© Libro N°. 3077. Opus
Nigrum. Marguerite Yourcenar. Colección E.O. Septiembre 3 de 2016.
Título original: © Opus Nigrum. Marguerite Yourcenar
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
OPUS NIGRUM
Marguerite Yourcenar
ÍNDICE
INTRODUCCIÓN
3
MARGUERITE
YOURCENAR O LA FORMA DE LA HISTORIA 3
PRIMERA
PARTE LA VIDA ERRANTE 12
EL CAMINO
REAL 14
LA
INFANCIA DE ZENÓN 20
OCIO
VERANIEGO 31
LA
FIESTA DE DRANOUTRE 38
LA
SALIDA DE BRUJAS 46
LA
OPINIÓN PÚBLICA 50
LA
MUERTE EN MÜNSTER 53
LOS
FUGGER DE COLONIA 68
LA
CONVERSACIÓN EN INNSBRUCK 82
LA
CARRERA DE HENRI-MAXIMILIEN 100
LOS ÚLTIMOS
VIAJES DE ZENÓN 105
SEGUNDA
PARTE LA VIDA INMÓVIL 110
EL
REGRESO A BRUJAS 112
EL
ABISMO 121
LA
ENFERMEDAD DEL PRIOR 140
LOS
DESMANES DE LA CARNE 160
UN
PASEO POR LAS DUNAS 177
LA
RATONERA 195
TERCERA
PARTE LA PRISIÓN 200
EL
ACTA DE ACUSACIÓN 202
UNA
HERMOSA MORADA 221
LA
VISITA DEL CANÓNIGO 228
LA
MUERTE DE ZENÓN 239
NOTA
DE LA AUTORA 245
INTRODUCCIÓN
MARGUERITE YOURCENAR O LA FORMA DE LA HISTORIA
Con la historia sucede algo muy curioso: no se hace cuando se
produce, sino siempre después, no pasa sino que se fabrica, no sucede sino que
es algo que se inventa una vez que haya sucedido. Esto es, que la historia es
la forma que luego damos a lo que pasó, no exactamente aquello que pasó y que
cuando pasaba pocas veces parecía ser historia. Esto es algo que se hace mucho
más evidente en nuestros días, cuando la simultaneidad de los acontecimientos y
de su transmisión, con la increíble expansión de los medios de comunicación y
de las técnicas informáticas, ponen a cada instante en las manos del hombre
todo lo que sucede en el universo entero. Pero esta multiplicación de la
información, seguida de la instantaneidad y de la simultaneidad de toda ella,
no provoca una sensación de historia estructurada, ni mucho menos, sino la de
un desorden esencial, un caos: lo contrario precisamente de la sensación que
produce la historia, intento desesperado de los historiadores por implantar un
orden en el caótico devenir de la humanidad.
Pero para implantar un orden es preciso establecer un sentido,
cosa a la que pocos historiadores llegan, pues suele ser patrimonio de los
pensadores, de los creadores y de los artistas. Se suele decir que el arte de
la literatura reside en la memoria, lo que es verdad en gran medida; y también
que la literatura consiste en un ir y venir entre la memoria y la historia,
expresando con palabras dispuestas para ser más intensamente recordadas y
repetidas —esto es, sentidas— este constante viaje de ida y vuelta. La
literatura nació con la rima, el ritmo y el verso, y luego se multiplicó en
todas las direcciones para llegar a ser «la máxima lengua posible», según las
teorías del académico Francisco Rico.
Y esta lengua con la que expresan de la máxima manera posible
las idas y venidas entre la memoria y la historia la crean los artistas, los
escritores. De ahí la vigencia del género histórico, que es algo tan real como
ficticio. En efecto, desde la Biblia y la Ilíada, la literatura se ancla en la
historia, real, mitificada o imaginada, independientemente de la verdad o
mentira que superficialmente —esto es, en cuanto a su contenido aparente—
predique su propio texto. Lo que sucedió fue que en un momento determinado de
la historia de la literatura, concretamente en el romanticismo, y merced sobre
todo al escocés Walter Scott, se puso de moda en el mundo el género de la
«novela histórica» que, con altos y bajos, ha pervivido hasta nuestros días, y
que precisamente en la última década hace furor en el mercado occidental. Y
dentro de él, la gran triunfadora final ha sido precisamente esta
extraordinaria y profunda escritora francobelga, que falleció el 18 de
diciembre de 1987, Marguerite Yourcenar. Dos meses antes, había sido elegida
como el mejor escritor europeo en un congreso en Estrasburgo, pero ya para
entonces estaba cargada de premios y honores, era miembro de las Academias de
Francia y Bélgica, había sido traducida a casi todos los idiomas, y sus obras
ocupaban desde hacía años los primeros lugares en las listas de libros más
vendidos del mundo entero.
Y aquí cabe hacer una doble matización. En primer lugar, que el
género de la novela histórica no es el que define por completo la obra de la
escritora —que ha escrito muchos libros de otra temática y sentido— sino el que
le llevó a la fama. Pero, como todo gran creador, Marguerite Yourcenar desborda
a su propia fama, y es una narradora histórica pero también una pensadora, una
asombrosa artista del estilo, ha escrito además ensayos, novelas largas y
cortas, teatro y poesía; su obra, tan dispersa en los géneros que cultivó,
circula por todos los momentos de la historia, desde la antigüedad clásica
griega y latina hasta la época de la ascensión de los fascismos, pasando por
las culturas orientales y la época de las convulsiones de la Reforma en la
Europa del siglo XVI, y además por todos los espacios también, pues va desde
escenarios japoneses y americanos hasta los europeos, españoles, y así
sucesivamente: y una obra que al final no es demasiado extensa, pues consta de
quince libros en prosa, dos de poemas, seis piezas teatrales y seis volúmenes
de traducciones, pero cuyo rigor y profundidad alcanzan cotas inéditas en las
letras universales de nuestros días. La novela histórica, por lo tanto, es el
género que proporcionó celebridad a la escritora, el que la hizo triunfar
universalmente, pero no el que la define en su totalidad.
El segundo matiz que hay que subrayar es que este triunfo ha
sido lento, y sobre todo tardío. Para ceñirnos al ámbito simplemente hispánico
habrá que advertir que desde la primera aparición de un libro de la Yourcenar
en castellano hasta que su obra se impuso definitivamente, colocando esa misma
obra durante dos años en las listas de libros más vendidos, y ocupando además
los primeros lugares, transcurrieron casi treinta años. Pues se trataba además
del mismo libro, una de las obras maestras de la escritora, las Memorias de
Adriano, en la no menos valiosa traducción del gran narrador argentino Julio
Cortázar, que apareció primero en Buenos Aires, en 1955, sin que apenas se
advirtiera, y que en los años ochenta irrumpió como un meteoro en el mercado
español, siendo reeditado desde entonces sin parar.
Aún hay más: en 1960, se publicaba en Buenos Aires también otra
novela de Yourcenar, El tiro de gracia, en 1970 aparecía en Barcelona una
primera versión de esta Opus Nigrum —bajo el título de El alquimista —libro
que, al pasar inadvertido, fue posteriormente saldado en algunos grandes
almacenes— y que en 1977 aparecía en Madrid, en traducción de Emma Calatayud,
que luego se convertiría en la gran traductora de casi toda la obra de la
escritora, su primera novela, no muy larga desde luego pero que es una de las
mejores pese a su precocidad, Alexis o el tratado del vano combate.
Bueno, pues todo esto había sido ya publicado en España sin que
ni el gran público ni gran parte de la crítica pareciera haberse enterado. Pero
cuando en 1980 los medios de comunicación conectaron sus focos sobre Marguerite
Yourcenar con motivo de su elección como miembro de la Academia Francesa —y era
la primera mujer en la historia que alcanzaba esta dignidad, en una institución
tan prestigiosa como tenazmente misógina, hasta el punto de que la misma Real
Academia Española había roto ese tabú un año antes— la sorpresa fue general.
¿Quién era esta escritora casi secreta, que, aunque relativamente conocida en
Francia y otros países occidentales donde ya había sido traducida, presentaba
una obra de tal magnitud y bastante desconocida del gran público?
Marguerite Yourcenar, nacida en Bruselas en 1903, en el seno de
una familia francobelga, hija de un aristócrata francés venido a menos y de una
heredera de la gran burguesía belga —que falleció a los diez días del
nacimiento de su hija—no se llamaba en realidad así, sino que formó este nombre
literario al principio de su carrera mediante un anagrama imperfecto de parte
de su apellido paterno. Su nombre completo, si se cuenta también el apellido
materno, fue el de Marguerite, Antoinette, Jeanne, Marie, Ghislaine,
Cleenewerck de Crayencour y Cartier de Marchienne; su padre era de la región de
Lille, en Francia, y su madre de la de Namur, en Bélgica, y el nacimiento de la
escritora se produjo durante una estancia temporal de sus padres en Bruselas,
en una casa ya derruida de la avenida Louise. Tras la muerte de la madre, el
padre se trasladó a vivir con su hija recién nacida a Francia, a una propiedad
familiar de su región natal denominada el castillo de Mont-Noir, mansión que
también resultó posteriormente destruida durante la guerra. Así, los escenarios
familiares y vitales de Marguerite Yourcenar han ido desapareciendo uno tras
otro de manera implacable. Durante su infancia, la niña fue educada con rigor y
flexibilidad, merced a preceptores privados, y alternaba su existencia en
Mont-Noir con otras en casa de su familia paterna en Lille y otras más en
Bruselas con sus parientes por parte de madre. También su padre la arrastró con
cierta frecuencia al sur de Francia durante los veranos y las vacaciones. De todas
formas, a partir de 1912, Michel Cleenewerck de Crayencour se instala con su
hija en París, en un barrio elegante, en una casa que también desaparecería
después. La guerra de 1914 les sorprende en la costa belga, de donde padre e
hija se trasladan a Gran Bretaña huyendo del conflicto. La niña sigue sus
estudios de manera intermitente, profunda y flexible como siempre, guiada por
sus preceptores y su propio padre, primero en los suburbios de Londres y
posteriormente en París, de donde se trasladan finalmente al sur de Francia a
finales de la guerra. Aprende el latín, el griego y el italiano, empezando a
leer poesía en estos idiomas, y adquiere sus primeros conocimientos del inglés.
A los dieciséis años, compone un poema dialogado basado en la
leyenda de ícaro, El jardín de las quimeras, que se publica, pagado por su
padre, en 1921. Y al año siguiente otro libro de poemas, Los dioses no han
muerto, muestra que ya no se trata de ejercicios de diletante —aunque sean de
alguna manera bastante escolares— sino de una vocación en debida forma. Durante
todo el período de entreguerras, Marguerite Yourcenar —que ya ha adoptado este
nombre de pluma, que se convertirá en el suyo legal en Estados Unidos en 1947—
viaja con su padre por toda Europa, por el Mediterráneo, Italia, Grecia,
Centroeuropa y España, comienza a escribir ensayos y textos de creación que va
publicando lentamente en algunas revistas francesas de la época y proyecta una
vasta construcción novelesca que nunca llegará a realizar, pero que es el
germen de otras obras posteriores. En efecto, esta artista adolescente planeaba
la creación de una vasta novela, Remous (Remolinos), que contase a través de
múltiples personajes la historia de varias familias europeas que se mezclaban
entre sí a través de cuatro siglos. Llegó a escribir más de quinientas páginas
de este proyecto que, sin embargo, quedó inconcluso y jamás se publicó. Sin
embargo, tres fragmentos aparecerían en un volumen en 1934 bajo el título La
muerte conduce el atelaje, título del que también renegaría posteriormente y
que jamás reeditó. En realidad, este volumen contenía tres novelas cortas, que
luego sufrieron distintos destinos. La primera, D’après Greco, se convirtió en
Anna Sóror, historia de un incesto sucedido en Nápoles bajo la dominación
española en el siglo XVI, que pasaría casi sin variantes a una de sus obras
finales, Como el agua que fluye, que se publicó en 1981. En esta última obra se
incluyen también otras dos narraciones, Un hombre oscuro y Una hermosa mañana,
que son la reelaboración profunda de temas incluidos en otro de los relatos del
libro de 1934, D’après Durero, el tercer relato, D’après Rembrandt daría
origen, después de muchas reelaboraciones, a toda una obra larga e
independiente que además es una de sus obras maestras, Opus Nigrum, como tan
excelentemente se ha traducido la expresión francesa «L’oeuvre en noir», la
«obra en negro», según las operaciones de los alquimistas del renacimiento.
También son estos los años en los que Marguerite Yourcenar
siente la llamada del emperador Adriano, y cuando, según se agotaba la
inspiración de Remous, iba surgiendo en su interior lo que después sería su
autobiografía, El laberinto del mundo, de la que llegó a publicar en vida los
dos primeros volúmenes, Recordatorios y Archivos del Norte —que son sobre todo
un análisis y recreación de la historia de sus familias paterna y materna
durante varios siglos, y al parecer ha dejado terminado en el momento de su
desaparición el tercer tomo, que llevará el título de Quoi, l’éternité?, pero
que todavía no se ha publicado en el momento en que redacto estas líneas. En
1922, la escritora es testigo de la marcha de los fascistas de Mussolini sobre
Roma, que luego le servirá para otra de sus novelas, de inspiración claramente
antifascista, Denario del sueño, que tras publicarse poco antes de la gran
guerra no sería reeditada, bastante modificada, en su versión definitiva hasta
1959. Durante todos estos años publica sus primeros poemas también y alguna
obra teatral o relatos de inspiración oriental. Aunque el influjo de André Gide
—el gran maestro de las juventudes literarias de aquella época en Francia y en
Europa— y sus viajes por Centroeuropa le llevarían a redactar dos célebres
novelas, Alexis, o el tratado del vano combate, y El tiro de gracia, publicadas
respectivamente en 1929 y 1939, donde se abre paso un tema de inspiración
gidiana, el de la homosexualidad. La primera de esas dos breves novelas llamó
poderosamente la atención de la crítica más rigurosa de aquel tiempo. Ese mismo
año, en 1929, fallece su padre en un clínica suiza en Lausanne, pero la
escritora prosigue sus peregrinaciones por Europa, tras haber intentado
recobrar los restos de su herencia materna. En 1930 publicaba otra novela de la
que después también renegaría, La nueva Eurídice, y una obra de teatro, El
diálogo en la marisma. En 1934 publica los dos libros citados anteriormente,
Denario del sueño y La muerte conduce el atelaje, y durante los cuatro años
siguientes viaja por Grecia, donde escribe los textos de uno de sus libros más
importantes, Fuegos, compuesto por textos líricos de un posible diario
personal, intercalados entre varios relatos inspirados en la mitología clásica
pero con lecciones morales permanentes, que se publicó en 1936. Y dos años
después aparecería otra obra extraña y personal, Los sueños j las suertes, una
especie de ensayo sobre los sueños, que incluye relatos de sus propias
pesadillas. Traduce también a Virginia Woolf —Las olas— y a Henry James —Lo que
Maisie sabía— así como al gran poeta griego de Alejandría Constantin Kavafys,
al que dedicó asimismo un largo ensayo introductorio. Tras su encuentro con la
profesora norteamericana Grace Frick, que sería su traductora al inglés y su
compañera durante toda su vida, visita por vez primera Estados Unidos, donde
conecta con los cantos espirituales negros, con los que escribiría después una
gran antología y ensayo. Tras la publicación en 1939 de El tiro de gracia,
Marguerite Yourcenar escapa de la segunda guerra mundial que ha estallado en
Europa y se exilia en los Estados Unidos, donde se dedica en principio a tareas
docentes, a pesar de carecer de títulos universitarios, en un trabajo en el que
la calidad y profundidad de sus conocimientos y su vasta cultura, tras la ayuda
inicial de Grace Frick, se le abrieron las puertas con sencillez. Con el
tiempo, ambas amigas se instalarían en la isla de los Monts-Déserts, situada en
la costa atlántica norteamericana, frente al Estado de Maine, alternando sus
trabajos docentes con los de la traducción y la escritura de creación.
De 1948 a 1950 redacta las Memorias de Adriano, cuya publicación
en 1951 le valió el premio de novela de la Academia Francesa y el comenzar a
ser ya bastante conocida al menos en Francia. Durante los largos años de la
postguerra, Marguerite Yourcenar vuelve a emprender numerosos viajes, va siendo
reconocida en otras partes, recibe varios doctorados «honoris causa», publica
su segunda gran novela Opus Nigrum, en 1968 —que le valió el premio Femina—,
entra dos años después en la Academia Belga de literatura y recibe al siguiente
la Legión de Honor. Inicia la publicación de su autobiografía ya citada, la
edición de algunas obras anteriores revisadas como ya he dicho, sus
traducciones poéticas, algunas piezas teatrales más, sus libros de ensayos,
como A beneficio del inventario o, mucho después, El tiempo, ese gran escultor,
y acompaña y asiste a su amiga Grace Frick en una dolorosa enfermedad que la
llevará a la tumba en 1979. Y al año siguiente llegó su elección como miembro
de la Academia Francesa, que rompía así con su misógina tradición de tres
siglos y medio. Durante estos años también, Marguerite Yourcenar se sintió
tentada por algunos temas misteriosos, como los del mundo de las drogas y los
alucinógenos del brujo don Juan descritos por Carlos Castañeda, o el del
suicidio del escritor japonés Yukio Mishima, al que dedicó un libro —Mishima o
la visión del vacío— pero también combatió en temas más políticos, como en la
defensa de los negros y los derechos civiles en Estados Unidos, en favor de la
paz universal, contra la proliferación nuclear, contra la superpoblación y en
favor de la ecología, del medio ambiente, de la naturaleza y de los animales.
Sin embargo, y a pesar de que toda su vida y su obra es un gran ejemplo para la
lucha por los derechos de la mujer, nunca se acercó a los movimientos
feministas, pues le desagradaban sus radicalismos y sus exageraciones.
En los últimos años de su vida, Marguerite Yourcenar alternó su
residencia en la propiedad de la isla de Mont-Déserts —una mansión campesina
denominada «Petite plaisance»— con sus viajes y conferencias en el mundo
entero, y la recepción de múltiples premios, honores y homenajes. Publicó su
ensayo sobre Mishima, una asombrosa antología de la poesía griega clásica, La
corona y la lira, revisó alguna obra anterior y en 1983 sufrió un grave
accidente en Kenia que hizo temer por su vida, hasta que, finalmente, falleció
en un hospital de Washington a finales de 1987, cuando contaba ochenta y cuatro
años de edad.
Como diría André Malraux, la muerte de un hombre convierte su
vida en destino. Marguerite Yourcenar hizo de su propia vida y de su obra un
constante peregrinar por todos los rincones del mundo, tanto en su geografía
como en su historia; se paseó, en su existencia o en su imaginación repleta de
sabiduría y cultura, por los lugares y las épocas más dispares, pero siempre
acercando al hombre y a la mujer de hoy a los grandes temas del pasado, o
convirtiendo el pasado en los moldes más conflictivos del mundo contemporáneo.
En su afán de discreción y de objetividad, nada de su vida personal ha pasado a
su literatura, exceptuando sus obsesiones y temas preferidos. En su
autobiografía, que todavía no lo es a la espera de su tercer volumen, ya que
sólo habla de sus estirpes familiares más que de su propia vida, empieza
citando un lema oriental «¿Cómo sería tu rostro antes de que tu padre y tu
madre se encontraran?» Y cuando tiene que hablar de sí misma, al principio de
esta misma obra, empieza separándose del tema para siempre: «El ser que llamo
yo...». Dejando aparte su poesía, que traspasa toda su obra, su teatro —seis
piezas— y sus ensayos, su obra propiamente narrativa, si se prescinde de
algunos libros juveniles ya citados —La nueva Eurídice y La muerte conduce el
atelaje, ya citados— consta tan sólo de cinco novelas largas, y veintidós
cortas reunidas en tres volúmenes estas últimas: Como el agua que fluye,
Fuegos, y Novelas orientales. Sus novelas largas son las ya citadas Alexis, o
el tratado del vano combate, El tiro de gracia, Denario del sueño, Memorias de
Adriano y Opus Nigrum, siendo estas dos últimas los dos grandes pilares sobre
los que se asienta su obra entera. La primera de las dos se basa en el
monólogo, imaginario, pero perfectamente verosímil —Yourcenar cuidaba al
milímetro sus reconstrucciones históricas, a las que no cabe objetar el menor
error, y cuando extrapola algo ella es la primera que lo advierte— del
emperador Adriano, que intentaba consolidar el territorio de Roma justo antes
de que se desmoronase, debatiendo sobre la naturaleza humana, sobre el tema del
amor y la homosexualidad, sobre el arte, las religiones y los dioses, en el
momento en que vacilaba la antigua civilización y los viejos valores iban a ser
sustituidos por otros nuevos, pues el cristianismo se anunciaba como nueva
fuerza emergente. Pero Adriano es un personaje histórico real y existente,
mientras que en Opus Nigrum la escritora iba a basar su fábula, tan coherente,
imaginaria y real como la anterior, sobre un personaje perfectamente inventado,
el alquimista, médico y filósofo Zenón, cuya peregrinación por la Europa de su
tiempo, justo cuando el cristianismo se divide en dos, a causa de la Reforma
protestante, constituye una gran novela de aventuras, una lección filosófica y
una fabulación moral universal.
La propia escritora, en la «nota de autor» incluida en este
volumen relata, con su habitual exactitud y elegancia, cómo nació esta obra y
cuáles fueron sus principales fuentes de inspiración. Es otra vez la historia
de un mundo vacilante, de lucha de dos grandes fuerzas que se contraponen, un
juego de contraluces que iluminan el corazón humano de una vez para siempre, y
ya desde el principio, en la cita de Pico de la Mirándola que abre el volumen,
se le cita con su nombre primero y universal, Adán. Zenón podría haber nacido
en Brujas en 1510 aproximadamente, y su vida recorrería el mundo civilizado y
conflictivo de su tiempo como un estandarte en favor de la luz y de la
independencia, de la ciencia y de la tolerancia, cuando catolicismo y
protestantismo se oponen cada vez más cruelmente, y empieza la decadencia del
imperio español, lo que causará su muerte voluntaria que podría hasta
imaginarse feliz. Los modelos para la figura de Zenón han sido muchos, desde
Erasmo de Rotterdam o Leonardo da Vinci, o Vesalio, o Galileo y Giordano Bruno
hasta Campanella y Miguel Servet, el gran científico español perseguido tanto
por el catolicismo como por el calvinismo protestante. Esta novela es un relato
de aventuras, una lección ética, un tratado de historia y un magistral poema.
Rafael Conté
Marzo de 1988
OPUS NIGRUM
PRIMERA PARTE
LA VIDA ERRANTE
Nee certam sedem, nee propriam faciem, nee munus ullun peculiare
tibi dedimus, o Adam, ut quam sedem, quam faciem, quae muñera tute optaveris,
ea, pro voto, pro tua sententia, habeas et possideas. Definiita ceteris natura
intra praescriptas a nobis leges coercetur. Tu, nullis angustiis coercitus, pro
tuo arbitrio, in cuius manu te posui, tibi illam praefinies. Medium te mundi
posui, ut circumspiceres inde commodius quicquid est in mundo. Nec te caelestem
ñeque terrenum, ñeque mortalem ñeque immortalem fecimus, ut tui ipsius quasi
arbitrarius honorariusque plastes et fictor, in quam malueris tute formam
effingas...
PICO DE LA MIRANDOLA
Oratio de hominis dignitate
No te he dado ni rostro, ni lugar alguno que sea propiamente
tuyo, ni tampoco ningún don que te sea particular, ¡oh Adán!, con el fin de que
tu rostro, tu lugar y tus dones seas tú quien los desee, los conquiste y de ese
modo los poseas por ti mismo. La Naturaleza encierra a otras especies dentro de
unas leyes por mí establecidas. Pero tú, a quien nada limita, por tu propio
arbitrio, entre cuyas manos y o te he entregado, te defines a ti mismo. Te
coloqué en medio del mundo para que pudieras contemplar mejor lo que el mundo
contiene. No te he hecho ni celeste, ni terrestre, ni mortal, ni inmortal, a
fin de que tú mismo, libremente, a la manera de un buen pintor o de un hábil
escultor, remates tu propia forma...
EL CAMINO REAL
Henri-Maximilien Ligre proseguía, a pequeñas etapas, su camino
hacia París.
De las contiendas que oponían al Rey y al Emperador, lo ignoraba
todo. Únicamente sabía que la paz, que databa tan sólo de unos meses, empezaba
ya a deshilacharse como un traje usado durante mucho tiempo. Para nadie era un
secreto que François de Valois seguía echándole el ojo al Milanesado, como un
amante desafortunado a su hermosa; se sabía de buena tinta que trabajaba
calladamente para equipar y reunir, en las fronteras del duque de Saboya, un
ejército flamante, encargado de ir a Pavía para recoger sus espuelas perdidas.
Mezclando retazos de Virgilio con las escuetas narraciones de viajes de su
padre el banquero, Henri-Maximilien imaginaba, más allá de los montes
acorazados de hielo, filas de caballeros que bajaban hacia unas extensas y
fértiles tierras, tan hermosas como un sueño: llanuras rojizas, fuentes
borbotantes en donde beben blancos rebaños, ciudades cinceladas como arquetas,
rebosantes de oro, de especias y de cuero repujado, ricas como almacenes,
solemnes como iglesias; jardines llenos de estatuas, salas repletas de valiosos
manuscritos; mujeres vestidas de seda, amables con el gran capitán; toda clase
de refinamientos en la pitanza y la orgía, y encima de mesas de plata maciza,
dentro de frasquitos de cristal de Venecia, el aterciopelado brillo de la
malvasía.
Unos días antes, había abandonado sin gran disgusto su casa
natal de Brujas y su porvenir de hijo de mercader. Un sargento cojo, que se
alababa de haber servido en Italia en tiempos de Carlos VIII, le había remedado
una noche sus gloriosas hazañas y descrito a las mozas y sacos de oro a los que
echaba mano al saquear las ciudades. Henri-Maximilien le había pagado sus
fanfarronadas con un vaso de vino en la taberna. De regreso a casa, se había
dicho que ya era hora de comprobar por sí mismo lo redondo que es el mundo. El
futuro condestable dudó si se enrolaría en las tropas del Emperador o en las
del Rey de Francia; acabó por jugarse la decisión a cara o cruz; el Emperador
perdió. Una sirvienta propaló sus preparativos de marcha. Henri-Juste asestó
primero unos cuantos puñetazos al hijo pródigo y luego, calmándose al
contemplar a su hijo menor, que se paseaba por la alfombra de la sala con su
faldón largo, deseó socarronamente a su hijo mayor que le soplara un buen
viento de popa en la compañía de los locos franceses. Un poco de amor paternal
y un mucho de vanagloria, por afán de probarse a sí mismo cuan grande era su
influencia, le hicieron prometerse que escribiría a su debido tiempo a su
agente en Lyon, Maese Muzot, para que recomendase a aquel hijo indomable al
almirante Chabot de Brion, quien tenía deudas con la Banca Ligre. Por mucho que
Henri-Maximilien pretendiera sacudirse el polvo del mostrador familiar, no en
balde se es hijo de un hombre que puede subir o bajar el precio de los
productos, y que concede préstamos a los príncipes. La madre del héroe en
ciernes le llenó la bolsa de vituallas y le dio a escondidas dinero para el
viaje.
Al pasar por Dranoutre, en donde su padre poseía una casa de
campo, persuadió al intendente para que le dejara cambiar su caballo, que
empezaba ya a cojear, por el más hermoso animal que había en las cuadras del
banquero. Lo vendió en cuanto llegó a Saint-Quentin, en parte porque aquel
magnífico caballo hacía aumentar como por encanto las cuentas que en la pizarra
escribían los taberneros y en parte porque su lujosa montura le impedía gozar a
su gusto de las alegrías que da el ancho camino. Para que le durase algo más su
peculio, que se le escurría de entre los dedos más aprisa de lo que hubiera
querido, comía, en compañía de los carreteros, el tocino rancio y los garbanzos
de las más ruines posadas y por las noches dormía encima de la paja; mas perdía
de buen grado en rondas y en naipes todo lo que había economizado en el
alojamiento. De cuando en cuando, en alguna que otra granja aislada, una viuda
caritativa le ofrecía su pan y su cama. No se olvidaba de las buenas letras y
se había llenado los bolsillos con unos libritos encuadernados en piel, tomados
como anticipada herencia de la biblioteca de su tío, el canónigo Bartholommé
Campanus, que coleccionaba libros. A mediodía, tendido en un prado, se reía a
carcajadas de una chanza latina de Marcial o también, soñador, mientras escupía
melancólicamente en el agua de un estanque, imaginaba a una dama discreta y
prudente a quien él dedicaría su alma y su vida en unos sonetos al estilo de
Petrarca. Se quedaba medio dormido; sus zapatos apuntaban al cielo como torres
de iglesia; las matas altas de avena le parecían una compañía de lansquenetes
con blusones verdes; una amapola se convertía en una hermosa muchacha con la
falda arrugada. En otros momentos, el joven gigante se casaba con la tierra. Lo
despertaba una mosca, o bien el bordón del campanario de una aldea. Con el
gorro caído sobre la oreja, unas briznas de paja en sus cabellos amarillos y un
rostro largo y anguloso, todo nariz, bermejo por efectos del sol y del agua
fría, Henri-Maximilien caminaba alegremente hacia la gloria.
Bromeaba con los que pasaban por allí y se informaba de las
noticias. Desde la etapa de La Fère, un peregrino lo precedía por el camino a
una distancia de unas cien toesas. Iba deprisa. Henri-Maximilien, aburrido por
no tener con quién hablar, apretó el paso.
—Orad por mí en Compostela —dijo el jovial flamenco.
—Habéis acertado: allí voy —contestó el otro.
Volvió la cabeza bajo el capuchón de estameña marrón y
Henri-Maximilien reconoció a Zenón.
Aquel muchacho flaco, de cuello largo, parecía haber crecido por
lo menos la medida de un codo desde la última aventura que ambos habían corrido
en la feria de otoño. Su hermoso rostro, tan pálido como siempre, parecía
atormentado y en su forma de andar había una especie de hosca precipitación.
—¡Salud, primo! —dijo alegremente Henri-Maximilien—. El canónigo
Campanus os ha estado esperando todo el invierno en Brujas; el Rector Magnífico
en Lovaina se arranca las barbas por vuestra ausencia y vos reaparecéis así, a
la vuelta de un mal camino, como alguien a quien no quiero nombrar.
—El Abad Mitrado de Saint-Bavon de Gante me ha encontrado un
empleo —dijo Zenón con prudencia—. ¿No es acaso un protector confesable? Pero
contadme más bien por qué andáis haciendo de pordiosero por los caminos de
Francia.
—Puede que tengáis vos algo que ver en ello —respondió el más
joven de los dos viajeros—. He dejado plantados los negocios de mi padre lo
mismo que vos la Escuela de Teología. Pero ahora que os veo pasar de un Rector
Magnífico a un Abad Mitrado...
—Bromeáis —dijo el clérigo—. Siempre se empieza por ser el
famulus de alguien.
—Antes prefiero llevar el arcabuz —dijo Henri-Maximilien.
Zenón le echó una mirada de desprecio.
—Vuestro padre es lo bastante rico como para compraros una
compañía de lansquenetes del César Carlos —dijo—, en el caso en que ambos
estéis de acuerdo en pensar que el oficio de las armas es una ocupación
conveniente para un hombre.
—Los lansquenetes que mi padre podría comprarme me gustan tan
poco como a vos las prebendas de vuestros abates —replicó Henri-Maximilien—. Y,
además, sólo en Francia puede uno servir bien a las damas.
La broma cayó en el vacío. El futuro capitán se detuvo para
comprar un puñado de cerezas a un campesino. Ambos se sentaron a la orilla de
un talud para comer.
—Heos aquí disfrazado de necio —dijo Henri-Maximilien, mientras
observaba con curiosidad los hábitos del peregrino.
—Sí —dijo Zenón—. Pero ya estaba harto de abrevarme en los
libros. Prefiero deletrear algún texto con vida: mil cifras romanas y árabes;
caracteres que tan pronto corren de izquierda a derecha, como los de nuestros
escribas, tan pronto de derecha a izquierda, como los de los manuscritos de
Oriente. Tachaduras que son la peste o la guerra. Rúbricas trazadas con sangre
roja. Y en todas partes signos, y aquí y allá, manchas aún más extrañas que los
signos... ¿Puede haber algún hábito más cómodo que éste para hacer camino
pasando inadvertido...? Mis pies vagan por el mundo como un insecto entre las
páginas de un salterio.
—Muy bien —dijo distraídamente Henri-Maximilien—. Mas ¿por qué
ir hasta Compostela? No puedo imaginaros sentado entre frailes gordos y
cantando con la nariz.
—¡Huy! —dijo el peregrino—. ¿Qué me importan a mí esos gandules
y esos becerros? Pero el prior de los Jacobitas de León es aficionado a la
alquimia. Mantenía correspondencia con el canónigo Bartholommé Campanus,
nuestro buen tío e insípido idiota, que en ocasiones se aventura, como sin
querer, hasta los límites prohibidos. El abad de Saint-Bavon también le
escribió, disponiéndolo a que me enseñe lo que sabe. Pero tengo que darme
prisa, porque ya es viejo. Temo que pronto olvide su saber y se muera.
—Os alimentará con cebolla cruda y os hará espumar su sopa de
cobre especiada con azufre. ¡Que os aproveche! Yo espero conquistar, con menos
trabajo, mejores pitanzas.
Zenón se levantó sin contestar. Entonces, Henri-Maximilien dijo,
mientras escupía los últimos huesos de cerezas por el camino:
—La paz se tambalea, hermano Zenón. Los príncipes se arrancan
los países igual que los borrachos se disputan los platos en la taberna. Aquí,
la Provenza, pastel de miel; allá, el Milanesado, pastel de anguilas. Puede que
de todo esto caiga alguna migaja de gloria que llevarme a la boca.
—Ineptissima vanitas —repuso con sequedad el joven clérigo—. ¿Os
sigue importando el viento que de bocas sale?
—Tengo dieciséis años —dijo Henri-Maximilien—. Dentro de otros
quince, ya veremos si por casualidad me he convertido en un Alejandro. Dentro
de treinta años se sabrá si valgo o no tanto como el difunto César. ¿Acaso voy
a pasarme la vida midiendo paños en una tienda de la rue aux Laines? La
cuestión es ser un hombre.
—He cumplido veinte años —calculó Zenón—. Poniéndome en el mejor
de los casos, tengo por delante de mí cincuenta años de estudio antes de que
este cráneo se convierta en calavera. Quedaos con vuestros humos y vuestros
héroes de Plutarco, hermano Henri. En cuanto a mí, quiero ser más que un
hombre.
—Yo voy hacia los Alpes —dijo Henri-Maximilien.
—Yo —dijo Zenón—, hacia los Pirineos.
Ambos callaron. El camino llano, bordeado de álamos, extendía
ante ellos un fragmento del libre universo. El aventurero del poder y el
aventurero del saber caminaban uno al lado de otro.
—Mirad bien —continuó Zenón—. Más allá de aquel pueblo, hay
otros pueblos; más allá de aquella abadía, otras abadías, más allá de esta
fortaleza, otras fortalezas. Y en cada uno de esos castillos de ideas, de esas
chozas de opiniones superpuestas a las chozas de madera y a los castillos de
piedra, la vida aprisiona a los locos y abre un boquete para que escapen los
sabios. Más allá de los Alpes está Italia. Más allá de los Pirineos, España.
Por un lado, el país de La Mirandola; por el otro, el de Avicena. Y más lejos,
el mar, y más allá del mar, en las otras orillas de la inmensidad, Arabia,
Norea, la India, las dos Américas. Y por doquier los valles en donde se recogen
las plantas medicinales, las rocas en donde se esconden los metales, que
simbolizan cada momento de la Gran Obra, los grimorios depositados entre los
dientes de los muertos, los dioses que ofrecen sus promesas, las multitudes en
que cada hombre se cree el centro del universo. ¿Quién puede ser tan insensato
como para morir sin haber dado, por lo menos, una vuelta a su cárcel? Ya lo
veis, hermano Henri, soy en verdad un peregrino. El camino es largo, pero yo
soy joven.
—El mundo es grande —dijo Henri-Maximilien.
—El mundo es grande —aprobó gravemente Zenón—. Quiera Aquel que
acaso Es dilatar el corazón humano a la medida de toda la vida.
Y de nuevo callaron. Al cabo de un momento, Henri-Maximilien,
dándose un golpe en la cabeza, se echó a reír.
—Zenón —le dijo—, ¿os acordáis de vuestro compañero Colas Gheel,
el hombre aficionado a las jarras de cerveza, hermano vuestro según San Juan?
Ha dejado la fábrica de mi buen padre en donde, por cierto, los obreros se
mueren de hambre y ha regresado a Brujas. Se pasea por las calles, con un
rosario en la mano, mascullando padrenuestros por el alma de su Thomas, a quien
vuestras máquinas trastornaron el juicio, y os trata de sostén del Diablo, de
Judas y de Anticristo. En cuanto a su Perrotin, nadie sabe dónde está; Satán se
lo habrá llevado.
Una fea mueca deformó el rostro del joven clérigo,
envejeciéndolo.
—Todo eso son patrañas —comentó—. Olvidemos a esos ignorantes.
Sólo son lo que son: carne bruta que vuestro padre transforma en oro, del que
heredaréis algún día. No me habléis ni de máquinas, ni de cuellos rotos y yo no
os hablaré de yeguas extenuadas, en fianza del chalán de Dranoutre, ni de mozas
embarazadas, ni de los barriles de vino que desfondasteis el pasado verano.
Henri-Maximilien, sin contestar, silbaba distraídamente una
canción de aventurero. Ya no hablaron más que del estado de los caminos y del
precio de las posadas.
Se separaron al llegar a la siguiente encrucijada.
Henri-Maximilien escogió el camino real. Zenón tomó un camino secundario.
Bruscamente, el más joven de los dos volvió sobre sus pasos, alcanzó a su
compañero y le puso la mano en el hombro:
—Hermano —dijo—, ¿os acordáis de Wiwine, aquella mocita pálida a
la que defendíais cuando nosotros, que éramos unos golfos, le pellizcábamos las
posaderas al salir del colegio? Dice que os ama. Pretende hallarse unida a vos
por una promesa; hace algunos días rechazó los ofrecimientos de un regidor. Su
tía la abofeteó, y la tiene a pan y agua, pero ella resiste. Os esperará, según
dice, si es necesario hasta el fin del mundo.
Zenón se detuvo. Algo indefinible pasó por su mirada y se perdió
en ella, como la humedad de un vapor en un brasero.
—Tanto peor para ella —dijo—. ¿Qué hay de común entre esa niña
abofeteada y yo? Otro me espera en otra parte y a él voy.
Y se puso de nuevo en marcha.
—¿Quién os espera? —preguntó Henri-Maximilien estupefacto—. ¿El
prior de León, el desdentado ese?
Zenón se dio la vuelta:
—Hic Zeno—dijo—. Yo mismo.
LA INFANCIA DE ZENÓN
Veinte años atrás, Zenón había llegado al mundo en Brujas, en
casa de Henri-Juste. Su madre se llamaba Hilzonde, y su padre, Alberico
de’Numi, era un joven prelado de un antiguo linaje florentino.
Micer Alberico de’Numi, con sus largos cabellos y en pleno ardor
de la primera adolescencia, había destacado en la corte de los Borgia. Entre
dos corridas de toros en la plaza de San Pedro, tuvo el placer de hablar con
Leonardo da Vinci, entonces ingeniero del César, acerca de caballos y máquinas
de guerra. Más tarde, en pleno esplendor sombrío de sus veintidós años, formó
parte del pequeño número de jóvenes gentileshombres a quienes la apasionada
amistad de Miguel Ángel honraba como un título. Vivió aventuras que concluyeron
con una puñalada; coleccionó libros antiguos; unas discretas relaciones con
Julia Farnesio no perjudicaron para nada su fortuna. En Sinigaglia, sus
astucias, que contribuyeron a hacer caer en la trampa en que perecieron a los
adversarios de la Santa Sede, le valieron los favores del Papa y de su hijo;
casi le prometieron el obispado de Nerpi, mas la muerte inesperada del Santo
Padre retrasó aquella promoción. Este desengaño, o tal vez algún amor
contrariado cuyo secreto no se supo jamás, lo arrojaron de lleno por un tiempo
en la mortificación y el estudio.
Al principio creyóse que era debido a algún ambicioso
subterfugio. No obstante, aquel hombre desenfrenado se hallaba por completo
sumergido en un furioso ataque de ascetismo. Decían que se había instalado en
Grotta-Ferrata, en la abadía de los monjes griegos de San Nilo, en medio de una
de las más ásperas soledades del Lacio, y que allí preparaba, entre meditación
y oraciones, su traducción latina de la Vida de los Padres del Desierto; fue
precisa una orden expresa de Julio II, que estimaba su seca inteligencia, para
decidirlo a participar, en calidad de secretario apostólico, en los trabajos de
la Liga de Cambray. Apenas llegado, adquirió en las discusiones una autoridad
mayor que la del mismo legado pontificio. Los intereses de la Santa Sede en el
desmembramiento de Venecia, en los que no había pensado quizá ni diez veces en
su vida, lo ocupaban ahora por entero. En los festines que se dieron durante
los trabajos de la Liga, Micer Alberico de’Numi, envuelto en púrpuras como un
cardenal, puso de relieve su inimitable gallardía que le había valido el apodo
de «Único», que le aplicaban las cortesanas romanas. Él fue quien, durante una
encarnizada controversia y poniendo su oratoria ciceroniana al servicio de una
asombrosa fogosidad de convicción, se atrajo la adhesión de los embajadores de
Maximiliano. Después, como una carta de su madre —florentina apegada al dinero—
le recordaba unas deudas que había que cobrarles a los Adorno de Brujas,
decidió recuperar de inmediato aquellas sumas tan necesarias a su carrera de
príncipe de la Iglesia. Se instaló en Brujas, en casa de su agente flamenco
Juste Ligre, quien le ofreció su hospitalidad. Aquel hombre grueso se volvía
loco por todo lo italiano, hasta el punto de imaginar que una de sus
antepasadas, durante una de esas viudedades temporales que padecen las mujeres
de los mercaderes, debió prestar oído a los discursos de algún traficante
genovés. Micer Alberico de’Numi se consoló de que le pagaran con nuevas letras
sobre los Herwart de Augsburgo haciendo que su anfitrión corriera con todos sus
gastos, y no sólo con los suyos, sino también con los de sus perros, halcones y
pajes. La Casa Ligre, apoyada en sus almacenes, era de una opulencia
principesca; se comía bien y se bebía aún mejor; y aunque Henri-Juste no leyera
más que los registros de su pañería, presumía de tener buenos libros.
A menudo corría por montes y valles, viajaba a Tournai o a
Malinas, en donde prestaba fondos a la Regente, o también a Amberes, en donde
acababa de asociarse con el aventurero Lambrecht von Rechterghem para comerciar
con pimienta y otros lujos de ultramar, y a Lyon, adonde iba con frecuencia
para regular en persona sus transacciones bancarias en la feria de Todos los
Santos. Mientras estaba ausente, confiaba el gobierno de la casa a su hermana
menor Hilzonde.
Micer Alberico de’Numi se enamoró en seguida de aquella
muchachita de senos pequeños y rostro afilado, ataviada con tiesos terciopelos
brocados que parecían sostenerla de pie y adornada, los días de fiesta, con
joyas que le hubiera envidiado una emperatriz. Unos párpados nacarados, casi de
color de rosa, engarzaban sus pálidos ojos grises; su boca un poco abultada
parecía estar siempre dispuesta a exhalar un suspiro, o la primera palabra de
una oración o de un canto. Y tal vez inspiraba el deseo de desvestirla sólo
porque era difícil imaginarla desnuda.
En una noche de nieve, que hacía soñar con camas calientes en
habitaciones bien cerradas, una criada sobornada introdujo a Micer Alberico en
el baño en donde Hilzonde frotaba con salvado sus largos cabellos crespos que
la vestían a modo de un manto. La niña se tapó la cara, pero entregó sin lucha
a los ojos, a los labios, a las manos del amante, su cuerpo limpio y blanco
como una almendra mondada. Aquella noche, el joven florentino bebió en la
fuente sellada, domesticó a las dos cabritillas gemelas, enseñó a aquella boca
los juegos y exquisiteces del amor. Al llegar el alba, una Hilzonde al fin
conquistada se abandonó por entero y, por la mañana, rascando con las uñas el
cristal blanco de escarcha, grabó en él, con una sortija de diamantes, sus
iniciales entrelazadas con las de su amado, dejando así constancia de su
felicidad en aquella sustancia fina y transparente, frágil, es cierto, pero
apenas más que la carne y el corazón.
Sus delicias se acrecentaron con todos los placeres que ofrecían
el tiempo y el lugar: músicas cultas que Hilzonde tocaba en el pequeño órgano
hidráulico que le había regalado su hermano, vinos fuertemente especiados,
habitaciones cálidas, paseos en barca por los canales aún azules del deshielo,
o cabalgatas de mayo por los campos en flor. Micer Alberico pasó buenas horas,
más dulces tal vez que las que Hilzonde le concedía, buscando en los tranquilos
monasterios neerlandeses los manuscritos antiguos olvidados; los eruditos
italianos a los que comunicaba sus hallazgos creían ver reflorecer en él al
genio del gran Marsilio. Por las noches, sentados delante del fuego, el amante
y la amiga contemplaban juntos una amatista grande importada de Italia, en la
que se veían unos Sátiros abrazando a unas Ninfas, y el florentino enseñaba a
Hilzonde las palabras de su tierra que designan las cosas del amor. Compuso
para ella una balada en lengua toscana; los versos que dedicaba a aquella hija
de mercaderes hubieran podido convenir a la Sulamita del Cantar de los
Cantares.
Pasó la primavera y llegó el verano. Un buen día, una carta de
su primo Juan de Médicis, en parte cifrada, en parte redactada en ese tono de
broma con que Juan aderezaba las cosas —la política, la erudición y el amor—,
aportó a Micer Alberico todos esos detalles de las intrigas curiales y romanas
de las que su estancia en Flandes le privaba. Julio II no era inmortal. Pese a
los necios y a los estipendiados ya vendidos al rico mentecato de Riario, el
sutil Médicis preparaba desde hacía tiempo su elección para el próximo
cónclave. Micer Alberico no ignoraba que las entrevistas que había tenido con
los hombres de negocios del Emperador no habían bastado para disculpar, a los
ojos del presente Pontífice, la indebida prolongación de su ausencia. Su
carrera dependía en lo sucesivo de aquel primo tan «papable». Habían jugado
juntos en las terrazas de Careggi; Juan, más tarde, lo había introducido en su
exquisita camarilla de letrados un poco bufones y un algo encubridores; Micer
Alberico se vanagloriaba de ejercer una gran influencia sobre aquel hombre
fino, pero de una blandura mujeril. Le ayudaría a alcanzar la silla de San
Pedro. Se convertiría, aunque en segundo lugar y mientras esperaba algo mejor,
en el ordenador de su reino. Tardó una hora en organizar su partida.
Acaso no tuviera alma. Tal vez sus repentinos ardores no fueran
más que el desbordamiento de una fuerza corporal increíble; quizá, magnífico
actor, ensayaba sin cesar una forma nueva de sentir; o más bien no había en él
más que una sucesión de actitudes violentas y soberbias, pero arbitrarias, como
las que adoptan las figuras de Buonarotti en las bóvedas de la Capilla Sixtina.
Luca, Urbino, Ferrara, peones en el juego de ajedrez de su familia, le hicieron
olvidar los paisajes de verdes llanuras rebosantes de agua en donde, por un
momento, había consentido vivir. Amontonó en sus baúles los fragmentos de
manuscritos antiguos y los borradores de sus poemas de amor. Calzadas botas y
espuelas, con sus guantes de cuero y el sombrero de fieltro, parecía más que nunca
un caballero y menos que nunca un hombre de Iglesia. Subió a los aposentos de
Hilzonde para decirle que se marchaba.
Estaba embarazada. Lo sabía. No se lo dijo. Demasiado llena de
ternura para constituirse en obstáculo de sus miras ambiciosas, era asimismo
demasiado orgullosa para prevalerse de una confesión que su estrecha cintura y
su vientre plano no confirmaban todavía. Le hubiera disgustado ser acusada de
embustera y tal vez aún más sentirse importuna. Pero unos meses más tarde, tras
haber traído al mundo un hijo varón, no se creyó con derecho a dejar que Micer
Alberico de’Numi ignorase el nacimiento de su hijo. Apenas sabía escribir;
tardó horas en componer una carta, borrando con el dedo las palabras inútiles.
Cuando por fin acabó su misiva, la entregó a un comerciante genovés en el que
confiaba y que salía para Roma. Micer Alberico no respondió jamás. Aunque el genovés
le aseguró, más tarde, que él mismo había entregado el mensaje, Hilzonde
prefirió creer que el hombre a quien había amado no lo recibió nunca.
Sus breves amores, seguidos de tan brusco abandono, habían
saturado a la joven de delicias y desganas; cansada de su carne y del fruto de
ésta, hacía extensiva al hijo la reprobación que sentía hacia sí misma. Inerte
en su cama de recién parida, contempló con indiferencia cómo las criadas
vestían a aquella masa pequeña y morena, a la luz del rescoldo de la chimenea.
Tener un hijo bastardo era un accidente corriente y Henri-Juste hubiera podido
negociar para su hermana algún ventajoso matrimonio, mas el recuerdo del hombre
al que ya no amaba bastaba para apartar a Hilzonde del pesado burgués a quien
el sacramento colocaría a su lado, debajo de su edredón y encima de su
almohada. Arrastraba sin placer los espléndidos vestidos que su hermano mandaba
confeccionar para ella con las telas más costosas; pero, por rencor hacia sí
misma más que por remordimiento, se privaba de vino, de platos refinados, de
buen fuego y, con frecuencia, de ropa blanca. Asistía puntualmente a los
oficios de la Iglesia; no obstante, por las noches, después de cenar, cuando
alguno de los convidados de Henri-Juste denunciaba las orgías y exacciones
romanas, ella dejaba su labor de encaje, para escuchar mejor, rompiendo a veces
maquinalmente el hilo que luego volvía a anudar en silencio. Luego, los hombres
se lamentaban de que el puerto se estuviera cegando con la arena, lo que
vaciaba a Brujas en beneficio de otras ciudades más accesibles a los barcos; se
burlaban del ingeniero Lancelot Blondel que pretendía, mediante canales y
fosos, salvar al puerto de la gravilla. Otras veces, circulaban toscas chanzas:
alguien soltaba el cuento, veinte veces repetido, de la amante ávida, del
marido burlado, del seductor escondido en un tonel o de unos comerciantes
trapaceros que se timaban el uno al otro. Hilzonde pasaba a la cocina para
vigilar al servicio; al pasar, le echaba una mirada a su hijo que mamaba
glotonamente del pecho de una nodriza.
Una mañana, al regresar de uno de sus viajes, Henri-Juste le
presentó a un nuevo huésped. Era un hombre de barba gris, tan sencillo y tan
serio que al mirarlo recordaba al viento salubre sobre un mar sin sol. Simón
Adriansen temía a Dios. La vejez, que se le iba echando encima, y una riqueza
honradamente adquirida, según decían, daban a este mercader de Zelanda una
dignidad de patriarca. Era dos veces viudo: dos fecundas amas de casa habían
ocupado sucesivamente su morada y su lecho antes de ir a descansar, una al lado
de la otra, en el sepulcro familiar, en las paredes de una iglesia de
Middelburg; sus hijos también habían hecho fortuna. Simón era de esos hombres a
quienes el deseo inculca una solicitud paternal hacia las mujeres. Al ver que
Hilzonde estaba triste, se acostumbró a sentarse a su lado.
Henri-Juste le estaba muy agradecido. Gracias al crédito de
aquel hombre, había conseguido atravesar rachas difíciles; respetaba a Simón
Adriansen hasta el punto de contener sus ansias de beber en su presencia. Pero
la tentación del vino era grande. Y éste lo convertía en locuaz. No tardó mucho
tiempo en revelar a su huésped los infortunios de Hilzonde.
Una mañana de invierno en que ella estaba trabajando en la sala,
junto a la ventana, Simón Adriansen se le acercó y le dijo solemnemente:
—Algún día, Dios borrará del corazón de los hombres todas las
leyes que no sean de amor.
Ella no le entendió y él prosiguió:
—Algún día, Dios no aceptará más bautismo que el del Espíritu,
ni más sacramento de matrimonio que aquel que consuman tiernamente dos cuerpos.
Hilzonde entonces se puso a temblar. Mas aquel hombre
severamente dulce empezó a hablarle del aliento de nueva sinceridad que soplaba
sobre el mundo, de la mentira de toda ley que complica la obra de Dios, de la
cercanía de unos tiempos en que la sencillez de amar sería igual a la sencillez
de creer. En su lenguaje lleno de imágenes, como las hojas de una Biblia, las
parábolas se entremezclaban con el recuerdo de los Santos que, según decía él,
habían hecho fracasar a la tiranía romana. Hablando con voz apenas más baja,
pero no sin echar una ojeada para asegurarse de que las puertas estaban
cerradas, confesó que aún dudaba en hacer públicamente acto de fe anabaptista,
pero que había repudiado en secreto las pompas caducas, los vanos ritos y los
sacramentos engañosos. De creer sus palabras, los Justos, víctimas y
privilegiados, formaban de época en época una pequeña banda indemne de los
crímenes y locuras del mundo; el pecado sólo residía en el error; para los
corazones castos, la carne era pura.
Después le habló de su hijo. El hijo de Hilzonde, concebido
fuera de las leyes de la Iglesia, y contra ellas, le parecía más indicado que
ningún otro para recibir y transmitir algún día la buena nueva de los Simples y
de los Santos. El amor de la virgen tempranamente seducida por el apuesto
demonio italiano con rostro de arcángel, se convertía para Simón en una
alegoría misteriosa: Roma era la prostituta de Babilonia a quien la inocente
fue sacrificada con bajeza. En ocasiones, una crédula sonrisa de visionario
pasaba por aquella faz ancha y firme, y, por su voz tranquila, la entonación
demasiado perentoria del que desea convencerse y, con frecuencia, engañarse a
sí mismo. Pero Hilzonde sólo era sensible a la tranquila bondad del extranjero,
Mientras que todos aquellos que la rodeaban no habían mostrado hacia ella más
que burla, compasión o indulgencia tosca y bonachona, Simón decía, al hablar
del hombre que la habla abandonado, «vuestro esposo».
Y recordaba gravemente que toda unión es indisoluble ante Dios.
Hilzonde se sosegaba escuchándolo. Seguía estando triste, pero volvió a ser
orgullosa. La casa de los Ligre, a la que el orgullo de su comercio marítimo
había puesto por blasón un navío, le era tan familiar a Simón como su propia
casa. El amigo de Hilzonde volvía todos los años; ella lo esperaba y, cogidos
de la mano, hablaban de la iglesia en espíritu que habría de reemplazar algún
día a la Iglesia de Roma.
Una tarde de otoño, unos mercaderes italianos les trajeron
nuevas noticias. Micer Alberico de’Numi, nombrado cardenal a los treinta años,
había sido asesinado en Roma durante una orgía, en la viña de los Farnesio. Los
pasquines de moda acusaban de aquel asesinato al cardenal Julio de Médicis,
descontento de la influencia que su pariente iba adquiriendo en el ánimo del
Santo Padre.
Simón escuchó con desdén estos vagos rumores procedentes de la
sentina romana. Pero una semana más tarde, un informe recibido por Henri-Juste
confirmó aquellas habladurías. La aparente tranquilidad de Hilzonde no permitía
conjeturar si, en el fondo, ella se alegraba o lloraba.
—Ya sois viuda —dijo inmediatamente Simón Adriansen con ese tono
de tierna solemnidad que con ella empleaba.
En contra de los pronósticos de Henri-Juste, partió al día
siguiente.
Seis meses más tarde, en la fecha acostumbrada, volvió y se la
pidió a su hermano.
Henri-Juste lo hizo pasar a la sala en donde trabajaba Hilzonde.
Se sentó a su lado y le dijo:
—Dios no nos ha dado el derecho de hacer sufrir a sus criaturas.
Hilzonde dejó de hacer encaje. Sus manos permanecían extendidas
sobre la trama y sus largos dedos temblaban sobre el follaje inacabado, que
recordaba los entrelazados del porvenir. Simón continuó:
—¿Cómo iba a otorgarnos Dios el derecho de hacernos sufrir?
La hermosa levantó hacia él su cara de niña enferma.
Él prosiguió:
—No sois feliz en esta casa llena de risas. Mi casa está llena
de un gran silencio. Venid.
Ella aceptó.
Henri-Juste se frotaba las manos. Jacqueline, su querida mujer,
con la que se había casado poco después de los sinsabores de Hilzonde, se
quejaba ruidosamente de ser la última en la familia, de verse postergada por
una ramera y un bastardo de sacerdote, y el suegro, rico negociante de Tournai
llamado Jean Bell, pretextaba todas aquellas quejas para retrasar el pago de la
dote. Y, en efecto, aunque Hilzonde se ocupara poco de su hijo, el menor
sonajero que regalaban al niño engendrado en sábanas ilegítimas encendía la
guerra entre las dos mujeres. La rubia Jacqueline podría, en lo sucesivo,
arruinarse cuanto quisiera comprando gorritos y baberos bordados, y dejando, en
los días de fiesta, que su rollizo Henri-Maximilien se arrastrara por encima
del mantel y metiera los pies en los platos.
Pese a su repulsión por las ceremonias de la Iglesia, Simón
consintió en que las bodas se celebraran con cierto boato, puesto que tal era,
de manera inesperada, el deseo de Hilzonde. Mas por la noche, secretamente,
cuando ya los esposos se hubieron retirado a la cámara nupcial, readministró a
su manera el sacramento rompiendo el pan y bebiendo el vino con su elegida.
Hilzonde revivía al contacto de aquel hombre, como una barca encallada a la que
arrastra la marea creciente. Saboreaba sin vergüenza el misterio de los
placeres permitidos y la manera que tenía el anciano, inclinado por encima de
su hombro, de acariciarle los senos, como si hacer el amor no fuera una manera
de bendecir.
Simón Adriansen quiso encargarse de Zenón. El niño, empujado por
Hilzonde hacia aquel rostro barbudo y arrugado, en el que una verruga temblaba
sobre el labio, gritó, se debatió, se escapó arisco de entre las manos
maternales y de sus sortijas, que le arañaban los dedos. Huyó y no lo
encontraron hasta por la noche, escondido en el amasadero que había al fondo
del jardín, dispuesto a morder al criado que lo sacó riendo de detrás de un
montón de troncos de leña. Simón, desesperando de poder domesticar a aquel
lobezno, tuvo que resignarse a dejarlo en Flandes. Además, estaba claro que la
presencia del niño aumentaba la tristeza de Hilzonde.
Zenón creció para la Iglesia. Ser clérigo era, para un bastardo,
el medio más seguro de vivir acomodadamente y de acceder a unos puestos
honoríficos. Además, el ansia de saber que, desde muy pequeño, poseyó a Zenón,
los gastos de tinta y velas consumidas hasta el alba, sólo le parecían
tolerables a su tío en caso de tratarse de un aprendiz de sacerdote.
Henri-Juste confió al principiante a su cuñado, Bartholommé Campanus, canónigo
de Saint-Donatien, en Brujas. Este sabio, consumido por la oración y el estudio
de las letras, era tan dulce que parecía ya viejo. Enseñó a su alumno el latín,
lo poco que él sabía de griego y algo de alquimia, y entretuvo la curiosidad
que el estudiante sentía por las ciencias con ayuda de la Historia natural de
Plinio. El frío gabinete del canónigo era un refugio adonde el muchacho
escapaba de las voces de los corredores que discutían el valor de los paños de
Inglaterra, de la insípida sensatez de Henri-Juste y de las caricias de las
camareras ávidas de fruta verde. Allí se liberaba de la servidumbre y de la
pobreza de la infancia; aquellos libros y aquel maestro lo trataban como a un
hombre. Le gustaba la habitación tapizada de volúmenes, la pluma de ganso, el
tintero de asta, herramientas de un conocimiento nuevo, y el enriquecimiento
que supone aprender que el rubí procede de la India, que el azufre casa con el
mercurio, y que la flor que en latín se llama lilium se llama en griego krinon
y en hebreo susannah. Se dio cuenta en seguida de que los libros divagan y
mienten, igual que los hombres, y de que las prolijas explicaciones del
canónigo se referían a menudo a unos hechos que, por no existir, no necesitaban
ser explicados.
Sus amistades eran inquietantes: sus compañeros favoritos, por
aquel entonces, eran el barbero Jean Myers, hombre hábil y sin igual para
sangrar o extraer los cálculos, pero de quien se sospechaba que hacía la
disección de los muertos, y un tejedor llamado Colas Gheel, pícaro y
parlanchín, con el que pasaba muchas horas —que hubieran sido mejor empleadas
en el estudio y la oración— combinando poleas y manivelas. Aquel hombre gordo,
a un tiempo vivo y pesado, que gastaba sin contar el dinero que no tenía, se
las daba de príncipe a los ojos de sus aprendices, a quienes pagaba sus gastos
los días de Kermes. Aquella sólida masa de músculos, de crines rojizas y de
piel rubia albergaba uno de esos espíritus quiméricos y sagaces al mismo
tiempo, cuya constante preocupación consiste en afilar, ajustar, simplificar o
complicar algo. Todos los años, alguno de los talleres de la ciudad cerraba.
Henri-Juste, que se jactaba de conservar abiertos los suyos por caridad
cristiana, se aprovechaba del paro para roer periódicamente los salarios. Sus
obreros, amedrentados, considerándose felices por tener un empleo y una campana
que los llamaba al trabajo todos los días, vivían con el miedo producido por
vagos rumores de cierre y hablaban lastimeramente de que pronto engrosarían las
filas de los mendigos que, por aquellos tiempos de carestía, asustaban a los
burgueses y merodeaban por los caminos. Colas soñaba con aliviar sus trabajos y
sus penas gracias a unos telares mecánicos, como los que se estaban probando en
gran secreto en Ypres, en Gante y en Lyon, en Francia. Había visto unos dibujos
que enseñó a Zenón. El estudiante modificó números, se entusiasmó con los
diseños, hizo que el entusiasmo de Colas por las nuevas máquinas se convirtiera
en manía compartida. De hinojos ambos, inclinados uno junto al otro sobre un
montón de chatarra, no se cansaban jamás de ayudarse a colgar un contrapeso,
ajustar una palanca, subir y desmontar unas ruedas que se engranaban unas con
otras. Discutían sin fin en torno al emplazamiento de un tornillo o el
engrasado de una cadena corrediza. El talento de Zenón sobrepasaba con mucho al
del lento cerebro de Colas Gheel, pero las manos gruesas del artesano eran de
una destreza que maravillaba al alumno del canónigo, quien, por primera vez,
experimentaba con algo que no fueran los libros.
—Prachtig werk, mijn zoon, prachtig werk —decía con pesadez el
encargado del taller, rodeando el cuello del estudiante con su robusto brazo.
Por la noche, después de estudiar, Zenón se reunía con su
compadre, arrojando un puñado de piedrecitas contra los cristales de la taberna
en donde el encargado del taller solía detenerse más de lo debido. O bien, casi
a escondidas, se deslizaba hasta el rincón del almacén desierto en donde vivía
Colas con sus máquinas. La estancia, muy grande, estaba oscura; por miedo a
prender fuego, la vela ardía en medio de un barreño de agua colocado encima de
una mesa, como un faro pequeño en medio de un mar minúsculo.
El aprendiz Thomas de Duxmude, que servía de factótum al
encargado del taller, saltaba como un gato, por juego, sobre el armazón
bamboleante y caminaba, en la noche negra de los desvanes, columpiando en las
manos un farol o una jarra de cerveza. Colas Gheel lanzaba entonces una
risotada. Sentado encima de una tabla, girando los ojos, escuchaba las
divagaciones de Zenón que galopaba de los átomos de Epicuro a la duplicación
del cubo, y de la naturaleza del oro a la estupidez de las pruebas de la
existencia de Dios. Un silbidito de admiración se le escapaba de entre los
labios. El estudiante encontraba en aquellos hombres con casaca de cuero lo que
los hijos de los señores encuentran en los palafreneros y los criados
encargados de las perreras: un mundo más rudo y más libre que el suyo, pues se
mueven en una esfera más baja, lejos de los silogismos y de los preceptos, con
la alternancia tranquilizadora de trabajos toscos y perezas fáciles, el olor y
el calor humanos, un lenguaje hecho de exabruptos, de alusiones y de
proverbios, tan misterioso como la jerga de los compagnons, y una actividad que
no consiste en encorvarse sobre un libro, con la pluma en la mano.
El estudiante pretendía sacar de la botica y del taller algo con
que atacar o confirmar los asertos de la escuela: Platón por una parte,
Aristóteles por otra, eran tratados ambos como simples mercaderes cuyos pesos
se comprueban. Tito Livio no era más que un charlatán; César, por muy sublime
que fuera, había muerto. De los héroes de Plutarco, cuya médula había
alimentado al canónigo Bartholommé Campanus junto con la leche de los
Evangelios, el muchacho no retenía más que una cosa, y es que la audacia del espíritu
y de la carne los había llevado tan lejos y tan alto como la continencia y el
ayuno que conduce, según se dice, a los buenos cristianos al cielo. Para el
canónigo, la sabiduría sagrada y su profana hermana se sostenían una a otra: el
día en que oyó cómo Zenón se burlaba de las piadosas ensoñaciones del Sueño de
Escipión, comprendió que su alumno había renunciado en secreto a los consuelos
de Cristo.
No obstante, Zenón se inscribió en la Escuela de Teología, en
Lovaina. Su entusiasmo sorprendió; el recién llegado, capaz de defender en el
acto cualquier tesis, adquirió entre sus condiscípulos un prestigio
extraordinario. La vida de los bachilleres era fácil y alegre; lo convidaron a
varios festines en los que él sólo bebía agua clara; y las muchachas del burdel
no le gustaron más que a un paladar delicado un plato de carnes podridas. Todas
estaban de acuerdo en encontrarlo apuesto, pero su voz cortante les daba miedo.
El fuego de sus pupilas sombrías fascinaba y desagradaba al mismo tiempo.
Corrieron sobre su nacimiento rumores extravagantes, que no refutó. Los adeptos
de Nicolás Flamel pronto reconocieron en el friolero estudiante, siempre
sentado leyendo al lado de la chimenea, las señales de una preocupación
alquímica: un círculo reducido de mentes más indagadoras e inquietas que las
demás abrió sus filas para acogerlo. Antes de acabar sus estudios, miraba ya
despectivamente a los doctores con trajes de pieles, inclinados en el
refectorio sobre un plato lleno, muy satisfechos de su tosco y pesado saber, y
a los estudiantes rústicos y ruidosos, decididos a no aprender más de lo
necesario para cazar una sinecura, pobres diablos cuya fermentación de espíritu
no era más que un brote de sangre que desaparecería con la juventud. Poco a
poco, este desdén se hizo extensivo a sus amigos cabalistas, espíritus huecos
hinchados de viento, atiborrados de palabras que no entendían y que
regurgitaban en fórmulas. Comprobaba con amargura que ninguna de aquellas
personas, con quienes había contado en un principio, iban más lejos que él y ni
siquiera lograban alcanzarlo. Zenón se alojaba en lo más alto de una casa
dirigida por un sacerdote; un cartel, colgado de la escalera, ordenaba a los
pensionistas que se reunieran para el oficio de Completas y les prohibía, so
pena de multa, introducir allí a prostitutas o hacer sus necesidades fuera de
las letrinas. Pero ni los olores, ni el hollín del hogar, ni la agria voz de la
criada, ni las paredes acribilladas de chanzas en latín y dibujos obscenos de
sus predecesores, ni las moscas pegadas en los pergaminos, distraían de sus
pensamientos a aquella mente para la cual cada objeto en el mundo era un
fenómeno o un signo. En aquella buhardilla, el bachiller tuvo esas dudas, esas
tentaciones, esos triunfos y esas derrotas, esos llantos de rabia y esas
alegrías de juventud que la edad madura ignora o desprecia y de las que él
mismo no conservó después sino un recuerdo manchado de olvido. Inclinado
preferentemente hacia las pasiones de los sentidos que más se alejan de las que
sienten o confiesan la mayoría de los hombres, pasiones que obligan al secreto,
a menudo a la mentira y en ocasiones al desafío, aquel David en lucha con el
Goliat escolástico creyó hallar a su Jonatán en un condiscípulo indolente y
rubio, que pronto se apartó, abandonando al tiránico compañero en favor de
otros compadres más entendidos en vinos y en dados. Nada se supo de aquellas
relaciones íntimas y subterráneas, que fueron todo contacto y presencia,
ocultas como las entrañas y la sangre; su fracaso no tuvo otro efecto que el de
sumergir a Zenón todavía más en el estudio. Rubia era también la bordadora
Jeannette Fauconnier, moza caprichosa y atrevida como un paje, que acostumbraba
llevarse tras de sí a toda una recua de estudiantes, y a quien el clérigo hizo,
durante toda una noche, una corte de burlas e insultos. Al vanagloriarse Zenón
de obtener, si quisiera, los favores de aquella muchacha en menos tiempo del necesario
para galopar del Mercado a la iglesia de San Pedro, se inició una riña que
acabó en batalla campal, y la hermosa Jeannette, empeñada en mostrarse
generosa, concedió a su ofensor herido un beso de sus labios, que en la jerga
de la época llamaban los pórticos del alma. Hacia la Navidad, por fin, cuando
ya Zenón no conservaba más recuerdo de aquella aventura que una cuchillada en
la cara, la engatusadora se introdujo en su casa en una noche de luna, subió la
escalera chirriante procurando no hacer ruido y se metió en su cama. Zenón
quedó sorprendido ante aquel cuerpo serpentino y liso, hábil para conducir el
juego, ante aquel pecho de paloma arrullando en voz baja, ante sus risas
ahogadas justo a tiempo para no despertar a la mujer que dormía en la buhardilla
de al lado. Sintió esa alegría con mezcla de temor que suele experimentar el
nadador al sumergirse en un agua refrescante y poco segura. Durante unos
cuantos días, se le vio pasear insolente al lado de aquella perdida, desafiando
los fastidiosos sermones del Rector; parecía haberle entrado apetito por
aquella sirena socarrona y escurridiza. No obstante, menos de una semana
después, se hallaba de nuevo enfrascado por entero en sus libros. Lo criticaron
por abandonar tan pronto a la muchacha por quien, con tanta despreocupación,
había comprometido durante toda una temporada los honores del cum laude; y su
relativo desdén por las mujeres provocó la sospecha de que mantenía comercio
con los espíritus súcubos.
OCIO VERANIEGO
Aquel verano, un poco antes de agosto, Zenón marchó como todos
los años a saturarse de verdor en la casa de campo del banquero. Esta vez no
fue, como en otras ocasiones, a la tierra que Henri-Juste poseía desde siempre
en Kuypen, en la comarca de Brujas: el hombre de negocios había adquirido la
propiedad de Dranoutre, entre Audenarde y Tournai, así como la antigua casa
señorial que en ella se encontraba, restaurada tras la partida de los
franceses. Había renovado aquella mansión en un estilo más de moda, con plintos
y cariátides de piedra. El grueso Ligre se lanzaba, cada vez con mayor
frecuencia, a comprar fincas rústicas, que acreditan casi arrogantemente la
riqueza de un hombre, y hacen de él, en caso de peligro, un burgués
perteneciente a más de una ciudad. En Tournaisis, redondeaba palmo a palmo las
tierras de su mujer Jacqueline; cerca de Amberes, acababa de comprar la
propiedad de Gallifort, anejo espléndido a su comercio de la plaza de
Saint-Jacques en donde operaba ya, en compañía de Lazarus Tucher. Gran Tesorero
de Flandes, propietario de una refinería de azúcar en Maestricht y de otra en
las Canarias, recaudador de impuestos en la aduana de Zelanda, propietario del
monopolio de alumbre para las regiones bálticas, garante por un tercio, junto
con los Fugger, de las rentas de la Orden de Calatrava, Henri-Juste se codeaba
cada vez con más frecuencia con los poderosos de este mundo: la Regente de
Malinas lo ponía en un pedestal; el señor de Croy, que le debía trece mil
florines, había consentido recientemente en apadrinar al hijo recién nacido del
mercader, y ya se había fijado la fecha, de acuerdo con Su Excelencia, para
celebrar en su morada de Roeulx la fiesta del bautizo. Aldegonde y Constance,
las dos hijas aún muy jovencitas del gran hombre de negocios, llevaban ya cola
en sus vestidos.
Su pañería de Brujas no representaba, para Henri-Juste, más que
una empresa caduca, que se veía obligada a soportar la competencia de sus
propias importaciones de brocados de Lyon y de terciopelos de Alemania. Acababa
de instalar, en los alrededores de Dranoutre, en el corazón de la tierra llana,
unos talleres rurales, en donde ya no le importunaban con los impuestos
municipales de Brujas. Se estaban montando allí, por orden suya, unos veinte
telares mecánicos fabricados el pasado verano por Colas Gheel, siguiendo los
dibujos de Zenón. Al mercader se le había antojado probar con aquellos obreros
de madera y metal, que no bebían ni vociferaban y diez de los cuales hacían el
trabajo de cuarenta sin pretextar que subían los víveres para pedir aumento de
paga.
En un día fresco, que ya olía a otoño, Zenón se dirigió a pie a
dichos talleres de Oudenove. Montones de obreros parados, en busca de trabajo,
invadían la comarca; apenas diez leguas separaban Oudenove de los esplendores
pomposos de Dranoutre, pero la distancia hubiera podido ser la que existe entre
el cielo y el infierno. Henri-Juste había cobijado a un grupito de artesanos y
de encargados de taller, de los que antes tenía en Brujas, en un viejo
edificio, acondicionado de cualquier manera, a la entrada del pueblo. Aquel
albergue tenía mucho de tugurio. Zenón vislumbró a Colas Gheel, borracho
aquella mañana, y cuyos platos lavaba un pálido y taciturno aprendiz llamado
Perrotin, al mismo tiempo que vigilaba el fuego. Thomas, que se había casado
hacía poco tiempo con una muchacha de aquellas tierras, se pavoneaba por la
plaza, enfundado en una casaquilla de seda roja que había estrenado el día de
su boda. Un hombrecillo enjuto y espabilado llamado Thierry Loon, y que de
devanador había ascendido súbitamente a jefe de taller, mostró a Zenón las
máquinas que al fin habían montado, y a las que los obreros habían tomado
ojeriza, tras haber fundado en ellas la extravagante esperanza de ganar más y
trabajar menos. Empero, otros problemas preocupaban ahora al clérigo; aquellos
armazones y contrapesos ya no le interesaban. Thierry Loon hablaba de
Henri-Juste con obsequiosa reverencia, pero le echaba a Zenón una mirada
esquinada, deplorando la insuficiencia de víveres, los chamizos de madera y de
cascote que a toda prisa habían construido los administradores del mercader,
las horas de trabajo, que eran más que en Brujas, al no regirse por la campana
municipal. El hombrecillo echaba de menos los tiempos en que los artesanos,
sólidamente anclados en sus privilegios, retorcían el cuello a los obreros
libres y hacían frente a los príncipes. Las novedades no lo asustaban:
apreciaba lo ingenioso de aquella especie de jaulas en donde cada obrero
gobernaba simultáneamente, con manos y pies, dos palancas y dos pedales; pero
aquella cadencia demasiado rápida agotaba a los hombres, y los mandos
complicados requerían más cuidado y atención de los que poseen los dedos y las
cabezas duras de los artesanos. Zenón sugirió unos ajustes, pero el nuevo jefe
de taller no pareció hacerle caso. Aquel Thierry, seguramente, no pensaba más
que en deshacerse de Colas Gheel: se encogía de hombros al mencionar a aquel
blandengue, al emborronador cuyas elucubraciones mecánicas no tendrían,
finalmente, más efecto que el de arrebatar el trabajo a los hombres y hacer que
el paro empeorase, al beato a quien de repente le había dado por la devoción,
contrayéndola como si fuera la tina. Desde que ya no disponía de las
comodidades y amenidades de Brujas, el borracho, después de beber, adoptaba el
tono contrito de un predicador en la plaza pública. Todas aquellas gentes
pendencieras e ignorantes repugnaron al clérigo; comparados con ellos, los
doctores forrados de armiño y saturados de lógica cobraban algún peso.
Poca consideración le valieron a Zenón sus talentos mecánicos en
el seno de su familia, que lo despreciaba por su indigencia de bastardo y al
mismo tiempo lo respetaba hasta cierto punto por su futuro estado de sacerdote.
A la hora de cenar, en el comedor, el clérigo escuchaba proferir a Henri-Juste
pomposos dichos sobre la conducta que debe adoptarse en la vida: siempre
hablaba de evitar a las doncellas, por miedo a algún embarazo; a las mujeres
casadas, por miedo al puñal, y a las viudas, porque lo devoran a uno. Había que
cultivar las rentas y rezar a Dios. El canónigo Bartholommé Campanus,
acostumbrado a no exigir de las almas más de lo poco que podían dar, no
desaprobaba aquella tosca cordura. Aquel día, los segadores habían visto a una
bruja meando maliciosamente en un campo, para conjurar la lluvia sobre el trigo
ya casi podrido por insólitos chaparrones. La habían arrojado al fuego sin más
proceso. Se mofaban de aquella sibila que creía tener poderes sobre el agua y
no había podido resguardarse de las brasas. El canónigo explicaba que el
hombre, al infligir a los malvados el suplicio del fuego, que sólo dura un
momento, no hacía sino regirse por la conducta de Dios, que los condena al
mismo suplicio, pero eterno. Aquellas palabras no interrumpían la copiosa
colación de la noche; Jacqueline, acalorada por el verano, gratificaba a Zenón
con sus carantoñas de mujer honesta. La gruesa flamenca, embellecida por su
parto reciente, orgullosa de su tez y de sus manos blancas, conservaba una
exuberancia de peonía. El sacerdote no parecía darse cuenta ni del corpiño
entreabierto, ni de los mechones rubios que rozaban la nuca del joven clérigo,
inclinado sobre la página de un libro antes de que trajeran las lámparas, ni
del sobresalto de cólera del estudiante que despreciaba a las mujeres. En cada
persona perteneciente al sexo femenino, Bartholommé Campanus veía a María y a
Eva a un tiempo, a la que derrama, para salvación del mundo, su leche y sus
lágrimas, y a la que se abandona a la serpiente. Bajaba los ojos sin juzgar.
Zenón salía, caminando con paso ligero. La terraza rasa, con sus árboles recién
plantados y sus pomposas rocallas, pronto dejaba lugar a los prados y tierras
de labor. Una aldea de casas con tejados achaparrados se ocultaba bajo el
cabrilleo de los almiares. Mas ya había pasado el tiempo en que Zenón podía
tumbarse cerca de las hogueras de San Juan, al lado de los campesinos, como
antaño hacía en Kuypen, en la noche clara que abre el verano. Tampoco en las
noches frías le hubieran cedido un sitio en el banco de la fragua en donde unos
cuantos rústicos, siempre los mismos, se apiñaban al buen calor, intercambiando
noticias, entre el zumbido de las últimas moscas de la temporada. Todo ahora lo
separaba de ellos: la lenta jerga pueblerina, sus pensamientos apenas menos
lentos y el temor que les inspiraba un muchacho que hablaba latín y leía en los
astros. En algunas ocasiones, arrastraba a su primo y ambos corrían sus
aventuras nocturnas. Bajaba al patio, silbando bajito para despertar a su
compañero. Henri-Maximilien saltaba por el balcón, aún entorpecido por el sueño
profundo de la adolescencia, oliendo a caballo y a sudor tras las volteretas de
la víspera. Mas la esperanza de topar con alguna moza que se dejara revolcar a
orillas del camino o con el vino clarete que bebían a traguitos cortos en la
posada, en compañía de algún carretero, pronto conseguía espabilarlo.
Los dos amigos se adentraban por tierras de labor, ayudándose
uno a otro a saltar las cunetas, y se dirigían hacia la fogata de un campamento
de gitanos o hacia la luz rojiza de una taberna distante. Al volver,
Henri-Maximilien se jactaba de sus hazañas; Zenón callaba las suyas. La más
tonta de aquellas aventuras fue una en que el heredero de los Ligre se
introdujo de noche en la cuadra de un tratante de caballos de Dranoutre y pintó
dos yeguas de color de rosa; su propietario, al día siguiente, las creyó embrujadas.
Un buen día se descubrió que Henri-Maximilien había gastado, en una de aquellas
correrías, unos ducados que le había robado al grueso Juste: medio en broma,
medio en serio, padre e hijo llegaron a las manos. Los separaron igual que se
separa a un toro de su torillo cuando se embisten uno a otro en el cercado de
una hacienda.
Pero lo más corriente era que Zenón saliera solo, al alba, con
sus tablillas en la mano. Se alejaba por el campo, a la búsqueda de no se sabe
qué clase de conocimientos emanados directamente de las cosas. No se cansaba de
sopesar y estudiar con curiosidad las piedras, cuyos contornos pulidos o
rugosos, y cuyos tonos de herrumbre o de moho nos cuentan una historia,
testimonian de los metales que las formaron, de los fuegos o las aguas que
antaño precipitaron su materia y coagularon su forma. Por debajo de las
piedras, se escapaban unos insectos, bichos extraños de un infierno animal.
Sentado en un cerro, miraba cómo ondulaban, bajo el cielo gris, las llanuras
abultadas de cuando en cuando por largas colinas arenosas, y pensaba en tiempos
remotos, cuando el mar ocupaba todos aquellos amplios espacios en donde ahora
crecía el trigo, dejándoles al marchar la conformidad y rúbrica de las olas.
Pues todo cambia: la forma del mundo y las producciones de esa naturaleza que
se mueve y cuyos momentos ocupan siglos. Otras veces, su atención, que se
volvía de repente fija y furtiva como la de un cazador, se dirigía hacia los
animales que corren, vuelan y se arrastran en lo profundo de los bosques; se
interesaba por las huellas exactas que dejan tras de sí, por sus períodos de
celo, su emparejamiento, su alimentación, sus señales y sus estratagemas, y por
su modo de morir, al ser golpeados con un palo. Le atraían con simpatía los
reptiles calumniados por el miedo o la superstición humana, fríos, prudentes,
medio subterráneos, y que encerraban en cada uno de sus rastreros anillos una
especie de sabiduría mineral.
Una de aquellas tardes, en el momento más ardiente de la
canícula, Zenón, seguro de sí gracias a las instrucciones de Jean Myers, se
comprometió a sangrar a un granjero, al que le había dado una congestión
cerebral, en lugar de esperar los socorros inciertos de un barbero. El canónigo
Campanus deploró aquella indecencia. Henri-Juste, echándole leña al fuego, se
quejó amargamente de que los ducados perdidos en sufragar los estudios de su
sobrino no iban a servir más que para que éste acabara con una lanceta y una
bacía. El clérigo soportó aquellas amonestaciones con un silencio preñado de
odio. A partir de aquel día, prolongó sus ausencias. Jacqueline creía en algún
amorío con la hija de un granjero.
Una vez cogió pan para varios días y se aventuró hasta los
bosques de Houthuist. Aquellos bosques eran lo que quedaba de las grandes
arboledas existentes en tiempos paganos: de sus hojas caían extraños consejos.
Mirando hacia arriba, contemplando desde abajo aquellas espesuras de verdor y
de agujas de pino, Zenón volvía a enfrascarse en especulaciones alquímicas
emprendidas en la escuela o a pesar de ella. En cada una de aquellas pirámides
vegetales hallaba el jeroglífico hermético de las fuerzas ascendentes, el signo
del aire, que baña y nutre estas bellas entidades silvestres; del fuego, cuya
virtualidad llevan dentro de sí y que tal vez las destruya un día. Pero
aquellas ascensiones se equilibraban con un descenso: bajo sus pies, el pueblo
ciego y oloroso de las raíces imitaba, en la oscuridad, la infinita división de
las ramitas en el cielo, orientándose con precaución hacia no se sabe qué clase
de nadir. Aquí y allá, una hoja que amarilleaba antes de tiempo delataba bajo
el verde la presencia de los metales con que había formado su sustancia y cuya
transmutación operaba. El empuje del viento combaba los altos árboles como lo
hace con el hombre el destino. El clérigo se sentía libre como los animales y
como ellos amenazado; equilibrado como el árbol entre el mundo de abajo y el
mundo de arriba; doblegado él también por las presiones que sobre él se
ejercían y que no cesarían hasta que muriese. Mas la palabra muerte no era
todavía más que una palabra para aquel hombre de veinte años.
Cuando llegó el crepúsculo, advirtió que en el musgo había
señales de árboles derribados; un olor de humo lo condujo en la noche ya oscura
hasta la choza de unos carboneros. Tres hombres, un padre y sus dos hijos,
verdugos de árboles, dueños y servidores del fuego, obligaban a éste a consumir
lentamente a sus víctimas, transformando la húmeda madera que silba y se
estremece en carbón que conserva para siempre su afinidad con el elemento
ígneo. Sus harapos se confundían con sus cuerpos casi etíopes, pintados de
hollín y de cenizas. Los pelos blancos del padre, las crines rubias de los
hijos sorprendían en torno a las caras negras y sobre los negros y desnudos
pechos. Aquellos tres, tan solos como anacoretas, casi habían olvidado todas
las cosas del mundo, o quizá no las supieron nunca. Poco les importaba a quién
reinaba en Flandes, ni si estaban en el año 1529 de encarnación de Cristo.
