© Libro N°. 3068. Novelas A Marcia Leonarda. De Vega, Lope. Colección
E.O. Agosto 27 de 2016.
Título original: © Novelas A Marcia Leonarda. Lope De Vega
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NOVELAS A MARCIA LEONARDA
Lope de Vega
Indice
Las fortunas de Diana 2
La desdicha por la honra 29
La prudente venganza 47
Guzmán el Bravo 67
A la señora Marcia Leonarda
Las fortunas de Diana
No he dejado de obedecer a vuestra merced por ingratitud, sino
por temor de no acertar a servirla; porque mandarme que escriba una novela ha
sido novedad para mí, que aunque es verdad que en el Arcadia y Peregrino hay
alguna parte de este género y estilo, más usado de italianos y franceses que de
españoles, con todo eso, es grande la diferencia y más humilde el modo.
En tiempo menos discreto que el de ahora, aunque de más hombres
sabios, llamaban a las novelas cuentos. Estos se sabían de memoria y nunca, que
yo me acuerde, los vi escritos, porque se reducían sus fábulas a una manera de
libros que parecían historias y se llamaban en lenguaje puro castellano
caballerías, como si dijésemos «hechos grandes de caballeros valerosos». Fueron
en esto los españoles ingeniosísimos, porque en la invención ninguna nación del
mundo les ha hecho ventaja, como se ve en tantos Esplandianes, Febos,
Palmerines, Lisuartes, Florambelos, Esferamundos y el celebrado Amadís, padre
de toda esta máquina que compuso una dama portuguesa. El Boyardo, el Ariosto y
otros siguieron este género, si bien en verso; y aunque en España también se
intenta, por no dejar de intentarlo todo, también hay libros de novelas, de
ellas traducidas de italianos y de ellas propias en que no le faltó gracia y
estilo a Miguel Cervantes. Confieso que son libros de grande entretenimiento y
que podrían ser ejemplares, como algunas de las Historias trágicas del
Bandello, pero habían de escribirlos hombres científicos, o por lo menos
grandes cortesanos, gente que halla en los desengaños notables sentencias y
aforismos.
Yo, que nunca pensé que el novelar entrara en mi pensamiento, me
veo embarazado entre su gusto de vuestra merced y mi obediencia; pero por no
faltar a la obligación y porque no parezca negligencia, habiendo hallado tantas
invenciones para mil comedias, con su buena licencia de los que las escriben,
serviré a vuestra merced con esta, que por lo menos yo sé que no la ha oído, ni
es traducida de otra lengua, diciendo así:
En la insigne ciudad de Toledo, a quien llaman imperial tan
justamente, y lo muestran sus armas, había no ha muchos tiempos dos caballeros
de una edad misma, grandes amigos, cual suele suceder a los primeros años por
la semejanza de las costumbres. Aquí tomaré licencia de disfrazar sus nombres,
porque no será justo ofender algún respeto con los sucesos y accidentes de su
fortuna. Llamábase el uno Otavio, y el otro Celio.
Otavio era hijo de una señora viuda, que de él y de una hija que
se llamaba Diana, y de quien toma nombre esta novela, estaba tan gloriosa como
Latona por Apolo y la Luna. Acudía Lisena, que este fue el nombre de la madre,
a las galas y entretenimientos de Otavio liberalmente; y con mano escasa y
avara a su hija Diana, vistiéndola honestamente, de que a ella le pesaba mucho,
porque es ansia de las doncellas lucir su primera hermosura con la riqueza de
las galas; y engáñanse en esto como en otras cosas, porque a la frescura de las
rosas por la mañana basta el natural rocío, que cortadas, han menester el
artificio del ramillete, donde tan poco duran como después ofenden. No erraba
Lisena en componer honestamente su hija, que una doncella en hábito extraordinario
de su estado no es mucho que desee cosas extraordinarias y sea más mirada de lo
que es justo. Diana mostraba alegría en la obediencia y con discreción notable
no excedía un átomo sus preceptos; de suerte que ni en misa ni en fiesta
pública fue jamás vista de la curiosidad ociosa de tantos mozos, ni hubo en
toda la ciudad quien pudiese decir lo que ahora de muchas, con no poca
reprehensión del descuido de sus padres, que les parece que, alabándolas y
enseñándolas, se han de vender más presto.
Celio no los tenía, y era dotado de grandes virtudes y gracias
naturales; pienso que con esto he dicho que era pobre y no muy estimado de los
ricos. Solo Otavio no se hallaba sin él, y era tanta su amistad que, comenzando
en otros por envidia, acabó en murmuración y no poco disgusto de sus parientes,
que se quejaron a Lisena de que en las conversaciones públicas los dejaba en
viendo a Celio, y muchas veces sin despedirse. Lisena, ofendida del desprecio
de sus deudos y del amor y estimación de Celio, riñole un día más
declaradamente que otras veces, y para daño de todos.
Otavio, sintiendo la aljaba de aquellas flechas, y que con
siniestra información deseaban quitársele, honestamente obediente, le dijo que
si supiera qué partes tenía Celio para ser amado y estimado, de ninguna suerte
le hubiera reprehendido, antes bien expresamente le mandara que no se
acompañara con otro; y que habiendo conocido la deslealtad de otros amigos, la
poca verdad, la inconstancia, el poco secreto y bajas costumbres, se había
reducido a querer tratar y conversar el caballero más noble, más discreto, más
fácil, más leal, verdadero, secreto y de mejores costumbres que había en
Toledo; y que mirase que, después que andaba con él, no le había dado disgusto
ni sacado la espada; porque Celio era pacífico y tan prudente y cuerdo, que
componía todos los disgustos que a los demás caballeros se ofrecían, y que con
su entendimiento había solicitado tanta autoridad entre ellos, que le tenían
envidia de que él le favoreciese y con tan justa razón se le inclinase.
Atenta estuvo Lisena y sin responder a Otavio, porque conoció
que era verdad lo que le decía, y jamás había oído cosa en contrario; pero más
lo estuvo Diana que, oyendo tantas alabanzas de Celio, sintió una alteración
súbita, que blandamente le desmayaba el corazón y le esforzaba la voluntad;
quería defender a su hermano y decir algo de lo que había oído de Celio, y por
no dar conocimiento de lo que ya le parecía que requería secreto, recogió al
corazón las palabras, al alma los deseos y dijo con las colores del rostro lo
que calló la lengua.
Pasados algunos días, cierta señora de título, prima suya, y
algunas hermosas damas, sus amigas, se fueron a holgar y entretener, más que a
visita de cumplimiento, en casa de Lisena, dándoles ocasión la paga y fianza
que Diana había hecho a su hermano, que la víspera de la fiesta de su día le
habían colgado, uso notable de España, y de tiempos inmemoriales usado en ella.
Rogó Otavio a Celio que se fuese con él aquella tarde a su casa,
que bien podrían estar donde aquellas damas no les viesen. Y así, se entraron
en una recámara que había sido de su padre, pieza bien apartada de la
conversación de aquellas señoras. Pero no lo fue tanto como Otavio había
imaginado, porque con el alboroto de los huéspedes y el no fiarse todas las
cosas de las criadas, Diana fue a sacar de un camarín algunos vidrios o regalos
que para tales ocasiones tienen tales personas. Sintiendo que entraba su
hermano, detuvo algo turbada el paso. Detúvose también Celio, y cuando ya Diana
salía, Otavio había entrado en la recámara. Quedó atrás Celio, y poniendo ella
los ojos en él, sacó todos los deseos del alma a las colores del rostro con tan
grande aumento de su hermosura como flaqueza de su ánimo. Celio cuanto pudo se
llegó a ella, que fue lo más que pudo con su turbado atrevimiento, y al pasar
Diana le dijo:
-¡Qué deseada tenía yo esta vista!
A quien ella respondió con agradable rostro:
-No estáis engañado.
Aquí me acuerdo, señora Leonarda, de aquellas primeras palabras
de la tragedia famosa de Celestina, cuando Calisto le dijo: «En esto veo,
Melibea, la grandeza de Dios». Y ella responde: «¿En qué, Calisto?» Porque
decía un gran cortesano que si Melibea no respondiera entonces «¿en qué,
Calisto?», que ni había libro de Celestina, ni los amores de los dos pasaran
adelante.
Así, ahora en estas dos palabras de Celio y nuestra turbada
Diana se fundan tantos accidentes, tantos amores y peligros, que quisiera ser
un Heliodoro para contarlos o el celebrado autor de la Leucipe y el enamorado
Clitofonte.
Admirado Celio de la respuesta amorosa, donde la esperaba tan
áspera en castigo de su atrevimiento, quedó como fuera de sí, entre la animosa
esperanza y la grandeza de la empresa. Entró en la recámara disimulado, y habló
con Otavio fingido, alabándole las armas, el aseo y cuidado con que estaban
puestas las espadas de diversos maestros, cortes y guarniciones, de que tenía
muchas. Hizo Celio armar de la gola al tonelete a Otavio, y él se armó de unas
armas negras. Concertaron de ensayarse para un torneo. Notables invenciones
tiene amor para hallar lugar a sus esperanzas, pues con ella le tuvo para venir
a su casa de Otavio muchas veces, y Diana también para verle y desearle y para
que un día, dichoso al parecer de entrambos, pudiese darle un papel con una sortija
de un diamante. Diana le recibió con notables muestras de agradecimiento y
gusto; y después de haberse escondido de todos, le besó y leyó mil veces, que
decía así:
PAPEL DE CELIO A DIANA
Hermosísima Diana, no culpes mi atrevimiento, pues todos los
días ves en tu espejo mi disculpa. Yo no sé por qué ventura mía vine a verte;
pero te puedo jurar por tus hermosos ojos, que antes de verte te amaba, y que
pasando por tus puertas se me turbaba el color del rostro, y me decía el
corazón que allí vivía el veneno que había de matarme. ¿Qué haré ahora, después
que te vi y que me aseguraste de que agradecías este amor que, por ser tan
justo, está a peligro de no ser agradecido? Pero en confianza de aquellas
palabras, que apenas creen mis oídos que fueron tuyas, si no las asegurasen los
ojos de que te vieron cuando las decías, y el alma de la novedad y ternura que
sintió oyéndolas, que me des licencia para hablarte, que no sé si tengo qué
decirte; pero, si me la concedes, sabrás que te aseguras de tu honor y que te
vengas de mi atrevimiento.
¡Qué poco ha menester la voluntad a quien conciertan las
estrellas para corresponder a la que desea! No se puede encarecer con palabras
lo que sintió de las que esta carta le dijo a los oídos del alma el enamorado
Celio; y así, contenta y enternecida Diana más de la verdad y llaneza que del
artificio del papel, le respondió así:
Celio, mi hermano Otavio tuvo la culpa de amaros con los
encarecimientos de vuestra persona y partes; perdónese a sí mismo de haberme
puesto en obligación de tanto atrevimiento. En lo más, que es amaros como mi
estado puede, yo os obedezco; en daros lugar a hablarme, no es posible, porque
los aposentos donde duermo caen a los corrales de unas casillas de alguna gente
pobre, y por ninguna cosa del mundo me atreveré a dar disgusto a mi madre y
hermano, si tan desigual libertad de mis obligaciones llegase a sus oídos.
No le faltó ocasión para dar este papel a Celio, ni él la tuvo
en su vida de tanto gusto, porque sabía que en las casillas que le decía vivía
el ama que le había criado. Hízole dos o tres visitas, y la última fue rogarle
que se fuese a vivir a su casa en mejores aposentos, porque se dolía de que
estuviese tan mal acomodada. Ella, pensando que le obligaba el amor del pecho
en el conocimiento de mayores años, fue fácil de persuadir y de pasarse. Quedó
Celio con la llave de aquellos aposentos, y mostrándosela a Diana le daba a
entender por señas que ya estaban por suyas, y ella segura de sus temores.
Vino la noche, y Celio fue a ver si su Sol amanecía, que con no
menor cuidado, en sintiendo pasos en los corrales, cuyos ecos se hacían en su
alma, abrió una ventana y luego una celosía, poniendo el rostro en el marco,
llena de amor y miedo. Reportado Celio de la primera turbación y desmayo, que
le había cubierto de dulce sangre el corazón y de alegría los ojos, le dijo tan
tiernas, tan suaves, tan enamoradas razones que apenas acertaba Diana a
responderle, porque oprimía la lengua la vergüenza y la novedad oscurecía el
entendimiento. Allí los halló el alba, que él apenas la esperaba después del
sol, y ella como desde alto le miraba.
Pasaron de esta suerte algunos días sin atreverse a más que a
encarecimientos de su amor y sentimientos de su soledad en su ausencia. Distaba
la ventana del suelo catorce o dieciséis pies, con cuya ocasión Celio le pidió
licencia una noche para subir a ella. Diana fingió que se enojaba mucho y, no
pesándole de la licencia, le preguntó que cómo había de traer una escalera a
una casa en que ya no vivía nadie sin grande escándalo. Celio respondió que
como ella le diese licencia, él subiría sin traerla. Concertáronse los dos con
pacto que no había de pasar de la ventana. ¡Oh amor, qué de cosas niegas que
deseas! ¡Bien haya quien te entiende! Sacó una escala de cuerda Celio, que
algunas noches había traído para la que tuviese dicha, y alcanzando un palo,
que no sin malicia estaba cerca, ató en él los cabos y, arrojándole a la
ventana, después de haberla prevenido, le dijo que le atravesase en ella. Ella,
toda turbada, le acomodó temblando; y apenas Celio le halló firme cuando fiando
a los pasos portátiles el cuerpo, se halló en las manos de Diana que, con la
disculpa de tenerle para que no cayese, se las previno. Besábaselas Celio con
la misma del cuidado, agradecido a su salud y vida: que es amor tan cortesano,
que lo que hace por necesidad vende por agradecimiento. Miraron por todas
partes cuidadosamente, temerosos de que la ventana podía ser vista; y
asegurados de que era imposible, o porque ellos deseaban que no se lo
pareciese, más cerca se descubrieron las voluntades y los principios de los
deseos amorosamente, cual suelen las enamoradas palomas regalar los picos y con
arrullos mansos desafiarse. Algunas noches duró en estos amantes la
conversación referida secretamente, porque Diana no daba lugar a lo que Celio
con eficaces ruegos pretendía y con juramentos exquisitos le aseguraba. Aquí se
me acuerdan las líneas del amor escritas de Terencio en su Andria: ya Celio de
las cinco tenía las cuatro. Notablemente le atormentaba el deseo. ¡Qué retórico
se mostraba, qué ansias fingía, qué promesas, qué encarecimientos buscaba! ¡Qué
dulce representante de sus penas variaba la color del rostro y se quejaba en
consonancias tiernas! Pidiole, finalmente, un día tan resueltamente licencia
para entrar dentro que, habiendo callado Diana, con poca resistencia de su
parte estuvo en su aposento y, puesto de rodillas, le pidió con fingidas
lágrimas perdón de su atrevimiento. Dígame vuestra merced, señora Leonarda, si
esto saben hacer y decir los hombres, ¿por qué después infaman la honestidad de
las mujeres? Hácenlas de cera con sus engaños y quiérenlas de piedra con sus
desprecios. ¿Qué había de hacer Diana en este atrevimiento? ¿Era Troya Diana,
era Cartago o Numancia? ¡Qué bien dijo un poeta:
Tardose Troya en ganar,
pero al fin ganose Troya!
Desmayose la turbada doncella. Celio la recibió en los brazos y
puso con respeto y honestidad en su cama, donde sirvieron sus propias lágrimas
de agua para el desmayo y de fuego para el corazón. Porque a la manera de los
que medio despiertos las noches del invierno sienten que llueve, así Diana,
entre el sueño del desmayo y lo despierto de la voluntad, sentía las lágrimas
de Celio sobre su rostro. Vuelta de todo punto de este accidente, la volvió a
pedir perdón, que no pudo negarle, porque ya le pesaba que se le pidiese; pero
rogándole que le cumpliese la palabra que le había dado luego que entró en su
aposento, de que se iría sin ofensa de su honor y de su gusto. Celio, que ya ni
la podía obedecer, ni creía que la resistencia sería mayor que la ocasión, dispúsose
a ser Tarquino de menos fuerte Lucrecia: y entre juramentos y promesas venció
su fama, quedando en justa obligación de ser su esposo. Aquí los dos
confirmaron de nuevo su amor, no sucediendo a Celio lo que al forzador de la
hermosa Tamar, porque creció su deseo la ejecución, y no dejó la hermosura
dejar entrar el arrepentimiento.
Luego se conoció en el alegre caballero su buena dicha, pues con
su poca hacienda dio librea a sus criados que, cuando amor gana, ni es escaso
del barato, ni piensa que puede volver a perder lo que una vez posee.
Preguntole a Diana Celio si su madre venía a su aposento algunas veces, y ella
le dijo que no; con que tomó licencia de quedarse en él algunos días, y ella de
retratarle en su pecho con más espacio, de suerte que ya no pudo dejar de
decírselo, y con muchas lágrimas mostraba estar arrepentida, temiendo que
Lisena y su hermano conocerían por tan público efecto la infamia de la causa. A
esto se le llegaba lo que se diría en toda la ciudad de su recogimiento y
apariencias, y entre sus parientas y amigas, que a la hipocresía de su
honestidad tenían empeñado el crédito. Celio le proponía los caminos que había
para remediar el daño, que el de matar el hijo no cayó en su pensamiento. Pero
viendo que pedirla por mujer era enemistarse con Otavio, y que no se la había
de dar por ser tan pobre, se determinaba a pedirla por el juez eclesiástico;
mas ella resistía a este consejo, con parecerle que lastimaba más su honra,
pues descubría amores y conciertos para este efecto. (Si mirasen a estos fines
las doncellas nobles, no darían tan desordenados principios a sus desdichas).
Dejó finalmente Celio en manos de Diana su determinación, por no
faltar a la amistad de Otavio pidiéndola por mujer, y porque ella no consentía
en que la justicia interviniese a su casamiento. Mil veces se maldecía Diana
por haber dado lugar a Celio en su deshonra, puesto que le amaba tiernamente y,
como dice en su lenguaje el vulgo, veía luz por sus ojos. Él, entre tantas
confusiones, ya en una determinación, ya en otra, porque un ánimo dudoso
fácilmente se muda de un consejo en otro, como lo dijo Séneca, resolviose a
decirle un día que si se resolvía a dejar la casa de su madre, que él la
llevaría a las Indias y se casaría con ella. La desesperación de Diana fue
tanta, que aceptó el partido y le pidió llorando que la llevase donde no viese
los extremos de su madre ni las locuras de su hermano, aunque en el primer
monte la matase. Celio, por ventura no menos arrepentido, puso los ojos en el
peligro y, aconsejado del temor, dio traza en la partida, porque ya se le
conocía a Diana el nuevo huésped del pecho que, como era la casa propia, se iba
ensanchando en ella. Tenía Celio dos hermosos caballos, que le servían de rúa y
de camino: el uno aderezó de brida, y en el otro hizo poner un rico sillón y,
con gran cuidado, dos vestidos de camino de un color y guarnición, uno para él
y otro para Diana. Estuvo Celio algunas noches con ella, diciéndole todo lo que
prevenía para su partida, de que recibía notable gusto, porque imaginaba que se
excusaba de tan graves pesadumbres; y considerando que no había de volver más a
su casa y deudos, no quiso dejar de aprovecharse de algunas cosas, así por esto
como por lo que podía sucederle, que es varia la fortuna y pocas veces favorece
a los amantes fuera de sus patrias. Tomó a Lisena las llaves y sacó de sus
cofres las más ricas joyas que tenía, con alguna cantidad de escudos, y así
junto lo puso y guardó en un cofrecillo que tenía desde sus tiernos años.
Llegó la noche en que habían de partirse, y Celio se vistió
aquel día muy galán, de negro, para mayor seguridad de Otavio; pero, como si le
hubieran dicho su intento, no se apartó de él un punto, aunque le dijo dos o
tres veces que tenía que hacer cosas forzosas. Ya eran las nueve, y Otavio no
se apartaba del lado de Celio, y queriendo por fuerza irse, con notable y
extraordinaria importunación, le llevó consigo. Entraron en una casa de juego,
de estas donde acude la ociosa juventud: unos juegan, otros murmuran y otros se
olvidan de los cuidados de sus casas que, con la seguridad de que no han de
venir, no suelen estar solas. Celio, cercado de un temor triste (porque si le
dejaba había de enviar algún paje para saber dónde iba, y si le esperaba había
de perder la ocasión de sacar a Diana), resolviose a la paciencia y disposición
de la fortuna, pareciéndole también que sería bastante disculpa para Diana el
no haberse podido apartar de Otavio.
Diana, que no estaba descuidada de lo que había de hacer ni de
lo que había de llevar, vistiose las nuevas galas y, tomando las llaves
secretamente, se puso a esperar a Celio a un balcón que sobre la puerta había.
Dieron las doce, hora en que siempre venía su hermano de jugar o de otros
pasatiempos juveniles, y estando llena de mortales sospechas y congojas vio con
la claridad de la luna venir un hombre de buen talle y disposición, con un
sombrero de tafetán de falda grande, pluma blanca y alguna cosa de oro que como
trancelín de diamantes a su parecer resplandecía; y así en esto como en lo
demás le pareció a Celio. Pasó el hombre sin advertir en nada y ella, temerosa
y ciega, le ceceó dos veces. Volvió el hombre el rostro y, viendo tan buena
traza de mujer y en casa tan principal, acercose a ella sin hablarla, con miedo
de lo que podía sucederle. Diana le dijo entonces:
-¿Es ya hora?
