© Libro N°. 3072. Oceano. Vazquez Figueroa, Alberto. Colección
E.O. Septiembre 3 de 2016.
Título original: © Oceano. Alberto Vazquez Figueroa
Versión Original: © Oceano. Alberto Vazquez Figueroa
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
http://mdarena.blogspot.com.co/2010/03/oceano-alberto-vazquez-figueroa.html
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca
Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante
los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos
autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y
edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El
uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su
comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
Portada E.O.
de Imagen original:
http://www.librosalcana.com/250832.jpg
© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
OCÉANO
Alberto Vazquez Figueroa
Cuentan
que la única mujer nacida en Isla de Lobos fue Margarita la hija del farero, ya
que a los pocos años de venir al mundo el faro se automatizó y nadie más vivió
permanentemente en aquel diminuto peñasco que se alza, como un vigía, entre las
islas de Fuerteventura y Lanzarote, en el archipiélago canario, frente a las
costas del desierto africano.
Cuentan también que Margarita fue llevada a bautizar a Corralejo
a bordo del «Isla de Lobos», una goleta que acababa de construir con sus
propias manos el viejo patrón Ezequiel Perdomo, más conocido por Ezequiel
«Maradentro», que quiso celebrar la botadura de su nueva embarcación
apadrinando a la hija de su amigo, aquel farero que en las noches oscuras le
hacía guiños de luz en la distancia, marcándole el camino de regreso a casa.
Los Perdomo, o «Maradentro» habían habitado, desde que se tenía
memoria, en el minúsculo puertecillo lanzaroteño de Playa Blanca, situado
exactamente frente a la torre del faro de Isla de Lobos, y tenían fama de ser,
por tradición, los mejores y más arriesgados pescadores de aquellas aguas.
Y cuentan por último que, debido a una notable coincidencia, la
tragedia que cambió la vida de los «Maradentro» se inició exactamente la misma
semana en que, muy lejos de Playa Blanca, fallecía —también trágicamente— la
niña que habían llevado a bautizar en su goleta, tantísimo tiempo atrás.
En efecto, mi madre, Margarita Rial, murió muy joven, la mañana
de San Pedro del año cuarenta y nueve, cuatro días después de que, a la luz de
las fogatas de San Juan, tres señoritos llegados de la ciudad, vieran por
primera vez a Yaiza Perdomo, la menor de la estirpe «Maradentro».
Y habían venido a verla a Playa Blanca, porque hasta la capital
de la isla, e incluso hasta las islas vecinas, alcanzaba la fama de Yaiza, hija
de Abel, nieta de Ezequiel, y hermana de Asdrúbal y Sebastián Perdomo, que pese
a pertenecer a una familia de pescadores curtidos por mil soles y horas de mar,
asombraba por la delicada belleza de su rostro dominado por unos rasgados ojos
verdes, la frágil pero rotunda madurez de su cuerpo de mujer-niña, y el
indescriptible misterio que rodeaba de continuo su persona, pues se aseguraba
que Yaiza «Maradentro» tenía el «Don de aplacar a las bestias, atraer a los
peces, aliviar a los enfermos, y agradar a los muertos».
Nada de esto último advirtieron sin embargo los forasteros de la
Fiesta de San Juan, deslumbrados desde el primer momento por la gracia con que
Yaiza reía, la eterna luz que brillaba en sus ojos, la esbeltez de su
majestuoso pecho, y la contenida e involuntaria sensualidad que se adivinaba en
cada uno de sus gestos, enardecidos como estaban por el alcohol y por el hecho
de que ni una sola vez hubiera aceptado bailar con ellos, dirigirles la
palabra, o dedicarles una simple mirada.
Ocurrió al final de la fiesta, cuando, de regreso a casa la
acecharon al borde del oscuro camino tratando de obtener a la fuerza mucho más
de cuanto no habían podido conseguir con halagos, ignorantes como extraños al
pueblo que eran, de que uno de sus hermanos se cercioraba siempre, desde el
recodo del sendero, de que nadie molestara a Yaiza hasta que penetraba en el
patio de la casa.
Y fue Asdrúbal, el menor, el que los vio esa noche; el que gritó
sin que los que aún cantaban junto al rescoldo de la hoguera alcanzaran a
oírle; el que se abalanzó decidido sobre los agresores, y el que, en el ardor
de la contienda, arrebató a uno de los forasteros un cuchillo, y de un mal
golpe lo mató en el acto.
Fue Asdrúbal, que acababa de cumplir veintidós años. El difunto
era aún más joven.
Y era hijo único de don Matías Quintero, señor de los viñedos de
Mozaga y el terrateniente más influyente de la isla en aquel tiempo, ya que al
poderío que le proporcionaban sus viñas y sus tierras, unía una indiscutible
ascendencia política conquistada en los campos de batalla de Toledo, Madrid y
Zaragoza como condecorado capitán de la Legión.
—¡Escóndete...! —fue lo primero que dijo Aurelia Perdomo a su
hijo cuando esa misma noche averiguaron la identidad del muerto—. Escóndete y
no vuelvas hasta que pase un tiempo y las cosas se aclaren, porque don Matías
Quintero es muy capaz de matarte del primer golpe de ira, y es un hombre al que
luego nadie va a ir a pedirle explicaciones...
—¡Pero es que yo lo hice en defensa propia, madre...! —protestó
Asdrúbal—. Estaban a punto de abusar de mi hermana... ¿Por qué tengo que
esconderme como si fuera un asesino...?
—Porque tiempo hay siempre para demostrar una inocencia, pero
jamás lo hay para resucitar a un muerto... —fue la respuesta—. Ve a esconderte
y no discutas.
Aún quiso decir algo el muchacho, pero su padre intervino
imponiendo una autoridad que en la casa nadie se atrevió jamás a discutir.
—Haz lo que tu madre dice, hijo... —pidió—. Que tu hermano te
lleve a Isla de Lobos, y ocúltate en el faro... —Le colocó en el hombro su
enorme manaza de gigante—. Será cosa de días... La Guardia Civil entenderá que
no pudiste obrar de otra manera.
—En los tiempos que corren no es cuestión de Guardia Civil...
—sentenció Aurelia—. Es cuestión dé don Matías Quintero, y dudo que quiera
entender lo que ha ocurrido.
Aurelia Perdomo había llegado a Lanzarote veintiséis años antes
proveniente de su isla natal, Tenerife, recién concluida la carrera de
Magisterio y decidida a ejercer durante cuatro años en el vecino pueblecito de
Femés, ahorrar algún dinero, y regresar a casa en condiciones de iniciar los
estudios de Derecho continuando la tradición familiar y haciéndose cargo del
bufete que su padre había dejado vacante al morir.
Nada por tanto más apartado de su intención en aquellos lejanos
tiempos, que quedarse para siempre en Lanzarote, pero el extraño embrujo
fascinante de la isla y la aparición una mañana de un gigante de casi dos
metros y cuadradas espaldas que surgía del mar arrastrando una barca, cambiaron
por completo sus planes.
Aurelia Ascanio se enamoró de Abel Perdomo «Maradentro» desde el
momento mismo en que lo vio; enorme, fuerte, retraído y serio, y resultaron
inútiles las súplicas de doña Concha —del más rancio abolengo tinerfeño—, y los
consejos de sus amigos y parientes. Olvidó sus libros de Derecho, y confió su
cuerpo y su destino a aquellas enormes y encallecidas manos que la hicieron
temblar desde el primer día en que la acariciaron tímidamente.
Aún temblaba y se estremecía al contacto de esas mismas manos;
aún adoraba cada centímetro de aquel cuerpo enorme y poderoso, y ni un solo día
de su vida se había arrepentido de haberlo abandonado todo para convertirse en
la mujer de un pescador que pasaba en ocasiones semanas mar adentro.
En tales períodos de obligada soledad, Aurelia Ascanio amén de
cuidar a sus hijos y enseñar a leer y escribir a los niños y adultos de Playa
Blanca, aprendió a amar y conocer la isla en la que había nacido su esposo; la
más sorprendente, misteriosa y agreste de cuantas islas había desperdigado el
Creador sobre los mares.
Y había aprendido a amar y conocer igualmente a sus gentes, pero
sabía, le constaba por cuanto de él había visto y escuchado, que don Matías
Quintero no era hombre que pudiese aceptar el hecho de que su único hijo había
muerto de una puñalada mientras intentaba violar a la hija de un pescador
zarrapastroso.
—Nos buscará problemas... —sentenció convencida—. Muchos
problemas... El sabe cómo hacerlo sin necesidad de que le hayan matado a un
hijo.
Asdrúbal «Maradentro» admitió de mala gana el consejo de su
madre, amontonó en un macuto lo más imprescindible, se despidió con un beso de
Yaiza que no había abierto la boca impresionada por todo lo ocurrido, y siguió
a su hermano Sebastián hasta la playa en la que, juntos, botaron a oscuras la
barca y comenzaron a bogar, muy lentamente y en silencio, antes de izar una
vela que podía delatar a los alborotados vecinos, su evasión.
Tardaron más de media hora en pronunciar palabra, inmersos, en
sus propios pensamientos, conscientes de que habían quedado súbitamente atrás
los hermosos años en que su única preocupación era el mar, sus peces, y
conseguir que aquel viejo barco que construyera su abuelo con sus manos,
continuara siendo, pese a los años transcurridos, el más valiente velero de las
islas.
—No pude hacer otra cosa.
—Nada te he preguntado... —Sebastián había sido siempre
consejero y mentor, ídolo y guía de su hermano—. Yo hubiera hecho lo mismo, y
sabes bien que no es un problema tuyo, sino de toda la familia...
—¿Por qué tenéis que sufrir las consecuencias de algo que hice
solo...? No es justo...
Lo había dicho, aunque sabía que era justo; que los «Maradentro»
habían compartido los buenos días de pesca o los tiempos de hambre desde los
lejanos comienzos de su estirpe, y aquel férreo concepto de arraigo familiar
había sido siempre preponderante en ellos.
No era Asdrúbal Perdomo; eran los «Maradentro» los que habían
matado aquella noche a un Quintero de Mozaga y lo sabía.
La abuela Encarna lo dijo siempre:
—«Familia es aquella donde todo es de todos... Lo demás son
gente arrejuntada.»
Desgracias y disgustos era lo que con más frecuencia
compartieron los Perdomo porque en los difíciles tiempos de posguerra y en
aquella dura tierra donde podía no caer una sola gota de agua en años, solían
siempre vencer por amplio margen, fatigas y miserias, a harturas y alegrías.
Y ahora, mientras una suave brisa del norte empujaba la falúa
aproada hacia la punta de barlovento en busca de la caleta y el desembarcadero,
guiados por el tranquilizador destello del faro de la isla, recordaban cuántas
veces habían calado las liñas allí mismo, en el roquedal que el abuelo Ezequiel
descubriera y guardara en secreto para la familia tantísimos años antes;
roqueda donde siempre podían ganarse un jornal por brava que estuviera la mar
por el poniente, o fuerte que llegara el «siroco» de la costa de África.
Eran noches felices aquellas, cuando apenas muchachos todavía
enfilaban la luz del faro de Pechiguera con el de la isla, y la que dejaban
encendida en la cocina, con la de la cuarta casa de Corralejo.
—¡Aquí...! ¡Aquí! ¡Tira el ancla...! —ordenaba Abel, y se
sentían orgullosos al advertir que una vez más habían acertado, y a los cinco
minutos las hambrientas cabrillas, los besugos y los meros comenzaban a
lanzarse sobre la carnada treinta brazas más abajo.
Aquella era la herencia que había dejado el viejo Ezequiel
Perdomo a su familia; la eterna «despensa» de los «Maradentro» para los malos
tiempos; vivero natural que había que conservar como oro en paño; tesoro
sumergido en el fondo de los mares, del que nunca se debía abusar ni permitir
que nadie descubriera.
—Ni una palabra y pescar sin ruidos... —advertía siempre Abel a
los chiquillos—, porque todos en el pueblo se mueren por encontrar este
caladero y vuestros hijos y nietos tal vez maten el hambre con los hijos y
nietos de estos peces...
Ahora, al cruzar sobre aquel amado roquedal que fuera
maravillosa aventura furtiva de su infancia, Sebastián y Asdrúbal Perdomo
abrigaban inconscientemente la impresión de que habían quedado de improviso
atrás las noches de arrojar las liñas en silencio; sin una tos y sin encender
siquiera un cigarrillo; noches de dulce complicidad en la que siendo niños ya
se sentían hombres porque los hombres de la familia compartían con ellos el
primero de los grandes y primordiales secretos de la vida: el de la supervivencia,
bajo cualquier condición adversa, de los Perdomo «Maradentro».
—Vendrán tiempos terribles...
Asdrúbal lo dijo sin pensar, como solía hacerlo Yaiza cuyas
premoniciones parecían llegar siempre antes a su boca que a su mente y ella
misma era la primera sorprendida cuando descubría que acababa de anunciar que
un pescador estaba a punto de ahogarse; al día siguiente llegarían los atunes,
o la mujer de Benjamín tendría mellizos y uno de ellos moriría al poco tiempo.
—Lo que ocurre es que estás impresionado... —le tranquilizó su
hermano—. Serán días malos, pero todo se arreglará... Hay testigos de que no
pudiste actuar de otra manera...
—¿Dónde están...? Huyeron en cuanto murió el otro.
—La policía los encontrará... Debe de ser gente de Mozaga... o
de Arrecife. Todos los vimos... Parecían amigos...
—¡Eran amigos...! Y eran iguales; pretendían lo mismo... Ni
siquiera estoy seguro de si el cuchillo era del muerto o de cualquiera de los
otros... ¡Estaba tan oscuro!
—Era del muerto —le recordó su hermano—. Tú mismo lo dijiste,
¿no te acuerdas...?: «Le agarré por la muñeca, le retorcí la mano y busqué la
carne con su propio cuchillo...» Esas fueron tus palabras...
Asdrúbal meditó observando el faro de Isla de Lobos, que enviaba
sus últimos destellos antes de desaparecer tras el promontorio de poniente,
intentando rememorar con exactitud los acontecimientos que habían tenido lugar
cuatro horas antes.
—Era muy débil... —musitó para sí, aunque su hermano podía
oírle—. Flaco y débil, con las muñecas apenas más gruesas que el cabo del
ancla... Casi se me rompe entre las manos... —agitó la cabeza desechando sus
pensamientos—. ¿Por qué sacó el cuchillo? —inquirió quejumbroso—. Sin el
cuchillo todo se hubiera resuelto de otro modo.
Sebastián Perdomo no necesitaba ver a su hermano menor para
tener la seguridad de que lo que decía era cierto. Aquel muchacho de ciudad,
más acostumbrado sin duda a los libros o al ocio que al trabajo duro, se
hubiera quebrado como tiza entre las manazas de Asdrúbal «Maradentro», el más
bajo de estatura, quizá, de todos los hombres de la familia, pero el único
capaz de competir con el gigantesco Abel a la hora de arrastrar una barca sobre
la arena o levantar a pulso dos cajas de pescado.
Sebastián y Yaiza habían salido a la familia de la madre, con la
delicadeza de rasgos de los Ascanio tinerfeños, pero Asdrúbal era un Perdomo
hasta la médula, de tez aceitunada, cabello rebelde, cuerpo de toro y nervios
que parecían trenzados con finos cables de acero apenas cubiertos por una tersa
piel siempre brillante.
Era un hombre temible en las «luchadas», capaz de alzar en el
aire al mismísimo «Pollo de Teguise» con sus ciento veinte kilos y voltearlo en
una atrevida pirueta, y capaz también de quebrarle el espinazo de un solo golpe
a un tipo tan enclenque como el muerto.
—¿Por qué sacó el cuchillo? —repitió alzando el rostro hacia su
hermano.
—Porque era flaco y tenía miedo...
—Yo no quería hacerle daño... —señaló—. Sólo quería que se
fuera... Que dejaran a Yaiza.
—Tal vez tenía miedo por lo que estaba haciendo.
—Yaiza estaba asustada... Tan asustada como aquella noche en que
vio en sueños cómo se hundía el «Timanfaya».
—Está bien muerto... Los tres deberían estar muertos por
intentar una cosa semejante...
—¡No digas eso...! —le recriminó Asdrúbal—. La muerte es
horrenda... Se quedó muy quieto tratando de tragar aire sin lograrlo, y me miró
temblando como si todas sus escotas se hubieran zafado de improviso. Temblaba
porque sabía ya que estaba muerto, y siguió temblando en el suelo, estirando
las piernas y saltando como un pez sobre cubierta cuando pretende regresar al
agua... Tuve la impresión de que quería dar un coletazo y volver atrás... ¡Sólo
un minuto atrás...! Y yo también quería que volviera...
—Ya está hecho... ¡Olvídalo!
—Sabes que no podré olvidarlo nunca... Lo de esta noche nos
seguirá para siempre, hermano... Eso es algo de lo que puedes estar seguro.
Sebastián Perdomo no quiso responder, atento como estaba a
arriar la vela y maniobrar en la oscuridad para arrimar sin daño el falucho al
diminuto espigón que servía de desembarcadero y contra el que rompían las
mansas olas de la noche.
Asdrúbal tomó el cabo de proa y saltó a tierra con la agilidad
propia de quien ha pasado la vida en esas lides, haciendo que sus desnudos pies
se aferrasen a la húmeda roca como si fuesen garfios. Luego, alzó con una sola
mano el pesado macuto que le tendía su hermano, y dejándolo en seco se inclinó
levemente hacia adelante.
—¡Cuida de Yaiza...! —suplicó—. Ya sabes cómo es de
impresionable y ha pasado mucho miedo...
Sebastián hizo un mudo gesto de asentimiento y permaneció muy
quieto, en pie sobre la barca, observando cómo su hermano daba media vuelta y desaparecía
en la oscuridad, rumbo a la punta del islote en que se alzaba el faro.
Don Matías Quintero había amado profundamente a una mujer menuda
y frágil, que no había tenido fuerzas suficientes para traer al mundo un
chiquillo aún más frágil y menudo, quedándose en el parto abatida como un
pajarillo que hubiera intentado durante nueve meses volar siempre hacia lo
alto.
El capitán Quintero habían encontrado consuelo a su sincero
dolor en sacar adelante al minúsculo pingajo lloriqueante que su esposa le
había dejado de recuerdo, consumir personalmente la mayor parte del mejor mosto
de sus viñas, jugar al dominó, y consentir que una vez por semana su flaca ama
de llaves, Rogelia, a la que todos llamaban por su aspecto, «el Guirre», le
diera una mamada, con lo que resolvía sus problemas sexuales hasta el sábado
próximo.
No era mucho para quien había lucido tanto tiempo un vistoso
uniforme cuajado de condecoraciones, y hubiera alcanzado las cimas del poder
político de haber permanecido en Madrid a la sombra de su mentor y amigo, el
poderosísimo general Ocampo. Pero su hijo y las viñas reclamaron en un
principio su presencia, más tarde murió Ocampo, Alemania perdió la guerra, y
comprendió que había pasado su momento y era cuestión de resignarse a envejecer
viendo aumentar la extensión de sus tierras, y limitando su hipotético poder
político al más concreto y efectivo de la isla, porque en Lanzarote continuaría
siendo «don Matías», independientemente de que Ocampo alcanzara una cartera
ministerial o se muriese.
Y allí estaba su hijo que no hubiera soportado, quizá, las
inclemencias de un clima tan cambiante como el de la capital.
Y ahora lo habían matado.
Le trajeron la noticia al Casino en mitad de una partida de
«chámelo», con la mente algo nublada por el vino y el humo, y en principio
creyó que le hablaban en sueños; que alguien contaba una película que había
visto en el pueblo, o que un loco deliraba.
—No pueden haberle matado... —le dijeron más tarde que había
dicho—. Es todo lo que tengo.
Y todo lo que tenía estaba allí, convertido en un guiñapo
ensangrentado, rota la nariz de un puñetazo; quebrada la muñeca como un lápiz;
partido el corazón en dos pedazos...
—¿Quién fue?
—Un pescador borracho.
—No pagará con mil vidas que tenga.
Los muertos siempre son inocentes aunque tan sólo sea por el
simple hecho de estar muertos, y resulta muy difícil aceptar la culpabilidad de
un hijo en su propio asesinato cuando se le está viendo blanco, rígido y frío,
tendido sobre la mesa del comedor.
Tal vez nadie tuvo el valor de contarle a don Matías cómo se
habían desarrollado los acontecimientos, o tal vez él ni siquiera hubiera
querido escuchar que aquel chiquillo al que había dedicado sus afanes había
pretendido violar a una hedionda que apestaba a pescado.
—Que lo traigan.
—Anda huido.
—Que lo busquen hasta debajo de las piedras. No pararé hasta
verle como estoy viendo ahora a mi hijo... ¿Quién es?
—Asdrúbal Perdomo... De los «Maradentro» de Playa Blanca...
Gente dura.
—Más duros eran los «rojos» en la guerra y ya están todos
muertos...
—Esto ya no es la guerra, don Matías.
—Lo sé... —admitió—. Es peor. En la guerra no me mataron ningún
hijo.
Se esforzaron porque entrara en razón, pero fue inútil.
Encerrado en su vetusto caserón de gruesos muros de Mozaga, sentado en el
porche bajo el parral desde el que dominaba sus viñedos con el telón de fondo
de las Montañas de Fuego en la distancia, aguardó, en el mismo lugar en que
aguardaba cada tarde el regreso de su chico, a que alguien le trajera a su
presencia al asesino.
Su dolor era tan callado y tan profundo como el que había
sentido cuando enterró a la madre de aquella desvalida y malograda criatura,
pero los días, la calma y el aislamiento no consiguieron aminorar su pena, sino
que, por el contrario, la fueron corrompiendo hasta transformarla en una sorda
ira; algo que iba más allá de un simple sentimiento de venganza; el absurdo
convencimiento de que únicamente la muerte de Asdrúbal Perdomo «Maradentro»
obraría el milagro de devolverle nuevamente a su hijo.
Tan sólo Rogelia «el Guirre», siempre seca, enlutada y
silenciosa osaba aproximarse de tanto en tanto con una bandeja de comida que
quedaba intacta sobre la mesa, pues a don Matías Quintero se le consumían en
esos negros días las carnes de igual modo que se le consumía el espíritu.
A las dos semanas vino a verle su fiel compañero de Casino, el
teniente Almendros, que por desgracia, no traía las noticias que anhelaba
escuchar.
—El hombre continúa sin aparecer aunque hemos registrado cada
palmo de la isla. La familia no habla, pero yo he averiguado hasta donde me ha
sido posible...: Hubo una riña, y parece ser que el cuchillo pertenecía a su
chico.
—Mi hijo nunca usaba cuchillo... ¿Quién lo dice?
—Un ferretero de Arrecife. El se lo vendió.
—Le habrán pagado para que cuente esa mentira. Cambiará de
opinión.
El Guardia Civil observó largamente a su amigo que parecía haber
envejecido un siglo en quince días. Habían ganado juntos cuatro torneos de
dominó y cientos de comidas, y había aprendido a apreciarle pese a su mal
perder y sus constantes regañinas cuando estimaba que había colocado una ficha
equivocada. Lamentaba como el primero lo ocurrido, pero había tenido ocasión de
hacerse ya una idea muy concreta de lo ocurrido en Playa Blanca.
—Su chico fue imprudente aquella noche... —comenzó tímidamente—.
El y sus amigos estaban molestando a la muchacha...
—¡Tonterías...! Yo lo eduqué de otra manera... Esa guarra es muy
puta, ya lo he oído... Se estaría divirtiendo con los tres cuando apareció el
borracho de su hermano y sin mediar palabra me desgració al muchacho...
—No es eso, don Matías...
—¡Yo sé que es eso...! —le interrumpió furioso—. En Playa Blanca
los «Maradentro» se consideran los gallitos... ¡Los «caciques»! Han hecho
siempre lo que les da la gana, pero ahora se enfrentan conmigo...: Con el
capitán Matías Quintero.
—No quiero que haga de esto un asunto personal.
—¿Acaso hay algo más personal que la muerte de un hijo...? ¡Mi
único hijo...! Mi único pariente... —Hizo un amplio gesto señalando las tierras
que se extendían ante él y en las que cada viña aparecía amorosamente
circundada por un muro de piedra que la protegía del viento—. A esto he
dedicado todo mi esfuerzo... —dijo—. A conseguir que una tierra difícil y
sedienta dé sus mejores frutos y no exista un vino como el de los Quintero en
todo el Archipiélago... El chico continuaría mi obra... Lo enviaría a estudiar
a Francia y al regresar compraría parte de la «Gería» para que investigara allí
nuevos injertos... Era muy listo. Listo y curioso, con grandes dotes para la
investigación... —Agitó la cabeza como si aún le costara trabajo admitir la
realidad de su terrible pérdida—. ¿A quién pretende ahora que le deje la
Hacienda? ¿A esa arpía de «el Guirre» y al consentido cabrón de su marido?
Resultaba inútil tratar de hacer entrar en razón a un hombre tan
cegado como estaba don Matías por el odio, y el teniente Almendros se
encontraba terriblemente fatigado. Le faltaban ocho días para salir de permiso
y anhelaba el momento de meter en el barco a la familia y pasar el verano en
paz lejos de un caso demasiado confuso que sólo podía proporcionarle disgustos
y quebraderos de cabeza.
Se abstuvo, sin embargo, de comentarle a su amigo que iba a
dejar el asunto en manos de sus subordinados, e intentó desviar la conversación
hacia temas intrascendentes, aunque resultaba a todas luces evidente que nada
alcanzaba a distraer a don Matías de la cuestión que había pasado a convertirse
en eje de su vida.
—¿Dónde puede esconderse...? —inquirió de pronto—. La isla no es
tan grande.
—Tal vez se haya ido... Lo más probable es que ya se encuentre
en Tenerife protegido por algún pariente de la madre o se haya enrolado en un
pesquero de los que bajan hasta La Güera y Mauritania.
—Le haré volver.
—¿Cómo...? —Inventaré el sistema...
—No se meta en problemas, don Matías... —rogó el Guardia Civil—.
Yo le entiendo, pero no debe intentar llegar más lejos de donde llega la
justicia... —Hizo una pausa, encendió un cigarrillo y se observó por un
instante los dedos en los que la nicotina había dejado una marca indeleble—. He
hablado con los padres, y me han prometido que se entregará en cuanto usted se
calme y les proporcionemos una copia de la declaración jurada de los testigos.
—¿Qué testigos?
—Los muchachos que estaban con su hijo... —Lanzó un largo
suspiro—. Si ellos cuentan la verdad, Asdrúbal aceptará el castigo que le
impongan.
—La única verdad es que asesinó a mi hijo a traición y de
noche... Tal vez para robarle... —dejó caer las palabras lentamente con marcada
inflexión para que causaran todo su efecto—, o tal vez porque era mi hijo y
esos cerdos no aceptan que les vencimos limpiamente y creen que ha llegado el
momento de empezar a vengarse...
—¡Oh vamos, don Matías...! No complique las cosas... ¡La guerra
acabó hace diez años!
—Ya ve que ellos no olvidan... ¡Yo tampoco!
Era como intentar razonar con una muía, o aún peor, con una
mente obsesionada, cerrada a toda posibilidad de admitir que en algún momento
de su vida había cometido un grave error y el niño que había tratado de
convertir en hombre de provecho se había transformado en un presunto violador
que no había dudado en esgrimir un cuchillo en una riña.
Caía la tarde. El sol se había escondido hacía unos minutos tras
los .volcanes de Timanfaya, y dispersas nubes blancas se iban tiñendo de rojo a
medida que corrían hacia el Sur empujadas por una brisa que entraba por Famara.
Era muy hermoso aquel momento en que cada volcán mostraba más que nunca una
tonalidad distinta que variaba del negro al amarillo pasando por el magenta y
cien marrones diversos; el momento de sentarse en el porche y hablarle al chico
de su madre, de la guerra, del futuro inmediato y de aquel otro futuro, más
lejano, para el que aún no se encontraba en absoluto preparado.
—Tal vez no fuera mala idea que me trajeras pronto una mujer a
casa —solía decirle—. Una buena muchacha que me diera nietos y pusiera un poco
de alegría en este mausoleo. Rogelia está más seca y más «guirre» cada día,
como quieta en el aire; con las zarpas dispuestas siempre a apoderarse de
cuanto pongas al alcance de sus manos. Se roba hasta los pollos, y no me quita
los huevos porque me los cuento en cuanto ha terminado de chupármela...
Don Matías Quintero hablaba así porque le constaba que hacía ya
dos años que su hijo había entrado a formar parte del extenso y nada selecto
grupo de jovenzuelos de la isla que habían perdido su inocencia en boca de
Rogelia.
Ya era un hombre y podían tratar de aquellas cosas como hombres,
aunque tal vez con una excesiva precipitación por parte de don Matías, que
siempre había visto con aprensión a aquel mocoso que se le antojaba demasiado
enclenque y sin empuje para revitalizar la estirpe de los Quintero.
Aquella mansión compacta, de gruesos muros que mantenían el
frescor por mucho que calentara el sol sobre las viñas, alzada con orgullo
sobre un oscuro promontorio que dominaba de forma natural el corazón mismo de
la isla, había conocido tiempos mejores de vida y movimiento, y aún recordaba
de su niñez las voces y las risas de toda una tropa de parientes y amigos que
revoloteaban de continuo de un lado a otro; de los patios al huerto, y del
jardín a las higueras.
¿Dónde estaban ahora? ¿Cómo era posible que hubieran ido
desapareciendo uno tras otro sin dejar tan sólo una huella de su paso? Tenía
que estrujar su memoria en busca de recuerdos desechados para tomar conciencia
de que, efectivamente, vientos de muertes sin historia habían ido barriendo de
modo furtivo y en silencio tantas risas y voces.
Sus abuelos; sus padres, vencidos por el tiempo inexorable y
lógico. Sus hermanos; sus primos caídos aquí y allá desordenadamente como si
una mano gigantesca e invisible les hubiera ido propinando caprichosos
papirotazos que los sacaban sin razón aparente del cuadro de la vida. Luego
ella, tan de cristal que el asombro estribaba en que no hubiera estallado en
mil pedazos cuando la penetró por primera vez en su noche de bodas. Ya para
entonces las paredes de la casa se hallaban impregnadas de hediondez a difunto,
con siete habitaciones cerradas y atrancadas porque así las dejaron desde el
momento mismo en que se llevaron los cadáveres.
No quedaba ya ni una sola cama sin su muerto y tan sólo su hijo,
el elegido para revitalizar el árbol de los Quintero, había preferido morir
lejos, sobre las piedras de un camino.
¿Por qué?
A ratos se preguntaba si era rencor lo que sentía contra el
chico por haberse dejado matar tan tontamente sin dar fruto. Las últimas
esperanzas de los Quintero de Mozaga se habían derramado estérilmente a lo
largo de la insaciable garganta de Rogelia, cayendo hacia un oscuro abismo sin
retorno al igual que la roja lava de un volcán, ardiente y viva, muere y se
petrifica al chocar contra un mar frío y profundo.
Don Matías Quintero aborrecía el mar desde su infancia; desde
que se tragó a su primo Andrés ante sus propios ojos allá en Famara, y había
permanecido siempre de espaldas a un Océano que se le antojaba hostil, como si
un presentimiento le anunciara que de ese Océano y sus gentes le llegaría algún
día el mal definitivo.
Se había quedado solo viendo venir la noche, consciente de que
era ya aquél su imparable destino: sentarse a ver llegar la más oscura de las
noches oscuras: aquella que nunca promete la esperanza del alba.
Se había quedado solo escuchando el silencio, y hasta el viento
sin sueño que jamás descansaba corría de puntillas sobre los muros de las
viñas, para cruzar furtivo ante la puerta de la casa marcada por la muerte, y
alejarse veloz para iniciar su canto al llegar a Masdache, trepar brincando
hasta las cumbres de Femés y lanzarse después alegremente hasta los confines de
Playa Blanca, allí donde los Perdomo «Maradentro» estarían celebrando la fácil
impunidad con que habían acabado con el último de los Quintero de Mozaga.
Se había quedado solo rumiando su rencor y sus deseos de
venganza, colmada su paciencia, convencido de que no quedaba ya justicia sobre
la superficie de la isla, y había llegado el momento de empezar a moverse y
demostrarle a todos cómo se daba caza a un asesino y cómo se le hacía pagar con
sangre su delito.
Cuando más tarde «el Guirre» apareció con su maldita bandeja de
comida, la rechazó con un gesto inapelable:
—¡Llévate eso...! —gruñó—. No tengo hambre. Llévatelo y avisa a
tu marido... Mañana temprano tiene que bajar a Arrecife a poner un telegrama.
—¿Un telegrama...? —se sorprendió la mujeruca—. ¿A quién? —A
alguien que sabe cómo tratar a los hijos de puta.
La noche en que nació Yaiza había empezado a llover, y fue una
lluvia larga, tranquila, dulce y reconfortante que empapó la tierra, rebosó los
aljibes y le lavó la cara a una isla que no había visto tanta agua dulce desde
los tiempos de Noé.
Nueve días de lluvia sobre un lugar que a menudo veía
transcurrir nueve años sin que cayera una triste gota despistada constituían un
acontecimiento histórico y una efemérides digna de ser anotada en los anales
del cabildo y fue «Seña» Florinda —la que leía el destino en las tripas de los
marrajos— la que aseguró que el regalo sin precio de aquel agua no podía
deberse a otro motivo que al nacimiento de la nieta de Ezequiel «Maradentro».
Pero todos sabían que «Seña» Florinda se encontraba cada día más
loca y con demasiada frecuencia desbarraba.
Dos semanas más tarde millones de flores crecieron incluso por
entre los resquicios de la lava, y los áridos pedregales del Rubicón se
convirtieron por primera vez en lujurioso pastizal en el que se cebaban las
cabras y los camellos, y cuando el día en que se cumplió el mes del nacimiento
de la criatura entraron brincando los «bonitos» por la Punta de Papagallo para
quedarse arrimados a la costa esperando a que los pescadores los cogieran casi
sin otro esfuerzo que alargar la mano, hasta los más incrédulos se resignaron a
admitir que algo insólito ocurría con la delicada chiquilla de ojos verdes que
le había nacido a los Perdomo.
—Tiene «Baracka»... —aseguraba Abdul, el moro que naufragara
trece años atrás en Puerto Muelas y se quedó en la isla para siempre—. Tiene
«Baracka», el «Don», y cosas portentosas ocurrirán a su alrededor hasta que se
entregue a un hombre para siempre.
Apenas había cumplido cinco años cuando un camello en celo, que
estaba a punto de destrozar a Marcial, se aplacó de improviso cuando la niña le
ordenó detenerse, y más tarde predijo todos los naufragios de la isla; anunció
la llegada de los más duros «sirocos», le bajó la fiebre y la hinchazón a los
enfermos y atrajo la plaga de langosta al llegarle la menstruación.
«Seña» Florinda fue el primer difunto que vino a hablarle en
sueños cuando llevaba ya más de dos meses enterrada y le confesó el lugar
exacto en que había escondido los ahorros familiares que su hijo llevaba todo
ese tiempo buscando inútilmente.
Por eso, cuando Yaiza vio por primera vez a Damián Centeno a la
puerta de la casa que acababa de alquilar, fue a contarle a su madre que había
llegado «El Mal».
—¿Por qué «El Mal»?
—Porque lo lleva escrito en la mirada y grabado en un tatuaje de
su brazo derecho. Siempre que he visto en sueños naufragios o desgracias, ese
dibujo se entremezclaba con los muertos.
—¿Cómo es el dibujo?
—Un corazón que sangra atravesado por un fusil con bayoneta...
Cuando le preguntaron en la taberna la razón de aquel tatuaje,
Damián Centeno respondió con voz ronca:
—Me lo mandé hacer el día que supe que los «rojos» habían matado
a mi madre en Barcelona. Evita que me olvide de ella... y de los «rojos».
Nadie quiso hacer comentario alguno a esas palabras. Lanzarote
había vivido de lejos la contienda civil con su espanto de odios v crímenes sin
cuento, y pese a que en aquellos tristes años algunos hombres fueron arrojados
al mar con una piedra al cuello o lanzados al vacío desde los más altos riscos
de los acantilados de Famara, todos se esforzaban por olvidar que aquello había
ocurrido, porque en una isla tan pequeña continuar con una escalada de
venganzas y violencia, hubiera equivalido a convertir el lugar en un desierto.
Pero la entonación con que Damián Centeno pronunciaba la palabra
«rojos» traía a la memoria evocaciones dolorosas que hacían pensar que aquellos
años de paz no habían pasado.
Damián Centeno era pequeño y flaco, con una renca voz autoritaria
que invitaba a imaginar que toda la energía de su cuerpo se hubiera concentrado
en ella, aunque no llamaba a engaño en modo alguno, pues al primer golpe de
vista se advertía que a sus cuarenta y muchos años aún sería capaz de aplastar
a tres jóvenes a un tiempo.
El tatuaje, el modo de ordenar y de moverse, y las largas
patillas muy pobladas, delataban al primer golpe de vista al viejo legionario
curtido en cien batallas y en un millar de riñas tabernarias, y la verde camisa
entreabierta mostraba orgullosamente bajo un pesado medallón de plata la ancha
y profunda cicatriz de un largo navajazo.
—¿A qué ha venido?
—A pasar mis vacaciones... ¿Algún impedimento?
—Ninguno... Pero los forasteros no suelen frecuentar un lugar
tan remoto... ¿Piensa quedarse mucho tiempo?
—Hasta que atrape un pez que me tiene encelado.
—En la «Costa del Moro» hay mejor pesca... ¿Acaso no viene de
Marruecos...?
Damián Centeno observó a Maestro Julián «el Guanche» y sonrió
apenas, mostrando levemente sus blanquísimos dientes de conejo agazapado.
—No de la especie que busco... ¿Y qué le hace pensar que vengo
de Marruecos? No he dicho nada al respecto.
—Lo imaginé porque es allí donde está la mayor parte del
«Tercio». Yo también tengo un sobrino legionario.
—¿Tan listo como usted?
—Debe de ser cosa de familia... —Maestro Julián, pese a sus
años, no era hombre que se arredrara fácilmente—. El aire de la Legión suele
ser algo que se queda en el hombre hasta su muerte... ¿Muchos años de servicio?
—Veintiocho... —Se abrió la camisa—. ¿Ve esta cicatriz? Es un
recuerdo del desembarco de Alhucemas... Y en la pierna aún llevo una bala rusa
de Stalingrado.
—¿Y ésta del pecho?
—Un cabo que se me insubordinó en Rifien... Lo maté con su
propio cuchillo.
—Aquí ha ocurrido hace muy poco una historia semejante... Un
chico sacó un cuchillo y lo mataron con él.
—Una curiosa coincidencia... —admitió Damián Centeno—. Aunque yo
escuché ese cuento de otro modo... Un ferretero recobró la memoria y admitió
que en realidad había vendido el cuchillo al asesino.
—Eso es muy nuevo.
—De anteayer... —puntualizó Damián Centeno—. Precisamente me lo
contaron por la noche en un bar de Arrecife.
—No cabe duda de que también se trata de una curiosa
coincidencia... Para redondear las coincidencias de la noche...: ¿No será
usted, por casualidad, amigo de don Matías Quintero, de Mozaga...?
—¿El capitán Quintero? —admitió el legionario—. ¡Oh, sí, desde
luego! Tuve el honor de servir a sus órdenes durante los dos últimos años de la
guerra.
—El muerto era su hijo.
—Eso he oído... Y he oído decir también que el que lo asesinó
escapó del anzuelo...
—Ahora entiendo su pesca.
De la taberna, Maestro Julián «el Guanche» acudió directamente a
casa de su compadre Abel Perdomo, a contarle cuanto había averiguado del recién
llegado forastero.
—No oculta en absoluto sus intenciones... —concluyó—. Y se me
antoja muy seguro de sí mismo y de que va a tener éxito en su «calada».
—Algo así me estaba imaginando... —admitió Aurelia que había
escuchado el relato en silencio—. Don Matías ya ha conseguido que el ferretero
cambie su testimonio, y ahora basta saber qué es lo que declararán esos
muchachos... —Suspiró mientras dejaba a un lado los pantalones que se afanaba
en remendar una vez más—. No hay como tener dinero para conseguir que la justicia
se incline de tu parte... ¡Pobre hijo mío...!
—Aún no lo han agarrado, ni lo atraparán por mucho que lo
busquen... —intentó tranquilizarle su marido—. Yo soy partidario de que pague
la parte de culpa que le toca, pero empiezo a temer que quieren jugar muy
sucio... —Se volvió a su compadre—. ¿Qué piensa conseguir ese matón que no
hayan conseguido los guardiaciviles...? ¿Se va a dedicar él solo a remover otra
vez toda la isla?
—No lo sé, «Maradentro», pero si quieres mi consejo, no dejes
que le ponga la mano encima a tu muchacho... —Sentenció Maestro Julián—. Ese no
viene a facilitarle la labor a los civiles, sino a ofrecerle en bandeja un
muerto a don Matías... Es un «sacamantecas» cuartelero, más peligroso que
«morena» saltando en la barca una noche de mar brava... Cuando clave los
dientes no debe soltar su presa si no le arrancan la cabeza.
—Nos hará mucho daño... —musitó apenas Yaiza, sentada muy recta
en su rincón—. Hasta el abuelo tiembla al mencionar su nombre.
El abuelo Ezequiel había muerto hacía ya cuatro años, pero era
cosa sabida que su espíritu había quedado a bordo del viejo «Isla de Lobos», y
sólo bajaba a tierra algunas noches de luna en que Yaiza dormía con la ventana
abierta. Conversaban entonces largamente y le contaba añejas historias que
nadie más recordaba.
—No mezcles al abuelo en estas cosas... —le respondió su madre—.
Lograrás asustarme con tus negros presagios... Al fin y al cabo, ese Damián
Centeno es sólo un hombre... Tu padre puede partirlo en dos de un manotazo.
—Ese es mi miedo... —fue la respuesta—. Asdrúbal mató por
defenderme. Papá puede hacerlo por defender a Asdrúbal... Tanto mejor hubiera
sido que aquella noche las cosas se hubieran desarrollado de otro modo... Ya
todo estaría olvidado.
Se puso en pie y abandonó la estancia con aquel su paso elástico
y altivo heredado sin duda de alguna lejana emperatriz perdida en la noche de
los tiempos. De dónde le venía el pone; aquella forma única de caminar y de
moverse, nadie sabría decirlo, pero Aurelia lo atribuía a que su hija había
pasado la mayor parte de su adolescencia paseando por la playa con el agua a
media pierna hablando con los muertos o construyendo un millón de mundos
diferentes que tan sólo cobraban cuerpo en su portentosa imaginación.
Tanto pisar sobre la arena y avanzar contra el agua habían
acabado por tornearle aquellas piernas largas y esbeltas de mármol dorado sobre
las que destacaban unas nalgas tan firmes que vibraban con cada movimiento,
proporcionándole una forma de caminar a la vez erguida, lenta, felina y segura,
como de leona al acecho o guepardo dispuesto a dar el salto; caminar que
enloquecía a los hombres tanto o más que su pecho, disparado hacia el cielo, o
su rostro de serena fiereza.
—Esa pequeña vuestra es un peligro... —musitó roncamente Maestro
Julián «el Guanche»—. Ya ha muerto un hombre, pero no te sorprenda si muchos
más se matan por su causa.
—Ella no tiene la culpa... —replicó molesta Aurelia—. Así nació
y así ha crecido.
—Nadie la culpa... Pero ahí está, y a ver cómo lo evitas.
Yaiza no había querido escuchar aquellas últimas palabras,
acostumbrada como estaba desde que se convirtió en mujer a que las
conversaciones cesaran cuando llegaba a alguna parte, y hablaran de ella en
cuanto salía de algún sitio.
Odiaba sentir los ojos de los hombres huroneando sobre cada
partícula de su cuerpo; aborrecía los cuchicheos, los ligeros codazos y los
susurros, y le envilecían los abiertos comentarios, la frase soez o el silbido
vejatorio.
Amaba el recuerdo de sus años de infancia, cuando podía recorrer
una y otra vez la playa sintiendo bajo los pies la dulce arena y el agua que
llegaba a acariciarle tibiamente, y cuando únicamente ella sabía que con ese
agua llegaban de continuo pececillos minúsculos que la rozaban juguetones.
Estaba entonces a solas con sus sueños o con los personajes de los libros que
su madre le había enseñado a amar profundamente, y aquellos paseos no atraían
sobre ella las docenas de miradas que transformaron más tarde una simple
costumbre de chiquilla en una sesión de exhibicionismo vergonzante.
¿Por qué había cambiado de aquella forma el pueblo?
¿Por qué había dejado de ser «Yaicita Maradentro», a la que los
hombres podían mandar en busca de tabaco y las madres pedir que echara un
vistazo a los chiquillos? ¿Por qué no era ya la pequeña de Abel que bajaba las
fiebres o anunciaba cuándo iba a entrar bien el atún o la sardina? ¿Por qué no
querían las mujeres que cruzara su umbral cuando se encontraban en casa los
maridos, o por qué le pedían tan insistentemente los maridos que lo cruzara
cuando no estaban en casa sus mujeres?
¿Es que no comprendían que era la misma niña y amaba las mismas
cosas por mucho que su cuerpo se empeñara en llevarle la contraria? Aún
prefería coserle el vestido a una vieja muñeca, o extasiarse ante el mar
pensando en «Moby Dick» o en Sandokán, que escuchar la charla insulsa de los
zafios mocetones que alargaban de inmediato las manos, o las insinuaciones, con
frecuencia incomprensibles, con que hombres maduros le prometían un pañuelo
estampado, una pulsera de bronce, o una blusa de colores.
—¿Te ocurría a ti lo mismo, madre?
—No hasta ese punto.
—¿Por qué?
Aurelia le acariciaba entonces el cabello, y la miraba
largamente al fondo de los ojos.
—Porque yo nunca fui tan hermosa, hija... Es hora que comprendas
que Dios te ha proporcionado una belleza que trastorna a los hombres e inquieta
a las mujeres... —Agitó la cabeza confundida—. No sé si eso es bueno o hubiera
sido preferible que te mantuvieras dentro de unos límites lógicos... No puedo
negar que me siento orgullosa de haber parido una criatura semejante, pero en
cierto modo, me asusta.
A Yaiza le asustaba.
Y le asustaba aún más desde aquella noche de San Juan en que su
hermano había matado a un hombre, y ahora allí, sentada en los toscos escalones
de piedra que desde la cocina bajaban directamente al mar, contemplaba la
cambiante luz del faro de Isla de Lobos, y se preguntaba hasta qué punto
Asdrúbal la culparía por el hecho de tener que esconderse en aquel inmenso
caserón, triste, vacío y solitario, cuando su verdadero lugar estaba al lado de
sus padres.
Sentados allí mismo, en la escalinata trasera de la casa,
Asdrúbal le había enseñado a «empatar» sus primeros anzuelos, a ensartar bien
el cebo, y a lanzar el aparejo cuando aún no había cumplido los seis años y ya
adoraba conseguir su propia cena en forma de sargos y cabrillas.
Y en aquel mismo mar, apenas a diez metros de su cama, Sebastián
la enseñó a nadar manteniéndola sujeta por el vientre, porque toda su vida,
desde que tenía memoria, había transcurrido en aquel diminuto y amado rincón
del universo, adorando a un padre inmenso, protector y severo; a una madre
dulce, sonriente y soñadora, y a unos hermanos con los que había aprendido a
explorar cuanto le rodeaba.
Y ahora todo se hundía y transformaba porque le habían crecido
dos durísimos pechos y sus nalgas recordaban la de una nerviosa yegua
purasangre.
Incluso su padre había cambiado, incapaz de ocultar su
desasosiego cuando venía a sentarse en sus rodillas a la caída de la tarde, y
no pudo evitar el sentirse confusa cuando al fin la despidió con una palmadita
en el trasero:
—Ya no estás en edad de sentarte en las rodillas de los hombres,
ni volverás a estarlo hasta el día en que te sientes en las de tu marido.
Esa tarde de abril la habían expulsado para siempre de su mundo
de niña, y le amargó la boca comprender que ya nadie, ni aún su padre, la
querría como antaño.
¿Qué extraño temor despertaba su cuerpo si hasta sus hermanos
evitaban rozarlo? ¿Por qué tenía que cambiar su vida de ese modo, si lo mejor
de esa vida había sido revolcarse con Asdrúbal por la arena, y obligar a
Sebastián a que la subiera a horcajadas en el cuello, entrando así en el agua y
saltando con la llegada de las olas...?
Quería que Asdrúbal regresara, se sentara como tantas otras
veces en el siguiente escalón, y apoyado en sus rodillas le explicara cómo
había ido la pesca aquella noche, qué historia mentirosa había contado Maestro
Julián, o cuándo ganarían suficiente dinero para comprar Isla de Lobos y
convertirla para siempre en el reino exclusivo de la familia «Maradentro».
—¿Imaginas lo que significaría levantar una casa detrás de las
lagunas y llenarla de flores y de plantas con un espigón para que el barco
atracara junto al porche?
Las lagunas eran de arena blanca y aguas cristalinas, llenas a
rebosar en pleamar, y salpicadas de pequeñas piscinas cuajadas de cangrejos y
quisquillas cuando la mar se retiraba; el lugar más hermoso que hubieran visto
nunca; maravilloso paraíso en el que buscar pulpos bajo las piedras, jugar a la
pelota, nadar, pescar desde una roca, o tumbarse sobre aquella blanda nieve
ardiente a disfrutar del sol de media tarde.
El buhonero turco, que bajaba a Playa Blanca cuatro veces al
año, había traído en una ocasión entre sus mantas y perolas unas pequeñas
lentes con montura de goma que se ajustaban a los ojos y permitían ver lo que
ocurría bajo la superficie como si el agua no existiera, y los chiquillos se
gastaron en ellas sus ahorros de años.
Era cosa de verlos con los culos en pompa y la cabeza inmersa
contemplando asombrados el mundo submarino, llamándose a gritos con cada
descubrimiento o viendo cómo Sebastián descendía cada vez más profundo.
Era aquél un lugar rico en pesca y virgen aún de extraños
visitantes provenientes del otro lado de la frontera plateada que era la
superficie, pues las focas o lobos marinos que habitaron tiempo atrás aquellas
mismas lagunas y dieron nombre a la isla, se habían marchado hacía años a las
costas del moro, y aún podían verlas cuando bajaban a las grandes pesquerías de
Cabo Bojador.
Cómo llegaron hasta semejantes latitudes unos animales más
propios de las aguas heladas de los polos, nadie podría saberlo, pero lo cierto
era que allí, en aquel islote minúsculo y desolado establecieron su hogar hasta
que la construcción del faro y la constante presencia de Tos hombres de
Fuerteventura y Lanzarote les obligó a emigrar a las tranquilas rocas de la
costa del desierto.
Por ello, los peces, ajenos a los peligros que pudieran llegar
desde lo alto, no se asustaban cuando Sebastián, el mejor dotado para el agua
de la familia «Maradentro», descendía en su busca hasta tocarlos, y lejos de
escapar, se aproximaban curiosos a analizar la razón por la que aquel ridículo
pulpo de tan cortos tentáculos se agitaba de un modo tan grotesco.
Sobre todo los meros y abadejos demostraban su asombro J
ascendiendo a mirarle con ojos dilatados, y las morenas enseñaban los dientes
cuando se aproximaba en exceso a sus guaridas.
Yaiza, que no se sentía capaz de descender tan profundamente
como sus hermanos, los contemplaba fascinada desde la superficie, y de aquellas
portentosas y excitantes aventuras guardaría para siempre los más hermosos
recuerdos de su infancia.
¿Por qué tuvieron que marcharse los chicos a la Marina; por qué
se convirtió ella en mujer, y por qué quedó tan sólo en el recuerdo el tiempo
de descender al fondo de los mares?
—¿Por qué no puede seguir todo como entonces...?
Sebastián había surgido de la noche tomando asiento a su lado y
encendiendo con su eterna parsimonia un cigarrillo.
—Es el precio que tenemos que pagar por convertirnos en adultos.
—¿Ya quién le interesa ser adulto...? ¡Fíjate en lo que ocurre!
Aquí estamos sentados, viendo brillar la luz del faro, e imaginando que
Asdrúbal está sentado allí... ¡Qué solo tiene que sentirse en ese caserón tan
viejo y cochambroso...!
Sebastián tardó en responder. Era hombre de largos silencios;
reflexivo; menos vehemente que Asdrúbal, y mucho menos soñador, desde luego,
que su hermana.
—Pronto tendrá que irse... —dijo al fin—. No sé adonde; tal vez
lejos de casa. O se entrega, con todo lo que eso significa, o se marcha, porque
tengo la impresión de que ese hombre que ha venido no tardará mucho en
averiguar dónde se encuentra.
—¿Qué pasará si se entrega?
Sebastián se encogió de hombros admitiendo su ignorancia.
—No tengo ni idea, pero en el mejor de los casos, aunque tan
sólo tuviera que pasar unos años en la cárcel, le destruirían... Asdrúbal no es
hombre para estar encerrado. Ama el mar; necesita verlo y respirarlo cada día y
si hasta la tierra, cualquier tierra, le parecía pequeña, ¿cómo podría
sobrevivir en una celda...?
La muchacha acarició muy suavemente la fuerte y encallecida mano
que colgaba a su lado.
—Cierra los ojos e imagina que no es más que una pesadilla...
—dijo—. ¿No habría forma de lograr que el tiempo volviera atrás tan solo veinte
días...? ¡Era todo tan bonito!
—No. No era bonito —replicó Sebastián jugueteando con sus largos
y delicados dedos de los que no cabía pensar que hubieran pasado la mayor parte
de su vida fregando platos o salando pescado—. Era un vida amable, pero que
ahora nos parece portentosa porque la hemos perdido...— Le apretó suavemente la
punta de la nariz—. Tu hace tiempo que te sientes desgraciada.
—La gente no me quiere como antes.
Sebastián no tenía respuesta porque incluso para él, que era su
hermano, aquella criatura fascinante se le antojaba a veces un ser desconocido
que usurpaba el lugar que siempre había ocupado una rapazuela incordiante y
pegajosa.
Permanecieron largo rato pensativos y en silencio; agradeciendo
cada uno de ellos la presencia del otro, con la vista clavada en la oscuridad
del mar y en la diminuta luz que brillaba intermitentemente en la distancia,
hasta que de improviso advirtieron que una cerilla se encendía a unos diez
metros de distancia, justo al borde del agua, y mientras prendía con excesiva
calma un cigarrillo, un hombre los miraba.
Cuánto tiempo podía llevar allí, ninguno lo sabía, pero
resultaba evidente que observaba la casa desde hacía largo rato, y se regodeaba
en el hecho de anunciarles de aquel modo su presencia.
Sebastián hizo un gesto, como para levantarse y dirigirse a él,
pero su hermana le detuvo apoyando en su antebrazo una mano que se había
quedado helada:
—¡Por favor...! —suplicó—. Ese hombre me aterra.
—Quiero saber qué es lo que busca.
—¡Déjalo en paz...! La playa es de todos y tiene derecho a estar
ahí.
—No lo tiene a rondar a estas horas nuestra casa... Pretende
asustarte...
—Ya lo ha logrado, pero no quiero más problemas por mi culpa.
Satisfecho; convencido de que había conseguido su propósito,
Damián Centeno dio una larga chupada a su pitillo, permitió que brillara con
más fuerza, lo lanzó al mar para que la brasa trazara una larga pirueta en el
aire, y se perdió nuevamente en la noche, como si se hubiera convertido en una
sombra más entre las sombras, o se tratara de un mal sueño.
Llegaron al mediodía siguiente, y eran seis.
Algunos también lucían tatuajes; los más ni siquiera lo
necesitaban porque su aspecto y su forma de hablar y de moverse, delataba a la
legua que eran matones barriobajeros y ex presidiarios, buscadores de camorra.
Llegaron al mediodía, y podía pensarse que habían escogido la
hora para impresionar al cabildo de ancianos que se hallaba reunido como
siempre frente a la playa y la taberna comentando las incidencias de la jornada
de pesca y el devenir de los desagradables acontecimientos que, por primera vez
en su historia, habían tenido lugar en Playa Blanca.
Algunas mujeres que jareaban el pescado, lavaban la ropa, o
atisbaban por las ventanas de sus cocinas mientras preparaban la comida también
los vieron y pronto fueron a dar aviso a los hombres que descansaban tras la
noche de faena en el mar, y así fue como todo el pueblo los observó en silencio
mientras descendían de dos grandes y polvorientos automóviles, abrazaban con
fuertes palmadas y grandes voces a Damián Centeno, y penetraban tras él en la
amplia casa que había pertenecido a «Seña» Florinda, y que su hijo se había
sentido tan satisfecho de alquilar «a aquel desorientado godo del tatuaje» por
veinte duros al mes.
La casa de «Seña» Florinda, blanca, ventilada y espaciosa, lucía
en su patio central el único árbol de todo el tercio sur de Lanzarote; una
enorme mimosa que en primavera cubría el suelo de una suave alfombra amarilla
que hacía las delicias de unos niños tan poco acostumbrados a las flores, y
dominaba, desde lo alto del promontorio de roca que cerraba por levante la
pequeña playa y la bahía, el conjunto de edificaciones —todas blancas también—
que conformaban el aislado y tranquilo villorrio.
La casa de los Perdomo «Maradentro», que cerraba la playa por la
banda opuesta, hacia poniente, se encontraba por tanto a poco más de
setecientos metros de distancia, en línea recta, algo más baja que la ocupada
por los recién llegados y desde el primer momento, Aurelia descubrió, porque ni
siquiera trataron de ocultarlo, que en todo instante alguno de los desconocidos
la espiaba por medio de un largo y ostentoso catalejo dorado al que el sol de
media tarde se complacía en extraer deslumbrantes destellos.
—¿Qué pretenden con eso...?
—Inquietarnos.
—¿Aún más? No creo que nadie pueda sentirse más inquieta de lo
que yo me siento desde aquella maldita noche.
—Tal vez imaginan que acosándonos acabaremos por descubrir dónde
se encuentra el chico.
—No nos conocen...
—No, desde luego... No nos conocen... —admitió pensativo Abel
Perdomo—. Pero lo que me preocupa es que nosotros tampoco los conocemos, ni
sabemos hasta dónde están dispuestos a llegar...—Hizo una pausa—. Ese: el tal
Damián Centeno, tiene aspecto de auténtico canalla... Uno de aquellos que en la
guerra lidiaban rojos» en las plazas como si se tratara de toros bravos... Todo
eso está aún demasiado cercano... ¡Demasiado!
—Han pasado diez años.
—Para algunos no han pasado. Ni terminarán nunca de pasar... Y
don Matías debe de ser uno de ellos... —Guardó silencio unos instantes como si
le avergonzara lo que iba a decir, y al fin lo hizo—. Por tres veces le he
pedido que me reciba; que me permita explicarle lo ocurrido y que estamos
dispuestos a que Asdrúbal cumpla su pena si se muestra razonable, pero se niega
a recibirme... Ha dicho que estas cosas no se solucionan con palabras.
—Naturalmente que no se solucionan... —admitió Aurelia dejando
por un momento de secar platos y volviéndose a observar fijamente a su marido—.
No existe solución de ningún tipo. Su hijo está muerto y nadie va a
devolvérselo. Eso lo entiendo... Yo no lo soportaría, y para él, que no tiene
otros, será aún peor... Necesita más tiempo.
—Don Matías no es hombre al que el tiempo suavice... —le
contradijo Abel—. Más bien le reconcome... Le pudre el alma y le acrecienta el
odio... Le ocurre a la gente de tierra adentro, a la que el viento del mar no
limpia las ideas. Se encierran en sí mismos como tortugas en su concha, y
permiten que el dolor acabe devorándolos.
—Yo soy de tierra adentro... —le recordó su esposa—. «Lagunera»,
y nunca me he comportado de ese modo.
—¿De tierra adentro...? —sonrió él burlonamente—. Has pasado la
mitad de tu vida en esta casa, frente al mar, oliendo a brea y pariendo dos
hijos pescadores y una hija que pasa más tiempo en remojo que en secano... ¡De
tierra adentro...! —repitió—. A ti el viento del Océano hace ya mucho que te
barrió las ideas de esa gente y te limpió el polvo de los sesos... ¿Cuánto hace
que no ves llover decentemente; tal como llovía en La Laguna cada tarde?
—Desde que nació la niña.
—Dieciséis años ya, ¿no te das cuenta...? Aquí vivimos una vida
diferente y ni siquiera entendimos el porqué de la guerra. Las guerras son cosa
de la «gente de adentro»... Los del mar tenemos que preocuparnos de la pesca,
la tormenta que amenaza, o la calma que deja desmayadas las velas... Y el
Océano es grande; nadie puede medirlo ni nadie puede tratar de apropiarse de un
trozo porque no admite dueños, y a quien le pone una marca lo hunde y se lo
traga... Por eso, nosotros, cuando hemos ido a la guerra lo hemos hecho
obligados por la gente de tierra...
—¿Qué tiene eso que ver con nuestro Asdrúbal...?
—Que continúan siendo iguales... Don Matías es de los que creen
que la muerte de su hijo nos alegra, como imagina que nos alegraría arrebatarle
parte de su dinero o de sus viñas... Los ricos suelen vivir con la obsesión de
que estamos al acecho, dispuestos a quitarles lo que es suyo... ¡Qué me
importan sus tierras...! ¡Odio ser dueño de un pedazo de tierra...! Por mí
dormiría siempre en el mar.
Abel Perdomo no era hombre de muchas palabras, pero ese día
necesitaba expresar cuánto sentía y su esposa era la única que había aprendido
a obligarle a abandonar unos largos períodos de silencio que no constituían en
el fondo más que la forma de expresión de su congénita timidez de pescador que
apenas había aprendido a deletrear su nombre al pie de un documento.
En su niñez, Playa Blanca tan sólo estaba constituida por una
docena escasa de edificaciones desparramadas a lo largo de la costa al socaire
de los vientos «alisios», y aprender a leer era un lujo que ningún muchacho
podía permitirse, pues casi desde que se mantenían sobre las propias piernas ya
andaban en la mar, ayudando a los grandes a ganarse el sustento.
Aún recordaba claramente cuando le aseguraron que a Femés había
llegado una maestra tinerfeña, e igualmente recordaba que casi le faltó el
aliento y la barca se le antojó más pesada que nunca cuando la descubrió en la
playa, mostrando al aire sus doradas piernas y hojeando un periódico al sol de
una mañana de domingo.
Durante casi cuatro meses no acertó a hilvanar frente a ella tan
siquiera media docena de frases provistas de sentido, y aún después de tantos
años de vida en común a veces no entendía por qué aquella mujer que conocía
tanto mundo y hubiera podido elegir entre un millón de pretendientes, le dedicó
sin embargo su vida.
Lo primero que hizo fue quererle, darle tres hijos y cuidar de
su casa, y entretanto, le enseñó a sostener un lápiz, reconocer las letras, y
dejar de expresarse como un ente surgido de las más primitivas cavernas
submarinas.
—Hay algo más que peces, viento y anzuelos en el mundo... —le
había dicho cuando él ni siquiera se había atrevido aún a rozar su mano que
parecía de juguete—. Y tienes que aprenderlo...
Había constituido en realidad un duro y largo aprendizaje, hecho
a menudo de escuchar los retazos de las conversaciones que ella mantenía con
los niños, pues se negaba a admitir que tal vez el día de mañana aquellos
mocosos, tuvieran que avergonzarse de la ignorancia de su padre.
Y Aurelia jamás había tenido un gesto de impaciencia, una
palabra dura, o una sola expresión de desaliento, consciente de la feroz
batalla que a menudo él se veía obligado a sostener con las palabras, las
cifras, o incluso los conceptos más elementales.
Abel Perdomo «Maradentro» era un gigante hermoso, profundamente
bueno y algo tosco, que amaba a su esposa hasta casi los límites de la
adoración, y que le había proporcionado una vida sencilla, tres hijos preciosos
y un incontable número de noches en las que a menudo tuvo que morderse
ferozmente los labios para evitar que sus gritos de placer recorrieran la playa
ahogando incluso el rumor del viento y el batir de las olas.
Y ahora, uno de aquellos hijos, fruto de una de aquellas
maravillosas noches, estaba escondido a no más de siete millas de distancia al
pie de aquel torreón que podía distinguir perfectamente en la punta de levante
del islote que llevaba tantos años contemplando desde la ventana de su cocina.
Y su esposo, su hombre, al que jamás habían asustado las tormentas, ni las más
negras noches de mar gruesa, ni la guerra, ni las penalidades de los años
difíciles en los que no parecían existir más que odio y hambre, se mostraba por
primera vez profundamente inquieto por la presencia de aquellas gentes de
tierra adentro de las que la vida le había enseñado siempre a recelar.
—¿Qué pretenden...?
La respuesta les llegó a la noche siguiente por boca de Maestro
Julián, al que Damián Centeno parecía haber elegido como intermediario en su
relación con la familia «Maradentro».
—Dígale a su compadre que aquí nos quedaremos hasta que aparezca
el chico... —puntualizó muy serio, bebiendo a cortos sorbos su copa de ron—. Y
que mi gente es dura y de poca paciencia... —Sonrió como sonreía siempre
mostrando sus diminutos dientes—. A menudo, ni siquiera yo me siento capaz de
contenerlos, y cualquiera de ellos puede cometer cualquier desaguisado... La
chica: esa chica... Dígale que sus mentiras pueden muy fácilmente convertirse
en realidad... ¿Me está entendiendo?
—Muy claramente... —admitió Maestro Julián—. Pero, ¿no se le
antoja que más claramente le entendería el propio Abel si usted le habla en
persona...?
—Lo haría de buen grado... —fue la pausada respuesta—. Pero
presiento que esa charla concluiría malamente... Y cargarme al padre no
solucionaría los asuntos del chico... Tiene que ser él, Asdrúbal, quien pague
lo que hizo.
—A lo que voy entendiendo, a usted, o a quien le manda, tan sólo
le interesa que pague con la vida.
—Ojo por ojo... ¿No es ésa una ley tan vieja como el hombre?
—Lo será el día en que don Matías Quintero tenga una hija, y
alguien quiera violarla... Por eso empezó todo... —Hizo una pausa—. ¿Usted no
tiene hijos...?
—Si los tuviera, que lo ignoro, serían todos hijos de grandes
putas... En torno a los legionarios no suelen merodear mujeres de otro tipo...
—Bebió de nuevo—. Ni jamás me interesaron para nada... Las mujeres decentes tan
sólo sirven para agilipollar a los hombres de veras...
—¿Y usted se considera un «hombre de veras»?
—Podrá juzgarlo cuando este negocio acabe.
Maestro Julián «el Guanche» le observó largo rato y rogó a Dios
para que nunca tuviera que juzgar hasta dónde era capaz de llegar un tipo
semejante. Esa misma noche, transmitió a su compadre Abel las amenazas de
Damián Centeno sin necesidad por una vez de añadir una sola palabra de su
propia cosecha, y esforzándose por mostrarse lo más fidedigno posible, pues
deseaba que fuera el propio «Maradentro» el que decidiese hasta qué punto sería
o no capaz el hombrecillo del tatuaje de hacer lo que decía.
Había algo, sin embargo, que no sabría nunca transmitir a su
amigo, y era el invencible desasosiego que le producía la sola presencia del
legionario, y el peligro que encerraba su pausada forma de recalcar ciertas
palabras.
Y sus ojos; aquellos ojos que eran como de hielo; negros,
redondos y aparentemente sin vida, le recordaban a los de los marrajos cuando
permanecían tendidos sobre cubierta, destrozada a palos la cabeza y abierto el
vientre, pero que de improviso parecían regresar del otro mundo lanzando al
aire una postrer dentellada capaz de cortar en dos pedazos la pierna de un
incauto.
—Ese hombre es un «congrio»... —concluyó—. Frío, resbaladizo,
viscoso y traicionero... Mal enemigo tienes, «Maradentro».
Mal enemigo debía de ser, en efecto, y Abel Perdomo no se acostó
esa noche, sino que la pasó sentado en la trasera de su casa, contemplando el
mar e Isla de Lobos, y observando cómo una tras otra las luces del pueblo se
apagaban y no quedaba al fin más que la luminaria en que los forasteros habían
convertido la antaño tranquila casa de la roca.
Habían colgado en las cuatro esquinas enormes «petromax» de los
que usaban algunos pescadores en la mar, sin importarles el absurdo derroche de
combustible que significaba tan inútil verbena que no constituía en el fondo
más que una vana demostración de prepotencia frente a unas pobres gentes que a
menudo tenían que escatimar el carburo de sus lámparas, y desde el mismo
momento en que cayó la noche había podido distinguirse a un centinela armado en
la azotea.
Resultaba evidente que no exhibía su arma porque esperase ningún
tipo de agresión por parte de los pacíficos habitantes del villorrio, sino
porque más bien esa arma constituía —como parecía serlo todo en ellos— una
amenaza o una aclaración de cuáles eran sus verdaderas intenciones.
Habían llegado hasta allí; hasta el más misérrimo caserío del
más olvidado rincón de la más desolada isla del lejano archipiélago, y se
habían adueñado de todo, dispuestos a no marcharse hasta que se hubieran
cobrado, por lo menos, una vida.
Y Abel sabía que esa vida no era otra que la de su hijo
Asdrúbal; aquel en el que mejor se veía reflejado; el del cabello rebelde, el
mentón cuadrado, los negros ojos y la fuerza hercúlea de los Perdomo
«Maradentro», tan diferente a aquellos otros dos chiquillos de raíz y sangre
«lagunera», que Aurelia había querido regalarle.
Contempló una vez más la noche. El faro de Isla de Lobos
parpadeaba con su fidelidad de siempre, en la distancia.
Acuclillado al socaire de ese faro, con la espalda levemente
recostada en el muro y los brazos colgando entre las piernas, en una forma muy
suya de pasarse las horas contemplando la mar, Asdrúbal Perdomo observaba
confuso el resplandor que parecía ser dueño de la orilla opuesta del canal de
la Bocaina, preguntándose qué diablos podría significar tanta iluminación, y
qué relación tendría con los dos pesados automóviles que había visto llegar al
mediodía a través de los prismáticos.
Algo extraño ocurría en Playa Blanca, a donde en todo el tiempo
de que tenía memoria no habían llegado jamás dos vehículos juntos, pues tan
sólo el desvencijado camión del agua descendía un día por semana, y la
furgoneta del buhonero turco cuatro veces al año.
Incluso los guardiaciviles acostumbraban a hacer el camino a
pie, atravesando los pedregales del Rubicón bajo un sol que amenazaba
derretirles los tricornios, destrozándose las botas con los matojos y
guijarros.
Presentía que algo grave se fraguaba al otro lado del brazo de
mar que separaba las dos islas, y le enfureció la rotundidez de su impotencia,
sentado en la soledad de un peñasco que podía recorrer de punta a punta en diez
minutos, y en el que se sentía atrapado como un reo en el más férreo presidio.
¡Qué distinta se le antojaba ahora Isla de Lobos, de aquel lugar
paradisíaco al que sus padres le llevaban en el barco los fines de semana de
verano!
Ya no estaba allí su hermano Sebastián al que ver descender en
busca de los pulpos y los meros, ni Yaiza, a la que perseguir por la laguna. Ya
no estaba su madre cocinando una paella entre las rocas, ni su padre fumando
pensativo su pipa al socaire de un sombrajo. Ahora tan sólo las gaviotas, los
conejos y dos burros que alguien abandonó alguna vez en la isla le hacían
compañía, y cuando el auxiliar del faro llegaba algunas mañanas desde
Fuerteventura, tenía que esconderse en lo más profundo del mayor de los aljibes
pese a que era un buen hombre, cariñoso y campechano, que con frecuencia acudía
en otro tiempo a compartir con ellos la paella, el café, la charla y el tabaco.
También la Guardia Civil había llegado una semana atrás a
inspeccionar la isla buscando en las cuevas y en la vieja casona, y experimentó
un leve temblor en las piernas cuando escuchó sus voces retumbar en las vacías
estancias, y descubrió el haz de luz de una linterna recorriendo despacio el
interior del ruinoso cubil que le servía de refugio.
Ni una huella de su paso había dejado en el polvo de los caminos
que rodeaban el faro, saltando siempre, aun a oscuras, de una roca a la
siguiente, y del fogón de la cocina había borrado hasta el último rastro de los
fuegos que encendía en la noche y en los que cocinó las pocas comidas calientes
de que había disfrutado en ese tiempo.
Estaba harto ya de aquel encierro; avergonzado de ocultarse como
un criminal por un delito del que no se sentía culpable en absoluto, pero se
había acostumbrado desde niño a aceptar el criterio de sus padres y presentía
que aunque nada tuviera que temer (.le los hombres del uniforme verde, ni
siquiera su autoridad alcanzaría a librarle del ansia de venganza de don Matías
Quintero.
En los atardeceres, cuando el sol se ocultaba allá por Montaña
Roja y las salinas del Janubio, destacando con todo su esplendor las mil
tonalidades de los pelados cráteres de Timanfaya, se emborrachaba con la
contemplación de cada detalle de la configuración de Lanzarote como temiendo
que fuera la postrera ocasión que le brindaban de extasiarse con los amados
paisajes que contenían lo mejor de su existencia, pues cada playa, cada farión
y hasta cada palmera, despertaba en su memoria dulces evocaciones tiempo atrás
olvidadas.
La blanca mancha de la iglesia de Femés, allá en lo alto, a cuya
espalda rondó por primera vez a una muchacha al son de «timples» y guitarras;
la soledad de Playa Quemada, en la que una hermosa extranjera a la que no pudo
entender una sola palabra le descubrió lo que significaba un cuerpo de mujer y
cómo debía penetrarlo, o el Torreón de Las Coloradas, cuartel general de la
chiquillería del pueblo que se reunía allí dos veces por semana a jugar a
plantar batalla a los piratas beréberes.
Cada retazo de su vida se encontraba ligado al ancho mar que se
abría a sus pies o a la pelada isla que se desparramaba cansadamente ante sus
ojos, y se le antojaba irreal que alguien quisiera arrancarle de allí y cambiar
por completo su existencia por el simple hecho de haber reaccionado en un
cierto momento de la única forma en que podía reaccionar un ser humano.
Le había sobrado tiempo para analizar a solas su comportamiento
durante aquella aborrecible noche de San Juan, y por más que lo intentaba no
lograba considerarse culpable en modo alguno. Tres desconocidos de los que no
había tenido ocasión de calcular su fuerza acosaban a Yaiza y no se le ofrecía
otra posibilidad que hacerles frente. En el momento de quebrar el brazo de
aquel chico y hundirle hasta la empuñadura su cuchillo, no pretendía su muerte,
ni clase alguna de odio anidaba en su pecho.
—Fue un accidente.
—Tú y yo lo sabemos —había respondido su padre la noche en que
vino a traerle provisiones—. Tal vez muchos más lo sepan, pero basta con que
don Matías se niegue a admitirlo, para que todo se vuelva en contra tuya.
Tienes que obedecer y mantenerte oculto hasta que busquemos la forma de
alejarte de la isla... —Agitó la cabeza pesaroso—. Tiene razón tu madre, y tan
sólo el paso del tiempo... ¡mucho tiempo!, puede conseguir que las aguas
vuelvan a su cauce.
—¿Cómo está don Matías?
—Nadie que yo conozca lo ha visto desde entonces... —dijo—. Se
ha encerrado en esa especie de fortaleza suya y allí piensa dejar que el rencor
lo consuma.
—Tengo la impresión de que es como si hubiera matado a dos
personas: A una de golpe, y a la otra, mucho más lentamente.
—Tendrás que irte de la isla... No le veo otra solución a este
conflicto.
—He estado pensando en enrolarme —admitió—. Navegar es lo único
que puede conseguir que se olvide lo ocurrido... Don Matías ya es viejo, y es
posible que esta pena acabe con sus fuerzas... Cuando muera las cosas tomarán
un rumbo diferente... ¿Qué han dicho los civiles...?
—Ellos no opinan. Su trabajo es buscarte y entregarte al juez,
que es quien decide.
—¿Y el juez qué dice?
—Nada tampoco... Para él lo primero es dar contigo, pero
sospecho que los jueces deben estar siempre más de parte del muerto que del
vivo. Ningún muerto necesita que le castiguen más de lo que ya lo está...
—Colocó con toda la ternura de que se sintió capaz una mano sobre el fuerte
antebrazo de Asdrúbal, y agitó la cabeza desechando sus oscuros pensamientos—.
Yo no sé qué pensar de todo esto, hijo —añadió—. Lo mío es pescar y esforzarme
por llevar a casa un jornal que le permita a tu madre sacaros adelante... Todo
cuanto se refiera a las leyes y los libros se me escapa.
—Debimos haberle hecho caso a mamá, y tratar de seguir con los
estudios... —señaló el muchacho—. Pero la mar me tiraba demasiado, y Sebastián,
que tiene más cabeza, temió siempre convertirse en una carga en lugar de una
ayuda... Ya es demasiado tarde, y nadie podía imaginar que los vientos
soplarían tan fuertes y aproados.
Abel Perdomo sonrió levemente:
—Te enseñé desde chico a cazar bien tus velas, ceñir cuanto
fuera necesario, y ganar puerto aun con el viento de cara.
—Lo sé, viejo, y aprendí la lección en su momento. Pero eso fue
en el mar, y en este asunto andamos navegando como sobre la cumbre de los
riscos de Famara. Una ciaboga mal tomada y me clavo de proa en el marisco.
—No permitirá San Marcial que eso te ocurra.
San Marcial, Patrón de Lanzarote, había sido desde antiguo el
santo predilecto de los Perdomo «Maradentro», que sin haber pisado una iglesia
en su vida ni confiar en nada que no se basara en sus propias fuerzas y
pericia, habían tomado la costumbre de invocarle cuando la mar se desmelenaba
en demasía, los peces se empeñaban en despreciar la carnada, o el viento del
desierto se volvía impertinente cubriendo el horizonte de un polvillo marrón o
vomitando chorros de vaho ardiente sobre las indefensas islas.
De tanto suplicarle o maldecirle, según las circunstancias, San
Marcial era ya como de la familia, pero podría creerse que en los últimos
tiempos se había desarraigado de ella por propia voluntad, como si a él también
le asustara, como hombre que era, la irrupción en la casa de una mujer tan
inquietante como Yaiza.
—Vive como alelada... —admitió Abel a duras penas, respondiendo
a la pregunta de su hijo—. Se diría que no sabe dónde posar los pies, o que no
ha sido capaz de conciliar el sueño tan siquiera una noche. Vaga como fantasma
por la casa y no acierta a probar bocado, pero aun así, cada día está más guapa
y tan sólo de verla se me llenan los ojos de alegría y el corazón de miedo...
