© Libro N°. 3074. Odio Cósmico. Zimmer Bradley, Marion. Colección
E.O. Septiembre 3 de 2016.
Título original: © The Sword Of Aldones
Versión Original: © Odio Cósmico. Marion Zimmer Bradley
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
ODIO CÓSMICO
Marion Zimmer Bradley
CAPÍTULO
I
Estábamos
dejando atrás la noche...
La
Cruz del Sur había planetizado en Darkover a medianoche.
Allí
había embarcado yo en la nave terráquea que iba a transportarme a las
enigmáticas regiones periféricas de un planeta. Sólo había transcurrido una
hora, pero ya el aire tenue empezaba a teñirse de un tono rosado, que delataba
la proximidad de la alborada.
Bajo
mis pies, la plataforma de la gran nave, tembló ligeramente, cuando empezó a
volar.
Cumbres
y más cumbres se iban quedando atrás...
Después
de seis años de vagabundo por media docena de sistemas estelares, regresaba a
mi casa...
No
sentía nada...
Me
parecía imposible, pero no sentía nada.
Seis
años antes, había salido de Darkover con la intención de no regresar jamás.
Y,
sin embargo, estaba regresando...
Esto
y una impresión no demasiado agradable, era lo único que persistía en mi
mente...
La
impresión ingrata era la certeza de que cuando me marché, todos se habían
alegrado al verme partir...
Pero...
El
mensaje desesperado del Regente me vino siguiendo desde Tierra a Samarra y a
Vainwal. Costaba mucho dinero enviar un mensaje personal interespacial. Incluso
por el sistema de reíais terráqueo, y el viejo Hastur ―Regente del Comyn, Señor
de los Siete Dominios―, no había desperdiciado palabras en la explicación.
Había sido simplemente una orden. Pero yo no podía imaginarme para qué querían
que volviera.
Me
aparté de la luz opalina que se filtraba por aquella ventana, cerré los ojos y
apreté mis sienes con la mano... Con mi única mano...
El
viaje interestelar, como siempre, se había realizado bajo los efectos de un
poderoso sedante. Ahora la droga que el médico de la nave me había
administrado, estaba empezando a perder eficacia. La fatiga derribó las
barreras, dejándome en condiciones de poder captar con toda fidelidad las
impresiones reales...
Podía
sentir las miradas disimuladas de los demás pasajeros hacia mi cara llena de
cicatrices... hacia mi brazo mutilado que acababa grotescamente en mi muñeca y
que delataba mi manga doblada...
Pero
lo que excitaba más la curiosidad de aquellos seres vulgares era mi condición
de telépata... Ellos lo sabían y, por esto, me admiraban y me temían a un
tiempo...
Un
telépata... Un fenómeno... Un Alton...
El
apellido Alton figuraba entre los siete blasones que componían la dinastía del
Comyn. Aquella autarquía que había gobernado a Darkover, desde tiempos remotos.
Y,
sin embargo, yo no era del todo un privilegiado...
Mi
padre había cometido una torpeza...
Todos
lo sabían... Hasta los niños de Darkover eran capaces de relatar la leyenda: mi
padre, Kennard Alton, habíase portado de una forma que los perseverantes
calificaban de vergonzosa: Se había casado. Había tomado en matrimonio laran, a
una mujer terráquea, emparentada con la gente del odiado imperio que había
devastado la galaxia civilizada.
El
había tenido poder bastante para atreverse a aquello. A mi padre lo necesitaban
en el Consejo Comyn. Después del viejo Hastur, había sido el hombre más
poderoso en el Comyn. Incluso se las había arreglado para que me tuviesen que
admitir a mí. Pero todos se alegraron cuando salí de Darkover. Y ahora yo
volvía a casa...
En
el asiento frente al mío, dos terráqueos con aspecto de profesores en
vacaciones, probablemente investigadores cansados de explorar y elaborar mapas,
estaban discutiendo el viejo problema de los orígenes. Uno de ellos defendía
tercamente la teoría de las evoluciones paralelas; el otro, la teoría de que
algún antiguo planeta ―probablemente la Tierra misma― colonizó toda la galaxia,
un millón de años antes. Me concentré en aquella conversación, tratando de no
darme cuenta de las miradas que se clavaban en mí. Los telépatas nunca se
encuentran a gusto en medio de las multitudes.
El
Dispersionista sacaba a relucir todos los viejos argumentos en pro de una era
perdida de viajes estelares, y el otro hombre argüía, refiriéndose a las razas
no humanas y a los diferentes niveles de cultura en cada planeta individual.
―Ahí
tiene usted a Darkover, por ejemplo ―alegaba―. Un planeta que se encuentra
todavía en el primer estadio de la cultura feudal, tratando de reconciliarse
con el impacto causado por el imperio terráqueo...
Perdí
todo interés. Era divertido ver cuántos terráqueos pensaban todavía que
Darkover era un planeta feudal o bárbaro. Simplemente porque manteníamos hacia
las importaciones, procedentes de la Tierra, de máquinas o armas, no una
cerrada resistencia, sino una total indiferencia; porque preferíamos montar a
caballo o en mulos, considerándolos una cosa natural, antes que malgastar el
tiempo construyendo carreteras. Y porque Darkover, conducido por el antiguo
Compact, no quería tener la posibilidad de volver a los pasados tiempos de
guerras y matanzas colectivas realizadas con armas cobardes. Esta es la ley en
la Liga Darkoviana y en todos los mundos civilizados del exterior. El que mata
debe estar al alcance de la muerte. Aquellos dos podían hartarse de hablar del
código de duelos y del sistema feudal. Ya había oído yo hablar de todo eso en
la Tierra. Pero, ¿no es civilizado matar al enemigo personal de uno, con las
manos desnudas o con la espada o la daga que asesinar a miles de desconocidos
desde una distancia segura?
La
gente de Darkover se había mantenido aparte, mucho mejor que la mayoría de los
pueblos de otros planetas, del hechizo provocado por el Imperio Terráqueo. Yo
había estado en otros planetas y había visto lo que le sucedía a casi todos los
mundos cuando los terráqueos entraban allí con el señuelo de una civilización
que se extendía por las estrellas. No sometían a los nuevos mundos por la
fuerza de las armas. Los terráqueos podían permitirse el lujo de sentarse y
esperar hasta que la cultura aborigen sufriera sencillamente un colapso ante el
impacto de la civilización recién llegada. Aguardaban hasta que el mundo
solicitaba ser anexionado por el Imperio. Y más pronto o más tarde, el planeta
lo hacía, convirtiéndose así en un eslabón más de la vasta, supercentralizada
monstruosidad que iba tragando mundo tras mundo.
Esto
no había sucedido en Darkover, por la menos, todavía no.
Un
hombre que estaba en la parte delantera de la cabina se levantó y se dirigió
hacia mí; sin pedir permiso, tomó asiento a mi vera en una butaca vacía.
―¿Comyn?
―preguntó, pero no era en forma alguna una pregunta.
El
hombre era alto y fuerte; un montañés de Darkover, tal vez. Su mirada se posó,
con una insistencia casi descortés, en mis cicatrices, luego en la manga vacía;
después, asintió con la cabeza.
―Ya
me lo pareció ―dijo. Usted es el muchacho que estuvo metido en el lío ese de
Sharra, ¿no?
Sentí
que la sangre me subía a la cara. Yo me había pasado seis años tratando de
olvidar la rebelión Sharra... y a Majorie Scott. Tendría que llevar las
cicatrices para siempre. Pero, ¿por qué diablos tenía que venir este hombre a
recordármelo?
―Quienquiera
que yo haya sido anteriormente ―dije con toda cortesía―, no lo soy ahora. Y,
además, no lo recuerdo a usted.
―¡Y
es usted un Alton! ―dijo con una sombra de burla en su voz.
―A
pesar de todas las horripilantes historias ―dije―, los Altons no acostumbran a
ir por ahí leyendo pensamientos al azar. En primer lugar porque es un trabajo
muy duro. En segundo lugar, porque la mayoría de las mentes de las personas
están repletas de tonterías. Y en tercer lugar ―añadí―, porque los pensamientos
de las gentes nos importan un comino.
Sonrió
y dijo:
―No
esperaba que usted me reconociera. Estaba usted anestesiado y en pleno delirio
cuando lo vi por última vez. Le dije a su padre que esa mano habría que
cortarla finalmente. Siento haber tenido razón en eso ―añadió sin que en su voz
hubiera asomo de pena―. Soy Dyan Ardais.
Ahora
lo recordaba: alguien de la alta sociedad, un señor de las montañas de la parte
más alejada de los Hellers. Nunca había existido un profundo amor entre la
gente de los Ardáis y las de los Altons, ni siquiera en elComyn.
―¿Viaja
usted solo? ¿Dónde está su padre, joven Alton?
―Mi
padre murió en Vaiwal ―dijo secamente.
Su
voz fue un ronroneo:
―¡Entonces,
bienvenido, Comyn Alton!
El
ceremonioso título resultó molesto tal como lo pronunció. Miró al cuadrado
claro de la ventana.
―Vamos
a Thendara ―dijo―. ¿Viene usted conmigo?
―Supongo
que me esperarán ―dije, lo que no era cierto, pero no deseaba prolongar este
encuentro casual.
Dyan
saludó, tranquilo.
―Nos
veremos en el Consejo ―dijo, y añadió con displicente elegancia―: ¡Ah! y guarde
bien sus bártulos, Comyn Alton. Habrá sin duda alguien a quien le gustaría
recobrar el poder de Sharra.
Dio
media vuelta y se alejó, mientras yo permanecía sentado, paralizado.
¡Maldición! ¿Había él explorado mi mente mientras estuve tranquilamente
sentado? ¿De qué otra forma lo podía haber sabido? ¡Asqueroso Cahuenga! Drogado
como estaba yo con la procalamina, él podría haber penetrado a través de mis
barreras telepáticas y evadirse antes de que me diera cuenta. Pero, ¿habría
llegado tan lejos, habría descendido tan bajo uno del Comyn?
Lo
miré furiosamente mientras se alejaba; comencé a levantarme y caí hacia atrás
con violencia; estábamos perdiendo altura rápidamente. Se encendió el letrero
que sugería la conveniencia de abrocharle el cinturón; me adapté el mío,
mientras la mente me giraba en locos torbellinos.
Me
había obligado a recordar, a recordar por qué había abandonado yo Darkover
hacía seis años, cubierto de cicatrices, mutilado y deshecho para toda la vida.
Las heridas que habían comenzado a cicatrizar, gracias al tiempo y al silencio,
parecieron abrirse de nuevo. Y él había pronunciado el nombre de Sharra.
Un
mestizo... un bastardo... eso era yo... Comyn por gracia especial, sólo porque
mi padre no había tenido hijos darkovianos. Yo había sido una presa fácil para
los rebeldes y descontentos que se habían alzado al grito de Sharra.
Sharra:
la leyenda habla de ella como de una diosa convertida en diablo, atada con
cadenas doradas, destinada al fuego eterno... Yo había estado en ese fuego y
había recurrido a mi facultad telepática para invocar las fuerzas de Sharra...
Los
Aldarans, la familia Comyn exilada por tratar con los terráqueos habían
constituido el centro de la rebelión. Yo era pariente de Beltran, Señor de
Aldaran. Rostros que había intentado olvidar, desfilaban ahora por mi mente,
atormentándome. El hombre llamado Kadarin, extraordinario rebelde que me había
persuadido hasta conseguir que me uniese a los rebeldes de Sharra... Los
Scotts; el borracho Zeb Scott que había encontrado el talismán de Sharra, y sus
hijos: El pequeño Rafe, que me había seguido por todas partes, a mí, su héroe;
Thyra, con rostro de muchacha y ojos de bestia salvaje. Y Marjorie...
¡Marjorie!
El tiempo corría retrospectivamente...
Una
asustada muchachita de suaves cabellos obscuros y ojos dorados y ambarinos que
se había pegado a mí furtivamente durante aquel extraño fuego...
Anteriormente,
la había visto sonriente, paseando por las calles de una ciudad que era ahora
un montón de ruinas y cascotes, con una guirnalda de flores doradas en su
regazo...
Sacudí
la cabeza para interceptar aquellos recuerdos. No podían hacerme ningún bien.
El retumbar de los cohetes de frenaje me sacó de mi ensimismamiento. Miré hacia
el exterior y pude distinguir las rechonchas torres de Thendara, rosadas por la
roja luz del sol. Descendíamos más y más y pude ver relampaguear los lagos,
como plateados espejos. Luego, la punta del rascacielos terráqueo, pareció dar
un fogonazo a través de la ventana de la astronave, la claridad y la blancura
del cosmodromo cegaron mis ojos. Luego, un bote, una carrerita... Me desabroché
el cinturón. En cuanto a Dyan...
Pero
lo despisté. El cosmodromo era una aglomeración de personas procedentes de
treinta planetas, que charlaban en cientos de idiomas, y cuando corría entre la
multitud, tropecé violentamente con una muchacha vestida de blanco. Ella se
tambaleó y cayó al suelo. Me incliné para ayudarla a levantarse.
―Le
ruego que me perdone ―dije en Standard―. Yo debería haber mirado por donde iba―
y luego la miré fijamente―. ¡Linnell! ―grité, lleno de alegría―. ¡Pero, esto es
maravilloso! ―La cogí en mis brazos―. ¿Viniste a esperarme? Pero... ¡cómo has
crecido primita!
―¿Cómo
dice usted?
La
voz de la muchacha era fría como el hielo. Turbado repentinamente, dejé que sus
pies tocaran el suelo. Ella hablaba ahora darkoviano, pero ninguna muchacha de
Darkover tenía tal acento. La miré, estupefacto.
― Lo
siento ―dije, avergonzado―. Creí que... ―pero continuaba mirándola fijamente.
Era
una muchacha alta, muy hermosa, con un rostro agradable en forma de corazón,
cabellos suaves y castaños, ojos grises y amables... aunque en esos momentos no
había amabilidad alguna en toda ella: los ojos le chispeaban de rabia.
―¿Y
bien?
―Lo
siento ―repetí estúpidamente―. La confundí con una prima mía...
Se
encogió fríamente de hombros, murmuró algo, y se alejó. La seguí con la vista,
todavía asombrado. El parecido era fantástico. No era sólo una semejanza
superficial de color y altura; la muchacha era el vivo retrato de mi prima,
Linnell Aillard. Incluso su voz sonaba como la de Linnell.
Una
mano suave me tocó en el hombro y una alegre voz algo infantil dijo:
―¡Qué
vergüenza, Lew! ¡Qué disgusto le has dado a Linnell! Se ha cruzado conmigo sin
dirigirme la palabra siquiera. ¿Has estado tanto tiempo fuera que has olvidado
los buenos modales?
―¡Dio
Didenow! ―dije, estupefacto. La muchacha que estaba frente a mí era bajita y
descarada, con sueltos cabellos dorados que se le derramaban por encima de los
hombros y una traviesa expresión en sus ojos chispeantes.
―Creí
que estaban en Vainwal ―dije. ―Y cuando me dijiste adiós allí, creíste que yo
me iba a quedar llorando hasta que se me secaran los ojos, ¿eh? ―dijo
insolentemente―. ¡Lo que es yo, no hijo! Las líneas espaciales están tanto a
disposición de las mujeres como de los hombres, Lew Alton, y yo, también, tengo
un asiento en el Consejo Comyn, cuando se me antoja asistir. ¿Por qué habría de
quedarme allí y dormir sólita? ―Se echó a reír―. ¡Oh, Lew, deberías poseer la
facultad de observarte a tí mismo! ¿Qué te pasa?
―Esa
no era Linnell ―dije, y Dio abrió ojos tamaños.
―¿Quién
es, entonces?
Miró
en torno, pero la muchacha que se parecía a Linnell se había desvanecido entre
la multitud.
―¿Y,
dónde está mi tío? ¿Otra vez te has enfadado con él, Lew?
―¡No!
―dije rudamente. Murió en Vainwal. Pero, ¿es que nadielo sabe todavía en
Darkover? ¿Crees que algo menos importante me habría traído aquí de nuevo?
Vi
desaparecer la alegría del rostro de Dio.
―¡Oh,
Lew! Lo siento, no lo sabía.
Me
tocó el brazo otra vez, pero la aparté en mi mente. Dio Ridenow era un alto
explosivo en lo que a mí se refería. En Vainwal, eso había estado muy bien.
Pero yo sabía, aunque ella lo ignorase, cuan rápidamente ese viejo asunto podía
estallar en llamas de pasión otra vez. Yo tenía bastantes complicaciones. No
necesitaba las que me pudiesen proporcionar las mujeres.
De
nuevo había olvidado cerrar la barrera de mi mente.
El
alegre rostro de Dio se crispó y enrojecióde pronto, apretando el labio
inferior entre sus dientes, se volvió casi corriendo hacia las vallas del
cosmodromo.
―¡Dio!
―exclamé, saliendo tras ella, pero en ese momento alguien gritó mi nombre.
Y
precisamente en ese instante cometí mi primer error. No continué tras ella...
no me pregunte por qué. Pero alguien gritó mi nombre otra vez.
―¡Lew!
¡Lew Alton!
Y al
momento siguiente un muchacho delgado, de obscuros cabellos, con traje
terráqueo, estaba frente a mí sonriendo.
―¡Lew!
¡Bienvenido a casa!
Y yo
no podría recordar su nombre aunque en ello me fuera la vida. Parecía un rostro
familiar. El me conocía y lo conocía a él. Pero permanecí cautelosamente en
guardia al recordar cómo había reconocido a Linnell. El joven sonrió:
―¿No
me conoces?
―He
estado demasiado tiempo fuera para estar seguro de reconocer a las personas
―dije.
Traté
de establecer el contacto telepática, pero los reflejos de la droga estaban
todavía envolviendo mi cerebro. Sólo percibí rasgos de familiaridad. Sacudí la
cabeza y miré al muchacho. El era sólo un chiquillo cuando salí de Darkover;
era ahora tan joven todavía, que no creí que hubiera comenzado a afeitarse.
―¡Por
todos los infiernos! ―dije―, tú no podrías ser Marius, ¿verdad que no?
―¿No
podría?
Todavía
me resistía a creerlo. Mi hermano Marius, el hermanito que, al nacer, había
motivado la muerte de nuestra madre... ¿Es posible que yo no hubiera reconocido
a mi propio hermano?
Me
estaba mirando tímidamente, y me distendí.
―Perdona,
Marius ―dije―. Eras tan pequeño, y has cambiado tanto, la verdad... ―Ya
hablaremos luego ―dijo rápidamente―. Tienes que pasar por la aduana y todas
esas cosas, pero yo quería verte antes. ¿Qué es lo que te pasa, Lew? Tienes mal
aspecto. ¿Estás enfermo?
Me
agarré con fuerza durante un minuto a su brazo repentinamente firme y seguro,
hasta que el vértigo pasó.
―Procalamina
―dije tristemente, y su pálido rostro se despejó―. Nos hinchan de cosas de esas
en las astronaves para que podamos soportar las tensiones de la hipervelocidad
sin reventar. Es difícil eliminarlas, y, además, soy alérgico a esas
porquerías.
Capté
su mirada de reojo y mi rostro se puso más ceñudo.
―¿Tan
feo estoy? Tienes razón, tú no me has visto nunca después de que yo perdiera la
mano y me cubriera la cara de cicatrices, ¿verdad?
Desvió
la mirada, y le eché el brazo por los hombros.
―No
me importa que me mires ―dije con más amabilidad―, pero no cometas la estupidez
de mirarme cuando crees que no me doy cuenta, porque siempre lo advierto.
¿Comprendes?
Sonrió
y me estudió descaradamente durante un minuto, luego hizo una mueca.
―No
estás muy guapo ―dijo―, pero nunca fuiste un modelo de belleza, que yo
recuerde. Vamonos.
Miré
hacia los rascacielos del cosmodromo y los altos edificios de la Ciudad
Comercial. Tras ellos se alzaban los enormes, astillados dientes de las
montañas; y suspendido mucho más allá, encima de la llanura, la visión del
Castillo Comyn, rematado por la alta espiral de la Torre de la Guardiana.
―¿Está
reunido ya el Comyn en Thendara?
Marius
sacudió la cabeza. Todavía no podía acostumbrarme a la idea de que era mi
hermano. El no palpaba bien.
―No
―dijo―. Ellos... nosotros nos reuniremos en la Ciudad Escondida. Lew, ¿has
traído armas de la Tierra?
―¡Demonios,
no! ¿Para qué quiero yo armas? Y, además, eso sería contrabando.
―Entonces,
¿estás completamente desarmado?
Sacudí
la cabeza.
―Sí.
En la mayor parte de los planetas no se permite llevar armas, y he perdido la
costumbre. ¿Por qué?
Se
enfurruñó.
―Me
las arreglé para conseguir una el año pasado ―dijo―. Me costó cuatro veces lo
que vale y tiene grabada la marca del contrabando. Creí que... ¡Oye, están
llamándote...!
Era
cierto. Caminé lentamente hacia el bajo edificio blanco de la Aduana, con Mario
a mis talones. Saludó con la cabeza al funcionario de servicio y continuó su
camino. MI equipaje había sido colocado en la correa transportadora y el
funcionario me miró sin mucho interés.
―¿Lewis
Alton-Kennard-Montray-Alton?
¿Aterrizó
en Port Chicago con la Cruz del Sur? ¿Técnico en matrices?
Admití
todo eso y le enseñé la ficha de plástico que contenía mi certificado de
licenciado como mecánico matricero.
―Tendremos
que comprobar esto en los Bancos principales― dijo el funcionario terráqueo―. Tardaremos
una hora o dos. Estaremos en contacto con usted.
Su
mirada se posó fluctuante en un impreso.
―¿Afirma...
que... por... lo que sabe... y cree... no tiene... en su poder... ninguna clase
de... arma... pistola... desintegradores... lanzachorros... isótopos
atómicos... narcóticos... drogas... tóxicos... o materias... incendiarias?
Afirmé.
Colocó mi equipaje bajo el clarificador: la pantalla permaneció blanca como yo
me suponía. Los artículos citados eran todos artículos manufacturados en la
Tierra; mediante pacto solemne con los Hasturs. El Imperio se obligaba a no
permitir que fueran llevados a la zona Darkoviana, o a cualquier otro sitio
fuera de las Ciudades Comerciales. A tales artículos (contrabando en nuestro
planeta), se les imprimía, antes de que los trajeran aquí, una pequeña mancha
de substancia radioactiva, inofensiva, pero indeleble.
―¿Tiene
algo más que declarar?
―Tengo
unos anteojos fabricados en la Tierra, una máquina fotográfica también de la
Tierra y media botella de firi de Vainwal ―le dije.
―Vamos
a verlo.
Abrió
las maletas y me envaré. Este era el momento que había estado temiendo.
Podía
tratar de sobornarlo. Pero eso habría significado ―suponiendo que él resultara
honesto― una multa y ver mi nombre inscrito en la lista de personas
sospechosas. No podía arriesgarme a eso.
Examinó
la cámara y los gemelos. Las lentes terráqueas se consideraban artículo de lujo
y generalmente se les aplicaban fuertes derechos.
―Diez
reís de impuesto ―dijo, y apartó a un lado la ropa de encima―. Si el firi es
menos de diez onzas, no paga derechos. ¿Qué es esto?
Creo
que tuve que morderme la lengua cuando la mano de aquel hombre agarró aquello.
Era como si me hubiesen dado un puñetazo en el estómago. Dije, con la garganta
contraída: ―¡No toque eso!
―¿Qué
demo...? ―barbotó.
Era
como un clavo hurgando en un nervio. Empezó a desenrollar la tela.
―Armas
de contrabando, ¿eh? ¡Diablos, si es una espada!
Yo
no podía respirar. Los cristales azules de la empuñadura me hacían guiños, y
aquella mano empuñándola era una agonía intolerable.
―Es...
una herencia de familia.
Me
miró de una manera extraña.
―Bueno,
no le estoy haciendo nada. Únicamente quería asegurarme de que no era un
desintegrador de contrabando o algo por el estilo.
Volvió
a enrollar los pliegues de seda y recobré la respiración. Levantó la botella
medio vacía del caro tónico de Vainwal y la midió con los ojos.
―Cerca
de siete ozas. Firme una declaración diciendo que lleva eso para su consumo
personal y no para la reventa, y no tendrá que pagar derechos.
Firmé.
Volvió a poner el candado en la caja y, con pasos vacilantes, me alejé de la
barrera de aduanas.
Un
obstáculo vencido. Y esta vez me las había arreglado para salir con vida.
Me
reuní con Marius y llamé a un coche aéreo.
CAPÍTULO
II
El
hotel "Sky Harbor" era llamativo y caro, y el sitio no me gustaba
mucho; pero no era probable que tropezase allí con otro Comyn, y eso era lo
principal. Así pues, nos subieron a dos de los cubículos cuadrados que los
terráqueos llaman habitaciones.
Me
había acostumbrado a ellas en Tierra y Vainwal, y no me molestaban. Pero en
cuanto cerré las puertas, me volví hacia Marius con repentina angustia:
―¡Por
los cielos de Zandru, se me había olvidado! ¿Te molesta esto?
Yo
sabía hasta qué punto las puertas y las paredes y las cerraduras podían afectar
a un darkoviano. Yo mismo habla experimentado aquella terrible y sofocante
claustrofobia durante mis primeros años en la Tierra. Es algo que diferencia
más que nada a los darkovianos de los terráqueos; las paredes darkovianas son
paredes transparentes, divididas por delgados paneles o cortinas o por sólidas
barreras de luz.
Pero
Marius parecía hallarse completamente a sus anchas, curioseando ociosamente en
torno de un mueble tan moderno, que yo no podía decir si era una cama o una
silla. Me encogí de hombros; yo había aprendido a tolerar la claustrofobia,
probablemente él había aprendido también.
Me
bañé, me afeité y me despojé cuidadosamente de la mayor parte de la
indumentaria terráquea que había llevado puesta en la astronave. Eran prendas
cómodas, pero no podía presentarme en el Consejo Comyn vestido con ellas. Me
coloqué unos pantalones breeches de piel de Suecia, unas botas de tobillo bajo,
y me anudé diestramente el justillo carmesí, haciendo un despliegue un poco
extraordinario de mi habilidad de manco, porque todavía me sentía muy orgulloso
de aquello. La capa corta con los colores de los Altons ocultaba la mano que no
existía. Sentí como si me hubiese cambiado de piel.
Marius
no hacía más que rondar incansablemente por la habitación. Todavía no se
mostraba del todo familiar. Yo reconocía vagamente su voz y sus modales, pero
no existía aquel sentimiento de compenetración usual entre los telépatas en una
familia Comyn. Me pregunté si él se daría cuenta también de aquello. Tal vez
era el efecto de las drogas.
Me
tendí, cerré los ojos y traté de adormilarme, pero incluso la quietud me
desazonaba; después de ocho días en el espacio, el mareo de los impulsos deja
un malestar constante bajo los velos del somnífero. Finalmente, me incorpore y
traje hacia mí mi pequeño equipaje.
―¿Quieres
hacerme un favor, Marius?
―Desde
luego.
―Todavía
estoy embotado, no puedo concentrarme. ¿Puedes abrir una cerradura matriz?
―Si
es una cerradura simple, sí.
Lo
era; ninguna persona no telépata habría podido acomodar su mente al simple
modelo de radiación psicokinética exhalado por los cristales matrices que
mantenían cerrada la cerradura.
―Es
simple, pero está conectada conmigo. Tócame la mente y te la cederé.
La
petición no tenía nada de extraordinario dentro de una familia de telépatas.
Pero el muchacho se quedó mirándome fijamente con una expresión parecida al
pánico. Devolví la mirada, estupefacto, y luego me distendí y esbocé una mueca.
Después de todo, Marius apenas me conocía. Era un chiquillo cuando yo me
marché, y suponía que para él era lo más parecido posible a un completo
desconocido.
―Bueno,
está bien. Cierra y yo te contaré.
Hice
un ligero contacto telepático con la superficie de sus pensamientos,
visualizando el modelo de la cerradura matriz. Su mente estaba tan por completo
bloqueada, que él podría haber sido un extraño, incluso un no telépata. Aquello
me embarazaba; me sentía desnudo e intruso.
Después
de todo, yo no estaba seguro de que Marius fuese telépata. Los niños no
muestran ese talento con cierta extensión antes de la adolescencia, y él era un
niño cuando yo me marché. En todo lo demás, había heredado los rasgos
terráqueos, ¿por qué había de tener este único talento darkoviano?
Dejó
la caja, abierta, sobre la cama. Saqué una cajita cuadrada y se la alargué.
―No
es que sea un gran regalo ―dije―, pero por lo menos me acordé.
Abrió
la cajita con vacilación y miró los anteojos diminutos y extraños que estaban
allí dentro. Pero los manejó con una turbación curiosa y luego los volvió a
colocar en la caja sin hacer ningún comentario. Me sentí un poco molesto. No es
que yo esperase una gratitud especial, pero, por lo menos, podía haberme dado
las gracias. Tampoco me había preguntado por nuestro padre.
―Los
terráqueos no pueden ser derrotados en cosas de cristales ―dijo al cabo de un
minuto.
―Saben
pulir lentes. Y construir astronaves. En mi opinión, es todo lo que saben
hacer.
―Y
pelear guerras ―dijo él, pero no recogí aquello.
―Voy
a mostrarte también la cámara. Pero no te diré lo que tuve que pagar por ella;
creerías que me había vuelto loco.
Revolví
entre las cajas, y Marius se sentó a mi lado, mirando las cosas y haciendo
desconfiadas preguntas. Indudablemente, estaba interesado, pero, por la razón
que fuera, parecía tratar de disimularlo ¿Por qué?
Por
último, extraje la larga forma de la espada. Y en cuanto la toqué sentí la
conocida mezcla de repugnancia y placer... Todo el tiempo que yo había estado
lejos de Darkover, ella había estado muerta. Durmiente. Oculta entre la hoja y
la empuñadura de la espada hereditaria, la proximidad de la fuerte matriz me
hacía temblar. Para el mundo exterior, era un cristal inerte. Ahora estaba
vivo, con un calor extraño y viviente.
La
mayoría de las matrices son inofensivas. Pedazos de metal, o de cristal, o de
piedra, que responden a las longitudes piscoquinéticas de onda del pensamiento,
transformándolas en energía. En la mecánica ordinaria de las matrices ―y, a
pesar de lo que los terráqueos piensan, la mecánica de las matrices es una
ciencia como otra cualquiera y que cualquiera puede aprender― esta capacidad
psicoquinética se desarrolla independientemente de la telepatía. Aunque los
telépatas se desenvuelven mejor en esto, especialmente en los niveles
superiores.
Pero
la matriz Sharra estaba empotrada en los centros telepáticos y en todo el
sistema nervioso; del cerebro y del cuerpo.
Era
de manejo peligroso. Matrices de este tipo se escondían tradicionalmente en un
arma de tal o cual clase. La matriz Sharra era el arma más temible que se
hubiera inventado nunca. Era razonable ocultarla en una espada. Una bomba de
litio habría sido mejor. Preferiblemente, una que estallase y destruyese matriz
y lodo... y a mí inclusive.
Marius
estaba mirándome con una cara descompuesta y contraída por el horror. Estaba
temblando.
―¡La
matriz de Sharra! ―susurró con labios tensos―. ¿Por qué, Lew? ¿Por qué?
Me
volví hacia él y pregunté roncamente:
―¿Cómo
sabes...?
A él
nunca se lo habían dicho. Nuestro padre se había mostrado conforme en que no se
le comunicara nada. Me puse en pie, lleno ya de sospechas, pero antes de que
pudiese completar la pregunta, me interrumpió un zumbido del intercomunicador.
Marius se me adelantó a cogerlo; escuchó, luego apartó el auricular y dejó el
sitio libre para mí.
―Es
oficial, Lew ―dijo en voz baja.
―Departamento
tres ―dijo una voz seca y aburrida, cuando me identifiqué.
―¡Zandru!
―farfullé―. ¿Ya No, perdone, siga.
―Notificación
oficial ―dijo la voz aburrida―. En este departamento ha sido rellenada una
declaración de intención de matar, en lucha leal, contra Lewis
Alton-Kennard-Montray-Alton. El aspirante a Romicida se identifica como Robert
Raymon Kandarin, dirección no registrada. La notificación ha sido hecha
legalmente; haga usted el favor de aceptar la comunicación y acusar recibo o
exponer una razón legalmente aceptable para la negativa.
Tragué
saliva.
―Acuso
recibo ―dije por fin, y solté el auricular, sudando.
El
muchacho se acercó y se sentó a mi lado.
―¿Qué
pasa, Lew?
Me
dolía la cabeza y me la froté con mi mano buena.
―Acabo
de recibir una comunicación de intención de matar.
―¡Demonios!
―dijo Marius―, ¿ya? ¿De quién?
―De
nadie que tú conozcas.
Me
escocía la cicatriz. Kandarin, jefe de los rebeldes de Sharra; en otros tiempos
mi amigo, ahora mi implacable enemigo jurado. No había perdido tiempo en
invitarme a reanudar nuestra vieja pelea. Me pregunté si sabría él siquiera que
yo había perdido una mano. Tardíamente, se me ocurrió ―como si fuese algo que
le ocurriera a otra persona― que ésta habría sido una razón legalmente
admisible para negarme a aceptar. Traté de tranquilizar al asombrado muchacho.
―Tómalo
con calma, Marius. No le tengo miedo a Kadarin en una lucha leal. Nunca destacó
mucho en el manejo de la espada. El...
―¡Kandarin!
―balbuceó―. Pero... pero... Bob prometió...
―¡Bob!
―Mis deseos atraparon bruscamente su brazo―. ¿Cómo es que tú conoces a
Kandarin?
―Tengo
que explicarte, Lew. Yo no soy...
―Tendrás
que explicarme un montón de cosas, hermano ―dije secamente.
Y
entonces alguien empezó a golpear insistentemente en la puerta.
―¡No
abras! ―dijo Marius angustiado.
Pero
crucé la habitación y descorrí el cerrojo, y Dio Ridenow entró.
Desde
que la vi en el cosmodromo, se había cambiado de indumentaria y se había puesto
un traje de montar de hombre, un poco grande para ella, y parecía un niño
pendenciero. Se detuvo, después de haber dado uno o dos pasos, y se quedó
mirando fijamente al muchacho que estaba detrás de mí.
―¿Qué...?
―Ya
conoces a mi hermano ―dije con impaciencia.
Pero
Dio continuó helada.
―¿Tu
hermano? ―jadeó por fin―. ¿Estás loco? Este es tan Marius como pueda serlo yo.
―La miré incrédulamente y Dio dió una patada en el suelo mostrando su enojo―.
¡Sus ojos! ¡Lew, so idiota, mírale a los ojos!
Mi
supuesto hermano me dio un rápido empellón haciéndome perder el equilibrio.
Arrojó todo su peso contra mí. Dio retrocedió y yo caí sobre una rodilla,
luchando por sostenerme. Ojos. Marius ―ahora me acordaba― tenía los ojos de
nuestra madre terráquea. Castaños obscuros. Ningún darkoviano tenía ojos
castaños o negros. Y éste... este impostor que no era Marius me miraba con ojos
de un desconocido, ojos ambarinos con motitas doradas. Sólo dos veces había
visto yo ojos como aquellos. Marjorie. Y...
―¡Rafe
Scott!
¡El
hermano de Marjorie! No era de extrañar que me hubiese conocido, no era de
extrañar que yo hubiese percibido su presencia como la de un ser familiar.
¡También a él lo recordaba solamente como niñito!
Trató
de echarme a un lado; me agarré a él y rodamos por el suelo, luchando, en un
forcejeo capaz de romper los huesos de cualquiera.
―¿Dónde
está mi hermano? ―grité. Le tenía echada una llave con mis piernas y
permanecíamos pegados al suelo.
El
nunca dijo que fuese Marius, me relampagueó en la mente en una fracción de
segundo. Se limitó a no negarlo cuando lo pensé... Le puse una rodilla en el
pecho y lo mantuve sujeto.
―¿Qué
te trae entre manos, Rafe? ¡Habla! ―¡Déjame levantarme, maldito sea! ¡Te lo
explicaré!
Yo
no había sentido ninguna duda. ¡Con qué inteligencia había descubierto él que
yo estaba desarmado! Pero yo debía haberme dado cuenta. Debía haber confiado en
mi instinto; él no sentía como mi hermano. No había preguntado por nuestro
padre. Se había mostrado turbado porque le traje un regalo. Dio dijo:
―Lew,
tal vez... ―pero antes de que yo pudiese contestar, Rafe hizo un movimiento
inesperado y me tiró de espaldas. Antes de que pudiera recobrarme, empujó a Dio
a un lado sin miramientos, y la puerta dio un golpetazo tras él.
Me
levanté, respirando con dificultad, y Dio se acercó.
―¿Estás
herido? ¿No vas a tratar de atramparlo?
―No,
a ambas preguntas.
Mientras
yo no descubriese por qué Rafe había intentado esta torpe y atrevida impostura,
no tendría objeto localizarlo. Y, por otra parte, ¿dónde estaba Marius?
―La
situación ―comentó, no forzosamente para Dio ―se hace más enrevesada por
momentos. ¿Qué tienes tú que ver con todo esto?
Se
sentó en la cama y me miró con ojos brillantes.
―¿Qué
crees tú?
Por primera
vez, lamenté no poderle leer la mente. Había una razón para que yo no
pudiera... pero no voy a ocuparme de eso ahora.
Lo
cierto es que Dio significaba jaleo, lo era ella misma con su bonita, pequeña y
rubia apariencia. Yo estaba aquí en Darkover; tendría que permanecer por lo
menos algún tiempo.