Y él respondió:
-Cualquiera es buena.
Entonces, sin advertir en su voz con la engañada imaginación de
la que esperaba, le dio el cofre, diciendo:
-Aguardad a la puerta.
El hombre, conociendo que el recado no venía para él y que la
mujer aguardaba a otro, ciego de la codicia, se fue huyendo, temeroso de que si
ella se desengañaba daría voces. Diana, sin hacer ruido, llegó a la puerta,
abriola con gran recato y, no viendo a Celio, pareciole que por más seguridad
se había ido la calle arriba. Y siguiendo su engaño, salió fuera de la ciudad,
donde viendo tan solos los campos y los árboles se quiso volver mil veces; pero
temiendo que ya en su casa estaría su hermano, y que con haber hallado la
puerta abierta toda sería confusión y alboroto, no creyendo que Celio,
caballero tan principal, tan enamorado y tan obligado, se infamaría en la
codicia de aquellas joyas, viendo que ya daban las dos de la iglesia mayor,
pasó el puente de Alcántara y comenzó a caminar por la aspereza de aquellas
peñas, aunque cubierta de un sudor mortal y de mil pensamientos y sospechas,
apartándose lo más que podía del camino real hasta llegar a un monte, donde mil
veces estuvo por quitarse la vida, si no lo impidiera el justo temor de perder
el alma.
Los caballeros que jugaban en esto y algunos disgustos, que
nunca al juego faltan, estuvieron hasta las tres de la noche divertidos. A esta
hora se fue Otavio a su casa, y le acompañó Celio, procurando al despedirse que
le oyese Diana para que aquello fuese disculpa de su tardanza. Admirado Otavio
de que su puerta no estuviese cerrada a tales horas, satisfizo a sus voces un
criado que por agradarle y haberle sentido estaba abierta. El criado buscó las
llaves y, no habiéndolas hallado, se estuvo en vela hasta que con el mismo se
levantó Otavio primero que la mañana; y habiéndole hallado despierto le
respondió que el no haber tenido con qué cerrar la puerta le tenía allí, porque
del lugar en que solían estar siempre le faltaban las llaves. Receloso Otavio
del criado, hizo llamar en el aposento de una dueña, mujer de virtud y
confianza, y preguntándole por las llaves, y ella, medio dormida, admirándose,
dieron causa a que el resto de la casa se alborotase y una doncella entrase en
su aposento de Diana, que no hallándola en él, y la cama compuesta, por alguna
sospecha que traía, dijo llorando:
-¡Ay, mi señora y mi bien! ¿Por qué no llevasteis con vos a
vuestra desdichada Florinda?
La madre y el hermano entraron a estas voces, y conociendo que
faltaba Diana de su casa y de su honra, Lisena cayó en tierra y Otavio sin
color, con turbadas razones, examinaba a los criados, mirando a todas partes
como loco. Florinda sólo dijo que tres o cuatro días la había visto llorar tan
tiernamente que, aunque estaba tratando de otras cosas, se le caían de los ojos
las lágrimas con entrañables suspiros y congojas.
Ya estaba declarado el día y el daño, cuando enviaron a dos
monasterios donde tenía Diana dos religiosas tías; en todos respondieron que no
sabían de ella, y asimismo todas las parientas y amigas, de quien en un
instante toda la casa estaba llena. De este rumor, de estas voces y de estas
diligencias salió la fama por la ciudad, y los envidiosos amigos, si hay amigos
envidiosos, comenzaron a decir que Celio se la había llevado, y aún otros a
afirmar que la habían visto.
Feniso, criado de Celio, oyó esto en los corrillos del
Ayuntamiento y en la nave que llaman de San Cristóbal y, siendo hombre de buena
opinión, osó decir que mentía cualquiera que hubiese dicho que Celio había
hecho semejante traición a Otavio; y volviendo las espaldas a los murmuradores,
iba diciendo: «A las tres de la noche se apartaron Celio y Otavio; y yo dejo a
Celio durmiendo, que vendrá presto a volver por su honra.»
Despertó Feniso a Celio, que oyendo lo que pasaba, quedó fuera
de sí por largo espacio y, conociendo cuánto le convenía volver por su persona,
se vistió aprisa y con turbados pasos y descolorido rostro pasó por todas las
partes donde Feniso le dijo que le culpaban, de cuya vista quedaron los que le
murmuraban corridos, atribuyendo su tristeza a la amistad que tenía con Otavio,
tan conocida de todos.
Hallole Celio en el portal de su casa, y mirándose los dos
estuvieron así parados sin hablarse, sintiendo cada uno su dolor, que aunque
era grande en Otavio, era mayor en Celio. Esforzose cuanto pudo y, tomándole
las manos a Otavio, que le temblaban, convertidas en hielo, le dijo:
-¿Qué me pudiera haber sucedido que me diera tanta pena, aunque
hubiera perdido la honra? ¡Ay, Otavio, que vuestro dolor me tiene traspasada el
alma!
Otavio, aunque valiente caballero, se desmayó en sus brazos,
enternecido de verle con lágrimas en los ojos. Lleváronle a su aposento, donde
a los sentimientos de Celio, volvió en su primer acuerdo. Aquí, fingido el
culpado, le preguntaba eficazmente las diligencias que se habían hecho. Todo lo
refirió Otavio por extenso, y Celio dijo que, pues en la ciudad no estaba,
sería bien acudir por todos los caminos a buscarla, y que él sería el primero.
Y esforzando a Otavio, le dio la palabra de no volver a Toledo sin ella o saber
que hubiese parecido; y dándole los brazos se fue a su casa donde, como estaba
apercibido, halló fácilmente en qué partirse, y siendo ya de noche, con solo su
criado Feniso, salió de la ciudad llorando y pidiendo al cielo que le guiase a
la parte donde Diana estaba, con tales suspiros, enamoradas ansias y congojas,
que enternecía las peñas y los árboles, y entre los altos montes por donde
corre el Tajo respondían los ecos.
Diana amaneció en un valle cortado por varias partes de un
arroyo que, entre juncos y espadañas, mostraba pedazos de agua, como si se
hubiera quebrado algún espejo. Sentose un poco, y habiendo bebido y refrescado
el pecho de las congojas de tan afligida noche, mientras se descalzaba para
pasarle, dijo así:
-¡Ay vanos contentos, con qué verdades os pagáis de las mentiras
que nos fingís! ¡Cómo engañáis con tan dulces principios, para cobrar tan
breves gustos con tan tristes fines! ¡Ay Celio! ¿Quién pensara que me
engañaras? Mira lo que paso por ti, pues he llegado, por haberte querido hasta
aborrecerme; pues no hay cosa ahora más cansada para mí que esta vida que tú
amabas. Pero bien creo que, si me vieras, te lastimara el alma lo que paso por
ti.
Miró a este tiempo sus mismos pies y, acordándose cuán estimados
eran de Celio, enternecida, no pasó el arroyo y llorando se quedó un rato medio
dormida al son del agua y de la voz de un pastor que, no lejos de donde ella
estaba, cantó así:
Entre dos álamos verdes
que forman juntos un arco,
por no despertar las aves,
pasaba callando el Tajo.
Juntar los troncos querían
los enamorados brazos,
pero el envidioso río
no deja llegar los ramos.
Atento los mira Silvio
desde un pintado peñasco,
sombra de sus aguas dulces,
torre de sus verdes campos.
Esparcidas las ovejas
en el agua y en el prado,
unas beben y otras pacen
y otras le están escuchando.
Quejoso vive el pastor
de las envidias de Lauso,
más rico de oro que el río,
más necio en ser porfiado.
Así le aparta de Elisa,
como a los olmos el Tajo,
fuerte en dividir los cuerpos,
mas no las almas de entrambos.
Tomó Silvio el instrumento,
y, a las quejas de su agravio,
los ruiseñores del bosque
le respondieron cantando:
«Juntaréis vuestras ramas,
álamos altos,
en menguando las aguas
del claro Tajo;
pero si hay desdichas
que vencen años,
crecerán con los tiempos
penas y agravios».
Vuelta en sí Diana y temerosa, pareciéndole o que la seguía su
hermano, o que aquel que cantaba le diría por dónde iba, siguió descalza la
margen del arroyo, y cuando le pareció que estaba más segura, y que ya no se
veía el agua, porque a la falda de un montecillo se dividía, volviendo a cubrir
sus pies caminó poco a poco, sin más sustento que el agua que por la mañana le
dio el arroyo, hasta que la oscuridad de la noche le cerró el paso. Cayose
desmayada entre unos hinojos y, como no tenía quién la consolase ni ayudase, en
el mismo desmayo se durmió y reposó algún espacio, y con más acuerdo esperó el
día, atónita del temor que le causaban cerca las voces de algunos animales, y
el descompuesto ruido de algunas fuentes que bajaban de aquellas peñas, siempre
mayor en el silencio de la noche.
Doliose de su temor el alba o, envidiosa de sus lágrimas, salió
más presto; con la cual, esforzando la femenil flaqueza y sólo deseando morir,
caminó por donde le parecía que a un desesperado fin llegaría más presto.
Ya estaba el sol en la mitad del día, cuando pareciéndole que
ofendía más al cielo en dejarse morir, entre unos verdes árboles halló una
fuente, y en su guarnición algunas yerbas que comió con lágrimas; y rogada de
la fuente templó el ardor del corazón y volviole el agua por los ojos.
De esta manera caminó tres días al fin de los cuales, saliendo
de una espesura a un campo raso, perdió las fuerzas y, arrimada a un árbol, vio
lejos un mancebo pastor que hablando con una serrana parece que venía hacia
donde ella estaba. Allí le pareció a Diana que ya todo el mundo sabía la causa
por que había dejado la casa de sus padres, y que hasta aquellos pastores
venían a reñirla y afearla los amores de Celio. Dejose caer al tronco sobre los
verdes céspedes y con mortales y traspasados ojos perdió la vista. El mancebo,
que más reparaba en agradar su villana y en pensar que no le oían en aquel
sitio más que las aves que le acompañaban, comenzó a cantar así (y vuestra
merced, señora Leonarda, si tiene más deseo de saber las fortunas de Diana que
de oír cantar a Fabio, podrá pasar los versos de este romance sin leerlos; o si
estuviere más de espacio su entendimiento, saber qué dicen estos pensamientos
quejosos a poco menos enamora da causa):
¡Ay verdades, que en amor
siempre fuisteis desdichadas!
buen ejemplo son las mías,
pues con mentiras se pagan.
Cuando traté con engaño
tu verdad, Filis ingrata,
¡qué de quejas vi en tu boca,
qué de perlas en tu cara!
¡Oh cuántas noches que dije,
cuando a mi puerta llamabas:
«en vano llama a la puerta
quien no ha llamado en el alma!»
Mis pastores te decían:
«no está Fabio en la cabaña»
y estaba diciendo yo:
«¿para qué busca quien cansa?»
A tus quejas solamente
daban respuesta las aguas,
porque murmuraban, Filis,
que no porque te escuchaban.
Acuérdome que una noche
me dijiste con mil ansias:
«déjate, Fabio, querer,
pues que no te cuesta nada.
»No quiero yo que me quieras;
que como el amor es alma,
nunca vi mujer discreta
que la quisiese forzada».
En el umbral de tu puerta
reñíamos hasta el alba,
tú porque había de entrar,
yo por no entrar en tu casa.
«Castiguen, Fabio, los cielos»,
dijiste desesperada,
«el fuego con que me hielas,
el hielo con que me abrasas».
Porfiaste, hermosa Filis;
todo el porfiar lo acaba;
que quien piensa que no quiere
el ser querido le engaña.
En el trato y en el tiempo
nadie tenga confianza,
porque pasan sin sentir
y se sienten cuando faltan.
Tanto te vine a querer,
que juntos nos envidiaban,
la luna al bajar la noche,
el sol al subir el alba.
Los prados, montes y selvas
de oírnos se enamoraban;
verdes lazos aprendían
las hiedras enamoradas.
Mas bajando en este tiempo
de las heladas montañas
Silvio, tu antiguo pastor,
trajo de allá tu mudanza.
No perdiste la ocasión,
pues cuando yo te adoraba,
de mis pasados desdenes
quisiste tomar venganza.
Filis, yo muero por ti;
confieso que se me pasan
en tus umbrales las noches,
los días en tus ventanas.
No llamo, porque imagino
que has de responder airada:
«¿para qué llama a la puerta
quien no ha llamado en el alma?»
Si finjo que no te miro,
es invención de quien ama;
que cuando tú no me miras
hago espejo de tu cara.
Prendas que me dabas, Filis,
y de que yo me enfadaba,
ahora las visto y pongo
sobre los ojos y el alma.
No te encarezco mis penas,
por no dar gloria a la causa;
basta que yo las padezca
sin que tú tomes venganza.
No quieras más de que son
mis locuras de amor tantas,
que vengo a poner la boca
adonde los pies estampas.
Mas, con todo lo que digo,
no pienso hablarte palabra,
que en celos que se averiguan
las amistades se acaban.
Decía Fabio muy bien porque, después de celos averiguados, es
infamia amar, con el ejemplo de tantos animales como escriben Plinio y
Aristóteles; aunque hay hombres que antes de los agravios no aman, sirviéndoles
de apetito lo que a otros de aborrecimiento. Esto, en fin, cantaba aquel
villano a la serrana referida, que no con menos gusto que soberbia le
escuchaba.
A los finales de estos versos se hallaron los dos entre los
árboles donde Diana estaba fuera de sí, y en su imaginación haciendo varios
discursos de sus desdichas; ya culpaba a Celio, ya le parecía imposible que tan
principal caballero, tan bien nacido, tan discreto y galán, hubiese faltado a
sus obligaciones; ya culpaba su precipitado amor, que con tan fácil pensamiento
salió a buscarle. Y entre estas dudas le atormentaba más el pensar si por
ventura era de Celio aborrecida que, como imaginara que estaba en su gracia, no
estimara sus desdichas ni pensara que lo eran, aunque fueran mayores; si era
posible que lo fuesen para una mujer sola y señora, que caminaba tanta tierra
por la aspereza de los montes, sin sustento y sin esperanza de hallar el fin de
su amor sin el de su vida.
Admirados quedaron los pastores de ver entre aquellas ramas tal
prodigio de hermosura, desmayada, descalza y rendida, más a la verdad de la
muerte que al sueño que la retrata. Llamola dos o tres veces la pastora y,
viendo que no respondía, sentose junto a ella, teniéndola por muerta o que ya
le quedaba poca vida. Tomole las manos y, viéndoselas tan frías como blancas,
porque tuviesen todas las calidades de la nieve; mirola al rostro y viendo
tanta belleza y hermosura en tan mortal desmayo, púsole la cabeza sobre sus
faldas, desviándole los cabellos que, ya sin orden, discurrían por él hasta la
garganta como libres de quien los ataba y prendía en otro dichoso tiempo:
venganza de los ojos a quien habían puesto en su prisión y cárcel. Pues como la
cabeza de Diana a una y otra parte se dejase caer tan fácilmente, comenzó la
pastora un tierno y lastimoso llanto, creyéndola por muerta. A esta
descompostura y el sentimiento del labrador, que amaba a lo cortesano, despertó
Diana de todo punto y, aunque no dándoles esperanzas de su vida, los sosegó las
quejas y suspendió las lágrimas, si bien con un ¡ay! tan doloroso, que
poniéndose las manos sobre el corazón, como que le apretaba, volvió a quedar
como primero rendida.
La hermosa Filis entonces, valiéndose del mismo remedio, comenzó
a darle lugar con desnudarla, y el villano con traer agua de la fuente que
sobre su rostro formaba lágrimas o perlas, pero de tal suerte que las de sus
claros ojos parecían finas, y las de la fuente, falsas. Dioles las gracias
Diana, y preguntándole ellos la causa de su mal, les dijo que había caminado
sin comer tres días. Entonces sacó Filis de su zurrón lo que vuestra merced
habrá oído que suelen traer en los libros de pastores; y esforzándose Diana a
comer, a su ruego fortificó la flaqueza con templanza y sintió el desmayado
cuerpo algún alivio.
Mientras comía Diana, le preguntaba Filis quién era y de dónde
venía, y por qué causa, admirándose que los lobos, que venían de las montañas
en seguimiento de los ganados hasta la raya de Extremadura, no la hubiesen
quitado la vida aquellas noches. Aquí entraron los conceptos de que hasta los
animales bárbaros la aborrecían como a veneno, y que de temor de su muerte no
se la dieron. Viendo Filis de las razones desesperadas de Diana que se
inclinaba al monte y que quería acabar en él la vida, la persuadió que se fuese
con ella al cortijo y hacienda de su padre. Y supo persuadirla con tan
efectivas razones y muestras de amor tan grandes, que Diana se dio por vencida
de su cortesía y voluntad, considerando que sería remedio de lo que llevaba en
sus entrañas, a que miraba con atención natural, cuando más aborrecía su vida.
Fuese con los pastores y fue bien recibida, aunque al principio Selvagio, padre
de Filis y por ventura tan rústico en aquella edad como su nombre, no estuvo
gustoso de tenerla en su casa; pero después, obligado de su hermosura y
humildad y por gusto de su hija, mostró algún contento.
Celio, desde que salió de la imperial Toledo, sin más camino que
su amor, en el primer monte se quejó a gritos; y considerando que por su causa
Diana había dejado su casa, madre, hermano, parientes, amigas, descanso y
patria, y en los trabajos que por ventura o por desdicha estaba, estuvo cerca
de perder la vida. En seis días no entró en poblado, pagando los caballos su
tristeza, pues de solas yerbas del campo se mantenían. Vio Feniso de lejos un
pueblo, que casi encubrían algunos árboles, a cuyo pesar se mostraban dos altas
torres en cuyas pizarras y azulejos el sol resplandecía. Persuadió a Celio que
fuesen a él y, llegados, se informaron de las personas que les podían dar razón
de la perdida prenda; mas ni en este lugar ni en otros muchos, que a diez y a
veinte leguas de Toledo anduvieron por espacio de un mes, fue posible hallar
señas. Y viniéndole a la imaginación a Celio que, como eran los conciertos irse
a las Indias, pudo Diana haber topado quien la llevase a Sevilla, así
presumiendo hallarle, como por alejarse de su tierra, resolviose a ver si en
aquella insigne ciudad estaba.
Iba Celio tan desfigurado de no comer y de dormir en los campos,
que pudiera seguramente volver a Toledo sin ser conocido. En llegando a Sevilla
hizo tales diligencias cuales se pueden presumir de un hombre tan enamorado y
con tantas obligaciones. Pero el no hallar a Diana ni quien aun por engaño le
diese señas, no le dio tanto enojo como el ver que la flota de Indias era
partida, porque presumía Celio que en ella iba Diana, conociendo su amor, valor
y ánimo. Quiso su fortuna que hallase solo un navío que un tratante había
fletado y que no se había de partir hasta pasados diez o doce días. Hablole
Celio y, concertado con él que le pasase, el patrón lo aceptó, y hecha entre
los dos grande amistad comió con él algunas veces, preguntándole en las
ocasiones que se ofrecían la causa de su tristeza, aunque Celio se excusó
siempre diciendo que por no aumentarla con la memoria de algunos tristes
sucesos no se la decía. Y así llegado el tiempo de partirse, y siendo próspero
el viento, zarpó el navío, y con una pieza de leva sé alargó al mar, alejándose
Celio más de Diana cuanto imaginaba que iba más cerca; pero las esperanzas de
cobrar el bien, aunque sean engañosas, no dañan, porque entretienen la vida.
Otavio en Toledo pasaba afrentosamente la suya, y con mayor
tristeza, porque no sabía de cuantos buscaban a Diana, parientes ni amigos,
nueva alguna en que pudiese tenerse la flaqueza de la esperanza; y viendo que
Celio no volvía, dio en presumir que había sido concierto de entrambos el salir
ella primero y él después con ocasión de buscarla. Pero quitole esta
imaginación la fama de alguna gente que discurría por la ciudad, diciendo que
le habían visto con Feniso por algunas aldeas solo, buscándola con notable
cuidado. Sosegose Otavio, así por esto como porque su madre le disuadía de este
pensamiento, temiendo que si le creía los había de perder a entrambos.
Dos meses había estado Diana en el cortijo de aquellos honrados
labradores, bien regalada de Filis, cuando llegó su parto, que fue de un
hermoso hijo para que no pudiese quejarse, como en Virgilio la despreciada Dido
del fugitivo Eneas:
Si me quedara de ti
un Eneas pequeñuelo,
antes que el airado cielo
te dividiera de mí;
que por mi casa jugara
y tu rostro pareciera,
ni mis engaños sintiera,
ni por tu ausencia llorara.
Aunque de otra manera lo sintió Ovidio en su epístola:
Por ventura me has dejado
parte en mi pecho de ti,
ingrato, que ahora en mí
a muerte condena el hado;
y así, perdiendo la vida
por ti la infelice Dido,
del hijo que no ha nacido
serás padre y homicida.
