gerencia del establecimiento. No cabe duda de que el auditorio
saldrá de la sala afirmando que el espectáculo no le gustaba lo más mínimo.
—McFeyffe extendió las manos—. Pero, ¿estarían allí de no gustarles la representación
o lo que fuere? Es posible que asistiesen una vez. Acaso inducidos por la
curiosidad. Pero no un día y otro día, siempre que se anunciara el espectáculo.
»Su
esposa lleva diez años desde que tenía dieciocho, relacionándose con grupos del
ala izquierda. Ha tenido tiempo más que suficiente para formarse una opinión
acerca del comunismo. Pero continúa mezclándose con esos asuntos; todavía se
lanza a la palestra cada vez que un puñado de comunistoides organiza su
manifestación de protesta para condenar algún linchamiento ocurrido en el Sur o
para poner el grito en el cielo por lo alta que es la cantidad presupuestada
con vistas a la adquisición de armas. Me parece que el hecho de que Marsha lea
también el Tribune de Chicago no tiene más trascendencia que el hecho de que el
hombre que va a una sala de espectáculos obscenos asista igualmente a la
iglesia. Eso sólo demuestra que posee varias facetas, incluso, quizás, facetas
contradictorias... pero subsiste el hecho de que una de esas facetas incluye el
goce de lo infamante. No queda mancillado por asistir a las ceremonias
religiosas; sin embargo, se anota debidamente el dato de que le gustan las
representaciones obscenas y de que entra a presenciarlas.
»En
un noventa y nueve por ciento, su esposa puede ser una norteamericana típica y
media: puede que guise de maravilla, conduzca con cuidado, pague sus impuestos,
entregue dinero a las asociaciones de caridad y prepare tartas para las rifas
de la Iglesia. Pero el restante uno por ciento acaso esté ligado al Partido
Comunista. Tal es la situación.
Al
cabo de un momento, Hamilton reconoció de mala gana:
—Ha
expuesto el caso muy bien.
—Creo
en él. Conozco a Marsha y le conozco a usted desde que ingresó en la nómina de
la empresa. Ambos me caen simpáticos... y Edwards alberga los mismos
sentimientos que un servidor. Creo que todos opinan igual. Aunque no es esa la
cuestión. Hasta que no dispongamos de telepatía y nos sea posible hurgar a
distancia en el cerebro de las personas, no tenemos más alternativa que la de
confiar en los datos estadísticos. No, no podemos demostrar que Marsha sea
agente de una potencia extranjera. Y usted tampoco puede demostrar que no lo
es. Sencillamente, no podemos permitirnos el lujo de actuar de otro modo. —Al
tiempo que se frotaba la parte inferior del grueso labio, McFeyffe preguntó—:
¿Se le ha ocurrido alguna vez preguntarse si Marsha es comunista?
Una
idea que jamás se le pasó por la cabeza. Mientras brotaba el sudor por todos
los poros de su piel, Hamilton se mantuvo inmóvil y silencioso, con la vista
clavada en la reluciente superficie de la mesa. Siempre había dado por supuesto
que Marsha decía la verdad, que el comunismo sólo había despertado en ella
instintos curiosos. Por primera vez, una sospecha desdichada y miserable nacía
y se desarrollaba. Estadísticamente, era posible.
—Se
lo preguntaré —dijo en voz alta.
—
¿Lo hará? —repuso McFeyffe—. ¿Y qué va a responder Marsha?
—
¡Que no es comunista, desde luego!
Edwards
sacudió la cabeza.
—Eso
no vale gran cosa, Jack. Si reflexiona un poco, estará de acuerdo conmigo.
Hamilton
se puso en pie.
—Mi
esposa se encuentra en la antesala. Pueden interrogarla... Se la convoca aquí y
le formulan las preguntas que gusten.
—No
voy a ponerme a discutir con usted —declaró Edwards—. Su esposa ha sido
catalogada como un peligro para la seguridad de la factoría y, hasta que se
demuestre lo contrario, queda usted suspendido del empleo. O aporta pruebas
concluyentes, en el sentido de que Marsha Hamilton no es comunista, o se tendrá
que desembarazar de ella. —El coronel se encogió de hombros—. Tiene usted una
carrera por delante, muchacho. Se trata de la profesión de su vida.
McFeyffe
se levantó y dio un rodeo en torno a la mesa. Se suspendía la sesión; la
conferencia relativa al caso Hamilton se daba por terminada. Tras coger al
técnico por un brazo, McFeyffe tiró de él insistentemente, hacia la puerta.
—Salgamos
de aquí, lleguémonos a un sitio donde se pueda respirar. ¿Qué me dice de un
trago? Los tres: Marsha, usted y yo. El whisky se pone agrio en el
«Fondeadero». Me parece que podríamos hacerle los honores, antes de que se
estropee.
II
NO
ME APETECE ir a tomar ningún trago —declinó Marsha en tono enfático,
destemplado y quebradizo. Pálido el semblante, decidida la expresión, se encaró
con McFeyffe e hizo caso omiso de los funcionarios de la compañía, que
atravesaron la antesala—. Precisamente ahora Jack y yo nos disponíamos a
visitar el Bevatrón para ver cómo ponen en funcionamiento el nuevo equipo. Hace
semanas que acariciamos este proyecto.
—Mi
automóvil está en la zona de estacionamiento —ofreció McFeyffe—. Tendré sumo
gusto de llevarles. —Añadió con cierta ironía—: Soy policía... no me pondrán
pegas a la hora de entrar con ustedes.
Cuando
el polvoriento «Plymouth» subía por la larga cuesta que llevaba a los edificios
del Bevatrón, Marsha confesó:
—No
sé si echarme a llorar a ponerme a reír. No puedo creerlo. ¿De veras se han
tomado este asunto tan en serio?
—El
coronel Edwards propuso a Jack que se desprendiera de usted como si fuese una
chaqueta vieja —dijo McFeyffe.
Aturdida,
temblorosa, Marsha se mantenía rígida en el asiento, con las manos apretadas
sobre los guantes y el bolso.
—
¿Serías capaz de hacerlo? —preguntó a su marido.
—No
—repuso Hamilton—. Ni aunque fueras una alcohólica y pervertida, además de
comunista.
—
¿Lo ha oído? —se dirigió Marsha a McFeyffe.
—Sí.
— ¿Y
qué le parece?
—Opino
que forman una pareja soberbia. Creo que, si Jack obrase de otro modo,
demostraría ser un hijo de zorra. —McFeyffe concluyó—: Se lo diré así al
coronel Edwards. Aunque ya se lo había advertido.
—Uno
de vosotros dos —manifestó Hamilton, con la mirada puesta en su esposa— no
debería estar aquí. Habría que arrojarlo por la portezuela. Lo echaré a cara o
cruz, a ver a quién le toca.
Sobresaltada,
Marsha alzó la cabeza y sus ojos castaños se posaron en Hamilton, mientras los
dedos se hundían en los guantes.
—
¿Es que no lo comprendes? —susurró—. Esto es algo terrible. Se trata de una
conspiración contra ti y contra mí. Contra nosotros dos.
—Me
siento un poco traidor —reconoció McFeyffe. Sacó el «Plymouth» de la autopista
nacional y lo condujo por la carretera que avanzaba hacia los terrenos del
Bevatrón. El agente de policía situado a la entrada saludó y agitó el brazo;
McFeyffe correspondió de igual manera—. Al fin y al cabo, ustedes son amigos
míos... Las obligaciones de mi cargo me han empujado y no tuve más remedio que
ejecutar la desagradable tarea de redactar unos penosos informes acerca de mis
amistades. Relacionar datos ultrajantes, investigar rumores... ¿Creen que
disfruté con ello?
—Cumpla
con su de... —empezó Hamilton, pero Marsha le interrumpió en seco.
—McFeyffe
tiene razón; no es culpa suya. Todos estamos metidos en esto, los tres.
El
vehículo se detuvo frente a la entrada principal. McFeyffe cortó el encendido
del motor, se apearon y se dirigieron con paso negligente hacia la amplia
escalinata de hormigón.
Había
un puñado de técnicos a la vista y Hamilton volvió la cabeza para mirar al
grupo, reunido ante los peldaños. Jóvenes bien vestidos, con el pelo cortado a
cepillo y corbata de lazo, que charlaban afablemente. Se deslizaba junto a
ellos la acostumbrada corriente de visitantes que, después de haber franqueado
la verja exterior, se disponía a penetrar en el inmueble y gozar del
espectáculo del Bevatrón en marcha. Pero eran los técnicos quienes interesaban
a Hamilton.
«Aquí
estoy yo», se dijo.
Para
corregirse en seguida.
«O
ahí he estado hasta ahora.»
—Vuelvo
dentro de un segundo —se excusó Marsha con voz débil, al tiempo que se llevaba
las manos a los ojos, en los que pugnaban por salir las lágrimas—. Voy un
momento al lavabo, para componerme un poquillo.
—De
acuerdo —murmuró Hamilton, sumido aún en la profundidad de sus pensamientos.
La
mujer se alejó. Hamilton y McFeyffe quedaron uno frente a otro, en el pasillo
del edificio, donde resonaban los ecos de todos los ruidos.
—Tal
vez me hayan hecho un favor —comentó Hamilton.
Diez
años era un periodo de tiempo bastante prolongado, lo suficiente como para
cansarse de un empleo. ¿Y a dónde había estado dirigiéndose? ¿No era esa una
pregunta buena y oportuna?
—Tiene
perfecto derecho a sentirse dolido —repuso McFeyffe.
—No
le falta razón —convino el ingeniero. Dio unos pasos y luego se detuvo, con las
manos en los bolsillos.
Claro
que estaba dolido. Y lo seguiría estando hasta que hubiese solventado en un
sentido o en otro, aquel asunto de la lealtad. Pero no se trataba de eso; había
de por medio la sacudida propinada a su sistema fisiológico, la alteración de
su forma de vida, de todo el cuadro de sus costumbres. El trastorno que suponía
para muchas cosas en las que confiaba y daba por seguras. McFeyffe había
asestado un tajo enorme, cuyo corte llegaba hasta el nivel más hondo de su
existencia; afectaba incluso a su matrimonio y, de manera especial, a la mujer
que significaba para él más que cualquier otra persona en este mundo.
Más
que nada ni nadie. Más que su propio trabajo. Su lealtad se entregaba por
entero a Marsha. Le resultó extraño comprenderlo. Lo que le atormentaba no era
su fidelidad para con la profesión que ejercía, sino la idea de que lo sucedido
se interponía entre Marsha y él, separándolos.
—Sí
—dijo a McFeyffe—. Me siento infernalmente dolido.
—Puede
conseguir otro empleo.
—Mi
esposa —articuló Hamilton—. Me refiero a Marsha. ¿Cree que tendré la
oportunidad de recobrarla? Me gustaría. —Nada más pronunciar tales palabras, se
dio cuenta de que estaba expresándose de un modo infantil. Prosiguió, en parte
porque deseaba mostrarse insultante y en parte porque no sabía qué otra cosa
hacer—. Están ustedes enfermos. Se dedican a destruir personas inocentes. La
paranoia...
—Déjelo
—silabeó McFeyffe—. Tuvo usted su oportunidad, Jack. Hace años. Demasiados
años.
Mientras
Hamilton daba forma mental a su réplica, volvió a aparecer Marsha.
—Están
dejando pasar al primer grupo de visitantes corrientes. Los grandes personajes
han echado ya su ojeada. —La mujer parecía haber restablecido un poco su estado
anímico—. Ese cacharro... el nuevo desviador... ha empezado a funcionar, según
creo.
De
mala gana, Hamilton se apartó del grueso policía de seguridad.
—Vamos,
pues.
McFeyffe
anduvo tras ellos.
—Sin
duda, es interesante —comentó, sin dirigir la palabra a nadie en particular.
—Exacto
—repuso Hamilton, remoto, consciente de que estaba temblando.
Respiró
hondo, entró en la cabina del ascensor, después de Marsha, y dio media vuelta
automáticamente, poniéndose de cara a la puerta. McFeyffe hizo lo mismo.
Mientras el ascensor se elevaba, Hamilton se vio obligado a contemplar el
subido color rojo del cuello del capitán. McFeyffe también estaba alterado.
En
la segunda planta encontraron a un joven negro, que lucía ancho brazalete en la
manga y congregaba a un disperso puñado de visitantes. Se integraron en el
grupo. Tras ellos, otras personas aguardaban pacientemente a que les tocase la
vez. Eran las cuatro menos diez: el «Sistema Rectificador Wilcox Jones» había
sido enfocado y activado.
—Vamos
ya a verlo —decía el joven cicerone negro, con voz aguda y experta, al tiempo
que capitaneaba al grupo, pasillo adelante, hacia la plataforma de
observación—. Debemos apresurarnos, al objeto de que los demás puedan ver
también el ingenio. Como saben, el Bevatrón de Belmont lo ha construido la
Comisión de Energía Atómica, con el fin de avanzar en la investigación del
fenómeno de los rayos cósmicos generados artificialmente y en condiciones
reguladas. El elemento central del Bevatrón consiste en un gigantesco productor
de energía, cuyo campo magnético acelera el rayo de protones y le proporciona
una creciente ionización. Los protones, con su carga positiva, se introducen en
la cámara longitudinal desde el tubo acelerador «Cokroft-Walton».
Según
su temperamento o humor, los visitantes esbozaron sonrisitas ambiguas o no
hicieron caso alguno de las explicaciones. Un caballero alto, flaco, de aspecto
severo y entrado en años, se mantenía inmóvil como un poste de madera, cruzado
de brazos e irradiando desdén para con la ciencia en general. Hamilton se
percató de que era un soldado; en la solapa de su chaqueta de algodón, el
hombre llevaba una deslucida insignia de metal. «Al diablo con él», pensó el
técnico amargamente. Al diablo con el patriotismo en general. En lo abstracto y
en lo específico. Todos los que pertenecían a la misma calaña, soldados y
polizontes. Antiintelectuales y antinegros. Antitodo, salvo cerveza, perros,
automóviles y armas.
—
¿Hay folletos? —inquirió suavemente una matrona regordeta, de mediana edad y
voz algo penetrante; una dama que vestía con costosa elegancia—. Nos gustaría
llevarnos a casa algunos impresos. Para utilizarlos en la escuela con fines
educativos.
—
¿Cuántos voltios circulan ahí abajo? —gritó el rapaz que iba con la señora—.
¿Más de mil millones?
—Sobrepasan
ligeramente la cifra de seis mil millones —explicó el guía negro en tono
resignado—. El voltaje electrónico se encarga de empujar a los protones que
haya recibido, antes de que se desvíen de su órbita y salgan de la cámara
circular. Cada vez que el rayo traza una revolución, se incrementan su carga y
velocidad.
—
¿Cuál es su velocidad? —intervino una mujer enjuta, de aspecto competente y
unos treinta años de edad. Llevaba gafas de gruesos cristales y vestía un
conjunto de paño tosco.
—Un
poco inferior a la de la luz.
—
¿Cuántas veces giran en la cámara?
—Cuatro
millones —repuso el guía—. Su distancia astronómica es de medio millón de
kilómetros. Cubren ese recorrido en un segundo y ochenta y cinco centésimas.
—Increíble
—jadeó la matrona del atavío caro, con matices fatuos y aterrados en la voz.
—Cuando
los protones abandonan el acelerador longitudinal —prosiguió el cicerone—, su
energía es de diez millones de voltios, o, como decimos nosotros de diez
megavoltios. El problema siguiente consiste en conducirlos por una órbita
circular en la posición exacta y en el ángulo matemático, de forma que los
pueda recoger el campo de acción del gran generador.
—
¿No puede hacerlo el Imán? —interrogó el chiquillo.
—Temo
que no. Se utiliza para ello un modulador. Los protones sobrecargados tienen
tendencia a abandonar fácilmente una ruta determinada y a vagar en todas
direcciones. Para evitar que entren en un curso de espiral cada vez más amplio
se necesita recurrir a un sistema complicado de modulación de frecuencia. Y,
cuando el rayo alcanza su carga precisa, continúa vigente la peliaguda cuestión
de sacarlo de la cámara circular.
Señalando
con el dedo hacia abajo, por encima de la barandilla de la plataforma, el guía
indicó el generador situado a sus pies. El aparato era enorme e imponente, con
cierto parecido a un buñuelo colosal. Su zumbido resultaba estruendoso.
—La
cámara de aceleración se encuentra dentro del generador. Tiene una longitud de
ciento veinte metros. Me parece que no es posible verla desde aquí.
—Me
pregunto —terció el veterano de guerra canoso— si los fabricantes de esta
máquina espectacular se dan cuenta de que uno cualquiera de los huracanes
corrientes, creados por la mano de Dios, excede en mucho al total de la
potencia engendrada por el hombre, incluida ésta y todas las demás máquinas
construidas hasta la fecha.
—Estoy
segura de que se dan perfecta cuenta de ello —manifestó con sutileza la joven
de aspecto severo—. Es probable que estén en condiciones de calcular con toda
exactitud la potencia del huracán que usted les indicase. Podrían citársela
casi sin margen de error.
El
militar retirado la examinó con dignidad y reserva, a distancia.
—
¿Es usted científica señora? —preguntó en voz baja.
El
cicerone tenía ya a casi todos los miembros del grupo encima de la plataforma
de observación.
—Usted
primero —McFeyffe se apartó, dejando pasar a Hamilton.
Marsha
se había adelantado ya y su marido echó a andar tras ella. McFeyffe, que fingía
interesarse por los gráficos informativos adosados a la pared que dominaba la
plataforma, cerraba la comitiva.
Hamilton
tomó la mano de su esposa, la apretó con fuerza y susurró al oído de la mujer:
—
¿Crees que hubiera renunciado a ti? No vivimos en la Alemania nazi.
—Aún
no —contestó Marsha, alicaída. No había perdido del todo su palidez, ni se
había sobrepuesto completamente al abatimiento; apenas quedaban en su rostro
huellas de maquillaje y tenía los labios descoloridos, yertos y apretados—.
Cariño, cuando pienso en esos hombres, convocándote ante su presencia para
echarte en cara mi persona y mis actividades, como si yo fuera una especie
de... Mesalina o algo semejante..., o como si mantuviera relaciones secretas
con los caballos... me entran ganas de asesinarlos Y Charlie..., le consideraba
amigo nuestro. Pensaba que podríamos contar con él. ¿Cuántas veces vino a casa
a cenar?
—Tampoco
vivimos en Arabia —le recordó Hamilton—. Sólo porque le dimos de comer, eso no
significa que sea nuestro hermano de sangre.
—La
última vez que le invitamos, hasta le preparé un pastel de merengue. Y algunas
otras cosas que le gustaban. Ese tipo y sus ligas de color naranja. Prométeme
que nunca llevarás ligas.
—Calcetines
con goma elástica y nada más. —La acercó hacia sí y dijo—: Demos un empujoncito
a ese bastardo y tirémoslo sobre el generador.
—
¿Crees que el aparato lo asimilaría? —Marsha sonrió tristemente—. Lo más
probable es que lo escupiese. Demasiado indigesto.
A su
espalda, la matrona y su hijo se rezagaban. McFeyffe se había quedado bastante
detrás, caminaba con las manos hundidas en los bolsillos del pantalón,
inclinado con desaliento el grueso semblante.
—No
parece muy feliz —observó Marsha—. En cierto modo, me da lástima. No es culpa
suya.
—
¿Pues de quién es la culpa? —En tono frívolo, como si bromeara, Hamilton
preguntó—: ¿De las sanguijuelas chupadoras de sangre del proletariado, de las
alimañas capitalistas de Wall Street?
—Una
manera muy extraña de expresarlo —dijo Marsha, turbada—. Jamás te había oído
pronunciar esas palabras. —De súbito, se aferró a Hamilton—. No creerás que...
—Se interrumpió y se apartó bruscamente de él—. Sí. Temo que acaso sea verdad.
—
¿Qué es lo que temo que acaso sea verdad? ¿Que perteneciste durante una época
al Partido Progresista? ¿Es que se te ha olvidado que solía llevarte a las
reuniones en mi cupé «Chevrolet»? Hace diez años que estoy enterado de eso.
—No
es tal la cuestión... No me refiero a lo que hacía, sino a lo que significa...
a lo que esos señores dicen que significa. Lo crees así, ¿no es cierto?
—Bueno
—articuló Hamilton, incómodo—, no tienes ningún transmisor de onda corta
escondido en el sótano. Al menos, que yo sepa.
—
¿Acaso lo has buscado? —La voz de Marsha era fría y acusadora—. Quizás lo
tenga, no estés tan seguro. Puede que me encuentre aquí para sabotear ese
Bevatrón o lo que sea.
—No
hables tan alto —aconsejó Hamilton.
—Y
tú no me des órdenes.
Irritada,
Marsha retrocedió, apartándose de su marido en dirección al delgado veterano de
guerra de aspecto severo.
—Tenga
precaución, joven damisela —la advirtió el soldado, separándola con firmeza de
la barandilla—. No querrá caer por el borde de este precipicio, ¿verdad?
—El
mayor problema de su construcción —explicaba el guía— estribaba en que la
unidad correctora solía llevar el rayo de protones fuera de la cámara circular
y lo conducía al choque con su blanco. Se emplearon diversos métodos. En
principio, se apagaba el oscilador en un momento crítico; esto permitía a los
protones emprender un recorrido en espiral hacia afuera. Pero semejante desvío
resultaba demasiado imperfecto.
—
¿No es verdad —intervino Hamilton con aspereza— que en el antiguo ciclotrón de
Berkeley se descarrió por completo un rayo?
El
guía se le quedó mirando, interesado.
—Eso
dicen, sí.
—Según
tengo entendido, atravesó un despacho y lo calcinó. Aseguran que todavía pueden
verse las marcas chamuscadas. Y por la noche, cuando las luces están apagadas,
aún son visibles las radiaciones.
—Al
parecer flota por allí en forma de nube azulada —convino el cicerone—. ¿Es
usted físico, señor?
—No,
me dedico a la electrónica —le informó Hamilton—. Me cautiva ese desviador;
conozco a Leo Wilcox muy superficialmente.
—Éste
es un gran día para Leo, su jornada de gloria —observó el negro—. Acaban de
poner en funcionamiento la unidad de ahí abajo.
—
¿Cuál es? —se interesó Hamilton.
Con
el índice, el guía indicó un complicado aparato que estaba a un lado del
generador. Cierto número de las losas protegidas sostenían un grueso tubo de
color gris oscuro, sobre el que se veía montada una serie laberíntica de
conductos de líquido.
—Ésa
es la obra de su amigo. Debe de andar por ahí, en alguna parte, mirando.
—
¿Qué tal ha salido la cosa? ¿Cumple?
—Aún
no lo saben.
Detrás
de Hamilton, Marsha se había retirado a la parte posterior de la plataforma. El
ingeniero la siguió hasta allí.
—Procura
comportarte como una persona adulta —reprochó en susurro enojado—. Mientras
permanezcamos aquí, deseo ver y enterarme de todo lo que pueda.
—Tú
y tu ciencia. Alambres y tubos... para ti, todo eso es más importante que mi
vida.
—He
venido a este edificio para observar los aparatos que alberga y voy a hacerlo.
No me lo estropees; no organices una escena.
—Eres
tú quien está organizando una escena.
—
¿No has causado ya bastante daño?
De
mal talante, Hamilton le dio la espalda, pasó junto a la competente mujer de
negocios, dejó atrás a McFeyffe, y anduvo hacia la rampa que comunicaba la
plataforma con el corredor. Se rebuscaba en los bolsillos para sacar el paquete
de tabaco, cuando el primer gemido ominoso de las sirenas de alarma rasgó el
aire, por encima del zumbido del generador.
—
¡Atrás! —voceó el guía, al tiempo que sus delgados brazos oscuros se alzaban y
agitaban—. La pantalla de radiación...
Un
furibundo rugido siseante estalló encima de la plataforma. Se inflamaron nubes
de partículas incandescentes, que, tras explotar, llovieron sobre las
aterrorizadas personas. El desagradable olor a materia quemada hirió el olfato
de todos: frenéticamente, forcejearon y se empujaron unos a otros, en su anhelo
de llegar a la salida de la plataforma.
Surgió
una grieta. Un armazón metálico, abrasado de parte a parte por la fuerte
radiación, se arqueó, se fundió y cedió. La matrona de mediana edad abrió la
boca y dejó escapar un chillido estruendoso y penetrante Bregando a la
desesperada, McFeyffe hacía cuanto le era posible por abandonar el carcomido
estrado y eludir el cegador despliegue de radiación que lo quemaba todo.
Tropezó con Hamilton, el cual apartó de un empujón al espavorido policía, pasó
junto a él y alargó los brazos, en un intento vano de agarrar a Marsha.
Sus
propias ropas se habían incendiado. En torno suyo, personas envueltas en llamas
luchaban para salir de aquel infierno, mientras despacio, pesadamente, la
plataforma se inclinaba hacia adelante, quedaba suspendida durante un momento y
luego terminaba por disolverse.
Por
todo el edificio del Bevatrón ululaban las sirenas automáticas y los timbres de
alarma, Chillidos de terror, humanos y mecánicos, se entremezclaban, formando
una cacofonía de estrépito. Bajo los pies de Hamilton, el piso se hundió
majestuosamente. Dejando de constituir una masa sólida de acero, hormigón,
plástico y alambre, aquel suelo se convirtió en una polvareda de partículas
dispersas. De manera instintiva, el ingeniero alzó las manos; se desplomaba
boca abajo, hacia el borroso contorno de la maquinaria instalada en la planta
inferior.
Durante
la caída, al escaparse el aire de sus pulmones, percibió un Buuum sostenido y
abrumador; un diluvio de yeso pulverizado se abatía sobre él, ascuas minúsculas
y corpúsculos de ceniza, que planeaban, surcaban el vacío y abrasaban. Luego,
en cuestión de segundos, su cuerpo atravesó la tela metálica que protegía el
generador. El chirrido del material rasgado y la furiosa presencia de la
inflexible radiación que barría la estancia, por encima de él...
El
impacto fue violento. El dolor se hizo algo visible: un lingote luminoso, suave
y absorbente como una masa de acero radiactivo. Ondulaba, se extendía e iba
engulléndole de modo sosegado y paulatino. En su agonía, Hamilton era un punto
de materia orgánica húmeda, en trance de ser embebida por una lámina infinita y
densa de fibra metálica.
Después,
incluso tal sensación fue decreciendo, hasta desaparecer. Consciente del
quebrantamiento grotesco de su cuerpo, quedó derrumbado en inerte montón,
aunque reflexivamente, a ciegas, trataba de incorporarse. Pero, al mismo
tiempo, no dejaba de comprender que ninguno de ellos se podría levantar. Al
menos, durante un buen rato.
III
ALGO
SE AGITÓ en la oscuridad.
Durante
largo período de tiempo, Hamilton continuó tendido, a la escucha e inmóvil.
Cerrados los párpados, inerte el cuerpo, evitó moverse y se esforzó en
convertir la totalidad de su persona en un simple oído gigante. Percibía un
rítmico tap, tap, como si algo hubiese irrumpido de pronto en las tinieblas y
tantease a ciegas su contorno. Durante una eternidad, Hamilton, en su condición
de pretendida oreja gigantesca, analizó las características sonoras de aquel
ruido. Después, al metamorfosearse con la fantasía en cerebro colosal,
comprendió que se trataba de una persiana en su continuo batir contra el marco
de un ventanal. Se dio cuenta también de que estaba en el cuarto de un
establecimiento clínico.
Como
ojo normal, nervio óptico y mente humana, captó la figura borrosa de su mujer,
que ondulaba, se esfumaba y recobraba su forma, a pocos palmos del lecho. Le
invadió una oleada de reconocimiento. Gracias a Dios, Marsha no había resultado
incinerada por las radiaciones. Una muda oración de gratitud brotó en su
cerebro; relajó los músculos y se dejó envolver por la rosada nube de puro gozo
que generó aquella nueva feliz.
—Está
recuperando el conocimiento —observó la voz profunda y autoritaria de un
médico.
—Eso
creo —fue Marsha la que habló después—. Sus palabras parecían llegar desde muy
lejos—. ¿Cuándo podremos tener la certeza de ello?
—Estoy
perfectamente —se las arregló Hamilton para articular, en tono áspero.
Al
instante, la figura borrosa se destacó y aleteó sobre él.
—Cariño...
—Marsha casi tartamudeaba, mientras sus manos producían caricias amorosas—. No
murió nadie... Todo el mundo sobrevivió al accidente. Incluso tú... —Como si
fuera una Luna inmensa, surgían de Marsha extáticos rayos plateados—. McFeyffe
se torció un tobillo, pero se lo curarán. Creen que el niño sufre conmoción
cerebral.
—
¿Qué me dices de ti? —inquirió Hamilton, débil la voz.
—Me
encuentro estupendamente. —Levantó los brazos y ejecutó media vuelta de
exhibición, para que Hamilton pudiese contemplarla a conciencia. En vez de la
chaquetita y el vestido anteriores, llevaba una sencilla bata blanca del
hospital—. La radiación chamuscó toda mi ropa... Me han prestado esto. —Un poco
violenta, se arregló la cabellera castaña—. Y, mira... he perdido la melena. Al
quemárseme las puntas, no tuve más remedio que cortarlas. Claro que el pelo
vuelve a crecer.
—
¿Puedo levantarme? —preguntó Hamilton, al tiempo que pretendía incorporarse y
sentarse en la cama. Pero la cabeza empezó a darle vueltas; en seguida estuvo
de nuevo en posición horizontal, mientras se esforzaba en introducir aire en
sus pulmones. Jirones de negrura bailotearon vertiginosamente en torno suyo;
cerró los ojos y aguardó aprensivamente a que pasara aquel torbellino de
aturdimiento.
—Notará
debilidad durante cierto tiempo —le informó el médico—. La postración nerviosa
y la pérdida de sangre. —Tocó a Hamilton en el brazo—. Sufrió cortes bastante
graves. Se le incrustaron en la carne algunos trozos de metal, pero ya los
hemos extraído.
—
¿Quién salió peor parado? —quiso saber Hamilton; continuó sin levantar los
párpados.
—Arthur
Silvester, el veterano. No perdió el conocimiento, pero hubiese preferido que
quedara inconsciente. Según parece, se fracturó la clavícula. Está en el equipo
quirúrgico. Temen que su columna haya sufrido daños.
—Fragilidad,
supongo —articuló Hamilton, al tiempo que se exploraba el brazo. Se lo apretaba
un enorme vendaje de plástico blanco.
—Yo
fui la que menos heridas sufrió —dijo Marsha, titubeante—. Pero recibí un golpe
que me dejó paralizada. Me refiero a la radiación. Caí a través del haz
principal; todo lo que vi fueron chispas y relámpagos de fuego. Lo cortaron en
seguida, naturalmente. No creo que durase más de una fracción de segundo. —Hizo
una pausa y añadió en tono quejumbroso—. Aunque fue como un millón de años.
El
médico, un joven de aspecto aseado y eficiente, alzó el embozo y tomó el pulso
a Hamilton. Junto a la cama, revoloteaba una enfermera alta y rebosante de
competencia profesional. Se acercó el instrumental hasta el codo de Hamilton.
La situación parecía dominada.
Lo
parecía... pero algo no funcionaba bien. Era un presentimiento. En lo más
profundo de su ser, Hamilton notaba la presencia de la enojosa sensación de que
algo fundamental se había torcido.
—Marsha
—dijo de pronto—, ¿lo adviertes?
Con
paso vacilante, Marsha se llegó a su lado.
—
¿Qué es lo que tengo que advertir, cariño?
—Lo
ignoro. Pero está ahí.
Al
cabo de un momento de indecisión, cargado de ansiedad, Marsha se volvió al
médico.
—Le
hablé de la existencia de algo raro, ¿verdad? ¿No le dije algo así cuando
recobré el sentido?
—Todos
los que salen de un estado de postración nerviosa experimentan sensaciones de
irrealidad —la informó el galeno—. Es normal. Pero eso suele desaparecer antes
de que transcurran cuarenta y ocho horas. Recuerde que, tanto a usted como al
señor Hamilton, se les inyectaron sedantes. Y que han pasado por una prueba
terrible; usted sufrió un latigazo de una corriente de altísima tensión.
Ni
Hamilton ni su esposa dijeron nada. Se miraban mutuamente, tratando cada uno de
ellos de leer en la expresión de la cara del otro.
—Supongo
que tuvimos mucha suerte —aventuró Hamilton. Su oración jubilosa había quedado
reducida a un sentimiento de dubitativa incertidumbre. ¿Qué era aquello? La
impresión no tenía nada de racional; no conseguía captarla bien, se escapaba a
su entendimiento. Echó una mirada en torno, pero en la estancia no vio nada
extraño, nada que estuviese fuera de lugar.
—Muchísima
suerte —confirmó la enfermera. Lo dijo orgullosamente, como si le
correspondiese el mérito de ello.
—
¿Cuánto tiempo he de permanecer aquí?
El
médico reflexionó.
—Creo
que puede volver a su casa esta misma noche. Pero deberá guardar cama durante
un día o dos. Tanto usted como la señora necesitarán una buena dosis de
descanso, cuestión de una semanita. Les sugiero que contraten los servicios de
una enfermera bien adiestrada.
—No
podemos permitirnos ese lujo —manifestó Hamilton pensativamente.
—Desde
luego, tendrán sus gastos cubiertos. —El médico parecía ofendido—. El Gobierno
Federal se encarga de todo esto. Si me encontrase en el lugar de ustedes, no
perdería el tiempo preocupándome acerca de cómo levantarme del lecho cuanto
antes.
—Tal
vez sea mejor así —replicó Hamilton agriamente.
No
se extendió en más detalles, durante un buen rato estuvo sumido en sombrías
reflexiones acerca de su situación.
Con
accidente o sin accidente, esa situación no había cambiado. A menos que,
mientras permaneció privado del conocimiento, el coronel T. E. Edwards hubiese
fallecido de un ataque cardíaco. Pero eso no parecía probable.
Cuando
el médico y la enfermera se convencieron de que debían retirarse Hamilton se
dirigió a su esposa:
—Bueno,
ahora disponemos de una excusa. Algo que decir a los vecinos para explicar por
qué no voy al trabajo.
Alicaída,
Marsha asintió.
—Ya
no me acordaba de eso.
—Será
cuestión de encontrar algo en lo que no intervenga el material clasificado.
Algo que esté completamente al margen de los asuntos relativos a la defensa
nacional. —Y añadió, en tono hosco—: Como dijo Einstein, allá por el cincuenta
y cuatro: Tal vez me convierta en un buen fontanero. O en un técnico que repare
aparatos de televisión; esto último se encuentra más acorde con mis aptitudes.
—
¿Recuerdas lo que siempre querías hacer? —Inclinada por encima del borde de la
cama, Marsha contemplaba las puntas irregulares de su pelo trasquilado—.
Deseabas diseñar nuevos circuitos para grabadoras magnetofónicas. Y circuitos
de frecuencia modulada. Aspirabas a hacerte un nombre en el campo de la alta
fidelidad, como Bogen, Thorens y Scott.
—Eso
es cierto —asintió Hamilton, procurando poner en sus palabras todo el
convencimiento que le fuese posible—. El «Sistema Sonoro Trinaural de
Hamilton». ¿Te acuerdas de la noche en que soñamos con ese proyecto? Tres
bandas, agujas, amplificadores, altavoces. Montado en tres habitaciones. Un
hombre en cada una de ellas escuchando su aparato. Y a través de cada uno de
esos aparatos, una composición distinta.
—Por
uno, el doble concierto de Brahms —observó Marsha, con un entusiasmo relativo
en la voz—. Sí que me acuerdo de eso.
—Por
otro, «Las nupcias», de Stravinsky. Y por otro, música de Dowland para laúd.
Luego, se altera la atención de los tres hombres y la esencia del Sistema
Sonoro Trinaural de Hamilton, el «Ortocircuito Armonifónico», enlaza y reúne
sus cerebros. Las sensaciones de las tres mentes se mezclan en una relación
matemática, basada en la Constante de Planck. —Hamilton empezó a notar unos
dolorosos picores en el brazo; terminó con aspereza—: La combinación resultante
se coloca en un magnetófono y se pasa de 3:14 veces la velocidad original.
—Y
se escucha en un reproductor de cristal. —Marsha se inclinó con rápido
movimiento y abrazó a Hamilton—. Oh, cariño, cuando recobré todos mis sentidos,
creí que habías muerto. Dios mío... tu aspecto era el de un cadáver: estabas
pálido, silencioso, completamente inmóvil. Pensé que me iba a estallar el
corazón en mil pedazos.
—Tengo
una póliza de seguro de vida —articuló Hamilton con gravedad—. Serías rica.
—No
quiero ser rica. —Mientras se balanceaba atrás y adelante, aun abrazándole,
Marsha susurró—: Mira lo que he hecho contigo. Sólo porque estaba aburrida y
sentía curiosidad, me dio la ventolera de mezclarme en excentricidades
políticas y he conseguido que perdieses tu empleo y que tu futuro corra un
peligro enorme. Me abofetearía. Debió ocurrírseme que no podía firmar aquello
de la Paz de Estocolmo mientras tú trabajabas en una fábrica de proyectiles
teledirigidos. Pero cuando alguien me presentaba una solicitud, siempre me
dejaba convencer. Las pobres masas oprimidas...
—No
te preocupes —repuso Hamilton—. Si esto hubiera sucedido en 1943, tu
comportamiento se consideraría normal y McFeyffe habría sido degradado. Por
peligroso fascista.
—Lo
es —afirmó Marsha en tono ferviente—. Es un fascista peligroso.
Hamilton
apartó de sí a la mujer.
—McFeyffe
es un patriota a carta cabal. Pero eso no le convierte en fascista. So pena de
que supongas que toda persona que no...
—No
hablemos más de ese asunto —le interrumpió Marsha—. Al parecer, no estás en
condiciones de afanarte mucho, ¿verdad? —Intensa y apasionadamente, le dio un
beso en los labios—. Aguarda a que estemos en casa.
Cuando
Marsha se disponía a retirarse, Hamilton la retuvo, cogiéndole por un hombro.
—
¿Qué ocurre? ¿Qué se ha torcido?
Confusa,
aturdida, Marsha sacudió la cabeza.
—Lo
ignoro. No logro imaginármelo. Desde que recuperé el sentido, parece estar
siempre a mi espalda. Lo presiento. Es como si... —Hizo un ademán—. Como si
cuando volviera la cabeza pudiese ver... no sé qué. Algo oculto. Algo terrible.
—Se estremeció, temerosa—. Me asusta.
—A
mí también.
—Es
posible que lo averigüemos —articuló Marsha débilmente—. Quizá no es nada...
sólo el sobresalto y los sedantes, como ha dicho el doctor.
Hamilton
no lo creía así. Ni Marsha tampoco.
Un
médico del cuadro de facultativos del hospital les llevaba a casa en compañía
de la austera mujer de negocios. Esta también iba vestida con una bata del
establecimiento clínico. Los tres se acomodaron en la parte posterior, mientras
el microbús «Packard» avanzaba por las oscuras calles de Belmont.
—Me
parece que tengo fracturadas un par de costillas —comentó la mujer de negocios,
sin emoción de ninguna clase en el tono de voz. Luego se creyó obligada a
añadir—: Me llamo Joan Reiss. Les he visto a ustedes antes... estuvieron en mi
negocio.
—
¿Qué local es? —preguntó Hamilton, una vez hubo presentado a su esposa y hecho
lo propio consigo mismo.
—El
comercio de librería y objetos artísticos de El Camino. El pasado mes de agosto
compraron ustedes un infolio Skira de Chagall.
—Exacto
—reconoció Marsha—. Era el cumpleaños de Jack... Lo pusimos en la pared. Abajo,
en la sala de audiofilia.
—En
la bodega —aclaró Hamilton.
—Había
algo... —manifestó Marsha de súbito, al tiempo que clavaba las yemas de los
dedos, convulsivamente, en el bolso—. ¿No te fijaste en el médico? ¿No lo
notaste?
—
¿Notar? —Hamilton se mostró un tanto confuso—. Pues, no; no observé nada
extraño.
—A
eso me refiero. Era una especie de... bueno, un modelo de médico. Como los
doctores que salen en los anuncios de pasta dentífrica.
Joan
Reiss escuchaba con atención.
—
¿Cómo dice?
—Nada
—replicó Hamilton, conciso—. Es una conversación particular.
—Y
la enfermera. Lo mismo puede decirse de ella, demasiado compuestita. Igual que
todas las enfermeras que uno ve por ahí.
Con
expresión reflexiva, Hamilton dirigió la vista hacia la oscuridad exterior, a
través de la ventanilla del vehículo.
—Es
la consecuencia de los medios de comunicación de masas —conjeturó—. La gente
imita a los modelos que le presentan en los anuncios. ¿No es así, señorita
Reiss?
—Quisiera
formularle una pregunta —dijo la señorita Reiss—. Se trata de algo que noté y
que me llamó la atención.
—
¿Qué es? —inquirió Hamilton, receloso. Aunque no era posible que la señorita
Reiss conociese el tema de su diálogo.
—El
policía de la plataforma... poco antes de que se derrumbara. ¿Por qué estaba
allí?
—Iba
con nosotros —repuso Hamilton, molesto.
La
señorita Reiss se le quedó mirando, interesada.
—
¿Ah, sí? Supuse que tal vez... —Se interrumpió de un modo vago—. Tuve la
impresión de que daba media vuelta y regresaba sobre sus pasos, antes de que la
plataforma se viniera abajo.
—Eso
fue lo que hizo —confirmó Hamilton—. Notó que se desplomaba. Lo mismo que yo,
pero me apresuré a volver.
—
¿Quiere decir que usted fue de nuevo a la plataforma deliberadamente? ¿Cuándo
pudo haberse salvado de caer?
—Mi
esposa —contestó Hamilton, no sin impertinencia.
La
señorita Reiss asintió, satisfecha al parecer.
—Lo
siento... El susto y toda esta tensión. Tuvimos suerte. Otros no fueron tan
afortunados. Resulta extraño: algunos hemos salido casi completamente ilesos y,
en cambio, ese pobre soldado, el señor Silvester, se rompió la clavícula. Una
no puede por menos que maravillarse.
—Ah,
debo decirles una cosa —terció el médico que iba al volante—. Aunque al
principio se temió que Arthur Silvester hubiera resultado con la columna
vertebral fracturada, parece que no fue así. Claro que sí tiene algunos huesos
cuarteados y lesiones en el brazo.
—Enorme
—murmuró Hamilton—. ¿Qué sabe del guía? Nadie lo ha mencionado.
—Diversas
heridas internas —repuso el médico—. Aún no han dado el diagnóstico definitivo.
—
¿Está esperando en el almacén de suministros? —preguntó Marsha.
El
doctor se echó a reír.
—
¿Se refiere a Bill Laws? Fue el primero que trasladaron; tiene amistades entre
el cuerpo médico.
—Hay
otra cosa —dijo Marsha bruscamente—. Teniendo en cuenta la altura desde la que
caímos y toda esa radiación... da qué pensar el hecho de que ninguno de
nosotros padezca heridas graves. Aquí vamos tres, como si nada hubiera pasado.
Es irreal. Salió todo demasiado bien.
—Probablemente
tropezamos con algún equipo de aparatos de seguridad —comentó Hamilton,
irritado—. ¡Maldita sea...!
Sin
duda pretendía decir algo más, pero no llegó a expresarlo. En aquel preciso
momento, un ramalazo de dolor ascendió inflexiblemente por su pierna derecha. A
la vez que dejaba escapar un alarido, dio un brinco y su cabeza chocó contra el
techo del vehículo. Con movimientos frenéticos, sus manos levantaron la pernera
del pantalón. Tuvo tiempo de ver la rauda retirada de una pequeña criatura con
alas.
—
¿Qué te pasa? —inquirió Marsha en un tono rezumante de ansiedad. Y en seguida
descubrió también al insecto—. ¡Una abeja!
Furioso,
Hamilton pisó a la abeja y la aplastó con el zapato.
—
¡Me picó! ¡En mitad de la pantorrilla! —Una fea ampolla roja empezaba ya a
formarse—. ¿Es que no he tenido bastantes disgustos?
El
médico se había apresurado a detener el microbús junto a la cuneta.
—
¿La mató? Esos animalitos se cuelan dentro de los coches mientras están
aparcados. Lo lamento... ¿le duele? Llevo ahí una pomada, si quiere, le pondré
un poco.
—Sobreviviré
—murmuró Hamilton, mientras se frotaba el círculo colorado—. Una abeja. ¡Como
si no hubiera sufrido bastantes complicaciones para un solo día!
—Pronto
estaremos en casa —trató Marsha de calmarle; lanzó un vistazo por la
ventanilla—. Entre a tomar un trago con nosotros, señorita Reiss.
—Bueno...
—dudó la señorita Reiss, mientras se llevaba a los labios un delgado y huesudo
dedo índice—. Me sentaría bien una taza de café. Si es que les sobra.
—No
faltaba más —las palabras de Marsha salieron rápidas—. Debemos mantenernos
unidos... los ocho. La experiencia vivida ha sido espantosa.
—Confiemos
en que todo haya terminado —dijo la señorita Reiss, que no parecía tenerlas
todas consigo.
—Amén
—remachó Hamilton.
Al
cabo de un momento, el microbús se acercó al cordón de la acera y se detuvo:
estaban en casa.
—
¡Qué nidito más lindo tienen ustedes! —alabó la señorita Reiss, cuando se
apearon del vehículo.
Entre
las dos luces del crepúsculo, la moderna residencia de estilo californiano se
erguía, envuelta en una atmósfera de quietud absoluta, esperando a que
recorriesen la senda que conducía al porche. Sentado en la galería, también
aguardándoles, estaba un enorme gato de pelaje amarillo, con las patas
delanteras ocultas bajo el pecho.
—Es
el minino de Jack —informó Marsha, al tiempo que buscaba en el bolso la llave
de la vivienda—. Quiere que le den de comer. —Se dirigió al animal—. Vamos,
adentro «Morrongo Atolondrado». No pretenderás que te sirvamos la cena aquí.
—
¡Qué nombre más original! —observó la señorita Reiss, matizado su tono por la
aprensión—. ¿Por qué lo llaman así?
—Porque
es un bicho estúpido —respondió Hamilton, rotundo.
—Jack
bautiza a todos sus gatos con nombres parecidos —explicó Marsha—. Al último que
tuvo, antes que éste, le puso «Botarate del Parnaso».
El
gatazo de aspecto indigno se levantó y se plantó de un salto en el sendero.
Avanzando en diagonal, se llegó hasta Hamilton y empezó a frotarse ruidosamente
contra su pierna. La señorita Reiss se apartó, sin disimular su evidente
desagrado.
—Jamás
he conseguido acostumbrarme a los gatos —confesó—. ¡Son tan ruines y
disimulados!
En
circunstancias normales, Hamilton habría pronunciado un sermón relativo a los
tópicos. Pero en aquel instante, le tenía completamente sin cuidado lo que
opinara la señorita Reiss acerca de los gatos. Introdujo la llave en la
cerradura, empujó la puerta y encendió las luces. La casita de dos dormitorios
cobró vida y animación y las damas entraron. Después de ellas, penetró
«Morrongo Atolondrado», el cual se encaminó directamente a la cocina, con la
cola erecta en vertical, como una vara amarilla.
Aún
con la bata del hospital puesta, Marsha abrió la heladera y extrajo un verde
recipiente de plástico, en el que había despojos de vaca. Mientras echaba la
carne al gato, comentó:
—La
mayoría de los genios de la electrónica tienen sustitutos mecánicos para los
animales domésticos... alevillas fototrópicas y cosas así, pequeños monstruos
cibernéticos autodirigidos, que no paran de correr y saltar. Al principio de
estar casados, Jack construyó uno que perseguía a las moscas y a los ratones.
Pero no era bastante bueno; tuvo que fabricar otro para que persiguiera y
atrapase al primero.
—Justicia
cósmica —sentenció Hamilton, que ya estaba quitándose el sombrero y la
chaqueta—. No quisiera que esos animalitos gobernados por células
fotoeléctricas poblasen el mundo.
Mientras
«Morrongo Atolondrado» daba buena cuenta de su cena, Marsha fue a la alcoba
para cambiarse de ropa. La señorita Reiss paseó por la sala de estar, dedicada
a la entendida inspección de jarrones, grabados, muebles y objetos de adorno.
—Los
gatos carecen de alma —dijo Hamilton morbosamente, mientras observaba la avidez
con que el suyo comía—. El más majestuoso del universo haría equilibrios con
una zanahoria en la cabeza con tal de conseguir hincar el diente a un trozo de
hígado de cerdo.
—Son
animales —convino la señorita Reiss, desde la sala de estar— ¿Nos compró a
nosotros esta reproducción de Paul Klee?
—Es
probable.
—Nunca
he logrado comprender lo que Klee trata de decir.
—Tal
vez no pretenda decir nada. Quizá se dedica a entretenerse y pasarlo bien. —A
Hamilton había empezado a dolerle el brazo; se preguntó qué aspecto tendría
bajo la venda—. Dijo que quería café, ¿verdad?
—Café...
muy cargado —corroboró la señorita Reiss—. ¿Me permite que le ayude a
prepararlo?
—Limítese
a ponerse cómoda. —Con movimiento maquinal, alargó la mano hacia la «Silex»—.
La edición en rústica de la Historia, de Toynbee, se encuentra en el anaquel de
las revistas, junto al sofá.
—Cariño...
—llamó Marsha desde el dormitorio, con voz aguda y apremiante—. ¿Puedes venir
un momento?
Hamilton
obedeció. Llevaba la «Silex» en la mano y, con las prisas, derramó un poco de
agua. Marsha estaba ante la ventana de la alcoba, en actitud de disponerse a
bajar la persiana. Tenía la vista fija en la oscuridad exterior y una tensa
arruga de inquietud surcaba su frente.
—
¿Qué ocurre? —interrogó Hamilton.
—Mira
ahí fuera.
Hamilton
lo hizo, pero no pudo distinguir más que la borrosa penumbra que imponía la
noche y la vaga silueta de algunos edificios. Relucían tenuemente algunas luces
dispersas. El cielo se manifestaba encapotado, recubierto por una capa de baja
niebla, que vagaba en forma de brumas silenciosas por encima de los tejados. No
se apreciaba vida ni actividad. Ni presencia alguna de personas.
—Parece
un ambiente de la Edad Media —señaló Marsha en tono sosegado.
¿Por
qué considerarlo así? Hamilton podía comprenderlo, pero, objetivamente, la
escena era prosaica; se trataba de la misma perspectiva de siempre, contemplada
desde la ventana del dormitorio, a las nueve y media de una fría noche de
octubre.
—Y
hablamos del mismo modo —prosiguió Marsha con un estremecimiento—. Dijiste algo
acerca del alma de «Morrongo». No te expresabas así antes.
—
¿Antes de qué?
—Antes
de que volviéramos a casa. —Marsha se apartó de la ventana y cogió su blusa de
cuadros: estaba colgada en el respaldo de una silla—. Y... ya sé que esto es
una tontería, pero ¿viste marchar el microbús del médico? ¿Te despediste de él?
¿Sucedió algo?
—Bueno,
se ha ido, ¿no? —observó Hamilton, sin comprometerse.
Seria
y con las pupilas dilatadas, Marsha se abotonó la blusa y se introdujo los
faldones bajo la cintura.
—Supongo
que, como dijeron, estoy un poco delirante. El susto, las medicinas... pero no
me negarás que reina una calma impropia. Como si fuéramos nosotros las únicas
personas vivas del contorno. Tengo la sensación de que estamos dentro de una
enorme campana gris, donde no hay luces, ni colores, sólo una especie de...
lugar primitivo. ¿Recuerdas las antiguas religiones? El caos imperaba antes de
que llegase el cosmos. La tierra fue separada del agua. La oscuridad se apartó
de la luz. Y las cosas carecían de sus nombres respectivos.
—El
gato tiene nombre —señaló Hamilton suavemente—. Y tú también; lo mismo que la
señorita Reiss. E igual que Paul Klee.
Regresaron
juntos a la cocina. Marsha se hizo cargo de la tarea de preparar el café; al
cabo de un momento, la «Silex» hervía con entusiasmo. Sentada a la mesa de la
cocina, rígida como un palo, la señorita Reiss presentaba una expresión tensa y
atormentada; su semblante severo e incoloro parecía sumido en profunda
concentración, como si dentro de su ánimo se desarrollara un agitado
torbellino. Era una joven de aspecto resuelto, cuya cabellera pajiza se recogía
en apretado moño, adosado a la parte posterior de la cabeza. Su nariz era fina
y puntiaguda y siempre solía tener los labios comprimidos con fuerza, trazando
una línea inflexible. La señorita Reiss parecía una fémina a la que era mejor
no buscarle las cosquillas.
—
¿Qué estaban murmurando ahí dentro? —preguntó, mientras le daba vueltas al
café.
—Tratábamos
un asunto personal —replicó Hamilton, molesto—. ¿Por qué?
—Vamos,
querido —le reprochó Marsha.
Plantándose
frente a la señorita Reiss, Hamilton inquirió con gesto decidido e
impertinente:
—
¿Siempre se comporta así? ¿Metiendo las narices en todas partes y esforzándose
en oír las conversaciones ajenas?
No
se retrató emoción visible alguna en el rostro inexpresivo de la mujer.
—He
de andar con cuidado —explicó—. Este accidente de hoy me ha hecho darme
perfecta cuenta del compromiso en que me hallo. —Añadió, corrigiéndose—: Me
refiero a lo que han dado en llamar accidente. Me afecta especialmente.
—
¿Por qué a usted en especial? —quiso saber Hamilton.
La
señorita Reiss no contestó; observaba a «Morrongo Atolondrado». El gatazo había
concluido su refrigerio y buscaba una falda donde acomodarse.
—
¿Qué le pasa? —preguntó la señorita Reiss, con un hilo de voz asustada—. ¿Por
qué se me ha quedado mirando?
—Está
usted sentada —aclaró Marsha tranquilizadoramente—. Quiere saltar sobre su
regazo y descabezar un sueñecito.
La
señorita Reiss se incorporó a medias y vituperó al felino:
—
¡No te me acerques! ¡Mantén tu sucio cuerpo lejos de mí! —Confió a Hamilton—:
Si no tuviesen pulgas, no serían tan repugnantes. Y éste mira de un modo
perverso. Supongo que matará su buena ración de pájaros.
—Seis
o siete todos los días —confirmó Hamilton, despierto ya del todo su mal genio.
—Sí
—asintió la señorita Reiss. Retrocedía cautelosamente, ante el más que
sorprendido gato—. Se ve a la legua que es un asesino. Desde luego, en la
ciudad debería haber alguna clase de ordenanza prohibitiva. Por lo menos, todos
los animales domésticos cuyo instinto es pérfido y destructor, los que
constituyen una amenaza en potencia, tendrían que sacar licencia. No cabe duda
de que el Ayuntamiento...
—Y
no sólo pájaros —la interrumpió Hamilton, dominado por una oleada de sadismo
frío e implacable—, sino también topos, ardillas y culebras. Esta mañana,
incluso, se presentó con un conejo muerto.
—Cariño
—se apresuró a interceder Marsha. La señorita Reiss se retorcía presa de
auténtico terror—. Hay personas a las que no les hacen ninguna gracia los
gatos. No esperarás que todo el mundo comparta tus gustos.
—Y
también ratoncitos de piel aterciopelada —continuó Hamilton brutalmente—. Los
caza a docenas. Algunos se los come y otros nos los trae. Y una mañana apareció
con la cabeza de una viejecita.
De
entre los labios de la señorita Reiss se escapó un chillido de pavor. Abrumada
por el pánico, se batió en retirada, patética e indefensa. Al instante,
Hamilton se arrepintió. Avergonzado de sí mismo, abrió la boca para pedir
disculpas, para retractarse de su equívoco humor...
Desde
lo alto, encima de su cabeza, descendió una nube de langostas. Sepultado bajo
aquella masa de aleteantes ortópteros, Hamilton bregó furiosamente para huir de
aquel diluvio envolvente. El gato y las dos mujeres permanecieron inmóviles,
paralizados por la incredulidad. Durante unos segundos, Hamilton se retorció y
combatió con la horda de voraces, pestilentes y movedizos insectos. Luego
consiguió salir por último de la red tendida por la plaga y, jadeante, se las
arregló para obligarlos a retroceder hacia un rincón.
—
¡Dios misericordioso! —murmuró Marsha, impresionada, al tiempo que ponía metros
de por medio, entre su persona y el zumbante aglomerado de bichos.
—
¿Qué... ha sucedido? —articuló la señorita Reiss, con los ojos clavados en la
nube de insectos—. ¡Es imposible!
—Bueno...
—dijo Hamilton, estremecida la voz—, pues ha ocurrido.
—Pero,
¿cómo? —terció Marsha, mientras los cuatro salían de la cocina, apartándose de
los esparcidos cuerpos saltarines, alados y ásperos—. Esas cosas no pueden
suceder.
—Pero
esto encaja —manifestó Hamilton, en voz baja y débil—. La abeja... ¿te
acuerdas? Teníamos razón; algo se ha desencadenado. Y esto se ajusta a lo de
antes. Posee lógica.
IV
MARSHA
HAMILTON dormía sobre la cama. Los áureos rayos del cálido sol matinal caían
encima de sus hombros desnudos, de la sábana y la colcha y de las baldosas
asfálticas del piso. No muy tranquilo del todo, Jack Hamilton se afeitaba en el
cuarto de baño, pese al continuo dolor punzante que sentía en el brazo herido.
El espejo, empañado por el vapor y hendido por los surcos que dejaban las gotas
al deslizarse por su superficie, reflejaba sus facciones cubiertas de espuma,
una caricatura tergiversada de su semblante habitual.
En
aquellos instantes, todo era calma y sosiego en la casa. La mayor parte de las
langostas aparecidas la noche anterior se habían dispersado ya, sólo alguno que
otro roce áspero que se producía en las paredes de vez en cuando recordaba a
Hamilton que no todos los insectos se habían ido. En apariencia, reinaba la
normalidad. Una camioneta de reparto de leche pasó por delante de la vivienda.
Marsha emitió un suspiro entre sueños, se removió en la cama y alzó un brazo
por encima del embozo de la sábana. Afuera, en el porche de atrás «Morrongo
Atolondrado» se preparaba para entrar.
Con
sumo cuidado, manteniendo una férrea disciplina sobre sí mismo, Hamilton
terminó de afeitarse, limpió la navaja, se aplicó un masaje de talco en el
cuello y las mejillas y buscó una camisa limpia. Se había pasado la noche en
blanco, tendido en la cama pero sin dormir, con la imaginación puesta en aquel
momento: en lo que haría a partir de entonces, cuando estuviese afeitado,
lavado, peinado, vestido y completamente despierto.
No
sin torpeza, hincó una rodilla en el suelo, unió las manos, cerró los ojos,
respiró hondo y empezó:
—Dios
querido —rezó, ceñudo, medio susurrando—. Lamento lo que le hice a la pobre
señorita Reiss. Ruego que me sea perdonado, si a Ti te parece bien.
Continuó
arrodillado durante un momento. Se preguntaba si bastaría y si su oración
habría sido correctamente expresada. Pero, poco a poco, un sentimiento de
ultraje fue desplazando a la humildad de su contrición. No era natural que un
hombre adulto permaneciese allí, con una rodilla en tierra. No dejaba de ser
una postura incómoda y algo indigna... y a la que no estaba acostumbrado. Un
tanto resentido, añadió un párrafo de cierre.
—Para
qué vamos a engañarnos... esa mujer se lo merecía. —Su hosco murmullo pareció
extenderse a través del silencio de la casa; Marsha volvió a suspirar y se
encogió sobre sí misma. No tardaría en despertarse. Afuera, «Morrongo
Atolondrado» arañó la tela metálica protectora de la puerta, extrañado de que
aún se encontrase cerrada. Hamilton prosiguió—: Considera lo que dijo.
Actitudes como la suya son las que conducen a los campos de exterminio. Es una
señora rígida e inflexible, con una personalidad de tipo autoritario. Un ser
antigatuno se encuentra a dos pasos del antisemitismo.
No
hubo respuesta. ¿Acaso la esperaba? Exactamente, ¿qué esperaba? No lo sabía con
certeza. Algo, algún indicio.
Quizás
no había concluido: La última vez que profundizó un poco en cuestiones
religiosas fue cuando tenía ocho años, en una ambigua clase de escuela
dominical. La trabajosa sesión de lectura que desarrolló la noche antes no le
hizo desembocar en ningún punto específico, sólo le permitió comprender, de una
manera abstracta, que el tema era de una amplitud insospechada. Fórmulas,
protocolos, ritos... iba a resultar mucho peor que preparar y conseguir una
entrevista con el coronel T. E. Edwards.
Pero,
de un modo u otro, venía a ser lo mismo.
Se
hallaba en su postura suplicante, cuando oyó un ruido a su espalda. Al volver
la cabeza rápidamente, distinguió la figura de una persona, que cruzaba la sala
de estar con andares precavidos. Un hombre, ataviado con un jersey y unos
pantalones de trabajo; un joven negro.
—
¿Es usted la señal que he estado impetrando? —preguntó Hamilton en tono
cáustico.
El
semblante del negro denotaba fatiga.
—Se
acuerda de quién soy. El cicerone que los guio hasta la plataforma. Llevo
quince horas sin poder apartar de la imaginación esa idea.
—Usted
no tuvo la culpa —repuso Hamilton—. Cayó con todos nosotros. —Se puso en pie,
envarado, y salió del cuarto de baño—. ¿Se desayunó ya?
—No
tengo apetito. —El negro le examinó con atención—. ¿Qué estaba haciendo?
¿Rezando?
—Sí
—reconoció Hamilton.
—
¿Lo tiene por costumbre?
—No,
—Hamilton titubeó—. Desde los ocho años, no había vuelto a rezar.
El
negro asimiló la información.
—Me
llamo Bill Laws. —Se estrecharon la mano—. Según parece, ya se ha dado cuenta.
¿Cuándo ocurrió?
—En
algún momento entre anoche y esta mañana.
—
¿Ocurrió algo especial?
Hamilton
le refirió el episodio de la abeja y el de la lluvia de langostas.
—No
costaba el menor trabajo comprender la causa que producía tales sucesos. Mentí
y fui castigado... Blasfemé y recibí mi escarmiento... Causa y efecto.
—No
creo que consiga nada rezando —dijo Laws, conciso—. También lo intenté. Sin
resultado.
—
¿Qué pidió en sus oraciones?
Con
gesto irónico, Laws señaló la superficie de piel negra que empezaba a partir
del cuello de la camisa.
—A
ver si lo adivina. Las cosas no son tan sencillas... Nunca lo fueron y nunca lo
serán.
—Su
tono parece bastante amargo —articuló Hamilton, reservado.
—El
susto que nos llevamos fue de pronóstico. —Laws comenzó a pasearse por la
sala—. Le ruego me disculpe por haber irrumpido en su domicilio en esta forma.
Pero es que la puerta frontal no estaba cerrada con llave y supuse que ya se
habían levantado. Tengo entendido que se dedica usted a la investigación
electrónica.
—Así
es.
—Mis
saludos, hermano —dijo Laws, al tiempo que esbozaba una mueca—. Me licencié en
física avanzada. Gracias al aprovechamiento de mis estudios, conseguí el empleo
de guía. En la actualidad, existe una competencia enorme en la profesión.
—Añadió, al cabo de unos segundos de pausa—. Eso dicen.
—
¿Cómo lo averiguó usted?
—
¿Se refiere a ese otro asunto? —Laws se encogió de hombros—. No resultó tan
difícil como todo eso. —El muchacho se sacó del bolsillo un pequeño envoltorio
de tela; desdobló el tejido y dejó al descubierto una plaquita de metal—. Hace
años, mi hermana me regaló esto para que lo llevara siempre encima. Y me he
acostumbrado.
Lanzó
el amuleto a Hamilton. Grabadas en la lámina metálica había unas devotas
palabras de fe y esperanza. A fuerza de años, el roce de los dedos desgastó un
poco la inscripción.