Los
códigos sociales de Vainwal ―donde Dio, bajo la floja protección de su hermano
Lerrys, había pasado las dos últimas temporadas― eran bastante menos rígidos
que los estrictos códigos de la sociedad darkoviana. Su hermano había tenido el
buen sentido de no inmiscuirse.
Pero
aquí en Darkover, Dio era comynara y ejercía derechos laran en las vastas
propiedades Ridenow. Y, ¿qué era yo? Un mestiza de los odiados terráqueos;
cualesquiera relaciones con Dio harían que se me echasen encima todos los
Ridenows, y había un montón de ellos.
Le
estaría agradecido a Dio toda mi vida. Cuando Marjorie me fue arrebatada, en el
horror de aquella última noche en que Sharra devastó las colinas al otro lado
del río, fue como si cortasen algo de mí. No limpiamente como mi mano, sino con
podredumbre y pus en el interior. No había habido ninguna otra mujer, ningún
otro amor, nada sino un vacío horror negro hasta que llegó Dio. Ella había
penetrado inconscientemente dentro de mi alma como una criatura bella,
apasionada y pura en sus intenciones, había penetrado sin vacilar dentro de
aquel abismo, y, de la forma que fuera, después de aquello, yo había quedado
purificado.
¿Amor?
No, tal como yo entendía la palabra. Pero sí abnegación y confianza absoluta.
Había confiado en ella entregándole mi reputación mi fortuna, mi salud, mi
vida.
Pero
confié en sus hermanos más de la cuenta como pude ver en la "Cruz del
Sur". Y no podía pelear con ellos, aún no podía. Traté de aclararle esto a
Dio sin herir sus sentimientos, pero no era fácil. Estaba sentada en actitud
hosca y balanceando sus pies mientras yo caminaba de arriba abajo como un
animal enjaulado. Sólo el tenerla en mis habitaciones podía ser peligroso, si
su familia llegaba a enterarse, por muy inocente que ello fuera. Y yo sabía que
si estábamos mucho tiempo juntos no sería tan inocente. El murmullo de Dio
"comprendo" me enfadó porque comprendí que realmente ella no había
entendido nada.
Su
mirada inquieta cayó sobre la envoltura de la espada que estaba al otro lado de
la cama. Frunció el ceño y la cogió.
No
fue dolor exactamente, sino una gran tensión la que se apoderó de mí, un
sobresalto que me crispaba los nervios. Grité sin pronunciar palabras y Dio la
soltó como si se quemara, mirándome boquiabierta.
―¿Qué
pasa?
―No
puedo explicártelo. ―Me quedé mirando el objeto un largo rato―. Antes que nada,
tendré que hacer que su manejo resulte inofensivo. Para el que la maneje y para
mí.
Rebusqué
en mi equipaje hasta localizar mi equipo de técnico en matrices. Sólo tenía una
pequeña cantidad de tela aislante especial, pero ahora que estaba de vuelta en
Darkover podría conseguir que me fabricaran más. Enrollé la tela sobre la
juntura de la empuñadura y la hoja hasta que no pude percibir ya el calor y el
latido de la matriz; fruncí el ceño y la aparté. Ni siquiera estaba seguro de
si las defensas ordinarias funcionarían con aquella matriz.
Se
la alargué a Dio. Ella se mordió los labios, pero la tomó. Dolía, pero de una
manera soportable; una pequeña tensión de hormigueo, nada más. Aquello podía ya
resistirlo.
―¿
Cómo se te ocurrió dejar sin aislamiento una matriz de alto nivel? ―preguntó
Dio.―. Y ¿por qué te dejaste enclavijar en ella de esa manera?
Era
una pregunta muy oportuna, especialmente en su última parte. Pero fingí
ignorarla.
―No
me atreví a pasarla por las aduanas con aislamiento ―dije concisamente―. Los
terráqueos saben ahora muy bien qué es lo que tienen que buscar. Mientras que
siendo meramente una espada, ninguno la mira dos veces.
―Lew,
no comprendo ―dijo ella sin saber qué hacer.
―Ni
lo intentes tampoco, querida ―dije―. Cuanto menos sepas, mejor para ti. Esto no
es Vainwal y yo no soy el mismo hombre que conociste allí.
Su
blanda boca estaba temblando. Presentí que un minuto más tarde tendría yo entre
mis brazos aquel cuerpo... pero, en aquel momento, alguien volvió a llamar en
la puerta.
¡Y
eso que yo había creído que iba a encontrar tranquilidad en aquel hotel!
Me
aparté de Dio.
―Probablemente,
serán tus hermanos ―dije con amargura― y lanzarán contra mí otra tentativa de
homicidio.
Me
dirigí a la puerta. Ella me cogió por el brazo.
―Espera
―dijo precipitadamente―. Toma esto.
Me
quedé mirando sin comprender el objeto que ella me alargaba. Era una pistolita
de propulsión; una de las armas terráqueas de increíble efecto, en proporción a
su tamaño y sencillez. Retiré la mano, negándome,, pero Dio me metió el arma en
el bolsillo.
―No
tienes por qué usarla ―dijo―, sino únicamente llevarla encima. Por favor,
Lew...
Se
repitió la llamada a la puerta, pero Dio me sujetó, diciéndome de nuevo
"por favor", hasta que, por fin, impacientemente, asentí. Fui y abrí
la puerta un poco, dejándola abierta de forma que, quienquiera que fuese, no
pudiera ver a la muchacha.
El
muchacho que estaba a la puerta era fornido y moreno, de pesados rasgos
sombríos y regocijados ojos obscuros. Dijo:
―¿Qué
hay, Lew?
Y
entonces la presencia de él se me hizo tangible. No puedo explicar exactamente
cómo, pero lo supe. Inmediatamente parecía increíble que Rafe pudiera haberme
engañado un solo minuto. Aquello era la prueba de que yo había estado operando
con la capacidad muy disminuida desde que desembarqué. Dije roncamente
"Marius" y lo dejé pasar.
El
no dijo mucho, pero su torpe estrechamiento de mi mano fue intenso y fuerte.
―Lew,
¿padre?
―En
Vainwal ―dije―. Hay una ley que prohibe transportar los cadáveres por el
espacio.
El
tragó saliva y agachó la cabeza.
―Bajo
un sol que nunca he visto ―susurró.
Le
pasé mi brazo bueno alrededor del cuello, y al cabo de un minuto dijo
sombríamente:
―Por
lo menos, tú estás aquí. Has venido. Ellos me decían que no vendrías.
Conmovido,
un poco avergonzado, lo dejé en su creencia. Había sido necesaria una orden
para obligarme a regresar, y ahora no me sentía orgulloso de aquello. Miré en
torno,, pero Dio había desaparecido. Evidentemente, se había escabullido de la
habitación por la otra puerta. Me sentí aliviado; aquello ahorraba
explicaciones.
Pero
en cierto modo también me fastidiaba. Demasiada gente estaba apareciendo y
desapareciendo. Toda gente a la que yo no buscaba y por razones confusas. Dyan
Ardáis, explorándome la mente en la astronave. La muchacha del cosmodromo que
se parecía a Linnell y no lo era. Rafe, haciéndose pasar por mi hermano cuando
no lo era. Dio, apareciendo sin motivo para desaparecer luego. ¡Y ahora el
mismo Marius! ¿Coincidencia? Tal vez, pero una coincidencia muy chocante.
―¿Estás
preparado para salir? ―preguntó Marius―. Yo lo tengo ya arreglado todo, a menos
que, por la razón que sea, desees quedarte aquí.
―Tengo
que sacar mi certificado de matrices en la Legación ―dije―. Luego, nos iremos.
Cuanto
antes me alejara de allí, mejor, o medio Darkover se me echaría encima para
gastarme bromas.
―Lew
―preguntó Marius bruscamente―, ¿tienes un arma?
La
pregunta, igual que la de Rafe, me arañó. Precisamente yo estaba reajustando
mis pensamientos, sacando de ellos el engaño Marius-Rafe y poniendo a mi
hermano en el sitio que le correspondía. Dije concisamente.
―Sí.
―No insistí en aquello―. ¿Vendrás a la Legación conmigo?
―Atravesaré
contigo la ciudad. ―Miró la habitación cerrada y se estremeció―. No podría
permanecer aquí en esta trampa. No irías a dormir aquí esta noche, ¿verdad?
La
Ciudad Comercial había crecido durante mi ausencia; era mayor de como yo la
recordaba, más sucia y más populosa. Ahora parecía más natural llamarla la
Ciudad Comercial que emplear su nombre darkoviano de Thendara. Marius caminaba
a mi lado silencioso. Por fin preguntó:
―Lew,
¿cómo es Tierra?
Era
lógico que preguntase aquello. Tierra, el hogar de los antepasados desconocidos
a los que él se parecía tanto. Yo había tenido el sentimiento de mi sangre
terráquea. ¿Lo tenía él también?
―Se
necesitaría toda una vida para conocer a Tierra. Estuve allí solamente tres
años. Aprendí muchas cosas científicas y algo de matemáticas. Sus escuelas
técnicas son buenas. Había demasiada maquinaria, demasiado ruido. Yo vivía en
las montañas; tratar de vivir al nivel del mar me ponía enfermo.
―¿No
te gustaba aquello?
―No
tenía de qué quejarme. Incluso me adaptaron una mano mecánica. ―Mi cara tenía
una expresión sardónica―. Aquí está la Legación.
Marius
dijo:
―Seria
mejor que me dieses esa arma. ― Luego, se quedó mirándome consternado cuando me
volví hacia él―. ¿Qué pasa, Lew?
―Está
pensando algo muy gracioso ―dije―, y no hago más que sospechar de la gente que
quiere verme desarmado. Incluso de tú ¿Conoces a un hombre llamado Robert
Kadarin?
Cuando
Marius se quedaba inexpresivo, aquel rostro moreno podía ser una obra maestra
de obscuridad, tan poco revelador como una tarta.
―Creo
que he oído alguna vez ese nombre. ¿Por qué?
―Ha
rellenado una tentativa de homicidio contra mí ―dije, y saqué la pistola del
bolsillo―. No voy a hacer uso de esto. No contra él. Pero voy a llevarla
encima.
―Sería
mejor que me la dejases ―empezó a decir Marius, pero se detuvo y se encogió de
hombros―. Ya veo. Olvida lo que te he pedido.
Subí
con el ascensor al edificio del Cuartel General, pasé los barracones de la
fuerza espacial, las oficinas del censo, los vastos pisos de máquinas,
archivos, tráfico, todos los asuntos del Imperio. Caminé por los corredores del
piso superior hasta una puerta que decía: Dan Lawton. Legado de Asuntos
Darkovianos.
Conocí
a Lawton poco antes de que yo abandonase Darkover. Su historia era un poco como
la mía: un padre terráqueo, una madre del Comyn. Estábamos lejanamente
emparentados; nunca se me había ocurrido pensar pensar cómo. Era un pelirrojo
alto y fornido que parecía darkoviano y podría haber reclamado un puesto en el
Consejo Comyn si hubiese querido. El no había querido. Había elegido el Imperio
y era uno de los enlaces de alta categoría entre terráqueos y darkovianos.
Ningún hombre que viva conforme a los códigos de la Tierra puede ser honesto;
pero él, a pesar de todo, era casi honesto.
Nos
estrechamos las manos a la manera terráquea ―una costumbre que yo odiaba― y me
rehuía mi mirada, a pesar de que no hay muchas personas que puedan o se
complazcan en mirar fijamente a un telépata a los ojos...
Señaló
la ficha de plástico que estaba al otro lado de la mesa.
―Mira,
no es que me hiciera falta esto; únicamente necesitaba una buena excusa para
hablar contigo, Alton.
Me
guardé en el bolsillo el certificado, pero no contesté. El continuó:
―He
oído decir que has estado en Tierra. ¿Te gusta?
―El
planeta sí. La gente, sin que con esto quiera ofender a nadie, no.
El
se echó a reír.
―No
hace falta que te disculpes. También yo me di el bote. Sólo las calamidades se
quedan allí. Cualquier persona con iniciativa e inteligencia sale al exterior
del Imperio. Alton, ¿por qué no has solicitado nunca la ciudadanía imperial? Tu
madre era terráquea; con eso podrías ganarlo todo sin perder nada.
―¿Por
qué tú no has aceptado nunca un asiento junto a los Hasturs? ―repliqué.
El
asintió.
―Ya
comprendo.
―Lawton,
no es que yo combata a Tierra. No me gusta mucho tener el imperio aquí, pero da
la casualidad de que Darkover no lucha por ciudades, naciones ni planetas. Si
un terráqueo fuese enemigo mío, yo rellenaría una tentativa de homicidio y lo
mataría. Si una docena de ellos quemasen mi casa o robasen mis animales de
labor, reuniría a mis com'ii y los mataríamos. Pero me es imposible sentir nada
respecto a unos cuantos miles de individuos que no me han hecho nada bueno ni
malo, simplemente porque están aquí. Eso no va con nosotros. Nosotros odiamos
por unidades, no por millones.
―Puedo
admirar esa psicología, pero lo cierto es que os coloca en desventaja frente al
Imperio ―dijo Lawton, y suspiró―. Bueno, no te entretendré más a menos que haya
algo que pueda hacer por ti.
―Puede
que lo haya. ¿Conoces a un hombre que usa el nombre de Kadarin?
La
reacción fue inmediata.
―¡No
vayas a decirme que está en Thendara!
―¿Lo
conoces?
―Preferiría
no conocerlo. No, no lo conozco personalmente, en realidad nunca le he puesto
los ojos encima. Pero está intrigando por todas partes. Reclama la ciudadanía
darkoviana cuando está en la zona terráquea y, de un manera u otra, se las
arregla para demostrarlo; y tengo entendido que aspira también a ser terráqueo
y a demostrarlo.
―¿Y
qué pasa?
―Pasa
que no podemos negarle sus Trece Días.
Solté
una risita. Antes de esto yo había visto a los terráqueos en Darkover
desconcertados por la aparentemente ilógica lucha libre de los Trece Días. Un
exilado, un forajido, incluso un asesino, tenían un derecho inalienable, que
databa de tiempos inmemoriales, a pasar un día en Thendara, trece veces al año,
con el propósito de ejercitar sus derechos legales. Durante ese tiempo, con tal
de que no cometa ninguna ofensa flagrante, goza de una absoluta inmunidad
legal.
―Si
permaneciera un segundo más de su límite, le echaríamos mano. Pero se muestra
muy cuidadoso. Ni siquiera podemos detenerlo por escupir en la acera. El único
sitio al que va es al orfelinato de los hombres del espacio. Después de lo
cual, parece como si se disolviera en el aire.
―Bueno,
te verás libre pronto de él ―dije―. No me persigas cuando yo lo mate. Ha
rellenado un formulario de tentativa de homicidio contra mí.
―Si
yo estuviese seguro de que no va a pasar al revés ―sonrió Lawton mientras yo me
ponía en pie.
Pero
cuando cruzaba el umbral, me mandó volver bruscamente. La afabilidad había
desaparecido; avanzaba hacia mí lleno de cólera.
―Llevas
encima contrabando. ¡Entrégalo inmediatamente!
Le
alargué la pistola. Como es lógico, debía de existir allí una pantalla
clarificadora. Lawton hizo saltar los cargadores; luego se quedó mirando el arma
con fijeza, frunció el ceño y me la devolvió.
―Toma,
llévatela. No había caído en la cuenta. ―Me la arrojó, impacientemente―. Vamos,
llévatela. Pero sal de aquí antes de que te coja otra persona. Y devuélvela. Si
necesitas un permiso, trataré de conseguírtelo. Pero no vayas de un lado a otro
transportando contrabando.
Me
puso la pistola en la mano y prácticamente me arrojó fuera de la oficina.
Desconcertado, di vueltas al arma mientras me encaminaba al ascensor. Entonces,
mi mirada cayó sobre una pequeña plaquita en la que se leía: Rafael Scott.
Y
súbitamente comprendí que no iba a pedirles ni a Dio ni a Marius que me diesen
una explicación.
CAPÍTULO
III
¡Muy
bien, señores míos! ¡Haré lo que queráis!
La
voz de la mujer me detuvo, frío, cuando yo apartaba las cortinas y entraba en
el sector de los Altons en el vestíbulo del Consejo del Comyn.
Habíamos
ido tarde a la Ciudad Comercial; tan tarde, que no había habido tiempo de
avisar al Viejo Hastur, ni siquiera de comunicarle mi presencia a Linnell
quien, como ni más próxima parienta, y hermana de leche, debería haber sido
informada inmediatamente. Marius, que nunca había sido aceptado en el Consejo
Comyn, se había separado de mí en el vestíbulo del consejo y había ido a ocupar
su sitio en la sala más inferior entre los nobles menores y los hijos más
jóvenes. Yo había subido las escaleras hasta la larga galería, intentando
deslizarme silenciosamente entre las cortinas para entrar en el sector
reservado para los Altons de la jerarquía Comyn.
Me
quedé de pie, sorprendido: pues la que estaba hablando era Callina Aillard.
Yo
la había conocido toda mi vida, desde luego. Era también prima mía; hermanastra
de Linnell. Pero cuando la vi por última vez, hacía seis años ―extraje la
imagen de mi memoria― ella era una muchacha tranquila, incolora. Ahora vi que
era una mujer, y bella.
Estaba
de pie, la cabeza echada hacia atrás, ante el Alto Asiento; una mujer débil con
hermosos y delicados rasgos, vestida de negro. En su larga cabellera había
gemas prendidas; cadenas de oro en torno de su fino cuello y una cadena dorada
ciñéndole la cintura, le daban en parte la apariencia de una prisionera,
cargada de cadenas y todavía desafiante. Su voz resonó de nuevo, clara y
colérica:
―¿Cuándo,
antes de ahora, ha estado una Guardiana sujeta a los caprichos del Consejo?
¡De
modo que esto era!
Marius
no me había dicho que había una nueva Guardiana en el Consejo Comyn; y yo no
había pensado en preguntárselo.
En
realidad, él no me había dicho mucho. Miré ahora hacia abajo, deslizándome en
mi asiento, a la Sala del Consejo del Comyn.
Era
una alta sala abovedada llena de sombras y de luz del sol. En la sala inferior,
los nobles menores estaban alineados; a lo largo de los palcos o de las
galerías, estaban los Comyns, cada familia en su propio sector, dispuestos en
semicírculo. En el centro, en el Alto Asiento, el viejo Dantan de Hastur,
Regente del Comyn, estaba en pie; tras él, en las sombras, había un joven a
quien yo no podía ver claramente. Junto a él, reconocí al joven Derik Elhalyn,
Señor del Comyn, que gobernaba bajo la regencia de Hastur hasta que alcanzara
la mayoría de edad al año siguiente. Derik, arrellanado en una silla, parecía
aburrido.
Lancé
una rápida mirada en torno. Dyan Ardáis miró hacia arriba, con una mueca
enigmática, como si hubiera captado mi presencia. Tras él, Dio Ridenow estaba
sentada entre sus hermanos; vi a mi prima Linnell, pero desde donde estaba
sentada yo sabía que ella no podía verme.
Pero
mis ojos se volvieron de nuevo a Callina. ¡Una Guardiana!
Durante
años no había habido una Guardiana en el Consejo Comyn. La Vieja Ashara se
había mantenido en su torre durante toda mi vida, durante la vida de mi padre.
Debía de ser increíblemente vieja ahora. En mi niñez, por un corto tiempo,
había habido una frágil muchacha de cabellos llameantes, velada como un altar
revestido, ante la que incluso los Hasturs mostraban reverencia. Pero cuando yo
era todavía un niño, ella había muerto o entrado en reclusión, y desde aquel
día ninguna muchacha joven había sido iniciada en los secretos de las pantallas
maestras. Unos cuantos subguardianes y mecánicos de matrices ―yo era uno,
cuando me preocupaba de ocupar mi puesto entre ellos― manteníamos en
funcionamiento los reíais. Costaba trabajo admitir que mi prima Callina era la
Guardiana... la que mantenía en sus frágiles manos todo el increíble poder de
Ashara.
Pero
yo conocía su valor. El pensamiento sacaba a colación penosos recuerdos. Y yo
no quería acordarme de cuándo y cómo había visto a Callina la última vez...
El
viejo Hastur habló secamente:
―Señora
mía, los tiempos han cambiado. En estos días...
―En
estos días han cambiado realmente ―dijo ella, echando la cabeza hacia atrás con
un ligero tintineo argentino de joyas― puesto que tenemos esclavitud en
Darkover y una Guardiana puede ser vendida como una cesta en el mercado. ¡No!,
oídme bien! ¡Os digo que es preferible entregar ahora mismo todos nuestros
secretos a los odiados terráqueos antes que aliarnos con los renegados de
Aldaran!
Se
pusieron a buscar sus ojos y, bruscamente, se encontraron con los míos en las
sombras, y, de pronto, ella levantó el brazo y apuntó hacia mí con un dedo
delgado. Exclamó:
―¡Y
ahí está sentado uno que puede demostrar lo que digo!
Pero
yo ya estaba en pie. ¿Aliarnos con Aldaran? Oí que mi propia voz se desataba:
―¡Condenados,
increíbles locos!
Un
súbito silencio fue seguido por un brusco rebullir, por un murmullo de voces y
un fiero rezongar; y, con abatimiento, comprendí lo que había hecho. Me había
inmiscuido en un asunto del que realmente no sabía nada. Pero me bastaba con el
nombre de Aldaran.
Miré
rectamente al Viejo Hastur y en actitud de desafío.
―¿Os
he oído decir "alianza con Aldaran"? ¿Con ese clan renegado, cuyo
nombre apesta en todo Darkover? ¿Los hombres que vendieron nuestro mundo a los
terráqueos?
La
voz se me quebraba como la de un niño.
Al
lado de Hastur, el joven Derik Elhalyn se puso en pie. Le hizo una seña a
Hastur y habló con naturalidad:
―Lew,
te estás olvidando de ti mismo.
Luego,
inclinándose hacia adelante, de forma que la luz del sol le aureolaba el
cabello de un rubio rojizo, habló a todo el Consejo con una sonrisa
encantadora.
―¡Fijaos!
Vuelve a nosotros un Señor del Comyn, después de seis años de ausencia, y no
hacemos nada por darle la bienvenida sino que lo dejamos que se arrastre hasta
aquí como un ratón que entra en la ratonera. ¡Bienvenido a casa, Lew Alton!
Corté
la ronda de aplausos que él estaba tratando de provocar.
―No
os preocupéis de eso―dije―. Hastur, señor, y vos, príncipe mío, considerad
esto. Los hombres de Aldaran fueron en tiempos Comyn y tenían voz aquí en el
Consejo. ¿Por que fueron desterrados? Preguntáoslo a vosotros mismos. ¿O es que
la vieja vergüenza se ha convertido en un cuento de miedo para asustar a los
niños? ¿Quién proporcionó a los terráqueos una cabeza de puente en Darkover?
¿Es que nos hemos vuelto locos todos?
¿O
es que no le he oído a nadie decir: aliarnos con Aldaran?
Me
volví a un lado y a otro. Buscaba en los rostros en sombra cualquier signo de
comprensión.
―¿Es
que queremos que los terráqueos se pongan a nuestras puertas?
Luego,
desesperadamente, hice mi última apelación. Levanté el brazo que acababa en una
manga cogida con alfileres y noté que me temblaba la voz.
―¿Queremos
Sharra?
Hubo
un silencio breve y desagradable. Luego, todos empezaron a hablar a la vez. No
querían que se les mentase aquello. La voz de Dyan Ardáis se elevó, clara y
jovial, sobre las demás:
―Es
tu odio el que habla, Lew. No tu buen sentido. Amigos, creo que podemos
disculpar a Lew Alton por las palabras que ha pronunciado. Tiene sus razones
para sentir prejuicios. Pero aquellos días desaparecieron ya; debemos juzgar
según los hechos de hoy, no según los viejos agravios de ayer. Siéntate, Lew.
Has estado ausente mucho tiempo. Cuando sepas más de este asunto, es posible
que cambies de modo de pensar. Por lo menos, escucha nuestras razones.
Hubo
un murmullo general de aprobación. ¡Maldito! ¡Maldito siempre! Me senté
tembloroso. El había insinuado, no, lo había dicho claramente, que había que
compadecerme, que yo no era más que un lisiado poseído de un antiguo rencor, y
que volvía para encender de nuevo la vieja disputa donde la había dejado. Al
recoger hábilmente los sentimientos no expresados de los otros, él acababa de
proporcionarles un buen pretexto para no tomar en cuenta nada de lo que yo
dijera.
Pero
los Aldarans habían estado en el cogollo de la rebelión Sharra. ¿Es que ni
siquiera sabían eso?
¿O
es que no querían saberlo? La rebelión Sharra había sido solamente un símbolo,
un síntoma ―como todas las guerras civiles― de disturbios internos. Los
Aldarans no eran los únicos en Darkover que estaban encandilados por el Imperio
terráqueo. El Comyn se resistía, casi solo, contra la atracción magnética de
aquella federación que iba abarcando más y más sistemas estelares.
Y yo
era una fácil víctima propiciatoria para ambos bandos. Los conservadores del
Comyn desconfiaban de mí porque yo era semiterráqueo, y la fracción anticomyn
desconfiaba de mí, porque mi padre, Kennard Alton, había sido el más intrépido
caudillo del Comyn. Y ambos bandos tenían miedo de lo que yo sabía de Sharra.
En sus mentes yo era todavía parte de aquel terror que había inundado aja
comarca con terráqueos vestidos de cuero y empuñando desintegradores en lugar
de buenas espadas, y ensuciando la limpia noche con el humo de sus cohetes. No
habían olvidado ni perdonado nunca aquello. ¿Por qué habían de hacerlo?
―Nuestros
abuelos expulsaron a los Aldarans del Comyn ―dijo Lerrys Ridenow―, pero ya es
hora de que nosotros olvidemos sus tonterías supersticiosas.
Desde
las sombras que estaban detrás del viejo Hastur, habló una voz joven y
desconfiada.
―¿Por
qué no oír todo lo que tenga que decirnos Lew Alton? El comprende a los terráqueos,
porque ha vivido entre ellos. Y es de la parentela de Aldaran. ¿Hablaría contra
sus propios parientes, sin buenos motivos?
―Tratemos,
por lo menos, de esto en el Comyn ―dijo Callina, y, finalmente, Hastur asintió.
Pronunció
la fórmula, despidiendo a los curiosos; hubo algunos murmullos entre los
hombres que estaban en el vestíbulo inferior, pero gradualmente fueron
tranquilizándose, poniéndose en pie y marchándose en grupos de dos o tres.
Empezaba
a dolerme la cabeza, como me pasaba siempre en esta sala. Estaba llena, desde
luego, de amortiguadores telepáticos que interrumpían nuestra interferencia
mental: precaución necesaria siempre que se reunían miembros numerosos del
Comyn. Uno de los amortiguadores estaba colocado justamente encima de mi
cabeza. Según la ley, se suponía que se los colocaba al azar; pero de una
manera u otra siempre resultaba que estaban encima de los Altons.
Cada
familia del Comyn tenía su propio don particular o talento telepático; en los
Altons, era el superdesarrollado nervio telepático lo que podía obligar a
suministrar informes, sin querer, o podía paralizar las mentes de los hombres,
y los Comyn siempre habían estado un poco asustados de los Altons. Los dones
eran mayormente recesivos ahora, debido a la degeneración producida por
sucesivos matrimonios con no telépatas, pero la tradición subsistía, y los
Altons terminaban siempre por tener enfocado un amortiguador telepático. Las
continuas ondas arrítmicas ―medio sónicas, medio energéticas― eran una
molestia.
El
muchacho situado tras Hastur, que había hablado a mi favor, bajó por la larga
galería y se acercó a mí. Ya yo había sospechado quién era; el nieto del viejo
Regente, Regis Hastur. Al pasar junto a Callina Aillard, ella se levantó y,
para sorpresa mía, lo siguió.
―¿Qué
va a pasar ahora? ―pregunté.
―Espero
que nada.
Regis
me sonrió en forma amistosa. Era uno de aquellos tipos antiguos, que todavía
nacían de vez en cuando en viejas familias darkovianas, y tenían las más puras
características Comyn: piel blanca con el cabello rojo obscuro de la mayoría de
los Comyn, y ojos de una claridad incolora y casi metálica. Su contextura era
débil y, como Callina, tenía un aspecto frágil; pero era la perfecta fragilidad
flexible de una daga.
Dijo:
―Así,
pues, has estado en el espacio y has vuelto. ¡Bienvenido, Lew!
―Parece
que es una bienvenida en forma, ¿no? ―dije secamente―. ¿Qué es todo este jaleo
sobre Aldaran? Llegué unos minutos antes de que me señalara Callina.
Regis
movió la cabeza hacia los asientos vacíos que había en la sala inferior.
―Política
―dijo―. Quieren que los de Aldaran se sienten entre los Comyns.
Callina
interrumpió:
―Y
Beltran de Aldaran ha presentado una solicitud. Ha tenido la insolencia, la
condenada desvergüenza de querer entrar en el Comyn por casamiento. Por
casamiento conmigo ―exclamó blanca de furia.
Solté
un silbido de completo asombro. Aquello era descaro. Cierto que los extraños
podían casarse y entrar en el Consejo Comyn. El hombre que se casa con una
comynara adquiere todos los privilegios de su consorte. Pero las Guardianas,
esas mujeres instruidas para trabajar entre las cortinas maestras, están
obligadas por muy antiguas costumbres darkovianas a permanecer vírgenes
mientras conservan su alto cargo. El mero ofrecimiento era un insulto. Habría
significado normalmente una muerte sangrienta para el hombre capaz de
expresarlo. En Darkover, se habían reñido guerras por motivos mucho más
insignificantes que éste. ¡Y ahora estábamos discutiéndolo con toda calma en el
Consejo!
Regis
me dirigió una mirada irónica.
―Como
dice mi abuelo, los tiempos han cambiado. Los Comyns no tienen deseo alguno de
contar de nuevo en el Consejo con una Guardiana.
Pensé
en aquello. Treinta y cuatro años sin Ashara no podían hacer que el Consejo se
mostrase muy ansioso de colocarse nuevamente entre las manos de una mujer.
Mirando
todo el asunto objetivamente, la cosa tenía sentido. Como decía Hastur, los
tiempos habían cambiado. Nos gustase o no, era verdad que cambiaban. El cargo
de Guardiana había sido en tiempos una cosa arriesgada y sacra. Hubo una época,
o por lo menos así me lo dijo mi padre, en que toda la tecnología de Darkover
se había llevado a cabo mediante las pantallas matrices, manejadas por las
encadenadas mentes de las Guardianas. Toda la minería, incluso las dispersiones
nucleares, se habían realizado gracias a los anillos energéticos, eslabonados
cada uno de ellos mentalmente con una de tales jóvenes.
Pero
los cambios en la tecnología habían hecho eso innecesario. No había necesidad
alguna de que las Guardianas renunciasen a todo contacto humano y viviesen
detrás de muros, conservando sus poderes en reclusión. A la inversa, no había
necesidad de tratarlas con reverencia, de casi adorarlas.
Callina
sonrió torcidamente, conjeturando mis pensamientos.
―Eso
es verdad ―dijo ella―, y no me siento nada ávida de poder. Pero ―y sostuvo con
firmeza mi mirada― tú sabes por qué estoy contra esta alianza, Lew. No quiero
sacarlo a relucir en el Consejo, porque en realidad es asunto tuyo. No me gusta
hacerte esta pregunta, pero no tengo más remedio. ¿Vas a contarles todo lo de
Sharra y los Aldarans?
Me
incliné sobre su mano, incapaz de hablar.
Por
el deseo de conservar mi cordura, yo nunca trataba de pensar o de hablar sobre
lo que los Aldarans, y su horda de rebeldes, me habían hecho a mí... o a
Marjorie.
Pero
ahora debía hacerlo. Tenía contraída con Callina una deuda que nunca podría
pagar. En el final horroroso, cuando yo había huido con Marjorie, los dos
heridos, Marjorie muñéndose, había sido Callina la que nos había abierto la
Ciudad Secreta. Aquella noche, cuando las espadas de Darkover y los
desintegradores de los terráqueos nos habían perseguido por igual, Callina se
había atrevido a exponerse en la parte radiactiva de las antiguas astronaves, y
se había arriesgado a una muerte terrible para darle a Marjorie una simple
esperanza de vida. Había sido demasiado tarde para Marjorie, aunque yo no
podría olvidarme nunca de aquello.
Pero
simplemente al pensar que tendría que revivirlo todo ante el Consejo, sentí que
el sudor me corría a grandes gotas por la frente.
Regis
dijo con calma:
―Tú
eres la única esperanza que tenemos Lew. A ti podrían escucharte.
Tragué
saliva y dije por fin:
―Lo
intentaré.
―¿Qué
es lo que vas a intentar? ¿Permanecer sobrio el tiempo suficiente para recibir
la bienvenida de todos nosotros? ―Era Derik Elhalyn que se abría camino
alegremente entre Regis y Callina y me agarraba por los hombros―. Lew,
muchachote, no supe que estabas en Darkover hasta que te levantaste entre
nosotros como uno de esos juguetes que tu padre solía fabricarnos. Ya Dyan te
lo ha dicho, pero yo te lo repito: ¡Bienvenido a casa!
Retrocedió,
esperando que yo le devolviera el abrazo, pero entonces sus ojos cayeron en mi
manga vacía. Dijo, rápidamente, tratando de disimular la violencia del momento:
―Me
alegro de que hayas vuelto. Pasamos muy buenos ratos juntos...
Asentí,
turbado por su confusión, pero alegre por recuerdos más agradables.
―Y
espero que volvamos a pasarlos. ¿Siguen siendo los halcones de Elhalyn los más
hermosos de las montañas? ¿Todavía trepas a los acantilados para elegir tus
crías?
―Sí,
aunque ahora no me sobra mucho tiempo ―rió Derik―. ¿Te acuerdas de aquel día
que escalamos la cara Norte de Neversin, agarrándonos con dientes y uñas?
Una
vez más se quedó cortado, al recordar con demasiada claridad que por lo menos
yo no volvería a escalar nunca. Por mi parte, me preguntaba qué le sucedería al
Comyn cuando este alocado muchacho asumiera el cargo que le correspondía en
derecho. El viejo Hastur era un estadista y un diplomático. ¿Pero Derik? Por
una vez, me alegré por los amortiguadores telepáticos que impedían que los
demás pudiesen seguir mis pensamientos.
Derik
me empujó hacia el alto asiento, apoyando una mano en mi hombro. Dijo:
―Estaba
todo arreglado antes de que tu padre muriese, ¿recuerdas? Pero Linnell incluso
se ha negado a fijar fecha para el casamiento mientras tú no volvieses a casa.
Así, pues, tengo dos motivos para celebrar tu regreso.
Le
devolví su sonrisa afectuosa. Después de iodo, no me sentía completamente solo.
Tenía parientes, amigos. Aquel casamiento había estado en el aire desde que
Linnell dejó sus muñecas; no obstante, se seguía esperando mi consentimiento.
―Todavía
ni siquiera he visto a Linnell ―dije―. Aunque creí haberla visto.
Me
pregunté si Linnell sabría que tenía un doble en la zona terráquea. Me habría
gustado decírselo; eso la habría divertido.
Pero
ya Hastur estaba otra vez llamándonos al orden, y yo tomé asiento entre Regis y
Derik. Me chocó el pequeño número de los que por derecho de sangre podían
aspirar a tener un escaño en el Comyn; contando hombres y mujeres, no
llegábamos a tres docenas. Sin embargo, parecían todo un ejército enemigo
cuando, obedeciendo a una señal de Hastur, me levanté para hacerles cara.
Empecé
despacio, comprendiendo que tenía que defender mí causa sin fogosidad.
―Si
he comprendido bien, queréis aliaros con Aldaran, para reintegrar los Siete
Dominios en el Comyn. Contáis con esta alianza para hacer la paz con sus
Señores de las Montañas y ahogar todos los estallidos de revuelta y de guerra
en la frontera. Para conseguir la cooperación de los Aldarans a fin de mantener
a raya a los forajidos y renegados y vagabundos donde les corresponde estar: al
otro lado del río Kadarin. Quizá también para lograr algún comercio con la
Tierra y permisos para la importación de maquinaria y de aviones, sin tener que
hacer excesivas concesiones a los terráqueos mismos.
Lerrys
Ridenow se puso en pie.
―Hasta
ahora, te han informado correctamente ―lanzó―. ¿Puedes decirnos algo nuevo?
―No.
Me
volví y me quedé estudiándolo. Era el único de los hermanos de Dio merecedor de
que lo llamasen hombre, aunque también el término se usara en un sentido
amplio. Yo los había conocido a los tres durante la temporada de recreo en
Vainwal. Todos eran delicados, afeminados, llenos de una gracia felina y
peligrosos como otros tantos tigres. Todos ellos trataban de sacar lo mejor que
hubiera en ambos mundos, un privilegio que les concedía su gran riqueza y la
inmunidad Comyn en cuanto a las leyes ordinarias darkovianas. Pero Lerrys
parecía tener madera de hombre bajo la máscara lánguida, casi femenina, y
merecía una respuesta.
―No,
pero puedo deciros algo viejo. Eso no servirá de nada ―afirmé―. Beltran de
Aldaran, personalmente, es un individuo honrado. Pero está ligado tan
estrechamente con renegados y rebeldes y tramperos y espías medio declarados,
que no puede hacer la paz con nosotros aunque él quisiera. ¿Y queréis meterlo
en el Comyn? ―Abrí mis brazos―. Hacedlo. Haced que entre Beltran de Aldaran.
Haced que entre el hombre al que llaman Kadarin, y a Lawton de Thendara, y al
coordinador terráqueo de Puerto Chicago, ya que estáis en ese plan.
Hastur
frunció el ceño.
―¿Quién
es ese Kadarin? ―preguntó.