Resoplaban, más que hablaban, y acogieron a Zenón como los animales del bosque
acogen a otro de los suyos; el clérigo no ignoraba que hubieran podido matarlo
para robarle sus vestiduras en vez de aceptar una porción de su pan y de
compartir con él su sopa de hierbas. Avanzada la noche, medio ahogado en su
choza llena de humo, se levantó para observar los astros como de costumbre y
salió al área calcinada que parecía blanca en la noche. La hoguera de los
carboneros ardía lentamente. Era una construcción geométrica tan perfecta como
los fortines que hacen los castores o como los panales de las abejas. Una
sombra se movía sobre campo rojo; el más joven de los dos hermanos vigilaba la
masa incandescente. Zenón le ayudó a separar con un gancho, los leños que se
quemaban con demasiada premura. Vega y Deneb resplandecían entre las copas de
los árboles; los troncos y las ramas ocultaban las estrellas más bajas en el
cielo. El clérigo pensó en Pitágoras, en Nicolás de Cusa, en un tal Copérnico
cuyas teorías recientemente expuestas habían sido calurosamente acogidas por
algunos y violentamente atacadas en la Escuela, y un sentimiento de orgullo lo
invadió al pensar que pertenecía a aquella industriosa y agitada raza de los
hombres que domestica al fuego, transforma la sustancia de las cosas y escruta
los caminos de los astros.
Despidiéndose de los carboneros sin más ceremonias, como si se
despidiera de los corzos del bosque, volvió a ponerse en camino con
impaciencia, como si el objetivo que señalaba a su espíritu estuviera muy cerca
y como si, al mismo tiempo, fuera preciso apresurarse para alcanzarlo. No
ignoraba que estaba gozando de sus últimas horas de libertad y que de allí a
algunos días tendría que volver a su banco del colegio, con el fin de
asegurarse para más tarde un puesto de secretario de obispo, encargado de redondear
suaves frases latinas, o una cátedra de Teología desde la cual sería
conveniente no dejar caer sobre sus auditores más que palabras aprobadas o
permitidas. Por inocencia, debida a su juventud, se imaginaba que nadie hasta
entonces había albergado en su pecho tanto rencor hacia el estado sacerdotal,
ni había llevado tan lejos la rebelión o la hipocresía. De momento sólo el
grito de alarma de un arrendajo, o los golpecitos de barreno del pájaro
carpintero constituían sus oficios de la mañana. Una boñiga de animal humeaba
delicadamente sobre el musgo, dando testimonio del paso de una bestia de la
noche.
Una vez en el camino real volvió a hallar los ruidos y gritos
del siglo. Una banda de rústicos excitados corría con cubos y horcas: una
granja muy grande y aislada estaba ardiendo, incendiada por uno de aquellos
anabaptistas que ahora pululaban por doquier, y mezclaban su odio a ricos y
poderosos con una forma particular de amor a Dios. Zenón compadecía
desdeñosamente a aquellos visionarios, que saltaban de una barca podrida a otra
que hacía agua, y de una aberración secular a una nueva manía, mas el asco a la
densa opulencia que lo rodeaba lo ponía, a pesar suyo, del lado de los pobres.
Un poco más lejos halló a un tejedor que acababa de ser despedido y que tuvo
que optar por las alforjas del mendigo para buscar subsistencia en otra parte.
Envidió a aquel miserable por ser más libre que él.
LA FIESTA DE DRANOUTRE
Una noche en que regresaba al hogar como un perro flaco, tras
varios días de ausencia, la casa se le apareció desde lejos iluminada con
tantas luces que creyó ver un incendio de nuevo. Pesados carruajes
interceptaban el camino. Entonces recordó que Henri-Juste esperaba y negociaba,
desde hacía algunas semanas, una visita real.
Acababa de firmarse la Paz de Cambray. Se le llamó la Paz de las
Damas, pues dos princesas, que el canónigo Bartholommé Campanus comparaba en
sus pláticas con las Santas Mujeres de las Escrituras, habían asumido como
podían la tarea de curar las llagas del siglo. La Reina Madre de Francia, en un
principio contenida por sus temores a unas conjunciones astronómicas nefastas,
había abandonado por fin Cambray para volver al Louvre. La Regente de los
Países Bajos, de camino hacia Malinas, iba a detenerse por una noche en la casa
de campo del Gran Tesorero de Flandes, y Henri-Juste había convidado a todos
los hombres importantes del lugar, había comprado por todas partes buenas
provisiones de cera y de ricas vituallas, y mandado venir de Tournai a los
músicos del obispo, para preparar una fiesta a la antigua usanza, durante la
cual habría Faunos vestidos de brocado y Ninfas con camisa de seda verde que
ofrecerían a Madame Marguerite un buen surtido de mazapanes, almendrados y
confituras.
Zenón dudó un poco antes de introducirse en la sala, por miedo a
que sus vestiduras usadas y polvorientas y el olor de su cuerpo sucio le
hicieran perder la posibilidad de medrar cerca de los poderosos de este mundo;
por primera vez en su vida, el halago y la intriga le parecieron artes en las
que sería bueno sobresalir, y el puesto de secretario privado o de preceptor de
un príncipe, preferible al de pedante de colegio o de barbero de pueblo. Luego,
la arrogancia de sus veinte años ganó la partida, y también la seguridad de que
la fortuna de un hombre depende de su naturaleza y de la buena voluntad de los
astros. Entró y se sentó al lado de la chimenea, adornada con orlas de ramajes,
y contempló en torno suyo a todo aquel Olimpo humano.
Las Ninfas y los Faunos, vestidos a la antigua usanza, eran los
retoños de algunos granjeros enriquecidos o de señores rurales a quienes el
Gran Tesorero permitía negligentemente picotear en sus arcas; Zenón reconocía,
bajo las pelucas y el maquillaje, sus crines rubias y sus ojos azules, y bajo
los fruncidos de las túnicas abiertas o recogidas, las piernas un poco gruesas
de las muchachas, con algunas de las cuales había jugueteado tiernamente a la
sombra de un almiar. Henri-Juste, más pomposo y más congestionado aún que de
ordinario, hacía los honores de todos aquellos lujos de comerciante. La
Regente, vestida de negro, menuda y redonda, tenía la triste palidez de las
viudas y unos labios apretados de buena ama de casa vigilante, no sólo de la
ropa y del servicio, sino asimismo del Estado. Sus panegiristas alababan su
devoción, su talento, la castidad que le había hecho preferir a unas segundas
nupcias las melancólicas austeridades de la viudedad; sus detractores la
acusaban por lo bajo de gustarle las mujeres, aunque admitiendo que esta
inclinación resultaba menos escandalosa en una noble dama, que la afición
contraria en los hombres, ya que es mejor —manifestaban— para la mujer asumir
la condición viril que para un hombre imitar a la mujer. Los trajes de la
Regente eran suntuosos, aunque severos, como corresponde a una princesa, que
debe ostentar los signos externos de su situación real, pero a quien poco
importa deslumbrar o agradar. Al mismo tiempo que mordisqueaba unas golosinas,
escuchaba con oído complaciente a Henri-Juste mezclar a sus cumplidos
cortesanos chanzas picantes, atenta a su papel de mujer piadosa, mas no
gazmoña, y que sabe escuchar sin escandalizarse las livianas palabras de los
hombres.
Se habían bebido ya vinos del Rin, de Hungría y de Francia;
Jacqueline se desabrochó el corpiño de tejido de plata y pidió que le trajeran
a su hijo más pequeño, que aún mamaba y que también tendría sed. A Henri-Juste
y a su mujer les gustaba exhibir a aquel niño recién nacido que los
rejuvenecía.
El pecho que se entreveía por entre los pliegues de la fina
holanda encantó a los convidados.
—No podrá negarse —dijo Madame Marguerite— que este niño ha
mamado leche de una buena madre.
Preguntó cómo se llamaba el niño.
—Todavía no lo han bautizado, sólo con agua de socorro —dijo la
flamenca.
—Entonces —propuso Madame Marguerite—, ponedle de nombre
Philibert, como mi señor, el que está en el cielo.
Henri-Maximilien, que bebía sin medida, hablaba a las damas de
honor de las hazañas guerreras que el niño realizaría, cuando estuviera en edad
de hacerlo.
—Ocasiones para participar en batallas no van a faltarle en este
desgraciado siglo —dijo Madame Marguerite.
Se preguntaba para sus adentros si el Gran Tesorero consentiría
en conceder el préstamo al Emperador, a un interés del doce por ciento, que le
habían negado los Fugger, y que serviría para sufragar los gastos de la última
campaña, o acaso de la próxima, pues nunca se sabe cuánto van a durar los
tratados de paz. Con una pequeña parte de aquellos noventa mil escudos le
bastaría para terminar su capilla de Brou, en Bresse, en donde ella pensaba
descansar algún día al lado de su príncipe, hasta que llegara el fin del mundo.
En el instante en que llevaba a sus labios una cuchara de plata sobredorada vio
en su imaginación al joven desnudo, con los cabellos pegados por el sudor de la
fiebre y el pecho hinchado por los humores de la pleuresía, pero tan hermoso,
sin embargo, como los Apolos de la Fábula y al que ella había tenido que
enterrar hacía más de veinte años. Nada podía consolarla de su pérdida, ni las
gracias del Amante Verde, su loro de las Indias, ni los libros, ni el dulce
rostro de su tierna compañera, Madame Laodamie, ni los asuntos de Estado, ni
Dios, que es el sostén y confidente de los príncipes. La imagen del muerto
volvió a reintegrarse al tesoro de la memoria; el contenido de la cuchara dejó
en la lengua de la Regente su sabor a dulce helado, y ella volvió a ocupar en
la mesa el puesto que nunca había abandonado y a ver las manos coloradas de
Henri-Juste sobre el mantel carmesí, los llamativos atavíos de Madame
d’Hallouin, su dama de honor, al niño que a su pecho ostentaba la flamenca y
más lejos, bajo la campana de la chimenea, a un joven de hermoso rostro
arrogante que comía sin prestar atención a los invitados.
—¿Y ese quién es? —preguntó—. ¿Ese joven que les hace compañía a
los tizones?
—No tengo más hijos que estos dos —dijo el banquero descontento,
mostrando a Henri-Maximilien y al muñeco envuelto en su sábana bordada.
Batholommé Campanus contó en voz baja a la Regente la aventura
de Hilzonde, lamentando al mismo tiempo los senderos heréticos por los que se
descarriaba la madre de Zenón. Madame Marguerite inició entonces una discusión
con el canónigo sobre la fe y las obras, como las que solían entablarse a
diario entre las personas devotas y cultas de la época, sin que jamás aquellos
ociosos debates sirvieran para resolver el problema o probar su inanidad. En
aquel momento, se oyó ruido en la puerta. Tímidamente, pero de un solo empujón,
entró un grupo de gente.
Eran unos tejedores que acudían a Dranoutre con un rico presente
para Madame, lo cual constituía una parte de las diversiones proyectadas para
la fiesta. Pero la antevíspera había ocurrido de improviso una pelea en uno de
los talleres y el progreso de los artesanos se había transformado en una
especie de escandalosa rebelión. Todos los compañeros de Colas Gheel estaban
allí para pedir el indulto de Thomas de Dixmude, condenado a la horca por haber
roto a martillazos los telares mecánicos, montados desde hacía poco tiempo y
que por fin se habían puesto en marcha. La confusa banda, a la que habían ido
agregándose varios obreros foráneos sin trabajo y unos cuantos merodeadores que
habían encontrado por el camino, había tardado dos días en andar las leguas que
separaban la fábrica de la mansión del mercader. Colas Gheel, con las manos
heridas por defender sus máquinas, se hallaba, sin embargo, en la primera fila
de los peticionarios. Zenón apenas reconoció, en aquel rostro de labios
masculladores, al fuerte Colas de sus dieciséis años. El clérigo, tirando de la
manga a uno de los pajes que le ofrecía unas golosinas, se enteró de que
Henri-Juste se negaba a escuchar las quejas de los descontentos, pero que los
había dejado dormir en un prado y les había permitido comer las sobras que les
tiraban los cocineros. Los criados habían velado durante toda la noche
vigilando las despensas, la plata, las bodegas y los almiares. Aunque aquellos
desgraciados parecían dóciles como corderillos a los que llevan a esquilar. Se
quitaron el gorro; los más humildes se arrodillaron.
—¡Queremos que indulten a mi compadre Thomas! ¡Indulto para
Thomas, a quien mis máquinas han perturbado la razón! —salmodiaba Colas Gheel—.
¡Es demasiado joven para morir colgado de una cuerda!
—¿Cómo? —saltó Zenón—. ¿Estás defendiendo a ese descarado que
destruyó nuestra obra? A tu apuesto Thomas le gustaba mucho bailar, ¡pues que
baile ahora cara al cielo!
El altercado en lengua flamenca hizo reír a carcajadas a la
pandilla de damas de honor. Desconcertado, Colas paseó a su alrededor sus
pálidas pupilas e hizo la señal de la cruz al reconocer, sentado cerca de la
chimenea, al joven clérigo a quien en otro tiempo llamaba «su hermano según San
Juan».
—¡Dios me tentó! —lloró el hombre de las manos vendadas—, a mí
que jugaba como un niño con poleas y manivelas. Un demonio me enseñó las
proporciones y los números y construí con los ojos cerrados un patíbulo, del
que cuelga una cuerda.
Y retrocedió un paso, apoyándose en el hombro del flaco aprendiz
Perrotin.
Un hombrecillo vivo como el mercurio, en quien Zenón reconoció a
Thierry Loon, se abrió paso hasta llegar al lado de la princesa y le tendió un
memorial que ella entregó, con aparente distracción, a un gentilhombre de su
séquito. El Gran Tesorero le rogaba obsequiosamente que se trasladara a la
galería de al lado, en donde los músicos estaban preparando un concierto de
instrumentos y voces en honor de las damas.
—Todo traidor a la Iglesia termina, tarde o temprano, por ser
rebelde a su príncipe —concluyó Madame Marguerite al levantarse, finalizando
así su estudiada conversación con el canónigo, con aquellas palabras que
condenaban la Reforma. Unos tejedores, impulsados por la mirada de Henri-Juste,
ofrecieron ceremoniosamente a la augusta viuda un lazo de perlas bordado con
sus iniciales. Con la punta de sus dedos ensortijados, cogió con gracia el
regalo de los artesanos.
—Podréis daros cuenta, Madame —dijo medio en broma el
comerciante— de que poco se gana en mantener abiertas por pura caridad unas
fábricas que nos hacen perder dinero. Estos rústicos traen a vuestros oídos
disputas que pronto resolvería, con una sola palabra, cualquier juez de pueblo.
Si no tuviese yo tan gran interés en mantener el prestigio de nuestros
terciopelos y brocados...
Arqueando los hombros, como siempre hacía cuando sobre ella
pesaban los asuntos de Estado, la Regente insistió gravemente, a continuación,
sobre la necesidad de reprimir las insubordinaciones populares, en un mundo ya
perturbado por querellas entre príncipes, los progresos del Turco y la herejía
que estaba desgarrando a la Iglesia. Zenón no oyó el susurro del canónigo, que
lo invitaba a acercarse a la Regente. Un ruido de trinos y de sillas moviéndose
se mezclaba ya con las interjecciones de los obreros.
—No —dijo el mercader, cerrando tras de sí la puerta de la
galería y enfrentándose con los hombres del mismo modo que un dogo se enfrenta
con los animales del rebaño—. No hay compasión para Thomas. Le romperán el
cuello, igual que él hizo con mis telares. ¿A vosotros os gustaría que fueran a
vuestras casas a romperos vuestras camas de madera?
Colas Gheel mugió como un buey al que sangran.
—Cállate, amigo —dijo el grueso mercader con desprecio—. Tu
música estropea la que están tocando en honor de las damas.
—¡Tú eres un sabio, Zenón! Tu latín y tu francés gustan más que
nuestras voces flamencas —dijo Thierry Loon, que dirigía al resto de los
descontentos como un buen chantre dirige al coro—. Explícales que nuestras
tareas aumentan, nuestras pagas disminuyen y que el polvo que sale de esos
aparatos nos hace escupir sangre.
—Si se implantan esas máquinas en esta tierra llana, estamos
perdidos —dijo un pasamanero—. No estamos hechos para movernos entre dos
ruedas, como ardillas enjauladas.
—¿Acaso os creéis que a mí me vuelven loco las novedades, como a
los franceses? —dijo el banquero mezclando la bonachonería con la severidad, lo
mismo que se mezcla el azúcar con el agraz—. No hay ruedas, ni válvulas que
valgan lo que los brazos de los hombres honrados. ¿Soy un ogro, acaso? No
quiero más amenazas, ni murmuraciones contra las multas que os impongo por las
piezas que se estropean y los nudos que se forman en el hilo. No quiero más
estúpidas peticiones de aumento de salario, como si el dinero me costara tan
poco como los cagajones. Si lo hacéis así, yo enviaré esas máquinas a servirles
de marco a las telas de araña. Y os renovaré vuestros contratos para el próximo
año al mismo precio del año pasado.
—¡Al mismo precio que el año pasado! —dijo una voz con emoción,
que ya se iba debilitando—. ¡Igual que el año pasado, cuando un huevo cuesta
hoy más caro que una gallina por San Martín! Más nos vale coger un bastón e ir
a correr los caminos.
—¡Que reviente Thomas y a mí que me vuelvan a admitir! —aulló un
viejo forastero al que su sibilante francés hacía parecer más salvaje—. Los
granjeros me han soltado los perros y los burgueses de la ciudad nos echan a
pedradas. Prefiero mi jergón en el dormitorio común que el fondo de una cuneta.
—Esos telares que despreciáis habrían hecho de mi tío un rey, y
de vosotros unos príncipes —dijo el clérigo con despecho—. Pero sólo veo aquí a
un bruto enloquecido y a unos pobres idiotas.
Una algarabía subía del patio, en donde el resto de la banda
percibía desde abajo las antorchas de la fiesta y la parte superior de las
tartas. Una piedra agujereó el azul de una vidriera con escudo; el mercader se
apartó rápidamente ante la lluvia de granizos azules.
—¡Guardad vuestras piedras para esa cabeza hueca! El necio os
hizo creer que podíais gandulear al lado de una bobina, mientras la máquina
hacía sola el trabajo de ocho manos... —dijo el grueso Ligre burlándose y
señalando a su sobrino arrinconado en la chimenea—. Por su culpa, yo voy a
perder mi dinero y Thomas su cuello. ¡Oh, qué hermoso proyecto el de este asno
que no sabe más que lo que pone en sus libros!
El compañero del fuego escupió sin contestar.
—Cuando Thomas vio el telar mecánico trabajando noche y día y
haciendo él solo la tarea de cuatro hombres, no dijo nada —contó Colas Gheel—,
pero temblaba y sudaba, como si tuviera miedo. Y él fue uno de los primeros en
ir a la calle, cuando redujeron mi plantilla de aprendices. Y las ruedas
seguían chirriando, y las pértigas de hierro continuaban tejiendo la tela ellas
solas... Y Thomas se quedaba sentado al fondo del dormitorio, al lado de la
mujer con quien se casó esta primavera, y yo los oía tiritar a los dos, como
los que tienen frío. Entonces comprendí que nuestras máquinas eran como una
plaga, como la guerra, como la carestía de los víveres, como los paños
extranjeros que nos hacen la competencia... Y mis manos han recibido los golpes
que merecían... Y digo que el hombre debe trabajar sencillamente, como antes lo
hicieron sus padres, y contentarse con sus dos brazos y diez dedos.
—Y tú mismo, ¿qué eres —gritó Zenón furioso— sino una máquina
mal engrasada a la que usan, para después arrojarla a la basura y que, por
desgracia, engendra a otras más? ¡Yo te creía un hombre, Colas Gheel, y ahora
no veo más que a un topo ciego! Sois unos brutos; no tendríais fuego, ni luz,
ni cuchara si alguien no hubiera pensado en hacerlas para vosotros. Una bobina
os daría miedo, si os la mostraran por primera vez. ¡Volved a vuestros
dormitorios y pudríos allí, durmiendo seis bajo la misma manta, y reventad
encima de vuestros galones y terciopelos de lana, lo mismo que hicieron
vuestros padres!
Perrotin el aprendiz cogió una enorme copa que había encima de
la mesa y se abalanzó sobre Zenón. Thierry Loon lo agarró por la muñeca; los
destemplados chillidos del aprendiz, que soltaba un montón de amenazas en
dialecto picardo, acompañaban sus contorsiones de culebra. De repente, la voz
atronadora de Henri-Juste, que acababa de enviar a la bodega a uno de sus
mayordomos, anunció que estaban abriendo unos toneles de cerveza para brindar
por la Paz. La embestida de los hombres arrastró a Colas Gheel, que gesticulaba
con sus manos vendadas; Perrotin se largó, arrancándose con una sacudida de las
manos de Thierry Loon. Sólo algunos de los más listos se quedaron allí,
pensando en los medios que pondrían para obtener alguna subida, aunque sólo
fuera de unos pocos cuartos, de los salarios del próximo contrato. Thomas y sus
angustias ya estaban olvidados; tampoco se pensó en implorar de nuevo a la
Regente, instalada placenteramente en la sala contigua. El hombre de negocios
representaba allí el único poder conocido y temido por los artesanos; no
percibían a Madame Marguerite más que de lejos, del mismo modo que tampoco
veían, a no ser de manera confusa, las vajillas de plata, las joyas y,
tapizando las paredes o vistiendo los cuerpos de las personas presentes, aquellas
telas y aquellos lazos que ellos habían tejido.
Henri-Juste rió suavemente del éxito de su arenga y de sus
prodigalidades. Todo aquel alboroto, en suma, no había durado más que lo que
dura un motete. Los telares mecánicos, a los que él daba muy poca importancia,
acababan de proporcionarle, sin efectuar grandes gastos, la manera de hacer un
buen negocio. Puede que los volviera a utilizar en el porvenir, pero sólo en el
caso de que, por desgracia, viniera a encarecerse en exceso la mano de obra o
escaseara. Zenón, cuya presencia en Dranoutre inquietaba al comerciante tanto
como la de una tea en un pajar, se iría a pasear a otra parte sus quimeras y
sus ojos de fuego, que tanto impresionaban a las mujeres; y Henri-Juste podría
vanagloriarse ante ojos ilustres de saber dominar a la plebe, en aquellos
tiempos de agitación y disturbios, y de parecer que cedía sobre un punto sin
ceder jamás.
Por el hueco de una ventana, Zenón miraba hacia abajo,
contemplando aquellas sombras vestidas de harapos que se mezclaban con los
criados y guardas de Madame. Unas antorchas colgadas en las paredes iluminaban
la fiesta. El clérigo reconoció a Colas Gheel entre el gentío, por sus cabellos
rojos y sus ropas blancas. Tan pálido como sus vendajes, apoyado en un barril,
bebía glotonamente el contenido de una jarra grande de cerveza.
—¡Está embarrilando su cerveza mientras su Thomas suda de
angustia en la prisión —dijo el clérigo con desprecio—. Y yo amaba a este
hombre... ¡Raza de Simón Pedro!
—¡Paz! —dijo Thierry Loon que estaba a su lado—. Tú no sabes lo
que es ni el miedo ni el hambre.
Y empujándolo con el codo, prosiguió:
—Olvídate de Colas y de Thomas y piensa en nosotros, en lo
sucesivo. Nuestras gentes te seguirán, igual que el hilo a la lanzadera
—susurró—. Son pobres, ignorantes, estúpidos, pero son muchos, surgen como
gusanos y son ávidos como las ratas cuando huelen el queso... Tus telares les
gustarían si fueran suyos. Se empieza por quemar una casa de campo: se acaba
ocupando las ciudades.
—¡Vete a beber con los demás, borracho! —dijo Zenón.
Y abandonando la sala, se metió por la escalera desierta. En el
rellano tropezó con la sombra de Jacqueline, que subía jadeante, con un manojo
de llaves en las manos.
—He echado el cerrojo a la puerta de la bodega —murmuró—. ¿Quién
sabe lo que podría pasar?
Y cogiendo la mano de Zenón, para probarle lo deprisa que latía
su corazón, le dijo:
—¡Quedaos, Zenón! Tengo miedo.
—Que los soldados de la guardia os tranquilicen —dijo duramente
el joven clérigo.
Al día siguiente, el canónigo Campanus buscó a su alumno para
comunicarle que Madame Marguerite, antes de subir a su carroza, había indagado
sobre los conocimientos que el joven poseía en griego y en hebreo, y había
manifestado el deseo de admitirlo entre los criados de su séquito.
Pero la habitación de Zenón estaba vacía. Según decían los
sirvientes, había salido al apuntar el alba. La lluvia, que no paraba de caer
desde hacía varias horas, retrasó un poco la partida de la Regente. Los obreros
habían regresado a Oudenove, no muy descontentos, por haber obtenido finalmente
un aumento de un medio cuarto por libra. Colas Gheel dormía su borrachera bajo
un toldo. En cuanto a Perrotin, había desaparecido cuando llegaron las primeras
horas del día. Más tarde se supo que había pasado toda la noche soltando
amenazas contra Zenón. También había alardeado de saber manejar con gran
habilidad un puñal.
LA SALIDA DE BRUJAS
Wiwine Cauwersyn ocupaba, en casa de su tío —párroco de la
iglesia de Jerusalén en Brujas—, un cuartito forrado de listones de madera de
roble pulimentada. En él había una cama estrecha y blanca, un jarro con romero
en el alféizar de la ventana y un misal en la estantería; todo estaba limpio,
neto, apacible. Todos los días, a la hora de prima, aquella sacristanilla
benévola se adelantaba a las primeras devotas y al mendigo que solía ocupar su
puesto en el ángulo del pórtico; con sus zapatillas de fieltro, trotaba por las
baldosas del coro, vaciando el agua de los jarrones y sacando brillo a los
candelabros y copones de plata. Su nariz puntiaguda, su palidez, su torpeza no
inspiraban a nadie esas vivas expresiones que nacen espontáneamente al paso de
una guapa moza, pero su tía Godeliève comparaba tiernamente sus cabellos rubios
con el oro de las cocas bien tostadas y del pan bendito, y toda su compostura
olía a religiosidad y a buena ama de casa. Sus antepasados, que dormían en
cobre bruñido a lo largo de los muros, probablemente se felicitaban al verla
tan juiciosa. Porque ella pertenecía a una buena familia. Su padre, Thibaut
Cauwersyn, antiguo paje de Marie de Bourgogne, había ayudado a llevar las
parihuelas en las que trajeron a Brujas, entre oraciones y llantos, a la joven
condesa mortalmente herida. No pudo olvidar jamás aquel día de caza fatal;
durante toda su vida conservó un tierno respeto por su dueña, que tan pronto
había desaparecido, respeto que se parecía bastante al amor. Viajó; sirvió al
emperador Maximiliano en Ratisbona; regresó a Flandes para morir. Wiwine lo
recordaba como a un hombre grueso, que la sentaba en sus rodillas enfundadas de
cuero y canturreaba en voz baja tristes canciones alemanas. Su tía Cleenwerck
educó a la huerfanita. Era una buena mujer rebosante de grasa, hermana e
intendente del párroco de la iglesia de Jerusalén; sabía hacer reconfortantes
jarabes y exquisitas mermeladas. El canónigo Bartholommé Campanus solía visitar
aquella casa que olía a piedad cristiana y a buena cocina. Allí introdujo a su
pupilo. La tía y la sobrina atracaban al estudiante de dulces sacados del
horno, le lavaban las manos y las rodillas cuando se hacía alguna herida al
caer o en alguna pelea. Admiraban de todo corazón sus progresos en lengua latina.
Más tarde, durante las escasas visitas que el estudiante de Lovaina hizo a
Brujas, el cura le cerró su puerta, al oler en él un tufillo de ateísmo y de
herejía. Pero Wiwine acababa de enterarse aquella mañana, por una vendedora
ambulante, de que habían visto a Zenón caminando bajo la lluvia, empapado y
cubierto de barro, dirigirse hacia la botica de Jean Myers, y ella esperaba
tranquilamente su visita en la iglesia.
Entró sin hacer ruido, por la puerta baja. Wiwine corrió hacia
él, con las manos aún ocupadas por los tapetes del altar, con la solicitud
ingenua de una pequeña sirvienta.
—Me marcho, Wiwine —dijo él—. Podéis hacer un paquete con los
cuadernos que escondí en vuestro armario y yo vendré a buscarlos cuando sea ya
noche cerrada.
—¡Cómo venís, amigo mío! —dijo ella.
Probablemente había estado pateando el barro del país llano bajo
la lluvia, pues sus zapatos y el bajo de sus vestiduras se hallaban llenos de
salpicaduras. Parecía asimismo como si lo hubieran lapidado, o como si se
hubiera caído; su cara era una pura magulladura y el borde de una de sus mangas
se hallaba estriado de sangre.
—No es nada —dijo él—. Sólo una riña sin importancia. Ya ni me
acuerdo siquiera.
Pero dejó que Wiwine le limpiase lo mejor que pudo, con un trapo
húmedo, las salpicaduras y el fango. Wiwine, turbada, lo encontraba tan hermoso
como el sombrío Cristo de madera pintada que yacía bajo un arco, cerca de
ellos, y se desvivía a su alrededor como una pequeña Magdalena inocente.
Se ofreció a llevarlo a la cocina de la tía Godeliève, para
limpiarle el traje y darle unos barquillos aún calientes.
—Me marcho, Wiwine —repitió Zenón—. Quiero ver si la ignorancia,
el miedo, la inepcia y la superstición verbal reinan en todas partes, igual que
aquí.
Aquel vehemente lenguaje la asustó: todo lo que era inusitado la
asustaba. No obstante, aquella cólera viril se confundía para ella con las
tempestades del escolar, de la misma manera que el barro y la sangre
ennegrecida le traían a la memoria al Zenón niño, cuando volvía malparado de
los combates callejeros, el que había sido su buen amigo y dulce hermano cuando
ambos tenían diez años. Le dijo con un tono de tierna amonestación:
—¡Qué alto habláis, aun estando en la iglesia!
—Dios no oye nada —respondió amargamente Zenón.
No le explicó ni de dónde venía, ni a dónde iba, ni de qué clase
de refriega o escaramuza salía, ni cómo su tedio lo apartaba de una existencia
doctoral forrada de armiño y honores, ni qué designios ocultos lo arrastraban
solo y sin equipaje por unos caminos muy poco seguros, que sólo recorrían
gentes que volvían de la guerra o los vagabundos sin casa ni hogar, de los que
la pequeña comunidad compuesta por el cura, la tía Godeliève y los criados se
protegía prudentemente, cuando regresaba de algún paseo por el campo.
—Estamos en unos tiempos tan malos —dijo ella, repitiendo las
habituales lamentaciones que oía en su casa y en el mercado—. Y si de nuevo
tropezáis con algún malhechor....
—¿Y quién os dice que no voy a ser yo quien acabe con él? —dijo
Zenón con voz áspera—. No es tan difícil cargarse a alguien...
—Chrétien Merghelynck y mi primo Jean de Béhaghel, que están
estudiando en Lovaina, se disponen también a volver a la Escuela —insistió
ella—. Podéis reuniros con ellos en la posada del Cisne...
—Que Chrétien y Jean pierdan sus colores, si quieren, estudiando
los atributos de la Persona Divina —dijo con desdén el joven clérigo—. Y si
vuestro tío el cura sigue inquietándose por mis opiniones y sospechando de mi
ateísmo, podéis decirle que yo profeso mi fe en un dios que no nació de una
virgen, y que no resucitará al tercer día, pero cuyo reino es de este mundo.
¿Me oís?
—Se lo repetiré sin entenderlo —dijo ella dulcemente, sin tratar
siquiera de retener aquellas palabras demasiado abstrusas para ella—. Y como mi
tía Godeliève suele cerrar la puerta con cerrojo en cuanto se oye el toque de
queda y esconde la llave debajo del colchón, dejaré vuestros cuadernos en el
sobradillo, junto con algunas vituallas para el camino.
—No —dijo él—. Ha llegado para mí el tiempo de vigilia y ayuno.
—¿Por qué? —preguntó ella tratando en vano de recordar cuál era
el santo que se festejaba en el calendario.
—Me lo prescribo yo mismo —dijo él bromeando—. ¿No habéis visto
nunca a un peregrino prepararse para la marcha?
—Como queráis —dijo ella con la voz cuajada de lágrimas ante la
idea de aquel extraño viaje—. Y yo contaré las horas, los días y los meses,
como siempre hago durante vuestras ausencias.
—¿Qué es ese cuento que me estáis contando? —contestó él con
débil sonrisa—. El camino que yo voy a tomar no volverá a pasar por aquí. No
soy de los que retroceden para ir a ver a una muchacha.
—Entonces —dijo ella levantando hacia él su frente testaruda—,
seré yo quien irá a vos, ya que vos no queréis venir a mí.
—Perderéis el tiempo —dijo Zenón continuando aquel juego de
réplicas—. Os olvidaré.
—Mi querido señor —dijo Wiwine—, las gentes de mi familia que
duermen bajo esas losas llevan una divisa escrita en la almohada: Más está en
vos. Más está en mí que devolver olvido por olvido.
Se erguía ante él, fuentecilla insípida y pura. Él no la amaba:
aquella niña un poco simple era sin duda el lazo más débil de los que lo ataban
a su corto pasado. Pero le invadió una débil compasión, mezclada con el orgullo
de ser amado. De repente, con el ademán impetuoso de un hombre que, en el
momento de partir, da, arroja o dedica alguna cosa para conciliarse no se sabe
qué clase de poderes o, al contrario, liberarse de ellos, se quitó el delgado
anillo de plata que había ganado jugando a las prendas con Jeannette Fauconnier
y lo depositó, como si fuera una moneda, en la mano que se le tendía. No
contaba regresar. Aquella niña sólo obtendría de él la limosna de un sueño.
Cuando llegó la noche, fue a buscar los cuadernos al sobradillo
y los llevó a casa de Jean Myers. La mayoría de ellos contenía fragmentos de
filósofos paganos que había copiado en gran secreto cuando estaba estudiando en
Brujas, bajo la vigilancia del canónigo, y que contenían cierto número de
opiniones escandalosas sobre la naturaleza del alma o sobre la inexistencia de
Dios; o asimismo citas de los Santos Padres que atacaban el culto a los ídolos
y que él había tergiversado, para demostrar la inanidad de la devoción y de las
ceremonias cristianas. Zenón era todavía lo bastante ingenuo como para atribuir
gran valor a sus primeras libertades de colegial. Discutió sus proyectos de
porvenir con Jean Myers; éste opinaba que lo mejor sería que Zenón cursara estudios
en la Facultad de Medicina de París, en donde él mismo había estudiado, aunque
sin llegar a alcanzar la tesis, ni el birrete cuadrado. Zenón se entusiasmaba
pensando en largos viajes. El cirujano—barbero guardó cuidadosamente los
cuadernos en un reducto en donde metía sus botellas viejas y su provisión de
ropa blanca. El clérigo ni se dio cuenta de que Wiwine había colocado, entre
las hojas, una ramita de rosal silvestre.
LA OPINIÓN PÚBLICA
Más tarde se supo que había pasado algún tiempo en Gante, en
casa del preboste mitrado de Saint-Bavon, aficionado a la alquimia. Después se
creyó verle en París, en esa rue de la Bûcherie en donde los estudiantes hacían
en secreto la disección de los muertos y en la que se respiran, como un mal
aire, el pirronismo y la herejía. Otros, muy dignos de fe, aseguraban que había
obtenido sus diplomas en la Universidad de Montpellier, a lo cual algunos
respondían que no había hecho sino inscribirse en esa célebre Facultad, y que
había renunciado a los títulos de pergamino en favor de la práctica
experimental únicamente, despreciando tanto a Galeno como a Celso. Creyeron
reconocerlo por tierras del Languedoc, en la persona de un mago seductor de
mujeres, y, en la misma época, por Cataluña, bajo los hábitos de un peregrino
procedente de Montserrat y al que se buscaba por asesinato de un muchacho
joven, en una hospedería frecuentada por gentes sin Dios ni Ley, marinos,
tratantes de caballos, usureros, judíos y moriscos falsamente conversos. Se
sabía vagamente que se interesaba mucho por las especulaciones sobre fisiología
y anatomía, y la historia del niño asesinado —que, para los ignorantes y los
crédulos, no era más que una instancia de magia o de negra orgía—, se convertía
en bocas más doctas en la de una operación cuyo objeto era transvasar sangre
fresca a las venas de un rico hebreo enfermo. Más tarde aún, gentes que
regresaban de largos viajes y de más largas mentiras, pretendieron haberlo
visto en el país de los agatirsos, entre los berberiscos y hasta en la corte
del Gran Dahír. Una nueva fórmula de fuego griego, empleada en Argel por el
pacha Khereddin Barbarroja, hacia el año 1541, dejó malparada una flotilla
española; endosaron en su cuenta aquella invención funesta que, según se decía,
lo había enriquecido. Un fraile franciscano, enviado a Hungría con una misión,
había tropezado en Buda con un médico flamenco que no quiso decir su nombre:
sin duda era él. También se sabía de muy buena fuente que lo había llamado a
Genova un tal Joseph Ha-Cohen, físico privado del Dux, para una consulta, pero
que después se había negado insolentemente a ocupar el puesto de aquel judío,
sentenciado a exilio. Como se supone, y a menudo con razón, que las audacias de
la carne acompañan a las de la inteligencia, se le atribuyeron unos placeres no
menos audaces que sus trabajos, y se divulgaron sobre él diversas historias
variadas, claro está, según los gustos de aquellos que difundían o inventaban
sus aventuras. Pero de todas estas osadías, puede que la más chocante fuera
aquella que —según se decía— le hacía rebajar la hermosa profesión de médico,
entregándose con preferencia al arte grosero de la cirugía, y ensuciando así
sus manos con pus y sangre. Nada podía subsistir si un espíritu inquieto como
aquel desafiaba de esta suerte el buen orden y las buenas costumbres. Tras un
largo eclipse, creyeron verlo otra vez en Basilea, durante una epidemia de
peste negra; una serie de curaciones inesperadas le valió por aquellos años una
reputación de taumaturgo. Luego, el rumor se extinguió. Aquel hombre parecía
tener miedo de que la gloria fuese su timbalero.
Hacia 1539, se recibió en Brujas un breve tratado en francés,
impreso por Dolet en Lyon, y que llevaba su nombre. Era una descripción
minuciosa de las fibras tendinosas y de los anillos valvulares del corazón,
seguida de un estudio sobre el papel desempeñado por la rama izquierda del
nervio vago en el comportamiento de dicho órgano; Zenón afirmaba en él que la
pulsación correspondía al momento de la sístole, difiriendo así de la teoría
que enseñaban en las cátedras. Disertaba asimismo sobre el encogimiento y
engrasamiento de las arterias en ciertas enfermedades, debidos al desgaste de
los años. El canónigo, que entendía muy poco de estas materias, leyó y releyó
el corto tratado, casi decepcionado de no hallar nada en él que justificara los
rumores de impiedad que rodeaban a su antiguo alumno. Cualquier médico
experimentado, al parecer, hubiese podido escribir aquel libro, que ni siquiera
iba adornado con ninguna bella cita latina. Bartholommé Campanus veía en la
ciudad con bastante frecuencia, montado en su buena mula, al cirujano-barbero
Jean Myers, cada vez más cirujano y menos barbero, desde que la consideración
le había llegado con los años. Puede que aquel Myers fuera el único habitante
de Brujas del que se pudiera razonablemente sospechar que recibía de cuando en
cuando noticias del estudiante convertido en maestro. El canónigo se sentía
tentado, en ocasiones, de abordar a aquel hombre de poca monta, pero las
conveniencias parecían oponerse a ello, y el individuo tenía fama de ladino y
burlón. Cada vez que, por casualidad, le llegaba algún rumor concerniente a su
antiguo alumno, el canónigo se dirigía inmediatamente a casa del pobre
Cleenwerck, su viejo amigo. Charlaban juntos por la noche en la sala del
cuarto, por donde en ocasiones pasaban la señora Godeliève y su sobrina, con
una lámpara o un plato en la mano, pero ni una ni otra se tomaban la molestia
de escuchar, al no tener costumbre de prestar oídos a las conversaciones de
ambos hombres de Iglesia. Wiwine había pasado ya de la edad de los amoríos infantiles;
aún conservaba el delgado anillo marcado con un florón, en una caja que
contenía perlas de vidrio y agujas, mas no ignoraba que su tía tenía para ella
serios proyectos.
Mientras las mujeres doblaban el mantel y recogían la vajilla,
Bartholommé Campanus daba vueltas y vueltas con el cura a aquellas débiles
briznas de información que eran, respecto a la vida entera de Zenón, lo que una
uña a la totalidad del cuerpo. El cura movía la cabeza de un lado para otro,
imaginándose lo peor de aquella mente alocada e impaciente, repleta de vano
saber y de orgullo. El canónigo defendía débilmente al estudiante que él había
formado. No obstante, poco a poco, Zenón dejaba de ser para ellos una persona,
un rostro, un alma, un hombre vivo existente en alguna parte en un punto de la
circunferencia del mundo; se transformaba en un nombre, en menos que un nombre,
en una etiqueta marchita pegada a un tarro en donde se pudrían lentamente algunas
memorias incompletas y muertas de su propio pasado. Seguían hablando de él; la
verdad era que lo estaban olvidando.
LA MUERTE EN MÜNSTER
Simon Adriansen envejecía. Se percataba de ello no tanto por el
cansancio como por una especie de creciente serenidad. Podía comparársele a un
piloto que se hubiera quedado un poco sordo, que sólo oyera confusamente el
ruido de la tempestad, pero que continuara midiendo con la misma habilidad el
poder de las corrientes, de las mareas y de los vientos. Durante toda su vida
había ido de una riqueza menor a otra mayor: el oro afluía a sus manos. Había
abandonado su hogar paterno de Middelburg para instalarse en una casa edificada
bajo sus cuidados en un muelle recientemente construido en Amsterdam, en la
época en que obtuvo de aquel puerto la concesión del comercio de especias. En
su morada, apoyada en la Schreijerstoren, como en un cofre sólido, había recogido
y ordenado los tesoros de ultramar. No obstante, Simon y su mujer, apartados de
estos esplendores, vivían en el último piso, en una habitacioncita desnuda como
la cabina de un barco, y todo aquel lujo sólo servía para consuelo de los
pobres.
Para éstos, las puertas siempre estaban abiertas, el pan siempre
recién salido del horno, las lámparas siempre encendidas. Aquellos andrajosos
se componían no sólo de acreedores insolventes o de enfermos que los hospitales
desbordados rechazaban, sino también de actores famélicos y de marineros
embrutecidos por el aguardiente, carne de patíbulo salvada de la picota y que
llevaba en sus espaldas las señales del látigo. Lo mismo que Dios, que desea
que todos anden sobre Su tierra y gocen de Su sol, Simón Adriansen no escogía;
o más bien, por rechazo a las leyes humanas, escogía a aquellos que pasan por
ser los peores. Cubiertos con ropas calientes que el mismo dueño les ponía,
aquellos miserables intimidados se sentaban a su mesa. Músicos escondidos
detrás de la galería vertían en sus oídos una música que los hacía creerse en
la antesala del Paraíso. Hilzonde, para recibir a sus huéspedes, se ponía
atavíos magníficos que realzaban aún más el valor de sus limosnas, y servía los
platos con un cucharón de plata.
Simon y su mujer, como Abraham y Sara, como Jacob y Raquel,
habían vivido en paz durante doce años. Tenían sus penas, sin embargo. Habían
tenido varios hijos, a los que habían cuidado tierna y amorosamente, y que
habían ido muriendo uno tras otro. Cada vez que esto ocurría, Simón inclinaba
la cabeza y decía:
—El Señor es padre también. Él sabe lo que conviene a sus hijos.
Y aquel hombre auténticamente devoto enseñaba a Hilzonde la
dulzura de la resignación. Pero les quedaba un fondo de tristeza. Por fin nació
una niña que vivió. Simón Adriansen cohabitó en lo sucesivo con Hilzonde dentro
de un espíritu fraternal.
Sus naves singlaban de todas las riberas del mundo hacia el
puerto de Amsterdam, pero Simón pensaba en el gran viaje que acaba
inevitablemente para todos nosotros, ricos o pobres, con el naufragio en una
playa desconocida. Los navegantes y geógrafos que se inclinaban con él sobre
los portulanos y dibujaban mapas para su disfrute le eran menos queridos que
todos aquellos aventureros de camino hacia otro mundo, predicadores
harapientos, profetas burlados e insultados en la plaza pública, como un tal
Jan Matthyjs, panadero alucinado, y un tal Hans Bockhold, saltimbanqui
ambulante a quien Simón había encontrado medio helado a la puerta de una
taberna y que ponía al servicio del Reino del Espíritu sus peroratas de feria.
Entre todos ellos, más humilde que ninguno, ocultando su gran saber y
voluntariamente embrutecido para dejar que la inspiración divina bajara a él
más libremente, podía verse a Bernard Rottmann con su traje raído de pieles.
Había sido antaño el más querido de los discípulos de Lutero y ahora vomitaba
al hombre de Wittenberg, al falso justo que acariciaba con una mano la col del
rico y con la otra la cabra del pobre, blandamente sentado entre la verdad y el
error.
La arrogancia de los Santos, la impúdica manera de arrancar con
la imaginación sus bienes a los burgueses y sus títulos a los nobles para
redistribuirlos a su gusto, habían atraído sobre ellos la cólera pública;
amenazados de muerte o de expulsión inmediata, los Buenos mantenían, en casa de
Simón, conciliábulos de marinos en un barco que naufraga. Pero la esperanza
apuntaba a lo lejos como la vela de un barco: era Münster, en donde Jan
Matthyjs había conseguido establecerse tras haber echado de allí al obispo y a
los regidores, que se había convertido en la ciudad de Dios en donde, por vez
primera en la tierra, los corderos hallaban un asilo. En vano las tropas
imperiales se proponían reducir aquella Jerusalén de los desheredados; todos
los pobres del mundo se unirían en torno a sus hermanos: se formarían partidas
que irían de ciudad en ciudad robando los vergonzosos tesoros de las iglesias y
derribando los ídolos; sangrarían, como si de un cerdo se tratara, al gordo de
Martín en su porquera de Turingia y al Papa en su Roma. Simón escuchaba estas
palabras mientras alisaba su blanca barba: su temperamento de hombre
acostumbrado al peligro lo llevaba a aceptar sin rechistar los riesgos enormes
de aquella piadosa aventura; la tranquilidad de Rottmann, las bromas de Hans le
quitaban sus últimas dudas; lo tranquilizaban, lo mismo que, cuando uno de sus
barcos levaba el ancla en época de tempestades, conseguía tranquilizarlo la
seriedad del capitán y la alegría del gaviero. Y con corazón confiado vio
partir a sus calamitosos huéspedes, calado el gorro hasta las orejas o
envolviéndose el cuello en una bufanda usada de lana, caminando uno al lado del
otro entre el barro y la nieve, dispuestos a arrastrarse todos juntos hasta
llegar a ese Münster de sus sueños.
Por fin un día, o más bien una noche, en una madrugada fría de
febrero, subió a la habitación de Hilzonde, que reposaba recta e inmóvil en el
lecho, iluminada por una débil lamparilla. La llamó en voz baja, se aseguró de
que no estaba durmiendo y se sentó pesadamente al pie de la cama. Como un
comerciante que repasa con su mujer las cuentas del día, le dio parte de los
conciliábulos que habían celebrado en la salita del piso de abajo. ¿No estaba
cansada ella también de vivir en una de esas ciudades en donde el oro y la
plata, la carne y la vanidad, se pavonean grotescamente por la plaza pública, y
en donde los trabajos de los hombres parecen haberse solidificado en piedras,
en ladrillos, en vanos y enojosos objetos sobre los que ya no sopla el
Espíritu? En cuanto a él, se proponía abandonar o más bien vender (pues ¿por
qué desperdiciar sin fruto unos bienes que pertenecen a Dios?) su casa y sus
propiedades de Amsterdam y dirigirse, mientras aún estaba a tiempo, al Arca de
Münster para instalarse allí. Se hallaba ya repleta de gente, pero su amigo
Rottmann sabría encontrarles un techo y unos víveres. Le dejaba quince días a
Hilzonde para que reflexionara sobre este proyecto, que quizá los llevara a la
miseria, al exilio, tal vez a la muerte, pero que también les permitiría
hallarse entre los primeros que saludarían el Reino de los Cielos.
—Quince días, mujer —repitió—. Pero ni una hora más, pues el
tiempo apremia.
Hilzonde se enderezó, apoyándose en el codo y fijando en él sus
ojos muy abiertos:
—Ya han pasado los quince días, marido —dijo con una especie de
tranquilo desdén por todo lo que dejaba tras de sí.
Simón la alabó de hallarse siempre un paso por delante de él en
su marcha hacia Dios. Su veneración por su compañera había resistido al
desgaste de la vida diaria. Aquel anciano olvidaba voluntariamente las
imperfecciones, las sombras, los defectos visibles que salen a la superficie
del alma, para no conservar, de los seres que él había elegido, sino lo más
puro que en ellos había o lo que aspiraban a ser. Bajo la lamentable apariencia
de los profetas a los que hospedaba, reconocía a unos santos. Desde su primer
encuentro le habían conmovido los ojos claros de Hilzonde y no tenía en cuenta
el pliegue casi solapado de su boca triste. Aquella mujer delgada y cansada
seguía siendo para él un Ángel.
La venta de la casa y de los muebles fue el último buen negocio
que hizo Simón. Como siempre, su indiferencia en materia de dinero favorecía a
su fortuna, y le evitaba los errores debidos al temor de perder y, al mismo
tiempo, los que resultan de la premura por ganar demasiado. Los exiliados
voluntarios abandonaron Amsterdam rodeados del respeto de que gozan los ricos,
pese a todo, incluso cuando abrazan de manera escandalosa el partido de los
pobres. Una barcaza los trasladó a Deventer, en donde subieron a un carro que
los llevó a través de las colinas de Güeldres, revestidas de hojas nuevas. Se
detenían en las posadas westfalianas para probar el jamón ahumado. El camino
hacia Münster se convertía, para aquellas gentes de ciudad, en una fiesta
campestre. Una sirvienta llamada Johanna, a quien Simón veneraba por haber sido
torturada en otros tiempos a causa de su fe anabaptista, acompañaba a Hilzonde
y a la niña.
Bernard Rottmann los recibió a las puertas de Münster, en medio
de un montón de carretas, de sacos y de barriles. Los preparativos para
defender la ciudad recordaban la actividad desordenada de ciertas vísperas de
fiesta. Mientras las dos mujeres bajaban del coche una cuna y ropa, Simón
escuchaba las explicaciones del Gran Restituidor: Rottmann estaba tranquilo; lo
mismo que la multitud por él adoctrinada, y que arrastraba por las calles las
verduras y la leña de los campos contiguos, contaba con la ayuda de Dios. No
obstante, Münster necesitaba dinero. Aún necesitaba más el apoyo de los
humildes, de los descontentos, de los indignados que se hallaban diseminados
por el mundo y que sólo esperaban, para sacudirse el yugo de todas las
idolatrías, la victoria del nuevo Cristo. Simón seguía siendo rico; le debían
dinero que podía recuperar en Lübeck, en Elbing y hasta en Jutlandia y en la
lejana Noruega; era su deber recuperar aquellas sumas que sólo pertenecían al
Señor. Por el camino, sabría transmitir a los corazones piadosos el mensaje de
los Santos rebeldes. Su reputación de hombre con gran sentido común y con mucho
dinero, sus vestiduras de buen paño y de cuero flexible harían que lo
escucharan allí donde un predicador vestido de harapos no tendría acceso. Aquel
rico convertido podía ser el mejor emisario del Consejo de los Pobres.
Simón lo comprendió. Había que darse prisa para escapar a las
emboscadas de príncipes y sacerdotes. Besó apresuradamente a su hija y a su
mujer y partió inmediatamente, montado en la más descansada de las muías que lo
habían llevado hasta las puertas del Arca. Pocos días después, las lanzas de
hierro de los lansquenetes se vislumbraron en el horizonte; las tropas del
príncipe-obispo rodearon la ciudad, aunque sin intentar el asalto, dispuestas a
permanecer allí el tiempo que fuera necesario para reducir a aquellos
andrajosos por hambre.
Bernard Rottmann instaló a Hilzonde y a su hija en la casa del
burgomaestre Knipperdolling, que había sido, en Münster, el protector más
antiguo de los Puros. Aquel hombre gordo, cordial y plácido la trataba como a
una hermana. Bajo la influencia de Jan Matthyjs, que amasaba un mundo nuevo
como antaño sus panes en el sótano de Haarlem, todas las cosas de la vida eran
diferentes, fáciles y sencillas. Los frutos de la tierra pertenecían a todos,
como el aire y la luz de Dios; los llevaban a la calle para repartirlos. Al
amarse todos con riguroso amor, se ayudaban, se reprendían, se espiaban unos a
otros para advertirse de sus pecados; al haberse abolido las leyes civiles,
también se habían abolido los sacramentos; la soga castigaba las blasfemias y
las faltas carnales; las mujeres, cubiertas con un velo, se deslizaban por
doquier como grandes ángeles inquietos, y en la plaza se escuchaban los
sollozos de las confesiones públicas.
La pequeña ciudadela de los Buenos, rodeada por las tropas
católicas, vivía en la fiebre de Dios. Las predicaciones al aire libre
reavivaban todas las noches el valor de los fieles; Bockhold, el Santo
preferido, agradaba al pueblo por amenizar las sangrientas imágenes del
Apocalipsis con sus chanzas de actor. Los enfermos y los primeros heridos del
sitio, tendidos bajo los arcos de la plaza en la tibia noche de verano,
mezclaban sus quejidos con las voces agudas de las mujeres que imploraban la
ayuda del padre. Hilzonde era una de las más ardientes. De pie, alta y estirada
como una llama, la madre de Zenón denunciaba las ignominias romanas. Horribles
visiones llenaban sus ojos arrasados de lágrimas; doblándose sobre sí misma de
repente, como si fuera un largo cirio demasiado delgado, Hilzonde lloraba de
contrición, de ternura y de esperanzas de morir.
El primer duelo público fue la muerte de Jan Matthyjs, muerto en
una salida que intentaron contra el ejército del obispo, al frente de treinta
hombres y de un ejército de ángeles. Hans Bockhold, con la cabeza ceñida por
una corona real y montado en un caballo enjaezado con una casulla, fue
proclamado al instante Profeta Rey en el atrio de la iglesia; se montó un
estrado en donde el nuevo David reinaba cada mañana, decidiendo sin apelación
los asuntos de la tierra y del cielo. Unas cuantas salidas afortunadas, que
arrollaron las cocinas del obispo, proporcionaron un botín compuesto de
cochinillos y de gallinas. Se festejó en el estrado, al son de los pífanos.
Hilzonde rió igual que las demás cuando los pinches de cocina del enemigo, a
los que habían cogido prisioneros, tuvieron que preparar las viandas a la
fuerza, para luego morir a manos de la muchedumbre que les propinaba puñetazos
y patadas.
Poco a poco, un cambio se iba operando en el interior de las
almas, como el que por la noche transforma insensiblemente un sueño en
pesadilla. El éxtasis daba a los Santos un andar titubeante de borrachos. El
nuevo Cristo-Rey ordenaba ayuno tras ayuno con objeto de economizar los víveres
que se amontonaban por todas partes en las bodegas y graneros de la ciudad. A
veces, sin embargo, si una barrica de arenques apestaba más de lo debido o bien
aparecían unas manchas en la redondez de un jamón, la gente se atracaba.
Bernard Rottmann, extenuado, enfermo, tenía que guardar cama y endosar sin
rechistar las decisiones del nuevo Rey, contentándose con predicar al pueblo
que se reunía bajo sus ventanas el Amor que consume todas las escorias
terrestres y la espera del Reino de Dios. Knipperdolling habla ascendido
solemnemente de la categoría abolida de burgomaestre a la de verdugo. Aquel
hombre grueso, de cuello rojo, respiraba bienestar en el cumplimiento de sus
nuevas funciones, como si siempre hubiera soñado en secreto con ser carnicero.
Se mataba mucho; el Rey hacía desaparecer a los cobardes y a los tibios antes
de que infectasen a los demás. Se hablaba de suplicios en la casa en donde se
alojaba Hilzonde, como antaño en Brujas de la tasa de lanas.
Hans Bockhold consentía por humildad en que le llamaran Jean de
Leyde, con el nombre de su ciudad natal, en las asambleas terrestres, pero ante
sus fieles, adoptaba también otro nombre, inefable, sintiendo dentro de sí una
fuerza y un ardor más que humanos. Diecisiete esposas daban testimonio del
vigor inagotable de Dios. El miedo y el afán de gloria empujaron a los
burgueses a entregar sus mujeres al Cristo viviente, lo mismo que le habían
entregado sus monedas de oro. Unas cuantas rameras sacadas de los burdeles de
baja estofa solicitaron el honor de servir a los placeres conyugales del Rey.
Este se llegó a casa de Knipperdolling para conversar con Hilzonde. Ella
palideció, al contacto de aquel hombrecillo de ojos vivos, cuyas manos
indagadoras separaban, como las de un sastre, los ribetes de su corpiño.
Rememoraba sin querer que, en los días de Amsterdam, cuando todavía se sentaba
a su mesa y no era más que un bufón famélico, había aprovechado para tocarle el
muslo el momento en que ella se inclinaba sobre él con un plato en la mano.
Cedía con repugnancia a los besos de aquella boca húmeda, pero su asco
terminaba por convertirse en éxtasis. Los últimos pudores caían como harapos, o
como esas pieles muertas que uno frota al bañarse, envuelta en aquel aliento
insípido y caliente. Hilzonde dejaba de existir, y con ella los temores, los
escrúpulos, los sinsabores de Hilzonde. El Rey, apretándose contra ella,
admiraba el cuerpo frágil cuya delgadez, según él decía, hacía resaltar más las
formas benditas de la mujer, los senos flácidos y la curva del vientre. Aquel
hombre acostumbrado a las rameras o a las matronas sin gracia, se maravillaba
de los refinamientos de Hilzonde: sus manos frágiles tapando el suave vello del
monte de Venus le recordaban las de una dama distraídamente colocadas sobre su
manguito o su perrito de aguas. Se narraba su propia historia. Desde la edad de
dieciséis años había sabido que él era Dios. Le dieron ataques de epilepsia en
la tienda en donde trabajaba de aprendiz, y lo echaron. Entre gritos y babas
había entrado en el cielo. Había vuelto a sentir aquel temblor que era Dios
entre los bastidores de un teatro ambulante, en donde representaba el papel de
un payaso apaleado. En la granja, donde poseyó por vez primera a una muchacha,
había comprendido que Dios era la carne que se mueve, los cuerpos desnudos para
los que deja de existir la pobreza o la riqueza, el gran chorro de vida que
lleva también a la muerte y corre como la sangre de los ángeles. Decía estas
palabras en una pretenciosa jerga de actor, esmaltada con faltas gramaticales
propias de un hijo de campesinos.
Durante varias noches seguidas, se la llevó para sentarla entre
las Mujeres de Cristo, a la mesa del banquete. La multitud se apretujaba en las
mesas hasta el punto de hacerlas crujir; los hambrientos atrapaban los cuellos
y las patas de pollo que el Rey se dignaba echarles, y le imploraban su
bendición. Los puños de los jóvenes Profetas que hacían de guardia personal del
Rey, mantenían a raya a toda aquella gente. Divara, la reina titular, que
procedía de un lenocinio de Amsterdam, masticaba plácidamente, enseñando los
dientes y la lengua a cada bocado. Parecía una vaca indolente y sana. De
repente, el Rey alzaba las manos y oraba, y una palidez teatral embellecía su
rostro de mejillas pintadas. O bien soplaba en las narices de un invitado para
comunicarle el Espíritu Santo. Una noche, mandó entrar a Hilzonde en la sala de
atrás y le levantó las faldas para exhibir ante los jóvenes Profetas la blanca
desnudez de la Iglesia. Estalló la riña entre la nueva reina y Divara, que
tenía la fuerza de sus veinte años y que la llamó vieja. Las dos mujeres
rodaron por las baldosas, arrancándose puñados de cabello; el Rey las puso de
acuerdo aquella noche calentándolas a ambas sobre su pecho.
Un arranque de actividad sacudía por momentos a aquellas almas
idiotizadas y locas. Hans decretó la inmediata demolición de todas las torres,
campanarios y hastiales de la ciudad, que sobresalieran orgullosamente de los
demás, e insultaran así la igualdad que debe reinar entre todos ante Dios.
Escuadras de hombres y mujeres, seguidas de chiquillos gritones, se adentraron
por las escaleras que llevaban a las torres; nubes de tejas de pizarra y
paletadas de ladrillos cayeron al suelo, maltratando las cabezas de los
transeúntes y la techumbre de las casas bajas. Arrancaron a medias, del tejado
de Saint-Maurice, unos santos de cobre, que se quedaron medio colgando entre la
tierra y el cielo. También arrancaron vigas en las casas de los ricos, abriendo
así unas brechas por donde penetraban la lluvia y la nieve. Una vieja, que se
quejó de helarse viva en su habitación abierta a los cuatro vientos, fue
expulsada de la ciudad. El obispo se negó a recibirla en su campo y se la oyó
gritar durante unas cuantas noches por los fosos.
Al anochecer, los trabajadores se paraban y permanecían con las
piernas colgando en el vacío, con el cuello erguido, acechando impacientes en
el cielo las señales anunciadoras del final de los tiempos. Pero el color rojo
del horizonte palidecía, un nuevo crepúsculo se hacía gris, luego negro, y los
destructores, extenuados, se metían en sus tugurios para acostarse y dormir.
Una inquietud vecina a la alegría empujaba a las gentes a errar
por las calles en ruinas. Desde lo alto de las murallas, echaban una ojeada
curiosa al campo abierto, al que no tenían acceso, como unos pasajeros al
peligroso mar que rodea su barca; las náuseas provocadas por el hambre se
asemejaban a las que se sienten al aventurarse por alta mar. Hilzonde recorría
incansablemente las mismas callejuelas, los mismos pasajes abovedados y las
mismas escaleras que conducían a las torrecillas, tan pronto sola como
arrastrando a su hija de la manita. Las campanas del hambre resonaban en su
cabeza vacía. Se sentía ligera, viva como los pájaros, dando vueltas sin parar
entre las agujas de los campanarios, desfallecida, como una mujer a punto de
gozar del orgasmo. En ocasiones rompía un largo carámbano de hielo colgado de
una viga, abría la boca y chupaba su frescor. La gente de su alrededor parecía
sentir la misma peligrosa euforia; pese a las peleas que estallaban por un
mendrugo de pan o por una col podrida, una especie de ternura, que se derramaba
de los corazones, amalgamaba en una sola masa a todos aquellos miserables
hambrientos. Desde hacía algún tiempo, sin embargo, los descontentos osaban
levantar la voz. Ya no mataban a los tibios: eran demasiados.
Johanna traía noticias a su ama sobre los siniestros rumores que
empezaban a circular sobre la carne que se distribuía al pueblo. Hilzonde comía
como si no la oyese. Había algunos que se vanagloriaban de haber comido carne
de erizo, de rata y cosas peores aún, al igual que ciertos burgueses, antes
austeros, presumían de repente de sus fornicaciones, de las que parecían
incapaces aquellos fantasmas esqueléticos. Ya nadie se ocultaba para aliviar
las necesidades del cuerpo enfermo. Por cansancio, habían dejado de enterrar a
los muertos, pero las heladas convertían a aquellos cadáveres amontonados en
los patios en unas cosas limpias y que no olían mal. Nadie hablaba de los casos
de peste, que sin duda se producirían en cuanto llegasen las primeras brisas
tibias de abril; nadie esperaba durar hasta entonces. Tampoco se mencionaban
los trabajos de aproximación del enemigo, metódicamente ocupado en cegar los
fosos, ni el asalto que se sabía cercano. Las caras de los fieles adoptaban la
expresión solapada de los perros de trineo, que fingen no oír el restallido del
látigo tras sus orejas.
Por fin, un día, Hilzonde, que estaba de pie encima de la
muralla, vio cómo un hombre que se hallaba a su lado señalaba algo. Una larga
columna se ponía en marcha por entre los repliegues del llano; filas de
caballos pisoteaban la tierra hecha barro del deshielo. Estalló un grito de
alegría. Retazos de himnos se elevaban de los débiles pechos: ¿no serían
aquellos los ejércitos anabaptistas reclutados en Holanda y en Güeldres, cuya
venida tanto anunciaban Bernard Rottmann y Hans Bockhold, los hermanos que acudían
a salvar a sus hermanos? Pero aquellos regimientos pronto fraternizaron con las
tropas episcopales que rodeaban Münster; el viento de marzo jugaba con los
estandartes, entre los cuales alguien reconoció el pendón del príncipe de
Hesse. Aquel luterano se unía a los idólatras para aniquilar al pueblo de los
Santos. Unos cuantos hombres consiguieron empujar, desde lo alto de las
murallas, un bloque de piedra, aplastando de este modo a los zapadores que
trabajaban al pie de un baluarte. El disparo de un vigilante derribó al correo
de los Hesse. Los asaltantes replicaron con los arcabuces, produciendo varias
bajas. Después, nadie volvió a intentar nada. Pero el asalto que todo el mundo
esperaba no se produjo aquella noche, ni las siguientes. Pasaron cinco semanas
en una inercia letárgica.
Bernard Rottmann había repartido desde hacía mucho sus últimas
provisiones y el contenido de sus frascos de medicinas. El Rey, como de
costumbre, echaba por la ventana puñados de trigo al pueblo, pero sin
entregarle el resto de sus provisiones escondidas debajo del piso. Dormía
mucho. Pasó treinta y seis horas sumido en un sueño cataléptico antes de ir,
por última vez, a predicar en la plaza casi vacía. Hacía ya algún tiempo que
había renunciado a sus visitas nocturnas a casa de Hilzonde. Sus diecisiete esposas,
a las que había echado ignominiosamente, fueron sustituidas por una chiquilla
apenas púber, un poco tartamuda, que poseía el don de la profecía y a quien él
llamaba tiernamente su pájara blanca y su paloma del Arca. Hilzonde no sentía
pena, ni descontento, ni sorpresa por el abandono del Rey. Se le borraba la
frontera entre lo que había existido y lo que no. Parecía como si ya no
recordara haber sido tratada por Hans como amante. Pero todo continuaba
pareciéndole lícito: llegó incluso a quedarse esperando en plena noche el
regreso de Knipperdolling, curiosa por saber si le sería posible conmover a
aquella masa de carne. Él pasó sin mirarla, refunfuñando, preocupado por cosas
más importantes que una mujer.
La noche en que las tropas del obispo entraron en la ciudad,
Hilzonde se despertó a medianoche, al oír el aullido de un centinela al que
degollaban. Doscientos lansquenetes, conducidos por un traidor, se habían
introducido por una de las poternas. Bernard Rottmann, uno de los primeros en
alarmarse, se tiró de la cama y salió a la calle, con los faldones de la camisa
azotando grotescamente sus piernas flacas; un húngaro lo mató
misericordiosamente, por no haber comprendido las órdenes del obispo, que quería
coger vivos a los jefes de la rebelión. El Rey, sorprendido mientras dormía,
combatió de aposento en aposento, de pasillo en pasillo, con un valor y una
agilidad de gato perseguido por unos dogos; al apuntar el día, Hilzonde lo vio
pasar por la plaza, despojado de sus oropeles de teatro, desnudo hasta la
cintura y doblándose en dos bajo el látigo. Le hicieron entrar a patadas en la
gran jaula en donde él acostumbraba encerrar a los descontentos y a los tibios
antes de juzgarlos. Knipperdolling, derribado a golpes y medio muerto, fue
abandonado en un banco. Durante todo el día, los pesados pasos de los soldados
repercutieron en la ciudad; aquel ruido acompasado significaba que, en la plaza
fuerte de los locos, el sentido común había recuperado su imperio en la figura
de aquellos hombres, que venden su vida por una paga determinada, comen y beben
a horas fijas, roban y violan de vez en cuando, pero que, en alguna parte,
tienen a una anciana madre y a una mujer ahorradora, así como una pequeña
alquería en donde vivirán cuando estén lisiados y viejos. Van a misa cuando les
obligan, y creen moderadamente en Dios. Volvieron los suplicios, mas esta vez
era la autoridad legítima la que los decretaba y eran aprobados igualmente por
el Papa y por Lutero. Aquellas gentes cubiertas de harapos, macilentas, con las
encías gangrenadas por el hambre, les parecían, a los reitres bien alimentados,
unos asquerosos insectos a los que era fácil y justo aplastar.
Una vez pasado el primer desorden, la vindicta pública asentó
sus reales en la plaza de la Catedral, en la parte baja del estrado en donde el
Rey había celebrado sus sesiones.
Los moribundos comprendían oscuramente que las promesas del
Profeta se realizaban para ellos de manera distinta a lo que habían creído,
como siempre sucede con las profecías: el mundo de sus tribulaciones acababa;
por fin, iban a entrar de lleno en un cielo amplio y rojo. Muy pocos eran los
que maldecían al hombre que los había arrastrado a aquella zarabanda de
redención. Algunos, en lo más hondo de sí mismos, no ignoraban que deseaban la
muerte desde hacía mucho tiempo, como la cuerda demasiado tensa desea
probablemente romperse.
Hilzonde esperó su turno hasta llegar la noche. Se había puesto
el traje más bonito que le quedaba; se había engalanado las trenzas con
horquillas de plata. Cuatro soldados aparecieron por fin; eran unos honrados
brutos que cumplían con su oficio. Cogió ella de la mano a la pequeña Martha,
que se puso a gritar, y le dijo:
—Ven mi niña, vamos a la casa de Dios.
Uno de los hombres le arrancó a la inocente y se la tiró a
Johanna, quien la recibió contra su corpiño negro. Hilzonde los siguió sin
decir nada más. Andaba tan deprisa que sus verdugos tuvieron que acelerar el
paso. Para no tropezar, se cogía con las dos manos las orlas de su vestido de
seda verde y parecía andar sobre las olas. Una vez en el estrado, reconoció
confusamente entre los muertos a varias personas que ella conocía, y a una de
las antiguas reinas. Se dejó caer en el montón aún caliente y ofreció el cuello
al verdugo.
El viaje de Simón se estaba convirtiendo en un viacrucis. Sus
principales acreedores lo echaban sin pagar, por miedo a llenar el bolsillo o
las alforjas anabaptistas. Llovían las amonestaciones en boca de los
sinvergüenzas y de los avaros. Su cuñado, Juste Ligre, se declaró incapaz de
resolver por el momento las importantes cantidades que Simón había invertido en
su negocio de Amberes; además, se jactaba de mirar mucho más por los bienes de
Hilzonde y de su hija que aquel pobre necio que se aliaba con los enemigos del
Estado. Simón salió con la cabeza gacha, como un mendigo expulsado, por el
pórtico esculpido y dorado como un relicario del comercio que él había
contribuido a fundar. Fracasó igualmente en su misión de postulante: sólo unos
cuantos pobretones consintieron en sangrar su bolsa en beneficio de sus
Hermanos. Hostigado en dos ocasiones por la autoridad eclesiástica, tuvo que
pagar para escapar de la cárcel. Seguía siendo hasta el final un hombre rico a
quien protegen sus florines. Una parte de las escasas cantidades recolectadas
se la robó un posadero de Lübeck, en cuya casa cayó enfermo de congestión
cerebral.
Como su estado de salud le obligaba a caminar a pequeñas etapas,
no llegó a Münster hasta la antevíspera del asalto. Fue vana su esperanza de
introducirse en la ciudad sitiada. Mal recibido, aunque no importunado, en el
campo del príncipe-obispo, a quien antaño había hecho algunos favores,
consiguió alojarse en una granja, muy cerca de los fosos y de las grises
murallas que le ocultaban a Hilzonde y a la niña. Comía en la mesa de madera de
la mujer del granjero en compañía de un juez, convocado con vistas al proceso
eclesiástico que habría de celebrarse en breve, de un oficial del obispo y de
varios tránsfugas que habían logrado escapar de Münster. Estos últimos jamás se
cansaban de denunciar las locuras de los fieles y los crímenes del Rey. Mas
Simón sólo escuchaba a medias los chismes de aquellos traidores que
vilipendiaban a los mártires. Tres días después de la caída de la ciudad,
consiguió al fin permiso para entrar en Münster.
Caminaba con dificultad a lo largo de las calles por donde
patrullaban las tropas, luchando contra el sol y el viento de aquella mañana de
junio, buscando confusamente el camino en una ciudad que sólo conocía de oídas.
Bajo un arco del Gran Mercado reconoció a Johanna, sentada en el escalón de una
puerta y con la niña en sus rodillas. La chiquilla se puso a gritar cuando el
extranjero se le acercó para darle un beso; sin decir una palabra, Johanna le
hizo su reverencia de sirvienta. Simón empujó la puerta, cuya cerradura estaba
rota, y recorrió las habitaciones vacías de la planta baja, luego pasó a las de
los otros pisos.
Volvió a salir a la plaza y se dirigió hacia la explanada en
donde se celebraban las ejecuciones. Una punta de brocado verde colgaba del
estrado; reconoció a Hilzonde desde lejos gracias a aquel trozo de tela. Se
hallaba atrapada bajo un montón de cadáveres. Sin detenerse por curiosidad
cerca de aquel cuerpo, cuya alma se había liberado ya, fue a reunirse con la
criada y con la niña.
Pasó un lechero por la calle, vendiendo leche, tirando de su
animal y con un cubo y un taburete para ordeñar la vaca. Se abría de nuevo una
taberna en la casa de enfrente. Johanna entregó las pocas monedas que le había
dado Simón para que le llenaran de leche unos cubiletes de estaño. Crepitó el
fuego en el hogar; pronto se oyó el tintineo de una cucharilla en manos de la
pequeña. La vida doméstica se reanudaba lentamente a su alrededor, llenando
poco a poco la casa asolada, como la marea alta cuando cubre una playa donde se
hallan dispersos los restos de un naufragio, diversos tesoros y unos cuantos
cangrejos de las profundidades marinas. La sirvienta preparó a su amo la cama
de Knipperdolling para evitarle la molestia de subir otra vez las escaleras. Al
principio sólo respondió con un agrio silencio a las preguntas del anciano que
bebía lentamente su cerveza caliente. Cuando por fin habló, salió de su boca un
torrente de obscenidades que olían a fregadero y a Biblia. El Rey, para la
vieja husita, nunca fue más que un sinvergüenza, que hubiera debido comer en la
cocina, y que se atrevía a acostarse con la mujer del amo. Cuando ya lo hubo
soltado todo, se puso a fregar el suelo con gran ruido de cepillos y de aclarar
de bayetas.
Él durmió poco aquella noche, pero, contra lo que creía su
sirvienta, se sentía invadido por un sentimiento que no era de indignación ni
de vergüenza, sino más bien de ese tierno mal que se llama compasión. Simón,
ahogándose en la noche cálida, pensaba en Hilzonde como en una hija a quien
hubiera perdido. Sentía rencor hacia sí mismo por haberla dejado sola en aquel
trance, mas luego se decía que cada cual alcanza su parte, que es sólo suya,
del pan de vida y de muerte, y que era justo que Hilzonde hubiera comido de ese
pan a su manera y a su hora. También se le adelantaba ella esta vez; había
pasado antes que él por las últimas congojas. Él continuaba dando la razón a
los fieles contra la Iglesia y el Estado que los habían aplastado; Hans y
Knipperdolling habían derramado sangre; ¿podía uno esperar otra cosa en un
mundo de sangre? Ya hacía más de quince siglos que el Reino de Dios (que Juan,
Pedro y Tomás hubieran debido ver con sus ojos de hombres vivos) había sido
perezosamente relegado hasta el final de los tiempos por los cobardes, los
indiferentes y los taimados. El Profeta había osado proclamar aquí mismo ese
Reino del Cielo. Enseñaba el camino, aun cuando se hubiera equivocado. Hans,
para Simón, seguía siendo un Cristo, en el sentido en que cada hombre puede ser
un Cristo. Sus locuras le parecían menos viles que los prudentes pecados de los
fariseos y de los sabios. El viudo no se indignaba de que Hilzonde hubiera
buscado en brazos del Rey un goce que él, desde hacía mucho tiempo, no podía ya
darle: los Santos entregados a sí mismos habían gozado hasta el abuso de la
dicha que nace de la unión de los cuerpos, pero aquellos cuerpos liberados de
las ataduras del mundo, ya muertos a todo, habían conocido sin duda en sus
abrazos una forma más cálida de la unión de las almas. La cerveza, al
descongestionar el pecho del anciano, le facilitaba aquella mansedumbre en
donde se mezclaban el cansancio y una sensual y punzante bondad. Hilzonde, por
lo menos, descansaba en paz. Veía volar, por encima de su lecho, a la luz de la
vela que ardía a la cabecera, las abundantes moscas que en aquellos momentos
invadían Münster. Tal vez se habían posado sobre su blanco rostro. Se hallaba
de acuerdo con aquella podredumbre. De repente, la idea de que las carnes del
nuevo Cristo eran víctimas cada mañana de las pinzas y el hierro al rojo vivo
del tormento extraordinario se adueñó de él, removiéndole las entrañas.
Encadenado al risible Hombre de los Dolores, caía en ese infierno de los
cuerpos destinados a tan escasas alegrías y a tantos sufrimientos. Sufría con
Hans igual que Hilzonde había gozado con él. Durante toda la noche, debajo de
aquella sábana, en aquella habitación en donde reinaba una comodidad irrisoria,
tropezó con la imagen del Rey enjaulado vivo en la plaza, lo mismo que un
hombre con el pie gangrenado tropieza constantemente sin querer, dañándose el
miembro enfermo. Sus oraciones ya no distinguían entre el sufrimiento que poco
a poco le iba apretando el corazón, dándole tirones de las fibras del hombro
bajando hasta la muñeca izquierda, y las tenazas que tiraban de la grasa del
brazo y de las tetillas de Hans.
En cuanto hubo recuperado fuerzas suficientes para dar unos
pasos, se arrastró hasta la jaula del Rey. Las gentes de Münster se habían
cansado ya del espectáculo, pero los niños que se apretaban contra los barrotes
persistían en arrojarle dentro de la jaula alfileres, boñigas, huesos
puntiagudos, y el cautivo se veía obligado a andar por encima de todo aquello
con los pies descalzos. Unos cuantos guardias, como en otros tiempos en la sala
de fiestas, rechazaban blandamente a aquella chusma: Monseñor von Waldeck tenía
interés en que el Rey durase con vida hasta su ejecución, prevista como muy
pronto para mediados del verano.
Acababan de enjaular al prisionero tras una sesión de tortura;
encogido en un rincón, todavía temblaba. Un olor fétido se desprendía de su
casaca y de sus llagas, pero el hombrecillo conservaba aún sus ojos vivos y su
voz seductora de actor.
—Coso, corto, hilvano... —canturreaba el torturado—. No soy más
que un pobre aprendiz de sastre... Trajes de piel... El dobladillo de un
vestido sin costura... No acuchilléis la obra de...
Se paró en seco, echando a su alrededor una mirada furtiva como
un hombre que quiere a la vez salvaguardar su secreto y divulgarlo a medias.
Simón Adriansen apartó a los guardias y consiguió meter el brazo por entre los
barrotes.
—Dios te guarde, Hans —le dijo tendiéndole la mano.
Simón volvió a su casa tan extenuado como si hubiera hecho un
largo viaje. Desde su última salida se habían producido grandes cambios,
devolviendo poco a poco a Münster su insípido aspecto habitual. La catedral
retumbaba de cantos litúrgicos. El obispo había vuelto a instalar, a dos pasos
del palacio episcopal, a la bella Julia Alt, su amante, mas aquella discreta
mujer no escandalizaba a nadie. Simón se tomaba todo aquello con la
indiferencia de un hombre a punto de abandonar una ciudad y que ya no se preocupa
por lo que en ella acaece. Pero su gran bondad de otros tiempos se había secado
como una fuente. En cuanto entró en casa, estalló en denuestos contra Johanna,
que se había olvidado de conseguir una pluma, un frasco de tinta y papel, como
él le había ordenado. Cuando por fin reunió aquellos objetos, escribió a su
hermana.
No se había comunicado con ella desde hacía casi quince años. La
buena Salomé se había casado con el hijo menor de la poderosa casa de banqueros
Fugger. Martin, aunque desfavorecido por los suyos, había conseguido hacerse
por sí solo una fortuna; vivían en Colonia desde principios de siglo. Simón les
pidió que se encargaran de la niña.
Salomé recibió esta carta en su casa de campo de Lunsdorf, en
donde ella misma vigilaba cómo tendían su colada. Dejando a sus sirvientas el
cuidado de las sábanas y de la ropa fina, pidió inmediatamente un carruaje —sin
preguntarle siquiera su opinión— al banquero, que no pintaba gran cosa en su
casa, amontonó provisiones y mantas y se puso en camino hacia Münster,
atravesando una región asolada por los disturbios.
Encontró a Simón en la cama, apoyada la cabeza en un abrigo
viejo doblado en cuatro, que ella reemplazó al momento por un cojín. Con la
obtusa buena voluntad de las mujeres, que se empeñan en reducir la enfermedad y
la muerte a una serie de pequeños males sin importancia creados para ser
aliviados por sus cuidados maternales, la visitante y la sirvienta
intercambiaron un montón de palabras sobre el régimen, la ropa de cama y el
orinal del enfermo. La mirada fría del moribundo había reconocido a su hermana,
mas Simón se aprovechaba de su enfermedad para retrasar por un instante el
cansancio de las bienvenidas habituales. Por fin se incorporó, besando a Salomé
como es costumbre entre hermanos. Seguidamente, recobró su claridad de hombre
de negocios para enumerar los fondos que le correspondían a Martha y aquellos
que era importante recuperar para ella lo antes posible. Los recibos estaban
envueltos en una tela de hule, al alcance de la mano. Sus hijos mayores, que se
hallaban instalados quién en Lisboa, quién en Londres, quién a la cabeza de una
imprenta de Amsterdam, no necesitaban los pocos bienes terrestres que aún le
quedaban, ni tampoco su bendición. Simón se lo dejaba todo a la hija de
Hilzonde. El anciano parecía haber olvidado sus promesas al Gran Restituidor
para someterse de nuevo a las costumbres del mundo que iba a abandonar y que ya
no trataba de reformar. O acaso, al renunciar así a unos principios más amados
por él que la vida misma, paladeaba hasta el final el amargo placer de
desprenderse de todo.
Salomé acarició a la niña, enternecida al fijarse en sus piernas
flacas. Era una mujer que no podía proferir tres frases seguidas sin llamar en
su ayuda a la Virgen y a todos los Santos de Colonia: Martha iba a ser educada
por idólatras Era muy duro, pero no más que el furor de los unos y la torpeza
de los otros; no más duro que la vejez, que impide al esposo satisfacer a la
esposa; no más duro que hallar muertos a los que había dejado vivos. Simón
trató de pensar en el Rey metido en su jaula de agonía, pero los tormentos de
Hans no significaban hoy lo que habían significado ayer; se hacían soportables,
del mismo modo que aquel dolor en su pecho, que moriría con él. Oraba, pero
algo le decía que el Eterno ya no le pedía oraciones. Hizo un esfuerzo por recordar
a Hilzonde, mas el rostro de la muerta ya no se distinguía. Tuvo que remontarse
más atrás, a la época de sus nupcias místicas en Brujas, del pan y del vino
compartidos en secreto y del corpiño escotado, que dejaba adivinar un largo y
puro seno. También esto acabó por borrarse. Volvió a ver a su primera mujer,
alma de Dios, con quien tomaba el fresco en su jardín de Flesinga. Salomé y
Johanna, asustadas por un gran suspiro, se precipitaron hacia él. Lo enterraron
en la iglesia de Saint-Lamprecht, tras una misa cantada.
LOS FUGGER DE COLONIA
Los Fugger vivían en Colonia, en la plaza de Saint-Géréon, en
una casita sin lujos donde todo se hallaba dispuesto para la comodidad y la
paz. Un olor a pasteles y a aguardiente de cerezas flotaba en el ambiente.
A Salomé le gustaba quedarse durante algún tiempo a la y. mesa,
tras las largas comidas preparadas con arte, limpiándose los labios con una
servilleta adamascada; también le gustaba rodear su ancha cintura y su cuello
corto y rosa con una cadena de oro, y asimismo vestirse con buenas telas cuya
lana, cardada y tejida con reverentes cuidados, conservaba algo del dulce calor
de las ovejas vivas. Sus camisas discretamente subidas testimoniaban sin
rigidez sobre su modestia de mujer honrada. Sus dedos fuertes tocaban el
pequeño órgano portátil instalado en la sala; en su juventud, sabía lucir su
hermosa y matizada voz en los madrigales y motetes de Iglesia. Le gustaban
aquellos entrelazados de sonidos tanto como sus bordados. Pero la comida seguía
siendo lo más importante: al año litúrgico, que guardaba escrupulosamente,
venía a añadirse el año culinario: había una estación dedicada a los pepinillos
o a las mermeladas, otra para el queso Manco o el arenque fresco. Martin era un
desmedrado hombrecillo a quien la cocina de su mujer no hacía engordar. Temible
en los negocios, aquel dogo se convertía en el hogar en un inofensivo perrito
de aguas. Sus mayores audacias consistían en contar en la mesa historietas
picantes destinadas a las criadas. La pareja tenía un hijo, Sigismond, que se
había embarcado a los dieciséis años con Gonzalo Pizarro hacia el Perú, en
donde el banquero había invertido importantes sumas. No tenían esperanzas de
volverlo a ver, pues las cosas se habían puesto feas en Lima últimamente. Una
hija, muy jovencita aún, atenuaba aquella pérdida. Salomé contaba riendo su
embarazo tardío, debido en parte a las novenas y en parte a la salsa de
alcaparras. Aquella niña y Martha eran poco más o menos de la misma edad; ambas
primas compartieron la misma cama, los mismos juguetes, las mismas saludables
azotainas y, más tarde, las mismas lecciones de canto y los mismos atavíos.