¡No sé adonde demonios pretende llegar esa muchacha...!
Su hijo menor sonrió con intención y picardía:
—Tú la engendraste —dijo—. Y mejor nos hubiera ido a todos si
hubieras acertado a repartir entre los tres tanta belleza.
Abel Perdomo le propinó un cariñoso puñetazo en el hombro que
hubiera derribado al suelo a cualquier otro:
—¡Lucido andarías tú por la vida con el culo de Yaiza!
—exclamó—. ¡Cómo te perseguiría en ese caso el ventero de Arrieta...!
Cabría imaginar que don Matías Quintero se había momificado en
poco tiempo, tan triste era su aspecto, porque parapetado tras los gruesos
muros del caserón de sus antepasados, se negaba a comer, alimentado al parecer
únicamente por el odio, y desde que el teniente Almendros había iniciado sus
largas vacaciones, a nadie recibía más que a Damián Centeno, que subía un día
sí y otro no de Playa Blanca a informarle del curso de los acontecimientos.
Ya ni siquiera se acomodaba bajo las buganvillas del porche a
observar cómo moría la tarde en Timanfaya, sino que aguardaba paciente,
atrincherado en un vetusto salón de apolillados cortinajes, y únicamente cuando
sobre el limpio cielo de la isla no brillaba más luz que la de cien millones de
estrellas, escapaba al huerto o al jardín como una furtiva sombra más entre las
sombras de la noche.
Rogelia «el Guirre», que sabía mucho de sombras, pues toda su
vida no había sido más que sombra de mujer incluso a la plena luz del mediodía,
pasaba entonces las horas acechando tras las celosías de la ventana de su
cuarto, aguardando el estampido de un disparo, ansiosa por no perderse el
espectáculo de ver cómo aquel maldito viejo que la había humillado durante
tantos años, se levantaba de una vez la tapa de los sesos.
Todo lo tenía ya dispuesto; elegidos los escondites para la
cubertería de plata; falsificados, aunque sin fecha, los cheques que había ido
sustrayendo con infinita paciencia a través de los años, y bien oculto en el
fondo de un arcón el duplicado de la llave de la vetusta caja fuerte, y cuanto
necesitaba para ver realizados sus más íntimos deseos, era que su odiado patrón
decidiera morirse sin más testigos que ella misma.
—¡No lo hará! —repetía una y otra vez su marido, Roque Luna, que
había sido siempre un hombre terriblemente pesimista—. , Aunque te acuestes con
él, yo lo conozco mucho mejor que tú...: Ese viejo maldito no se muere hasta
que vea el cadáver de Asdrúbal Perdomo cortado en pedacitos. Tan sólo esa
ilusión le mantiene el aliento, pero para tan poco aliento como usa, ya le
basta y le sobra...
—¿Crees que el sargento le traerá a ése muerto?
—¿Centeno...? —inquirió él—. Desde luego... A don Matías le
gustaba mucho hablar sobre la guerra, y a menudo contaba cosas de ese Damián
Centeno, la bestia más feroz de cuantas hayan pasado nunca por el Tercio.
Cuando volvió de Rusia ni siquiera la Legión fue capaz de aguantarlo, y algo
gordo debió de hacer, porque pasó cuatro años en presidio y le expulsaron. Aun
así, el viejo lo admira, le ayudó durante aquellos años, y mantuvo su amistad
donde quiera que fuese... —afirmó con la cabeza seguro de sí mismo y de lo que
estaba diciendo—. Supo elegir su hombre: le entregará a Asdrúbal Perdomo hecho
cachitos.
—¿Cuándo?
—En cuanto le ponga el ojo encima, ten paciencia... Damián
Centeno es como el hurón, que no se precipita hasta que descubre la madriguera
de su presa... En ese momento cae sobre ella, y de un solo mordisco le quiebra
el espinazo.. En cuanto salga a la luz, el «Maradentro» es hombre muerto.
—Su padre estuvo aquí. Quiso hablar con el viejo y no me dio la
impresión de que se asuste fácilmente. Es un gigante.
—Lo conozco... —admitió Roque Luna—. Abulta dos veces lo que
Damián Centeno, pero no tiene ni la décima parte de su mala leche. Cuanto más
potente el veneno más pequeño el frasco, y Damián Centeno es puro veneno
concentrado.
—Pero no defiende a un hijo.
—Razón de más... Actúa con la cabeza y no con el corazón, y eso
le da ventaja.
A Rogelia «el Guirre» las cosas no se le aparecían tan claras, y
el tiempo se le hacía infinitamente largo sin ver llegar la hora de que
aquellas riquezas entre las que había vivido desde que tenía memoria, pero que
nunca fueron suyas, pasaran a pertenecerle de una vez para siempre.
Había asistido desde el primer momento y desde primera fila a la
desintegración de los Quintero, que se habían ido diluyendo como un gigantesco
pilón de azúcar desgastado por la lluvia, y en aquellos momentos, cuando
contemplaba al último de la estirpe vagar como un fantasma por sus campos
dormidos, se complacía en pasar recuento mentalmente a cuantos habían ido
quedando en el camino, mientras ella, Rogelia, la más flaca, la más débil; la
que tuvo un principio de tisis hasta el punto de que nadie ofrecía una peseta
por su vida, continuaba allí, tan tiesa como un huso, a punto de ser dueña
absoluta de cuanto había pertenecido a todos los difuntos.
—¡Bendito sea Asdrúbal «Maradentro»! —musitaba a menudo—. Acabó
de un solo golpe con aquel gusarapo que se divertía empegostándome el pelo con
su leche, y será también el causante de la muerte de este viejo hediondo.
Más de una vez en el transcurso de aquellos días de tinieblas en
los que don Matías Quintero se negaba a probar bocado y tan sólo aceptaba de
tanto en tanto un vaso de leche con una yema batida y un poco de coñac que le
mantuvieran vivo, le había asaltado la tentación de añadirle una cucharada de
matarratas al azúcar, y no fue el temor a sus remordimientos, sino el hecho de
ser descubierta y castigada, lo que le habían impulsado a seguir siendo
paciente.
El único inconveniente de conservar esa paciencia estribaba en
que abrigaba la casi absoluta seguridad de que don Matías Quintero la conocía
tan a fondo que adivinaba hasta el más recóndito de sus oscuros pensamientos, y
aunque no decía palabra, alguna forma de destruir sus sueños debía de estar
tramando.
No andaba en absoluto desencaminada Rogelia en sus sospechas,
porque en cierto modo el viejo ya había tomado sus medidas al respecto, y desde
el momento mismo que recibió a Damián Centeno, apenas media hora después de que
hubiera puesto el pie en el muelle de Arrecife, colocó abiertamente sus cartas
sobre la mesa:
—Si acabas con el hijo de puta que asesinó a mi chico, te nombro
mi heredero, y puedes creer que conseguirás mucho si sabes apretarle el
pescuezo a Rogelia obligándole a escupir cuanto me ha robado en estos años...
En verdad que pájaro parece, pero más que «Guirre» debieran llamarla «Urraca»
por su insaciable ansia de rapiña.
Damián Centeno se vio desde ese momento dueño del caserón y los
viñedos de Mozaga, pues se le antojaba que acabar con Asdrúbal Perdomo no era
cosa demasiado difícil y el capitán Quintero nunca se atrevería a prometerle
algo que no estuviera dispuesto a cumplir, pues sabía que su antiguo sargento
era hombre al que no se le podían gastar bromas.
Al concluir la entrevista, cuando contaba ya con todos los datos
que le hacían falta, y don Matías le había hecho entrega de un grueso fajo de
billetes con que hacer frente a los primeros gastos, Damián Centeno abandonó la
penumbra del caserón, y desde el porche de la puerta principal contempló
durante largo rato la amplia finca en la que cada viñedo, inmerso en el fondo
de un hoyo cubierto de grava negra y protegido del viento por un semicircular
muro de piedras, confería al paisaje un extraño aspecto lunar.
Se aproximó a un hombre que reparaba con infinita paciencia uno
de los pretiles que el viento había derribado, y señaló con un amplio gesto a
su alrededor.
—¿Cómo se las arreglan para regar todo esto? —inquirió—: No veo
acequias, y por lo que me han dicho, en esta isla pasan años sin llover.
—No se riega... —replicó Roque Luna, irguiéndose con el sombrero
en una mano y un trozo de lava en la otra—. Estos cultivos casi no necesitan
agua.
Damián Centeno le observó con aquella dureza que era capaz de
imprimir a sus ojos cuando lo deseaba, y que parecía avisar seriamente de que
no trataran de burlarse de él.
—Todos los cultivos necesitan agua... —sentenció—. De otra forma
incluso el Sahara sería un vergel.
El otro se inclinó, tomó un puñado de la negra gravilla que
cubría por completo la tierra y se lo alargó dejándolo caer sobre su abierta
palma.
—Esto es «picón»... —dijo—. Ceniza de volcán. Por la noche
absorbe la humedad de la atmósfera y la traspasa, por capilaridad, a la tierra.
De día, sirve de aislante e impide que esa humedad se evapore.— Sonrió
levemente, como si se debiera a su exclusiva astucia un descubrimiento
centenario—. De esta forma cultivamos, y basta con que llueva un poco para que
la cosecha sea buena.
Damián Centeno observó con fijeza a Roque Luna, y luego, tras
palpar repetidamente la consistencia del «picón», lanzó una nueva y larga
mirada a los viñedos y al impresionante caserón que pronto serían suyos y le
proporcionarían un lugar en el que echar raíces después de tantos años de no
poseer más que un camastro, una maleta de madera, y un par de desteñidos
uniformes.
—Siempre está uno en edad de aprender cosas nuevas... —admitió—.
Y siempre es útil aprenderlas.
Luego se encaminó sin prisas al carcomido taxi que le había
traído hasta allí y aguardaba a la sombra de un muro y preguntó a su dueño:
—¿Puede llevarme a Playa Blanca?
—Poder, puedo —admitió el hombre—. Pero de Uga hacia abajo,
aquel camino de piedra está maldito, y si se me rompe un eje tendrá usted que
correr con los gastos... —Hizo un gesto con los hombros, como tratando de
disculpar su comportamiento—. Entienda que de otro modo no me compensa el
viaje... Aquello es el confín del mundo.
Tras la cristalera de su inmenso salón, acurrucado en un enorme
sillón de cuero que parecía ir creciendo a medida que él adelgazaba y se
consumía, don Matías Quintero observó poco después cómo el vehículo se alejaba
hacia el camino que se abría paso por entre ríos de lava en dirección al
infierno de volcanes de Timanfaya, y por primera vez desde aquella maldita
noche de San Juan en que todo empezara, experimentó algo muy parecido a la paz
interior.
Cuando Asdrúbal Perdomo hubiese muerto tal vez la vida volviera
a ser digna de ser vivida, ya que dejaría de sufrir aquel insoportable dolor
que le comía las entrañas y disfrutaría nuevamente con una partida de dominó
con sus amigos del Casino, un buen vaso de ron, un cabritillo al horno, e
incluso alguna esporádica mamada por parte de aquellas putitas que habían
llegado a Arrecife y de las que tanto había oído hablar durante las últimas
tertulias.
Luego, haría que Damián Centeno le apretara las clavijas a
Rogelia obligándola a devolverle cuanto se había llevado, buscaría gente nueva
que se ocupara de la cocina y de la casa, y descargaría el peso de la
administración de la finca en el que había sido durante tantos años su hombre
de confianza y su sargento.
Que a la hora de su muerte pasara todo a sus manos, ya nada le
importaba. Consumida la última gota de sangre de los Quintero de Mozaga, el
caserón, las viñas, Tas higueras, muebles, cortinas, cuberterías de plata, e
incluso las tan preciadas joyas de familia, podían irse al infierno, porque no
esperaba que ninguno de aquellos que con tanta urgencia le habían precedido en
su camino al cementerio, viniera a pedirle cuentas de sus actos.
Lo único que podían exigirle era vengar la sangre de los
Quintero alevosamente derramada, y eso era algo que estaba seguro de cumplir
antes de ir a hacerles compañía para siempre.
Sobre la medianoche comenzó a arder una barca.
Estaba junto a las otras, varada en la arena, lejos del alcance
de las olas y bien erguida en sus calzos aguardando a que la empujaran a la mar
para ir en busca del sustento diario, cuando sin motivo ni explicación lógica
alguna, pasó a convertirse en una antorcha, lanzando al aire chispas y pavesas
que la suave brisa de levante arrojó sobre otras barcas vecinas.
El pueblo entero dormía. Dormían incluso los perros y tan sólo
cuando la mujer del tabernero, que era quien más cerca vivía, se despertó
gritando, se alborotaron los hombres y corrieron, semidesnudos y espantados,
portando cubos y latas con los que formaron una cadena que iba del mar a las
barcas, todo ello entre gritos, llantos, caídas y maldiciones.
No duró mucho el trasiego. En diez minutos el fuego había sido
vencido por el agua y sobre la playa no quedó más que un pueblo alelado aún por
la sorpresa de una desgracia tan absurda, algunas embarcaciones apenas
chamuscadas y, una hermosa barca nueva, «La Dulce Nombre», convertida en un
esqueleto renegrido y humeante.
Había diez o doce barcas de pesca más sobre la playa, y tres
pesados lanchones de los que se utilizaban para transportar sal desde la orilla
a los veleros que fondeaban a no más de doscientos metros de distancia, pero
tuvo que ser «La Dulce Nombre» en la que se acababa de gastar Torano Abreu los
ahorros de una vida de trabajo, la que se convirtiera en humo en cuestión de
minutos.
Torano Abreu, su mujer y sus hijos, habían quedado como
idiotizados contemplando incrédulos, como si se tratara de un mal sueño, el
horror de la inevitable ruina que se abatía sobre ellos, pues en Playa Blanca,
y en semejantes tiempos de penuria, ningún pescador que no contara con su
propia embarcación podía confiar en dar de comer a cinco bocas.
—¿Cómo es posible...? ¿Cómo es posible? —repetían una y otra vez
los lugareños—. Cuando nos fuimos a dormir todo estaba tranquilo y dos horas
después el fuego empieza solo.
—Tal vez había dejado una colilla encendida.
—Torano no fuma. Dejó de fumar para pagar la barca.
—Alguien que pasó por la playa.
Todos observaron severamente a Isidro, el tabernero, que era
quien lo había dicho.
—¿Alguien del pueblo...? —inquirió con intención Maestro
Julián—, Sabemos el esfuerzo que le ha costado esa barca a Torano, y tenemos
desde niños la costumbre de lanzar las colillas al mar. Es lo primero que
aprende un pescador.
—Yo no he dicho que fuera alguien del pueblo... —puntualizó el
tabernero—. Conozco a todos los de aquí y ninguno lo haría.
No hacía falta aclararlo, pero en el ánimo de cada uno de los
presentes se encontraban los siete forasteros que se habían limitado a observar
lo ocurrido desde su privilegiada atalaya de la casa.
—¿Por qué la de Torano? —quiso saber un viejo desdentado—. ¿Por
qué no la de Abel Perdomo, que es quien de verdad les interesa...? —pidió—.
Todos sabemos que esa gente ha venido a por Asdrúbal... ¿Qué les ha hecho
Torano?
—Nada... —replicó Maestro Julián serenamente—. Hacer, no les ha
hecho nada, pero vive en el pueblo.
—¿Quieres decir que el pueblo va a tener que pagar hasta que
vuelva Asdrúbal? —inquirió alguien con voz inquieta.
—Yo nada digo... —fue la respuesta—. Ni siquiera insinúo. Pero
resulta extraño que por primera vez una barca se incendie de ese modo.
—¡Echémoslos de aquí! —propuso el viejo—. ¿Acaso hemos perdido
las agallas? Son sólo siete.
—¿Tienes tú las armas para echarlos...? —inquirió el tabernero
despectivo—. Tres de ellos ya me han enseñado sus pistolas... Y estoy seguro de
que saben cómo hay que manejarlas... ¿Qué sabemos nosotros, más que de redes y
de anzuelos?
—Yo estuve en la guerra... —comentó el hermano de Maestro
Julián.
—¡En Intendencia! Y yo pelando papas en un transporte de
tropas... ¡No te jode...!
—Mañana subiré a Femés a hablar con los guardiaciviles...—señaló
Abel Perdomo.
—Perdona, «Maradentro»... —le replicó convencido el hijo de
«Seña» Florinda—. Los guardiaciviles tan sólo te escucharán cuando vayas a
contarles dónde escondes a tu hijo. ¿Qué otra cosa puedes decir?: ¿Que se quemó
una barca? Mandarán a los bomberos... No hay pruebas de que hayan sido ellos...
—Observó a los presentes largamente, y recalcó—: Ninguna.
Abel Perdomo pareció comprender la razón que le asistía,
permaneció unos instantes en silencio, y luego se encaminó hacia donde Torano
Abreu continuaba inmóvil observando embobado los restos de «La Dulce Nombre».
—Quédate con mi barca hasta que ayudemos a comprar otra...
—dijo—. Yo me las arreglaré con el«IsladeLobos».Al fin y al cabo, tú no tienes
culpa alguna.
—¡Los mataré! —musitó el pobre hombre abriendo la boca por
primera vez desde que todo comenzara—. Los mataré uno por uno... Han sido
ellos.
—¡No digas tonterías...! —le reprendió colocando afectuosamente
la mano sobre su hombro—. Piensa en tu mujer y en los chiquillos... Mi barca es
vieja, pero te hará el apaño, y ya buscaré el modo de compensarte por la
pérdida...
—¿Quiénes creen que son, que pueden venir de ese modo
avasallando? Esa barca me costó tres años de comer mal, no tomar una copa y no
fumar un cigarrillo... Tú sabes que no pagan con la vida.
—Lo sé, Torano, pero el mal ya está hecho... No te envenenes la
sangre... Van a por mí y soy el único que debe preocuparse...
El otro tardó en hablar. Se había aproximado a los restos de la
embarcación, pasando muy despacio la mano por la proa, que érala única parte de
la estructura que no había sido dañada por el fuego:
—¡Navegaba tan suave...! —exclamó casi con un lamento—. Era tan
dócil y cogía tan bien la mar y el viento... Se conocía ella sola el rumbo al
caladero, y parecía cantar cuando volvíamos a casa... Nunca tuve una barca
semejante... ¡Nunca...!
¿Cómo se podía consolar a un hombre que amaba su embarcación
casi con la misma intensidad con que amaba a sus hijos...?
De regreso a casa, Abel Perdomo admitió que Damián Centeno había
sabido asestar certeramente el primer golpe, y no dudó de que sabría elegir con
idéntico acierto sus nuevos movimientos. Desde la ventana observaba con ayuda
de su dorado catalejo a los hombres del pueblo, y su atención debió de recaer
bien pronto en aquella resplandeciente embarcación a la que su dueño mimaba,
limpiaba y repintaba mientras el resto de los pescadores aún dormían o dejaban
pasar los ratos de asueto en la taberna.
—Empiezo a entender tu juego... —musitó como si Damián Centeno
en verdad pudiera oírle—. Harás daño al pueblo hasta que le obligues a elegir
entre él o yo, y alguien acabe por descubrir dónde está el chico...
El escondite de Asdrúbal era un secreto bien guardado, pero Abel
no se hacía demasiadas ilusiones, y presumía que, por la rapidez ton que su
hijo había desaparecido aquella noche y por la antigua afinidad de los Perdomo
con la Isla de Lobos, algunos podrían sospechar que el fugitivo hubiera
encontrado refugio allí, a la vista de todos, en el único lugar que podía
distinguirse desde cualquier punto de Playa Blanca a cualquier hora del día o
de la noche.
—Tiene que irse... —señaló cuando la familia se reunió poco
después en torno a la mesa de la cocina, agradeciendo el café fuerte y caliente
que Aurelia acababa de preparar—. Por muy al fondo del aljibe que se esconda si
esos cerdos van a buscarle al faro acabarán por encontrarlo... Tiene que
irse... —repitió, y luego se volvió decidido hacia Yaiza—. Y tú también.
—¿Por qué yo?
—Porque tarde o temprano tú serás su objetivo... Yalo han dicho,
y saben bien que es en ti donde más daño pueden hacernos... Rufo Guerra me debe
un favor, y aunque esos favores no se cobran, no dudará en pagármelo
escondiéndote. A su casa nadie irá a buscarte y a ti no te persigue la
justicia...
—¿Y Asdrúbal?
—El es un hombre... En Timanfaya aguantará hasta que algún barco
amigo lo saque de la isla... Si llega a las pesquerías de Mauritania puede
pasar al Senegal y encontrar la forma de embarcar hacia América... —Hizo una
pausa—. Al fin y al cabo, muchos han emigrado tan sólo para matar el hambre...
Algunos incluso han hecho allí fortuna... —Bebió calmosamente un sorbo de café
y concluyó—. Tal vez sea ése su destino.
—Quizá yo debería irme a América también... —musitó Yaiza
quedamente—. Aquí ya nunca podré vivir en paz.
—Perder dos hijos de golpe es demasiado... —señaló Aurelia en
idéntico tono—. Y marcharte sería como aceptar que alguna culpa tienes en lo
ocurrido, y eso no es cierto—. Le acomodó el cabello apartándoselo de la cara,
tal como venía haciendo desde que era niña, y le acarició luego levemente la
mejilla—. Estoy de acuerdo con tu padre en que te alejes un tiempo, pero luego
volverás a casa, con tu familia, para que todo sea lo mismo.
—Nada será nunca lo mismo, madre, y tú lo sabes —replicó la
muchacha—. ¡Díselo, padre...¡Dile que no sueñe!; que su familia se ha deshecho
por mi culpa, y jamás volverá a recomponerse...
—¿Por qué por tu culpa, hija...? Yo sé que no tienes culpa
alguna.
—Si aquella noche me hubiera quedado quieta y callada en lugar
de cantar y bailar como una idiota, nada habría ocurrido.
—Tú hacías lo que hacen todas las chicas de tu edad, y ellos
hubieran actuado de igual modo por muy en silencio que estuvieras... —La voz de
Aurelia Perdomo sonaba más bronca y severa que de costumbre—. Es hora de que
empieces a dejar de avergonzarte por tener el cuerpo que tienes. Si Dios te lo
ha dado, no te queda más que agradecérselo y sentirte feliz por ser dueña de
algo que cualquier mujer quisiera para sí. Deja de andar encorvada como si
tuvieras chepa; deja de mirar al suelo como si fueras bizca. Tú no tienes la
culpa de que las demás sean esmirriadas, gordas, narigudas, o cabezonas... Yo
te hice así, y quiero que te sientas orgullosa por ello.
—No es fácil.
—Te aseguro que más difícil debe de ser andar tullida y con
nariz de bruja como Asumpta... —Agitó la cabeza con gesto de fastidio, como si
le molestase continuar hablando de aquel tema—. Bastantes problemas tenemos
para que nos vengas encima con monsergas.
—Lo siento, madre.
—¡Pues deja de sentirlo y empieza a comportarte como una
auténtica mujer! A tu edad, mi madre ya se había casado, y un año más tarde ya
me había parido y casi se había muerto en el intento.
—Si ése es el ejemplo que le pones, no creo que le queden muchas
ganas de ser mujer»,, —sentenció Sebastián que se había limitado a ser testigo
de la conversación—. Pero de todas formas, tienes razón...: las cosas están
difíciles y van a complicarse aún más, por lo que va siendo hora de olvidar
cuanto no sea encontrar solución al principal problema...: ¿Cómo vamos a
sacarla de aquí sin que lo adviertan?
—Como lo hemos hecho todo en esta vida, desde que yo recuerde...
—le replicó su padre—. ¿Qué hora es?
—Las dos y veinte.
Abel Perdomo salió a la puerta de la cocina y estudió el cielo y
el estado de la mar. Necesitó tan sólo un minuto y, volviéndose, señaló:
—Sobre las cuatro entrará viento del Nordeste... Prepara tus
cosas, Yaiza. Y tú, Aurelia, un saco de comida y un garrafón de agua... Las
luces apagadas y en silencio... Sebastián, ven a echarme una mano...
Una hora más tarde, cuando el pueblo dormía nuevamente, y antes
de que los hombres, cansados por la agitada noche, comenzaran a pensar en
saltar de la cama para salir a la pesca, tres sombras recorrieron furtivamente
los diez metros que separaban la puerta de la cocina de la orilla del agua, y
comenzaron a nadar muy suavemente y en silencio empujando una tosca balsa hecha
con corchos y garrafas vacías.
Resultaba imposible que nadie pudiera verlos por mucho que
aguzara la vista y atento que estuviera, pues la luna era apenas un descuido en
un cielo contagiado de estrellas que no permitían distinguir nada a cinco pasos
de distancia.
Incluso a ellos mismos le costó un gran esfuerzo descubrir la
silueta del «Isla de Lobos» fondeado a unos trescientos metros de la costa, y a
punto estuvieron de pasarse de largo y adentrarse nadando en el Canal de la
Bocaina, de no haber sido porque Yaiza tuvo la impresión de que el abuelo
Ezequiel la llamaba a sotavento.
—¡Hacia allí...! —susurró quedamente, y corrigieron el rumbo de
modo que a los cinco minutos se encontraban a bordo, tiritando y castañeteando
los dientes.
—¡Suelta el cabo de la boya, y deja que el barco caiga solo...!
—musitó Abel Perdomo aproximando mucho la boca al oído de su hijo—. La marea
nos sacará hacia el Canal y a media milla podremos izar el trapo sin miedo a
que nos vean... ¡Sécate y baja a por los foques! —ordenó luego a la muchacha—.
Conviene tener todo el velamen preparado.
Los «Maradentro» conocían bien su mar, su barco y sus mareas, y
quince minutos más tarde la goleta enfilaba directamente hacia la intermitente
luz del faro de Isla de Lobos empopados por un viento que comenzaba a
desperezarse alegremente, despertando a la mar, los barcos y los pescadores que
aún permanecían en sus camas.
El navío crujía y susurraba feliz de cortar las olas y sentir la
tensión de las velas presionando sobre sus viejos palos, porque era una
embarcación que había surcado un millar de veces aquel ancho Canal de la
Bocaina y parecía saludar personalmente a cada roca del fondo que le devolvía
el eco de su paso como si en verdad se tratara de antiguos conocidos.
Ni la más leve luz alumbraba en cubierta, y el «Isla de Lobos»
semejaba un buque fantasma, puesto que junto a la proa resplandecía en el agua
una leve fosforescencia provocada por miríadas de noctilucas alborotadas, lo
que podía hacer sospechar a un observador imaginativo, que las estrellas que se
estaban reflejando en la quieta superficie del Océano, se desmenuzaban ante el
empuje de la goleta.
Acodada en la borda, observándolas, y con la vista puesta
también en el destello del faro que constituía su objetivo, Yaiza Perdomo
experimentó de improviso la cercanía de una presencia extraña y muy amada, y
supo que el abuelo Ezequiel navegaba con ellos, aunque esta vez no lo hiciera
con la despreocupación y la alegría de otras noches.
Se volvió a mirar pero no pudo verlo, y no le sorprendió porque
se había habituado desde niña al hecho de que los difuntos jamás se le
mostrasen cuando se hallaba plenamente consciente, sino más bien en aquellos
momentos que precedían al sueño y en los que tan difícil le resultaba fijar los
límites de lo real y lo ficticio.
Y era al alba, a punto ya de abrir los ojos, cuando en tantas
ocasiones venía el viento a anunciarle desde dónde y con qué fuerza pensaba
soplar esa mañana, o corrían por su mente los atunes, los chicharros y los
«bonitos» señalándole cuándo y dónde podrían encontrarlos.
Pero ahora sabía que aunque no hablara ni se dejase ver, el
abuelo Ezequiel les hacía compañía e incluso rectificaba la caña del timón si
resultaba necesario, pues nadie conocía con tal lujo de detalles como él las
corrientes y derivas del Canal de la Bocaina.
Ya viejo y cansado, lo recordaba apoyado en el muro del patio,
sentado en su banco de piedra preferido, observando las velas que iban y venían
por el ancho canal, y aun sin reconocer la barca a causa de la distancia, sabia
quién la patroneaba por la forma con que tomaba el viento o concluía una
ciaboga.
—¡Ya no hay marinos como los de mi tiempo...! —repetía siempre—.
Esa mierda de motores los echarán a perder a todos... Están tan enviciados con
las máquinas, que ni con el «siroco» en popa serían capaces de meter una goleta
como la mía en Arrecife.
Era bueno sentir la presencia del anciano a bordo aun cuando lo
advirtiera inquieto y preocupado, y por primera vez desde que comenzara aquella
horrenda pesadilla, Yaiza abrigó la esperanza de que tal vez existía una
posibilidad de que la familia volviera a reunirse nuevamente.
Habían penetrado ya en las tranquilas aguas de la Caleta
protegidos por la mole del viejo cráter dormido que constituía la única altura
del islote, al noroeste, y Abel Perdomo, que conocía al dedillo aquellas aguas,
puso rumbo, bordeando la costa, hacia la punta en la que se alzaba el faro.
—¡Arría la Mayor...! —ordenó a su hijo que permanecía atento a
la maniobra—. Seguiré con los foques.
Yaiza ayudó a su hermano a aferrar la vela de la botavara, y
aprestaron luego el ancla que cayó al agua en cuanto alcanzaron el enclave
elegido, justo frente a la alta torre cuyo haz de luz cruzaba sobre ellos
barriendo el horizonte.
Arriaron también los foques, y la goleta se balanceó sobre un
mar en calma, a unos doscientos metros de la orilla.
—¡Ve a buscar a tu hermano!
Sebastián se despojó de la ropa y se lanzó al agua de inmediato,
nadando con brazadas rápidas y fuertes hacia la oscura línea de una costa
contra la que las olas batían mansamente.
Pudieron escuchar cómo llamaba a Asdrúbal apenas puso pie en
tierra firme, cómo éste le respondía al poco rato, y cómo comentaban algo entre
ellos antes de lanzarse de nuevo al agua.
Reaparecieron al poco, nadando juntos y sin prisas, y Asdrúbal
lo primero que hizo fue abrazar a su hermana, a la que no había visto desde la
noche en que ocurriera la desgracia, aunque Abel Perdomo no les dejó mucho
tiempo para las efusiones, pues ordenó izar de inmediato todo el trapo que
fuera capaz de sostener sin resentirse el viejo barco, y en cuanto el ancla se
acomodó en su sitio, viró en redondo y puso proa al Este, consciente de que
tenía el tiempo justo para pasar entre las dos islas mayores y adentrarse en el
Océano antes de que comenzara a clarear el día.
La noche sabía ya que tenía una vez más perdida la batalla
cuando interpusieron entre ellos y Playa Blanca la punta del Cabo de
Pechiguera, navegaron así aún dos o tres millas, y viraron a babor dejando que
el barco ganara velocidad.
A las tres horas, protegidos por una suave calina que había
convertido las costas de Fuerteventura en una levísima mancha y sin distinguir
siquiera un solo contorno de las más altas cumbres de Lanzarote, Abel Perdomo
pidió a sus hijos que arriaran las velas, y permitió que la goleta permaneciera
al pairo, empujada suavemente hacia el sur por el viento y la corriente. Había
llegado el momento de esperar.
Damián Centeno se maldijo por no haber calculado que los Perdomo
«Maradentro» pudieran reaccionar con tanta rapidez.
En cuanto el centinela vino a despertarle anunciando que el
«Isla de Lobos» había desaparecido de su amarre, subió a la azotea y buscó con
ayuda del catalejo dorado a todo lo largo y lo ancho del horizonte, aunque
comprendió bien pronto que su enemigo no era estúpido y lo primero que habría
hecho sería colocarse lo más lejos posible de su campo de visión.
Advirtió luego que en la playa los hombres que no habían salido
a faenar —que eran los más pese a que el mar apareciese en calma y con buen
viento— se hallaban reunidos en torno a los renegridos restos de «La Dulce
Nombre», y no le cupo duda, por cómo miraban de tanto en tanto en su dirección,
de que estaban plenamente convencidos de quién había sido el causante del
desastre.
Sin volverse llamó a Justo Garriga, un alicantino que había sido
siempre su mano derecha:
—Coge tres hombres y baja a ver lo que dicen... —le ordenó—. No
niegues ni admitas nada, pero que comprendan que no andamos con bromas ni
jodiendas... ¡Y tráeme a Maestro Julián!
Tomó luego asiento en el muro y encendió un cigarrillo dispuesto
a disfrutar del espectáculo desde su privilegiada posición, advirtiendo el
nerviosismo de los lugareños y su contenida indignación cuando sus cuatro
hombres avanzaron hacia ellos.
Torano Abreu intentó dar un paso adelante y encarárseles, pero
entre Isidro el tabernero y dos más, le contuvieron, atemorizados al comprobar
que Justo Garriga y un tipo flaco y calvo, al que llamaban «Milmuertes», lucían
a la cintura inmensos pistolones.
Damián Centeno sabía a ciencia cierta que exhibir de ese modo
sus armas podía acarrearle problemas con la Guardia Civil, que era en aquellos
momentos la única autoridad conocida en la isla, pero confiaba plenamente en la
palabra de don Matías Quintero, que le había prometido mantener a los hombres
del tricornio lejos de Playa Blanca.
—Conozco bien al Delegado del Gobierno —dijo—. Sé qué sistema
empleó para apoderarse de unas tierras y una casa en Teguise, y él sabe que yo
lo sé. Si hablo con mis amigos de Madrid se acaba su carrera, y por lo tanto me
atenderá y mantendrá tranquila a su gente... ¡Tú a lo tuyo!
La discusión entre sus hombres y los del pueblo no fue larga. La
mayoría de los lugareños se retiraron a la taberna o a sus casas convencidos de
que Juan Garriga y sus acompañantes serían muy capaces de echar mano a sus
armas a la menor provocación, y cuando vio regresar a dos de ellos precediendo
a Maestro Julián «el Guanche», bajó a recibirle al porche, manteniendo la
charla al aire libre para que cuantos atisbaban tras las celosías de sus
ventanas pudieran verle claramente:
—¿Dónde está su compadre? —fue lo primero que preguntó sin
saludar siquiera—. ¿Cómo es que ha huido tan aprisa?
—No creo que haya huido... —replicó el otro con un notable
esfuerzo por conservar la calma—. Puede que haya salido a faenar, o prefiera
fondear su barco en seguro... A nadie le gusta que le quemen el barco. Es el
más sucio crimen que se pueda cometer por estos rumbos.
—Imagino que peor será asesinar a un muchacho indefenso.
—Eso depende... Hay gente que va por el mundo buscando que lo
maten.
—¿Es eso una amenaza?
—Yo nunca amenazo... La gente de por aquí no actúa de ese modo.
Hace p no hace.
—Espero que no hagan... —fue la suave respuesta—. No les
conviene... Mi gente «sí» que hace.
—Ya lo hemos visto... Pero ¿qué culpa tiene el pobre Torano? Ni
siquiera estaba en Playa Blanca aquella noche de San Juan. Había salido a
pescar.
—¿Quién es Torano? ¿El de la barca? Dígale que lo siento, pero
que debería tener más cuidado... Tal vez eso le ocurra por tener los amigos que
tiene.... —le miró largamente a los ojos, tratando de decirle con ellos, lo que
no decía exactamente con palabras—. Convendría que se lo aclarara a sus
convecinos: quien protege a un criminal se expone a que le sucedan cosas
desagradables... —Sonrió cínicamente—. Resulta triste admitirlo, pero creo que
nadie, ¡«Nadie»!, volverá a vivir en paz en este pueblo, hasta que Asdrúbal
Perdomo aparezca... ¿Me ha entendido?
—Yo entendí desde el día en que llegó —admitió Maestro Julián
con voz levemente temblorosa por la contenida indignación—. El que no quiere
entender es usted. Asdrúbal no es tan tonto como para volver a que le maten
porque «alguien» queme una barca... Hemos hecho una colecta y trabajando juntos
le proporcionaremos una barca nueva a Torano, en poco tiempo. Pero ni la isla
en pleno sería capaz de resucitar a Asdrúbal si lo matan, y por eso nadie
quiere que vuelva... ¡Piénselo! Cuando usted y sus amigos ya estén cebando
gusanos, Playa Blanca continuará existiendo, y continuará siendo como una gran
familia. Con problemas internos algunas veces, pero familia al fin y al cabo.
Yo me sentiré orgulloso de contarle a mis nietos cómo entre todos le compramos
una barca a Torano Abreu, pero no quisiera tener que contarles cómo entre todos
traicionamos a uno de los nuestros... ¿Me ha entendido?
—Perfectamente. Pero usted aún no me conoce.
—Ni usted a nosotros. Y más fácil nos resulta a nosotros conocer
a un hombre como usted, que a usted a un pueblo como el nuestro.
—¿Es que pretenden jugar a convertirse en héroes?
Maestro Julián «el Guanche» negó con la cabeza absolutamente
convencido.
—¡No! ¡En absoluto! —aseguró—. Pero tampoco queremos que nadie
juegue con nosotros a ser el «Coco». Somos gente de mar; algunos hemos
soportado cien borrascas, y otros han naufragado hasta tres veces en la vida.
La mayoría también estuvimos en la guerra aunque no hayamos hecho de eso una
profesión o un motivo de orgullo —le apuntó con el dedo; un dedo tosco y
fuerte; encallecido—: Y quiero darle un consejo —añadió—. Tenga los ojos bien
abiertos, porque si arde otra barca, puede que el viento traiga el fuego hacia
acá, y los techos de esta casa son de tea vieja que prende como yesca... —Dio
media vuelta—. Y ahora tengo que irme —añadió—. No puedo perder el día hablando
porque Yaiza Perdomo aseguró que esta misma semana entrarían los atunes...
Damián Centeno lo observó mientras descendía hacia la playa y se
alejaba despacio hasta su barca, y por un instante le asaltó el convencimiento
de haberse equivocado. Asustar a un pueblo y obligar a sus moradores a que se
atacasen los unos a los otros, denunciándose y traicionándose, era una táctica
que daba fruto en tiempo de guerra, cuando existían odios internos y la mayoría
de la gente vivía aterrorizada, pero no tenía por qué resultar necesariamente
eficaz en toda época, especialmente con gente como aquella a la que su
enfrentamiento diario con el mar y sus riesgos, exigía un arraigado sentimiento
de solidaridad.
«Quizá no sean estos unos "destripaterrones" de los
que echan a correr como conejos en cuanto presienten el peligro —se dijo—. Tal
vez sea gente a la que convenga apretar más las clavijas...»
—¡Justo...! —llamó a su hombre de confianza, que continuaba
cerca de las barcas—. ¡Necesito hablarte...!
A solas en lo que había sido coqueto saloncito de la difunta
«Seña» Florinda —la que sabía leer el futuro en las tripas de los marrajos—, le
confió sus temores, y añadió convencido:
—No hay que darles tiempo a reaccionar —dijo—. Tenemos que
atizarles un golpe que les haga entender que vamos en serio... —¿Cómo?
—Demostrándoles quién manda aquí.
—Creo que eso ya lo saben: Mandamos nosotros.
—Sí... —admitió Damián Centeno—. Pero están convencidos de que
lo conseguimos porque tenemos armas, y mientras lo crean no se sentirán
realmente dominados. Hay que demostrarles que somos mejores... Con armas y sin
armas...
Damián Centeno había tenido tiempo de conocer a fondo las
costumbres de Playa Blanca, y eligió bien la hora, sobre las nueve y media de
la noche, cuando en la única taberna que hacía las veces de casino, la de
Isidro, una docena de hombres jugaban a las cartas o se entretenían en comentar
los acontecimientos de un pueblo que estaba pasando por más avatares en pocos
días que en toda su existencia anterior.
Aparecieron de improviso, todos juntos, se dirigieron a la tosca
barra hecha a base de viejas barricas y un grueso madero que un día llegó
flotando a Papagallo, y pidieron una jarra del mejor vino de Uga y siete vasos.
Isidro dudó unos instantes, recorrió con la vista los rostros de
sus convecinos, que habían quedado en silencio dejando incluso de jugar, y por
unos segundos se pudo llegar a creer que iba a negarse, pero al fin pareció
comprender que con ello empeoraría la situación, colocó los vasos sobre el
mostrador y se volvió a llenar de vino la mayor de sus jarras.
—¡Buenas noches a todos!
La voz de Damián Centeno había resonado fuerte, clara y
retadora, y mientras saludaba se volvió hacia los presentes apoyándose en el
madero y permitiendo que comprobaran que llevaba la camisa abierta y no portaba
armas.
Sus seis acompañantes le imitaron y resultaba evidente incluso
para el más lerdo que venían firmemente decididos a armar camorra.
Nadie respondió, sin embargo, y se diría que Damián Centeno
tampoco esperaba respuesta, pues casi inmediatamente, añadió:
—¿Quién es Torano Abreu?
—Torano nunca viene a la taberna... —replicó un viejo pescador
cuyo rostro parecía haber sido dibujado entretejiendo más de un millón de
pequeñas arrugas—. Todo su dinero lo empleaba en pagar una barca que le ha
quemado algún hijo de puta.
Damián Centeno tomó el vaso que le había servido uno de sus
hombres, lo apuró de un trago, e inquirió en idéntico tono:
—¿Hay aquí algún «hijo de puta» que se atreva a asegurar que fue
uno de nosotros quien prendió fuego a esa barca...? —Hizo una leve pausa, como
para dar más énfasis a sus palabras, y añadió—: Si lo hay, que se acerque,
porque le voy a machacar la cabeza... Y si son dos, que vengan también... £
incluso si son tres, porque cada uno de nosotros se basta y sobra para hacerle
tragar los dientes a tres de ustedes.
Los lugareños comenzaron a ponerse en pie uno tras otro
siguiendo el ejemplo del viejo pescador de las arrugas y retiraron las mesas y
sillas mientras algunos se despojaban de las camisas y las doblaban
cuidadosamente dejándolas a salvo en un rincón.
Luego, excepto los más ancianos, que se apañaron hasta el quicio
mismo de la puerta, decididos a ser únicamente espectadores de la contienda que
se avecinaba, iniciaron un lento avance y fue el hijo de Maestro Julián, más
conocido por «Guanchito», el primero que amagó un puñetazo, que Justo Garriga
esquivó con facilidad.
Un minuto después la trifulca se había generalizado, y no podía
negarse que los vecinos de Playa Blanca, siendo más numerosos, se encontraban
sin embargo en inferioridad de condiciones frente a un compacto grupo de
auténticos «peleadores» expertos en la lucha cuerpo a cuerpo practicada hasta
la saciedad.
El más eficaz de los lugareños era sin duda Isidro, el
tabernero, que a las primeras de cambio dejó fuera de combate al llamado
«Milmuertes» de un brusco y sorpresivo golpe con la frente en plena nariz, pero
Damián Centeno, que había presenciado la escena, se colocó ante él, esquivó
fácilmente su nueva embestida ya que, al ser de mayor envergadura a Isidro le
resultaba difícil acertarle en la nariz con la cabeza, y de un rodillazo en los
testículos y un seco golpe en la nuca, lo envió a reunirse en el suelo con
«Milmuertes».
Extrañamente, la pelea, pese a lo encarnizada, transcurrió en
absoluto silencio, como si todos comprendieran que no era aquél momento para
desperdiciar energías en palabras ni lugar para las quejas y las lamentaciones,
y salvo por los golpes, las caídas o el crujido de algún mueble o una barrica
al destrozarse, nadie que cruzase por la calle podría imaginar que tras aquella
enorme puerta verde se estaba desarrollando semejante contienda.
No duró en total más de doce minutos, los últimos de los cuales
constituyeron en verdad un auténtico ensañamiento por parte de la ^ente de
Damián Centeno con los escasos rivales que se mantenían en pie, y al final
incluso los ancianos tuvieron que interponerse para evitar que entre Justo
Garriga y un gallego destrozasen al hijo de Maestro Julián, al que una especie
de amor propio sobrenatural e incomprensible mantenía en pie, apoyado en la
pared, pese a la monumental paliza que estaba recibiendo.
Cuando acabó por derrumbarse, Damián Centeno, del que se diría
que ni siquiera se había alterado, lanzó una larga ojeada a su alrededor,
ordenó con un gesto a sus secuaces que recogieran al «Milmuertes» y a un gitano
que daba tumbos luchando por mantenerse en pie aunque en realidad se encontraba
ya inconsciente, y abandonó el local que había quedado convertido en un lodazal
de vino y sangre.
Aproximadamente a esa misma hora, las diez de la noche, el «Isla
de Lobos», que había izado su velamen a la caída de la tarde poniendo rumbo, a
base de largas ceñidas, hacia la costa de barlovento, perdía de vista por
estribor la luz del faro de Pechiguera, y se aproximaba, con infinitas
precauciones, a los peligrosos bajíos del «Infierno de Timanfaya»,
probablemente una de las regiones más desoladas que pudieran existir sobre la
tierra.
El primer día de setiembre de 1730, las verdes llanuras y las
blancas aldeas del suroeste de Lanzarote se vieron sorprendidas por la más
violenta erupción volcánica de que se tenga memoria, tanto por duración del
fenómeno —seis años— como por la abundancia de una lava que sepultó diez
pueblos y cubrió con un manto de magma incandescente la cuarta parte de la
isla.
Treinta nuevos volcanes vinieron a sumarse a los casi
trescientos ya existentes, y fue tanta la energía y el calor desprendidos, que
doscientos años más tarde aún existían puntos en el centro de la geografía del
«Infierno de Timanfaya» en los que bastaba con profundizar unos centímetros
bajo el manto de grava o introducir la mano en ciertas grietas del suelo para
encontrar de inmediato temperaturas que superaban fácilmente los cuatrocientos
grados.
De la violencia de la batalla que tuvo lugar entre los ríos de
lava incandescente y el fiero mar de barlovento, daban fe testigos de la época,
que aseguraban que ininterrumpidamente se alzó al cielo una altísima nube de
vapor, y quedaban para corroborar sus palabras negras masas de piedra calcinada
que habiéndole ganado cientos de metros al Océano y no pudiendo vencer su
inmensidad, configuraron no obstante para siempre una costa martirizada y
tortuosa, temible y aterradora, a la que nadie osaba aproximarse pese a la
riqueza de sus abundantes «caladeros».
Aventurarse una noche sin luna y de mar agitada hasta las
rompientes de Timanfaya constituía en verdad una temeridad inconcebible, y Abel
Perdomo tuvo que poner en juego toda su habilidad y conocimiento del lugar para
depositar a Asdrúbal y su pequeña balsa a menos de cien metros de una corta
ensenada de arena negra.
Luego se dejó llevar por la marea, y tan sólo cuando se
encontraba a dos millas de la costa, comenzó a virar en redondo aproando hacia
la punta norte de la isla, de tal modo que, sobre las tres de la mañana, el
«Isla de Lobos» se adentró en las quietas aguas del Río, un estrecho brazo de
mar que separaba los altos acantilados de Famara de la arenosa isla de La
Graciosa, en cuyo único pueblo no brillaba ni una sola luz a aquellas horas,
aunque Abel Perdomo tampoco necesitaba luz alguna, pues era muy capaz de
navegar sin más referencia que el destello lejano del faro de Alegranza y la
mancha oscura que formaban recortándose contra el cielo los fariones que
dominaban el canal por su salida hacia levante.
La goleta, con el viento silbándole en las jarcias, jugaba a
reclinarse sobre la tranquila superficie del Río, y vista desde La Graciosa por
algún tempranero pescador que se encontrara dispuesto a ganarse el jornal,
semejaría un barco fantasma recortando la blanca silueta de sus velas contra la
amenazadora mole de los altísimos acantilados de la isla mayor.
Acurrucada en proa, no lejos de la eterna y muda presencia de su
abuelo, Yaiza Perdomo permanecía muy quieta observando el mar y las estrellas
que aparecían y desaparecían entre las nubes o sobre la cima de los gigantescos
farallones de piedra, y a medida que se aproximaban a su punto de destino, la
sensación de angustia y vacío se iba agigantando en su interior, pues a cada
minuto tomaba mayor conciencia de que por primera vez en su vida iban a
separarla de los seres que amaba.
Si se le había antojado insoportable la ausencia de Asdrúbal,
sabiéndolo al otro lado del Canal de la Bocaina, le horrorizaba imaginar lo que
sentiría al saber que se despenaría en las mañanas sin escuchar el ajetreo de
su madre en la cocina y los familiares olores de su casa, o sin asomarse de
inmediato a contemplar un mar por el que a menudo regresaba ya la barca de su
padre.
Recordaba a Rufo Guerra como a un hombrecillo solitario y
retraído, siempre con la nariz dentro de un libro, que pasaba las horas leyendo
apoyado en una vieja embarcación volcada sobre la arena de la playa, o
pidiéndole a Aurelia Perdomo, a la que admiraba por lo que él consideraba una
erudición enciclopédica, explicaciones sobre pasajes que no entendía.
Había sido siempre , por tal razón, mucho más amigo de Aurelia
que de Abel, pero a este último le profesaba un especial afecto, ya que una
vez, siendo ambos muy jóvenes, habían mantenido a flote durante cuatro horas a
su único hermano la noche sin luna en que un vapor partió en dos la barca en
que faenaban.
Ocho años atrás, cuando murió una tía dejándole unas tierras y
una casa en Haría, Rufo Guerra había decidido que llevaba demasiados años
luchando sin provecho con el mar, y había llegado el momento de sentarse a leer
a la sombra de una palmera, porque «las cebollas y los tomates crecen solos, y
no tienes que pasarte el día cebándoles anzuelos».
Cada dos o tres meses bajaba, sin embargo, a pasar una semana al
pueblo en que había nacido, llegaba con una flaca camella cargada Insta los
topes de productos del campo, y la mayoría de las veces elegía hospedarse en
casa de los Perdomo «Maradentro», porque así icnía ocasión de recurrir a
Aurelia pidiéndole aclaración sobre sus dudas.
Yaiza sabía que Rufo Guerra era sin duda uno de los pocos
hombres ajenos a su familia con los que podía sentirse a gusto, aunque
recordaba, de la única vez que estuvo en ella, que desde su i.isa, trepada en
una ladera y rodeada de palmeras, resultaba imposible ver el mar, y para Yaiza
el concepto de felicidad y casi el simple hecho de «vivir», estaba directamente
relacionado con la presencia de sus padres, sus hermanos y el mar.
Imaginar que todo ello le iba a faltar la deprimía,
produciéndole una ansiedad insoportable, y por tanto su angustia iba en aumento
4 medida que la baja costa de La Graciosa quedaba atrás y la proa de la goleta
se aproximaba inexorablemente a la ensenada.
De La Graciosa conservaba uno de los recuerdos más hermosos de
su vida, cuando al cumplir los diez años toda la familia embarcó en la goleta
para pasar cinco días anclados al socaire de la isla, participando en los
últimos preparativos, la ceremonia y los festejos de la boda del mejor amigo de
Asdrúbal y Sebastián.
El muchacho, que no había cumplido aún los veinte, llevaba ya
tres años levantando la casa en que conviviría con su novia, y era tradición,
entre los habitantes de la isla, que todo el pueblo ayudara rn el trabajo de
alzar el hogar de una nueva pareja los días en que la mar no permitía salir en
busca de sustento.
En La Graciosa, a la que llamaban en el archipiélago «La Isla de
las Dueñas Costumbres», todo se hacía en común; desde construir las casas, a
reparar los barcos, cuidar a los enfermos o mantener limpio y «enjalbegado» el
pueblo, y a Yaiza le había quedado especialmente marcado el impacto que produjo
en su madre el haber asistido en aquellos días a una ceremonia de «Reparto».
Durante todo el año la tripulación de cada barco iba entregando
a una anciana el producto de la venta del pescado, y la buena mujer se
encargaba de guardarlo —casi siempre en forma de monedas de duro— en un pesado
arcón de madera.
Concluida la «zafra» y siempre en vísperas de bautismos y
casamientos, las tripulaciones se sentaban en la arena en torno a las ancianas
y éstas iban depositando una moneda delante de cada hombre, aunque añadiendo
luego un montoncito más para las reparaciones que necesitase el barco, otro
para los enfermos, un lercero para los convecinos que por cualquier motivo no
hubieran podido salir ese año a la mar, y un último destinado a las viudas y
huérfanos.
Para Aurelia Perdomo aquel había constituido el más bello
ejemplo de solidaridad de que hubiera tenido nunca noticias, y pasó semanas
insistiendo a sus hijos, y a quien quisiera oírle, que si todo el mundo imitara
el ejemplo que La Graciosa venía dando desde los < más remotos tiempos, la
mayoría de los problemas de la humanidad desaparecerían, aunque para Yaiza, con
diez años, lo inolvidable de aquellos días había sido correr con otros niños
por la inmensa Playa de las Conchas, bucear en los nuevos, desconocidos, y
ricos fondos del Canal que las separaba de la isla grande, y atiborrarse de
pasteles, sandías e higos secos, en una de las más alegres y maravillosas
fiestas de que guardara memoria.
Y por las noches la dejaron dormir sobre cubierta, contemplando
aquellas mismas estrellas que ahora se mecían al final de los palos y las
velas, imaginando que algún día también ella se casaría con un hombre de mar;
también luciría un vestido semejante, y sus propios hermanos, con guitarras y
«timples», alegrarían su boda.
Y así hubiera ocurrido si se hubiera conformado con ser una
novia tan sencilla y recatada como correspondía a un pescador de La Graciosa
sin tratar de convertirse en la especie de portento de la Naturaleza en que se
estaba transformando.
La voz de su padre ordenando arriar velas, le sacó de su
abstracción, y acudió en ayuda de su hermano al igual que hacía cuando no era
aún más que una mocosa que estorbaba enredándose entre los cabos y las piernas
de los mayores, y cuando se encontraron frente a la única luz que brillaba en
una ventana de la media docena de casuchas de Orzola, Sebastián soltó el ancla,
se abatieron los foques, y el «Isla de Lobos» quedó al amparo de la barra de
rocas que protegían la estrecha cala en cuyo fondo se alzaba el primitivo
puerto.
—Acompaña a tu hermana hasta donde lo de Rufo Guerra y procura
que nadie os vea —indicó Abel Perdomo—. Luego, vete directamente a casa.
—¿Y el barco?
—Puedo arreglármelas solo, saliendo mar afuera por sotavento y
regresando despacio a Playa Blanca... —Besó con ternura a su hija en la
frente—. Procura que nadie descubra dónde estás —suplicó—. Matías Quintero
tiene mucha influencia, y las gentes de tierra adentro no son como nosotros...
—Hizo una pausa y su voz sonó ronca y claramente preocupada—. Recuerda que si
te encuentra no estaremos allí para protegerte... ¿Me harás caso?
—Descuida... —Le acarició la incipiente barba con ternura—. No
os preocupéis por mí y cuidaros vosotros.
Su hermano se había desnudado y colocando su ropa y sus zapatos
sobré un gran pedazo de corcho, se deslizó al agua para alejarse nadando por la
quieta ensenada hasta poner el pie en tierra firme. Yaiza le imitó entonces, y
Abel Perdomo se apartó unos metros, y comenzó a recoger un largo cabo evitando
distinguir, ni siquiera a la escasa luz de las estrellas, el portentoso cuerpo
desnudo de su hija.
Diez minutos más tarde, cuando se cercioró de que ambos
iniciaban el ascenso por el serpenteante sendero que se abría paso a duras
penas por entre la negra lava cubierta de líquenes y tabainas que constituía el
«Malpaís del Volcán de la Corona», izó los foques, fijó el timón a babor, y
alzó a pulso el ancla como si fuera de juguete.
El costado del «Isla de Lobos» pasó a no más de tres metros de
la ultima roca de la punta nordeste, y Abel Perdomo puso entonces Croa a
levante, fijó el timón a la vía y empleó toda su fuerza de hércules en alzar a
pulso la vela mayor.
Cuando al fin la cazó firmemente, la goleta dio un salto hacia
adelante, ganó velocidad, y su proa comenzó a ronronear como un gato satisfecho
a medida que se abría paso por el quieto mar de sotavento de la isla.
—Está en Lanzarote.
—¿Y eso es todo lo que has conseguido en este tiempo...?
¿Averiguar que está en Lanzarote?
—Escuche, don Matías... —le hizo notar Damián Centeno—. Cuando
llegué querían hacerme creer que estaba muy lejos, e incluso usted mismo se
inclinaba a admitirlo convencido de que la Guardia Civil lo había registrado
todo... —Negó con un gesto—. Pero he llegado a la conclusión de que no hay
quién registre esta isla. Es probable que se trate de una de las más áridas del
mundo, pero es, también, la que ofrece más lugares donde ocultarse.
—¿Te refieres a Timanfaya?
—Me refiero a todo...: ese infierno de volcanes de Timanfaya;
las cuevas, las costas, los islotes vecinos y, por úlimo, las casas... Aquí, la
mayoría de las casas están muy alejadas unas de otras y la gente vive hacia
dentro, aislada, no sólo por los muros, sino también por la costumbre... Se
puede recorrer Lanzarote de punta a punta sin distinguir a una sola persona, y
es como si se encontrara poblada de fantasmas y los campos se cultivaran solos.
—Los campesinos se levantan muy temprano y cuando el sol
comienza a calentar regresan a sus casas hasta la caída de la tarde... Y aquí,
salvo en las épocas de siembra o de cosecha, no se trabaja más que en reparar
los muros que protegen del viento o arrancar malas hierbas. Como no existe
agua, no hay que regar... El rocío lo hace casi todo.
—Ya me he dado cuenta... Y también me he dado cuenta de que
basta con que alguien acepte esconder al asesino de su hijo, para que resulte
imposible encontrarlo.
—Si se tratara de un asunto fácil, no te hubiera llamado...
—sentenció secamente don Matías—. Ni a ti, ni a tu gente... No quiero
explicaciones. Quiero asistir al entierro de Asdrúbal Perdomo... —Hizo una
larga pausa y le miró con extraña dureza—. Es más: lo que me gustaría es que me
lo trajeras vivo para pegarle yo mismo cuatro tiros, enterrarlo en el jardín, y
mear cada día sobre su tumba... ¿Cuándo será eso?
—Que será, estoy seguro de conseguirlo, pero lo que no puedo
decir es cuándo... —sentenció Damián Centeno—. La muchacha también se ha
escondido, pero supongo que no deben de estar juntos...
El anciano no respondió. Se había puesto en pie, asomándose unos
instantes a observar sus viñedos por el amplio ventanal, luego acudió hasta la
vetusta chimenea de piedra —la suya era una de las pocas casas de Lanzarote que
podía presumir de chimenea en el salón— y tomó una fotografía de su hijo que
aparecía sobre la repisa.
—Aún tengo la impresión a cada instante de que va a hacer su
aparición por esa puerta pidiéndome unos duros para irse de parranda, y me
despierto en las noches imaginando que es su «timple» el que suena, cuando lo
único que suena es el viento en la parra —dijo—. Tú sabes que yo nunca había
llorado, pero te confieso que ahora me paso los días llorando de desesperación
y rabia... ¡Cómo permite Dios que continúe respirando quien fue capaz de
cometer semejante villanía es algo que no entiendo, pero que espero preguntarle
en cuanto me lo eche a la cara en el otro mundo...! Perdí tres años de mi vida
jugándome el pellejo por defender a Cristo, y Dios no perdió un solo minuto por
defender a mi hijo... ¡No me parece justo! No. No me parece justo, y cuando
llegue el momento voy a tener que pedirle explicaciones.
Observándole en silencio, y sirviéndose una nueva copa del dulce
malvasía de la finca que Rogelia había dejado sobre la mesa junto a una bandeja
con galletas y bizcochos, Damián Centeno llegó a la conclusión de que debía
apresurarse, o corría el riesgo de que cuando llevara su misión a feliz
término, su antiguo capitán estaría ya tan ido en sus desvaríos, que tal vez la
ley no diese su nuevo testamento como válido.
La soledad, el odio y la impotencia lo estaban transformando en
una especie de animal obsesionado;1 un viejo irracional y esquizofrénico al que
si se descuidaba podían encerrar antes de tiempo.
—Debería intentar salir de vez en cuando... —se atrevió a
insinuar cuando advirtió que se había sumido en uno de sus largos silencios con
la vista clavada en la foto de su hijo—. Procure distraerse, volver por el
Casino, echar una partida, o recibir aquí en su casa a los amigos. Hace mal en
continuar martirizándose.
—No necesito consejos, Damián... Necesito a un hombre muerto...
—replicó el otro sin mirarle—. A un hombre muerto, Damián... ¿Te das cuenta?
¡Uno solo...! —Ahora sí que se volvió y en sus ojos había un extraño brillo
retador—. ¿Qué significa un muerto para ti, que puedes presumir de contarlos
por cientos...? ¿Qué ocurre...? ¿Es que te estás haciendo viejo?
—Usted sabe que no... —protestó el otro—. Pero es que en esta
maldita isla las cosas no son como allá, ni los tiempos son los mismos...
Entonces sólo a usted tenía que darle explicaciones.
—Ahora, tan sólo a mí tienes que darme igualmente explicaciones.
—Se equivoca, don Matías. Lo sé, porque pasé cuatro años de mi
vida en un castillo y eso es muy duro, créame... Le traeré a ese muchacho
muerto, pero quiero hacer las cosas de tal forma que no me arriesgue a pasar el
resto de esta vida en un presidio.
—Sabes que yo continúo respaldándote.
—Lo sé y se lo agradezco. Pero por muchas ilusiones que nos
hagamos, la protección que usted puede brindarme, no es la misma que me podía
dar cuando la guerra. Lo queramos o no esos diez años han pasado para todos.
—Ya me estoy dando cuenta.
—No se muestre sarcástico conmigo... —La voz del ex legionario
cobró un punto de acidez que no pasó en absoluto inadvertido a su
interlocutor—. Una de las cosas que aprendí en el Tercio fue que quien antes
pierde los nervios, antes comete errores... A usted le consta que si alguna
posibilidad tiene de llevar a buen término este asunto, será porque yo mantenga
la calma. Esa ha sido mi forma de actuar y no pienso cambiarla.
—Eso estaría muy bien si viera resultados... ¿Qué has conseguido
hasta ahora?
—Que tengan miedo... Y más miedo tendrán cuando adviertan que
pasan los días y el camión del agua no llega... —Sonrió levemente—. La sequía
es ya muy larga, los aljibes están vacíos, , y quedó atrás el tiempo en que los
camellos bajaban el agua en barricas hasta Playa Blanca... Ahora les abastece
un camión y me las he ingeniado para que no aparezca.
—¿Esperas que eso dé resultado?
—No hay nada peor que la sed, téngalo por seguro... Estuve
destinado tres años en el Sahara, y sé bien lo que es eso... Lo que la gente no
haría nunca por millones lo hace por agua cuando llega el momento.
Don Matías tardó en responder. Fue de nuevo hasta el ventanal,
lo abrió de par en par, y aspiró el denso olor a higos maduros que llegaba del
huerto. La noche se había abalanzado ya sobre la isla borrando sus paisajes y
dejándola convertida únicamente en aromas y sonidos, y se diría que a esas
horas el anciano cambiaba, como si la llegada de las sombras aplacara en cierto
modo sus iras o las hiciera más intensas y profundas, pero al mismo tiempo, más
calladas.
—No sé si apruebo o no lo que estás haciendo... —señaló al fin
sin dejar de mirar hacia las tinieblas—. Y si me agrada la idea de que esa
gente me odie y acabe odiando también la memoria de mi hijo... ¿Crees que en
verdad no existe otro sistema?
—No. Y recuerde que fue ahí donde lo mataron, y son ellos los
que protegen con su silencio al asesino.
—¿Y si en realidad no supieran dónde se esconde?
—Tendrán que averiguarlo, porque los Perdomo nunca me lo van a
decir. Guardarían silencio aunque los cortara en pedacitos.
Sonaron unos discretos golpes en la puerta y al instante
apareció la alta y escuálida figura de Rogelia «el Guirre», que sin apartar la
vista de Damián Centeno, inquirió con su ronca voz de siempre:
—¿Se quedará a cenar?
—No, gracias... Me esperan en Arrecife... Dígame, Rogelia...:
Usted que lo sabe todo de esta isla: ¿Quién conoce bien las Montañas del
Fuego...?
—¿Timanfaya...? Nadie se aventura por ese maldito pedregal,
aunque hay un cabrero en Tinajo, Pedro «el Triste», que a menudo se adentra en
busca de conejos y perdices... ¿Cree que ese malnacido se esconde en Timanfaya?
Damián Centeno asintió convencido:
—Si yo fuera él, allí me ocultaría —dijo.
—En ese caso, vuélvase a casa... —sentenció la mujer, segura de
sí misma—. Ni la Legión en peso sacaría a un hombre que no quisiera salir de
Timanfaya. Son tantas sus cuevas y sus simas, que sería como buscar a una
hormiga en un trigal.
—Algún sistema habrá.
—Yo conozco el único.
—¿Cuál?
—Su madre... Si usted tiene a su madre, pronto o tarde Asdrúbal
Perdomo se cambiará por ella.
Damián Centeno observó unos instantes, con sus ojos helados, a
Rogelia «el Guirre», sorprendido de que fuera una mujer quien propusiera
semejante solución.
—Lo había pensado... —admitió al fin de mala gana—. Pero si las
cosas se tuercen y la Guardia Civil decide intervenir, puedo acabar sentado en
el «garrote». No se andan con bromas cuando hay por medio un secuestro.
—¿Tienes miedo?
Se volvió hacia el anciano que era quien había hecho la
pregunta.
—¿Usted no? —inquirió—. Una cosa es la muerte, a la que estoy
acostumbrado pues la elegí como oficio, y otra el «garrote». Y si me atrapan no
creo que a usted le sentaran lejos. ¿Recuerda a Diego Vasallo? Se había ganado
a pulso su «Laureada» en la batalla de Teruel y su padre era un influyente
falangista, pero cuando violó y asesinó a aquella sucia lesbiana en Almería, el
«viejo» no se lo pensó dos veces, firmó la sentencia, e hicieron que la lengua
le llegara al ombligo. Lo visité en la cárcel. Había sido un tipo duro, capaz
de jugar a la «ruleta rusa» con un gato, pero la simple idea de acabar en el
«garrote» le convirtió en una piltrafa que se cagaba los pantalones cada
rato... ¡No...! —señaló convencido—. El «garrote» no es muerte para un
hombre... —Se volvió a Rogelia—. ¿Dónde puedo encontrar a Pedro «el Triste»?
—En su casa, en las afueras de Tinajo, junto al molino de
«gofio»... Si quiere, voy a buscarlo.
—No hace falta... Mandaré a mis muchachos...
Se puso en pie cansadamente y se encaminó a la puerta:
—Lo mantendré al corriente... —añadió dirigiéndose a don
Matías—. Lo único que le pido es que tenga paciencia.
—Señálame una tienda donde vendan paciencia, y te aseguro que
compraré toda la que exista... Pero eso no se vende y tú lo sabes...
Damián Centeno lo observó unos instantes pensativo, hizo un mudo
gesto de despedida con la mano, y abandonó la estancia.
Rogelia «el Guirre» se demoró hasta percibir el chirrido de la
puerta y el motor del auto al ponerse en marcha, y, mientras recogía L bandeja
con las copas, las galletas y los bizcochos, comentó sin alzar el rostro:
—Mi comadre Nieves me ha pedido que dé trabajo a su hija. Es
joven y bien dispuesta, y yo ya me siento fatigada. Esta casa es demasiado
grande para una mujer sola... Si no le importa, la haré venir a que me eche una
mano.
—¿Qué tal la mama?
Inclinada aún sobre la mesa, Rogelia giró el rostro y le miró
con sorpresa, pero don Matías hizo un gesto despectivo mientras se encaminaba a
su sillón y se dejaba caer en él lanzando un resoplido:
—¡Vamos...! —exclamó—. No te hagas la ofendida. He oído hablar
de la hija de tu comadre Nieves...: «Pinito, la de Masdache»... Aún no ha
cumplido veinte años, ya se ha tirado a media isla, y ahora anda de puta en un
bar de Arrecife... Hazla venir si quieres, pero no sé qué es lo que esperas...
Tú cada día estás más vieja, pero lo mío no es problema de picha, sino de
corazón... Mientras no tenga la seguridad de que mi hijo descansa en su tumba
sabiendo que su asesino le hace compañía, no seré capaz de disfrutar de nada en
este mundo... Sentiría asco de mí mismo si lo hiciera... Lo primero es lo
primero, y lo primero es acabar con Asdrúbal Perdomo.
Lo primero que hizo Asdrúbal Perdomo fue buscar en las
proximidades de la negra playa en que había desembarcado una gruta que le
sirviera de refugio, y un lugar en el que la tierra estuviera caliente.
Timanfaya ofrecía un millón de grietas y cavernas que ni un
ejército de hurones lograrían desentrañar, y le constaba que no existía en el
mundo rastreador alguno que soportara caminar más de un kilómetro por aquel
infinito mar de lava calcinada, magma hirviente que al enfriarse se había
convertido en un conjunto de pedriscos amontonados, que exhibían al aire sus
aristas punzantes como diminutas navajas de barbero capaces de desgarrar en
poco tiempo las suelas de las botas más duras.
No se tenía noticias de que nadie hasta aquellos momentos
hubiese explorado por completo el mar de lava de Timanfaya, entre otras razones
por el hecho evidente de que nada había que buscar allí más que esa misma lava
renegrida, y en los pequeños claros o «islotes» que la erupción había respetado
por capricho, tan sólo sobrevivían escuálidos conejos y algunas perdices y
tórtolas que anidaban allí por temporadas.
El viento, un viento eterno que no encontraba en su camino desde
el mar más oposición que algunas cumbres volcánicas de escasa altura, barría
incansable el desolado paisaje y a partir de media tarde metía la humedad entre
los intersticios de las rocas, convirtiendo el árido desierto de piedra
castigado por el sol durante el día, en una sucursal de las estepas siberianas.
Quien bautizó el lugar «Infierno de Timanfaya» lo conocía a la
perfección, y no le pusieron tal nombre tan sólo porque durante seis largos
años aquellos cráteres vomitaran todos los fuegos de los centros de la Tierra,
sino especialmente por el hecho de que resultaría imposible encontrar, a todo
lo largo y ancho del Universo, un lugar más inhóspito para cualquier forma de
vida.
Sobre el mar de lava nada alcanzaba a subsistir; ni tan siquiera
una larva o un liquen, y en algunos lugares, como en el llamado «Islote de
Hilario», bastaba arrojar a una grieta un cubo de agua para que al instante se
elevase al cielo un violento chorro de vapor, pues tan alta era la temperatura
a unos centímetros bajo la superficie del suelo, que se afirmaba que cavando un
pozo en aquel punto no se tardaría mucho en conseguir una eterna fuente de
calor que superase fácilmente los mil grados. Por ello, al segundo día de
escarbar aquí y allá, e introducir la mano en pequeñas grutas que encontraba a
su paso, Asdrúbal tropezó, a poco más de un kilómetro de la costa, con el
rastro de una nueva fuente de calor que le condujo a un terreno de gravilla
roja y suelta en el que profundizó hasta formar un hueco en cuyo centro la
temperatura resultaba insoportable.
Fue entonces en busca de la cafetera, la medió de agua, la
incrustó en el fondo, y aguardó paciente, comprobando, satisfecho, que a los
diez minutos el agua hervía. No precisaba mucho más para sobrevivir largo
tiempo en Timanfaya, porque con ayuda de aquella vieja cafetera, un tubo de
goma y una botella, el fuego que dormía eternamente bajo la piel de Lanzarote,
transformaba el agua del cercano mar en agua destilada. Ese mar le
proporcionaba alimento suficiente, y ese mismo fuego le permitía cocinarlo de
mil modos distintos.
Con su zurrón, un saco de «gofio», un queso y una pequeña lata
de aceite que la previsora Aurelia había añadido al contenido de su macuto, ya
de lo único que tenía que preocuparse era de que no le faltase agua de mar a la
cafetera en constante ebullición, dormir de día y dedicar las noches y los
amaneceres a buscarse el sustento con ayuda de un sedal y unos anzuelos.
Le hubiera gustado ser tan aficionado a la lectura como su madre
o sus hermanos, pues comprendía que un buen libro le hubiera ayudado a matar
las largas horas de espera, pero era demasiado tarde para adquirir un hábito
que no había sabido apreciar en su momento, cuándo niño, y prefirió dejar pasar
las horas meditando; tratando de imaginar cómo sería su vida lejos de
Lanzarote, en lugares de los que probablemente ni siquiera entendería el
idioma.
Su madre les había enseñado sobre libros y mapas cómo era el
mundo más allá del Archipiélago, pero jamás le había pasado por la mente la
idea de que tales enseñanzas le sirvieran de algo más que de simple curiosidad,
pues la vida fuera del entorno de las islas parecía carecer de sentido, hasta
el punto de que le habían asegurado que ni siquiera conocían el «gofio»'.
Cómo podía sobrevivir una gente que no comiese «gofio» era una
pregunta que le había hecho a su madre a menudo, y aunque ésta le había
confirmado que en el resto de España y en el extranjero lo sustituían por pan,
ninguno de los tres hermanos pareció entenderlo, pues desde mucho antes de
tener uso de razón los canarios estaban hechos a la idea de que el «gofio»
constituía la base indiscutible de toda alimentación.
Con agua, unas gotas de aceite y unas «rapas» de queso, los más
pobres amasaban en el «zurrón» de piel de conejo una pasta
1. Maíz o trigo tostado y luego molido hasta formar una harina.
compacta que les mataba el hambre; otros le echaban «gofio» al
potaje, la leche o la más aguada de las sopas, que ganaba así cuerpo y
calorías, y a los chiquillos les encantaba aplastarlo con plátanos maduros, o
formar una bola con miel.
Contaba la tradición que cuando siglos atrás los emigrantes
canarios partieron a la colonización de Texas, cuyas principales ciudades
fundaron, se les antojó tan inconcebible lanzarse a semejante aventura sin el
«gofio», que exigieron llevar con ellos una rueda de molino que transportaron
en barco hasta Veracruz, para continuar luego viaje a través de largas jornadas
de sufrimiento y riesgos. Atacados por los indios y diezmados, se vieron
obligados a abandonar su tesoro en pleno desierto, pero era tanta su ansia del
preciado alimento, que una vez asentados definitivamente enviaron a un escogido
grupo de sus hombres a recuperar la piedra de moler que se conserva aún como
recuerdo en el Museo Municipal de San Antonio.
Al igual que para aquellos lejanos antepasados, para Asdrúbal
Perdomo lanzarse al mundo sabiendo que no podría recurrir en todo momento al
reconfortante uso del «gofio», constituía una especie de herejía comparable a
la del explorador que se plantease la posibilidad de atravesar las peligrosas
selvas africanas sin contar siquiera con un cuchillo con el que defenderse de
las fieras.
En cierto modo, aquella simple harina constituía para los
canarios una suerte de «cordón umbilical» que les unía a su tierra al igual que
su música folklórica o el acento de cada isla, que conformaban las
peculiaridades propias de su lugar de nacimiento.
Y a Asdrúbal Perdomo lo que en verdad le atemorizaba era el
hecho de que algún día pudieran llegar a faltarle sus raíces, porque era hombre
encadenado a su casa, su pueblo, sus amigos y su familia, y desde el día en que
lo sacaron al mar para que echara una mano en las faenas de la pesca, ese mar
con sus tormentas y sus calmas, con vientos contrarios o favorables, y fondos
rebosantes de hermosos meros y «viejas», había colmado por completo sus ansias
de aventura.
—Nada hay lejos del mar que merezca la pena... —aseguraba Abel,
que había hecho incluso una larga guerra en tierra, y era ése un concepto y una
verdad que se había aposentado en la mente .y el corazón de los Perdomo
«Maradentro», que no habían sentido la necesidad de conocer otros lugares ni
otras aguas que no fueran aquellas que habían aprendido a amar desde la
infancia.
Por todo ello, no resultaba extraño que a Asdrúbal Perdomo le
atemorizase más abrirse camino por lugares lejanos, por hermosos y cómodos que
a otros pudieran parecerles, que sobrevivir en la agreste hostilidad del
«Infierno de Timanfaya», puesto que aquélla, aunque dura, continuaba siendo su
tierra, y estaba convencido de que siempre sabría enfrentarse a ella por más
que le acosara.
Pero, cuando una mañana, en su rutinaria exploración de los
rocosos contornos, distinguió con ayuda de sus viejos prismáticos, tres figuras
humanas y dos perros que ascendían pesadamente por las lejanas laderas ocres y
violetas de un volcán desde cuya cima otearon el paisaje largo rato,
experimentó de improviso la sensación de que se encontraba atrapado en aquel
desierto de piedra renegrida; acorralado entre los cráteres y el mar.
—¡Pedro «el Triste»! —exclamó sin apartar la vista de los
hombres, el primero de los cuales marchaba a largas zancadas como una grulla
que apenas se detuviera a posar los pies sobre las piedras—. Si alguien viene a
sacarme de aquí, no puede ser otro que ese maldito cabrero... Por una botella
de ron sería capaz de vender el esqueleto de su madre.
A Pedro «el Triste» le habían abandonado a los cinco meses de la
boda, y su mujer no tuvo reparo alguno en confesar a todo el que quiso oírle
que en ese tiempo su marido no la había tocado más que la primera noche,
pasando luego más tiempo en compañía de una cabra blanquinegra que con la
persona a la que había jurado amor eterno.
—Yo acepto tener como rival a otra mujer... —había confesado
antes de marcharse definitivamente de la isla—. £ incluso si me apuran, sería
capaz de disputarle mi marido a un maricón, pero mi madre no me enseñó qué
tengo que hacer para mostrarme más apetecible que una cabra.
Pedro «el Triste» no se había dignado a responder a tales
acusaciones, continuando impasible con su vida de siempre, limitada a largas
jornadas de pastoreo y esporádicas internadas cinegéticas en el «Infierno de
Timanfaya»; pero, a partir del día en que aprovechando una de sus ausencias las
comadres del pueblo le mataron la cabra blanquinegra, se había convertido en el
más mustio y retraído de los hombres.
Asdrúbal Perdomo recordaba haber repetido, hasta desgañitarse,
la divertida canción que algún compositor anónimo dedicó tiempo atrás a las
desventuras amorosas del cabrero de Tinajo, e incluso le había pagado en alguna
ocasión un par de copas de aquel ardiente brebaje con que se envenenaba a solas
en la taberna del pueblo, pero jamás se le pudo ocurrir, por aquel tiempo, que
tal piltrafa humana llegaría a convertirse en su amenaza. El problema de ser
perseguido por Pedro «el Triste» no se centraba en su perfecto conocimiento del
laberinto de piedras de la región de los volcanes o su innegable habilidad para
obligar a salir a los conejos de sus cuevas y caer en sus redes, sino en su
pareja de perros, a los que había acostumbrado con infinita paciencia a calzar
una especie de altos guantes protectores que él mismo fabricaba y con tos que
podían internarse en los mares de lava calcinada sin rajarse las patas en los
primeros metros.