―No
lo sé. Supongo que es un pariente de Aldaran.
―Como
tú ―murmuró Dyan.
―Sí.
Mestizo de terráqueo tal vez. Agitador en cualquier mundo que lo soporte. Lo
han deportado por lo menos de otros dos planetas antes de que regresase aquí. Y
ese Beltran de Aldaran, ese hombre al que queréis casar con una Guardiana,
convirtió el castillo de Aldaran en un escondite a disposición de todos los
malditos desertores y renegados de Kadarin.
―Kadarin
no es un nombre de hombre ―dijo Lerrys.
―Tampoco
estoy seguro de que sea un hombre ―repliqué―. Las colinas alrededor de
Aldaran... Ya sabéis qué es lo que solía vivir apartado en esas colinas: toda
clase de seres a los que podéis llamar realmente humanos. Parecen bastante
humanos hasta que veis sus ojos.
Me
detuve, penetrado por un sentimiento de horror. Bruscamente, recordando dónde
estaba, las ruedas de mi corazón empezaron a girar de nuevo.
―El
nombre de Kadarin no es simplemente sino un desafío ―dije―. En las colinas al
otro lado del río Kadarin, cualquier bastardo se llama hijo del Kadarin. Dicen
que él nunca supo quién o qué era su padre. Cuando los terráqueos le echaron
mano para interrogarlo, dio como nombre el de Kadarin. Eso es todo.
―Entonces,
también él está trabajando contra los terráqueos ―dijo Lerrys.
―Puede
que sí, puede que no. Pero está ligado con Sharra...
―También
tú lo estuviste ―dijo Dyan Ardáis suavemente―. Pero aquí estás.
Eché
atrás mi sillón.
―¡Sí,
maldito seas! ¿Por qué otra cosa iba yo a querer inmiscuirme en todo esto si no
supiese qué clase de infierno es ese? Vosotros pensáis que todo el peligro ha
terminado, ¿no? Pero si yo puedo mostraros dónde sigue todavía Sharra fuera del
control, a menos de diez millas de aquí, entonces vosotros mismos diríais que
ésta es una alianza loca.
Hastur
parecía turbado e impuso silencio a Dyan y a Lerrys.
―¿Puedes
hacer eso, Lew? Tú eres un Alton y un telépata. Pero no podrías hacer nada así
tú solo. Necesitarías un foco mental...
―Ya
lo sabe él muy bien ―dijo Dyan con una risita―. Es un farol en el que no se
arriesga a nada. El es el último Alton adulto con vida.
Desde
las sombras, dijo una voz:
―¡Oh,
no, no lo es!
Marius
se puso lentamente en pie, y yo rae quedé mirando a mi hermano con asombro.
Pensé que se había marchado con los demás. ¿Podía él o quería afrontar el más
espantoso de los poderes Comyn?
Dyan
se echó a reír ruidosamente.
―¿Tú?
¿Tú, un terráqueo?
La
palabra era un insulto tal como él la pronunció.
Pero
yo no estaba todavía dispuesto a retirarme derrotado.
―¿Apagamos
los amortiguadores y te lo demostramos, conde Ardáis?
Aquello
sí que era un farol. Yo no tenía la menor idea de si Marius poseía o no el don
Alton y si se derrumbaría en un frenesí de gritos cuando mi mente encajase en
la suya. Pero Dyan no lo sabía tampoco y el rostro se le puso blanco antes de
bajar la mirada.
―Sigue
siendo un farol ―dijo Lerrys―. Todos nosotros sabemos que la matriz Sharra fue
destruida. ¿Qué patrañas quieres contarnos ahora para asustarnos, Lew? No somos
niños a los que nos hagan temblar unas sombras ¿Sharra? ¡Esto para Sharra!
Hizo
una higa con los dedos.
Me
despojé de toda prudencia.
―¡Maldito
infierno! ―grité con rabia―. La tengo en mi habitación en estos momentos.
Oí
las exclamaciones de estupor que recorrían el círculo.
―¿Que
la tienes?
―Asentí
lentamente. No volverían a llamarme embustero.
Pero
entonces sorprendí un chispazo en los burlones ojos de Dyan.
Y,
de pronto, comprendí que no me había mostrado nada inteligente.
CAPÍTULO
IV
Marius
se apoyó al otro lado de su montura cuando coloqué la espada aislada al otro
lado del pomo de la mía.
―¿Vas
a destaparla aquí?
En
torno de nosotros, el delgado aire matutino era tan inexpresivo como su rostro.
A nuestras espaldas, se erguían las faldas de las colinas; y percibí el tenue
olor pungente de las laderas arrasadas por el fuego forestal, derramándose
desde los Hellers. Más atrás y más lejos en el claro, los otros Comyns
aguardaban. Mis barreras estaban bajadas y yo podía sentir el impacto de las
emociones de ellos. Hostilidad, curiosidad, incredulidad o desprecio de los
hombres dé Ardáis y Aillard y Ridenow; simpatía interesada e inquietud de los
Hasturs, y, por extraño que me pareciera, de Lerrys Ridenow.
Habría
preferido hacer esto en privado. El pensamiento de un auditorio hostil me
irritaba. El saber que la vida de mi hermano dependía de mis propios nervios y
de mi propio control, no era cosa que ayudase tampoco. De pronto, me estremecí.
Si Marius moría ―y eso era lo más probable que sucediese―, sólo aquellos
testigos se interpondrían entre mí y una acusación de asesinato. Estábamos
jugando con algo de lo que no era posible estar seguros; y yo estaba aterrado.
El
foco Alton no es fácil. Estando enteradas las dos partes y consintiendo las dos
no por eso la cosa se hace fácil, ni siquiera para dos telépatas ya maduros; se
hace simplemente posible.
Lo
que nosotros pretendíamos era ligar las mentes, no en un contacto telepático
ordinario, ni siquiera en la relación forzada que un Alton o, a veces, un
Hastur, puede imponer en otra mente. Si no una relación completa y mutua; la
mente consciente y la subconsciente, los sistemas nerviosos telepáticos y
psicokinéticos, la percepción del tiempo y la consciencia coordinadora, las
funciones energónicas, de forma que, en realidad, funcionaríamos como un
cerebro hiperdesarrollado en dos cuerpos.
Mi
padre lo había hecho conmigo una vez, casi durante treinta segundos, estando yo
completamente enterado de que lo más probable era que aquello me matase. El lo
había sabido; era la única cosa con que probar a los demás que yo era un
verdadero Alton. Aquello había obligado al Comyn a aceptarme. Yo había sido
instruido para eso días y días y había estado defendido por toda la habilidad
de mi padre. Marius en cambio iba a hacer la prueba casi sin preparación.
Me
parecía estar viendo a mi hermano por primera vez. La diferencia en nuestras
edades, su rostro lleno de pecas y sus ojos extraños, habían hecho de él un
desconocido; el pensamiento de que pudiera morir bajo mi mente dentro de pocos
minutos parecía hacerlo menos real, un ser de sombras, como en un largo sueño.
La voz me salió áspera:
―¿Quieres
volverte atrás, Marius? Todavía estás a tiempo.
Volvió
a mirarme regocijado.
―¿Sientes
celos? ¿Es que quieres guardar el privilegio laran únicamente para tí solo?
―preguntó suavemente―. No quieres que haya más Altons en el Comyn, ¿eh?
Le
hice la pregunta a quemarropa:
―¿Tienes
el don Alton, Marius?
El
se encogió de hombros.
―No
tengo la menor idea. Nunca he tratado de descubrirlo. Cuando no por una cosa,
por otra, siempre se me dio a entender que pretenderlo sería una insoportable
insolencia por mi parte.
Sentí
frío. Aquella frase sintetizaba lo que había sido la vida de mi hermano. Era
preciso que yo le recordara. Había una posibilidad de que lo que yo le diera
fuera no la muerte, sino todos los derechos del Comyn como tal Alton. Si él
consideraba que la puesta merecía la pena, ¿qué derecho tenía yo para
denegárselo? Mi padre había jugado conmigo, y había vencido. Agaché la cabeza y
comencé a apartar la tela aislante de la espada.
―¿Es
una espada real? ―preguntó Derik Elhalyn acercando su caballo hacia nosotros.
Sacudí
la cabeza y le di a la empuñadura un rápido giro. Se me quedó en la mano y
saqué de ella la cosa envuelta cuidadosamente en seda. Una mano familiar apretó
mi pecho.
―No
―dije―, la espada es sólo un escondite. Puedes mirarla.
Le
arrojé las partes, la empuñadura y la hoja, pero él retrocedió convulsivamente.
Vi a
los hombre tratando de disimular crueles muecas. Pero no era extraño que Derik,
Señor del Comyn, fuera un cobarde. Hastur cogió las piezas y las encajó
apretadamente.
―El
platino y los zafiros de eso bastarían para comprar una ciudad de buen amaño
―dijo―. Pero Lew se ha quedado con la parte peligrosa.
Desnudé
la matriz, sintiendo el familiar calor vital entre mis manos. Tenía forma de
huevo aunque su tamaño o llegaba al de uno de éstos. Un buen trozo de metal
mate enlazado por pequeñas cintas de metal más brillante e incrustado con un
dibujo de azules ojos centelleantes.
―El
dibujo de zafiros en la empuñadura de la espada, carbón sensibilizado,
corresponde al dibujo de la matriz. La reacción de mis nervios está alterada de
alguna forma para responder al último... ―me interrumpí con la garganta seca.
¿Qué
estúpido deseo de martirizarme a mí mismo me había hecho traer de nuevo conmigo
a Darkover esa cosa? Yo estaba regresando, por mis propios pies, al rincón del
infierno que Kadarin había abierto para mí.
―¿Qué
es exactamente lo que vas ha hacer ahora? ―preguntó Derik.
Traté
de expresarme con palabras que él pudiera comprender.
―Arriba
en los Hellers hay ciertas manchas que están activadas, o magnetizadas o algo
así, para responder a las vibraciones de esta matriz Sharra. Pueden usarse para
crear el poder Sharra.
Nadie
preguntó lo que yo temía: ¿Qué es Sharra? Yo habría tenido que decir que no lo
sabía. Sabía lo que podía hacer, pero no lo que era. La tradición dice que es
una diosa que se convirtió en diablesa. Yo no quería teorizar acerca de Sharra.
Quería mantenerme apartado de ello.
Y
esta era la única cosa que no podía hacer.
Hastur
se apiadó de mí.
―Una
vez cierto lugar fue puesto en relación con la matriz Sharra. Y las fuerzas
Sharra, desde que eso se hizo, hace años, dejaron allí un residuo de potencia,
y esa mancha puede ser localizada. Lew ha conservado la matriz todos estos años
esperando una ocasión de encontrar esas manchas, por medio del activador
original, y desactivarlas. Una vez que todos los sitios activados hayan sido
descargado, la matriz puede ser gobernada y luego destruida. Pero ni siquiera
un telépata Alton puede realizar ese tipo de trabajo sin un foco. Un cuerpo
sólo no puede resistir ese tipo de vibraciones.
―Y
yo soy el foco, si logro salir con vida ―dijo Marius con impaciencia―. ¿No
podemos empezar ya?
Le
lancé una rápida mirada; luego, sin más preámbulos, establecí contacto con su
mente.
No
hay manera de describir el primer "shock" que brota de unas
relaciones así. La aceleración de un avión a chorro, el mazazo de un guante de
boxeo en el plexo solar, la sensación de zambullirse de cabeza en oxígeno
líquido, pueden aproximarse a aquello si es que uno logra sobrevivir a las tres
cosas al mismo tiempo. Percibí que Marius se quedaba físicamente inerte en su
silla a consecuencia del impacto y percibí además que todas defensas de su
mente se concentraban en la tarea de bloquearme y mantenerme a raya. La mente
humana no estaba hecha para esto. En él, el ciego instinto cerraba sus barreras
contra mí; una mente normal habría muerto por efectos del bloque necesario para
romper aquel tipo de resistencia.
Sucedió
todo con esa rapidez. Si él había heredado el don Alton, no moriría. Si no lo
había heredado, aquello lo mataría.
En
mi fuero interno, yo estaba concentrado sobre Marius, en agónica concentración,
pero exteriormente todos los detalles alrededor de nosotros se recortaban con
claridad y crudeza en mis sentidos, como grabados al aguafuerte; el frío sudor
que me recorría por el cuerpo, la lástima en los ojos del viejo Regente, los
rostros de los hombres que nos rodeaban. Oí a Lerrys lamentándose:
―¡Detenedlos,
detenedlos! ¡Eso es matar a los dos!
Hubo
un instante de agonía tan grande, que pensé que me pondría a gritar, era la
tensión de un arco que se echa hacia atrás y más hacia atrás, y se curva hasta
el punto mismo en que debe quebrarse, cuando incluso el estallido y la ruptura
de la muerte significaría un alivio indecible.
Regis
Hastur se movió como una lanza arrojadiza; arrancó de las manos de Hastur la
empuñadura de la espada y colocó el molde de brillantes piedras en los
crispados puños de Marius. Vi y percibí cómo la agonía se iba disolviendo en el
rostro de mi hermano y luego se extendía y flameaba y se iba tejiendo la red
del pensamiento enfocado. La mente de Marius se afirmaba y se sostenía como una
tangible roca de tuerza contra mi propia mente.
¡Alton!
¡Sangre terráquea en sus venas, pero un auténtico Alton, y hermano mío!
Mi
suspiro de alivio casi llegó a ser un sollozo. No había necesidad de palabras,
pero de todas formas hablé:
―¿Todo
bien, hermano?
―Estupendamente
―dijo, y se quedó mirando la empuñadura de la espada que tenía en las manos―.
¿Cómo diablos he cogido esto?
Le
alargué la matriz Sharra. Me puse tenso en la conocida e inquietante previsión
de angustia cuando sus manos se cerraron en torno de aquello; pero no se
produjo nada más que la sensación familiar de relación. Respiré a mis anchas.
―Ya
está ―dije―. Bueno, ¿qué dices Hastur?
Hizo
una grave y breve inclinación de cabeza hacia Marius, una señal solemne de
reconocimiento. Luego, dijo con calma:
―Para
ti el poder.
Miré
en torno y vi a los hombres a caballo.
―Algunos
de los sitios activados están cerca de por aquí ―dije―. Y cuanto antes los
destruyamos, antes estaremos a salvo. Pero...
Hice
una pausa, Me había concentrado tanto en el horror que me poseía, que no se me
había ocurrido pedir una escolta mayor de jinetes. Además de los Hasturs, Dyan,
Derik y los hermanos Ridenow, apenas si había media docena de guardias.
Dije:
―Algunas
veces, los Rastreadores llegan muy cerca de la Ciudad Oculta...
―Eso
no sucede desde la "Campaña Narr" ―dijo Lerrys lánguidamente.
Su
pensamiento no expresado era claro. Tú y tus amigos de Sharra los agitasteis
contra nosotros. Luego, pusiste las cosas en claro, pero fuimos nosotros los
que luchamos.
―De
todas maneras...
Alcé
la mirada hacia las espesas ramas.
¿Era
seguro cabalgar tan lejos con tan poca gente? Algunos de los Rastreadores,
adentrados en los Hellers, son pacíficos humanoides arbóreos, no más dañosos
que muchos monos. Pero los que han rebasado de la comarca en torno de Aldaran,
donde se reúnen toda clase de seres humanos y semihumanos y forman una ralea
mestiza, son peligrosos.
Terminé
encogiéndome de hombros.
―No
tengo miedo, si no lo tienes tú.
Dyan
replicó con sarcasmo:
―Tú
y fu hermano habéis lanzado una bravata, Alton. ¿Tenéis miedo ahora de que
alguien os pida que la cumpláis?
Yo
comprendía que a él nada le habría gustado tanto como que Marius se rompiese
bajo su mente y muriera.
Levanté
los ojos hacia Marius interrogativamente. El asintió y nos pusimos a cabalgar
entre las sombras de los árboles.
Durante
horas, cabalgamos bajo las ramas colgantes, mi mente en aguda concentración
sublimal sobre los lugares dotados de energía que podíamos percibir mediante el
cristal vivo. El cuerpo y la mente me dolían en incómoda presión de la
consciencia; yo no estaba acostumbrado en modo alguno a este tipo de prolongado
esfuerzo mental y, además, no había montado a caballo desde que salí de
Darkover. Hay gente que habla del poder de la mente sobre la materia. Pero eso
no da resultados en estos casos. Una rozadura en la espalda es un inhibidor tan
eficaz de la concentración como el mejor medio que pueda pensarse.
El
rojo sol había empezado a caer cuando me coloqué junto a Hastur.
―Escucha
―dije, en voz baja―, estamos internándonos en una trampa. Yo estaba
completamente convencido de que nadie en Darkover sabia que yo tenía la matriz,
pero es indudable que alguien lo sabía. Alguien que está retirando la energía
de los lugares activados y nos está atrayendo.
Me
miró gravemente.
―¿Es
eso todo?
―Yo
no...
Llamó
a Regis; el muchacho cabalgó hasta nosotros y dijo:
―Nos
están siguiendo, Lew. Ya me lo pareció antes; ahora, estoy seguro. Ya he estado
en otras ocasiones en el país de los Rastreadores.
Alcé
la mirada hacia las gruesas ramas que se juntaban sobre nuestras cabezas. Por
allí encima yo sabía que viejos caminos de árboles serpenteaban en un
interminable laberinto pero en estas latitudes creía que hacía mucho tiempo que
estaban abandonados.
―No
estamos en disposición de resistir un ataque armado ―dijo el Regente.
Miró
con inquietud a Regis y a Derik, y yo seguí sus pensamientos, pues todas mis
barreras estaban bajadas ahora.
El
poder completo del Comyn está aquí. Un ataque ahora podría extirparnos. ¿Por
qué dejé que viniesen sin escolta? Y luego, un pensamiento que no pudo ocultar:
¿Están estos Altons llevándonos a una trampa?
Le
dirigí una pálida sonrisa.
―No
te lo reprocho ―dije―. La verdad es que no he sido yo. Pero, si hubiese
alrededor alguien que supiese realmente cómo manejar el poder Sharra, y conste
que yo no sé, yo no sería más que un peón. Sólo podría ser eso.
El
Regente no me hizo ninguna pregunta. Se volvió en su silla.
―Daremos
la vuelta aquí.
―¿Qué
pasa? ―se burló Corus Ridenow―. Es que los Altons se han vuelto cobardes.
Por
una desgraciada casualidad, Marius estaba cabalgando junto a él; se inclinó
bruscamente y, con la palma de la mano, golpeó la cara de Corus. El Ridenow se
echó hacia atrás, bajó la mano y se sacó el cuchillo de la bota...
¡En
aquel instante ocurrió todo!
Corus
se quedó rígido, como si se hubiese convertido en piedra, el cuchillo todavía
levantado. Luego, con un ruido horrible en el paralizado silencio, Marius
gritó. Nunca había oído yo semejante grito de agonía en una garganta humana.
Toda la fuerza de la Fuente nos inundaba a los dos. Dios o demonio, fuerza,
máquina o elemento, aquello era Sharra, y era el infierno, y al oír un segundo
ultrajado grito de protesta, ni siquiera me di cuenta de que yo también había
gritado.
En
aquel momento, aullidos salvajes alrededor de nosotros, y por todos lados
hombres que se dejaban caer desde los árboles al camino. Una mano se apoderó de
mis riendas, y comprendí entonces quien nos había traído a la trampa.
El
hombre que estaba en el camino era alto y esbelto; un mechón de cabello claro
le caía torcido sobre el rostro gastado y finco y sobre unos ojos de un gris
acerado que brillaban al chocar con los míos; parecía más viejo, más peligroso
de como yo lo recordaba. ¡Kadarin!
Mi
caballo se encabritó, casi arrojándome al camino. En torno de nosotros los
aullidos se fueron cambiando en una confusión de pelea; el chocar de los
hierros, la estampida y los relinchos de los asustados caballos. Kadarin
gritaba en la jerga gutural de los Rastreadores.
―¡Alejaos
de los Altons! ¡Los quiero para mí!
Tiraba
de las riendas de mi caballo a un lado y a otro, maniobrando para mantener el
cuerpo del animal entre él y yo. Me eché a un lado, casi colocándome tras la
grupa del caballo, y sentí el silbido de un proyectil que me pasaba junto a la
oreja. El choque hizo caer a mi enemigo. Se levantó en un segundo, pero ese
segundo me bastó para saltar de la silla y empuñar la espada en la medida que
me era posible.
Había
habido un tiempo en que yo había sido un buen espadachín, mientras que Kadarin
no había aprendido nunca a manejar una espada. Es cosa que nunca aprenden los
terráqueos. El llevaba una y la utilizaba cuando tenía que hacerlo; era la
única solución, en las Montañas.
Pero
yo había aprendido a luchar cuando tenía dos manos y lo que llevaba era sólo
una espada ligera de vestir. ¡Buen idiota había sido! Había husmeado el
peligro, el aire estaba cargado de aquel tufillo, y sin embargo no se me había
ocurrido hacerme de un arma eficaz.
Marius
estaba luchando a mi espalda con uno de los Rastreadores no humanos, una cosa
delgada y retorcida, como hecha de jirones, y provista de un largo y perverso
cuchillo. El reflejo de sus estocadas golpeaba a través de nuestras enlazadas
mentes, y corté el contacto con rudeza; bastante trabajo tenía yo ya con un
combate. Mi acero chocó contra el de Kadarin.
El
había mejorado mucho. En cuestión de segundos, me había hecho perder el
equilibrio, me vi incapacitado para atacar y sólo me dejaba si acaso, que
mantuviese una guardia cerrada. Sin embargo, había en aquello una especie de
placer, aunque la respiración me saliese entrecortada y de la cara me brotasen
gotas de sangre que se mezclaban con el sudor; él estaba aquí y esta vez no
había hombre o mujer que pudiese separarnos.
Pero
un combate a la defensiva está condenado de antemano a la derrota. Mi mente
trabajaba con velocidad y desesperación. Kadarin tenía una única debilidad: su
temperamento. Era susceptible de dejarse dominar por un furor llameante y
durante pocos minutos aquel claro juicio suyo desaparecía y quedaba convertido
en un animal rabioso. Si yo lograba hacerle perder la calma medio segundo,
aquella habilidad que había adquirido en el manejo de la espada se esfumaría.
Era un truco sucio para emplearlo en un combate. Pero yo no podía permitirme el
lujo de ser escrupuloso.
―¡Hijo
del río! ―le grité en el dialecto cahuenga, que tiene matices de suciedad no
sobrepasados por ningún otro idioma―. ¡Portador de sandalias! ¡Esta vez no
podrás ocultarte tras el miriñaque de tu hermanita!
No
hubo cambio alguno en los golpes rápidos, ligeramente torpes, pero mortíferos
de su espada. En realidad, yo no había esperado que lo hubiera.
Pero
durante una fracción de segundo dejó caer las barreras que le rodeaban la
mente.
Y
entonces quedó hecho prisionero mío.
Su
mente quedó atrapada en la parálisis inigualable y cerradísima de un telépata
Alton. Y el cuerpo se le quedó rígido, paralizado. Me adelanté y le quité la
espada de los crispados dedos. Dejé de darme cuenta de la batalla que rugía
alrededor de nosotros. Lo mismo podíamos estar solos en un camino del bosque
Kadarin y yo, y mi odio. Lo mataría en cuestión de segundos.
Pero
esperé un segundo más de la cuenta.
Yo
estaba ya exhausto por mi lucha psíquica con Marius; aflojé por un momento la
presión y Kadarin, alerta, quedó libre dando un grito salvaje. Me saltó encima;
el choque me tiró al suelo cuan largo era, y al segundo siguiente algo se
rompía y me golpeaba en la cabeza hundiéndome a millas y millas de obscuridad.
Un
millón de años más tarde, el rostro del viejo Hastur surgió de ningún sitio
hasta enfocarse ante mis doloridos ojos.
―Estáte
quieto, Lew. Te han disparado. Se han ido.
Luché
por incorporarme, pero me rendí a las manos que suavemente me obligaban a
seguir acostado. Con los ojos hinchados, pude contar los rostros que se
agrupaban alrededor de mí en el crepúsculo rojo y violeta. Como a una inmensa
distancia, oí la voz de Lerry, áspera y enronquecida, lamentándose:
―¡Pobre
muchacho!
Yo
estaba desgarrado y dolorido, pero había un dolor peor, una gran oquedad que
iba aumentando y que me dejaba mortalmente solo.
No
necesitaron decirme que Marius había muerto.
CAPÍTULO
V
Tenía
conmoción cerebral. La segunda bala de Kadarin me había astillado un hueso; y
la muerte de Marius había sido un choque demasiado fuerte para las células de
mi cerebro. Los vínculos neurónicos y psinópticos formados tan recientemente
habían vuelto a quedar desgarrados cuando él murió, y durante días enteros mi
vida y mi razón estuvieron en la balanza.
Me
acuerdo sólo de sensaciones de luz y de frío y de obscuridad, de movimientos
confusos y de suavidad de las drogas. Sin ningún sentido aparente de
transición, un día abrí los ojos y me encontré en mis antiguas habitaciones del
Castillo Comyn en Thendara, y Linnell Aillard sentada a mi lado.
Se
parecía mucho a Callina, sólo que era más alta, más morena, algo más suave, con
una cara dulce e infantil, aunque en realidad no era mucho más joven que yo.
Supongo que era bonita. No es que eso importara. En la vida de todo hombre, hay
unas cuantas mujeres de las que, sencillamente, la libido de él no registra la
presencia. Linnell nunca fue una mujer para mí; era mi prima. Complacidamente,
me quedé tendido y mirándola durante algunos minutos, hasta que ella sintió mi
mirada y sonrió.
―Ya
me imaginaba yo que esta vez me reconocerías. ¿Te duele la cabeza?
Me
dolía. Al querer palpar torpemente él sitio del dolor, tropecé con vendas.
Linnell me retiró la mano con suavidad.
―¿Cuánto
tiempo llevo aquí?
―¿Aquí,
en Thendara? Solamente dos días. Pero has estado inconsciente muchísimo tiempo.
―¿Y...
Marius?
Los
ojos se le llenaron de lágrimas.
―Está
enterrado en la Ciudad Secreta. El Regente le concedió todos los honores Comyn,
Lew.
Liberé
mi mano suavemente de la suya y me quedé mirando largo rato los juegos de luz
en las paredes translúcidas. Finalmente, pregunté:
―¿Y
el Consejo?
―Lo
decidieron todo apresuradamente antes de que nos viniésemos aquí a Thendara. La
ceremonia del casamiento será Noche de Festival.
La
vida seguía, pense.
―¿Tu
casamiento con Derik?
―¡Oh,
no! ―Sonrió, tímidamente―. No hay ninguna prisa para eso. El de Callina con
Beltran de Aldaran.
Me
incorporé de un brinco, sin preocuparme del dolor agudísimo.
―¿Quieres
decir que todavía siguen empeñados en llevar a cabo esa alianza?
Estásbromeando, Linnell. ¿O es que te has vuelto loca?
Denegó
con la cabeza y pareció turbarse.
―Creo
que por eso lo han hecho tan aprisa; temían que te repusieras y que otra vez
tratases de oponerte. Derik y los Hasturs querían que se esperase tu
convalecencia, pero los demás prevalecieron.
No
me era difícil de creer aquello. No había nada que los Comyns deseasen menos
que un Alton capaz en el Consejo. Retiré la colcha.
―Necesito
ver a Catalina.
―Le
diré que venga ella aquí; no necesitas levantarte.
Se
lo prohibí. Estas habitaciones las había asignadas a los Altons, durante las
temporadas de Consejo, generaciones y generaciones; probablemente, estaban bien
equipadas, Los Comyns no hablan confiado nunca mucho en los varones adultos
Altons. Yo quería ver a Callina en alguna otra parte.
Sus
criados me dijeron dónde podía encontrarla. Atravesé un entrepaño de cortina de
inocente aspecto, y una inundación de luz cegadora me estalló literalmente en
la cara. Con un juramento, me llevé las manos a los atormentados ojos; los
cerrados labios gotearon postimágenes rojas y amarillas, y una voz sorprendida
pronunció mi nombre. Se extinguieron las luces y el rostro de Callina emergió
ante mi vista.
―Lo
siento. ¿Puedes ver ahora? Como sabes, tengo que protegerme cuando trabajo..
―No
necesito disculparte.― Una Guardiana entre las cortinas matrices es vulnerable
en formas que la gente ordinaria no puede ni siquiera sospechar―. Debí ser más
precavido y no entrar de esa manera.
Ella
sonrió y sostuvo la cortina a un lado para dejarme pasar.
―Sí.
Me han dicho que eres mecánico de matrices.
Cuando
dejó caer la cortina, me di cuenta de pronto de la sutil equivocación que había
en su belleza.
Uno
puede decirlo todo de una mujer por la manera que ésta tiene de andar. El paso
de una frívola es ya sugestivo. La inocencia se proclama con las zancadas
llenas de despreocupación. Callina era joven y linda; pero no se movía como una
mujer bella. Había a la vez algo muy joven y muy viejo en sus movimientos, como
si en ella se hubiesen fundido sin ninguna etapa intermedia la etapa torpona de
la adolescencia y la rígida dignidad de los muchos años.
Cerró
las cortinas y la sensación de extrañeza desapareció. Miré en torno las paredes
modélicas, sintiendo el efecto apaciguador de las equilibradas y difusas ondas
sónicas. Ya había tenido un viejo y pequeño laboratorio de matrices en el ala
antigua del edificio, pero nada que pudiera compararse con esto.
Estaba
allí el sistema regular de mando, centelleando con diminutos destellos
parecidos a estrellas y que correspondían a cada matriz de cada nivel de las
que se expedía licencia en esta zona de Darkover. Había un amortiguador
telepático especialmente modulado que filtraba supertonos telepáticos sin
confundir o inhibir el pensamiento ordinario. Y había un inmenso testero con un
resplandor como de cristal fundido y cuyo uso yo sólo podía conjeturar; era
probable que se tratase de uno de los casi legendarios transmisores
psicokinéticos. Con un curioso aspecto prosaico, un tornillo sin fin corriente
y algunos pedazos de tela aislante, yacían sobre una mesa.
Ella
dijo:
―Por
supuesto, sabrás ya que consiguieron escapar con la matriz Sharra.
―Si
yo hubiese tenido siquiera el cerebro de una mula ―dije violentamente―, la
habría arrojado dentro de cualquier convertidor de Tierra, y me habría visto
libre de ella. Y Darkover se habría visto libre también.
―Eso
habría dejado las cosas fuera de control para siempre; en el mejor de los
casos, Sharra estaba sólo aletargada mientras la matriz se encontraba fuera de
este mundo. Destruir la matriz habría puesto fin a toda esperanza de acabar con
la actividad de los centros activados. Sharra no se halla en los bancos
superiores, tú lo sabes. Es una matriz ilegal, descontrolada. No podremos
dominarla mientras todos los centros sueltos y la energía libre queden localizados
y controlados. ¿Cuál era el modelo?
La
dejé que sintonizase los amortiguadores, y traté de proyectar el modelo en una
pantalla de control; pero en la superficie de cristal no salieron sino unos
garabatos borrosos. Ella se mostró arrepentida.
―No
debería haberte dejado intentar eso cuando aún estás convaleciente de una
herida en la cabeza. Sal de aquí y descansa.
En
una habitación más pequeña cuya pared abierta al cielo miraba al valle, me
acomodé a mi gusto en una butaca, mientras Callina me contemplaba pensativa y
distante. Pregunté por fin:
―Callina,
si conocieras tú el modelo, ¿podrías hacer un duplicado de la matriz y gobernar
los centros focales con ese duplicado?
Ella
ni siquiera lo dudó:
―No.
Puedo hacer un duplicado de una matriz de primero o segundo nivel como ésta.
―Se tocó los diminutos cristales que le sujetaban el vestido azul por encima
del pecho―. Y podría también construir un enrejado de matrices de complejidad
igual a la Sharra, aunque no me gustaría probarlo yo sola. Pero dos matrices
idénticas de cuarto nivel o superiores no pueden existir simultáneamente en un
universo y en un tiempo, sin una distorsión del espacio.
―Es
la ley de Cherilly ―recordé―. Una matriz es la única cosa que existe ella sola
en el espacio-tiempo, y, por existir así, sin ningún punto de equilibrio, tiene
facultad para cambiar la energía.
Ella
asintió.
―Cualquier
tentativa de hacer un duplicado molecular exacto de una matriz como la única
que domina Sharra y que no sabemos si es de noveno o décimo nivel, arrojaría a
medio planeta fuera del espacio-tiempo.
―Es
lo que yo me temía ―dije―, pero me consolaba diciéndome que sólo una Guardiana
lo sabría realmente.
―¡Guardiana!
Lanzó
una breve y amarga risita. Por último, dijo:
―Te
lo ha contado ya Linnell, ¿no Lew? no es sólo la alianza lo que me trastorna.
Si están decididos a quitarme de en medio, asegurarse de que no me alzaré con
los poderes del Consejo, lo lograrán. No puedo enfrentarme contra todos ellos,
Lew. Si creen que la alianza ayudará al Comyn, ¿quién soy yo para discutir?
Hastur no es tonto. Puede que ellos tengan razón. No entiendo nada de política.
Si yo no fuera una Guardiana, ni siquiera habrían cumplido con la formalidad de
pedir mi consentimiento; habrían dicho "cásate" y yo me habría
casado. Supongo que un marido es tan bueno como otro ―dijo―, y otra vez tuve la
curiosa impresión de una juventud extremada e ingenua, superpuesta sobre la
hermosa mujer que estaba allí sentada mirándome.
Hablaba
de su propio matrimonio como una pasiva muchachita, casada por poderes con una
muñeca, podría hablar. Sin embargo, era una mujer hermosa y deseable. ¡Qué raro
era todo!
―Es
todo lo demás ―prosiguió ella al cabo de unos momentos―. No puedo creer que
unos Rastreadores ordinarios estuvieran lo bastante enterados para atacaros
justamente entonces y Probar la matriz Sharra. ¿Quién los puso sobre la pista?
Me
quedé mirándola fijamente.
―¿No
te dijo Hastur quién los puso?
―No
creo que él lo sepa.
―Los
Rastreadores ―dije con tono de enfado― robarían armas, comida, ropa, joyas
quizá, pero nunca se atreverían a tocar una matriz. Y esa matriz precisamente.
¿Por qué estoy yo vivo, si no? ―pregunté―. Callina, yo fui enclavijado dentro
de esa cosa, el cerebro y el cuerpo. Incluso cuando estaba aislada, si alguna
persona desfasada se atrevía a ponerle la mano encima, hería. Hay tres personas
en el planeta que podían manejarla sin matarme. ¿No te han dicho que fue
Kadarin en persona?
La
cara se le puso blanca. ―No creo que Hastur conozca a Kadarin de vista ―dijo
ella―. Pero, ¿cómo sabía Kadarin que tú tenías la matriz?
Yo
no quería pensar que Rafe Scott me hubiera delatado a Kadarin. Los fuegos de
Sharra habían cantado también para él. Yo más bien creía que Kadarin podía
todavía seguirme leyendo la mente incluso estando a distancia. De repente, la
pérdida que yo había sufrido me dolió con pena intolerable, ahora estaba
absolutamente solo.
―No
te acongojes ―dijo Callina suavemente.
Pero
yo sabía que para ella Marius había sido sólo un extraño, un mestizo,
despreciado por su diferencia. ¿Cómo podría yo explicárselo a Callina? Marius y
yo habíamos estado en una compenetración total durante cerca de tres horas, con
todo lo que eso implica. Yo había conocido a Marius como me conocía a mí mismo;
su fuerza y sus debilidades, sus deseos y sus sueños, sus esperanzas y sus
desengaños. Años de vida en común no podrían haberme enseñado más de él. Hasta
el momento del contacto, yo nunca había conocido a un hermano, y hasta que su
mente moribunda se separó goteando de la mía no había sabido lo que era la
soledad. Pero no tenía objeto explicárselo a ella.
Finalmente,
ella preguntó:
―Lew,
¿cómo fue que te vieras envuelto por vez primera con... ―iba a decir con
Sharra, pero me miró el rostro contraído y no lo hizo―, con Kadarin? Nunca lo
supe yo.
―No
quiero hablar de eso― respondí secamente.
¿Es
que una vez y oirá habían de removerse las viejas heridas?
―Sé
que no es fácil dijo ella―. No es fácil para mí ser entregada a Aldaran.
No
volvió a mirarme. Cogió un cigarrillo de un plato de cristal y le prendió fuego
con la joya que llevaba como anillo. Alargué la mano para coger uno y lo palpé;
ella levantó la cabeza y se me quedó mirando con franco asombro, y yo la miré
en actitud desafiante.
―Los
hombres fuman en algunos planetas.
―¡No
lo creo!
―Pues
es verdad―. Todavía desafiante, cogí uno, recordé que no tenia lumbre y alcancé
torpemente la mano de ella, levantando su anillo para encenderlo―. Y nadie se
ríe. Ni los consideran afeminados. Es una costumbre aceptada que no causa
ninguna curiosidad. Y le he tomado gusto. ¿Crees que podrás soportar el
espectáculo, Callina, comynara?
Nos
miramos uno a otro con una llamarada de hostilidad que nada tenía que ver con
la pequeña y tonta discusión sobre el cigarrillo.
Sus
labios se fruncieron.
―Era
de esperar de los terráqueos ―dijo desdeñosamente―. Sírvete a tu gusto.
Yo
todavía le sujetaba la mano y el anillo, solté ambas cosas e hice una profunda
inhalación del tenue humo dulzón.