Pero pienso que el artificio, en que Ovidio fue tan célebre
poeta, obligó a Dido a fingir que quedaba preñada de Eneas para obligarle a
volver a verla; cosa que no solo fingen las mujeres, pero los mismos partos. No
lo era el de Diana si no tan verdadero que había sido causa de sus
peregrinaciones y desdichas. Caso extraño, que cuando importa mucho un
heredero, por un liviano antojo, que o se calló de vergüenza o no se pudo
cumplir por imposible, se pierda el fruto y por ventura el árbol; y que con tan
inmensos trabajos, caminos, hambres y desnudos pies llegase al puerto de la
vida libre este infeliz niño.
Pasado un mes de su convalecencia, llamó Diana a Filis y le
dijo: -A mí me es fuerza partirme de esta tierra; si me pesa de dejarte, Dios
lo sabe, y mis grandes obligaciones te lo dicen. Mis entrañas te dejo; prendas
son que me obligarán a volver. No tengo de ir en mi hábito, ni en el de mujer,
pues en él he sido tan desdichada; y así te suplico me des alguno de estos
labradores que sirven a tu padre o que te sirven a ti, porque sea más limpio,
que yo tengo de un manteo que traje hechos unos calzones lo mejor que mis
desdichas me han enseñado.
Y diciendo esto, comenzó a desnudarse sin que ruegos ni lágrimas
de Filis fuesen poderosos a mudar la firmeza de su propósito. Sacó dos joyas de
diamantes que traía en el pecho, y dándole la primera y de más valor para que
hiciese criar su hijo, con la otra le pagó el hospedaje, que el amor era
imposible. Vistiose finalmente de un gabán y, cortándose los cabellos, cubrió
con un sombrero rústico lo que antes solían cuidadosos lazos, diamantes y oro.
Era Diana bien hecha y de alto y proporcionado cuerpo; no tenía el rostro
afeminado, con que pareció luego un hermoso mancebo, un nuevo Apolo cuando
guardaba los ganados del Rey Admeto.
Despidiose de Filis y de sus viejos padres, llorando todos,
mayormente Laurino que, con pensamientos de ciudad, había puesto en ella los
ojos.
Diana se llamaba con disfrazado nombre Lisis, y así Laurino, que
se preciaba de músico y poeta, se quejaba algunas veces en estos versos de su
ausencia, oyéndole Filis con algunos celos y doblando a Fabio los agravios:
Lisis, después que al Tormes
me llevaste la vida,
celebro tu partida
con lágrimas conformes,
que piensan mis enojos
templar el fuego con llorar los ojos.
¡Cuánto mejor me fuera
que en los tuyos hermosos
con lazos amorosos
el alma despidiera!
que no parece vida
esto que me ha dejado tu partida.
A la forzosa muerte,
Lisis, que ya me alcanza,
detiene la esperanza
para volver a verte,
pues no es justo que muera
quien tiene en ti su vida y verte espera.
Si vieses este prado,
lástima te daría
aquel que florecía
tu blanco pie nevado;
tu pie blanco y pequeño,
de tantas almas como flores dueño.
Para que le gozases,
le cultivé, señora,
que no para que ahora
a los dos nos dejases;
que en mí y en estas selvas
no habrá vida ni flor hasta que vuelvas.
En cárceles doradas
prendí los pajarillos,
que pienso que de oírlos1
como de mí, te agradas;
que en tus prisiones de oro
al alba canto y a la noche lloro.
Aquí puse una fuente
para que te bañaras,
y más perlas dejaras
que tiene su corriente;
y tú, por darme enojos,
dos me dejaste en mis ausentes ojos.
Llegó la animosa y desdichada Diana, después de haber caminado
algunos días a un lugar cerca de Béjar, que no había querido tocar en
Plasencia, por temor de algunos deudos que allí tenía. Salió a la plaza y,
parada en ella, daba a entender que esperaba dueño. Viola un labrador rico y,
admirado de su gentil disposición y hermoso rostro, le pareció cosa fingida,
como realmente lo era. Llegose a Diana e hízole algunas preguntas; ella le supo
satisfacer, mintiendo su nombre y patria, de suerte que le llevó consigo.
Tenía conocimiento este labrador con el mayoral de los ganados
del Duque, y sabía que buscaba un zagal (por ser ya casado el que tenía) para
cuidar de la comida y otras cosas necesarias que se llevan al campo donde el
ganado es mucho. Dio de comer a Diana y escribió con ella un billete al mayoral
referido, poniéndole en el camino con algunas señas y sustento hasta el
siguiente día.
No hubo visto el mayoral a Diana cuando comenzó a reírse del
billete, del amigo y de ella. Llamó los demás labradores, y entre todos se
compuso, al uso de su malicia, una graciosa burla. Preguntole el mayoral que de
dónde era natural, y él le dijo que del Andalucía, pero que el no venir
tostado, como el hábito requería, causaba el haber estado mucho tiempo en un
bosque donde sólo le daba el sol cuando quería. Finalmente, le supo decir
tantas cosas y mostrar tanta alegría y brío, defendiéndose de las malicias y
donaires de los villanos que, aficionado el mayoral, le recibió en su casa. Y
viéndole aquella noche murmurar cantando, mientras sacaba algunos calderos de
agua de un pozo para hinchir una pila en que bebiese el ganado doméstico, le
preguntó si sabía tañer algún instrumento, como suelen de ordinario los
pastores andaluces. Diana dijo que un laúd, con que tal vez aliviaba algunas
tristezas a que era sujeta naturalmente. Admirado Lisandro, que así se llamaba
el mayoral, de que un pastor tañese un instrumento tan fuera de propósito para
el campo, comenzó a mirarle con diferentes ojos, y no menos cuidadosa Silveria,
hija suya, que desde que entró en su casa no los había quitado de su rostro.
Paréceme que dice vuestra merced que claro estaba eso, y que, si
había hija en esa casa se había de enamorar del disfrazado mozo. Yo no sé que
ello haya sido verdad, pero por cumplir con la obligación del cuento, vuestra
merced tenga paciencia y sepa que la dicha Silveria tendría hasta diecisiete o
dieciocho años, edad que obliga a semejantes pensamientos.
Vivía no lejos un estudiante que la miraba, pasando más en estas
imaginaciones el curso de las leyes que había traído de Salamanca que en los
Bártulos y Baldos. Aquí envió Lisandro por un instrumento, que aunque no era
laúd, supo componerle y acomodarle a su voz, como el estudiante seguirle, que
aunque no entró dentro oyó muy bien desde la calle que Diana cantaba así:
Por entre casos injustos
me han traído mis engaños,
donde son los daños daños,
y los gustos no son gustos.
Amores bien empleados,
aunque mal agradecidos,
eso tenéis de perdidos,
que es teneros por ganados.
¿Qué importan gustos pasados,
si los presentes disgustos
son mayores que los gustos,
y que el favor el desdén,
pues he perdido mi bien
por entre casos injustos?
Trajéronme posesiones
a tan justas confianzas;
y a tan extrañas mudanzas,
iguales satisfacciones;
mas como las sinrazones
anticipan desengaños
a la verdad de los años,
siento que la culpa soy,
pues al estado en que estoy
me han traído mis engaños.
Discretos sois, pensamientos,
algo tenéis de adivinos,
pues por tan varios caminos
me dijiste mis tormentos.
No daros fe mis intentos
fue trataros como a extraños,
pues no puede haber engaños
que más venzan la razón,
que pensar que no lo son
donde son los daños daños.
Entre dudas y recelos
andaban mis gustos ya,
como quien temiendo está
la tempestad de los cielos.
Cesen mi amor y mis celos;
no quiero gustos injustos,
llenos de tantos disgustos
que en siendo la fe dudosa,
anda el alma temerosa,
y los gustos no son gustos.
Esto cantó Diana, que de todo lo que sabía, ninguna cosa era más
a propósito de sus disgustos, con tal artificio, que ni por la voz se conociese
que era mujer ni por quererla disfrazar se entendiese que lo disimulaba.
Perdida quedó Silveria de ver añadir tal gracia a las que Diana tenía
exteriores.
Paréceme que le va pareciendo a vuestra merced este discurso más
libro de pastor que novela; pues cierto que he pensado que no por eso perderá
el gusto el suceso, ni que puede tener cosa más agradable que su imitación.
Pasados algunos días dio Silveria en solicitar la voluntad de
Diana, y en las ocasiones que se le ofrecían hacerle gusto. Hasta que una
fiesta por la tarde, que se acertaron a hallar solos en un huertecillo, más de
árboles que de flores, al uso de las aldeas, le comenzó a preguntar por su
tierra, la causa por qué la había dejado y si habían sido amores, dándole la
disculpa en la edad y abonando su error, porque comenzaba a dársela del que
pensaba proponerle. A todas estas cosas respondía Diana con mucha discreción y
prudencia, fingiendo que el haberse casado su padre la había desterrado de su
casa, encareciendo la áspera condición de su madrastra. Vino gente y dividiose
la conversación con gran sentimiento de Silveria, que de allí adelante con más
declarados ojos la miraba.
Murmuraban los labradores el encogimiento de Diana; y ella, por
no ser entendida, dio en hacer del galán con las villanas que venían a visitar
a su ama. Y como por ser casa grande y de mucha gente de servicio luego se
inventasen bailes, Diana dio en salir a ellos y despejarse, con que no
desagradaba las labradoras, mayormente una hermana del estudiante referido, que
era bachillera y hermosa, y picaba en leer libros de caballerías y amores; pero
desagradaba a Silveria que, abrasada de celos, le comenzó a decir una tarde con
algunas lágrimas que cómo había sido tan desdichada, que no había negociado su
inclinación como las demás labradoras, y que supiese que no era justo que, ya
que no la quisiese, por ser ella más desdichada, la matase de celos con su
vecina.
Sintió tanto Diana el ver apasionada a su señora, que mil veces
estuvo determinada de decirle que era mujer como ella; pero temiendo que se
había de descubrir quién era, de que le había de resultar tanto daño, mostrose
agradecida y asegurole los celos con decir que se atrevía a las otras y a ella
no por el debido respeto de ser su dueño, mas que de allí adelante se
enmendaría en todo, de cuyas esperanzas quedó Silveria contenta y engañada.
Tomole la mano y, aunque Diana la resistía, se la besó dos veces, templando con
su nieve el fuego del corazón, si lo que aumentaba los dos se puede llamar
templanza.
Ya el amor de Silveria se comenzaba a echar de ver en casa, que
amor, dinero y cuidado dicen que es imposible disimularse: el amor, porque
habla con los ojos; el dinero, porque sale al lucimiento de su dueño, y el
cuidado, porque se escribe en el semblante del rostro. Diana, temerosa, andaba
buscando ocasión para despedirse, y era tanto el amor que todos la tenían, que
estimaba en más el no ser ingrata que el peligro de su vida.
Pero sucedió a sus fortunas mejor de lo que esperaba y de lo que
solía, tan hecha estaba a que le fuese adversa. Pues andando el duque de Béjar
a caza por su tierra, vino a ser huésped una noche en casa del mayoral de sus
ganados, que por su mayordomo conocía, y porque el viejo le solía llevar
algunos presentes, de que el Duque se tenía por bien servido, que suele agradar
a los príncipes la hacienda de los campos más que la riqueza y abundancia de
sus palacios. Deseando el mayoral entretenerle, claro está que había de llamar
a Diana, y ella parecerle bien al Duque y asimismo mandarle que cantase. Aquí
fue menester que el estudiante trajese su instrumento de mala gana, porque de
celos de Diana y Silveria perdía el juicio; ella le acomodó las cuerdas a su voz
y, escuchando todos, cantó así:
Selvas y bosques de amor
en cuyos olmos y fresnos
aún viven dulces memorias
del pastor antiguo vuestro;
por lo que os tengo obligados,
os pido que estéis atentos
a mis quejas, y veréis
cuán dulcemente me quejo.
Oíd de vuestro pastor,
en este nuevo instrumento,
más lágrimas que razones
y más suspiros que versos.
Sabed que vengo perdido.
¿Perdido os he dicho? Miento,
que ninguno se ha ganado
tan bien como yo me pierdo.
Ganado vengo y perdido,
que por tan alto sujeto
gano, perdiendo la vida,
la gloria de mis deseos.
En fin, selvas amorosas,
yo vengo muerto y contento:
muerto de amor de unos ojos,
contento de verme en ellos.
Las señas quiero deciros,
pero temo los ajenos,
que aun no me atrevo a mirarlos2,
aunque adorarlos me atrevo.
Quererlos me cuesta el alma,
y con vivir, si los veo,
para mirarlos mil veces
me ha faltado atrevimiento.
Si os digo que negros son,
yo os juro que digan luego:
«los ojos son de Jacinta,
si este se pierde por ellos».
«Pero», diréis, «en el valle,
¿no hay más de unos ojos negros?»;
muchos hay, pero en ningunos
puso tanta gracia el cielo.
Creedme, selvas, a mí,
que de buen gusto me precio,
que si no fueran tan vivos,
no estuviera yo tan muerto.
Árboles, no soy yo solo
quien de esta suerte los quiero,
que jamás miraron vida
que no se fuese tras ellos.
Quien se burlare de mí,
yo le remito a su fuego,
porque para tanto sol
no valen montes de hielo.
Alma de nieve tenía
antes que llegase a verlos,
y ya deshecha en sus rayos,
si ellos dicen que la tengo.
No han sido conmigo ingratos:
piadosamente me dieron
ocasión para perderme;
mi daño les agradezco.
El mal que tengo es saber
que no merezco quererlos,
si bien es, selvas, verdad
que su hermosura merezco.
Y he llegado a tal estado,
entre esperanzas y miedos,
que con saber que me matan,
no puedo vivir sin ellos.
Ausente estoy animoso,
y en llegando a verlos tiemblo,
siendo el primero en el mundo
que tiembla con tanto fuego.
Cosas que se tratan mucho
suelen estimarse en menos;
y yo, mientras más los trato,
más los estimo y respeto.
En los campos de mi aldea
les digo tantos requiebros,
que he visto parar las aguas,
callar las aves y el viento.
Y en llegando a ver sus ojos,
quedar más mudo y suspenso
que a media noche las fuentes
en las prisiones del hielo.
A tanto amor he llegado,
que muchas veces que tengo
tiempo de gozar sus luces,
pierdo temeroso el tiempo.
Cuando menos los amaba,
era más mi atrevimiento;
ahora que más los amo,
es mi atrevimiento menos.
Mas os juro, verdes selvas,
que quiero yo más por ellos
estas penas que las glorias
de cuantos el cielo ha hecho.
Verdad es que entre las mías
celos me quitan el seso,
porque no hay renta de amor
sin pagar pensión de celos.
No sólo de los pastores,
que la miran cerca o lejos,
mas de cuantas cosas mira,
de celos me abraso y muero.
De mí mismo alguna vez
me ha acontecido tenerlos,
porque pienso que soy otro,
si la agradan mis deseos.
Cuando sale de su aldea
la voy mirando y siguiendo,
que lleva en sus pies mis ojos
y el alma en sus pensamientos.
Con estas celosas ansias
la sigo rogando al cielo
que cuantos pastores vea
sean robustos y feos.
Mil veces he codiciado
hacer pedazos su espejo,
porque hace dos Jacintas
y guardar una no puedo.
Selvas, lastimaos de mí;
mas no lo hagáis, que os prometo
que en sólo verla me paga
cuanto por ella padezco.
Notablemente se agradó el Duque de la persona de Diana, pero
mucho más después que vio la gracia, la destreza y la dulce voz con que había
cantado los referidos versos. Preguntole todo lo que en esta ocasión se puede
imaginar de un señor, que los señores preguntan mucho, y es la causa que de las
cosas que pasan entre la gente humilde saben poco. En razón de su patria y
padres, que fue en lo que hacía más fuerza, le dijo que la había criado en
Sevilla un hombre a quien llamaba padre, y que de dos a dos meses venía a su
casa un hombre que le daba dineros y cartas y le encargaba su regalo, de que
había tenido sospecha que su padre debía de ser otro más noble y que vivía
lejos de Sevilla. Y así, un día, habiéndole hallado de buen humor, le había
dicho que le dijese de quién era hijo, pues ya él sabía que no era suyo; pero
que ni en aquella ocasión ni en muchas pudo obligarle con grandes servicios y
encarecimientos a que se lo dijese, si bien le traía en palabras de un día en
otro, jurándole que sin licencia de aquella persona era imposible. Y que en
medio de estas esperanzas se le había muerto de mal, que cuando quiso decírselo
no pudo. Y que quedando desamparado, no supo aplicarse a ningún oficio, por más
que había deseado intentarlo; y que así, había querido elegir el de pastor y
hombre del campo, más por vivir en soledad, hallándose tan triste y sin saber
quién era, que no porque entendiese que aquel camino podía en ningún tiempo
mejorar su fortuna.
-En eso te engañaste -le respondió el Duque-, porque yo te
quiero llevar conmigo y estimarte en lo que mereces; que es gran violencia de
tus estrellas que con tantas gracias vivas entre gente tan humilde, porque es
ingratitud al cielo o emplearlas mal o encubrirlas.
Besó Diana las manos al Duque con las cortesías y ceremonias que
había aprendido en mejores paños, y aceptó la merced que le hacía con humildes
y discretas razones, que por instantes iban hallando mayor gracia en los ojos
de aquel gran señor que, haciéndola acomodar de lo necesario, la llevó consigo.
El disgusto de Silveria no hallo con qué poder compararle, sino es, a contrario
sentido, con el gusto del estudiante celoso, que de ver que se iba Diana estaba
con tanto gusto como Silveria y su hermana tuvieron pena, celebrando con
lágrimas su partida.
¿Quién duda, señora Leonarda, que tendrá vuestra merced deseo de
saber qué se hizo nuestro Celio, que ha muchos tiempos que se embarcó para las
Indias, pareciéndole que se ha descuidado la novela? Pues sepa vuestra merced
que muchas veces hace esto mismo Heliodoro con Teágenes, y otras con Clariquea,
para mayor gusto del que escucha, en la suspensión de lo que espera. A Celio
sucedió tan mal en su viaje que, con una tormenta deshecha, no siendo parte la
industria de los marineros, rompiendo cables y amarras y todas las demás
jarcias del navío, estuvo a pique de perder la vida en el rigor inexorable de
las ondas. Entre la confusión de las voces del «amaina», el «iza», «vira»,
«zaborda», el acudir por diversas partes a la faena, desatinado el viento y
descompuesto el orden de la navegación, Celio, más que el navío, desordenadas
las jarcias de los sentidos, sólo atendiendo a perder a Diana, a quien él
imaginaba sol del mundo Antártico, decía, casi en imitación de Marcial, un
poeta latino por quien a vuestra merced le está mejor no saber su lengua:
Ondas, dejadme pasar
y matadme cuando vuelva.
Y lo imitó el divino Garcilaso:
Ondas, pues, no se excusa que yo muera,
dejadme allá pasar y a la tornada
vuestro furor ejecutá en mi vida.
Y aquí, de paso advierta vuestra merced que a muchos ignorantes
que piensan que saben, espanta que con tales vocablos se dé a Garcilaso nombre
de príncipe de los poetas en España. «Tornada», y otros vocablos que se ven en
sus obras, era lo que se usaba entonces; y así, ninguno de esta edad debe
bachillerear tanto que le parezca que si Garcilaso naciera en esta no usara
gallardamente de los aumentos de nuestra lengua. Pero a vuestra merced ¿qué le
va ni le vi ene en que hablen como quisieren de Garcilaso? Así decía una
canción que cantaban un día los músicos de un señor grande:
Las obras de Boscán y Gracilazo
se venden por dos reales,
y no las haréis tales,
aunque os preciéis de aquello del Parnaso.
Atrévome a vuestra merced con lo que se me viene a la pluma,
porque sé que, como no ha estudiado retórica, no sabrá cuánto en ella se
reprehenden las digresiones largas.
Llegó Celio derrotado con su nave, después de tan larga
tormenta, a una isla en las partes de África, donde algunos navíos suelen hacer
agua, aunque es menester salir por ella mucha gente con buenas armas y no menos
cuidado, porque la guardaban moros, por los daños que les solían hacer las
galeras y navíos de España. La de Celio venía tan maltratada de la tormenta,
que no pudiendo pasar adelante se determinaron a aderezarla. Salieron en tierra
los pasajeros y el patrón, y no de mala gana, que al hombre siempre le fue madre
la tierra y madrastra el agua. Comieron sobre unas yerbas que les servían de
manteles, y en el fin de la más descansada comida que había tenido el viaje,
porque tenía la mesa más firme, el patrón, conociendo la tristeza de Celio, le
rogó que le dijese la causa. Él, movido de su piadoso ánimo, le contó quién
era, lo que le había sucedido y lo que buscaba, a la traza que suelen ser las
narraciones de las comedias, que hay poeta cómico que se lleva de un aliento
tres pliegos de un romance.
-En esa tierra -dijo el patrón-, tengo yo un tío, cuya es la
mayor parte de la hacienda que llevo en este navío donde, una noche que yo
venía de darle cuenta de las ganancias de la flota pasada, viniendo ya
despedido, con orden de lo que había de hacer, casi al filo de la media noche,
por una calle arriba, me llamó desde un balcón una dama y me preguntó si era
hora, a quien yo respondí que cualquiera era buena; y entonces me dio un
cofrecillo lleno de joyas y dineros diciéndome que aguardase a la puerta. No sé
qué condición pudo moverme a cosa tan mal hecha, que tomando a toda furia la
calle, no quise aguardar el suceso, porque hay fábulas que hasta la segunda
jornada llegan felizmente y a la tercera se pierden. Empeñé las joyas en
Sevilla para cosas que me fueron necesarias, con determinación que, si Dios me
volvía con bien del comenzado viaje, volvería las joyas a su dueña.