—¡Maldita sea su alma de follador de cabras...! —musitó—. Ese
hijo de puta es muy capaz de conseguir que sus perros encuentren mi rastro por
mucho que me esconda...
Pedro «el Triste» había adivinado desde el primer momento en qué
lugar de Timanfaya «podía esconderse el chico de los Perdomo «Maradentro», pues
no en vano llevaba cuarenta años pateando aquel mar de lava petrificada que
consideraba de su uso exclusivo, pues dejando a un lado el «Islote de Hilario»
y algunos de los más accesibles y pintorescos cráteres de la periferia, nadie
se había atrevido nunca a disputarle un territorio inhóspito que siempre le
había deslumbrado.
Muchos años atrás, cuando se le ocurrió la malvada idea de
casarse y aquella vaca gorda y grasienta le abandonó, sintió la tentación de
escapar del pueblo y de la isla buscando un lugar en el que nadie supiera de él
y de sus frustraciones, pero aunque reunió lo poco que tenía y echó a andar
carretera adelante rumbo a Arrecife, en cuanto pasó de San Bartolomé y perdió
de vista la cadena de volcanes junto a los que había nacido y de los que jamás
se había apañado, advirtió como si todo su cuerpo se desinflara, y aquella
fuerza interna que le permitía caminar durante horas, no fatigarse nunca y
vivir perfectamente a solas consigo mismo, sus paisajes y sus animales, le
abandonaba por completo.
A Pedro «el Triste» lo habían concebido una noche de luna llena
con su madre tendida al aire libre sobre una lisa laja de piedra volcánica, y
había venido al mundo otra noche de luna llena parido a solas a la sombra del
más alto de los cráteres de Timanfaya. Como jamás había conocido a su padre, en
su niñez imaginó que había sido un maravilloso ser surgido de las entrañas de
la tierra, ascendiendo desde la más profunda de sus simas, y en toda su vida no
había frecuentado más compañía que la de cabras, lagartijas y conejos, incapaz
de comprender la mayoría de las veces cuanto se refiriese a los humanos.
Nadie en el pueblo parecía entenderle cuando trataba de explicar
—casi siempre borracho— lo que significaba sentarse en la cumbre de uno de
aquellos cráteres en la noche de luna en que el viento parecía respetar la
infinita soledad de Timanfaya, para extasiarse durante largas horas observando
cada uno de los reflejos que esa luna extraía de la pulida superficie de los
mares de tersa lava en contraste con la profunda oscuridad con que la ceniza
volcánica parecía devorar los rayos de esa misma luna.
Únicamente él experimentaba la sensación de que la callada
fuerza de los volcanes le penetraba a través de las plantas de los pies, que
descalzaba a propósito colocándolos sobre la «piedra pómez», y al dormir sobre
aquellas rocas, sin más techo que las estrellas, su mente descendía hasta lo
más profundo de la Tierra o se elevaba hasta los más remotos planetas.
Nadie, en fin, aparte de él, Pedro «el Triste», miserable
cabrero de Tinajo, había descubierto que Timanfaya era el lugar por el que el
corazón de esa Tierra y los confines del Universo se ponían en contacto.
Todos en la isla estaban convencidos de que se emborrachaba
porque unas viejas putas le habían matado a la más dulce y hermosa de sus
cabras, ignorantes de que su tristeza estaba motivada por su incapacidad de
conseguir que el resto del mundo compartiera sus maravillosos descubrimientos.
Su madre, de la que ni siquiera el nombre recordaba —y es que
pensándolo bien, jamás debió tenerlo—, se había ganado a pulso una sólida fama
de bruja y curandera, y años atrás, cuando la mayor parte de las veces no podía
encontrarse un solo médico en la isla, acudían incluso desde la capital para
que consiguieran preñarse las estériles, curarse los tísicos, o abortar las
solteras.
A las últimas las arreglaba con una aguja de hacer calceta; a
los tuberculosos con emplastos y cocimientos, y a las estériles con la ayuda de
un gañán de inmensa verga, que además le premiaba con dos kilos de «gofio» por
cada dienta que le proporcionaba.
La vieja había muerto en la cárcel siendo él apenas un
chiquillo, y ya desde entonces aprendió a valerse por sí solo, escapar de la
gente y encontrar en las piedras y las cabras su único consuelo.
Y ahora, dos tipos de otro mundo; dos «godos» de hablar casi
ininteligible; uno gallego y otro un cetrino al que llamaban «Milmuertes»,
habían venido a ofrecerle más dinero del que había visto en su vida, a cambio
de que les desentrañara en cuatro días los infinitos misterios de una tierra en
la que se encontraba el origen de todas las tierras.
—¿Qué buscan allí?
—A un asesino.
—¿A quién mató?
—Al hijo de don Matías Quintero.
Recordaba al señorito. Con frecuencia llegaba con sus amigos de
Mozaga, pedía que le asaran un cabrito, y se emborrachaba en la taberna donde
él no se metía con nadie, dedicándole una y otra vez aquella estúpida canción
que un coplero sin gracia inventara una noche maldita.
—¡Bien muerto está!
—Esa es otra misa... ¿Te hacen cuarenta duros por encontrarlo?
—Me hacen cuarenta duros por buscarlo... Como usted dice,
encontrarlo allí dentro, es otra misa...
—Aquí están los duros... Saldremos al amanecer.
—Saldremos... —Apuró su ron y tal vez por primera vez en su vida
pidió una botella sabiendo que podía pagarla—. Y dígame, señor... —añadió—. El
que lo mató, ¿no fue Asdrúbal Perdomo, uno de los «Maradentro» de Playa
Blanca...?
—El mismo.
—¿El hermano de Yaiza «Maradentro», la amiga de las bestias y
los muertos?
—Ese... ¿Algún problema?
—Ninguno.
Pero Pedro «el Triste», mentía; existía un problema.
Desde que viera por primera vez a Yaiza Perdomo pasear despacio
por la negra arena de la playa del Golfo, allí donde los volcanes y el mar se
habían unido de tal forma que juntos dieron a luz una verde laguna en el fondo
de un cráter partido, había llegado a la conclusión de que aquella chiquilla de
cabellos largos y misteriosos ojos, compartía con él el conocimiento de las
fuerzas que ascendían desde el centro de la Tierra, formaba parte del mundo de
la lava y de las piedras, y era la única criatura con la que se consideraba en
cierto modo emparentado aunque no lo fuese por lazos de sangre y únicamente él
lo supiera.
Yaiza Perdomo había heredado —como su propia madre, de la que
por más que se esforzaba no lograba recordar el nombre ni aun el rostro— lo
mejor de los poderes de aquellas mujeres que algunos llamaron brujas, y que
habían impuesto antaño su influencia y su ley sobre la isla, recibiendo sus
dones de la famosa Armida, la hechicera que raptó al cruzado Reinaldo y vivió
con él años de loco amor en La Graciosa.
Ningún ser nacido sólo de humanos tenía derecho a poseer tanta
belleza y un porte tan altivo y tan lejano, y a Pedro «el Triste» le
enorgullecía la idea de que solamente él conocía el verdadero secreto del
origen de aquella extraña niña que «atraía a los peces, aliviaba a los
enfermos, aplacaba a las bestias y agradaba a los muertos».
Pasó la noche en vela tendido en su jergón muy cerca de sus
cabras y su botella de ron, contemplando a través del ventanal sin vidrios las
estrellas que colgaban sobre la lejana Montaña de Corujo, y aún faltaban tres
horas para el amanecer cuando se dispuso para la marcha, despertó a un vecino
ofreciéndole tres duros por cuidar del rebaño durante sus días de ausencia, y
fue a sentarse a las puertas de la taberna a la espera de los «godos» que le
habían contratado.
Sus perros, dos «bardinos» cuyos antepasados ya vivían en las
islas mil años antes de la llegada de Armida y de Reinaldo, le seguían como
siempre a todas partes, sombras de cuatro patas de su dueño; semejantes a él en
la figura y en los gestos: flacos, zanquilargos, mustios y silenciosos,
olfateando en el aire la proximidad de la aventura en el desierto de piedras,
allí donde todo era excitante y la caza ofrecía muchas más emociones que
morderle diariamente las patas a cabras remolonas.
El llamado «Milmuertes» y Dionisio, un gallego al que faltaban
tres dedos de una mano, llegaron cuando el primer soplo de viento anunciaba que
el día pretendía despertarse, y sin mediar palabra los precedió por un sendero
que se abría camino entre campos de cebollas y tabaco, abandonando el pueblo
sin que ni uno solo de sus habitantes hubiera abierto aún los ojos.
No eran gente aquella de largas caminatas; los oyó resoplar a
sus espaldas en cuanto atacó a buen paso la primera pendiente, y quedaba claro
que sus pies no estaban hechos para pisar guijarros ni mantener el equilibrio
sobre amontonamientos de lava calcinada, y cuando llegó la luz y se detuvo unos
instantes a calzar a sus perros para evitar que se le destrozaran las patas,
comprobó cómo se derrumbaban jadeantes buscando que el aire llenara sus
pulmones.
—¿No puedes aflojar un poco el paso...? —inquirió el gallego
tras beber un sorbo de agua—. No vamos a apagar ningún incendio.
Se encogió de hombros sin mirarles:
—El dinero es suyo —dijo—. A mí el «Maradentro» nada me ha hecho
y jamás en mi vida tuve prisa.
—Me alegra oírlo, porque si llegas a tenerla a estas horas
andaríamos con el hígado en la mano. —Señaló a los «bardinos» —. Es la primera
vez que veo perros con botas. ¿Alguna vez comieron?
—Alguna... —replicó—. Perro gordo no caza.
El «Milmuertes», que intentaba inútilmente vencer al viento y
encender un cigarrillo amarillento, maldijo por lo bajo:
—¡País de mierda! —exclamó—. ¿Por qué no se larga la gente de
esta isla aunque sea nadando...?
Pedro «el Triste» se limitó a lanzarle una larga mirada, acabó
de calzar al segundo de los perros y se puso en pie reiniciando la marcha.
Dionisio protestó:
—¡Aguarda un poco...! —pidió—. Creí que íbamos a tomarnos un
descanso.
—Como quiera... —fue la respuesta del cabrero—. Pero trepar a
esos volcanes cuando el sol esté apretando sí que es empeño duro.
Tuvieron que preguntarse al coronar la cumbre, qué era lo que
aquel hombre podía considerar «empeño duro», puesto que ya las piernas les
temblaban y el corazón parecía estallarles en el pecho, pese a que el sol aún
no había llegado ni a la mitad del camino hacia su cenit.
Tomaron asiento de nuevo azotados por un viento que llegaba de
frente y contemplaron asombrados un mar de piedras negras, cráteres de
infinitas tonalidades y amenazantes grietas que partían en dos la tierra que se
extendía a sus pies para perderse a lo lejos, chocando con un Océano de un azul
añil intenso.
—¿Tenemos que buscarlo ahí? —inquirió incrédulo «Milmuertes»
cuando recuperó el aliento—. ¡Es cosa de locos!
—¡Yo no devuelvo los cuarenta duros! —se apresuró a puntualizar
el cabrero—. Ustedes quisieron venir.
—¡Quién piensa en los cuarenta duros...! Pienso en mis pies. Los
tengo destrozados. Y las manos despellejadas de caerme... ¿A quién se le ocurre
caminar sobre esa lava...? Corta como navaja...
—Si quiere nos volvemos.
—Centeno nos mataría... —El gallego lanzó un hondo suspiro y
señaló con la cabeza hacia la cadena de volcanes—. ¿En verdad se puede
encontrar a un hombre en ese infierno?
—Me paga por intentarlo y yo lo intento.
—¿Es cierto que te gusta este lugar?
—Es cierto.
—¿Por qué?
Los miró de hito en hito:
—No hay gente.
—Sí, ya lo he oído. No te gusta la gente... Te gustan más las
cabras... ¿Es verdad que te follas a las cabras?
Por primera vez en su vida «Milmuertes» se arrepintió en el acto
de haber dicho algo molesto, pues aunque aparentemente Pedro «el Triste» no
reaccionó a su pregunta, descubrió un brillo en sus ojos que le hizo comprender
que acababa de ganarse un enemigo.
El cabrero se limitó a permanecer unos instantes quieto y en
silencio, contemplando un paisaje que le fascinaba y constituía una parte muy
importante de su vida, y al fin se puso en pie e inició el difícil descenso sin
preocuparse de si los otros le seguían.
La pregunta que le había hecho el «godo» la venía escuchando
desde hacía veinte años, y era una cuestión a la que jamás había querido
responder. Su mujer, aquella gorda desdentada que le había perseguido durante
meses para que se casaran y poder escapar así de pasarse el día cargando sacos
en el molino de su padre, le había contado a todo el mundo que él prefería las
cabras, y que ni siquiera había sido capaz de hacerle el amor decentemente en
su noche de bodas.
Lo que no había contado la cerda sudorosa, era que aquella noche
se había empeñado en apagar todas las luces alegando vergüenza, acostándose
boca arriba sobre un gigantesco colchón de hojas de maíz recubierto de sábanas
y mantas, y enfundada en un camisón que sin duda se había confeccionado con
viejos sacos de harina.
Entre tinieblas, Pedro «el Triste» trató de recordar cuanto
había aprendido en la vida sobre aquel momento, evocando las posturas de las
cabras, los perros, las gallinas, los camellos e incluso los escarabajos, pero
por más que rebuscó en su memoria no pudo encontrar ninguna situación que él
conociera que se pareciese en absoluto a la confusión de sábanas, mantas,
camisón, colchones que crujían y hembra colocada al revés de como marcaba la
lógica, y por mucho que se esforzó para que la gorda se girara poniéndose de
rodillas ante él, cuanto consiguió fueron insultos y protestas:
—¡No soy ninguna perra...! —había exclamado furiosa—. Quiero
hacerlo como lo hacen las personas.
Pero, ¿cómo lo hacían las personas?
Ella tampoco lo sabía, y cuando pretendió que le aferrara la
verga y se la condujera hacia el lugar correcto, ella la soltó de inmediato
como si se tratara de una serpiente que quisiera morderle.
—¡Cerdo...! ¡Yo soy una mujer decente!
Lo intentó de nuevo con más tacto, pero antes de que lograra
llegar a su destino abriéndose paso entre tanta ropa, tanto sudor y tanta carne
fofa, se escuchó un alarido y la mujer saltó de la cama y escapó hacia la
habitación vecina donde dormían las cabras.
—¡Guarro...! ¡Más que guarro...! —exclamó—. ¡Mira lo que has
hecho...! Me has puesto perdido el camisón...
No. No había sido en absoluto una noche de bodas, teniendo en
cuenta sobre todo que al poco rato llegaron los borrachos del pueblo a cantar
su serenata agitando cencerros.
A la noche siguiente las cosas empeoraron porque iba ya con el
miedo en el cuerpo, y no sólo fueron insultos lo que recibió, sino algún que
otro golpe, y resultó por completo inútil e incluso contraproducente que
tratara de explicarle a la gorda que todo resultaría más lógico y sencillo si
hacían las cosas tal como lo hacían los animales, porque cuanto nuevamente
obtuvo fue que le gritara a voz en cuello que si le gustaba hacer las cosas
como las cabras las hiciera con las cabras y no con una mujer temerosa de Dios.
Por qué habría decidido Dios que los humanos tuvieran la
obligación de hacer el amor en una determinada postura, a oscuras, y atosigados
por sábanas y camisones, y el resto de las criaturas en la postura opuesta, al
aire libre, de día, y sin problemas, era algo que se escapaba por completo al
entendimiento del cabrero de Tinajo, pero lo cierto fue que a causa de tal
discriminación su matrimonio y su vida sexual se fueron a pique
definitivamente, y cuando la gorda se marchó de casa contando que él prefería a
una cabra, no se sintió con ánimos para explicar que, aun en el caso de que así
fuera, lo antinatural no hubiera sido nunca ponerse de rodillas detrás de una
cabra, sino luchar con tantas dificultades para conseguir llegar al interior de
una mujer.
Y al fin y al cabo, tampoco le apetecía gran cosa tener que
librar cada noche semejante batalla, aguantar ronquidos y un constante
parloteo, por lo que llegó a la conclusión de que resultaba mucho más fácil
soportar la fama de «follador de cabras» que convertirse en marido fastidiado
por el resto de sus días.
Anduvo por lo tanto a largas zancadas y en silencio silbándole a
los perros para que no perdieran tiempo y energías buscando el rastro de un
conejo o una perdiz, y tan sólo cuando advirtió que el sol caía a plomo
amenazando con derribar de un colapso al gallego Dionisio, DUSCÓ la sombra de
un saliente de roca desde el que la lava derretida había formado al caer negras
estalactitas retorcidas que semejaban gigantescos lagrimones petrificados.
Mientras sus acompañantes recuperaban el resuello, derrengados y
sudorosos, derrotados por el calor y la fatiga, abrió su zurrón, lo medió de
gofio, le añadió unos pequeños trozos de un queso fuerte y muy curado, y sin
más que un chorro de agua comenzó a amasarlo amorosamente sobre su muslo
derecho.
Dionisio y el «Milmuertes» le observaban:
—¿Esa es toda tu comida?
Señaló con la cabeza a los «bardinos»:
—Y la de los perros... Si no les dejo cazar, tengo que
alimentarlos. Hoy han caminado bien...
—No me extraña que estén flacos... —admitió el gallego—. Se
diría que se alimentan del aire, y lo que sobra en esta puta tierra es aire...
De sus mochilas habían comenzado a sacar grandes pedazos de pan,
queso, chorizos y latas de conserva, y de entre todo ello surgió un enorme y
niquelado revólver que el «Milmuertes» dejó sobre una piedra.
Pedro «el Triste» se detuvo en su tarea de sobar el zurrón y
señaló con un ademán de cabeza el arma:
—¿Van a matar al muchacho?
El otro rió divertido:
—Si te parece le pediremos un autógrafo y le rogaremos que nos
acompañe a Mozaga porque don Matías quiere felicitarle...
El cabrero permaneció unos instantes silencioso y al fin,
reanudando su tarea, inquirió como de pasada:
—A usted le llaman «Milmuertes», ¿verdad?
—Eso ya lo sabes... ¿Por qué?
—Porque imagino que lo mismo le daría que le llamaran «Miluna»,
que «Mildós»...
Los dos hombres se miraron frunciendo el ceño, y le dedicaron
toda su atención:
—¿Qué has querido decir con eso...? —inquirió el gallego.
—Nada... —fue la esquiva respuesta—. Cosas mías... ¿Conocen a
Yaiza, la hermana de Asdrúbal...?
—¡No como yo quisiera!... —rió groseramente el «Milmuertes»—.
Esa niña tiene el «polvo» más salvaje que he visto en mi vida, y te garantizo
que no me voy de la isla sin echárselo...
—Tendrás que ponerte en cola... —puntualizó Dionisio—. Esa es
una idea que tenemos todos, y me da la impresión que Centeno ya se apuntó el
primero... Y es el jefe.
—¿Te imaginas llevarte a esa chiquilla a la ciudad y ponerla a
trabajar...? ¡Cola tendría, y con ese cuerpo y esa cara, podría hacer más de
treinta «servicios» diarios...! ¡Una mina en el cono tiene la hija de la gran
puta...!
—Aurelia Perdomo no es ninguna puta... —comentó suavemente Pedro
«el Triste»—. Todo el mundo sabe que es muy seria y muy buena persona... —El
tono de su voz cambió ahora, enronqueciéndose—. Y Yaiza no nació para puta...
Tiene el «DON».
Le miraron levemente burlones y expectantes, aguardando que se
explicara como si estuvieran tratando con un niño, un loco, o un borracho.
El cabrero comprobó que la masa del zurrón se había convertido
en una pasta compacta que no se pegaba a las paredes, y la extrajo mientras
añadía sin mirarles:
—Mi madre también lo tenía...
—¿Qué? ¿El «DON»?
—Curaba a los enfermos.
—¡Ya...!
—Preñaba a las estériles...
—¿Pero era tu madre o era tu padre...?
—Y con verle la cara a alguien adivinaba si se iba a morir
pronto...
—Muy divertido... —admitió el gallego Dionisio—. Pero a mí el
único «DON» que me interesa de esa chiquilla es el que Dios le ha puesto entre
las piernas...
Pedro «el Triste», el cabrero de Tinajo, no hizo comentario
alguno, inmerso como estaba en la tarea de dividir en partes iguales la masa de
«gofio» y darle de comer a los perros, y cuando hubieron concluido —lo que no
les llevó mucho tiempo—, derramó en una lata de sardinas vacía un poco de agua
y les dejó beber. Hizo luego que se tumbaran a la sombra, y sólo entonces
comenzó a meterse pequeños pedazos de «gofio» amasado en la boca, masticando
muy lentamente y contemplando el paisaje de lava como si se encontrara a solas
con sus animales, y los dos hombres se hubieran diluido de improviso en el
espacio.
Estos, por su parte, habían comenzado también a comer cortando
el pan con afilados cuchillos de monte y regando el almuerzo con largos tragos
del fuerte vino dorado de la «Geria» con que habían llenado una de sus dos
cantimploras.
Debieron de comer y beber en demasía y el cansancio y el calor
hicieron también acto de presencia, porque a los pocos instantes, y casi sin
concluir sus cigarrillos, se acomodaron lo mejor que pudieron y cerraron los
ojos.
Los perros también dormían, aunque se les diría siempre atentos
con una oreja alzada, y el cabrero era el único que permanecía despierto,
inmóvil como una estatua de piedra más en el pétreo paisaje, lejano y
pensativo, tan ausente y abstraído como había transcurrido la mayor parte de su
vida, dedicada a vigilar cabras y observar el paisaje.
Pedro «el Triste» tenía plena conciencia de que probablemente
era aquél el día más importante de su monótona existencia, pues jamás había
soñado con verse en el trance de perseguir a un hombre sabiendo que pretendían
matarle.
Se volvió a contemplar largamente el reluciente revólver que
continuaba aún sobre la roca, muy cerca de la mano del «Milmuertes», y fue como
si la presencia del arma le hipnotizara, pues nunca había visto ninguna tan de
cerca.
El cazaba con redes y con trampas y nadie le llamó en su día a
cumplir el servicio militar, tal vez por el hecho de que su madre no le dio
nombre ni registró su nacimiento en parte alguna; tal vez porque nadie reparó
en la presencia de un zagal que apacentaba cabras en las lindes de la Montaña
del Fuego, o tal vez porque quien tenía la obligación de reparar en él llegó a
la conclusión de que el Ejército Español funcionaría mejor sin sus servicios.
Pedro «el Triste», cabrero de Tinajo, nacido poco después del
siglo de padre desconocido y madre de la que nadie —y él menos que nadie—
recordaba siquiera el nombre, había llevado una existencia tan absolutamente al
margen del resto de los humanos que probablemente en todo un año no había
hablado nunca tanto como en el transcurso de aquella única mañana.
Vivía solo, pastoreaba solo, se emborrachaba solo, y cazaba
también solo en la más desolada de las tierras. Cuando tomaba asiento en una
apañada mesa de la miserable bodegucha de Tinajo, el dueño venía con un jarro y
un vaso y le servía de acuerdo con la cantidad de monedas que colocaba sobre la
mesa. Después de tantos años no tenían nada que decirse porque, en realidad,
nunca habían tenido gran cosa de que hablar.
Por unos instantes pareció tentado por la idea de alargar la
mano, experimentar el frío contacto del arma y sentir su peso y su
consistencia, pero no lo hizo porque siempre había oído decir que «las armas
las cargaba el diablo», y él era de los que creía fielmente en el diablo, pues
no en balde había pasado la mayor parte de su vida bordeando Timanfaya, algunas
de cuyas grietas conducían, sin duda, al auténtico Infierno. Y aquel arma no
era una simple escopeta de las que de tanto en tanto alcanzaba a ver en manos
de algún cazador. Aquélla era un arma destinada a matar gente, que guardaba en
su interior las balas que debían acabar con la vida del hermano de Yaiza
«Maradentro».
Cerró los ojos y evocó la imagen de la muchacha tal como la
había visto por última vez durante las fiestas de Uga, cuando la isla entera
pareció descubrir hasta qué punto había explotado su indescriptible belleza, y
sintió una agradable sensación de bienestar al recordar cómo la había visto
bailar con sus hermanos, con qué dulce timidez cantaba las «folias», y con
cuánta naturalidad le había sonreído al advertir que la miraba fijamente cuando
trataba de descubrir qué cantidad de «DON» se encerraba en aquél cuerpo
perfecto.
Por unos momentos le pasó por la mente la idea de que quien
—como Asdrúbal Perdomo— había pasado tanto tiempo en proximidad de aquella
muchacha ya había disfrutado suficiente de la vida y no tenía derecho a
quejarse si le mataban joven, pero luego pensó en ella, imaginó que la muerte
de su hermano empañaría para siempre aquella limpia alegría que brillaba en sus
ojos, y tuvo miedo del mal que le acarrearía haber sido uno de los causantes de
la infelicidad de Yaiza Perdomo, «la que agradaba a los muertos».
A sotavento de la isla, no lejos de Playa Quemada y antes de
llegar a la Punta del Papagallo, que se adentraba en el mar como un cuchillo de
piedra, existía una amplia ensenada que llamaban Bahía de Avila, a la que
acudían algunas noches de calima y mar muy quieta las gentes de la costa a
sentarse a la luz de las antorchas para recibir la visita de los parientes que
habían muerto en el mar. Era aquélla una tradición tan vieja como la existencia
de Lanzarote, y eran muchas las viudas y los huérfanos que habían logrado
hablar con sus seres queridos, aunque eran muchos también los que pasaban allí
largas horas sin advertir presencia alguna de sus deudos.
Pero se había corrido la voz de que las noches que Yaiza
«Maradentro» bajaba a la Bahía, raro era el ahogado que no acudía a la llamada
de los suyos, y Pedro «el Triste», que había visto pasar los primeros años de
su vida entre conjuros y hechicerías, llevaba demasiado arraigado el respeto al
«más allá», como para atreverse a desafiar a los espíritus buscándose la
animadversión de quien con tanta frecuencia había demostrado ser su amiga.
—Tenemos que marcharnos —dijo de pronto—. No hemos venido a
pasar el día durmiendo.
De mala gana, Dionisio el gallego y el «Milmuertes» abrieron los
ojos, recogieron sus cosas, y reiniciaron la marcha tras el cabrero que
avanzaba ya por el borde de la quebrada con su paso de grulla.
—¿Tienes una idea de adonde vamos? —inquirió el primero—. ¿O nos
pasaremos el día de un lado para otro como tres gilipollas...?
—Lo he pensado y no puede estar más que en un sitio.
—¿Dónde?
—No queda muy lejos.
Los otros se miraron, y la incredulidad constituía sin duda el
ingrediente principal de esa mirada, porque «Milmuertes» rebuscó de nuevo en su
mochila, tomó el revólver, y se lo introdujo en el cinto, bien visible:
—Este tipo empieza a no gustarme... —fue todo cuanto dijo—. Está
un poco chiflado.
—¿Un poco...? —musitó su compañero—. Está peor que las cabras
que apacienta.
Le siguieron, pero ya no con la despreocupación de la mañana en
que permanecían únicamente atentos a no torcerse un tobillo o no caerse; se
diría que su sexto sentido de gente acostumbrada al peligro o un extraño
presagio les hubiera asaltado de improviso, y el gallego, que era quien llevaba
la mayor parte de las veces la voz cantante, experimentó por unos minutos la
tentación de mandarlo todo al diablo, olvidarse del cabrero, sus perros y el
maldito Asdrúbal «Maradentro» y emprender el regreso hacia cualquier lugar del
planeta que se encontrase lejos de aquel desolado océano de negras olas
petrificadas.
Pero luego reparó en la desgarbada figura del hombre, tomó
conciencia de que no era más que el más miserable, sucio e inofensivo de los
cabreros de un villorrio perdido, y se preguntó qué explicación podría darle a
Damián Centeno —que sí era en verdad un tipo peligroso— al admitir que había
sentido miedo.
Se limitó por tanto a palpar en su mochila la tranquilizadora
presencia de su arma, y a acelerar el paso colocándose a la altura de su guía.
—¿Conoces a Asdrúbal Perdomo? —inquirió.
—Lo he visto un par de veces.
—¿Y a su familia?
—También la conozco de vista.
—Al parecer, aquí en la isla todo el mundo se conoce.
—Es que es pequeña.
—No tanto... ¿Cuántos habitantes puede tener? ¿Veinte mil?
—Nunca los he contado.
—Lo imagino... ¿Por qué te gustan los «Maradentro»?
—Yo no he dicho que me gusten.
—No. En efecto... No lo has dicho.
Permitió que se adelantara de nuevo con aquel paso casi
endiablado que utilizaba siempre, y ahora fue su compañero «Milmuertes» quien
le alcanzó.
—¿Qué decía el cabrero? —quiso saber.
—Nada. No dice nada y eso es lo que me jode... —respondió—.
Tengo la impresión de que se dedicará a pasearnos por estos pedregales hasta
que reventemos, y luego se volverá a casa con su dinero en el bolsillo... Nos
está tomando el pelo.
—No sabe con quién se juega los cuartos.
—No, desde luego... Pero si él no quiere que encontremos al
muchacho, puedes jurar que no lo encontraremos... ¡Eh, tú...! —llamó—. ¡Espera
un momento!
Pedro «el Triste» se detuvo, volviéndose, y los perros le
imitaron. No dijo nada y aguardó a que los otros llegaran a su altura:
—Si encontramos a Asdrúbal Perdomo te daré mil pesetas de
gratificación.
El cabrero meditó un instante, los observó largamente, fijó la
vista en el arma que «Milmuertes» acariciaba distraído y replicó:
—Dos mil.
—¡Vaya...! —exclamó el gallego—. Empezamos a entendernos... De
acuerdo: Dos mil.
El otro hizo un gesto de asentimiento.
—Yo les llevo donde está, pero me pagan y me largo. No quiero
tomar parte en una muerte. —Negó con la cabeza repetidamente—. No por dos mil
pesetas.
—Lo entiendo... —rió el gallego—. Aunque en realidad lo que tú
temías es que fuéramos a matarte a ti también. ¿No es cierto?
—Algo de eso tal vez haya.
—Puedes estar tranquilo. No conviene tirar piedras sobre el
propio tejado... ¡Trato hecho...! —añadió—. ¡Y ahora andando y no nos hagas
perder tiempo...!
Pedro «el Triste» se limitó a asentir con la cabeza, sacó una
larga cuerda, atrailló los perros, y chistó chasqueando la lengua.
—¡Busca!
Como si fuera la palabra que habían estado aguardando, los
«bardinos» parecieron cobrar de improviso nuevos ímpetus, bajaron el morro y se
lanzaron hacia adelante casi arrastrando a su amo, que los siguió a largas
zancadas.
Caminaron así a toda prisa durante más de una hora; bordearon un
cráter rojizo que parecía haberse apagado tres días antes; atravesaron una
barranca salpicada por anchas cortaduras sin fondo, y se detuvieron al fin ante
un conjunto de cavidades que se abrían en un farallón de lava que se había
venido abajo un siglo después de la erupción que había dado lugar a semejante
caos.
El cabrero dijo algo a los perros que comenzaron a gruñir por lo
bajo, mostrando los dientes, y tuvo que contenerlos porque resultaba evidente
que pugnaban por lanzarse hacia la entrada de una de las cuevas.
Se volvió a los que acababan de llegar, jadeantes como siempre,
a su altura:
—Es mejor que tengan las armas listas... —señaló—. Ahí hay algo
—Dionisio no se hizo repetir la indicación, dejando en el suelo su mochila y
extrayendo una pistola que amartilló de inmediato colocándole el seguro, y el
«Milmuertes» se limitó a dejar también la mochila junto a la de su compañero.
Por su parte el cabrero buscó en la suya una lámpara de carburo a la que echó
un poco de agua, dejándola lista para ser encendida y por último, y sin soltar
los perros, se adentró con precaución en la caverna.
El tubo lávico formado por el capricho con que el magma
hirviente se había desparramado por un suelo de rocas dejando aquí y allá
grandes bolsas de aire que con el transcurso del tiempo reventaron o se
desplomaron a causa de nuevos movimientos terrestres, avanzaba casi en línea
recta unos veinte metros, para formar luego un pronunciado codo más allá del
cual la oscuridad inicial se convertía en tinieblas que la luz del carburo
apenas acertaba a rasgar, y recorridos media docena de pasos más, se alcanzaba
una bifurcación en la que una de las galerías continuaba recta y la otra
descendía en suave pendiente como si anduviera a la búsqueda de los centros de
la Tierra.
Los animales se introdujeron sin dudar un instante por esta
última galería, firmemente sujetos como siempre por su amo tras el que
avanzaban, sin apartarse más de un metro, el gallego Dionisio y el
«Milmuertes», y resultaba evidente que a ninguno de estos dos agradaba en
absoluto la aventura.
Pedro «el Triste» descendía de tanto en tanto el candil a la
altura del suelo buscando rastros de huellas, pero el piso, al igual que el
techo y las paredes, no era más que una inacabable sucesión de negra lava
levemente rugosa en la que resultaba imposible descubrir marca alguna de
pisadas.
Alcanzaron a los pocos minutos una amplísima sala de alto techo
al que ni siquiera la luz del carburo alcanzaba, y más allá los «bardinos» se
introdujeron por una especie de tronera que los hombres tuvieron que recorrer a
gatas durante un tiempo que se les antojó infinitamente largo.
Al poco, Dionisio, que no apartaba los ojos de la luz, decidido
a echar mano a su arma y disparar en cuanto advirtiese el menor gesto que se le
antojara mínimamente sospechoso, descubrió que lo único que se encontraba ante
él era esa misma luz cuidadosamente colocada en el suelo, y tanto los perros
como su dueño parecían haberse esfumado como si la tierra se hubiera encargado
de devorarlos, haciéndoles desaparecer por alguna de las numerosas galerías que
se abrían a uno y otro lado de la estrecha hendidura:
—¡Maldito hijo de puta! —exclamó.
La voz de «Milmuertes», que venía tras él, tembló
perceptiblemente al inquirir:
—¿Qué ocurre?
—¡Se ha largado...! ¡Se ha largado dejándonos aquí...!
Retrocede... ¡Retrocede antes de que la luz se apague...!
Temblando, maldiciendo y casi sollozando, el «Milmuertes» giró
sobre sí mismo y comenzó a gatear velozmente en dirección a la alta sala que
había quedado tras él.
Pero cuando llegaron a ella ya la luz no era más que un leve
suspiro.
Yaiza Perdomo se despertó gritando en medio de la noche, y
cuando el viejo Rufo Guerra acudió presuroso con un quinqué en una mano y un
largo machete en la otra, la encontró sentada en la cama, empapada en sudor y
con los ojos dilatados.
—¿Qué ocurre, niña? —inquirió buscando a un posible agresor—.
¿Quién ha sido?
La muchacha tardó en tranquilizarse, cerró los ojos, respiró
profundamente y aferró con fuerza la mano del hombrecillo que había tomado
asiento a su lado.
—He visto a dos hombres que aullaban de terror —dijo—. Van a
morir y es por mi culpa.
Rufo Guerra lanzó un suspiro de alivio y dejó sobre la mesa,
junto al quinqué, su herrumbroso machete:
—¡Puff! —exclamó— ¡Vaya susto me has dado... ¡¡Cálmate...! No ha
sido más que un sueño.
Ella negó convencida:
—No ha sido un sueño... —dijo—. Lo he visto claramente, tal como
veo a los que se están ahogando, o veo los bancos de atunes y sardinas... ¡Está
ocurriendo!
—¡Tonterías...! —protestó el viejo—. Te tienen asustada con
todas esas historias que te han inculcado desde niña... ¿Cómo es posible que
con una madre tan culta puedas creer en supersticiones de viejas de pueblo?
Nunca debiste escucharlas...
—¿Qué culpa tengo si los que agonizan vienen a contarme que se
están muriendo? Yo no les llamo.
Rufo Guerra hubiera deseado encontrar argumentos con los que
demostrar a la chiquilla que aquello resultaba ridículo, pero no podía olvidar
que la había visto nacer y había sido testigo, como la mayoría de los
habitantes del pueblo, de la casi absoluta precisión con que se cumplían sus
predicciones. Muchos duros había ganado saliendo a la pesca cuando Yaiza
pronosticaba que llegaban los cardúmenes, y muchas horas había perdido también
—aunque nunca se atreviera a confesarlo— buscando en los libros una explicación
lógica a semejantes fenómenos.
—¿Quiénes eran? —inquirió al fin.
—No he visto sus rostros —replicó—. Estaba muy oscuro, y lo que
les aterrorizaba era esa misma oscuridad. Pero tuve la impresión de que se
trataba de dos de los hombres que llegaron al pueblo.
—Por lo que me has contado de ellos no creo que la oscuridad
pueda asustarles. ¿Por qué gritaban?
—Van a morir.
—¿Estás segura?
—Completamente. Y unos perros ladraban.
—¿Perros...? ¿Qué perros?
—Perros... No podía verlos. Únicamente los oía.
—¿Quién tiene perros en el pueblo?
—Usted sabe que hay muchos perros en el pueblo... Casi más
perros que gente.
—Sí, eso es cierto, demonios... —Agitó la cabeza en un ademán de
impotencia—. Bueno, ya todo ha pasado... Olvídalo y duerme.
Yaiza negó convencida:
—En cuanto cierre los ojos aparecerán de nuevo... Ocurre
siempre. No quiero dormir más esta noche.
—¡Pero si aún faltan dos horas para que amanezca...! —protestó
Rufo Guerra.
—Trataré de leer si no le importa que gaste petróleo, o saldré a
dar un paseo por el campo... Cuando ocurren estas cosas mi madre se queda
contándome historias... Es la mejor forma de calmarme.
—¿Contarte historias...? ¡Rayos...! Nadie puede contar historias
a estas horas de la noche... Ni siquiera Maestro Julián, que es el tipo más
novelero y fantasioso que conozco... —Hizo una pausa y cambiando bruscamente de
tono inquirió—: ¿Qué tipo de historias te gustan?
—¡Oh, no! —protestó Yaiza—. No quiero que se pase el resto de la
noche en vela por mi culpa... Vayase a dormir.
El viejo negó convencido:
—Tu padre me mataría si te dejara en un momento como éste... Te
confió a mí y debo protegerte incluso contra tus propios sueños... ¿Te gustan
las historias de amor?
—Me gustan las de aventuras... Aventuras en el mar... El Pirata
Negro, Sandokán y todo eso... ¿Ha leído a Salgari?
—No. A Salgari debe de ser al único escritor que no he leído en
mi vida. Pero me gusta mucho Julio Verne. Sobre todo las aventuras del capitán
Nemo... —Sorbió por la nariz con gesto brusco—. ¡Diablos! La verdad es que si
me hubieran dado a elegir en esta vida lo que más me hubiera gustado es ser
capitán Nemo... ¡Sabía de todo!
—Pero era muy desgraciado... Le habían matado a la familia.
—Yo eso nunca podré entenderlo... No he tenido familia... Sólo
mi hermano y una tía loca. Adoraba a mi hermano y siempre lo cuidé como a un
hijo. Tu padre le salvó una vez de morir ahogado... Luego se fue a América y
nunca escribió... ¿Te imaginas? Yo hubiera dado la vida por él, y no fue capaz
de escribirme ni una sola línea en treinta años...
—Tal vez no pudo hacerlo. Tal vez murió.
—Eso no me consuela. Prefiero pensar que es un mal hermano, pero
al menos está vivo... Así tal vez un día me escriba.
—Si se fue a hacer fortuna y no lo consiguió, le daría vergüenza
admitirlo.
—¿Ante su propio hermano...? No todos los que se van a América
logran hacer fortuna... De lo contrarío aquí no quedaría nadie... Le hubiera
bastado volver y compartir lo que tengo... Esta casa y el huerto sobran para
los dos... —Se había recostado en la pared a los pies de la cama, abrazándose
las rodillas y observando fijamente a la muchacha—. Pero no hablemos de mí
—dijo—. Me he acostumbrado a que los libros sean mi única compañía y no
necesito a nadie... Ahora quiero saber cosas de ti... Siempre me intrigó ese
poder que tienes para saber las cosas anticipadamente... ¿Estás segura de que
esos hombres han muerto?
Yaiza se encogió de hombros:
—Aún no —admitió—. Pero van a morir y lo saben. Y me culpan por
ello...
—¿Y tú? ¿Te sientes culpable?
—Maestro Julián asegura que morirán muchos hombres por mi causa.
—¿Eso te inquieta...?
—No quiero hacer daño. Quiero seguir como hasta ahora, y que no
me miren ni me molesten.
—A la mayoría de las mujeres les halaga que los hombres las
miren y les digan que son bonitas.
—A mí no. Supongo que algún día me gustará que un hombre me lo
diga, pero aún falta mucho...
Rufo Guerra meditó largo rato sin dejar de mirar a aquella
chiquilla a la que se esforzaba en ver como a la hija pequeña de su mejor
amigo; quizá la hija que a él mismo le hubiera gustado tener y con la que no
había cruzado nunca, pese a que la había visto nacer, más de media docena de
palabras.
—¿Te gusta el mar...? —inquirió de improviso.
—Sí, claro... Es lo que más me gusta en este mundo.
—Pues imagínate de pronto que el mar no quisiera que nadie le
mirara. ¿Resultaría injusto, no crees?
Ella torció la cabeza, le miró de medio lado y sonrió burlona:
—¡Oh, vamos! —exclamó—. Al mar nadie intenta manosearlo, ni
tumbarlo sobre una cama en cuanto se descuida... Me parece precioso que me
compare con el mar, pero no me sirve. Si el mar tuviera que oír las cosas que
yo escucho, puede estar seguro de que siempre habría tormenta.
El viejo rió divertido:
—Lo imagino... —señaló hacia afuera—. Levántate —dijo—.
Prepararé un buen desayuno, y nos iremos a tomarlo a lo alto del cerro viendo
amanecer sobre el mar y el valle... Te garantizo que es un espectáculo
inolvidable.
Tenía razón el viejo, y Yaiza recordaría toda su vida cómo salía
el sol recortando contra el horizonte la aislada silueta del peñasco del Roque
del Este y cómo la sombra del Volcán de la Corona se iba descorriendo sobre el
cerrado valle por el que se derramaba. Haría, sin duda el pueblo más hermoso de
la isla y uno de los más bellos que pudieran existir en lugar alguno de la
Tierra, pues en él se daban cita las altas montañas, los verdes campos
cultivados, la peculiar arquitectura típica lanzaroteña de muros impecablemente
blanqueados y, sobre todo, aquel prodigioso bosque de altísimas palmeras que
parecían barrer las nubes con sus copas.
Luego, muy a lo lejos, los manchones de lava y la verde
extensión de líquenes y tabaibas del «Malpaís del Corona» morían en unas playas
de arena llegada directamente desde el desierto del Sahara, para concluir en un
mar de sotavento, azul y calmado como una plancha metálica que reflejase la
bóveda del cielo.
Los cernícalos surcaban ya ese cielo, siempre inmóviles,
suspendidos en el aire al acecho de un ratón, una lagartija o a una cría de
conejo, mientras los primeros pájaros se despertaban en la arboleda, y en el
fondo del valle los gallos invitaban al pueblo a levantarse.
Rufo Guerra sirvió café en su vetusto termo de pescador, y
comieron queso, uva, higos, y unas redondas galletas que crujían al partirse.
Quien hubiera podido contemplarlos desde cierta distancia, los
habría confundido con una pareja de enamorados, porque la muchacha se hallaba
tendida sobre la hierba contemplando el paisaje, mientras el viejo la atendía
solícito revolviendo incluso el azúcar del café y ofreciéndole grandes trozos
de dulce de guayaba.
—Dice mamá que en las ciudades hay gente que nunca ve amanecer
—comentó Yaiza mientras sorbía su café aún muy caliente—, que se acuestan tarde
y se levantan entrada la mañana... ¿Puede imaginarlo?
—Naturalmente que puedo imaginarlo —admitió Rufo Guerra—. Y para
lo que allí amanece, más vale quedarse en cama. En las ciudades o es de día o
es de noche, y eso es todo lo que hay que ver...
Ella no respondió. Concluyó su desayuno, observó cómo el rojo
disco del sol se alzaba sobre el horizonte, y luego muy suavemente, musitó:
—Uno ha muerto.
Rufo Guerra la observó con fijeza.
—¿Cómo lo sabes? —inquirió.
—He oído un disparo y tuve la impresión de que me llamaba.
—¿Quién lo mató?
—Su miedo.
—¿Su miedo?
—Estaba solo y perdido.
—Pero eran dos, ¿dónde está el otro?
—No lo sé... Este se acurrucó en un rincón como si se encontrara
a punto de nacer, llorando como un niño, y luego sonó un disparo. —Se volvió a
su acompañante—. ¿Por qué me castiga Dios con estas cosas? —quiso saber—. ¿Por
qué me buscan siempre los ahogados y los muertos?
—Porque eres «médium».
—¿Soy qué...?
—«Médium». Es el nombre que se les da a las personas que pueden
ponerse en comunicación con los muertos... He leído algo sobre ellas en algún
libro.
—¿Y eso es bueno o malo?
—No lo sé. Pero parece ser que ganan mucho dinero... Todo el
mundo quiere ponerse en contacto con los muertos.
—¿Para qué?
—Para saber qué es lo que existe más allá...
—Los muertos no lo saben.
—¿Qué quieres decir?
—Que no deben de saberlo, porque vienen a preguntármelo...
Tienen miedo y se limitan a continuar a nuestro alrededor tratando de hacerse
la ilusión de que están vivos.
—¿Estás segura?
—No... —Agitó la cabeza con gesto de profundo pesar—. Es lo malo
de todo cuanto ocurre... Me asusta, y ni siquiera me sirve para estar segura de
nada... —Lanzó lejos una pequeña piedra y añadió Convencida—. A veces creo que
me estoy volviendo loca... Ün chico me dijo que no soy más que una histérica
engreída... Nunca he entendido muy bien lo que significa ser histérica... ¿Es
una especie de loca?
—Nunca había oído esa palabra. Y si la he leído, como no sabía
lo que significaba, no me he fijado en ella... Desde que tu madre no me explica
las cosas muchas se me pasan. Y me estoy haciendo viejo. Empiezo a pensar que
tanta curiosidad por saber más no conduce a nada... Ya casi siempre prefiero
leer un libro conocido a empezar uno nuevo, y eso es mal síntoma... —Rió entre
dientes—. A los niños muy niños, y a los viejos muy viejos tan sólo nos gusta
lo que ya conocemos... La auténtica curiosidad es cosa de jóvenes...
—Echa de menos a mi madre, ¿verdad?
—No puedes imaginarte cuánto.
—¿Estaba enamorado de ella?
Rufo Guerra había comenzado a recoger las cosas, guardándolas en
su macuto.
—Supongo que sí... —admitió—. Casi todos los alumnos se enamoran
de sus maestras, y ella fue mi maestra. ¿Sabías que me enseñó a leer?
—Nunca me lo dijo.
—Fue mucho antes de que tú nacieras... Aún tenía esperanzas de
que algún día mi hermano me escribiera, y quería leer yo mismo sus cartas. Ella
tuvo mucha paciencia y me enseñó, y luego me enseñó a elegir libros. —Hizo una
pausa mientras la ayudaba a levantarse de la hierba e iniciaban el camino
montaña abajo—. Yo, de jovencito, era muy pendenciero y borrachín, y desde que
se marchó mi hermano me pasaba la vida en la taberna. Allí perdía el jornal y
los amigos, porque con todos me peleaba... Estoy seguro de que si no hubiera
aprendido a leer hubiera acabado siendo un viejo solitario al que todos
odiarían. —Le guiñó un ojo con picardía—. Ahora soy viejo y solitario, pero
sólo me echo un copetazo de cuando en cuando... Y nadie me odia, aunque no sé
si eso es bueno.
—Debe de ser bueno... A mí la mayoría de la gente me odia... No
les he hecho nada, y pretendo ser siempre amable y cariñosa, pero advierto que
me odian.
—No creo que te odien... —replicó Rufo convencido—. Lo que
ocurre es que te ven distinta y les asusta.
—¿Y por qué tengo que ser distinta?
Se encogió de hombros.
—¡Cualquiera sabe...! La Naturaleza gasta esas bromas... Fíjate
en esta isla... Desde aquí podemos verla entera: desde los Farallones de Famara
hasta la punta del Papagallo... No es nada, y sin embargo, la Naturaleza ha
concentrado aquí más volcanes que en todo un Continente, y una vez leí que
Lanzarote es uno de los lugares de la Tierra por el que cruzan más líneas
magnéticas.
—¿Qué son líneas magnéticas?
Rufo meditó unos instantes y resultaba evidente que no se sentía
muy seguro de cuál era la respuesta, pero al fin, casi tímidamente, señaló:
—Al parecer, el mundo está cruzado por una serie de ejes o
líneas de fuerza magnética que a veces coinciden en un mismo punto provocando
extraños fenómenos e influyendo sobre hombres y animales. Los antiguos creían
mucho en eso, pero el cristianismo se preocupó de abolir o de hacer que se
olvidaran las teorías de los campos magnéticos por creer que se trataba de una
forma de brujería... Irlanda también tiene líneas magnéticas que se
entrecruzan... Y la India. Y Birmania... Pero en ningún lugar hay tantas como
aquí... Por eso, hacia donde quiera que se mire sólo se ven cráteres de
volcanes, y la tierra arde bajo nosotros... ¿No es eso un capricho de la
Naturaleza? ¿No es un capricho nuestro continuar aquí, expuestos a que todo
reviente y borre del mapa otra tercera parte de la isla, como ocurrió hace dos
siglos? ¿Por qué? ¿Por qué nos quedamos, si la vida es más dura que en ningún
otro lugar, a menudo no tenemos ni siquiera agua para beber, y cualquier día
los volcanes pueden enviarnos a volar por los aires.
—Porque es nuestra tierra... Y es hermosa.
—¿Qué tiene de hermoso...? ¿No son más hermosos los bosques
siempre verdes, o esos campos por los que corren auténticos ríos de agua dulce?
Dime, ¿cuántas veces has logrado darte un auténtico baño de agua dulce? Imagino
que nunca... Y, sin embargo, nos bastaría con cruzar a la isla de enfrente, a
Tenerife, para disfrutar de bosques inmensos, lluvia, manantiales, e incluso
nieve... ¿No es todo eso muchísimo más hermoso que esta tierra sedienta, estas
rocas y estos volcanes pelados?
Yaiza Perdomo recordó las veces que había estado con su madre en
Tenerife; evocó la fina lluvia en La Laguna; los tupidos bosques del monte de
la Esperanza; la blanca nieve reluciente de las laderas del Teide; los fríos
manantiales que se precipitan entre peñas y flores, y el verdor incomparable
del Valle de la Orotava tapizado de plataneras desde el borde del mar hasta las
faldas del inmenso volcán, y por último negó muy despacio, pero segura de sí
misma:
—No... No lo es.
—¡Mierda...! —replicó Rufo Guerra—. ¿Por qué tendremos que ser
siempre tan testarudos los lanzaroteños? ¿Por qué...?
La caravana de camellos-dromedarios de una sola joroba —llegados
del cercano desierto del Sahara— descendía sin prisas desde el pintoresco
villorio de Femés, asomado entre dos montañas como si estuviera tratando de
cerciorarse de que Isla de Lobos v Fuerteventura no iban a alejarse
adentrándose en el Océano, y los lentos y cansinos animales de estúpida
expresión parecían avanzar con miedo a aplastar imaginarios nuevos que
cubrieran el serpenteante sendero de piedra y lava.
Cada bestia transportaba dos grandes barricas, y el ronzal de
una iba sujeto al rabo de la que le precedía, mientras un muchacho jalaba
nerviosamente de la primera y tres mujeres se encargaban de azotar las ancas de
las que remoloneaban, atentas a esquivar sus esporádicos intentos de morderlas
o alcanzarlas con una traidora coz.
Era largo y pesado el esfuerzo de casi cuatro horas entre trepar
monte arriba, cargar agua y regresar con peligro a cada instante de despeñarse
por el precipicio; agotados bajo un sol que pretendía aplastarlos, soportando
las ráfagas del fuerte viento que llegaba libre desde miles de kilómetros de
distancia a través del mar, y que no tropezaba con obstáculo alguno hasta
enfrentarse con aquella cadena de montañas sobre la que mujeres, muchachos y
camellos se esforzaban por abastecer a un pueblo que se moría de sed.
Nadie hablaba —exceptuando las maldiciones a los renuentes
animales—, porque todos aceptaban que aquella dura tarea era una más de los
trabajos que había enviado Dios a los habitantes de Playa Blanca por haber
elegido aferrarse a toda costa a sus hogares y continuar en la bahía solitaria
pese a los impedimentos que la Naturaleza se había empeñado en imponerles.
Desde hacía cinco años un renqueante camión había tomado el
relevo de las bestias y bajaba el agua desde Arrecife a través del infernal
camino de piedras del Rubicón, pero los lugareños estaban acostumbrados desde
siempre a que por una u otra razón dejara de acudir, y cuando los aljibes se
encontraban vacíos y no quedaba en el pueblo agua ni para sancochar
decentemente un «cherne», las mujeres enjaezaban de nuevo los camellos y a
palos los obligaban a encarar una vez más la ascensión hacia Femés.
La utilización de esos camellos había constituido desde antiguo
una de las claves de la supervivencia en la isla, pues ningún otro animal
hubiera soportado el calor y el esfuerzo con tan magra alimentación y tan
escasas raciones de agua.
Los dromedarios habían reemplazado a los mulos, asnos y caballos
como bestias de carga a la hora de tirar del arado o trillar el grano en las
eras, y contribuían a conferir al desolado paisaje salpicado de blancas
viviendas y aisladas palmeras, aquel aire africano que hacía pensar que
Lanzarote no era más que un pedazo de desierto que se hubiera desgajado miles
de años atrás del Continente.
Acomodado a la sombra en la azotea, y observando a través de su
inseparable catalejo dorado la caravana que descendía sin prisas por la
montaña, Damián Centeno evocaba sus largos años de estancia en Marruecos,
trataba de buscar rasgos que diferenciasen a aquellas sufridas mujeres,
enfundadas en negros vestidos y cubiertas con anchos sombreros de paja de las
beduinas de jaique azul o las beréberes de las montañas del Atlas, y se veía en
la obligación de admitir —una vez más— que estaba tropezando con gente demasiado
sufrida y correosa, habituada por tradición de siglos a una vida tan dura e
inclemente, que estaba convirtiendo en inútiles todos sus esfuerzos por
dificultársela aún más.
Ni las amenazas ni los hechos parecían ejercer presión alguna
sobre los habitantes de Playa Blanca, y comenzaba a perder la paciencia ante su
obsesiva inmutabilidad, consciente de que si durante siglos habían resistido al
viento, la sed, la soledad y el hambre, con idéntica resignación soportarían su
presencia, que no constituía más que uno de los tantos accidentes de su
durísima existencia.
Hacía ya una semana que nada ocurría en el pueblo, en el que se
diría que cada familia se había refugiado en su casa a esperar el transcurso de
los acontecimientos, cerrada la taberna y con la mayoría de las barcas ancladas
a cincuenta metros de la costa, como si Playa Blanca hubiera muerto, con las
únicas excepciones de las caravanas de camellos que traían el agua, el leve
movimiento de los pescadores que zarpaban al amanecer, y un constante atisbar
por las rendijas de las ventanas, como si cada hombre, cada mujer y cada niño
—que ya no jugaban en la playa— abrigara la absoluta seguridad de que los
forasteros acabarían por hastiarse.
Y hacía ya tres días que no tenían noticias de Dionisio y el
«Milmuertes», a los que había enviado al temido «Infierno de Timanfaya», y
Damián Centeno, que conocía bien a sus hombres, sabía que comenzaban a sentirse
inquietos, la situación ya no les divertía como en un principio, y empezaban a
cansarse de jugar a las cartas, tomar el sol sobre la arena, bañarse, o pescar
en las rocas.
Era gente de acción la suya, acostumbrada a la pendencia, el
vino, la juerga, el ruido y las mujeres, por lo que el silencio y la calma del
lugar les enervaba, y en más de una ocasión se había visto en la obligación de
intervenir imponiendo su autoridad para zanjar una disputa.
Una mañana, Paco, un gitano de Almanzora con el que siempre
había contado en los momentos difíciles, se levantó con el pie izquierdo,
olfateó el ambiente, comentó que aquel lugar tenía «malfario», y cargando con
su pequeña maleta de cartón se encaminó a la puerta.
—¿Por qué?
—Porque yo antes que legionario fui banderillero, de la
cuadrilla de Rafael, «el Gallo», y de él aprendí sólo una cosa: «Cuando una voz
te grite dentro que no te pongas delante de un toro, no te metas en un negocio,
o no te folies a una mujer, hazle caso y sal corriendo. Toros, negocios y
mujeres hay muchos, pero a ti nadie va a repetirte...»
—¿Y qué es lo que te asusta? —quiso saber Damián Centeno—.
^Cuatro piojosos pescadores...?
—No, y usted lo sabe... Yo, o me asusto solo, o no me asusta
nadie... —replicó el gitano—. Y esta vez me asusté solo... En esta isla hay
«algo». Algo que está por encima de usted, de mí y de todos nosotros... Algo
que está incluso por encima de don Matías Quintero aunque se crea importante...
Si supiera qué es, lo diría, pero tan sólo lo presiento y con eso me basta...
¡Adiós, sargento! —añadió—. Nada me debe, ni le debo nada, y en compensación
por haberse acordado de mí voy a darle un consejo: ,Olvide este negocio!
Se alejó sin prisas, consciente de que era largo el camino,
indiferente a sus compañeros que le observaban desde el umbral de la casa, y a
las mujeres y niños que atisbaban por las rendijas de puertas y ventanas, con
el pausado paso del torero que soporta la vergüenza de una bronca en una plaza
repleta de un público que le grita indignado por la propia aceptación, sin
reparos, de su innegable cobardía.
—¡Bien! —admitió Justo Garriga mientras observaba cómo se iba
empequeñeciendo en la distancia—. Ya no somos más que la mitad. Quedamos tres,
y el pueblo continúa igual.
—Contándome a mí, quedamos cuatro... —puntualizó, puntilloso,
Damián Centeno—. Y Dionisio y el «Milmuertes» volverán pronto.
—Lo dudo. —Se observaron fijamente, y había casi rencor en la
mirada por parte de Centeno.
—¿A qué viene esa duda...?
—Paco me lo dijo antes de irse: «Esos no vuelven y yo me largo.»
Y le creí, porque es la primera vez en mi vida que veo asustado a ese gitano
del demonio... Por ahí andan diciendo que la chiquilla es medio bruja, y eso
impresiona.
—¡Mierda! Todo eso es mierda y monsergas de vieja a las que se
aferran los cagados cuando no encuentran otra disculpa... Lo más probable es
que «Milmuertes» y el gallego hayan localizado al pájaro y estén tratando de
darle caza... Tal vez incluso se lo hayan cargado ya... ¿Cómo podemos saberlo?
Aquí no hay teléfono, ni en Timanfaya tampoco... ¡Maldita sea...! Un simple
retraso y ya estáis temblando.
—Yo no tiemblo y usted lo sabe... No me importa lo que le haya
ocurrido a esos dos... Vine aquí a realizar un trabajo y haré lo que me
mande... Pero no puede impedir que diga lo que pienso. Conozco al «Milmuertes»
hace ya quince años... Se supone que está a poco menos de treinta kilómetros de
aquí, y me sorprende mucho que no haya encontrado la forma de ponerse en
contacto con nosotros y decir qué es lo que ocurre.
Desde las ruinas del molino de viento que se alzaban al borde
del camino coronando una pequeña loma a un kilómetro del pueblo, Paco el gitano
se había detenido y miraba hacia ellos como si quisiera llevarse una última
imagen de Playa Blanca, el mar e Isla de Lobos. Luego, giró sobre sí mismo y
desapareció definitivamente con su paso de nombre que no va a ninguna parte
porque nadie le espera en pane alguna. Paco el gitano ignoraba que pasaría el
resto de su vida en Lanzarote, primero como chulo de prostíbulo, más tarde de
encargado de un bar, y por último, con el transcurso del tiempo, como adinerado
propietario de una flotilla pesquera, pero jamás en tantos años quiso regresar
al lugar del que había salido una mañana a pie y avergonzado de sí mismo.
Damián Centeno, que había guardado silencio observando a su vez
al hombre que desaparecía, se volvió a Justo Garriga:
—De acuerdo... —admitió—. Mañana tengo que subir a ver a don
Matías... Me acercaré a Tinajo, y trataré de averiguar qué es lo que ha
ocurrido... —Agitó negativamente la cabeza señalando con un ademán hacia la
nueva caravana de dromedarios que se aproximaban descendiendo desde las alturas
de Femés —. Y tendremos que empezar a ponernos difíciles, porque estos cretinos
son capaces de pasarse la vida acarreando agua... —Su vista recayó en la más
alejada de las casas—. ¿Te has fijado en la gordita que anda siempre con un
traje floreado...?
—¡Ya lo creo...! Cuando se sienta a salar pescado se le notan
unos muslos como piedras.
—Su marido es de los primeros que salen a la mar... Esta noche
podríais hacerle una visita...
—¿Y por qué no a la mujer de Abel Perdomo...? Aún tiene un buen
polvo, y al fin y al cabo, son ellos los que importan.
—Porque encontrarías la casa vacía... Cuando su marido se va,
ella duerme en otra casa y me da la impresión de que no han dejado dentro nada
de valor... En realidad, no creo que jamás lo hayan tenido... —Chasqueó la
lengua—. No son tontos, no, los «Maradentro»... Nada tontos.
Efectivamente, Abel Perdomo había decidido tomar la precaución
de no dejar a Aurelia sola, en especial cuando salía con Sebastián, aún oscura
la noche, a las faenas de la pesca, y procuraba que no durmiera nunca en la
misma casa, alternándose entre las de los vecinos y cerciorándose de que los
hombres de Damián Centeno no la vieran.
Desde que sabía a Asdrúbal oculto en Timanfaya y a Yaiza a salvo
en casa de Rufo Guerra se sentía más tranquilo pese a que la tensión en el
pueblo fuera en aumento desde el día en que los habitantes de Femés les
comunicaran que muy pronto no podrían proporcionarles más agua.
Aunque Damián Centeno y sus hombres lo ignoraban y los camellos
continuaran subiendo y bajando la montaña, la mayoría de ellos regresaban con
las barricas vacías, y por más que fingieran que se estaban arreglando sin el
camión, lo cierto era que en Playa Blanca escaseaba el agua incluso para lo más
imprescindible.
Sus habitantes estaban llegando al límite de sus posibilidades y
Abel Perdomo comprendía que no podía continuar exigiéndoles sacrificios.
Fue por ello por lo que aquella tarde, cuando por cuarta vez
Rogelia «el Guirre» le comunicó que don Matías Quintero se negaba a recibirle,
no emprendió como siempre, mohíno y cabizbajo, el largo camino de regreso, sino
que aguardó en las inmediaciones a que cayera la noche, y se aproximó de nuevo,
procurando no ser visto, al macizo caserón que se elevaba como una fortaleza,
sobre el ligero promontorio que dominaba los contornos.
Tuvo que aguardar casi dos horas hasta que la luz del gran
ventanal se apagara y al poco advirtió cómo la puerta principal se abría, y la
frágil y encorvada figura de don Matías Quintero, al que no había visto más que
una vez en su vida, abandonaba el porche y se adentraba en las sombras del
huerto que se extendía hasta las lindes mismas de los viñedos.
Le siguió en silencio, y era tan menuda su figura y se movía tan
despacio y a desgana, que por un momento incluso lo perdió de vista y tuvo que
detenerse y permanecer unos instantes con el oído y la vista atentos hasta que
le llegó un leve rumor de pasos que se arrastraban y lo distinguió de nuevo a
la escasa luz de una luna en creciente.
Surgió ante él como un fantasma nacido de la nada; como una
torre que le doblara casi en peso y tamaño, y el viejo dio un respingo y se
quedó muy quieto, conteniendo el aliento.
—¡Buenas noches...! —saludó Abel Perdomo—. Por favor, no se
asuste... No pretendo hacerle daño... Únicamente quiero hablarle.
—Tú eres el «Maradentro», ¿verdad? —replicó al poco don Matías
con voz tranquila—. El padre del asesino de mi chico... No tengo nada que
hablar contigo... ¡Nada en absoluto! —Hizo una leve pausa, y luego añadió con
intención—. ¿Sabes cuándo hablaré contigo...? Cuando nos crucemos en el
Cementerio el Día de Difuntos... Tan sólo entonces tendremos algo en común...:
un hijo allí descansando.
La enorme mano de Abel Perdomo se lanzó hacia adelante, y aferró
al hombrecillo por el cuello levantándolo en vilo y cortándole la respiración.
—¡Escuche, viejo maldito! —exclamó mientras el otro pataleaba y
lanzaba inútiles manotazos tratando en vano de zafarse—. Me bastaría con
apretar un poco para acabar con este asunto... Pero los «Maradentro» no somos
asesinos... —Aflojó levemente la presión para no estrangularlo por completo—.
Aquello fue un accidente... Asdrúbal mató a su hijo porque pretendían abusar de
mi Yaiza, que es aún casi una niña... ¿Por qué no trata de aceptarlo...? Tal
vez su chico estaba borracho... Tal vez fue un mal momento... ¡Yo qué sé...!
Pero le juro que esa es la verdad, y si se lo propusiera lo averiguaría...
Reconozco que debe de ser muy duro aceptar algo así de un hijo muerto, pero yo
no puedo hacer nada por cambiar las cosas... ¡Ni usted tampoco!
Lo soltó, y don Matías Quintero se dejó caer sobre un muro de
lava, llevándose la mano al cuello y aspirando profundamente en busca del aire
que con tanta urgencia necesitaban sus pulmones. Tardó casi un minuto en
recuperar el habla, y al fin alzó un rostro en el que podía leerse la misma
fanática decisión de siempre:
—Más te valdría continuar apretando —dijo al fin—. Así
terminaríais juntos en el «garrote», padre e hijo... —Hizo una corta pausa,
como para medir el alcance de sus palabras, y añadió—: ¡Decídete, porque de lo
que puedes estar seguro, es de que no descansaré hasta que vea a tu hijo bajo
tierra...!
Abel Perdomo permaneció confuso unos instantes, como si le
costase aceptar la magnitud de un odio tan profundo o tan irracional ansia de
venganza, y se dejó caer a su vez sobre otro de los muros, mientras agitaba
repetidamente la cabeza:
—Entiendo... —dijo—. Le gustaría que le matara porque no tiene
cojones para suicidarse, y borrarse del mapa es ya el único camino que le
queda... Pero no pienso darle ese gusto... Usted va a tener que seguir viviendo
con su dolor y su vergüenza, don Matías... Y tanto más grande serán cuanto más
trate de borrarlos con nuevas canalladas... Quemar barcos o matar de sed a un
pueblo inocente no cambiarán la realidad de que su hijo era un cerdo y un
borracho que tuvo el fin que merecía... Fue mi Asdrúbal, pero pudo haber sido
cualquier otro, porque además era un cobarde traicionero de los que usan
cuchillo... Tan cobarde como usted, que no se atreve a hacerle frente a su
problema y tiene que contratar asesinos a sueldo para tratar de enmascararlo...
Permanecieron muy quietos, mirándose; ignorantes de que desde la
oscuridad, a no más de diez metros de distancia, la negra y escuálida figura de
Rogelia «el Guirre» los observaba, porque su fino oído de tísica le había
permitido escuchar voces y se había deslizado como una sombra, segura desde el
primer momento de que el visitante nocturno no podía ser otro que aquel Abel
Perdomo que esa misma tarde había intentado por cuarta vez que su patrón le
recibiera.
Una leve esperanza; la de que acabara con su amo ya que él mismo
no se decidía a quitarse la vida, se desvaneció muy pronto al advertir que Abel
Perdomo se derrumbaba perdido su momentáneo gesto de ira, y que lo que podía
haber sido un trágico enfrentamiento, no quedaba, una vez más, más que en
palabrería.
Continuó inmóvil y atenta mientras el hombretón se ponía de
nuevo en pie cansinamente y se perdía de vista en las tinieblas, y durante
largos minutos continuó acechando la desvalida figura de su amo, que como un
muñeco roto continuaba despatarrado sobre el muro, incapaz al parecer de
reaccionar y volver a la casa.
La mano de Rogelia «el Guirre» tanteó a su alrededor hasta
tropezar con un grueso pedrusco que aferró con fuerza, y luego, muy despacio,
se puso en pie y se deslizó como un fantasma hacia donde don Matías Quintero
parecía muerto o dormido, pues había llegado a la conclusión de que tenía que
actuar por sí misma o todos los sueños que había ido alimentando durante los
últimos años se esfumarían por no ser más que sueños. Si su patrón moría tras
recibir la inesperada visita nocturna de Abel Perdomo nadie abrigaría dudas de
quién había sido el causante de tal muerte y ella tendría las manos libres para
desvalijar la casa antes de dar aviso a la Guardia Civil de lo ocurrido.
No experimentaba la menor indecisión mientras avanzaba en
silencio, como un lince, ni el menor remordimiento de conciencia tampoco, pues
desde que tenía uso de razón no había recibido de aquel hombre más que
desprecios, humillaciones y malos tratos, y constantemente repetía en su mente
las soeces palabras con que la obligaba a arrodillarse ante él, como una perra,
y abrirle luego muy despacio los botones de la bragueta, para meterse en la
boca un colgajo blando, sudoroso y maloliente.
Damián Centeno llegó a Tinajo a primera hora de la mañana y en
el molino de gofio le aseguraron que Pedro «el Triste» había subido como
siempre al monte con las cabras, por lo que se lanzó en su busca por los más
endemoniados caminos que hubiera recorrido aquel viejo automóvil en toda su
vida de traquetear por la isla.
Tuvo que preguntar aquí y allá, en caseríos aislados o a algún
solitario campesino que reconstruía, como todos, los muros de piedra que el
viento se empeñaba en derribar una y otra vez, y al fin, cuando ya el sol caía
a plomo y el calor agobiaba, el último rastro de sendero desapareció y llegó a
la conclusión de que no le quedaba más remedio que continuar a pie.
Lo vio de lejos; sentado en la ladera de un viejo cráter
contemplaba la silueta de las Montañas del Fuego que se recortaban en el
horizonte, y de tanto en tanto silbaba a sus animales o lanzaba una piedra para
que no se alejaran demasiado.
Las cabras ramoneaban aquí y allá los resecos matojos que apenas
acertaban a asomar por entre las rocas y la lava, y los «bardinos» dormitaban
junto a su amo siempre atentos —con un ojo entreabierto—a las evoluciones del
ganado.
Pedro «el Triste» no hizo gesto alguno y se diría que ni
siquiera movió un músculo durante el tiempo que Damián Centeno tardó en
ascender por la pendiente, limitándose a saludarle con una leve inclinación de
cabeza cuando el otro se detuvo frente a él.
—¡Buenos días!
—¡Buenos días!
—¿Es usted Pedro «el Triste»?
—Así me llaman.
—Busco a dos amigos...
—Por aquí no están...
—Ya lo veo... Pero vinieron a hablar con usted y no han
regresado.
—Tal vez cambiaron de idea.
—¿Quiere decir que no vinieron?
El cabrero le miró largamente, impasible, pero al fin hizo un
gesto de asentimiento:
—Venir, vinieron... —admitió—. Si es a esos a los que se
refiere... A uno le mentaban «Milmuertes» y al otro, Dionisio, si mal no
recuerdo... Me pidieron que les llevara a Timanfaya, les llevé y no les gustó.
Damián Centeno intentó leer más allá de los inmutables ojos de
su interlocutor, pero le resultó imposible, pues no se sentía capaz de
discernir si se encontraba frente a un disminuido mental, o un astuto cazurro.
—¿Qué quiere decir con eso de que no les gustó...? ¿Qué
hicieron?
—Irse... Dijeron que allí hacía mucho calor y había demasiadas
piedras... ¡No...! —repitió—. No les gustó.
—¿Ya dónde fueron...?
El cabrero ladeó la cabeza levemente:
—¿Es usted amigo suyo...? —inquirió, y ante el mudo gesto de
asentimiento, añadió con naturalidad—. Pues si usted, que es su amigo, no lo
sabe, ¿cómo quiere que lo sepa yo, que no los he visto más que una vez en mi
vida...?
Damián Centeno tomó asiento sobre un peñasco, buscó un
cigarrillo, le ofreció otro y tras encender ambos, aspiró una profunda bocanada
de humo y señaló:
—Tengo la impresión de que está tratando de ocultarme algo... No
me dice todo lo que sabe...
El otro se encogió de hombros.
—Cada cual piensa lo que quiere... ¿Por qué tendrían que haberme
dicho adonde iban...? ¿Qué me importaba a mí?
—Tal vez no fueron a ninguna parte.
—Es posible... —Si hubiera sido capaz de sonreír alguna vez en
su vida, Pedro «el Triste» hubiese sonreído en ese momento—. También es posible
que me los haya comido... ¿Tengo aspecto de comerme a la gente...?
—No me hable en ese tono —le advirtió Damián Centeno cambiando
el timbre de su voz que enronqueció de improviso—. No me gusta.
—A mí tampoco me gusta el suyo... —fue la respuesta—. Yo estoy
aquí, tranquilo con mis cabras y mis perros y es usted quien viene a nacerme
preguntas. Ya le he dicho lo que quiere saber...
—Aún no me ha dicho nada.
—Pues se me antoja que fue mucho... Se fueron, y si quiere saber
adonde, cuando los encuentre, les pregunta...
Resultaba evidente que mentía, pero Damián Centeno pareció
comprender que no obtendría nada en claro con semejante interrogatorio. Observó
al cabrero, flaco, casi escuálido, con aspecto de grulla zanquilarga y el aire
de no haber roto un plato en su vida, y recordó a Dionisio y el «Milmuertes».
Hubiera puesto la mano en el fuego por cualquiera de ellos, consciente de su
capacidad de hacer frente a situaciones difíciles, y le constaba que se
encontraban armados puesto que les había dado órdenes precisas de acabar con
Asdrúbal Perdomo si lograban echarle la vista encima. Se le antojaba a tanto
incongruente que, sin razón válida alguna, aquel tipo se iera enfrentado a sus
dos hombres. Aplastó la colilla del cigarrillo con la punta del zapato e
inquirió:
—¿Le ayudarían mil pesetas a recuperar la memoria y decirme
adonde fueron mis amigos?
—Ayudarían mucho si lo supiera... —fue la socarrona respuesta—.
Pero le repito que no dijeron nada...
Hizo un último intento aunque lo consideró también inútil:
—Tal vez la Guardia Civil resulte más convincente.
—¿Usted cree...?
Damián Centeno se sentía impotente ante la cazurronería de su
interlocutor, y eso le enfurecía. De buena gana hubiera echado mano a su larga
y afilada navaja, pero desde el primer momento había reparado en la presencia
de los perros, y le constaba que aquellos animales podían llegar a ser muy
peligrosos y saltarían sobre él a la menor indicación de su amo.
—¡Bien...! —dijo al fin poniéndose en pie dispuesto a
marcharse—. Volveremos a vernos.
—Como guste... Yo suelo estar siempre por aquí...
Mientras descendía, resbalando, por la pendiente, Damián Centeno
agradeció el hecho de no haber traído una pistola, pues en aquel momento se
hubiera vuelto a pegarle cuatro tiros al cabrero, provocando con ello una
muerte inútil que no le hubiera acarreado más que problemas.
Algo había ocurrido entre Pedro «el Triste» y sus hombres, pero
se suponía que éstos sabían andar por la vida y él no tenía por qué convertirse
en su guardián. Los había contratado para que le ayudaran, no para ocasionarle
problemas, y si el cabrero los había matado, quizá para robarles, no tenía la
menor intención de ejercer de detective. Bastante tenía con continuar buscando
a Asdrúbal Per domo.
Damián Centeno había visto morir a muchos hombres en su vida,
pues había luchado en las campañas de Marruecos, la Guerra Civil, e incluso la
Segunda Guerra Mundial formando parte de la División Azul que se enfrentara a
los rusos, por lo que había aprendido a olvidarse aprisa de los muertos aunque
fueran amigos, ya que acordarse de ellos jamás resucitó a ninguno y a lo único
que conducía ese recuerdo era a tomar conciencia de que estaban aguardando
impacientes a la vuelta de la esquina.
Mil veces había enviado exploradores y patrullas que nunca
regresaron, y pronto perdió el hábito de preocuparse por lo que podría haberles
ocurrido, pues desaparecer como si se las hubiera tragado la tierra, era
probablemente el destino lógico de toda avanzadilla.
Su auténtica furia se desató por tanto al llegar al automóvil,
porque descubrió que uno de los neumáticos se había deshinchado, y como esa
misma mañana otro de ellos había reventado también en los infernales caminos de
la montaña, carecía ahora de repuesto.
A solas, sabiendo que nadie podía verle, comenzó a patear la
rueda y soltar reniegos con toda la intensidad de su peor vocabulario
cuartelero, maldiciendo a aquella isla pedregosa y desolada en la que todo
parecía ponerse siempre en contra suya, porque Damián Centeno, ex sargento de
la Legión, cuatro veces condecorado por su valor y su extraordinaria sangre
fría, experimentaba la desagradable sensación de que Lanzarote parecía tener la
maldita virtud de destrozarle los nervios ya que no era hombre de mar, ni era
aquél su paisaje, ni comprendía a sus gentes.
Sufridos, distantes, callados y absurdamente apegados a una
tierra inhóspita, los «conejeros», como se llamaban a sí mismos los
lanzaroteños, se le antojaban en cierto modo seres de otra galaxia que no
respondían a los mismos estímulos a que estaba acostumbrado a que respondieran
el resto de los mortales.
Ni el dinero, ni las amenazas, ni incluso la violencia le habían
servido de nada hasta ese instante y aquella misma madrugada, cuando Justo
Garriga regresó con los muchachos de su aventura nocturna con la mujer del
pescador, su encogimiento de hombros y su expresión de desencanto le
desconcertaron una vez más.
—No hizo nada —le había contado—. Entramos en silencio, la
sorprendimos en la cama, y en un principio pataleó y trató de resistirse, pero
cuando comprendió que resultaba inútil, se quedó muy quieta, como muerta y
aguantó sin protestas... —Hizo una pausa mientras se servía café—. Cuando nos
fuimos pensé que iba a gritar como una loca, pero aún no ha rechistado, y mi
impresión es que no piensa abrir la boca.