―Me
hiciste una pregunta ―dije, mirando con fijeza las distantes cumbres cubiertas
de nieve―. Trataré de contestare. Kadarin era hermano de leche de Aldaran,
según he oído decir. Nadie sabe quiénes o qué fueron sus padres. Algunos dicen
que es el hijo que tuvo un renegado terráqueo, Zeb Scott, de una chieri no
humana en la parte de atrás de las colinas. Lo sea o no, tiene inteligencia de
hombre listo. Aprendió algo de mecánica de matrices; no me preguntes cómo.
Trabajó algún tiempo en el Servicio de Información Terráqueo, fue deportado de
dos o tres mundos, finalmente se estableció en los Hellers. Algunos de los
terráqueos refugiados allí tienen sangre darkoviana e incluso no humano. El
empezó a organizar a los rebeldes, a los descontentos. Entonces me encontró.
Me
puse en pie. Empecé a andar alejándome de ella.
―Tú
sabes lo que había sido mi vida. Aquí, un bastardo, un extraño. Entre los
terráqueos, un telépata, un monstruo. Kadarin, por lo menos, me hizo sentir que
yo pertenecía a algún sitio.
Ni
siquiera para mí mismo quería reconocer que hubo un tiempo en que sentí
simpatía hacia aquel hombre. Suspiré:
―Mencioné
antes a un renegado, Zeb Scott.
La
oleada de los recuerdos se precipitaba adelante, irresistible, con sólo unas
cuantas palabras desnudas vertiéndose para rellenar años de aventura y de larga
búsqueda. Continué:
―Zeb
Scott murió borracho, en un ataque de delirium tremens, en una taberna de
Carthon, balbuceando algo acerca de una espada azul que tenía el poder de cien
demonios. Sospechamos que era Sharra.
Hace
siglos, según refiere la leyenda, los Aldarans habían conjurado a Sharra para
que viniese a este mundo; pero el poder había quedado sellado de nuevo y los
Aldarans desterrados por su crimen. Sólo después de aquello, los Aldarans
hicieron traición a Darkover y vendieron a los terráqueos una base de nuestro
mundo, Kadarin fue tras la espada Sharra, la encontró e hizo experimentos con
el poder. Necesitaba un telépata. Yo estaba a la mano,era demasiado joven,
demasiado aturdido para darme cuenta de lo que estaban haciendo. Y estaban allí
los Scotts. Rafe no era entonces más que un chiquillo. Pero estaban las
muchachas: Thyra y Marjorie...
Me
callé al llegar aquí. No tenía objeto. No había manera, no había manera en
absoluto de hablarle a ella de Marjorie. Arrojé mi cigarrillo furiosamente
desde la ventana y vi cómo lo alejaba una pequeña bocanada de viento.
Callina
dijo suavemente, cuando yo ya casi la había olvidado:
―¿Qué
quería él hacer?
Aquello
era terreno firme.
―¿Para
qué roba o traiciona un traidor? Los terráqueos han estado tratando durante
siglos de lograr, con ruegos, préstamos o robos, cualesquiera secretos de la
mecánica de matrices. Los Comyns eran incorruptibles, pero Kadarin sabía que
los terráqueos pagarían bien. Haciendo experimentos con el poder, activó
algunos de los puntos focales y les mostró lo que sabía hacer. Pero al final
traicionó también a los terráqueos y abrió... un agujero en el espacio, una
puerta entre mundos, para apoderarse de todo aquel poder...
Se
rompió mi voz como la de un niño. Estallé:
―¡Maldito
sea! ¡Maldito sea despierto y dormido, vivo y muerto, aquí y más allá! ―Me
esforcé en controlarme y dije quedamente―: Consiguió lo que quería. Pero
Marjorie y yo estábamos en los polos del poder, y...
Meneé
la cabeza. ¿Qué más podía decir? El monstruoso terror que había llameado y
hecho presa entre mundos, el fuego del infierno. Marjorie, confiada y sin
miedo, en el polo del poder, retorciéndose de pronto en agonía, bajo el
latigazo de aquella cosa espantosa.
―Arranqué
la cerradura matriz y, de una manera u otra, me las arreglé para bloquear de
nuevo la gran puerta. Pero Marjorie ya estaba...
Aquí
me interrumpí, incapaz de decir una palabra más, y me dejé caer en una silla,
ocultándome la cara sobre el brazo. Callina se acercó a mí rápidamente, se
arrodilló y me pasó los brazos sobre mis hombros inclinados.
―Lo
sé, Lew, lo sé... Rechacé su contacto.
―¿Lo
sabes? ¡Gracias a Dios, no lo sabes! ―dije furiosamente.
Luego,
preso en la garra de los recuerdos, dejé caer pesadamente la cabeza sobre el
pecho de ella. Ella lo sabía. Había tratado de salvarnos a los dos. Marjorie
había muerto en sus brazos.
―Sí
―murmuré―, tú sabes lo demás.
La
cabeza me zumbaba y podía oír el eco del latido del corazón de ella a través de
la seda suave de su vestido. Contra mi rostro, su cabello tenía el aroma de
flores silvestres. Levanté mi mano buena para enclavijar sus dedos suaves con
los míos.
Ella
echó atrás la cabeza y me miró.
―Estamos
solos con esto, Lew. Hastur está obligado por el Compacto a obedecer al
Consejo. Derik es un imbécil, y Regia no es más que un muchacho. Los Ridenow,
los Ardáis, no quieren más que lo que les sirva para mantenerlos en el poder;
se venderían incluso a Sharra si creyesen que podían hacerlo sin peligro. Tú
ahora estás impotente y solo. Y yo... ―quiso decir moviendo la boca pero no
salió ningún sonido.
Finalmente,
dijo:
―Soy
una Guardiana y podría hacerme con todo el poder de Ashara si quisiera. Ashara
me daría fuerzas bastantes para dominar a todo el Consejo si la dejara hacer a
ella, pero yo, yo no quiero ser un títere, Lew, no quiero ser únicamente el
peón de ella. ¡No quiero! El Consejo tira de mí por un lado; Ashar, por el
otro. Beltran no puede ser peor.
Estábamos
agarrados como niños que sienten miedo en la obscuridad. Ella era toda blanda
en mis brazos. Apreté mi instintiva caricia; luego, su protesta medio expresada
se disolvió en medio de un beso. No opuso ninguna resistencia cuando la puse en
pie y le hice agachar su cabeza bajo la mía.
Afuera,
el último rastro del sol caído tras las cumbre de Nevarsin, dejaba que las
estrellas empezasen a hacer guiños en el cielo desnudo.
CAPÍTULO
VI
En
el apogeo del poder Comyn, hace siglos, la cámara de cristal debió de parecer
pequeña a todos los que, por derecho de sangre, podían aspirar a tener entrada
en la jerarquía. Una bien distribuida luz azulada derramaba un resplandor
difuso sobre las paredes cristalinas; destellos verdes, escarlatas y dorados,
pintaban pequeñas explosiones. Al mediodía, era como vivir en el cogollo de un
arco-iris; por la noche, parecía una sala que alta y suelta mecida por los
vientos del espacio.
Allí
era donde yo había sido presentado por vez primera al Comyn, un chiquillo de
cinco años, de osamenta demasiado amplia y muy moreno para ser un niño
verdaderamente Comyn. A pesar de mis pocos años, recordaba los debates y cómo
gritaba el viejo Duvic Elhalyn.
―¡Kennard
Alton, malgastas nuestro tiempo y profanas este lugar sagrado trayendo al
Consejo a tu bastardo mestizo!
Y yo
podía ver en mi memoria cómo mi padre se revolvía salvajemente, me alzaba por
encima de todos ellos, a la vista de todo el Comyn, y gritaba:
―¡Mira
al niño y trágate esas palabras!
Y el
viejo Señor se las había tragado. Nadie desafió nunca a mi padre dos veces. De
poco me había servido su furia. Mestizo yo lo era, bastardo seguía siéndolo,
extraño lo era y lo sería; tanto como aquel niñito que había estado sentado
durante horas presenciando las largas ceremonias que no entendía, doliéndole el
brazo por el roce de la matriz que había estampado su modelo en la carne para
sellar la cualidad Comyn de aquella criatura. Miré impasiblemente mi muñeca.
Todavía tenía la señal. Unas tres pulgadas más arriba del sitio por donde me
habían cortado la mano.
―¿Qué
estás rumiando ahí solo? ―preguntó Derik.
―Lo
siento. ¿Decías algo? Estaba recordando mi primer Consejo. Entonces éramos
muchos más.
Derik
se echó a reír.
―Entonces
era la época en que buscabas a gente que te siguiera, pillastrón.
El
pensamiento no era desagradable. Mis propias tierras, verdes valles fértiles en
las altiplanicies alrededor de Daillon, estaban aguardándome. Miré a Callina;
estaba sentada junta a Linnell, encogidas las dos en un gran sillón que habría
podido albergar a una docena de muchachas de la estatura de estas dos. Derik se
acercó a ellas y permaneció en pie hablando con Linnell. Ella parecía sentirse
feliz, y la cara inexpresiva y hermosa del príncipe semejaba estar encendida
por una luz interior. No es que fuese realmente estúpido Derik; era únicamente
aburrido.
No
lo bastante bueno para Linnell. Pero ella lo quería.
Dio
Ridenow sorprendió mi mirada y bajó luego la suya con un rubor de
resentimiento. Dyan Ardáis llegó por la puerta prisma y fruncí el ceño
suspicazmente. Dyan, y sólo Dyan, había sido más que un muchacho solitario,
despreciado por el Comyn a causa de su sangre extraña, un muchacho impotente.
Yo, solo, también me hallaba impotente y lisiado. Pero juntos constituíamos una
poderosa amenaza contra su ambición.
El
atentado de Kadarin contra mi vida era una cuestión personal y, además, él
había anunciado legalmente por escrito sus intenciones. Los Rastreadores solían
robar. ¿Pero iban a arriesgarse a matar a un Alton ni siquiera por accidente?
Las represalias por cosas así eran rápidas y terribles, o las habían sido
cuando el Comyn era merecedor del nombre. Con rápida decisión, me abrí y me
puse en contacto con la mente de Dyan. El se enfureció y levantó la cabeza,
cerrando las barreras contra mí. Y yo no acepté el desafío. Todavía no.
Hastur
nos llamaba al orden. Naturalmente, era una mera formalidad, un ademán para
apaciguar a los que habían estado ausentes o enfermos. Ostensiblemente, puesto
que esta ceremonia de clausura del Comyn no podía celebrarse hasta tanto que
todo aquel que tuviese derechos laran en el Comyn estuviesepresente, ningún
miembro podía quejarse de que no había tenido la oportunidad de ser escuchado.
Teóricamente, yo podía mantenerlos allí todo el tiempo que se me antojase ―yo o
cualquier miembro descontento― simplemente negando mi aquiescencia a que se
clausurara la sesión. Pero en realidad, cualquier pequeñez, cualquier
insignificancia susceptible de consumir el tiempo, podía esgrimirse y
argumentarse hasta el infinito; cualquier cosa capaz de salvarme de la necesidad
de hablar. Hasta que el tiempo o el cansancio pusiesen fin a la sesión y me
silenciasen sobre aquellas cuestiones para siempre. Una vez que el Consejo
quedaba clausurado, yo me vería obligado por la ley Comyn y por muchos
juramentos a no seguir discutiendo aquellos temas. Yo había visto antes cómo se
usaba la técnica del bloqueo.
La
trivialidad no tardó en llegar. Lerrys Ridenow se puso en pie y lanzó una
mirada belicosa por toda la sala, y Hastur extendió su vara de mando hacia Lerrys,
sin fijarse en mí.
―Comny,
tengo una queja personal...
Vi
cómo las manos de Dio se enlazaban con fuerza. ¿Se atrevería en realidad Lerrys
a sacar a relucir aquel asunto ante el Consejo del Comyn, o me pediría
satisfacción tan tardíamente por lo sucedido en otro planeta? Pero Lerrys no me
estaba mirando a mí, sino a Derik.
―Señores,
en estos días en que permanecen apartados el Comyn y los demás poderes de
Darkover, nuestro joven gobernante debería tomar una consorte que estuviese
fuera del Consejo y cerrar así alguna alianza fuerte. También Linnell Aillard
podría conceder el derecho que se deriva del matrimonio a algún hombre fuerte y
leal.
Me
quedé mirando fijamente. Dio y yo nos habíamos librado de la censura pública,
pero esto casi era peor. Linnell estaba blanca por la conmoción sufrida, y
Callina se irguió enojadamente y exclamó:
―¡Linnell
es mi pupila! ¡Esto no es asunto para que se inmiscuya el Consejo!
Dyan
captó la frase maliciosamente.
―¿Inmiscuirnos?
¿Es que una Guardiana Comyn puede oponerse a la voluntad del Consejo?
―No
por lo que a mí se refiere ―replicó Callina, todavía en pie con aire
desafiante. ¡Pero sí en lo que concierne a Linnell!
Yo
sabía que todo aquello no era más que un pretexto dilatorio, pero no podía
mirar la carita asustada de Linnell y quedarme callado.
―¡Idiotas!
―dije ásperamente―. ¡Sí, tú también Regente! Muy hábilmente habéis precipitado
el Consejo aprovechándolos de que yo estaba sin conocimiento.
―Esta
enorme falta de respeto a las maneras del Consejo ―repuso Lerrys con tono
lánguido― demuestra que Lew Alton no está todavía en sus cabales.
―O
demuestra que vosotros habéis ingeniado este procedimiento ―repliqué,
volviéndome hacia él―. Este Consejo era una farsa y ahora se está convirtiendo
en un alboroto. Estamos aquí sentados como verduleros en la plaza del mercado
discutiendo sobre matrimonios. ¿Es que se puede apuntalar con mondadientes la
ruptura de un dique Todos me estaban escuchando, pero me detuve porque ira nudo
se me formaba en la garganta? ¿Qué era aquello?
El
rostro de Callina parecía ondular en el centelleo del arco-iris. ¿O eran mis
ojos? Pero ella escuchó mis palabras y dijo:
―¡Oh,
estamos tan a salvo, señores míos, que nos sobra mucho tiempo para estas
tonterías! Mientras que los terráqueos siguen encandilando a la gente y
organizando una sucia ciudad comercial fuera de nuestra Thendara, nos dedicamos
aquí a perdernos en disputas, dejando que nuestros jóvenes señores disfruten en
otros planetas ―y la mirada de ella se posó fríamente en Dio Ridenow― mientras
nosotros nos reunimos en la Cámara de Cristal para concertar matrimonios. ¡Y la
matriz de Sharra está en manos de Kadarin! Tuvisteis una demostración el otro
día de cuáles son los poderes de nuestro Comyn. ¿Y qué hicisteis? Dejasteis que
Marius Alton fuera asesinado y que Lew fuese herido. Y era a esos a los que
teníais que haber protegido por encima de todos los demás. ¿Quién de vosotros
puede responder por la vida de Marius? ¿Quién de vosotros se atreve a ocupar su
lugar?
Antes
de que nadie pudiese contestar, intervine de nuevo:
―Los
terráqueos nos han dejado un pequeño poder para gobernar, y nosotros jugamos en
nuestro rinconcito del planeta como niños que se disputan sus juégueles. El
pueblo solía odiar a los terráqueos. Ahora es a nosotros a quienes odian. Ojalá
saltase un caudillo de cualquier parte o de ninguna y prendiese fuego a toda
podredumbre. Mientras yo estaba en Tierra, le oí decir a alguien que Darkover
era el eslabón débil en el Imperio terráqueo. Podríamos ser el eslabón por el
que se rompo la cadena de la conquista. ¿Y es eso lo que estamos haciendo?
Me
detuve bruscamente, sin aliento, al darme cuenta, primero, de que Callina y yo
estábamos en contacto telepático, a pesar de los amortiguadores, y en segundo
lugar, que aquella débil superficie de contacto me estaba agotando por
completo. Envié una orden desesperada: ¡Rómpelo! ¡Sal! ¿Qué estaba haciendo
aquella muchacha? Me era imposible mantener aquel tipo de relación bajo un
amortiguador. Ella se aferraba incomprensiblemente, y me desenfrené en una
rápida oleada telepática para desconectarla. Yo estaba ya tan débil que apenas
podía mantenerme en pie. Me agarré a la barandilla y me dejé caer en el
asiento, pero no pude librarme del todo de la inmisericordiosa garra asida a mi
mente. ¿Era la de Callina?
La
sala estaba en completo silencio. Vi el rostro de Dio, tenso y pálido. Lerrys
exclamó, sofocado:
―¿Qué
les pasa a los amortiguadores? Hastur se puso en pie, inclinándose sobre la
larga mesa, y comenzó a hablar; luego, miró hacia arriba. Tenía la boca
abierta, en un gesto de profundo asombro.
Callina
permanecía helada, inmóvil. El suelo onduló bajo mis pies, incansablemente,
pareciendo que nunca más se quedaría firme en su sitio. Y por encima de
nosotros hubo un débil resplandor, una distorsión del aire. Dio gritó.
―El...
el signo de la muerte ―balbuceó alguien, y se acallaron las voces en un
silencio mortal.
Miré
fijamente al signo que centelleaba como letras de fuego vivo en el aire, y
sentí que mi sangre se helaba y que la fuerza se escapaba de mí como agua. El
retorcido espacio se doblaba y centelleaba, y mi interior estaba aullando y
farfullando, reducido al pánico primario. Desde tiempos inmemoriales, antes de
que el sol de Darkover se redujese a una pavesa agonizante, ese signo anunciaba
ruina y muerte, los cuerpos y las mentes agotados hasta la destrucción.
―¡Brujería! ¡Ella es el diablo! Era la voz de Dyan estallando en imprecaciones;
dio tres rápidos saltos hacia Callina, la cogió por los hombros y la arrancó
fuera de sitio que ocupaba ante el Alto Asiento; arrojándola, luego, con toda
la fuerza de su delgado cuerpo, a la sala.
Y el
joven Regis, movido por alguna misterioso impulso, saltó y recogió el
tambaleante cuerpo de Callina en el momento en que ésta iba a caer. La escena
rompió el horror estático que me sujetaba; me volví para mirar de frente a
Dyan. ¡Al fin, yo tenía razón! El hombre que osa tocar a una Guardiana pierde
el derecho a la inmunidad. Una furia aniquiladora surgió de mí cogiendo a Dyan
desprevenido. El Don Alton, incluso desenfocado, puede ser una cosa maligna. Su
mente cayó en segundos hecha jirones ante la mía. Le lancé malignas
proyecciones. Yo estaba inmensamente satisfecho. Había estado aguardando este
desafío desde que él exploró mi mente en la astronave. Se retorció, se dobló y
cayó, lanzando en voz alta desesperados lamentos sollozantes.
El
dibujo de llamas, flameó, se fue desvaneciendo y desapareció. El espacio en la
sala estaba quieto, normal de nuevo.
Callina
seguía apoyándose en Regis, pálida y sacudida. Yo seguí atacando a Dyan; sus
defensas habían sido barridas y habría sido fácil romper el último hilo de su
vida. Pero Derik se arrojó hacia delante, abarcándome fuertemente con sus
brazos.
―¿Qué
estás haciendo, loco?
Hay
algo en un contacto que puede dejar la mente desnuda. Y lo que toqué entonces
sacudió mi mundo. Derik era un canijo; esto siempre lo había sabido yo; ¿pero
esta... esta desordenada, impasible confusión..? Me aparté incapaz de soportar
un segundo más de este contacto, abandonando mi salvaje ataque a Dyan.
La
voz de Hastur, dura y sombría, ordenó:
―¡En
el nombre de los Aldones! Tengamos paz aquí, al menos.
Dyan
se tambaleó y se volvió a su sitio. Yo no podía moverme, aunque no había dejado
de desafiar a Hastur. El Regente miró grave a Callina.
―Un
incidente serio, Callina comynara.
―Verdaderamente
serio. Pero, ¿solamente para mí? ―Se liberó del brazo protector de Regis―. ¡Ah,
ya veo! Me censuras por la... la manifestación.
―¿A
quién, si no? ―gritó Dio estridentemente―. Con su aire de mosquita muerta, ella
y Ashara... ella y Ashara...
Callina
dirigió hacia ella una mirada terrible.
―¿Es
que toda tu vida puede contarse en un Consejo público, Dio Ridenow comynara? Tú
misma buscaste a Ashara una vez.
Los
ojos de Dio buscaron los míos. Luego, con el rápido movimiento desesperado de
una abandonada, se arrojó en brazos de su hermano Lerrys y apoyó la cabeza en
los hombros del joven.
Callina
hizo frente a todos con altiva dignidad.
―No
necesito defenderme de tu estúpido pánico, Dio ―dijo―. En cuanto a ti, Dyan
Ardais, no te pido ninguna clase de cortesías, pero ya sabes que si me tocas
otra vez lo haces a riesgo de tu vida. Que todo el mundo oiga esto y que sepa
lo que cuesta poner un dedo encima de mí; soy una Guardiana. Y ningún hombre
conserva la vida para maltratarme tres veces.
Se
volvió hacia la puerta. Y hasta que las cortinas se replegaron suavemente tras
ella, hubo silencio.
Luego,
Dyan se echó a reír con una risa baja y desagradable.
―No
has cambiado nada en seis años, Lew Alton. Sigues sintiendo la misma pasión por
las brujas. Aquí estás defendiendo a nuestra maga lo mismo que aquella otra vez
en que echaste por tierra todo tu honor Comyn por la pitonisa de la montaña de
Kadarin que buscaba atraer a un Señor Comyn a su lecho...
Pero
aquello fue todo lo que él consiguió decir.
―¡Infiernos
de Zandru! ―grité―, ¡ella era mi esposa y guárdate de pronunciar su nombre con
tu sucia lengua!
Descargué
un golpe con mi mano en aquella boca que sonreía. Rugió y retrocedió, luego, su
mano bajó como el rayo dentro de su camisa.
Y
Regis se lanzó como el rayo contra él y se apoderó del pequeño objeto mortífero
que el otro se llevaba a los labios. El muchacho lo arrojó al suelo asqueado.
―¡Una
pipa venenosa en la Cámara de Crista! ¿Y eras tú el que hablabas de honor, Dyan
Ardáis? Uno de los hermanos Ridenow me tenía agarrado un brazo con la mano,
pero no hacía falta.
Yo
ya había tenido todo lo que podía soportar.
Les
volví la espalda y me marché.
Habría
sido estrangulado si hubiese permanecido allí un minuto más.
Sin
saber adonde me llevaban mis pasos ni preocuparme de eso, empecé a subir hacia
las alturas del Castillo Comyn. Encontraba un amargo alivio en ir ascendiendo
tramo tras tramo de escalera; la cabeza agachada y dolorida, pero impulsado por
una necesidad de acción física.
¿Por
qué diablos no me habría quedado en Tierra?
¡Aquel
signo maldito! Casi la mitad del Comyn lo considerará una aparición
sobrenatural, una advertencia de peligro. Significaba peligro, en efecto, pero
no había nada sobrenatural en él. Era todo pura mecánica y por eso me asustaba
más que cualquier visita espiritual.
Era
una matriz trampa; una de las viejas matrices ilegales, que operaba
directamente sobre la mente y las emociones, suscitando recuerdos raciales,
miedos atávicos: todos los horrores del subconsciente liberado del individuo y
de la raza, retrotrayendo al hombre a la bestia primitiva e irracional.
¿Quién
podría haber construido un modelo como aquél?
Yo
podía haberlo hecho, pero no había sido yo. ¿Callina? Ninguna Guardiana con
vida blasfemaría de su cargo de semejante manera. ¿Lerrys? Podía ocurrírsele
como una broma pervertida, pero yo no creía que tuviese práctica para aquello.
¿Dyan? No, aquello lo había asustado. ¿Dio, Regis, Derik? Ahora estábamos ya
haciéndonos tontos; lo único que me quedaba era acusar al viejo Hastur o a mi
pequeña Linnell después.
Ahora
Dyan. Yo no podía ni siquiera tener el consuelo de matarlo en lucha leal.
Incluso
con una mano, no me daba miedo de luchar con él. No con un hombre de la edad de
Dyan. No leo la mente de mi antagonista, como un telépata en un cuento de
miedo, para adivinar los golpes de su espada. Eso exige una concentración
intensa e inmóvil. Nadie, ni siquiera el legendario hijo de Aldones, podría
reñir un duelo de esa manera.
Pero
ahora, por más que me viesen pelear con él ante cien testigos, gritarían que
había sido un asesinato. Después de lo de hoy y de lo que ellos me habían visto
hacer a Kandarin. No podía hacérselo a ningún otro. Kandarin y yo habíamos
estado en tiempos en contacto por medio de Sharra, y, aunque no nos gustase
nada, teníamos cada uno un pie en la mente del otro.
Pero
Dyan no sabía eso.
Dyan
no sabía tampoco, pero él ya había tenido su venganza.
Seis
años de vagabundeo por el Imperio me habían curado en todo lo que la curación
era posible. Ahora no soy el joven hecho trizas que huyó de Darkover años
antes. No soy el joven idealista que halló, en Kadarin, una esperanza de
reconciliar sus dos individualidades en guerra, o el que vio en una muchacha de
ojos ambarinos todo lo que deseaba en este mundo o en el siguiente.
O
por lo menos creí que no lo era ya. Pero el primer golpe en mi cascara la había
roto y la había dejado abierta de par en par. ¿Qué iba a pasar ahora?
Me
encontraba en un alto balcón que sobresalía por encima de las murallas del
Castillo Comyn. Abajo, el terreno se extendía como un mapa pintado de siena
quemado, rojo, oro sombrío y ocres. Alrededor de mí, se alzaban los
iridiscentes muros del Castillo, que reflejaban la luz caediza del rojo sol,
devolviéndola como sangre y fuego. El sol sangriento. Así es como los
terráqueos denominan al sol de Darkover. Un mero nombre, para ellos y para
nosotros.
Y
muy por encima de mí se levantaba la alta aguja de la Torre de la Guardiana,
arrogantemente apartada del Castillo y de la Ciudad. Levanté la mirada hacia
allá, lleno de aprensión. No creía que Ashara, por vieja que fuese ya, fuera a
permanecer apartada de un holocausto en el Comyn.
Alguien
pronunció mi nombre y me volví y vi a Regis Hastur en la puerta de arco.
―Traigo
un mensaje para ti ―dijo―. Pero no te lo voy a dar.
Sonreí
sardónicamente.
―No
me lo des, entonces. ¿Pe qué se trata?
―Me
mandó mi abuelo a buscarte para decirte que volvieras. La verdad era que yo
mismo necesitaba una excusa para salir.
―Supongo
que debo darte las gracias por arrebatarle a Dyan la pipa mortífera. Aunque
ahora casi me inclino a pensar que nos habrías salvado a todos de un gran jaleo
si se la hubieses dejado usar.
―¿Vas
a combatirlo?
―¿Cómo
podría? Ya sabes lo que dicen de los Altons.
El
muchacho vino a reunirse conmigo a la barandilla.
―¿Quieres
que luche yo con él en nombre tuyo? Eso es legal también.
Traté
de ocultar lo mucho que me conmovía su oferta.
―Gracias.
Pero harías mejor manteniéndote al margen de este asunto.
―Es
demasiado tarde para eso. Ya estoy metido hasta la cintura.
Pregunté,
obedeciendo a un impulso repentino:
―¿Conocías
bien a Marius?
―Ahora
desearía poder decir sí. ―Su rostro mostraba una vergüenza extraña―.
Desgraciadamente, no, nunca lo conocí bien.
―¿Lo
conoció alguien?
―No
creo. Aunque él y Lerrys eran amigos en cierto modo.
Regis
trazó un dibujo caprichoso en el polvo con el tacón de su bota. A los pocos
momentos, lo borró con la puntera y dijo:
―Pasé
unos cuantos días en el Castillo Ridenow antes de venir al Consejo, y...
―vaciló―. Esto es difícil, lo oí por casualidad,, y la única cosa honorable que
podría hacer era obligarme a no repetirlo. Pero el muchacho está muerto ahora y
creo que tienes derecho a saberlo.
No
dije nada. Yo no tenía derecho alguno a insistir para que un Hastur violase su
palabra. Esperé que fuese él quien decidiera. Por último, dijo:
―Fue
Lerrys el que sugirió la alianza con Aldaran, y Marius en persona fue al
Castillo Aldaran como embajador. ¿Crees tú que Beltran habría tenido la
insolencia de ofrecer casarse con una Guardiana sin ser solicitado?
Yo
debería haberme dado cuenta de aquello. Alguien tenía que haberle dicho a
Beltran que una oferta así sería tomada en serio. Pero, ¿estaba Regis violando
su secreto sólo para decirme que mi hermano había intervenido como peón de
órdenes en una intriga ligeramente traicionera?
―¿No
comprendes? ―preguntó Regis―. ¿Por qué Callina? ¿Por qué una Guardiana? ¿Por
qué no Dio o Linnell o mi hermana Javanne o cualquiera otra de las comynaras? A
Beltran no le importaría. En realidad, probablemente, aceptaría a una muchacha
ordinaria con tal de que pudiese darle derechos laran en el Consejo. No.
Escucha, tú conoces la ley: la de que una Guardiana debe permanecer virgen o
pierde su poder para trabajar en las pantallas.
―Eso
es una tontería ―contesté. ―Tontería o no, ellos lo creen. El caso es que este
casamiento lanza dos naves de un solo golpe. Beltran queda aliado con ellos, y
Callina sale del ámbito del Consejo por medios buenos, leales, seguros y
legítimos.
―Empieza
todo a encajar ―dije―. Lo de Dyan y lo demás. ―Había, después de todo, algo que
Dyan quería menos que un varón capaz y adulto de los Altons en el Consejo; una
Guardiana Comyn podía ser una amenaza mucho mayor para él―. Pero ese casamiento
sólo podrá celebrarse pasando sobre mi cadáver.
Comprendió
inmediatamente lo que yo quería decir.
―¡Entonces,
cásate tú ahora mismo con ella, Lew! Hazlo ilegalmente, si es preciso, en la
zona terráquea.
Sonreí
con ironía y dejé al descubierto mi brazo mutilado. Según la ley darkoviana, no
podía casarme mientras Kadarin viviera. Una disputa de sangre no resuelta tiene
preferencia sobre cualquier otra obligación humana. Pero con arreglo a la ley
terráquea podíamos casarnos.
Sacudí
la cabeza, pesadamente.
―Ella
nunca consentiría.
―Si
Marius estuviese vivo ―suspiró Regis, y me emocionó la sinceridad de sus
palabras; la primera lamentación sincera que yo había oído de nadie, aunque
todos me hubiesen expresado sus condolencias formales.
Me
gustaba más que él no fingiese ninguna pena personal, sino que se limitase a
decir:
―El
le hacía mucha falta al Comyn. Lew, ¿podrías tú utilizar a cualquier otro
telépata, a mí por ejemplo, para un foco como aquél ―No sé ―dije―. Creo que no.
Preferiría no probarlo. Tú eres un Hastur y probablemente eso no te mataría,
pero no sería divertido. ―Mi voz se endureció de pronto―. Y ahora dime qué es
lo que has venido a decirme en realidad.
―El
signo de la muerte ―dijo a bocajarro y luego la cara se le contrajo de pánico―.
No quería hacer eso, no quería...
Yo
podría haber logrado su confianza si hubiese aguardado. En lugar de eso, hice
algo que todavía me avergüenza. Apresé una de sus muñecas con mi mano buena, y
con un rápido giro, una llave que yo había aprendido en Vialles, lo inmovilicé
contra la barandilla. Se dispuso a saltar contra mí y entonces capté su
pensamiento.
No
puedo pelear con un hombre que tiene sólo una mano.
Aquello
endureció mi furor; y en aquel instante de negra cólera disparé mi látigo
psíquico y forcé el contacto con él; penetré en su mente con rudeza, con un
rápido y casual giro palpador que cogió lo que necesitaba y se retiró luego.
Blanco
como el mármol, tembloroso, Regis permanecía agarrado a la barandilla; y yo,
con el gusto del triunfo amargándome todavía en la lengua, le volví la espalda.
Para justificar mi propio autodesprecio, hice que la voz me saliera dura:
―Así
pues, fuiste tú el que construiste el signo. Tú, un Hastur.
Regis
dio media vuelta, temblando de cólera.
―Te
rompería la cara por eso si no fueras... ¿Por qué diablos lo has hecho?
Contesté rudamente: ―Descubrí lo que quería saber. El farfulló:
―Lo
descubriste. ―Luego, llameándole los ojos, pero con voz insegura, añadió―: Eso
es lo que me aterraba. Por eso vine a buscarte. Tú eres un Alton y creí que lo
sabías. En el Consejo, me golpeó algo. No sé nada de mecánica de matrices,
seguramente tú sí lo sabes. No comprendo cómo lo hice ni para qué.
Sencillamente tracé el puente en el agujero e hice el signo. Pensé que podría
decírtelo, preguntarte...
Se
le quebró la voz, al borde ya del histerismo; lo oí farfullar, como un niño que
se esfuerza en no echarse a llorar. Temblaba con todos sus miembros. Dijo por
fin:
―Es
verdad. Estoy todavía asustado. Podría matarte por lo que has hecho. Pero no
hay ninguna otra persona a quien pedirle ayuda. ―Tragó saliva―. Lo que tú
hiciste, lo hiciste abiertamente. Eso lo puedo resistir. Lo que no puedo
resistir es no saber qué podría hacer yo a continuación.
Avergonzado
y con los nervios deshechos, me aparté de él. He aquí que Regis, que había
tratado de hacerse amigo mío, había recibido el mismo tratamiento que yo podría
haberle dado a mi peor enemigo. No me era posible mirarle a la cara.
Al
cabo de un rato, me siguió.
―Lew
―dijo―, tenemos que olvidarnos de esto. No podemos permitirnos el lujo de
pelear. ¿Se te ocurrió a ti? Estamos cogidos los dos en la misma trampa, los
dos estamos haciendo cosas que no haríamos en nuestros cabales.
El sabía
y yo sabía que no era lo mismo; pero aquello me concedió fuerzas para dar media
vuelta y mirarlo.
―¿Por
qué lo hice, Lew? ¿Cómo, para qué?
―Con
calma ―dije―. No pierdas la cabeza. Todos estamos asustados. Yo estoy asustado
también. Pero tiene que haber una razón.
Hice
una pausa, tratando de reunir mis recuerdos sobre los dones Comyn. Ahora en su
mayor parte son recesivos, extendiéndose por intermatrimonios con gente de
fuera, pero Regis era físicamente atávico, un salto atrás al tipo Comyn puro;
podía ser también un retroceso mental.
―El
Don Hastur, cualquiera que sea, está latente en ti ―dije―. Quizás
inconscientemente tú sabías que el Consejo debía ser interrumpido y adoptaste
esa forma drástrica para conseguirlo. ―Añadí sin mucha confianza―: Si lo que ha
sucedido, no hubiera sucedido, me brindaría a entrar en tu mente y rebuscar en
ella. Pero, bueno, no creo que ahora confíes en mí.
―Probablemente
no. Lo siento.
―No
lo sientas ―dije con rudeza―. Después de esto, ni siquiera yo confío en mí
mismo. Pero Ashara o Callina o, en este aspecto, cualquiera de las Guardianas,
podría hacer un sondeo profundo y descubrírtelo.
―Ashara...
―Alzó la mirada pensativamente hacia la Torre de la Guardiana―. No sé. Tal vez.
Nos
inclinamos sobre la barandilla, mirando abajo al valle, apagado ahora y
obscurecido por la noche que iba cayendo. Un trueno abaritonado sacudió de
pronto al Castillo, y un dardo de plata cruzó con la velocidad de una bala el
cielo, dejando una cola carmesí de cometa, y desapareció.
―Cohete
correo ―dije― de la zona terráquea.
―Tierra
y Darkover ―dijo una voz detrás de nosotros―: La fuerza irresistible y el
objeto inamovible.
El
viejo Hastur se acercó al balcón. Se unió a nosotros.
―Ya
sé, ya sé ―continuó― que a los jóvenes Altons no les gusta que los manden de un
lado a otro. Francamente, tampoco a mí me gusta hacerlo; soy ya muy viejo. ―Le
sonrió a Regis―. Te mandé fuera para evitarte, lo mismo que a Lew, que te
metieras en el jaleo. Pero me habría gustado que hubieses controlado tus
nervios, Lew Alton.
―¿Mis
nervios?
La
injusticia de aquel reproche me dejaba sin saber qué decir.
―Ya
lo sé, ya sé que te provocaron. Pero, si hubieses controlado tu justa cólera ―y
pronunciaba las palabras con un tonillo de ácida ironía―, Dyan habría quedado
definitivamente en una situación comprometida. Tal como ha sucedido la cosa,
tenemos por lo pronto que has violado la inmunidad Comyn, y eso es grave. Dyan
jura que exigirá que se expida contra ti un mandamiento de destierro.
Repliqué,
casi indulgentemente:
―No
puede hacerlo. La ley requiere que haya por lo menos un heredero laran de cada
dominio o, si no, ¿por qué te tomaste tantas molestias para llamarme? Soy el
último Alton vivo, y sin hijos. Ni siquiera Dyan puede quebrantar el Comyn de
esa manera.
Hastur
se enfurruñó:
―Entonces,
¿crees que puedes violar todas nuestras leyes por el hecho de ser
irreemplazable? Piénsalo bien, Lew. Dyan jura que ha encontrado un heredero
tuyo.
―¿Mío?
Eso es una asquerosa y ridícula mentira ―dije furiosamente―. He vivido fuera
del mundo durante seis años. Y soy un mecánico de matrices. Tú sabes lo que eso
significa. Y es del dominio público que he vivido en la soltería.
Mentalmente,
me absolví de la única excepción. Si Dio había dado a luz a un descendiente mío
después de aquel verano en Vainwal, yo lo habría sabido. ¿Sabido? ¡Me habrían
asesinado por eso!