Tan pronto rivales como compadres, el grueso Juste Ligre y el
flaquillo Martin, el jabato de Flandes y la comadreja del Rin, se habían
vigilado, aconsejado desde lejos, ayudado o perjudicado desde hacía más de
treinta años. Ambos se estimaban en su justo valor, lo que no hubieran podido
hacer ni los papanatas deslumbrados por su fortuna, ni los príncipes a quienes
servían y de quienes se servían. Martin sabía con aproximación de un centavo lo
que representaban en dinero contante y sonante las fábricas, talleres,
construcciones y propiedades casi señoriales en las que Henri-Juste había
invertido su oro. El lujo ordinario del flamenco le proporcionaba materia para
sus chistes, así como las dos o tres toscas argucias, siempre las mismas, que
utilizaba el viejo Juste para salir de apuros en los casos difíciles. Por su
parte, Henri-Juste, aquel buen servidor que proveía con reverencia a la Regente
de los Países Bajos de las cantidades necesarias para comprar sus cuadros
italianos y para sus funciones piadosas, se frotaba las manos al enterarse de
que el Elector Palatino o el duque de Baviera empeñaban sus joyas en casa de
Martin y le mendigaban un préstamo a un interés digno de los usureros judíos.
Alababa, no sin una puntita de burlona compasión, a aquella rata que roía
discretamente la sustancia del mundo, en lugar de morder en él con todos sus
dientes, a aquel desmedrado melindroso que despreciaba las apariencias de la
riqueza que se ve, se toca y se confisca, pero cuya firma, al pie de una hoja,
valía tanto como la de Carlos V. Ambos personajes, tan respetuosos con los
poderes de la época, se hubieran sorprendido mucho si les hubieran dicho que
eran más peligrosos para el orden establecido que el Turco infiel o el
campesino rebelde. Con esa capacidad de captación de lo inmediato y del detalle
que caracteriza a su especie, no se percataban del poder perturbador de sus
sacos de oro y de sus cuadernillos. Y, sin embargo, sentados detrás del
mostrador, cuando miraban dibujarse a contraluz la rígida silueta de algún caballero,
que disimulaba bajo sus aires de grandeza el temor a ser despedido, o el suave
perfil de un obispo deseoso de acabar, sin dispendios excesivos, las torres de
su catedral, a veces sonreían. Para otros el tintineo de las campanas y el
ruido de las bombardas, los caballos fogosos, las mujeres desnudas o vestidas
de brocado; para ellos la materia vergonzosa y sublime, infamada en voz alta,
adorada y mimada por lo bajo, que se asemeja a las partes secretas del cuerpo,
de las que se habla poco y en las que se piensa sin cesar, la amarilla
sustancia sin la cual Madame Imperia no separaría sus piernas en el lecho del
príncipe, ni Monseñor podría pagar las piedras preciosas de su mitra: el Oro,
cuya carencia o abundancia decide si la Cruz declarará o no la guerra a la
Media Luna. Aquellos proveedores de fondos se sentían maestros en realidades.
Lo mismo que Martin con Sigismond, el grueso Ligre sufrió una
desilusión con su hijo mayor. No había tenido noticias de Henri-Maximilien en
diez años, exceptuando algunas peticiones de dinero y un volumen de versos en
francés, escrito probablemente en Italia entre dos campañas. Sólo problemas
podían venirle de él. El hombre de negocios vigiló muy de cerca a su hijo menor
para evitar nuevas decepciones. En cuanto el hijo de su corazón, Philibert,
alcanzó la edad de poder mover como es debido las bolas de un ábaco, lo envió a
casa de Martin el infalible, para que aprendiera las finezas de la banca. A los
veinte años, Philibert era gordo; poseía una rusticidad natural que se
transparentaba bajo sus modales cuidadosamente estudiados. Sus ojillos grises
brillaban por entre la ranura de los párpados, siempre medio cerrados. Aquel
hijo del Tesorero Mayor de la corte de Malinas hubiera podido dárselas de
príncipe, pero destacaba, al contrario, por descubrir los errores en las
cuentas de los empleados. Mañana y noche, en un cuarto trasero sin luz, donde
los escribanos se estropeaban la vista, comprobaba las D, las M, las X y las C
combinadas con las L y las I para formar cifras, ya que Martin despreciaba la
numeración árabe, aunque no negaba su utilidad para las sumas largas. El
banquero se iba acostumbrando a aquel muchacho taciturno. Cuando el asma o los
tormentos de la gota le hacían pensar en su muerte, le oían decirle a su mujer:
—Este gordo memo me sustituirá.
Philibert parecía absorto en sus registros y raspadores, pero
una puntita de ironía se vislumbraba bajo sus párpados; en ocasiones, al
examinar el negocio del patrón, se decía que después de Henri-Juste y de
Martin, más fino que el uno y más feroz que el otro, allí estaría algún día
Philibert, el hombre listo. Y no iba a ser él tan tonto como para acceder a
pagar contra un pequeño interés de dieciséis dineros por libra, amortizables en
cuatro plazos por las cuatro grandes ferias, las deudas de Portugal.
Los domingos acudía a las reuniones que se celebraban bajo la
parra en verano y en el salón en invierno. Un prelado soltaba citas en latín;
Salomé, mientras jugaba al chaquete con una vecina, comentaba cada buena jugada
con un refrán renano. Martin, que había querido que las dos muchachas hablaran
francés, lengua tan conveniente para una mujer, lo utilizaba él mismo cuando
quería expresar ideas más sutiles o más sabrosas que las de los días
corrientes. Se hablaba de la guerra de Sajonia y de sus efectos sobre el
descuento comercial, de los progresos que hacía la herejía y, según cual fuera
la estación, de las vendimias o del carnaval. El brazo derecho del banquero, un
ginebrino sentencioso llamado Zébédée Crêt, solía verse embromado por su horror
a las pipas y al vino. El tal Zébédée, que no negaba del todo haber abandonado
Ginebra tras un asunto de gerencia de garitos y de fabricación ilegal de cartas
de baraja, endosaba sus infracciones en la cuenta de sus amigos libertinos,
justamente castigados ahora, y no ocultaba sus deseos de entrar un día u otro
en el redil de la Reforma. El prelado protestaba, agitando su dedo en el que
lucía un anillo morado. Alguien, en broma, citaba las bribonadas en verso de
Théodore de Bèze, el yerno mimado del irreprochable Calvino. Se enzarzaban en
una discusión, para decidir si el Consistorio era o no favorable a los
privilegios de la gente de negocios, pero nadie, en el fondo, se extrañaba de
que un burgués aceptara los dogmas promulgados por los magistrados de su
ciudad. Después de cenar, Martin se llevaba al rincón de la ventana a un
consejero áulico o al enviado secreto del rey de Francia. El parisino, galante,
proponía en seguida que se acercaran a las damas. Philibert punteaba el laúd;
Bénédicte y Martha se levantaban, cogidas de la mano. Los madrigales extraídos
del Libro de los Amantes hablaban de corderillos, de flores y de la Dama Venus,
pero aquellas tonadas de moda servían para acompañar la letra de los cánticos
de la chusma anabaptista o luterana, contra la cual clamaba el eclesiástico.
Bénédicte sustituía involuntariamente el versículo de un salmo por la estrofa
de una canción de amor. Martha, inquieta, le hacía señas para que se callara.
Las dos jóvenes se sentaban una al lado de otra y ya no volvía a oírse más cantinela
que la de la campana de Saint-Géréon tocando al ángelus de la noche. El grueso
Philibert, que tenía talento para el baile, se ofrecía en ocasiones a enseñarle
a Bénédicte nuevos pasos; ella se negaba al principio, pero luego disfrutaba
bailando con una alegría de niña.
Las dos primas se amaban con un limpio amor de ángeles. Salomé
no había tenido valor para separar a Martha de su nodriza Johanna, y la vieja
husita había comunicado a la hija de Simón sus temblores y su austeridad.
Johanna había sentido miedo; el temor había hecho de ella en lo externo una
vieja parecida a todas las demás, que se persigna con agua bendita en la
iglesia y que besa el agnusdéi. Mas, en el fondo, subsistía dentro de ella el
odio a los Satanes con dalmática de brocado, a los becerros de oro y a los
ídolos de carne. Aquella débil vieja, que el banquero ni siquiera se había
preocupado de distinguir entre las demás desdentadas que lavaban abajo sus
escudillas, gruñía contra todo un eterno No. Si se creían sus palabras, el mal
se cobijaba en aquella morada tan repleta de comodidades y de bienestar. Se
escondía en el baúl de la señora Salomé, y en la caja fuerte de Martin; en los
toneles de la bodega y en las salsas que se cocían en los pucheros; en el ruido
frívolo de los conciertos del domingo, en las pastillas del boticario y en la
reliquia de Santa Apolonia, que cura el dolor de muelas. La vieja no se atrevía
a meterse abiertamente con la Madre de Dios que había en el nicho de la
escalera, pero se la oía murmurar a propósito del aceite que se quemaba en
balde ante una muñeca de piedra.
Salomé se inquietaba viendo que Martha, a los dieciséis años,
enseñaba a Bénédicte a despreciar las cajas de mercería, llenas de costosas
chucherías traídas de París o de Florencia, o a desdeñar las fiestas de
Navidad, con sus músicas, sus vestidos nuevos y su oca trufada. El cielo y la
tierra, para la buena mujer, no presentaban problemas. La misa era una ocasión
edificante, un espectáculo, un pretexto para lucir la capita de pieles en
invierno y la chaquetilla de seda en verano. María y el Niño Jesús en la Cruz,
Dios en su nube, reinaban en el Paraíso y en las paredes de las iglesias. La
experiencia enseñaba cuál era la Virgen que, en un caso u otro, concedía mejor
lo que se le pedía. En las crisis domésticas, consultaba siempre a la priora de
las Ursulinas, que solía dar buenos consejos, lo que no impedía a Martin
mofarse de las monjas. Las ventas de indulgencias, es verdad, habían llenado
más de lo debido los sacos del Santo Padre, pero la operación consistente en
aprovechar el crédito de Nuestra Señora y de los Santos para cubrir el déficit
del pecador era tan lógica como las transacciones del banquero. Las rarezas de
Martha eran atribuidas a una constitución enfermiza; hubiera sido monstruoso
imaginar que una criatura tan bien y tan delicadamente alimentada pudiera
pervertir a su tierna compañera, ponerse con ella del lado de los descreídos a
quienes se mutila y se quema, y renunciar, para meterse en las querellas de la
Iglesia, a ese modesto silencio que tan bien sienta a las doncellas.
Lo único que podía hacer Johanna era denunciar ante sus jóvenes
amas, con su voz de loca, los caminos del error. Santa, pero ignorante, incapaz
de recurrir a las Escrituras de las que sólo repetía, en su jerga neerlandesa,
unos cuantos fragmentos aprendidos de memoria, no era cosa suya mostrar el buen
camino. En cuanto la educación liberal que les había procurado Martin
desarrolló su inteligencia, Martha devoró en secreto todos los libros en donde
se hablaba de Dios.
Perdida por el bosque de las sectas, aterrorizada al verse sin
guía, la hija de Simón tenía miedo de renunciar a los viejos errores en favor
de otro error. Johanna no le había ocultado ni la infancia de su madre, ni la
triste muerte de su padre burlado y traicionado. La huérfana sabía que sus
padres, aun volviendo la espalda a las aberraciones romanas, no habían hecho
más que adentrarse por un camino que no llevaba al cielo. Aquella virgen bien
custodiada, que nunca bajaba a la calle a no ser escoltada por una sirvienta,
temblaba ante la idea de ir a engrosar las filas de los quejosos exiliados y de
los miserables extáticos que merodeaban de ciudad en ciudad, infamados por la
gente de bien y que acababan en la paja, la paja de los calabozos y de la
hoguera. La idolatría era Caribdis, mas la rebelión, la miseria, el peligro y
la abyección eran Escila. Prudentemente, el piadoso Zébédée la sacó de aquel
callejón sin salida: un escrito de Juan Calvino, que el circunspecto suizo le
prestó so promesa de guardar el secreto, leído por la noche a la luz de una
vela, con tantas precauciones como otras muchachas ponen en descifrar un
mensaje de amor, aportó a la hija de Simón la imagen de una fe limpia de todo
error, exenta de toda debilidad, estricta en su libertad misma, de una rebelión
transformada en Ley. De creer al empleado, la pureza evangélica iba de par en
Ginebra con la prudencia y templanza burguesas: los bailarines que brincaban
como paganos detrás de las puertas cerradas, los glotones arrapiezos que chupaban
imprudentemente azúcar y golosinas durante la predicación, eran azotados hasta
hacerles sangrar; los disidentes, expulsados; los jugadores y los libertinos,
castigados con la muerte; los ateos, destinados a la hoguera. Lejos de ceder a
los impulsos lascivos de su sangre, como el grueso Lutero que contrajo nuevas
nupcias con una monja nada más dejar el claustro, el laico Calvino había
esperado mucho tiempo antes de contraer con una viuda el más casto de los
matrimonios; en lugar de engordar a la mesa de los príncipes, Maese Jean
sorprendía con su frugalidad a sus anfitriones de la rue des Chanoines. Su
comida habitual consistía, como en el Evangelio, en pan y peces tales como las
truchas del lago que, por lo demás, también tenían su precio.
Martha adoctrinó a su compañera, que en todo la seguía en las
cosas del espíritu, desquitándose en cambio en las cosas del alma. Bénédicte
era toda luz; un siglo antes, hubiera disfrutado en el claustro de la dicha de
no pertenecer más que a Dios; al ser los tiempos lo que eran, aquella
corderilla halló en la fe evangélica la hierba verde, la sal y el agua pura.
Por la noche, en su habitación sin fuego, desdeñando la invitación del edredón
y de la almohada, Martha y Bénédicte, sentadas una al lado de la otra, releían
la Biblia en voz baja. Sus mejillas apoyadas una contra otra parecían no ser
más que la superficie por donde se tocan dos almas. Para dar la vuelta a la
hoja, Martha esperaba a que Bénédicte llegara al final de la página y si, por
casualidad, la pequeña se dormía con la sagrada lectura, le tiraba suavemente
del pelo. La casa de Martin, entumecida de bienestar, dormía con pesado sueño.
Sólo, como la lámpara de las vírgenes prudentes, el frío ardor de la Reforma
velaba en la habitación de arriba, en el corazón de las dos muchachas
silenciosas.
No obstante, ni siquiera Martha osaba abjurar en voz alta de las
ignominias papistas. Encontraba pretextos para evitar ir a misa los domingos y
su falta de valor le pesaba como el peor de los pecados. Zébédée aprobaba su
circunspección: el maestro Juan era el primero en poner a sus discípulos en
guardia contra todo escándalo inútil, y hubiera censurado a Johanna por apagar
soplando la lamparilla a los pies de la Virgen que había en la escalera. Por
delicadeza de sentimientos, Bénédicte no quería apenar ni inquietar a los
suyos, pero Martha se negó una noche de Todos los Santos a rezar por el alma de
su padre que, dondequiera que estuviese, no necesitaba ya de sus avemarías.
Tanta dureza consternó a Salomé, que no comprendía cómo podía negársele al
pobre muerto el óbolo de una oración.
De muy antiguo, Martin y su mujer se proponían unir a su hija
con el heredero de los Ligre. Charlaban de ello en la cama, acostados
tranquilamente entre sábanas bordadas. Salomé contaba con los dedos las piezas
que se necesitarían para el ajuar, las pieles de marta y los edredones
bordados.
O bien, temiendo que el pudor de Bénédicte le impidiera gozar de
las alegrías del matrimonio, buscaba en su memoria la receta de un bálsamo
afrodisíaco que empleaban las familias para ungir a las jóvenes esposas en la
noche de bodas. En cuanto a Martha, ya le buscarían algún mercader acomodado,
bien visto en Colonia, o incluso a un caballero con deudas, a quien Martin
perdonaría generosamente las hipotecas que gravasen sus tierras.
Philibert sabía componer para la heredera del banquero los
cumplidos al uso. Pero las primas llevaban los mismos gorros y los mismos
atavíos y él solía confundirse. Bénédicte parecía disfrutar provocando con
picardía aquellas confusiones. Él acababa por lanzar exabruptos en voz alta: la
hija valía su peso en oro y la sobrina, todo lo más, un puñado de florines.
Cuando se hubo formalizado casi del todo el contrato, Martin
llamó a su hija a su despacho para fijar la fecha de la boda. Ni alegre ni
triste, Bénédicte cortó en seco los abrazos y efusiones de su madre, subió a su
cuarto y se puso a coser con Martha. La huérfana habló de huir: puede que algún
barquero consintiera en llevarlas hasta Basilea, en donde los buenos cristianos
las ayudarían sin duda a franquear la etapa siguiente. Bénédicte volcó, encima
de la mesa, la arena de la escribanía y empezó a dibujar en ella pensativamente
con el dedo el surco de un río. Amanecía; pasó la mano por encima del mapa que
acababa de dibujar; cuando la arena estuvo de nuevo lisa sobre la superficie,
la prometida de Philibert se levantó suspirando.
—No tengo fuerzas para eso —dijo.
Entonces Martha ya no le propuso que huyeran, limitándose a
mostrarle con la punta del dedo el versículo en donde se hablaba de abandonar a
los suyos para seguir al Señor.
El frío de la madrugada las obligó a buscar refugio en la cama.
Castamente tumbadas, una en brazos de la otra, se consolaban mezclando sus
lágrimas. Después, como su juventud era más fuerte que su dolor, se burlaron de
los ojillos y de las gruesas mejillas del novio. Los pretendientes que ofrecían
a Martha no valían mucho más: Bénédicte la hizo reír describiendo al mercader
un poco calvo, al terrateniente que, en los días de torneo, se parapetaba
dentro de su ruidosa chatarra y al hijo del burgomaestre, un necio acicalado
como uno de esos maniquíes que mandan desde Francia a los sastres, con su gorro
de plumas y su bragueta rayada. Martha soñó aquella noche con Philibert: aquel
saduceo, aquel amalecita de corazón incircunciso se llevaba a Bénédicte dentro de
una caja que bogaba sola por el Rin.
El año 1549 se inició con unas lluvias que asolaron los
sembrados de los hortelanos; la crecida del Rin inundó los sótanos, en donde
manzanas y barriles medio vacíos flotaban en el agua gris. En mayo, las fresas
aún verdes se pudrieron en el bosque y las cerezas en los huertos. Martin mandó
distribuir sopa a los pobres bajo los soportales de Saint-Géréon; la caridad
cristiana y el miedo a los motines inspiraron esa especie de limosnas a los
burgueses. Pero estos males no fueron más que los precursores de otras
calamidades mucho más terribles. La peste, procedente de Oriente, entró en
Alemania por Bohemia. Viajaba sin apresurarse, al toque de las campanas, como
una emperatriz. Inclinada sobre el vaso del bebedor, apagando la vela del sabio
sentado entre sus libros, ayudando a misa junto al sacerdote, escondida como
una pulga en la camisa de las mujeres de vida alegre, la peste aportaba a la
vida de todos un elemento de insólita igualdad, un áspero y peligroso fermento
de aventura. Las campanas que tocaban a muerto difundían por el aire un
insistente rumor de fiesta negra: los papanatas que se reunían en torno
campanarios no se cansaban de mirar, allá en lo alto, la silueta del hombre que
las hacía sonar, tan pronto encuclillas como colgado con todo su peso del enorme
badajo. Las iglesias no paraban de trabajar; las tabernas, tampoco.
Martin se atrincheró en su despacho como lo hubiera hecho ante
la visita de unos ladrones. Afirmaba que el mejor profiláctico consistía en
beber moderadamente unjohannisberg de buena cosecha, evitar el contacto de las
rameras y de los compañeros de taberna, no respirar el olor de las calles y,
sobre todo, procurar no informarse del número de víctimas. Johanna continuaba
yendo al mercado o bajando a tirar la basura; su cara surcada de cicatrices y
su jerga extranjera le habían atraído desde siempre la antipatía de las
vecinas. En aquellos días nefastos, la desconfianza se convertía en franco odio
y, cuando ella pasaba, las gentes hablaban de sembradoras de peste y de brujas.
Lo confesara o no, la vieja criada se alegraba en secreto de la llegada del
azote de Dios; su terrible alegría se le leía en la cara; pese a encargarse a
la cabecera de Salomé, que estaba muy grave, de las tareas más peligrosas y a
las que se negaban las demás sirvientas, su ama la rechazaba gimiendo, como si
la criada, en vez de un jarro, llevara en la mano una guadaña y un reloj de
arena.
Al tercer día, Johanna no reapareció a la cabecera de la enferma
y fue Bénédicte quien se encargó de darle las medicinas y de poner entre sus
manos el rosario que se le caía continuamente. Bénédicte quería a su madre o
más bien ignoraba que pudiera no amarla. Pero había sufrido con su beatería
tonta y ramplona, con sus cacareos de cuarto de recién parida, con sus alegrías
de nodriza que se complace en recordar a sus niños ya crecidos la época de los
balbuceos, del orinal y de los pañales. Sentía vergüenza por la irritación
inconfesable que tantas veces había sentido, y ello aumentó su celo de
enfermera. Martha llevaba las bandejas y los montones de ropa limpia, pero se
las arreglaba para no entrar nunca en la habitación. No habían logrado que
viniera ningún médico.
La noche que siguió a la muerte de Salomé, Bénédicte, que estaba
acostada al lado de su prima, sintió a su vez los primeros síntomas del mal.
Una sed ardiente la quemaba por dentro y ella trató de distraerse imaginando al
ciervo bíblico que bebía en la fuente de agua viva. Una tosecilla convulsiva le
rascaba la garganta; se contuvo lo más posible para dejar dormir a Martha.
Flotaba ya, con las manos juntas, dispuesta a escaparse de la cama con dosel
para subir al gran Paraíso claro en donde se hallaba Dios. Los cánticos
evangélicos estaban olvidados; el rostro amigo de las santas reaparecía por
entre las cortinas; María, en lo alto del cielo, tendía los brazos entre
pliegues de color azul, ademán que imitaba el hermoso Niño mofletudo, de
deditos de color de rosa. En silencio, Bénédicte deploraba sus pecados: una
pelea con Johanna por una cofia rota; alguna que otra sonrisa en respuesta a
las ojeadas que le echaban los muchachos al pasar por debajo de su ventana;
unas ganas de morir, en que entraba la pereza; impaciencia por ir al cielo y
deseos de no verse obligada a elegir entre Martha y los suyos, entre dos
maneras de hablar a Dios. Al llegar las primeras luces del alba, Martha lanzó
un grito al ver el rostro desfigurado de su prima.
Bénédicte dormía desnuda, según era costumbre en la época. Pidió
que le prepararan una camisa fina, recién plisada, e hizo vanos esfuerzos por
alisarse el pelo. Martha la servía, con un pañuelo tapándole la nariz,
consternada por el horror que le producía aquel cuerpo infectado. Una solapada
humedad invadía la estancia; la enferma tenía frío y Martha encendió la estufa
a pesar de no ser la estación fría. Con una voz ronca, igual que había hecho su
buena madre el día anterior, la pequeña pidió un rosario que Martha le tendió
con la punta de los dedos. Súbitamente, al darse cuenta de los ojos aterrados
de su compañera por encima del trapo empapado en vinagre, le habló con malicia
infantil:
—No tengas miedo, prima —dijo cariñosamente—. Tú serás quien se
lleve al gordo galán que baila el passe-pied.
Se volvió cara a la pared, como tenía por costumbre cuando
quería dormir.
El banquero no salía de su habitación; Philibert había vuelto a
Flandes para pasar el mes de agosto con su padre. Martha, abandonada por las
sirvientas, que no se atrevían a subir al piso, les gritó que por lo menos
llamaran a Zébédée, quien había retrasado el regreso a su ciudad natal unos
días, con el fin de hacer frente a lo más urgente de los negocios. Consintió
éste en aventurarse hasta el rellano y mostró una discreta solicitud. Los
médicos del lugar se hallaban desbordados o enfermos también, y algunos se
negaban a ir a casa de los apestados por no contaminar a sus enfermos
habituales, pero había oído hablar de un hombre que practicaba el arte de la
medicina y que precisamente acababa de llegar a Colonia con el propósito de
estudiar allí mismo los efectos de la enfermedad. Haría lo que pudiese para
persuadirlo de que socorriera a Bénédicte.
Este socorro tardó en llegar. Entretanto, la niña se derrumbaba.
Martha, apoyada en el quicio de la puerta, la velaba a distancia. No obstante,
en varias ocasiones se le acercó para darle de beber con mano temblorosa. La
enferma apenas podía ya tragar; el contenido del vaso se derramaba en la cama.
De cuando en cuando, se oía su tosecilla seca y cortada, semejante al ladrido
de un perro pequeño; cada vez que esto ocurría, Martha no podía evitar mirar al
suelo y buscar alrededor de sus faldas al perrillo de la casa, negándose a
creer que aquel sonido animal pudiera salir de tan dulce boca. Acabó por
sentarse en el rellano para no oírlo. Durante unas cuantas horas, luchó contra
el terror de la muerte, que hacía sus preparativos ante sus ojos, y jamás aún
contra el pavor de verse infectada ella también por la peste, como quien se
infecta con el pecado. Bénédicte ya no era Bénédicte, sino una enemiga, un
animal, un objeto peligroso que no debía tocarse. Al atardecer, no pudiendo
soportarlo más, bajó al umbral para vigilar la llegada del médico.
Preguntó éste si aquélla era la casa de los Fugger y entró sin
más ceremonias. Era un hombre delgado y alto, con los ojos hundidos, y llevaba
puesta la hopalanda roja de los médicos que habían accedido a cuidar de los
apestados y renunciado por ello a visitar a los enfermos corrientes. Su tez
tostada le hacía parecer extranjero. Subió rápidamente las escaleras; Martha,
al contrario, aminoraba el paso a pesar suyo. De pie en el pasillo entre la
cama y la pared, levantó él la sábana y descubrió el delgado cuerpo sacudido
por los espasmos sobre el colchón mojado.
—Todas las criadas me han abandonado —dijo Martha tratando de
explicar por qué estaban mojadas las sábanas.
Él respondió con un vago asentimiento, ocupado en palpar
delicadamente los ganglios de la ingle y los que había debajo del brazo. La
pequeña hablaba o canturreaba entre dos ataques de tos ronca: Martha creyó
reconocer una cancioncilla frívola, mezclada con una cantinela que hablaba de
la visita del buen Jesús.
—Dice disparates —profirió como con despecho.
—¡Oh! Es natural... —repuso él distraídamente.
El hombre vestido de rojo tapó a Bénédicte con la sábana y le
tomó el pulso en la muñeca y en el cuello, como si cumpliera una obligación.
Contó seguidamente unas gotas de elixir e introdujo con destreza una cuchara en
la boca, por las comisuras de los labios.
—No os esforcéis por tener valor —amonestó él al darse cuenta de
que Martha sostenía con repugnancia la nuca de la enferma—. No es necesario que
en estos momentos le sostengáis la cabeza o las manos.
Le limpió de los labios un poco de sanies rojizo con unas hilas
que después arrojó a la estufa. La cuchara y los guantes que había utilizado
para la visita siguieron el mismo camino.
—¿No vais a pincharle los bultos? —inquirió Martha temiendo que
el médico omitiera, por prisa, los cuidados necesarios y tratando sobre todo de
retenerlo junto a la cama.
—No —contestó él a media voz—. Los vasos linfáticos apenas están
hinchados y ella morirá antes de que se inflamen más. Non est medicamentum...
La fuerza vital de vuestra hermana está en su punto más bajo. No podemos hacer
más que aliviarle sus dolores.
—Yo no soy su hermana —protestó Martha de repente, como si
aquella aclaración la disculpara del miedo que sentía por sí misma—. Me llamo
Martha Adriansen y no Martha Fugger. Soy su prima.
Apenas le echó una mirada y quedó absorto observando los efectos
de la pócima. La enferma, menos inquieta, parecía sonreír. Midió una segunda
dosis de elixir para la noche. La presencia de aquel hombre que, sin embargo,
nada prometía, transformaba en una habitación ordinaria lo que para Martha
había sido, desde el amanecer, un lugar de espanto. Una vez en la escalera, el
médico se quitó la mascarilla que había utilizado para ver a la enferma, como
era obligatorio. Martha lo siguió hasta el pie de la escalera.
—¿Decís que os llamáis Martha Adriansen? —dijo él de repente—.
En mis años jóvenes conocí a un hombre ya de edad que llevaba ese apellido. Su
mujer se llamaba Hilzonde.
—Eran mi padre y mi madre —dijo Martha como de mala gana.
—¿Aún viven?.
—No —contestó ella bajando la voz—. Estaban en Münster cuando el
obispo tomó la ciudad.
El médico manipuló los cerrojos de la puerta, tan complicados
como los de una caja fuerte, para poder salir. Un poco de aire penetró en el
rico y oprimente vestíbulo. Fuera, el crepúsculo estaba lluvioso y gris.
—Podéis volver a subir —dijo por fin con una suerte de fría
bondad—. Vuestro temperamento parece robusto y la peste ya casi no se cobra
nuevas víctimas. Os aconsejo que os tapéis la nariz con un trapo mojado en
espíritu de vino (tengo poca confianza en vuestros vinagres) y que veléis hasta
el final a la moribunda. Vuestros temores son naturales y razonables, pero la
vergüenza y el remordimiento son malos también.
Ella se volvió, con las mejillas encendidas, y buscó en la bolsa
que llevaba atada a la cintura, escogiendo en ella una moneda de oro. El ademán
de pagar restablecía las distancias y la elevaba muy por encima de aquel
vagabundo que iba de pueblo en pueblo, ganándose la pitanza a la cabecera de
los apestados. Él metió la moneda en el bolsillo de su hopalanda sin mirarla
siquiera y salió.
Una vez sola, Martha fue a la cocina a coger un frasquito de
espíritu de vino. La estancia estaba vacía; las sirvientas se hallaban
seguramente en la iglesia mascullando letanías. Encima de la mesa encontró un
pedazo de pastel de carne, que masticó despacio, aplicándose deliberadamente en
recuperar fuerzas. Por precaución, masticó asimismo un poco de ajo. Cuando por
fin se decidió a subir al piso, Bénédicte parecía dormitar, pero las cuentas de
boj se movían de cuando en cuando entre sus dedos. Tras la segunda dosis de
elixir se puso mejor. Un recrudecimiento de la enfermedad se la llevó de
madrugada.
Martha la vio enterrar aquel mismo día al lado de Salomé, en el
claustro de las Ursulinas, como si pusieran sobre ella la losa de una mentira.
Nadie sabría jamás que Bénédicte estuvo a punto de seguir el camino estrecho
por donde la empujaba su prima y avanzar con ella hacia la Ciudad de Dios.
Martha se sentía despojada, traicionada. Los casos de peste eran cada vez más
escasos, pero, al andar a lo largo de las calles casi desiertas, continuaba
apretando contra sí por precaución los pliegues de su manto. La muerte de la
pequeña no había hecho más que aumentar su deseo furioso de continuar viviendo,
de no renunciar a lo que ella era y a lo que poseía para convertirse en uno de
esos paquetes fríos que se depositan bajo la losa de una iglesia. Bénédicte
había muerto segura de su salvación gracias a los padrenuestros y avemarías.
Martha no estaba en condiciones de pensar lo mismo respecto a ella; en
ocasiones le parecía ser de aquellos a quienes el designio divino condena antes
de nacer, y cuya misma virtud no es más que una especie de testarudez que
desagrada a Dios. Además, ¿qué clase de virtud era la suya? En presencia del
azote de Dios había sido pusilánime; no era seguro que en presencia de los
verdugos fuera a mostrarse más fiel al Eterno de lo que, en tiempos de peste,
había sido a la inocente a quien creía amar tanto. Razón de más para retrasar
todo lo posible el veredicto sin apelación de Dios.
Se cuidó de contratar aquella misma noche a otras criadas, pues
las que habían huido no volvieron a aparecer o bien fueron despedidas al
regresar. Lo lavaron todo con abundante agua; llenaron el suelo de hierbas
aromáticas mezcladas con agujas de pino. Fue al hacer esta limpieza cuando se
dieron cuenta de que Johanna había muerto, olvidada por todos, en su buhardilla
de criada; Martha no tuvo tiempo de llorarla. El banquero reapareció, afligido
por todos aquellos duelos, pero muy decidido a organizar plácidamente su
existencia de viudo en una casa regida por una buena mujer elegida por él, que
no fuera ni habladora ni ruidosa, que no fuera muy joven, pero tampoco
desagradable. Nadie, ni siquiera él mismo, se había dado cuenta de que su
esposa lo había estado tiranizando toda su vida. En lo sucesivo sería él quien
decidiera a qué hora tenía que levantarse o comer, los días en que debía tomar
su medicina, y además nadie volvería a interrumpirle cuando se entretuviera un
poco más de lo debido contando la historia de la muchacha y el ruiseñor a
alguna de las criadas.
Estaba impaciente por quitarse de encima a la sobrina, su única
heredera tras el paso de la peste, pero a la que no tenía ninguna gana de ver
frente a él, presidiendo la mesa. Consiguió una dispensa con vistas a un
matrimonio entre primos hermanos y el nombre de Martha reemplazó en el contrato
de Bénédicte.
Enterada de los proyectos de su tío, Martha bajó al comercio en
donde trabajaba Zébédée. El suizo había hecho fortuna; la guerra con Francia no
podía tardar y el empleado, una vez instalado en Ginebra, le servía a Martin de
tapadera en sus transacciones con sus reales deudores franceses. Zébédée había
realizado durante la peste unos cuantos negocios por cuenta propia que le
habían reportado pingües beneficios y así podría reaparecer en su tierra como
un burgués considerado cuyos pecadillos de juventud se olvidan rápidamente.
Martha lo halló hablando con un judío, que hacía préstamos a la semana, y que
compraba discretamente para Martin los créditos y bienes muebles de los
difuntos, y sobre el que recaería, si era preciso, el oprobio de aquel comercio
lucrativo. Lo despidió al ver a la heredera.
—Tomadme por mujer —le dijo Martha bruscamente.
—Un momento... —dijo el empleado buscando una mentira.
Estaba casado, pues había contraído matrimonio en su juventud
con una muchacha insignificante, panadera de Pâquis, intimidado por los llantos
de la niña y los gritos de la familia, tras la única indiscreción amorosa de su
vida. Una convulsión se había llevado, hacía ya mucho tiempo, al único hijo de
ambos; le pasaba una parca renta a su mujer y se las arreglaba para mantener a
distancia a aquella ama de casa con ojos ribeteados de rojo. Pero el crimen de
bigamia no es de los que se cometen con el corazón tranquilo.
—Si aceptáis seguir mis consejos —dijo él—, dejaréis en paz a
vuestro servidor y no compraréis a tan alto precio vuestro arrepentimiento...
¿Tanto os gustaría ver que el dinero de Martin pasa a manos de la Iglesia?
—¿Voy a vivir hasta el fin de mis días en la tierra de Caná?
—respondió amargamente la huérfana.
—La mujer fuerte, cuando entra en la morada del impío, puede
hacer reinar en ella la justicia —arguyó el empleado, tan acostumbrado como
ella al lenguaje de las Escrituras.
Se traslucía claramente que no deseaba indisponerse con los
poderosos Fugger. Martha inclinó la cabeza; la prudencia de aquel hombre le
proporcionaba los buenos motivos para someterse que ella iba buscando sin
saberlo. Aquella muchacha austera tenía un vicio de viejo: le gustaba el dinero
por la seguridad que proporciona y la consideración que aporta. El mismo Dios
la había señalado con el dedo para que viviese entre los poderosos de este
mundo; no ignoraba que una dote como la suya duplicaría su autoridad de esposa
y la unión de dos fortunas es un deber al que una muchacha sensata no puede
sustraerse.
No obstante, tenía interés en evitar toda mentira. En su primer
encuentro con el flamenco, le dijo:
—Acaso ignoráis que he abrazado la santa fe evangélica.
Probablemente, esperaba algún reproche. Su robusto prometido se
contentó con responder, moviendo la cabeza:
—Disculpadme, tengo mucho que hacer. Las cuestiones teológicas
son muy arduas.
Y nunca más volvió a hablarle de aquella confesión. Era difícil
saber si era un hombre singularmente avispado o tan sólo muy lento en
comprender.
LA CONVERSACIÓN EN INNSBRUCK
Henri-Maximilien miraba llover sobre Innsbruck.
El Emperador se había instalado allí para vigilar los debates
del Concilio de Trento que, como todas las asambleas encargadas de resolver
algún asunto, amenazaba con terminar sin obtener ningún resultado. No se
hablaba en la corte más que de Teología y de Derecho Canónico; ir a cazar por
las laderas llenas de barro de las montañas no era muy tentador para un hombre
acostumbrado a cazar el ciervo en las ricas campiñas lombardas; y el capitán,
contemplando cómo resbalaba por los cristales la eterna y estúpida lluvia, se
daba el gustazo, en lo más escondido de su corazón, de lanzar exabruptos a la
italiana.
Se paseaba bostezando las veinticuatro horas del día. El
glorioso César Carlos le parecía al flamenco una especie de loco triste, y la
pompa española le hacía el efecto de una de esas armaduras molestas y
brillantes en las que uno suda los días de parada y a las que todo viejo
soldado prefiere una piel de búfalo. Al iniciar la carrera de las armas,
Henri-Maximilien no había contado con el aburrimiento de los períodos inactivos
y esperaba refunfuñando que aquella carcomida paz diera lugar a una guerra. Por
suerte, los banquetes imperiales incluían muchas pulardas, asados de corzo y
pasteles de anguila; comía enormemente para distraerse.
Una noche en que, sentado en una taberna, trataba de dar forma
de soneto a unos versos dedicados a los senos de blanco y terso raso de Vanina
Garni, su amiguita napolitana, se creyó rozado por el sable de un húngaro que
pasaba por allí y le buscó querella sin motivo. Aquellas pendencias que
acababan con la espada formaban parte de su personaje; eran tan necesarias a su
temperamento como a un artesano o a un rústico una riña a puñetazos o a
patadas. Mas esta vez, el duelo que empezó por unas injurias en latín
macarrónico acabó muy pronto; el húngaro, que era un cobarde, se refugió detrás
de la rolliza posadera. Todo terminó con llantos de mujer y ruido de vajilla
rota y el capitán, asqueado, volvió a sentarse para tratar de perfilar sus
cuartetos y sus tercetos.
Pero su afán de rimas había pasado ya. Una cuchillada que en la
mejilla tenía le estaba doliendo, aun cuando él no quisiera reconocerlo, y el
pañuelo, rápidamente enrojecido, que se había atado alrededor de la cabeza a
modo de vendaje le daba el aspecto ridículo de un hombre con dolor de muelas.
Sentado a la mesa ante un estofado de carne con pimienta, no sentía el estómago
como para comer.
—Deberíais ir a ver al cirujano —le dijo el tabernero.
Henri-Maximilien le contestó que todos los cirujanos merecen
llevar albardas.
—Conozco a uno que es muy listo —repuso el hospedero—, pero es
muy raro y no quiere atender a nadie.
—¡Pues vaya suerte la mía! —dijo el capitán.
Seguía lloviendo. El tabernero, de pie en el umbral de la
puerta, contemplaba el agua que escupían los canalillos. De repente, dijo:
—Hablando del rey de Roma...
Un hombre que parecía tener mucho frío, vestido con una
hopalanda y algo encorvado bajo su capucha parda, caminaba deprisa a lo largo
del arroyo. Henri-Maximilien exclamó:
—¡Zenón!
El hombre se volvió. Se miraron con insistencia por encima del
escaparate en donde se amontonaban los pasteles y los pollos preparados.
Henri-Maximilien creyó leer, en las facciones de Zenón, una inquietud que se
asemejaba al miedo. Al reconocer al capitán, el alquimista se tranquilizó. Puso
un pie en el umbral:
—¿Estáis herido? —preguntó.
—Ya lo veis —dijo el otro—. Puesto que aún no estáis en el cielo
de los alquimistas, hacedme el favor de darme unas hilas y unas gotas de agua
vulneraria, a falta del agua de la juventud.
Bromeaba con amargura. Le era singularmente penoso constatar
cuánto había envejecido Zenón.
—Ya no ejerzo la medicina —dijo el médico.
Pero su desconfianza se había disipado. Entró en la sala,
sosteniendo tras él con la mano la puerta que el viento empujaba.
—Perdonadme, hermano Henri —dijo—. La verdad es que me alegro de
volver a ver vuestra simpática cara. Pero me veo obligado a guardarme de los
importunos.
—¿Y quién no tiene los suyos? —dijo el capitán pensando en sus
acreedores.
—Venid a mi casa —repuso tras un ligero titubeo el alquimista—.
Estaremos más cómodos que en esta taberna.
Salieron juntos. La lluvia seguía cayendo a ráfagas. Hacía tan
mal tiempo que el aire y el agua amotinados parecían transformar el mundo en un
caos grande y triste. El capitán pensaba que el alquimista parecía preocupado y
cansado. Zenón empujó con el hombro la puerta de una construcción de tejado
bajo.
—Vuestro posadero me ha alquilado a un alto precio esta herrería
abandonada en donde vivo más o menos resguardado de los curiosos —dijo—. Él es
quien obtiene realmente oro.
La estancia se hallaba débilmente iluminaba por la luz rojiza de
un parco fuego, sobre el que colgaba un puchero de barro en donde hervía una
preparación. El yunque y las tenazas de un herrero que había ocupado
anteriormente el chamizo, daban un aspecto de cámara de tortura al sombrío
interior. Una escalera llevaba al piso en donde, sin duda, dormía Zenón. Un
criado joven, de pelo rojizo y nariz roma, simulaba atarearse en un rincón.
Zenón le dio permiso para todo el día tras haberle pedido que trajese antes
algo de beber. Luego, se puso a buscar vendas limpias. Tras haber vendado a
Henri-Maximilien, el alquimista le preguntó:
—¿Qué hacéis en esta ciudad?
—Hago de espía —respondió lisa y llanamente el capitán—. El
señor de Estrosse me ha encargado de una misión secreta relativa a unos asuntos
en Toscana; el hecho es que se le van los ojos detrás de Siena, no se consuela
de estar exiliado de Florencia y espera recuperar algún día el terreno perdido.
Se supone que yo estoy en Alemania para tomar unos baños, ventosas y
sinapismos, y estoy cortejando al Nuncio, que ama demasiado a los Farnesio para
amar a los Médicis y que, a su vez, corteja al César sin convicción. Da lo
mismo jugar a esto que al tarot de Bohemia.
—Conozco al Nuncio —dijo Zenón—; soy en parte su médico y en
parte su apuntador. En mis manos estaría derretir su dinero en mi brasero. ¿Os
habéis percatado de que estos hombres de cabeza caprina tienen algo de macho
cabrío y algo de antigua Quimera? Su Ilustrísima fabrica unos versitos
intrascendentes y aprecia exageradamente sus páginas. Si yo fuese listo, podría
ganar mucho haciéndome su alcahuete.
—¿Y qué estoy haciendo yo aquí si no es de alcahuete? —dijo el
capitán— Y es lo que hacen todos; unos proporcionan mujeres y otros otra cosa;
unos proporcionan Justicia y otros a Dios. El más honrado puede decirse que es
el que vende carne y no humos. Pero yo no me tomo muy en serio los objetos de
mi pequeño negocio: esas ciudades ya vendidas diez veces, esas lealtades
sifilíticas, esas ocasiones podridas. Allí donde un aficionado a las intrigas
llenaría sus bolsillos, yo recojo apenas el dinero necesario para cubrir mis
gastos de alquiler de caballos y de alojamiento. Moriremos pobres.
—Amen —dijo Zenón—. Sentaos.
Henri-Maximilien permaneció de pie junto al fuego; se desprendía
vaho de sus vestiduras. Zenón, sentado encima del yunque, con las manos
colgando entre las rodillas, contemplaba cómo se quemaban las brasas.
—Continuáis siendo el compañero del fuego, Zenón —le dijo
Henri-Maximilien.
El joven criado pelirrojo les trajo el vino y volvió a salir
silbando. El capitán prosiguió, sirviéndose de beber:
—¿Os acordáis de las aprensiones del canónigo de Saint-Donatien?
Vuestros Pronósticos de las cosas futuras han debido confirmar sus más negros
temores. Vuestro opúsculo sobre la naturaleza de la sangre, que yo no he leído,
ha debido parecerle más digno de un barbero que de un filósofo; y vuestro
Tratado del mundo físico sin duda le ha hecho llorar. Os exorcizaría, en caso
de que la desgracia os llevara de nuevo a Brujas.
—Haría más aún —dijo Zenón con una mueca—. Sin embargo, yo puse
gran cuidado en envolver mi pensamiento con todas las circunlocuciones
convenientes. Puse aquí una mayúscula, allá un Nombre; incluso consentí en
cargar mis frases con todo un pesado aparato de Atributos y Sustancias. Acaece
con toda esta verborrea lo que con nuestras camisas y calzas: protegen al que
las lleva, sin impedir por ello que nos hallemos tranquilamente desnudos por
debajo.
—Sí que lo impiden —dijo el improvisado soldado—. Jamás
contemplé a un Apolo en los jardines del Papa sin envidiarlo por ofrecerse a
las miradas tal y como su madre Latona lo hizo. Sólo se está a gusto cuando se
es libre, y disimular nuestras opiniones es aún más molesto que cubrirnos la
piel.
—¡Ardides de guerra, capitán! —dijo Zenón—. Nosotros vivimos
aquí dentro lo mismo que vosotros en vuestras zanjas y trincheras. Se acaba por
extraer vanidad de un supuesto que lo cambia todo, como un signo negativo
discretamente colocado delante de una suma. Nos las ingeniamos para hacer,
gracias a una palabra más atrevida, lo equivalente a un guiño, o del alzar de
la hoja de parra o del dejar caer la máscara, y reanudamos inmediatamente
nuestro fingimiento, como si no hubiera ocurrido nada. De este modo, nuestros
lectores escogen: los necios nos creen; otros necios, creyéndonos a nosotros
más tontos todavía que ellos, nos abandonan; los que quedan se las apañan en
este laberinto, aprenden a saltar y a esquivar el obstáculo de la mentira.
Mucho me sorprendería de no hallar, hasta en los textos más santos, los mismos
subterfugios. Leído de esta manera, todo libro se convierte en grimorio.
—Exageráis la hipocresía de los hombres —dijo el capitán
encogiéndose de hombros—. La mayoría de ellos piensa demasiado poco para pensar
con doblez.
Añadió meditativamente, llenando su vaso:
—Por muy extraño que parezca, el victorioso César Carlos cree en
estos momentos que desea la paz, y Su Cristianísima Majestad, también.
—¿Y qué es el error, y su sucedáneo, la mentira —prosiguió
Zenón—, sino una especie de Caput Mortuum, una materia inerte sin la cual la
verdad, harto volátil, no podría triturarse en los morteros humanos...? Esos
anodinos razonadores ponen a los que son como ellos por las nubes y gritan
indignados pidiendo justicia cuando los contradicen; mas si nuestros
pensamientos son, de verdad, diferentes, se les escapan; ya no los ven, lo
mismo que un animal rabioso deja de ver, en el suelo de su jaula, el objeto insólito
que no puede ni desgarrar ni comer. Uno podría de esa suerte hacerse invisible.
—Aegri somnia —dijo el capitán—. Ya no os entiendo.
—¿Acaso soy yo como ese asno de Servet —repuso salvajemente
Zenón— para exponerme a que me quemen a fuego lento en una plaza pública, en
honor de la interpretación de un dogma, cuando llevo entre manos mis trabajos
sobre los movimientos diastólicos y sistólicos del corazón, que me importan
mucho más? Si yo digo que tres hacen uno y que el mundo fue salvado en
Palestina ¿no puedo inscribir en esas palabras un sentido oculto dentro del
sentido externo y librarme así hasta de la molestia de haber mentido? Hay cardenales
(yo conozco a algunos) que se las arreglan de este modo, y eso es lo que
hicieron también algunos doctores que ahora pasan por llevar corona en el
cielo. Trazo igual que los demás las cuatro letras del Nombre augusto, pero
¿qué pondré en ellas? ¿Todo, o su Ordenador? ¿Lo que Es, o lo que No es, o lo
que Es No Siendo, como el vacío y la oscuridad de la noche? Entre el Sí y el
No, entre el Pro y el Contra existen inmensos espacios subterráneos en donde el
más amenazado de los hombres podría vivir en paz.
—Vuestros censores no son tan tontos —dijo Henri-Maximilien—.
Esos señores de Basilea y del Santo Oficio os entienden lo bastante bien como
para condenaros. A sus ojos no sois más que un ateo.
—Lo que no va, como ellos creen, contra ellos —dijo amargamente
Zenón.
Y llenando un cubilete bebió ávidamente a su vez el agrio vino
alemán.
—¡Doy gracias a Dios —dijo el capitán—, de que ningún santurrón
venga a meter sus narices en mis humildes poemas de amor! Nunca me expuse a
peligros que no fueran sencillos: las heridas de la guerra, las fiebres de
Italia, la sífilis de los burdeles, los piojos de las posadas y los
prestamistas de todas partes. No me comprometo con la chusma con bonete, ni con
birrete, con tonsura o sin ella, de la misma manera que no cazo al puerco
espín. Ni siquiera refuté al mentecato de Robortello d’Udina, que cree encontrar
errores en mi versión de Anacreonte, y que no es más que un zopenco en griego y
en todas las demás lenguas. Me gusta la ciencia tanto como a cualquiera; pero
poco me importa que la sangre suba o baje por la vena cava. Me basta con saber
que se enfría, cuando uno muere. Y si la Tierra da vueltas...
—Las da —afirmó Zenón.
—Y si la Tierra da vueltas, a mí me da igual, en estos momentos
en que ando por encima de ella, y aún me importará menos cuando me halle
enterrado debajo. En materia de fe, creeré lo que diga el Concilio, si es que
dice algo, del mismo modo que pienso comerme el guiso que está haciendo el
tabernero esta noche. Acepto a mi Dios y a mi tiempo tal como se me presentan,
aunque hubiese preferido vivir en la época en que adoraban a Venus. No quisiera
tampoco privarme de volverme hacia Nuestro Señor Jesucristo, si el corazón me
lo pide así, en mi lecho de muerte.
—Sois como un hombre que consiente de buena gana en creer que,
en el cuchitril de al lado, existen una mesa y dos bancos porque, en realidad,
poco le importa.
—Hermano Zenón —dijo el capitán—, os encuentro flaco, extenuado,
de mal humor y ataviado con un blusón que ni mi criado querría ponerse. ¿Vale
la pena afanarse durante veinte años para llegar a la duda, que crece por sí
misma en todas las cabezas inteligentes?
—Sin discusión —contestó Zenón—. Vuestras dudas y vuestra fe son
como pompas de jabón en la superficie, pero la verdad que se deposita en
nosotros como la sal en la retorta, cuando hacemos una destilación arriesgada,
se halla de este lado de la explicación y de la forma, demasiado caliente o
demasiado fría para la boca humana, demasiado sutil para la letra escrita y más
valiosa que ella.
—¿Más valiosa que la Augusta Sílaba?
—Sí —afirmó Zenón.
Bajaba la voz sin querer. En aquel momento, un fraile mendigo
llamó a la puerta y se fue llevándose unas monedas gracias a la generosidad del
capitán. Henri-Maximilien volvió a sentarse al lado del fuego; él también
hablaba en voz baja.
—Contadme vuestros viajes —susurró.
—¿Para qué? —dijo el filósofo—. No os hablaré de los misterios
de Oriente: no existen, y vos no sois de esos bobalicones a quienes divierten
las descripciones del Serrallo del Gran Señor. En seguida me percaté de que
esas diferencias de clima, a las que tanta importancia se da, son poca cosa al
lado del hecho de que el hombre posee en todas partes dos pies y dos manos, un
miembro viril, un vientre, una boca y dos ojos. Me atribuyen unos viajes que no
he hecho; yo mismo me presté a ello por subterfugio y para estar con
tranquilidad en otra parte, que no era la que la gente creía. Cuando me
suponían en Tartaria, yo experimentaba en paz en Pont-Saint-Esprit, en el
Languedoc. Pero remontémonos más en el tiempo: poco después de mi llegada a
León, el prior fue expulsado de su abadía por los propios frailes, que lo
acusaban de judío. Y es verdad que su cabeza senil se hallaba repleta de
extrañas fórmulas extraídas del Zohar, concernientes a las correspondencias
entre metales, a las jerarquías celestes y a los astros. Yo había aprendido en
Lovaina a despreciar la alegoría, harto como me hallaba de los ejercicios
mediante los cuales se simbolizan los hechos, a reservas de edificar después
sobre estos símbolos como si hechos fueran. Pero no hay nadie tan loco que no tenga
algo de cuerdo. A fuerza de cocer y recocer a fuego lento el contenido de sus
retortas, mi prior había descubierto algunos secretos prácticos, que yo heredé.
La escuela de Montpellier no me enseñó gran cosa después: Galeno había pasado a
la categoría de ídolo para aquellas gentes, de un ídolo a quien se sacrifica la
naturaleza. Cuando yo ataqué algunas nociones galénicas, que ya el barbero Jean
Myers sabía fundadas sobre la anatomía del mono y no sobre la del hombre, mis
doctos prefirieron creer que la espina dorsal había cambiado desde los tiempos
de Cristo, antes que tachar a su oráculo de ligereza o error.
Había allí, no obstante, algunos cerebros audaces... Nos
hallábamos escasos de cadáveres, por ser los prejuicios públicos lo que son. Un
tal Rondelet, mediquillo rechoncho tan ridículo como su nombre, perdió a su
hijo el día anterior, a consecuencia de unas fiebres púrpuras; era un alumno
con el que yo herborizaba en el Grau-du-Roi. En la estancia impregnada de
vinagre en donde hacíamos la disección de aquel muerto, que ya no era ni el
hijo ni el amigo, sino tan sólo un bello ejemplar de la máquina humana, sentí
por primera vez la impresión de que la mecánica, por una parte, y el Gran Arte,
por otra, no hacen más que aplicar al estudio del universo las verdades que nos
enseñan nuestros cuerpos, en los que se repite la estructura del Todo. No era
excesivo emplear toda una vida para confrontar uno con otro ese mundo en el que
estamos y ese mundo que está en nosotros. Los pulmones eran el soplillo que
reanimaba las brasas; la verga, un arma de tiro; la sangre de los meandros del
cuerpo, el agua de los canalillos en un jardín de Oriente; el corazón, según se
adopte una u otra teoría, la bomba o el brasero; el cerebro, el alambique en
donde se destila el alma...
—Volvemos a la alegoría —dijo el capitán—. Si por ello entendéis
que el cuerpo es la más sólida de las realidades, decidlo.
—No del todo —dijo Zenón—. Este cuerpo, nuestro reino, me parece
en ocasiones estar compuesto de un tejido tan flojo y tan fugitivo como una
sombra. No me extrañaría más volver a ver a mi madre, que está muerta, que
encontrarme al volver una esquina con vuestro rostro envejecido, cuya boca aún
conoce mi nombre, pero cuya sustancia se ha rehecho más de una vez en el curso
de veinte años, y en la que el tiempo alteró el color y retocó la forma.
¡Cuánto trigo creció, cuántos animales han vivido y han muerto para sustentar a
ese Henri que ya no es el mismo que yo conocí hace veinte años! Pero volvamos a
los viajes... Pont-Saint-Esprit, en donde las gentes espiaban detrás de las
contraventanas los actos y andanzas del médico nuevo, no siempre fue un lecho
de rosas, y la Eminencia con la que yo contaba abandonó Avignon para irse a
Roma... Mi fortuna revistió la forma de un renegado que reponía, desde Argel,
los caballos del rey de Francia: aquel honrado bandido se rompió una pierna a
dos pasos de mi puerta, y me ofreció, en pago a mis cuidados, un sitio en su
tartana. Todavía hoy se lo agradezco. Mis trabajos balísticos me valieron en
Berbería la amistad de Su Alteza y asimismo la ocasión de estudiar las
propiedades de la nafta y sus combinaciones con la cal viva, con vistas a la
construcción de cohetes eyectables para los barcos de su flota. Ubicumque idem:
los príncipes quieren aparatos para aumentar o salvaguardar su poder; los
ricos, oro, y corren con los gastos de nuestros hornillos durante algún tiempo;
los cobardes y los ambiciosos desean saber el porvenir. Yo me las arreglé como
pude con todos ellos. La mejor ganga que me podía tocar en suerte era un dux
cacoquimio o un sultán enfermo: el dinero afluía; surgía de la tierra una casa
en Génova, cerca de Saint-Laurent, o en Pera, en el barrio cristiano. Me
suministraban las herramientas para mi arte y, entre ellas, la más escasa y
preciada de todas, la licencia para pensar y actuar como yo quisiera. Después
venían los embates de los envidiosos, las murmuraciones de los imbéciles,
acusándome de blasfemar de su Alcorán o de su Evangelio; luego surgía alguna
conspiración en la corte en la que corría el riesgo de verme implicado y,
finalmente, llegaba el día en que más valía gastarse el último cequí en comprar
un caballo o alquilar una barca. He pasado veinte años en estas pequeñas
peripecias que, en algunos libros, llaman aventuras. Maté a algunos de mis
enfermos por un exceso de audacia que, en cambio, curó a otros. Pero su recaída
o su mejoría me importaban sobre todo como confirmación de un pronóstico, o
como prueba de la eficacia de un método. Ciencia y contemplación no bastan,
hermano Henri, si no se transmutan en poder: el pueblo tiene razón al ver en
nosotros a los adeptos de una magia negra o blanca. Hacer que dure lo
perecedero, adelantar o atrasar la hora prescrita, adueñarse de los secretos de
la muerte para luchar contra ella, utilizar las recetas naturales para ayudar o
para burlar a la naturaleza, dominar al mundo y al hombre, rehacerlos,
crearlos, tal vez...
—Hay días en que, al releer a mi Plutarco, me digo a mí mismo
que ya es demasiado tarde y que el hombre y el mundo han sido —dijo el capitán.
—Espejismos —repuso Zenón—. Ocurre con vuestras edades de oro
como con Damasco y con Constantinopla, que son bellas a distancia; hay que
andar por sus calles para ver a sus leprosos y a sus perros reventados. Vuestro
Plutarco me informa de que Hefesto se empeñaba en comer los días de dieta como
un obseso cualquiera y que Alejandro bebía como un soldado alemán. Hay pocos
bípedos, después de Adán, que hayan merecido el apelativo de hombres.
—Vos sois médico —dijo el capitán.
—Sí —contestó Zenón—, entre otras cosas.
—Sois médico —repitió el capitán, testarudo—. Me imagino que uno
debe cansarse de coser y recoser a los hombres. ¿No estáis cansado de
levantaros por las noches para cuidar a esta pobre ralea?
—Sutor, ne ultra... —repitió Zenón—. Yo tomaba el pulso,
examinaba la lengua y estudiaba la orina, no las almas... No soy yo quien debe
decidir si ese avaro que tiene cólico merece o no durar diez años más, ni si es
bueno que el tirano muera. El peor o el más estúpido de nuestros pacientes nos
enseña muchas cosas, y sus sanies no son más repugnantes que las de un hombre
hábil o las de un justo. Cada noche que pasaba a la cabecera de un hombre
enfermo me situaba frente a unas preguntas sin respuesta: el dolor y sus fines,
la benignidad de la naturaleza o su indiferencia, y la de si el alma sobrevive
al naufragio del cuerpo. Las explicaciones analógicas que antaño me habían
parecido dilucidar los secretos del universo, me parecían plagadas de nuevas
posibilidades de error, ya que tienden a prestar a esa misteriosa naturaleza el
plan preestablecido que otros atribuyen a Dios. Yo no digo que dudara: la duda
es otra cosa. Proseguía la investigación hasta el punto de que cada una de las
nociones se doblaba en mis manos como un tornillo de mala calidad; en cuanto
trepaba a la escalera de una hipótesis, sentía romperse bajo mi peso el
indispensable SI... Paracelso y su sistema de signos me parecían abrir a
nuestro arte un camino triunfal; en la práctica, nos hacían volver a unías
supersticiones de pueblo. El estudio de los horóscopos ya no me parecía tan
útil como antes para escoger las pócimas y predecir los accidentes mortales;
consiento en creer que estamos hechos de la misma materia que los astros, pero
de ello no se deduce que nos determinen o que puedan influirnos. Cuanto más
pensaba en ello, más me parecía que nuestras ideas, nuestros ídolos, nuestras
costumbres llamadas santas y esas visiones nuestras que pasan por inefables se
hallaban engendradas, sin más, por las agitaciones de: la máquina humana, lo
mismo que el aire que expulsan los orificios de la nariz o nuestras partes
bajas, el sudor y el agua salada de las lágrimas, la sangre blanca del amor,
los barros y excrementos del cuerpo. Me irritaba que el hombre desperdiciara
así su sustancia propia en edificaciones casi siempre nefastas, que hablara de
castidad sin haber desmontado la máquina del sexo, que disputara sobre el libre
albedrío en vez de sopesar las mil oscuras razones que nos hacen pestañear cuando
acercan un palo bruscamente a nuestros ojos, que hablara del infierno antes de
haber interrogado de más cerca a la muerte.
—Yo conozco a la muerte —dijo bostezando el capitán—. Entre el
disparo de arcabuz que me derribó en Cerisoles y el trago de aguardiente que me
hizo resucitar, hay un agujero negro. Sin la cantimplora del sargento, aún
estaría yo metido en aquel agujero.
—Puede ser —dijo el alquimista—, aunque hay tanto que decir en
favor de la noción de inmortalidad como en contra de ella. Lo que primero
abandona a los muertos es el movimiento, luego el calor y seguidamente, con más
o menos premura, según los agentes a que se vean sometidos, la forma. ¿Serán
acaso el movimiento y la forma del alma también, pero no su sustancia, los que
se aniquilan con la muerte...? Yo estaba en Basilea, cuando la peste negra...
Henri-Maximilien lo interrumpió para decir que él vivía por
entonces en Roma, y que la peste lo había pillado en casa de una cortesana.
—Yo estaba en Basilea —prosiguió Zenón—. Habéis de saber que
llegué un poco tarde para conocer en Pera a Monseñor Lorenzo de Médicis, el
Asesino, a quien el pueblo llama burlonamente Lorenzaccio. Aquel desprovisto
príncipe hacía lo mismo que vos, hermano Henri, hacía de alcahuete, y Francia
le había encargado una misión secreta para la Puerta otomana. Me hubiera
gustado conocer a ese hombre de gran corazón. Cuatro años más tarde, al pasar
por Lyon para entregar mi Tratado del mundo físico al desdichado Dolet, mi
librero, lo hallé melancólicamente sentado a la mesa en el cuarto de atrás de
una posada. La casualidad hizo que fuera atacado, por aquellos días, por un
sicario florentino; lo cuidé lo mejor que pude; pudimos discutir a gusto sobre
las locuras del Turco y sobre las nuestras. Aquel hombre hostigado se proponía
regresar, pese a todo, a su Italia natal. Antes de separarnos, me regaló a un
paje caucasiano —que Su Alteza en persona le había dado— a cambio de un veneno
con el que contaba para morir —en caso de caer en manos de sus enemigos— sin
degradar el estilo que había sido el de toda su vida. No tuvo la ocasión de
probar mi píldora, ya que el mismo espadachín que falló el golpe en Francia
acabó con él en Venecia, en una oscura callejuela. Su criado se quedó
conmigo... Vosotros, poetas, habéis hecho del amor una inmensa impostura: el
que nos toca en suerte siempre nos parece menos hermoso que esas rimas
emparejadas como dos bocas una sobre otra. Y, sin embargo, ¿qué otro nombre le
podemos dar a esa llama que resucita, como el Fénix, de su propia combustión, a
esa necesidad de hallar de nuevo por la noche el rostro y el cuerpo que por la
mañana hemos dejado? Pues algunos cuerpos, hermano Henri, son refrescantes como
el agua, y serla bueno preguntarse por qué los más ardientes son los que más
refrescan. Aleï procedía de Oriente, como mis ungüentos y mis electuarios;
jamás, por los caminos embarrados y los albergues llenos de humo de Alemania,
me injurió echando de menos los jardines del Gran Señor y sus fuentes manando
al sol... Yo amaba sobre todo el silencio al que nos reducía la dificultad de
las lenguas. Conozco el árabe de los libros, pero sólo sé del turco lo preciso
para preguntar el camino. Aleï hablaba turco y un poco de italiano; de su
idioma natal, sólo algunas palabras le volvían en sueños... Después de haber
topado con tantos bribones vocingleros e impudentes, contratados por mi mala
suerte, por fin había hallado al fuego fatuo, al duende que el pueblo nos
atribuye como ayudante...
Ahora bien, una horrible noche en Basilea, durante el año de la
peste negra, hallé en el cuarto a mi criado postrado por la enfermedad.
¿Apreciáis la belleza, hermano Henri?
—Sí —dijo el flamenco—. La belleza femenina. Anacreonte es un
buen poeta y Sócrates un gran hombre, pero yo no comprendo cómo se puede
renunciar a esos orbes de carne tierna y rosada, a esos cuerpos tan
agradablemente distintos del nuestro, en donde se penetra como conquistadores
en una ciudad engalanada de flores para ellos. Y si esa alegría miente y esas
galas engañan, ¿qué más da? Esas pomadas, esos rizos, esos perfumes cuyo empleo
al hombre deshonra, yo gozo de ellos gracias a las mujeres. ¿Por qué iba yo a
buscar disimuladas callejuelas cuando tengo ante mí un camino al sol por el que
puedo andar con honor? ¡Lejos de mí esas mejillas que pronto dejan de ser lisas
y se ofrecen menos al amante que al barbero!
—En cuanto a mí —dijo Zenón— prefiero ese placer un poco más
oculto que otro, ese cuerpo semejante al mío que refleja mi deleite, esa
agradable ausencia de todo lo que al goce añaden las carantoñas de las
cortesanas y la jerga de los petrarquistas, las camisas bordadas de la Signora
Livia y las tocas de Laura, ese acoplamiento que no trata de justificarse
hipócritamente con la perpetuación de la sociedad humana, sino que nace de un,
deseo y con él muere, y si en el mismo se mezcla algo de amor, no es por haberme
dispuesto a ello por anticipado las cantinelas de moda... Yo ocupaba, durante
aquella primavera, un cuarto en la posada que hay a orillas del Rin, llena del
tumulto de las aguas en plena crecida; tenía que gritar para que me oyesen;
apenas si se percibía el sonido de una larga viola que yo ordenaba tocar a mi
servidor cuando estaba cansado, pues la música siempre me ha parecido a la vez
un específico y una fiesta. Pero Aleï no me estaba esperando aquella noche, con
un farol en la mano, cerca de la cuadra en donde dejaba la mula. Hermano Henri,
supongo que alguna vez habéis deplorado la suerte de las estatuas heridas por
el pico y roídas por la tierra; que habréis maldecido el Tiempo que maltrata a
la belleza. Y, sin embargo, yo puedo imaginar que el mármol, harto de conservar
durante tanto tiempo apariencia humana, se regocije al ser de nuevo piedra...
La criatura, en cambio, teme retornar a la sustancia informe... En cuanto pisé
el umbral, me advirtió la fetidez, y aquellos esfuerzos que hacía su boca sorbiendo
y vomitando después el agua que la garganta se negaba a tragar, así como la
sangre que eyaculan los pulmones enfermos. Pero lo que llamamos alma subsistía,
y los ojos de perro confiado que no duda de que su dueño podrá ayudarle... Bien
es verdad que no era aquella la primera vez que mis pociones se revelaban
inútiles, pero cada una de las muertes acaecidas sólo significaba hasta
entonces para mí un peón perdido en mi partida de médico. Más aún, a fuerza de
combatir a Su Majestad Negra llega a formarse entre ella y nosotros una especie
de oscura complicidad; un capitán acaba por conocer y admirar la táctica del
enemigo. Llega siempre un momento en que nuestros enfermos perciben que la
conocemos demasiado bien como para no resignarnos en su nombre a lo inevitable;
mientras suplican y todavía forcejean, leen en nuestros ojos un veredicto que
no quieren ver. Hay que querer a alguien para percatarse de cuan escandaloso es
que la criatura muera... Mi valor me abandonó, o al menos esa impasibilidad que
nos es tan necesaria. Mi oficio me pareció inútil, lo que es casi tan absurdo
como creerlo sublime. No es que yo sufriera: sabía al contrario que era muy
incapaz de representarme el dolor de aquel cuerpo que se retorcía ante mis
ojos. Mi criado moría como en el fondo de otro reino. Llamé, pero el hostelero
se guardó muy mucho de acudir en mi ayuda. Tuve que levantar el cadáver para
ponerlo en el suelo mientras esperaba la llegada de los sepultureros que yo
iría a buscar en cuanto llegase la madrugada. Quemé puñado a puñado el jergón
de paja en la estufa de la habitación. El mundo de dentro y el mundo de fuera
seguían siendo los mismos que en los tiempos en que yo hacía disecciones en
Montpellier, pero aquellas grandes ruedas, engarzándose unas en otras, daban
vueltas en pleno vacío. Aquellas frágiles máquinas ya no me maravillaban... Me
avergüenza confesar que la muerte de un criado bastara para producir en mí tan
negra revolución, pero uno se cansa, hermano Henri, y ya no soy joven: tengo
más de cuarenta años. Estaba harto de mi oficio como remendón de cuerpos; sentí
asco al recordar que tenía que ir por la mañana a tomarle el pulso al señor
Regidor, tranquilizar a la mujer del Juez y mirar al trasluz el orinal del
señor Pastor. Me prometí aquella noche que no volvería a cuidar a nadie.
—El tabernero del Agneau d’Or me puso al corriente de esta
fantasía —dijo muy serio el capitán—. Pero estáis tratando al Nuncio de su gota
y heme aquí con vuestras hilas y emplastes en la mejilla.
—Han pasado seis meses —prosiguió Zenón, que dibujaba unas
figuras en la ceniza con la punta de un tizón—. La curiosidad renace, así como
las ganas de emplear el talento que poseemos y las de ayudar, si ello es
posible, a los compañeros que con nosotros comparten esta extraña aventura. La
visión de la noche negra está detrás de mí. A fuerza de no hablar con nadie de
estas cosas, termina uno por olvidarlas.
Henri-Maximilien, al levantarse, se aproximó a la ventana y
observó:
—Sigue lloviendo.
Continuaba lloviendo. El capitán tamborileó en los cristales. De
repente, volviéndose hacia su huésped, dijo:
—¿Sabíais que Sigismond Fugger, mi pariente de Colonia, fue
mortalmente herido en el país de los Incas? Este hombre, según cuentan, poseía
cien cautivas, cien cuerpos de cobre rojo con diversas incrustaciones de coral
y cabellos aceitados que olían a especias. Cuando vio que iba a morir,
Sigismond mandó cortar las cien cabelleras de las prisioneras; ordenó que las
extendieran sobre una cama y que lo acostaran allí, para expirar encima de
aquel manto que olía a canela, a sudor y a mujer.
—Me cuesta creer que aquellas trenzas tan bellas estuvieran
limpias de piojos —soltó con acritud el filósofo.
Y previendo un movimiento de irritación en el capitán:
—Ya sé lo que estáis pensando; sí, en ocasiones despiojé con
ternura unos bucles negros.
El flamenco continuaba paseando de un lado para otro, menos al
parecer para desentumecer las piernas que para ahuyentar los pensamientos.
—Vuestro humor es contagioso —dijo volviendo a instalarse por
fin delante de la chimenea—. El relato que antes me habéis hecho me dispone a
contaros mi vida. No me quejo, pero todo es diferente de como yo había creído.
Sé que no tengo madera de gran capitán, pero he visto de cerca a los que pasan
por serlo: me han sorprendido mucho. He dejado, por gusto, que transcurrieran
un buen tercio de mis días en la Península; hace mejor tiempo que en Flandes,
pero se come peor. Mis poemas no merecen sobrevivir al papel en que los imprime
mi librero a mi costa, cuando por casualidad hallo los medios de ofrecerme esa
impresión igual que otros lo hacen con un frontispicio y un título falso. Los
laureles de Hipocrene no se han hecho para mí; no atravesaré los siglos encuadernado
en piel. Pero cuando veo cuan pocas son las gentes que leen la Iliada de
Homero, me resigno más fácilmente a no ser leído. Hubo damas que me amaron,
pero pocas veces fueron aquellas por cuyo amor hubiera dado yo la vida... (Me
detengo a mirarme: ¡qué arrogancia esta mía de creer que las bellas por quienes
suspiro deseen mi piel!) La Vanina de Nápoles, que es casi mi esposa, es una
buena muchacha, pero su olor no es el del ámbar, y sus rojizas trenzas de pelo
no son todas suyas. Volví por algún tiempo a mi país natal: mi madre ha muerto.
¡Dios la tenga en su gloria! La buena mujer deseaba vuestro bien. Mi padre está
en el Infierno, supongo, en compañía de sus sacos de oro. Mi hermano me recibió
bien, pero al cabo de ocho días comprendí que había llegado el tiempo en que
tenía que marcharme de nuevo. A veces siento no haber engendrado unos hijos
legítimos, pero no quisiera tener a mis sobrinos por hijos. Tengo ambición,
como cualquier otro, pero si un poderoso de hoy nos niega un título o una
pensión, ¡qué alegría poder dejar la antesala sin tener que dar las gracias a
Monseñor, y andar a gusto por las calles, con las manos metidas en los
bolsillos vacíos...! He disfrutado mucho: le doy gracias al Eterno de que cada
año traiga consigo su cupo de muchachas nubiles y de que el vino se haga cada
otoño; en ocasiones me digo que he gozado la buena vida de un perro al sol, con
no pocas riñas y un hueso que roer. Y, sin embargo, pocas veces sucede que yo
deje a una amante sin ese suspiro de alivio del colegial que sale de la
escuela, y creo que será un suspiro igual a ese el que se me escape a la hora
de la muerte. Habláis de estatuas: conozco pocos placeres más exquisitos que el
de contemplar la Venus de mármol que mi buen amigo, el cardenal Caraffa,
conserva en su galería napolitana: sus blancas formas son tan bellas que
limpian el corazón de todo deseo profano y dan ganas de llorar. Pero basta con
que me esfuerce por mirarla la mitad de un cuarto de hora seguido y ni mis ojos
ni mi espíritu la perciben ya. Hermano, en todas las cosas terrestres hay un
limo o resabio que acaba por asquearnos y los escasos objetos que, por
casualidad, poseen la perfección son mortalmente tristes. La filosofía no es lo
mío, pero en ocasiones me digo que Platón tiene razón y el canónigo Campanus
también. Tiene que existir en alguna parte algo más perfecto que nosotros, un
Bien cuya presencia nos confunde y cuya ausencia no podemos soportar.
—Sempiterna Temptatio —dijo Zenón—. A menudo me digo que nada en
el mundo, salvo un orden eterno o una extraña veleidad de la materia por
superarse, me explica el porqué de mi esfuerzo por pensar cada día con un poco
más de claridad que el anterior.
Permanecía sentado, con la barbilla agachada, en el cuarto
invadido por el húmedo crepúsculo. El color rojo del fuego teñía sus manos
manchadas de ácidos, marcadas en varios sitios con pálidas cicatrices de
quemaduras, y se veía que consideraba con atención aquellas extrañas
prolongaciones del alma, aquellas grandes herramientas de carne que sirven para
tomar contacto con todas las cosas.
—¡Alabado sea yo! —dijo por fin con una especie de exaltación en
la que Henri-Maximilien hubiese podido reconocer al Zenón ebrio de sueños
mecánicos compartidos con Colas Gheel—. Nunca podré dejar de maravillarme de
que esta carne sostenida por sus vértebras, este tronco unido a la cabeza por
el istmo del cuello y que dispone simétricamente sus miembros en torno a él,
contengan y quizá produzcan un espíritu que saca partido de mis ojos para ver y
de mis movimientos para palpar... Conozco sus límites y sé que le faltará
tiempo para llegar más allá, y asimismo fuerza, si por casualidad le fuera
concedido el tiempo. Pero existe y, en estos momentos, él es Aquel que Es. Sé
que se equivoca y yerra, que a menudo interpreta torcidamente las lecciones que
el mundo le dispensa, pero también sé que hay en él algo que le permite conocer
y en ocasiones rectificar sus propios errores. He recorrido al menos una parte
de la bola del mundo en que nos hallamos; estudié el punto de fusión de los
metales y la generación de las plantas; he observado los astros y examiné el
interior de los cuerpos. Soy capaz de extraer de este tizón que ahora levanto
la noción de peso, y de esas llamas la noción de calor. Sé que no sé lo que no
sé; envidio a aquellos que sabrán más que yo, pero también sé que tendrán que
medir, pesar, deducir y desconfiar de sus deducciones exactamente igual que yo,
y ver en lo falso parte de lo verdadero, y tener en cuenta en lo verdadero la
eterna mixtión de lo falso. Jamás me agarré a una idea por temor al desamparo
en que caería sin ella. Nunca aliñé un hecho verdadero con la salsa de la
mentira, para hacerme su digestión más fácil. Nunca deformé el parecer del
adversario para llevar la razón más fácilmente, ni siquiera, durante el debate
sobre el antimonio, el de Bombast, que no me lo agradeció. O más bien sí: me
sorprendí haciéndolo y cada vez que esto ocurrió, me reñí a mí mismo como se
riñe a un criado poco honrado, y no me devolví mi confianza hasta obtener de mí
mismo la promesa de hacer las cosas mejor. He soñado mis sueños; no pretendo
que sean más que sueños. Me guardé muy bien de hacer de la verdad un ídolo,
prefiriendo dejarle su nombre más humilde de exactitud. Mis triunfos y mis
riesgos no son los que se cree; existen glorias distintas de la gloria y
hogueras distintas de la hoguera. He llegado casi a desconfiar de las palabras.
Moriré un poco menos necio de lo que nací.
—Eso está bien —dijo bostezando el guerrero—. Pero públicos
rumores os atribuyen logros más sólidos. Fabricáis oro.
—No —dijo el alquimista—, pero otros sí lo lograrán. Es cuestión
de tiempo y de herramientas adecuadas para llevar la experiencia a buen
término. ¿Y qué significan unos cuantos siglos?
—Mucho tiempo, si hay que pagar la cuenta del Agneau d’Or —dijo
bromeando el capitán.
—Hacer oro será algún día tan fácil como soplar el vidrio
—continuó Zenón—. A fuerza de horadar con nuestros dientes la corteza de las
cosas, acabaremos por encontrar la razón oculta de las afinidades y
desacuerdos... Una brocha mecánica o una bobina que se devana sola no
significan mucho y, sin embargo, esa cadena de pequeños descubrimientos podría
llevarnos más lejos de lo que fueron Magallanes y Américo Vespuccio en sus
viajes. Siento rabia cuando pienso que la invención humana se detuvo tras haber
inventado la primera rueda, la primera torre, la primera fragua; apenas si nos
hemos preocupado de diversificar las aplicaciones del fuego que robamos al
cielo. Y, sin embargo, bastaría aplicarse para deducir de algunos sencillos
principios toda una serie de ingeniosas máquinas que aumentarían la sabiduría y
el poder de los hombres: aparatos que con sus movimientos produjesen calor,
conductos que propagaran el fuego como otros propagan el agua y que dieran
vueltas en beneficio de destilaciones y fundiciones como el dispositivo de los
antiguos hipocaustos y estufas orientales... Riemer, en Ratisbona, cree que el
estudio de las leyes del equilibrio permitiría construir, para la guerra y la
paz, unos carros que volaran por el aire y nadasen bajo el agua. Vuestra pólvora
de cañón, que relega las hazañas de Alejandro a la categoría de juegos
infantiles, nació así de las cogitaciones de un cerebro...
—¡Alto ahí! —dijo Henri-Maximilien—. Cuando nuestros padres
prendieron fuego a la mecha por primera vez, se hubiera podido creer que ese
ruidoso hallazgo revolucionaría el arte de la guerra y abreviaría los combates
por falta de combatientes. No fue así, ¡a Dios gracias! Se mata aún más (y aún
eso lo dudo) y la única diferencia consiste en que mis soldados manejan el
arcabuz, en lugar de la ballesta. Pero el viejo valor, la vieja cobardía, la
vieja astucia, la vieja disciplina y la vieja insubordinación son lo mismo que
eran y junto a ellos el arte de avanzar, de retroceder o de permanecer en el
sitio, de infundir miedo y de fingir no tenerlo. Nuestros guerreros siguen
plagiando a Aníbal y compulsando a Vegecio. Continuamos igual que antaño,
colgados del culo de los maestros.
—Sé hace mucho tiempo que una onza de inercia pesa más que un
celemín de sabiduría —dijo Zenón con despecho—. No ignoro que la ciencia es,
para vuestros príncipes, un arsenal de expedientes menos serios que sus
carruseles, sus penachos y sus títulos. Y a pesar de todo, hermano Henri,
conozco a cinco o seis pordioseros más locos, más indigentes y más sospechosos
que yo, diseminados por varios rincones de la Tierra y que sueñan en secreto
con un poder más terrible que el del César Carlos, más terrible del que jamás
podrá ostentar éste. Si Arquímedes hubiera tenido un punto de apoyo, hubiera
podido no sólo levantar el mundo, sino dejarlo caer de nuevo en el abismo como
una cáscara de huevo rota... Y, francamente, estando en Argel, en presencia de
las bestiales ferocidades turcas, o también ante el espectáculo de las locuras
y furores que imperan por doquier en nuestros cristianos reinos, me he dicho a
mí mismo algunas veces que ordenar, instruir, enriquecer y proveer de
instrumentos a nuestra especie tal vez no sea más que empeorar las cosas en
nuestro universal desorden y que sería con plena voluntad y no por equivocación
si un Faetón prendiera algún día fuego a la Tierra... ¿Quién sabe si no acabará
por salir algún cometa de nuestras cucúrbitas? Cuando veo hasta dónde nos
conducen nuestras especulaciones, hermano Henri, me sorprendo menos de que nos
lleven a la hoguera.
Y levantándose de repente:
—Han llegado rumores a mis oídos de que las persecuciones
causadas por mis Pronósticos vuelven a empezar con mayor fuerza aún. Nada se ha
decidido contra mí, pero los días venideros prometen disgustos. Rara vez duermo
en esta herrería. Prefiero buscar, para pasar la noche, algún albergue más
escondido. Salgamos juntos, mas si teméis la mirada de los curiosos, haríais
bien en separaros de mí en el umbral de esta puerta.
—¿Por quién me tomáis? —dijo el capitán mostrando quizá mayor
despreocupación de la que en realidad sentía.
Se abrochó la casaca soltando exabruptos contra los soplones que
meten sus narices en asuntos ajenos. Zenón volvió a ponerse la hopalanda, que
ya estaba casi seca. Ambos compartieron, antes de salir, el poco vino que en la
jarra quedaba. El alquimista cerró la puerta y colgó la enorme llave de una
viga, de donde podría cogerla su criado. Ya no llovía. Estaba anocheciendo,
pero la luz débil del sol poniente seguía reflejándose en la nieve reciente de
las laderas de la montaña, por encima de la pizarra, de los tejados grises.
Zenón, al andar, escrutaba los rincones oscuros.
—Ando escaso de dinero —dijo el capitán—. No obstante, y
teniendo en cuenta vuestras presentes dificultades...
—No, hermano —dijo el alquimista—. En caso de peligro, el Nuncio
me facilitará el dinero necesario para hacer el equipaje. Guardaos vuestros
conquibus para paliar vuestros propios males.
Un carruaje escoltado por guardias y que llevaba seguramente a
algún importante personaje camino del palacio imperial de Ambras se introdujo
al galope por la callejuela. Se echaron a un lado para dejarle paso. Una vez
pasado el estruendo, Henri prosiguió meditativamente:
—Nostradamus, en París, predice el porvenir y lo dejan en paz.
¿Qué es lo que os reprochan a vos?
—Él confiesa hacerlo con ayuda de arriba o de abajo —dijo el
filósofo limpiándose las salpicaduras de barro con el borde de la manga—. A
esos señores les parece seguramente aún más impía la hipótesis desnuda, y la
ausencia de todo ese aparato de ángeles o demonios en calderos que cantan... Y,
además, los cuartetos de Michel de Nôtre-Dame, que yo no desprecio, mantienen
anhelante la curiosidad de las multitudes con el anuncio de calamidades
públicas y de muertes reales. En cuanto a mí, los presentes problemas del rey
Enrique II me importan tan poco que no trato de averiguar su futura solución...
Se me ocurrió una idea durante mis viajes: a fuerza de rodar por los caminos
del espacio, de saber Aquí que el Allá me esperaba, aunque no estuviera todavía
allí, quise a mi manera aventurarme por los caminos del tiempo. Colmar el foso
entre la predicción categórica del calculador de eclipses y el pronóstico más
fluctuante del médico, arriesgarme con precaución a apoyar la premonición con
la conjetura, dibujar en ese continente en donde aún no estamos el mapa de los
océanos y de las tierras ya emergidas... Me cansé con esta tentativa.
—Vais a correr la misma suerte que ese Doctor Fausto de las
marionetas de feria —dijo en broma el capitán.
—¡Nada de eso! —repuso el alquimista—. Dejad para mujeres viejas
ese necio cuento de pacto y perdición del docto doctor. Un Fausto auténtico
tendría otras miras sobre el alma y el infierno.