—Vamos
—instó Laws—. Utilícelo.
—
¿Qué lo utilice? —Hamilton no comprendía el significado de aquello—. La verdad,
esto queda fuera de mi estilo.
—Su
brazo. —Laws hizo un ademán de impaciencia—. Ahora funciona. Póngaselo encima
del corte. Pero vale más que primero se quite la venda; el contacto físico
favorece. Adyacencia, lo llaman. Así es como yo curé mis diversos dolores,
contusiones y fracturas.
Escéptica
y cuidadosamente, Hamilton levantó una parte del vendaje; la carne amoratada,
lívida y húmeda de sangre rutiló bajo los rayos del sol matutino. Tras un
titubeo momentáneo, aplicó allí el trozo de frío metal.
—Ahí
lo tiene —dijo Laws.
El
feo encono de la herida comenzó a difuminarse. Mientras Hamilton se miraba el
brazo, la carne magullada fue adoptando un tono rosado. Una especie de
resplandor rojizo se extendió por la piel; el corte se estrechó, se marchitó,
se secó y se cerró. En cuestión de segundos, apenas quedaba allí una línea
blanca, casi imperceptible. Y los ramalazos de dolor habían cesado.
—Eso
es —manifestó Laws, a la vez que alargaba la mano para recuperar su amuleto.
—
¿Daba resultado antes?
—Nunca
lo dio. Sólo decepciones. —Laws se guardó el talismán—. Probaré a dejar unos
cuantos cabellos en agua durante toda la noche. Naturalmente, por la mañana se
habrán convertido en gusanos. ¿Quiere saber cómo curar la diabetes? Medio sapo
mezclado con leche de virgen; como se trata de la parte superior del batracio,
se le pondrá alrededor del cuello un trozo de franela vieja, humedecida en agua
de alberca...
—
¿Pretende afirmar que todo eso...?
—Saldrá
bien. Como la gente de pueblo ha estado asegurando a lo largo de años y años.
Hasta ahora, se equivocaban. Pero ahora somos nosotros los equivocados.
Marsha
apareció en el umbral de la puerta del dormitorio. Iba en bata, le caía el pelo
por delante de la cara y el sueño mantenía aún sus párpados medio cerrados.
—
¡Oh! —exclamó sorprendida, al ver a Laws—. ¡Usted aquí! ¿Cómo se encuentra?
—Perfectamente,
gracias —respondió Laws.
Mientras
se frotaba los ojos, Marsha se volvió hacia su marido.
—
¿Qué tal dormiste?
—Dormí.
—Algo que notó en la voz de Marsha, una especie de agudeza apremiante, le
impulsó a preguntar— ¿Por qué?
—
¿No soñaste?
Hamilton
reflexionó. Se había removido en la cama, dio vueltas y más vueltas, inundada
su mente por una fantasmagoría nebulosa. Pero no captó nada que pudiese
definir.
—Pues,
no —confesó.
Una
expresión peculiar había aparecido en el semblante inteligente de Laws.
—
¿Soñó usted, señora Hamilton? ¿Qué clase de sueños tuvo?
—Fue
algo de lo más demente. No puede decirse que se tratara de un sueño, en
realidad. Quiero decir que no ocurría lo más mínimo. Sólo... existía.
—
¿Algún lugar?
—Sí,
un sitio. Y nosotros.
—
¿Todos nosotros? —el tono de Laws fue vehemente—. ¿Los ocho?
—Sí
—asintió Marsha, anhelante—. Estábamos tendidos en el suelo de la nave donde
caímos. En la sala del Bevatrón. Todos allí, estirados e inmóviles.
Inconscientes. Y no sucedía nada. Ni siquiera pasaba el tiempo. No se producía
ningún cambio.
—En
el rincón del fondo —apuntó Laws—, ¿no se movía algo? Unos cuantos enfermeros,
quizás.
—Sí
—repitió Marsha—. Pero no estaban en movimiento. Sólo permanecían suspendidos
de una especie de escala. Paralizados allí.
—Se
movían —declaró Laws—. También yo tuve ese sueño. Al principio creí que estaban
inmóviles. Pero, no. Se movían, aunque infinitamente despacio.
Se
produjo un silencio saturado de inquietud.
Tras
hurgar de nuevo en su cerebro, Hamilton articuló lentamente.
—Ahora
que lo dicen... —Se encogió de hombros—. Es la memoria traumática. El instante
del choque. Queda profundamente grabado en el cerebro; jamás lograremos
arrancarlo de ahí.
—Pero
—terció Marsha, tensa—, aún está sucediendo. Continuamos allí.
—
¿Allí? ¿Tendidos en la sala del Bevatrón?
La
muchacha asintió.
—Lo
presiento. Estoy convencida.
Al
darse cuenta del matiz alarmado de su voz, Hamilton cambió de tema.
—Una
sorpresa —anunció, y puso ante los ojos de Marsha su brazo recién curado—. Bill
no hizo más que arrellanarse y surgió el milagro.
—No
fui yo —repuso en tono enfático, y sus ojos oscuros se endurecieron—. No podría
hacer un milagro aunque me fuese en ello la vida.
Un
poco desairado, Hamilton se frotó el brazo.
—Lo
realizó su amuleto.
Laws
volvió a examinar su talismán de la buena suerte.
—Tal
vez hemos descendido hasta hundirnos en la auténtica realidad. Acaso este
objeto estuvo siempre ahí, bajo la superficie.
Marsha
avanzó despacio hacia los dos hombres.
—Estamos
muertos, ¿verdad? —articuló roncamente.
—Al
parecer, no —respondió Hamilton— Aún nos encontramos en Belmont, California.
Pero no en el mismo Belmont. Se han producido ciertos cambios en algunos
puntos. Determinadas adiciones. Hay alguien flotando por aquí.
—Y
ahora, ¿qué? —preguntó Laws.
—No
me lo pregunte a mí —repuso Hamilton—. No fui yo quien provocó el traslado. No
cabe duda de que la causa estriba en el accidente de Bevatrón. Esto, sea lo que
sea, es consecuencia del desperfecto del aparato.
—Puedo
pronosticar lo que viene a continuación —intervino Marsha tranquilamente.
—
¿Qué?
—Voy
a salir en busca de empleo.
Hamilton
enarcó las cejas.
—
¿Qué clase de empleo?
—Cualquiera.
De mecanógrafa, de dependiente en alguna tienda, de telefonista... Lo que
salga. Si queremos seguir viviendo, tendremos que comer..., ¿no? ¿O es que no
te acuerdas de lo que ha pasado?
—Me
acuerdo —replicó Hamilton—. Pero te quedarás en casa y sacudirás el mantel;
seré yo quien se encargue de buscar empleo. —Indicó su mentón acabadito de
rasurar y su camisa limpia—. Y estoy a punto de ponerme en camino.
—Pero
—alegó Marsha—, la culpa de que te quedases sin trabajo fue exclusivamente mía.
—Acaso
no tengamos que trabajar más —comentó Laws, con irónica segunda intención—.
Puede que, de ahora en adelante, todo lo que nos corresponderá hacer sea abrir
la boca y esperar a que caiga el maná y se introduzca en ella.
—Creí
que lo había intentado ya —dijo Hamilton.
—Lo
intenté sí. Y no obtuve resultado alguno. Pero algunas personas lo obtuvieron.
Me parece que vamos a tener que dejar el trabajo al margen de la dinámica de
nuestras cosas. Este mundo, o lo que sea, dispone de sus propias leyes. Son
distintas a las que conocemos y, por consiguiente, no estamos familiarizados
con ellas. Ya hemos comprobado los efectos de algunas. La función de los
amuletos. Eso representa que la estructura completa de la solicitud de mercedes
funciona ahora. —Tras una pausa, Laws añadió—: Y tal vez la de la condena.
—Y
la salvación —murmuró Marsha, desorbitados sus ojos castaños—. Santo Dios,
¿crees de veras en la existencia de la Gloria?
—Estoy
absolutamente seguro —afirmó Hamilton. Regresó al dormitorio; al cabo de un
momento, reaparecía. Iba anudándose la corbata—. Pero eso llegará después.
Ahora voy a recorrer la península. Nos quedan en el banco cincuenta dólares
justos y no voy a morirme de hambre dedicado a probar si sale bien eso de las
oraciones.
Hamilton
fue a recoger su cupé «Ford» a la zona de estacionamiento de la fábrica de
proyectiles. Aún permanecía estacionado en el espacio correspondiente, donde un
letrero rezaba: «Reservado para John W. Hamilton».
Enfiló
el Camino Real y dejó a su espalda la población de Belmont. Media hora después
entraba en South San Francisco. El reloj de la fachada de la sucursal del Banco
de América en South San Francisco señalaba las once y media cuando Hamilton
detuvo su automóvil en la explanada de gravilla. junto a los «Cadillac» y
«Chrysler» pertenecientes al personal de la A.F.E.
Los
edificios de la Agencia para el Fomento de la Electrónica se erguían a su
derecha, blancos inmuebles de hormigón cuya silueta destacaba contra el fondo
monstruoso que constituía el paisaje que circundaba la ciudad fabril. Una vez,
años atrás, cuando publicó su primer artículo sobre electrónica avanzada, la
A.F.E. trató de persuadirle para que abandonara a la «Mantenimientos de
California» e ingresase en su nómina. Guy Tillingford, uno de los principales
estadistas del país, dirigía la empresa; era hombre inteligente, de ideas
originales y, además, había sido íntimo amigo del padre de Hamilton.
La
A.F.E. era el sitio más indicado para solicitar empleo... si es que pensaba
encontrar uno. Y, lo que resultaba más importante, aquella firma no tenía
compromiso alguno con nada que se relacionase con la investigación militar.
Antiguo integrante del grupo que creó y desarrolló el Instituto de Estudios
Adelantados de Princeton (antes de que dicho grupo se disolviera oficialmente),
el doctor Tillingford experimentaba más interés por los conocimientos y los
progresos científicos en general. De la A.F.E. salían los computadores, los
grandes cerebros electrónicos que se utilizaban en industrias y universidades
de todo el mundo occidental.
—Sí,
señor Hamilton —dijo la eficiente secretaria, mientras examinaba rápidamente su
puñado de documentos—. Comunicaré al doctor que se encuentra usted aquí...
Estoy segura de que se alegrará mucho de verle.
Hamilton
paseó por la antesala, tenso y nervioso, al tiempo que se frotaba las manos y
articulaba una muda oración. La plegaria no le costó el menor esfuerzo; en
aquel instante particular le salía fácilmente del fondo de su alma. Un saldo
favorable de cincuenta dólares en el banco no iba a permitir a la familia
aguantar mucho... ni siquiera en aquel mundo de milagros y chubascos de
langostas.
—
¡Jack, muchacho! —retumbó una voz profunda. El doctor Guy Tillingford apareció
en el hueco de la puerta de su despacho, radiante su envejecido rostro y
extendida la diestra—. Por Dios, no sabes la alegría que me causa verte.
¿Cuánto tiempo ha transcurrido desde la última vez? ¿Diez años?
—Casi
—reconoció Hamilton, mientras se estrechaban la mano cordialmente—. Tiene un
aspecto estupendo, doctor.
Por
toda la oficina había técnicos e ingenieros consultivos; jóvenes inteligentes,
que rezumaban competencia profesional, de pelo cortado al cepillo, corbatas de
lazo y expresión alerta en sus apacibles semblantes. Prescindiendo de ellos, el
doctor Tillingford condujo a Hamilton a través de una serie de puertas de
madera, hasta un despacho particular.
—Aquí
podemos charlar —confió, mientras se dejaba caer en una cómoda butaca tapizada
de cuero negro—. Me he preparado esta salita... una especie de retiro personal,
donde puedo pasarme algunos ratos dedicado a la meditación y darme un respiro
de vez en cuando. —Añadió con tristeza—: Parece que ya no me es posible
resistir el ritmo de marcha, como antes. Suelo refugiarme en este cobijo dos o
tres veces al día... para recuperar fuerzas.
—Ya
no trabajo en la «Mantenimientos de California» —anunció Hamilton.
—
¡Vaya! —Tillingford asintió con la cabeza—. Eso es bueno para ti. Esa empresa
no me parece recomendable. Excesivamente inclinados hacia el armamento. No
tienen nada de científicos; son funcionarios gubernamentales.
—No
me despedí por mi cuenta. Me echaron.
En
pocas palabras, Hamilton explicó la situación.
Durante
unos minutos, Tillingford no pronunció palabra. Se pellizcó los labios con aire
reflexivo, fruncidas las cejas, reconcentrado.
—Me
acuerdo de Marsha. Una chica dulce y cariñosa. Siempre me gustó. En estos días
se exceden con eso del peligro para la seguridad. Pero es una cuestión que aquí
no nos preocupa en absoluto. En la actualidad, no tenemos contratos del
Gobierno. Una torre de marfil. —Emitió una risita seca—. Los últimos residuos
de la más pura investigación.
—Supongamos
que pudieran utilizar mis servicios —aventuró Hamilton, procurando dar a su voz
el máximo tono de indiferencia posible.
—No
veo por qué no. —Perezosamente, Tillingford sacó una pequeña rueda de
jaculatorias y empezó a darle vueltas—. Estoy al cabo de la calle respecto a tu
trabajo... A propósito de ello, te diré que me hubiese gustado tenerte aquí
antes.
Fascinado,
hipnotizado y escéptico, Hamilton no apartaba los ojos de la rueda de rezos de
Tillingford.
—Claro
que hay algunas cuestiones corrientes —observó el doctor Tillingford, que
seguía dándole vueltas a la ruedecita—. La rutina... pero no tendrás que
rellenar impresos. Te formularé las preguntas verbalmente. No bebes, ¿verdad?
Hamilton
se quedó casi sin habla.
—
¿Beber?
—Ese
asunto de Marsha nos crea ciertas dificultades. Nos tiene sin cuidado el
aspecto relativo a la seguridad, desde luego... pero debo preguntarte una cosa.
—Tillingford se llevó la mano al bolsillo y sacó de él un volumen de tapas
negras, con el tejuelo grabado en oro, en el que rezaba: ZUNÁN DEL SEGUNDO
NABÍ. Tendió el libro a Hamilton—. En el colegio mayor, cuando os mezclasteis
con grupos radicales, ¿no practicabais... cómo lo expresaría yo... «el amor
libre»?
Hamilton
no supo qué contestar. Aturdido, confuso, sin habla, se limitó a sostener en
las manos el Zunán del Segundo Nabí; la encuadernación del libro aún conservaba
el calor del bolsillo de la chaqueta de Tillingford. Un par de los bien
preparados jóvenes de la A.F.E. entraron en la estancia. Con aire respetuoso,
permanecieron quietos, observando en silencio. Vestidos con aquellas largas
batas de laboratorio, su apariencia resultaba extrañamente solemne y sumisa.
Las rasuradas nucas le recordaron las cabezas de los monjes jóvenes... Era muy
peculiar que no se hubiese dado cuenta antes del parecido existente entre aquel
corte de pelo tan extendido y la antigua costumbre ascética de las órdenes
religiosas. Aquellos dos hombres tenían, desde luego, todo el típico aspecto de
competentes licenciados en física; ¿a dónde habría ido a parar su clásica
viveza juvenil?
—Y
ya que estamos en eso —continuó el doctor Tillingford—, también te preguntaré
otra cosa. Jack, hijo mío, con la mano en el Zunán, responde sinceramente:
¿Encontraste la Única Entrada Verdadera que conduce a la bendita salvación?
Todos
los ojos estaban fijos en él. Hamilton tragó saliva, se puso como la grana y
forcejeó en su interior desesperadamente.
—Doctor
—recuperó el habla por último—, creo que vale más que vuelva en otra ocasión.
Preocupado,
Tillingford se quitó las gafas y contempló al muchacho con mirada meticulosa.
—¿Es
que no te encuentras bien, Jack?
—Estuve
sometido a una tensión enorme. Perdí el empleo... —Precipitadamente, añadió—: Y
otras dificultades. Marsha y yo sufrimos ayer un accidente. Un desviador nuevo
se estropeó y nos dio un baño de intensas radiaciones, allá en el Bevatrón.
—Ah,
sí —dijo Tillingford—. Me enteré del suceso. Según me dijeron, nadie perdió la
vida, por fortuna.
—Esas
ocho personas —intervino uno de los jóvenes técnicos con pinta de ascetas—
deben de haber caminado con el Profeta. La caída fue muy dura.
—Doctor
—pidió Hamilton con voz ronca—, ¿puede recomendarme un buen psiquiatra?
Despacio,
poco a poco, fue apareciendo en el semblante envejecido del científico una
expresión de incredulidad.
—¿Un...
qué? ¿Has perdido un tornillo, muchacho?
—Sí
—repuso Hamilton—. Parece que sí.
—Luego
trataremos de eso —dijo Tillingford, escueto. Con un ademán impaciente, indicó
a sus dos técnicos que se retirasen de la sala—. Bajad a la mezquita —les
dijo—. Entregaos a la meditación hasta que os llame.
Salieron
del cuarto, después de un atento y reflexivo escrutinio de Hamilton.
—Puedes
explicarte con entera libertad —incitó Tillingford, en tono cansino—. Soy tu
amigo. Conocí a tu padre, Jack. Fue un gran físico. No los ha habido mejores.
Siempre tuve puestas en ti las más altas esperanzas. Como es lógico, me sentí
un tanto defraudado cuando ingresaste en la nómina de la «Mantenimientos de
California». Pero, naturalmente, hemos de inclinarnos ante los designios de la
Voluntad Cósmica.
—¿Se
me permite formular unas preguntas? —Gotas de frío sudor descendían por la piel
de Hamilton y pasaban por debajo del cuello almidonado de su camisa blanca—.
Esta empresa continúa siendo una organización científica, ¿verdad? ¿O ya no lo
es?
—¿Ya?
—Desconcertado, Tillingford recuperó el Zunán de los dedos inertes de
Hamilton—. No comprendo la intención de tus preguntas, muchacho. Te agradecería
que fueses más explícito.
—Lo
expresaré de otro modo. Estuve... aislado. Profundamente absorto en mí labor,
perdí contacto con las actividades que, en el terreno de mi profesión,
desarrollaban los demás. Y —remató, alicaído— no tengo la menor idea acerca de
lo que se hace y de lo que se ha conseguido en otros campos. Acaso... ¿Tiene
usted inconveniente en ponerme al día, respecto a eso, proporcionándome un
somero cuadro de conjunto?
—Un
cuadro —repitió Tillingford, al tiempo que asentía—. Es corrientísimo perder
eso de vista. La superespecialización tiene eso de malo. Aquí, en la A.F.E., el
trabajo está bastante bien delimitado; incluso podría emplearse la palabra
prescrito. En la «Mantenimientos de California» creabais armas que luego se
utilizarían contra los infieles; es algo sencillo, claro, evidente, fácil de
comprender. Ciencia aplicada de una manera estricta, ¿verdad?
—Verdad
—convino Hamilton.
Aquí,
nos las entendemos con un problema eterno y fundamental: el de las
comunicaciones. Es de nuestra incumbencia —y se trata de toda una tarea—
garantizar la base de la estructura electrónica de las comunicaciones. Contamos
con ingenieros electrónicos... como tú. Disponemos de asesores consultivos que
son especialistas en semántica, expertos de primera fila. Y figuran en nuestro
cuadro de personal investigadores psicólogos muy buenos. Todos nosotros
formamos un equipo conjuntado y nuestra misión consiste en afrontar ese
problema fundamental en la existencia del hombre: conservar en perfectas
condiciones de funcionamiento el cable tendido entre la Tierra y el Cielo.
El
doctor Tillingford se tomó un momentáneo respiro y prosiguió:
—Aunque,
naturalmente, estás familiarizado con todo esto, volveré a repetirlo. En la
antigüedad, antes de que sometieran al análisis científico, existían una
variedad de sistemas inseguros. Sacrificios a base de incineración; intentos de
despertar y promover los favores de Dios mediante el halago de Su olfato y
paladar. Métodos muy toscos, nada científicos. Jaculatorias en voz alta y
cántico de salmos, que incluso practican hoy en día las clases poco educadas,
faltas de instrucción. En fin, dejemos que entonen sus himnos y pronuncien sus
rezos.
Al
oprimir el botón, Tillingford convirtió en transparente uno de los tabiques de
la estancia. Hamilton se encontró contemplando los afanosos laboratorios de
investigación que se extendían en torno a la salita del doctor, formando
círculo: hileras y más hileras de hombres y equipo, los técnicos y las máquinas
más adelantadas de que podía disponer el mundo.
—Norbert
Wiener —articuló Tillingford—. Recuerdas sus trabajos sobre cibernética. Y lo
que aún es más importante, la obra de Enrico Destini en el campo de la
teofonia.
—¿Qué
es eso?
Tillingford
alzó una ceja.
—Eres
un especialista, hijo mío. Te hablo de la comunicación entre el hombre y Dios
naturalmente. Mediante el empleo de los trabajos de Wiener y utilizando el
valiosísimo material de Shanon y Weaver, Destini consiguió, en 1946, establecer
el primer sistema de comunicación realmente apropiado entre la Tierra y el
Cielo. Desde luego, tuvo que usar todos aquellos artefactos de la guerra contra
las hordas paganas, aquellos hunos glorificadores de los robles.
—¿Se
refiere a... los nazis?
—He
oído ese vocablo. Jerga socióloga, ¿no? Y ese negador del Profeta, ese
antinabista... Dicen que aún vive en la Argentina. Que encontró el elixir de la
eterna juventud o algo parecido. Hizo aquel pacto con el diablo en 1939, ¿te
acuerdas? ¿O fue eso antes de tu época? De cualquier modo, lo sabes... es
historia.
—Lo
sé —declaró Hamilton con voz pastosa.
—Y
todavía quedan personas que no vieron lo escrito a mano sobre el muro. A veces,
creo que la Lealtad merece ser humilde. Unas cuantas bombas de hidrógeno
arrojadas aquí y allá, y la poderosa corriente de ateísmo que no se puede
triturar...
—¿Qué
me dice de los otros terrenos? —le interrumpió Hamilton—. ¿Qué se hace en
ellos? La física. ¿Qué sabe de los físicos?
—La
física es una ciencia clausurada —le informó Tillingford—. Virtualmente, se
sabe ya todo lo relativo al universo material... se sabía hace siglos. La
física se ha convertido en un margen abstracto de la ingeniería.
—¿Y
los ingenieros?
Tillingford
empezó a responder a la pregunta alargando a Hamilton un ejemplar del mes de
noviembre de 1959 del Diario de Las Ciencias Aplicadas.
—Me
parece que el editorial puede proporcionarte una idea. Hombre brillante, ese
Hirschebein.
El
titular del artículo decía: Aspectos teóricos del problema de la construcción
de depósitos. Debajo había un subtítulo: La necesidad de mantener un
abastecimiento permanente de gracia pura e inalterable para los centros de
población importantes.
—¿Gracia?
—se extrañó Hamilton. Hizo la pregunta con un hilo de voz.
Tillingford
le explicó:
—La
principal preocupación de los ingenieros consiste en la gran tarea de
suministrar gracia a todas las comunidades nabitas instaladas a lo largo y a lo
ancho del mundo. En cierto sentido, se trata de un problema análogo al que
afrontamos nosotros: el de conservar en funciones las líneas de comunicación.
—¿Y
eso es todo lo que hacen?
—Bueno
—reconoció Tillingford—, queda también la continua tarea de edificar mezquitas,
templos, altares. El Señor es bastante estricto y exacto en eso de señalar
trabajos, como puedes comprender. Sus especificaciones son matemáticas. Con
franqueza, entre nosotros, no envidio lo más mínimo a esos compañeros. Un
pequeño tropiezo, un leve desliz y —chasqueó los dedos—, ¡puf!
—¿Puf?
—El
rayo.
—¡Ah!
—exclamó Hamilton—. Claro.
—Con
lo cual, resulta que son muy pocos los muchachos inteligentes que deciden
dedicarse a la ingeniería constructiva. Esta profesión tiene un índice de
mortalidad demasiado alto. —Tillingford examinó a Hamilton con paternal y
meticulosa atención—. ¿Te das cuenta, hijo mío, de que te mueves en un terreno
profesional de perspectivas más que prometedoras?
—Nunca
lo dudé —repuso Hamilton roncamente— Sólo que sentía curiosidad y deseaba
conocer algunos detalles sobre ese terreno.
—En
lo que concierne a tu capacidad moral, me considero satisfecho —dijo
Tillingford—. Sé que procedes de una familia buena, de limpia conducta y
temerosa de Dios. Tu padre fue la honradez y la humildad personificadas, su
propia esencia. De vez en cuando, aun tengo noticias suyas.
—¿Noticias?
—se extrañó Hamilton.
—Se
las arregló bastante bien. Aunque te echa de menos, naturalmente. Tillingford
indicó el sistema intercomunicador que había encima de la mesa—. Si quieres...
—No
—replicó Hamilton, al tiempo que se inclinaba hacia atrás—. Todavía no me he
recuperado del todo de las consecuencias del accidente No podría resistir la
emoción.
—Como
gustes. —Tillingford le dio una palmada amistosa en el hombro—. ¿Quieres lanzar
una miradita a los laboratorios? Permíteme decirte que tenemos un equipo lo que
se dice formidable. —Bajó la voz hasta convertirla en un susurro confidencial y
reveló—: Aunque nos ha costado muchísima oración. Tus antiguos jefes, los de la
«Mantenimientos de California», protestaron ruidosamente. Saben armar buenas
tremolinas sonoras.
—Pero
ustedes lo consiguieron.
—Ah,
sí. Al fin y al cabo, somos quienes tienden y conservan las líneas de
comunicaciones. —Mientras sonreía y esbozaba un guiño pícaro, Tillingford le
condujo hacia la puerta—. Te llevaré ante nuestro director de personal... él se
encargará de contratarte.
El
director de personal era un individuo coloradote, carilleno y afable, que
dirigió a Hamilton una mirada radiante, a la vez que buscaba en los cajones de
su escritorio los impresos y documentos necesarios.
—Encantados
de aceptar su solicitud, señor Hamilton. La A.F.E. necesita hombres de su
experiencia. Y si el doctor le conoce personalmente...
—Puede
ahorrarle todo eso —aleccionó Tillingford—. Pase por alto la pesadez
burocrática; vaya derecho al grano de la prueba de calificación.
—De
acuerdo —asintió el director, y sacó su propio ejemplar del Zunán del Segundo
Nabi. Lo dejó encima de la mesa, cerrado, apretó los párpados, hizo correr el
pulgar por las páginas y abrió el libro a la ventura.
Tillingford
se inclinó por encima del hombro del director y ambos conferenciaron y
murmuraron entre si, mientras examinaban el pasaje que había salido.
—Estupendo
—declaró Tillingford. Se apartaba, contentísimo—. Tiene vía libre.
—Desde
luego que sí —convino el director de personal. Se dirigió a Hamilton—. Puede
que le interese saberlo, es el visto bueno más claro que se ha dado este año. o
uno de los más claros. Leyó con voz rápida y eficiente—: «Visión 1931: Capítulo
6, versículo 14. línea primera. Si, la Fe Verdadera funde el valor en el ánimo
del escéptico; porque este conoce la magnitud de la ira divina, sabe cuál es la
medida para llenar la vasija de arcilla.»
Cerró
de golpe el libro y volvió a guardarlo en un cajón de la mesa. Ambos hombres
contemplaron cariñosamente a Hamilton, irradiando buena voluntad y satisfacción
profesional.
Aturdido,
no muy seguro de sus sentimientos, Hamilton desvió el tema hacia la parte
fundamental del asunto que le había llevado allí.
—¿Puedo
interesarme por la cuestión salario? es demasiado... —se esforzó en presentarlo
con cierto tono de broma más o menos frívola—, demasiado grosero y comercial?
Los
dos hombres intercambiaron una mirada, confusos.
—¿Salario?
—Si,
salario —repitió Hamilton, en cuyo interior aumentaba la tendencia a la
histeria—. Me refiero a eso que le entregan a uno cada quince días los del
departamento administrativo. Para evitar que el personal contratado se vuelva
impaciente e inquieto.
—Conforme
a lo acostumbrado —informo Tillingford, con sosegada dignidad—, los del I.B.M.
te abonarán cada diez días lo que te corresponda. —Se volvió hacia el director
de personal—. ¿Cuál es la cifra exacta? Nunca me acuerdo de estas cosas.
—Iré
a comprobarlo con el contable. —El director de personal abandonó el despacho.
Regresó con la información al cabo de un momento—. Se le asignará la
clasificación Cuatro-A. En seis meses, habrá ascendido a Cinco-A. ¿Qué le
parece? No está nada mal para un joven de treinta y dos años.
Hamilton
preguntó:
—¿Qué
significa Cuatro-A?
Después
de una pausa, originada por la sorpresa, el director de personal miró a
Tillingford, se humedeció los labios y contestó:
—El
departamento de I.B.M. lleva los libros de abonos y cargos. El registro
cósmico. —Gesticuló—. Ya sabe, la gran relación inalterable de pecados y
virtudes. La A.F.E. realiza trabajos para el Señor. Sus emolumentos consistirán
en cuatro créditos decenales, cuatro líneas rectas hacia su salvación. La
I.B.M. se encargará de todos los detalles; al fin y al cabo, para eso existe.
Encajaba.
Tras respirar hondo, Hamilton articuló:
—Ego
es estupendo. Lo olvidé... perdonen mí confusión. Pero... —recurrió,
desesperado, a Tillingford—, ¿cómo vamos a vivir Marsha y yo? Tenemos que pagar
nuestras facturas; tenemos que comer.
—Como
siervo del Señor —dijo Tillingford, severo—, tus necesidades estarán cubiertas.
¿Posees tu Zunán?
—S...
si —pronunció Hamilton.
—Lo
único que tienes que hacer es asegurarte de que no pierdes la fe.
Yo
diría que un hombre de tu talla moral debe ser capaz de conseguir, mediante la
oración, por lo menos... —Calculó mentalmente—. Unos cuatrocientos semanales.
¿Qué opina, Ernie?
El
director de personal asintió con la cabeza.
—Por
lo menos.
—Una
cosa más —dijo Hamilton, cuando el doctor Tillingford se disponía a cambiar de
conversación, una vez bien sentado el asunto a su entera complacencia—. Hace un
rato le pregunté si conocía a algún buen psiquiatra...
—Hijo
mío —manifestó Tillingford, algo brusco—. Sólo puedo decirte esto y nada más
que esto: Se trata de tu vida y puedes dirigirla como te plazca. No pretendo
enseñarte lo que debes hacer y lo que debes pensar. Tu existencia espiritual es
un asunto estrictamente entre tú y el único Dios verdadero. Pero si quieres
consultar matasanos y...
—«Matasanos».
—repitió Hamilton con voz débil.
—Charlatanes,
curanderos descarriados. Eso estaría bien para un lego. Los ignorantes, según
tengo entendido, acuden en rebaños a los psiquiatras. He leído las
estadísticas; es un triste comentario sobre el estado de la falsa información
pública. —Sacó de la chaqueta una libreta de notas y una lapicera y garabateó
precipitadamente unas palabras—. Éste es el único camino correcto. Supongo que
da lo mismo el hecho de que hasta ahora no hayas avanzado por él. Pero se nos
instruye para que no cesemos nunca de intentarlo. Al fin y al cabo la eternidad
es un periodo de tiempo muy largo.
La
nota decía: Profeta Horace Clamp. Sepulcro del segundo Nabí. Cheyenne, Wyoming.
—Exacto
—dijo Tillingford—. Derecho hasta la cumbre. ¿Te sorprende? Eso demuestra lo
preocupado que estoy, hijo mío.
—Gracias
—repuso Hamilton, y se guardó la nota de modo instintivo—. Si usted lo dice.
—Lo
afirmo —declaró Tillingford, en tono de autoridad tajante y absoluta—. El
nabismo es la única fe verdadera, hijo mío; la única garantía de alcanzar el
Paraíso. Dios habla a través de Horace Clamp y de nadie más. Levántate mañana y
acércate allí, tienes el día libre; puedes presentarte a trabajar en cualquier
momento, eso carece de importancia. Si alguien está en condiciones de salvar tu
alma inmortal del fuego de la condenación eterna, ese alguien es el profeta
Horace Clamp.
V
CUANDO
HAMILTON, con paso algo incierto, salió del conjunto de edificios de la A. F.
E., un puñado de hombres echó a andar tras él. Aquellos individuos caminaban
con aire tranquilo, hundidas las manos en los bolsillos y con expresión benigna
en el rostro.
Mientras
el ingeniero sacaba las llaves de su automóvil, los hombres apretaron el paso
resueltamente y cruzaron el aparcamiento de gravilla en dirección a Hamilton.
—Hola
—saludó un miembro del grupo.
Todos
eran jóvenes. Todos eran rubios. Todos llevaban el pelo cortado al cepillo y
lucían las ascéticas batas blancas de laboratorio. Se trataba de un manojo de
inteligentes y supereducados técnicos de la A.F.E. El brillante personal de
Tillingford.
—¿Qué
desean? —inquirió Hamilton.
—¿Se
marcha? —preguntó a su vez el cabecilla del grupo.
—Así
es.
Los
otros parecieron meditar un poco acerca de aquella respuesta. Al cabo de un
momento, el que llevaba la voz cantante observó:
—Pero
va a volver.
—Mire...
—comenzó Hamilton, pero el joven no le dejó seguir.
—Tillingford
le contrató —dijo, interrumpiéndole—. Vendrá usted la semana próxima. Superó el
examen de ingreso y después ha estado husmeando por los laboratorios.
—Es
posible que haya salvado con éxito las pruebas de ingreso —concedió Hamilton—,
pero eso no significa que vaya a venir a trabajar aquí. A propósito de...
—Me
llamo Brady —le interrumpió otra vez el adalid del grupo—. Bob Brady. Quizá
reparó usted antes en mí. Estaba con Tillingford cuando se presentó usted. —Sin
apartar los ojos de Hamilton, Brady concluyó—: Puede que el personal se sienta
satisfecho, pero nosotros no lo estamos. El personal está regido por legos.
Unas cuantas pruebas de calificación, burocráticas y rutinarias..., y eso es
todo.
—Nosotros
no somos legos —terció un miembro de la peña de Brady.
—Mire
—dijo Hamilton, que había recuperado parte de su esperanza—. Quizá podamos
llevarnos bien. Me pregunto qué personal calificado puede estar conforme con
esa prueba de abrir un libro a la ventura. No me parece un sistema adecuado
para calcular la aptitud, conocimientos y destreza de un aspirante a
determinado empleo. En la investigación avanzada de este tipo...
—Por
lo que a nosotros respecta —continuó Brady, inexorable—, es usted ateo hasta
que se demuestre lo contrario. Y ningún ateo puede trabajar en la A.F.E.
Tenemos nuestras normas profesionales.
—Además,
usted no está calificado —añadió otro miembro del grupo—. Veamos su
calificación N.
—Su
calificación N —dijo Brady en seguida. Extendió la mano y aguardo—. No ha
tomado aureola últimamente, ¿verdad?
—No,
que yo sepa —repuso Hamilton, desconcertadísimo.
—Eso
es lo que supuse. Carece de calificación N. —Brady se sacó de la chaqueta una
tarjeta taladrada—. En este grupo no hay nadie con calificación N inferior a
4,6. Sin pensarlo mucho, me atrevería a afirmar que no alcanza usted a la nota
2. ¿Qué responde?
—Es
un ateo —intervino otro individuo, un técnico que habló en tono áspero—. Se
necesita valor para intentar colarse aquí.
—Acaso
sea preferible que se largue de una vez —dijo Brady a Hamilton—. Me parece que
lo mejor es que se ponga al volante de su automóvil, se aleje de esta vecindad
todo lo que pueda y no vuelva en la vida.
—Tengo
tanto derecho a estar aquí como cualquiera de ustedes —replicó Hamilton,
irritado ya.
—Se
aproxima la hora del tanteo máximo —articuló Brady con aire reflexivo—. Dejemos
esto bien sentado de una vez por todas.
—Estupendo
—accedió Hamilton, contento de ello. Se quitó la chaqueta, la arrojó dentro del
coche y desafió—: Lucharé con cualquiera de ustedes.
Nadie
le hizo el menor caso, los técnicos habían formado un apretado círculo y
conferenciaban entre sí. Por las alturas, el sol del atardecer se disponía a
bajar y ocultarse. Circulaban vehículos automóviles por la carretera. Los
edificios de la A.F.E. relucían de modo aséptico bajo la claridad decreciente.
—Ahí
vamos —decidió Brady. Con un adornado encendedor en la mano, se acercó
solemnemente a Hamilton—. Estire el pulgar.
—¿El...
pulgar?
—La
prueba del fuego —explicó Brady, al tiempo que accionaba el mechero. Brotó del
aparatito una llama de color amarillo—. Demuestre su valor. Demuestre que es un
hombre.
—Soy
un hombre —replicó Hamilton en tono irritado—, pero maldito si voy a poner el
dedo en esa llama sólo porque a un grupo de lunáticos le gusta celebrar ritos
de iniciación puramente infantiles. Creí haber dejado eso atrás cuando abandoné
el colegio mayor.
Todos
los técnicos extendieron sus pulgares. Metódicamente, Brady fue aplicando la
llamita del encendedor a cada uno de aquellos dedos. Ni un solo pulgar se
chamuscó siquiera.
—A
usted le toca —advirtió Brady en tono beato—. Sea hombre, Hamilton. Recuerde
que no es ninguna bestia encenagada.
—¡Váyase
al diablo! —contestó Hamilton, alzando la voz—. Y mantenga ese mechero apartado
de mí.
—¿Se
niega a someterse a la prueba del fuego? —inquirió Brady significativamente.
De
mala gana, Hamilton extendió su pulgar. Tal vez, en aquel mundo, los
encendedores de cigarrillos no quemasen la carne. Acaso, sin saberlo, su propio
organismo fuese inmune a las llamas. Quizás...
—¡Ay!
—estalló Hamilton, al tiempo que apartaba la mano con brusquedad y violencia.
Los
técnicos menearon la cabeza gravemente.
—Bueno.
—Brady ejecutó un floreo de triunfo para guardarse el encendedor—. Ya está.
Vencido
e impotente, Hamilton no pudo hacer más que frotarse el dedo lastimado.
—¡Sádicos!
—acusó—. ¡Hatajo de fanáticos! Todos ustedes pertenecen a la Edad Media!...
¡Musulmanes!
—Cuidado
—avisó Brady—. Está hablando con un paladín del único Dios verdadero.
—Y
no lo olvide —remachó uno de los ayudantes de Brady.
—Usted
puede ser paladín del único Dios verdadero —repuso Hamilton— pero yo soy un
especialista en electrónica, un experto de primera fila. Piense en ello.
—Lo
tengo presente —dijo Brady, sin inmutarse.
—Si
eso le hace feliz, puede introducir el pulgar en la antorcha de un arco de
soldadura. Puede meterlo en un horno al rojo.
—Exacto
—convino Brady—. Puedo hacerlo.
—¿Pero
qué tiene que ver con la electrónica? —Fulminando al joven con la mirada,
Hamilton añadió—: De acuerdo, sabihondo. Le desafío a una prueba. Veamos cuánto
sabe.
—¿Desafía
a un paladín del único Dios verdadero? —preguntó Brady, incrédulo.
—Así
es.
—Pero...
—Brady ejecutó una serie de ademanes—. Eso es ilógico. Vale más que vuelva a su
casa, Hamilton. Se está dejando llevar por una ilusión equívoca.
—Tiene
miedo, ¿eh? —vituperó Hamilton.
—Pero
si no puede ganar. Es axiomático que perderá. Considere las premisas de la
situación. Está decidido que todo paladín del único Dios verdadero triunfe;
cualquier otro resultado constituiría la negación del poder divino.
—Deje
de fanfarronear —replicó Hamilton—. Puede formularme la primera pregunta. Tres
para cada uno de nosotros. Relativas a la electrónica práctica y teórica. ¿De
acuerdo?
—De
acuerdo —respondió Brady a regañadientes. Los demás técnicos se apiñaron en
torno a los contendientes, fascinados por el nuevo giro de los
acontecimientos—. Lo lamento por usted, Hamilton. Es evidente que ignora, que
no se da cuenta del jaleo en que se está metiendo. Hubiese esperado que un lego
se comportase de esta manera tan irracional, pero un hombre parcialmente
disciplinado en cuestiones científicas...
—Pregunte
—le interrumpió Hamilton.
—Enuncie
la ley de Ohm —pidió Brady.
Hamilton
parpadeó. Era como ordenarle que contase de uno a diez; ¿Cómo podía fallar?
—¿Ésa
es su primera pregunta?
—Enuncie
la ley de Ohm —repitió Brady.
Y,
en silencio, sus labios empezaron a moverse.
—¿Qué
ocurre? —preguntó Hamilton, receloso—. ¿Por qué mueve los labios?
—Rezo
—confesó Brady—. Impetro la ayuda divina.
—Ley
de Ohm —articuló Hamilton—. La resistencia de un cuerpo al paso de la corriente
eléctrica...
Se
interrumpió.
—¿Qué
le sucede? —interrogó Brady.
—Usted
me distrae. ¿No podría rezar luego?
—He
de hacerlo ahora —Brady matizó sus palabras con una buena dosis de énfasis—. Si
lo hiciese después, mis oraciones carecerían de utilidad.
Esforzándose
en pasar por alto la vibración de los labios del hombre, Hamilton prosiguió:
—La
resistencia de un cuerpo al paso de la corriente eléctrica puede establecerse
mediante la siguiente ecuación: R igual a...
—Adelante
—le animó Brady.
Un
extraño peso muerto se asentó en el cerebro de Hamilton. Empezaron a mariposear
por su cabeza series vagabundas de símbolos, cifras y ecuaciones. Como
inquietos insectos voladores, palabras y frases daban saltos, bailoteaban y se
negaban a dejarse captar, eludiendo la persecución de las meninges.
—Una
unidad de resistencia absoluta —silabeó roncamente— puede definirse como la
resistencia de un conductor en el que...
—No
me parece que eso sea la ley de Ohm —dijo Brady. Se volvió hacia los
integrantes del grupo—: ¿Diríais vosotros que eso es la ley de Ohm?
Todos
sacudieron la cabeza, misericordiosos.
—Me
doy por vencido —reconoció Hamilton, sin entender nada—. Ni siquiera puedo
exponer la ley de Ohm.
—Gracias
a Dios —repuso Brady.
—El
ateo ha sido derrotado —dictaminó uno de los técnicos, como quien señala una
verdad científica—. La competición ha concluido.
—Esto
no es justo —protestó Hamilton—. Conozco la ley de Ohm tan bien como mi propio
nombre.
—Afronte
los hechos —dijo Brady—. Reconozca que un ateo está al margen de la gracia del
Señor.
—¿No
se me va a conceder la oportunidad de preguntarle algo?
—Pues,
claro que sí. Adelante. Lo que usted quiera.
—Un
rayo de electrones se desvía —articuló Hamilton— si pasa entre dos planchas a
las que se haya aplicado voltaje. Los electrones están sometidos a una fuerza
que actúa en ángulos rectos con relación a su impulso. Designemos L a la
longitud de las planchas. A la distancia que va desde el centro de las planchas
al...
Se
interrumpió. Ligeramente encima de Brady, muy cerca de su oreja derecha, había
aparecido una boca y una mano. La boca estaba susurrando algo al oído de Brady;
dirigidas por la mano, las palabras se desvanecieron en el aire antes de que
Hamilton pudiese captarlas.
—¿Qué
es eso? —interrogó, ofendido.
—¿Cómo
dice? —se extrañó Brady con expresión inocente, mientras ahuyentaba, mediante
un movimiento del brazo, a la boca y a la mano.
—¿Quién
le está «soplando»? ¿Quién le proporciona información?
—Un
ángel del Señor —respondió Brady—. Naturalmente.
Hamilton
se derrumbó.
—Abandono.
Usted gana.
—Vamos
—le alentó Brady—. Iba a pedirme que determinara la desviación del rayo
basándome en esa fórmula. —Con unas cuantas frases sucintas, esbozó las cifras
que Hamilton había urdido en la intimidad de su cerebro— ¿Correcto?
—No
me parece que haya jugado limpio —se sublevó Hamilton—. De todos los timos
flagrantes...
La
boca angélica esbozó una sonrisa y luego susurró algo no muy agradable en el
oído de Brady. Este se permitió sonreír a su vez, fugazmente.
—Muy
divertido —confesó—. Y muy apropiado también.
Cuando
la boca empezaba a desaparecer, Hamilton pidió:
—Aguarde
un momento. No se vaya. Deseo hablar con usted.
La
boca interrumpió su proceso de disipación.
—¿Qué
es lo que le está dando vueltas por la cabeza? —preguntó en un murmullo hueco y
retumbante.
—Al
parecer, ya lo sabe —repuso Hamilton—. ¿Es que no miró el interior de mi
cerebro?
La
boca se retorció desdeñosamente.
—Si
puede mirar dentro del cerebro de los hombres —continuó Hamilton—, también
podrá ver lo que hay en sus corazones.
—¿A
qué viene todo esto? —Brady se manifestó un poco incómodo—. Vaya a molestar a
su propio ángel.
—Hay
un párrafo en alguna parte —prosiguió Hamilton—. Algo acerca de que el deseo de
cometer un pecado es tan grave como el mismo acto de cometerlo.
—¿De
qué está hablando? —preguntó Brady, irritado.
—Tal
como entiendo esa antigua frase —dijo Hamilton—, se trata de un testimonio
relativo al problema psicológico de la motivación. Considera el motivo como el
punto moral cardinal: un pecado cometido es simplemente el desarrollo máximo,
el cumplimiento práctico de un deseo perverso. La bondad y la maldad de un
hombre no dependen de lo que haga, sino de lo que sienta.
La
boca angélica esbozó un gesto de asentimiento.
—Lo
que dice es verdad.
—Estos
hombres —Hamilton señaló a los técnicos— actúan como paladines del único Dios
verdadero. Arrancan las raíces del ateísmo. Pero en sus corazones anidan
motivos malvados. En el fondo de sus celosos actos se alberga un núcleo
endurecido de deseo pecaminoso.
Brady
tragó saliva.
—¿Qué
insinúa?
—Su
motivo para impedirme ingresar en la A.F.E. es venal e interesado. Me tiene
cierta envidia. Y la envidia, como motivo, es inaceptable. En mi calidad de
correligionario, llamo la atención sobre eso. —Añadió, suavemente—. Es mi
deber.
—Envidia
—repitió el ángel—. Sí, la envidia entra en la categoría de pecado. Los celos
sólo se pueden permitir en el sentido de que el Señor es un Dios celoso de su
condición. Con tal significado, el término expresa el concepto de que nada más
puede existir que un único Dios verdadero. El culto a cualquier otro cuasi-Dios
constituye una negación de Su Naturaleza y una vuelta al preislamismo.
—Pero...
—protestó Brady—, un nabita puede ejercer celosamente su tarea como siervo del
Señor.
—Celosamente
en el sentido de que excluye toda otra labor o fidelidad —dijo el ángel—. O
sea, siempre y cuando que el empleo del término no comprenda características
morales negativas. Uno puede hablar de celo a la hora de defender su herencia.
En tal caso, representa una entusiasta resolución para conservar lo que le
pertenece a uno. Este supuesto ateo, sin embargo, afirma que estás celoso de
él, en el sentido de que te opones a que ocupe una situación a la que tiene
derecho. Tu actitud está motivada por la envidia, por la aversión y por una
codicia malévola... En esencia, por una rebeldía a acatar, a someterse al
prorrateo cósmico.
—Pero...
—articuló Brady, mientras agitaba los brazos tontamente.
—El
gentil tiene razón al señalar que tus aparentemente buenos esfuerzos están
motivados por intenciones malignas y, por lo tanto, no son más que actos
seudobuenos. Tu celo queda desmentido por tu sordidez. Aunque tus acciones
tengan por finalidad apoyar la causa del único Dios verdadero, tu alma es
impura y está mancillada. La tuya y la de tus compañeros.
—¿Cómo
defines el término «impureza»...? —empezó Brady.
Pero
ya era demasiado tarde. El juicio había terminado. En silencio, el sol fue
reduciéndose poco a poco, adoptó un color amarillo claro, difuso y sombrío,
para terminar por desaparecer. Un viento áspero y seco sopló en torno al
asustado grupo de técnicos. Bajo sus pies, el suelo se agostó y se tomó árido.
—Podéis
presentar después vuestras apelaciones —manifestó el ángel, desde la penumbra
crepuscular. Se disponía a partir—. Tendréis tiempo de sobra para utilizar los
conductos regulares.
Lo
que había sido un espacio de terreno fértil y espléndido, en el paisaje que
circundaba los edificios de la A.F.E., quedó transformado en un rectángulo
reseco,
carente
de vida, completamente yermo. Ni una sola planta crecía allí. Los árboles, la
hierba, todo estaba deshojado, sarmentoso y marchito. Los técnicos se
encogieron sobre si mismos, hasta convertirse en figuras achaparradas,
diminutas, de piel oscura, vellosas, con el rostro y los brazos sembrados de
llagas abiertas y de manchas repelentes. Un círculo rojizo bordeaba sus ojos,
llenos de lágrimas, mientras se miraban unos a otros vencidos por la
desesperación.
—Malditos
—graznó Brady con voz quebrada—. La maldición ha caído sobre nosotros.
Era
claro y evidente que los técnicos ya no estaban protegidos. Sus reducidas y
encorvadas figuras se movían de un lado para Otro, sin rumbo fijo, como seres
extraviados, perplejos, infelices y míseros. La oscuridad de la noche se
filtraba hacia ellos, descendiendo sobre sus cabezas como capas de partículas
de polvo. A sus pies, sobre la tierra achicharrada, se deslizó una serpiente.
Al cabo de unos segundos se oyó el primer chasquido que producía un
escorpión...
—Lo
lamento —se excusó Hamilton ociosamente—. Pero la verdad siempre se impone.
Brady
le fulminó con una mirada de sus ojos inyectados en sangre. La expresión de su
semblante barbudo era lastimosa. Mechones de pelo estropajoso le caían sobre
las orejas y el cuello.
—¡Pagano!
—murmuró, y le volvió la espalda.
—La
virtud tiene en sí misma su propia recompensa —le recordó Hamilton—. Los
caminos del Señor son inescrutables. Nada tiene más éxito que el mismo éxito.
Se
acercó a su automóvil, subió e introdujo la llave de contacto. Nubes de polvo
se posaron en el parabrisas cuando accionó la palanca de puesta en marcha. No
sucedió nada: el motor se negaba a funcionar. Durante un rato, Hamilton
insistió en darle a la palanca y apretar el acelerador, al tiempo que se
preguntaba qué podía haberse averiado. Luego, deprimido, observó que el
tapizado del asiento estaba raído. Aquel material otrora brillante y estupendo,
había perdido el color y el aspecto de cosa nueva. Por desgracia, el vehículo
estaba aparcado en la zona maldita.
Hamilton
abrió la guantera y sacó su manual de reparaciones automovilísticas. Pero el
volumen ya no contenía planos ni consejos mecánicos: relacionaba una lista de
oraciones corrientes.
En
aquel medio, los rezos sustituían al conocimiento de las máquinas. Dejó frente
a sí el libro, abierto, puso el selector en punto muerto, apretó el pedal del
acelerador y accionó la palanca de puesta en marcha.
—Sólo
hay un Dios —comenzó— y el Segundo Nabí es su...
El
motor empezó a funcionar. Hamilton puso la primera y el coche avanzó
ruidosamente. Petardeando y chirriando, dejó atrás la zona de estacionamiento y
rodó hacia la calle. A espaldas de Hamilton, los técnicos anatemizados vagaban
a la ventura, dentro de los confines del estéril rectángulo. Habían iniciado ya
sus debates para proyectar la apelación que presentarían. Citaban fechas, datos
y autoridades. Hamilton se dijo que recuperarían su posición anterior. Se las
arreglarían de algún modo.
Necesitó
cuatro oraciones distintas para lograr conducir el automóvil hasta la carretera
de Belmont. En una ocasión, al pasar por delante de un garaje, pensó en
detenerse y pedir que le reparasen el vehículo. Pero el letrero que ostentaba
el establecimiento le impulsó a apresurarse.
Cura
de automóviles
Nicholton
e hijos
Y
debajo, en un ventanuco, se veían unos párrafos de literatura iluminadora,
encabezados por la siguiente frase: Todos los días, en todos los sentidos, mi
automóvil se rejuvenece y renueva cada vez más.
A
partir de la quinta jaculatoria, el motor pareció funcionar adecuadamente. Y el
tapizado de los asientos había recobrado su esplendor de Octubre. Hamilton
también recuperó algo de confianza en sí mismo: había salido de un apuro
bastante serio. Todo mundo posee leyes. Era simplemente cuestión de
descubrirlas a tiempo.
El
anochecido había llegado ya a todas partes. Los coches se deslizaban raudos por
El Camino, encendidas las luces de sus faros. Por detrás de Hamilton,
parpadeaban en la oscuridad las lámparas de San Mateo.
En
lo alto, ominosos nubarrones encapotaban el cielo nocturno. Conduciendo con
extrema precaución, Hamilton maniobró para desviar su automóvil hacia el borde
de la cuneta, evitando así la parte de carretera donde el tránsito resultaba
más intenso.
A su
izquierda estaba la «Mantenimientos de California». Sin embargo, era inútil
acercarse a la factoría de proyectiles dirigidos; ni siquiera le aceptaban
cuando vivía en su propio mundo. Sólo Dios estaba enterado de cómo serían las
cosas en aquel momento. De un modo u otro, presentía que el cambio de
circunstancias representaba empeoramiento. Empeoramiento agudo. Un hombre del
tipo del coronel T. E. Edwards, situado en aquel mundo nuevo, sobrepasaría todo
lo imaginable.
Hamilton
distinguió a mano derecha un pequeño oasis, luminoso y familiar. Había pasado
muchas tardes en el «Fondeadero»... que se alzaba frente a la planta de
proyectiles. El establecimiento constituía el lugar de reunión favorito de
todos los técnicos a los que les gustaba matar la sed del verano a base de
buenos tragos de cerveza.
El
ingeniero detuvo su automóvil, se apeó y echó a andar por la sombría acera. Una
ligera llovizna cayó sobre él, mientras se encaminaba rumbo al vacilante
letrero de neón: Aureo Resplandor.
El
bar estaba rebosante de personas y ruidos agradables. Hamilton permaneció un
momento inmóvil en la entrada, asimilando la presencia de toda aquella
humanidad empañada. Al menos, el local era algo que no había cambiado. Los
mismos conductores de camiones, con sus negras cazadoras, inclinados sobre
sendas jarras de cerveza, en el extremo del mostrador, la misma joven
escandalosa y rubia sentada en su taburete, con la inevitable consumición en la
mano: agua teñida para que parezca whisky y que alguien paga como si lo fuese.
La llamativa gramola automática rugiendo estruendosa en el rincón contiguo a la
estufa. A un lado, dos obreros calvos jugando al tejo con entusiasmo.
Hamilton
se abrió paso entre la gente y se acercó a la hilera de taburetes. Sentado en
el centro, ante la enorme luna, agitando su jarra de cerveza, vociferando y
riendo con un grupo de camaradas provisionales, había un hombre cuya figura le
resultaba familiar a Hamilton.
Una
alegría perversa invadió el cerebro confuso y fatigado del ingeniero.
—Creí
que había muerto —manifestó, a la vez que pinchaba a McFeyffe en el brazo—.
Bastardo miserable.
Sorprendido,
McFeyffe giró en redondo sobre el taburete y se derramó un poco de cerveza en
el brazo.
—¡Qué
me aspen! ¡El rojo! —Hizo una seña jubilosa al camarero situado detrás del
mostrador—. Sirve una cerveza a mi compañero, maldita sea.
Hamilton
se expresó en todo agresivo:
—Cálmese.
¿No se ha enterado?
—¿Enterado?
¿De qué?
—De
lo que está ocurriendo. —Hamilton se acomodó en el taburete vacío existente
junto al de McFeyffe—. ¿Es que no lo ha notado? ¿No se dio cuenta de la
diferencia que hay de las cosas, tal como están ahora respecto a cómo estaban
antes?
—Lo
noté —dijo McFeyffe. No parecía preocupado lo más mínimo. Se abrió la chaqueta
y enseñó a Hamilton lo que llevaba debajo. Todos los amuletos de la buena
suerte concebibles aparecían allí; un mosaico completo de talismanes para todas
las situaciones que pudieran surgir—. La llevo veinticuatro horas de delantera,
muchacho —declaró—. Ignoro qué es eso del Segundo Nabí y de dónde sacaron esa
religión árabe o lo que sea. pero me tiene sin cuidado. —Agitó uno de los
amuletos, un medallón de oro, en el que se entretejían en círculos varios
símbolos cifrados—. No se meta conmigo, sino quiere que le arroje encima una
plaga de ratas, que le destrozarán en unos minutos.
Llegó
la cerveza de Hamilton, el cual la aceptó sin remilgos y la bebió ávidamente.
Rumores, alboroto, personas, actividad humana, la animación hervía en torno
suyo; momentáneamente satisfecho, se relajó y se dejó envolver por el estruendo
general. Se hundió en él y, cuando llegó al fondo, comprendió que tampoco podía
hacer otra cosa.
¿Quién
es tu amigo? —preguntó la rubia de semblante afilado, tras colocarse junto a
McFeyffe y pasarle un brazo por encima del hombro—. Un chico muy mono.
—Apártate
—replicó McFeyffe, de buen talante—. ¿O quieres que te convierta en gusarapo?
—¡Qué
listo! —se mofó la joven. Se levantó la falda y señaló un pequeño objeto blanco
que llevaba debajo de la liga—. Anda, prueba a vencer a eso —retó a McFeyffe.
El
policía contempló fascinado aquel objeto.
—¿Qué
es?
—El
metatarso de Mahoma.
—Los
santos nos protegen —articuló McFeyffe en tono devoto, y tomó un sorbo de
cerveza.
La
muchacha se bajó la falda de nuevo y dirigió la palabra a Hamilton.
—¿No
le he visto antes por aquí? Trabaja al otro lado de la calle, ¿no?, en esa
gigantesca fábrica de bombas.
—Trabajaba
—repuso Hamilton.
—Además
de bromista, es rojo —advirtió McFeyffe, sin hiel—. Y todo un ateo.
La
rubia se echó hacia atrás, horrorizada.
—¿Habla
en serio?
—Pues,
claro —confirmó Hamilton. En aquel punto, todo le daba igual—. Soy la tía
solterona de León Trotsky. Alumbré a Pepe Stalin.
Al
instante, un ramalazo demoledor surcó su abdomen. Se dobló sobre el mismo, cayó
al suelo desde el taburete y se apretó el vientre con ambas manos, mientras el
agónico dolor le obligaba a rechinar los dientes.
—Justo
castigo a su perversidad —manifestó McFeyffe, sin compasión.
—¡Ayúdenme!
—rogó Hamilton.
La
muchacha se agachó a su lado, solícita.
—¿No
le da vergüenza? ¿Dónde tiene su Zunán?
—En
casa —susurró Hamilton, cuya piel tenía una tonalidad cenicienta. Renovados
latigazos le sacudían las interioridades—. Me estoy muriendo. Me ha estallado
el apéndice.
—¿Dónde
guarda la rueda de jaculatorias? ¿En algún bolsillo de la chaqueta?
La
rubia empezó a registrarle la chaqueta rápidamente; sus dedos ágiles parecían
tener alas durante las manipulaciones entrando y saliendo de los bolsillos.
—Avisen...
a... un... médico —logró articular Hamilton.
El
camarero se llegó hasta el caído.
—Sáquenle
del local o consigan que se levante —dijo en tono brusco— No puede morirse aquí
dentro.
—¿Tiene
alguien un poco de agua bendita? —solicitó la muchacha, con aguda voz de
soprano.
La
masa de clientes se agitó; por último, un frasquito inició su recorrido, yendo
de mano en mano.
—No
la gaste toda —advirtió el dueño del botellín, dando a sus palabras un matiz
quisquilloso—. Se llenó en la fuente de Cheyenne.
Una
vez desenroscado el tapón, la joven se echó unas gotas de agua en las puntas de
sus dedos, de uñas pintadas de rojo, y se apresuró a rociar a Hamilton con el
tibio líquido. En cuanto le tocó el agua, los dolores empezaron a disminuir.
Una oleada de alivio se extendió por su cuerpo torturado. Al cabo de un momento
y con la ayuda de la muchacha, Hamilton estuvo en condiciones de incorporarse.
—La
maldición ha desaparecido —observó la rubia como la cosa más natural del mundo.
Devolvió el agua bendita a su dueño—. Gracias, señor.
—Que
le sirvan una cerveza a ese hombre —dijo McFeyffe, sin volverse—. Es un
auténtico seguidor del nabismo.
Mientras
la espumeante jarra de cerveza pasaba de mano en mano, Hamilton consiguió
trepar penosamente hasta el taburete. Nadie le prestó atención; la rubia estaba
haciéndole la rosca al propietario del frasco de agua bendita.
—Este
es un mundo demente —opinó Hamilton, hablando con las mandíbulas apretadas.
—De
demente, nada —respondió McFeyffe—. ¿Qué tiene de demente? No he pagado una
sola cerveza en todo el día. —Agitó su muestrario de amuletos—. Todo lo que
tengo que hacer es apelar a esto.
—Explíquemelo
—murmuró Hamilton—. Este sitio... este bar. ¿Por qué no lo borra Dios del mapa?
Si este mundo está sometido a leyes morales...
—Esta
cantina es necesaria para el mantenimiento del orden moral. Esto es un pozo
muerto de vicio y corrupción, una olla de inquietud. ¿Cree que puede funcionar
la salvación si no existe la contrapartida de la condena? ¿Cree que puede haber
virtud si no hay pecado? Eso es lo malo de los ateos no captan la mecánica de
la maldad. Entre y disfrute de la vida, hombre. Si pertenece al ejército de los
fieles, no tiene por qué preocuparse.
—Oportunista.
—Puede
apostar su alma feliz.
—De
forma que Dios le permite pasarse las horas muertas aquí sentado, trasegando
alcohol y pasándolo en grande con esas rapazas. Mintiendo y soltando tacos...
haciendo lo que le da la real gana.
—Conozco
mis derechos —expuso McFeyffe taimadamente—. Sé lo que hay en la cima. Mire a
su alrededor y aprenda. Fíjese en lo que ocurre:
Clavado
en la pared del bar, junto al espejo, había una frase: «¿QUÉ DIRÍA EL PROFETA
SI TE ENCONTRASE EN UN LUGAR COMO ÉSTE?»
—Sé
lo que diría —informó McFeyffe a Hamilton—. Diría: «Servidme una copa a mí
también, muchachos.» Es un compañero normal. No como esos intelectuales calvos
que dan lecciones.
Hamilton
aguardó esperanzado, pero no se produjo ninguna lluvia de serpientes sobre
McFeyffe. Con aire confiado, complacido, éste tomó otro trago de cerveza.
—Al
parecer, no estoy dentro —declaró Hamilton—. Si hubiese dicho una cosa así,
habría caído fulminado.
—Procure
entrar. Decídase.
—¿Cómo?
—quiso saber Hamilton.
Le
abrumaba el peso de la sensación de falta de equidad, de la injusticia básica
de todo aquello. El mundo que para McFeyffe resultaba de una lógica perfecta a
él le parecía la parodia de un universo regido con imparcialidad. Ante sus
ojos, apenas se mostraba el centelleo intermitente de luces fugaces, que
atravesaban la neblina y la confusión que le envolvía desde el accidente, pero
que no llegaban a iluminar del todo el conjunto del diseño. Los valores que
habían constituido su mundo, los axiomas morales que subrayan la existencia,
conforme a sus recuerdos, eran algo desaparecido ya; en su lugar,
reemplazándolos, había el sentimiento de una tosca venganza tribal, que se
alzaba en contra de todo posible intruso, un sistema arcaico, procedente de...
¿de dónde?
