© Libro N°. 3073. Ocho Primos. Alcott, Louisa M. Colección
E.O. Septiembre 3 de 2016.
Título original: © Ocho Primos. Louisa M. Alcott
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
OCHO PRIMOS
Louisa M. Alcott
A
los muchos chicos y chicas
cuyas cartas ha sido imposible contestar dedica este libro como
ofrenda de paz
su amiga
L. M. Alcott.
CAPÍTULO PRIMERO
DOS NIÑAS
COMPLETAMENTE sola, Rosa estaba sentada en una de las salas más
grandes y bonitas de su casa, con el pañuelo en la mano, listo para recoger su
primera lágrima, pues cavilaba en sus tribulaciones y el llanto era inevitable.
Se había encerrado en este cuarto por considerarlo sitio adecuado para sentirse
miserable; pues era oscuro y silencioso, estaba lleno de muebles antiguos y
cortinados sombríos y de sus paredes pendían retratos de venerables caballeros
de peluca, damas de austeras narices, tocadas con gorros pesadotes y niños que
llevaban chaquetas colimochas y vestiditos cortos de talle. Era un lugar
excelente para sentir dolor; y la lluvia primaveral intermitente que golpeaba
los cristales de las ventanas parecía decir entre sollozos: "¡Llora, llora
! Estoy contigo".
Rosa tenía su buen motivo para sentirse triste, pues era
huérfana de madre, y últimamente había perdido al padre también, con lo cual no
le quedó más hogar que éste de sus tías abuelas. Hacía sólo una semana que
estaba con ellas, y aunque las viejecitas queridas se esforzaron todo lo
posible por hacer que viviese contenta, no lograron mucho éxito que digamos, ya
que era muy distinta a cuantos niños conocían, y experimentaron casi la misma
sensación que si estuviesen al cuidado de una mariposa abatida.
Le dieron amplia libertad dentro de la casa, y durante un día o
dos pudo entretenerse recorriéndola completamente, pues era una mansión
soberbia, llena de toda clase de recovecos, cuartos encantadores y corredores
misteriosos. En los sitios más inesperados aparecían ventanas; había balcones
que daban al jardín muy románticamente y en el piso alto tenían un salón en que
se veían bastantes curiosidades de todas partes del mundo, dado que durante
generaciones los Campbell fueron capitanes de mar.
La tía Abundancia permitió a Rosa revolver en su alacena de
porcelana, un sabroso refugio, que encerraba muchas de esas chucherías que a
los chicos encantan; mas pareció que a Rosa tenían sin cuidado las apetitosas
tentaciones, y cuando fallo la esperanza, la tía Abundancia se dio por vencida
desesperadamente.
La bondadosa tía Paz puso en juego toda suerte de hermosas
labores de aguja y proyecto un roperito de muñecas que habría hecho aguada boca
de una niña algo mayor. Pero Rosa demostró poco interés en sombreritos de satén
rosado y medias miniatura, aunque cosió cumplidamente, hasta que la tía la
sorprendió enjugándose lágrimas con la cola de, un vestidito de novia, y ese
descubrimiento puso punto final a las sesiones de costura.
Luego ambas damas aunaron ideas y seleccionaron juntas la niña
modelo de la vecindad, para que viniese a jugar con su sobrinita. Pero Annabel
Bliss constituyo un fracaso mayor que los otros, pues a Rosa no le cayo en
gracia, y declaro que le resultaba tan parecida a una muñeca de cera, que hasta
llego a sentir deseos de pellizcarla para ver si gritaba. La relamida Annabel
fue devuelta a su casa, y durante uno o dos días las impotentes tías dejaron a
Rosa librada a sus propios arbitrios.
El mal tiempo y un constipado la retuvieron dentro y paso la
mayoría del tiempo en la biblioteca donde se conservaban los libros de su
padre. Allí leyó muchísimo, lloro un poco y acaricio algunos de esos sueños
inocentes y seductores en que los chicos imaginativos encuentran tanto solaz y
deleite. Esto pareció mucho más agradable que ninguna otra cosa, pero no dio el
resultado apetecido y la niña fue volviéndose pálida, ojerosa y desatenta,
aunque la tía Abundancia le dio más cuerda de la que se necesita para hacer un
ovillo y la tía Paz la acariciaba como si fuese un cachorrito.
Viendo esto las pobres tías se estrujaban los cerebros buscando
nuevas distracciones, y determinaron recurrir a un expediente audaz, aunque no
muy esperanzadas en el éxito. Nada dijeron a Rosa acerca de su plan para ese
sábado por la tarde, pero la dejaron tran-quila hasta el momento de la gran
sorpresa, sin imaginarse ni remotamente que la extraña criatura encontraría por
sí misma una distracción en el sitio menos indicado.
Antes de que la primera lágrima tuviese tiempo de abrirse paso,
el silencio fue interrumpido por un sonido que la hizo aguzar los oídos. Eran
tan solo el gorjeo suave de un pájaro, pero le pareció que sería un pájaro
singularmente dotado, pues mientras escuchaba el gorjeo se trocó en animoso
silbido, luego en un trino, luego un arrullo y después un pío-pío, hasta
rematar en una mezcla musical de todas las notas, como si el ave hubiese
prorrumpido en carcajadas. Rosa rió también, olvido su pesar, y poniéndose en
pie de un salto, dijo ansiosamente
-¡Es un sonsonete! ¿Donde está?
Corrió todo lo largo del salón y miro a hurtadillas por ambas
puertas, pero lo único que vio con plumas fue un pollo de cola sucia bajo una
hoja de bardana. Escucho nuevamente y creyó notar que el sonido provenía de la
casa misma. Se puso en marcha, encantada con la persecución, y el sonido
cambiante la condujo a la puerta de la alacena de la porcelana.
-¿Aquí dentro? ¡Que raro! -dijo. Pero cuando entró, no vio por
allí más ave que las golondrinas de porcelana, trenzadas en su beso
interminable, que se destacaban en un estante. Repentinamente, se le iluminó el
rostro y, abriendo la portezuela deslizante, miró en la cocina. Pero la música
había cesado, y lo único que vio fue una chica de delantal azul que fregaba la
hornalla. Rosa dirigió su mirada en torno durante un minuto y preguntó
bruscamente:
-¿Has oído el sonsonete?
-Yo más bien lo llamaría Febe -contestó la niña, levantando sus
ojos negros, en los cuales brillaba una chispita.
-¿Y por dónde se ha ido?
-Sigue estando aquí.
-¿Dónde?
-En mi garganta. ¿Quieres oírlo? -¡Oh, sí! Voy a entrar.
Rosa trepó por la portezuela hasta el ancho estante del otro
lado, por cuanto tenía demasiada prisa y demasiada curiosidad para dar toda la
vuelta.
La niña se secó las manos, cruzó los pies sobre la pequeña isla
de esterilla perdida en un mar de jabón y, con el imaginable asombro de parte
de Rosa, de su garganta salió el gorjeo de una golondrina, el silbido de un
petirrojo, el llamado de un azulejo, el canto de un zorzal, el arrullo de una
paloma torcaz y muchas otras notas familiares, rematadas como antes en el
éxtasis musical de uno de esos pajaritos que cantan y revolotean por encima de
los arrozales.
De tal modo se maravilló Rosa que estuvo a punto de caerse del
estante y cuando concluyó el pequeño concierto aplaudió con entusiasmo.
-¡Es sorprendente! ¿Quien te ha enseñado?
-Los pájaros -contestó la chica, sonriendo, y volvió a su tarea.
-¡Es admirable! Yo sé cantar, pero nada que pueda compararse.
¿Cómo te llamas? -Febe Moore.
-He oído hablar de los pájaros febe; pero no creí que una Febe
de veras lo pudiese hacer -rió Rosa, añadiendo, mientras observaba con interés
las jabonaduras dispersas en los ladrillos:
-¿Puedo entrar a verte trabajar? Allí fuera estoy muy sola.
-Claro... Si es tu gusto -contestó Febe, retorciendo el trapo
con un aire profesional que impresionó mucho a Rosa.
-Debe ser divertido chapotear en el agua y pescar el jabón en el
fondo -dijo Rosa, completamente cautivada con la nueva actividad-. Me
encantaría hacerlo, sólo que mi tía no me lo permitiría, creo.
-Te cansarías pronto; lo mejor es que te quedes tranquila
mirando.
-Por lo visto, ayudas mucho a tu mamá.
-No tengo familia.
-¿Y dónde vives, entonces?
-Confío que voy a vivir aquí. Debby quiere que alguien ayude en
la casa, y estoy en prueba por una semana.
-¡Ojalá te quedes, porque esto es muy triste! -dijo Rosa, que ya
le había tomado cariño a aquella chica .que sabía cantar como los pájaros y
trabajar como una mujer.
-Así lo espero, pues he cumplido los quince y estoy en edad de
ganarme la vida. Has venido para quedarte un poco, ¿verdad? -preguntó Febe,
mirando a su huésped y preguntándose cómo podía ser triste la vida para una
niña que llevaba vestido de seda, un delantal de fruncidos primorosos, un dije
precioso y el cabello recogido con una cinta de terciopelo.
-Sí, me quedaré hasta que venga mi tío. Ahora es mi tutor y no
sé qué piensa hacer conmigo. ¿Tienes tutor?
-¡Oh, no! Me abandonaron en los escalones del hospicio cuando
era muy pequeña y como la señorita Rogeris me tomó afición, allí he vivido
desde entonces. Murió, ¿sabes?, y ahora tengo que bastarme sola.
-¡Qué interesante! -exclamó Rosa, y como era muy afecta a los
cuentos de huérfanos, de los cuales había leído muchos, prosiguió: -Es igualito
que Arabella Montgomery en "La gitana". ¿Lo has leído alguna vez?
-No tengo libros que leer, y todo el tiempo que me queda libre
lo paso correteando por el bosque; eso me proporciona más descanso que las
historias -contestó Febe, mientras terminaba una parte de su trabajo e iniciaba
otra.
Rosa la miró mientras contemplaba una sartén llena de
habichuelas, y se preguntó qué tal sería eso de tener mucho trabajo y que no
quede tiempo para jugar. Al instante pareció que Febe pensó que le tocaba a
ella hacer preguntas y dijo:
-¿Has estudiado mucho, verdad?
-Sí, sí. He estado pupila casi un año, y he tenido lecciones
para dar y regalar. Cuantas más estudiaba, más me daba la señorita Power y no
sé cómo no se me secaron los ojos de tanto llorar. Papá nunca me mandaba hacer
nada que fuese pesado, y cuando me enseñaba algo lo hacía tan bien, que me
encantaba estudiar. ¡Fuimos tan dichosos y nos quisimos tanto! Pero ha muerto y
he quedado sola.
La lágrima que no quiso brotar cuando Rosa la esperaba escapó
ahora de sus ojos sin ayuda, no una sino dos ; y ambas resbalaron por sus
mejillas, subrayando su amor y su dolor mucho mejor que hubiesen podido hacerlo
las palabras.
Durante un minuto no se oyó en la cocina más ruido que los
sollozos de la niña y el repiqueteo acompasado de la lluvia. Febe dejó de pasar
las habichuelas de una sartén a la otra, y sus ojos reflejaron conmiseración al
posar la vista en la cabeza rizada que Rosa agachaba sobre sus rodillas, pues
pensó que el corazón, debajo de aquel dije hermoso, sentía el dolor de la
pérdida, y el coqueto delantal estaba acostumbrado a enjugar lágrimas más
tristes que todas las derramadas por ella en su vida.
Como quiera que fuese, se sintió más satisfecha con su vestidito
de percal marrón y su delantal a cuadros azules. La envidia cedió el puesto a
la compasión, y si hubiese tenido más valor se habría levantado para acercarse
a su afligida huésped y apretujarla contra su cuerpo.
Pensando que tal vez eso estaría feo, dijo en un tono alentador:
-Estoy segura que no debes estar tan sola, teniendo toda esa
gente alrededor tuyo, todos tan ricos y tan inteligentes. Te van a deshacer de
tanto acariciarte, dice Debby, porque eres la única chica de la familia.
Las últimas palabras de Febe hicieron sonreír a Rosa a pesar de
sus lágrimas, y por entre los pliegues del delantal asomó su carita, diciendo
en un tono de cómica amargura
-¡Ese es uno de mis pesares! Tengo seis tías, y todas me quieren
con ellas, pero no conozco a ninguna bastante bien. Papá bautizó esta casa con
el nombre de "el hormiguero de las tías ", y ahora veo por qué.
Febe rió con ella, al decir:
-Todos la llaman así, y el nombre está muy bien puesto, pues
-todas las señoras Campbell viven por aquí cerca y vienen continuamente a ver a
las ancianas.
-Podría soportar a las tías, pero hay docenas de primos, chicos
horribles todos ellos, y detesto los chicos. Algunos vinieron a verme el
miércoles pasado, pero yo estaba acostada, y cuando vino a llamarme la tía me
metí bajo las cobijas y fingí estar dormida. Alguna vez tendré que verlos, pero
les temo muchísimo.
Un estremecimiento recorrió el cuerpo de Rosa, pues, ñ habiendo
vivido sola con su padre inválido, no sabía nada de niños y los consideraba
algo así como bestiezuelas salvajes.
-¡Oh! Creo que a mí me gustan. Los he visto corriendo por ahí
cuando vienen de la Punta, unas veces en los botes y otras a caballo. Si te
gustan los botes y los caballos, vas a divertirte en grande.
-No, no me gustan. Los caballos me dan miedo y los botes me
enferman, y además aborrezco los chicos.
La pobre Rosa se retorció las manos, pensando en el cuadro que
se ofrecía ante su vista. Uno solo de aquellos horrores hubiera podido
soportarlo; pero todos juntos eran mucho para ella, y se puso a pensar en el
tiempo que le faltaría para volver a la escuela detestada.
Febe' rió de sus temores, y tal fue su risa que las habichuelas
bailaron en la sartén; pero trató de consolarla sugiriéndole medios y recursos.
-Es posible que tu tío te lleve donde no hayan chicos. Debby
dice que es un hombre realmente muy bueno y que siempre que viene trae montones
de cosas hermosas.
-Sí, pero ahí tienes otra molestia, pues no conozco en absoluto
al tío Alee. Casi no ha venido a vernos, aunque a menudo me mandaba regalitos.
Ahora dependo de el y tendré que cuidarlo hasta que cumpla dieciocho años.
Puede que no me guste, y todo el tiempo no hago otra cosa que temblar.
-Bueno, yo no buscaría quebraderos de cabeza y r procuraría
pasarla bien. Es seguro que creería vivir en Jauja si tuviera familia y dinero,
sin otra ocupación que divertirme -empezó a decir Febe, pero no continuó,
pues el bullicio que llegó a sus oídos desde fuera las hizo dar
un salto.
-¡Eso es un trueno! -exclamó Febe.
-¡Es un circo! -gritó Rosa, la cual desde su pértiga elevada
había divisado una especie de carro gris y varios caballitos de melenas y colas
sacudidas por el viento.
El ruido fue apagándose, y las chicas estaban por reanudar sus
confidencias cuando apareció la vieja Debby, al parecer enojada y somnolienta
después de su siesta.
-Te buscan en la sala, Rosa.
-¡Ha venido alguien?
-Las niñas no deben hacer preguntas, sino obedecer cuando se les
manda algo -fue cuanto se dignó responder Debby.
-¡Ojalá que no sea la tía Myra! -exclamó Rosa, preparándose a
retirarse por el mismo camino por el cual había ido, pues la abertura de la
puerta corrediza, que tenía por objeto dar entrada a pavos gordos y apetitosos
pasteles de Navidad, era bastante grande para una chica delgada como ella-. Mi
'tía Myra me asusta a más no poder preguntándome cómo sigo de la tos, y
refunfuñando como si yo estuviese por morir.
-En cuanto veas quien es, te va a pesar que no sea tu tía Myra
-gruñó Debby, convencida de que su obligación era tratar con aspereza a los
chicos-. Que no vuelva a verte entrando en mi cocina por ahí, porque si te
encuentro voy a dejarte encerrada.
CAPÍTULO 2
EL CLAN
ROSA se introdujo en la alacena de la porcelana con toda la
rapidez que pudo y allí se consoló haciéndole muecas a Debby, mientras se
arreglaba un poco y se armaba de coraje nuevamente. Luego descendió al salón y
miro en dirección a la sala. No se veía a nadie, y el silencio le dio a
entender que todos estarían en la parte alta. Se deslizo audazmente por las
puertas plegadizas, que estaban entreabiertas, y allí se ofreció a su vista un
espectáculo que la dejo sin aliento.
Había siete chicos en fila, de todas las edades, todos los
tamaños y todos con cabellos rubios y ojos azules; además, todos llevaban
trajes escoceses, y todos a un mismo tiempo sonrieron, agacharon las cabezas y
dijeron:
-¿Como estás primita?
Rosa quedo boquiabierta, indecisa y miro en torno como si
estuviese por echar a volar, pues el miedo agrando su visión y vio el cuarto
lleno de chicos. No pudo huir sin embargo, porque el más alto de todos salió de
la línea, diciendo en un tono agradable:
-No tengas miedo. Es el clan que ha venido a darte la
bienvenida; y yo soy el jefe, Archie, a tus ordenes.
Alargo una mano mientras hablaba, y Rosa tendió x tímidamente su
mano, y la zarpa morena del cacique" se cerro sobre la presa blanca,
reteniéndola en tanto que seguía con las presentaciones.
-Hemos venido con todos los aprestos, pues siempre nos vestimos
de gala para las grandes ocasiones. Confiamos que te guste. Y ahora te iré
diciendo quiénes son todos, para entrar en relación. Este más grande es el
Príncipe Carlos, hijo de la tía Clara. Este más viejo es Mac, el come libros,
al que en virtud de sus aficiones llamamos Gusano. Esta dulce criatura es
Esteban el Dandy. Mírale los guantes y el moño, por favor. Ahí están también
los retoños de la tía Juana, y mejor par no existe en el mundo. Estos son los
mocosuelos, mis hermanos, Geordie, Will y Jamie. el bebe. Ahora, muchachos, un
paso al frente y a demostrar educación.
A esta orden, con gran desconcierto de Rosa, aparecieron seis
manos más, y era evidente que no tenía más remedio que estrecharlas todas. Fue
un momento crucial para la niña vergonzosa; pero recordando que eran sus
parientes en plan de visita, se esforzó por corresponder al saludo
cordialmente.
Concluída esta impresionante ceremonia, el clan rompió filas, y
al instante estuvieron invadidos por chicos ambos cuartos. Rosa se refugio
presurosa al abrigo de un sillón y allí permaneció sentada, mirando a los
invasores y preguntándose si su tía iría a rescatarla.
Como si sobre ellos pesase la obligación de cumplir un deber,
aunque algo oprimidos por esa misma razón, cada uno de los chicos se detuvo
junto a su sillón al pasar corriendo, formulo una observación breve seguida por
una respuesta más breve aún, y se alejo con expresión de alivio.
El primero fue Archie, que se apoyó en el respaldo del sillón y
dijo en tono paternal:
-Me alegra que hayas venido, prima, y confío que te resultará
muy alegre el hormiguero de las tías.
-Creo que sí.
Mac sacudió la cabeza para quitarse el cabello de los ojos,
tropezó en un taburete y preguntó bruscamente:
-¿Has traído libros?
-Cuatro cajones llenos. Están en la biblioteca.
Mac desapareció del cuarto y Esteban, adoptando una postura que
ponía bien de relieve su vestimenta, dijo con una sonrisa afable:
-Nos apenó no verte el miércoles pasado. Confío que habrás
mejorado del resfrío.
-Sí, gracias -y una sonrisa empezó a dibujarse en las mejillas
de Rosa al recordar el rato en que estuvo escondida debajo de las cobijas.
Convencido de haber sido recibido con señaladas muestras de
atención, Steve se alejó con su nudo más alto que antes, y apareció el príncipe
Carlos, que dijo con displicencia y desenfado:
-Mamá te manda cariños y confía que estés bien y puedas venir a
pasar un día en casa la semana próxima. Esto debe ser horriblemente triste para
una criatura como tú.
-Tengo trece años y medio, aunque parezca pequeña exclamó Rosa,
olvidando su timidez ante la indignación que en ella causaba ese insulto a sus
trece cumplidos poco antes.
-Perdón, señorita; no lo hubiese adivinado.
Y el príncipe Carlos se marchó riendo, contento de haber causado
impresión en su humilde prima.
Geordie y Will se acercaron juntos, dos hombrecitos robustos de
once y doce años, mientras cada uno le formulaba una pregunta, con el mismo
ensañamiento que si estuviesen tirando al blanco y el blanco fuese ella.
-¿Has traído el mono?
-No. Se murió.
-¿Piensas tener un bote?
-Espero que no.
Y en aquel instante ambos, muy acompasados y ceremoniosos, se
fueron marchando militarmente, al tiempo en que el pequeño Jamie inquiría con
infantil soltura:
-¿Me has traído algo lindo?
-Sí, mucho dulce contestó. Rosa, oído lo cual Jamie se le trepó
en las rodillas, estampándole en las mejillas un beso sonoro y anunciando a voz
en cuello que la quería muchísimo.
Este procedimiento sorprendió un tanto a Rosa, pues los otros
chicos miraban y reían, y en su turbación dijo apresuradamente al pequeño
usurpador:
-¿Has visto el circo?
-¿Dónde? ¿Cuándo? -preguntaron todos a uno, rebosantes de
entusiasmo.
-Pasó justo antes de que ustedes llegaran. Por lo menos, pensé
que sería un circo, pues vi un carro negro y rojo y un montón de caballitos, y…
No siguió, pues la gritería general le forzó a detenerse, y
Archie explicó en mitad de sus risas:
-Era nuestro nuevo cochecito y las jacas de Shetland. Vas a
tener que ver más veces ese circo, mi estimada prima.
-Pero habían muchos, corrían velozmente, y el carro era muy rojo
-balbuceó Rosa, procurando enderezar su error.
-Ven a verlos -dijo el príncipe. Y antes de que se diese cuenta
de nada, se vio conducida al granero y presentada tumultuosamente a tres ponies
de hirsuto pelo y el nuevo carrito.
Nunca había visitado esas regiones y tuvo ciertas dudas acerca
de si estaría correcto que descendiese a tanto; mas cuando insinuó que a la tía
podría no gustarle, la gritería general dijo:
-Nos indicó que te divirtiésemos, y aquí nos será mucho más
fácil que metidos en la casa.
-Temo que pueda resfriarme sin mi saco -dijo Rosa, que tenía
deseos de quedarse, pero se sentía un poco como un pez fuera del agua.
-No, no tengas miedo, Nosotros te cuidaremos -gritaron los
niños, mientras uno le plantaba su gorra en la cabeza, otro le ataba una
chaqueta rústica al cuello por las mangas, un tercero la ahogaba, o poco menos,
en una manta del coche, y el tercero abría de par en par la puerta del viejo
birlocho que allí estaba, diciendo con un floreo:
-Penetrad, condesa, y poneos cómoda, mientras nosotros te
enseñamos lo que es divertirse.
Rosa se sentó señorialmente, muy regocijada, pues los chicos se
pusieron a danzar un baile escocés con tal humor y tanta habilidad que tuvo que
aplaudirlos y reírse como no se había reído en varias semanas.
-¿Que tal, pequeña? -preguntó el príncipe, acercándose muy
arrebolado y sin resuello, después que el ballet tocó a su fin.
-¡Espléndido! -dijo Rosa, sonriendo a sus parientes como una
reina a sus vasallos-. No he ido al teatro más que una vez, y aquel baile no
tuvo ni punto de comparación con éste. ¡ Que inteligentes deben ser ustedes !
-Formamos un conjunto ideal, y eso que estamos en el comienzo de
la parranda. No tenemos las gaitas, pues de tenerlas:
Regalaríamos tus oídos,
princesa mía con una dulce melodía.
Esto lo dijo Carlos, muy orgulloso por el elogio.
-Ignoraba que fuésemos escoceses -dijo Rosa, empezando a
sentirse como si hubiese dejado América detrás suyo-; papá no me dijo nada de
eso, con la única excepción de hacerme cantar viejas baladas.
-Hasta hace poco no lo supimos nosotros tampoco. Estuvimos
leyendo novelas de Scott, y de pronto recordamos que nuestro abuelo fue
escocés. Entonces nos dedicamos a pescar viejas historias, conseguimos una
gaita, nos pusimos faldas de tartán y nos dedica-mos, con alma y vida, a dejar
bien parado el prestigio de nuestro clan. Hace un tiempo que estamos en eso y
nos divertimos en grande. A nuestras familias les gusta v creo que somos un
grupo muy garboso.
Archie dijo esto desde el otro estribo del coche, en el cual se
había encaramado, mientras que los demás trepaban delante y detrás para
intervenir en la conversación.
-Yo soy Fitzjames y este es Roderick Dhu, y uno de estos días
nos verás combatiendo con los montantes. Será extraordinario, no lo dudes
-añadió el Príncipe.
-Sí, y tendrías que oír a Esteban tocando la gaita. Es un
instrumento que no tiene secretos para el -añadió por su parte Will, desde el
pescante, anhelando ensalzar las excelencias de su raza.
-Mac es el que busca las historias viejas y nos dice cómo
tenemos que vestirnos, además de traernos fragmentos 'de conversación y canto
-intervino Geordie, aprovechando la ocasión de elogiar al ausente Gusano.
-¿Y que hacéis tú y Will? -preguntó Rosa a Jamie, que estaba
sentado al lado suyo como si tratase de no perderla de vista hasta que le fuese
entregado el obsequio prometido.
-Yo soy un pajecillo y hago mandados; Will y Geordie son la
'tropa cuando marchamos, los ciervos cuando vamos de caza y los traidores
cuando tenemos ganas de cortar cabezas.
-Son muy obsequiosos, sin duda -dijo Rosa, y al oír este piropo
los comodines sonrieron con modesto orgullo y resolvieron hacer de Wallace y
Montrose apenas pudieran, en honor de su prima.
-Vamos a jugar a la mancha -gritó el príncipe, balanceándose en
una de las varas, y aplicándole a Esteban una palmada resonante en la espalda.
Sin cuidarse de sus guantes, Dandy •lo imitó y los demás se
lanzaron en todas direcciones, como si se tratase de romperse los pescuezos y dislocarse
las rodillas cuanto antes.
Fue un espectáculo nuevo y sorprendente para Rosa, acabada de
salir de una escuela de internos, y contempló a los chicos inquietos con
suspenso interés, pensando que sus locuras eran muy superiores a las de Mops,
el pobrecito mono muerto.
Will acababa de cubrirse de gloria, a raíz de haberse deslizado
desde un pajar con la cabeza abajo y sin hacerse daño, cuando Febe apareció con
capa, caperuza y zapatos de goma, trayendo de parte de la tía Abundancia un
mensaje según el cual Rosa tenía que presentarse en seguida.
-Muy bien; nosotros la llevaremos -dijo Archie, emitiendo cierta
orden misteriosa, obedecida con tanta presteza que, antes de que Rosa pudiera
salir del coche, los chicos se habían apoderado de la vara y la sacaron con
gran estruendo del granero, y describiendo un rodeo hasta conducirla a la
puerta delantera, con tanta algazara que dos bonetes asomaron a una ventana
superior y Debby exclamó en voz alta desde el porche:
-Esos chicos atolondrados van a matar a esa pobre criatura
delicada.
Pero la pobre criatura delicada parecía divertidísima con su
viaje, y corrió escaleras arriba rosada y despeinada, siendo recibida con
lamentaciones por la tía Abundancia, que le ordenó acostarse inmediatamente.
-¡Por favor, no haga eso! -clamaron los niños-. Hemos venido a
tomar el té con nuestra primita y si nos deja estar aquí prometemos portarnos
como santitos.
-Bueno, queridos, está bien; pero no hagan ruido. Dejen que Rosa
vaya a tomar el tónico y arreglarse un poco, y luego veremos si encontramos
algo que comer -dijo la anciana, mientras se alejaba al pasito, seguida por una
andanada de pedidos motivados por el festín inminente.
-Mermelada para mí, tía.
-Mucha torta, por favor.
-Dígale a Debby que saque las manzanas asadas.
-Yo quiero pastel de limón.
-Para mí frituras; a Rosa le van a parecer excelentes.
-No olvide que lo que más me gusta son las torrejas.
Cuando bajó Rosa quince minutos más tarde, con el cabello bien
peinado y un delantalcito muy festoneado, encontró a los niños en el salón
grande, y se detuvo en mitad de la escalera para verlos bien, pues hasta ese
momento no había examinado sus nuevos parientes.
Todos acusaban un fuerte parecido de familia, aunque algunas
cabezas rubias eran más oscuras que otras, algunas mejillas morenas en vez de
rosadas y las edades variaban desde los dieciséis de Archie a los seis de
Jamie. Ninguno de ellos era especialmente bonito, salvo el Príncipe, pero a
todos se los veía sanos y contentos, y Rosa llegó a la conclusión de que,
después de -todo, los chicos no eran tan temibles como supuso.
Todos ellos estaban ocupados en algo tan característico, que no
pudo menos de sonreír. Archie y Charlie, evidentemente . grandes compinches,
caminaban de un extremo a otro, hombro contra hombro, silbando "Bonnie
Dundee"; Mac leía en un rincón, con el libro muy cerca de los ojos, pues
era corto de vista; Dandy se arreglaba el cabello frente al espejo ovalado del
perchero; Geordie y Will investigaban los secretos internos del reloj de pie ;
y Jamie estaba tirado en el suelo, al pie de la escalera, golpeando los talones
en el fel-pudo y decidido a exigir sus dulces apenas reapareciese Rosa.
La chica adivinó su intención, y le tapó la boca de jándole caer
un puñado de ciruelas azucaradas.
Al oír su grito de gozo, los demás chicos levantaron las miradas
y sonrieron involuntariamente, pues la pequeña pariente estaba allí erguida
como una visión, con sus ojos dulces y tímidos, su cabello reluciente y su cara
sonrosada. El vestido negro les recordó su duelo, y los corazones de los chicos
se sintieron invadidos por el unánime anhelo de "ser buenitos" con la
prima que no tenía más hogar que ése.
-Ahí la tenéis, tan hermosa como la que más -dijo Esteban,
enviándole un beso con la mano.
-Vamos, señorita; el te está listo -dijo el Príncipe.
-Yo la llevare -y Archie le ofreció el brazo con gran dignidad,
honor ante el cual Rosa se puso más roja que un tomate y pensó en correr
escaleras arriba.
Fue una merienda alegre, y los dos mayores acrecentaron el
regocijo mediante veladas alusiones con que atormentaban a los otros, acerca de
cierto acontecimiento que estaba por producirse. Declararon que sería una cosa
extraordinariamente bella, pero siguieron ro-deándola de misterio.
-¿Es algo que yo he visto? -preguntó Jamie.
-No como para que puedas recordarlo; pero Mac y Esteban sí, y
les gustó enormemente.
Esto fue dicho por Archie, dando motivo a que los dos
mencionados se despreocupasen momentáneamente de las deliciosas frituras de
Debby, mientras se estru-jaban los meollos.
-¿Quien lo tendrá primero? -preguntó Will con la boca llena de
mermelada.
-Creo que la tía Abundancia.
-¿Cuándo? -inquirió Geordie, revolviéndose en su asiento con
impaciencia.
-El lunes.
-¡Criaturas! ¿De que está hablando ese chico? -gritó la anciana
desde detrás de un alto jarrón que no dejaba ver más que el moño de su gorrito.
-¿No lo sabe la tía? -preguntó un coro de voces.
-No; y lo más gracioso es que a ella la vuelve loca.
-¿De que color? -inquirió Rosa, interviniendo en -Azul y castaño
-¿Es bueno para comer? -dijo Jamie.
-Algunos piensan que sí, pero a mí no me gustaría probarlo
-contestó Charles, riendo tanto que derramó el te.
-¿A quien pertenece? -quiso saber Esteban.
Archie y el Príncipe se miraron algo indecisos un minuto, y
luego Archie contestó con un guiño que hizo a Charles explotar de nuevo:
-¡Al abuelo Campbell!
Aquello era una adivinanza y se dieron por vencidos, aunque
Jamie confesó a Rosa que no podría vivir hasta el lunes sin saber que era
aquello tan notable.
Poco después de tomar sus tes partió el clan, cantando a voz en
cuello: "Todos los bonetes azules están en la frontera".
-Bueno, querida, ¿te gustan tus primos? -preguntó la tía
Abundancia, en el momento en que el último pony dobló la esquina y el estruendo
empezó a perderse.
-Bastante, tía; pero Febe me gusta más.
Esta respuesta hizo que la tía Abundancia levantara en alto los
brazos y se alejase al pasito, para decir a su hermana Paz que nunca lograría
entender a aquella niña, y que era una suerte que Alee viniese pronto a
quitarles de encima aquella responsabilidad.
Fatigada por los esfuerzos imprevistos de la tarde, Rosa se
acurrucó en un rincón del sofá para descansar y pensar en el gran misterio, sin
imaginarse ni remotamente que a ella le tocaría conocerlo antes que a nadie.
En mitad de sus meditaciones se quedó dormida, y soñó que estaba
nuevamente en casa, en su camita. Le pareció que se despertaba y que su padre
estaba inclinado sobre ella, diciéndole tiernamente : "¡Mi pequeña
Rosa!", y que ella respondía: "Sí, papá", des-pues de lo cual el
hombre la tomaba en brazos y la besaba tiernamente. Tan dulce y real el sueño,
que se puso en pie con un grito de gozo al verse en brazos de un hombre moreno,
de barba, que la apretaba contra sí y le murmuraba en una voz tan igual a la del
padre, mientras ella lo abrazaba: "Ésta es mi niñita, y yo soy el tío
Alec".
CAPÍTULO 3
TÍOS
CUANDO Rosa se despertó a la mañana siguiente, no estaba segura
si lo de la noche anterior era sueño o realidad. Se puso en pie y se vistió,
aun cuando era una hora más temprano que la acostumbrada, pues ya no podía
conciliar el sueño, poseída como estaba por un intenso deseo de bajar y ver si
en el vestíbulo se hallaban el portamanteo y las maletas. Tuvo la sensación de
que tropezó con aquellos objetos al irse a dormir, pues las tías la habían
mandado acostarse muy puntualmente, porque no querían compartir con nadie los
agasajos a su sobrino predilecto.
Brillaba el sol, y Rosa abrió la ventana para que entrase a
raudales el aire fresco de mayo que venía del mar. Cuando se asomó al
balconcito, para ver a los pájaros picoteando gusanos, y mientras al mismo
tiempo se preguntaba si le gustaría el tío Alee, vio que un hombre saltaba la
tapia del jardín y se aproximaba silbando por la vereda. Al principio pensó que
sería un intruso, pero mirando mejor adivinó que era su tío, que volvía de
remojarse en el mar. Apenas si se había atrevido a observarlo la noche
anterior, porque cada vez que lo intentó se encontró con un par de ojos azules
que la contemplaban con fijeza. Ahora pudo estudiarlo a sus anchas, mientras el
hombre seguía su marcha, prestando atención a todos los detalles, como
denotándose contento de volver a ver la vieja casa.
Un hombre moreno, vivaz, de chaqueta azul y sin sombrero en la
cabeza de cabello rizado, que sacudía de vez en cuando como un perro de aguas;
de hombros anchos, movimiento inquieto y un aire general de fuerza y
estabilidad que plugo a Rosa, aunque no pudo explicarse la sensación de sosiego
que le impartía. Acababa de decirse: "Creo que me va a gustar, aunque
parece ser de esos que imponen respeto", cuando el hombre levantó la
mirada para fijarse en el algarrobo en flor, y advirtió que una carita
anhelante lo observaba. Le hizo seña con la mano, movió la cabeza y le gritó
con voz jovial y firme
-¡Hola, nietita! Pronto has salido a cubierta.
-Vine a cerciorarme de que usted estaba aquí realmente, tío.
-¿De veras? Bueno, baja y así te cercioras del todo.
-No me permiten salir antes del desayuno.
-¡Oh, es verdad! -dijo frunciendo el entrecejo-. Entonces subiré
a bordo para saludarte.
El tío Alee trepó por una de las columnas, pasó por el techo, y
fue a parar a la ancha balaustrada.
-¿Tienes dudas aún?
Rosa quedó tan atónita, que de momento no pudo hacer otra cosa
que sonreír.
-¿Que tal se siente mi niña esta mañana? -preguntó, tomando la
manecilla fría que ella le alargaba y estrechándola entre sus dos manazas.
-Bastante bien, señor, gracias.
-Tiene que ser muy bien. ¿Por que no es así?
-Siempre me levanto con dolor de cabeza y cansada.
-¡No duermes bien?
-Estoy despierta mucho tiempo, y luego sueño; y parece que no
venzo la fatiga del todo.
-¿Que haces en todo el día?
-Leo, coso un poco, duermo la siesta, y acompaño a la tía.
-¿No corres por afuera, ni practicas quehaceres domésticos, ni
andas a caballo?
-La tía Abundancia dice que no soy bastante fuerte para hacer
mucho ejercicio. A veces salgo en coche con ella, pero no me gusta mucho.
-No me extraña -dijo el tío Alee, a medias consigo mismo, y
añadió, con aquella su manera rápida de hablar-: ¿Quien has tenido para jugar
contigo?
-Nada más que Annabel Bliss, y era tan tonta que no pude
aguantarla. Ayer vinieron los chicos, y me parecieron muy simpáticos ; pero,
por supuesto, no pude jugar con ellos.
-¿Por que?
-Tengo demasiada edad para jugar con chicos.
-Nada de eso. Eso es precisamente lo que necesitas, pues te han
mimado demasiado. Son buenos chicos y tendrás que tenerlos más o menos cerca
durante algunos años, así que más vale que se hagan amigos y compañeros cuanto
antes. Te buscare chicas también, si puedo encontrar alguna que no este echada
a perder por razón de una educación tonta.
-Febe es bastante buena, sin duda, y me gusta, aunque apenas si
la conocí ayer -dijo Rosa, despertándose del todo.
-&Y quien es Febe?
Rosa le dijo con entusiasmo todo cuanto sabía, y el tío Alee
escuchó, con una sonrisa que se dibujaba en sus labios, aunque sus ojos estaban
fijos mientras observaban a la niña que tenía delante suyo.
-Me alegra ver que no eres aristocrática en tus gustos, pero no
llego a entender del todo que encuentras en esa chica del asilo.
-Ríase de mí si quiere, pero me encanta. No puedo explicarle la
razón, salvo que parece tan contenta y está tan ocupada, y canta tan
maravillosamente; y además es fuerte, friega, barre y no sufre incomodidades
que la atosiguen -dijo Rosa, enredando y mezclando sus razones en el esfuerzo
por resultar clara.
-¿De dónde sabes todo eso?
-Porque le conté mis penas, y al preguntarle si ella tenía, me
dijo: "No, salvo el no haber ido a la escuela; pero confío en que algún
día iré".
-¿ No le parece que el abandono, la pobreza y el trabajo
intenso, son penas? Es una chica valiente, y me encantará conocerla.
El tío Alee confirmó su aserto con una inclinación de cabeza y
Rosa lamentó no ser ella quien motivase aquella aprobación.
-Pero, ¿cuáles son tus pesares, criatura? -preguntó, después de
una pausa breve.
-Por favor, tío, no me lo pregunte.
-¿No puedes contarme a mí lo que le dijiste a Febe?
En su tono hubo algo que convenció a Rosa de que mejor sería
hablar sin rodeos y concluir aquello, visto lo cual contestó, con ojos
inquietos y mejillas repentinamente coloreadas
-El mayor de todos fue perder a papá.
Cuando dijo eso, el brazo del tío Alee la estrechó con dulzura,
apretándola contra sí, mientras decía con una voz que era muy parecida a la del
padre:
-Ése es un dolor, querida mía, que no podré curarte, aunque me
esforzare por procurar que lo sientas menos. ¿Que más?
-Me siento muy cansada siempre, a causa de no poder hacer nunca
lo que quiero, y eso me hace enojar -dijo Rosa, frotándose la cabeza dolorida
como un chico asustado-. La tía Myra dice que tengo una constitución pobre y
nunca seré fuerte -continuó Rosa ca-
vilosamente, como si esa clase de defectos fuera algo agradable.
-La tía Myra es ... una mujer excelente, pero se desvive por
creer que todo el mundo anda caminando al borde de la fosa, y da la impresión
de que se ofende cuando la gente no cae dentro. Ya le enseñaremos a fabricar
constituciones fuertes y a convertir en chicas sonrosadas y sanas los espectros
paliduchos. Esa es mi misión, ¿sabes? -añadió más sereno, pues su primera
repentina explosión había desconcertado un poco a Rosa.
-Olvidaba que usted es medico. Me alegro, porque quiero estar
bien, aunque confío que usted no me mande muchas medicinas, porque ya he tomado
varios frascos y no me hacen nada.
Al hablar, Rosa señaló una mesita que se hallaba delante de la
ventana, y en la cual se veía un regimiento de botellas.
-¡Ah, ja! Ahora averiguaremos que proyectos siniestros han
tenido estas mujeres.
Alargando el brazo, el doctor Alce fue alineando las botellas en
el marco de la ventana, delante suyo, y las examinó con atención una por una,
sonriendo en algunos casos y frunciendo el ceño en otros, hasta decir, cuando
volvió a dejar la última -Ahora te enseñare cuál es la mejor manera de tomar
estos potingues.
Con la rapidez del rayo, las tiró todas al jardín.
-La tía Abundancia se va a enojar y la tía Myra también, pues la
mayoría fueron enviadas por ella - gritó Rosa, muerta de miedo, aun cuando al
mismo tiempo se alegraba de que el tío fuese tan expeditivo.
-Tú eres ahora mi paciente y el responsable soy yo. Mi manera de
administrar remedios es evidente mente la mejor, pues ya te veo de mejor
aspecto -dijo, riendo con una risa tan contagiosa, que Rosa no pudo contenerse.
-Si sus medicinas no me gustan más de lo que me gustaron esas,
las tirare al jardín; y en ese caso, ¿que hará usted?
-Cuando yo recete esas porquerías, te autorizo a que las eches
donde quieras y en cuanto quieras. ¿Que más te sientes?
-Confié que se olvidaría de preguntarme.
-¿Que ayuda quieres que te preste, si tú no me cuentas? Vamos :
dolor número tres...
-Debe estar mal, por supuesto, pero a veces desearía no tener
tantas tías. Son todas muy buenas conmigo, y deseo complacerlas ; pero son tan
distintas, que creo que me despedazo al intentarlo.
Rosa quería decir que se sentía como un pollito, en cuyo torno
cacarean seis gallinas al mismo tiempo.
El tío Alee echó atrás la cabeza y rió como un chiquillo, pues
entendía perfectamente cómo las buenas señoras metían cada una su renio
respectivo,, deseosa de conducirla por su camino, sin lograr otra cosa que
agitar las aguas y anonadar a la pobre Rosa.
-Tengo el propósito de ofrecerte ahora un plato de tío para ver
si con ello se mejora tu constitución. Seré el único que se preocupe de tu
salud y no habrán consejos de nadie a menos que yo los pida. Es la única manera
de que a bordo impere el orden, y de este bajel he de ser el capitán, cuando
menos por ahora. ¿Que más?
Pero Rosa quedó pensativa y enrojeció tanto que su tío adivinó
lo que estaba pensando.
-Esto otro no creo que puedo contárselo. Sería falta de
educación, y tengo la certeza de que no será un pesar de ahora en adelante.
Dijo estas últimas palabras titubeando y tartamudeando, y el
doctor Alee dirigió la mirada al mar lejano, mientras decía con tanta ternura y
tanta seriedad que la niña grabó en su cerebro todas las palabras y las recordó
durante largo tiempo
-Sobrina mía, no he creído que me querrías ni confiarías en mí
de buenas a primeras, pero créeme si te digo que pondré mi corazón todo entero
en esta nueva misión; y si cometo errores, cosa que sin duda ocurrirá, ninguno
sufrirá más que yo. Es culpa mía si soy extraño para ti, cuando en realidad
deseo ser tu mejor amigo. Éste es uno de mis errores, del cual nunca me
arrepentí tanto como ahora me arrepiento. Tu padre y yo tuvimos un encuentro
cierta vez, y como creí que no lo perdonaría nunca, me mantuve alejado varios
años. Gracias a Dios, aclaramos las cosas por completo la última vez que nos
vimos, y me dijo entonces que si se separaba de su querida hijita, la confiaba
a mis manos como prueba de su amor. No puedo llenar el vacío, pero procuraré
ser un padre para ella; y si la niña aprende a quererme la mitad de lo que
quiso a aquel hombre bueno que perdió, me sentiré orgulloso y muy feliz.
¿Creerá esto y hará la prueba?
Algo hubo en la cara del tío Alee que llegó al corazón de Rosa,
y cuando alargó una mano con aquella expresión turbada y anhelante en sus ojos,
ella impulsivamente elevó sus labios inocentes y selló el contrato con un beso
de esperanza. El brazo recio la retuvo un breve instante, y Rosa advirtió que
el pecho fuerte se hinchaba como en un gran suspiro de alivio; pero ninguno de
los dos pronunció una sola palabra, hasta que oyeron llamar a la puerta.
Rosa metió la cabeza por la ventana para decir
"Entre", mientras el doctor Alee se pasaba la manga de la chaqueta
por los ojos y volvía a silbar.
Era Febe, trayendo una taza de café.
-Debby me dijo que te trajera esto y te hiciese , levantar
-dijo, abriendo mucho sus ojos negros, como preguntándose qué demonios hacía
allí aquel "marinero ".
-Estoy vestida, así que no necesito ayuda -dijo Rosa, mirando
ansiosa la taza humeante-. Confío que esté bueno y fuerte.
Pero no llegó a tomarla, pues una mano morena y fuerte la asió,
y a4 mismo tiempo dijo la voz de su tío:
-Espera, criatura, y deja que tire esa poción antes que te
arrepientas. &Es posible que ingieras ese café fuerte todas las mañanas,
Rosal
-Sí, señor, y me gusta. La tía dice que me entona y siempre me
siento mejor después de tomarlo.
-Esto explica las noches de insomnio, las trepidaciones de tu
corazón apenas te sobresaltas y ese color amarillo pálido de tus mejillas, que
deberían ser rosadas. Basta de café para ti; querida, y con el tiempo me darás
tú misma la razón. ¿Hay leche fresca abajo, Febe?
-Sí, señor, mucha; traída ahora mismo.
-Ésa es la bebida que necesita mi paciente. Ve a traerle un
jarro, y otra taza. Quiero un poco yo también. Este café no les hará mal a las
madreselvas, porque no tienen nervios dignos de tal nombre.
Y, con gran desconsuelo de Rosa, el café siguió el camino de las
medicinas.
El doctor Alee observó la expresión de Rosa, pero no le prestó
atención ninguna, y al instante la combatió diciendo:
-Tengo una taza muy buena entre mis bártulos, y voy a dártela
para que en ella bebas la leche, pues está hecha de madera y se asegura que
mejora cuanto se le vierte, algo así como una taza de cuasia. Ahora que me
acuerdo, uno de los cajones que Febe quiso subir al depósito anoche es para ti.
Sabiendo que al venir aquí me encontraría con una hija ya crecida, elegí toda
clase de chucherías y curiosidades en el camino, confiando que entre esos
objetos encontraría alguno que le gustase. Mañana temprano revolveremos en
grande. ¡Aquí está la leche que hemos pedido! Brindo a la salud de a la
señorita Rosa Campbell, y brindo de todo corazón.
Rosa no hubiera podido enfurruñarse mientras ante su imaginación
danzaba un cajón lleno de obsequios, y a pesar de sí misma, sonrió al beber a
su propia salud, descubriendo que la leche fresca no es tan mala de tomar.
-Ahora tengo que marcharme, antes que me sorprendan de nuevo así
tan desarrapado -dijo el doctor - Alee, preparándose a descender como había subido.
-¿Siempre entra y sale como los gatos, tío? -preguntó Rosa, a
quien divertían mucho sus rarezas.
-De niño me acostumbré a saltar de mi ventana sin que nadie lo
advirtiera, con el fin de no molestar a las tías; y ahora me gusta, por cuanto
es el camino más corto y esto de saltar sin ayuda de aparejos me mantiene más
ágil.
Descendió por la cañería del agua al suelo y desapareció entre
las madreselvas.
-¿Verdad que es un tutor muy extraño? -comentó Febe al retirarse
con las tazas.
-Me ha parecido muy bondadoso -contestó Rosa, siguiéndola para
mirar los bultos y tratar de adivinar cuál sería el suyo.
Cuando el tío apareció, la encontró mirando con ansia un plato
que humeaba sobre la mesa.
-¿Alguna nueva preocupación, Rosa? -le preguntó, acariciándole
la cabeza.
-Tío, ¿está por hacerme comer avena? -preguntó Rosa con
expresión trágica.
-¿ No te gusta ?
-¡La detesto! -contestó Rosa, con todo el énfasis que una nariz
arrugada, un encogimiento de hombros y un gruñidito podían dar a sus palabras.
-No eres verdadera escocesa si no te gusta el parritch. Es una
lástima, porque lo hice yo mismo y pensé que te encantarías con toda esa crema
que flota en el plato. Bueno, está bien.
Y al sentarse denoto su desilusión. Rosa había decidido ponerse
terca, porque aquello era cosa que detestaba cordialmente; pero como el tío
Alee no intento en absoluto convencerla, de pronto cambió de idea y llegó a la
conclusión de que haría la prueba.
-Haré la prueba de comerlo por complacerlo a usted, tío; pero
todo el mundo no hace más que decir que es muy sano, y por eso he llegado a
odiarlo así -dijo la niña, bastante avergonzada de su excusa banal.
-Deseo que te agrade, porque espero que mi niña sea tan fuerte
como los chicos de Jessie, que fueron criados con este sistema excelente,
aunque antiguo. Para ellos no hay pan caliente ni cosas fritas, y ya ves lo
grandes y forzudos que son. Buenos días, tía, y que Dios la bendiga.
Rosa se dio vuelta para saludar a la anciana y, decidida a comer
o morir, se sentó.
A los cinco minutos se había olvidado que era lo que comía,
interesada como se sintió de pronto en la conversación promovida. Le hizo
gracia escuchar cómo la tía Abundancia llamaba "mi querido chico" al
hombretón de cuarenta años ; y tan animada era la charla del tío Alec, sobre
todos los temas posibles en la creación, y en particular acerca del hormiguero
de las tías, que el aborrecido potaje fue ingerido sin un murmullo de protesta.
-Confío, Alec, que vendrás a la iglesia con nosotras, si no
estás muy cansado -dijo la anciana, una vez que concluyo el desayuno.
-Justo para eso he venido especialmente de Calcuta. Solo que
tengo que mandar a las hermanas noticia de mi llegada, pues hasta mañana no me
esperan, y habrá escándalo en la iglesia si los muchachos me ven sin aviso
previo.
-Mandare a Ben a la montaña, y a casa de Myra puedes ir tú
mismo; se alegrará mucho, y tendrás tiempo suficiente.
El doctor Alee salió en un santiamén y no volvieron a verlo
hasta que el viejo birlocho estuvo en la puerta, y la tía Abundancia bajaba las
escaleras, con mucho crujir de faldas almidonadas, vestida con sus ropas
dominicales y seguida de Rosa como una sombra.
Emprendieron la marcha muy ceremoniosamente, con gran alegría
del tío Alee, que durante el camino recibió el saludo cordial de todos cuantos
se cruzaban con ellos.
Era evidente que estuvo bien mandar aviso, pues a pesar del
tiempo y el lugar, los chicos denotaron tal ebullición que los mayores llegaron
a pensar asustados en la inminencia de un desaguisado; aquellos catorce ojos no
se apartaron del tío Alee, y las cosas que los chicos hicieron durante el
sermón son como para no creerlas.
Rosa no se atrevió a levantar la mirada por un rato, pues
aquellos chicos de tal modo exteriorizaron las emociones causadas por su
presencia que no tuvo más remedio que reír y llorar entre divertida y asustada.
Charlie le guiñaba los ojos con gran entusiasmo por detrás del abanico de la
madre; Mac le señaló sin disimulo la figura larguirucha que tenía detrás ;
Jamie miró fijamente por detrás de su banquillo, basta que los ojos se le iban
a saltar de las órbitas; Geordie tropezó con un taburete y se le cayeron tres
libros en el aturullamiento; Will dibujó marineros y chinos en sus puños
limpios y se '.os enseñó a Rosa, con gran tribulación de parte de esta; Esteban
casi trastorna la reunión al quemarse la nariz con sales, fingiendo sentirse
transportado de gozo; y hasta el pomposo Archie cometió una de las suyas,
escribiendo en su libro de himnos "¿Verdad que es azul y castaño?" y
pasándolo ceremoniosamente a Rosa.
La única manera de salvarse fue fijar su atención en el tío Mac,
un caballero sereno y majestuoso, que parecía por completo inconsciente de las
iniquidades del clan y dormitaba plácidamente en un rincón. Éste era el único
tío que había conocido Rosa durante muchos años, pues los tíos Jem y Steve,
maridos de tías Jessie y Clara, estaban navegando y tía Myra era viuda. El tío
Mac era comerciante muy próspero y rico y en casa tan callado como un ratón,
pues se hallaba en inferioridad de situación frente a las mujeres y no osaba
abrir la boca, dejando que su mujer lo gobernara todo sin inmiscuencias.
A Rosa le agradaba el hombre grandote, silencioso y bueno que
vino a verla en cuanto falleció el padre, constantemente le mandaba espléndidas
cajas de golosinas y otras cosas a la escuela, y a menudo la invitaba a sus
grandes depósitos, llenos de tes y especias, vinos y -toda suerte de frutas
extranjeras, donde podía comer y escoger cuanto quisiera para llevarse. Lamentó
en secreto de que no fuera su tutor; pero desde que vio al tío Alee cambió un
poco de idea, pues en el fondo no sentía admiración ninguna por la tía Juana.
Concluído el servicio religioso, el doctor Alee llegó al pórtico
lo más pronto que pudo, y allí los oseznos se abrazaron y gritaron, mientras
las hermanas se daban las manos, saludándose con rostros alegres y corazones
animosos. Rosa estuvo a punto de ser aplastada detrás de una puerta en el
peligroso pasadizo desde el banquillo al pórtico, pero el tío Alee la salvó a
tiempo
y la puso a buen seguro en el coche.
-Ahora, chicas -dijo-, quiero que todas vengan a comer con Alee,
y Mac también, por supuesto. Pero no puedo invitar a los chicos, pues no
esperábamos a este buen hombre hasta mañana, como ustedes saben, y no he .
hecho preparativos. Manden los muchachos a casa, y que esperen hasta el lunes,
porque debo confesar que me ha dejado sorprendida su comportamiento en la
iglesia -dijo la tía Abundancia, que subió al carruaje detrás de Rosa.
En cualquier otro lugar los chicos habrían expresado su
decepción mediante aullidos ; pero se contentaron con gruñir y protestar por lo
bajo, hasta que el doctor Alee dio el asunto por concluído, diciendo:
-No se aflijan, muchachos; mañana me pondré al día con ustedes,
y ahora se van sin hacer escándalo; de lo contrario, de mis bultos no saldrá ni
un solo regalo para ustedes.
CAPÍTULO 4
TÍAS
Durante toda la comida Rosa tuvo la sensación de que pensaban
hablar de ella, y esta sospecha se convirtió en certeza cuando la tía
Abundancia le dijo por lo bajo, mientras se dirigían a la sala:
-Sube, querida, y acompaña un rato a la tía Paz. Quiere que le
leas mientras descansa, y aquí vamos a estar ocupados.
Rosa obedeció, y tal era la quietud de los cuartos del piso alto
que al poco serenó sus sentimientos por completo y fue, sin darse cuenta de
ello, algo así como un pequeño ministro de la dicha para la dulce anciana, que
desde muchos años atrás pasaba las horas sentada en su dormitorio, esperando
que el dolor la dejase libre alguna vez.
Rosa conocía el romance triste de su vida, el cual impartía un
cierto encanto singular a esta tía suya, a quien ya amaba. Cuando Paz tenía
veinte años de edad, estuvo por casarse; se hicieron todos los preparativos y
el vestido de novia estuvo confeccionado; las flores esperaban que la novia se
las pusiese y poco faltaba para la hora venturosa, cuando se recibió noticia de
que el novio acababa de morir. Llegaron a temer que la buena de Paz muriera
también; pero ella soportó su aflicción con entereza, guardó las galas de
novia, reinició la vida como si hubiese vuelto a nacer, y siguió viviendo,
hasta convertirse en aquella mujer humilde, de cabello tan blanco como la nieve
y mejillas que jamás tenían color. No vestía de negro, sino colores suaves y
pálidos, cual si estuviese esperando siempre el casamiento que no llegaría.