En adelante, sólo se preocuparon de evitar los charcos.
Bordeaban los muelles, pues Henri-Maximilien se hospedaba cerca del puente. De
repente, le preguntó a Zenón:
—¿Dónde pasaréis la noche?
Zenón lanzó una mirada solapada a su compañero:
—Todavía no lo sé —dijo con circunspección.
Volvieron a guardar silencio: ambos habían agotado su saco de
palabras. Bruscamente, Henri-Maximilien se detuvo, sacó del bolsillo un
cuadernillo y, a la luz de una vela colocada detrás de un globo grande lleno de
agua, en el escaparate de un orfebre que trabajaba hasta muy tarde aquella
noche, leyó lo siguiente:
…Stultíssimi, inquit Euraolpus, tum Encolpii, tum Gitonis
aerumnae, et precipue blanditiarum Gitonis non immemor, certe estis vos qui
felices esse potestis, vitam tamen aerumnosam degitis et singulis diebus vos
ultra novis torquetis cruciatibus. Ego sic semper et ubique vixi, ut ultimara
quaraque lucera tanquara non redituram consuraarera, id est in suraraa
tranquillitate...
—Dejadme traduciros esto al francés —dijo el capitán—, pues
pienso que, en vuestro caso, el latín de farmacia ha sustituido al otro.
Eumolpio, el viejo verde, dirige unas palabras a los dos favoritos Encolpio y
Giton que me parecen dignas de ser inscritas en mi breviario: «Necios —dice
Eumolpio recordando los sinsabores de Encolpio, los de Giton y, sobre todo, las
gentilezas de este último—. Podríais ser felices y sin embargo lleváis una vida
miserable, sometidos cada día a unos sinsabores peores que los del anterior. En
cuanto a mí, he vivido cada uno de mis días como si hubiera de ser el último,
es decir, con toda serenidad.» Petronio —explicó—, es uno de mis santos
intercesores.
—Lo bonito de la cosa —aprobó Zenón— es que vuestro autor ni
siquiera imagina que el último día de un sabio pueda ser vivido de otra manera
que no sea con paz. Haremos de suerte que podamos recordar esto cuando nos
llegue nuestra hora.
Al volver una esquina, desembocaron ante una capilla iluminada
en donde se celebraba una novena. Zenón se dispuso a entrar en ella.
—¿Qué vais a hacer entre esos beatos? —dijo el capitán.
—¿Acaso no os lo he explicado ya? —contestó Zenón—. Hacerme
invisible.
Se deslizó por detrás de la cortina de cuero colgada de la
puerta. Henri-Maximilien se paró un instante, se fue, volvió sobre sus pasos y
finalmente se alejó silbando su antigua cantinela:
Éramos dos compañeros
Que íbamos más allá de los montes.
Pensábamos darnos buena vida...
De nuevo en su habitación, halló un mensaje del Señor Strozzi
que ponía fin a las conversaciones secretas concernientes a los asuntos
sieneses. Henri-Maximilien pensó que soplaban vientos de guerra o que tal vez
lo habían desacreditado ante el mariscal florentino, persuadiendo de algún modo
a Su Excelencia para que empleara a otro agente. Durante la noche, volvió de
nuevo la lluvia, que acabó convirtiéndose en nieve. Al día siguiente, una vez
hechos sus paquetes, el capitán salió en busca de Zenón.
Las casas vestidas de blanco recordaban las caras que esconden
su secreto bajo la uniformidad de una caperuza. Henri-Maximilien volvió gustoso
al Agneau d’Or, en donde servían un buen vino. El posadero, al traerle de
beber, le habló del criado de Zenón, que había ido muy de mañana a devolver la
llave y a pagar el alquiler de la herrería. Hacia el mediodía, un oficial de la
Inquisición encargado de arrestar a Zenón le había pedido al tabernero que le
echara una mano, pero sin duda algún demonio previno al alquimista. No se había
encontrado nada insólito en su casa, aparte de un montón de frascos de cristal
cuidadosamente rotos.
Henri-Maximilien se levantó precipitadamente dejando sobre la
mesa la vuelta de su moneda. Unos días más tarde, regresaba a Italia por el
valle del Brenner.
LA CARRERA DE HENRI-MAXIMILIEN
Se había destacado en Cerisoles, defendiendo unos cuantos
inseguros fortines milaneses, mostrando en ello tanta genialidad —tal se
complacía en decir— como el difunto César al imponerse como dueño del mundo.
Blaise de Montluc agradecía sus bromas, que daban ánimo a los hombres. Su vida
había transcurrido sirviendo alternativamente al Rey Cristianísimo y al Rey
Católico, pero la alegría francesa concordaba más con su buen humor. Era poeta
y excusaba la mediocridad de sus rimas con las preocupaciones de las campañas;
también era capitán y explicaba sus errores de táctica por su afición a la
poesía que le excitaba el cerebro; por lo demás, todos le estimaban, en uno y
otro oficio, cuya convivencia no aporta la fortuna. Sus vagabundeos por la
Península lo habían desengañado de la Ausonia de sus sueños. Había aprendido a
desconfiar de las cortesanas romanas, tras haberles pagado su salario, y a
escoger con discernimiento los melones en los puestos del Trastevere, arrojando
descuidadamente al Tiber sus verdes cortezas. No ignoraba que el cardenal
Maurizio Caraffa lo consideraba sólo un soldado espabilado, a quien, en tiempos
de paz, se da la limosna de un puesto mal pagado de capitán de guardias; su
amante Vanina, en Nápoles, le había sacado una buena cantidad por un hijo que
tal vez no fuera suyo; poco importaba. Madame Renée de France, cuyo palacio era
el hospital de los desheredados, le hubiera ofrecido de buen grado una sinecura
en su Ducado de Ferrara; pero acogía allí a cualquier andrajoso que se
presentaba, con tal de que se embriagasen en su compañía con el vinillo agrio
de los Salmos. El capitán no quería tener nada que ver con aquella gente.
Convivía cada día más con la soldadesca y, como ella, volvía a ponerse cada
mañana la casaca remendada con el mismo placer con que tropezamos con un viejo
amigo, confesando alegremente que no se lavaba más que cuando llovía y
repartiendo con su pandilla de aventureros picardos, mercenarios albaneses y
proscritos florentinos, el tocino rancio, la paja enmohecida y las caricias del
perro canelo que seguía a la tropa. No obstante, su vida ruda no se hallaba
desprovista de deleites. Le quedaba el amor por los bellos nombres antiguos que
en cualquier pared de Italia ponen el polvo de oro o el jirón de púrpura de un
gran recuerdo, el placer de deambular por las calles, tan pronto a la sombra
como al sol, de interpelar en toscano a una hermosa muchacha en espera de un
beso o de un torrente de injurias, de beber en las fuentes sacudiendo las
gotitas de sus gruesos dedos sobre el polvo de las losas, así como el de
descifrar con el rabillo del ojo un trozo de inscripción latina, mientras meaba
despreocupadamente sobre un mojón.
De la opulencia paterna no había heredado más que una parte de
la refinería de Maestricht, cuyas rentas rara vez hallaban el camino de su
bolsillo, y una de las peores tierras pertenecientes a la familia, un lugar
llamado Lombardía en Flandes, nombre que hacía reír a quien había tenido la
ocasión de recorrer en todas direcciones la auténtica Lombardía. Los capones y
la leña de aquel señorío iban a parar a los hornillos y a la leñera de su
hermano, y estaba bien que así fuera. Él había renunciado alegremente, el día
en que cumplió dieciséis años, a sus derechos de primogenitura por el plato de
lentejas del soldado. Las breves y ceremoniosas cartas que en ocasiones recibía
de su hermano, cuando había alguna muerte o casamiento en la familia, siempre
terminaban, es verdad, con ofrecimientos de ayuda en caso de necesidad, pero
Henri-Maximilien sabía muy bien que, al formularlos, su hermano no ignoraba que
él no los aprovecharía. Además, Philibert Ligre nunca dejaba de referirse a las
enormes obligaciones y grandes desembolsos que acarreaba su puesto de miembro
del Consejo de los Países Bajos, de manera que, en definitiva, quien parecía
asumir la figura de hombre rico era siempre el capitán libre de toda
preocupación, y el hombre cargado de oro, la de menesteroso, en cuyas arcas
hubiera sido vergonzoso entrar a saco.
Tan sólo una vez regresó el improvisado guerrero a casa de los
suyos. Lo exhibieron mucho, como si fuera preciso que todo el mundo se enterara
de que, después de todo, aquel pródigo era presentable. El hecho mismo de que
aquel confidente del mariscal de Estrosse se hallara casi sin empleo preciso y
sin graduación le confería una especie de lustre, como si se transformara en
importante a fuerza de oscuridad. Los pocos años que le llevaba a su hermano
menor habían hecho de él —se percataba de ello— una reliquia de otros tiempos.
Se encontraba ingenuo al lado de aquel hombre joven, prudente y glacial. Poco
antes de su partida, Philibert le apuntó que el Emperador, a quien los blasones
no costaban caros, otorgaría de buen grado un título a las tierras de Lombardía,
en caso de que los talentos guerreros y diplomáticos del capitán se pusieran,
en lo sucesivo, enteramente a su servicio, al servicio del Sacro Imperio. Su
negativa ofendió: aun cuando Henri-Maximilien desdeñara arrastrar tras de sí
esa coletilla del título, éste hubiera añadido brillo a la notabilidad de la
familia. Henri-Maximilien contestó aconsejando a su hermano que se metiera la
notabilidad de la familia allí donde él pensaba. Pronto se hartó de los
magníficos artesonados de la propiedad de Steenberg, que su hermano prefería a
los de Dranoutre, más anticuados, pero cuyas pinturas con temas de leyenda
parecían toscas al hombre acostumbrado a lo más refinado del arte italiano.
Estaba harto de ver a su desagradable cuñada con sus arreos de joyas, y a la
pandilla de hermanos y cuñados instalados en las casas solariegas de la
vecindad con sus granujas de hijos a cargo de temblorosos preceptores. Las
pequeñas querellas, las intrigas, los insulsos compromisos que se leían en la
frente de aquellas personas le hacían apreciar más que nunca la compañía de los
soldados y vivanderas, con los que, al menos, se puede blasfemar y eructar a
gusto, y que son todo lo más una espuma, no unas heces ocultas.
Desde el ducado de Mondène, donde su compañero Lanza, del Vasto
le había encontrado un empleo, al resultar la paz demasiado larga para su
peculio, Henri-Maximilien observaba de reojo el resultado de sus negociaciones
sobre los asuntos toscanos. Agentes de Strozzi habían logrado por fin que los
sieneses se rebelaran contra los Imperiales por amor a la libertad, y estos
patriotas se habían buscado inmediatamente una guarnición francesa para que los
defendiera contra Su Majestad Germánica. Henri volvió a entrar al servicio de
Monsieur de Montluc: el asedio a una ciudad era una oportunidad que no había
que dejar escapar. El invierno era duro; los cañones que había en las murallas
aparecían cubiertos de una ligera capa de hielo por las mañanas; las aceitunas
y las salazones correosas que constituían la mezquina ración repellan a los
estómagos franceses. Monsieur de Montluc no se mostraba a los habitantes sin
haberse frotado antes con vino las mejillas hundidas, como un actor que se
maquilla antes de salir a escena, y disimulaba con sus manos enguantadas los
bostezos del hambre. Henri-Maximilien hablaba en versos burlescos de asar en el
espetón a la mismísima Águila Imperial. La verdad era que todo aquello no eran
sino artificios y salidas teatrales, como las que pueden hallarse en Plauto o
en los tablados de los comediantes de Bérgamo. El Águila devoraría una vez más
a los gansos italianos, tras propinar unos cuantos golpes al presuntuoso gallo
francés. Habría algunas buenas gentes que morirían, pues tal era su oficio; el
Emperador mandaría cantar un Te Deum por la victoria de Siena, y unos nuevos
empréstitos, negociados con tanta sabiduría como si fueran un tratado entre dos
príncipes soberanos, obligarían a Su Majestad a someterse aún más a la Casa
Ligre —que además hacía ya unos años llevaba discretamente otro nombre—, o a
alguna otra Casa rival de Amberes o de Alemania. Veinticinco años de guerra y
de paz armada habían enseñado al capitán cómo era el reverso de la medalla.
Pero aquel flamenco mal alimentado se hallaba encantado con los
juegos, las risas, las procesiones galantes de las nobles damas de Siena que se
lucían en la plaza disfrazadas de Ninfas o de Amazonas con unas mallas de color
de rosa. Aquellos lazos, aquellas cintas pintadas, aquellas faldas que el
cierzo remangaba agradablemente al introducirse por las callejuelas sombrías,
parecidas a zapas, revigorizaban a las tropas y, aunque en menor grado, a los
burgueses desconcertados con el marasmo de los negocios y la carestía de los
víveres. El cardenal de Ferrari ponía por las nubes a la Signora Fausta, aun
cuando la tramontana pusiera carne de gallina en sus atrevidos escotes;
Monsieur de Ternes concedía el premio a la Signora Fortinguerra, quien desde lo
alto de las murallas exhibía galanamente al enemigo sus largas piernas de
Diana; Henri-Maximilien prefería las trenzas rubias de la Signora Piccolomini,
beldad orgullosa, aunque gozaba sin trabas de su dulce estado de viuda. Sentía
por aquella diosa una agotadora pasión de hombre maduro. A la hora de los
comentarios y de las confidencias, el soldado no se privaba de adoptar, entre
los hombres, el aire discretamente glorioso de un amante satisfecho, esas
torpes muecas cuyo valor todo el mundo conoce, pero que se suelen aceptar entre
compañeros, con objeto de que a uno lo escuchen también caritativamente el día
en que quisiera vanagloriarse a su vez de éxitos ilusorios. Pero él sabía que
la hermosa se mofaba de él en compañía de sus galanes. Se conformaba, pues también
sabía que nunca fue apuesto y ya no era joven. El viento y el sol ponían en su
piel los tonos recocidos de un ladrillo sienes. Sentado a los pies de su dama,
como enamorado transido de pasión, pensaba en ocasiones que todas aquellas
maniobras de adorador y de coqueta no eran menos necias que las de dos
ejércitos uno frente a otro y que, pensándolo bien, él hubiera preferido verla
desnuda abrazando a un joven Adonis desnudo, o entregándose a dulces juegos con
una de sus sirvientas, antes que obligar a aquel hermoso cuerpo a soportar el
repelente peso del suyo. Sin embargo, al llegar la noche, tapado con su delgada
manta, recordaba bruscamente un ademán de aquella mano larga y ensortijada, la
manera tan suya que su adorada tenía de alisarse el pelo, y encendía entonces
una vela para escribir, sumido en un ataque de celos, unos retorcidos versos.
Un día en que las despensas de Siena se hallaban aún más vacías
que de costumbre, cosa que no parecía posible, osó presentar a su rubia ninfa
dos lonchas de jamón, no muy honradamente adquirido. La joven viuda estaba
tumbada en un diván protegida del frío por un cubrecama y jugando
distraídamente con la borla de oro de un cojín. Se incorporó, con los párpados
temblorosos de repente, y rápida, con un ademán casi furtivo, se inclinó y le
besó la mano. Henri-Maximilien experimentó tal felicidad que ni el mayor
abandono de la hermosa le hubiera satisfecho tanto. Se retiró quedamente para
dejarla comer.
A menudo se había preguntado cuáles serían el modo y
circunstancias de su muerte: acaso fuera el disparo de un arcabuz que lo dejase
roto y sangrando; en ese caso, sería transportado noblemente sobre los pomposos
restos de las lanzas españolas, los príncipes lo echarían de menos y sus
hermanos de armas le llorarían. Lo enterrarían por fin debajo de alguna
elocuente inscripción en latín al pie del muro de una iglesia. Tal vez acabara
con él una herida de espada, en un duelo por el honor de una dama; o un cuchillo,
en la calle sombría; acaso una recrudescencia de su antigua sífilis, o bien,
una vez pasados los sesenta años, un ataque de apoplejía en algún castillo en
donde hubiera encontrado un puesto de escudero para acabar sus días. En otros
tiempos, cuando se hallaba enfermo de malaria y tiritando sobre el jergón de
una posada en Roma, a dos pasos del Panteón, se había consolado de verse
obligado a reventar en aquel país de fiebres pensando que, a fin de cuentas,
los muertos se hallan allí en mejor compañía que en otros sitios; aquellos
arranques de bóvedas que desde su buhardilla divisaba, él los había poblado de
águilas, de pabellones invertidos, de veteranos llorando, de antorchas
iluminando los funerales de un emperador que no era él, sino una especie de
gran hombre eterno que se le parecía. A través del doblar de campanas de las
fiebres tercianas, había creído oír los pífanos desgarradores y las sonoras
trompetas que anunciaban al mundo la muerte del príncipe; había experimentado
en su propio cuerpo el fuego que devora al héroe y lo lleva al cielo. Aquellas
muertes, aquellos funerales imaginarios fueron su verdadera muerte, su entierro
verdadero. Sucumbió en una expedición destinada a forrajear, cuando sus hombres
trataban de ocupar un granero mal guardado, a dos pasos de las murallas. El
caballo de Henri-Maximilien resoplaba alegremente en el suelo tapizado de
hierba seca; el aire fresco de febrero resultaba agradable en las laderas
soleadas de la colina, tras las oscuras y ventosas callejuelas de Siena. Un
ataque imprevisto de los Imperiales dispersó a la tropa, que dio media vuelta
en dirección a las murallas. Henri-Maximilien corrió detrás de sus hombres
aullando exabruptos. Una bala lo alcanzó en el hombro; cayó, y dio con la
cabeza en una piedra. Tuvo tiempo de sentir el golpe, mas no la muerte. Su
montura, aligerada de su peso, caracoleó por los campos hasta que la capturó un
español, que se la llevó después, caminando a paso lento, hasta el campo del
César. Dos o tres reitres se repartieron la ropa y las armas del difunto. En el
bolsillo de la casaca se hallaba el manuscrito de su Blasón del cuerpo
femenino; este compendio de versos alegres y tiernos, del que esperaba sacar un
poco de gloria o, al menos, algún éxito entre las bellas, acabó en el fondo de
un foso, enterrado con él bajo unas paletadas de tierra. Una divisa que él
había grabado como pudo en honor de la Signora Piccolomini permaneció visible
durante mucho tiempo en el brocal de Fontebranda.
LOS ÚLTIMOS VIAJES DE ZENÓN
Era una de esas épocas en que la razón humana se halla presa
dentro de un círculo en llamas. Tras haber escapado de Innsbruck, Zenón vivió
durante algún tiempo retirado en Wurzburg, en casa de un discípulo suyo,
Bonifacius Kastel, quien practicaba el arte hermético en una casita a orillas
del Main, cuyo reflejo glauco invadía los cristales. Pero le pesaban la
inacción y la inmovilidad, y Bonifacius no era ciertamente un hombre capaz de
arriesgarse durante mucho tiempo por un amigo en peligro; así que Zenón pasó a
Turinggia, se llegó después hasta Polonia y allí se alistó en calidad de
cirujano en los ejércitos del rey Segismundo, que se disponía a expulsar a los
moscovitas de Curlandia con ayuda de los suecos. Tras el segundo invierno de
campaña, la curiosidad que sentía por las plantas y los climas nuevos lo
impulsó a embarcarse para Suecia, con un tal capitán Güldenstarr que le
presentó a Gustavo Vasa. El Rey buscaba a un hombre versado en medicina y capaz
de aliviar los dolores que en su viejo cuerpo habían dejado la humedad de los
campos y el frío de las noches pasadas entre hielos, durante los aventurados
tiempos de su juventud, así como los estragos de sus antiguas heridas y del mal
francés. Zenón obtuvo sus favores componiendo una poción reconstituyente para
el monarca, cansado por haber festejado la Navidad con su joven y tercera
esposa, en su blanco castillo de Vadstena.
Durante todo el invierno, acodado a una alta ventana entre el
cielo frío y las llanuras heladas del lago, se ocupó en calcular la posición de
las estrellas susceptibles de aportar felicidad o desgracia a la casa de los
Vasa, ayudado en esta tarea por el joven príncipe Erik, que sentía por estas
peligrosas ciencias un apetito enfermizo. En vano le recordaba Zenón que los
astros influyen en nuestros destinos, pero no los deciden, y que tan fuerte,
tan misterioso como ellos, regulando nuestra vida, obedeciendo a unas leyes más
complicadas que las nuestras, es ese astro rojo que palpita en la noche del
cuerpo, suspendido en su jaula de huesos y de carne. Pero Erik era de los que
prefieren recibir su destino de fuera, bien por orgullo —porque le parecía
hermoso que el mismo cielo se preocupara por su suerte—, bien por indolencia,
para no tener que responder ni del bien ni del mal que en sí mismo llevaba.
Creía en los astros y rezaba a los santos y a los ángeles, pese a la fe
reformada que de su padre había recibido. Tentado de ejercer una influencia en
un alma regia, el filósofo ensayaba los efectos de una enseñanza, de un
consejo; mas los pensamientos ajenos se encenagaban como en un pantano en el
joven cerebro que dormía tras los pálidos ojos grises. Cuando el frío era
excesivo, el alumno y el filósofo se acercaban a la abundante lumbre cautiva
bajo la campana de la chimenea, y Zenón se sentía fascinado, como siempre, de
que aquel calor benéfico, aquel demonio domesticado que calentaba dócilmente
una jarra de cerveza colocada sobre las cenizas, fuera el mismo dios encendido
que por el cielo circula. Otras noches, el príncipe no acudía, entretenido
bebiendo en las tabernas con sus hermanos en compañía de alegres mujeres, y el
filósofo, si los pronósticos de aquella noche se revelaban nefastos, los
rectificaba encogiéndose de hombros.
Unas semanas antes de que llegara el día de San Juan, ya cerca
del verano, pidió permiso para viajar hacia el Norte, con objeto de observar
por sí mismo los efectos del día polar.
Tan pronto a pie como a caballo o en barca, vagabundeó de
parroquia en parroquia, entendiéndose gracias al latín de Iglesia, que aún
sobrevivía en algunos pastores protestantes; recogiendo en ocasiones eficaces
recetas de las curanderas de pueblo que conocen las virtudes de las plantas y
de los musgos del bosque, o de los nómadas que curan a sus enfermos con baños,
fumigaciones e interpretando los sueños. Cuando regresó a la corte, a Upsala,
en donde Su Majestad el Rey de Suecia inauguraba la asamblea de otoño, se
percató de que los celos de un colega alemán habían influido en contra suya en
el ánimo del Rey. El viejo monarca temía que sus hijos utilizaran los cálculos
de Zenón para saber con demasiada exactitud lo que duraría la vida de su padre.
Zenón contaba con el apoyo del heredero del trono, del que había hecho un amigo
y casi un discípulo; pero cuando se cruzó con Erik por los pasillos de palacio,
el joven príncipe pasó sin verlo, como si de repente el filósofo hubiera
adquirido la facultad de hacerse invisible. Zenón se embarcó en secreto en un
barco de pesca del lago Malar, con el que llegó a Estocolmo, y allí adquirió un
pasaje para Kalmar, desde donde continuó hasta Alemania.
Por primera vez en su vida, sentía la extraña necesidad de
volver a poner los pies sobre la huella de sus pasos, como si su existencia se
moviese a lo largo de una órbita preestablecida, a la manera de las estrellas
errantes. Lübeck, en donde ejerció con gran éxito, lo retuvo apenas unos meses.
Sentía deseos de que se imprimieran en Francia sus Proteorías, en las que había
trabajado de manera intermitente durante toda su vida. No le preocupaba exponer
en ellas una doctrina, sino restablecer una nomenclatura de las opiniones
humanas, indicando sus casualidades, sus coincidencias y sus secretas tangentes
o latentes relaciones. En Lovaina, en donde hizo un alto en el camino, nadie lo
reconoció bajo el nombre de Sébastien Théus que se había puesto. Como los átomos
de un cuerpo, que sin cesar se renueva, pero conserva hasta el fin los mismos
lineamentos y las mismas verrugas, los profesores y los estudiantes habían
cambiado más de una vez, pero lo que él oyó al aventurarse en un aula no le
pareció muy diferente de lo que había escuchado antaño con impaciencia o, al
contrario, con embeleso. Ni siquiera se tomó la molestia de visitar una fábrica
recientemente instalada en los alrededores de Audenarde, en la que funcionaban
—para entera satisfacción de los interesados— unas máquinas muy parecidas a las
que él había construido en su juventud con ayuda de Colas Gheel. Pero escuchó
con curiosidad la descripción detallada que de ellas le hizo un algebrista de
la Facultad. Aquel profesor que, excepcionalmente, no desdeñaba los problemas
prácticos, invitó a comer al sabio extranjero y lo retuvo toda la noche en su
casa.
Al llegar a París, Ruggieri, a quien Zenón en otro tiempo había
visto en Bolonia, lo recibió con los brazos abiertos; el factotum de la reina
Catherine buscaba un ayudante leal, lo bastante comprometido como para poder
dominarlo en caso de peligro y que lo ayudara a medicinar a los jóvenes
príncipes y a predecir su futuro. El italiano llevó a Zenón al Louvre para
presentarlo a su dueña, con la que hablaba rápidamente en la lengua de su país,
no sin hacerle un montón de reverencias y prodigarle sus sonrisas. La Reina
examinó al extranjero con sus ojos resplandecientes, que con tanta habilidad
utilizaba, del mismo modo que, en sus ademanes, jugaba a sacar destellos a los
diamantes de sus sortijas. Sus manos untadas de crema, un tanto regordetas, se
agitaban como si fueran marionetas sobre su regazo de seda negra. Puso en su
rostro lo equivalente a un velo de gasa de luto para hablar del fatal accidente
que había causado tres años antes la muerte del difunto monarca.
—¡Por qué no habré escuchado yo mejor vuestros Pronósticos, en
donde antaño vi unos cálculos sobre la duración de la vida que comúnmente se
concede a los príncipes! Acaso hubiéramos logrado evitar la lanzada que dio
muerte al difunto rey y que me dejó viuda... Pues imagino —añadió con
amabilidad— que algo tenéis que ver con esa obra, que tiene fama de peligrosa
para cerebros débiles y que se atribuye a un tal Zenón.
—Hablemos como si yo fuera ese Zenón —dijo el alquimista—.
Speluncam exploravimus... Vuestra Majestad sabe lo mismo que yo que el porvenir
está lleno de más sucesos de los que puede traer al mundo. Y no es imposible
oír cómo se mueven algunos de ellos en el fondo de la matriz de los tiempos.
Pero sólo el acontecimiento decide cuál de esas larvas es viable y llega a su
término. Jamás vendí en el mercado catástrofes ni dichas paridas por
anticipado.
—¿Despreciabais de esta suerte vuestro arte ante Su Majestad el
Rey de Suecia?
—No encuentro razones para mentirle a la mujer más inteligente
de Francia.
La Reina sonrió.
—Parlaper divertimento —protestó el italiano, inquieto al ver a
un colega despreciar su propia ciencia—. Questo honorato viatore ha studiato
anche altro che cose celesti; sa le virtudi di veleni e piante benefiche di
altre parti chepossano sanare gli accessi auricolari del Suo Santissimo Figlio.
—Puedo curar un flemón, pero no al joven Rey —dijo lacónicamente
Zenón—. Vi desde lejos a Su Majestad en la galería, a la hora de las
audiencias. No hace falta poseer mucha ciencia para reconocer la tos y el sudor
de un enfermo del pulmón. Por suerte, el cielo os dio más de un hijo.
—¡Qué Dios nos lo conserve! —dijo la Reina haciendo la señal de
la cruz maquinalmente—. Ruggieri os instalará al lado del Rey y contamos con
vos para aliviar, por lo menos, parte de sus males.
—¿Y quién aliviará los míos? —dijo amargamente el filósofo—. La
Sorbona amenaza incautarme mis Proteorías, que en estos momentos me está
imprimiendo un librero de la rue Saint-Jacques. ¿Podrá la Reina impedir que el
humo de mis manuscritos quemados en la plaza pública venga a incomodarme en mi
buhardilla del Louvre?
—A los señores de la Soborna les parecería muy mal que yo me
metiera en sus asuntos —dijo evasivamente la italiana.
Antes de despedirlo, inquirió largamente sobre el estado de la
sangre y entrañas del Rey de Suecia. Pensaba en ocasiones casar a uno de sus
hijos con una princesa del Norte.
Inmediatamente después de visitar al pequeño Rey enfermo, los
dos hombres salieron juntos del Louvre y siguieron por las orillas del río. De
labios del italiano fluían oleadas de anécdotas sobre la corte. Zenón,
preocupado, lo interrumpió:
—Cuidaréis de que esos emplastos le sean aplicados durante cinco
días seguidos a ese pobre niño.
—¿No pensáis volver vos mismo? —dijo el charlatán con sorpresa.
—¡Claro está que no! ¿No os dais cuenta de que ella no levantará
ni un dedo para sacarme del peligro en que me han puesto mis obras? No
ambiciono el honor de ser apresado en el séquito de los príncipes.
—Peccato! —exclamó el italiano—. Vuestra aspereza le había
gustado.
Y de repente, deteniéndose entre el gentío, cogiendo a su
compañero por el codo y bajando la voz, le dijo:
—E questi veleni? Sàra vero che ne abbia tanto e quanta?
—No me hagáis creer que tienen razón los rumores populares
cuando se os acusa de suprimir a los enemigos de la Reina.
—Exageran —se burló Ruggieri—. Mas ¿por qué no va a tener Su
Majestad su arsenal de venenos, del mismo modo que posee arcabuces y bombardas?
Pensad que es viuda, extranjera en Francia, que los luteranos la llaman Jezabel
y los católicos Herodías, y que lleva la carga de sus cinco hijos.
—¡Qué Dios la guarde! —respondió el ateo—. Pero si alguna vez se
me ocurre utilizar venenos, será en mi propio provecho y no en el de la Reina.
Se alojó, no obstante, en casa de Ruggieri, cuya facundia
parecía distraerlo. Desde que Etienne Dolet, su primer impresor, había sido
estrangulado y arrojado al fuego por sus opiniones subversivas, Zenón no había
vuelto a publicar nada en Francia. Vigilaba él mismo con gran cuidado la
impresión de su libro en la tienda de la rue Saint-Jacques, corrigiendo aquí y
allá alguna palabra, o una noción detrás de un vocablo, eliminando un concepto
oscuro o, al contrario, añadiendo alguno más con pesar. Una noche, a la hora de
la cena, que solía tomar él solo en casa de Ruggieri, mientras el italiano se
hallaba atareado en el Louvre, Maese Langelier, su actual impresor, acudió muy
asustado para informarle de que había sido dada orden de incautar las
Proteorías, para destruirlas por mano del verdugo. El comerciante deploraba la
pérdida de su trabajo, en el que apenas se había secado la tinta. Tal vez una
epístola dedicatoria a la Reina Madre pudiera arreglarlo todo a última hora.
Zenón pasó toda la noche escribiéndola, corrigiendo, volviendo a escribir y
tachando de nuevo. Al llegar la madrugada se levantó de la silla, se desperezó,
bostezó y arrojó las hojas que había escrito al fuego, así como la pluma que
había utilizado.
No le costó mucho reunir algo de ropa y coger su estuche de
médico, pues había dejado por prudencia el resto de su equipaje en Senlis, en
el granero de una posada. Ruggieri roncaba en el entresuelo en brazos de una
moza. Zenón metió una nota por debajo de la puerta en la que le anunciaba su
partida para el Languedoc. En realidad, lo que pensaba hacer era regresar a
Brujas, para que lo olvidaran.
Un objeto procedente de Italia colgaba de la pared de la
estrecha antesala. Era un espejo florentino con marco de concha, formado por un
ensamblaje de espejillos abombados, como las células hexagonales de los panales
de abejas, encerrado cada uno de ellos en su delgado filo que antaño fue
caparazón de un animal vivo. A la luz gris de un alba parisina, Zenón se miró
en él. Percibió veinte rostros apiñados y achatados a causa de las leyes
ópticas, veinte imágenes de un hombre con gorro de piel, de tez macilenta y
amarilla, con los ojos brillantes como si también fueran espejos. Este hombre
que huía, encerrado en un mundo muy suyo, separado de sus semejantes que huían
también en mundos paralelos, le recordó la hipótesis del griego Demócrito: una
serie infinita de universos idénticos en donde viven y mueren una serie de
filósofos prisioneros. Aquella fantasía le hizo sonreír amargamente. Los veinte
personajillos del espejo sonrieron también, cada uno para sí. Los vio
seguidamente volver la cabeza a medias y dirigirse hacia la puerta.
SEGUNDA PARTE
LA VIDA INMÓVIL
Obscurum per obscurius
Ignotum per ignotius.
Divisa alquímica.
A lo oscuro, por lo más oscuro;
a lo desconocido, por lo más desconocido.
EL REGRESO A BRUJAS
En Senlis consiguió un asiento en el coche del prior de los
Franciscanos de Brujas, que volvía de París, en donde había asistido al
capítulo general de su orden. Aquel prior era más instruido de lo que su hábito
hacía suponer, sentía curiosidad por la gente y por las cosas, y no se hallaba
desprovisto de un cierto conocimiento del mundo. Los dos viajeros charlaron
libremente mientras los caballos luchaban contra el agrio viento de los llanos
picardos. Zenón no ocultó a su compañero más que su verdadero nombre y las
persecuciones de que era objeto su libro. La finura del prior era tal que uno
podía preguntarse si no adivinaba más cosas sobre el doctor Sébastien Théus de
lo que hubiera sido cortés dejar ver. Atravesar Tournai les llevó algún tiempo,
debido a la presencia de la multitud que llenaba sus calles; tras informarse
del motivo, lograron enterarse de que toda aquella gente se dirigía hacia la
plaza Mayor, con objeto de ver cómo ahorcaban a un sastre llamado Adrián,
convicto de calvinismo. Su mujer también era culpable, pero como es indecente
que una criatura del sexo débil se columpie en el aire, con las faldas flotando
por encima de las cabezas de los transeúntes, iban a enterrarla viva, siguiendo
una antigua costumbre. Aquella brutal estupidez horrorizó a Zenón, aunque
disimuló su indignación tras un rostro impasible, pues se había impuesto no dar
a conocer jamás sus sentimientos en todo lo relativo a las querellas entre el
Misal y la Biblia. Aun detestando convenientemente la herejía, el prior juzgó
aquel castigo algo duro y su prudente observación hizo que Zenón sintiese hacia
su compañero de viaje ese impulso casi excesivo de simpatía que causa la menor
opinión moderada en boca de un hombre cuya posición y hábitos no permiten
suponer tal moderación.
El coche circulaba de nuevo por el campo y el prior hablaba ya
de otra cosa cuando todavía Zenón se sentía asfixiar bajo el peso de paletadas
de tierra. Recordó de repente que ya había pasado un cuarto de hora y que
aquella mujer cuyas angustias le hacían sufrir, habría dejado ya de
experimentarlas.
Bordeaban las rejas y balaustradas asaz descuidadas de la
propiedad de Dranoutre; el prior mencionó al pasar a Philibert Ligre, quien, de
creer sus palabras, hacía y deshacía a su antojo en el Consejo de la nueva
Regente o Gobernadora que ostentaba el mando en los Países Bajos. Ya hacía
tiempo que la opulenta familia Ligre no vivía en Brujas. Philibert y su mujer
habitaban casi continuamente en su propiedad de Pradelles, en Brabante, donde
les era más fácil hacer de criados cerca de los amos extranjeros. Aquel
desprecio de patriota por el español y su séquito hizo aguzar el oído a Zenón.
Un poco más lejos, unos guardias valones tocados de hierro y vestidos con
calzas de cuero reclamaron arrogantemente los salvoconductos a los viajeros. El
prior se los entregó con un glacial desdén. Decididamente, algo había cambiado
en Flandes. Al llegar a la plaza Mayor de Brujas, los dos hombres se separaron
por fin con grandes cortesías y ofrecimientos de ayuda recíprocos para el
porvenir. El prior alquiló un coche para ir a su convento y Zenón, contento de
poder estirar las piernas tras su larga inmovilidad durante el viaje, cargó sus
paquetes debajo del brazo. Le sorprendió percatarse de que recordaba sin
dificultad las calles de aquella ciudad que no había vuelto a ver desde hacía
treinta años. Había prevenido de su llegada a Jean Myers, su antiguo maestro y
colega, quien le había propuesto varias veces compartir con él su hermosa casa
del Vieux-Quai-aux-Bois. Una sirvienta con un farol lo recibió en el umbral de
la puerta. Al cruzar este umbral, Zenón rozó rudamente a aquella mujer alta y
malhumorada que no se apartaba para dejarle paso.
Jean Myers estaba sentado en su sillón, con las piernas enfermas
de gota estiradas a una distancia prudente de la lumbre. El dueño de la casa y
el visitante reprimieron hábilmente, cada cual por su lado, un movimiento de
sorpresa: Jean Myers, que en su juventud era bastante flaco, se había
convertido en un viejecito regordete, de ojos vivos y sonrisa burlona, que se
perdían por entre los pliegues de carne rosada; el brillante Zenón de otros
tiempos era ahora un hombre huraño, de pelo gris. Cuarenta años de trabajo
habían permitido al médico de Brujas ahorrar lo preciso para vivir
desahogadamente; su mesa y su bodega se hallaban bien provistas, hasta
demasiado bien, para el régimen de un gotoso. Su criada Catherine, a la que
antaño había metido mano, era muy limitada, pero diligente, fiel, nada
charlatana, y no metía en su cocina a ningún galán aficionado a los buenos
manjares y al vino añejo. Jean Myers soltó en la mesa unas cuantas de sus
chanzas favoritas sobre el clero y los dogmas; Zenón recordaba haber reído en
tiempos oyéndolas: ahora le parecían bastante insulsas. No obstante, recordando
al sastre Adrián de Tournai, a Dolet de Lyon y a Servet de Ginebra, se dijo
para sí que en una época en la que la fe conducía a la violencia, el burdo
escepticismo de aquel hombre tenía su mérito. En cuanto a él, más avanzado en
la vía que consiste en negarlo todo para ver si después se puede reafirmar
algo, en deshacerlo todo para mirar después cómo todo se rehace en un plano
distinto o de otra manera, ya no se sentía capaz de aquellas risas facilonas.
La superstición se mezclaba extrañamente en Jean Myers con aquel pirronismo de
cirujano-barbero. Se vanagloriaba de ser aficionado a las curiosidades
herméticas, pero sus trabajos eran juegos de niños. A Zenón le costó mucho
evitar que lo arrastrara a explicarle la Tríada inefable o el Mercurio lunar,
explicaciones un poco largas para ser el primer día de su llegada. En medicina,
el viejo Jean se hallaba hambriento de novedades, aun habiendo practicado por
prudencia los métodos recibidos; esperaba que Zenón le diera algún específico
contra su gota. En cuanto a los escritos sospechosos de su visitante, el
anciano no tenía mucho miedo —en caso de que la verdadera identidad del doctor
Théus llegara a descubrirse— de que los rumores que circulaban en torno suyo
llegaran a ser preocupantes para su autor en Brujas; en aquella ciudad
obsesionada con sus querellas de medianerías y sufriendo al ver su puerto
comido por la arena, como un enfermo por sus cálculos, nadie se había molestado,
en realidad, en hojear sus libros.
Zenón se tendió en la cama que habían preparado para él con
sábanas limpias, en el piso de arriba. La noche de octubre era fría. Catherine
entró con un ladrillo caliente y envuelto en trapos de lana. Arrodillada en el
pasillo que quedaba entre la cama y la pared, introdujo el paquete ardiendo
debajo de las mantas, tocó los pies del viajero, luego sus tobillos, les dio
masaje lentamente y de súbito, sin decir ni una palabra, cubrió aquel cuerpo
desnudo de ávidas caricias. A la luz del cabo de vela que sobre el cofre había,
el rostro de la mujer no tenía edad, no era muy diferente del que, hacía más de
cuarenta años, le había enseñado a hacer el amor. No impidió que ella se
acostara pesadamente a su lado, bajo el edredón. Aquella mujer grandona era
como el pan o la cerveza, de los que uno se sirve con indiferencia, sin ascos y
sin deleites. Cuando se despertó, ella ya estaba abajo, dedicada a sus tareas
de sirvienta.
No levantó los ojos hacia él en todo el día, pero le servía
abundantemente en las comidas, con una especie de tosca solicitud. Zenón echó
el cerrojo a su puerta al llegar la noche, y oyó los pesados pasos de la criada
alejándose tras haber tratado de levantar la falleba. Al día siguiente, se
comportó de la misma manera que el anterior; parecía haberlo instalado
definitivamente entre los objetos que poblaban su existencia, como los muebles
y utensilios de la casa del médico. Por un descuido, más de una semana después,
se olvidó de echar el cerrojo a la puerta: ella entró con una sonrisa de
idiota, levantándose las enaguas para mostrar sus opulentos atractivos. Lo
grotesco de aquella tentación pudo con sus sentidos. Jamás había experimentado
así el poder bruto de la carne, independientemente de la persona, del rostro,
de las líneas del cuerpo y hasta de sus propias preferencias carnales. Aquella
mujer que jadeaba sobre su almohada era un lémur, una lamia, una de esas
hembras de pesadilla que pueden verse en los capiteles de las iglesias, apenas
apta, al parecer, para emplear el lenguaje humano. No obstante, en pleno
orgasmo, se escapaba de su abultada boca una retahíla de palabras obscenas en
flamenco, como si fueran pompas de jabón; palabras que él no había vuelto a oír
ni a emplear desde que iba al colegio. Él le tapaba entonces la boca con la
mano.
A la mañana siguiente, venció la repulsión; sentía rencor hacía
sí mismo por haber gozado con aquella criatura, lo mismo que uno se reprocha
por haber consentido dormir en la cama sucia de una posada. No volvió a olvidar
correr el cerrojo todas las noches.
Sólo pensaba quedarse en casa de Jean Myers el tiempo necesario
para que pasara la tormenta provocada por el secuestro y la destrucción de su
libro. Sin embargo, le parecía en ocasiones que iba a quedarse siempre allí, en
Brujas, hasta el final de sus días, sea porque aquella ciudad fuera como una
trampa para él al cabo de sus viajes, sea porque una especie de inercia le
impedía marcharse. El impotente Jean Myers le confió a algunos de sus pacientes
a los que seguía tratando; aquella escasa clientela no era bastante para dar
envidia a los demás médicos de la ciudad, como había ocurrido en Basilea, en
donde Zenón consiguió que la irritación de sus colegas llegara el colmo
profesando su arte públicamente ante un círculo elegido de estudiantes. Aquella
vez, las relaciones con sus colegas se limitaban a escasas consultas durante
las cuales el señor Théus difería cortésmente de las opiniones de los más
ancianos o notorios, o a intercambiar breves frases tocantes al viento o la
lluvia, o a cualquier incidente local. Las conversaciones con los enfermos
versaban, como es natural, sobre los enfermos mismos. Muchos de ellos no habían
oído hablar nunca de un tal Zenón; para otros no había más que un «se dice» muy
vago entre los rumores sobre su pasado. El filósofo, que antaño había dedicado
un opúsculo a la sustancia y propiedades del tiempo, pudo verificar que su
arena pronto se tragaba la memoria de los hombres. Aquellos treinta y cinco
años parecían medio siglo. De los usos y reglas que habían sido novedad en sus
tiempos de escuela, hoy se decía que siempre habían existido. De los hechos que
por entonces sacudieron al mundo, ya nada se sabía. Los muertos de hacía veinte
años se confundían con los de una generación anterior. La opulencia del viejo
Ligre había dejado algunos recuerdos; se discutía, sin embargo, si había tenido
uno o dos hijos. También se hablaba de un sobrino, o bastardo de Henri-Juste,
que había seguido un mal camino. El padre del banquero había sido Tesorero de
Flandes, como su hijo, o informador en el Consejo de la Regente, como el
Philibert de hoy. En la casa Ligre, deshabitada desde hacía tiempo, la planta
baja se hallaba alquilada a unos artesanos. Zenón volvió a visitar la fábrica
que, en otros tiempos, era morada de Colas Gheel; habían establecido allí una
cordelería. Ninguno de los artesanos recordaba ya a aquel hombre, al que pronto
abotargó la cerveza, pero que, antes de los motines de Oudenove y de que
colgaran a su amigo, había sido a su modo un dirigente y un príncipe. El
canónigo Bartholommé Campanus aún vivía, aunque salía poco, abrumado por los
achaques que van apareciendo con la edad y, por suerte, nunca había recurrido a
Jean Myers para que lo cuidase. No obstante, Zenón evitaba prudentemente la
iglesia de Saint-Donatien, en donde su antiguo maestro seguía asistiendo a los
oficios, sentado en un sitial del coro.
Por prudencia también, había escondido en una arqueta de Jean
Myers su diploma de Montpellier, en el que figuraba su nombre verdadero, y sólo
llevaba consigo un pergamino que compró, por si acaso, a la viuda de un
medicastro alemán llamado Gott, nombre que él había grecolatinizado
inmediatamente, para despistar mejor, convirtiéndolo en el de Théus. Con ayuda
de Jean Myers, se había inventado, en torno a aquel desconocido, una de esas
biografías confusas y banales que se parecen a esas moradas cuyo principal
mérito consiste en que se puede entrar y salir de ellas por diversas puertas.
Le añadía, para darle mayor verosimilitud, incidentes de su propia vida
cuidadosamente elegidos de manera que no extrañasen ni interesaran a nadie y
cuya investigación, en caso de producirse, no podía llevar muy lejos. El doctor
Sébastien Théus había nacido en Zutphen, del obispado de Utrecht; era hijo
natural de una mujer de la comarca y de un médico de Bresse adscrito a la casa
de Margarita de Austria. Educado en Cléveris, a expensas de un protector que
quiso mantener su anonimato, primero había pensado meterse en el convento de
Agustinos de aquella ciudad, pero la afición al oficio de su padre había
conseguido ganar la partida. Había estudiado en la Universidad de Ingolstadt,
luego en Estrasburgo, ejerciendo algún tiempo en esta ciudad. Un embajador de
Saboya lo había llevado a París y a Lyon, así que conocía un poco Francia y su
corte. De regreso a tierras del Imperio, se había propuesto instalarse en
Zutphen, en donde su buena madre vivía todavía, pero, aunque no lo dijera,
había sufrido mucho sin duda por causa de las gentes que profesan la religión
supuestamente reformada y que tanto abundaban ahora por allí. Fue entonces
cuando aceptó, para poder vivir, aquel puesto de sustituto que le proponía Jean
Myers, quien antaño conoció a su padre en Malinas. Reconocía también haber sido
cirujano de los ejércitos del católico rey de Polonia, aunque retrotraía aquel
empleo en más de diez años. Finalmente, era viudo de la hija de un médico de
Estrasburgo. Aquellas patrañas, a las que sólo recurría en caso de preguntas
indiscretas, divertían mucho al viejo Jean. Pero el filósofo sentía en
ocasiones pegársele a la cara la máscara insignificante del doctor Théus.
Aquella vida imaginaria hubiera podido ser la suya. Alguien le preguntó un día
si no había tropezado con un tal Zenón durante sus viajes. Casi no mentía al
responder que no.
Poco a poco, del color gris de aquellos días monótonos empezaron
a sobresalir algunos relieves en donde destacaban unos puntos de referencia.
Todas las noches, a la hora de la cena, Jean Myers narraba minuciosamente la
historia de los interiores que Zenón había visitado aquella mañana; relataba
una anécdota cómica o trágica, en sí misma banal, pero que mostraba cómo en
aquella ciudad adormecida existían tantas intrigas como en el Gran Serrallo y
tantos libertinajes como en un burdel de Venecia. Unos temperamentos, unos
caracteres emergían de aquellas vidas tan iguales de los burgueses o mayordomos
de iglesia; se establecían grupos, formados como en todas partes por el mismo
apetito de lucro o de intriga, por la misma devoción al mismo santo, por los
mismos males y los mismos vicios. Las sospechas de los padres, las picardías de
los hijos, la acritud entre viejos esposos no eran diferentes de las que pueden
verse en la familia Vasa o en Italia en las casas principescas, pero la ruindad
de las apuestas daba por contraste a las pasiones una dimensión enorme.
Aquellas vidas encadenadas hacían que el filósofo valorase una existencia sin
ataduras como la suya. Acaecía con las opiniones como con las personas: pronto
entraban a formar parte de una categoría establecida de antemano. Se adivinaban
aquellos que atribuirían todos los males del siglo a los libertinos o a los
reformados, y para quienes «Madame la Gouvernante» siempre tenía razón. Hubiera
podido terminar por ellos sus frases, inventar en su lugar la mentira referente
al mal italiano contraído en su juventud, el subterfugio o el aspaviento
ofendido cuando reclamaba, de parte de Jean Myers, unos honorarios olvidados.
Podía apostar con toda seguridad, sin equivocarse nunca, lo que iba a salir de
la alforja.
El único lugar en la ciudad en donde le pareció que anidaba un
pensamiento libre era, paradójicamente, la celda del prior de los Franciscanos.
Había seguido tratándole como amigo y luego como médico. Sus visitas eran
escasas, ya que ni uno ni otro podían dedicarles mucho tiempo. Zenón escogió al
prior por confesor cuando le pareció necesario tener uno. Aquel religioso era
parco en homilías devotas. Su exquisito francés descansaba el oído de la jerga
flamenca. La conversación solía versar sobre toda clase de temas, salvo en lo
referente a materias de fe; pero, sobre todo, aquel hombre de oración se
interesaba por los asuntos públicos. Muy unido a algunos señores que luchaban
contra la tiranía del extranjero, aprobaba su actuación, aunque temía que la
nación belga se viera envuelta en un charco de sangre. Cuando Zenón contaba
estos pronósticos al viejo Jean, éste se encogía de hombros: siempre se había
visto cómo esquilaban a los pequeños y cómo los poderosos se adueñaban de la
lana. No obstante, resultaba fastidioso que el Español hablara de poner nuevos
impuestos sobre las vituallas, y a cada cual una tasa del uno por ciento.
Sébastien Théus regresaba tarde a la casa del
Vieux-Quai-aux-Bois, pues prefería el aire húmedo de las calles y las largas
caminatas fuera de las murallas de la ciudad, bordeando el campo gris, a la
sala sobrecalentada. Una tarde en que regresaba, en esa época del año en que la
noche se echa pronto encima, vio al atravesar el recibidor que Catherine se
hallaba ocupada revisando unas sábanas que había en el baúl, debajo de la
escalera. No se interrumpió para traerle la luz, como solía hacerlo, aprovechando
siempre el recodo del pasillo para rozar furtivamente el faldón de su capa. En
la cocina, la lumbre estaba apagada. El cuerpo aún tibio del anciano Jean Myers
yacía limpiamente tendido en la mesa de la estancia contigua. Catherine entró
con una sábana que había escogido para amortajarlo.
—El amo ha muerto de una congestión —dijo.
Parecía una de esas mujeres que lavan a los muertos, cubiertas
con velos negros, a las que había visto actuar en las casas de Constantinopla,
en los tiempos en que servía al Sultán. La muerte del anciano médico no le
sorprendía. El mismo Jean Myers sabía que la gota le llegaría algún día al
corazón. Unas semanas antes, delante del notario de la parroquia, había hecho
un testamento elaborado con todas las piadosas fórmulas habituales, en el que
dejaba sus bienes a Sébastien Théus, y una habitación abuhardillada, hasta que
acabara sus días, a Catherine. El filósofo se acercó a mirar aquel rostro
convulsionado e hinchado por la muerte. Un olor extraño, una mancha pardusca en
la comisura de los labios despertaron sus sospechas; subió a su habitación y se
puso a registrar el baúl. El contenido de un frasquito de cristal que en él
guardaba había disminuido por lo menos un dedo. Zenón recordó que había
enseñado al anciano aquella mixtura de venenos vegetales conseguida en una
botica de Venecia. Un tenue ruido le hizo volver la cabeza: Catherine lo estaba
observando de pie, en el umbral de la puerta, igual que lo había espiado,
probablemente, a través del ventanuco de la cocina, cuando él enseñaba a su amo
los objetos curiosos que había traído de sus viajes. La cogió por el brazo;
ella cayó de rodillas soltando un torrente confuso de palabras y de lágrimas:
—Voor u heb ik het geddan! ¡Hice esto por vos! —repetía entre
dos hipos.
La apartó brutalmente y bajó a velar al muerto. A su manera, el
viejo Jean había sabido saborear la vida; sus males no eran tan violentos como
para no permitirle gozar un poco más durante unos meses de su cómoda
existencia: un año quizá, o dos todo lo más. Aquel estúpido crimen lo frustraba
sin razón del modesto placer de hallarse en el mundo. El anciano siempre fue
bueno con él: Zenón sentía una amarga y atroz compasión. Le invadía una
impotente rabia contra la envenenadora, que ni el muerto, sin duda, hubiera
sentido en tal grado. Jean Myers siempre utilizó su agudo ingenio para
ridiculizar las inepcias del mundo; aquella criada libertina, que se apresuraba
a enriquecer a un hombre que no se preocupaba de ella para nada, le hubiera
proporcionado materia para una de sus historias, en caso de haber vivido. Tal
como se hallaba, tendido tranquilamente encima de la mesa, parecía estar a cien
leguas de su propio infortunio. Al menos, el antiguo cirujano-barbero siempre
se rió de los que imaginan que se sigue pensando y sufriendo cuando ya no se
puede ni andar ni digerir.
Enterraron al anciano en la parroquia de Santiago. Al volver de
las exequias, Zenón se percató de que Catherine había llevado su ropa y su
maletín de médico a la habitación del amo; había encendido el fuego y preparado
cuidadosamente la cama grande. Volvió a llevar sus cosas, sin decir nada, al
cuartucho que ocupaba desde que llegó. Una vez en posesión de sus bienes,
renunció a ellos en acta notarial a favor del antiguo hospicio de San Cosme,
situado en la rue Longue y lindante con el convento de Franciscanos. En aquella
ciudad, en donde ya no abundaban las grandes fortunas de antaño, las donaciones
piadosas eran cada vez más escasas; la generosidad del señor Théus fue muy
admirada, cosa con la que ya contaba él. La morada de Jean Myers sería, en lo
sucesivo, un asilo de ancianos imposibilitados. Catherine continuaría viviendo
allí como sirvienta. El dinero contante se emplearía en reparar parte de los
edificios del vetusto hospicio de San Cosme; en las salas aún habitables, el
prior de los Franciscanos, de quien dependía la institución, encargó a Zenón
que llevara el dispensario para los pobres del barrio y los campesinos que
afluían a la ciudad en días de mercado. Delegaron a dos frailes para que le
ayudaran en la botica. Aquel nuevo cargo no era muy brillante, así que no
atrajo la envidia de sus colegas sobre el doctor Théus. Instalaron a la vieja
mula de Jean Myers en el establo de San Cosme, y el jardinero del convento se
encargó de cuidarla. Colocaron una cama para Zenón en un cuarto del piso,
adonde trasladó parte de los libros del antiguo cirujano-barbero. Las comidas
se las llevaban del refectorio.
Pasó el invierno con todos estos cambios de barrio y todos estos
arreglos. Zenón convenció al prior para que le dejara instalar unos baños
calientes a la moda alemana, y le entregó unas notas sobre el tratamiento de
los reumáticos y sifilíticos mediante el vapor caliente. Sus conocimientos
mecánicos le sirvieron para idear cañerías y agenciarse económicamente una
estufa. En la rue aux Laines se había instalado un herrero en los antiguos
establos de los Ligre; Zenón se llegaba allí por las tardes y limaba, remachaba,
soldaba y golpeaba con el martillo, consultando continuamente al herrero y a
sus ayudantes. Los muchachos del barrio, que se reunían allí para pasar el
tiempo, se maravillaban de la habilidad de sus delgadas manos.
Fue durante aquel período sin incidentes cuando lo reconocieron
por primera vez. Se hallaba solo en la botica, como de costumbre tras la
partida de los frailes. Era día de mercado y el desfile habitual de los pobres
había durado hasta la hora nona. Alguien llamó a la puerta: era una anciana que
venía todos los sábados a vender su mantequilla en la ciudad y que quería que
el médico le diera alguna pócima contra su ciática. Zenón buscó en la
estantería un tarro de gres, lleno de un poderoso revulsivo. Se acercó a ella
para explicarle su empleo. De repente vio en sus ojos azules y desvaídos una
expresión de alegre sorpresa que le hizo reconocerla a su vez. Aquella mujer
había trabajado en las cocinas de la casa Ligre, cuando él era niño. Greete (se
acordó de su nombre de repente) estaba casada con un criado que lo volvió a
llevar a casa cuando su primera fuga. Él recordaba que lo había tratado con
bondad cuando se deslizaba por entre sus pucheros y sus escudillas. Le había
dejado coger de la mesa el pan caliente y la pasta cruda preparada para ser
metida en el horno. Iba a lanzar una exclamación cuando él se llevó un dedo a
los labios. La vieja Greete tenía un hijo carretero que, en algunas ocasiones,
hacía contrabando con Francia. Su pobre anciano marido, ya casi paralítico,
tuvo que vérselas con el señor del lugar por unos cuantos sacos de manzanas
robadas en el huerto lindante con su granja. Ella sabía que a veces es oportuno
esconderse, aun siendo rico y noble, categorías humanas en que aún colocaba a
Zenón. Se calló, pero, al retirarse, le besó la mano.
Aquel incidente hubiera debido inquietarlo, al probarle que
existía el riesgo de que otros le reconocieran también; al revés, experimentó
un placer que a él mismo le sorprendió. Probablemente, se decía, cerca de allí,
por Saint-Pierre-de-la-Digue, existía una granjita donde podría pasar la noche
en caso de peligro, y un carretero cuyos caballo y carro podrían serle muy
útiles. Pero sólo eran pretextos que a sí mismo se daba. Del niño que ya él no
recordaba, de aquella criatura pueril, que era a la vez razonable y, en un
sentido, absurdo asimilar el Zenón de hoy, alguien se acordaba lo suficiente
para haberlo reconocido en él, y el sentimiento de su propia existencia se veía
como fortalecido. Entre él y una criatura humana se habían formado unos lazos,
por muy débiles que fueran, que no tenían nada que ver con el espíritu, como en
el caso de sus relaciones con el prior, ni con la carne, como ocurría en los
escasos contactos sensuales que aún se permitía. Greete volvió casi todas las
semanas para que él le curase sus achaques de anciana. Siempre le llevaba algún
regalito: mantequilla envuelta en una hoja de col, un trozo de torta que ella
había hecho, azúcar candi o un puñado de castañas. Lo contemplaba mientras
comía con sus ojillos cansados y risueños. Existía entre ambos la intimidad de
un secreto bien guardado.
EL ABISMO
Poco a poco, del mismo modo que un hombre, al consumir todos los
días un determinado alimento, acaba por ver modificarse su sustancia e incluso
su forma —pues engorda o adelgaza, saca de dicho alimento su fuerza o contrae,
al ingerirlo, unos males que no conocía—, se iban operando en él unos cambios
casi imperceptibles, fruto de la adquisición de nuevas costumbres. Pero la
diferencia entre el ayer y el hoy se anulaba en cuanto se detenía a
contemplarla: ejercía la medicina como siempre lo había hecho y apenas
importaba que sus pacientes fueran príncipes o mendigos. Sébastien Théus era un
nombre imaginario, pero sus derechos a ostentar el de Zenón tampoco estaban muy
claros. Non habet nomen proprium: era de esos hombres que no cesan hasta el
final de asombrarse de poseer un nombre, lo mismo que uno se sorprende, cuando
pasa por delante de un espejo, de poseer un rostro y de que ese rostro sea
precisamente el suyo. Su existencia clandestina se hallaba sujeta a
determinadas coacciones: siempre lo había estado. Callaba los pensamientos que
más importancia tenían para él, pero sabía desde hacía tiempo que quien se
expone por sus palabras no es más que un necio, cuando tan fácil es dejar que
los demás utilicen su garganta y su lengua para emitir sonidos. Sus escasos
ataques de palabras no habían sido más que lo equivalente a los libertinajes de
un hombre casto. Vivía casi enclaustrado en su hospicio de San Cosme,
prisionero de una ciudad, y en esa ciudad de un barrio, y en ese barrio de
media docena de habitaciones que daban, por un lado, a un huerto y a las
dependencias de un convento, y por el otro, al muro desnudo. Sus escasas
peregrinaciones en busca de especimenes botánicos pasaban y repasaban por los
mismos campos cultivados y por los mismos caminos de sirga, por los mismos
bosquecillos y por el lindero de las mismas dunas, y sonreía, no sin amargura,
de sus idas y venidas de insecto que circula incomprensiblemente por un palmo
de tierra. Pero aquellos límites de espacio, aquellas repeticiones casi
mecánicas de los mismos gestos se producían cada vez que uno empleaba sus
facultades en realizar una única tarea delimitada y útil. Su vida sedentaria lo
agobiaba como una sentencia de encarcelamiento que él hubiese dictado por
prudencia contra sí mismo, pero la sentencia era irrevocable. Muchas otras
veces y bajo otros cielos se había instalado así, momentáneamente o —según
creía él— para siempre, como un hombre que tiene, en todas partes y en ninguna,
derecho de ciudadanía. Nada probaba que no fuera a emprender mañana la
existencia errante que había sido su parte y su opción. Y, sin embargo, su
destino cambiaba: un deslizamiento se iba operando sin él saberlo. Como un
hombre que nada a contracorriente en una noche oscura, le faltaba percibir
alguna señal para calcular exactamente la deriva.
No hacía mucho, al encontrar su rumbo en el laberinto de
callejuelas de Brujas, había creído que aquel alto en su camino, al apartarse
de las anchas calzadas de la ambición y del saber, le procuraría algún reposo,
tras las agitaciones de treinta y cinco años. Contaba con sentir la impresión
de seguridad inquieta de un animal que se tranquiliza con la estrechez y
oscuridad de la guarida en que ha escogido vivir. Se equivocaba. Aquella
existencia inmóvil hervía por dentro; el sentimiento de una actividad casi
terrible rugía como un río subterráneo. La angustia que lo atenazaba era
diferente de la de un filósofo perseguido a causa de sus libros. El tiempo, que
—según había imaginado— debería pesar en sus tríanos tanto como un lingote de
plomo, huía y se subdividía como las bolitas de mercurio. Las horas, los días y
los meses habían dejado de concertarse con los signos de los relojes y basta
con los movimientos de los astros. En ocasiones le parecía que siempre había
vivido en Brujas, y en otras, que acababa de llegar el día anterior. También
los lugares se movían: se abolían las distancias al igual que los días. Aquel
carnicero o aquel hombre que pasaba por allí pregonando sus mercancías hubieran
podido estar en Avignon o en Vadstena; a aquel caballo apaleado lo había visto
él caer en las calles de Andrinópolis; aquel borracho hubiera podido empezar su
blasfemia y su vomitona en Montpellier; el niño que lloraba en brazos de una
nodriza era igual al que había nacido en Bolonia veinticinco años antes; la
misa del domingo, a la que nunca dejaba de asistir, tenía un Introito que él ya
había escuchado cinco inviernos antes en una iglesia de Cracovia. Pensaba poco
en los incidentes de su vida pasada, disueltos ya como si fueran sueños. En
algunas ocasiones sin razón aparente, veía de nuevo a la mujer embarazada a
quien ayudó a abortar, pese al juramento hipocrático, para evitarle una muerte
ignominiosa a manos de un marido celoso, en una aldea del Languedoc; o asimismo
la mueca de Su Majestad el Rey de Suecia tragándose una pócima, o a su criado
Aleï ayudando a una muía para cruzar el río, entre Ulm y Constanza, o al primo
Henri-Maximilien, que tal vez hubiera muerto. Un camino encajonado, en donde
nunca se secaban los charcos, ni siquiera en pleno verano, le recordó a cierto
Perrotin, que lo estuvo espiando un día bajo la lluvia, a orillas de un camino
solitario, después de una pelea cuyos motivos se le habían olvidado. Recreaba
en su imaginación los dos cuerpos enzarzados en el barro, la hoja brillante de
un cuchillo en el suelo, y a Perrotin ensartado por su propio cuchillo,
soltando su presa y convirtiéndose él mismo en barro y tierra. Aquella vieja
historia carecía ahora de importancia, y tampoco hubiera importado mucho si
aquel cadáver blando y caliente hubiera sido el de un clérigo de veinte años.
El Zenón que caminaba con paso apresurado por las anchas losas de Brujas sentía
pasar, a través de él, como a través de su usado traje, el viento del mar, una
oleada de millares de seres que habían vivido en aquel punto de la esfera, o
que allí vivirían hasta esa catástrofe final que llamamos fin del mundo; todos
aquellos fantasmas atravesaban sin verlo el cuerpo del hombre que, cuando ellos
vivían, no existía aún o que, cuando ellos fueran, ya no existiría. Las
personas con quienes se había tropezado un instante antes en la calle, a las
que había percibido de una ojeada y que inmediatamente había relegado a la masa
informe de lo ya pasado, engrosaban sin cesar aquella banda de larvas. El
tiempo, el lugar, la sustancia, perdían esos atributos que son para nosotros
sus fronteras; la forma ya no era sino la corteza desmenuzada de la sustancia;
la sustancia se escurría en un vacío que no era su contrario; el tiempo y la
eternidad eran una sola y misma cosa, como un agua negra que corre por dentro
de un inmutable charco negro. Zenón se sumergía en estas visiones como un
cristiano se sumerge en una meditación sobre Dios.
Las ideas también se escapaban. El acto de pensar le interesaba
ahora más que los dudosos productos del pensamiento mismo. Se examinaba cuando
estaba pensando, del mismo modo que hubiera podido contar con el dedo en la
muñeca las pulsaciones de la arteria radial o, bajo sus costillas, el vaivén de
su respiración. Durante toda la vida se había asombrado de esa facultad que
tienen las ideas de aglomerarse fríamente, como los cristales de nieve,
formando extrañas y vanas figuras, de crecer como tumores que devoran la carne
que los concibió, o asimismo de asumir monstruosamente ciertos lineamentos de
la persona humana, como esas masas inertes que traen al mundo algunas mujeres y
que, en suma, no son más que materia que sueña. Un gran número de productos del
espíritu tampoco son más que deformes monstruos. Otras nociones, más limpias y
nítidas, forjadas como por un maestro artesano, eran como esos objetos que nos
deslumbran a distancia; no se cansa uno de admirar sus ángulos y sus paralelas
y, sin embargo, no son más que los barrotes en donde se encierra el
entendimiento a sí mismo y el orín de lo falso devora ya esas abstractas
chatarras. En algunos instantes, temblaba como a punto de una transmutación: un
poco de oro parecía nacer en el crisol del cerebro humano; no llegaba, sin
embargo, a obtener más que una equivalencia; como en esos experimentos poco
honrados en que los alquimistas cortesanos tratan de demostrar a sus clientes
principescos que han hallado algo: el oro que hay en el fondo de la retorta no
es más que un banal ducado que ha pasado por todas las manos y que, antes de la
cocción, fue puesto allí por el que manejaba el soplillo. Las nociones morían,
igual que los hombres: en el transcurso de medio siglo, él había visto
derrumbarse, convertidas en polvo, varias generaciones de ideas.
En él se iba insinuando una metáfora más fluida, producto de sus
antiguas travesías marinas. El filósofo, que intentaba considerar en su
conjunto el entendimiento humano, veía por debajo de él una masa sometida a
curvas calculables, estriada por corrientes cuyo mapa hubiera podido dibujarse,
horadada de profundos pliegues por el empuje del aire y la pesada inercia de
las aguas. Sucedía con las figuras asumidas por el espíritu lo mismo que con
esas grandes formas que nacen del agua indiferenciada y se asaltan y sustituyen
en la superficie del abismo: cada uno de los conceptos terminaba fundiéndose en
su propio contrario, como dos olas que chocan y se aniquilan en una sola y
misma espuma blanca. Zenón miraba cómo huían aquellas olas desordenadas,
llevándose como restos de un naufragio las pocas verdades sensibles de las que
podemos estar seguros. En ocasiones le parecía entrever bajo el fluido una
sustancia inmóvil, que sería a las ideas lo que las ideas son a la palabra. Mas
nada probaba que aquel sustrato fuera la última capa, ni que aquella fijeza no
escondiera un movimiento demasiado rápido para el intelecto humano. Desde que
había renunciado a confiar su pensamiento de viva voz o a exponerlo por escrito
en los escaparates de las librerías, esta privación lo había inducido a
descender más profundamente que nunca a la búsqueda de puros conceptos. Ahora,
en pro de un examen más profundo, renunciaba temporalmente a los mismos
conceptos; contenía su espíritu igual que se contiene la respiración, para
mejor oír ese ruido de ruedas dando vueltas tan deprisa que uno no se percata
de que las dan.
Del mundo de las ideas pasaba al mundo más opaco de la sustancia
contenida y delimitada por la forma. Encerrado en su habitación, ya no empleaba
sus veladas en el intento de adquirir opiniones más justas de las relaciones
entre las cosas, sino en una meditación no formulada sobre la naturaleza de las
cosas. Corregía de este modo ese vicio del entendimiento que consiste en
aprehender los objetos con el fin de utilizarlos o, al contrario, de
rechazarlos, sin profundizar en la sustancia específica de que están hechos. De
ahí que el agua hubiera sido para él una bebida que sacia la sed y un liquido
que lava, una parte constituyente de un universo creado por el Demiurgo
cristiano, de quien le hablaba el canónigo Bartholommé Campanus al contarle lo
del Espíritu flotando sobre las aguas, el elemento esencial de la hidráulica de
Arquímedes o de la física de Tales, o asimismo el signo alquímico de una de las
fuerzas que van hacia abajo. Había calculado desplazamientos, medido dosis,
esperado a que las gotitas se volvieran a formar en el tubo de las cucúrbitas.
Ahora, después de renunciar durante algún tiempo a la observación que, desde
fuera, distingue y singulariza, en beneficio de la visión interna del filósofo
hermético, dejaba que el agua presente en todas partes invadiera la estancia
como la marea del diluvio. El baúl y el taburete flotaban; las paredes
reventaban bajo la presión del agua. Cedía ante ese flujo que adopta todas las
formas y se niega a dejarse comprimir por ellas; experimentaba el cambio de
estado de la capa de agua que se convierte en vaho, y el de la lluvia que se
hace nieve; hacía suyos la inmovilidad temporal del hielo o el resbalar de la
gota clara que forma inexplicablemente una línea oblicua en el cristal, desafío
fluido a los calculadores. Renunciaba a las sensaciones de tibieza o de frío
que van unidas al cuerpo; el agua lo arrastraba, ya cadáver, con la misma
indiferencia que a un puñado de algas. Metido dentro de su carne, encontraba
allí el elemento acuoso: la orina en la vejiga, la saliva en los labios, el
agua presente en el líquido de la sangre. Luego, volviendo al elemento del que
siempre se había sentido parcela, dirigía su meditación al fuego, sentía dentro
de sí ese calor moderado y beatífico que compartimos con los animales que andan
y con los pájaros que surcan los cielos. Pensó en el fuego devorador de la
fiebre, que en tantas ocasiones trató en vano de apagar. Percibía el ávido
salto de la llama que nace, la roja alegría de las brasas y su muerte, una vez
convertidas en negra ceniza. Osaba ir aún más allá, se fundía con el implacable
ardor que destruye lo que toca; recordaba las hogueras, tales como él las vio
en ocasión de un auto de fe celebrado en una pequeña ciudad de León, en el que
perecieron cuatro judíos acusados de haber abrazado hipócritamente la fe
cristiana, sin dejar por ello de celebrar los ritos heredados de sus padres,
así como también un hereje que negaba la eficacia de los sacramentos. Imaginaba
aquel dolor, demasiado agudo para expresarlo con un lenguaje humano; se
convertía en el hombre que olfatea el olor de su propia carne quemándose;
tosía, rodeado por una humareda que no se disiparía hasta que él muriese. Veía
una pierna ennegrecida, alzándose recta, con las articulaciones lamidas por la
llama, como una rama que se retuerce bajo la campana de la chimenea; al mismo
tiempo, se sentía penetrado por la idea de que el fuego y la madera son
inocentes. Recordaba cómo, al día siguiente del auto de fe celebrado en
Astorga, había caminado junto al viejo fraile alquimista don Blas de Vela sobre
aquella superficie calcinada que le recordaba la de los carboneros; el sabio
dominico se había agachado a recoger cuidadosamente, de entre los tizones
apagados, unos huesecillos ligeros y blanquecinos, buscando entre ellos el luz
de la tradición hebraica, que resiste a las llamas y sirve de simiente a la
resurrección. En otros tiempos, él había sonreído ante estas supersticiones de
cabalista. Sudando de angustia, levantaba la cabeza y, si la noche era lo
bastante clara, consideraba a través del cristal, con una especie de frío amor,
el fuego inaccesible de los astros.
Por más que hiciera, siempre su meditación volvía al cuerpo,
principal objeto de estudio para él. Sabía que su bagaje de médico se componía,
por partes iguales, de habilidad manual y de recetas empíricas, a las que
venían a añadirse algunos hallazgos, también experimentales, y que a su vez
conducían a conclusiones teóricas provisionales siempre: una onza de
observación razonada valía en aquellas materias más que una tonelada de sueños.
Y, sin embargo, después de tantos años pasados en estudiar la anatomía de la
máquina humana, sentía remordimiento por no haberse atrevido con mayor audacia
a profundizar en la exploración de ese reino, cuya frontera es la piel, del que
nos creemos príncipes y del que somos prisioneros. En Eyub, su amigo el
derviche Darazi le había revelado sus métodos adquiridos en Persia en un
convento herético, pues Mahoma tiene sus disidentes, al igual que Cristo.
Reanudaba, en su buhardilla de Brujas, unas investigaciones que comenzó antaño
al fondo de un patio en donde susurraba una fuente. Lo llevaban más lejos que
ningún otro de los experimentos que había hecho llamados in anima vili. Tumbado
de espaldas, contrayendo los músculos del vientre, dilatando la caja torácica
en donde va y viene ese animal asustadizo que llamamos corazón, llenaba
cuidadosamente de aire sus pulmones, se limitaba concienzudamente a no ser más
que un saco de aire equilibrándose con las fuerzas del cielo. Darazi le había
aconsejado que respirara así, hasta las mismas raíces del ser. También había
realizado, con ayuda del derviche, la experiencia contraria, la de los primeros
efectos de la estrangulación lenta. Levantaba el brazo, asombrándose de que la
orden fuera dada y recibida, sin saber exactamente cuál era aquel amo, mejor
servido que él mismo, que refrendaba aquella orden. Mil veces, en efecto, había
comprobado que la voluntad simplemente pensada, aunque lo fuese con todo el
poder mental que en él había, no era capaz de hacerlo pestañear o fruncir el
entrecejo, del mismo modo que las reprobaciones de un niño no consiguen que las
piedras se muevan. Era precisa la conformidad tácita de una parte de sí mismo,
ya más cercana al abismo que al cuerpo. Meticulosamente, igual que se separan
las fibras de un tallo, él separaba unas de otras aquellas diversas formas de
voluntad.
Regulaba del mejor modo posible los movimientos de su cerebro en
acción, pero al modo de un obrero cuando toca con precaución los engranajes de
una máquina que no ha montado él mismo y cuyas averías no sabe reparar. Colas
Gheel estaba más al tanto de sus telares que él, bajo su cráneo, de los
delicados movimientos de su máquina de pesar las cosas. Su pulso, cuyos latidos
había estudiado tan asiduamente, ignoraba lo referente a las órdenes que
emanaban de su facultad de pensar, pero se inquietaba bajo el efecto de unos
temores o dolores a los que no se rebajaba su intelecto. El aparato del sexo
obedecía a su masturbación, mas aquellos desmanes deliberados lo arrojaban por
unos momentos a un estado que su voluntad no controlaba. Del mismo modo, una o
dos veces en su vida, había brotado escandalosamente a pesar suyo la fuente de
las lágrimas. Mejores alquimistas de lo que él había sido nunca eran sus
entrañas, que operaban la transmutación de cadáveres de animales o de plantas
en materia viva, separando sin su ayuda lo útil de lo inútil. Ignis inferioris
Naturae: aquellas espirales de barro oscuro sabiamente enrolladas, humeando aún
debido a la cocción experimentada en su molde, aquel orinal de arcilla lleno de
un fluido amoniacal y nitrado constituían la prueba visible y maloliente del
trabajo ultimado en una botica en donde el hombre no interviene para nada. A
Zenón le parecía que la repugnancia de los refinados y la sucia risa de los
ignorantes eran debidas no a la ofuscación de los sentidos que nos producen estos
objetos, sino más bien a nuestro horror ante la ineluctable y oculta rutina del
cuerpo. Bajando más al fondo de aquella opaca noche interior, dirigía su
atención al estable armazón de los huesos escondidos bajo la carne, que habían
de durar más que ésta y que, dentro de algunos siglos, serían los únicos
testigos que dieran fe de que él existió. Se reabsorbía en el interior de su
materia mineral, refractaria a sus pasiones o a sus emociones de hombre.
Tapándose seguidamente con su carne provisional como si fuera una cortina, se
consideraba a sí mismo, tendido encima de la tosca sábana, tan pronto dilatando
voluntariamente la imagen que él se hacía de esta isla de vida que era su
terreno, ese continente mal explorado del que sus pies eran las antípodas, como
al contrario, reduciéndose a no ser más que un punto en el inmenso Todo.
Utilizando las recetas de Darazi, trataba de que su conciencia resbalara desde
el cerebro a otras regiones de su cuerpo, como cuando uno se desplaza hacia una
provincia alejada de la capital del reino. Intentaba proyectar algunas luces en
aquellas galerías oscuras.
En otros tiempos, en compañía de Jean Myers, se había mofado de
los beatos que ven en la máquina humana la prueba patente de un Dios artesano,
mas el respeto de los ateos por esa fortuita obra maestra de la naturaleza que
es el hombre le parecía ahora igualmente risible. Aquel cuerpo tan rico en
oscuros poderes misteriosos era imperfecto; él mismo, en sus horas de
atrevimiento, había soñado en construir un autómata menos rudimentario que
nosotros. Dando vueltas y vueltas con su mirada interior al pentágono de los
sentidos, se habla atrevido a postular otras construcciones más elaboradas, en
las que se refractaría más completamente el universo. La lista de las nueve
puertas de la percepción abiertas en la opacidad del cuerpo, que Darazi le
había recitado antaño, doblando una tras otra las últimas falanges de sus dedos
amarillentos, le había parecido en un principio una tosca tentativa de
clasificación de anatomista semibárbaro; no obstante, consiguió atraer su
atención sobre lo precario de los canales de los que dependemos para conocer y
para vivir. Nuestra insuficiencia es tal que basta con tapar dos de nuestros
agujeros para que se nos cierre el mundo de los sonidos, y con tapar dos vías
de acceso para que en nosotros se instale la noche. Basta con que una mordaza
tape tres de esas aberturas, tan cerca una de la otra que pueden abarcarse sin
dificultad con la palma de la mano, para acabar con ese animal cuya vida
depende de un soplo. La molesta envoltura que él se veía obligado a lavar, a
llenar, a calentar ante el fuego o con la piel de un animal muerto, a la que
tenía que acostar por las noches corno a un niño o a un anciano imbécil, servía
contra él de rehén a la naturaleza entera y, peor aún, a la sociedad de los
hombres. Tal vez llegara él a sufrir, por culpa de esa carne y de ese cuero,
los horrores de la tortura. El debilitamiento de aquellos resortes sería lo que
algún día le impidiera acabar congruentemente la idea esbozada. Si en ocasiones
le parecían sospechosas las operaciones de su espíritu, que él aislaba por
comodidad del resto de la materia, era sobre todo porque aquel inútil dependía
de los servicios del cuerpo. Estaba harto de aquella mezcla de fuego inestable
y de densa arcilla. Exitus rationalis: una tentación se le ofrecía, tan
imperiosa como el prurito carnal; una repugnancia, una vanidad quizá, lo
empujaban a realizar el gesto que todo lo concluye. Sacudía la cabeza,
gravemente, como ante un enfermo que reclamase con demasiada premura una
medicina o un alimento. Siempre estaría a tiempo para perecer con aquel pesado
soporte, o para continuar sin él una vida insustancial e imprevisible, no
necesariamente mejor que la que llevamos en compañía de nuestra carne.
Rigurosamente, casi de mala gana, aquel viajero, tras una etapa
de más de cincuenta años, se esforzaba por primera vez en su vida en recorrer
con la mente los caminos andados, distinguiendo lo fortuito de lo deliberado o
de lo necesario, tratando de elegir entre lo poco que parecía venir de él y lo
perteneciente a lo indivisible de su condición de hombre. Nada era del todo
igual, ni tampoco del todo distinto de lo que en un principio él había deseado
o pensado. El error nacía unas veces de la acción de un elemento insospechado y
otras de un error en el cálculo del tiempo, que había resultado más retráctil o
más extensible que en los relojes. A los veinte años, se había creído liberado
de las rutinas y prejuicios que paralizan nuestros actos y ponen anteojeras al
entendimiento, mas su vida había transcurrido después tratando de adquirir
palmo a palmo una libertad cuya totalidad creía poseer. No se es libre mientras
se desea, se quiere, se teme, tal vez no sea uno libre mientras vive. Médico,
alquimista, pirotécnico, astrólogo, llevó puesta, de buen o de mal grado, la
librea de su tiempo; había dejado que su época impusiera a su intelecto ciertas
curvas. Por odio a lo falso, pero también a causa de una fastidiosa acritud de
humor, había participado en discusiones de opiniones en que un Sí inane
responde a un No imbécil. Aquel hombre tan lúcido se había sorprendido a sí
mismo al hallar más odiosos los crímenes, más necias las supersticiones de las
repúblicas o de los príncipes que amenazaban su vida o quemaban sus libros;
inversamente, había llegado a exagerar los méritos de un asno mitrado, coronado
o «tiarado» cuyos favores le hubieran permitido pasar de las ideas a los actos.
Las ganas de ordenar, de modificar o de regentar al menos un segmento de la
naturaleza de las cosas lo habían arrastrado a remolque de los grande este
mundo, edificando castillos de naipes o cabalgando sobre humo. Hacía el
recuento de sus quimeras. En el Gran Serrallo, la amistad del poderoso y
desgraciado Ibrahim, visir de Su Alteza, le había dado esperanzas de llevar a
cabo su plan de saneamiento de los pantanos, en los alrededores de
Andrinópolis; había puesto gran interés en una reforma del hospital de los
jenízaros; gracias a sus cuidados, se habían rescatado, aquí y allá, los
valiosos manuscritos de los médicos y astrónomos griegos, antaño adquiridos por
los sabios árabes y que contienen, entre un fárrago de cosas inútiles, alguna
que otra verdad por redescubrir. Hubo sobre todo cierto Dioscórides que
contenía unos fragmentos, más antiguos, de Crateüas, y que pertenecía al judío
Hamon, colega suyo cerca del Sultán... Mas la sangrienta caída de Ibrahim había
arrastrado consigo todo aquello, y el hastío que esta vicisitud le había
causado, después de tantas otras, le había hecho perder hasta el recuerdo de
aquellos malhadados inicios de realización. Se había encogido de hombros cuando
los pusilánimes burgueses de Basilea se negaron finalmente a concederle una
cátedra, asustados por los rumores que sobre él corrían, convirtiéndolo en un brujo
y en un sodomita. (Él había sido lo uno y lo otro, pero los nombres no
correspondían a las cosas; tan sólo traducen la opinión que de ella se hace el
rebaño.) Un sabor como de hiel le había quedado, sin embargo, durante mucho
tiempo en la boca cuando nombraban a aquellas gentes. En Augsburgo, sintió
amargamente llegar tarde para obtener de los Fugger un puesto de médico de las
minas que le hubiese permitido observar las enfermedades de los obreros que
trabajan bajo tierra, expuestos a las poderosas influencias metálicas de
Saturno y de Mercurio. Había entrevisto allí posibilidades de curaciones y
combinaciones inauditas. Y bien es cierto que él se daba cuenta de que sus
ambiciones le habían sido útiles al trasladar su espíritu de un lado para otro,
por decirlo así: más vale no acercarse demasiado pronto a las inmovilidades
eternas Con el tiempo, aquellas inquietudes le hacían ahora el efecto de una
tempestad de arena.
Lo mismo sucedía en el complicado campo de los placeres
carnales. Los que él había preferido eran los más secretos y peligrosos, al
menos en tierras cristianas y en la época en que la casualidad le había hecho
nacer. Acaso sólo los buscó porque aquel secreto y aquellas prohibiciones
rompían salvajemente las costumbres y se zambullían en el mundo que hierve
subyacente a lo visible y a lo permitido. O tal vez su elección dependiese de
apetencias tan simples e inexplicables como las que se sienten por una fruta y
no por otra; poco le importaba. Lo esencial era que sus desenfrenos, al igual
que sus ambiciones, habían sido escasos y breves en realidad, como si estuviera
en su naturaleza el agotar rápidamente lo que las pasiones podían enseñar o
dar. Ese extraño magma que los predicadores indican con la palabra —bastante
bien escogida— de lujuria (puesto que, al parecer, se trata de un lujo de la
carne que prodiga sus fuerzas) se resistía al análisis por la variedad de las
sustancias que lo componen y que, a su vez, se deshacen en otros componentes no
muy sencillos. El amor formaba parte de él, quizá menos de lo que se decía,
pero el amor mismo no era una noción pura. Ese mundo que llaman inferior se
comunicaba con lo más selecto y fino de la naturaleza humana. De la misma
manera que la más crasa ambición es también un sueño del espíritu que se
esfuerza por ordenar o modificar las cosas, la carne en su audacia hace suyas
las curiosidades del espíritu y fantasea del mismo modo que éste se complace en
hacerlo; el vino de la lujuria sacaba su fuerza de los jugos del alma tanto
como de los del cuerpo. Él había asociado con frecuencia el deseo de una carne
joven con el vano proyecto de formar algún día al perfecto discípulo. Luego,
habíanse mezclado otros sentimientos, sentimientos que expresan todos los
hombres. Fray Juan de León y François Rondelet en Montpellier fueron como
hermanos a los que perdió muy jóvenes; había tenido con su criado Aleï y más
tarde con Gerhart, en Lübeck, la solicitud de un padre para con sus hijos.