El
Regente me lanzó una mirada escéptica.
―Sí,
sí, ya lo sé. Pero, ¿y antes? No eras tan joven como para ser físicamente
incapaz de engendrar un crío, ¿no te parece? La criatura es Alton, Lew.
Regis
dijo lentamente:
―Por
otra parte, tu padre no era que dijéramos un eremita. Y, puestos a suponer,
¿qué edad tenía Marius? Podía haber engendrado un hijo casual en cualquier
parte.
Reflexioné
en aquello. Me parecía muy improbable que yo hubiese sido padre. No imposible,
desde luego, recordando ciertas aventuras del comienzo de mi virilidad, pero sí
improbable. Por otra parte, ninguna mujer darkoviana se atrevería a achacarme a
mí o a mis difuntos parientes que fuésemos padre de su criatura, a menos de que
estuviera segura por encima de todas las dudas humanas. Se necesita más valor
del que tienen la mayoría de las mujeres, para mentir a expensas de un
telépata.
―¿Y
suponiendo que yo diga que esto es un farol de Dyan? Habría que presentar a ese
supuesto descendiente mío, probar que soy su padre, colocarlo donde estoy yo
ahora, expedir un mandamiento de destierro contra mí y darle así gusto a Dyan.
Pero es el caso que yo nunca quise volver. Supongamos que me muestro de
acuerdo.
―Entonces
―dijo Hastur, gravemente―, volveríamos a vernos colocados en el punto de
partida. ―Posó su arrugada y vieja mano en mi brazo―. Lew, luché para que se te
llamase porque tu padre fue amigo mío y porque nosotros los Hasturs estábamos
gravemente superados en número en el Consejo. Pensé que el Comyn te necesitaba.
En estos momentos, allá abajo, cuando les echabas en cara sus peleas,
comparándolos con chiquillos que se disputan unos juguetes, concebí grandes
esperanzas. No me hagas aparecer como un tonto rompiendo la paz a cada momento.
Agaché
la cabeza, sintiéndome agraviado e infeliz.
―Lo
procuraré ―dije por fin, débilmente―, pero, ¡por la espada de Aldones!, habría
preferido que me dejarais afuera, en el espacio.
CAPÍTULO
VII
Después
que los Hasturs me dejaron, volví a mis habitaciones y reflexioné sobre lo que
me habían dicho.
Lo
cierto era que había entrado en la trampa de Dyan y que ésta se había cerrado
detrás de mí. Tenía que agradecerle a Hastur no estar ya desterrado. Durante
todo este tiempo, según comprendía yo ahora, me habían estado incitando para
que cometiese una falta pública. Y entonces allí tenían a aquel chiquillo mío o
de mi padre o de Marius, un dócil muñeco; no un hombre crecido con poder en sus
propias manos.
Y
Callina. Aquella idea de que una Guardiana tenía que ser virgen; una convicción
supersticiosa, pero tras la cual debía esconderse algún grano de verdad
científica, como pasaba con todas las demás fábulas y tradiciones Comyn.
Los
supersticiosos podían creer lo que quisieran. Pero por mi propia experiencia yo
sabía esto: cualquier telépata que trabajara entre las pantallas de control
descubriría que sus reflejos físicos y nerviosos están enclavijados todos en
los modelos de matrices. Un técnico en matrices soporta períodos prolongados de
celibato, estrictamente involuntario. Esta impotencia es una defensa de la
naturaleza. Un mecánico de matrices que excite sus reacciones nerviosas, por
excesos físicos o emotivos, trastorna su equilibrio endocrino y ha de pagar por
ello. Puede sobrecargar su sistema nervioso hasta un punto en que se produce el
cortocircuito y estalla como un fusible; hundimiento nervioso, agotamiento y
usualmente la muerte.
Una
mujer no tiene la defensa física de la impotencia. Las Guardianas han estado
siempre severamente enclaustradas. Una vez que se ha excitado a una muchacha,
una vez que ha sido despertada la primera respuesta sensual, son tan
desastrosos los efectos físicos en los nervios y en el cerebro, que no hay
manera de determinar el límite de seguridad. Para una mujer, el cuadro es
blanco o negro. Castidad absoluta o renunciar a su trabajo en las pantallas.
Yo
también debía ser cuidadoso; había expuesto a Callina a un peligro terrible.
Di
media vuelta para ver al viejo Andrés riñéndome: un terráqueo rechoncho y feo,
feroz y huraño; pero yo lo conocía demasiado bien para dejarme engañar por sus
miradas feroces.
Nunca
llegué a saber cómo un terráqueo que había sido hombre del espacio se había
ganado tan totalmente la confianza de mi padre, pero era el caso que Andrés
Ramírez había formado parte de nuestra casa desde que yo podía recordar. Me
había enseñado a montar a caballo, había hecho juguetes para Marius, nos había
separado cuando nos peleábamos o nos había reñido si galopábamos a rienda
suelta, y nos había contado interminables cuentos mentirosos que no daban el
menor detalle sobre su verdadera historia. Nunca llegué a saber si era que no
podía o que no quería volver a Tierra; pero se me quitaron veinte años de
encima cuando le oí gruñir:
―¿Qué
estás ahí rumiando?
―¡No
estoy rumiando, demonios! ¡Estoy pensando!
El
viejo rezongó:
―Está
ahí el joven Ridenow que quiere verte. ¡Bonitas amistades tienes tú estos días!
En la otra habitación, Lerrys estaba en pie esperándome, tenso, aparentemente
incómodo. Su actitud me crispó los nervios, pero, con algo parecido a la
cortesía, le indiqué que tomase asiento.
―Si
vienes como enviado de Dyan, dile que no se moleste. La lucha queda suspendida.
Así lo ha decidido Hastur. Lerrys se sentó.
―Pues
no. A decir verdad, te traigo una proposición. ¿No has pensado nunca que ahora
que tu padre ha desaparecido, tú y yo y Dyan constituimos la verdadera fuerza
del Comyn?
―Tienes
muy buena compañía ―dije secamente.
―Dejémonos
de insultos. No hay motivo alguno para que luchemos entre nosotros, hay
bastante para todos. Tú eres medio terráqueo; supongo que tendrás algo del
sentido común terrestre. Tú sabes cómo el Imperio terráqueo tratará este
asunto, ¿verdad? Entrarán en tratos con cualquiera que ocupe una posición desde
la que pueda dar órdenes. ¿Por qué no habíamos de ser tú y yo y Dyan los que
señalásemos las condiciones para Darkover?
―Traición
―dije lentamente―. Estás hablando como si el Comyn hubiese quedado ya
descartado.
―Está
condenado a desaparecer en una generación o dos ―dijo Lerrys quedamente―. Tu
padre y Hastur han podido ir sosteniéndolo, por la pura fuerza de la
personalidad, durante los últimos doce años. Has visto a Derik. ¿Crees que él
puede ocupar el puesto de Hastur?
Yo
no lo creía.
―Sin
embargo ―dije―, soy Comyn y tengo hecho el voto de alinearme detrás de Derik
mientras éste viva.
―Y
retrasar el desastre una generación más a toda costa, ¿no? ―preguntó Lerrys―.
¿No es mejor hacer ahora algún arreglo y no esperar el gran estallido dejando
que las cosas se hundan durante años en la anarquía y nos cueste mucho tiempo
volverlas a enderezar?
Se
apoyó la barbilla en las manos. Me miró intensamente.
―Los
terráqueos pueden hacer mucho por Darkover, y tú también puedes. Escúchame Lew.
Todo hombre tiene su precio. Vi la manera como mirabas hoy a Callina. Yo no
tocaría por nada del mundo sus dedos de diablesa y muchísimo menos estaría con
ella a solas en una cama, pero supongo que eso es cuestión de gustos. Pensé
durante algún tiempo que la que te interesaba era Dio. Pero tú encajarías
perfectamente bien en nuestros planes. Encajarías mejor que Beltran. Estás
educado en Tierra, pero pareces darkoviano. Eres Comyn, uno de la vieja
aristocracia. El pueblo te aceptaría. ¡Podrías gobernar el planeta!
―¿Sometido
a los terráqueos?
―A
alguien hay que someterse. Y si tú no... bueno, la rebelión Sharra te hizo
bastante impopular. Y eres Comyn. Los terráqueos tienen la costumbre de
extirpar las monarquías hereditarias a menos que éstas colaboren. A Tierra no
le importaría nada que vivieses o murieses.
Probablemente,
Lerrys tenía razón. En estos días de imperios tambaleantes, ningún hombre
exagera la nota de fidelidad. Los Comyns terminarían por hundirse; ¿por qué no
había de salvar yo algo de las ruinas?
Lerrys
dijo:
―Entonces,
¿lo pensarás?
No
contesté. Una súbita intuición me hizo levantar la mirada y vi que se había
puesto de un blanco grisáceo, y sus rasgos estrechos y finos estaban convulsos
y pálidos. Aquello me turbó. Los Ridenows son unos supersensitivos. En el
remoto pasado del Comyn, cuando Darkover tenía tratos con no humanos, el Don
Ridenow se había propagado en la familia de ellos y estaban acostumbrados a
detectar presencias extrañas o a dar aviso de atmósferas insalubres psíquicas o
telepáticas.
Dijo
con una extraña intensidad:
―Hay
cosas peores que Tierra, Lew. Mejor incluso hacer de Darkover una colonia
terráquea que tener que afrontar a Sharra o a cualquier otra cosa por el estilo
de nuestro propio pueblo.
―Erlik
nos defiende contra ambas cosas.
―La
elección podría recaer finalmente en ti.
―Vamos,
Lerrys, no soy tan importante.
―Puede
que no lo sepas ―dijo―, pero tal vez seas la clave de todo.
De
pronto, me pareció que yo estaba mirando no a un hombre, sino a dos. El amigo
de mi hermano, empeñado en que me pasase a su facción, y otra cosa más
profunda, que utilizaba a Lerrys para su propósito especial. Estaba yo pensando
seriamente si debía poner en marcha un amortiguador antes de que pudiera
gastarme alguna treta mental. Pero no me moví con suficiente rapidez.
Una
inundación de pura malevolencia surgió de él súbitamente. Di un salto y, con un
terrible esfuerzo, me las arreglé para cerrarle a aquello el paso a mi
consciencia. Luego, me lancé contra Lerrys, lo agarré con la mano y, con ira,
arrojé mi mente contra la suya.
¡No
era Lerrys!
Tropecé
con una defensa perfecta y cerrada, y era el caso que Lerrys solo nunca podría
haberme obstruido el paso a su mente.
Yo
estaba haciendo uso de una fuerza más dura que la que había utilizado contra
Dyan, y los Ridenows son especialmente vulnerables al asalto telepático. Y
mientras que por una parte mi asalto no rozaba a lo que quiera que estuviese
utilizando a Lerrys, por otra a éste sí lo torturaba. Se retorció un momento,
se encogió; de pronto, entró en convulsiones frenéticas causadas por la cosa
que lo tenía cogido, se revolvió en una resistencia frenética. Con la fuerza de
un maníaco o de un poseso, se zafó del lazo que le tenía echado a su muñeca con
mi única mano. Y, de alguna parte, extrajo él fuerzas también para organizar
una defensa final contra el asalto que yo estaba lanzando contra él. Rechiné
los dientes con desesperación y dejé que mi roce telepático se aflojara. Si
aquella mente posesora se hubiese retirado de pronto dejando que Larrys
sostuviera el asalto solo, Lerrys estaría muerto o loco furioso antes de que yo
me hubiese despegado.
Lerrys
se quedó tranquilo, jadeando unos momentos. Luego, se puso en pie. Me tensé
para un nuevo ataque, pero en lugar de eso dijo de la forma más inesperada:
―No
me mires tan sorprendido. ¿Te asombra saber que eres importante para Darkover?
Vuelve a pensar en lo que te he dicho. Lew. Tu hermano era un hombre de buen
sentido, también tú tendrás alguno. Espero queal final digas que tengo razón.
Sonriendo
de una manera amistosa, alargó la mano. Casi entontecido, toqué sus dedos,
previniéndome contra otra posible treta.
Su
mente estaba limpia, inocente de toda culpa, desaparecido el extraño. El ni
siquiera sabía lo que había hecho.
―¿Qué
te pasa? Estás palidísimo ―dijo―. Yo que tú, encendería un amortiguador y me
pondría a descansar. Todavía lo necesitas; la herida en la cabeza no fue cosa
de risa.
Saludó
con una inclinación y se marchó, y yo me dejé caer en un diván preguntándome si
la herida habría dañado en realidad mi razón. ¿Debo estar alerta al posible
ataque de cualquiera? ¿O es que me estaba volviendo loco de atar?
Una
batalla como ésta no es nunca una cosa fácil, y todos los nervios me temblaban.
Andrés pasó entre las cortinas, se detuvo y me miró consternado.
―Tráeme
una bebida.
Inició
su protesta rutinaria sobre la imprudencia de beber con el estómago vacío; me
miró de nuevo, cesó en sus gruñidos y se fue. Más de una vez he sospechado de
él que es más telépata de lo que él quiere admitir. Cuando volvió, no traía
ningún tónico darkoviano, sino el fuerte licor terráqueo que se vende de
contrabando en Thendara.
Yo
no podía cerrar mi mano sobre el vaso; para mi tremenda vergüenza, tuve que
inclinarme hacia atrás y dejar que Andrés me lo llevase a la boca. Me repugnaba
aquella bebida tan fuerte; pero, después de haber tragado un poco, la cabeza se
me despejó y pude sentarme y agarrar el vaso sin temblores.
―¡Y
deja de tratarme como si fuera un recién nacido! ―le grité a Andrés, que estaba
rondando en torno como si pensase que yo fuera a estallar en fragmentos de un
momento a otro.
Pero
su gruñido familiar tenía un efecto apaciguador; había gruñido de la misma
manera cuando me caí de mi ponney y me rompí un par de costillas en una cuesta
abajo.
De
todas formas, rechacé sus repetidas sugerencias de comida y cama, y salí.
El
cielo estaba sucio con trazas de tormenta; pude ver columnas de lluvia que
descendían más allá de Nevarsin. Mal tiempo para los terráqueos, con la
dependencia que tenían para aviones y cohetes de la cambiante atmósfera
superior. Nuestras bestias crecidas en la montaña sabían soportar la lluvia,
las tempestades y los rayos. ¿Por qué un pueblo inteligente había de depositar
su confianza en un elemento tan engañoso como el aire?
Crucé
el patio y me detuve al borde del empinado espigón desde el que descendía a
plomo el acantilado; a unos trescientos metros por debajo de mí, se
desparramaba la ciudad de Thendara. Si alguien desease atacar a los terráqueos,
sólo tenía que escoger una noche tormentosa de lluvia o de cellisca, de forma
que sus aviones y cohetes no podrían despegar, y ellos tendrían que batirse en
nuestras mismas condiciones.
Más
en lontananza, el lomo de las montañas pintaba una línea más obscura contra el
obscuro cielo, y aún más lejos, en las altas cuestas, vi el resplandor de un
fuego. La hoguera quizá de un cazador; pero el centelleo me recordó algo, una
extraña humareda blanca ascendiendo en espiral de un fuego que no estaba
formado por llamas ordinarias, y una increíble matriz del décimo nivel
retorciendo al espacio en torno de aquello.
Cuando
un hombre ha estado una vez frente a los fuegos de Sharra, las extrañas llamas
lo atraen, juegan con sus nervios como una pesada mano que hiriese las cuerdas
de un arpa. Pero yo sabía que a menos que apagase aquellos arpegios me
derrumbaría completamente; así es que luché contra el enloquecedor calor vivo
que pulsaba en mi fuero interno haciéndome rememorar cosas que yo detestaba y
temía con todo mi corazón, pero cosas que a la par, de una manera extraña y
vergonzante, anhelaba, amaba, deseaba.
¿Dónde
podría ir para apagar aquel arpegio?
Únicamente
a Callina.
CAPÍTULO
VIII
Las
habitaciones de los Aillards eran espaciosas y brillantes; resplandecientes
paredes difundían delicados colores sobre Callina, que estaba arrodillada en el
suelo, jugando con una bestezuela atigrada de los bosques lluviosos. Le saltó
al hombro, ronroneando, y clavando suavemente sus garras de dos dedos en la
seda de su vestido.
Linnell
estaba sentada junto a ella, un arpa colocada entre sus rodillas, y Regis
estaba en pie junto a Linnell; pero todos percibieron mi presencia
inmediatamente. Linnell puso el arpa a un lado y Callina se levantó
apresuradamente, soltando en el suelo a la criaturita felina y bajándose las
mangas; pero me acerqué a ella y la abracé. Ella nunca sabría cuan preciosa se
había hecho para mí por aquel resplandor de mujer menos guardada, menos
distante. La sostuve así un momento, pero luego la vieja frustración volvió a
deslizarse, colocando entre nosotros como una espada desnuda. Cuidado.
Se
evadió de mí hablando de Linnell.
―Pobre
niña, me temo que ella y Derik hayan peleado. Ella lo quiere.
―Lo
que a mí me interesa es saber a quién quieres tú ―la interrumpí.
Ella
replicó:
―Soy
una Guardiana y comynara.
―¡Comynara!
―y supongo que mi voz sonó tan amarga como amargos eran mis sentimientos―. El
Comyn escribiría tu mandamiento de muerte tan pronto como el de tu casamiento
si eso había de servir para algo.
―Si
hubiese de servir para algo, yo misma lo escribiría ―repuso con firmeza.
La
ceñí entre mis brazos.
―¿Vas
a dejar que te vendan? ―Lancé las palabras contra ella como una maldición―.
¿Qué le debemos nosotros al Comyn? ¡Han hecho un infierno de nuestras vidas
desde que nacimos!
―Lew,
no creo que comprendas. Debí de estar loca al dejarte pensar que podríamos
alguna vez pertenecemos el uno al otro. No podemos. Nunca. ―Sus manos se
movieron ciegamente para rechazarme―. Puedo casarme con Beltran y seguir
manteniendo mi poder para ayudaros a ti y al Comyn. Simplemente porque a él no
lo quiero. ¿Comprendes?
Comprendía.
La dejé zafarse y retrocedí y me quedé mirándola consternado. El trabajo de
matrices tiene para un hombre aspectos de frustración. Pero yo nunca me había
parado a pensar o, más exactamente, nunca me había preocupado lo más mínimo
sobre los refinamientos especiales de cosa diabólica que aquello podía tener
para una mujer. Pero antes de que pudiese reaccionar contra el ultraje que
sentía,ella se volvió hacia Regis.
―Ashara
nos ha mandado llamar. ¿Vienes tú?
―Ahora,
no ―dijo él.
En
sólo pocas horas, Regis había cambiado; parecía más viejo, endurecido en cierto
modo. Sonreía con su antigua facilidad, pero yo no me encontraba del todo a
gusto en su presencia. Me hería darme cuenta que Regis estaba manteniéndose
ante mí con sus barreras echadas, pero en cierto sentido aquello era un alivio.
Un
sirviente envolvió a Callina en una tela que era como una sombra gris. Mientras
salíamos y bajábamos la escalera, Linnell se mantuvo en pie entre los
entrepaños de la cortina, mirándonos, sonriendo. Las coloreadas luces, al
derramarse sobre su vestido pálido, hacían de ella una estatuita de arco-iris
envuelta en una aureola dorada; súbitamente, por un instante, la vaga inquietud
cristalizó y tomó forma en uno de esos relámpagos de previsión que rozan a un
telépata en momentos de angustia.
¡Linnell
estaba condenada!
―Lew,
¿qué pasa?
Parpadeé.
Ya la certidumbre, aquel instante mórbido en que mi mente se había escapado de
los carriles del tiempo, se desvanecía. Quedaban la confusión, el sentimiento
de tragedia. Cuando alcé la mirada de nuevo, las cortinas habían vuelto a
cerrarse y Linnell había desaparecido.
Fuera
estaba cayendo una fina lluvia. Las luces se habían debilitado en la vieja
ciudad, toda a obscuras al pie del acantilado; pero más allá, en la zona
terráquea, el centelleo de neón de un anaranjado pálido y de un verde y un rojo
violentos rayaba el cielo nocturno con chillones colores. Miré por encima del
bajo muro.
―Me
gustaría estar allá abajo esta noche ―dije cansadamente―. O en cualquier parte
lejos de este Castillo infernal.
―Incluso
en la zona terráquea.
―¿Por
qué no estás, entonces? Nadie te retiene aquí, si es allí donde prefieres
estar.
Me
volví hacia Callina. Su capa de telaraña se movía al viento como un ala; el
cabello Je volaba, como un fino rocío sobre el rostro. Me volví de espaldas a
las luces distantes y la atraje hacia mí. Por un momento, se mantuvo retirada,
luego, de pronto, se aferró salvajemente, sus frenéticos labios bajo los míos,
agarrándome sus brazos con desesperado terror. Cuando nos separamos, ella
estaba temblando como una hoja tierna.
―¿Qué
vamos a hacer ahora, Lew? ¿Qué vamos a hacer?
Con
un ademán violento, señalé el brillo del neón.
―Irnos
a la zona terráquea. Poner al Comyn frente a un hecho consumado y dejar que
busquen ellos mismos otros peones para su juego.
Lentamente,
el brillo se apagó en sus ojos. Volviéndose de espaldas a la ciudad, apuntó al
lomo distante de las montañas, una vez más se produjo la alucinación: humo
tenue y blanco, extraño fuego...
―Los
fuegos de Sharra siguen ardiendo allí, Lew. No eres más libre que pueda serlo
yo.
Le
pasé un brazo por la cintura volviendo gradualmente a una cuerda aceptación. La
lluvia tenía una frialdad helada en nuestro rostro; torcimos los pasos y nos
encaminamos silenciosamente hacia la obscura masa de la Torre.
El
viento, interrumpido en su carrera por los ángulos del castillo, nos arrojaba
rociaduras y agujas de lluvia. Atravesamos patios amurallados y pasillos de
pilares, y finalmente nos detuvimos ante un obscuro arco. Callina me empujó
adelante, y un pozo empezó a alzarse.
―La
Torre de Ashara, según refiere la leyenda, fue construida para la primera
Guardiana cuando Thendara no era más que una fila de cabañas de adobe
desperdigadas bajo la cumbre del Nevarsin. Pertenece a los extraños días
anteriores a la época en que nuestro mundo se contrajo en terremotos y arrojó
lejos de sí cuatro lunas giratorias. El olor de los siglos colgaba entre las
musgosas paredes con las sombras que iban resbalando y convirtiéndose en
obscuridad. Subíamos más y más. Por último, el pozo se interrumpió y nos
quedamos ante una tallada puerta de cristal. No una cortina o un panel de luz.
Una puerta. Entramos en una zona azulada. Misteriosas luces reflejaban y
prismatizaban la habitación de forma que parecía no tener dimensión alguna; ser
a la vez inmensa y confinada. El resplandor azul llenaba el aire y estaba bajo
nuestros pies; era como nadar en aguas azules o en el corazón de una joya azul.
―Venid
aquí ―dijo una voz baja, clara como agua de invierno corriendo bajo el hielo―.
Os estoy aguardando.
Entonces
y solamente entonces pudieron mis ojos enfocarse lo suficiente en el helado
resplandor diurno para descubrir un gran trono de cristal tallado y la figura
de una mujer sentada en ese trono. Una diminuta figura derecha, casi tan
pequeña como un niño, con vestidos que absorbían y reflejaban la luz en forma
tal, que la hacían aparecer transparente.
―Ashara
―susurré, e incliné la cabeza ante la maga del Comyn.
Sus
pálidos rasgos, desprovistos de arrugas como los de Callina, parecían casi
carnalmente puros. Pero eran viejos a pesar de todo, tan viejos, que incluso
las arrugas habían sido suavizadas y quitadas por la mano del tiempo. Los ojos,
alargados y grandes, eran incoloros también, aunque en una luz normal podían
haber sido azules. Había un débil e indefinido parecido entre las dos
Guardianas; como si Ashara fuera un retrato estilizado de Callina, o Callina
una Ashara en embrión, no la Ashara que era ahora, sino la que tendría que ser
un día.
Y
empecé a creer que ella era inmortal realmente, como se susurraba; que había
vivido en Darkover desde antes de la llegada de los Hijos de la Luz.
Dijo
ella blandamente: ―Así es que has estado más allá de las estrellas, ¿verdad,
Lew Aldon?
No
sería exacto decir que la voz era adusta. No era lo bastante humana para eso.
Solamente sonaba como si el esfuerzo de conversar con personas reales vivas
fuese demasiado para ella; como si nuestra vida perturbara la fría paz
cristalina que debía reinar siempre aquí. Callina, acostumbrada a esto, o por
lo menos así lo supongo, contestó dulcemente:
―Tú
ves todas las cosas, Madre. Tú sabes lo que nosotros hemos visto.
Un
parpadeo de vida cruzó por el anciano rostro.
―No,
ni siquiera yo puedo ver todas las cosas. Y tú rehusaste mi única posibilidad
de ayudarte, Callina. Tú sabes que no tengo ningún poder ahora fuera de este
sitio.
Su
voz tenía ya más vitalidad, como si estuviera despertando con nuestra presencia
viva.
La
cabeza de Callina bajó en una profunda inclinación.
―Sin
embargo, ayúdame con tu sabiduría, Ashara ―susurró.
La
anciana maga sonrió remotamente. ―Cuéntame ―dijo.
Nos
sentamos juntos en un banco de cristal tallado a los pies de Ashara y le
referimos los acontecimientos de los últimos días. Yo le pregunté por fin:
―¿Puedes
hacer un duplicado de la matriz Sharra?
―Ni
siquiera yo puedo alterar las leyes de la materia y la energía ―contestó―. Sin
embargo, me gustaría que supieses menos ciencia terráquea, Lew.
―¿Por
qué?
―Porque,
sabiendo como sabes, buscas explicaciones. Sería tu mente más firme si pudieses
llamarlos dioses, demonios, talismanes sagrados, como el Comyn hacía mucho
tiempo atrás. ¿Sharra un demonio? No más que Aldones pueda ser un dios ―dijo, y
sonrió―. Sin embargo, son entidades vivientes, de una cierta manera. Y tampoco
son buenos ni malos, aunque puedan parecerlo en sus contactos con los hombres.
¿Qué dice la vieja leyenda?
Callina
cuchicheó:
―Que
Sharra fue puesta en cadenas por el hijo de Hastur, que era el hijo de Aldones,
que era el hijo de la luz...
―Cosas
de ritos ―dije impacientemente―. Supersticiones.
La
tranquila cara anciana se volvió hacia mí.
―¿Eso
crees? ¿Qué sabes de la espada de Aldones?
Tragué
saliva.
―Es
el arma contra Sharra ―dije―. Supongo que es una matriz y que, como la de
Sharra, asta enmascarada en una espada.
De
todas formas, era una discusión hipotética, y así lo dije. La espada de Aldones
estaba en el rhu fead, el lugar santo del Comyn, y lo mismo podía haber estado
en otra galaxia.
Hay
cosas por este estilo en Darkover. No pueden ser destruidas; pero son tan
potentes y tan mortalmente peligrosas, que ni siquiera el Comyn o las
Guardianas pueden tener confianza en ellas.
El
rhu fead estaba enclavijado y activado de forma tal por matrices, que nadie
podía entrar en él sino el Comyn que hubiese sido sellado en el Consejo. Es
físicamente imposible para un extraño penetrar en el interior sin hacerse
trizas la mente. Cuando hubiese pasado a través de la capa de fuerza, sería ya
un imbécil sin poder rector suficiente para saber con qué objeto había entrado.
Pero
una vez dentro, los Comyns de hace un millar de años lo habían puesto fuera de
nuestro propio alcance. Están defendidos de manera opuesta. Ningún Comyn puede
tocarlos. Un extraño podría cogerlos sin que le pasara nada, pero ningún Comyn
puede acercarse al campo de fuerza que los rodea. Dije:
―Durante
trescientas generaciones, todo Comyn sin escrúpulos ha tratado de lograr eso.
―Pero
ninguno de ellos tuvo nunca a una Guardiana a su lado ―dijo Callina. Miró a
Ashara.
―¿Un
terráqueo?
―Tal
vez ―contestó Ashara―. Por lo menos, un extraño. No un terráqueo nacido en Darkover,
con una mente adaptada a las fuerzas de aquí, sino un verdadero extraño.
Alguien así pasaría por donde nosotros nunca pudimos pasar. Su mente estaría
cerrada y sellada contra esas fuerzas, porque él ni siquiera sabría que
existían.
―Estupendo
―dije―. Todo lo que tengo que hacer, entonces, es alejarme a unos cincuenta
años de luz y volver trayendo a uno, sin decirle nada de este planeta ni para
qué lo necesitamos, y esperar que tenga bastante talento telepático para
cooperar con nosotros. Los incoloros ojos de Ashara tuvieron un relámpago de
desprecio.
―Tú
eres un técnico en matrices. ¿Qué me dices de la pantalla?
Bruscamente,
me acordé de la extraña y centelleante pantalla que había visto en el
laboratorio de matrices de Callina. Entonces, ¿aquello era uno de los
legendarios transmisores psicokinéticos? Vagamente, empecé a comprender lo que
ellas se proponían. Transportar materia, animada o inanimada, instantáneamente
por el espacio...
―¡Hace
centenares de años que no se ha hecho nada de eso!
―Yo
sé lo que Callina puede hacer ―dijo Ashara con su extraña sonrisa―. Ahora bien,
tenemos que Callina y tú os tocasteis las mentas en el Consejo.
―Fue
un contacto superficial. Nos dejó agotados a los dos.
Ashara
asintió.
―Porque
toda tu energía, y la de ella, se disipó en el mantenimiento del contacto. Pero
yo podría poneros a vosotros dos en foco como tú y Marius estuvisteis
enlazados.
Silbé
sin hacer ruido. Aquello era tremendo; normalmente, sólo los Altons pueden
resistir aquel poco profundo.
―Los
Altons... y las Guardianas.
Miré
dubitativamente a Callina, pero ella había desviado la mirada. Comprendí;
aquella clase de relación es la intimidad suprema. Tampoco yo me sentía muy
ansioso. Yo tenía mi propio infierno particular que no soportaría la luz del
día; ¿podría abrirlo para que Callina mirase?
Las
manos de Callina se retorcieron en una negativa temblorosa.
―¡No!
Aquella
negativa me dolió. Si yo podía resignarme a aquello, ¿por qué había de negarse
ella?
―¡No
quiero! Había cólera en su voz, pero terror también―. Soy mía, me pertenezco a
mí. Nadie, absolutamente nadie y muchísimo menos tú violarán esto.
No
estaba seguro de si me hablaba a mí o a Ashara, pero traté de calmarla con
ternura.
―Callina,
¿no harías esto por mí? Todavía no podemos ser amantes, pero puedes
pertenecerme de esta otra manera.
Era
así como la necesitaba, ¿por qué había de ponerse rígida en mis brazos, si mi
contacto no era vergonzoso? Ella sollozaba salvajemente, tempestuosamente.
―¡No
puedo, no quiero, no puedo! ¡Pensé que podía, pero no puedo! ―Le plantó cara
finalmente a Ashara, el rostro blanco, ardiente―. Tú me hiciste así, yo habría
dado mi vida si no te hubiese visto nunca, habría muerto para verme libre de
ti, pero me hiciste así y no puedo cambiar.
―Callina...
―¡No!
―Su voz vibraba en la apasionada negativa―. No lo sabes todo. Tampoco tú
querrías si lo supieras.
―¡Basta!
La
voz de Ashara fue como una fría campana que nos recordase el silencio que debía
reinar en la Torre. Pareció como si incluso las llamas muriesen en los ojos de
Callina.
―Puesto
que la cosa está así, yo no puedo forzarla. Haré lo que puedo.
Se
levantó del trono de cristal. Su pequeña forma de hielo azulado llegaba apenas
al hombro de Callina. Alzó la mirada y encontró mis ojos por primera vez; y
aquella mirada helada e imperiosa me tragó...
La
habitación desapareció. Por un momento me vi en un vacío en blanco, como el
abismo sin estrellas pasado el borde del universo; una sombra entre sombras
deslizándorne por una niebla tintineante. Luego, un arroyo de fuerza latió en
lo más profundo de mi cerebro, una chispa, un meollo, despertaba a la vida,
cargándome con un poder que se aferraba a todo mi ser. Podía sentirme a mí
mismo como una red de nervios de vida, una especie de enmallado de fuerza
viviente.
Luego,
de pronto, un rostro se dibujó en mi mente.
No
puedo describir ese rostro, aunque ahora sé lo que era. Lo vi tres veces, pero
no hay palabras humanas para describirlo. Era hermoso más allá de toda posible
imaginación; y era más terrible que ninguna concepción de la fantasía. No era
ni siquiera malvado. Pero era condenable y condenado. Sólo una fracción de
segundo nadó en mis ojos, para arder y desaparecer luego en la obscuridad. Pero
bastó aquel instante para que yo mirase de lleno a las puertas mismas del
infierno.
Me
esforcé por tornar a la realidad. Estaba de nuevo en la habitación de hielo
azul de la Torre de Ashara. ¿De nuevo? ¿Es que había salido de ella? Me sentía
mareado y confuso, desorientado; pero Callina se arrojó sobre mí y la presión
convulsiva de sus brazos, la húmeda fragancia de sus cabellos y su cara mojada
contra la mía, me devolvieron la cordura.
Por
encima de sus hombros, vi que estaba vacío el trono tallado.
―¿Dónde
está Ashara? ―pregunté pesadamente.
Callina
se puso rígida, sus sollozos desaparecieron sin dejar rastro. Su cara tenía una
súbita y misteriosa calma.
―Es
mejor que no me preguntes ―murmuró―. Nunca creerías la respuesta.
Fruncí
el ceño. Yo sólo podía conjeturar el lazo existente entre las Guardianas.
¿Habíamos visto siquiera a Ashara o sólo su semejanza? ¿Había visto Callina
aquel rostro?
Fuera,
las luces se habían apagado; atravesamos el patio lluvioso y los pasillos
llenos de ecos sin hablar ni una sola vez. En el laboratorio de matrices de
Callina hacía calor; me quité la capa dejando que aquel ambiente cálido
penetrase en mi cuerpo aterido y en el brazo, que me dolía, mientras Callina se
cuidaba de ajustar los amortiguadores telepáticos. Crucé la habitación para
acercarme a la inmensa pantalla que había visto el día antes, y me quedé
mirando con fijeza, frunciendo el ceño, sus nebulosas profundidades.
Transmisor.
A su
lado, colocada en el sedoso absorbedor de choques, estaba la matriz más
voluminosa que yo hubiera visto nunca. Un mecánico ordinario de matrices
trabajaba los seis primeros niveles. Un telépata puede manipular el séptimo y
el octavo. Sharra era del noveno o décimo, nunca había estado seguro y se lo
había preguntado por lo menos a tres mentes ligadas, una de ellas la de un
telépata. Yo no podía ni siquiera calcular el nivel de esta otra.
¿Brujería?
¿Leyes desconocidas de la Ciencia? Todo era uno y lo mismo. Pero el extraño don
innato en mi sangre, una chispa en mis nervios, eran los que me hacían Comyn,
ypara cosas como ésta habían sido criados los Comyns.
Explicar
del todo la pantalla sería imposible fuera del Comyn. Captaba imágenes. Era un
duplicador; una trampa para un modelo deseado. Un conjunto automático de una
serie de requisitos predeterminados... Pero no, no puedo explicarlo y no lo
intentaré.
El
caso es que con mi fuerza telepática, aumentada por la matriz, yo podía buscar,
sin limitación en el espacio, una mente como la que necesitábamos. De todos los
miles de millones de mentes humanas y no humanas en los millones de mundos del
espacio-tiempo, en alguna parte había una exactamente adecuada a nuestro
propósito, una que tenía un cierto conocimiento y una cierta falta de
conocimiento.
Con
la pantalla, podíamos sintonizar la vibración de esa mente a este sector en el
espacio-tiempo; aquí, ahora, entre los polos de la pantalla. Luego, aniquilado
el espacio por la matriz, podíamos recoger los energones de mente y cuerpo y
traerlos aquí. Mi cerebro jugaba con palabras como hiperespacio, viaje
dimensional y transmisor de materia, pero sólo eran palabras.
Me
dejé caer en la silla que estaba debajo de la pantalla y me incliné para
ajustar los mandos a mi propio modelo cerebral. Manejé cuidadosamente la esfera
sin alzar la mirada.
―Tendrás
que cortar la pantalla rectora, Callina.
Ella
cruzó la habitación y tocó una serie de pasadores; la bancada de luces se apagó
con un guiño, liberando a toda matriz de Darkover de la pantalla monitora.
―Hay
un relai secundario en la Torre Arilinn ―me explicó ella.
Crujió
una clavija y envió una apagado señal tecleante. Callina escuchó un momento,
luego, dijo:
―Sí,
ya lo sé, Maruca. Pero hemos cortado los circuitos principales. Esta noche
tienes que retener los enegrones en Arilinn. ―Esperó y añadió luego
ásperamente―: Pon una barrera de tercer nivel alrededor de Thendara. Es una
orden del Comyn; recógela y cúmplela.
Se
apartó suspirando. Explicó:
―Esta
muchacha es la telépata más ruidosa que haya en todo el planeta. Habría
preferido que cualquier otra Guardiana estuviese esta noche en Arilinn. Son
pocos los que pueden cruzar una barrera de tercer nivel, pero si pido un
cuarto... ―suspiró.
Comprendí;
una barrera de cuarto nivel habría sido tanto como darles la alerta a todos los
telépatas del planeta sobre el hecho de que algo estaba ocurriendo en el
Castillo Comyn.