—¿Le pegaste?
—¿Para qué? No hizo falta...
Justo Garriga parecía no haber comprendido que no les había
enviado a pasar un rato divirtiéndose con una estúpida pueblerina, sino a
intentar que todos en Playa Blanca llegaran a la conclusión de que no sólo
estaba dispuesto a quemar barcas, apalear pescadores, o interceptar el camión
del agua, sino que podría llegar muchísimo más lejos si no obligaban a los
Perdomo «Maradentro» a que su hijo Asdrúbal diera la cara.
Mientras caminaba, perdido, sudoroso, muerto de sed y
hambriento, en busca de un camino que le condujese a algo que remedase una
carretera y le pudiera llevar al fin a algún lugar habitado desde el que llegar
a Mozaga, continuaba preguntándose en qué había fallado y cuál debía ser su
actitud para conseguir un objetivo que cada día parecía más distante.
El viejo comenzaba a impacientarse y le constaba. Quería
resultados y no había sabido ofrecerle nada que pudiera tan siquiera calmarle
de momento. Si además le contaba que dos de sus hombres habían desaparecido
comenzaría a perder la fe que siempre había depositado en él, y él, Damián
Centeno, expulsado de la Legión y a punto de cumplir ya los cincuenta, tenía
plena conciencia de que la única oportunidad que se le presentaría en la vida
de llegar a ser algo, era conseguir que don Matías Quintero le nombrase
heredero de su inmensa fortuna. Una vez muerto Asdrúbal Perdomo el anciano ya
no tendría demasiadas razones para seguir viviendo, y sería cuestión de
aguardar el momento en que aquel hermoso caserón y los viñedos pasaran a sus
manos.
Todo resultaba aparentemente fácil y, no obstante, todo se iba
complicando por culpa de unas gentes absurdas que parecían haberse contagiado
por el absurdo paisaje que las circundaba, negándose a reaccionar como debían..
Encontró una casa solitaria, pero un perro comenzó a ladrarle
sin permitirle aproximarse, y por más que llamó, no acudió nadie que pudiera
ofrecerle un vaso de agua o indicarle el rumbo. Quién habría levantado aquella
casa allí, en medio de un pedregal inhabitable, y dónde estaba en ese momento
el dueño que la había dejado al cuidado de un perro eran el tipo de preguntas
para las que jamás se encontraba respuesta en Lanzarote y el tipo de preguntas
que a Damián Centeno le enervaban.
Mientras continuaba su marcha con los pies destrozados de
caminar sobre las piedras y la lava, fue llegando al convencimiento de que no
le quedaba más remedio que pasar de una vez por todas a la acción y
concentrarse en quienes de verdad importaban: los Perdomo «Maradentro».
Si para conseguir que Asdrúbal apareciera tenía que verse en la
obligación de matar a todos los Perdomo, uno por uno, no dudaría en hacerlo,
porque a lo que no se encontraba en absoluto dispuesto, era a permitir que un
grupo de palurdos desbarataran sus planes riéndose en sus barbas.
Media hora después, al doblar un recodo se tropezó de frente con
un hombre que cargaba de «picón» los inmensos serones de un camello, y que le
indicó que aún le quedaba una hora larga de camino campo a través hasta Mozaga.
—No... —replicó convencido a su pregunta—. Por aquí no
encontrará carretera, ni vehículo alguno que pueda transportarle...
—¿Está seguro?
—He vivido siempre aquí, señor, y estoy seguro... El camello es
la única forma de transporte posible en esta parte de la isla.
Fue por ello por lo que Damián Centeno se vio en la obligación
de soportar la humillación de tener que entrar en el pueblo de Mozaga trepado
sobre los serones de carga de un estúpido y cansino dromedario, conducido por
un paciente «conejero» que sonreía burlonamente torciendo su poblado bigote.
—¡Aquí le traigo un «cristiano»...! —señaló divertido el hombre,
al obligar al animal a arrodillarse ante la puerta en la que había hecho su
aparición Rogelia «el Guirre»—. Andaba perdido y lo traje porque me aseguró que
era amigo de tu amo...
Rogelia, que no había apartado su mirada cargada de rencor y
desprecio del fatigado jinete, hizo un gesto de asentimiento:
—Agradecida por el favor, «Cho» Anselmo —dijo—. Entre en la
cocina, échese un trago de vino y llévese unas rosquillas para sus muchachos...
Recién las saqué del horno hace una hora... —Se dirigió luego directamente a
Damián—. El amo está en su dormitorio —añadió—. El médico ha ordenado que nadie
le despierte.
—¿Está enfermo...?
—Abel Perdomo quiso matarlo anoche... Por suerte mi marido oyó
los gritos y llegó a tiempo haciéndole escapar.
—¿Abel Perdomo...? —se asombró el camellero—. ¿El«Maradentro» de
Playa Blanca...? ¡Raro se me parece...!
—¿Por qué...? —replicó agriamente la mujeruca—. ¿Si el hijo mató
a su hijo, por qué no puede el padre intentar matar al padre...?
El llamado «Cho» Anselmo pareció captar de inmediato que aquél
no era un asunto en el que debía meter las narices, y sin una palabra más se
encaminó a la cocina en busca del vaso de vino y las rosquillas prometidas,
porque bastantes problemas tenía con tratar de cubrir de «picón» su campo a
base de transportar serones desde una montaña situada a más de quince
kilómetros de distancia. Durante los próximos seis meses esa tenía que ser su
única preocupación, y el resto era cosa de otros.
Damián Centeno por su parte pidió a Rogelia que le indicara un
baño en el que poder desprenderse de la mugre del día.
—Esperaré a que don Matías despierte... —puntualizó—. ¿Ha venido
la Guardia Civil?
Hubiera jurado que el rostro de la mujer se contraía levemente,
pero fue tan sólo un instante, porque ya se había vuelto siguiendo al camellero
hacia la cocina:
—El patrón no quiso llamarla —replicó—. Dijo que usted
arreglaría ese asunto... En la segunda puerta de arriba encontrará un
dormitorio y un baño... Puede usarlos... En media hora le serviré la cena.
Agradeció poder sumergirse en agua caliente, placer del que no
había logrado disfrutar desde que llegara a la isla, se enrolló luego en una
gran toalla, ordenó que le tuvieran la ropa limpia a la mañana siguiente, y
cuando terminó de cenar, a solas en el abovedado y lóbrego comedor de la
casona, rogó a Rogelia que hiciera venir a su marido, Roque Luna:
—¿Para qué...?
—Quiero que me explique cómo ocurrió todo.
—Ya se lo he dicho: oyó gritos, acudió y puso en fuga a Abel
Perdomo.
—Prefiero que me lo cuente él mismo...
Rogelia «el Guirre» pareció comprender que levantaría sospechas
si continuaba oponiéndose y fue en busca de su marido, que se encontraba en la
bodega ocupado reparando los aros de un tonel:
—Quiere verte... —dijo.
—¿Y qué voy a contarle?
—Lo mismo que al médico o al viejo... —gruñó—. Me impediste
matarle, pero te juro que si me mandas a la cárcel vienes conmigo.
—¡Estás loca...! —murmuró el hombre dejando a un lado el
martillo con que golpeaba el aro de metal—. ¡Completamente loca...! ¡Matar al
viejo...! ¿Cómo se te pudo ocurrir cuando ya únicamente se trata de tener
paciencia...?
—¡Paciencia...! Me he pasado la vida teniendo paciencia... Yo
paciencia y tú cuernos... —exclamó—. No te importaba cuantas pollas tuviera que
mamar, ni cuantos retretes tuviera que fregar con tal de que a ti te dejaran
tranquilo en tu rincón, bien cómodo, bien fumado, con tu partidita de dominó
todas las urdes y tus salidas a pescar cada domingo... —Dejó escapar una corta
carcajada amarga—. ¡A pescar...! Cuatro horas pescando y el resto en el burdel
de Tahiche... ¿Crees que no lo sabía...? Lo que yo ganaba acostándome con
otros, te lo gastabas tú acostándote con otras... ¡Pero he aguantado...! He
aguantado porque tenía la seguridad de que un día esta casa y estas viñas
serían mías... —Escupió con rabia en el suelo—. ¡Maldito seas, porque si no
llegas a interponerte, a estas horas ya lo serían!
Roque Luna le dirigió una larga mirada de incredulidad, se
encaminó a la puerta, y ya en ella se volvió agresivo:
—¿Cómo puedes ser tan necia...? —inquirió—. Aun cuando el viejo
se muera por las buenas, ni la casa ni las viñas serán tuyas. ¿Dónde se ha
visto que una criada herede al amo...? ¡Deja ya de soñar...! Cuando el patrón
la diñe tal vez nos quedaremos con muchas cosas, pero tendremos que irnos para
siempre... ¡Cretina...! No voy a denunciarte, pero deja de fantasear y pon de
una vez los pies sobre la tierra... ¡No eres más que una vieja criada, puta,
ladrona y, si no es por mí, asesina...!
Salió sin aguardar respuesta, y a los pocos instantes golpeaba
respetuosamente la pesada puerta del comedor. Su tono de voz y su expresión
habían cambiado por completo cuando, al abrir, inquirió servilmente:
—¿Quería usted verme, don Damián?
—Quiero que me cuente lo ocurrido.
El nombre, con el manoseado sombrero en la mano, pareció estar
haciendo un gran esfuerzo en su sincero afán por recordar hasta el último
detalle de cuanto había acontecido la noche antes.
—Verá usted, don Damián... —comenzó—. Yo tengo el sueño
ligero... Duermo como los perros...: una oreja tiesa y otra caída, y ese ha
sido siempre un hábito de mi familia: de los Luna, a los que tal vez por el
apellido nos viene eso de ser más de la noche que del día... —Hizo una pausa—.
Ya tarde, escuché voces allá por el jardín o el huerto y eso me sorprendió,
pues el patrón no esperaba visita... Luego las voces subieron de tono, sonaban
a discusión, y recordé que Abel Perdomo había intentado una vez más entrar a
ver a don Matías... Me alarmé, comencé a vestirme y fue entonces cuando me
llegó claramente un grito a los oídos... Salí como estaba, grité también
preguntando qué ocurría, y vi cómo alguien escapaba saltando entre las viñas...
Busqué, guiándome por unos lamentos que sonaban y encontré a don Matías tendido
en el suelo y abierta la cabeza... Daba lástima verle.
—¿Estaba inconsciente...?
—No del todo, pero sí muy aturdido.
—¿Le dijo que había sido Abel Perdomo...?
—Era Abel Perdomo.
—¿Cómo lo sabe?
—El huerto y el jardín están plagados de sus huellas... Las
mismas que dejó por la tarde en el camino de entrada... Nadie más vino ayer, y
únicamente un hombre de su estatura puede dejar huellas de ese tamaño...
¿Quiere verlas...?
—No. No es necesario ahora... ¿Qué dijeron al médico?
—Lo que ordenó don Matías: que se había caído golpeándose contra
uno de los muros de las viñas.
—¿Qué más dijo el patrón?
—Nada, y ya fue suficiente... Se encontraba muy débil y
atontado...
—¿Y usted qué piensa...?
—Yo no pienso. —Roque Luna ensayó una tímida sonrisa—. Quiero
decir que me pagan por cumplir con mi trabajo y no por meterme en asuntos
ajenos... Todo lo que está ocurriendo es muy triste y doloroso, pero mi
obligación es mantenerme lejos.
—¿Y Rogelia...?
—Hace lo mismo.
—¿Dónde estaba Rogelia?
—Durmiendo. Por suerte para ella no tiene un sueño tan ligero
como el mío.
—Comprendo... —Le miró largamente; el otro sostuvo la mirada
como si se encontrase dispuesto a continuar respondiendo preguntas
indefinidamente, pero le despidió con un leve gesto de la mano—. ¡Bien...!
—dijo—. Ahora puede irse... Voy a acostarme, pero quiero que me despierte en
cuanto despierte don Matías. ¿Está claro...?
—Muy claro, don Damián... Yo mismo me quedaré a cuidarle no sea
que a ese maldito Perdomo «Maradentro» se le ocurra la idea de volver a rematar
su obra... ¡Buenas noches...!
—¡Buenas noches...!
A punto de dormirse, Damián Centeno experimentó de nuevo la
certidumbre de que ese día todo el mundo mentía. Tal vez la edad le estaba
volviendo demasiado quisquilloso, pero estaba seguro de que ni Pedro «el
Triste», ni Rogelia, ni Roque Luna habían dicho una sola palabra de cuanto
sabían sobre Dionisio, el «Milmuertes», don Matías Quintero, o Abel Perdomo
«Maradentro».
—¡Maldita sea esta isla...! —musitó—. ¡Y maldita la gente que
vive en ella...!
Manuela Quijano bajó al amanecer a la playa, se alejó hasta un
caletón escondido entre las rocas y allí se desnudó introduciéndose en el agua
hasta que el frío la dejó tiritando, en un inútil esfuerzo por arrancar de su
piel y de cada rincón de su cuerpo el asco que sentía.
Al fin, y aunque la verde pastilla de fuerte jabón no le ayudó
mucho, incapaz de conseguir espuma ni aun con agua dulce, dejó que el viento de
la mañana la secara, se puso una vez más el único vestido que había podido
comprarle su marido, y se fue a ver a Aurelia Perdomo, la que había sido su
maestra, y a la que había elegido como madrina el día de su boda.
—Anoche me violaron tres hombres... —dijo.
Aurelia se desplomó sobre el taburete de la cocina, se mordió
los labios para no dejar escapar un grito, y contempló con infinito dolor y
lástima, sin acertar a pronunciar una sola palabra, a aquella muchacha a la que
había visto nacer y de la que un día imaginó que acabaría casándose con su hijo
Sebastián.
—Se tapaban con máscaras y estaba oscuro... —continuó Manuela—,
pero sé que eran los forasteros... No olían a mar, ni tenían manos de pescador.
—¿Se lo has contado a Honorio...?
—Aún no ha vuelto de la mar.
—¿Piensas contárselo...?
—¿Para qué...? ¿Para que vaya allí y lo maten...? —Negó
suavemente—. Nadie más que tú debe saberlo... Ni siquiera mi madre... Empezaría
a gritar y armaría un escándalo de todos los demonios... Me convertiría para
siempre en «la Violada», y ni Honorio ni yo podríamos vivir a gusto en este
pueblo... Y aquí he vivido siempre, y aquí quiero seguir viviendo...
Aurelia asintió en silencio, y nada dijo mientras preparaba la
achicoria que hacía las veces de café en tiempos de penuria. Sirvió dos tazas,
trajo unas galletas que ella misma había hecho y queso de cabra, y tomo asiento
frente a su ex alumna:
—¿Y por qué únicamente a mí vas a contármelo?
—Tú lo sabes.
—Lo sabré mejor si me lo explicas...
—Esa gente está aquí por vosotros... —puntualizó Manuela—.
Buscan a Asdrúbal y no dejarán de hacer daño hasta encontrarlo... —Hizo una
corta pausa mientras mordisqueaba, desganada, un pedazo de queso—. Hoy me ha
tocado a mí, que no voy a decir nada, pero mañana, o dentro de una semana,
elegirán a otra que tal vez grite y se lo cuente a su marido para que se inicie
un baño de sangre... —La miró de frente, con extraña fijeza—. O tal vez se
resista y acaben por matarla...
—Entiendo...
Manuela Quijano no dijo nada y Aurelia sostuvo su mirada, que
expresaba mejor que sus palabras lo que sentía:
—Entiendo... —repitió—. Crees que lo que te ha ocurrido es culpa
nuestra, y que lo será también si las cosas empeoran...
—Yo no soy quién para juzgar a Asdrúbal... —fue la respuesta que
daba por sentado la aceptación de sus palabras—. Supongo que cualquier otro
hubiera hecho lo mismo, pero no cabe duda de que si se entregara, esos hombres
se irían y todo volvería a ser como antes.
—Si se entrega lo matan.
—La Guardia Civil lo protegerá.
—¿Cuánto tiempo...? —inquirió Aurelia agresiva—. Si Matías
Quintero ha sido capaz de enviar aquí a esos canallas, ¿crees que tardará mucho
en pagar en la cárcel a un asesino para que acabe con mi hijo...? ¡No...!
—añadió con firmeza—. Si hubo un momento en que abrigué dudas sobre lo que
deberíamos hacer, se disiparon hace tiempo... Nadie quiere hacer justicia con
mi hijo; quieren matarle, y como comprenderás, no voy a consentirlo.
—¿Y qué culpa tengo yo...? ¿O el pobre Torano, al que le
quemaron la barca...? ¿O toda esa gente que no tiene agua ni para un
«sancocho»...? ¿O Isidro, al que le destrozaron la taberna y aún anda
baldado...? —Extendió la mano por encima de la mesa y tomó la de Aurelia que
descansaba junto a la taza—. Yo te aprecio... —añadió—. Somos amigas, te
agradezco cuanto me enseñaste, e incluso me ilusioné unos años con la idea de
entrar a formar parte de tu familia... Puedo soportar lo que me han hecho...
Aparte de la humillación y el miedo, que ya han pasado, no va a ocurrirme nada,
porque hace dos días que me acabó mi regla y sé que no han podido dejarme
embarazada... En unos meses todo se habrá olvidado... Pero, ¿y los otros...?
—¿Crees que no pienso constantemente en ellos...? —Se diría que
por primera vez Aurelia se encontraba a punto de perder su entereza y se le
saltarían las lágrimas—. Vivo con la obsesión de que algo como lo que te ha
sucedido ocurriría, o de que esos malnacidos matarán a cualquier hombre por
capricho... Nos están presionando en vosotros y lo sabemos porque sabemos
también que, como familia, seremos siempre inquebrantables... ¡Te juro que no
duermo buscando la manera de dejar al pueblo fuera de este problema, y no la
encuentro...!
—Marchaos...
—¿Marcharnos...? —asintió con un gesto— Sí, lo hemos pensado,
pero... ¿adónde? No tenemos dinero, y aquí está nuestra casa, nuestro barco y
el mar que conocemos... Abel es pescador; y pescador de estas aguas en las que
nació y donde sabe desenvolverse... ¿De qué viviríamos en cualquier otra
parte...?
—Tienes familia en Tenerife.
—Mi madre murió hace tiempo... Todos son ya parientes lejanos
que no quieren saber nada de una muerta de hambre que eligió casarse con un
pescador analfabeto... ¡Y aunque nos fuéramos...! ¿Crees que allí nos dejarían
en paz...? —Negó con un brusco ademán de cabeza—. ¡No! El odio de ese hombre va
más allá... Ha jurado matar a Asdrúbal y nada le detendrá hasta conseguirlo...
—Asdrúbal tiene que irse para siempre de estas islas, e incluso
de España —sentenció Manuela Quijano—. El mundo es muy grande y don Matías
Quintero no es el hombre más poderoso de la Tierra... Acabará por comprender
que su empeño resulta inútil y desistirá.
—No desistirá... Se vengará en Yaiza, o en Sebastián o en
nosotros... Intentamos razonar con él, pero está loco... ¡Loco de odio y
soledad...! A veces, cuando estoy despierta en la cama dándole vueltas y más
vueltas al problema tratando de ponerme en su lugar y comprenderle, llego a
pensar que lo que en realidad le duele es el hecho de que formamos una familia
unida, mis hijos están sanos, y siempre hemos constituido un grupo homogéneo.
—¿Homo... qué...?
—«Homogéneo...» Quiere decir que somos todos iguales, de la
misma clase, y en este caso, que estamos como apiñados, juntos...
—Nunca me habías enseñado esa palabra.
—Sí que te la enseñé, pero en aquel tiempo tu andabas más atenta
a mirar por la ventana para ver si mis hijos volvían del mar, que a prestar
atención a lo que yo decía... ¿Por qué no te casaste con Sebastián...?
—El no estaba demasiado convencido... —sonrió levemente—. Yo
habría encontrado el medio de darle el último empujón, pero tuve miedo...
—¿Miedo? ¿A qué?
—A Yaiza...
—¿A Yaiza...? —se sorprendió Aurelia—. Pero Yaiza es su hermana,
y Sebastián jamás...
—Lo sé... —admitió la muchacha—. No es lo que piensas, pero en
vuestra familia Yaiza es como una diosa... —Chasqueó la lengua y alzó las manos
con gesto de impotencia—. La verdad es que, dejando la envidia a un lado, Yaiza
es una diosa... Me asustó entrar a formar parte de una familia en la que
siempre estaría a su sombra, eternamente comparada y eternamente perdiendo en
la comparación... —Arrugó la nariz en un cómico mohín casi infantil—. Yo me
conozco: Soy una canariona hermosota y tetona, de las que gustan a los
hombres... Al Honorio lo traigo loco, besa donde piso y se le cae la baba en
cuanto empiezo a desnudarme... En mi casa, pobre o rica, soy la reina, y mi
hombre no ve más que por mis ojos... —Chasqueó de nuevo la lengua, ahora mucho
más sonoramente—. Pero aquí, estando Yaiza y tú, no sería más que una pobre
gordita paridora de críos... —Hizo una pausa—. Y tuve miedo.
—Tú me gustabas como nuera.
—Pero no por mí, sino porque vivía en el pueblo, y nunca me
hubiera llevado muy lejos a tu hijo... Una chica conocida, decente, sanota y
sin ambiciones... —Rió divertida—. ¡No niegues que era la nuera ideal para una
gallina clueca que quiere tener siempre cerca a sus polluelos...!
Se miraron largo rato, sonrientes, como descubriéndose por
primera vez a pesar de los muchos años que hacía que se conocían y por último,
Aurelia inquirió:
—¿Sabes una cosa...?
—Sí... —fue la rápida respuesta—. Que soy más lista de lo que tú
pensabas... ¡Naturalmente...! Soy tan lista, que comprendí inmediatamente que a
una suegra no le gusta que su hijo se case con una mujer demasiado lista, y me
hice la tonta... Ni mucho, ni poco...: Sólo lo justo... —Hizo un gesto de
repetida afirmación con la cabeza, como dando algo por sentado—. Si Yaiza no se
hubiera convertido en lo que se convirtió, yo a estas horas formaría parte de
tu familia...
—¿Y en qué se ha convertido Yaiza...?
—Tú lo sabes mejor que nadie...
—¿Tú crees...? —negó suavemente—. Es mi hija; la he parido, la
he criado, la he enseñado todo lo que sé y la he visto crecer día a día, pero
aun así, constantemente me pregunto quién es, de dónde ha salido y sobre todo,
qué destino le espera... Y eso me inquieta...
—A mí también me inquietaría... —admitió Manuela—. Cuando era
niña y la trataba haciéndome a la idea de que algún día sería mi cuñada, me
divertían sus historias, ese misterio que siempre la rodea y el extraño poder
que tiene para ciertas cosas... Luego, de pronto, cuando una mañana apareció
convertida en mujer, fue como si no la hubiera visto nunca... —Señaló con un
gesto hacia el mar, hacia la punta del Águila por la que acababa de nacer su
aparición una vela triangular—. ¡Ahí viene mi Honorio! —exclamó—.Tengo que
poner un poco de orden en la casa para que no sospeche. Quiero que me deje irme
unos días a Uga con mi hermana... —Se puso en pie y cerró los ojos en una
inconsciente contracción, como si le doliera todo el cuerpo—. No pienso volver
hasta que todo acabe... —La besó en la mejilla con ternura—. Lo lamento, pero
es que me siento incapaz de volver a sufrir lo de anoche... ¡Suerte...!
—Gracias.
Sentada a la mesa de la cocina, Aurelia permaneció dando vuelta;
a la cucharilla dentro de la vacía taza de achicoria, observando por la ventana
cómo se aproximaba la barca de Honorio, y cómo Manuela cruzaba la playa con el
paso firme y la cabeza erguida, como si tratara de desafiar a los que la
observaban desde la casa de «Seña» Florinda, demostrándoles que, a pesar de lo
ocurrido, no habían conseguido humillarla.
Llegó a la conclusión de que había sido una pena que no llegara
a casarse con su hijo.
Don Matías Quintero despertó al amanecer, y recorrió con la
vista, muy despacio, el inmenso dormitorio de pesados muebles que su esposa
había hecho traer especialmente desde Francia. Eran unos muebles recargados,
aparatosos y absurdos que nunca le gustaron, pero que en un principio soportó
por no darle un disgusto a aquella diminuta mujer a la que siempre había
adorado y de los que más tarde no quiso desprenderse, porque desde la
gigantesca cama de retorcidas columnas en la que tantas veces hicieron el amor,
a la dorada cómoda de alto espejo ante la que ella peinaba y repeinaba su larga
melena negra, todo le recordaba los únicos años felices de su vida, cuando aún
soñaba con un caserón lleno de hijos en el que reinaría como patriarca
indiscutible.
Al fin, tras repasar los cuadros, el armario, los descoloridos
cortinones y el amplio balcón por el que se filtraba la primera luz del día,
sus ojos se detuvieron en el cómodo butacón en el que la encorvada figura de
Roque Luna dormía profundamente con la cabeza recostada sobre el pecho.
—¡Roque...! —llamó—. ¡Despierta...!
El hombre dio un salto como si le hubieran quemado las plantas
de los pies y observó a su alrededor con el inequívoco aire de quien no sabe,
de momento, dónde se encuentra.
—¿Sí...? ¿Sí....? —inquirió nerviosamente—. ¿Qué ocurre?
—Llama a Rogelia.
Roque Luna reaccionó con rapidez, se hizo cargo de dónde se
hallaba y qué estaba ocurriendo, y poniéndose en pie de un salto se aproximó a
la cama.
—Damián Centeno está aquí... —dijo—. Me pidió que le avisara en
cuanto despertara...
Negó con un gesto y tuvo que llevarse la mano a la cabeza, pues
tuvo la impresión de que se le iba a escapar volando. Se tanteó el vendaje, e
insistió:
—¡Déjalo dormir y llama a Rogelia...!
El otro dudó unos instantes y observó con fijeza al herido
tratando de leer su pensamiento, pero por último asintió en silencio y salió.
Diez minutos después, una Rogelia que parecía haberse encogido
hizo su aparición en el umbral donde permaneció muy quieta, mirando hacia la
cama:
—¿Cómo se encuentra...? —quiso saber.
—¿Cómo quieres que me encuentre...? Mal... —Hizo una leve
pausa—. Entra.
Ella obedeció aproximándose, y don Matías indicó la puerta con
un gesto.
—Cierra.
Rogelia «el Guirre» asintió, pero se quedó muy quieta cuando
escuchó que él ordenaba:
—Con llave.
Dudó unos segundos con la mano sobre el picaporte, y se diría
que no iba a obedecer y echaría a correr abandonando la habitación, pero por
último hizo girar la llave en la cerradura.
Cuando se volvió de nuevo, él le indicó, con un gesto, el sillón
en que había dormido Roque Luna:
—¡Siéntate!
La mujer lo hizo en el borde mismo del butacón, y con un
nervioso gesto casi mecánico, se estiró la arrugada falda y permaneció con la
cabeza levemente inclinada, observando las manos que había dejado reposar sobre
las rodillas.
—¿Por qué intentaste matarme...?
Rogelia «el Guirre» alzó el rostro hacia su patrón, abrió la
boca con intención de protestar, pero pareció comprender que resultaba inútil y
continuó muy quieta y en silencio.
Ese silencio se prolongó durante un par de minutos, en los que
ambos permanecieron inmersos en sus propios pensamientos, hasta que, con voz
muy suave, casi imperceptible, don Matías dijo:
—Recuerdo que mi madre te recogió cuando eras una pobre
vagabunda hambrienta de la que todos huían porque estabas tuberculosa... Otra
cualquiera te hubiera enviado a un Sanatorio donde apenas hubieras durado
cuatro meses, pero en vez de eso te arregló la casita de Conill y procuró que
nada te faltara... Luego, ya curada, te trató casi como a una hija y has
llegado a mandar en esta casa como si fuera tuya, a pesar de lo cual te has ido
apoderando de todo lo que caía en tus manos... Al casarte permití que trajeras
al inútil de tu marido que no ha hecho más que beberse mi mejor vino y robarme
también a manos llenas, y ahora, cuando ya no soy más que un viejo al que
persigue la desgracia y hasta mi propio hijo me ha fallado dejándose matar de
una manera ignominiosa que me ha hundido para siempre, tú, la única persona en
que podía haberme apoyado, intentas asesinarme... ¿Por qué?
Rogelia «el Guirre» pareció comprender que no tenía respuesta a
semejante pregunta, y que todo su alegato se limitaría a justificaciones, que
si bien en un momento se le antojaron importantes, ahora aceptaba que no
constituían una defensa válida. Durante la mayor parte de su vida se había
sentido humillada, pero en su fuero interno le constaba que había preferido
soportar tales humillaciones a marcharse, porque sabía que donde quiera que
fuera acabaría recibiendo idéntico trato. Si todos los hombres de la familia —y
muchísimos otros que no lo eran— habían conseguido meterle la polla en la boca,
era porque le había gustado llenarse la boca con tales pollas desde que era
apenas una adolescente y los muchachos que no temían contagiarse de su tisis
iban a visitarla por las noches a la solitaria casita de Conill.
Continuó por tanto inmóvil y en silencio, contemplándose las
sarmentosas manos que cubrían apenas las huesudas rodillas y tan sólo alzó el
rostro cuando advirtió que su patrón introducía una mano bajo las sábanas y la
extraía empuñando un pesado revólver.
Le miró de frente, incapaz de hacer un solo gesto o pronunciar
una sola palabra, como un pájaro hipnotizado por el negro agujero del grueso
cañón del arma, y aguardó hasta percibir por una décima de segundo la llamarada
que borraba el negro agujero, y no tuvo siquiera oportunidad de escuchar el
estruendo del disparo porque cuando éste llegó a sus oídos, ya la bala le había
destrozado el cerebro.
Don Matías Quintero permaneció tan quieto como la muerta, que
había quedado recostada en el respaldo, como si durmiera, y aguardó paciente,
con el arma descansando sobre la colcha, hasta que entre Roque Luna y Damián
Centeno consiguieron hacer saltar la cerradura, penetraron en la estancia como
una tromba de resultas del impulso, y quedaron a los pies de la cama
contemplando el cadáver de Rogelia.
La indicó con un gesto.
—Enterradla donde nadie pueda encontrarla... —dijo, y luego se
dirigió directamente a Roque Luna—. Si hablas de esto juraré que tú la mataste
y será tu palabra contra la mía, pero si sabes callar no tendrás que
arrepentirte nunca. Si alguien pregunta por ella, di que se largó robándome
cuanto había en la casa... Conociéndola, a nadie le sorprenderá... ¿Algún
problema?
—Ninguno, don Matías.
El viejo se volvió entonces a Damián Centeno:
—Baja a Playa Blanca —ordenó—. Dile a Abel Perdomo que si dentro
de tres días su hijo no se presenta aquí, matarás a su otro hijo, luego a su
mujer, y por último a él... —Se interrumpió unos instantes y respiró
profundamente, como si le costara un gran esfuerzo hablar y se sintiera
terriblemente fatigado—. Dile que me cansé de esperar, que estoy dispuesto a
gastar mi último céntimo en acabar con el asesino de mi hijo, y que no me
importa terminar en el garrote vil si antes lo he visto muerto... Dile todo eso,
Damián, y que sepa que hablo en serio.
Cerró los ojos y pareció dar por terminada la conversación,
dispuesto a dejarse vencer por la fatiga.
Damián Centeno y Roque Luna se miraron, comprendieron que nada
más tenían que hacer allí y alzando en vilo el pesado sillón, sacaron en
volandas el cadáver de Rogelia «el Guirre» del inmenso dormitorio de recargados
muebles, en el que había quedado un agrio olor a pólvora, sangre, miedo y
muerte.
Damián Centeno regresó al día siguiente a Playa Blanca
convencido de que había llegado la hora de enfrentarse de una vez por todas a
los Perdomo «Maradentro», pero consciente, también, de que en aquellos
momentos, más que nunca, debía actuar con prudencia.
Le habían puesto lo que podía considerarse un ultimátum para
acabar con el tema de Asdrúbal, pero sabía que, a partir de la muerte de
Rogelia, don Matías Quintero ya no era el antaño todopoderoso señor de los
viñedos de Mozaga, sino que había pasado a depender, en parte, del silencio de
dos nombres.
Y Damián Centeno tenía plena conciencia de cómo valorar su
silencio, ya que, al parecer, el de Roque Luna se encontraba garantizado.
Por el cambio de impresiones que mantuvieron durante el tiempo
que emplearon en buscar un lugar aislado donde enterrar profundamente el
cadáver, Damián Centeno dedujo que el encorvado campesino se encontraba
bastante satisfecho con el desarrollo de los acontecimientos y no lamentaba en absoluto
el hecho de que su patrón hubiera decidido librarle de una mujer agria y
mandona que siempre se había complacido en ofenderle y dominarle:
—Tenía que acabar así... —musitó quedamente cuando la colocaron,
muy tiesa, en el fondo del hoyo—. Se lo estaba buscando y se lo advertí, pero
no me hizo caso... Tenía demasiada ambición para sus posibles... Soñaba con ser
la dueña de la hacienda... ¡Estaba loca...!
Roque Luna había echado ya sus cuentas y entre lo que había ido
arañando aquí y allá y mantenía escondido, y lo que conseguiría sacarle al
viejo ahora que tenían un secreto que compartir, no creía que tuviera que
volver a romperse el espinazo recomponiendo muros derribados por el viento, e
incluso le alcanzaría el dinero para duplicar el número de visitas semanales al
prostíbulo de Tahiche.
Él jamás había soñado con ser dueño de nada, más que de su
propio tiempo y su posibilidad de no matarse trabajando, y lo único que deseaba
en este mundo era limitarse a «sus posibles» y convencer a los fuertes como don
Matías o el peligroso Damián Centeno de que no era más que un hombre tranquilo
en el que valía la pena confiar.
Damián Centeno lo había comprendido así, y por lo tanto su
principal precaución estribó en tomar buena nota del lugar en que enterraban el
cadáver y regresar cuanto antes a Playa Blanca donde Justo Garriga le puso al
corriente de los acontecimientos, y le comunicó que aparentemente Manuela
Quijano no había dicho una palabra a nadie sobre lo que le había sucedido.
—¿Dónde está Abel Perdomo?
—No está... —replicó Garriga—. Ni él, ni su hijo, ni el barco...
Puede que hayan salido a pescar.
—¿No estás seguro...?
—¿Quién está seguro de nada con esta gente...? —protestó el
otro—. Nací en Alicante, pero no entiendo mucho de mar ni de pesca... Zarpan de
noche, regresan de día y a veces se vuelven a ir a media tarde... Un día para
un lado y al otro para el opuesto... ¡Un lío...! —Hizo una pausa, y luego, como
sin darle importancia, inquirió—: ¿Qué se sabe de Dionisio y el «Milmuertes»?
—Nada, pero no daría un duro por su pellejo... —Se encogió de
hombros—. Puede que me equivoque, pero tengo la impresión de que el cabrero se
los cargó.
—¿Por qué?
—No tengo ni idea... Quizá para robarles; quizá discutieron;
quizás era amigo de los «Maradentro»...
—¿Qué hacemos con sus cosas...?
—El dinero repártelo entre los muchachos... El resto, cuando nos
vayamos, lo tiras...
—El gallego tenía familia... Mujer e hijos en un pueblo de
Vigo... En Gangas, creo...
Damián Centeno se encogió de hombros dando a entender que el
asunto no le interesaba:
—Ya no estamos en el Ejército —dijo—. Aquí cada cual tiene que
mirar por sí mismo... Voy a echarme un rato... —añadió—. En cuanto veas
aparecer a los «Maradentro», me despiertas.
Pero los «Maradentro» no aparecieron en todo el día, ni en la
noche. Su casa se encontraba cerrada y atrancada, y no se advertía señal alguna
del «Isla de Lobos» en todo cuanto alcanzaba el horizonte, por lo que Damián
Centeno comenzó a inquietarse presintiendo que algo desagradable iba a ocurrir.
Permaneció levantado hasta muy tarde observando la quietud del
pueblo, sin un ruido, ni un llanto, ni aun el rumor del viento que parecía
haberse alejado definitivamente, e incluso se diría que los perros, los eternos
flacos y patilargos perros de Playa Blanca, hubieran quedado mudos esa noche.
Cuando volvió a la cama en la que continuó desvelado largo rato
aún no se habían hecho a la mar los primeros pescadores, pero con la claridad
del alba Justo Garriga acudió a despertarle:
—¡Levante, Damián, que se marchan...! —exclamó agitándole
nerviosamente—. ¡Levante!
—¿Quién se marcha...? —inquirió, irguiéndose de un salto.
—Las barcas... Las están echando al mar.
—Irán a pescar...
—¿Todas...? Se van todas, y en algunas han embarcado incluso las
mujeres...
Damián Centeno se vistió en un instante y subió ala azotea desde
donde pudo comprobar que, en efecto, hasta la última embarcación de cuantas
normalmente descansaban sobre la arena o permanecían fondeadas frente a la
playa había zarpado y se alejaban hacia el este, pasando a no más de
trescientos metros de donde se encontraban.
—¿Adónde pueden ir?
—¡Cualquiera sabe...!
Pero no fueron muy lejos, porque a poco más de un kilómetro,
justo frente a la Punta del Águila y el Castillo de las Coloradas, allí por
donde empezaba a hacer su aparición el sol, las primeras barcas arriaron sus
velas y quedaron al pairo.
Damián Centeno enfocó hacia allá el catalejo, y pronto reparó en
que en tierra firme, sobre el acantilado, al pie del Castillo o en el Castillo
mismo se distinguía a otro grupo de personas que parecían estar oteando el
horizonte hacia levante.
A los pocos minutos por la lejana Punta del Papagallo hizo su
aparición la proa de un barco, luego unas velas desplegadas al viento, y al fin
la popa del «Isla de Lobos» que viró dejando a estribor los últimos bajíos,
para enfilar directamente hacia el grupo de barcas que parecían aguardarle a no
más de media milla de la costa.
Mordiéndose los labios al imaginar lo que estaba ocurriendo,
aunque sin querer admitirlo todavía, Damián Centeno aguardó a que la goleta se
aproximara, pero cuando comenzó a arriar el velamen y un hombre a proa se
dispuso a lanzar el ancla, no tuvo necesidad de haberle visto nunca para
reconocerle a través del catalejo.
—¡Asdrúbal Perdomo...! —exclamó—. ¡Ahí está ese hijo de la gran
puta...!
Efectivamente, de pie junto a sus padres y sus hermanos,
Asdrúbal Perdomo observaba la casa desde la que Damián Centeno le observaba a
su vez.
Luego, cuando el navío se encontró materialmente asaltado por
los habitantes de Playa Blanca que ocupaban las barcas y que trepaban a
cubierta cargando barricas de agua, cajas, sacos e incluso muebles, pareció
perder todo interés en cuanto no fuera sus convecinos y se aplicó a la tarea de
estrechar manos y repartir abrazos.
—¡Trae el rifle...! —ordenó Damián Centeno a uno de sus hombres.
—¡No sea loco! —le recriminó Justo Garriga—. A esta distancia lo
único que conseguirá es que una bala perdida mate a cualquiera.
—Pues prepara el coche... Nos acercamos hasta la punta...
—Cuando lleguemos se habrán ido.
—¡Haz lo que ordeno y no discutas...! —gritó fuera de sí por
primera vez en muchos años—. ¡Esos cabrones no van a burlarse de mí...!
El alicantino asintió con un gesto y uno de los hombres corrió
escalera abajo, mientras Damián Centeno no apartaba la vista de cuanto ocurría
en el «Isla de Lobos».
—Están cargando provisiones para cruzar medio mundo... —señaló—.
Más de veinte barricas de agua y docenas de sacos.
—Es que van a cruzar medio mundo... —puntualizó Justo Garriga—.
O mucho me equivoco o se marchan a América.
Damián Centeno se irguió súbitamente y le observó incrédulo:
—¿A América...? —exclamó—. ¿A América en esa cáscara de nuez que
se cae a pedazos...? ¡Tú estás loco...!
—Yo no... —fue la respuesta—. Los que están locos son ellos...
Se escuchó una voz que llamaba desde la trasera de la casa:
—¡Justo...! ¡Justo...! Algún hijo de perra ha rajado las cuatro
ruedas y ha arrancado los cables del motor... ¡Este trasto no volverá a caminar
nunca...!
La noticia pareció convencer a Damián Centeno de que todo había
acabado, porque tomó asiento en el pretil de la azotea y permaneció inmóvil,
observando la incesante actividad que se desarrollaba en torno a la vieja
goleta hasta que los lugareños regresaron poco a poco a sus embarcaciones entre
abrazos, apretones de mano y besos de despedida.
El ancla surgió del agua alzada en vilo por Asdrúbal Perdomo, se
izaron una a una las velas, el «Isla de Lobos» comenzó a moverse, y a los pocos
minutos se despegó de la flotilla de barcas y enfiló hacia el estrecho que
separaba las islas de Fuerteventura y Lanzarote.
Damián Centeno lo vio pasar a no más de trescientos metros de
distancia y pudo distinguir claramente los rostros, del mismo modo que pudo
advertir que los cinco «Maradentro» le miraban; Asdrúbal en proa; su padre al
timón y Sebastián, Aurelia y Yaiza en popa, donde permanecieron hasta el último
momento, como si necesitaran llevarse para siempre en la retina la imagen del
amado lugar en que había transcurrido su existencia.
Empujada por un firme viento de través, la goleta fue ganando
velocidad y pronto dejó atrás una larga estela blanca que el uniforme azul del
mar se ocupaba celosamente de borrar.
Inmóvil y en silencio, rodeado por sus hombres que también en
silencio e inmóviles parecían comprender igualmente que todo había acabado,
Damián Centeno se preguntó cómo era posible que aquel viejo barcucho en el que
cualquier persona mínimamente cuerda no osaría embarcar ni para cruzar a la
isla vecina, pudiera aspirar a conseguir la loca empresa de llegar hasta
América cuando lo más probable era que el primer golpe de mar lo partiera en
pedazos, enviando a los abismos a todos sus tripulantes y enviando a los
infiernos a la única oportunidad que se le había presentado en la vida de
hacerse rico.
Le vino a la memoria la antiquísima canción que, según contara
Maestro Julián «el Guanche», entonaban los marineros cuando llevaban a enterrar
a un pescador de La Graciosa a la isla grande, con todas las barcas acompañando
a la nave en que descansaba el féretro:
Mudos van e inmóviles los muertos,
la sombra de la vela les protege,
el mar se lamenta bajo la curva quilla,
y el sol marca el camino del Oeste.
Más felices seréis en tierra firme,
bajo los luminosos faros del Señor,
lejos de la calma chicha y la tormenta,
lejos de la eterna sed y del calor.
Rogadle a Dios que vuelva a por nosotros,
y que gobierne también nuestro timón,
cuando emprendamos el camino del Oeste,
en el callado barco de los muertos.
El «Isla de Lobos» se le antojaba ahora «El callado barco de los
muertos», porque seguía la ruta del sol hacia el Oeste y nadie a bordo había
dicho aún una sola palabra, como si cada cual se esforzase por respetar el
silencio de los demás, al ver cómo iba quedando atrás, convertida en una línea
cada vez más difusa, la silueta de volcanes de Lanzarote.
Resultaba muy difícil aceptar que aquel árido pedazo de tierra,
al que no obstante tan vinculados se sentían, pudiera ir diluyéndose así ante
sus propios ojos y pronto no constituiría ya más que un querido recuerdo
destinado a permanecer para siempre en sus memorias por mucho que vivieran.
Era como un dolor que se iba intensificando a medida que la isla
empequeñecía por popa, y cada uno de ellos parecía tener que librar una feroz
lucha consigo mismo para vencer la tentación de hacer virar en redondo la
goleta y regresar a encarar el destino por duro que fuese, pues ningún destino
se les antojaba tan duro como el de tener que enfrentar el desarraigo del
paisaje que amaban.
Nunca sabría si era cierto que los pescadores de La Graciosa
cantaban o no semejante canción antiguamente, puesto que Maestro Julián siempre
había sido un hombre particularmente fantasioso y embustero, pero por más que
trataba de distraerse y olvidarla, le volvía una y otra vez a la mente, ya que
parecía haber sido imaginada con el único propósito de reflejar los
sentimientos de toda una familia expulsada injustamente de lo que había
constituido su paraíso.
¿Dónde encontrarían un lugar en el que el transparente mar de la
Bocaina les saludase cada mañana al despertar con la negra silueta de Isla de
Lobos y las rubias dunas de Fuerteventura dibujándose en el horizonte? ¿Dónde
existirá otra Montaña Bermeja, otro Infierno de Timanfaya, u otras blancas
playas solitarias en las que el agua no se decidía a moverse más que para subir
y bajar con las mareas? ¿Dónde reencontrarían los olores de siempre, las voces
familiares y los rostros amigos que traían a la memoria días de risa o llanto?
Mudos van e inmóviles los muertos,
la sombra de la vela les protege,
el mar se lamenta bajo La curva quilla,
y el sol marca el camino del Oeste...
El sol, a proa, comenzaba a descender hacia su ocaso y les
marcaba la ruta hacia el Oeste, mientras el mar, más que lamentarse, parecía
llorar bajo la quilla y Yaiza permanecía sentada a la sombra de una vela que,
atrapando de lleno el viento, empujaba con fuerza la nave hacia poniente.
—¡No hay pérdida...! —había dicho Abel Perdomo—. De niño me
enseñaron que el sol y los «Alisios* duermen siempre en América, y ellos nos
llevarán allí.
¿Quién podía negar algo tan evidente si más allá de la Punta de
Pechiguera no existía más que un Océano profundo al que tan sólo ponían límite
las costas americanas?
Ni tan siquiera brújula hubieran necesitado viendo asomar cada
mañana el sol a popa y esconderse en la proa, y les sobraban también las cartas
marinas, los sextantes y el cronómetro, porque bastaba con que los «Alisios»
continuaran soplando tal como venían haciéndolo desde que se creara el mundo y
la vieja goleta decidiese mantenerse a flote un poco más.
El resto, era cuestión de fe.
Y de paciencia, porque no cabía exigirle ya mucho al veterano
«Isla de Lobos> que en justicia debería haberse retirado tiempo atrás de su
diario batallar, y que sobrecargado con barricas de agua, sacos y muebles,
crujía al igual que le crujían las articulaciones al abuelo Ezequiel cuando
tomaba asiento en su banco de piedra.
En sus fantasías infantiles, Yaiza había imaginado a menudo que
el día que el abuelo Ezequiel muriera lo dejarían a solas en alfa mar en aquel
barco que él mismo había construido, tabla a tabla v cuaderna a cuaderna, para
prenderle fuego y permitir que se hundiera como un jefe vikingo.
Tal vez hubiera sido ése también el deseo del anciano, e incluso
de su hijo Abel, pero los años de la posguerra habían sido malos, y no estaban
los tiempos como para desprenderse de una nave que aún podía bajar hasta
Tarfaya o Cabo Bojador, y regresar con las bodegas rebosantes de sardinas o
langostas.
Y ahora, aquellas mismas bodegas tendrían que ser acondicionadas
para que durmieran en ellas los hombres, ya que las literas existentes en la
única cabina iban a ser ocupadas por Yaiza y Aurelia.
—¡Es una locura...! —había señalado convencido Maestro Julián
«el Guanche»—. Ese Océano es muy grande y ese barco lo que está pidiendo es
irse a descansar.
—Cientos de emigrantes han llegado a América en barcos
semejantes... —había replicado Abel Perdomo.
—No tan viejos.
—Conozco bien mi barco... Si no ocurre nada extraordinario,
aguantará...
—¿Y si ocurre...?
—Nos iremos al fondo... Todos juntos... Será que Dios ha querido
que sea el destino de la familia...
—Nunca te había oído referirte a Dios de esa manera...
—Bueno... Será que nunca lo había necesitado como ahora...
Eran las cuatro de la tarde y estaban ambos sentados a la sombra
de la casa, bebiendo su última taza de achicoria juntos y fumando sus viejas y
renegridas cachimbas. Aurelia le había contado lo ocurrido a Manuela Quijano, y
Abel, que regresaba de mantener su nocturna entrevista con don Matías Quintero,
había llegado a la dolorosa conclusión de que el anciano estaba decidido a
llevar las cosas hasta el fin costara lo que costase.
—¡No hay acuerdo, cristiano...! —musitó—. Ese hombre es terco
como un camello en celo, y ha hecho del odio la única razón de su '
existencia... Y no estoy dispuesto a que me desgracien al muchacho... Mientras
volvía esta noche lo he decidido. Nos iremos a América.
—¿Y qué harás en América?
—Lo que hicieron tantos otros. Trabajar... Al fin y al cabo, es
lo único que he hecho en esta vida... Y me han contado que allí las cosas son
más fáciles. Incluso hay ríos y lagos en los que el agua es dulce y se puede
coger toda la que uno quiera... ¡Gratis...! ¿Crees que es posible?
—Eso he oído... —admitió Maestro Julián—. Y que hay tanta tierra
que te la regalan si prometes trabajarla... —Hizo una pausa y torció el gesto
con aire de fastidio—. Pero está llena de árboles...
—No pienso trabajar la tierra... —puntualizó Abel Perdomo
convencido—. Que me vaya no significa que cambie de oficio... Lo mío es la
mar... Y en América hay mar... —Señaló hacia adelante—. El mismo de aquí.
Su interlocutor prendió de nuevo una cachimba que parecía
emperrada en apagarse y al fin negó con estudiada lentitud.
—Ningún mar es igual a otro y tú lo sabes... Tan sólo la gente
de tierra adentro los confunde... Te diré una cosa: tú y yo somos probablemente
los mejores pescadores de «viejas» de estas islas, lo cual quiere decir que
somos también los mejores del mundo, porque es una especie que no existe en
ningún otro lugar más que en Canarias... ¿Qué te parece...? Es el mismo mar,
pero no tiene los mismos peces...
Abel Perdomo guardó silencio, meditabundo. No tenía por qué
dudar de lo que su compadre acababa de decirle, pero la idea de un mar en el
que no abundasen las escurridizas «viejas» que se había especializado desde que
era niño en capturar, se le antojaba difícilmente comprensible. Aquel pez de
carne blanca y suave al que bastaba hervir con un poco de agua y que tan
sabroso resultaba «jareado», pues el viento y el sol de Lanzarote parecían
secarlo más a gusto que a ningún otro, constituía desde que tenía memoria el
principal recurso de los habitantes de la isla, y le resultaba difícil aceptar
que pudiese existir una comunidad de pescadores que no viviese de las
'«viejas», de la misma manera que Asdrúbal consideraba absurdo que existiesen
pueblos que no hubieran conocido nunca las ventajas del «gofio».
—¿De qué vive la gente?
—De milagro, supongo...
No pudo por menos que sonreír ante la respuesta de su amigo,
aunque en el fondo la cuestión le preocupaba. Se daba cuenta de que no era de
mar o de costumbres alimentarias de lo que iban a cambiar, sino de todo, puesto
que aquel Océano les había mantenido alejados durante siglos, de igual forma
que los pedregales del Rubicón los mantuvieron también en cierto modo apañados
del resto de la isla. Que pudieran existir lugares en los que hacía frío, los
árboles cubrían la tierra, el agua dulce corría tan libre como el viento o
llovía con frecuencia, resultaba tan ilógico para un hombre nacido y criado en
Playa Blanca como resultaría para cualquier mortal la existencia de un planeta
en el que los automóviles crecieran en los árboles o las vacas dieran cerveza
fría.
—No va a gustarme.
—Lo sé. Pero aun así, quieres marcharte...
—Se trata de mi hijo... Y de mi familia... Y de mi pueblo...
—Golpeó la cachimba contra la misma piedra contra la que llevaba golpeándola
treinta años, y añadió—: Marcharnos es lo mejor que podemos hacer por Playa
Blanca... Sé que no me lo pedirían nunca y por eso lo hago... Tal vez vuelva
algún día.
—Voy a echarte de menos... «Todos» vamos a echarte de menos...
—puntualizó Maestro Julián—. Aquí se te quiere...
—Eso es lo más duro —replicó Abel—. ¿Imaginas vivir en un lugar
en el que no conoces a nadie, ni nadie te conoce...? Debe de ser triste, muy
triste.
Viéndole aferrado a la rueda del timón, que no había querido
abandonar ni un solo instante como si de ese modo se obligara a mirar hacia el
frente y no volverse a contemplar la isla que se iba desmenuzando sobre el mar,
Yaiza se preguntó qué sentiría su padre al tener que abandonar un lugar en el
que siempre había querido que le enterraran, muy cerca del abuelo Ezequiel; de
su hermano Ismael, muerto siendo apenas un niño; de su madre, y de todos
aquellos que habían ido constituyendo, a través de los años y aun casi los
siglos, la estirpe de los Perdomo «Maradentro», los mejores, más nobles y más
arriesgados pescadores de la isla, que era tanto como decir de todo el
Archipiélago Canario.
Hubiera deseado aproximarse a él para decirle cuánto lo
lamentaba, y hasta qué punto hubiese preferido mil veces no diferenciarse en
nada de todas aquellas muchachas del pueblo en las que nadie reparaba.
Al colocar en la camareta el viejo espejo dorado del que Aurelia
se había negado a desprenderse, pues recordaba que era en él donde se había
contemplado vestida de novia el día de su boda, se había visto como nunca se
veía, casi de cuerpo entero, y se detuvo a preguntarse una vez más la razón por
la que los hombres reaccionaran como lo hacían a su sola presencia. Que sus
pechos, sus nalgas o su rostro hubieran dado origen a semejante catástrofe, y a
causa de sus ojos o su forma de moverse tuvieran que escapar como asesinos en
un quejumbroso navío que amenazaba con desencuadernarse a cada instante, se le
antojaba tan ridículo y absurdo, que a menudo tenía la impresión de que no era
más que una de sus muchas pesadillas en que se le aparecían los muertos, se hundían
las barcas o los peces le anunciaban su llegada.
Pero jamás un mal sueño duró tanto, y lo sabía.
Los rostros, tensos, vencidos y amargados de sus hermanos no
eran un sueño; ni lo era la distante melancolía de su madre; ni la obstinada
firmeza con que su padre clavaba los ojos en proa aguardando a que la isla se
decidiese a desaparecer por fin a sus espaldas.
Era como si un grueso calabrote los mantuviera atados a
Lanzarote y la trajeran a remolque, y todos sabían que tan sólo cuando la
última cumbre de las Montañas del Fuego se hundiera para siempre en el azul del
mar la amarra se rompería y serían libres de pensar únicamente en el futuro.
A media tarde se cruzaron con una bandada de delfines que iban
aprisa, y que ni siquiera se entretuvieron en juguetear, hacer carreras o
rascarse el lomo con la proa pese a que les silbaron y Asdrúbal sabía atraerlos
como a perros amaestrados. Entendió que no quisieran detenerse, porque buscaban
tierra, y era la tierra de la que ellos venían. Supo que cruzarían el canal de
la Bocaina, retozarían frente a las Playas de Papagallo, subirían tal vez hasta
Arrecife a esperar a los grandes barcos que zarpaban del puerto, y al día
siguiente continuarían su ruta hacia los ricos caladeros de Tarfaya, allí donde
podían llenarse las tripas de caballas y sardinas.
¿Cuándo dormían los delfines?
Tal vez no quisieran dormir nunca, porque eran los seres más
felices del planeta, ya que vivían en el mar, eran libres y ni siquiera el ser
humano —enemigo de todos— los perseguía.
¿Por qué amaba el hombre a los delfines?
Su abuelo le había respondido, de niña, a esa pregunta:
—Porque son la mejor compañía que tenemos en el mar... Son
simpáticos, nunca hacen daño, e incluso protegen al náufrago de los ataques de
los tiburones golpeándolos con el morro y alejándolos... El pescador que mate a
un delfín sabe que se quemará en los infiernos para siempre... —Hizo una larga
pausa y añadió—: Una vez me contaron una historia de delfines... Hay muchas,
muchísimas historias de delfines y debes creerlas todas porque todas son
ciertas... O deberían serlo, pero ésta es especialmente hermosa, especialmente
auténtica... Cuentan que a finales del siglo pasado ubo un delfín que se
acostumbró a salir al encuentro de los barcos que cruzaban el peligrosísimo mar
del Coral, al norte de Australia, y que navegando ante la proa, iba señalando
los lugares donde el agua era profunda y no existían arrecifes... Tan fiel era
y tan bien cumplía su cometido, que jamás perdió un solo barco. Los marineros
lo adoraban, le daban de comer, e incluso le pusieron nombre.... —Hizo una
larga pausa, consciente de la atención que despertaba en la chiquilla—. Pero un
día, dos pasajeros borrachos le dispararon desde un pailebote cuando la
tripulación estaba distraída, el delfín se hundió en el mar, seguido por una
estela de sangre, y el capitán tuvo que imponer toda su autoridad para impedir
que sus hombres tiraran al agua a los agresores... —Hizo una nueva pausa porque
el abuelo Ezequiel siempre había sido un maestro a la hora de conferir emoción
a sus relatos—. Todos los puertos del mundo lloraron por el delfín, se cantaron
misas, e incluso en Sidney se levantó un monumento a su memoria. Pero, cuando
ya todos le creían muerto, regresó y continuó con su tarea de pasar barcos por
el mar del Coral hasta que un día volvió el pailebote desde el que le habían
disparado... —Se inclinó hacia adelante como si lo que iba a añadir fuera un
secreto y bajó mucho la voz—: El delfín se colocó ante él como hacía siempre,
pero en esta ocasión lo condujo hasta un arrecife de coral contra el que se
rajó, por lo que se hundió rápidamente... Aquélla fue su venganza, porque luego
continuó pasando barcos felizmente hasta que murió de viejo.
—No es verdad... —había protestado Yaiza—. No puede ser verdad y
parece una de las historias de Maestro Julián.
—Es absolutamente cierta, pequeña... —había replicado el abuelo
Ezequiel muy serio—. Y tú, que eres hija de pescador, debes creerla más que
nadie, porque se trata de una historia de delfines... Cuando las gentes del mar
gobiernen también en tierra habrá paz, y en las plazas públicas, en lugar de
monumentos a generales que provocaron guerras, se levantarán fuentes con
delfines...
Siempre le habían gustado los delfines, pero aquéllos, aquel
día, parecían distintos a todos los delfines conocidos, y se alejaban aprisa,
como si comprendieran que el «Isla de Lobos» era un barco de fugitivos
expulsados por Dios del Paraíso a causa de no se sabía qué terribles pecados.
Los siguió con la vista hasta que le dolieron los ojos de tanto
intentar distinguirlos sobre las quietas aguas, y fue entonces, al alzar la
cabeza, cuando descubrió que de la isla ya no quedaba nada; ni una cumbre, ni
una nube, ni un reflejo del sol en las montañas, y el Océano que era más
grande, más temible, menos conocido y más impresionante, había sustituido al
mar.
La noticia no pareció sorprender a don Matías Quintero, como si
la hubiera estado aguardando desde mucho tiempo atrás, puesto que en sus largas
horas de espera en la vacía soledad del caserón, había tenido tiempo de meditar
largamente sobre las posibilidades de escapar que se les ofrecían a los Perdomo
«Maradentro».
—Era lo lógico... —dijo—. Y tenías que haber quemado ese barco
el primer día...
—Usted no lo ha visto... Se cae a pedazos y a nadie se le
ocurriría usarlo ni para cruzar un charco.
—Sólo a los «Maradentro» —replicó—. Por eso les pusieron ese
apodo y por algo se han pasado la vida en ese barco... ¿A qué lugar de América
se han ido?
—Nadie lo sabe. —Damián Centeno se encogió de hombros—. A donde
les lleve el viento supongo, aunque con semejante trasto por contentos pueden
darse si pasan de la mitad del camino... Lo más seguro es que se ahoguen...
Hundido en la inmensa cama que parecía ir creciendo por un
efecto mágico a medida que él se iba empequeñeciendo a causa de su amargura y
de su odio, el capitán Quintero clavó sus oscuros ojos —que eran la única parte
de su cuerpo que se negaba a envejecer aceleradamente— en la figura del ex
sargento que ocupaba exactamente el mismo lugar que ocupara Rogelia «el Guirre»
el día en que la matara.
Negó con un leve gesto de cabeza.
—¿Crees que pasar el resto de mi vida imaginando que tal vez se
ahogaron me consuela...? —Negó de nuevo—, ¡No...! No me consuela... Te dije que
quería a Asdrúbal Perdomo muerto, no suponer que con suerte se lo comieron los
peces... ¡No...! —insistió machaconamente—. Eso no basta...
Damián Centeno permaneció en silencio, a la espera, pues conocía
lo suficiente al que había sido su superior por tanto tiempo como para saber
que en aquellos momentos prefería decidir a solas, aferrarse luego a esa
decisión como si fuera la única posible, y llevarla hasta sus últimas
consecuencias pasara lo que pasase.
—¡A América...! —le escuchó musitar, como si hablara consigo
mismo o como si tratara de convencerse de que aquél era el auténtico destino de
la cochambrosa goleta—. ¡Y América es tan grande...!
Había apoyado la nuca en la cabecera de la cama y contemplaba el
techo, aunque la mayor parte del tiempo permanecía con los ojos cerrados en la
misma actitud con que doce años antes se concentraba a la hora de ordenar un
ataque u organizar una emboscada.
Transcurrieron más de quince minutos en los que Damián Centeno
se limitó a esperar sin hacer gesto alguno, casi sin pestañear, consciente de
que distraerle en esos momentos enfurecería a su jefe, y al fin éste inclinó de
nuevo la cabeza y le miró.
—¡Vete esta misma noche a Tenerife...! —dijo—. En la calle de la
Marina, frente al puerto, hay un bar... No recuerdo el nombre, pero está
pintado de verde y tiene enormes barricas de vino en las paredes... Allí se
reúnen los «cambulloneros» de la isla... Son los que trafican con las
tripulaciones de los barcos... Suben a bordo en alta mar y compran mercancía de
contrabando... —Hizo una pausa para que el otro fuera tomando nota mentalmente
de sus indicaciones—. Tienen lanchas muy rápidas, y algunas pueden incluso
hacer la travesía desde Tánger cargadas de penicilina o de tabaco sin repostar
siquiera... —Le observó fijamente y su voz era ahora una orden que no admitía
réplica—. Consigue una de esas lanchas y no vuelvas sin Asdrúbal Perdomo...
Damián Centeno experimentó una leve sensación de angustia al
advertir que le estaba encargando la misión de buscar un barco diminuto en la
inmensidad del Océano, a él, que odiaba el mar, entremezclada con una también
muy leve sensación de alivio al comprobar que le estaban brindando una segunda
oportunidad de hacerse rico.
Se encontraba terriblemente agotado y deprimido, pues había
tenido que atravesar a pie el pedregal del Rubicón siguiendo el mismo camino
que siguiera Paco, el gitano, pero sintiendo además sobre la nuca miradas de
odio y burla, porque habían llegado, prepotentes, en dos enormes automóviles
negros, y uno se había perdido para siempre en un ignorado camino de montaña, y
el otro permanecía destripado en la trasera de la casa de «Seña» Florinda, la
difunta que en vida leía el futuro en las tripas de los marrajos.
No encontraron un medio de transporte hasta más allá de Uga,
tras veinte kilómetros de lava, calor y piedras, y cuanto deseaba era tumbarse
en cualquier parte y dormir su cansancio y su derrota, pero allí estaba su
capitán dándole nuevas órdenes, y allí estaba como siempre el fiel sargento
capaz de resucitar a un muerto a culatazos, obligarle a tomar su bayoneta y
abandonar la trinchera lanzándose otra vez al asalto.
—No me queda dinero... —fue todo cuanto dijo.
El anciano —¿era acaso el padre del capitán Quintero aquel
anciano?— extendió su flaco brazo, abrió el cajón de la mesilla, sacó una llave
y se la tendió señalando la enorme caja fuerte del rincón.
—¡Llévate lo que hay dentro...! —dijo—. Y cuando necesites más,
lo pides... —Sonrió en lo que más bien era una mueca—. Sólo hay' algo de ti de
lo que estoy seguro... ¡Nunca vas a robarme!
Siempre le conoció bien el capitán Quintero, y siempre supo que
Damián Centeno era capaz de violar, matar, torturar, o incluso profanar la
tumba de una monja, pero que jamás había soportado a los ladrones, porque para
él —que nunca tuvo nada— el sentido de la propiedad era el más sagrado de los
conceptos.
En el Tercio todo el mundo lo sabía: «Al que le guste lo que no
es suyo que se mantenga lejos del regimiento de Centeno... Acabará en el hoyo».
Nunca le contó a nadie que su madre había sido una «mechera» que
a los cuatro años lo llevaba a los mercados para que distrajera a las amas de
casa mientras hurgaba en sus bolsos, y aunque desde el principio aborreció el
oficio de su madre, acabó por odiarlo el día en que una pobre mujer desvalijada
tomó asiento en el bordillo de la acera y comenzó a llorar amargamente como no
había visto llorar jamás a un ser humano.
—¡Me han quitado todo cuanto tenía...! —murmuraba—. Me han
quitado todo cuanto tenía... ¿Qué van a comer ahora mis hijos?
Aún no había cumplido seis años, pero decidió que jamás volvería
a robar a nadie y esa noche se lo dijo a su madre:
—Prefiero que seas puta a que seas ladrona... —le espetó
convencido—. Porque aunque aún no comprendo muy bien lo que es ser puta, no veo
que le hagan daño a nadie. A ti todo el mundo te insulta y te maldice,'mientras
que a ellas siempre las abrazan y las besan...
Abrió la caja fuerte, se metió el dinero en el bolsillo sin
contarlo, devolvió la llave a su dueño, y se encaminó a la puerta:
—Si he de embarcar esta noche, tengo que darme prisa... —dijo—.
Le mantendré al corriente.
Estaba a punto de cerrar, cuando don Matías le detuvo con un
gesto:
—¡Damián...! —llamó roncamente—. ¡Tráemelo muerto...!
Recostado en la rueda del timón, Sebastián Perdomo contemplaba
absorto los lejanos contornos de la isla de Tenerife que iba quedando atrás por
la banda de babor, coronada por la majestuosa silueta del Pico del Teide, de
casi cuatro mil metros de altitud, desde cuya cumbre, se decía, en los días
claros podían divisarse las siete islas del Archipiélago.
El sol comenzaba a elevarse apenas por encima de las olas que
llegaban por popa, y su luz alargaba hasta casi el infinito la sombra de la
montaña que se proyectaba sobre el azul de un Océano que en aquel momento era
como una onda infinita que se sucediese a sí misma eternamente.
Sebastián había solicitado hacer la última guardia, lo que le
permitía amanecer cada mañana a la rueda del timón, porque era aquélla la hora
en que se encontraba más a gusto y despejado, y la hora en que podía meditar a
solas consigo mismo.
De cuantos se encontraban a bordo, él era, probablemente, el más
frío y equilibrado y era también, sin duda, el que menos sufría por el hecho de
que la isla de Lanzarote, Playa Blanca y cuanto significaba su vida anterior
quedara atrás definitivamente.
Pronto iba a cumplir veinticinco años, y desde el día en que lo
alistaron se había preguntado si tal vez no sería mejor intentar, como lo
hicieran tantos otros, aprovechar aquella oportunidad para plantearse un futuro
diferente.
Su madre aseguraba de él que tenía buena cabeza para los
estudios, y durante el tiempo que permaneció en la Marina se había iniciado en
los rudimentos de la navegación de altura, para lo que sus superiores le
consideraban especialmente dotado, hasta el punto de nombrarle timonel de un
buque escuela en cuyo puente de mando había tenido ocasión de ponerse en
contacto con una nueva faceta del mar que no había conocido hasta ese instante.
Su padre, que le había enseñado cuanto sabía sobre peces y
barcos, era un marino intuitivo, la mayor parte de cuyos conocimientos le
fueron proporcionados por el también intuitivo abuelo Ezequiel, que igualmente
lo había adquirido de sus antepasados, pero su mar, «la mar» de los
«Maradentro», se limitaba a una ancha franja de agua que se extendía a todo lo
largo del desierto del Sahara, desde Agadir a La Güera, apenas mil millas de
largo por poco más de trescientas de ancho, pues el solitario archipiélago de
peladas rocas de Las Salvajes, era el punto más lejano al que había llegado
jamás el «Isla de Lobos».
Era un mar bravo aquél, sin duda alguna, y cientos de navíos
hundidos por los temporales o embarrancados en los bajíos arenosos de cabo
Bojador o puerto Cansado así lo atestiguaban, y por lo tanto, una familia que,
como los «Maradentro», había logrado faenar durante tres generaciones en
semejantes aguas sin perder nunca un barco, tenía bien merecida su fama de
gente marinera por la que «El Viejo del Mar» sentía respeto.
Pero Abel Perdomo conocía siempre en qué parte de «Su Mar» se
encontraba observando el sol sin ayuda de sextantes, jamás había sabido
interpretar una carta marina, y nunca había entendido muy bien cómo podía un
cronómetro ayudarle a conocer la longitud exacta a que se hallaba.
Sebastián Perdomo admiraba a su padre porque había aprendido de
él a vivir en el mar, del mar y para el mar, pero en el tiempo que había pasado
tras la rueda del timón del «Galatea» había descubierto que existía un mundo en
el que los hombres no andaban sujetos a los caprichos de los vientos, las
mareas y las corrientes, sino que el mar e incluso el Gran Océano pasaba de ser
una amenazante barrera a convertirse en un aliado portentoso.
Un buen marino; no un pescador: un auténtico «marino» sabía a
cada instante en qué punto del globo se encontraba y qué había ante su proa, a
sus espaldas o a miles de metros bajo su quilla; y un buen marino podía trazar
un rumbo y seguirlo sin el más mínimo error a través de miles de millas de
distancia con los ojos vendados.
—Hubo una vez un navegante solitario ciego... —le había contado
cierto amanecer su primer oficial que era un amante de la navegación de
altura—. Conocía tan perfectamente su balandra, que navegaba siempre como si
fuera de noche... Utilizaba mapas confeccionados por el sistema Braille, un
compás que le habían diseñado especialmente, y un juego de radios que le
permitían calcular su posición cada tres horas... Llegó a realizar travesías de
más de dos mil millas sin salirse de ruta...
—¿Qué fue de él...?
—Desapareció durante una gran tormenta frente a Irlanda... Pero
ese día fueron muchos los barcos que se perdieron... El mar es así; cuando
creemos haberlo dominado nos pega un coletazo para obligarnos a recordar que es
el más fuerte... Todos saben que únicamente los «Hijos del Mar»; los que han
nacido en un faro, nunca pueden ahogarse.
—Mi abuelo me contó que su barco escapaba de todas las tormentas
porque su primera pasajera fue una niña que acababa de nacer en un faro... La
llevaba a bautizar.
El primer oficial, que era de La Corana y también creía en
brujas, en «El Viejo del Mar» y en todas las supersticiones que se relacionaran
con las aguas, admitió que en efecto el «Isla de Lobos» había sido botado bajo
los mejores auspicios y extraño resultaría que ninguna borrasca pudiera nunca
nada contra él.
Sin embargo, a solas en el último amanecer en que les resultaría
posible distinguir el menor rastro de tierra antes de adentrarse en el
Atlántico, Sebastián se preguntaba si los treinta y tantos años transcurridos
no habrían borrado de la memoria del mar el recuerdo de que aquel desvencijado
velero había transportado en su día a una de sus hijas, y no ya una borrasca,
sino incluso una simple ola juguetona, lo partiría en dos de un manotazo.
Podía escucharlo, lamentándose y crujiendo, como preguntando a
cada instante qué pecado había cometido para que le hicieran abandonar el
seguro y conocido refugio de las aguas del Canal de la Bocaina o la placidez de
la costa de Sotavento de las islas, allí donde se complacía en saludar por su
nombre a cada roca del fondo, para sacarle de improviso a un océano infinito en
el que su ya débil voz no alcanzaría nunca el fondo por más que lo intentara.
—¡Está asustado...! —se dijo—. Por primera vez en su vida el
«Isla de Lobos» tiene miedo y lo entiendo, porque lo están llevando más allá de
los lugares que conoce.
Quince años antes, a poco de nacer Yaiza, su madre se empeñó en
llevarla a que la conociera su abuela tinerfeña, y se embarcaron en la que
había constituido una de las más hermosas aventuras que Sebastián recordara de
su infancia. Costearon a sotavento de Fuerteventura hasta la punta de Jandía,
donde durmieron en una cala resguardada y luego, con un mar como una balsa,
saltaron a Gran Canaria. Al día siguiente y sin perder nunca de vista tierra,
dieron una larga ceñida hasta Santa Cruz, a cuyo puerto habían arribado al
oscurecer con las velas al viento, atracando en el muelle de pescadores con una
precisa maniobra.
Pero ahora era distinto. Ahora el viejo barco navegaba cargado
hasta las bordas, rechinando por el exceso de trapo sobre unos mástiles ya
resecos y carcomidos, consciente de que no existía un fondo que le devolviera
el eco de su paso, y consciente, también, de que ese fondo se iría perdiendo
más y más bajo su quilla hasta acabar por convertirse en un abismo mareante.
Era como un nadador de playa que de improviso descubriera que
había perdido pie, y el solo hecho de advertirlo le privase de su capacidad de
mantenerse a flote.
—¡Tendrás que hacerlo, viejo! —musitó acariciando la caña del
timón como si en verdad estuviera convencido de que conseguía entenderlo—.
Tendrás que aguantar el tipo y demostrar que el abuelo, además de marino era un
buen carpintero...
El abuelo Ezequiel había pasado ocho años recorriendo las más
escondidas playas después de las tormentas, reuniendo una por una las mejores
maderas que la mar arrojaba, y el inmenso tronco en el que había tallado de una
pieza la quilla de su barco, había necesitado de toda una flotilla de chalanas
para ser remolcado desde Roque del Este a Playa Blanca.
Allí, sobre la arena, permaneció once meses hasta que se secó
del todo, y sólo entonces Ezequiel tomó la azuela y comenzó a trabajarlo golpe
a golpe, cuando regresaba, agotado, de la pesca.
Su amigo el farero, aquel a cuya hija llevaría más tarde a
bautizar a Corralejo, le dibujó los planos, y su pobre mujer, que había muerto
sin verlo terminado, cosió a mano su primer juego de velas. Los obenques y las
drizas se tejieron con cuero de camello bien mojado que, al secarse y
contraerse, no envidiaban la resistencia del acero, y no quedó un solo rincón
de la goleta que no fuera mimado con el amor que hubiera dedicado al más
querido de sus hijos.
Ningún barco se construyó jamás con más cariño, se supo
depositario de tamañas esperanzas, escuchó desde el primer momento tantas
palabras dulces, ni nació a la vida llevando a bautizar a una hija del mar
nacida en un faro de una lejana isla.
No resultaba extraño, por tanto, que incluso Sebastián, el más
escéptico de los miembros de la familia «Maradentro», se viera obligado a
aceptar, aunque a regañadientes, la tesis de Yaiza de que el espíritu del
abuelo se negaba a abandonar la goleta a la que había dedicado una parte tan
importante de su vida.
—¡Ojalá sea cierto...! —musitó interiormente—, porque vamos a
necesitar toda la ayuda del mundo para conseguir que este montón de pellejo y
huesos llegue a buen puerto.
Para el resto de la familia la larga estancia a bordo del «Isla
de Lobos» no iba a constituir, quizá, más que una continuación de la J forma de
vida a la que estaban acostumbrados desde siempre, y lo que en verdad les
asustaba —lo que les aterrorizaba— era lo que ocurriría a partir del día en que
tuvieran que enfrentarse a una forma de existencia absolutamente extraña en un
país desconocido.
Para ellos, el mar, incluso el temible Océano, era el último
refugio, pero para Sebastián, el peligro estaba en ese Océano frente al que la
goleta era apenas poco más que un barquito de papel depositado por un niño en
una acequia. Al otro lado, si lograban llegar, se abría un mundo cuajado de
posibilidades en el que tres hombres fuertes y dos mujeres decididas podrían
abrirse camino mucho más fácilmente que en la desolada aridez de Playa Blanca.
Cientos, miles de familias habían emigrado a lo largo del tiempo
escapando a formas de vida tan miserables como la de ellos mismos, y muchos
habían encontrado en América la concreción de sus sueños y la realidad de que
existía una Tierra Prometida. El que a punto estuvo en un momento dado de no
regresar a Playa Blanca y si volvió fue porque se sentía incapaz de permanecer
para siempre lejos de su familia, se encontraba de pronto con que los
acontecimientos se habían desarrollado de tal forma que navegaban rumbo a la
América con que siempre había soñado en compañía de toda su familia.
No le alegraba por cuanto de sufrimiento había significado para
su madre y sus hermanos, pero tampoco le entristecía, y le constaba que todos
sus esfuerzos debían concentrarse en conseguir que el «Isla de Lobos» arribase
a buen puerto.
Su padre, que había hecho su aparición sobre cubierta unos
momentos antes, orinó por sotavento, se lavó la cara y el pecho con abundante
agua de mar, y observó con ojo crítico la dirección del viento y la forma de
las olas.
Luego se aproximó, le revolvió el cabello con un gesto
afectuoso, e inquirió:
—¿Cómo ha ido eso...?
—Tranquilo... Tres nudos... Tres y medio... Ahora está
bajando... El viento no es constante.
—Hay que tener paciencia... —señaló Abel Perdomo—. Me
conformaría con que este viento siga... —Acarició el palo mayor, casi
palpándolo, como si se tratara de los músculos de un ser vivo y añadió—: Con
menos no avanzaríamos, y con mucho más no aguantaría...
—Los buenos vientos no llegarán hasta diciembre —replicó su hijo
—. A mediados de diciembre los «Alisios» nos hubieran llevado en volandas hasta
las costas mismas de Venezuela.
—¡Es posible...! ¡Pero ahora tendremos que conformarnos cori los
vientos de agosto...
—Será largo... y el barco está cansado...
Abel Perdomo tardó en responder. Observó el mar, el barco y el
lejano cono del Teide que parecía mirarlos, y al fin puso una mano sobre la de
Sebastián que descansaba en el timón.
—Escucha, hijo... —comentó—. Yo sé que el barco está cansado...
Y tú lo sabes... Y, probablemente, Asdrúbal también... Pero no debemos
consentir que tu madre o tu hermana lo averigüen... —Hizo una pausa—. Sobre
todo la pequeña; se siente culpable por lo ocurrido y tengo la impresión de que
no soportaría la idea de que algo aún peor nos amenaza.
Sebastián hizo un levísimo gesto de asentimiento, como dando por
sentado que aquél era un tema que no merecía siquiera discutirse y corrigió un
punto el rumbo al advertir que el viento rolaba ligeramente al Este.