Aquellas pasiones tan obsesivas le habían parecido una parte inalienable de su
libertad de hombre: se sentía libre sin ellas, en la actualidad. Las mismas
reflexiones podían aplicarse a las pocas mujeres con quienes había mantenido
trato carnal. No se preocupaba por remontarse a la causa de aquellos afectos
que tan poco habían durado, quizá más sobresalientes que los demás por haberse
formado de manera menos espontánea. ¿Acaso se trataba de un repentino deseo en
presencia de las líneas particulares de un cuerpo, de la necesidad de ese
profundo reposo que en ocasiones dispensa la criatura hembra, de la conformidad
con los usos establecidos? ¿O antes bien de la oscura preocupación —más oculta
que un afecto o un vicio—por probar los efectos de las enseñanzas herméticas
sobre la pareja perfecta que reconstituye en sí al antiguo andrógino? Más valía
decir llanamente que el azar, en aquellos días, había adoptado forma de mujer.
Treinta años antes, en Argel, y por compasión ante su afligida juventud, había
comprado a una muchacha de buena raza que los piratas habían raptado
recientemente en una playa, en los alrededores de Valencia; contaba con
mandarla a España en cuanto pudiese. Pero en la reducida casa de la costa
berberisca se inició entre ellos una intimidad que se parecía mucho a la del
matrimonio. Era la única vez que había poseído a una virgen: conservaba de sus
primeros contactos el recuerdo, no de una victoria, sino de una criatura a la
que había sido preciso tranquilizar y curar. Por espacio de unas cuantas
semanas, tuvo en el lecho y en la mesa a la hermosa un tanto huraña que sentía
por él la gratitud que se siente por los santos en la iglesia. Se la confió sin
gran pesar a un sacerdote francés, a punto de embarcarse para Port-Vendrès con
un grupito de cautivos de ambos sexos, que regresaban a su país con sus
familiares. La módica cantidad de dinero que él entregó a la muchacha le
permitiría probablemente regresar fácilmente a su Gandía natal... Más tarde, al
pie de las murallas de Buda, le hablan asignado, como parte de su botín, a una
joven y tosca húngara; él la había aceptado, con objeto de no singularizarse
más en un terreno en que su nombre y su aspecto lo señalaban ya y en donde, a
pesar de no importarle nada los dogmas de la Iglesia, tenía que soportar la
inferioridad de ser cristiano. Él no hubiera abusado del derecho de la guerra
si ella no hubiera estado tan ávida por representar su papel de presa. Le
parecía que nunca había disfrutado tanto con la fruta de Eva... Una mañana,
entró en la ciudad con el séquito de oficiales del Sultán. Poco tiempo después
de su retorno al campamento, se enteró de que, en su ausencia, habían ordenado
librarse de las esclavas y de los bienes muebles que abundaban en el ejército;
unos cuantos cadáveres y unos fardos de telas flotaban aún en la superficie del
río... La imagen de aquel cuerpo ardiente y tan pronto frío lo había asqueado
durante mucho tiempo de todo contacto carnal. Más tarde, había vuelto a las
llanuras ardientes pobladas de estatuas de sal y de ángeles de largos bucles...
En el Norte, la dama de Fróso lo había acogido noblemente cuando
regresó de sus peregrinaciones por los confines de las regiones polares. Todo
en ella era hermoso: su alta estatura, su tez clara, sus manos hábiles vendando
llagas y enjugando el sudor de las fiebres, la soltura con que caminaba por la
tierra reblandecida del bosque, levantándose tranquilamente las faldas de tela
gruesa al pasar los riachuelos, y enseñando sus piernas desnudas. Ducha en el
arte de las brujas laponas, lo llevó a las chozas que orlan las marismas, en
donde se practicaban fumigaciones y baños mágicos, acompañándolos con
cánticos... Por la noche, en su pequeña mansión de Fröso, le había ofrecido el
pan de centeno, la sal, bayas y la mojama dispuestos sobre un mantel de tela
blanca; se había reunido con él en la cama grande de la habitación de arriba,
con un sereno impudor de esposa. Era viuda y pensaba tomar por marido, cuando
llegaran las fiestas de San Martín, a un granjero soltero de la vecindad, con
el fin de evitar que sus propiedades fueran a parar a sus hermanos mayores. En
sus manos estaba ejercer su arte en aquella provincia tan grande como un reino,
escribir sus tratados al lado de la estufa, subir por las noches a la
torrecilla para observar los astros... No obstante, tras ocho o diez días de
verano que allí no son más que un solo y único día sin sombra, se había puesto
en camino otra vez en dirección a Upsala, adonde se había trasladado la corte
para pasar una temporada, ya que esperaba quedarse al lado del monarca y hacer
del joven Erik su discípulo-rey, lo que constituye para los filósofos la última
quimera.
Pero el mismo esfuerzo de evocar a aquellas personas exageraba
su importancia y sobrevaloraba la de la aventura carnal. El rostro de Aleï no
reaparecía más a menudo que el de los soldados desconocidos que se helaban por
los caminos de Polonia y que, por falta de tiempo y de medios, él no había
podido salvar. La burguesita adúltera de Pont-Saint-Esprit le había repugnado,
con la redondez de su vientre disimulado bajo los frunces de encaje, con los
rizosos cabellos flotando en torno a sus facciones cansadas y amarillentas, con
sus lamentables y burdas mentiras. Le irritaban las miradas que le lanzaba
desde el fondo de su angustia, al no conocer otros medios para subyugar a un
hombre. Y, sin embargo, arriesgó por ella su reputación de médico; la premura
por actuar con rapidez antes de que regresara el marido celoso, el miserable
resto de la conjunción humana que hubo que enterrar al pie de un olivo del
jardín, la compra a precio de oro del silencio de las criadas que habían velado
a Madame y lavado las sábanas manchadas de sangre, todo ello creó entre él y
aquella desgraciada una intimidad de cómplices y él la conoció mejor de lo que
cualquier amante conoce a su amiga. La dama de Fröso había sido enteramente
benéfica, aunque no más que la panadera de rostro picado de viruelas que lo
socorrió una noche, en Salzburgo, cuando él se había sentado bajo el alero de
su panadería. Fue después de su huida de Innsbruck; se hallaba extenuado y
tiritando, tras haber forzado las etapas por los caminos áridos bajo la nieve.
Ella había contemplado, tras las contraventanas del escaparate, al hombre
acurrucado allí fuera, en el banquito de piedra y, tomándolo sin duda por un
mendigo, le había tendido una hogaza de pan aún caliente. Luego, prudentemente,
había reforzado el gancho que sujetaba las contraventanas. Él no ignoraba que
aquella desconfianza, que le había sido benéfica, lo mismo hubiera podido
arrojarle un ladrillo o una pala. No por eso dejaba de ser uno de los rostros
de la benignidad. La amistad y la aversión importaban tan poco, en suma, como
los encantos carnales. Los seres que lo habían acompañado o que habían pasado
por su vida, sin perder por ello nada de sus particularidades bien distintas,
se confundían en el anonimato de la distancia como los árboles del bosque, que
vistos desde lejos parecen meterse unos dentro de otros. El canónigo Campanus
se mezclaba con Riener el alquimista, cuyas doctrinas, sin embargo, aborrecía,
e incluso con el difunto Jean Myers, quien, si aún viviese, tendría también
ochenta años. El primo Henri envuelto en su piel de búfalo e Ibrahim con el
caftán, el príncipe Erik y Lorenzo el Asesino, con quien antaño pasó en Lyon
unas veladas memorables, no eran más que las diferentes caras de un mismo
cuerpo sólido, que era el hombre. Los atributos del sexo tenían menos
importancia de lo que dejaba suponer la razón o sin razón del deseo: la dama
hubiera podido ser un compañero; Gerhart tenía delicadezas de mujer. Acaecía
con las criaturas con que uno tropieza y después deja, en el curso de la existencia,
como con esas figuras espectrales, que jamás se repiten dos veces, pero que
tienen una especificidad y un relieve casi terribles, que se desprenden bajo la
noche de los párpados en la hora que precede al dormir y al soñar, y que tan
pronto pasan y huyen a la velocidad de un meteoro como se reabsorben en sí
mismas bajo la firmeza de la mirada interna. Leyes matemáticas más complejas y
desconocidas aún que las del espíritu o de los sentidos presiden este vaivén de
fantasmas.
Pero también era verdad lo contrario. Los sucesos eran en
realidad unos puntos fijos, pese a haber dejado tras de sí los del pasado, y
aunque un recodo ocultase los del porvenir; y lo mismo ocurría con las
personas. El recuerdo no era más que una mirada posada de cuando en cuando
sobre unos seres que se habían interiorizado, pero que no dependían de la
memoria para continuar existiendo. En León, en donde don Blas de Vela le había
hecho adoptar temporalmente el hábito de novicio jacobita, para que de este modo
le fuera más fácil ayudarle en sus trabajos de alquimia, un fraile de su edad,
fray Juan, había sido su compañero de jergón en aquel convento lleno de
obstáculos en donde los recién llegados se repartían entre dos o tres el montón
de paja y la manta. Zenón había llegado allí, sacudido por una tos rabiosa,
entre aquellos muros por donde se introducían el viento y la nieve. Fray Juan
lo cuidó lo mejor que pudo, robando para él tazas de caldo al hermano cocinero.
Un amor perfectissimus existió durante algún tiempo entre ambos jóvenes, pero
las blasfemias y negaciones de Zenón no hacían mella en aquel corazón tierno
empapado de una especial devoción al Apóstol Bienamado. Cuando los frailes
echaron a don Blas, viendo en él a un peligroso brujo cabalista, y éste huyó
por la cuesta del monasterio aullando maldiciones, fray Juan eligió acompañar
en su desgracia al anciano, pese a no ser de su familia ni tampoco adepto suyo.
Para Zenón, aquel golpe de estado monástico había sido, al contrario, la buena
ocasión que le permitió romper para siempre con una profesión repugnante y
marcharse, en traje seglar, a instruirse a otra parte en ciencias menos
enviscadas en la materia de los sueños. El que su maestro hubiera o no
practicado unos ritos judaicos dejaba frío al joven clérigo para quien, según
la atrevida fórmula transmitida bajo cuerda por varias generaciones de alumnos,
la Ley cristiana, la Ley judía y la Ley mahometana no eran más que tres
imposturas. Don Blas moriría probablemente en el camino, o en los calabozos de
algún provisorato; su antiguo alumno había necesitado ver pasar treinta y cinco
años para reconocer en su locura una inexplicable sabiduría. En cuanto a fray
Juan, si es que aún existía en alguna parte, pronto cumpliría los sesenta años.
La imagen de ambos había quedado voluntariamente borrada junto con la de
aquellos pocos meses pasados bajo el sayal y la cogulla. Y, sin embargo, fray
Juan y don Blas sufrían todavía por los caminos pedregosos, soportando el agrio
vientecillo de abril, y no era necesario que él los recordara para que
existiesen. François Rondelet, caminando por el breñal, elaborando con su
condiscípulo proyectos para el porvenir, coexistía con el François tendido
desnudo en la mesa de mármol del aula universitaria, y el doctor Rondelet, al
explicar la articulación del brazo, parecía dirigirse, más que a sus alumnos,
al mismo muerto, y argumentar a través de los tiempos con un Zenón envejecido.
Unus ego et multi in me. Nada modificaba a aquellas estatuas fijas en sus
puestos, sitas para siempre en una superficie estacionaria que quizá fuera la
eternidad. El tiempo no era más que una pista que las unía entre sí. Un lazo
existía: los favores que no se habían hecho al uno, se le habían hecho al otro:
no se había socorrido a don Blas, pero sí, en Genova, a Joseph Ha-Cohen, quien
no por ello dejó de considerarnos como un perro cristiano.
Nada acababa: los maestros o los condiscípulos de los que había
recibido alguna idea o gracias a los cuales se había formado él otra contraria,
proseguían calladamente su inacomodable controversia, asentado cada uno de
ellos en su concepción del mundo como un mago en el interior de su círculo
mágico. Darazi, que buscaba un Dios más próximo a sí que su vena yugular,
discutiría hasta el final con don Blas, para quien Dios era el Uno-no
manifestado, y Jean Myers se reiría por dentro de la palabra Dios.
Desde hacía casi medio siglo, él se valía de su entendimiento
como de una cuña, para ensanchar lo mejor que podía los intersticios del muro
que nos confina por todas partes. Aumentaban las resquebrajaduras o más bien,
al parecer, el muro iba perdiendo su solidez sin dejar de ser opaco, como si se
tratase de una muralla de humo, en lugar de una muralla de piedra. Los objetos
dejaban de representar el papel de accesorios útiles. Lo mismo que un colchón
deja escapar su lana, los objetos dejaban escapar su sustancia. Un bosque
llenaba la habitación. Aquel taburete, medido por la distancia que separa del
suelo las posaderas de un hombre sentado, la mesa que sirve para escribir y
para comer, la puerta que abre un cubo de aire rodeado de tabiques a un cubo de
aire lindante, perdían las razones de ser que un artesano les había dado, para
no ser más que troncos, o ramas despellejadas como San Bartolomé en los cuadros
de las iglesias, cargadas de hojas espectrales o de pájaros invisibles,
rechinando aún de tempestades ya en calma desde mucho tiempo atrás, y en donde
el cepillo de carpintero había dejado, en algunos sitios, el grumo de la savia.
La manta y el pingajo que colgaban de un clavo olían a sebo, a leche y a
sangre. Los zapatos con la suela desclavada que al pie de la cama había se
habían movido en tiempos con el aliento de un buey tumbado en la hierba, y un
cerdo sangrado hasta quedar exangüe gritaba en la grasa con que el zapatero los
había untado. La muerte violenta se hallaba por todas partes, igual que en una
carnicería o en un matadero. Una oca degollada gritaba en la pluma que él
utilizaría para trazar, en lo que fueron trapos viejos, ideas que él creía
dignas de durar eternamente. Todo era distinto de lo que había sido: la camisa
que le lavaban las hermanas Bernardinas era un campo de lino más azul que el
mismo cielo, y también un montón de fibras mojadas al fondo de un canal. Los
florines que llevaba en el bolsillo, con la efigie del difunto emperador
Carlos, habían sido entregados, intercambiados y robados, pesados y roídos mil
veces antes de que, por un momento, él los creyera suyos, pero aquellos
escarceos entre manos avaras o pródigas eran breves, si se los comparaba con la
inerte duración del mismo metal, instilado en las venas de la Tierra antes de que
Adán viviese. Las paredes de ladrillo se resolvían en barro, en el que se
convertirían algún día. La casa lindante con el convento de los Franciscanos,
en donde él se hallaba abrigado y razonablemente caliente, dejaba de ser una
casa, lugar geométrico del hombre, sólido refugio para el espíritu aún más que
para el cuerpo: era todo lo más una choza en el bosque, una tienda a la orilla
del camino, un jirón de tela arrojado entre la infinidad y nosotros. Las tejas
dejaban pasar la bruma y los incomprensibles astros. La habitaban muertos por
centenares y también vivos, más perdidos que los muertos: docenas de manos
habían colocado aquellos cristales, moldeado ladrillos y serrado tablones,
habían clavado, cosido o pegado: hubiera sido tan difícil encontrar al obrero
aún vivo que había tejido aquel pedazo de estameña como evocar a un difunto.
Había gentes que se alojaron allí antes que él, como un gusano en su capullo, y
que se alojarían después de que él ya no existiera. Muy bien escondidos, por no
decir invisibles, había una rata detrás de un tabique, un insecto que atarazaba
desde dentro la enferma viga maestra y que veía, de manera distinta a la suya,
los espacios llenos y vacíos de la habitación... Alzaba los ojos: en el techo,
una viga aprovechada de algún otro edificio llevaba grabada una cifra: 1491. En
la época en que había sido grabado para fijar una fecha que ya no importaba a
nadie, él, Zenón, no existía aún, ni tampoco la mujer que lo trajo al mundo.
Daba vueltas a esas cifras como si de un juego se tratase: año de 1491 después
de Cristo. Intentaba imaginar cómo fue aquel año sin relacionarlo con su propia
existencia, de la que no se sabía más que una cosa y es que existía. Caminaba
sobre su propio polvo. Pero sucedía con el tiempo como con la rugosidad de un
roble: no sentía aquellas fechas grabadas por mano del hombre. La Tierra daba
vueltas ignorante del calendario juliano o de la era Cristina, formando su
círculo sin principio ni fin, como un anillo liso. Zenón recordó que los turcos
se hallaban en el año 973 de la Hégira, mas Darazi había contado en secreto
según la era de Cosroes. Pasando del año al día, pensó que en aquel momento el
sol nacía sobre los tejados de Pera. El cuarto se escoraba; las cinchas
chirriaban como si fueran amarras; la cama resbalaba de occidente a oriente, a
la inversa del movimiento aparente del cielo. La sensación de seguridad que le
daba el reposar de manera estable en un rincón del suelo belga era otro error;
el punto del espacio en el que se encontraba contendría una hora después el mar
y sus olas, algo más tarde las Américas y el continente de Asia. Aquellas
regiones adonde él no iría nunca se superponían en el abismo, en el hospicio de
San Cosme. El mismo Zenón se disipaba como las cenizas al viento.
SOLVE ET COAGULA... Él sabía lo que significaba aquella ruptura
de las ideas, aquella resquebrajadura en el seno de las cosas. Siendo un joven
clérigo, había leído en Nicolás Flamel la descripción del OPUS NIGRUM, la
experiencia de la disolución y calcinación de las formas, que es la parte más
difícil de la Gran Obra. Don Blas de Vela le había afirmado a menudo,
solemnemente, que la operación tendría lugar por sí misma, se quisiera o no,
cuando se dieran las condiciones para ello necesarias. El clérigo había
meditado con avidez aquellos adagios que le parecían extraídos de no se sabe
qué siniestro grimorio. Aquella separación alquímica, tan peligrosa que los
filósofos herméticos no hablaban de ella sino a medias palabras, tan ardua que
muchas vidas se habían consumido en vano para obtenerla, él la había confundido
antaño con una fácil rebelión. Luego, tras rechazar todo aquel cúmulo de
ensoñaciones tan antiguas como la ilusión humana, sin conservar de sus maestros
alquímicos más que unas cuantas recetas pragmáticas, había optado por disolver
y coagular la materia en el sentido de una experimentación realizada con el
cuerpo de las cosas. Ahora, las dos ramas de la parábola se unían: la mors
philosophica se había realizado: el operador quemado por los ácidos de la
búsqueda era a la vez sujeto y objeto, frágil alambique y, en el fondo del
receptáculo, precipitado negro. La experiencia que habían creído poder confinar
en la rebotica se había extendido a todo. ¿Quería ello decir que las frases
subsiguientes de la aventura alquímica fueran algo distinto de los sueños y que
algún día él podría conocer la pureza ascética de la piedra blanca, y luego el
triunfo del espíritu y los sentidos, que caracteriza a la piedra roja? Del
fondo de la resquebrajadura nacía una quimera. Él decía Sí, por audacia, del
mismo modo que antaño había dicho No, también por lo mismo. Se paraba de
repente, tirando violentamente de sus propias riendas. La primera fase de la
Obra le había llevado toda su vida. El tiempo y las fuerzas le faltaban para ir
más lejos, suponiendo que hubiera un camino y que por ese camino pudiera pasar
un hombre. O bien esa putrefacción de las ideas, esa muerte de los instintos,
esa trituración de las formas que casi se le hacían insoportables a la
naturaleza humana serían rápidamente seguidas de la muerte auténtica y sería
curioso ver por qué camino el espíritu, tras su regreso de los campos del
vértigo, emprendería sus habituales rutinas, provisto tan sólo de facultades
más libres y como limpias. Sería muy hermoso ver sus efectos.
Empezaba a verlos ya. No le cansaban los trabajos del
dispensario y su mano y su mirada nunca fueron más seguros. Los harapientos que
aguardaban pacientemente cada mañana a que abrieran el hospicio eran atendidos
con la misma pericia con que antaño lo fueron los grandes de este mundo. La
completa carencia de miedo o de ambición le permitía aplicar sus métodos más
libremente, y casi siempre obtenía buenos resultados: aquella dedicación total
excluía hasta la compasión. Su constitución, de por sí seca y nerviosa, parecía
fortalecerse al acercarse la vejez; sufría menos del frío; parecía insensible a
las heladas del invierno y a la humedad del verano; el reuma que había
contraído en Polonia ya no lo atormentaba. Había dejado de notar las
consecuencias de unas fiebres tercianas que se trajo de Oriente en otros
tiempos. Comía con indiferencia lo que le traía del refectorio uno de los
hermanos que el prior había adscrito al hospicio, o bien escogía en la posada
los platos más baratos. La carne, la sangre, las entrañas, todo lo que había
palpitado y vivido le repugnaban en aquella época de su existencia, pues el
animal muere con dolor, lo mismo que el hombre, y no le gustaba digerir
agonías. Desde que él mismo había degollado un cerdo en casa de un carnicero de
Montpellier, para comprobar si había o no coincidencia entre la pulsación de la
arteria y la sístole del corazón, le había dejado de parecer útil emplear dos
términos distintos para el animal al que sacrifican y el hombre que muere. Sus
preferencias a la hora de alimentarse iban hacia el pan, la cerveza, las
papillas de cereales que conservan algo del sabor denso de la tierra, las
acuosas verduras, las frutas refrescantes, las subterráneas y sabrosas raíces.
El posadero y el hermano cocinero se asombraban de sus abstinencias, que ellos
creían de intención piadosa. En algunas ocasiones, sin embargo, se obligaba a
si mismo a masticar pensativamente un pedazo de tripa o de hígado echando
sangre, para probarse que su rechazo procedía del espíritu y no de un capricho del
gusto. Nunca se preocupó mucho por sus atavíos: por distracción o desprecio, ni
siquiera renovaba su ropa. En materia erótica, seguía siendo el médico que
antes recomendaba a sus enfermos los consuelos del amor, de la misma manera que
también les aconsejaba beber vino. Aquellos ardientes misterios le parecía que
aún eran, para muchos de nosotros, el único acceso al reino ígneo, del que tal
vez seamos ínfimas pavesas, pero esta sublime ascensión era breve y le hacía
dudar de que un acto tan sujeto a las rutinas de la materia, tan dependiente de
los instrumentos de la generación carnal, no fuera para el filósofo una de esas
experiencias que deben hacerse para seguidamente renunciar a ellas. La
castidad, en la que antaño veía una superstición que debía combatirse, le
parecía ahora una de las caras de la serenidad: saboreaba ese frío conocimiento
que uno tiene de los seres cuando ya no los desea. No obstante, una vez que se
dejó seducir por un encuentro y se entregó de nuevo a aquellos juegos, él mismo
se extrañó de sus propias fuerzas. Se enfadó un día con un fraile sinvergüenza
que vendía en la ciudad los ungüentos del dispensario, pero su cólera era más
deliberada que instintiva. Se permitía incluso alguna bocanada de vanidad tras
una operación bien hecha, lo mismo que se le permite a un perro que retoce en
la hierba.
Una mañana, durante uno de sus paseos de herborista, una
circunstancia insignificante y casi grotesca lo indujo a reflexionar. Tuvo
sobre él un efecto comparable al de una revelación que ilumina para un devoto
algún santo misterio. Salió de la ciudad al clarear el día, para llegarse hasta
el lindero de las dunas, llevando consigo una lupa que había mandado construir
según sus instrucciones a un fabricante de lentes de Brujas, y que le servía
para examinar de cerca las raicillas y las semillas de las plantas que cogía.
Al llegar el mediodía, se durmió acostado boca abajo en un hueco formado en la
arena, con la cabeza apoyada en el brazo y la lupa, que había resbalado de su
mano, reposando debajo de él sobre una mata seca. Al despertar, creyó percibir
contra su rostro a un bicho extraordinariamente inmóvil, insecto o molusco, que
se movía en la sombra. Su forma era esférica; la parte central, de un negro
húmedo y brillante, se hallaba rodeada de una zona de color blanco rosáceo o
apagado; unos pelos como flecos cruzaban la periferia, nacidos de una especie
de caparazón pardo estriado de grietas y abollado. Una vida casi pavorosa
habitaba en aquella cosa frágil. En menos de un instante, antes incluso de que
su visión pudiera formularse con el pensamiento, reconoció que lo que estaba
viendo no era más que su propio ojo reflejado y aumentado por la lupa, detrás
de la cual la arena y la hierba formaban una especie de azogue como el de un
espejo. Se levantó pensativo. Se había visto viendo. Escapando a las rutinas de
las perspectivas habituales, había contemplado muy de cerca el órgano pequeño y
enorme, próximo pero extraño, vivo pero vulnerable, provisto de imperfecto
aunque prodigioso poder, del que él dependía para contemplar el universo. No
había nada teórico que sacar de aquella visión, que acrecentó extrañamente el
conocimiento que tenía de sí mismo, y al mismo tiempo su noción de los
múltiples objetos que componen ese sí. Como el ojo de Dios en determinadas
estampas, aquel ojo humano se convertía en un símbolo. Lo importante era
recoger lo que este ojo filtraría del mundo antes de que se hiciera de noche,
controlar su testimonio y, en caso de ser posible, rectificar sus errores. En
cierto sentido, el ojo contrarrestaba al abismo.
Salía del negro desfiladero. La verdad era que ya había salido
de él más de una vez. Y seguiría saliendo. Los tratados dedicados a la aventura
del espíritu se equivocaban al asignarle a ésta unas fases sucesivas: todas, al
contrario, se entremezclaban. Todo se hallaba sujeto a infinitas repeticiones.
La búsqueda del espíritu daba vueltas en círculo. Antaño en Basilea, lo mismo
que en otros lugares, había pasado por la misma noche. Las mismas verdades
habían sido reaprendidas varias veces. Pero la experiencia era acumulativa: el
paso, a la larga, se iba haciendo más seguro; el ojo veía más allá en ciertas
tinieblas; el espíritu comprobaba al menos ciertas leyes. De la misma manera
que un hombre sube o baja la ladera de una montaña, él se elevaba y se hundía
sin moverse del sitio; todo lo más, a cada revuelta, el mismo abismo se abría
tan pronto a la derecha como a la izquierda. La subida sólo podía medirse por
el aire, que se iba haciendo más escaso, y por las nuevas cimas que apuntaban
en el horizonte. Pero las nociones de ascensión o de descenso eran falsas: los
astros brillaban igual abajo que arriba; no estaba ni en el fondo del abismo,
ni tampoco en el centro. El abismo se hallaba al mismo tiempo más allá de la
esfera celeste y en el interior de la bóveda ósea. Todo parecía realizarse en
el fondo de una serie infinita de curvas cerradas.
Había vuelto a escribir, pero sin la intención de publicar sus
trabajos. De entre todos los tratados antiguos de medicina, siempre admiró el
libro III de las Epidémicas de Hipócrates, por la exacta descripción de los
casos clínicos y sus síntomas, sus progresos día a día y su resolución. Él
llevaba un registro análogo en lo concerniente a los enfermos tratados en el
hospicio de San Cosme. Puede que algún médico que viviera después de él sacara
algún fruto del diario redactado por un practicante que ejerció en Flandes, en
tiempos de Su Católica Majestad Felipe II. Un proyecto más atrevido le llevó
cierto tiempo: el de un Liber Singularis, en donde anotó todo cuanto sabía
sobre el hombre, basándose en sí mismo, su complexión, su comportamiento, sus
actos confesados o secretos, fortuitos o voluntarios, sus pensamientos y
también sus sueños. Redujo su plan, por considerarlo demasiado amplio, y se
limitó a un año vivido por aquel hombre, y luego a un solo día. Seguía
escapándosele la inmensa materia y pronto se percató de que, de todos sus
pasatiempos, aquel era el más peligroso. Renunció a él. En ocasiones, para
distraerse, ponía por escrito pretendidas profecías que satirizaban en realidad
los errores y las monstruosidades de su tiempo, dándoles el aspecto inusitado
de una novedad o de un prodigio. Algunas veces, a modo de diversión, comunicaba
al organista de Saint-Donatien —amigo suyo desde que operó a su buena mujer de
un tumor benigno— algunos de aquellos extraños enigmas. El organista y su media
naranja se quebraban la cabeza tratando de dilucidar su sentido, como en las
adivinanzas, tras lo cual reían de todo ello sin malicia.
Un objeto que lo entretuvo durante unos años fue una planta de
tomate, rareza botánica nacida de un esqueje que obtuvo a duras penas de un
espécimen único traído del Nuevo Mundo. Esta valiosa planta, que guardaba en su
laboratorio, le infundió ganas de volver a sus antiguos estudios sobre los
movimientos de la savia: con ayuda de una tapadera, que impedía la evaporación
del agua vertida en el tiesto, y comprobando el peso todas las mañanas,
consiguió medir cuántas onzas líquidas eran absorbidas por el poder de
imbibición de la planta; más tarde, intentó medir por álgebra hasta qué altura
podía elevar esta facultad los fluidos en el interior de un tronco o de un
tallo. Con este motivo, mantuvo correspondencia con el sabio matemático que le
había ofrecido su casa, en Lovaina, unos seis años antes. Intercambiaban
fórmulas. Zenón esperaba con impaciencia sus respuestas. Empezaba a pensar en
nuevos viajes.
LA ENFERMEDAD DEL PRIOR
Un lunes de mayo, festividad de la Santísima Sangre, Zenón
despachaba su comida, como de costumbre, en la posada del Grand Cerf. Estaba
sentado solo en un rincón oscuro. Las mesas y los bancos situados cerca de las
ventanas que daban a la calle se hallaban, al contrario, especialmente llenos
de gente, pues se podía ver la procesión desde allí. La patrona de una casa de
trato, que dirigía en Brujas un conocido burdel, y a la que por su corpulencia
apodaban La Calabaza, ocupaba una de aquellas mesas en compañía de un
hombrecillo pálido que pasaba por ser su hijo y de dos mozas de su
establecimiento. Zenón sabía quién era la Calabaza por las recriminaciones de
una muchacha tímida que a veces iba a pedirle una receta contra su tos. Aquella
criatura no paraba de hablar de las villanías que le hacía la patrona, que la
explotaba y, además, le robaba su ropa fina.
Un grupito de guardias valores, que acababan de rendir honores a
la puerta de la iglesia, entró allí para comer. La mesa de La Calabaza le gustó
al oficial, quién ordenó a aquellas gentes que se largaran. El presunto hijo y
las furcias no se lo hicieron repetir dos veces, pero La Calabaza tenía el
corazón lleno de orgullo y se negó a moverse de su sitio. Empujada por un
guardia, que trataba de hacerla levantar, se agarró a la mesa y volcó los
platos que en ella había; una bofetada del oficial dejó una huella lívida en la
gruesa mejilla amarillenta. Chillando, mordiendo y agarrándose a los bancos y
al montante de la puerta, tuvieron que arrastrarla los guardias para sacarla
fuera. Uno de ellos, con el propósito de hacer reír a la gente, la pinchaba en
broma con la punta del estoque. El oficial, instalado en el sitio conquistado,
daba órdenes desdeñosamente a la sirvienta que estaba limpiando el suelo.
Nadie hizo ademán de levantarse. Algunos soltaron unas cuantas
risotadas por cobarde complacencia, aunque la mayoría, al contrario, volvía la
vista o refunfuñaba, metiendo las narices en el plato. Zenón presenció la
escena con una mueca de repugnancia: La Calabaza era despreciada por todos;
suponiendo que hubiese podido luchar contra la brutalidad soldadesca, la
ocasión era desfavorable y el defensor de la opulenta mujer no hubiera
recolectado más que rechiflas. Más tarde se supo que la alcahueta había sido
azotada por atentar contra la paz ciudadana y llevada de nuevo a su casa. Ocho
días después, atendía su burdel como de costumbre, enseñando, a quien quisiera
verlas, sus cicatrices.
Cuando Zenón fue a cumplir con su deber cerca del prior, que
guardaba cama, cansado de haber seguido la procesión a pie, lo halló al tanto
del incidente. Zenón le contó lo que había visto con sus propios ojos. El
religioso suspiró, dejó la taza de hierbas y dijo:
—Esa mujer es un desecho de su sexo, y no os desapruebo por
haber mantenido cerrada la boca. Mas ¿acaso hubiera protestado alguien si se
hubiera tratado de una santa? Esa Calabaza es lo que es y, no obstante, hoy
tenía la justicia a su favor, o sea a Dios y a sus ángeles.
—Dios y sus ángeles no intervinieron en su favor —dijo
evasivamente el médico.
—Lejos de mi intención poner en duda los santos prodigios de la
Escritura —dijo el religioso calurosamente—, pero, en nuestros días, amigo mío
(y ya he pasado de los sesenta años) jamás vi que Dios interviniera
directamente en nuestros asuntos terrenales. Dios delega en nosotros y sólo
actúa a través de nosotros, pobres hombres.
Buscó en el cajón de un bargueño dos hojas cubiertas de una
escritura apretada y se las entregó al doctor Théus.
—Ved —le dijo—. Mi ahijado, Monsieur de Withen, es un patriota y
me tiene al corriente de las atrocidades que sólo sabemos cuando ya es
demasiado tarde y la emoción ha muerto, o bien las sabemos en seguida, pero
edulcoradas con mentiras. Nuestra imaginación es débil, querido médico. Nos
inquietamos, y con razón, por una alcahueta maltratada, porque esas sevicias se
cometen ante nuestros ojos, pero hay monstruosidades que se están cometiendo a
diez leguas de aquí y que no me impiden acabar tranquilamente esta infusión de
malvavisco.
—La imaginación de Vuestra Reverencia es lo bastante poderosa
como para hacer temblar sus manos y derramar ese poco de tisana —observó
Sébastien Théus.
El prior limpió con el pañuelo su hábito de lana gris.
—Cerca de trescientos hombres y mujeres, declarados rebeldes a
Dios y al príncipe, han sido ejecutados en Armentières —murmuró como de mala
gana—. Empezad a leer, amigo mío.
—Las pobres gentes a quienes cuido saben ya las consecuencias de
Armentières —dijo Zenón, y devolvió la carta al prior—. En cuanto a los demás
abusos de que se habla en esta carta, constituyen el tema de conversación en el
mercado y en las tabernas. Las noticias vuelan a ras de tierra. Vuestros
burgueses y hombres importantes, metidos dentro de sus casas, oyen todo lo más
algún rumor.
—Sí que oyen —dijo el prior con una cólera triste—. Ayer,
después de la misa, cuando me hallaba en compañía de mis colegas eclesiásticos
en el atrio de la iglesia de Notre-Dame, me atreví a decir unas palabras sobre
los asuntos públicos. Nadie había, entre aquellas gentes, que no aprobara los
fines, ya que no los medios, de los tribunales de excepción o que, a lo más,
protestara blandamente contra sus excesos sangrientos. Dejo aparte al cura de
Saint-Gilles: éste manifiesta que somos muy capaces de quemar nuestros propios
herejes sin que los extranjeros nos vengan a enseñar cómo debemos hacerlo.
—Se halla dentro de las buenas tradiciones —dijo Sébastien Théus
con una sonrisa.
—¿Acaso soy yo menos ferviente católico que él y menos piadoso?
—exclamó el prior—. No hay nadie que navegue durante toda la vida sin odiar a
las ratas que roen las obras vivas del barco. Pero el fuego, el infierno y la
fosa común no hacen más que endurecer a quienes los infligen, a quienes asisten
a ellos como si de teatro se tratara y a quienes los sufren. De este modo, los
contumaces se convierten en mártires. Es una burla, señor médico. El tirano se
las arregla para diezmar a nuestros patriotas con el pretexto de vengar a Dios.
—¿Vuestra Reverencia aprobaría estas ejecuciones si las juzgara
eficaces para restablecer la unidad de la Iglesia?
—No me tentéis, amigo mío. Tan sólo sé que nuestro padre
Francisco, que murió tratando de apaciguar las discordias civiles, hubiera
aprobado a nuestros gentileshombres flamencos por trabajar en un convenio.
—Esos mismos señores han creído poder pedirle al Rey que se
arrancaran los carteles que publicaban el anatema contra el hereje en el
Concilio de Trento —dijo dubitativamente el médico.
—¿Y por qué no? —exclamó el prior—. Esos carteles, protegidos
por la tropa, insultan nuestras libertades cívicas. A todo el que está
descontento le colocan la etiqueta de protestante. ¡Que Dios me perdone! Tal
vez hayan sospechado que la alcahueta de quien antes hablábamos siente
inclinaciones evangélicas... En cuanto al Concilio, sabéis muy bien, igual que
yo, lo que pesaron en sus deliberaciones las discretas voluntades de nuestros
príncipes. Al emperador Carlos le inquietaba sobre todo la unidad del Imperio,
lo que es natural. El rey Felipe piensa en la supremacía de las Españas. ¡Ay!
De no haberme percatado yo muy pronto de que toda política de corte no es más
que astucia y contraastucia, abuso de palabras y abuso de poderes, tal vez no
hubiera hallado en mí la fortaleza suficiente para dejar el mundo y entregarme
al servicio de Nuestro Señor.
—Vuestra Reverencia habrá sufrido grandes reveses, sin duda
—dijo el doctor Théus.
—¡Nada de eso! —repuso el prior—. He sido un cortesano bien considerado
por su señor, negociante más afortunado de lo que mis pobres talentos merecían,
marido dichoso de una piadosa y buena mujer. He sido un privilegiado en este
mundo tan lleno de males.
Su frente se humedecía de sudor, lo que le pareció al médico
sintomático de debilidad. Volvió hacia el doctor Théus su rostro preocupado.
—¿Decíais que las pobres gentes de quienes os ocupáis siguen con
simpatía los movimientos de la supuesta Reforma?
—Ni he dicho ni he observado nada semejante —dijo precavido
Sébastien—. Vuestra Reverencia no ignora que quienes sustentan opiniones
comprometedoras saben guardar silencio de ordinario —añadió con un ligero tono
de ironía—. Bien es verdad que la frugalidad evangélica tiene a veces su
atractivo para algunos de esos pobres, pero la mayoría son buenos católicos,
aunque sólo sea por costumbre.
—Por costumbre —repitió con dolor el religioso.
—En cuanto a mí —dijo con tono frío el doctor Théus, optando por
extender su charla con objeto de dejar al prior tiempo suficiente para que se
calmaran sus emociones—, lo que yo veo en todo esto es la eterna confusión de
los asuntos humanos. El tirano produce horror a los corazones bien nacidos, mas
nadie niega que Su Majestad reina legítimamente en los Países Bajos, heredados
de una antepasada que fue la heredera y el ídolo de Flandes. No me detengo a
examinar si es justo que se pueda legar un pueblo como si fuera un aparador.
Nuestras leyes son así. Los gentileshombres que, por demagogia, adoptan el
nombre de gueux son unos Janos, traidores al rey del que son vasallos, y héroes
y patriotas para las multitudes. Por otra parte, las intrigas entre príncipes y
las disensiones entre ciudades son tales que muchas mentes circunspectas
prefieren las exacciones de los extranjeros al desorden que seguiría a su
derrota. El español persigue salvajemente a los presuntos reformados, pero la
mayoría de los patriotas son buenos católicos. Estos reformados se enorgullecen
de la austeridad de sus costumbres, pero su jefe en Flandes, Monsieur de
Bréderode, es un bribón libertino. La gobernadora, que tiene interés en
conservar su puesto, promete la supresión de los Tribunales de la Inquisición y
anuncia al mismo tiempo la instalación de otras cámaras de justicia que
enviarán a los herejes a la hoguera. La Iglesia insiste caritativamente para
que aquellos que se confiesen in extremis sólo se vean sometidos a una muerte
sencilla, empujando de la suerte a estos desgraciados al perjurio y al mal uso
de los sacramentos. Los evangelistas, por su parte, degüellan en cuanto pueden
a los pocos y miserables anabaptistas que quedan. El estado eclesiástico de
Lieja, que, por definición, se halla a favor de la Santa Iglesia, se enriquece
proporcionando abiertamente armas a las tropas reales, y subrepticiamente a los
gueux. Todos odian a los soldados a sueldo del extranjero, tanto más cuanto
que, al ser escasa la paga, se resarcen sobre los hombros del ciudadano, pero
las pandillas de bandidos que recorren los campos debido a los disturbios
obligan a los burgueses a reclamar la protección de picas y alabardas. Estos
burgueses, preocupados por sus franquicias, ponen mala cara por principio a la
monarquía y asimismo a la nobleza, pero los herejes se producen, en su mayor
parte, entre el pueblo llano y todo burgués aborrece a los pobres. Entre ese
derroche de palabras, algarabía de armas y, en ocasiones, buen ruido de
escudos, lo que menos se oye son los gritos de aquellos a quienes rompen los
huesos o torturan con las tenazas. Así es el mundo, señor prior.
—Durante la misa mayor —dijo melancólicamente el superior— he
rezado, conforme al uso, por la prosperidad de la Gobernadora y de Su Majestad.
En lo que concierne a la Gobernadora, aún pase: Madame es una mujer bastante
buena, que trata de hallar un acomodo entre el hacha y el tajo. Pero ¿por qué
he de rezar por Herodes? ¿Hay que pedir a Dios la prosperidad del cardenal de
Granvelle en su refugio que, por lo demás, es simulado, y desde el cual
continúa hostigándonos? La religión nos obliga a respetar a las autoridades
establecidas y yo no la contradigo. Mas la autoridad también se delega y,
cuanto más abajo llegamos, más grosero es el rostro que adopta y en el que casi
se marca grotescamente la huella de nuestros crímenes. ¿Tengo que llegar en mi
oración hasta pedir por la salvación de los guardias valones?
—Vuestra Reverencia puede rezar a Dios para que ilumine a los
que nos gobiernan —dijo el médico.
—Necesito, sobre todo, que me ilumine a mí —dijo el franciscano
compungido.
Zenón desvió la conversación hacia las necesidades y desembolsos
del hospicio, ya que aquella charla sobre los sucesos políticos agitaba
demasiado al religioso. En el momento de despedirse, sin embargo, el prior lo
retuvo, haciéndole una seña para que cerrara por prudencia la puerta de la
celda.
—No necesito recomendaros que tengáis circunspección —dijo—. Ya
veis que nadie se halla situado ni tan alto ni tan bajo como para evitar las
sospechas y ultrajes. Que nadie se entere de nuestra conversación.
—A menos de que me ponga a hablar con mi sombra... , —dijo el
doctor Théus.
—Estáis estrechamente asociado a este convento —recordó el
religioso—. Repetios bien que hay mucha gente en esta ciudad, e incluso dentro
de estos muros, a quienes no disgustaría acusar al prior de los Franciscanos de
rebelión y herejía.
Aquellas conversaciones se renovaron con harta frecuencia. El
prior parecía estar ávido de ellas. Aquel hombre que tan respetado creía Zenón
parecía estar más solo y amenazado que él mismo. En cada una de sus visitas, el
médico leía con mayor claridad en el rostro del religioso los estragos de un
mal indefinible que socavaba sus fuerzas. La angustia y la compasión que en el
prior provocaba la miseria de aquellos tiempos podían ser la única causa de
aquel declive inexplicable. Puede que, al contrario, fueran efecto y marca de
una constitución demasiado quebrantada para soportar las crueldades de este
mundo con la robusta indiferencia con que las soportan la mayoría de los
hombres. Zenón persuadió a Su Reverencia de que tomara todos los días unos
reconstituyentes mezclándolos con el vino. El prior los tomaba por complacerle.
También el médico apreciaba aquellos intercambios de frases
corteses y, sin embargo, casi exentas de mentira. No obstante, salía de allí
con la impresión de una vaga impostura. Una vez más, del mismo modo que uno se
obliga a hablar latín en la Soborna, había tenido que adoptar, para que lo
escucharan, un lenguaje ajeno que desnaturalizaba su pensamiento, aunque
adoptase todos sus giros e inflexiones. En este caso, su lenguaje era el de un
cristiano deferente, si no devoto, y el de un súbdito leal pero inquieto por el
presente estado del mundo. Una vez más, y teniendo en cuenta las opiniones del
prior por respeto, aún más que por prudencia, aceptaba partir de unas premisas
sobre las que él, en su interior, se hubiera negado a construir nada. Relegando
sus propias preocupaciones, se obligaba a mostrar una sola faceta de su
espíritu, siempre la misma, la que reflejaba a su amigo. Esta falsedad
inherente a las relaciones humanas y que se había convertido en una segunda
naturaleza para él, le molestaba en ese libre trato que se había establecido
entre dos hombres desinteresados. Al prior le hubiera, sorprendido mucho
comprobar cuan poco lugar ocupaban ciertos temas ampliamente debatidos en su
celda, en las cogitaciones solitarias del doctor Théus. No es que la crueldad
dejara indiferente a Zenón, pero había vivido demasiado tiempo en un mundo de
fuego y de sangre como para experimentar, ante esas nuevas pruebas del furor
humano, el sobrecogimiento de dolor que sentía el prior de los Franciscanos.
En cuanto a sus propios peligros, le parecía que por el momento
habían disminuido, en lugar de aumentar, con las perturbaciones públicas. Nadie
se acordaba del insignificante Sébastien Théus. Aquella clandestinidad que los
adeptos a la magia juraban guardar en interés de su ciencia lo envolvía por el
peso de las circunstancias. Él era en verdad invisible.
Una noche de aquel mismo verano, a la hora del toque de queda,
subió otra vez al desván, tras haber cerrado la puerta con llave como de
costumbre. El hospicio cerraba al tocar el ángelus: tan sólo una vez, en
ocasión de una epidemia durante la cual el hospicio Saint-Jean rebosaba de
enfermos, asumió el médico la responsabilidad de instalar unos jergones en el
hospicio y de dejar a los que tuvieran fiebre en la sala de abajo. El hermano
Luc, encargado de lavar los suelos, se había marchado ya con sus cubos y
bayetas. De repente, Zenón oyó el ruidito de un puñado de piedrecillas que daba
en los cristales; aquello le recordó tiempos lejanos, cuando él corría a
reunirse con Colas Gheel después de haber oído la última campanada de la noche.
Se vistió y bajó.
El que llamaba era el hijo del herrero de la rue aux Laines. El
tal Josse Cassel le explicó que uno de sus primos, nacido en
Saint-Pierre-lez-Bruges, tenía rota la pierna a consecuencia de las coces de un
caballo que llevaba a herrar a casa de su tío; yacía en muy mal estado, en un
cuartucho situado detrás de la herrería. Zenón cogió lo que necesitaba y siguió
a Josse por las calles. Al llegar a un cruce, toparon con la tonda, que los
dejó pasar en cuanto Josse hubo explicado que había ido a buscar al médico para
su padre, pues éste acababa de machacarse los dedos de un martillazo. Aquella
mentira dio que pensar al médico.
El herido se hallaba tendido en una cama improvisada. Era un
rústico de unos veinte años, una suerte de lobo rubio, con los cabellos pegados
a las mejillas por el sudor, medio desvanecido por el sufrimiento y por la
pérdida de sangre. Zenón le administró un tónico y examinó la pierna; los
huesos sobresalían de la carne por dos puntos, y la carne a su vez colgaba
hecha jirones. Nada en aquel accidente recordaba los efectos de una coz; las
marcas de las herraduras no se veían por ninguna parte. La prudencia, en un
caso semejante, exigía la amputación, pero el herido, al ver que el médico
estaba pasando por el fuego la hoja de la sierra, se reanimó lo suficiente para
ponerse a aullar. El herrero y su hijo estaban apenas menos inquietos, pues
tenían miedo de que, si la operación terminaba mal, iban a encontrarse con un
cadáver entre las manos. Cambiando de plan, Zenón decidió tratar de reducir
primero la fractura.
El muchacho apenas ganaba con ello: el esfuerzo de estirar la
pierna para colocar los huesos en su sitio le arrancó unos gritos como si lo
estuvieran torturando. El médico tuvo que abrir más la llaga con la navaja de
afeitar y meter en ella la mano para buscar las esquirlas. Después, lavó la
superficie con un vino fuerte que, por suerte, tenía el herrero en una jarra.
El padre y el hijo se afanaban preparando vendas y tablillas. Hacía un calor
horrible en aquel cuchitril, pues los dos hombres hablan tapado cuidadosamente
todas las rendijas que en el cuarto había para que no oyesen gritar al herido.
Zenón dejó la rue aux Laines muy incierto del resultado. El
muchacho estaba muy mal y sólo el vigor de la juventud permitía albergar
esperanzas. El médico volvió después todos los días, tan pronto muy de mañana
como, al contrario, tras el cierre del hospicio, para regar las llagas con un
vinagre que desinfectaba las sanies. Más tarde las ungió con agua de rosas para
evitar el exceso de sequedad y la inflamación de los labios. Evitaba cuanto
podía las horas nocturnas en que sus idas y venidas hubieran podido llamar la
atención. Aunque el padre y el hijo siguieran afirmando que era cierta la
historia de las coces, se daba por supuesto que más valía guardar silencio
sobre el asunto.
Al llegar el décimo día se formó un absceso; la carne se hizo
esponjosa y la fiebre, que nunca había dejado al enfermo, subió como una llama.
Zenón lo tenía a dieta estricta. Han deliraba pidiendo de comer. Una noche, sus
músculos se contrajeron con tal violencia que la pierna rompió sus tablillas.
Zenón se dijo que, por compasión cobarde, no había apretado tanto como era
preciso las tablillas. Hubo que tumbar de nuevo al herido y reducir. El dolor
podía ser más agudo que la primera vez, pero Zenón envolvió al enfermo en una
nube de opio y así pudo soportarlo mejor. Al cabo de siete días los tubos de
drenaje habían vaciado el absceso y la fiebre acabó entre abundantes sudores.
Zenón salió de la herrería con el corazón contento, con la impresión de que le
había ayudado la fortuna, sin la cual cualquier pericia resulta vana. Durante
aquellas tres semanas, le parecía haber puesto continuamente todas sus fuerzas
al servicio de esta curación, pese a sus otras preocupaciones y trabajos.
Aquella perpetua atención se parecía mucho a lo que el prior llamaba estado de
oración.
Pero ciertas confesiones habían escapado de labios del herido
cuando deliraba. Josse y el herrero acabaron por confirmar y completar de buen
grado la comprometedora historia. Han procedía de una pobre aldea, cerca de
Zévecote, a tres leguas de Brujas, donde recientemente habían ocurrido los
sangrientos sucesos que todo el mundo conocía. Todo había empezado con los
sermones de un predicador, que había soliviantado al pueblo. Aquellos rústicos,
descontentos del í cura, que no se andaba con bromas en lo tocante a impuestos,
habían invadido la iglesia martillo en mano, rompiendo las estatuas del altar y
la Virgen que se sacaba en procesión, apoderándose de los faldones bordados, el
manto y la aureola de latón de Nuestra Señora, así como de los pobres tesoros de
la sacristía. Una escuadra, al mando de un capitán llamado Julián Vargas,
acudió inmediatamente para reprimir aquellos desórdenes. La madre de Han, en
cuya casa hallaron un pedazo de raso bordado de perlas, fue asesinada a golpes,
tras las acostumbradas violencias, pese a que la buena mujer ya no tuviese edad
para ello. Echaron a las de más mujeres y niños, que se dispersaron por el
campo. Mientras colgaban a unos cuantos hombres de la aldea, el capitán Vargas
cayó al suelo, soltando los estribos, herido en la frente por una bala de
arcabuz. Alguien había disparado por el ventanillo de un granero; los soldados
buscaron por todas partes y clavaron las lanzas en los almiares, sin encontrar
a nadie; finalmente, prendieron fuego al granero. Seguros de haber achicharrado
al asesino, se retiraron después llevándose el cadáver de su capitán atravesado
en la silla de su caballo, así como unas cuantas cabezas de ganado confiscado.
Han había saltado del tejado, rompiéndose la pierna al caer. Apretando los
dientes, se había acercado a rastras hasta un montón de paja e inmundicias a
orillas del estanque, y allí se había quedado escondido, hasta que se fueron
los soldados, temiendo que el fuego se propagara a su miserable refugio. Al
llegar la noche, unos campesinos de una granja cercana acudieron para ver lo
que podían sacar del pueblo desierto, y lo descubrieron allí, al oír sus quejas
que ya no podía contener. Aquellos merodeadores tenían buen corazón, decidieron
meter a Han bajo la lona de una carreta y lo enviaron a la ciudad, a casa de su
tío. Llegó allí sin conocimiento. Pieter y su hijo se preciaban de que nadie
había visto entrar el carro en el patio de la rue aux Laines.
Como lo creían muerto en el granero incendiado, Han se hallaba a
cubierto de persecuciones, pero esa seguridad dependía del silencio de los
campesinos que, de un momento a otro, podían hablar de grado y, sobre todo, por
fuerza. Peter y Josse arriesgaban su vida albergando a un rebelde profanador de
imágenes, y el peligro que el médico corría no era menor. Seis semanas más
tarde, el convaleciente andaba a saltitos ayudándose con una muleta, aunque las
adherencias de la cicatriz aún le dolían mucho. El padre y el hijo suplicaron
al médico que les librara del muchacho, que, además, no era de esos a quienes
se les toma cariño: su larga reclusión lo había tornado quejique y huraño.
Estaban hartos de oírle contar su única proeza, y el herrero, que le guardaba
rencor por haberle soplado su preciado vino y su cerveza, se puso rabioso al
oír que aquel sinvergüenza le había pedido a Josse que le proporcionara una
muchacha. Zenón comprendió que Han estaría mejor escondido en una gran ciudad
como Amberes, en donde quizá pudiera, una vez curado del todo, alcanzar en la
otra orilla del Escalda a las pequeñas bandas de rebeldes del capitán Henri
Thomaszoon y del capitán Sonnoy, quienes emboscados en sus edificios, a lo
largo de las costas de Zelanda, hostigaban lo mejor que podían a las tropas
reales.
Pensó en el hijo de la vieja Greete, quien, como carretero,
hacía todas las semanas un viaje con sus fardos y sus sacos. Éste, una vez al
tanto de la confidencia, consintió en llevar consigo al muchacho y dejarlo en
lugar seguro. Aun así, hacía falta algún dinero para el viaje. Pieter Cassel, a
pesar de la prisa que tenía por quitarse de encima al sobrino, dijo que no
tenía ni un cuarto más para gastarse en él. Zenón no poseía nada. Tras algunas
vacilaciones, se encaminó a ver al prior.
El santo varón terminaba de decir misa en el capilla contigua a
su celda. Tras el Ite, missa est y las oraciones de acción de gracias, Zenón le
pidió una entrevista y le contó, sin ocultarle nada, la aventura.
—Os habéis expuesto a grandes peligros esta vez —le dijo el
prior.
—En este mundo tan confuso, existen unas prescripciones bastante
claras —dijo el filósofo—. Mi oficio es curar.
El prior se mostró conforme.
—Nadie llora a Vargas —continuó—. ¿Os acordáis, señor, de los
insolentes soldados que llenaban las calles en la época en que vos llegasteis a
Flandes? Con diversos pretextos, dos años después de haber concluido la guerra
con Francia, el rey seguía imponiéndonos la presencia de ese ejército. ¡Dos
años! Ese Vargas se había quedado sirviendo aquí para continuar ejerciendo
sobre nosotros su brutalidad, que tan odioso lo había hecho a ojos de los
franceses. No podemos alabar al joven David de las Escrituras sin aplaudir a
ese muchacho a quien habéis curado.
—Hay que confesar que es un buen tirador —dijo el médico.
—Me gustaría creer que Dios guió su mano. Pero un sacrilegio es
un sacrilegio. ¿Reconoce ese Han haber participado en la destrucción de las
imágenes?
—Él asegura que sí, mas yo veo, sobre todo, en sus jactancias la
expresión disimulada del remordimiento —dijo prudentemente Sébastien Théus—.
Interpreto del mismo modo ciertas palabras que dejó escapar cuando deliraba.
Unas cuantas predicaciones no han podido borrar en el muchacho todo recuerdo de
sus antiguas avemarías.
—¿Os parecen mal fundados esos remordimientos?
—¿Vuestra Reverencia hace de mí un luterano? —preguntó el
filósofo con débil sonrisa.
—No, amigo mío, temo que no tengáis bastante fe para ser un
hereje.
—Hay quien sospecha de las autoridades, acusándolas de implantar
en los pueblos a esos predicadores, verdaderos o falsos —prosiguió
inmediatamente el médico desviando prudentemente la conversación hacia otros
derroteros que no fueran la ortodoxia de Sébastien Théus—. Nuestros gobernantes
provocan estos excesos para extremar después el rigor con mayor facilidad.
—Conozco muy bien, es cierto, las astucias del Consejo de España
—dijo el religioso con cierta impaciencia—. Mas ¿debo explicaros mis
escrúpulos? Soy el último en desear que a un pobre desgraciado lo quemen vivo
por unas sutilezas teológicas que no entiende, pero hay en esos actos contra
Nuestra Señora un tufillo de Infierno. Si al menos se tratara de uno de esos
santos, como Jorge o Catalina, cuya existencia es puesta en duda por nuestros
doctos y que tanto encantan a la piedad inocente del pueblo... Será porque
nuestra Orden exalta especialmente a esa alta Diosa (así la llama un poeta que
leí en mi juventud) y asegura que se halla indemne del pecado de Adán, o porque
me emociona más de lo que yo quisiera el recuerdo de mi pobre mujer, que
llevaba con gracia y humildad tan hermoso nombre... Ningún crimen contra la fe
me ofende tanto como un ultraje a esa María que llevó en su seno a la Esperanza
del mundo, a esa criatura anunciada desde el alba de los tiempos y que es
nuestra abogada en el cielo...
—Creo comprender vuestro razonamiento —dijo Sébastien Théus al
ver que afluían las lágrimas a los ojos del prior—. Sufrís porque un hombre
brutal ose levantar su mano contra la forma más pura que ha adoptado, según
vos, la bondad divina. Los judíos (traté a algunos médicos pertenecientes a ese
pueblo) me hablaron así de Shechina, que significa la ternura de Dios... Bien
es verdad que sigue siendo para ellos un rostro invisible... Pero puestos a
darle a lo Inefable una apariencia humana, no veo por qué no íbamos a prestarle
unos rasgos de mujer, sin lo cual reducimos a la mitad la naturaleza de las
cosas. Si los animales del bosque poseen algún sentido de los sagrados
misterios (¿y quién sabe lo que pasa por dentro de esas criaturas?) imaginan
seguramente, al lado del Ciervo divino, una Cierva inmaculada. ¿Esta idea
ofusca al prior?
—No más que la imagen del cordero sin mancha. Y María ¿no es
asimismo una Purísima Paloma?
—Tales emblemas tienen, no obstante, sus peligros —prosiguió
meditativamente Sébastien Théus—. Mis hermanos alquimistas emplean imágenes
como la Leche de la Virgen, el Cuervo Negro, el León Universal y la Copulación
Metálica para indicar algunas de las operaciones de su arte, allí donde la
virulencia y la sutileza de éstas sobrepasa a las palabras humanas. El
resultado es que los espíritus toscos se encariñan con estos simulacros y que
otros más juiciosos desprecian, al contrario, un saber que, sin embargo, puede
llevar muy lejos, pero que les parece hundido en una ciénaga de sueños... No
apuraré más la comparación.
—La dificultad es insoluble, amigo mío —dijo el prior—. Si yo
digo a unos desgraciados ignorantes que la cofia de oro de Nuestra Señora y su
manto azul no son más que un torpe símbolo de los esplendores del cielo, y el
cielo a su vez un pobre retrato del Bien invisible, su conclusión será que no
creo en Nuestra Señora, ni en el cielo. ¿No sería eso una mentira aún mayor? La
cosa significada hace auténtico al signo.
—Volvamos de nuevo a hablar del muchacho que he curado —insistió
el médico—. ¿No supondrá Vuestra Reverencia que ese Han creyó derrocar a la
abogada en quien delega la Misericordia Divina? Él ha roto un trozo de madera
vestido de terciopelo y que un predicador le ha presentado como un ídolo; y me
atrevo a decir que esa impiedad, que con razón indigna al prior, le habrá
parecido conforme al anodino sentido común que él ha recibido del cielo. Este
rústico no ha insultado al instrumento de salvación del mundo, del mismo modo
que, al matar a Vargas, tampoco ha pensado en vengar a su patria belga.
—Pero ha hecho ambas cosas.
—Me pregunto si es así —dijo el filósofo—. Somos vos y yo ;
quienes tratamos de dar un sentido a las acciones violentas, de un aldeano de
veinte años.
—¿Tenéis mucho interés en que ese muchacho escape a las
persecuciones, señor médico? —preguntó bruscamente el prior.
—Aparte de hallarse interesada en ello mi propia seguridad,
prefiero que no arrojen al fuego mi obra de arte —replicó con tono de chanza
Sébastien Théus—. Pero no es lo que el prior está pensando.
—Tanto mejor —dijo el religioso—. Así esperaréis su desenlace
con más calma. Tampoco yo quiero estropear vuestra obra, amigo Sébastien.
Hallaréis en ese cajón lo que os hace falta.
Zenón sacó una bolsa escondida debajo de la ropa y escogió
parsimoniosamente unas cuantas monedas de plata. Al colocarla de nuevo en su
sitio, se enganchó con un pedazo de tela barata y trató de desengancharla lo
mejor que pudo. Era un cilicio, del que colgaban aquí y allá unos grumos
negruzcos. El prior volvió la cabeza, con embarazo.
—La salud de Su Reverencia no es tan buena como permitirle
prácticas tan duras.
—Me gustaría hacer mucho más, al contrario —protestó religioso—.
Vuestras ocupaciones, Sébastien —prosiguió—, no os habrán dejado tiempo para
reflexionar sobre las desgracia públicas. Todo lo que se rumorea es, por
desgracia, exacto. El rey acaba de reunir en Piamonte un ejército a las ordenes
del duque de Alba, el vencedor de Mühlberg, que en Italia pasa por ser un
hombre de hierro. Esos veinte mil hombres con sus bestias de carga y sus
equipajes franquean en estos momentos los Alpes para precipitarse después sobre
nuestras desdichadas provincias... Quizás echemos pronto de menos al capitán
Vargas...
—Se dan prisa, antes de que los caminos se vean bloqueados por
el invierno —dijo el hombre que antaño huyó de Innsbruck por los caminos de la
montaña.
—Mi hijo es teniente del rey, y será un milagro si no se
encuentra en compañía del duque —dijo el prior con el tono de quien se obliga a
una penosa confesión—. Todos tenemos algo que ver con el mal.
La tos que ya le había dado más de una vez lo atacó de nuevo.
Sébastien Théus le tomó el pulso, cumpliendo con sus funciones del médico.
—Las preocupaciones tal vez expliquen la mala cara del prior
—dijo tras un momento de silencio—. Pero esta tos persiste desde hace unos días
y ese enflaquecimiento creciente tiene causas que es mi deber descubrir.
¿Consentirá mañana Su Reverencia en dejarme examinar su garganta con un
instrumento inventado por mí?
—Todo lo que queráis, amigo mío —repuso el prior—. Este verano
tan lluvioso es seguramente la causa de mis anginas. Y ya veis vos mismo que no
tengo fiebre.
Han partió aquella misma noche con el carretero, haciendo de
mozo encargado de los caballos. Una leve cojera no cuadraba mal a su papel. Su
guía lo dejó en Amberes, en casa de un factor de los Fugger, que era
secretamente favorable a las nuevas ideas y que vivía en el puerto. Le dio un
empleo, que consistía en clavar y desclavar cajas de especias. Hacia Navidad,
se supo que el muchacho, con las piernas ya firmes, se había embarcado de
carpintero en un buque negrero, que aparejaba para Guinea. En esta clase de
barcos siempre se necesitaba a un carpintero que supiera, no sólo reparar las
averías, sino también construir y desplazar tabiques, o fabricar argollas y
trabas, y que al mismo tiempo píese disparar en caso de motín. La paga era
buena y Han había preferido aquel empleo al inseguro sueldo que hubiese hallado
al lado del capitán Henri Thomaszoon y de sus gueux de mer.
Volvió el invierno. Debido a su ronquera crónica, el prior había
renunciado por su propia voluntad a predicar los sermones de Adviento.
Sébastien Théus consiguió que su paciente reposara una media hora después de
las comidas, para recuperar fuerzas, al menos en el sillón que pocos días antes
habían consentido que metieran en su celda. Como esta no tenía, por seguir la
regla, ni chimenea ni estufa, Zenón lo convenció, no sin trabajo, para que
mandara colocar en ella un brasero.
Lo encontró aquella tarde con los lentes sobre la nariz,
revisando unas cifras. El administrador del convento, Pierre de Hamaere,
escuchaba de pie las observaciones de su superior. Zenón sentía hacia aquel
religioso, a quien no había hablado más de diez veces en su vida, una antipatía
que sabía recíproca. Pierre de Hamaere salió tras haber besado la mano de Su
Reverencia con una de sus genuflexiones a un tiempo altivas y serviles. Las
noticias del día eran particularmente sombrías. El conde de Egmont y su asociado,
el conde de Homes, encarcelados en Gante desde hacía casi tres meses inculpados
de alta traición, acababan de enterarse de que se les negaba el ser juzgados
por sus pares, cosa que probablemente les hubiera salvado la vida. La ciudad
murmuraba ante aquella injusticia. Zenón no quiso ser el primero en hablar de
esta iniquidad, al no saber si el prior se hallaba ya advertido. Le relató, en
cambio, el grotesco final de la historia de Han.
—El gran Pío II condenó hace mucho tiempo el trabajo de los
negreros; pero ¿quién le ha hecho caso? —dijo el religioso con aire cansado—.
Bien es verdad que entre nosotros podernos ver injusticias aún más
acuciantes... ¿Se sabe lo que en la ciudad piensan de la indignidad que le han
hecho al conde?
—Se le compadece más que nunca por haber creído en las promesas
del Rey.
—Lamoral tiene un gran corazón, pero poco entendimiento —dijo el
prior con más calma de la que Zenón esperaba—. Un buen negociador nunca confía.
Tomó con docilidad las gotas astringentes que le daba el médico.
Éste lo contemplaba, mientras bebía, con secreta tristeza: no creía en las
virtudes de aquella medicina, pero buscaba en vano un específico más fuerte. La
ausencia de fiebre le había hecho renunciar a la hipótesis de una enfermedad
del pecho. Un pólipo en la garganta podría explicar la ronquera, la tos
persistente y las crecientes molestias al respirar y al comer.
—Gracias —dijo el prior devolviéndole el vaso vacío—. No me
abandonéis hoy con demasiada premura, amigo Sébastien.
Charlaron primero de varias cosas. Zenón se había sentado muy
cerca del religioso para evitar que éste forzara la voz. El prior volvió de
repente a su principal preocupación.
—Una iniquidad tan manifiesta como la que acaba de soportar
Lamoral arrastra consigo toda una secuela de injusticias igualmente negras,
pero que pasan inadvertidas —prosiguió tratando de fatigarse lo menos posible—.
El portero del conde fue arrestado poco después que su amo, y le rompieron
todos los huesos con barras de hierro en la esperanza de obtener de él alguna
confesión. He dicho la misa esta mañana por los condes y, con toda
probabilidad, no hay ni una sola casa en Flandes en donde no recen por su salvación
en este mundo o en el otro. Pero ¿quién piensa en rezar por el alma de ese
pobre hombre que, además, no ha podido confesar nada puesto que no conocía los
secretos de su amo? Ya no le quedan ni un hueso, ni una vena intactos...
—Ya veo de qué se trata —dijo Sébastien Théus—. Vues Reverencia
elogia la humilde fidelidad.
—No es eso exactamente —contestó el prior—. Ese portero era un
prevaricador enriquecido a expensas de su amo, según dicen. Parece también que
detentaba un cuadro que el duque tenía orden de adquirir para Su Majestad, uno
de nuestros cuadros flamencos de diablos, en donde se ve a unos grotescos
demonios dando tormento a unos condenados. A nuestro rey le gusta la pintura...
El que ese hombre haya o no hablado carece de importancia. La causa del conde
ya estaba juzgada. Pero yo me digo que ese mismo conde morirá limpiamente de un
hachazo, en un cadalso revestido de negro, consolado por el duelo del populacho
que ve en él, y con razón, a un enamorado de la patria belga. Recibirá las
excusas del verdugo que lo golpee y le acompañarán las oraciones de su capellán,
que lo mandará derechito al cielo...
—Creo que entiendo, esta vez... —dijo el médico—. Vuestra
Reverencia se dice que, pese a todo, el rango y el título proporcionan a sus
poseedores ciertas sólidas ventajas. Es importante ser Grande de España.
—Me explico mal —murmuró el prior—. Porque ese hombre carece de
importancia y es insignificante, vil sin duda, provisto tan sólo de un cuerpo accesible
al dolor y de un alma por la que Dios derramó su sangre es por lo que me
detengo a contemplar su agonía. Me dijeron que, al cabo de tres horas, aún se
le oía gritar.
—Tened cuidado, señor prior —dijo Sébastien apretando con su
mano la del religioso—. Ese miserable ha sufrido tres horas, pero ¿cuántos días
y cuántas noches revivirá Vuestra Reverencia esa muerte? Os atormentáis más que
los verdugos de ese infortunado.
—No digáis eso —repuso el prior moviendo la cabeza—. El dolor de
ese portero y el furor de sus esbirros llenan el mundo y desbordan el tiempo.
Nada puede evitar que haya sido por un momento la mirada eterna de Dios. Cada
pena y cada sufrimiento es infinito en su sustancia, amigo mío, y ambas cosas
son también infinitas en número.
—Lo que Vuestra Reverencia dice del dolor, también podría
decirlo de la alegría.
—Ya lo sé... He tenido mis alegrías... Cada alegría inocente es
un regosto del Edén... Pero la alegría no necesita de nosotros, Sébastien; tan
sólo el dolor requiere nuestra caridad. El día en que por fin se nos revele el
dolor de las criaturas, la alegría será para nosotros tan imposible como al
Buen Samaritano un alto en la posada con vino y mujeres, mientras a su lado
sangra un herido. Ya ni siquiera comprendo la serenidad de los santos en la
tierra ni su beatitud en el cielo...
—Si entiendo algo del lenguaje de la devoción, el prior
atraviesa su noche oscura...
—Os conjuro, amigo mío, a que no reduzcáis este desamparo a una
piadosa prueba en el camino de la perfección por el que, además, no creo
haberme adentrado... Contemplemos más bien la noche oscura de los hombres. ¡Ay!
Creemos equivocarnos cuando nos quejamos del orden de las cosas. Y, sin
embargo, Señor ¿cómo nos atrevemos a enviar a Dios unas almas a cuyas culpas
añadimos la desesperación y la blasfemia, con los tormentos que hacemos sufrir
a los cuerpos? ¿Por qué habremos dejado que la testarudez, la impudicia y el
rencor se inmiscuyan en unas disputas de doctrina que, como la del Santísimo
Sacramento pintado por Sanzio en los aposentos del Santo Padre, hubieran debido
suceder en el cielo...? Ya que, en fin, si el año pasado el Rey se hubiera
dignado oír las protestas de nuestros gentileshombres; si en tiempos de nuestra
infancia el Papa León hubiese recibido con benevolencia a un ignorante fraile
agustino... ¿Qué es lo que pedía aquel fraile, sino algo que nuestras
instituciones necesitan, es decir, reformas...? Aquel patán se ofendía por unos
abusos que a mí mismo me chocaban cuando visité la corte de Julio III. Tenía
razón al reprochar a nuestras Órdenes una opulencia que nos estorba y que no
está del todo al servicio de Dios...
—El prior no nos deslumbra con sus lujos —interrumpió con una
sonrisa Sébastien Théus.
—Poseo todo cuanto necesito —dijo el religioso extendiendo la
mano hacia los grises carbones.
—Que Vuestra Reverencia no conceda, por grandeza de alma,
demasiadas ventajas al adversario —dijo tras reflexionar el filósofo—. Odi
hominem unius libri: Lutero ha propagado una idolatría del Libro mucho peor que
muchas de las prácticas que él juzgaba supersticiosas, y la doctrina de la
salvación por la fe rebaja la dignidad del hombre.
—Convengo con ello —dijo el prior sorprendido—, pero, a fin de
cuentas, todos reverenciamos, igual que él, las Escrituras y ponemos nuestros
pobres méritos a los pies del Salvador.
—Cierto es, Referencia, y tal vez sea eso lo que hace que estos
agrios debates resulten incomprensibles para un ateo.
—No insinuéis lo que yo no quiero oír —murmuró el prior.
—Me callo —contestó el filósofo—. Tan sólo señalo cómo los
señores reformados de Alemania, que juegan a los bolos con las cabezas de los
campesinos rebeldes, no difieren mucho de los lansquenetes del duque, y pienso
que Lutero bailó el agua a los príncipes tanto como el cardenal de Granvelle.
—Ha optado por el orden, como todos nosotros —dijo el prior con
fatiga.
Afuera caían ráfagas de nieve. Al levantarse el médico para
acudir al dispensario, el superior le hizo notar que pocos enfermos se
aventurarían a salir con aquel tiempo tan inclemente, y que el hermano
enfermero bastaría para atenderlos.
—Dejadme confesaros lo que yo ocultaría a un eclesiástico, de la
misma manera que vos me daríais parte a mí, antes que a un colega, de una
conjetura anatómica atrevida —continuó penosamente el prior—. Ya no puedo más,
amigo mío... Sébastien, pronto habrán pasado mil seiscientos años desde que
Cristo se encarnó, y nos dormimos en la Cruz como si fuera una almohada... Casi
podría decirse que al haber acaecido la Redención de una vez por todas, ya no
nos queda más que acomodarnos al mundo tal como va o, todo lo más, buscar cada
cual su propia salvación. Exaltamos, bien es verdad, la Fe. La paseamos por las
calles y presumimos de ella. Le sacrificamos, si es necesario, mil vidas,
incluso la nuestra. Festejamos asimismo la Esperanza. La hemos vendido con
harta frecuencia a los devotos a precio de oro. Pero ¿quién se preocupa de la
Caridad, salvo algunos santos? Y aun así tiemblo pensando en los estrechos
límites en que la ejercen... Incluso a mi edad, y bajo estos hábitos, mi
compasión excesivamente tierna me ha parecido en ocasiones una tara de mi
naturaleza contra la que era conveniente luchar... Y me digo que si alguno de
nosotros corriera al martirio, no por la Fe, que tiene ya muchos mártires, sino
únicamente por la Caridad, o si trepara al patíbulo o al montón de leña que
ponen en la plaza o, al menos, hiciera compañía a la más horrenda víctima,
acaso nos halláramos en otra tierra y bajo un nuevo cielo... El peor de los
bribones o el más pernicioso hereje no estará nunca más lejos de mí de lo que
yo estoy de Jesucristo.
—Lo que sueña el prior se parece mucho a lo que nuestros
alquimistas llaman la vía seca, o la vía rápida —dijo gravemente Sébastien
Théus—. Se trata en suma de transformarlo todo de golpe, y con nuestras débiles
fuerzas... Es un sendero peligroso, señor prior.
—No temáis nada —dijo el enfermo con una sonrisa avergonzada—.
No soy más que un pobre hombre y me cuido lo mejor que puedo de mis sesenta
frailes... ¿Iba yo a arrastrarlos con pleno conocimiento a la desventura? No
abre quien quiere las puertas del cielo con un sacrificio. La oblación, si es
que debe hacerse, se hará de otra manera.
—Se produce por sí misma cuando la hostia está preparada —pensó
en voz alta Sébastien Théus, recordando las secretas advertencias de los
filósofos herméticos.
El prior lo miró con asombro:
—La hostia... —dijo piadosamente, saboreando la hermosa
palabra—. Aseguran que vuestros alquimistas hacen de Jesucristo la piedra
filosofal y del sacrificio de la misa lo equivalente a la Gran Obra.
—Algunos lo dicen —repuso Zenón tapando las rodillas del prior
con una manta que había resbalado al suelo—. Pero ¿qué podemos deducir de estas
equivalencias sino que el espíritu humano siente una cierta inclinación?
—Dudamos —dijo el prior con su voz súbitamente temblorosa—,
hemos dudado... Durante cuántas noches habré rechazado la idea de que Dios no
es más que un tirano o un monarca incapaz, y de que el ateo que niega su
existencia es el único hombre que no blasfema... Luego, me llegó una luz: la
enfermedad es una apertura. ¿Y si nos equivocamos al postular su inmenso poder
y al ver en nuestros males un efecto de su voluntad? ¿Y si fuera tarea nuestra
el obtener que llegue su Reino? Antes dije que Dios delega en nosotros; aún voy
más allá, Sébastien. Puede que no sea Él en nuestras manos más que una llamita
que nosotros tenemos que alimentar, sin dejar que se apague. Acaso seamos
nosotros el cabo más avanzado hasta donde Él llega... ¿Cuántos desgraciados, a
los que indigna la idea de su Omnipotencia, acudirían a Él desde el fondo de su
desamparo, si les pidieran que socorriesen a la debilidad de Dios?
—Eso es algo que concuerda muy mal con los dogmas de la Santa
Iglesia.
—No, amigo mío, abjuro de todo aquello que pueda desgarrar aún
un poco más esta túnica sin costuras. Dios reina omnipotente, lo admito, en el
mundo del espíritu, pero aquí nos hallamos en el mundo de los cuerpos. Y en
esta tierra por donde él anduvo ¿cómo se presentó ante nosotros si no es como
un inocente acostado en la paja, semejante a los pequeñuelos que yacen en la
nieve en estos pueblos nuestros de La Campine asolados por las tropas del rey,
como un vagabundo que no tiene ni siquiera una piedra donde reposar su cabeza,
como un ajusticiado colgado en una encrucijada y que se preguntaba también por
qué lo abandonó Dios? Todos somos débiles, pero es un consuelo pensar que Él es
más impotente y está aún más desesperanzado que nosotros, y que a nosotros nos
toca engendrarlo y salvarlo en sus criaturas... Disculpadme —dijo tosiendo—.
Acabo de soltaros el sermón que no puedo decir en el pulpito.
Había apoyado, en el respaldo del sillón, su cabeza maciza y
como vacía repentinamente de todo pensamiento. Sébastien Théus se inclinó con
afecto sobre él, para abrocharle la hopalanda.
—Reflexionaré sobre las ideas que tan amablemente me ha expuesto
el prior —dijo—. Antes de despedirme ¿puedo a cambio emitir una hipótesis? Los
filósofos de esta época postulan, en su mayoría, la existencia de un Anima
Mundi, sensible y más o menos consciente, en la que participan todas las cosas.
Yo mismo soñé con sordas cogitaciones de piedras... Y, sin embargo, los únicos
hechos que hasta ahora se conocen parecen indicar que el sufrimiento y, por
consiguiente, la alegría, y por ello mismo el bien y lo que llamamos mal, la
justicia y la injusticia y, en suma, en una u otra forma, el entendimiento, que
sirve para distinguir a los contrarios, son patrimonio del mundo de la sangre y
puede que del de la savia, del mundo de la carne surcada por una red de nervios
como si fuera una red de rayos, y (¿quién sabe?) tal vez del tallo que crece
hacia la luz, su Soberano Bien, padece por falta de agua y se retrae ante el
frío o resiste como puede a los inicuos atropellos de otras plantas. Todo lo
demás, y me refiero al reino mineral y al de los espíritus, si es que existe,
tal vez sea insensible y tranquilo, más allá de nuestras alegrías y de nuestras
penas, o más acá de donde ellas se encuentran. Nuestras tribulaciones, señor
prior, posiblemente no son más que una ínfima excepción en la fábrica
universal, lo que podía explicarnos la indiferencia de esa sustancia inmutable
que devotamente llamamos Dios.
El prior reprimió un escalofrío.
—Lo que decís me espanta —contestó—. Pero en el caso de que así
sea, henos metidos más que nunca en el mundo del trigo que trituran y del
Cordero al que sangran. Id en paz, Sébastien .
Zenón volvió a atravesar el arco que unía el convento con el
hospicio de San Cosme. La nieve barrida por el viento se amontonaba a uno y
otro lado formando grandes cúmulos blancos. De regreso al hogar, fue derecho al
cuartito en donde había colocado, en unas estanterías, los libros heredados de
Jean Myers. El viejo poseía un tratado de anatomía publicado veinte años atrás
por Andreas Vesalio, quien, como Zenón, había luchado contra la rutina galénica
en favor de un conocimiento más completo del cuerpo humano. Zenón sólo vio una
vez al famoso médico, que después hizo una brillante carrera en la corte antes
de morir de la peste en Oriente; confinado en su especialidad médica, Vesalio
sólo temía las persecuciones de los pedantes, que, por lo demás, no le faltaron.
Él también había robado cadáveres y se había hecho del interior del hombre una
idea basada en los huesos recogidos en la horca y en las hogueras. Otras veces,
de manera más descarada todavía, al embalsamar a un alto personaje, le quitaba
a escondidas un riñón o el contenido de un testículo, reemplazándolo con unas
hilas, sin que nada después indicara que aquellas preparaciones procedían de
sus altezas.
Colocando el infolio bajo la lámpara, Zenón buscó la lámina en
donde figuraba el corte del esófago y de la laringe, con la arteria cortada: el
dibujo le pareció uno de los más imperfectos del gran sabio, pero no ignoraba
que Vesalio, lo mismo que él, a menudo tuvo que trabajar de manera apresurada,
con unas carnes ya putrefactas. Puso el dedo donde él sospechaba que el prior
tenía un pólipo que, un día u otro, acabaría por ahogar al enfermo. Una vez, en
Alemania, había tenido ocasión de hacer la disección de un vagabundo que murió
del mismo mal. Aquel recuerdo y el examen realizado con ayuda del speculum oris
lo llevaban a diagnosticar, por los oscuros síntomas de la enfermedad del
prior, la acción nefasta de una parcela de carne que iba devorando poco a poco
las estructuras cercanas. Hubiérase dicho que la ambición y la violencia, tan
ajenas a la naturaleza del religioso, se habían apostado en aquel rincón de su
cuerpo desde el que, finalmente, destruirían a aquel hombre todo bondad. Si no
se equivocaba, Jean-Louis de Berlaimont, prior de los Franciscanos de Brujas,
antiguo montero mayor de la reina viuda de Hungría, plenipotenciario en el
Tratado de Crespy, moriría dentro de unos meses, estrangulado por el nudo que
se le formaba en el fondo de la garganta, a no ser que el pólipo rompiera una
vena de las que se encontraban en su camino y ahogase al infortunado en su
propia sangre. Exceptuando la posibilidad, nunca desdeñable, de una muerte por
accidente que ganara en rapidez a la misma enfermedad, la suerte del santo
varón se hallaba tan echada como si ya hubiera vivido.
El mal se hallaba demasiado profundo para ser accesible al
escalpelo o a la cauterización. Las únicas probabilidades de prolongar la vida
de aquel amigo radicaban en sostener sus fuerzas con un prudente régimen;
habría que pensar en conseguir alimentos semilíquidos, a un tiempo nutritivos y
ligeros, que él pudiera tragar sin excesivo esfuerzo cuando la angustia
creciente le impidiera tomar la comida corriente del convento. Convendría
asimismo evitar las sangrías y purgas que se practicaban habitualmente y que,
en las tres cuartas partes de los casos, no hacían más que agotar bárbaramente
la sustancia humana. Cuando llegara el momento en que fuera preciso adormecer
los sufrimientos excesivos, los derivados del opio podrían serle eficaces y,
mientras tanto, sería conveniente administrarle de cuando en cuando algún
medicamento anodino, que le evitara la angustia de sentirse abandonado a su
mal. El arte del médico, por el momento no podía hacer más.
Apagó la vela. Había dejado de nevar, pero la blancura de la
nieve llenaba la habitación con su frío mortal. Los tejados inclinados del
convento brillaban como si fueran de cristal. Un único y amarillo planeta
relucía al Sur con un esplendor mate, en la constelación de Tauro, no lejos del
espléndido Aldebarán y de las líquidas Pléyades. Hacía ya tiempo que Zenón
había renunciado a elucubrar sobre temas astrológicos, referentes a nuestras
relaciones con aquellas lejanas esferas, demasiado confusas para obtener de
ellas cálculos certeros, incluso si en ocasiones se obtenían extraños
resultados que acababan por imponérsenos. Acodado en la ventana, se dejaba
llevar por sus sombrías ensoñaciones. No ignoraba que, según la fecha del
nacimiento de ambos, tanto el prior como él tenían mucho que temer de aquella
posición de Saturno.