Con
movimientos poco firmes, hundió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó la
nota que le había entregado el doctor Tillingford. Allí estaba el nombre, el
profeta. El centro era el Sepulcro del Segundo Nabí, la alfaguara de aquel
culto nada occidental que, vaya usted a saber cómo, se introdujo y absorbió el
mundo en el que se había desarrollado la vida de Hamilton. ¿Siempre hubo un
Horace Clamp? Una semana, unos cuantos días antes, en Cheyenne, Wyoming, no
existía ningún Segundo Nabí, ningún profeta del único Dios verdadero. ¿O si...?
A su
lado, McFeyffe se inclinó para escudriñar lo escrito en el trazo de papel. En
su cara se veía una expresión oscura; brillaba por su ausencia el jactancioso
humor de que hizo gala hasta entonces; su talante había cambiado, se le notaba
lúgubre, duro y opresivo.
—¿Qué
es eso? —preguntó.
—Me
han aconsejado que vaya a ver a este hombre —respondió Hamilton.
—No
—repuso McFeyffe. De forma inopinada, adelantó la mano y cogió la nota. Hablaba
con voz temblona—. Tiene que desembarazarse de eso No haga caso a quien le dio
tal consejo.
Reaccionando,
Hamilton recuperó la nota. McFeyffe le puso la mano en el hombro; sus gruesos
dedos se clavaron en la carne del ingeniero. Se tambaleó el taburete en el que
Hamilton estaba sentado y, al instante, el muchacho se vino al suelo. La maciza
humanidad de McFeyffe descendió sobre él y, acto seguido, ambos empezaron a
forcejear por el piso, sudando y jadeando, tratando de entrar en posesión de la
nota y conservarla.
—Las
trifulcas están prohibidas en este bar —dijo el camarero, y salió cojeando de
detrás del mostrador, dispuesto a poner fin a la pelea—. Si quieren
despedazarse mutuamente, salgan a la calle a hacerlo.
Mientras
mascullaba algo entre dientes, conminó a Hamilton, al tiempo que se alisaba la
ropa. Su rostro continuaba tenso y rígido, y contraído por alguna inquietud
yacente en el fondo de su espíritu.
—¿Qué
es lo que pasa? —inquirió Hamilton.
Volvió
a sentarse. Localizó su jarra de cerveza y se dispuso a levantarla. Algo
ocurría en el embrutecido cerebro de McFeyffe, pero ignoraba qué podía ser.
En
aquel preciso instante, la rubia que se ganaba la vida incitando a los clientes
a beber y a invitarla, se acercó a ellos. Iba acompañada de una figura
lastimera y enjuta.
Bill
Laws, con un vaso de aperitivo en la mano, se inclinó lúgubremente ante
Hamilton y McFeyffe.
—Buenas
tardes —saludó—. Tengamos la fiesta en paz. Déjense de riñas. Por aquí, todos
somos amigos.
Sin
apartar la vista de la superficie del mostrador, McFeyffe repuso:
—Sopesando
bien todas las cosas, es lo mejor que podemos hacer; ser amigos.
No
dio más detalles.
VI
ESTE
INDIVIDUO asegura que le conoce —explicó la rubia menudita a Hamilton.
—Es
cierto —contestó el ingeniero—. Arrastre un taburete y siéntese.
—Miró
a Laws cara a cara—. ¿Ha examinado la situación en las últimas veinticuatro
horas con el auxilio de la física avanzada?
—Al
diablo con la física —replicó Laws, frunciendo el ceño—. Ya he superado eso. Lo
dejé muy atrás.
—Vaya
a construir un depósito —dijo Hamilton—. No lea tantos libros. Salga a tomar el
aire.
Laws
apoyó su mano delgada en el hombro de la rubia.
—Gracia,
eso es lo que encontré. Un depósito lleno. Rebosante.
—Me
alegro de ese encuentro —manifestó Hamilton.
La
joven sonrió, no muy segura del fondo de aquel diálogo.
—No
me llamo Gracia. Mi nombre es...
Apartándola
a un lado, Laws se inclinó hacia Hamilton.
—De
lo que yo me alegro es de que haya sacado usted a relucir la palabra
«depósito».
—¿Por
qué?
—Porque
—le informó Laws— en este mundo no existe tal cosa.
—Venga
conmigo. —Laws agarró la corbata de Hamilton y tiró de él para apartarle del
mostrador—. Voy a enseñarle algo. El mayor descubrimiento efectuado desde la
capitación.
Abriéndose
paso por entre los clientes, Laws condujo a Hamilton hasta la máquina de
servicio automático de cigarrillos que había en un rincón de la sala. A la vez
que daba una palmadita al aparato, Laws declaró en tono de triunfo:
—Bien,
¿qué opina de esto?
Hamilton
examinó la máquina con cierto recelo. Su aspecto era como el de todas: una alta
caja metálica, con espejo de cristal teñido de azul, ranura para introducir las
monedas, situada en la parte superior, hileras de casillas encristaladas, tras
cuyos vidrios estaban las distintas marcas de cigarrillos, la fila de palancas
y la abertura por donde salía el paquete.
—Me
parece una máquina corriente —comentó.
—¿No
nota nada raro?
—No,
nada de particular.
Laws
lanzó una mirada en derredor para cerciorarse de que nadie les escuchaba. Luego
tiró de Hamilton, aproximándose más a él.
—Estuve
observando el modo en que funciona este aparato —susurró en tono algo áspero—.
Y he descubierto una cosa. Procure comprender el significado de lo que voy a
decirle. Contrólese y no dé muestras de asombro. ¡En esta máquina no hay
cigarrillos!
Hamilton
trató de asimilar la noticia.
—¿Ni
uno solo?
Laws
se puso en cuclillas e indicó la hilera de paquetes visibles a través del
cristal de los departamentos.
—Esos
son los únicos que hay. No existe depósito de reserva. Pero mire... Metió una
moneda de veinticinco centavos en la ranura, accionó la palanca correspondiente
a la marca «Camel» y cogió el paquete de cigarrillos que apareció en el
receptáculo inferior—. ¿Lo ve?
—No
sé a dónde quiere ir a parar.
—Ocurre
lo mismo con la máquina de chocolatinas. —Laws le llevó hasta ella—. Los
bombones salen, pero en el interior no hay nada. Únicamente los paquetes de
muestra. ¿Se da cuenta? ¿Lo comprende?
—No.
—¿Nunca
leyó nada acerca de milagros? En el desierto se pudo lograr agua y comida; esa
fue la primera manifestación milagrosa.
—Ah!
—exclamó Hamilton—. Exacto.
Esas
máquinas funcionan sobre la base del principio original. Distribución por
milagro. —Laws se sacó un destornillador del bolsillo: se arrodilló y empezó a
desmontar la máquina expendedora de chocolatinas—. Se lo aseguro, Jack, se
trata del mayor descubrimiento conocido por el hombre. Esto revolucionará la
industria moderna. Todo el concepto de la producción de máquinas y
herramientas, toda la técnica fundamentada en el montaje en cadena... —Laws
hizo un significativo movimiento con la mano—. Fuera. Abajo. Se terminó la
manipulación de engorrosas materias primas. Se acabó el empleo de fuerzas
laborales deprimidas. Ya no habrá más fábricas ruidosas y sucias. En esta caja
metálica se guarda un importante y enorme secreto.
—Eh
—articuló Hamilton, interesado—. Tal vez ha tropezado con algo bueno.
—Este
cacharro puede resultar muy útil. —Febrilmente, Laws se aplicó a la tarea de
quitar la plancha posterior de la máquina—. Écheme una mano, hombre. Ayúdeme a
sacar este pasador.
El
pestillo salió. Entre ambos hombres levantaron el tabique metálico posterior y
lo dejaron apoyado contra la pared. Como Laws había vaticinado, las columnas
verticales que constituían los depósitos de la máquina estaban completamente
vacías.
—Saque
una moneda —aleccionó Laws.
Con
destreza extraordinaria fue desarmando el mecanismo interior hasta dejar
visible, por detrás, los bombones y dulces de muestra. A la derecha estaba el
conducto que llevaba la mercancía afuera, sobre el cual se montaba una compleja
serie de departamentos, palancas y ruedas. Laws comenzó a rastrear el circuito,
tratando de determinar su punto de origen.
—Parece
que la chocolatina parte de aquí —sugirió Hamilton. Se inclinó por encima del
hombro de Laws y tocó un estante liso—. La moneda empuja a una varilla e
inclina ese émbolo, el cual impele a la chocolatina hacia el tubo que enlaza
con el departamento exterior. La fuerza de gravedad se encarga del resto.
—Introduzca
la moneda —apremió Laws—. Quiero ver de dónde sale esa maldicha chocolatina.
Hamilton
puso la moneda en la ranura y activó un émbolo cualquiera. Se movieron las
palancas y giraron las ruedas. Del centro de aquel complicado mecanismo brotó
una chocolatina en forma de bastón. La chocolatina descendió por el conducto y
fue a descansar en la casilla de salida.
—Surgió
de la nada —dijo Laws, aterrado.
—Pero
en una zona específica. Apareció en tangente respecto a la que está de modelo.
Lo cual indica la existencia de alguna especie de proceso de fisión binaria. La
chocolatina de muestra se convierte en dos barras completas.
—Eche
otra moneda. Insisto, Jack, esto es algo enorme.
De
nuevo se materializó una chocolatina, que fue expelida por el eficiente
aparato. Ambos hombres contemplaron aquello con la boca abierta.
—Lo
que se dice una señora máquina —reconoció Laws—. Un magnífico trabajo de diseño
y construcción. Un empleo formidable del principio del milagro.
—Pero
utilizado a pequeña escala —señaló Hamilton—. Para dulces, bebidas y
cigarrillos. Nada importante.
—Ahí
es a donde vamos. —Con cuidado, Laws puso una pequeña lámina de hojalata en un
departamento vacío, junto a un galón dorado de muestra. La lámina de hojalata
no encontró resistencia—. No hay nada, claro. Si quito el modelo y coloco en su
lugar alguna otra cosa...
Hamilton
quitó el galón dorado y puso un tapón corona en la casilla. Cuando se activó la
palanquita, otro tapón corona se deslizó por el tubo conductor hacia la salita.
—Eso
lo demuestra —manifestó Laws—. El aparato duplica cualquier cosa que se sitúe
en tangente al modelo. Podríamos duplicarlo todo. —Sacó algunas monedas de
plata—. Al negocio.
—¿Qué
tal estaría definirlo con la palabra de un viejo principio electrónico?
—propuso Hamilton—. Regeneración. Con una parte de lo que se produce. se va
alimentando el molde del modelo original. De forma que la provisión continúa
fabricándose.., multiplicándose... Cuanto más se produce y vuelve al punto de
partida, donde se duplica...
—Lo
mejor sería probar con un líquido —reflexionó Laws—. ¿Dónde podríamos conseguir
un tubo de cristal para devolver el líquido al sitio en que se efectúa la
renovación duplicada?
Hamilton
arrancó de la pared un tubo de neón, mientras Laws se llegaba al mostrador y
pedía de beber. Cuando Hamilton estaba instalando el tubo, reapareció Laws con
un copita llena de líquido ambarino.
—Coñac
—explicó—. Auténtico coñac francés... del mejor que tienen en este
establecimiento.
Hamilton
puso la copa en la plataforma de muestra, donde había estado el galón. El tubo,
previamente vaciado de su gas neón, partía de la zona de duplicación y se
dividía. Una de sus bocas regresaba a la copa de origen; el otro ramal iba a la
salida.
—La
proporción es de cuatro a uno —comentó Hamilton—. Cuatro partes por la abertura
en forma de producto. Una servirá para alimentar la fuente de origen.
Teóricamente, la producción se irá acelerando de modo continuo. Con un volumen
infinito como límite.
Con
hábil movimiento, Laws accionó la palanca que ponía en funciones el mecanismo.
Al cabo de una breve pausa, el coñac empezó a gotear por la abertura de salida
y a caer en el suelo, delante de la máquina. Laws se puso en pie y cogió la
plancha posterior del aparato; los dos hombres volvieron a colocar el pasador
en su sitio y la máquina quedó cerrada. Queda, constantemente, el expendedor de
dulces y chocolatinas fue expulsando una creciente cantidad de licor de primera
clase.
—Eso
es —dijo Hamilton complacido—. Bebida gratis para todos... Hagan cola, señores.
Unos
cuantos clientes se acercaron, interesados. En cuestión de minutos, una
verdadera multitud se apiñaba allí.
—Hemos
utilizado el mecanismo —silabeó Laws despacio, mientras Hamilton y él
observaban la cada vez más larga fila de hombres que se había formado delante
del poco antes expendedor automático de golosinas. Pero no hemos descubierto el
principio fundamental. Sabemos qué hace y, mecánicamente cómo lo hace. Pero
ignoramos el porqué.
—Tal
vez —conjeturó Hamilton— no hay ningún principio que descubrir. ¿No es ése el
significado del término «milagro»? No interviene ley alguna... sólo se trata de
un acontecimiento caprichoso, sin causa ni regularidad. Simplemente sucede. Una
afirmación de regularidad. No puede hablarse de casualidades... Viene a ser
como decir que a A le sumamos B, el resultado es C, y no D.
—¿Siempre
será C ese resultado? —preguntó Hamilton.
—Quizá
sí y quizá no. Hasta ahora, siempre ha sido C; salieron chocolatinas. Y en este
momento, sale coñac, no insecticida. Tenemos nuestra regularidad, nuestro
patrón. Todo lo que hemos hecho es descubrir los elementos que se necesitan
para establecer ese patrón.
Acaloradamente,
Hamilton dijo:
—Si
averiguamos lo que ha de estar presente para ocasionar la duplicación del
modelo...
—Exacto.
Algo pone en funciones el proceso. No nos importa cómo... lo que nos hace falta
es saber qué. No es necesario que sepamos cómo es que el sulfuro, el nitrato de
potasa y el carbón vegetal producen pólvora, ni siquiera es imprescindible
saber por qué. Pero sí debemos saber que, cuando todos esos ingredientes se
mezclan, se reúnen en determinada proporción, constituyen la pólvora.
Hamilton
y Laws regresaron hacia el mostrador, dejando a la multitud de clientes
entregada a su degustación de coñac gratuito.
—Eso
significa que este mundo posee leyes —decidió Hamilton—. Como el nuestro.
Bueno, leyes como las del nuestro, no. Pero leyes, a fin de cuentas.
Una
sombra de preocupación pasó por el semblante de Bill Laws.
—Así
es. —De súbito, todo su entusiasmo se desvaneció—. Lo había olvidado:
—¿Qué
hay de malo?
—Eso
no resulta en nuestro mundo. Sólo funcionará aquí.
—Ah
—dijo Hamilton, aliviado—. Cierto.
—Estamos
perdiendo el tiempo.
—So
pena de que no queramos volver.
Ya
ante el mostrador, Laws se sentó en un taburete y recuperó su vaso de
aperitivo. Encorvado, meditabundo, murmuró:
—Tal
vez sea eso lo que debamos hacer. Quedarnos aquí.
—Desde
luego —intervino McFeyffe, que le había oído—. Quédense aquí. Sean listos...
abandonen a tiempo.
Laws
dirigió a Hamilton una fugaz mirada.
—¿Usted
quiere seguir en este mundo? ¿Le gusta esto?
—No
—respondió Hamilton.
—A
mí tampoco. Pero acaso no tengamos donde elegir. Ni siquiera sabemos aún dónde
estamos. Y en cuanto a la manera de marchar...
—Este
es un lugar estupendo —terció la rubia en tono indignado—. Me paso aquí la vida
y opino que es magnífico.
—No
nos referíamos al bar —dijo Hamilton.
Laws
apretó su vaso con fuerza.
—Tenemos
que descubrir la forma de regresar —manifestó—. No sé cómo, pero hay que dar
con la salida.
—Me
hago cargo de eso —repuso Hamilton.
—¿Sabe
qué puede uno comprar en el supermercado? —inquirió Laws con voz avinagrada—.
Se lo diré. Latas de ofrendas cocidas.
—¿Sabe
lo que uno puede comprar en la ferretería? —preguntó Hamilton a su vez—
Balanzas en las que pesar su alma.
—Eso
es una estupidez —declaró la rubia, petulante—. El alma no pesa.
—En
ese caso —articuló Hamilton reflexivamente—, uno puede mandarlas por correo sin
franquearlas.
—¿Cuántas
podrían meterse en un sobre y remitirlas con un sello corriente? —conjeturó
Laws, irónico—. Nueva cuestión religiosa. La humanidad dividida en dos bandos.
La sangre llegando al río.
—Diez
—aventuró Hamilton.
—Catorce
—le contradijo Laws.
—Hereje.
Monstruo infanticida.
—Bestial
bebedor de sangre impura.
—Maldito
retoño de demonio devorador de basura.
Laws
meditó durante unos segundos.
—¿Sabe
lo que podrá ver en la pantalla de su televisor los domingos por la mañana? No
voy a decírselo; averígüelo personalmente.
Conservando
con cuidado el vaso vacío, Laws se bajó bruscamente del taburete y desapareció
entre la numerosa clientela.
—¡Eh!
—exclamó Hamilton, pillado por sorpresa—. ¿A dónde va?
—Está
loco —dijo la rubia, como quien habla del tiempo.
La
figura de Bill Laws reapareció momentáneamente al cabo de unos minutos. Gritó,
dirigiéndose a Hamilton por encima del rumor de voces y carcajadas que emitían
los numerosos clientes:
—¿Sabe
una cosa, Jack?
—¿Qué?
—preguntó Hamilton, intranquilo.
El
semblante del negro se contorsionó en un espasmo de pura angustia desesperada.
—En
este mundo... —La amargura enturbió sus ojos—. En este maldito mundo, he
empezado a perder.
Se
marchó, dejando a Hamilton meditabundo.
—¿Qué
quiso decir? —inquirió la rubia curiosa—. ¿Acaso juega a las cartas?
—Se
pierde él —murmuró Hamilton pensativamente.
—A
casi todos les ocurre lo mismo —comentó McFeyffe.
La
muchacha ocupó el taburete que Laws había dejado vacante e inició una maniobra
sistemática para engatusar a Hamilton.
—Anda,
chico, invítame a un trago —pidió, esperanzada.
—No
puedo.
—¿Por
qué no? ¿Eres menor de edad?
Hamilton
se volvió los bolsillos al revés.
—No
tengo una perra. Gasté todo el dinero que llevaba en la máquina automática de
golosinas.
—Rece
—aconsejó McFeyffe—. Rece con toda su alma.
—Dios
santo —dijo Hamilton con pesar—. Concede a tu miserable especialista en
electrónica un vaso de agua teñida para que convide con ella a una desflorada
joven prostituta. —Concluyó sumisamente—: Amén.
El
vaso de agua de color de whisky surgió sobre la superficie del mostrador, junto
a su brazo. La muchacha lo aceptó, sonriente.
—Eres
un encanto ¿Cómo te llamas?
—Jack.
—Dime
tu nombre completo.
Hamilton
suspiró.
—Jack
Hamilton.
—El
mío es Silky. —La rubia jugueteó con su collar—. ¿Es tuyo ese «Ford» cupé
aparcado ahí fuera?
—Sí
—respondió Hamilton torpemente.
—Vayámonos
a algún otro lugar. Empiezo a aborrecer esta cantina Yo...
—¿Por
qué? —soltó Hamilton como un trallazo, inopinada y sonoramente—. ¿Por qué rayos
tuvo Dios que atender mi oración? ¿Por qué no le ocurrió esto a cualquier otro?
¿Por qué no a Bill Laws?
—Dios
aprobó tu plegaria —dijo Silky—. Al fin y al cabo, es cosa de Él; sólo a Él le
corresponde decidir en esas cosas.
—Es
terrible.
Silky
se encogió de hombros.
—Tal
vez.
—¿Cómo
puede uno vivir en este ambiente? Uno nunca sabe lo que va a suceder... no hay
orden ni lógica en los acontecimientos. —Le enfureció el hecho de que la joven
no pusiera objeciones, de que considerase todo aquello como la cosa más natural
del universo—. Estamos desamparados, dependemos del capricho de lo
imprevisible. Esto nos impide ser personas... somos como animales que esperan
que les den la comida. Que se les recompense o se les castigue.
Silky
se le quedó mirando.
—Eres
un chico muy extraño.
—Tengo
treinta y dos años, no soy ningún adolescente. Y estoy casado. Cariñosamente,
la muchacha le tiró del brazo, medio quitándole de encima del taburete.
—Vamos,
chico. Practiquemos el culto en privado. Conozco unos cuantos ritos que acaso
te guste ensayar.
—¿Tengo
que descender al Averno para eso?
—Si
alternas con las personas adecuadas, no hace falta.
—Mi
nuevo jefe posee un sistema intercomunicador que le pone en contacto con la
Gloria. ¿Sirve?
Silky
continuó apremiándole para que abandonase el taburete.
—Hablaremos
luego de ello. Vámonos antes de que ese simio holandés se dé cuenta.
McFeyffe
alzó la cabeza y dirigió la vista hacía Hamilton. Manifestó, con voz tensa y
vacilante:
—¿Se...
se va?
—Pues,
claro —articuló Hamilton, mientras se bajaba del precario asiento.
—Aguarde
—le imitó McFeyffe—. No se marche así.
—Preocúpese
exclusivamente de su alma —recomendó Hamilton. Pero captó en el rostro de
McFeyffe un elemento de incertidumbre total—. ¿Qué ocurre? —preguntó, sin asomo
de enfado.
—Quiero
enseñarle algo —repuso McFeyffe.
—¿Enseñarme
qué?
McFeyffe
se adelantó a Hamilton y Silky y cogió un inmenso paraguas negro. Volvió la
cabeza y esperó a la pareja. Hamilton echó a andar y la rubia hizo lo propio.
Tras empujar la puerta, McFeyffe abrió el paraguas, que parecía una tienda de
campaña, y lo levantó por encima de sus cabezas, protegiéndoles. La ligera
llovizna anterior se había transformado en diluvio; la gélida lluvia de otoño
se abatía sobre las brillantes aceras y sobre las silenciosas calles y tiendas.
Silky
se estremeció.
—Es
deprimente. ¿A dónde vamos?
Al
tiempo que trataba de localizar el cupé de Hamilton, escudriñando la penumbra,
McFeyffe murmuraba para si un monótono:
—Todavía
debe de existir.
—¿Por
qué supone que Laws anda a tientas, sintiéndose extraviado? preguntó Hamilton
morbosamente, mientras el automóvil avanzaba a toda velocidad por la húmeda
carretera sin fin—. Nunca le había sucedido nada semejante.
En
el asiento del conductor, McFeyffe guiaba el coche con aire reflexivo,
encorvado el cuerpo, tan derrumbado que casi parecía dormido. Se irguió antes
de murmurar—: Como dije, a casi todos les pasa.
—Eso
significa algo —insistió Hamilton. El «suiss, suiss» repetido del
limpiaparabrisas le producía modorra; se reclinó en Silky y cerró los párpados.
La muchacha despedía un tenue perfume a colonia y tabaco rubio. Un aroma
agradable... Hamilton disfrutó de él. Contra su mejilla, el pelo de Silky
producía un roce leve, seco, algo áspero. Como ciertas esporas de hierba.
—¿Se
ha enterado a fondo de esa doctrina del Segundo Nabí? —manifestó McFeyffe—.
Vaya sarta de tonterías hinchadas y grandilocuentes. Un culto estúpido,
propagado por una pandilla de mentecatos. Parece que todo empezó con una
partida de árabes, que se presentaron aquí dispuestos a divulgar sus ideas. ¿No
es cierto?
Ni
Hamilton ni Silky respondieron.
—No
durará mucho —dijo McFeyffe.
—Quiero
saber a dónde vamos —terció Silky, de mal talante. Se apretó Contra Hamilton
con más fuerza—. ¿De veras estás cansado?
Sin
hacerla caso, Hamilton se dirigió a McFeyffe:
—Sé
qué es lo que teme.
—No
temo nada —replicó McFeyffe.
—Ya
lo creo que sí —insistió Hamilton.
Tampoco
él, aun en contra de sí mismo, estaba muy tranquilo.
Por
delante del automóvil, la ciudad de San Francisco fue aumentando de tamaño al
acercarse a ellos. Por último, se encontraron flanqueados por edificios y
rodando por calles en las que no se percibía señal ninguna de vida, de
movimiento, de ruido o de luz. McFeyffe daba la impresión de saber
perfectamente a dónde quería ir. Torció una y otra vez, hasta que el coche
estuvo avanzando por callejuelas estrechas de arrabal. De súbito, aminoró la
marcha. Se irguió cuanto pudo y oteó a través del cristal del parabrisas. La
aprensión puso rigidez en sus facciones.
—Esto
es espantoso —se quejó Silky—. ¿Qué se nos ha perdido en esta barriada
miserable? No lo entiendo.
Hundió
la cabeza en la chaqueta de Hamilton.
McFeyffe
detuvo el vehículo, abrió la portezuela, se apeó y dio unos pasos por la
desierta calle. Hamilton le siguió y ambos hombres se quedaron inmóviles, uno
junto a otro. Silky prefirió quedarse en el automóvil, dedicada a escuchar la
música insípida que brotaba del aparato de radio. El apagado sonido se esparcía
por la oscuridad, mezclándose con la niebla, cuyos jirones vagaban entre los
cerrados comercios y las destartaladas y toscas construcciones.
—¿Es
eso? —preguntó Hamilton, por último.
—Sí
—McFeyffe asintió con la cabeza. En aquel momento, frente a la realidad, no
manifestaba ninguna emoción.
Los
dos hombres se encontraban ante una tienda desvencijada y ruinosa, una
decrépita estructura de tablas, cuyo color amarillo se lo había llevado el
tiempo, dejando al descubierto la madera empapada por la lluvia.
A la
entrada se amontonaba la basura y los periódicos. La escasa claridad de un
farol callejero permitió a Hamilton distinguir varios carteles pegados a los
cristales de las ventanas. Folletos, amarillentos y manchados por las moscas,
se apilaban desordenadamente. Un poco más allá, se veía una cortina sucia y
raída, tras de la cual podían vislumbrarse hileras de sillas metálicas. Después
de las feas sillas, el interior del local permanecía sumido en tinieblas.
Encima de la entrada de la tienda había un letrero escrito a mano, viejo y
andrajoso. Decía:
Iglesia
Independiente del Nabismo
Bienvenido
todo el mundo
Tras
un gruñido furioso, McFeyffe reaccionó y cruzó la acera.
—Es
mejor que lo deje —aconsejó Hamilton, al tiempo que se disponía a seguirle.
—No
—McFeyffe sacudió la cabeza—. Voy a entrar.
Levantó
el negro paraguas y se llegó al breve vestíbulo del local. De inmediato, empezó
a martillear la puerta interior con el mango del paraguas. El ruido de sus
golpes metódicos se repitió en ecos que recorrieron la calle desierta, yendo de
un extremo a otro. En algún punto de vaya usted a saber qué callejón, un animal
se agitó, sorprendido, entre las latas y botes que sin duda sembraban el suelo.
El
hombre que, al cabo de un rato, entreabrió la puerta unos centímetros, tenía
una figura encorvada y diminuta. Les escudriñó tímidamente a través de los
cristales de unas gafas con montura de acero. Los puños de su camisa estaban
sucios y deshilachados; sus ojillos acuosos, de tonalidad cobriza, se movían en
las órbitas nerviosa y precavidamente. El individuo temblaba y aunque estuvo
unos segundos contemplando a McFeyffe no dio muestras de reconocerle.
—¿Qué
desean? —inquirió por fin, con voz apenas audible, pero penetrante a causa del
miedo.
—¿No
me conoce? —repuso McFeyffe—. ¿Qué ha ocurrido, padre? ¿Dónde está la iglesia?
El
reseco anciano murmuró algo incoherente, hizo un gesto vago con las manos y se
dispuso a dar con la puerta en las narices a sus visitantes.
—Váyanse
de aquí —conminó—, pareja de borrachos inútiles. Márchense si no quieren que
avise a la policía.
Cuando
la hoja de madera estaba a punto de cerrarse del todo, McFeyffe lo impidió
metiendo su paraguas por el resquicio.
—Padre
—imploró—, esto es terrible. No logro comprenderlo. Le han robado su iglesia. Y
usted es... insignificante. No puede ser. —Se le quebró la voz, anonadada por
la incredulidad—. Usted solía manifestarse... —Se volvió a Hamilton con
expresión de desamparo—. Era un hombre impresionante. Más alto y corpulento que
yo.
—Aléjense
de aquí —insistió el minúsculo hombrecillo. Su tono era un zumbido de
advertencia.
—¿No
podemos entrar? —preguntó McFeyffe, sin molestarse en quitar el paraguas del
resquicio—. Por favor, permítanos entrar. ¿A qué otro sitio podríamos ir? He
venido acompañado de un hereje... quiere convertirse.
El
sujeto menudo titubeó. Al tiempo que esbozaba una mueca de angustia, escrutó a
Hamilton.
—¿Usted?
¿Qué le pasa? ¿Es que no puede volver mañana? Hace rato que la medianoche quedó
atrás; había empezado mi segundo sueño...
Se
decidió a franquearles la entrada, abrió la puerta y se apartó a un lado de
mala gana.
—¿Vio
el templo antes? Una gran obra de piedra, tan grande como... —Hizo un ademán
desesperanzado—. El mayor de todos —McFeyffe puso cara de abatimiento al
concluir—: Y esto es cuanto queda.
—Le
costará diez dólares —informó el hombrecillo. Les había precedido e,
inclinándose, sacó una urna de arcilla de debajo del mostrador. Sobre este se
veían montones de impresos y folletos. Cayeron varios al suelo, pero el hombre
no se percató de ello—. Por adelantado —dijo.
Al
tiempo que se rebuscaba en los bolsillos, McFeyffe lanzó una mirada en torno.
—¿Dónde
está el órgano? ¿Y los candelabros? ¿Es que ni siquiera tiene candelabros?
—No
puedo permitirme esa clase de lujos —respondió el hombrecillo. Retrocedió hacia
el fondo de la sala—. Veamos, ¿qué es lo que quiere? ¿Que convierta a este
hereje? —Se acercó a Hamilton, le agarró de un brazo y le examinó atentamente—.
Soy el padre O'Farrel. Tendrá que arrodillarse, joven. Y agachar la cabeza.
—¿Siempre
ha sido así? —interrogó Hamilton.
Tras
una breve pausa, el padre O’Farrel dijo:
—¿Cómo,
qué? ¿A qué se refiere?
Una
oleada de lástima pasó por el ánimo de Hamilton.
—Olvídelo.
—Nuestra
organización es muy antigua —declaró el padre O'Farrel, no sin titubear—. ¿Es
eso lo que usted deseaba saber? Se remonta a varios siglos. —Le temblaba la
voz—. Estaba fundada incluso antes de que llegase el Primer Nabí. No estoy muy
seguro acerca de la fecha exacta de su origen. Dicen que... —Se interrumpió—.
No poseemos lo que se llama autoridad. El Primer Nabí, naturalmente, procede de
1844. Pero con anterioridad a ese año...
—Deseo
hablar con Dios —manifestó Hamilton.
—Sí,
sí —convino el padre O'Farrel—. Y yo también, joven. —Palmeó a Hamilton en el
brazo; la presión fue tan leve que casi no la notó—. Lo mismo que todo el
mundo.
—¿No
puede ayudarme? —pidió Hamilton.
—Es
muy difícil —repuso el padre O'Farrel. Desapareció dentro de una oscura
trastienda, una especie de caótico almacén. Regresó, jadeando y bamboleándose,
cargado con una cesta de mimbre llena de huesos clasificados, fragmentos,
trozos de piel seca y cabellos marchitos—. Esto es cuanto hemos podido
conseguir —anunció entrecortadamente, mientras dejaba la cesta en el suelo—.
Acaso encuentre algo útil. Me alegraría mucho que fuera así.
Al
elegir Hamilton cuidadosamente algunas de aquellas piezas, McFeyffe intervino
con voz trémula:
—Mírelo.
Imitaciones. Bisutería rara.
—Hacemos
todo lo que nos es posible —se excusó el padre O'Farrel, y unió sus manos con
fuerza.
—¿Existe
algún medio para llegar allá arriba? —preguntó Hamilton.
Por
primera vez, el padre O'Farrel sonrió.
—Tendría
que morir, joven.
McFeyffe
recogió su paraguas y echó a andar en dirección a la puerta.
—Salgamos
de aquí —incitó a Hamilton en tono cansino—. Vámonos ya. Tengo bastante.
—Aguarde
—pidió Hamilton.
McFeyffe
se detuvo.
—¿Por
qué quiere hablar con Dios? ¿Qué conseguirá? No le cuesta nada hacerse una idea
acerca de la situación. Mire en torno.
—Él
es el único que puede explicarnos lo sucedido.
Al
cabo de una pausa, McFeyffe replicó:
—Me
tiene sin cuidado lo que sucedió. Me largo.
Actuando
con rapidez, Hamilton dispuso un circulo de huesos y dientes, un aro de
reliquias.
—Écheme
una mano —invitó a McFeyffe—. También está metido en esto.
—Lo
que pretende —dijo el capitán— es un milagro.
—Ya
lo sé —confesó Hamilton.
McFeyffe
regresó sobre sus pasos.
—No
servirá de nada. Es lo que se dice inútil.
Permaneció
inmóvil, con el inmenso paraguas negro en la mano. El padre O'Farrel paseaba
inquieto de un lado a otro de la estancia, aturdido y confuso, sin entender lo
que estaba pasando.
—Quiero
saber cómo se desencadenó este asunto —dijo Hamilton—. Deseo enterarme de lo
que es y significa el Segundo Nabí y todo este jaleo. Si no lo averiguo...
Alargando
el brazo, arrebató a McFeyffe el enorme paraguas negro y, tras respirar hondo,
lo levantó. Como si un buitre extendiese las alas, las varillas y la tela del
paraguas se abrieron sobre Hamilton; cayeron unas cuantas gotas de humedad.
—¿A
qué viene esto? —inquirió McFeyffe, que se adelantó hasta el otro lado del
círculo de reliquias para recuperar su paraguas.
—Cuidado
—Hamilton apretaba con firmeza el mango del paraguas, mientras se dirigía al
padre O'Farrel—: ¿Es agua lo que hay en ese recipiente?
—S...
sí —repuso el hombrecillo, después de echar un vistazo a la urna de barro
indicada—. Hay un poco en el fondo.
—Al
mismo tiempo que derrame el agua —alecciono Hamilton—, recite esa parte de la
ascensión.
—¿Ascensión?
—Perplejo, el padre O'Farrel retrocedió unos pasos—. Yo...
—Et
resurrexit. Recuerde.
—¡Ah!
—exclamó el padre O'Farrel—. Sí, eso creo. —Asintió con la cabeza, hundió la
diestra en la urna de agua bendita y empezó a rociar el paraguas—.
Sinceramente, dudo mucho de que esto dé resultado.
—Recite
—ordenó Hamilton.
Con
voz insegura, el padre O'Farrel murmuró:
—...Et
resurrexit tertia die secundum scripturas, et ascendit in coelum, sedet ad
dexteram Patris, et iterum venturus est cum gloria judicare vivos et mortuos,
cujus regni non ent finis...
Vibró
el paraguas en las manos de Hamilton. Poco a poco, de un modo gradual, lento y
trabajoso, el paraguas, al que también se había agarrado McFeyffe, empezó a
elevarse. McFeyffe emitió un gemido de terror y se aferró con más fuerza a la
empuñadura. En cuestión de segundos, la contera del paraguas tropezaba con el
bajo techo del local. Hamilton y McFeyffe se columpiaban de manera absurda,
agitando los pies entre las polvorientas sombras de aquellas alturas.
—El
tragaluz —jadeó Hamilton—. Ábralo.
Al
precipitarse hacia el barrote el padre O'Farrel pareció un ratoncillo que
corriera asustado por allí. Se corrió la claraboya y una corriente de aire
nocturno penetró en la estancia. Una vez libre del obstáculo del techo, el
paraguas salió disparado hacia arriba y desapareció de la vista de Hamilton el
destartalado edificio de tablas. Una fresca neblina se adosó a la piel del
ingeniero y de McFeyffe, mientras se remontaban a cada vez mayor altura. Pronto
estuvieron al nivel de la cumbre de Twin Peaks. Después se encontraron sobre la
gran ciudad de San Francisco, suspendidos del mango del paraguas encima de una
extensa bandeja de parpadeantes luces amarillas.
—¿Qué
ocurriría si nos soltamos? —gritó McFeyffe.
—¡Rece
para que Dios le conceda fuerzas! —contestó Hamilton, quien, con los ojos
cerrados, dedicaba todo su vigor físico a mantenerse agarrado a la empuñadura
del paraguas.
Éste
seguía elevándose y ganando velocidad de un instante para otro. Durante un
breve intervalo, Hamilton tuvo suficiente valor para abrir los ojos y mirar
hacia arriba.
Por
encima de su cabeza se distendía una extensión ilimitada y ominosa de negros
nubarrones. ¿Qué había más allá? ¿Acaso Él les aguardaba?
El
paraguas continuaba remontándose y remontándose, surcando las tinieblas
nocturnas. Era ya demasiado tarde para volver.
VII
A
MEDIDA QUE SE ELEVABAN, el laberinto de negruras iba empezando a desvanecerse.
La capa de nubes les dejó bastante mojados cuando, con un ligero quiebro, el
paraguas la atravesó. En vez de la gélida oscuridad de la noche, se vieron
ascendiendo por un éter grisáceo, por un vacío infinito, incoloro e informe. La
nada.
La
Tierra permanecía abajo.
Era
la mejor perspectiva que Hamilton había contemplado jamás del planeta. En
muchos sentidos, correspondió a sus esperanzas. Tenía forma redonda y su
aspecto se asemejaba en todo a un globo. Suspendido en su medio, el globo
flotaba sosegadamente: un objeto sombrío, pero impresionante.
Impresionante
sobre todo porque era único. Sobresaltado Hamilton comprobó que no aparecía a
la vista ningún otro planeta. Entornó los párpados con aprensión, miró en torno
y asimiló despacio, de mala gana, lo que sus ojos iban registrando.
La
Tierra estaba sola en el firmamento. A su alrededor, giraba una bolita
brillante, muchísimo más pequeña, como un mosquito que zumbara y revolotease en
torno a una gigantesca e inerte esfera de materia. Hamilton comprendió, con un
estremecimiento de desánimo, que aquello era el sol. Un sol diminuto. Y... se
movía!
Si
muove. Pero no la Tierra. Si muove... el sol!
Por
fortuna, la ígnea y brillante bolita de fosforescencia se hallaba en el lado
Opuesto de la Tierra. Su giro era lento; la revolución completa se desarrollaba
en un período de veinticuatro horas. En el lado más próximo se encontraba un
puntito más pequeño todavía, casi imperceptible. Una pelota corroída de materia
estéril, que avanzaba por el espacio, trivial y excusable.
La
luna.
No
quedaba muy lejos; si el paraguas no variaba su rumbo pasarían tan cerca del
satélite que casi podrían tocarlo. Con pupilas incrédulas, Hamilton lo
contempló; lo estuvo mirando hasta que volvió a alejarse por aquel espacio
gris. Así, pues, ¿estaba la ciencia en un error? ¿Partía de una base equivocada
todo el esquema del universo? ¿Era un yerro descomunal la vasta y preponderante
estructura del sistema heliocéntrico de Copérnico?
Lo
que Hamilton tenía ante los ojos era el antiguo y superado universo
geocéntrico, con una Tierra gigantesca e inmóvil como planeta único. Pudo
distinguir por último a Marte y Venus, cuerpos celestes tan minúsculos que
resultaban inexistentes de manera virtual. Y las estrellas. También eran
increíblemente diminutas... un dosel de insignificancia. En un momento, el
edificio completo de su cosmología se derrumbaba, convirtiéndose en un montón
ridículo de ruinas.
Pero
eso sólo era allí. Se trataba del viejo universo de Tolomeo. No tenía nada que
ver con su mundo. Un sol reducidísimo, unas estrellas microscópicas, la colosal
burbuja de una Tierra exagerada e hinchada, ocupando el centro geométrico del
sistema. Eso era real allí... aquel universo se regía de ese modo.
Sin
embargo, todo ello no significaba absolutamente nada en relación con el propio
universo de Hamilton... gracias a Dios.
Una
vez aceptado eso, no le sorprendió particularmente observar la existencia de
una cuña profunda en el fondo del espacio gris, una película rojiza, situada
debajo de la Tierra. Daba la impresión de que, en lo más hondo de aquel
universo, se estaba llevando a cabo una primitiva operación minera. Fraguas,
hornos encendidos y, a lo lejos, una especie de volcán que hervía a fuego
lento, remitían ambiguas llamaradas de siniestra tonalidad roja, para darle
color a la indescriptible atmósfera.
Era
el infierno.
Y
por encima de él... Hamilton estiró el cuello. Ahora le resultaba claramente
visible. La mansión celestial. Aquel era el otro extremo del sistema
telefónico: la estación que habían enlazado con la Tierra, los psicólogos, los
expertos en comunicaciones. Aquel era el punto A del gran cable cósmico.
El
tono gris que empañaba el espacio extendido sobre el paraguas empezó a
desvanecerse. Durante un breve intervalo no hubo nada, ni siquiera el frío aire
nocturno que había congelado sus huesos. Aferrado al aguas, McFeyffe miraba con
creciente terror la residencia divina, a la que se iban aproximando. No se veía
gran cosa de ella. Se dilataba hacia el infinito una muralla de sustancia
densa, una barrera protectora que impedía la visión de la morada.
Vagaban
por encima de aquel muro una serie de motitas luminosas. Se trataba de unas
partículas que subían y bajaban, avanzaban y retrocedían de modo brusco, como
iones cargados. Como si fueran entes vivos.
Probablemente,
serían ángeles. Resultaba demasiado pronto para verlos bien.
El
paraguas continuaba subiendo y la curiosidad de Hamilton aumentando. Sin
embargo, cosa sorprendente, estaba completamente tranquilo. Dadas las
circunstancias, era imposible experimentar emociones; o se dominaba uno del
todo o se dejaba abrumar por lo inexplicable de acontecimientos. Un extremo o
el otro; no había término medio. Enseguida, dentro de cinco minutos,
franquearía la muralla. McFeyffe y él podrían contemplar la Gloria.
Pensó:
«Un largo trayecto. Un recorrido prolongadísimo, que tuvo su punto de partida
cuando ambos se enfrentaban en el pasillo del edificio del Bevatrón y discutían
acerca de una nimiedad...»
De
manera gradual, casi imperceptiblemente, fue disminuyendo el impulso
ascensional del paraguas. Llegó un momento en que casi no se remontaba ya. Era
el límite. No podía pasarse de allí. Ociosamente, Hamilton se preguntó qué
sucedería a continuación. ¿Iba a empezar a descender el paraguas del mismo modo
sosegado con que había subido? ¿O caería de súbito, depositándoles en medio de
la Gloria?
Algo
comenzó a aparecer ante su vista. Se encontraban en paralelo al muro de materia
protectora. Una idea vana cruzó por el cerebro de Hamilton: aquella materia no
estaba allí para impedir que los que surcasen el espacio por las proximidades
echaran un vistazo al interior del recinto, sino para evitar que los habitantes
de éste volvieran a desplomarse sobre el mundo del que, siglos antes, habían
llegado.
—Casi...
—jadeó McFeyffe—. Casi alcanzamos ya el final del viaje.
—Sí
—dijo Hamilton.
—Esto...
no... deja... de... surtir... su... efecto... sobre... la... mirada... de...
uno...
—Desde
luego —confesó Hamilton.
Faltaba
muy poco para que pudiese distinguir lo que hubiese al otro lado de la muralla.
Un segundo más... medio segundo... Empezó a vislumbrar la vaga perspectiva de
un paisaje. Una visión confusa: una continuidad redonda, un paraje ambiguamente
húmedo. ¿Un estanque, un océano? Un lago inmenso; aguas en remolino. Montañas
alzadas en el otro borde; una serranía boscosa, cubierta de maleza.
De
golpe, el lago cósmico desapareció. Lo había ocultado una cortina. Pero esa
cortina, tras un corto intervalo, volvió a levantarse. Y el lago quedó visible
de nuevo: una superficie infinita de sustancia húmeda.
Era
el mayor lago que Hamilton había contemplado en toda su vida. Lo bastante
grande como para que pudiera sumergirse en él todo un mundo. Aunque viviese mil
años más, no vería un lago tan enorme como aquel. Se dijo que le gustaría saber
cuál era su capacidad más densa, más opaca. Una especie de lago dentro de otro
lago. ¿Sería toda la Gloria lo mismo que aquel lago colosal? A juzgar por lo
que le era posible ver, allí no había nada más que el lago en cuestión. Pero no
era un lago. Se trataba de un ojo. Y les estaba mirando, ¡a él y a McFeyffe!
No
necesitó que le dijesen a Quién pertenecía aquel ojo.
McFeyffe
emitió un chillido. Su rostro se tornó negro y el aire que pasaba por su
garganta produjo roncos rumores. Una oleada de pánico cerval se abatió sobre
él. Durante unos segundos se agitó a la desesperada, tratando de separar sus
dedos de la empuñadura del paraguas, esforzándose inútilmente para alejarse de
aquella visión. Intentó de modo frenético e infructuoso poner espacio de por
medio, entre su persona y el ojo.
La
pupila se proyectaba sobre el paraguas. Al cabo de un instante, el paraguas
estalló en llamas, con un áspero «pop». Los trozos incendiados de tela, el
mango, las varillas y los dos hombres estremecidos cayeron a plomo, igual que
piedras.
No
descendieron con la suavidad con que habían subido. Se precipitaron hacia abajo
con rapidez meteórica. Ninguno de ellos tenía plena conciencia de lo que estaba
pasando. En una ocasión, Hamilton se percató vagamente de que el mundo no se
encontraba demasiado abajo. Luego recibió un impacto entontecedor; fue
despedido otra vez hacia las alturas y su cuerpo se elevó en el aire casi hasta
el mismo nivel anterior. A consecuencia de aquel enorme rebote, estuvo a punto
de llegar de nuevo a la Gloria.
Pero
le faltó el casi. Y volvió a bajar. Y sufrió otro golpe contra el suelo... Al
cabo de una serie demoledora de botes y rebotes indescriptibles, quedó por fin
tendido, inerte y sin aliento, agarrado a la superficie de la tierra. Aferrado
desesperadamente a un manojo de hierbas agostadas, que crecía en un terreno de
arcilla roja y árida. Precavida, penosamente, abrió los ojos y miró en
derredor.
Permanecía
estirado en una alargada llanura. Era una zona reseca y calurosa. Calurosa sin
duda a las doce del mediodía, pero estaba amaneciendo y Hamilton sintió frío. A
lo lejos, se alzaban diversos edificios de aspecto no muy boyante. El cuerpo de
Charley McFeyffe yacía inanimado a escasos metros.
Cheyenne,
Wyoming.
—Supongo
—consiguió articular Hamilton, después de un largo intervalo— que es aquí a
donde primero tuve que dirigirme.
No
hubo respuesta por parte de McFeyffe. Estaba totalmente sin sentido Lo único
que se oía en aquel descampado era el discordante piar de unos cuantos pájaros
posados en las sarmentosas ramas de un árbol existente a varios centenares de
metros del punto donde Hamilton y McFeyffe habían aterrizado.
Hamilton,
dolorido, se puso en pie trabajosamente y se acercó a su compañero, al que se
dispuso a examinar. McFeyffe vivía y, al parecer, no estaba herido, aunque
respiraba de modo áspero y entrecortado. Un hilillo de saliva había salido de
su boca entreabierta, para descender por la barbilla. Aún decoraba su semblante
una expresión de pánico y perplejidad, de abrumador espanto.
El
espanto, ¿por qué? ¿Acaso no se alegraba McFeyffe de ver a Dios? Más hechos
peculiares que registrar. Más datos extravagantes en aquel mundo excéntrico.
Hete aquí que se encontraba en el centro espiritual del universo nabita:
Cheyenne, Wyoming. Dios había corregido su rumbo errante, indicándole aquella
dirección. McFeyffe le había inducido a marchar por el camino erróneo, pero
Hamilton volvió sobre sus pasos y se hallaba de nuevo en la buena senda.
Tillingford dijo la verdad: la providencia pretendía que acudiese ante el
profeta Horace Clamp.
Con
mirada curiosa, examinó el contorno yerto y grisáceo de la cercana ciudad. En
el centro del casco urbano, entre los demás edificios indescriptibles,
sobresalía la aguja de un campanario colosal. Aquella torre rutilaba
extraordinariamente al recibir los primeros rayos del recién salido sol. ¿Un
monumento? ¿Un rascacielos?
En
absoluto. Aquel era el templo de la única fe verdadera. De lejos, a varios
kilómetros de distancia, estaba contemplando el Sepulcro del Segundo Nabí. El
poderío nabita, tal como lo había experimentado hasta entonces, parecería una
futesa en comparación con lo que le quedaba por ver.
—Arriba
—instó a McFeyffe, al notar que empezaba a removerse.
—No
seré yo quien se levante —repuso McFeyffe—. Siga adelante usted solo. Yo pienso
quedarme aquí.
Apoyó
la cabeza en un brazo y cerró los ojos.
—Esperaré.
—Y
mientras aguardaba, Hamilton dio un repaso a la situación. Allí estaba,
plantado en mitad de Wyoming, aguantando el fresco de una mañana de otoño y con
treinta centavos en el bolsillo por todo capital. ¿Pero qué le había dicho
Tillingford? Se estremeció. No obstante, merecía la pena probar. Además,
tampoco se le brindaba mucho donde elegir.
—Señor...
—comenzó, al tiempo que adoptaba su postura de costumbre en tales casos: una
rodilla en el suelo, juntas las manos y los ojos levantados devotamente hacia
el éter—. Recompensa a tu humilde siervo conforme a la tarifa de remuneración
correspondiente a los operarios electrónicos de la categoría cuatro A. Creo que
Tillingford citó la suma de cuatrocientos dólares.
Durante
un rato, nada sucedió. Soplaba el frío viento sobre la llanura de arcilla roja,
azotando el suelo, arrancando rumores ásperos a las resecas hierbas y
provocando sonidos metálicos al empujar los oxidados botes vacíos de cerveza.
Luego, por fin, el aire se agitó sobre la cabeza de Hamilton.
—Cúbrase
la cabeza —advirtió Hamilton a McFeyffe.
Cayó
una rociada de monedas, un centelleante remolino de piezas de diez centavos, de
veinticinco y de medio dólar. Con estrépito semejante al del carbón de piedra
que desciende por el conducto metálico, las monedas tintinearon
ensordecedoramente, cegándole y todo. En cuanto amainó aquel diluvio, Hamilton
empezó a recogerlas. Una vez las tuvo todas y se le pasó la excitación
primitiva, se abatió sobre su ánimo una oleada de amargo descorazonamiento.
Allí no había cuatrocientos dólares; lo que acababa de conseguir era un montón
de calderilla, la colecta de un mendigo.
Aunque
tal vez fuera eso lo que merecía.
Cuando
hizo el recuento, resultó que la suma alcanzaba cuarenta dólares con setenta y
cinco centavos. Claro que de algo le serviría; al menos, comida no iba a
faltarle, de momento. Y cuando se terminara...
—No
olvide que me debe diez dólares —murmuró McFeyffe con voz débil, mientras se
ponía en pie trabajosamente.
Las
condiciones físicas en que se encontraba McFeyffe no eran precisamente buenas.
En su rostro habían aparecido numerosas manchas, la piel estaba macilenta y
presentaba un aspecto enfermizo por demás. Alrededor del cuello le colgaban
pliegues de carne fláccida. Nerviosamente, sus dedos pellizcaron la mejilla. La
transformación fue asombrosa: McFeyffe había quedado moralmente deshecho al ver
a Dios. El encuentro cara a cara le dejó desalentado por completo.
—¿No
era como esperaba que fuese? —preguntó Hamilton, refiriéndose a la divinidad y
cuando se dirigían con paso fatigado hacia la autopista.
Tras
un gruñido previo, McFeyffe escupió sobre un matojo de hierbas un salivazo
mezclado con arcilla roja. Hundidas las manos en los bolsillos, turbios los
ojos, avanzaba arrastrando los pies, doblado sobre si mismo como un hombre a
punto de partirse en dos.
—Sí,
ya sé que eso no me importa —concedió Hamilton.
—No
me vendría mal un trago —fue todo lo que se le ocurrió decir a McFeyffe. Cuando
terminaban de subir la cuneta de la autopista, sacó su cartera y le echó un
vistazo—. Nos veremos en Belmont. Deme ya los diez pavos; me hacen falta para
pagar el billete del avión.
De
mala gana, Hamilton separó diez dólares de su conjunto de moneda fraccionaria.
McFeyffe aceptó el dinero sin hacer comentario alguno.
Al
entrar en los suburbios de Cheyenne, Hamilton observó algo ominoso y aciago. En
la parte posterior del cuello de McFeyffe se estaban formando series de llagas
desagradables y cárdenas. Verdugones enconados, que aumentaban y se extendían a
ojos vista.
—Diviesos
—murmuró Hamilton, sorprendido. McFeyffe le lanzó una mirada dolorida. Con cara
de sufrimiento, se tocó la mandíbula izquierda—. Y un flemón sobre la muela del
juicio —añadió, en tono de derrota absoluta—. Forúnculos y flemones. Mi
castigo.
—¿Por
qué?
Una
vez más, no hubo respuesta. McFeyffe permaneció sumido en su tribulación
íntima, combatiendo con invisibles conceptos. Hamilton comprendió que podría
considerarse afortunado si lograba sobrevivir al encuentro con su Dios.
Naturalmente, existía un complicado mecanismo de expiación de pecados; McFeyffe
podría desprenderse de la muela inflamada y de la calamidad de los diviesos
mediante las absoluciones adecuadas. Y McFeyffe, el oportunista nato, sabría
hallar el modo.
Se
detuvieron en la primera parada de autobús que les salió al paso y se dejaron
caer pesadamente en un húmedo banco. Los viandantes, que pasaban camino de la
urbe, para efectuar sus compras sabatinas, les miraban con curiosidad.
—Peregrinos
—aclaró Hamilton gélidamente, contestando así a una mirada de interés—. Venimos
desde Battle Creek, en Michigan, andando de rodillas.
En
esa ocasión no hubo castigo desde las alturas. Al tiempo que emitía un suspiro,
Hamilton casi deseó que lo hubiese habido; le enojaba la caprichosa
personalidad del elemento rector. Lo cierto es que había poquísima relación
entre el delito y la pena correctiva; era probable que el rayo estuviese
abatiéndose en aquel momento sobre algún cheyenita inocente, en el otro extremo
de la urbe.
—Ahí
viene el autobús —anunció McFeyffe, y se puso en pie con gran esfuerzo—. Saque
sus monedas.
Cuando
el vehículo llegó al aeropuerto, McFeyffe se apeó, y atolondradamente, se
encaminó al edificio donde estaban instaladas las oficinas del despacho de
billetes. Hamilton continuó en el autobús, rumbo a la elevada, radiante e
imponente estructura que constituía el Único Sepulcro Verdadero.
El
profeta Horace Clamp le atendió en la esplendorosa avenida de entrada.
Aterradoras columnas de mármol se alzaban por doquier; el Sepulcro era una
copia descarada de las tumbas tradicionales de la antigüedad. Con todo lo
enorme y formidable que era, flotaba sobre él, le envolvía, una especie de
zarrapastrosa vulgaridad de clase media. Maciza, amenazadora, la mezquita era
una aberración estética. Como cualquier edificio gubernamental de la Unión
Soviética, había sido diseñado por hombres que carecían de sensibilidad
artística. Pero, a diferencia de los inmuebles soviéticos, estaba recargado de
adornos, rebosante de barandales rococó, mediacañas labradas, aderezos de todas
clases, tubos y picaportes relucientes. Sobre las superficies de terracota
jugueteaban claridades atenuadas de luces indirectas. Estupendos bajorrelieves
resaltaban en aquel medio ambiente de magnificencia pomposa: escenas pastorales
del Medio Oriente, en representaciones algo mayores que el tamaño natural. Los
modelos retratados allí resultaban fatuos y más bien ñoños. E iban
exageradamente vestidos.
—Saludos
—manifestó el profeta, a la vez que levantaba una mano regordeta y pálida, en
gesto de bendición.
Horace
Clamp podía muy bien haber salido de un cartel en colores de escuela dominical.
Grueso, de andares torpes, con expresión ausente y benigna, copiada y solapada,
tomó a Hamilton a su cargo y le impulsó a entrar en la mezquita. Clamp era la
imagen viviente del guía espiritual islámico. Mientras ambos penetraban en el
estudio amueblado con lujo y opulencia, Hamilton se preguntó desmayadamente por
qué estaba allí. ¿Era aquello lo que Dios albergaba en su pensamiento?
—Le
aguardaba —declaró Clamp en tono profesional—. Me informaron que iba a venir.
—¿Qué
le informaron? —manifestó Hamilton su extrañeza—. ¿Quién?
—¿Quién?
Pues (Tetragramatón), naturalmente.
Hamilton
se quedó desconcertado.
—¿Pretende
decir que es usted profeta de un dios llamado...?
—Está
prohibido pronunciar su nombre —le interrumpió Clamp, dando prueba de
extraordinaria agilidad mental—. Demasiado sacrosanto. Prefiere que se aluda a
él con el término (Tetragramatón). Reconozco que más bien me sorprende el que
usted ignore este detalle. Es algo de dominio público.
—Soy
bastante inculto —dijo Hamilton.
—Según
tengo entendido, tuvo recientemente una visión.
—Si
se refiere al hecho de que acabo de ver a (Tetragramatón), puedo confirmárselo.
Hamilton
experimentaba ya cierta aversión hacia el rechoncho profeta.
—¿Cómo
está?
—Al
parecer disfruta de buena salud —A Hamilton le resultó imposible reprimirse y
no añadir— Teniendo en cuenta su edad.
Clamp
se afanó por su despacho, yendo de un lado a otro. Era casi calvo del todo y su
cabeza relucía como piedra pulimentada. Era un compendio humano de la pompa
teológica. Hamilton se dijo que, en realidad, se trataba de una caricatura.
Todos los elementos intemporales se reunían allí... Y Clamp era demasiado
majestuoso para resultar auténtico.
Una
caricatura... o la idea que pudiese tener alguien acerca del aspecto que
debería poseer la cabeza espiritual de una «Única Fe Verdadera».
—Profeta
—expuso Hamilton lisa, llana y bruscamente—. lo mejor que puedo hacer es poner
los puntos sobre las íes. Apenas llevo cuarenta y ocho horas en este mundo. Con
franqueza, todo esto me confunde. Por lo que a mí respecta, es un universo
incomprensible. Una luna del tamaño de un guisante... es absurdo. Geocéntrico:
el sol girando alrededor de la tierra. ¡Es primitivo! Y este concepto de Dios,
arcaico por completo, reñido con la mentalidad occidental.. Ese anciano
lanzando chubascos de monedas y serpientes, soltando plagas de forúnculos...
Clamp
le observó agudamente.
—Pero,
mi querido señor, las cosas no pueden ser de otro modo Esta creación es Suya.
—Esta
creación, quizás. Pero no la mía. En el mundo de donde procedo...
—Tal
vez fuera mejor que me dijera de donde procede —le interrumpió Clamp—.
(Tetragramatón) no me ha puesto al corriente de ese aspecto del asunto. Me
informó, simplemente, que un alma extraviada venía hacia aquí.
Sin
excesivo entusiasmo, Hamilton le hizo un resumen somero de lo ocurrido.
—Ah
—articuló Clamp, cuando su visitante hubo terminado. Molesto y escéptico, paseó
por el estudio, con las manos a la espalda. Por último, declaró—: No. No me es
posible aceptar lo que dice. Aunque pudiera ser cierto; acaso exista la
posibilidad real de ello. ¿Afirma usted, se presenta aquí y manifiesta, como si
tal cosa, que, hasta el jueves, vivió en un mundo huérfano de Su presencia?
No
lo expresé así exactamente. Vivía en un mundo desprovisto de una presencia
retumbante, ampulosa y poco refinada. Allí no había nada de estas... doctrinas
de deidad tribal. Me refiero a la fanfarria y al trueno. Pero es muy posible
que Él estuviese allí. Siempre di por supuesto que Dios se hallaba presente en
mi mundo. De un modo sutil. Detrás de las bambalinas, sin avasallar a nadie
cada vez que se descarría un poco.
Saltaba
a la vista que las palabras de Hamilton, su revelación, afectaban al profeta.
—Esto
es algo sensacional... Ni por asomo pudo ocurrírseme que quedasen mundos
enteros habitados por infieles.
Hamilton
acabó por perder los estribos.
—¿Es
que no es capaz de darse perfecta cuenta de lo que significan mis palabras?
Este universo de segunda clase, ese Nabí o lo que sea...
—El
Segundo Nabí —le corrigió Clamp.
—¿Qué
es un Nabí? ¿Y dónde está el Primer Nabí? ¿De dónde ha salido toda esta sarta
de memeces?
Al
cabo de un momento de altivez, Clamp se dignó a explicar:
—El
nueve de julio de mil ochocientos cincuenta, ejecutaron en Tabriz al Primer
Nabí. Veinte mil seguidores suyos, los nabistas, fueron asesinados brutal y
horriblemente. El Primer Nabí era el verdadero profeta del Señor; falleció de
manera trascendental y su comportamiento frente a la muerte hizo que hasta sus
carceleros llorasen. En 1909, sus restos fueron trasladados al monte Carmelo.
—Clamp hizo una pausa dramática, rezumantes los ojos de emoción—. En 1915,
sesenta y cinco años después de su óbito, el Nabí volvió a aparecer sobre la
Tierra. En Chicago, a las ocho de la mañana del día cuatro de agosto, fue visto
por un grupo de personas que desayunaban en un restaurante. ¡Y eso a pesar del
hecho, perfectamente demostrado, de que sus restos permanecen aún intactos en
el monte Carmelo!
—Comprendo
—silabeó Hamilton.
Clamp
alzó las manos y prosiguió:
—¿Qué
más pruebas pueden pedirse? ¿Ha visto el mundo otro milagro mayor? El Primer
Nabí no era más que un simple profeta del Único Dios Verdadero. —La voz le
temblaba a Clamp cuando concluyó—: Y el Segundo Nabí... ¡es El!
—¿Por
qué Cheyenne, Wyoming?
—El
Segundo Nabí acabó sus días sobre la Tierra en este punto exacto. El 21 de mayo
de 1939 ascendió al Paraíso, transportado por cinco ángeles, a la vista de los
fieles. Fue un momento emocionante. Yo... —A Clamp se le quebró la voz—,
personalmente, pasé junto al Segundo Nabí la última hora que estuvo en la
Tierra y recibí sus... —Señaló una hornacina de la pared de su estudio—. En ese
nicho está el reloj del Segundo Nabí, su estilográfica, su cartera y un diente
postizo... el resto de la dentadura era auténtica y ascendió con ella hacia el
Paraíso. Durante la vida terrenal del Segundo Nabí, fui su registrador y
cronista. Redacté muchos capítulos del Zunán, escribiéndolos con esa máquina de
escribir que ve usted ahí.
Se
acercó a una urna de cristal, en cuyo interior se albergaba una vieja
«Underwood», modelo cinco, de oficina, anticuada y caduca.
—Y
ahora —continuó el profeta Clamp— examinemos el asunto de ese mundo que
describe usted. Resulta evidente que se le ha enviado aquí para que me
familiarice con la extraordinaria situación creada. Un mundo entero, miles de
millones de personas viviendo al margen del único Dios verdadero, sin que éste
los vea. —Un fulgor fanático apareció en las pupilas del profeta Clamp; se
repitieron las brillantes lucecitas, mientras la boca del hombre formaba una
frase—: Guerra santa.
—Oiga...
—empezó Hamilton en tono aprensivo.
Pero
Clamp le cortó en seco.