—Lo importante es no forzarlo nunca —replicó—. Aligerarlo de
carga y aprovechar que el tiempo es bueno para ir ajustándolo... Le pediré a
mamá que haga estopa con la ropa más vieja, y me ocuparé de calafatearlo desde
dentro... También hay cuadernas en proa que deberíamos reforzar
apuntalándolas...
—Tu hermano es bueno en eso... Heredó las manos de tu abuelo...
—Le miró fijamente—. ¿Qué piensas hacer cuando lleguemos?
Sebastián sonrió:
—Lo primero es llegar... —dijo—. Luego ya veremos... Lo que
importa es que continuamos juntos y así estaremos siempre... Nunca le hemos
tenido miedo al trabajo, y por lo que cuentan, allí el trabajo sobra...
—Me gustaría que estudiaras... —señaló su padre—. Con suerte,
Asdrúbal y yo podremos sacar adelante a la familia, y tal vez Yaiza y tú, que
sois más listos, consigáis estudiar algo de provecho... —Trató de sonreír—. Ya
es hora de que los Perdomo «Maradentro» dejen de ser una familia de burritos...
Sebastián observó con profunda ternura aquel hombretón áspero y
recio, de manos como mazas y aire resuelto que era en el fondo tan tímido y
retraído como un niño:
—¿A ti te hubiera gustado estudiar? —inquirió.
Abel medió un instante y al fin se encogió de hombros:
—En mis tiempos era una cuestión que ni siquiera podía
plantearse... La escuela más cercana estaba a hora y media de camino, en el
pueblo nadie sabía leer y el viejo me necesitaba para salir a la mar, o
construir el barco... Hasta el día en que conocí a tu madre no me di cuenta de
lo bruto que era... —Sacudió la cabeza con gesto de incredulidad—. Aún no
entiendo cómo pudo fijarse en mí, si no era capaz de hacer la «O» con un
canuto...
—Dicen que eras muy guapo... Imagino que de joven te andarían
persiguiendo todas las mozas del pueblo...
Frunció los labios, sonriendo a sus recuerdos:
—Alguna hubo —replicó—. En especial Florinda, cuyo padre tenía
la mejor casa, veinte camellos y la concesión del embarque de sal... Si me
hubiera casado con ella tal vez a estas horas sería rico... Pero el día en que
vi a tu madre, se me olvidaron la casa, los lanchones de sal y los camellos...
¡Dios! —exclamó—. ¡Resulta difícil aceptar que estamos dejando todo eso atrás
definitivamente...! ¡Empezar de nuevo, y a mis años...! —Colocó una mano sobre
el hombro de su hijo y apretó con afecto—: ¡Vete a dormir...! —dijo—. Estarás
cansado.
Sebastián negó con un gesto:
—Prefiero quedarme y hacerte compañía... Me gusta que me hables
de ti... ¡Cuéntame cosas de la guerra...!
—Las guerras no se cuentan, hijo... —replicó Abel Perdomo
convencido—. Las guerras se hacen y se olvidan.
Imeldo Cambreleng llevaba camino de convertirse en enterrador,
pero en un confuso momento de su vida el destino había efectuado un caprichoso
viraje y lo había transformado en «cambullonero».
Su enorme cabeza casi calva de dispersos mechones de un cabello
ralo que obligaba a pensar de inmediato en alguna sucia enfermedad inconfesable
se prolongaba hacia abajo en un rostro de inmensos ojos miopes y sobresalientes
pómulos, que unidos a su hundida barbilla y su larga nariz porruna le daban el
aspecto de un acechante buitre de pico dilatado.
Vestía siempre de negro, sorbía por la nariz a cada instante, y
apestaba a pies y a sudor rancio a tal distancia, que invitaba a suponer que de
su frustrada vocación de sepulturero debía de haberle quedado algún trozo de
cadáver hediondo en los bolsillos.
Era cosa sabida en el ambiente de los puertos que los tratos con
Imeldo Cambreleng se solucionaban al instante; en primer lugar porque era
hombre de decisiones rápidas que hacía siempre honor a sus acuerdos, y segundo
y principal, porque nadie era capaz de soportar su presencia y su olor por
largo tiempo.
—¿Qué clase de barco? —quiso saber.
—El más rápido y el de mayor autonomía... Si tiene radar
mejor...
—Ninguno de los barcos que trabaja la zona tiene radar... El
«Mandrágora» lo traía de origen, pero se le jodió hace tiempo... Era una lancha
rápida en la guerra y quizás el barco que le conviene... ¿Cuál es la carga?
Damián Centeno mantuvo su copa cerca de la boca, más por aspirar
el ron y olvidar así unos instantes el tufo de su interlocutor que por ansia de
beber y negó con un gesto:
—No hay carga.
—¿No hay carga...? —Imeldo Cambreleng sorbió por tres veces con
inusitada rapidez, señal inequívoca de que había logrado sorprenderle porque se
diría que el goteo de su nariz reflejaba fielmente sus estados de ánimo—. No
hay carga... —repitió—. ¿Entonces para qué quiere un barco?
—Para buscar a otro.
—¿Para buscar a otro...? —Sabía que aquella costumbre de repetir
lo que le decían no lograría nunca quitársela de encima—. Explíqueme la cosa.
Damián Centeno se lo explicó a su modo, aunque silenciando desde
luego el hecho de que su intención era prenderle fuego al «Isla de Lobos» y
acabar de una vez por todas con aquella maldita familia que se había permitido
el lujo de tomarle el pelo como no lo había hecho nadie hasta ese instante.
—¿Cuándo salió ese barco...? —quiso saber el «cambullonero».
—Anteayer por la mañana.
—Anteayer... ¿Y dice que va a vela?
—A vela... Es una vieja goleta muy pesada... Tardó horas en
perderse de vista...
—¿Qué piensa hacer si atrapa al muchacho...?
—Entregárselo a la Guardia Civil para que pague por su crimen...
—No me gusta la Guardia Civil.
—A mí tampoco.
—A usted tampoco... ¡Bien! No es cosa mía... Yo por mil duros le
pongo en contacto con el patrón del" «Mandrágora»... Lo que él le cobre o
lo que piense de la Guardia Civil es cosa suya...
—¿Dónde está el «Mandrágora»?
El frustrado sepulturero consultó su reloj e hizo un rápido
cálculo mental.
—En estos momentos al pairo, a unas quince millas de la costa...
Hablaré por radio con él dentro de un par de horas para indicarle el punto en
que deben desembarcar la mercancía... —Sorbió repetidas veces—. Si el patrón
está de acuerdo, vendré a buscarle aquí mismo a media noche... Lleve tan sólo
lo más imprescindible...
—Viene un hombre conmigo.
—¿Quién?
—Mi lugarteniente... Mi segundo... Llámelo como quiera, pero
viene...
Cambreleng se acarició la calva arrancándose de paso un par de
cabellos del más poblado de sus mechones y pareció estudiar a fondo a su
interlocutor como si tratase de averiguar sus verdaderas intenciones.
Por último se encogió de hombros:
—De acuerdo... —dijo—. Pero no trate de jugarme una mala
pasada... Pierde el tiempo. A la menor sospecha, el barco «sale de. naja» y le
advierto que ni el más rápido guardacostas puede verle la \ popa.
Damián Centeno le miró de hito en hito e inquirió:
—¿Tengo aspecto de policía...? ¿O de aduanero...? —Negó con la ;
cabeza como si él mismo estuviera absolutamente convencido de j que resultaba
de todo punto absurdo—. Consígame ese barco y se habrá ganado los cinco mil
duros más cómodos de su vida.
El otro pareció compartir esa idea, porque extendiendo la mano
tomó un sobado portafolios de cuero y extrajo un maltratado mapa]
del Archipiélago cubierto de tantas marcas y anotaciones que lo
convertían en un auténtico jeroglífico.
—¿A qué hora dice que zarpó ese velero de Lanzarote?
—Al amanecer.
—¿Y qué velocidad desarrollará...? ¿Tres nudos...?
—Puede que menos, aunque no sé mucho sobre la velocidad de un
barco.
—¡Bien! Digamos de tres a cuatro nudos... —Sacó una punta de
lápiz y efectuó unos rápidos cálculos en un esquina del mapa—. ¡Veamos...! Si
como usted dice llevan a bordo a un asesino, lo lógico es que no se arriesguen
a cruzar entre las islas... —Marcó una línea imaginaria y al fin trazó un
amplio círculo—. Lo más probable es que a estas horas se encuentre aquí: en
algún lugar al norte de La Palma...
—¿Cuánto tardaría ese barco suyo en llegar allí?
—¿El «Mandrágora»? ¡Qué más quisiera yo que fuera mío...! No lo
sé, pero apretando fuerte supongo que de seis a ocho horas... Si no hay
marejada vuela sobre el agua... ¡Da gusto verle!
Damián Centeno metió la mano en el bolsillo de su camisa, y
colocó unos billetes sobre la mesa:
—¡Aquí hay mil pesetas! —dijo—. Para que vea que hablo en serio
y ponga interés en convencer al patrón... Y ahora soy yo el que le avisa: ¡No
trate de hacerme una jugada!
Imeldo Cambreleng se apoderó del dinero con la misma rapidez con
que un ave rapaz hubiera engullido una lagartija, y se puso en pie doblando
nuevamente su conchambroso mapa.
—Vuelva aquí a media noche, y deje el resto de mi cuenta...
—señaló—. Los de mi profesión no tenemos más capital que la palabra... Cuando
hacemos un trato lo cumplimos o se acabó el negocio, porque como aquí no hay
papeles, ni contratos, ni abogados, ni leyes, una vez que has fallado, nadie te
dará nunca otra oportunidad... —Sorbió de nuevo y sonrió—. Lo que sí pueden
darte, es un tiro en la nuca...
Se fue, dejando a su paso una pesada hediondez a pies sudados, y
Damián Centeno tuvo que volver sin disimulo el rostro lanzando un resoplido
porque la fetidez le había golpeado de pleno en las narices.
Aguardó unos instantes casi con el único fin de reponerse y
recuperar el aliento, y dejando unas monedas sobre la mesa, salió a la calle y
aspiró profundamente un olor a muelle, gasoil y brea que llegó a antojársele
incluso refrescante. Luego paseó sin prisa hasta el Bar Atlántico, frente al
mar y la entrada del puerto, y se reunió con Justo Garriga, que le aguardaba
leyendo un periódico deportivo.
—Creo que esta noche tendremos barco... —dijo—. Un tipo que
huele tan mal tiene que ser de confianza o ya alguien le habría pegado siete
tiros... ¿Lograste averiguar lo que querías...?
—La calle Miraflores... Por allí... A cuatro o cinco manzanas...
Toda la calle es de putas, pero me han recomendado la «Casa de la Húngara»...
Parece que es la única en la que no se cogen purgaciones...
Echaron a andar sin prisas y mientras ascendían por la ancha
plaza Candelaria, Damián Centeno, que observaba a las parejas que a aquellas
horas de la tarde tomaban un refresco en la Terraza del Cafe Cuatro Naciones,
inquirió de improviso:
—¿Te has acostado alguna vez con una mujer que no sea puta?
—¿Pero es que existen...? —Justo Garriga rió su propia gracia—.
Sí... —admitió—. Supongo que sí... Cuando entramos en Madrid conocí una
muchacha. A su novio lo habían fusilado y a ella le habían dado tanto aceite de
ricino que en cuanto caminaba cien metros se cagaba... No era bonita, pero
parecía una niña asustada esperando siempre que alguien le diera tres
bofetadas... Me dio pena...
Damián Centeno le miró de reojo, incrédulo:
—¿A ti?
Rió de nuevo, divertido:
—¿No creerá que siempre fui un hijo de puta? —replicó—. Hubo un
tiempo en que incluso ayudaba a los ciegos a cruzar la calle... —Chasqueó la
lengua con aire de fastidio—. Aunque la verdad es que nunca conseguí que un
camión aplastara a ninguno...
—Una vez me salvaste la vida...
—Es que usted no era ciego, y pensé que algún día podía
devolverme el favor...
Avanzaban sin prisas por la calle Cruz Verde, deteniéndose de
tanto en tanto a contemplar los escaparates de las tiendas o ver pasar
muchachas, como dos viejos amigos que no tuvieran otra preocupación en esta
vida que irse de putas en una tranquila tarde de verano.
—¿Qué opinas de este asunto? —quiso saber Damián Centeno—.
¿Crees que se han burlado de nosotros?
—En absoluto... —replicó Justo Garriga convencido—. ¿Qué otra
cosa podíamos hacer...? ¿Matar a alguien para que la Guardia Civil acudiera de
inmediato? ¿Seguirles cuando zarpaban de noche en su maldito barco
silencioso...? Por más vueltas que le doy no encuentro otro camino, y me alegra
haberles sacado de su isla y que ahora estén todos juntos... Ya es sólo
cuestión de caer sobre ellos.
—¡Ese Océano es muy grande!
—Lo sé... Y muy profundo... Pero acabaremos por encontrarlos...
—Hizo un gesto a cuanto les rodeaba—. Mire a su alrededor... Aquí hay calles y
automóviles, y ruido y luz eléctrica... Es el mundo que conocemos y en el que
sabemos desenvolvernos, muy distinto de aquella maldita Playa Blanca, sus
camellos, su silencio y sus gentes... ¡Ya todo ha cambiado...!
—No me gusta el mar... ¡Nunca me ha gustado...! —sentenció
amargamente Damián Centeno—. Mientras sigan en el mar continúan estando en su
elemento...
—No sea tonto... —le recriminó el otro—. ¿Qué puede hacer una
vieja goleta desvencijada frente a una moderna lancha rápida? Los cogeremos.
Aurelia Perdomo se despertó al amanecer agobiada por la angustiosa
sensación de que había una presencia extraña en la camareta, y cuando giró el
rostro vio a su hija acurrucada en un rincón de su litera abrazada a las
piernas y con los ojos muy abiertos contemplando un punto perdido frente a
ella.
Conocía de antiguo aquella expresión ausente y aquel estar cerca
y lejos en el mismo momento, pero jamás había logrado acostumbrarse a ello y le
aterrorizaba ver a su pequeña convertida en una especie de ser de otro planeta;
un ente inaprehensible que a menudo parecía haberse convertido en un extraño.
Permaneció muy quieta, mirándola; tratando de adivinar qué
estaba pasando en esos momentos por su mente, incapaz de averiguar si se
encontraba despierta o aún dormía.
Transcurrió un largo rato que se le antojó infinito en el que no
se escuchó más que el gimotear de las cuadernas del velero al cabecear sobre un
mar de largas ondas y el rechinar de la botavara allá en lo alto, y hubiera
deseado que el sueño acudiera nuevamente en su ayuda, pero al fin su hija se
volvió y la miró de frente como si supiera que todo ese rato la había estado
observando:
—Era el abuelo —dijo—. Tiene miedo.
—¿De qué...?
—Del hombre del tatuaje.
—¿Damián Centeno...? ¡Es absurdo...! Damián Centeno se quedó en
Lanzarote.
La muchacha negó muy suavemente agitando apenas la cabeza:
—No. No se quedó... Vuelve... Lo he visto... Volaba sobre el mar
como una gaviota que buscara a su presa... Y el abuelo también lo ha visto...
Aurelia Perdomo estuvo tentada de pedirle a su hija que cerrara
los ojos y volviera a dormirse olvidando sus pesadillas, pero eran tantas las
veces que sus presagios se habían cumplido que se sentía sin fuerza moral para
rechazarlos nuevamente.
Tomó asiento en la cama y acarició su mano sabiendo que eso j
contribuía a calmarla:
—¿No será que estás impresionada por todo lo ocurrido?
—inquirió—. El otro día soñaste que dos hombres morían, y no sabemos de nadie
que haya muerto de ese modo.
Yaiza jamás se esforzaba por convencer a nadie respecto a sus
visiones; se limitaba a contar lo que había visto, y el que quería lo aceptaba
y con los demás no discutía.
—Esos dos hombres están muertos... —musitó casi como un
susurro—. Y el otro viene...
Su madre no dijo nada; meditó unos momentos sin dejar de tocarle
la mano, y luego alzó el rostro advirtiendo que más allá de la escalerilla una
levísima claridad pugnaba por romper la negrura de la noche.
Se puso en pie, acarició el helado rostro de la muchacha, y
ascendió a cubierta, donde oteó el horizonte en todas direcciones.
Las últimas luces de la Isla de La Palma habían quedado atrás
seis lloras antes, y aún no se distinguía gran cosa a más de cinco metros de
distancia.
Se aproximó a Sebastián que permanecía en pie junto a la rueda
del timón y le besó en la mejilla:
—Yaiza asegura que Damián Centeno se aproxima.
—¡Pero mamá...!
—¿Qué...?
La pregunta había llegado rápida y seca, casi provocativa.
—No podemos ir por el mundo haciendo caso de esas cosas...
—replicó su hijo, dolorido—. Parecemos una familia de gitanos del mar... ¡Y de
chalados!
—¿Crees que a mí me divierte...? —inquirió Aurelia con voz
cansada—. Desde que empezó a llover en el momento en que nació tu hermana, me
vengo repitiendo que todo cuanto de extraño le ha ocurrido no son más que
coincidencias o fantasías de vieja chocheante... Pero tú sabes bien que cuando
sueña algo raramente se equivoca, y eso es algo que ya ni siquiera vale la pena
discutir... —Se hizo cargo de la rueda—. ¡Anda...! —pidió—. Ve y avisa a tu
padre. Él sabrá lo que hacer...
Le tranquilizó sentir que aún latía el viejo barco a través del
timón, y por unos instantes volvió a experimentar aquella antigua sensación de
que era un ser vivo, que su marido supiera transmitirle.
—Todos los barcos tienen vida y tienen alma... —le había dicho
cuando le acompañó por primera vez a los caladeros de Tarfalla—. Y es siempre
en la rueda del timón donde mejor le late el pulso... (Siéntelo!
Y ella lo sintió, pero sintió también a sus espaldas la fuerza y
vida de aquel inmenso cuerpo que adoraba, y aún se estremecía al recordar cómo
la poseyó allí mismo, aferrada a la caña; cómo la hizo ^emir y estremecerse, y
cómo abrigó siempre el convencimiento de que había sido aquella noche cuando
engendró al mayor de sus hijos.
Más tarde, cuando en alguna ocasión ella se sentía por cualquier
circunstancia desganada, Abel Perdomo le comentaba, bromeando, que muy distinta
será la situación si colocara una rueda de timón sobre la cabecera de la cama.
Le vio venir sobre cubierta con el cabello alborotado y su pecho
de Hércules, y se preguntó cómo era posible que hubieran transcurrido
veintiséis años desde aquella noche en que la penetró mientras ' gobernaba la
goleta...
—¿Estás segura de lo que me ha dicho Sebastián...?
Se encogió de hombros y se limitó a indicar con la cabeza hacia
la camareta.
—Se lo ha dicho el abuelo... Y ya sabes lo que suele ocurrir en
í estos casos...
Abel Perdomo se recostó pesadamente en el palo y dejó escapar \
un hondo resoplido. Su primer impulso, como el de Sebastián, era negarse a
admitir semejante locura y protestar, pero le constaba que protestar contra los
sueños de su hija era como protestar por el hecho de que fuera de noche o la
Tierra girase.
—¡No es posible...! —exclamó al fin—. No es posible que ese hijo
de perra haya decidido seguirnos... ¿Es que no piensa darse nunca por vencido?
—Hasta que no me mate, no...
Asdrúbal había hecho su aparición a espaldas de su padre, y su
rostro, muy moreno, serio y hermoso, aparecía profundamente] preocupado cuando
añadió:
—Debí entregarme en el primer momento... Tal vez tan sólo a
hubiera ido' a presidio o tal vez me hubieran matado, no lo a sé... Pero lo que
sí sé es que ahora sois todos los que estáis en peligro...
—¿Qué quieres decir?
—Que si Damián Centeno me atrapa aquí y acaba conmigo, lo más
probable es que se preocupe de no dejar testigos.
—¡No digas eso, hijo...!
El muchacho se volvió a Aurelia que era quien había hablado.
—Tenemos que enfrentarnos a la realidad. Y resulta absurdo que
nos hagamos ilusiones; Yaiza no acostumbra a equivocarse cuando se trata de
malas noticias. Ese tipo ha sido capaz de llegar hasta aquí, y no lo ha hecho
para pedirnos que regresemos a Lanzarote... Viene a matarme, y tendrá que
matarme delante de vosotros... ¿Crees que aceptará pasar el resto de su vida
sabiendo que cuatro personas le vieron asesinar a un hombre? Lo dudo.
—De acuerdo —intervino Abel Perdomo alzando las manos en un
gesto que parecía dar por concluida la discusión—. Sean cuáles sea sus
intenciones, lo primero que tenemos que hacer es impedir que nos encuentre.
Su esposa le miró un tanto confundida:
—¿Cómo...? —quiso saber—. ¿Acaso el barco tiene alas? —Abrió las
manos en un amplio ademán señalando a su alrededor con desespero—. Estamos en
medio del mar...
—Lo sé... —admitió su marido—. Estamos en medio del mar, y en él
he pasado mi vida... —Hizo una pausa y por último, añadió—: Y aunque no me
guste hablar de ello, alguna que otra vez fui pescador furtivo. —Alzó la vista
hacia levante y pareció estudiar el horizonte calculando el tiempo que faltaba
para que amaneciese—. Bien... —dijo—. Cuanto antes empecemos, mejor. Hay que
arriarlas velas, y tú Asdrúbal sube al palo mayor y abre los ojos... Supongo
que si vienen será por el sudeste... Atento a cualquier cosa que se mueva...
Comenzaron a trabajar con la rapidez y eficacia que les confería
la experiencia de años, y cuando el sol hacía su aparición, habían desmontado
incluso las botavaras de la Mayor y la Mesana, que quedaron descansando sobre
cubierta. Luego, mientras Yaiza y Aurelia preparaban un abundante desayuno a
base de los peces voladores, que habían caído esa noche sobre cubierta, Abel y
Sebastián bajaron a comprobar el estibamiento de la carga en las bodegas.
Se encontraban allí cuando sonó, clara, la voz de Asdrúbal:
—¡Un barco por la aleta de babor...!
Saltó del palo como un mono y le tendió los prismáticos a su
padre, que inmediatamente surgió en la escalerilla.
Al poco, asintió:
—En efecto, ahí está... ¡Y navega muy rápido...! ¡En una hora lo
tendremos encima...! —Se volvió a su hijo—. Empieza a aflojar los obenques...
hay que echar abajo los palos... Primero el Mayor; luego el de Mesana.
Fue dura la tarea de quitar las cuñas, extraer los pesados palos
de sus soportes, dejarlos caer al mar sujetos con un fuerte cabo e izarlos
luego nuevamente a lo largo del costado para que quedaran descansando sobre
cubierta.
Cuando hubieron concluido, Abel Perdomo echó un nuevo vistazo a
través de los prismáticos, y advirtió, satisfecho, que el navío no venía
directamente hacia ellos, sino que se desviaba hacia el norte, pero aun así no
se dio por satisfecho y ordenó:
—Hay que desmontar los tambuchos mientras bajo a inundar las
sentinas.
Aurelia le aferró el brazo.
—¿Vas a meterle agua al barco? —inquirió asustada.
Su esposo asintió con la cabeza y señaló a su alrededor:
—No mucha, no te inquietes... No va a aumentar el viento y el
mar se mantendrá tranquilo hasta la puesta del sol... Con esta altura de olas
puedo bajar la borda medio metro.
—¿No hay peligro...?
Le acarició levemente el rostro, tranquilizándola:
—No, si el mar continúa así... La carga está firmemente
estibada, y este barco aguanta mucho... —sonrió—. Mi padre me enseñó cómo
nacerlo...
—Nunca me contaste que habías sido furtivo...
—Fue antes de conocerte —replicó—. Eran malos tiempos, y lo
único que daba entonces dinero eran las langostas del Marruecos francés... Las
patrullas vigilaban constantemente y nos veíamos obligados a trabajar de noche
y camuflarnos de día... —sonrió—. No te preocupes... El barco está
acostumbrado.
—¡Pero es muy viejo...!
—Lo sé... —admitió—. Pero no nos queda otro remedio... —Indicó a
los muchachos que trabajaban febrilmente desmontando las casetas—. Cuando
acaben, que tapen la cubierta y las bordas con lonas azules que encontrarán en
el fondo del pañol de proa... Deben de estar hechas jirones, pero aún puede que
nos hagan el avío si se sujetan bien... Yo estaré vigilando el nivel del
agua...
Media hora más tarde la goleta había pasado a convertirse en un
plano objeto azul flotando sobre un infinito Océano de largas ondas, y no
sobresalía más de metro y medio sobre la superficie, de tal forma que
únicamente en el instante en que se encontraba en la cresta de una ola,
resultaba visible para quien se encontrara a menos de dos millas de distancia.
—Nadie que va a la caza de un barco de velas blancas se preocupa
por buscar una balsa azul... —señaló Abel Perdomo cuando se sentaron sobre
cubierta a popa, a observar cómo la nave continuaba alejándose hacia el norte—.
Ni siquiera las patrulleras francesas lograron descubrirnos nunca. El color del
mar emborracha y acaba j por comérselo todo... —Le guiñó un ojo a Sebastián—.
¡Sube las liñas...! —pidió—. Ya que no navegamos, intentaremos al menos í
pescar algo... —Luego pellizcó suavemente la mejilla de Aurelia—. ¡Anima esa
cara, mujer...! ¿Qué prisa tenemos...? América siempre estará en el mismo
sitio...
Utilizando de carnada las entrañas de los peces voladores y
trozos , de pulpo seco izaron a bordo un «dorado» que les sirvió a su vez para
cebar nuevos anzuelos y entretenerse hasta la hora del almuerzo, que resultó
exquisito y abundante a base de pescado muy fresco y recién frito en el pequeño
«Primus» de petróleo.
Luego, tras la siesta, Asdrúbal, que había quedado de guardia,
< señaló de nuevo la presencia de la lancha que regresaba del Norte y
cruzaba velozmente a unas seis millas de la proa rumbo al Sudoeste.
—¡Es bueno que corra tanto! —indicó Abel Perdomo observándola
con atención—. Eso la obliga a saltar sobre las olas, cabecea, y nadie que mire
a través de unos prismáticos puede fijar la atención... —Señaló con el dedo
hacia adelante—. Tendría que quedarse ahí, al pairo, buscándonos, y aun así
tardaría horas en distinguirnos... —Sonrió como para sí mismo—. Ese es el
problema de la gente de tierra adentro que se mete en el mar: «Van», por el
mar...; lo cruzan lo más aprisa que pueden, pero nunca aprenden a estar en él,
ni a vivir de él... —Guardó silencio observando cómo el navío continuaba
alejándose, y al fin se puso en pie lanzando un hondo suspiro—. ¡Bien!
—exclamó—. No creo que vuelva por aquí esta tarde... Ahora viene la parte más
pesada...: poner de nuevo este barco en movimiento.
—¿Hacia dónde piensas dirigirte...? —quiso saber Sebastián.
—América sigue estando al Oeste...
—Ellos también lo saben... Y nos seguirán buscando hacia el
Oeste...
—¡Se cansarán...!
—¿Cuándo...? Nunca podremos saberlo...
Su padre le miró muy serio, tratando de adivinar qué era lo que
estaba tratando de decirle:
—¿Tienes alguna idea mejor...? —quiso saber al fin.
—Los vientos «Alisios» soplan hacia el Sudoeste... —señaló
Sebastián—. Y hacia allí nos lleva también la corriente... Es la ruta lógica:
de aquí a las islas de Cabo Verde, para coger luego la Corriente Ecuatorial del
Norte que con los «Alisios» nos empujan directamente a las costas de Venezuela
o las Antillas... Si seguimos ese rumbo, nos esperarán y pronto o tarde
acabarán por sorprendernos, porque si tenemos que repetir esto de hoy todos los
días, no llegaríamos jamás.
—¿Entonces...?
—Lo mejor sería salimos de esa ruta... Ir hacia el Noroeste.
Allí nunca se les ocurriría buscarnos...
—¡Al Noroeste! —Abel Perdomo agitó la cabeza como desechando una
idea peligrosa...!
—Escucha, hijo, al Noroeste no hay viento... Si nos apartamos de
la ruta de los «Alisios» corremos el riesgo de caer en las calmas...
—Lo sé... —admitió Sebastián—. Pero siempre es preferible la
calma a Damián Centeno... Has dicho que somos gente de mar y sabremos
sobrevivir en el mar aun con las grandes calmas... No tenemos prisa: algún día
llegaremos... Nuestro único problema será el agua, pero pronto o tarde
lloverá...
—¿Y si no llueve?
—Lloverá.
—He visto pasar años sin llover.
—En Lanzarote; no en el mar... —Sebastián parecía absolutamente
seguro de sí mismo—. Estamos acostumbrados a no usar agua... Será tan sólo
cuestión de un par de meses...
—¡Un par de meses...! —se horrorizó Aurelia girando la vista en
torno suyo como si le resultara inconcebible la idea de que tenía que
permanecer ese tiempo en tan mínimo espacio—. ¡Nunca imaginé que podía ser tan
largo!
—América está muy lejos, madre —le recordó Sebastián—. Y este
barco ya hace bastante con mantenerse a flote... No se le puede pedir que,
además, corra... —Se volvió a Abel—. ¿Cuál es el rumbo, entonces?
—Déjame pensarlo... —pidió—. Ahora lo que importa es echar fuera
el agua y alzar los palos antes de que caiga la noche. ¡Andando!
Fue dura la tarea; agotadora en realidad, pues las bombas de
achique estaban viejas y herrumbrosas y exigían el máximo esfuerzo de unos
brazos que acababan por quedar como dormidos de tanto subir y bajar
rítmicamente.
Centímetro a centímetro, ayudándose con cubos que Yaiza y
Aurelia sacaban también desde cubierta, la goleta comenzó a recuperar su línea
de flotación y las descoloridas lonas azules, la mitad hechas jirones,
regresaron a su vez al camaranchón de proa.
El sol comenzaba a ganar velocidad tratando de ocultarse en el
horizonte y no se advertía rastro alguno de la lancha en cuanto alcanzaba la
vista, cuando decidieron alzar los palos nuevamente, y al concluir tuvieron que
dejarse caer sobre cubierta intentando recuperar las fuerzas perdidas.
—¿Tendremos que repetir esto cada día...? —quiso saber Yaiza
cuando se sintió capaz de respirar normalmente.
—Siempre que ese dichoso barco ronde por aquí —admitió su
padre—. Un palo puede destacar sobre un horizonte limpio y no pienso correr
riesgos...
—¡No lo soportaremos...! —replicó convencida la muchacha—. No lo
soportaremos —repitió—. ¿Cuánto pesan esos malditos palos?
Su padre se encogió de hombros y sonrió:
—No lo sé, pero lo mismo pesaban cuando entre tu abuelo y yo
teníamos que ponerlos o quitarlos todos los días, y no por salvar la vida, sino
tan sólo por conseguir unas cuantas langostas... —Le revolvió el cabello con
afecto—. Es cierto eso que dicen siempre los] ancianos: Las nuevas generaciones
nacen mucho más débiles...: ¡Andando...! —ordenó—. Hay que colocar las
botavaras e izar las ; velas... Quiero navegar en cuanto el sol se oculte en el
horizonte.
—¿Hacia dónde?
Abel Perdomo se volvió a su hijo Sebastián, que era quien había
hecho la pregunta. Meditó unos instantes, y al fin hizo un leve gesto' de
asentimiento con la cabeza.
—Hacia el Noroeste —replicó—. Cualquier cosa es mejor que la
posibilidad de tropezar con Damián Centeno...
Navegaron toda la noche rumbo al Noroeste, empujados por un
viento racheado y caprichoso que obligaba a estar atentos a cazar las velas o
modificar la ruta porque rolaba de continuo, y aunque por lo general les
llegaba de través, tan capaz era de entrarles de improviso por la aleta, como
de girar al Norte y soplar por la amura obligándoles a ceñir y haciendo que el
viejo navío se lamentara con más fuerza que de costumbre, como si el esfuerzo
se le antojara excesivo para sus cansados huesos.
Lo lógico hubiera sido, obligados como iban a navegar a oscuras,
reducir al mínimo el velamen, pero tenían urgencia por abandonar cuanto antes
aquellas aguas y prefirieron mantener todo el trapo que soportaran los palos,
por lo que los tres hombres se vieron en la necesidad de permanecer sobre
cubierta sin más oportunidad que la de descabezar de tanto en tanto un corto
sueño, atentos a la voz de quien se mantuviera de guardia en el timón y
ordenara la maniobra.
Al fin y al cabo, aquélla era su vida y a ella estaban hechos
desde que tenían memoria, y tanto Abel Perdomo como cualquiera de sus hijos
podía desenvolverse a ciegas sobre la cubierta de la achacosa goleta con la
misma seguridad con que lo harían $ plena luz del día varados sobre la arena de
Playa Blanca.
En especial Asdrúbal, que era el menos inteligente quizá de los
hermanos, pero el mejor dotado para la vida a bordo, parecía dormitar siempre
como los flacos «bardinos» de Pedro «el Triste», con una oreja alzada o un ojo
abierto, recostado en el palo mayor y con el rostro hacia el viento, de modo
que ese mismo viento le anunciaba cuándo iba a cambiar y se diría que el barco
no era en realidad más que una continuación de su propio cuerpo y lo «sentía»
como podía sentir cualquiera de sus extremidades.
Bajo cubierta, Yaiza dormía profundamente, tranquila y relajada,
mientras Aurelia permanecía en una semivigilia en la que no se sentía muy capaz
de marcar exactamente los límites entre la realidad y el sueño, atenta a la
respiración de su hija y a los ruidos externos, anhelando tal vez descubrir
también la presencia del abuelo Ezequiel a bordo para que le hablara como le
hablaba a la chiquilla, aconsejándola respecto a un futuro que se le antojaba
cada vez más inquietante y tenebroso.
Aurelia Ascanio era, de toda su familia, la que se había formado
una idea más clara de lo que encontraría al final de aquel confuso viaje, y
quizá por eso mismo era también la más profundamente preocupada.
Hasta la noche de San Juan de aquel año, para ella el futuro era
una prolongación de su pasado: un fluir sin prisas hacia el fin rodeada de los
seres amados y los paisajes conocidos, sin más sobresaltos que aquellos que
pudieran proporcionarle en su día las travesuras de sus nietos. Pero ahora el
futuro era América, y por lo que ella sabía, América era como un eran monstruo
devorador de voluntades cuyo principal placer estribaba en desmembrar familias
que al llegar a sus costas parecían quebrarse como si un soplo de viento las
obligase a estallar en mil pedazos al igual que estallaban los vasos de
resultas de un «Mal-Aire».
Tres Ascanios laguneros, primos de su padre, se habían diluido
para siempre en la laberíntica y compleja geografía americana sin regresar
jamás a su lugar de origen, y también en sus costas desapareció para siempre
Sancho Guerra, del que su hermano Rufo aguardó treinta años tan siquiera una
carta.
Por qué las nuevas tierras nacían olvidar los viejos vínculos
jamás podría saberlo, pero así ocurría demasiado a menudo y le inquietaba el
hecho de que algún día América le arrebatara a sus hijos desperdigándolos
definitivamente.
Ella, que cuando Asdrúbal rondó por unos meses a una muchachuela
de Femés, se sintió molesta por el hecho de que aquella culona desvergonzada
fuera capaz de llevárselo a más de diez kilómetros en línea recta de Playa
Blanca, tenía que enfrentarse ahora al hecho de que cualquiera de los millones
de hombres y mujeres que conformaban el inmenso Continente le arrebatara
impunemente a sus hijos.
O tal vez se fueran ellos solos.
Tal vez Sebastián buscara un camino diferente lejos del mar y de
la pesca, lejos por lo tanto de su padre y su hermano, ó tal vez Yaiza, su
pequeña e indefensa Yaiza, dejara al fin de sentir y pensar como una niña,
perdiera el «DON» que había hecho de ella una criatura fascinante y se sumiera
de forma irremediable en el aterrador y tortuoso mundo de las grandes ciudades.
Aurelia siempre había aborrecido la idea de que su hija hubiera
sido elegida por el Destino, al igual que había aborrecido la idea de que
estuviera marcada por el «DON» y recordaba cómo se enfureció cuando «Seña»
Florinda pontificó que las lluvias las trajo Yaiza, y que Yaiza traería
igualmente bienes y males irregularmente repartidos, porque había heredado de
una olvidada abuela de los Perdomo la capacidad de «Aplacar a las bestias,
atraer a los peces, aliviar a los enfermos y agradar a los muertos».
Y se enfureció aún más al comprobar que tan agoreras profecías
se xjx cumplían inexorablemente, y la niña iba creciendo envuelta en un5!
indescriptible halo de misterio que la impulsaba a ser distinta
a todas las otras niñas que hubiera conocido.
Esa diferencia la había experimentado ya desde los primeros
meses de embarazo; cuando descubrió que en su vientre latía un ser dotado de
una fuerza que no habían tenido sus hermanos mayores; cuando «supo», con un
convencimiento que rechazaba cualquier duda, que era una niña y que esa niña le
proporcionaría a lo largo de su vida —tal como venía proporcionándole desde el
momento que la engendró— momentos de profundo bienestar, entremezclados con
días de angustioso desasosiego.
La «Bruja de Soo» había abandonado su oscuro cubil de roca para
rondar por las proximidades de la Iglesia el día en que bautizaron a Yaiza, y
una semana antes de que manchara con su primera regla, cuando aún nadie podía
predecir que desde las lejanas costas del desierto llegarían en oleadas las
langostas arrasándolo todo, alguien depositó bajo su ventana un muñeco de
madera con el corazón partido en dos pedazos.
Esa misma mañana Aurelia lo echó al fuego sin que la vieran,
pero aún recordaba cómo parecía resistirse a ser consumido por las llamas, y
cómo impregnó la cocina de un olor extraño y agrio de origen muy remoto.
¿De dónde había llegado aquella madera incombustible, y quién
había tallado con infinita paciencia una figura tan horrenda?
—¡Cosa de negros...! —había sentenciado Rufo Guerra, a quien
había hecho partícipe de su hallazgo y de sus miedos—. He leído que los negros
dahomeyanos utilizan esas maderas y pierden su tiempo en esos ritos... Ellos
fueron los que exportaron a América el Vudú.
—Aquí no hay negros... —replicó—. No recuerdo haber visto nunca
un solo negro en Lanzarote... ¿Quién pretende asustarme?
Fue una pregunta que se quedó para siempre sin respuesta, pues
resultaba evidente que no había en aquellos momentos negro alguno en la isla, y
tal vez la solución al confuso misterio estuviera en que alguien encontró en el
mar aquella extraña figura y no tuvo otra ocurrencia que depositarla a la
puerta de los Perdomo «Maradentro».
Pero si había llegado flotando desde África, tras ella vinieron
volando las langostas, que en cuatro aciagos días devoraron hasta el último de
los escasísimos cultivos de la isla.
—Los moros se las comen... —dijo alguien entonces—. Como castigo
a que les dejen sin cosecha, las cazan, las tuestan y se las comen... A veces
también las convierten en harina... quizá no fuera mala cosa probar «gofio» de
langosta...
Pero no se sabía de nadie que se hubiera atrevido a ejercer
semejante represalia, porque en realidad poco daño podía hacer la plaga en los
resecos pedregales del Rubicón y únicamente la «mimosa» del patio de «Sena»
Florinda sufrió el asalto de las miríadas de hambrientos saltamontes.
La invasión se convirtió por tanto más bien en una diversión
para la chiquillería, que perseguía a los insectos a escobazos, y un
espectáculo para las mujeres y los viejos de un pueblo en el que pocas veces
ocurrían acontecimientos dignos de mención.
Pero en esos cuatro días Yaiza se hizo mujer.
Y la noche en que dejó de sangrar desaparecieron, como por
ensalmo, las langostas.
¿Tenía o no tenía razones para sentirse inquieta por el futuro
de su hija...?
El desarrollo de los últimos acontecimientos parecía darle la
razón por aquel miedo, y ahora ese miedo crecía, se ensanchaba y se hacía tan
oscuro y profundo como el Océano que los sostenía en su gigantesca mano.
Cambió el viento y escuchó claramente pasos sobre cubierta.
Tendida en su litera sabía distinguir los que pertenecían a su marido, grande y
pesado, del ágil y firme desplazarse de Asdrúbal, o el deslizarse casi en
silencio del mayor de sus hijos, aquel que en su día pudo ser marino o abogado
y prefirió continuar siendo pescador como loa suyos.
Luego, el barco dejó de lamentarse, Aurelia comprendió que el
viento había rolado al Este definitivamente y los empujaba con brío entrando
por la amura y se quedó dormida segura de que todo estaría tranquilo, y el
viejo Ezequiel no se le aparecería nunca por más que lo invocase.
Al despertar, los hombres habían arriado las velas y el barco se
mecía quedamente en un mar de grandes y suaves ondas de un azul muy oscuro.
Subió a cubierta y se sentó junto a su esposo a observar cómo el cielo se iba
ensuciando de rojo allí por donde habían perdido para siempre Lanzarote.
—¿Bajarás también los mástiles?
—Únicamente si la lancha aparece... —replicó Abel Perdomo—. Este
barco no está ya para esos trotes. Se ha pasado la noche protestando.
—Lo he oído...
—¿Recuerdas cuando era joven?... ¡Ni un crujido...! Parecía que
se deslizara sobre el agua como una gaviota...
—También nosotros éramos jóvenes. Tampoco nos crujían entonces
las articulaciones... —Sonrió provocativa—. Sólo cuando me abrazabas con
demasiado ímpetu...
El la atrajo por los hombros, la besó en el cuello y susurró
algo a su oído que la obligó a estremecerse.
—Tal vez a media tarde... —replicó—. A la hora de la siesta;
cuando los chicos duerman.
—¿En el timón o en la litera...?
Ya era de día y Asdrúbal lo hizo notar desde la cofa:
—¡No se ve a nadie...! —gritó—. Tal vez se hayan cansado de
buscarnos...
—No hay que confiarse... —respondió su padre—. De todos modos
vete a dormir... Despierta a Yaiza y que te sustituya... —Besó de nuevo a su
esposa—. Yo también dormiré un rato... —añadió—. Necesito estar descansado para
la hora de la siesta.
—¿No quieres que te prepare el desayuno...?
El negó con un gesto:
—Amasamos un poco de «gofio» hace una hora... No tengo hambre...
—Se puso en pie cansadamente llevándose las manos a los riñones—. Procura
pescar, y no pierdas de vista el horizonte... En cuanto distingas algo me
despiertas... Recuerda que esa maldita lancha se mueve muy aprisa...
Subió Yaiza y pasaron la mañana pescando y baldeando la
cubierta. Sólo un avión nació del Sur y se fue haciendo pequeño hacia el
Nordeste; allí donde muy lejos debían de encontrarse las costas europeas.
Tal vez venía de América.
—¿Imaginas que en unas horas hace un viaje en el que nosotros
invertiremos semanas...? A veces me pregunto si no he sido demasiado egoísta
manteniéndoos lejos del mundo en que os corresponde vivir... Yo elegí
voluntariamente Playa Blanca, pero a vosotros nadie os dio opción.
—Sebastián y Asdrúbal la tuvieron. Y yo la hubiera tenido de
igual modo, pero supongo que también habría elegido quedarme en Lanzarote...
—¿Por qué...?
—Porque no hay nada que me llame la atención si está lejos de
vosotros...
Aurelia Perdomo observó a aquella criatura de figura
esplendorosa que se sentaba a su lado en la borda sosteniendo una liña, y se
sorprendió al comprobar que aún no había aprendido cómo debía tratarla, porque
se diría que Yaiza se negaba a admitir que su mente había madurado al compás de
su cuerpo.
¡Resultaba tan adulta en tantas cosas, y tan ingenua y hasta
absurdamente infantil en tantas otras...!
Aurelia había estudiado una carrera, y había pasado gran parte
de su vida tratando con chiquillos con los que casi siempre supo entenderse sin
mayores problemas, pero aquella niña maravillosa por la que lo hubiera dado
todo, escapaba a su capacidad de entendimiento, pues era vieja cuando aún no
levantaba medio metro del suelo y razonaba con mayor criterio que la mayoría de
los adultos, pero se diría que de improviso se hubiera detenido en ese proceso
evolutivo asustada por la magnitud de su desarrollo físico.
Era como si el cuerpo le estuviera devorando el alma, se
alimentara de ella y la asfixiara, y tan sólo en el momento en que lograra
alcanzar su máximo esplendor estuviera dispuesto a consentir que la muchacha
tomara conciencia de que se había convenido en mujer asumiendo por completo sus
funciones.
—¿Qué sientes cuando un chico te toca?
—Ninguno me ha tocado... —había sido su respuesta a la pregunta
que le hizo al regresar de un baile—. Lo intentan pero yo no los dejo...
—¿Por qué?
—Me enseñaste que no debo consentirlo...
—¡Olvida lo que te haya enseñado! ¿Qué sientes ante la idea de
que un muchacho te acaricie? Arturo, por ejemplo...
—Una vez quiso hacerlo y le di una patada... Nunca he leído que
los hombres conquisten a las chicas de ese modo... En los libros no te echan
mano al culo o las tetas. —Hizo una corta pausa pensativa—. Dicen cosas,
cuentan su pasado o hablan de lo que han hecho o piensan hacer en el futuro...
Incluso en el cine algunos cantan...
—Pero la vida no siempre es como el cine o los libros, hija... Y
no puedes pedirle al pobre Arturo, al que a duras penas enseñé a leer, que te
cuente maravillosas cosas de su pasado o te cante algo más que una copla de
borracho... —protestó.
Se diría que Yaiza no tenía interés en continuar con aquella
conversación, porque permaneció unos instantes muy quieta y en silencio,
observando el horizonte en la distancia, y al fin señaló:
—Un barco...
Aurelia siguió la dirección de su mirada advirtiendo que el
corazón le saltaba en el pecho, pero pronto comprendió que el punto que iba
creciendo en el horizonte no era la lancha rápida, sino un navío de alto bordo
que seguía el mismo rumbo que siguiera el avión una hora antes.
—No creo que pueda vernos, y si nos ve, pensará que estamos
pescando...
—¿Tan lejos de la costa...?
—¡Qué saben ellos...! De todas formas es mejor que avises a tu
padre... Pronto será la hora del almuerzo...
Abel Perdomo observó largamente el buque con ayuda de los
prismáticos y acabó negando con un gesto:
—No hay por qué preocuparse —dijo—. Es un trasatlántico, y se
aleja de prisa... —Sonrió levemente—. Miradlo bien, porque quizá sea el último
que veamos en mucho tiempo... Pronto estaremos fuera de las rutas
comerciales...
—¿Quieres decir con eso que nadie vendrá a ayudarnos si tenemos
problemas...?
Se volvió a su esposa, que era quien había hecho la pregunta:
—Esperar siempre que alguien pueda venir en tu ayuda, es propio de gente de
tierra adentro... —replicó—. En el mar, la primera regla es arreglárselas solo,
porque cuando lo necesitas lo más probable es que no haya nadie en condiciones
de echarte una mano... —Le acomodó el cabello—. Eso es algo que debes tener muy
presente. De ahora en adelante no contaremos más que con el mar y el viento,
que serán nuestros mejores aliados, pero serán también nuestros peores
enemigos... —Hizo una larga pausa mientras observaba una alta ola que llegaba,
elevaba la goleta hasta su cresta y se alejaba luego mansamente hacia el
Oeste—. América está muy lejos... —añadió—. Demasiado quizá, pero si llegamos
será porque nosotros, ¡únicamente nosotros!, lo habremos conseguido...
La noticia tuvo la virtud de empequeñecer aún más a don Matías
Quintero, o ensanchar la habitación, lo que casi venía a ser lo mismo, y esa
habitación se le antojaba a Damián Centeno cada vez más tenebrosa, hedionda y
asfixiante, pues resultaba evidente que el viejo no permitía que se abrieran
las ventanas, por lo que se concentraban allí el polvo, la humedad y un agrio
olor a sudor rancio, comidas frías y orinales olvidados.
Roque Luna se había convenido en dueño absoluto y único ser
viviente que se movía —casi fantasmagóricamente— por los pasillos, salones y
patios de la casona, de la que podría creerse que también los años le habían
caído encima de golpe y sus antaño fuertes muros quisieran dejarse igualmente
vencer por la irreversible desmoralización de sus moradores.
—No hace nada... —fue lo primero que dijo Roque Luna cuando
Damián Centeno preguntó por el estado de su patrón—. Se pasa los días y las
noches en la cama contemplando las paredes, y le juro que lo que en verdad me
sorprende cada mañana es advertir que aún continúa con vida.
—¿Qué dice el médico?
—Que está sano, pero que se acabará muriendo de pena y
melancolía... —Se encogió de hombros como si le costara trabajo entender lo que
ocurría—. No come, no bebe, y naturalmente ya ni siquiera caga... Lo que no me
explico es que aún respire...
Resultaba en verdad difícil entenderlo viéndole, amarillo y
esquelético, hundida la que fuera orgullosa cabeza desmelenada en una sucia
almohada sudorosa; blancuzco y desvaído el antaño fino bigote de un negro
rabioso, y legañosos y mortecinos unos ojos que ya no parecían ver más allá de
los pies de la cama.
—¿Así que ha vuelto a escapar...? —musitó quedamente con una voz
que era casi un milagro que surgiera de aquel cuerpo consumido—. De mi hijo ya
nadie más que yo se acuerda, pero su asesino sigue vivo y tal vez espera
continuar viviendo muchos años... No es justo...
—Yo creo que ha muerto... —replicó sin convencimiento Damián
Centeno—. Un barco no se esfuma a no ser que se hunda, y le aseguro que
rastreamos el mar, palmo a palmo... ¡No estaban...!
El anciano afirmó con la cabeza, convencido:
—¡Estaban...! —dijo—. Tenían que estar allí, ante vuestros ojos,
pero no fuisteis capaces de verlos... —Permaneció un largo rato silencioso
contemplando la nada con aquellas ausencias cada vez más frecuentes que
contribuían a hacer dudar de su estado mental, y al fin alzó la mano y su
sarmentoso y huesudo dedo indicó una pesada cómoda del más apartado rincón de
la estancia—: Abre el primer cajón... —ordenó— y coge la carpeta verde...: Es
mi testamento... —Le miró fijamente cuando se volvió hacia él con la carpeta en
la mano—. Te he nombrado mi heredero... ¡Mi único heredero, y desde este
momento dispones también del dinero que tengo en los bancos...
—¡Pero don Matías...! —intentó protestar Damián Centeno—. No he
cumplido...
—¡Cumplirás...! —le interrumpió el viejo alzando la mano—. Irás
a América, buscarás a los Perdomo y matarás a Asdrúbal y a esa sucia putita que
es en realidad la culpable de todo... —Tosió como si los pulmones estuvieran a
punto de caérsele al suelo—. Cuando los hayas matado, cuanto tengo será tuyo
porque yo ya habré muerto... Te conozco —añadió—. Te conozco y sé que no
volverás a esta isla hasta que hayas concluido tu trabajo... ¿Lo juras...?
Damián Centeno meditó la respuesta con los ojos fijos en aquella
especie de cadáver viviente y asintió:
—Lo juro.
Fue casi una sonrisa lo que trató de dibujarse en los labios de
don Matías Quintero, que lanzó un suspiro de alivio:
—¡Sé que lo harás...! —susurró—. Me aterrorizaba la idea de
morirme y no cumplir la promesa que hice ante el cadáver de mi hijo... ¡Acaba
con ellos, Damián...! Y si quieres hacerme el favor completo, acaba también con
el otro hermano para que se extinga la estirpe de los Perdomo «Maradentro» como
se extinguió por su culpa la de los Quintero de Mozaga... —Se diría que le
costaba un supremo esfuerzo continuar hablando, pero la excitación le impedía
guardar silencio—. No debería alimentar tanto odio cuando me consta que me
queda poca vida, pero no tengo miedo a que el Señor me pida cuentas de mis
actos cuando llegue a su presencia... ¡Soy yo quien tiene que pedirle cuentas
de los suyos...!
—Si se está muriendo es porque usted lo quiere... —le hizo notar
Damián Centeno—. Le bastaría con salir de aquí, comer un poco y respirar aire
puro.
—¿Y para qué?
—Mientras continúe con vida puede alimentar la esperanza de ver
muerto a Asdrúbal Perdomo...
Don Matías negó muy suavemente.
—Yo tengo una enfermedad que ningún médico entiende... —dijo—:
No quiero salir de esta habitación, ni ver el sol, ni escuchar una risa...
—Tosió de nuevo y se diría que se complacía por la áspera intensidad y
virulencia de su propia tos—. Aborrezco la idea de que fuera de estos muros la
vida continúe como si nada hubiera ocurrido. Aquí, a solas, me hago la ilusión
de que el mundo se ha reducido a estas cuatro paredes... Estas cuatro paredes y
los «Maradentro», que son los únicos habitantes que quedan sobre el planeta...
—Se sumergió en uno de sus largos silencios y mirándose las manos como si le
sorprendieran y no las reconociera como suyas, añadió—: Me estoy volviendo
loco: Mi cuerpo y mi mente se consumen al mismo tiempo, y por eso mismo he
querido hacer testamento dejándotelo todo... Sé que no volverás a poner los
pies en esta casa ni tocarás nada de lo que me pertenece hasta que hayas
cumplido tu juramento. ¡Esa es ya la única cosa en la que puedo creer en esta
vida...! —Cerró los ojos, fatigado—. ¡Y ahora márchate...! —rogó—. Mírame por
última vez; recuerda cómo era cuando me conociste; recuerda que fui el único
que siguió siendo siempre tu amigo y márchate... ¡Márchate, por favor!
Damián Centeno hizo lo que le pedía. Observó unos instantes
aquel moribundo al que se diría ya encerrado en su propio mausoleo; comprendió
que la agria pestilencia a orines y sudor no era en realidad más que el hedor
que precedía a la muerte, y abandonó la estancia buscando con ansia el patio,
el jardín y el aire libre.
Tomó asiento en uno de los muros de las viñas aferrado a la
verde carpeta que no había abierto y permaneció allí hasta que Roque Luna vino
a acomodarse junto a él.
—¿Cómo lo ha visto.,.?
—Muerto... —agitó la cabeza—. Yo, que le conocí en la guerra
cuando era un hombre que sabía imponer respeto a toda la Legión, jamás pude
imaginar que un día sería capaz de suicidarse de este modo: sin violencia...
—A veces pienso que su único deseo es ver cómo la muerte le va
ganando terreno palmo a palmo... —admitió el otro—. La muerte se llevó a todos
los de esta casa, uno por uno, y él, que es el último, juega a dejarse
arrastrar voluntariamente, como si quisiera privarle del placer de quitarle la
vida... Se la está dando centímetro a centímetro.
—El no es el último... —le hizo notar Damián Centeno—. El último
eres tú...
Roque Luna negó convencido:
—No. Yo no tengo nada que ver con todo esto... Los últimos
fueron el chico, Rogelia y él... Yo nunca pertenecí al «clan» de los Quintero
de Mozaga...
—¿No sientes miedo después de lo que has visto...? ¿No te
impresiona dormir en un caserón tan repleto de difuntos...? Tal vez el fantasma
de Rogelia aparezca cualquier noche...
—A mí me asustan los vivos, sargento, no los muertos... —Sonrió
levemente—. Me gusta esta casa... Con difuntos o sin ellos. Me gusta vagar sin
que nadie me ordene lo que tengo que hacer, bebiéndome el vino de la bodega y
cortándome gruesas lonchas de jamón de la despensa... Cuando quiero hablar con
alguien bajo al pueblo o me paso la noche con las putas de Tahiche, pero la
mayor parte del tiempo prefiero estar a solas, disfrutando del hecho de que
Rogelia no pueda surgir de pronto de una puerta gritando que arregle un muro,
cargue un saco, o le haga el amor sin ganas... Estoy bien aquí... —concluyó—. Y
aunque resulte cruel decirlo, no me importaría que el viejo tardara veinte años
en consumirse.
—¿Y qué harás cuando se muera...í Roque Luna se encogió de
hombros.
—No lo he pensado, aunque la verdad es que ya debería hacerlo.
Algún dinero tengo y de vinos entiendo... Me gustaría abrir una taberna en
Mácher... ¿Conoce Mácher...? —Ante la muda negativa, continuó—: No hay más que
un puñado de casas, pero me agrada el sitio y aún no tiene taberna...
—Quédate.
Le miró girando la cabeza levemente:
—¿Cómo dice...?
—Que te quedes en la casa... —Le mostró la carpeta como si ella
lo explicara todo—. Yo seré el amo cuando muera don Matías... Ahora tengo que irme
y será un viaje largo; tal vez muy largo, pero regresaré y quiero que te ocupes
de la casa hasta mi vuelta... No vas a robarme.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque Rogelia está muerta y era ella la que robaba... Y porque
sabes que si me robas a mi vuelta te mato... ¿Lo sabes, verdad?
Roque Luna asintió convencido y Damián Centeno señaló con un
gesto el huerto y los viñedos.
—Te dejaré dinero para que contrates gente y no consientas que
los cultivos mueran ni la casa se hunda... Ahora es mía y es todo lo que he
tenido nunca... Tú serás responsable...
Roque Luna lanzó una larga mirada a su alrededor; alas viñas,
las higueras, los campos cultivados, el descuidado jardín y la desvencijada
casa. Pareció calcular el trabajo que le llevaría mantener con vida todo
aquello y por último asintió con un brusco gesto de cabeza:
—¡De acuerdo...! —dijo—. Pondré esto en marcha. Lo que dejaron
hundir los Quintero puede muy bien resurgir con los Centeno... La tierra es
buena, y la casa sólida... Lo único que necesitan es trabajo.
Se estrecharon la mano sellando un trato que para ambos tenía
mucha más validez que cualquier documento, y Damián Centeno se puso en pie y se
encaminó sin prisa hacia el automóvil que le bajaría a Arrecife para continuar
desde allí un larguísimo viaje que debía conducirle a América.
Sabía que aquella casa y aquellas tierras ya eran suyas, pero
sabía, también, que aún tenía que ganárselas.
Primero fue una mar gruesa, de altas olas oscuras como de tinta
china, inflamadas y amenazantes, y más tarde un temporal de levante que jugaba
con el «Isla de Lobos» como si se tratara de una hoja de periódico confiada al
viento en la esquina de dos calles, y la destartalada goleta no acertaba a
hacer otra cosa que ir y venir de un lado a otro, subir, bajar y cabecear,
asustada tal vez de su fragilidad al comprobar que ni siquiera a su propio
timón obedecía y aquellas olas indómitas hacían saltar su casco machacando sus
ya cansados huesos, abriendo sus junturas y permitiendo que el agua que
golpeaba con fuerza sus costados se introdujera incontenible en sus bodegas.
Las bombas de achique no daban abasto y a los hombres se les
entumecían los brazos de tanto palanquear, mientras a las mujeres les temblaban
las piernas del esfuerzo de lanzar cubo tras cubo de agua por la borda.
Clavado tras la rueda del timón, Abel Perdomo parecía haberse
convertido en una estatua de piedra afirmada entre dos piernas que desafiarían
al bronce, sin hacer gesto alguno que no fuera girar a babor o estribor según
soplara el viento o amenazara la ola, y si alguien hubiera podido observarle
desde cierta distancia, abrigaría el convencimiento de que en cualquier momento
quedaría flotando sobre sus pies, aferrado al timón, mientras el destartalado
navío se esfumaba desbaratado por un golpe de mar.
Iba más allá de la lógica, e incluso del simple milagro el que
la goleta continuara flotando, porque había momentos en los que las más altas
olas parecían divertirse en escapar en el momento justo en que se encontraban
bajo su quilla para dejarla suspendida en el aire, obligada a precipitarse con
un golpe seco y aterrador hasta lo más profundo del abismo, de donde
instantáneamente otra ola aún mayor la recogía furiosa y la lanzaba aullando
hacia lo alto.
Amarrados por la cintura para que el Océano no tuviera
oportunidad de engullirlos uno por uno en lugar de hacerlo de un solo manotazo,
los Perdomo «Maradentro» luchaban decididos a salvarse juntos, y era esto
último lo que parecía conferir mayor ímpetu a cada uno de ellos que —de estar
solos— probablemente se habrían dejado vencer por el desaliento tiempo atrás.
Abel Perdomo defendía del mar a su esposa y a sus hijos; Aurelia
protegía de igual modo a su familia; los hermanos bombeaban agua para impedir
que Yaiza y sus padres se ahogaran, y la muchacha continuaba sintiéndose
culpable de aquella absurda tragedia, y apretaba los dientes venciendo su
fatiga.
Habían aceptado a conciencia el desafío del Océano, y sabían que
aquélla era la forma en que el Océano aceptaba a su vez el desafío: lanzaba
sobre ellos un temporal de viento, agua, olas y rugidos, pero no enviaba el
ciclón, la galerna, o tan siquiera una dura tormenta, porque estaba jugando a
ser el gato que golpea al ratón sin sacar las uñas ni mostrar los colmillos,
consciente de que utilizar toda su fuerza era tanto como dar por concluida la
contienda al comenzarla.
Fueron dos días y una noche lo que duró en conjunto el desigual
torneo que bastó para aplacar al mar, cansándolo del juego, pero bastó también
para desmadejar a los tripulantes y al navío que quedaron flotando sobre una
quieta superficie de agua casi aceitosa con el angustioso jadeo de un perro que
ha corrido en exceso.
Flotar.
Flotar era lo único que hacían; lo único que hicieron durante
una larga noche y hasta que estuvo ya muy alto el sol en la mañana, pero flotar
sobre las aguas —seguir vivos— era también lo único que importaba de momento, y
constituía un milagro poder mirarse, sonreír cansadamente, o alargar la mano y
acariciar la mano que otro había alargado.
Abel fue, como siempre, el primero en conseguir que las piernas
obedecieran de nuevo su mandato y el que bajó a las bodegas a estudiar hasta
qué punto el barco había sufrido daños y qué nivel alcanzaban ya las aguas en
la cámara.
No pudo por menos que acariciar agradecido aquellas viejas
cuadernas que él mismo había alineado tantos años atrás sobre la arena de la
playa, y agradeció también que su padre no hubiera aceptado jamás dar por buena
una juntura que no encajase exactamente y no hubiera sido repasada una y cien
veces.
Pocos barcos hubieran soportado a su edad un trato semejante,
pero pocos barcos habían sido construidos por el hombre que debería gobernarlo
a sabiendas de que igualmente lo gobernarían sus hijos y sus nietos.
Cuando Asdrúbal descendió, sumergiéndose también hasta casi las
rodillas, Abel sonrió levemente señalando un punto del casco por el que
penetraba el agua a borbotones.
—¡Tiene cojones...! —dijo—. Le han pegado una paliza y se lame
las heridas, pero aguanta...
—Hubo un momento en que dudé que resistiera. Cuando caímos al
vacío desde la cresta de aquella ola gigantesca... Debió quebrarse en dos o
saltar hecho astillas...
—Otro cualquiera sí, pero no éste. No mi barco.
—Habrá que trabajar muy duro para ponerlo de nuevo en
condiciones...
Dos días y dos noches se mantuvieron al pairo dejando que una
suave corriente les hiciera derivar al Sudoeste, convencidos como estaban de
que Damián Centeno habría abandonado ya la caza, dedicados tan sólo a la tarea
de reparar a conciencia la goleta y descansar del esfuerzo y la tensión.
Y se diría que el mar estaba de acuerdo con sus planes, porque
de su anterior furia desmelenada pasó a convertirse en un plácido lago a cuya
superficie comenzaron a aflorar pronto los «dorados», que parecían experimentar
una irresistible atracción por el «Isla de Lobos», pues hubo momentos en que
podían contarse por docenas, sin alarmarse cuando Yaiza extraía del agua a los
que iban a parar a la cazuela o quedaban abiertos y colgados de un obenque a
jarearse.
Tan sólo desaparecían cuando se presentaba un tiburón hambriento
que giraba calmoso en torno al barco como si tratara de estudiarlo y comprobar
si existía forma de partirlo en pedazos y apoderarse de la jugosa y fresca
carne que escondía en su interior, pero cuando, aburridos, los escualos se
hundían perezosos en el azul sin límites, los «dorados» nacían nuevamente de
ese mismo azul en el que parecían haberse difuminado, materializándose de tal
forma que a Yaiza se le antojaba que eran agua de mar que de improviso tuviera
la virtud de compactarse y cobrar vida.
—Me da pena matarlos... —le confesó a su padre una de las veces
que dejó caer sobre cubierta un hermoso ejemplar de cuatro kilos—. Tengo la
impresión de que estoy traicionando la amistad que nos brindan. ¡Está tan vacío
el mar cuando se alejan...!
—El «dorado» es el pez de los náufragos... —replicó afectuoso
Abel Perdomo—. «El Viejo del Mar», el que creó a todas las criaturas de las
aguas y reina sobre ellas y sobre las tormentas y las calmas, les ordenó
habitar en mitad del Océano para que sirvieran de alimento y compañía a los
náufragos... Muchos marinos se han salvado porque los «dorados» acudieron a
recordarles que en el mundo continuaba habiendo vida y permitiéndoles
mantenerse fuertes ofreciéndoles su carne... —Le acarició levemente el cabello—.
Ningún auténtico hombre de mar pescará por ello un « dorado» si no le resulta
imprescindible...« El Viejo del Mar» se enfadaría.
—¿Tú crees realmente en esas cosas...?
—Creer en esas cosas nunca hizo daño a nadie... —señaló su padre
con dulzura—. No ha provocado guerras, ni odios, ni, que yo sepa, ha llevado a
nadie al tormento o a la hoguera... Amar a los «dorados» y delfines, respetar
al «Viejo del Mar» y a la violencia de su furia, y agradecer a las sardinas o
los meros que se dejen capturar para que puedas llevar un jornal a tu casa no
se me antoja más descabellado que creer que hay un tipo con cuernos esperando a
que te mueras para empezar a freírte en un caldero de aceite... —Señaló al pez
que aún continuaba debatiéndose sobre cubierta—. Lo único que tienes que hacer
es acortar en lo posible su agonía... En cuanto los subas mátalos, y al
comértelos piensa que te estás comiendo un pedazo de mar que te ofrece su fuerza
para que puedas continuar luchando contra él... —Le pellizcó la mejilla—. El
mar es así de generoso con los que se le enfrentan cara a cara...
Se alejó hacia proa, con aquel su paso de marino, hecho a pasar
más tiempo sobre cubierta que en tierra firme, y Yaiza no dudó de que aquel
hombretón enorme y musculoso que tan suave y dulce sabía ser sin embargo tantas
veces, creía firmemente en todas las historias que contaban los pescadores
sobre delfines y «dorados».
Otro día les visitaron las ballenas, aunque más bien eran en
realidad inmensos cachalotes perezosos que no prestaron al «Isla de Lobos» más
atención que la que podrían haberle prestado a una barrica de madera que
flotara, continuando impertérritos su ruta, resoplando displicentes y
afectados, conscientes del poderío que les proporcionaba su tamaño.
—¿Adonde van...?
—¿Por qué tienen que ir necesariamente a alguna parte... El
Océano es suyo; «están» en él y se pasean a su antojo.
—¡Pero es tan grande...! Estar aquí es lo mismo que estar allí,
o a dos mil kilómetros de distancia... Es como si vagaran por la nada; como
flotar en el espacio con el sol en lo alto y un abismo sin fondo bajo ellos...
—Tal vez les guste... Y ésa es la vida que eligieron... De otro
modo quizá serían cangrejos; o elefantes... O acabarían llamándose Yaiza
Perdomo...
—¡Qué tonto eres...!
—Tonta tú, que haces preguntas de gente de tierra adentro.
¿Adonde van las ballenas...? ¡Pues a cagar más lejos... ¡Como tienen el culo
muy grande y no usan papel, necesitan mucha agua para lavarse...
Y por último acudieron una mañana muy temprano los delfines y no
eran los mismos, no podían serlo, porque aquéllos se habían quedado sin duda
cerca de Lanzarote y de sus costas, y a Yaiza se le antojaba que ni siquiera a
un delfín se le ocurriría la idea de abandonar voluntariamente las costas de su
isla.
Iban también hacia el Este y les susurró un mensaje:
—Si pasáis por el Canal de la Bocaina decid en Playa Blanca que
volveré algún día y ya no me iré nunca.
Eso la puso triste y pasó melancólica el resto de la mañana,
contemplando la inmensidad del Océano y preguntándose si en verdad podía ser el
mismo que ella veía desde la ventana de su habitación, o el mismo que le bañaba
los pies durante sus largos paseos por la playa.
Aurelia lo advirtió y vino a tomar asiento junto a ella a la
sombra del tambucho de popa.
—¿En qué piensas? —quiso saber.
—Encasa... —Se volvió a mirarla—. ¿Crees que volveremos algún
día?
—Si realmente lo deseamos, volveremos... —replicó convencida su
madre—. Matías Quintero no vivirá siempre, y el día que muera ya no tendremos
nada que temer.
—No es cierto.
Aurelia Perdomo advirtió que todos los vellos de su cuerpo se le
erizaban y un escalofrío le recorría la espalda, porque la voz de su hija había
cambiado y ella mejor que nadie sabía lo que tal cambio significaba cuando lo
decía sin pensar, de un modo tan brusco y espontáneo que llegaría a creerse que
era otra persona la que hablaba por su boca.
Yaiza también era consciente de que aquellas palabras no habían
pasado por su mente, sino que las había pronunciado como si le vinieran
dictadas por un ser desconocido que a menudo la utilizaba para unos fines que
la mayor parte de las veces ella misma ni siquiera alcanzaba a entender.
—¿Qué has querido decir...?
—No lo sé.
—Cuando muera don Matías toda esta pesadilla habrá acabado...
—insistió Aurelia, aunque era más una pregunta que una afirmación—. ¿O no...?
—Te repito que no lo sé.
—¡Pero lo has dicho...!
—Sí... —admitió la chiquilla—. Lo he dicho, y cuando lo pienso
me invade la sensación de que don Matías es muy capaz de perseguirnos aún más
allá de la tumba... ¿No me continúa persiguiendo su hijo?
—No es lo mismo y lo sabes... —protestó Aurelia—. El chico está
donde está y a nadie puede hacer daño ya... Es el viejo el que nos atosiga, y
necesito creer que cuando se vaya para siempre, ese maldito Damián Centeno nos
dejará en paz definitivamente...
Yaiza contempló el mar que era como un espejo muy bruñido, roto
su azul tan sólo por el destello plateado del lomo de .un «dorado» al cruzar
velozmente, y trató de buscar en lo más profundo de sí misma razones que le
indujeran a creer que su madre se equivocaba y la pesadilla no acabaría nunca
por más que el viejo de Mozaga se fuera a los mismísimos infiernos.
—¡No me hagas caso...! —suplicó al fin—. Estoy tan nerviosa que
me cuesta hacerme a la idea de que algún día las cosas volverán a ser como lo
fueron en un tiempo... ¡Ha ocurrido todo tan aprisa!
Su madre se limitó a extender la mano y rascarle suavemente el
cuello, como le había gustado desde niña que le hiciese, y sonrió viéndola
girar la cabeza a uno y otro lado como una gata mimosa, permaneciendo así muy
juntas y en silencio durante largo rato.
—La otra noche me habló el abuelo... —comentó al fin Yaiza sin
mirarla—. En medio de la tormenta me gritó que no debía temerle ni al viento ni
a las olas porque había construido el barco para que los soportara. Pero que le
temiéramos al mar cuando durmiera, porque en ese momento ni él mismo sabe
cuánto daño es capaz de hacer...
—El abuelo Ezequiel siempre fue un poco excéntrico.
—¿Incluso muerto...? —señaló al frente, al horizonte infinito y
terso—. Creo que hablaba en serio... —dijo—.Y tengo la impresión de que este
mar quiere quedarse ya dormido.
—Tu padre espera que al atardecer empiece a soplar de nuevo el
viento.
Yaiza Perdomo negó convencida:
—No lo hará.
Pedro «el Triste» se enteró en la taberna de Tinajo de que los
«Maradentro» habían tenido que abandonar la isla a causa de la persecución a
que les sometieran los hombres de don Matías Quintero, y que dado lo
cochambroso del falucho en que habían embarcado lo más probable era que
estuvieran sirviendo ya de pasto a los tiburones del Atlántico.
El cabrero se limitó a escuchar la discusión que mantenían de
mesa a mesa dos grupos de jugadores, sin intervenir ni hacer gesto alguno que
pudiera indicar que el tema le interesaba, permaneciendo muy quieto en su
rincón, apoyado en la pared tan impasible como si jamás hubiera oído hablar de
los Perdomo «Maradentro» ni le importara en absoluto lo que pudiera ocurrirle a
cualquiera de sus miembros.
Pero le importaba.
Cuando los jugadores dejaron la charla y se limitaron a los
monosílabos y exclamaciones propios del dominó, pidió con un gesto al tabernero
un nuevo vaso de ron que paladeó despacio, preguntándose si tal vez era en
parte culpable por el hecho de que Yaiza Perdomo —la Yaiza que tenía el «DON» y
a la que se sentía tan extrañamente ligado— se encontrara inerme en medio del
Océano.
«Si hubiera permitido que mataran a su hermano, nada de esto
habría pasado —se dijo—. Ya la venganza habría concluido...»
Ni un solo día se había arrepentido de haber dejado a Dionisio y
al «Milmuertes» encerrados en una gruta de las Montañas del Fuego e incluso
hubo un momento, cuando aquel tipo malencarado subió al monte a amenazarle, en
que se sintió orgulloso de sí mismo y de su acción, pero ahora aquellos
vociferantes jugadores le hacían caer de improviso en la cuenta de que tal
acción se volvía en su contra, no por ella en sí misma, sino por las
consecuencias que traía aparejadas.
—El viejo parece decidido a aniquilarlos aun cuando se escondan
bajo tierra... —había asegurado uno de ellos—. Roque Luna dice que se está
dejando morir de tanto odio como le reconcome las tripas...
Pedro «el Triste» apenas recordaba a don Matías Quintero, aunque
le había visto pasar por la polvorienta carretera que separaba Tinajo de Mozaga
en un enorme «Buick» de color guinda que era probablemente el mejor automóvil
que circulaba en aquellos momentos por los caminos de la isla, porque su mirada
siempre había quedado más prendada de los relucientes cromados del vehículo o
su blanca capota de lona levantada en los días de verano, que del hombre de
anteojos ahumados y delgado bigote que se sentaba, muy recto, tras el volante.
Don Matías Quintero era hijo y nieto de padres reconocidos; era
dueño de casas, tierras y viñas, y había estudiado en «La Península», aquel
lugar remoto y mítico del que Pedro «el Triste» jamás había conseguido hacerse
una idea muy concreta, pues lo único que había logrado averiguar sobre él, era
que allí residía el Gobierno, allí se había librado una terrible guerra civil,
y de allí venía todo lo bueno, y en especial todo lo malo, de cuanto acontecía
en las islas.
Dionisio y el «Milmuertes» eran peninsulares, al igual que lo
era el otro, el del tatuaje en el brazo y la cicatriz en el pecho, y en todos
sus años de escuchar desde un rincón de la taberna charlas de parroquianos,
nunca había oído hablar ni tan siquiera medianamente bien de los «godos», ni
había sabido de uno solo que hubiera hecho algo positivo en provecho de
Lanzarote y de sus gentes.
Pero a él personalmente los «godos» no le causaron nunca daño ni
habían interferido en su existencia hasta que vinieron a pedirle que buscara a
Asdrúbal «Maradentro», constituyendo siempre una especie de misterio o nebulosa
apenas diferente de aquellos otros «más extranjeros aún», rubios, muy blancos
de piel y estrafalarios, que esporádicamente aparecían por la isla, y a los que
no lograba entender una sola palabra.
Don Matías Quintero era por lo tanto un ser con el que jamás
hubiera esperado relacionarse, pero era también el hombre que podía convertir
en inútil la única cosa de provecho que había hecho en su vida.
Al domingo siguiente había tomado por ello una decisión, y
ordeñando muy temprano las cabras, las dejó en el corral, silbó a los perros y
emprendió, cargado con sus trampas y sus lazos, el sinuoso camino hacia la
línea de volcanes de Timanfaya.
Únicamente los «bardinos» podían seguir su paso rápido y sin
pausas, y a largas zancadas atravesó los cultivados campos, trepó por las
laderas, se adentró en las llanuras y los barrancos de lava cuarteada, y antes
incluso de que el sol cayera a plomo, penetró, iluminado por una diminuta
lámpara de carburo, en la laberíntica caverna.
Muy pronto se inquietaron los perros y comenzaron a gruñir, y
pasada la segunda galería, al penetrar en la alta sala cuyo techo no alcanzaba
siquiera el resplandor de la llama, percibió claramente el hedor a carroña.
Lo que quedaba del gallego aparecía acurrucado en un rincón con
el revólver empuñado y el cerebro destrozado por una pesada bala que había
dejado la marca de un rasponazo en la pared de lava por encima de su cabeza.
Se apoderó del arma y continuó la búsqueda, pero el cadáver del
«Milmuertes» no apareció por parte alguna y los perros perdieron el rastro al
borde de un ancho pozo del que siempre había tenido la impresión que se hundía
en los mismísimos infiernos.
Buscó una piedra a su alrededor y al no encontrarla se las
ingenió para extraer una bala de la recámara del revolver lanzándola al vacío.
Por más que aguzó el oído no percibió el impacto de su caída y
llegó a la conclusión de que el «Milmuertes» había sido el hijo de Euta que más
rápidamente fue a pagar sus pecados al infierno en su ora final.
Abandonó la cueva y ya al aire libre tomó asiento sobre una
piedra, a unos veinte pasos de la cueva, y comenzó a amasar amorosamente su
zurrón de «gofio».
Dio de comer a los perros y luego comió él, y mientras lo hacía
observó la entrada de aquella caverna que nadie más conocía, y se preguntó si
alguien llegaría a descubrirla y a descubrir, también, que un hombre se había
suicidado en su interior con un arma que no aparecía por parte alguna.
Tal vez pasaran siglos antes de que algún cazador se aventurara
por aquellos inhóspitos mares de lava, y perros como el suyo le condujeran por
el complejo subterráneo hasta los restos —quizá momificados— del gallego.
Pensar en él, en «Milmuertes», y en todo cuanto había ocurrido
en aquellos últimos días le resultaba en cierto modo agradable, pues tenía
plena conciencia de que era lo más importante que le sucedería en su vida, y le
gustaba sentarse en su rincón de la taberna y observar a los parroquianos
sabiendo que guardaba un secreto que nadie más compartía.