Treinta años siguió viviendo, marchitándose lentamente, pero
animosa, ocupada, e interesándose mucho en todo cuanto pasaba en la casa; y en
especial los gozos y pesares de las chicas que crecían en torno suyo, siendo
para ellas confidente, consejera y amiga en todos sus momentos de penuria y de
alegría. Una solterona realmente bella, con su cabello plateado, su rostro
sereno, y aquella atmósfera de reposo que embalsamaba a cuantos se le
acercaban.
La tía Abundancia era muy distinta; mujer corpulenta, inquieta,
de vista penetrante, lengua incansable y cara como una manzana de invierno,
jamás descansaba, siempre corriendo de un lado a otro, charlando y removiéndolo
todo. Era una Marta verdadera, abrumada con los cuidados mundanos y dichosa
entre ellos.
Rosa se sintió a gusto, y mientras leía salmos a la tía Paz las
otras damas charlaban de ella con la mayor franqueza del mundo.
-Bueno, Alec, ¿que nos cuentas de tu pupila? -preguntó la tía
Juana, cuando se sentaron y el tío Mac buscaba un rinconcito en que dormir a
gusto.
-Me gustaría más si hubiese podido comenzar en el
comienzo y partir de una base firme. La vida del pobre Jorge fue
tan solitaria que la chica ha sufrido de muchas maneras y desde su muerte ha
ido de mal en peor,, a juzgar por el estado en que la encuentro.
-Mi querido pariente, hicimos lo que nos pareció mejor mientras
esperábamos que concluyeras tus asuntos y volvieses aquí. Siempre le dije a
Jorge que hacía mal en criarla como lo estaba haciendo, y ahora nos vemos con
esta pobre criatura en nuestras manos. Por mi parte, confieso que lo que debo
hacer con ella lo se exactamente igual que si se tratase de uno de esos pájaros
forasteros y desconocidos que traías a casa cuando venías de otras tierras.
Y al decir esto, la -tía Abundancia sacudió la cabeza, denotando
su perplejidad y enmarañando los lazos tiesos que sobresalían de su gorro como
capullos de quitameriendas.
-Si hubieran seguido mi consejo, habría seguido en la excelente
escuela donde la puse. Pero nuestra tía creyó mejor sacarla porque ella se
quejaba, y desde entonces no ha hecho otra cosa que revolotear en torno de la
chica el día entero, perdiendo el tiempo lastimosamente. Un estado de cosas en
extremo ruinoso para una chica mimada y caprichosa como Rosa -dijo con
severidad la señora Juana.
-Jamás había perdonado a las viejecitas por ceder al patetico
pedido de Rosa, cuando imploró que la dejasen esperar la llegada de su tutor
antes de empezar otro año en la escuela, la cual no era más que un semillero de
vicios, ya que de ella habían salido muchas chicas malísimamente educadas.
-Yo nunca consideré que fuese lugar indicado para una niña de
buena posición, heredera de una fortuna, como es Rosa en realidad. Está muy
bien para las muchachas que tienen que ganarse la vida enseñando, y en otros
casos parecidos; pero todo lo que necesita es uno o dos años de escuela de
educación social, para que a los dieciocho pueda desenvolverse entre la gente
-opinó la tía Clara, que en su juventud había sido una belleza y aún seguía
siendo hermosa.
-¡Cielos! ¡Cielos! ¡Que ciegas están todas, discutiendo planes
para el futuro, cuando esa chica está predestinada fatalmente a la tumba!
-exclamó suspirando la tía Myra, con un mohín lúgubre, sacudiendo su bonete
funerario, que se negó a quitarse en virtud de estar atacada de catarro
crónico.
-Pues bien, mi opinión es que lo único que necesita esta chica
es libertad -dijo la tía Jessie, a cuyos ojos asomaban las lágrimas al pensar
que sus niños pudieran quedar librados a cuidado ajeno, como en el caso de
Rosa-. Necesita tambien descanso y atenciones. Tiene algo en la mirada que me
parte el corazón, pues demuestra que siente la necesidad de una cosa que
ninguno de nosotros podemos proporcionarle... necesita una madre.
El tío Alec, que estaba escuchando en silencio, se volvió hacia
la última hermana y dijo, corroborando sus palabras con una decidida
inclinación de cabeza:
-Tú has dado en el clavo, Jessie; y si me ayudas, tengo
esperanza de que la chica olvidará que es huérfana de padre y madre.
-Hare todo lo posible, Alee; y creo que vas a necesitarme, pues
por mucho que seas inteligente, no puedes entender el fondo de una criatura
tierna y tímida como puede entenderlo una mujer.
La sonrisa que Jessie dedicó a Alec encerraba mucho de dulzura
maternal.
-No puedo menos de pensar que yo, que he tenido una hija, sea la
más capacitada para educar a una chica, y me sorprende mucho que Jorge no la
haya dejado a mi cargo -dijo la tía Myra con aire de melancólica importancia,
pues era la única que había dado una hija a la familia, y estaba convencida de
que se había distinguido mucho, aunque la gente mal hablada solía asegurar que
con tanto cuidarla la había matado.
-No pienso tan mal de él, cuando recuerdo los experimentos
peligrosos a que sometiste a la pobre Carrie -empezó a decir la señora Juana
con áspera voz.
-Juana Campbell, no estoy dispuesta a escucharte una sola
palabra. Mi santa Carolina es tema sagrado - gritó la tía Myra, haciendo ademán
de dejarlas allí plantadas.
El doctor Alee la detuvo, convencido como estaba de que tenía
que afirmar su posición y mantenerla virilmente, si quería lograr exito en su
nueva empresa.
-Bueno, estimadas hermanas, no riñamos ni convirtamos a Rosa en
el eje de nuestras disputas; aunque está tan esmirriada que no veo en ella
mucho más que un eje. La habeis tenido con vosotras un año, y habeis hecho
cuanto os ha venido en gana. No sabría decir que vuestro éxito haya sido
grande, pero eso -se ha debido a que fueron muchas manos en un plato. Tengo
ahora intenciones de poner en práctica mi sistema por un año, y si al final de
ese término no está mejor que ahora, me dare por vencido y la pasare a
cualquier otro. Creo que es lo más justo.
-Dentro de un año no estará aquí la pobrecita, de modo que
ninguno de nosotros debe arredrarse por responsabilidades futuras -dijo la tía
Myra, doblando sus guantes negros como si ya los preparase para el entierro.
-¡ Dios mío, Myra, tú eres capaz de agotar la paciencia de un
santo ! -exclamó el doctor Alee con ojos que lanzaban chispas-. Con tus
cacareos vas a asustar a esa chica, porque es una criatura impresionable y su
imaginación le pintará horrores inenarrables. Ya le has metido en la cabeza que
su constitución es debil y parece haberse aficionado a la idea. Si no hubiera
sido bastante fuerte, habría bordeado la tumba a estas horas, con todo lo que
tú le has machacado los sentidos. No acepto intromisiones ; quiero que lo
entiendas bien. De modo que te desentiendes de ella y me dejas que siga hasta
que necesite ayuda, que ya entonces te llamaré.
-¡óiganlo, óiganlo! -dijo desde su rincón el tío Mac, al parecer
dormido por completo.
-Te han designado tutor, de modo que no podemos decir nada
-expresó a su vez Juana con huraño gesto-; pero estoy por asegurarte que vas a
echar a perder a la chica por completo.
-Gracias, hermana; pero sospecho que si una mujer puede criar
dos hijos con tanta perfección como tú has criado a los tuyos, un hombre,
dedicándose de lleno, puede hacer otro tanto con una chica -replicó el doctor
Alee, cuyas miradas burlonas estuvieron por hacer reír a los demás, pues era
bien sabido en la familia que los hijos de Juana. -tenían más mimos que todos
los otros juntos.
-Estoy muy tranquila -dijo la tía Clara-, pues tengo la certeza
de que Alee mejorará la salud de la niña; y cuando haya concluído su año de
cuidados, estará a tiempo de ir a la escuela de Madame Roccabella y completar
su educación -y mientras pronunció las úl-timas palabras, la anciana se arregló
los rizos y pensó, con lánguida satisfacción, en la alegría de ver a su sobrina
convertida en toda una señorita.
-Presumo que -te quedarás aquí, a menos que se te de por
casarte, y por cierto que sería hora -opinó la tía Juana, muy ofendida por la
última pulla de su hermano.
-No, gracias. Vamos a fumar un cigarro, Mae -dijo el doctor Alee
con brusquedad.
-No te cases; tenemos bastantes mujeres en la familia -musitó el
tío Mac, y los dos hombres desaparecieron prestamente.
-La tía Paz quisiera verlas a todas -dijo de pronto Rosa,
portadora de este mensaje, sin darles tiempo a reanudar la conversación.
-¡Oh! ¡ Oh! ¡ Válgame el cielo! -murmuró la tía Myra, y la
sombra siniestra de su gorro cayó sobre Rosa, al tiempo que las puntas de un
guante negro le rozaron las mejillas, encendidas de color ante el asedio de
tantas miradas.
-Me alegra que estos rizos sean naturales -dijo la tía Clara,
inclinando la cabeza para ver mejor-. Con el tiempo tendrán un valor
incalculable.
-Ahora que el tío ha venido, no te pido que repases las
lecciones del año pasado. Sospecho que tendrás que dedicar todo el tiempo a
frívolos deportes -añadió la tía Juana, saliendo del cuarto con aire de mártir.
La tía Jessie no dijo ni una palabra, concretándose a besar a su
sobrinita con expresión de tierna simpatía que dio motivo a que Rosa se
aferrase a ella durante un minuto, y la siguiera con ojos que expresaban
gratitud cuando cerro la puerta tras de sí.
Una vez que todos desaparecieron, el doctor Alce recorrió a
grandes pasos el vestíbulo durante una hora, a la luz vacilante del crepúsculo,
tan concentrado en sus pensamientos que a veces fruncía el ceño y más de una
vez penetró en el estudio oscuro y permaneció inmóvil. De pronto dijo en voz
alta, como si acabara de tomar una determinación
-Lo mejor será empezar en seguida y dar a la chica algo nuevo en
que pensar, pues los -recelos de Myra y las conferencias de Juana la van a
dejar más mustia que una pasa.
Revolviendo en uno de los baúles del rincón, extrajo un
almohadón de seda con preciosos bordados y una hermosa taza de madera oscura
tallada.
-Por ahora esto vendrá bien -dijo, mientras sacudía el almohadón
y limpiaba el polvo de la taza-.
No es buena idea de empezar demasiado enérgicamente, porque Rosa
puede asustarse. Tengo que ir engatusándola con suavidad y halagos, hasta que haya
ganado su confianza, y entonces estará lista para todo.
En aquel preciso instante Febe salió del comedor con una fuente
de pan negro, pues no permitían a Rosa comer bizcochos calientes con el té.
-Te libraré de una parte -dijo el doctor Alce, sirviendose una
buena ración y se encamino al estudio, dejando a Febe sorprendida de su
apetito.
Más se habría sorprendido si lo hubiese visto haciendo con aquel
pan pequeñas píldoras que guardo en una atrayente cajita de marfil, de la cual
extrajo trocitos de apio silvestre.
-Bueno, si insisten en que mande medicinas, recetare esto, y así
no causare daño ninguno. Haré mi deseo, pero cuidando que haya paz, si es
posible, y una vez que el experimento haya dado resultado, confesaré la broma.
Diciendo estas palabras, salió con el aire de un chico que
piensa travesuras, llevando consigo sus inocentes remedios.
Rosa tocaba suavemente el armonium del piso alto, para que la
tía Paz se deleitase; y mientras tanto las ancianas hablaban, el tío Alce
escuchaba la música caprichosa de la niña y recordaba a otra Rosa que también
solía tocarla.
Al dar las ocho, dijo:
-Ya es hora de que mi pupila se acueste, pues de lo contrario no
podrá levantarse temprano y tengo muchos proyectos para mañana. Para empezar,
vamos a ver lo que te he encontrado.
Rosa entró corriendo y escuchó atenta, con el rostro iluminado,
mientras el doctor Alce decía:
-En mis andanzas por el mundo he dado con, algunos remedios
excelentes y como algunos son agradables, creo que tú y yo podemos probarlos.
Esta es una almohada de hierbas, que me dio en la India una mujer que había
estado enferma. Está llena de azafrán, amapolas y otras plantas sedantes, de
modo que descansa en ella tu cabecita esta noche y duerme plácidamente, sin
sueños de ninguna clase y así mañana te despertarás sin dolores.
-¿De veras? ¡Que bien huele! -y Rosa recibió de muy buen grado
el hermoso almohadón, aspirando con deleite su aroma dulce y suave mientras se
enteraba del siguiente remedio de su medico.
-Esta es la taza que te prometí. Según dicen, su virtud depende
de que la llene la misma persona que ha de usarla, lo cual quiere decir que
tendrás que aprender a ordeñar. Yo te enseñare.
-Creo que nunca podré aprender -dijo Rosa, mientras contemplaba
embelesada la taza en- cuya asa danzaba un duendecillo, que parecía estar por
zambullirse al mar blanco y profundo.
-¿No crees que necesitaría algo que la fortifique más que la
leche, Alee? -inquirió la tía Abundancia, mirando con suspicacia los nuevos
remedios y convencida de que serían más eficaces sus dosis a la antigua que
todas las almohadas y tazas del Oriente-. Me voy a preocupar mucho si no toma
algún tónico.
-Bueno, estoy conforme en darle una píldora, si creen que será
mejor. Es muy sencilla y se puede tomar en grandes cantidades sin que cause
daño alguno. ¿Sabes que el haschic es el extracto del cáñamo? Pues bien, esta
es una preparación de trigo y centeno, que se uso mucho en otras epocas y creo
que no dejará de surtir efecto.
-¡Dios mío! ¡Que cosa singular! . -exclamo la tía Abundancia,
calándose los anteojos para inspeccionar de cerca las píldoras, con tal
expresión de respetuoso interés, que la gravedad del doctor Alee estuvo por
quebrantarse.
-Toma una de mañana, y buenas noches, querida -dijo el hombre,
despidiendo a su paciente con un beso.
Luego, cuando la chica desapareció, se llevo ambas manos al
cabello, exclamando, con una cómica mezcla de ansiedad y risa:
-Cuando pienso en la responsabilidad que he aceptado, te
aseguro, mi querida hermana, que siento impulsos de echar a correr y no volver
hasta que Rosa tenga dieciocho años.
CAPÍTULO 5
UN CINTURÓN Y UN CAJÓN
Cuando Rosa salió de su dormitorio la mañana siguiente, con la
taza en la mano, la primera persona con quien tropezó fue el tío Alec, de pie
en el umbral del cuarto de enfrente, que parecía examinar con mucha atención.
Al oír pasos, se dio vuelta y se puso a cantar:
-¿Donde va mi preciosa doncella?".
-"Quiero ir a ordeñar la vaquita" -le contesto Rosa,
moviendo la taza en la mano; y juntos concluyeron el canto.
Antes de que hablase ninguno de ambos, apareció por el extremo
del corredor una cabeza tocada con cofia tan grande y con tantos moños que
parecía un repollo, y una voz exclamo asombrada
-¿Que andáis haciendo tan temprano?
-Preparándonos para el día -contesto Alee, haciendo un saludo de
marinero-. ¿Puedo posesionarme de este cuarto?
-De todos los que quieras, excepto el de mi hermana,
-Gracias. ¿Y me permiten que trastee en las bohardillas y los
cuartuchos que vea por ahí, para arreglarlos como quiera?
-Puedes dar vuelta la casa entera, con tal que no salgas de
ella.
-El ofrecimiento es bueno, señora. Me quedo, y este es mi
anclote, lo cual quiere decir que van a tener que soportarme más de lo que
deseaban.
-Eso es imposible. Ponte la chaqueta, Rosa. No la canses con tus
rarezas, Alee. Ya voy, hermana -y el repollo desapareció de repente.
La primera lección de "ordeñamiento" fue bastante
chusca, pero despues de unos cuantos arañazos y muchos intentos frustrados,
Rosa pudo por fin llenar su taza, mientras que Ben sostenía el rabo de Trebol
para que no lo sacudiera y el doctor Alee hacía de forma que no se volviera a
mirar a la nueva ordeñadora.
-Tienes un poco de frío -dijo el doctor en el momento en que
salían del galpón-. Corre un rato por el jardín, así entrarás en calor.
-Tengo mucha edad para andar corriendo, tío; la señorita Power
dice que las niñas como yo no deben correr.
-Voy a tomarme la libertad de contrariar a la señorita Power y
en mi condición de medico tuyo, te ordeno que corras. ¡Vamos! -dijo el -tío
Alee, acompañando sus palabras con una mirada y un ademán que hizo a Rosa salir
todo lo aprisa que sus piernas podían llevarla.
Ansiosa por complacerlo, corrió en torno a los canteros y volvió
al porche donde el -tío estaba de pie, echándose sobre los escalones jadeante,
con las mejillas tan sonrosadas como la caperuza que le caía sobre los hombros.
-Muy bien hecho, hija mía ; veo que no has perdido la facultad
de usar las piernas. Ese cinturón está muy apretado; aflójalo, y después podrás
respirar hondo sin jadear de ese modo.
-No está apretado, tío, y respiro bien -empezó a decir Rosa,
tratando de serenarse.
Por toda contestación, el tío Alee la puso de pie y le
desabrochó el cinturón de que tan orgullosa estaba la niña. Apenas abierto el
broche, la correa se corrió varias pulgadas, pues no hubo manera de reprimir el
involuntario suspiro de alivio que contradecía rotun-damente sus palabras.
-¡Hola! ¡Ignoraba que estuviese apretado ! No lo sentía en
absoluto. Claro que tenía que ceder respirando de este modo, pero casi nunca
corro.
-Lo que pasa es que no llenas los pulmones más que a medias, y
de ese modo puedes llevar este cinto absurdo sin sentirlo. ¿A quién se le
ocurre estrujar una cintura tierna como la tuya con esta tira dura de cuero,
precisamente cuando debes estar creciendo? -dijo el doctor Alee, examinando el
cinturón con muestras de desaprobación intensa y corriendo la hebilla varios
agujeros más, con gran desazón de Rosa, que tenía a mucho orgullo su figurita
esbelta y todos los días se regocijaba íntimamente de no ser tan robusta como
Luly Miller, una compañera de clase, que en vano procuraba reprimir su gordura.
-Se va a caer si lo dejo así de suelto -dijo con ansiedad
mientras contemplaba la operación que su tío estaba llevando a cabo.
-No se caerá si respiras hondo. Y eso es lo que quiero que
hagas. Cuando hayas logrado llenarlo, seguiremos agrandándolo hasta que tu
cintura se parezca mucho a la de Hebe, !a diosa de la salud y no recuerde tanto
los figurines de modas, que son lo más abominable que se puede imaginar.
-¡Que cosa extraña! -exclamó Rosa mirando el cinturón que le
rodeaba el cuerpo sin sujetarlo-. Se va a perder, y voy a sentirme
afligidísima, porque costó mucho y es acero verdadero y cuero de Rusia
legítimo. Fíjese, tío, que bien huele.
-Si lo pierdes, te dare uno mejor; una faja de seda suave es
mucho más adecuada para una niña bonita que todo lo que parezca arnes; y no te
figuras la cantidad de cosas italianas y turcas que tengo guardadas. ¡Ah! Ahora
te sientes mejor, ¿verdad? -y le pellizcó la mejilla, al tiempo que la boca de
Rosa esbozaba una sonrisa.
-Soy una tonta, pero ¿que voy a hacer si me gusta oír -y aquí se
detuvo y se sonrojó, bajando la vista, pues la avergonzaba lo que iba a
agregar- que usted me considere bonita
Brillaban los ojos del doctor Alee, pero se limitó a decir:
-Rosa, ¿eres presumida?
-Temo que sí -contestó debilmente, con la cabeza oculta por el
velo de cabello que cubría su turbación.
-Es un defecto desagradable -y suspiró como si la confesión lo
apenase.
-Se que es un defecto, y procuro sobreponerme; pero todos me
alaban, y no puedo evitar que me guste, pues tampoco estoy convencida de ser
repulsiva.
Estas últimas palabras y el tono en que las dijo colmaron la
medida v el doctor Alee no pudo menos de echar a reír con ganas, lo cual
tranquilizó a la niña.
-Estoy de acuerdo contigo, y para que puedas ser menos repulsiva
todavía, quiero que te críes tan bien como Febe.
-¡Febe! -exclamó sorprendida y temerosa de que su tío
desvariase.
-Sí, Febe, pues esa chica tiene lo que a ti te hace falta :
salud. Si las chicas de tu edad aprendiesen lo que es realmente la belleza, y
no pusieran tanto empeño en palidecer y matarse de hambre, ahorrarían un montón
de tiempo, dinero y preocupaciones. Mente sana en cuerpo sano es la belleza
mejor que puede concebirse en el hombre y la mujer. ¿Entiendes?
-Sí -contestó Rosa, muy sorprendida por la comparación con la
niña del asilo. Esto ocasionó de su parte alguna tristeza, y la demostró
diciendo al instante
-Supongo que no pretenderá que friegue y barra pisos y lleve
ropas de color castaño, con los brazos arremangados, como Febe.
-Me gustaría inmensamente verte así, si fueses capaz de trabajar
como Febe y enseñar un par de brazos tan fuertes como los suyos. Hace mucho que
no veo un cuadro tan hermoso como el de esa niña esta mañana, metida hasta los
codos en el agua de jabón y cantando como un mirlo mientras lavaba los
escalones de la puerta trasera.
-Saco la conclusión de que usted es el hombre más raro que ha
existido en el mundo -dijo Rosa, pues no se le ocurrió otra cosa más apropiada
con que replicar a tamaño despliegue de mal gusto.
-Todavía no has empezado a conocer mis rarezas, de modo que
procura prepararte a sorpresas mayores aún -dijo el hombre, y tan extraña fue
su mirada, que para Rosa fue un consuelo que sonase la campana, ya que de ese
modo se libraba de demostrar hasta que punto sentía herida su pequeña vanidad.
-Encontrarás tu cajón abierto en el salón de la tía, y allí
puedes entretenerte revolviendo todo lo que quieras; voy a estar ocupado toda
la mañana, poniendo mi cuarto en orden -dijo el doctor Alee, mientras ambos se
levantaban para ir a tomar su desayuno.
-¿No puedo ayudarlo, tío? -preguntó Rosa, impaciente por ser
útil.
-No, gracias. Pedire que me presten a Febe un rato, si es que la
tía Abundancia puede prescindir de ella.
-Lo que quieras y quien quieras, Alee –intervino de pronto la
anciana-. Se que vas a necesitarme a mí tambien, de modo que dare las órdenes
para la comida y así estare en libertad de darte una mano.
-No tardará el tío en convencerse de que se hacer muchas cosas
que Febe no sabe -pensó para sus adentros Rosa y, moviendo hacia los lados la
cabeza, corrió en dirección a la tía Abundancia y el cajón codiciado.
Cualquier niña puede imaginarse su emoción incontenible mientras
revolvía aquel mar de tesoros y sacaba a relucir un objeto precioso tras de
otro, hasta que el aire se impregno de los aromas mezclados del almizcle y el
sándalo. No tardo Rosa, embelesada como estaba, en perdonar a su tío Alee la
dieta de avena cuando vio un hermoso neceser de marfil, se resigno al tamaño de
su cinturón al descubrir un montón de fajas de seda de los más bellos colores,
y al tropezar con unas arrobadoras botellas de loción de rosas, tuvo la
sensación de que casi no le faltaba nada para perdonarle que hubiese preferido
Febe a ella.
El doctor Alee, entretanto, había aprovechado bien la
autorización conferida por la tía Abundancia revolviendo la casa de arriba
abajo. Era evidente que en el cuarto en que estaba encerrado tenía lugar una
verdadera revolución, pues las cortinas de damasco oscuro eran transportadas en
fardos por Febe y-el imponente cabezal de la cama era conducido al desván en
pedazos, con la colaboración de tres personas. La tía Abundancia iba de un lado
a otro por los cuartos de deposito, revolviendo muebles y dando la impresión de
que el nuevo orden la divertía y la intrigaba a un mismo tiempo.
La mitad de las cosas raras que hacía el doctor Alee no pueden
revelarse; pero cuando Rosa levanto la mirada desde el cajón, lo vio
recorriendo la habitación a largos pasos, con una caja de bambú y una o dos
alfombrillas en la mano y luego transportando sobre la ca-beza una bañera.
-¡Que extraño va a resultar ese cuarto! -se dijo, al sentarse a
descansar un rato, con unos cuantos "Bocados de Ambrosía", traídos de
El Cairo.
-Presumo que te va a gustar, querida -le dijo la tía Paz, que
estaba atareada con unas cositas de seda azul y muselina blanca.
Rosa no sonrió, pues en aquel preciso instante se detuvo el tío
en la puerta; la niña se puso en pie delante suyo con toda la alegría infantil
de que era capaz reflejada en el rostro.
-Míreme, míreme -dijo-. Estoy tan espléndida que ni me
reconozco, Se que no me he puesto bien estas cosas, pero me gustan muchísimo.
-Te veo tan alegre como unas pascuas con ese fez y esa cabaja, y
me alegra el alma observar que la sombrita oscura se ha transformado en un
arco-iris.
Mientras decía esto, el tío Alee la miraba con muestras de
regocijada aprobación.
No lo dijo, pero pensó que formaba una figura mucho más hermosa
que la de Febe en la cuba de lavar, pues se había puesto un fez purpúreo en su
cabeza rubia, se había atado unos cuantos chales de brillantes colores en la
cintura y llevaba una chaquetilla de her-moso tono escarlata con un sol bordado
en la espalda y una luna plateada en el frente y las mangas llenas de
estrellas. Adornaban sus pies un par de babuchas turcas y se había puesto en el
cuello varios collares de ámbar, coral y filigrana, mientras que en una mano
llevaba una botella de sales y en la otra la caja de golosinas orientales.
-Se me ocurre que soy talmente una heroína de "Las mil y
una noches", a la espera de una alfombra mágica o un admirable talismán.
Solo que no sé como podre agradecerle nunca todas estas cosas encantadoras
-dijo, dejando de hacer monadas, como si de pronto la oprimiese tanta gratitud.
-Yo te lo dire. Quitándote las ropas negras, que una chica como
tú no debió llevar tanto tiempo, y adoptando esas más alegres que yo te he
traído. Además de alegrarte, con eso pondrás una nota brillante en esta casa
vieja y sombría. ¿No es verdad, Paz?
-Tienes razón, Alee, y es una suerte que no hayamos empezado a
prepararle aún las ropas de primavera, pues Myra pensaba que no debería llevar
más que violeta y es demasiado pálida para ese color.
-Basta con que ustedes me dejen indicar a la señorita Hemming
como debe hacer algunas de estas cosas. Se sorprenderán cuando vean todo lo que
entiendo de ribetes, dobladillos, mangas y otras cosas.
La tía Paz y Rosa rieron al pensar que esa jactancia encubriría
sin duda su ignorancia en asuntos de costura; pero se contuvieron al oírle
decir:
-Rían lo que quieran, pero se que mi arte será necesario para
que el cinturón no le baile en el cuerpo; y me voy a seguir el trabajo, porque
de lo contrario llevo miras de no concluir nunca.
-Nos reíamos porque oírlo hablar de esas cosas nos resultaba
raro -explico Rosa, volviendose hacia su cajón-. Pero en realidad, tía
-continuo ya sin reír-, estoy por pensar que tengo demasiados regalos. ¿Que le
parece si le diese algo a Febe? Tal vez al tío no le guste.
-No te dirá nada; pero esas cosas son inadecuadas para Febe.
Mejor le vendrían algunos vestidos que no uses, si es que pueden arreglársele
al cuerpo -opino la tía Paz en el tono moderado y prudente que pone tan a
prueba nuestros sentimientos cuando nos darnos a los arrebatos de altruismo.
-Preferiría darle vestidos nuevos, pues me parece que es un poco
orgullosa y es posible que las cosas viejas no le gusten. Si fuera mi hermana
lo haría, porque las hermanas no se fijan en esas cosas; pero no es nada mío y
el asunto es más difícil. Ya sé cómo puede solucionarse... ¡La adopto!
La expresión de Rosa, encantada con su nueva idea, fue radiante
en extremo.
-Sospecho que no puedes hacer tal cosa legalmente hasta que seas
mayor, pero podrías averiguar si le agrada el proyecto ; y de todos modos,
puedes ser bondadosa con ella, pues en cierta forma somos todas hermanas y
debemos ayudarnos mutuamente.
La cara de la anciana la contemplo con expresión tan beatífica,
que Rosa sintió impulsos de arreglar el asunto, en el acto, y se encamino
corriendo a la cocina, tal como estaba vestida. Febe se hallaba lustrando las
viejas parrillas con tal actividad que dio un salto al oír una voz que decía :
"Huele, prueba, mira ... "
Febe aspiro el olor de las rosas, mordisqueó el "Bocado de
Ambrosía" que fue introducido en su boca y miro con ojos muy abiertos a la
criatura que daba saltitos retozones.
-¡Madre mía! ¡qué hermosa estás! -fue todo cuanto Febe pudo
decir, levantando en alto las manos sucias de tierra.
-Tengo arriba montones de cosas preciosas, y quiero enseñártelas
todas. Podemos repartir, solo que mi tía cree que no te servirán de nada, así
que no tendré más remedio, que hacerte otro regalo. Si no te parece mal,
quisiera adoptarte, como en el cuento adoptaron a Arabella. ¿No sería buena
idea?
-¡Oh, niña Rosa! ¿Se ha vuelto loca?
Nada tenía de extraño que Febe hiciera esa pregunta, pues Rosa
hablaba muy de prisa, estaba rarísima con aquellas ropas y su misma ansiedad no
le permitía detenerse a explicar su idea. Advirtiendo el asombro de Febe se
serenó y dijo, muy seriamente
-No es justo que yo tenga tanto y tú tan poco, y quiero ser tan
buena contigo como si fueras mi hermana, pues dice mi tía Paz que en realidad
somos hermanas. Pensé que si te adoptara sería mejor. ¿No me dejarías?
Con gran sorpresa de Rosa, Febe se sentó en el piso y durante un
instante, sin hablar una sola palabra, se tapó la cara con el delantal.
-¡Oh, Dios mío! Ahora se ha ofendido y no se que hacer -meditó
Rosa, muy desalentada por el recibimiento que acababa de tener su proposición.
-Por favor, perdóname; no quise herir tu susceptibilidad y
espero que no pienses... -y se detuvo, pues adivinó que su voz balbuciente no
desharía el entuerto.
Pero Febe le deparó otra sorpresa, al dejar caer el delantal y
enseñar una cara que era toda sonrisa, a pesar de las lágrimas que asomaban a
sus ojos. Luego echó ambos brazos en torno al cuello de Rosa y dijo, entre risa
y sollozos:
-Lo que pienso es que eres la niña más adorable de este mundo, y
que te permitiré hacer conmigo todo lo que quieras.
-¿Luego te gusta el plan? ¿No lloraste porque me viste demasiado
paternal tal vez? No fue esa mi intención, te aseguro -exclamó Rosa, bajo la
impresión de su enorme gozo.
-Creo que me gusta -contestó Febe en un arrebato de gratitud
irreprimible, pues aquello de que eran hermanas le había llegado al corazón,
conmoviendo su ser todo entero-. Lloré porque nadie hasta ahora ha sido tan
buena conmigo y no pude evitarlo. En cuanto a que seas conmigo paternal o eso
que dices, ya declaré que puedes hacer de mí cuanto se te antoje.
-Pues bien, entonces podernos hacer de cuenta que soy un
espíritu bueno salido del cajón, o un hada que acaba de bajar por la chimenea y
tú, como eres Cenicienta, debes decir que es lo que quieres -dijo Rosa,
esforzándose por formular la pregunta con delicadeza.
Febe entendió bien, pues poseía mucho refinamiento natural
aunque provenía del asilo.
-Tengo la sensación de que ahora no deseo nada, niña Rosa, pero
liare lo posible para demostrarte que te estoy agradecida por todo -y se limpió
una lágrima que le resbalaba por la nariz, muy antirrománticamente.
-No he hecho nada más que darte un pedazo de dulce. Toma, toma
más, y cómelo mientras trabajas, así piensas al mismo tiempo que es lo que yo
puedo hacer. Tengo que ir a arreglarme un poco, de modo que adiós; y no olvides
que te he adoptado.
-Me ha dado cosas más dulces que esos caramelos, y te aseguro
que no lo voy a olvidar -dijo Febe. limpiando cuidadosamente el polvo de
ladrillos, para estrechar una mano de Rosa entre las suyas; y luego los ojos
negros siguieron a la visitante con una expresión de gratitud que les impartía
un brillo y una dulzura extrañas.
CAPÍTULO 6
EL CUARTO DEL TÍO ALEO
Poco despues de comer y antes de que hubiera conocido del todo
la mitad de sus pertenencias, el doctor Alec le propuso un paseo para llevar la
primera partida de obsequios a las tías y los primos. Rosa estuvo conforme en
ir, más que nada por su ansiedad en probarse un cierto albornoz extraído del
cajón, el cual no sólo tenía. una caperuza preciosa, sino que estaba lleno de
borlitas que pendían en todas direcciones.
El coche se hallaba atestado de paquetes y aun el asiento de Ben
estaba ocupado totalmente de mazas indias, un barrillete chino de tamaño
colosal y un par de cuernos bruñidos, provenientes de África. El tío Alee, muy
azul en las ropas y muy moreno en la cara, sentábase muy enhiesto, contemplando
con interes los lugares conocidos, mientras Rosa, que se notaba
extraordinariamente elegante y cómoda, se reclinaba en el asiento, envuelta en
su capa suave e imaginando ser una princesa del Oriente que realizaba un viaje
real entre sus súbditos.
En tres de los sitios sus visitas fueron breves, pues la tía
Myra estaba peor que nunca del catarro, la tía Clara tenía muchas visitas y la
-tía Juana denoto marcada tendencia a hablar de población, producciones y
política de Europa, Asia y África, lo cual causó desazón al propio doctor Alee,
motivando el que sintiese deseo de salir de allí cuanto antes.
-Ahora dispondremos de tiempo -dijo Rosa, emitiendo un suspiro
de satisfacción al tiempo que subían la colina por la cual se iba a casa de la
tía Jessie-. Confío que los chicos esten en casa.
-He dejado esto para nuestra última visita, con la expresa
intención de que pudieras encontrar a los muchachos de vuelta de la escuela.
Sí, allí está Jamie en la puerta mirándonos y no tardaremos en divisar todo el
clan. Siempre andan juntos.
Apenas Jamie vio quienes llegaban, silbo con toda la fuerza de
sus pulmones y el eco le devolvió su silbido desde el prado, la casa, el
granero, al tiempo que los primos salían de todas partes, gritando
-¡Viva el tío Alce!
Corrieron en dirección al carruaje como bandoleros de caminos, y
lo despojaron de todos los paquetes, tomando prisioneros a los ocupantes y
marchando con ellos a la casa en medio de un enorme alborozo.
-¡Mamá! ¡Mamá! Aquí vienen cargados de regalos. Baja a ver esto
en seguida. ¡Pronto! -vociferaron VIII y Geordie, cuyos gritos se mezclaban con
los ruidos del papel al rasgarse y las cuerdas que los chicos cortaban sin
cuidado ninguno, todo lo cual no tardo en crear un caos en el cuarto.
Descendió la tía Jessie con su hermoso gorrito puesto en la
cabeza de cualquier manera y una cara tan sonriente que el tocado de la cabeza,
en vez de quedarle mal le sentaba admirablemente bien. Apenas tuvo tiempo de
saludar a Rosa y al doctor antes de que los chicos estuviesen en torno suyo,
exigiendole todos a un tiempo que mirase esto o aquello y pidiendole que se
alegrara, pues ella iría a medias en todo. Los grandes cuernos fueron blandidos
en torno suyo como si se tratase de lanzarla al techo de una cornada, las mazas
volaron cerca de su cabeza con aparente riesgo de hacer un desaguisado y un
extraño conjunto de cosas provenientes de los cuatro puntos cardinales lleno su
regazo, mientras siete diablillos transportados de alegría hablaban todos a un
tiempo.
Pero le gustaba, claro que sí. Allí se quedó sonriendo,
admirándolo todo y pidiendo explicaciones, sin que el bullicio la aturdiera, un
bullicio tal que Rosa tuvo que taparse los oídos y el doctor Alce amenazó con
marcharse si la baraúnda no cesaba. La amenaza surtió efecto, y mientras el tío
recibía las gracias en un rincón, la tía escucho una cierta confidencia en
otro.
-Bueno, querida, ¿que tal pintan las cosas? Presumo que mejor,
mucho mejor que hace una semana.
-¡Oh, tía Jessie! Creo que voy a ser muy dichosa ahora que el
tío ha venido. Hace las cosas más raras del mundo, pero es tan bueno que no
puedo menos de quererlo -dijo, acercándose más a Jessie; y Rosa siguió
hablándole casi al oído y contándole todo lo sucedido, hasta rematar con el
detalle emocionante del cajón.
-Me alegro muchísimo, Rosa; pero debo prevenirte una cosa: no
dejes que el tío te mime demasiado. Es que a mí me gusta que me mimen, tía.
-No lo dudo; pero si no estás mucho mejor cuando finalice el
año, le echarán la culpa al tío y su experimento habrá fracasado. Sería una
lástima, ¿no es verdad?; sobre todo, que quiere hacer tanto por ti, y no podrá
hacerlo si su buen corazón le anubla el juicio sereno.
-No se me había ocurrido, y procurare no dar lugar a quejas.
Pero ¿que debo hacer yo para eso? -preguntó Rosa con ansiedad.
-No protestando cuando intente hacerte hacer algo bueno;
obedeciendolo con voluntad y buen ánimo, y hasta haciendo algún pequeño
sacrificio por su bien.
--Lo haré, claro que sí. En el caso de que me encuentre en
alguna dificultad, ¿puedo recurrir a usted? El tío me dijo que lo hiciese, y
creo que no debo tener miedo.
-No te preocupes, querida; este es el sitio en que mejor pueden
curarse las pequeñas molestias y creo que para eso estamos las madres en el
mundo -dijo la tía Jessie, llevándole a sus hombros la cabecita rizada y
mirándola con una expresión de ternura que demostraba cuánto sabía de esos
remedios que los niños necesitan más.
Tan dulce y sedante fue la sensación, que Rosa quedó embelesada
y ensimismada, hasta que la vocecita dijo:
-Mamá, ¿crees que a Pokey le gustarán algunas de mis conchillas?
Rosa le ha dado a Febe varias de las cosas lindas que tiene y creo que ha hecho
muy bien. ¿Puedo hacerlo?
-¿Quien es Pokey? -preguntó Rosa, levantando la cabeza y
denotando la curiosidad causada por el extraño nombre.
-Mi muñeca; ¿quieres verla? -preguntó Jamie, la cual estaba muy
impresionada por todo aquello que había escuchado acerca de la adopción.
-Sí; me encantan las muñecas; pero no se lo digan a los chicos,
porque se burlarán.
-De mí no se ríen y con mi muñeca juegan siempre; pero a quien
ella quiere más es a mí -dijo Jamie, a tiempo que corría en busca del objeto
preciado.
-Traje mi muñeca vieja, pero la tengo escondida porque tengo
demasiada edad para jugar con esas cosas; pero estoy tan encariñada con ella
que sería capaz de tirarla -dijo Rosa, continuando sus confidencias en voz que
parecía un suspiro.
-Puedes venir a jugar con la de Jamie siempre que quieras -dijo
la tía Jessie, sonriendo consigo misma.
En aquel momento volvió Jamie, y Rosa interpretó el sentido de
la sonrisa, pues su muñeca vino a ser una niña gordinflona de cuatro años, que
correteaba velozmente y se encaminó con resolución hacia las conchillas, de las
cuales tomó un puñado muy grande, a tiempo que decía, riendo y enseñando sus
dientes blancos:
-¡Todas para Dimmy y para mí, para Dimmy y para mí!
-Ésa es mi muñeca, ¿verdad que es bonita? -preguntó Jamie
observando con orgullo a la niña con las manos cruzadas en la espalda y las
piernas muy abiertas, actitud varonil que había copiado de sus hermanos.
-Es una muñeca encantadora. ¿Por que la llamas Pokey? -preguntó
Rosa.
-Porque es tan curiosa que siempre está metiendo la naricita en
todo; y como Paul Pry no resultaba adecuado, a los chicos se les ocurrió
llamarla Pokey. No es un nombre bonito, pero es en cambio muy expresivo.
Y estaba en realidad bien aplicado, pues despues de haber
examinado las conchillas, se dedicó activamente a hurguetearlo todo y prosiguió
sus investigaciones hasta que Archie la sorprendió chupando sus piezas de
ajedrez para ver si eran de azúcar. También encontraron dibujos en papel de
arroz arrugados en sus bolsillos y poco faltó para que reventase el huevo de
avestruz de Will cuando quiso sentarse encima.
-Oye, Jim, llevatela ; es más mala que el cuco, y no es posible
que la tengamos aquí -ordenó el hermano mayor, tomándola y pasándola al
pequeño, quien la recibió con brazos abiertos y dijo
-Tengan cuidado en lo que hacen, porque estoy pensando adoptar a
Pokey como Rosa adoptó a Febe, y entonces ustedes, los grandotes, tendrán que
portarse muy bien con ella.
-Adóptala, sí, y te daremos una jaula para que la metas dentro,
o de lo contrario no vas a tenerla contigo mucho, porque cada día está peor -y
Archie se volvió junto a sus camaradas, mientras la tía Jessie, anticipándose
un trastorno, propuso que Jamie devolviese su muñequito a su casa, pues de allí
la había traído y era hora que la visita tocase a su termino.
-Mi muñeca es mejor que la tuya, ¿no es verdad?, porque sabe
andar, charlar, cantar y bailar y la tuya no.
Esto lo dijo Jamie con orgullo, contemplando a su Pokey, que en
aquel momento ejecutaba unos pasitos de baile y tarareaba un couplet muy
conocido.
Después de esta pomposa exhibición, la nena se retiró,
acompañada por Jamie. Los dos hacían un ruido ensordecedor soplando en las
conchillas.
-Tenemos que irnos, Rosa, porque deseo que estes en casa antes
de la caída del sol -dijo el doctor Alee cuando la música se perdió en la
distancia-. ¿Vienes a dar un paseo, Jessie?
-No, gracias; pero como adivino que los chicos quieren
distraerse un poco, propongo que ellos te acompañen y se vuelvan desde la
puerta. Esto último no se permite más que los días de fiesta.
-¡Alertas, chicos! -exclamó Archie, no bien tía Jessie hubo
pronunciado las palabras anteriores-. Botas y monturas, y listos todos...
-¡Muy bien! -y al instante no quedó más rastro de ellos que el
desorden y la suciedad en el piso.
La cabalgata descendió la montaña con tal paso que Rosa tuvo que
asirse con fuerza del brazo de su tío, pues los caballos viejos y gordos se
espantaron de las monerías dedos ponies que no hacían otra cosa que saltar en
torno de ellos; y así siguieron, a la máxima velocidad que les fue posible. El
pequeño cochecito de los chicos iba delante, pues Archie y Charlie despreciaban
a los ponies desde que tuvieron a su disposición el coche mayor. Ben se
divirtió mucho, y todos hicieron locuras, dando motivo a que Rosa declarase que
el nombre de circo les estaba muy bien aplicado.
Al llegar a la casa descendieron y se pararon, tres a cada lado
de la escalera, en actitud marcial, mientras su señoría era acompañada con gran
elegancia por el tío Alec. Luego el clan saludó y volvió a montar a la orden de
mando, hecho lo cual, con un restallido de la fusta el coche inició el regreso
por el camino en lo que ellos consideraban un perfecto estilo árabe.
-Ha sido esplendido, tío; pero se lo digo ahora que ya ha
terminado sin contratiempos -expresó Rosa, subiendo los escalones a saltos
inclinando la cabeza para ver mejor cómo se movían las borlitas.
-Te conseguire un pony en cuanto estes algo más fuerte -dijo el
tío Alee sin dejar de mirarla sonriente.
-Oh, no ... Sería incapaz de cabalgar en uno de esos espantosos
caballitos. Revuelven los ojos y se mueven de un modo, que me moriría de
espanto -gritó Rosa, entrelazando las manos trágicamente.
-¿Eres cobarde?
-Tratándose de caballos, sí.
-No lo pienses más, entonces; ven a ver mi nuevo cuarto -y la
guió escaleras arriba sin volver a hablar.
Mientras lo seguía, Rosa recordó la promesa hecha a la tía
Jessie, y se arrepintió de haber rechazado la propuesta del tío. Mucho más se
afligió cinco minutos despues, y con sobrado motivo.
-Fíjate bien en todo ahora y dime que te parece -dijo el doctor
Alec, abriendo la puerta y dejándola entrar delante suyo, al tiempo en que Febe
descendía por la escalera cargada con un tacho de basura.
Rosa llego hasta el medio del cuarto, permaneció quieta y miró
en torno con ojos qué revelaban su sorpresa. Todo estaba cambiado.
Aquella habitación había sido construída encima de la biblioteca
para satisfacción de un capricho, pero durante muchos años estuvo sin
utilizarse, salvo por Navidad, cuando la casa se llenaba de gente. Tenía tres
ventanas, una que daba al este, en dirección a la bahía; una al sur, donde los
algarrobos balanceaban sus copas, y otra al oeste, hacia las colinas y el sol
de la tarde. A la luz rojiza del crepúsculo, el cuarto tenía un brillo de
encantamiento; se escuchaba el dulce murmullo de las aguas lejanas y un
petirrojo gorjeaba "buenas no-ches" entre los árboles en flor.
Rosa vio y oyó primero estas cosas, embriagándose en su belleza
con el instinto rápido de los niños; luego atrajo su vista el aspecto alterado
del cuarto, que antes estaba tan lleno de cosas, tan silencioso y abandonado, y
ahora aparecía iluminado de luz y acogedor en su lujo sencillo.
Cubrían el piso alfombras de la India y se veían algunas
esterillas alegres; los morrillos antiguos brillaban en el hogar, donde un
fuego alegre ahuyentaba la humedad de la habitación cerrada tanto tiempo. Por
todas partes había sillones y sillas de bambú y en co-quetos rincones se veían
mesitas muy raras; en una de ellas había un canastillo precioso, otra hacía de
escritorio y sobre otra se encontraban varios libros. En una entrante estaba la
cama limpia y estrecha y sobre ella una virgen encantadora. El biombo japones,
ple- gado parcialmente, permitía ver un juego de toilette de colores azul y
blanco puesto sobre una tapa de mármol allí cerca estaba la bañera, con sus
toallas turcas y una esponja tan grande como la cabeza de Rosa.
-Al tío debe gustarle el agua fría tanto como a los patos -pensó
Rosa, y se estremeció al solo pensarlo.
Luego su mirada se posó en el alto gabinete, donde la puerta
entreabierta dejaba ver una tentadora serie de cajones, estantes y rinconcitos
que 'tanto apasionan a los chicos.
-¡Que lugar admirable para mis cosas nuevas! - pensó Rosa,
preguntándose que guardaría su tío en aquellos escondrijos.
-¡Oh, que hermosa mesa de toilette! -fue su nueva exclamación
mental, en tanto que se acercaba al sitio misterioso.
Encima colgaba un espejo antiguo y redondo, con un águila dorada
en la parte superior, la cual sostenía en su pico el nudo de la cinta azul
unida a la cortina de muselina que pendía a ambos lados de la mesa, sobre la
cual había pequeños cepillos de mangos de marfil, dos delgados candelabros de
plata, una caja de cerillas hecha de porcelana, varias bandejitas para objetos
diversos, y, lo más interesante de todo, un almohadón azul de seda, bellamente
adornado con encaje y pequeñas rosas en los ángulos.
El almohadón sorprendió un tanto a Rosa; en realidad, toda la
mesa le causó asombro y sonriendo con astucia pensaba:
-El tío es un hombre elegante, pero yo no lo hubiese adivinado
jamás.
Mientras tanto, el tío Alee abrió la puerta de un armario
grande, y moviendo la mano al desgaire dijo
-A los hombres nos gusta tener mucho lugar para nuestras
chucherías; ¿te parece que debo estar satisfecho?
Rosa miro el interior y dio un salto, aunque todo cuanto allí
había era lo que corresponde esperarse en sitio tal: ropas, zapatos, cajas y
valijas. Sí, pero es que las ropas eran saquitos negros y blancos, la hilera de
zapatos y botas que se veía debajo no contenía ninguno de los que alguna vez
calzaron los pies del tío Alec, la caja grande de cartón tenía un velo gris que
salía de ella y la valija que se hallaba colgada en la puerta era la suya
propia, con su agujerito en un ángulo. Entonces paseó con atención la mirada
por el cuarto y comprendió por qué le había parecido demasiado coqueto para un
hombre, porque sobre la mesita de luz estaban su "Testamento" y su
libro de oraciones y que significaban las rositas en los ángulos del almohadón.
Durante un instante de embeleso lo entendió todo y se dio cuenta de que aquel
pequeño paraíso estaba destinado a ella; y entonces, no sabiendo en qué otra
manera expresar su gratitud, se arrojo al cuello del doctor Alee y dijo
impulsivamente
-¡Tío! Usted es demasiado bueno para mí. Haré cualquier cosa que
me pida; montaré caballos salvajes, tomaré baños fríos, comeré platos de gusto
apestoso y dejaré que las ropas me cuelguen en el cuerpo, para demostrarle
cuánto le agradezco este precioso cuarto, tan hermoso, tan encantador...
-¿Te gusta entonces? ¿Pero has pensado por ventura que es tuyo?
-preguntó el doctor Alec, al sentarse visiblemente emocionado y sentar a su
sobrina en las rodillas.
-No lo he pensado, lo sé con certeza; lo leo en su cara, pero
tengo la impresión de que estoy lejos de merecerlo. La tía Jessie me dijo que
usted me mimaría y que no debo permitírselo. Se me ocurre que tuvo razón y tal
vez..., ¡oh, válgame el cielo!, tal vez no debería aceptar este cuarto tan
bello -y Rosa hizo un esfuerzo por denotarse lo bastante heroica como para
rechazar todo aquello.
dicho eso -manifestó el doctor Alec, queriendo fruncir el
entrecejo, aunque en el fondo de su alma sabía que todo estaba bien. Luego
sonrió cordialmente, y su sonrisa fue como resplandor de sol en su rostro
moreno; y dijo:
-Esto es parte de la cura, Rosa, y te ubico aquí para que de ese
modo tomes tres grandes remedios en el estilo mejor y más fácil. Mucho sol,
aire fresco y agua fría; esto aparte de ambiente agradable y algo de trabajo,
pues Febe tiene la obligación de enseñarte a cuidar tu propio cuarto y será tu
pequeña doncella a la par que tu amiga y maestra. ¿Te resulta desagradable la
idea, querida?
-No, señor; muy, pero muy agradable, y haré lo más que pueda
para ser una buena paciente. Pero en realidad no creo que nadie sea capaz de
sentirse enferma en este cuarto encantador -dijo ella, emitiendo un prolongado
suspiro de satisfacción, mientras paseaba la mirada por todos aquellos objetos
tan interesantes.
-¿Entonces te gustan mis medicinas más que las de la tía Myra, y
no estás dispuesta a tirarlas por la ventana?
CAPÍTULO 7
UN VIAJE A LA CHINA
-Ven, querida; aquí tenemos otra receta para ti - -dijo el
doctor Alec, después de, una semana continua de grandes sorpresas-. Sospecho
que no la aceptarás de tan buen grado como la anterior, pero dentro de poco
concluirá por gustarte.
Rosa estaba sentada en su cuartito, donde habría pasado todo el
tiempo si la dejasen; pero levantó la mirada sonriente, pues no le inspiraban
tanto pavor los remedios de su tío y estaba siempre dispuesta aceptar los
nuevos. El último había sido una serie dé herramientas de jardinero, con las
cuales le ayudó a poner en orden los canteros, aprendiendo toda clase de cosas
nuevas y agradables en torno a las plantas mientras trabajaba, pues aunque
había estudiado botánica en la escuela, todo aquello parecía muy aburrido si se
lo comparaba con las lecciones prácticas del tío Alee.
-¿De qué se trata ahora? -preguntó cerrando su neceser sin
murmullo alguno.
-Agua salada.
-¿Y cómo debo tomarla?
-Ponte el nuevo traje que la señorita Hemming mandó ayer, y baja
a la playa; allí te enseñaré.
-Muy bien -dijo la niña muy obediente, agregando para sus
adentros, mientras temblaba al solo pensar en esto-: Es muy temprano para
bañarse, pero algo tendrá que ver con esto aquel bote tan temible.
Mientras se ponía el nuevo traje de franela azul con ribetes
blancos y el sombrerito de marinero con cintas largas dejó de pensar en la
prueba a que pronto se vería sometida, hasta que un silbato estridente la
recordó que su tío estaba esperándola. Atravesó el jardín corriendo y descendió
por el camino que llevaba a la parte de playa comprendida en la propiedad, y
allí encontró al doctor Alee ocupado con un botecito blanco y rojo que se
balanceaba en la marea creciente.
-Este bote es hermosísimo, y "Bonnie Belle" me gusta
mucho como nombre -dijo la niña, procurando
no demostrar lo nerviosa que se sentía.
-Es para ti, de modo que siéntate en la proa y aprende a
guiarlo, hasta que estés en condiciones de aprender a remar.
-¿Todos los botes se sacuden de ese modo? -preguntó ella,
deteniéndose para atarse mejor el sombrerito.
. Sí, se mueven como cáscaras de nuez cuando el mar está
embravecido -contestó su tío, que estaba muy lejos de adivinar los temores de
la chica.
-¿,Está embravecido hoy?
-No mucho; parece un poquito picado por el este, pero estamos
seguros hasta que cambie el viento.
Usted sabe nadar, tío? -preguntó Rosa, aferrándose de su brazo
cuando él le tocó la mano.
-Igual que un pez. Vamos.
-Oh, téngame firme, por favor, hasta que haya entrado. ¿Por qué
ponen la popa tan lejos? -y, ahogando varios gritos de alarma, Rosa se corrió
hasta el asiento distante y se asió con ambas manos, como si creyese que cada
simple ola era precursora de un naufragio.
El tío Alee no prestó mayor atención a su miedo, pero la
instruyó pacientemente en el arte de manejar el timón, hasta que ella se
encontró tan absorbida en fijar en su mente las ideas de babor y estribor que
se olvidó de decir "¡Oh!" cuando las olas grandes golpeaban contra el
bote.
-¿Y adónde vamos ahora? -preguntó; un vientecillo fresco le daba
en pleno rostro y con unos pocos golpes de remo se encontraron en mitad de la
bahía.
-¿Qué te parece si vamos a la China?
-¿No será muy largo el viaje?
-En la forma en que pienso hacerlo, no. Haz que doblemos la proa
y entremos a puerto, y allí tendrás un vistazo ele la China dentro de veinte
minutos mas o menos.
-¡No está mal pensado! -y Rosa quedó pensativa, preguntándose
qué querría decir, mientras disfrutaba en grande ante la vista de aquellos
nuevos espectáculos.
Detrás de ellos, el verde hormiguero de las tías se erguía en
una elevación, y a lo largo de la orilla se veían casas familiares, señoriales,
bonitas o pintorescas. Cuando doblaron la Punta. la aran bahía se abrió ante su
vista llena de embarcaciones y a lo lejos divi- sábase la ciudad, cuyas torres
sobresalían por entre masa de mástiles con alegres gallardetes.
-¿Vamos hacia allí? -preguntó la niña embelesa- da con el
aspecto de aquella ciudad opulenta y activa que jamás había visto.
-Sí. El tío Mac tiene un barco que acaba de venid de Hong-Kong,
y se me ocurrió que te gustaría verlo.
-Claro que sí. Me encanta curiosear en los almacenes con el tío
Mac, porque todo en ellos es tan interesante y nuevo para mí. La China me
apasiona singularmente porque es un país donde usted ha estado.