—Se
impone desencadenar una guerra santa —insistió Clamp, excitado—. Solicitaremos
del coronel T. E. Edwards, de la «Mantenimientos de California», una inmediata
conversión del frente, con vistas al empleo de cohetes de largo alcance. En
primer lugar, bombardearemos esa marchita región con octavillas y literatura de
naturaleza zunaica. Después proyectaremos alguna especie de luz espiritual, en
forma de chispazos, sobre las soledades, a base del envío de equipos
instructores. Acto seguido, organizaremos una concentración general de heraldos
peripatéticos, que presentarán la Fe Verdadera a través de diversos medios de
comunicación de masas. Televisión, películas cinematográficas, libros,
testimonios grabados en disco y en cinta magnética. Me atrevo a suponer que
podría convencerse a (Tetragramatón) para que efectuase un programa de quince
minutos de cinescopio. Y algunas alocuciones de discos de larga duración, en
beneficio de los creyentes.
Hamilton
se preguntó si era precisamente para aquello para lo que le lanzaron sobre
Cheyenne. Comenzó a vacilar, abrumado por la certidumbre con que se expresaba
el profeta Clamp, el cual parecía darlo todo por hecho. Acaso aquel hombre era
un símbolo, enviado para cumplir la tarea de llevar a efecto la sumisión;
quizás, después de todo, se trataba de un mundo real, aferrado al seno de
(Tetragramatón).
—¿Se
me permite echar un vistazo por el sepulcro? —solicitó Hamilton—. Me gustaría
ver qué aspecto tiene el eje espiritual del Segundo Nabismo.
Preocupado,
Clamp levantó la cabeza.
—¿Cómo?
¡Ah, sí, no faltaría más! —Apretaba ya unos botones del intercomunicador—. Me
pondré en contacto de inmediato con (Tetragramatón). —Se interrumpió durante el
tiempo justo para inclinarse hacia Hamilton, alzar la mano e inquirir—: ¿Por
qué supone usted que no nos informó de la existencia de ese mundo sumido en
tinieblas? —En su semblante, en su orondo y complaciente rostro de profeta del
Segundo Nabí, apareció cierta expresión fugaz de duda—. Hubiera creído que...
—Tras sacudir la cabeza, murmuró—: Pero el camino de Dios es a veces extraño.
—Condenadamente
extraño —corroboró Hamilton.
Salió
del estudio y echó a andar pasillo adelante, con el eco de sus pasos re
percutiendo en las planchas marmóreas.
Pese
a lo temprano de la hora, devotos adoradores iban de aquí para allá, mientras
ponían cara de bobos y acariciaban sus objetos sagrados. Deprimió a Hamilton la
vista de aquellas personas. En una cámara de amplias dimensiones, un grupo de
hombres y mujeres bien vestidos, la mayoría de mediana edad, entonaban cánticos
religiosos.
Sobre
el grupo de feligreses flotaba una Presencia tenuemente luminosa. Hamilton,
cuya primera intención consistió en pasar de largo, decidió luego que no sería
mala idea unirse a la masa coral.
Se
detuvo, se integró en el corro y, aunque de mala gana, cantó como los demás.
Los himnos no le eran familiares, pero captó en seguida el soniquete general.
Se trataba de cánticos de una sencillez redundante; las mismas frases y tonos
aparecían y reaparecían machaconamente. Las mismas ideas monótonas, repetidas
hasta el infinito. El apetito de (Tetragramatón) era insaciable. Tal fue la
conclusión de Hamilton. Una personalidad infantil y nebulosa, que necesitaba
continuas alabanzas... loas manifestadas en los términos más claros. Con la
misma rapidez con que se encolerizaba (Tetragramatón) era presa de la euforia y
estaba presto a recoger ávidamente aquellas vocingleras adulaciones.
Una
balanza. Un sistema para arrullar a la deidad. Pero el mecanismo era delicado.
El peligro estaba suspendido sobre las cabezas de todos... La Presencia,
siempre a punto de despertarse, permanecía cerca. Y escuchaba constantemente.
Tras
cumplir su deber religioso, Hamilton reanudó su camino con aire triste. Tanto
el edificio como las personas que pululaban por él tenían la infección que
representaba la severa proximidad de (Tetragramatón). Podía adivinársele,
presentírsele en todas partes; como una bruma densa y opresiva, el Dios
islámico lo tocaba todo. Inquieto, Hamilton examinó una inmensa placa existente
en un muro. Aparecía iluminada.
Relación
de justos.
¿Figura
tu nombre aquí?
Estaban
escritos por orden alfabético; Hamilton revisó la lista y descubrió que en ella
faltaba su nombre. Y también observó cáusticamente, el de McFeyffe. Pobre
McFeyffe. Claro que éste se las arreglaría para salir bien librado de aquello.
Tampoco vio el nombre de Marsha. Aquel índice, en conjunto, era
sorprendentemente corto. ¿Es que de toda la raza humana sólo contaba con
méritos para subir al Paraíso aquel escasísimo número de seres?
Un
resentimiento sombrío empezó a hervir dentro de Hamilton. Buscó allí los
nombres de algunos personajes insignes de su mundo, elegidos a la ventura:
Einstein, Albert Schweitzer, Gandhi, Lincoln, John Donne. Ninguno de ellos
figuraba en la lista. Aumentó su enojo. ¿Qué significaba tal omisión? ¿Acaso
fueron condenados al infierno por no ser feligreses del Segundo Nabí de
Cheyenne, Wyoming?
Claro.
Sólo se salvaban los creyentes. Todos los demás, incontables miles de millones,
estaban condenados a hundirse en las corrosivas hogueras del Averno. El cuadro
de honor lo componían nombres de provincianos rústicos, seguidores de la Única
Fe Verdadera. Invitados de personalidad trivial, insignificancias envueltas en
mediocridad...
Un
nombre le resultaba conocido. Durante largo rato, Hamilton lo contempló
inmóvil, preguntándose, lleno de desconcierto, qué podría significar;
interrogándose a sí mismo, con intranquilidad que iba en aumento, acerca de por
qué estaba allí y qué querría decir su presencia.
Silvester,
Arthur
¡El
veterano de guerra! El austero viejo soldado que yacía en el hospital de
Belmont. Era miembro titulado de la Única Fe Verdadera.
Tenía
sentido común. Tan lógico resultaba que, durante un espacio de tiempo
prolongado, lo único que Hamilton pudo hacer fue mirar, sin verlo, el nombre
grabado en la relación de nabitas de mérito.
Poco
a poco, de manera débil y confusa, empezó a comprender cómo y dónde encajaban
las piezas. La dinámica del asunto fue remontándose hasta presentarse ante su
vista. Por fin, después del intervalo casi inacabable, había descubierto la
estructura.
El
paso que debía dar a continuación era el de regresar a Belmont. Y encontrar a
Arthur Silvester.
En
el campo de aviación de Cheyenne, Hamilton puso todas sus monedas en el
mostrador de la taquilla y dijo:
—Un
billete de ida para San Francisco. Aunque sea en el compartimento de equipajes.
No
tenía bastante dinero. Pero un telegrama urgente, dirigido a Marsha, le
proporcionó lo que faltaba... y saldó su cuenta de ahorros. Al mismo tiempo que
el dinero, le llegó un recado enigmático y lastimero:
Quizás
es mejor que no vuelvas. Me está ocurriendo algo espantoso. No le extrañó de
modo especial...
De
hecho, se había formado una buena idea respecto a lo que pudiera ser.
El
avión le depositó en el aeropuerto de San Francisco poco antes del mediodía.
Allí tomó un autobús, que le dejó en Belmont. La puerta frontal de la casa
permanecía cerrada con llave; sentado en el alféizar de la ventana, con cara de
desaliento, «Morrongo Atolondrado» se dedicó a observar a Hamilton, que buscaba
en el bolsillo la llave. Marsha no se encontraba a la vista... pero Hamilton
sabía que estaba allí.
—He
vuelto a casa —anunció, nada más abrir la puerta.
Desde
la penumbra de la alcoba le llegó un sollozo ahogado.
—Voy
a morirme, cariño. —Al moverse a oscuras por la habitación, Marsha tropezó con
algo—. No puedo salir. No me mires. No me mires, te lo suplico.
Hamilton
se quitó la chaqueta y luego se puso a hablar por teléfono.
—Venga
aquí —pidió a Bill Laws, cuando éste respondió al aparato—. Y convoque a todos
los miembros del grupo que le sea posible. A Joan Reiss, a aquella mujer que
iba con su hijo, a McFeyffe, si consigue dar con él.
—Edith
Pritchet y su hijo se encuentran todavía en el hospital —repuso Laws—. Dios
sabe dónde estarán los otros. ¿Tiene que ser ahora mismo? —Se explicó—. Es que
sufro una especie de resaca...
—Esta
tarde, pues.
—Déjelo
para mañana —dijo Laws—. ¿Qué pasa?
—Creo
que he adivinado el meollo de la cuestión.
—Precisamente
cuando estaba empezando a disfrutar del asunto... —Laws prosiguió—: Y mañana es
el gran día en este bendito lugar. Señor, Señor. Con lo que la «íbamos a
gosa»...
—¿Qué
le ocurre?
—A
mí, ná, seó. —Laws dejó oír una risita gutural, carente de alegría—. Ná en
absoluto.
—Hasta
el domingo, pues. —Hamilton colgó el auricular y se volvió hacia el
dormitorio—. ¿No sales? —inquirió en tono agudo.
—No
estoy dispuesta a hacerlo —replicó Marsha, con obstinada determinación—. No
permitiré que me veas. He adoptado esa decisión. Y es irrevocable.
De
pie ante la entrada de la alcoba, Hamilton buscó sus cigarrillos. No los
llevaba encima; los dejó en poder de Silky. Se preguntó si la rubia continuaría
sentada dentro del cupé «Ford», estacionado junto a la acera de la calle donde
el padre O'Farrel tenía su Iglesia Independiente del Nabismo. Tal vez la
muchacha contempló la subida hacia el paraíso de McFeyffe y de él. Pero era una
chica muy afectada, no la habría extrañado. De forma que no se ocasionó ningún
daño irreparable... con la salvedad de que transcurriría una temporada antes de
que consiguiese recuperar el automóvil.
—Vamos,
nena —imploró a su esposa—. Es algo tarde, no he desayunado y tengo un hambre
de lobo. Y si esto es lo que creo...
—Se
trata de algo horrible. —Disgusto y dolor vibraban en la voz de Marsha—. Iba a
suicidarme. ¿Y por qué? ¿Qué hice? ¿Por qué se me castiga de este modo?
—No
creo que se trate de ningún castigo —la animó Hamilton—. Estoy seguro que
desaparecerá.
—¿De
veras? —Un conato de esperanza matizó la pregunta de la mujer—. ¿Estás seguro?
—Si
consigo hacerme cargo de las cosas, todo acabará bien. Voy a sentarme en la
sala con «Morrongo»; esperaremos.
—Ya
lo ha visto —dijo Marsha, con voz tensa y sofocada—. Está contrariadísimo.
—Los
gatos se incomodan con facilidad.
Hamilton
regresó a la sala, se dejó caer en un sofá y aguardó, cargado de paciencia.
Durante unos minutos, nada se alteró en la casa. Luego salieron del dormitorio
a oscuras los ruidos propios de una persona que anduviera por allí a tientas.
Una figura, torpe y desmañada, comenzó a tomar forma al adelantarse. En el
pecho de Hamilton nació y se desarrolló una corriente de compasión. La pobre
criatura... y no lo comprendía.
La
figura se recortó en el quicio de la puerta. Achaparrada, obesa, permaneció
inmóvil ante sus ojos. No obstante hallarse advertido, el sobresalto de la
realidad le abrumó, le dejó anonadado. El parecido con Marsha era leve, casi
inexistente. ¿Su esposa era aquella monstruosidad abotargada y deforme?
Descendían
las lágrimas por sus ásperas mejillas.
—¿Qué...?
—susurró—. ¿Qué voy a hacer?
Hamilton
se puso en pie rápidamente y se acercó a la mujer.
—No
durará mucho. Y no eres la única. Laws se siente perdido y habla comiéndose las
sílabas.
—No
me importa lo que sienta Laws. Me preocupa lo que me sucede a mí.
El
cambio había afectado a Marsha de pies a cabeza. Lo que antes fue suave
cabellera castaña estaba convertido en un conjunto de fibras sucias y
estropajosas, que le caían desaseadamente sobre el cuello y los hombros; un
revoltijo repugnante de lacias hebras retorcidas. Su piel era grisácea y
granulosa, estaba cubierta de inflorescencias. El cuerpo no pasaba de ser una
masa amorfa, grotesca. hinchada, sin formas. Las manos resultaban inmensas, con
las uñas de luto, negras, mal cortadas. Las piernas eran dos columnas velludas,
que terminaban en sendos pies macizos y planos. En vez de su acostumbrado
vestido elegante o trajecito a la última moda, llevaba jersey de burda lana,
falda de paño, sembrada de manchas, zapatillas de tenis... y calcetines caídos,
arrugados...
Hamilton
dio una vuelta alrededor de Marsha. Su expresión era pensativa.
—Es
lógico.
—Dios...
—Esto
no tiene nada que ver con Dios. Tiene que ver con un viejo veterano de guerra,
llamado Arthur Silvester. Un soldado decrépito, que cree en su culto religioso
y en sus ideas estereotipadas. Para él, las personas como tú son radicales
peligrosos. Y posee una idea muy clara acerca del aspecto que debe tener una
mujer, una mujer, de espíritu radical.
Se
contorsionaron penosamente los toscos rasgos de Marsha.
—Mi
aspecto... mi aspecto es el de uno de esos personajes de caricaturas que
dibujan en los chistes.
—Constituyes
ahora la imagen física que Silvester se ha forjado de toda joven universitaria
con la cabeza llena de conceptos radicales. Y cree que todos los negros se
consideran extraviados y arrastran los pies al andar. Esto va a ser duro para
todos nosotros... A menos que logremos salir en seguida del mundo de Silvester,
va a acabar con nosotros... Va a ser nuestro fin.
VIII
EL
DOMINGO por la mañana, Hamilton se despertó bruscamente con los primeros
resplandores del alba, roto en mil pedazos su sueño por un frenético estruendo
vociferante que llenaba toda la casa. Al bajar de la cama, rígido el cuerpo,
recordó que Bill Laws había vaticinado que se produciría algún acontecimiento
extraordinario durante las primeras horas del día del Señor.
Los
chasquidos, gritos y trompeteos procedían de la sala de estar. En cuanto entró
allí, Hamilton se encontró con que el receptor de televisión se había puesto en
marcha por su cuenta, de manera milagrosa; la pantalla rebosaba vida y
animación. Manchas pomposas le recorrían, vibrando y latiendo sobre el cristal:
todo el rectángulo del cuadro era un torbellino furibundo de colores rojizos y
purpúreos. Del sistema de altavoces de alta fidelidad brotaba un estrépito
ensordecedor, conmovido e intranquilizante, un auténtico rugir infernal, de
llamas crepitantes y condensación eterna.
Comprendió
que aquello era el sermón matinal del domingo. Y pronunciaba la plática —de
algún modo había que llamarla— el propio (Tetragramatón) en persona.
Después
de bajar un mucho el volumen del sonido del aparato, Hamilton regresó a la
alcoba para vestirse. Marsha estaba encogida en la cama, formando un desdichado
montón y tratando de eludir el resplandor de la claridad diurna que se filtraba
por la ventana.
—Es
hora de levantarse —la informó Hamilton—. ¿No oyes la voz conminatoria del
Todopoderoso, que suena y resuena en el salón?
—¿Qué
dice? —murmuró Marsha, algo irritada.
—Nada
de particular. «Arrepiéntete si no quieres pasarte toda la eternidad expiando
tus pecados entre las llamas justicieras del Averno». Lo de costumbre.
—No
me mires —suplicó Marsha—. Vuélvete de espaldas mientras me visto. Santo
Dios... ¡Soy un monstruo!
En
la sala, el televisor se había puesto otra vez a funcionar a todo volumen;
nadie iba a impedir que la arenga semanal retumbase a toda potencia.
Esforzándose al máximo para no oírla, Hamilton pasó al cuarto de baño y la
emprendió sin prisas con la rutina cotidiana de lavarse y afeitarse. Había
vuelto al dormitorio y se acababa de enfundar la ropa, cuando sonó el timbre de
la puerta.
—Ahí
están —dijo a Marsha.
La
mujer, vestida ya y forcejeando en aquel instante con su cabellera, exhaló un
gemido agónico.
—No
puedo aparecer ante ellos. No resistiría que me viesen cara a cara.
Arréglatelas para que se vayan.
—Cariño
—repuso Hamilton con firmeza, al tiempo que se ataba los cordones de los
zapatos—, si confías en recuperar tu antiguo aspecto y volver...
—¿Están
todos en casa? —resonó la voz de Bill Laws en aquel instante—. No hise má que
empujá la pueta y se abrió...
Hamilton
fue apresuradamente a la sala. Allí estaba Laws, estudiante graduado en física
avanzada. Con los brazos colgando a los costados, los ojos saltones, las
rodillas dobladas y el cuerpo bamboleándose desgarbadamente mientras se
acercaba a Hamilton.
—Vaya,
usté parese na habé cambiao ná —dijo al ingeniero—. Mire, hombre, como estoy
yo. Esta mardita convocatoria me a sentao como una pata en sarva sea la parte.
—¿Lo
hace adrede? —preguntó Hamilton, no muy seguro de si debía sentirse divertido o
molesto.
—¿Adrede?
—el negro le dirigió una mirada hueca—. ¿Qué quié usté desí, señó Jamilton?
—O
está por completo en manos de Silvester o es el individuo más cínico que me he
echado a la cara.
De
súbito centellearon las pupilas de Laws.
—¿En
manos de Silvester? ¿Qué insinúa? —Desapareció instantáneamente su vulgar forma
de expresarse; su actitud se tomó tensa y alerta—. Creía que era Su Sempiterna
Majestad.
—Así,
pues, su ramplón modo de hablar era fingido. ¿eh?
Volvieron
a fulgurar los ojos de Laws.
—Estoy
vencido, Hamilton. Tengo el desgarro dentro... lo noto y lo sufro. Pero tal vez
mejore. —Se apercibió en aquel momento de la presencia de Marsha—. ¿Quién es?
Sin
ningún entusiasmo, Hamilton explicó:
—Mi
esposa. Ese extraño poder superior se ha apoderado de ella.
—¡Jesús!
—exclamó Laws en voz baja—. ¿Qué vamos a hacer?
Sonó
de nuevo la musiquilla del timbre de la puerta. Marsha exhaló un gemido y
corrió a refugiarse dentro de la alcoba. En aquella ocasión se trataba de la
señorita Reiss. Vivaz y grave, hizo su entrada en el salón, ataviada con un
rígido traje chaqueta de color gris, zapatos de tacón bajo y gafas de montura
de concha.
—Buenos
días —saludó en tono retumbante—. El señor Laws me dijo que hay... —Se
interrumpió sorprendida—. Ese estruendo... —Indicó la zarabanda de imágenes y
alboroto del televisor—. ¿También está en su aparato?
—Naturalmente.
En todos los que funcionan.
La
señorita Reiss se tranquilizó a ojos vistas.
—Temí
que hubiera seleccionado sólo el mío.
A
través de la puerta de la fachada, a medio abrir, pasó la figura lastimosa de
Charley McFeyffe.
—Saludos
—murmuró.
Llevaba
vendada la hinchadísima mandíbula. Alrededor de la garganta, por debajo del
cuello, se había puesto un paño blanco. Con andar cauteloso, cruzó la estancia
en dirección a Hamilton.
—¿No
consigue curar eso? —se interesó Hamilton, derrochando buenos sentimientos.
McFeyffe
sacudió la cabeza, sombrío.
—No
puedo.
—¿De
qué hablan? —quiso saber la señorita Reiss—. ¿Y a qué viene todo esto? El señor
Laws dijo que usted tenía algo que comunicarnos. Algo referente a esta peculiar
intriga que nos envuelve.
—¿Intriga?
—Hamilton la miró, nervioso—. No me parece el término más apropiado para
calificar el asunto.
—Estoy
de acuerdo —manifestó fervorosamente la señorita Reiss, entendiéndole mal—. Va
mucho más allá que lo que iría una simple intriga.
Hamilton
no tenía ganas de ponerse a discutir la cuestión. Se llegó a la cerrada puerta
de la alcoba y llamó apremiadamente.
—Sal
ya, querida. Es hora de ir al hospital.
Tras
un intervalo torturante, Marsha se dejó ver en el umbral. Se había puesto
pantalones y se cubría con un grueso abrigo. A fin de ocultar la lacia
pelambrera, llevaba un pañuelo rojo sobre la cabeza. Ningún afeite trataba de
disimular lo calamitoso de su semblante; aplicárselo hubiera sido una pérdida
inútil de tiempo.
—Está
bien —declaró con voz apagada—. Estoy a punto.
Hamilton
estacionó el «Plymouth» de McFeyffe en la zona de aparcamiento del hospital.
Cuando las cinco personas caminaban por el paseo de gravilla, rumbo al edificio
clínico, Bill Laws inquirió.
—¿Silvester
es la clave de todo esto?
—Silvester
es todo esto —repuso Hamilton—. La clave la constituye el sueño que tuvieron
Marsha y usted. Aparte de otros diversos... tales como la alteración de su
aspecto, su nueva forma de andar, arrastrando los pies, etcétera. La propia
naturaleza del Segundo Nabismo. Su universo geocéntrico. Tengo el
presentimiento de que Arthur Silvester está dentro y fuera de esto. Sobre todo,
dentro.
—¿Lo
dice muy convencido? —dudó Laws.
—Todos
nosotros, los ocho, caímos a través del rayo de protones del Bevatrón. Durante
el período en que se consumó el suceso, sólo una persona de las ocho conservó
el conocimiento y se constituyó en esquema de referencia. Silvester no perdió
el sentido ni durante un segundo.
—Entonces
—resumió Laws, yendo a lo práctico— eso significa que no estamos aquí.
—Físicamente,
continuamos tendidos en el piso de la sala del Bevatrón. Pero mentalmente nos
encontramos aquí. La liberada energía del rayo transformó el mundo particular
de Silvester en un universo público. Nos hallamos sometidos a la lógica de un
individuo fanático, de un viejo que, allá por mil novecientos treinta y tantos,
se convirtió a las estrambóticas ideas religiosas de un culto que apareció en
Chicago. Nos encontramos en su universo, donde funcionan y tienen vida todas
sus ignorantes supersticiones. Estamos en la cabeza de ese hombre. —Esbozó un
ademán—. Este paisaje. Este terreno. Repliegues y enroscaduras de un cerebro;
los montes y valles del cerebro de Silvester.
—Oh,
querido —susurró la señorita Reiss—. Estamos en su poder. Y trata de
destruirnos.
—Dudo
de que se percate de lo que está ocurriendo. Eso es lo irónico del caso.
Probablemente, Silvester no ve nada extraño en este mundo. ¿Por qué iba a
verlo? Se trata del orbe creado por su propia fantasía, en el que lleva
viviendo muchos años.
Entraron
en el edificio del hospital. Nadie apareció ante su vista; de todos los cuartos
brotaba el estruendo agresivo del sermón dominical que (Tetragramatón) dirigió
al mundo.
—Ahí
está —dijo Hamilton—. Me había olvidado de eso. Tendremos que andar con cien
ojos.
El
departamento de información estaba abandonado. Sin duda, el cuadro facultativo
en pleno, con todo el personal auxiliar, escuchaba la plática. Hamilton examinó
el directorio mecánico, enterándose así del número de la habitación que ocupaba
Silvester. Segundos después, subían en el silencioso ascensor hidráulico.
La
puerta del cuarto de Arthur Silvester estaba de par en par. El flaco anciano
permanecía sentado en una silla, muy erguido, con la atenta mirada fija en la
pantalla de su televisor. Le acompañaban en la estancia la señora Edith
Pritchet y su hijo David.
Tanto
la dama como el niño se removían inquietos; ambos soltaron un suspiro de alivio
como saludo al grupo que desfiló al interior de la estancia. Silvester, sin
embargo, no hizo el más leve movimiento. Implacablemente, con fanática
austeridad, continuó frente a su Dios, absorto en el furioso tumulto de
sentimientos belicosos que se derramaban desde el aparato, inundando la
habitación.
Evidentemente,
a Arthur Silvester no le sorprendía en absoluto el que su Hacedor le dirigiera
la palabra personalmente. Era obvio que aquella formaba parte de su costumbre
dominguera. Durante la mañana del domingo, ingería su provisión hebdomadaria de
alimento espiritual.
David
Pritchet, malhumorado, se acercó a Hamilton.
—¿Quién
rayos es? —interrogó, mientras señalaba la pantalla—. No entiendo nada.
Su
madre, regordeta, de mediana edad, siguió mordisqueando una manzana
despepitada. El semblante dulce de la mujer no reflejaba comprensión de ninguna
clase. Con la salvedad de cierta animosidad nebulosa hacia los trompeteos
ensordecedores, se manifestaba indiferente por completo al fenómeno de la
pantalla.
—Es
difícil de explicar —dijo Hamilton al chico—. No es probable que hayas
tropezado nunca con la deidad.
La
cabeza huesuda y envejecida de Arthur Silvester se volvió ligeramente; dos
ásperos ojos de tonalidad gris se clavaron en Hamilton.
—Silencio
—ordenó el viejo, con un matiz de voz que dejó helado a Hamilton.
Y,
sin más, Silvester volvió a concentrar su atención en el aparato.
Aquél
era el hombre en cuyo mundo habían entrado. Por primera vez desde que ocurrió
el accidente, Hamilton experimentó un miedo auténtico e inenarrable.
—Me
parece —murmuró Laws por la comisura de la boca—, que tenemo rayo pa rato.
Y
esa impresión dominaba a todos. Una vez llegaba (Tetragramatón) a aquel punto,
¿solía mantenerse en él durante mucho tiempo?
Diez
minutos después, la señora Pritchet había soportado todo lo que era capaz de
aguantar. Tras emitir un gemido desesperado, se puso en pie y anduvo hasta el
fondo del cuarto, donde estaban los demás.
—Cielo
santo —se lamentó—. Jamás he podido sufrir a estos predicadores pesados. No
creo haber oído en mi vida tanto ruido junto.
—Pronto
se dará por vencido —declaró Hamilton—. Se va a quedar enseguida sin aliento.
—En
este hospital, todo el mundo se dedica a contemplar y oír eso —reveló la señora
Pritchet, nublada la cara por un puchero de disgusto—. Y no es bueno para
David... Me he esforzado en educarle de forma que pudiese ver el mundo de un
modo racional. Este sitio no resulta lo que se dice aconsejable para él.
—No
—convino Hamilton—, desde luego, no lo es.
—Deseo
que mi hijo sea persona ilustrada —confió la dama, hablando a borbotones y
moviendo la cabeza de un lado para otro, cosa que hacía bailar los profundos
adornos de su sombrero—. Quiero que conozca a los grandes clásicos y que
disfrute de las bellezas de la vida. Su padre fue Alfred B. Pritchet; el que
realizó la maravillosa traducción en verso de la Ilíada. Opino que las artes
mayores deberían desempeñar un papel de importancia en la existencia del hombre
corriente, ¿no le parece? La vida tendría así mucha más riqueza y un
significado mucho más amplio.
La
señora Pritchet resultaba casi tan fastidiosa como (Tetragramatón).
De
espaldas a la pantalla, la señorita Reiss manifestó:
—Temo
que no me va a ser posible aguantar eso un minuto más. Y ese horrible viejo ahí
sentado, tragándose la morralla. —El semblante de la mujer se contorsionó
espasmódicamente—. Me gustaría coger algo, cualquier cosa... y estrellárselo en
la cabeza.
La
señora Pritchet escuchaba con insípido placer la imperfecta forma de expresarse
adoptada por Laws.
—¡Los
acentos regionales suenan tan dulces al oído! —alabó en tono pedantesco—. ¿De
dónde es usted, señor Laws?
—De
Clinton, Ohio —respondió el negro, sin deje de ninguna clase.
Dirigió
a la señora Pritchet una mirada furibunda. Aquella era una reacción que no
había previsto.
—Clinton,
Ohio —repitió la dama, sumida en su arrobo—. He pasado por allí. ¿No hay en
Clinton una encantadora compañía de ópera?
Cuando
Hamilton volvía la vista hacia su esposa, la señora Pritchet relacionaba sus
óperas favoritas.
—Ahí
tienes una mujer que, aunque no existiese mundo alguno, ni siquiera se daría
cuenta —dijo Hamilton a Marsha.
Habló
en voz baja. Pero, en aquel preciso momento, el rugiente sermón tocaba a su
fin. El torbellino tempestuoso se borró de la pantalla, y en fracciones de
segundo, el silencio se abatió sobre la habitación. Hamilton no pudo por menos
que sentirse mortificado al oír que sus palabras resonaban como trallazos
estentóreos, en medio de aquella brusca quietud.
Lenta,
implacablemente, la anciana cabeza de Silvester giró sobre el palo de escoba
que era su cuello.
—Perdone
—articuló, en tono sosegado y con voz frígida—. ¿Tenía usted algo que decir?
—Exacto
—repuso Hamilton; ya no podía volverse atrás—. Deseo hablar con usted,
Silvester. Nosotros siete estamos a punto de coger un hueso. Y usted se
encuentra en el otro extremo.
En
el rincón, el televisor mostraba un grupo de ángeles felices, que entonaban
versiones más o menos armónicas de cánticos populares. Vacíos de expresión los
rostros, aquellas criaturas angélicas ejecutaban un vaivén lánguido, al tiempo
que dejaban oír su melopea de cadencias lúgubres.
—Tenemos
un problema —explicó Hamilton, con la vista clavada en los ojos del anciano.
Probablemente, Silvester dispondría de poderes para arrojarlos a los siete al
infierno. Después de todo, aquel era su mundo; si alguien tenía influencia
sobre (Tetragramatón), ese alguien era Arthur Silvester, sin ningún género de
dudas.
—¿De
qué problema se trata? —preguntó el viejo—. ¿Por qué no están entregados a la
oración todos ustedes?
Sin
hacer maldito caso de la última interrogación, Hamilton prosiguió:
—Hemos
descubierto algo respecto al accidente. A propósito, ¿qué tal van sus heridas?
Una
sonrisa de calmosa satisfacción se extendió por la arrugada faz.
—Mis
heridas —informó Silvester— han desaparecido. El mérito de ello corresponde a
mi fe, no a los matasanos que trataron de curarme. La fe y la oración bastan
para que un hombre soporte triunfalmente cualquier prueba. —Hizo una breve
pausa, antes de añadir—: Lo que usted califica de «accidente» fue un sistema al
que recurrió la Providencia para ponernos a prueba. El modo empleado por Dios
para averiguar de qué clase de fibra estamos compuestos.
—Oh,
querido señor —protestó la señora Pritchet, mientras sonreía confiadamente—,
estoy segura de que la Providencia no sometería a las personas a semejantes
pruebas. —El viejo se la quedó mirando con cierta crueldad.
—El
Único Dios Verdadero —manifestó, categórico—, es una divinidad muy severa.
Asigna castigos y recompensas de acuerdo con su criterio. El género humano fue
colocado sobre el planeta Tierra para que cumpliese los preceptos de la
autoridad cósmica.
—De
los ocho —continuó Hamilton con su tema—, siete quedamos inconscientes a
consecuencia del impacto de la caída. Uno de nosotros siguió disfrutando de
todos los sentidos. Fue usted.
Silvester
inclinó la cabeza en complacido asentimiento.
—Mientras
me desplomaba por el aire —explicó—, recé al Único Dios Verdadero, rogándole
que me protegiese.
—¿De
qué? —intervino la señorita Reiss—. ¿De la misma prueba a la que le sometía?
Hamilton
indicó a la mujer que guardara silencio, agitó la mano en tal sentido y tomó de
nuevo la palabra:
—Una
cantidad enorme de energía libre anduvo suelta por el Bevatrón. En
circunstancias normales, cada persona tiene un esquema de referencia único.
Pero como todos los demás perdimos el conocimiento y usted no...
Silvester
no le prestaba atención. Sus ojos miraban con intensidad a Bill Laws, situado a
espaldas de Hamilton. Una indignación justiciera relucía en las hundidas
mejillas del viejo.
—Lo
que veo ahí —silabeó con los dientes apretados—, ¿es una persona de color?
—Se
trata de nuestro guía —dijo Hamilton.
—Antes
de proseguir con esta charla —manifestó Silvester en tono normal—, pediré a esa
persona de color que abandone la estancia. Este es el cuarto particular de un
hombre blanco.
Las
palabras que Hamilton pronunció a continuación distaban mucho de ser producto
de un meticuloso razonamiento. No tenía excusa ni pretexto para articularlas;
le salieron de un modo demasiado natural y espontáneo para que pudiese
evitarlas.
—¡Váyase
al diablo! —profirió, y el semblante de Silvester se puso tan yerto como una
piedra.
«Bueno
—se dijo Hamilton—, esto ya no tiene remedio, así que lo mejor es hacer las
cosas bien y rematar el asunto de una vez.»
Manifestó
en voz alta:
—¿De
un hombre blanco? Si ese Segundo Nabí o como quiera que se llame, ese
(Tetragramatón) de pega que se ha inventado usted, puede seguir sentado
tranquilamente, cruzado de brazos mientras usted dice cosa semejante, no cabe
duda de que tiene menos de dios que usted de hombre. Lo que ya es decir.
La
señora Pritchet se quedó boquiabierta. David Pritchet soltó una risita gutural.
Sobresaltadas, Marsha y la señorita Reiss retrocedieron. Laws se mantuvo
rígido, con una expresión en el rostro entre dolorida y sardónica. Un poco
distanciado, en el rincón, McFeyffe se frotaba la sufrida mandíbula como si no
hubiese oído nada.
Despacio,
muy despacio, Arthur Silvester se puso en pie. No había aumentado de estatura,
pero sí se había convertido en una fuerza vengadora que trascendía humanidad.
Era un agente purificador, defendía a su deidad, a su país, a la raza blanca...
y también su honor personal. Todo de una vez. Durante unos segundos, permaneció
inmóvil, haciendo acopio de energías. Una vibración sacudió su enjuta
estructura de pies a cabeza; y desde lo más profundo de su cuerpo empezó a
surgir lentamente una vaporosa oleada de odio emponzoñado.
—Creo
—articuló— que es usted amante de los negros.
—Así
es —convino Hamilton—. Además de ateo y de rojo. ¿No conoce a mi esposa? Es una
espía rusa. ¿Quiere que le presente a mi amigo Bill Laws? Estudiante graduado
en física avanzada; lo bastante distinguido y bueno como para sentarse a la
mesa y cenar con cualquier otro ser humano viviente. Un muchacho lo bastante
estupendo como para...
En
la pantalla del televisor, el coro de ángeles había interrumpido su audición.
La imagen vacilaba; ondas de luz oscuras irradiaban amenazas en forma de
movimientos furibundos. Del altavoz no surgía ya música lacrimógena; un rumor
sordo repercutía ominoso por los tubos y condensadores. El rumor fue
acrecentando su volumen hasta transformarse en un tronar que destrozaba los
tímpanos.
Salieron
de la pantalla del televisor cuatro figuras gigantescas. Eran ángeles. Enormes,
corpulentos, viriles, brutales, con los ojos saturados de perversidad. Cada uno
de ellos debía de pesar más de noventa kilos. Agitando las alas, los cuatro
ángeles se dirigieron hacia Hamilton. Lleno de satisfacción placentera el
arrugado semblante, Silvester retrocedió unos pasos para disfrutar del
espectáculo de la venganza abatiéndose sobre el blasfemo.
Cuando
el primer ángel descendía para imponer la sentencia cósmica, Hamilton le
propinó un golpe que lo puso fuera de combate. Tras él, Bill Laws enarboló una
lámpara de mesa. Precipitándose hacia adelante, la estrelló contra la cabeza
del segundo ángel; aturdida, la víctima del trastazo forcejeó para agarrar al
negro.
—Oh,
Dios —gimió la señora Pritchet—. Que alguien llame a la policía.
Era
inútil. En un rincón que ocupaba, el más alejado, McFeyffe salió por fin de su
estupor y dirigió un golpe inútil a uno de los ángeles. Un ramalazo de clara
energía saltó sobre él; sin alboroto alguno, McFeyffe cayó contra la pared y
allí se quedó, inmóvil por completo. David Pritchet empezó a soltar gritos
excitados y, no contento con su contribución sonora a la causa, agarró los
frascos de medicina que había encima de la mesita de noche y se puso a
lanzarlos contra los ángeles, a guisa de proyectiles. Marsha y la señorita
Reiss también combatían: ambas se abalanzaron sobre un ángel voluminoso, de
alas algo torponas, al que consiguieron derribar. Y una vez en el suelo
propinaron puntapiés y arañazos a discreción, arrancándole las plumas a
puñados.
Brotaron
más ángeles de la pantalla del televisor. A sus anchas, Arthur Silvester vio,
encantadísimo, cómo Bill Laws desaparecía bajo una montaña de alas vengativas.
Sólo quedaba Hamilton en pie de guerra, un Hamilton con las fuerzas bastante
mermadas. Tenía la chaqueta desgarrada y le salía sangre de la nariz, pero
estaba dispuesto a defender la última trinchera y vender cara su vida. Se
derrumbó otro ángel, al encajar una verdadera coz en los riñones. Pero por cada
uno que caía, otro rebaño abandonaba las veintisiete pulgadas de la pantalla
del televisor y, una vez en la habitación, se agigantaban en un abrir y cerrar
de ojos.
En
retirada, Hamilton retrocedió hacia Silvester.
—Si
hay justicia en este ruinoso y repugnante mundo suyo... —jadeó. No pudo
terminar la frase. Dos ángeles le atacaron al mismo tiempo; le cegaron, le
dejaron sin resuello y notó que las rodillas se le doblaban, que le
desaparecían las piernas debajo del cuerpo.
Marsha
emitió un alarido y se lanzó a la carga, dispuesta a abrirse camino. Empuñando
un largo y brillante alfiler de sombrero, lo clavó en la espalda de uno de los
ángeles, el cual rugió de dolor y soltó a Hamilton. El ingeniero se apoderó
rápidamente de una botella de agua mineral y movió el brazo con giro brusco. La
botella estalló al chocar contra la pared; burbujas, espuma y trozos de vidrio
saltaron en todas direcciones.
Arthur
Silvester baboseó y se echó hacia atrás. Tropezó con la señorita Reiss quien,
ágil como un felino, se revolvió, le asestó un empujón y se apartó. Con
expresión atónita en el semblante, Silvester dio un traspié y se vino al suelo.
Una esquina de la cama acudió al encuentro de su cráneo; se produjo un agudo
chasquido cuando el occipucio del hombre y el metal del lecho entraron en
colisión. Arthur Silvester dejó escapar un gruñido y perdió el conocimiento...
Y
los ángeles se desvanecieron.
El
alboroto tocó a su fin. La televisión enmudeció. Nada quedó allí, excepto ocho
seres humanos lastimados, caídos o inclinados, en diversas posturas de dolor o
defensa. McFeyffe había perdido el conocimiento de modo total y estaba
parcialmente chamuscado. Arthur Silvester yacía inerte con los ojos en blanco,
la lengua asomando por entre sus labios y un brazo doblado. Bill Laws, sentado
en el piso, tuvo que hacer grandes esfuerzos para incorporarse. Empavorecida,
la señora Pritchet asomaba la cabeza por la puerta, con la más alicaída de las
expresiones en su rostro fofo. David Pritchet se encontraba sin aliento, aunque
sostenía aún en los brazos unas cuantas manzanas y naranjas: proyectiles que el
brusco fin de la pelea le impidió arrojar.
Al
tiempo que reía histéricamente, la señorita Reiss voceó:
—Ya
le tenemos. Vencimos. ¡Vencimos!
Aturdido,
Hamilton reanimó la temblorosa figura de su esposa. Esbelta y jadeante, Marsha
se oprimió contra él.
—Cariño
—susurró, brillantes los ojos a causa de las lágrimas—, ya está todo arreglado,
¿verdad? Ha concluido esta pesadilla.
Hamilton
notó en su rostro la caricia sedosa de la ondulada cabellera castaña de la
mujer. La piel, tersa y cálida, se apretó sobre los labios masculinos. Y el
cuerpo de Marsha volvía a ser frágil, cimbreante, leve y suave. Las prendas de
tejido áspero se habían volatilizado. Marsha se abrazó a su marido y emitió un
suspiro de alivio, al observar que iba ataviada con un conjunto de algodón, a
base de falda y blusa, elegante y juvenil.
—Claro
—murmuró Laws, cuyos esfuerzos para levantarse iban ya a tener éxito. Tenía un
ojo hinchado y las ropas hechas jirones—. El viejo bastardo ha perdido sus
ganas de jaleo. Le derribamos por más de la cuenta... y eso arregló las cosas.
Ahora no se encuentra en mejor situación que los demás. Y esta inconsciente.
—Hemos
vencido —repetía la señorita Reiss, haciendo hincapié en el tono—. Escapamos a
su conspiración.
De
todos los puntos del hospital empezaron a llegar médicos corriendo. La mayor
parte de la atención facultativa se dirigió hacia Arthur Silvester. Esbozando
una mueca débil, el anciano se las arregló para regresar a su asiento, delante
del receptor de televisión.
—Gracias
—murmuró—. Me encuentro bien, muchas gracias. Sin duda me quedé dormido. Un
poco traspuesto.
McFeyffe,
que empezaba a revivir, se tanteó con aire feliz la mandíbula y el cuello; sus
múltiples llagas habían desaparecido. A la vez que pronunciaba un grito de
alegría, se arrancó la venda y el paño de la garganta.
—Se
han evaporado —chilló—. Gracias a Dios!
—No
se anime demasiado —le recordó Hamilton secamente—. Es mejor que abandone,
ahora que está a tiempo.
—¿Qué
ha ocurrido aquí? —preguntó un médico.
—Celebramos
una pequeña tremolina. —Irónico, Laws indicó la caja de bombones que había
caído del cajón de la mesita de noche—. Todos queríamos apoderarnos del último
dulce que quedaba.
—Sólo
hay una cosa pendiente —murmuró Hamilton, sumido en honda preocupación
reflexiva—. Aunque probablemente se trata de una cuestión técnica.
—¿Que
es ello? —quiso saber Marsha, muy pegada a Hamilton.
—Tu
sueño. ¿No estábamos todos tendidos en la sala del Bevatrón, más o menos
inconscientes? ¿No estábamos suspendidos físicamente en el tiempo?
—Santo
Dios —se serenó Marsha—. Así es. Pero hemos vuelto... ¡y nos encontramos a
salvo!
—En
apariencia. —Hamilton notó los latidos del corazón de Marsha y, más despacio,
la aspiración y espiración de sus pulmones—. Y eso es lo que cuenta. —El cuerpo
de la mujer era cálido, suave y maravillosamente esbelto—. Mientras te haya
recobrado tal y como eras antes.
Se
le quebró la voz. En sus brazos, Marsha parecía grácil, desde luego.
Demasiado...
—Marsha
—dijo quedamente—, algo se ha torcido.
Al
instante, el flexible cuerpo de la mujer se tomó rígido.
—¿Torcido?
¿Qué pretendes decir?
—Quítate
la ropa. —Apresuradamente, Hamilton alargó la mano hacia el cursor de la
cremallera de la falda—. ¡Vamos.. rápido!
Marsha
parpadeó y se retiró.
—¿Aquí?
Pero, cariño... con todas estas personas...
—¡Venga!
—apremió Hamilton.
Llena
de confusión, Marsha empezó a desabrocharse la blusa. Se la quitó, la puso
encima de la cama; luego se inclinó para hacer lo propio con la falda.
Sorprendidas y horrorizadas, las personas del grupo reunido en la habitación
contemplaron a Marsha, mientras se desprendía de la ropa interior y se quedaba
inmóvil en el centro de la estancia.
Era
tan asexual como una abeja.
—Mírate
a ti misma —acusó Hamilton, fuera de sí—. ¡Por el amor de Dios, mira! ¿Es que
no eres capaz de notarlo?
Estupefacta,
Marsha bajó la vista sobre su propio cuerpo. Sus senos habían desaparecido
totalmente. Su figura aparecía lisa, un poco angulosa, sin características
sexuales primarias o secundarias de ninguna clase. Cenceña, sin vello, lo mismo
podía ser un muchacho. Pero ni siquiera era eso; no era nada. Un ser absoluta e
inequívocamente neutro.
—¿Qué...?
—articuló, asustadísima—. No lo entiendo.
—No
hemos vuelto —dijo Hamilton—. Este no es nuestro mundo.
—Pero
los ángeles han desaparecido —señaló la señorita Reiss.
—Y
mi flemón también —subrayó McFeyffe, al tiempo que se tocaba la mandíbula, de
tamaño normal en aquel instante.
Tampoco
es el mundo de Silvester —replicó Hamilton—. Se trata de alguna otra persona.
De una tercera parte. Dios misericordioso... jamás regresaremos. —Recurrió,
angustiado, a los confundidos miembros del grupo—. ¿Cuántos mundos hay?
¿Cuántas veces va a repetirse esto?
IX
DISEMINADAS
POR EL SUELO de la cámara del Bevatrón, yacían ocho personas. Ninguna de ellas
conservaba totalmente el conocimiento. A su alrededor, el piso estaba sembrado
de ruinas humeantes: el hormigón, convertido en cascotes y el ennegrecido metal
de lo que fue la plataforma de observación, la revuelta mescolanza de
materiales sobre los que poco antes estuvieron contemplando el ingenio.
Semejantes
a caracoles, enfermeros y médicos descendían con cautela por unas escalas. No
transcurriría mucho tiempo antes de que llegaran hasta los ocho cuerpos, antes
de que la energía del generador se hubiese consumido y la zumbante corriente de
protones se hubiera apagado hasta enmudecer.
Agitándose
y revolviéndose en la cama, Hamilton estudiaba aquel cuadro vivo e incesante.
Lo examinaba una y otra vez, escrutaba todos y cada uno de los aspectos de la
escena. Cuando avanzaba hacia el desvelo, las imágenes iban difuminándose
paulatinamente. Cuando volvía a hundirse en el sueño, la perspectiva resaltaba
de nuevo, aguda, clarísima, precisa.
Al
lado de Hamilton, su esposa se retorcía y suspiraba en sueños. En la ciudad de
Belmont, ocho personas estaban removiéndose inquietas, despertándose y
durmiéndose a intervalos, viendo una y otra vez los contornos del Bevatrón, las
siluetas de las personas tendidas o plegadas.
Esforzándose
en captar hasta el último detalle de la escena, Hamilton, contemplaba una por
una, centímetro a centímetro, todas aquellas figuras.
Había
empezado por su propio cuerpo, lo cual le costó un trabajo ímprobo. Fue el que
llegó al suelo en último lugar. Tras estrellarse contra el piso con violencia
aturdidora, quedó estirado sobre el cemento, extendidos los brazos y con una
pierna debajo del tronco. Con la salvedad de la tenue oscilación producida por
el aliento, no se movía en absoluto. Dios santo, se hubiese algún modo de
alcanzarlo... si pudiese gritar, despertarlo, armar tanto ruido que éste
atravesara las negruras de la inconsciencia. Pero era inútil.
A
escasa distancia se encontraba la voluminosa humanidad de McFeyffe. El grueso
rostro del hombre estaba decorado por una expresión de furiosa sorpresa; aún
tenía un brazo alargado, con la mano infructuosamente extendida en un intento
de agarrarse a una barandilla que ya no existía. Un hilillo de sangre se
deslizaba por el orondo semblante. McFeyffe estaba herido; no cabía duda de
eso. Respiraba de modo ronco e irregular. Bajo la chaqueta, el pecho subía y
bajaba penosamente.
Un
poco más allá de McFeyffe se encontraba la señorita Joan Reiss. Semienterrada
bajo los escombros, su organismo parecía efectuar desesperados esfuerzos para
conseguir que entrase aire en los pulmones, mientras los brazos y las piernas,
trataban instintivamente de apartar el montón de yeso y cemento caído sobre su
cuerpo. Los cristales de las gafas estaban hechos añicos. Las prendas de vestir
aparecían rotas y arrugadas. En la sien, una herida de horrible aspecto
empezaba a enconarse.
La
esposa de Hamilton, Marsha, no se hallaba muy lejos de aquel punto. Al verla
inanimada, yerta, el corazón del ingeniero se convulsionó apesadumbrado. A
Marsha le gustaba dormir, nunca quería que la despertasen. Inconscientemente,
yacía con un brazo debajo del busto, alzadas las rodillas en postura casi
fetal, inclinada la cabeza a un lado y el cabello castaño esparcido sobre el
cuello y los hombros. Un tenue aleteo respiratorio ponía leves vibraciones en
sus labios; aparte de eso, no se percibía ningún otro movimiento. Sus ropas
estaban incendiadas; gradual, inexorablemente, una hilera de cárdenas chispas
avanzaba rumbo a la carne. Sobre sus pies y bien torneadas pantorrillas flotaba
una nube de humo acre, que oscurecía parcialmente sus extremidades inferiores.
Destrozado por completo, uno de sus zapatos de tacón alto permanecía, solitario
y abandonado, a cosa de un metro de distancia.
La
señora Pritchet era un abultado mogote de carne palpitante, un poco ridículo
como consecuencia de los colorines chillones del floreado vestido, el cual
presentaba horribles quemaduras. El sombrero de fantasía, quedó deshecho por la
lluvia de cascotes que se le vino encima. El bolso, que la violencia del choque
le arrancó de la mano, estaba abierto, y su contenido se desparramaba
caóticamente a ambos lados de la mujer.
Casi
perdido entre las ruinas, apenas se distinguía a David Pritchet. El niño gimió
una vez. Luego se agitó brevemente. Un trozo retorcido de viga metálica se
mantenía encima de su pecho, impidiéndole levantarse. Hacia el chico avanzaba
el personal médico, aquel equipo de andares lentos. ¿Qué diablos les sucedía? A
Hamilton le entraron unos deseos locos de gritar, de rugir histéricamente. ¿Por
qué no se daban más prisa? Habían transcurrido cuatro noches...
Pero
no allí. En aquel mundo, el mundo real, sólo discurrieron unos cuantos
segundos.
Entre
montones de desgarrada tela metálica estaba caído el guía negro, Bill Laws. El
enjuto cuerpo yacía contorsionado, abiertos los ojos, que miraban
vidriosamente, sin verla, la pila de humeante materia orgánica situada un poco
más allá. Aquella pila era el flaco y quebradizo cuerpo de Arthur Silvester. El
viejo había terminado por perder el conocimiento... el dolor y la postración
nerviosa de sus huesos fracturados contorsionaban horriblemente su rostro. De
todo el grupo, Arthur Silvester era el que sufría heridas más graves.
Allí
se encontraban todos. Ocho cuerpos inertes y lacerados. Un cuadro
descorazonador. Pero Hamilton, mientras se agitaba y se revolvía en el cómodo
lecho, junto a la encantadora Marsha, hubiera dado cualquier cosa terrena a
cambio de poder regresar. Volver a la sala del Bevatrón y despertar a su
inanimada contrapartida física... Y recuperar su propia capacidad mental,
arrancándola del rumbo desorientado por el que se había perdido.
En
todos los universos posibles, el lunes era lunes. A las ocho y media de la
mañana, Hamilton iba sentado en un compartimiento de un tren para viajeros de
abono de la «Southern Pacific». Llevaba sobre las rodillas, desplegado, un
ejemplar del Chronicle de San Francisco, que repasaba durante el trayecto,
costa arriba, hacia la Agencia para el Fomento de la Electrónica. Suponiendo,
claro está, que la A.F.E. existiese. En aquellos instantes, no podía afirmarlo.
En
torno suyo, indiferentes empleados administrativos fumaban, leían revistas o
hablaban de temas deportivos. Hundido en el asiento, Hamilton meditó en ellos.
¿Se daban cuenta de que no eran más que dislocadas ficciones del mundo
fantástico de alguna otra persona? Al parecer, no se percataban de tal cosa.
Con aire apacible, emprendían su acostumbrada rutina de los lunes, ajenos al
hecho de que todos y cada uno de los aspectos de su existencia eran manipulados
por un ser invisible.
No
resultaba difícil presumir la identidad de ese ser. Con toda probabilidad,
siete de los ocho miembros del grupo lo habrían adivinado ya. Hasta su esposa
lo descubrió. A la hora del desayuno, Marsha se encaró con él y, en tono
solemne, dijo:
—La
señora Pritchet. Me he pasado dándole vueltas a la cabeza al asunto. Estoy
segura.
—¿Por
qué una certeza tan absoluta?
—Porque
—repuso Marsha, plenamente convencida— es la única a la que se le ocurriría
esta clase de jugarreta. —Marsha se pasó las manos por la lisa superficie de su
cuerpo—. Es exactamente la especie de imbecilidad victoriana que lanzaría sobre
nosotros.
Si
hubiese quedado alguna duda en el cerebro de Hamilton, no tuvo más remedio que
disiparse al echar un vistazo a su alrededor, mientras el tren salía de
Belmont. Obedientemente detenido ante una cabaña rural, distinguió por la
ventanilla la figura de un caballo enganchado a un carro cargado de chatarra:
piezas oxidadas de automóviles abandonados. El caballo llevaba calzones.
—South
San Francisco —anunció el revisor, tras aparecer en el extremo del traqueteante
vagón.
Hamilton
se guardó el periódico en el bolsillo y se integró en el menguado conjunto de
funcionarios que se dirigió a la salida. Varios minutos después, caminaba con
aire sombrío en dirección a los edificios, rutilantemente blancos, que
constituían la Agencia de Fomento de la Electrónica. Al menos, la empresa
existía... era un principio esperanzador. Cruzó los dedos y rezó con fervor,
pidiendo que su empleo formase parte de aquel mundo.
El
doctor Guy Tillingford le recibió en el despacho exterior.
—Puntual
y animado, por lo que veo —le saludó, derrochando cordialidad, al tiempo que le
estrechaba la mano—. Dispuesto a efectuar una salida rápida.
Hamilton
se tranquilizó de manera considerable y empezó a quitarse la chaqueta. La
A.F.E. existía y él contaba aún con su empleo. En aquel desarticulado imperio,
Tillingford contrató sus servicios; lo cual ya era mucho. Un problema
importante que podía borrar de su agenda de preocupaciones.
—Ha
sido un buen detalle, por su parte, el de concederme un día libre —manifestó
Hamilton cautelosamente, mientras Tillingford le acompañaba pasillo adelante,
rumbo a los laboratorios—. Se lo agradezco en el alma.
—¿Qué
tal te fue? —se interesó Tillingford.
Aquello
era una frenada en seco. En el mundo de Silvester, Tillingford le envió a
consultar al profeta del Segundo Nabí. Eran remotísimas las probabilidades de
que tal cosa continuase teniendo vigencia... De hecho, podía descartarse
tranquilamente. Hamilton trató de ganar tiempo.
—Regularcillo,
teniendo en cuenta las circunstancias. Claro que se trataba de algo que no
entra de lleno en mí...
—¿Te
costó trabajo encontrar el sitio?
—En
absoluto. —Sudando la gota negra, Hamilton se preguntó qué habría hecho en
aquel mundo. Empezó—: Fue... fue usted muy amable. Precisamente el primer día.
—No
tiene importancia. Pero dime una cosa. —Ante la puerta del laboratorio,
Tillingford hizo un breve alto—. ¿Quién ganó?
—¿Que...
quien... ganó?
—¿Se
llevó el premio tu pupilo? —Sonriente, Tillingford le palmeó la espalda—. Por
Dios, apuesto a que sí. Lo leo en la expresión de tu rostro. El elegante
director de personal avanzó a largas zancadas por el pasillo, con una abultada
cartera bajo el brazo.
—¿Cómo
se portó? —quiso saber. Emitió una risita húmeda y dio unos golpecitos de
suficiencia en el brazo de Hamilton—. ¿Tiene algo que enseñarnos? ¿Una cintita,
tal vez?
—Ha
decidido mostrarse reservado y modesto —confió Tillingford—. Ernie, ¿por qué no
insertar una pequeña gacetilla en el boletín de la oficina? Puede que al
personal le interese la noticia.
—Le
sobra a usted razón —convino el director—. Tomar nota de eso. —Se dirigió a
Hamilton—. ¿Cómo dijo que se llama su gato?
—¿Qué?
—articuló Hamilton, casi sin voz.
—El
viernes, cuando hablamos de ello. Maldito si me acuerdo. Quiero apuntarlo
perfectamente deletreado, para que en el boletín salga bien escrito su nombre.
En
aquel universo, habían concedido a Hamilton un día libre —su primera jornada
laboral en un nuevo empleo— para que presentase a «Morrongo Atolondrado» en un
concurso de animalitos domésticos. En su fuero interno, dejó escapar un gemido.
En varios sentidos, el mundo de la señora Pritchet iba a ser más duro de
sobrellevar que el de Arthur Silvester.
Después
de reunir todos los detalles relativos a la exposición de animales, el director
de personal se alejó, presuroso, dejando a Hamilton y a su jefe uno frente al
otro. Había llegado el momento crucial; ya no era posible dar largas al asunto.
—Doctor
—comenzó Hamilton, sombrío, dispuesto a pasar cuanto antes el mal trago—, tengo
que confesarle algo. El viernes, estaba tan excitado por el hecho de que iba a
trabajar para usted que... —Sonrió plañideramente—. Bueno, con franqueza. no me
acuerdo de nada de lo que dijimos. Toda la conversación no es más que una vaga
nebulosa en mi memoria.
—Lo
comprendo, hijo mío —le tranquilizó Tillingford y, de soslayo, le dirigió una
mirada paternal—. No te atormentes... tendrás oportunidades de sobra para
ponerte al día. Confío en que estarás aquí, con nosotros, mucho tiempo y que te
gustará.
—La
verdad es que —Hamilton se zambulló de cabeza— ni siquiera me acuerdo de la
naturaleza del trabajo que voy a desempeñar. ¿No es para reírse?
Ambos
soltaron la carcajada para corroborarlo.
—Desde
luego, resulta divertido, hijo mío —concedió Tillingford por último, mientras
se secaba las lágrimas de hilaridad que humedecían sus ojos—. Creí que había
oído ya todas las ocurrencias graciosas...
—¿Supone
usted que...? —Hamilton se esforzó para que su voz estuviese matizada de
ligereza e indiferencia—. Bueno, antes de dejarme solo ante el peligro, ¿por
qué no me esboza un rápido cursillo, en síntesis, acerca de lo que me espera?
—Bien...
—dijo Tillingford para empezar. Parte de su buen humor se había volatilizado y
fue sustituido por una expresión solemne, meditativa, importante. Se extendió
por su rostro una capa como de ausencia, dando la impresión de que, en el
vacío, estaba contemplando un cuadro de conjunto, visto en perspectiva—. No
creo que resulte perjudicial dar un repaso a los puntos fundamentales. Es
importante, como digo siempre, volver de vez en cuando a los postulados
básicos. Así se evita desviarse demasiado del rumbo general.
—Verificación
—convino Hamilton.
Rogó
en silencio para que, fuera lo que fuese, estuviera en condiciones de adaptarse
a ello. ¿Cuál sería la concepción de Edith Pritchet respecto a las funciones de
una factoría gigantesca de investigación electrónica?
—La
A.F.E. —empezó Tillingford—, como sabes, es un elemento de importancia
principalísima dentro de la estructura social del país. Tiene que cumplir una
tarea vital. Y la está cumpliendo.
—Desde
luego —manifestó Hamilton.
—Lo
que hacemos aquí, en la A.F.E., es algo más que un simple trabajo. Me atrevo a
decir que es mucho más que una mera aventura económica. La A.F.E. no se fundó
con intenciones de lucro.
—Le
entiendo —asintió Hamilton.
—Jactarse
de que la A.F.E. es un éxito financiero por todo lo alto constituiría una
nimiedad estéril. Pero lo cierto es que rinde suculentos beneficios. Aunque eso
carece de importancia. Nuestra tarea aquí —una tarea enorme y remunerativa— va
mucho más allá que cualquier concepto de provecho o ganancia material.
Especialmente, esto reza en tu caso. Como principiante joven e idealista, tú te
ves impulsado por la misma clase de celo que me apremiaba a mí tiempo atrás.
Ahora soy viejo. He trabajado casi cuanto tenía que trabajar. Algún día, quizá
muy próximo en el futuro, dejaré la carga sobre otros hombros más enérgicos y
voluntariosos.
Con
la mano apoyada en el brazo de Hamilton, el doctor Tillingford introdujo a su
acompañante a la vasta red de laboratorios de investigación de la A.F.E.
—Nuestra
finalidad —adoptó un tono grandilocuente— estriba en poner los enormes recursos
y talentos de la industria electrónica al servicio de la obra magna de elevar
el nivel cultural de las masas. De colocar el arte al alcance de la inmensa
mayoría de los componentes de la raza humana.
Hamilton
se soltó violentamente de la mano del hombre.
—¡Doctor
Tillingford! —gritó—. ¿Es usted capaz de repetir eso mientras me mira
directamente a los ojos?
Estupefacto,
Tillingford se quedó inmóvil, sin saber hacer otra cosa que no fuera abrir y
cerrar la boca.
—Pero,
Jack... —murmuró—. ¿Qué...?
—¿Cómo
puede plantarse ahí y recitar toda esa sarta de tonterías? Es usted un hombre
educado e inteligente; uno de los más importantes investigadores del mundo. —Al
tiempo que agitaba los brazos con frenesí, Hamilton siguió voceando reproches
al anciano—. ¿Es que no tiene cerebro propio? Por el amor de Dios... trate de
recordar quién es. ¡No permita que le suceda lo que está sucediendo!
Tillingford,
desconcertado, entrelazó las manos tímidamente y tartamudeó:
—Jack,
hijo mío. ¿Qué ventolera te ha dado?
Hamilton
se estremeció. Era inútil; estaba perdiendo el tiempo. De súbito, le asaltó un
deseo vehemente de estallar en carcajadas. La situación era increíble y
absurda; podía muy bien guardarse su enojo. No era culpa del pobre
Tillingford... A Tillingford se le podía reprochar tanto como al caballo de los
calzones que había visto enganchado a un carro de chatarra.
—Lo
lamento —articuló en tono cansino—. Tengo los nervios alterados.
—Santo
Dios —dijo Tillingford, que empezaba a recuperarse de la sorpresa—. ¿Te importa
que me siente un momento? Mi corazón no está en muy buenas condiciones... nada
grave, una extraña dolencia llamada taquicardia paroxismal. Dispénsame.
Se
precipitó al interior de un despacho lateral, cerró la puerta de golpe y hasta
el pasillo se filtraron los ruidos que producía un frasco de medicina que se
abría precipitadamente y los de una píldora que alguien se tomaba.
Lo
más probable era que hubiese perdido su empleo, así que Hamilton se sentó con
negligencia en un banco y sacó su paquete de cigarrillos. Una salida
estupenda... no pudo haber empezado de peor manera.
Despacio,
con precaución, la puerta del despacho lateral comenzó a abrirse. El doctor
Tillingford, desorbitados los ojos y temerosa la mirada, asomó la cabeza por el
hueco.
—Jack
—llamó con voz débil.
—¿Qué?
—repuso Hamilton en un murmullo, sin alzar la vista.
—Jack
—insistió Tillingford, vacilante—, quieres proporcionar cultura a las masas,
¿no es cierto?
Hamilton
suspiró.
—Claro,
doctor. —Se puso en pie y miró al anciano—. Adoro esa tarea. Es lo mejor que se
ha inventado.
El
alivio inundó el semblante de Tillingford.
—Loado
sea el Cielo. —Restaurada de algún modo la confianza en sí mismo y en sus
fuerzas, el hombre se aventuró a salir al pasillo—. ¿Te consideras lo bastante
preparado como para empezar a trabajar? Yo... ejem.. no quiero someterte a una
presión excesiva...
Un
mundo compuesto y habitado por multitud de personas idénticas la Edith
Pritchet. Podía vislumbrarlo ya: bondad, amistad, colaboración, dulzura de
sacarina. Sin hacer, pensar ni creer en nada, salvo en lo bueno y en lo
hermoso.