Teníamos
que arriesgarnos. Ella ocupó su puesto ante la matriz y yo vacié mi mente
contra la pantalla. Cerré todas las impresiones de los sentidos, llegando a
ajustar las ondas psicokinéticas en el modelo que deseábamos. ¿Qué clase de
extraño nos convendría? Pero sin volición alguna por mi parte, un modelo surgió
por sí solo.
Vi,
en el instante en que mi nervio óptico quedaba sobrecargado y se apagaba, los
borrosos símbolos de un modelo en la matriz; luego, me quedé ciego y sordo en
aquel momento desobrecarga que es siempre terrorífico.
Gradualmente,
sin sentidos externos, fui encontrando orientación en la pantalla. Mi mente,
extendida en proporciones astronómicas, recorría increíbles distancias;
atravesaba en fracciones de segundo, parsecs enteros y galaxias del
espacio-tiempo subjetivo. Venían vagos roces de consciencia, fragmentos de
pensamiento, emociones que flotaban como sombras: la espuma del universo
mental.
Luego,
antes de que yo perdiera el contacto, vi en la pantalla el resplandor de fuego
blanco. En algún sitio otra mente había encajado en el modelo. La habíamos
pescado a través del tiempo y del espacio como en una red y cuando vimos que
era la mente adecuada, tiramos de ella.
Yo
me esforzaba, sin cuerpo, dividido en miles de millones de fragmentos
subjetivos, extendidos en un vasto abismo de espacio-tiempo. Si algo sucedía,
nunca podría volver a mi cuerpo, sino que flotaría para siempre en la curva del
espacio-tiempo.
Con
infinitas precauciones, me fui posando en la mente extraña. Hubo una corta pero
terrible lucha; la otra mente quedó entretejida, enlazada en la mía. El mundo
era un holocausto de color y fuego de cristal fundido. El aire se enrollaba en
frías llamas, y el resplandor de la pantalla era una sombra y luego una clara
obscuridad y luego una imagen, cautiva en mi mente, y luego...
La
luz me desgarró los ojos. Un choque goteante me zarandeó el cerebro, el suelo
pareció empinarse, y las paredes derrumbarse yhuir y Callina se había arrojado
a tientas sobre mí cuando los energones inflamaron el aire y mi cerebro.
Medio
atontado, pero consciente, alcé la mirada hacia Callina. La mente extraña se
había liberado de la mía. La pantalla estaba en blanco.
Y en
un acurrucado montoncito sobre el suelo, en la base de la pantalla, donde mismo
había caído, yacía una esbelta muchacha de cabellos castaños.
CAPÍTULO
IX
Tambaleándose,
Callina se arrodilló junto a la forma encogida. La seguí lentamente y me agaché
junto a ella.
―No
estará muerta, ¿verdad?
―Claro
que no ―dijo Callina, alzando la mirada―. Pero ha sido terrible, incluso para
nosotros. ¿Te imaginas? lo que habrá sido para ella. Debe de estar toda
conmocionada.
La
muchacha estaba tendida de costado, un brazo cruzado sobre el rostro. El suave
cabello castaño, caído hacia adelante, le ocultaba los rasgos. Se lo eché
ligeramente hacia atrás, luego, me detuve, tocándole con la mano la mejilla,
poseído de un inmenso asombro.
―¡Es
Linnell! ―gritó sordamente Callina―. ¡Linnell!
Tendida
sobre el frío suelo, estaba la muchacha del cosmodromo; la muchacha a la que yo
había visto en mis primeros momentos de confusión en Thendara.
Por
un instante, aun sabiendo como yo sabía lo que sucedió, creí que mi cerebro iba
a negarse a seguir trabajando. La transición había sido demasiado brusca para
mí también. Me dolían todos los nervios de mi cuerpo.
―¿Qué
hemos hecho? ―se lamentaba Callina―. ¿Qué hemos hecho?
La
sujeté con firmeza. Naturalmente, pensaba yo; naturalmente. Linnell estaba
cerca; afecta a nosotros dos; ambos habíamos estado hablando de Linnell y
pensando en ella esta noche. Y, sin embargo...
―Tú
conoces el punto segundo de la ley de Cherilly, como es lógico. ―Traté de
recordárselo en palabras sencillas―. Todo, en todas partes, excepto una matriz,
existe en un duplicado exacto. Esta silla, mi capa, el destornillador que
tienes encima de la mesa, la fuente pública en Puerto Chicago, todo en el
universo existe en un exacto duplicado molecular. Nada es único excepto una
matriz; pero no hay tres cosas idénticas en el universo. ―Entonces, esta es
gemela de Linnell.
―Más
que eso. Sólo una vez en cada millón de años o así serían los duplicados además
gemelos. Esta es la gemela verdadera de Linnell. Las mismas huellas dactilares.
Las mismas retinas. Los mismos betagrafos y el mismo tipo sanguíneo.
Probablemente no se parecerá mucho a Linnell en personalidad, porque los
duplicados del ambiente de Linnell están desperdigados por toda la galaxia.
Pero en carne y sangre son idénticas. Incluso sus cromosomas son idénticos a
los de Linnell.
Cogí
la muñeca de la muchacha y se la volví. La curiosa marca matriz del Comyn
estaba duplicada allí.
―Señal
de nacimiento ―dije―. pero el efecto es idéntico en su carne. ¿Comprendes?
Me
incorporé. Callina no hacía más que mirar y mirar.
―¿Puede
vivir entonces en este ambiente?
―¿Por
qué no? Si el duplicado de Linnell, respira oxígeno en la misma proporción que
nosotros, y sus órganos internos se ajustan a la misma gravedad
aproximadamente.
―¿Puedes
llevarla ahí? ―Callina indicó el laboratorio de matrices―. Sufrirá otra fuerte
emoción si se despierta en este sitio.
Hice
una mueca nada alegre.
―La
sufrirá de cualquier forma ―dije―, pero me las arreglé para levantar el cuerpo
en vilo con mi única mano.
Era
delicada y liviana, como Linnell. Callina sostuvo las cortinas abiertas para
dejarme pasar, y me indicó donde podía dejarla. Tapé a la muchacha con algo, ya
que estaba fría, y Callina murmuró:
―Me
pregunto de dónde habrá venido.
―Ha
nacido en un mundo cuya gravedad es poco más o menos la misma de Darkover, lo
que estrecha considerablemente el campo de tus especulaciones. Viailles, Wolf,
incluso Tierra. O, desde luego, cualquier otro planeta del que nunca hayamos
oído hablar. ―Esta idea me impresionó a mí mismo como terráqueo que era; pero
yo no le había hablado a Callina del incidente en el cosmodromo y no intentaba
hacerlo―. Dejémosla que se reponga del shock durmiendo un rato y vamos nosotros
también a dormir un poco.
Callina
permaneció en la puerta conmigo, sus manos cerradas en la mía. Parecía confusa
y cansada, pero se mostraba amable hacia mí después del peligro y el cansancio
compartidos. Me acerqué a ella y la besé.
―¡Callina!
―cuchicheé. Era casi una pregunta, pero ella liberó sus manos de la mía con
dulzura y yo no volví a tomárselas de nuevo. Ella tenía razón. Estábamos los
dos desesperadamente exhaustos. Habría sido una locura estúpida. La aparté
suavemente y continué mi camino sin mirar atrás. Estaba lloviendo a cántaros,
pero hasta que la húmeda alborada roja se elevó súbitamente sobre Thendara,
estuve andando arriba y abajo por el patio, incansablemente, y no todas las
gotas en mi rostro eran de lluvia.
Al
amanecer, luché por recobrar el control de mí mismo, y volví a la Torre de la
Guardiana. Temía que, sin Callina a mi lado, no sabría encontrar el camino a la
sala de hielo azulado, o que Ashara se hubiera desvanecido, encontrándose ahora
en algún lugar inaccesible. Pero estaba allí; y tal fue la ilusión producida
por la fría luz, o por mis cansados ojos, que me pareció más joven, menos
guardada; como una extraña, helada, inhumana Callina. Mi cerebro se negaba casi
a pensar con claridad, pero finalmente me las arreglé para formular mi súplica.
―Ashara,
tú puedes ver en el tiempo. Dime. Esa criatura que, según dice Dyan es mía...
―Es
tuya ―dijo Ashara.
―¿Cómo?...
―Lo
sé. Has sido célibe, excepto para Diotima Ridenow Comyn, desde que murió tu
Marjorie. ―Miró frente a frente mi asombrado rostro―. No, no leí tus
pensamientos; pero es que supuse que la joven Ridenow era apropiada para
educarla como... como eduqué a Callina. Y vi que... no lo era. No me interesa
tu moralidad ni la de Diotima; es un asunto físico de alineamientos nerviosos―.
Continuó, apasionadamente―: Hastur no quería aceptar la palabra de los que
criaron a la niña... ―"Entonces", pensé, "¡es una niña!"―
Por eso me la trajo para que la cuidara mientras él investigaba. Está aquí en
la Torre. Puedes verla. Ven conmigo.
Con
gran sorpresa por mi parte, y no sé por qué, pero es el caso que yo había
creído que Ashara no podía abandonar la helada habitación azul, me hizo pasar
por una de las resplandecientes puertas azules a una sencilla habitación
circular. Una de las criaturas mudas no humanas ―las sirvientas de la Torre de
la Guardiana― se escurrió con silenciosos pasos cuando entramos.
A la
fría luz normal, la fluctuante figura de Ashara resultaba incolora, casi
invisible. Me pregunté: ¿es ésta la bruja de verdad o simplemente una
proyección que ella quiere que yo vea? La habitación estaba amueblada
sencillamente, y en una estrecha camita blanca situada en el centro, había una
niñita profundamente dormida. Sus cabellos, de un rojo dorado, se extendían
desparramados por la almohada.
Me
acerqué a la niña y la miré intensamente. Era muy pequeña; cinco o seis años,
tal ver más joven aun. Y mientras la miraba supe que lo que me habían dicho era
la verdad. Por algo que es imposible de explicar excepto a un Telépata y a un
Alton, lo supe; era mi propia hija, nacida de mi propia semilla. El delicado
rostro triangular no tenía el menor parecido con el mío; pero mi sanare lo
sabía. No era la hija de mi padre. No era la hija de mi hermano. Era mi hija.
Mi misma carne. ―¿Quién es su madre? ―pregunté en voz baja.
―Serás
mucho más feliz toda tu vida si no te lo digo.
―¡No
puedo aceptar eso! ¿Alguna mujer fácil de Carthon o de Daillon?
―No.
La
niña murmuró algo, se rebulló, se aquietó luego y abrió los ojos. Di un paso
hacia ella, luego me volví en agonía suplicando una explicación a Ashara. ¡Esos
ojos, esos ojos ambarinos con chispitas doradas...!
―¡Marjorie!
― dije roncamente, penosamente―, Marjorie murió, murió...
―No
es hija de Marjorie Scott. ―La voz de Ashara era clara, fría, cruel―. Su madre
fue Thyra Scott.
―¿Thyra?.
―Luché contra un loco impulso de romper en carcajadas―. ¿Thyra? ¡Eso es
imposible! Yo nunca... yo no le habría tocado a esa diablesa ni la punta de un
dedo, cuanto menos...
―No
obstante, esta es tu hija. Y la de Thyra. Los detalles no están claros para mí.
Hubo una vez... no estoy segura. Pueden haberte drogado, o hipnotizado. Quizá
yo pueda descubrirlo. No sería fácil, ni siquiera para mí. Esa parte de tu
mente está cerrada y sellada. No importa.
Apreté
los dientes con una rabia enfermiza. ¡Thyra! Era pelirroja infernal, tan
parecida a Marjorie y tan distinta de ella, perfecto oropel para Kadarin. ¿Qué
habían hecho? ¿Cómo...?
―No
importa. Es tu hija.
Lleno
de resentimiento, aceptando el hecho, miré ceñudamente a la niñita. Se sentó
rígida, tensa, como un animalito perseguido, y eso me desencajó con un dolor
repentino. Yo había visto a Marjorie en esa situación. Pequeña, acosada.
Perdida y sola.
Dije,
con toda la amabilidad de que fui capaz:
―No
te asustes de mi, chiya. No soy muy guapo, pero no me como a las niñitas
crudas.
La
niña sonrió. La pequeña y puntiaguda cara se puso de repente encantadora: la
diminuta sonrisa burlona de un gnomo cortada por un hoyuelo. Había huecos
gemelos en los rectos dientecitos.
―Dicen
que tú eres mi padre.
Me
volví, pero Ashara se había ido, dejándome a solas con mi inesperada hija. Me
senté, incómodo, en el borde de la camita.
―Eso
parece. ¿Cómo te llamas, chiya?
―Marja―
dijo con timidez―. Quiero decir Marguerhia. Ceceó el nombre, el nombre de
Marjorie, en el extraño dialecto del viejo mundo que todavía se oía a veces en
las montañas―. Marguerhia Kadarin, pero soy simplemente Marja. ―Se irguió de
rodillas y me examinó―. ¿Dónde tienes la otra mano?
Me
eché a reír con dificultad. No estaba acostumbrado a los niños.
―Me
la hirieron y hubo que cortarla. Sus ojos ambarinos eran enormes. Se acurrucó
contra mis rodillas y le pasé un brazo por encima mientras seguía procurando
aclarar aquello en mi mente.
Hija
de Thyra. Thyra Scott había sido la esposa de Kadarin, si es que aquello podía
llamarse de esa forma. Pero todo el mundo sabía que se rumoreaba de él que era
hermanastro de los Scott, un hijo que había tenido Zeb Scott de uno de los
seres semihumanos de la montaña. Allá lejos en los Hellers, los hermanastros y
las hermanas se casan a veces; y no era raro que tales matrimonios adoptasen al
hijo de algún otro para evitar así las peores consecuencias de un parentesco
demasiado próximo. Fruncí el ceño, tratando de atravesar la bruma gris que
rodeaba en mi mente parte del asunto Sharra. Nunca había puesto a prueba
aquella amnesia parcial; instintivamente, había comprendido que allí podía
residir la locura.
Tal
vez me habían drogado con afrosina. Yo sabía los efectos de aquello. El drogado
así lleva una vida aparentemente normal, pero él mismo no sabe nada de lo que está
haciendo y pierde la continuidad del pensamiento entre instante e instante. La
memoria queda limitada a sueños simbólicos; un psiquiatra, oyendo lo que uno
haya soñado durante el tiempo que haya pasado bajo los efectos de la afrosina,
puede interpretar los símbolos y decirle a la víctima lo que realmente haya
ocurrido. Yo nunca había necesitado saberlo... Tampoco lo necesitaba ahora.
―¿Dónde
te criaron, Marja?
―En
una casa muy grande con muchas, otras niñas y niños ―dijo ella―. Son huérfanos.
Yo no lo soy. Yo soy otra cosa. La matrona dice que es una palabra fea que no
debo pronunciar nunca, nunca, pero te la diré al oído.
―No
hace falta ―y me reiré un poco; podía imaginármela.
Y
Lawton, en la Ciudad Comercial, me había dicho: Kadarin no va nunca a ninguna
parte, excepto al orfelinato de los hombres del espacio.
Marja
apoyó la cabeza soñolientamente en mi hombro. Me dispuse a tenderla. Entonces,
sentí una curiosa agitación y me di cuenta de pronto de que la niña había
abierto su mente y entablado contacto con la mía.
La
idea era alucinante. Asombrado, me quedé mirando a la niñita. ¡Era imposible!
Los niños no tienen facultades telepáticas, ni siquiera los niños Altons.
Nunca.
¿Nunca?
Era indudable que yo no lo podía asegurar, puesto que Marja sí las tenía. La
rodeé con mis brazos, pero al mismo tiempo rompí el contacto suavemente, pues
no sabía hasta qué punto podría ella soportarlo.
Pero
de una cosa sí estaba seguro. Fuese el que fuera quien tuviese derechos legales
sobre ella, la niñita era mía. Y nada ni nadie iba a arrebatármela. Marjorie
había muerto, pero Marjavivía, fuesen los que fuesen sus padres, con el rostro
de Marjorie dibujado en sus rasgos: la niña que Marjorie me habría dado si
hubiese vivido, y todo lo demás era mejor olvidarlo. Y si alguien: Hastur,
Dyan, Kadarin mismo, pensaba que podrían mantenerme apartado de mi hija, sería
mejor que no lo probaran.
El
alba estaba palideciendo fuera de la Torre y bruscamente me di cuenta de mi
cansancio. Había pasado toda una noche en blanco. Tendí a Marjaen su camita y
le subí los calientes cobertores hasta la barbilla; me miró inteligentemente,
sin decir una palabra.
Obedeciendo
a un impulso repentino, me agaché y la besé.
―Que
duermas bien, hijita ―dije, y me salí muy quedamente de la habitación.
CAPÍTULO
X
Al
día siguiente, Beltran de Aldaran, con su escolta montañera, vino al Castillo
Comyn.
Yo
no había querido estar presente en las ceremonias, organizadas para darle la
bienvenida; pero Hastur insistió y finalmente accedí. Más tarde o más temprano,
tendría que encontrarme con Beltran. Sería mejor que aquello sucediese entre
desconocidos, porque así podríamos comportarnos de una manera impersonal.
Me
saludó un poco envarado; hubo un tiempo en que habíamos sido amigos, pero el
pasado yacía entre nosotros con su ceñuda sombra de sangre. Yo me sentía
agradecida por disponer de las frases estereotipadas del ceremonial; podía
pronunciarlas sin poner de manifiesto con ellas una hostilidad que no me
atrevía a mostrar.
Beltran
se presentó, ceremoniosamente, a algunos personajes de su séquito. Algunos de
ellos me recordaban de años antes, pero aparté la mirada cuando me encontré con
un moreno rostro conocido.
―Recordarás
a Rafael Scott ―dijo Beltran de Aldaran.
Lo
recordaba.
No
existe lo que llamamos interminable, pues, si no, todavía durarían las
ceremonias. Sin embargo, al fin, Beltran y su gente quedaron confiados a la
servidumbre, que se encargaría de guiarlos a sus habitaciones, darles de comer
y permitirles que se repusiesen para las ulteriores formalidades de la noche.
Cuando nos dispersamos, Rafe Scott me siguió desde el vestíbulo y me volví
hacia él bruscamente.
―Escucha
―dije―, estás ahí amparado por el salvoconducto de Beltran y no puedo ponerte
la mano encima. Pero te advierto...
―¿Qué
demonios pasa? ―preguntó―. ¿No te ha explicado Marius? A propósito, ¿dónde está
él?
Lo
miré, amargamente. Esta vez no me dejaría atrapar por los modales confianzudos
que había adoptado conmigo antes, cuando yo estaba todavía enfermo del espacio
y demasiado crédulo para dudar de él.
Rudamente,
me había puesto las manos encima.
―¡Maldito
seas! ¿Dónde está Marius?
El
simple roce se lo reveló todo. Apartó las manos y retrocedió.
―¡Muerto!
¡Oh, no, no!
Se
cubrió la cara con las manos y esta vez no pude dudar de su sinceridad. Aquel
momentáneo choque de contacto había servido al menos para convencernos a los
dos de que nos estábamos diciendo la verdad mutuamente.
Su
voz careció en firmeza cuando volvió a hablar:
―Era
mi amigo, Lew. El mejor amigo que yo haya tenido nunca. Que muera yo en los
fuegos de Sharra si tuve que ver algo con eso.
―¿Puedes
censurarme si dudo de tí? Tú eras el único que sabías que yo tenía la matriz
Sharra, y ellos lo mataron para conseguirla.
Respondió
con serenidad:
―Puedes
creer lo que quieras, pero el año pasado no vi ni siquiera dos veces a Kadarin.
―Tenía la cara contraída por la pena―. ¿Es que no tuvo Marius la oportunidad de
explicártelo? ¡Maldita sea!¿si yo hubiese querido hacerle algún daño, le habría
prestado mi pistola? El se la dio al joven Ridenow, a Lerrys, porque le daba
miedo llevársela a la zona terráquea. Como yo le dije, tenía puesta la marca de
contrabando. Yo tenía licencia, pero él no. Cuando vi que tú pensabas que yo
era Marius, admite serlo para ver si así os podía tener apartados hasta que tú
comprendieras lo que iba a pasar.
No
podía dudar de su sinceridad. Le puse la mano en el hombro. Si hubiésemos sido
darkovianos puros nos habríamos besado y echado a llorar, pero los dos teníamos
la reserva propia de nuestra sangre terráquea. Le dije torpemente, al fin.
―¿Has
visto a Kadarin?
―Unas
cuantas veces, con Thyra. He tratado de mantenerme fuera de su camino. ―Me miró
extrañamente―. ¡Ah, ya comprendo! Tehan hablado déla niñita de ella.
―No
lo sé ―contestó Rafe―. Thyra nunca le cuenta nada a nadie. Hay en ella muchas
cosas extrañas, casi inhumanas. También se mostró muy rara con la niña. Al
final, Bob tuvo que quitarle la criatura y ponerla en el orfelinato de hombres
del espacio. El no quería hacerlo. Se había encariñado con la chiquilla.
―¿Y
sabía que era mía?
La
cosa no tenía sentido en absoluto. Y menos todavía, que una hija mía tuviese
que crecer para llamar a Kadarin padre, para llevar su apellido y para
quererlo.
―Claro
que lo sabía. ¿Cómo no iba a saberlo? Creo que fue él quien obligó a Thyra a
hacer aquello ―dijo Rafe―. Tuvo a Marjaen su casa muchísimas veces, pero no
podía quedarse con ella. Thyra...
Pero
antes de que pudiésemos continuar, fuimos interrumpidos por un criado de
palacio que me traía un mensaje de Callina.
―Ya
hablaremos en otra ocasión ―dijo Rafe al despedirme de él.
Y no
supe si lo decía en tono de promesa o de amenaza.
Callina
parecía estar cansada y nerviosa.
―La
muchacha se ha despertado ―me comunicó―. Se puso histérica al volver en sí; le
di un sedante y ahora está un poco calmada. Lew, ¿qué vamos a hacer ahora?
―Mientras
no la vea, no lo sé ―dije tontamente.
La
muchacha había sido trasladada a una habitación espaciosa en los apartamentos
de los Aillard. Cuando entramos, estaba tendida en una cama, hundido el rostro
entre los cobertores; pero fue una cara sin lágrimas y desafiante la que se
alzó para mirarme.
Seguía
siendo el doble de Linnell. Pero es parecía ahora mucho más por estar vestida
correctamente con indumentaria darkoviana, que supuse, con acierto, que
pertenecía a la misma Linnell.
―Haga
el favor de decirme la verdad ―dijo con firmeza―. ¿Dónde estoy? ¡Oh! ―exclamó y
se tapó la cara―. ¡El hombre con una sola mano que me besó en el cosmodromo, de
regreso a Darkover!
Callina
permaneció apartada, envuelta en un digno desdén, dejándome que yo me las
arreglara solo.
―Aquello
fue una equivocación ―dije torpemente―. Permítame presentarme. Lew Alton-Comyn,
z'par servu ¿Y usted?
―Esa
es la primera cosa inteligente que me han dicho. ―Aunque hablaba mal nuestro
idioma, me sentí asombrado por la suerte que nos entregaba a alguien capaz de
hablarlo pasablemente―. Kathie Marshall. ―¿Terráquea?
―Terráquea,
sí. ¿Es usted darkoviano? ¿Qué significa todo esto?
―Supongo
que le debemos una explicación ―dije, y me interrumpí mirándola fijamente con
una expresión que supongo que sería muy estúpida―. Pero que me aspen si sé cómo
explicárselo.
―No
tiene usted nada que temer. Le trajimos aquí porque necesitamos su ayuda...
―dijo Callina.
―Pero,
¿por qué a mí? Y, ¿qué quiere decir aquí? ¿Y por qué piensan ustedes que voy a
ayudarlos, suponiendo que pudiera, después de haberme secuestrado?
La
pregunta era bien clara, y Callina respondió:
―¿No
convendrá que traigamos aquí a Linnell para que ella pueda verla? Te hemos
traído aquí, Kathie, porque tienes una mente gemela a la de mi hermana Linnell.
Teníamos que arriesgarnos a esperar que nos quisiese ayudar, pero esto no
significa que vayamos a ejercer ninguna coacción. Y nadie te hará daño.
Cuando
Callina se acercó a ella, Kathie dio un salto y retrocedió.
―¿Mentes
gemelas? ¡Eso es ridículo! ¿Donde estoy?
―En
el Castillo Comyn, en Thendara.
―¿Thendara?
¡Pero si eso está en Darkover! Y yo salí de Darkover hace semanas. Llegué a
Samarra anoche mismo. No ―continuó―, no, estoy soñando. Lo vi a usted en
Darkover y estoy soñando con usted. ―Se acercó a la ventana y vi que sus
blancas manos tiraban de un pliegue de la cortina―. Y un sol rojo, el de
Darkover el mismo que veo en sueños como éste, cuando no puedo despertar. No
puedo despertar.
Estaba
tan mortalmente pálida, que creí que se iba a desmayar. Callina se acercó a
ella y le pasó un brazo por la cintura, y esta vez Kathie no rechazó.
―Procura
creernos, hija mía― dijo Callina―. Estás en Darkover. ¿Has oído hablar alguna
vez de la mecánica de matrices? De esa manera te trajimos aquí.
Era
una descripción bastante rudimentaria, pero contribuyó a calmarla un poco.
―¿Quién
es usted?
―Callina
Aillard. Guardiana del Comyn.
―He
oído hablar de las Guardianas― dijo Kathie, temblorosa―. Miren, no pueden
ustedes raptar a una ciudadana terráquea y hacerla cruzar media galaxia; mi
padre estará recorriendo desesperado todo el planeta buscándome.
Se
le rompió la voz y se tapó la cara con las manos. No era más que una niña y
como una niña se lamentaba.
―Tengo
miedo. Quiero volver a casa.
Suavemente,
como podría haberle hablado a la misma Linnell, Callina murmuró:
―Pobre
niña. No te asustes.
Era
preciso que yo hiciera además otra cosa. Había que mantener la inmunidad de
Kathie y su desconocimiento de las fuerzas darkovianas. Sólo conocía una forma
de hacerlo. Pero me repugnaba porque era convertirme yo mismo en vulnerable. En
efecto, mi intención era la de poner una barrera alrededor de su mente; inserto
en la barrera, estaría una especie de circuito de desviación, de forma que
cualquier intento por establecer contacto telepático con Kathie o por dominar
su mente seria, inmediatamente transmitido desde su mente abierta a mi mente
guardada.
No
tenía objeto alguno explicarle a Kathie lo que yo pensaba hacer. Mientras se
aferraba a Callina, la alcancé con toda la suavidad que pude y establecí
contacto con ella.
Fue
un instante de agudo dolor en todos sus nervios. Luego, aquello pasó y Kathie
se echó a llorar convulsivamente.
―¿Qué
me ha hecho usted? ¡Oh, lo he sentido...! pero no, eso es una locura. ¿Qué es
usted?
―¿No
podías haber esperado hasta que ella comprendiera? ―preguntó Callina.
Pero
me quedé mirándolas sombríamente sin contestar. Yo no había hecho lo que tenía
que hacer, y lo había hecho ahora, porque quería que Kathie estuviese bloqueada
a salvo antes de que pudiera verla alguien y adivinar lo que sucedía. Y, sobre
todo, antes de que Callina la pusiera frente a Linnell. Aquel segundo de
presentimiento la noche pasada me había dejado desesperadamente inquieto. ¿Por
qué, entre todos los modelos existentes en el mundo, por qué había de ser
precisamente Linnell?
¿Qué
sucedía cuando se confrontaba una pareja de duplicados exactos? No podía ni
siquiera acordarme de haber oído hablar nunca de aquello.
Me
dolía verla llorar; se parecía mucho a Linnell, y las lágrimas de Linnell
siempre me habían trastornado. Callina la miraba, afligida, tratando de
consolar a la llorosa niñita.
―Será
mejor que te vayas ahora ―dijo, y como los sollozos de Kathie arreciaran, me
intimó nuevamente―: Vete, yo me ocuparé de esto.
Me
encogí de hombros, súbitamente enojado.
―Como
quieras ―dije, y les volví la espalda.
¿Por
qué no había de confiar ella en mí?
Y
aquel instante, cuando me aparte de Callina encolerizado, fue el momento en que
hice que la trampa se cerrara sobre todos nosotros.
CAPÍTULO
XI
Una
vez por cada vuelta de Darkover alrededor de su sol, el Comyn, la gente de la
ciudad, los Señores de la Montaña, los cónsules y embajadores de otros mundos y
los terráqueos de la Ciudad Comercial, se mezclaban en un carnaval con gran
despliegue exterior de cordialidad. Siglos atrás, este festival servía para
juntar únicamente al Comyn y a la gente ordinaria. Ahora afectaba a cualquiera
que tuviese alguna importancia en el planeta; y el festival se iniciaba con
exhibición de danzas en los grandes vestíbulos inferiores del Castillo Comyn.
Siglos
de tradición habían hecho que aquello fuera una fiesta de máscaras; de acuerdo
con la costumbre, yo llevaba un estrecho disfraz, pero no había hecho más
intentos por disfrazarme. Estaba de pie en un extremo del largo vestíbulo,
hablando indiferentemente con dos jóvenes del servicio espacial terráqueo y
escuchándolos con un solo oído, y tan pronto como pude hacerlo sin violencia,
me aparté y me quedé mirando fijamente las cuatro diminutas lunas que casi
flotaban en conjunción por encima de la cumbre.
A
mis espaldas, el gran vestíbulo centelleaba con colores y trajes que reflejaban
todos los rincones de Darkover y casi toda forma conocida de vida humana o
semihumana en el Imperio terráqueo. Derik se pavoneaba con las doradas
vestiduras de un sacerdote del Sol del sistema de Arturo; Rafe Scott había
asumido la máscara, el látigo y los guantes de garras de un duelista kifirgh.
En
el rincón reservado tradicionalmente a las jovencitas, la máscara tirante de
Linnell era un disfraz transparente, y sus ojos relucían con la feliz
convicción de que todos los ojos estaban fijos en ella. Como comynara, todo el
mundo la conocía en Darkover; pero ella raramente veía a nadie fuera del
estrecho círculo de sus primos y de los pocos compañeros selectos permitidos a
una muchacha de la jerarquía Comyn. Ahora, enmascarada, podía hablar o incluso
bailar con perfectos desconocidos, y aquello le producía una excitación que
quizá fuera hasta excesiva.
Junto
a ella, enmascarada también, reconocí a Kathie. Yo no sabía por qué estaba ella
aquí, pero no vi en ello ningún daño. Estaba segura, bloqueada por el circuito
de desviación que yo le había construido en su mente; y no había mejor manera
de probar que no se trataba de una presa, sino de un huésped distinguido. De su
parecido con Linnell, los demás sólo podrían deducir que se trataba de alguna
mujer noble del linaje Aillard.
Linnell
me sonrió cuando me acerqué a ellas.
―Lew,
le estoy enseñando a tu prima de Tierra algunas de nuestras danzas. Figúrate
que no las conoce.
Mi
prima. Supongo que fue idea de Callina. De todos modos, aquello explicaba su
defectuosa manera de hablar el darkoviano. Kathie dijo suavemente:
―Nunca
me enseñaron a bailar, Linnell.
―¿Por
qué no te enseñaron a bailar? Pero, ¿qué os enseñan, entonces? ―preguntó
Linnell incrédulamente―. ¿Es que no bailan en Tierra, Lew?
―El
baile ―respondí secamente― es parte integral de todas las culturas humanas. Es
una actividad de grupo imitada de los movimientos de pájaro y antropoides, y
también un canal social del sistema de emparejamiento. Entre razas casi humanas
como los chieri se convierte en un comportamiento extático parecido al de la
embriaguez. Los hombres danzan en Tierra, en Megaera, en Vainwal y, en
realidad, de un extremo a otro de la galaxia civilizada, por lo que yo sé. Para
más detalles, en la ciudad dan conferencias sobre antropología; yo no estoy de
humor para eso.
Me
volví hacia Kathie. Le dije con el tono que me pareció más apropiado para un
primo:
―¿Y
si lo practicáramos? ―Le expliqué a Kathie mientras bailábamos―. Desde luego,
usted no podía imaginarse que aquí el baile es un estudio muy importante entre
los niños. Linnell y yo aprendimos en cuanto supimos andar. Yo sólo tuve la
instrucción primaria, pero Linnell ha continuado estudiando desde entonces.
―Lancé a Linnell una mirada cariñosa―. En Tierra fui a uno o dos bailes.. ¿Cree
usted que los nuestros son muy diferentes?
Me
dediqué a estudiar más de cerca a la muchacha terráquea. ¿Por qué un doble de
Linnell había de tener las cualidades que necesitábamos para el trabajo que
teníamos entre manos? Me di cuenta de que Kathie era una muchacha de fibra, de
juicio y de tacto; necesitaba tenerlos para venir aquí después de la conmoción
sufrida y representar el papel que tácitamente le había sido asignado. Y Kathie
tenía otra cualidad rara. Parecía no darse cuenta de que mi brazo izquierdo, al
rodearle la cintura, no era como el brazo de otros hombres. Yo he bailado con
muchachas en Tierra. No es lo corriente.
Con
aparente despreocupación, Kathie dijo:
―¡Qué
buena es Linnell! Es como si de verdad fuese gemela mía; la quise desde el
primer momento que la vi. Pero en cambio Callina me infunde temor. No es que
sea adusta, nadie podría ser más amable. Pero no parece del todo humana. Por
favor, ¿no es preferible que dejemos de bailar? En Tierra me consideraban una
buena bailarina, pero aquí me siento como un elefante cojo.
―Probablemente,
no le enseñaron a usted con suficiente intensidad.
Para
mi, aquello era una de las cosas más raras de Tierra: la indiferencia que con
consideraban este único talento que distingue al hombre de los cuadrúpedos.
¡Mujeres que no supiesen bailar! ¿Cómo podían tener verdadera belleza?
Dio
la casualidad de que yo estaba mirando hacia las grandes cortinas centrales
cuando éstas se apartaron y Callina Aillard entró en la sala. Y para mí, fue
como si la música se parase.
Yo
había visto la negra noche del espacio interestelar moteado por sueltas
estrellas. Callina era algo así, envuelta en un velo arrancado del cielo de
medianoche, su cabello negro sujeto con una red de constelaciones pálidas.
―¡Qué
hermosa es! ―susurró Kathie―. ¿Qué representa el vestido? Nunca he visto nada
semejante.
―No
lo sé ―dije.
Pero
mentía. No tenía noticias de que ninguna muchacha en vísperas de su casamiento,
incluso de un casamiento a disgusto, se hubiera atrevido a ponerse el vestido
tradicional de la damnee: Naotalba, hija de la condenación y novia del demonio
Zandru. ¿Qué sucedería cuando Beltran captase el significado de aquella
indumentaria? Era imposible concebir un insulto más directo, a menos que se le
hubiese ocurrido presentarse con el uniforme del verdugo oficial.
Rápidamente,
me separé de Kathie, excusándome, y me dirigí a Callina. Ella había accedido a
los deseos del Comyn; no tenía derecho a poner en una situación violenta a su
familia de esta manera y tan tardíamente.
Pero
cuando llegué a su lado, ya el viejo Hastur le estaba endilgando un sermón por
el estilo; escuché el final:
―...Compórtate
como una chiquilla descarada y voluntariosa.
―Abuelo
―dijo Callina con su voz queda y controlada―, yo nunca quiero hacer ver que me
pliego a una mentira. Este vestido me gusta. Responde perfectamente a la manera
como he sido tratada por el Comyn durante toda mi vida. ―Su risa era musical e
inesperadamente amarga―. Beltran de Aldaran tendrá que soportar más insultos
que éste a cambio de sus derechos latan en el Consejo. Ya lo verás. ―Se apartó
del anciano―. ¿Bailas conmigo, Lew?
No
era una pregunta, sino una orden; come tal, la obedecí, pero estaba trastornado
y neme importaba que se diera cuenta. Era vergonzoso estropear de esta forma el
primer baile de Linnell.
―Lo
siento por Linnell ―dijo Callina―. Pero el vestido va con mi estado de ánimo. Y
me sienta bien, ¿no es verdad?
Le
sentaba.
―Eres
demasiado terriblemente bella ―dije roncamente―. Callina, no vas a seguir
llevando adelante este engaño loco.
La
arrastré a un rincón y me incliné para besarla, apretando mi boca rudamente
contra la suya. Por un momento, se quedó pasiva, sorprendida; luego, se puso
rígida, se echó hacia atrás y me rechazó con violencia.
―¡No,
no hagas eso!
Dejé
caer los brazos y me quedé mirándola mientras una lenta furia me caldeaba la
cara.
―No
fue así como respondiste anoche.
Ella
estaba casi llorando.
―¿No
puedes ahorrarme esto?
―¿Y
tú, has pensado las cosas que podrías haberme ahorrado a mí? Adiós, Callina
comynara; deseo que Beltran disfrute de ese nombre.
Sentí
como me cogía de la manga, pero me solté con rudeza y me alejé.
Atravesé
la sala con ceñuda tranquilidad. Un malestar pegajoso, casi telepático, se
apoderó de mí. Aldaran estaba bailando ahora con Callina; cruelmente, yo
esperaba que él tratara de besarla. ¿Lerrys, Dyan? Estaban disfrazados y no era
posible reconocerlos. Casi media colonia terráquea debía estar aquí también y
yo nunca había conocido a ninguno de sus miembros.
Rafe
Scott estaba charlando con Derik en un rincón; Derik aparecía todo arrebolado y
su voz, cuando se volvió para saludarme, era pastosa e insegura.
―Buenas
noches, Lew.
―Derik,
¿has visto a Regis Hastur? ¿Qué disfraz lleva?
―No
lo sé ―contestó Derik pesadamente―. Yo soy Derik, eso es todo lo que sé.
Bastante trabajo me cuesta recordarlo. Pruébalo alguna vez.