-Pero si por la relación -añadió el piloto-, que me habéis dado
conocéis esta dama, este diamante es suyo; mirad si le conocéis.
Celio, conociendo que con el primer papel se le había dado a
Diana, atravesada la garganta de un fuerte nudo, apenas pudo ni supo
responderle; y más cuando añadió el piloto que si en Sevilla se lo hubiera
dicho, no tenía para qué buscar a Diana, porque él sabía infaliblemente que no
iba en la armada. Celio, satisfecho y muerto, le dijo que aquel anillo era la
primera cosa que había dado a Diana, y que las joyas no tenía que tratar de
volverlas, porque la dama era de calidad y le podría costar la vida, por haber
sido hurto; que lo callase y gozase, dándole sólo el anillo, que él no quería
otra cosa para consolarse. Pero por diligencias que hizo Celio, por ruegos, por
amenazas, jamás pudo acabar con aquel bárbaro que le diese el anillo.
Las palabras suelen ser más dueños de las pendencias que los
agravios; de unas en otras vinieron Celio y el patrón a descomponerse, porque
el mayor contrario del amor no es la ausencia, los celos, el olvido, el
interés, ni la inconstancia de la condición, sino la porfía. Llegó, pues, a
tanto extremo que Celio con la daga le dio dos puñaladas de que quedó muerto.
La gente de la nave acudió al alboroto, y aunque él desesperadamente intentó
defenderse, le prendieron y llevaron al navío que, calafateado y puesto a
punto, partió con buen viento y con Celio atado a una cadena, en el lastre, a
Cartagena de las Indias, habiendo hecho el escribano del navío una pequeña
información a causa de no negar Celio la muerte del piloto, porque decía
llanamente que él le había muerto por ladrón de su hacienda, de su vida y de su
honra. Depositáronle, finalmente, en la cárcel, porque en la tierra no había
gobernador, y estaba, como tan nuevamente conquistada, llena de alborotos y
robos, inobediente por remota y varia por ambiciosa; y como dijo el mayor
Plinio: «Ningún gobierno es más aborrecido que aquel que más conviene al
pueblo».
Servía en estos medios Diana al Duque, a quien por el cuidado de
su ropa, limpieza y aseo de sus vestidos, hizo en breve tiempo su camarero,
porque en todo tenía buen gusto y le ayudaba el deseo, que nadie sirve bien si
no desea agradar a quien sirve.
Determinose el Rey Católico en la conquista del reino de
Granada, y envió a llamar los grandes de los cuales no fue el postrero el
Duque, pues apenas había recibido la carta, cuando nombró los criados que
habían de acompañarle y los vistió y adornó de ricas libreas. No tuvo Diana en
sus trabajos otro día de contento, porque imaginó que si Celio la buscaba, en
ningún lugar la podía hallar como en la corte; y a todos les dio tan grande,
que le daban el parabién de verla alegre, porque la amaban y respetaban todos,
porque a todos con mucha discreción llevaba sus condiciones; cosa tan necesaria
en palacio que el que pensare lograr la suya sin sufrir y acomodar la de los
otros, ni podrá conservar la gracia del señor, ni dejará de perder sus
pretensiones por envidia.
En este viaje se acreditó mucho Diana, y le mostró mayor amor el
Duque, que los caminos y las cárceles hacen notables amistades y descubren más
los entendimientos. Estaban un día haciendo hora para caminar, y mandó el Duque
a Diana que le cantase alguna de las «Selvas» que solía. Ella, con graciosa
obediencia, comenzó la segunda, diciendo así:
Verdes selvas amorosas,
oíd otra vez mis quejas,
que en fe de que fuisteis mudas,
os quiero contar mis penas.
Pues hallo mi compañía
en las soledades vuestras,
no os canse ahora el oírlas,
pues descanso en padecerlas.
Si os pareciere importuno,
sabed, amorosas selvas,
que ha dado el cielo a los males
para quejarse licencia.
Si cuando os conté mis dichas
os alegrasteis con ellas,
haced oficio de amigo
y acompañad mis tristezas.
Aquella aldeana hermosa,
cuya divina belleza
para criar vuestras flores
trajo al sol en dos estrellas;
la que bajaba a matar
fieras por vuestra aspereza,
y mentía, que eran almas
las que ella llamaba fieras;
por celos de una pastora,
selvas, que miraba apenas,
tan fea y tan enfadosa
como si no fuera necia,
se fue del aldea airada,
sólo porque fuese aldea,
porque fue con ella corte,
porque fue cielo con ella.
¿Cómo os diré mi dolor,
si no sabéis qué es ausencia?
mas sí sabéis, pues tres meses
aguardáis la primavera.
Otros tantos ha que vive
de esa parte de la sierra,
que quiso pasar sus nieves
por dejar su fuego en ellas.
Hay pastores donde está,
de quien es justo que tema,
no sé si con menos alma,
mas sé que con más riqueza.
Ya sabéis, selvas, sus partes.
¿quién habrá que no la quiera?
¿quién habrá que no me mate?
¿quién habrá que no me ofenda?
Todos pienso que la miran
y que todos la desean;
pues ¿cómo estaré seguro,
cuando por celos me deja?
Con esto muriendo vivo,
porque mis desdichas piensan
que alguno será dichoso
para que yo no lo sea.
Escribile mis enojos
y que no quiero quererla:
¡qué necias tretas de amor,
si estoy muriendo por ella!
Porfío por ver si escribe
alguna palabra tierna,
de donde tome ocasión
para rogarle que vuelva.
Mas como mi loco amor
la tiene tan satisfecha,
sabiendo que he de rogarla,
responde que allá se queda.
Que sus papeles la envíe,
porque no quiere que tenga
por donde, pasado el plazo,
pueda pedirle la deuda.
Con esto, celoso y triste,
fuime a la sierra por verla,
fiándome de la noche
por encubrir mi flaqueza.
Y viéndola en su cabaña,
más que otras veces compuesta,
rogáronme mis desdichas
que creyese sus sospechas.
Selvas, quien ama y se viste
con celos y con ausencia,
no digo que tiene amor,
que amor es todo tristeza.
Pareciome más hermosa,
que los enojos aumentan
la hermosura, porque en fin
ya parece que es ajena.
Volvime y juré vengarme;
mas en estas diferencias,
así me quisiera hablar
como mil almas le diera.
Caminaban todos entretenidos con el donaire y gracia de Diana,
que le tenía para todas las cosas; mayormente el Duque, que ya llevaba cuidado
de hacerle merced, y se la hubiera hecho si la hubiera visto inclinada a
casarse, porque algunas veces lo habían tratado él y la Duquesa, con una criada
de su cámara, que era toda su privanza y gusto, de que Diana se guardaba todo
lo posible, porque era imposible.
Aposentose el Duque en la corte con la grandeza que a tal
príncipe convenía. Iba y venía a palacio, llevando siempre en su coche a Diana,
que se convertía en los ojos de Argos para ver si por aquellas calles o en los
patios y corredores del alcázar parecía Celio, que con fuertes prisiones estaba
en Cartagena de las Indias.
El Rey se ponía muchas veces en un balcón, que sobre la puerta
del palacio hacía una hermosa vista, para ver desde los cristales de los marcos
entrar los grandes. Quiso la fortuna de Diana, que ya se cansaba de tantos
accidentes, que sobre pasar los coches o llegar a la puerta se descomidiese un
criado con el Duque; y como los que le acompañaban se embarazasen3, como
cortesanos nuevos, Diana, que por donaire solía tomar las espadas negras, con
que se entretenían Otavio, su hermano y Celio, con las doncellas de su casa,
quitando airosamente el estribo, antes que se afirmasen le dio una gentil
cuchillada. La confusión fue grande; el Duque interpuso su autoridad y metió
consigo a su camarero hasta la puerta del retrete; habló el Rey al Duque, y
como se riese hablándole, el Duque le preguntó que de qué se reía Su Alteza, y
él le dijo:
-Del buen aire de aquel gentilhombre vuestro, que dio aquella
cuchillada al que se os descomidió tan descortés y atrevido.
El Duque, viendo que el Rey no estaba enojado, le alabó y
encareció las partes, gracias y virtudes de Diana, de suerte que quiso verla, y
entró y le besó la mano. El buen talle de Diana, la gala, la discreción y el
despejo obligaron al Rey a pedírsele al Duque, y él dijo que, aunque era todo
su regalo, desde que le había recibido tenía este pensamiento de ofrecérsele.
Contenta estará vuestra merced, señora Leonarda, de la mejoría
de nuestro cuento, pues ya queda Diana en servicio del Rey Católico, y en pocos
días tan privado, que en mil cosas que se le ofrecían holgaba de su parecer y,
de lance en lance, ya tenía los papeles de más calidad e importancia. Pues
prometo a vuestra merced que no lo estaba la pobre dama, porque tenía el alma
en dos Celios, y ausentes entrambos, uno en las Indias y otro en tierra de
Plasencia: aquel su esposo y este su hijo. Creció tanto el amor del Rey con las
gracias y servicios de Diana que, antes que saliese de la corte el Duque, ya le
había pagado lo que por ella había hecho, y Su Alteza le había dado, a ruego
suyo, la encomienda mayor de Alcántara, y para su hermano segundo seis mil ducados
de renta.
La gracia de la voz de Diana no se había encubierto en palacio,
pero ya con el nuevo estado y oficio estaba en silencio; error del mundo que,
en llegando los estados a la autoridad, pierdan calidad por las gracias, y que
si a un hombre le dio el cielo gracia de cantar, tañer o hacer versos, queda
inhábil para otros oficios, y se murmura de estas virtudes como si fuesen
fealdades. Alejandro tañía y cantaba, Otaviano hacía versos y no por eso
dejaron el uno de tener en paz el mundo y el otro de conquistarle. Servía un
hijo de un gran señor una dama, y ella deseaba con extremo oír cantar a Diana,
cuya persona y entendimiento no debían de desagradarle. Pidió con grande
encarecimiento al amante referido que le pidiese que la cantase una noche.
Diana, por no disgustarle y creyendo que no importaría que se supiese, cerca de
la una de la noche, en el terrero, cantó así:
Selvas, en mi vida tuve
más ocasión de hacer versos,
más causa para ser altos,
más amor para ser tiernos.
Hoy sabréis el mal que tuve
y veréis el bien que tengo,
porque viene a ser mi voz
alma de vuestro silencio.
No he querido en el aldea,
selvas, hablar, porque temo
los secretarios de cifra
de pensamientos ajenos.
Hállome bien en vosotras,
porque si algún arroyuelo
murmura de lo que digo,
al fin corre y pasa presto.
En los palacios de Circe
estuvo mi entendimiento
cautivo sin hermosura,
y agradecido sin premio.
En esta transformación
no pude ver sus defectos:
¡mal haya amor que, pasado,
es todo arrepentimiento!
Pero ya, selvas amigas,
soy por mi bien de otro dueño,
tan hermoso que parece
de imaginaciones hecho.
Verdes y pintados son
sus ojos; mirad, os ruego;
si esto se llama pintado,
¿qué será lo verdadero?
Cuando los miro me admiro,
y que es milagro sospecho
que siendo soles pintados,
despidan rayos de fuego.
En ellos viven dos niñas,
no como los ojos bellos
pintadas, sino pintoras,
pues me retratan en ellos.
Este cielo de sus ojos
permite a dos arcos negros
por amistad hermosura,
que no es poco junto a ellos.
Naturaleza y la diosa
que vuestros prados amenos
visten por abril y mayo,
en su boca compitieron.
Y aunque os dio la primavera
la rosa en honra de Venus,
perdió con la de sus labios
donde yo también me pierdo.
De dos corales la hizo;
mas las perlas que vi dentro
su misma risa las diga,
que yo turbado no acierto.
Sus manos son de marfil,
y flechas de amor sus dedos,
porque a ser de nieve el sol
hubiera rayos de hielo.
Lo demás, aunque es lo más,
no lo digo, porque pienso
que me tendréis por dichoso
y estaré cerca de necio.
Pero imaginad el alma
que anima su hermoso cuerpo,
y veréis por un cristal
la luz de su entendimiento.
Tres dicen que son las Gracias,
los que las suyas no vieron,
porque las hicieran más,
o fueran las otras menos.
De esta belleza que digo,
seis años anduve huyendo,
pero en un hora de amor
le pago cuanto le debo.
Aquí vivo de mirarla
y como sin verla muero,
siempre digo que me voy,
imaginando que vuelvo.
Estoy contento y celoso:
¿quién vio celoso contento?
mas téngolos de mi dicha,
sin darme ocasión de celos.
¡Ay de mí, si alguna vez
fuese verdad lo que temo!
pero no quiero pensarlo,
por no morir de temerlo.
Esta fue la desdicha o la dicha de Diana, que habiéndola oído
algún celoso que no estaba en desgracia del Rey, y lo estaba de esta dama, se
lo dijo y afeó notablemente. Él, que lo había oído y disimulado, comenzó a dar
orden solicitado de muchos a quien era odiosa su privanza, como cosa sin
fundamento de sangre y dignos servicios de paz y guerra. Habiendo sabido que en
las Indias había tantos alborotos, y conociendo que a Diana, que siempre se
llamó Celio, comenzaba a emprender la envidia, porque no viniese a caer por sus
calumnias en su desgracia, le nombró por gobernador y capitán general de todo
lo nuevamente conquistado, y para castigar los culpados en la muerte del que lo
había sido, de que cada día venían a España quejas y procesos.
No pudo Diana dejar de aceptar el cargo; y besando la mano al
Rey, con sus despachos y la gente necesaria, partió de Valladolid a Sevilla
donde estaba la armada y se hacía la gente que había de pasar con ella, que a
la fama de la inmensa riqueza que aquella tierra producía, era infinita. Pasó
por Toledo, su patria; y como allí la novedad moviese las damas y caballeros,
salieron todos a ver el nuevo Virrey, cuyo talle y entendimiento en todas las
ciudades de Castilla tenía fama. Salió su hermano Otavio, y como ella le viese
entre los otros, cubriéndosele el rostro de lágrimas, cerró las cortinas del
coche y, echándose en las almohadas, pensó rendir el alma. No quiso parar en
Toledo y cuando estaba lejos de ser vista, haciendo descubrir el coche, miraba
la ciudad con entrañables suspiros.
Desde Sevilla comenzó la fortuna de Diana a mejorar de intento,
y la de la mar le puso con tiempo próspero en la tierra deseada, con grande
aplauso de los españoles e indios que, viendo de la suerte que se hacía
respetar y temer, lo que castigaba y premiaba, la limpieza de sus manos y la
entereza de su justicia, así por esto como porque le imaginaban tan mozo y tan
casto, le llamaban el Sol de España. A muchos enviaba a ella con los procesos y
averiguaciones, y a muchos hacía dar garrote en secreto y sepultura en el mar,
si allí le había.
Llegó últimamente a Cartagena y, visitando los presos, vio a
Celio que, aunque estaba flaco y descolorido, le conoció luego, que como amor
está en la sangre, vase presto al corazón y da aviso al alma. La alegría de
Diana compitió con la disimulación y estuvo cerca de vencerla. Informose de la
causa y quisiera librarle, pero dos hermanos del muerto, el uno mercader rico y
el otro capitán belicoso, y que hasta entonces le habían guardado en la cárcel
y perseguido, daban voces y pedían justicia de suerte que no le fue posible a
Diana ponerle en libertad.
Hizo salir de la sala a todos y quiso saber de su boca todo el
suceso dándole palabra de caballero, si le decía la verdad, de ayudarle cuanto
le fuese posible. Creyendo Celio que el Virrey se le había aficionado, y
creyendo la verdad, aunque no la entendía, contola por extenso toda su
historia, desde los amores de Toledo, la ausencia de Diana, lo que él había
padecido por buscarla y cómo el hombre que había muerto era el que le había
hurtado sus joyas, que por no le querer restituir el diamante, y ser la primera
prenda de su amor, vino en tanta desesperación y renovado sus desdichas. Diana
miraba a Celio y volvía las lágrimas desde los ojos al corazón, llorando sobre
él lo que fuera en el rostro a estar más sola. Hizo retirar a Celio, y de
secreto a su mayordomo que, con notable cuidado le regalase; y le hablaba todos
los días, haciéndole siempre referir su historia, de que Celio se admiraba,
viendo que no quería que le tratase de otra cosa.
Acabadas todas las que tenía que hacer en aquella tierra, hechos
los castigos y dado a los leales los merecidos premios, como el Rey le mandaba
por sus provisiones y despachos, viendo que no había sido posible aplacar con
ruegos ni dineros la rigurosa parte del piloto difunto, le embarcó en su
capitana y a título de preso llevó consigo, comiendo y jugando con él todo el
viaje.
Halló Diana al Rey Católico en Sevilla; fue a besarle la mano
con grande acompañamiento, y no sin Celio, que allá le llevó también con la
disculpa de algunas guardas.
Pienso, y no debo de engañarme, que vuestra merced me tendrá por
desalentado escritor de novelas, viendo que tanto tiempo he pintado a Diana sin
descubrirse a Celio después de tantos trabajos y desdichas; pero suplico a
vuestra merced me diga, si Diana se declarara y amor ciego se atreviera a los
brazos, ¿cómo llegara este gobernador a Sevilla? Pues no ha faltado también
quien me ha dicho que, hablándose los dos a solas, los murmuraron y dieron
cuenta al Rey, donde le fue forzoso a Diana declararse y ellos quedar corridos.
Lo cierto es que, entre las mercedes que pidió a Su Majestad por los servicios
de la India y su pacificación, fue el perdón de Celio, y luego que le hiciese
cumplir la palabra que le había dado de casarse con ella, de que el Rey y todos
sus caballeros quedaron admirados y Celio, conociendo que el gobernador era su
hermosa mujer, que tantas lágrimas y desventuras le había costado.
Grandes fueron las mercedes que el Rey les hizo, y grandes las
fiestas que se hicieron a sus casamientos, y no menor el contento de ver su
hijo, por quien enviaron luego personas de confianza. Trájole la pastora en
hábito de grosero zagal, pero con linda cara y melena hasta los hombros.
El contento de estos amantes, cuando descansaron en los brazos
de tantas fortunas, vuestra merced, con su grande entendimiento, le figure,
pues ya su imaginación se habrá adelantado a exagerársele. Que yo me parto a
Toledo a pedir albricias a Lisena y Otavio de que ya hicieron fin las fortunas
de la hermosa Diana y el firme Celio.
LA DESDICHA POR LA HONRA
Pienso que me ha de suceder con vuestra merced lo que suele a
los que prestan, que pidiendo poco y volviéndolo luego, piden mayor cantidad
para no pagarlo. Mandome vuestra merced escribir una novela: enviele Las
fortunas de Diana. Volviome tales agradecimientos, que luego presumí que quería
engañarme en mayor cantidad, y hame salido tan cierto el pensamiento, que me
manda escribir un libro de ellas, como si yo pudiese medir mis ocupaciones con
su obediencia. Pero ya que lo intento, si no en todo, en alguna parte, voy con
miedo de que vuestra merced no ha de pagarme; y en esta desconfianza y fuerza
que hago a mi inclinación, que halla mayor deleite en mayores estudios, aparece
como la luz que guiaba a Leandro, la llama resplandeciente de mi sacrificio,
así opuesta al imposible como a las objeciones de tantos; a que está respondido
con que es muy propio a los mayores años referir ejemplos, y de las cosas que
han visto contar algunas -verdad que se hallará en Homero, griego, y en
Virgilio, latino, bastantes a mi crédito, por ser los príncipes de las dos
mejores lenguas, que de la santa no se pudieran traer pocos, si mi propósito
fuera disculparme.
Confieso a vuestra merced ingenuamente que hallo nueva la lengua
de tiempos a esta parte, que no me atrevo a decir aumentada ni enriquecida; y
tan embarazado con no saberla que, por no caer en la vergüenza de decir que no
la sé para aprenderla, creo que me ha de suceder lo que a un labrador de muchos
años, a quien dijo el cura de su lugar que no le absolvería una cuaresma porque
se le había olvidado el credo, si no se le traía de memoria. El viejo, que
entre los rústicos hábitos tenía por huésped desde el principio de su vida una
generosa vergüenza, valiose de la industria por no decir a nadie que se le
enseñase, que a la cuenta tampoco sabía leerle. Vivía un maestro de niños dos
casas más arriba de la suya; sentábase a la puerta mañana y tarde, y al salir
de la escuela decía con una moneda en las manos: «Niños, esta tiene quien mejor
dijere el credo». Recitábale cada uno de por sí, y él le oía tantas veces que,
ganando opinión de buen cristiano, salió con aprender lo que no sabía.
Paréceme que vuestra merced se promete con esta prevención la
bajeza del estilo y la copia de cosas fuera de propósito que le esperan; pues
hágala a su paciencia desde ahora, que en este género de escritura ha de haber
una oficina de cuanto se viniere a la pluma, sin disgusto de los oídos aunque
lo sea de los preceptos. Porque ya de cosas altas, ya de humildes, ya de
episodios y paréntesis, ya de historias, ya de fábulas, ya de reprehensiones y
ejemplos, ya de versos y lugares de autores, pienso valerme para que ni sea tan
grave el estilo que canse a los que no saben, ni tan desnudo de algún arte que
le remitan al polvo los que entienden.