—¿No
va a despedirme? —preguntó.
—¿Despedirte?
—Tillingford parpadeó—. ¿Por qué rayos iba a hacerlo?
—Le
insulté groseramente.
Tillingford
tuvo energías suficientes para soltar una tenue risita.
—No
te preocupes. Hijo mío, tu padre fue uno de mis mejores amigos. Recuérdame
cualquier día que te cuente alguna de las numerosas trifulcas furibundas que
tuvimos. De tal palo tal astilla, ¿eh, Jack? El mismo genio irritable.
Palmeó
la espalda de Hamilton con cuidado y le condujo a los laboratorios. Técnicos y
equipos mecánicos se extendían en todas direcciones; un conjunto vibrante de
proyectos de investigación electrónica, que llenaba el aire de zumbidos
atareados.
—Doctor
—apuntó Hamilton, sin mucha convicción—, ¿puedo formularle una pregunta? Es
simple curiosidad.
—Pues,
claro que sí, hijo mío. ¿De qué se trata?
—¿Se
acuerda usted de alguien llamado (Tetragramatón)?
El
doctor Tillingford pareció confuso.
—¿A
qué viene eso? ¿(Tetragramatón)? Me parece que no. No, no consigo recordar a
nadie que se llame así.
—Gracias
—dijo Hamilton, tristón—. Sólo deseaba estar seguro. Pero ya me figuraba que su
respuesta sería esa.
De
encima de una mesa de trabajo, el doctor Tillingford recogió un ejemplar del
Diario de las Ciencias Aplicadas, correspondiente a noviembre de 1959.
—Aquí
hay un artículo que ha circulado bastante entre los miembros de nuestro cuadro
de colaboradores. Puede que te interese, aunque en esta época que corre se
considera materia anticuadilla. Se trata de un análisis de los escritos que
redactó uno de los hombres más significativos de nuestro siglo: Sigmund Freud.
—Estupendo
—silabeó Hamilton con voz carente de entonación.
Estaba
preparado para todo.
—Como
sabes, Sigmund Freud desarrolló el concepto psicoanalítico del sexo como
sublimación del impulso artístico. Demostró que, al no proporcionar medios
válidos de expresión a las fundamentales y básicas inclinaciones humanas hacia
la creación artística, estas apremiantes tendencias natas se transforman y
alteran, desembocando en una forma de sustitución: la actividad sexual.
—¿Eso
es cierto? —murmuró Hamilton, resignado.
—Freud
demuestra que en ningún ser humano saludable y carente de inhibiciones se
albergan estímulos sexuales, y que no posee curiosidad ni interés por la
sexualidad. Contrariamente a la idea que se tenía, idea arraigada y
tradicional, el sexo es una preocupación artificial por entero. Cuando a un
hombre o a una mujer se le ofrece la posibilidad de entregarse a actividades
artísticas decentes y normales —música, pintura, literatura—, el denominado
impulso sexual se consume por sí mismo. La actividad sexual es la forma oculta,
secreta y solapada bajo la cual opera el talento artístico, cuando la mecánica
sociedad somete al individuo a una inhibición contranatural.
—Claro
—dijo Hamilton—. Aprendí eso en el preuniversitario. Eso o algo muy parecido.
—Afortunadamente
—continuó Tillingford—, la resistencia inicial al prodigioso descubrimiento de
Freud ha sido superada ya. Como es lógico, tuvo que enfrentarse a una oposición
terrorífica. Mas, por suerte, todos los obstáculos están terminando de derrumbarse.
Hoy en día, es raro encontrar una persona que hable de temas sexuales. Utilizo,
date cuenta, esos términos en sentido clínico, para describir una situación
clínica anormal.
Esperanzadamente,
Hamilton preguntó:
—¿Insinúa
usted que queda un resto de esa clase de ideas tradicionales entre las clases
inferiores?
—Bueno
—concedió Tillingford—, tardaremos algún tiempo en llegar a todo el mundo. —Se
animó, recuperando su entusiasmo—. Y esa es nuestra tarea, hijo mío. Esa es la
misión del gremio electrónico.
—Gremio
—susurró Hamilton.
—No
alcanza del todo la categoría de arte, me temo. Pero tampoco está muy lejos de
ello. Nuestro trabajo, hijo mío, consiste en seguir investigando hasta dar con
el último medio de comunicación, el sistema máximo, el ingenio ideal que no
deje piedra sin remover. Y con el cual, todos los seres humanos quedarán frente
a la herencia artística y cultural de la civilización. ¿Me comprendes?
—Ya
me dedicaba a eso —repuso Hamilton—. Desde hace años, tengo en casa un equipo
completo de alta fidelidad.
—¿Alta
fidelidad? —Tillingford se manifestó encantado—. No me había percatado de que
te interese tanto la música.
—Sólo
los sonidos.
Sin
hacer caso, Tillingford se embaló:
—Entonces
tendrás que ingresar en la orquesta sinfónica de la compañía. Hemos desafiado a
la del coronel T. E. Edwards a un concierto que se celebrará a últimos de
diciembre. Por Dios, se te ofrecerá la ocasión de tocar en contra de tu antigua
empresa. ¿Qué instrumento es el tuyo?
—El
ukelele.
—Principiante,
¿eh? ¿Qué me dices de tu esposa? ¿También toca?
—El
rabel.
Confundido,
Tillingford cambió de conversación.
—Bueno,
ya hablaremos luego de eso. Imagino que estarás deseando ponerte a trabajar.
A
las cinco de aquella tarde, Hamilton recibió permiso para dejar su diagrama y
poner a un lado las herramientas de su oficio. Se unió a los demás operarios
que regresaban al hogar, cruzó la planta fabril y salió a los senderos de
gravilla, bordeados de árboles, que llevaban a la calle.
Se
disponía a volver la cabeza para orientarse y localizar la estación de
ferrocarril, cuando un familiar automóvil de color azul se acercó al cordón de
la acera y se detuvo silenciosamente junto a él. Al volante del cupé marca
«Ford» iba Silky.
—Que
me aspen —dijo Hamilton—. ¿Qué hace usted por aquí? Precisamente estaba
pensando en emprender su búsqueda.
Sonriente,
Silky abrió la portezuela del vehículo para que subiese Hamilton.
—Averigüé
tu nombre y domicilio en la tarjeta de registro. —Indicó el rectángulo de
blanca cartulina adherido al árbol del volante—. Al final, resultó que decías
la verdad.
Mientras
se acomodaba cansinamente al lado de la chica, Hamilton observó:
—Sin
embargo, ni la tarjeta ni yo dijimos dónde trabajo.
—No
—reconoció Silky—. Recurrí a tu esposa y ella me informó acerca del sitio en
que te encontraría.
Durante
la pausa que Hamilton dedicó a contemplar a la muchacha, dominado por el
abatimiento, Silky puso el coche en marcha.
—No
te importa que conduzca yo, ¿verdad? —comentó la joven, en tono reflexivo—. Es
que tu pequeño automóvil me ha robado el corazón... ¡es tan mono, tan primoroso
y tan fácil de manejar!
—Conduzca,
conduzca —dijo Hamilton, sin salir de su pasmo—. ¿Llamó... llamó a Marsha?
—Celebramos
una larga charla de corazón a corazón —le informó placenteramente.
—¿Sobre
qué?
—Sobre
ti.
—¿Sobre
mí?
—De
tus gustos. De lo que haces. Oh, de todo lo relativo a tu persona. Ya sabes
cómo les encanta hablar a las mujeres.
Reducido
a un silencio impotente, Hamilton miró sin ver el Camino Real y la riada de
vehículos que avanzaban por la península, rumbo a las diversas villas
suburbanas. A su lado, Silky conducía con aire feliz, iluminada y alegre su
aguda carita. En aquel mundo intachable, la chica había sufrido una
transformación radical. Su rubia cabellera formaba dos trenzas amarillas, que
le caían por la espalda. Llevaba blusa de color blanco y falda azul oscuro,
bastante larga. Calzaba zapatillas planas, sin adornos de ninguna clase. En
todos los aspectos, parecía una estudiante de Bachillerato, desprovista
totalmente de artificios. No iba pintada. Su anterior expresión de embaucadora
brillaba por su ausencia. Y su figura, como la de Marsha, estaba por
desarrollar.
—¿Qué
tal le fue?
—Pues,
estupendamente.
—¿Se
acuerda —preguntó Hamilton, precavido— de la última vez que nos vimos?
¿Recuerda lo que pasaba?
—Claro
que sí —respondió confiadamente— Charley McFeyffe y tú ibais hacia San
Francisco.
—¿Para
qué?
—McFeyffe
quería que visitases su iglesia.
—¿Lo
hice?
—Supongo
que sí. Ambos desaparecisteis en su interior.
—Y
luego, ¿qué?
—No
tengo idea. Luego me quedé en el automóvil.
—¿No...
no vio nada?
—¿Cómo
qué?
Hubiera
resultado extraño decir: «Como dos hombres adultos elevándose hacia el Cielo
agarrados a un paraguas.» Así que no lo dijo. En vez de eso, preguntó:
—¿A
dónde vamos? ¿Volvemos a Belmont?
—Naturalmente.
¿A qué otro sitio podemos ir?
—¿A
mi casa? —Adaptarse a aquel mundo iba a resultar un proceso muy lento—. Marsha,
usted y yo...
—Todo
está a punto para la cena —manifestó Silky—. O lo estará para cuando lleguemos.
Marsha me telefoneó al lugar donde trabajo, me dijo lo que quería de la tienda
y lo recogí.
—¿Al
lugar donde trabaja? —Fascinado, Hamilton preguntó: ¿Qué, ejem, clase de empleo
desempeña?
Silky
se le quedó mirando, perpleja.
—Jack,
eres un hombre verdaderamente extraño.
—¿Ah,
sí?
Turbada,
Silky continuó observándole, hasta que llegó a ellos un apagado chirrido de
frenos y se vio obligada a volver la vista de nuevo hacia la carretera.
—La
bocina —aleccionó Hamilton.
Un
elefantiásico camión estaba a su derecha, bloqueándoles el camino.
—¿Qué?
—preguntó Silky.
Fastidiado,
Hamilton se inclinó y apretó el botón de la bocina. Nada sucedió; ningún ruido
se produjo.
—¿Por
qué hizo eso? —se extrañó Silky, al tiempo que aminoraba la velocidad y
permitía que el mastodonte de la autopista les adelantara definitivamente.
Hamilton
volvió a hundirse en la meditación y archivó otro dato en la reserva de su
almacén de sabiduría. En aquel mundo, las bocinas automovilísticas habían sido
abolidas. Y dada la densidad del tránsito rodado que circulaba por allí, el
estruendo hubiera tenido que ser apocalíptico.
En
su operación de limpieza de males, Edith Pritchet no sólo erradicaba
determinados objetos, sino todos los de su clase. Probablemente, en algún
momento y lugar remotos, una bocina debió de molestarla. Y entonces, en su
grata versión imaginativa del mundo, tales cosas no existían. Sencillamente, no
estaban allí.
Sin
duda, su lista de cosas incordiantes era considerable. Y no había medio para
adivinar qué figuraba y qué no figuraba en esa relación. Hamilton no pudo
evitar acordarse de la canción que entonaba Koko en El Mikado:
...La
verdad es que no importa a quién puedas poner en la lista, porque a ninguno de
ellos se le echará de menos...
¡No
se notará la ausencia de ninguno!...
El
recuerdo no era para animar a nadie. Cualquier cosa, objeto o acontecimiento
que hubiese alterado desfavorablemente la lisa superficie de la insípida
existencia que vivió la mujer durante la cincuentena de años que llevaría en la
tierra, había sido eliminado sin más ni más. Hamilton podía adivinar unos
cuantos de esos acontecimientos, cosas u objetos. E incluso personas. Los
basureros que armaban ruido con los cubos de desperdicios. Los vendedores
domiciliarios que iban de puerta en puerta. Las facturas y las declaraciones de
impuestos de todas clases. Los niños llorones (acaso todos los niños). Las
bebidas alcohólicas. La suciedad. La pobreza. El sufrimiento general.
Sería
asombroso que quedase algo.
—¿Qué
ocurre? —preguntó Silky, rezumando simpatía e interés—. ¿No te encuentras bien?
—La
culpa la tiene la niebla —respondió Hamilton—. Siempre me deja un poco
indispuesto.
—¿Qué
es la niebla? —inquirió Silky—. ¡Vaya palabra más rara!
Durante
largo rato, no hubo conversación. Hamilton se limitó a permanecer sentado y a
tratar en vano de mantenerse cogido a lo razonable.
—¿Quieres
que nos detengamos en algún punto del trayecto? —ofreció Silky, amable—. ¿Te
apetece un vaso de limonada?
—¿Por
qué no se calla de una vez? —estalló Hamilton. Parpadeando, Silky le disparó
una mirada temerosa.
—Lo
siento. —Contraído sobre sí mismo, Hamilton forzó sus meninges para esbozar una
excusa—. He empezado hoy a trabajar en un nuevo empleo... resulta un poco duro.
—Me
lo imagino.
—¿De
veras? —Hamilton no pudo impedir que asomase en su voz cierto gélido cinismo—.
A propósito... iba a decírmelo. ¿A qué se dedica últimamente?
—A
lo mismo.
—¿Y
en qué consiste su ocupación?
—Sigo
en el «Fondeadero».
Hamilton
recobró cierta dosis de confianza. Por lo menos, algunas cosas continuaban
existiendo. El «Fondeadero» seguía funcionando. Un fragmento de realidad
quedaba allí, dispuesto para que pudiese cimentar su confianza sobre él.
—Vayamos
al «Fondeadero» —propuso en seguida—. Tomemos un par de cervezas antes de
volver a casa.
Cuando
llegaron a Belmont, Silky estacionó el coche junto a la acera de enfrente,
respecto al bar. Con ojo crítico, Hamilton estuvo unos segundos inspeccionando
el lugar. Visto a aquella distancia, el establecimiento no parecía haber
cambiado. Un poco más limpio, quizás. Más flamante. Se había acentuado el
elemento náutico; daba la impresión de que las alusiones al alcohol estaban
sutilmente disminuidas. De hecho, tuvo que esforzarse para leer el letrero de
Áureo Resplandor. Los caracteres, antes de un rojo brillante y preciso,
parecían unirse unos a otros y formar una mancha indescriptible. Si no hubiese
sabido de antemano lo que decía el letrero...
—Jack
—articuló, con voz suave y turbada—. Quisiera que me lo explicases.
—Que
le explique ¿qué?
—No...
no sabría decírtelo. —Silky sonrió y le dirigió una mirada vacilante— Noto un
algo extraño en mí. Parece como si un sinfín de recuerdos entremezclados
anduvieran sueltos por mi cabeza. No puedo captar nada concreto; sólo se trata
de un manojo de vagas impresiones.
—¿Acerca
de qué?
—De
ti y de mí.
—Ah
—Hamilton inclinó la cabeza—, eso. ¿Y McFeyffe?
—También
Charley. Y Bill Laws. Parece que se trata de algo que sucedió hace mucho
tiempo. Pero no podría ser... ¿O sí? ¿No te conoce a ti? Se oprimió las sienes
con sus finos dedos; de modo inconsciente, Hamilton observó que no llevaba laca
en las uñas—. Todo esto es condenadamente confuso.
—Me
gustaría poder ayudarla. —Y Hamilton era sincero, no obstante su empeño en no
aceptar el tuteo de la joven—. Pero lo cierto es que yo también llevo unos días
bastante perplejo.
—¿No
va todo bien? Me siento como si fuera a atravesar el piso del arroyo. Ya
sabes... como si, al poner el pie en el suelo, éste fuera a abrirse para que me
hundiera. —Soltó una carcajada nerviosa—. Debe de ser hora de buscarme otro
psiquiatra.
—¿Otro?
¿Quiere decir que ya tiene uno ahora?
—Pues,
claro. —Volvió su rostro cargado de ansiedad hacia Hamilton—. Eso quiere decir,
exactamente. Te expresas de un modo que me hace sentirme insegura. No deberías
formularme preguntas semejantes, Jack; no es justo... Duelen demasiado.
—Lo
lamento —articuló Hamilton con torpeza—. No es culpa suya; no tiene por qué
atormentarse.
—¿Culpa
mía? ¿El qué?
—Olvidémoslo.
—Hamilton abrió la portezuela y se apeó. Dio unos pasos por la oscura acera—.
Entremos a tomar nuestras cervezas.
El
«Fondeadero» había sufrido una extraordinaria metamorfosis interna. Pequeñas
mesas cuadradas, cubiertas con blancos manteles de algodón, almidonados,
aparecían esparcidos por la sala, más o menos estratégicamente. En cada uno de
tales veladores había una vela encendida. Colgaban de las paredes varias series
de grabados de Currier e Ives. Unas cuantas parejas de mediana edad ocupaban
algunas mesitas; consumían platos de ensalada.
—Es
más bonito hacia el fondo —informó Silky, mientras le conducía por entre las
mesas.
Pronto
estuvieron sentados en la penumbra de un reservado de la parte de atrás, con la
carta de platos en las manos.
La
cerveza, cuando se la sirvieron, resultó ser la de mejor calidad, o poco menos,
que Hamilton había probado en su vida. Al examinar la carta, descubrió que se
trataba de auténtica cerveza «McCoy»: cerveza genuinamente alemana, de la clase
que raramente se localizaba. Por primera vez, desde su ingreso en aquel mundo,
Hamilton se sintió optimista, incluso jubiloso.
—He
aquí algo estupendo —declaró, al tiempo que alzaba su jarra. Silky hizo lo
propio, sonriente.
—No
sabes lo formidable que me parece volver a estar aquí sentada contigo —dijo, y
tomó un sorbo de cerveza.
—Claro.
Mientras
jugueteaba con su bebida, Silky preguntó.
—¿Me
recomiendas algún psiquiatra en particular? He probado Con más de cien... Y
siempre voy al siguiente de la lista en mi búsqueda del mejor. Todo el mundo
tiene uno que recomendar.
—Pues,
yo no —repuso Hamilton.
—¿De
veras? ¡Qué original! —Miró por encima del ingeniero, hacia el grabado de
Currier e Ives que colgaba en la pared, detrás de la mesa; era un paisaje
invernal de Nueva Inglaterra en 1845—. Supongo que tendré que recurrir a la
A.M.H.M. y ver a alguno de sus facultativos. Suelen aliviar.
—¿Qué
es la A.M.H.M.?
—La
Asociación Movilizada de Higiene Mental. ¿Acaso no eres socio? Todo el mundo lo
es.
—Tengo
un carácter individualista y marginal.
Silky
se sacó del bolso de mano la tarjeta que la acreditaba como miembro de aquella
sociedad y se la enseñó a Hamilton.
—Se
hacen cargo de todas las cuestiones relacionadas con la salud mental de una.
Solucionan todos los problemas de esa especie. Es maravilloso... a cualquier
hora del día o de la noche están dispuestos para hacer un psicoanálisis.
—¿Y
también se encargan de la medicina regular?
—¿Te
refieres a lo psicosomático?
—Eso
creo.
—Pues,
sí, también se cuidan de eso. Y tienen servicio permanente de dietética; está
de guardia durante las veinticuatro horas del día.
Hamilton
gimió.
—(Tetragramatón)
era mejor.
—¿(Tetragramatón)?
—Silky empezó a balbucear de pronto—. ¿Conozco ese nombre? ¿Qué significa?
Tengo una especie de vaga impresión de que... —Sacudió la cabeza con aire
triste—. No consigo ubicarlo.
—Hábleme
de la dietética.
—Bueno,
se cuidan de la dieta de uno.
—Eso
ya pude colegirlo.
—La
alimentación correcta es algo muy importante. Ahora precisamente mi nutrición
se basa en miel y requesón.
—A
mí que me den buenos bifes —expresó Hamilton en tono soñador.
Sobresaltada,
Silky se le quedó mirando. Rezumaba horror.
—¿Bifes?
¿Carne de animal?
—Puede
apostar lo que quiera. Y en grandes cantidades. Carne estofada, con cebollas,
patatas, guisantes. Y luego, café bien negro.
El
horror se transformó en repugnancia.
—¡Oh,
Jack!
—¿Qué
ocurre?
—¡Eres
un... salvaje!
Hamilton
se inclinó hacia la chica por encima de la mesa, y propuso:
—¿Qué
le parece si nos fuéramos de aquí? Montemos en el coche, vayamos hacia alguna
carretera solitaria, detengámonos y practiquemos el amor.
El
semblante de la joven no manifestó más que confusa indiferencia.
—No
te entiendo.
Hamilton
se derrumbó.
—Olvídelo.
—Pero...
—¡Olvídelo!
—Meditabundo, apuró de un trago la cerveza que le quedaba en la jarra—. Vamos,
lleguémonos a casa y cenemos. Probablemente, Marsha se estará preguntando qué
habrá sido de nosotros.
X
MARSHA
les acogió muy aliviada cuando entraron en la luminosa salita de estar.
—Llegáis
en el momento justo —dijo a Hamilton, mientras se ponía de puntillas para darle
un beso de bienvenida. Con su delantal y su vestidito estampado, presentaba una
figura esbelta, cálida y fragante—. Anda, ve a lavarte y siéntate.
—¿Puedo
ayudar en algo? —se ofreció Silky cortésmente.
—Faltaría
más. Hazte cargo de su chaqueta, Jack.
—No
es necesario —repuso Silky—. La tiraré encima de la cama y santas pascuas.
La
muchacha salió presurosa de la estancia, dejándoles a solas un momento.
—Esto
es lo más inconcebible que he visto jamás —comentó Hamilton, mientras pasaba a
la cocina, en pos de su esposa.
—¿Te
refieres a Silky?
—Si.
—¿Cuándo
la conociste?
—La
semana pasada. Es amiga de McFeyffe.
—Una
chica muy linda. —Marsha se inclinó y saco del horno una humeante cacerola—.
Tan dulce, tan gentil, tan radiante...
—Cariño,
es una cortesana.
—¡Oh!
—Marsha pestañeó—. ¿De veras? No tiene el aspecto de... de eso que has dicho.
—Claro
que no. En este mundo no se lo permitirían.
—Entonces,
Silky no lo es. No es posible que lo sea —se animó Marsha.
Irritado,
Hamilton se interpuso en su camino, cuando Marsha se disponía a ir a la sala
con la cacerola.
—Lo
es. En el mundo real se dedica a alternar en los bares a la caza de hombres y
de invitaciones. Es una buscona profesional.
—¿Ah,
sí? —articuló Marsha, sin dejarse convencer—. Pues, no lo creo. Celebramos una
larga conversación por teléfono. Trabaja de camarera o algo así. Y es una
chiquilla encantadora.
—Nena,
cuando sus órganos estaban intactos...
Se
interrumpió al reaparecer Silky, atrevidilla e ingenua a la vez, con su atavío
de escolar adolescente.
Hamilton
se dio por vencido.
—Al
diablo con todo.
Recogió
el Tribune de Oakland, diario vespertino, y fue a sentarse en el sofá, en el
extremo opuesto al que ocupaba Silky. Echó un vistazo a los titulares del
periódico.
¡FEINBERG
ANUNCIA UN NUEVO DESCUBRIMIENTO, UN PRODUCTO QUE CURARÁ EL ASMA DE MODO
PERMANENTE!
El
artículo, en primera página, lo encabezaba el retrato de un médico sonriente,
rechoncho y calvo, vestido con bata blanca, propio de un reclamo de pasta
dentífrica. El texto del reportaje se extendía en consideraciones acerca de
aquel descubrimiento sensacional que iba a estremecer al mundo. Primera
columna, página número uno.
En
la columna dos, también de la primera página, había un larguísimo artículo,
sobre los hallazgos arqueológicos efectuados en Oriente Medio. Se habían
desenterrado ollas, platos, vasijas, etc., y se había localizado toda una
ciudad de la Edad de Hierro. La raza humana contemplaba aquello con la
respiración alterada.
Una
especie de curiosidad morbosa dominó a Hamilton. ¿Qué había sido de la guerra
fría entablada con Rusia? Y a propósito de eso, ¿qué había sido de Rusia?
Revisó precipitadamente las páginas restantes. Lo que observó, lo que no vio,
mejor dicho, hizo que se le pusieran de punta los pelos de la nuca.
Rusia,
como nación, había sido eliminada. Era demasiado penosamente desagradable.
Millones de hombres y mujeres, millones de kilómetros cuadrados de
territorio... ¡borrados del mapa! ¿Qué había quedado en su lugar? ¿Una llanura
estéril? ¿Un vacío brumoso? ¿Un hoyo inmenso?
En
cierto sentido, no había primera plana en aquel periódico, tal como se entiende
convencionalmente... Empezaba con la sección dos el mundo femenino. Modas,
acontecimientos sociales, o sea, ecos de sociedad, bodas y compromisos
matrimoniales, juegos, actividades culturales. La sección de entretenimientos
sólo existía allí en parte. Figuraban los episodios de novelas gráficas
sentimentales y humorísticas, así como las tiras de chistes a base del niño
revoltoso y espabilado. Pero las aventuras del detective que suele sabérselas
todas y que acostumbra a repartir puñetazos y caricias a diestro y siniestro,
yendo del tiroteo con los «malos» al galanteo fructífero con múltiples féminas
de múltiples encantos que en múltiples ocasiones se cruzan en su camino violento,
eso se echaba de menos. No es que tuviese mucha importancia. Pero no dejaba de
resultar algo insatisfactorio aquel concepto periodístico; demasiadas páginas
de literatura y noticias blancas.
Probablemente,
ese aspecto tendría en aquellos instantes la parte norte de Asia: el de una
extensión blanca, yerta, despoblada. Una amplia faja de terreno inerte en la
que, para bien o para mal, hubo un tiempo en que vivieron millones de seres
humanos. Personas que, en opinión de una dama de mediana edad llamada Edith
Pritchet y con exceso de prejuicios y grasa, constituían una molestia. Rusia la
estorbaba; era como un mosquito zumbador que le hacía la vida imposible o, por
lo menos, fastidiosa.
Y
ahora que pensaba en ello... No había visto en aquel mundo moscas ni mosquitos.
Ni arañas. Ninguna clase de bichos desagradables. Sí, mientras durase el
dominio de la señora Pritchet, aquel iba a ser un mundo cautivador, en el que
se viviría deliciosamente... si es que quedaba algo.
—¿No
la mortifica un poco? —preguntó Hamilton de súbito a Silky—. Me refiero al
hecho de que ya no quede nada de Rusia.
—¿De
qué? —inquirió Silky a su vez, tras levantar los ojos de la revista que estaba
leyendo.
—Olvídelo.
—Arrojando el periódico, Hamilton se puso en pie y, con aire cansino y mustio,
abandonó la sala y entró en la cocina—. ¡Esta es la parte que no puedo sufrir!
—confesó a Marsha.
—¿De
qué se trata cariño?
—¡Se
desentienden de lo trascendental!
En
tono suave, amablemente, Marsha señaló:
—Para
ellos, nunca existió un país llamado Rusia. Por lo tanto, ¿qué puede
importarles?
—Pues,
debería importarles. Si la señora Pritchet aboliese la literatura, puede que
les tuviese sin cuidado. No la echarían en falta... no se darían cuenta de que
había desaparecido.
—Y
si no se daban cuenta —repuso Marsha pensativamente—, ¿qué importancia tiene
entonces?
No
había meditado en eso. Lo hizo mientras las dos mujeres se dedicaban a poner la
mesa.
—Eso
es lo malo —comunicó a Marsha—. Lo peor del asunto. Edith Pritchet se entremete
en el mundo de los demás... rehace sus vidas y ellos ni siquiera lo notan. Es
terrible.
—¿Por
qué? —se irritó Marsha—. Tal vez no sea tan terrible. —Bajó la voz e indicó a
Silky con la cabeza—. ¿Te parece terrible eso? ¿Es que la chica era antes
mejor?
—Esa
no es la cuestión. La cuestión es... —Siguió a Marsha, irritado—. La muchacha
ha dejado de ser Silky. Es alguna otra persona. Un muñeco de cera que la señora
Pritchet ha fabricado para que sustituya a Silky.
—A
mí me parece que sí es Silky.
—No
la conociste antes.
—A
Dios gracias —manifestó Marsha fervorosamente. —Despacio, una sospecha
espantosa empezó a deslizarse hacia el interior del ánimo de Hamilton.
—A
ti te gusta esto. La verdad es que lo prefieres.
—No
diría tal cosa —respondió Marsha, evasiva.
—¡Pues
puedes afirmarlo! Te gustan estas... ¡mejoras!
Marsha
se detuvo en la puerta de la cocina, con las manos llenas de cucharas y
tenedores.
—He
estado pensando en ello durante el día. En muchos aspectos, todo es más limpio,
más diáfano, más bonito. No es tan turbio ni tan inmundo. Las cosas
resultan..., bueno, mucho más sencillas. Más ordenadas.
—Bien,
no hay tantas cosas.
—¿Y
qué tiene eso de malo?
—Quizá
acabemos por convertirnos en elementos inconvenientes. ¿No se te ha ocurrido?
—Accionando con los brazos, prosiguió—: No es un mundo seguro. Mira lo que nos
ha pasado a nosotros... nos han remodelado ya. Somos seres carentes de sexo...
¿Te gusta?
No
hubo respuesta inmediata.
—¡Te
gusta! —afirmó Hamilton, aterrado—. Lo prefieres.
—Hablaremos
de eso después —replicó Marsha, y salió de la cocina con los cubiertos.
Pero
Hamilton la agarró de un brazo y la obligó a entrar de nuevo.
—¡Contesta!
Te encanta el sistema Pritchet, ¿verdad? Te seduce la idea de esa dama de edad,
gorda, puritana y cargante, dispuesta a eliminar del mundo la obscenidad, el
sexo y la porquería.
—Bueno
—articuló Marsha, reflexivamente—, creo que al mundo le vendría de perlas un
poco de limpieza, sí. Y si vosotros, los hombres, no habéis sido capaces de
llevar a cabo esa operación de baldeo, o no queréis realizarla...
—Voy
a decirte una cosa —declaró Hamilton con enojo—. Con la misma rapidez con que
Edith Pritchet vaya suprimiendo cosas, yo las iré restaurando. Y lo primero que
voy a reconstruir es el sexo. Esta noche introduciré de nuevo el sexo en el
mundo.
—Sí,
lo harías, ¿verdad? Es algo que deseas hacer; algo que no has dejado de tener
presente.
—Ahí
está la chica —Hamilton sacudió la cabeza en dirección a la sala de estar;
Silky, con aire feliz, iba colocando servilletas alrededor de la mesa—. Voy a
llevármela al sótano y a enseñarle unas cuantas cosas respecto al amor.
—Mi
vida —observó Marsha, con sentido práctico—, no puedes.
—¿Por
qué no?
—Silky...
—Marsha esbozó un ademán ambiguo—. Silky no está equipada para tales cosas.
—¿Es
qué mis intenciones te dejan fría?
—Pero
si es absurdo. Viene a ser lo mismo que hablar de avestruces de color morado.
No existen en este planeta.
En
dos zancadas, Hamilton franqueó la puerta, cruzó la salita y agarró con firmeza
la mano de Silky.
—Vamos
—ordenó a la joven—. Bajaremos a la sala de audiciones y escucharemos los
cuartetos de Beethoven.
Estupefacta,
Silky tuvo que seguir a Hamilton, a la fuerza y dando traspiés.
—¿Y
la cena?
—Que
se vaya al diablo la cena —replicó el ingeniero, al tiempo que abría la puerta
de la escalera—. Bajemos ahí antes de que la Pritchet suprima la música.
La
atmósfera del semisótano era fresca y húmeda. Hamilton puso en marcha el
calentador eléctrico y bajó las persianas de los ventanucos. Cuando el ambiente
se caldeó y se hizo agradable y alegre, abrió las puertas del armario donde
guardaba los discos y empezó a sacar montones de los de larga duración.
—¿Qué
quieres oír? —tuteó ya, acaso para conferir más beligerancia a su tono.
Asustada,
Silky se mantuvo cerca de la puerta.
—Quiero
comer algo. Y Marsha había preparado una cena tan estupenda...
—Sólo
comen los animales —murmuró Hamilton—. Es enojoso. Un acto nada ameno. Lo he
abolido.
—No
comprendo —protestó Silky, enfurruñada.
Manipulando
su amplificador, Hamilton ajustó la complicada red de mandos.
—¿Qué
te parece mi conjunto de aparatos?
—Muy...
atractivo.
—Rendimiento
paralelo de impulso y atracción. Plano superior de treinta mil c.p.s. Cuatro
reproductores electromagnéticos de alta frecuencia, con altavoces de treinta y
ocho centímetros. Ocho conos acústicos de teatro. Red de intercomunicaciones a
cuatrocientos c.p.s. Transformadores manuales. Aguja de diamante y áureo tubo
de gargantilla. —Mientras colocaba un disco de larga duración en el plato,
añadió—: El motor es capaz de sostener un peso de diez toneladas sin disminuir
un ápice su giro de treinta y tres coma tres revoluciones. No está mal, ¿eh?
—Ma...
maravilloso.
La
pieza musical era Dafnis y Cloe. La mitad de la colección de discos de Hamilton
había desaparecido misteriosamente; en su mayor parte de obras atonales y de
percusión experimental. La señora Pritchet prefería los clásicos bien
consagrados: Beethoven y Schumann, con el numeroso acompañamiento orquestal a
que estaban acostumbrados los melómanos que asistían de modo asiduo a los
conciertos. De cualquier modo, la pérdida de su preciosa colección de discos de
Bartok le afectó más que nada y estuvo a punto de ponerle frenético. Aquellas
piezas poseían una cualidad íntima, una especie de identificación con las capas
más profundas de su personalidad. No había forma de vivir en el mundo de la
señora Pritchet; aquella dama era peor incluso que (Tetragramatón).
—¿Cómo
va eso? —preguntó Hamilton de manera automática, a la vez que apagaba las luces
hasta casi quedar en la oscuridad—. No está en tus ojos, ¿eh?
—Nunca
lo estuvo, Jack —dijo Silky, turbada. Un nebuloso fragmento de recuerdo debió
de filtrarse al interior de su cerebro purificado—. Dios mío, apenas distingo
lo que me rodea... Temo que voy a caer.
—No
estás muy lejos de ello —repuso Hamilton, sardónico—. ¿Qué quieres beber? Da la
casualidad de que tengo una botella de whisky escocés en alguna parte de esta
cueva.
Abrió
el armarito de los licores y adelantó la mano con ademán experto. Sus dedos se
cerraron en torno al cuello de una botella; la sacó rápidamente y se inclinó
para coger vasos. Sin embargo, en seguida notó algo extraño en la botella. Una
mirada confirmó sus temores; no tenía en la mano una botella de whisky, después
de todo.
—Bueno,
nos conformaremos con crema de menta —se corrigió, resignado. En cierto modo,
era mejor—. ¿De acuerdo?
Dafnis
y Cloe elevaba sus notas de forma lujuriante en el cuarto sumido en penumbras,
mientras Hamilton llevaba a Silky hasta un sofá y la obligaba a sentarse.
Obediente, la muchacha aceptó la bebida y tomó un sorbo, con una expresión
humilde y yerta en su rostro. Hamilton se movió por la estancia, efectuando los
últimos toquecitos del entendido: enderezando un grabado de la pared, subiendo
ligeramente el tono del amplificador, bajando todavía más la ya escasa luz de
las lámparas, ahuecando uno de los almohadones del sofá, cerciorándose de que
la puerta estaba bien cerrada. Pudo oír los pasos de Marsha, que iba de un lado
a otro, en el piso de arriba. Bueno, ella se lo había buscado.
—Lo
único que tienes que hacer es cerrar los ojos y relajarte —ordenó con voz algo
iracunda.
—Estoy
relajada. —El miedo no había abandonado a Silky aún—. ¿No es suficiente?
—Claro
—murmuró Hamilton morbosamente—. Esto es fantástico. Tengo una idea... prueba a
descalzarte y a poner los pies en el diván. Cuando uno hace eso, recibe una
impresión distinta de Ravel.
Sumisa,
Silky se quitó las zapatillas y puso los pies descalzos debajo de su cuerpo.
—Es
agradable —comentó, sin entusiasmo alguno.
—Mucho
mejor, ¿verdad?
—Bastante.
De
súbito, una abrumadora sensación de melancolía se abatió sobre Hamilton y le
dominó por completo.
—Es
inútil —articuló, derrotado—. No puede cumplirse.
—¿Qué
es lo que no puede cumplirse, Jack?
—No
lo entenderías.
Guardaron
silencio durante un buen rato. Luego, despacio, sosegadamente, Silky fue
alargando el brazo y rozó la mano de Hamilton.
—Lo
siento.
—Yo
también.
—La
culpa es mía, ¿verdad?
—Algo
así en cierto sentido. Pero de un modo muy abstracto y difuso.
Tras
un titubeo, Silky aventuró:
—¿Puedo...
puedo preguntarte una cosa?
—Claro.
Lo que quieras.
—Se
trata de una petición, mejor dicho.
—Adelante.
—¿Te
importaría...? —La voz de la joven era tan débil que Hamilton a duras penas
pudo captarla. Silky le estaba mirando fijamente, grandes como platos sus ojos
oscuros en la penumbra de la estancia—. ¿Te importaría besarme, Jack? Sólo una
vez.
Hamilton
pasó los brazos en torno a la chica, la atrajo hacia sí, alzó su carita delgada
y la besó en los labios. Silky se aferró a él, frágil y leve, ligera y
terriblemente delgada. Oprimiéndola con fuerza, manteniéndola adosada a su
cuerpo, Hamilton permaneció inmóvil durante un intervalo sin fin, hasta que,
por último la muchacha se separó, tras deshacer el abrazo, y su figura esbelta,
solitaria, desamparada y triste casi se fundió en la semioscuridad.
—Me
siento tan condenadamente perversa... —articuló con un hilo de voz.
—No
tienes por qué.
—Me
siento tan... vacía. Me duele todo el cuerpo. ¿A qué se debe, Jack? ¿De qué se
trata? ¿Por qué he de sentirme mal?
—Hablemos
de otra cosa —propuso Hamilton, tenso.
—No
es por mi gusto. Quiero entregarte algo mío. Pero no tengo nada que darte. No
soy nada más que un ente vacío ¿verdad? Una especie de ser hueco.
—No
del todo.
En
las tinieblas casi absolutas se produjo un aleteo de movimiento. La muchacha
apareció de pie frente a él, borrosa e indistinta a causa de la celeridad
repentina que agitaba su cuerpo. Cuando Hamilton volvió a mirarla, descubrió
que se había quitado la ropa apresuradamente y que las prendas formaban un
pequeño montón en el suelo.
—¿No
me deseas? —inquirió Silky, vacilante.
—Bueno,
en cierto modo teórico.
—Puedes,
ya lo sabes.
Hamilton
esbozó una sonrisa irónica.
—¿Ah,
sí?
—Al
menos, eres dueño de intentarlo.
Hamilton
recogió las prendas de Silky y se las tendió a la muchacha.
—Vístete
y subamos. No hacemos más que perder el tiempo y la cena se estará enfriando.
—¿Es
inútil?
—Sí
—corroboró Hamilton en tono dolorido y mientras se esforzaba en no ver la yerma
igualdad rasa del cuerpo de Silky—. Totalmente inútil. Pero tú no pudiste
hacerlo mejor. Hiciste cuanto te fue posible.
Tan
pronto estuvo vestida, la tomó de la mano y la condujo hacia la puerta. A su
espalda, el gramófono seguía desgranando el embrollo de acordes que era Dafnis
y Cloe. Ninguno de ellos oía las notas musicales mientras, alicaídos, escalaban
los peldaños.
—Lamento
haberte desilusionado —se excusó Silky.
—Olvídalo.
—Tal
vez consiga arreglarlo de algún modo. Quizás logre...
La
voz de la joven se interrumpió. Y su mano, la existencia de sus dedos, secos y
pequeños, fue menguando hasta desaparecer. Sobresaltado, Hamilton dio media
vuelta y escudriñó la oscuridad.
Silky
se había volatilizado. Dejó de existir por completo.
Aún
estaba clavado en el suelo, incrédulo y estupefacto, cuando se abrió la puerta
de la parte superior de la escalera y Marsha apareció en el quicio.
—¡Oh!
—exclamó sorprendida—. Estás ahí. Ven, sube... tenemos visita.
—¿Visita?
—murmuró Hamilton.
—La
señora Pritchet. Y viene acompañada de toda clase de personas... parece que se
trata de una reunión normal. De una fiesta. Todo el mundo se ríe y rebosa
alegría y animación.
Envuelto
en una nube de pasmo, Hamilton ascendió los peldaños que le faltaban de la
escalera e hizo su entrada en la salita. Le acogió un rumor de voces
desenfadadas y una vivacidad de movimientos extraordinarios. Destacando en
medio del grupo de personas se erguía el bulto voluminoso de una mujer con
llamativo chaquetón de pieles, grotesco, adornado con plumas y cabellera teñida
de rubio, que le caía en melenas metálicas sobre el rollizo cuello y las
abultadas mejillas.
—¡Ahí
está! —chilló la señora Pritchet jubilosamente, en cuanto le echó el ojo—.
¡Sorpresa! ¡Sorpresa! —Alzó en el aire una gran caja rectangular de cartón y
anunció a voz en grito—. He traído los pastelitos más estupendos que habrá
visto usted en toda su vida... Verdaderos tesoros. Y la fruta helada más
maravillosa que...
—¿Qué
hizo con ella? —interrogó Hamilton en tono ronco, al tiempo que avanzaba hacia
la mujer—. ¿Dónde está?
Durante
unos segundos, la señora Pritchet se quedó perpleja. Después, los moteados
pliegues de carne que constituían sus facciones se suavizaron y una sonrisa de
astucia taimada decoró su semblante.
—Pues,
la suprimí, querido. He eliminado todas las personas de esa condición. ¿No lo
sabía?
XI
MIENTRAS
HAMILTON se mantenía inmóvil, con la vista clavada en la mujer, Marsha se le
aproximó quedamente y le susurró al oído:
—Ten
cuidado, Jack. Ten cuidado.
Se
volvió hacia su esposa.
—¿Estás
metida en el ajo?
—Supongo
que sí. —Marsha se encogió de hombros—. Edith me preguntó en dónde estabas y se
lo dije. No le di detalles... sólo le expliqué el caso por encima.
—¿A
qué categoría ha ido a caer Silky?
Marsha
sonrió.
—Edith
lo expresó muy bien. Creo que la llamó pequeña ninfa.
—Debe
de haber un montón —dijo Hamilton—. ¿Merece la pena...?
Detrás
de Edith Pritchet estaban Bill Laws y Charley McFeyffe. Ambos llevaban en los
brazos sendos cargamentos de comestibles.
—Vamos
a celebrarlo por todo lo alto —manifestó Laws, e hizo a Hamilton una seña con
la cabeza, entre cautelosa y de excusa—. ¿Dónde está la cocina? Quiero soltar
la mercancía.
—¿Cómo
le va, amigo? —saludó McFeyffe, ladino, con un guiño impertinente—. ¿Se
divierte? En este saco van veinte latas de cerveza; todo se nos arreglará.
—Formidable
—declaró Hamilton, todavía aturdido.
—Lo
único que tiene que hacer uno es chasquear los dedos —añadió McFeyffe, sudoroso
y colorado su ancho semblante—. Quiero decir que eso es lo único que tiene que
hacer ella.
A
continuación de McFeyffe iba la menuda y severa figura de Joan Reiss. El chico,
David Pritchet, caminaba a su lado. Cerraba la marcha el renqueante,
apesadumbrado y digno veterano de guerra, convertida su faz arrugada en una
máscara.
—¿Estamos
todos? —inquirió Hamilton, enfermo de desánimo.
—Vamos
a jugar a las adivinanzas —le informó Edith Pritchet jovialmente—. Me dejé caer
por aquí estar tarde —continuó explicando—. Su linda esposa y yo celebramos una
charla sincera y prolongada.
—Señora
Pritchet... —empezó Hamilton, pero Marsha se apresuró a intervenir.
—Anda,
acompáñame a la cocina y ayúdame a poner las cosas a punto —el tono de Marsha
fue claro, terminante y autoritario.
Hamilton
la siguió a regañadientes. En la cocina McFeyffe y Bill Laws pululaban de un
lado a otro, torpones y desconcertados, sin saber qué hacer. Laws sonrió
fugazmente, esbozó una breve mueca matizada de aprensión y de lo que muy bien
pudiera ser complejo de culpabilidad. Hamilton no pudo determinarlo; antes de
que tuviese tiempo de ello, Laws dio media vuelta y se afanó en la tarea de
desenvolver fiambres y emparedados. Parecía haberlos en cantidad infinita. A la
señora Pritchet le gustaban los entremeses.
—Al
bridge —decía en aquel momento la dama en el otro cuarto—. Pero necesitamos un
mínimo de cuatro personas. ¿Podemos contar con usted, señorita Reiss?
—Temo
que el bridge no sea mi punto fuerte —respondió la voz sin matiz de la
aludida—. Pero me comportaré lo mejor que pueda.
—Laws
—dijo Hamilton—, usted es demasiado inteligente para dejarse embaucar. Lo
comprendo en el caso de McFeyffe, pero no en el de usted.
Laws
no le miró cara a cara.
—Preocúpese
de su propia persona —repuso, hosco—. Y yo me preocupare de mí mismo.
—¿Es
que no tiene bastante sentido común para...?
—Seño
Jamilton —recurrió Laws a la jerigonza—. Me limito a seguí la corriente. Si uno
se adata y aseta la cosa tar como vienen, pué viví mucho año.
—Corte
el rollo —replicó Hamilton, resentido—. No me venga a mí con esa jerga.
Burlones
y hostiles sus negros ojos, Laws le volvió la espalda. Pero estaba
estremeciéndose; sus manos temblaban de forma tan violenta que Marsha tuvo que
apresurarse a quitarle de las manos el trozo de tocino que sostenía, para que
no fuese a parar al suelo.
—Déjale
en paz —reprochó Marsha a su marido—. Se trata de su vida.
—Ahí
es donde te equivocas —repuso Hamilton—. Es la vida de ella. ¿Se puede vivir a
base de fiambres y emparedados?
—No
es tan malo —terció McFeyffe filosóficamente—. Despierte, amigo. Este es el
mundo de la vieja dama... ¿no? Ella gobierna este lugar; es el jefe.
Arthur
Silvester apareció en el umbral.
—¿Podría
tomar un vaso de agua tibia con bicarbonato de soda, por favor? Hoy tengo el
estómago un poco ácido.
Hamilton
apoyó una mano en el frágil hombro de Silvester y le dijo:
—Arthur,
su Dios no preside estas regiones; a usted no le gusta permanecer aquí.
Sin
pronunciar palabra, pasó de largo, junto a Hamilton, y se llegó al grifo del
fregadero. Marsha le entregó allí el vaso de agua tibia con bicarbonato de
soda. El hombre se retiró a un rincón y se concentró en su bebida, al margen de
todo lo demás.
—Aún
no consigo creerlo —se dirigió Hamilton a su esposa.
—¿Creer
qué, cariño?
—Lo
de Silky. Ha desaparecido. De un modo absoluto. Como una polilla a la que se
aplasta y se deshace entre las manos.
Marsha
se encogió de hombros con indiferencia.
—Bueno,
andará dando vueltas por alguna parte, en algún otro mundo. Probablemente
estará en el mundo real, engatusando a los hombres para que la conviden y
luciendo su carita.
Tal
como pronunció la palabra «real» parecía algo mancillado infamado y
contaminado.
—¿Hace
falta que eche una mano? —Contoneándose mañosamente, surgió en el umbral la
enorme masa de carne fláccida, encajada en un floreado vestido de seda,
ultrajantemente feo—. Dios bendito, ¿dónde hay un delantal?
—En
el armario, Edith —informó Marsha, y se lo indicó.
Con
repugnancia instintiva, Hamilton se apartó de aquella criatura cuando pasaba
por su lado. La mujer le dirigió una sonrisa fatua; en su semblante había una
expresión de enorme suficiencia.
—Vamos,
no se enoje, señor Hamilton. ¿Pretende estropearnos la fiesta?
Cuando
la dama hubo salido de la cocina, regresando de nuevo a la sala, Hamilton
acorraló a Laws.
—¿Va
a permitir que ese monstruo rija su vida?
Laws
se encogió de hombros.
—Nunca
tuve lo que se dice vida. ¿O le llama así a ejercer la profesión de guía por el
Bevatrón? A desempeñar las funciones de mentor provisional con personas que no
entienden una palabra de lo que se les explica ni de lo que están viendo.
Grupos de turistas curiosos, sin conocimientos técnicos, que entran y salen de
allí como si pasearan por la calle...
—¿A
qué se dedica ahora?
Un
estremecimiento de orgullo retador sacudió a Laws.
—Me
encargo de la investigación en la «Compañía de Jabones Lackman», situada en San
José.
—Nunca
oí hablar de esa firma.
—La
inventó la señora Pritchet. —Sin mirar a Hamilton a los ojos, explicó—: Fabrica
jabones perfumados para baño.
—¡Dios
mío! —exclamó Hamilton.
—No
es gran cosa, ¿verdad? Para usted, no. Es difícil, por no decir imposible, que
le pillaran con un empleo como ese.
—No
manufacturaría jabones perfumados para Edith Pritchet, desde luego.
—Le
diré algo —articuló Laws, en voz baja e insegura—. Pruebe a ser una persona de
color durante cierto tiempo. Trate de hacer reverencias y decir: «Sí, señor», a
cualquier tipejo blanco que se cruce en su camino, a cualquier patán
destripaterrones ignorante, tan palurdo que se suene la nariz en el suelo, tan
cerrado de mollera que sea incapaz de encontrar el lavabo de caballeros sin que
alguien lo guíe. Prácticamente, he tenido que enseñarles a algunos a quitarse
los pantalones. Pruebe eso durante una temporada. Intente pasar seis años de
estudios universitarios fregando platos que ensuciaban los blancos en una
pensión barata. Me he enterado de algunas cosas referentes a usted: su padre
fue un gran físico. Disponía usted de gran cantidad de dinero; no tuvo que
trabajar en ninguna pensión de mala muerte. Póngase en mi lugar y hágase una
idea de lo que tuve que sufrir. Imagínese por un momento que es negro y que,
con los bolsillos vacíos, tiene que aguantar varios meses, buscando trabajo. Y
que luego, con un brazalete, ha de dedicarse a la tarea de cicerone. Como uno
de esos judíos de campo de concentración alemán. Quizás entonces acogiese con
los brazos abiertos un empleo de encargado del departamento de investigación de
una fábrica de jabones perfumados.
—¿Aunque
esta fábrica no existiese?
—Existe
aquí —brillaba el desafío en el flaco y oscuro rostro de Laws—. En el lugar
donde estoy. Y mientras permanezca en él, procuraré sacarle el máximo partido a
la situación.
—Pero
—protestó Hamilton —si esto no es más que una quimera.
—¿Una
quimera? —sonrió Laws, sarcástico. Sacudió un puñetazo a la pared de la
cocina—. Pues me parece bastante real.
—Se
trata de una ilusión albergada en el cerebro de Edith Pritchet. Un hombre de su
inteligencia...
—Ahórrese
el sermón —le interrumpió Laws con vehemencia—. No deseo escucharlo. En el
mundo donde estábamos antes, usted no se preocupó ni tanto así de mi
inteligencia. Le tenía sin cuidado el que yo fuese guía; no dio nuestras de
sentirse atormentado por ello.
—Miles
de personas ejercen la profesión de guía —repuso Hamilton, incómodo.
—Personas
como yo, acaso. Pero no personas como usted. ¿Quiere saber por qué me encuentro
aquí mucho mejor? A causa de usted, Hamilton. Es culpa suya, no mía. Reflexione
en ello. Si usted hubiese intentado... pero no lo hizo. Usted tenía esposa,
casa, gato, automóvil y empleo. Todo le iba bien... Y, como es lógico, quiere
regresar. Pero yo no. A mí no me iban las cosas nada bien. Y no estoy dispuesto
a volver.
—Lo
hará si este mundo se disuelve —dijo Hamilton.
Un
odio gélido y vitriólico apareció en el semblante de Laws.
—¿Pondría
coto a esto?
—Puede
apostar el cuello.
—Quiere
que vuelva con un brazalete en la manga, ¿verdad? Es usted lo mismo que los
demás... no se diferencia en nada. No te fíes nunca de ningún blanco; eso fue
lo que me dijeron. Pero llegué a pensar que usted era un amigo.
—Laws
—replicó Hamilton—, es usted el hijo de zorra más neurótico que me he tropezado
jamás.
—Si
lo soy, usted tiene la culpa.
—Lamento
que piense así.
—Es
la verdad —insistió Laws con énfasis.
—Exactamente,
no. Puede que sea verdad en parte. Tal vez haya un punto de verdad en el fondo.
Quizás tenga razón, acaso deba permanecer aquí. Es posible que éste sea el
mejor sitio para usted... La señora Pritchet le cuidará, siempre que ande en
cuatro patas y produzca los sonidos adecuados. Sí camina detrás de ella a la
distancia propia y no la molesta. Si no le importa el jabón perfumado, los
fiambres y los potingues para curar el asma. En el mundo real, usted tendría
que luchar con todo el mundo. Tal vez ha sonado la hora de que usted descanse.
Probablemente no hubiese ganado, de todas formas.
—Deje
ya de acosarle —intervino McFeyffe, que había estado escuchando la
conversación—. Está perdiendo el tiempo... No es más que un negro.
—Se
equivoca —repuso Hamilton—. Es un ser humano y está cansado de salir siempre
perdiendo. Lo malo es que aquí tampoco ganará nada... Ni usted, desde luego.
Aquí nadie gana, salvo Edith Pritchet.
—Se
dirigió a Laws—. Esto va a ser peor que verse maltratado por los hombres
blancos... En este mundo, se encontrará en manos de una mujer blanca.
—La
cena está servida —avisó Marsha en tono agudo, desde la sala—. Todo el mundo
puede venir a sentarse a la mesa.
Uno
por uno fueron saliendo de la cocina. Hamilton emergió en el preciso instante
en que «Morrongo Atolondrado», atraído por el olor de los alimentos, aparecía
en la entrada. Un poco anquilosado después de haber dormido en el departamento
de los zapatos del armario, el felino se cruzó en el camino de Edith Pritchet.
Contrariada,
medio tropezando con el gato, la señora Pritchet exclamó:
—¡Cáspita!
—Y
«Morrongo Atolondrado», que se preparaba para saltar sobre el regazo de
alguien, desapareció. La señora Pritchet continuó adelante sin darse cuenta,
con una bandeja de panecillos entre sus regordetes dedos rosados.
—Hizo
que se desvaneciera el gato —chilló David Pritchet con voz penetrante y
acusadora.
—No
te preocupes —dijo Marsha, ausente el ánimo—. Quedan muchos.
—No
—se apresuró a corregirla Hamilton—. Ya no hay. ¿No recuerdas? Con «Morrongo
Atolondrado» ha desaparecido toda la especie gatuna.
—¿A
qué viene eso? —preguntó la señora Pritchet—. ¿Qué término empleó? No lo capté.
—No
tiene importancia —salvó Marsha la situación.
Tomó
asiento en la mesa y comenzó a servir. Los otros ocuparon también sus sitios.
El último en aparecer fue Arthur Silvester. Había terminado su vaso de agua
tibia con bicarbonato y llegó procedente de la cocina, con una jarra de té en
la mano.
—¿Dónde
pongo esto? —preguntó de mal talante.
Buscó
un espacio libre en la rebosante mesa. En sus curtidas manos relucía la grande
y resbaladiza jarra de cristal.
—Me
haré cargo de ella —se ofreció la señora Pritchet, al tiempo que esbozaba una
sonrisa vacua.
Cuando
Silvester se acercaba a la mujer, ésta levantó los brazos para tomar el
recipiente. Sin cambiar de expresión, el veterano de guerra alzó la jarra
cuanto pudo y luego la dejó caer sobre la cabeza de la dama con todas sus
atrofiadas fuerzas. Un jadeo escéptico se elevó desde todos los puntos de la
mesa; los comensales se pusieron en pie.
Una
décima de segundo antes de que la jarra llegase a su destino, Arthur Silvester
se volatilizó en el aire. El recipiente de cristal, al caer de sus disueltas
manos, se estrelló contra la alfombra y se hizo añicos. El té se derramó por
doquier, dejando desagradables manchas de color amarillo.
—¡Oh!
—exclamó la señora Pritchet ofendida.
Casi
al mismo tiempo que Arthur Silvester y que la jarra destrozada, dejó de existir
el charquito de té humeante.
—¡Qué
desagradable! —consiguió articular Marsha, al cabo de un momento.
—Me
alegro de que eso haya concluido —dijo Laws con voz apenas audible y mientras
le temblaban las manos lastimosamente—. Estuvo muy cerca de salirse con la suya
ese hombre.
Bruscamente,
Joan Reiss se levantó de la mesa.
—No
me encuentro muy bien. Vuelvo enseguida.
Dio
media vuelta, salió presurosa de la estancia. hacia el pasillo, y desapareció
en el dormitorio.
—¿Qué
ocurre? —inquirió la señora Pritchet con ansiedad. Lanzó una mirada alrededor
de la mesa—. ¿Algo alteró a esa muchacha? Tal vez pueda yo...
—Señorita
Reiss —llamó Marsha, con voz aguda y apremiante—, vuelva aquí, por favor.
Estamos cenando.
—Iré
a ver qué le pasa —suspiró la señora Pritchet, y empezó a ponerse en pie.
Hamilton
se encontraba ya fuera de la sala.
—Yo
me encargaré de solucionarlo —dijo, hablando por encima del hombro.
En
la alcoba, la señorita Reiss permanecía sentada, juntas las manos sobre la
falda, con el sombrero, la chaqueta y el bolso a su lado.
—Le
aconsejé que no lo hiciese —confesó a Hamilton quedamente. Se había quitado las
gafas de montura de carey, las cuales descansaban entre sus dedos. Los ojos,
sin la protección de los cristales, eran claros y débiles, casi incoloros.
—Esa
no era la forma apropiada de intentarlo.
—¿Quiere
eso decir que tenían un plan?
—Claro,
Arthur, el chico y yo. Nos reunimos hoy. No podíamos confiar en nadie más. No
nos atrevimos a aproximarnos a usted, a causa de su señora.
—Pueden
contar conmigo —manifestó Hamilton.
La
señorita Reiss sacó del bolso un frasquito y lo dejó en la cama, junto a sí.
—Íbamos
a narcotizarla —dijo con voz carente de matiz—. Es vieja y está agotada.
Tras
recoger el frasquito, Hamilton lo sostuvo a la luz. Era un preparado de
cloroformo líquido, que se utilizaba en los ensayos con especímenes biológicos.
—Pero
esto acabará con ella.
—No,
ni mucho menos.
David,
el niño, apareció en el umbral con semblante desasosegado.
—Será
mejor que vuelva... Mi madre se impacienta.
La
señorita Reiss se puso en pie, recuperó el pequeño frasco y volvió a
guardárselo en el bolso.
—He
reaccionado y ya me encuentro bien. Fue el repentino sobresalto. Había
prometido abstenerse de intentarlo... pero esos viejos soldados...
—Me
encargaré de la misión —dijo Hamilton.
—¿Por
qué?
—No
quiero que usted la mate. Y sé que lo hará.
Durante
unos segundos, ambos permanecieron inmóviles, cara a cara. Luego, mediante un
movimiento rápido e inquieto, la señorita Reiss sacó el frasquito y lo puso en
manos de Hamilton.
—Encárguese
de que el trabajo salga bien. Y realícelo esta noche.
—No.
Será mañana. La sacaré al aire libre... organizaré una excursión campestre. La
llevaremos temprano a las montañas. En cuanto amanezca.
—Procure
no asustarse y volverse atrás.
—Tranquilícese,
no me ocurrirá nada de eso —declaró Hamilton. y se metió el frasquito en el
bolsillo.
Estaba
decidido.
XII
CENTELLEABAN
LOS RAYOS solares al surcar la fresca atmósfera de la mañana de octubre. Sobre
los prados se apreciaban todavía tenues rastros de escarcha; hacía muy poco que
había amanecido y la ciudad de Belmont dormitaba sosegadamente, envuelta en una
nube opaca de humedad entre azul y blanca. Por la carretera, una corriente
continua de automóviles avanzaba península arriba, hacia San Francisco. Los
vehículos se tocaban unos a otros, en hileras ininterrumpidas.
—¡Oh,
Dios mío! —exclamó la señora Pritchet, acongojada—. Todo este tránsito...
—No
seguiremos por aquí —dijo Hamilton, mientras desviaba el «Ford» cupé,
apartándolo de la Bayshore Freeway para aventurarse por una carretera
secundaria—. Nos dirigiremos hacia Los Gatos.
—Y
luego, ¿qué? —quiso saber la señora Pritchet, manifestando una expectación
ávida y casi infantil—. Santo Dios, nunca he ido por ahí.
—Continuaremos
adelante hasta llegar al océano —informó Marsha, colorada de animación—.
Saldremos a la autopista número uno, la de la costa, y seguiremos por ella
hasta Big Sur.
—¿Dónde
cae eso? —preguntó la señora Pritchet, dubitativa.
—En
las montañas de Santa Lucía, en la parte inferior de Monterrey. No tardaremos
mucho en llegar y es un sitio estupendo para una gira campestre.
—Magnífico
—convino la señora Pritchet, al tiempo que se arrellanaba en el asiento del
automóvil y entrelazaba las manos sobre el regazo—. Desde luego, han tenido una
idea feliz al proponer la excursión.
—En
absoluto —replicó Hamilton, y aceleró de pronto, con la peor de las
intenciones.
—No
sé qué tiene de malo el parque de Golden Gate —dijo McFeyffe en tono receloso.
—Demasiada
gente —terció la señorita Reiss, cargada de lógica—. Big Sur forma parte de la
Reserva Federal. Es una zona silvestre.
La
señora Pritchet dio muestras de cierta aprensión.
—¿Será
un terreno seguro?
—Por
completo —aseguró la señorita Reiss —Todo irá bien.
—¿No
debería estar trabajando, señor Hamilton? —preguntó la señora Pritchet—. Hoy no
es jornada festiva, ¿verdad? El señor Laws está en la fábrica.
—Solicité
permiso para no acudir esta mañana —repuso Hamilton, no sin sarcasmo—. A fin de
poder servirles de guía.
—¡Pero
qué amable! —se admiró la señora Pritchet.
Sus
manos carnosas mariposearon por encima de la falda.
Al
tiempo que daba una chupada a su cigarro, McFeyffe manifestó, malhumorado:
—¿Qué
se trae entre manos, Hamilton? ¿Trata de tender una trampa a alguien?
Una
tenue voluta de humo del cigarro vagó por el aire hacia el asiento posterior,
donde se acomodaba la señora Pritchet. La mujer frunció el entrecejo y suprimió
los cigarros. McFeyffe se encontró con que no tenía entre los dedos más que
vacío; durante unos segundos, su rostro se puso como la grana. Después, poco a
poco, fue perdiendo el color.
—Uh
—murmuró.
—¿Qué
decía? —le apremió la señora Pritchet.
McFeyffe
fue incapaz de responder; se rebuscaba torpemente en los bolsillos, alentado
por la esperanza de que, merced a algún milagro, hubiese podido quedar un
cigarro, aunque sólo fuera.
—Señora
Pritchet —habló Hamilton, en tono normal, más bien indiferente—, ¿no se le ha
ocurrido la idea de que los irlandeses no han prestado ninguna contribución a
la cultura? No hay pintores irlandeses, no hay músicos irlandeses...
—¡Jesús!
—se aterró McFeyffe.
—¿No
hay músicos irlandeses? —preguntó la señora Pritchet, sorprendida—. Dios mío,
Dios mío, ¿es cierto eso? Pues, no, no me había dado cuenta.
—La
irlandesa es una raza bárbara —prosiguió Hamilton con placer sádico—. Todo lo
que hacen sus componentes es...