Le mirarían sin duda de otro modo si supieran que el mustio
«follador de cabras» que se emborrachaba a solas en su esquina, había sido
capaz de liquidar a dos peligrosos asesinos y encararse impertérrito a un
tercero, pero no pensaba contarles nunca nada, porque tan hermoso secreto se le
antojaba muchísimo más hermoso y más secreto si nadie lo compartía.
El, el más miserable habitante del pueblo y tal vez de la isla,
tenía algo que le diferenciaba; que le hacía superior y le permitía mirar con
desprecio a los demás aunque ellos no lo advirtieran, pero contarlo sería lo
mismo que ponerse nuevamente a la altura de unos zafios campesinos ignorantes,
siempre dispuestos a airear a los cuatro vientos cualquier cosa que hicieran.
Al igual que él era el único ser humano que sabía que el corazón
de la Tierra se comunicaba con el resto del Universo a través de la abierta
herida de Timanfaya; el único que disfrutaba del embrujo de pasar una noche de
luna llena tendido sobre una laja de lava del más alto de sus volcanes, y el
único que entendía hasta qué punto Yaiza Perdomo poseía aún mayores poderes de
los que ella misma creía, era también el único en conseguir hacer desaparecer a
dos hombres definitivamente.
Cabría preguntarse si el cabrero de Tinajo había llegado a la
conclusión de que tenía espíritu de asesino, o era tan sólo que por primera vez
algo excitante había venido a romper la desesperante monotonía de una
existencia limitada a vagar por los campos sin más compañía que las bestias,
pero lo cierto era que los acontecimientos de aquel día memorable habían
quedado grabados a fuego en su memoria, y se complacía casi tanto en
recordarlos como se hubiera complacido en repetirlos.
Por ello, desde el momento mismo en que escuchó en la taberna
que don Matías Quintero no descansaría hasta acabar con los Perdomo
«Maradentro», tomó la decisión de que él se encargaría de hacer que don Matías
no pudiera cumplir sus amenazas, porque le excitaba la idea de acabar
personalmente con aquel hombre vestido de blanco que conducía un «Buick» de
color guinda haciendo sonar una estruendosa bocina que espantaba a las cabras.
Y le excitaba igualmente la idea de continuar siendo quien protegiera en la sombra
a Yaiza Perdomo sin que ella lo supiera, y le excitaba por último la idea de
tomar asiento en su rincón de la taberna de Tinajo a observar despectivamente a
los piojosos lugareños que continuarían sin sospechar lo que había hecho.
Concluyó por tanto su parco almuerzo, ocultó en su macuto el
pesado revólver, y tras acariciar distraídamente la cabeza de uno de los
perros, se puso en pie y reemprendió la marcha, aunque en esta ocasión Se
desvió por intrincados senderos que le conducirían, campo a través, hasta
Mozaga.
Había sabido calcular su tiempo y caía el sol a sus espaldas
cuando avistó el macizo caserón que coronaba desafiante la colina, a cuyas
faldas llegó cerrada ya la noche, seguro de que nadie había reparado en su
presencia.
Aguardó paciente, observando la casa en la que apenas brillaban
cuatro luces malamente distribuidas, ordenó a los perros que se quedaran
aguardando al borde del camino, sabedor de que sus ladridos le avisarían si
alguien se aproximaba, y adentrándose entre los muros de piedra que rodeaban
las viñas atravesó el jardín y se ocultó a la sombra de una higuera a diez
metros del porche.
La puerta de ese porche aparecía entreabierta y no distinguió a
nadie. Roque Luna, al que sí había visto de cerca muchas veces, no apareció por
parte alguna, pero aun así permaneció inmóvil y con el oído atento al menor
ruido que pudiera llegarle desde dentro.
Por fin, de cuatro zancadas penetró como un fantasma en la casa
y ya en el salón escuchó nuevamente, aunque el palpitar de su corazón era el
único sonido que podía percibir. Acostumbró los OÍOS a la penumbra, abrió una
de las hojas de la pesada puerta chirriante, y atisbo hacia lo alto de la ancha
escalera de peldaños gastados por el uso y el tiempo.
Agradeció que esos peldaños fueran de piedra, como lo eran
también las barandillas, y ascendió con la suave paciencia y los andares de un
felino, acostumbrado como estaba desde siempre a no alzar nunca un pie sin
tener el otro firmemente asentado.
Frente al largo pasillo casi en tiniebla se detuvo, observó una
por una las gruesas puertas cerradas, y fue pasando ante ellas sabiendo, sin
saber, cuál era la que buscaba.
Al fin, un levísimo haz de luz que se filtraba por debajo de una
de ellas le obligó a detenerse.
Una mortecina lamparilla amarillenta cuya única esperanza de
resplandor quedaba amortiguada por una vieja servilleta que colgaba a modo de
sudario, se esforzaba por impartir algo de claridad a la agobiante, recargada y
pestilente estancia sobre cuya amazacotada cama la antaño erguida figura de don
Matías Quintero traía de inmediato a la memoria a los esqueléticos
supervivientes de los campos de concentración de la última guerra.
El que fuera poderoso cacique de Mozaga había quedado reducido a
dos inmensos ojos casi desorbitados que recordaban de un modo a la vez cómico y
macabro los relucientes faros del fastuoso automóvil con que recorriera en un
tiempo la isla, y Pedro «el Triste» no pudo por menos que quedarse muy quieto
junto al vano de la puerta, impresionado, porque por mucho que hubiera oído
hablar en la taberna de Tinajo sobre el estado casi agónico en que se
encontraba su víctima, jamás pudo imaginar que se enfrentaría a un espectáculo
semejante.
Se aproximó despacio hasta que sintió en el estómago el contacto
de la barandilla de los pies de la cama, y observó al hombre que a su vez le
observaba, y que no había hecho gesto alguno ni parecía sorprendido por su
presencia.
Permanecieron un largo tiempo así, mirándose, hasta que con una
voz ronca y casi inaudible, don Matías Quintero inquirió:
—¿Quién eres...?
—Pedro «el Triste»...
—¿«El follador de cabras»...? —No obtuvo respuesta, y como se
diría que tampoco la esperaba, añadió al poco —: ¿A qué has venido?
—A matarle.
Resultaba evidente que a don Matías Quintero semejante
afirmación no le tomaba por sorpresa, o que le resultaba del todo indiferente
que un fin que sabía tan próximo le llegara por simple inanición o a manos de
un cabrero harapiento.
Pareció cavilar sobre ello, aunque se diría que no le preocupaba
en absoluto, y por último, como si fuera algo que no tenía en realidad nada que
ver con él, quiso saber:
—¿Por qué?
Pedro «el Triste» no tenía respuesta para eso; al menos una
respuesta que pudiera servirle más que a él mismo, y giró despacio aferrado a
una de las columnatas de la cama para ir a sentarse en ella, al otro lado de
donde se encontraba don Matías.
—Maté a dos de sus hombres... —dijo al fin, como si ésa se le
antojara la explicación más lógica—. Y Yaiza es mi amiga... —Pareció
arrepentirse de haber dicho algo que no era exactamente verdad y se corrigió—.
No es mi amiga... —añadió—. Pero tiene el «Don»... Mi madre también lo tenía.
—Tu madre no tenía el «Don»... —replicó don Matías que parecía
recuperar poco a poco su lucidez y su capacidad de expresarse—. Tu madre no era
más que una alcahueta que perseguía a mi primo Tomás como una perra en celo...
—Afirmó repetidas veces con la cabeza—. Recuerdo bien a Rufa rondando al
atardecer por los viñedos a la espera de que Tomás quisiera tirársela... Se
llamaba Rufa, ¿verdad?
—Nunca lo supe...
—¿Nunca lo supiste...? —se sorprendió el viejo volviendo apenas
el rostro para mirarle fijamente—. ¡Sí...! Seguro que lo sabías... Pero has
preferido olvidarlo con el tiempo... Era Rufa, estoy seguro. «Rufa, la
alcahueta de Tinajo.» Presumía de hechicera, pero únicamente era muy puta y
estaba encelada con la polla de Tomás, que tenía fama de ser la mayor del
Archipiélago... —Intentó sonreír a sus recuerdos, pero tan sólo consiguió que
le asaltara un golpe de tos—. Tomás tenía una polla tan enorme, que ni siquiera
Rogelia pudo mamársela nunca... —añadió—. Pero a tu madre le enloquecía y sus
gritos se escuchaban en Masdache... —Agitó la cabeza con cierto aire de
incredulidad—. Tal vez, seamos parientes... —continuó—. Si tienes la polla
enorme tienes que ser hijo de Tomás... Todos sus hijos la tenían, aunque de
nada les sirvió para que no los mataran en la guerra.
—¡Es usted un hijo de puta...!
—¿También yo...? —inquirió irónicamente don Matías—. Demasiados
para una sola habitación, ¿no te parece...? —Cambió el tono, que se apagó de
nuevo como si aquellos momentos de lucidez y ánimo quisieran abandonarle para
siempre—. ¡Bien...! —musitó—. Has venido a matarme... El hijo de mi primo Tomás
ha venido a matarme... ¿A qué estás esperando...?
—No tengo prisa...
—¿Y crees que yo la tengo...? —El anciano había cerrado los ojos
y ahora hablaba como si se encontrara solo y su nocturno visitante fuera
únicamente una alucinación—. Sí... —admitió al fin—. Quizá la tenga... Quizá
quiera acabar de una vez e ir a reunirme con los míos... Algunos llevan ya
tanto tiempo esperando que no sé si podrán reconocerme... Benjamín, que se
ahogó en Famara cuando yo no tenía siquiera quince años... ¿Cómo podrá
reconocerme Benjamín...? ¿Y cómo podrá ella reconocerme si yo aún era joven y
fuerte cuando también se marchó...? —Hizo una pausa, porque le ahogaba su
propia flema—. ¡Qué decepción debe de significar para los muertos reencontrar a
los vivos cuando han perdido su juventud, su alegría y su belleza...! ¡Qué
listos son los que se mueren pronto...! ¡Con cuanta habilidad le han hurtado el
cuerpo al sufrimiento y la amargura...!
Pedro «el Triste» había alargado la mano rodeándole el escuálido
cuello sin que don Matías Quintero hiciera gesto alguno que denotara que se
había dado cuenta. Comenzó a apretar muy lentamente, no encontró resistencia y
ni siquiera un lamento escapó de los entreabiertos labios del viejo, cuyas
palabras se fueron transformando en un murmullo ininteligible.
No abrió los ojos, ni movió tan siquiera un músculo. Intentó por
dos veces, casi mecánicamente, aspirar un aire que se negaba a descender a sus
pulmones, y cuando resultó evidente que no lo conseguiría pareció relajarse y
se quedó muy quieto hasta que la muerte, que había pasado tanto tiempo
haciéndole compañía en aquella tétrica habitación, se apoderó mansamente de su
agotado cuerpo y su alma tiempo atrás ya vencida.
Dormía el mar y también dormía el viento. Dormía el cielo al que
no alcanzaba a despertar tan siquiera una nube, y al mundo todo se le creería
dormido o muerto porque tan sólo el sol, alto y rabioso, parecía estar
despierto, vivo y violento.
De los mástiles colgaban fláccidas las velas que ni siquiera
sombra proporcionaban ya, y el resquebrajado casco de la vieja goleta ansiaba
abrirse y estallar como una granada demasiado madura o una castaña arrojada a
las llamas.
Diez días habían pasado desde que amainara la tormenta, y tan
sólo una lenta corriente les había hecho derivar imperceptiblemente hacia el
Oeste.
—Nos cogieron las calmas... —admitió Abel Perdomo—. Nos cogieron
de pleno y Dios sabe cuándo querrán soltarnos.
—Es culpa mía... —admitió Sebastián.
—No es culpa de nadie, hijo —le corrigió su padre—. Sabíamos que
corríamos un riesgo y de este modo al menos por el momento estamos vivos...
Pronto o tarde el viento volverá.
—¿Y si no vuelve...?
—Ten confianza: volverá... ¿Calculaste ya dónde podemos
encontrarnos...?
Sebastián abrió el viejo Atlas escolar de su madre y señaló una
cruz que había marcado en rojo:
—Mi cronómetro no es exacto, pero estoy casi seguro de que
debemos de estar por aquí: a unas quinientas millas al nordeste de Antigua y
Guadalupe...
—¡Quinientas millas...! —exclamó Abel Perdomo desalentado—.
¡Dios bendito!
—Si el viento no vuelve pronto no llegaremos nunca...
Asdrúbal, que había hecho su aparición surgiendo de la bodega de
proa, tomó asiento en la borda junto a su hermano y sin mirarles señaló:
—Habrá que levantar tablas de cubierta y reforzar con ellas el
casco o en cualquier momento cederá.
—Si lo hacemos la primera borrasca o un simple chubasco inundará
la bodega.
—La primera borrasca nos echará a pique hagamos lo que
hagamos... —sentenció el muchacho—. Éste barco ya ha dado de sí todo lo que
tenía que dar y parece más de cartón que de madera...
—No me agrada la idea de navegar de ese modo... —señaló su
padre—. Suena absurdo.
—Más absurdo suena navegar en un barco sin casco... —replicó
Asdrúbal—. Y si no ponemos pronto mano a la obra es lo que nos va a ocurrir...
Tal como está el mar podemos echar al agua el bote y trabajar desde fuera.
Abriendo y enderezando latas y bidones conseguiríamos un buen refuerzo si es
que las cuadernas soportan los clavos...
—Será cosa de intentarlo.
Lo intentaron, aunque a Abel Perdomo le dolía el alma ver cómo
aquella orgullosa goleta que había contribuido a construir con tanto esmero se
iba convirtiendo poco a poco en una cochambrosa exhibición de chapuzas y remiendos
en donde tablas de diferentes especies y tamaños se entremezclaban con parches
de hojalata que incluso lucían los dibujos, colores y letreros de marcas
comerciales.
Con un toldo malamente levantado con pedazos de lona azul hecha
girones, ropa puesta a secar, y tres hombres y dos mujeres apenas vestidos que
iban de un lado a otro ocupados tan sólo en achicar agua o poner parches, el
«Isla de Lobos» pasó a convertirse en pocos días en un objeto flotante
irreconocible; una extraña especie de chabola suburbial que únicamente gracias
a la indescriptible mansedumbre del mar se mantenía en equilibrio.
—Ahora sí que parecemos gitanos... —admitió Aurelia recordando
las palabras de su hijo—. Aunque los gitanos al menos disponen de un suelo
donde poner los pies y a nosotros nos falta hasta eso.
Habían tenido que acomodarse, casi apelotonados, en la cubierta
de popa porque parte de la de proa había sido levantada para aprovechar las
tablas, y no se podía caminar por aquella zona del barco más que haciendo
equilibrios sobre los travesaños, algunos de los cuáles se encontraban tan
putrefactos que amenazaban con ceder viniéndose abajo estrepitosamente.
El «Isla de Lobos» se moría.
Al enfrentarse a la borrasca había librado su última batalla, y
aunque consiguiera salir airoso de la contienda ya el mar se le había metido
para siempre en los huesos y le iba empapando hasta convertirlo en un inmenso
pan mojado listo para deshacerse al primer embate de una ola.
Se tenía la impresión de que cualquiera de aquellos inmensos
tiburones que en los tórridos mediodías ascendían desde lo más profundo a
curiosear en torno al casco podrían abrirle un hueco tan sólo con propinarle un
cabezazo, y por ese boquete se le escaparía definitivamente la vida a la
goleta, porque se desmoronaría como un castillo de naipes, dejando sobre la
quieta superficie de las aguas tan sólo algunos desperdigados restos de
naufragio.
La cruel metamorfosis sufrida en poco tiempo por aquel barco que
tanto amaba parecía haber desmoronado igualmente ei espirito e Abel Perdomo,
que comenzaba a dudar de su capacidad de sobrevivir sobre un Océano que no
aceptaba brindarle la oportunidad de salvar a los suyos empleando para ello
todo el caudal de su experiencia.
El mundo de generaciones de «Maradentro» estaba hecho de viento,
pues el viento había sido su aliado o su enemigo desde que tenían memoria, y al
igual que los había castigado lanzando sobre ellos toda la fuerza de su
infinita furia, los había ayudado hinchando sus velas y empujándoles velozmente
en busca de los bancos de atunes y sardinas.
Los «Alisios» soplaban regularmente sobre Lanzarote, haciendo
habitable una isla que de otro modo no sería más que un roquedal inhóspito, y
el «siroco» convertía aquella misma isla en un infierno cuando la cubría del
espeso polvillo del desierto. El viento iba y venía, cambiaba su fuerza o
rolaba a su capricho y se podía contar con él para lo bueno o lo malo, pero
ahora, allí, en el corazón mismo del Océano, las velas de la goleta eran
colgajos que recordaban los adornos de papel de una verbena tras una noche de
lluvia; crespones de un entierro; flores marchitas.
Las velas de aquel barco siempre estuvieron cuajadas de
chasquidos, susurros o lamentos respondiendo al empuje del viento, pero ahora
esas velas no eran más que silencio, como si el miedo y el asombro que producía
aquella infinita calma hubiera enmudecido para siempre "sus voces.
Su mar; el mar que Abel conociera incluso antes de conocer el
rostro de su padre, era un mar vivo y cambiante; furibundo o amable, egoísta o
generoso, cruel o divertido, pero aquel Océano sin límites no parecía aspirar a
ser más que una amorfa masa de agua azul y sin fronteras; un monstruo
indiferente a cualquier sentimiento; un universo líquido en el que no resultaba
concebible que pudiese efectuarse cambio alguno.
El mar cambiaba. El mar de los Perdomo; el mar de las
plataformas continentales se transformaba a lo largo del año con la llegada de
las estaciones, y en primavera las aguas de las capas superiores que se habían
ido enfriando a lo largo del invierno se volvían más pesadas y comenzaban a
hundirse lentamente, desplazando hacia arriba a las capas inferiores ya para
entonces más calientes.
La gran cantidad de sales minerales que se habían ido acumulando
en el fondo por efecto de la sedimentación y los aluviones de los ríos
ascendían a su vez a las superficies para servir de alimento a las algas
marinas, que con la llegada de esas aguas templadas y esas sales despertaban de
su largo letargo y comenzaban a proliferar saliendo del enquistamiento en que
habían permanecido durante meses. La explosión de vida que significaba aquella
multiplicación asombrosa conseguía que en ocasiones millas y millas de
superficie marina se tiñeran de distintos colores a causa del conjunto de los
microscópicos granos de pighiento que las diminutas algas contenían en su
interior.
Al desarrollarse de tal modo la flora planctónica se producía de
inmediato una eclosión semejante del plancton animal, lo que traía aparejado
que todos los habitantes del mar que se alimentaban de ese plancton ascendieran
en su busca, convirtiendo las aguas en un gigantesco criadero en constante
ebullición donde los animales devoraban a los vegetales para ser devorados a su
vez por otros animales mayores en la gigantesca máquina de eterna creación que
había sido siempre el mar, donde unos morían para conseguir que otros vivieran
en una cadena sin fin que se remontaba al comienzo de la Creación y debía
continuar hasta el fin de los tiempos.
Pero tal explosión de vida no duraba mucho, y a mediados de
verano los peces regresaban a las profundidades para que ya en otoño el mar se
cubriese de un fulgor fosforescente, gris y metálico que encendía las crestas
de las olas, sumiéndolo todo en una tonalidad fascinante y casi sobrenatural.
Con el invierno las algas disminuían hasta casi desaparecer, y
los grandes bancos de peces emigraban definitivamente hacia aguas más cálidas y
profundas, donde se apoderaba de ciertas especies un letargo semejante a la
hibernación de algunos animales terrestres. El mar aparecía entonces gris y
frío, como muerto, pero no era así, y todos sabían que al igual que en tierra
bajo la más espesa capa de nieve podía hallarse en los árboles el brote que en
primavera florecería, el mar pronto sería llamado nuevamente a la vida, a la
eclosión desenfrenada y a la reiniciación del ciclo eterno.
Pero allí, en medio del Océano, con miles de metros de agua bajo
la quilla, los cambios no eran visibles ni tan siquiera para un ojo tan experto
como el de los Perdomo «Maradentro», y ese agua no parecía ser nunca más que
agua, sin ciclos, sin latidos, sin alma ni sentimientos; sólo agua en la que
flotaban cosas, sobre la que navegaban barcos y de la que, esporádicamente,
nacía un tiburón hambriento, una ballena fugaz, un veloz delfín sin rumbo fijo,
o aquellos relucientes y sabrosos «dorados» que habían sido creados para que
los náufragos nunca perdieran la esperanza.
No resultaba extraño por tanto que el «Isla de Lobos» hubiera
acabado por sentirse asustado y desmoralizado, perdiendo su dignidad y su
entereza, pasando a convertirse en aquella descarnada caricatura de navío;
barraca de feria pueblerina que hubiera movido a risa de no saber que le
aguardaba un destino tan trágico.
Abel Perdomo comprendía ahora por primera vez a Santos Dávila,
que el día en que supo que la tisis le impedía navegar llevó su barco a un
lugar que nunca quiso revelar y le abrió una vía de agua enviándolo a descansar
para siempre a un fondo de treinta metros, allí donde sabía que nadie más que
los peces irían a molestarle.
—¿Por qué?
—Porque alguien que ha sido tu amigo y compañero durante tantos
años merece una muerte honrosa... —fue su respuesta—. Puede que la tuberculosis
acabe conmigo, pero más rápidamente acabaría si supiera que algún hijo de puta
está desguazando mi barco como el ave carroñera devora un cadáver.
Santos Dávila no murió tuberculoso, y cuando cuatro años más
tarde volvió del Sanatorio, contrató al buzo que trabajaba en el muelle de
Arrecife para que le bajara a visitar su barco.
—Lo acarició como se puede acariciar el cuerpo de una mujer
amada... —contó más tarde el buzo emocionado—. Temblaba como un niño al tocar
nuevamente el timón y los palos, y aunque él jura que no, yo que lo vi, sé que
lloraba... —Hizo una larga pausa consciente de que todos en la taberna le
escuchaban—. El barco estaba intacto. Igual que lo dejó, y parecía estar
esperando a que él regresara... Os aseguro que, por unos instantes, llegué a
pensar que en cualquier momento aparecería «El Viejo del Mar» que haría que
flotara nuevamente y se lanzara a navegar por esos rumbos.
A los tres meses Santos Dávila se murió de repente. Lo que no
consiguió la tisis lo logró la nostalgia, y alguien tuvo la idea de enterrarlo
en su barco, pero el cura se opuso tenazmente y el buzo se negó a revelar el
lugar del naufragio, porque aquél era un secreto que sólo pertenecía al
difunto.
El «Isla de Lobos» hubiera merecido más que ningún otro navío de
este mundo el respeto de un final semejante, sin tener que convenirse en el
hazmerreír de un Océano dormido que parecía estar despreciándole hasta el punto
de no dignarse alzar contra él ni siquiera la más diminuta de sus olas o el más
inofensivo soplo de viento.
—Lo que más me molesta es irme al fondo sin pelea... —comentó
una noche Asdrúbal expresando el sentimiento general—. Yo soy hombre de mar y
no de sopa.
Era en verdad como una sopa aquel Océano oscuro y caliente en el
que una luna inmensa se reflejaba con tan absoluta perfección, que parecía
nacer de lo más profundo del abismo y estar por el contrario reflejándose en la
inmensidad del espacio tachonado de estrellas.
La noche era el momento en que preferían reunirse en torno al
timón, porque la noche alejaba el calor agobiante y borraba la monotonía
obsesiva de aquel horizonte sin relieves frente al que se sentían
empequeñecidos hasta convertirse prácticamente en nada.
—Ya lo dijo el abuelo... —comentó Yaiza, cuyo rostro, a la
sombra del tambucho de popa, resultaba inescrutable—. Al barco no le gusta la
calma... Siempre tuvo miedo a las calmas.
—Pues ahora le ha llegado el momento de tenerle miedo a todo...
—sentenció Sebastián, pesimista—. Bastará un soplido para ponerlo panza arriba.
—Yo aún tengo confianza.
Aurelia continuaba siendo la que se mantenía más firme y más
entera, incapaz de consentir que su ánimo decayera un solo instante, y a medida
que su esposo y sus hijos, mejores conocedores del mar y de los problemas de la
nave, se iban desmoronando ante la evidencia, ella parecía ir creciéndose y era
siempre la más dispuesta, la que más hablaba, y la que incluso gastaba bromas o
se lanzaba a cantar con aquella su voz suave y profunda:
—Hay comida suficiente: los «dorados» se dejan coger y
racionándola, el agua aún puede durarnos quince días... —añadió al advertir los
ojos de su familia fijos en ella—. Puede que tengamos que rompernos el espinazo
achicando la bodega, pero América continúa estando ante nosotros, y la
corriente nos empuja hacia allí... ¡Algún día llegaremos!
Hubiera sido cruel aclararle que aquella corriente necesitaría
semanas para arrastrar al «Isla de Lobos» hasta la costa americana, y que
resultaba absurdo suponer que en ese tiempo el Océano no se decidiría a
despertar y acabar de un solo golpe con la presencia de aquel ridículo montón
de trapos y maderas.
—Hay quien ha logrado mantenerse a flote sobre una balsa...
—insistió Aurelia machacona—. Y este barco es más que una balsa...
—¡Pero mamá...!
Se volvió a su hijo Sebastián que era el que había protestado:
—¡No hay pero que valga...! —replicó—. Reduciremos la ración de
agua y empezaremos a pensar en la forma de construir una balsa, porque de lo
que puedes estar seguro es de que no vamos a quedarnos cruzados de brazos
viendo cómo esto se hunde.
—Viene un hombre.
Los cuatro se volvieron a observar a Yaiza, que llevaba largo
tiempo contemplando la luna sobre el mar:
—Viene un hombre y le siguen dos perros... —repitió—. Anda a
zancadas y quiere decir algo, pero no llega nunca.
Señaló un punto frente a ella, sobre las aguas, pero ni sus
padres ni sus hermanos pudieron ver nada más que la infinita quietud del
Océano.
—¿Quién es? —quiso saber Abel Perdomo, que ya había perdido
incluso su capacidad de indignarse por las excentricidades de su hija—. ¿Le
conoces...?
—No consigo ver su cara. Camina hacia nosotros todo el tiempo,
pero cada vez está más lejos... Ahora grita.
—¿Qué dice?
—Grita algo sobre don Matías Quintero, pero no logro
entenderlo... —Guardó silencio un instante—. Ya se ha marchado... Comprendió
que nunca podría alcanzarnos y ha vuelto a Lanzarote... —Hizo una nueva pausa y
añadió como si el hecho le sorprendiera a ella misma—. No estaba muerto, ni va
a morirse... Es la primera vez que alguien que está vivo y no conozco quiere
acercarse así...
—¡Locos...! —exclamó Sebastián malhumorado—. ¡Estamos todos
locos! Trepados como gallinas en la popa de un barco que se hunde y haciendo
caso de apariciones... —Lanzó un furioso resoplido—. Si consiguiéramos llegar a
América no me extrañaría que nos mandaran de vuelta a casa... Allí no admiten
carne de manicomio... —Extendió la mano y apretó con afecto el antebrazo de su
hermana—. ¡Perdona...! —rogó—. Sé que no tienes la culpa, pero estas cosas me
sacan de quicio... —Chasqueó la lengua con gesto de fastidio—. Quizá creo en
ellas más de lo que me gustaría admitir, y eso me asusta... ¿De verdad has
visto a un hombre que venía caminando hacia nosotros...?
—Tan claro como te estoy viendo a ti... Era un hombre alto,
flaco y zanquilargo, con dos perros...
—¡Pedro «el Triste»!
Era Asdrúbal el que había hablado.
—¿Qué tiene que ver con todo esto Pedro «el Triste»? —inquirió
su padre.
—No lo sé... —admitió el muchacho—. Pero la descripción
concuerda, y cuando estaba escondido en Timanfaya lo vi de lejos acompañado de
dos hombres... Tuve la sensación de que andaba en mi busca, pero de pronto
desapareció.
—Si Pedro «el Triste» hubiera querido encontrarte en Timanfaya,
lo habría hecho... —sentenció Abel Perdomo—. No creo que te buscara, ni que
fuera el que Yaiza ha visto.
—¿Entonces quién era ese hombre...? —quiso saber Aurelia.
—Nadie que deba preocuparnos, ni nadie en quien debamos seguir
pensando... Vino y se fue, y cuanto menos nos acordemos de él, más tranquilos
estaremos... Ya tenemos bastantes problemas sin necesidad de que vengan a
visitarnos hombres ni perros...
Damián Centeno y Justo Garriga decidieron pasar su última noche
en «Casa de la Húngara», en la calle Miraflores de Tenerife, en una especie de
homenaje a las muchas noches de putas que habían compartido a lo largo de sus
años en la Legión.
A la mañana siguiente el primero embarcaría en el «Montserrat»
con destino a La Guaira, y dos días más tarde Justo Garriga lo haría en el
«Villa de Madrid» rumbo a Cádiz, desde donde continuaría hacia Ceuta y Teman,
pues sentía nostalgia de aquel Marruecos en el que había transcurrido la mayor
parte de su vida.
Ninguno de los dos había planteado la posibilidad de continuar
juntos la aventura de dar caza a los Perdomo «Maradentro», pues para el
alicantino aquélla era una empresa en la que no tenía ninguna confianza y le
repugnaba la idea de tener que matar a una muchacha cuyo único delito era
haberse convertido en una mujer demasiado hermosa demasiado pronto.
Damián Centeno no deseaba tampoco compañía, porque había llegado
al convencimiento de que lo que empezara como simple trabajo rutinario se había
convertido en una cuestión personal entre él y los Perdomo «Maradentro», a los
que estaba dispuesto a perseguir y aniquilar aun en el caso de que don Matías
Quintero renunciara para siempre a su venganza.
Fracasar a su edad tan estrepitosamente como estaba fracasando
frente a aquella estúpida familia de palurdos, hubiera significado para el ex
sargento perder la confianza en sí mismo, ya que después de haber desperdiciado
la única oportunidad que la vida le había ofrecido de ser alguien, no se
hubiera sentido capacitado más que para continuar siendo durante unos cuantos
años matón barriobajero o chulo de prostíbulo y acabar de un navajazo o
pidiendo limosna en una esquina.
Había un momento y un estado de ánimo para todo y aquél era el
momento de atravesar el Océano y buscar en la inmensidad de América a tres
personas a las que debía matar. Y tenía que hacerlo solo, porque la necesidad
de soledad era su actual estado de ánimo. Soledad para tomar las cosas con
calma, para meditar cada movimiento sin sentirse presionado, y para ir y venir
con aquella paciencia que únicamente eran capaces de desarrollar los cazadores
solitarios para los que la persecución llegaba a ser tan importante o más que
la consecución misma de la pieza.
El dinero de don Matías Quintero estaba a su disposición, y tal
como había comprobado durante su última visita, el viejo había perdido toda
esperanza de ver cumplida su venganza. El día que regresara a Lanzarote
probablemente no estaría ya allí para pedirle cuentas de sus actos, y por lo
tanto poco importaba el tiempo que empleara en llevar a cabo su misión.
Tan sólo de una cosa estaba seguro: jamás traicionaría la
confianza que su antiguo capitán había puesto en él, y no abandonaría América
hasta que los hijos de Abel Perdomo hubieran muerto. El, que en tantas
ocasiones se había jugado la vida por cumplir unas órdenes con frecuencia
inaceptables, estaba decidido a cumplir aquella última orden que era la única
que se le antojaba lógica de cuantas le habían dado a través de los años.
—¿Y si ni los encuentras nunca...? —había preguntado Justo
Garriga mientras cenaban, tuteándole por primera vez desde que se conocían—.
¿Te quedarás para siempre en América...?
—Aún no lo sé... —admitió—. Pero puedes estar seguro de que si
un día llego a la conclusión de que nunca daré con ellos renunciaré a todo y
volveré a mi vida de antes... —Abrió las manos en un gesto claramente fatalista
y sonrió levemente—. Un trato es un trato, y sabes mejor que nadie que siempre
cumplo los míos.
—¡Imagina que han muerto...! —insistió el otro—. Imagina que esa
vieja bañera no aguantó la travesía y están ya en la barriga de los peces...
¿Cómo vas a encontrarlos...? ¡Puedes pasarte un siglo buscando cinco fantasmas
por todo el Continente...! ¿Es que no te das cuenta...?
Damián Centeno, que masticaba lentamente, asintió con un gesto,
tragó lo que tenía en la boca, bebió un sorbo de vino y replicó:
—Sí; me doy cuenta... Me doy cuenta y lo he pensado. Si no
consigo ninguna evidencia de que están en América y llego a la conclusión de
que se ahogaron, dentro de diez años daré por concluida la búsqueda y tomaré
posesión de la herencia.
—¡Diez años...! —se asombró el alicantino—. ¿Serás capaz de
esperar diez años para apoderarte de algo que es tuyo...? ¡Tu estás loco...!
—No estoy loco, Justo... No estoy loco... —replicó su ex
sargento suavemente—. Soy así; ésa fue siempre mi forma de actuar, y gracias a
ella un hombre como el capitán Quintero confía en mí y seguirá confiando aun
después de muerto... Tengo mis propias leyes y mi sentido del Honor y me guío
por él sin importarme lo que otros piensen... —Bebió de nuevo muy despacio y
dejó la copa ante él con infinito cuidado, como si se tratara de la cosa más
importante que tuviera que hacer en esta vida. —Tal vez dentro de quince días
el viejo haya muerto, y yo no tendría entonces más que presentarme en Lanzarote
y disfrutar de todo lo que tenía, pero te garantizo que no lo podría disfrutar
porque sería como haberlo robado, y tú sabes bien lo que pienso de los
ladrones...
—Sí. Lo sé. Pero lo que no comprendo es que no seas capaz de
quedarte con esa casa y esas tierras sin hacer daño a nadie, pero no te importe
rebanarle el pescuezo a una chiquilla.
—Esa es otra cuestión y tú lo sabes, Justo... —le hizo notar—.
Yo he matado a cientos de personas, algunas incluso más jóvenes e igualmente
inocentes y ni siquiera las maté por mis propias razones, sino porque a algún
general incompetente se le metía en la cabeza que había que hacerlo... ¡Son
muchas guerras ya, Justo...! Demasiadas... Y en nuestras guerras lo que menos
murieron fueron soldados... ¿Qué importan tres cadáveres más, sean jóvenes o
viejos...? Yo ya estoy vacunado contra eso... Pero si nunca acepté robar un
céntimo a nadie, no pienso empezar ahora, sea lo que sea lo que me pongan al
alcance de la mano... —Se encogió de hombros como si a él mismo le costara
trabajo entenderlo—. Sé que para mucha gente resulta una actitud
incomprensible, pero es la mía; la que me diferencia del resto de los hijos de
puta que pululan por el mundo y con ella continuaré, aunque a mí mismo me
joda... ¿Lo entiendes?
El alicantino, que había concluido de comer y encendía un
cigarrillo, aspiró una bocanada, sopló la cerilla y aventuró una mueca que
podía significar cualquier cosa.
—Trato de entenderlo... —admitió—. Lo intento, pero te juro que
me cuesta un trabajo enorme... —Sonrió divertido—. Al fin y al cabo; ¿a quién
le importa...? Es tu vida, y haces con ella lo que quieres... Ahora lo único
que importa es reunir a las cuatro mejores putas de la ciudad y corrernos una
juerga como la de aquella semana de permiso en Rifien... ¿La recuerdas...?
Damián Centeno sonrió a su vez, se entreabrió aún más la verde
camisa de corte militar que siempre usaba, pese al tiempo que hacía ya que
había abandonado la Legión, y pasó un dedo por la profunda cicatriz.
—¿Cómo que si me acuerdo...? —replicó—. Es lo primero que
recuerdo cada mañana... ¡Qué bien manejaba el cuchillo aquél segoviano...! Si
no ando listo me hubiera dado allí mismo el peor de los disgustos... ¡Y todo
por una guarra que ni siquiera sabía mamarla...! ¿Qué habrá sido de ella?
—Supongo que a estas alturas andará vendiendo caramelos a la
puerta de algún colegio... O cigarrillos en cualquier esquina... Siempre acaban
igual.
—Parece mentira que tipos como aquél se dejaran matar, por
semejantes zorrastrones... —sentenció Damián Centeno—. O que tantos compañeros
se dejaran matar en tantas guerras tontas que ya ni siquiera recordamos...
Visto así, de lejos, resulta absurdo.
—Peor debe de ser pasarse la vida cargando ladrillos y matarse
un día cayendo desde lo alto de un andamio... O bajar a una mina a sacar carbón
y que acabe sepultándote... Elegimos la Legión y sabíamos que el precio era
morir en cualquier guerra sin sentido o en una riña de prostíbulo a cambio de
no cargar ladrillos ni picar piedra... —Pidió dos coñacs al camarero, y
mientras se los servían, añadió—: Y a mí aquella vida me gustaba... Me gustaba
incluso cuando nos moríamos de frío en Rusia o nos freían a cañonazos en el
Ebro... —Paladeó el coñac con innegable delectación—. O cuando aquellos
malditos rifeños nos tendían emboscadas... Ahora por lo menos mi vida está
llena de recuerdos... Buenos o malos, pero recuerdos al fin y al cabo... De
otro modo tan sólo estaría repleta de aburrimiento.
—Pero probablemente tendrías mujer e hijos... Una familia.
—Mi concepto de la familia no es muy bueno... —admitió Justo
Garriga—. Mi casa era un infierno del que escapé para no acabar tan loco como
mis padres... —Sonrió—. «¡El buey solo bien se lame!» —exclamó—. Y tú y yo
somos lobos solitarios... Lo único que necesito es un amigo con quien echar una
parrafada de vez en cuando y una puta a quien follarme un par de veces por
semana... Lo demás, es mierda...
—¡Bien...! —admitió Damián Centeno—. La parrafada ya la hemos
echado... Ahora únicamente queda pendiente el asunto de las putas...
Fueron en efecto cuatro; las cuatro más golfas del lupanar, con
las que se encerraron en una inmensa habitación que no tenía más que un colchón
de pane a parte con una puerta que conducía a un pequeño bar y un cuarto de
baño, y enormes espejos que cubrían el techo y las paredes.
Damián Centeno pagó por adelantado con órdenes rigurosas de que
a las doce del día siguiente lo subieran al «Montserrat» sereno o borracho,
vestido o desnudo, vivo o muerto, y colgando su ropa en una percha gritó: «¡A
mí la Legión!», y se lanzó de cabeza sobre las cuatro barraganas seguido con
idéntico entusiasmo por su fiel compañero.
Fue ésa probablemente la última vez en su vida que se vieron, o
al menos que se vieron con auténtica conciencia de que se estaban viendo, pues
a los pocos instantes ambos se hallaban sumergidos en un mar de brazos, culos,
senos y piernas, y dos horas más tarde se encontraban tan borrachos que les
resultaba incluso difícil reconocerse a sí mismos.
Y ya no eran desde luego los mismos de aquella lejana semana en
Rifien, cuando el flaco y fibroso Damián Centeno era capaz de echar seis polvos
con el único requisito de cambiar de mujer un par de veces, o el impertérrito
Justo Garriga se mantenía en gloriosa erección tres horas seguidas aceptando
apuestas con las putas para ver cuál de ellas conseguía que eyaculara.
Ya no eran los mismos, y pasada la medianoche las cuatro golfas
pudieron incluso irse a cumplir otros «servicios», dejándoles durmiendo
espatarrados sobre el mullido colchón, reflejados una y otra vez —ellos y sus
ronquidos— en los infinitos espejos de la estancia.
Por la mañana, entre la dueña y el mariquita del lugar vistieron
al ex sargento y casi a rastras lo subieron a un taxi en el que «la loca» lo
acompañó hasta la pasarela del barco donde lo confió a las amorosas manos de un
camarero igualmente afeminado que se entusiasmó por la idea de pasarse el viaje
atendiendo a un hombre tan macho y tan cuajadito de cicatrices.
Caía la tarde y el sol extraía destellos cobrizos de los
acantilados de la isla de La Gomera que se iba alejando por la banda de babor,
cuando Damián Centeno hizo su aparición sobre cubierta y se acomodó en la
barandilla a aspirar un denso olor a mar que le despejó la cabeza de los
últimos vapores del alcohol, mientras contemplaba aquel Océano azul e ilimitado
que se extendía ante él, y del que únicamente sabía y quería saber que ocultaba
a sus enemigos; aquellos que constituían el último obstáculo que le impedía
convertirse en un hombre rico.
Cuando el sol se ocultaba ya sobre el recto horizonte le vino a
la memoria aquel otro atardecer que disfrutaba desde el porche de la Hacienda
de Mozaga, cuando aquel mismo sol descendía sobre la cadena de cráteres de
Timanfaya extrayendo mil destellos de los muros de negra piedra, los viñedos,
los cultivados campos, las higueras, o las multicolores buganvillas del jardín.
Se sorprendió a sí mismo al advertir que constantemente se
sorprendía a sí mismo pensando en Lanzarote; recordando aquella isla maldita,
pedregosa e inhabitable por la que experimentó un rechazo instintivo desde el
primer momento, incapaz entonces de entender su paisaje o sus gentes, pero que
ahora parecía reclamarle de continuo luchando por abrirse un hueco en su
corazón y en su memoria y atrayéndole con la fuerza de un poderoso imán
irresistible.
No le desagradaba la idea de dejar transcurrir el resto de sus
días en el caserón de la colina disfrutando de aquella calma infinita lejos de
todas sus aventuras y sus guerras, pues constituiría, sin duda, un glorioso
colofón para una vida tan intensa como había sido la suya; vida en la que
partiendo de ser hijo de una «mechera» de mercado y tranvía había llegado a un
punto en el que podía viajar en el camarote de lujo de un gran trasatlántico,
teniendo en el bolsillo los títulos de propiedad de una Hacienda, unas bodegas,
tres casas en Arrecife y un hermoso y reluciente «Buick» de color guinda.
Apareció pasada la medianoche, y era casi tan grande como el
barco contra el que se frotaba a un metro por debajo de la línea de flotación,
haciendo que las tablas crujieran y se ondularan a su paso, siempre de popa a
proa, para alejarse luego unos minutos y volver de igual modo, y resultaba
espeluznante calcular en las tinieblas su tamaño, si tan sólo con la presión de
su cuerpo conseguía que el «Isla de Lobos» se estremeciera.
Encendieron los faroles «de cubierta e incluso antorchas
improvisadas con palos y trozos de tela, pero aunque iluminaron el mar como
hubieran podido iluminar una verbena, no consiguieron distinguirlo ni que
aflorase a la superficie, por lo que llegaron a la conclusión de que no se
trataba de una ballena, una orea asesina, ni aun de un tiburón gigante, ya que
este último, dada la escasa profundidad a que se encontraba, hubiera tenido que
mostrar necesariamente su aleta dorsal.
Al fin, más por su sombra que por apreciación directa, dedujeron
que se trataba de un enorme congrio o la más desproporcionada morena que
hubiera existido nunca en el fondo del Océano; una auténtica serpiente de mar
mitológica de las que tan sólo habían oído hablar en los fantasiosos relatos de
Maestro Julián «el Guanche», quien aseguraba que en los abismos marinos
habitaban calamares de casi veinte metros de longitud, pulpos con rejos tan
gruesos como un hombre, y serpientes capaces de luchar con éxito contra
semejantes bestias apocalípticas.
Los Perdomo siempre habían creído que aquellas historias
constituían tan sólo imaginaciones de los «antiguos» que eran demasiado dados a
dejar volar su fantasía y tratar de impresionar a la pobre gente de tierra
adentro, pero resultaba evidente que tan sólo los «antiguos» conocían bien la
realidad de los Océanos, puesto que en los últimos cien años, desde que el
hombre comenzó a navegar en barcos de vapor y no tuvo que sufrir las
consecuencias de calmas como las que estaban padeciendo, pocos habían tenido la
ocasión que a ellos se les estaba presentando, de vivir tan de cerca el mundo e
las aguas profundas.
—Si nos embiste de frente, nos hunde... —señaló Abel por
último—. Pero no parece que sean ésas sus intenciones... Se diría que está
calculando nuestras fuerzas y el daño que podemos causarle...
—¡Como no le escupamos...! —comentó Asdrúbal—. Lo único que se
me ocurre es intentar clavarle un «bichero» de los de halar tiburones...
—No creo que eso sirviera más que para enfurecerle... —le
advirtió su hermano—. Lo mejor será dejarle en paz hasta que amanezca... De día
podremos verle y actuar... Mientras tanto deberíamos bajar a la camareta... Un
bicho de ese tamaño puede alzarse de improviso y arrastrarnos al agua.
Era la decisión más sensata y Abel la impuso, por lo que
tuvieron que apiñarse los cinco, dos sobre cada litera y Asdrúbal en el centro,
pendientes de las sucesivas pasadas de la bestia que parecía ir aumentando su
presión hasta un punto en que la goleta comenzó a balancearse como si una mano
de cíclope la estuviera meciendo y algunas tablas restallaron, amenazando
saltar convertidas en astillas.
—¡Cierra...! —suplicó Aurelia, señalando a su hijo la
portezuela—. Si nos hunde quiero que nos vayamos al fondo todos juntos sin ver
cómo ese animal nos devora uno tras otro... ¡Cierra, por favor...!
—¡Nos moriremos de calor...!
—Lo prefiero a servir de cena a esa bestia...
Asdrúbal hizo ademán de levantarse y obedecer a su madre, pero
Yaiza, que permanecía adormilada abrazada a sus rodillas, le interrumpió con un
gesto.
—No hace falta... —dijo—. El abuelo asegura que no nos hundirá,
y que al amanecer llegará el viento.
Su madre la observó severamente, pero la expresión de su rostro
la desarmó.
—¿Lo has visto? —quiso saber.
—Me ha hablado... Está fuera espantando a ese bicho...
Todos la miraron ansiosos por creer en sus predicciones y
permanecieron muy quietos, casi sin atreverse a respirar, aguardando la
siguiente arremetida de la bestia, que llegó con una precisión casi
cronométrica, aumentando una vez más la potencia de su empuje.
—No parece que le haga mucho caso al abuelo... —comentó
Sebastián con un punto de ironía en la voz—. Quizá las serpientes de mar no
creen en aparecidos.
—¡Se irá...! —sentenció la muchacha segura de sí misma—. Cuando
el viento llegue, se irá.
Faltaban casi tres horas aún para el amanecer y fueron sin duda
las tres horas más angustiosas que cualquiera de ellos hubiera vivido hasta el
presente, porque los ataques se repitieron con obsesiva monotonía y el «Isla de
Lobos» era ya como un juguete inarticulado; un enorme «tentempié» al que un
niño caprichoso se empeñase en propinar constantes papirotazos.
Yaiza, que era la única que parecía creer a pies juntillas en
sus propias palabras, había vuelto a adormilarse con la cabeza apoyada en un
mamparo, pero de improviso abrió los ojos, escuchó y sin mirar a nadie murmuró
roncamente:
—¡Ya viene...! ¡Ya viene el viento...!
La tensión en la diminuta camareta se hizo tan palpable que se
diría que el aire ya de por sí recargado se electrificaba de improviso; todos
sintieron cómo hasta el último de sus músculos se enervaba, y manteniendo la
respiración para no hacer el menor ruido esperaron ansiosos hasta que un lejano
susurro que se les antojó la más maravillosa de las músicas llegó correteando
por encima de la quieta superficie del mar y se estrelló contra las dormidas
velas que despenaron alborotadas restallando y llenando la cubierta de
chasquidos.
—¡Ahí está...! —exclamó casi con un sollozo de alegría Abel
Perdomo—. ¡Dios mío, es cierto...! ¡Ahí está el viento...!
Se precipitaron en tromba al exterior y estaba allí,
golpeándoles la cara dulcemente y jugueteando burlón con sus cabellos, y como
si ese viento o la primera claridad del día que llegaba tras él hubiera
espantado al monstruo, éste lanzó un último ataque contra el maltrecho casco y
se sumergió silenciosamente hacia oscuros abismos de los que jamás debió
emerger.
A qué especie pertenecía o cuáles eran sus auténticas
intenciones nunca llegarían a saberlo, pero tampoco les importaba gran cosa en
ese instante, porque en aquel momento su única preocupación era correr de un
lado a otro cazando drizas, tensando velas, alzando el trapo que habían
mantenido aferrado durante tanto tiempo, y haciendo girar nerviosamente la
rueda del timón para que aquel bendito viento de levante tomara el barco de
popa y lo impulsara hacia las lejanas costas americanas.
Aurelia no pudo contenerse, y aferrando entre sus manos el
rostro de su hija lo besó impetuosa, y por primera vez en su vida le dio las
gracias por aquel extraño «DON» que poseía de agradar a los muertos.
—No me las des a mí... —replicó la muchacha con su calma de
siempre—. ¡Dáselas al abuelo...!
—¡Pues trasmíteselas tú, ya que a mí no parece escucharme...!
—exclamó su madre, feliz—. Dale las gracias y dile que le quiero... Que siempre
lo he querido.
—Ya lo sabe.
El viento era el justo; de fuerza cuatro a cinco, sin rachas que
alarmaran al maltrecho navío, pero con la constancia y la firmeza que
necesitaba para ir cogiendo velocidad, y en el momento en que el sol hizo al
fin su aparición a sus espaldas, el viejo «Isla de Lobos», aquella barraca de
feria ambulante que no era ya más que una ridícula sombra de la orgullosa
goleta que construyera tantos años atrás Ezequiel «Maradentro», se lanzó a
navegar de nuevo abriendo orgullosamente las aguas con el mismo espíritu e
idéntico valor con que hendió el amado Canal de la Bocaina el día en que acudió
a recoger a una niña recién nacida en un faro para que un cura le pusiera de
nombre Margarita.
—¡Llegaremos!... —aseguró convencido Abel Perdomo—. ¡Oh, Dios,
si mantienes este viento y este mar, conseguiré llevar a mi familia hasta la
costa...!
—La costa está aún muy lejos...
Se volvió a Sebastián, que era quien lo había dicho.
—¿Cómo de lejos...?
—Más de trescientas millas...
El experto ojo de Abel Perdomo observó el mar, lanzó hacia proa
un pedazo de madera y contó el tiempo que tardaba en cruzar a lo largo de la
borda.
—¡Cinco nudos...! —dijo—. Si bombeamos el agua que llevamos en
la bodega subiremos a seis; tal vez a siete... ¿Cuánto tiempo tardaríamos en
llegar si las cosas no cambian...?
Su hijo hizo un rápido cálculo mental:
—Seis días... Tal vez ocho...
—¡Bien...! Ya haré que este barco se mantenga a flote una
semana, cueste lo que cueste... ¡Yaiza...! —llamó—. Hazte cargo del timón...
Vosotros abajo conmigo; a echar fuera el agua... ¡Aurelia...!: Empieza a tirar
por la borda todo lo que no sea imprescindible: los muebles, las barricas, las
literas, el espejo... ¡Todo!
—¡El espejo, no...! —suplicó ella—. Prometiste que el espejo
siempre vendría conmigo... Es el único recuerdo de mi madre que me queda...
Abel Perdomo fue a decir algo, pero pareció cambiar de idea y
sonrió. Le dio a su mujer una cariñosa palmada en el trasero y asintió con un
gesto:
—¡Está bien...! —aceptó—. Conserva de momento el espejo y las
literas, pero te juro que si esta tarde no navegamos a seis nudos, se lo tiro
al monstruo de anoche para que se mire y vea lo feo que es...
Saltó sobre los travesaños de proa, y se dejó descolgar a la
bodega en la que ya sus hijos habían comenzado a accionar briosamente las
bombas de achique.
—¡Fuerza, muchachos...! —pidió—. Vamos a demostrarle a este
Océano quiénes son los «Maradentro» y por qué cojones nos pusieron el apodo...
E hicieron fuerza. Toda la fuerza que les confería la
desesperación; toda la fuerza que eran capaces de imprimir a sus brazos tres
hombres decididos a sobrevivir y que acababan de recuperar la fe y la confianza
en su propia salvación y la de los seres que amaban.
Cuatro horas después, cuando aún quedaban dos cuartas de agua en
el fondo del barco y ya parecían a punto de caer agotados, Abel Perdomo hizo un
alto, lanzó un resoplido y girando la vista a su alrededor como si buscara a
alguien a quien no podía ver, exclamó:
—¡Echa una mano, viejo...! No te quedes ahí como si la cosa no
fuera contigo... Ya sé que te has pasado la noche espantando a ese bicho, pero
tú siempre fuiste un tipo duro que podía pasarse tres días sin dormir sacando
atunes.
Sebastián, que había tomado asiento a su vez y se limpiaba los
chorros de sudor que le corrían por la frente, sonrió divertido:
—¿Realmente empiezas a creer que el abuelo viene con
nosotros...?
—Sabiendo lo que teníamos que pasar, tu abuelo, ¡ni muerto!, se
hubiera quedado en tierra... —replicó convencido—. Y si tu hermana dice que
está aquí, es que está... Sólo hay una cosa que yo haya aprendido de mayor: esa
chiquilla no se equivoca nunca. ¿Dónde estaríamos ahora sin ella?
Sebastián se sintió tentado de responder que pescando
tranquilamente en el Canal de la Bocaina, pero no lo hizo, en parte porque
comprendía que hubiera sido una crueldad, y en parte porque en esos momentos la
propia Yaiza hizo su aparición en equilibrio sobre lo que quedaba de cubierta:
—¿Queréis agua...? —inquirió—. Mamá la está fabricando. ¡Venid a
verlo...!
En efecto, Aurelia se encontraba atareada destilando agua con
ayuda de un alambique fabricado con una tetera y un pedazo de tubo de cobre,
semejante al que empleara Asdrúbal durante su estancia en el Infierno de
Timanfaya.
—Me pareció una estupidez tirar los muebles... —dijo a modo de
explicación—. Los estamos quemando y aunque no mucha, algo de agua
conseguimos...
El agua se había convertido desde hacía ya más de una semana en
uno de sus principales problemas, porque en contra de lo que Sebastián había
supuesto, las lluvias no habían hecho su aparición y habían tenido que reducir
una y otra vez las raciones hasta el punto de que la sed era ya un compañero
más en aquel inacabable viaje.
Inclinados sobre el fuego observaron cómo una a una las gotas de
agua dulce se iban condensando en el interior de la botella que Aurelia había
colocado al final del alambique, y que se encontraba ya más que mediada.
—¿Cuánta madera has necesitado para eso...? —quiso saber Abel.
—Las patas de la cómoda de nuestro dormitorio... —replicó
Aurelia con una leve sonrisa—. Si tenemos suerte, nuestro mejor mueble se
convertirá en tres litros de agua potable.
El le pellizcó la cara con un cariñoso gesto que era tal vez un
intento de consolarla:
—No creo que ningún mueble tuviera nunca un destino mejor...
—sentenció—. Cuando acabes con ellos podemos quemar la caseta
del timón, la camareta, las literas, las bordas y hasta los palos... Mientras
en el mar siga habiendo «dorados» y quede algo que quemar, sobreviviremos...
—Siempre que nos mantengamos a flote... —le hizo notar Asdrúbal.
—Seguiremos a flote, hijo... —aseguró Abel—. Seguiremos a flote
aunque tengamos que aflojarnos los riñones achicando agua. —Se diría que Abel
Perdomo había recuperado su espíritu combativo desde el momento en que el
viento le dio en la cara, convirtiéndose nuevamente en lo que siempre había
sido: el capitán de un barco que estaba dispuesto a todo por llegar a su
destino—. Hemos recorrido casi tres mil millas... —continuó—. Y recuerdo que
nadie en Lanzarote apostó a que llegaríamos siquiera a la mitad de esa
distancia. Elegimos la ruta más difícil; aquella en la que todos fracasan, y
estamos ya a menos de una semana del fin de nuestro viaje... ¡Llegaremos!
Se diría que su fe y su entusiasmo se contagiaba a toda su
familia. A toda la familia excepto a «la que aplacaba a las bestias, atraía a
los peces, calmaba a los enfermos y agradaba a los muertos»; la única que
entreveía en ocasiones el futuro; la única a la que hablaba el abuelo Ezequiel,
y que se mantuvo apartada, ausente y cabizbaja, incapaz de participar del
entusiasmo y la fe que se había apoderado de los suyos.
Yaiza sabía.
Damián Centeno no experimentó el menor interés por subir hasta
Caracas cuando le informaron que tardaría casi tres horas en llegar a la
capital cruzando una agreste cadena de montañas cortadas por terroríficos
precipicios, entre los que se abría paso una sinuosa y endiablada carretera
cuyas infinitas curvas nadie había sido capaz de contar sin marearse.
Ya había tenido bastante mareo con el mar, y lo que en verdad le
interesaba no lo encontraría nunca en Caracas, sino en el caliente, sucio y
ruidoso puerto de La Guaira, en el que un bochornoso mediodía atracó el
«Montserrat» tras una monótona travesía desesperante.
Buscó un hotel discreto a no más de tres calles de la entrada a
los muelles, pasó el resto del día haciéndose a la idea de que se encontraba en
el trópico, y que aquella ardiente humedad que le obligaba a sudar a mares le
acompañaría a todas partes, durmió mal a causa del calor y del ruido de un
tráfico ensordecedor, y a la mañana siguiente, muy temprano, se presentó en las
Oficinas del Puerto.
Lo primero que hizo fue colocar dos billetes de veinte bolívares
ante el empleado, que había abandonado de mala gana la lectura de su periódico
al otro lado del mostrador para acudir a atenderle:
—Necesito información sobre un barco... —dijo.
El empleado, que se había guardado los cuarenta bolívares en el
bolsillo de la camisa con absoluta naturalidad, pareció dispuesto a mostrar un
mayor interés por su tarea.
—¿Qué clase de barco? —quiso saber.
—Un barco pequeño... Un pesquero... El «Isla de Lobos»... Mi
familia viene en él.
—¿De dónde?
—De Lanzarote, en las Islas Canarias... Son emigrantes...
—¿Cuándo zarparon...?
—El veintidós de agosto...
El hombre, un mulato de rostro afilado del que destacaba
enormemente una gran nariz de patata, dejó escapar un silbido de admiración.
—¿Es que vienen a remo...?
—A veía...
—Como sonarme, ese barco no me suena... —admitió el otro—. Pero
si espera un poco consulto las listas...
Desapareció en el cuartucho vecino y a los pocos instantes
regresó con un grueso fajo de papeles que comenzó a repasar rápidamente
corriendo el dedo a lo largo de las páginas:
—«Isla Blanca»... «Isla de la Sal»... «Isla de Borneo»...
—concluyó de leer y negó con la cabeza—. No; lo siento, hermano, aquí no
aparece ningún «Isla de Lobos»... ¿Está seguro de que su destino era La Guaira?
—Eso dijeron...
—Tal vez cambiaron de idea... O tal vez los vientos lo llevaron
a otro puerto... Aquí, desde luego, no está registrado...
—¿Habría forma de que me avisaran si llega, o saber si ha
recalado en otro puerto...?
—Eso depende... —fue la imprecisa respuesta.
—¿Ayudarían quinientos bolívares...?
—¡Ya lo creo que ayudarían...! —exclamó el mulato alborozado—.
Por quinientos «bolos» le hago una averiguación en todos los puertos de la
costa... ¿Dónde puedo avisarle...?
Damián Centeno dejó un billete de cincuenta bolívares sobre el
mostrador e hizo un gesto de despedida con la mano:
—En un par de días volveré por aquí... Esto para los gastos. ¿De
acuerdo...?
Salió de nuevo al húmedo calor, satisfecho de su primera gestión
y convencido de que el mulato de la nariz de porra removería cielo y tierra
para averiguar si el «Isla de Lobos» había llegado a las costas venezolanas.
América era muy grande y lo sabía, pero había llegado a la
conclusión de que Venezuela era el destino lógico de los Perdomo «Maradentro»,
ya que en la mayoría de las islas del Caribe no se hablaba español y una
familia de pescadores lanzaroteños difícilmente se establecería en un lugar del
que no conocieran el idioma. Además, y por tradición de siglos, Venezuela había
constituido desde siempre el sueño dorado de aquellos emigrantes canarios que,
como los Perdomo «Maradentro», deseaban iniciar una nueva vida en el
Continente.
Damián Centeno había decidido por tanto que su centro de
operaciones fuera el puerto de La Guaira, pero como la ciudad en sí, con su
ruido, su calor y su exceso de gente le agobiaba, esa misma tarde alquiló un
enorme automóvil verde y se lanzó a la aventura de recorrer las playas vecinas,
hasta que a no más de veinte minutos de camino, y en un minúsculo villorrio de
pescadores del que le gustó especialmente el nombre, Macuto, encontró lo que
buscaba.
Era una pequeña casa de madera pintada de un rosa chillón y
llamativo, abierta al mar y al viento a través de enormes ventanales cubiertos
por una fina tela metálica y circundada por un espeso palmeral cuyos cocos
caían intermitentemente y con un sordo" retumbar sobre el tejado.
El vecino más próximo se encontraba a quinientos metros de
distancia, pero a pesar de ello la casa contaba con luz eléctrica, una
magnífica nevera, grandes ventiladores que giraban en el techo y una potente
radio de la que surgía a todas horas una música caliente y obsesiva.
Le atrajo sobre todo el olor del lugar; un aroma denso,
profundo, casi pegajoso, mezcla de humedad de tierra selvática recién empapada
por la lluvia, yodo marino, vegetación descompuesta, brea y pintura; un
conjunto chocante que producía de inmediato la sensación de cosa viva y
palpitante, nueva para él y embriagadora. Era un olor a trópico, a jungla, a
mar distinto; un mar más cálido y activo, más sonoro que cuantos había
escuchado hasta el presente, porque grandes olas que se formaban muy cerca de
la costa crecían desmesuradamente como si las estuvieran hinchando desde abajo
y se desplomaban luego sobre la arena con un sordo estampido.
Se sintió desde el primer momento fascinado por el lugar, tal
vez porque en él concurrían, juntándose hasta casi fundirse, dos mundos
contrapuestos: el mar, en el que nunca se supo a sus anchas, y la selva, que
jamás hasta ese momento había pisado, pero que siempre atrajo vivamente su
interés.
Era como el comienzo de una nueva forma de vida y le produjo un
extraño placer balancearse esa noche en una vieja mecedora observando las olas»
que parecían nacer como fantasmas de las tinieblas para lanzarse luego con un
largo y bronco susurro arena arriba y desaparecer de improviso devoradas por la
oscuridad.
Tímidas luces de pescadores parpadeaban a dos o tres millas de
la costa, el canto de los grillos se había adueñado por completo de la selva a
sus espaldas, y tan sólo el croar violento y acompasado de millares de
diminutas ranas les hacían la competencia, así como la caída de los cocos sobre
el tejado por el que rodaban para precipitarse luego a la blanca arena.
Había comprado en La Guaira una caja de largos y magníficos
habanos, y fumó despacio paladeándolos junto a un gran vaso de ron fuerte y
aromático, con lo que se sintió perfectamente a gusto y en paz consigo mismo,
convencido de que había encontrado el lugar idóneo para pasar desapercibido y
meditar con calma sobre la forma en que acabaría con los Perdomo «Maradentro».
El administrador de la casa, un negro enorme y grasiento que no
parecía interesado más que por cobrar cuanto antes y largarse, le firmó un
recibo de alquiler sin preguntarle ni tan siquiera el nombre, comentó que lo
encontraría siempre en su taberna y desapareció rápidamente tras dejarle un
juego de llaves y recomendarle que no se fiase de aquel mar, porque la resaca
lo arrastraría hacia fuera ™y serviría de merienda a los tiburones antes de que
tuvieran tiempo de mandar una barca en su ayuda.
—Lo que sí hay es buena pesca —concluyó—. Y en el cuarto de
atrás encontrará cañas y aparejos.
Damián Centeno nunca había dispuesto de una casa dado que su
vida había transcurrido entre campamentos, cuarteles y pensiones, sin contar
los años que pasara entre rejas en un castillo, y la sensación de poder pasar
de una habitación a otra, salir al porche o freírse un huevo en la cocina
sabiéndose completamente a solas le producía un placer casi voluptuoso,
preguntándose qué hubiera dicho Justo Garriga de haberle visto columpiarse
semidesnudo en la chirriante mecedora del porche a la sombra de susurrantes
cocoteros agitados por el viento.
—Creería que me he vuelto loco —admitió sonriendo—.
Completamente loco, aunque lo cierto es que jamás me he sentido tan cuerdo como
ahora...
Le agradaba pensar esporádicamente en Justo Garriga, ya que era
el único amigo que había tenido en su vida, aunque no lo echaba de menos porque
—como el alicantino dijera la última noche que pasaron juntos— ambos eran lobos
solitarios y no hubiera deseado compartir con nadie aquellos días pescando,
bañándose en la orilla, dando largos paseos por la playa vacía y meciéndose en
el porche entre puros y ron, antes de regresar a la oficina del mulato de la
nariz porruda.
—¡Ni rastro...! —comentó el hombre con manifiesta contrariedad
al verle aparecer—. He consultado a todos los puertos de la costa y nadie sabe
nada de ese barco... ¿Está seguro del nombre...?
—Completamente.
—Pues me he gastado una fortuna en telegramas... —Sacó de un
cajón un montón de papeles—. Aquí están los recibos...
Damián Centeno les echó un vistazo; sumó la cantidad y colocó
exactamente el doble sobre el mostrador.
—Siga buscando... —pidió—. La oferta continúa en pie.
Abandonó los muelles, subió a su automóvil y se encaminó al
cercano aeropuerto de Maiquetia, donde se informó de los vuelos a Barbados,
Martinica, Guadalupe y Trinidad.
—Esta tarde tiene uno a Martinica... —le respondió una preciosa
muchacha de cabello rojizo y rostro salpicado de pecas—. Allí encontrará
conexión para las otras islas...
Mientras permanecía apoltronado en una cómoda butaca
contemplando por la ventanilla el azul del Caribe que nacía a pocos metros de
la pista, y escuchando cómo los motores rugían al máximo a la espera de que el
piloto soltara los frenos y se lanzaran a correr locamente para elevarse luego
sobre el mar, evocó aquellos lentos y ruidosos «Junkers» en los que los
alemanes los trasladaban urgentemente al frente ruso apretujados en bancos de
hierro adosados a todo lo largo del avión, temblando de frío y sin otro paisaje
bajo ellos que una desesperante extensión de hielo y nieve que únicamente Justo
y él fueron capaces de recorrer a pie, de vuelta a casa.
El resto de aquellos con los que había compartido cientos de
horas de lucha y fatigas durante largos años de guerra habían quedado tendidos
para siempre sobre la estepa, y aún le asaltaba en ocasiones la sensación de
que el tiempo vivido desde entonces había sido un regalo que le hicieron los
dioses, pues en buena lógica sus posibilidades de salir con bien de aquella
absurda aventura habían sido de una entre mil.
Con frecuencia sospechaba que el destino le había elegido como
ejemplo del superviviente nato: de hombre condenado a vivir y seguir viviendo a
todo trance mientras a su alrededor los demás iban cayendo como hojas barridas
por el viento de otoño, porque solo él había sabido mantenerse, aferrado con
uñas y dientes a la rama de la vida, indiferente al hecho de que fuera la brisa
o el huracán el que soplara, respetado por la muerte que desviaba los
cuchillos, bombas o balas que únicamente habían conseguido dejar cicatrices en
su cuerpo y recuerdos en su mente.
«Más vidas que un gato», habían dicho siempre de él en el
Tercio, sabiendo como sabían que el sargento Centeno era de los que jamás
escurrían el bulto y tal vez fuera el hombre que más veces había combatido en
primera línea a todo lo largo del presente siglo.
Había nacido casi al mismo tiempo que ese siglo, pronto
cumpliría, por tanto, cincuenta años y allí estaba, todavía en la lucha,
sobrevolando un mar azul y transparente que nunca esperó conocer, a la búsqueda
una vez más de enemigos a quien matar, con la única diferencia de que en esta
ocasión no se trataba de cabileños rebeldes, «rojos» españoles, partisanos
franceses o rusos y polacos contra los que le enviaban a pelear a ciegas, sino
que se trataba de sus propios y personales enemigos; aquellos que merecían
morir más que ningún otro.
Damián Centeno había olvidado ya las motivaciones de la mayoría
de las guerras en las que había combatido, pero sabía que jamás, por años que
pasaran, podría olvidar las razones por las que ahora iba a matar: se trataba,
pura y llanamente, de su futuro y su felicidad.
Cinco días sopló el viento.
Ni uno más. Ni siquiera una hora, porque al amanecer del sexto,
Sebastián, que se mantenía al timón alentado por la esperanza de que con la
primera claridad quizás alcanzaría a distinguir alguna señal de tierra en el
horizonte, advirtió de pronto cómo cesaba la maravillosa canción de las drizas,
las escotas y los obenques, y una tras otra las velas comenzaban a flamear sin
fuerza para quedar al fin mustias y fláccidas, muertas de nuevo; pero muertas
esta vez para siempre.
—¡Papá...! —llamó.
Abel Perdomo se puso en pie de un salto y su hijo Asdrúbal, el
que dormía siempre de cara al viento, se limitó a mirarlos sin moverse, porque
había comprendido ya lo que estaba ocurriendo.
—¡No! ¡Maldita sea...! ¡Otra vez no...!
Pero sabían que era así; que aquella brusca calma que caía de
improviso sobre ellos había sumido de nuevo al Océano en un profundo sueño, y
casi podían aspirar la quietud que crecía y en la que el «Isla de Lobos»
comenzaba a integrarse, vencida por las aguas la inercia que traía.
Se borró la estela de popa; el navío cesó de cabecear y el
silencio llegó a ser tan profundo que hacía daño a los oídos.
De un puñetazo Abel Perdomo hundió una de las putrefactas tablas
del tambucho de popa y el golpe resonó como un trueno, haciendo que su eco se
perdiera resbalando mansamente sobre la quieta superficie del mar.
—¿Por qué...? —exclamó—. ¿Por qué, Señor, cuando ya estábamos
tan cerca...? ¡Dos días más y hubiéramos llegado...!
Aurelia y Yaiza habían hecho su aparición sobre cubierta
alarmadas por el silencio y la inmovilidad del barco y observaron cómo el sol
comenzaba a hacer su aparición sobre un océano que parecía de aceite azul añil.
—¡Dios bendito...!
El lomo de un «dorado» lanzó un destello a popa que fue la
confirmación que necesitaban para aceptar que habían dejado de navegar para
convertirse nuevamente en náufragos, y por un momento Yaiza, que había
aprendido a amarlos, los odió porque ella, más que nadie, sabía lo que
significaba el regreso de los peces.
Abel Perdomo se volvió a su hijo mayor:
—Intenta calcular nuestra posición —rogó—. Toma el tiempo que
quieras, pero procura acertar.
Casi media hora después, tras comprobar y recomprobar sus
escasos datos, Sebastián aventuró no muy seguro de sí mismo:
—Dieciocho grados Norte, cincuenta y nueve Oeste... Quizá,
sesenta Oeste... —agitó la cabeza pesimista—. Eso nos sitúa a más de cien
millas al Nordeste de la isla de Antigua.
Su padre se volvió a Aurelia.
—¿Cómo estamos de agua...? —quiso saber.
—Unos cinco litros... Y lo que podamos destilar —Hizo un gesto a
su alrededor—. Pero ya no hay mucho que quemar... Está todo empapado...
Abel señaló hacia lo alto.
—Los palos no... Quemaremos el de Mesana, y si el viento vuelve,
que lo dudo, me arreglaré con la Mayor... —Lanzó un trozo de madera al agua y
lo estudiaron detenidamente—. Hay corriente... —señaló por último—. Nos empuja
hacia el Oeste.
—¿Qué fuerza tiene...? —quiso saber su esposa.
—Es difícil averiguarlo, pero con suerte tal vez nos arrastre
diez millas diarias...
Aurelia hizo un rápido cálculo mental y fue a añadir algo, pero
cambió de idea y mordiéndose los labios dio media vuelta y descendió de nuevo a
la camareta en la que fingió atarearse recogiendo las colchonetas que
descansaban directamente sobre el suelo desde que las literas habían sido
quemadas.
Yaiza hizo ademán de seguirla, pero su padre le interrumpió con
un gesto.
—Déjame a mí —pidió.
Abel Perdomo no recordaba haber visto llorar nunca a su esposa,
una mujer fuerte y valiente que había soportado con entereza las innumerables
pruebas que la vida había ido poniendo en su camino, pero ahora se diría que su
inquebrantable firmeza amenazaba con resquebrajarse y la obligó a tomar asiento
en aquel pequeño pedazo de suelo que era casi lo único que les quedaba ya.
—No me falles... —susurró con una suave sonrisa—. Los chicos te
necesitan más que nunca... Recuerda que aún continuamos juntos y continuamos
vivos... ¡No desesperes...!
—¡Pero es tan duro...! Os matáis bombeando agua todo el día y a
cada hora que pasa el nivel de ese agua aumenta... ¡Se me antoja todo
inútil...!
—¡Vivir no es inútil...! —respondió él—. Es lo único que
importa... No hemos criado a unos hijos, ni los hemos hecho llegar hasta aquí
para darnos ahora por vencidos... ¡Hay que continuar...!
—¿Pero continuar haciendo qué, Abel...? ¿Qué? Sin viento no
somos nada... Es la impotencia lo que me desespera... No podemos hacer nada...
¡Nada!
—Seguir a flote... Con eso basta... Tú lo dijiste el otro día.
Hay quien ha sobrevivido meses sobre una balsa y este barco es más que una
balsa...
—Ya no... —replicó segura de sus palabras—. Ya no, y tú lo
sabes... En una balsa no es necesario achicar constantemente... ¡Mírate...! Y
mira a los chicos... Tenéis los pies y las piernas ulcerados de estar todo el
día ahí abajo con el agua salada por las rodillas... Sebastián ya ni siquiera
puede caminar, y me doy cuenta de lo que sufre a pesar de que no se ha quejado
ni una sola vez... ¡Y la sed...! Trabajáis como locos y os estáis muriendo de
sed... —Apretó con fuerza la mano de su esposo y su voz se hizo aún más ronca,
bajando el tono y convirtiéndose en casi inaudible—. ¡No tengo miedo a morir,
Abel...! —añadió—. ¡No es eso lo que me asusta...! Lo que en verdad me espanta
es la idea de ver morir a mis hijos sin poder impedirlo... ¿Lo comprendes,
verdad?
—Sí... —admitió él—. Naturalmente que lo comprendo... Son
también mis hijos y también es eso lo que me aterroriza... ¡Yaiza es tan
débil...! Y a Sebastián lo veo tan vencido... Únicamente Asdrúbal se mantiene
entero...
—¡No...! —le contradijo ella—. No lo creas... Asdrúbal se
derrumbará en cualquier momento porque se siente culpable por cuanto ocurre...
¡Pero Yaiza aguantará...!
—¿Ya no se le aparece el abuelo...?
—A veces tengo la impresión de que sabe algo, pero no quiere
decirlo... Y eso me desmoraliza.
—¿Has hablado con ella...?
—Cuando se encierra en sí misma no hay quien le saque una
palabra... —Se encogió de hombros—. Tal vez sean imaginaciones mías y lo que
ocurre es que está tan cansada, sedienta y asustada como todos... O tal vez
también se sienta culpable... —Hizo un gesto hacia arriba—. Vuelve con ellos...
—pidió—. Te necesitan más que yo... Ha sido un mal momento, pero na pasado...
Tienes razón: seguimos juntos y vivos y hemos recorrido tres mil millas...
¡Demonios...! ¿Imaginaste alguna vez que este viejo cascarón fuera capaz de
semejante hazaña...? —Se esforzó por sonreír pese a lo fatigada que se
encontraba—. Prométeme que si nos lleva a tierra lo conservaremos para siempre,
pase lo que pase...
El le golpeó la mano suavemente, como dando por sentado que
aquello era algo fuera de toda discusión, y subió de nuevo a cubierta, donde
sus hijos aparecían sentados en silencio, contemplando desalentados aquel
Océano impasible.
—¡Asdrúbal, trae el hacha...! —ordenó roncamente—. Vamos a echar
abajo el mástil y cortarlo en pedazos... Si sabemos aprovecharlo puede dar agua
para un par de días... ¡Tú, Yaiza, ocúpate de pescar...! Necesitamos conservar
las fuerzas y ya los «dorados» son os únicos que pueden proporcionárnoslas,
porque se diría que hasta los «peces-voladores» han desaparecido... ¡Vamos...!
¡Moveos...!
Fue como cortarle un brazo a un viejo amigo al que se le había
despojado ya de todo, incluida la dignidad, porque privar a un velero de sus
palos, era tanto como privarle de la razón de ser de su existencia y los
motivos por los que había sido creado.
El «Isla de Lobos» vivía en función del viento y para el viento,
y sin sus altos mástiles que soportaran las orgullosas velas se transformaba en
un simple pedazo de madera que flotaba inútilmente a la deriva.
¿Cómo ser gobernado? ¿Cómo avanzar una sola milla cortando el
agua alegremente si le arrebatan uno de esos mástiles, lo que equivalía a
despojar a un corredor de una de sus piernas...?
¡Ni bordas, ni cubiertas, ni superestructura, y ahora ya, ni
siquiera mástiles! ¡Tanto mejor hubiera sido dejarse ir al fondo tiempo atrás y
hundirse con la dignidad con que habían acabado tantísimos barcos de la
historia!
Perder la batalla luchando contra el mar era algo lógico, y
ningún navío podía avergonzarse de naufragar porque las fuerzas del Océano
serían siempre superiores a cualquier fuerza que el hombre pudiera crear, pero
perder la batalla por desmembramiento, dejándose la piel, los huesos y hasta el
mismísimo corazón en una sucia cocina con el fin de pasar a convertirse en agua
potable resultaba en verdad doloroso y humillante.
Por eso, Abel Perdomo, para el que aquella altiva goleta había
constituido desde que tenía memoria parte de su existencia y lo más valioso que
hubiera poseído nunca, experimentaba no sólo tristeza al empuñar el hacha, sino
incluso vergüenza, como si cada golpe lo estuviera dando contra sí mismo, su
vida y su pasado, y a punto estuvo de que le saltaran las lágrimas cuando el
mástil cayó sobre lo que quedaba de cubierta, y le vino a la memoria con cuánto
amor su padre había elegido aquel tronco y juntos lo habían cepillado, lijado y
embreado para acabar ajustándolo donde ahora se encontraba.
Los años, el mar y el viento habían acerado aquella madera que
durante más de tres décadas había soportado el peso de las velas, el sol o las
borrascas, haciendo que el «Isla de Lobos» recorriera miles de millas sobre las
aguas en busca de atunes, langostas y sardinas, y sobre la cima de aquel
erguido palo habían pasado millones de nubes y habían dormido miríadas de
estrellas. A su sombra se acostaron tres generaciones de Perdomo «Maradentro» y
se había engendrado al actual primogénito de la estirpe, pero se dejó cortar
sin un gemido de protesta ni perder sus treinta años de altivez, aun a
sabiendas de que se encontraba con fuerzas suficientes como para empujar a la
goleta alrededor del mundo si el viento fuera bueno y el resto del navío
respondiera.