Demás que yo he pensado que tienen las novelas los mismos
preceptos que las comedias, cuyo fin es haber dado su autor contento y gusto al
pueblo, aunque se ahorque el arte; y esto, aunque va dicho al descuido, fue
opinión de Aristóteles.
Y por si vuestra merced no supiere quién es este hombre, desde
hoy quede advertida de que no supo latín, porque habló en la lengua que le
enseñaron sus padres, y pienso que era en Grecia. Con este advertimiento, que a
manera de proemio introduce la primera fábula, verá vuestra merced el valor de
un hombre de nuestra patria, tan necio por su honra que, si lo fuera el fin
como el principio, la lástima le cubriera de olvido y la pluma de silencio.
En una villa insigne del arzobispado de Toledo, con todas sus
circunstancias de grave, hasta tener voto en Cortes, se crio un mancebo de
gentil disposición y talle, y no menos virtuosas costumbres y entendimiento.
Enviáronle sus padres en sus tiernos años a estudiar a la famosa academia que
fundó el valeroso conquistador de Orán, fray Francisco Jiménez de Cisneros,
cardenal de España, persona que peleaba y escribía, era severo y humilde, y que
dejó de sí tantas memorias, que aun siendo este lugar tan ínfimo, no se pasó
sin ella.
Habiendo oído Felisardo (que así se ha de llamar este mancebo y,
como si dijésemos, «el héroe» de la novela), algunos años la facultad de
cánones, mudó intento por algunos respetos; y viniendo a la corte de Felipe
III, llamado el Bueno, aplicose a servir en la casa de un grande de los más
conocidos de estos reinos, así por su ilustrísima sangre como por la autoridad
de su persona. Era la de Felisardo tan buena, sus partes y costumbres tan
amables, -porque, después de ser muy valiente por sus manos, era de singular
modestia por su lengua- que se llevó los ojos de este príncipe y las voluntades
de los amigos que le trataban, de los cuales tuvo muchos, y yo participé de su
conversación y compañía algunas horas.
Mal he hecho en confesar que escribo historia de tiempos
presentes, que dicen que es peligro notable, porque en habiendo quien conozca
alguno de los contenidos, ha de ser el autor vituperado por buena intención que
tenga. Pues no hay ninguno que no quiera ser por nacimiento godo; por
entendimiento, Platón, y por valentía, el conde Fernán González. De suerte que,
habiendo yo escrito El asalto de Mastrique, dio el autor que representaba esta
comedia el papel de un alférez a un representante de ruin persona; y saliendo
yo de oírla, me apartó un hidalgo y dijo muy descolorido que no había sido buen
término dar aquel papel a hombre de malas facciones, y que parecía cobarde,
siendo su hermano muy valiente y gentil hombre; que se mudase el papel, o que
me esperaría en lo alto del Prado desde las dos de la tarde hasta las nueve de
la noche. Yo, que no he tenido deudo con los hijos de Arias Gonzalo, consolé al
referido don Diego Ordóñez y, dando el papel a otro, le dije que hiciese muchas
demostraciones de bravo, con que el hidalgo, que lo era tanto, me envió un
presente. Aquí no correrá este peligro con Felisardo, porque irá su desdicha a
solas, sin comprender participantes cuando la historia fuera sangrienta.
Finalmente, señora Marcia, deseos de aumentar honor y ver la
hermosa Italia llevaron este mancebo a uno de los reinos que Su Majestad tiene
en ella, en servicio de un príncipe que había de gobernarle, como lo hizo
felicísimamente. En habiendo este señor comunicado a Felisardo, puso en él los
ojos, honrándole y favoreciéndole sin envidia de los demás criados, que parece
imposible; y yo no hallo en el servir, con ser vida tan miserable, cosa tan
áspera como este infalible aforismo: «Si el señor os ama, los criados os
aborrecen». De que se sigue lo contrario, pues para que ellos os quieran el
señor os ha de tener en poco. Mas la virtud de Felisardo, lo apacible
comunicado, lo deseoso de hacer a todos gusto, y el hablar bien al dueño en su
ausencia y solicitar que se le hiciese a todos, venció con novedad de suceso la
bárbara naturaleza del servicio.
Gastaba algunos ratos Felisardo en escribir versos a una señora
de aquella ciudad, no menos hermosa que discreta, a quien se había inclinado; y
ella, por su gentil disposición admitía en los ojos las veces que con los suyos
solicitaba este favor desde la calle.
No le será difícil a vuestra merced creer que era poeta este
mancebo, en este fertilísimo siglo de este género de legumbres, que ya dicen
que los pronósticos y almanaques ponen entre garbanzos, lentejas, cebada, trigo
y espárragos: «Habrá tales y tales poetas». Dejemos de disputar si era culto,
si puede o no puede sufrir esta gramática nuestra lengua, que ni vuestra merced
es de las que madrugan las cuaresmas al sermón discreto, ni yo de los que se
rinden en esta materia por parecerlo, juzgando lo que desean entender por
entendido, y remitiendo al que lo escribió la inteligencia y la defensa.
Pienso que está vuestra merced diciendo: «Si queréis decirme
algún soneto en cabeza de este hombre, ¿para qué me quebráis la mía?». Pues
vaya de soneto:
Quien se pudo alabar después de veros,
si puede ser que se libró de amaros,
ni mereció quereros ni miraros,
pues que pudo miraros sin quereros.
Yo, que lo merecí sin mereceros,
mil almas cuando os vi quisiera daros,
si lo que me ha costado el desearos
a cuenta recibís del ofenderos.
Mándame amor que espere, y yo le creo,
por lo que dicen que esperando alcanza,
aunque tan alta la esperanza veo.
Pero si os ha ofendido mi esperanza,
dejadle la venganza a mi deseo,
y no queráis de mí mayor venganza.
Con una criada tuvo lugar Felisardo de enviar este soneto a la
señora Silvia, dama verdaderamente en quien concurrían todas las partes que
hacen una mujer perfecta en sus primeros años. Apetecía este mancebo en ella lo
que no tenía, porque Silvia era rubia y blanca, y él no del todo moreno y
barbinegro, pero de suerte que parecía español desde el principio de una calle.
Con esta gala de escribir en verso, licencia que no se niega y
libertad con que se dice más de lo que se siente, continuaba Felisardo su
voluntad y Silvia le correspondía, disimulando por su calidad lo que no hubiera
hecho sin ella; así la tenían obligada los servicios personales de este mancebo
y las fuerzas de amanecer en su calle, que ya ella, aunque con algún recato, se
levantaba a verle.
Por no impedir el curso de este amor hemos llegado aquí sin
tomar en la boca a Alejandro, caballero insigne de esta ciudad que voy
encubriendo, y notablemente rendido a la hermosura de esta dama. Parecíale al
referido que, pues Silvia no le amaba, no habría en el mundo quien la
mereciese; con que llegó el descuido a no reparar en Felisardo hasta que le
halló más veces que él quisiera asida la mano a una reja baja de su casa, y le
pareció que en la nueva manera de conversación le favorecía. No le agradó asimismo
a Felisardo el cuidado de Alejandro, porque no le faltaban a este caballero
méritos, si bien blancos y rubios, que por ser comunes en aquella tierra no
eran tan vistos. Con esto dieron entrambos en no dejar las noches desierta la
campaña, guardando cada uno su puesto y enviando centinelas perdidas. Sintió
Alejandro que estaba en mejor lugar Felisardo, y dándole a los celos, como el
verdadero amor nunca tuvo término en el amar, que así lo sintió Propercio,
llegó a ser descompostura en su autoridad y modestia; y más declarado que
solía, habiendo conducido una noche con varios instrumentos excelentes músicos,
quiso que a sus mismas rejas dos voces de las mejores la cantasen así:
Deseos de un imposible
me han traído a tiempos tales,
que no teniendo remedio
solicitan remediarme.
Dando voy pasos perdidos
por tierra que toda es aire,
que sigo mi pensamiento,
y no es posible alcanzarle.
Desengáñanme los tiempos,
y pídoles que me engañen,
que es tan alto el bien que adoro,
que es menor mal que me maten.
¡Ay Dios, qué loco amor, mas tan suave,
que me disculpa quien la causa sabe!
Busco un fin que no le tiene,
y con saber que en buscarle
pierdo pasos y deseos,
no es posible que me canse.
Vivo en mis males alegre,
y con ser tantos mis males,
la mayor pena que tengo
es que las penas me falten.
Contento estoy de estar triste,
no hay peligro que me espante,
que, como sigo imposibles,
todo me parece fácil.
¡Ay Dios, qué loco amor, mas tan suave,
que me disculpa quien la causa sabe!
Hermoso dueño deseo,
y es tanto bien desearle,
que ver que no le merezco
tengo por premio bastante.
Tanto le estimo, que creo
que pudiendo darle alcance,
si su valor fuera menos,
me pesara de alcanzarle.
Para su belleza quiero
la gloria de lo que vale,
y para mí siendo suyas
tristezas y soledades.
¡Ay Dios, qué loco amor, mas tan suave,
que me disculpa quien la causa sabe!
No dormía en este tiempo Felisardo, que con cuidadosos pasos
había reconocido el dueño de aquellos pensamientos y de la música, haciéndole
más celos el estar tan bien escritos que el haber tenido atrevimiento para
cantarlos.
Desagradó a Alejandro sumamente la bachillería de los pies de
Felisardo, que más curiosos de lo que fuera justo traían al dueño; y
determinado a saber quién era, aunque ya la gentileza bastantemente lo
publicaba, le dio dos giros (pienso que en español se llaman «vueltas»; perdone
vuestra merced la voz, que pasa esta novela en Italia). Felisardo, que no era
bien acondicionado en materia de la honra, cosa que solamente le hacía
soberbio, declarose a manera de enfadarse, y diciéndole que era descortesía, respondió
Alejandro:
-Io non sono discortese; voi si, que havete per due volte fatto
sentir al mondo la bravura de li vostri mostachi.
Creo que aquí vuestra merced me maldice, pues para decir «yo no
soy descortés; vos sí, que por dos veces habéis hecho sentir al mundo la
braveza de vuestros bigotes», no había necesidad de hablar tan bajamente la
lengua toscana. Pues no tiene razón vuestra merced, que esta lengua es muy
dulce y copiosa y digna de toda estimación; y a muchos españoles ha sido muy
importante, porque no sabiendo latín bastantemente, copian y trasladan de la
lengua italiana lo que se les antoja y luego dicen: «Traducido de latín en
castellano.» Pero yo le doy palabra a vuestra merced de que pocas veces me
suceda, si no es que se me olvida, porque soy flaco de memoria. Si vuestra
merced tiene en la suya la ocasión con que se amohinaron estos dos amantes,
haya de saber que Felisardo no llevó bien que le hablase en la braveza ni en el
cuidado de los bigotes, que aunque no había los estantales que les ponen ahora
(ya de cuero de ámbar, ya de lo que solía ser fealdad y ahora o los hace más
gruesos o los sustenta, que se llama en la botica Bigotorum duplicatio, como si
dijésemos por donaire a un gordo «tiene dos barbas»), no los traía con descuido
y, porque se levantaban con sólo el cuidado de las manos los llamaba «los
obedientes». Y retirándose un poco, principio de quien quiere acercarse, le
dijo, la voz más alta (que nunca tuvo el enojo hijos pequeños de cuerpo):
-Caballero, yo soy español y criado del Virrey; traje estos
bigotes de España no para espantar cobardes, sino para adorno de mi persona; la
música lleva de las orejas este sentido.
Replicó Alejandro:
-Desde lejos la pudiera oír quien las tiene tan largas que, por
lo que oye, juzga que los que no conoce son cobardes; que hay hombre aquí que
se las cortará de dos cuchilladas y las clavará a los instrumentos para que los
oigan desde más cerca.
A tan descompuestas palabras, respondió Felisardo:
-La espada es la respuesta.
Y sacándola con gentil aire y un broquel de la cinta, le hizo
conocer que no desdecía de la compostura de los bigotes. Todos los músicos
huyeron, que es gente a quien embarazan los instrumentos, por la mayor parte,
que no se entiende en todos, y yo he conocido músico que traía tan bien las
manos en la espada como en las cuerdas; pero en fin tienen disculpa con que van
a guardar los instrumentos, que aventurar aquello con que se gana de comer es
extrema ignorancia; demás de que quien canta está sin cólera, y no le trajeron
a reñir, sino a hacer pasos de garganta, y el huir también es pasos, y se
pueden hacer con los pies a una necesidad, como se ve en los que bailan, que no
carecen los pies de armonía y música, que por eso la llaman «compás», que es
todo el fundamento de la música. Esto es guardar el decoro a los señores
músicos que cantan en nuestra lengua, porque no son poco de temer enojados,
pues con sólo venir a cantar mal a la calle de quien los hubiese ofendido,
pueden matar un hombre como con una pieza de artillería. Los criados de
Alejandro hicieron rostro, riñeron cuatro con uno. Si eran valientes, no lo
disputemos; oigamos a Carranza, que dice en su Libro de la filosofía de la
espada: «Hay hombres de tan bajos ánimos, que no hace mucho uno solo en aventajarse
a muchos». Y prosigue más adelante: «Cuando un hombre solo riñe con otro, se
puede decir que riñe, pero si con dos o tres, ellos riñen con él y él solo se
defiende.» Y prosiguiendo esta materia, da la razón en que cuatro movimientos
constituyen cuatro heridas, y que han de dar en cuatro lugares indeterminados,
y que el objeto no podrá resistir a cuatro, pues a dos no pudo Hércules, como
lo dice el adagio latino.
Cumpliendo voy lo que dije, cansando a vuestra merced con cosas
tan fuera de propósito, ya que lo sean del mío. Pero ¿por qué no tengo yo de
pensar que vuestra merced es belicosa y que si se hallara al lado de Felisardo,
por haber nacido tan cerca de su patria, estar en la extranjera, enamorado y
con buen talle, no se holgara de ayudarle, aunque fuera con voces? Las de la
cuestión fueron tantas que, acudiendo la justicia, se libró Felisardo de aquel
peligro que por el vulgo amenaza a los españoles en toda Europa; en lo demás,
no salió herido, y lo quedó Alejandro y dos criados suyos. Llevole la justicia
al Virrey, que no estaba acostado, porque era noche de ordinario a España;
mostró indignación a Felisardo y al alguacil o capitán, como allá se llama,
mucho agradecimiento de su cuidado. Mandole poner grillos y una cadena en su
aposento, y en estando solos bajó a hacérselos quitar; y dándole los brazos y
una cadena, de las que llaman «banda», de peso de ciento cincuenta escudos (que
soy tan puntual novelador, que aun he querido que no le quede a vuestra merced
este escrúpulo de lo que pesaba), le dijo que le contase todo el suceso.
Oyole el Príncipe con mucho gusto; y habiendo convalecido
Alejandro, le hizo llamar y, llevándole al aposento de Felisardo, a quien para
este efecto mandó poner la cadena y grillos, le dijo que mirase la pena que
quería darle que, aunque fuese destierro a España, le enviaría luego.
Alejandro, que entendió que el Príncipe le obligaba por aquel camino a
perdonarle, y que de no hacerlo caería en la desgracia de entrambos, escogió
como discreto y dio los brazos a Felisardo que, por estar herido su contrario,
había visto y hablado a Silvia todas las noches, que desde la bizarría de la
pendencia estaba más rendida.
Creció el amor, cultivado de la vista y de las privaciones de la
ejecución de los deseos en conversaciones largas, que tantas honras han
destruido y tantas casas abrasado. Llegaron las palabras a darse con juramento
de matrimonio, en dando el Virrey a Felisardo algún grave oficio, que para la
calidad de Silvia era necesario; y como amor es mercader que fía, aunque
después nunca se pague (que esto tiene de señor cuando ama, que no hay cosa que
le den en confianza que no reciba ni alguna que después, si no es por justicia,
pague), permitió que Felisardo llegase a los brazos, hasta allí tan
cuidadosamente defendidos, de que resultó poder encubrir mal lo que antes de
esta determinación estuvo tan encubierto. No se puede encarecer con qué común
alegría celebraban sus vistas los amantes, en su imaginación esposos, y cómo
revalidaba Felisardo el juramento y Silvia le creía; que como cada uno se ama a
sí mismo (por opinión del Filósofo), aunque tema, da crédito por entretener su
gusto, que nadie quiso tanto a otro que no se quisiese más a sí mismo. Y así,
cuando vuestra merced oiga decir a alguno cosa que no le puede suceder, pero
por si le sucede, que la quiere más que a sí, dígale que Aristóteles no lo
sintió de esa suerte; y que a vuestra merced le consta que este filósofo era
más hombre de bien que Plinio, y que trataba más verdad en sus cosas.
Notable es la Fortuna con los mercaderes, terrible con los
privados, cruel con los navegantes, desatinada con los jugadores, pero con los
amantes notable, terrible, cruel y desatinada. En medio de esta paz, de esta
unión, de este amor, de esta esperanza y de esta agradable posesión, se
dividieron por el más extraño suceso que se ha visto en fortuna de hombre, ni
ha cabido en humano entendimiento; pues sin dar disculpa ni ocasión a Silvia
pidió licencia al Virrey Felisardo para ir a Nápoles a unos negocios, y se
partió de Sicilia.
¿Dije ya la ciudad? No importa, que aunque la novela se funda en
honra, no vendrá por esto a menos, aunque fuese conocida la persona; y yo gusto
de que vuestra merced no oiga cosas que dude; que esto de novelas no es versos
cultos, que es necesario solicitar su inteligencia con mucho estudio, y después
de haberlo entendido es lo mismo que se pudiera haber dicho con menos y mejores
palabras.
En sabiendo Silvia que era partido este hombre, con tan fiera e
indigna crueldad del amor que le había tenido, de la honra que le había costado
y de las joyas y regalos con que le había servido, comenzó a derramar inmensa
copia de lágrimas; y sin comer algunos días fue quitando a su hermosura el
lustre, y a su vida el término. Retirábase de noche con Alfreda, una fiel
criada suya, y en un pequeño jardín, que por unas rejas miraba al mar (no poca
dicha, en aquella ocasión, que sus ventanas tuviesen rejas), decía:
-¡Oh, cruel español, bárbaro como tu tierra! ¡Oh, el más falso
de los hombres, a quien no iguala la crueldad de Vireno, duque de Selandia (que
a la cuenta debía de ser esta dama leída en el Ariosto), ni todos los que
olvidados de su nobleza y obligación dejaron burladas mujeres principales e
inocentes! ¿Adónde vas y me dejas sin honra y sin ti, de quien ya solamente
podía esperarla? Pues habiendo partido de mis ojos tan injustamente, no me
queda de quien poder cobrarla, pues la prenda que me dejas, más me la quita y
solo podré deberle mi muerte, pues es imposible que deje de sentir tu crueldad,
y que su sentimiento me quite a mí la vida. ¿Quién pensará, Felisardo mío, que
en la modestia y compostura de tu rostro, en la gentileza y gallardía de tu
cuerpo cupiera tan duro corazón y alma tan fiera? ¿Tú eres español, enemigo? No
es posible, pues de ellos oigo decir y he leído que ninguna nación del mundo
ama tan dulcemente las mujeres, ni con mayor determinación pierde por ellas la
vida. Si se te ofreció alguna precisa fuerza para ausentarte, ¿por qué no me la
diste por disculpa y, despidiéndote de mí, me mataras con menos crueldad,
aunque más presto? ¿Es posible, fiero español, que ayer estabas en mis brazos
diciendo que por mí perderías mil vidas, y que hoy te vas con una sola que me
habías dado? ¡Ay de mí, que tú por ventura ahora te estás riendo de mis
lágrimas, afeando mis libertades e infamando mis atrevimientos, de que fueron
causa, no mi liviandad sino tu gentileza, no mi libertad sino mi adversa fortuna!
Que cierto será que estés ahora contando a otra más dichosa que yo, pero tan
cerca de ser tan desdichada, las locuras que me has visto hacer y las penas que
me has hecho sufrir. Pues no se burle ahora de mí la que te cree y te escucha,
que presto me ayudará a quejarme de ti y, sabiendo quién eres, me disculpará
porque te quise, y me tendrá lástima porque te quiero.
Estas y muchas decía Silvia llorando, sin bastar los consuelos
de Alfreda a templar su furia, tan fundada en razón como en desdicha.
En estos medios llegó Felisardo a Nápoles, ciudad que vuestra
merced habrá oído encarecer por hermosura y riqueza, y donde viven más
españoles que en el resto de Italia, desde que el Gran Capitán, don Gonzalo
Fernández de Córdoba, echó de ella los franceses, adquiriendo aquel famoso
reino a la corona de Castilla; servicio que, con los demás suyos, no podrá
olvidar el tiempo ni acabar el olvido, si bien un escritor moderno, más
envidioso que elocuente y docto, presumió que podía su poca autoridad en un libro
que escribió, llamado Raguallos del Parnaso, oscurecer el nombre que no le
pudieron negar hasta las naciones bárbaras. Con la tristeza que en ella vivía
Felisardo no merece encarecimiento, porque en las cosas tan conocidas no se han
de gastar palabras. Allí se determinó de escribir al virrey de Sicilia la causa
original de su ausencia. Recibió aquel magnánimo príncipe la carta, y leyéndola
quedó admirado. No sé si lo estará vuestra merced, pero en ella decía así:
Al partirme de Sicilia no dije a Vuestra Excelencia la causa,
que no me dio lugar la vergüenza, y ahora sabe Dios la que escribiendo tengo,
pues con estar solo me salen tantas colores al rostro como a los ojos lágrimas.