-Te enseñaré dos chinos legítimos que acaban de llegar. Vas a
encantarte dando la bienvenida a Whang Lo y Fun See.
-No me pida que les hable, tío ; lo más seguro es que me ría de
sus nombres raros, sus coletas y sus ojos rasgados. Usted déjeme correr
alrededor suyo, que será lo mejor.
-Muy bien. Pongamos proa hacia el muelle donde se encuentra el
barco de bandera curiosa. Se llama Rajah. Si se puede, subiremos.
Se metieron por entre los barcos, junto a los muelles' donde el
agua es verde y está quieta y donde crecían barnacles en montones de materias
resbaladizas. Extraños olores saludaron su olfato y su vista contempló aspectos
raros, pero todo esto gustó a Rosa, que se imaginó estar desembarcando en
Hong-Kong mientras subían la escala a la sombra del Rajah. De las bodegas
salían cajones y fardos, que eran transportados a los almacenes por robustos
mozos de cordel, los voceaban llevando de un lado a otro los pesados bultos,
empujando pequeñas vagonetas o haciendo funcionar grúas de garras de acero, que
los elevaban para depositarlos en los sitios donde se abrían puertas como boas,
dispuestas a tragarlos.
El doctor Alee la subió al buque y ella tuvo la satisfacción de
curiosear todos los rincones accesibles, con riesgo de ser aplastada, perderse
o ahogarse.
-Bueno, criatura, ¿qué dirías si hiciésemos un viaje alrededor
del mundo en un barco viejo como éste? -preguntó el tío, mientras se disponían
a descansar unos minutos en la cabina del capitán.
-Me gustaría ver el mundo, pero no en un aparato tan pequeño,
sucio y maloliente como éste. Deberíamos ir en un yate cómodo y limpio ;
Charlie dice que ésa es la verdadera manera de viajar -contestó Rosa,
inspeccionando con mucha atención el camarote.
-No haces honor a tu apellido si no te gusta el olor de la brea
y del agua salada, y Charlie tampoco, con su yate lujoso. Vamos a la orilla y
tendremos un rato de chin-chin con los del Oriente.
Después de atravesar encantada los grandes almacenes, mirándolo
todo, encontraron al tío Mac y el caballero de raza amarilla en su cuarto
privado, donde se veían muestras, regalos, curiosidades y tesoros' acabados de
llegar, todos apilados en agradable profusión y confusión.
En cuanto pudo Rosa se retiró a un rincón, con un dios de
porcelana a un lado y un dragón verde al otro; pero lo más inquietante de todo
era que Fun See estaba sentado en un cajón de té, delante suyo, y tanto la miró
que ella no supo hacia dónde llevar su mirada.
El señor Whang Lo era un caballero anciano vestido a la
americana, con una coleta muy bien arrollada en la cabeza. Hablaba inglés y lo
hacía animadamente y con toda naturalidad durante su conversación con el tío
Mac, y Rosa consideró que como chino era una pifia. Pero Fun See era chino
desde la punta de sus zapatos en forma de junco a su sombrero en forma de
pagoda, pues se había vestido de gala completa, con todo un almohadón de blusas
de seda y sus pantalones anchos.
Era bajo y gordo y se balanceaba cómicamente; sus ajos eran muy
rasgados, como observó Rosa; llevaba largas la coleta y las uñas, tenía cara
gordinflona y brillante y era, en general, lo que se llama un chino de verdad.
El tío Alee le contó que Fun See había ido a completar su
educación y que apenas hablaba un poquito de inglés, de modo que tendría que
ser buena con el chico, el cual era en realidad un muchacho, aunque pareciese
tan viejo como Whang Lo. Rosa dijo que sería buena con el, pero no se imaginaba
cuáles pudieran ser las atenciones que debiese dispensar a su extraño huésped,
el cual parecía escapado de los paisajes de papel de arroz pegados en la pared
y la miraba moviendo la cabeza como un mandarín de juguete. Le costo trabajo
mantenerse seria.
En mitad de su cortes turbación, el tío Mac advirtió que los dos
jóvenes se contemplaban fijamente y al parecer se divertía viendo esta manera
¡le trabar amistades bajo una barrera de dificultades. Tomo una caja de su mesa
y la dio a Fun See con una indicación que pareció complacerlo mucho.
Bajo el chino de su pértiga y se puso a desenvolver el paquete
con gran celeridad y eficiencia, mientras Rosa lo contemplaba preguntándose que
pasaría. Al instante, de uno de los envoltorios salió una tetera y sin poderse
contener palmeó las manos muy divertida, pues el objeto tenía la forma de un
chinito rollizo. Su sombrero era la tapa, su coleta el asa y su nariz el pico.
Estaba paradito con sus zapatos levantados en la punta y la sonrisa en su cara
soñolienta y gordinflona, tan igual a la sonrisa de Fun cuando enseño la
tetera, que Rosa no pudo menos de echar a reír y esto lo alegró muchísimo.
Dos hermosas tazas con tapas y una preciosa bandeja escarlata
completaban el juego. inspirando el deseo de tomar un te aunque fuese a la
usanza china, sin azúcar ni crema.
Una vez que el chino coloco estos objetos en orden sobre la
mesa, delante de Rosa, le indicó por señas que eran suyos, obsequio de su tío.
La niña le devolvió las gracias en igual forma, hecho lo cual el chino se
volvió a su cajón de te y, no disponiendo de otros medios de comunicación, se
sentaron sonriendo y dedicándose inclinaciones de cabeza en forma absurda,
hasta que por último pareció que a Fun se le ocurrió una idea. Descen-diendo de
su asiento, salió de allí todo lo de prisa que permitían sus faldillas, y Rosa
se quedo confiando que no hubiese ido a buscar una rata asada, un perrito en
guiso o cualquier otra comida extranjera que se viese obligada a ingerir por
razones de urbanidad.
Mientras aguardaba el retorno de su nuevo amigo, su mente
atesoro conocimientos que, de saberlo, habrían hecho las delicias de la tía
Juana. Los caballeros hablaban de toda clase de cosas y ella escuchaba con
atención, almacenando cuanto oía, pues poseía buena memoria y anhelaba
distinguirse mediante la mención de datos útiles cuando la reprochasen
ignorancia.
Estaba precisamente procurando meterse bien en el cerebro que
Amoy se hallaba a doscientas ochenta millas de Hong-Kong, cuando Fun regreso
presuroso, trayendo lo que ella creyó que sería una espadita, pero que resulto
ser un abanico inmenso, el cual le fue regalado con una retahila de
cumplimientos chinos, cuyo significado la hubiese divertido mucho más que el
sonido si hubiese podido entenderlos.
Nunca había visto abanico tan sorprendente y en el acto quedo
ensimismada en su contemplación. Por supuesto, no tenía perspectiva ninguna la
pintura, lo cual fue motivo de mayor interés por parte de Rosa. En uno de los
lados se veía una dama con agujas de tejer azules en el cabello, sentada
directamente encima de la aguja de una pagoda impresionante. En otra parte un
arroyo parecía entrar directamente por la puerta principal en la casa de un
señor gordo y salir por la chimenea. Había también una pared en zigzag que
llegaba hasta el cielo como un rayo de luz, y un ave de dos colas empollaba al
parecer sus polluelos en la cabeza de un pescador cuyo barco estaba por
encallar en la luna.
Todo aquello tenía mucho de fascinante, y habría sido capaz de
pasar la tarde entera abanicándose, con gran satisfacción de Fu, si el doctor
Alee, atraída su atención por un mechón de cabello que se je movía con el aire,
no le hubiese hecho notar que era hora de irse. Volvieron a guardar la hermosa
porcelana, Rosa plegó su abanico y con varios paquetes de exquisito té para las
señoras, que el doctor Alee metió en sus bolsillos, se despidieron de los
chinos, no sin que antes Fu les dedicase "tres inclinaciones del cuerpo y
nueve golpecitos", como en su patria suele saludarse al Emperador o Hijo
del Cielo.
-Tengo la misma sensación que si hubiese estado en China, y creo
que se me conoce -dijo Rosa cuando abandonaron el Rajah.
Parecía realmente que así debía ser, pues el señor Whang Lo
habíale regalado una sombrilla china, el tío Alee tenía algunos farolitos para
encenderlos en su balcón y el abanico inmenso estaba en el regazo de la niña, a
cuyos pies se hallaba el juego de té.
-No es malo estudiar así la geografía, ¿verdad? -preguntó el
tío, a quien no paso inadvertida la atención que la chica prestó a las
conversaciones.
-Es muy agradable, y pienso en realidad que hoy he aprendido más
cosas acerca de la China que en todas las lecciones de clase, aunque siempre
contesté con rapidez las preguntas que me hacían. Nadie nos explico nada, de
modo que lo único que recuerdo es que de allí vienen el té y la seda y que las
mujeres tienen pies pequeños. Noté que Fun me miraba los míos; deben haberle
parecido enormes.
Diciendo esto, Rosa se miró sus zapatos repentinamente alarmada.
-Sacaremos los mapas y el globo, y te explicaré algunos de mis
viajes, contándote cosas interesantes mientras recorremos tierras. Fuera de un
viaje verda- dero, eso es lo mejor que se me ocurre.
-Le gusta muchísimo viajar, y se me ocurre que ha de parecerle
aburrido estar aquí, tío. ¿Sabe que la tía Abundancia dice que dentro de un año
o dos habrá vuelto a marcharse?
-Es muy probable.
-¡Oh! ¿Y qué será de mí entonces? -pregunto Rosa, suspirando, en
un tono de desesperación que hizo al tío sonreír placenteramente mientras
decía:
-La próxima vez te llevaré de anclote conmigo. ¿Qué te parece?
-¿De veras, tío?
-De veras, sobrina.
Rosa dio un saltito de alegría y el bote escoro peligrosamente,
dando motivo a que la chica se serenase en el acto. Luego se quedó sentada muy
quieta, tratando de decidir cuál, entre cien que se le estaban ocurriendo,
sería la pregunta que primero hiciese. De pronto el tío Alee, señalando un bote
que se acercaba muy veloz detrás de ellos, dijo
-¡Qué bien rema esa gente! Míralos, y haz observaciones que te
serán útiles muy pronto.
El "Petrel tormentoso" era tripulado por doce
marineros de arrogante aspecto, que exhibían ostentosamente sus camisas azules
y sombreros relucientes, en los cuales se veían estrellas y anclas en todas
direc- ciones.
-¡Qué bien avanzan y eso que son muchachos! Pero si ahora que me
fijo, parecen los nuestros. Sí, veo a
Charlie riéndose a más no poder. Reme, tío, reme... ¡Sí, que nos
alcanzan ya! -gritó Rosa, tan emocionada que estuvo por caérsele al agua su
nueva sombrilla.
-Está bien; vamos -y el impulso de los remos, accionados
rítmicamente, hizo que el '"Bonnie Belle" cortara las olas como una
exhalación.
Los chicos se aplicaron de firme a sus remos, pero el doctor
Alee habría llegado a la Punta antes que ellos, si Rosa, en su arrebato, no lo
hubiera retardado a causa de los tirones que dio a los cabos del timón y justo
en el momento en que enderezaba de nuevo la embarcación no se le hubiese volado
el sombrero. Con esto toco a su -término la regata, y mientras perdieron tiempo
recogiendo el sombrero, el otro bote se aproximó a su borda, con los remos en
alto y los jóvenes remeros dispuestos a armar una baraúnda.
-,Pescó un cangrejo, tío?
-No, una merluza -contesto él, en el momento en que el sombrero,
empapado de agua, era subido a bordo y puesto a secar en un asiento.
-¿Qué han estado haciendo?
-Visitando a Fu.
-¡ Oh, qué bueno, Rosa! Nos imaginamos lo que te habrás
divertido, Rosa. Nosotros tenemos pensado llevarlo a casa, para que nos enseñe
a remontar esa cometa grande, pues no logramos tomarle la mano. ¿Verdad que es
un gran tipo?
-No, es muy pequeño.
-Vamos, no haga bromas y enséñenos lo que se han traído.
-Ese abanico puede hacer de vela.
-Préstale a Dandy tu sombrilla; con tanto sol le arde la nariz.
-Tío, &piensa hacer una fiesta con farolitos? -No, voy a
preparar un festín de pan y manteca, pues es la hora del té. Si esa nube negra
no miente, vamos a tener visita dentro de poco; conviene que te vayas a casa
cuanto antes, pues de lo contrario tu madre va a estar preocupada, Archie.
-¡Atención, timonel! Adiós, Rosa; ven a menudo y te enseñaremos
todo lo que puede aprenderse acerca de remo -fue la modesta invitación de
Charlie.
Entonces los botes se separaron, y por encima del agua, desde el
"Petrel tormentoso ", llegó hasta los oídos de Rosa una poesía, de
esas que se llaman "sin ton ni son", que los chicos cantaban gozosos.
¡Oh, Timbalú, dichosos somos!
Vivir es fácil, sabiendo cómo.
La noche es larga, la tarde vuela;
Avanza el barco a toda vela.
Cantemos alegres la dulce canción,
Chiripi ripí, chiripi ripón.
Mañana es domingo, es día de fiesta;
Si aquél tiene sueño, que duerma la siesta.
Boguemos, boguemos, que llegan las aves
y vienen de lelos siguiendo las naves.
CAPÍTULO 8
QUÉ VINO A RESULTAR
-Tío, ¿puede prestarme nueve peniques?. Se los devolveré en
cuanto tenga dinero mío -dijo, Rosa, entrando de prisa en la biblioteca aquella
tarde.
-Creo que puedo, y no te cobrare interés; de modo que no es
necesario que te des prisa por pagarme. Ven aquí atrás y ayúdame a arreglar
estos libros, siempre que no tengas algo más agradable que hacer -le contestó
el doctor Alec, entregando el dinero con esa presteza que tanto deleita cuando
los prestamos son pequeños.
-Vengo dentro de un minuto; he estado deseando arreglar mis
libros, pero no me atreví a tocarlos, porque usted siempre pone mala cara
cuando leo.
-Pondré mala cara cuando escribas, si no procuras hacerlo mejor
de lo que has hecho este catálogo.
-Se que está mal, pero estaba apurada cuando lo hice, y ahora
también- y dicho esto, Rosa salió presurosa, feliz por haberse librado de un
sermón.
Pero el sermón la esperaba a su regreso, pues el tío Alee seguía
mirando la lista de libros con las cejas fruncidas y pregunto con mal gesto,
señalando un titulo que parecía estar por salirse de la página
-¡Que dice aquí? ¿"Perdices Servidas"?
-No, tío; dice "Paraíso Perdido".
-Bueno, me encanta saberlo, porque estaba pensando si te habría
dado por instalar un restaurante o cosa parecida. ¿Y que es esto, por favor?
¿"Pedazos de Tacos"? Eso es lo que yo leo.
-No, son los "Ensayos de Bacon" -dijo Rosa, con aire
de inteligente, después de mirar un instante los garabatos.
-Al parecer, la señorita Power no enseñaba escritura, tal vez
porque pensaba que era cosa antigua. Mira esta notita que me dio la tía '
Abundancia, y fíjate que hermosa caligrafía. Fue a una escuela de niñas y
aprendió bien un sinfín de cosas útiles; y me tomo la libertad de opinar que
eso es mucho mejor que media docena de las llamadas disciplinas superiores.
-Bueno, puedo asegurarle que fui una chica despierta en mi
clase, y todo lo que me enseñaron lo aprendí perfectamente. Luly y yo éramos
las primeras del aula y nos elogiaban mucho por nuestros conocimientos de
francés, música y otras cosas -replicó Rosa, un poco ofendida por la critica
del tío.
-Sin duda; pero si de gramática francesa no estabas mejor que de
la inglesa, me atrevo a decir, querida, que los elogios no eran merecidos.
-No, tío; nosotras estudiábamos gramática inglesa, y analizaba
oraciones sin equivocarme. La señorita Power solía tenernos como niñas modelo
cuando venían gentes. Sé que hablo tan correctamente como la mayoría de las
chicas.
-Sí, si... ; pero somos demasiado descuidados en nuestro propio
idioma. Ahora mismo acabas de emplear algunas expresiones que no están bien:
"niñas modelo % "correctamente", "gentes".
Rosa se mordió los labios y no tuvo más remedio que admitir que
su tío tenia razón.
-Vamos a tener que modificar algo tu manera de hablar. Una cosa,
Rosa; no pretendo que me tomes por modelo en nada, y puedes corregirme en
gramática, urbanidad y moral siempre que compruebes que estoy equivocado, y por
cierto que he de agradecértelo. De tanto andar por el mundo me he vuelto
descuidado; pero deseo que mi niña tenga una educación esmerada, aunque durante
todo un año no estudie más que las cosas muy elementales. Piano piano si va
lontano.
Hablaba tan en serio y parecía tan afligido por haberla
humillado, que Rosa se sentó en el brazo de su sillón y le dijo con aire de
penitente:
-Lamento haberme enojado, tío, cuando debí darle las gracias por
tomarse tanto interés por mi. Creo que tiene razón en eso de ir lentamente al
principio, pues solía entender las cosas mucho mejor cuando papá ene daba
lecciones que después, cuando la señorita Power me hacia pasar sin detenerme
por tantos asuntos distintos. Debo confesar que en la cabeza se me creaba tal
confusión de francés, alemán, historia, aritmética, gra-mática y música, que a
veces creí que no daba más. No me sorprende que me haya dolido.
Pensando en aquella confusión, llegó a sospechar que en ese
momento le daba vueltas la cabeza.
-Sin embargo, esa escuela es tenida por muy buena, y a mi juicio
lo habría sido si la docta maestra no hubiese creído necesario atiborrar a sus
alumnas, rellenándolas como pavos de Navidad, con tanta sabiduría dispersa, en
vez de darles lo que puede ser una nutrición espiritual sana y lógica. Es lo
malo que tienen la mayoría de las escuelas de nuestro país, y las cabecitas
infantiles seguirán doliendo oliendo hasta que el sistema de estudio sea mejor.
Esto de dar sermones era una de las aficiones mayores del tío
Alee, y Rosa temió que entrase en una disquisición interminable; pero el hombre
se contuvo e imprimió a sus ideas un giro nuevo, diciendo de pronto, al tiempo
que extraía del bolsillo una cartera abultada
-El tío Mac ha puesto sus asuntos en mis manos, y aquí tienes tu
dinero del mes. Supongo que llevas tus propias cuentas, ¿verdad?
-Gracias. Sí, el tío Mac me dio un libro de cuentas cuando yo
iba a la escuela y anotaba mis gastos, pero no pude entenderme bien, porque los
números son una de las cosas para las cuales soy muy torpe -dijo Rosa, buscando
en su escritorio un libro manoseado, que sintió vergüenza de enseñar después
que lo encontró.
-Pues bien, como los números tienen gran importancia para la
mayoría de nosotros, y es posible que un día tengas que llevar muchas cuentas,
¿no te parece que lo más acertado sería empezar ahora mismo y así aprendes a
manejar los peniques antes de que las libras lleguen a darte mucho trabajo?
-Creí que usted cargaría con todo ese enredo y cuidaría de las
libras, como suelen decir generalmente. ¿Hace falta que me ocupe de eso?
¡Aborrezco tanto las sumas!
-Me encargaré de las cosas hasta que tú seas mayor
de edad, pero he querido decir que debes saber cómo son
administrados tus bienes, y hacer cuanto puedas desde el comienzo mismo; de ese
modo, no tendrás que depender de la honestidad ajena.
-¡Dios mío! ¡Cualquiera diría que no fuese capaz de confiarle
ciegamente millones de millones, si los tuviese! -exclamó Rosa, escandalizada
al sólo pensar en esto.
-Muy bien, yo podría sentir una tentación en cualquier momento.
A los tutores les ocurre a veces. De modo que lo mejor es que no me quites la
vista de encima, y para que puedas hacerlo es indispensable que aprendas estas
cuestiones -contestó el doctor Alee, mientras hacía un asiento en su libro muy
bien cuidado.
Rosa miro por encima de su hombro, y revolvió en su cerebro el
enigma aritmético que se le presentaba a la vista.
-Tío, cuando suma los gastos, ¿descubre siempre que tiene más
dinero del que tenía al principio?
-No, por lo común descubro que tengo mucho menos que al
comienzo. ¿Te preocupa eso que acabas de decir?
-Sí, es curiosísimo, pero es que nunca logré entenderme con las
cuentas.
-Tal vez pueda ayudarte -dijo el tío Alee en tono respetuoso.
-Desearía que lo hiciese, pues si tengo que llevar cuentas
alguna vez, casi conviene más que empiece ahora como es debido. Pero no se ría,
por favor. Sé que soy muy torpe, y mi libro está a la miseria, porque siempre
me enredo en estas cosas.
Con mucha vacilación, Rosa exhibió su libro de cuentitas.
Era sin duda bondadoso el tío Alee, pues no se rió; y Rosa se
sintió muy agradecida al oírle decir, como una sugerencia suave -Veo que están
un poco mezclados los peniques y los chelines; tal vez, si los enderezo un
poco, empezaremos a encontrar cositas.
-Hágalo, por favor, y luego, enséñeme en una hoja limpia la
manera de anotar las cifras, para que las mías queden tan limpias y ordenadas
como las suyas.
Mientras observaba Rosa la facilidad con que el hombre
enderezaba aquel enredo, resolvió íntimamente buscar su viejo libro de
aritmética y perfeccionarse en las cuatro reglas, con un buen repaso de
fracciones, antes de leer nuevos cuentos de hadas.
-¿,Soy rica, tío? -preguntó de pronto, al tiempo en que el
hombre copiaba una columna de cifras.
-Más bien pobre, a mi juicio, ya que has tenido que pedir
prestados nueve peniques.
-La culpa es suya, porque se olvidó de mi cuota para pequeños
gastos; pero ¿le parece que ahora seré
-Temo que sí.
-¿Teme?
-En efecto; porque mucho dinero es mala cosa. -Puedo regalarlo,
¿sabe?; esa es precisamente la mayor ventaja de tener dinero.
-Me encanta que lo pienses, pues puedes hacer mucho bien con tu
fortuna si sabes emplearla debidamente.
-Usted me enseñará, y cuando sea mujer pondré una escuela en que
no se enseñe más que leer, escribir y cuentas, donde todos los chicos se
alimenten de avena y las chicas tengan cinturas de un metro de ancho - dijo
Rosa, cuyas mejillas se ahuecaban en una repentina sonrisa burlona.
-Eres una impertinente, por venirme con esas pullas en mitad de
mi primer intento de enseñanza. Pero no importa, ya te buscare una dosis más
amarga la próxima vez.
-Adiviné que usted quería reír un poco, y por eso lo hice. Pero
me portare bien, maestro, y haré mis ejercicios muy bien hechos.
El doctor Alee se distrajo, como al parecer deseaba, y Rosa se
sentó a escuchar una lección de cuentas que no había de olvidar jamás.
-Ven aquí y léeme en voz alta; tengo la vista cansada, y es
agradable sentarse junto al fuego mientras afuera cae la lluvia y la tía Juana
sermonea arriba -dijo el tío Alee después de haber puesto en orden las cifras
del mes anterior y empezar la nueva página.
A Rosa le agradaba leer en voz alta, y con gran alegría le hizo
escuchar el capítulo de "Nicolás Nickleby" en que las señoritas
Kengwigs toman su lección de francés; realizó el mayor esfuerzo posible,
consciente de que el tío le buscaría fallas y deseosa de causar buena impresión
en esto como en todo lo demás.
-¿Sigo, señor? -preguntó mansamente después que concluyó el
capítulo.
-Si no estás cansada, sí; es un placer escucharte, porque lees
admirablemente bien -fue la respuesta, de la cual no pudo menos de sentirse
orgullosa y halagada.
-¿Lo cree de veras, tío? ¡Que contenta estoy! Papá me enseñó, y
solía leerle horas enteras; pero pensé que tal vez a el le gustaba porque me
quería mucho.
-También yo te quiero; pero lees extraordinariamente bien, y me
satisface mucho que así sea, pues es condición muy rara y que aprecio en cuanto
vale. Ven aquí a esta sillita baja; hay mejor luz, y puedo darte unos
tironcitos de cabellos cuando corras demasiado. Ya veo que tu tío encontrará en
ti un gran consuelo y un motivo de orgullo cuando sea muy viejo.
El doctor Alee la acercó hacia sí y su mirada y el tono de su
voz fueron tan paternales que tuvo la sensación de que sería facilísimo amarlo
y obedecerlo, ya que con tanta habilidad mezclaba reproches y alabanzas.
Cuando llegó a su fin otro capítulo, el ruido producido por las
ruedas de un carruaje les anunció que la tía Juana estaba por salir. Sin
embargo, antes que pudieran ir a su encuentro, apareció ella en la puerta,
envuelta en un impermeable que le. daba un extraño aspecto de momia alargada y
con anteojos que brillaban como ojos de gato desde las profundidades de su
capucha.
-¡Lo que imaginé ! Acariciándola para que se eche a a perder, y
obligándola a quedarse leyendo estupideces hasta muy tarde. Confío, Alee, que
no dejarás de reconocer la responsabilidad que has aceptado -le dijo, sin
disimular su satisfacción de ver que las cosas iban mal.
-Hermana Juana, tengo el convencimiento de que no pierdo de
vista mi situación -le contestó el doctor Alee, elevando cómicamente los
hombros y mirando de reojo la carita brillante de Rosa.
-Es una pena hacer que una chica como Rosa pierda de ese modo
horas que no vuelven. Mis hijos, por ejemplo, han estudiado todo el día y Mac
está dedicado aún a sus libros, mientras que estoy segura de que tú no has
estudiado nada desde que viniste.
-Hoy he aprendido una lección estupenda, tía -fue la inesperada
respuesta de Rosa.
-Me alegra oírlo. ¿Y de qué ha sido esa lección, si puede
saberse?
Rosa puso gesto muy serio al contestar -Navegación, geografía,
gramática, aritmética y manera de dominar el genio.
-Curiosas lecciones, sin duda. ¿Y qué es lo que has sacado en
limpio de esa extraña mescolanza?
La malicia asomó a los ojos de Rosa en forma de chispas. Mirando
significativamente a su tío, dijo:
-Todo no puedo contárselo, tía; pero he reunido algunos detalles
útiles acerca de la China, donde hay cosas
que le gustarían, especialmente los tés. De éstos, los mejores
son Lapsing Souchong, Assam Pekoe, Ankoe raro, Pekoe florido, mezcla Howqua,
Caper aromático, Padarl, Congou negro y Twankey verde. Shanghai está en el río
Woosung, Hong-Kong significa "isla de aguas dulces" y Singapur es
"ciudad del león". "Chops" son los botes grandes en que la
gente vive dentro y el té lo beben en platitos. Los productos principales son
porce-lana, té, canela, chales, estaño, tamarindos y opio. Tienen templos
hermosos y dioses muy extraños; y en Cantón está la Morada de los Cerdos
Sagrados, catorce en total, muy grandes y todos ciegos.
Fue enorme el efecto de esta notable explosión, en especial el
del último hecho consignado. La tía Juana se achicó por completo, pues aquello
era tan inesperado y repentino que no acertó a decir una sola palabra. Los
anteojos siguieron fijos en Rosa durante un momento, y luego, después de
musitar una exclamación, la buena señora se dirigió a su coche y se alejó algo
atónita y muy conturbada.
Es posible que su emoción hubiera sufrido un vuelco si hubiese
visto a-su alocado cuñado bailando una polea con Rosa en el vestíbulo, pues tal
es la forma en que conmemoraron el haber conseguido silenciar las baterías
enemigas.
CAPÍTULO 9
EL SECRETO DE FEBE
Por qué no haces más que sonreír sola, Febe? -preguntó Rosa una
mañana en que ambas trabajaban juntas, pues el doctor Alee consideraba que los
quehaceres domésticos son la mejor gimnasia y Rosa tomaba lecciones de Febe en
lo tocante a barrer pisos, sacudir el polvo y hacer las camas.
-Estaba acordándome de un secretito que conozco y me sonreí sin
querer.
-¿Lo conoceré alguna vez?
-Supongo que sí. -¿Y me gustará?
-¡Oh! ¡Cómo no ha de gustarle!
-¿Sucederá pronto?
-Esta misma semana.
-¡Ya sé lo que es! Los chicos piensan quemar fuegos artificiales
el cuatro de julio y me deparan una sorpresa. ¿Es eso?
-Así dicen.
-Bueno, puedo esperar. Dime sólo una cosa. ¿Está el tío en ello?
-Claro que sí. No estando él, no hay nada divertido.
-Entonces está bien, y tengo la certeza de que será lindo.
Rosa salió al balcón para sacudir las alfombras, y después de
aporrearlas bien, las colgó en la baranda para que se aireasen. Mientras tanto,
se entretuvo en mirar sus plantas. Había varios jarrones y macetas altas, y el
sol y la lluvia de junio habían obrado maravillas con las raíces y retoños
plantados. Dondiegos de día y nasturcias corrían por los hierros, con prisa por
florecer. Madreselvas y enredaderas de varias clases trepaban desde el piso
bajo en busca de sus hermosas vecinas, y dondequiera que tenían sitio para
asirse alar-gaban sus brotes, que pendían como festones verdes.
Las aguas de la bahía danzaban bajo la caricia solar, un viento
fresco mecía los castaños arrancándoles un ruido grato, y el jardín de la
planta baja estaba lleno de rosas, mariposas y abejas. Los pájaros en su gloria
gorjeaban y piaban, realizando gozosos la tarea de constructores y a lo lejos
gaviotas de blancas alas descendían y rozaban el agua como barcos
entrecruzándose con otras aves mayores.
-¡Oh, Febe, tenemos un día encantador! Me gustaría que tu
hermoso secreto se materializase en un día así. Siento deseos de disfrutar, ¿y
tú? -preguntó Rosa, que movía los brazos como si estuviese por echar a volar.
-Esa sensación la experimento muy a menudo, pero no tengo más
remedio que esperar el momento adecuado, y por mucho que desee diversión, no
dejo de trabajar. Bueno, deja pasar un momento para que el polvo caiga, y pueda
concluir. Voy a meterle mano a la escalera.
Dicho esto, Febe se alejó con la escoba, cantando al salir. Rosa
se apoyó como pudo y se puso a pensar en lo mucho que había disfrutado
últimamente, pues la jardinería prosperaba a las mil maravillas, aprendía a
nadar y a remar, y continuamente tenía paseos a pie y en coche, horas de
quietud dedicadas a la lectura o a la charla con el tío Alee y, por sobre todo
eso, el dolor y el ennui la molestaban muy rara vez. Disponía del día entero
para trabajar y jugar y de noche dormía como un lirón, gozando la vida con el
espíritu de una niña sana y dichosa. Distaba mucho de ser fuerte como Febe y
tener su misma salud, pero iba tirando; las mejillas que fueron pálidas se
habían teñido de color, las manos eran morenas y rollizas y el cinturón ya no
estaba tan suelto. Nadie le hablaba de su salud y ya no recordaba que su
constitución era endeble. No tomaba más que los tres grandes remedios del tío
Alee, y parecía que le hacían mucho bien. La tía Abundancia dijo que eran las
píldoras; pero como la nueva dosis no fue seguida por otra, cabe suponer que la
anciana se equivocaba.
Rosa hacía juego con su nombre, y en esto pensó sonriéndose al
reflexionar en un secreto más venturoso que todos los que Febe pudiera tener,
un secreto del cual no tuvo conocimiento hasta poco antes, el secreto de la
buena salud.
-Mírale el vestido de satén
-dijo el duendecito-
pañuelo que le cubre hasta la sien
sus zapatitos,
dijo en la parte baja una voz, al tiempo en que una rosa enorme
subía volando y le rozaba las mejillas.
-¿Que sueña la princesa ahí arriba en su jardín colgante? -dijo
el tío Alee, apartando al mismo tiempo un dondiego.
-Estaba pensando que me gustaría hacer algo agradable, ya que el
día es tan hermoso; algo muy interesante y nuevo, pues el viento me da bríos y
alegría.
-¿Que te parece si vamos a remar un poco hasta la isla? Pensé
dejarlo para la tarde, pero si prefieres ahora, podemos salir en seguida.
-Es muy buena idea. Vendré dentro de quince minutos, tío.
Primero estoy obligada a poner rápidamente en orden las cosas de mi cuarto,
porque Febe -tiene mucho que hacer.
Rosa recogió las alfombras y desapareció, y el doctor Alee se
dijo, entre sonrisas de indulgencia
-Es posible que algo se desarregle un poco, pero los chicos
disfrutan mucho más si se les permite hacer las cosas cuando quieren.
Nunca un plumero se movió con más fuerza que el que aquella vez
sacudía Rosa y jamás un cuarto fue puesto en orden en menos tiempo. Las mesas y
sillas volaban a sus sitios como si estuviesen animadas de vida; las cortinas
se sacudían igual que si las agitaran ráfagas de viento; las piezas de
porcelana chocaban entre sí y los artículos pequeños se daban vuelta como si
fuesen meros juguetes de un intenso terremoto. El traje de remo estuvo puesto
en un santiamén, y Rosa salió dando saltos, sin soñar ni remotamente cuántas
horas pasarían hasta que volviese a ver su cuartito.
El tío Alee estaba colocando una cesta grande en el bote cuando
la niña llegó, y antes de que emprendiesen la travesía apareció Febe corriendo,
con un bulto extraño y anudado, envuelto en tela impermeable.
-No vamos a poder comer la mitad de esas cosas, y me parece que
no hace falta recargar el barco de ese modo -dijo Rosa, a quien el agua seguía
imponiendo un cierto respeto todavía.
-¿No has podido hacer un paquete más pequeño, Febe? -preguntó el
tío Alee, mirando el fardo con suspicacia.
-No, señor; con la prisa no me ha sido posible -dijo Febe
riendo, al tiempo que arrojaba dentro del bote una bola gruesa.
-Eso estará bien para lastre. No olvides mandar la nota que te
deje para la señora Jessie.
-No, señor; la mandare en seguida -y Febe subió corriendo la
cuesta de la orilla como si sus pies tuviesen alas.
-Primero echaremos un vistazo al faro, pues nunca has estado
allí y vale la pena verlo. Cuando hayamos liquidado esa parte apretará el
calor, y tendremos que comer bajo los árboles de la isla.
Rosa estaba dispuesta a todo y se encantó ¿con la visita al faro
de la Punta; lo que más le gustó fue subir las estrechas escaleras y entrar en
la lámpara enorme. Se quedaron mucho rato, pues parecía que el doctor Alee no
tenía prisa por marcharse y pasaba el tiempo mirando con su largavista, como si
desease descubrir en mar o tierra alguna cosa notable. Eran más de las doce
cuando llegaron a la isla, y desde mucho antes Rosa empezó a sentir apetito.
-¡Esto sí que es hermoso! -dijo, echada plácidamente en el suelo
y comiendo sándwiches bajo un viejo manzano-. ¡Cómo me gustaría que los chicos
estuviesen aquí! ¿No será espléndido tenerlos con nosotros durante todas sus
vacaciones? Pero, ahora que pienso, las vacaciones empiezan hoy, ¿no es verdad?
¡Ah! Si lo hubiese recordado antes, los habríamos invitado.
-Sí, pudimos hacerlo. La próxima vez no tendremos anta prisa. Lo
malo es que querrán decapitarnos cuando se enteren -dijo el doctor Alee,
mientras sorbía una aza de té frío.
-Tío, fíjese ese olor. ¿No parece que estuviesen :'riendo algo?
-dijo Rosa una media hora más tarde, mientras guardaba los sobrantes del
almuerzo.
-Tienes razón. Diría que fríen pescado.
Durante un instante los dos olisquearon el aire, como os perros
en acecho; luego el doctor Alee se puso en pie de un salto y dijo con energía
-Eso es inadmisible. Nadie puede meterse en esta isla sin
permiso. Necesito ver quién tiene la osadía de freír pescados en mi propiedad.
Tomando el cesto con una mano y el fardo con la otra, se alejó a
largos trancos en la dirección indicada por el olor traicionero, con una
expresión de enorme fiereza y seguido por Rosa, que se cubría del sol con la
sombrilla.
-Somos Robinsón Crusoe y su indispensable ayudante, y vamos a ver
si ya han llegado los salvajes -dijo ella al instante, pues a su fantasía
acudían con presteza todas esas viejas historias que tanto deleitan a los
niños.
-¡Ahí los tenemos! Dos tiendas de campaña y dos botes. Los
bribones han venido a divertirse; no cabe duda.
-Han dejado huellas -dijo el doctor Alee, señalando las cabezas
y colas de pescado tiradas entre la hierba.
-Allí hay más -agregó Rosa, riendo y señalando un rojizo montón
de algo que bien podía ser langostas.
-Es probable que los salvajes estén devorando sus víctimas en
las tiendas. ¿No oyes como raspan los cuchillos?
-Deberíamos arrastrarnos por el suelo y mirar cautelosamente.
Robinsón tenía siempre gran cuidado, y el criado le daba unos sustos atroces
-dijo Rosa, para quien todavía el asunto era broma.
-Este Robinsón se va a tirar sobre ellos sin atender a las
consecuencias. Si muero y me comen, tomas la cesta y echas a correr al bote. En
ella tienes provisiones para todo el viaje de regreso.
Dicho esto, el tío Alee se dirigió a la entrada de la tienda y
arrojando el fardo como si fuera una granada, dijo con voz de trueno:
-¡Rendíos, piratas!
Se oyó el estrépito del fardo al caer, un ruido de cuerpos que
se movían y los gritos de los salvajes, que le hacían frente valerosamente,
blandiendo cuchillos, tenedores, huesos de pollo y jarritos de hojalata.
-¡Ha venido demasiado pronto! Todavía no estamos listos. Nos ha
estropeado la combinación. ¿Dónde está Rosa?
-Aquí estoy -contestó la niña con voz semiahogada, y la vieron
sentada en el montón de trajes de baño de franela roja, que había tomado
equivocadamente por langostas y donde vino a caer en medio de la risa provocada
por el descubrimiento de que los piratas no eran otros que sus divertidos
primos.
-¡Son incorregibles! ¿Qué es eso de aparecérseme de pronto en
forma tan ridícula, sabiendo que siempre me lo creo todo porque no estoy
acostumbrada a esta clase de travesuras? El tío es igual de perverso que
ustedes -añadió Rosa mientras la rodeaban los chicos, y su tono era a medias
burla y a medias reprimenda, pues no dejó de hacerle gracia la doble sorpresa.
-Creí que no vendrías hasta la tarde, y mamá ya habría llegado
para darte la bienvenida. Ahora todo
está enredado, excepto la tienda, pues lo primero que hicimos
fue ordenar las cosas bien, para que tengas sitio y ocasión de vernos
trabajando -dijo Archie, que como de costumbre hacía los honores.
-A Rosa se le metió en el cerebro, como dice Debby, que algo nos
traíamos entre manos, y quiso salir en seguida. Por eso la dejé venir, pero la
hubiese retenido una hora más si el olor del pescado no los hubiesen delatado
-explicó el tío Alce, pasando del Crusoe enfurecido al hombre afable que de
ordinario era.
-Como este asiento está un poco húmedo, creo que voy a
levantarme -dijo Rosa, cuando la emoción cedió un poco.
Varias manos se alargaron para ayudarla, y Charlie dijo, al
tiempo que con un remo extendía las prendas escarlata sobre el musgo.
-Hemos nadado mucho antes de comer, y dije a los mocosuelos que
extendiesen estas cosas bien para que se secaran. Confío que habrás traído tus
ropas, Rosa, pues ahora perteneces a la tribu de las Langostas, ¿sabes 1, y no
sueñas lo que vas a divertirte cuando te enseñemos a sumergirte, flotar y
dominar el agua.
-No, yo no he... -empezó a decir Rosa, pero la interrumpieron
los mocosuelos (o sea Will y Geordie), que aparecieron trayendo el bulto
enorme, tan desecho a causa del golpe, que se veía un traje rojo saliéndose por
uno de los lados y una blusita azul por el otro, mientras que la bola pesada
resultó ser un estuche de toilette, zapatos de goma y un jarro de plata.
-¡Esa pícara de Febe! De modo que éste era su secreto, y todas
estas cosas las envolvió después que baje al bote -dijo Rosa, con ojos
chispeantes.
-Se me ocurre que algo se ha roto dentro, pues saltó un pedazo
de vidrio -explicó Will, al dejar el fardo a sus pies.
-Si saben de una chica que salga de paseo sin llevar un espejo,
me avisan -dijo Mac, con masculino desprecio-. Entre todos nosotros no tenemos
ni uno solo.
-Dandy tiene uno -lo interrumpió Geordie, moviendo un dedito
acusador en dirección a Esteban, el cual no tardó en hacerlo callar con un
golpe que le dio en la cabeza con el palo de su tambor, pero no sin que antes
agregase : -Lo vi retocándose la cabellera detrás de un árbol después del baño.
-Vengan, holgazanes; vamos a trabajar, porque de lo contrario no
tendremos las cosas preparadas cuando llegue mamá. Lleva las cosas de Rosa a su
tienda y explícale los detalles. Príncipe. Mac y Esteban, vayan a buscar el
resto de la paja. Y ustedes, los pequeños, limpien la mesa, si han concluído de
tragar. Tío, por favor, quisiera que me aconsejara acerca del terreno que
podemos tomarnos cada uno y el sitio en que debemos instalar la cocina.
Todos obedecieron al Jefe, y Rosa fue acompañada a su tienda por
Charlie, el cual quedo destinado a su servicio. Le encantó su sitio, y mucho
más se alegró al conocer el programa, que le fueron revelando mientras
trabajaban.
-Siempre hacemos camping en un sitio u otro durante las
vacaciones, y este año hemos pensado probar la isla. Está a mano, y desde aquí
nuestros fuegos artificiales se verán mucho mejor.
-¿Vamos a quedarnos hasta el cuatro de julio? ¡Tres días enteros
l ¡Oh, oh! ¡Que parranda!
-Pues debes saber que a menudo estamos fuera durante una semana,
nosotros los grandes; pero este año han querido acompañarnos los pequeños y se
lo hemos permitido. Nos divertimos mucho, como pronto verás, pues hacemos una
cueva y jugamos a Capitán Kid, con naufragios, carreras y toda clase de
distracciones. Archie y yo somos un poquitito crecidos para esas cosas
-siguió diciendo Charles, recordando de pronto sus dieciséis
años-; pero lo hacemos por los nenes.
-Nunca pensé que los muchachos se divirtieran tanto. Hasta ahora
no me pareció que sus juegos tuviesen interés. Aunque tal vez eso se deba a que
en realidad no trabé amistad con muchachos, o que ustedes son excepcionales
-dijo Rosa, insinuando levemente un o elogio que surtió mucho efecto.
-Sin duda formamos un conjunto de chicos bastante despiertos;
pero además disfrutamos de. ventajas apreciables. En primer lugar, constituímos
una tribu entera; por otra parte, nuestra familia hace años y años que vive
aquí, y -tenemos mucha "pasta", lo cual nos permite mantener un tren
de vida envidiable respecto de tantos otros y hacer lo que se nos antoja. Allí,
señora, puede colgar su espejo roto en aquel clavo y peinarse todo lo
coquetamente que se le antoje. Puedes elegir entre una frazada azul o roja y
una almohada de paja o un cojín de aire para tu cabeza, lo que prefieras.
Adórnate cuanto gustes y haz de cuenta que eres una india en su wigwam, pues
este rincón ha sido destina-do especialmente para ustedes las mujeres y nunca
cruzamos la línea que está trazando el tío sin obtener permiso antes. ¿Puedo
hacer por ti algo más, primita?
-No, gracias. Me parece que para lo demás puedo esperar a que
venga la tía, y mientras tanto los ayudare, si me lo permiten.
-Muy bien. Ven a ocuparte de la cocina. ¿Sabes hacer comidas?
-preguntó Charlie, conduciéndola al hueco entre rocas donde Archie estaba
levantando un toldo con tela de velas.
-Se hacer te y tostadas.
-Bueno, entonces te enseñare a freír pescado y preparar chowder.
Ordena bien esas sartenes y cazuelas y arréglalo todo un poco, porque la tía
Jessie quiere a toda costa hacer algo, y deseo que todo este impecable cuando
llegue.
A eso de las cuatro el campamento estaba ordenado y los
trabajadores fatigados se sentaron en la Roca Mirador para ver si se divisaban
Jessie y Jamie, que nunca se soltaba del delantal de la mamá. Parecían una
bandada de azulejos, todos vestidos de marino, y con tanta cinta azul volante
en cada uno de los sombreros como para poner una mercería. Eran azulejos muy
musicales, pues todos cantaban y el eco de sus voces alegres llegó a los oídos
de la señora Jessie mucho antes de que pudiese verlos.
Justo en el instante en que el bote apareció a la vista, izaron
la bandera de la isla y los marineros vivaron entusiastamente, como hacían en
todo momento propicio, cumpliendo con su tradición de buenos patriotas. Esta
salutación fue contestada por una mano que agitaba en alto un pañuelo y la voz
que decía "¡Ra! ¡ Ra! ¡ Ra! ", voz perteneciente a un marinerito que
estaba erguido en la popa, agitando el sombrero, mientras una mano maternal lo
tenía bien sujeto por la espalda.
El desembarco de Cleopatra, al descender de su galera de oro, no
fue nada en comparación con las aclamaciones de entusiasmo con que la
"mamita" fue llevada a la -tienda por aquellos chicuelos, por amor a
los cuales se resignó sonriente a sufrir incomodidades durante tres días. Jamie
se unió en el acto a Rosa, asegurándole que podía contar con su protección
contra los infinitos peligros que pudieran presentársele.
Sabedora, a través de su larga experiencia, que los chicos
tienen siempre hambre, la tía Jessie no tardó en proponer que cenasen, y se
dedicó a preparar la comida, envolviéndose en un delantal enorme y poniéndose
en la cabeza un viejo sombrero de Archie. Rosa ayudó y trató de ser tan lista
como Febe, aunque el estilo peculiar de mesa dificulto la tarea. Por último
quedó todo en orden, y un conjunto animoso se sentó bajo los árboles a comer y
beber, sin cuidarse de respetar los platos y tazas ajenos y sin que les causara
desazón la aparición frecuente de hormigas y arañas en los lugares que menos se
prestan para ser adornados por esta clase de insectos.
-Nunca hubiese creído que lavar la vajilla habría de gustarme
tanto como me gusta, pero así ocurre - dijo Rosa, al sentarse en un bote
después de la cena, a para enjuagar por la borda los platos, voluptuosamente
mecida por las olas.
-Mamá tiene cosas muy raras -dijo Geordie, que estaba sentado en
un bote vecino-. Nosotros solamente los fregamos con arena y luego los
repasamos con un pedazo de papel; y creo que es el mejor sistema.
-i Cómo le gustaría esto a Febe! ¿Por que no la habrá invitado
el tío?
-Creo que hizo la prueba, pero Debby estaba enojadísima y dijo
que no podía prescindir de ella. Lo siento, porque a todos nos agrada Febe y
aquí estaría a sus anchas, ¿no es verdad?
-Tiene derecho a una vacación, como todos nosotros. Es una pena
no haberla traído.
Esto último fue idea de Rosa, y varias veces la revolvió en su
cerebro aquella noche, pues Febe habría contribuído eficazmente al concierto
que realizaron a la luz de la luna, habría disfrutado con los cuentos que
relataron y tomado parte en las adivinanzas, y se ha-bría reído muchísimo. Lo
más hermoso de todo habría sido al acostarse, pues a Rosa le hubiese encantado
tener alguien con quien acurrucarse bajo la frazada azul, para reírse y decir
secretos en voz baja, lo cual divierte tanto a las chicas.
Cuando los demás hacía un rato que se habían dormido, Rosa
seguía despierta, emocionada por la novedad que aquello le ofrecía, y de pronto
se le ocurrió una idea. A lo lejos oyó que un reloj daba las doce; una estrella
grande, como un ojo avizor, parecía espiar por la abertura de la tienda, y el
murmullo de las aguas al chocar contra la orilla de la isla era como una
invitación. La tía Jessie dormía a pierna suelta, con su pequeño Jamie
enrollado a los pies, y ninguno de los dos hizo el menor movimiento mientras
Rosa, después de ponerse una ropita de abrigo, salió a ver que tal aspecto
tenía el mundo a esa hora.
Le pareció excelente, y se sentó en una barriquita de galletas,
para gozar del espectáculo a sus anchas, henchido el corazón del inocente
sentimiento propio de sus pocos años. Por fortuna, el doctor Alee la vio antes
que tuviese tiempo de pescar un constipado, pues al salir en busca de más aire
por la parte trasera de su tienda llamó su atención la pequeña figura y la
sombra que la luna proyectaba en el suelo. Como no tenía miedo a los espectros,
se aproximo silenciosamente, y al advertir quien era, le posó una mano en sus
cabellos brillosos y dijo
-¿Que hace aquí mi niña?
-Disfrutando del espectáculo -dijo Rosa, sin denotar sobresalto
alguno.
_¿Que estará pensando mi sobrinita con ese semblante tan serio?
-En lo que usted me contó de aquel marinero valiente que cedió
su sitio en la balsa a las mujeres y la última gota de agua al pobre nenito.
Los que hacen sacrificios son muy queridos y admirados, ¿verdad, tío?
-Si el sacrificio es real, sí. Pero muchos de los más valientes
no son conocidos nunca y nadie ensalza sus actos. Esto no amengua la belleza
del gesto, aunque tal vez lo hace más duro, pues a todos nos placen las
alabanzas -y al pronunciar estas últimas palabras, el
doctor Alee lanzó un suspiro que parecía expresar resignación.
-Supongo que usted habrá hecho muchos. ¿Por que no me cuenta
algunos? -preguntó Rosa, a quien el suspiro no pasó inadvertido.
-El último fue dejar de fumar -dijo el doctor Alec, desviando en
forma poco romántica la conversación.
-¿Y por qué lo hizo?
-Es un mal ejemplo para los chicos.
-Su decisión merece los mayores elogios. ¿Le costó trabajo?
-Me avergüenzo de confesarlo, pero así fue. Sin embargo, como
cierta vez dijo un sabio: "Es necesario cumplir con el deber; no hace
falta sentirse feliz".
La forma en que Rosa meditó en aquel dicho denotaba que le había
gustado.
-Prescindir de las cosas que se desean ardientemente es un gran
sacrificio, ¿verdad, tío?
-Sí.
-¿Y hacer el sacrificio en secreto porque una quiere mucho a
otra persona y desea que sea feliz?
-También es gran cosa.
-¿Hacerlo con voluntad, alegrándose sin detenerse a pensar si no
llega el reconocimiento?
-Sí, querida, ese es el verdadero espíritu del sacrificio y de
la abnegación, y al parecer lo entiendes. Diría que en la vida no pueden
faltarte ocasiones de practicarlo. Confío que no te cuesten gran trabajo.
-Creo que no será tan fácil -dijo Rosa, y se contuvo
bruscamente.
-Si así es, hagamos uno ahora. Vete a dormir, porque podrías
amanecer enferma, y las tías dirán que el camping es una locura.
-Muy bien, tío; buenas noches -y echándole un beso con las
manos, el pequeño espectro desapareció.
CAPITULO 10
EL SACRIFICIO DE ROSA
CIERTAMENTE hubieron regocijos en la Isla de los Campbell al día
siguiente, tal como predijo Charlie, y Rosa participó de todos ellos con la
firme determinación de aprovechar al máximo los minutos disponibles.
Disfrutaron de un desayuno alegre, una expedición de pesca que tuvo gran éxito
y luego las langostas salieron a relucir en todo su esplendor, a tal punto que
hasta la tía Jessie apareció vestida de franela roja. No hubo nada que el tío
Alec no se sintiese deseoso de hacer en el agua, y los chicos procuraron
imitarlo con todas sus fuerzas y toda su habilidad, de modo que hubieron
zambullidas y proezas notables, y todos trataron de destacarse en una u otra
forma.
Rosa nadó hasta internarse mucho más allá de la profundidad que
le estaba permitida, vigilada por el tío Alee que la sacaba a flote si era
necesario; la tía Jessie chapoteó a su gusto en los charcos poco hondos y Jamie
imitaba los movimientos de una ballena a su lado; y todos los demás chicos
nadaban juntos, como una bandada de flamencos aturdidos, al parecer imitando la
famosa danza de "Alicia en el País de las Maravillas".
Lo único que pudo inducirlos a interrumpir sus jugueteos en el
líquido elemento fue el chowder; ese famoso plato, que ostenta orgulloso el polvo
de su antigua tradición y requiere muchas manos, por lo cual fue necesario que
los duendecillos del agua saltasen a tierra y se sintiesen dispuestos a
trastear en la cocina.
No hace falta decir que, una vez terminado, fue uno de los
chowders más excelentes de que hay memoria, y la cantidad que devoraron hubiera
sorprendido al mundo si el secreto hubiese traspuesto los confines de la isla.
Despues de tamaño esfuerzo, lo más apropiado era una siesta, y unos se echaron
a dormir en las tiendas y otros al aire libre, cada uno a su gusto y deseo,
como guerreros que se caen rendidos dondequiera los sor-prende la noche.
Los mayores acababan de disponerse a descansar un ratito cuando
los pequeños se levantaron, reconfortados y dispuestos a seguir con sus
diabluras. Una simple insinuación los mandó todos a la cueva, y allí
descubrieron arcos y flechas, mazas de combate, espa-das viejas y varias otras
reliquias de gran interés. Encaramada en una roca que dominaba el paisaje y en
compañía de Jamie, que le explicaba las cosas, Rosa contempló una serie de
escenas emocionantes ejecutadas con gran vigor y exactitud histórica por sus
hábiles parientes.
El Capitán Cook fue asesinado por los indígenas en un episodio
en extremo impresionante. El Capitán Kid escondió tesoros 'sin cuento en la
cazuela del chowder al caer la noche y mató a los dos fieles villanos que
compartieron con el pirata el secreto de su escondrijo. Simbad bajó -a tierra y
tuvo múltiples encuentros; y un sinfín de naufragios se produjeron en aquellas
arenas.
Rosa pensó que jamás había presenciado dramas de mayor emoción,
y cuando todo aquello remató en una gran danza al estilo de las Islas Fiji, con
gritos salvajes que asustaron a las gaviotas, la niña no hubiera tenido
palabras con que expresar su reconocimiento.
Nuevamente nadaron a la hora del crepúsculo, y de nuevo en la
noche les sirvió de agradable distracción mirar las luces de los barcos que
surcaban el mar y los botes de placer que volvían al puerto, con lo cual
finalizó el segundo día de camping y todos se acostaron temprano, a objeto de
estar prontos para las festividades del día siguiente.
-Archie, ¿lo he soñado o hace un rato oí que el tío te mandó ir
remando hasta casa mañana para buscar leche fresca y otras cosas?
-Sí, ¿por qué?
-¿Puedo ir yo también? Quiero arreglar un asunto de mucha
importancia -dijo Rosa como una confidencia y en voz baja, mientras se despedía
de sus primos-. Ya sabes que me trajeron apresuradamente.
-Yo estoy conforme. Supongo que Charlie no tendrá inconveniente.
-Gracias. No dejes de ayudarme cuando pida permiso de mañana, y
hasta entonces no digas nada, salvo a Charlie. Prométemelo -y tan vehemente fue
el tono en que Rosa dijo esto, que Archie creyó necesario adoptar una pose
dramática y gritar con fuerza:
-¡ Por esa luna lo juro!
-¡Calla! Muy bien, acuéstate -y Rosa se alejó muy satisfecha.
-Es una diablilla muy simpática, ¿verdad, Príncipe?
-Claro que sí. Puedo asegurarte que le he tomado gran cariño.
Rosa oyó ambas cosas, y al retirarse a su tienda, se decía con
somnolienta dignidad
-¡Diablilla simpática! Esos muchachos hablan como si yo fuese
una criatura. Espero que pase el día de mañana y no tendrán más remedio que
tratarme con mayor respeto.
Archie estuvo de su lado al día siguiente, y su ruego fue
atendido prestamente, pues prometieron volver en seguida. Salieron, y Rosa
saludó con la mano a los isleños, pero en su actitud pensativa algo tenía que
ver una heroica determinación que acariciaba interiormente y el espíritu de
abnegación que estaba por ilustrar en forma nueva y conmovedora.
Mientras los muchachos conseguían la leche, Rosa fue corriendo a
ver a Febe y le ordenó que dejara los platos, se pusiera el sombrero y llevase
de vuelta una nota al tío Alec, en la cual le explicaba su actitud un tanto
misteriosa. Febe obedeció, y cuando fué al bote la acompañó Rosa, para decir a
los chicos que aun no podía volverse, pero que alguno de ellos podría ir a
buscarla cuando desde el balcón les hiciese señas con un trapo blanco.