Dolía verle convertirse en astillas que iban desapareciendo una
tras otra en la negra y sucia boca de una herrumbrosa cocina, devorado por
aqueícruel e implacable enemigo al que siempre había temido: el fuego; el único
que en verdad podía vencerle definitivamente.
Y se hizo agua.
Y el hombre que lo había cepillado y pulido tantísimo tiempo
atrás bebió ese agua y en cierto modo pasó a formar parte de ese hombre, al
igual que formaba ya parte de su mente.
Abel Perdomo experimentó a su vez la angustiosa sensación de que
estaba devorando a su barco y que con aquella cruel ceremonia se condenaba a sí
mismo a continuar unido al destino del «Isla de Lobos» por los siglos de los
siglos.
Al caer la noche su hija vino a tomar asiento a su lado y le
acarició el antebrazo con ternura:
—No te entristezcas... —dijo—. «El» sabía que nunca podría
llegar a América... Pertenece a la otra orilla...
—¿Ya qué orilla pertenecemos nosotros...?
La chiquilla, de la que podría creerse que había madurado veinte
años en el transcurso de aquella larga travesía, se encogió de hombros
mostrando su ignorancia:
—¿Quién sabe...? —replicó—. Los humanos podemos adaptarnos a los
cambios... Los barcos, no... —sonrió—. No cuando se está ya tan viejo y tan
cansado como éste...
—Yo también estoy viejo... Y muy cansado... ¿Crees que sabré
adaptarme a la otra orilla...?
La muchacha que desde el día en que nació «aplacó a las bestias,
atrajo a los peces, alivió a los enfermos y agradó a los muertos» nada dijo,
porque desde mucho atrás presentía que para aquella pregunta no existía
respuesta. Apoyó la cabeza en el hombro de su padre tal como solía hacerlo
antes de que su cuerpo de mujer la expulsara de su maravilloso paraíso
infantil, y permaneció muy quieta escuchando los latidos del corazón que
palpitaba en el interior de aquel enorme y velludo pecho junto al que siempre se
había sentido protegida.
—Te quiero... —susurró.
Abel Perdomo bajó los ojos, la miró con ternura y sonrió
levemente:
—Yo también, hija... Yo también.
—Pero nunca me lo dices...
—Porque ya eres mujer.
—¿Qué tiene que ver...? Ahora es cuando más necesito oírlo... A
los demás no les creo.
—¿Por qué?
—Porque ya no me quieren... No como tú.
—No puedes pretender seguir siendo niña para siempre —le ;
advirtió—. Es propio de cobardes y tú has demostrado que no eres cobarde... Y,
además, eres hija mía: una «Maradentro».
Ella negó moviendo apenas la cabeza:
—Los «Maradentro» siempre fueron hombres... Recuerda que yo soy
la primera chica que nace en la familia en el transcurso de las cuatro últimas
generaciones...
—Aunque así sea, continúas siendo una «Maradentro»... Llevas mi
sangre, la del abuelo Ezequiel, y la de algunos de los hombres más valientes
que han navegado nunca... ¿Sabías que tu bisabuelo Zacarías hizo la ruta a
China por el Cabo de Hornos dieciocho veces...?
Yaiza Perdomo lo sabía. Lo sabía de memoria, porque las
aventuras del bisabuelo Zacarías habían sido las más contadas en la historia de
la familia, pero no dijo nada y permitió que su padre repitiera de nuevo las
andanzas —en su mayor parte imaginadas— que se habían ido transmitiendo a lo
largo de los años. Se sentía bien allí, recostada en el hombro en el que
siempre había deseado recostarse, sintiendo el fuerte brazo alrededor de su
espalda y escuchando aquella voz ronca y profunda que constituyera desde que
tenía memoria una de las columnas fundamentales de su hogar.
Se durmió así, abrazada a su padre, que acabó por dormirse a su
vez, y ninguno de ellos hubiera podido decir cuánto tiempo permanecieron
soñando con grandes vasos de agua, heladas cervezas, o desconocidos ríos
saltarines hasta que un sordo rumor que crecía y crecía precipitándose sobre
ellos como un monstruo apocalíptico les obligó a despenar dando gritos.
Era inmenso. Inmenso en altura, eslora y poder, e inmenso en su
estruendo y su iluminación, pues de proa a popa aparecía encendido y
resplandeciente y llegaba con la potencia y la velocidad de un tren expreso
dispuesto a aniquilar a la diminuta embarcación que había tenido la mala
ocurrencia de cruzarse en su camino.
Los enfilaba rectamente y no existía forma humana de esquivarle,
pues su altísima y afilada proa era como «La Espada de Dios» que viniera a
segar sus vidas para siempre.
Aullando, aunque sus alaridos y agitar de brazos se perdían en
la nada y en la noche ahogados por el retumbar de los motores y el batir de las
hélices, contemplaron horrorizados cómo aquella ingente masa de hierro y luces
se precipitaba sobre el «Isla de Lobos» para enviarle al más profundo de los
abismos de un solo golpe, pero en el último momento y sin más razón que el
capricho del destino o la voluntad del abuelo Ezequiel que desvió un punto el
pulso del timonel, el «Mongolia» varió su rumbo un grado a estribor, y pasó y
siguió pasando durante un tiempo que se les antojó infinito a no más de quince
metros de distancia.
Atrapada de plano por la marejada enloquecida que provocaban las
enormes hélices, la goleta se estremeció de proa a popa, crujió, cabeceó y se
balanceó a punto a cada instante de mostrar su quilla al aire; se sacudió
arrojando de un lado a otro a sus pasajeros que tuvieron que aferrarse entre sí
y a cuanto encontraban, y con el último y definitivo esfuerzo de su larga
existencia resistió aturdida los embates de aquel Océano violentamente
despertado de su largo sopor y quedó meciéndose herido de muerte sobre unas
aguas que, poco a poco, volvían a amansarse. Aquél había sido su canto del
cisne, y lo sabía.
Mudos van e inmóviles los muertos,
la sombra de la vela les protege,
el mar se lamenta bajo la curva quilla,
y el sol marca el camino del Oeste...
Ya el «Isla de Lobos» no se le antojaba «el callado barco de los
muertos». Ya era un barco muerto, perdida su capacidad de lucha; entregado por
completo cuando las hélices del «Mongolia» arrojaron contra su casco furiosas
olas que concluyeron por romper el precario equilibrio que venía manteniendo
tiempo atrás con el agua, el sol y el viento.
Si al arrancarle tan cruelmente el mástil de Mesana lo habían
convertido en un ente agonizante, el zarandearle de forma tan brutal lo había
rematado, y se iba descomponiendo a ojos vista, como la putrefacta carne de un
cadáver que comienza a heder y a caerse a pedazos sin que exista fuerza alguna
capaz de contener su deterioro.
Y si, como Abel Perdomo dijera un día, donde mejor se captaba el
espíritu de un barco era en las vibraciones de su timón, resultaba evidente que
a la goleta le había abandonado ya ese espíritu, pues su timón no era más que
una rueda cuyos giros nada significaban y ninguna orden transmitían.
Un tronco de árbol, una simple rama o una botella a la deriva
hubiera navegado con más gracia y entusiasmo que el «Isla de Lobos», que
escorado de babor y levemente hundido por la proa, ni siquiera se esforzaba por
fingir que era un barco o recordar a quien pudiera verle que en un tiempo hizo
frente a olas de cuatro metros.
Echaron abajo también el mayor de los palos que se había
convertido más en peligro que en ayuda, y tuvieron que arrancar de sus soportes
la cocina y calzarla con tacos para poder quemar el mástil y transformarlo a su
vez en agua dulce.
En las bodegas no existía ya una concreta vía de agua contra la
que luchar desde dentro o haciendo que Sebastián y Asdrúbal se sumergieran por
fuera mientras Abel permanecía atento a la presencia de tiburones, porque ya el
agua se filtraba por cada una de las junturas de los mamparos e incluso
rezumaba a través de la empapada madera.
El desánimo con que aquel cadáver de navío se mantenía a duras
penas sobre el Océano se había transmitido también a sus pasajeros, que se
tumbaban sobre cubierta a la sombra de la mayor de las velas que habían
extendido sobre los muñones de lo que fueran mástiles, preguntándose una y otra
vez por qué razón había querido el destino que aquel inmenso buque tuviera que
cruzarse con ellos en plena noche.
—Tres horas antes y podría habernos visto... ¡Sólo tres horas y
estaríamos a salvo...!
—No pienses más en ello...
Aurelia se volvió a Asdrúbal, que era quien había hablado.
—¿Por qué? —quiso saber—. ¿Por qué no tengo derecho a maldecir
nuestra suerte al menos una vez en la vida...?
—Porque tan sólo conseguirás desesperarte y con ello no harás
que ese barco vire en redondo... A estas horas debe de estar en América.
—¡No hay derecho...! No. No hay derecho a que Dios juegue de
esta forma con nosotros... ¿Qué delito hemos cometido...?
—Matar a un hombre... A un muchacho. Casi un niño.
Aurelia lanzó una larga y severa mirada a su hijo:
—¡No te consiento que digas eso...! —señaló—. No admito que todo
cuanto nos está ocurriendo sea un castigo por aquello... ¡No es justo!
—¡Más injusto sería que nos lo impusieran por capricho...!
—Asdrúbal hizo una pausa y sin mirar directamente a su madre, añadió—: Déjame
creer que es un castigo, porque si ocurriera un milagro y nos salváramos
tendría derecho a considerar que ya he cumplido mi pena... —Alzó el rostro—. No
creo que nadie haya pagado tan duramente por algo que hizo sin intención de
causar daño... —Señaló con un gesto hacia su hermano que dormitaba unos metros
más allá—. La primera noche dijo que aquella muerte no me afectaba únicamente a
mí, sino que era un problema de toda la familia... ¡Bien...! Ya toda la familia
ha pagado... ¿Y ahora qué...?
La respuesta llegó dos días más tarde, cuando a media mañana se
escuchó un grito, y al alzar el rostro pudieron advertir cómo una «fragata»
trazaba amplios círculos sobre lo que quedaba de navío, fijada su atención en
los «dorados», parecía comprobar que eran demasiado pesados para sus fuerzas, y
con un nuevo graznido que sonó a despedida reemprendía el vuelo hacia el Oeste.
La emoción era demasiado intensa para que en un principio
pudieran pronunciar una sola palabra. Se limitaron a mirarse y lágrimas de
alegría asomaron a sus ojos, porque todos cuantos se mantenían sobre la
cubierta del «Isla de Lobos» sabían lo que significaba la presencia de aquella
ave.
Si había abandonado su nido al amanecer llevaba algo más de tres
horas volando y probablemente no lo había hecho en línea recta:
¿Qué distancia podría haber recorrido en ese tiempo...?
¿Cuánto tardaría en regresar a tierra volando directamente hacia
el Oeste...?
—¿Qué sabes de las «fragatas»...?
Sebastián, que era a quien su padre le había hecho directamente
la pregunta, se encogió de hombros:
—¿Qué quieres que sepa...? —replicó—. Supongo que no todas
tienen las mismas costumbres ni vuelan a idénticas distancias... Dependerá de
la riqueza del mar que rodee su zona de anidaje... Y de la época del año...
Cuando emigran pueden recorrer cientos de millas.
—Cuando emigran lo hacen en bandadas y ésta iba sola... —Abel
Perdomo estudió la superficie del agua como si tratara de descubrir en ella
secretos y señales que nadie más supiera descifrar, y sacudió la cabeza con un
brusco ademán—: Juraría que ya no nos encontramos sobre el abismo y esto
empieza a dejar de ser Océano para convertirse nuevamente en mar... —Se volvió
a Sebastián—. Por favor, hijo, comprueba nuestra posición... O yo no he
navegado nunca, o estamos a menos de sesenta millas de tierra... Y la corriente
continúa empujándonos...
Cuando Sebastián concluyó sus cálculos alzó el rostro hacia su
padre y sonrió:
—Sigues siendo el mejor... —admitió—. Por debajo de los
dieciocho grados Norte, y casi en los sesenta Oeste... Si este Atlas no se
equivoca, eso debe de caer por aquí: a unos cien kilómetros de Guadalupe... Eso
quiere decir que hemos derivado mucho hacia el Sur en estos días...
—Eso es bueno... —admitió su padre—. Todo lo que sea moverse, es
bueno... —Su pregunta iba ahora dirigida a Asdrúbal, que había escuchado en
silencio—. ¿Qué opinas...? ¿Aguantará tres días?
—No.
La respuesta fue tajante, pero no pareció sorprender a Abel
Perdomo, que sin duda también la conocía, e insistió:
—¿Cuánto...?
—Será un milagro si mañana por la noche no nos llega el agua a
los tobillos... —Hizo una pausa—. Y con un barco tan pesado la deriva será
mucho menor. Cada vez avanzaremos menos.
—Entiendo... —Su padre meditó unos instantes y luego señaló
hacia adelante—. Quiero que esta tarde amontonéis sobre los travesaños de proa
todas las velas, colchonetas y ropa seca que tengamos. No nos dejaremos
sorprender otra vez, y si divisamos un barco le prendemos fuego. Tal vez lo
vean y vengan a buscarnos...
—¿Y si incendiamos el barco...?
Abel Perdomo sonrió a Yaiza, que era quien había hecho tan
absurda pregunta:
—Pequeña... —replicó—. Para prenderle fuego a este barco harían
falta mil litros de gasolina... Está tan empapado como un bizcocho borracho.
Cayó la tarde y llegó la noche, pero aunque permanecieron
atentos a cualquier señal de vida o la más mínima luz que pudiera distinguirse
en la distancia, la vigilia colectiva resultó infructuosa y la noche continuó
siendo tan oscura, calurosa, vacía y silenciosa como venía siéndolo desde que
la travesía comenzara.
Pero el amanecer trajo una nube en el horizonte, allá por el
Oeste. No era muy grande, ni muy oscura, pero lo más importante en ella era que
permanecía en el mismo punto hora tras hora, lo cual no resultaba extraño, ya
que la calma era absoluta, aunque sí en cierto modo intrigante, pues no
resultaba lógico que a mayores alturas tampoco soplara viento suficiente como
para desplazar un sencilla nube.
—Tal vez sea tierra.
Nadie hizo comentario alguno, porque tenían ya las gargantas
demasiado resecas y los labios excesivamente cuarteados por el sol y la sed.
Aurelia había establecido la ración de agua del día en tres dedos del fondo de
un cazo, y quedarse muy quietos y en silencio a la sombra del toldo era la
única forma de mantenerse con vida, olvidando la tarea de achicar el barco o
tan siquiera preguntarse si sería o no tierra firme lo que se ocultaba tras
aquella confusa nube del horizonte.
La noche fue larga.
La pasaron despiertos, buscando de nuevo una inexistente luz en
la oscuridad, y el día que siguió, dormidos, procurando escapar de los
tormentos de la sed. El calor aumentaba por momentos y el sol del trópico
amenazaba con taladrar las gruesas lonas y taladrarles igualmente el cráneo
para acabar abrasándoles unos cerebros ya resecos por la sed, el calor y la
fatiga.
No volvió ese día la «fragata». Ni ella, ni ninguna otra ave, y
tan sólo los «dorados», algunos «peces voladores» que saltaron muy lejos y un
enorme tiburón, el extremo de cuya aleta sobrepasaba ya la parte más baja de la
borda, les hicieron compañía.
Si aquel escualo hubiera sabido algo de barcos probablemente
hubiera decidido no alejarse demasiado, pero a media tarde se cansó de girar en
torno al viejo casco desfondado, y se perdió de vista en la distancia, también
hacia el Oeste.
No comieron. Ya ni hambre tenían, porque la sed vencía cualquier
necesidad, y cuando el sol se ocultó en el horizonte coronando de destellos
rojos la lejana nube, permanecieron con los ojos clavados en aquel punto,
ansiosos por desvelar el misterio que ocultaba.
—Es tierra... —musitó de nuevo Abel Perdomo—. Estoy seguro de
que es tierra...
Ésa noche Yaiza comenzó a delirar, y entre las pesadillas que le
asaltaron una le obligó a gritar, pues vio claramente a su abuelo Ezequiel que
venía a despedirse, y acudió también «Seña» Florinda, que no la visitaba desde
hacía tres años, así como dos muchachos que se habían ahogado en Cabo Juby
cuando las terribles tormentas del cuarenta y seis.
Tampoco esa noche cruzó por las proximidades ningún buque, y el
«Isla de Lobos» embarcó tanta agua que resultaba imposible mantenerse en pie
sobre cubierta.
—Esto se hunde, padre... —susurró Sebastián aproximando mucho la
boca a su oído—. Mejor sería que echáramos el bote al agua y Yaiza y mamá
durmieran en él... Lo sujetaremos a popa con un cabo que en el último momento
podríamos cortar.
—Tu madre no querría... —replicó Abel Perdomo convencido—. La
conozco bien y sé que no querría.
—¡Pero tenemos que salvarlas...!
—Lo sé, hijo... —replicó palmeándole la pierna en un intento de
tranquilizarle—. Pero no te preocupes. Este barco no se irá al fondo esta
noche... Aún es capaz de aguantar unas horas...
—Tengo miedo.
—Yo también, hijo... Yo también...
Ningún amanecer se hizo nunca esperar tanto; jamás el sol se
mostró tan remiso a salir de su cueva, y tampoco el alba descorrió tan despacio
los velos de la noche, como si temiera iluminar aquel paisaje muerto, de mar
siempre dormido, de aire siempre quieto y horizontes siempre planos, en cuyo
centro destacaba, como el capricho de un loco pintor futurista, la ruina de una
vieja goleta recostada sobre su banda de estribor.
O quizá lo que temía era tener que iluminar a aquellos cinco
seres, a los que la nueva luz vendría a confirmar que concluían al fin sus
esperanzas.
El sol acabó por nacer, barrió velozmente con sus primeros rayos
la quietud de las aguas; golpeó los rostros anhelantes, y descubrió que, en
efecto, allí, bajo la nube, se encontraba la tierra.
¡Pero tan lejos...!
Tan lejos como el día en que zarparon de Playa Blanca a bordo de
un barco aún vivo al que empujaba un viento amigo; tan lejos como había estado
siempre América hasta aquella malhadada noche de San Juan; tan lejos como
podría encontrarse Lanzarote en ese instante.
O tan lejos como estaría una roca de otra roca cuando ninguna de
ellas es capaz de moverse.
Y el «Isla de Lobos» ya no se movía.
Ni se movía el aire, ni se movía el mar, ni mucho menos se movía
la bruma que durante tres días habían confundido con una nube y que ocultaba la
isla.
—¿Qué isla..,?
—Guadalupe, sin duda alguna... O quizá se trate de este pequeño
islote, La Desirée, que se ve aquí, a su derecha...
—¡La Desirée...! —exclamó Aurelia recordando su francés del
colegio—. «La Deseada.» ¡Qué justo nombre...! Probablemente se lo puso alguien
que, como nosotros, venía de atravesar este infinito Océano...
Abel Perdomo pareció no escucharla, absorto como estaba en sus
propios pensamientos y tras meditar tan sólo unos instantes, echó una larga
mirada al barco, comprobó que la escora hacía que el mar penetrase sin
oposición alguna hasta casi la camareta, y calculó el tiempo que aún podría
mantenerse a flote. Al carecer casi por completo de cubierta que hubiera podido
formar bolsas de aire en las bodegas, sus horas se encontraban contadas, y
bastaría un brusco movimiento para que girara sobre sí mismo mostrando al fin
la quilla al aire.
—¡Echa el bote al agua...! —ordenó a su hijo Asdrúbal—. Y átalo
a ese cabo...
La embarcación, de dos metros de eslora por uno de manga y fondo
plano, era en realidad un minúsculo «chinchorro», práctico tan sólo a la hora
de desembarcar del fondeadero a la playa, y quedó meciéndose sobre las quietas
aguas como un plato en un fregadero, y al verlo así frente a la inmensidad del
mar que tenía a su alrededor, tomaron plena conciencia de su absurda pequeñez.
Abel Perdomo extendió la mano hacia su hija:
—¡Yaiza...! Tú a proa... Con cuidado y procura no moverte...
La muchacha aceptó la mano que le tendía y nada dijo. Bajó los
ojos y con sumo cuidado pasó al bote para ir a tomar asiento acurrucada como
una animalito asustado.
—¡Sebastián...! ¡Tú al remo de estribor...! Asdrúbal al de
babor, y mamá aquí, a popa.
Se miraron.
La pregunta parecía inútil, pero, aun así, Aurelia decidió
hacerla:
—¿Y tú...?
—Yo me quedo.
Se encontraban ya los cuatro acomodados, mientras Abel sujetaba
la borda del «chinchorro» que apenas sobresalía una cuarta por encima del agua,
y resultaba evidente que un hombre de su tamaño lo hubiera enviado al fondo de
inmediato:
—Si te quedas nos quedamos todos... —respondió Aurelia con
firmeza—. Somos una familia.
—Y yo soy el cabeza de esa familia... Y también el capitán de
este barco y el que da las órdenes... ¡Tenéis que iros! —Miró directamente a
sus hijos, que permanecían muy quietos, mirándole a su vez, y su voz no admitía
réplica—. ¡Tenéis que remar todo el día, y toda la noche también si es
necesario...! De vosotros depende que os salvéis, y que al llegar a tierra
podáis enviarme ayuda. ¡Remad despacio, hijos...! Tenéis tiempo y el mar está
en calma... Tomad el agua... ¡No discutas! —le reprendió a su esposa, que hizo
ademán de protestar—. La necesitaréis más que yo... —Trató de sonreír—. ¡No
temas...! No es la primera vez que naufrago... Con suerte, el barco se volteará
y si queda aire en la bodega, puede flotar un par de días... Me subiré a la
quilla... ¡Remad! —suplicó roncamente—. La vida de todos depende que seáis
capaces de hacerlo sin descanso... —Soltó la amarra y empujó para que el bote
se alejara mansamente unos metros—. ¡No digáis nada...! —rogó—. No perdáis
tiempo... ¡Remad...!
Sus hijos obedecieron.
Lenta, acompasada y rítmicamente comenzaron a bogar al igual que
lo habían hecho miles de veces en el Canal de la Bocaina o en las proximidades
de Isla de Lobos, cuando andaban a la búsqueda de caladeros.
Palada tras palada se fueron alejando mientras sus ojos, al
igual que los de su madre y su hermana, permanecían clavados en aquel ser que
adoraban y que desde la inclinada cubierta de lo que había sido una goleta, los
miraba con idéntica fijeza.
Cualquier palabra hubiera resultado inútil. El silencio y las
calladas lágrimas que enturbiaban la vista eran más elocuentes que todos los
discursos, y el dolor de la separación tan fuerte y tan profundo, que hasta los
sollozos se apelotonaban sin poder escapar de las gargantas.
Asdrúbal y Sebastián apretaban los dientes y bogaban. Yaiza se
mordía las manos para no estallar, y Aurelia, vuelta la cabeza, veía
empequeñecerse en la distancia al hombre al que amaba, mientras por su mente
cruzaban como entre sueños todos los recuerdos de una vida en común.
Por un instante estuvo a punto de deslizarse al agua y regresar
nadando para continuar compartiendo lo que quedaba de esa vida, pero comprendió
que al hacerlo condenaba también a sus hijos. Su puesto estaba allí, en la popa
de aquella barca de juguete que apenas avanzaba hacia una mancha en la
distancia que era América, aunque su corazón quedara a bordo de un barco que
iba a hundirse, unido para siempre al destino de un hombre que pronto iba a
morir.
Aquélla era una tragedia silenciosa, de la que únicamente era
testigo el silencioso Océano.
—Dicen que el negro había matado a un blanco en una pelea limpia
en la que el ofensor había sido el blanco, pero que las autoridades no tuvieron
en cuenta esa circunstancia, y condenaron al negro a muerte, confinándole en el
fondo de una oscura y profunda mazmorra hasta el día en que fuera ejecutado
públicamente para escarmiento de todos aquellos que sintiesen la tentación de
querer considerarse semejantes a un blanco... —El anciano aspiró de su larga
cachimba torcida y resobada, hizo una pausa para que sus oyentes recapacitaran
en el auténtico significado de sus palabras, y tras lanzar un denso chorro de
humo, continuó en el mismo tono monocorde y sin inflexiones—: Yo recuerdo muy
bien a la mujer de aquel negro; a su amante, o su esposa ante Dios, ya que no
ante la ley, pues en aquel tiempo los negros no teníamos derecho a ley,
ninguna, incluida la de casarnos... Era una muchacha hermosa y siempre alegre,
de boca grande y voz sonora, cuyas manos estaban especialmente dotadas para el
barro con el que construía figuras, platos y jarras que luego vendía en el
mercado, anunciándose con tan graciosas canciones que todas las damas de la
ciudad —y muchos hombres que no buscaban precisamente su cerámica— acudían a
comprarle...
Alzó el rostro, su mano se crispó sobre el vaso vacío, y Damián
Centeno comprendió lo que eso quería decir, por lo que hizo un gesto al
camarero que se aproximó con la botella del oscuro y denso brebaje que el
narrador bebía:
—Pero aquella negra amaba a su hombre, señor... Lo amaba por
encima de todo, y acudió al juez, a la policía, y a las autoridades de .
Saint-Pierre en demanda de perdón, llamando a todas las puertas para conseguir
que la pena se conmutara por otra más acorde con la realidad de los hechos...
—Hizo una nueva pausa y bebió despacio, con un placer que indicaba que aquél
era ya el único placer que le quedaba en esta vida—, Pero esas puertas se
cerraron, señor... Los blancos no la escuchaban, e incluso los de su propia
raza se burlaban de ella, y quienes no pudieron poseerla cuando tenía quien la
defendiera pretendieron meterse a la fuerza en su cama, porque sabían que vivía
sola en una apartada cabaña, a la orilla del mar, allí, justo en aquella punta
que puede usted ver desde aquí... Nadie respetó su dolor y su angustia, ni
nadie respetó el hecho de que el hombre al que pertenecía se estaba pudriendo
en una mazmorra a la espera del día en que lo ahorcaran.
Damián Centeno observaba al negro, atraído por los millones de 1
arrugas que surcaban su rostro, sereno pero al propio tiempo profundamente
triste, como si una insoportable amargura, un horror inimaginable hubiera
tallado cada una de sus facciones y hubiera dotado de tan extraña expresión a
sus ojos, y luego se volvió a comprobar la fascinación con que el chiquillo que
le había llevado hasta la taberna escuchaba a su vez un relato que sin duda
habría oído cientos de veces, pero que aun así le continuaba subyugando.
—¡Qué terrible, señor...! ¡Qué terrible...! Saint-Pierre era
entonces capital de Martinica: una ciudad hermosa, con grandes avenidas,
palacios, hoteles, teatros y un precioso muelle en el que recalaban navíos
llegados de todos los rincones del mundo... Era un lugar muy lindo, señor,
donde incluso hasta los negros vivíamos a gusto cuando los blancos nos lo
permitían... —Agitó la cabeza incrédulo—. Pero aquella mujer odió a la ciudad
que tan cruel y despiadada se mostraba con ella, y usted debe saber, señor, lo
que significa el odio de una mujer cuando llega al extremo de la
desesperación... —Chasqueó la lengua—. ¡Y llamó a «Elegbá»! ¡Elegbá, Elegbá!
—gritó—. Yo te conjuro con todos mis poderes para que maldigas a esta ciudad
sin corazón que quiere arrebatarme lo que amo y se burla de mí...
Bebió esta vez con más ansia, porque se diría que a medida que
su relato iba ganando en intensidad él mismo se excitaba.
—¡Y la diosa Elegbá la escuchó, señor...! No me pregunte por
qué, pero desde lo más profundo de las selvas dahomeyanas, Elegbá oyó la voz de
aquella hermosa negra cuyos antepasados habían llegado siglos atrás desde esas
mismas selvas y respondió... Y la montaña dormida, la montaña pelada, el
Montpelé rugió, advirtiendo a los blancos y a los negros lo que podía
sucederles si continuaban haciendo daño y ofendiendo a una sierva de Elegbá...
El viejo agitó la cabeza nuevamente y su mirada se clavó ahora
en la inmensidad del mar que se abría ante él, y sobre el que únicamente
destacaban las diminutas piraguas de algunos pescadores.
—¡Qué terrible, señor...! ¡Qué terrible...! Nadie quiso escuchar
aquel aviso, y cuando la negra amenazó con ir más lejos y pedirle a la montaña
que realmente mostrara su poder, los blancos la arrojaron del Palacio de
Justicia y los negros, hombres y mujeres, la persiguieron por las calles,
apedreándola y prometiendo colgarla del mismo cadalso que a su amante si
regresaba a la ciudad.
—Era el ocho de mayo. El ocho de mayo de mil novecientos dos,
señor... Un día que seguirá maldito hasta el fin de los siglos. —Hizo una nueva
pausa—. Mi amo me había enviado a Fort-de-France a entregar los caballos que
había vendido a un plantador, y yo regresaba a casa, contento por haber hecho
bien mi trabajo, aunque intranquilo por los rugidos de aquella montaña
aterradora, el continuo estremecerse de la tierra, y el insoportable olor a
azufre que flotaba en el aire.
Ahora el anciano del millón de arrugas apuró su vaso y lo colocó
boca abajo sobre la mesa, como si quisiera indicar que tanto sus ansias de
beber como su relato concluían:
—Al coronar la cima, allí, en aquella cresta del fondo, detrás
del picacho gris, me detuve un instante a observar la montaña que no cesaba de
gruñir, y de pronto, señor, y lo juro por mis hijos que murieron aquel día, vi
cómo la falda del Montpelé se abría como si le hubiera nacido una boca inmensa
roja y redonda, y de esa boca surgió una lengua de fuego; una larga llamarada
que fue como flotando por el aire directamente hacia Saint-Pierre, girando y
retorciéndose, silenciosa y espeluznante, y tras atravesar de parte a parte la
ciudad, llegó al puerto, se tragó a los barcos y se alejó sobre el mar como una
inmensa bola que se deslizara inofensivamente para perderse de vista en el
horizonte.
—Cuando busqué con la vista, señor, no había ciudad. Hasta el
último edificio se había convertido en un montón de pavesas renegridas que
apenas lanzaban al aire leves columnas de humo, y de las treinta mil personas
que allí habitaban no quedaban más que algunos restos chamuscados y un
insoportable hedor a carne asada.
»La montaña quedó en silencio, y en ese mismo silencio continúa
desde entonces cumplida la venganza de Elegbá. Corrí a Fort-de-France a contar
lo que había visto y no quisieron creerme, tomándome por loco o por borracho,
pero cuando otros testigos también acudieron y regresamos a la ciudad maldita,
ni un ser vivo quedaba... —Se diría que se le saltaban las lágrimas al recordar
aquellos lejanos días—. ¡Ni un ser vivo, Señor...! Ni un hombre, ni una mujer,
ni un niño... ¡Nadie, excepto aquel odioso negro por el que todo había
comenzado, y que por capricho de la diosa Elegbá, o por la protección que le
brindó el encontrarse en el fondo de la más profunda e impenetrable de las
mazmorras, fue el único que pudo soportar el terrorífico calor de aquella
lengua de fuego que yo vi, y que en apenas unos segundos fundió como si fueran
de cera las llaves, las cadenas e incluso los gruesos barrotes de las celdas de
la cárcel... Así murió, señor, Saint-Pierre de La Martinica, la más bella
ciudad que nunca haya existido...
—¿Qué fue de la negra...?
—Se volvió loca, señor... Al igual que su hombre, al que ya
habíamos sacado trastornado de su celda... A él le volvió loco el miedo; a ella
el horror por el mal que había hecho... Vagaron un tiempo por la isla y una
noche se arrojaron juntos a un abismo... ¡Qué terrible, señor...! ¡Qué
espantosa tragedia...!
Recorriendo más tarde cuanto quedaba de lo que debió de ser
cincuenta años atrás una hermosa ciudad alegre y divertida, y contemplando los
muñones renegridos de lo que fueron gruesas columnas o el amasijo en que se
habían convertido las cancelas, Damián Centeno admitió que, en efecto, debió de
tratarse de la más espantosa tragedia colectiva que vivió la Humanidad hasta el
día en que estalló una bomba en Hiroshima.
El era un hombre experto en destrucciones. Había visto tantas
ciudades aniquiladas que cuando dejó a sus espaldas un Berlín arrasado e
irreconocible, llegó a la conclusión de que ya nada en este mundo podría
impresionarle, pero el contemplar aquellas calles que un día, en un instante,
en cuestión de segundos habían resultado calcinadas por culpa de la maldición
de una negra vengativa, le producía una extraña angustia, como si de pronto
comprendiera que aún no lo había visto todo en este mundo y existían fuerzas
que estaban más allá de lo que nunca hubiera deseado conocer.
El sol comenzaba a ocultarse en el mar tiñendo de un rojo fuerte
el horizonte del Caribe, y las sombras cubrían la inquietante silueta del
Montpelé, amenazando con extenderse muy pronto sobre el esqueleto de la ciudad
destruida. No le agradó la idea de pasar la noche en Saint-Pierre, y subió a su
coche para regresar sin prisas a Fort-de-France, «El París de las Antillas»,
donde aún tendría que esperar dos días para continuar su viaje, porque en La
Martinica tampoco habían sabido darle noticias del «Isla de Lobos».
—Si viene a vela no llegará nunca... —le aseveró un atildado y
ceremonioso oficial de Marina—. Estamos sufriendo unas calmas como no se
recuerdan en medio siglo... ¿Cómo se les ocurrió escoger esta época del año
para la travesía...? Tenían que esperar a diciembre... Perdone que le diga,
Monsieur, pero esos parientes suyos deben de estar locos... ¡Únicamente un loco
decide hacerse a la mar en estas fechas...!
—No les quedaba otro remedio...
El interés del francés pareció avivarse de improviso:
—¿Acaso escaparon por motivos políticos...? ¿Fugitivos de la
Dictadura...?
—Más bien fugitivos del hambre, Monsieur. Entre otras cosas...
El oficial agitó la cabeza comprensivo:
—¡Bien...! Le prometo hacer cuanto esté en mi mano... —señaló—.
Consultaré con mis compañeros de Guadalupe y María Galante por si han recalado
allí, pero le repito que con semejantes calmas no debe abrigar demasiadas
esperanzas... Tal vez más al Sur; en Barbados o Trinidad... El viernes tiene
usted un barco...
Damián Centeno había aprovechado ese tiempo para conocer un poco
la isla, y su deambular le había llevado hasta aquel lugar maldito que le había
impresionado porque, aunque nunca fue amigo de leyendas y fantasías, el tono
con que el viejo negro contaba su historia no le dejó lugar a dudas sobre el
hecho de que había sido años atrás uno de los escasos testigos que presenciaron
cómo la tierra se abrió como si de un gigantesco dragón se tratara, lanzando su
aliento de fuego sobre una ciudad que había conocido en propia carne lo que
significaba descender a los infiernos.
Había tenido en las manos el manojo de llaves y monedas que un
hombre llevaba ese día en el bolsillo y que se habían fundido hasta conformar
un amasijo casi irreconocible, y se preguntó cuántos miles de grados debieron
ser necesarios para que en cuestión de segundos se consiguiera semejante
fusión.
Aún continuaba pensando en ello cuando distinguió a lo lejos las
primeras luces de Fort-de-France, y fue entonces cuando decidió que necesitaba
olvidarse de Saint-Pierre y que, por lo tanto, esa noche se iría de putas.
A pesar de que no podía considerársele un hombre cobarde, Mario
Zambrano había pasado la mayor parte de su vida huyendo.
A los veintidós años huyó de su casa, incapaz de soportar por
más tiempo las constantes disputas entre sus padres, sus hermanos y sus tíos,
pues el hogar de los Zambrano, en Granada, se había convertido en aquella
primavera de mil novecientos treinta y seis, en una especie de anticipo de lo
que sería meses más tarde el país entero. Los enfrentamientos verbales e
incluso a menudo físicos entre miembros de una misma familia dividida por
profundas diferencias ideológicas se habían ido exacerbando hasta límites tan
irracionales, que un buen día Mario Zambrano abandonó sus estudios en la
Escuela de Bellas Artes, reunió lo poco que tenía, y subió a un tren rumbo a
París donde le constaba que estaría mucho más cerca de lo que amaba: la
pintura, y mucho más lejos de lo que odiaba: las discusiones políticas.
No le sorprendió que al poco tiempo España se enfrascara en una
guerra civil, porque aquélla era una guerra que había estado esperando día tras
día desde muchísimo tiempo atrás, visto que ni siquiera seres de una misma
sangre y una misma educación conseguían ponerse de acuerdo sobre la forma en
que deseaban gobernar o ser gobernados.
Sintiéndose español hasta la médula, decidió no obstante
aislarse por completo de aquella repugnante contienda, negándose a leer una
sola noticia que se refiriese a su país durante los tres años siguientes, y,
aun sintiéndose muy integrado también a su familia, decidió de igual modo
romper sin abrir las canas que recibía, pues le aterrorizaba la idea de
averiguar cuál de sus hermanos había sido el causante de la muerte de otro
hermano o de su propio padre. Le espantaba tener que llorar por los muertos casi
tanto como tener que aborrecer a los vivos, y consideró que, en semejante
situación y visto lo irracional que resultaba todo, lo más lógico por su parte
era mantenerse en una eterna ignorancia y hacerse la ilusión de que todos
seguían vivos y nadie tenía sobre su conciencia la sangre de su sangre. —Años
después, y cuando ya había conseguido vender algunos cuadros y se sentía
profundamente a gusto con su pequeño estudio y los amigos con los que compartía
hermosas horas de diversión y entusiasmo por la pintura, percibió cómo el
ambiente comenzaba a espesarse a su alrededor y las diferentes ideologías
políticas irrumpían de nuevo en su vida hasta el punto de verse acusado por la
mujer que amaba de «pro-comunista» y defensor de los «cerdos-judíos».
Ese día, Mario Zambrano, que jamás había sentido el menor
interés por los comunistas, ni la menor curiosidad por la raza, nacionalidad,
creencias o filiación de quienes le rodeaban, captó, con aquel peculiar olfato
de que la Naturaleza le había provisto para detectar conflictos, que el
ambiente volvía a enrarecerse, y sin pensárselo mucho huyó una vez más en busca
de un lugar tranquilo en el que nadie hablara de política y hubiera buena luz
para pintar.
Lo encontró en una preciosa casita alzada en lo alto de una
colina frente al vetusto y hermoso fuerte de Richepanse, en el pequeño puerto
de Basse-Terre de la costa de sotavento de la isla de Guadalupe, teniendo toda
la inmensidad y el esplendor del Caribe para llenar sus lienzos de mar, luz y
mujeres exóticas.
Allí, y durante los cuatro años que siguieron, se negó
igualmente a leer un solo periódico ni a consentir que nadie le hablara de una
guerra en la que gentes y pueblos que amaba y que hubiera deseado pintar se
dedicaban a la siempre estúpida tarea de matarse unos a otros
desenfrenadamente.
Vivió de la pesca, la agricultura, regentar un pequeño
restaurante en la playa, vender algunos cuadros, y alquilar a los por entonces
escasos turistas una vetusta balandra que había comprado de tercera mano, y en
la que se lanzaba osadamente a navegar, llevándoles a visitar las islas y calas
vecinas.
Acabada la contienda no sintió deseo alguno de regresar a una
Europa triste y convaleciente que tardaría años en lamer sus múltiples heridas,
y prefirió quedarse para siempre donde estaba, con la única diferencia de que
ahora poseía un hermoso local en la Avenida Victor Hugo de Pointe-á-Pitre, la
capital de la isla, en el que sus marinas y sus bellas mujeres exóticas se
vendían con la suficiente facilidad como para permitirle vivir de la pintura.
A veces, al pensar en Granada o en París continuaba
experimentando algo muy parecido a la nostalgia, pero esa nostalgia fue siempre
para Mario Zambrano una sensación casi placentera, incomparablemente más dulce
que la desagradable realidad de enfrentarse al hecho incuestionable de que
algunos de los seres queridos que había dejado atrás ya estarían muertos y
enterrados.
Por ello, y aunque llevase años sin moverse, podría decirse que
Mario Zambrano continuaba huyendo, porque de lo que huía era de sí mismo y de
su incapacidad de sufrir, ya que aborrecía la realidad de la época que le había
tocado vivir y su única forma de luchar contra ella era ignorarla.
Pero resultaba evidente que nadie puede estar corriendo ante su
propio destino eternamente, y aquella soleada y agobiante mañana de noviembre
el olfato de Mario Zambrano falló cuando al tropezarse en plena calle con el
comandante Claude Duvivier, éste le espetó, sin más preámbulos:
—¡Buenos días, Zambrano...! Usted es la persona que estaba
necesitando.
—¿Para qué...?
—Para hacerme un pequeño favor... Acompáñeme al hospital y se lo
explicaré por el camino.
Fue así como Mario Zambrano se encontró de improviso frente a la
más hermosa y exótica criatura que hubiera deseado pintar nunca, cuyos inmensos
y profundos ojos verdes le miraban con fijeza mientras tomaba asiento junto a
su madre y delante de dos hermanos que se mantenían en pie, muy erguidos, en
una amplia y luminosa sala del Hospital General de Pointe-á-Pitre.
—Lamento ser portador de tan malas noticias, pero el comandante
de Marina me na pedido que lo haga, ya que él no habla español. A pesar de que
durante estos tres días varios barcos y aviones han rastreado la zona, no ha
sido posible encontrar huella alguna de su padre... —Se volvió a Aurelia como
si intentara escapar de la fascinación que ejercía sobre él la mirada de
Yaiza—. Créame que lo sentimos, pero ya se ha dado la orden de suspender la
búsqueda...
Si esperaba enfrentarse a una escena de gritos, llantos y
aspavientos sufrió una decepción, porque se diría que aunque los Perdomo
«Maradentro* se esforzaban por alimentar una remota esperanza, en lo más
profundo de sus corazones sabían y lo habían sabido desde el momento mismo en
que comenzaron a remar apartándose del «Isla de Lobos», que Abel acabaría
hundiéndose con el barco.
A medida que iban alejándose y lo que quedaba de la goleta se
empequeñecía en la distancia hasta convertirse en un triste montón de maderos
empapados que a duras penas mantenían el equilibrio sobre las aguas, se fueron
convenciendo, sin necesidad de intercambiar una palabra o tan siquiera una
mirada, de que aquel bondadoso hombretón que había sido el eje sobre el que
giraban sus vidas, les abandonaba para siempre.
Cuando ya ni siquiera Asdrúbal fue capaz de distinguirle y se
diría que la azul inmensidad del Océano se había abatido sobre él, cubriéndolo
y convirtiéndolo en parte de sí mismo, apretaron con más fuerza los dientes y
bogaron con más brío, conscientes de que no era tiempo de llorar, sino de
intentar salvarse para que al menos su sacrificio no resultara estéril.
Cómo pudieron conseguirlo nadie sabría decirlo, pero los cuatro
se esforzaron hasta que llegó un momento en que podría creerse que ya los
brazos no formaban parte de sus cuerpos sino que actuaban por propia voluntad,
y la espina dorsal o los riñones no existían sino que habían pasado a
convertirse en una masa amorfa e insensible,' útil únicamente para sostener
aquellos brazos en constante movimiento.
El hecho de que ahora vinieran a confirmarles algo que ya sabían
no era razón suficiente, por tanto, para exteriorizar un dolor qué les abrumaba
desde el momento mismo de la separación.
—Gracias... —fue todo lo que dijo Aurelia.
—Nos gustaría que diera las gracias también a todos cuantos nos
han atendido... —añadió Sebastián—. Han sido muy amables.
—Han hecho cuanto está a su alcance para tratar de encontrar el
barco... —insistió Mario Zambrano—. Pero es que ese Océano es muy grande...
—Lo sabemos... —admitió Aurelia, con lo que pretendía ser una
leve sonrisa—. Nosotros, mejor que nadie, lo sabemos...
—¿Qué piensan hacer ahora...?
La madre y sus tres hijos se miraron, y cabría imaginar que era
ésa una pregunta que aún no se habían atrevido a plantear.
—No lo sé... —admitió Aurelia con voz queda—. Era mi esposo
quien tomaba las decisiones y aún no nos hemos hecho a la idea de que no
está... —Hizo una corta pausa en la que quedaba marcada la intensidad de su
ansiedad—. Tampoco nos habíamos hecho a la idea de llegar a un país en el que
no entendiéramos el idioma, y haber perdido el barco... El barco era cuanto nos
quedaba...
—¿Tienen dinero...?
Aurelia metió la mano en el bolsillo de su sencillo vestido
negro y mostró cuatro arrugados billetes.
—Ochocientas pesetas... —dijo—. Los últimos tiempos fueron
malos...
Al contemplar los tristes billetes sobre la palma de la mano de
la mujer, Mario Zambrano experimentó de una forma clara aquella sensación de
peligro que siempre le había permitido escapar a tiempo ; olfateó en el aire el
indescriptible aroma que le impulsaba a huir de los problemas, y por un
instante estuvo a punto de ponerse en pie y abandonar la estancia, consciente
de que había cumplido la misión que le encomendaron y nada más le quedaba por
nacer en aquel hospital.
Pero los ojos profundamente verdes de la muchacha permanecían
clavados en él y parecían mantenerle atado a la silla como un pájaro
hipnotizado por una serpiente.
—¿Adonde quieren ir...? —se sorprendió diciendo.
—A Venezuela.
—¿Tienen parientes allí?
—No tenemos parientes ni amigos en parte alguna... Salvo en
Lanzarote.
A.
—Tal vez deberían regresar... El Consulado tendría que hacerse.
cargo de ustedes y repatriarlos...
—No podemos volver a Lanzarote...
Mario Zambrano hizo un leve gesto de asentimiento:
—Entiendo... El comandante Duvivier ha preferido no comunicar al
cónsul su presencia aquí por si ustedes no deseaban que conociera su llegada...
Sabemos que actualmente el Gobierno español pone graves impedimentos a la
emigración, y son muchos los enemigos políticos del Régimen que escapan sin
permiso... Supongo que desean que el cónsul continúe ignorando que han llegado
a Guadalupe...
—Desde luego...
—Duvivier lo arreglará. —Hizo una corta pausa—. Y espero que les
proporcione documentación para que puedan permanecer una temporada en la
isla... Al fin y al cabo son náufragos, y los exiliados y los náufragos gozan
de la simpatía de las autoridades... —Lanzó un corto resoplido—. El problema es
que no pueden ustedes continuar en el hospital... No sobran las camas.
—Lo comprendemos.
—¿Tienen adonde ir...?
Aurelia mostró una vez más los billetes que tenía en la mano:
—¿Cree que podremos alojarnos en algún sitio con este dinero...?
Mario Zambrano hizo un rápido cálculo y negó pesimista.
—Pointe-á-Pitre es una ciudad cara que crece rápidamente y
siempre tiene problemas de alojamiento... —Los verdes ojos continuaban
mirándole con destructora fijeza—. Tengo una habitación libre en mi casa, en
Basse-Terre... —Se maldijo a sí mismo y se arrepintió en el acto por haberlo
dicho, pero continuó como si fuera otro el que hablaba por él—. Y los chicos
podrían dormir en la balandra... —Adelantó las manos impidiendo las palabras de
protesta—. Será sólo unos días, mientras Duvivier consigue la documentación y
buscan la manera de continuar hacia Venezuela... —Sonrió levemente—. Como son
gente de mar tal vez puedan pagarme adecentando un poco mi viejo velero... —Por
primera vez se atrevió a mirar de frente a Yaiza—. Y me encantaría que usted me
sirviera de modelo para un cuadro: Soy pintor...
Una hora después se amontonaban los cinco: Aurelia junto a Mario
Zambrano y sus hijos detrás, en el interior de un viejo «Citroën» que
abandonaba sin prisas los arrabales de Pointe-á-Pitre y enfilaba la sinuosa
carretera que se abría camino entre la espesa vegetación tropical de la isla,
rumbo a Basse-Terre.
No hablaron mucho. Los pasajeros continuaban sumidos en sus
recuerdos y en la incertidumbre de su futuro, y el hombre que conducía iba
atento a la estrecha y peligrosa carretera de la que de tanto en tanto surgían
como fantasmas veloces autobuses enloquecidos.
Llegaron a su destino cerrada la noche; los Perdomo prefirieron
retirarse a descansar sin probar bocado, y cuando los supo durmiendo, Mario
Zambrano se preparó un bocadillo y una cerveza y salió a la terraza desde donde
dominaba el fuerte y la ciudad, observando las luces y preguntándose una vez
más por qué razón había decidido dejar a un lado su egoísmo e implicarse en uno
de aquellos malditos problemas a los que siempre había sabido esquivar con
tanta habilidad.
—Debo de estar haciéndome viejo... —musitó mientras encendía con
infinita parsimonia una de sus innumerables cachimbas—. O me hago viejo, o esa
chica me ha embrujado sin abrir la boca.
Cayó en la cuenta de que hasta ese momento Yaiza no había dicho
ni siquiera una palabra, y, no obstante, tenía la sensación de que sabía de
ella más de lo que supiera nunca de mujer alguna.
Comenzó a imaginar el cuadro que empezaría a pintar al día
siguiente teniendo como marco el último torreón del fuerte de Richepanse, el
azul del mar y el verde lujurioso de la vegetación de la colina, y por primera
vez en tantos años de retratar mujeres se preguntó si sería capaz de plasmar en
el lienzo toda la belleza y el misterio que encerraban el rostro y los inmensos
ojos de aquella muchacha.
—Si lo consigo... —musitó antes de quedarse profundamente
dormido en la ancha hamaca—, pasaré a la historia de la pintura... Pero, en lo
más profundo de sí mismo, sabía que no estaba en condiciones de aprehender
cuanto se adivinaba más allá del rostro y de los ojos de la menor de los
Perdomo «Maradentro».
La «Graciela» era una balandra sin personalidad, que había ido
pasando por tantas manos a lo largo de su azarosa existencia, que en ellas se
había quedado el poco espíritu que pudiera haber tenido en un principio.
Olía a moho, se lamentaba de continuo aun fondeada como estaba
en un quieta ensenada, y parecía negarse a obedecer las más elementales reglas
de la navegación, como si sus velas, su casco y su timón hubieran decidido
romper sus mutuas relaciones y su imprescindible necesidad de colaboración
muchísimo tiempo atrás.
La «Graciela» debió de ser una embarcación construida en serie
sobre unos planos ya sobados por alguien que no tenía otro interés en esta vida
que acabarla cuanto antes, pasarle una mano de pintura e intentar embaucar a
algún incauto que acabara de obtener su flamante título de Patrón de Yate.
Nació muerta y muerta navegó a trancas y barrancas sobre infinitos mares, sin
que ninguno de sus dueños sintiera por ella más afición que la de revenderla
cuanto antes; y así fue a parar a manos de Mario Zambrano, que la utilizó como
medio de vida el tiempo estrictamente necesario y la dejó luego meciéndose en
un olvido del que ella nunca pretendió salir.
Sebastián y Asdrúbal, incapaces de soportar la hediondez de su
angustiosa camareta, prefirieron dormir aquella primera noche sobre cubierta,
teniendo frente a ellos las luces del puerto, allá a lo lejos, al Norte, y casi
por encima mismo de sus cabezas las blancas casitas que se desparramaban sobre
la colina entre dos diminutos riachuelos que lanzaban sus aguas al mar
abriéndose camino por entre una apabullante masa de vegetación.
—Cualquiera de esos arroyos lanza más agua al mar en un día de
la que consume Playa Blanca en un año... —comentó Asdrúbal cuando la claridad
del alba les permitió hacerse una idea del lugar en que se encontraban—. No
cabe duda de que Dios sabía hacer bien las cosas, pero lo que resulta evidente
es que nunca supo distribuirlas...
—Probablemente tenía otras cosas en qué pensar...
—¿Como qué...?
—¡Cualquiera sabe...!
Permanecieron en silencio, contemplando el amanecer y cómo
multicolores barcas se hacían a la mar y algunos automóviles comenzaban a
circular por la carretera que bordeaba la playa, y fue Asdrúbal el que al fin
se volvió a su hermano:
—¿Qué vamos a hacer ahora...?
—Trabajar, supongo... —rué la respuesta—. Aferramos a lo que
salga y tratar de llegar a Venezuela... Se han portado bien, pero no me gustan
los franceses... Nunca me gustaron ni creo que pudiera llegar a entenderlos...
—Hizo una pausa—. Venezuela es otra cosa... Conozco a mucha gente que ha
logrado abrirse camino allí.,. ¡Pero aquí...! Si ese tipo no aparece, esta
noche hubiéramos tenido que dormir bajo un puente.
—Le gusta Yaiza.
—¡Yaiza le gusta a todos...! Hasta el día en que se case y le
traslademos la responsabilidad a su marido, Yaiza será, lo queramos o no,
nuestro principal problema, hermano... Pero ese Zambrano en particular no me
molesta... Parece que, en efecto, lo único que pretende es pintarla...
—Eso es sólo el principio... Luego querrá algo más. ¡Mierda...!
—exclamó Asdrúbal en un arranque de rabia—. Desde que esa mocosa se convirtió
en mujer todo han sido disgustos... Hasta los amigos dejaron de comportarse
como antes.,. Sólo hablaban de Yaiza, y cuando venían a casa ya no era para
estar con nosotros o echar una partida, sino para verla o decirle cualquier
majadería...
—Lo mismo te ocurría a ti con la hermana del «Chepa»... Y lo
único que tenía aquélla era un culo como un pandero... —Alzó los hombros en
ademán de impotencia—. ¡Es la vida...! La diferencia estriba en que Yaiza es
demasiado bonita y nos ha costado demasiado...
—No te quejes, que tú siempre quisiste venir a América... ¡Bien!
Ya estamos en América... —Asdrúbal sonrió amargamente—. En Lanzarote éramos
pobres, pero aquí, de momento, estamos viviendo de limosna...
Su hermano negó convencido:
—Pienso aceptar ayuda, no limosna... Para empezar pagaremos lo
que comamos convirtiendo esta bañera en algo que se parezca a un barco...
¿Habías puesto alguna vez los pies sobre la cubierta de una mierda
semejante...?
—No, ni creo que exista... En nuestras costas se hubiera ido al
fondo al primer golpe de viento... —Observó a Sebastián con extraña fijeza,
tardó en hablar, y cuando lo hizo su voz sonaba sincera—. Tú eres el hermano
mayor y el más listo —dijo—. Supongo que te corresponde ser el cabeza de
familia y tomar las decisiones... Quiero que sepas que lo acepto y haré lo que
digas hasta que hayamos sacado a mamá y Yaiza adelante... Lo importante es que
la familia continúe unida, porque por separado no seríamos nada y
convertiríamos en inútiles todos los esfuerzos que hemos hecho... ¿Por dónde
empezamos...?
—Por sacar del agua a este cacharro, porque el mar no es su
sitio de momento... Vamos a remozarlo de la quilla a la cofa y a convertirlo en
un barco de verdad, aunque ni él mismo se lo crea... Vamos a demostrar que
somos unos auténticos Perdomo «Maradentro», hijos de Abel y nietos de Ezequiel.
Su hermano rió divertido mientras echaba mano al grueso cabo que
los unía a la boya:
—¡Y bisnietos de Zacarías, que llegó a China dieciocho veces
doblando el Cabo de Hornos...!
Cuando el sol asomó por encima de las colinas hiriendo en los
ojos a Mario Zambrano y obligándole a despertar, lo primero que advirtió fue
que un apetitoso olor a café y tostadas recién hechas inundaba su casa, y al
asomarse a la balaustrada en busca de su vieja balandra se sorprendió al verla
varada sobre la arena y alzada sobre fuertes calzos.
Penetró a toda prisa en la cocina para descubrir a Yaiza y
Aurelia concluyendo de preparar el desayuno:
—¿Qué hacen sus hijos...? —preguntó sin dar siquiera los buenos
días.
—Reparar su barco... ¿No era eso lo que quería...?
—Sí, desde luego... —admitió desconcertado—. Pero no era
necesaria tanta urgencia... Necesitan descansar.
—Han estado casi tres meses inactivos y no tenemos tiempo para
descansar si queremos llegar a Venezuela... ¿Le apetecen un par de huevos
fritos con el café...?
—No, gracias... Me basta con las tostadas... —Señaló con un
amplio gesto a su alrededor—. ¡Oiga...! —protestó—.Yo únicamente pretendo
echarles una mano; no explotarles... No es necesario que se tomen las cosas tan
a pecho... No recuerdo haber visto esta cocina tan limpia en mi vida...
Aurelia hizo un leve ademán para que tomara asiento frente a las
tostadas y se acomodó en otra silla mientras Yaiza les servía:
—¡Escuche...! —pidió—. Le agradecemos que nos haya acogido en su
casa, pero debe entender que somos una familia que jamás ha aceptado vivir de
caridad... —Sonrió apenas, como si tratara de quitarle aspereza a sus
palabras—. Nosotros «necesitamos» saber que nos estamos ganando lo que comemos
o de lo contrario no podríamos seguir aquí... ¿Entiende lo que quiero decir...?
Mario Zambrano —asintió con un gesto y señaló a Yaiza, que se
inclinaba en esos momentos a colocar un cuchillo ante él:
—A mí me basta con que pose para el cuadro... Eso es lo que en
verdad me importa... Que la cocina esté más o menos limpia me tiene sin
cuidado...
—Con todos los respetos, su cocina es una auténtica pocilga por
la que se pasean las más descaradas cucarachas que haya visto en mi vida, y le
juro que he visto muchas... Y el resto de la casa se encuentra por el
estilo...1 Estoy de acuerdo en que sea un bohemio, pero usted estará de acuerdo
en que me apetezca adecentarle un poco todo esto a cambio de la ayuda que nos
presta... ¿O no...?
El pintor la observó con detenimiento y, al fin, sorbió su café,
se pasó la lengua por la comisura de los labios y, encogiéndose de hombros,
replicó:
—A mí, conque su hija se siente en esa terraza y se quede quieta
puede usted hacer con la casa lo que quiera... Aunque si me espantan las
cucarachas, los ratones y los murciélagos del desván, cuando se vayan me voy a
sentir muy solo...
Aurelia extendió la mano sobre la mesa, golpeó la de él con un
gesto afectuoso y le guiñó un ojo como si estuviera sellando un trato.
—No se preocupe... Mi hija está a su disposición, y le aseguro
que, por mucho que me lo proponga, nunca sería capaz de echar de esta casa a
todos sus inquilinos...
A media mañana, cuando Yaiza tomó asiento en el borde de la
balaustrada envuelta en una discreta túnica amarilla teniendo a sus espaldas el
mar y las torres de la fortaleza, Mario Zambrano se acomodó frente a ella,
instaló su lienzo, empuñó el lápiz y alzó una mano que, por primera vez en su
vida, tembló porque le constaba que no se sentía capacitado para transmitir a
un simple pedazo de tela la complejidad de los sentimientos que le asaltaban a
la vista de la profunda serenidad e inocencia que emanaban del rostro de su
modelo.
—Habíame de ti... —pidió como si de ese modo consiguiera
tranquilizar su pulso—. Cuéntame cosas que me sirvan para captar cómo eres,
porque un cuadro no debe ser únicamente la reproducción de unos rasgos. Tiene
que «contar» algo de esa persona... —Alzó la vista hacia ella—. ¿Comprendes lo
que quiero decir...? —Ella asintió en silencio—. Habíame entonces... —añadió—.
Aún no he oído tu voz.
—El día en que nací comenzó a llover, y nadie había visto nunca
llover tanto soDre Lanzarote... —El tono de Yaiza era suave, bajo, distante,
como si se estuviera refiriendo a otra persona que nada tenía que ver con ella
y se limitara a narrar unos hechos que no le afectaban—. Siendo muy pequeña
alguien aseguró que «aplacaba a las bestias, atraía a los peces, aliviaba a los
enfermos y agradaba a los muertos...», y cuando tuve uso de razón, descubrí que
había algo más: «Atraía la desgracia»... Primero fue la plaga de langosta;
luego riñas entre los muchachos del pueblo; más tarde el hundimiento del
«Timanfaya», la separación de Adela y Bruno porque él me perseguía y a ella se
la comían los celos, y por último las muertes... —observó con fijeza a Mario
Zambrano, que no había sabido trazar aún una sola línea, limitándose a
escucharla—. Si yo no hubiera nacido, mi padre aún estaría vivo y muchos otros
también... —Lanzó un hondo suspiro y resultaba evidente que no deseaba hablar
más sobre el tema—. Eso es todo... —concluyó—. Y no me gustaría que su cuadro
lo reflejase.
—¿Por qué?
—Porque sólo me pertenece a mí... Y por muy caro que pueda
vender su cuadro, nadie tiene derecho a colgar de una pared mis sentimientos...
Mi padre está muerto, mi madre persiguiendo cucarachas en su cocina, y mis
hermanos deslomándose por reparar un barco que no es suyo... Todo por mi
culpa... ¿Cree que me agrada la idea de que alguien que no me conoce pueda
descubrirlo a través de una pintura...?
—No... —admitió Mario Zambrano—. Supongo que no...
—En ese caso le agradecería que tan sólo pintara lo que está a
la vista... No le importa, ¿verdad?
¿Qué podía responderle cuando acababa de caer en la cuenta de
que la maldita trampa de la que siempre había conseguido escabullirse se
cerraba en torno a él y no existía fuerza alguna que pudiera librarle...?
Mario Zambrano había presentido, o más bien abrigaba ya la
absoluta certeza, que —tal como ella aseguraba— aquella muchacha de los
inmensos ojos verdes «le traería desgracia», y él, que había sido un experto en
correr ante ella, sabía conocerla al primer golpe de vista, aunque la auténtica
desgracia tenía en esta ocasión un aspecto diferente y tangible, pues no era
otra cosa que la modelo envuelta en una túnica amarilla. Sentirla tan cerca y
al propio tiempo tan lejana, y comprender que aquellos tres metros que les
separaban constituían un abismo infranqueable, bastaban para hacerle sentirse
incómodo, y ése no era para Mario Zambrano más que el primer paso para
considerarse desgraciado.
«¿Cómo será el hombre al que esta muchacha llegue a amar algún
día? —se preguntó mientras comenzaba a delinear las torres del fuerte,
eludiendo enfrentarse a la figura central que era la que en verdad le
preocupaba—. ¿Qué se puede sentir cuando una criatura semejante se te entregue,
sus ojos te miren de otro modo, y permita que acaricies su cuerpo...?
Mario Zambrano había conocido a muchas mujeres y no se
encontraba en absoluto descontento con su suerte, pues la inmensa mayoría de
las que deseó tener se le habían entregado de buen grado. Disfrutó con todas y
no sufrió con ninguna, porque su relación se limitó a un intercambio en el que
nunca dio más de lo que esperaban de él, ni pidió más de lo que se sentía capaz
de ofrecer. En eso, como en todo» Mario Zambrano había sido fiel a su línea de
conducta: eludir los conflictos; pero aquella mañana, sentado en la terraza de
su agradable casa de la colina y cuando aún no hacía veinticuatro horas que
conocía a Yaiza Perdomo, todas las defensas que había ido levantando en torno a
su egoísta sentido de la felicidad se derrumbaban, aun a pesar de que presentía
que aquella fascinante criatura jamás le miraría más que como a un amable señor
que se esforzaba por pintarla.
—¿Cuántos años tienes...?
—Dieciséis.
—¿Dejaste algún novio en Lanzarote...?
Se arrepintió de haber hecho tan estúpida pregunta, y la larga
mirada de la muchacha le hizo sentirse infantil y ridículo:
—Perdona... —rogó—. Olvidé que no quieres hablar sobre ti...
—Hábleme de usted...
—¿De mí...? —Se asombró—. ¿Qué puede interesarte de mí...?
—Sonrió—. Supongo que nunca intentarás hacerme un retrato...
—No, desde luego... Pero he visto sus cuadros en el salón...
Algunos me gustan... —Hizo una pausa—. ¿De qué lado hizo la guerra?
—Yo no hice la guerra.
Resultaba evidente que la respuesta sorprendió a Yaiza, que le
miró con mayor atención:
—Siempre supuse que todos los hombres habían hecho la guerra...
¿Qué edad tiene...?
—Treinta y cinco.
—Pues, si es español, de algún lado tuvo que estar.
—Me fui antes. Odio las guerras...
—Y si hubiese estado allí, ¿de qué lado habría luchado?
—De ninguno.
—Le hubieran obligado.
—Me hubiera negado.
—Pues le habrían fusilado.
—Es posible... —admitió Zambrano—. Es más que posible que los
primeros que me cogieran me fusilaran... —Sonrió—. Pero fui más listo que ellos
y me largué a tiempo.
Yaiza guardó silencio, inmersa en sus cavilaciones, como si
hubiera algo que la desconcertara y diera vueltas en su cabeza sin encajar de
un modo correcto.
—¿Sabe una cosa...? —inquirió al fin—. Cuando le vi en el
hospital tuve la sensación de que había estado en la guerra... Por eso me
sorprende que no participara en ella... No suelo equivocarme en esas cosas...
—Pues ya ves que en esta ocasión te has equivocado...
Ella no respondió, pero al sumergirse de nuevo en el silencio,
hubiera podido asegurarse que lo hacía sin estar en absoluto convencida de su
error.
O quizá meditaba sobre el hecho de que tal vez al cruzar el
Océano y encontrarse tan lejos de la isla que le daba la fuerza, e!j «DON» que
había heredado de alguna bisabuela lanzaroteña comenzaba a perder efectividad.
Al fin y al cabo, perder el «DON» era algo con lo que había
soñado desde niña.
Damián Centeno pasó dos días con una preciosa puertorriqueña,
hija de chino y mulata, que admitió que pese a no llevar más que seis meses en
el prostíbulo, empezaba a estar harta de pasar de mano en mano a un ritmo de
doce «servicios» diarios.
Muñeca Chang se diferenciaba del resto de las prostitutas que el
ex legionario había conocido, no sólo por sus extraños rasgos físicos y la
maravillosa tersura de su piel oscura y brillante, sino, en especial, por el
hecho de que no contaba ninguna historia de engaños y tristezas, sino que
admitía honradamente que se había dedicado a aquel oficio porque desde que
tenía catorce años había anhelado experimentar el «gran orgasmo», aunque ello
la obligase a acostarse con un infinito número de nombres absolutamente
desconocidos.
Además, Muñeca hablaba perfectamente inglés, francés, alemán,
español y chino, lo que maravilló a Damián Centeno.
—Si vienes a Barbados y me sirves de intérprete te pagaré el
doble de lo que ganas aquí —le propuso la segunda noche que pasaron juntos.
—¿Qué tienes que hacer en Barbados...?
—Buscar a unos parientes...
—Ayer dijiste que estás solo en el mundo. Que no tienes
parientes.
—Y no los tengo... —señaló Centeno sin perder la calma—. Pero es
una larga historia con una herencia por medio...
—¿Mucho dinero...?
—Bastante.
Ella rió con picardía, mientras le mordisqueaba el pecho junto a
la larga cicatriz:
—En ese caso te acompañaré... —dijo—. Pero tendrás que pagarme
tres veces lo que hubiera ganado en esos días...
—De acuerdo.
—¿A qué hora sale el barco...?
—A las tres... Tendré que ir temprano a sacarte un pasaje...
La búsqueda de ese pasaje fue lo que impidió que aquel día
Damián Centeno tuviera tiempo de pasar por las Oficinas del Puerto y hablar con
el solícito oficial de la Comandancia de Marina antes de que saliera de
patrulla.
Tal vez si su francés hubiera sido un poco mejor o si Muñeca se
hubiera encontrado con él en ese instante, el cabo que sustituía temporalmente
al oficial, le hubiera explicado que su superior había tenido que embarcar con
tanta urgencia porque desde la vecina Guadalupe le habían pedido que tratara de
encontrar los restos de un barco perdido en un radio de no más de cien millas
al este de las islas.
Cuando Damián Centeno y Muñeca Chang embarcaron a las tres de la
tarde, rumbo a la cercana Barbados, el ex legionario no podía por tanto
sospechar que los dos aviones de la Fuerza Aérea que despegaban en esos
momentos del aeropuerto de Fort-de-France pretendían, aunque por distintas
razones, lo mismo que él: localizar a la vieja goleta que zarpara de Playa
Blanca tres meses atrás.
Fue una travesía corta y agradable porque el barco era un lujoso
trasatlántico, el mar continuaba dormido tras las prolongadas calmas de los
últimos tiempos, y desde que puso el pie sobre cubierta Muñeca dejó de
comportarse como una ramera de baja estofa y pareció transformarse en una
encantadora y educada turista en viaje de placer.
—Quien no te conozca diría que te has pasado la vida en este
ambiente y tratando a este tipo de gentes... —le hizo notar Damián Centeno—.
Con tantos idiomas como hablas y esos modos, a tu lado parezco un patán...
Ella asintió divertida, mientras bajaba disimuladamente la mano
y le aferraba con todas sus fuerzas el pene recostada como estaba en la barra
del bar de Primera Clase.
—Y lo eres, cariño... —replicó con naturalidad, como si no
estuviese haciendo otra cosa que sonreír cortésmente al segundo oficial que le
devolvía de igual modo la sonrisa—. Mi marido era embajador, y pasé cuatro años
entre fiestas y recepciones, pero llegué a la conclusión de que follarme a la
totalidad de los miembros del Cuerpo Diplomático destinado en Londres no
resultaba en absoluto excitante y ponía en evidencia a un pobre hombre que me
quería de verdad... Por eso. me escapé con un chulo que me puso a trabajar
donde me encontraste.
—¿Y dónde está ahora ese chulo...?
—Buscándonos, supongo... —Presionó aún más, obligando a Damián
Centeno a doblarse sobre sí mismo tratando de disimular, y con la misma
inocencia que si estuviera hablando del tiempo o de las excelencias del
«Martini» que tenía en la otra mano, añadió—. Se enfurece cuando se entera de
que me dedico en exclusiva a un solo cliente... Me pega unas palizas de muerte,
y a un pobre camionero colombiano le marcó la cara... —Negó con la cabeza
repetidas veces—. ¡Es muy bruto el bueno de Marcel...! Muy bruto, pero a mí
esas cosas me divierten...
—¿Te divierte que te pegue o que acuchille a un tipo...? —Ante
el decidido gesto de asentimiento, inquirió—: ¿Por qué...? —Luego hizo un
ademán con la mano, desechando la respuesta—. No hace falta que me lo digas...
En la Legión conocí a muchas furcias de ese estilo, aunque la verdad es que
eran tipas de otra clase...
Muñeca Chang negó con un cómico mohín de labios mientras
aflojaba la presión de su mano como si diera por terminado aquel juego y se
sintiese satisfecha de cómo él había reaccionado:
—Las que tenemos tan arraigado este espíritu de putas somos
todas de la misma clase, cualquiera que sea nuestro origen, nuestra educación o
las oportunidades que nos haya ofrecido la vida —dijo—. ¡Nos gusta...! Andamos
por el mundo a la caza de un prodigioso orgasmo que alguna vez, durante
nuestros sueños de adolescentes, intuimos o imaginamos que existía y nos estaba
esperando en alguna parte... Nada de lo que nos ofrezcan: amor, respetabilidad,
comprensión o posición social podrá nunca apartarnos de nuestra única meta: la
consecución de ese «gran orgasmo», y cada noche, tras cada fracaso, tratamos de
convencernos de que la próxima vez será, porque está a punto de aparecer el
hombre que nos lo arrancará de lo más profundo de las entrañas, que es en
realidad donde sabemos que está escondido...
—¿Y nunca llega...?
—No, desde luego. Nunca llega porque no existe, pero cuando lo
descubrimos hemos caído tan bajo que nos negamos a admitir que destrozamos
nuestra vida persiguiendo un fantasma, y entonces, aun a sabiendas, nos
empeñamos en asegurar que existe y continuamos en la lucha hasta que acabamos
pidiendo limosna en las esquinas.
—¿Tú eres de ésas...?
—Resulta evidente.
—¿Y crees que ése es tu destino?
—Desde luego...
—¿No te sientes con fuerzas para evitarlo...?
—Sí... —replicó con absoluta seriedad—. Pero no quiero evitarlo.
Nosotras somos como los drogadictos o los alcohólicos. Podríamos apartarnos del
vicio, pero cuando alguna vez lo hacemos, llegamos a la conclusión de que la
existencia no vale la pena... Tendríamos que acabar suicidándonos, y estarás de
acuerdo conmigo en que más vale puta viva que arrepentida muerta... Al menos
ayudamos a la gente a desfogarse...
—¡Resultas increíble...! —Damián Centeno lanzó un resoplido de
asombro y admiración—. ¡Absolutamente increíble...! Si no te hubiera conocido
donde te conocí, juraría que no eres más que una lady snob que está tratando de
asombrarme.
—¡Oye...! —exclamó ella divertida—. Eso de «lady snob» te ha
salido muy bien... ¿Dónde lo has aprendido...?
—Supongo que en el mismo sitio en que tú aprendes las cosas: en
los prostíbulos... —Bebió largamente de su copa, se apoyó en la barra y la
observó de medio lado—. Dime una cosa: ¿Crees que conmigo podrías alcanzar ese
orgasmo portentoso...? ¿Sería capaz de arrancártelo de las entrañas...?
—¿Por qué tenéis que preguntar todos lo mismo...? —inquirió
Muñeca—. ¡No! No lo creo... Ya te he dicho que es un sueño inalcanzable... Tan
sólo una vez un tipo, un agregado de Embajada estuvo cerca de conseguirlo...
—¿Qué tenía de especial...?
—Que se estaba muriendo... —Soltó una corta carcajada que casi
la hizo atragantarse con el Martini—. Yo estaba sentada sobre él haciéndole el
amor y de pronto le dio un ataque al corazón... Se me moría entre las piernas,
y comprender que follarme a mí era lo último que iba a nacer en esta vida me
excitó hasta volverme loca... —Chasqueó la lengua con aire de fastidio—. Sin
embargo, cuando creí que iba a conseguirlo, me dio un puñetazo que me tiró al
suelo... Estuve a punto de estrangularle y, para colmo, ni siquiera se murió...
—Eso es macabro... Y sádico...
—Cuando alguien sacrifica su vida a la búsqueda del «Gran
Orgasmo», tiene que aceptar ser macabra, sádica, masoquista, puta y lesbiana,
porque ese «Gran Orgasmo» es como un dios al que tienes que estar dispuesta a
ofrecerle cuanto eres y cuanto tienes, pese a que no estés segura de que exista
o de que algún día lo vas a alcanzar.
—¡Estás loca...!
—Es posible... —admitió—. Pero no mucho más que tú, que te has
pasado la vida de guerra en guerra, matando gente por razones estúpidas,
ideologías trasnochadas o un sueldo de miseria... Al fin y al cabo yo no me he
hecho daño más que a mí misma, a mi pobre marido que ya lo ha superado, y a
aquel pendejo que casi mato de un polvo... —sonrió divertida—. ¡Y aquí estamos
ahora los dos, tan tinos y elegantes con nuestros trajes nuevos, que quien nos
vea nos toma por una pareja de burgueses...!
Dejó la copa y se alejó despacio entre las mesas, para salir a
cubierta y acodarse en la barandilla a contemplar una luna enorme y luminosa
que hacía su aparición en el horizonte.
Damián Centeno continuó bebiendo apoyado en la barra,
observándola y advirtiendo cómo los hombres, al pasar, no podían por menos de
volverse a mirarla, pues no cabía duda de que Muñeca Chang era una mujer
profundamente atractiva.
Le gustaba. Le gustaba su cuerpo, pequeño y pétreo; su piel, de
un color aceitunado irrepetible; su rostro, sofisticado, cruel y
desconcertante, y su personalidad, rufianesca, desgarrada, y casi demoníaca.
Cuando esa misma noche el primer oficial, un holandés rubicundo
y empalagoso se desvivió en atenciones con ella y se pasó la mayor parte de la
cena comiéndosela con los ojos y haciendo comentarios en alemán para que su
supuesto marido no consiguiera captar su significado, Damián Centeno se
preguntó qué cara pondría si le confesara que veinticuatro horas antes podría
haberle conseguido por un puñado de francos en uno de los más concurridos
burdeles de Fort-de-France, y probablemente dentro de una semana volvería a
estar en el mismo burdel cobrando los mismos francos. Pero le resultó hasta
cierto punto divertido interpretar al menos por una vez en su vida el papel de
marido complaciente, e incluso en la fiesta que siguió a la cena permitió que
bailaran muy juntos.
Una hora después se llevó a Muñeca a dar un largo paseo por
cubierta, y no le costó mucho trabajo adivinar que desde el puente de mando el
excitado oficial les espiaba con ayuda de unos prismáticos.
—Es una lástima que una mujer como tú se desperdicie en un
prostíbulo... —comentó mientras contemplaban el mar desde la punta misma de la
proa—. Podrías llegar muy lejos...
—Llegué muy lejos... —le hizo notar ella con naturalidad—. Y era
allí donde me sentía desperdiciada... —Se apretó contra él, que se excitó de
inmediato ante la presencia de aquel cuerpo prodigiosamente provocador—. Pero
no quiero hablar más de ese tema. Mañana vamos a desembarcar en una de las
islas más bellas del mundo, y a hospedarnos en uno de los hoteles más
encantadores que conozco... Lo único que quiero es disfrutar de eso... Y de ti.
Damián Centeno no pudo por menos que estar de acuerdo con Muñeca
en el hecho de que el hotel de Barbados era uno de los lugares más hermosos y
señoriales que hubiera conocido, alzado frente a una hermosa playa de arena
coralina, aguas transparentes y altas palmeras, pero impregnado al propio
tiempo de un claro estilo Victoriano que reflejaba a la perfección el concepto
que tenía la aristocracia inglesa de lo que significaba adaptarse a la vida en
los trópicos.
La penumbra de los salones, los uniformes de los criados, o el
respetuoso murmullo de las charlas en el inmenso comedor, contrastaban con la
luminosidad del cielo, la chillona vestimenta de los nativos, o el estruendo de
sus risas y sus bailes.
Y se diría que allí, en aquel pedazo de Inglaterra trasplantado
a un rincón del Caribe, era donde Muñeca Chang se encontraba más en su ambiente
y a nadie podía caberle duda de que en cierta época, no muy lejana de su vida,
debió de comportarse como una auténtica «lady».
Al día siguiente bajaron a Bridgetown, donde un hierático
funcionario muy inglés les comunicó que sentía enormemente no poder ofrecerles
ninguna clase de información sobre un velero español llamado «Isla de Lobos»,
pero que con muchísimo gusto y cumpliendo con su deber realizaría una encuesta
a todo lo largo y lo ancho de las posesiones británicas en el Caribe por si en
alguna de las islas había recalado el citado navío.