Estando en servicio de Vuestra Excelencia, bien descuidado de tan gran
desdicha, me escribieron mis padres diciéndome que en el nuevo bando del rey
don Felipe III acerca de los moriscos habían sido comprendidos; cosa que a mi
noticia jamás había llegado, antes bien me tenía por caballero hijodalgo; y en
esta fe y confianza me trataba igualmente con los que lo eran, porque mis
padres eran de los antiguos de la conquista de Granada por los Reyes Católicos,
y si no me engañan, dicen que Bencerrajes, linaje que trae consigo la desdicha
y los merecimientos. Pareciome dejar su casa de Vuestra Excelencia, con harto
dolor mío, porque le amo naturalmente, que no es justo que un hombre a quien
pueden decir esta nota de infamia siempre que se ofrezca ocasión, viva en ella,
ni mi tristeza y vergüenza me dieran lugar, aunque yo me esforzara, por no
estar con este recelo cada día, y más adonde he tenido buena opinión. Vuestra
Excelencia me perdone, que ni acierto a escribir, ni pienso que hasta llegar
esta a sus manos podrá durar mi vida.
Notable fue el sentimiento de aquel gran señor con esta carta, y
tal que se le conoció en su tristeza por muchos días, al fin de los cuales le
respondió así:
Felisardo:
Vos me habéis servido tan bien y procedido tan honradamente en
todas vuestras acciones, que me siento obligado a quereros y estimaros mucho.
En el nacer no merecen ni desmerecen los hombres, que no está en su mano; en
las costumbres, sí, que ser buenas o malas corre por su cuenta. Hacedme gusto
de volver a Sicilia, que os doy palabra por vida de mis hijos, de hacer de vos
mayor estimación que hasta aquí, y tomar en mi honra cualquiera cosa que
sucediere contra la vuestra. Y no sé yo por qué habéis de estar corrido siendo
como sois caballero, pues no lo está el príncipe de Fez en Milán, sirviendo a
Su Majestad con un hábito de Santiago en los pechos, y tan honrado del Rey II y
de la señora Infanta que gobierna a Flandes, que él le quitaba el sombrero y
ella le hacía reverencia. Porque la diferencia de las leyes no ofende la
nobleza de la sangre, y más en los que ya tienen la verdadera, que es la
nuestra, como vos la tenéis, y confirmada por tantos años. Volved, pues,
Felisardo, que en ninguna podréis estar más defendido que en mi compañía, donde
os haré capitán, y procuraré casaros de mi mano, sin apartaros de mí, lo que
tuviere oficios de Su Majestad y vida.
Recibió Felisardo esta carta, toda escrita de su mano de este
generoso príncipe, acción tan digna de su ilustrísima sangre; y llorando
infinitas lágrimas con ella, besando mil veces la firma, se dispuso a
responderle así:
Generoso y magnánimo Príncipe:
cuando me partí de Vuestra Excelencia, fui con desesperado ánimo
de hacer alguna demostración de mi valor. Yo estimo y agradezco, como es justo,
tanta merced y favor, y la escribo con sangre en mi alma para algún día. Yo voy
a Constantinopla, donde ya estarán mis padres que, como hombres nobles,
escogieron la corte de aquel imperio, no queriendo quedarse en las costas de
España por no acordarse. Desde allí sabrá Vuestra Excelencia qué intento llevo,
que pienso que será para hacer un gran servicio a Dios, al Rey y a mi patria.
Desde que entré en Palermo, serví, quise y merecí a la señora Silvia Menandra,
cosa que jamás comuniqué a ninguno. Creo que le queda en el pecho alguna
desdichada prenda mía. Suplico a Vuestra Excelencia que fíe esa carta de quien
se la pueda dar sin que aventure su honor, y favorezca lo que naciere, haciendo
cuenta que le expone la fortuna a los pies de su grandeza.
Con esto se embarcó Felisardo, atrevido y desatinado mancebo
cuya acción yo no puedo alabar, pues en casa de tan generoso príncipe pudiera
estar seguro cuando viniera a España, que en Italia no lo había menester,
aunque fuese en los reinos de Su Majestad, pues solo pretendió echarlos de
aquella parte con que presumieron levantarse, como se ve por las cartas y
persuasiones del ilustrísimo Patriarca de Antioquía, Arzobispo de Valencia, don
Juan de Ribera, de santa y agradable memoria. Dentro de nuestra Europa, a solos
cuatro estadios del Asia (tanto que habiéndose helado aquel mar por un puente
de hielo y nieve que cayó encima, se pasaba del Asia a Europa) yace
Constantinopla, primera silla del romano imperio, después del griego y ahora
del turco, que por la inmensidad de la tierra que posee le llaman Grande;
destruyola el emperador Severo, reedificola Constantino e ilustrola Teodosio.
Tuvo cincuenta millas de muro, que Anastasio fabricó por defenderla de los
bárbaros; hoy, dieciocho, que son seis leguas. Sus vecinos son setecientos mil,
las tres partes turcos, las dos cristianos y el resto judíos. Tomola Mahometo
Segundo, el año de 1453, y desde entonces es corte de sus emperadores que,
comúnmente, llaman el Gran Señor. Está puesta en triángulo: en el un extremo
está el palacio real, que mira al levante, al encuentro de Calcedonia, parte
del Asia; el otro ángulo mira al mediodía y poniente, donde están las siete
torres, que sirven de fortalezas y de cárcel mayor de la ciudad; desde este se
va al tercero por la parte de tierra, dispuesto a tramontana, y donde está el
palacio antiguo de Constantino, en sitio eminente y de quien se descubre toda,
si bien inhabitable. Desde el cual al que tiene el turco, todo es puerto de una
legua de mar, que entra por espacio de dos de largo y de ancho poco más de un
tercio, habitado de varia gente y de todos los vientos defendido. Por la parte
de las siete torres baña el mar las murallas, dejando el sitio donde
antiguamente fue la ciudad de Bizancio, de cuya grandeza solo se ven ahora las
ruinas. Tiene insignes mezquitas, fábricas de sultán Mahameth, Baysith y Selín,
aunque ninguna iguala con la que hizo Solimán, y se llama de su nombre,
deseando aventajarse al gran templo de Santa Sofía, célebre edificio de
Constantino el Grande. Conserva en ella el tiempo, a pesar de los bárbaros,
algunas columnas de grandeza inmensa, mayormente la de este príncipe, labrada
toda de historias de sus hechos. Tiene asimismo cuatro fuertes serrallos para
las riquezas y mercaderías de propios y extranjeras, una calle mayor famosa,
hasta la puerta de Andrinópoli, con la plaza en que se venden los cautivos
cristianos, como en España los mercados de las bestias, y con mayor miseria.
Sus puertas son treinta y una, al levante, poniente y tramontana, con guarda de
genízaros; las casas, bajas, cuyos techos de madera labrada cubren ricas
labores de oro. No usan tapicerías, porque su grandeza y aparato es vestir el
suelo, que cubren de riquísimas alfombras. Son las barcas que de ordinario
pasan la gente de una parte a otra, y que en su lengua llaman «caiques» o
«permes», más de doce mil, que es una cosa notable. Su sitio es tan frío que
desde diciembre hasta fin de marzo está cubierta de nieve. Los templos famosos
de cristianos, mayormente el de Nuestra Señora y el de San Nicolás, con otros
muchos, han intentado quitar los moriscos de la expulsión de España; y
permitiendo el gran Visir que los derribasen y destruyesen por doce mil escudos
que le daban, se fueron a despedir del Turco los embajadores de Francia, Alemania
y Venecia, diciendo que aquello era no querer paz con sus príncipes y por esta
ocasión no salieron con su intento o, lo más cierto, porque Dios no permitió
que tantos cristianos careciesen del fruto de los tesoros de su iglesia donde
tanto peligro corren sus almas.
Aquí llegó Felisardo, y me parece que vuestra merced estaba ya
cansada de esperarle, no se le dando nada del estado que ahora tiene y tuvo
esta ciudad insigne, porque a mujer que tan poca estimación ha hecho de los
hombres de su ley, ¿qué se le dará del turco? Pues sepa vuestra merced que las
descripciones son muy importantes a la inteligencia de las historias, y hasta
ahora yo no he dado en cosmógrafo por no cansar a vuestra merced, que desde su
casa al Prado le parece largo el mundo; aunque vaya por su gusto en hábito de
tomar el acero, con tan buenos de matar lo que topa, que en ninguno la he visto
más enemiga de la quietud humana.
Vio Felisardo a sus padres, que como eran nobles lloraron el
deshonor juntos y el peligro que corría su salvación en aquella tierra, si bien
el ver tantas iglesias y hospitales les consolaba. La común fortuna hace
mayores las confianzas del remedio y menores los sentimientos de las
adversidades, como dijo no sé si era el filósofo Mirtilo, como solía la buena
memoria de fray Antonio de Guevara, escritor célebre a quien de aquí y de allí
jamás faltó un filósofo para prohijarlo una sentencia suya. Y cierto que
algunas veces es menos lo que de ellos dijeron que lo que podría decir ahora
cualquier moderno; pero dase autoridad a lo que se escribe diciendo: «como dijo
el gran Tamorlán», o «se halla escrito en los Anales de Moscovia, que están en
la librería de la universidad del Cairo». Porque si ello es bueno, ¿qué importa
que lo haya dicho en griego o en castellano? Y si malo y frío, ¿cómo podrá
vencer la autoridad al entendimiento?
Hallé una vez en un librito gracioso, que llaman Floresta
española, una sentencia que había dicho un cierto conde: «Que Vizcaya era pobre
de pan y rica de manzanas», y tenía puesto a la margen algún hombre de buen
gusto cuyo había sido el libro: «Sí diría», que me pareció notable donaire.
Pues, como digo, y volviendo al cuento, estuvieron algunos días
Felisardo y sus padres dando trazas en su remedio, si para tal fortuna podía
haber alguno. Y aquí confieso a vuestra merced, señora, que no sé, porque no me
lo dijeron, cómo o por dónde vino a ser Felisardo nada menos que bajá del
Turco, que parece de los disfraces de las comedias, donde a vuelta de cabeza es
un príncipe lagarto, y una dama, hombre y muy hombre, y a la fe que dice el
vulgo que no le hablen en otra lengua.
Turco, pues, era Felisardo; no lo apruebo. Sus hopalandas traía
y su turbante, y como era moreno, alto y bien puesto de bigotes, veníale el
hábito como nacido. La disposición, el brío, el aire, la valentía y la
presunción dieron motivo al Turco para tenerle muchas veces cerca de su
persona, y así trataba con él de las cosas de España familiarmente. Llamábase
el Turco sultán Amath, hombre en esta sazón de treinta y tres años. Tenía preso
un hermano suyo llamado Mustafá, de edad de treinta, a quien deseando matar,
fiera costumbre de aquellos bárbaros, envió una mañana al Vostán Gibasi con
otros ministros, y hallando la cárcel cerrada y al dicho Mustafá paseándose
fuera de ella, lo dijeron al Turco que, teniéndolo por milagro, le dejó preso.
Aconsejado después del Mufiti, que es el principal de los que enseñan su ley,
quiso matarle, y aquella noche soñó que veía un hombre armado que con una lanza
le amenazaba, y con este temor le dejó con vida. Si bien después le provocaron
tanto que, desde una ventana que caía a un jardín de Mustafá, le quiso tirar
una flecha con veneno y, habiéndole apuntado, fue tal el temblor que le dio,
que se le cayó el arco de las manos. Tanta ha sido, finalmente, la humildad de
este turco, que ni vestido, ni oro, ni regalo ha querido tomar de su hermano.
Él vive, y se entiende que le ha de heredar, aunque sultán Amath tiene muchos
hijos, de los cuales dos varones y dos hembras se ven y comunican; los demás
están recogidos y ocultos en su palacio. Tenía tanto gusto de ver imágenes y
retratos de cristianos, que enviaba por ellos a los embajadores y mercaderes, y
en habiéndolos visto se los volvía. Estando, pues, una fiesta mirando algunos
que en una nave que tomaron estaban en la tienda de un rico hebreo, hizo llamar
a Felisardo, que ya se llamaba Silvio Bajá, nombre de aquella dama de Sicilia,
por quien vivía en la mayor tristeza que tuvo amante ausente, pues ni la
desconfianza que tenía de verla, ni la mudanza de cielo y costumbres, era parte
para que la olvidase, ni creo que lo fuera el río Sileno, donde se bañaban los
antiguos, cuya propiedad era olvidar toda amorosa pasión, aunque fuese de
muchos años. Venido Felisardo a su presencia, le preguntó si conocía aquellos
retratos y él le respondió que sí, y se los fue mostrando por sus nombres,
diciendo lo que tan bien sabía de la grandeza de sus personas, apellidos y
casas. Holgose mucho Amath de conocer al emperador Carlos V, al Rey II y III,
al famoso duque de Alba, conde de Fuentes y otros señores. ¿Quién dijera que el
Turco se había de holgar de esto?
Entre las mujeres que entonces tenía sultán Amath, era la más
querida una cierta señora andaluza, que fue cautiva en uno de los puertos de
España. Esta holgaba notablemente de oír representar a los cautivos cristianos
algunas comedias y ellos, deseosos de su favor y amparo, las estudiaban
comprándolas en Venecia a algunos mercaderes judíos para llevárselas, de que yo
vi carta de su embajador entonces para el conde de Lemos, encareciendo lo que
este género de escritura se extiende por el mundo después que con más cuidado
se divide en tomos.
Quiso nuestro Felisardo (mal dije, pues ya no lo era) agradar a
la gran sultana doña María y estudió con otros mancebos, así cautivos como de
la expulsión de los moros, la comedia de La fuerza lastimosa. Vistiose para
hacer aquel conde gallardamente, porque había en Constantinopla muchos de los
que hacían bien esto en España, y las telas y pasamanos mejores de Italia. Como
era tan bien proporcionado, y estaba tan hecho a aquel traje desde que había
nacido, no le hubo visto la Reina cuando puso los ojos en él, y ellos fueron
tan libres que se llevaron de camino el alma.
Representó Felisardo únicamente, y viéndose en su verdadero
traje lloraba lágrimas verdaderas, enternecido de justas memorias y arrepentido
de injustas ofensas. Acabada la fiesta, comenzó en Sultana este cuidado, y en
todas las ocasiones que podía daba a entender a Felisardo que le deseaba, de
suerte que a pocos lances fue entendida, porque no hay papeles más declarados y
efectivos que unos ojos que asisten a mirar amorosamente. Y así, un día,
alabándole la buena disposición y lastimándose de que por su voluntad hubiese
dejado la verdadera ley, él le dijo que su ánimo no era vivir en la de aquel
infame y falso profeta, que aunque era verdad que desesperación le había traído
adonde estaban sus padres, él venía con ánimo de hacer alguna cosa señalada en
servicio del rey de España, porque tenía el ánimo tan bizarro que no volvería a
ella sin ser estimado y favorecido por alguna insigne hazaña.
-Si yo puedo -respondió Sultana-, favorecerte, aquí tienes la
mujer más rendida y más poderosa para ayudarte, porque a mí no me tiene sultán
Amath como a las demás que le permite su ley y su grandeza.
Besole entonces la mano Felisardo e, hincado de rodillas, lloró
mirándola. Ella, conociendo la fiereza de Marte y la blandura de Adonis en
aquel mancebo, levantándole de la tierra le juró por la ley que tenía en el
corazón impresa de no desampararle en cuantas acciones intentase, aunque
perdiese la vida. La ocasión que tomaron para verse fue decir al Turco lo que
gustaba de oír cantar a Felisardo, y así entraba y salía con libertad a
entretenerla, y tal vez esta ndo presente el mismo sultán Amath, donde cantó
así:
Dulce silencio de amor,
si tanta gloria callando
consigue quien sirve amando,
no la pretendo mayor.
Poner en duda el favor
suspende mi atrevimiento,
y dice mi pensamiento
que más la causa le culpa,
pues no puede haber disculpa
donde no hay merecimiento.
Amar, sin osar decir
tanto amor, es cobardía,
mas perder el bien sería
determinarse a morir.
Pero yo quiero sufrir
la pena a que me condena
fuerza de respetos llena,
y no temer su mudanza,
pues no pierdo la esperanza
mientras no pierdo la pena.
Del silencio que he tenido
ya vive mi amor quejoso,
pues no llega a ser dichoso
quien no pasa de atrevido.
Quisiera ser entendido
cuando a entender no me doy,
mas no decir lo que soy
por llegar a merecer,
sin ser querido, querer,
mientras que callando estoy.
Mi pensamiento contento
consigo mismo se halla,
que por lo que piensa y calla
le llamaron pensamiento.
Algunas veces intento
decir mi mal y su mengua,
por ver si el dolor se amengua;
pero son locos antojos,
que quien habla con los ojos
no ha menester otra lengua.
Dadme penas inmortales,
que siendo vos en el suelo
tan viva imagen del cielo
serán penas celestiales.
Si llama gloria los males
quien a su bien los prefiere,
señora, bien es que espere
que os obligue a que le deis
un bien de los que tenéis,
quien tanto sus males quiere.
Sin mí conoced mi mal,
oh causa hermosa por quien
le tiene el alma por bien,
que vos sois bien celestial.
Y si, con ser tan mortal,
que le entendáis no merezco,
como en los ojos le ofrezco,
no quiero, aunque me consuma,
que otra lengua ni otra pluma
os diga lo que padezco.
Pareciole a Sultana que Felisardo había compuesto estos versos a
su sentimiento y propósito, y engañábase Sultana porque los había escrito por
Silvia al principio de sus amores en Palermo; pero no se engañaba en la
intención, pues Felisardo buscó estas décimas porque lo creyese así, entre los
muchos versos que sabía, como suele suceder a los músicos que traen capilla por
las festividades de los santos que, con solo mudar el nombre, sirve un
villancico para todo el calendario; y así es cosa notable ver en la fiesta de
un mártir decir que bailaban los pastores trayéndolos de los cabellos desde la
noche de Navidad al mes de julio.
Notablemente crecía el amor en Sultana, conquistando la voluntad
ausente de este mozo que ya con libertad de hombre se determinaba, y ya con las
obligaciones de hombre de bien se defendía. Pidiole que suplicase al Turco le
diese algunas galeras y gente, de que le nombrase capitán, lo que alcanzó
fácilmente. Y así, comenzó a salir de Constantinopla con seis galeras bien
armadas, sin consentir en ellas morisco alguno, que no gustaba de su trato ni
les osaba fiar su pensamiento. Hizo algunos de alguna consideración, y con poca
guerra trajo a Constantinopla algunos cautivos, pero ninguno de España, que
presentaba a Sultana, de quien recibía en satisfacción joyas de notable precio,
porque ella gustaba de que las trajese en el turbante que coronaba de diversas
plumas.
Corrió una vez la costa de Sicilia atrevidamente, y fuelo tanto
que se puso a la vista de Palermo. Silvia tenía de Felisardo un hijo de tres
años, que criaba con libertad por ser muertos sus padres, aunque no con tanta
que se persuadiesen los bien intencionados que era su hijo; que los que no lo
son, en las doncellas más recatadas presumen mayores yerros. Sucedió, pues, que
como en tanto tiempo no hubiese tenido nueva de Felisardo, la desconfianza la
tenía con algún consuelo, y pienso que por la sinrazón le hubiera olvidado, a
no le tener en su hijo todos los días presente, con la mayor semejanza que ha
visto el refrán castellano en materia de esta duda, de que pido perdón a su
imaginación de vuestra merced, que bien le merezco, pues no dije adagio. Con esto,
solicitada de algunas amigas, que no era mucho en tres años de injusta
ausencia, ni saber si era muerto o vivo Felisardo, salió en una tartana de un
mercader calabrés a pasear la mar, que con la bonanza la convidaba y con la
piedad de su adversa fortuna la movía, que tal vez se cansa de hacer disgusto,
o porque algún breve bien sea para sentir el mal con mayor fuerza. Y en esta
parte no puedo dejarme de reír de la definición que da Aristóteles de la
Fortuna; no le faltaba más a este buen hombre sino que en las novelas hubiese
quien se riese de él. Dice, pues, que la buena fortuna es cuando sucede alguna
cosa buena y la mala cuando mala. Mire vuestra merced si tengo razón, pues en
verdad que lo dijo en el segundo de los Físicos, que yo no se lo levanto. Harto
mejor lo sintió Plutarco Queroneo, diciendo por afrenta que era palabra de
mujer decir que ninguno podía evitar sus hados, sentencia católica, como si él
lo fuera, porque los albedríos son libres para justificar el cielo sus juicios.
No suele descender milano, las pardas alas extendidas, el pico prevenido y las
manos abiertas, con más velocidad y furia a los miserables pollos que se
alejaron del calor de las plumas de su madre, como la capitana de Felisardo a
la tartana de Silvia.