-¿Y por qué no vienes ahora? ¿Que enredo te traes 1 Al tío no va
a gustarle -dijo Charlie, protestando muy extrañado.
-Haz lo que te digo, criatura; el tío lo entenderá todo y
aceptará. Obedece, como me ha obedecido Febe y no hagas preguntas. Puedo tener
mis secretos igual que cualquiera -dijo Rosa, alejándose altanera y con tal
aire de orgullosa independencia que sus amigos se impresionaron muchísimo.
-Hay algún complot entre el tío y ella -se dijeron los
muchachos, alejándose sin más insistencia-; lo mejor es que no nos
entrometamos, ¿no es verdad, Febe?
Pero en la isla fueron recibidos con muestras de gran extrañeza.
Esto es lo que la nota decía:
Querido tío:
Hoy ocuparé el lugar de Febe, para que ella se divierta en la
isla. Por favor, no tome en cuenta lo que diga, y reténgala, diciéndoles a los
chicos que sean buenos con ella como si fuese yo. No crea que me ha sido fácil
esto; es muy difícil renunciar a un día tan bello, pero me parece egoísmo
acaparar todo el placer, mientras que Febe no disfruta de ninguno, y por eso he
decidido hacer este sacrificio. Hágame caso y no se burle; no deseo elogios, y
en realidad es mi deseo. Cariños para todos de ROSA.
-¡Bendita sea, que corazón más generoso tiene! -dijo el doctor
Alee, una vez que pasó la primera impresión de sorpresa-. ¿Vamos a buscarla,
Jessie, o la dejamos que haga su capricho ?
-Dejala en paz, y no le estropees ese pequeño sacrificio. Se ha
tomado en serio su papel, y lo mejor que podemos hacer, en respeto a su
esfuerzo, es procurar que Febe pase con nosotros un día agradable. Estoy bien
segura de que lo merece.
La señora Jessie, mediante una seña, indicó a. los chicos que
dominaran la desilusión sufrida y pusieran de su parte los mayores empeños para
distraer gratamente a la invitada de Rosa.
-No aguantará el día entero, y antes del mediodía la veremos
remando de vuelta -dijo Charlie-. Apuesto cualquier cosa a que así ocurre.
Los demás se manifestaron tan decididamente de acuerdo con el
que se resignaron a prescindir de la pequeña reina de sus travesuras,
convencidos de que aquello sería muy transitorio.
Pero fueron pasando las horas y no apareció ninguna señal en el
balcón hacia el cual Febe no hacía otra cosa que mirar desesperadamente. Ningún
bote de los que por allí pasaban trajo a la fugitiva de vuelta, y fue una
decepción para todos aquellos ojos que buscaban el cabello brillante bajo un
sombrero redondo, hasta que por último llegó el crepúsculo, con sus colores de
costumbre, pero sin que viesen a Rosa por ningún sitio.
-No la hubiese creído capaz de hacer esto. La supuse un poco
sentimental, pero veo que lo ha pensado en serio y ha decidido realizar un
sacrificio verdadero.
¡ Pobrecita! Le compensare todo esto mil veces, y le pediré
perdón por haber creído que buscaba un mero efecto -dijo arrepentido el doctor
Alce, mientras esforzaba su vista en la oscuridad creciente, creyendo que en el
jardín veía una figurita sentada, tal como la noche antes vio a Rosa en el
barrilito, cuando unía las hebras del generoso ardid que vino a resultar más
grave de lo que él mismo presintió.
-Bueno, no podrá menos de ver los fuegos artificiales, a menos
que sea tan obstinada como para encerrarse en un cuarto con tal de no mirarlos
-dijo Archie, un tanto disgustado por la aparente ingratitud de su prima.
-Verá muy bien los nuestros, pero se perderá los otros más
grandes de la montaña -dijo Esteban, interrumpiendo bruscamente la arenga que
Mac empezaba a endilgarles sobre los festivales antiguos.
-Puedo asegurarles -dijo Febe, mientras meditaba en las
posibilidades de- fuga en uno de los botes -que verla venir de pronto sería
para mí un espectáculo mucho más grato que todos los fuegos artificiales del
mundo.
-Confiemos en que las cosas surtan efecto; si resiste la
luminosa invitación de nuestra pirotecnia, querrá decir que es una heroína
-agregó el tío Alce, confiado interiormente en que no fuese tan heroica.
Rosa, mientras tanto, había pasado el día activa y tranquila,
ayudando a Debby, atendiendo a la tía Paz y resistiendo con firmeza los
intentos que hizo la tía Abundancia, en su afán por mandarla de vuelta a la
isla. De mañana le resulto duro aquello de venir de un mundo exterior
brillante, en medio de banderas, cañonazos, cohetes y tanta gente dedicada al
regocijo general, y ponerse a lavar tazas, mientras que Debby refunfuñaba y las
tías lamentaban lo hecho. Duro fue también ver el día que tocaba a su término,
sabiendo que del otro lado del agua las horas serían venturosas y que le habría
bastado con una palabra para lograr el anhelo que, pese a todo, alentaba con
fuerza en su corazón. Pero lo peor fué cuando llego la noche. La tía Paz estaba
dormida, la tía Abundancia hablaba con una vecina en la sala, Debby se había
instalado en un lugar del porche desde el cual podía verla exhibición y a la
chica no le quedaba nada que hacer más que ponerse sola en el balcón a mirar
cómo los cohetes ascendían dando vueltas por el aire en la isla, la montaña y
la ciudad, mientras que a lo lejos sonarían bandas de música y el agua sería
surcada por botes cargados de gente alegre.
Debemos confesar que una o dos lágrimas oscurecieron el azul de
sus ojos y una de las veces, cuando los fuegos artificiales iluminaron
intensamente la isla durante un instante y creyó divisar las 'tiendas, la
cabeza de cabello rizado se agacho, apoyándose en la baranda, y una nasturcia
que también estaba despierta la oyó murmurar
-¡Ojalá que allí me extrañe alguien!
Las lágrimas, sin embargo, se secaron, y los ruidos extraños de
la noche, que tanto solían llamar la atención de Jamie, parecían haber
entablado una conversación entre montaña e isla. Sonriendo pensaba en la
actividad que deberían desplegar los chicos para quemar tantos hermosos fuegos
sin que la exhibición decayese en ningún momento, cuando de pronto se le acercó
el tío Mac, diciendo apresuradamente:
-Vamos, niña; ponte en seguida la esclavina, pelliza, o como la
llames, y vente conmigo. Vine a buscar a Febe, pero la tía me dice que se fue,
de modo que vendrás tú conmigo. Fun está en el bote, y quiero que tú también
vengas a ver mis fuegos artificiales. Los he preparado en tu honor, de modo que
tienes que acom-
pañarme, si no quieres causarme una decepción muy grande.
-Pero, tío... -empezó a decir Rosa, pensando que debía renunciar
a todo lo que fuese diversión-; es posible que...
-Lo sé, lo se, querida; la tía me lo ha contado todo. Pero nadie
te necesita ahora tanto como yo, así que insisto en que vengas -dijo el tío
Mac, que siempre parecía tener mucha prisa y estar enojado, pero que con eso y
todo era inusitadamente bondadoso.
Rosa fue con él y encontró al chinito, que tenía un farolito en
la mano. Fu trató de ayudarla a subir, y la niña rió a mandíbula batiente de
sus extraños esfuerzos por expresarse en ingles. Los relojes de la ciudad daban
las nueve en el momento en que se internaban en la bahía. Parecía talmente que
los fuegos artificiales de la isla habían cesado, pues al apagarse la última
vela en el hormiguero de las tías dejaron de verse fuegos en la distancia.
-Por lo visto, los maestros han concluído ya, pero siguen
quemando cohetes de todas clases en la ciudad y son hermosísimos -dijo Rosa,
cubriéndose las rodillas con la manta y contemplando atentamente la escena.
-Confío que los muchachos no hayan sufrido ningún inconveniente
allá -musito el tío Mac, añadiendo, con una sonrisa de satisfacción, al tiempo
en que brotaba la primera chispa-. ¡Ahí va esa! Mira, Rosa, fíjate que
espléndida es. La mandé hacer especialmente en honor a tu venida.
Rosa contemplo embobada como la chispa remontaba el espacio y se
ensanchaba, convirtiéndose en un jarrón de oro del cual salían hojas verdes y
luego, en el centro, una flor carmín que puso resplandores de ensueño en la
oscuridad ambiente.
-¿Es una rosa, tío? -pregunto la niña, aplaudiendo entusiasmada
el maravilloso espectáculo.
-Por supuesto. Mira ahora, y a ver si adivinas que son esos -le
dijo el tío, contento igual que un niño.
Debajo del jarrón apareció lo que al principio parecio ser
retamas purpúreas, pero Rosa adivino que representaba realmente y miro
embelesada, apoyándose en el hombro de su tío y exclamando
-¡Son cardos, tío! ¡Cardos escoceses! Siete, uno para cada chico
... ¡Que ocurrencia genial!
Su risa incontenible la forzó a sentarse en el fondo del bote, y
desde allí miró el resto del luminoso espectáculo.
-Ha sido estupendo y estoy satisfechísimo de haberlo ideado
-dijo el tío Mac, transportado de gozo por su propio éxito-. Ahora, ¿quieres
que te deje en la isla o que te lleve de vuelta a la casa? -añadió,
levantándola con expresión tan cariñosa que la niña le dio un beso.
-Quiero volver a casa, tío; y le agradezco mucho por este rato
inolvidable que me ha permitido pasar. Se que voy a soñar con las cosas que he
visto -contestó Rosa con decisión, aunque a intervalos miraba de reojo la isla,
tan cerca en aquel momento que creía oler la pólvora y ver las figuras
sombreadas que correteaban por allí.
Fueron a casa, y Rosa se durmió diciéndose:
-Fue más difícil de lo que supuse, pero estoy contenta de
haberlo hecho, y no necesito más pago que la satisfacción de Febe.
CAPÍTULO 11
POBRE MAC
EN cierto sentido fue un fracaso el sacrificio de Rosa, pues
aunque los mayores la reverenciaron más después de aquello, y así lo
demostraron, en los muchachos no provoco el respeto repentino que ella creía.
Más aún, tuvo que ofenderse un poco al escuchar que Archie decía que no le veía
punta al asunto, y el Príncipe acrecentó su desazón al manifestar que era una
perfecta tontería.
Se comprende que experimentase toda esa desazón, pues aunque una
no espere que suenen trompetas, siempre es grato que las virtudes propias sean
reconocidas y es forzoso sentirse desengañada cuando tal cosa no tiene lugar.
Pronto llegó un momento, no obstante, en que Rosa, sin habérselo
propuesto, se capto no solo el aprecio de sus primos, sino su gratitud y afecto
también.
Poco después del episodio de la isla, Mac sufrió un ataque de
insolación y durante un tiempo estuvo muy mal. Fue tan repentino que a todos
los tomó de sorpresa, y durante algunos días la salud del niño peligró mucho.
Se curo poco a poco, sin embargo; y entonces, precisamente cuando en la familia
reinaba de nuevo la alegría, una sombra siniestra se cernió sobre ellas.
Mac empezó a quejarse mucho de la vista, cosa comprensible, pues
la había esforzado mucho, y como nunca fue muy fuerte, el sufrimiento era
doblemente lógico.
Ninguno se atrevió a comunicarle el pronóstico alarmante del
médico oculista que fue a verlo, y el niño trato de tener paciencia, pensando
que con unas semanas de descanso repararía el destrozo de muchos años.
Le prohibieron mirar siquiera un libro, y como eso era lo que
más lo apasionaba, el Gusano se sintió terriblemente afligido. Todos deseaban
leerle en voz alta, y al principio los chicos pujaron por la distinción y el
honor. Pero a medida que transcurrían las semanas y Mac seguía confinado a la
quietud y la oscuridad, el celo disminuyo. No era cosa fácil para chicos tan
movedizos, precisamente en mitad de sus vacaciones ; y nadie los culpó si ahora
pujaban por hacer encargos, visitarlo brevemente, y traerle tan sólo cálidas
expre-siones de simpatía.
Los mayores hicieron cuanto les fue posible, pero el tío Mac era
hombre muy ocupado, las lecturas de tía Juana sonaban a entierro y no había
quien pudiese aguantarlas mucho rato, y las otras tías estaban absorbidas por
sus respectivas preocupaciones, aunque no dejaban de tener con el chico todas
las atenciones imaginables.
El tío Alee era ideal, pero no podía dedicar el día entero al
enfermito, y si no hubiese sido por Rosa, el pobre Gusano la habría pasado muy
mal. Su voz agradable fue un regalo para los oídos del niño, su paciencia no
tuvo límites y al parecer el tiempo carecía de valor para ella, todo lo cual
significa que el consuelo fue inmenso.
La niña denoto un gran poder de abnegación, y permaneció
fielmente en su puesto mientras los demás huían. Hora tras hora se la vio
sentada en el cuarto en penumbra, donde el único rayo de luz era el que
iluminaba el libro, leyéndole al chico, que con los ojos cubiertos disfrutaba
de aquel único placer que ilumino sus días de dolor. A veces se ponía exigente
y, era difícil complacerlo, a veces refunfuñaba porque la lectora no sacaba
partido de los libros áridos que él prefería, y otras se mostraba tan abatido
que ella sentía impulsos de llorar. Pero a través de estos sufrimientos Rosa se
mantuvo incólume, y apeló a todos los recursos posibles para aliviar su
situación. Cuando se quejaba fue paciente; cuando refunfuñaba, proseguía
valerosa la marcha a través de las páginas abstrusas, que nada tenían de
sequedad, pues sus lágrimas caían en silencio sobre ellas de cuando en cuando.
Y las veces en que Mac se denotaba deprimido, lo alentaba con todas las
palabras de esperanza que acudían a su imaginación.
Dijo poco, pero ella adivinó que le estaba agradecido, pues lo
sobrellevaba mejor que ningún otro. Si llegaba tarde, él no protestaba; cuando
tenía que marcharse, el niño parecía quedarse triste; y cuando el corazón
dolorido parecía sentir con más fuerza el peso de su infortunio, ella tenía
siempre una forma u otra de calmarlo y hacerlo dormir, tarareando las viejas
canciones aprendidas de su padre.
-No sé que haría sin esa niña -decía a menudo la tía Juana.
-Vale tanto como todos esos demonios juntos -agregaba Mac,
preguntando anhelante si la silla estaba colocada en su sitio para cuando Rosa
llegase.
Esa era la recompensa que a Rosa halagaba, el agradecimiento que
le daba aliento; y cuando sentía cansancio, miraba la pantalla verde y la
cabeza rizosa que se removía en la almohada, y las pobres manos temblorosas, al
tocarla, parecían acariciarle el corazón, infundiéndole renovado ánimo.
Estaba lejos de suponer todo cuanto aprendía en aquellos
momentos, tanto a través de los libros que leía como en los sacrificios que
hacía días tras día. Cuentos y poesía eran su deleite, pero a Mac no le
interesaban; y como sus griegos y romanos predilectos estaban prohibidos, se
avino a relatos de viajes, biografías y las historias de las grandes
invenciones y descubrimientos. Rosa despreció éstas cosas al principio, pero no
tardó en apasionarse por las aventuras de Livingstone, la vida emocionante de
Hobson en la India y las tribulaciones y triunfos de Watt, Arkwright, Fulton y
"Palissy the Potter". Los libros de esta clase templaron el espíritu
de la niña soñadora, cuya devoción y cuya paciencia sin límites conmovieron al
chico, y más tarde ambos conocieron la utilidad que esas horas al parecer
pesadas tendrían en sus vidas.
Una mañana brillante, mientras Rosa se disponía a empezar un
grueso volumen titulado "Historia de la Revolución Francesa",
temerosa de sufrir mucho con la retahila de nombres largos, Mac, que se movía
lentamente por el cuarto como un oso ciego, la detuvo preguntándole bruscamente
-¿Que día es hoy?
-Siete de agosto, según creo.
-¡Ha pasado casi la mitad de mis vacaciones -exclamó Mac, con
sordo encono- y no he disfrutado de ellas más que una semana.
-Así es; pero queda mucho aún, y es posible que aun goces del
resto.
-¿Cómo es posible? ¡Es seguro! ¿Supone ese viejo mentecato que
voy a seguir apolillándome aquí dentro mucho tiempo más?
-Por lo visto, sí; a menos de que tus ojos mejoren con mucha
mayor rapidez que hasta ahora.
-¿Ha dicho algo nuevo últimamente?
-Yo no lo he visto. ¿Empezamos? Esto parece muy bonito.
-Lee; todo me es igual.
Y Mac se tiró en el viejo canapé, donde su cabeza descansaba
más. Rosa empezó su lectura con gran entusiasmo, arremetiendo valerosamente
contra los nombres difíciles de pronunciar y sacándolos a flote bastante bien;
o por lo menos eso parecía, en virtud de que su oyente no le corrigió una sola
vez y se lo veía tan quieto que la niña lo supuso interesadísimo. Mas de pronto
el niño la detuvo en mitad de un párrafo hermoso, pegó un golpe con los pies al
bajarlos al suelo y se irguió de un salto, diciendo con nerviosa entonación
-¡Basta! No quiero oír una palabra más y es mejor que reserves
tus energías para contestarme unas preguntas.
-¿De qué se trata? -inquirió Rosa, mirándolo preocupada, pues
algo estaba cavilando y temió que el niño hubiera adivinado sus pensamientos.
El resto de la conversación le demostró que así era.
-Mira, quiero saber una cosa y tienes que decírmela.
-No, por favor... -empezó Rosa, implorante.
-Tienes que hacerlo, o de lo contrario me arranco esta visera y
me pongo a mirar el sol con todas mis ganas. Vamos...
Casi pareció que quería poner en ejecución su amenaza. Rosa, muy
alarmada, gritó
-Sí, bueno; pregunta y te diré lo que quieras. Pero no seas
imprudente y deja de pensar en tonterías.
-Muy bien. Entonces, escucha, y no esquives la pregunta, como
hacen todos. ¿Que conclusión sacó el doctor la última vez que vino? ¿No dijo
que sigo peor de la vista? Mamá no me lo cuenta, pero tú lo harás.
-Creo que sí -contestó Rosa, muy desfalleciente.
-Me lo imaginaba. ¿Y dijo que podría volver a la escuela cuando
empezaran las clases?
-No -replicó Rosa en voz muy baja.
-¡Ah!
Fué eso todo, pero Rosa notó que su primo apretaba los labios y
respiraba muy hondo, como si le hubieran aplicado un golpe tremendo. El chico
sobrellevó la desilusión con entereza, sin embargo, y al cabo de un minuto
preguntó muy calmo
-¿Cuándo cree que puedo volver a estudiar? ¡Qué difícil era
contestar aquello! Rosa comprendió, sin embargo, que debía hacerlo, pues la tía
Juana había declarado que ella no se atrevía y el tío Mac le suplico que
hiciese conocer la verdad al chico poco a poco.
-Durante unos cuantos meses, no.
-¿Cuántos meses? -preguntó el niño con patética rebeldía.
-Tal vez un año.
-¡Un año entero! ¡Yo que esperaba volver a clase pronto! -y
entonces, levantando la cortina de un tirón, Mac la miró con ojos de asombro, y
muy pronto un rayo de luz le dio de lleno en la vista y el chico no pudo
soportar la intensidad luminosa.
-Ya tendrás tiempo para todo, Mac; debes ser paciente y cuidar
la vista mucho, porque de lo contrario la expondrás a esfuerzos innecesarios,
que hagan más difícil la curación -dijo ella, llorando.
-¡No quiero ! Voy a estudiar de nuevo y me curaré a mi modo. Eso
de andar con tantos remilgos durante un tiempo tan largo es una estupidez. Los
médicos procuran siempre tener enfermo para rato. Yo no aguanto ... ¡no! -y
golpeo con el puño la almohada, como si estuviese dando de puñetazos al médico
cruel.
-Oye, Mac -dijo Rosa muy seria, disimulando el temblor de la voz
y las trepidaciones de su corazón-. Sabes de sobra que te has perjudicado la
vista leyendo con luz artificial y en sitios oscuros y acostándote muy tarde.
Ahora sufres las consecuencias. Eso es lo que dijo el médico. Es necesario que
te cuides, tal como te ha dicho el médico, porque de lo contrario te quedarás
... ciego.
-¡No!
-Sí, es verdad; y pidió que te dijésemos que sólo el descanso
absoluto puede curarte. Sé que es muy doloroso, pero todos haremos lo que nos
sea posible; te leeré días enteros, te conduciré de un sitio a otro y te
atenderé en todo momento, tratando de que te resulte más llevadero...
Se detuvo. Era evidente que el chico no la escuchaba. Al
parecer, la palabra "ciego" lo había impresionado vivamente, pues
enterró la cara en la almohada y así permaneció tan inmóvil que Rosa de pronto
sintió miedo. Se mantuvo quieta unos minutos, deseosa de consolarlo, pero sin
saber como y preguntándose por que no vendría el tío Mac, ya que el había
prometido revelar al niño la terrible verdad.
Al poco rato, desde la almohada llegó a sus oídos un ruido como
de sollozos ahogados que la inquieto muchísimo, los sollozos más patéticos de
que tenía memoria. Aun cuando era ese el medio más natural de alivio, estaba
indicado que se evitase al niño esta clase de disgustos por razón de sus ojos
enfermos. El libro de la Revolución Francesa se le cayó al suelo y Rosa corrió
al sofá, arrodillándose a sus pies y diciendo con esa especie de ternura
maternal que es tan propia de las niñas frente al dolor:
-¡Mac, querido Mac, no llores ! Te perjudica más los ojos. Quita
la cabeza del calor de la almohada y dejame refrescártela. Entiendo que estés
muy afligido, pero no llores así. Yo lloraré por ti, si quieres; a mí no me
afectará del mismo modo.
Mientras hablaba, retiro la almohada suavemente y vio la visera
completamente arrugada y manchada de lágrimas, las lágrimas del amargo
desaliento que Mac acababa de sufrir. Mac presintió su compasión, pero era
chico y no le dio las gracias; tan solo se incorporo en el asiento bruscamente
y dijo, mientras procuraba enjugar las lágrimas delatoras con la manga de su
chaqueta:
-No te preocupes. Los ojos enfermos siempre lloran. Estoy bien.
Rosa se le abalanzo y exclamó:
-¿No los roces con ese género áspero de lana!
Acuéstate y deja que te aplique un baño ocular. Con eso volverás
a sentirte perfectamente.
-Me arden espantosamente. Por favor, Rosa, ¿no les dirás a los
otros muchachos que me he portado como un chiquillo? -añadió, sometiéndose a
las órdenes de la enfermera en medio de un suspiro más prolongado.
Rosa, entretanto buscaba el baño de los ojos y un pañuelo fino
de hilo.
-Claro que no les diré nada; pero cualquiera de ellos se
sublevaría de igual modo ante un... un contratiempo como este. Estoy segura de
que te vas a portar admirablemente, y sabes de sobra que estas cosas no son tan
terribles cuando uno se habitúa un poco. Además, es por un tiempo solamente, y
si bien no puedes estudiar, son muchas las cosas gratas que puedes hacer.
Tendrás que llevar antiparras azules tal vez; ¿no te parece divertido?
Y mientras pronunciaba todas estas palabras de consuelo, Rosa le
lavaba suavemente los ojos y humedecía la frente caliente con agua de lavanda.
El paciente, inmóvil, la contemplaba con expresión que aumentaba el dolor de la
niña.
-Homero fue ciego y Milton también y a pesar de su ceguera
pudieron realizar una obra inolvidable -dijo Mac como hablando consigo mismo,
en tono solemne, pues ni siquiera los anteojos azules provocaron una sonrisa.
-Papá tenía un cuadro que representaba á Milton en compañía de
sus hijas, las cuales escribían lo que el les dictaba -dijo Rosa con voz grave,
tratando de salir directamente al encuentro del niño-. Siempre me pareció un
cuadro esplendido.
-Tal vez yo podría estudiar si alguien me leyese, supliendo la
vista que no puedo usar. ¿Podrías tú? - preguntó el niño, asiéndose esperanzado
a este rayo.
-Claro que si, siempre que tu cerebro soporte el esfuerzo. Lo
que te ha hecho daño es el golpe de sol, y tu cabeza necesita descanso, según
dice el médico.
-La próxima vez que venga le haré unas cuantas preguntas y
averiguare qué cosas puedo hacer; entonces sabré cuáles son mis limitaciones.
¡Qué estúpido fui aquel día, asándome los sesos al sol y leyendo hasta que las
letras empezaron a bailar una danza infernal! Ahora veo toda una serie de cosas
raras cuando cierro los ojos bolitas negras que parecen remontarse por el aire,
estrellas y toda suerte de objetos extraños. ¿Les pasará lo mismo a todos los
ciegos?
--No te ocupes de los ciegos ; yo seguiré leyendo, ¿te parece
bien? Pronto llegamos al pasaje emocionante, y entonces te olvidarás de -todo
esto.
-No, no lo olvidaré nunca. ¡Deja la Revolución tranquila! No
quiero seguirla escuchando. Me duele la cabeza y siento un calor enorme. ¡ Cómo
me gustaría remar un rato en el "Petrel tormentoso"! -y el pobre Mac
se removía como no sabiendo que hacer consigo mismo.
-Si te cantase un poco, tal vez te dormirías y así el día te
parecerá más corto.
-Tal vez. Anoche no dormí mucho, y además soñé como un
condenado. Oye, lo que puedes hacer es decir a todos que ya estoy enterado, y
que está bien; pero no quiero que hagan un escándalo, ni vengan a poner cara de
asustados a mi lado. Nada más, y ahora vete, para que yo procure dormir. ¡Ojalá
pudiese dormirme un año entero y despertarme curado!
-¡Cómo lo desearía yo también!
Rosa dijo esto con vehemencia tal, que Mac se sintió conmovido y
a tientas le buscó el delantal, tomándolo de una punta, como si hallase
consuelo en tenerlo cerca de si. Pero todo lo que dijo, fue:
-Eres un tesoro, Rosa. Cántame "Los abedules", que es
somnolienta y siempre me adormece ...
Muy contenta con el resultado de sus pacientes súplicas, Rosa
empezó a cantar, con voz monótona, la bella balada escocesa cuyo estribillo
repite
Bella niña, ¿vas a ir, vas a ir a los abedules de Aberfeldie?
No podríamos decir si la bella niña fue o no, pero nuestro
amiguito tardó menos de diez minutos en transportarse a reinos de Morfeo,
exhausto por efecto de las malas noticias y el esfuerzo realizado para
aceptarlas varonilmente.
CAPÍTULO 12
LOS OTROS CHICOS
ROSA contó a "la gente" lo que había ocurrido, y
ninguno de ellos "hizo escándalo" ni dijo palabra que pudiese
inquietar a Mac. Este charló con el médico y no fue mucho el consuelo que sacó,
pues descubrió que lo que "podía hacer" era justamente no hacer nada;
pero la perspectiva de poder estudiar algo más adelante, si todo andaba bien,
lo animó a sobrellevar mejor los horrores del presente. Determinado en este
sentido, se comportó tan admirablemente que todos se maravillaron, pues jamás
supusieron que el tranquilo Gusano fuese capaz de tanta hombría.
Los niños se impresionaron mucho, tanto por la magnitud de su
aflicción como por la forma en que la soportaba. Fueron muy buenos con el, pero
no especialmente sagaces en sus esfuerzos por alegrarlo y darle ánimo; y con
frecuencia Rosa lo encontró abatido des-pues de una visita de condolencia del
clan. Siguió la niña manteniendo su puesto de enfermera y lectora, aun cuando
los niños hicieron lo que podían, pero en forma irregular. A veces se
sorprendieron de que los servicios de Rosa fuesen preferidos a los suyos, y en
secreto se confiaron mutuamente que "Mac se estaba aficionando mucho a los
mimitos ". Pero esto no impidió que reconociesen lo servicial que ella
era, ni dejasen de admitir que era la única que se había mantenido fiel,
constatación que motivó cierta compunción en alguno de ellos.
Rosa tuvo la sensación de que ella mandaba en aquel cuarto, ya
que no en otros sitios, pues la tía Juana dejó en sus manos muchas cosas, una
vez comprobado que la práctica adquirida en el cuidado del padre enfermo la
había capacitado como enfermera y que su juventud, en casos de esta índole, era
más ventaja que inconveniente. Rosa se encariñó rápidamente con el paciente,
aunque al principio lo consideró el menos atrayente de sus siete primos. El
chico no era cortés y sensato como Archie, sumiso y atento como Esteban, alegre
y hermoso como el Príncipe Charlie, divertido como los mocosuelos, ni
confidente y efusivo como el pequeño Jamie. Se lo notó rudo, distraído,
descuidado y torpe, más bien cazurro y nada agradable con una chica amorosa y
dulce como Rosa.
Pero cuando empezó el malestar, la niña descubrió muchas buenas
condiciones en su primito y no sólo aprendió a compadecerlo, sino a respetar y
amar al pobre Gusano, que se esforzaba por ser paciente, valeroso y alegre y
esto le resultó más difícil de lo que su-ponían todos, con la única excepción
de su pequeña enfermera, que lo veía en sus momentos más tristes. Pronto llegó
al convencimiento de que los otros no apreciaban debidamente a Mac, y en cierta
ocasión hizo algo que causó una impresión profunda en los muchachos.
Faltaba poco para que concluyesen las vacaciones y se acercaba
el momento en que Mac se encontraría fuera del mundo escolar que tanto lo
deleitaba. Esto lo entristeció mucho, y los primeros se esforzaron en todo
sentido por animarlo, en especial cierta tarde en que todos parecieron movidos
por un rapto unánime de compasión. Jamie descendió trabajosamente la montaña
con una cesta de zarzamoras que había recogido "él solito", cosa que
bien demostraban sus dedos rasguñados y sus labios sucios. Will y Geordie le
llevaron sus cachorritos para que hiciesen más llevaderas sus horas de dolor, y
los tres mayores intentaron entretenerlo con una charla sobre béisboll, cricket
y temas similares, pintiparados para recordar al inválido sus privaciones.
Rosa había salido en coche con el doctor Alec, el cual declaró
poco antes que la veía más pálida que un brote de patata confinado a sitios
oscuros. Pero todo el tiempo la niña no hizo otra cosa que pensar en el primo y
apenas retornó fue corriendo a su habitación, donde encontró la confusión más
espantosa.
Con las mejores intenciones del mundo, los chicos habían hecho
más mal que bien y el espectáculo que se ofreció a la vista de la enfermera
Rosa fue poco edificante. Los perritos estaban regañando, los chicos retozaban,
y los mayores hablaban todos a un mismo tiempo ; las cortinas estaban
levantadas, el cuarto cerrado y las zarzamoras esparcidas por todas partes.
Mac, con la visera bastante corrida, las mejillas arreboladas y el ánimo
soliviantado, discutía acaloradamente con Esteban acerca del préstamo de ciertos
libros que apreciaba mucho pero no podía usar.
Rosa, como hemos dicho, consideraba que aquél era su dominio
absoluto, y recriminó a los invasores con una energía que los dejó atónitos, y
en el acto los redujo al silencio. Jamás la habían visto indignada, y el efecto
fue enorme, además de cómico, pues los hizo salir como quien arrea un rebaño o
como una gallina enfurecida que defiende a su polluelo. Todos se marcharon
humildes como corderos y los pequeños huyeron de la casa a toda carrera; pero
los tres mayores se retiraron tan sólo al cuarto contiguo, y allí aguardaron la
ocasión de explicar las cosas y pedir disculpas, con el fin de serenar a la
niña enojada, que de pronto había invertido los papeles, armándoles un
escándalo de pa-dre y muy señor mío.
Mientras esperaban, a través de la puerta entreabierta vieron lo
que sucedía y comentaron los hechos en forma breve y expresiva, muy
arrepentidos y avergonzados por el daño que sin querer habían hecho.
-Ha ordenado el cuarto en un abrir y cerrar de ojos -dijo
Esteban, después de mirar un rato-. Nosotros hemos hecho muy mal en meter los
perritos y armar toda esa baraúnda.
-El pobre Gusano se queja como si ella estuviese pisándolo, en
vez de cuidarlo igual que a un gatito enfermo -dijo Charlie, que acababa de oír
a Mac quejándose de que tenía "la cabeza hecha un bombo"-. ¡Qué
enojado está!
-Rosa lo serenará. Lo cierto es que la culpa es nuestra por el
enredo que hemos hecho, y por habernos salido, dejándole a ella la tarea de
tranquilizarlo. Yo iría para ayudar, pero ¿que puedo hacer? -preguntaba Archie,
muy deprimido, pues era un chico consciente y se indignaba por no haber sido
más previsor.
-Lo mismo me ocurre a mí -expresó Charlie, revolviendo en su
cerebro una idea que de continuo lo atormentaba-. ¡Que curiosa habilidad tienen
las mujeres para atender enfermos!
-Con Mac ha sido buenísima -opinó Esteban un poco en tono de
reproche.
-Mejor que su propio hermano, ¿verdad? -lo interrumpió Archie,
que halló consuelo en el reconocimiento de culpas ajenas.
-Bueno, no hace falta que te sientas predicador - protestó
Esteban, defendiéndose-. Ninguno de ustedes ha hecho nada, y bien pudieron,
pues Mac les tiene más afición que a mí. Dice que yo siempre lo pongo nervioso,
y la culpa de lo que me pasa es mía sólo.
-Todos hemos sido egoístas y lo hemos descuidado, de modo que no
discutamos más y procuremos portarnos mejor -manifestó Archie, aceptando
generosamente más que su parte de culpa, pues había sido menos desatento que
cualquiera de los otros.
-Rosa lo ha acompañado con toda abnegación, y no debe
extrañarnos que la prefiera a su lado. Yo, en su lugar, pensaría lo mismo
-interpuso Charlie, convencido de que había sido injusto con la chica.
-¿Saben una cosa, muchachos? Nos hemos comportado mal con Rosa,
y tenemos que ponernos al día, sea como sea -opinó Archie, amparado en su
sentido del honor y de la obligación de pagar las deudas que se contraen, así
sea con una niña.
-Estoy arrepentidísimo de haberme burlado de su muñeca cuando
Jamie la zarandeó, y de haberme enojado cuando lloró por habérsele muerto el
gatito -dijo ahora Esteban, confesando valientemente sus delitos y denotándose
dispuesto a reparar el daño, con sólo que supiese cómo-. Claro, las chicas a
veces son muy bobas.
-Lo que yo pienso hacer -dijo el Príncipe, mirando desde su
metro y sesenta y pico, como si allí tuviese a Rosa, que a su lado no pasaba de
ser una pigmea -es arrodillarme y pedirle perdón por haberla tratado como una
criatura. ¿Se acuerdan cómo se puso? Pen-sándolo bien, apenas si tiene dos años
menos que yo, y eso no es mucho.
-Lo que tiene es un corazón más grande que una casa y una cabeza
extraordinaria. Mac dice que entiende muchas cosas antes que él, y mamá la
considera extraordinariamente simpática, aunque mamá no conoce todas las chicas
del mundo. No hace falta que te pongas tan orgulloso, Charlie, a pesar de tu
estatura, pues Rosa prefiere a Archie y asegura que la trata más
respetuosamente.
-Esteban se ha puesto más arrebatado que un gallo de riña. No te
alarmes, criatura, que de nada puede servirte. Claro que todos prefieren al
Jefe; tiene que sor así, y al que esté en contra le estropeo la cabeza. Vamos,
Dandy, cálmate y serena el espíritu, no sea que te tropieces con un espíritu
ajeno.
Esto dijo el Príncipe con mucha dignidad y sin alterarse,
mientras Archie denotaba la satisfacción causada por el buen concepto de su
pariente y Esteban se tranquilizaba, convencido de que había cumplido su deber
como primo y como hermano. Siguió una pausa, durante la cual la tía Juana
apareció en el otro cuarto, trayendo una bandeja suntuosamente preparada para
la cena del enfermo, pues era ésta una tarea en la cual no permitía
intromisiones.
-Si tienes un minuto antes de marcharte, hija mía -dijo la
señora Juana, mientras untaba un panecillo con manteca, adoptando para ello una
pose señorial y al tiempo en que Mac derramaba té sin que nadie le dijese una
palabra-,trata de hacerle otra visera, ya que ésta se ha manchado de zarzamora
y es necesario esté bien limpio, pues mañana va a poder salir si el día es
nublado.
-Bueno, tía -contestó Rosa con tanta humildad que a los chicos
costó trabajo admitir que aquélla era la misma voz enojada de pocos minutos
antes, cuando les ordenó enérgicamente que se marchasen de allí.
No tuvieron tiempo de salir de donde estaban sin que ella se
encontrase ya en la sala, sentada ante una mesita y cosiendo un pedazo de seda
verde. Todos quisieron decirle algo que reflejase su arrepentimiento, pero
ninguno supo cómo empezar, y era evidente, dada
la expresión de Rosa, que la niña había decidido mantener su
dignidad incólume hasta que se hubieran rebajado debidamente. El silencio se
tornaba embarazoso, cuando Charlie, que poseía todas las artes de persuasión de
los bribones, se arrodilló lentamente delante de Rosa y le dijo golpeándose el
pecho:
-Perdóname esta vez y no lo haré más.
No era fácil mantener la actitud, pero Rosa logró sobreponerse a
sus emociones con esfuerzo y contestó:
-Es el perdón de Mac, y no el mío, el que debes pedir, pues a mí
no me has causado daño; y no me sorprendería que en realidad lo hayáis
empeorado con tanta luz y tanto estruendo, y sobre todo por haberle hablado de
cosas que sólo podían preocuparlo.
-¿Crees realmente, primita, que le hemos causado mucho daño?
-preguntó Archie, cuya mirada denotaba su inquietud, mientras Charlie,
acurrucado entre las patas de la mesa, era la imagen viva del arrepentimiento.
-Sí, lo creo, porque la cabeza le duele mucho y tiene los ojos
tan rojos como... como esta bolsa -contestó Rosa, clavando su aguja, mientras
cavilaba, en un abultado alfiletero de franela.
Esteban se tiró de los cabellos, metafóricamente hablando, pues
se revolvió el copete, de que. tan orgulloso solía estar, y lo dejó enmarañado,
cual si aquello fuese una expiación. Charlie se abandonó a su suerte impía,
también metafóricamente hablando; faltaba tan sólo que. alguien lo tomase y lo
condujese al patíbulo. Pero Archie, que era el que más abatido se sentía, no
dijo nada como no fuera expresar su propósito firme de leerle a Mac hasta que
tuviera los ojos tan encarnados como doce alfileteros todos juntos.
Viendo el efecto logrado con sus recriminaciones, Rosa creyó que
no estaría mal aplacarse un poco y ofrecerles un rayo de esperanza. Era
imposible no humillar un poco al Príncipe, por lo menos de palabra, pues la 1
había ofendido demasiado, y es así como le dió un gol- pecito con el dedal en
la coronilla, diciendo, con aire de superioridad infinita
-No seas tonto y levántate. Te diré algo mejor que eso de
arrastrarte por el suelo y estropear la ropa.
Muy obediente, Charlie se sentó en una banqueta a los pies de
Rosa; los otros pecadores se aproximaron para escuchar las palabras que la
sabiduría vertería por sus labios, y Rosa, suavizada por obra y gracia de toda
esta humildad tan grata, se dirigió a ellos maternalmente.
-Vean, muchachos, si lo que quieren es ser buenos con Mac, ésta
es la forma en que pueden hacerlo. No sigan hablando de cosas que él no puede
hacer; ni vayan a contarle como se han divertido jugando a la pelota. Busquen
un buen libro y léanle un rato; anímenlo para que no sienta la pena de no ir a
la escuela, y ofrézcanle ayuda para el estudio; eso pueden hacerlo mejor que
yo, porque soy mujer, y no aprendo griego, latín ni esas cosas eruditas.
-Sí, pero tú puedes hacer un sinfín de cosas mucho mejor que
nosotros y ya lo has demostrado -dijo Archie, cuya mirada de aprobación halago
mucho a Rosa. Sin embargo, la niña no pudo menos de dirigir a Charlie una nueva
pulla y levantando un poco la cabeza, al tiempo que retorcía el labio para
disimular el esfuerzo por contener una sonrisa, dijo:
-Has dicho de mí cosas que no me han gustado.
Esta observación dio motivo a que el Príncipe se tapase la cara
con las manos, y Esteban levanto la cabeza, orgulloso al ver que el ataque no
iba dirigido contra él. Archie rió, y Rosa, viendo un humilde ojo azul que se
guiñaba en dirección hacia ella detrás de dos manos morenas, le pego un
tironcito a Charlie en la oreja y alargo la rama de olivo de la paz.
-A ser buenos todos, y a pensar cosas en bien de Mac -y tan
plácidamente sonrió, que los chicos creyeron que el sol brillaba y penetraba de
pronto a raudales, abriéndose paso detrás de una nube oscura.
La tormenta aclaro el aire y siguió una calma placentera,
durante la cual se formularon proyectos de las clases más variadas y
sorprendentes, pues todos ardían en deseos de ofrecer sacrificios en el altar
del pobre Mac", y Rosa era la estrella que los guiaba y a la cual
obedecían ellos con rendida humildad. Por supuesto, tan elevado estado de cosas
no podía durar mucho, pero mientras duro fue agradabilísimo, y dejó huellas
excelentes en los espíritus de todos una vez que paso el ardor primero.
-Bueno, ya está esto listo para mañana, y confío que amanezca
nublado -dijo Rosa, cuando concluyo la nueva visera, cuyo progreso observaron
los niños con interés.
-Yo había pedido un día de sol extraordinario,' pero voy a
decirle al encargado del tiempo que cambie mi ruego°-dijo Charlie, que había
vuelto a su gallardía habitual-. Es un empleado muy voluntarioso, y me
atenderá. No te inquietes.
-Para ti es muy fácil hacer bromas, pero ¿te gustaría llevar en
los ojos una visera como ésta durante semanas y semanas? -le pregunto Rosa,
poniéndole al mismo tiempo la visera en los ojos.
-¡Es espantoso! Quítamela, quítamela. No me sorprende que el
pobre chico, condenado a llevar esto siempre, ande de tan mal humor -y Charlie,
sin moverse del sitio en que estaba sentado, miraba lo que a su juicio era un
verdadero instrumento de tortura, con la cara tan contrita que Rosa se la quito
suavemente y entro a dar las buenas noches a Mac.
-Yo la acompañaré a casa -dijo Archie, olvidando que poco antes
había sido objeto de burlas-, porque es un poco tímida y está oscuro.
-Me corresponde a mí, ya que está cuidando a mi hermano -lo
interrumpió Esteban, tratando de afir- mar sus fueros.
-Vamos todos y así la distraeremos más -propuso Charlie en un
arrebato de galantería que emocionó a todos.
-¡Muy bien pensado! -dijeron al unísono, y asé, hicieron, con
gran sorpresa y secreta alegría de Rosa, si bien Archie fue el que más la
cuidó, pues los otros dios pasaron todo el camino saltando cercos, corriendo
carreras y haciendo ejercicios de riña.
Al llegar a la puerta se arreglaron las ropas, le dieron las
manos cordialmente y la saludaron con reverencias, retirándose con suma
elegancia y dignidad y separándose de Rosa, la cual quedó meditando.
-Sí, está bien. Así es como me gusta que me traten.
CAPÍTULO 13
RINCONCITO AGRADABLE
FINALIZADAS las vacaciones, los chicos fueron enviados de nuevo
a la escuela y el pobre Mac quedó a solas con sus lamentaciones. Ya podía salir
del cuarto en sombras, y un adelanto señalaba el hecho de que pudiera usar las
antiparras azules, aunque a través de ellas las cosas adquirirían un tinte
desagradable, como es bien de suponer. Lo único que se le permitía era andar de
un lado a otro y procurar divertirse sin emplear
los ojos para nada. El que haya estado condenado a esta clase de
ociosidad puede entender perfectamente cuál sería el estado de ánimo del niño y
justificar que cierta vez dijese a Rosa visiblemente afligido:
-Mira, si no me inventas alguna nueva distracción u ocupación,
voy a concluir por golpearme la cabeza con un hierro.
Rosa fue corriendo a ver al tío Alec, en busca de consejo, y
éste ordenó que el paciente y la enfermera se trasladasen a las montañas
durante un mes, acompañados por la tía Jessie y Jamie. Pokey y la madre de éste
formaron también parte de la comitiva, y una alegre mañana de septiembre seis
entusiastas viajeros subieron al expreso de Portland; o sea, dos mamás
sonrientes, cargadas con fardos y cestos de comida; una linda joven, que
llevaba en el brazo una bolsa de libros; un chico alto y delgado con el sombrero
calado hasta los ojos; y dos niños muy pequeños, que estiraban las piernas y
sonreían con sus caritas gordinflonas, encantados de saber que por fin
"viajaban de veras".
Un crepúsculo singularmente hermoso señaló, al final de la
venturosa jornada, su arribo a un portal ancho y verde, donde retozaban a sus
anchas un potro blanco, una vaca bermeja, dos gatos, cuatro gatitos y unas doce
personas, entre viejos y jóvenes. Todos estos saludaron y sonrieron
cordialmente, y una chica pizpireta besó a los recién llegados, uno por uno y
les dijo:
-Bueno... Me alegro infinitamente de verlos. Pasen, pasen y
pónganse cómodos, y en menos que canta un gallo les haré servir el té, pues
supongo que vienen cansados. Lizzie, enseña a estos señores los cuartos del
piso alto; Kitty, corre y ayúdale a papá con los equi-pajes; y tú, Jenny, ven
conmigo a preparar la mesa para cuando bajen.
Las chicas se dieron mucha maña y mucha prisa, y poco tardaron
los huéspedes en sentirse como en sus propias casas, tanta fue la hospitalidad.
La tía Jessie se encantó con las alfombras y almohadones hechos en casa y los
muebles de aspecto raro; Rosa no pudo apartarse de las ventanas, pues cada una
de ellas hacía de marco a un paisaje soberbio, y los niños se hicieron amigos
de los otros chicos en el acto y muy pronto tuvieron los brazos llenos de
pollitos y gatitos, pareciéndoles mentira que no hubiesen ido antes allí.
El sonido de un cuerno los llamó a la mesa y un conjunto
bullicioso, del cual formaban parte seis chi- L. cos además de los pequeños
Campbell, se reunió en el largo comedor, todos ellos bien munidos de apetitos
montañeses y con el mejor humor del mundo. No había forma de ser tímidos o
guardar discreción, pues los raptos de alegría eran como para desalmidonar a
los más tiesos y dar placer a los más tristes. Mamá Atkinson, como todos
llamaban a la dueña de casa, era la más alegre y más activa, pues volaba de un
sitio a otro para servir a los chicos, trayendo nuevos platos, y ahuyentando
los animales, cuya, sociabilidad era tanta que el potro se metió dentro en
busca de azúcar, los gatos se sentaban en los regazos de la gente, mirando
significativamente la comida y las gallinas limpiaron de migas el piso de la
cocina, sin que entre ellas decayese la cacareante conversación un solo
momento.
Todos salieron después del te, para ver la caída del sol, que
contemplaron hasta que desapareció por completo el rojo crepuscular y los
mosquitos tocaron a re-. treta con sus zumbidos. La música de un armonio
sorprendió a los excursionistas, y en el salón descubrieron a papá Atkinson
arrancando sentidas notas de un instrumento que él mismo había fabricado.
Rodeáronlo todos los chicos, y conducidos por las hermanas, cantaron
alegremente hasta que Pokey cayó dormido detrás de la puerta y Jamie se puso a
boquear ostensiblemente en mitad de su canción favorita.
"Cu-cú", decían las palomitas, "cu,-cú" en
lo alto del pino más elevado.
Los viajeros más viejos, como estaban cansados, fueron
retirándose lentamente y no tardaron en caer profundamente dormidos,
acariciados por el contacto de sábanas de confección casera y colchones toscos
hechos por mamá Atkinson, la cual se diría que en ellos puso algunos polvos
narcóticos, pues tan profundo y placentero fue el sueño.
Al día siguiente dieron comienzo a la vida al aire libre, que
tan grandes milagros obra en las mentes cansadas y los cuerpos débiles. El
tiempo era perfecto, y el aire de la montaña vigorizó a los niños como jóvenes
corderos ; mientras que los mayores se sonreían unos a otros, diciéndose:
-¿No es espléndido todo esto?
Hasta el mismo Mac, que tan quieto andaba todo aquel tiempo, fue
sorprendido en momento en que intentaba saltar un alambrado, y cuando Rosa
llegó a su lado en veloz carrera, le propuso que fuesen al bosque a cazar un
gato montés.
Jamie y Pokey fueron alistados inmediatamente en la Infantería
Ligera del Rinconcito Agradable, compañía realmente soberbia, compuesta
únicamente de oficiales que llevaban, todos ellos, sombreros de tres picos
echados, banderas, espadas en alto o tambores. Era un espectáculo como para
conmover al más inconmovible el de ver a aquella patrulla marcial marchando en
perfecta formación por el patio y salir de él comandados por el Capitán Dove,
un chicuelo pomposo, de cabeza grande, que tenía once años de edad, que
impartía con la gravedad de un general verdadero todas aquellas órdenes,
obedecidas por su falstáfico ejército con más sumisión que pericia. Los
pequeños Snow se portaron muy bien, y el teniente Jack Dove era digno de verse,
no menos que el tambor Frank, mandadero de la' casa mientras rataplaneaba con
toda la fuerza de su corazón y sus palillos. Jamie había hecho instrucción con
anterioridad, y fué ascendido a coronel en el acto; pero Pokey fue la mejor de
todos y provocó una ovación entusiasta y espontánea de los espectadores cuando
apareció en la retaguardia con el sombrero de tres picos caído sobre un ojo, la
bandera apoyada en un hombro y su espada de madera bien levantada. Tenía j la
cara sonriente y los rizos se le balanceaban gozosos ° al tiempo en que sus
piernas se movían con esfuerzo, en el vano intento de marcar el paso
varonilmente.
Mac y Rosa estaban recogiendo zarzamoras junto al camino cuando
acertaron a pasar los soldados sin verlos, ofreciéndoles un espectáculo a la
vez cómico y bonito. Un poco más lejos estaba uno de los camposantos familiares
tan comunes por aquellos sitios, y al llegar allí el Capitán Fred Dove ordenó
que su compañía hiciese alto, explicando la razón con estas palabras
-Eso es un cementerio, y corresponde acallar los f tambores y
bajar las banderas al pasar, aunque tal F vez sea necesario también que nos
quitemos los sombreros ; me parece más respetable.
-¿No son encantadores los chicos? -dijo Rosa en voz baja,
mientras la pequeña tropa reanudaba su marcha con lento redoblar de los
tambores ensordecidos, las banderas y espadas bajas y todas las cabezas
descubiertas. Todos los rostros estaban serios y las som-bras de los árboles
jugueteaban en ellos.
-Vamos a seguirlos, a ver que se proponen -dijo Mac, a quien eso
de estar sentado en un muro comiendo zarzamoras, por mucho que fuese un lujo,
estaba resultando aburrido.
Siguieron y oyeron la música de nuevo con fuerza, vieron las
banderas en alto otra vez, flameando al viento una vez que hubieron pasado el
cementerio y vieron cómo la compañía penetraba en una iglesia en ruinas que se
hallaba en la unión de tres caminos. Al instante oyeron canto y apresuraron el
paso, acercándose sin hacer ruido y mirando por una de las ventanas rotas.
El Capitán Dove se había encaramado en el carcomido púlpito de
madera y contemplaba solemnemente sus soldados, los cuales, después de haber
dejado las armas en el pórtico, ocuparon lugares en los banquillos y entonaban
los himnos dominicales con gran vigor y deleite.
-Oremos -dijo el Capitán Dove con toda la reverencia de un
capellán del ejército; y juntó las manos, repitiendo una oración que suponía
sabrían todos, una oración excelente, pero no adecuada para la mañana, pues era
“Permite que ahora me acueste a dormir.”
Todos la dijeron con amor y emocionaba ver a las criaturas
agachando las cabezas rizadas y musitando las palabras que tan familiares eran
a todos ellos. Acudieron lágrimas a los ojos de Rosa mientras miraba y Mac se
quitó el sombrero sin darse cuenta, pero al instante volvió a encasquetárselo,
como si se avergonzara de demostrar sentimiento.
-Pronunciaré ahora un sermón corto, y mi texto ha de ser
"Niños, amaos los unos a los otros." Pedí a mamá que me lo indicara,
y creyó que éste serviría; de modo que a quedarse quietos todos, que ya
empiezo. No hables, Marion; tienes que escucharme. Esto significa que debemos
ser buenos los unos con los otros, ser justos y no reñir como hicimos hoy mismo
con motivo del cochecito. No es posible que Jack viaje siempre dentro y no hay
razón para que se enfurezca porque quiero ir con Frank. Annette debe hacer de
caballo algunas veces y no siempre de cochero; Willie ha de comprender que
Marion tiene derecho a construirse la casa al lado de la suya, pues lo hará, y
no es necesario armar un escándalo por eso. Jamie parece ser un buen chico,
pero tendré que sermonearlo si así no resulta. No, Pokey, en la iglesia no se
está con el sombrero puesto ni se besa a nadie. Ahora, recuerden todos lo que
acabo de decirles, porque soy el capitán y tienen que hacerme caso.
En este momento el Teniente Jack se hizo oír en una expresión de
rebeldía:
-Me tiene sin cuidado que seas el capitán ; vale más que te
cuides y nos digas cómo hiciste para llevarte mi correa, cómo te quedaste con
el buñuelo más grande y por que no fuiste justo cuando teníamos el camión.
-Sí, y tú le pegaste a Frank, que yo lo vi -vociferó Willi Snow,
moviéndose en su banco.
-Y tú me quitaste el libro y lo escondiste porque no quise
acompañarte a la hamaca -añadió Annette, la mayor del trío Snow.
-No pienso hacer mi casa al lado de Willie como no lo vea
conforme, de modo que... -intervino la pequeña Marion.
-Voy a seguir besando a Jimmy, y si me. he quitado el sombrero
es porque un pincho me hacía mal -gritó Pokey, sin prestar atención a los
esfuerzos de Jamie por mantenerla callada.
Esta insubordinación de las filas dejó atónito al Capitán Dove;
pero como era personaje digno y tranquilo, acalló la rebelión con gran tacto y
mucha inteligencia, diciendo rápidamente:
-Cantaremos ahora el último himno, "Dulce, dulce
adiós", que todos lo conocen y pueden cantarlo muy bien, y luego nos
iremos a comer algo.
La paz quedó restablecida sin más ni más y las voces unidas en
el esfuerzo melódico acallaron las risas de Rosa y de Mac, que no pudo
mantenerse serio durante la última parte de tan extraño servicio religioso.
Quince minutos de reposo fueron pocos para que la compañía marchase a la vuelta
con igual marcialidad que a la ida. Lo peor del caso (y me apena confesarlo) es
que toda la tropa echó a correr en desorden, cada uno como mejor podía, y
pronto estaban sentados en torno a su merienda, olvidados por completo de lo
que Jamie (impresionado con aquellas palabras del sermón) calificaba de
"maravillosa conferencia del capitán".
Fue sorprendente todo lo que encontraron como distracción en el
Rinconcito Agradable; y Mac, en vez de ,,star acostado en una hamaca escuchando
lectura, como
e había figurado, fue el más ocupado de todos. Lo invitaron a
hacer el trazado de Skeeterville, una ciudad que los niños fundaron en un campo
de gayubas; y fue para él un juego entretenido proyectar los pequeños caminos,
determinar los lotes de las casas, dirigir las obras de salubridad y consultar
acerca de los mejores sitios para edificios públicos, pues Mac era un chico
todavía, a pesar de sus quince años y su gran amor por libros.
Luego fue a pescar con un cierto caballero jovial Oeste; y
aunque rara vez pescaban otra cosa que resfriados, se divirtieron mucho y les
resultó un sano ejercicio perseguir imaginarias truchas que se les metía en la
cabeza atrapar a toda costa. Mac le tomó gran afición a la geología, y anduvo
haciendo investigaciones en rocas y piedras, pronunciando sesudos discursos
sobre "estratos, períodos y restos fósiles", mientras Rosa juntaba
hojas y líquenes y le daba lecciones de Botánica, a cambio de las suyas de Geología.