—¡George
Bernard Shaw! —aulló McFeyffe, con más miedo que vergüenza—. El comediógrafo
más importante del mundo! William Butler Yeats, el magnífico poeta. James
Joyce, el... —Se interrumpió en seco—. Poeta también.
—Autor
de Ulises —añadió Hamilton—. Proscrito durante años a causa de sus pasajes
lascivos, obscenos y vulgares.
—Es
arte del mejor —graznó McFeyffe.
La
señora Pritchet reflexionaba.
—Sí
—accedió por último, adoptada su decisión—. El juez decidió que era arte. No,
señor Hamilton, creo que está equivocado de medio a medio. Ha habido irlandeses
de mucho talento, tanto en el teatro como en la poesía.
—Swift
—susurró McFeyffe, animado—. Escribió Los viajes de Gulliver. Una obra
sensacional.
—Está
bien —convino Hamilton amistosamente—. He perdido.
Casi
inconsciente a causa del terror, McFeyffe estaba derrumbado en el asiento.
Jadeaba y sudaba, con el rostro moteado de gris.
—¿Cómo
pudiste hacer semejante barrabasada? —reprochó Marsha en tono acusador junto al
oído de su esposo—. Eres un... bruto.
Divertida,
la señorita Reiss contemplaba a Hamilton. Un nuevo respeto había aparecido en
sus pupilas.
—Anduvo
muy cerca de dar en el clavo.
—Todo
lo cerca que deseaba —respondió Hamilton, un poco sobresaltado ya, al pensar en
las consecuencias que pudo tener su acto—. Lo lamento, Charley.
—Olvídelo
—murmuró McFeyffe roncamente.
A la
derecha de la carretera se extendía una amplia superficie de eriales. Mientras
conducía, Hamilton se estrujó el cerebro: ¿no había habido allí algo? Por
último, después de un extraordinario esfuerzo mental, se acordó. Aquella zona
debía ser una rugiente y estruendosa sección industrial, cuajada de fábricas y
refinerías. Tinta, grasas animales, productos químicos, plásticos, madera... y
todo eso no se vislumbraba por parte alguna. Sólo quedaba allí campo abierto.
—Pasé
por este lugar una vez —informó la señora Pritchet, al ver la expresión de
Hamilton—. Y abolí todas esas cosas. Puntos ruidosos, sucios y malolientes.
—¿Significa
eso que ya no hay más fábricas? —inquirió Hamilton—. Bill Laws debe sentirse
muy decepcionado sin su departamento de investigación en la factoría de
jabones.
—He
dejado las fábricas de jabón —repuso la señora Pritchet con bastante
mojigatería en la voz—. Por lo menos, las que huelen bien.
En
cierto sentido, de un modo depravado, Hamilton casi comenzaba a disfrutar de la
situación. Era tan completamente imperfecta, tan destartalada y tan precaria...
Con un pase de la mano la señora Pritchet borraba del mapa regiones fabriles
enteras, en todo el mundo. Seguramente aquella fantasía no iba a durar mucho.
Su infraestructura básica estaba derrumbándose, desmoronándose. No nacía nadie,
no se manufacturaba un solo artículo... clases vitales completas simplemente no
existían. El sexo y la procreación eran condiciones mórbidas que sólo conocían
los profesionales de la Medicina. Y por culpa de su propia lógica innata,
aquella fantasía se desplomaba por si misma.
Eso
le dio una idea. Tal vez estaba tirando del extremo equivocado de la soga.
Quizás había un modo más fácil y rápido de ponerle el cascabel al gato.
Lo
malo era que no había gatos. Al acordarse, por asociación de ideas, de
«Morrongo Atolondrado», nació y se desarrolló en su interior una furia
incontenible, que amenazaba con sofocarle. Sólo porque el minino se interpuso
por casualidad en el camino de la mujer... Claro que, al menos, los gatos
seguían existiendo en el mundo real. Arthur Silvester, «Morrongo Atolondrado»,
los mosquitos, las fábricas de tinta y Rusia continuaban teniendo vida en el
mundo real. Se sintió reanimado y contento.
De
todas formas, a «Morrongo Atolondrado» no le hubiera hecho ninguna gracia estar
allí. Moscas, ratones y topos habían sido eliminados. Y en aquella dislocada
existencia, los juegos carnales detrás de las tapias estaban derogados.
—Mire
—indicó Hamilton, a guisa de experimento inicial. Acababan de entrar en una
población de aspecto destartalado, cuyos edificios se alzaban a ambas márgenes
de la carretera. Salas de billares, cobertizos de limpiabotas, hoteles
cubiertos de desaliño—. Vaya calamidad de pueblo —declaró—. Me siento
ultrajado.
Salas
de billar, marquesinas de limpiabotas y sucios hoteles dejaron de existir. A lo
largo y a lo ancho del planeta, se abrieron más espacios en claro en el tejido
de la realidad.
—Eso
está mejor —comentó Marsha, un sí es no es intranquila—. Pero, Jack, tal vez
estaría mejor aún si... quiero decir, si dejases que la señora Pritchet
decidiera por sí misma.
—Trato
de ser útil —dijo Hamilton de buen humor—. Después de todo, también estoy
colaborando en la gran tarea de proporcionar cultura a las masas.
La
señorita Reiss no tardó en darse cuenta de sus intenciones. En seguida le echó
una mano.
—Observe
lo que hace ese agente de policía —señaló—. Está imponiendo una multa al pobre
automovilista. ¿Cómo puede hacer tal cosa?
—Compadezco
al automovilista —echó Hamilton leña al fuego—. Ha caído en las garras de ese
gordo selvático. Probablemente será otro irlandés. Todos son iguales.
—A
mí me parece más italiano que irlandés —opinó la señora Pritchet en tono
crítico—. ¿Pero es que la policía no obra bien, señor Hamilton? Siempre tuve la
impresión de que...
—La
policía sí —convino Hamilton— Pero no los agentes de tránsito. Eso es distinto.
—Ah
—asintió la señora Pritchet—. Comprendo.
Los
agentes de la circulación, incluido el que estaba a su izquierda, abandonaron
de golpe aquel mundo. Todos, excepto McFeyffe, respiraron más tranquilos.
—No
me lo reproche —se excusó Hamilton—. Échele la culpa a la señorita Reiss.
—Que
se suprima la señorita Reiss —propuso McFeyffe, hosco.
—Vamos,
Charley —afeó Hamilton, sonriente— Eso no es propio de un espíritu humanitario.
—Sí
—subrayó severamente la señora Pritchet—. Me sorprende usted, señor McFeyffe.
Sumiéndose
en un aislamiento ceñudo, McFeyffe se puso a mirar por la ventanilla.
—Alguien
debería desembarazarse de esas marismas —anunció—. Huelen que apestan.
Los
llanos cenagosos dejaron de heder. De hecho, fueron a parar al reino de la
nada. Los sustituyó una especie de vaga depresión, cuyo desnivel se iniciaba en
la misma cuneta de la carretera. Hamilton la escudriñó, al tiempo que se
preguntaba qué profundidad tendría aquel hoyo. Probablemente apenas unos
cuantos metros... los fangales no parecían muy hondos. Andando con lentitud y
cierta majestad, una bandada de aves silvestres salió a la carretera:
habitantes de los ex pantanos.
—Vaya
—dijo David Pritchet—, eso es divertido.
—Participa
en el juego —le propuso Hamilton—. ¿De qué estás cansado?
Con
aire especulativo David repuso:
—No
estoy cansado de nada. Quiero ver los animalitos... Me gustan las aves.
Hamilton
se controló.
—Tienes
razón —confesó—. Y no consientas que nadie te haga cambiar de idea.
—¿Cómo
puedo llegar a ser un científico si no hay nada que examinar? —quiso saber
David—. ¿Dónde voy a conseguir agua estancada para mí microscopio? Todas las
albercas han desaparecido.
—Las
albercas —repitió la señora Pritchet, aunque le costó hacer un gran esfuerzo—.
¿Qué es eso, David? No estoy segura de...
—Y
ya no hay más botellas rotas tiradas por los campos —siguió quejándose el
chico, con voz cargada de resentimiento—. Tampoco podré encontrar escarabajos
para mi colección. Y suprimiste las serpientes, de manera que tampoco podré
colocar mi trampa para cazar reptiles. ¿Qué voy a hacer ahora, en vez de
contemplar a los obreros que cargaban los vagones de carbón? Ya no hay carbón.
Solía recorrer las instalaciones de la «Compañía de Tintas Parker»... que ha
desaparecido también. ¿Es que no vas a dejar nada?
—Las
cosas bonitas y agradables —replicó su madre en tono de reproche—. Habrá toda
clase de cosas encantadoras para que pienses en ellas. No quieres jugar con lo
desagradable y sucio, ¿verdad?
—Y
—prosiguió David, enérgico— Eleanor Root, la chica que vivía enfrente, iba a
enseñarme algo que tenía y que no tenía... Me prometió hacerlo si la acompañaba
al garaje, y la acompañé y resultó que ya no lo tenía. Y eso no me parece nada
bien.
La
señora Pritchet, que se había puesto como la grana, no encontraba palabras para
rebatir al rapaz.
—David
Pritchet —profirió por último— eres un mocoso perverso, maleducado y grosero.
En nombre del Cielo, ¿qué es lo que te ocurre? ¿Dónde aprendiste esos modales?
—Lo
heredaría de su padre —conjeturó Hamilton—. No creo que tuviera sangre azul.
—Es
posible que procedan de su padre. —Respirando con dificultad, la señora
Pritchet no pudo contener la lengua—. Desde luego, no los heredó de mí. Te
prometo, David, que cuando llegue a casa te sacudiré la paliza de tu vida. Vas
a pasarte una semana sin estar en condiciones de sentarte. Jamás, en toda mí
existencia he...
—Elimínale
—articuló la señorita Reiss filosóficamente.
—¡No
te atrevas! —rugió David, belicoso—. Será mejor que no lo intentes; eso es todo
lo que puedo decir.
—Hablaré
contigo después —saltó la madre, llameantes los ojos y con la barbilla
proyectada hacia fuera—. En este momento no estoy dispuesta a dirigirte una
sola palabra más, jovencito. Ya ajustaremos cuentas.
—A
la orden, jefe —gimió David, desesperanzado.
—Charlaremos
tú y yo —le dijo Hamilton.
—Preferiría
que me dejase a mí eso —declaró la señora Pritchet, tensa—. Quiero demostrarle
que no puede alternar con las personas decentes si se empeña en seguir por ese
camino turbio. Su comportamiento grosero...
—También
yo sé comportarme a veces... —empezó Hamilton, pero Marsha le propinó un
puntapié en el tobillo y guardó silencio. A la fuerza.
—Si
estuviese en tu lugar —aconsejó Marsha en voz baja—, no fanfarronearía de ese
modo.
Alterada
y molesta, la señora Pritchet continuó muda. Se dedicó a mirar por la
ventanilla del automóvil y a ir suprimiendo de manera sistemática diversas
cosas que no le agradaban. Dejaron de existir varias granjas viejas, con
molinos ruinosos. Oxidados coches de modelos antiguos se desvanecieron en el
aire, abandonando para siempre aquella versión del universo. Desaparecieron
edificios auxiliares, junto con árboles secos, pajares destartalados, montones
de escombros y escardadores errantes pobremente vestidos.
—¿Qué
es eso que se ve ahí? —preguntó la señora Pritchet con voz enojada.
A su
derecha había un inmueble de hormigón, achatado y antiestético.
—Eso
—explicó Hamilton— es una estación de energía de la Empresa de Gas y
Electricidad del Pacífico. Recambia cables de alta tensión.
—Bueno
—concedió la señora Pritchet—, supongo que eso es algo útil.
—Algunas
personas lo creen así —repuso Hamilton.
—Podían
construirlas con una arquitectura más atractiva —objetó la señora Pritchet.
Cuando pasaron por delante del feo edificio, las líneas planas se fundieron y
ondularon. Y una vez quedó a sus espaldas, la estación eléctrica estaba
transformada en una casita de campo bastante original, con inclinada cubierta
de tejas y berros enmarañados sobre sus muros de color azul pastel.
—Encantador
—murmuró Marsha.
Aguarda
a que los electricistas aparezcan para verificar el cable —dijo Hamilton—.
Menuda sorpresa se van a llevar.
—No
—le corrigió la señorita Reiss el tiempo que esbozaba una sonrisa exenta de
humor—. No notarán nada.
Aún
no eran las doce del mediodía cuando Hamilton desvió el «Ford», sacándolo del
asfalto de la autopista número uno para aventurarse por la verde y caótica
selvatiquez del bosque de Los Padres. Macizos pinos gigantes de California se
elevaban imponentes a su alrededor; cañadas de gélida penumbra se abrían a
ambos lados del estrecho camino que conducía al corazón del parque de Big Sur y
escalaba después el Cone Peak.
—Le
asusta a uno— comentó David.
La
carretera ascendía. Llegaron a la amplia falda de un monte, cubierta de
arbustos y matorrales multicolores, con diversas peñas diseminadas aquí y allá,
entre las sutiles siemprevivas. Y las flores favoritas de Edith Pritchet, las
áureas amapolas de California, aparecían allí a millones. Al contemplar aquella
panorámica, la señora Pritchet dejó escapar un grito de delicia.
—¡Oh
qué hermosura! ¡Almorcemos aquí!
Dócilmente,
Hamilton sacó el automóvil del camino y lo condujo por el propio prado. El
«Ford» traqueteó un poco antes de que la señora Pritchet tuviese tiempo de
suprimir las irregularidades del piso. Un momento después, Hamilton aplicaba
los frenos y cortaba el encendido del motor. No se percibía sonido alguno,
salvo el tenue susurro que generaba el agua del radiador al evaporarse y el eco
de los trinos de los pájaros.
—Bueno
—manifestó Hamilton—, ya hemos llegado.
Todos
se apearon del vehículo, presurosos y ávidos. Los hombres sacaron del
portaequipajes las cestas de comida. Marsha se hizo cargo de la manta y de la
cámara. La señorita Reiss llevó el termo de té caliente. David se puso a saltar
y correr por allí; luego se dedicó a agitar unos matorrales con un largo
bastón, asustando a una familia completa de codornices.
—¡Qué
lindo! —observó la señora Pritchet—. No pierdan de vista al niño, miren a ver a
donde va.
Ninguna
otra persona se manifestaba por allí. Sólo podía contemplarse la extensión
forestal, que bajaba hasta la vasta cinta del Océano Pacifico; el camino de
color gris plomo que descendía por entre los árboles y la enorme superficie de
agua en movimiento, tan inmensa que incluso asustó a David.
—¡Santo
Dios, cuánta agua! —murmuró el chico—. ¡Qué grande es!
La
señora Pritchet eligió el punto exacto para el almuerzo y allí se extendió la
manta escrupulosamente. Servilletas, platos de papel, cubiletes y tenedores
fueron pasando jovialmente de mano en mano.
A
cierta distancia, entre las sombras de las siemprevivas, Hamilton se dispuso a
preparar el cloroformo. Nadie le prestó atención mientras desplegaba su pañuelo
y lo iba empapando. La fresca brisa del mediodía llevaba lejos los olores. No
existía peligro alguno de que cualquier otra persona resultase afectada; sólo
la nariz, la boca y el aparato respiratorio de una iba a sufrir aquella
amenaza. Sería una maniobra rápida, segura y eficaz.
—¿Que
haces, Jack? —le preguntó Marsha de pronto, hablándole casi al oído.
Sobresaltado,
Hamilton dio un brinco culpable y estuvo en un tris de que se le cayese el
frasquito.
—Nada
—repuso conciso—. Anda, regresa a tu puesto y empieza a quitar la cáscara a los
huevos duros.
—Estás
tramando algo. —Marsha arrugó el entrecejo y miró por encima de los anchos
hombros de su marido—. ¡Jack...! ¿Eso es... matarratas?
Hamilton
sonrió estremecido.
—Jarabe
contra la tos. Para curarme el catarro.
Marsha
puso unos ojos como platos.
—Vas
a intentar algo. Lo adivino; siempre que adoptas esa actitud de disimulo es que
estás preparando alguna cosa inconfesable.
—Voy
a poner punto final a este ridículo asunto —confesó Hamilton, en tono
fatalista—. Ya he aguantado todo lo que podía aguantar.
Los
dedos firmes y agudos de Marsha se cerraron en torno al brazo de Hamilton.
—Jack,
por mí...
—¿Tanto
te gusta esto? —Amargamente, Hamilton se liberó de un tirón—. A ti, a Laws y a
McFeyffe. Estáis disfrutando lo vuestro y deseáis continuar... Mientras esa
bruja elimina personas, animales, insectos... todo cuanto se le antoja a su
limitada imaginación.
—Jack,
no intentes nada. Por favor, no. ¡Prométemelo!
—Lo
siento —repuso Hamilton—. Todo está decidido. Las ruedas han empezado a girar.
Escudriñando
con sus ojillos miopes a través del prado, la señora Pritchet les llamó.
—Vengan,
acérquense, Jack y Marsha. Fiambres y yogur. Dense prisa, antes de que se
acabe.
Interponiéndose
en el camino de su esposo, Marsha habló con rapidez.
—No
quiero permitírtelo. No puedes hacerlo, Jack. ¿Es que no lo comprendes?
Acuérdate de Arthur Silvester; recuerda...
—Apártate
—la interrumpió Hamilton, resuelto—. Este líquido se evapora.
De
súbito, ante el asombro del ingeniero, los ojos de Marsha se llenaron de
lágrimas.
—¡Oh,
Cristo bendito! ¿Qué voy a hacer, cariño? Si esta mujer te suprimiera, me
moriría.
Se
suavizó el corazón de Hamilton.
—No
seas tontita.
—Es
verdad.
Las
lágrimas se deslizaron acongojadas e incontenibles por las mejillas de Marsha.
Se aferró a su esposo y trató de empujarle hacia atrás. Era, naturalmente,
malgastar energías en balde. La señorita Reiss se las había ingeniado para
conseguir que la señorita Pritchet diese la espalda a Hamilton. Por su parte,
David hablaba en tono excitado, reclamando y reteniendo la atención de su madre
a base de enseñarle una curiosa piedra que había sacado del subsuelo y señalar
un punto lejano al mismo tiempo. La situación estaba acondicionada de manera
inmejorable. Una oportunidad así no volvería a presentarse.
—Ve
allí y permanece inmóvil —aconsejó Hamilton a su esposa—. Vuelve la cabeza si
no quieres verlo. —Apartó con firmeza a Marsha—. Es por tu bien. Por tu bien,
por el de Laws, por el de «Morrongo Atolondrado» y por el de todos. Y por el de
los cigarros de McFeyffe.
—Te
quiero, Jack —le tembló la voz a Marsha.
—Tengo
mucha prisa —respondió Hamilton—. ¿De acuerdo?
Marsha
inclinó la cabeza.
—Conforme.
Buena suerte.
—Gracias.
—Cuando emprendía la marcha hacia el punto central de la excursión, dijo a
Marsha—. Me alegro de que me hayas perdonado lo de Silky.
—¿Me
has perdonado tú a mí?
—No
—contestó Hamilton pétreo—. Pero acaso lo haga cuando vea a la chica de nuevo.
—Confío
en que eso ocurra —el tono de Marsha fue lastimero.
—Procura
mantener los dedos en cruz.
Avanzando
a largas zancadas por el blando y esponjoso suelo, se separó de Marsha y se
aproximó rápidamente a la inclinada y deforme espalda de Edith Pritchet. Esta
se entregaba al proceso de llenar de té anaranjado un cubilete de papel. En la
mano izquierda sostenía medio huevo duro. Sobre el vasto regazo había un plato
de ensalada de patatas y albaricoques cocidos. En el preciso instante en que
Hamilton llegaba hasta la señora Pritchet y se agachaba con presuroso
movimiento, la señorita Reiss dirigió la palabra a la anciana.
—¿Tendría
la bondad de pasarme el azúcar, señora Pritchet?
—No
faltaba más, querida —derrochó cortesía la aludida, al tiempo que soltaba los
restos de su huevo duro y alargaba la mano hacia el cucurucho de papel encerado
que contenía el azúcar—. Dios santo —continuó, mientras arrugaba la nariz—, ¿de
dónde procede ese olor tan molesto?
Y,
en las manos temblorosas de Hamilton, se volatilizó el pañuelo impregnado de
cloroformo. El frasquito, adosado al muslo dentro del bolsillo, dejó de
oprimirse contra la carne; había sido relevado de su peso. La señora Pritchet
depositó en la mano firme de la señorita Reiss el cucurucho del azúcar y volvió
a la tarea de entendérselas con su huevo duro.
La
operación había terminado. Todo el plan estratégico se había venido abajo,
sosegada y completamente.
—¡Un
té delicioso por demás! —exclamó la señora Pritchet cuando Marsha llegaba
despacio junto al grupo—. Hay que felicitarla, querida. Es usted buena cocinera
por naturaleza.
—Bien
—dijo Hamilton—, ya estamos aquí—. Tomó asiento en el suelo, se frotó las manos
con viveza y examinó el surtido de alimentos—. Veamos qué nos ofrece la carta.
David
Pritchet le miró boquiabierto y con los ojos desorbitados.
—¡El
frasco ha desaparecido! —gimió—. Ella se lo llevó.
Sin
hacerle caso, Hamilton empezó a servirse el almuerzo.
—Supongo
que podré probar un poco de todo —manifestó con aire animadillo—. De lo que no
cabe duda es que tiene un aspecto inmejorable.
—Coja
lo que le plazca —permitió la señora Pritchet, hablando con la boca llena de
huevo duro—. No se olvide de paladear ese maravilloso apio y la crema de queso.
Es realmente increíble.
—Gracias
—repuso Hamilton—. Lo haré.
David
Pritchet, histérico de desesperación, se puso en pie de un brinco, apuntó a su
madre con el índice y la increpó con voz penetrante:
—Rana
perversa... ¡te llevaste nuestro cloroformo! ¡Lo hiciste desaparecer! ¿Qué
vamos a hacer ahora?
—Sí,
querido —contestó la señora Pritchet en tono normal—. Se trataba de un producto
químico asqueroso y maloliente... Y, con franqueza, ignoro qué puedes hacer.
¿Por qué no acabas el almuerzo y luego te vas a comprobar cuántas especies
distintas de helechos consigues identificar?
Con
una vocecita extraña y tensa, la señorita Reiss preguntó.
—Señora
Pritchet, ¿qué intenciones alberga respecto a nosotros?
—Qué
gracia —declaró la señora Pritchet, a punto de meterle mano al plato de
ensalada de patatas—, vaya pregunta rara. Termine de comer, querida. Está usted
delgada de veras; debería cubrir sus huesos con algo más de carne.
El
grupo comió maquinalmente. Sólo la señora Pritchet parecía gozar de los
alimentos; masticaba y paladeaba con gusto... y engullía grandes cantidades.
A lo
lejos, un avión zumbó tenuemente, un aparato del servicio de guardacostas, que
sobrevolaba el litoral.
—Dios
mío —se quejó la señora Pritchet, enarcadas las cejas con fastidio—. Qué
intrusión más desagradable.
El
aeroplano, y todos los demás miembros del género, dejaron de existir.
—Vaya
—comentó Hamilton con negligencia burlona—, ahí queda eso. Me pregunto a qué o
a quién le tocará en suerte a continuación.
—A
la humedad —le informó la señora Pritchet campanudamente.
—¿Cómo?
—A
la humedad. —Incómoda, la mujer se revolvió sobre sus mullidas posaderas—. La
humedad del suelo se me está introduciendo en la carne. Y es muy enfadoso.
—¿Puede
eliminar las cosas abstractas? —inquirió la señorita Reiss.
—Puedo,
querida. —El suelo, debajo de los seis comensales, se tomó cálido y seco como
una tostada—. Y el aire que sopla es un poco fresquito, ¿no les parece? —El
vientecillo se transformó en brisa acariciante—. ¿No opinan que así está mejor?
Un
abandono delirante se apoderó de Hamilton. ¿Qué podía perder? No les quedaba
nada; habían llegado al fin.
—¿No
tiene un color desagradable ese océano? —anunció—. Me parece insultante.
El
océano dejó de tener un tono gris plomizo. Adoptó una tonalidad mucho más
alegre.
—Así
queda bastante más bonito —articuló Marsha. Se sentó junto a su marido y le
apretó la mano convulsivamente—. ¡Oh, querido...! —empezó, desesperanzada.
Acercándola
más contra su cuerpo, Hamilton dijo:
—Mira
esa gaviota que revolotea por allí.
—Anda
buscando peces —comentó la señorita Reiss.
—Un
pájaro de mentalidad perversa —declaró Hamilton—. Asesino de peces indefensos.
La
gaviota se desvaneció en el aire.
—Pero
los peces se lo tienen merecido —señaló la señorita Reiss pensativamente—. Son
animales de presa que viven a costa de la otra vida acuática; se alimentan de
sencillos protozoos unicelulares.
—Peces
malvados, de cerebro inmundo —añadió Hamilton con entusiasmo.
Una
onda tenue pareció agitar las aguas. Los peces, como especie general,
desaparecieron. Quedó suprimido el olor de los arenques ahumados que hubo en el
centro del mantel.
—Oh,
Dios —dijo Marsha—. Eran importados de Noruega.
—Debieron
de costar un ojo de la cara —murmuró McFeyffe con voz espesa—. Todos los
artículos de importación son carísimos.
—¿Quién
desea dinero? —preguntó Hamilton. Se sacó del bolsillo un puñado de calderilla
y lo arrojó por la ladera. Los circulitos de brillante metal relucieron bajo
los rayos del sol de primera hora de la tarde—. Sucia materia.
Las
rutilantes monedas se desvanecieron. En el bolsillo de Hamilton, la cartera
produjo un extraño latido; de su interior se volatilizaron todos los billetes
que contenía.
—Esto
es encantador —rió entre dientes la señora Pritchet—. ¡Son tan amables al
ayudarme! De vez en cuando, me despisto un poco y las cosas se me van de las
manos.
En
la parte inferior de la falda del monte se veía una vaca, la cual avanzaba
despacio por el prado. Mientras la contemplaban, la vaca hizo algo indigno.
—¡Suprima
las vacas! —vociferó la señorita Reiss, pero ya no hacía falta. Edith Pritchet
experimentó su desagrado al instante y el animal abandonó aquel mundo.
Hamilton
notó que lo mismo había ocurrido con su cinturón. Y con los zapatos de su
esposa. Y con el bolso de la señorita Reiss. Todo eso estuvo fabricado a base
de cuero. Y, sobre el improvisado mantel del almuerzo campestre también
desaparecieron el yogur y la crema de queso.
La
señorita Reiss se inclinó y tiró de un puñado de hierbas ásperas y secas.
—¡Qué
plantas más repelentes!. —se lamentó—. Una de esas hojas me ha pinchado.
Las
hierbas se desvanecieron. Igual que todas las de su especie que había en los
prados por los que anduvieron pastando las antiguas vacas. El verdor grisáceo
fue sustituido por el tono parduzco de la tierra, del polvo y de numerosos
peñascos.
A la
vez que correteaba en círculo, David Pritchet comenzó a gritar histéricamente:
—¡He
encontrado algunas matas venenosas! ¡Matorrales venenosos!
—Los
bosques están cuajados de matas venenosas —manifestó Hamilton—. Y de ortigas. Y
de enredaderas traidoras.
A la
derecha del grupo, el bosquecillo de árboles se estremeció. En torno a los
excursionistas, las forestas circundantes sufrieron un tenue y casi invisible
retorcimiento. Se hizo evidente una claridad manifiesta de vegetación.
Con
aire grave, Marsha se quitó los restos de sus zapatos. Sólo quedaba la tela y
los clavos.
—¿No
resulta triste? —dijo Marsha, apesadumbrada.
—Será
cuestión de proscribir los zapatos —sugirió Hamilton.
—Eso
puede ser una buena idea —convino la señora Pritchet, brillándole los ojos de
entusiasmo—. Los zapatos aprietan y contraen los pies.
Los
residuos que Marsha tenía en las manos desaparecieron en el acto, junto con el
calzado de todos los miembros del grupo. A la luz del sol, destacaron los
policromos y enormes calcetines de McFeyffe. Los colorines eran tan chillones
que el hombre, violento, se apresuró a ocultar los pies debajo del cuerpo.
En
el horizonte, un carguero de vapor ensució levemente la atmósfera con el humo
de su chimenea. Aquella tenue bruma apenas era visible, pero Hamilton la
observó y propuso:
—Qué
tosca es la navegación comercial. ¿Por qué no la borra del mapa? La nubecilla
de humo se desvaneció. El tráfico marítimo de cabotaje tocó a su fin.
—Un
mundo más limpio —comentó la señorita Reiss.
Avanzaba
un automóvil por la carretera. Su receptor de radio llenaba el aire de ruido.
—Elimine
los aparatos de radio —dijo Hamilton. Los sonidos cesaron—. Y los televisores.
Y las películas cinematográficas. —No se produjo ningún cambio visible más; a
pesar de ello, el deseo se había cumplido—. Y los instrumentos de música
barata: acordeones, armónicas, banjos y arpas.
En
todo el mundo, aquellos instrumentos se volatilizaron.
—Haga
lo mismo con los anuncios —propuso la señorita Reiss, al ver un camión pesado,
un camión cisterna que pasaba por la autopista con sus partes laterales
pintadas con brillantes caracteres. Las palabras desaparecieron—. Y con los
camiones.
El
vehículo se disipó y el conductor quedó tendido en la zanja de la cuneta que
bordeaba el pavimento de la carretera.
—Está
herido —articuló Marsha con voz débil.
El
conductor del camión desapareció al momento.
—La
gasolina —añadió Hamilton—. Era eso lo que el camión transportaba.
De
un punto a otro del globo, la gasolina quedó suprimida.
—El
petróleo y la trementina —añadió la señorita Reiss.
—La
cerveza, el alcohol y el té —dijo Hamilton.
—El
jarabe, la miel y la sidra —continuó la señorita Reiss.
—Manzanas,
naranjas, limones, peras y albaricoques —relacionó Marsha débilmente.
—Pasas
y melocotones —murmuró McFeyffe, malhumorado.
—Nueces,
batatas y ñames —adujo Hamilton.
Obedientemente,
la señora Pritchet eliminó de la faz de la tierra todas aquellas diversas
clases. Sus cubiletes de té se quedaron vacíos. El surtido de alimentos
disminuyó a ojos vistas.
—Huevos
y salchichas de Frankfurt —voceó la señorita Reiss, al tiempo que se ponía en
pie de un brinco.
—Queso,
picaportes y perchas —imitó Hamilton su ejemplo.
La
señora Pritchet fue suprimiendo todo aquello, a la vez que emitía risitas
guturales.
—La
verdad —jadeó, entrecortada la respiración a causa de su propio contento—; la
verdad, ¿no están yendo demasiado lejos?
—Cebollas,
tostadoras eléctricas y cepillos de dientes —se oyó la voz clara de Marsha.
—Sulfuro,
lápices, tomates y harina —vocalizó David Pritchet, entrando de lleno en el
juego.
—Hortalizas.
automóviles y arados —voceó la señorita Reiss.
Tras
una pausa añadió:
—Hierbas
en general.
A su
espalda, el cupé «Ford» desapareció sin más ni más. Por las onduladas colinas y
laderas del parque de Big Sur, la vegetación volvió a aclararse más todavía.
—Aceras
—sugirió Hamilton.
—Fuentes
públicas y relojes —sumó Marsha.
—Abrillantador
de muebles —chilló David, y empezó a bailotear de un lado para otro.
—Cepillos
de pelo —dijo la señorita Reiss.
—Libros
infantiles —mencionó McFeyffe—. Literatura gráfica, revistas y todo eso.
—Sillas
—manifestó Hamilton de pronto, un poco aturdido por su propia audacia—. Y
divanes.
—Los
divanes son inmorales —convino la señorita Reiss, tropezando en su excitación
con el termo—. Al diablo con ellos. Y con el cristal. Con todo lo que sea de
cristal.
Sin
dudarlo, la señora Pritchet eliminó sus gafas y todos los artículos
relacionados con el cristal existentes en el universo.
—Los
metales —gritó Hamilton, sorprendida y débil la voz.
Desapareció
la cremallera de sus pantalones. Lo que quedaba del termo, un casco metálico,
se desvaneció. El minúsculo reloj de pulsera de Marsha, los empastes de sus
respectivas dentaduras, los corchetes y broches de la ropa interior de las
mujeres, dejaron de existir.
Con
un alarido frenético, David propuso:
—¡Las
prendas de vestir!
Al
instante, todos estuvieron desnudos. Pero eso apenas tenía importancia; desde
algún tiempo atrás, el sexo y todo lo relacionado orgánicamente con él había
desaparecido.
—La
vegetación —terció Marsha.
Se
puso en pie y, temerosamente, fue a colocarse junto a su marido. Aquella vez,
el cambio resultó pasmoso. Los montes, la vasta serranía quedó tan calva y tan
lisa como la superficie de una losa de mármol. Nada vegetal subsistió, sólo la
parda tierra de otoño, requemándose bajo el claro sol.
—Las
nubes. —La señorita Reiss arrugó la cara al proponerlo. Las escasas borlas
blancas que flotaban en las alturas se difuminaron por completo—. ¡Y la niebla!
Al
instante, el sol llameó de modo furibundo.
—Los
océanos —silabeó Hamilton.
En
un abrir y cerrar de ojos, la inmensa extensión de agua de color verde pastel
se esfumó bruscamente; todo lo que quedó de ella fue una increíble depresión de
arena reseca, la cual se prolongaba hasta perderse de vista en la lejanía.
Abrumado, Hamilton titubeó durante unos segundos, dando tiempo a la señorita
Reiss para que gritase:
—¡La
arena!
El
pozo colosal se hizo más profundo. No les era posible ver el fondo. Un rumor
sordo, hueco y ominoso sacudió el piso bajo sus pies; el fundamental equilibrio
terrestre acababa de alterarse.
—¡Aprisa!
—jadeó la señorita Reiss, contraída por la emoción su cara—. ¿Qué viene ahora?
¿Qué queda?
—Las
ciudades —propuso David.
Impaciente,
Hamilton apartó al chico con un movimiento del brazo.
—Barrancos,
quebradas, desfiladeros, hoyos... —rugió.
Automáticamente
se vieron sobre una llanura uniforme; todas las hondonadas habían sido
igualadas. Seis figuras de piel pálida y diversas formas y pesos, miraron
fervorosamente en torno.
—Todos
los animales, excepto la raza humana —reaccionó la señorita Reiss, aunque casi
no tenía aliento.
Se
cumplió.
—Todas
las formas de vida, salvo el hombre —compitió Hamilton, puntualizando más.
—¡Los
ácidos! —voceó la señorita Reiss y, al momento, cayó de rodillas, contorsionado
el rostro de dolor.
Los
demás se retorcieron en un éxtasis de sufrimiento, modificada radicalmente la
química básica del cuerpo.
—¡Ciertas
sales minerales! —chilló Hamilton.
De
nuevo, una agonía interna volvió a convulsionarles.
—¡Nitratos
específicos! —añadió la señorita Reiss en tono agudo.
—¡Fósforo!
—¡Cloruro
sódico!
—¡Yodo!
—¡Calcio!
La
señorita Reiss permanecía en el suelo semiinconsciente, apoyada en los codos.
El resto de los miembros del grupo se encontraban diseminados por allí, en
variadas posturas de padecimiento impotente. El hinchado y palpitante cuerpo de
Edith Pritchet se retorcía a impulsos de los espasmos; se le escapaba saliva
por entre los labios, mientras trataba de concentrarse en las cosas que los
demás iban citando.
—¡Helio!
—graznó Hamilton.
—¡Dióxido
de carbono! —susurró débilmente la señorita Reiss.
—Neón
—logró articular Hamilton. A su alrededor, todo vacilaba y palidecía; se
encontraba girando en medio de un torbellino de sombría e infinita oscuridad—.
Freón. Gleón.
—Hidrógeno
—vocalizaron los descoloridos labios de la señorita Reiss, que parecía nadar
entre las sombras cercanas.
—Nitrógeno
—enumeró Hamilton, mientras la vorágine de la nada parecía cerrarse sobre él.
Sacando
fuerzas de flaqueza, con un último impulso de energía, la señorita Reiss se
incorporó y casi no pudo oírse la vibración de su voz temblorosa:
—¡El
aire!
La
atmósfera que envolvía al planeta quedó suprimida del universo.
Con
los pulmones totalmente vacíos, Hamilton se hundió en las tenebrosas regiones
de la muerte. Mientras se alejaba en el cosmos, distinguió la figura inerte de
Edith Pritchet, que se revolvía espasmódicamente en el suelo a causa de un
movimiento reflejo: la consciencia y la personalidad de la mujer habían huido
del cuerpo.
Acababan
de ganar la partida. El dominio que la señora Pritchet ejercía sobre ellos tocó
a su fin. Habían terminado con la mujer... Por último, eran angustiosamente
libres...
Hamilton
vivía. Estaba tendido cuan largo era, demasiado exhausto y desprovisto de vigor
para poder moverse. Los dedos se le aferraban al piso, mientras el pecho subía
y bajaba penosamente. Pero, ¿dónde rayos se encontraba?
Mediante
un esfuerzo tremendo consiguió abrir los ojos.
No
se hallaba en el mundo de la señora Pritchet. Envolviéndole, las torvas
palpitaciones le sacudían y le aguijoneaban. Era una desagradable corriente de
presión indefinida, que se inflaba y se aplastaba contra él de manera ominosa.
Pero, de un modo vago, logró vislumbrar y definir otras formas, otros cuerpos
tendidos, perceptibles aquí y allá.
Marsha,
inanimada y silente, yacía a escasa distancia. Al otro lado de su esposa se
hallaba la voluminosa humanidad de Charley McFeyffe, con la boca abierta y las
pupilas vidriosas. Y, aunque borrosamente, en el torbellino de negruras
aleteantes, pudo identificar a Arthur Silvester, David Pritchet, la desmadejada
figura de Bill Laws y la deforme masa del cuerpo de Edith Pritchet, aún
inconsciente.
¿Habían
vuelto a la cámara del Bevatrón? Un fugaz y emocionado centelleo de alegría
rozó su ánimo... para alejarse raudo en seguida. No. No estaba en la sala del
Bevatrón. La burbuja de un lamento tomó cuerpo en su garganta y fue ascendiendo
despacio hasta llegar a la boca. Desesperada, débilmente, forcejeó para huir de
lo que se erguía ante él con aire siniestro y amenazador: una concha de vida,
descarnada y huesuda, que poco a poco fue aproximándosele y, por último, se
derrumbó y quedó doblada cerca de su cuerpo.
En
el oído de Hamilton empezó a repercutir un susurro árido, ronco e intermitente.
Vibraba de un modo sordo, repicaba como el eco de un tambor distante, se
alejaba y volvía... Trató de silenciarlo, pero todos sus esfuerzos resultaron
baldíos y tuvo que darse por vencido.
—Gracias
—articuló una voz metálica—. Cumplió con su parte a las mil maravillas. Todo se
desarrolló tal como lo había planeado.
—¡Márchese!
—chirrió Hamilton.
—Me
iré —prometió la voz—. Quiero que se levante y reanude sus actividades
normales. Quiero observarles. Son todos ustedes muy interesantes. Durante largo
tiempo estuve estudiándoles, pero no del modo que deseo. Quiero examinarlos de
cerca. Quiero contemplarlos minuto tras minuto. Quiero ver todo lo que hacen.
Quiero estar en torno suyo, en su interior, donde pueda encontrarlos siempre
que les necesite. Quiero hallarme en condiciones de estar en contacto con todos
ustedes. Quiero ponerme en situación de obligarles a llevar a cabo algunas
cosas. Quiero comprobar sus reacciones. Quiero... Quiero...
Hamilton
comprendió dónde estaba; supo en qué mundo se encontraba— Reconoció el matiz
tranquilo, calmoso y metálico de aquel susurro que resonaba implacablemente en
sus oídos y en su cerebro.
Era
la voz de Joan Reiss.
XIII
GRACIAS
SEAN DADAS AL CIELO —decía una voz, articulando las palabras despacio y
metódicamente. Una crispada voz femenina—. Estamos de vuelta. Hemos regresado
al mundo real.
Los
pozos de negrura habían desaparecido. El escenario familiar de bosques y océano
se extendía por doquier a su alrededor; el dilatado espacio verde del parque de
Big Sur y la línea de la carretera que se vislumbraba al pie del Peak habían
cobrado existencia otra vez.
Por
encima de sus cabezas se explayaba la luminosidad azul del cielo de la tarde.
Las doradas amapolas de California parecían pequeños fulgores amarillos en
medio de la húmeda atmósfera otoñal. Sobre el improvisado mantel del almuerzo
campestre habían reaparecido las jarras, los platos y los cubiletes de papel. A
la derecha de Hamilton estaban las siemprevivas. El cupé «Ford», limpio y
brillante, rutilaba de modo metálico, amistosamente, en el lugar donde lo
estacionó, a escasa distancia del extremo del prado.
Una
gaviota surcó la neblina congregada a lo largo del horizonte. Un camión pesado,
con motor «Diesel», pasó por la carretera llenando el aire de estrépito y
dejando tras de sí nubecillas de humo negro, expulsadas por el tubo de escape.
Hacia la mitad de la falda del collado, una ardilla cruzó el reseco suelo,
zigzagueante por entre los matorrales rumbo a su madriguera.
En
torno a Hamilton, todos los demás comenzaron a removerse. Allí estaban siete:
Bill Laws debía de encontrarse en algún punto de San José, lamentando la
pérdida de su fábrica de jabón.
A
través de la penosa bruma que tenían ante los ojos, Hamilton logró distinguir
la figura de su esposa. Marsha se había puesto de rodillas, tras incorporarse
vacilante y estaba mirando en derredor con expresión de aturdimiento. Cerca de
ella permanecía Edith Pritchet, aún inerte. Un poco más allá se veían los
cuerpos de Arthur Silvester y David Pritchet. En el borde de la manta donde se
colocaron los alimentos, Charley McFeyffe empezó a contorsionarse débilmente.
Junto
a Hamilton yacía la figura enjuta de Joan Reiss. La mujer no tardó en alzarse y
empezar a recoger sus cosas: el bolso y las gafas. Su semblante era casi
inexpresivo del todo cuando, con ademanes circunspectos, se palpó el moño.
—Gracias
sean dadas al cielo —repitió, y se puso en pie con hábil movimiento. La
pesadilla ha concluido.
Fue
la voz de la señorita Reiss lo que le había despertado.
Desde
el sitio donde estaba tendido, McFeyffe miró a la mujer, sobresaltado y sin
saber qué partido tomar.
—De
vuelta —articuló, sin comprender nada.
—Sí,
nos hallamos de nuevo en el mundo real —confirmó la señorita Reiss en tono de
conversación normal—. ¿No es maravilloso? —Se dirigió a la forma inanimada que
seguía en horizontal sobre la hierba húmeda, a su lado—. Levántese, señora
Pritchet. Ya no tiene ningún dominio sobre nosotros. —Joan Reiss se inclinó y
aplicó un pellizco al hinchado brazo de la dama—. Todo ha vuelto a quedar como
al principio.
—A
Dios gracias —murmuró Arthur Silvester con voz lastimosa. mientras se levantaba
atropelladamente—. Oh, Dios, esa terrible voz.
—¿Es
cierto que todo ha terminado? —jadeó Marsha, húmedas sus pupilas castañas de
duda y alivio. Con un escalofrío, acabó de ponerse en pie y comenzó a
tambalearse—. Ese sueño espantoso final... Sólo capté un...
—¿Qué
fue? —la interrumpió David Pritchet, gemebundo, mientras temblaba de miedo—.
Ese lugar y aquella voz que nos hablaba...
—Se
esfumó —dijo McFeyffe, con avidez piadosa—. Estamos a salvo.
—Permítame
que le ayude, señor Hamilton —se ofreció la señorita Reiss, a la vez que se le
aproximaba. Extendió su huesuda y flaca mano y se mantuvo inmóvil durante unos
segundos; esbozaba su sonrisa incolora—. ¿Qué se experimenta al volver al mundo
real?
Hamilton
no pudo pronunciar palabra. De lo único que fue capaz fue de seguir tendido,
petrificado por el terror.
—Vamos
—insistió la señorita Reiss calmosamente—. Tarde o temprano, tiene que
levantarse. —Señaló el «Ford» y dijo—: Quiero que se ponga al volante y nos
lleve a Belmont. Cuanto antes estemos todos en casa, sanos y salvos, más feliz
me sentiré. —Sin el más leve asomo de sentimentalismo en la expresión de su
rostro agudo, añadió: Deseo que todos ustedes regresen otra vez a sus puntos de
origen, al lugar que les corresponde. No me consideraré satisfecha hasta que
los vea allí.
Hamilton
condujo el vehículo como hizo todo lo demás, de un modo mecánico, rígido,
actuando por reflejo, sin que interviniese para nada la voluntad. Por delante
de ellos, la autopista estatal se extendía lisa y llana, estirándose entre las
ondulaciones de los grises montes. De vez en cuando, alguno que otro automóvil
les adelantaba; iban acercándose a la Bayshore Freeway.
—No
tardaremos mucho —dijo la señorita Reiss, anticipándose a los acontecimientos—.
Casi estamos llegando a Belmont.
—Oiga
—manifestó Hamilton roncamente—. Deje ya de fingir; abandone de una vez ese
juego sádico que se lleva entre manos.
—¿A
qué juego se refiere? —preguntó la señorita Reiss en voz baja, haciéndose la
ingenua—. No le comprendo, señor Hamilton.
—No
hemos vuelto al mundo real. Nos encontramos en su universo, en su pérfido,
paranoico...
—¡Pero
si he creado el auténtico mundo real para ustedes! —exclamó la señorita Reiss—.
¿Es que no se da cuenta? Mire a su alrededor. ¿No realicé un trabajo magnífico?
Todo lo proyecté por adelantado, lo tenía previsto desde hace algún tiempo.
Comprobarán que todo se encuentra como debería de encontrarse; no se me pasó
nada por alto.
Blancas
las manos, a causa de la fuerza con que apretaba el volante, Hamilton inquirió:
—Así
que estaba aguardando su turno, ¿eh? ¿Sabía que iba a tocarle a usted, cuando
terminase el imperio de la señora Pritchet?
—Pues,
claro. —La señorita Reiss, en tono sosegado y con el orgullo justo en la voz,
se dignó a explicar—: Lo que pasa es que no ha utilizado la cabeza, señor
Hamilton. ¿Se acuerda de por qué fue Arthur Silvester el primero en hacerse
dueño de la situación, antes que cualquiera de nosotros? Sencillamente, porque
no perdió el conocimiento. ¿Y por qué le sucedió Edith Pritchet en el mando?
—Se
estaba removiendo —terció Marsha, aterrada—. Allí en el piso del Bevatrón. La
vi... la vimos, durante la noche, cuando soñábamos.
—Debió
prestar más atención a su sueño, señora Hamilton —observó la señorita Reiss—.
Debió seguir mirando y ver lo que tenía delante. Después de la señora Pritchet,
era yo quien estaba más cerca, más próxima a recuperar el sentido.
—¿Y
a continuación de usted? —interrogó Hamilton.
—No
importa la identidad del que estaba detrás de mí, señor Hamilton. Porque soy la
última. Están de regreso... han llegado al final de su viaje. Aquí tienen su
pequeño mundo; ¿no es encantador? Y les pertenece a todos ustedes. Por eso lo
he creado... para que ustedes tuviesen las cosas a su gusto. Lo encontrarán
todo intacto... Y confío en que reanudarán su vida y que se desenvolverán como
habían venido haciéndolo.
—Supongo
—intervino Marsha— que no nos queda más remedio. No disponemos de ninguna otra
alternativa.
—¿Por
qué no nos deja en paz y nos suelta? —preguntó McFeyffe inútilmente.
—No
puedo, señor McFeyffe —repuso la señorita Reiss—. Para hacer tal cosa, tendría
que dejar de existir.
—No
por completo —señaló McFeyffe, con voz angustiada y tartamudeante—. Podría
permitirnos usar algo sobre usted. Ese cloroformo... algo que le ponga fuera de
combate provisionalmente... algo que...
—Señor
McFeyffe —le interrumpió la señorita Reiss con frialdad—. He dedicado mucho
esfuerzo a esto. Lo estuve planeando durante demasiado tiempo, desde que
ocurrió el accidente en la cámara del Bevatrón. A raíz del preciso instante en
que me percaté de que llegaría mi turno. ¿No sería vergonzoso que ahora tirase
por la ventana todo ese trabajo? Puede que no vuelva a presentársenos otra
ocasión como ésta... No, es una oportunidad demasiado valiosa para
desaprovecharla. Excesivamente demasiado valiosa.
Al
cabo de un rato, David Pritchet señaló con el dedo y anunció:
—Ahí
está Belmont.
—Será
estupendo volver —dijo Edith Pritchet, en un tono de voz inseguro y quebrado—.
Es una villa tan linda!
Uno
tras otro, obedeciendo las instrucciones de la señorita Reiss, Hamilton fue
dejándolos en sus hogares respectivos. Marsha y él quedaron los últimos. Ambos
continuaron sentados en el cupé, detenido frente al edificio de apartamentos
donde vivía la señorita Reiss, mientras ésta se hacía cargo de sus cosas y se
apeaba sobre la acera, con los músculos anquilosados.
—Vayan
a su casa —les aconsejó bondadosilla—. Un baño caliente y una sesión de cama
será lo mejor del mundo para ustedes.
—Gracias
—dijo Marsha casi inaudiblemente.
—Prueben
a relajarse y a pasarlo lo mejor posible —aleccionó la señorita Reiss—. Y por
favor, procuren olvidar cuanto ha sucedido. Son cosas que han quedado atrás y
ya están superadas. Traten de tenerlo presente.
—Sí
—repitió Marsha de modo maquinal, correspondiendo al tono seco y desapasionado,
de maestra de escuela, que empleaba Joan Reiss—. Lo recordaremos en todo
momento.
La
señorita Reiss cruzó la acera hacia la casa de vecinos y, al llegar a la
escalinata de entrada, hizo un alto. Envuelta en su largo chaquetón de pana, la
figura de la mujer no tenía nada de imponente ni llamativo. Con el bolso, los
guantes y el ejemplar del New Yorker que llevaba al brazo y que había comprado
en una tienda, por el camino, cualquiera la hubiese confundido con una
secretaria de clase media que volvía a su domicilio después de la jornada
laboral en la oficina. El fresco vientecillo del atardecer puso ondas
retorcidas en su cabellera amarillenta. Tras los cristales de las gafas con
montura de carey, sus ojos parecían grandes y dislocados, mientras observaba
con descaro a los dos ocupantes del automóvil.
—Acaso
les haga una visita dentro de varios días —tanteó el terreno—. Podríamos pasar
una velada tranquila, sin hacer otra cosa que permanecer sentados, de tertulia.
—Eso...
sería estupendo —consiguió articular Marsha.
—Buenas
noches. —Concluyó la señorita Reiss.
Ejecutó
un brusco asentimiento con la cabeza, giró sobre sí misma, subió los peldaños
de la escalinata, abrió la maciza puerta frontal y desapareció dentro del
alfombrado vestíbulo del inmueble, cuyo portal estaba sumido en la penumbra.
—Vayamos
a casa —dijo Marsha en voz baja—. Por favor, Jack, date prisa. Lleguemos a casa
cuanto antes.
Hamilton
puso en marcha el vehículo y apretó el acelerador todo lo que le fue posible
durante el camino. El cupé traqueteó por el paseo que conducía al edificio.
Hamilton detuvo el vehículo, puso el freno de mano, apagó el motor y abrió la
portezuela con salvaje violencia.
—Ya
estamos aquí —manifestó.
Marsha
continuó sentada junto a él, inmóvil, pálida y fría como la cera. Suave, pero
con firmeza, Hamilton la levantó en peso y la sacó del automóvil. Con ella en
brazos, rodeó la casa a base de largas zancadas y subió al porche de la
fachada.
—De
cualquier modo —aventuró Marsha, estremecida—, «Morrongo Atolondrado» habrá
vuelto. Y los órganos suprimidos también. Todo estará aquí de nuevo, ¿no es
cierto? ¿Será posible tanta belleza?
Hamilton
no hizo ningún comentario. Atareado, se concentró en la misión de abrir la
puerta.
—Joan
Reiss quiere tener poderes sobre nosotros —prosiguió Marsha—. Pero todo va
bien, ¿no? Disponemos de nuestro mundo; creó el mundo real para nosotros. A mí
me parece que viene a ser lo mismo, ¿ves tú alguna diferencia? Jack, por el
amor de Dios, ¡di algo!
Hamilton
empujó la puerta con el hombro, la abrió y, luego de entrar, encendió la luz de
la sala.
—En
casa de nuevo —declaró Marsha.
Lanzó
una tímida mirada en derredor mientras, sin ceremonias de ninguna clase,
Hamilton la depositaba en el suelo.
—Sí,
otra vez en el hogar.
Hamilton
cerró la puerta de golpe.
—Es
nuestra morada conyugal, ¿no? Está lo mismo que antes... de que este asunto
empezara. —Al tiempo que se desabotonaba la chaqueta, Marsha comenzó a pasear
por la sala, a examinar las cortinas, los libros, las reproducciones de las
paredes, los muebles—. Resulta agradable, ¿verdad? Qué alivio... todas estas
cosas familiares. Sin que nadie arroje sobre nosotros lluvias de bichos, sin
que nadie elimine especies... ¿No te parece formidable?
—Es
sensacional —dijo Hamilton amargamente.
—Jack.
—Marsha se llegó con paso quedo hasta su marido. Llevaba la chaqueta colgada
del brazo—. No podemos reprocharle nada, ¿verdad? No será como con la señora
Pritchet; Joan Reiss es demasiado inteligente. Y nos lleva una delantera
tremenda.
—Un
millón de años de ventaja —convino Hamilton—. Lo tenía todo planeado. Pensado,
meditado, proyectado, programado, maquinado... a la espera de que llegase el
momento de tomar el mando sobre nosotros.
Notó
en su bolsillo la presencia de un tubo redondo y duro; con furioso ademán, lo
sacó y lo arrojó a través del cuarto contra la pared. El vacío frasco de
cloroformo rebotó en el muro, cayó a la alfombra, rodó unos palmos y se
inmovilizó en el suelo, sin romperse.
—Eso
no servirá aquí de nada —dijo Hamilton—. Lo mismo podemos abandonar la lucha.
Esta vez estamos derrotados.
Marsha
cogió una percha del armario y se dispuso a colgar en ella la chaqueta.
—Bill
Laws tendrá un humor de mil pares de demonios.
—Y
unas ganas locas de sacrificarme.
—No
—mostró Marsha su desacuerdo—. Tú no tienes la culpa.
—¿De
dónde voy a sacar el valor para atreverme a mirarle a la cara? ¿Cómo puedo
miraros a la cara a cualquiera de vosotros? Tú deseabas continuar en el mundo
de Edith Pritchet; te obligué a volver aquí... Me dejé engañar por la
estrategia de esa alienada.
—No
te atormentes, Jack. No sacarás nada en claro.
—No
—reconoció Hamilton—, no me servirá de nada.
—Prepararé
un poco de café. —En el umbral de la puerta de la cocina, Marsha volvió la
cabeza—. ¿Quieres unas gotas de coñac en tu taza?
—Claro.
Algo más que unas simples gotas.
Tras
esbozar una sonrisa forzada, Marsha desapareció dentro de la cocina. Reinó el
silencio durante un breve intervalo.
Los
chillidos comenzaron luego.
Hamilton
se puso en pie instantáneamente; echó a correr y se detuvo en el quicio de la
entrada de la cocina. Al principio no consiguió verlo; Marsha, apoyada en la
mesa, se lo impedía al interponer su cuerpo.
Cuando
se adelantó para coger a su esposa, Hamilton pudo ver el cuadro. Una escena que
se le grabó en el cerebro y que se borró momentáneamente al cerrar los ojos y
tirar de Marsha para apartarla del espectáculo. Tapó con una mano la boca de la
mujer, se esforzó al máximo para impedir que siguiera lanzando sus alaridos
histéricos y, recurriendo a toda su fuerza de voluntad, procuró por todos los
medios dominar sus propias emociones.
A la
señorita Reiss nunca le habían gustado los gatos. Los felinos le causaban
miedo. Eran sus enemigos.
Aquello
que había en el suelo era «Morrongo Atolondrado». Estaba abierto en canal. Pero
aún vivía; continuaba funcionando el organismo de aquella masa destrozada. La
señorita Reiss se encargaba de ello; no iba a permitir que el animal se librase
de ello.
Temblando,
palpitando, el esférico amasijo de huesos y tejidos orgánicos se retorcía
ondulante por el piso de la cocina. Su lento, ligero y continuo deslizarse
había estado desarrollándose durante un buen rato, probablemente desde el
momento en que el mundo de la señorita Reiss empezó a existir. La masa
grotesca, en tres o cuatro horas, se las arregló para arrastrarse hasta el
centro de la estancia, a base de sinuosidades y contracciones peristálticas, o
sea, del estómago y los intestinos.
—No
es posible —gimió Marsha—. No puede estar vivo.
Hamilton
fue a buscar una pala al patio posterior, recogió la vibrante bola y la sacó
fuera. Mientras elevaba una oración, rogando para que los restos del animal
pudiesen morir, llenó de agua un cubo de zinc e introdujo el montón de huesos,
sangre, carne, tejidos y órganos en el recipiente. Durante cierto tiempo,
aquellos despojos insistieron en sobrevivir, en hallar algún medio para emerger
del cubo, medio nadaban, trataban de aferrarse a las lisas paredes, se
escurrían... Luego, paulatinamente, se produjo un estremecimiento definitivo y
lo que había sido un gato suspendió los esfuerzos, se hundió y murió.
Hamilton
quemó los restos, cavó presuroso una pequeña tumba y enterró las cenizas. Se
lavó las manos, después de soltar la pala, y regresó a la casa. Toda la
operación le llevó unos minutos... pero tuvo la impresión de que había
transcurrido una eternidad desde que la inició.
Marsha
permanecía sentada en el salón, entrelazadas las manos con fuerza y perdida la
vista frente a sí. No levantó la cabeza cuando Hamilton penetró en la estancia.
—Cariño...
—articuló Hamilton.
—¿Terminado?
—Todo.
Está muerto. Podemos alegrarnos de que así sea. Joan Reiss ya no le ocasionará
más daño.
—Le
envidio. Esa mujer ni siquiera ha empezado con nosotros.
—Pero
odiaba a los gatos. No nos odia a nosotros.
Marsha
se volvió ligeramente.
—¿Te
acuerdas de lo que le dijiste aquella noche? La asustaste. Y es de las que no
olvidan.
—Sí
—confesó Hamilton—. Probablemente tienes razón. Me temo que pertenece al grupo
de los que no olvidan ni perdonan.
Volvió
a entrar en la cocina y se dispuso a preparar el café. Estaba echándolo en las
tazas cuando Marsha penetró allí y comenzó a sacar el azúcar.
—Bueno
—dijo—, esta es nuestra respuesta.
—¿A
qué pregunta?
—La
de: «¿Podemos seguir viviendo?» La contestación es negativa. Mucho peor que
negativa.
—No
hay nada peor que eso —repuso Hamilton, pero incluso en sus propios oídos la
voz con que lo dijo carecía de convicción.
—Está
loca, ¿verdad?
—Aparentemente.
Una paranoica con manía persecutoria y psicosis de conjura. Todo cuanto ve
tiene algún significado, forma parte de una intriga tramada contra ella.
—Y
ahora —resumió Marsha— ya no tiene motivos de preocupación. Porque, por primera
vez en su vida, se encuentra en una postura que le permite combatir a sus
adversarios.
Después
de tomar un sorbo de abrasador café negro, Hamilton opinó:
—Me
parece que está persuadida de que esto es una reproducción del mundo real. Por
lo menos, de su mundo real. Dios bendito, su mundo real está muchísimo más
lejos de la autenticidad que cualquiera de las fantasías del resto de
nosotros... —Guardó silencio durante unos segundos y después remató—: Eso que
hizo con «Morrongo Atolondrado». Probablemente supone que es lo que haríamos
nosotros con ella. Y sin duda cree que la cosa va a durar siempre.
Hamilton
se puso en pie, recorrió la casa y fue bajando las persianas. Había caído la
noche y el sol estaba olvidado en su retiro. Fuera del edificio, las calles
aparecían oscuras y yertas.
Del
cerrado cajón de su mesa escritorio extrajo una automática de calibre 45 y
comenzó a poner cartuchos en la recámara.
—Sólo
por el mero hecho de que rija este mundo —comunicó Hamilton a Marsha—, no vamos
a dar por supuesto que sea omnipotente.
Se
guardó el arma en el bolsillo interior de la chaqueta. El bulto que formaba
allí era bastante notable y, desde luego, llamaba la atención. Marsha esbozó
una sonrisa cansina.
—Pareces
un criminal.
—Soy
un detective particular.
—¿Dónde
está tu secretaria de formas exuberantes?
—Eres
tú —respondió Hamilton, y le devolvió la sonrisa.
Con
gesto de muchacha pagada de sí misma, Marsha levantó las manos.
—Me
preguntaba si habrías notado que estoy... otra vez de vuelta.
—Lo
noté.
—¿Todo
te parece bien? —inquirió Marsha recatada.
—Mi
voluntad está dispuesta a tolerarte. En honor de los viejos tiempos.
—Resulta
tan extraño... Casi me siento indecorosa. Como si en mi ánimo reinase una
especie de negación de la ascética. —Apretados los labios, vagó por la estancia
caminando en círculo—. ¿No crees que pueda acostumbrarme de nuevo... a eso?
Pues la verdad es que experimento una sensación extraña... debo de estar
sometida a la influencia de Edith Pritchet.
Hamilton
respondió en tono irónico:
—Eso
fue en el mundo anterior. Nuestras aguas se encuentran ahora en un molino
distinto.
Inundada
de una especie de placer tímido, Marsha prefirió no darse por enterada, hizo
como que no le había oído.
—Bajemos
al sótano, Jack. A la sala de audiciones. Allí podremos relajarnos... y
escuchar música. —Se llegó a Hamilton y apoyó sus manitas en los hombros del
ingeniero—. Por favor. ¿Nos damos ese gusto?
Al
tiempo que la apartaba de si con rudeza, Hamilton declinó la sugerencia.
—En
cualquier otro momento.
Desalentada,
Marsha manifestó su sorpresa y el dolor que le producía verse rechazada así.
—¿Qué
ocurre?
—¿Es
que no te acuerdas?
—¡Ah!
—La mujer asintió con la cabeza—. La chica, aquella camarera. Desapareció,
¿verdad? Mientras tú y ella estabais ahí abajo.
—No
era ninguna camarera.
—Supongo
que no. —Se iluminó el rostro de Marsha—. De todas formas, ahora habrá vuelto.
Por lo tanto, todo está bien. ¿No es cierto? Y... —miró a Hamilton con aire
esperanzado— a mí no me importa lo referente a esa muchacha. Lo comprendo.
Hamilton
no estaba seguro de si se sentía molesto o divertido.
—¿Qué
es lo que comprendes?
—Tus
sentimientos. Quiero decir que el asunto no tenía nada que ver con la chica:
esa joven no constituía más que un medio para el fin de sostener el tipo, que
era lo que pretendías. Tú estabas protestando.
Hamilton
la rodeó con sus brazos y atrajo a Marsha contra sí.
—Eres
una persona de mentalidad increíblemente abierta.
—Opino
que se deben considerar las cosas desde un punto de vista moderno —dijo Marsha
con resolución.
—Me
encanta que te expreses de ese modo.
Tras
apartar los brazos de Hamilton, Marsha entrelazó las manos alrededor del cuello
de su marido.
—¿Qué?
¿Bajamos? Hace meses que no pones discos para mí... al menos, de la manera en
que lo hacías antes. Me sentí tan celosa cuando os marchasteis los dos al
sótano. No sabes lo que me gustaría escuchar ahora algunas de nuestras viejas
piezas favoritas.