Tomola en breve, con notable llanto suyo y de sus amigas;
pasáronlas a ella abordando un barco, y quitando una parte de la banda de los
filaretes lleváronlas a la popa, donde Felisardo estaba recostado sobre una
alfombra turca de rizos de oro entre labores de seda, puesto el brazo en dos
almohadas de brocado persiano, color de nácar. Hincose de rodillas Silvia y,
con lágrimas en los ojos, le dijo en lengua siciliana que tuviese piedad de la
mujer más desdichada del mundo, poniéndole para moverle el pequeño infante en
los brazos a los turbados ojos, a quien ya los oídos habían avisado de que
aquella voz parecía la de Silvia.
Aquí, señora Marcia, ni aun los hipérboles de los versos serían
bastantes cuanto más la llaneza de la prosa, que ni es historial ni poética,
aunque la escribiera el autor de las relaciones de los toros, quejoso de su
fortuna adversa; y tiene muy justa causa, pues le están en tanta obligación los
de Zamora, de quien no se acordara este lugar después que se dejaron de cantar
los romances del rey don Sancho, la traición de Bellido de Olfos y las
tristezas de doña Urraca, que casi llegaron a competir con los de don Álvaro de
Luna, que duraran hasta hoy si no se hubiera muerto un cierto poeta de
asonantes, que arrendó esta obligación por veinte años a los regidores de la
Fortuna. Y ya que nos hemos acordado de Bellido de Olfos, suplico a vuestra
merced me diga si conoce algún pariente suyo, que me ha dado cuidado ver que,
en siendo un hombre ruin, no le queda pariente en este mundo, y en habiendo
procedido virtuosamente o hecho alguna cosa digna de memoria, todos dicen que
descienden de él. Y yo conocí un hombre que decía por instantes: «Adán, mi
señor», y podía muy bien, porque esto es lo más cierto, aunque un hombre haya
nacido en la Cochinchina, tierra donde dicen que se halló Pedro Ordóñez de
Zavallos, natural de Jaén, y convirtió una infanta, bautizando más de
doscientas mil personas, e hizo muy bien, y Dios se lo pagará si fue verdad, y
si no, no.
Todos estos intercolunios han sido, señora Marcia, por aliviar a
vuestra merced la tristeza que le habrán dado las lágrimas de Silvia, y
excusarme yo de referir el contento y alegría de los dos amantes, habiéndose
conocido. Prometo a vuestra merced que me refirió uno de los que se hallaron
presentes que en su vida había visto más amorosas razones ni más tiernas
lágrimas. Satisfizo Felisardo de aquella novedad a Silvia, asegurándole que no
había dejado la verdadera fe y que presto vendría a Sicilia, donde hiciese al
rey de España un gran servicio, sin el que recibiría la Iglesia con reducirle
infinitas almas. Enloqueciole su hijo, y después de haber estado aquella noche
tratando de estas cosas, la hizo volver a Mecina antes del alba, cargada de
ricas telas y preciosos diamantes, fuera de diez mil cequíes de oro que llevó
en dos cajas.
Iba Silvia instruida para hablar al Virrey y darle cuenta de
estos sucesos, cuando él prevenía el salir a pelear con las galeras turcas.
Pensó infinitas veces este gallardo príncipe si sería bien verse con Felisardo,
y al fin se vino a concertar que él saliese en una barca con dos soldados cerca
de la playa, y el Virrey en otra con los que fuese servido. Hízose así, y
acostándose el uno al otro, saltó Felisardo en la barca del Virrey y, echándose
a sus pies, le hizo fuerza para besárselos. Admirados estaban los cristianos de
ver la gentileza y lengua del turco, porque no llevó el Virrey consigo hombre
que le conociese. Hablaron de varias cosas, y al tiempo de despedirse le dio
Felisardo una rosa de diamantes que le había dado Sultana, de precio de veinte
mil escudos, que esto se decía en Constantinopla, porque no se había llegado a
vender por ejecución de ningún señor ni por otra necesidad.
Hízose a la vela Silvio Bajá, si le hemos de llamar así, dejando
en admiración la ciudad, que casi toda asistía en la playa, al Virrey de su
determinado propósito, y a Silvia de haber visto lo que no esperaba, y en tan
diverso hábito y costumbres de lo que le había conocido.
La causa de no quedarse entonces este infeliz mancebo en Sicilia
con su esposa y su hijo, donde se le quedaba el alma, presentando aquella
escuadra de galeras con sus turcos al Virrey, fue el agradecimiento que debía a
Sultana por tantas buenas obras, y el deseo y ánimo que tenía de reducirla a la
fe, pues ella lo deseaba, y restituirla a sus padres, que tantas lágrimas
habían derramado por ella; fuera de tener él tan segura mayor presa siempre que
tuviese gusto de volver a España.
Entró Felisardo por el canal de Constantinopla casi a la entrada
del invierno, llevando algunos cautivos de las islas y de otras costas, sin
tocar en vasallo de Su Majestad, ni tomar tierra en parte que fuese suya. Hizo
gran salva a las torres y palacio real del Turco; saltó en tierra y besándole
el pie alegró la ciudad, entristeció la envidia y esforzó la esperanza de
Sultana que, con lo que de sus deseos había conocido y no esperaba verle, tenía
por sin duda que, faltando a la palabra dada y a tantas obligaciones, se había
quedado en España.
Había llegado pocos días antes a Constantinopla Nasuf Bajá,
primer visir del Turco, victorioso a su parecer de la guerra de Persia, cuya
ostentación y aplauso fue tan grande que después de un copioso ejército de
gente, traía doscientas sesenta y cuatro acémilas cargadas de cequíes de oro. Y
advierta vuestra merced que, por ser tan grande ejemplo de la fortuna de los
príncipes, quiero decirle el suceso de este hombre, que también fue causa del
que tuvieron los pensamientos de Felisardo. Era este Nasuf Bajá, yerno del
Turco, y el más estimado y temido de todo aquel grande imperio. Mamut Bajá,
hijo de Cigala, aquel famoso corsario que ninguno después de Ariadeno
Barbarroja tuvo más nombre, competía con la grandeza de Nasuf y era cuñado del
Turco, casado con su mayor hermana. Sentía Mamut envidiosamente la ostentación
de su enemigo, y en aquella jornada particularmente, donde me ha quedado
escrúpulo si a vuestra merced le han parecido muchas las acémilas, y los
soldados pocos. Y a este propósito quiero que sepa que un gentilhombre de este
lugar, más dichoso en hacienda que en ingenio, visitaba una dama de las que
estiman más el ingenio que la hacienda, que deben de ser pocas. Contábale un
día la renta que tenía y, entre otras necedades, acabó con decir que encerraba
trecientas anegas de trigo y ciento de cebada con treinta carros de paja, y
añadió que le dijese lo que le parecía de su hacienda; a quien ella respondió:
«Paréceme, señor, que el trigo es mucho y poca la cebada y paja para lo que
vuestra merced merece». Pero dejando aparte esta cantidad de acémilas, que a
quien sabe la soberbia de aquella gente no le parecerán muchas, digo que Nasuf
Bajá volvió a Constantinopla, diciendo que dejaba firmadas paces con el
Persiano, en fe de lo cual trajo consigo su embajador con ricos presentes de
telas, cequíes, piedras y otras cosas de valor y curiosidad increíble. Mas,
como viese el Cigala que el de Persia molestaba algunas tierras del Turco, vino
en sospecha de que Nasuf tenía algún trato doble con él, en grave ofensa de su
señor; así por esto, como porque escribiendo a entrambos desde los confines de
Persia, donde estaba por gobernador, ninguno le respondía. Con esto se partió a
Constantinopla, y hallando en el camino un correo que Nasuf enviaba al
Persiano, le convidó a cenar aquella noche, y habiéndole dado muy bien a beber
(cosa que saben hacer donde no lo vea Mahoma, con muy buen aire), durmiose el
correo. Quitole Mamut Cigala las cartas en que halló todo lo que deseaba; y la
traición descubierta hizo matar al correo y enterrole en su misma tienda. Y
llegado a Constantinopla pidió licencia a Nasuf para entrar; negósela Nasuf si
no le daba trecientos mil cequíes. El Cigala, que estaba casado con la hermana
del Turco, y no había llegado a ejecución su deseo por su larga ausencia, dio
orden que ella supiese el inconveniente porque no entraba. Resolviose Fátima
(si a vuestra merced le parece que se llame así, porque yo no sé su nombre) a
ir a ver a su marido, de quien supo la causa por que no entraba; y ella
volviendo a Constantinopla la refirió a su hermano, el cual envió de noche con
gran secreto por Mamut Cigala y, llegando en un caique (si vuestra merced se
acuerda que le dije que era pequeña barca, pero no escuso una palabra turca,
como algunos que saben poco griego), entró por una puerta falsa del palacio y,
recibido bien de su cuñado, le refirió cuanto sabía y le mostró las cartas.
Deseó desde entonces sultán Amath quitar la vida a su yerno
justamente, y como se encubra tan mal un grande enojo, adivinando Nasuf la
causa por el semblante, faltó tres días del consejo dando por disculpa de esta
falta la de su salud. Con esta ocasión el Turco dijo que quería ir a ver a su
hija, y se previno la calle de lienzos por todas partes sobre altas lanzas para
que no fuese visto, que solo tiene obligación a dejarse ver un día en la
semana, y ese es el viernes, que entre ellos es fiesta, y va a su gran mezquita
a hacer el zalá. Con este engaño de las telas pasó un coche en que iba el
Vostán Gibasi con muchos ayamolanos, hombres fortísimos, y creyendo que fuese
el Turco, a quien esperaban más de cuatro mil personas, entró en casa de Nasuf
el referido, y como iba entrando, iban asimismo cerrando las puertas los
soldados con cuidado y silencio. Estaba Nasuf con dos eunucos en un aposento,
bien descuidado de su fortuna; hízolos salir afuera el presidente y, haciendo
una gran reverencia a Nasuf, le dio un decreto del Turco, en que le pedía su
real sello. Turbado Nasuf se le dio y dijo:
-¿Tiene el Gran Señor hombre que con más lealtad pueda servirle
en este oficio?
Entonces el Vostán Gibasi le dio otro papel en que le pedía la
cabeza. Dio voces Nasuf diciendo:
-¿Qué traición es esta?, ¿qué envidia?, ¿quién ha engañado a mi
gran señor a quien yo con tanta lealtad como obligación he servido?
Pero viendo que allí no había remedio para huir, razón para
replicar, ni armas para defender la vida, se resolvió a la muerte, pidiendo al
Vostán que le dejase hablar y despedir de su mujer, que estaba en otro cuarto;
y no pudiendo conseguirlo le suplicó de rodillas le dejase siquiera hacer el
zalá para que su alma fuese tan llena de necedades como había vivido. Esto le
concedieron, pareciéndoles que tocaba a la religión, siendo tan gran desatino;
pero, de afligido y turbado, no fue posible y esforzando la naturaleza al mayor
contrario (que no sé cómo se entienda aquí aquel consuelo de Séneca en la
primera epístola, que nos engañamos en la consideración de la muerte por mayor,
pues todo lo que pasó de la edad ya lo tiene la muerte), se sentó en una silla
y dispuso la voluntad a la fuerza, y el ánimo del valor al miedo de la pena.
Pero si dijo el mismo filósofo que el morir de buena gana era la mejor muerte,
¿cómo puede quien moría con tan poca tenerla por buena, ni consolarse con que
ya estaba muerto lo que había vivido? Mirándole estaba el Vostán, y los
soldados llenos de admiración y miedo a quien volviendo Nasuf severamente el
rostro dijo:
-Canalla, ¿qué estáis mirando? Haced vuestro oficio.
Entonces se le atrevieron cuatro de ellos y, echándole una soga
a la garganta, le ahogaron. Cerró luego el Vostán las puertas y, dando cuenta
al Turco, le pidió la cabeza que, habiéndosela traído, la mandó echar en el
suelo y, dándola con el pie, le llamó brecain, que quiere decir «traidor».
Tomó el Turco su hacienda, reservando solamente la que estaba en
el cuarto de su mujer. Fue la mayor riqueza que en hombre particular se ha
visto, pues entre las armas solas se hallaron mil doscientas espadas con
guarniciones de plata y oro; que si a vuestra merced le parecieren como las
acémilas, podrá quitar las que fuere servida, porque no tengo cuento a
propósito, ni me atrevo a decir que tenía a su devoción en Constantinopla
treinta mil hombres, sustentando en varias partes siete mil quinientos caballos,
con que si le ayudara más el secreto que le favoreció la Fortuna, fuera señor
del Asia.
Quedó Fátima viuda y rica, y aunque la pretendían muchos, y
entre ellos un gran bajá de los del turbante verde, le pareció al Turco
levantar los pensamientos de Felisardo con hacerle cuñado suyo, y darle mujer
con tal ejemplo en dote. Comunicó este pensamiento con Sultana que, atónita de
ver el camino que tomaba su desdicha para descaminar su deseo, solicitó
impedirle con decir mal al Turco de Felisardo, y que le parecía hombre de ánimo
soberbio y no mal aficionado a la patria en que había nacido, y que muchas
veces le reprehendía la afición que mostraba a los reyes y señores de España,
donde era justo presumir que alguna vez se quedaría, y que, pues su yerno Nasuf
Bajá era tan deudo suyo y natural de su patria, criado en su ley y enseñado en
sus costumbres, y le había salido traidor, no era razón pensar que le había de
ser leal un hombre extranjero y advenedizo, criado en otra ley, en otra patria
y en otras costumbres. Satisfizo esta última razón el entendimiento de Amath, y
puso dilación en el casamiento, tibieza en la voluntad y sospecha en el suceso.
Entre tanto Sultana prevenía la partida a España con gran
cuidado y tuvo tanto que, habiendo la primavera siguiente alcanzado del Turco
saliese Felisardo a quietar el mar del Archipiélago, donde era fama que andaban
seis galeras de la religión de Malta, dispuso la partida y recogió sus joyas.
Tiene el palacio del Turco dos leguas de cerca, y por la parte
del mar que mira a Calcedonia mucha artillería; la puerta principal, al
poniente, enfrente de la iglesia de Santa Sofía; a mano derecha de la puerta un
hospital que llaman Timarina, para todos los enfermos de palacio y a la
izquierda, la iglesia antigua de cristianos, título de San Jorge, donde están
las armas del Rey. Síguese la segunda puerta, donde se apean los que van a
consejo, y a esta una famosa calle de un tercio de legua o poco menos. Por la
parte de tramontana hay una puerta por donde entra y sale la gran Sultana y
todas las mujeres del serrallo. (Aquí doble vuestra merced la hoja). Junto a la
segunda puerta hay un jardín y huerta con mil hermosos árboles y venados, y a
su lado una gran plaza cubierta donde suele estar la guarda de los genízaros, y
comer los días de consejo, porque los otros quedan de guarda. Hay asimismo doce
capigis, que son porteros en cada puerta de las referidas, y por la parte de
mediodía las cocinas para el Gran Señor y la familia de palacio, y para toda la
corte el día que es de consejo. Y es tan inmenso el número que come, que el de
los cocineros es de cuatrocientos cincuenta hombres, cosa que la cuentan y la
escriben, y que podrá vuestra merced no creer sin ser descortés a la novela ni
a la grandeza del Turco. Después de todo se llega a la gran puerta de la casa
real, guardada de eunucos blancos, donde no puede entrar persona alguna sin
orden del Turco, no siendo de la familia aunque sea el Gran Visir.
Por la puerta que dejé advertida salió, señora Marcia, la gran
Sultana con dos renegados de quien se había fiado, y en hábito de soldado
genízaro, que de otra suerte fuera imposible. Caminó a la mar con gran peligro
donde fue recibida con igual silencio del animoso Felisardo, que con valor
intrépido mandó alargar al mar la escuadra, y que a la vuelta de Sicilia
pusiesen las proas donde decía que pensaba hacer una famosa hazaña.
Tan desdichado fue este miserable mancebo, aunque digno de mejor
fortuna, que apenas comenzaron las galeras a alargarse y, zarpando la capitana,
azotar el agua y el aire con los remos y velas, cuando cubriéndose el cielo de
improviso de una oscurísima nube, comenzó a bramar con horribles truenos por
los cuatro ángulos del mundo, acompañada de temerosos relámpagos que en cada
uno parecía que venían infinitos rayos. Entumeciose el mar, revolviéronse las
olas trabando entre sí mismas tan espantosa batalla, que daban con la espuma en
las estrellas que, con el temor de apagarse en las aguas, se escondían. Ya no
aprovechaba amainar las velas, ni en tanta confusión hallaba remedio el ánimo,
ni el ejercicio resistencia. Porfiaba Felisardo a que prosiguiesen el viaje
hasta sacar la espada, pero no pudo ser obedecido, por voluntad del cielo, que
al declararse el alba dio con su capitana y las demás galeras casi en el
puerto. Él quiso pasar en su abrigo el día ocultando a doña María en la cámara
de popa, pero como ya fuese conocida su falta de algunas griegas y turcas que
la servían, habían dado tantas voces que, asombrados los genízaros dieron parte
a su capitán, y él a Mahamut Bajá, de quien lo supo el Turco, que con notable
sentimiento pensó luego que de envidia la habrían muerto otras mujeres o amigas
suyas. Mas discurriendo entre varios pensamientos en unas y en otras cosas
(que, como Séneca dijo, sucede fácilmente la inconstancia a los que tienen el
ánimo dudoso), dio en pensar que se había partido la misma noche Felisardo, de
quien Sultana decía tanto mal, arguyendo de eso mismo que le quería bien porque
es muy ordinario en las mujeres, o por disimular lo que quieren o por engañar a
otros. Y con esta imaginación hizo que Vostán Bajá fuese con cien ayamolanos y
con algunos genízaros a las galeras, sabiendo que la tempestad las había vuelto
al puerto tan perdidas que era imposible sin rehacerse volver al agua.
No los hubo visto Felisardo cuando conociendo el peligro se
resolvió a morir como caballero, y no con varios tormentos a las manos de un
verdugo infame. Bien quisiera el Bajá llevarle vivo, pero no dejándose prender
y resistiéndose en la cureña de la capitana, sembró la crujía de cuerpos
muertos con sola una espada ancha que traía y una rodela embrazada. Viendo
Vostán que sería imposible llevarle como él deseaba mandó a los genízaros que
le tirasen, y en un instante cayó muerto de cuatro manos, aunque de ningún
deseo, porque fue sumamente amado de aquellos bárbaros. Dicen que dijo poco
antes que cayese:
-Turcos, sed testigos que muero cristiano, y no he ofendido al
Gran Señor mas que en llevar a doña María donde lo fuese.
Con esto el Bajá le cortó la cabeza para llevarla al Turco, y
halló a Sultana que, cubierta de lágrimas, había mirado el valor y la desdicha
de aquel mancebo trágico. Fue grande la alegría de Vostán y consolándola con la
mayor decencia que pudo, la llevó a palacio. No quiso el Turco verla en cuatro
días; pero vencido del amor grande que la tenía, se determinó de perdonarla,
que las iras que intervienen amando (como lo siente el Anfitrión de Plauto),
vuelven los que se aman a mayor amistad y gracia. Bien supo Sultana disculparse
con solo el deseo de su patria y padres, pues siendo imposible la licencia, no
podía de otra suerte intentar verlos, y el celoso Turco también creerla, porque
deseaba abreviar sus enojos, cosa que en los coléricos no da lugar a que las
mujeres lo sean.
Y en este lugar me acuerdo de haber leído en una comedia
portuguesa tratar un viejo con un amigo suyo de que quería casar su hijo, y
diciéndole el otro: «No lo hagáis, que está enamorado de una cortesana»,
respondió el viejo: «Ya lo sé, y si intento casarle es porque han reñido y
averiguado unos celos, y es buena la ocasión de este enojo para apartarle de
ella». A quien replicó el amigo: «¡Qué poco sabéis de lo que puede una voluntad
antigua fundada en trato! Esta es la hora que anda vuestro hijo buscando disculpas
a esa mujer para el mismo agravio que le ha hecho».
Este fue el fin de Felisardo, esta la desdicha por la honra; así
quedaron sus pensamientos burlados, y Silvia criando aquella desdichada prenda
suya, que si creciere, como en las comedias, tendrá vuestra merced la segunda
parte. Entre tanto, lea ese epitafio o elogio a su desdicha:
Aquí yace un desdichado,
que de sí mismo nacido,
vivió por desconocido,
murió por desconfiado;
del propio honor engañado,
aunque no sin culpa alguna,
dejó el sol, buscó la luna;
donde se ve que el valor
quiere a fuerza del honor
resistir a la Fortuna.
LA PRUDENTE VENGANZA
Prometo a vuestra merced, que me obliga a escribir en materia
que no sé cómo pueda acertar a servirla, que como cada escritor tiene su genio
particular a que se aplica el mío no debe de ser este, aunque a muchos se lo
parezca. Es genio, por si vuestra merced no lo sabe, que no está obligada a
saberlo, aquella inclinación que nos guía más a unas cosas que a otras, y así
defraudar el genio es negar a la naturaleza lo que apetece, como lo sintió el
poeta satírico. Púsole la Antigüedad en la frente, porque en ella se conoce si
hacemos alguna cosa con voluntad o sin ella. Esto es sin meternos en la opinión
de Platón con Sócrates y de Plutarco con Bruto, y de Virgilio, que creyó que
todos los lugares tenían su genio, cuando dijo:
Así después habló, y un verde ramo
ceñido por las sienes, a los genios
de los lugares y a la diosa Telus,
primera entre los dioses, a las ninfas
e ignotos ríos ruega humildemente.