La vida fué alegre; pues las chicas de los Atkinson dejaban de
organizar picnics constantemente y lo hacían con gran entusiasmo, sin cansarse
jamás. Los visitantes pasaron los días muy a gusto, y antes de que
transcurriese el mes, fue claro y evidente para todos que el doctor Alee había
acertado con la medicina prescripta para sus pacientes.
CAPÍTULO 14
FELIZ CUMPLEAÑOS
EL doce de octubre era el cumpleaños de Rosa, pero por lo visto
no había nadie que recordara ese detalle interesante y a ella le pareció feo
mencionarlo, de modo que la noche anterior se durmió pensando si tendría
regalos. La respuesta llegó por sí sola a la mañana siguiente, y abriendo los
ojos contempló una figura blanca y negra sentada en su almohada, que la miraba
con un par de ojos redondos como moras, mientras una patita velluda le rozaba
la nariz, llamando su atención. Era Kitty Comet, el más hermoso de todos los
mininos del mundo, y por lo visto cumplía una misión, pues adornaba su cuello
un moño rosado y en un papelito clavado con un alfiler se leían las palabras :
"Para la señorita Rosa, de Frank ".
Esto la alegró inmensamente, pero no era más que el comienzo,
pues en forma encantadora siguieron llegándole sorpresas y regalos durante el
día entero, demostrándose con muchos de ellos cuán bromistas eran las chicas de
los Atkinson y que gran afecto sentían por Rosa. El mejor de todos ellos fue
recibido en el camino a la montaña de los vientos, Mount Windy-top, donde
habían decidido realizar un picnic, para conmemorar la magna fecha. Tres
alegres partidas se pusieron en marcha poco después del desayuno, pues fueron
todos, decididos a disfrutar de un día excelente, en especial mamá Atkinson,
que llevaba un sombrero de ala tan ancha como una sombrilla y no se había
olvidado el cuerno con que solía llamar a las comidas, para que no se alejase
mucho el rebaño.
-Yo conduciré a la tía y unos cuantos chicos -dijo Mac en un
aparte confidencial durante el revuelo que precedió a la partida-, de modo que
tú vas en el pony. Por favor, retrásate bastante cuando lleguemos a la
estación, pues vamos a recibir un paquete que no debes ver hasta la hora de
comer. Supongo que no tendrás inconveniente.
-De ningún modo -contestó Rosa-. Me ofendería si fuese en
cualquier otro momento, pero en los cumpleaños y la Navidad la diversión es
mayor si una se hace la tonta y la ciega, y se resigna a quedar arrumbada en
los rincones. Cuenta conmigo, Ojos de Vidrio.
-Detente debajo del arce grande hasta que te llame, y así no
podrás ver nada -agrego Mac, mientras la ayudaba a montar el pony que su padre
había mandado para el. "Barkis" era tan educadito y dócil, que Rosa
sintió vergüenza de cabalgar en aquel caballito, pues había aprendido a andar a
caballo con el secreto propósito de sorprender al doctor Alee cuando estuviesen
de vuelta.
Emprendieron la marcha y al llegar al arce rojo, Rosa se detuvo
obediente ; pero no pudo menos de lanzar miraditas en la dirección prohibida
mientras aguardaba la llamada. Sí, había un cesto grande debajo del asiento, y
luego vio a un hombre alto a quien Mac parecía introducir presurosamente en el
coche. Le basto con mirar una vez y, lanzando un grito de gozo, Rosa partió
camino abajo con toda la velocidad de que "Barkis" era capaz.
-Ahora voy a sorprender yo al tío -se dijo-. Me le apareceré de
pronto en gran estilo, y le demostraré que, después de todo, no soy tan cobarde
como me supone.
Alentada por esta ambición, guió a "Barkis" por un
atajo, y para hacer mayor la sorpresa lo dejo librado a su propio arbitrio en
el descenso por un camino de piedra cuya curva era muy pronunciada. La cosa
habría salido a pedir de boca, de no ser que dos o tres gallinas aturrulladas
aparecieron en el camino inesperadamente, cacareando a más no poder y dando
motivo con ello a que se detuviese "Barkis ". Tan brusco fue esto que
la jinete cayo al suelo en forma harto deslucida, delante mismo del hocico de
Sorrel.
Rosa se puso en pie de nuevo antes de que el doctor Alee saliese
del faetón, y se le echo al cuello con sus dos brazos sucios de tierra,
diciendo:
-¡Cómo me alegra verlo, tío! Esto es mejor que un carro lleno de
golosinas y juguetes, y no se imagina lo contenta que estoy.
-¿No te has lastimado, criatura? La caída ha sido seria, y temo
que te hayas hecho daño -dijo el doctor con mucha ansiedad, mientras la
contemplaba orgulloso.
-Si acaso debo tener herido el amor propio, pero no los huesos.
¡Que lástima! Yo que pensaba hacer las cosas tan bien, y estas estúpidas
gallinas lo han echado a perder todo.
-No quise dar crédito a mis ojos cuando preguntó por ti y Mac me
señalo una valiente amazona que bajaba la cuesta a velocidad vertiginosa. Nada
hubieses podido hacer que me causara más alegría, y estoy encantado de ver lo
bien que andas a caballo. Ahora, ¿ quieres montar de nuevo, o le cedemos el
sitio a Mac? -pregunto el tío Alec, pues Jessie propuso que se pusiesen en
marcha y los otros les hacían seña para que siguiesen.
-El orgullo está por encima de las caídas, pero es mejor no
hacer pruebas de nuevo -dijo Mac, que habría debido no ser mortal para no
sentir la tentación de gastar una bromita ahora que la ocasión se presentaba
tan propicia.
-Prefiero seguir a caballo. Vamos, a ver quién los alcanza
antes.
Al instante estuvo en el lomo del animal y en marcha de nuevo,
haciendo todo lo posible por borrar el recuerdo de su caída y a este objeto
procuró mantenerse muy erguida, con la cabeza levantada y el cuerpo recto,
acompañando rítmicamente los movimientos del caballito, que se balanceaba como
una hamaca.
-Tendría que verla saltando empalizadas y corriendo cuando
salimos a ejercitarnos juntos. Y se lanza en carrera desenfrenada, esquivando
piedras y otros obstáculos con igual pericia que yo -explico Mac, como una
especie de complemento a las alabanzas que el doctor había expresado acerca de
su alumna.
-Me temo, Alee -intervino la señora Jessie, que en sus tiempos
dio que hablar también-, que va a parecerte una especie de pequeño marimacho,
pero lo interesante del caso es que disfruta mucho con estas cosas y me ha
faltado ánimo para prohibírselo. Su habilidad me -tomó de sorpresa y realiza
las proezas más extraordinarias. Dice que su naturaleza vigorosa le pide esas
expansiones y no tiene otro remedio que correr o gritar, esté bien o no.
-¡Bueno, bueno! -exclamo el doctor Alee, frotándose las manos
satisfecho-. No podrían darme una noticia mejor. Que corra y grite todo lo que
quiera; es signo de buena salud y tan natural en una chica alegre como retozar
en un animal lleno de vida. De los pequeños marimachos salen las niñas robustas
y prefiero ver a Rosa jugando al fútbol con Mac antes que encontrarla luciendo
labores de mostacilla como esa Annabel Bliss, que parece una enanita enferma.
-Está bien, pero tampoco es posible que siga jugando al fútbol
mucho tiempo, pues debe pensar que en la vida tendrá que realizar muchas tareas
propias de mujer -empezó la señora Jessie.
-Tampoco Mac seguirá jugando al fútbol mucho tiempo, pero
teniendo buena salud estará mejor capacitado para los negocios. El lustre se
añade fácil, si el cimiento es fuerte; pero en madera floja no hay dorados que
valgan. Estoy convencido de que tengo razón, Jessie; y si el resultado que
obtenga con la niña en los próximos seis meses es tan bueno como el de los
anteriores, entonces mi experimento habrá triunfado.
-No hay duda; pues cuando comparo esa cara sonrosada y alegre
con la otra, pálida y contrita, que tanta aflicción me causaba hace poco, estoy
en condiciones de creer en cualquier milagro -dijo la señora Jessie, mientras
Rosa giraba la cabeza para señalar un espectáculo encantador y sus mejillas
parecían las manzanas rojizas del huerto cercano, sus ojos tenían la claridad
del cielo de otoño que los cubría y toda ella denotaba energía y vigor.
Un rato de juego entre las rocas, del cual participaron todos,
fue seguido por una comida de verdadero estilo gitano, que los chicos hallaron
deleite en preparar. Mamá Atkinson se puso el delantal, se arremango los brazos
y se dedico al trabajo con igual entusiasmo que si estuviera en su propia
cocina, haciendo hervir la marmita sostenida en tres palos sobre un fuego de
ramas, mientras las chicas ponían la mesa en la tierra cubierta de musgo,
llenándola de apetecibles productos del campo, y los pequeños tropezaban entre
sí y con todos los demás hasta que el sonido del cuerno los llamo a ocupar sus
sitios.
Después de la alegre comida y el intervalo de descanso que la
siguió, por elección unánime se jugó a charadas en acción. Un lugar liso y
verde entre dos pinos fue elegido como escenario; colgaron echarpes, reunieron
objetos de utilería, se separaron actores y público y fueron eligiendo
palabras.
Al representarse la primera escena descubrieron a Mac en actitud
de abatimiento y muy desaliñado, preocupado visiblemente. Entro en dirección a
Mac una figura muy rara, que llevaba en la cabeza una bolsa de papel madera.
Por un agujero practicado en el medio salía la naricita rosada; por otro se le
veían los dientes relucientes y más arriba los ojos, que parecían despedir
chispas. A cada lado de la boca había matas de hierba, cuyo objeto era simular
bigotes y los ángulos superiores de la bolsa estaban retorcidos como orejas.
Nadie pudo dudar un solo instante que el echarpe negro que llevaba clavado
detrás representaba un rabo.
Este animal extraño, mediante pantomima, parecía consolar a su
amo y ofrecerle consejo, el cual fué seguido instantáneamente, pues Mac se
quitó las botas y le ayudo a ponérselas; luego, besando esperanzado su patita,
le ordeno retirarse y el otro ronroneo tan a lo vivo, que por todas partes se
oyeron gritos de "Gato, minino, botas! ".
-Gato es la respuesta -contesto una voz, y cayó el telón.
La siguiente escena fue más difícil, pues entro un nuevo animal,
en cuatro patas esta vez, con una cola distinta y orejas largas. Un gran
echarpe le ocultaba la cara, pero un rayo de luz juguetón delataba el brillo de
algo que bien podían ser antiparras debajo del fleco. En el lomo cabalgaba un
caballerito vestido a la oriental, al cual parecía que no era del todo fácil
mantenerse en su sitio cuando la bestiezuela se movía mucho. De pronto entro
una aparición, toda vestida de blanco, con alas de papel de diario en la
espalda y rizos dorados en torno a la cara. Lo curioso, fue que la bestia la
vio y retrocedió en el acto, mientras que el jinete, al parecer, no veía nada y
siguió castigando al animal despiadada-mente, pero sin lograr resultado alguno,
pues el espíritu quedo inmóvil en mitad del camino y el animalito no avanzaba
ni un paso. Siguió una escaramuza, consecuencia de la cual fue que el caballero
del traje oriental fue derribado sobre un helecho, mientras que su cabalgadura,
poseedora de mejor educación, se postró de hinojos ante la visión misteriosa.
Los chicos seguían a oscuras; pero mama Atkinson dijo
repentinamente:
-Si eso no es Balaam y el asno, me gustaría saber que
representa. Rosa es un ángel precioso, ¿verdad?
"Asno" era la solución, y el ángel se retiró,
esbozando en sus labios una sonrisa de satisfacción mundana motivada por el
elogio que acababa de escuchar.
Siguió luego una hermosa escenita del cuento inmortal
"Niños en el bosque". Jamie y Pokey entraron al trotecito, tomados de
las manos, y como habían ensayado esta parte muchas veces, se desenvolvieron
con gran soltura, haciéndose mutuamente indicaciones que llegaron ron hasta el
auditorio. Recogieron las bayas, se perdieron, derramaron lagrimas, hallaron
consuelo, y luego las dos criaturas se echaron en el suelo y murieron con los
ojos muy abiertos y las puntas de los zapatos apuntando a las margaritas en forma
patética.
-Ahora deben llegar los pechirrojos -oyeron que decía uno de los
difuntos-. Tú sigues muerto y yo me fijaré si vienen.
-Date prisa -contestó el otro en voz baja-, porque estoy
acostado sobre una piedra y las hormigas empiezan a picarme las piernas.
Los pechirrojos hicieron su entrada, moviendo las alas y con
echarpes rojos en el pecho y hojas en las bocas, que pusieron delicadamente
sobre los nenes, cuidando mucho que se viesen bien. Una hoja de zarza puesta
directamente en la nariz de Pokey le hizo cosquillas y con tanta violencia
estornudó, que tuvo que mover las piernas en el aire. Jamie, sorprendido,
exclamó "i Oh 1" y los pajaritos huyeron sonriendo.
Después de los preparativos y discusiones del caso, apareció en
escena Annette Snow, acostada, al parecer muy enferma; la niña Jenny era su
anhelante mamá y la alegre conversación entretuvo al auditorio hasta que llegó
Mac en su papel de médico e hizo un sinfín de cosas raras con su enorme reloj,
sus aires de gran sabio y sus preguntas absurdas. Recetó una píldora de nombre
imposible de pronunciar y se marchó, después de haber exigido veinte dólares
por su breve visita.
La píldora fue administrada al enfermo, pero sucedieron tales
agonías de dolor que la mama afligida pidió a un vecino bueno que fuese a traer
a la Señora Sábelotodo. Corrió el vecino y al instante vino una viejecita con
gorro y anteojos, la cual traía bajo el brazo un fardo de hierbas, que en el
acto aplicó en gran número de maneras raras, explicando sus virtudes mientras
plantaba un emplasto aquí y una cataplasma allá o ataba un par de hojas de
candelaria al cuello del paciente. Siguió un alivio instantáneo y el chico
moribundo se incorporó y exigió que sirviesen un buen plato de habas asadas,
visto lo cual los padres ofrecieron a la vieja cincuenta dólares ; pero mama
Sabelotodo los rechazó indignada y se fué muy contenta, declarando que entre
vecinas debe hacerse cuanto es posible y que los honorarios de los médicos son
un cuento.
El público acompañó la representación con sonoras carcajadas,
pues Rosa imitó admirablemente a la señora Atkinson y la curación mediante
hierbas era una alusión a las constantes afirmaciones de esta señora, quien
aseguraba que las "yerbas" serían la salvación de la humanidad, con
sólo que se supiese aplicarlas. Nadie disfrutó mas que ella, y todos aguardaron
con enorme interés el gran final.
Esta última escena fue breve pero eficaz, representándose dos
trenes que venían en sentido contrario, chocaban con terrible estrépito y el
estropicio completaba la palabra "catástrofe".
-Ahora vamos a poner en acción un proverbio; tengo uno preparado
-dijo Rosa, que se perecía por lucirse delante del tío Alee.
Todos, excepto Mac, el alegre chico del oeste y Rosa, ocuparon
sus puestos en los asientos de roca y comen- } taron la parte de espectáculo ya
vista, pero no se entendían, porque Pokey aseguraba, contra viento y marea, que
su parte había sido la "más mejor de todas".
A los cinco minutos se levantó el telón. No se veía más que una
hoja grande de papel clavada en un árbol, sobre la cual había dibujada una
esfera de reloj, cuya aguja señalaba las cuatro. Debajo, mediante una nota, se
informaba al público que eran las cuatro de la mañana. Apenas tuvo tiempo el
auditorio de llevarse al' meollo este detalle importante, cuando una larga
serpiente formada con un impermeable, se desenrolló detrás de un tronco
partido. Tal vez era un gusano, pues a esta clase de bicho respondía más su
forma. De pronto avanzó una ave inquieta y retozona, que rascaba el suelo con
vigor. Unas hojas de árbol simulaban la I cresta y otras la cola, y mediante un
chal de colores se daba la impresión de alas. Era en realidad un gallo
imponente; de paso firme, ojos que brillaban avizores t y voz que por lo visto
infundía horror en el espíritu de la pobre oruga, si es que era una oruga. El
gusano se acurrucó, saltó y se arrastró todo lo de prisa que pudo, tratando de
huir; pero fue en vano. El ave la descubrió y después de emitir una especie de
canto tembloroso se abalanzó sobre ella y se alejó triunfante.
-Ese pájaro tempranero ha atrapado un gusano tan grande que no
sé cómo se hubiese arreglado para transportarlo -dijo riendo la tía Jessie,
mientras los chicos reían pensando en el sobrenombre de Mac. Se trataba de un
proverbio según el cual el ave que está despierta más temprano pesca el mejor
gusano, y equivalente de "al que madruga Dios lo ayuda".
-Es uno de los proverbios favoritos del tío, por eso lo preparé
en honor suyo -comentó Rosa, apareciendo ` con el gusano a la rastra.
-Muy bonito -dijo el tío, en momento en que la niña se sentaba a
su lado-. ¿Qué sigue ahora?
-Los chicos Dove van a representar "Un incidente en la vida
de Napoleón", como ellos lo titulan; creen que es espléndido y debo
declarar que lo hacen bastante bien -manifestó Mac, con muestras de gran
condescendencia.
Apareció una tienda de campaña, y delante de ella, andando a
grandes trancos, había un pequeño centinela, el cual, mediante un breve
monólogo, informó a los espectadores que los elementos estaban en un terrible
estado de confusión, que había andado unas cien millas ese día, y que se moría
de sueño. Luego se detuvo, se apoyó en su fusil y empezó a adormecerse, hasta
que poco a poco, vencido por el sueño, fue cayendo al suelo. Entró Napoleón con
su tricornio, su chaqueta gris, botas altas, manos cruzadas y sonrisa en la
boca, avanzando con pasos de melodramático efecto. Freddy Dover siempre se
cubría de gloria en este papel, y se llevó las palmas en una actitud
napoleónica que provocó estruen-dosos aplausos; pues el chico de la cabeza
grande, los ojos morenos y la frente cuadrada era "el vivo retrato de ese
bribón de. Bonaparte ", según declaró mamá Atkinson.
Planes de largo aliento bullían sin duda en su cerebro poderoso,
un cruce de los Alpes, una fogata en Moscú o una pequeña escaramuza en
Waterloo, pues marchaba en silencio, majestuoso hasta que, de pronto, un
ronquido interrumpió su imperial cavilación. Descubrió al soldado dormido y lo
miró iracundo, diciendo:
-¡Ah, ja! ¡Dormido en la guardia ! Sufrirá la pena de muerte.
Tomó el mosquete y estaba ya por ejecutar sumaria justicia, como
es costumbre de todos los emperadores, cuando notó algo en la cara del
centinela que pareció impresionarlo. Se entiende que esto ocurriera, pues Jack
era un soldadito precioso, con su chacó mal puesto, un bigote negro sobre la
boca rosada y aquel aspecto extraño de la cara, que tanto trabajo le costaba
mantener seria. Ningún Napoleón del mundo hubiese resistido, y el pequeño
corso, por lo visto, no era más que un hombre, pues se aplacó y dijo, con
altivo gesto de perdón:
-¡Este valiente ha caído rendido por la fatiga ! Lo dejaré
dormir y montaré guardia en su lugar.
Dicho esto, se cargó el fusil al hombro el noble guerrero, y
anduvo de un lado a otro con majestuoso paso y una dignidad tan grande que los
espectadores se sin
tieron conmovidos. El centinela se despertó al cabo de un rato
y, al hacerse cargo de lo sucedido, consideró en el acto que no tenía salvación
ninguna. Pero el Emperador le devolvió el arma y, con una sonrisa que traspasó
todos los corazones, señalando hacia una roca en la cual acababa de posarse un
gallo, dijo:
-Sé valiente, sé alerta, y recuerda que desde aquella pirámide
nos miran las generaciones del pasado.
Pronunciadas estas memorables palabras, el guerrero se marchó,
dejando al agradecido soldado emocionado, con una mano en la sien y su devoción
a toda prueba reflejada en el rostro juvenil.
El aplauso que marcó el fin de esta exhibición soberbia no había
cesado aún cuando se oyeron un chapoteo en el agua y una serie de gritos, con
lo cual todos se precipitaron nerviosos a la cascada formada por un arroyuelo
que corría rumoroso entre las peñas. Pokey había querido jugar allí, cayéndose
en un charco plago, del cual Jamie intentó sacarla, pero los dos se esforzaban
por nadar para salir del agua, sin saber si reír o asustarse.
Este contratiempo hizo necesario llevar a casa cuanto antes los
dos chicos empapados, de modo que se cargaron los coches y emprendieron la
marcha, tan alegres como si el aire de la montaña hubiera sido el bálsamo de
que tanto hablaba el doctor Alee y hubiesen bebido champagne en vez del vino de
grosellas que acompañó al pastel con rosas de azúcar en forma de guirnalda que
apareció entre las cosas guardadas por tía Paciencia en un cesto de golosinas.
Rosa participó del regocijo, procurando que sus palabras o sus
gestos no delataran el dolor que sentía en un tobillo. Se excusó de intervenir
en los juegos por la tarde, y se quedó sentada junto al tío Alee, el cual
experimentó gran satisfacción al tenerla así de compañera. Ella le hizo algunas
confidencias, declarando que había jugado con los niños, andando a caballo,
haciendo instrucción con la infantería ligera, trepando árboles e in-curriendo
en otros extremos espantosos que habrían dado motivo para que las tías, de
saberlo, hubiesen puesto el grito en el cielo.
-Me tiene completamente sin cuidado lo que puedan decir, tío,
siempre que usted no se enoje -le dijo, al tiempo en que trataba de imaginarse
el asombro de las tías.
-Está muy bien eso que dices, pero te estás volviendo muy rebelde,
y temo que el día menos pensado me desafíes a mí también, y ¿qué será de
nosotros entonces?
-No, eso no; ni atreverme siquiera; porque usted es mi tutor, y
puede ponerme un chaleco de fuerza si lo desea -contestó Rosa, riéndose a más
no poder y acurrucándose coquetamente contra él.
-Te aseguro, Rosa, que empiezo a sentirme como el hombre que
compró un elefante y no supo que hacer con él. Creí que durante muchos años
tendría a mi lado una criatura a la cual manejar y con quien distraerme
jugando; pero estás creciendo como una jirafa y en cuanto quiera darme cuenta
voy a comprender que entre manos tengo una mujer hecha y derecha. ¡Gran aprieto
para un tío, que además de tío es un hombre consciente!
La aflicción del doctor Alee tenía algo de cómica, y la
conversación llegaba a un punto muerto. Por suerte, su atención fue atraída
hacia el pradito, en el cual los niños, como número sensacional para una fiesta
de despedida, bailaban una danza de gnomos. En las cabezas se habían puesto
faroles de calabaza y saltaban tanto que parecían realmente fuegos
artificiales.
Cuando fue a acostarse, Rosa descubrió que su tío no la había
olvidado, pues sobre su mesa había una especie de caballete pequeño con dos
miniaturas montadas en terciopelo. Reconoció en el acto los retratos; y los
contempló emocionada, hasta que de sus ojos brotaron lágrimas que eran a un
tiempo dulces y tristes. Los bustos de su padre y su madre habían sido
maravillosamente reproducidos de dos retratos descoloridos.
Se arrodilló y rodeó con sus brazos el minúsculo templo,
besándolos uno tras de otro y diciendo con voz compungida:
-He de hacer todo lo posible para que se alegren el día que les
toque verme de nuevo.
Tal fue la oración de Rosa el día en que cumplió catorce años.
Dos días después, los Campbell se, volvieron en número mayor que
a la ida, pues lo acompañaba el doctor Alee y Kitty Comet era conducido
señorialmente en un canasto, con una botella de leche, algunos sandwiches muy
pequeños y un platito en que beber, así como un trozo de alfombra para que
tuviera dónde acostarse en su palacio ambulante, por cuyos bordes asomaba la
cabeza con gracia suma.
Hubieron muchos besos y abrazos, saludos con pañuelos y las
manos, y últimos adioses, y emprendieron la marcha; pero no habían hecho más
que arrancar cuando mamá Atkinson llegó corriendo y amontonó como pudo algunas
tortas, acabadas de salir del horno, pues sin duda los pobrecitos se cansarían
del pan y manteca en un viaje que debía durar un día entero".
Arrancaron y de nuevo se detuvieron; esta vez eran los chicos de
los Snow, exigiendo a gritos los tres gatitos que Pokey se llevaba envueltos en
una manta de viaje. Los animalitos fueron rescatados y estaban casi asfixiados
los pobres,. volviendo a poder de sus dueños legítimos, en medio de las
lamentaciones de la secuestradora, quien declaraba que si se los llevaba era
porque ellos mismos decidieron no separarse de su hermana Comet.
Partida número tres y detención número tres, a los gritos de
Frank, que llegó corriendo con el cesto de la merienda, del cual se habían
olvidado, no obstante que todos acababan de- asegurar que lo llevaban consigo.
De aquí en adelante todo anduvo bien, y en el largo viaje se
distrajeron mucho con Pokey y la gatita, que jugaban, y por su forma de
divertir a los demás cualquiera las hubiese considerado benefactoras públicas.
-Rosa no quiere volver a casa, porque sabe que las tías no la
dejarán correr y hacer tantas locuras como ha hecho en Rinconcito Agradable
-comentó Mac cuando les faltaba poco para llegar.
-No voy a poder hacer locuras aunque quiera, por lo menos
durante un tiempo -contestó Rosa, frunciendo las cejas-; y te diré por qué. Me
recalqué un tobillo cuando ""Barkis" me echó al suelo y cada vez
me siento peor, aunque he hecho todo lo posible por curarme y hacer de forma
que nadie se entere, pues temí causar trastornos sin necesidad.
En aquel momento estaba por saltar del carro, y el dolor era tan
intenso, que lamentó no fuese a ella a quien el tío transportaba en brazos, en
lugar de los paquetes.
Sin embargo, antes de que pudiera darse cuenta de lo que
ocurría, descubrió que Mac la conducía en alto, y la depositaba delicadamente
en el sofá de la sala, sin que hubiese rozado el suelo para nada.
-Ahí estás... No bajes el pie derecho, y una. cosa: si llegas a
sentirte mal del tobillo y no puedes moverte, yo estaré a tu servicio
incondicional. De todos modos, es lo menos que puedo hacer, después de lo bien
que te portaste conmigo.
En el acto Mac fue a llamar a Febe, y en su espíritu la gratitud
y decisión fueron tales que hasta las antiparras brillaron.
CAPÍTULO 15
PENDIENTES
EL accidente de Rosa resultó ser grave, en virtud de haberlo
descuidado al principio, y el doctor Alec le ordeno estar acostada en el sofá
durante una quincena por lo menos; ella refunfuñó por lo bajo, pero no se
atrevió a quejarse abiertamente, por miedo a que los chicos la abrumaran con
sermones para incitarla a tener paciencia, como los que ella les endilgó antes.
Tocó ahora el turno a Mac, y el chico cumplió honrosamente su
deber de gratitud; pues, como no podía concurrir aún a la escuela, disponía de
mucho tiempo y casi todo lo dedicó a Rosa. Hizo muchas cosas por ella, y hasta
le permitió que le enseñase a tejer, después de asegurarse que muchos valientes
escoceses fueron hábiles en el manejo de las agujas largas. Antes de consentir,
sin embargo, Rosa debió jurar que a nadie revelaría el secreto, pues el chico
pensaba con espanto en la posibilidad de que los otros le pusiesen el apodo de
"Abuelita", o cosa parecida, y la proximidad de los representantes
del clan hacía que los trastos de la labor desaparecieran como por encanto, con
el consiguiente detrimento de la banda que estaba tejiendo en el nuevo cubrecama
de Rosa.
Hallábase la niña distraída en su pequeño quehacer una mañana de
octubre, muy cómoda en su sofá en el salón del piso alto, y Jamie y Pokey, que
fueron conducidos allí con el fin de que la distrajeran, jugaban a las casitas
en un rincón, haciendo de hijos Cometa y la muñeca vieja de Rosa.
De pronto apareció Febe con una tarjeta. Rosa la leyó, hizo una
mueca de disgusto y dijo, riendo:
-Atenderé a la señorita Bliss -y en el acto cambió de cara,
adoptando una expresión social mientras estiraba el dije para que viese bien y
se arreglaba los rizos del cabello.
-¡Oh, querida mía! ¿Como estás? He querido pasar a verte desde
que volviste, pero tengo tantos compromisos que hasta ahora no he podido. Me
alegra encontrarte sola, pues mamá me dijo que podía quedarme aquí un rato y he
traído mi labor de encaje para enseñártela, segura de que ha de parecerte
preciosa -exclamó la señorita Bliss, saludando a Rosa con un beso que no fue
devuelto muy efusivamente, aunque Rosa le dio las gracias cortésmente por
haberla visitado y pidio a Febe que preparase un silloncito.
-¡Que gran cosa es tener una criada! -dijo Annabel, mientras se
arrellanaba en el sillón-. Sin embargo, querida, supongo que te sientes muy
sola y has de echar de menos la presencia de un pecho amigo.
-Tengo a mis primos -dijo Rosa con mucha dignidad, pues la
actitud protectora de su visitante la indignaba un poco.
-¡Oh, hija mía ! Supongo que no serás amiga de esos niños
traviesos. Mamá dice que no está bien que te des tanto con ellos.
-Son como hermanos y a mis tías les parece muy bien -replicó
Rosa, con cierta aspereza, pues no entendía que Annabel tuviera que meterse en
esas cosas.
-He pensado que me gustaría tenerte de amiga, porque Hatty Mason
y yo hemos reñido y no nos hablamos. Es demasiado mala y he desistido de
tratarla. Imagínate que no me devolvió nunca un caramelo que le di, y no tuvo
la delicadeza de invitarme a su fiesta. Lo del caramelo no tiene mayor
importancia, pero que me deje de lado en esa forma desconsiderada es cosa que
no estoy dispuesta a tolerar, y le dije que mientras viva no vuelva a mirarme a
la cara.
-Eres muy buena, pero no necesito ninguna amiguita íntima. Por
supuesto, te agradezco la intención -dijo Rosa, mientras Annabel movía la
cabeza, como recriminando a la incorregible Hatty Mason.
Ahora bien, Annabel Bliss estaba convencida de que Rosa era una
"gatita orgullosa", pero muchas otras chicas querían ser amigas suyas
y no tenían manera de conseguirlo, la vieja casa era un sitio agradable de ver,
los muchachos gozaban fama de excelentes, y los Campbell, como decía la mamá de
Annabel, "constituían una de las mejores familias del lugar". Annabel
disimuló su humillación ante la frialdad con que la trataba Rosa, y cambió de
tema en cuanto pudo hacerlo.
-Veo que estás estudiando francés. ¿Quién es tu maestro? -le
preguntó, repasando las hojas del ejemplar de Pablo y Virginia que estaba en la
mesa.
-No estudio francés, por cuanto lo veo igual que si fuese
inglés, y mi tío y yo hablamos en ese idioma horas seguidas. Lo habla como si
hubiese nacido en Francia y dice que tengo muy buena pronunciación.
Rosa no pudo evitar esta pequeña demostración de superioridad,
pues el francés era uno de sus puntos fuertes y se sentía halagada, aunque a
menudo ocultaba esta debilidad. Tuvo la sensación de que Annabel se serenaría
un poco después de aquel exabrupto, y no pudo resistir la tentación de
empequeñecerla un poco.
-¿De veras? -dijo la señorita Bliss, un poco atontada, pues el
francés no era ni remotamente uno de sus fuertes.
-Dentro de un año o dos voy a viajar con mi tío, y él sabe qué
importante es entender idiomas extranjeros. La mitad de las chicas que salen de
las escuelas son incapaces de hablar el francés decentemente y cuando van a
Francia se encuentran perdidas. Estaría conforme en ayudarte, si lo deseases,
pues se de sobra que tú no tienes nadie con quien hablar.
Annabel, aun cuando parecía una muñeca de cera, tenía
sentimientos en vez de aserrín, y estos sentimientos sufrieron a raíz del tono
altanero con que Rosa dijo esas palabras. La consideró más orgullosa que nunca,
pero no se le ocurría ninguna forma de humillarla, aunque lo deseaba con toda
su alma, pues experimentaba la misma sensación que si le hubiesen abofeteado la
cara e involuntariamente se llevó una mano a la oreja. El contacto de su
pendiente le sugirió una idea, y comprendió que había una manera de devolver la
pulla.
-Gracias, querida; no necesito ayuda ninguna, porque nuestro
maestro es de París, y por supuesto, habla el francés mejor que tu tío.
-Despues de esto añadió, con un gesto que hizo tintinear las campanitas que
pendían de sus orejas-. ¿Que tal te parecen mis nuevos pendientes? Papá me los
regaló la semana pasada, y todos dicen que son muy bonitos.
Rosa "bajó del caballo" con una rapidez que tenía
mucho de cómico, pues ahora Annabel había tomado la delantera. Adoraba Rosa los
adornos bonitos y se perecía por llevarlos; el mayor anhelo de su espíritu
infantil fue que le taladrasen las orejas, pero el tío Alec aseguraba que era
una tontería y nunca logró satisfacer su deseo. Con gusto habría cambiado todo
el francés que era capaz de hablar por un par de campanitas doradas, con
badajos rematados en perlas, como esas que lucía Annabel; y, juntando las manos,
le contestó en una voz que se coló de rondón en el corazón de su interlocutora
-¡Son realmente divinos! Si mi tío me lo permitiese, me gustaría
muchísimo llevar pendientes.
-Yo no haría caso de lo que dice el tío. Al principio, mi papá
se echó a reír, pero ahora le gustan y dice que cuando cumpla los dieciocho
usaré solitarios de brillantes.
-Tengo un par que fueron de mamá, y otro muy bonito de perlas y
turquesas, que me muero por usar -confesó Rosa suspirando.
-Entonces, no temas nada. Yo te agujerearé las orejas; pero
debes ponerte un pedazo de seda hasta que se curen. Con los rizos, quedarán
tapadas, y así un día, cuando te pongas los más pequeños, ya me dirás si a tu
tío le gustan o no.
-Le preguntó si no me haría bien a los ojos, cuando los tuve
irritados, pero se rió de mí. Sin embargo, la gente se cura los ojos de ese
modo, ¿no es verdad?
-Claro que sí. Y ahora mismo tienes la vista un poco irritada. A
ver, a ver. Sí, sería necesario que te dieses prisa, antes que te sientas peor
-dijo Annabel, mirando atentamente el ojo grande y claro que Rosa le ofrecía a
su inspección.
-¿Duele mucho? -preguntó Rosa, indecisa.
-¡No, querida! ¿Que ha de doler? Es un pinchazo y un tironcito,
y ya está. Yo he agujereado muchas orejas y sé cómo se hace. Vamos, recoge el
cabello y tráeme una aguja.
-No me gusta hacer estas cosas sin permiso de mi tío -dijo
desfalleciente Rosa; pero todo estaba listo para la operación.
-¿Te lo ha prohibido? -inquirió Annabel, inclinada sobre su
presa igual que un vampiro.
-No, jamás.
-En ese caso, no te preocupes de nada.
Estas últimas palahras fueron acompañadas por el final de los
preparativos; Rosa cerró los ojos y dijo "¡ Pincha! " con el mismo
tono de quien dice "¡Fuego! ".
Annabel pinchó y la víctima soportó el dolor con heroico
silencio, aunque se puso pálida y los ojos se le llenaron de lágrimas.
-¡Muy bien! Ahora no dejes de estirar los trocitos de seda con
frecuencia, y pon coldcream en las orejas cada noche, así no tardarás en poder
colocarte los pendientes -dijo Annabel, muy complacida de su trahajo, pues la
chica que hablaha frances con buena pronunciación estaba tirada en el sofá, tan
exhausta como si le hubiesen arrancado ambas orejas.
-Duele espantosamente y se que a mi tío no le va a gustar
-suspiró Rosa, que empezaba a sentir remordimientos-. Prométeme no decir nada,
porque de lo contrario todo el mundo se reirá de mí y voy a sentir mucha
vergüenza.
Diciendo esto, Rosa se había olvidado por completo de los dos
cantaritos con ojos, que desde un rincón estaban observando toda aquella
operación.
-Nunca. ¡Dios mío ! ¿Que es eso ? -preguntó Annabel,
sobresaltada por el ruido repentino de pasos y de voces que llegaba de la
planta baja.
-Son los chicos. Esconde la aguja. ¿Se me ve? No digas una sola
palabra -murmuró Rosa, apresurándose por ocultar todas las trazas de la
iniquidad cometida.
Entraron los componentes del clan en perfecto orden, cargados
con el producto de una expedición de saqueo, pues nunca se olvidaban de
informar a Rosa de sus andanzas y ofrecerle el tributo debido a una reina con
toda la magnificencia del mundo.
-¡Que hermosas castañas y cuántas han traído! ¡Que banquete
vamos a hacernos después del té, verdad! -dijo Rosa, metiendo las dos manos en
el abultado paquete, mientras el clan formaba ceremoniosamente y saludaba a
Annabel con inclinaciones de cabeza.
-Eso lo hemos buscado especialmente para ti, Rosita -dijo Mac,
entregándole casi un quintal-. Las junté yo mismo, y son de las mejores.
-Lo hubieras visto cuando las arrancaba. Se subió a todos los
árboles, y se hubiese roto el cuello de no haberlo salvado Archie -agregó
Esteban, arrellanándose cómodamente en el asiento de la ventana.
-Haces mal en hablar, Dandy, porque tú no distingues un nogal de
una haya, y a estas horas estarías perdiendo el tiempo todavía si yo no te
hubiese dicho que dejaras -replicó Mac, sentado en el respaldo de un sofá, en
una actitud muy digna de su condición de niño privilegiado.
-No me hagas enojar, Gusano, que ya sabes lo que te pasa -dijo
Esteban, sin denotar el menor respeto hacia su hermano mayor.
-Está oscureciendo y tengo que irme, porque mamá puede asustarse
-expresó Annabel, levantándose con prisa repentina, aunque acariciaba secretas
esperanzas de que la invitasen al banquete.
No la invitó nadie, y mientras guardaba sus cosas y charlaba con
Rosa, los chicos se comunicaban por señas la infausta nueva de que alguno de
ellos tendría que acompañarla a su casa. Ninguno se sintió tan heroico como
para ofrecerse espontáneamente; y hasta el cortés Archie esquivó la
responsabilidad, diciendo por lo bajo a Charlie:
-No hay razón para que tenga que hacer todo ese trayecto. Que la
lleve Esteban, así tiene oportunidad de lucir sus buenos modales.
-Prefiero que me ahorquen -exclamó el Príncipe, el cual
detestaba mucho a Annabel, porque siempre se hacía la coqueta cuando se
encontraba con él.
-Entonces iré' yo -dijo inesperadamente una voz. y los chicos se
sorprendieron al ver cómo el doctor Alec salía del cuarto, dispuesto a ofrecer
su compañía a la chica despreciada.
Llegó tarde, sin embargo, porque Mac, obedeciendo a una seña de
Rosa, ya había dispuesto ser la víctima, y salía dócilmente, pensando si algún
día no tendría el placer de saber que Annabel estaba en el fondo del Mar Rojo.
-Entonces conduciré a esta dama abajo, para que tome el té, ya
que la otra tiene un galante caballero que la acompaña a su casa. Veo que las
luces están encendidas en el otro piso, y el olor que llega hasta mí es
indicación de que la tía ha preparado algo rico.
Mientras hablaba, el doctor Alec se preparó para transportar a
Rosa hasta la planta baja, como, de costumbre; pero Archie y el Príncipe se
acercaron presurosos, impacientes por tener el honor de conducirla en un
sillón. Rosa consintió por miedo a que la vista sagaz de su tío descubriera los
trocitos de seda fatal; y los chicos cruzaron sus manos, bajándola como en un
trono, mientras los otros la seguían haciendo de barandas pasamanos.
El te fue servido más temprano que de costumbre, con lo cual
Jamie y su compañerita pudieron divertirse más que otras veces, ya que se les
permitió estar de pie hasta las siete y les fueron concedidas doce castañas
asadas a cada uno, con la condición de no comerlas hasta el día siguiente.
Se despachó el té con toda rapidez, y al instante se reunieron
todos en torno al brasero del comedor, donde las castañas danzaban alegremente
al asarse en las palas y saltaban fuera del fuego, haciendo las delicias de los
pequeños, que más de una vez se asustaron.
-Vamos, Rosa, cuéntanos un cuero mientras trabajamos -propuso
Mac, que estaba dentado a la sentado pelando castañas y sabía por experiencia
que su prima era una excelente Scheherazada-. Ya que no puedes ayudarnos,
tienes que contribuir de algún modo.
-Sí, está feo que nosotros hagamos de monos y nos quememos las
patas sin alguna recompensa. Vamos, vamos -dijo ahora Charlie, mientras le
tiraba en la falda unas cuantas castañas calientes, despues de lo cual se sopló
los dedos y los sacudió.
-Bien, da la casualidad de que recuerdo un cuentito con
moraleja, y voy a contarlo -contesto Rosa, encantada como siempre de poder
relatar cosas instructivas.
-¡Adelante! -gritó Geordie, mientras la chica se disponía a
obedecer, sin imaginarse ni remotamente todo lo desastroso que resultaría el
cuento, para ella misma.
-Pues bien, érase una vez una niñita que fue a ver a una señora
que la quería mucho. La señora era coja, y todos los días tenían que vendarle
un pie, de modo , que tenía un cesto lleno de vendas, todas enrolladas y listas
para el uso. A la niñita le gustaba jugar con este ,_¡ cesto y un día, creyendo
que nadie la veía, tomó uno de los rollos sin pedir permiso y se lo guardo en
un bolsillo.
En este momento, Pokey, que estaba mirando amorosamente las
cinco castañas calientes que tenía escondidas en el fondo de su bolsillito,
levantó de pronto la mirada y dijo "¡Oh!" con cierto dejo de asombro,
como si repentinamente le hubiese parecido interesante el cuento.
Rosa lo oyó y adivino en el acto la picardía de la pequeña
pecadora, y mientras los niños, divertidos con la broma, se tocaban y guiñaban
los ojos entre sí, siguió con mucha pomposidad.
-Pero un ojo misterioso vio a la niña mala, ¿y de quién era ese
ojo?
-El ojo de Dios -murmuro la atormentada Pokey, tapándose la cara
con dos manecillas regordetas, cuyo tamaño no permitía ocultarla del todo.
Rosa quedó un tanto sorprendida por esta respuesta, pero, segura
del efecto que estaba logrando, prosiguió muy seria:
-Sí, Dios la vio, y la vio tambien la señora, pero no dijo nada;
esperó a ver que hacía la nena. La nena había estado muy contenta hasta que se
apoderó de la venda, pero desde el momento en que la tuvo en su bolsillo
empezaron sus sufrimientos, y no tardó en dejar de jugar y pasar todo el tiempo
sentada en un rincón, con cara muy triste. Pensó un poco, y fue lentamente a
poner la venda en su sitio, después de lo cual volvió a ser la niña dichosa de
siempre. La señora se alegro mucho de ver esto, y se preguntó quién había
inducido a la nena a hacer eso.
-La conciencia -murmuró una voz contrita, detrás de las manos
que ocultaban a medias la carita de Pokey.
-¿Y por que se imaginan ustedes que tomo la venda? -preguntó
Rosa remedando el énfasis de una maestra de escuela, convencida de que sus
oyentes estaban muy interesados en el cuento y en sus derivaciones inesperadas.
-Porque era tan linda y estaba tan bien envuelta, que le gusto
mucho -contesto la vocecita.
-Muy bien; es hermoso tener una conciencia tan despierta. La
moraleja es que los que se apropian de lo que no les pertenece no son dichosos
hasta que lo reponen en su lugar. ¿Y por que esconde la cara la niñita?
-Porque está avergonzada -dijo entre sollozos la pequeña
culpable, presa de enorme remordimiento y confusión al verse descubierta de ese
modo.
-Vamos, Rosa, está mal delatar a los chicos delante de todo el
mundo y corregirlos de ese modo; a ti misma no te gustaría -empezó a decir el
doctor Alec, poniéndose a la nena en las rodillas y consolándola mediante besos
y castañas.
Antes de que Rosa pudiera expresar su pesar, Jamie, que se
estuvo poniendo muy rojo y arrebatado como un pavo durante varios minutos, se
volvió indignado, decidido a vengar el agravio inferido a su compañerita.
-Yo sé una cosa que tú has hecho, y voy a contarla ahora mismo.
Te crees que no te veíamos, pero estás equivocada, y dijiste que al tío no le
gustaría y que los chicos se iban a reír. Por eso le hiciste jurar a Annabel
que no diría una palabra cuando te hizo agujeros en las orejas para ponerte los
pendientes. Eso es mucho más grave que tomar un pedazo de trapo, y no deberías
haber hecho que Pokey llorase.
La explosión un tanto incoherente de Jamie produjo tal efecto
que inmediatamente quedó olvidado el pequeño pecado de Pokey y Rosa comprendió
que le tocaba el turno.
-¡Qué! ¡qué! ¡qué! -exclamaron los niños a coro, dejando las
palas y cuchillos para reunirse en torno de Rosa, la cual se delató al llevarse
rápidamente las manos a las orejas y decir en voz casi imperceptible : "Me
indujo Annabel", escondiendo la cabeza en las almohadas como una pequeña
avestruz absurda.
-Ahora se colgará de las orejas, jaulas, canastos, carros y
cerdos, como todas las chicas, y entonces sí que dará gusto verla -dijo uno de
sus atormentadores, retorciendo uno de los rizos que salía de las almohadas.
-Yo no creí que sería tan tonta -opinó Mac, con tono tal de
desaprobación, que Rosa pensó horrorizada en lo poco que ahora representaba
para su sahio primo.
-Esa muchacha de los Bliss es una calamidad, y deberían
prohibirle que entrase en esta casa a traer sus ideas tontas -opinó el
Príncipe, deseoso de poder echar a la muchacha antipática como se echa a un
perro de los sitios en que hay gatitos.
-¡Que le parece, tío? -preguntó Archie, convencido, como mayor
que era, de que convenía mantener la disciplina a toda costa.
-Estoy muy extrañado; pero debemos entender que después de todo
es mujer y tiene sus pequeñas vanidades, como cualquiera -manifestó el doctor
Alec suspirando, pues en el fondo le dolía que Rosa no fuese una especie de
ángel ajena a todas las tentaciones terre-nales.
-¿Y que debemos hacer? -inquirió Geordie, preguntándose que
castigo podía aplicarse a una culpable del sexo contrario.
-Como es tan amiga de adornos, tal vez sería buena idea ponerle
una anilla en las narices también. Recuerdo que en las Islas Fiji vi una
belleza femenina que llevaba una cosa así. Voy a buscar algo -y dejando Pokey
al cuidado de Jamie, el doctor Alec se levantó como si estuviese por llevar a
cabo en serio lo que acababa de insinuar.
-¡Bueno, bueno! Hagámoslo ahora mismo. Aquí tenemos una barrena,
de modo que. ustedes me ayudan y la sostienen, yo le prepararé la nariz -gritó
Charlie, separando las almohadas, mientras los ochos chicos daban vuelta
alrededor del sofá en todo el verdadero estilo de las Islas Fiji.
Fue un momento de angustia, pues Rosa no tenía modo de huir, y
lo único que hizo fue apretarse la nariz con una mano y alargar la otra,
gritando afligida:
-¡Tío! ¡Sálveme, por favor!
De sobra está dicho que el tío la salvó; y cuando se sintió
protegida por su fuerte brazo, confesó su locura con tanta humildad que los
muchachos, después de haberse reído un rato, decidieron perdonarla y declarar
que la culpa era íntegramente de Annabel, la tentadora. Hasta el propio doctor
Alec se aplacó al extremo de proponer dos pendientes de oro para las orejas en
vez de una anilla de cobre en la nariz; temperamento que vino a demostrar cómo,
si bien Rosa tenía todas las debilidades naturales de su sexo en lo tocante a
joyas, él tenía la inconsistencia del suyo en cuanto a conceder a una hermosa
penitente lo mismo que la penitente deseaba, pese a que su buen juicio le decía
lo contrario.
CAPÍTULO 16
PAN Y OJALES
-¿Qué puede estar pensando mi niña ahí sola con esa carucha?
-preguntó el doctor Alec avanzando por el estudio un día de noviembre al ver
que Rosa se hallaba sentada con las manos cruzadas y muy pensativa.
-Tío, quiero que hablemos en serio un ratito, si es que tiene
tiempo -dijo la niña, saliendo del cuarto y haciendo como si no hubiese oído la
pregunta.
-Estoy enteramente a tus órdenes, y muy dispuesto a escucharte
-le respondió cortésmente, pues cuando Rosa denotaba empaque femenino la
trataba siempre con una especie de respeto juguetón que la complacía
inmensamente.
Una vez que el hombre se sentó a su lado, dijo Rosa: -He estado
pensando que oficio debería aprender, y deseo que me aconseje.
-¿Oficio, querida? -y el doctor Aleo la miró extrañado, tan
extrañado que la niña creyó necesario ampliar sus explicaciones.
-No recordaba que usted no nos oyó hablar en Rinconcito
Agradable. Solíamos sentarnos a coser debajo de los pinos y charlábamos mucho
-las mujeres, por supuesto-; y a mí me gustaba sobremanera. Mamá Atkinson era
de opinión que todas debemos tener oficio, o alguna manera de ganarnos la vida,
porque los ricos pueden empobrecerse y los pobres no tienen más remedio que
trabajar. Sus hijas eran muy mañosas y sabían hacer de todo; y la tía Jessie
decía que la señora tenía razón. De modo que cuando vi todo lo dichosas e
independientes que eran aquellas chicas, sentí deseos de tener un oficio; claro
que el dinero no es lo importante, aunque me gusta mucho tener el que necesito.
El doctor Alec escuchó esta explicación con una curiosa mezcla
de sorpresa, placer y esparcimiento reflejada en su rostro, y miró a la niña,
pensando que de pronto se hubiese transformado en toda una señorita. Había
crecido mucho esos últimos seis meses y aquella cabecita había pensado tantas
cosas que cualquiera, al conocer el detalle, no hubiera podido menos de
extrañarse, pues Rosa era de esas chicas que miran y meditan y de cuando en
cuando dejan atónitos a sus mayores con una observación sagaz o curiosa.
-Estoy enteramente de acuerdo con las señoras y me satisfará
mucho ayudarte a tomar una determinación, si es que puedo -dijo el doctor muy
serio-. ¿Hacia que te inclinas? Una aptitud o un talento natural es de gran
valor al decidirse.
-No tengo talento especial ninguno, ni una predilección que se
destaque netamente y por eso no he pensado nada, tío. Me parece que lo mejor
sería elegir una ocupación muy útil y aprenderla, porque esto no lo hago por
placer, ¿sabe?, sino como parte de mi educa-ción y a fin de estar preparada por
si algún día fuese pobre -contestó Rosa, poniendo la misma carita que si
realmente ansiase un poco de pobreza, para que su cualidad útil tuviese ocasión
de ser puesta en ejercicio.
-Muy bien, hay una condición femenina, necesaria y excelente de
la cual no debe carecer ninguna mujer, porque es útil tanto a pobres como a
ricos y sirve• de auxilio a las familias que dependen de ella. Esta rara
habilidad anda muy descuidada hoy en día y se la considera anticuada, lo cual
es gran error, y ese error no quiero que se repita en la educación de mi
sobrina. Debe ser parte de la cultura de todas las chicas, y sé de una gran
señora que no tendrá inconveniente en enseñártelo en la forma mejor y más
agradable.
-¿De que se trata? -inquirió Rosa con gran vehemencia, encantada
con la perspectiva de que resultara tan fácil y grato adquirir la habilidad en
cuestión.
-Se trata de los quehaceres domésticos -contestó el doctor Alec.
-¿Y eso es una cualidad importante? -inquirió Rosa, sintiendo un
gran desánimo, pues había empezado a soñar vagamente' en toda suerte de cosas
raras.
-Sí; es una de las artes más bellas y más útiles que las mujeres
pueden aprender. No es tan romántica quizá como el canto, la pintura, la
escritura y aun la misma enseñanza; pero hace del hogar el sitio más
interesante, dichoso y placentero del mundo. Sí, está bien que abras mucho los
ojos; pero es el hecho que antes prefiero verte convertida en una buena ama de
casa que en la atracción más vistosa de toda la ciudad. Esto no tiene por que
entorpecer ninguna otra cualidad que tú poseas; pero es una parte necesaria de
tu instruc-ción, y confío que pondrás manos a la obra sin tardanza, ahora que
ya estás hien y eres fuerte.
-¿Y quién es la señora de que habló? -preguntó Rosa, bastante
impresionada por el discurso de su tío.
-La tía Abundancia.
-¿Es maestra en esa rama? -iba a decir Rosa un tanto
sorprendida, pues era precisamente ésa, entre todas sus tías, la que menos
preparada le pareció siempre; pero de pronto se contuvo.
-En el buen estilo antiguo tiene una excelente preparación -dijo
el tío, como si hubiese oído lo que Rosa pensaba-, y desde que tengo uso de
razón recuerdo que gracias a ella esta casa ha sido un hogar dichoso para todos
nosotros. No es elegante, pero sí buena de veras, y tan amada y respetada que
cuando su lugar quede vacío habrá duelo universal. Nadie podrá ocupar ese
sitio, pues las virtudes sólidas y domésticas de la buena 'tía habrán pasado de
moda, como digo, y lo nuevo no puede ser la mitad de satisfactorio, por lo
menos para mí.
-Me gustaría que la gente pensase lo mismo de mí. ¿Podrá
enseñarme a hacer todo lo que hace ella y a ser igual de necesaria? -preguntó
Rosa, un poco arrepentida de haber pensado que la tía Abundancia pudiese ser
una mujer vulgar.
-Sí, siempre que no sientas desprecio por una enseñanza tan
sencilla como la que ella puede impartir. Sé que para ella no habría en el
mundo una alegría mayor ni un placer más subido que el ver que alguien se
interesa por aprender de ella, pues piensa que sus días han pasado ya. Que te
enseñe a ser lo que ella ha sido, una mujer de su casa, hábil, alegre y frugal,
constructora y cuidadora de un hogar venturoso, y algún día reconocerás cuán
útiles son esas lecciones.
-Lo haré, tío. ¿Cuándo empiezo?
-Le hablaré primero y le permitiremos ponerse de acuerdo con
Debby, pues debes saber que la cocina es una de las cosas principales.
-En efecto. No tengo inconveniente ninguno; me gusta ocuparme de
comidas, y en casa hice la prueba, sólo que no tuve quien me indicase nada y lo
único que hice fue estropear los delantales. Las tortas divierten mucho, pero
Debby se enoja tanto, que sospecho que J nunca me permitirá hacer nada en la
cocina.
-Si así es cocinaremos en la sala. Sospecho que la tía
Abundancia le - arrancará el consentimiento, no te preocupes. Pero una cosa
quiero anticiparte, y es que prefiero verte haciendo buen pan que las mejores
tortas al horno que puedan imaginarse. Cuando me traigas un pan sano. y bien
cocido, que hayas hecho tú sola, estaré más satisfecho que si me ofrecieses un
par de zapatillas bordadas en el estilo más moderno. No quiero sobornarte, pero
te dare mi beso más cordial y prometo comer hasta la última miga.
-¡Trato hecho! Vamos a contarle a la tía, porque estoy
impaciente por empezar -exclamó Rosa, bailando delante del tío mientras lo
conducía hacia la sala, en la cual la tía Abundancia estaba sentada sola y
tejiendo muy satisfecha, pero alerta a cualquier llamada de auxilio que pudiese
llegarle de un sitio u otro.
Es innecesario decir cuánta fue su sorpresa y satisfacción al
recibir la invitación de enseñar a la niña las artes domesticas que eran su
única, perfección, ni relatar con cuánta energía se dedicó a su agradable
tarea. Debby no se atrevió a gruñir, pues la tía Abundancia era la única
persona a quien obedecía sin protestas, y Febe se sintió encantada, por cuanto
aquellas lecciones traían a Rosa más cerca suyo y glorificaban la cocina a los
ojos de la niña.