—¿Te
refieres a Tchaikovsky? Cuando aludes a «nuestras viejas piezas favoritas»
siempre sueles pensar en Tchaikovsky.
—Ve
tú delante a encender la luz y el calentador. Empieza a crear la atmósfera
agradable e incitante. Y así, cuando yo baje, todo estará dispuesto a la
perfección.
Hamilton
se inclinó hacia adelante y la besó en los labios.
—Me
tendrás irradiando pasión amorosa.
Marsha
arrugó la nariz.
—Vosotros
los técnicos...
La
escalera estaba fría y oscura. Tanteando el terreno con cuidado, Hamilton se
aventuró por las tinieblas, descendiendo peldaño a peldaño. Recuperó cierta
cantidad de confianza en sí mismo, animado por la rutina familiar del galanteo
inminente. En silencio, tarareando para sí, avanzó hacia las negras
profundidades del sótano con el reflejo automático hijo de la larga
experiencia...
Algo
áspero y viscoso le rozó la pierna, tropezó con ella y se mantuvo allí, un
ramal grueso y fangoso se le enrolló en la canilla. Agitó la pierna con
violencia para liberarse. Y a sus pies, en la parte inferior de la escalera,
algo peludo y pesado se deslizó hasta la sala de audiciones y allí dentro se
quedó, completamente inmóvil.
Sin
alterar el cuerpo, Hamilton se aferró a la pared de la escalera. Extendió el
brazo y, a tientas, buscó el interruptor de la luz situado en el fondo. Sus
dedos consiguieron tocarlo y, mediante un rápido giro, una brusca maniobra, lo
accionó y retrocedió. La luz cobró vida parpadeante: ramalazos de claridad
amarillenta que atravesaron a intervalos la lobreguez del sótano.
A
través de la escalera de la cueva colgaba un tosco manojo de ramales y cabos,
algunos de ellos rotos y otros entrelazados, formando un deforme cable de color
gris. Una red, torpe trabajo de hilado, fabricada apresuradamente, sin
delicadeza de ninguna clase, por algo inmenso, achaparrado y bestial. Bajo los
zapatos de Hamilton, los peldaños tenían una capa de polvo. El techo estaba
manchado con amplias rayas de suciedad, como si la hilandera de aquella red se
hubiese deslizado por todas partes, explorando hasta el último rincón y hasta
la grieta más insignificante.
Agotado,
desprovisto de vigor, Hamilton se dejó caer en un escalón. La adivinaba allí,
abajo, esperando en la fétida oscuridad de la sala de audiciones. La había
aterrorizado al tropezar con la medio terminada tela de araña. Aquella red no
era lo bastante fuerte como para retenerle; aún estaba en condiciones de
bregar... de liberarse.
Así,
pues, forcejeó, despacio, con afanoso cuidado, incomodando a la red lo menos
posible. Las hebras se apartaron y su pierna estuvo libre del todo. Notó que
tenía los pantalones cubiertos por una densa sustancia pegajosa, como si una
babosa gigantesca hubiera serpenteado por ellos. Estremeciéndose, Hamilton se
agarró a la barandilla e inició el ascenso de la escalera.
Sólo
había subido dos peldaños cuando las piernas, actuando por su cuenta, se
negaron a llevarle más arriba. Su cuerpo comprendió lo que el cerebro se negaba
a aceptar. Volvía a retroceder escaleras abajo. Descendía, hacia la sala de
audiciones.
Aturdido,
aterrado, dio media vuelta y gateó en dirección opuesta. Y, de nuevo, se
repitió la monstruosidad... la escabrosa y adhesiva pesadilla. Aún seguía
bajando... debajo de donde se encontraba, las oscuras sombras, la suciedad, la
porquería... todo se preparaba para acogerle.
Estaba
cogido en la trampa.
Mientras
se contraía sobre sí mismo, mirando con hipnotizada fascinación hacia el pie de
la escalera, se produjo un ruido. Por encima de él, a su espalda, Marsha había
aparecido en lo alto.
—¿Jack?
—llamó titubeante.
—No
bajes —ordenó Hamilton, y volvió la cabeza levemente, hasta que pudo distinguir
vagamente la iluminada silueta del cuerpo de su esposa—. Mantente lejos de la
escalera.
—Pero...
—Quédate
donde estás.
Hamilton
respiraba entrecortadamente, pegado a los escalones, con los dedos apretados
con fuerza en torno a la barandilla, mientras se esforzaba en recuperar parte
de su vigor. Tenía que avanzar despacio; debía abstenerse de brusquedades, de
trepar irreflexivamente en dirección al brillante quicio de la puerta superior
y a la esbelta imagen de su esposa, que se recortaba en el umbral.
—Dime
de qué se trata —pidió Marsha con voz aguda.
—No
puedo.
—Si
no me lo dices, bajaré.
Estaba
dispuesta a hacerlo; se apreciaban matices resueltos en su tono de voz.
—Cariño
—repuso Hamilton roncamente—. Parece que no puedo volver escaleras arriba.
—¿Estás
herido? ¿Te caíste?
—No
estoy herido. Algo ocurrió. Cuando intento subir... —Respiró hondo,
estremecido—, me encuentro con que bajo.
—¿Puedo...
puedo hacer algo? ¿No quieres ponerte de cara a mí? ¿Tienes que darme la
espalda?
Hamilton
emitió una risita furibunda.
—Claro
que me volveré de cara a ti...
Agarrado
al pasamanos, se retorció cautelosamente... pero continuó mirando la sombría
caverna llena de polvo y sombras.
—Por
favor —imploró Marsha—. Por favor, vuelve la cabeza.
Un
manantial de rabia brotó en el interior de Hamilton... una furia impotente e
imposible de expresar. Emitió un juramento ahogado y se incorporó.
—¡Al
diablo contigo! —saltó—. ¡Al diablo con...!
Desde
una distancia lejanísima, llegó el repique musical del timbre de la puerta de
entrada a la casa.
—Alguien
está llamando a la puerta —anunció Marsha, frenética.
—Muy
bien. Ve a abrir y que pase quien sea —repuso Hamilton. Le importaba todo un
comino; se había dado ya por vencido.
Durante
unos segundos, Marsha luchó consigo misma. Luego, con un agitado revoloteo de
faldas, se alejó. La luz del pasillo cruzó el umbral y se desparramó por la
escalera, a espaldas de Hamilton, proyectando sombras imponentes sobre los
peldaños. Incluida la del propio Hamilton, alargada e inmensa...
—Santo
Dios —articuló una voz, una voz masculina—: ¿Qué está haciendo ahí abajo, Jack?
El
ingeniero atisbó por encima del hombro, para distinguir la torva y erecta
figura de Bill Laws.
—Ayúdeme
—pidió Hamilton sosegadamente.
—En
seguida. —Laws se volvió hacia Marsha, que se había detenido junto a él. Le
ordenó—: Quédese aquí arriba. Agárrese a algo firme, para no caerse. —Laws le
tomó una mano y apretó los dedos en el ángulo de la esquina de la pared—.
¿Podrá sostenerse agarrada aquí?
Marsha
asintió.
—Creo...
creo que sí.
El
guía negro tomó la otra mano de la mujer y empezó a aventurarse cautelosamente
por la escalera. Descendió peldaño a peldaño, sin soltar la mano de Marsha.
Cuando hubo bajado todo lo que le permitía la longitud de los brazos, se agachó
y alargó la mano hacia Hamilton.
—¿Puede
agarrarse? —gruñó.
Sin
volverse, Hamilton tendió el brazo hacia atrás todo lo que pudo. No veía a Bill
Laws, pero adivinaba su presencia cercana y podía oír la áspera y rápida
respiración del negro, que estaba en cuclillas, por encima de él, tratando de
que los dedos de ambos se enlazasen.
—No
hay posibilidad —manifestó Laws desapasionadamente—. Se encuentra usted
demasiado abajo.
Hamilton
cedió, tenía el brazo dolorido, así que lo retiró a su posición normal y se
sentó en el escalón.
—Aguarde
donde está —dijo Laws—. No tardaré en regresar.
Subió
la escalera hasta el pasillo, acompañados sus pasos por una serie de crujidos,
tiró de Marsha y se alejó.
A su
regreso, iba acompañado de David Pritchet.
—Agárrate
a la mano de la señora Hamilton —aleccionó al chico—. No hagas preguntas;
limítate a cumplir lo que te diga.
Cogiéndose
de nuevo al ángulo de la esquina de la pared, en lo alto de la escalera, Marsha
cerró los dedos de la otra mano en torno a la del rapaz. Laws llevó al pequeño
escaleras abajo, todos los peldaños que podía, y entonces tomó la mano libre de
David, al que dejó atrás, para seguir descendiendo él.
—Allá
voy —gruñó—. ¿Listo, Jack?
Aferrado
a la barandilla, Hamilton extendió el otro brazo hacia la invisibilidad que
tenía a la espalda. El áspero resuello de Laws sonaba ya muy próximo; oía el
crujido de los peldaños, cada vez más cerca, a medida que el negro bajaba.
Luego, lo que le pareció inverosímil, la fuerte mano de Laws, un poco
resbaladiza a causa del sudor, se ciñó a la suya. Mediante un tirón furioso,
Laws consiguió liberarle de su situación comprometida y, a la fuerza, le fue
arrastrando escaleras arriba.
Jadeando,
respirando entrecortadamente, Hamilton y Laws llegaron a la alegre salvación
del pasillo superior. El asustado David giró a su alrededor, mientras Marsha
recuperaba el equilibrio y se llegaba a su tembloroso marido.
—¿Qué
ocurrió? —quiso saber Laws. Fue lo primero que preguntó, en cuanto le
respondieron la cuerdas vocales—. ¿Qué pasaba allá abajo?
—No...
—Hamilton a duras penas lograba hablar—. No podía volver a subir. Por mucho que
intentase volverme... —Tardó un minuto en reunir el aliento necesario para
rematar la frase—, siempre estaba mirando hacia el pie de la escalera.
—Hay
allí algo —articuló Laws—. Lo vi.
Hamilton
asintió.
—La
chica me estaba esperando.
—¿La
chica?
—Allí
fue donde la dejé. Se encontraba en la escalera cuando Edith Pritchet la
suprimió.
—Se
refiere a la camarera —gimió Marsha en tono agudo.
—Ha
reaparecido —explicó Hamilton, yendo por partes—. Pero en este mundo ninguna es
camarera.
—Siempre
estamos a tiempo de clausurar la puerta de la escalera, asegurándola con tablas
clavadas —sugirió Laws.
—Sí
—convino Hamilton—. La sellaremos con tablas. Dejaremos a la chica aislada, de
forma que no pueda llegar hasta mí.
—Eso
vamos a hacer —manifestó Laws, Marsha y él sostenían firmemente a Hamilton,
mientras éste continuaba con la vista fija en las sombrías profundidades,
cuajadas de telas de araña, de la escalera—. Aseguraremos la puerta con
tablones. No vamos a permitir que la chica llegue a usted.
XIV
TENEMOS
QUE APODERARNOS DE LA SEÑORITA REISS —declaró Hamilton, mientras todos los
demás miembros del grupo pasaban de la parte delantera de la casa a la sala de
estar—. Y después hay que acabar con ella. De un modo rápido y completo. Sin
vacilaciones de ninguna clase. En cuanto la tengamos a nuestro alcance,
físicamente hablando.
—Nos
destruirá —murmuró McFeyffe, agorero.
—A
todos, no. Tal vez, en el peor de los casos, a la mayoría.
—Aparte
de que eso sería preferible —opinó Laws.
—Sí
—dijo Hamilton—, mucho mejor que permanecer cruzados de brazos. Hay que poner
punto final a este mundo.
—¿Alguien
no está de acuerdo? —inquirió Arthur Silvester.
—No
—intervino Marsha—. Nadie discrepa.
—¿Qué
dice usted, señora Pritchet? —preguntó Hamilton—. ¿Cuál es su opinión?
—Naturalmente,
debemos lograr dormirla —articuló la señora Pritchet—. Pobrecilla.
—¿Pobrecilla?
—Este
es el mundo en el que siempre ha vivido. Un mundo espantoso, demente, horrible.
Imagínenselo... año tras año. Un mundo de voracidad y terrores continuos.
Con
los ojos clavados en las tablas que clausuraban la puerta del sótano, David
Pritchet preguntó, nervioso, sin tenerlas todas consigo:
—¿No
podrá subir aquí ese bicho?
—No
—le tranquilizó Laws—. Le es imposible. Permanecerá abajo hasta que se muera de
inanición. O hasta que terminemos con la señorita Reiss.
—Entonces,
todos estamos conformes —resumió Hamilton—. Al menos, ya es algo. Este es un
mundo en el que ninguno de nosotros desea estar.
—Bien
—terció Marsha—, hemos decidido que lo más conveniente, lo que queremos hacer
es poner fin al imperio de la señorita Reiss. Sólo falta determinar cómo
llevarlo a cabo.
—Una
observación oportuna —señaló Arthur Silvester—. Va a resultar difícil la tarea.
—Pero
no imposible —dijo Hamilton—. Tuvimos éxito con usted; lo conseguimos también
con Edith Pritchet.
—¿Han
observado que de una vez para otra las complicaciones aumentan? —comentó
Silvester pensativamente—. Ahora desearíamos encontrarnos en el mundo de la
señora Pritchet...
—Y
cuando estábamos en el mundo de la señora Pritchet —terminó McFeyffe, sombrío—,
nos hubiera gustado hallarnos en el de usted.
—¿Qué
insinúan? —inquirió Hamilton, inquieto.
—Quizás
alberguemos idéntico deseo —repuso Silvester—, cuando nos veamos en el mundo
siguiente.
El
que nos aguarda debería ser el mundo real —dijo Hamilton—. Tarde o temprano
llegaremos a la meta de esta condenada carrera.
—Pero
todavía falta —objetó Marsha—. Somos ocho y solamente hemos pasado por la
experiencia de tres. ¿No nos quedan cinco aún por delante?
—Hemos
estado en tres mundos imaginarios —convino Hamilton—. Tres mundos cerrados que
no rozan la realidad en ningún punto. Una vez en ellos... resultó que, al
parecer, carecían de salida. Sin embargo, hasta el momento no podemos quejamos
de nuestra suerte. No ha sido mala. —En tono reflexivo, añadió—: Por otra
parte, no estoy seguro de que el resto de nosotros viva sumido en fantasías
absolutas.
Al
cabo de unos segundos, Laws profirió:
—¡Pedante
hijo de zorra!
—Podría
ser cierto.
—Tal
vez.
—Usted
queda incluido.
—No,
gracias.
—Usted
—manifestó Hamilton— es un cínico y un neurótico, pero también es realista.
Igual que yo. Lo mismo que Marsha. Y que McFeyffe. Y que David Pritchet. Tengo
la impresión de que estamos a dos pasos de salir de una vez de los reinos de la
fantasía.
—¿Qué
significa todo eso, señor Hamilton? —interrogó la señora Pritchet,
desconcertada—. No lo entiendo.
—No
esperaba que lo comprendiese —repuso Hamilton—. No es imprescindible.
—Muy
interesante —comentó McFeyffe—. Y puede que tenga razón. Estoy de acuerdo en lo
que se refiere a usted, a Laws, al chico y a mí mismo. Pero disiento en cuanto
a Marsha. Perdone, señora Hamilton.
Pálida,
Marsha replicó:
—No
ha olvidado aquello, ¿verdad?
—Esa
es la idea que tengo de un mundo quimérico.
—También
es la que tengo yo. —Con los labios blancos como el papel, Marsha adujo—: Las
personas de su especie...
—¿De
qué están hablando? —interrumpió Laws, impaciente.
—Quizá
sí. ¿A qué viene todo eso?
Marsha
lanzó una mirada a su esposo.
—No
me asusta que todo salga a la luz. McFeyffe ya convirtió el asunto en algo casi
público.
—Tuvimos
que efectuar ese informe —dijo McFeyffe, sin alterarse—. Nuestras vidas
dependían de ello.
—Marsha
fue acusada de ser comunista —explicó Hamilton—. McFeyffe se encargó de
presentar los cargos. Se trata de algo absurdo por completo, naturalmente.
Laws
reflexionó durante unos segundos.
—Podría
tener graves consecuencias. No me gustaría verme atrapado en esa clase de
entelequia.
—No
hay posibilidad —le tranquilizó Hamilton.
Una
mueca dura y amarga decoró el oscuro semblante de Laws.
—Ya
me falló una vez, Jack.
—Lo
siento.
—No
—repuso Laws—, no tiene por qué sentirlo. Es probable que le asistiera toda la
razón. El olor del jabón perfumado no me hubiese complacido durante mucho
tiempo. Pero... —Se encogió de hombros—, por lo que afecta a lo que tenemos
entre manos, me parece que se equívoca. Hasta que logremos salir de este
maldito jaleo... —Se interrumpió—. En fin, olvidemos lo pasado y afrontemos la
situación presente. Y lo que nos espera, que no es poco.
—Otra
cosa —dijo Hamilton—, antes de olvidar el pasado.
—¿De
qué se trata?
—Gracias
por sacarme del atasco de esa escalera.
Laws
esbozó una sonrisa fugaz.
—De
acuerdo. No cabe duda de que usted parecía infinitamente pequeño y triste,
agachado ahí abajo. Creo que aunque no se me hubiese garantizado el regreso,
habría descendido hasta el fondo, de ser necesario. Usted no era gran cosa, en
aquel escalón. Y menos teniendo en cuenta lo que vi en el fondo.
A la
vez que daba media vuelta hacia la cocina, Marsha anunció:
—Empezaré
a preparar el café. ¿Desea alguien comer algo?
—Pues,
tengo bastante apetito —se apresuró a aceptar Laws—. He venido directamente de
San José. Me puse en camino apenas desapareció la fábrica de jabón.
—¿Qué
surgió en su lugar? —preguntó Hamilton, mientras todos se disponían a ir en pos
de Marsha, pasillo adelante.
—Algo
que no conseguí determinar. Una especie de factoría que produce instrumentos
metalúrgicos. Tenazas y pinzas, herramientas de esas que sirven para coger
cosas. Instrumental quirúrgico. Muy extraño todo. Cogí un par pero no saqué
nada en claro respecto a su utilidad.
—¿No
conocía otros productos semejantes?
—No,
en el mundo real no los vi nunca. Probablemente se trata de algo que la
señorita Reiss vislumbró de lejos. Algo que no comprendió bien para qué
serviría.
—Instrumentos
de tortura —supuso Hamilton.
—Es
muy posible. Me largué de allí a toda prisa, como es lógico, y cogí el autobús
que cubre el trayecto península arriba.
Marsha
se había subido a una pequeña escalera plana y estaba abriendo la puerta de un
armarito situado encima del fregadero.
—¿Qué
les parece si abrimos unas latas de melocotón en almíbar? —propuso.
—Estupendo
—aplaudió Laws—. Algo que esté a mano.
Cuando
Marsha alargó el brazo hacia el interior del armario, la lata de melocotón se
deslizó de la pila, rodó unos centímetros y fue a caer encima del pie de la
muchacha. El dolor hizo abrir la boca a Marsha que, al mismo tiempo que lanzaba
un «¡ay!», saltó de la escalera. Otro bote rodó hacia adelante, permaneció un
segundo en el borde de la superficie del armario y luego cayó a plomo.
Retorciéndose lateralmente, Marsha a duras penas consiguió esquivarlo.
—¡Cierra
el armario! —ordenó Hamilton en tono agudo.
Pero
lo hizo él, adelantándose presuroso; sin utilizar la escalera, levantó los
brazos y cerró de golpe la puerta de madera. El sordo golpear de los
recipientes de hojalata contra los paneles resultó claramente audible. Durante
cierto intervalo, continuó aquel ruido; después, como de mala gana, acabó por
cesar.
—Un
pequeño accidente —calificó la señora Pritchet con voz trivial.
—Tratemos
de considerarlo desde un punto de vista racional —dijo Laws—. Son cosas que
suceden a menudo.
—Pero
no nos encontramos en un mundo normal —señaló Arthur Silvester—. Este es el
mundo de la señorita Reiss.
—Y
si una cosa así le ocurrió a la señorita Reiss —convino Hamilton—, no pensaría
que se trataba de un accidente.
—Entonces,
¿fue intencionado? —preguntó Marsha con un hilo de voz, agachada y frotándose
el pie lastimado—. Esa lata de melocotón...
Hamilton
recogió la lata y fue con ella hacia el abridor de la pared.
—Tendremos
que andarnos con cien ojos. A partir de ahora, estaremos predispuestos a sufrir
accidentes semejantes. Con la venganza como fundamento.
En
cuanto hincó el diente al primer trozo de melocotón, Laws esbozó una mueca y,
de inmediato, llevó el plato al sumidero.
—Comprendo
lo que quiere decir.
Cautelosamente,
Hamilton probó la fruta en conserva. En vez de la suavidad propia de aquellos
alimentos, su lengua y su paladar se vieron asaltados por un sabor ácido y
metálico, que le produjo náuseas y que le impulsó a escupir rápidamente en el
fregadero lo que se había introducido en la boca.
—Está
agrio —se atragantó.
—Es
veneno —articuló Laws calmosamente—. Es cuestión de tener cuidado con eso
también.
—Quizás
deberíamos hacer un inventario —propuso la señora Pritchet, que se sentía muy
incómoda—. Sería conveniente intentar descubrir cómo actúan las cosas
inanimadas.
—Excelente
idea —asintió Marsha con un estremecimiento—. Así nos evitaremos sorpresas.
—Con expresión dolorida, volvió a calzarse el zapato y renqueó hasta donde se
hallaba su marido—. Todo dotado de vida propia, animado por el odio y por las
peores intenciones, deseoso de causar daño...
Cuando
regresaban por el pasillo, la luz de la sala de estar se apagó por las buenas.
La estancia quedó sumida en tinieblas.
—Bueno
—articuló Hamilton en voz baja—, ahí tenemos otro accidente. Se fundió la
bombilla. ¿Quién quiere cambiarla?
Nadie
se ofreció de voluntario para aquella tarea.
—La
dejaremos tal como está —decidió Hamilton—. No merece la pena. Mañana, a la luz
del día, me encargaré de eso.
—¿Y
si todas las luces se apagaran? —preguntó Marsha.
—Buena
pregunta —reconoció Hamilton—. Pero no puedo contestarla. Supongo que nos
pondríamos a buscar velas desesperadamente. Sistemas de iluminación
independientes: linternas, encendedores...
—La
pobre loca... —murmuró Marsha—. Cada vez que se apagaran las luces en su piso,
se quedaría sentada en la oscuridad, a la espera de que los monstruos
descendiesen sobre ella. Pensando continuamente, convencida, segura de que todo
obedecía a una conjura tramada contra ella.
—Lo
mismo que estamos nosotros pensando ahora —dijo McFeyffe, melancólico.
—Pero
en nuestro caso es cierto —repuso Laws—. Este es el mundo de Joan Reiss. Aquí,
cuando se produce un apagón...
En
las negruras de la sala de estar, el teléfono empezó a repicar.
—Y
eso también —silabeó Hamilton—. ¿Qué creen ustedes que piensa esa mujer cuando
suena el teléfono en circunstancias como esta? Será mejor que probemos a
adivinarlo por anticipado: ¿Qué significa el timbre del teléfono para una
paranoica?
—Supongo
que eso dependerá de la paranoica —respondió Marsha.
—Evidentemente,
en este caso, lo que trata el aparato es de atraerla hacia la sala. Y, en
consecuencia, no va a descolgarlo.
Aguardaron.
Al cabo de un rato, el teléfono dejó de sonar. Los siete reunidos comenzaron a
respirar aliviados.
—Será
mejor que volvamos a la cocina y nos quedemos allí —propuso Laws, al tiempo que
giraba sobre sus talones y emprendía el regreso—. No nos hará daño estar allí;
es una habitación bonita acogedora y agradable.
—Una
especie de fortaleza —añadió Hamilton, morboso.
Cuando
Marsha trató de guardar la segunda lata de melocotón en la heladera, la puerta
de ésta se negó a abrirse. La mujer permaneció con la lata en una mano,
forcejeando con el picaporte, hasta que su marido se le acercó y la instó para
que se apartara de allí.
—Lo
único que se me ocurre es que estoy nerviosa —murmuró Marsha—. Probablemente el
sistema de apertura está bien. Aunque siempre se atranca un poco.
—¿Alguien
puso en marcha el tostador? —preguntó la señora Pritchet. Encima de la mesita
de la cocina, el aparato emitía un zumbido característico—. Está caliente como
un horno.
Hamilton
se llegó a la mesita e inspeccionó el tostador. Después de un breve e inútil
forcejeo con el termostato, se dio por vencido y arrancó el cordón. El elemento
térmico del tostador no tuvo más remedio que apagarse.
—¿En
qué podemos confiar? —preguntó la señora Pritchet, temerosa.
—En
nada —repuso Hamilton.
—Resulta
tan... grotesco —protestó Marsha.
Con
aire pensativo, Laws abrió el cajón próximo al fregadero.
—Puede
que nos haga falta un poco de protección —dijo.
Rebuscó
entre los utensilios del cajón hasta dar con lo que buscaba: un cuchillo de
cortar carne, de hoja de acero y grueso mango. Cuando sus dedos se cerraban en
torno al instrumento, Hamilton avanzó un paso y le asestó un tirón de la manga.
—Tenga
cuidado —advirtió—. Recuerde lo que ha ocurrido con la lata de melocotón.
—Pero
esto lo necesitamos de verdad —replicó Laws, irritado. Eludiendo a Hamilton,
levantó el cuchillo—. He de tener algo para defenderme, usted ya cuenta con esa
pistola, que abulta como un ladrillo.
Durante
unos segundos, el cortante utensilio permaneció inmóvil en la palma de la mano
del negro. Después mediante un retorcimiento decidido, dio media vuelta como si
estuviera dotado de vida propia y se disparó hacia el estómago de Laws. Con
espléndida agilidad, el negro eludió la cuchillada y el arma fue a hundirse en
la madera del panel situado debajo del fregadero. Rápido como una centella,
Laws levantó el pie y, con la gruesa suela de su zapato, sacudió un golpe al
mango del cuchillo. Este se rompió con un chasquido metálico, mientras la hoja
quedaba embebida en la madera. Allí continuó, vibrando impotente.
—¿Lo
ve? —articuló Hamilton en tono seco.
Abrumada,
débil, a punto de desmayarse, la señora Pritchet se derrumbó encima de una
silla que había junto a la mesita.
—¡Oh,
Dios mío! —murmuró—. ¿Qué vamos a hacer? —Su voz se transformó en un gemido
incoherente—. ¡Oh...!
Marsha
reaccionó con rapidez: cogió un vaso del armario y se aproximó en dos zancadas
al grifo del agua.
—Le
daré un vaso de agua fresca, señora Pritchet.
Pero
el líquido que surgió del grifo no fue agua. Era sangre, sangre roja, espesa y
tibia.
—¡La
casa! —articuló Marsha con un hilo de voz, al tiempo que cerraba el grifo.
Sobre el esmalte blanco del fregadero se había formado un horrible charco rojo,
que se deslizaba de mala gana, despacio, rumbo al tubo de desagüe—. ¡La casa
tiene vida propia!
—Así
es —convino Hamilton—. Y nosotros estamos dentro.
—Creo
que todos se mostrarán de acuerdo —dijo Arthur Silvester— en que lo mejor que
podemos hacer es salir de aquí. La cuestión es: ¿Nos resultará posible hacerlo?
Hamilton
se acercó a la puerta trasera y probó a abrir el pestillo. Se mantuvo firme,
por más que tiró de él con todas sus fuerzas, no logró correrlo un solo
milímetro.
—Por
aquí, no —respondió.
—Siempre
se atasca —dijo Marsha—. Trataremos de salir por la puerta de la fachada
delantera.
—Pero
eso nos obliga a atravesar la sala —observó Laws.
—¿Se
le ocurre otra sugerencia mejor?
—No
—concedió Laws—. Salvo la de que intentemos lo que intentemos, vale más hacerlo
en seguida.
En
fila india, los siete avanzaron con precaución por el pasillo sumido en la
penumbra, hacia el pozo de tinieblas que era la sala de estar. Hamilton
encabezaba la comitiva. Se daba cuenta de que, al fin y al cabo, era su casa y,
por lo tanto, eso le proporcionaba cierta dosis de valor. Al menos en teoría.
Acaso, aunque era una esperanza muy tenue, la propiedad le confería algún
beneficio.
Del
respiradero de la calefacción del pasillo brotaba un jadeo rítmico. Hamilton se
detuvo y aguzó el oído. El aire que pasaba por allí era cálido... ¡y fragante!
No se trataba del hálito rancio y muerto que podía esperarse de un aparato
mecánico, sino el aliento personal y cálido generado por un organismo dotado de
vida. Abajo, en el sótano, el horno respiraba. El aire se movía, avanzaba y
retrocedía, a medida que la casa viviente inhalaba y exhalaba.
—¿Es...
macho o hembra? —preguntó Marsha.
—Macho
—contestó McFeyffe—. La señorita Reiss tiene miedo a los hombres.
El
aire que circulaba olía a humo de tabaco, a cerveza rancia y a sudor masculino.
El áspero conjunto de emanaciones que la señorita Reiss debió de percibir en
los autobuses, los ascensores o los restaurantes. El tufo, para ella
desagradable, despedido por hombres de mediana edad.
—Probablemente,
así huele su amigo cuando le lanza el aliento por la nuca —comentó Hamilton.
Marsha
se estremeció.
—Y
volver a casa y olfatearlo a su alrededor...
Era
harto posible que, en aquellos instantes, la instalación eléctrica del edificio
constituyese un sistema neurálgico, portador de los impulsos nerviosos de la
criatura-vivienda. ¿Por qué no? Por las tuberías de agua circulaba sangre; los
tubos de la calefacción llevaban aire a los pulmones situados en el sótano. A
través de la ventana de la sala, Hamilton distinguió las hiedras que Marsha
había conseguido, tras penosos esfuerzos, convencer para que trepasen por el
muro hasta el tejado. En la oscuridad de la noche, aquellas hiedras ya no eran
verdes; tenían un color pardo sucio.
Como
el pelo. Como la cabellera espesa y llena de caspa de un comerciante entrado en
años. Las hiedras parecían resoplar tenuemente, era un ominoso temblequeo que
enviaba partículas de polvo y soplos de vapor hacia el prado exterior.
Bajo
los pies de Hamilton, el piso se removió. Al principio, ni siquiera se dio
cuenta; pero cuando la señora Pritchet comenzó a gemir, Hamilton identificó
aquellas tenues ondulaciones del suelo.
Se
inclinó y tocó con la palma de la mano una baldosa asfáltica. Estaba
caliente... como la carne humana.
También
tenían calor las paredes. Y carecían de dureza. No eran la superficie firme,
rígida, de pintura, ladrillo, yeso, papel y madera, sino algo suave, que cedía
bajo la presión de los dedos.
—Vamos
—apremió Laws, tenso—. Adelante.
Cautelosas,
como animales acorralados, las siete personas se aventuraron por la oscuridad
de la sala. La alfombra no cesaba de estremecerse bajo sus zapatos. En torno
suyo, percibían la inquietud de una presencia viva, que se agitaba, que se
enojaba, que forcejeaba con irritación.
Atravesar
la sala a oscuras representó un trayecto inacabable. Por todos lados, lámparas
y libros se revolvían hoscamente. En una ocasión, la señora Pritchet lanzó un
irreflexivo grito de pánico: el cordón del televisor se le había enrollado en
torno a un tobillo. Con un rápido gesto de la mano, Bill Laws dio un tirón al
cable, lo rompió y liberó a la señora Pritchet. Tras ellos, el cordón fustigó
el suelo con impotente furia.
—Casi
hemos llegado al final —dijo Hamilton, dirigiéndose a las vagas formas humanas
que le seguían.
Vislumbraba
ya la puerta, distinguía el picaporte. Empezó a alargar el brazo. Al tiempo que
rezaba en silencio, fue acercándose: un metro, cincuenta centímetros, un
palmo...
De
pronto, le pareció estar subiendo por una empinada cuesta.
Estupefacto,
retiró la mano. Sí, se encontraba sobre un piso de materia resbaladiza, el cual
aumentaba su desnivel por momentos. Repentinamente, se vio rodando y cayendo
hacia atrás. Agitó los brazos para recuperar el equilibrio y levantarse. Los
siete habían retrocedido a la fuerza hasta el centro de la sala y permanecían
allí, en confuso montón. Reinaban las negruras en el pasillo; hasta la luz de
la cocina se había apagado. Sólo se veía el tenue titilar de las estrellas, más
allá de las ventanas... Diminutos puntitos luminosos, que brillaban lejos, muy
lejos.
—Es
la alfombra —informaba Bill Laws en un murmullo incrédulo—. Nos... obligó a
volver.
Debajo
de ellos, la alfombra se estremeció violentamente. Una superficie blanda,
cálida y esponjosa, que ya empezaba a manifestarse húmeda. Al incorporarse,
Hamilton chocó contra una pared... y se encogió sobre sí mismo. La pared
desprendía un denso fluido líquido, una especie de saliva que formaba sobre
ella una capa ávida.
La
casa viviente se preparaba para alimentarse.
Pegado
a la pared, Hamilton trató de salirse de la alfombra, pero el extremo de ésta
se retorcía astutamente e intentaba retenerle, mientras avanzaba hacia la
puerta frontal, tembloroso y empapado en sudor. Un paso. Dos. Tres. Cuatro. A
su espalda, otras figuras le imitaban... pero no todas.
—¿Dónde
está Edith Pritchet? —inquirió Hamilton.
—Ha
desaparecido —repuso Marsha—. Fue rodando hacia atrás y se perdió de vista...
en el pasillo.
—La
garganta —expresó Laws.
—Nos
encontramos en la boca —manifestó David Pritchet con voz débil.
La
húmeda y caliente carne de la parte interior de la boca de aquella criatura se
adosó a Hamilton. Una presión que provocó en el ingeniero una serie de
escalofríos de repugnancia. Bregando para avanzar, alargó de nuevo la mano
hacia el pomo de la puerta y concentró todo su interés en el pequeño círculo de
metal, que rutilaba levemente.
Esa
vez consiguió agarrarlo. Dio un enorme tirón y la puerta quedó de par en par.
Las vagas formas que iban tras él dejaron oír sonidos entrecortados cuando la
noche se hizo visible de pronto. Las estrellas, la calle, las siluetas de las
casas alzadas en la acera de enfrente, los árboles cuyas enramadas se movían a
impulsos del viento... y el aire fresco y terso.
Eso
fue todo. Sin previo aviso, el rectángulo de la entrada comenzó a contraerse.
La puerta fue empequeñeciéndose de modo paulatino, a medida que las paredes se
unían.
Sólo
quedó una minúscula grieta, como si fuesen los labios; el muro se había juntado
casi del todo, haciendo desaparecer el hueco de lo que había sido una puerta.
A
espaldas del grupo soplaba el rancio y pestilente aliento. Ondulaba la lengua,
voraz. Las paredes rezumaban saliva. En la oscuridad, alrededor de Hamilton,
voces humanas emitían agudos chillidos de terror. Sin hacer caso de los gritos,
el ingeniero forcejeó para introducir las manos y los brazos en la menguante
cavidad de la antigua puerta frontal. Notó que el suelo empezaba a elevarse. Y
el techo, lenta e inexorablemente, descendía. Con rítmica precisión, iban a
unirse; se encontrarían en cuestión de un momento.
—Mastica
—jadeó Marsha en la oscuridad, junto a Hamilton.
Este
siguió bregando con todas sus energías. Aplicando el hombro a lo que había sido
la entrada, empujó, batalló, se afanó, clavó las manos y rasgó la blanda carne.
Arrancó jirones de sustancia orgánica, con los dedos. Y trozos mayores, a base
de escoplear con las uñas.
—¡Ayúdenme!
—pidió a voces, dirigiéndose a las figuras que se movían en torno suyo.
Bill
Laws y Charley McFeyffe se apartaron de aquel légamo de saliva y la
emprendieron frenéticamente con la puerta. Pronto apareció una abertura. Con la
colaboración de Marsha y David Pritchet, se las arreglaron para ampliarla hasta
que quedó constituido un boquete circular en la carne.
—Afuera!
—saltó Hamilton, y empujó a su esposa a través de la brecha. Marsha cayó de
bruces en el porche y se alejó rodando sobre si misma—. Ahora, usted —indicó
Hamilton a Silvester.
El
viejo franqueó el agujero, auxiliado por unos cuantos empellones. Después de
él, pasó Laws y, a continuación, McFeyffe. Hamilton miró en derredor y comprobó
que, aparte de sí mismo, allí no quedaba nadie más que David Pritchet. El techo
y el suelo estaban a punto de unirse; no había tiempo para preocuparse de
ninguna otra persona.
—Pasa
por ahí. —Hamilton levantó al joven en peso y lo colocó al otro lado del
boquete palpitante. Después, retorciéndose y contorsionándose, franqueó también
la abertura.
A su
espalda, dentro de la boca de la criatura, el suelo y el techo se juntaron. Se
oyó un crujido agudo cuando se encontraron las duras superficies. Un chasquear
de cosas cascadas, que se repitió una y otra vez.
La
señora Pritchet, que no había logrado salir, estaba siendo masticada.
Los
supervivientes del grupo se congregaron en el jardín delantero, a una distancia
segura de la casa. Ninguno de ellos abrió la boca para pronunciar una sola
palabra, mientras contemplaban las contracciones y dilataciones metódicas de
aquel ser infernal. Tuvo efecto el proceso digestivo. Por último, el movimiento
disminuyó. Se desarrollaron las últimas ondulaciones de actividad espasmódica
y, a continuación, la criatura quedó silenciosa.
Con
un zumbido opaco, descendieron las persianas de los ventanales, formando
sombras opacas, que continuaron en su lugar.
—Duerme
—manifestó Marsha, remota.
Hamilton
se preguntó ociosamente qué dirían los basureros cuando llegasen a recoger el
cubo de los desperdicios. Unos cuantos huesos les estarían aguardando en el
porche de atrás, un montón de huesos relucientes, bien apurados y expelidos
después. Y acaso encontrasen, asimismo, varios botones, corchetes y prendedores
de metal.
—Así
es —observó Laws.
Hamilton
echó a andar hacia el automóvil.
—Matarla
va a constituir un auténtico placer —declaró.
—No
es conveniente utilizar el coche —advirtió Laws—. No podemos fiarnos de él.
Hamilton
se detuvo y sometió el aviso a la consideración de sus meninges.
—Nos
acercaremos andando a su apartamento. Trataré de persuadirla para que salga, y
si conseguimos tenerla en terreno abierto, sin entrar en ningún...
—Lo
más probable es que ya esté en la calle —opinó Marsha—. Este asunto de las
cosas devoradoras de personas también funcionará contra ella. Tal vez ha muerto
ya; quizás el edificio de vecindad donde vive procedió a comérsela en cuanto
entró.
—No
ha muerto —señaló Laws sardónicamente—. De otro modo, no nos encontraríamos
aquí.
Brotó
una figura delgada de entre las sombras oscuras del garaje.
—Exacto
—confirmó una voz sosegada e incolora. Una voz familiar—. Aún estoy viva.
Hamilton
se sacó el 45 del bolsillo de la chaqueta. En el preciso instante en que sus
dedos quitaron el seguro del arma. una idea extraña le asaltó. En su vida había
usado pistola... ni siquiera había visto aquella antes. En el mundo real, jamás
fue propietario de ningún 45. El arma apareció con el mundo de la señorita
Reiss; formaba parte de su personalidad y existencia en aquella salvaje
fantasía patológica.
—¿Logró
escapar? —interrogó Laws a la señorita Reiss.
—Fui
lo bastante lista como para no subir a mi piso —llegó la respuesta de la
mujer—. En cuanto puse pie en la alfombra del portal, adiviné lo que habían
planeado. —Se apreciaban matices de triunfo frenético en la voz de la señorita
Reiss—. No son tan inteligentes como suponen.
—¡Dios
mío! —exclamó Marsha—. Pero si ni por lo más remoto...
—Ahora
van a intentar matarme, ¿no es cierto? —inquirió Joan Reiss—. Todos ustedes, el
grupo en pleno. Llevan algún tiempo conspirando para eso, ¿verdad?
—Verdad
—reconoció Laws súbitamente—. Así es.
La
señorita Reiss emitió una carcajada áspera y metálica.
—Lo
sabía. Y no les asusta presentarse ante mí de ese modo y confesarlo
descaradamente, ¿eh?
—Señorita
Reiss —intervino Hamilton—, desde luego, estamos conjurados para matarla. Pero
no podemos llevar a cabo nuestras intenciones. No hay ser humano, en este mundo
delirante, capaz de poner un dedo sobre su persona. Son esas alucinaciones que
la aterran lo que...
—Pero
—le interrumpió la señorita Reiss— ustedes no son seres humanos.
—¿Cómo?
—exigió una explicación Arthur Silvester.
—Claro
que no lo son. Me di cuenta de ello la primera vez que les vi, aquel día, en el
Bevatrón. Por eso sobrevivieron todos a la caída; saltaba a la vista que lo que
pretendían era colocarme allí y empujarme hacia la muerte. Pero no fallecí. —La
señorita Reiss esbozó una sonrisa—. También yo dispongo de algunos recursos
propios.
Articulando
las palabras muy despacio, Hamilton preguntó:
—Si
no somos seres humanos, ¿qué somos?
En
aquel momento, Bill Laws entró en acción. Remontándose un palmo por encima de
la húmeda hierba, se deslizó en línea recta hacia la pequeña y delgada figura
de Joan Reiss. Le habían brotado unas alas oscuras, como pergamino, que se
desplegaron y se agitaron entre las negruras nocturnas. Su impulso y dirección
fueron correctos; estuvo encima de la mujer antes de que ésta pudiera
esquivarle, antes de que tuviese tiempo de emitir un grito.
Lo
que había parecido ser una persona, resultó ser un ente de múltiples
articulaciones, que zumbaba y aleteaba, mientras envolvía el cuerpo de la
señorita Reiss, la cual apenas se resistió. La prolongada parte posterior de
aquella criatura monstruosa se retorció, buscando su presa. Mediante un rápido
rejonazo, se clavó en el cuerpo de la mujer, mantuvo la venenosa cola hundida
en la carne durante un breve intervalo y luego, saciada, se retiró. Poco a
poco, las garras chirriantes, aleteantes y horribles fueron soltando a la
víctima. La señorita Reiss se tambaleó y quedó a gatas, aturdida, boca abajo,
jadeante, sobre la mojada hierba.
—Se
alejará arrastrándose —profirió Arthur Silvester.
Echó
a correr hacia el cuerpo serpenteante de Joan Reiss y la obligó a volverse. Con
rapidez y eficiencia empezó a rociar con cemento rápido las huesudas caderas de
la mujer; a base de retorcerla varias veces, la dejó cubierta de una espesa
malla de resistentes fibras.
Cuando
hubo terminado, el insecto de larga cola en que se había convertido Bill Laws
levantó a la señorita Reiss entre sus garras y, mientras Silvester cogía una
hebra larga y la pasaba por encima de la rama de un árbol, sostuvo aquel
capullo, en cuyo interior vibraba débilmente la señorita Reiss. En cuestión de
segundos, la medio paralizada figura de la mujer, quedó suspendida de la rama
del árbol, en su bolsa de sustancia amorfa, cabeza abajo, vidriosas las pupilas
y abierta la boca. Se balanceaba ligeramente, a impulsos del viento de la
noche.
—Así
no podrá intentar nada —manifestó Hamilton, satisfecho—. Inmovilizada e
inofensiva.
—Me
alegro de que no la hayan matado —dijo Marsha con ansiedad—. Dispondremos de
tiempo para entendérnoslas con ella... No puede hacer nada.
—Pero
habrá que eliminarla tarde o temprano —señaló McFeyffe—. Después de disfrutar
un poco.
—Mató
a mi madre —chilló David Pritchet en tono alterado y con voz aguda.
Antes
de que cualquiera de los otros pudiese retenerle, se abalanzó hacia adelante,
se encogió sobre sí mismo para tomar impulso y saltó en dirección al
balanceante capullo. Alargó un tubo de alimentación, apartó las mallas del
capullo, rasgó el vestido de la mujer y taladró vorazmente la pálida carne. No
tardó en profundizar en las jugosidades del cuerpo. Al cabo de un rato, se dejó
caer al suelo, hinchado y aturdido, dejando tras de sí una osamenta
deshidratada.
Aquel
esqueleto cubierto de piel aún conservaba algo de vida, pero ésta se iba
agotando con rapidez. Los doloridos ojos empañados les miraban sin verlos. Joan
Reiss había perdido la consciencia; sólo anidaba en ella una chispa de
personalidad vaga y opaca.
Los
miembros del grupo la contemplaron calculadoramente, dándose perfecta cuenta de
que se estaban consumiendo los últimos segundos de la agonía de la señorita
Reiss.
—Se
lo merecía —articuló Hamilton, vacilante.
Una
vez cumplida la tarea, empezaba a tener sus dudas.
A su
lado, el insecto alado, de múltiples articulaciones, y numerosos aguijones que
era Bill Laws asintió en silencio.
—Claro
que sí —silabeó luego. Su voz no pasaba de ser un zumbido áspero y agudo—.
Acuérdese de lo que le hizo a Edith Pritchet.
—Será
estupendo salir de este mundo —añadió Marsha—. Regresar al nuestro, al real.
—Y
recobrar nuestras propias figuras —añadió Hamilton, al tiempo que lanzaba un
vistazo inquieto a Arthur Silvester.
—¿Qué
pretende decir? —preguntó Laws.
—No
lo entiende —adujo Silvester, con cierto dejo de ironía—. Estas son nuestras
figuras, Hamilton. Lo que pasa es que no habían aparecido antes. —Añadió—: Al
menos, ante sus ojos.
Laws
soltó una risa quebradiza.
—Escúchele.
Atienda su confesión. Dice lo que piensa. ¡Es usted interesantísimo, Hamilton!
—Acaso
debería escuchar también lo que piensan otros. E informarnos de lo que piensa
él —sugirió Silvester.
—Observémosle
—convino Laws—. Acerquémonos a donde podamos ver qué tiene que decir.
Averigüemos qué puede hacer.
Estupefacto
y despavorido, Hamilton manifestó:
—Acaben
con la señorita Reiss y pongamos fin a esto... Aunque lo ignoran, ustedes
forman parte de su demencia.
—Me
pregunto a qué velocidad puede correr —conjeturó Arthur Silvester, mientras se
aproximaba a Hamilton lentamente.
—No
se me acerque —advirtió Hamilton, y empuñó la pistola.
—Y
su esposa —siguió diciendo Silvester—. Vamos a darle una carrerita.
—La
quiero yo —reclamó David Pritchet, ávido—. Déjenla para mí, si quieren. Pueden
impedirle que intente...
Suspendida
dentro de su capullo, la señorita Reiss falleció en silencio, sosegadamente. Y,
sin el más mínimo ruido, el mundo que les rodeaba a todos expiró y se deshizo
en millones de partículas.
Aliviadísimo,
Hamilton tiró hacia sí de la borrosa figura de Marsha y la retuvo a su lado.
—Gracias
a Dios —murmuró—. Ya hemos salido de ésta.
Su
esposa se oprimió contra él.
—Lo
que se dice en el último segundo, ¿verdad?
Remolinos
de sombras giraban a su alrededor, mientras cargado de paciencia, Hamilton
permanecía a la expectativa. Les aguardaban momentos de dolor cuando emergiesen
en el piso de cemento armado de la cámara del Bevatrón. Todos ellos estaban
heridos; tendrían que pasar por un período de sufrimiento y de lenta
recuperación... Jornadas larguísimas y vacías, en el hospital. Pero merecía la
pena. Desde luego que sí.
Las
sombras se aclararon. No estaban en el Bevatrón.
—Otra
vez en danza —silabeó Charley McFeyffe con voz lenta y pesada. Se levantó del
húmedo césped y se quedó inmóvil, agarrado a la barandilla del porche.
—Pero
si no es posible —protestó Hamilton—. No había nadie más. Hemos pasado por
todos.
—Se
equivoca —replicó McFeyffe—. Ya se lo dije. Le puse sobre aviso respecto a
Marsha, pero no quiso hacerme caso.
Estacionada
junto al cordón de la acera, delante de la casa de Hamilton había un ominoso
automóvil de color negro. Las puertas posteriores del vehículo se abrieron
bruscamente y saltó al suelo una figura voluminosa, que atravesó a largas
zancadas el jardín, en dirección a Hamilton. Tras el primer individuo iban unos
hombres de torva expresión, gigantescos, con abrigo y sombrero, hundidas
amenazadoramente las manos en los bolsillos.
—Conque
está aquí, ¿eh? —rezongó el sujeto corpulento que marchaba en cabeza—. Muy
bien, Hamilton. Vamos.
Al
principio, Hamilton no le reconoció. El rostro del hombre era una masa de carne
pastosa, pervertida por una débil barbilla y un par de ojos minúsculos, que se
hundían profundamente en las cuencas. Al clavarse con rudeza en el brazo de
Hamilton, los dedos resultaron férreas zarpas. Aquel ser despedía un olor a
colonia rancia, pero cara... y a sangre.
—¿Por
qué no te presentaste hoy a trabajar? —la pregunta del voluminoso individuo fue
formulada mediante un gruñido—. Lo lamento por ti, Jack. Conocía a tu padre.
—Averiguamos
todo lo relativo a la jira campestre —se dignó añadir uno de los matones que le
acompañaban.
—Tillingford
—dijo Hamilton, desconcertado—. ¿De veras es usted?
Tras
dirigirle una mirada de soslayo, que no auguraba nada bueno, el doctor
Tillingford, abotagado capitalista que apestaba a sangre humana, dio media
vuelta y se encaminó a su «Cadillac».
—Tráiganle
—ordenó a los secuaces que le escoltaban—. Tengo que regresar a los
laboratorios de la Agencia para el Fomento Epidérmico. Disponemos allí de
algunas bacterias venenosas que deseo probar. Será un buen conejillo de Indias.
XV
LA
MUERTE distendía sus extenuantes alas por la gélida oscuridad nocturna. En la
lobreguez esparcida ante ellos agonizaba un enorme organismo corrompido.
Cuarteada y rota, la contraída forma rezumaba líquidos internos sobre la acera
y el cordón; se estaba constituyendo a su alrededor una creciente laguna, que
se extendía y burbujeaba.
Durante
unos segundos, Hamilton no consiguió identificar aquello. La forma vibró
ligeramente, mientras se volcaba a un lado. El resplandor de las estrellas
palpitó sobre los quebrados cristales de sus ventanillas. Como el tronco
putrefacto de un árbol, la abultada carrocería del automóvil se doblegó y se
hundió. Ante sus ojos, la caja se abrió como la cáscara de un huevo, del
conjunto se desprendieron diversas piezas que, al esparcirse, quedaron medio
sumergidas en el charco de aceite, agua, gasolina y líquido para frenos.
Momentáneamente,
un llamear de solidez surcó la maciza estructura del vehículo. Luego, con un
gemido de protesta, el chasis fue a parar al pavimento de la calzada. El bloque
del motor se partió por la mitad e inició después una serie de metódicos
desprendimientos, convirtiéndose en un montón de partículas confusas.
—Bueno
—expresó el conductor de Tillingford, resignado—, ahí queda eso.
Tillingford
contempló con aire abrumado el montón de chatarra en que se había transformado
su «Cadillac». De modo paulatino, una sensación de ultraje furibundo se fue
haciendo visible en su ánimo.
—Todo
se derrumba —dijo.
Propinó
un puntapié colérico a los restos del automóvil; el «Cadillac» aumentó su
semejanza con una deforme burbuja de metal y se mezcló con las sombras de la
noche. Como si se encogiera sobre sí mismo.
—Eso
no le servirá de nada —comentó uno de los guardaespaldas—. Lo mismo puede
dejarlo en paz.
—Nos
va a costar trabajo regresar a la factoría —declaró Tillingford, al tiempo que
se sacudía unas gotas de aceite de la vuelta de las perneras de los
pantalones—. Hay un distrito obrero en medio.
—Es
posible que hayan levantado barricadas en la autopista —convino el conductor.
Entre
las tinieblas casi absolutas resultaba difícil distinguir a un guardaespaldas
de otro. Para Hamilton, todos eran idénticos: gigantes germánicos corpulentos,
ambiguos, de rostro brutal y carentes de emociones.
—¿Con
cuántos hombres contamos aquí? —preguntó Tillingford.
—Disponemos
de treinta —fue la contestación.
—Sería
conveniente encender una pequeña fogata —propuso uno de los matones, aunque sin
excesivo convencimiento—. La noche es demasiado oscura para que los veamos
cuando empiecen a moverse.
Abriéndose
paso a empellones hasta donde estaba el doctor Tillingford, Hamilton preguntó
en tono áspero:
—¿Tan
grave es la situación? ¿De veras creen todos ustedes que...? Se interrumpió al
estrellarse un ladrillo contra los restos del «Cadillac». A cierta distancia,
entre la concentración de sombras, se vislumbraron formas vagas y borrosas. que
corrían agazapadas.
—Comprendo
—dijo, saturado de temor.
—¡Oh,
Dios mío! —exclamó Marsha, con un hilo de voz—. ¿Cómo vamos a salir de ésta?
—Tal
vez no sobrevivamos —repuso Hamilton.
Otro
ladrillo surcó el aire, silbando a través de la oscuridad. Marsha sufrió un
escalofrío de terror y se precipitó hacia su esposo.
—Ha
estado en un tris de alcanzarme. Nos encontramos justamente en medio; van a
matarse mutuamente en este punto.
—Ha
sido verdadera mala suerte el que no le diese —terció Edith Pritchet con voz
tranquila— Hubiéramos quedado fuera de esto automáticamente.
Empavorecida,
Marsha emitió un grito desesperado. En torno suyo, los semblantes duros y
exentos de simpatía del grupo formaban un círculo de manchas blancas, apenas
iluminadas por el fluctuar de las llamas de la hoguera encendida por los
miembros de la escolta de Tillingford.
—Todos
ustedes lo creen. Están convencidos de que soy... comunista. Tillingford se
revolvió como si le hubiese picado un alacrán. Un terror casi histérico
apareció en su cara.
—Es
cierto; lo había olvidado. Todos ustedes asistieron a esa excursión del
Partido.
Hamilton
se dispuso a negarlo. Pero, en seguida, una oleada de cansancio se abatió sobre
él ¿Qué más daba? Probablemente, en aquel mundo habían ido a una romería
comunista, a una reunión progresiva con bailes folklóricos, canciones, frases
publicitarias, discursos y peticiones.
—Bueno
—comunicó a su esposa en voz baja—, hemos recorrido un largo camino. Hemos
atravesado tres mundos para llegar aquí.
—¿Qué
pretendes dar a entender? —le fallaron a Marsha las cuerdas vocales.
—Quisiera
que me lo hubieses dicho.
A la
mujer se le nublaron los ojos.
—¿Tampoco
tú me crees? —En la oscuridad, la fina y pálida mano de Marsha se elevó con
brusquedad; un dolor lacerante estalló en el rostro de Hamilton y se dispersó a
su alrededor como un cegador torbellino de chispas. Después, casi de inmediato,
el resentimiento abandonó a Marsha. En tono desesperanzado, articuló—. No es
verdad.
Hamilton
se acarició la hinchada y abrasadora mejilla.
—Sin
embargo, no deja de resultar interesante. Dijimos que no lo sabríamos hasta
poder entrar en el cerebro de las personas. Bien, a eso hemos llegado.
Estuvimos en la mente de Silvester; luego en la cabeza de Edith Pritchet;
después nos encontramos en la desquiciada imaginación de la señorita Reiss...
—Si
acabamos con ella —intervino Silvester hablando en tono normal—, saldremos de
aquí.
—Volveremos
a nuestro propio mundo —remachó McFeyffe.
—No
se le acerquen —les advirtió Hamilton—. Mantengan las manos lejos de mi esposa.
Alrededor
del matrimonio se mantuvo inmóvil la tensa y hostil circunferencia de los
integrantes del grupo. Durante unos segundos, ninguno de ellos cambió de
postura; todos continuaron rígidos, con los brazos colgando a ambos costados.
Por último, Laws se encogió de hombros y se relajó. Dio media vuelta y empezó a
alejarse.
—Olvídenlo
—manifestó por encima del hombro—. Dejen que sea Jack quien se cuide de ella.
Al fin y al cabo, es un problema que sólo le concierne a él.
Marsha
comenzó a respirar entrecortadamente.
—Resulta
muy horroroso... No consigo entenderlo. —Sacudió la cabeza, afligida—. Es que
carece por completo de sentido común.
Habían
seguido cayendo piedras a su alrededor. En el remolino de sombras se oían
sonidos, tenues y cadenciosos, que, al ir aumentando de volumen, se
convirtieron en cánticos. Tillingford, con una expresión cruel y amarga en sus
facciones, permanecía inmóvil, a la escucha.
—¿Los
oyes? —preguntó a Hamilton—. Están ahí, agazapados en la oscuridad. —Su tosco
semblante se contorsionó en un espasmo de aborrecimiento absoluto—. Bestias.
—Doctor
—protestó Hamilton—, usted no puede creer esto. Debe de saber que no es usted
mismo.
Sin
mirarle siquiera, Tillingford manifestó:
—Anda,
ve a reunirte con tus amigos los rojos.
—¿Esa
es su postura?
—Eres
comunista —acusó Tillingford con voz sin inflexiones—. Tu esposa es comunista.
Sois deshechos humanos. No hay sitio para ti en mi fábrica ni en ninguna
sociedad humana decente. ¡Marchaos y manteneos lejos! —Tras una breve pausa,
añadió—: Volved a vuestra reunión comunista.
—¿Va
a intentar romper el cerco? —inquirió Hamilton.
—Naturalmente.
—¿Pretende
iniciar un tiroteo? ¿Piensa matar a esos hombres que se mueven por ahí?
—Si
no lo hago —repuso Tillingford ciñéndose a la lógica—, ellos nos matarán a
nosotros. Las cosas son así, yo no tengo la culpa.
—Este
asunto no puede prolongarse mucho —se dirigió Laws a Hamilton en tono
disgustado—. No son más que comparsas de pega actuando en la representación
barata de una mala obra. Se trata de una parodia repelente: «La Vida en
América». A través de ella se vislumbra el mundo real, cualquiera puede verlo.
Resonó
en la noche el repique violento de una andanada. En el tejado de una casa
vecina, los trabajadores habían montado una ametralladora silenciosamente.
Nubecillas de polvo gris de cemento brotaron del suelo cuando la línea de
proyectiles se trazó en el cielo. Tillingford se dejó caer de bruces,
parapetándose detrás de las ruinas de su «Cadillac». Sus secuaces echaron a
correr, dispersándose y contestando al fuego. Una granada de mano fue lanzada a
través de la oscuridad. Hamilton se dobló sobre sí mismo, tambaleándose a
consecuencia de la onda expansiva, mientras una columna de llamas saltaba hacia
sus ojos y su rostro. Cuando se aquietó la furia del estallido, quedó visible
un profundo hoyo, medio relleno de cascotes. Varios miembros de la escolta de Tillingford
aparecieron entre escombros, retorcidos sus cuerpos, que yacían en posturas
imposibles.
Mientras
Hamilton, aturdido, contemplaba aquellas figuras semidestrozadas, Laws se le
acercó y le susurró al oído:
—¿No
le parecen familiares? Observe con más atención.
En
la ondulante oscuridad, la vista de Hamilton no podía distinguir bien las
cosas. Pero una de aquellas formas inertes y quebradas tenía una apariencia que
le resultaba conocida. Desconcertado, la contempló con interés. ¿Quién era la
persona tendida y medio sepultada bajo los cascotes, entre trozos de pavimento
y adoquines humeantes?
—Es
usted —murmuró Laws.
Tenía
razón. Los contornos borrosos del mundo real serpenteaban, subían y bajaban,
visibles detrás de la desarticulada alucinación. Como si hasta el creador de la
escena hubiese desarrollado en su ánimo ciertas dudas fundamentales. La calzada
cubierta de cascotes no era la calle; era en el piso de la sala del Bevatrón.
Había otras figuras familiares desperdigadas aquí y allá. Al agitarse
débilmente empezaban a volver a la vida.
Entre
las ruinas calcinadas, unos cuantos técnicos y facultativos avanzaban palmo a
palmo cautelosamente. Elegían su camino con sumo cuidado y se movían con
lentitud angustiosa, paso a paso, extremando las precauciones para no
exponerse. Descendían de los edificios próximos hasta el nivel del suelo, se
dejaban caer con aire furtivo a la reventada calle... ¿o no era una calle? Se
acentuó en su cerebro la idea de encontrarse en el Bevatrón, le parecía ver las
paredes y las escalas que llevaban al suelo. Y los brazaletes colorados de los
trabajadores se asemejaban a los de los miembros de la Cruz Roja. Lleno de
confusión, Hamilton se dio por vencido en sus intentos de determinar aquel caos
de lugares y figuras.
—No
durará mucho —dijo quedamente la señorita Reiss. Al quedar interrumpido el
proceso de su mundo, había vuelto a aparecer exactamente igual que antes con su
largo chaquetón de pana, sus gafas de montura de carey y el precioso bolso bien
agarrado—. Esta conjura dista muchísimo de estar bien construida como la
última.
—¿Le
pareció convincente la anterior? —interrogó Hamilton en tono helado.
—Oh,
claro que sí. Al principio, estuve a punto de convencerme yo misma. Pensé...
—La señorita Reiss sonrió con intensidad fanática—. Muy inteligente, de verdad.
Casi llegué a creer que estaba en mi mundo. Pero, claro, cuando entré en el
vestíbulo de mi piso, me di cuenta de todo. Al encontrar encima de la mesita
del recibidor las acostumbradas cartas amenazadoras.
Estremeciéndose
al tiempo que se arrodillaba junto a su marido, Marsha preguntó:
—¿Qué
ocurre? Todo parece tan nebuloso...
—Se
está acabando —dijo la señorita Reiss, remota.
Dominada
por un éxtasis de esperanza, Marsha se aferró convulsivamente a Hamilton.
—¿Es
cierto? ¿Vamos a despertarnos?
—Quizás
—respondió el ingeniero—. Hay quien lo asegura.
—Es...
es maravilloso.
—¿Lo
crees así?
El
pánico revoloteó sobre el semblante de Marsha.
—Desde
luego. Odio este lugar... no puedo soportarlo. Es tan... tan extraño. Tan
espantoso y vil...
—Hablaremos
de ello después. —La atención de Hamilton estaba fija en Tillingford.
El
importante jefazo capitalista había reunido a su pandilla de guardaespaldas y
conferenciaba con ellos en voz baja.
—Esos
gorilas —articuló Laws suavemente— no están derrotados. Antes de que logremos
salir de aquí, presenciaremos una batalla.
Tillingford
había dado por concluido el coloquio. Agitó el pulgar en dirección a Laws y
ordenó:
—Atadle.
Es uno de los que hay que quitar de en medio.
Laws
esbozó una sonrisa tensa.
—Otro
negro a dos pasos del linchamiento. Los capitalistas se pasan la vida
entreteniéndose con eso.
Incrédulo,
Hamilton casi soltó la carcajada. Pero Tillingford hablaba en serio; le animaba
una ansiedad mortífera.
—Doctor
—sonó la voz espesa de Hamilton—, esto sólo existe porque Marsha cree en ello.
Usted, toda esta lucha, la demencial fantasía en pleno... Mi mujer está a punto
de abandonarla. No es real... se trata nada más que de su fantasía. ¡Escúcheme!
—Y a
ese rojo —añadió Tillingford cansinamente. Se secó la ceñuda y ensangrentada
frente con un pañuelo de seda—. Y a su rapaza comunista, rociadlos con gasolina
cuando dejen de patalear. Me gustaría estar en la fábrica. Aunque, al menos,
podemos considerarnos a salvo momentáneamente. Y organizaremos un sistema
defensivo más eficaz.
Como
sombras fantasmales, los trabajadores se deslizaban por los escombros de la
calle. Estallaron más granadas; la atmósfera se había densificado con multitud
de fragmentos y ceniza, que descendían en silencio.