LOS DESMANES DE LA CARNE
Desde hacía unos meses, Zenón tenía por enfermero ayudante a un
joven franciscano de dieciocho años, que sustituía con ventaja al borracho
ladrón de bálsamos del que se había desembarazado. El hermano Cyprien era un
aldeano que entró en el convento a los quince años y apenas sabía algo de latín
para poder ayudar a misa. Sólo hablaba el tosco flamenco de su pueblo. A menudo
lo sorprendían entonando cantinelas que aprendió en tiempos, cuando acicateaba
a los bueyes en el arado. Le quedaban unas cuantas manías pueriles como, por
ejemplo, meter la mano a escondidas en el tarro lleno del azúcar con que se
endulzaban las pócimas. Pero aquel muchacho indolente poseía una destreza sin
igual para colocar cataplasmas o enrollar una venda; ninguna llaga, ninguna
pústula le repugnaban. A los niños que acudían al dispensario les gustaba su
sonrisa. Zenón solía encargarle que acompañara hasta sus casas a los enfermos
demasiado vacilantes, a los que no se atrevía a dejar caminar solos por la
ciudad. Husmeándolo todo, gozando con el bullicio y el movimiento de la calle,
Cyprien corría del hospicio al Hospital de San Juan, prestando o tomando
prestado algún medicamento, consiguiendo una cama para un menesteroso al que no
se podía dejar morir en la calle o, a falta de algo mejor, persuadiendo a la
beata del barrio para que acogiese en su casa al andrajoso. Al empezar la
primavera, tuvo un disgusto por unas cuantas flores de rosal silvestre que robó
para ponérselas a la Virgen que había bajo la arcada, ya que el jardín del convento
aún no tenía flores.
Su cabeza ignorante se hallaba repleta de supersticiones
heredadas de las curanderas de su pueblo: había que impedirle que pegase en las
llagas de los enfermos la estampita barata de algún santo milagroso. Creía en
el hombre lobo que aúlla por las calles desiertas, y por todas partes veía
brujos y brujas. De creer en sus palabras, el Oficio divino no podía celebrarse
sin la discreta presencia de alguno de los que votan a Satán. Cuando en
ocasiones tenía que ayudar él solo a misa en la capilla vacía, sospechaba del
oficiante o imaginaba a un mago invisible en la sombra. Pretendía que, en
determinados días del año, el sacerdote se veía obligado a fabricar brujos, lo
que conseguía recitando al revés las oraciones del bautismo, y aducía como
prueba que su madrina lo había retirado con gran premura de la pila del
bautismo al ver que el señor cura tenía el breviario boca abajo. Uno se
protegía evitando los contactos, o poniéndoles la mano a las personas
sospechosas de brujería más arriba de donde ellas se la habían puesto a uno. Un
día en que Zenón le tocó por casualidad el hombro, se las arregló un momento
después para rozarle la cara.
Aquella mañana, después del domingo de Cuasimodo, se hallaban
ambos en la botica. Sébastien Théus ponía su registro al día. Cyprien machacaba
lánguidamente unos granos de cardamomo. Se detenía a veces para bostezar.
—Dormís de pie —dijo bruscamente el médico—. ¿Debo pensar que
habéis pasado la noche rezando?
El muchacho sonrió con aire astuto.
—Los Ángeles se reúnen por las noches —dijo tras echarle una
ojeada a la puerta—. El vino circula; la tina está preparada para el baño de
los Ángeles. Se arrodillan delante de la Bella que los abraza y los besa; la
criada de la Bella se deshace las largas trenzas y ambas están desnudas, como
en el Paraíso. Los Ángeles se quitan las vestiduras de lana y se admiran unos a
otros, vestidos con los hábitos de piel que Dios les dio. Los cirios brillan y
se apagan, y cada cual sigue los deseos de su corazón.
—¡Vaya historias que me contáis! —dijo el médico con desprecio.
Pero le invadió una sorda inquietud. Conocía aquellas
apelaciones angélicas y aquellas imágenes dulcemente lascivas: eran el
patrimonio de unas sectas olvidadas, a las que en Flandes se jactaban de haber
destruido a sangre y fuego, hacía más de medio siglo. Recordaba que, siendo
niño, bajo la campana de la chimenea de la rue aux Laines, había oído hablar en
voz baja de unas asambleas en donde los fieles se conocían en la carne.
—¿De dónde habéis sacado tan peligrosas simplezas? —preguntó
severamente—. Buscaos otros sueños mejores.
—No son historias —dijo el muchacho ofendido—. Cuando Mynheer lo
quiera, Cyprien lo cogerá de la mano y podrá ver y tocar a los Ángeles.
—Bromeáis —dijo Zenón con excesiva firmeza.
Cyprien se había puesto a machacar de nuevo sus cardamomos. De
cuando en cuando, se acercaba a la nariz uno de los granos negros, para
olfatear mejor su rico olor de especia. La prudencia aconsejaba no hacer caso
de las palabras del muchacho, pero la curiosidad de Zenón fue más fuerte.
—¿Y dónde y cuándo se hacen vuestras presuntas conjunciones
nocturnas? —preguntó con irritación—. No es fácil escaparse por la noche del
convento. Ya sé que algunos frailes saltan la tapia...
—Son unos necios —dijo Cyprien con desdén—. El hermano Florián
ha encontrado un pasadizo por donde los Ángeles vienen y van. Él ama a Cyprien.
—Guardaos vuestros secretos —dijo el médico con violencia—. ¿Qué
os prueba que no voy a traicionaros?
El muchacho meneó suavemente la cabeza.
—Mynheer no querría perjudicar a los Ángeles —insinuó con
impudencia de cómplice.
Un golpe de aldabón los interrumpió. Zenón fue a abrir con un
sobresalto que no había vuelto a experimentar desde las zozobras de Innsbruck.
La que llamaba era una niñita que sufría de un lupus y que siempre se
presentaba tapada con un velo negro, no por vergüenza de su enfermedad, sino
porque Zenón se había percatado de que la luz acrecentaba sus estragos. Fue
para él una distracción recibir y curar a la pobrecilla. Siguieron a ésta otros
indigentes. Ninguna frase peligrosa volvió a intercambiarse entre el médico y
el enfermero, mas, en lo sucesivo, Zenón miró al frailecillo con mirada
distinta. Un cuerpo y un alma inquietantes y tentadores vivían bajo aquellos
hábitos. Al mismo tiempo, le parecía como si una resquebrajadura se hubiera
abierto en el suelo del asilo. Sin confesárselo a sí mismo, buscó la ocasión de
saber más.
Se le presentó al sábado siguiente. Sentados a una mesa, estaban
limpiando unos instrumentos después de haberse cerrado el hospicio. Las manos
de Cyprien se movían diligentemente por entre las pinzas agudas y los bisturíes
afilados. De repente, acodándose con ambos brazos entre aquella chatarra,
canturreó en sordina, con una música antigua y complicada:
Llamo y soy llamado,
Bebo y soy bebido,
Como y soy comido,
Bailo y todos cantan,
Canto y todos bailan...
—¿Qué cantinela es ésa? —preguntó el médico con brusquedad.
En realidad, había reconocido los versículos prohibidos de un
evangelio apócrifo, por habérselos oído recitar varias veces a los herméticos,
que les atribuían poderes ocultos.
—Es el cántico de San Juan —dijo inocentemente el muchacho.
E inclinándose por encima de la mesa, continuó en un tono de
tierna confidencia:
—Llegó la primavera, la paloma suspira, el baño de los Ángeles
está tibio. Se cogen de la mano y cantan bajito, por miedo a ser oídos de los
malvados. El hermano Florián llevó ayer un laúd, y tocaba unas músicas tan
dulces que hacían llorar.
—¿Sois muchos los que participáis en esa aventura? —preguntó
Sébastien Théus sin querer.
El muchacho contó con los dedos:
—Está Quirin, mi amigo, y el novicio François de Bure, que tiene
un rostro claro y una hermosa y clara voz. Matthieu Arts viene de vez en cuando
—prosiguió añadiendo otros dos nombres que el médico no conocía—, y el hermano
Florián pocas veces se pierde la asamblea de los Ángeles. Pierre de Hamaere no
viene nunca, pero los ama.
Zenón no esperaba oír mencionar a aquel fraile, pues lo creía
austero. Existía una enemistad entre ellos desde que el administrador se había
opuesto a las refecciones de San Cosme y, en varias ocasiones, había tratado de
escatimar dinero al hospicio. Por un instante, creyó que las extrañas
confidencias de Cyprien no eran más que una trampa urdida por Pierre para
hacerle caer en ella. Mas el joven prosiguió.
—La Bella tampoco acude todas las veces, sólo cuando las
malvadas no le infunden miedo. La esclava negra trae envuelto, en su pañuelo
blanco, pan bendito de las Bernardinas. Entre los Ángeles no existe la
vergüenza, ni los celos, ni las prohibiciones referentes al dulce uso del
cuerpo. La Bella da a todos los que lo requieren el consuelo de sus besos, pero
sólo ama a Cyprien.
—¿Cómo la llamáis? —dijo el médico, sospechando por primera vez
la existencia de un nombre y de un rostro por debajo de lo que, hasta el
momento, le habían parecido amorosas invenciones de un muchacho privado de
mujeres desde que había tenido que renunciar a los juegos bajo los sauces, en
compañía de las vaqueras.
—La llamamos Eva —dijo Cyprien con dulzura.
Un puñado de carbones se quemaba en un hornillo, en el antepecho
de la ventana. Lo utilizaban para derretir la goma de los colirios. Zenón cogió
la mano del muchacho y lo arrastró hacia la llamita. Durante un largo instante
mantuvo el dedo encima de la masa incandescente. Cyprien palideció hasta los
labios, que se mordía para no gritar. Zenón estaba apenas menos pálido. Le
soltó la mano inmediatamente.
—¿Cómo podríais soportar que todo vuestro cuerpo ardiese en esa
misma llama? —murmuró—. Buscaos otros placeres menos peligrosos que esas
asambleas de Ángeles.
Con la mano izquierda, Cyprien había alcanzado de una estantería
un tarro de aceite de lirios, del que se sirvió para untar la parte quemada.
Zenón le ayudó en silencio a vendarse el dedo.
En aquel momento, el hermano Luc entró con una bandeja destinada
al prior, al que llevaban todas las noches una pócima calmante. Zenón se hizo
cargo de ella y subió a ver al religioso. Al día siguiente, todo aquel
incidente le pareció una pesadilla, pero volvió a ver a Cyprien en la sala,
lavando el pie de un niño herido, y notó que seguía llevando la venda. Pasado
el tiempo y siempre con la misma insoportable angustia, Zenón apartaba la
mirada de la cicatriz del dedo quemado. Cyprien se las arreglaba para ponérsela,
casi con coquetería, delante de los ojos.
Las especulaciones alquímicas en la celda de San Cosme fueron
reemplazadas por el vaivén inquieto de un hombre que ve el peligro y busca una
salida. Poco a poco, igual que los objetos emergen de la niebla, apuntaban los
hechos bajo las divagaciones de Cyprien. El baño de los Ángeles y sus
licenciosas asambleas se explicaban sin dificultad. El subsuelo de Brujas era
un laberinto de pasadizos subterráneos que se comunicaban de tienda en tienda y
de sótano en sótano. Tan sólo una casa abandonada separaba las dependencias del
convento de los Franciscanos del convento de las Bernardinas. El hermano
Florián, que era algo albañil y algo pintor, en sus trabajos de restauración de
la capilla y de los claustros bien había podido encontrar antiguos baños o
lavaderos que aquellos locos transformaban en tierno refugio.
Florián era un truhán de veinticuatro años, cuya primera
juventud había transcurrido vagabundeando alegremente por la comarca,
retratando a los nobles en sus castillos y a los burgueses en sus moradas de la
ciudad; de ellos recibía, a cambio, jergón y comida. Al producirse los
disturbios de Amberes y al evacuarse el convento en donde, súbitamente, había
tomado los hábitos, lo habían colocado en los Franciscanos de Brujas desde el
otoño. Agradable, ingenioso, bastante apuesto, siempre se hallaba rodeado de una
pandilla de aprendices mariposeando a su alrededor. Aquella cabeza loca bien
podía haber topado en alguna parte con alguno de esos beguinos, o «hermanos del
Espíritu Santo», que aún quedaban, tras su exterminación, a principios de
siglo, y haberse contagiado de aquel lenguaje florido y de aquellas apelaciones
seráficas que, seguidamente, habría transmitido a Cyprien. A menos que el joven
aldeano hubiera recogido por sí mismo aquella peligrosa jerga de entre las
supersticiones de su pueblo, cual esos gérmenes de peste olvidada que continúan
incubándose ocultamente en el fondo de un armario.
Desde que el prior estaba enfermo, Zenón había notado en el
convento una tendencia al relajamiento y al desorden: a los oficios de la noche
ya no asistían, según se murmuraba, sino unos pocos hermanos. Todo un grupo se
resistía calladamente a las reformas establecidas por el prior en conformidad
con las recomendaciones del Concilio. Los más libertinos aborrecían a
Jean-Louis de Berlaimont por la austeridad de que daba ejemplo. En cambio, los
más rígidos lo despreciaban por su benignidad, que les parecía excesiva. Se
iban formando maquinaciones con vistas a la elección del próximo superior. Las
audacias de los Ángeles habían sido facilitadas, sin duda, por aquella
atmósfera de interregno. Lo extraño era que un hombre tan prudente como Pierre
de Hamaere les dejara correr el riesgo mortal de aquellas asambleas nocturnas,
y cometer la locura aún mayor de mezclar en ellas a dos mujeres, pero
probablemente Pierre no podía negarles nada a Florián y a Cyprien.
Aquellas mismas mujeres le habían parecido primero a Sébastien
Théus productos de la fantasía o astutos apodos. Luego, recordó que se hablaba
mucho en el barrio de una doncella de buena familia que, por Navidad, se había
alojado en las Bernardinas por ausencia del padre, procurador del Consejo de
Flandes, quien se había visto obligado a marchar a Valladolid para dar cuenta
de sus actividades. Su belleza, sus costosas joyas, la tez oscura y los aros
que llevaba su sirvienta en las orejas servían de comidilla en las tiendas y en
la calle. La señorita de Loos salía, acompañada por su mulata, para ir a la
iglesia o bien de compras a la tienda de pasamanería o al confitero. Nada
impedía que Cyprien, al hacer algunos de sus recados, hubiera intercambiado
miradas y más tarde palabras con aquellas hermosas mujeres o bien que Florián,
al reparar los frescos del coro, hubiera hallado medio de persuadirlas en su
nombre o en el de su amigo. Dos jóvenes atrevidas bien podían deslizarse por
las noches, a través de un laberinto de pasillos, hasta llegar al lugar en
donde se celebraban las asambleas de los Ángeles, proporcionando a éstos, a su
imaginación llena de imágenes de las Escrituras, una Sulamita y una Eva.
Pocos días después de las revelaciones de Cyprien, Zenón se
encaminó a la tienda del pastelero de la rue Longue, para comprar un vino de
hipocrás que había que incluir, en una tercera parte, en la poción del prior.
Idelette de Loos se hallaba allí, escogiendo unos dulces de sartén y unas
tortas. Era una jovencita de apenas quince años, esbelta como un junco, con
largos cabellos de un rubio casi blanco y unos ojos claros como un manantial.
Su pálida cabellera y sus ojos de agua clara recordaron a Zenón al jovenzuelo
que fue su compañero inseparable en Lübeck. Fue en tiempos en que él se
entregaba, en compañía del padre —el sabio Aegidius Friedhof, rico orfebre de
la Breitenstrasse, experto en las artes del fuego—, a ciertas investigaciones
sobre la robladura y la dosificación de los metales nobles. Aquel niño
reflexivo había sido a la vez un amigo delicioso y un estudioso discípulo...
Gerhart se había encaprichado del alquimista hasta el punto de querer
acompañarlo en sus viajes a Francia, y su padre había consentido en que
comenzara así a dar la vuelta a Alemania, pero el filósofo temía que los
caminos y peligros que en ellos se presentan fueran demasiado duros para aquel
muchacho tan delicadamente criado. Aquellas relaciones de Lübeck, como una
especie de veranillo de San Martín de su vida errante, le volvían a la memoria,
no ya reducidas a una seca preparación de la misma, como los recuerdos carnales
que antes evocaba al meditar sobre sí mismo, sino apetitosas como un vino
generoso por el que no había que dejarse emborrachar. Lo acercaban, quisiera o
no, a la tropa insensata de los Ángeles. Pero otros recuerdos rodeaban el
rostro fino de Idelette: había algo atrevido y pícaro que se desprendía de la
señorita de Loos y que sacaba del olvido a Jeannette Fauconnier, la linda amiga
de los estudiantes de Lovaina, que había sido su primera conquista de hombre.
El orgullo de Cyprien ya no le parecía tan pueril ni tan vano. Su memoria se
tensó, para remontarse más lejos aún, pero el hilo acabó por romperse. La mulata
reía comiendo peladillas e Idelette, al salir, sonrió al desconocido de pelo
gris con una de esas sonrisas que a todo el mundo repartía. Su amplio vestido
tapaba la entrada estrecha de la tienda. Al pastelero le gustaban las mujeres y
comentó con su cliente lo bien que sabía la señorita recogerse las faldas con
una mano, descubriendo sus tobillos y pegando a sus caderas el precioso moaré.
—¡Mujer que enseña sus formas pregona su hambre de algo que no
son bollos de leche! —le dijo festivamente el pastelero al médico.
Esta chanza era de las que suelen intercambiarse entre hombres.
Zenón se echó a reír concienzudamente.
El vaivén nocturno empezaba de nuevo: ocho pasos entre el baúl y
la cama, doce pasos entre el ventanillo y la puerta. Desgastaba el suelo en lo
que ya era el paseo de un prisionero. Sabía desde siempre que algunas de sus
pasiones, asimiladas a una herejía de la carne, podían hacerle correr la suerte
que se reservaba a los herejes; es decir, la hoguera. Uno se acostumbra a la
ferocidad de las leyes de su época, lo mismo que acaba por acostumbrarse a las
guerras suscitadas por la necedad humana, a la desigualdad de las condiciones,
a la pésima policía de las carreteras y a la incuria de las ciudades. Daba por
descontado que podían quemarlo en la hoguera por haber amado a Gerhart, del
mismo modo que lo hacían por leer la Biblia en lengua vulgar. Aquellas leyes,
inoperantes por la misma naturaleza de lo que pretendían castigar, no afectaban
ni a los ricos, ni a los poderosos de este mundo: el Nuncio, en Innsbruck,
presumía de haber escrito unos versos tan obscenos que hubieran llevado al
tostadero a un pobre fraile; jamás se vio que un gran señor fuera arrojado a
las llamas por haber seducido a su paje. Se cebaban en los individuos menos
importantes, pero esa falta de importancia también era un asilo: pese a los
anzuelos, redes y aparejos, la mayoría de los peces prosiguen en las
profundidades su camino sin surco, sin preocuparse apenas de aquellos de sus
compañeros que saltan, ensangrentados, en la cubierta de una barca. Pero sabía
también que bastaba con el rencor de un enemigo, el momento de furor o de locura
de una multitud o, simplemente, la inepcia de un juez, para perder a unos
culpables que acaso fueran inocentes. La indiferencia se convertía en rabia, y
la semicomplicidad en abominación. Durante toda su vida había sentido ese
temor, mezclado con tantos otros. Mas se soporta menos fácilmente en otro lo
que se acepta bien en uno mismo.
Aquellos turbulentos tiempos favorecían la delación. El pueblo
llano, secretamente seducido por los que destrozaban imágenes, se arrojaba con
avidez sobre cualquier escándalo que pudiera desprestigiar a las poderosas
Ordenes, a quienes reprochaban sus riquezas y su autoridad. En Gante, unos
meses atrás, habían quemado vivos a nueve frailes agustinos, por sospechar —con
o sin razón— que mantenían relaciones sodomíticas, y ello tras inauditas
torturas, para satisfacer la excitación de los papanatas amotinados contra las
gentes de la Iglesia; el temor a dar la impresión de querer echar tierra sobre
un asunto escabroso había impedido que las penas disciplinarias fueran
impuestas por la Orden misma, como era natural. La situación de los Ángeles era
aún más peligrosa. Los juegos amorosos en compañía de dos mujeres, que hubieran
debido quitar importancia ante el hombre de la calle a lo pérfido de la
aventura, exponían más, al contrario, a los infortunados frailes. La señorita
de Loos se convertía en el punto de mira sobre el que se fijaría la baja
curiosidad del pueblo. El secreto de las asambleas nocturnas dependía, en lo
sucesivo, de la discreción femenina o de una fecundidad indebida. Pero el mayor
peligro se hallaba en aquellas denominaciones angélicas, en aquellos cirios, en
aquellos ritos infantiles con vino y pan bendito, en la recitación de
versículos apócrifos que nadie entendía, ni siquiera sus propios autores, en
aquella desnudez, en fin, que, sin embargo, no difería apenas de la de unos
chiquillos que juegan alrededor de un estanque. Unas irregularidades que
merecían, todo lo más, unas buenas bofetadas, llevarían a la muerte a aquellos
corazones locos y a aquellas cabezas huecas. Nadie tendría el sentido común de
comprender que unos chiquillos ignorantes, al descubrir con asombro y
admiración los goces de la carne, utilizaban frases e imágenes sagradas que,
desde siempre, habían instilado en ellos. Al igual que la enfermedad del prior
ponía una fecha aproximada al fin de su vida, Cyprien y sus compañeros le parecían
tan perdidos a Zenón como si ya estuviesen gritando entre las llamas.
Sentado a la mesa, dibujando distraídamente en los márgenes de
un registro unos números o unos signos, se decía que su propia línea de
repliegue era singularmente vulnerable. Cyprien se había empeñado en hacer de
él un confidente, ya que no un cómplice. Un interrogatorio un poco extenso
revelaría casi inevitablemente su nombre y personalidad verdaderos, y no era
más consolador ser prendido por ateísmo que por sodomía. Tampoco olvidaba los
cuidados a Han y las precauciones que tomó para sustraerlo a la justicia, lo
que podía hacer de él, un día u otro, un rebelde digno de ser colgado. La
prudencia recomendaba huir inmediatamente, pero no podía abandonar en aquellos
momentos al prior.
Jean-Louis de Berlaimont moría lentamente, conforme a lo sabido
sobre el curso habitual de su enfermedad. Había enflaquecido mucho, lo que aún
se notaba más en un hombre que fue de complexión robusta. Al aumentar la
dificultad para tragar, Sébastien Théus mandó preparar a la vieja Greete
alimentos ligeros, jugos y jarabes, sacados de las antiguas recetas que fueron
en otros tiempos honor de la casa Ligre. Aunque el enfermo se esforzaba por
tomarlos con gusto, apenas los rozaba con los labios y Zenón sospechaba que
sufría sin cesar de hambre. La extinción de la voz era casi total; el prior
reservaba sus palabras para las comunicaciones más necesarias con sus
subordinados y su médico. El resto del tiempo, escribía sus deseos o sus
órdenes en trocitos de papel colocados encima de la cama, pero —como hizo
observar una vez a Sébastien Théus— ya no tenía gran cosa que decir o escribir.
El médico había rogado que hablaran al enfermo lo menos posible
de los sucesos de fuera, interesado en evitarle la narración de las
barbaridades cometidas por el Tribunal de Disturbios que causaba estragos en
Bruselas. Pero las noticias parecían filtrarse para llegar hasta él. Hacia
mediados de junio, el novicio encargado del cuidado corporal del prior discutía
con Sébastien Théus sobre la fecha en que le habían dado, por última vez, un
baño de salvado que le refrescaba la piel y parecía proporcionarle por algún
tiempo un cierto bienestar. El prior volvió hacia ellos su rostro grisáceo y
murmuró con esfuerzo:
—Fue el lunes seis, el día en que ejecutaron a los dos condes.
Unas lágrimas rodaron silenciosamente por sus demacradas
mejillas. Más tarde, Zenón se enteró de que Jean-Louis de Berlaimont se hallaba
emparentado con Lamoral por parte de su difunta mujer. Pocos días después, el
prior confió a su médico unas palabras de consuelo para la viuda del conde,
Sabine de Bavière, a quien la inquietud y el dolor, según decían, habían
llevado a un paso de la tumba. Sébastien Théus había cogido el papel para
entregárselo a un mensajero cuando Pierre de Hamaere, que merodeaba por el
pasillo, se interpuso, pues temía que su superior cometiese una imprudencia que
pusiera en peligro al convento. Zenón le tendió la carta con desdén. El
administrador se la devolvió tras haberla leído: no había nada peligroso en dar
el pésame a la ilustre viuda y prometerle oraciones por el difunto.
Madame Sabine era tratada con deferencia incluso por los mismos
oficiales del rey.
A fuerza de pensar en el asunto que le preocupaba, Zenón se persuadió
de que bastaría, para evitar lo peor, con enviar al hermano Florián a restaurar
capillas a otra parte. Una vez solos, Cyprien y los novicios no se atreverían a
celebrar sus asambleas nocturnas y, además, era posible recomendar a las
Bernardinas que vigilaran mejor a las dos mujeres. El traslado de Florián
dependía del prior, así que el filósofo acabó por decidirse a confiarle lo
preciso para que actuase con premura. Esperó al día en que el enfermo se
encontrara un poco mejor.
Ocurrió una tarde, a principios de julio, un día en que el
obispo había acudido en persona para saber noticias del prior. Monseñor acababa
de marcharse; Jean-Louis de Berlaimont, vestido con su sayal, se hallaba
acostado y el esfuerzo que había hecho para recibir cortésmente a su ilustre
visitante parecía haberle devuelto momentáneamente el ánimo y las fuerzas.
Sébastien vio la bandeja de la comida casi intacta encima de la mesa.
—Le daréis las gracias de mi parte a esa buena mujer —dijo el
religioso con voz menos débil que de costumbre—. He comido poco, es verdad
—añadió casi alegremente—, pero no es malo que un fraile se vea obligado a
ayunar.
—El obispo os habrá concedido una dispensa, supongo —dijo el
médico con el mismo tono de broma.
El prior sonrió.
—Su Ilustrísima es un hombre muy culto, y yo creo que tiene
también un gran corazón, pese a que yo fui de los que se opusieron a su real
nombramiento, que se saltaba nuestras tradicionales costumbres. He tenido el
gusto de recomendarle a mi médico.
—No busco otro empleo —respondió Sébastien Théus jovial.
El rostro del enfermo expresaba ya cansancio.
—No quiero quejarme, Sébastien —dijo pacientemente, molesto como
siempre que hablaba de sus propios males—. Mis sufrimientos son muy
tolerables... Pero tienen consecuencias penosas. Por ejemplo, dudo en si debo
recibir o no la Santa Comunión... Podría darme tos, o hipo... Si algún
paliativo consiguiera reducir un poco estas anginas...
—Las anginas se curan, señor prior —mintió el médico—. Contamos
con este hermoso verano...
—Sin duda —repuso distraídamente el prior—. Sin duda...
Tendió su delgada muñeca. El fraile de guardia se había
eclipsado momentáneamente y Sébastien Théus aprovechó la ocasión para decir que
acababa de tropezarse con el hermano Florián por casualidad.
—Sí —dijo el prior, tal vez con interés de demostrar que aún
conservaba memoria de los nombres—. Nos va a restaurar los frescos del coro.
Carecemos de fondos para comprar pinturas nuevas...
Parecía como si creyese que el fraile de los pinceles y pinturas
había llegado la víspera. Contrariamente a los rumores que circulaban por los
pasillos del convento, Zenón pensaba que Jean-Louis de Berlaimont estaba en
plena posesión de sus facultades, pero que éstas se hallaban, por decirlo así,
interiorizadas. De repente, el prior le hizo seña de que se inclinara, como si
quisiera confiarle un secreto, pero ya no era nada referente al hermano pintor.
—...La oblación de la que un día hablamos, amigo Sébastien...
Pero no hay nada que sacrificar... Que más da que un hombre de mi edad viva o
muera...
—A mí me importa que el prior viva —respondió el médico con
firmeza.
Había renunciado a pedir ayuda. Cualquier recurso podía
transformarse en delación. Los secretos podían escaparse por inadvertencia de
unos labios cansados; incluso era posible que aquel hombre ya sin fuerzas diera
pruebas de un rigor que, en circunstancias normales, no formaba parte de su
naturaleza. Además, el incidente ocurrido con la esquela de pésame demostraba
que el prior ya no era el dueño en el convento.
Zenón intentó de nuevo asustar a Cyprien. Le habló del desastre
ocurrido a los agustinos de Gante, sobre el cual el fraile enfermero debía
saber algo. El resultado no fue lo que él esperaba:
—Los agustinos son unos necios —dijo lacónicamente el joven
franciscano.
Pero tres días más tarde, se acercó al médico con aspecto
inquieto:
—El hermano Florián ha perdido un talismán que le había dado una
gitana —dijo muy turbado—. Parece que ello puede acarrearnos grandes males. Si
Mynheer, con los poderes que tiene...
—Yo no soy vendedor de amuletos —replicó Sébastien dando media
vuelta.
Al día siguiente, en la noche del viernes al sábado, el filósofo
trabajaba rodeado de sus libros cuando un objeto ligero cayó por la ventana
abierta. Era una varita de avellano. Zenón se acercó a la ventana. Una sombra
gris, de la que apenas distinguía el rostro, las manos y los pies descalzos, se
mantenía allí abajo en actitud de llamada. Al cabo de un momento, Cyprien se
fue y desapareció bajo el arco.
Zenón volvió a sentarse a la mesa temblando. Se había apoderado
de él un violento deseo, al que sabía que no iba a ceder como en otros casos en
que, a pesar de una resistencia incluso más fuerte, se sabe de antemano que uno
va a abandonarse. No se trataba de seguir a aquel insensato hacia una vana
orgía o una sesión nocturna de magia. Pero en su vida sin descanso, en
presencia del lento trabajo de ruina que iba realizándose en las carnes del
prior, y acaso en su alma, sentía ganas de olvidar, cerca de un cuerpo joven y
cálido, los poderes del frío, de la perdición y de la noche. ¿Había que ver, en
la testarudez de Cyprien, el deseo de atraerse a un hombre que podía serle útil
y al que se suponía dotado de poderes ocultos? ¿Era un ejemplo más de la eterna
seducción intentada por Alcibíades sobre Sócrates? Una idea más demente le vino
a la imaginación. ¿No era posible que sus propios deseos, dominados en pro de
unas investigaciones más eruditas que las de la carne, hubieran adoptado fuera
de él aquella forma infantil y nociva? Extinctis luminibus: sopló la vela.
Vanamente, como un anatomista y no como un amante, trató de imaginar con
desprecio los juegos carnales de aquellos chiquillos. Se repitió que la boca,
donde se destilan los besos, no es más que la caverna de las masticaciones, y
que la huella de unos labios que acabamos de morder repugna en el borde de un
vaso. Inútilmente imaginó a unos blancos gusanos apretados uno contra otro o a
unas pobres moscas pegadas en la miel. Hiciera lo que hiciese, Idelette y
Cyprien, François de Bure y Matthieu eran hermosos. El baño abandonado era de
verdad un cuarto mágico; la alta llama sensual lo transmutaba todo, como la del
atanor alquímico, y valía la pena arriesgarse a ser quemado en la hoguera. La
blancura de los cuerpos desnudos relucía como esas fosforescencias que
atestiguan las virtudes ocultas de las piedras.
Por la mañana, llegó la revulsión. El peor de los desenfrenos en
un lenocinio valía más que aquellas tonterías de los Ángeles. Abajo, en la sala
gris, en presencia de una anciana que venía todos los sábados a curarse las
llagas de sus varices, riñó con crueldad a Cyprien por haber dejado caer la
caja de las vendas. Nada insólito se leía en el rostro de párpados un poco
hinchados. La invitación nocturna podía no haber sido más que un sueño.
Pero las señales que emanaban del grupito se impregnaban ahora
de hostilidad e ironía. Una mañana, al entrar en la botica, el filósofo
encontró en su mesa, bien a la vista, un dibujo demasiado hábil para provenir
de Cyprien, quien apenas sabía coger una pluma para escribir su nombre. El
espíritu fantástico de Florián se hallaba presente en aquel amasijo de figuras.
Representaba uno de esos jardines de las delicias que pintan de cuando en
cuando los pintores, en los que las buenas gentes ven la sátira del pecado y
otros, más maliciosos, la fiesta de las audacias carnales. Una hermosa doncella
se metía en una fuente en compañía de sus enamorados para bañarse en ella. Dos
amantes se abrazaban detrás de una cortina, delatados tan sólo por la postura
de sus pies descalzos. Un joven separaba con mano tierna las rodillas de un ser
amado que se le parecía como un hermano. De la boca y del orificio secreto de
un muchacho prosternado se elevaban hacia el cielo delicadas florescencias. Una
mulata paseaba una frambuesa gigante en una bandeja. El placer hecho alegoría
se convertía en un juego hechicero, en un escarnio peligroso. El filósofo
rompió pensativamente la hoja. Unos días más tarde le esperaba otra broma
lasciva: habían sacado de un armario algunos zapatos viejos que se utilizaban
para atravesar el jardín cuando había barro o nieve; aquellos zapatos, bien a
la vista, cabalgaban unos encima de otros en un desorden obsceno. Zenón los
dispersó de una patada; la burla era grosera. Más inquietante fue el objeto que
halló una noche en su propia habitación. Era una piedra en la que habían
dibujado toscamente una cara y unos atributos femeninos o tal vez
hermafroditas; la piedra se hallaba rodeada de un mechón rubio. El filósofo
quemó el mechón de pelo y tiró con desdén a un cajón aquella especie de muñeca
mágica. Cesaron las persecuciones; él nunca se había rebajado a hablar de ellas
a Cyprien. Empezaba a creer que las locuras de los Ángeles pasarían por sí
solas, por la sencilla razón de que todo pasa.
Las calamidades públicas surtían de clientela al hospicio de
Cosme. A los habituales pacientes venían a añadirse visitantes a los que pocas
veces se veía en dos ocasiones seguidas: lugareños que arrastraban tras de sí
un montón heteróclito de objetos recogidos a toda prisa la víspera de su huida,
o sacados de alguna casa en llamas; mantas quemdas, edredones que dejaban
escapar sus plumas, baterías de cocinaa, pucheros desportillados. Algunas
mujeres llevaban sus niños envueltos en trapos sucios. Casi todos aquellos
aldeanos, a los que la tropa había echado metódicamente de las aldeas rebeldes,
mostraban cardenales y heridas, pero herida principal era simplemente el
hambre. Algunos de ellos atravesaban la ciudad como un rebaño de trashumantes,
sin saber en qué consistiría la etapa siguiente. Otros se dirigían a casa de
algún pariente de aquella región, menos malparada que la suya, que aún poseía
un techo y algún animal. Con la ayuda del hermano Luc, Zenón se las arregló
para distribuir pan a los más hambrientos. Menos quejumbrosos, pero más
inquietos, viajando generalmente solos o en grupitos de dos o tres, veíanse
hombres de profesión u oficio, procedentes de las ciudades del interior y a los
que probablemente perseguía el Tribunal de la Sangre. Aquellos fugitivos
ostentaban buenos trajes burgueses, pero sus zapatos hechos trizas, sus pies
hinchados y cubiertos de ampollas, delataban las largas caminatas a las que no
estaban acostumbrados; ocultaban éstos su destino, pero Zenón sabía por la
vieja Greete que casi todos los días salía algún barco de ciertos puntos
aislados de la costa, con dirección a Inglaterra o a Zelanda, según lo
permitiesen sus medios o el estado del viento. En el hospicio los curaban sin
hacerles preguntas.
Sébastien Théus apenas dejaba solo al prior, pero podía confiar
en los dos frailes, que habían acabado por aprender al menos los rudimentos del
arte de curar. El hermano Luc era un hombre seco, cumplidor de su deber, y cuyo
talento no iba más allá del trabajo inmediato que había que realizar. Cyprien
no carecía de una especie de amable bondad.
Hubo que renunciar a adormecer los dolores del prior con
derivados del opio. Éste rechazó un día su poción calmante.
—Comprendedme, Sébastien —murmuró inquieto, temiendo sin duda
que el médico se resistiera—. No quisiera hallarme adormilado en el momento en
que... Et invertit dormientes...
El filósofo aprobó con una seña. Su papel al lado del moribundo
consistió en lo sucesivo en hacerle tragar unas cuantas cucharadas de caldo o
en ayudar al hermano enfermero a levantar aquel cuerpo grande y descarnado que
ya olía a cementerio. Regresaba tarde a San Cosme y se acostaba vestido,
esperando de un momento a otro que una crisis de la enfermedad terminara por
ahogar al prior, crisis de la que ya no saldría.
Una noche, creyó oír unos pasos rápidos que se acercaban a su
celda a lo largo de las baldosas del pasillo. Se levantó precipitadamente y
abrió la puerta. No había nadie. Corrió, sin embargo, al cuarto del prior.
Jean-Louis de Berlaimont se había incorporado en la cama,
sostenido por la almohada y el cuadrante. Tenía los ojos muy abiertos y se
volvió hacia el médico con lo que a éste le pareció una solicitud sin límites.
—¡Marchaos, Zenón! —articuló—. Después de que yo muera...
Un ataque de tos lo interrumpió. Trastornado, Zenón se volvió
instintivamente para ver si el enfermero, que estaba sentado en su taburete,
había oído algo. Mas el viejo dormitaba, bamboleando la cabeza. El prior,
exhausto, cayó de medio lado sobre los cojines, presa de una especie de agitado
letargo. Zenón se inclinó sobre él, latiéndole el corazón, tentado de
despertarlo para obtener una palabra o una mirada más. Dudaba del testimonio de
sus sentidos e incluso de su razón. Al cabo de un instante, se sentó junto a la
cama. Después de todo, no era imposible que el prior hubiera sabido siempre su
nombre.
El enfermo se movía con débiles sacudidas. Zenón le dio un
masaje en las piernas, tal y como en otros tiempos le había enseñado la dama de
Fröso. Aquel tratamiento era tan bueno como cualquier derivado del opio. Acabó
por dormirse él también al borde del lecho, con la cabeza entre las manos.
Por la mañana bajó al refectorio para tomar un tazón de sopa
tibia. Pierre de Hamaere estaba allí. La exclamación del prior había despertado
casi supersticiosamente todas las inquietudes del alquimista. Llamó aparte a
Pierre de Hamaere y le dijo a quemarropa:
—Espero que habréis puesto coto a las locuras de vuestros
amigos.
Iba a hablar del honor y de la seguridad del convento. El
administrador le ahorró aquel ridículo.
—No sé nada de toda esa historia —dijo violentamente. Y se alejó
con gran ruido de sandalias.
El prior recibió aquella noche la extremaunción por tercera vez.
La pequeña estancia y la capilla contigua se hallaban llenas de frailes que
sostenían cada uno una vela. Algunos lloraban. Otros se contentaban con asistir
con decoro a la ceremonia. El enfermo, aletargado, trataba de respirar lo menos
penosamente posible y miraba como sin verlas las llamitas amarillas. Cuando
finalizaron las letanías de los agonizantes, los asistentes salieron en fila,
dejando allí tan sólo a dos frailes con su rosario. Zenón, que se había
mantenido apartado, volvió a ocupar su puesto habitual.
El tiempo de las comunicaciones verbales, incluso las más
breves, había pasado ya; el prior se limitaba a pedir por señas un poco de
agua, o el orinal que estaba colgado en una esquina de la cama. En el interior
de aquel mundo en ruinas, como un tesoro bajo un montón de escombros, le
parecía a Zenón que aún subsistía un espíritu, con el que quizá fuera posible
permanecer en contacto más allá de las palabras. Continuaba cogiendo la muñeca
del enfermo, y aquel débil contacto parecía suficiente para pasarle al prior un
poco de fuerza, y para recibir a cambio un poco de serenidad. De cuando en
cuando, el médico, recordando la tradición según la cual el alma de un hombre
que se va flota por encima de él como una pavesa envuelta en niebla, miraba a
la penumbra, mas lo que en ella veía no era probablemente otra cosa que el
reflejo en el cristal de una vela encendida. Al llegar la madrugada, Zenón
retiró su mano; había llegado el momento de dejar que el prior avanzara solo
hacia las últimas puertas, o acaso acompañado por las figuras invisibles a las
que había debido conjurar en su agonía. Un poco más tarde, el enfermo pareció
agitarse como si estuviera a punto de despertar; los dedos de su mano izquierda
parecían buscar vagamente algo sobre su pecho, en el lugar en donde, en otro
tiempo, Jean-Louis de Berlaimont había llevado seguramente el toisón de oro.
Zenón advirtió en la almohada un escapulario con el hilo desatado. Lo volvió a
colocar en su sitio; el moribundo apoyó en él dos dedos con aire de contento.
Sus labios se movían sin hacer ruido. A fuerza de aguzar el oído, Zenón acabó,
empero, por oír, repetida sin duda mil veces, el final de una oración:
—...nunc et in hora mortis nostrae.
Pasó una media hora; el médico pidió a los dos frailes que se
ocuparan de los cuidados que habían de darse al cuerpo.
Asistió a los funerales del prior desde una de las naves
laterales de la iglesia. La ceremonia atrajo a mucha gente. Reconoció, en
primera fila, al obispo y, muy cerca de éste, apoyado en un bastón, a un
anciano medio impedido aunque robusto y que no era sino el canónigo Bartholommé
Campanus, quien había adquirido prestancia y aplomo con la vejez. Los frailes,
con sus capuchas, se parecían todos. François de Bure manejaba un incensario;
tenía verdaderamente un rostro de ángel. La aureola o la mancha de color vivo
del manto de una santa brillaba por entre los frescos restaurados del coro.
El nuevo superior era un personaje bastante apagado, pero de una
gran piedad, y pasaba por ser un hábil administrador. Se rumoreaba que,
siguiendo los consejos de Pierre de Hamaere, que había influido en su elección,
probablemente mandaría cerrar en breve el hospicio de San Cosme, por juzgarlo
en exceso dispendioso. Puede que también se hubiera enterado de los favores
prestados a los fugitivos del Tribunal de Disturbios. No obstante, todavía no
le habían hecho ninguna observación al médico. Poco importaba: Zenón se hallaba
decidido a desaparecer en cuanto acabaran las exequias del prior.
Esta vez, no se llevaba nada. Dejaría tras de sí sus libros, que
por lo demás ya casi no consultaba. Sus manuscritos no eran tan valiosos, ni
tan comprometedores como para que tuviese que llevarlos consigo en lugar de
permitir que acabaran, un día u otro, en la estufa del refectorio. Como corría
la estación cálida, decidió dejar también su hopalanda y su ropa de invierno.
Una simple casaca encima de su mejor traje bastaría. Metería en una bolsa sus
instrumentos de médico envueltos en ropa y unos cuantos medicamentos costosos y
difíciles de encontrar. En el último momento, metió asimismo sus dos viejas
pistolas de arzón. Cada detalle de aquella reducción a lo esencial había sido
objeto de largas deliberaciones. No le faltaba dinero: aparte del poco que había
ahorrado Zenón para el viaje de los parcos emolumentos que le pagaba el
convento, el viejo fraile enfermero le había entregado de parte del prior, unos
días antes de su muerte, un paquete que contenía la bolsa de donde, en otro
tiempo, había sacado el dinero para Han. El prior no parecía haberla vuelto a
tocar desde entonces.
Su primera intención había sido pedir prestada la carreta al
hijo de Greete, para llegar a Amberes y pasar de allí a Zelanda o a Güeldres,
que se habían rebelado abiertamente contra la autoridad real. Pero si las
sospechas caían sobre él tras su partida, más valía que aquella anciana y su
hijo el carretero no se vieran comprometidos en nada. Tomó la decisión de ir a
pie hasta la costa y hacerse allí con una barca.
La víspera de su partida, intercambió por última vez unas
palabras con Cyprien, a quien halló canturreando en la botica. El muchacho
tenía un aspecto de apacible contento que lo exasperó.
—Me gustaría creer que habéis renunciado a vuestros placeres en
este período de luto —le dijo al médico sin más preámbulos.
—A Cyprien ya no le importan las asambleas nocturnas —dijo el
joven fraile con un mohín infantil que solía poner cuando hablaba de sí mismo,
como si se tratara de otra persona—. Se ve él solo con la Bella, y a pleno sol.
No se hizo mucho de rogar para explicar cómo había descubierto,
a las orillas del canal, un jardín abandonado, cómo había forzado la verja y
cómo acudía allí Idelette algunas veces para reunirse con él. La mulata
vigilaba, oculta detrás de una tapia.
—¿Habéis pensado en tener cuidado de no dejar embarazada a la
Bella? Vuestra vida puede depender de una indiscreción de recién parida.
—Los Ángeles no conciben ni dan a luz —dijo Cyprien con el tono
falsamente seguro del que recita unas fórmulas aprendidas.
—¡Ah! ¡Dejad, os lo ruego, ese lenguaje de bigardo! —dijo el
médico ya harto.
La noche que precedió a su salida de la ciudad cenó, como a
menudo hacía, con el organista y su buena mujer. Después de la cena, el
organista lo llevó, como tenía por costumbre, a escuchar los fragmentos que
pensaba tocar el domingo siguiente en el órgano de Saint-Donatien. El aire
encerrado en los tubos sonoros se dilataba por la nave, más armonioso y potente
que ninguna voz humana. Durante toda la noche, tendido por última vez en el
lecho de su celda de San Cosme, Zenón entonó una y otra vez cierto motete de
Roland de Lassus, mezclado con sus proyectos para el futuro. Era inútil salir
demasiado temprano, pues las puertas de la ciudad no se abrían hasta la salida
del sol. Escribió una esquela explicando que uno de sus amigos se había puesto
enfermo en una localidad vecina y lo había llamado con urgencia; que sin duda
se hallaría de vuelta en menos de una semana. Siempre hay que reservarse las
probabilidades de regresar. Cuando se deslizó fuera del hospicio con
precaución, la calle estaba ya llena de una luz gris, de alba de verano. El
pastelero, que abría las puertas de su tienda, fue el único que lo vio salir.
UN PASEO POR LAS DUNAS
Llegó a la Porte de Damme en el momento en que levantaban el
rastrillo y tendían el puente levadizo. Los guardias lo saludaron cortésmente;
estaban acostumbrados a sus salidas matinales de herborista; su paquete no
llamó la atención. Caminaba a paso rápido a lo largo de un canal; era la hora
en que los hortelanos entraban en la ciudad para vender sus verduras; muchas de
aquellas gentes lo conocían y le desearon buenos días; un hombre que pensaba
precisamente acudir al dispensario para que le curase una hernia se afligió al
enterarse de que el médico se ausentaba; el doctor Théus le aseguró que estaría
de vuelta hacia finales de la semana, pero le resultó penoso tener que decir
aquella mentira.
Era una de esas hermosas mañanas en que el sol traspasa poco a
poco la niebla. Un bienestar tan vivaz que casi era alegría invadía al
caminante. Parecía suficiente —para arrojar tras de sí con un ligero movimiento
de hombro las angustias y preocupaciones que habían llenado aquellas últimas
semanas— dirigirse con paso firme hacia un punto de la costa en donde encontrar
una barca. La mañana enterraba a los muertos; el aire disipaba el delirio.
Brujas, a una legua tras él, hubiera podido igualmente hallarse en otro siglo o
en otra esfera. Se sorprendía de haber consentido en permanecer prisionero
cerca de seis años en el hospicio de San Cosme, hundido en una rutina
conventual peor que el estado eclesiástico que tanto le horrorizaba a los
veinte años, exagerando la importancia de las pequeñas intrigas y escándalos
inevitables a puerta cerrada. Casi le parecía haber insultado a las infinitas
posibilidades de la existencia renunciando tan largamente al ancho mundo. La
trayectoria del espíritu, abriéndose un camino en el envés de las cosas,
conducía con toda seguridad a unas profundidades sublimes, pero hacía imposible
el ejercicio de existir. Había alienado durante demasiado tiempo la dicha de
caminar recto ante sí por la actualidad del momento, dejando que lo fortuito se
convirtiera en su destino y sin saber en dónde dormiría la noche siguiente, ni
cómo se ganaría el pan dentro de ocho días. El cambio era un renacer y casi una
metempsicosis. El movimiento acompasado de sus piernas bastaba para contener el
alma. Sus ojos se limitaban, sin más, a dirigir su marcha, al mismo tiempo que
gozaban del hermoso verdor de la hierba. El oído registraba con satisfacción el
relincho de un potro que galopaba a lo largo de un seto vivo o el
insignificante chirrido de las ruedas de un carro. Una total libertad nacía de
su partida.
Se iba acercando a la aldea de Damme, el antiguo puerto de
Brujas en donde antaño, antes de que la arena cegara la costa, atracaban los
grandes barcos de ultramar. Aquellos tiempos de actividad ya no existían;
pacían vacas allí donde antes desembarcaban los fardos de lana. Zenón recordó
haber oído al ingeniero Blondel suplicar a Henri-Juste que le adelantase una
parte de los fondos necesarios para luchar contra la invasión de la arena;
aquel rico de cortos alcances había rechazado el ofrecimiento que hubiera
salvado a la ciudad. La gente avariciosa nunca obra de otra manera.
Se detuvo en la plaza para comprar una hogaza de pan. Las casas
burguesas entreabrían sus puertas. Una matrona rosa y blanca bajo su cofia
pimpante dio suelta a un perrillo grifón que se alejó alegremente, olfateando
la hierba, antes de detenerse un instante en la actitud contrita que ponen los
perros al aliviar sus necesidades, para reemprender en seguida sus saltos y
juegos. Una pandilla de niños chillones se dirigía al colegio; eran airosos y
gorditos como petirrojos, con sus trajes de vivos colores. No obstante,
aquellos eran los súbditos del rey de España que algún día les romperían la
cabeza a los bribones de los franceses. Pasó un gato que volvía al hogar; las
patas de un pájaro le asomaban por la boca. Un apetitoso olor de pasta y de
grasa emanaba de un horno de asar, mezclado con el olor insulso de la cercana
carnicería; la patrona fregaba con abundante agua el umbral de la puerta
manchado de sangre. La habitual horca patibularia se erguía en las afueras de
la aldea, sobre un mamelón cubierto de hierba, pero el cuerpo que en ella
colgaba llevaba allí tanto tiempo, expuesto a la lluvia, al sol y al viento,
que casi había adquirido la dulzura de las cosas viejas y abandonadas. La brisa
jugueteaba amablemente con sus harapos descoloridos. Una compañía de
ballesteros salía del pueblo a cazar tordos; eran unos buenos y alegres
burgueses que se daban palmadas en el hombro al hablar; cada uno de ellos
llevaba un zurrón en bandolera donde pronto se almacenarían parcelas de vida
que un momento antes cantaban cara al cielo. Zenón apretó el paso. Anduvo él
solo durante un buen momento por un camino que serpenteaba entre dos prados. El
mundo entero parecía componerse de cielo pálido y hierba verde, saturada de
savia, moviéndose sin cesar a ras del suelo como una ola. Por un instante,
evocó el concepto alquímico de la viriditas, el inocente abrirse paso del ser
que crece tranquilamente en la misma naturaleza de las cosas, brizna de vida en
estado puro, y luego renunció a toda reflexión para entregarse sin más a la sencillez
de la mañana.
Al cabo de un cuarto de hora, alcanzó a un mercero que caminaba
delante de él con su fardo; intercambiaron un saludo; el hombre se quejaba de
que el comercio andaba mal, ya que, en el interior del país, muchos pueblos
habían sido saqueados por los reitres. Aquí, al menos, se estaba tranquilo; no
ocurría gran cosa. Zenón prosiguió su camino y se encontró solo. Hacia el
mediodía, se sentó para comer su pan en un talud desde el que ya se veía
brillar a lo lejos la línea gris del mar.
Un viajero provisto de una larga vara vino a sentarse a su lado.
Era ciego y también sacó comida de sus alforjas para romper el ayuno. El médico
admiró la habilidad con la que el hombre de ojos blanquecinos se desembarazó de
la gaita que llevaba puesta al hombro, desabrochando la correa y colocando
delicadamente el objeto en la hierba. El ciego se felicitaba de que hiciera un
buen día. Se ganaba el pan tocando la gaita en las posadas o en los patios de
las granjas para que bailasen los muchachos y muchachas del pueblo; dormiría
aquella noche en Heyst, en donde tenía que tocar el domingo; continuaría
después hacia Sluys; gracias a Dios siempre encontraba bastante gente joven,
para beneficio suyo y también para su goce. ¿Podría creerlo Mynheer? Había
mujeres que gustaban de los ciegos; no había que exagerar la desgracia de haber
perdido la vista. Como muchos de sus iguales, aquel ciego usaba y abusaba de la
palabra «ver»: veía que Zenón era un hombre que se hallaba en plena madurez y
que poseía educación; veía que el sol estaba aún en mitad del cielo; veía lo
que pasaba por el sendero que detrás de ellos había: a una mujer algo impedida,
con un astil del que colgaban dos cubos. No todo era falso en sus jactancias:
fue él quien primero percibió el deslizar de una culebra por la hierba. Incluso
trató de matar al sucio bicho con su bastón. Zenón se separó de él tras
entregarle una moneda, perseguido por sus vocingleras bendiciones.
El camino daba la vuelta alrededor de una granja bastante
grande; era la única existente en aquella región en donde se oía rechinar la
arena bajo los pies. La propiedad tenía buen aspecto, con sus tierras enlazadas
entre sí por setos de avellanos, con su tapia que bordeaba el canal y un patio
sombreado por un tilo en donde la mujer del astil descansaba sentada en un
banco, con las dos herradas a su lado. Zenón vaciló y luego entró. Aquel lugar
llamado Oudebrugge había pertenecido a los Ligre; puede que aún fuera de la
familia. Cincuenta años atrás, su madre y Simón Adriansen, poco antes de su
boda, habían ido allí a recoger para Henri-Juste la renta de las escasas
tierras; aquella visita había sido una fiesta. Su madre se había sentado en la
orilla del canal, con las piernas colgando y los pies descalzos metidos en el
agua, unos pies que, vistos de esta suerte, aún parecían más blancos. Simón, al
comer, dejaba caer unas miguitas que se prendían en su barba gris. Su joven
madre le había pelado un huevo duro y le había entregado la preciada cáscara.
El juego consistía en correr en el sentido del viento sobre las dunas cercanas,
manteniendo en la palma de la mano aquel objeto ligero que se escapaba para
revolotear delante de él y luego se posaba un instante, como si fuera un
pájaro, de tal manera que había que intentar continuamente volverlo a coger y
la carrera se complicaba con una serie de curvas interrumpidas y de rectas
quebradas. A veces le parecía haber jugado a aquel juego durante toda su vida.
Avanzaba ya menos rápidamente por el suelo más blando. El camino
subía y bajaba a través de las dunas, tan sólo indicado por roderas en la
arena. Se cruzó con dos soldados que probablemente formaban parte de la
guarnición de Sluys, y se felicitó por ir armado, pues todo soldado en lugar
desierto se convierte fácilmente en bandido. Pero se contentaron con gruñir un
saludo tudesco y parecieron regocijarse al oír que él les contestaba en la
misma lengua. En lo alto de una eminencia, Zenón vislumbró por fin el pueblo de
Heyst, con su estacada que albergaba cuatro o cinco barcas. Había otras
balanceándose en el mar. Aquel pueblo a orillas de la inmensidad poseía en
pequeño todas las comodidades esenciales de una gran ciudad: una lonja, en la
que sin duda subastaban el pescado, una iglesia, un molino, una explanada con
una horca, casas bajas y altos graneros. La posada de La Belle Colombelle que
Josse le había indicado como punto de reunión de los fugitivos era una casucha
al pie de las dunas, con un palomar al que habían atado una escoba a modo de
distintivo, lo que significaba que aquella pobre posada era asimismo un rústico
burdel. Había que tener buen cuidado con el equipaje y el dinero, en un lugar
como aquél.
En los lúpulos de un jardincillo, un cliente borracho vomitaba
su cerveza. Una mujer le gritó algo por el ventanillo del primer piso y retiró
después su cabeza despeinada, volviendo sin duda a dormir sola un buen sueño.
Josse le había dado a Zenón la consigna, que él mismo conocía por un amigo. El
filósofo entró y saludó a todo el mundo. La sala común se hallaba llena de humo
y oscura como boca de lobo. La patrona, en cuclillas delante de la chimenea,
hacía una tortilla con ayuda del muchacho que manejaba los fuelles. Zenón se
sentó a una de las mesas y dijo, molesto por tener que soltar aquella frase
hecha, como en los tablados de feria:
—Quien quiere el fin...
—... quiere los medios —dijo la mujer dándose la vuelta—. ¿De
dónde venís?
—Me envía Josse.
—Nos envía a mucha gente —dijo la patrona guiñándole un ojo.
—No os equivoquéis sobre mí —dijo el filósofo descontento de
entrever al fondo de la sala a un sargento, con gorro de plumas, bebiendo su
jarra de cerveza—. Yo estoy en regla.
—Entonces, ¿qué venís a hacer aquí? —protestó la lozana
posadera—. No os atormentéis por Milo —prosiguió señalando al soldado con el
dedo—. Es amigo de mi hermana y está de acuerdo. ¿Comeréis algo, supongo?
Aquella pregunta era casi una orden. Zenón accedió a quedarse a
comer. La tortilla era para el sargento; la hospedera le trajo en una escudilla
un guisado bastante aceptable. La cerveza era buena. Resultó que el soldado era
albanés, y que había pasado los Alpes con la retaguardia de las tropas del
duque. Hablaba un flamenco con mezcla de italiano, que la patrona parecía
entender sin dificultad. Se quejaba de haberse pasado todo el invierno
tiritando, y las ganancias no eran tan sustanciosas como se decía en el
Piamonte, pues los luteranos a quienes se podía robar o secuestrar para pedir
un rescate abundaban menos de lo que allí se decía para engolosinar a la tropa.
—Las cosas son así —dijo la posadera con tono consolador—. Nunca
se gana tanto como se cree ganar. ¡Mariken!
Bajó Mariken, con una toquilla cubriéndole los cabellos. Se
sentó al lado del sargento y ambos comieron metiendo la mano en el mismo plato.
Ella le metía en la boca buenos pedazos de tocino que sacaba de la tortilla. El
niño de los soplillos se había eclipsado.
Zenón apartó la escudilla y quiso pagar.
—¿Por qué tanta prisa? —preguntó descuidadamente la hermosa
posadera—. Mi hombre y Nielas Bambeke van a venir en seguida. ¡Nunca comen
caliente, cuando están en el mar, las pobres criaturas!
—Preferiría ver la barca en seguida.
—Son cinco maravedís la carne, cinco la cerveza y cinco ducados
el salvoconducto del sargento —explicó con amabilidad—. La cama se paga aparte.
No izarán las velas hasta mañana por la mañana.
—Yo ya tengo mi salvoconducto —protestó el viajero.
—No hay salvoconducto que valga si Milo no está contento
—replicó la mujer—. Aquí él es tanto como el rey Felipe.
—Todavía no es seguro que vaya a embarcarme —objetó Zenón.
—¡Nada de regateos! —gruñó el albanés alzando la voz desde el
fondo de la sala—. No voy a deslomarme día y noche en la estacada para ver
quién sale y quién no sale.
Zenón pagó lo que le pidieron. Había tenido la precaución de
poner en una bolsa sólo el dinero preciso, para que no creyeran que llevaba más
consigo.
—¿Cómo se llama la barca?
—Lo mismo que esto: La Belle Colombelle. Que no se equivoque
¿eh, Mariken?
—Por supuesto que no —dijo la muchacha—. Con la Quatre-Vents se
perdería entre la niebla e iría derechito hacia Vilvorde.
La broma les pareció divertida a las dos mujeres, y el albanés
entendió lo suficiente para reír a carcajadas. Vilvorde era una plaza fuerte
situada más al interior de las tierras.
—Podéis dejar aquí vuestros paquetes —indicó la posadera con
buen humor.
—Mejor embarcarlos en seguida —dijo Zenón.
—Ahí tienes a un tipo que no tiene confianza —dijo burlonamente
Mariken al verlo salir.
Zenón casi chocó con el ciego, que acudía allí para tocar en el
baile. Este lo reconoció y lo saludó obsequioso.
Por el camino del puerto tropezó con un pelotón de soldados que
subía hacia la posada. Uno de ellos le preguntó si venía de La Belle
Colombelle. Tras su respuesta afirmativa, lo dejaron pasar. Milo,
probablemente, era el amo allí.
La Belle Colombelle marítima era una barca bastante grande, de
casco redondo, posado en la arena por la marea baja. Zenón pudo acercarse a
ella casi sin mojarse los pies. Dos hombres trabajaban con los aparejos, además
del muchacho que en la posada manejaba los soplillos ante el fuego de la
taberna. Un perro corría por entre los montones de cuerdas. Más lejos, en un
charco, una masa sangrienta de cabezas y colas de sardinas revelaba que habían
trasladado a otra parte el producto de la pesca. Uno de los hombres saltó a
tierra al ver venir al viajero.
—Yo soy Jans Bruynie —dijo—. ¿Os envía Josse para ir a
Inglaterra? Habrá que saber cuánto podéis pagar.
Zenón comprendió que habían enviado allí al chiquillo para
prevenirlos de su llegada. Habían debido especular sobre su grado de opulencia.
—Josse me habló de dieciséis ducados.
—Señor, eso es cuando hay mucha gente. El otro día llevé a once
personas. Más de once no caben. Dieciséis ducados por luterano, un total de
ciento setenta y seis. No digo que para un hombre solo...
—No pertenezco a la religión reformada —interrumpió el
filósofo—. Tengo una hermana en Londres casada con un comerciante...
—Abundan las hermanas como esa hoy en día —dijo socarronamente
Jans Bruynie—. Hay que ver cuánta gente se arriesga hoy al mareo para ir a ver
a sus parientes.
—Decidme vuestro precio —insistió el médico.
—¡Dios mío, la verdad es, mi buen señor, que no tengo ningún
interés en quitaros las ganas de hacer un viajecito a Inglaterra! A mí ese
viaje no me gusta. Dado que es como si estuviéramos en guerra...
—Todavía no —dijo el filósofo acariciando la cabeza del perro,
que había seguido a su amo hasta la playa.
—Sí y no —dijo Jans Bruynie—. Está permitido ir allí porque aún
no lo han prohibido, pero no está del todo permitido. En tiempos de la reina
María, la mujer de Felipe, las cosas iban mejor; quemaban a los herejes, con
perdón, igual que aquí. Ahora todo va mal: la reina es bastarda y hace rorros a
escondidas. Se llama a sí misma virgen, pero sólo para hacerle la competencia a
Nuestra Señora. Se destripa a los sacerdotes en ese país y se mean en los vasos
sagrados. No es que sea muy bonito, que digamos. Prefiero pescar cerca de la
costa.
—También se puede pescar en alta mar.
—Cuando uno va de pesca, vuelve cuando quiere; si yo voy a
Inglaterra, puedo tardar en volver... El viento, ya sabe, o una racha de
bonanza... Y si algún curioso se asoma a mirar qué carga llevo, qué extraña
pesca al ir y al volver... Incluso una vez —añadió bajando la voz— traje
pólvora de mosquete para Monsieur de Nassau. No era bueno navegar aquel día en
mi cascarón.
—Hay otras barcas —dejó caer el filósofo como quien no quiere la
cosa.
—Eso habría que verlo, señor. La Sainte-Barbe trabaja con
nosotros casi siempre; tiene una avería y no hay nada que hacer. El
Saint-Boniface tiene problemas... Hay barcas que están en la mar, claro está,
pero muy listo será el que sepa cuándo vuelven... Si no tenéis prisa, podéis
llegaros a Blankenberghe o a Wenduyne, pero serán los mismos precios de aquí.
—¿Y ésta? —dijo Zenón indicando una embarcación más ligera en la
que un hombrecito, plácidamente instalado en la popa, guisaba su comida.
—¿La Quatre-Vents? Podéis ir en ella, si os apetece —repuso Jans
Bruynie.
Zenón reflexionaba, sentado en una barrica de sardinas
abandonada. El hocico del perro descansaba en sus rodillas.
—En todo caso, ¿salís al alba?
—A pescar, mi buen señor, a pescar. Claro que si tuvierais como
quien dice unos cincuenta ducados...
—Tengo cuarenta —dijo con firmeza Sébastien Théus.
—Vaya por cuarenta y cinco. No quiero timar a un cliente. Si no
os corre prisa el ir a ver a vuestra hermana a Londres, ¿por qué no os quedáis
dos o tres días en La Colombelle…? Hay un montón de gente que llega huyendo
como quien lleva el diablo... Sólo tendríais que pagar vuestra parte.
—Prefiero salir en seguida y no esperar.
—Lo comprendo. Y es más prudente... Suponiendo que el viento
cambie... ¿Estáis en regla con el pájaro que tienen ellas en la posada?
—Si se refiere a los cinco ducados que acaba de sacarme...
—No es cosa nuestra —dijo desdeñosamente Jans Bruynie—. Las
mujeres se las entienden con él para que no surja ningún contratiempo en tierra
firme. ¡Eh! ¡Niclas! —le gritó a su compañero—. ¡Este es el pasajero!
Un hombre pelirrojo, ancho de hombros, asomó por una escotilla.
—Es Niclas Bambeke —explicó el patrón—. También trabaja con
nosotros Michiel Sottens, pero ha ido a cenar a su casa. ¿Comeréis con nosotros
en La Colombelle? Dejad vuestros paquetes.
—Los voy a necesitar para la noche —dijo el médico defendiendo
su bolsa, que Jans quería quitarle—. Soy cirujano y llevo conmigo mis
instrumentos —añadió para justificar el peso del saco, que hubiera podido dar
lugar a sospechas.
—El señor cirujano también se halla provisto de armas de fuego
—dijo sarcásticamente el patrón, advirtiendo con el rabillo del ojo las culatas
de metal que abultaban los bolsillos del médico.
—Señal de que sois un hombre prudente —dijo Niclas Bambeke
saltando de la barca—. Puede uno topar con mala gente, incluso en la mar.
Zenón les siguió los pasos para volver a la posada. Al llegar a
la esquina del mercado torció, haciéndoles creer que necesitaba orinar. Los dos
hombres continuaron andando y discutiendo animadamente, escoltados por el perro
y el chiquillo, que corrían dando vueltas. Zenón siguió alrededor del mercado y
pronto se halló de nuevo en la playa.
Anochecía. A unos doscientos pasos, una capilla medio derruida
se hundía en la arena. Miró en su interior. Un charco que había dejado la
última pleamar llenaba la nave adornada con estatuas roídas por la sal. El
prior, seguramente, habría rezado allí. Zenón se instaló en el atrio, reposando
la cabeza en su bolsa. A la derecha se veían los sombríos cascos de las barcas,
y un farol encendido en la popa de la Quatre-Vents. El viajero pensó en lo que
haría en Inglaterra. El primer punto consistiría en evitar que lo tomaran por
un espía papista que se hacía pasar por refugiado. Se vio vagabundeando por las
calles de Londres, solicitando un puesto de cirujano en la armada, o en casa de
un médico, ocupando un puesto parecido al que ocupó en casa de Jean Myers. No
hablaba inglés, pero una lengua se aprende pronto y, además, con el latín se
puede ir muy lejos. Con un poco de suerte, encontraría empleo en casa de algún
gran señor que se interesara por los afrodisíacos o por las medicinas contra su
gota. Estaba acostumbrado ya a los salarios generosos, pero no siempre pagados,
a sentarse en un lugar preferente de la mesa o en el último, según el humor que
tuviera Milord o Su Alteza aquel día, a las discusiones con los medicastros del
lugar hostiles al charlatán extranjero. En Innsbruck y en otros sitios se había
topado ya con todo eso. También debería acordarse de no hablar del Papa a no
ser abominando de él, como se hacía en Flandes con Juan Calvino, y de
ridiculizar a Felipe II, lo mismo que allí ridiculizaban a la reina de
Inglaterra.
El farol de la Quatre-Vents se acercó, bamboleándose en la mano
de un hombre que caminaba. El patroncillo calvo se detuvo delante de Zenón, que
se incorporó a medias.
—He visto cómo el señor reposaba en el atrio. Mi casa está aquí
cerca; si Su Señoría teme a la serena...
—Estoy bien donde estoy —dijo Zenón.
—Sin querer parecer demasiado curioso, ¿puedo preguntar a Su
Señoría cuánto le cobran por llevarlo a Inglaterra?
—Debéis saber sus precios.
—No es que yo les critique, Señoría. La temporada es corta:
después de Todos los Santos, tendrá que hacerse cargo el señor de que no
siempre es cómodo hacerse a la mar. Pero al menos, que sean honrados... ¿No
supondréis que por ese precio os van a llevar hasta Yarmouth? No, señor; os
pasarán a la barca de otros pescadores y allí tendréis que pagar de nuevo.
—Es un método como cualquier otro —dijo distraídamente el
viajero.
—¿No se ha dicho el señor que es muy arriesgado para un hombre
ya no muy joven embarcarse con tres mocetones? Es fácil dar un golpe con el
remo. Pueden vender vuestras ropas a los ingleses y nadie se enterará.
—¿Me proponéis llevarme a Inglaterra en la Quatre-Vents?
—No, señor, nada de eso. Mi barca no tiene envergadura para
ello. Incluso Frisia está también demasiado lejos. Pero si sólo se trata de
cambiar de aires, el señor debe saber que Zelanda se escurre, como quien dice,
de entre las manos del rey. Aquellas tierras están abarrotadas de gueux, desde
que el mismo Monsieur de Nassau comisionó al capitán Sonnoy... Conozco las
granjas en donde se aprovisionan los señores de Sonnoy y de Dolhain... ¿Cuál es
la profesión de Su Señoría?
—Trato de curar a mis semejantes —contestó el médico.
—En las fragatas de esos caballeros tendrá el señor la ocasión
de curar buenos golpes y tajos. Y se llega a Zelanda en pocas horas, cuando se
sabe coger el viento. Incluso podríamos salir antes de medianoche; la
Quatre-Vents no precisa mucho calado.
—¿Y cómo vais a esquivar las patrullas de Sluys?
—Conozco a gente, señor. Tengo amigos. Pero Su Señoría deberá
quitarse su bonito traje para vestirse como un marinero... Si por casualidad
alguien subiera a bordo...
—Aún no me habéis dicho vuestro precio.
—¿Quince ducados le parecerían mucho a Su Señoría?
—El precio es modesto. ¿Estáis seguro de no equivocaros en la
oscuridad y de no bogar hacia Vilvorde?
El hombrecillo calvo hizo una mueca de condenado.
—Jodido calvinista! ¡Tragón de vírgenes! ¿Son los de La Belle
Colombelle los que os han dicho eso?
—Yo digo lo que me han dicho —repuso lacónicamente Zenón.
El hombre se marchó lanzando exabruptos. Diez pasos más allá, se
dio la vuelta haciendo temblar el farol. El rostro furioso se había convertido
en servil.
—Ya veo que el señor conoce los rumores —prosiguió melifluo—,
pero no hay que creer todo lo que se cuenta. Su señoría tendrá que disculparme
de haberme dejado llevar por el enfado, pero yo no tuve nada que ver en el
arresto de Monsieur de Battenbourg. Ni siquiera fue un piloto de aquí... Y,
además, no hay ni comparación en cuanto a las ganancias: Monsieur de
Battenbourg es un pez gordo. El señor estará tan seguro a bordo de mi barca
como en la casa de su santa madre...
—Ya basta —dijo Zenón—. Vuestra barca puede soltar amarras a
medianoche; puedo cambiarme de traje en vuestra casa que está aquí al lado, y
vuestro precio son quince ducados. Dejadme en paz.
Pero el hombrecillo no era de los que se desaniman fácilmente.
No obedeció hasta después de haber asegurado a su señoría que, en el caso de
que se resintiera con exceso de la fatiga, podría descansar en su casa por poco
dinero y no salir hasta la noche siguiente. El capitán Milo hacía la vista
gorda; no se casaba con nadie y menos con Jans Bruynie. Una vez solo, Zenón se
preguntó cómo era posible que él pudiera curar con abnegación a aquellos
bribones estando enfermos, puesto que de buena gana los hubiera matado estando
sanos. Cuando el farol volvió a su sitio en la Quatre-Vents, se levantó. La
oscuridad de la noche disimulaba sus movimientos. Anduvo lentamente un cuarto
de legua en dirección a Wenduyne, con su paquete bajo el brazo. En todas partes
ocurriría lo mismo. Era imposible saber cuál de los dos bufones mentía, o si
por casualidad los dos decían la verdad. Pudiera ser también que mintieran los
dos y que en todo ello no hubiera más que una rivalidad de miserables... Que
otro resolviera el problema.
Una duna le ocultó las luces de Heyst que se hallaba, empero,
muy cercano. Eligió un hueco resguardado de la brisa y lejos de la línea
indicadora de la marea alta que se adivinaba, incluso en la oscuridad, por la
humedad de la arena. La noche de verano era tibia. Podría decidir lo que iba a
hacer a la mañana siguiente. Se tapó con su casaca. La bruma ocultaba las
estrellas, excepto Vega cerca del cénit. El mar dejaba oír su incansable rumor.
Durmió sin soñar.
El frío lo despertó antes de que amaneciera. Una intensa palidez
invadía el cielo y las dunas. La marea alta casi lamía sus zapatos. Tiritaba,
pero aquel frío llevaba dentro de sí la promesa de un hermoso día de verano.
Frotando suavemente sus piernas entumecidas por la inmovilidad nocturna,
contemplaba cómo el mar sin forma alumbraba sus olas pronto desvanecidas. El
ruido que permanece desde el comienzo del mundo seguía oyéndose. Cogió un
puñado de arena que se fue escurriendo por entre sus dedos. Calculus: con
aquella huida de átomos empezaban y terminaban todas las cogitaciones sobre los
números. Para que las rocas se desmenuzaran de aquella manera habían sido
necesarios más siglos que días había en los relatos de la Biblia. Desde su
juventud, la meditación de los antiguos filósofos le había enseñado a mirar con
desprecio a los miserables seis mil años que judíos y cristianos consienten
únicamente en conocer de la venerable antigüedad del mundo, medida por ellos
según la corta duración de la memoria del hombre. Unos campesinos de Dranoutre
le habían mostrado, en unas turberas, unos enormes troncos de árboles que se
suponía habían sido depositados allí por las mareas del Diluvio, pero
existieron otras inundaciones aparte de aquella relacionada con la historia de
un patriarca aficionado al vino; también hubo otras destrucciones por el fuego,
aparte de la grotesca catástrofe de Sodoma. Darazi hablaba de mirladas de
siglos que no son sino la pausa de una respiración infinita. Zenón calculó que
el próximo veinticuatro de febrero, si aún vivía, cumpliría cincuenta y nueve
años. Mas acaecía con aquellos once o doce lustros como con el puñado de arena:
el vértigo de los grandes números emanaba de ellos. Durante más de mil
quinientos millones de instantes, él había vivido en diversos rincones de la
tierra, mientras Vega daba vueltas por los alrededores del cénit y el mar
dejaba oír su fragor por todas las playas del mundo. Cincuenta y ocho veces
había visto la hierba de la primavera y la plenitud del verano. Poco importaba
que un hombre de aquella edad viviera o muriese. El sol era ya muy fuerte
cuando, desde lo alto de la duna, divisó a La Belle Colombelle con sus velas
desplegadas, que se hacía a la mar. La pesada barca se alejaba con mayor
rapidez de lo que hubiera podido suponerse. Zenón volvió a tumbarse en su lecho
de arena, dejando que el agradable calorcito eliminara de él toda huella de
agujetas nocturnas, contemplando su sangre roja a través de los párpados
cerrados. Medía sus probabilidades de éxito como si se tratara de las de otra
persona. Armado como iba, podría obligar al bribón sentado a la barra de la
Quatre-Vents a que lo desembarcara en alguna playa de las que sólo frecuentaban
los gueux de mer; podría romperle la cabeza de un balazo en caso de que pusiera
rumbo hacia un barco del rey. Había utilizado ya una vez, sin remordimiento,
aquel mismo par de pistolas para despachar a un arnaúte que antaño lo asaltó en
un bosque de Bulgaria; lo mismo que tras burlar la trampa que le había tendido
Perrotin, se sintió mucho más hombre. Pero la idea de derramar los sesos de
aquel pícaro le parecía hoy repugnante sin más. El consejo de unirse, como
cirujano, a las tropas de Monsieur de Sonnoy o de Dolhain le parecía bueno;
hacia ellos había él aconsejado a Han que se dirigiese en los tiempos en que
aquellos patriotas aún no poseían la autoridad y los recursos que acababan de
adquirir gracias a los nuevos disturbios. No había que excluir el alcanzar un
puesto cerca de Louis de Nassau: aquel gentilhombre carecía seguramente de un
médico a su servicio. Aquella existencia de partisano o de pirata se
diferenciaría poco de la que él vivió en otros tiempos junto a los ejércitos de
Polonia o con la flota turca. Poniéndose en lo peor, podría incluso manejar
durante algún tiempo el escalpelo y el cauterio entre las tropas del duque. Y
el día en que la guerra le diera náuseas, siempre quedaba la esperanza de
alcanzar a pie algún rincón del mundo en donde, por el momento, la más feroz de
las necedades humanas no hiciera sus estragos. Nada de todo aquello era
imposible. Pero había que recordar que, después de todo, tal vez nadie se
metiera con él en Brujas.
Bostezó. Aquellas alternativas ya no le interesaban. Se quitó
los zapatos, llenos de arena, hundiendo los pies con satisfacción en la capa
caliente y fluida, buscando y encontrando más abajo el frescor marino. Se quitó
la ropa y colocó encima con precaución su equipaje y sus pesados zapatos. Luego
avanzó hacia la mar. La marea empezaba a bajar: con el agua hasta media pierna,
atravesó unos charcos relucientes y se entregó al movimiento de las olas.
Desnudo y solo, las circunstancias se le caían como hablan hecho
sus ropas. Volvía a ser ese Adán Cadmon de los filósofos herméticos, situado en
el corazón de las cosas, en quien se elucida y se profiere lo que en cualquier
otro es infuso e impronunciado. Nada en aquella inmensidad llevaba nombre: se
contuvo para no pensar que el pájaro que estaba pescando en la cresta de una
ola era una gaviota, y que el extraño animal que se movía en un charco, con
unos miembros tan distintos a los del hombre, era una estrella de mar. Seguía
bajando la marea, dejando tras de sí conchas y caracoles de espirales tan puras
como las de Arquímedes; el sol ascendía insensiblemente, disminuyendo la sombra
humana en la arena. Lleno de un reverente pensamiento, que le hubiera valido la
pena de muerte en todas las plazas públicas de Mahoma o de Cristo, pensó que
los símbolos más adecuados del conjetural Bien Supremo son aquellos que se
suponen idólatras y aquel globo ígneo, el único Dios visible para unas
criaturas que sin él perecerían. Así como el más verdadero de los ángeles era
aquella gaviota que tenía a su favor, más que los serafines y tronos, la
evidencia de existir. En aquel mundo sin fantasmas, hasta la ferocidad era
pura: el pez que coleaba bajo la ola, dentro de un instante ya no sería más que
un buen bocado sanguinolento en el pico del pájaro pescador, pero el pájaro no
justificaba su hambre con malos pretextos. El zorro y la liebre, la astucia y
el miedo habitaban la duna en donde él durmió, pero el que mataba no alegaba a
su favor unas leyes promulgadas antaño por un zorro sagaz, o recibidas de un
zorro-Dios. La víctima no se creía castigada por sus crímenes y no alegaba, al
morir, su fidelidad a su príncipe. La violencia del mar carecía de cólera. La
muerte, siempre obscena en los hombres, era limpia en aquella soledad. Un paso
más sobre aquella frontera entre lo fluido y lo líquido, entre la arena y el
agua, y el empuje de una ola más fuerte que las demás le haría perder pie;
aquella agonía tan breve y sin testigo sería, en cierto modo, menos muerte. Tal
vez algún día echara de menos aquel final. Mas ocurría con aquella posibilidad
como con los proyectos de viaje a Inglaterra o a Zelanda, nacidos del temor de
la víspera o de futuros peligros ausentes de aquel momento sin sombras, planes
formados por su mente y no necesidades impuestas a su ser. La hora del tránsito
no había llegado todavía.
Volvió a buscar su ropa y le costó encontrarla, pues se hallaba
recubierta ya de una ligera capa de arena. El retroceso del mar había cambiado
las distancias en poco tiempo. El rastro de sus pasos sobre la playa húmeda
había sido bebido inmediatamente por el agua; en la arena seca, el viento
borraba todas las huellas. Su cuerpo lavado había olvidado el cansancio.
Recordaba una mañana como aquella, a la orilla del mar, que se unía a ésta como
si aquel interludio de arena y de agua durase desde hacía diez años: durante su
estancia en Lübeck, había ido a la desembocadura del Trave con el hijo del
orfebre, para recoger ámbar báltico. También los caballos se habían bañado; sin
sillas ni arreos, volvían a ser unas criaturas que existían por sí mismas, en
vez de las apacibles monturas habituales. Uno de los fragmentos de ámbar
contenía un insecto preso en la resina; estuvo contemplando, como a través de
un ventanillo, al bicho encerrado en una era de la Tierra a la que él no tenía
acceso. Movió la cabeza, como para apartar una abeja importuna: revivía
demasiado a menudo en el presente los momentos caducos de su propio pasado, no
por remordimiento o nostalgia, sino porque los tabiques del tiempo parecían
haber estallado. El día pasado en Travemunde se hallaba preso en su memoria
como en una materia casi imperecedera, reliquia de un tiempo en que era bueno
existir. Si vivía diez años más, acaso recordara igual el día de hoy.
Volvió a ponerse, sin ganas, su caparazón humano. Los restos del
pan de ayer y su calabaza casi llena del agua de una cisterna le recordaron que
su camino sería, hasta el final, un camino entre los hombres. Había que
protegerse de ellos, pero también continuar recibiendo sus favores y
devolviéndoselos. Equilibró su zurrón al hombro y se colgó los zapatos de la
cintura con sus cordones, para darse el gusto de seguir caminando descalzo.
Dejando a un lado Heyst, que le hacía el efecto de una úlcera en la hermosa
piel de la arena, tomó por las dunas... Desde lo alto de la eminencia más
próxima, se volvió para contemplar el mar. La Quatre-Vents seguía descansando
en la estacada; otras barcas se habían acercado al puerto. Una vela en el
horizonte parecía tan pura como un ala; acaso fuera el barco de Jans Bruynie.
Anduvo cerca de una hora apartándose de los senderos conocidos.
En una ondulación de terreno, entre dos montículos sembrados de hierbas
cortantes, vio venir hacia él un grupo de seis personas: un anciano, una mujer,
dos hombres de edad madura y dos muchachos armados con sendos bastones. El
viejo y la mujer avanzaban con dificultad por aquel terreno pantanoso. Todos
ellos vestían como los burgueses de la ciudad. Aquellas gentes parecían
preferir pasar sin llamar la atención. No obstante, le contestaron cuando él
les dirigió la palabra y pronto se tranquilizaron viendo el interés que les
mostraba aquel viajero tan educado y que hablaba francés. Los dos jóvenes
venían de Bruselas; eran patriotas católicos que trataban de alcanzar las
tropas del príncipe de Orange. El otro grupo era calvinista; el anciano era un
antiguo maestro de escuela de Tournai, que escapaba hacia Inglaterra en
compañía de sus dos hijos; la mujer, que le enjugaba el sudor de la frente con
su pañuelo, era su nuera. La larga caminata a pie era más de lo que el pobre
hombre podía soportar; se sentó un momento en la arena para tomar aliento; los
demás lo rodearon.
Aquella familia se había unido, al llegar a Eeclo, a los dos
jóvenes burgueses de Bruselas: el mismo peligro y la misma huida convertían a
aquellas personas en compañeros, cuando en otros tiempos acaso hubieran sido
enemigos. Los muchachos hablaban con admiración del señor de La Marck, quien
había jurado dejar crecer su barba hasta que los condes fueran vengados; se
había echado al bosque con los suyos y ahorcaba sin compasión a los españoles
que caían en sus manos. Hombres como aquel era lo que necesitaban los Países
Bajos. Zenón se enteró asimismo con todo detalle, por los fugitivos
bruselenses, de la captura de Monsieur de Battenbourg y de los dieciocho
gentileshombres de su séquito traicionados por el piloto que los transportaba a
Frisia: aquellas diecinueve personas fueron encarceladas en la fortaleza de
Vilvorde y decapitadas. Los hijos del maestro de escuela palidecían al oír este
relato, inquietándose por lo que a ellos mismos les esperaba a la orilla del
mar. Zenón los tranquilizó: Heyst parecía un lugar seguro, con tal de pagarle
el diezmo al capitán del puerto; unos fugitivos cualesquiera no corrían gran
peligro de ser entregados al enemigo como si de príncipes se tratara. Inquirió
si los de Tournai iban armados; le dijeron que sí: hasta la mujer llevaba un
cuchillo. Les aconsejó que no se separasen: unidos, nadie los desvalijaría en
el transcurso de la travesía; no obstante, convenía dormir con un solo ojo en
la posada y a bordo de la embarcación. En cuanto al hombre de La Quatre-Vents,
no era muy de fiar, pero los dos fuertes bruselenses podrían probablemente
dominarlo y, una vez llegados a Zelanda, las ocasiones de toparse con bandas de
insurrectos parecían darse con facilidad.
El maestro de escuela se había levantado penosamente. Zenón,
interrogado a su vez, explicó que era médico en la región y que él también
pensaba cruzar el mar. Las preguntas no fueron más allá; sus asuntos no les
interesaban. Al separarse de ellos, entregó al magister un frasco con unas
gotas que, durante algún tiempo, lo animarían, permitiéndole respirar mejor. Se
despidió y todos quedaron muy agradecidos.
Los vio continuar hacia Heyst y decidió bruscamente seguirlos.
Entre varios el viaje sería menos peligroso; incluso podrían ayudarse los
primeros días unos a otros en la otra orilla. Dio un centenar de pasos tras
ellos y luego aminoró la marcha, aumentando la distancia existente entre la
pequeña pandilla y él. La idea de encontrarse frente a Milo o a Jans Bruynie le
producía de antemano un cansancio insoportable. Se paró en seco y torció hacia
el interior de las tierras.