Si hemos de ser veraces, en algunas ocasiones las tías pensaron
que estaba demasiado apartada de ellas la sobrina que desde tiempo atrás les
había ganado el corazón y era el sol de la casa. A veces hablaron de esto, pero
siempre concluyeron por decir que como Alce había cargado con toda la
responsabilidad, era lógico que tuviese más tiempo a la niña consigo y
dispusiese de una parte mayor de su cariño, debiendo ellas contentarse con las
migajas que pudieran obtener.
El doctor Alec había descubierto este pequeño secreto y después
de reprocharse su ceguera y su egoísmo, procuró dar con alguna manera de
reparar el daño, cuando la consulta de Rosa vino a darle un método eficaz. No
supo cuánto se había encariñado con ella hasta que la cedió a la nueva
instructora, y a menudo no resistió la tentación de espiar por la puerta para
ver que tal seguía, o fijarse disimuladamente en los momentos en que ella
estaba enfrascada en la masa o atendía una conferencia de la tía Abundancia. De
cuando en cuando lo sorprendieron y le dieron orden de retirarse de allí, y
cuando era forzoso recurrir a expedientes más suaves, lo inducían a irse con el
ofrecimiento de un poco de pan de jengibre, uno o dos pickles o una torta que
no había salido tan simétrica como para merecer la aprobación de sus ojos
críticos.
Por supuesto, exigió a todo trance participar abundantemente de
los regalos sabrosos que aparecían ahora en la mesa, pues ambas cocineras se
esforzaban por hacer demostración de gran pericia y no le dieron motivo a
quejarse. Pero lo más interesante era cuando alababa especialmente un plato
excelente, y en respuesta a su elogio Rosa se ponía colorada y decía
modestamente:
-Lo hice yo, tío ; y me halaga que le haya gustado.
Pasó tiempo antes de que apareciese el pan perfecto, pues hacer
pan no es cosa que se aprende así como así, y la tía Abundancia era maestra muy
minuciosa; de modo que Rosa primero estudió levaduras y a través de diversas
etapas en fabricación de tortas y bizcochos llegó por fin a la perfección
expresada. Fue a la hora del té y apareció en un plato de plata, conducido
orgullosamente por Febe, quien no pudo resistir la tentación de decir en voz
baja, al ponerlo delante del doctor Alec.
-¿Verdad que es excelente, señor?
-Es un pan espléndido. ¿Lo hizo mi sobrina sola? -preguntó el
buen hombre, inspeccionando el objeto bien formado y oloroso con mucho interés
y gran deleite.
-Todo ella sola, sin recurrir a la ayuda o consejo de nadie
-contestó la tía Abundancia, cruzando las manos en actitud de satisfacción no
mitigada, pues su alumna le hacía amplio honor.
-He fracasado y he sufrido contratiempos tantas veces, que
llegue a creer en la imposibilidad de hacerlo sola. Debby dejó que una hornada
se quemase por completo porque yo me había olvidado de sacarla. Estaba allí y
se enteró por el olor, pero no hizo nada, pues dijo que para hacer bien el pan
es forzoso estar pendiente de los detalles. ¿No es cierto que fue una crueldad?
Por lo menos, debió llamarme -explicó Rosa, revolviendo entre sus suspiros el
recuerdo angustioso de aquellos momentos.
-Su intención fue que aprendieses por tu propia experiencia,
como Rosamunda en aquello del jarro de púrpura, que debes recordar.
-A mí siempre me pareció que la mamá de Rosamunda fue muy
injusta, pues cuando la niña le pidió una vasija en que poner la sustancia
purpúrea, hizo mal en contestarle: "No estoy conforme en prestarte ninguna
vasija, pero lo haré". He sentido odio hacia esa mujer aborrecible, aunque
reconozco que fue una madre buena.
-No te preocupes de ella ahora, y sígueme contando lo del pan
-dijo el doctor Alec, a quien divirtió aquella repentina indignación de Rosa.
-No hay nada más que decir; tío, salvo que puse mi mayor empeño,
me ocupe con toda atención, y no le quité la vista de encima mientras estaha en
el horno. Esta vez todo salió bien, y ha resultado un pan de buen aspecto, como
puede apreciar. Pruébelo, y dígame si tiene tan buen gusto como cara.
-¿Es necesario que lo corte? ¿No podría ponerlo bajo vidrio y
guardarlo en la sala, como se guardan las flores de cera?
-¡Yaya una ocurrencia! Se fermentaría y echaría a perder.
Además, todos se reirían de nosotros y tomarían a broma mis esfuerzos. Me ha
prometido comerlo y tiene que cumplir ; no todo en el acto, sino a medida que
pueda. Ya le haré más.
El doctor Alec cortó solemnemente una tajada de corteza, que era
lo que más le gustaba, y la comió con igual solemnidad. Luego se limpió los
labios, y echando hacia atrás los cabellos de Rosa, la besó solemnemente en la
frente, diciendo al mismo tiempo
-Querida, este pan es perfecto y tu maestra puede estar bien
orgullosa. Cuando tengamos nuestra escuela modelo, ofreceré un premio al mejor
pan, y de seguro tú lo ganarás.
-Ya lo he ganado, y estoy bastante satisfecha - contestó la
niña, deslizándose de su asiento y procurando ocultar una quemadura que tenía
en la mano derecha.
Pero el doctor Alec la vio, adivinó el origen, y después del te
insistió en calmarle el dolor que la niña no quería confesar.
-Dice la tía Clara que estoy echándome a perder las manos, pero
no me importa, pues he disfrutado mucho con las lecciones de la tía Abundancia
y creo que a ella le ocurre lo mismo. Sólo una cosa me preocupa, tío, y quiero
consultarlo -dijo Rosa, mientras paseaban por el vestíbulo a la luz del
crepúsculo, la mano vendada apoyada cuidadosamente en un brazo del doctor Alec.
-¿Más confidencias? Me gustan muchísimo, de modo que habla sin
reservas.
-Pues bien, tengo la sensación de que la tía Paz quisiera hacer
algo por mí, y creo haber descubierto que puede hacer. Como usted sabe, no
puede andar de un lado a otro igual que la tía Abundancia, y estamos tan
ocupados que, naturalmente, se siente sola. De modo que he pensado que me dé
lecciones de costura. Trabaja muy bien, y es cosa muy útil; puedo ser tan hábil
en cuestiones de aguja como en el cuidado general de una casa, ¿no le parece?
-¡Bendito sea tu corazoncito ! Eso es precisamente lo que estuve
pensando el otro día cuando la tía Paz dijo que te veía muy poco porque estabas
tan atareada. Quise hablar de este asunto, pero se me ocurrió que ya tenías
bastante ocupación. Tengo la convicción de que la buena señora estaría
encantada si pudiese enseñarte labores primorosas, en especial ojales, que es
asunto en el cual fallan la mayoría de las señoritas; por lo menos, he oído
decir que así es. De modo que prepárate a tomar en serio los ojales; lléname de
ojales la ropa, si te parece. Aguanto cualquier cantidad.
Este curioso ofrecimiento hizo reír a Rosa, pero prometió
prestar la debida atención a rama de tanta importancia, aunque confesó que el
zurcido era su punto debil. Después de lo cual el tío Alec se preocupó de
proporcionarle medias en los más variados estados de uso y rotura, y buscar en
el acto un par nuevo, para que le reforzase el talón, tanto como para empezar
como para empezar por algo.
Luego fueron a presentar su proposición debidamente, con gran
satisfacción de la dulce tía Paz, que se emocionó pensando en todo lo que se
divertiría, y mientras tanto empezó a buscar hilos y agujas para su sobrina y a
prepararle un canastito con las cosas necesarias.
Los días de Rosa fueron muy activos y alegres, pues le mañana
ayudaba a la tía Abundancia y se ocupaba de ordenar los armarios y alacenas, de
hacer pickles y conservas en la cocina, de ver que todo en la casa estuviese
bien y de aprender, en el buen estilo antiguo, todo lo atingente a quehaceres
domésticos.
Por las tardes, después de un paseo a pie o a caballo, se
sentaba a hacer labores con la tía Paz, mientras la tía Abundancia, que
empezaba a tener la vista débil, tejía y charlaba alegremente, contando
agradables historias de los tiempos viejos, hasta que las tres lloraban o reían
juntas, pues las agujas inquietas entrelazaban y unían sus vidas en toda suerte
de caprichosos diseños, aun cuando aparentemente no hiciesen otra cosa que dar
puntadas o zurcir remiendos.
Era un espectáculo hermoso el de la niña de carrillos rosados en
medio de las dos ancianas, escuchando con atención sus indicaciones, y animando
las lecciones con su charla vivaz y su risa gozosa. Si la cocina resultó
interesante al doctor Alec cuando Rosa trabajaba en ella, el cuarto de costura
no fue menos irresistible y se esforzó por hacerse grato, a tal punto que
ninguna de las tres fue capaz de echarlo, en especial cuando les leía en voz
alta o les contaba chascarrillos.
-¡Muy bien! Acabo de hacer un juego nuevo de gorritos de noche,
muy abrigados, con cuatro ojales en cada uno -dijo Rosa un día, varias semanas
después de iniciar las lecciones-. A ver si están bien.
-Todo excelente; y veo que los ojales están reforzados y no se
estropearán cuando desabroche los botones. Es un trabajo superior, y quedo
reconocidísimo; tanto es así, que pienso coserme los botones yo mismo, para que
esos deditos cansados no se vean expuestos a más pinchazos.
-¿Coserlos usted? -preguntó Rosa, abriendo los ojos muy
extrañada.
-Espera que tenga listos mis avíos de costura, y entonces me
dirás si no sé hacerlo,
-¿Sabe de veras? -preguntó Rosa a la tía Paz, mientras el tío
Alec se alejaba con un cómico aire de importancia.
-Claro que sí. Le enseñé hace muchos años, antes que se
embarcara; y supongo que ha tenido que hacerse muchas cositas desde entonces, y
no ha dejado de practicar.
Era evidente que así sucedía, pues tardó muy poco en volver con
una curiosa bolsita, de la cual sacó un dedal y después de enhebrar su aguja,
se puso a coser los botones con tanta maña, que Rosa se impresionó y divirtió
mucho.
-¡Habrá en el mundo alguna cosa que usted no sepa hacer? -le
dijo, en un tono que denotaba respetuosa admiración.
-Hay una o dos en las cuales no soy bastante experto todavía
-contestó el hombre, moviendo los ojos y riendo mientras se floreaba
atravesando el paño con la aguja.
-Me gustaría saber cuáles son. -El pan y los ojales.
CAPÍTULO 17
BUENOS TRATOS
ERA una tarde lluviosa de domingo y cuatro de los muchachos
trataban de pasarla tranquilamente en la "biblioteca", como Jamie
llamaba el cuarto dedicado a los chicos y a los libros, en la casa de la tía
Jessie. Will y Geordie estaban tendidos en el sofá, enfrascados en las
aventuras de bribones y pelafustanes que tan de moda están hoy en día, Archie
se había arrellanado en un canapé, rodeado de diarios; Charlie estaba de pie
sobre la alfombra, en una actividad muy inglesa, y (lo confieso con pesar)
ambos fumaban.
-Estoy por pensar que el día de hoy no concluye nunca -expresó
el Príncipe en medio de un bostezo que casi lo parte en dos.
-Lee y mejora tu espíritu -le dijo Archie, asomando la cabeza
solemnemente por encima del diario que había estado leyendo.
-No prediques; ponte las botas y vamos a dar una vuelta, en vez
de estarnos aquí acurrucados junto al fuego como viejecitas.
-No, gracias; no creo que pasear al aire libre en medio de una
de estas tormentas sea lo más acertado -y en este momento Archie se detuvo y
levantó en alto una mano, pues desde fuera llegó a sus oídos una voz agradable
que dijo:
-¿Están los chicos en la biblioteca, tía?
-Sí, querida; desesperados por la falta de sol. Corre y llévales
el sol que no tienen -contestó la tía Jessie.
-Es Rosa -comentó Archie, tirando su cigarro al fuego.
-¿Por que haces eso? -preguntó Charlie.
-No es de caballeros fumar delante de las damas.
-Sí; pero no voy a desperdiciar el cigarro -y el Príncipe metió
el suyo en el tintero vacío que les servía de cenicero.
Llamaron suavemente a la puerta y a coro contestaron:
-Entra.
Apareció Rosa, más sonriente y fresca que un aire matinal.
-Si los molesto, dígamenlo y me iré -empezó a decir,
deteniéndose en el umbral indecisa y modesta; había notado algo en las caras de
los chicos que le llamó la atención.
-Nunca nos molestas, prima -dijeron los fumadores, al tiempo en
que los lectores apartáronse de sus héroes de calle y taberna lo bastante como
para saludar a su visitante con sendas inclinaciones de cabeza.
Como Rosa se agachó para calentarse las manos, advirtió que de
las cenizas salía una punta del cigarro de Archie, echando humo y apestando
horriblemente.
-¡Que malos son! ¿Cómo han podido hacer eso, hoy tan luego?
-dijo en tono de reproche. -¿Que hay de malo? -preguntó Archie.
-Lo sabes tanto como yo; a tu madre no le gusta, y es un hábito
malo, porque se desperdicia dinero y no hace bien ninguno.
-¡Cuentos! Todos los hombres fuman, hasta el tío Alec, a quien
crees tan perfecto -protestó Charlie en su estilo burlón.
-No, no fuma. Ha dejado el vicio y yo sé por que -gritó Rosa
ansiosamente.
-Ahora que pienso, desde que volvió no lo he visto fumar. ¿Lo
dejó por nosotros?
-Sí -dijo Rosa, y les repitió lo sabido en la orilla del mar
durante el camping.
Archie pareció impresionadísimo y dijo con mucho brío:
-En lo que a mí concierne, no será vano su sacrificio. Me tiene
sin cuidado el tabaco, de modo que puedo dejarlo con toda facilidad y lo
prometo firmemente. Si fumo de cuando en cuando, lo hago sólo como distracción.
-¿Y tú? -preguntó Rosa contemplando al Príncipe, que nunca fue
menos principesco que en aquel momento, pues se puso a fumar sólo por
molestarla.
La verdad, sin embargo, es que el tabaco lo tenía tan sin
cuidado como a Archie, pero no estaba dispuesto a dejarse convencer tan pronto;
movió, pues la cabeza, aspiró una bocanada grande y dijo altanero:
-Ustedes, las mujeres, no hacen más que pedirnos que dejemos
estos pasatiempos inofensivos, sólo porque a ustedes no les gustan. ¿Que les
parecería si hiciésemos lo mismo con ustedes?
-Si hiciese algo nocivo o tonto, daría las gracias a quien me
hablase en contra, y trataría de corregirme -contestó Rosa.
-Bueno, veremos ahora si es verdad lo que dices. Estoy de
acuerdo en dejar de fumar, para complacerte, con tal de que tú abandones algo
también por complacerme a mí -dijo el Príncipe, viendo una una excelente
oportunidad de hacer de gran señor con poco sacrificio.
-Conforme, siempre que sea cosa tan tonta como el fumar.
-Es mucho más tonto aún.
-Entonces, lo prometo; ¿de que se trata? -y Rosa tembló de
ansiedad mientras aguardaba saber de cuál de sus pequeños hábitos u objetos de
menor cuantía debería despojarse.
-Los pendientes -dijo Carlos, riendo maliciosamente, seguro de
que ella no aceptaría jamás esa condición.
-¡Oh, Charlie! ¿No sería lo mismo cualquier otra? He sufrido
tantas burlas y molestias, que quisiera lucir mis pequeños pendientes, ya que
ahora puedo ponérmelos.
-Ponte todos los que quieras, y yo seguiré fumando muy tranquilo
-replicó el niño malo.
-¿No podríamos buscar otra solución? -preguntó implorante?
-No -contestó él muy grave.
Rosa permaneció silenciosa un momento, pensando en algo que una
vez le dijo la tía Jessie : "Tienes sobre los chicos mucha más influencia
de lo que tú supones; empléala en su bien, y te lo agradeceré toda mi
vida". Se le presentaba una ocasión de hacer bien con sólo sacrificar una
pequeña vanidad suya. Comprendió que estaba justificado, aun cuando le doliese
mucho, y preguntó con vehemencia
-¿Has querido decir que no los use nunca, Charles -Nunca, a
menos que desees que vuelva a fumar.
-No.
-Entonces, hagamos trato.
No suponía que ella estaría conforme, y su sorpresa fue grande
cuando la vio quitarse los pendientes de las orejas, con un gesto rápido, y
alargárselos, diciendo, con expresión tal de decisión y dulzura que las
mejillas de Charlie se cubrieron de color.
-Me interesan más mis primos que mis pendientes, de modo que
prometo cumplir y mantener mi palabra.
-¡Que vergüenza, Príncipe! Déjala usar esas chucherías si así lo
desea, y no la comprometas a nada por hacer lo que sabes de sobra que está bien
hecho -gritó Archie, saliendo de su montaña de diarios y poniéndose de pie
indignado.
Pero Rosa estaba decidida a demostrar a su tía que era capaz de
usar en bien la influencia que podía ejercer sobre los chicos, y dijo con
firmeza:
-Es justo y quiero que así lo entiendas; de ese modo
comprenderán que hablo en serio. Tomen, para que les sirvan de recuerdo, pueden
usar uno cada uno en la cadena del reloj.
Diciendo esto, ofreció un pendiente a cada primo, y los chicos,
dándose cuenta de su sinceridad, la obedecieron. Una vez guardadas las prendas,
Rosa extendió una mano a cada uno, que los chicos estrecharon efusivamente, no
sabiendo si avergonzarse o alegrarse del trato hecho.
En aquel momento entraron el doctor Alec y la tía Jessie.
-¿Que es esto? -dijo el doctor contemplándolos sorprendido-.
¿Prácticas de baile en domingo?
-No, señor, es la Liga Antitabacal -dijo Charlie, mientras Rosa
se juntaba con la tía y Archie escondía las dos colillas detrás del leño más
grande de la estufa.
Una vez explicado el misterio, los mayores se denotaron muy
satisfechos, y Rosa recibio expresiones de gratitud sincera, que le dieron la
sensación de haber hecho un favor a la Patria; y esto era en realidad, pues
cada niño que crece libre de hábitos perniciosos es la esperanza de que el día
de mañana haya un ciudadano útil más.
-Ojalá que Rosa hiciese un trato con Will y Geordie también,
pues creo que esos libros son tan perjudiciales para los pequeños como los
cigarros para los muchachos -dijo la tía Jessie, sentándose en el sofá entre
los, lectores, que doblaron las piernas cortésmente para hacerle sitio.
-Yo creía que estaban de gran moda -dijo -,el doctor Alec,
sentándose con Rosa en un sillón.
-Lo mismo que el. tabaco, pero hace daño. No dudo un solo
momento que los autores de esas novelas intentan hacer bien, pero me parece que
no logran su objeto, porque su lema es "Sé aprovechado y serás rico",
en vez de decir: "Sé honesto y serás feliz". No juzgo a la ligera,
Alec, porque he leído una docena de esas historias por lo menos, y entre mucho
que es atrayente para los chicos he encontrado gran cantidad de cosas
condenables y cuando he preguntado, otros padres me han contestado lo mismo.
-No, mamá, no son malos. A mí me gustan un horror. este es
bestial -exclamó Will.
-Son libros de rompe y raja y el que quiera decir que hacen daño
que se me ponga delante -espetó Geordie.
-Acaban de demostrar uno de los males peores que causan, y es la
forma de hablar -dijo la madre rápidamente.
-Tiene que ser así, mamá. Si estos tipos hablaran bien, ¿dónde
estaría la gracia?
-Un lustrador de calzado no precisa gramática, no precisa; y un
diariero debe decir malas palabras, si no ¿adónde vamos a parar? -explicó
Geordie, y ambos a un tiempo se denotaron muy dispuestos a defender a sus
héroes.
-Mis hijos no son lustradores de calzado ni diarieros y me
opongo a que hablen como acaban de hacerlo. Mas aún, no veo que utilidad pueden
prestar esos libros si no se escriben de otro modo muy distinto. Se me ocurre
que no han de servir para pulir a los bribonzuelos que los lean, y tenga la
convicción de que no pueden hacer bien ninguno a los chicos más educados, los
cuales a través de estos libros van conociendo comisarías de policía, antros de
falsificadores, garitos, tabernas y todas las manifestaciones del hampa.
-Algunos son muy derechos, mamá; se embarcan y estudian la vida,
y mientras navegan por el mundo pasan grandes peripecias.
-He leído varios de ésos, Geordie, y aunque son mejores que los
otros, tampoco estoy satisfecha con esas desilusiones ópticas, como yo las
llamo. Y, si no, díganme una cosa. ¿Es natural que chicos de quince a dieciocho
años comanden buques, derroten piratas, burlen contrabandistas, cubriéndose de
gloria en forma tal que el Almirante Farragut los invite a comer y les diga:
¡Valiente muchacho, eres el orgullo de tu patria!". O, si
el héroe está en el ejército, que se salve de la muerte por un pelo y pase por
aventuras tan espeluznantes como para que se les pongan blancos los cabellos en
la extensión de un pequeño volumen y al final vaya a Washington por manifiesta
voluntad del Presidente o el Comandante en Jefe, que desea darle un ascenso con
'toda una ristra de condecoraciones. Y en el caso de que el tal héroe no sea
mas que un simple chico honesto que procura ganarse la vida, no se le permite
hacerlo en forma natural, mediante el trabajo intenso y años ele esfuerzo
paciente, sino que de pronto lo adopta un millonario cuya cartera ha devuelto,
se le aparece un tío rico salido del fondo del mar en un abrir y cerrar de ojos
o el chico notable gana unos cuantos dólares, especula en cacahuetes o corbatas
y se enriquece tan rápidamente que a su lado Simbad en el valle de los
diamantes es un simple pordiosero. ¿No es así, chicos?
-Bueno, es que los tipos de estos libros son muy afortunados y
muy vives -contestó Will, mirando un grabado en una página que tenía abierta
delante suyo, en el cual un niño muy pequeño, pero muy virtuoso, derribaba un
gigante enorme en un salón de bebidas y había un epígrafe elegantísimo :
"Dick el Intrépido aporrea la cabeza de Sam el Borracho".
-Esto les da a los chicos ideas tan equivocadas de la vida y el
trabajo, les enseña tantas cosas vulgares y dañinas que para ellos son
innecesarias y convierten en desideratum del éxito conseguir una fortuna, la
hija de un gran señor o cualquier honor mundano que no vale el esfuerzo
exigido. Se me ocurre que alguien debería escribir relatos que sean plenos de
vida, naturales y útiles, cuentos en que el inglés sea gramatical, la moral
pura, y los caracteres tales como nosotros podemos amar, a pesar de los defectos
que 'todos deben tener. Yo no puedo ver en las bibliotecas esas muchedumbres de
niños que leen ávidamente esas porquerías; libros débiles, cuando no perversos,
e incapaces de fortalecer las mentes hambrientas que se tiran sobre ellos como
lobos, sólo porque no tienen nada mejor. En fin... he concluído mi sermón;
ahora me gustaría conocer la opinión de los caballeros -concluyó diciendo la
tía Jessie, un poco arrebatada por un entusiasmo que tenía mucho de maternal
ansiedad.
-Tom Brown está muy bien para mamá, y para mí también; yo
quisiera que el señor Hughes escribiese otra historia como ésa -dijo Archie.
-No encuentras cosas como éstas en Tom Brown, pero estos libros
están en todas las bibliotecas dominicales -y la señora Jessie leyó el párrafo
siguiente, del libro que acababa de tomar de la mano de Will:
"En este lugar vimos un diente de San Juan Bautista. Ben
dijo que tenía pegados unos trocitos de algarrobo y un poco de miel. Yo no lo
vi. Tal vez Juan usó un pedazo de la cruz como escarbadientes".
-Bueno, mamá, el que dice eso es un chico muy bromista. Nosotros
saltamos las cosas que ven en los distintos países -explicó Will.
-Pues esas descripciones, casi todas tomadas de guías de
viajero, son las únicas partes que valen algo. Las andanzas de los chicos malos
forman el resto de la historia, según creo -expresó la madre, echando hacia
atrás el cabello de la carita honesta que miraba 'tan ri-dículamente vergonzosa
al escuchar sus manifestaciones.
-De todos modos, mamá, la parte del barco es útil, pues
aprendemos navegación y a su tiempo estará bien si llegamos a embarcarnos
-intervino Geordie.
-Muy bien; me gustaría que me explicases esta maniobra -y la
señora Jessie leyó en otra página la siguiente descripción náutica:
"Sopla viento sud-sud-oeste, y podemos enderezar el barco
cuatro puntos más al viento y con ello seguirá en bolina de seis puntos.
Mientras orza podremos ocuparnos del trinquete y la mayor, ceñir un poco menos
y accionar las escotas de barlovento".
-Sí, yo sería capaz, si no fuese que le tengo miedo al tío,
porque sabe mucho más que yo y se burlara - dijo Geordie, evidentemente
intrigado.
-Bah... Sabes de sobra que no podrías. ¿A que fingir? -exclamó
Will, pasándose de pronto al bando enemigo, con gran disgusto de Geordie-. No
entendemos la mitad de la. jerga marítima y yo creo que todo eso está muy mal.
-Me gustaría que los chicos no me hablasen como si fuese un
barco -dijo entonces Rosa, exponiendo su pequeña queja-. Viniendo de la
iglesia, esta mañana, me daba el viento de frente, y Will se puso a gritar, en
mitad de la calle, diciendo : "Si rizas la trinquetilla y envergas el
foque balón podrás capear mejor la tormenta ".
Hubieron protestas, y a unos indignó el tono de reproche y burla
con que Rosa dijo estas palabras, mientras otros quisieron aclarar el sentido,
pero sin llegar a nada muy práctico.
-Para ser sincera, si es forzoso que los chicos hablen en argot,
prefiero la jerga marítima, como la llama Will. Me desagrada menos oírlos
hablar de "rizar la trinquetilla", que de "romperse el
cogote", "darse de patadas" o "diñarla", por ejemplo.
Una vez impuse que en casa no quiero argot de ninguna clase. Desisto ahora, ya
que mi orden no se respeta; pero no permito libros nocivos o insulsos, de modo
que Archie puede hacer con estos dos lo mismo que con los cigarros.
La señora Jessie sostenía firmemente a los dos niños con una
mano en cada cuello, y en esta posición, apenas si pudieron moverse un poco.
-Sí, ahí detrás del leño más grande -continuó con energía-.
Bueno, pirulis (ya que quieren argot, les voy a dar un poco), prométanme que
durante un mes no leerán esas cosas y yo los proveeré de material conveniente.
-¡Oh, mamá! ¿Ni uno solo ? -gritó Will.
-¿No podemos concluir éstos? -preguntó Geordie plañideramente.
-Los muchachos han tirado cigarros a medio fumar; vuestros
libros tienen que seguir el mismo camino. No querrán que los mayores demuestren
más carácter, ni ser menos obedientes con mamá de lo que ellos han sido con
Rosa.
-¡Claro que no! Vamos, Geordie -y Will se despidió de su héroe.
Su hermano suspiró, y obedeció también, pero en su fuero interno se prometió
terminar el libro en cuanto se cumpliese el mes.
-Te has echado sobre los hombros una tarea pesada, Jessie -dijo
el doctor Alec, a quien divertía mucho lo que acababa de ver-, la de
procurarles material de lectura adecuado, sobre todo por tratarse de chicos que
se han criado con libros sensacionalistas. Será como volver de las tortas de
fresa al pan y manteca, pero es probable que con eso les evites una fiebre
dañina.
-Recuerdo haberle oído al abuelo que el amor por los buenos
libros es una de las mejores defensas que un hombre puede tener -empezó a decir
Archie, mirando pensativo los estantes de la biblioteca.
-Sí, pero ahora no hay -tiempo para leer; el que quiere salir
adelante -replicó Charlie- tiene que rebuscárselas en procura de dinero, o de
lo contrario nunca será algo.
-Ese amor al dinero es la maldición de nuestro país -manifestó
con tristeza la señora Jessie-, y por el dinero los hombres venden el honor y
la decencia a tal punto que ya no sabemos a quién tener confianza, y sólo
genios como Agassiz se atreven a decir: "No puedo perder el tiempo en
enriquecerme".
-¿Quieres que seamos pobres, mamá ? -preguntó Archie,
preocupado.
-No, querido, no hace falta une lo seas mientras a esta sed de
riquezas y a las tentaciones que trae consigo. ¡Oh, hijos míos! Tiemblo
pensando en que un día no estaré con ustedes, porque me partiría el corazón
verlos fracasar como fracasan tantos. Antes preferiría verlos muertos, con tal
que de ustedes pudiese decirse, como de Sumner: "Ninguno se atrevió jamás
a intentar sobornarlo".
La señora Jessie hablaba tan serio, en su maternal vehemencia,
que le falló la voz en las últimas palabras, y abrazó con fuerza las cabezas
rubias como si temiese verlos abandonar aquel puerto de seguro refugio, rumbo
al mar inmenso en que tantos barquichuelos naufragan. Los jóvenes se apretaron
contra ella, y Archie dijo resueltamente
-No puedo prometerte, mamá, que seré un Agassig o un Sumner;
pero te prometo ser un hombre honesto, Dios mediante.
-Con eso me basta -y tomando la mano que su hijo le alargaba,
selló la promesa con un beso pleno de fe y esperanza maternal.
-No entiendo que puedan ser malos nunca, siendo así que la tía
los quiere tanto y está tan orgullosa de ellos -murmuró Rosa, emocionada por la
pequeña escena.
-Debes ayudarla a hacer de ellos lo que deben ser -dijo a su vez
el doctor Alec, mirándola extasiado-. Ya has empezado, y viendo el sitio en que
se encuentran los pendientes, debo declarar que mi sobrina está mil veces más
hermosa que si en sus orejas brillaran diamantes.
-Me alegra mucho que me crea capaz de hacer tanto, pues me
perezco por ser útil, ya que todos son tan buenos conmigo, y en especial la tía
Jessie.
-Te veo en buen camino y tengo confianza en que pagarás tu
deuda, Rosa, pues cuando las niñas dejan sus pequeñas vanidades, y los niños
sus pequeños vicios, y procuran fortalecerse mutuamente en el bien, las cosas
salen como deben salir. Trabaja, querida, y ayuda a la madre a lograr que sus
hijos sean buenos amigos de una criatura nohle como tú; p'
se harán mucho más hombres.
CAPÍTULO 18
MODA Y FISIOLOGIA
Por favor, señor, me parece que le conviene darse prisa, si no
quiere llegar tarde ; pues oí a la niña Rosa diciendo que estaba segura de que
a usted no le haría gracia y por nada del mundo quisiera que usted la viese.
Esto lo dijo Febe asomando la cabeza por la puerta del estudio,
donde el doctor Alce se encontraba leyendo un libro.
-¿Andan en eso? -preguntó el hombre, levantándose rápidamente y
sacudiéndose, como si estuviera preparándose para una batalla.
-Sí, señor, con toda su alma, y la niña Rosa, al parecer, no
sabe que hacer, pues el estilo es precioso y está divina con esas ropas; aunque
a mí me parece que las anteriores le quedaban mejor.
-Tienes mucho sentido. Yo arreglaré ese asunto, pero me vendrá
bien un poco de ayuda tuya. ¿Está todo listo en su cuarto y sabes bien cómo van
las cosas?
-Oh, sí, señor; pero ¡es tan raro eso! La niña Rosa va a decir
que es una broma -y Febe se rió, como si ya sintiese un cosquilleo.
-No te preocupes de lo que pueda decir o pensar, con tal de que
obedezca. Dile que lo haga por mí, y no habrá broma que se le pueda comparar.
Creo que me va a costar trabajo, pero tengo esperanza de salir vencedor -añadió
el doctor Alec, mientras subía por la escalera con el libro en la mano y una
sonrisa en los labios.
Tanta era la charla en el cuarto de costura, que nadie lo oyó
cuando llamó a la puerta, y tuvo que abrirla, lo cual le dio tiempo de fijarse
bien. Las tías Abundancia, Clara y Jessie estaban absortas en la contemplación
de Rosa, que giraba lentamente entre ellas y un espejo grande, muy orgullosa
con su vestido de invierno a la última moda.
-¡Bendito sea el Señor! Esto es peor de lo que creí -pensó el
doctor, refunfuñando interiormente, pues a su manera de ver las cosas la chica
parecía una gallina apuntalada y el vestido nuevo y costoso no tenía gracia ni
belleza y no le sentaba bien.
El vestido era de dos matices distintos de azul, de tal forma
dispuestos que parches claros y oscuros distraían alternativamente la mirada.
La parte superior de la falda estaba tan apretada detrás que no había forma de
dar un paso largo, y la parte inferior tan recar-gada de fruncidos que "se
tambaleaba" (no podía expresarse en otra forma) con muy escasa gracia,
tanto en la proa como en la popa. Justo debajo de la cintura, por detrás, había
un montón de pliegues apretados y encima un moño a todo trapo. Una pequeña
casaca del mismo material estaba adornada con una gorguera detrás y muy abierta
delante, como para poder lucir el encaje y un dije. Flecos, moños, golillas,
fruncidos y revers terminaban el vestido y la cabeza dolía de sólo pensar en la
cantidad de trabajo que se había desperdiciado, pues no atraía la vista una
sola línea que tuviese gracia y la belleza del material se perdía en la
profusión de los adornos.
Un sombrero alto de terciopelo, audazmente vuelto hacia arriba
en el frente, con un ramo de rosas rosadas y una pluma que ondeaba al viento,
estaba inclinado sobre una oreja, con los rizos unidos en rodete en la nuca; de
este modo, la cabeza de Rosa parecía más la de un intrépido caballero de capa y
espada que la de una niña sencilla. Botas de tacón alto muy tiradas hacia
adelante, un pequeño manguito que le trababa ambos brazos y un velo moteado tan
preto que las pestañas tropezaban en los hilos agregaban a su aspecto la nota
final del absurdo.
-Ahora se parece a todas las demás chicas, y me gusta verla así
-dijo la señora Clara visiblemente satisfecha.
-De este modo es una señorita más elegante, pero echo de menos a
mi pequeña Rosa, tal vez porque en mis tiempos las niñas se vestían como niñas
-contestó la tía Abundancia, mirando a través de los anteojos con expresión
conturbada, pues no podía creer que aquella persona que tenía delante suyo se
hubiera sentado alguna vez en su regazo o hubiese alegrado la casa con su
presencia.
-Las cosas han cambiado desde tu época, tía -dijo la señora
Clara, decidida a toda costa a ensalzar su obra-; y nadie se acostumbra a lo
nuevo, de golpe y porrazo. Pero a ti, Jessie, es seguro que te gusta este traje
más que esas cosas zafias que Rosa ha llevado este verano.
-Bueno, querida, si he de ser sincera, me parece espantoso
-contesto la señora Jessie con una candidez que dio motivo a que Rosa se
volviese asustada.
Rosa se sonrojo hasta el ala del sombrero y tuvo la sensación de
que estaba haciendo un papel muy deslucido; mientras tanto la señora Clara se
apresuraba a explicar.
-Por supuesto, Alec, no espero que te agrade, pero tampoco te
considero buen juez en cuestión de ropas de mujer. Por esa misma razón me he
tomado la libertadde buscar algo elegante para Rosa. No es necesario que se lo
ponga, si tú te opones, pues no olvido que según nuestro pacto durante un año
puedes hacer de ella todo cuanto se te antoje.
-Es un vestido de calle, ¿verdad? -preguntó suavemente el
doctor-. ¿Sabes una cosa? En la vida se me hubiese ocurrido que este ideado
para tiempo de invierno y movimientos rápidos. Date vuelta, Rosa; quiero
admirar todas sus bellezas y ventajas.
Rosa intentó caminar con su paso desenvuelto de costumbre, pero
la falda baja se le enredó, la alta la apretaba demasiado y no le. permitía
separar bien las piernas y las botas le impedían mantenerse erguida.
-No me he acostumbrado aún -dijo con petulancia, dándole un
puntapié al ruedo para darse vuelta.
-Oye, Coronel -dijo el doctor, con un guiño malicioso en los
ojos, cuya mirada estaba clavada en el sombrero-. Si un perro rabioso o un
caballo desbocado se te apareciese de pronto, ¿cómo te las arreglarías para
quitarte del medio sin hacer un estropicio?
-No se cómo haría, pero procuraría salvarme -dijo Rosa, echando
a correr en dirección al dormitorio. Los tacones de las botas se le enredaron
en la alfombra, algunas cintas se rompieron, el sombrero se le cayó sobre los
ojos, y terminó por tirarse exhausta en una silla, donde se puso a reír. Tan
contagiosa fué su risa que todas la imitaron, salvo Clara.
-Diría -expresó el doctor Alec, mientras ayudaba a Rosa a
desmarañar el velo- que un vestido de calle que no permite andar, y un vestido
de invierno que expone al descubierto la garganta, y los pies al frío y la
humedad, es cosa de pensar dos veces, Clara; en es-pecial, dado que no hay en
él bellezas que compensen lo mal que cae. Para recrear la vista no está mal,
pero se me ocurre que mirándolo puesto no hay más remedio
que ver manchas y a la larga será cuestión de llamar a . un
oculista.
-¡Que no tiene belleza ! -exclamó la señora Clara
indignadísima-. Claro, debemos admitir que los hombres son ciegos. Esta es la
mejor seda, y el mejor pelo de camello, y plumas de avestruz legítimas, además
del manguito de armiño, que es muy fino. ¿Que puede haber de más gusto o más
adecuado para una niña?
-Te lo demostraré, si Rosa quiere hacer el favor de ir a su
dormitorio y tiene la bondad de ponerse las cosas que en él encontrará
-contestó el doctor con inesperada presteza.
-Alec, si es un Bloomer , protesto. Esperaba que me salieses con
una cosa así, pero no sería capaz de ver a esa chica sacrificada a tus ideas
acerca de la salud. Asegúrame que no es un Bloomer -y diciendo esto, la señora
Clara cruzó las manos implorante.
-Te lo aseguro.
-¡Gracias al Cielo ! -y se resignó, emitiendo un suspiro de
alivio, al tiempo que añadía plañidera. Confié que aceptarías mi vestido, pues
la pobre Rosa hace mucho tiempo que viene sufriendo esas ropas inadecuadas que
lleva siempre, y eso es como para estragar el gusto de cualquiera.
-Tú dices que la sacrifico, y luego la conviertes en un monigote
como éste -contestó el doctor, señalando el figurín de modas que Clara trató de
ocultar lo más pronto posible.
Cerró la puerta, frunciéndose de hombros, pero antes de que
alguien dijese algo, su vista rápida fue atraída por un objeto que le hizo
poner muy mala cara y exclamar indignado:
-Después de todo lo que estoy diciendo, ¿cómo te atreves a
tentar a mi sobrina con esas cosas abominables?
-Pensé que lo guardaríamos en algún sitio cuando no lo llevara
puesto -murmuró la señora Clara, tratando de esconder un corsé-. Lo traje solo
para probárselo, pues Rosa está engordando y no tendrá buena figura si no nos
preocupamos de estos detalles -añadió, con tal aire de convicción profunda, que
el doctor se indignó más aún, pues para él no cabía nada más abominable.
-¡Está engordando! Sí, gracias al Señor, está engordando, y
seguirá engordando más, pues la Naturaleza sabe modelar los cuerpos de mujer
mucho mejor que los corseteros y no permitiré que nadie entorpezca su labor. Mi
querida Clara, estás mal de la cabeza, si por un momento puedes pensar en
ponerle semejante instrumento de tortura a una niña que está en el crecimiento
-y sin darle tiempo a reaccionar, se apoderó del corsé, que estaba debajo de un
almohadón de sofá y lo alargó a la vista de todos, con la misma expresión que
si en las manos tuviese las empulqueras o el potro de los tiempos antiguos.
-No seas absurdo, Alec. Esto no es ningún tormento, pues los
modelos muy apretados han pasado de moda y los que ahora usamos son naturales y
lógicos. Los llevan todas, y hasta los chicos necesitan sujetarse las cinturas
para mantener altas las espaldas -empezó a decir la señora Clara, defendiendo
desesperadamente la pequeña ilusión de casi todas las mujeres.
-Lo se, y también sé que las espaldas se crían débiles, como
fueron también las de las madres. Es inútil que discutamos el asunto, y no lo
intentaré, pero quiero manifestar una vez por todas que si alguna vez llego a
ver un corsé cerca de Rosa, lo tiraré al fuego, y si quieres me mandas la
cuenta.
Mientras hablaba, el corsé iba camino de su destrucción, pero la
tía Jessie le retuvo el brazo, exclamando alegremente:
-No lo quemes, Alec, por amor de Dios; tiene muchas ballenas y
el olor será espantoso. Dámelo. Yo me ocuparé de que no cause daño alguno.
-¡Ballenas! Sí, una batería completa, con portones de metal en
la parte delantera. Como si con nuestros huesos no tuviéramos bastante, sólo
con que les permitamos cumplir su misión -gruñó el doctor, y estaba por decir
algo más, pero se contuvo. Llevándose un dedo a la boca, y señalando con la
cabeza el dormitorio, agregó-: Oigan como ríen esas chicas, y díganme si con
pulmones prensados podrían producir música igual.
Las carcajadas que salían del cuarto de Rosa dibujaron sonrisas
en los labios de todos los que escu- chaban desde fuera.
-Alguna nueva travesura tuya, ¿verdad, Alec? - preguntó la tía
Abundancia muy indulgente, pues había concluído por habituarse a muchas de las
ideas raras de su sobrino, en virtud de lo bien que resultaban en la práctica.
-Sí, señora, pero será la última, y confío que le gustará.
Descubrí las intenciones de Clara y quise rivalizar con ropas ideadas por mí.
No sacrificaré a Rosa; lo que quiero es que la dejemos elegir, pues o me
equivoco mucho o va a preferir el vestido que le pro-pongo. Mientras esperamos,
explicaré de qué se trata, así podrán apreciar mejor el efecto general.
Conseguí este librito, y me llamó la atención el buen sentido y el buen gusto,
pues sugiere una forma de vestir mujeres que es a un tiempo sana y hermosa, lo
cual ya es mucho decir. Comienza por el fundamento, como pueden ver si se toman
la molestia de mirar estos grabados; y a mí me parece qué las mujeres deben
alegrarse de que les aligeremos la carga.
Mientras hablaba, el doctor puso el libro delante de la tía
Abundancia, la cual se caló los anteojos para mirar las ilustraciones, y
después de haberse fijado detenidamente, exclamó con gesto que la denotaba
escandalizada:
-¡Líbrenos el Señor! Esas son las ropas de dormir que le ponemos
a Jamie. No pretenderás que Rosa salga de casa vestida de este modo. No está
bien, y yo me opongo.
-No pretendo tal cosa, y estoy seguro que mi tía no tendrá
inconveniente en consentir, cuando entienda que esto... en fin la llamaré por
su nombre indio, este pijama es para uso interior, y Rosa puede ponerse encima
todo lo que desee. Estos dos trajes de franela, enterizos de la cabeza, a los
pies, con una faldita o cosa parecida que cuelga de la cintura, la cual queda
floja, sirven para que la niña esté abrigada sin recargarla de cinturones,
ligas, hebillas y sin almohadillarle la cintura, y dan a los músculos el sitio
y la libertad que nece-sitan para sus movimientos. Si puedo evitarlo, nunca se
quejará de dolores a la espalda, ni sufrirá ninguno de los viales que tanto
afligen a las mujeres.
-A mí no me parece recatado, y estoy segura que Rosa se
escandalizará -empezó a decir Clara, pero se detuvo de pronto, pues Rosa
apareció en la puerta y nadie hubiese dicho que estuviera escandalizada.
-Ven aquí, mi modelo de vestido higiénico; deja que te veamos
-dijo el tío, sonriendo satisfecho; y la gracia con que Rosa avanzaba permitía
suponer que le gustaba causar una extraña impresión.
-No veo nada notable. Es un traje sencillo y sin adorno; el
material es bueno y no le sienta mal, si es que te gusta verla con aspecto de
niña de escuela; pero no tiene nada de buen gusto y nadie lo miraría dos veces
-dijo la señora Clara, convencida de que esto último era la condena definitiva.
-Es exactamente lo que deseo -contestó el doctor, frotándose las
manos y denotándose satisfecho-. Rosa ' parece lo que es, una niña modesta, que
no quiere que ". la miren dos veces. Sin embargo, supongo que quien la vea
no tendrá nada que objetar, sobre todo si son personas que están por la
sencillez y por lo sensato, en vez de los recargos de adornos y las plumas.
Vuelvete, Rosa, y deja que recree mi vista en la contemplación.
No había mucho que ver, sin embargo; era un vestido sencillo, en
un delicado y suave matiz de color castaño, que llegaba hasta casi rozar las
botas de tacones bajos. Un saco de piel de foca, sombrerito y manguitos del
mismo material y un toque de rojo en el cuello, y puños muy bonitos hechos con
terciopelo de este color, completaban el adorno externo, dándole un delicioso
aspecto de petirrojo... invernal, pero abrigado.
-¿Que te parece, Rosa? -preguntó el doctor, para quien la
opinión de la niña era más importante a los fines de su triunfo que la de todas
las tías del hormiguero.
-Me siento rara, pero suelta, y calentita como una tostada
acabada de sacar del fuego; no parece que esto me trabe ningún movimiento
-expresó Rosa, y al dar un saltito se le vieron unas ligas muy bonitas en
piernas que gozaban de la misma libertad y actividad que las de un chico.
-Ahora puedes huir de perros rabiosos corriendo todo lo que
quieras, y caminar con paso ligero sin darte de bruces contra el suelo,
¿verdad?
-Sí, tío, y si el perro viniese en este momento, saltaría una
pared, así... y los días de fríe andaría de este modo...
Identificada por completo con su nueva ropa, Rosa hizo piruetas
en el respaldo de un sillón con la misma soltura que cualquiera de sus primos,
y recorrió el corredor con igual rapidez que si sus botas fueran parientes de
ésas de siete leguas de que habla el cuento.
-Sí, eso es lo que van a lograr. Póngale esas ropas masculinas y
andará retozando como un muchacho. Yo detesto todas esas invenciones de mujeres
que creen demostrar carácter fuerte -exclamó la señora Clara, mientras Rosa
volvía corriendo.
-Sí, pues algunas de estas invenciones sensatas han salido del
cerebro de una modista muy apreciada, que puede vestirte divinamente, o, ya que
tanta importancia le das al detalle, muy a la moda. La señora Van Tassel fue a
la casa de Madame Stone y ahora lleva un traje completo igual que éste. Me lo
dijo Van mismo, cuando le pregunte cómo era que su esposa no estaba ya sentada
el día entero en el sofá, y daba vueltas por todas partes, lo cual no pudo
menos de sorprenderme, teniendo en cuenta su salud delicada.
-¡ No digas ! A ver, a ver, déjame mirar ese libro -y la tía
Clara examinó los modelos con más respeto, pues si la elegante señora Van
Tassel se ponía aquellos adefesios, no sería cuestión de quedarse atrás, por
,mucho que su juicio sereno le dijese lo contrario.
El doctor Alec miró a Jessie y ambos sonrieron, pues la pequeña
mamá estaba en el secreto y para ellos era motivo de gran regocijo.
-Creo que con eso no hay más que hablar -dijo Alec, con una
inclinación de cabeza.
-No esperé que la señora Van me tomase la delantera; siquiera
una vez en la vida he adoptado una moda antes que Clara -dijo la señora Jessie,
correspondiéndole con una seña igual-. Me he mandado hacer un traje suelto, y
no pasarán muchos días sin que me vean fugando a la escondida con Rosa y los
muchachos.
Mientras tanto, la tía Abundancia examinaba las prendas de Rosa,
la cual se había quitado el saco y el sombrero y estaba explicándole los
detalles.
-Mire, tía, que bonita es la franela, y que blusita más alegre.
Fíjese estas medias largas y cómo abrigan. Febe y yo estuvimos tentadas de risa
cuando me ponía estas cosas, pero en seguida me gustaron. El vestido es muy
cómodo y no necesita cinturón de ninguna clase, y puedo sentarme sin miedo de
romperlo o deformarlo. My gusta ir bien siempre, y cuando llevo ropas con
muchos adornos, el miedo a estropeármelas me tiene preocupada todo el tiempo, y
esto cansa mucho. Diga que le gusta. He decidido que -tiene que gustarle,
siquiera sea para complacer al tío, pues de salud sabe más que todas nosotras
juntas, y si él me lo pidiera sería capaz de ponerme un saco de arpillera.
-No pido tanto, Rosa, pero quiero que compares los dos vestidos
y elijas el que te parezca mejor. Lo dejo librado a tu buen criterio -dijo el
doctor Alec, seguro de que la victoria era suya.
-Yo, por supuesto, tomo éste, -tío. El otro es muy a la moda,
claro ... y hasta debo agregar que me resulta muy hermoso, pero es pesado y
tendría que verse convertida en una muñeca de cuerda. Estoy agradecidísima a la
tía, pero le pido que no se ofenda. Tomo éste.
Rosa habló con suavidad, pero con firmeza al mismo tiempo,
aunque se advirtió cierto dejo de tristeza cuando miró el otro vestido que Febe
había traído, y era natural que sintiese inclinación por vestir como las demás
chicas. La tía Clara suspiró; el tío Alec son-rió, y dijo en tono apacible:
-Gracias, querida. Ahora lee este libro y verás qué es lo que
debes hacer. Luego, si te parece, te dare otra lección; ayer te explique la
primera, y creo que ésta es más útil que el francés o la economía doméstica.
-¿Qué...? -dijo Rosa, y tomó el libro que Clara había arrojado
con disgusto.
Aunque el doctor Alec tenía ya cuarenta años, el gusto infantil
por las bromas no había muerto en él y, transportado de gozo como estaba por su
triunfo, no pudo resistir la tentación de escandalizar a Clara sugiriéndole
posibilidades amedrentadoras. Es por ello que dijo, medio en serio y medio en
broma:
-Fisiología, Rosa. ¿No te gustaría estudiar Medicina, teniendo a
tu tío Alec, como maestro, y así podrás hacerte cargo de su consultorio cuando
él lo deje? Si estás conforme, mañana mismo me pongo a buscar el esqueleto en
que yo practicaba de estudiante.
Esto fue demasiado para la pobre Clara, y salió
precipitadamente, con el cerebro hecho un torbellino de confusiones, pues entre
las nuevas modas de la señora Van Tassel y el nuevo estudio de Rosa, ya no
sabía que pensar.
CAPÍTULO 19
EL HERMANO HUESOS
Rosa aceptó el ofrecimiento de su tío, como descubrió la tía
Myra dos o tres días después. Viniendo temprano a hacer una visita, oyó voces
en el estudio y abrió la puerta ; pero lanzó un grito y la volvió a cerrar rápidamente,
con una cara de asustada que hubiese impresionado a cualquiera. Al instante
apareció el doctor y le preguntó que le había pasado.
-¿Cómo te atreves a preguntarte, teniendo ahí dentro un cajón
que parece como de muerto, y creo que lo es, y ese bicho terrible que me ha
mirado a la cara cuando abrí la puerta? -dijo la pobre mujer, señalando al
esqueleto que pendía de la araña y miraba con plácida sonrisa a todos los que
asomaban la cabeza.
-Es una escuela de medicina a la cual tienen acceso las mujeres,
de modo que puedes pasar y escuchar la clase, si me concedes ese gran honor
-dijo el doctor, saludándola con una reverencia muy cortés.
-Sí, tía, entre, y verá que lindo es esto -dijo Rosa, cuya cara
sonrosada se asomaba por entre las costillas del esqueleto.
-¿Y que haces ahí, criatura? -preguntó la tía Myra, dejándose
caer en una silla y mirando en torno con los ojos muy abiertos.
-Hoy estoy aprendiendo huesos, y el tema me encanta. Hay doce
costillas, ¿sabe? y las inferiores se llaman costillas falsas, porque no están
unidas al esternón. Por eso ceden con tanta facilidad si se las oprime con
elásticos o cordones, comprimiendo los pulmones y el corazón en el... en la...
¿cómo era esa expresión tan difícil? Ah, sí... en la cavidad torácica -y Rosa
se denotó muy ufana, pues halagó a su amor propio aquella demostración de
ciencia infusa.
-¿Crees que está bien que se entere de todas esas cosas? Es una
chica nerviosa, y estoy segura que ha de hacerle mal -dijo la tía Myra,
contemplando a Rosa, que se entretenía en contar vértebras y hacer bailar un
hueso del muslo en su articulación con absorta atención.
-Es un estudio excelente, pues le gusta, y mi intención es
enseñarle a dominar los nervios, para que no se conviertan en un tormento, como
lo son para tantas mujeres sólo por ignorancia y falta de reflexión. Hacer
misterio o terror de estas cosas es un error, y mi propósito es que Rosa
conozca su cuerpo y lo respete tanto que no se atreva a maltratarlo como
infinidad de mujeres lo maltratan.
-¿Y le gusta en verdad?
-Muchísimo, tía. Es maravilloso, y está todo tan bien ordenado,
que cuesta trabajo creer lo que se ve. Mire, por ejemplo, hay seiscientos
millones de células que contienen aire en cada par de pulmones, y dos mil poros
por pulgada cuadrada de superficie; calcule, pues, que cantidad de aire debemos
tener en el cuerpo y cómo conviene cuidar la piel para que esas pequeñitas
puertas se abran y cierren debidamente. Y el cerebro, tía, no tiene idea de lo
curioso que es; aun no he llegado a esa parte, pero estoy deseando estudiarlo,
y el tío ha prometido enseñarme un modelo desmontable. Imagínese que hermoso
será ver todos los órganos en sus lugares; la pena es que no pueda funcionar
como el cerebro verdadero.
Era interesante ver la cara que puso la tía Myra mientras Rosa
le explicaba todo esto rápidamente, con una mano apoyada en el hombro del
esqueleto. Las palabras que el doctor y la sobrina pronunciaban iban
directamente a gravitar sobre el punto más debil de la pobre mujer, y Myra
creía ver delante suyo una hilera de botellas y cajitas que le reprochaban esa
ignorancia y falta de conceptos, en cuya virtud estaba convertida en una mujer
nerviosa, dispéptica e infortunada.
-¿No es un consuelo saber, tía, que tenemos el hígado en el lado
derecho y no el izquierdo? -preguntó Rosa, en cuyos ojos danzaba una lucecilla
juguetona, pues acababa de descubrir que los dolores al hígado de que se
quejaba la tía no correspondían al lado del cuerpo en que ella suponía situado
ese órgano.
-Este mundo se muere, hija mía, y no me preocupa mucho de que
lado está el dolor, pues más tarde o más temprano dejaremos de sentirnos
afligidas y nadie volverá a vernos -dijo la tía Myra todo lo alegre que en ella
era posible.
-Muy bien, pero yo estoy decidida a saber que es lo que me mata,
si puedo saberlo, y mientras tanto quiero disfrutar de la vida, por mucho que
el mundo esté muriéndose. Le aconsejaría que hiciese lo mismo, y que venga a
estudiar con el tío, pues con certeza le hará bien -y Rosa se volvió a contar
las vértebras. Tan gozosa era su expresión, que la tía Myra no fue capaz de
pronunciar palabra alguna que pudiese amenguar su entusiasmo.
-Tal vez sea lo mejor permitirle hacer su gusto durante el poco
tiempo en que vamos a estar juntos. Pero ten cuidado, Alec, no dejes que se
esfuerce demasiado.
b -Eso es precisamente lo que trato de hacer, señora; aunque me
cuesta lo mío -replicó el hombre, mientras cerraba la puerta indignado, pues a
veces las tías, con todo y ser tan buenas, tenían sus cosas también.
Media hora más tarde fueron interrumpidos de nuevo. Esta vez era
Mac, que anuncio su llegada con estas palabras elegantes, pero breves:
-¡Hola! ¿Que nuevo juego es éste?
Rosa se lo explicó, y Mac emitió un prolongado silbido, que
denotaba su sorpresa, después de lo cual dio un paseo en torno al esqueleto y
manifestó con toda gravedad:
-Es muy simpático el Hermano Huesos, pero no creo que su belleza
merezca grandes elogios.
-No te burles de él, pues fue un hombre como todos y tú serías
igual de feo si te faltara la carne -le dijo Rosa, defendiendo su nuevo amigo
con gran vehemencia.
-Sin duda, pero estoy decidido a conservar la carne en su sitio.
Supongo que estarás tan ocupada que no podrías leer un rato, ¿verdad? -preguntó
Mac, cuyos ojos habían mejorado, pero aun no le permitían esa clase de
esfuerzos.