—¡Miren!
—avisó David Pritchet, aterrado.
Cruzando
el negro cielo nocturno, se estaban formando en el aire unas letras enormes.
Brumosas e inciertas manchas que poco a poco se iban transformando en palabras
y frases. Locuciones publicitarias, trazadas en el tenebroso vacío en beneficio
de los sitiados.
Estamos
en marcha.
Resistid.
Combatientes
de la paz.
En
pie.
—Muy
reconfortante —dijo Hamilton, asqueado.
En
la oscuridad, se elevó el diapasón de los cánticos. La frescura del viento
parecía aclarar un poco las frases del estribillo que llegaban hasta el medio
oculto grupo.
—Acaso
nos salven aún —aventuró la señora Pritchet, dubitativa—. Pero esas palabras
horribles... hacen que me sienta muy extraña.
Los
hombres de Tillingford se movían por allí, reuniendo escombros, recogiendo
piedras y cascotes, levantando fortificaciones. Casi perdidos entre los
remolinos de polvo, humo y neblinas, costaba trabajo distinguirlos. De vez en
cuando, alguno que otro semblante huesudo y torvo recibía un poco de claridad,
quedaba momentáneamente visible y luego se hundía de nuevo en las brumosas
tinieblas. ¿A quién recordaban aquellos sujetos? Hamilton trató de recapacitar.
Los sombreros inclinados hacia adelante, los rostros picudos...
—Bandidos
—le ayudó Laws en su recuerdo—. Rufianes del Chicago de mil novecientos
treinta.
Hamilton
asintió con la cabeza.
—Eso
es.
—Todo
conforme a las tradiciones. La mujer debe sabérselo de memoria y perfectamente.
—Déjela
en paz. No se meta con ella —avisó Hamilton, aunque sin excesiva convicción.
—¿Qué
viene ahora? —se dirigió Laws en tono irónico a la encogida figura de Marsha
Hamilton—. ¿La canalla capitalista se va a volver loca de desesperación? ¿Eso?
—Ya
parecen estar desesperados —comentó Arthur Silvester, con el estilo sombrío de
costumbre.
—El
aspecto de esos hombres no puede ser más antipático —tartamudeó la señora
Pritchet aprensivamente—. Ni por asomo se me ocurrió nunca que pudiesen existir
semejantes tipos.
En
aquel momento estalló una de las fogosas frases publicitarias que decoraban las
alturas. Trozos de palabras llameantes descendieron en cascada, incendiando los
montones de escombros. Tillingford retrocedió de mala gana, mientras soltaba
una retahíla de vocablos malsonantes y se sacudía la ropa; una sección de
ardiente cascajo se le había venido encima y prendió fuego a su chaqueta. A la
derecha del doctor, los matones de su escolta aparecían semienterrados bajo un
enorme bosquejo de retrato de Bulganin que, incandescente, se había desprendido
del cielo para desplomarse justo encima del grupo.
—Sepultados
vivos —comentó Laws, no sin satisfacción.
Se
soltaban ya más palabras. Acompañada de un siseo impresionante, una Paz
gigantesca aterrizó sobre la linda casita de Hamilton; las llamas prendieron de
inmediato en el tejado, así como en el garaje y en la tendedera. Hamilton
contempló anonadado las lenguas de fuego que apenas nacieron allí, se
remontaron, brillantes y destructoras, en medio de la noche. De las negruras de
la ciudad no llegó el gemido de ninguna sirena; calles y edificios se extendían
silenciosos, cerrados y hostiles a la incineración.
—¡Santo
Dios! —exclamó Marsha, temerosa—. Creo que esa enorme Coexistencia va a
desprenderse de un momento a otro.
Agachado
entre sus secuaces, Tillingford había perdido el dominio de la situación.
—Bombas
y balas —repetía una y otra vez, en voz baja y monótona. Muy pocos de los
integrantes de su partida sobrevivían—. Las bombas y las balas no los
detendrán. Van a iniciar la marcha.
En
el fondo de negruras sinuosas empezaba a avanzar una línea de figuras confusas.
El volumen sonoro de los cánticos se había elevado hasta convertirse en una
orgía de excitación enfebrecida; las voces se hinchaban en el aire, ásperas,
después de salir de las gargantas de unos hombres resueltos, que se abrían ya
camino por entre los montones de cascotes abrasados.
—Vamos
—dijo Hamilton.
Agarró
con energía la mano de su esposa y se alejó tirando de Marsha de aquel infierno
caótico que les rodeaba.
Orientándose
a base de recuerdos instintivos, Hamilton condujo a su mujer dando un rodeo en
torno a la parte lateral de su incendiado domicilio, para seguir luego a lo
largo del sendero con piso de cemento que llevaba al patio posterior. Una parte
de la valla se había consumido y desintegrado. Hamilton continuó tirando de
Marsha y se adentró por otro oscuro patio, dejando atrás los humeantes
fragmentos de madera calcinada. Las casas eran formas opacas, cuyas siluetas se
erguían ominosas. De vez en cuando, veía fugazmente a alguno que otro puñado de
hombres lanzados a la carrera, obreros sin rostro definido que se dirigían
silenciosamente al escenario de la batalla. Poco a poco, fue disminuyendo el
tronar de las armas. Las llamaradas de los incendios quedaron a su espalda.
Habían conseguido salir de la zona donde se desarrollaba la lucha.
—Aguarden
—dijo Laws, y McFeyffe apareció tras ellos, jadeante—. Tillingford se ha
convertido en un guerrero fanático. Pelea como un loco —articuló Laws, hablando
a borbotones—. Dios mío, ¡vaya fregado!
—No
puedo creerlo —murmuró McFeyffe, brillante y contorsionado su rostro—. Están
cuerpo a tierra. Cubiertos de sangre, sudor y suciedad. Se defienden y combaten
como animales.
Por
delante de ellos empezaron a parpadear algunas luces.
—¿Qué
es eso? —preguntó Laws, receloso—. Será mejor que nos mantengamos al margen de
la corriente principal.
Lo
que tenían delante era el barrio comercial de Belmont. Pero el parecido que
guardaba con el recuerdo que de él poseían era prácticamente nulo.
—Bueno
—comentó Hamilton con acritud—, debimos de esperar una cosa así.
Lo
que parpadeaba y relucía en la oscuridad nocturna no pasaba de ser un arrabal
de los bajos fondos. Tiendas sucias y destartaladas se alzaban como setas
venenosas, vocingleras y desagradables. Tabernas, billares, boliches,
lupanares, armerías... Y por encima del conjunto no cesaba de repercutir una
serie de agudas notas metálicas. El estruendo de la música de Jazz, proyectado
por potentes altavoces y bocinas puestas en lo alto de galerías llenas de
máquinas tragamonedas. Los letreros de neón se encendían y apagaban a
intervalos regulares. Soldados del Ejército vagaban por allí sin rumbo fijo,
observando aquella feria de depravación moral.
En
el escaparate de un establecimiento, Hamilton vio un extraño muestrario.
Hileras de cuchillos y armas de fuego, expuestas en estuche de terciopelo.
—¿Por
qué no? —dijo Laws— Es la idea que tienen los comunistas acerca de los Estados
Unidos: ciudades habitadas por gánster, saturadas de vicio y crimen.
—Y
las zonas rurales —añadió Marsha arrastrando las sílabas— Indios, linchamientos
salvajes y homicidios violentos. Bandidos, carnicerías, derramamientos de
sangre.
—Parece
muy bien informada —observó Laws.
Abatida,
llena de desaliento, Marsha se sentó en el cordón de la acera.
—No
puedo dar un paso más —informó.
Los
tres hombres se detuvieron, inseguros, irresolutos, sin saber qué hacer.
—Vamos
—conminó Hamilton rudamente—. Si sigues ahí, te quedarás helada.
Marsha
no pronunció palabra. Temblando, se dobló sobre sí misma, boca abajo, juntos
los brazos, como si quisiera que su cuerpo frágil y menudo ofreciese el menor
espacio posible al frío.
—Vale
más que entremos en algún local —propuso Laws—. Tal vez en cualquiera de esos
restaurantes.
—No
tiene objeto continuar —dijo Marsha a su marido—. ¿No te parece?
—Supongo
que no —respondió Hamilton, conciso.
—¿Quieres
que regresemos?
—No.
—Tampoco
se me ocurre ninguna sugerencia.
Hamilton,
de pie tras ella, indicó el mundo circundante.
—Ya
lo veo; esto es todo lo que hay.
—Lo
siento —articuló McFeyffe torpemente.
—No
es culpa suya —dijo Hamilton.
—Pero
me considero responsable.
—Olvídelo
—Hamilton se inclinó y apoyó la diestra en el tembloroso hombro de su esposa—.
Anda, cariño. No puedes quedarte aquí.
—¿Aunque
no haya ningún otro sitio al que ir?
—Exacto:
aunque no exista ningún otro lugar dispuesto a albergarnos. Aunque no tengamos
más remedio que llegar al fin del mundo.
—Ya
tienen el fin del mundo —comentó Laws, sin pizca de delicadeza.
Hamilton
no se molestó en replicar. Se agachó y, con firmeza, obligó a Marsha a ponerse
en pie. La mujer no opuso resistencia, dejó que su marido la arrastrase. En la
oscuridad y el frío de la noche, no era más que un conjunto de materia que
seguía obedientemente a Hamilton.
—Parece
haber transcurrido una eternidad —reflexionó el ingeniero, que aún retenía la
mano de Marsha— desde aquel día en que te encontré en la antesala y te dije que
el coronel T. E. Edwards deseaba verme.
Marsha
asintió.
—El
día que visitamos el Bevatrón.
—Piense
por un momento —intervino McFeyffe en tono áspero— en que, si no lo hubiesen
visitado, no se habría descubierto este pastel.
Los
restaurantes eran demasiado aparatosos, había en ellos un exceso enorme de
ostentación. Camareros uniformados se inclinaban y cepillaban, obsequiosos como
aduladores diplomados, a los clientes que pululaban por entre las adornadas
mesas.
Hamilton
y sus acompañantes caminaron a la ventura, sin ningún destino particular en la
imaginación. Las aceras aparecían casi completamente desiertas; a intervalos
irregulares se cruzaba con ellos una figura andrajosa, inclinada hacia adelante
para oponer menos resistencia al viento.
—Un
yate —dijo Laws, desanimado.
—¿Cómo?
—Un
yate. —Laws indicó con la cabeza un escaparate iluminado—. Montones de ellos.
¿Quiere comprar uno?
En
otros escaparates se exhibían joyas y pieles caras. Perfumes, artículos de
importación... y los eternos restaurantes de estilo rococó, con sus camareros
serviciales y sus ornamentos lujosos. Racimos ocasionales de hombres y mujeres
cubiertos de harapos miraban todo aquello ávidamente, sin medios económicos
para adquirir nada. Rodando tristemente calle adelante vieron acercárseles un
carro tirado por un caballo displicente. En la caja del vehículo iba una
familia de aire apesadumbrado, sentada encima de los fardos que constituían sus
pertenencias.
—Refugiados
—conjeturó Laws— Procedentes de Kansas, donde la sequía acabó con todo. De Dust
Bowl. ¿Se acuerdan?
Frente
a ellos se dilataba el amplio distrito prohibido.
—Bueno
—manifestó Hamilton—, ¿qué proponen?
—No
tenemos nada que perder —dijo Laws—. Hemos ido todo lo lejos que podíamos; no
nos queda nada.
—También
podemos disfrutar un poco —murmuró McFeyffe—. Aún estamos a tiempo. Esta ruina
impía no tardará en desmoronarse del todo.
Sin
pronunciar palabra, los cuatro se encaminaron hacia la masa de rutilantes luces
de neón, anuncios de cerveza, altavoces, toldos y marquesinas. Rumbo al
familiar «Fondeadero».
Fatigada
y agradecida, Marsha tomó asiento ante una mesa situada en un rincón.
—Se
está bien aquí —comentó—. Es un lugar bonito y cálido.
Hamilton
permaneció inmóvil, absorbiendo la indistinta amistad de la sala, su ambiente
placentero, el agradable desaseo de las bandejas amontonadas, las colecciones
de vacías botellas de cerveza, el sonido a latas que despedía la gramola. El
«Fondeadero» no había cambiado. Ante el mostrador estaban sentados los
productores de costumbre, con sus rostros inexpresivos y su postura usual;
encorvados hacia adelante sobre sus jarras de cerveza. El piso de madera
aparecía sembrado de colillas. Mientras pasaba un trapo por la superficie del
mostrador, con aire lánguido, y los tres hombres tomaban asiento en torno a
Marsha, el mozo del local miró a McFeyffe e inclinó la cabeza.
—Sienta
estupendamente eso de abandonar la vertical —suspiró McFeyffe—. Ya me dolían
los pies.
—¿Todo
el mundo quiere cerveza? —preguntó Laws.
Asintieron
los interpelados y el negro se dirigió al mostrador.
—Recorrimos
un largo trayecto —dijo Marsha con voz desfallecida, al tiempo que se quitaba
el chaquetón—. No creo haber estado jamás aquí.
—Probablemente,
no —convino Hamilton.
—¿Solías
venir tú a este sitio?
—Solíamos
venir todos los que no le hacen ascos a un trago de cerveza. Cuando trabajaba
para el coronel Edwards.
—Ah
—articuló Marsha—. Ahora me acuerdo. Lo citabas con frecuencia. Laws apareció
cargado con cuatro botellas de cerveza «Aureo Resplandor». Se sentó
cautelosamente.
—Sírvanse
—invitó.
—¿No
ha observado nada? —inquirió Hamilton, tras sorber un trago de cerveza—. Mire a
los chicos.
En
la penumbra de los rincones y recodos de la sala se vislumbraban algunos
adolescentes. Fascinado, Hamilton contempló a una joven, que desde luego no
tendría más de catorce años, dirigiéndose al mostrador. Aquello era una
novedad; no recordaba tal cosa allí. En el mundo real... Pero el mundo real
parecía haber quedado infinitamente detrás. Sin embargo, la fantasía comunista
que estaba viviendo serpenteaba a su alrededor, insustancial y brumosa. El
mostrador, las hileras de botellas y vasos extendidos en mancha confusa... Los
jóvenes bebedores, las mesas, los botellines de cerveza puestos de cualquier
forma... Todo se alargaba hasta perderse en la oscuridad de una niebla espesa.
No le era posible distinguir el fondo del local. El familiar letrero rojo de neón
con las palabras: Señoras y Caballeros, no aparecía a la vista.
Entornó
los párpados, aguzó la mirada y escudriñó. A una distancia increíble, allende
las mesas y los bebedores, se percibía una línea de luz roja que el ojo humano
era incapaz de definir. ¿Se trataba del letrero?
—¿Qué
dice ahí? —preguntó a Laws, y señaló la raya con el índice.
Moviendo
despacio los labios, como si deletreara trabajosamente, Laws respondió:
—Parece
algo así como Salida de emergencia. —Al cabo de un momento, adujo—: Ese cartel
figura en lo alto del muro Bevatrón. Para casos de incendio.
—A
mí me da la impresión de que dice Señoras y Caballeros —terció McFeyffe—. Hasta
ahora, eso rezaba el letrero.
—La
fuerza de la costumbre —opinó Hamilton.
—¿Qué
hacen esos jóvenes bebiendo ahí? —preguntó Laws—. Y tomando drogas. Mírelos...
tienen hierbas, tan seguro como que hay infierno.
—«Coca
Cola», drogas, licor, sexo... —recitó Hamilton—. La corrupción moral del
sistema. Es probable que trabajen en minas de uranio. —Le fue imposible
eliminar la amargura de su voz—. Y se criarán de forma que, cuando lleguen a
adultos, se transformarán en bandidos y llevarán escopetas de cañón aserrado.
—Gánster
de Chicago —amplió Laws la imagen.
—Después,
al ingresar en el ejército, se dedicarán a sacrificar vidas de campesinos y a
incendiar viviendas rurales. Esa es la clase de sistema que tenemos; esa es la
clase de país en el que vivimos. Un semillero de homicidas y explotadores.
—Volvió la cabeza hacia su esposa e inquirió—: ¿Me equivoco, nena? Los chicos
drogándose, los capitalistas con las manos ensangrentadas y los parias muertos
de hambre buscando algo que llevarse a la boca entre los cubos de la basura...
—Ahí
viene una amiguita tuya —silabeó Marsha quedamente.
—¿Mía?
Sorprendido,
Hamilton se revolvió en la silla, con una expresión de duda en el rostro.
A
través de las sombras caminaba presurosa hacia ellos una esbelta y cimbreante
rubia, cuyos labios se entreabrían insinuantes y cuya cabellera le caía sobre
los hombros. Al principio, Hamilton no la reconoció. Llevaba una blusa ceñida y
ajada; bastante abierta. Las capas de afeites brillaban en su semblante. La
ajustada falda estrecha tenía un corte lateral que llegaba casi hasta los
muslos. Sin medias en las piernas, calzaba zapatillas planas, las cuales tenían
encima una respetable abundancia de suciedad. Sus senos eran inmensos. Cuando
la muchacha se acercaba a la mesa, una vaporosa nube de perfume y calor empezó
a envolver a Hamilton... una completa mezcla de efluvios que llevó a su mente
una serie de recuerdos no menos complejos.
—Hola
—saludó Silky, con voz baja y ronca. Se inclinó sobre el ingeniero y le rozó
brevemente la sien con los labios—. Te estaba aguardando.
Hamilton
se levantó y le ofreció una silla.
—Siéntate.
—Gracias.
—Silky ocupó el asiento y lanzó una mirada alrededor de la mesa—. Hola, señora
Hamilton —dijo a Marsha—. Hola, Charley. Hola, señor Laws.
—¿Puedo
preguntarte una cosa? —entonó Marsha, cortante.
—No
faltaba más.
—¿Qué
número de corpiño usas?
Con
ademán negligente, Silky se abrió la blusa.
—¿Responde
esto a la pregunta? —No llevaba corpiño.
Marsha
se puso como la grana y emprendió la retirada.
—Sí,
gracias.
Hamilton
contempló aterrorizado a la muchacha.
—Supongo
que los sostenes constituyen una treta capitalista, diseñada para engatusar a
las masas.
—Hablando
de las masas —dijo Marsha, desanimada porque el espectáculo gratuito ofrecido
por Silky había acabado con toda su moral combativa—, sin duda habrás tropezado
con dificultades para encontrar algunas de las cosas que abandonaste, ¿no?
—Es
una sociedad comunista —intervino Laws—, el proletariado nunca abandona ni
renuncia a nada.
Silky
sonrió con aire ausente. Volvió a abrocharse la blusa, sumida en profundas
meditaciones. Luego se encogió de hombros y entrelazó las manos encima de la
mesa.
—¿Qué
hay de nuevo?
—Una
escaramuza, mejor dicho, una gran batalla se desencadenó ante nuestros ojos
cuando veníamos para acá —explicó Hamilton—. Vampiros de Wall Street, perversos
chupadores de sangre, contra heroicos y perspicaces trabajadores, que se
lanzaban al combate con la canción alegre en los labios.
Silky
le miró con los ojos llenos de incertidumbre.
—¿Hacia
qué bando parecía decantarse la victoria?
—Bueno
—concedió Hamilton—, la agonizante pandilla de chacales fascistas daba la
impresión de que iba a quedar sepultada de un momento a otro bajo el diluvio de
divisas llameantes.
—Mire
—dijo Laws de pronto, al tiempo que señalaba con el dedo—. ¿Ve lo que hay allí?
En
el rincón del bar estaba la expendedora automática de cigarrillos.
—¿Se
acuerda? —preguntó Laws a Hamilton.
—Pues,
claro.
—Y
allá está la otra. —Laws indicó la máquina que servía chocolatinas, la cual
ocupaba el rincón opuesto de la sala, casi perdida entre las sombras
oscilantes—. ¿Recuerda lo que hicimos en esa?
—Lo
recuerdo. La dejamos chorreando coñac francés de primera clase.
—Íbamos
a cambiar la sociedad —manifestó Laws—. Íbamos a alterar el mundo. Piense en lo
que pudimos haber conseguido.
—Estoy
pensándolo.
—En
nuestra mano estuvo la posibilidad de producir todo cuanto cualquiera hubiese
deseado. Alimentos, medicinas, whisky, revistas, arados, anticonceptivos...
Menudo principio.
—El
principio de la divina regeneración. La ley de la fisión milagrosa.
—Hamilton
asintió—. Eso le hubiera venido de perlas a este mundo particular.
—Habríamos
derrotado al Partido en toda la línea, superándolo de un modo absoluto —convino
Laws—. Ellos han tenido que construir presas e industrias pesadas. Todo lo que
nosotros necesitamos fue una barra en forma de bastón.
—Y
un trozo de tubo de neón —le recordó Hamilton—. Sí, nos hubiésemos divertido
horrores.
—Pareces
triste —observó Silky—. ¿Qué es lo que va mal?
—Nada
—repuso Hamilton, lacónico—. Nada en absoluto.
—¿Puedo
ayudar en algo?
—No.
—Hamilton esbozó una tenue sonrisa—. De todas formas, gracias.
—Podríamos
subir a la alcoba del piso. —Silky apartó la tela que cubría sus costados—.
Siempre quise que me poseyeras.
Hamilton
la palmeó en la muñeca.
—Eres
una buena chica. Pero eso no serviría de nada.
—¿Estás
seguro? —Implorante, la muchacha se subió un poco las faldas—. Hará que nos
sintamos mejor... y disfrutarás...
—Quizás
en otro momento, antes... pero no ahora.
—¿No
es una conversación encantadora? —murmuró Marsha, atormentada y tensa la
expresión.
—Sólo
estábamos bromeando —la tranquilizó Hamilton—. Sin ánimo de lastimar.
—Muera
el capitalismo monopolizador —intervino Laws, con un solemne eructo.
—Todo
el poder para la clase trabajadora —respondió Hamilton, poniéndose a su altura.
—Por
una democracia popular en los Estados Unidos —declaró Laws.
—Por
unas Américas Socialistas Soviéticas.
A la
media luz del establecimiento, unos cuantos obreros habían levantado los ojos
de sus cervezas.
—No
alcen la voz —advirtió McFeyffe, inquieto y nervioso.
—¡Oigan!
¡Oigan! —voceó Laws, y subrayó sus gritos con varios golpes dados en la
superficie de la mesa con su navaja. Abrió ésta y alargó la hoja
amenazadoramente, al tiempo que explicaba— Voy a despellejar a uno de esos
devoradores de carroña que anidan en Wall Street.
Hamilton
le examinó con desconfianza.
—Eso
es un estereotipado tópico burgués. Los negros no llevan navaja.
—Yo
si —repuso Laws llanamente.
—En
tal caso —decidió Hamilton—, usted no es un negro en el sentido que le
asignamos a la palabra. Es un simpatizante secreto del comunismo, que ha
traicionado a su grupo religioso.
—¿Grupo
religioso? —repitió Laws, hipnotizado.
—El
concepto de la raza es un concepto fantástico —confió Hamilton—. El negro es un
grupo religioso y cultural, ni más ni menos.
—Que
me aspen —dijo Laws, impresionado—. Vaya, este asunto no es tan malo como todo
eso.
—¿Quieres
que bailemos? —propuso Silky a Hamilton, con repentina vehemencia—. Me gustaría
poder hacer algo por ti... pareces dominado por una espantosa desesperación.
—Me
recuperaré —contestó Hamilton, escueto.
—¿En
qué podemos ser útiles a la revolución? —se manifestó Laws dispuesto a lo que
se terciara—. ¿A quién tenemos que matar?
—Eso
no importa —dijo Hamilton—. A quien sea. A quien sepa leer y escribir.
Silky
y alguno de los atentos trabajadores se pusieron a intercambiar miraditas.
—Jack
—articuló la muchacha en tono saturado de inquietud—, no es una cuestión para
tomársela a chacota.
—Pues
claro que no —convino Hamilton—. Le faltó el canto de un billete para que nos
linchase ese perro rabioso del monopolio financiero... Tillingford.
—Liquidemos
a Tillingford —vociferó Laws.
—Me
encargaré de ello —repuso Hamilton—. Lo disolveré y lo echaré por el desagüe.
—Resulta
muy extraño oírte hablar de ese modo —dijo Silky, aún con los ojos clavados
dubitativamente en él—. Por favor, Jack, no digas esas barbaridades. Me
asustas.
—¿Que
te asusto? ¿Por qué?
—Porque...
—Silky esbozó un ademán vacilante— creo que lo que haces es mostrarte
sarcástico.
Marsha
emitió un agudo y frenético gemido de histeria.
—Oh,
Dios, también ella no.
Unos
cuantos trabajadores se habían bajado de sus taburetes; avanzando por entre las
mesas, se iban aproximando al grupo sosegadamente. Todos los ruidos del bar se
fueron apagando. La gramola se quedó mortalmente silenciosa. En el fondo de la
sala, los adolescentes pretendían fundirse con las sombras más oscuras.
—Jack
—pidió Silky, aprensiva—, ten cuidado. Hazlo por mí.
—Ahora
lo comprendo todo —declaró Hamilton—. Eres una chica políticamente activa. ¡Tú!
Una joven honrada y amante del hogar, ¿eres eso? ¿Pervertida por el sistema?
—Por
el oro capitalista —adujo Laws de mal talante, mientras se frotaba la morena
frente y ponía boca abajo su vacía botella de cerveza— Seducida por algún
pomposo empresario. Acaso por un ministro. Tiene su virginidad colgada de la
pared de su biblioteca, encima de la chimenea.
Marsha
lanzó una mirada por el local.
—Esto
no es un bar, ¿verdad? Sólo lo parece.
—Es
la fachada de un bar —respondió Hamilton—. ¿Qué más quieres?
—Pero
en la trastienda —dijo Marsha con voz insegura— hay una célula comunista. Y
esta muchacha.
—Trabajas
para Guy Tillingford, ¿verdad? —se dirigió Silky a Hamilton—. Fui a recogerte
allí aquel día.
—Trabajaba.
Tillingford me ha despedido. El coronel T. E. Edwards me despidió, Tillingford
me despidió... Pero supongo que aún no estamos vencidos. —Con cierto interés
ambiguo, Hamilton observó que el círculo de hombres que les rodeaba estaba
compuesto por trabajadores armados. En aquel mundo, todos iban armados. Todos
se hallaban en un bando o en el otro. Hasta Silky. Manifestó en voz alta—:
¿Silky es la misma persona que yo conocía?
Durante
unos segundos, la joven pareció titubear.
—Pues,
claro. Aunque... —Sacudió la cabeza, algo desconcertada; ondas de rubio cabello
azotaron suavemente los hombros de la chica—, todo está tan condenadamente
embarullado. A duras penas consigo ver las cosas con claridad.
—Sí
—convino Hamilton—. Ha sido un jaleo tremendo.
—Pensé
que éramos amigos —articuló Silky en tono de desdicha—. Creí que estábamos en
el mismo lado.
—Lo
estamos —repuso Hamilton—. O lo estuvimos, una vez. En otro tiempo, en algún
otro lugar. A mucha distancia de aquí.
—Pero...
¿no quisiste explotarme?
—Nena
—silabeó Hamilton con triste acento—, he deseado explotarte eternamente. A
través de los tiempos. En todos los países y lugares, en todos los mundos. En
todas partes. Y seguiré queriendo explotarte hasta el día en que me muera. Me
gustaría tomarte y explotarte hasta que ese colosal pecho tuyo susurrara como
un álamo temblón agitado por el viento.
—Me
lo imaginaba —dijo Silky con voz quebrada.
Durante
un intervalo permaneció adosada contra Hamilton, con la mejilla descansando en
su corbata. Torpemente, el ingeniero jugueteó con un mechón de pelo rubio que
caía sobre los ojos de la muchacha.
—Quisiera
—articuló Silky, distante— que las cosas se hubiesen desarrollado de otro modo.
—Y
yo también —respondió Hamilton—. Quizás... pueda dejarme caer por aquí de vez
en cuando, para tomar una copa contigo.
—Agua
teñida —dijo Silky—. Eso es todo. Y el mozo me entrega una ficha.
Un
poco tímidamente, los trabajadores del círculo habían sacado a relucir sus
rifles.
—¿Ya?
—preguntó uno de ellos.
Silky
se desasió de Hamilton y se puso en pie.
—Creo
que sí —murmuró, de un modo casi inaudible—. Adelante. Rematad el asunto.
—Muerte
a los perros fascistas —aulló Laws.
—Muerte
a los réprobos —añadió Hamilton—. ¿Podemos levantarnos?
—Desde
luego —dijo Silky—. Lo que queráis. Me gustaría... Lo lamento, Jack. De veras.
Pero no estás con nosotros, ¿verdad?
—Me
temo que no —confesó Hamilton, casi de buen humor.
—¿Estás
contra nosotros?
—Debo
de estarlo —reconoció el ingeniero—. No puede ser de otra manera, que yo sepa.
¿No es eso?
—¿Va
a dejar que nos asesinen? —protestó Marsha.
—Se
trata de sus amigos —dijo McFeyffe, en tono débil, de derrota—. Haga usted
algo. Diga algo. ¿Es que no es capaz de razonar con ellos?
—No
servirá de nada —expresó Hamilton—. Esta gente no razona. —Se volvió hacia su
esposa y, tirando de ella con suavidad, la obligó a ponerse en pie. La
aconsejó—; Cierra los ojos. Y relaja el cuerpo. No sentirás dolor.
—¿Qué...
qué vas a hacer? —susurró Marsha.
—Voy
a intentar salir de aquí con todos vosotros. Por el único medio que parece
ofrecer algunas garantías.
Cuando
el círculo de rifles chasqueó y giró para encañonarle, Hamilton echó el brazo
hacia atrás, cerró el puño, apuntó con cuidado y propinó a Marsha un derechazo
en plena mandíbula.
Tras
un tenue estremecimiento, la mujer se desplomó en los brazos de Bill Laws.
Hamilton se hizo cargo en seguida del cuerpo inerte de su esposa y se quedó
sosteniéndola, con una expresión bobalicona en la cara. Aturdido y
desconcertado, porque los ecuánimes obreros seguían frente a él, tangibles y
reales, accionando los cerrojos de los fusiles.
—¡Dios
mío —exclamó Laws, sin entenderlo— Continúan ahí. No hemos vuelto al Bevatrón.
—Confuso, ayudó a Hamilton a soportar el inanimado e inconsciente cuerpo de su
esposa—. ¿No es el mundo de Marsha, después de todo?
XVI
PERO
ESTO CARECE DE lógica —declaró Hamilton estúpidamente, con el brazo en torno a
la inmóvil y cálida humanidad de su mujer— Debía de ser el mundo de Marsha. Si
no es así, ¿a quién corresponde este mundo?
Y en
aquel instante, con un alivio inmenso, lo comprendió.
Charley
McFeyffe había empezado a cambiar. Era una metamorfosis involuntaria; McFeyffe
no podía gobernarla. La transformación brotaba de las capas más profundas de
sus creencias. Constituía parte y eje de su perspectiva total del mundo.
McFeyffe
aumentaba de estatura a ojos vistas. Mientras le observaban, dejó de ser un
individuo bajo y rechoncho, de nariz respingona y barriga desarrollada,
prominente. Se tornó alto. Ganó en magnificencia. Una especie de nobleza
mitológica descendió sobre él. Sus brazos se convirtieron en gigantescos
pilares de músculos. Su torso se hizo macizo. Los ojos le llamearon con ardor
justiciero. Su mandíbula cuadrada, moralmente inflexible, formó un contorno
severo mientras miraba con dureza a su alrededor, observando el local.
El
parecido con (Tetragramatón) resultó asombroso. Era evidente que McFeyffe no
había logrado desprenderse del todo de sus convicciones religiosas.
—¿Qué
ocurre? —preguntó Laws, encandilado—. ¿En qué se está convirtiendo?
—No
me encuentro bien del todo —retumbó la voz de McFeyffe, no desprovista
totalmente de tonos musicales—. Creo que iré a tomar un poco de bromo.
Los
corpulentos trabajadores habían bajado las armas. Asustados, temblorosos, se
quedaron boquiabiertos y rezumantes de reverencia.
—No
le habíamos reconocido —murmuró uno de ellos—, camarada comisario.
McFeyffe,
con rostro enfermizo, se volvió a Hamilton.
—Malditos
imbéciles... —estalló su vozarrón autoritario.
—Vaya,
que me emplumen —dijo Hamilton suavemente—. El padrecito sagrado en persona.
La
boca de McFeyffe se abrió y se cerró, pero sin que saliera ningún sonido.
—Eso
lo explica —prosiguió Hamilton—. Me refiero al episodio de cuando el paraguas
se remontó hacia las alturas y (Tetragramatón) pudo lanzarle una mirada de
cerca. No tiene nada de extraño que usted se sobresaltase. Ni de que él le
maldijera y le aplicase un correctivo.
—Me
llevé una sorpresa —reconoció McFeyffe, al cabo de una pausa—. Jamás creí que
pudiese estar allá arriba. Pensé que se trataba de una paparrucha.
—McFeyffe
—acusó Hamilton—, es usted comunista.
—Sí
—confesó McFeyffe, tonante.
—¿Desde
hace mucho tiempo?
—Años.
Desde la depresión.
—¿Herbert
Hoover le pegó un tiro a su hermano pequeño?
—No.
Pero tenía hambre, estaba sin empleo y me había hartado de aguantar
calamidades.
—En
cierto sentido, no es mal chico —dijo Hamilton—. Pero no cabe duda de que tiene
unas interioridades retorcidas. Está más loco que la señorita Reiss. Y es más
victoriano que la señora Pritchet. Y más pagano que Silvester. Las partes
peores de cada uno de ellos se han unido en usted. Y algunas otras más. Aunque,
aparte de eso, nada hay que reprocharle.
—No
tengo por qué escuchar sus tonterías —declaró la soberbia deidad dorada.
—Lo
malo es que, por encima de todo, es usted un canalla de la más baja estofa. Un
tipo subversivo, un embustero redomado, un traidor ambicioso de poder y un
bribón despreciable y ruin. ¿Cómo pudo hacer a Marsha semejante faena? ¿Cómo
pudo ser capaz de organizar todo este tinglado repugnante?
Al
cabo de un momento, la radiante criatura respondió:
—Según
dicen, el fin justifica los medios.
—¿Táctica
del Partido?
—Las
personas como su esposa son comprometedoras.
—¿Por
qué? —quiso saber Hamilton.
—No
pertenecen a ningún grupo. Mariposean de un lado a otro y lo pulsan todo. En
cuanto volvemos la espalda...
—Así
que acaban con ellas. Las ponen en manos de los patriotas lunáticos.
—A
los patriotas lunáticos —explicó McFeyffe— podemos comprenderlos. Pero a su
esposa no. Estampa su firma al pie de los manifiestos pro paz y lee el Tribune
de Chicago. Los elementos como ella... constituyen para la disciplina del
Partido una amenaza mayor que la de cualquier otro grupo. El culto del
individualismo. El idealista con su propia ley y su propio sentido de la ética.
Se niegan a aceptar la autoridad. Eso socava la sociedad. Derriba toda la
estructura. Sobre esa base no es posible edificar nada duradero. Las personas
como su esposa no aceptan ni obedecen órdenes.
—McFeyffe
—dijo Hamilton—, va a tener que perdonarme.
—¿Por
qué?
—Porque
voy a intentar algo infructuoso y estéril. Porque, aunque comprendo que es
inútil voy a tratar de extraer de su cuerpo lo bueno que albergue en él.
En
el instante en que se abalanzaba hacia McFeyffe, Hamilton vio tensarse los
músculos macizos y férreos. Pero la lucha iba a ser demasiado desigual; ni
siquiera pudo empezar a hacer mella en el gran rostro. McFeyffe retrocedió,
recobró el equilibrio y respondió al ataque.
Hamilton
cerró los ojos, buscó el cuerpo a cuerpo, se aferró a McFeyffe con todas sus
fuerzas y se resistió a soltarle. Como un náufrago desahuciado, siguió agarrado
a aquella metafórica tabla de posible salvación sin que le importasen las
magulladuras, las contusiones, la pérdida de algunos dientes, la sangre que
goteaba del corte que sufrió en un ojo o el que sus ropas quedasen hechas
harapos. Una especie de frenesí místico, fanático, le dominaba; absorbido por
un éxtasis de odio ferviente, empezó a machacar de modo sistemático la noble
cabeza, golpeándola contra el muro. Numerosos dedos se le clavaron en la carne,
le arañaron y le rasgaron, pero no consiguieron que soltase a su presa. De
momento.
Sin
embargo, no tardó en comprender que todo estaba a punto de concluir para él; su
asalto desesperado iba a acabar vanamente. A escasa distancia de la figura
abandonada y contraída de Marsha Hamilton, se encontraba Bill Laws, tendido en
el suelo con el cráneo abierto. La mujer yacía en el mismo punto donde la
soltó. Y el propio Hamilton, aún en pie, tuvo tiempo de identificar las culatas
de los fusiles que se precipitaban coléricos sobre él: había sonado su hora.
—Vamos,
—articuló, jadeante—. Ya nada tiene importancia. Aunque nos destrocen por
completo. Aunque nos trituren. Aunque nos pulvericen y construyan barricadas
con nosotros. Aunque nos empleen como argamasa. Este no es el mundo de Marsha y
eso es todo lo que me...
Encajó
el primer culatazo; apretó los párpados y se encogió para resistir el dolor.
Uno de los obreros del Partido le asestó un puntapié en la ingle; otro se
dedicó a patearle los riñones metódicamente. Entre nubes de inconsciencia,
Hamilton se percató de que el cuerpo de McFeyffe se le fundía entre las manos.
Las figuras de los trabajadores iban y venían a través de los remolinos de
oscuridad. Luego se vio a gatas en el piso, gimiendo y arrastrándose,
intentando distinguir la forma de McFeyffe a través de la neblina roja de su
propia sangre. Y tratando al mismo tiempo de alejarse de los atacantes.
Gritos.
El martilleo de las culatas de los rifles estrellándose una y otra vez contra
su cráneo. Se estremeció, lanzó zarpazos a la ventura, dirigidos a la confusión
que le circundaba, vislumbró el bulto de una figura inerte y se deslizó por el
suelo hacia ella.
—Déjenle
—decían.
Hamilton
hizo caso omiso de la voz y continuó manoteando en busca de McFeyffe. Pero la
inanimada figura que encontró no era la de McFeyffe. Se trataba de Joan Reiss.
Al
cabo de unos instantes, localizó a McFeyffe. Débil, exhausto, trató de
descubrir en el suelo algo con qué matarle. En el momento en que sus manos se
cerraban en torno a un trozo de hormigón, recibió un puntapié demoledor, que le
despidió hacia atrás. La inmóvil forma de McFeyffe se retiró, quedó lejos de su
alcance. Hamilton se encontró sólo, tambaleándose en medio de un caos de
escombros, perdido entre turbulentas partículas de ceniza, que giraban en el
aire e iban a posarse finalmente en el suelo.
El
desorden que le rodeaba era un conjunto de cascotes esparcidos: las ruinas del
Bevatrón. Las figuras que se aproximaban con infinitas precauciones eran
técnicos y miembros de la Cruz Roja.
Comprendió
que en el barullo indiscriminado de culatazos, McFeyffe había recibido también
su parte y algún golpe le privó del sentido. En medio del feroz
desencadenamiento de violencia homicida no obtuvo ninguna exención especial. No
fue una lid en la que los contendientes se anduviesen con finuras, matices o
contemplaciones.
A la
derecha de Hamilton yacía el cuerpo inerte de su esposa, cuyos vestidos
chamuscados humeaban. La mujer tenía un brazo debajo del costado y, con las
rodillas hacia arriba, constituía un pequeño fardo patético sobre la
ennegrecida superficie de hormigón. Y, no muy lejos de Marsha, estaba McFeyffe.
De modo inconsciente, Hamilton se arrastró hacia él. Cuando había cubierto la
mitad del trecho que le separaba de McFeyffe, un equipo médico obligó a
Hamilton a ponerse boca arriba y trató de colocarle en una camilla. Aturdido,
confuso, pero aún resuelto a cumplir su propósito, el ingeniero apartó a los
sanitarios y consiguió incorporarse y quedar sentado.
En
el pozo de la inconsciencia, a donde le habían arrojado los golpes de los
miembros de su propio Partido, la expresión de McFeyffe era de furor ultrajado.
El rostro tumefacto y cubierto de protuberancias se contorsionaba a impulsos de
la ira impotente. No se borró aquella expresión mientras recuperaba penosamente
el conocimiento. Su respiración era renca e irregular. Emitió una serie de
murmullos incoherentes al tiempo que agitaba los brazos, se revolvía y cerraba
las manos en el aire, esforzándose en coger algo, pero no hallando más que
vacío.
Medio
enterrada bajo los cascotes, la señorita Reiss empezaba ya a removerse. Logró
ponerse de rodillas y tanteó el suelo hasta que sus dedos tropezaron con los
restos de las destrozadas gafas.
—Oh!
—articuló con un hilo de voz. Cerró los párpados y luego pestañeó, como si
quisiera evitar las lágrimas de miedo que brotaban de sus ojos miopes—.
¿Qué...?
A la
defensiva, recogió los harapos chamuscados del chaquetón roto y los envolvió en
torno a su cuerpo.
Un
grupo de técnicos había llegado ya hasta la señora Pritchet. Actuando con
rapidez, quitaron de encima del voluminoso y humeante cuerpo de la dama el
montón de escombros que lo cubría en parte.
Hamilton
reunió todas las energías dispersas por su cuerpo y sé puso en pie
trabajosamente. Luego fue hacia su esposa y comenzó a apagar la línea de
chispas que recorría el vestido carbonizado de Marsha. Por reflejo, la mujer se
estremeció y se retorció.
—No
te muevas —advirtió Hamilton—. Es posible que sufras alguna fractura.
Obediente,
Marsha permaneció inmóvil, cerrando los ojos, rígido el cuerpo. A lo lejos,
extraviados en las trombas de nubes de calcinadas cenizas de cemento, sonaban
los gemidos aterrados de David Pritchet. Todos los miembros del grupo se movían
ya; todos regresaban a la vida. Bill Laws levantó las manos hacia los blancos
semblantes de lOS hombres de la partida de rescate que le rodeaban. Voces,
gritos, chillidos, el ulular de las sirenas de alarma...
El
estrépito áspero del mundo real. Humos acres de cosas quemadas, equipo
electrónico medio destrozado. Los torpes intentos de los servicios médicos de
urgencia, que prestaban sus primeros auxilios nerviosamente.
—Hemos
regresado —comunicó Hamilton a su esposa—. ¿Me oyes?
—Sí
—respondió Marsha—, te oigo.
—¿Contenta?
—Si
—repuso la muchacha quedamente—. No grites, cariño. Estoy contentísima.
El
coronel T. E. Edwards escuchó pacientemente, sin formular ningún comentario,
toda la declaración de Hamilton. Tras el resumen de las acusaciones presentadas
por el ingeniero, el silencio reinó durante un buen rato en la larga y
eficiente sala de conferencias. Los únicos sonidos audibles fueron el sordo
rumor de las chupadas de los fumadores a sus cigarros y el rítmico runrún
producido por las notas taquigráficas que se tomaban.
—Asevera
que nuestro funcionario de la seguridad es miembro del Partido Comunista
—manifestó Edwards, al cabo de una prolongada pausa contemplativa, fruncido el
ceño—. ¿No es así?
—Exactamente,
no —repuso Hamilton. Aún se encontraba un poco vacilante; desde el accidente
del Bevatrón, sólo había transcurrido algo más de una semana—. Lo que afirmo es
que McFeyffe es un comunista disciplinado, que aprovecha su privilegiada
posición aquí y la utiliza en beneficio de los fines del Partido al que sirve.
Pero si esa disciplina es interna o externa...
Edwards
se encaró vivamente con McFeyffe y le preguntó:
—¿Qué
tiene que decir a esto, Charley?
Sin
levantar la cabeza, McFeyffe repuso:
—Mi
opinión es que salta a la vista que lo único que pretende es calumniarme,
colgarme un sambenito falso y cubrirme de oprobio.
—¿Sostiene
usted que Hamilton trata de impugnar sus motivos?
—Exacto.
—McFeyffe soltó las frases de manera mecánica—. Lo que busca es proyectar dudas
sobre la validez de mis motivos. En lugar de defender a su esposa, me ataca a
mí.
El
coronel Edwards volvió la vista hacia Hamilton.
—Temo
que no me queda más alternativa que la de mostrarme de acuerdo en eso. Es su
esposa, Hamilton, y no Charley McFeyffe, quien está sometida al fuego de las
acusaciones. Procure organizar la defensa pertinente.
—Como
usted sabe —dijo Hamilton—, no puedo, ni podré bajo ninguna circunstancia,
demostrar que Marsha no es comunista. Pero si puedo aportar algunas razones que
justifican el porque McFeyffe ha preparado esas acusaciones contra Marsha.
Puedo informarle de lo que está haciendo y cuál es el medio real de todo este
asunto. Mire el puesto que ocupa, ¿quién sospecharía de él? Tiene libre acceso
a los archivos de seguridad; se encuentra en situación de presentar cargos
contra cualquier persona que quiera... un destino ideal para un facineroso del
Partido. Está en condiciones de elegir a todo aquel que desagrade al Partido, a
toda persona que se interponga en su camino. Sistemáticamente, el Partido va
eliminando a sus adversarios.
—Pero
todo ello resulta muy indirecto —señaló Edwards—. Un puñado de deducciones más
o menos lógicas... ¿dónde están las pruebas? ¿Puede demostrar que Charley es
rojo? Como usted mismo ha observado, no es miembro del Partido Comunista.
—No
soy ninguna agencia de detectives —replicó Hamilton—. No soy ningún Cuerpo de
Policía. No poseo medios para reunir información en contra suya. Presumo que
está en contacto con el P.C. de los EE.UU. o con algunas de las organizaciones
de choque del Partido... En alguna parte debe de recibir las normas para
actuar. Si el F.B.I. le somete a vigilancia...
—No
dispone usted de ninguna prueba, entonces —le interrumpió Edwards, al tiempo
que mordía la punta de su cigarro—. ¿Verdad?
—Ninguna
prueba —reconoció Hamilton—. Ninguna prueba de lo que Charley McFeyffe alberga
en la cabeza. Como tampoco la tiene él de la que anida en el cerebro de Marsha.
—Pero
contra su esposa existe todo ese material incriminativo. Las solicitudes que
firmó, las reuniones políticas a las que asistió. Enséñeme una petición de esas
en la que figure la firma de Charley. Cíteme un mitin en el que haya estado.
—Ningún
comunista auténtico va a exponerse de tal modo —repuso Hamilton. Al mismo
tiempo que lo decía, se daba cuenta de lo absurdas que sonaban sus palabras.
—No
podemos despedir a Charley basándonos en algo tan débil como eso. Incluso usted
debe comprender lo frágil que es. ¿Despedirle porque no honró con su presencia
ninguna reunión de simpatizantes del comunismo? —Un asomo de sonrisa apareció
en el rostro del coronel Edwards—. Lo siento, Jack. No tiene fundamento, ni
sólido ni endeble, para promover un pleito.
—Lo
sé —asintió Hamilton.
—¿Lo
sabe? —se asombró Edwards—. ¿Y lo confiesa?
—Naturalmente
que lo reconozco. Nunca se me ocurrió que tuviese la más remota posibilidad de
entablar un pleito así. —Sin manifestar emoción particular alguna, Hamilton
explicó—: Sólo pensé que podría someter el caso a su atención. Y que eso se
incluiría en el expediente.
Hosco
y regordete, hundido en la silla, McFeyffe se abstuvo de pronunciar palabra.
Tenía entrelazados con fuerza los romos dedos; concentraba todo su interés
sobre ellos y no miró a Hamilton a la cara.
—Me
gustaría poder ayudarle —dijo Edwards con voz intranquila—. Pero rayos, Jack,
si utilizásemos su lógica tendríamos a todos los habitantes del país
clasificados como posibles riesgos individuales para la seguridad.
—Pues
debería emplear mi lógica. Aparte de que lo único que yo deseaba era que el
método se extendiese a McFeyffe. Me parece una vergüenza que él esté exento.
—Creo
—silabeó Edwards, muy rígido— que la integridad y el patriotismo de Charley
McFeyffe están por encima de cualquier reproche. ¿Ignora usted que ese hombre
combatió en la segunda guerra mundial formando parte del Cuerpo del Ejército
Aéreo? ¿No sabe que es católico devoto? Además de miembro de los Veteranos de
las Campañas en el Extranjero.
—Y
probablemente explorador juvenil —convino Hamilton—. Incluso es harto posible
que decore su arbolito todas las Navidades.
—¿Pretende
insinuar que los católicos y los legionarios son desleales? —preguntó Edwards.
—No,
nada de eso. Trato de decir que un hombre puede ser todas esas cosas y, al
mismo tiempo, dedicarse a la subversión. Y una mujer puede firmar manifiestos
solicitando la paz y estar suscrita a In Fact, sin que por ello deje de amar
hasta el polvo de que está formado este país.
—Me
parece —declaró Edwards con frialdad— que estamos perdiendo el tiempo. Es como
dar vueltas alrededor de un círculo vicioso.
Hamilton
echó la silla hacia atrás y se puso en pie.
—Gracias
por escucharme, coronel.
—No
hay de qué —repuso Edwards, un poco violento—. Me gustaría hacer algo por
usted, muchacho. Pero sin duda comprende mi situación.
—No
es culpa suya —concedió Hamilton—. De hecho, y de un modo algo perverso, me
alegro de que no tenga en cuenta mis alegaciones. Al fin y al cabo, McFeyffe es
inocente hasta que no se demuestre lo contrario.
—Se
había levantado la sesión. Los directores de la «Mantenimientos de California»
comenzaron a salir al pasillo, satisfechos de poder regresar a sus tareas
rutinarias. La linda y compuestita taquígrafa recogió su máquina de
estenotipia, sus cigarrillos y su bolso de mano. Tras una cautelosa y malévola
mirada a Hamilton, McFeyffe echó a andar, pasó bruscamente junto al ingeniero y
desapareció.
En
el umbral, el coronel Edwards detuvo a Hamilton.
—¿Qué
va a hacer ahora? —interrogó—. ¿Piensa darse una vuelta por la parte alta de la
península? ¿Va a ofrecer la oportunidad de contratarle a Tillingford y a la
A.F.E.? Le aceptarán de mil amores. Tillingford y su padre de usted fueron muy
buenos amigos.
En
aquel mundo, el real, Hamilton no se había acercado a Guy Tillingford.
—Supongo
que sí, que aceptaría mis servicios —silabeó con aire pensativo—, en parte por
esa razón que ha citado usted y en parte porque soy un buen especialista en
electrónica.
Edwards
comenzó a sentirse un poco violento y a ponerse colorado.
—Perdone,
muchacho; créame que lo lamento. No pretendía ofenderle, sólo deseaba...
—Me
hago cargo de lo que usted deseaba. —Hamilton se encogió de hombros, teniendo
buen cuidado en no provocar ninguna reacción dolorosa por parte de su costilla
fracturada. En la boca tenía dos dientes moviéndose y en su cabeza aparecía un
claro, por encima del oído derecho, donde tuvieron que arrancarle un trocito de
cuero cabelludo y aplicarle dos puntos de sutura. El accidente, la prueba de
fuego que representó, le había convertido en un hombre maduro. Declaró—: No
pienso recurrir a Tillingford. Tengo la intención de establecerme por mi
cuenta.
Tras
un titubeo, Edwards inquirió:
—¿Está
resentido con nosotros, los dirigentes de la empresa?
—No.
Perdí este empleo, pero eso carece de importancia. Es cierto sentido,
constituye un alivio. Es probable que, de no haber sucedido esto, habría
continuado aquí indefinidamente. Sin que el sistema de seguridad me molestase
lo más mínimo, sin tener plena conciencia de que existe. Pero me lo han frotado
por las narices; me he visto obligado a plantarle cara. No tuve más remedio que
despertar, tanto si me gustaba como si no.
—Vamos,
Jack...
—Mi
vida siempre se desarrolló de un modo tranquilo, nunca tuve que vencer
dificultades de ninguna especie. Mi familia poseía dinero en abundancia y mi
padre fue un hombre que gozaba de bastante renombre en su profesión.
Normalmente, las personas como yo nunca reciben el roce de individuos como
McFeyffe. Pero los tiempos cambian.
Los
McFeyffe suben ya hasta nuestra altura y empezamos a tenérnoslas que ver con
ellos. Así que ha llegado el momento de notar su existencia.
—Todo
eso está muy bien —dijo Edwards—. Noble y conmovedor. Pero tiene que ganarse la
vida; ha de encontrar trabajo y mantener a su familia. Y mientras no se
extienda un certificado que contrarreste el efecto negativo de los datos
incluidos en su expediente, no diseñará proyectiles aquí ni en ningún otro
sitio. No le aceptará nadie que tenga contratos con el Gobierno.
—Tal
vez sea también algo bueno. Estoy cansado de colaborar en la fabricación de
bombas.
—Le
abruma la monotonía, ¿eh?
—Prefiero
llamarlo conciencia desvelada. Algunas de las cosas que me han sucedido me
hicieron también cambiar determinados puntos de vista. Me arrancaron del surco,
como dicen.
—¡Ah,
sí! —dijo Edwards vagamente—. El accidente.
—Ante
mis ojos aparecieron un sinfín de aspectos de la realidad que ignoraba que
existiesen. He salido de ésta con una perspectiva alterada. Quizás es menester
que se produzcan acontecimientos como ese para que se derrumben las murallas de
la rutina. Si ocurre así, merece la pena pasar por esa experiencia.
A su
espalda, por el pasillo, resonó el cadencioso y agudo taconeo de los zapatos de
Marsha, la cual, radiante y con respiración entrecortada, llegó presurosa hasta
él y le cogió del brazo.
—Lo
tenemos todo a punto para la marcha —informó a Hamilton en tono algo
apremiante.
—Y
lo más trascendente para mí —dijo Hamilton al coronel Edwards— ha quedado bien
establecido. Marsha decía la verdad, y eso es lo que a mí me importa. Siempre
estaré a tiempo de conseguir otro empleo, pero las esposas andan escasas.
—¿Qué
piensa hacer? —insistió Edwards, cuando Hamilton y Marsha echaban a andar
pasillo abajo.
—Le
enviaré una tarjeta postal —respondió Hamilton por encima del hombro—. Con el
membrete de la sociedad.
—Cariño
—habló Marsha excitadamente, mientras descendían por la escalinata frontal del
edificio de la «Mantenimientos de California» y se disponían a avanzar por el
paseo de cemento—, los camiones han empezado a llegar. Y están descargando ya.
—Estupendo
—repuso Hamilton, satisfechísimo—. Será un gran espectáculo cuando nos pongamos
a trabajar divirtiéndonos como antes.
—No
hables así —reprochó Marsha, angustiada, al tiempo que le oprimía el brazo—. Me
avergüenzo de ti.
Con
una amplia sonrisa en el rostro, Hamilton la ayudó a subir al automóvil.
—A
partir de ahora voy a mostrarme perfectamente honesto y sincero con todo el
mundo; no diré ni más ni menos que lo que piense y sólo haré lo que me parezca
justo. La vida es demasiado breve para proceder de otro modo.
Enojada,
Marsha se quejó:
—Bill
y tú... empiezo a preguntarme cómo terminará todo esto.
—Seremos
ricos —contestó Hamilton jubilosamente. Iba al volante y conducía hacia la
autopista—. Grábate mis palabras en el cerebro, nena. «Morrongo Atolondrado» y
tú os hartaréis de platos de natillas y dormiréis sobre almohadones de seda.
Media
hora después, ambos se encontraban erguidos en lo alto de un otero de terreno
inculto y examinaban con ojo crítico el pequeño cobertizo con cubierta de
hierro acanalado que Hamilton y Laws arrendaron días antes. Se amontonaba el
equipo embalado en gigantescas cajas de madera; un rosario de camiones pesados
se acercaba en marcha atrás al andén posterior de carga.
—Un
día de estos —comentó Hamilton en tono reflexivo—, de esa plataforma saldrán
brillantes cajitas con interruptores y diales, los camiones cargarán mercancía,
en vez de descargarla.
Con
el enjuto cuerpo encogido para resistir mejor los embates del vivo aire otoñal,
Bill Laws avanzaba a grandes zancadas en dirección a la pareja. Entre los
delgados labios del negro colgaba un cigarrillo apagado y llevaba las manos
hundidas en los bolsillos del pantalón.
—Bueno
—manifestó torcidamente—, no es gran cosa, pero va a resultar divertidísimo.
Puede que, al final, todo se venga abajo, pero antes de que eso ocurra. si
ocurre, lo pasaremos en grande durante una temporada.
—Jack
acaba de decirme que nos enriqueceremos —replicó Marsha, decepcionada, juntos
los labios en un pucherito burlón.
—Eso,
en todo caso, vendrá después —explicó Laws—. O sea, cuando seamos demasiado
viejos y estemos demasiado achacosos para divertirnos.
—¿Se
ha presentado Edith Pritchet? —preguntó Hamilton.
—Debe
de andar. por alguna parte, no muy lejos —Laws hizo un gesto vago—. Vi su
«Cadillac» aparcado en la carretera, un poco más arriba.
—¿Funciona?
—Ya
lo creo —afirmó Laws—. Va como una seda. Hemos dejado de estar en ese mundo de
manera definitiva.
Un
arrapiezo, que no tendría más de once años, apareció corriendo entusiasmado.
—¿Qué
se va a fabricar? —interrogó—. ¿Cohetes?
—No
—respondió Hamilton—. Tocadiscos. Para qué la gente pueda escuchar música. Eso
será lo primero.
—¡Jesús!
—exclamó el chico, impresionado—. Eh, el año pasado monté un receptor tipo
casco telefónico, de un tubo y que funcionaba a base de pilas.
—¡Buen
principio!
—Y
ahora estoy preparando un afinador T.R.F.
—Magnífico
—alabó Hamilton—. Es posible que te demos un empleo. Suponiendo, naturalmente,
que no tengamos que imprimir nuestros propios billetes de banco.
Caminando
con suma cautela por aquel terreno «selvático», se acercó la señora Pritchet.
Iba envuelta en un costoso abrigo de pieles y cubría sus rizos un sombrero de
lo más complicado.
—Vamos,
no molestes al señor Laws y al señor Hamilton —dijo a su hijo—. Tienen un
montón de complicaciones.
David
Pritchet se retiró, mustio.
—Hablábamos
de electrónica.
—Han
comprado una cantidad enorme de equipo —observó la señora Pritchet, con cierto
dejo dubitativo en la voz—. Desde luego, todo eso debe costar una fortuna.
—Nos
va a hacer falta —explicó Hamilton—. No pretendemos montar amplificadores con
piezas de las que ya se fabrican en serie; diseñaremos y produciremos nuestros
propios componentes, desde condensadores hasta transformadores. Bill ha trazado
ya el esquema de una nueva clase de tubo sin fricción. Causará sensación en el
mercado de los reproductores de alta fidelidad... con la garantía absoluta que
ningún disco lleva.
—Degenerados
—denostó Marsha—. Dedicarse a satisfacer los caprichos de las clases ociosas...
—Creo
—manifestó Hamilton— que la música está aquí para quedarse. La cuestión estriba
en: ¿cómo lo manejaremos? Maniobrar un equipo de alta fidelidad va a constituir
un arte en sí mismo. Para sacarle partido a nuestros aparatos hará falta más
destreza que la que se necesita para fabricarlos.
—Ya
lo vislumbro —sonrió Laws—. Flacos, jóvenes sentados en el suelo de sus
apartamentos de North Beach, sumidos en el éxtasis profundo de accionar mandos,
interruptores y palancas, con el propósito de afinar tonos y volumen, mientras
truena el increíblemente auténtico rugido de los motores, las tormentas de
nieve, los camiones cargados de chatarra y otros sonidos a cual más extraños,
grabados para su goce espiritual.
—No
estoy segura de la empresa —expuso sus dudas la señora Pritchet—. Ustedes dos
parecen tan... tan excéntricos.
—Este
es un terreno excéntrico —le informó Hamilton—. Peor que el de la alta costura
y las modas. Peor que el negocio de proporcionar artículos para tertulias
masculinas. Pero remunerador al máximo.
—Sin
embargo —insistió la señora Pritchet—, ¿tienen la certeza absoluta de que su
aventura alcanzará el éxito financiero? No me gusta efectuar inversiones, a
menos que posea ciertas garantías de beneficios razonables.
—Señora
Pritchet —adopté Hamilton un tono severo—, me pareció haberla oído decir una
vez que anhelaba patrocinar las artes.
—Oh,
cielos —le tranquilizó Edith Pritchet—, no hay nada más vital para la sociedad
que una firma patrocinadora de actividades culturales. La vida sin la gran
herencia artística creada por generaciones de genios inspirados...
—Entonces
está llevando a cabo una obra magnífica —afirmó Hamilton—. No se arrepentirá de
su acción, no tendrá motivos. Ha traído su caudal al sitio adecuado.
—Mi...
—Su
laúd —intervino Bill Laws rápidamente—. Ha traído su laúd al sitio adecuado.
Estamos en el terreno de la música; con nuestros aparatos, las masas van a
disfrutar como nunca de la armonía sonora. Centenares de vatios de música en
toda su pureza. Decenas de millares de ciclos llanos. Es una revolución
cultural.
Pasando
el brazo alrededor de su esposa, Hamilton la atrajo hacia sí con entusiasmo.
—¿Qué
te parece, nena?
—Formidable
—jadeó Marsha—. Pero ten cuidado con mi persona... con mis quemaduras...
Acuérdate de ellas.
—¿Crees
que será un éxito?
—Estoy
convencida.
—Eso
basta para satisfacer a cualquiera —se dirigió Hamilton a la señora Pritchet,
al tiempo que soltaba a su esposa—. ¿De acuerdo?
Todavía
vacilante, Edith Pritchet rebuscó el talonario de cheques en su voluminoso
bolso.
—En
fin, parece que se trata de una buena causa.
—No
lo parece, es una buena causa —aseveró Hamilton—. Claro que, si no conseguimos,
si no disponemos del dinero, no estaremos en condiciones de ponerla en marcha.
Con
un chasquido agudo, la señora Pritchet volvió a cerrar su bolso.
—Tal
vez sea mejor que no me complique en este asunto.
—No
le haga caso —intervino Marsha, apremiante—. Ninguno de ellos sabe lo que dice.
—Está
bien —asintió la señora Pritchet, decidida por fin. Con precisión y cuidado
exquisitos, extendió un cheque por una cantidad que cubría los gastos iniciales
de la empresa—. Espero que me devolverán esta suma —manifestó severamente,
mientras tendía el talón a Laws—. De acuerdo con las cláusulas de nuestro
convenio.
—Se
lo devolveremos —afirmó Laws muy serio.
E
inmediatamente dio un brinco hacia atrás y puso cara de sufrimiento. Se agachó
con ademán furioso, se llevó las manos al tobillo y aplastó con el pulgar algo
minúsculo y serpenteante.
—¿Qué
le pasa? —preguntó Hamilton.
—Un
bicho. Subió por el calcetín y me picó. —A la vez que esbozaba una sonrisa
intranquila, Laws añadió—: Una simple coincidencia.
—Confiamos
en devolverle su dinero —explicó Hamilton a la señora Pritchet, expresándose de
una forma más segura, por si acaso—. No podemos prometérselo a ciencia cierta,
claro. Pero nos esforzaremos al máximo.
Aguardó,
pero ningún bichito le mordió ni le picó.
—Gracias
a Dios —murmuró Marsha, con la vista clavada en el cheque. Camino ya del
cobertizo con techo de hierro acanalado, Bill Laws gritó:
—¿A
qué esperamos? ¡Manos a la obra!
FIN
Título Original: Eye in the Sky
Traducción: M. Blanco 1976
Cubierta: J Vilanova
© 1960 by A. A. Wyn Inc.
© 1985 Ediciones Orbis S. A.
ISBN: 978-84-7634-263-3
Biblioteca Ciencia Ficción 22


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