―Un
bonito espectáculo ―mascullé―. Derik, me gustaría que recordases quién eres.
Enderézate y refréscate, hazme ese favor. Entonces te darás cuenta del papelito
que estás representando ante los terráqueos.
―Creo
que te estás pasando de la raya ―farfulló―. No es asunto tuyo lo que yo haga y,
además, no estoy borracho.
―Pues
sí que Linnell va a sentirse muy orgullosa de tí ―restallé.
―Linnell
está loca por mí. ―Olvidó su cólera y habló en tono de íntima
autoconmiseración―. Ni siquiera quiere bailar.
―¿Quién
iba a querer? ―murmuré, plantándome con los pies bien pegados al suelo para no
patearlo.
Resolví
ir de nuevo en busca de Hastur; él tenía cerca de Derik una autoridad y una
influencia de las que yo carecía. Era bastante inconveniente tener una regencia
en tales tiempos. Pero cuando el heredero presunto se convierte en un idiota
público ante medio planeta...
Me
abrí paso entre la baraúnda de disfraces, buscando a Hastur. Uno en particular
atrajo mis miradas; yo había visto arlequines así en los viejos libros de
Tierra. Con su traje de los colores alternados y una gorra ladeada sobre un
rostro enmascarado, había en él algo de alegre y de horrible. No en el disfraz
mismo, que era simplemente grotesco, sino en una especie de atmósfera que
envolvía a aquel hombre. Me reproché a mí mismo con enojo si es que estaba ya
imaginando cosas.
―No.
Tampoco a mí me gustaba ese individuo ―dijo Regis quedamente a mi lado―. Y no
me gusta la atmósfera de esta habitación ni la de esta noche. ―Hizo una pausa―.
Ayer hablé con mi abuelo y le pedí el laran.
Le
apreté la mano, sin decir una palabra. Todo Comyn llega a eso tarde o temprano.
―Las
cosas son diferentes ―dijo con lentitud―. Puede que yo sea diferente. Sé lo que
es el don Hastur y por qué es recesivo en tantísimas generaciones. Deseo que
sea recesivo en mí como en mi abuelo.
Yo
no tenía nada que contestarle. El se curaría. Pero ahora aquella nueva fuerza,
aquella dimensión añadida, fuese la que fuese, era una herida fresca en su
cerebro. Dijo:
―¿Recuerdas
lo referente a los dones Hastur y Alton? ¿Hasta qué punto puedes bloquear
herméticamente tu mente? El infierno puede abrir brecha, ya lo sabes.
―En
medio de una muchedumbre como ésta, mis barreras no valen mucho ―contesté.
Pero
yo sabia a lo que él quería referirse. Los dones Hastur y Alton eran
antagónicos, algo así como los polos iguales de dos imanes a los que no es
posible poner en contacto. Yo no sabía en qué consistía el don Hastur; pero
desde tiempo inmemorial en el Comyn, Hastur y Alton podían trabajar juntos solamente
con infinitas precauciones, incluso en las pantallas de matrices. Mientras
Regis era un Hastur latente, con su don aletargado, yo podía entrar en relación
con él; podía incluso forzarlo en contra de sus deseos. Pero habiéndose
convertido de pronto en un Hastur desarrollado, él podía golpear mi mente desde
la suya con la furia del relámpago. Regis y yo podíamos leernos el uno al otro
las mentes, ya que la telepatía ordinaria no queda afectada, pero lo más
probable era que nunca más pudiésemos enlazarnos en una relación más íntima.
Me
repugnó sorprenderme a mí mismo haciéndome preguntas. Era yo el que había
forjado el contacto con Regis; ¿había dado él este paso para protegerse contra
una tentativa análoga? ¿No confiaba en mí?
Pero
antes de que yo pudiera contestarle, las luces de la cúpula se apagaron.
Inmediatamente, la sala quedó inundada con una luz de luna plateada y
deslumbradora; hubo una ahogada exclamación de los apretados huéspedes cuando,
a través de la cúpula, las cuatro lunas, llameando ahora en conjunción
completa, alumbraron el suelo como si fuera de día. De pronto, sentí un ligero
roce y me volví para ver a Dio Ridenow que estaba en pie a mi lado.
Su
vestido, un ceñido tabardo de una tela que flameaba en verde, azul y plata, a
la cambiante luz de luna, le estaba tan ajustado al cuerpo, que casi podía
tratarse de un maillot; en su cabello rubio, la luz plateada rodaba como agua
con el centelleo de las joyas irguió la cabeza con un argentino tintineo de
diminutas campanillas.
―¿Qué?,
¿no estoy bastante guapa para ti?
―Por
lo menos, estás mejor que con pantalones breeches ―dije secamente.
Soltó
una risita y me invitó a bailar. Cuando terminamos, salimos a pasear al airé
libre.
―He
estado preguntándome ―dijo ella malévolamente― si cuando Hastur te habló de tu
niñita pensaste tal vez en mí.
Me
limité a fruncir el ceño. Ella se rió sin alegría.
―Lew,
¿te interesa realmente Callina?
―¿Es
que te importa?
―No
mucho. Pero me parece que estás haciendo una tontería. Después de todo, ella no
es una mujer...
―Dio,
si lo que quieres es formar una escena, para mí no habrá nada más agradable que
romperte la crisma.
―¡Eso,
eso! ¡Así resuelves iodos tus problemas, matando a la gente! Pero oye lo que te
digo: Callina se acabó y Ashara va a perder su peón.
―¿Qué
demonios estás diciendo?
La
cogí rudamente por la muñeca.
―Lew,
me estás haciendo daño.
―Debería
pegarte. Vamos, habla. ¿Qué preparan contra Callina? Dímelo o juro que te daré
un buen escarmiento.
El
rostro se le endureció.
―Está
bien. Corre el rumor y así se cree corrientemente de que sólo una virgen puede
tener las facultades especiales de Callina. Hay una cierta facción que opina
que todo estaría mejor si a Callina se la dejara, digamos... sin facultades.
Como tu conducta es absolutamente irreprochable, sólo hay un procedimiento para
remediar la situación...
Me
quedé mirándola fijamente, comprendiendo apenas lo que quería decir. Aquello
era horrible.
―¿Qué
asquerosa broma...?
―Lew,
créeme. No puedo explicarte, pero debes evadirte de esto. Callina no es lo que
tú crees. No es...
Con
el revés de la mano, le solté una bofetada e inmediatamente Regis estuvo a mi
lado, captó lo que rebosaba de mi pensamiento, y su rostro palideció.
―¡Callina!
―exclamó.
Dio
trató de explicarnos, pero la arrojé a un lado y me alejé con un juramento.
Regis caminaba a mi misma altura. Jadeó por fin:
―Pero,
¿quién podría atreverse? ¡Tocar a una Guardiana!
―Dyan
se atrevería ―dije con calma.
El y
yo estábamos en ligero contacto superficial. Bruscamente, lo detuve; me miró
ceñudo y el roce de su mente se apartó como manos que se separan.
―Es
lo que yo pensaba ―dije―. Cuando tú y yo nos rozamos, toda la fuerza se derrama
fuera de nosotros. Han metido aquí alguna matriz trampa, de octavo o noveno
nivel, del tipo que roba energía vital ...¡Sharra!
―Lew,
¿estaremos alimentando esa cosa infernal?
―Esperemos
que no ―dije―. ¿Puedes rozar a Callina?
Sentí
cómo Regis, casi instintivamente, trataba de recuperar el contacto conmigo.
―¡No
vuelvas a hacer eso! ―ordené, bloqueándome.
Aquel
roce pasajero fue una cruda agonía,, pero era precisa que yo lo soportase al
menos una vez más, hubiera peligro o no.
―Retéis,
cuando yo diga "ya", enlázate conmigo una milésima de segundo. Pero,
hagas lo que hagas, no te unas del todo. Si lo haces, arderemos los dos.
Recuerda que tú eres Hastur y yo Alton.
Tragó
saliva convulsivamente. ―Será mejor que hagas tú el enlace. Yo no sé
controlarlo todavía.
En
una fracción de instante, contactamos. No fue ni la centésima parte de un
segundo, pero simplemente aquello nos produjo una conmoción de terrible dolor.
Si hubiésemos permanecido la décima parte de un segundo, hasta la última chispa
de energía vital se habría consumido en nuestros cuerpos. Para quienquiera que
fuese que controlara la matriz oculta, aquello había tenido un flamear como una
astronave en una pantalla de radar.
Pero,
por lo menos, averigüé lo que quería. En algún sitio del Castillo, una matriz
trampa, no la de Sharra esta vez, estaba enfocada, con terrible intensidad,
contra el eslabón más débil que había en el Comyn: Derik Elhalyn.
¡Y
yo que había creído que estaba borracho!
Todos
los síntomas que él presentaba eran los de una mente sujeta a los efectos de
una matriz clandestina.
Mentalmente,
busqué a Callina, pero no encontraba más que el vacío. Es horripilante palpar
tan sólo un sitio vacío en el fluido mecanismo del espacio donde en tiempos
hubo una mente viva.
Regis
me miró con el rostro desencajado. Le dije:
―Derik
no se está dando cuenta de nada de lo que está haciendo. Mira, necesito que me
ayudes. Voy a entrar en la mente de Derik y voy a tratar de desmontar la matriz
trampa. Mientras me ocupo de eso, intenta tú romper todos los lazos. Pero sin
rozarme ni a mí ni a Derik, porque eso significaría la muerte de los tres.
Era
correr un riesgo desesperado. Ninguna juiciosa se atrevería a penetrar en una
mente controlada por una matriz trampa; es come pasear por una alameda sin
salida llena de monstruos agazapados para el salto. Y yo tendría que bajar
todas mis barreras y confiar en la fuerza sin experiencia de un Hastur recién
hecho laran, que podría matarme con un roce casual.
Todos
mis instintos me gritaban que no hiciera aquello; pero me abrí y lance mi foco
sobre Derik.
Y me
di cuenta inmediatamente de que yo ya había tocado aquella cosa antes: cuando
había tratado de poner a prueba y sondear a Lerrys.
Derik,
como un hombre que siente el filo de un cuchillo a través de una anestesia
incompleta, se retorcía para escapar; pero esta vez yo había agarrado con
fuerza, colocando todo mi poder entre la mente y la matriz trampa que la
mantenía sometida.
Detrás
de mí, igual que un hombre puede mirar una luz reflejada que no se atreve a
ver, yo percibía a Regis; se había apoderado de aquella fuerza extraña y estaba
haciéndola trizas poco a poco... destruyendo cada tramo de fuerza a medida que
yo iba desmontando aquella tela de araña telepática, fibra a fibra...
arrancándola de los nervios y del cerebro de Derik.
Me
daba cuenta de la tortura a que estaba sometiendo a Derik, pero sabía que si él
fuese dueño de su mente, me daría las gracias por lo que yo estaba haciendo.
Cuando
forcé barrera tras barrera, algo salió a combatirme, una grotesca parodia del
verdadero Derik; pero yo gané. Sentí que aquello se dispersaba, se desvanecía
como un hilillo de humo, quedaba consumido. La compulsión se había marchado, la
matriz trampa estaba destruida y por lo menos Derik se encontraba limpio. Me
retiré.
Regis
estaba apoyado en un pilar, la cara mortalmente pálida. Le pregunté:
―¿Podrías
decirme quién controlaba aquello?
―Ni
idea. Cuando la matriz se rompió, percibí a Callina, pero luego ―añadió Regis,
frunciendo el ceño―ella desapareció de nuevo, y todo lo que perdí fue a Ashara.
¿Por qué Ashara?
Tampoco
yo lo sabía. Pero si Ashara estaba levantada y alerta, por lo menos se
encargaría de proteger a Callina.
Regis
y yo nos habíamos quedado agotados, sin ninguna fuerza vital, pero, por el
momento, parecía que estábamos a salvo. Quise animarlo, pero me rechazó.
―No
te preocupes por mí. ¿Quién es esa persona que está con Linnell?
Me
volví para ver si se refería a Kathie o al hombre vestido de arlequín que tanto
me había trastornado. Junto a él estaba otra figura enmascarada: un hombre con
un vestido de capucha que le ocultaba la cara y el cuerpo completamente. Pero
había en él algo que me recordó de una manera repentina y horrible el infierno
que había percibido en la mente de Derik. ¿Era otra víctima o el controlador
mismo? Tuve que esforzarme para no atravesar corriendo la sala y apartarlo
corporalmente de Linnell.
Me
dirigí hacia ellos añilando despacio. Linnell me preguntó:
―Lew,
¿dónde has estado?
―Afuera,
viendo el eclipse ―dije lacónicamente.
Linnell
levantó hacia mí su mirada, con expresión tímida, preocupada.
―¿Qué
te pasa, chiva? ―pregunté utilizando con naturalidad el nombre infantil y
cariñoso.
―Lew,
¿quién es Katie realmente? Cuando estoy cerca de ella, siento ganas de besarla,
de rozarla. Pero, si intento hacerlo, tengo que retirarme y gritar de dolor.
Katie
había estado bailando con Rafe Scott. Cuando volvió, le sonrió a Linnell y ésta
se le acercó instintivamente. De pronto, dijo:
―Ahí
está Calima.
La
Guardiana, en sus telas moteadas de estrellas, se abría camino entre los
bailarines.
―¿Dónde
has estado, Callina? ―preguntó Linnell.
―Sí
―pregunté yo enviando las palabras telepáticamente―, ¿dónde has estado?
―Hablando
con Derik. Quería contarme no sé qué cuento de borracho. ―Se encogió de
hombros―. Pero veo que Hastur está señalándome. Está aquí Beltran. Supongo que
ha llegado el momento de la ceremonia.
Se
apartó de nosotros y escuché como en una pesadilla el anuncio solemne que hacía
Hastur y vi los dobles brazaletes matrimoniales que colocaba en los brazos de
la pareja. Callina era consorte de Beltran desde el momento en que Hastur le
soltó la mano.
Miré
en torno y vi a Regis y de pronto, aterrado, me di cuenta de que el muchacho se
ponía de una palidez grisácea. Le rodeé la cintura con el brazo y medio lo
arrastré hasta la puerta. Hizo una inspiración que más parecía un sollozo
cuando el aire frío le dio en la cara, y murmuró:
―Gracias.
Creo que tienes razón.
Bruscamente,
se le doblaron las piernas y se desplomó en el suelo. Su mano floja estaba
pegajosa, y la respiración era superficial.
Miré
en torno buscando ayuda. Se acercaba Dio del brazo de Lerrys.
Lerrys
se detuvo como paralizado. Miré alrededor angustiadamente con el rostro
convulso, todo él rígido y aferrado a Dio.
Aquella
fue la primera oleada del shock. Luego, el infierno se desató. Repentinamente,
la sala se convirtió en una distorsionada pesadilla, desprovista de toda
perspectiva, y el grito de Dio murió en un aire palpitante incapaz de
transmitir sonido alguno. Luego, ella estuvo luchando en las garras de algo que
la zarandeaba como a un gatito. Dio un paso tambaleante.
Entonces
vi a dos hombres juntos, las únicas figuras tranquilas en el aire
distorsionado. El arlequín y el horrible hombre de la cogulla. Sólo que ahora
la cogulla la tenía echada hacia atrás, y era el rostro de labios crueles de
Dyan el que estaba clavado fríamente en Dio. Ella, resistiéndose, dio otro
paso, otro más, cayó al suelo y se quedó allí sin movimiento.
Yo
luchaba contra la parálisis de aquel espacio retorcido que nos mantenía en un
éxtasis helado. Luego, el arlequín y el de la cogulla se volvieron y atraparon
entre ellos a Linnell.
No
es que la tocaran físicamente. Pero estaba en sus garras como si la hubieran
atado de pies y manos. Creo que ella gritó, pero hasta la misma idea del sonido
había muerto. Linnell se retorció, atrapada por una fuerza invisible; un
obscuro halo ondeante se alzó de pronto alrededor de ellos; Linnell se balanceó
atrozmente en el aire vacío, luego, cayó golpeando el suelo con un retumbo
siniestro. Yo farfullaba maldiciones sin sonido; no podía moverme.
Katie
acudió corriendo junto a Linnell. Creo que ella era la única persona con
capacidad para moverse libremente en toda la sala. Cuando cogió a Linnell en
sus brazos, vi que el torturado rostro se había serenado en una expresión
extrahumana.
Y
por encima de las dos muchachas el arlequín y la sombra de cogulla se hinchaban
y adquirían altura y poder. Por un momento, al ver el claro espacio exterior,
los rasgos altivos de Kadarin relumbraron a través de su máscara de arlequín.
Luego, los rostros se fundieron, se superpusieron y por un momento la hermosa y
condenable faz que yo había visto en la Torre de Ashara volvió a surgir ante
mis ojos; después, las sombras se espesaron.
Sólo
segundos más tarde se encendieron nuevamente las luces; pero el mundo había
cambiado. Oí el grito de Kathie y oí cómo la multitud gritaba y gemía mientras
yo me habría paso hacia Linnell.
Yacía
sobre las rodillas de Kathie. Detrás de ella, sólo paredes ennegrecidas y
paneles desgarrados mostraban la conmoción que acabábamos de sufrir, y Kadarin
y Dyan habían desaparecido, se habían fundido, evaporado, no estaban allí.
Me
arrodillé junto a Linnell. Estaba muerta, naturalmente. Yo lo sabía incluso
antes de poner mi mano sobre su corazón. Callina apartó a un lado a Kathie, y
yo me quedé atrás, cediéndole mi puesto a Hastur, y rodeé el talle de Callina
con mi brazo; pero aunque ella se apoyó en mí pesadamente, ni siquiera se dio
cuenta de mi presencia.
Alrededor
de mí, oía la agitación de la multitud, voces de mando y de súplica, y esa
horrible curiosidad de una muchedumbre cuando acaba de golpear la tragedia.
Hastur dijo algo y los grupos empezaron a disolverse y a marcharse.
Callina
no había derramado una lágrima. Se apoyaba en mi brazo, tan impresionada por el
golpe, que ni siquiera había pena en sus ojos; simplemente miraba deslumbrada.
Sus
labios se movieron.
―Así
pues, esto era lo que pretendía Ashara ...―susurró.
Con
un largo y profundo suspiro, se desvaneció entre mis brazos.
CAPÍTULO
XII
La
tenue luz solar de otro anochecer estaba filtrándose por las paredes de mi
habitación cuando me desperté; estaba tendido muy tranquilo, preguntándome si
todo no habría sido más que una delirante pesadilla producto de algún golpe.
Entonces entró Andrés, y en su rostro vi que todo había sido verdad.
―Está
aquí Regis Hastur. Pero tú no te levantes. Mucha suerte tendrás si estás curado
antes de una semana. ¡Por Dios, ya he perdido a dos de vosotros y no quiero
perderte a ti, después de Marius y de Linnell!
Entró
Regis y me preguntó cariñosamente: ―¿Cómo te sientes?
―¿Cómo
he de sentirme? Tengo que matar.
―Tal
vez menos de lo que crees.― El rostro del muchacho estaba ceñudo―. Dos de los
hermanos Ridenow han muerto. Lerrys vivirá, pero no creo que sirva de mucho en
varios meses.
―¿Y
Dio?
―Conmocionada,
pero no corre peligro.
―¿Y
Callina?
―Aturdida.
La han llevado a la Torre de la Guardiana.
―Cuéntame
todo lo demás, no me digas las malas noticias con cuentagotas.
―No
todo son malas noticias. Beltran se marchó esta noche como si estuviera
perseguido por escorpiones. Aquí han entrado los terráqueos, han sometido el
Castillo a vigilancia. En cuanto a Derik, se ha vuelto loco, sin esperanzas.
Oía
fuera una voz extraña, la de un terráqueo que protestaba.
―¿Cómo
diablos se llama a una puerta cuando no hay puerta?
Luego,
las cortinas se abrieron y cuatro hombres entraron en la habitación.
Dos
eran desconocidos, con el uniforme de la fuerza espacial terráquea. Otro era
Dan Lawton, legado de Thendara.
El
cuarto era Rafe Scott, que lucía el uniforme del servicio terráqueo.
Regis
se levantó y les plantó cara airadamente.
―Lew
Alton ha sido herido. No lo podéis interrogar como habéis interrogado a mi
abuelo.
―Joven
Hastur, será mejor que se vaya usted a sus habitaciones.
―Prefiero
que se quede aquí ―dije―. Y te advierto que no conseguirás nada por las malas
en el Castillo Comyn, Lawton.
―Lo
sé. Ya aquí el capitán Scott me dijo....Capitán Scott.
―¡Traidor!
―dijo Regis, y escupió.
Lawton
inició el interrogatorio:
―Tu
madre era terráquea y se llamaba Elaine Aldaran Montray. ¿Qué relaciones tenías
con Beltran de Aldaran?
―Pasé
un año poco más o menos en los Hellers, casi siempre como invitado suyo. ¿Por
qué?
El
contestó con otra pregunta, pero esta vez dirigida a Rafe:
―¿Qué
parentesco hay exactamente entre vosotros dos?
―Por
la parte de Aldaran, es muy difícil de explicar. Primos lejanos. Pero se casó
con mi hermana Marjorie. Somos cuñados.
―¡Ningún
espía terráqueo tiene parientes aquí! En esta zona es el Comyn el que hace
respetar la ley. ¡Tú vete a atender tus asuntos en la zona terráquea!
―Eso
es precisamente lo que estamos haciendo ―dijo Lawton―. Lerrys estaba trabajando
para nosotros, así es que los hermanos de él son asunto nuestro; y da la
casualidad de que han muerto.
―También
Marius trabajaba para Tierra, aunque tú no lo supieras, Lew.
―Mi
hermano nunca recibió una sola moneda de Tierra, y eso lo sabes tú muy bien.
―Tienes
razón ―dijo Lawton―. A tu hermano no le pagábamos ni era un espía Pero
trabajaba a favor de nosotros y había solicitado la ciudadanía del Imperio. Lo
avalé yo mismo. Probablemente era la única persona de Darkover que quería que
se llegase a una alianza honrada. Todos los demás lo hacían exclusivamente por
dinero. ¿No lo sabías? Tú eres telépata.
―Los
telépatas no somos curiosos.
―Voy
a explicarte por qué estoy aquí ―dijo Lawton―. Usualmente, dejamos que los
gobiernos de los estados-ciudades se rijan ellos mismos hasta que el gobierno
se hunde. Esto suele suceder al cabo de una generación después de la llegada
del Imperio. Cuando tropezamos con una tiranía auténtica, la derribamos; en los
planetas como Darkover, esperamos simplemente que ellos mismos se destrocen. Y
es lo que sucede siempre. Aquí ha habido últimamente desórdenes. Disturbios,
incursiones, contrabando... y demasiado trabajo sucio de telepatía. Pero,
además, hay otra cosa. Tenéis aquí prisionera a una muchacha de Tierra hija del
legado terráqueo en Samarra, Kathie Marshall.
Regis
ordenó a Andrés que fuese a buscar a la comynara que estaba con Dio Ridenow. El
explicó que muchachas terráqueas había habido muchas en el festival y que la
comynara que iba a venir ahora había estado acompañada por una muchacha
terráquea que se le parecía mucho. Quizás ella supiese más detalles sobre
aquella joven de Tierra.
Al
cabo de pocos momentos,Marshall entró en la habitación.
―¿Kathie?
―dijo Lawton.
Kathie
alzó un bonito rostro lleno de perplejidad.
―¿Cómo
dice?
―Querida
Linnell ―intervino Regis―, ya les he explicado la enorme semejanza que puede
haber entre nosotros y algunos terráqueos, pero quería que se convenciesen por
sus propios ojos.
Kathie
bajó una mano para acariciarme la cara. No era un gesto terráqueo. Ella andaba
y se movía como una darkoviana.
―Sí,
Regis, ya recuerdo ―dijo, y tuve que hacer un terrible esfuerzo para reprimir
un grito de asombro.
Porque
Kathie estaba hablando el complicado y puro darkoviano de las montañas, hecho
de sílabas líquidas, no con su rudo acento terráqueo, sino con una dulce y
rápida fluidez.
―¿Conviene
que estén aquí tantos desconocidos en el estado en que te encuentras, Lew?
¿Simplemente para contarte alguna historia fantástica sobre los terráqueos?
No
era la entonación de Linnell. Pero perduraba el hecho de que estaba hablando
darkoviano, y hablándolo con un acento tan puro como el mío o el de Dio.
Lawton
meneó la cabeza.
―Es
asombroso ―masculló―. Hay desde luego un gran parecido. Pero da la casualidad
de que yo sé que Kathie no podía hablar el idioma darkoviano de esa forma.
Bueno, será un error. Alton, antes de que me vaya, ¿puede usted explicarme cómo
murieron los hermanos Ridenow?
Intervine
yo porque Regis no sabía cómo expresarse.
―Los
asesinos emplearon una especie de matriz trampa. Esta consiste en algo así como
horripilantes extraídas de la memoria racialy de supersticiones. La persona que
maneja una de estas matrices puede controlar las mentes y emociones de otras.
La familia Ridenow está formada por seres extraordinariamente sensibles. Las
víctimas fueron tan trastornadas, que sufrieron un cortocircuito en sus
conexiones nerviosas. Murieron de hemorragia cerebral.
Rafe
Scott se adelantó y quiso hablarme, pero Regis lo rechazó de mala manera. Los
demás ya se habían ido y Andrés entró a los pocos segundos y les dijo a los
muchachos que, si querían pelearse, que se fueran a otra parte, y me dejaron
tranquilo.
Me
atendió como si él fuese una enfermera. Ya trataba de descansar, pero no podía
conseguirlo desde el momento en que me di cuenta de que Linnell había muerto
por mi culpa. Cuando se había desatado el horror espantoso de la matriz trampa,
Linnell instintivamente había buscado la seguridad del contacto con su doble,
pero, por el circuito de desviación que había en la mente de Kathie, se puso en
contacto conmigo y, por consiguiente, con aquella matriz espantosa que estaba
en manos de Kadarin. Por eso, todo descargó sobre ella y su mente ardió como
fósforo.
En
aquellos momentos oí unos pasos suaves y Dio entró en mi habitación.
―¿Para
qué has venido?
Ella
contestó con sencillez:
―Siempre
sé cuándo estás sufriendo.
Me
cogió la cabeza y se la puso en su regazo. Aquello alivió mi dolor.
―No
te vayas.
―No,
no me iré nunca.
―Te
quiero ―susurré― te quiero.
En
mis besos, estaba el recuerdo de Callina, pero Dio me los devolvía suavemente,
aunque sin pasión.
Nos
quedamos dormidos como niños, enlazado el uno en los brazos del otro.
CAPÍTULO
XIII
Cuando
me desperté, estaba solo. Me pregunté si todo habría sido un sueño, pero Dio
apareció a los pocos momentos con una sonrisa extraña en sus labios.
―Te
he traído a otro visitante ―dijo.
Me
dispuse a protestar, pero ella corrió las cortinas, y Marja entró corriendo en
la habitación.
Se
me echó al cuello mientras Dio me explicaba:
―Supe
lo de la existencia de la niña cuando Hastur la trajo por vez primera aquí.
Pero la Torre de Ashara no es el lugar más adecuado para ella. Por eso te la he
traído.
Se
marchó y Andrés vino a contarme que todavía había terráqueos vigilando los
corredores del Castillo. Me resigné a no hacer nada y pasé todo el día jugando
con Marja ante el desconcierto de Andrés a quien le expliqué simplemente que
ella era hija mía.
―¿Cuántos
terráqueos hay en el Castillo?
―Unos
diez o quince. Están vestidos de paisano.
―Como
ninguno de ellos me conoce de vista, tráeme inmediatamente un traje terráqueo.
―Supongo
que será inútil tratar de detenerte. Bueno, me quedaré yo cuidando de la
niñita.
Las
habitaciones de los Altons tenían muchas puertas, y los terráqueos no podían
vigilarlas todas. A la salida, nadie me prestó la menor atención. Ellos estaban
prevenidos contra un hombre darkoviano manco. En cambio, un hombre vestido como
un terráqueo, con una mano metida al parecer en el bolsillo y la otra
ondeándola libremente no despertó en absoluto su curiosidad.
Me
dirigí a las habitaciones de Callina y la encontré sentada ante el arpa de
Linnell y como sumida en un trance. Me costó trabajo volverla a la vida.
―Lo
siento, Lew. Otra vez soy yo.
―Pero,
¿quién eres tú? ―me atreví a preguntar―. Hay veces que te confundo con Dio, con
Ashara...
Ella
sonrió con tristeza.
Si
no lo sabes tú, ¿quién va a saberlo?
No
quise que la emoción se apoderara de mí.
―Hemos
de actuar esta noche, Callina, mientras los terráqueos creen que estoy todavía
demasiado débil para hacer algo. ¿Dónde está Kathie?
―Iré
a buscarla.
―Deja,
iré yo.
La
muchacha estaba tendida en un diván y se asombró al verme entrar.
―Kathie,
vengo a pedirte que nos acompañes a un sitio adonde vamos a ir. ¿Sabes montar a
caballo?
―Sí.
¿Por qué? ¡Ah, me imagino que lo sé! Me pasó algo muy extraño cuando mataron a
Linnell. Pero ―añadió―, ¿cómo voy a montar a caballo vestida con falda?
―Es
verdad, no había pensado en eso.
Tuve
que volver a las habitaciones de Dio, pedirle que me prestara unos pantalones y
rogarle que buscase a Regis y le dijese que nos esperara afuera con caballos
preparados.
Al
ver a Dio, me acordé de otra cosa. Me deslicé de nuevo hasta mis habitaciones y
cogí la pistola de Rafe. Todavía tenía balas en el cargador. Yo seguía
aborreciendo aquellas armas cobardes, pero los hombres contra los que íbamos a
luchar eran seres sin honor ni conciencia.
Cuando
volví a las habitaciones de Kathie, Dio y Callina estaban ya allí. La muchacha
terráquea se había puesto una túnica sin mangas y unos pantalones breeches que
había usado Dio en Vainwal. Callina estaba vestida más convencionalmente y me
miró con cierto enojo.
―Todo
esto está muy bien, pero cómo ¿vamos a salir del Castillo?
Me
eché a reír. No en vano era hijo de Kennard-Alton. Los Altons, muchos siglos
antes, habían sido los arquitectos que se encargaron de construir el Castillo
Comyn, y el conocimiento que tenían del mismo se lo habían ido transmitiendo en
secreto de generación en generación. No me costó trabajo localizar el pasadizo
secreto, largo y obscuro, de escalones empinados y peligrosos.
Bajamos
y bajamos sin cesar. Llegamos por fin a una puertecita que giró sobre sus
goznes y nos vimos en la penumbra de Thendara bajo el resplandor de tres lunas
diminutas. Regis nos estaba esperando con varios caballos.
―Lew,
supongo que me llevarás contigo. Las mujeres deben quedarse aquí.
―Necesitamos
a Kathie. Y es preciso que alguien se quede aquí, Regis. Lo que vamos a
intentar es nuestra última esperanza. Si no lo conseguimos, tendrás que
arreglarlo tú en las condiciones que puedas. Creo que, como último recurso,
podrías confiar en Lawton.
Nos
separamos sin despedirnos. Cabalgábamos ya por campo abierto, fuera de las
calles de Thendara. Pasamos junto a algunas casas y granjas desiertas, cada vez
más escasas, hasta que terminaron por fin. Nadie cabalgaba ahora por este
camino; en la Carretera Prohibida, la radiactividad era todavía virulenta en
algunos trozos, desde los años de la desolación. Muchos hombres habían muerto
en tiempos pasados por aquellos caminos. Perdían el pelo, los dientes, y la
sangre se les convertía en agua sólo por haber pasado por aquellos lugares. El
Comyn había fomentado aquel temor con trucos y trampas; y ahora eso resultaba
útil, porque podíamos cabalgar sin que nadie nos viera. Sólo Dyan conocía
aquellos lazos y trampas tan bien como yo.
Dimos
un rodeo al lugar donde habían estado las antiguas astronaves cuyos enormes
cascos aún resplandecían débilmente con irradiación venenosa.
Dos
de las lunas se habían puesto, dejando un único disco pálido en el horizonte,
cuando nos apartamos de la carretera y llegamos a la orilla del lago. Kathie se
quedó mirándolo asombrada.
―Esto
no es agua, ¿verdad?
―No.
―Pero
yo he estado aquí antes ―dijo, confusa.
―No.
Lo que pasa es que tienes algunos recuerdos que son míos. Eso es todo, no
temas.
Dos
pilares gemelos y blancos se alzaban sosteniendo entre ellos, como si fuera un
velo una chispeante neblina con todos los colores del arco iris. Seguí
explicándole a Kathie:
―Aun
teniéndola bloqueada como la tienes, eso te desgarraría la mente. Tendré que
hacer lo que antes hice: tener tu mente por completo bajo la mía. ―Ella se
estremeció y yo le advertí con voz incolora―: Tengo que hacerlo. El velo es un
campo de fuerzas sintonizado con el cerebro Comyn. A nosotros no nos haría
daño, pero a ti te mataría.
Ella
miró a Callina.
―¿Por
qué no me lo haces tú?
Callina
sacudió la cabeza.
―Es
algo relacionado con la polaridad. Yo soy una Guardiana. Si tratase de sumergir
tu mente más de un segundo o dos, eso te dejaría destruida para siempre.
Kathie
ya no protestó y logramos pasar sin que ella ni nosotros sufriéramos ningún
daño.
El
rhu fead se extendía desnudo ante nosotros, lóbrego y frío. Había puertas y
largos pasillos llenos de helados jirones de niebla. De pronto, Kathie torció
por uno de los pasillos y empezó a caminar con la mayor seguridad en medio de
la penumbra.
―¡Lew,
yo sé! ¿Cómo sé a dónde tengo que ir?
El
pasillo desemboca en un espacio abierto de piedra blanca y cortinas cormesíes.
Un estrado empotrado en la pared y cubierto de bordados iridiscentes, sostenía
un cofre de cristal azul. Puse mis pies en el primer escalón.
No
pude continuar. Aquella era la barrera interior; la barrera que ningún Comyn
podía atravesar. Era como si chocase con un muro invisible; Callina adelantó
las manos con curiosidad y se sintió también repelida. Kathie preguntó:
―¿Estás
todavía bloqueando mi mente?
―Un
poco.
―Pues
no lo hagas. Ese poco tuyo es lo único que me hace retroceder.
Asentí
y retiré el circuito bloqueador. Kathie me sonrió, pareciéndose a Linnell menos
que nunca; luego, cruzó la barrera invisible.
Desapareció
en una espesa nube azul. Hubo un centelleo y quise gritarle para que no se
asustara, pero ni siquiera mi voz podía atravesar la barrera alzada contra el
Comyn. Ella desapareció como una delgada silueta; las llamas se la tragaban.
Luego, un terrible destello subió hasta el techo y un tronar de tormenta
retumbó en el suelo.
Kathie
volvió junto a nosotros. En sus manos, traía una espada metida en su vaina.
CAPÍTULO
XIV
Así
pues, la espada de Aldones era, después de todo, una espada real; larga y
brillante y mortífera y de un temple tan fino, que hacía que la mía propia
pareciera el juguete de plomo de un niño. En la empuñadura, a través de una
delgada capa de seda aislante, relucían diminutas piedras azules. Podía haber
sido un duplicado de la espada Sharra, pero esta última semejaba ahora una
torpe falsificación del objeto glorioso que tenía en mis manos.
Esto
no era un escondite para una matriz oculta; era más bien una matriz. Parecía
tener una vida propia, suya. Un cosquilleo de poder, nada desagradable, me
subía por el brazo. Agarré la empuñadura y desenvainé un poco.
―No
―dijo Callina. Y la obedecí.
El
alba estaba despuntando por el lago cuando salimos y vimos cómo la mojada luz
del sol brillaba ominosamente sobre el acero. Kathie gritó aterrorizada al ver
que tres hombres avanzaban hacia nosotros.
No
eran tres hombres, sino dos hombres y una mujer. Kadarin, Dyan y, entre los
dos, Thyra Scott, que me sonreía burlonamente.
Eché
mano a mi daga, y Thyra se adelantó para preguntarme con voz fría:
―¿Qué
has hecho de mi hija?
―Es
hija mía ―dije―. Está a salvo. Pero tú no la tendrás nunca.
Ella
contestó:
―Vamos
a hacer un trato. Dame lo que tiene la Guardiana y os dejaremos en libertad.
―De
ninguna manera.
Kadarin
sacó su espada. Como yo había supuesto, era la que tenía la matriz Sharra.
―Será
mejor que no resistáis. Es verdad que quería matarte, pero no sería una lucha
leal estando como estás.
―Supongo
que tendrás Rastreadores ocultos por todas partes. Siempre te ha gustado mandar
a veinte contra uno.
―No
te harán nada. Tú eres para mí. Pero las mujeres...
―¡Vete
al infierno! ―rugí.
Saqué
la espada de la vaina y me arrojé contra Kadarin. El contacto de la empuñadura
me llenaba de vida; la sangre latía con tanta fuerza en mis sienes, que creí
que iba a desmayarme. Kadarin esgrimió la espada Sharra. Las espadas se
tocaron...
¡La
espada de Aldones flameaba un fuego azulado! Como una cosa viva, saltó de mi
mano y cayó al suelo disparando un fuego azul desde la empuñadura hasta la
punta. Las dos espadas yacían cruzadas en el suelo, brotando de ellas cascadas
de fuego azul. Kadarin se tambaleaba.
Me
enderecé. Retrocedimos, sin atrevernos ni él ni yo a acercarnos a las armas
caídas.
Pero
Kathie se lanzó entre nosotros y cogió las dos espadas. Para ella, eran
simplemente espadas. Sostuvo una en cada mano, cuidadosamente. Las llamas
azules se extinguieron.