-¿No quieres tomar parte de nuestra clase? El tío nos dará toda
clase de explicaciones y podrás mirar las láminas al mismo tiempo. Podemos
dejar de lado el tema de los huesos y hablar de ojos en cambio; presumo, que te
interesará más -añadió Rosa, en vista de que el rostro del niño no denunciaba
un gran ardor estudiantil.
-Rosa, no está bien saltar de una cosa a otra en esa forma
-expresó el doctor Alec, pero ella le contestó en seguida, señalando al mismo
tiempo a Mac, cuyas antiparras se habían vuelto en dirección a los libros
prohibidos.
-Está triste, y deberíamos distraerlo; háblale un poco de ojos,
que le hará mucho bien. Por mí no se preocupe, tío.
-Muy bien. Hagan el favor de ocupar sus bancos mis alumnos -y el
doctor golpeó la mesa con fingida energía.
-Ven, siéntate a mi lado, y así podremos ver las láminas juntos;
si llegas a cansarte, puedes acostarte un rato -dijo Rosa, contenta de
contribuir en algún modo al alivio de una debilidad humana, una de esas a que
todos estamos propensos.
Sentados muy juntos, los dos escucharon atentamente la sencilla
explicación del funcionamiento del ojo, lo cual les resultó tan maravilloso
como un cuento de hadas, pues lo seguían mediante las planchas ilustrativas y
el maestro, con toda voluntad, hacía lo po-sible para que su enseñanza fuese
amena.
-¡Caramba! Si hubiese sabido todo el daño que estuve causándole
a esa delicada máquina, no me habrías encontrado leyendo a la luz de la estufa
o estudiando a pleno sol -dijo Mac, mirando con toda solemnidad un globo ocular
de gran tamaño, y luego, apar-tándolo bruscamente, añadió indignado-: ¿Por que
no le enseñan a uno todas estas cosas, en vez de dejar que se las arregle como
pueda y sufra toda clase de inconvenientes? Contárselo después que el mal está
hecho no sirve de mucho, porque entonces ya lo ha descubierto solo y no tiene
por que agradecer nada.
-¡Ah, Mac! Eso es precisamente lo que digo siempre, pero no me
hacen caso. A ustedes, los chicos, hace mucha falta esa clase de conocimientos,
y los padres deberían estar capacitados para impartirlos. Pero pocos reúnen
esas condiciones y por eso vamos dando tumbos. Menos griego y latín, y más
conocimiento de las leyes de la salud; eso es lo que deseo para mis hijos, si
llego a tenerlos. Las matemáticas -están muy bien, pero la moral es mejor.
¡Ojalá pudiese conseguir que los padres y maestros se dieran cuenta de su
verdadera obligación!
-Algunos lo entienden; la tía Jessie mantiene conversaciones de
mucho interés con sus hijos y ojalá en casa hiciésemos otro tanto; pero mamá
está muy ocupada con sus. quehaceres y papá con su negocio, de modo que al
parecer no queda tiempo para esas cosas. Aun cuando hubiese, dudo que fuera
posible, porque nosotros mismos no estimulamos esos temas.
Tenía razón Mac al referirse a la falta de deseo por parte de
muchos chicos y muchas chicas. Los padres y las madres están demasiado ocupados
en sus negocios y preocupaciones domésticas, y no fomentan esa clase especial
de confianza natural que es la salvaguardia más segura de un niño y la fuerza
más sutil de un padre. Los pequeños, por esa misma razón, ocultan sus
inquietudes y sus tentaciones hasta que el mal ha sido hecho y las
lamentaciones mutuas llegan demasiado tarde. Felices los niños y las niñas que
hablan de todo libremente con sus padres y cuyos padres, en base a su
experiencia y a sus virtudes propias, educan y elevan las almas cuyo cuidado
tienen en el mundo.
Este anhelo conmovio los corazones de Rosa y de Mac y ambos,
movidos por un impulso natural, se volvieron hacia el doctor Alec. Es extraño
que en este curioso mundo nuestro a menudo palpiten corazones paternales y
maternales en los pechos de tíos solteros y tías solteronas; y sería capaz de
asegurar que estas dignas personas constituyen una previsión de la naturaleza
en lo tocante al cuidado de hijos ajenos. Hacer esto es sin duda un gran
consuelo para ellos y una manera de atraer todo ese amor inocente que si así no
fuese quedaría desperdiciado.
El doctor Alec era una de estas personas, y en su abultado
corazón había sitio para los ocho primos, en especial la huérfana Rosa y el
afligido Mac; así pues, cuando el chico, como en un inconsciente reproche a sus
padres, musitó algunas palabras, y Rosa pensó, entre suspiros, que sería
hermoso tener padre, el doctor cerró el libro bruscamente y les dijo en tono
muy cordial:
-Bueno, criaturas; vengan siempre a contarme todas sus
preocupaciones, y con la ayuda de Dios yo los iluminaré. Creo que para eso
estoy aquí, y no ansío ventura mayor que la confianza de ustedes.
-Sí, tío, lo haremos -contestaron ambos, con tanta espontaneidad
que el corazón del doctor Alec rebosó de gratitud.
-Muy bien; queda terminada la clase de hoy. Ahora les aconsejo
que vayan a refrescar en el jardín sus seiscientos millones de células de aire.
Vuelve siempre que quieras, Mac, y te enseñaremos todo lo que podamos sobre las
cosas que tenemos en el cuerpo y cómo funcionan, para que contribuyas a que
funcionen debidamente.
-Vendremos, señor, muy agradecidos -y sus alumnos de Fisiología
salieron a correr al aire libre.
Volvió Mac, feliz de encontrar algo que estudiar a pesar de su
vista debilitada, y se enteró de muchas cosas de más valor que las estudiadas
en la escuela.
Por supuesto, los otros hicieron mucho escándalo en torno a esta
novedad, y convirtieron en un tormento las vidas de los discípulos del doctor
Alec. Pero ellos siguieron con firmeza, y un día ocurrió algo que motivo un
cambio de opinión en los demás.
Era un día de fiesta, y Rosa, desde su cuarto, creyó oír las
voces de sus primos, por lo cual bajó corriendo la escalera, pero no encontró a
ninguno.
-No le hace; tardarán poco en venir y entonces nos divertiremos
a gusto -pensó la niña y creyendo haberse equivocado se volvió al estudio. En
momento en que estaba entretenida en la contemplación de, un mapa sobre la
mesa, llamó su atención un ruido brusco. Golpeaban en algún lugar, y siguiendo
la dirección del sonido llegó al cajón en que se guardaba encerrado el
esqueleto mientras no prestaba servicios profesionales. Este cajón estaba
siempre derecho en una especie de hueco entre dos bibliotecas, en la parte de
atrás del cuarto, un rincón oscuro donde el Hermano Huesos, como habían dado en
llamarlo todos los chicos, no molestaba a nadie.
Mirando en aquella dirección y preguntándose si no se habría
cerrado dentro alguna rata, Rosa advirtió que la puerta se abría de par en par,
y con gran sobresalto vio que se levantaba un brazo huesudo y un dedo le hacía
señas. Durante un minuto sintió miedo, pero al ir a tocar la perilla, una
extraña risita contenida la inmovilizó de repente y se enrojeció de ira. Se
detuvo un instante para serenarse del todo, y entonces caminó lentamente hacia
el dedo acusador. Mirando con atención vio hilitos negros atados al brazo y a
los dedos y los extremos de estos hilos desaparecían por la parte posterior del
cajón. Fijándose mejor en la oscuridad, advirtió la punta de un codo tapado con
un paño gris que conocía muy bien.
Instantáneamente se dio cuenta de la broma y con sonrisa burlona
se apoderó de las tijeras y cortó los hilos, cayendo con ruido el brazo y la
mano. Antes de que pudiera decir "Sal, Carlitos, y deja en paz el
esqueleto ", bastó con la irrupción de niños bulliciosos para que el
bribón escondido adivinase que su ardid no había surtido efecto.
-Le dije que no lo hiciese, por miedo a que te. sobresaltases
-explico Archie, saliendo de un gabinete.
-Yo tenía un frasco de sales a mano, por si te desmayabas
-agregó Esteban, asomando la cara detrás del sillón.
-¡Que pena que no hayas lanzado gritos y echado a correr!
Entonces te hubiésemos perseguido aullando -dijeron Will y Geordie, saliendo de
su escondite debajo de un sofá.
-Te has vuelto demasiado enérgica, Rosa; cualquier otra chica
nos habría ofrecido un espectáculo extraordinario al ver a este individuo
apuntándola con un dedo -se quejó Charlie, saliendo del sitio en que estuvo
apretado, todo sucio y muy decepcionado.
-Ya estoy acostumbrada a esta clase de bromas, y por eso me
mantengo siempre en guardia. Pero no permito que se burlen del Hermano Huesos.
Sé que al tío no le gustaría, de manera que... -y en ese momento penetró el
doctor Alec, el cual, después de hacerse cargo de las cosas con sólo un
vistazo, dijo:
-Entérense de como conseguí -ese esqueleto, y confío que luego
lo tratarán con más respeto.
Los chicos se acomodaron en el acto sobre los muebles que
encontraron a mano y prestaron obediente atención.
-Hace muchos años, estando yo en el hospital, trajeron a un
pobre hombre atacado de una enfermedad rara y muy dolorosa. No había esperanza,
pero hicimos cuanto nos fue posible y el hombre al morir nos legó su cuerpo,
para que pudiésemos estudiar en él y des-cubrir el misterio de su dolencia, a
objeto de poder conjurar el mal en otros que lo sufriesen despues. Fue un gesto
emocionante, y la paciencia y valentía de aquel hombre motivó que lo
recordásemos mucho tiempo después. Estaba convencido de que yo había sido muy
bondadoso con él y a un colega mío dijo : "Lego mis huesos al doctor,
porque es lo único que tengo en el mundo y y a no me harán falta después,
cuando este dolor espan-toso haya logrado matarme". Por eso llegaron a mi
poder, y por eso los he conservado con tantos cuidados, pues aunque no fue más
que un hombre ignorante y pobre, Miguel Nolan hizo todo lo que pudo en bien del
prójimo y demostró su gratitud hacia los que intentaron serle útiles.
Al detenerse el doctor Alec, Archie cerró la puerta del cajón
con máximo respeto, como si en su interior estuviese la momia de un rey de
Egipto; Will y Geordie se miraron muy solemnemente, al parecer
impresionadísimos, y Charlie manifestó caviloso desde la tapa de la carbonera
en que estaba sentado
-He oído hablar mucho de esqueletos en las casas , pero no creo
que en todo el mundo haya uno tan útil e interesante antn como el nuestro.
CAPÍTULO 20
BAJO EL MUERDAGO
ROSA obligó a Febe a prometerle que la mañana de Navidad
llevaría su media a la "Glorieta", como había bautizado a su pequeño
cuarto, porque tenía la impresión de que la ansiedad perdía la mitad de su
gracia si por lo menos dos gorritos de dormir no se encuentran encima de los
tesoros y dos voces alegres no exclaman al unísono "¡Ah! " y
"¡Oh! ".
Así, pues, cuando Rosa abrió los ojos aquel día, su vista se
posó en Febe, envuelta en un mantón, que se había sentado en la alfombra junto
al fuego y a su lado tenía la media sin tocar.
-¡Feliz Navidad! -gritó la amita, sonriendo dichosa.
-¡Feliz Navidad ! -contestó la criadita presa de incontenible
alegría.
-Trae las medias en seguida, Febe, y a ver que tenemos -dijo
Rosa, incorporándose entre las almohadas y tan anhelante como si fuese una
criatura.
Extendieron sobre la colcha un par de medias llenas de bultos y
examinaron con deleite el contenido de ambas, aunque cada una de ellas se sabía
al dedillo lo que había en la media de la otra.
No entremos en detalles; bástenos con saber que se sintieron
gozosas, pues al recostarse Rosa, dijo con muestras de inmensa satisfacción:
-Ahora creo tener todo lo que necesito -y Febe contestó,
contemplando sonriente el montón de sus tesoros.
-esta es la mejor Navidad que yo recuerdo. -Luego, con aires de
importancia, añadió-: Formula algún deseo, pues sé de otros dos regalos que
están al salir de esta puerta.
-¡Oh, cuántas riquezas! -exclamó Rosa emocionada-. Mi mayor
anhelo ha sido un par de zapatitos de cristal como los de Cenicienta, pero como
esto no es posible, no sé en realidad qué pedir.
Febe batió palmas mientras la niña saltaba del lecho y se
encaminaba a la puerta corriendo, y todavía agregó:
-Uno de esos regalos es para los pies. No sé que dirás del otro,
pero a mí me parece elegantísimo.
También le pareció esto mismo a Rosa, que volvió muy contenta
con un par de patines y un hermoso trineo.
-Adivino que esto es cosa del tío; y ahora que lo veo, me
acuerdo de que siempre he deseado patinar y andar en trineo. Son preciosos, y
me quedan muy bien, ¿verdad? -y, sentándose en el nuevo trineo, Rosa hizo la
prueba de patinar con su pie descalzo, mientras Febe permanecía inmóvil
admirando aquel cuadro hermoso.
-Ahora tenemos que darnos prisa en vestirnos, pues hay mucho que
hacer en un día como hoy, y quiero terminar temprano, para probar los patines
antes de comer.
-¡Cielos! Yo tendría que estar pasando el plumero en el
vestíbulo ahora mismo -y ama y criada se separaron contentas como unas Pascuas,
tan contentas que con sólo mirarlas cualquiera se hubiese dado cuenta de que
era Navidad.
-Rosa, el Bosque de Birnam ha venido a Dunsinane -dijo el doctor
Alec, abandonando la mesa para abrir la puerta y dar paso a una procesión de
ramas de acebo, abeto y cedro que subían por los escalones.
Bolas de nieve y exclamaciones de "Feliz Navidad" se
cruzaron rápidamente durante algunos minutos ; luego todos se dedicaron a
adornar la casa, pues la familia comía toda junta en aquellas ocasiones.
-He andado a caballo un montón de millas, como dice Ben, para
conseguir este hermoso ramo, y voy a colgarlo allí como toque final de este
zafarrancho - dijo Charlie, que estaba atando la rama verde a la araña de la
sala.
-No es muy bonito -expresó Rosa, mientras adornaba la chimenea
con relucientes trozos de acebo.
-No le hace, es muérdago, y todos los que se paren debajo
tendrán que aceptar un beso, les guste o no. Les ha tocado el turno, chicas
-dijo el Príncipe, dirigiendo a las muchachas miraditas sentimentales, mientras
ellas huían precipitadamente de la zona peligrosa.
-A mí no me atrapan -dijo Rosa con mucha dignidad.
-A ver si no.
-Yo le he puesto el ojo a Febe -exclamó de pronto Will, con un
tono tan paternal que 'todos echaron a reír.
-Debo confesar que no opondría muchos reparos -confesó Febe, y
el tono de su voz fue tan maternal que la salida del chico perdió gran parte de
su efecto.
-¡Oh, ramita de muérdago! -canturreó Rosa.
-¡Oh, ramita de muérdago! -repitieron todos los chicos, y las
bromas cedieron el puesto a la balada plañidera que todos conocían tan bien.
Hubo tiempo de sobra para probarse los nuevos patines antes de
la cena y Rosa tomó su primera lección en la pequeña bahía, que parecía haberse
congelado exprofeso. No dejó de sufrir sus buenos tumbos y caídas, pero
teniendo seis maestros voluntariosos, logró al fin mantener el equilibrio; y
satisfecha con su triunfo, se dedicó luego a recorrer seis veces la costa con
el Amazonas, como había dado en llamar al trineo.
-¡Ah, esos colores ! Verlos me parte el corazón - dijo gruñendo
la 'tía Myra, cuando Rosa entró un poco retrasada, con las mejillas tan rojas
como las frutas del acebo que pendía de la pared y los rizos todo lo estirados
que pudieron salir de las manos de Febe.
-Me encanta que Alec permita a la niña embellecerse, a pesar de
sus ideas tontas -añadió la tía Clara, encantada al ver que el nuevo vestido
azul de Rosa tenía tres fruncidos.
-Es una chica inteligentísima y sabe cuidarse bien -observó la
tía Juana con afabilidad inusitada, pues Rosa acababa de entregar a Mac una
pantalla que tenía por objeto protegerle los ojos del brillo intenso del fuego.
-Si yo pudiese enseñarle una hija así a mi Jem cuando vuelva,
sería la mujer más orgullosa y feliz del mundo -pensó la tía Jessie, y al
instante reconoció con dolor que no estaba del todo satisfecha con sus cuatro
valientes hombrecitos.
La tía Abundancia estaba demasiado absorta en la comida como
para prestar atención a ninguna otra cosa; de no ser por esto, habría notado el
efecto que su nuevo gorro producía en los chicos. La buena señora no negaba que
era muy afecta de los gorritos con adornos, y en aquel momento el suyo era
magnífico. La alta estructura de encaje se adornaba con cintitas, de tal modo
que parecía como si una bandada de mariposas amarillas se hubiese posado en su
cabeza anciana. Cuando corría de un cuarto a otro, con sus cortos e inquietos
pasitos, todo aquello temblaba y tan cómico era el efecto, que Archie tuvo que
apretar las bocas de los mocosuelos con las cortinas hasta que se les pasase el
primer ataque de risa.
El tío Mac llevó a Fun See a cenar y por cierto que hizo bien,
pues los chicos mayores encontraron distracción socorrida en las pullas de que
hicieron objeto al chinito con motivo de su elegancia inesperada. Ahora vestía
a la europea, y después de concurrir a una escuela durante seis meses hablaba
el inglés notablemente bien. Su carita amarilla y sus ojillos rasgados
contrastaban con los rubios Campbell que lo rodeaban. Will lo llamó
"Tifón", queriendo decir "Tifón" (importante grado militar
en las tropas japonesas), pero el apodo no le hizo gracia ninguna.
La tía Paz fue transportada hasta el comedor y sentada en un
sillón imponente. Sólo en este día se reunía con la familia, y al mirarlos
parecía decirse que aquéllos eran "mensajeros de paz en la tierra".
Esto lo dijo el tío Alec, que ocupaba su puesto al lado de la señora, mientras
el tío Mac acompañaba a la tía Abundancia en el otro extremo.
-Apenas si he probado bocado en el desayuno, y he hecho todo lo
posible por abrirme un apetito enorme, pero, en realidad no me creo capaz de
comer mucho, a menos de que haga saltar los botones -dijo Geordie por lo bajo a
Will, contemplando entre suspiros las bendiciones que tenía ante su vista.
-Nadie sabe que puede hacer hasta que lo intenta -contestó Will,
atacando el plato atiborrado de comida con la evidente intención de dejar bien
parados sus prestigios.
Todos sabemos perfectamente que es una cena de Navidad, de
manera que no necesitamos desperdiciar palabras en describirla, y en cambio
aprovecharé la ocasión para decir lo que ocurrió al final. El final tardó mucho
en llegar, tanto que fue necesario encender el gas antes de que concluyeran el
postre, pues había empezado a caer la nieve y la luz del día invernal se
oscurecía con mucha rapidez. Esto fue razón sobrada para que se sintiesen más
alegres al-abrigo de los cuartos calientes y en medio de tanto espíritu gozoso.
Archie parecía ser el más contento, tanto que Charlis le confió a Rosa sus
sospechas de que el Jefe hubiese andado trasteando con las botellas.
Rosa rechazó indignada la insinuación, pues cuando se dijeron
los brindis al estilo antiguo, para dar gusto a los ancianos, observó que los
chicos de la tía Jsssie llenaron sus vasos de agua, y lo mismo había hecho ella
con el suyo a pesar de las pullas del Príncipe.
Pero no cabía duda de que Archie estaba muy emocionado, y cuando
alguien recordó que era el aniversario del casamiento del tío Jem y lamentó que
no estuviese allí para pronunciar un discursito, el chico sorprendió a todos
con su ocurrencia de imitarlo. El dis-cursito fue un tanto incoherente, a la
vez que florido, como suelen ser los discursos de esta clase, pero todos
consideraron soberbio el remate; pues, volviéndose a la madre con voz un poco
entrecortada, le dijo que "merecía ser bendecida con paz y abundancia,
coronada con rosas y amores de príncipe, recibir cargamentos de ventura a
través de los mares, contra vientos y mareas, y añadir otra gema a las joyas
familiares".
Esa alusión al capitán, que se encontraba en su viaje de
regreso, hizo que la señora Jessie ocultara sus sollozos detrás de la
servilleta, y puso más contentos a los chicos. Luego, como si aquella emoción
no fuese bastante, Archie salió de pronto del cuarto como una exhalación,
talmente igual que si se hubiese vuelto loco de pronto.
-Es muy vergonzoso y ciertas cosas lo impresionan -dijo Charlie,
procurando a su modo excusar al Jefe, tal vez porque ése era su deber.
-Febe le ha hecho una seña; yo la vi -dijo Rosa, mirando
fijamente en dirección a la puerta.
-¿Quedan más regalos? -preguntó Jamie, en el preciso instante en
que su hermano volvía, más agitado que antes.
-Sí, un regalo para mamá, y aquí lo tienen -dijo Archie con voz
tonante, al tiempo que abría la puerta violentamente, dando paso a un hombre
alto que exclamaba:
-¿Dónde está mi mujercita adorada? El primer beso para ella, y
después pueden venir los demás todo lo rápido que quieran.
Por supuesto, la tumultuosa conmoción duró un rato, y mientras
tanto Rosa se corrió al hueco de la ventana y miró la escena, como si fuese un
capítulo de un cuento de Navidad. Emocionaba ver al enhiesto tío Jem
contemplando orgulloso su hijo, tan crecido, al tiempo que acariciaba a los
otros cariñosamente. Aun más grato fue verlo estrechar las manos de sus
hermanos como si quisiese retenerlas para siempre, y besar a las hermanas de
tal modo que hasta el rostro de la inmutable tía Myra se iluminó un rato. Pero
lo mejor de todo fue verlo instalándose por último en el sillón del abuelo, con
su mujercita al lado, sus tres hijos menores en el regazo y Archie
sobresaliendo detrás suyo como un querube alargado. Era, como dijo Charlie,
"un paisaje beatífico ".
-¡Todos sanos y todos juntos, gracias al Señor! -exclamó el
capitán Jem en la primera pausa que se produjo, mientras miraba en torno con
ternura.
-Todos menos Rosa -interpuso Jamie, a quien no había pasado
inadvertida la ausencia de la chica.
-Más bien diríamos la niña mimada de Alec -expresó el tío Mac,
que a veces denunciaba estar celoso de su hermano.
-Aquí estoy, señor -dijo Rosa, apareciendo por detrás de las
cortinas, pero denotando que tal vez hubiese preferido seguir escondida.
-¡San Jorge Germain, cómo ha crecido esta chica! -exclamó el
capitán Jem, mientras caían al suelo los chicos que tenía en sus rodillas y se
ponía en pie para saludar a la niña. Cuando le dio la mano, la de Rosa pareció
una miniatura al lado de la suya, y el hombre no dejó de notar en el rostro un
parecido singular con el de su hermano fallecido, por lo cual, no satisfecho
con un recibimiento tan frío, la alzo en brazos, y pego su cara rugosa contra
la suave mejilla de la niña, diciendo
-¡Dios te bendiga, criatura! Perdóname si te olvidé durante un
momento, pero ten por cierto que ninguno se alegraría más que yo de verte.
Cuando la depositó en el suelo nuevamente, el rostro de Rosa
estaba alegre; sin duda un misterioso efluvio había disipado la sensación de
desconsuelo, causada por el olvido, que tanto rato la detuvo detrás de las
cortinas.
Sentáronse todos en círculo a escuchar el relato del viaje del
capitán y su ansiedad por llegar de vuelta en Navidad; cómo todo parecía
conspirar en contra suyo, y cómo a último momento vio coronados de éxito sus
afanes, enviando entonces un telegrama a Archie, en el cual le pedía que
guardase el secreto y estuviera a la expectativa en cualquier momento, pues el
barco había ,entrado en otro puerto y era posible que llegase algo tarde.
Contó luego Archie que el telegrama estuvo quemándole los
bolsillos durante la cena y que se vio precisado a hacer a Febe partícipe de su
secreto. Elogió la inteligencia de la chica, que supo retener al capitán hasta
que el discurso finalizase, para hacer más teatral su entrada.
Los mayores hubieran seguido charlando toda la velada, pero los
chicos reclamaban imperiosos los regocijos propios de la Navidad, y es por esto
que después de una hora más o menos de conversación, y una vez consultados
entre sí mediante señas, dieron con una idea ingeniosa para dispersar el
consejo de familia.
Desapareció Esteban, y en menos tiempo del que los chicos
suponían que habría necesitado, se oyeron los extraños acordes de la gaita en
el vestíbulo, y el gaitero escoces hizo su aparición, dispuesto a que los
componentes del clan Campbell lo siguieran.
-Suave, Esteban, por favor; tocas admirablemente bien, pero
haces un estruendo feroz -le gritó el tío Jem, que se llevaba las manos a los
oídos, pues esta demostración era cosa nueva para él y lo dejó
"completamente atontado", como declaró más tarde.
Esteban ejecutó una melodía montañesa con toda la suavidad de
que fue capaz y los chicos la bailaron ante el círculo de parientes
embelesados. El capitán Jem era un marino en toda la extensión de la palabra y,
como tal, incapaz de mantenerse quieto en medio de tanto movimiento; así pues,
cuando las energías del gaitero parecieron desmayar, dio en mitad de la sala un
paso de baile del llamado estilo "ala de paloma", diciendo : "
¿Quién se atreve a bailar un Proa y Popa? ", y sin esperar respuesta se
puso a silbar tan admirable-mente que la señora Jessie se le unió riendo igual
que una chiquilla; luego ocuparon sus puestos detrás Rosa y Charlie, y los
cuatro hicieron tales demostraciones que al poco rato todos los demás se
sintieron tentados a imitarlos.
Fue un gran comienzo, y muchos bailes siguieron hasta que alguno
de ellos confesaba estar cansado. Hasta el propio Fun See se distinguió en
pareja con la tía Abundancia, a quien admiraba mucho por ser la dama más
robusta del conjunto, dado que en su país la gordura se considera belleza. La
bondadosa anciana se declaró muy halagada por la alabanza y los chicos
declararon que lo había cautivado, pues de lo contrario no se hubiese atrevido
jamás a sorprenderla debajo del muérdago y pararse en puntas de pies para
depositar muy gentilmente un beso en su mejilla.
¡Cómo se rieron todos al verla tan asombrada, y cómo los ojillos
negros de Fun brillaron al oír esta salida ! Quien le había sugerido la idea
fue Charlie, el cual a su vez estaba ocupado en perseguir a Rosa, tendiéndole
toda clase de trampas e induciendo a los otros a ayudarlo. Pero Rosa no se
descuidaba, y salvo todos los obstáculos, declarando que no podía haber cosa
más abominable que aquellas antiguas costumbres. La pobre Febe no fue tan
mañosa, y Archie aprovechó artera mente un descuido suyo mientras ofrecía té a
la tía Myra, que estaba precisamente al lado de la rama fatal.
Si la llegada del padre no lo hubiese puesto fuera de sí, cabe
dudar si el orgulloso Jefe hubiese llegado a tanto, pues en el acto pidió
disculpas muy ceremoniosamente, al tiempo que atrapaba en el aire la bandeja
que estuvo por caerse de las manos de Febe.
Jamie, con la mayor audacia del mundo, se puso debajo de la rama
e invitó a todas las mujeres a que fuesen a besarlo, y el tío Jem hizo como si
el cuarto entero estuviese lleno de muérdago. El tío Alec, con todo sigilo,
puso unas hojitas en el gorro de la tía Paz, y la besó dulcemente, broma que a
ella pareció halagar mucho, pues le agradaba participar en todos los regocijos
familiares y Alec era su sobrino favorito.
Fue Charlie el único que no pudo atrapar su presa y cuando más
se le escapaba, más se empeñaba en alcanzarla. Una vez que fracasaron todos los
demás ardides, se combinó con Archie para que propusiese jugar a las prendas.
-Entiendo bien de que se trata -pensó Rosa, y se mantuvo en
guardia con tanto cuidado que en la pila que pronto se formó no hubo ninguna
prenda que le perteneciese.
-Rescatémoslas y juguemos a otra cosa -dijo Will, totalmente
inconsciente de los siniestros propósitos que flotaban en el ambiente.
-Una vuelta más y dejamos -contestó el Príncipe, que había
cargado los cepos nuevamente.
En el preciso instante en que le tocó a Rosa contestar, se oyó
la voz de Jamie que gritaba desde fuera "¡Vengan, vengan pronto! ".
Rosa se puso en pie de un salto, perdió el sentido de la pregunta, y oyó que la
gritaban a coro: "¡Prenda! ¡Prenda!; y del coro for-maba parte la voz del
pequeño traidor.
-¡Por fin! -pensó el joven bribón, y en el interior de su pecho
el corazón le saltaba de alegría.
-Ahora estoy perdida -pensó Rosa, mientras entregaba su
alfiletero con un gesto desafiante que a otro
que no fuese el intrépido Príncipe hubiese conturbado de seguro.
Este, sin embargo, recapacitó un rato, y decidió no tratar de forzar su
triunfo, pues Rosa había demostrado que no le faltaban recursos.
-He aquí una hermosa prenda; ¿que pena impondremos para
rescatarla? -preguntó Esteban, poniendo el alfiletero en la cabeza de Charlie,
pues había insistido en ser juez y se reservaba para el final.
-Fino o superfino? -Super.
-Muy bien; que atraiga a Mac bajo el muérdago y lo bese con toda
su alma. ¡Cómo se pondrá el pobre! -y el villano rió para sus adentros,
anticipándose el desconsuelo que causaría a dos seres inocentes.
Hubo un silencio impresionante en el rincón ocupado por los
jóvenes, pues todos estaban convencidos de que Mac se pondría furioso, ya que
nada detestaba tanto como estas tonterías y se puso a conversar con los mayores
cuando empezó el juego. En aquel momento se hallaba de pie delante del fuego,
escuchando la conversación de sus tíos y su padre y con grandes aires de
importancia, muy ajeno, por supuesto, a lo que se tramaba en contra suya.
Charlie esperaba que Rosa diría "No, eso no" y quedó
un tanto extrañado, por no decir asustado, cuando ella miró a su víctima y echó
a reír, después de lo cual se dirigió al grupo de los mayores, y atrajo a su
tío Mac bajo el muérdago, sorprendiéndolo con un beso estrepitoso.
-Gracias, querida -dijo el caballero, y se veía que aquel honor
inesperado era en el un motivo de orgullo.
-¡Oye! Eso no está bien -empezó a decir Charlie. Pero Rosa lo
interrumpió diciéndole, con una reverencia estudiada que acompañaba sus
palabras:
-Dijiste Mac, y aunque me pareció una falta de res-
peto, lo hice. Fue tu última chance, amiguito, de modo que has
perdido.
Así era, en efecto, pues Rosa acababa de, arrancar el muérdago
arrojándolo al fuego, mientras los chicos le gritaban al abatido Príncipe y
ponderaban la habilidad de Rosa.
-¿De que se trata? -preguntó el menor de los dos .Mac, traído de
pronto a la realidad por todas aquellas carcajadas, en las cuales no tardaron
en participar los mayores.
La gritería fue infernal más tarde, cuando después de explicarle
las cosas, Mac adoptó una actitud meditativa y contempló a Rosa a través de sus
antiparras, diciendo filosóficamente
-Bien... No creo que habría opuesto mucho inconveniente si lo
hubiese hecho.
Esto los hizo reír a más no poder y sólo el fondo de reflexión
que alentaba en ellos hizo que dejaran de acosar al pobre Gusano, el cual no
podía ver nada divertido en la hermosa resignación de que acababa de hacer
gala.
Muy poco después, al descubrir a Jamie acurrucado en un rincón
del sofá, dormido como un lirón, cayeron en la cuenta de que era hora de
acostarse y todos se pusieron en movimiento.
Estaban detenidos en el vestíbulo, dándose las buenas noches,
cuando escucharon de pronto una voz dulce y suave que cantaba "Hogar,
dulce hogar". Era Febe, la pobre Febe que nunca había tenido hogar, que no
conocía cariño de padre ni de madre, hermano o hermana, que vivía sola en el
mundo, pero no sentía tristeza ni miedo y aceptaba con gratitud su reducida
parte de dicha, cantando al trabajar, sin que un leve asomo de angustia cruzara
por su espíritu.
Supongo que la familia dichosa, de pie todos juntos, escuchando
aquella canción, no fue insensible a la belleza, pues cuando la voz llegó al
estribillo todos se le unieron y lo corearon con tanta dulzura que la casa
parecía devolver como un eco la palabra "hogar" y su sonido era una
como música en los oídos de las dos huerfanitas que por primera vez pasaban la
Navidad juntas bajo un techo hospitalario.
CAPÍTULO 21
UN SUSTO
HERMANO Alec, supongo que no habrás pensado _ dejar que esa
chica salga con el frío que hace -dijo la señora Myra al doctor, que estaba
sentado leyendo el diario en su estudio una mañana de febrero.
-¿Por que no? Si una enferma tan delicada como tú puedes
soportarlo, es seguro que mi sobrina, que rebosa salud, puede soportarlo
tambien, máxime que está vestida como para tiempo frío -contestó el doctor Alec
con comunicativa confianza.
-Pero no te imaginas que penetrante es el viento. Estoy helada
hasta la médula -contestó la tía Myra, apretándose con su guante oscuro la
punta de la nariz amoratada.
-No lo dudo, pues te empeñas en vestir crépe y seda en vez de
pieles y géneros de lana. Rosa sale con cualquier tiempo, y no se sentirá peor
después de haber patinado una hora.
-Pues bien, te prevengo que estás jugando con la salud de la
niña, y que te confías demasiado en el mejoramiento que al parecer ha logrado
este año. Es una criatura delicada y al primer ataque serio desfallecerá de
pronto, como le ocurrió a la madre -cacareó la obs-tinada señora, moviendo
condenatoriamente su sombrero.
-Haré la prueba -contestó el doctor Alec, frunciendo las cejas,
como solía hacer siempre que le mencionaban la otra Rosa.
-Recuerda mis palabras, y tendrás ocasión de arrepentirte -y
después de tan siniestra profecía, la tía Myra se alejó cual una sombra negra.
Debemos confesar que entre los defectos del doctor -y tenía unos
cuantos- estaba el desprecio varonil a todo consejo que el no hubiese pedido.
Siempre escuchaba con respecto a las tías-abuelas y a menudo consultaba a la
señora Jessie; pero las otras tres damas lo enfurecían con sus constantes
prevenciones, quejas y consejos. En especial la tía Myra era como para poner a
prueba la paciencia de un santo, y siempre se disponía en contra apenas ella
empezaba a hablar. No podía evitarlo, y a menudo él mismo se reía de su propia
debilidad. He ahí, precisamente, un ejemplo ; poco antes estuvo pensando que
Rosa debería postergar su ejercicio hasta que cesase el viento y el sol
calentase más. Pero intervino la tía Myra, y no pudo resistir la tentación de
pasar por alto su consejo, dejando que Rosa desafiase el frío. No podía temer
que le pasase algo, pues salía todos los días; y fue gran satisfacción de su
parte verla corriendo con los patines bajo el brazo y un aspecto que hacía
pensar en un esquimal de mejillas rosadas completamente envuelto en pieles de
foca. La niña dirigió a la -tía Myra una sonrisa ceremoniosa y prosiguió su
marcha erguida y firme como un gallito.
-Confío que la chica no se quede mucho rato al aire libre,
porque este viento es como para helar huesos más juveniles que los de Myra
-pensó el doctor Alec, media hora después, mientras se alejaba en dirección al
pueblo, para visitar unos cuantos enfermos que había consentido en tomar por
hacer un favor a un viejo amigo.
Varias veces caviló en esto mismo durante aquella mañana, pues
era un día realmente frío y a pesar de ir bien abrigado, el doctor tiritaba.
Pero tenía mucha fe en el buen sentido de Rosa, y nunca se le ocurrió pensar
que la niña estaba convirtiéndose en una especie de Casablanca, con la
diferencia de que se congelaba en vez de achicharrarse en su puesto.
Ocurre que Mac había quedado en juntarse con ella en cierto
lugar, para realizar unos ejercicios de gran patinaje apenas finalizasen las
breves lecciones que el niño estaba autorizado a estudiar. Rosa prometió
esperarlo, y así lo hizo con una lealtad que le costó muy caro, porque Mac
olvidó la cita después de sus lecciones y se abstrajo en un experimento químico
hasta que una gran combustión de gases lo indujo a salir. Es entonces cuando
súbitamente se acordó de Rosa, y de buena gana hubiese echado a correr en el
acto, pero la madre se lo prohibió, temerosa de que el viento intenso le dañara
los ojos.
-Estará esperándome, mamá, porque Rosa siempre cumple su
palabra, y le dije que no se moviera hasta que yo llegara -explicó Mac, el cual
ya creía estar viendo a Rosa muerta de frío en la cima de un montículo
castigado por los vientos.
-No puedo suponer que el tío la deje salir en un día como éste.
Si lo hace, ella tendrá criterio suficiente como para venir a verte aquí, y si
no aparece, podrás tú ir a su casa -agregó la tía Juana, volviendo a sus
ocupaciones.
-¡Ojalá que Esteban se largase a ver si está allí todavía, ya
que yo no puedo ir! -exclamó Mac anhelantemente.
-No, gracias. Esteban no se mueve ni a palos. Ya tiene bastante
con hacer que la sangre vuelva a circular en los dedos de sus pies -contestó el
Dandy, que acaba ba de volver de la escuela y estaba luchando impaciente mente
con las botas.
Mac se resignó, y Rosa esperó hasta que llegó la hora de comer y
cayó en la sospecha de que su espera no tenía objeto. Se• había esforzado por
mantenerse en calor, patinando hasta acalorarse, pero luego la inmovilidad hizo
que el frío le calara hasta los huesos. Trató dé, entrar en vigor nuevamente, y
para ello dio unos cuantos saltos por el camino, pero le faltaron energías,
hasta que por último se acurrucó desconsolada dehajo de un pino, esperando y
mirando. Cuando por último se puso en marcha de vuelta, tenía los músculos
adormecidos de frío, y le costaba mucho trabajo avanzar en dirección contraria
al viento que soplaba cruel.
El doctor Alec estaba cómodamente en su estudio, junto al fuego,
después de la recorrida, cuando el ruido de unos sollozos lo hizo correr
precipitadamente a la puerta y mirar hacia el vestíbulo ansiosamente. Cerca de
la estufa, Rosa estaba convertida en un manojo de nervios temblorosos,
retorciendo las manos y esforzándose para no llorar bajo la intensa impresión
del calor que volvía a sus dedos semicongelados.
-Querida mía, ¿que te pasa? -preguntó el tío Alec, tomándola en
brazos al instante.
-No vino Mac -contestó la niña, echando a llorar
desconsoladamente-; no puedo entrar en calor y el fuego me hace doler -agregó
mientras los dientes le castañeteaban, tenía la nariz azul y el solo verla daba
pena.
En menos tiempo del que se tarda en contarlo, el doctor Alec la
depositó en el sofá, abrigándola con la piel de oso; a su lado, Febe le frotaba
los pies fríos y él hacía lo propio con las manos, mientras la tía Abundancia
le preparaba una tisana y la tía Paz le mandaba su calientapiés y una frazada
bordada.
Arrepentido y enternecido, Alec no descansó hasta que su
paciente declaró sentirse bien de nuevo. No quiso que se levantara para cenar y
le dio de comer él mismo, olvidándose de su propia cena mientras la niña se
dormía bajo los efectos del ponche preparado por la tía Abundancia.
Así estuvo varias horas, y el doctor Alec, presa de incontenible
ansiedad, notó que las mejillas de la chica ardían y tomaban el color
inconfundible de la fiebre, que su respiración se tornaba fatigosa y que de
cuando en cuando emitía un leve quejido, como si sintiese algún dolor. De
pronto se despertó sobresaltada, y al ver que la tía Abundancia estaba agachada
sobre ella, alargó los brazos y preguntó con entonación que denotaba cansancio:
-¿Puedo acostarme?
-Es lo mejor que puedes hacer. Llévala a la cama, Alec; ya tengo
lista la botella de agua caliente y después de un baño, le dare una taza de un
te especial, y luego la envolveremos bien en las frazadas para que se le pase
el frío del todo -dijo la anciana, y en el acto se dedico a impartir órdenes
con mucha actividad.
-¿Te duele algo, tesoro? -preguntó el doctor Alec mientras la
transportaba en brazos al piso alto.
-Me duelen los costados al respirar, y me siento muy dura y
rara; pero no es nada grave, tío, no se preocupe -dijo Rosa en voz muy baja,
poniéndole una mano en la mejilla.
Pero el pobre doctor se sintió afligido y tenía motivo para
estarlo, pues cuando Rosa quiso reírse al ver a Debby entrando presurosa con un
brasero cubierto, de los que se usaban para calentar las camas sin poder
manejarlo cómodamente, un dolor agudo le cortó la respiración y lanzo un grito.
-Pleuresía -dijo la tía Abundancia suspirando, desde el fondo de
la bañera.
-Pulmonía -gruñó Debby, mientras removía bajo las cobijas el
brasero cubierto, que sostenía del extremo de su largo mango, cual si estuviese
ahuyentando en esa forma la traicionera enfermedad.
-¿Y eso es malo? -preguntó Febe, que con la , preocupación
estuvo a punto de volcar un cubo de agua caliente, pues de enfermedades no
entendía nada y la insinuación de Debby había sido pronunciada en un tono que
parecía denotar algo trágico.
-¡Silencio! -exclamó el doctor, acallando todas las nuevas
predicciones y obligando, con su gesto enérgico, a que cada uno cumpliese su
deber sin desmayar.
-Ponla todo lo cómoda que puedas, y cuando este en la cama
entraré a darle las buenas noches -agregó el médico una vez que el baño estuvo
listo.
Luego fué al encuentro de la tía Paz, para tranquilizarla,
diciendole con gran serenidad que no era más que un simple enfriamiento,
después de lo cual recorrió el corredor a largos pasos, estirándose las barbas
y retorciéndose las cejas, indicios seguros de gran perturbación interna.
-Dije que sería grande nuestra suerte si pasábamos el año sin
ningún contratiempo. ¡La culpa es de mi perversidad! Debí aceptar el consejo de
Myra y no permitir que Rosa saliera. No es justo que la pobre niña deba sufrir
a causa de mi excesiva confianza. ¡Pero no sufrirá ! ¡Pulmonía! ¿A que no? -se
decía, con un puño levantado en dirección al ídolo indio que tenía delante,
como si aquel dios tan feo tuviera algo que ver con el mal que aquejaba a su
pequeña diosa.
Pese a todas sus bravatas, su corazón sufrió un vuelco cuando
volvió a ver a Rosa, pues el dolor era más intenso, y el baño, las frazadas, el
brasero y la tisana no surtieron efecto ninguno. Durante varias horas la niña
no tuvo un minuto, de sosiego, y toda suerte de siniestros presagios atormentó
las mentes de cuantos la contemplaban en silencio con rostros que reflejaban
intensa angustia.
Cuando mayor era la agitación, Charlie fue a trasmitir un
mensaje a la madre, y en el camino se encontró con Febe, la cual bajaba
llevando en las manos una cataplasma de mostaza que no había traído mejoría
ninguna.
-¿Que demonios pasa? -preguntó cuando ella levantó una mano,
indicándole que dejase de silbar-. ¿A qué viene tanta preocupación?
-La niña Rosa está muy enferma.
-¡ Un cuerno !
-No diga esas cosas, niño Charlie. Está enferma, sí, y la culpa
es del niño Mac -y entonces Febe le contó sucintamente lo ocurrido con palabras
condenatorias, pues en aquel instante hubiera declarado la guerra de buen grado
a todo el batallón de chicos.
-Yo la vengaré, no te preocupes -dijo Charlie, cerrando el puño
en actitud amenazante-. Pero Rosa no correrá peligro alguno, ¿verdad? -agregó
intranquilo, al ver que la tía Abundancia pasaba presurosa por el salón de la
planta alta, sacudiendo violentamente un frasco de remedio.
-No, está muy mal. Ele doctor habla poco, pero ya no dice que se
trata de un simple enfriamiento, como antes. "Ajora" es pleuresía, y
yo tengo mucho miedo que mañana sea "pelmonía" -contestó Febe,
mirando con desaliento la cataplasma.
Como Febe había pronunciado mal la palabra "pulmonía",
Charlie echó a reír, pero se contuvo en el acto.
-¿Cómo puede burlarse -dijo la niña con gesto de indignación y
los ojos llameantes-, siendo así que sufre dolores espantosos? Oiga, oiga eso,
y luego ría si es capaz.
Se percibían los quejidos y Charlie se puso tan triste como
Febe.
-¡ Oh, tío -decía Rosa desde lejos-, haga que cese el dolor, y
pueda descansar un momento! No les diga a los chicos que no he sido valiente.
Yo quiero aguantar, pero es tan fuerte que no tengo más remedio que llorar.
Tampoco pudo menos de llorar Charlie a su vez, al oír aquella
voz entrecortada que decía esas palabras; pero, muchacho al fin, no quiso que
se le notase y se pasó la manga por los ojos, diciendo:
-No me pongas eso delante de la nariz; la mostaza me hace
escocer los ojos.
-No entiendo cómo puede causar ese efecto, siendo así que ya no
le queda fuerza ninguna. Esto es lo que ha dicho el doctor, y precisamente voy
a buscar más mostaza -dijo Febe, sin sentir el más mínimo temor de que se
viesen las lágrimas suyas, que caían en la cataplasma.
-Yo la traeré -dijo Charlie, aprovechando con gusto la ocasión
de desaparecer de allí instantáneamente.
Cuando volvió había borrado de su rostro toda huella de
aflicción, y después de entregar una caja de la mejor mostaza que era posible
adquirir, se marchó a poner de vuelta y media a Mac seguro de que ésa era su
primera obligación. Tan a conciencia la cumplió, que el pobre Gusano se vio
sumido en un mar de cavilaciones desesperadas y aquella noche, al acostarse,
estaba convencido de que era un paria entre los hombres y de que llevaba en la
frente el estigma de Caín.
Gracias a la pericia del doctor y la devoción de sus ayudantes,
Rosa empezó a mejorar a medianoche, y todos confiaron en que lo peor hubiese
pasado ya. Febe estaba haciendo té en la estufa del estudio, pues el doctor se
había olvidado de comer y beber desde que conoció la enfermedad de Rosa, y la
tía Abundancia insistió en que tomase "un buen plato de te" para
reparar el cansancio producido por su esfuerzo. Unos golpecitos a la ventana
sobresaltaron a Febe, y al volverse ésta vio una cara que miraba. No se asustó,
pues al fijarse bien advirtió que no era espectro ni ladrón, sino Mac, pálido y
desencajado a la luz lunar de aquella noche de invierno.
-Déjame entrar -dijo en voz muy baja, y una vez que se halló
dentro del vestíbulo tomó a Febe fuertemente del brazo y preguntó por lo bajo:
-¿Cómo sigue Rosa?
-Gracias a Dios, ha mejorado -contestó la chica, con una sonrisa
que fue como un rayo de sol en el corazón atribulado del muchacho.
-¿Estará del todo bien mañana?
-Oh, tan pronto, no. Debby dice que es seguro que tendrá fiebre
reumática, como no llegue a tener "numonía" -contestó Febe, cuidando
esta vez de pronunciar mejor la palabra.
Mac agachó la cabeza y el remordimiento empezó a roerle las
entrañas de nuevo, al tiempo que suspiraba y decía preocupado:
-¿No podría verla?
-¡ Tan luego a esta hora de la noche, cuando todos queremos
acostarnos!
Mac abrió la boca para decir algo, pero en ese momento no pudo
reprimir un estornudo y el ruido, aumentado por el silencio, atronó la casa
entera.
-¿Por que no ahogó el estornudo? -dijo Febe como en un
reproche-. Estoy segura que la ha despertado.
-No pude evitarlo. ¿Que voy a hacer? -refunfuñó Mac, volviéndose
para marcharse antes de que su presencia enredase las cosas más aún.
Pero desde las escaleras una voz lo llamó muy quedo:
-Ven, Mac; Rosa quiere verte.
Mac se acercó y encontró a su tío esperándolo.
-¿Que te trae aquí a esta hora, Mac? –preguntóle el hombre en un
susurro.
-Charlie dice que tengo la culpa de todo, y que si muere es que
yo la he matado. No he podido dormir, y por eso he venido a ver cómo estaba,
sin que lo supiera nadie más que Esteban -y la cara atribulada del chico y su
voz desfalleciente desarmaron al doctor, que no se atrevió a reprocharle nada.
Antes de que pudiesen hablar de nuevo, se oyó una voz que decía
muy quedo "¡Mac!" y el doctor agregó presuroso:
-Quédate apenas un minuto, para complacerla tan sólo ; y luego
te marchas, porque quiero que duerma tranquila.
Una cara palidísima y muy infantil, recortada en la almohada,
sonrió con esfuerzo saludando a Mac. El dolor había consumido las energías de
Rosa, pero con todo no hubiera descansado bien sin antes decir unas palabras de
consuelo a su primo.
-Te conocí por el estornudo, y adiviné que habías venido a ver
que tal seguía, aunque en realidad es muy tarde. No te preocupes. Estoy mejor,
y la culpa es mía solamente, no tuya ; pues no debí cometer la tontería de
esperar con ese frío, sólo porque prometí esperarte.
Mac se apresuró a orfecerle sus explicaciones, acusándose
despiadadamente e implorándole que no se muriese por su culpa, pues el sermón
de Charlie le había causado una impresión terrible.
-En ningún momento he creído estar en peligro de muerte -le dijo
Rosa, mirándolo con toda la solemne expresión de sus ojos grandes.
-Así lo espero; pero a veces la gente se muere de repente,
¿sabes? y yo no hubiera podido descansar sin pedirte perdón antes -dijo Mac
desfalleciente, convencidísimo de que Rosa volvía a tener la misma cara de
ángel de siempre con aquel cabello dorado suelto en la almohada y la huella
inefable del sufrimiento en su carita blanca.
La niña lo contempló tiernamente y al advertir cuán patética y
tonta era su aflicción, añadió muy por lo bajo, alargando la cabeza:
-No te hubiera besado bajo el muérdago, pero lo haré ahora, pues
deseo que tengas la certeza absoluta de que te perdono y veas que te quiero
exactamente igual que antes.
Esto sí que causó gran turbación al pobre Mac; el chico apenas
acertó a murmurar palabras de agradecimiento y salió disparado del cuarto, con
toda la velocidad de que sus piernas eran capaces. A tientas fue buscando el
camino hasta su cama, en un dormitorio situado al otro extremo del salón, y
allí cayó dormido y rendido por todo el esfuerzo puesto en juego para no hacer
de criatura.
CAPÍTULO 22
ALGO QUE HACER
FUERA cual fuese el peligro que pudiese ofrecer aquel
enfriamiento repentino, lo cierto es que pasó pronto, aunque, por supuesto, la
tía Myra se negó a admitirlo y el doctor Alec cuidó a la niña con renovada
ternura y esmero durante varios meses. Rosa disfrutó en cierto modo de su
enfermedad, pues apenas concluyó el dolor empezó la buena vida, y durante una o
dos semanas fue una especie de princesa encerrada en "la Glorieta",
donde todos la servían, procuraban divertirla y la vigilaban con amoroso
empeño. Pero la presencia del doctor fue requerida junto al lecho de un viejo
amigo suyo qué se hallaba muy grave, y Rosa se sintió igual que un pajarito al
que falta de pronto el ala protectora de la madre; especialmente una tarde en
que las tías estaban durmiendo la siesta y la casa era todo silencio por
dentro, mientras la nieve caía implacable por fuera.
-Voy a buscar a Febe, que siempre es buena y trabajadora, y le
gusta tener alguien que la ayude. Si Debby no anda por allí, podremos hacer
caramelos y darles una sorpresa a los chicos cuando vuelvan -se dijo Rosa, y
sin más ni más tiró a un lado el libro y se dispuso a entrar en la vida social
de nuevo.
Tomo la precaución de atisbar por una rendija de la ventana
antes de penetrar en la cocina, pues Debby no permitía intromisiones cuando
ella andaba trasteando. Pero no había moros en la costa, y la única que se
presentó a su vista fue Febe, sentada al lado de la mesa, con la cabeza entre
los brazos y al parecer dormida.
' Rosa estuvo por despertarla con un grito, mas en aquel
instante la chica levantó la cabeza, se secó los ojos humedecidos con el
delantal azul, y se puso a laborar re-sueltamente y sin duda interesadísima en
su tarea. Rosa no pudo ver bien qué estaba haciendo y su curiosidad fue muy
grande. Febe, por lo visto, escribía con una pluma que rasgaba mucho el papel
madera, y se. diría que estaba copiando algo de un pequeño libro.
-Tengo que averiguar que hace, por que ha llorado y por que
apretó los labios y se aplicó a su tarea con toda esa energía -se dijo Rosa,
olvidada por completo de las golosinas; y entonces dio toda la vuelta, hasta la
puerta, y entró diciendo afablemente
-Febe, necesito que hacer. ¿Por que no dejas que te ayude? Es
decir, siempre que no te estorbe.
-¡Oh, no, de ninguna manera! Me encanta que estés aquí cuando la
cocina está limpia. ¿Qué deseas hacer? -contestó Febe, al tiempo en que abría
un cajón, con la visible intención de esconder sus cosas; pero Rosa la detuvo,
exclamando con un tono de niña curiosa
-¡Déjame ver! ¿Que es eso? No hablaré, si deseas que Debby no se
entere.
-No es nada. Estaba tratando de estudiar un poco, pero soy tan
torpe que no adelanto nada -contestó la chica, aunque se advertía que no era su
voluntad revelar esa debilidad; y su amita se enterneció al ver los esfuerzos
que realizaba por adquirir alguna instrucción.
Había un trozo de pizarra, proveniente de una rotura del techo,
un pedacito de lápiz, de una o dos pulgadas de largo, un viejo almanaque que
hacía las veces de libro de lectura, varios trozos de papel de envolver
cuidadosamente planchados y cosidos en forma de cuaderno, y como modelos de
copia varias recetas de cocina escritas con la letra clara de tía Abundancia.
Todo esto, además de un frasquito de tinta y una pluma oxidada, completaba el
equipo de Febe y no era de extrañarse que avanzara poco, a pesar de la paciente
persistencia con que secaba sus lágrimas de desesperación y conducía la pluma
chillona con tanta voluntad.
-Puedes reírte si quieres, porque sé que todo esto es muy raro,
y por eso lo oculto ; pero no tengo inconveniente en que lo veas, ya que me has
descubierto, y no me avergüenzo de ser tan atrasada a mi edad -dijo Febe
humildemente, aunque las mejillas se le enrojecieron mientras pretendía borrar
una o dos mayúsculas torcidas con el líquido de algunas lágrimas que no se
habían secado en la pizarra.
-¡Reírme! Más deseos siento de llorar al pensar en lo egoísta
que soy, pues teniendo tantos libros y tantas cosas que pueden serte útiles,
nunca se me ocurrió darte algunas. ¿Porque no me pediste, en vez de hacer este
enorme esfuerzo completamente sola? Has hecho muy mal, Febe, y no te perdonaré
que vuelvas a hacerlo - contestó Rosa, una mano puesta en el hombro de Febe,
mientras con la otra volvía suavemente las hojas del cuaderno improvisado.
-No tuve valor de pedir nada más, siendo así que eres tan buena
conmigo -exclamó Febe y la miró con ojos que reflejaban toda la gratitud de su
corazoncito.
-¡Que orgullosa eres! Como si para mí no fuese un placer, y más
teniendo todas las cosas que tengo. Bueno, veamos; se me ha ocurrido un plan, y
no debes decir que no, porque me enojaría mucho. Quiero hacer algo; lo mejor
será que te enseñe todo lo que sé. No llevará mucho tiempo -y Rosa sonreía
mientras llevaba una mano a la cabeza de Febe y la acariciaba suavemente.
-Sería divino -comentó Febe, cuyo rostro se ilumino al sólo
pensar en esto; pero nuevamente la cara se ensombreció y dijo-: Aunque creo que
no debo permitírmelo, porque esas cosas llevan tiempo y al doctor es fácil que
no le guste.