Recordaba los labios azulados y la respiración entrecortada del
anciano. Aquel maestro que abandonaba su pobre estado, desafiando el puñal, el
fuego y el mar, para testificar en voz alta su fe en la predestinación de la
mayoría de los hombres al infierno, le parecía una buena muestra de la
universal demencia; pero más allá de aquellas dogmáticas locuras existían sin
duda entre las inquietas criaturas humanas repulsiones y odios surgidos de lo
más profundo de su naturaleza y que, el día en que ya no estuviera de moda
exterminarse por motivos religiosos, se manifestarían de otra forma. Los dos
patriotas de Bruselas parecían más sensatos, aunque aquellos muchachos que
arriesgaban la piel por la libertad presumían, sin embargo, de ser súbditos
leales del rey Felipe; todo iría bien, decían, en cuanto acabaran con el duque.
Las enfermedades del mundo eran más inveteradas de lo que creían.
Pronto llegó a Oudebrugge y esta vez entró en el patio de la
granja. La misma mujer que antes había visto se encontraba allí: sentada en el
suelo, arrancaba la hierba para dársela a unos conejillos encerrados en una
cesta grande. Un niño de corta edad daba vueltas a su alrededor. Zenón pidió un
poco de leche y algo de comer. Ella se levantó con una mueca y le rogó que
sacara él mismo del pozo la jarra de leche puesta a refrescar; sus manos
reumáticas apenas podían dar vuelta a la manivela. Mientras él manejaba la
polea, ella entró en la casa y sacó queso fresco y una ración de tarta. Se
disculpó por la calidad de la leche, que era floja y azulada.
—La vaca es vieja y está casi seca —dijo—. Parece cansada de
dar. Cuando la llevamos al toro, ya no quiere saber nada. Pronto tendremos que
comérnosla.
Zenón preguntó si la granja pertenecía a la familia Ligre. Ella
le miró con aire desconfiado, de repente.
—¿No seréis, por casualidad, el cobrador? —dijo—. No debemos
nada hasta el día de San Miguel.
La tranquilizó: buscaba hierbas por placer y regresaba a Brujas.
La granja pertenecía, como él pensaba, a Philibert Ligre, señor de Dranoutre y
de Oudenove, un pez gordo del Consejo de Flandes. Como explicaba la buena
mujer, los ricos tienen una retahíla de nombres.
—Ya lo sé —contestó Zenón—. Soy de la familia.
No pareció creerle. Aquel caminante no tenía nada de magnífico.
Mencionó haber venido una vez a la granja, hacía mucho tiempo. Todo estaba poco
más o menos como él lo recordaba, pero le parecía más pequeño.
—Si habéis venido alguna vez, yo ya estaría aquí. Hace más de
cincuenta años que no me muevo de este sitio.
A él le parecía recordar que, después de la comida campestre,
habían dado las sobras a los caseros, mas ya no rememoraba sus caras. Ella se
sentó a su lado en el banco; le había traído muchos recuerdos.
—Los amos venían algunas veces en aquellos tiempos —continuó—.
Yo soy hija del antiguo granjero; había once vacas. Cuando llegaba el otoño,
enviábamos a Brujas una carreta llena de tarros de mantequilla salada. Ahora ya
no es igual; se desentienden de todo... Y, además, con mis manos enfermas, no
puedo trabajar con el agua fría.
Las descansaba en sus rodillas, entrecruzando los dedos
deformados. Él le aconsejó que metiera todos los días las manos en la arena
caliente.
—La arena no falta aquí... —dijo ella.
El niño continuaba en el patio dando vueltas como una peonza,
profiriendo unos ruidos incomprensibles. Tal vez era anormal. La mujer lo llamó
y una maravillosa ternura iluminó su rostro sin gracia al verlo acercarse a
ella corriendillo. Cuidadosamente le limpió la saliva en las comisuras de los
labios.
—Este es mi Jesús —dijo suavemente—. Su madre trabaja en el
campo, con los otros dos que aún toman el pecho.
Zenón se informó sobre el padre. Era el patrón de la
Saint-Boniface.
—La Saint-Boniface tenía averías —dijo con aire de alguien que
sabe.
—Ya está arreglada —repuso la mujer—. Ahora va a trabajar para
Milo. Preciso es que gane algo: de todos mis hijos, sólo una pareja me queda.
Pues yo he tenido dos maridos, señor —continuó—, y entre nosotros tres, diez
hijos. Ocho de ellos están en el cementerio. Tantas fatigas para nada... El
pequeño trabaja unas horas con el molinero los días de viento, y así siempre
tenemos algo de pan para comer. También tiene derecho a coger la harina que cae
al suelo. La tierra de aquí es pobre en trigo.
Zenón miraba el granero ruinoso. En lo alto de la puerta,
alguien había clavado antaño un búho, siguiendo la costumbre de la comarca, al
que probablemente alcanzarían de una pedrada y al que habían clavado vivo; lo
que quedaba de las plumas se movía al viento.
—¿Por qué matar a ese pájaro, que os era benéfico? —preguntó
señalando con el dedo al ave de rapiña crucificada—. Esos bichos se comen a las
ratas que devoran el trigo.
—No lo sé, señor, pero es la costumbre. Además, su grito anuncia
la muerte.
Él no contestó nada. Era evidente que la mujer quería
preguntarle algo.
—Todas esas gentes que huyen, señor, y que pasamos en el
Saint-Boniface... Claro, es un beneficio para toda la comarca. Hoy mismo, a
seis les vendí de comer. Y algunos da pena verlos... Pero me pregunto si esto
es un negocio honrado. Las gentes que huyen, será por algo, digo yo... El duque
y el rey deben saber lo que hacen...
—No tenéis por qué informaros de quiénes son esas personas —dijo
el viajero.
—Eso sí. Es verdad —contestó ella meneando la barbilla.
Zenón había sacado del montón de hierbas unas cuantas, que metía
por entre los barrotes de la cesta, y miraba cómo las masticaban los
conejillos.
—Si os gustan estos bichos, señor —prosiguió ella con tono
amable—. Están gorditos y a punto... Los hubiéramos preparado el domingo. Son
sólo cinco perras por cabeza.
—¿Yo? —dijo sorprendido—. ¿Y qué vais a comer el domingo?
—Señor —dijo ella con ojos suplicantes—, no sólo hay que
comer... Con esto y los tres cuartos de la merienda, mandaré a mi nuera por
vino a La Belle Colombelle. Falta hace calentarse el corazón de cuando en
cuando. Brindaremos a vuestra salud.
No tenía monedas para devolverle el cambio de su florín. Se lo
había imaginado. Daba igual. El contento la rejuvenecía: después de todo, quizá
fuera ella aquella muchacha de quince años que les había hecho una reverencia
cuando Simón Adriansen le habla dado unos cuartos. Cogió su bolsa y se dirigió
a la verja con los cumplidos habituales.
—No los olvidéis, señor —dijo tendiéndole la cesta—. Les
gustarán a vuestra señora: no los hay iguales en la ciudad. Y ya que sois un
poco de la familia, decidles que nos reparen la casa antes del invierno. Dentro
llueve todo el año.
Salió él, con la cesta en el brazo, como un campesino que va al
mercado. El camino se internó primero por un bosquecillo y luego desembocó en
los campos y mieses. Zenón se sentó al borde de la cuneta y metió con
precaución la mano en la cesta. Largamente, casi con voluptuosidad, acarició la
suave piel de los animales, su lomo flexible de costados blancos bajo los
cuales latía apresuradamente el corazón. Los conejillos no tenían miedo y
seguían comiendo; el médico se preguntaba qué visión del mundo y de él se
reflejaba en sus ojos salientes y vivos. Levantó la tapa de la cesta y los dejó
escapar. Gozando de su libertad, miró cómo desaparecían entre los matorrales
los conejos lascivos y voraces, los arquitectos de laberintos subterráneos, las
tímidas criaturas que, sin embargo, juegan con el peligro desarmados, salvo por
la agilidad y fuerza de su lomo, indestructibles gracias a su inagotable
fecundidad. Si conseguían escapar de los lazos, de los palos, de la garduña y
del gavilán, aún podrían continuar algún tiempo sus brincos y sus juegos; en
invierno, su pelaje blanquearía bajo la nieve; en primavera, comerían la buena
hierba verde. Empujó la cesta con el pie para tirarla a la cuneta.
El resto del camino transcurrió sin incidentes. Durmió aquella
noche bajo unos árboles. Al día siguiente, llegó bastante pronto a las puertas
de Brujas y, como siempre, los guardias lo saludaron respetuosamente.
Tan pronto como se halló en la ciudad, la angustia
momentáneamente ahogada subió a la superficie; aun sin querer, escuchaba las
palabras de los transeúntes, pero no oyó nada insólito concerniente a unos
jóvenes frailes o a los amores de una hermosa doncella noble. Tampoco hablaba
nadie de un médico que hubiera curado a unos rebeldes y se hubiera disfrazado
con un apodo. Llegó al hospicio a tiempo de aliviar el trabajo del hermano Luc
y del hermano Cyprien, que hacían frente a la premura de los enfermos. El trozo
de papel que había dejado allí antes de marchar seguía en la mesa; lo arrugó
entre sus dedos; sí, su amigo de Ostende estaba mejor. Aquella noche pidió en
la posada una cena más abundante y apetitosa que de ordinario.
LA RATONERA
Pasó más de un mes sin tropiezos. Se daba por supuesto que el
hospicio cerraría sus puertas antes de Navidad, pero el señor Sébastien Théus
partiría esta vez abiertamente para Alemania, en donde antaño vivió y ejerció.
En su fuero interno, y sin mencionar públicamente aquellas regiones adeptas al
luteranismo, Zenón se proponía llegar hasta Lübeck. Le gustaría volver a ver al
juicioso Aegidus Friedhof y a Gerhart, convertido ya en un hombre. Tal vez
fuera posible obtener el puesto de regente del hospital del Espíritu Santo que
el opulento orfebre le había prometido en otros tiempos.
Desde Ratisbona, su colega alquimista Riemer, a quien Zenón
había acabado por escribir, le anunciaba una alegría inesperada. Un ejemplar de
las Proteorías salvado del fuego parisino había llegado hasta Alemania; un
doctor de Wittenberg había traducido la obra al latín, y aquella publicación
daba al filósofo una aureola de gloria. El Santo Oficio estaba celoso, como
antaño la Sorbona, pero el sabio de Wittenberg y sus colegas descubrían, al
contrario, en aquellos textos mancillados de herejía a los ojos de los
católicos, la aplicación del libre examen; y los aforismos que explicaban el
milagro por el efecto del fervor en el mismo sujeto les parecían a un tiempo
adecuados para combatir las supersticiones papistas y para apoyar su propia
doctrina de la fe como salvación. Las Proteorías se transformaban en sus manos
en un instrumento ligeramente falseado, pero hay que esperar siempre esas
desviaciones mientras un libro exista y actúe sobre el espíritu de los hombres.
Incluso se hablaba de proponer a Zenón, si es que lo encontraban, para una
cátedra de filosofía natural en aquella universidad sajona. El honor no carecía
de riesgos y hubiera sido prudente declinarlo a cambio de otros trabajos más
libres, pero el contacto directo con mentes cultas era tentador, tras aquel
largo repliegue sobre sí mismo, y el ver estremecerse una obra que se creía
muerta hacía experimentar al filósofo en todas sus fibras la alegría de una
resurrección. Al mismo tiempo, el Tratado del mundo físico, descuidado desde la
catástrofe de Dolet, había vuelto a publicarse en una librería de Basilea, en
donde parecían haber olvidado las prevenciones y agrias querellas de otros
tiempos. La presencia corporal de Zenón se hacía casi menos útil: sus ideas
habían proliferado sin él.
Desde su viaje a Heyst, no había vuelto a oír hablar del grupito
de los Ángeles. Evitaba con gran cuidado quedarse a solas con Cyprien, de
suerte que el torrente de confidencias se hallaba reprimido. Algunas medidas
que Sébastien Théus deseó que tomara el antiguo prior para evitarles a todos
grandes desastres se cumplían por sí solas. El hermano Florián se iba a marchar
muy pronto a Amberes, en donde estaban reconstruyendo su convento incendiado en
tiempos pasados por los destructores de imágenes; iba a pintar allí los frescos
del claustro. Pierre de Hamaere visitaba diversas filiales de la provincia
cuyas cuentas revisaba. La nueva administración había ordenado ciertas obras en
el subsuelo del convento; habían condenado algunas partes que amenazaban con caerse,
lo que arrebataba a los Ángeles su asilo secreto. Las reuniones nocturnas
habían cesado casi con toda seguridad; unas imprudencias escandalosas quedarían
sin duda relegadas a banales y furtivos pecados del claustro. En cuanto a las
citas de Cyprien y de la Bella en el jardín, la estación era poco favorable y
puede que Idelette se hubiera buscado algún galán más prestigioso que un joven
fraile.
Tal vez por todas estas razones, el continente de Cyprien se
había ensombrecido. Ya no entonaba sus cantinelas campesinas y cumplía con su
tarea con aire aburrido. Sébastien Théus había supuesto, en primer lugar, que
el joven enfermero, así como el hermano Luc, se afligirían por el próximo
cierre del hospicio. Una mañana vio que el rostro del muchacho tenía huellas de
lágrimas.
Le mandó entrar en la botica y cerró la puerta. Ambos se
hallaban solos, lo mismo que al día siguiente del domingo de Cuasimodo, en la
época de las peligrosas confidencias de Cyprien. Zenón fue el primero en
hablar:
—¿Le ha ocurrido algo a la Bella? —le preguntó bruscamente.
—Ya no la veo nunca —respondió el muchacho con voz ahogada—. Se
encierra con la mulata en su habitación y dice que está enferma para disimular
lo que lleva dentro.
Explicó que las únicas noticias que él recibía venían de labios
de una conversa, en parte corrompida por menudos regalos y en parte conmovida
por el estado de la Bella, a quien le habían encargado cuidar. Pero era difícil
comunicarse a través de aquella mujer simple hasta la idiotez. Las salidas
secretas de antes ya no existían y, de todas maneras, las dos jóvenes se
asustaban ahora hasta de su sombra, de modo que no se hubieran atrevido a
intentar nuevas salidas nocturnas. Bien era verdad que el hermano Florián, como
pintor, podía entrar y salir en el convento de las Bernardinas, pero se lavaba
las manos de todo este asunto.
—Hemos reñido —dijo sombrío Cyprien.
Las mujeres esperaban que el parto de Idelette fuera por Santa
Águeda. El médico calculó que faltarían todavía tres meses. Por entonces, él ya
estaría desde hacía mucho en Lübeck.
—No desesperéis —dijo esforzándose por luchar contra el
Abatimiento del joven fraile—. El ingenio y el valor de las mujeres son grandes
en esas materias. Las bernardinas, si es ¿que se enteran de esta desventura, no
tienen ningún interés en difundirla. Un recién nacido se puede poner fácilmente
¿en un torno y confiarlo a la caridad pública.
—Estas tinajas y estos tarros están llenos de polvos y de raíces
—dijo muy agitado Cyprien—. El miedo va a matarla si alguien no la ayuda. Si
Mynheer quisiera...
—¿No os dais cuenta de que ya es muy tarde y de que me es
imposible tener acceso a ella? No añadamos a tantos desórdenes una sangrienta
desgracia.
—El cura de Ursel ha colgado los hábitos y ha huido a Alemania
con su querida —dijo súbitamente Cyprien—. No podríamos...
—Con una muchacha de su rango y en ese estado seríais reconocido
antes de salir del territorio franco de Brujas. No penséis en ello. Mas nadie
se extrañará de que un joven franciscano vaya por los caminos mendigando su
pan. Marchaos solo. Puedo daros unos ducados para el viaje.
—No puedo —dijo Cyprien sollozando.
Se había desplomado sobre la mesa, con la cabeza entre las
manos. Zenón lo contemplaba con una compasión infinita. La carne era una trampa
en donde aquellos dos niños se habían dejado coger. Acarició afectuosamente la
cabeza pelada del joven fraile y salió del aposento.
El rayo cayó antes de lo que él hubiera creído. Cerca ya de la
fiesta de Santa Lucía, estaba en la posada cuando oyó a sus vecinos discutir
sobre una noticia con esa clase de excitados murmullos que no suelen significar
nunca nada bueno, ya que la mayor parte de las veces se trata de la desgracia
de alguien. Una doncella noble, que se alojaba en las Bernardinas, había
estrangulado al niño prematuro, pero viable, que había dado a luz. El crimen se
había descubierto por la criada mora, que huyó espantada de la habitación de su
ama y anduvo errando como una loca por las calles. Unas buenas gentes,
empujadas también por su honesta curiosidad, habían recogido a la mulata; en su
media lengua difícil de comprender, había acabado por explicarlo todo. Después,
las hermanas no pudieron impedir que la ronda apresara a su protegida.
Circulaban groseras bromas sobre la sangre caliente de las damas nobles y sobre
los secretitos de las monjas, mezcladas con indignadas exclamaciones. En la
insípida existencia de la pequeña ciudad, adonde el rumor mismo de los grandes
acontecimientos actuales llegaba con sordina, aquel escándalo era más
interesante que la trillada historia de una iglesia quemada o de unos
protestantes ahorcados.
Cuando Zenón salió de la posada, vio pasar a Idelette por la rue
Longue. Iba tendida al fondo de la carreta de la ronda. Estaba muy pálida, con
palidez de recién parida, pero sus pómulos y sus ojos ardían de fiebre. Algunas
personas la miraban con compasión, pero la mayoría se excitaba abucheándola. El
pastelero y su mujer eran de estos últimos. Las gentecillas del barrio se
desquitaban, vengando su envidia de los espléndidos atavíos y del derroche de
aquella linda muñeca. Dos de las rameras de La Calabaza, que por casualidad
pasaban por allí, se encarnizaban más que nadie, como si la señorita les
hubiera estropeado el oficio.
Zenón regresó a casa con el corazón encogido, como si acabara de
ver a una corza abandonada a las dentelladas de los perros de caza. Buscó a
Cyprien en el hospicio, mas no lo encontró, y Zenón no se atrevió a preguntar
por él en el convento, por no llamar la atención.
Aún tenía esperanzas de que Idelette, interrogada por el
preboste o los escribanos, tuviera la presencia de ánimo de inventarse un galán
imaginario. Pero aquella niña que, durante toda la noche, había estado
mordiéndose las manos para no gritar, por miedo a que sus gemidos la
denunciaran, se hallaba sin fuerzas. Habló y lloró abundantemente, sin ocultar
las citas con Cyprien a orillas del canal, ni los juegos y risas de la asamblea
de los Ángeles. Lo que más horrorizó a los escribanos que tomaban nota de sus
declaraciones fue aquel consumo de pan bendito y vino robado en los altares,
que habían comido y bebido a la luz de unos cabos de vela. Las abominaciones de
la carne parecían agravarse con no se sabía qué clase de sacrilegios. Cyprien
fue detenido al día siguiente; después les llegó el turno a François de Bure, a
Florián, al hermano Quirin y a otros dos novicios implicados. Matthieu Aerts
fue asimismo detenido, pero lo soltaron en seguida con el veredicto de
equivocación de persona. Uno de sus tíos era regidor en el territorio franco de
Brujas.
Durante unos días, el hospicio de San Cosme, ya medio cerrado y
que el médico pensaba dejar para ir a Alemania a la semana siguiente, se llenó
de una muchedumbre de curiosos. El hermano Luc les ponía cara de palo; se
negaba a creer todo aquel asunto. Zenón los trataba sin dignarse responder a
sus preguntas. Una visita de Greete lo conmovió hasta casi hacerle llorar: la
vieja se había contentado con mover la cabeza diciendo que todo aquello era muy
triste.
La tuvo en casa todo el día y le rogó que le lavara y cosiera su
ropa. Muy irritado, había mandado al hermano Luc cerrar la puerta del hospicio
antes de la hora. La anciana, que cosía y planchaba al lado de la ventana, lo
tranquilizaba tan pronto con su amistoso silencio como con sus palabras llenas
de una serena sabiduría. Le contó algunos menudos hechos que él ignoraba de la
vida de Henri-Juste, bajas mezquindades o atrevimientos con las criadas; por lo
demás, era un hombre bastante bueno, bromista e incluso espléndido, en sus
buenos momentos. Recordaba el nombre y la cara de muchos de sus parientes que
él no conocía: por ejemplo, era capaz de recitar toda una lista de hermanos y
hermanas que habían muerto jóvenes, escalonados entre Henri-Juste e Hilzonde.
Soñó un instante en lo que pudieran haber sido aquellos destinos tan pronto
interrumpidos, aquellos brotes de un mismo árbol. Por primera vez en su vida,
escuchó con atención un largo relato concerniente a su padre, cuyo nombre e
historia conocía, pero del que sólo había oído hacer amargas alusiones durante
su infancia. Aquel joven caballero italiano, prelado por conveniencia y para
satisfacción de sus ambiciones y las de su familia, había paseado con
arrogancia por Brujas su capa de terciopelo rojo y sus espuelas de oro; había
gozado de una doncella tan joven, aunque menos desafortunada, como la Idelette
de hoy, y de esta unión habían salido todos aquellos trabajos, aventuras,
meditaciones y proyectos que duraban desde hacía cincuenta y ocho años. Todo en
este mundo, el único al que tenemos acceso, era más extraño de lo que pensamos.
Por fin, Greete se guardó las tijeras en el bolsillo, así como el hilo y el
alfiletero, y dijo a Zenón que su ropa se hallaba lista para el viaje.
Después de que ella se marchara, encendió la estufa para el baño
de agua y de vapor que había instalado en un rincón del hospicio, a semejanza
del que antaño tenía en Pera, pero que había utilizado poco para sus enfermos,
que con frecuencia se mostraban reacios a tales tratamientos. Tras unas largas
abluciones, se cortó las uñas y se afeitó meticulosamente. En varias ocasiones,
por necesidad en los ejércitos o en los caminos, para disfrazarse mejor o al
menos para no sorprender contraviniendo la moda, se había dejado crecer la
barba, pero prefería la limpieza de un rostro afeitado. El agua y el vaho le
recordaron el baño que tomó ceremoniosamente en Fröso a su llegada, tras su
expedición por tierras laponas. La misma Sign Ulfsdatter le había ayudado
siguiendo la costumbre de las damas de su país. Ponía una dignidad de reina en
sus agasajos de sirvienta. Volvió a ver con la imaginación la cubeta grande
sujeta por un hilo de cobre y el dibujo de las toallas bordadas.
Lo prendieron al día siguiente. Cyprien, para evitar la tortura,
había confesado todo lo que se le pedía y mucho más. De ello resultó una orden
de arresto contra Pierre de Hamaere, que se hallaba entonces en Audenarde. En
cuanto a Zenón, los testimonios del joven fraile eran como para perderlo: según
él, el médico había sido, desde un principio, el confidente y el cómplice de
los Ángeles. Él era quien había proporcionado a Florián los filtros necesarios
para que Cyprien sedujera a Idelette y más tarde le había propuesto negros
filtros para matar a su fruto. El inculpado inventaba, entre el médico y él,
una intimidad fuera de la ley. Más tarde, Zenón tuvo ocasión de reflexionar
sobre aquellas acusaciones que tan contrarias eran a los hechos: la hipótesis
más sencilla era que el muchacho trataba de que lo declararan inocente
abrumando a los demás; o puede que, habiendo deseado de Sébastien Théus
servicios y caricias, hubiera terminado por creer que los había recibido.
Siempre se acaba por caer en una trampa cualquiera: lo mismo daba que fuera
aquella.
En todo caso, Zenón se hallaba dispuesto. Se entregó sin
resistencia. Al llegar ante el escribano, sorprendió a todo el mundo dando su
verdadero nombre.
TERCERA PARTE
LA PRISIÓN
Non è viltà, ne da viltà procède
S’alcun, per evitar più crudel sorte,
Odia la propria vita e cerca morte...
Meglio è morir all’anima gentile
Che supportar inevitabil danno
Che lo farria cambiar animo e stile.
Quanti ha la morte già tratti d’affanno!
Ma molti ch’hanno il chiamar morte a vile
Quanto talor sia dolce ancor non sanno.
JULIO DE MÉDICIS
No es villanía, ni de villanía procede,
Si alguien, por evitar una suerte más cruel,
Odia la propia vida y busca la muerte...
Más vale morir para un corazón noble,
Que soportar el mal inevitable
Que le haría perder estilo y ánimo...
¡Cuan numerosos son aquellos a quienes la muerte
curó de la angustia!
Mas muchos vilipendian ese recurso a la muerte,
Y siguen ignorando cuan dulce es morir...
EL ACTA DE ACUSACIÓN
Sólo pasó una noche en la prisión de la ciudad. Lo trasladaron
al día siguiente, no sin ciertos miramientos, a una habitación que daba al
patio de la vieja secretaría, provista de barrotes y de fuertes cerrojos, pero
que ofrecía casi todas las comodidades a las que puede aspirar un encarcelado
de categoría. En otros tiempos, habían tenido allí a un regidor acusado de
malversaciones, y antes, a un noble que se había pasado al partido francés por
soborno. Nada más adecuado que aquel lugar de detención. Por lo demás, la noche
que había pasado en el calabozo bastó para llenar de piojos a Zenón, quién
tardó varios días en quitárselos de encima. Para su gran asombro, permitieron
que le llevaran su ropa, y al cabo de algunos días, incluso le devolvieron su
escribanía. En cambio, no le dejaban tener libros. Pronto obtuvo permiso para
pasear todos los días por el patio, cuyo suelo tan pronto se hallaba cubierto
de hielo como de barro, en compañía del bribón que hacía las veces de
carcelero. No obstante, el miedo a la tortura no le dejaba reposo. El que unos
esbirros fueran pagados para atormentar metódicamente a sus semejantes era algo
que siempre había escandalizado a aquel hombre, cuyo oficio era curar. De muy
antiguo se había acorazado, no contra el dolor, apenas menor que el de un
herido operado por un cirujano, pero sí contra el miedo de que ese dolor fuera
conscientemente infligido. Se había acostumbrado a la idea de tener miedo. Si
algún día gemía, gritaba o acusaba mentirosamente a alguien, como había hecho Cyprien,
la culpa sería de los que consiguen dislocar el alma de un hombre. Pero aquella
prueba tan temida no llegó. Era evidente que poderosas protecciones entraban en
juego, aunque no pudieron impedir que el terror al potro subsistiera dentro de
él hasta el final, obligándole a reprimir un sobresalto cada vez que alguien
abría la puerta.
Unos años antes, al llegar a Brujas, había creído hallar su
recuerdo disuelto en la ignorancia y el olvido. En ello había fundado su
incierta seguridad. Mas un espectro suyo habla debido sobrevivir agazapado en
el fondo de las memorias y volvía a salir a la luz con ocasión de aquel
escándalo, más real que el mismo hombre con quien, durante tanto tiempo, se
habían estado codeando indiferentemente. Vagas suposiciones se concretaban de
repente, amalgamadas con las toscas imágenes del mago, del renegado, del demonio,
del espía del extranjero, imágenes que flotan por todas partes y siempre en las
imaginaciones ignorantes. Nadie había reconocido a Zenón en Sébastien Théus;
retrospectivamente, todo el mundo lo reconocía. Tampoco había leído nadie sus
escritos en Brujas; probablemente, ni siquiera hoy los hojeaban, pero el
haberse enterado de que los habían condenado en París y de que resultaban
sospechosos en Roma permitía a todo el mundo criticar tan peligrosos grimorios.
Cierto era que algunos curiosos, un tanto perspicaces, debieron sospechar en
seguida su identidad. Greete no era la única persona con ojos y memoria. Pero
aquellas gentes habían callado, lo que quizá las convirtiera en amigas en vez
de enemigas, o tal vez estuvieron esperando su hora. A Zenón siempre le quedó
la duda de si alguien había advertido al prior de los Franciscanos sobre su
identidad, o si éste, al contrario, desde el mismo momento en que le ofreció al
viajero que subiese a su coche en Senlis, sabía hallarse frente al filósofo
cuya obra, muy controvertida, estaban quemando en la plaza pública.
Se inclinaba por la segunda alternativa, pues tenía interés en
deberle lo más posible a aquel hombre de gran corazón.
Sea como fuere, su desgracia había cambiado de cara. Había
dejado de ser la oscura comparsa de un desenfreno que implicaba a un puñado de
novicios y a dos o tres malos frailes; se convertía de nuevo en el protagonista
de su propia aventura. Las bases para la acusación se multiplicaban, pero al
menos no sería el insignificante personaje barrido a toda prisa por una
justicia expeditiva, como probablemente lo hubiera sido Sébastien Théus. Su
proceso amenazaba con prolongarse, al encontrarse en él espinosas cuestiones de
competencia. Los magistrados burgueses juzgaban sin apelación los crímenes de
derecho común, pero el obispo ponía interés en decir la última palabra cuando
se trataba de una compleja causa de ateísmo y herejía. Esta pretensión chocaba
en un hombre recientemente impuesto por el rey en una ciudad en donde, hasta el
momento, se habían pasado muy bien sin obispado, y que les parecía a muchos un
agente de la Inquisición sabiamente implantado en Brujas. De hecho, el prelado
se proponía justificar brillantemente su poder llevando aquel proceso con
equidad. El canónigo Campanus, pese a su edad avanzada, se prodigó en aquel
asunto: propuso, y por fin obtuvo, que dos teólogos de la Universidad de
Lovaina, en donde el acusado se había graduado en derecho canónico, fueran
admitidos en calidad de oyentes; se ignoraba si aquella decisión se había
tomado de acuerdo con el obispo o en contra de su opinión. Había exagerados que
opinaban que un impío como aquél, cuyas doctrinas era tan importante confundir,
debería ser juzgado directamente por el tribunal romano del Santo Oficio, y que
sería oportuno enviarlo bien custodiado a que reflexionara en alguno de los
calabozos del convento de Santa Maria sopra Minerva, en Roma. Las gentes
sensatas, en cambio, tenían interés en que se juzgara allí mismo al descreído
nacido en Brujas y que había regresado con nombre falso a la ciudad, donde su
presencia en el seno de una piadosa comunidad había favorecido los desórdenes.
Aquel Zenón que había pasado dos años en la corte de Su Majestad de Suecia
acaso fuera un espía de las potencias del Norte; no había que olvidar que en
otros tiempos había vivido en tierras del Turco infiel; se trataba de saber si
había o no apostatado, como aseguraban ciertos rumores. Empezaba uno de esos procesos
de cargos múltiples que amenazan con durar años y sirven de absceso de fijación
a los humores de una ciudad.
Con toda esta algarabía, las acusaciones que habían provocado la
detención de Sébastien Théus pasaban a un segundo término. El obispo, opuesto
por principio a los cargos de magia, despreciaba la historia de los filtros de
amor, que le parecían verdaderas pamplinas, pero algunos de los magistrados
burgueses creían en ello firmemente, y para el pueblo llano, lo más importante
del asunto estaba ahí. Poco a poco, como en todos los procesos que durante
algún tiempo enloquecen a los papanatas, veíase dibujarse en dos planos dos
asuntos extrañamente dispares: la causa tal como se les aparece a los hombres
de Ley y a la gente de Iglesia, cuyo oficio es juzgar, y la causa tal como la
inventa la plebe, que desea a toda costa monstruos y víctimas. El teniente
encargado de las diligencias contra el criminal había eliminado en seguida las
relaciones con el grupito adámico y beatífico de los Ángeles; las imputaciones
de Cyprien eran contradichas por los otros seis inculpados; éstos sólo conocían
al médico por haberlo visto bajo los arcos del convento o en la rue Longue.
Florián se jactaba de haber conquistado a Idelette sólo con promesas de besos,
de músicas dulces y de juegos al corro cogidos de la mano, sin necesitar para
nada la raíz de mandrágora; incluso el crimen de Idelette invalidaba el cuento
de la poción abortiva, que la muchacha juraba santamente no haber solicitado
nunca, ni haber tenido tampoco que rechazar; finalmente, y más a su favor aún,
Florián opinaba de Zenón que era un hombre ya entrado en años, que se daba a la
brujería, ciertamente, pero que siempre fue hostil por malevolencia a los
Ángeles y que había querido separar de ellos a Cyprien— Lo más que se podía
sacar de aquellos dichos poco coherentes era que el supuesto Sébastien Théus se
había enterado por su enfermero de algunas de las cosas que sucedían en los
baños, sin haber cumplido con su deber, que era denunciarlas.
Una intimidad condenable entre él y Cyprien seguía siendo
plausible, pero la gente del barrio ponía al médico por las nubes hablando de
sus buenas costumbres y virtudes. Incluso resultaba algo sospechosa una
reputación tan sin par. Investigaron sobre ese punto de sodomía, que irritaba
la curiosidad de los jueces: a fuerza de buscar, creyeron encontrar al hijo de
uno de los enfermos de Jean Myers con quien el inculpado había tenido amistad
al principio de su estancia en Brujas; no siguieron adelante en las investigaciones
por respeto a la buena familia de aquel joven caballero conocido por su
apostura y que residía desde hacía tiempo en París, en donde acababa sus
estudios. Aquel descubrimiento hubiera hecho reír a Zenón: las relaciones entre
ambos se habían limitado a intercambiarse libros. Si había existido un trato
más íntimo, no quedaba ninguna huella. Pero el filósofo había preconizado con
frecuencia en sus escritos la experimentación con los sentidos y la realización
de todas las posibilidades del cuerpo, y los más depravados placeres pueden
deducirse de semejante precepto. La presunción persistía, pero se caía, por
falta de pruebas, en el crimen de opinión.
Otras acusaciones eran —si esto era posible— más inmediatamente
peligrosas. Los mismos franciscanos imputaban al médico el haber convertido el
hospicio en centro de reunión para fugitivos que huían de la justicia. El
hermano Luc le fue muy útil en aquella ocasión, como en muchas otras. Su
opinión era muy clara: todo era falso en aquel asunto. Se había exagerado mucho
sobre las orgías en los baños: Cyprien no era más que un bisoño que se había
dejado engatusar por tan hermosa muchacha; el médico era irreprochable. En
cuanto a los fugitivos rebeldes o calvinistas que habían pasado por el
hospicio, no llevaban puesto ningún cartel al cuello y unas personas tan
ocupadas como ellos lo estaban tenían cosas más importantes en qué pensar que
intentar sonsacarles. Tras haber soltado así el discurso más largo de su vida,
se retiró. Aún le hizo a Zenón otro favor insigne: al ordenar el hospicio
desierto, encontró aquella piedra con efigie humana que el filósofo había
dejado en un rincón y arrojó el objeto al canal, pues no era cosa de dejarlo
tirado por allí. En cambio, el organista perjudicó al inculpado; verdad era que
no tenían nada que decir de él que no fuera bueno, pero les había hecho un gran
impacto el que Sébastien Théus no fuera Sébastien Théus. La mención que más
daño le hizo fue la de las cómicas profecías que tanto habían hecho reír a las
buenas gentes; las encontraron en San Cosme, metidas en un armario de la
estancia en donde se guardaban los libros, y los enemigos de Zenón supieron
servirse de ellas muy bien.
Mientras los escribanos pasaban a limpio, con gruesos y finos,
los veinticuatro cargos reunidos contra Zenón, la aventura de Idelette y de los
Ángeles iba llegando a su fin. El crimen de la señorita de Loos era patente y
su castigo era la muerte; ni siquiera la presencia de su padre hubiera logrado
salvarla, y éste, preso en España al igual que otros flamencos, no supo hasta
más tarde su desgracia. Idelette tuvo una ejemplar y piadosa muerte.
Adelantaron unos días su ejecución, para que no cayera en las fiestas de
Navidad. La opinión pública había cambiado: la gente se compadecía ante el
arrepentimiento y los ojos llorosos de la Bella; les daba lástima aquella
chiquilla de quince años. Según las leyes, Idelette debería ser quemada viva
por infanticidio, pero su noble cuna le valió ser decapitada. Por desgracia, el
verdugo, intimidado por su delicado cuello, no tuvo la mano firme y falló el
golpe tres veces; escapó, una vez hecha justicia, abucheado por la muchedumbre
y perseguido por una lluvia de zuecos y de coles, robadas de las cestas del
mercado.
El proceso de los Ángeles duró algún tiempo más. Trataban de
obtener confesiones que sacaran a la luz unas ramificaciones secretas, que tal
vez se remontaran hasta la secta de los Hermanos del Espíritu Santo,
exterminada a principios de siglo y que había practicado y confesado —según se
decía— errores como aquéllos. Pero el loco de Florián era intrépido: vanidoso
hasta en la tortura, manifestó no deber nada a las enseñanzas heréticas de un
cierto Gran Maestro Adamita Jacob van Almagien, judío por añadidura y fallecido
cincuenta años atrás. Él solo, sin ninguna ayuda teológica, era quien había
descubierto el puro paraíso de los deleites del cuerpo. Todas las tenazas del
mundo no le harían decir otra cosa. El único que escapó de la sentencia de
muerte fue el hermano Quirin, que tuvo la constancia de fingirse loco hasta en
medio de los tormentos y, consecuentemente, fue encerrado como tal. Los otros
cinco condenados murieron piadosamente, como Idelette. Por medio de su
carcelero, quien estaba acostumbrado a esta clase de negociaciones, Zenón pagó
a los verdugos para que estrangularan a los jóvenes antes de que el fuego los
tocara, pequeño acomodo muy al uso en la época y que redondeaba oportunamente
el escaso salario de los ejecutores. La estratagema salió bien en el caso de
Cyprien, de François de Bure y de uno de los novicios; los salvó de lo peor,
aun cuando, como es natural, no pudo ahorrarles el espanto que previamente
padecieron. Pero el arreglo fracasó en el caso de Florián y del otro novicio,
pues el verdugo no llegó a tiempo de prestarles discretamente socorro; se les
oyó gritar durante tres cuartos de hora.
El ecónomo también fue quemado, pero ya cadáver. Tan pronto lo
trajeron de Audenarde para encarcelarlo en Brujas, pidió a unos amigos que en
la ciudad tenía que le trajesen un veneno. Incineraron su cadáver según la
costumbre, puesto que no podían quemarlo vivo. A Zenón nunca le había agradado
aquel cauteloso personaje, pero tuvo que reconocer que Pierre de Hamaere supo
tomar las riendas de su destino y morir como un hombre.
Zenón se enteró de todos estos detalles por su carcelero, que no
tenía pelos en la lengua. El truhán se disculpaba por su fracaso con dos de los
condenados; incluso le propuso devolver parte del dinero, aunque nadie tuviera
la culpa de lo que había pasado. Zenón se encogió de hombros. Se había
revestido de una mortal indiferencia: lo importante era conservar las fuerzas
hasta el final. Pasó aquella noche sin dormir. Buscando en su pensamiento un
antídoto para aquel horror, imaginó que Cyprien o Florián se habrían arrojado
al fuego con toda seguridad para salvar a alguien: la atrocidad se hallaba como
siempre menos en los hechos que en la inepcia humana. De repente, chocó con un
recuerdo: en su juventud le había vendido su receta de fuego líquido al emir Nourreddin
y éste la había utilizado en Argel en un combate naval y tal vez hubiera
continuado empleándola después. El acto en sí mismo era banal: cualquier
pirotécnico hubiera hecho lo mismo. Aquel invento que quemó a centenares de
hombres pareció incluso un adelanto en las artes de la guerra. Mirándolo bien,
las violencias de un combate en el que cada cual mata o muere no podían
compararse a la abominación metódica de un suplicio ordenado en nombre de un
Dios de bondad; no obstante, él era también autor y cómplice de ultrajes
infligidos a la miserable carne del hombre, y habían sido precisos treinta años
para que le llegara el remordimiento, que probablemente hubiera hecho sonreír a
almirantes y a príncipes. Más valía salir cuanto antes de este infierno.
Nadie podía quejarse de que los teólogos encargados de enumerar
las propuestas pertinentes, heréticas o francamente impías, extraídas de los
escritos del acusado no cumplieran honradamente con su trabajo. Habían
conseguido, en Alemania, la traducción de las Proteorías; las demás obras se
hallaban en la biblioteca de Jean Myers. Para gran asombro de Zenón, el prior
había poseído sus Pronósticos de las cosas futuras. Recopilando estas
proposiciones o más bien sus censuras, el filósofo se distrajo dibujando el
mapa de las opiniones humanas en aquel año de gracia de 1569, al menos en lo
concerniente a las abstrusas regiones por donde se había paseado su espíritu.
El sistema de Copérnico no se hallaba proscrito por la Iglesia, aun cuando los
más entendidos de entre las gentes de alzacuello y birrete cuadrado menearan la
cabeza dubitativamente, asegurando que muy pronto lo estarían; el aserto que
consiste en situar al Sol y no a la Tierra en el centro del mundo era tolerado
a condición de que lo presentaran como una tímida hipótesis, mas no dejaba por
ello de dañar a Aristóteles, a la Biblia y mas aún a la humana necesidad de
poner nuestro habitáculo en el centro del Todo. Era natural que una visión del
problema que se alejaba de las toscas evidencias del sentido común desagradara
al vulgo: sin ir más lejos, Zenón sabía por sí mismo cómo la noción de una
Tierra que se mueve rompe las costumbres que cada uno de nosotros adopta para
vivir; él se había embriagado de pertenecer a un mundo que ya no se limitaba a
la covacha humana; a la mayoría, aquel ensanchamiento le producía náuseas. Peor
aún que la audacia de reemplazar la Tierra por el Sol en el centro de las
cosas, era el error de Demócrito, es decir, la creencia en una infinidad de
mundos, que le arrebata al mismo Sol su lugar privilegiado y niega la
existencia de un centro; a la mayoría de los hombres sabios aquello les parecía
una negra blasfemia. Lejos de lanzarse con alegría, como el filósofo,
reventando la esfera de los fijos, a esos fríos y ardientes espacios, el hombre
en ellos se sentía perdido y el valiente que se arriesgaba a demostrar su
existencia se convertía en un tránsfuga. Las mismas reglas eran valederas para
el campo más escabroso de las ideas puras. El error de Averroes, la hipótesis
de una divinidad fríamente actuante en el interior de un mundo eterno, parecía
arrebatarle al devoto el recurso a un Dios hecho a su imagen y semejanza y que
reservaba para el hombre sus cóleras y sus bondades. La eternidad del alma, tal
como erróneamente la vio Orígenes, indignaba, pues reducía a poca cosa la
inmediata aventura: el hombre deseaba que se abriese ante él una inmortalidad
dichosa o desgraciada de la que él fuese responsable, mas no que se extendiera
por doquier una duración eterna en la que él era sin ser. El error de
Pitágoras, que permitía atribuir a los animales un alma semejante a la nuestra
en naturaleza y esencia escandalizaba aún más al bípedo implume que pone todo
su empeño en ser la única criatura viva que dura eternamente. El enunciado del
error de Epicuro, es decir, la hipótesis de que la muerte es el fin de todo,
aun siendo más conforme a lo que observamos en cadáveres y cementerios, hería
en lo más hondo no sólo nuestra avidez por estar en este mundo, sino asimismo
el orgullo que neciamente nos asegura que merecemos seguir en él. Se suponía
que todas estas opiniones ofendían a Dios; de hecho, lo que se les reprochaba
sobre todo era quebrantar la importancia del hombre. Era, pues, natural que
llevaran al que las propagaba a la cárcel o más lejos aún.
Y al descender de las puras ideas a los caminos tortuosos de la
conducta humana, el miedo, más aún que el orgullo, se convertía en el motor
primero de las abominaciones. La osadía del filósofo que preconizaba el libre
juego de los sentidos y trataba sin despreciarlos los placeres carnales
exasperaba a la multitud, propensa en este campo a mucha superstición y a mucha
hipocresía. Poco importaba que el hombre que a ello se arriesgaba fuera más
austero y en ocasiones más casto que sus encarnizados detractores: la gente
estaba de acuerdo en proclamar que no había fuego ni suplicio en el mundo capaz
de hacer expiar tan atroz licencia, precisamente porque la osadía del espíritu
parece agravar la del simple cuerpo. La indiferencia del sabio para quien todo
país es patria y toda religión un culto válido a su manera exasperaba también a
toda aquella muchedumbre de prisioneros; si aquel filósofo renegado que, sin
embargo, no renegaba de ninguna de sus creencias verdaderas, era para ellos un
chivo expiatorio, esto era debido a que cada uno de ellos, algún día,
secretamente, o incluso sin darse cuenta, había deseado salir del círculo en
donde moriría encerrado. El rebelde que se levanta contra su príncipe provoca
en las gentes de bien la misma envidiosa furia: su No es una vejación para su
incesante Sí. Pero los peores de esos monstruos que piensan de manera singular
son aquellos que practican alguna virtud: infunden mucho más miedo cuando no se
les puede despreciar por entero.
DE OCCULTA PHILOSOPHIA: la insistencia de algunos jueces en las
prácticas mágicas a las que se había entregado, antaño o en fecha reciente,
dispuso al cautivo —que ya casi no pensaba en ello— a meditar sobre tan
irritante tema, que sólo de manera accesoria le había preocupado durante toda
su vida. En aquel campo, sobre todo, las opiniones de los doctos contrastaban
con las del vulgo. El mago era a un tiempo aborrecido y reverenciado por el
común rebaño que le atribuía poderes inmensos. Fue una decepción no encontrar,
en el cuarto de Zenón, más que la obra de Agrippa de Nettesheim, que también
poseían el canónigo Campanus y el obispo, así como el más reciente de
Gian-Battista della Porta, que Monseñor tenía igualmente encima de la mesa.
Puesto que la gente se obstinaba sobre estas materias, el obispo quiso, por
equidad, interrogar al acusado. Mientras que para los necios la magia era la
ciencia de lo sobrenatural, este sistema inquietaba al prelado por negar el
milagro. Zenón fue casi sincero en este punto. El universo llamado mágico se
hallaba constituido de atracciones y repulsas que obedecían a unas leyes aún
desconocidas, pero no necesariamente impenetrables para el entendimiento
humano. El imán y el ámbar, de entre las sustancias conocidas, parecían ser las
únicas en revelar a medias esos secretos que nadie aún había explorado y que
tal vez algún día lo aclarasen todo. El gran mérito de la magia y de la
alquimia, su hija, era el postular la unidad de la materia, hasta tal punto que
algunos filósofos del alambique habían creído poder asimilar ésta a la luz y al
rayo. Uno se adentraba así por un camino que podía llevar muy lejos, pero cuyos
peligros reconocían todos los adeptos dignos de este nombre. Las ciencias
mecánicas, en las que Zenón había intervenido con frecuencia, se asemejaban a
esas investigaciones, pues trataban de transformar el conocimiento de las cosas
en un poder sobre las mismas e, indirectamente, sobre el hombre. En cierto
sentido, todo era magia: magia la ciencia de las hierbas y de los metales, que
permiten al médico influir sobre la enfermedad y el enfermo; magia la misma
enfermedad, que se impone al cuerpo como una posesión del que éste, en
ocasiones, no quiere curarse; magia el poder de los sonidos agudos y graves,
que inquietan al alma o la sosiegan; magia sobre todo el virulento poder de las
palabras, casi siempre más fuerte que las cosas y que explica los asertos del
Sepher Yetsira, por no decir del Evangelio según San Juan. El prestigio que
rodea a los príncipes y se desprende de las ceremonias de iglesia es magia, y
magia los negros cadalsos y los lúgubres tambores que acompañan las ejecuciones
y aterran a los papanatas aún más que a las víctimas. Mágicos son por fin el
amor y el odio, que imprimen en nuestros cerebros la imagen de un ser por el
que consentimos dejarnos hechizar. Monseñor meneó pensativamente la cabeza: un
universo organizado de esa suerte no dejaba lugar a la voluntad personal de
Dios. Zenón asintió, no sin saber el riesgo que corría. Intercambiaron después
algunos argumentos sobre lo que es la voluntad personal de Dios, por qué clase
de intermediarios la ejerce y si es necesaria para obrar milagros. El obispo,
por ejemplo, no encontraba nada reprobable a la interpretación que el autor
hacía, en el Tratado del mundo físico, de los estigmas de San Francisco de
Asís, presentados por él como el efecto extremo de un poderoso amor que modela
en todo al amante a la imagen del amado. La culpable indecencia del filósofo
residía en ofrecer esta explicación como exclusiva y no inclusiva. Zenón negó
haberlo hecho. Abundando, por una especie de cortesía dialéctica, en el sentido
de su adversario, Monseñor recordó seguidamente que el muy piadoso Nicolás de
Cusa había desaconsejado en tiempos pasados el entusiasmo en torno a las imágenes
de estatuas milagrosas y de hostias que sangran; aquel venerable sabio (que
había postulado también un universo infinito) parecía casi haber aceptado la
doctrina de Pomponacio, para quien los milagros son enteramente efecto de la
fuerza imaginativa, como Paracelso y Zenón querían que fuesen las apariciones
de la magia. Pero el santo cardenal, que antaño reprimió muy bien los errores
de los husitas, acaso hoy callara opiniones tan atrevidas, por miedo a darles
razones que alegar a los herejes y a los impíos, más numerosos que entonces.
Zenón no pudo hacer otra cosa que asentir: el viento soplaba
menos que nunca en favor de la libertad de opinión. Incluso añadió,
devolviéndole su cortesía dialéctica al obispo, que decir de una aparición que
reside enteramente en la imaginación no significa que sea imaginaria en el
sentido tosco del término: los dioses y los demonios que en nosotros residen
son muy reales. El obispo frunció el ceño al oír el primero de aquellos dos
plurales, pero era letrado y sabía que hay que perdonar ciertas licencias a los
que leen griego y latín. Ya el médico proseguía describiendo la solícita
atención que siempre había aportado a las alucinaciones de sus enfermos: lo más
auténtico del ser se revelaba en ellas y, en ocasiones, un verdadero cielo o un
verdadero infierno. Para volver a la magia y otras doctrinas análogas, no sólo
contra la superstición había que luchar, sino también contra el cerrado
escepticismo que niega temerariamente todo lo invisible o inexplicable. Sobre
aquel punto, el prelado y Zenón se pusieron de acuerdo sin segundas
intenciones. Abordaron finalmente las quimeras de Copérnico: aquel terreno por
completo hipotético carecía de peligro teológico para el inculpado. Todo lo más
podía acusársele de presunción por haber presentado una oscura teoría que
contradecía a las Escrituras como la más admisible. Sin igualar a Lutero y a
Calvino en sus denuncias de un sistema que se burlaba de la historia de Josué,
el obispo la juzgaba menos admisible para los buenos cristianos que la de
Tolomeo. Por lo demás, hizo una objeción matemática muy justa basada en las
paralajes. Zenón admitió que muchas de aquellas cosas había que demostrarlas.
Al volver a su habitación, es decir a la cárcel, y sabiendo muy
bien que el final de aquella enfermedad de encarcelamiento sería fatal, Zenón,
que ya estaba harto de argucias, se las compuso para pensar lo menos posible.
Más valía ocupar la mente en trabajos maquinales que le impidieran caer en el
miedo o en el furor: él era el paciente a quien había que ayudar para que no
desesperara. Su conocimiento de lenguas vino en su ayuda: sabía tres o cuatro
lenguajes eruditos, de los que se aprendían en la facultad y, durante el
transcurso de su vida, había aprendido una media docena de lenguas vulgares. A
menudo había sentido arrastrar tras de sí todo aquel bagaje de palabras que no
utilizaba: había algo grotesco en el hecho de conocer el ruido o el signo que
se emplea para indicar la idea de verdad o la idea de justicia en diez o doce
lenguas. Aquel fárrago se convirtió en pasatiempo: estableció listas, formó
grupos, compuso alfabetos y reglas gramaticales. Jugó varios días con el
proyecto de inventar un idioma lógico, tan claro como la notación musical,
capaz de expresar ordenadamente todos los hechos posibles. Inventó lenguajes
cifrados, como si tuviera que enviar a alguien un mensaje secreto. Las
matemáticas también le fueron útiles: calculaba por encima del tejado de la
prisión la declinación de los astros; rehizo minuciosamente los cálculos
concernientes a la cantidad de agua bebida y evaporada cada día por la planta
que, sin duda, se estaría secando en su botica. Volvió a pensar detenidamente
en las máquinas voladoras y sumergibles, en el registro de sonidos por medios
mecánicos que imitaran la memoria humana y cuyos dispositivos habían dibujado
en otros tiempos Riemer y él; todavía algunas veces los perfilaba en sus
cuadernillos. Mas ahora sentía una especie de desconfianza ante aquellos
mecanismos artificiales que había que agregar a los miembros del hombre: poco
importaba que uno pudiera o no sumergirse en el océano bajo una capa de hierro
y de cuero, si el que se sumerge, reducido a sus propios recursos, acaba
ahogándose; o que se ascienda hacia el cielo con ayuda de pedales o máquinas
mientras el cuerpo humano siga siendo esa pesada masa que cae al suelo como una
piedra. Poco importaba, sobre todo, que se hallara el medio de grabar la
palabra humana que ya llena sobradamente el mundo con su ruido de mentira.
Fragmentos de tablas alquímicas, aprendidas de memoria en León, salieron
bruscamente del olvido. Auscultando tan pronto su memoria como su
entendimiento, se obligó a recordar punto por punto algunas de sus operaciones
de cirugía: aquella transfusión de sangre, por ejemplo, que había intentado dos
veces. La primera prueba había salido bien, por encima de todas sus esperanzas,
más la segunda trajo consigo la muerte súbita no del que daba su sangre, sino
del que la recibía, como si existieran verdaderamente entre aquellos dos
líquidos rojos, procedentes de individuos distintos, unos odios y unos amores
que ignoramos. Los mismos acuerdos y los mismos rechazos explicaban seguramente
la esterilidad o fecundidad de las parejas. Esta última palabra le trajo el
recuerdo de Idelette, cuando se la llevaba la ronda de guardia. Se estaban
formando unas brechas en sus defensas tan bien montadas: una noche en que se
hallaba sentado a la mesa, mirando sin ver la llama de la vela, recordó de
repente a los pobres frailes muertos en la hoguera, y el espanto, la compasión,
la angustia, junto con una cólera que se iba convirtiendo en odio, le hicieron
echarse a llorar, para vergüenza suya. La prisión lo debilitaba.
A la cabecera de sus enfermos, a menudo tuvo la oportunidad de
oírles contar sus sueños. También él había pensado en sus sueños. Casi siempre
uno se contentaba con extraer de estas visiones presagios en ocasiones
verdaderos, puesto que revelan los secretos del que duerme, mas se decía que
estos juegos del espíritu entregado a sí mismo podrían sobre todo informarnos
sobre la manera que tiene el alma de percibir las cosas. Enumeraba las
cualidades de la sustancia vista en sueños: la ligereza, la impalpabilidad, la
incoherencia, la libertad total respecto al tiempo, la movilidad de las formas
de la persona que hace que cada uno se haga varios o que varios se reduzcan a
uno, el sentimiento casi platónico de la reminiscencia, el sentido casi
insoportable de una necesidad. Estas categorías fantasmales se parecían mucho a
lo que los herméticos pretenden saber sobre la existencia de ultratumba, como
si al mundo de la muerte continuara para el alma el mundo de la noche. No
obstante, la vida misma, vista por un hombre dispuesto a abandonarla, adquiría
también la extraña inestabilidad y la singular ordenación de los sueños. Pasaba
de un sueño a otro, como desde la sala de la secretaría en donde lo
interrogaban a su celda llena de cerrojos, y de su celda al cobertizo bajo la
nieve. Se vio a la puerta de una extraña torrecilla en donde Su Majestad el rey
de Suecia lo había alojado en Vadstena. Un alce muy grande, que el príncipe
Erik había estado persiguiendo la víspera por el bosque, permanecía ante él;
inmóvil y paciente, como los animales que esperan ayuda. El soñador sentía que
le incumbía a él esconderlo y salvar a la criatura salvaje, pero sin saber por
qué medios conseguiría hacerle franquear el umbral de aquel refugio humano. El
alce tenía un pelaje brillante, negro y mojado, como si hubiera llegado hasta
él atravesando el río. En otro de sus sueños, Zenón iba en una barca que
desembocaba desde el río en alta mar. Hacía un día hermoso de sol y de viento.
Centenares de peces desfilaban y nadaban alrededor de la estrave, llevados por
la corriente y adelantándose a su vez, pasando del agua dulce a las aguas
amargas, y aquella migración y aquel viaje estaban llenos de alegría. Pero
soñar se hacía inútil. Las cosas tomaban por sí mismas esos colores que sólo
tienen en sueños, y que recuerdan al verde, al púrpura y al blanco puros de las
nomenclaturas alquímicas. Una naranja que llegó un día a su mesa como un adorno
lujoso, brilló durante mucho tiempo como una bola de oro; su perfume y su sabor
también fueron un mensaje. Repetidas veces creyó oír una música solemne
parecida a la del órgano, si es que la de los órganos puede esparcirse en el
silencio; el espíritu más que el oído percibía aquellos sonidos. Acarició con
el dedo las débiles asperezas de un ladrillo cubierto de liquen y creyó
explorar mundos. Una mañana, al dar el acostumbrado paseo por el patio con su
guardián Gilles Rombaut, vio en el suelo desigual una capa de hielo
transparente bajo la cual corría y palpitaba una vena de agua. El finísimo
reguero buscaba y hallaba su pendiente.
Al menos una vez, fue el huésped de una aparición diurna. Un
hermoso y triste niño de unos diez años de edad se instaló en su habitación.
Vestido todo de negro, parecía un infante salido de uno de esos castillos
mágicos que se visitan en sueños, pero Zenón lo hubiera creído real de no
haberlo encontrado brusca y silenciosamente allí, sin haber entrado por ningún
sitio. Aquel niño se le parecía y, sin embargo, no era el que había crecido en
la rue aux Laines. Zenón buscó en su pasado, en el que había pocas mujeres.
Había tenido gran cuidado con Casilda Pérez, pues no quería enviar a España a
la pobre muchacha embarazada por su culpa. La cautiva bajo los muros de Buda
había muerto poco después de que la hubiera poseído, y sólo la recordaba por
esa razón. Las demás mujeres que había conocido fueron casi todas unas
desvergonzadas contra las que le arrojó la casualidad por el camino de su vida;
no había sentido mucho aprecio por aquellos paquetes de enaguas y carne. Pero
la dama de Fröso había sido algo muy diferente: lo había amado lo suficiente
como para ofrecerle un asilo perdurable; había deseado un hijo suyo; nunca supo
él si se había realizado aquel deseo, que va más allá del deseo del cuerpo.
¿Acaso era posible que el chorro de semen, atravesando la noche, hubiera
llegado a aquella criatura, prolongando y tal vez multiplicando su sustancia,
gracias a aquel ser que era y no era él? Sintió una infinita fatiga y, a su
pesar, algo de orgullo. Si aquello era cierto, él estaba de acuerdo, como ya lo
estaba por sus escritos y sus actos. No saldría del laberinto hasta el final de
los tiempos. El hijo de Sign Ulfsdatter, el hijo de las noches en blanco,
posible entre los posibles, contemplaba a aquel hombre agotado con sus ojos
asombrados, pero serios, como dispuesto a hacerle unas preguntas para las que
Zenón no tenía respuesta. Hubiera sido difícil decir quién miraba a quién con
mayor compasión. La visión se desvaneció de golpe, lo mismo que se había
formado; el niño tal vez imaginario desapareció. Zenón trató de no pensar más
en él; sin duda no era más que una alucinación de prisionero.
El guardián de noche, un tal Hermann Mohr, era un hombre grueso,
alto y taciturno que dormía con un ojo abierto al fondo del pasillo y parecía
no tener más pasión que la de aceitar y limpiar los cerrojos. Mas, por otra
parte, Gilles Rombaut era un divertido truhán. Había corrido mundo, como
vendedor ambulante y durante la guerra; su incansable parloteo informaba a
Zenón de lo que se decía o hacía en la ciudad. Era él quien disponía de los
sesenta sueldos que se le concedían al cautivo por día, como a todos los
prisioneros de honorable condición, aunque no noble. Lo atracaba de vituallas,
sabiendo muy bien que su huésped apenas las probaría y que los pasteles de
carne y las salazones acabarían en la mesa del matrimonio Rombaut y de sus
cuatro hijos. Aquella abundancia de condumio, amén de su ropa muy bien lavada
por la mujer de Rombaut, no es que entusiasmaran al filósofo, que había
entrevisto el infierno de la cárcel común, mas una cierta camaradería se había
formado entre él y el bribón, como suele suceder cuando un hombre le trae a
otro la comida, lo pasea, lo afeita y vacía su orinal. Las reflexiones de aquel
pillo eran un antídoto agradable del estilo teológico y judicial: Gilles no
estaba muy seguro de que existiera un Dios bueno, en vista del mal estado en
que se hallaba este mundo de aquí abajo. Las desgracias de Idelette le hicieron
soltar algunas lágrimas: era una pena que no hubieran permitido vivir a una
niña tan hermosa. La aventura de los Ángeles le parecía ridícula, aunque
manifestaba que cada cual se divierte como puede y que no hay que juzgar ni
sobre gustos, no sobre colores. Por su parte, le gustaban las mujeres, placer
menos peligroso, pero caro, y que en ocasiones le costaba más de una pelea en
su hogar. En cuanto a los asuntos públicos, le importaban un bledo. Zenón y él
jugaban a las cartas; Gilles siempre ganaba. Zenón medicaba a la familia
Rombaut. El roscón que Greete dejó en secretaría el día de Reyes para que se lo
entregaran a Zenón le apeteció a aquel bribón, quien lo confiscó en beneficio
de los suyos. No le remordía la conciencia, puesto que el prisionero tenía ya
demasiado que comer. Zenón nunca se enteró de que Greete le había dado aquella
humilde prueba de fidelidad.
Cuando llegó el momento, el filósofo se defendió bastante bien.
Algunos de los cargos acumulados contra él eran insostenibles: él no se había
convertido a la fe de Mahoma cuando estuvo en Oriente, ni siquiera estaba
circunciso. Proclamarse inocente aun habiendo servido al bárbaro infiel, en una
época en que sus flotas y sus ejércitos combatían al Emperador, era una tarea
menos fácil. Zenón arguyó que, como hijo de un florentino, y estando instalado
y ejerciendo por aquel entonces en el Languedoc, se consideraba súbdito del Rey
Cristianísimo y éste mantenía buenas relaciones con la Puerta Otomana. El
argumento no era muy sólido, pero hubo unas fábulas muy propicias al acusado
que difundieron por la ciudad sobre su estancia en Levante. La gente murmuraba
que Zenón había sido uno de los agentes secretos del Emperador en país
berberisco y que sólo la discreción le cerraba la boca. El filósofo no
contradijo ésta noción, ni tampoco otras no menos novelescas, para no
desalentar a sus amigos desconocidos que, evidentemente, las hacían circular.
Los dos años pasados cerca del rey de Suecia eran más perjudiciales aún, por
ser más recientes y porque ninguna nube de leyenda podía embellecerlos. Se
trataba de saber si había vivido católicamente en aquel país que se creía
reformado. Zenón negó haber abjurado, mas no añadió que había ido a escuchar
sermones protestantes, aunque lo menos posible. La acusación de espionaje en
beneficio del extranjero afloró de nuevo a la superficie; el acusado se hizo
antipático al argüir que, en caso de haber querido enterarse y transmitir a
alguien ciertas cosas, se hubiera instalado en una ciudad menos apartada que
Brujas de los asuntos importantes.
Pero precisamente aquella estancia de Zenón en su ciudad natal
bajo un nombre supuesto hacía fruncir el ceño a los jueces: veían abismos en
ello. El que un descreído condenado por la Sorbona se hubiera escondido durante
unos meses en casa de un cirujano-barbero amigo suyo, no muy señalado por su
piedad cristiana, era admisible; pero el que un hombre hábil, que había
practicado la medicina con los reyes, hubiese adoptado durante tanto tiempo la
existencia pobre de un médico de hospicio era harto extraño para ser inocente.
Sobre este punto, el acusado no pudo contestar nada: tampoco él comprendía por
qué había permanecido en Brujas tanto tiempo. Por una suerte de pudor, no hizo
alusión al afecto que lo había unido cada vez más estrechamente al prior
difunto: por lo demás, aquello sólo hubiera sido una razón para él. En cuanto a
las relaciones abominables que había mantenido con Cyprien, el acusado las negó
de forma contundente, mas todos se percataron de que su lenguaje carecía de esa
virtuosa indignación que hubiera sido oportuna. No se insistió en el cargo de
haber cuidado y mantenido a unos fugitivos en San Cosme; el nuevo prior de los
Franciscanos, pensando cuerdamente que ya su convento había padecido mucho con
toda aquella historia, insistió para que no se reavivaran en torno al médico
del hospicio aquellos rumores de deslealtad. El prisionero, que hasta el
momento se había comportado muy bien, estalló furioso cuando Pierre Le Cocq,
procurador de Flandes, volviendo a poner sobre el tapete el antiguo tema de las
influencias indebidas y mágicas, hizo notar que el apego de Jean-Louis de
Berlaimont por el médico podía explicarse por un maleficio. Zenón, tras haber
expuesto al obispo que, en un cierto sentido, todo es magia, rabiaba de que se
rebajara hasta tal punto la amistad entre dos espíritus libres. El
reverendísimo obispo no se percató de la aparente contradicción.
En materia de doctrina, el acusado fue tan ágil como puede serlo
un hombre cogido en una poderosa tela de araña. La cuestión de la infinidad de
los mundos preocupaba muy particularmente a los dos teólogos que asistían en
calidad de oyentes; se discutió largamente si infinito e ilimitado querían
decir lo mismo. El examen sobre la eternidad del alma, o de su supervivencia
sólo parcial o sólo temporal, que equivaldría de hecho para el cristiano a una
mortalidad pura y simple, duró más todavía: Zenón recordó irónicamente la
definición de las partes del alma que da Aristóteles, sobre la cual habían
afinado inteligentemente después los doctores árabes. ¿Se postulaba la
inmortalidad del alma vegetativa o del alma animal, del alma racional o del
alma intelectual, y finalmente del alma profética o la de una entidad que
subyace a todas éstas? En un momento dado, arguyó que algunas de sus hipótesis
no hacían más que recordar la teoría hilemórfica de San Buenaventura, que
implica una cierta corporeidad de las almas. Se negó la consecuencia, mas el
canónigo Campanus, que asistía a este debate y recordaba haberle enseñado en
otro tiempo a su alumno aquellas sutilezas escolásticas, sintió al oír este
argumento un arrebato de orgullo.
Fue en el transcurso de esta sesión cuando leyeron, con
demasiado detenimiento al parecer de algunos jueces, que estimaban conocer ya
lo suficiente para juzgar, unos cuadernos en donde Zenón había apuntado,
cuarenta años atrás, las citas de sabios paganos o de notorios ateos, así como
de Padres de la Iglesia que se contradecían unos a otros. Jean Myers, por
desgracia, había conservado con gran cuidado todo aquel arsenal de escolar.
Estos argumentos, asaz trillados, impacientaron casi tanto al acusado como a
Monseñor, pero los no teólogos se escandalizaron todavía más de ellos que de
las Proteorías, demasiado abstrusas para ser fácilmente comprendidas. Por fin,
en medio de un lúgubre silencio, se procedió a la lectura de las Profecías
cómicas que Zenón le había leído al organista y a su mujer como si fueran
inofensivas adivinanzas. Aquel mundo grotesco, parecido al que vemos en los
cuadros de algunos pintores, pareció peligroso de súbito. Con el malestar que
inspira la locura, escucharon la historia de la abeja, a la que le quitan su
cera para honrar a unos muertos que no tienen ojos y ante quienes se consumen
en vano los cirios, muertos que están asimismo desprovistos de oídos para oír
las súplicas, y de manos para dar. El mismo Bartholommé Campanus palideció al
oír mencionar a unos pueblos y a unos príncipes de Europa que lloraban y gemían
a cada equinoccio de primavera por un rebelde antaño condenado a muerte en
Oriente, o también al referirse a los locos y taimados que amenazan o prometen
en nombre de un Dios invisible y mudo, del que ellos se proclaman, sin dar
pruebas, intendentes. Tampoco rió nadie de la imagen de unos Santos Inocentes
degollados y ensartados en un espetón cada día por millares, a pesar de sus
balidos lastimeros; ni de la de unos hombres que duermen sobre plumas de
pájaros y son transportados al cielo de los sueños, ni de los huesecillos de
los muertos que deciden sobre la suerte de los vivos sobre unas tablas de
madera manchadas con la sangre de la viña; ni aún menos de los sacos agujereados
por ambos extremos y encaramados en dos zancos, derramando por el mundo un
sucio viento de palabras y digiriendo la tierra en su estómago. Más allá de la
intención blasfematoria visible en más de un lugar con respecto a las
instituciones cristianas, veíase en aquellas elucubraciones un rechazo aún más
total y que dejaba mal sabor de boca.
También al filósofo aquella lectura le hacía el efecto de una
regurgitación amarga, y su suprema melancolía tenía por causa el que los
auditores se indignaran con el osado que mostraba en su absurdo la pobre
condición humana, y no con esa condición misma que ellos hubieran podido
cambiar en parte. Al proponer el obispo que acabaran ya con aquellas tonterías,
el doctor en teología Hiéronymus van Palmaert, quien, evidentemente, detestaba
al acusado, insistió en las citas antológicas de Zenón, y opinó que la astucia
consistente en extraer de antiguos autores unos asertos impíos y nocivos era
más dañina aún que una afirmación directa. Monseñor calificó aquella opinión de
excesiva. El rostro apoplético del doctor se inflamó y preguntó en voz muy alta
por qué lo habían molestado para dar su opinión sobre unos errores en materia
de costumbres y de doctrina que no hubieran hecho vacilar ni un instante a
cualquier juez de pueblo.
Dos hechos muy perjudiciales para el inculpado se produjeron
durante esta sesión. Una mujer alta, de bastas facciones, se presentó muy
agitada. Era la antigua criada de Jean Myers, Catherine, quien pronto se había
hartado de servir a los inválidos instalados por Zenón en la casa del
Vieux-Quai-au-Bois, y que ahora lavaba los platos de La Calabaza. Acusó al
médico de haber envenenado a Jean Myers con sus panaceas; echándose ella misma
tierra encima para mejor perder al acusado, confesó haber ayudado a Zenón en
esta tarea. Aquel hombre malvado había encendido previamente sus sentidos con
hechizos, de suerte que ella se había convertido en su esclava en cuerpo y
alma. No paraba de hablar, dando prodigiosos detalles de su trato carnal con el
médico; era de pensar que su familiaridad con las rameras y los clientes de La
Calabaza la había instruido mucho en la materia durante este tiempo. Zenón negó
firmemente haber envenenado al viejo Jean, pero admitió haber conocido por dos
veces a aquella mujer. Las confesiones, aullidos y gesticulaciones de Catherine
reanimaron de inmediato el interés languideciente de los jueces; su impacto fue
enorme en el público, que se apretujaba a la entrada de la sala; todos los
siniestros rumores referentes al brujo se veían con ello confirmados. Pero la
maritornes, una vez lanzada, ya no sabía detenerse; la hicieron callar; insultó
a los jueces y fue arrojada fuera de la sala y enviada al manicomio, en donde
pudo despotricar cuanto quiso. No obstante, los magistrados se quedaron perplejos.
El hecho de que Zenón no hubiera conservado la herencia del cirujano-barbero
demostraba su desinterés y quitaba todo móvil al crimen, pero, por otra parte,
el remordimiento podía haberle inspirado esta conducta.
Mientras se deliberaba, otra denuncia aún más peligrosa, en el
presente estado de los asuntos públicos, llegó hasta los jueces en una carta
anónima. El mensaje procedía evidentemente de los vecinos del viejo herrero
Cassel. En la carta aseguraban que el médico habla ido todos los días, durante
dos meses, a la herrería, para cuidar de un herido que no era otro que el
asesino del difunto capitán Vargas; el mismo médico había hábilmente ayudado a
escapar al asesino. Por fortuna para Zenón, Josse Cassel —que hubiera podido
revelar mucho sobre el asunto— se hallaba en Güeldres al servicio del rey, en
el regimiento de Monsieur de Landas, a cuyas órdenes acababa de enrolarse. El
viejo Pieter, al quedarse solo, había metido la llave bajo la puerta y había
regresado a su pueblo, en donde poseía algunos bienes. Nadie sabía exactamente
dónde se hallaba aquel pueblo. Zenón negó, pues era conveniente hacerlo, y
halló un aliado imprevisto en el preboste que antaño inscribió en los registros
la muerte del asesino de Vargas, como ocurrida en el incendio de un granero
lleno de heno, y que no sentía ningún interés por verse acusado de negligencia
en la instrucción de aquel caso ya olvidado. El autor de la carta no fue
descubierto y los vecinos de Josse, al ser interrogados, dieron respuestas
confusas. Nadie que tuviera sentido común confesaría haber esperado dos años
para denunciar semejante crimen. Pero la acusación era grave y añadía algún
peso a la de haber socorrido a varios fugitivos en el hospicio.
Para Zenón, el proceso se había transformado en algo equivalente
a una de esas partidas de cartas que jugaba con Gilles y que, por distracción o
indiferencia, siempre perdía. Lo mismo que esos trocitos de cartón de colores
que arruinan o enriquecen a los jugadores, cada una de las piezas del juego
legal tenía un valor arbitrario. Exactamente igual que en el juego de la
«blanca» o del «hombre», había que tener cuidado con el carreau, mezclar las
cartas o pasar mano, cubrirse y mentir. La verdad, si se hubiera dicho, hubiera
molestado a todo el mundo. Se distinguía muy poco de la mentira. Cuando se
decía una verdad, en ella se incluía algo falso: él no había abjurado de la fe
cristiana, ni católica, pero lo hubiera hecho en caso necesario con toda
tranquilidad de conciencia y puede que se hubiera convertido en luterano si
hubiera vuelto a Alemania como pensaba. Tenía razón en negar el haber mantenido
relaciones sexuales con Cyprien, pero una noche deseó aquel cuerpo ahora
desaparecido. En cierto sentido, las acusaciones de aquel pobre muchacho eran
menos falsas de lo que el mismo Cyprien creía cuando las hizo. Nadie había
vuelto a acusarle de haberle dado a Idelette una poción abortiva, y él había
negado honradamente haberlo hecho así, pero con una restricción mental: él la
hubiera socorrido si ella se lo hubiera implorado a tiempo, y sentía no haber
podido evitarle su lamentable fin.
Por otra parte, allí donde sus denegaciones no eran más que
mentiras, como en el caso de los cuidados prodigados a Han, la verdad pura
también hubiera sido mentir. Los favores que él había prestado a los rebeldes
no obedecían (como pensaban con indignación el procurador y con admiración los
patriotas) al hecho de que él hubiera abrazado la causa de estos últimos: nadie
de entre aquellos fanáticos hubiera comprendido su fría abnegación de médico.
Las escaramuzas con los teólogos habían tenido su encanto, pero sabía muy bien
que no existe ninguna conciliación duradera entre los que buscan, pesan, hacen
disecciones y se honran de ser capaces de pensar mañana de manera distinta a
como piensan hoy, y entre los que creen o afirman creer y obligan, bajo pena de
muerte, a hacer lo mismo a sus semejantes. Una fastidiosa irrealidad reinaba en
aquellos coloquios en que las preguntas y las respuestas no casaban. Hasta
llegó a dormirse en una de aquellas sesiones; un empujón de Gilles, que estaba
a su lado, lo despertó. De hecho, también uno de los jueces se dormía. Aquel
magistrado se despertó creyendo que ya habían pronunciado la sentencia de
muerte, lo que hizo reír a todo el mundo, incluso al acusado.
No sólo en el tribunal, sino también en la ciudad se habían
alineado las opiniones desde un principio formando esquemas complicados. La
postura del obispo no estaba muy clara, pero encarnaba evidentemente la
moderación, por no decir la indulgencia. Al ser Monseñor ex officia uno de los
representantes del poder real, muchas de las personas, en la ciudad, imitaban
su actitud; Zenón se convertía casi en el protegido del partido del orden. Pero
algunos de los cargos contra el prisionero eran tan graves que la moderación
presentaba sus peligros. Los parientes y amigos que Philibert Ligre conservaba
en Brujas vacilaban: el acusado pertenecía a su familia, después de todo, pero
dudaban de que ésta fuera una razón para abrumarlo o defenderlo. En cambio,
quienes habían tenido que sufrir las duras maniobras de los banqueros Ligre
hacían extensivo a Zenón su rencor: aquel nombre les hacía perder los estribos.
Los patriotas, que abundaban entre los burgueses y constituían la parte mejor
del pueblo llano, hubieran debido ayudar al desgraciado que pasaba por haber
socorrido a varios de los suyos; algunos lo hicieron, en efecto, pero la
mayoría de estos entusiastas se inclinaba hacia las doctrinas evangélicas y
aborrecía por encima de todo al ateísmo o la inmoralidad; además, odiaban los
conventos y el tal Zenón parecía haber tenido en Brujas mucho que ver con los
frailes. Sólo algunos hombres, amigos desconocidos del filósofo, unidos a él
por simpatías cuya causa era diferente en cada caso, se esforzaban
discretamente por ayudarle, sin atraer sobre ellos la atención de la justicia,
ya que casi todos tenían motivos para desconfiar de ella. Éstos no dejaban
pasar ninguna ocasión para enredar las cosas, contando con esta confusión para
granjear algún beneficio al prisionero o, al menos, para ridiculizar a sus
perseguidores.
El canónigo Campanus recordó durante mucho tiempo que, a
primeros de febrero, poco antes de la fatal sesión en la que irrumpió
Catherine, los Señores Jueces habían permanecido un instante en el umbral de la
secretaría intercambiando puntos de vista tras la salida del obispo. Pierre Le
Cocq, que en Flandes era el factotum del duque de Alba, hizo notar que habían
perdido casi seis semanas en fruslerías, cuando tan fácil hubiera sido aplicar
las sanciones previstas por la Ley. No obstante, se felicitaba de que aquel
proceso, al no relacionarse con ninguno de los grandes intereses del día,
ofreciera, por ello precisamente, un entretenimiento al público que podía ser
de lo más útil: la gente humilde de Brujas se inquietaba menos por lo que
sucedía en el Tribunal de Disturbios de Bruselas, al preocuparse allí mismo por
el señor Zenón. Además, no estaba mal que, en un momento en que todos
reprochaban a la justicia su pretendida arbitrariedad, se demostrara que en
Flandes aún se sabían guardar las formas en materia legal. Añadió bajando la
voz que el reverendísimo obispo había hecho uso con gran cordura de la legítima
autoridad que algunos ponían en tela de juicio sin razón, pero que quizá fuera
bueno distinguir entre la función y el hombre: Monseñor hacía gala de unos
escrúpulos que iba a tener que vencer, si es que deseaba continuar en el oficio
de juez. El populacho tenía gran interés por ver quemar a aquel individuo, y es
peligroso quitarle un hueso a un mastín, cuando se lo han puesto delante de los
ojos.
Bartholommé Campanus no ignoraba que el influyente procurador se
hallaba endeudado con la que todavía en Brujas seguían llamando Banca Ligre. Al
día siguiente envió un correo a su sobrino Philibert y a su mujer Martha,
pidiéndoles que intercedieran cerca de Pierre Le Cocq, para que éste encontrara
alguna forma indirecta favorable al prisionero.
UNA HERMOSA MORADA
La suntuosa residencia de Forestel había sido construida, a la
moda italiana, no hacía mucho, por orden de Philibert y de su mujer. La gente
admiraba aquella serie de habitaciones con brillantes suelos de madera y altas
ventanas que daban al parque donde, en aquella mañana de febrero, caían la
lluvia y la nieve. Pintores que habían estudiado en la Península habían
cubierto el techo de los salones de gala con hermosas escenas de la historia
profana y de la leyenda: la generosidad de Alejandro, la clemencia de Tito,
Danae inundada por la lluvia de oro y Ganímedes subiendo al cielo. Un bargueño
florentino con incrustaciones de marfil, de jaspe y de ébano, al que tres
reinados habían contribuido, se hallaba adornado con columnitas retorcidas y
desnudos femeninos, multiplicados por espejos; unos muelles abrían cajones
secretos. Pero Philibert era demasiado listo para confiar sus papeles de Estado
a esas trampas complicadas como el interior de una conciencia, y en cuanto a
cartas de amor, nunca redactó ninguna, ni tampoco las recibió, pues sus
pasiones, por lo demás asaz moderadas, iban más bien dirigidas a esa clase de
muchachas hermosas a quienes no se escribe. En la chimenea, decorada con
medallones que representaban las virtudes cardinales, el fuego ardía entre dos
frías y brillantes pilastras; los gruesos troncos cortados del vecino bosque
eran allí, entre todo aquel esplendor, los únicos objetos no pulidos, ni
cepillados, ni barnizados por manos de algún obrero. Ordenados encima de un
aparador, unos cuantos tomos lucían sus lomos de vitela o de badana estampada
de oro fino; eran libros devotos que casi nadie abría. Hacía mucho tiempo que
Martha había sacrificado la Institución cristiana de Calvino, por ser libro
herético, como amablemente se lo había hecho observar Philibert, y muy
comprometedor. El mismo Philibert poseía una colección de tratados genealógicos
y, dentro de un cajón, un hermoso ejemplar del Aretino que mostraba de cuando
en cuando a sus huéspedes, mientras las señoras hablaban de joyas o de las flores
de los arriates.
Un orden perfecto reinaba en aquellas habitaciones que acababan
de arreglar tras la recepción del día anterior. El duque de Alba y su edecán
Lancelot de Berlaimont habían consentido en cenar y en pasar la noche a la
vuelta de una inspección por tierras de Mons; al estar el duque demasiado
cansado como para subir sin dificultad las escaleras, instalaron su cama en una
de las salas del primer piso, bajo un dosel de tapicería que lo protegía de las
corrientes de aire, sostenido por unas picas y unos trofeos de plata; ya no
quedaba señal de aquella cama heroica en donde el visitante de alcurnia,
desgraciadamente, había dormido mal. La conversación durante la cena fue a un
tiempo densa y prudente; se habló de los asuntos públicos, con el tono de
personas que en ellos participan y saben a qué atenerse; el buen gusto hizo que
no se insistiera sobre nada. El duque mostraba plena confianza en lo
concerniente a la situación en la Germania Inferior y en Flandes: se habían
dominado los disturbios; la monarquía española no tenía ya que temer que le
arrebataran nunca Middelburg o Amsterdam, así como tampoco Lille o Bruselas. El
duque podía pronunciar ya su Nunc dimittis, e implorar al rey que le diera un
sustituto. Ya no era joven y su tez daba testimonio de su hígado enfermo; su
falta de apetito obligó a sus anfitriones a quedarse con hambre. No obstante,
Lancelot de Berlaimont comía muy a placer, mientras daba detalles sobre la vida
en los ejércitos. El príncipe de Orange había sido derrotado; sólo había algo
fastidioso para la disciplina, y era que se pagara a las tropas de manera tan
irregular. El duque frunció el ceño y se habló de otra cosa; le parecía poco
estratégico exponer en aquel momento las heridas pecuniarias de la causa real.
Philibert, que sabía perfectamente a cuánto ascendía el déficit, también
prefería no hablar de dinero en la mesa.
En cuanto se marcharon sus huéspedes bajo una aurora gris,
Philibert, muy poco satisfecho de haberse visto obligado a decir cumplidos tan
de mañana, subió a meterse de nuevo en la cama, donde solía trabajar a menudo,
a causa de su pierna gotosa. En cambio, para su mujer, que se levantaba todos
los días al alba, aquella hora no tenía nada de insólita. Martha recorría las
estancias vacías con paso regular, rectificando aquí y allá, sobre los muebles,
alguna figurita o chuchería de oro o de plata ligeramente fuera de su sitio
debido a la negligencia de las criadas, o rascando con la uña en una consola
una imperceptible gota de cera. Al cabo de un momento, un secretario le entregó
la carta abierta del canónigo Campanus. Una notita irónica de Philibert
acompañaba la carta, indicándole que allí hallaría noticias de un primo suyo y
hermano de ella.
Sentada delante de la chimenea, protegida del excesivo fuego por
un biombo bordado, Martha leyó aquella larga misiva. Las hojas cubiertas de una
letra menuda y apretada crujían entre las delgadas manos que asomaban por entre
los puños de encaje. Pronto se interrumpió y se puso a pensar. Bartholommé
Campanus la había informado sobre la existencia de aquel hermano uterino en
cuanto llegó a Flandes recién casada; el canónigo le había pedido incluso que
rezara por aquel impío, ignorando que Martha se abstenía de rezar. La historia
de aquel hijo ilegítimo había sido para ella una mancha más de su madre, ya tan
manchada. No le fue difícil identificar al filósofo-médico, célebre por los
cuidados que tributó a los enfermos de la peste en Alemania, con el hombre vestido
de rojo que ella recibió estando a la cabecera de Bénédicte, y que tan
extrañamente le había interrogado sobre sus padres difuntos. Muchas veces había
pensado en este temible transeúnte, y había soñado con él. Lo mismo que
Bénédicte en su lecho de muerte, él la había visto a ella desnuda por dentro:
había adivinado el vicio mortal de cobardía que en su interior llevaba,
invisible para todos aquellos que la tomaban por una mujer fuerte. La idea de
la existencia de aquel hombre era para ella como una astilla metida entre las
uñas. Él había sido el rebelde que ella no supo ser; mientras él erraba por los
caminos del mundo, el camino de ella sólo iba de Colonia a Bruselas. Ahora, él
estaba en la prisión que antaño temió ella para sí abyectamente; el castigo que
lo amenazaba le parecía justo: había vivido a su gusto y había elegido los
peligros que corría.