―Eso
no servirá de nada ―dijo Kadarin, que añadió ceñudamente―:
No
seas un imbécil que se sacrifica, Dame la matriz Sharra y vete. Quizá no
podamos apoderarnos de la espada de Aldones, pero podemos y queremos recobrar
la Sharra. Ten en cuenta que podrías matarme a mí, matar a Dyan, matar a Thyra,
pero no podrías matarlos a todos.
Por
supuesto, no quedaba ninguna alternativa. Yo tenía que defender a las mujeres.
―Dásela,
Kathie ―dije por fin―. Y Vamonos. Tengo fe en que cumplirá su palabra.
Pero
Thyra se adelantó rapidísima con un puñal en la mano. Me volví demasiado tarde;
consiguió clavarme el puñal en el costado.
Logré
golpearla en la cara, luego me senté a duras penas, llevándome la mano a la
herida. Oía gritar a Kadarin como si se hubiese vuelto loco; vagamente, vi cómo
le pegaba a Thyra con atroz salvajismo, una y otra vez, hasta dejarla tirada en
el suelo, lamentándose. Porque ella había violado la palabra que él dio.
Y
entonces perdí el conocimiento.
Alrededor
de mí había un sordo zumbido. Yo estaba tendido con la cabeza puesta en el
regazo de Kathie.
―Estáte
quieto. Nos llevan a Thendara en un coche cohete.
―No
dejes que se mueva, Kathie.
Alargué
la mano buscando la de Callina, pero lo que sentí fueron los fríos y pequeños
dedos de Ashara posándose en mi muñeca, y la mirada fría de sus ojos claros
brillando en la penumbra. Me desperté del todo con un sobresalto; algo me había
atrapado la mente. ¡Marja! Quise alcanzarla, pero ya ella no estaba y sólo
sentí que en su lugar había un sitio vacío en el mundo.
Sacudí
mi cerebro, liberándolo del delirio de la fiebre por un minuto. Era lógico que
no pudiese rozar a Marja. Era imposible sufriendo un dolor así. Y no tenía por
qué hacérselo compartir a ella.
Pero
la mente del hombre es de una terrible soledad, encerrada dentro de los huesos
del cerebro.
Volví
a hundirme de nuevo en la obscura noche.
Yo
estaba andando...
Había
un brazo bajo mis hombros, y la voz de Kadarin decía:
―Con
calma. El puede andar. No es más que un arañazo, el cuchillo se desvió en las
costillas.
Mis
ojos no lograban enfocarse en ningún sitio. Oí que alguien decía duramente:
―¡Cielo
santo, entreaquí y siéntese!
El
mareo se disipó. Yo estaba en, pie en el cuartel general terráqueo; ante mis
ojos se desplegaba una vista del cosmodromo y frente a mí, tras una gran mesa
con el tablero de cristal, estaba en pie Dan Lawton mirándome con sorpresa e
inquietud. El brazo de Kadarin todavía me estaba sosteniendo. Lo rechacé y
desde algún sitio que antes no me era posible ver, avanzó Regis Hastur, se
acercó a mí, me cogió con firmeza por los hombros y me sentó en una butaca.
―¿Quién
demonios es usted? ―preguntó Dan.
Kadarin
hizo una imperceptible inclinación.
―Robert
Raymon Kadarin. ¿Y usted? Detrás de nosotros se abrió una puerta y la voz de
Kathie dijo ansiosamente:
―¿Está
él realmente...? ¡Ah, hola, Dan!
El
legado terráqueo meneó la cabeza.
―Dentro
de un minuto ―dijo sin dirigirse a nadie en particular―, empezaré a decir
tonterías. Hola, Kathie. ¿Eres tú esta vez?
Ella
me miró dubitativamente.
―¿Puedo
decírselo?
El
se adelantó.
―Espera,
espera. Cada cosa a su tiempo. Me volveré loco si tengo que poner en claro
muchas cosas a la vez. Kadarin, hace mucho tiempo que quería ponerle a usted
los ojos encima. Ya comprenderá que, por fin, ha rebasado la línea.
―Reclamo
inmunidad ―dijo Kadarin ásperamente―. Lew Alton habría muerto en Halí. Le he
dado salvoconducto y su vida ha quedado solemnemente reclamada; depende de mí
disponer de ella como quiera. Lo he traído aquí por mi propia voluntad, cuando
podría haber preservado mi propia inmunidad alejándome y dejándolo morir.
Reclamo inmunidad.
Lawton
soltó un gruñido. Pero Kadarin tenía a su favor todos los preceptos legales.
―Está
bien. Pero nada de trucos telepáticos.
El
otro sonrió amargamente.
―No
podría hacerlo aunque quisiera. Dyan Ardáis se escapó con la matriz Sharra. Me
veo ahora tan impotente como Lew.
Rafe
Scott entró de pronto en la oficina. El rostro del muchacho adoptó una
expresión de inmenso asombro al vernos a los que estábamos allí; pero le habló
a Lawton.
―¿Por
qué has encerrado a Tryra abajo?
―¿Conoces
a esa mujer? ―preguntó Lawton secamente.
―Es
mi hermana ―dijo Rafe.
―¡Maldito
sea! ―estalló Lawton―, todos los perturbadores que hay en el planeta son
parientes tuyos de una manera o de otra, Rafe. Ella trató de asesinar a Lew
Alton, eso es todo. Cuando la trajimos aquí se convirtió de pronto en una loca
furiosa, por eso tuve que llamar al médico para que le pusiera una inyección y
la he metido en una celda hasta que se calme.
Rafe
se me acercó y me dijo en tono suplicante:
―Lew,
¿por qué Thyra...? ―¡Déjalo en paz! ―ordenó Regis apartando a Rafe rudamente.
Agarré
a Regis por el brazo. ―No vayáis a pelearos otra vez ―imploré―. Os lo ruego.
Por
un momento, pareció que iba a resistirme, luego se encogió de hombros y se
sentó en el brazo de mi butaca mirando a Rae con ojos llameantes.
―¿No
estaba Callina con vosotros? ―pregunté.
―El
oficial médico se cuida también de ella ―dijo Kathie―. Estaba mareada, enferma,
se quedaba dormida a cada momento.
Me
pregunté si otra vez estaría ella en trance, y me enderecé sintiéndome con la
cabeza despejada.
―¡Tengo
que estar junto a ella! ―Ahora que ya no puedes hacer nada ―dijo Regis.
―¿Qué
haces tú aquí? Lawton contestó por él: ―Mandé llamar anoche al Regente y hemos
estado hablando mucho tiempo. Regis dijo quedamente: ―Se ha acabado todo, Lew.
El Comyn tiene que aceptar las condiciones. Incluso mi abuelo comprende eso. Y
si Sharra se nos va de las manos...
La
espada de Aldones estaba tendida sobre la mesa de Lawton. Kadarin se acercó y
se inclinó sobre ella.
―Dejé
suelta a Sharra, fue un experimento que fracasó, eso es todo. Pero aquí nuestro
estúpido héroe puso las cosas peor al llevarse la matriz Sharra fuera del
mundo, y durante seis años, todos aquellos lugares activados se pusieron
curiosos. Y ahora la tiene Dyan. ―Se revolvía inquieto como un animal
acorralado―. Yo sabía que Alton no se avendría a tratar conmigo fuesen las que
fuesen las condiciones. Por eso traté de encontrar a alguien en el Comyn,
alguien que recuperase para mí la matriz. De esa forma podría desmontar
aquellos lugares y luego destruir la matriz. Pero después de tanto trabajo,
resultaba que caí en una trampa al ponerme en relaciones con Dyan Ardáis.
―¿Fue
él quien mató a Marius para conseguirla? ―preguntó Regis.
―Es
lo que me imagino. No estoy seguro, pero desde luego nunca me he lucido en la
elección de cómplices. Eso ―y apuntó a la espada de Aldones― es un último
recurso. Destruirá para siempre a Sharra, pero a costa de un asesinato. Todo el
que esté enclavijado en la matriz Sharra...
Lawton
dijo:
―Por
ahora, la guardaré yo.
Kadarin
soltó una risa que parecía el rugido de un animal.
―Intente
hacerlo. Ahora se ha cruzado con la de Sharra, ni siquiera yo... ―y se acercó a
la espada, pero sus manos se contrajeron horriblemente y tuvo que retroceder
con un grito ahogado.
Frotándose
los dedos, angustiado, miró a Rafe y dijo:
―Prueba
tú.
―Ahora
que sé lo que pasa, no ―contestó Rafe alejándose de la mesa.
Lawton
no era cobarde. Se inclinó sobre la espada y la agarró firmemente por la
empañadura. Y entonces, en medio de un aguacero de chispas azules, salió
lanzado al otro lado de la habitación. Chocó con la pared, se desplomó y volvió
a levantarse, atontado, frotándose la cara.
―¡Cielo
santo!
―Me
toca a mi.
Y me
agachó para recoger la espada, que había caído al suelo. Pude levantarla hasta
la mesa, pero finalmente, temblando, tuve que dejarla caer.
―Me
es posible tocarla ―dije, sintiendo el caliente e insoportable cosquilleo―,
pero no puedo sostenerla.
―Ningún
hombre puede ―dijo Regis―. Pero la guardaré yo por el momento―. Con la mayor
facilidad, la cogió y se la colgó al cinto. Soy un Hastur ―dijo tranquilamente.
¡Porque
el don Hastur es la matriz viviente!
Regis
asintió. La matriz había encontrado su soporte y su foco, el equilibrio rector,
en el cerebro y los nervios de Hastur que la llevaba. Ninguna otra persona
podría manejar aquella espada y ni siquiera tocarla sin peligro.
Sharra
era sólo una temible y mortífera copia de esto.
―Sí
―dijo Kadarin en voz baja―, es lo que yo sospechaba. Por eso tu mano no curó
nunca, Lew. La herida en sí no tenía importancia, pero habías manejado la
matriz y la carne y la sangre humanas no lo soportan. Yo nunca lo hice sin
repartir la carga por lo menos con otro telépata con el que estuviera
contactado.
De
pronto, desde el fondo del corredor, Thyra empezó a gritar.
Kadarin
dio un bote de su silla y yo me enderecé rígidamente. Aquello hacía gritar a
Thyra de una manera loca me había golpeado a mí también; un negro vacío,
pérdida, desgarramiento...
―¡Marja!―
dije pronunciando el nombre como un sollozo.
Kadarin
dio media vuelta para mirarme; nunca he visto una expresión así en un rostro
humano.
―¡Pronto!
¿Donde está la niña? ―¿Qué pasa? ―preguntó Lawton. Kadarin movió los labios,
pero no salió de su boca ningún sonido. Dijo por fin; ―Dyan Ardáis tiene la
matriz. Yo completé la frase:
―No
se atreve a usarla él solo. Sabe lo que me pasó a mí, a mi mano. Necesitará un
telépata, y Marja es una Alton. ―¡Asqueroso traidor! La voz de Kadarin estaba
pastosa de miedo, pero no de miedo por él. Yo tenía la mente abierta y por un
minuto, al ver a Kadarin, mi odio remitió. Regis se quitó del cinto la espada
de Aldones y la puso en manos de Kathie.
―Guarda
esto― dijo―, tú todavía eres inmune. No temas nada; ningún darkoviano con vida
puede quitártela ni hacerte ningún daño mientras la tengas.
Se
volvió hacia mí y sin necesidad de que me dijera una palabra, sabiendo yo lo
que él quería, le alargué la pistola de Rafe.
―¿Qué
va usted a ...?
Regis
dijo firmemente, interrumpiendo a Lawton:
―Esto
es un asunto Comyn, y por buena voluntad que usted tenga, sólo podría estorbar
y no ayudar. Rafe, ven conmigo.
Kadarin
dijo ásperamente:
―¡No
idiota, es por Marja! ¡Ve con él!
Se
fueron. Los gritos rítmicos e histéricos no cesaban nunca. Kadarin permanecía
quieto, como si estuviera pendiente de lo que sucedía en todo su cuerpo; luego
de pronto se liberó.
―Allá
voy ―gritó a Lawton por encima del hombro, y salió de la habitación dando un
portazo.
Lawton
me agarró por el brazo.
―No,
tú no. Ten juicio, muchacho. Apenas te puedes tener de pie. ―Me obligó a
sentarme de nuevo en la butaca―. ¿Qué lío es éste? ¿Qué o quién es Marja?
Los
gritos cesaron bruscamente como si un conmutador hubiese funcionado dejando un
silencio qué tenía algo de aterrador. Lawton soltó un juramento y salió de
estampida de la habitación, dejándome tendido en la butaca, lanzando
exclamaciones de furia impotente, incapaz de levantarme. Oí llamadas y voces
resonando en los corredores y me pregunté qué habría pasado ahora, y entonces
Dio penetró en tromba en la habitación.
―¡Y
te han dejado aquí! ―exclamó, furiosa― ¿Qué te hizo esa perra de los cabellos
rojos? Y han drogado a Callina. ¡Oh, Lew, Lew! Tienes la camisa empapada en
sangre.
Se
arrodilló junto a mí, la cara tan blanca como su vestido. Lawton entró
corriendo y se quedó en pie a mi lado, una expresión de furia en su rostro.
―¡Desapareció!
Esa Thyra ha desaparecido, se ha esfumado de una celda hecha toda de acero y
rodeado de centinelas por todas partes. Cuando eso sucede, habiendo un Comyn
mecánico de matrices en el edificio... ―Vio a Dio y su rabieta amainó―. Yo la
conozco a usted, es hermana de Lerrys. ¿Que hace aquí?
―Por
el momento ―contestó ella airadamente―, estoy tratando de ver qué le pasa a
Lew, cosa de la que nadie se preocupa aquí.
―Estoy
perfectamente ―mascullé, enojado por aquella solicitud que me debilitaba.
Pero
dejé que me llevasen al consultorio médico, donde un hombre gordito, con barba
blanca, se puso a rezongar refiriéndose a este maldito planeta incivilizado
donde todo el tiempo se le iba en curar heridas de puñales. Me aplicó unas
compresas de plástico que dolían como demonios, me quemó con rayos de no sé qué
clase y me hizo tragar una cosa roja y pegajosa que me ardió en la boca y me
mareó, pero que hizo desaparecer el dolor; y cuando el mareo cesó otra vez pude
pensar claramente.
―¿Dónde
está Callina Aillard?
―Está
aquí ―contestó el doctor―. Dormida. Se encontraba débil y mareada, por eso le
puse una inyección de calmante, y una enfermera está vigilando su sueño en la
sala de mujeres.
―¿No
cree que pueda hallarse en trance causado por una conmoción?
El
colocó las cosas que había usado bajo la máquina lumínica.
―No
puedo saberlo. Ella vio cómo lo apuñalaban a usted, ¿no es así? Algunas mujeres
reaccionan de esa manera.
Consideré
a aquel hombre un imbécil. Las mujeres darkovianas no se desmayan por ver un
poco de sangre. ¿Qué pintaba él aquí, si no sabía diagnosticar conmociones
producidas por matrices? Y si, además, sacarla del trance. Por lo menos,
mientras no desapareciesen los efectos de la droga.
―Puede
que sea lo mejor ―me dijo Dio en voz baja―. Antes de que ella se despierte,
tengo que contarte todo lo referente a Callina. No ahora.
En
su despacho, Lawton estaba poniendo en marcha el mecanismo de búsqueda. El
tiempo transcurría pesadamente; yo aguardaba. En cierto momento, su
desconcierto estalló en preguntas que lo tenían perplejo.
―Maldito
sea, todavía no puedo comprender cómo Kathie Marshall pudo llegar aquí desde
Samarra. Y todavía estoy tratando de explicarme cómo tú y Rafe y esa Thyra y
Kadarin, sois todos hermanos y hermanas o primos o lo que quiera que sea. Y
ahora esta Thyra que se esfuma como si fuera aire. ¿La habéis sacado de aquí
por una brujería cualquiera?
―Yo
no.
Por
mí, Thyra podía quedarse en una celda para siempre.
A
medida que los efe Los del narcótico fueron desapareciendo, me volvió el dolor
en el costado, pero resultaba mucho más intolerable aquella sensación horrible
de algo que se había desgarrado de mí: me daba miedo adivinar lo que era.
El
sangriento sol de Darkover había alcanzado su cénit y empezado a oblicuar hacia
abajo, cuando oí pasos que se acercaban y vi a Regis, Rafe y Kadarin que
entraban Regis había cambiado de una manera asombrosa en pocas horas. Tenía
sangre en la cara y en las mangas, pero se trataba de algo más profundo que de
su primera lucha seria. El último rastro de muchacho se había consumido y ahora
era un hombre y un Hastur el que me miraba con desesperación.
―Está
usted herido ―exclamó Lawton, con el horror peculiar de los terráqueos a las
heridas infligidas personalmente.
―No
mucho. Unos rasgones en la camisa. Peleé con Dyan.
―¿Muerto?
―pregunté.
―No,
maldito sea.
Lawton
preguntó:
―Kadarin,
¿dónde está esa mujer suya?
El
arrogante rostro de Kadarin se contrajo de miedo.
―¿Thyra
¿Es que no está aquí con ustedes? ¡Por todos los infiernos de Zandru, cómo
puedo decirle a ella...?
Se
cubrió la cara con las manos. De repente, se acercó a mí. Todas las demás
personas que estaban en el despacho podían haberse encontrado en otro planeta
por la absoluta falta de atención que él les concedía, y me miró a los ojos con
una intensidad que hacía desaparecer un largo paréntesis de años, retrocediendo
a los días en que habíamos sido amigos, no enemigos jurados.
Me
salió la voz entre unos labios secos.
―Bob,
¿qué pasa? ¿Qué ha sucedido?
Se
le crispó la cara.
―¡Dyan!
¡Que lo azote Zandru con látigos de escorpiones! ¡Que Naotalba le retuerza los
pies en el infierno por toda la eternidad! Ha llevado a Sharra a mi pequeña
Marguerhia.
Se
le quebró la voz. Aquellas palabras me quemaban como ácido Dyan, con la matriz
Sharra. Marja, una niña, pero una Alton, una telépata. Y el vacío donde ella
había estado, la sensación de que me desgarraban algo...
Entonces,
es que estaba muerta.
Marjorie.
Marius. Linnell.
Ahora
Marja.
Lawton
no pidió detalles. Debió de darse cuenta de que todos estábamos agotando
nuestras últimas reservas de fuerza Me vi nuevamente sentado haciendo preguntas
como si ya importase algo alguna cosa.
―¿Y
Andrés?
―Dyan
lo dejó por muerto, pero puede salvarse.
Era
un amargo consuelo saber que Andrés la había defendido hasta aquel punto.
―¿Y
Ashara?
Dio
se puso en pie, fruncidos los labios. Creo que todos nosotros nos habíamos
olvidado de que ella estaba allí.
―Regis,
cuídate de él. Yo voy a la Torre.
Grité:
―¿Para
qué? ―pero ya se había ido.
Lawton
dijo ceñudamente:
―Lo
primero que hay que hacer es echarle mano a Dyan. Si tiene en su poder a la
niñita...
Kadarin
lo interrumpió:
―No
se puede. No hay manera de quitarle ahora la matriz Sharra. He tenido bastante
a menudo eso en mis propias manos para saberlo. Dyan pudo quitársela a Marius
sólo porque éste no supo cómo resguardarse. Ningún ser viviente... ―Kandarin se
irguió rígidamente―. ¡Lawton, todos vosotros! ¡Sois testigos! Su vida me
pertenece, cuándo, cómo y dónde pueda matarlo, en combate legal o desleal, su
vida es...
―¡Pareja
de locos ―dijo Lawton―, cojámoslo primero antes de que empecéis a disputar por
el privilegio de matarlo!
Con
un ademán que tenia mucho de animal en su ferocidad, Kandarin dijo:
―Si
él libera a Sharra, no confiéis en mi. Yo soy el sello maestro y estaré atado
de pies y manos.
Regis
se volvió hacia mí.
―Bueno,
Lew, tendrás que ser tú entonces. Tú has tocado Sharra, pero también está
sellado al Comyn. Si podemos ponerte en relación desde aquí, podrías entrar en
la matriz Sharra...
―¡No!
―rugí aterrado―. ¡No!
Podían
morirse todos antes de obligarme a hacer aquello. ¿Qué me importaba a mí ahora
que Sharra devastase Darkover? ¿Qué me quedaba por perder? Arranqué la pistola
del cinto de Rafe y le quité el seguro.
―Antes
me saltaré la tapa de los sesos.
La
mano de Regis apresó la mía con fuerza bastante para romperme un hueso.
Forcejeamos un rato salvajemente, pero él tenía dos manos; la culata de la
pistola tropezó en mí y la bala pasó sin hacer daño por la ventana,
convirtiéndola en añicos el cristal. Regis apartó mis dedos del arma.
―Estás
loco ―dijo, y le devolvió la pistola a Rafe―. Toma. Era tuya en un principio,
¿no es así? Pues quédatela. Bastante ha circulado ya en los últimos tiempos.
Basta con que haya un loco.
Lawton
soltó un juramento a la par que pisoteaba los trozos de cristal que había en el
suelo.
―Debía
mandaros a todos al manicomio. Rafe, busca a alguien que limpie esto, y lleva a
Alton abajo. Otra vez está mal de la cabeza.
Yo
me sostenía en pie, pero tenía que agarrarme a la butaca.
―¿Debo
considerarme prisionero?
―Nada
de eso, hombre. Pero ahora conviene que salgas y te quites de en medio. Piensa
un poco, hombre. Baja a la enfermería. Ya te llamaremos cuando te necesitemos.
De
pronto, mi furia se disolvió dejándome vacío y embotado. Kadarin desplegó sus
largas piernas y se acercó a mí.
―Tregua,
Lew ―dijo en voz baja―. Marja era mía también. No podemos hacer mucho ahora. Tú
estás agotado. Quizá más tarde se nos ocurra algún medio para hacernos con esa
cosa infernal antes de que Dyan nos mande a todos al infierno.
Sus
ojos se encontraron con los míos; en ellos no quedaba ningún odio. También el
odio mío había desaparecido. Empecé a andar tambaleándome y me apoyé
pesadamente en su brazo.
―Tregua
―dije.
Así
pues, Kadarin el que me ayudó a bajar a la enfermería y me llevó luego al
hospital. Me senté en la cama de mi pequeña habitación mientras las emociones
me crispaban los nervios y derrumbaban mis barreras telepáticas. Me agaché
pesadamente para quitarme las botas.
―¿Necesitas
que te ayude?
Le
contesté con otra pregunta.
―¿Tú
crees que Dyan dejará suelta a Sharra?
―Estoy
condenadamente convencido de que lo intentará.
Todo
aquello me parecía irreal. Durante seis años, mi mayor anhelo había sido matar
a Kadarin. Era una cosa que me había imaginado un millar de veces, y he aquí
que ahora estábamos hablando tranquila y razonablemente y desde el mismo punto
de vista. Parecía algo desagradable, pero inteligente, a pesar de todo. Yo
suponía que era la forma terráquea de hacer las cosas.
―¿Quieres
que te traiga algo del médico?
―No.
―Añadí, a regañadientes―: No, gracias.
Luego,
levanté la mirada y la dejé fija en él. Sabía que me mentiría sobre aquello.
―Bob,
¿fue por orden tuya por lo que Marjorie se vio obligada a penetrar en el fuego
Sharra aquella última vez? ¿Fue tu manera de vengarte de mí? ¿Cuándo supiste
que aquello la mataría?
―¿Por
qué había yo de querer matarla para vengarme de ti?
Lanzó
la pregunta con una sinceridad apasionada de la que no me era posible dudar. La
misma pregunta angustiosa que me llevaba atormentando seis años.
―Lew,
yo conocía a Sharra como ningún otro hombre vivo pudiera conocerla. No había
ningún peligro, ni para las muchachas ni para nadie, mientras yo ejerciese el
control. Tú sabes que yo quería a Thyra, pero me las arreglé para mantenerla a
salvo. ―Su rostro adoptó una expresión amarga ytorturada―. No hay ni diez
hombres vivos que puedan fijar los límites de seguridad para una mujer a la que
hayan poseído, pero yo lo conseguí para Thyra. En cuanto a Marjorie...
Tenía
el rostro obscuro, desencajado per un dolor tal, que casi me inspiró lástima;
también él tenía sus barreras bajadas, y la violencia de su pena era en mí como
una quemadura. Nunca se sentiría libre de armella pena, de aquella culpa.
―Yo
pensaba que Marjorie no era más que una niña. Ella nunca me dijo nada. Juro que
nunca supe que habías sido su amante. Lo juro.
Di
media vuelta y me tapé la cara, incapaz de soportar aquello. Pero Kadarin
continuó con la voz quebrada por la pena.
―Así
pues, ella penetró en aquello, y ya sabes lo que sucedió. Cualquier mujer
habría muerto al llegar desde los brazos de un amante al polo de semejante
poder, y por eso te he odiado... ―La voz se dulcificó de pronto en profunda
compasión―. Pero nunca se me ocurrió pensar que tú no pudieses estar enterado.
¡Demonios, tú mismo eras un chiquillo! Un par de chiquillos, tú y Marjorie, y
nunca os avisé. Por todos los infiernos de Zandru, Lew, no hables de venganza;
has tenido la tuya.
Bruscamente,
se quedó tranquilo, con una tranquilidad mortal. Dijo, sin inflexión alguna:
―Reclamó
tu vida una vez. Te la devuelvo.
Lo
miré, completamente desconcertado. Había reclamado mi vida, y esa era una
obligación solemne, irrevocable según el derecho darkoviano, mientras ambos
viviéramos. Si otro me hubiese matado, la obligación de él habría sido seguir
la pista de mi asesino y matarlo. Pero la ley darkoviana estaba derrumbándose
alrededor de nosotros. Nos encontrábamos en medio de los escombros. No reconocí
mi propia voz cuando dije:
―La
acepto de ti.
Gravemente,
sin sonreír, nos estrechamos las manos.
―Dime
esto ―dije cansadamente―. ¿Por qué el hijo de Thyra hubo de ser mío?
Hubo
una expresión de ironía en su rostro arrogante.
―Creí
que ya te lo habrías figurado. Yo esperaba tener un hijo telépata con el don
Alton.
¡Maldito
insolente!
El
continuó con calma:
―Thyra
nunca me lo perdonó. Yo estaba tan contento con Marja, que ella se sintió
celosa y se negó a tener la niña en un sitio en que yo pudiera verla. ―De nuevo
se le contrajo la cara―. Mataré a Thyra. Juré que Marja no sería usada como un
peón más, y ni siquiera pude mantenerla a salvo. ¡Cielo santo! Todo lo que amo,
todo aquel a quien amo, queda herido o muerto.
Se
encorvó con la angustia de su desesperación. Bruscamente, dio media vuelta y se
marchó, cerrando con un portazo tan violento, que las paredes temblaron.
CAPÍTULO
XV
Debí
de quedarme dormido.
Abrí
por fin los ojos en la desnuda habitación de la enfermería, para ver a Calima
arrodillada a mi vera. Sus dulces ojos estaban llenos de lágrimas; me cogió la
mano, pero no habló. Yo quería tomarla en mis brazos y estrujarla contra mí,
pero las palabras de Kadarin seguían aún resonando en mi mente, llenándome de
horror. En atención a la vida de ella, no me atreví ni siquiera a tocarla.
Pero
todo aquello sería más duro que nunca; sin saberlo con claridad, yo percibía
que una reserva íntima en Catalina había desaparecido. No existía ya aquella
altivez fría, consciente y distanciadora.
―Hemos
sufrido para nada, Callina ― dije―. Marius y Linnell han muerto, hemos dejado
que el Comyn juegue con nuestras vidas, ¿y qué hemos logrado?
―Puede
que todavía haya algo que salvar. Darkover...
―¡Que
se vaya Darkover al cuerno! Por mí, los terráqueos pueden apoderarse de él y
ser bienvenidos.
―La
espada de Aldones vencerá a Sharra ―dijo ella―. Kadarin estaba ayudándoles a
hacer planes cuando de pronto desapareció. De la misma forma que Thyra.
Eso
significaba que Sharra estaba libre. Miré con angustia a la muchacha.
―Lo
he intentado ―le dije―, pero apenas si puedo tocar la espada de Aldones. Regis
puede, pero es incapaz de usarla solo. Ningún hombre solo es capaz.
―Ashara
dijo que podrías utilizarme como foco.
―Está
bien, querida, lo intentaremos. Pero piénsalo bien. Quiero que estés
convencida.
―Lo
estoy.
Inicié
el contacto. Por un momento hubo una espantosa resistencia que ya me era
familiar, pero luego, aunque no se oponía activamente, se notaba su pasivo
terror tembloroso y aquello era peor aún.
Tuve
que desistir porque vi que aquello significaba matarla. Entonces, le propuse
que fuera ella la que lograra el contacto. Aceptó llevar a cabo la tentativa.
Su
roce era una cosa incierta, ruda, tanteante, una verdadera agonía.
En
lo más dramático del proceso, percibí de pronto que había irrumpido Regis.
Aquello
era asombroso. Los Altons no habíamos conseguido nunca más que ligarnos dos, y
eso desafiando un infinito peligro. Pero ahora éramos tres.
Regis
dio su explicación:
―Sólo
sé que algo estalló en mí, que creí que habías muerto, Lew. Me era imposible
pensar en otra cosa que no fuese llegar a tu lado. Ni siquiera sabía dónde
estabas. Y de pronto me he visto aquí.
―Callina
y yo estábamos tratando de enlazarnos las mentes.
―¿Callina?
―preguntó Regis mirando con fijeza.
Ella
se puso de puntillas y posó suavemente sus labios en los del muchacho.
―Regis
―dijo con suavidad―, no estamos enfadados. Podemos hacerte sitio.
Regis
rodeó con sus brazos a la muchacha.
―¿Todavía
no está él enterado?
―Siempre
he tenido puestas mis barreras.
Intentemos
otra vez el experimento y ahora se logró con la mayor facilidad. Era una
sensación de simpatía, de efusión extremadamente agradable. Como si toda mi
vida hubiera ido siempre con una tercera parte de cerebro.
Tres
telépatas, aunque no fundidos, fueron necesarios para manejar la matriz Sharra.
Este enlace profundísimo, logrado mediante la matriz viviente de Aldons, era
nuestra arma. Regis constituía la hoja de la espada. Mía era la fuerza latente
en aquella espada; el don Alton, aquel nervio psicoquinético superdesarrollado
era la mano capaz de dirigir aquella fuerza irresistible. Y Callina, encerrada
entre la mano y la hoja, era la empuñadura de la espada, el aislamiento
indispensable.
Pero
yo estaba todavía físicamente débil y el enlace no pudo continuar mucho tiempo.
Regis se apartó. Callina seguía unida a mí.
No
tengo la menor idea de cuánto tiempo duró aquel intervalo, pero, con una
rapidez terrorífica, sentimos los dos a Regis como un clamor desesperado en
nuestras mentes, y comprendimos que había desenvainado la espada.
Y
sin saber cómo, nos vimos en el gran patio del Castillo Comyn, y frente a
nosotros el trío capaz de manejar la espada Sharra: Kadarin, Thyra y Dyan
Ardáis.
La
lucha fue espantosa. Pero la espada de Sharra quedó vencida, rota, y el poder
de Sharra desapareció de este mundo para siempre.
Regis
empuñaba aún la espada de Aldones. Estaba todavía blanco y tembloroso, pero su
rostro era como el rostro de un dios.
Y
entonces, vi que Dio Ridenow salía de la Torre de la Guardiana, despacio,
ofuscada, como una sonámbula. Pero yo no podía pensar en Dio porque Callina
estaba a mi lado. La tomé en mis brazos y todo mi deseo murió cuando vi que
tenía frente a mí los fríos ojos de Ashara.
Debería
haberlo comprendido mucho antes.
CAPÍTULO
XVI
Transcurrió
sólo un momento y volvió a ser nuevamente Callina, aferrada a mí, llorando;
pero yo había visto aquello y sabía ya. Mi brazo cayó sin fuerzas y me quedé
mirando con horror mientras ella se alejaba desoladamente.
―Sharra
―la oí susurrar―, Sharra... No sirvió para nada, no sirvió para nada y no puedo
vivir...
―Por
la traición no puedes vivir, Asilara ―dijo Dio enfrentándose airadamente con la
maga―. No puedes vivir condenando a otro ser como condenaste a Callina.
Fracasaste porque Lew era demasiado humano y porque Callina no era bastante
humana.
Enloquecido,
me lancé hacia la figura que temblaba ante Dio. En mis brazos, unas veces era
Callina y otras Ashara, y Callina otra vez, hasta que desapareció de improviso.
―Dio
―sollocé lanzándome a sus brazos como un niño herido― Dio, ¿es que me he vuelto
loco?
Había
lágrimas en el rostro de Dio.
―Traté
de decírtelo muchas veces. Ashara no era un ser real, lacia generaciones que no
lo era. ¿No te extrañó que la habitación de su torre pareciera ser tan inmensa?
Es que no se encontraba en absoluto en la Torre. La puerta azul era una matriz,
una entrada a cualquier otro sitio. Ella misma no era más que una forma de
pensamiento. Vivía en la matriz, y siempre que la dejaba, para ocupar su puesto
en el Consejo Comyn, entraba en el cuerpo de una de las Guardianas. Por
nacimiento, era una Alton, aunque no instalaba su foco en las mentes, sino en
los cuerpos vivos de las Guardianas. Pero su poder estaba desvaneciéndose.
Ahora, ya no podía proyectar su propia forma en los cuerpos de ellas, sino
únicamente controlar sus mentes. E incluso ese poder se le estaba escapando.
Habría hecho cualquier cosa por recuperarlo. Dio jadeó un poco. Luego,
prosiguió: ―Yo iba a ser Guardiana, pero podía comprender un poco lo horrible
que eso era, lo que ella necesitaba de mí. Le pedí a Lerrys que me llevase a
Vainwal. ¿Por qué crees que me arrojé en tus brazos?Al final llegué a quererte,
pero al principio sólo quería ser inadecuada para ella. Callina, la verdadera
Callina, hace días que murió. Murió al negarse a entrar en contacto contigo
delante de Ashara. Porque sabía que eso era tanto como darle poder a Ashara
sobre tu cuerpo y tu cerebro.
En
aquel momento, irrumpió el alba a la par que un estallido ruidoso. Rafe y Regis
entraron corriendo en el patio.
―Lew
―gritó Rafe ásperamente―. Ven en seguida. Han encontrado a Marja, viva.
Fuimos
a toda prisa al hospital donde la estaban cuidando. Me incliné sobre el lecho
de la niña. Parecía estar muerta. Su respiración era casi imperceptible y
estaba sumida en un profundo trance. Dio y Regis me ayudaron a formar por
última vez aquel encadenamiento en triángulo que era lo único que podría salvar
a la criatura.
La
niña se agitó por fin en mis brazos y se despertó quejándose de que tenía
hambre.
Dos
horas más tarde, lavados, vestidos y comidos decentemente, formábamos un grupo
de personas respetables alrededor de la mesa de Lawton en el cuartel general
terráqueo.
A mí
personalmente, me explicó la situación.
―He
recibido instrucciones del Imperio. Voy a instaurar aquí un gobierno
provisional al mando de Hastur, el Regente, no el muchacho. Hastur es un hombre
íntegro y honrado, y el pueblo confía en él. Usted, joven Regis ―añadió
dirigiéndose al nieto del anciano―, será probablemente el que lo suceda. En la
época en que llegue a tener la edad de su abuelo, el pueblo estará
psicológicamente maduro para elegir a sus propios gobernantes. En cuanto a ti,
Lew Alton...
―Conmigo
no cuentes para nada ―dije lacónicamente.
―Como
quieras. Puedes elegir entre el exilio o permanecer aquí y ayudar a restaurar
el orden.
Regis
me dijo seriamente: ―Lew, el pueblo necesita jefes darkovianos. Gente que se
entregue por completo a la tarea. Lawton hará todo lo que pueda, pera él ha
sido un hombre de Tierra toda la vida. Miré con pena al joven Hastur. Yo había
caminado toda mi vida entre dos mundos, acusado por cada uno de ellos de
pertenecer al otro. Ninguno de los dos confió en mí nunca del todo.
―Te
advierto que, si te vas, es para siempre ―me dijo Lawton―. Tus propiedades
serán confiscadas. Y no se te permitirá volver. No queremos aquí más gente como
Kadarin.
―Me
iré. Únicamente deseo tres cosas. ¿Podré tenerías?
―Eso
depende; espero que sí.
Agarré
a Dio por la mano.
―Casarme
con ella conforme a las costumbres de nuestro pueblo, legalizar los papeles de
adopción de Marja y tener un pasaporte que nos autorice a recorrer el espacio a
cuatro personas.
Pues
a Andrés no podía hacerle gracia la perspectiva de que los terráqueos quisieran
detenerlo por culpas pasadas.
Regis
preguntó:
―¿A
dónde iréis?
Rodeé
a Marja y a Dio con mis brazos.
―Cuanto
más lejos, mejor ―dije.
Lawton
se quedó mirándome. Por un momento, pensé que iba a protestar. Pero luego
cambió de idea, sonrió con su manera amistosa y reservada y se puso en pie. En
su actitud había al mismo tiempo despedida y dolor.
―Yo
me encargaré de arreglarlo todo ―dijo.
Tres
días más tarde, estábamos en el espacio.
¡Darkover!
¡Sol sangriento! ¿Qué ha sido de ti? Mi mundo es hermoso, pero, cuando el sol
se pone, me acuerdo a veces de las Torres de Thendara y de las montañas que
conocí de niño. Un exilado puede ser feliz, pero no es ni más ni menos que eso:
un exilado. ¡Darkover, adiós! ¡Eres nada más y nada menos que eso: Darkover!
FIN


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