-No ha sido partidario de que yo estudie mucho, pero jamás me
dijo que no debo enseñar, y no creo que le preocupe lo más mínimo. De todos
modos, podemos probar hasta que venga, así que junta tus cosas, y sube a mi
cuarto, y de ese modo empezaremos hoy mismo. Para mí será un placer inmenso, y
pasaremos juntas unos ratos deliciosos, ya verás.
Era emocionante ver a Febe juntando sus cositas en el delantal,
y ponerse de pie de un salto, como si el más grande anhelo de su corazón se
hubiese convertido de pronto en realidad; y no menos emocionante ver a Rosa,
que corría delante, mientras cantaba alborozada y alegre:
Por estas escaleras a mi cuartito iremos; allí verás las cosas
preciosas que tendremos. Vamos, querida Febe, vamos ya.
-¡Como para resistir la tentación! -contestó Febe con
vehemencia, añadiendo al entrar en la Glorieta-: Tú eres la araña más
encantadora que ha existido en el mundo, y yo la mosca más dichosa.
-Voy a ser muy estricta, de modo que siéntate en esa silla y no
abras la boca hasta que en esta escuela se inicien las clases -ordenó Rosa,
embelesada con la perspectiva de cosa tan agradable y útil que hacer.
Así, pues, Febe se sentó muy formal en el sitio señalado,
mientras que su maestrita extendía libros y pizarras, un hermoso tintero y un
pequeño globo terráqueo; luego arrancó apresuradamente un trozo de su esponja,
afiló lápices con más energía que habilidad y cuando todo estuvo listo la miró
tan seria que la alumna no pudo contener la risa.
-Ahora ya está todo pronto; veamos cómo lee usted, señorita
Moore, a objeto de decidir en que clase la coloco -dijo Rosa, mientras abría un
libro y se lo daba a su discípula, sentándose después en un sillón con una
regla muy larga en la mano.
Febe se defendió bastante bien, enredándose sólo de cuando en
cuando con alguna palabra difícil, y pronunciando mal sólo una o dos. La
lección de ortografía y deletreo fue una desilusión; las ideas de Febe acerca
de geografía eran muy vagas, y la gramática andaba por cualquier sitio, aunque
la alumna protestaba asegurando que ella se esforzaba "por hablar como las
gentes destruídas" y de continuo provocaba indignación de parte de Debby,
quien la creía una especie de chica pretenciosa que no sabía mantenerse en su
lugar.
-Debby es una pobre mujer, y pronuncia infinidad de palabras muy
mal, con la plena convicción de que las dice perfectamente. No tienes que
hacerle caso. Tú hablas bastante bien, Febe, según he observado, y la gramática
te ayudará a distinguir lo que está bien di-cho y lo que no está -añadió Rosa,
pero poniendo mucho cuidado también en su propia manera de hablar, pues en
algunos puntos tampoco andaba muy fuerte que digamos.
Cuando le tocó el turno a la aritmética, la maestrita debió
sorprenderse al descubrir que su discípula estaba en ciertas cosas más fuerte
que ella, pues Febe había hecho muchas cuentas en las libretas del carnicero y
del panadero y sumaba con tanta rapidez y correc-
ción que Rosa quedó extrañadísima y llegó a temer que la alumna,
como no pusiese mucha atención, la aventajaría en esto muy pronto. Las
alabanzas halagaron a Febe, y prosiguieron con entusiasmo, interesándose ambas
de tal modo que el tiempo se les pasaba volando y de pronto apareció la tía
Abundancia, la cual exclamó, al ver las dos cabecitas agachadas sobre una
pizarra:
-¡Bendito sea el Señor! ¿Qué estáis haciendo ahora?
-Dedicadas al estudio, tía. Estoy dándole clase a Febe y me
distraigo muchísimo -explicó Rosa levantando su carita.
Si la cara de Rosa reflejaba alegría, mayor era la que denotaba
la de Febe cuando añadió muy seria:
-Sin duda debí pedirle permiso antes; pero cuando la niña Rosa
me lo propuso, me sentí tan dichosa que no reparé en ese detalle. ¿Lo dejo?
-No, criatura. Me encanta que te entusiasmen los libros y más
aún ver que Rosa se ocupa de ayudarte. Mi santa madre, que Dios tenga en su
gloria, solía sentar a las criadas en torno suyo y enseñarles muchas cosas
útiles en el buen estilo antiguo. Claro que no debes descuidar tus obligaciones
ni permitir que los libros entorpezcan tus tareas regulares.
Mientras hablaba la tía Abundancia, contemplándolas con su
sonrisa bonachona, Febe miró de reojo el reloj y como ya eran las cinco
sospechó que Debby no tardaría en bajar y desearía ver avanzados los
preparativos para la cena, por lo cual soltó el lápiz y se puso en pie de un
salto, diciendo
-¿Me permiten ir? Luego quitaré las cosas del medio, después de
atender a la cocina.
-¡La clase ha concluído! -contestó Rosa, y añadió-: Hasta
mañana, nenes... y muchas gracias.
Febe se marchó a la carrera, recitando con un cantito la tabla
de multiplicar y siguió recitándola mientras puso la mesa de té.
Así empezó este asunto, y durante una semana prosiguieron las
lecciones muy en serio, con gran placer y beneficio de las partes interesadas ;
pues la alumna resultó inteligente y concurría a su clase con todo gusto y
voluntad y la maestra se esforzaba por merecer la elevada opinión que de ella
tenía su discípula. Febe estaba firmemente convencida de que Rosa sabía de
todo.
Por supuesto, los chicos descubrieron lo que pasaba y se
burlaron del 1 Seminario" de las chicas, como ellos dieron en llamar a la
nueva actividad; pero no dejó de parecerles cosa buena y llegaron a ofrecerse
gentilmente para dar lecciones gratuitas de griego y de latín, llegando entre
ellos a la conclusión de que "Rosa, que se preocupaba tanto del
mejoramiento espiritual de la pobre Febe, era un alma de Dios".
Rosa abrigaba ciertas dudas acerca de la forma en que tomaría su
tío esta novedad, e ideó un discurso destinado a engatusarlo y convencerlo de
que era lo más sano, útil y entretenido que se le había ocurrido jamás. Pero no
tuvo ocasión de pronunciarlo, pues el doctor Alec se le presentó tan
inesperadamente, que lo olvidó por completo. Estaba sentado en el piso de la
biblioteca, revisando un libraco enorme que tenía abierto en el regazo y no
advirtió la presencia del buen hombre hasta que dos manos grandes y afectuosas
se juntaron por debajo de su barbilla, en forma tal que no costaba trabajo
besarla en cualquiera de sus dos cachetes, mientras una voz paternal decía más
o menos socarronamente
-¿Qué diantres puede andar buscando mi niña en esa abultada
enciclopedia, en vez de ir a reunirse con el señor anciano, que no puede pasar
ni un minuto más sin su compañía?
-¡Oh, tío ! ¡Estoy tan contenta ... y tan triste! ¿ Por que no
nos avisó a qué hora vendría, o dió un grito a llegar? Lo he extrañado
muchísimo y me alegra infini- tamente tenerlo de vuelta, a tal punto, que sería
capad de estrujarle ahora mismo la cabeza, de tanto abrazar-' lo -dijo Rosa y
la enciclopedia cayó con violencia alga suelo. La niña se levantó y el salto
fue tal que en el' acto mismo estuvo en brazos del doctor Alec, donde fue
recibida con un abrazo muy tierno.
Poco después estaba sentado en un sillón, y en las rodillas
tenía a su sobrina, que lo miraba sonriente . y charlaba con toda la rapidez de
que era capaz su lengua infantil. El hombre la observaba con expresión de
alegría inefable, le acariciaba las mejillas suavemente o le tomaba las manos
entre las suyas, deleitándose al notar que rosadas eran unas y qué regordetas y
fuertes;; las otras.
-¿Lo pasó bien? ¿Logró salvar a la anciana? ¿Está contento de.
verse de vuelta en casa, donde tiene quien 'r lo haga sufrir?
-Sí, sí y sí. A todo sí. Pero ahora, pequeña pecadora, dime que
has estado haciendo. La tía Abundancia dice que quieres consultarme acerca de
un nuevo y extraordinario proyecto que has tenido la osadía de poner en
práctica durante mi ausencia.
-No se lo habrá contado ella, ¿verdad?
-Ni una sola palabra, salvo decirme que te preocupaba cómo lo
tomaría yo, y que por tanto querías envolverme y ganarme de mano, como siempre
intentas, bien que no siempre lo logras. Muy bien, abre el pico y atente a las
consecuencias.
En su hermoso y grave estilo, Rosa le contó lo relacionado con
las lecciones, haciendo hincapie en las ansias que Febe denotaba por instruirse
y el deleite que había sido ayudarla ; y luego agregó:
-Y a mí también me resulta útil, tío, porque corre tanto y tiene
tantos deseos de aprender que me veo forzada a mantenerme alerta para no verme
en apuros muchas veces. Hoy, por ejemplo, tropezamos en una lección con la
palabra "algodón", del cual ella no sabía nada, y me avergoncé al
constatar que yo podía decir únicamente que era una planta servía crecía en
telas. una especie de vaina, y que Por eso estaba leyendo cuando usted llegó,
así mañana se lo podré explicar con todo detalle, y le hablaré del añil también.
Como ve, yo aprendo a mi vez y viene a ser una revisación general de cosas que
ya sabía, en forma mucho más agradable que si lo hiciese sola.
-¡Que mañosa eres! Es así como esperas con vencerme, ¿verdad?
Supongo que eso no es estudio, ¿verdad?
-No, señor, es enseñanza y debo agregar que me resulta más
interesante que los juegos. Además, usted sabe que adopté a Febe y prometí ser
para ella como una hermana. Tengo que cumplir mi palabra, ¿no le parece?
-preguntó Rosa, aguardando su respuesta con ansia y decisión.
Era evidente que el doctor Alec estaba ganado a su causa, pues
Rosa describió la pizarra rústica y el cuaderno de retazos de papel con mucho
sentimiento, y el buen hombre no sólo había decidido mandar a Febe a la escuela
sino que llegó a reprocharse el descuido en que había incurrido respecto de una
chica por su excesivo amor hacia la otra. Así pues, cuando Rosa intentó poner
gesto humilde, sin lograrlo, el doctor echó a reír y le pellizcó una mejilla,
contestándole con esa afabilidad que tan gratos hace los favores:
-No tengo nada en absoluto que decir en contra. Más aún, estoy
empezando a pensar que debería permitirte volver a tus libros, moderadamente,
por supuesto, va que estás tan restablecida; y ésta es una forma excelente de
poner a prueba tus facultades. Febe es una
chica simpática y buena y si de nosotros depende, te aseguro que
tendrá la preparación que pueda necesitar en su vida, de tal modo que si alguna
vez encuentra a sus padres o familiares, no tengan nada de que avergonzarse por
su culpa.
-Creo que algo ha encontrado ya -empezó a decir Rosa con mucha
vehemencia.
-¡Eh! ¿ Que dices ? ¿ Ha aparecido alguien durante mi ausencia?
-inquirió el doctor rápidamente, recordando que en la familia existía la
esperanza secreta de que un día u otro Febe resultaría ser "alguien".
-No, tío, quise decir que su mejor protector ha venido en el
momento en que usted llegó -contestó Rosa palmeándolo cariñosamente, y agregó-:
No sé cómo darle las gracias por ser tan bueno con esta chica, pero ella
encontrará la manera de demostrar su agradecimiento, pues estoy segura que será
una mujer de quien todos podamos sentirnos orgullosos, ya que es tan fuerte,
sincera y cariñosa.
-Te agradezco mucho, pero me avergüenza confesar que aun no he
empezado a hacer nada por ella. Lo haré ahora, y apenas haya aprendido algo,
podrá ir al colegio todo el tiempo que quiera. ¿Que te parece?
-Será estupendo, tío, pues nada desea tanto como "tener
mucha escuela" y saltará de alegría en cuanto se lo diga. ¿Puedo hacerlo?
No puedo resistir la tentación de verla abrir los ojos y hatir palmas al
enterarse de tan grata nueva.
-No voy a permitir que nadie se entrometa en este asunto ; lo
harás todo tú, pero te pido únicamente que no corras demasiado, pues el tiempo
y la paciencia son elementos indispensables para que las cosas salgan bien.
-Sí, tío, pero de todos modos estoy segura que habrá fiesta y
regocijo en el espíritu de Febe -dijo Rosa riendo, al tiempo que daba vueltas
por el cuarto, saltando alegremente y acariciando en su pecho las dulces
emociones que reflejaba el brillo de sus ojos. De pronto se detuvo y preguntó
muy seria:
-Si Febe va a la escuela, ¿quién hará su trabajo? Si me lo
permiten, puedo hacerlo yo.
-Ven aquí y te confesaré un secreto. Los huesos de Debby están
empezando a darle mucho trabajo y la pobre mujer se ha puesto tan gruñona, que
las tías han decidido acordarle una pensión, para que vaya a vivir con su hija,
que está muy bien casada. La vi esta semana y le gustaría tener a la madre
consigo, de modo que en la primavera habrán muchos cambios en esta casa y
tendremos nueva cocinera y nueva criada, si es que encontramos personas que
estén a tono con los requerimientos de nuestras augustas parientes.
-¡Oh! ¿Y cómo podré vivir sin Febe? ¿No podríamos hacerla
quedar, aunque más no sea para que la vea yo? Prefiero pagarle la pensión antes
que dejarla ir porque estoy muy encariñada con ella.
Esta proposición hizo reír al doctor Alec, quien contribuyó a la
satisfacción de Rosa contándole que Febe seguiría siendo su doncella, sin más
tareas que las que pudiese realizar fácilmente entre sus horas de clase.
-Es orgullosa, pese a toda su humildad, y aun viniendo de
nosotros, no aceptaría un favor que no se ganase por sus medios. Este plan
contempla todos los requerimientos, y de ese modo pagará su estudio con sólo
que te peine doce veces al día, si tú se lo permites.
-¡Que grandes y bien pensadas son todas sus ideas! Por eso dan
resultados tan excelentes, sin duda alguna, y por eso todos le dejan hacer lo
que quiere. No entiendo cómo se arreglan otras chicas sin tener un tío Alec
-exclamó Rosa, emitiendo un suspirito de compasión por todas esas otras niñas
que no disponían de un bien tan grande.
Cuando Febe conoció la inesperada nueva, no se puso a dar
vueltas carnero en el suelo, como profetizó Charlie, sino que lo tomó con
serenidad, pues todo aquello era tan venturoso que no encontró palabras
bastante grandes y hermosas con que demostrar su gratitud, según dijo ella
misma. Pero de allí en adelante decidió que dedicaría las horas todas de su
vida a reconocer ese bien tan inmenso y ser útil a quienes así se ocupaban de
ella.
Su corazón rebosaba de alegría y la alegría se transformó en
música. La dulce voz, cantando en la casa entera, hablaba de una gratitud que
hacía innecesarias las palabras. Sus pies inquietos jamás se fatigaron de
moverse al servicio de sus benefactores; sus manos estaban siempre activas en
labores que hacía más bellas su profundo cariño y en su rostro se advertía una
expresión casi femenina de devoción, demostrativa de que Febe había aprendido
muy bien una de las más grandes lecciones de la vida: el reconocimiento.
CAPITULO 23
RECONCILIACIÓN
ESTEBAN, quiero que me digas una cosa -y Dandy, que se
contemplaba en el espejo y hacía muecas, tardando la contestación a la nota de
su madre que había traído para la tía Abundancia, dió vuelta la cara oír a
Rosa.
-Puede que sí, puede que no. ¿De qué se trata?
-¿Han reñido Archie y Charlie?
-Creo ; siempre tenemos pequeñas peleas, ¿sabes? Por lo visto,
está por salirme un orzuelo en el ojo de estribor -y Esteban fingió estar
absorto en la observación de sus pestañas rubias.
-No, no rehuyas el tema. Quiero que me lo cuentes todo, porque a
veces las cosas son más serias que esas pequeñas peleas de que hablas. Vamos,
habla, Esteban; sé que eres bueno y lo harás.
-Bueno, pero tú no querrás hacer de mí un chismoso, ¿verdad?
-refunfuñó Esteban, dándose tirones al mechón, como hacía siempre que estaba
indeciso.
-Sí -fué la decidida respuesta de Rosa, pues comprendió que su
proceder estaba justificado y determinó no cejar hasta que le arrancase el
secreto-. No deseo que vayas contando las cosas a todo el mundo, claro está;
pero a mí puedes decírmelo y debes hacerlo, porque tengo derecho a enterarme. A
ustedes les hace falta que alguien los cuide, y yo tengo que hacerlo, pues las
chicas servimos para restablecer la paz y sabemos manejar gente. Esto mismo lo
dijo el tío, y ya sabes que nunca se equivoca.
Esteban estaba por replicarle con burlas a eso de que ella
debería ocuparse de los chicos, pero una idea cruzó de repente por su cerebro y
comprendió que había una manera de satisfacer a Rosa y al mismo tiempo sacar
ventaja para sí.
-¿Que me das si te lo cuento todo ? -preguntó, repentinamente
rojas las mejillas y con una mirada incierta en los ojos, pues no dejaba de
sentirse avergonzado.
-¿Qué quieres decir? -y Rosa levantó la vista sorprendida.
-Me gustaría conseguir un dinero prestado. No se me hubiese
ocurrido pedírtelo, pero Mac no tiene un céntimo desde que instaló su
laboratorio de química, donde el día menos pensado saldrá volando por el aire;
y ya veremos entonces cómo se arreglan el tío y tú para juntar los pedazos de
nuevo -y Esteban intentó fingir que la idea lo divertía.
-Te lo prestaré con todo placer, de modo que habla -dijo Rosa,
decidida a toda costa a conocer lo que deseaba.
Visiblemente tranquilizado, Esteban enderezó de nuevo el mechón
de cabello y narró los hechos en pocas palabras.
-Como has dicho, está muy bien que te lo cuente, pero no digas a
nadie que he sido yo, porque el Príncipe será capaz de arrancarme la cabeza.
Pues bien, a Archie no le gustan algunos de los chicos con quienes se junta
Charlie y se los ahuyenta. El Príncipe se indigna y riñe con Archie en todo
momento, por lo cual han concluído por no hablarse y si pueden salirse con la
suya no piensan hablarse más. Eso es lo que ha pasado.
-¿Y son malos esos chicos? -preguntó Rosa ansiosamente.
-No, creo que no; un poco dañinos. Son mayores que los nuestros,
pero están encantados con el Príncipe, porque es tan alegre ; canta bien, baila
y sabe jugar a todos los juegos conocidos. Le ganó a Morse al billar y eso es
toda una hazaña, porque Morse se considera un maestro. Vi el partido, que fue
muy emocionante.
Esteban se entusiasmó narrando las proezas de Charlie, a quien
admiraba inmensamente y trataba de imitar. Rosa no conocía en toda su magnitud
el peligro de los gustos y habilidades de Charlie, pero sospechó
instintivamente que algo de malo tendrían cuando Archie estaba en contra.
-No puedo entender cómo el Príncipe prefiere jugar al billar con
cualquiera antes que con Archie. Eso debe estar mal -dijo Rosa.
-Sí, pero es que tanto Charlie como Archie son muy orgullosos, y
ninguno de los dos quiere dar el brazo a torcer. Supongo que Archie tiene
razón, pero tampoco me parece feo que a Charlie le agrade juntarse con los
otros a veces, porque son muy alegres – y Esteban movió la cabeza, cargada de
preocupaciones morales, aun cuando los ojos le brillaban al recordar las
travesuras de los chicos "dañinos".
-¡Válgame el cielo! -dijo Rosa suspirando-. No veo qué puedo
hacer, pero quisiera que los chicos hiciesen las paces, porque el Príncipe no
tiene nada que temer de Archie, que es tan bueno y tan sensato.
-Eso es lo malo. Archie predica, y el Príncipe no le hace caso.
Le dijo que era un mojigato y un tonto y Archie le contestó que no era
caballero. ¡Oh, oh! ¡Cómo se enojaron los dos! Durante un rato pensé que se
irían a las manos. Ojalá hubiesen liquidado el asunto de ese modo, porque
entonces no habrían andado tiesos y serios desde entonces. Mac y yo dirimimos
nuestras diferencias con unos cuantos golpes en la cabeza, y aquí no ha pasado
nada.
Rosa no pudo menos de reír al ver a Esteban haciendo ejercicios
de boxeo en el sofá, en su empeño por ilustrar gráficamente su idea; y después
de haber aplicado al mueble unos cuantos directos muy científicos, se arregló
los puños y sonrió al mirar con aires de superioridad a la pobre chica que no
entendía esas maneras de zanjar desavenencias.
-¡Que raros son los muchachos! -exclamó Rosa, entre admirada y
perpleja y dirigiendo a Esteban una mirada que éste tomó como un cumplido al
sexo contrario.
-Tenemos nuestros recursos, y la prueba está en que las chicas
no saben vivir sin nosotros -contestó, frunciendo la nariz. De pronto se acordó
del aspecto comercial y agregó-: ¿Qué hay de ese dinero que me ibas a prestar?
Yo he hecho mi parte. A ver ahora la tuya.
-Está bien. ¿Cuánto necesitas? -y Rosa sacó su carterita.
-¿Podrías desprenderte de cinco peniques? Deseo pagar una deuda
de honor que es muy urgente -agregó Esteban con un aire de importancia que
tenía mucho de cómico.
-¿Acaso no son de honor todas las deudas? -preguntó con
inocencia Rosa.
-Sí, por supuesto; pero se trata de una apuesta que hice, y
tengo que pagarla en seguida -explicó Esteban no sin cierta turbación.
-No apuestes, porque no está bien, y se que a tu padre no le
gustaría. Prométeme que no lo harás de nuevo -y Rosa apretó la mano en que
acababa de poner el dinero.
-No, no lo haré más. Me ha preocupado mucho, pero no fue mía la
culpa. Gracias, primita. Ahora me siento bien -y Esteban partió apresurado.
Resuelta a hacer de pacificadora, Rosa esperó una oportunidad,
que no tardó en presentársele.
Pasaba el día con la tía Clara, que había tenido algunos
invitados jóvenes, a los cuales quiso que Rosa conociese, pues pensaba que ya
era hora de que Rosa venciese su timidez y alternase un poco en sociedad.
Después de la comida, todos se marcharon. La tía Clara estaba descansando,
antes de salir a una fiesta y Rosa esperaba que Charlie viniese para
acompañarla a su casa.
Encontrábase sentada sola en el recibidor, muy alegre y muy
bonita, pues llevaba su mejor vestidito, un prendedorcito de oro que su tía
acababa de darle y en el cinturón un capullo de rosa té, como la hermosa
señorita Van Tassel, a quien todo el mundo admiraba. Extendió bien sus faldas
en el sillón lujoso y se puso a contemplar sus pies, calzados con zapatos que
ostentaban unas rosetas casi tan grandes como dalias. En aquel momento entró
Charlie y Rosa creyó notarlo algo raro y soñoliento. Al verla, sin embargo, se
espabiló del todo y dijo con una sonrisa que terminó en bostezo:
-Creí que estarías con mamá y por eso me acosté a dormir la
siesta un rato después que se fueron las muchachas. Bueno, Rosamunda, estoy a
tus órdenes. Manda y serás obedecida.
-Cualquiera diría que te duele la cabeza -le dijo Rosa, al
observar las mejillas arreboladas y los ojos cargados-. Si te sientes mal, no
te ocupes de mí, que puedo irme sola, y además es temprano.
-No sé cómo se te ocurre eso. Es que el champaña me hace doler
la cabeza siempre, pero con el aire fresco se me pasará.
-¿Y por qué lo bebes entonces? -inquirió Rosa ansiosamente.
-No puedo evitarlo cuando tenemos visitas. Pero no me vengas
ahora con sermones. Tengo bastante con los de Archie y sus ideas a la antigua.
El tono en que hablaba Charlie era de indignación, y todo en él
contrastaba con su natural alegre de costumbre.
-No pensaba sermonearte -le dijo Rosa-; pero es que cuando se
quiere a una persona, no es posible verla sufrir.
Esto lo aplacó en el acto y fue una suerte, pues a Rosa le
temblaban los labios y se esforzaba por ocultarlo aparentando oler la flor que
había sacado del cinturón.
-Tengo mal carácter y te pido que me perdones Rosa -dijo el
chico vuelto de pronto a su franqueza cautivante de siempre.
-Me gustaría que le pidieras perdón a Archie también, y vuelvan
a ser buenos amigos. Antes, cuando andabas siempre con él, no tenías este
carácter, Charlie -díjole Rosa, levantando la vista para verlo apoyado como
estaba en la chimenea.
Pero al instante Charlie se enderezó y se puso duro como un
poste; y una chispa de indignación brilló en sus ojos mientras decía muy
altanero:
-Sería mejor, querida prima, que no te metieras en las cosas que
no entiendes.
-Lo entiendo, y me duele muchísimo veros tan mal amigos y
estirados. Antes andábais siempre juntos, y ahora apenas si os habláis. Ya que
tan dispuesto estás a pedirme perdón, no veo porque no puedes hacer lo mismo
con Archie, siendo así que no tienes razón.
-Te equivocas -dijo rápidamente el chico y Rosa se asusto un
poco. Luego Charlie agrego con calma-: Un caballero pide siempre perdón a una
dama, pero un hombre no pide disculpas a otro hombre que lo ha ofendido.
-¡Oh, Dios mío! ¡Cuántas tonterías! -pensó Rosa, y confiada en
hacerlo reír, agregó-: Yo no hablaba de hombres, sino de muchachos, y uno de
ellos es un Príncipe, y como tal está obligado a dar el ejemplo a sus súbditos.
Pero Charlie no estaba dispuesto a ceder, y trató de esquivar el
tema con gran astucia, diciendo con gravedad, mientras soltaba el pequeño
anillo de oro de su cadena:
-He quebrantado mi palabra, de modo -que quiero devolverte esto
y relevarte de tu obligación. Lo siento mucho, pero me parece una promesa muy
tonta y no tengo intención de mantenerla. Elije el par de zarcillos que más te
plazca, pues tienes todo el derecho del mundo a usarlos.
-No, sería incapaz, y por otra parte estoy segura que Archie
mantendrá su palabra -dijo Rosa, tan mortificada y apenada ante el fracaso de
sus ilusiones, que habló con aspereza y no quiso tomar la sortija que le
alargaba el muchacho.
Charlie se frunció de hombros y se lo tiró en la .falda,
aparentando frialdad e indiferencia, pero sin lograr su propósito, pues se
notaba que en el fondo estaba avergonzado de sí mismo. Rosa sintió deseos de
llorar, mas no la dejó el orgullo y las palabras, ya que no las lágrimas,
fueron las encargadas de disipar su rencor. Pálida y nerviosa, se levantó del
sillón, tiro a un lado la sortija y dijo con voz que en vano procu-raba
mantener firme:
-Tú no eres del todo la clase de muchacho que supuse en ti. No
serías capaz de infundirme respeto. He tratado de inducirte a ser bueno, pero
como tú no quieres, no haré la prueba de nuevo. Hablas de ser un caballero; sin
embargo, no lo eres, porque has quebrantado tu palabra y no puedo volver a
tener confianza en ti. No quiero que me acompañes. Prefiero que me lleve Mary.
Adiós.
Y con ese último golpe de efecto, Rosa salió del cuarto, dejando
a Charlie tan sorprendido como si su paloma favorita hubiese levantado el vuelo
de pronto y estuviese picoteándole la cara. Se enojaba tan pocas veces la
chica, que cuando se le subían los pájaros a la cabeza impresionaba a los
muchachos, pues generalmente su indignación era justificada por alguna
injusticia o mala acción y no por cuestiones de chiquillos.
La tormenta se diluyó en uno o dos sollozos, mientras se ponía
el abrigo, y cuando salió era su cara la pintura de la satisfacción. Dio
presurosamente las buenas noches a la tía Clara, que estaba en manos de su
peinadora, y luego fue en busca de Mary la criada. Pero Mary había salido y el
jardinero también, por lo cual Rosa salió sigilosamente por la puerta trasera,
alegrándose de no encontrarse nuevamente con Charlie ni -tenerlo por
acompañante.
Pero se equivocaba, pues no había hecho más que cerrar la puerta
cuando oyó cerca suyo unos pasos conocidos y vio al Príncipe a su lado, que le
decía compungido:
-No hace falta que me hables si no lo deseas, prima, pero estoy
obligado a dejarte sana y salva a la puerta de tu casa.
La ira de Rosa desapareció como por encanto. Se dió vuelta y le
respondió cordialmente:
-Yo fui la enojada. Perdóname, y seamos amigos de nuevo.
Aquello fue mejor que cien sermones sobre la belleza del perdón
y le hizo a Charlie más bien, pues demostraba el valor de la verdadera humildad
y Rosa afianzaba con el ejemplo su enseñanza.
El chico le tomó la mano y se la estrechó con afecto, luego la
tomó por su brazo y dijo, denotándose ansioso por recobrar el buen concepto de
su prima, con cuya pérdida acababa de ser amenazado:
-Mira, Rosita; he vuelto a poner la sortija en su sitio y quiero
hacer la prueba otra vez. Pero no te imaginas cómo duele que se rían de uno.
-Si que lo entiendo. Annabel se burla de mi todos los días
porque no llevo pendientes, después de todo lo que sufrí para desprenderme de
ellos.
-Si, pero eso no puede compararse con las pullas que me hacen a
mi. Cuesta trabajo aguantar que a uno le digan que vive atado a unas faldas y
otras cosas parecidas -suspiró Carlos.
-Creí que tenias mucho valor. Todos aseguran que eres el más
valiente de los siete muchachos.
-Lo soy en algunas cosas, pero que se rían de mí... no lo
aguanto.
-Cuesta trabajo, pero ¿no será más soportable si podemos pensar
que la razón está de nuestra parte?
-En mi caso, no. Tratándose de un curita beato como Archie, tal
vez.
-No te expreses así de Archie. Sospecho que posee lo que llaman
valor moral y tú valor físico. El tío me explicó una vez la diferencia, y sacó
la conclusión de que el mejor de todos es el valor moral, aunque no siempre lo
parezca -dijo Rosa pensativa.
Esto no hizo gracia a Charlie, que respondió rápidamente
-No creo que Archie seria más paciente que yo, si estos mismos
muchachos la emprendieran con el.
-Tal vez por eso no se mezcla con ellos, y quiere que tú hagas
lo mismo.
Aquí le ganó Rosa, y Charlie lo comprendió, pero con todo no
quiso dar el brazo a torcer, aunque su resistencia se debilitaba rápidamente,
pues como quiera que sea, en los rincones profundos de su cerebro, empezó a ver
las cosas con más claridad que a la plena luz.
-Si fuese hermano mío, tendría mayor derecho a meterse en mis
cosas -dijo Charlie, aparentando sentirse ofendido.
-Ojalá lo fuera -dijo Rosa.
-También yo lo desearía.
Y después de pronunciadas estas últimas palabras, los dos
echaron a reír al advertir su falta de firmeza.
La risa les hizo bien, y cuando el Príncipe habló de nuevo fue
en otro tono, más reflexivo y nada orgulloso ni enconado.
-Lo malo es que no tengo hermanos ni hermanas. Los otros están
mucho mejor y no necesitan salir de su circulo para procurarse amigos si no
quieren hacerlo. Yo estoy solo, y me agradaría tener aunque fuera una hermana.
Rosa pensó que esas palabras tenían mucho de sentimental y pasó
por alto aquello de "aunque fuera", diciéndole con una seriedad que
en el acto ganó la voluntad de su primo
-Haz de cuenta que soy una hermanita tuya. Sé que soy muy tonta,
pero tal vez resulte mejor que no tener ninguna, y me encantaría serte útil.
-Muy bien. Lo haremos, y debo prevenirte que tú no eres tonta,
sino una chica muy sensata y para mí será un motivo de orgullo tenerte como
hermana -y Charlie contempló la cabeza de Rosa y los rizos juguetones que se
movían al andar.
Rosa dio un saltito de placer y poniendo un manguito de foca
sobre el otro, en un brazo, dijo con alegría:
-Eso te hace un gran honor. Pues bien, no hace falta que te
sientas solo. Yo tratare de ocupar el puesto de Archie hasta que el vuelva,
pues estoy seguro de que volverá apenas tú le des pie.
-No tengo inconveniente en confesarte que mientras éramos amigos
no notaba la falta de hermanos ni hermanas. Pero desde que se alejó de mi lado,
me siento igual que Robinsón Crusoe hasta que se le apareció el compañero.
Estas confidencias afianzaron a Rosa en el propósito de
reconciliar a Charlie con su mentor, pero no dijo nada más, pues le pareció que
de momento ya era bastante. Se separaron como excelentes amigos, y el Príncipe
se fue a su casa, preguntándose por que a veces uno es incapaz de decir a otro
chico las mismas cosas que dice sin empacho a una muchacha o una mujer.
Rosa también tuvo que hacerse algunas reflexiones sobre el tema,
y al acostarse empezó a sospechar que en el mundo hay muchísimas cosas raras y
que estaba comenzando a encontrar algunas de ellas.
Al día siguiente subió a la montaña con el propósito de ver a
Archie, y después de contarle su conversación con Charlie en la mejor forma
posible, le pidió que lo perdonase y olvidara todo.
-He estado pensando que sin duda debería hacer así, aunque tengo
razón. Quiero mucho a Charlie, y es el chico de mejor fondo que hay en el
mundo; pero no sabe decir que no y esa es la razón por la cual lo veo por mal
camino como no se cuide -dijo Archie con su estilo grave y bondadoso-. Mientras
papá estuvo con nosotros, no salí de casa, y el Príncipe se buscó esos amigotes
que no me gustan nada. Tratan de dárselas de hombres y lo adulan, induciéndolo
a toda clase de vicios, como jugar por dinero, apostar y andar vagando por ahí.
Me da rabia verlo en esas andanzas, y he procurado apartarlo, pero le lleve mal
el ataque y ha sido peor.
-Está conforme en volver sobre sus pasos si tú no hablas mucho,
pues me ha confesado que hacía mal, pero no lo creo capaz de reconocerlo
delante tuyo con palabras -dijo Rosa.
-No le hace; si deja a esos trapisondistas y vuelve a mi lado,
prometo no abrir la boca ni predicar. Quisiera saber si no les debe dinero,
porque entonces no querrá separarse de ellos hasta habérselo pagado. Confío que
no ocurra tal cosa, pero lo malo es que no me atrevería a preguntarlo, aunque
tal vez lo sepa Esteban, ya que siempre anda con el Príncipe, desgraciadamente
-y Archie se denotó afligido.
-Sospecho que Esteban está enterado, pues habló de deudas de
honor el día en que le di. .. -y en este momento Rosa se contuvo y la cara se
le puso granate.
Pero Archie le insistió en que confesase, y a los cinco minutos
estaba al corriente de todo, pues no era fácil desobedecer al Jefe. La
aflicción de Rosa fue mayor después que el chico le puso en el bolsillo cinco
peniques, obligándola a tomarlos, y dijo a la vez indignado y decidido:
-No vuelvas a hacer eso nunca ; más bien mándame a Esteban, que
hable conmigo si le tiene miedo al padre.
Charlie no ha tenido nada que ver con esto; lo considero incapaz
de pedir un céntimo a una chica. .. ni pensarlo. Pero ese es el mal que causa a
Esteban, que siente adoración por Charlie y procura imitarlo en todo. No digas
una palabra a nadie; yo arreglare el asunto y ninguno te acusará de nada.
-¡Válgame el cielo! -exclamó Rosa, lamentando su torpe desliz-.
Siempre que quiero ser útil hago un enredo y luego cuento todo lo que sé.
Archie la consoló, diciéndole que lo mejor de todo es decir
siempre la verdad, y la alentó mucho, asegurándole que haría las paces con
Charlie en cuanto se le presentase la ocasión.
De tal modo cumplió su palabra que a la tarde siguiente,
mientras Rosa se hallaba mirando por la ventana, se sorprendió gratamente al
ver a Archie y el Príncipe que marchaban juntos en dirección a su casa, tomados
del brazo como en otras épocas y hablando tanto que cualquiera hubiese dicho
que estaban desquitándose del silencio de tantas semanas anteriores.
Rosa puso a un lado la labor y corrió a la puerta, sonriendo a
los muchachos tan cordialmente, que los rostros se iluminaron; y subieron con
presteza los escalones, anhelando demostrar que de lo pasado no quedaba nada.
-¡He aquí nuestra pequeña pacificadora! -exclamó Archie, dándole
un vigoroso apretón de manos.
Y Charlie, contemplando a Rosa gozoso y orgulloso, agregó:
-Y mi pequeña hermana.
CAPÍTULO 24
¿CUAL?
-Tío, he descubierto para qué sirven las chicas -dijo Rosa un
día después de reconciliados Archie y el Príncipe.
-Ah, bueno, hija mía... ¿para qué? -preguntó el doctor Alec, que
estaba montando guardia en la cubierta, como llamaba a su paseo diario por el
corredor.
-Cuidar de los chicos -contestó la niña, rebosante de
satisfacción-. Febe se rió cuando se lo dije y me contestó que las chicas ya
tienen bastante trabajo con cuidarse a sí mismas. Pero ella no tiene siete
primos, como yo.
-Sin embargo, Rosa,. tiene razón, y tú también la tienes, pues
ambas cosas andan juntas, y al mirar por siete muchachos contribuyes
eficazmente a tu propio mejoramiento.
El doctor Alec se detuvo, meneó la cabeza y miró sonriente la
cara alegre de Rosa, que se había sentado a descansar en el viejo sillón de
bambú, después de un interesante partido de raqueta y volante, ya que correr al
aire libre no era posible en vista de la tormenta.
-¿De veras? Me alegra saberlo, pero en realidad, tío, presiento
que no tengo más remedio que ocuparme de los chicos, porque recurren a mí para
pedirme toda clase de consejos y eso es cosa que me agrada muchísimo. Claro que
a veces no sé qué hacer; por eso quiero consultarlo a usted privadamente, así
luego podré sorprenderlos con mi sabiduría.
-Muy bien, tesoro; ¿cuál es la primera preocupación? Veo que
algo te turba, de modo que puedes contárselo todo al tío.
Rosa posó un brazo en uno de los suyos y, recorriendo el
corredor, le narró todo lo concerniente a Charlie, preguntándole al mismo
tiempo qué debería hacer para mantenerlo en buen camino y ser para él una
hermana verdadera.
-¿Serías capaz de pasar un mes con tía Clara? - preguntó el
doctor después que la niña concluyó sus explicaciones.
-Sí, señor; pero no me gustaría. ¿Quiere realmente que vaya?
-El mejor remedio para Charlie es una dosis diaria
de agua de rosas, o sea Rosa y agua. ¿ Serías capaz de ir, para
estar segura de que toma la medicina?
-¿Quiere decir que si estoy allí, se quedará en casa ;. y dejará
las malas compañías?
-Exactamente.
-Pero ¿encontrará distracción suficiente a mi lado? Ha de
preferir los muchachos.
-No te preocupes que los muchachos andarán en torno suyo, pues
irán donde tú vayas, como las abejas en pos de la reina. ¿No te has dado cuenta
aún?
-La tía Abundancia dice que no venían aquí tan a menudo antes de
estar yo, pero nunca supuse que se debiese a mí y me parecía la cosa más
natural del mundo tenerlos cerca.
-Dama Modestia ignora que clase de imán es ella misma; pero
algún día lo descubrirá.
El doctor le acarició las mejillas, que el contento tornaba
rosadas al pensar que fuese amada de ese modo.
-Y ahora -prosiguió el doctor, consciente del sacrificio que
implica desviar a un chico de diecisiete años que cree ver por primera vez la
vida, cuando en realidad lo que ve es la muerte-, si yo instalo el imán en la
casa de tía Clara, es indudable que los chicos guiarán allí sus pasos, como el
hierro o el acero; y Charlie se sentirá tan dichoso en casa, que ni un solo
instante pensará en los otros.
-Iré, tío; en seguida. La tía Clara me invita siempre y se
alegrará de tenerme consigo. Tendré que vestirme con más cuidado, cenar tarde,
conocer un montón de relaciones y tratar de ser sociable, pero ya procuraré que
todo eso no altere mi manera de ser; y si me encuentro en un enredo o algo me
preocupa, siempre podré venir en su busca.
Quedó, pues, decidido, y sin explicar mayormente la verdadera
razón de su visita, Rosa fue trasplantada a la casa de la tía Clara, convencida
de que allí la aguardaba una tarea y deseando ansiosamente realizarla.
El doctor Alec acertó en aquello de las abejas, pues siguieron a
su reina, sorprendiendo a la tía Clara con la repentina asiduidad de sus
visitas, presentándose de' improviso a comer y organizando fiestas por la
noche. Charlie fue un anfitrión muy cariñoso y para demostrar gratitud se
empeñó en ser muy bueno con su "hermanita", pues al instante adivinó
para que había ido y sus sinceros esfuerzos lo conmovieron honda-mente.
Rosa añoró muchas veces la casa vieja, con sus deleites más
sencillos y sus obligaciones más útiles, pero una vez decidida, pese a la
opinión de Febe, según la cual las chicas deben cuidar a los chicos, su
maternal espíritu halló sublime gozo en la nueva tarea emprendida.
Era todo un espectáculo ver a la niña seria de carita plácida,
en medio del enjambre de chicos altos, esforzándose por entenderlos, ayudarlos
y complacerlos con paciente devoción que obró más de un milagro inadvertido.
Las palabras impropias, las brusquedades y los hábitos descuidados fueron
abandonados y corregidos en virtud de la presencia de la bella mujercita; y
todas las virtudes varoniles que iban asomando tuvieron un estímulo en la
admiración cordial que les dispensaba la niña, cuya opinión tenía para ellos
más importancia de la que hubiesen reconocido en voz alta. Mientras tanto, Rosa
procuraba imitar las buenas cualidades que alababa en ellos, poner de lado sus
vanidades infantiles, y ser fuerte, justa, sincera y valiente además de
modesta, hermosa y buena.
La prueba dió tan excelente resultado que cuando terminó el mes,
Mac y Esteban exigieron a su vez una visita, y Rosa fue, anticipándose el
placer de oír a la tía Juana diciendo, como dijo la tía Clara cuando se
despidió
-Me gustaría tenerte conmigo la vida entera, querida.
Después que Mac y Esteban quedaron complacidos, Archie y
Compañía hicieron valer el derecho a tenerla consigo algunas semanas; y con
ellos fue tan dichosa que de buen grado hubiera seguido allí toda la vida,
siempre y cuando estuviese también el tío Alec.
Por supuesto, no era cosa de dejar de lado a la tía Myra, y
disimulando su desagrado Rosa fue al Mausoleo, como habían bautizado su sombría
vivienda. Por fortuna, no estaba lejos de su casa y el tío Alce iba a verla tan
a menudo que la visita fue menos desesperante de lo que supuso. Entre los dos a
veces consiguieron hacer que la tía Myra riese, y Rosa le hizo tanto bien al
llevar consigo la luz del sol, cantar en la casa silenciosa, hacer platos
apetitosos y sanos y distraer a la anciana con sus curiosas conferencias sobre
fisiología, que Myra no se acordó de tomar las píldoras y dejó el elixir contra
el insomnio, pues dormía perfectamente después de las largas caminatas y paseos
en coche a que se vio inducida, y no le hicieron falta los narcóticos.
El invierno pasó volando y mayo llegó antes de que Rosa volviese
a su casa. La llamaban rosa del mes, porque se había pasado un mes entero con
cada una de las tías, dejando tan agradables recuerdos de su estancia, que
todas anhelaban tenerla de nuevo.
El doctor Alec experimentó alegría sin límites al recuperar su
tesoro; mas como estaba por tocar a su término el año de prueba, temía en
secreto que Rosa decidiese ir a vivir durante los doce meses siguientes con la
tía Jessie, o aun la tía Clara, a causa de Charlie. Nada dijo, mas aguardó con
ansiedad el día en que hubiera de resolverse el punto; y mientras esperaba se
esforzó al máximo por rematar dignamente la misión que había iniciado bajo tan
felices auspicios.
Rosa estaba muy contenta y se pasaba el día entero fuera,
gozando del brillante y hermoso despertar del mundo, pues la primavera era
bella y temprana como si anhelase cumplir su cometido cuanto antes. Los añosos
algarrobos florecieron en torno a sus ventanas, el jardín se cubrió de verdor
como por mágico encanto, los capullos florecieron prestamente, los pájaros
gorjearon por sobre su cabeza y todos los días un coro de voces alegres la
saludaba diciendo:
-Buenos días, primita. ¿Verdad que tenemos un tiempo espléndido?
Nadie tenía presente la fecha de aquella memorable conversación
que dió por consecuencia el experimento del doctor (nadie más que él, por de
pronto) ; de modo que cuando las tías fueron invitadas a un te cierto sábado
por la tarde, vinieron sin sospechar el objeto y todas estaban enfrascadas en
una charla social, cuando de pronto apareció el doctor Alec con dos fotografías
en la mano.
-¿Se acuerdan? -dijo enseñando una de ellas a la tía Clara, que
se sentaba más cerca.
-Sí, claro; es exactamente Rosa cuando vino. Tiene aquella
expresión triste, tan poco infantil, y la cara delgada, en que sobresalen los
ojos grandes y oscuros.
La fotografía pasó de mano en mano y todas convinieron en que
era "la Rosa de un año antes". De acuerdo en esto, el doctor enseñó
su segundo retrato, que fue contemplando con muestras de gran aprobación, y
todas encontraron "un parecido encantador".
Lo había, ciertamente, y además se notaba el vivo contraste con
el primer retrato, pues la cara era alegre y llena de espíritu y salud, sin
trazas de melancolía, aunque los ojos dulces denotaban reflexión y las líneas
en torno a los labios delataban un natural sensible.
El doctor puso ambas fotografías en la chimenea y m retrocedió
uno o dos pasos, las contempló con satisfacción infinita y luego se dió vuelta,
diciendo simplemente, al tiempo en que señalaba ambas caras:
-Ha llegado el momento. ¿Convendrían en que mi experimento ha
dado resultados?
-¡Válgame Dios! Claro que sí -dijo la tía Abundancia, y con la
sorpresa se le escapó un punto.
-Maravillosamente -comentó la tía Paz, corroborando con la
sonrisa su más completa aprobación.
-No hay duda que ha mejorado, pero las apariencias engañan, y
además carecía de una constitución que permitiese hacer nada sólido -dijo
gruñendo la tía Myra.
-Estoy conforme en admitir que, en cuanto respecta a la salud,
el experimento ha logrado éxito -expresó gentilmente la tía Juana, incapaz de
olvidar las bondades de Rosa para con su Mac.
-Yo digo lo mismo; pero iré más lejos aún, pues creo realmente
que Alec ha obrado milagros con la niña y dentro de dos o tres años será toda
una belleza - agregó la tía Clara, convencida de que no podría decir nada
mejor.
-Siempre creí que saldría airoso y me alegra muchísimo que todas
estén de acuerdo, pues su mérito es mucho mayor del que nosotras seríamos
capaces de reconocerle, y se ha hecho acreedor a tantas alabanzas como nunca le
serán prodigadas -exclamó la tía Jessie, aplaudiendo con tal entusiasmo que el
pequeño Jamie se contagió y levantó su pequeña media roja, haciéndola flamear
en el aire como una bandera.
El doctor Alec hizo una reverencia muy fina y con el halago
pintado en el rostro, dijo
Gracias; ahora se trata de saber si debo continuar, pues esto no
es más que el principio. Ninguna de ustedes conoce las dificultades que he
debido vencer, los errores que he cometido, los estudios que he tenido que
realizar y las ansiedades que a menudo he experimentado. La hermana Myra tiene
razón en un sentido: Rosa es una criatura delicada, tan propensa a florecer en
la plena luz del sol, como a marchitarse sin ella. No tiene puntos débiles
determinados en su constitución, pero de la madre heredó una naturaleza
sensible y necesita los cuidados más tiernos y más prudentes para que su
espíritu inquieto y ardoroso no desgaste un cuerpo organizado maravillosamente.
Creo haber dado con el tratamiento adecuado, y si ustedes me ayudan, estoy
convencido que puedo convertirla en una mujer distinguida y encantadora, que
sea de todos nosotros orgullo y consuelo.
Se detuvo para respirar el doctor Alec, pues había hablado con
gran vehemencia y la voz se le tornó un poco ronca en las últimas palabras. El
suave murmullo que partió de las tías pareció animarlo, y siguió, sonriendo
deliciosamente, y procurando arteramente ganarlas a su causa, para que le
dieran su voto en el momento decisivo.
-Ahora bien, yo no deseo ser arbitrario o egoísta, dado que soy
su tutor, y quiero dejar a Rosa en libertad de elegir por sí sola. Todos la
queremos con nosotros, y si prefiere hacer su hogar con alguna de ustedes y no
conmigo, así se hará. Más aún, alenté sus visitas este último invierno, para
que se hiciese cargo de lo que cada una le puede ofrecer y juzgue acerca del
sitio en que deba sentirse más satisfecha. ¿No ha sido lo más justo? ¿Están de
acuerdo en respetar su decisión, como lo estoy yo?
-Sí, por supuesto -dijeron todas las tías, emocionadas cada una
por su parte ante la perspectiva de que Rosa viviera en sus respectivas casas
un año entero.
-Bueno. La haremos venir en el acto y su suerte para todo un año
quedará sellada. Un año de la máxima importancia, tengan en cuenta, pues su
principio es bueno y la transformación ha de sobrevenir muy pronto, siempre que
todo vaya bien. De modo que ruego encarecidamente que no deshagan mi labor y
que la traten cuerda y suavemente, pues mi dolor no tendría límites si le
sucediese algo malo.
Mientras hablaba, el doctor Alec se volvió bruscamente y fingió
mirar los retratos ; pero las tías entendieron todo lo que representaba la niña
para aquel hombre solo que años atrás quiso mucho a la madre y que ahora
encontraba deleite en sacrificarse por la pequeña Rosa que se le parecía tanto.
Las buenas señoras se hicieron señas con las cabezas y suspiraron y cada una
por su parte dijo, también por señas, que no tendría queja ninguna de no
resultar la elegida y que nada haría por privar al Hermano Alec de aquella
"bendición de su alma", como solían denominarla los muchachos.
En aquel preciso instante llegaron hasta ellos los sonidos de
voces alegres que venían del jardín y en todos los rostros se trocó la seriedad
en sonrisa. El doctor Alec se volvió inmediatamente y echando atrás la cabeza,
dijo:
-Ahí la tienen. Veamos que dice.
Los primos habían andado por el prado en la plena gloria de
mayo, y no tardaron en presentarse cargados de botín.
-He aquí a nuestra preciosa rosa escocesa con todas sus espinas
alrededor -dijo el doctor Alec contemplándola con mucho orgullo y ternura
mientras la niña iba en dirección a la tía Paz, con objeto de enseñarle un
canasto lleno de flores, hojas frescas y líquenes cu-riosos.
-Dejen todas sus cosas en el vestíbulo, chicos, y siéntense en
silencio, si es que quieren quedarse aquí, pues estamos ocupados -les dijo la
tía Abundancia, amenazando con los dedos al turbulento clan, en cuyos
componentes se advertía el hervor y la alegría propios del ejercicio a pleno
sol en un día de primavera tan hermoso.
-Claro que optamos por quedarnos -dijo el Jefe, una vez
restablecido el orden entre sus compañeros mediante señas con la cabeza,
palabras sueltas y de cuando en cuando un sacudón-. No nos perderíamos el té
por nada del mundo.
-¡Que ocurre? ¿Han formado una corte marcial? -preguntó Charlie,
mirando la asamblea de damas con fingido temor y verdadera curiosidad, pues en
los rostros leía que algo importante se estaba por tratar.
El doctor Alec explicó el asunto en pocas palabras, todo lo
calmo y breve que pudo; pero en el acto se creó una gran excitación, pues cada
uno de los chicos trató de sobornar, engatusar e inducir a "nuestra
prima" para que fuera su casa respectiva la que ella aceptase.
-Tendrías que venir con nosotros, para hacerle un bien a mamá
-dijo Archie, apelando a los argumentos que de momento le parecieron más
decisivos-. Será un descanso para ella, pues ya debe estar más que harta de
muchachos.
-Mira, nosotros nunca te haremos caer ni nos echaremos encima
tuyo, ni te ofenderemos de palabra -imploraron Geordie y Will, retorciendo las
caritas en su esfuerzo por hacer que la sonrisa fuese excesivamente
cautivadora.
-Me lavaré siempre las manos antes de tocarte y serás mi
muñequita, porque Pokey no está ahora -dijo Jamie, aferrándose a ella y
mirándola con una deliciosa y angélica expresión llena de afecto-. Además, te
voy a querer mucho.
-Los hermanos y hermanas deben vivir en la misma casa,
especialmente cuando el hermano necesita quien contribuya a que la casa sea más
alegre para él -interpuso Charlie, con aquel tono seductor y aquella mirada que
tanto trabajo le costaba a Rosa resistir.
-Ustedes la han tenido más tiempo, y ahora nos toca a nosotros;
Mac la necesita más que tú, Príncipe, porque siempre dice que es "la luz
de sus ojos". Anímate, Rosa, elígenos y te prometo que mientras viva no
volveré a usar esa porrada almizclada que tanto de-testas -dijo Esteban y fue
enternecedor observarlo mientras ofrecía aquel noble sacrificio.
Mac la contempló fijamente a través de sus antiparras y le dijo
con mucha seriedad y firmeza:
-Ven con nosotros, prima, y así estudiaremos química juntos.
Ahora ya no explotan mis mezclas como antes, y los gases no son tan malos
cuando uno se acostumbra.
Rosa permanecía inmóvil y callada. Las flores se le caían de las
manos y su mirada iba de una cara a otra, mientras que al pensar en las
añagazas puestas en juego de un lado y otro, en la suya formaban encantadores
hoyuelos. Durante las carcajadas que siguieron a la proposición de Mac, miró al
tío, cuyos ojos estaban clavados en los suyos con una expresión de anhelo y
amor que salía desde el mismo corazón.
-Sí -pensó-, me necesita desesperadamente. Siempre anhele
satisfacer algún gran deseo suyo, y ésta es mi ocasión.
Así pues, cuando a una seña repentina de la tía Abundancia se
hizo de nuevo el silencio, Rosa dijo con gran calma, dirigiendo a todos una
mirada implorante, cual si pidiese perdón a los chicos:
-Es difícil elegir entre quienes tanto me quieren; por
consiguiente, creo que lo mejor es optar por el que más me necesita.
-No, querida ; el que te ama más y será más dichoso a tu lado
-dijo rápidamente el doctor Alec, pero un
mohín de la tía Myra y un murmullo atrajeron la atención de
Rosa.
-Piénsalo bien, prima ; no te precipites en tomar la decisión
-dijo Charlie, aferrado a su última esperanza.
-No necesito más tiempo para pensarlo. Sé perfectamente a quien
amo más que a nadie, con quien voy a ser más dichosa; y por ello elijo al tío.
¿Estará él conforme? -y el tono en que Rosa dijo a estas palabras produjo gran
emoción en todos por la fuerza misma de su sinceridad y el cariño que las
inspiraba.
Si en realidad abrigaba alguna duda, la mirada del doctor Alec
la disipó sin necesidad de palabras, al tiempo en que el hombre abría los
brazos y la niña se echaba en ellos, convencida de que allí estaba su hogar.
Nadie habló durante un minuto, pero se advertía que las tías
estaban conmovidas y los niños comprendieron que debían hacer algo antes de que
las cataratas empezasen a funcionar. Se tomaron de las manos y se pusieron a
saltar en torno al tío y la sobrina, atacando, con repentina inspiración, una
conocida canción infantil.
Por supuesto, esto marcó el final del sentimiento y Rosa se
apartó riendo del regazo de su tío, luciendo la marca de un botón de su chaleco
en el carrillo izquierdo. El hombre lo notó y después de plantarle en ella un
alegre beso que la borró a medias, dijo:
-Esta es mi ovejita y lleva mi marca para que nadie pueda
robármela.
Los chicos echaron a reír y gritaron al unísono:
El tío tenía un corderito.. .
Pero Rosa les puso silencio, se introdujo en el círculo y los
hizo bailar con gran contento, como los chicos y las chicas alrededor de uno de
esos postes que se usan para las fiestas de mayo; mientras que Febe, que llegó
trayendo agua fresca para las flores, empezó a gorjear, trinar y arrullar como
si todas las aves del aire participasen de pronto en la alegría primaveral de
los ocho primos.
FIN


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