Volvió la cabeza, molesta por un soplo de aire frío: el fuego a
sus pies sólo calentaba una pequeña parte de la enorme sala. Aquel frío de
hielo era el que, al parecer, se siente cuando pasa un fantasma: aquel hombre
tan cercano a la muerte siempre había sido un fantasma para ella. Pero no había
nada detrás de Martha: sólo el magnífico y vacío salón. El mismo vacío suntuoso
había reinado en su vida. Los únicos recuerdos algo dulces que ella tenía eran
los de aquella Bénédicte que Dios le arrebató, suponiendo que hubiera un Dios,
y a la que ella ni siquiera supo cuidar bien hasta el final. Había ahogado en
la chimenea la fe evangélica que en su juventud la entusiasmó: ya no quedaba
más que un montoncito de cenizas. Desde hacía más de veinte años, la certidumbre
de su condenación no la abandonaba; era lo único que conservaba de aquella
doctrina que no se hubiera atrevido a confesar en voz alta. Pero aquella idea
de su propio infierno había terminado por convertirse en algo duro y flemático:
se sabía condenada al igual que se sabía casada con un hombre rico, al que se
había unido por su fortuna, y madre de un atolondrado que sólo servía para
batirse con la espada y para beber en compañía de otros jóvenes
gentileshombres, igual que sabía que Martha Ligre tendría que morir algún día.
Había sido virtuosa sin sacrificio, al no tener ningún galán a quien
despreciar. Los débiles ardores de Philibert dejaron de dirigirse a ella tras
el nacimiento de su único hijo, con lo cual ni siquiera había practicado los
placeres permitidos. Sólo ella conocía los deseos que en ocasiones le habían
pasado por debajo de la piel; no consiguió domarlos, pero sí tratarlos con
desprecio, como con desprecio se trata una pasajera indisposición del cuerpo.
Había sido para su hijo una madre justa, sin conseguir vencer la natural
insolencia del muchacho ni hacerse amar de él; se decía que era muy dura, hasta
llegar a la crueldad, con sus criados y criadas, pero era preciso hacerse
respetar de aquella ralea. Su actitud en la iglesia edificaba a todo el mundo,
mas ella despreciaba por lo bajo aquellas sandeces. Si el hermano, a quien ella
sólo vio una vez, había pasado seis años escondido con un nombre falso,
ocultando sus vicios y ejerciendo fingidas virtudes, aquello no era nada
comparado con lo que ella había estado haciendo toda la vida. Cogió la carta
del canónigo y subió a ver a Philibert.
Como siempre que entraba en los aposentos de su marido, apretó
los labios con desdén al constatar sus errores de comportamiento y de régimen.
Philibert se hundía entre muelles cojines, lo que era perjudicial para su gota,
y la caja de golosinas al alcance de la mano no lo era menos. Philibert tuvo
tiempo de esconder bajo la sábana un libro de Rabelais, con el que se
entretenía entre dos dictados. Ella se sentó, con el busto erguido, en un
sillón situado bastante lejos de la cama. El marido y la mujer intercambiaron
unas cuantas palabras sobre la visita del día anterior; Philibert felicitó a
Martha por la buena preparación de la comida que, desgraciadamente, el duque
casi no había tocado. Ambos comentaron su mala cara. Para que lo oyera el
secretario, que recogía sus papeles antes de pasar a la estancia contigua y
seguir allí copiando, el grueso Philibert observó con reverencia que se hablaba
mucho del valor de los rebeldes ejecutados por orden del duque (por lo demás,
duplicaban su número), mas no lo bastante de la fortaleza de aquel estadista y
guerrero que moría en el oficio por su amo. Martha aprobó con una seña.
—Los asuntos públicos me parecen menos seguros de lo que el
duque piensa, o quiere hacernos creer que piensa —añadió con mayor sequedad una
vez se hubo cerrado la puerta—. Todo dependerá de la firmeza de sus sucesores.
Martha, en vez de responder, le preguntó si creía necesario
estar sudando bajo tantos edredones.
—Necesito los buenos consejos de mi mujer para cosas más
importantes que los edredones —dijo Philibert con el ligero tono de burla que
solía adoptar con ella—. ¿Habéis leído la carta de nuestro tío?
—Es un asunto bastante sucio —dijo Martha con vacilación.
—Todos los asuntos en donde la justicia mete sus narices lo son,
y si no lo son, ella acaba por ensuciarlos —dijo el Consejero—. El canónigo,
que se ha tomado la cosa muy a pecho, puede que piense que dos ejecuciones en
la familia son ya demasiadas.
—Todo el mundo sabe que mi madre murió en Münster, víctima de
los disturbios —dijo Martha con ojos enrojecidos por la cólera.
—Eso es lo que importa que la gente crea, y yo mismo os aconsejé
que lo grabarais así en las paredes de una iglesia —repuso Philibert con dulce
ironía—. Mas, por el momento, de quien os hablo es del hijo de esa
irreprochable madre... Cierto es que el procurador de Flandes se halla inscrito
en nuestros libros como deudor de una buena cantidad, quiero decir en los
libros de los herederos Tucher, y puede que considerara agradable que
raspáramos algunas inscripciones... Pero el dinero no lo arregla todo, al menos
no tan fácilmente como creen aquellos que, como el canónigo, no lo tienen. El
asunto me parece ya muy comprometido y Le Cocq tal vez tenga sus razones para
no hacernos caso. ¿Os sentís muy afectada por todo esto?
—Pensad que no conozco a ese hombre —dijo fríamente Martha,
quien, al contrario, recordaba perfectamente el momento en que el extranjero se
había quitado la reglamentaria máscara de médico de apestados, en el oscuro
vestíbulo de su casa. Bien era verdad que él sabía más cosas sobre ella que
ella sobre él, y además aquel rincón de su pasado le importaba sólo a ella, y
Philibert no tenía ni derecho ni acceso a él.
—Daos cuenta de que yo no tengo nada en contra de mi primo y
hermano vuestro, y que me gustaría mucho que estuviera aquí para que me curase
la gota —repuso el Consejero arrellanándose entre los cojines—. Pero vaya idea
que se le ha ocurrido: meterse en Brujas, como una liebre bajo el vientre de
los perros y, además, con un nombre falso que sólo a los tontos engaña... El
mundo no nos pide más que un poco de discreción y un poco de prudencia. ¿De qué
puede servir publicar unas ideas que desagradan a la Sorbona y al Santo Padre?
—El silencio es pesado de llevar —dijo de repente Martha, como a
pesar suyo.
El Consejero la miró con un asombro burlón.
—Muy bien —dijo— ayudemos a ese individuo a salir del apuro.
Pero, fijaos bien, si Pierre Le Cocq consiente, me convertiré en su deudor, en
vez de serlo él de mí, y si, por casualidad, no accede, tendré que tragarme la
vergüenza de un no. Puede que Monsieur de Berlaimont me agradezca que yo le
evite una muerte escandalosa al protegido de su padre, pero, o mucho me
equivoco, o le importa muy poco lo que sucede en Brujas. ¿Qué me propone mi
querida esposa?
—Nada que podáis reprocharme después del suceso —dijo ella con
voz áspera.
—Eso está bien —dijo el Consejero con el contento de quien ve
alejarse una posibilidad de disputa—. Mis manos enfermas me impiden coger la
pluma. Hacedme el favor de escribir en mi nombre a nuestro tío, encomendándonos
a sus santas oraciones...
—¿Sin mencionar el asunto principal? —dijo pertinentemente
Martha.
—Nuestro tío es lo bastante listo como para entender esta
omisión —aprobó él agachando la cabeza—. Es importante que el correo no se vaya
con las manos vacías. Seguramente tendréis por ahí algunas provisiones que
enviarle para la Cuaresma (unos pasteles de pescado vendrían de perlas), y
algún paño para su iglesia.
El marido y la mujer intercambiaron una mirada. Ella admiraba a
Philibert por su circunspección, así como otras mujeres admiran a sus maridos
por su valor o su virilidad. Todo iba tan bien que él cometió la imprudencia de
añadir:
—Toda la culpa la tuvo mi padre, que mandó educar a ese sobrino
bastardo como a un hijo. Si lo hubieran criado en el seno de una familia
humilde y sin ir al colegio...
—Habláis sobre bastardos como un hombre de experiencia —replicó
ella sarcástica.
Pudo sonreír a su gusto, pues ya ella le daba la espalda y se
acercaba a la puerta. El hijo natural que él había tenido con una doncella (y
que tal vez no fuera suyo) había facilitado más bien sus relaciones conyugales,
en lugar de empeorarlas. Martha volvía siempre sobre aquella única queja y
dejaba pasar otras culpas de mayor consideración sin decir una palabra y
(¿quién sabe?) sin enterarse de ellas siquiera. La volvió a llamar:
—Os reservo una sorpresa —dijo—. He recibido esta mañana algo
más interesante que el correo de nuestro tío. Tengo aquí las cartas de
ratificación que convierten la posesión de Steenberg en vizcondado. Ya sabéis
que hice sustituir el nombre de Lombardía por el de Steenberg, pues aquel
título podía hacer reír, si lo ostentaba un hijo y nieto de banqueros.
—Ligre y Foulcre suenan bastante bien a mis oídos —dijo ella con
frío orgullo, afrancesando a la moda el nombre de los Fugger.
—Recuerdan demasiado a etiquetas pegadas en sacos de oro —dijo
el Consejero—. Vivimos en unos tiempos en que un bonito nombre se hace
indispensable para medrar en la corte. Hay que aullar con los lobos, mujer, y
gritar con los pavos.
Cuando ella salió, cogió la caja de dulces y se llenó la boca.
No se dejaba engañar por aquel aparente desprecio hacia los títulos: a todas
las mujeres les gustan los oropeles. Algo le amargaba un poco el gusto del
caramelo. Era una pena que no se pudiera hacer nada por aquel pobre diablo sin
comprometerse.
Martha bajó la escalera principal. A pesar suyo, aquel título
nuevo le zumbaba agradablemente en los oídos; en todo caso, su hijo lo
agradecería algún día. En comparación, la importancia de la carta del canónigo
disminuía. La respuesta que tenía que escribir era un incordio; pensó con
amargura que Philibert, como siempre, hacía lo que quería y que ella, durante
toda su vida, no había sido sino la rica intendente de Un hombre rico. Por una
extraña contradicción, aquel hermano a quien iban a abandonar a su suerte se
hallaba en aquel momento más próximo a ella que su marido o su único hijo:
junto con Bénédicte y su madre, formaba parte de un mundo secreto en que ella
permanecía encerrada. En cierto sentido, ella se condenaba en él. Mandó llamar
a su mayordomo para ordenarle reunir los regalos que iban a entregar al correo,
que se hallaba atracándose en la cocina.
El mayordomo llevaba entre manos un pequeño negocio del que
quería dar cuenta a la señora. Se presentaba una maravillosa ocasión. Como no
ignoraba la señora, los bienes de Monsieur de Battenbourg habían sido
confiscados tras su ejecución. Aún se hallaban incautados y la venta en
beneficio del Estado no se realizaría hasta después de pagadas las deudas a los
particulares. No podía decirse que los españoles no hicieran las cosas
respetando las reglas. Pero gracias al antiguo portero del ajusticiado, se había
enterado de la existencia de un lote de tapices que no figuraban en el
inventario y de los que podría disponerse aparte. Eran unos hermosos tapices de
Aubusson que representaban episodios de la Historia Sagrada: La adoración del
becerro de oro, La negación de San Pedro, El incendio de Sodoma, El chivo
expiatorio, Los hebreos arrojados a la hoguera. El meticuloso mayordomo volvió
a guardarse la lista en el bolsillo. La señora había mencionado precisamente
que le gustaría renovar los tapices del salón de Ganímedes. Y, además, aquellas
piezas aumentaban de valor con el tiempo.
Martha reflexionó un instante y dijo que sí con la barbilla.
Aquellos tapices, al menos, no representaban temas profanos, como los que solía
escoger su marido. Creía recordar haberlos visto en el palacio de Monsieur de
Battenbourg, donde lucían noblemente. Era un negocio que no había que dejar
escapar.
LA VISITA DEL CANÓNIGO
La tarde que siguió a la condena de Zenón, el filósofo se enteró
de que el canónigo Bartholommé Campanus lo esperaba en el vestíbulo de la
secretaría. Bajó acompañado de Gilles Rombaut. El canónigo rogó al carcelero
que los dejara solos. Para mayor seguridad, Rombaut cerró la puerta con llave
al marcharse.
El viejo Bartholommé Campanus se hallaba pesadamente sentado en
un sillón de alto respaldo, al lado de una mesa; sus dos bastones descansaban
junto a él, en el suelo. En su honor habían encendido un buen fuego en la
chimenea, cuyo resplandor suplía la avara y fría claridad de aquella tarde de
febrero. El ancho rostro del canónigo, surcado por un centenar de arruguitas,
parecía casi rosa a aquella luz, pero Zenón notó sus ojos enrojecidos y el
temblor reprimido de sus labios. Ambos vacilaban en cómo empezar la
conversación. El canónigo hizo un movimiento para levantarse, mas la edad y los
achaques no le permitían tal cortesía, y no estaba seguro de que no hubiese
algo de inadecuado en aquel homenaje a un condenado a muerte. Zenón permaneció
a unos cuantos pasos.
—Optime pater —dijo repitiendo una apelación que en tiempos
utilizaba para dirigirse al canónigo cuando estudiaba con él— os agradezco los
pequeños y grandes favores que me habéis hecho durante mi cautividad. Pronto
adiviné de dónde venían tales atenciones. Vuestra inesperada visita también lo
es.
—¡Por qué no os habéis dado a conocer antes! —dijo el anciano
con afectuoso reproche—. Siempre tuvisteis menos confianza en mí que en ese
cirujano-barbero...
—¿Os extrañáis de que no me fiara? —replicó el filósofo.
Frotaba metódicamente sus dedos dormidos. Su cuarto, aunque bien
situado en el piso de arriba, era de una humedad insidiosa en invierno. Se
sentó en una silla cerca del fuego y extendió las palmas de las manos.
—Ignis nosier —dijo suavemente, empleando una fórmula alquímica
que Bartholommé Campanus había sido el primero en enseñarle.
El canónigo se estremeció.
—Los servicios que he tratado de prestaros se reducen a poca
cosa —dijo tratando de serenar su voz—. Acaso recordéis qué graves diferencias
enfrentaron antaño a Monseñor y al antiguo prior de los Franciscanos, pero
estos dos santos varones acabaron por apreciarse. El difunto prior os encomendó
al reverendísimo obispo en su lecho de muerte. Monseñor ha puesto todo su
interés en que fuerais juzgado con equidad.
—Se lo agradezco —dijo el médico.
El canónigo percibió una leve ironía en aquella respuesta.
—Acordaos de que no sólo de Monseñor dependía el veredicto.
Hasta el final, recomendó indulgencia.
—¿Y no es ésa la costumbre? —dijo Zenón con cierta acritud—.
Ecclesia abhorret a sanguine.
—Esta vez era sincero —dijo el canónigo ofendido—. Pero, por
desgracia, los crímenes de ateísmo y de impiedad son patentes. Vos habéis
querido que así fuera. En materia de derecho común, nada, gracias a Dios, pudo
probarse contra vos, mas sabéis igual que yo que diez presunciones equivalen a
una convicción para el populacho, y hasta para la mayoría de los jueces. Las
acusaciones de ese deplorable muchacho cuyo nombre no quiero recordar os habían
perjudicado mucho, en un principio...
—¿No imaginaréis que yo también participaba en las risas y
juegos que se celebraban en los baños, a la luz de los cirios robados?
—Nadie lo ha dicho —contestó gravemente el canónigo—. No
olvidéis que existen otros tipos de complicidad.
—Es extraño que, para nuestros cristianos, los pretendidos
desmanes de la carne constituyan el mal por antonomasia —dijo meditativamente
Zenón—. Nadie castiga la brutalidad, el salvajismo, la barbarie y la injusticia
con rabia y asco. A nadie le parecerán obscenas, mañana, las gentes que vayan a
contemplar cómo me estremezco entre las llamas.
El canónigo se tapó la cara con las manos.
—Disculpadme, padre —dijo Zenón—. Non decet. No volveré a
cometer la indecencia de mostrar las cosas como son.
—¿Me atreveré yo a decir que lo que confunde en esa aventura de
la que sois víctima es la extraña solidaridad del mal? —dijo el canónigo casi
en voz baja—. La impureza en todas sus formas, unos infantilismos tal vez
intencionadamente sacrílegos, la violencia contra un recién nacido inocente y,
en fin, esa violencia contra sí mismo, la peor de todas, que perpetró ese
Pierre de Hamaere... Confieso que en un principio todo este negro asunto me
había parecido desmesuradamente abultado por los enemigos de la Iglesia, si no
inventado por ellos. Pero un cristiano, un fraile que se da muerte, es un mal
cristiano y un mal fraile, y ese crimen no es un primer crimen, con toda
seguridad... No me consuelo de hallar vuestra gran sabiduría mezclada con todo
esto.
—La violencia cometida contra su hijo por esa desgraciada se
parece mucho a la del animal que roe uno de sus miembros para desprenderse así
de la trampa en donde lo hizo caer la crueldad de los hombres —dijo amargamente
el filósofo—. En cuanto a Pierre de Hamaere...
Se interrumpió prudentemente, al darse cuenta de que lo único
que podía alabar del difunto era precisamente su muerte voluntaria. En su total
impotencia de condenado a muerte, aún le quedaba una carta que jugar y un
secreto que guardar.
—No habréis venido aquí para repetir ante mí el proceso de unos
cuantos infortunados —dijo—. Empleemos mejor estos valiosos momentos.
—El ama de llaves de Jean Myers os hizo también un flaco
servicio —prosiguió tristemente el canónigo con la testarudez propia de la
vejez—. Nadie simpatizaba con ese malvado, al que yo creía olvidado de todos.
Pero la sospecha de envenenamiento lo ha vuelto a poner en todas las bocas.
Siento escrúpulos al preconizar la mentira, pero más hubiera valido que
negaseis todo trato carnal con esa descarada sirvienta.
—Me admiro de que una de las más peligrosas acciones de mi vida
haya sido acostarme dos noches con una sirvienta —dijo el médico, burlón.
Bartholommé Campanus suspiró: aquel hombre a quien tanto quería
parecía haber levantado una barrera entre ambos.
—Nunca sabréis hasta qué punto pesa vuestro naufragio en mi
conciencia —se atrevió a decir para lograr un acercamiento—. No hablo de vuestros
actos, de los que sé poca cosa y que deseo creer inocentes, aunque el
confesionario me enseñe que otros peores pueden mezclarse a virtudes como las
vuestras. Hablo de esa fatal rebeldía del espíritu que transformaría en vicio
la perfección misma, y cuya semilla puse sin querer en vos. Cuánto ha cambiado
el mundo, y qué benéficas parecían las Ciencias y los Clásicos cuando yo
estudiaba artes y letras... Cuando pienso que yo fui el primero en enseñaros
esas Escrituras que ahora despreciáis, me pregunto si otro maestro más enérgico
e instruido que yo...
—No os aflijáis, optime pater —contestó Zenón—. La rebeldía que
tanto os inquieta estaba ya dentro de mí, y puede que también en nuestro siglo.
—Vuestros dibujos de bombas voladoras y de carros movidos por el
viento, que tanto hacían reír a los jueces, me han recordado a Simón el Mago
—dijo el canónigo levantando hacia él una mirada inquieta—. Pero también he
recordado las quimeras mecánicas de vuestra juventud, que no produjeron más que
turbaciones y tumulto. ¡Ay, aquel día fue precisamente cuando yo obtuve para
vos, de la Regente, un puesto que os hubiera abierto las puertas de una carrera
llena de honores...!
—Posiblemente, hubiera llegado al mismo punto aun siguiendo
otros caminos. Sabemos aún menos de los caminos y del objetivo de la vida del
hombre que de las migraciones de los pájaros.
Bartholommé Campanus, perdido en una ensoñación, rememoraba al
clérigo de veinte años. A él era a quien hubiera querido salvar en cuerpo o,
por lo menos, en alma.
—No deis mayor importancia que yo a esas fantasías mecánicas que
en sí mismas no son ni fastas, ni nefastas —repuso desdeñosamente Zenón—.
Ocurre con ellas como con los hallazgos del soplador de vidrio, que lo distraen
de la ciencia pura, pero que en ocasiones activan o fecundan esta ciencia. Non
cogitat qui non experitur. Hasta en el arte del médico, al que yo más me
dediqué, desempeña su papel la invención vulcánica y alquímica. Mas confieso
que al ser nuestra raza como es, y como será sin duda hasta el fin de los
siglos, es malo dar a los locos la posibilidad de invertir la máquina de las
cosas, y a los furiosos la de subir al cielo. En cuanto a mí, y en el estado en
que me ha puesto el Tribunal —añadió con una risotada que horrorizó a
Bartholommé Campanus—, he acabado por maldecir a Prometeo por haber entregado
el fuego a los mortales.
—He vivido ochenta años sin percatarme de hasta dónde llegaba la
maldad de los hombres —dijo con indignación el canónigo—. Hiéronymus van
Palmaert se regocija de que os envíen a explorar vuestros mundos infinitos, y
Le Cocq, ese hombre de lodo, propone por irrisión que os envíen a combatir con
Guillermo de Nassau en un bombardero celeste.
—Hace mal en reír. Esas quimeras se realizarán algún día, cuando
la especie se empeñe en ello tanto como lo ha hecho al construir sus Louvres y
sus catedrales. Bajará del cielo el Rey de los Espantos, con sus ejércitos de
langostas y sus juegos de hecatombe... ¡Oh, animal cruel! Nada permanecerá
sobre la tierra, ni dentro de ella, ni en el agua, que no sea perseguido,
degradado o destruido... Ábrete, abismo eterno, y traga, mientras aún es
tiempo, a esta raza desenfrenada...
—¿Decís? —preguntó el canónigo inquieto.
—Nada —contestó distraídamente el filósofo—. Me recitaba a mí
mismo una de mis Profecías grotescas.
Bartholommé Campanus suspiró. La angustia había sido demasiado
fuerte para aquel cerebro, pese a su fortaleza. La cercanía de la muerte le
hacía delirar.
—Habéis perdido vuestra fe en la sublime excelencia del hombre
—dijo moviendo tristemente la cabeza—. Se empieza por dudar de Dios...
—El hombre es una empresa que tiene en contra al tiempo, a la
necesidad y a la fortuna, así como a la imbécil y siempre creciente primacía
del número —dijo más sosegadamente el filósofo—. Los hombres matarán al hombre.
Cayó en un largo silencio. Aquel abatimiento le pareció buena
señal al canónigo, que temía por encima de todo la intrepidez de un alma
demasiado segura de sí misma, acorazada contra el arrepentimiento y a la vez
contra el miedo. Repuso con precaución:
—¿Habré de creer que, como dijisteis al obispo, la Gran Obra no
tiene para vos otro objetivo que el de perfeccionar el alma humana? Si así es
—continuó en un tono involuntariamente desilusionado— estáis más cerca de
nosotros de lo que Monseñor y yo nos atrevíamos a creer, y esos mágicos
arcanos, que yo sólo de lejos contemplé, se reducen a lo que la Santa Iglesia
enseña diariamente a sus fieles.
—Sí —dijo Zenón—. Desde hace mil seiscientos años.
El canónigo dudó si aquella respuesta no contenía un ápice de
sarcasmo. Pero los minutos eran preciosos. Pasó a otra cosa.
—Mi querido hijo, ¿imagináis que estoy aquí para iniciar con vos
un debate que a nada conduce? Tengo mayores razones de estar aquí. Monseñor me
hace observar que en vos no existe herejía propiamente hablando, como en el
caso de esos detestables sectarios que hacen la guerra contra la Iglesia en
estos tiempos, sino más bien sabias impiedades cuyo peligro sólo amenaza a los
doctos. El reverendísimo señor obispo me asegura que vuestras Proteorías,
justamente condenadas por rebajar nuestros dogmas a la categoría de vulgares
nociones diseminadas hasta entre los peores idólatras, podrían servir
igualmente a una nueva Apologética: bastaría con que las mismas proposiciones
mostrasen en nuestras verdades cristianas la coronación de las intuiciones
infusas en la humana naturaleza. Sabéis igual que yo que todo es cosa de
dirección...
—Creo comprender a dónde va ese discurso —dijo Zenón—. Si la
ceremonia de mañana fuera sustituida por una retractación...
—No esperéis demasiado —dijo el canónigo con prudencia—. No es
la libertad lo que se os ofrece. Pero Monseñor asegura que podría obtener
vuestra detención in loco carceris en un centro religioso de su elección;
vuestras comodidades futuras dependerían de las pruebas que supierais dar a la
buena causa. Sabéis que las prisiones perpetuas son precisamente aquellas de
las que uno se las arregla muy bien para salir.
—Vuestros socorros llegan tarde, optime pater —murmuró el
filósofo—. Más hubiera valido poner un bozal a mis acusadores.
—No presumimos de haber podido ablandar al procurador de Flandes
—dijo el canónigo tragándose la amargura que le causaba la inútil gestión cerca
de los Ligre—. Un hombre de esa clase condena del mismo modo que un perro se
arroja sobre su presa. Por fuerza hemos debido consentir que el proceso
siguiera su curso, con la reserva de hacer uso de los poderes que nos han
dejado. Las órdenes menores, que antaño recibisteis, os señalan a las censuras
de la Iglesia, mas también os garantizan una protección que la burda justicia
secular no ofrece. Bien es verdad que he estado temblando hasta el fin de que
no hicierais alguna confesión irreparable...
—Hubierais tenido que admirarme, si lo hubiera hecho por
contrición...
—Os agradeceré que no confundáis al tribunal de Brujas con el de
la penitencia —dijo el canónigo con impaciencia—. Lo que aquí cuenta es que el
deplorable hermano Cyprien y sus cómplices se contradijeran, que nos hayamos
librado de las infamias de la fregona encerrándola en el manicomio, y que los
malintencionados que os acusaban de haber cuidado al asesino de un capitán
español se hayan eclipsado... Los crímenes que no conciernen sino a Dios son de
nuestra competencia.
—¿Colocáis entre esas fechorías los cuidados prodigados a un
herido?
—Mi opinión carece de importancia —dijo evasivamente el
canónigo—. Si queréis saberla, es que todo servicio prestado al prójimo debe
juzgarse meritorio, pero en vuestro caso se mezcla en ella una especie de
rebeldía que nunca lo es. El difunto prior, que en algunas ocasiones pensaba de
manera equivocada, hubiera aprobado sin duda esa caridad insidiosa.
Felicitémonos al menos de que no hayan podido aportar pruebas.
—Lo hubieran conseguido sin gran esfuerzo, de no mediar vuestros
cuidados para impedir que me torturasen —dijo el prisionero encogiéndose de
hombros—. Ya os di las gracias.
—Nos hemos atrincherado tras el adagio Clericus regulariter
torqueri non potest per laycum —dijo el canónigo al modo de un hombre que se
apunta un triunfo—. Recordad, sin embargo, que en algunos puntos, como el de
las costumbres, seguís siendo gravemente sospechoso y tendríais que comparecer
novis survenientibus inditiis. Sucede lo mismo en materia de rebeldía. Podéis
pensar lo que os plazca sobre los poderes de este mundo, pero los intereses de
la Iglesia y los del orden continuarán siendo uno solo mientras los rebeldes
sigan uniéndose a los herejes.
—Entiendo todo esto —dijo el condenado inclinando la cabeza—. Mi
precaria seguridad dependería enteramente de la buena voluntad del obispo, cuyo
poder puede decrecer o su punto de vista cambiar. Nada me prueba que dentro de
seis meses no me vea tan cerca de las llamas como hoy.
—¿Y no es ese un temor que habéis tenido toda la vida? —dijo el
canónigo.
—En la época en que vos me enseñabais los rudimentos de las
letras y de las ciencias, un individuo acusado de un crimen, verdadero o falso,
fue quemado en Brujas, y uno de nuestros criados me contó su suplicio —dijo el
prisionero a modo de respuesta—. Para aumentar el interés del espectáculo, lo
habían atado al poste con una cadena larga, lo que le permitió correr, envuelto
en llamas, hasta caer de bruces contra el suelo o, para hablar claro, contra
las brasas. A menudo me he dicho que semejante horror podría servir de alegoría
del estado de un hombre al que dejan casi libre.
—¿Y creéis que no nos encontramos todos en el mismo caso? —dijo
el canónigo—. Mi existencia ha sido apacible, pero no se vive ochenta años sin
saber lo que es la coacción.
—Apacible sí —dijo el filósofo—. Inocente, no.
La conversación entre los dos hombres adoptaba sin cesar, a
pesar suyo, el tono casi hosco de sus antiguos debates entre maestro y
discípulo. El canónigo, decidido a soportarlo todo, oró interiormente para que
le fueran inspiradas palabras convincentes.
—Iterum peccavi —dijo por fin Zenón con voz más serena—. Mas no
os extrañéis, padre, de que vuestras bondades puedan parecerme una trampa. Mis
pocos encuentros con el reverendísimo señor obispo no me han mostrado a un
hombre compasivo.
—Ni el obispo os ama, ni Le Cocq os odia —dijo el canónigo
ahogando sus lágrimas—. Sólo yo... Pero aparte de que sois el peón de una
partida que entre ellos se está jugando —continuó con un tono más seco—,
Monseñor no se halla desprovisto de humana vanidad y le honraría llevar a Dios
a un impío capaz de persuadir a sus semejantes. La ceremonia de mañana será
para la Iglesia una victoria más sensible de lo que hubiera sido vuestra
muerte.
—El obispo debe darse cuenta de que las verdades cristianas
tendrían en mí a un apologista muy comprometido.
—Os equivocáis —repuso el anciano—. Las razones que un hombre
tiene para retractarse pronto se olvidan, y sus escritos permanecen. Ya algunos
de vuestros amigos veían, en vuestra sospechosa estancia en San Cosme, la
humilde penitencia de un cristiano que se arrepiente de haber vivido mal y
cambia de nombre para entregarse en el anonimato a las buenas obras. Que Dios
me perdone —añadió con una débil sonrisa— si no he citado yo mismo el ejemplo
de San Alejo, que regresó disfrazado de pobre a vivir entre los suyos en el
palacio en donde nació.
—San Alejo se arriesgaba a cada instante a que lo reconociera su
devota esposa —bromeó el filósofo—. Mi fuerza interior no hubiera llegado hasta
eso.
Bartholommé Campanus frunció el ceño, escandalizado de nuevo por
aquel desenfado. Zenón leyó en su viejo rostro una pena que le indujo a
compasión. Prosiguió suavemente:
—Mi muerte me parecía segura, ya no me quedaba más que pasar
unas cuantas horas in summa serenitas... Suponiendo que sea capaz de ello
—prosiguió con un ademán amistoso que le pareció loco al canónigo, pero que se
dirigía a un paseante que lee a Petronio en una calle de Innsbruck—. Pero me
tentáis, padre, y me veo explicando con toda sinceridad a mis lectores que el
aldeano que presumía de tener en su campo de trigo a una infinidad de
Jesucristos es un buen tema de broma, pero que tal bribón sería, a buen seguro,
un mal alquimista, o también que los ritos y sacramentos de la Iglesia tienen
tantas, y a veces más, virtudes como mis específicos de médico. No os digo que
creo —dijo previniendo un impulso de alegría del canónigo—, digo que ha dejado
de parecerme una respuesta el sencillo no, lo que no significa que esté
dispuesto a pronunciar el sencillo sí. Encerrar el inaccesible principio de las
cosas en el interior de una Persona labrada sobre un modelo humano me sigue
pareciendo una blasfemia y, sin embargo, siento a pesar mío a un dios presente
en esta carne que mañana será humo. ¿Osaré yo deciros que ese mismo dios es
quien me obliga a deciros no? Y, sin embargo, todo panorama del espíritu se
apoya en unos fundamentos arbitrarios: ¿por qué no en éstos? Toda doctrina que
se impone a las multitudes proporciona pruebas a la inepcia humana: ocurriría
lo mismo si, por ejemplo, Sócrates ocupara el lugar de Mahoma o de Cristo. Pero
si así es —prosiguió pasándose la mano por la frente con repentino cansancio—
¿por qué renunciar a la salvación corporal y a la facilidad del común acuerdo?
Me parece como si hiciera ya varios siglos que hubiera considerado y
reconsiderado todo esto...
—Dejadme guiaros —dijo casi con ternura el canónigo—. Sólo Dios
será juez del grado de hipocresía que mañana contenga vuestra retractación. Vos
no lo sois: lo que tomáis por una mentira tal vez sea una auténtica profesión
de fe formulada sin vos saberlo. La verdad tiene secretos para introducirse en
un alma que ya no se atrinchera contra ella.
—Puede decirse lo mismo de la impostura —dijo el filósofo con
calma—. No, excelso padre, en ocasiones he mentido para vivir, pero empiezo a
perder mi aptitud para la mentira. Entre vos y nosotros, entre las ideas de
Hiéronymus van Palmaert, las del obispo y las vuestras, por una parte, y las
mías por otra, hay algunas similitudes, a menudo compromisos, y nunca una
relación constante. Ocurre con ellas como con las curvas trazadas a partir de
un plano común, que es el humano intelecto: que divergen en un principio para
acercarse después, y luego alejarse de nuevo unas de otras; que se cortan en
ocasiones en sus trayectorias o se confunden, al contrario, sobre uno de sus
segmentos, pero que nadie sabe si se juntan o no en un punto que está más allá
de nuestro horizonte. Sería una falsedad llamarlas paralelas.
—Habláis en plural —murmuró el canónigo con una especie de
espanto—. Y, sin embargo, estáis solo.
—En efecto —dijo el filósofo—. No tengo por suerte listas de
nombres que dar a nadie. Cada uno de nosotros es su propio maestro y su propio
adepto. La experiencia se rehace cada vez a partir de nada.
—El difunto prior de los Franciscanos, que, aunque demasiado
blando, era un buen cristiano y un religioso ejemplar, no pudo saber en qué
abismo de rebeldía habíais escogido vivir —dijo con acritud el canónigo—.
Seguramente le habéis mentido mucho, y a menudo.
—Os equivocáis —dijo el prisionero echando una mirada casi
hostil al hombre que quería salvarlo—. Coincidíamos, más allá de nuestras
contradicciones.
Se levantó, como si fuera él quien tuviera que despedirse. La
tristeza del anciano se convirtió en cólera.
—Vuestra testarudez es una fe impla de la que os creéis mártir
—dijo con indignación—. Parecéis desear que el obispo se vea obligado a lavarse
las manos...
—La frase no es muy oportuna —observó el filósofo.
El anciano se agachó para recoger los dos bastones que le
servían de muletas, arrastrando con ruido su sillón. Zenón los cogió y se los
tendió. El canónigo se levantó con esfuerzo. El carcelero Hermann Mohr, que
estaba al acecho en el pasillo, alertado por el ruido de pasos y de sillas,
daba ya la vuelta a la llave en la cerradura, creyendo que había acabado la
conversación, cuando Bartholommé Campanus elevó la voz y le gritó que esperase
un momento. La puerta entreabierta volvió a cerrarse.
—He cumplido mal mi misión —dijo el viejo sacerdote con humildad
repentina—. Vuestra contumacia me horroriza, pues equivale a una total
insensibilidad respecto a vuestra alma. Lo sepáis o no, sólo una falsa
vergüenza os hace preferir la muerte a la amonestación pública que precede a la
retractación...
—Con cirio encendido, y respuesta en latín al discurso latino de
Monseñor —dijo sarcásticamente el prisionero—. Admito que hubiera sido un mal
cuarto de hora que pasar...
—La muerte también —dijo el anciano, apesadumbrado.
—Os confieso que llegados a un cierto grado de locura, o de
sabiduría al contrario, parece poco importante que sea a mí a quien quemen o a
cualquier otro —dijo el prisionero—, ni que dicha ejecución tenga lugar mañana
o dentro de dos siglos. No presumo de que unos sentimientos tan nobles sigan en
pie durante la ceremonia del suplicio: pronto veremos si llevo verdaderamente
dentro de mí esa anima starts et non cadens que definen nuestros filósofos.
Pero tal vez demos un valor demasiado alto al grado de firmeza del que da
pruebas un hombre que muere.
—Mi presencia no hace más que endureceros —dijo dolorosamente el
viejo canónigo—. No obstante, quiero señalaros una ventaja legal que os hemos
reservado cuidadosamente y de la que quizá no os habéis dado cuenta. No
ignoramos que antaño huisteis de Innsbruck tras haber sido prevenido en secreto
de una orden de arresto contra vos por la oficialidad del lugar. Seguiremos
guardando silencio sobre este hecho que de ser conocido os situaría en la
postura desastrosa fugitivus, y haría ardua, si no imposible, vuestra
reconciliación con la Iglesia. No habéis, pues, de temer que vuestra sumisión
sea inútil... Todavía os queda toda la noche por delante para reflexionar.
—He aquí algo que me demuestra que, durante toda mi vida, me han
espiado más de lo que suponía —dijo melancólicamente el filósofo.
Se habían encaminado hacia la puerta que el carcelero había
abierto de nuevo. El canónigo acercó su cara a la del prisionero.
—En lo que concierne al dolor corporal —dijo—, puedo prometeros
que, en todo caso, no tenéis nada que temer. Monseñor y yo hemos tomado todas
las disposiciones...
—Os lo agradezco —dijo Zenón recordando, no sin amargura, que él
también había hecho lo mismo, en vano, por Florián y uno de los novicios.
Un profundo cansancio se había apoderado del anciano. Le pasó
por la mente la idea de ayudar a huir al prisionero; era absurda; más valía no
pensar en ella. Hubiera querido darle a Zenón su bendición, mas temía que fuera
mal recibida y, por la misma razón, no se atrevía a abrazarlo. Zenón, por su
parte, inició el ademán de besar la mano a su antiguo profesor, pero se
contuvo, pues temía que tal ademán tuviera algo de servil. Cuanto había
intentado el anciano en su favor no conseguía hacer que lo amara.
Para ir a la secretaría, el canónigo había empleado una litera,
a causa del mal tiempo; los portadores, ateridos, esperaban fuera. Hermann Mohr
se empeñó en que Zenón regresara a su celda antes de acompañar al visitante
hasta el umbral. Bartholommé Campanus vio a su antiguo alumno subir las
escaleras, en compañía del carcelero. El portero de la secretaría, abriendo y
cerrando una tras otra todas las puertas, ayudó seguidamente al eclesiástico a
subir a la litera, y echó la cortinilla de cuero. Bartholommé Campanus, con la
cabeza apoyada en un cojín, decía apasionadamente las oraciones de los
agonizantes, pero su ardor era sólo maquinal; las palabras salían de sus labios
sin que su pensamiento pudiera seguirlas. El camino del canónigo pasaba por la
plaza Mayor. La ejecución sería allí, al día siguiente, si entre tanto la noche
no aconsejaba al prisionero, y Bartholommé Campanus lo dudaba, conociendo el
luciferino orgullo de Zenón. Recordó que, unos días antes, habían ajusticiado a
los presuntos Ángeles fuera de la ciudad, cerca de la Porte Sainte-Croix, pues
se consideraban tan abominables los crímenes de la carne que su mismo castigo
debía ser casi clandestino; pero la muerte de un hombre acusado de blasfemia y
ateísmo era, en cambio, un espectáculo edificante para el pueblo. Por primera
vez en su vida, aquellas disposiciones debidas a la sabiduría de sus
antepasados le parecieron discutibles al anciano.
Era la víspera del martes de Carnaval. Una multitud alegre
recorría ya las calles, haciendo y diciendo las acostumbradas impertinencias.
El canónigo no ignoraba que la perspectiva de asistir a un suplicio
incrementaba la excitación del populacho. Por dos veces consecutivas, unos
cuantos juerguistas detuvieron la litera y levantaron la cortinilla para mirar
quién iba dentro, desilusionados probablemente al no hallar a alguna hermosa
dama asustada. Uno de aquellos mentecatos llevaba puesta una máscara de borracho
y obsequió a Bartholommé Campanus con gritos incongruentes; otro metió, sin
decir nada, la cara por entre las cortinas, una cara lívida de fantasma. Detrás
de él, un adefesio con cabeza de cerdo tocaba una musiquilla con la flauta.
Una vez en el umbral de su puerta, el anciano fue recibido con
solicitud por su sobrina adoptiva, Wiwine, a quien había tomado como ama de
llaves tras la muerte del párroco Cleenwerck, y que lo estaba esperando como
siempre en el pasillito abovedado de su caldeada casa, espiando por un
ventanillo si el tío vendría pronto a cenar. Había engordado y se había vuelto
tan tonta como antaño su tía Godeliève, tras haber recibido su parte de
esperanzas y desilusiones de este mundo. Se había prometido, ya mayor, a un
primo suyo llamado Nicolás Cleenwerck, pequeño propietario de los alrededores
de Caestre, que poseía sus buenos dineros y un puesto de teniente alcalde en la
bahía de Flandes; por desgracia, aquel prometido tan ventajoso se había ahogado
poco antes de la boda al atravesar el estanque de Dickebusch en la época del
deshielo. La cabeza de Wiwine no se había repuesto de aquel golpe, pero seguía
siendo una cuidadosa ama de casa y buena cocinera, como antaño su tía; nadie la
igualaba en el arte de cocer el vino y de hacer mermeladas. El canónigo había
intentado en vano aquellos días hacer que rezara por Zenón, del que ya no se
acordaba, pero sí que había conseguido persuadirla para que, de vez en cuando,
preparara una cesta con vituallas para un pobre prisionero.
Rechazó el asado de carne que ella le había preparado para cenar
y subió inmediatamente a meterse en la cama. Temblaba de frío; preparó ella
entonces un calentador lleno de cenizas calientes. El canónigo tardó mucho
tiempo en conciliar el sueño bajo su bordado edredón.
LA MUERTE DE ZENÓN
Cuando la puerta de su celda se hubo cerrado tras él con
estruendo de chatarra, Zenón, pensativo, sacó el taburete y se sentó a la mesa.
Aún era de día, la oscura prisión de las alegorías alquímicas era en su caso
una prisión muy clara. A través de la reja que protegía la ventana, una
blancura plomiza subía del patio cubierto de nieve. Gilles Rombaut, antes de
dejarle su puesto al guardián de noche, había dejado, como siempre, la bandeja
con la cena del prisionero; aquella noche, la cena era aún más copiosa que de
costumbre. Zenón empujó la bandeja: parecía absurdo y casi obsceno transformar
aquellos alimentos en quilo y sangre, que ya no iba a utilizar. Se sirvió
distraídamente un poco de cerveza en un cubilete de estaño y bebió el líquido
amargo.
Su conversación con el canónigo había puesto fin a lo que para
él, desde el veredicto de aquella mañana, había sido la solemnidad de la
muerte. Su suerte, que supuso echada, vacilaba de nuevo. La oferta que acababa
de rechazar seguía en pie unas horas más: un Zenón capaz de decir sí se
agazapaba quizás en un rincón de su conciencia, y la noche que empezaba podría
darle a aquel cobarde ventaja sobre sí mismo. Bastaba con que una probabilidad
sobre mil subsistiera: el porvenir tan corto y, para él, tan fatal, adquiría
pese a todo un elemento de incertidumbre que era la vida misma y, por una
extraña concesión que él había observado a la cabecera de sus enfermos, la
muerte conservaba así una especie de engañosa irrealidad. Todo fluctuaba: todo
fluctuaría hasta el último aliento. Y, sin embargo, su decisión era firme: lo
reconocía menos por los signos sublimes de valor y de sacrificio que por una
obtusa forma de rechazo que parecía cerrarlo como un bloque ante las
influencias de fuera, y casi ante la sensación misma. Instalado en su propia
muerte, era ya Zenón in aeternum.
Por otra parte —y replegada, por así decir, tras la resolución
de morir— había otra, más escondida, y que él había ocultado cuidadosamente al
canónigo: la de morir por sus propias manos. Pero también en esto una inmensa y
abrumadora libertad le quedaba todavía: podía, según su deseo, mantener esa
decisión o renunciar a ella, hacer el ademán que todo lo termina o, al
contrario, aceptar esa mors ígnea apenas diferente de la agonía de un
alquimista que prende por descuido sus vestiduras en el atanor. Aquella alternativa
entre la ejecución y la muerte voluntaria, suspendida hasta el fin de una
fibrilla de su sustancia pensante, ya no oscilaba entre la muerte y una especie
de vida, como en el caso de aceptar o rechazar el retractarse, sino que
concernía al medio, al lugar y al momento exacto. Era él quien debía decidir si
acabaría su vida en la plaza Mayor, entre abucheos, o tranquilamente entre
aquellas cuatro paredes grises. A él le tocaba asimismo retrasar o adelantar
unas horas la acción suprema; elegir, si así lo deseaba, ver salir el sol de un
cierto dieciocho de febrero de 1569, o acabar antes de que se hiciera noche
cerrada. Con los codos apoyados en las rodillas, inmóvil, casi sereno, miraba
al vacío ante sí. Como cuando, en medio de un huracán, se instala terriblemente
la calma, ni el espíritu ni el cuerpo se movían.
Sonó la campana de Notre-Dame: él contó los toques. Bruscamente,
se produjo una revolución en él: cesó la calma, llevado por la angustia como
por un viento que da vueltas en torbellino. En este torbellino se retorcían
retazos de imágenes arrancadas del auto de fe de Astorga, treinta y siete años
atrás, de los recientes detalles del suplicio de Florián, de los encuentros
fortuitos con los espantosos residuos de la justicia ejecutiva, en las
encrucijadas de algunas ciudades por las que había pasado. Hubiérase dicho que
el conocimiento de lo que iba a suceder alcanzaba súbitamente en él al
entendimiento del cuerpo, dando a cada sentido su parte y cuota de horror: vio,
sintió y oyó lo que mañana serían, en la plaza Mayor, los incidentes de su
muerte. El alma carnal, mantenida prudentemente apartada de las deliberaciones
del alma razonable, se enteraba de golpe y desde dentro de lo que Zenón le
había ocultado. Algo en él se rompió como si fuera una cuerda; se le secó la
saliva; los pelos de las muñecas y del dorso de las manos se erizaron; le
castañeteaban los dientes. Aquel desorden que nunca había experimentado lo
asustó más que el resto de sus desventuras: apretándose la mandíbula con las
manos y respirando profundamente para frenar su corazón, logró reprimir aquel
motín del cuerpo. Aquello era demasiado: había que acabar antes de que el
hundimiento de su carne o de su voluntad lo volvieran incapaz de remediar sus
propios males. Peligros no previstos hasta entonces y que amenazaban impedir su
muerte racional se presentaron en tropel ante su espíritu, otra vez lúcido.
Echó sobre su situación la mirada del cirujano que busca a su alrededor sus
instrumentos y calcula sus probabilidades de éxito.
Eran las cuatro; le habían servido la cena y habían llevado la
amabilidad hasta el punto de dejarle la acostumbrada vela. El carcelero que lo
había encerrado al volver de la secretaría no iba a reaparecer hasta el toque
de queda, para pasar una segunda vez por allí cuando amaneciese. Al parecer,
pues, podía elegir entre dos largos intervalos durante los cuales podría llevar
a cabo su tarea. Pero aquella noche difería de las demás: podía llegar algún
inoportuno mensaje del obispo o del canónigo, y necesitarían abrir la puerta;
una feroz compasión instalaba en ocasiones, al lado del condenado a muerte, a
un fraile o a un miembro de la cofradía de la Buena Muerte, encargado de
santificar al moribundo persuadiéndole para que rezase. También podía ser que
adivinaran su intención: quizá de un momento a otro le ataran las manos.
Escuchó a su alrededor, por si oía algún chirrido de pasos; todo estaba
tranquilo, pero los momentos eran más valiosos de lo que nunca habían sido en
el transcurso de sus forzosas huidas de otros tiempos.
Con mano aún temblorosa, levantó la tapa de la escribanía que
había encima de la mesa. Entre dos finas tablillas que, a simple vista,
parecían estar juntas, el tesoro que puso él allí seguía en su sitio: una
cuchilla de afeitar flexible y delgada, de dos pulgadas de larga por lo menos,
que antes había escondido en el forro de su jubón y luego trasladado a aquel
escondite cuando le devolvieron su escribanía, debidamente revisada por los
jueces. Todos los días, por lo menos veinte veces, se había asegurado de la
presencia de aquel objeto que, en otros tiempos, ni siquiera se hubiera dignado
recoger del suelo. Desde que lo prendieron en la botica de San Cosme, y dos
veces más luego, tras la muerte de Pierre de Hamaere y la denuncia del
envenenamiento que Catherine había puesto sobre el tapete, lo habían registrado
buscando frasquitos o píldoras sospechosas, y él se felicitaba de haber
renunciado a llevar encima esos productos inestimables, pero de fácil deterioro
o frágiles, casi imposibles de conservar o disimular por mucho tiempo en una
celda vacía, y que hubieran denunciado inevitablemente su proyecto de suicidio.
Perdía con ello el privilegio de una de esas muertes fulminantes que son las
únicas misericordiosas, pero ese pedazo de navaja cuidadosamente afilado le
evitarla por lo menos tener que rasgar su ropa para hacer nudos, a veces
ineficaces, o afanarse sin resultado con un trozo de loza rota.
El paso del miedo había descompuesto sus entrañas. Se acercó al
cubo colocado en un rincón de la estancia y defecó.
El olor de las materias recocidas y expulsadas por la digestión
humana llenó un instante su olfato, recordándole una vez más las íntimas
conexiones entre la podredumbre y la vida. Se ajustó los herretes con mano
firme. El jarro, encima de la tablilla, estaba lleno de agua helada; se
humedeció la cara, reteniendo en su lengua una gotita. Aqua permanent: para él,
sería el agua de la última vez. Cuatro pasos lo llevaron a la cama en donde
había dormido o velado durante sesenta noches: de entre los pensamientos que
pasaban vertiginosamente por su espíritu, destacaba el de que la espiral de los
viajes lo había hecho regresar a Brujas, que Brujas se había reducido al área
de una prisión, y que la curva terminaba por fin en aquel estrecho rectángulo.
Un murmullo salió por detrás de él, procedente de las ruinas de un pasado más
desdeñado y abolido que los demás, la voz ronca y dulce de fray Juan hablando
latín con acento castellano, en un claustro invadido por las sombras: Eamus ad
dormiendum, cor meum. Pero no era el momento de dormir. Nunca se había sentido
tan espabilado en cuerpo y en alma: la economía y la rapidez de sus gestos eran
las de sus grandes momentos de cirujano. Extendió la tosca manta de lana, tan
tupida como si fuera de fieltro, por el suelo, formando una especie de pilón
que retendría y embebería, al menos en parte, el líquido derramado. Para mayor
seguridad, cogió la camisa que se había puesto el día anterior y la retorció
para ponerla delante de la puerta, a modo de burlete. Era preciso evitar que algún
reguero, por el suelo en ligera pendiente, alcanzara demasiado pronto el
pasillo y que Hermann Mohr, al levantar la cabeza por encima de su mesa,
observara en las baldosas una mancha negra. Sin hacer ruido, se quitó los
zapatos. No eran necesarias tantas precauciones, pero el silencio parecía una
salvaguardia.
Se tendió en el lecho, asentando la cabeza en la dura almohada.
Tuvo un recuerdo para el canónigo Campanus, a quien esta muerte llenaría de
horror, y quien había sido, sin embargo, el primero en darle a leer a los
Clásicos, cuyos héroes perecían de esta suerte, pero la ironía crepitó en la
superficie de su espíritu sin distraerlo de su único objetivo. Rápidamente, con
esa destreza de cirujano-barbero de la que se había enorgullecido siempre más
que de las cualidades cotizadas e inciertas de médico, se dobló en dos,
levantando ligeramente las rodillas y cortó la vena tibial en la cara externa
del pie izquierdo, uno de los lugares habituales de la sangría. Luego, muy
deprisa, se enderezó y se apoyo en la almohada, apresurándose para prevenir el
síncope siempre posible; buscó y cortó en la muñeca la arteria radial. Apenas
percibió el breve y superficial dolor causado por el corte. Brotaron las
fuentes; el líquido se lanzó como siempre lo hace, ansioso, se diría, por
escapar de los laberintos oscuros por donde circula encerrado. Zenón dejó
colgar el brazo izquierdo para favorecer el derrame. La victoria aún no era
completa: podían entrar por casualidad y arrastrarlo, sangrando y vendado,
hasta la hoguera. Pero cada minuto que pasaba era un triunfo. Echó una ojeada a
la manta, ya negra de sangre. Ahora comprendía por qué una burda creencia hacía
de aquel líquido el alma misma, puesto que el alma y la sangre se escapaban
juntas. Aquellos antiguos errores contenían una verdad sencilla. Recordó, con
algo parecido a una sonrisa, que la ocasión era única para completar sus
antiguas experiencias sobre la sístole y la diástole del corazón. Pero los
conocimientos adquiridos ya no tenían importancia, como tampoco el recuerdo de
los acontecimientos y criaturas con quienes había tropezado en su vida; se
agarraba unos momentos más al delgado hilo de la persona, pero la persona
aligerada ya no se distinguía del ser. Se enderezó con esfuerzo, no porque le
importara hacerlo, sino para probarse a sí mismo que aquel movimiento le era aún
posible. A veces le había ocurrido volver a abrir una puerta, simplemente para
comprobar que no la había cerrado tras de sí para siempre, y volverse a mirar a
un transeúnte que acababa de dejar para negar el fin de una partida,
demostrándose a sí mismo su limitada libertad de hombre. Esta vez, lo
irreversible se cumplía.
Su corazón latía muy fuerte; una actividad violenta y
desordenada reinaba en su cuerpo, como en un ejército en desbandada, pero cuyos
combatientes no han depuesto aún todos las armas; sentía una especie de ternura
por aquel cuerpo que tan bien lo sirvió, que hubiera podido vivir, todo lo más,
unos veinte años suplementarios y que él destruía así, para ahorrarle peores y
más indignos males. Tenía sed, pero ningún medio a su alcance para aplacar esa
sed. Al igual que los tres cuartos de hora transcurridos desde su regreso a la
habitación estuvieron repletos de una infinidad, casi imposible de analizar, de
pensamientos, de sensaciones, de ademanes que se sucedían a la velocidad del
rayo, el espacio de unos escasos codos que separaba el lecho de la mesa se
había dilatado tanto como el que se extiende entre las esferas: el cubilete de
estaño flotaba como en el fondo de otro mundo. Pero aquella sed pronto
acabaría. Experimentaba la muerte de uno de esos heridos que piden de beber en
la linde de un campo de batalla, y que él englobaba consigo en la misma fría
compasión. La sangre de la vena tibial ya sólo salía entrecortada; penosamente,
igual que se levanta un peso enorme, consiguió desplazar el pie para dejarlo
colgar fuera de la cama. Su mano derecha, que continuaba apretando la hoja, se
había cortado ligeramente, pero él ya no sentía el corte. Sus dedos se agitaban
sobre su pecho, tratando de desabrochar el cuello de su jubón; se esforzó en
vano por reprimir aquella inútil agitación, mas aquellas crispaciones y aquella
angustia eran buena señal. Un escalofrío helado lo recorrió, como al principio
de una nausea: así debía ser. A través del ruido de campanas, de truenos y de
pájaros chillones volviendo a su nido, que golpeaban desde dentro sus oídos,
oyó afuera el sonido preciso de un goteo: la manta saturada ya no embebía la
sangre, que se derramaba por las baldosas. Trató de calcular el tiempo que
haría falta para que el charco rojo se extendiera hasta llegar al otro lado de
la puerta, más allá de la débil barrera formada por la camisa. Pero poco
importaba ya: estaba salvado. Incluso si, por mala suerte, Hermann Mohr abría
enseguida la puerta, cuyos cerrojos eran lentos de abrir, el asombro, el miedo,
la carrera por las escaleras en busca de socorro le dejarían a la evasión
tiempo para realizarse. Mañana quemarían a un cadáver.
Continuaba el inmenso rumor de la vida escapándose: una fuente
de Eyub, el destello de un manantial brotando en tierras de Vaucluse, en el
Languedoc, un torrente entre Ostersund y Fröso, se presentaron a él sin que
tuviera necesidad de recordar sus nombres. Después, entre todo aquel ruido,
percibió un estertor. Respiraba con intensas y ruidosas aspiraciones
superficiales, que ya no le llenaban el pecho. Alguien que no era del todo él,
que parecía colocado un poco más atrás, a su izquierda, consideraba con indiferencia
las convulsiones de su agonía. Así respira un corredor agotado cuando llega a
la meta. La noche se había echado encima sin que pudiera saber si estaba dentro
de él o en la habitación: todo era noche. También la noche se movía: las
tinieblas se apartaban para dar lugar a otras, abismo sobre abismo, espesor
sombrío sobre espesor sombrío. Pero aquella negrura, diferente de la que se ve
con los ojos, se estremecía con colores nacidos —por decirlo así—, de lo que
era su ausencia: el negro se convertía en verde pálido, después en blanco puro;
el pálido blanco se transmutaba en oro rojo sin que cesara, sin embargo, el
negro original, al igual que las luces de los astros y la aurora boreal se
estremecen en lo que es noche negra. Durante un instante, que le pareció
eterno, un globo escarlata palpitó en él o fuera de él, sangró sobre el mar.
Como el sol de verano en las regiones polares, la esfera resplandeciente
pareció vacilar, dispuesta a bajar un grado hacia el nadir, y luego, con un
sobresalto imperceptible, volvió a ascender al cénit, reabsorbiéndose por fin
en un día de luz cegadora que al mismo tiempo era la noche.
Ya no veía, pero todavía le llegaban los ruidos exteriores.
Igual que antaño en San Cosme, unos pasos precipitados sonaron a lo largo del
pasillo: era el carcelero, que acababa de ver en el suelo un charco negruzco.
Un momento antes, el agonizante se hubiera aterrorizado ante la idea de ser
apresado y obligado a vivir y a morir unas horas más. Pero toda angustia había
cesado: era libre. Aquel hombre que se acercaba ya no podía ser más que un
amigo. Hizo o creyó hacer un esfuerzo por levantarse, sin saber muy bien si
acudían en su ayuda o si era él quien ayudaba a alguien. El chirrido de las
llaves en la cerradura y el de los cerrojos al abrirse no fueron para él más
que el ruido estridente de una puerta que se abre. Y esto es cuanto puede
saberse de la muerte de Zenón.
NOTA DE LA AUTORA
La novela que acaba de leerse tiene como punto de partida un
relato de unas cincuenta páginas: A la manera de Durero, publicado junto con
otras dos novelas cortas —también de fondo histórico— en el volumen titulado La
Mort conduit l’Attelage (La muerte lleva la carreta), por Ed. Grasset en 1934.
Estos tres relatos relacionados y, al mismo tiempo, contrastados entre sí por
unos títulos que se me ocurrieron después (A la manera de Durero, A la manera
del Greco y A la manera de Rembrandt), no eran sino tres fragmentos separados
de una enorme novela concebida y compuesta en parte, enfebrecidamente, entre
1921 y 1925, o sea entre mis dieciocho y mis veintidós años. De lo que hubiera
sido un amplio fresco novelesco, extensivo a varios siglos y a varios grupos humanos
relacionados entre sí por los lazos de la sangre o del espíritu, las cuarenta
páginas que, en un principio, titulé sencillamente Zenon constituían el primer
capítulo. Esta novela, harto ambiciosa, fue desarrollada a la par por algún
tiempo con los primeros esbozos de otra obra, que más tarde se convertirían en
las Memorias de Adriano. Renuncié provisionalmente a ambas hacia 1926, y los
tres fragmentos citados, convertidos en La Mort conduit l’Attelage, se
publicaron, sin que yo hiciera en ellos apenas ningún cambio; tan sólo en el
episodio correspondiente a Zenón añadí unas diez páginas más recientes, breve
esbozo del encuentro entre Henri-Maximilien y Zenon en Innsbruck, en la OPUS
NIGRUM de hoy.
La Mort conduit l’Attelage fue muy bien recibida por la crítica
de aquellos años; cuando hoy releo algunos de aquellos artículos, aún me llenan
de gratitud. Pero el autor de un libro tiene sus razones para ser más severo
que sus propios jueces: ve sus fallos más de cerca y es el único en saber lo
que hubiera querido y debido hacer. En 1955, unos años después de acabar
Memorias de Adriano, volví a retocar los tres relatos con vistas a una nueva
edición. Otra vez se me impuso el personaje del médico filósofo y alquimista.
El capítulo Conversación en Innsbruck, que data de 1956, fue el primer
resultado de haberme puesto de nuevo en contacto con la obra; el resto no fue
redactado hasta 1962-1965. De las cincuenta páginas de antaño, subsisten todo
lo más una docena, modificadas y como desmenuzadas en la larga novela de hoy,
pero la trama que conduce a Zenón, desde su nacimiento ilegítimo en Brujas,
hasta su muerte en un calabozo de la misma ciudad, ha permanecido idéntica en
lo esencial. La primera parte de OPUS NIGRUM (La vida errante) sigue muy de
cerca el plan de Zenón en A la manera de Durero, de 1921-1934; la segunda parte
y la tercera (La vida inmóvil y La prisión) han sido desarrolladas por entero a
partir de las últimas seis páginas de aquel texto escrito hará más de cuarenta
años .
No ignoro que unas indicaciones como estas pueden desagradar al
provenir del autor y ser ofrecidas en vida del mismo. No obstante, me decido a
darlas aquí para aquellos lectores a quienes interese la génesis del libro. Lo
que sí me importa subrayar es que lo mismo OPUS NIGRUM que Memorias de Adriano
son dos obras que emprendí en mi primera juventud, que abandoné y reanudé
después a merced de las circunstancias, y con las que he convivido durante toda
mi vida. La única diferencia, completamente accidental, consiste en que un
ensayo de lo que iba a ser OPUS NIGRUM se publicó treinta y un años antes de
haber acabado el texto definitivo, mientras que la primera versión de Memorias
de Adriano no tuvo esa suerte o esa desgracia. Por lo demás, las dos novelas se
han ido construyendo a través de los años por capas sucesivas hasta que por
fin, en ambos casos, la obra ha sido compuesta y rematada de un solo impulso.
Creo haber expresado ya las ventajas que presentan, al menos en lo que me
concierne, esas largas relaciones de un autor con el personaje elegido o
imaginado en su adolescencia, pero que no revela todos sus secretos hasta que
alcanzamos la madurez. En todo caso, y ya que este es un método poco usual,
creo justificado insertar los detalles precedentes, aunque sólo sea con la
intención de evitar ciertas confusiones bibliográficas.
Mucho más aún que la libre recreación de un personaje real que
ha dejado su huella en la historia —como el emperador Adriano—, la invención de
un personaje «histórico» ficticio, como el de Zenón, parece poder prescindir de
datos y comprobantes. De hecho, las dos trayectorias son muy parecidas en
muchos puntos. En el primer caso, el novelista, para tratar de representar al
personaje en toda su amplitud, deberá estudiar con apasionada minucia los
documentos históricos existentes sobre su héroe, tal como lo estableció la
tradición. En el segundo caso, para dar a su personaje ficticio esa realidad
histórica, condicionada por el tiempo y el lugar, y a falta de la cual la
«novela histórica» no es más que un baile de disfraces, bien logrado o no, el
novelista sólo puede contar con los hechos y fechas de la vida pasada, es
decir, con la misma Historia.
Zenón, quien se supone nació en 1510, hubiera tenido nueve años
cuando el viejo Leonardo se apagaba en su exilio de Amboise; treinta y un años
cuando muere Paracelso, de quien es émulo y, en ocasiones, adversario; treinta
y tres cuando muere Copérnico, que no publicó su importante obra hasta su lecho
de muerte, pero cuyas teorías circulaban ya desde hacía tiempo, en forma
manuscrita, en determinados medios de ideas avanzadas, lo que nos explica que
el joven clérigo las conozca estando en el colegio. En la época en que
ejecutaron a Dolet, al que yo convierto en su primer «librero», Zenón hubiera
tenido treinta y seis años, y cuarenta y tres cuando ejecutaron a Servet,
médico como él y también preocupado en investigar la circulación de la sangre.
Poco más o menos contemporáneo del anatomista Vesalio, del cirujano Ambroise
Paré, del botánico Cesalpin y del matemático y filósofo Jérôme Cardan, muere
cinco años después de nacer Galileo y un año después de nacer Campanella. En la
época en que se suicida, Giordano Bruno, destinado a morir en la hoguera
treinta y un años más tarde, hubiera cumplido aproximadamente veinte años. Sin
que por ello se trate de componer mecánicamente un personaje sintético —cosa
que ningún novelista aceptaría hacer—, numerosos puntos de sutura vinculan al
cirujano filósofo con todas esas personalidades escalonadas a lo largo de ese
mismo siglo, y también con algunas más que vivieron en los mismos lugares,
corrieron análogas aventuras o trataron de alcanzar los mismos objetivos.
Indico aquí algunas aproximaciones, tan pronto conscientemente buscadas y que
han inspirado a la imaginación, como, al contrario, anotadas después a modo de
comprobación.
Así es como el nacimiento ilegítimo de Zenón y su educación con
vistas a seguir una carrera eclesiástica nos evocan a Erasmo, hijo también de
un hombre de Iglesia y una burguesa de Rotterdam y que empieza su vida de
hombre bajo el hábito de fraile agustino. La algarada que provoca, entre los
artesanos rurales, la instalación de un telar perfeccionado recuerda unos
hechos parecidos, que sucedieron a mediados de siglo, a partir de 1529, en
Danzig, en donde el autor de una máquina semejante a ésta murió asesinado; y
también otro suceso que acaeció en Brujas, donde los magistrados prohibieron un
nuevo procedimiento para el teñido de las lanas, así como lo que ocurrió en
Lyon, un poco más tarde, con las prensas de imprenta. Algunos aspectos
violentos del Zenón joven podrían recordarnos a Dolet, como por ejemplo el
asesinato de Perrotin, que nos recuerda, aunque de lejos, al de Compaing. Las
prácticas del joven clérigo cerca del abad mitrado de Saint-Bavon, en Gante, a
quien se supone preocupado por la alquimia, seguida de la estancia en casa del
judío don Blas de Vela, se parecen, por una parte, a las instrucciones
recibidas por Paracelso del obispo de Settgach y del abate de Spanheim, y, por
otra, a los estudios cabalísticos de Campanella bajo la dirección del judío
Abraham. Los viajes de Zenón, su triple carrera de alquimista, de médico y de
filósofo, y hasta los problemas surgidos en Basilea, siguen muy de cerca lo que
se sabe o cuenta del mismo Paracelso, y el episodio de su estancia en Oriente,
casi obligada en la biografía de los filósofos herméticos, también se inspira
en las peregrinaciones reales o legendarias del gran químico suizo-alemán. La
historia de la cautiva rescatada en Argel procede de algunos episodios que se
repiten, incluso con demasiada frecuencia, en las novelas españolas de la
época; la de Sign Ulfsdatter, señora de Fröso, tiene en cuenta la reputación de
curanderas y «herboristas» de las mujeres escandinavas de su tiempo. La vida de
Zenón en una corte de Suecia se inspira, por una parte, en la de Tycho Brahe en
la corte de Dinamarca, y, por otra, en lo que se cuenta de un tal doctor
Theophilus Homodei, que fue médico de Juan III de Suecia una generación más
tarde. La operación quirúrgica de Han está calcada del relato de una
intervención del mismo tipo en las memorias de Ambroise Paré. Y en lo referente
a un terreno más reservado, quizá valga la pena resaltar que la sospecha de
sodomía (y en ocasiones su realidad, oculta en lo posible y negada cuando es
preciso) ocupó también un lugar en las vidas de Leonardo da Vinci y de Dolet,
de Paracelso y de Campanella, del mismo modo que yo la describo en la vida
imaginaria de Zenón. Las precauciones del filósofo alquimista cuando busca
protectores, tan pronto entre los reformados como en el seno mismo de la
Iglesia, pueden observarse en la época en un gran número de ateos o de deístas
más o menos perseguidos. A pesar de ello, en el debate entre la Iglesia y la
Reforma, Zenón, al igual que tantos otros espíritus libres de su tiempo, como
Bruno, que morirá, sin embargo, condenado por el Santo Oficio, o como
Campanella, a pesar de sus treinta y un años de prisión inquisitorial, morirá
más bien situado en la vertiente católica .
En el plano de las ideas, este Zenón aún marcado por la
escolástica y que reacciona contra ella, a medio camino entre el dinamismo
subversivo de los alquimistas y la filosofía mecanicista que iba a tener para
ella el inmediato porvenir, entre el hermetismo que coloca a un Dios latente en
el interior de las cosas y un ateísmo que apenas osa decir su nombre, entre el
empirismo materialista del práctico y la imaginación casi visionaria del alumno
de los cabalistas, se apoya igualmente en auténticos filósofos y hombres de
ciencia de su época. Sus investigaciones científicas fueron imaginadas en gran
parte leyendo los Cuadernos de Leonardo; también se basa en él especialmente
para las experiencias sobre el funcionamiento del músculo cardiaco, que son un
preludio de las de Harvey. Las concernientes a la ascensión de la savia y a los
«poderes de embebecimiento» de las plantas, que se anticipan a los trabajos de
Hales, se fundan en una observación de Leonardo y representarían, por parte de
Zenón, un esfuerzo de comprobación de una teoría formulada en la misma época
por Cesalpin . Las hipótesis sobre los cambios de la corteza terrestre también
proceden de los Cuadernos, pero es preciso aclarar que se inspiran en los
filósofos y poetas clásicos; las meditaciones de este tipo son casi banales en
la poesía de aquellos tiempos. Las opiniones sobre los fósiles son muy
parecidas a las que expresan, no sólo Leonardo da Vinci, sino asimismo
Francastor a partir de 1517 y Bernard Palissy unos cuarenta años más tarde. Los
proyectos hidráulicos del filósofo, sus utopías mecánicas, especialmente los
dibujos de máquinas voladoras y, finalmente, la invención de una fórmula de
«fuego líquido» utilizada en los combates navales, se hallan calcadas de unos
inventos análogos de Vinci y otros investigadores del siglo XVI; ejemplifican
la curiosidad y las investigaciones de un tipo de talentos que abundaban en la
época, pero que atravesaron subterráneamente el Renacimiento, más cerca a la
vez de la Edad Media y de los tiempos modernos, y que presienten ya nuestros
triunfos y nuestros peligros . Las advertencias contra el mal uso que hace la
raza humana de los inventos técnicos, y que pueden parecemos hoy premonitorias,
abundan en los tratados alquímicos; también las encontramos, dentro de un contexto
diferente, en Leonardo y en Cardan.
En algunos casos, la expresión misma de un sentimiento o de un
pensamiento ha sido tomada de reseñas históricas contemporáneas del personaje,
como para dar mayor autenticidad al hecho de que tales opiniones se hallen en
su lugar en el siglo XVI. Una de las reflexiones sobre la locura fue extraída
de Erasmo, y otra de Leonardo da Vinci. El texto de las Profecías grotescas
procede de las Profezie de Leonardo, excepto dos líneas tomadas de una cuarteta
de Nostradamus. La frase sobre la identidad de la materia, de la luz y del rayo
resume dos curiosos pasajes de Paracelso . La discusión sobre la magia se
inspira en otros autores de aquellos tiempos, tales como Agrippa de Nettesheim
y Gian-Battista della Porta, nombrados en el libro. Las citas en latín de fórmulas
alquímicas provienen casi todas de tres grandes obras modernas sobre alquimia:
Marcelin Berthelot, La Chimie au Moyen Age, 1893; C. G. Jung, Psychologie und
Alchemie, 1944 (éd. revisada, 1952), y J. Evola, La tradizione ermetica, 1948,
autores que se sitúan en tres puntos de vista diferentes, pero que constituyen
entre los tres una útil vía de acceso al campo aún enigmático del pensamiento
alquímico. La fórmula OPUS NIGRUM, título del presente libro, designa en los
tratados alquímicos la fase de separación y de disolución de la sustancia que,
según se dice, es la parte más difícil de la Gran Obra. Sigue aún discutiéndose
si esta expresión se aplicaba a experiencias audaces sobre la misma materia o
si se entendía como un símbolo de las pruebas del espíritu que se libera de
rutinas y prejuicios. Sin duda significó alternativamente lo uno y lo otro.
Los aproximadamente sesenta años que dura la historia de Zenón
vieron realizarse un cierto número de acontecimientos que aún hoy nos
conciernen: la escisión de lo que aún quedaba —hacia 1510— de la antigua
Cristiandad de la Edad Media en dos partidos teológica y políticamente
hostiles; el fracaso de la Reforma convertida en protestantismo y el
derrocamiento de lo que podríamos llamar su ala izquierda; el fracaso paralelo
del catolicismo, encerrado durante siglos dentro del corselete de hierro de la
Contrarreforma; las grandes exploraciones que tienden cada vez más a una simple
división del mundo; el salto hacia adelante de la economía capitalista,
asociada en sus comienzos a la era de las monarquías. Estos hechos, demasiado
importantes para ser plenamente comprendidos por sus contemporáneos, afectan
indirectamente a la historia de Zenón, pero acaso más directamente a la vida y
comportamiento de los personajes secundarios de la novela, instalados con mayor
firmeza en las rutinas de su época. Bartholommé Campanus fue trazado según el
modelo, ya en desuso, del hombre de Iglesia del siglo anterior, para quien la
cultura humanística no ofrecía problemas. El generoso prior de los Franciscanos
no tiene, por desgracia, y debido a las circunstancias, sino pocos antecedentes
claros en la historia del siglo XVI, pero se inspira en parte en algún santo
personaje de la época, que vivió una experiencia secular antes de la carrera
eclesiástica o de vestir los hábitos. El lector recordará, en sus palabras
contra la tortura, un argumento perfectamente cristiano, tomado de Montaigne.
El sabio y político obispo de Brujas fue imaginado a imitación de otros
prelados de la Contrarreforma, pero no contradice lo poco que se sabe del
titular verdadero por aquellos años. Don Blas de Vela es visto a semejanza de
un determinado César Brancas, abate de Saint-André de Villeneuvelez-Avignon,
gran cabalista al que sus frailes echaron, hacia 1597, por judaismo. La figura
voluntariamente difuminada de fray Juan recuerda a fra Pietro Ponzio, que fue
amigo y discípulo del joven Campanella.
Los retratos de banqueros y hombres de negocios tales como Simón
Adriansen, antes de su conversión al anabaptismo, los Ligre y su ascenso en la
sociedad, Martin Fugger —personaje también imaginario, pero basado en la
auténtica familia que gobernó bajo cuerda la Europa del siglo XVI—, siguen muy
de cerca sus modelos reales en la historia financiera de aquel tiempo,
subyacente a la historia sin más. Henri-Maximilien pertenece a todo un batallón
de gentileshombres letrados y aficionados a la aventura, provistos de un
modesto bagaje de sabiduría humanística, que no será necesario recordar al
lector, y cuya raza acabaría desgraciadamente por apagarse a finales de siglo .
En fin, Colas Gheel, Gilles Rombaut, Jesse Cassel y demás compañeros del pueblo
llano, han sido vistos en la medida de lo posible a través de los escasos
documentos relativos a la vida del hombre del pueblo, en una época en que los
cronistas e historiadores se preocupaban casi exclusivamente de la vida
burguesa, cuando no de la cortesana. Una reflexión similar podría aventurarse
para los personajes femeninos ya que, quitando algunas princesas, se hallaban
generalmente más borrosos que los masculinos.
Al menos una cuarta parte de las comparsas que pasan por este
libro fue tomada de la historia o de crónicas locales: el nuncio della Casa, el
procurador Le Cocq, el profesor Rondelet, quien, en efecto, escandalizó en
Montpellier mandando hacer la disección del cadáver de su hijo, el médico
Joseph Ha-Cohen y también, claro está, entre otros muchos, el almirante
Barbarroja y el charlatán Ruggieri. Bernard Rottman, Jan Matthyjs, Hans
Bockhold y Knipperdolling, principales actores del drama de Münster, fueron extraídos
de crónicas de la época, y aunque el relato de la revuelta anabaptista haya
sido hecho únicamente por sus adversarios, los ejemplos de fanatismo y de
ataques de fiebre obsidional son harto numerosos en nuestro tiempo como para
que no aceptemos como posibles la mayoría de los detalles de aquella atroz
aventura. El sastre Adrián y su mujer Marie salen de las Tragiques de Aggrippa
d’Aubigné; las hermosas italianas y sus admiradores franceses, en Siena, pueden
encontrarse en Brantôme y en Montluc. La visita de Margarita de Austria a
Henri-Juste es imaginaria, así como el mismo Henri-Juste, mas no las
transacciones de dicha princesa con los banqueros, ni el cariño que le tenía a
su loro, el «Amante Verde», cuya muerte cantó un poeta de la corte, ni su afecto
a Madame Laodamie, mencionado por Brantôme; el curioso comentario sobre los
amores femeninos que aquí acompaña al retrato de Margarita de Austria fue
extraído de otra de las páginas del mismo cronista. El detalle de la dueña de
la casa que da de mamar a su hijo durante una visita principesca puede leerse
en las Memorias de Margarita de Navarra, que visitó Flandes una generación más
tarde. La embajada de Lorenzaccio en Turquía, al servicio del rey de Francia,
su paso por Lyon en 1541 y el hecho de que llevara en su séquito por lo menos a
un morisco, así como el intento de asesinato de que fue víctima en aquella
ciudad, pueden leerse también en los documentos de la época. El episodio de la
peste en Basilea y en Colonia se justifica por la frecuencia de ese mal casi
endémico en la Europa del siglo XVI, pero el año 1549 fue escogido por
exigencias del relato, sin referencias a un recrudecimiento de dicho mal en
tierras renanas. La mención que hace Zenón, en octubre de 1551, de los peligros
corridos por Servet (a quien se juzgó y quemó en 1553) no es prematura, como
podría creerse, sino que tiene en cuenta el peligro que corría desde hacía
mucho tiempo el médico catalán, tanto a manos de los católicos como de los
protestantes, que se entendían muy bien entre sí para mandar a la hoguera al
desgraciado genio. La alusión a una querida del obispo de Münster carece de
base histórica, pero el nombre hace eco al de la amante de un célebre obispo de
Salzburgo del siglo XVI. Quitando dos o tres, los nombres de los personajes
ficticios fueron sacados de archivos y genealogías; incluso, en ocasiones, de
la genealogía del propio autor.
Los cargos de acusación reunidos contra Zenón por las
autoridades civiles y eclesiásticas, y los detalles jurídicos del proceso
fueron extraídos, mutatis mutandis, de media docena de causas célebres o
ignoradas de la segunda mitad del siglo XVI y principios del siglo XVII, en
especial de los primeros procesos de Campanella, en que los cargos de orden
secular se emparejaban con los de impiedad y herejía . El conflicto encubierto
que opone al procurador Le Cocq y al obispo de Brujas, que retrasa y complica
el proceso de Zenón, ha sido inventado, como toda la narración, mas puede
deducirse de la violenta hostilidad por entonces existente en las ciudades de
Flandes contra las prerrogativas administrativas de los nuevos obispos
instaurados por Felipe II. La chistosa observación del teólogo Hiéronymus van
Palmaert, cuando envía a Zenón a explorar sus mundos infinitos, fue hecha en
realidad por Gaspar Schopp, campeón alemán de la Contrarreforma, durante la
ejecución de Giordano Bruno; también procede de Schopp la broma consistente en
proponer que el prisionero (en este caso, Campanella) fuera a combatir al
hereje montado en los bombarderos volantes de su invención. La mayoría de los
detalles de derecho penal específicamente pertenecientes a Brujas, que se
mencionan en los últimos capítulos, así como el suplicio que describe Zenón al
canónigo Campanus y que ocurrió en Brujas en 1521, por un crimen no
especificado, el castigo al fuego por infanticidio y el hecho de instalar las
hogueras fuera de la ciudad, en el caso de sentenciados a muerte por practicar
costumbres sexuales fuera de la Ley, se extrajeron del libro de Malcolm Letts,
Bruges and Its Past , particularmente bien documentado en lo concerniente a
archivos judiciales de Brujas. El episodio del martes de Carnaval fue imaginado
según lo acaecido un siglo antes en esa misma ciudad durante la ejecución de
los consejeros del emperador Maximiliano. El del juez que se duerme en la
audiencia y se despierta creyendo que ya se ha pronunciado la sentencia de
muerte, reproduce de manera casi idéntica una anécdota que circulaba sobre
Jacques Hessele, juez en el Tribunal de la Sangre.
No obstante, algunos incidentes históricos han sido ligeramente
modificados para permitirles entrar en el marco del presente relato. La
autopsia que practica el doctor Rondelet a un hijo suyo —muerto en realidad de
niño— fue atrasada unos años, y el hijo presentado en el umbral de la edad
adulta, para poder convertirlo en ese «bello ejemplar de la máquina humana»
sobre el que medita Zenón. De hecho, Rondelet, tempranamente célebre por sus
trabajos de anatomía (y que también hizo la disección de su suegra) no se
llevaba muchos años con su imaginario alumno. Las estancias de Gustavo Vasa en
sus castillos de Upsala y de Vadstena fueron frecuentes, pero las fechas que
aquí se les asignan, así como la mención de la asistencia del Rey a una
asamblea de notables en el otoño de 1558, se deben sobre todo al deseo de dar,
en pocas líneas, una idea adecuada de los desplazamientos del monarca y de sus
tareas de hombre de Estado.
La fecha de los primeros encargos encomendados a los capitanes
de los gueux de mer es auténtica, pero las hazañas y el prestigio de estos
partisanos tal vez hayan sido anticipados. La historia del portero del conde de
Egmont funde la ejecución de Jean de Beausart d’Armentières, escudero de
Egmont, y la tortura extraordinaria infligida a Pierre Col, portero del conde
de Nassau, quien de hecho se negó a entregar una pintura del Bosco, mas no al
duque de Alba, como aquí dice el prior de los Franciscanos, sino a Juan Bolea,
capitán de justicia y gran preboste del ejército español; la hipótesis de que
dicho cuadro se hallaba destinado a las colecciones del Rey, cuya afición a la
pintura del Bosco es sobradamente conocida, es de mi invención, pero me parece
por lo menos defendible. El episodio de la huida frustrada de Monsieur de
Battenbourg y de sus gentileshombres, así como su ejecución en Vilvorde, ha
sido ligeramente comprimido en el tiempo. La cronología de las intrigas de la
corte otomana bajo el reinado de Solimán también fue algo modificada.
Finalmente, dos o tres veces, el estado de ánimo del personaje que habla
introduce en el relato un elemento de aparente inexactitud. Zenón, a los veinte
años, de camino hacia España, define a este país como el de Avicena, ya que por
mediación de España fueron transmitidas tradicionalmente al Occidente cristiano
la filosofía y la medicina árabes, y le preocupa muy poco que aquel gran hombre
del siglo X naciera en Bokhara y muriese en Ispahan. Nicolás de Cusa fue durante
mucho tiempo, por no decir hasta el final, más conciliador con la herejía
husita de lo que dice el obispo de Brujas, pero este último, discutiendo con
Zenón, nos presenta más o menos conscientemente al ecuménico prelado del siglo
XV más cercano a las opiniones intolerantes de la Contrarreforma.
Una variación más considerable, desde ciertos puntos de vista,
es la referente a la fecha de los dos procesos por inmoralidad, en castigo a
dos grupos de frailes, agustinos y franciscanos, que se hicieron en Gante y en
Brujas, y que terminaron con el proceso de tres frailes de Gante y diez frailes
de Brujas. Estos dos procesos sucedieron en 1578, diez años después de la época
en que yo los sitúo, y en un momento en que los adversarios de las órdenes
monásticas, considerados como adictos a la causa española, dominaban
momentáneamente las dos ciudades . Al atrasar la fecha de estos procesos, para
que el segundo de estos escándalos desencadene la catástrofe de Zenón, he
intentado mostrar, sin embargo —en un segundo plano de política legal
forzosamente diferente, pero igualmente sombría—, el mismo tipo de furor
partidista de los enemigos de la Iglesia, unido al temor que las autoridades
eclesiásticas sentían a aparentar que trataban de ahogar el escándalo, lo que
da por resultado las mismas atrocidades legales. De ello no se deduce que las
acusaciones fueran forzosamente calumniosas. Pongo en mi cuenta las reflexiones
de Bartholommé Campanus sobre el suicidio de Pierre de Hamaere, que ocurrió
como yo lo cuento, pero en Gante, ya que este fraile pertenecía a aquella
ciudad y no al convento de Brujas. Esta muerte voluntaria, hecho rarísimo en la
época y considerado por la moral cristiana como un delito casi irremisible, nos
hace pensar que el inculpado también había infringido otras prescripciones
antes de ésta. Quitando al auténtico Pierre de Hamaere, el grupo de frailes de
Brujas ha sido por mí reducido a siete personajes, ficticios todos; y la
señorita de Loos, de la que se enamora Cyprien, es también imaginaria.
Inventada es asimismo la hipótesis de una relación, sospechada por Zenón y
buscada por los jueces, entre los pretendidos «Ángeles» y unos supervivientes
de sectas exterminadas y luego caídas en el olvido hacía cerca de un siglo,
como esos Adamitas o esos Hermanos y Hermanas del Libre Espíritu, en quienes se
sospechaban promiscuidades análogas y de los que ciertos eruditos han creído
encontrar —quizá demasiado sistemáticamente— huellas en la obra del Bosco. Su
recuerdo no tiene más objeto que el de mostrar, por debajo de las alineaciones
doctrinales del siglo XVI, el eterno hervidero de las antiguas herejías
sensuales, que se adivinan también en otros procesos de la época. Se habrá
comprendido asimismo fácilmente que el dibujo enviado por el hermano Florián
para burlarse de Zenón no es sino una réplica casi exacta de dos o tres grupos
de figuras que pertenecen al Jardín de las Delicias del Bosco, hoy en el Museo
del Prado, y que figuraba en el catálogo de obras de arte pertenecientes a
Felipe II con el título de Una pintura de la variedad del mundo.
FIN


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