Emplearon el resto de la mañana en visitar la ruidosa ciudad en
la que nubes de chiquillos negros como el carbón se empeñaban en venderles toda
clase de recuerdos, y por la tarde recorrieron la paradisíaca isla,
deteniéndose a hacer el amor en una escondida playa de Sotavento. Luego,
regresaron al hotel, y Damián Centeno se dispuso a disfrutar de las primeras
vacaciones de hombre rico que se le ofrecían en casi cincuenta años de
existencia.
Cuando, al acabar la cena, salió a aspirar el fresco de la noche
con una enorme copa de coñac en una mano y un grueso habano en la otra, se
prometió a sí mismo que si para continuar viviendo de aquel modo necesitaba
buscar a los Perdomo «Maradentro» y matarlos, no una, sino mil veces, valía la
pena buscarlos y despellejarlos uno tras otro.
Luego, y antes de retirarse a su espléndido dormitorio a hacer
de nuevo el amor con Muñeca Chang, le pidió al impertérrito conserje que
enviara un telegrama a la oficina portuaria de Fort-de-France, en Martinica,
rogando que si tenían alguna noticia del «Isla de Lobos» se lo comunicaran al
hotel.
Ni en sus más locos sueños hubiera podido imaginar que
veinticuatro horas más tarde llegaría una respuesta.
—Anoche vino a verme don Matías.
Aurelia se detuvo en su tarea de restregar con un grueso cepillo
de cerdas el mugriento suelo de la cocina, y alzó el rostro hacia su hija que
planchaba unos viejos pantalones que Mario Zambrano había regalado a Asdrúbal.
—¿Qué te dijo...?
—Nada... No dijo nada. Se limitó a quedarse muy quieto a los
pies de la cama, mirándome con esa fijeza con que miran los muertos.
—¿Estás segura de que está muerto...? ¿No podría ser simplemente
un sueño?
—Yo estaba despierta... Comenzaba a clarear y diste dos vueltas
en la cama como si también le vieras...
—No vi nada... Ni soñé nada.
—Pero yo sí lo vi. Estaba muerto, pero no se murió solo. Alguien
lo mató.
—¿Quién?
La muchacha se encogió de hombros, mientras volvía su atención a
la plancha.
—No lo sé... Ya te he dicho que lo único que hizo fue mirarme.
—¿Pudo ser Damián Centeno?
—No tengo ni idea...
Su madre tomó asiento en una silla como si de pronto hubiera
perdido todo interés por adecentar aquel suelo de imposibles losetas rojizas, y
se pasó el dorso de la mano por la frente con el cepillo aún empuñado.
—Pudo ser el propio Damián Centeno... O Rogelia y el borracho de
su marido... ¿Seguro que está muerto?
—Seguro.
—¡Dios bendito...! Está mal que lo diga, pero tenían que haberlo
matado tres meses antes... Tu pobre padre aún seguiría con nosotros y no
hubiéramos tenido que irnos de casa... —Hizo una pausa—. Si don Matías ha
muerto podremos volver cuando las cosas se calmen.
—No. No podemos.
—¿Por qué?
—No lo sé; pero no podemos... —Dejó los pantalones en el
respaldo de una silla y tomó asiento en el alféizar de la ventana. A veces
miraba a su madre, pero a veces hablaba mirando al mar—. Yo nunca había visto
antes a don Matías... —dijo—. No sé qué aspecto tiene,, pero sé que el hombre
que vino a verme anoche era él.
Y no era un muerto tranquilo... Los muertos tienen un aspecto
«definitivo». Como si supieran que todo ha acabado, aunque la mayoría de las
veces no tienen idea de por qué ha acabado ni lo que eso significa... Aunque
pregunten cosas nunca esperan nada; ni siquiera respuestas... Pero tuve la
impresión de que don Matías Quintero estaba allí, a los pies de mi cama,
esperando algo...
Aurelia Perdomo se encaminó al fregadero, dejó a un lado el
cepillo y comenzó a lavarse las manos. De espaldas comentó con voz amarga:
—¿Cuándo perderás esa maldita costumbre de atraer a los
muertos...? Ya has vuelto a inquietarme... ¿Es que no basta con todo lo
ocurrido incluida la muerte de tu padre...? ¿Es que aún hay más...? —Su tono
subió y se hizo casi violento—. ¿Qué más...?
Yaiza miraba la lejanía.
—Si lo prefieres no vuelvo a contártelo...
—¡No...! Eso no... —Se estaba secando las manos en un paño y con
él aún en las manos se aproximó a su hija y la tomó por la barbilla,
obligándola a que le mirara a los ojos—. Yo adivino cuando guardas algo, porque
para mí no puedes tener secretos... Te conozco demasiado... Y eso me pone más
nerviosa aún... ¡Como lo de tu padre...! Sabías que iba a morir, ¿verdad...? Me
di cuenta en el barco... Sabías de antemano que era el único que no se
salvaría, pero no dijiste una palabra... —Le acarició levemente el cabello—. Te
quiero, hija mía... —musitó—. Te quiero más que a nada en este mundo, pero
maldigo ese espantoso «DON» que te dieron, y maldigo a quien te lo
transmitió... Hasta que no lo pierdas tu vida será un infierno...
—¿Y qué puedo hacer...? ¿Conoces la forma de librarme de él o
traspasárselo a alguien que lo quiera...? ¡Hay tantas cosas que la gente me
envidia y que yo regalaría agradecida...! —Apoyó la frente en el pecho de su
madre y ahogó sus deseos de florar—. ¡Éramos tan felices cuando veíamos llegar
la barca y los chicos hacían señas de que la pesca había ido bien...! ¡Éramos
tan felices cuando nos sentábamos por la tarde en el patio, papá encendía su
pipa, y yo me sentaba en sus rodillas a escuchar las mentiras de Maestro
Julián!
—¿Ocurre algo...?
Las dos mujeres se volvieron a observar a Mario Zambrano que
había hecho su aparición en el quicio de la puerta con el cabello revuelto y
aspecto de haber dormido poco y mal.
Aurelia negó con un gesto:
—¡Nostalgias...!
El pintor se encaminó al fogón, alzó la cafetera y apuntó con
ella a la muchacha:
—¡No permito que estés triste...! —advirtió—. Cuando las modelos
están tristes los cuadros se velan...
—¡Eso es una tontería...! Lo único que se velan son las fotos...
—¡Y los cuadros, jovencita...! ¡Y los cuadros...! ¿Conoces «La
Gioconda...»? Bueno, pues «La Gioconda» es un cuadro velado a causa de que la
modelo estaba triste... Lo que ocurre es que Da Vinci era un «manitas» y pudo
arreglar la cosa dejándolo en ese «si es no es» que todos conocemos... Porque
dime...: ¿en realidad «La Gioconda» está sonriendo, o le está mentando la madre
a Leonardo por tenerla allí sentada...?
—Esta mañana se ha despertado un poco loco...
—¡Cualquiera no...! Al alba se alborotaron los ratones del
sótano y los murciélagos del desván... ¿Es que no los oyeron...? Hubiera jurado
que un «zombie» había entrado en la casa... Únicamente un «zombie» es capaz de
inquietar de ese modo a los animales...
—¿Qué es un «zombie»?
—Un muerto que camina... Como yo a las siete de la mañana, pero
sin resaca, negro y más flaco... —Sonrió mientras revolvía la taza de café que
se había servido—. ¿Dispuesta para el trabajo...?
—Cuando quiera...
—Pues ve a cambiarte de ropa, porque en cuanto desayunes te
quiero en tu puesto... Sólo tenemos dos horas. Tengo que ir a Pointe-á-Pitre a
solucionar lo de sus papeles... Espero que Duvivier los tenga listos.
Cuando Yaiza hubo salido, y mientras Aurelia preparaba las
tostadas para el desayuno, Mario Zambrano señaló con un gesto hacia la puerta.
—¿De verdad no ocurre nada...? Si quiere suspendemos la
sesión... Tampoco hay tanta prisa.
Ella negó con un gesto:
—Aún está afectada. Eso es todo... Es una muchacha demasiado
sensible, y adoraba a su padre... Tardará en reponerse...
—Usted le está dando la ayuda que necesita... —agitó la cabeza—.
Me pregunto por qué el destino se complace en destruir una familia tan hermosa
como la suya, y, sin embargo jamás prestó atención a aquella caja de grillos en
la que todos se odiaban que era la mía...
—¿Por eso no se ha decidido nunca a fundar una propia...?
¿Porque en la suya todos se odiaban...?
—Tal vez... o tal vez porque nunca encontré una persona con la
que me sintiera capaz de pasar el resto de mi vida... —Alzó el rostro hacia
ella y sonrió—. Aunque aún estoy a tiempo... —le hizo notar—. No tengo más que
treinta y cinco años...
—Pero hay que casarse más joven... —señaló Aurelia, convencida—.
Es la única forma de estar seguros de ver crecer a los hijos... Mi Abel parecía
casi el hermano de Tos chicos...
Fue a decir algo más pero la interrumpieron unos leves golpes en
la puerta de la cocina, y al otro lado de la tela metálica que la cubría hizo
su aparición un negro rostro sonriente.
—¿Se puede pasar? —preguntó en un pésimo francés.
—¡«Mamá Shá»...! —exclamó Mario Zambrano sorprendido—. ¿Qué le
trae tan de mañana por aquí...? Se supone que a estas horas debería estar en la
cama... ¡Adelante, adelante...!
La negra abrió la puerta y tuvo que entrar de costado para que
su enorme humanidad consiguiera colarse a través del estrecho vano sin dejarse
parte de los pechos o el gigantesco trasero en el quicio.
Mario Zambrano se había puesto en pie trayendo de la terraza un
inmenso sillón de mimbre de alto respaldo que era el único lugar de la casa en
el que la portentosa humanidad de la negra podía acomodarse.
—¡Gracias, hijo...! —fue lo primero que dijo—. Tú siempre tan
atento... ¿Quién es esta hermosa señora...? ¿Una modelo o una nueva novia...?
—Ni una cosa ni otra, «Mamá Shá»... Es una amiga española.
—Eso es bueno... —apuntó la recién llegada—. Odio pasarme la
vida hablando en francés a estos estúpidos «Musiús». Yo soy dominicana...
—añadió con orgullo, dirigiéndose a Aurelia—. Del mismísimo Puerto Plata, la
ciudad más bella de la isla... —Hizo una pausa mientras buscaba en su
desmadejado bolso de tela de cortina asta encontrar un grueso habano que se
colocó entre los labios, y lanzó una. inquisitiva mirada a su alrededor—. ¿Ha
ocurrido algo...? —quiso saber.
—¿Como qué...? —inquirió Mario Zambrano mientras le alargaba una
caja de cerillas.
—Algo interesante... «Interesante para mí...» —recalcó con
manifiesta intención—. Al alba mis perros y mis gatos se despertaron al mismo
tiempo y en lo primero que pensé fue en esta casa... —Encendió el apestoso
cigarro cuya punta parecía una alcachofa y, tras tragarse el humo de un golpe y
sin pestañear, añadió—: Hace tres días que, tu casa me viene de continuo a la
mente... —Observó con fijeza a Aurelia como si estuviera estudiándola o
buscando algo en ella, y por último inquirió—: ¿Habría un poco de ese oloroso
café para una pobre negra que aún no ha desayunado...?
—¡Oh, sí, desde luego...! —Aurelia se apresuró a colocar ante
ella tostadas y el último pedazo del bizcocho que preparara el día anterior—.
¿Azúcar...?
—No, que engorda... —Rió su propio chiste, y luego continuó
mirándola fijamente mientras su pregunta iba dirigida a Mario Zambrano—.
¿Seguro que no ha ocurrido nada...? —repitió.
—¿Al alba?
—Al alba... —admitió «Mamá Shá».
—Me desperté... —aceptó el pintor—. Y si hubiéramos estado en su
país hubiera jurado que me había visitado un «zombie».
—Los «zombies» no entienden de países... —replicó la negra—.
Pero tampoco viajan... —Trazó muy despacio un amplio círculo ante ella con el
puro y observó con detenimiento los movimientos del humo al diluirse... —.
¡No...! —señaló—. Aquí no ha habido «zombies»... Pero hay «algo»...
—¿Qué clase de «algo»...? —inquirió Mario Zambrano, divertido.
—¡No te burles, españolito...! ¡No te burles...! —le advirtió la
negra extrañamente seria—. Conozco mi oficio, y cuando mis perros y mis gatos
se despiertan tiene que ser por algo... —Hizo un corto paréntesis—. Este
bizcocho está muy bueno... —admitió—. Tendrá que darme la receta... ¿Hay
alguien más en la casa?
—Mi hija...
—¿Blanca...?
—Naturalmente.
—¿Por qué naturalmente? —se sorprendió la gorda—. ¿Acaso no
podía haber tenido un padre negro...?
—Sí, claro... —Aurelia se encontraba un poco perpleja—. Pero es
que de donde nosotros venimos no suele haber negros... Alguno que otro de paso
únicamente... No es como aquí...
—Entiendo... —aceptó «Mamá Shá»—. ¡Oiga...! Este bizcocho es
realmente magnífico... —insistió—. ¿Le pone canela...?
—Una pizca...
—Ya me parecía a mí...
Súbitamente guardó silencio con los ojos clavados en la puerta
en la que acababa de hacer su aparición Yaiza, y la mano que sostenía el habano
comenzó a temblar como atacada por un espasmo incontrolable.
—¡Dios es grande! —exclamó—. ¡Dios es hoy más grande que
nunca...!
Se puso en pie con un brusco salto impropio de una persona de su
tamaño y peso, e inclinó sumisa la cabeza sin apartar la vista de Yaiza.
—¡Bendíceme, niña...! —imploró casi sollozante—. ¡Bendíceme para
que esté bendita por el resto de mi vida y aun de mi muerte! ¡Bendíceme...!
Como advirtiera que la muchacha había quedado sorprendida,
incapaz de hacer otra cosa que mirarla estupefacta, se apoyó en la mesa y
postrándose de rodillas comenzó a avanzar bamboleándose y como en éxtasis hacia
ella:
—¡Bendíceme, oh tú, la elegida de Elegbá; la amada de Dios;
aquella en quien los muertos buscan consuelo...!
Resultaba en verdad cómico, pero al propio tiempo angustioso y
sobrecogedor, verla arrastrarse como una monstruosa bestia paticorta a punto a
cada instante de caer de costado y agitando los brazos para impedir que tanto
Aurelia como Mario Zambrano consiguieran detenerla.
Al fin se lanzó sobre los pies de Yaiza y se aferró a ellos como
si fueran la única tabla de este mundo que consiguiera salvarla de morir
ahogada:
—¡Bendíceme! ¡Bendíceme! —aulló histéricamente.
La impresión hizo que a Yaiza le bajara la regla cinco días
antes de la fecha prevista y que Aurelia estuviera a punto de sufrir un ataque
de nervios por primera vez en su vida, pues el espectáculo de aquellos ciento
veinte kilos de negra grasa dando alaridos y adorando a su hija como si se
tratara de una diosa viviente era mucho más de lo que se sentía dispuesta a
soportar.
Tuvo que ser Mario Zambrano el que pusiera un poco de orden en
aquel guirigay, obligando en primer lugar a «Mamá Shá» a soltar los pies de la
muchacha y regresar a su butaca cesando en sus súplicas de ser bendecida a todo
trance, y calmando luego como pudo a madre e hija, la primera de las cuales
parecía decidida a liarse a sartenazos con la gorda y la segunda a salir
huyendo en cuanto le dejaran de temblar las piernas...
—Pero, ¿es que no se dan cuenta...? —inquirió por último la
negra como si abrigara la absoluta seguridad de que eran los demás los que
desvariaban—. ¿No se dan cuenta...? A esta niña le rodea el aura de las
elegidas de «Elegbá»... Sólo una vez, hace ya más de veinte años, vi a otra
predilecta de Dios, y no poseía ni la mitad de poder que tiene ella...
—Extendió las manos por encima de la mesa—. ¡Toca por lo menos mi mano,
pequeña...! ¡Tócame para que pueda morir en paz...!
Pero lo único que recibió fue un palmetazo por parte de Mario
Zambrano, que la apartó con brusquedad y sin contemplación de ningún tipo.
—¡Vamos...! —exclamó—. ¿No ve que está asustada? ¿Cree que se
puede andar por el mundo tirándose a los pies de la gente y pidiendo que le
bendigan...?
—¡Pero ella tiene que estar acostumbrada...! —replicó «Mamá Shá»
con absoluta naturalidad—. ¿O no...?
Ante la muda negativa de Yaiza agitó la cabeza con
incredulidad...
—¿Cómo es posible...? —inquirió—. ¿Nadie te había dicho que eres
una elegida de Dios...?
—¡Déjese de tonterías...! —replicó Aurelia indignada—. ¿Qué
mierda es eso de elegida de Dios...? Mi hija no es elegida de nada. No es más
que una chica demasiado desarrollada para su edad.
—¡Está loca...!
—¡La loca será usted...!
—¡Pero «Mamá Shá»...! ¿Cómo se permite llamar loca a nadie en mi
casa...! ¡Nunca creí que...!
—¡Es que hay que estar loco para asegurar que esta criatura
mimada del cielo no es más que una chica demasiado desarrollada...! —le
interrumpió la negra—. Hasta el más lerdo lo vería... —Se volvió a observar
fija y acusadoramente a Mario Zambrano—. ¿O es que tú no lo ves...?
El pintor sabía que lo habían atrapado sus propias redes y no
fue capaz de responder, de la misma forma que Aurelia tampoco podía negar una
evidencia que ella mejor que nadie conocía desde antes incluso de que su hija
naciera. Esa muda aceptación de su triunfo pareció bastar a la voluminosa
dominicana, que prescindió de ambos y se volvió a quien de verdad le
interesaba:
—A ti, en mi país, te harían reina, y en Haití por lo menos
emperatriz... Pero los haitianos son mala gente, niña... Líbrate de ellos,
porque han convertido el «vudú» en un rito maligno, apartándolo de la auténtica
naturaleza... Tú eres la luz, y ellos querrían transformarte en soberana de su
mundo de tinieblas... —La observó con tanta devoción que se diría que iba a
comérsela con los ojos—. ¿Cuándo llegaste a Basse-Terre, niña...?
—Hace tres días...
—¡Tres días...! —se extasió—. Mi corazón no me engañaba... Desde
hace tres días mi pensamiento estaba puesto en esta casa... ¿Qué haces aquí...?
—Posando para un cuadro...
«Mamá Shá» pegó un salto como si una serpiente hubiera mordido
su inmenso trasero y soltó un alarido que obligó a los demás a dar igualmente
un repingo...
—¡No...! —exclamó fuera de sí—. ¡Nadie puede pintarte...! —Se
volvió alarmada a Mario Zambrano—. ¿Te has vuelto loco...? «Ella» no puede ser
pintada... ¡«No debe ser pintada»! —recalcó—. Si lo haces la ira de Elegbá se
abatirá sobre ti...
—Empiezo a estar hasta los cojones de sus tonterías, «Mamá Shá»,
y perdonen la expresión... —fue la respuesta evidentemente malhumorada—. Está
haciéndome perder la paciencia... ¡O se comporta como una persona civilizada, o
tendré que pedirle que se marche...!
—¡Civilizada...! —replicó la otra, despectiva—. ¿Qué sabes tú lo
que es estar civilizado, si ni siquiera puedes leer en un rostro cuáles son los
designios de Dios...? ¿Y si no sabes leerlos ni interpretarlos, cómo puedes
trasladarlos a una pintura? ¿Te digo lo que acabarías haciendo...?: una
caricatura... ¡Eso es!, sí señor... Pintarías una caricatura de una hija de
Elegbá, y las futuras generaciones sufrirían una terrible decepción al verla y
no descubrir en sus ojos la luz que la diosa le concedió... —Con ambas manos
torneó desde lejos la figura de Yaiza, que la escuchaba como hipnotizada—.
¿Acaso percibes el aura que la rodea...? ¿Acaso distingues sus tonalidades...?
¿No...?: Dime entonces cómo piensas trasladar a una tela todo eso... —Agitó la
cabeza una y otra vez, de una forma casi obsesiva—. No debes pintarla. No la
pintes nunca o la maldición de Elegbá te destruirá...
Escuchándola podía llegar a creerse que lo que decía era cierto,
porque había logrado crear un clima que predisponía a aceptar como lógicas sus
absurdas aseveraciones, pero fue Aurelia la primera en reaccionar sacudiendo la
cabeza como si desechara uno de aquellos malos sueños a que tan acostumbrada la
tenía su hija.
—¡Ya está bien...! —dijo—. No hemos cruzado el Océano ni sufrido
tantas calamidades para venir a escuchar sandeces... Queremos vivir en paz...
Sólo pedimos eso: vivir en paz trabajando y ganándonos la vida sin molestar a
nadie... ¿Por qué la tienen tomada con mi hija...? ¿Qué daño ha hecho a
nadie...? Ella no quiere ser la elegida de Dios, ni tener ningún «DON», ni
agradar a los muertos... Sólo pretende que la dejen ser una chica de su edad...
«Mamá Shá» fue a decir algo, pero Mario Zambrano la interrumpió
con un gesto autoritario al tiempo que apartaba el sillón para que se pusiera
en pie.
—¡Déjelo por hoy...! —ordenó sin darle posibilidad de apelar—.
Le suplico que no diga nada más... Márchese, y otro día, cuando estemos más
tranquilos, vuelva si quiere y charlaremos del asunto...
La negra pareció comprender que en verdad se había agotado su
tiempo y no le darían una nueva oportunidad, por lo que lanzó una larga mirada
en la que estaba dejando toda su alma a Yaiza, recogió su bolso de tela de
cortina y abandonó la casa tan a desgana y con un andar tan pesado, que se
diría que le costaba un esfuerzo inaudito alejarse de allí.
Durante unos larguísimos minutos, Aurelia, Yaiza y Mario
Zambrano no se sintieron con ánimos de decir una sola palabra, y fue el último
el que, sirviéndose el resto de café que quedaba, comentó con pesar:
—Lo siento.
—Usted no tiene la culpa.
—Siempre supe que era una vieja excéntrica, pero me hacían
gracia sus chifladuras y no podía imaginar que su locura llegara a estos
extremos...
Concluyó el café, se puso en pie y se advertía que también le
costaba un gran esfuerzo marcharse.
—He de irme si quiero bajar a Pointe-á-Pitre... No me esperen a
cenar... —señaló—. Quizá me quede a dormir allí...
Madre e hija permanecieron inmóviles y en silencio hasta que se
escuchó el motor del viejo «Citroën» que se alejaba colina abajo, y al fin fue
Aurelia la que lanzó un hondo suspiro de resignación, mientras agitaba de un
lado a otro la cabeza con profundo pesar:
—Había llegado a hacerme la ilusión de que lejos de Lanzarote
las cosas cambiarían y olvidaríamos estas pesadillas, pero empiezo a temer que
aquí puede ser aún peor... ¡Muchísimo peor...!
Cuando los chicos subieron a la hora del almuerzo no pudieron
por menos que advertir que algo extraño ocurría y no cesaron de inquirir hasta
que la propia Aurelia decidió contar lo acontecido, palabra por palabra.
—No me preguntéis por qué se arrojó a los pies de vuestra
hermana en cuanto la vio... —concluyó—. Pero así fue, y os juro que daba la
impresión de que estuviera en presencia de un aparecido.
—Yo no hice nada... —musitó Yaiza—. Nada.
Su hermano mayor la miró con ternura y sonrió, tranquilizándola:
—Lo sé... —admitió—. No tienes que disculparte y entiendo que
eres la más afectada... ¿Qué piensas de todo esto?
—Que está chiflada.
—¡No...! —cono seco Asdrúbal—. No nos refugiemos en una
explicación tan simple... ¡Por chiflada que esté, la gente no se tira a los
pies de alguien que no conoce pidiendo que la bendigan...! Hay algo más...
Pero, ¿qué es...?
—¡Ya te he dicho mil veces que no lo sé...! —replicó Yaiza al
borde del histerismo—. ¡Ni quiero saberlo...! ¡Estoy harta! ¡Harta...!
—Tal vez sea ése nuestro error... —comentó Sebastián sin reparar
en la excitación de su hermana—. Estamos hartos de un fenómeno que no
entendemos y tan sólo pretendemos olvidarnos de que existe para bien o para
mal... ¿Por qué no cambiamos nuestra actitud...? ¿Por qué no intentamos
aprovechar lo que tenga de bueno asumiéndolo plenamente?
Su madre se volvió desde el fogón y le miró adusta:
—¿Estás insinuando que convirtamos a tu hermana en una atracción
de feria...?
—No... —Asdrúbal intervino en defensa de Sebastián—. No creo que
sea eso lo que quiere decir... Y estoy de acuerdo con él... En Lanzarote no nos
parecía mal salir a pescar al lugar exacto y la hora precisa en que Yaiza
aseguraba que iban a presentarse los atunes... Incluso a menudo le
preguntábamos si había tenido algún sueño, intentando hacerle recordar... Era
como un juego, y nos sentíamos orgullosos de decirle a la gente que dentro de
tres días tendrían buena pesca... ¿Por qué ahora tenemos tanto miedo...?
—¡Porque ha muerto gente...! —respondió Aurelia con firmeza—.
¡Demasiada gente! Si no se hubiera corrido la voz de que tenía el «DON»,
aquellos chicos nunca hubieran venido a verla, y nada de esto habría
ocurrido... —Comenzó a servirlos platos y sus cortantes gestos denotaban su
firmeza y decisión—. Y no quiero que todo vuelva a empezar a este lado del
mar... Yaiza es bonita... ¡Bueno...! Muy bonita... ¡Mejor! Demasiado bonita:
¡Tal vez...! Pero no echemos leña al fuego, porque quiero que mi familia sea
normal... ¿Lo habéis oído...? ¡Normal...! —De pronto pareció recordar algo que
se abatió sobre ella como un mazazo, y dejándose caer en un taburete con ademán
desmadejado, concluyó—: ¡Por cierto...! Vuestra hermana asegura que anoche se
le apareció don Matías Quintero y que está muerto... Alguien, no sabe quién, lo
mató...
Mario Zambrano regresó de Pointe-á-Pitre mucho antes de lo
previsto, pues llegó cuando aún se encontraban los cuatro sentados al fresco
contemplando la hermosa luna que había hecho su aparición sobre el tranquilo
Caribe, reflejándose en el agua y recortando en blanco las siluetas de las
palmeras de la punta sudoeste de la isla.
El pintor venía feliz, y lo primero que hizo fue lanzar sobre la
mesa el montón de papeles que traía en la mano:
—¡Su documentación! —dijo—. ¡Todo arreglado...! Tienen permiso
de residencia por tres meses, y su pariente ha sido notificado de que se
encuentran bien, aquí, y a salvo.
—¿Pariente...? —se alarmó de inmediato Aurelia—. ¿Qué
pariente...? Nosotros no tenemos parientes...
El pintor se volvió a ella un tanto perplejo:
—Eso me pareció que habían dicho el primer día... —admitió—.
Pero Duvivier asegura que en Guadalupe tienen un pariente que se interesa por
ustedes...
—¿Cómo se llama...?
El otro se encontraba desconcertado, como si le costara un gran
esfuerzo entender la razón del miedo que se leía en todos los rostros.
—Pues no lo sé... Creo que me lo dijo, pero no recuerdo su
nombre...
—¿Damián Centeno...?
Era Yaiza quien había hecho la pregunta, y Mario Zambrano sintió
una inexplicable angustia al asentir:
—Sí... Sí, creo que ése fue el nombre que dio... En estos
momentos se encuentra en Barbados, y la Comandancia de Marina de Martinica le
envió un telegrama... —Les miró uno por uno y al fin se atrevió a inquirir—:
¿Hicieron mal...?
Tardó en obtener respuesta, y fue Sebastián el que decidió que
un hombre que se había comportado tan generosamente con ellos, merecía conocer
la verdad, por lo que hizo un amplio resumen de los acontecimientos desde el
momento en que todo comenzara aquella trágica noche de San Juan.
—Yaiza asegura que don Matías ha muerto... —concluyó—. Pero, por
lo que se ve, ni siquiera eso basta para detener a Damián Centeno. ¡Cielo
Santo! —exclamó—. América nos pareció tan grande, y, sin embargo, ya sabe dónde
encontrarnos...
—Pero esto no es Lanzarote... —protestó el pintor—. Aquí no
puede hacerles nada... La policía...
—Las policías no existen para Damián Centeno... —intervino
Aurelia—. Si ha atravesado el Océano para matar a mi hijo, se las arreglará
para eludir a todas las policías de este mundo.
—Duvivier hará que le impidan la entrada a la isla.
—¿Cómo? ¿Vigilando todas las costas...? ¿Registrando todos los
yates que se aproximen...? ¿Durante cuánto tiempo...? El llegará... Por avión,
por mar, a nado o incluso caminando por el fondo del Océano, porque ignoro la
razón por la cual para ese hombre no existe otro objetivo que matar a
Asdrúbal... ¿Cómo puede nadie llevar tan lejos una venganza? ¿De verdad don
Matías cree que porque muera Asdrúbal su pobre hijo va a encontrar más paz en
el otro mundo...?
—El no cree nada, madre —le recordó Yaiza—. Don Matías ya sabe
que no hay descanso, ni para su hijo, ni para él, ni para nadie, pero supongo
que aunque quisiera no podría detener a Damián Centeno.
—¿Por qué?
—Porque está muerto, y Damián Centeno vive... —Hizo una pausa en
la que se diría que estaba tratando de captar algo que no tenía demasiado
claro—. ¿Recuerdas el tatuaje que Centeno llevaba en el brazo...? ¿El corazón
atravesado por una bayoneta? Anoche don Matías tenía ese tatuaje en la mano que
apoyó en los barrotes de mi cama... —Se volvió a sus hermanos—. ¿Qué
significado puede tener...?
Era una pregunta que no tenía respuesta. Ninguna clase de
respuesta fuera de la que cada cual quisiera dar según su propia
interpretación, y lo que en verdad les preocupaba en aquellos momentos no era
el tatuaje que luciera un aparecido, sino el hecho incuestionable de que el
hombre que les había acosado hasta el punto de obligarles a abandonar el lugar
en que habían nacido continuaba hostigándoles.
—¿Estará solo...?
Sabían que en Lanzarote le acompañaban seis hombres, y por lo
menos otros tantos debían de tripular la lancha que les buscó en alta mar. Tal
vez seguían con él; tal vez únicamente le acompañara ahora su lugarteniente, o
tal vez, Damián Centeno consideraba que no necesitaba a nadie para seguir la
pista a alguien y matarlo al otro lado del Atlántico.
Solo o acompañado, ¿qué importaba? Damián Centeno era temible
por sí mismo y por su capacidad de hacer daño, aun sin contar con nadie que le
secundara.
—¿Qué vamos a hacer ahora...?
—Irnos... ¿Qué otra cosa podemos hacer...?
—Plantar cara y acabar con esto...
Aurelia se volvió a Sebastián, que era quien lo había dicho.
—¿Cómo? ¿Matándole...? Tú sabes que ese hombre sólo se detendrá
cuando esté muerto y no quiero más sangre sobre las manos de mi familia...
Buscaremos la forma de salir de esta isla e internarnos en el Continente...
América continúa siendo muy grande... ¿Cómo va a seguirnos la pista...?
—Hasta ahora ha sabido hacerlo... —señaló Asdrúbal.
—Porque conocía el nombre del barco... No pensamos en ello y fue
un error. Pero lo cometimos porque nunca imaginamos que fuera capaz de llegar
hasta aquí... Nos habíamos hecho la ilusión de que al salir de Lanzarote todo
había acabado, y no ha sido así... ¡Bien! —admitió Aurelia—. Algo hemos
aprendido... De ahora en adelante borraremos nuestro rastro...
—¡No...! —Sebastián se había puesto en pie y paseaba de un lado
a otro de la amplia galería como una bestia enjaulada—. Esa no es la solución,
madre... Por lejos que vayamos siempre viviremos con el miedo a que Damián
Centeno encuentre nuestro rastro... Ese hombre es como un perro de presa
decidido a llegar hasta el fin... ¡No! —insistió con tozudez—. No quiero pasar
el resto de mi vida mirando a todas partes, esperando verle aparecer... —Señaló
a su hermano—. ¿Y Asdrúbal...? ¿Qué futuro le espera...? El es su víctima, y ni
siquiera le ha visto nunca la cara... ¿Cómo va a vivir sabiendo que cualquiera
que se siente a su lado en un autobús puede ser Damián Centeno...? ¡Será un
infierno! ¿Es que no te das cuenta...?
—Me doy cuenta... —admitió su madre—. Pero más infierno sería
vivir con otra muerte sobre su conciencia... O sobre la tuya... Asdrúbal mató a
aquel chico... ¡De acuerdo...! Fue un accidente y en ese momento no podía hacer
otra cosa... Ya ha pagado por ello... Todos hemos pagado por ello, perdiendo
cuanto teníamos y perdiendo sobre todo a vuestro padre... ¡Pero matar a
otro...! ¿Cuánto más tendríamos que pagar entonces?
—Una vida como la de Damián Centeno no merece castigo...
—sentenció Sebastián seguro de lo que decía—. Alguien que mata por dinero busca
que lo aplasten sin remordimientos de conciencia... —Se detuvo en la baranda a
contemplar la noche y la inmensa luna, y dándoles la espalda, añadió—: Puedes
estar segura de que no me sentiré culpable si acabo con él... Por el contrarío.
Me sentiré orgulloso de haberle hecho un bien a la Humanidad...
—No quiero que un hijo mío se sienta orgulloso de haber matado a
nadie... —replicó inquebrantable Aurelia—. ¡Ni siquiera a Damián Centeno...!
Vivo, algún día se cansará de buscarnos. Muerto, nos perseguirá hasta nuestras
propias tumbas... ¡No...! —aseguró convencida—. Nos vamos... Está decidido...
—¿Cómo? —la pregunta de Asdrúbal había sido hecha en voz muy
baja, casi inaudible—. Yo estoy de acuerdo contigo, madre: maté a aquel chico y
sé lo que eso significa... No quisiera tener que volver a hacerlo por nada de
este mundo, pero Sebastián tiene razón: ¡No podemos huir eternamente!... Y lo
que es más importante, no tenemos a dónde ir con ochocientas pesetas en el
bolsillo.
—¡Dios! —aulló casi sollozando su madre—. ¿Hasta cuándo nos vas
a poner a prueba? ¿Por qué te empeñas en convertir a mis hijos en asesinos...?
¿Qué es lo que quieres de nosotros...? ¡Dilo de una vez! ¿Qué es lo que
quieres...?
—Pueden irse en el barco...
Todos observaron a Mario Zambrano que había hablado por primera
vez desde hacía más de una hora...
—¿Cómo ha dicho...?
—Que si está en condiciones de navegar pueden llevarse la
balandra... No hay más que cuatrocientas millas hasta Venezuela... Si me
escriben diciéndome dónde la han dejado enviaré a alguien a buscarla o iré yo
mismo a por ella —Podría creerse que le costaba un gran esfuerzo lo que iba a
decir—. Una vez en Venezuela pueden adentrarse en el Continente... Allí nadie,
ni siquiera ese tal Damián Centeno, logrará encontrarlos...
Se hizo un largo silencio en el que todos tenían la mirada fija
en él, aunque para Mario Zambrano tan sólo contaban los ojos de Yaiza, que
parecían quemarle...
—¿Por qué hace esto por nosotros...? —inquirió al fin la
muchacha.
—Porque «Mamá Shá» tiene razón, y nunca sería capaz de
pintarte... O porque no quiero que maten a nadie por muy asesino que sea... No
merece que la culpa de su muerte les siga para siempre... ¡Váyanse...!
—suplicó—. En la despensa hay provisiones y les prestaré algún dinero... Sé que
me lo devolverán en cuanto puedan... Echen esa sucia carraca al agua y váyanse
de aquí... Si les lleva a Venezuela será la única cosa útil que haya hecho en
su vida... ¡Por favor! —insistió—, aléjense cuanto antes de esta isla que puede
convertirse en una trampa...
Los cuatro se miraron y le miraron.
Por último, con voz que no admitía engaños, Aurelia inquirió:
—¿Podéis hacerlo navegar...?
Sebastián inclinó la cabeza en sumisa afirmación.
—Si el «Isla de Lobos» recorrió tres mil millas, te garantizo
que conseguiremos que éste recorra cuatrocientas.
Su madre se volvió al pintor, y su tono de voz tenía la misma
seguridad.
—Le garantizo que antes de seis meses recibirá el dinero y el
valor de las provisiones que nos llevemos... ¿Me cree, verdad...?
—Estoy absolutamente convencido... —Se puso en pie sonriente—. Y
añora, si están de acuerdo, lo mejor que pueden hacer es prepararlo todo... Me
sentiría más tranquilo por ustedes si, al amanecer, se hicieran a la mar.
La balandra comenzó a moverse con la desgana propia de los
barcos que no aman el mar, y Mario Zambrano la observaba desde la orilla,
sintiéndose por primera vez en su vida profundamente desgraciado, ya que aquel
remedo de embarcación se llevaba a la única persona por la que en verdad había
experimentado algo más que una simple atracción física, aunque satisfecho al
propio tiempo, porque, para un hombre tan acostumbrado a huir como él, el que
la «Graciela» se alejara de la costa constituía otra forma de huida.
Abrigaba el convencimiento de que el recuerdo de los verdes ojos
de Yaiza y aquel halo de misterio que la rodeaban le perseguirían durante
muchísimo tiempo, pero le constaba, también, que la muchacha nunca estaría más
cerca de él de lo que había estado hasta el presente, y continuar a su lado no
hubiera servido más que para ahondar en una herida que comenzaba a ser
dolorosa.
Odiaba el desasosiego que se había apoderado de su espíritu
desde el momento en que le mirara aquella mañana en la sala del hospital, y
anhelaba volver a la paz de una existencia placentera en la que todo se
limitaba a pintar, dar largos paseos por la playa, tener alguna que otra
aventura esporádica con sus modelos o turistas de paso, y emborracharse los
viernes en las tabernas del puerto.
Agitó la mano, respondiendo al saludo de las mujeres desde popa,
advirtiendo cómo Asdrúbal permanecía atento a la maniobra, Sebastián empuñaba
con mano firme el timón, y el sol comenzaba a surgir ya a sus espaldas. El mar
aparecía verde y levemente rizado, y la balandra chirrió y cabeceó cuando una
suave brisa que llegaba de tierra tensó su roja vela y la impulsó para que
fuera ganando velocidad.
De pronto se escuchó un alarido, y Mario Zambrano se volvió
alarmado. Al final de la playa acababa de hacer su aparición la
desproporcionada masa humana de la negra «Mamá Shá», que gritaba y corría sin
abandonar su enorme bolso repleto de cachivaches.
Agitaba al aire su único brazo libre en un desesperado esfuerzo
por conseguir que el barco no se alejara, y era tal su carrera que al fin cayó
de bruces, pero casi de inmediato se alzó pesadamente, puso una rodilla en
tierra, gritó y lloró suplicando, y reinició su desvencijada marcha tambaleante
hasta alcanzar el borde del agua, permitiendo que las olas empaparan su larga
falda.
—¡No te vayas, niña...! —aulló—. ¡No te vayas, hija de Elegbá,
amada de Dios, reina de mis días...! ¡No me dejes aquí...! ¡No me dejes, por
favor...!
Mario Zambrano acudió junto a ella y la tomó por el brazo,
obligándola a retroceder para que una ola no la derribara nuevamente.
—¡Vamos, «Mamá Shá» —rogó—. Déjelo ya... Tranquilícese...
Pero se diría que ella ni siquiera había advertido su presencia,
atenta como estaba únicamente a la figura de Yaiza que la observaba, inmóvil,
desde cubierta...
—¿Qué será de mí si tú te marchas...? —gritó—. ¿Cómo viviré si
tu Dios me abandona? ¡Mi reina...! ¡Mi diosa...! ¡Vuelve!
—No puede, «Mamá Shá», tiene que irse.
—¿Por qué?
—Alguien quiere hacerle daño.
La negra se volvió a él y sus ojos parecieron querer
atravesarle:
—¿Daño? ¿Quién pretende hacerle daño si los dioses la
protegen...?
—Es una historia muy larga... ¡Vámonos a casa...!
Ella negó con un gesto.
—¡No...! No me moveré de aquí hasta que vuelva y me lleve con
ella...
—¡No volverá, «Mamá Shá»!
—¡Volverá...! —insistió la negra con tozudez.
Mario Zambrano optó por encogerse de hombros.
—¡Como quiera...! —admitió—. Por mí puede quedarse hasta el
juicio final.
La balandra había ganado impulso, empequeñeciéndose en la
distancia, y el pintor le lanzó una postrera mirada, agitó de nuevo el brazo, y
dando media vuelta inició el camino hacia lo alto de la colina.
Ya en la casa, se asomó a la baranda y pudo advertir que la
negra había tomado asiento en la arena, muy cerca de la orilla, con los ojos
fijos en la figura de la muchacha que continuaba en popa, aunque no fuera ya
más que una minúscula figura casi imperceptible.
—¡Cosa de locos...! —murmuró para sí —. Y han estado a punto de
volverme loco a mí también...
Se volvió a observar el cuadro aún fijo en su caballete y en el
que apenas había sabido esbozar más que los contornos de la figura de Yaiza,
sin captar tan siquiera uno solo de sus rasgos, y le asaltó una profunda
sensación de alivio al comprender que ya no tendría que volver a enfrentarse al
problema de reiniciar el baldío esfuerzo de atrapar la personalidad de su
modelo. Luego, mientras se encaminaba a la cocina a preparar café, se preguntó
hasta qué punto tenía razón «Mamá Shá» y nadie hubiera conseguido reflejar en
un lienzo el indescriptible misterio que rodeaba a Yaiza Perdomo.
Al poner el agua a hervir cerró los ojos tratando de imaginar
que al abrirlos ella continuaría sentada allí, en el extremo de la larga mesa
de basta madera, o la sorprendería planchando junto a la ventana, e incluso
tuvo la impresión de que su olor a mujer-niña invadía la estancia
superponiéndose a todos los otros olores de la vieja cocina.
—¡Mierda...! —exclamó—. Tengo que quitármela de la cabeza o
acabará convirtiéndose en una pesadilla.
Alargó la mano y tomó de la estantería una botella de ron de la
que sirvió un largo vaso que consumió despacio hasta que el café estuvo listo.
Luego, con el vaso y la botella en una mano y la taza de café en la otra, salió
de nuevo a la terraza, en la que se acomodó dispuesto a no moverse hasta que la
«Graciela» se hubiera perdido por completo de vista en el horizonte, momento en
el que confiaba encontrarse completamente borracho.
Media hora después la negra vino a tomar asiento en el gran
sillón de respaldo de mimbre, y durante unos instantes se miraron en silencio
como dos seres a los que hubieran arrebatado al mismo tiempo lo único de valor
que habían tenido nunca:
—¿Por qué? —inquirió al fin la gorda—. ¿Por qué?
—Alguien trata de hacerles daño. Un hombre. Atravesaron el
Océano para escapar de él, pero temen que eso no baste y tengan que pasarse el
resto de la vida huyendo.
—Elegbá les protegerá... —sentenció «Mamá Shá»—. Nadie puede
enfrentarse a Elegbá.
—Pues hasta ahora su diosa no ha hecho mucho por ellos...
—ironizó Mario Zambrano, a quien el alcohol comenzaba a hacer efecto—. Si ésa
es la clase de vida que da a sus elegidos, rezaré para que nunca se fije en
mí...
—Tú nunca podrás saber lo que significa ser un elegido de los
dioses... ¡Nunca...!
El pintor alzó su vaso en un cómico gesto:
—¡Brindo por eso...! —exclamó—. Brindo por continuar siendo un
pobre exiliado que disfruta de lo poco que están dejando en la tierra para
disfrutar: ron, mujeres, y algunos paisajes que pintar... —Bebió largamente—.
Yo no creo en los dioses... —añadió—. En ningún dios, ni blanco, ni negro...
—Ahora apuntó con su vaso hacia el barco, que no era más que un diminuto punto
en el horizonte—. Aunque le confiese que cuando ella se sentaba en esa baranda
estuve a punto de aceptar que podía existir un dios, un cielo, e incluso
ángeles capaces de tomar forma humana... —Sonrió con lo que era una mueca de
amargura—. ¿Quiere que le confiese una cosa,« Mamá Shá»...? Reconozco que me
enamoré de esa chiquilla como el más estúpido colegial... En cuatro días...
¡Qué digo en cuatro días...! En cuatro minutos... Entré en aquella habitación,
la vi, me miró y ¡plaff...! ¡La cagamos!
La negra, que rebuscaba en su informe y atiborrado bolso, acabó
por encontrar uno de sus apestosos habanos acabados en punta de alcachofa, y lo
encendió aspirando un humo que parecía surgido de la chimenea de una fábrica de
piensos:
—Los dioses suelen ser celosos... —Señaló recostándose en el
respaldo del sillón—. No les gusta compartir a los seres que aman, y con
frecuencia acostumbran a poner a prueba a sus predilectos, aunque tan sólo sea
para cerciorarse de que han elegido bien... ¡Y esa niña es uno de ellos...! Me
duele el corazón saber que ese barco se la lleva, pero me siento feliz porque
la he visto, le he hablado y me ha tocado, con lo cual mi vida no ha resultado
estéril... —Cerró los ojos como si estuviera pasando revista a sus recuerdos y,
sin cesar de fumar, continuó —: A veces, en los momentos de duda me asaltaba el
temor de que quizás había perdido mi tiempo en la búsqueda de unas verdades que
muchos niegan... ¿Y si yo fuera la equivocada?, me decía. ¿Y si todos estos años
de persecución de unas señales que no se presentaban no hubieran sido al fin y
al cabo más que fantasías de negra loca...? ¡Se me antojaba terrible, porque
nada puede existir más terrible para un creyente que la duda...! —Abrió los
ojos y le miró sonriente—. ¡Pero ahora...! Ahora sé que esos años que dediqué a
«saber», acabaron por abrirme los ojos del espíritu para poder descubrir que
ella es la prueba de que hay alguien por encima de nosotros; «Alguien» capaz de
tocar con su dedo a una criatura y echarla al mundo para que los pobres humanos
comprendamos su auténtico poder...
—Me pregunto cuál de los dos está más borracho... —sentenció
Mario Zambrano—. O cuál más loco... Si yo, por beber ron y enamorarme de una
chiquilla inalcanzable, o usted, por fumar esos asquerosos puros y tratar de
convencerme de que durante cuatro días he dado asilo a una hija de los
dioses...
«Mamá Shá» tardó en responder, ocupada como estaba ahora en
extraer del bolso un grueso ovillo de lana y dos largas agujas de hacer
calceta.
—Yo no trato de convencerte de nada... —dijo al fin—. Pero por
poca sensibilidad que tengas, te bastará con mirar a tu alrededor y comprender
que ahora esta casa es distinta, porque el espíritu de esa criatura permanece
aquí... Es como si las paredes y los muebles se hubieran impregnado de su
esencia, y por mucho que ese barco la aleje, nos ha dejado parte de ella... —Le
miró con fijeza y esa mirada era casi una súplica—. ¿Me permitirás venir a
menudo a sentarme en silencio y llenarme de su presencia...?
—¡Mientras no convierta mi casa en una especie de Santuario de
su gente...! No me gusta el «Vudú», ni los que lo practican... —Bebió de nuevo
y se sirvió el resto de la botella—. Antes usted y su magia me divertían, pero
después de lo ocurrido ya no es lo mismo...
—Nadie lo sabrá, puedes estar seguro... —Sonrió, mostrando su
enorme hilera de blanquísimos dientes—. Este es un secreto que nos pertenece...
Y no debes sentir tanto desprecio por el «vudú»... —añadió—. Hay mucha
charlatanería, es cierto... Sobre todo entre los haitianos y los brasileños,
que lo han convertido en una prolongación del Carnaval, pero cuando se estudia
a fondo abre los ojos a muchas cosas que nunca hubiéramos siquiera imaginado.
—Prefiero no conocerlas...
—¿Te da miedo saber...?
Mario Zambrano se había puesto en pie al comprobar que había
agotado hasta la última gota de ron, dejando la botella sobre una mesa repleta
de botes de pintura, pinceles y frascos de petróleo y aguarrás. Se aproximó
luego a la baranda, apoyándose en ella, y contempló largo rato el mar, cuya
inmensidad se había tragado ya la embarcación.
—Me voy al puerto... —dijo al fin sin volverse—. Creo que si me
quedara acabaría tirándome al mar.
—Emborrachándote no conseguirás nada, hijo... —sentenció la
negra—. Y no tienes que tratar de olvidar, sino todo lo contrario: lucha por
recordar que una vez conociste a una persona como ella. Te hará bien.
—Usted lo ve desde otro punto de vista, y no puede entender lo
que siento...
—Sí que lo entiendo, hijo, pero también sé que es mejor así.
—Agitó la cabeza mientras cambiaba de manos la labor—. Aunque ella no fuera una
niña, jamás conseguirías ser feliz a su lado. Hubieras vivido siempre
aterrorizado por la idea de perderla, porque sabes muy bien que no es para
ti... Si estás así sin apenas conocerla, imagina lo que sería si en verdad
hubiera llegado a pertenecerte...
—Nunca me pasó por la mente la idea de que me perteneciera,
«Mamá Shá»... No al menos de la forma que usted piensa... Me cree, ¿verdad?
—Sí, hijo... Te creo... Pero el tiempo te hubiera hecho
cambiar... Cuando se ama a alguien se desea tenerlo... Y tenerlo para uno solo,
en propiedad exclusiva... Y ella es de todos... De todos y de nadie... —Lanzó
un hondo suspiro—. Ese será su destino... Y lo fue desde el día mismo en que
nació, porque es un ser demasiado perfecto.
Mario Zambrano permaneció un largo rato oteando el horizonte, y
al fin se encaminó a la pequeña escalera que bajaba directamente al sinuoso
camino que descendía a la playa.
—¿Se queda...? —inquirió a punto ya de marcharse.
—¡Si no te importa...! —La negra sonrió levemente—. Me agrada
estar aquí y notar su presencia a mi alrededor... —Bruscamente el tono de su
voz cambió enronqueciendo—. De hecho... —añadió—.
es como si una extraña fuerza me impidiera marchar... Sé que no
volverá nunca, pero sé, también, que tengo que quedarme.
Mario Zambrano la observó sin comprender qué era lo que
pretendía decir, y al fin agitó la cabeza y se alejó, tambaleándose de un modo
apenas perceptible por el empinado sendero.
Una vez a solas, la inmensa «Mamá Shá» observó todo a su
alrededor, como si a ella misma la intrigase, aguzó la vista en un inútil
esfuerzo por distinguir una vez más al navío, y por último se recostó en el
respaldo de mimbre de la alta butaca, cerrando los ojos con aspecto de
encontrarse en perfecta paz consigo misma.
Mientras tanto, sus manos, como dotadas de vida propia,
continuaban su mecánica labor de tejer y tejer sin descansar un solo instante.
Muñeca Chang se encontraba a gusto en Barbados.
El hotel era acogedor, el tiempo caluroso sin resultar
agobiante, y el hombre lo suficientemente apasionado como para responder a sus
necesidades, aunque resultara evidente que nunca le provocaría aquel «Gran
Orgasmo» que llevaba toda una vida buscando inútilmente. Las vacaciones
constituían un magnífico descanso después de meses de aturdimiento en los que
los clientes pasaron por su cama con tal rapidez que ni siquiera recordaba las
facciones de uno solo, y por ello se sintió profundamente decepcionada cuando
apareció un botones con un telegrama y Damián Centeno pareció transformarse de
inmediato:
—Tengo que irme... —dijo.
—¡Oh, no...! Lo estamos pasando tan bien...
—Maravillosamente, pero esto no puede esperar...
—Sólo un par de días...
—Lo siento... —Se diría que era otro hombre el que hablaba, y
resultaba, evidentemente, que su mente estaba muy lejos en aquellos momentos—.
Puedes quedarte si quieres... —añadió—. Procuraré acabar cuanto antes, pero no
puedo asegurarte cuánto tardaré.
—No quiero volver al prostíbulo... No todavía.
—Quédate entonces... —Dejó un fajo de billetes sobre la mesilla
de noche—. Con esto tienes para un par de semanas... Y ahora hazme un favor:
entérate de cuál es la forma más rápida que existe para llegar a Guadalupe.
—¿Quieres que te acompañe...?
—No. Quiero que me esperes aquí y te portes como una buena chica
que aguárdalas ausencias... —Señaló el teléfono—. Llama, por favor...
Muñeca Chang lo hizo, habló unos instantes con recepción, y
cubriendo el auricular con la mano, señaló:
—Hay un vuelo pasado mañana, pero si tienes mucha prisa pueden
conseguirte un avión de alquiler...
—Que me espere mañana a las ocho en el aeropuerto... Y ponte
elegante, porque quiero llevarte al mejor restaurante de la isla.
Fue en verdad una noche memorable, cenando y bailando a la luz
de las velas, a orillas del tranquilo Caribe; noche de millonario con una
hermosa mujer entre los brazos, el mejor champaña, y el más lujoso ambiente;
noche en la que el dinero de los Quintero de Mozaga corrió con una prodigalidad
con que jamás había corrido anteriormente, prodigalidad que hubiera hecho
enrojecer de ira a los fundadores de la estirpe, que tuvieron que colocar
piedra tras piedra, año tras año, en torno a las primeras viñas para que dieran
fruto, éste se convirtiera en vino, y algún día la fama de ese vino fuera de
boca en boca para iniciar así, con inaudito esfuerzo, la fortuna de la Hacienda
Quintero.
Pero ya los Quintero no existían. Ni una sola gota de su sangre
perduraba sobre la faz de la Tierra, y era un advenedizo; un ex legionario
aventurero, hijo de padre desconocido y madre ratera, el que despilfarraba en
compañía de una prostituta vocacional aquel patrimonio tan dificultosamente
atesorado.
Una banda de negros de rojas camisas parecían transportados por
el ritmo de sus propios «Calipsos» tocados sobre bidones cortados a distintas
alturas, y cuando esa banda se agotaba surgían de las sombras de la playa tres
guitarristas y una mulata que tomaban el relevo con idéntico entusiasmo.
—Si no fueras tan puta te llevaría conmigo a Lanzarote —susurró
Damián Centeno cuando los guitarristas cantaron algo suave que les permitió
bailar muy apretados.
La alegre risa de Muñeca Chang pareció alejarse corriendo sobre
la quieta superficie de las aguas.
—¿Es que no aceptan putas en Lanzarote, o es que ya hay
demasiadas?
—Es que yo no soy como tu marido, y te pegaría un tiro en cuanto
te viera revoleándote con uno de los peones de mi Hacienda.
—¿Cómo de grande es tu Hacienda?
—Aún no lo sé...
Ella se apartó levemente y le miró entre extrañada y divertida.
—¿Aún no lo sabes...? —inquirió—. ¡Qué raro...! ¿Realmente
tienes una Hacienda, o me estás tomando el pelo...?
—Tengo una Hacienda,., —replicó Damián Centeno seriamente—.
Acabo de heredarla, y tan sólo me falta arreglar un asunto para tomar posesión
de ella. Entonces sabré exactamente cómo es de grande y cuánto dinero tengo.
Muñeca Chang sonrió con picardía:
—¿Y cuál es el asunto que tienes que solucionar...? ¿Cargarte a
otro de los herederos...?
—No exactamente... —La apretó de nuevo contra sí—. Quizás algún
día, si decido llevarte a Lanzarote, te lo cuente...
—¿Y quién te ha dicho que tengo interés en ir a Lanzarote...?
—inquirió ella con naturalidad—. No sé dónde queda, ni creo que me gustara...
—Le mordió en la oreja suavemente—. Estoy bien contigo... —le susurró al oído—.
Pero no sé si continuaré aquí cuando regreses... Puede que dentro de tres días
aparezca un hombre, o una mujer, y decida marcharme... Siempre he sido así, y
así quiero seguir siendo de momento...
—¿Nunca habrá nada que te haga cambiar...?
—Quizás un hijo, pero no puedo tenerlos, y no me veo adoptando a
un mocoso para acabar arrastrándolo de cama en cama y de prostíbulo en
prostíbulo... —Le tomó la mano, conduciéndole de nuevo a la mesa, donde le
sirvió una copa de champaña mientras alzaba la suya—. Brindemos por nosotros...
—pidió—. Por esta noche, por tu vuelta y por que aún me encuentres aquí ese
día...
Al alzar la copa Damián Centeno tuvo el absoluto convencimiento
de que no valía la pena regresar a Barbados, porque Muñeca Chang ya no estaría
allí esperándole. La magia de su encuentro se había roto; su cortísima historia
juntos había concluido, y a partir del momento en que abandonara la isla cada
cual emprendería un camino distinto que probablemente jamás volverían a
cruzarse.
Esa noche hicieron el amor con desespero; como si en verdad se
tratase de dos enamorados condenados por el destino a separarse, y Muñeca Chang
estuvo a punto de rozar una vez más el «Gran Orgasmo» sin acabar de atraparlo
por completo.
Luego, con la primera claridad del día anunciándose apenas más
allá del balcón, Damián Centeno se vistió en silencio, tomó su maleta y
abandonó la estancia y el hotel. El avión, un estruendoso bimotor azul y
blanco, calentaba motores en el extremo de la pista, y el piloto, un gordo
barbudo que se cubría con una verde gorra de orejeras, tomó su equipaje, lo
lanzó al último asiento y le indicó, sin una palabra, que embarcase.
Diez minutos después volaban sobre el Océano y, pese al rugido
de los motores y el traqueteo del aparato, la noche de insomnio, el champaña y
el cansancio fueron más fuertes, y apoyando la cabeza en la ventanilla Damián
Centeno se quedó profundamente dormido.
Le despertó el golpear del tren de aterrizaje sobre la pista del
aeropuerto de Pointe-á-Pitre, y a partir de ese momento no volvió a dedicar un
solo pensamiento a Muñeca Chang y las felices horas que habían pasado juntos,
porque tenía que concentrarse en lo único que en verdad le importaba: localizar
a los Perdomo «Maradentro», acabar de la forma más rápida posible con los
chicos y desaparecer.
Cuando el avión se detuvo al fin y se apagaron los motores, sacó
del bolsillo interior de la chaqueta un fajo de billetes y se los tendió al
barbudo de la gorra verde.
—Espéreme hasta mañana... —dijo—. Si al mediodía no he vuelto,
puede marcharse...
El piloto contó los billetes, dudó un momento y por último hizo
un leve gesto con la cabeza, asintiendo.
—De acuerdo... Le esperaré hasta las doce. A esa hora tengo que
irme. Me aguardan unos clientes en Trinidad.
—No se aleje del avión.
—Descuide.
Un taxi le condujo directamente a las Oficinas del Puerto, en
las que el comandante Claude Duvivier le comunicó que sentía notificarle la
triste nueva de la desaparición de su pariente Abel Perdomo, cuya búsqueda
había sido dada ya por concluida, pero que el resto de su familia podría
encontrarla sana y salva en casa de un pintor español llamado Mario Zambrano,
en Basse-Terre.
—No tiene pérdida... —concluyó—. Es una casa blanca, con una
gran galería que cae sobre el mar justamente en lo alto de la colina, frente al
viejo fuerte de Richepanse... —Le tendió la mano—. Salude a su familia de mi
parte... Deben de estar esperándole, porque ayer mismo le comuniqué a Zambrano
qué nos habíamos puesto en contacto con usted.
Media hora después Damián Centeno estaba sentado frente a una
hermosa langosta y una botella de vino blanco en «Chez Félix», a la entrada del
puerto, meditando sobre la forma de acabar con sus víctimas y abandonar la isla
en el mismo avión en que había venido. Se sentía tranquilo e incluso casi
agradablemente relajado, pese a que, por lo que Duvivier dijera, los
«Maradentro» ya debían de saber, a aquellas horas, que los andaba buscando.
Hubiera preferido que creyesen que había abandonado la persecución meses atrás,
pero ahora que el padre estaba muerto y el barco se había hundido as
dificultades se reducían de modo considerable. Ya no tenía que enfrentarse más
que a una mujer, una chiquilla y dos muchachos, y empezaba a abrigar el
convencimiento de que lo mejor sería acabar con toda la familia y evitarse de
ese modo futuros problemas. No había visto a Aurelia Perdomo más que de lejos,
pero no tenía aspecto de ser mujer que se cruzara de brazos si le mataban a los
hijos.
«No me gustaría pasarme el resto de la vida esperando a que
aparezca... —se dijo—. Tendré que librarme de ella.»
Aunque pudiera resultar sorprendente, la idea de asesinar a
cuatro personas no le inquietaba en absoluto. Las muertes ajenas habían dejado
de preocuparle treinta años atrás, incluso en el caso de tratarse de unos
crímenes tan fríamente calculados como aquellos, porque en lo íntimo de su ser,
Damián Centeno no se consideraba a sí mismo más que una víctima del tiempo y
las circunstancias que le tocaron vivir. Había pasado por una infancia y una
juventud miserables que no le ofrecieron otra alternativa que la delincuencia o
la Legión, y la Legión le había enseñado a matar sin el menor remordimiento de
conciencia cuando aún no había cumplido veinte años. Pretender que a aquellas
alturas estuviese en condiciones de distinguir en qué se diferenciaban las
muertes justificadas por razones de guerra o política, de las muertes
injustificables puramente privadas, constituía, en verdad, una ilusión
estúpida. Le había dado el «paseo» a untos inocentes diez años antes tan sólo
porque el capitán Quintero o cualquier otro oficial se lo ordenaba; había
enviado a tantos muchachos a misiones sin esperanzas, y había participado en
tantos pelotones de ejecución, que aquellas cuatro vidas no serían nunca más
que cuatro números de una lista interminable. Que tuvieran nombre y apellidos,
nada significaba. Todos cuantos llevaban años enterrados y de los que nadie se
acordaba, también lo habían tenido.
El problema por tanto no estribaba en asesinar a cuatro
personas, sino en hacerlo pulcramente y esfumarse. Del fondo de su maleta había
extraído ya el pesado revólver que le había acompañado a lo largo de casi media
vida y cuyo familiar contacto advertía ahora sobre la piel, bajo el cinturón y
la camisa. Una vez trató de calcular cuántos «tiros de gracia» habrían escapado
por el cañón de aquel arma, pero perdió pronto la cuenta. Si alguien le
obligaba a enumerar cuántas de aquellas muertes no sirvieron de nada también
perdería la cuenta. Sin embargo, tanta inutilidad nunca le produjo hastío o
remordimientos. Tan sólo le condujo al convencimiento de que era hora de que
las muertes sirvieran de provecho.
Terminó de comer sin prisas, pidió café, encendió el último
habano que le quedaba de la caja que comprara en La Guaira y con él aún en la
boca buscó un taxi y pidió que le condujera al fuerte Richepanse, en
Basse-Terre. Había dejado su maleta en la consigna del aeropuerto y no llevaba
encima más que el arma, dinero y el pasaporte, que era cuanto necesitaba para
sentirse cómodo y poder poner tierra por medio en un momento dado.
Visitó el fuerte como un turista más, y desde su torre norte
observó detenidamente las casas que se desparramaban por la colina. Había dos
que podían corresponder a la descripción que el comandante había hecho, y
durante largo rato permaneció inmóvil espiando cualquier señal de vida, pero no
distinguió a nadie. Luego, muy despacio, descendió hasta el mar y buscó el
sendero que desde el borde del agua trepaba por la colina.
A unos treinta metros bajo la primera casa se detuvo entre la
espesa maleza y aguardó. Aquella debía de ser probablemente la que buscaba,
puesto que era la única que contaba con una amplia galería y se encontraba
justo frente al castillo. Dejó transcurrir media hora larga sin advertir
movimiento alguno ni escuchar un ruido ni una voz, se cercioró de que el arma
se encontraba cargada y lista para ser empleada y entreabriendo un poco la
camisa para poder empuñarla con facilidad, decidió recorrer la corta distancia
que le separaba del comienzo de la escalera que conducía directamente a la
terraza de la casa cuando ya comenzaba a oscurecer.
Los resecos peldaños de madera crujieron bajo su peso, y tuvo la
impresión de que su estruendo sería capaz de alarmar a cuantos se encontraban
cerca, pero llegó a la altura de la amplia ventana que se abría sobre el mar,
hacia poniente, y continuó sin percibir el menor rastro de vida o movimiento en
el interior de la casa.
Atisbo hacia dentro. En la penumbra distinguió algunos muebles
impersonales e infinidad de cuadros que ocupaban la mayor parte de las paredes
e incluso parecían amontonarse en una esquina. Continuó su lenta ascensión,
alcanzó la galería y, desde donde se encontraba, pudo entrever parte de una
mesa cubierta de frascos, botes de pintura, trapos y pinceles. Permaneció muy
quieto pegado a la esquina, escuchó de nuevo, tanteó una vez más la culata de
su arma, y al fin, convencido de que no había nadie en la casa, dio dos pasos y
se situó en el centro mismo de la terraza.
La oscuridad era casi total debido a la rapidez con que caía la
noche sobre el trópico, y tardó en descubrir la figura de la enorme negra que
dormía en un alto sillón de mimbre. La observó de cerca y durante unos
instantes dudó entre despertarla o regresar por donde había venido, pero al fin
decidió que tenía que actuar con rapidez si no quería que el avión le dejara en
tierra y accionó el interruptor de la luz que colgaba directamente sobre la
mujer dormida.
Pero ni siquiera esa luz la despertó y Damián Centeno buscó un
taburete, tomó asiento frente a ella, y agitó las manos cruzadas sobre el
regazo que aún sujetaban el chal de colorines que había estado tejiendo.
—¡Oiga...! —llamó—. ¡Eh, oiga...! ¡Despierte, por favor...!
«Mamá Shá» abrió los ojos como si le costara un gran esfuerzo y
los fijó, sin comprender muy bien lo que ocurría, en el desconocido que se
sentaba frente a ella.
—¿Qué pasa...? —inquirió al fin—. ¿Qué quiere usted?
—Estoy buscando al señor Mario Zambrano... ¿Vive aquí?
—Sí. Aquí vive... Pero ha salido...
—¿Dónde está...?
—Bajó al pueblo.
—¿Cuándo volverá...?
La negra observó a su interlocutor como si tratara de averiguar
algo sobre él, y tras un corto silencio negó convencida.
—No tengo ni idea... —admitió—. Depende de la borrachera que
agarre o de las amiguitas que encuentre... Si tropieza con Geneviève o con «la
Gringa» de las tetorras puede pasarse tres días fuera...
—¡Tres días...! —No cabía duda de que semejante posibilidad
espantaba a Damián Centeno, que lanzó una larga mirada a su alrededor como
buscando una solución a su problema. Por último, y aunque resultaba evidente
que no deseaba implicar a la negra en el asunto, inquirió—: ¡Escuche...! Yo en
realidad a quien busco es a unos parientes que acaban de llegar de España... Me
dijeron que estaban aquí, en casa del señor Zambrano... ¿Los ha visto?
La gorda «Mamá Shá» meditó de nuevo, observando con extraña
fijeza al hombre del tatuaje en el brazo y la cicatriz en el pecho, v al fin
asintió con un leve ademán de la cabeza.
—Sí. Los he visto.
—¿Dónde están?
—Se fueron.
—¿Se fueron...? —repitió Damián Centeno alarmado y casi a punto
de dar un salto—. ¿Cuándo te fueron?
—Esta mañana. Al amanecer...
—¿Adónde...?
La dominicana se encogió de hombros.
—No lo sé...
—¿Cómo que no lo sabe...? Tiene que saberlo... ¿Cómo te fueron?
Ella apuntó con un gesto hacia adelante; a la sombra de la noche
que cubría por completo el horizonte:
—En barco... Mario les prestó su barco y se fueron... Creo que a
Cuba...
—¿A Cuba...? —exclamó incrédulo Damián Centeno—. ¿Está segura?
—Eso dijeron... —admitió la negra—. O tal vez fuera a México, o
a Panamá... ¡Cualquiera sabe...! —Señaló en dirección opuesta a aquella por la
que se había alejado la «Graciela»—. Hace un rato, cuando me quedé dormida, aún
se les veía allí, en el horizonte...
Pareció dar por concluida la charla, visto que no tenía nada más
que aclarar, tomó de nuevo su labor, dispuesta a reanudar su tarea de tejer, y
al hacerlo el ovillo de lana escurrió entre sus dedos y fue a caer al suelo, a
sus pies. Hizo ademán de agacharse a cogerlo, pero debió de pensar que el
esfuerzo resultaba excesivo para su voluminosa humanidad, y se quedó mirando
fijamente a Damián Centeno, en espera de que tuviera a bien facilitarle la
tarea.
Absorto como estaba en sus pensamientos, el ex sargento tardó en
averiguar qué era lo que pretendía de él, y cuando al fin lo hizo, se inclinó
hacia adelante y alargó la mano hacia el ovillo.
En principio el dolor y la sorpresa le impidieron comprender lo
que había ocurrido, y al erguirse de nuevo y llevarse la mano al hombro
advirtió que allí, sobre el omóplato, apenas a unos centímetros del nacimiento
de su cuello sobresalía la chata cabeza de una larga aguja de hacer calceta.
Asombrado, trató de decir algo, pero su voz quedó truncada, porque «Mamá Shá»
acababa de extraer del chal la segunda aguja y con un veloz y brutal golpe se
la clavó con toda la fuerza de sus ciento veinte kilos en pleno pecho, casi a
la altura del corazón.
Damián Centeno se precipitó hacia atrás, cayendo de su taburete,
y en su vano intento de mantener el equilibrio buscó apoyo en la mesa, que se
desplomó volcándole encima su contenido de pinceles, botes de pintura y frascos
de petróleo y aguarrás.
Desde el suelo, vencido por la sorpresa y el insoportable dolor,
e incapaz de entender qué era con exactitud lo que había ocurrido, luchó
inútilmente por arrancar la segunda aguja que apenas sobresalía de su verdosa
camisa y al fin, con un jadeo casi ininteligible exclamó:
—¿Pero por qué ha hecho eso...? ¿Por qué?
Inmóvil, tan impasible como un negro buda viviente, «Mamá Shá»
le observó con extraña fijeza y sus ojos relampaguearon al replicar:
—Porque ella es la elegida de Dios, y tú eres «el Mal»... porque
ella es hija de Elegbá, y yo la última de sus siervas... Porque ella tiene un
destino que cumplir, y mi obligación es defenderla... ¿Cómo te has atrevido,
cerdo inmundo, a intentar alzar tu mano contra una Criatura amada por los
Cielos? ¡Estúpido! Desde el momento que abrí los ojos supe quién eras... Antes
incluso de que llegaras sabía que vendrías, porque Elegbá me ordenó que me
quedara aquí, a proteger a su hija... —Buscó en su bolso, extrajo uno de sus
estrafalarios habanos, y lo encendió manteniendo la larga cerilla de madera en
la mano—. ¡Ve a quemarte a los infiernos! —añadió—. Vete a donde ya no puedas
hacer daño...
Damián Centeno advirtió entonces que se encontraba empapado de
pintura, petróleo y aguarrás, y tratando de erguirse sobre un brazo, alargo la
otra mano suplicante:
—¡No, por favor...! —aulló—. ¡No lo hagas...!
Pero la negra no pareció escucharle, lanzó al aire una bocanada
de espeso humo, y le arrojó la cerilla a la entrepierna; allí donde la mancha
de petróleo era más densa.
Convertido en una antorcha viviente, Damián Centeno lanzó un
alarido y comenzó a revolcarse por el suelo de la ancha terraza, hasta que, al
llegar al borde, se puso trabajosamente en pie, se dobló sobre la barandilla y
se precipitó al vacío ante la indiferente mirada de la voluminosa «Mamá Shá».
Con la primera luz del día hizo su aparición en el horizonte la
alta línea oscura de la costa. Una larga cadena de montañas se recortaba contra
el azul muy pálido del cielo, y Sebastián, que manejaba el timón, supuso desde
el primer momento que el mayor de los picachos tenía que ser el Monte Avila,
más allá del cual se extendía el largo Valle de Caracas.
—¡América...! —musitó y le supo bien la palabra en la boca, como
si la isla de donde venían, aquella Guadalupe poblada de franceses a los que no
lograra entender apenas, no hubiera sido en realidad América también. La
América auténtica; aquella con la que él venía soñando desde tanto tiempo
atrás, era únicamente la verde y alta costa de Tierra Firme; el inmenso y en
parte aún semisalvaje Continente en el que todos los asesinos de este mundo
perderían su rastro.
El viaje desde Basse-Terre había sido largo; largo y pesado
luchando con aquella embarcación renuente y descastada, pero a pesar de la
maldita balandra y de cuantos impedimentos les había puesto en cada milla de
travesía, allí estaban al fin a la vista de un Nuevo Mundo en que habrían de
iniciar una nueva vida, y a trancas y barrancas, aunque fuera a patadas,
conseguiría que la «Graciela» los llevara a buen puerto.
¿Y luego?
Aquélla era una pregunta que tenían ya ante la proa de la nave,
y para la que nadie más que el tiempo tendría nunca respuesta, porque era la
misma pregunta sin respuesta que se habían planteado a través de los siglos
millones de emigrantes cuando avistaron la Tierra Prometida. Si tantos de ellos
habían logrado triunfar sacando adelante a su familia, Sebastián Perdomo tenía
la certeza de que él también lo conseguiría.
—¡Tan sólo una cosa necesito! —se dijo—. Que Yaiza pierda el
«DON» y deje de complicarnos la existencia.
Pero le constaba que eso nunca ocurriría; que fueran donde
fueran e hicieran lo que hicieran, su hermana continuaría siendo un ser
excepcional que atraería a los peces, amansaría a las bestias, aliviaría a los
enfermos y agradaría a los muertos.
Y que enloquecería cada vez más a los hombres.
Por qué se había empeñado el Creador en conceder tanto a una
sola criatura para que, en conjunto, tales dones se convirtiesen en una
maldición era algo que Sebastián Perdomo nunca entendería, pero resultaba a
todas luces evidente que aquél era el destino reservado a su hermana, y entre
los «Maradentro» lo que afectaba a uno de los miembros de la familia afectaba
también a los restantes.
Sabía que a donde quiera que fueran, y por mucho que se
escondieran de Damián Centeno, siempre tendrían que arrastrar con ellos la
indescriptible hermosura y el aire de misterio de la menor de la estirpe, y que
aquello significaría tanto como ir por el mundo haciendo sonar una bolsa de
monedas que despertaba el ansia de posesión de cuantos la conocieran.
Advirtió que Asdrúbal, que había dormido arrebujado en una manta
sobre cubierta, abría los ojos y le miraba, y con un ademán de la cabeza señaló
hacia adelante: a la línea de tierra. Su hermano hizo un afirmativo gesto con
la cabeza, pero continuó inmóvil, recostada la espalda contra el tambucho,
observando el mar y la agreste silueta de la costa de un verde lujuriante.
Navegaban sin prisas, empujados por un viento fresco que entraba
por la amura de babor y parecía ser el único capaz de conferirle algún impulso
aprovechable a aquella carraca desganada que cabeceaba y se balanceaba como un
borracho vagabundo que no tuviera ni la menor idea de hacia dónde se
encaminaba, y al poco hizo su aparición Aurelia portando dos cazos con café y
un poco de queso que sus hijos consumieron con apetito mientras ella se hacía
momentáneamente cargo del timón.
—¿Y Yaiza...? —quiso saber Sebastián.
—Creo que no ha dormido bien —replicó su madre—. La he sentido
agitarse constantemente, y no sé si será por lo mal que huele abajo, o por
culpa de una de sus pesadillas... —Señaló hacia adelante—. ¿A qué hora
llegaremos...?
Asdrúbal, que se había puesto en pie aunque continuaba
arrebujado en la manta, se encogió de hombros:
—Con este trasto nunca se sabe... —comentó—. De repente echa a
correr y se pone en los seis nudos sin razón alguna, pero de improviso se diría
que alguien le está agarrando por los fondillos y le impide moverse... ¡Es el
barco más loco que he conocido nunca...!
—¿Echas de menos el «Isla de Lobos»?
—¿Y tú no...? Aquél no era un barco... A veces se diría que
sentía y pensaba como un ser humano... Era capaz de cantar cuando estaba
contento, de reír con los delfines e incluso llorar como un niño. Cuando el
abuelo murió, pasó meses tan abatido como un perro que hubiera perdido a su
amo.
—Por lo menos le hará compañía a vuestro padre allí donde se
encuentre.
Sebastián colocó una mano sobre la de Aurelia, que empuñaba con
firmeza el timón, y los tres quedaron en silencio, asaltados una vez más por el
recuerdo del hombre que había sacrificado su vida por salvarlos... Si estaban
allí y las costas de Venezuela se iban aproximando metro a metro permitiéndoles
percibir cada vez con mayor nitidez sus contornos, era únicamente porque él lo
había ofrecido todo para que así fuera, y eso era algo que jamás podrían
olvidar.
La silenciosa evocación duró hasta que la incomparable figura de
Yaiza hizo su aparición sobre cubierta, y aspirando a fondo el salado aire
marino como si quisiera expulsar de sus pulmones el hedor de la cámara, observó
con detenimiento la agreste cadena montañosa que se abría ante la proa de la
balandra. Luego se aproximó a su madre y sus hermanos y les besó uno por uno:
—¡Buenos días! —dijo—. Parece que al fin hemos llegado.
—Únicamente a Venezuela... —le hizo notar Sebastián—. Y ése es
sólo el comienzo... Tendremos que alejarnos de aquí si pretendemos que Damián
Centeno no pueda encontrar nunca nuestro rastro.
La hermosa cabeza de la muchacha se agitó muy despacio, negando
con firmeza, mientras a sus enormes ojos verdes asomaba aquélla extraña luz que
los suyos tanto conocían.
—¡No...! —murmuró con voz ronca—. Ya no será necesario continuar
huyendo...
Su madre y sus hermanos la observaron con fijeza y aguardaron.
Al fin, casi avergonzada de sí misma, Yaiza Perdomo añadió con un susurro:
—Damián Centeno vino anoche a verme y está muerto.
La balandra pareció dar un brusco salto hacia adelante, y las
costas de Venezuela se aproximaron de improviso como si una mano gigantesca las
hubiese trasladado mágicamente hacia la proa.
El mar, que ya no era Océano, se mostraba más tranquilo que
nunca; verde, transparente y luminoso.
Lanzarote, enero de 1984.
Libro segundo:
YAIZA


Publicar un comentario