Advirtiendo primero que no sirvo sin gusto a vuestra merced en
esto, sino que es diferente estudio de mi natural inclinación, y más en esta
novela, que tengo de ser por fuerza trágico, cosa más adversa a quien tiene
como yo tan cerca a Júpiter. Pero, pues en lo que se hace por el gusto propio
se merece menos que en forzarle, oblíguese más vuestra merced al
agradecimiento, y oiga la poca dicha de una mujer casada, en tiempo menos
riguroso, pues Dios la puso en estado que no tiene que temer cuando tuviera condición
para tales peligros.
En la opulenta Sevilla, ciudad que no conociera ventaja a la
gran Tebas (pues si ella mereció este nombre porque tuvo cien puertas, por una
sola de sus muros ha entrado y entra el mayor tesoro que consta por memoria de
los hombres haber tenido el mundo), Lisardo, caballero mozo, bien nacido, bien
proporcionado, bien entendido y bienquisto, y con todos estos bienes y los que
le había dejado un padre, que trabajó sin descanso (como si después de muerto
hubiera de llevar a la otra vida lo que adquirió en esta), servía y
afectuosamente amaba a Laura, mujer ilustre por su nacimiento, por su dote y
por muchos que le dio la naturaleza, que con estudio particular parece que la
hizo.
Salía Laura las fiestas a misa en compañía de su madre; apeábase
de un coche con tan gentil disposición y brío, que no solo a Lisardo, que la
esperaba a la puerta de la iglesia como pobre, para pedirle con los ojos alguna
piedad de la mucha riqueza de los suyos, pero a cuantos la miraban, acaso o con
cuidado robaba, el alma. Dos años pasó Lisardo en esta cobardía amorosa, sin
osar a más licencia que hacer los ojos lenguas, y el mirar tierno, intérprete
de su corazón y papel de su deseo. Al fin de los cuales, un dichoso día vio
salir de su casa algún apercibimiento de comida, con alboroto y regocijo de
unos esclavos; y preguntando a uno de ellos con quien tenía más conocimiento la
causa, le dijo que iban a una huerta Laura y sus padres, donde habían de estar
hasta la noche. Tiénelas hermosísimas Sevilla en las riberas de Guadalquivir,
río de oro, no en las arenas, que los antiguos daban a Hermo, Pactolo y Tajo,
que pintaba Claudiano:
No le hartarán con la española arena,
preciosa tempestad del claro Tajo,
no las doradas aguas del Pactolo
rubio, ni aunque agotase todo el Hermo,
con tanta sed ardía,
sino en que por él entran tantas ricas flotas, llenas de plata y
oro del Nuevo Mundo.
Informado Lisardo del sitio, fletó un barco y con dos criados se
anticipó a su viaje y ocupó lo más escondido de la huerta. Llegó con sus padres
Laura y pensando que de solos los árboles era vista, en solo el faldellín
cubierto de oro y la pretinilla, comenzó a correr por ellos a la manera que
suelen las doncellas el día que el recogimiento de su casa les permite la
licencia del campo.
Caerá vuestra merced fácilmente en este traje que, si no me
engaño, la vi en él un día tan descuidada como Laura, pero no menos hermosa. Ya
con esto voy seguro que no le desagrade a vuestra merced la novela, porque como
a los letrados llaman ingenios, a los valientes Césares, a los liberales
Alejandros y a los señores heroicos, no hay lisonja para las mujeres como
llamarlas hermosas. Bien es verdad que en las que lo son es menos; pero si no
se les dijese, y muchas veces, pensarían que no lo son, y deberían más al
espejo que a nuestra cortesía.
Lisardo, pues, contemplaba en Laura, y ella se alargó tanto,
corriendo por varias sendas, que cerca de donde él estaba la paró un arroyo
que, como dicen los romances, murmuraba o se reía, mayormente aquel principio:
Riéndose va un arroyo,
sus guijas parecen dientes,
porque vio los pies descalzos
a la primavera alegre.
Y no he dicho esto a vuestra merced sin causa, porque él debió
de reírse de ver los de Laura, hermosa primavera entonces que, convidada del
cristal del agua y del bullicio de la arena, que hacía algunas pequeñas islas,
pensando detenerla, competían entrambos. Se descalzó y los bañó un rato,
pareciendo en el arroyo ramo de azucenas en vidrio. Fuese Laura, que
verdaderamente parece palabra significativa, como cuando decimos «Aquí fue
Troya». Sus padres la recibieron con cuidado, que ya les parecía larga su ausencia;
así era grande el amor que la tenían y le sintió el Trágico:
¡Con cuán estrecho lazo
de sangre asido tienes,
naturaleza poderosa, a un padre!
Hiciéronla mil regalos, aunque riña Cremes a Menedemo, que no
quería en Terencio que se mostrase amor a los hijos.
Avisó en estos medios un criado de Lisardo a Fenisa, que lo era
de Laura, de que estaba allí su dueño. Estos dos se habían mirado con más
libertad, como su honor era menos, y la advirtió de que habían venido sin
prevención alguna de sustento, porque Lisardo sólo le tenía de los ojos de
Laura (que los criados disimulan menos las necesidades de la naturaleza, que
sufren con tanta prudencia los hombres nobles). Fenisa lo dijo a Laura, que
encendiéndose de honesta vergüenza como pura rosa, se le alteró la sangre,
porque de la continuación de los ojos de Lisardo había tenido que sosegar en el
alma con la honra y en el deseo con el entendimiento, y a hurto de su madre le
dijo:
-No me digas eso otra vez.
Creyó Fenisa lo severo del rostro; creyó lo lacónico de las
palabras. (Y advierta vuestra merced que quiere decir «lo breve», porque eran
muy enemigos los lacedemonios del hablar largo; creo que si alcanzaran esta
edad se cayeran muertos. Visitome un hidalgo un día, y habiéndome forzado a oír
las hazañas de su padre en las Indias más de tres horas, cuando pensé que era
su intento que le escribiese algún libro, me pidió limosna.) Fenisa finalmente
creyó a Laura, que parece principio de relación de comedia; y como sabía su
recato no le volvió a decir cosa ninguna. Pero viendo Laura que era más bien
mandada de lo que ella quisiera, le dijo a solas:
-¿Cómo tuvo ese caballero tanto atrevimiento que viniese a esta
huerta, sabiendo que no podían faltar de aquí mis padres?
-¿Cómo ha dos años que os quiere?, respondió Fenisa.
-¿Dos años? -dijo Laura-. ¿Tanto ha que es loco?
-No lo parece Lisardo -replicó la esclava-, porque tal cordura,
tal prudencia, tal modestia en tan pocos años, yo no la he visto en hombre.
-¿De qué le conoces tú? -dijo Laura.
-De lo mismo que tú -respondió Fenisa.
-Pues ¿mírate a ti? -prosiguió la enamorada doncella.
-No, señora -replicó la maliciosa esclava-, que a la cuenta vos
sola en Sevilla merecéis el desatinado amor con que os adora.
-¿Con que me adora? -dijo riéndose Laura-. ¿Quién te ha enseñado
a ti ese lenguaje? ¿No basta que me quiera?
-Bastara a lo menos -replicó Fenisa- pues vos no correspondéis a
tanto amor, siendo igual vuestro, y que fuera tanta dicha de los dos casaros.
-No tengo yo de casarme -dijo Laura- que quiero ser religiosa.
-No puede ser eso -respondió Fenisa-, porque sois única a
vuestros padres y habéis de heredar cinco mil ducados de renta, y vale vuestro
dote sesenta sin más de veinte que vuestra abuela os ha dejado.
-Mira que te aviso -dijo Laura entonces-, que no te pase por la
imaginación hablarme más en Lisardo; Lisardo hallará quien merezca ese amor que
dices, que yo no me inclino a Lisardo, aunque ha dos años que Lisardo me mira.
-Yo lo haré, señora -replicó Fenisa-, pero muchos Lisardos me
parecen esos en tu boca para no tener ninguno en el alma.
Ya se llegaba la hora del comer y ponían las mesas -para que
sepa vuestra merced que no es esta novela libro de pastores, sino que han de
comer y cenar todas las veces que se ofreciere ocasión-, cuando Laura dijo a
Fenisa:
-Lástima es, Fenisa, que ese caballero no coma por mi causa.
-¿No decías -respondió la esclava- que no te hablase en él?
-Así es verdad -replicó Laura-, y yo no hablo en él sino en que
coma; haz por tu vida de suerte que nuestro cocinero te dé alguna cosa que le
lleves, y dásela a su criado como que es tuya esta memoria.
-Que me place -dijo Fenisa-, para merecer algo como quien lleva
al pobre la limosna que otro da, para que sea tuya la piedad y mía la
diligencia.
Hízolo así Fenisa, y tomando un capón y dos perdices con alguna
fruta y pan blanco, de que es tan fértil Sevilla, lo llevó al referido y le
dijo:
-Bien lo puede comer Lisardo con gusto, que Laura se lo envía.
Túvole de manera este caballero, agradecidísimo a tanto favor,
que ya se desesperaban los criados y se atrevieron a decirle:
-Si así come vuestra merced, ¿qué ha de quedar para nosotros?
-No sois -replicó Lisardo-, dignos vosotros de los favores de
Laura; tanto que, si algo queda, se me ha de guardar para la tarde.
Crueldad le habrá parecido a vuestra merced la de Lisardo,
aunque no sé si me ha de responder: «No me parece sino hambre.» Y cierto que
tendrá razón, si no sabe lo que come un enamorado favorecido a tales horas.
Pero, porque no le tenga vuestra merced por hombre grosero, sepa que les dio
dos doblones de a cuatro (que era siglo en que los había) para que fuese el uno
a Sevilla por lo que tuviese gusto; lo que ellos no hicieron y partiendo la
moneda se llegaron hacia la casa de la huerta, donde las criadas los proveían
de todo lo necesario.
Algo de esto veía Laura con harto gusto suyo; y no escondiéndose
a sus padres, quisieron saber quién eran aquellos hombres que preguntados,
respondieron que músicos. Y deseando alegrar a Laura, dijo el padre que
entrasen, de que ellos se holgaron en extremo; y trayendo un instrumento, que
claro está que le había de haber en la huerta o traerle las criadas de Laura,
que algunas por lo moreno eran inclinadas al baile, con extremadas voces Fabio
y Antandro cantaron así:
Entre dos mansos arroyos,
que de blanca nieve el sol,
a ruego de un verde valle,
en agua los transformó;
mal pagado y bien perdido
(propia de amor condición,
que obliga con los agravios,
y con los favores no),
estaba Silvio mirando
del agua el curso veloz,
corrido de que riendo
se burle de su dolor.
Y como por las pizarras
iba dilatando el son,
a los risueños cristales
dijo con llorosa voz:
Como no saben de celos
ni de pasiones de amor,
ríense los arroyuelos
de ver cómo lloro yo.
Si amar las piedras se causa
de sequedad y calor,
bien hace en reírse el agua,
pues por fría nunca amó.
Lo mismo sucede a Filis,
que para el mismo rigor
es de más helada nieve
que los arroyuelos son.
Ellos en la sierra nacen,
y ella entre peñas nació,
que sólo para reírse
ablanda su condición.
Al castigo de sus burlas
tan necia venganza doy,
que estos dos arroyos miran
en mis ojos otros dos.
Lágrimas que dan venganza
notables flaquezas son;
mas deben de ser de ira
que no es posible de amor.
No me pesa a mí de amar
sujeto de tal valor,
que apenas puede a su altura
llegar la imaginación.
Pésame de que ella sepa
que la quiero tanto yo,
porque siempre vive libre
quien tiene satisfacción.
Por eso digo a las aguas
que risueñas corren hoy,
trasladando de su risa
las perlas y la ocasión:
Como no saben de celos
ni de pasiones de amor,
ríense los arroyuelos
de ver cómo lloro yo.
Dudosa estaba Laura mientras cantaban Fabio y Antandro estos
versos, si se habían hecho por ella; y aunque en todo convenían con el
pensamiento de Lisardo, en quejarse de celos le parece que difería mucho de su
honestidad y recogimiento, si bien esto no satisfacía a la duda, porque los
amantes sin dárselos tienen celos, y no han menester ocasión para quejarse, a
la traza de los niños, que se suelen enojar de lo que ellos mismos hacen.
Pidieron los padres de Laura a Fabio no se cansase tan presto, y él y Antandro,
en un tono del único músico Juan Blas de Castro, cantaron así:
Corazón, ¿dónde estuvisteis,
que tan mala noche me disteis?
¿Dónde fuisteis, corazón,
que no estuvisteis conmigo?,
siendo yo tan vuestro amigo,
¿os vais donde no lo son?
Si aquella dulce ocasión
os ha detenido así,
¿qué le dijisteis de mí
y de vos qué le dijisteis,
que tan mala noche me disteis?
A los ojos es hacer,
corazón, alevosía,
pues lo que ellos ven de día,
de noche lo vais a ver.
Ellos me suelen poner
en ocasiones de gloria,
pero vos con la memoria
yo no sé dónde estuvisteis,
que tan mala noche me disteis.
Corazón, muy libre andáis,
cuando preso me tenéis,
pues os vais cuando queréis,
aunque yo quiero que os vais.
Allá vivís y allá estáis;
no parece que sois mío,
si pensáis que yo os envío;
¿qué esperanzas me trajisteis,
que tan mala noche me disteis.
Ya se quedaban los instrumentos con el eco de las consonancias
(aunque si bien me acuerdo, no era más de uno), cuando Laura preguntó a Fabio
quién era el escritor de aquellas letras. Fabio le respondió que un caballero
que se llamaba Lisardo, mancebo de veinticuatro años, a quien ellos servían.
-Por cierto -dijo Laura-, que él tiene muy cuerdo ingenio.
-Sí tiene -dijo Antandro-, y acompañado de linda disposición y
talle, pero sobre todo de mucha virtud y recogimiento.
-¿Tiene padres? -dijo el de Laura.
-No, señor -respondió Fabio-, ya murió Alberto de Silva, que
vuestra merced habrá conocido en esta ciudad.
-Sí conocí -dijo el viejo-, y era grande amigo mío y de los
hombres ricos de esta ciudad; y me acuerdo de ese caballero su hijo, cuando era
niño y comenzaba a estudiar gramática, y me alegro que haya salido tan
semejante a su padre. ¿No trata de casarse ahora?
-Sí trata -dijo Antandro-, y lo desea en extremo, con una
hermosa doncella igual a sus merecimientos en dotes naturales y bienes de
fortuna.
Con esto los mandó regalar Menandro, que así era el nombre del
padre de Laura, y ellos se despidieron contando entre los árboles a Lisardo
todo lo que les había sucedido, que los estaba esperando desesperado. Laura
quedó cuidadosa, llena de solícito temor, que así define el amor Ovidio, porque
dio en imaginar que aquella doncella con quien quería casarse Lisardo era otra,
y que las finezas eran fingidas, no conociendo que Antandro lo había dicho para
que Laura entendiese su deseo; así es temeroso el amor, atribuyendo siempre en
su daño hasta su mismo provecho. No pudo alegrarse más y dando prisa a sus
padres con no sentirse buena se volvieron a Sevilla. Durmió mal aquella noche,
y el día siguiente la afligió tanto aquel pensamiento que se vino a resolver en
escribirle. Vuestra merced juzgue si esta dama era cuerda, que yo nunca me he
puesto a corregir a quien ama. Borró veinte papeles y dio el peor y el último a
Fenisa, que con admiración, que se pudiera llamar espanto, le llevó a Lisardo,
que en aquel punto iba a subir a caballo para pasear su calle. Casi fuera de sí
oyó el recado de palabra y, llevándola de la mano a un jardín pequeño, que en
frente de la puerta principal de su casa ofrecía a la vista algunos verdes
naranjos, la dio muchos abrazos; y recibiendo el papel con más salvas que si
trajera veneno, abrió la nema, guardó la cubierta y leyó así:
Los años que vuestra merced me ha obligado a su conocimiento,
parece que me fuerzan en cortesía a darle el parabién de su casamiento, que a
mis padres contaron sus criados, mayormente siendo tan acertado con dama tan
hermosa y rica. Pero suplico a vuestra merced que ella no sepa este
atrevimiento mío, que me tendrá por envidiosa, y vuestra merced no ha menester
hacer gala de mi cortesía para acreditarse, pues no será esa señora tan humilde
que no piense que lo que ella merece vale por sí mismo esta general estimación
de todas.
Con una blanda risa, más en los ojos que en la boca, dobló el
papel Lisardo y, por lo que había contado Antandro, conoció el engaño de Laura,
o que se había valido de aquella industria para provocarle a desafío de tinta y
pluma, que en las de amor es lo mismo que de espada y capa. Llevó a Fenisa a un
curioso aposento bien adornado de escritorios, libros y pinturas, donde le dijo
que se entretuviese mientras escribía. Fenisa puso los ojos en un retrato de
Laura, que un excelente pintor había hecho al vuelo de sólo verla en misa; y
Lisardo escribió, haciendo gala de que fuese aprisa y con donaire; y cerrado el
papel abrió un escritorio y, dando cien escudos a Fenisa, le abrió las
entrañas. Fuese la esclava, y Lisardo volvió a leer el papel otras dos veces, y
poniéndole la cubierta encima, le acomodó en una naveta de un escritorio donde
tenía sus joyas, porque así le pareció que le engastaba.
Llegó Fenisa donde Laura esperaba la respuesta con inquietud
notable; diole el papel, contole el gusto con que la había recibido, el aseo de
su aposento, la grandeza de su casa, y calló los cien escudos, aunque hizo mal,
que también esto obliga a quien ama y desea ser amada. Pero peor hubiera sido
que confesara la mitad, como hacen muchos criados, en ofensa grave de la
liberalidad de los amantes. Abrió Laura el papel con menos ceremonias, aunque
por ventura con más sentimiento, y leyó así:
La señora que yo sirvo, y lo es de mi libertad, y con quien
deseo casarme, es vuestra merced; y esto mismo dijo Antandro para que en este
sentido se entendiese. Con esta satisfacción pudiera vuestra merced tener
envidia de sí misma, si yo mereciera lo que dice para honrarme, que no tengo ni
tendré otro dueño mientras tuviere vida.
Cuando yo llego a pensar por dónde comienzan dos amantes el
proemio de su historia, me parece el amor la obra más excelente de la
naturaleza, y en esto no me engaño, pues bien sabe toda la filosofía que
consiste en él la generación y conservación de todas las cosas en cuya unión
viven, aunque entre la armonía de los cielos, que el aforismo de que todas las
cosas se hacen a manera de contienda, eso mismo que las repugna, las enlaza. Y
así se ve que los elementos que son los mayores contrarios simbolizan en algunas
cosas y comunican sus calidades. Convienen el fuego y el aire en el calor,
porque el fuego le tiene sumo y el aire moderado; el fuego y la tierra en lo
seco; el aire y el agua en lo húmido; y el agua y la tierra en lo frío, de cuya
conveniencia es fuerza amarse, y a este ejemplo, las demás de la generación y
corrupción de la naturaleza. Pero dirá vuestra merced: «¿qué tienen que ver los
elementos y principios de la generación de amor con las calidades elementales?»
Mas bien sabe vuestra merced que nuestra humana fábrica tiene de ellos su
origen, y que su armonía y concordancia se sustenta y engendra de este
principio que, como siente el Filósofo, es la primera raíz de todas las
pasiones naturales.
Notable edificio, pues levanta amor en esta primera piedra de un
papel que sin prudencia escribió esta doncella a un hombre tan mozo, que no
tenía experiencia de otra voluntad desde que había nacido. ¿Quién vio edificio
sobre papel firme? ¿Ni qué duración se podrá prometer la precipitada voluntad
de estos dos amantes, que desde este día se escribieron y hablaron, si bien
honestamente fundados en la esperanza del justo matrimonio? Y tengo por sin
duda que si luego pidiera Lisardo a Laura, Menandro lo hubiera tenido a dicha;
pero el querer primero cada uno conquistar la voluntad del otro, a lo menos
asegurarse de ella, dio causa a que la dilación trajese varios accidentes como
suele en todas las cosas, donde se acude con la ejecución después del maduro
acuerdo, como sintió Salustio.
Tenía Lisardo un amigo que desde sus tiernos años lo había sido,
igual en calidad y hacienda, llamado Otavio, procedido de ciertos caballeros
genoveses que en aquella ciudad habían vivido y a quien la mar no había
correspondido, ingrata, a lo que en confianza suya habían aventurado. Este
amaba desatinadamente una cortesana que vivía en la ciudad, tan libre y
descompuesta, que por su bizarría y despejo público era conocida de todos.
Pasaba el pobre Otavio sus locuras con inmenso trabajo de su espíritu y no pequeño
daño de su hacienda, porque a vuelta de cabeza se la cargaba de infinito peso,
mayormente si se descuidaba de comprar por instantes lo que le parecía que
tenía adquirido.
Amor no se conserva sin esto, yo lo confieso; pero en este
género de mujeres es la codicia insaciable. Hame acontecido reparar en unas
yerbas que tengo en un pequeño huerto que con la furia del sol de los
caniculares se desmayan de forma que, tendidas por la tierra, juzgo por
imposible que se levanten; y echándolas agua aquella noche, las hallo por la
mañana como pudieran estar en abril después de una amorosa lluvia. Este efecto
considero en la tibieza y desmayo del amor de las cortesanas, cuando la plata y
oro las despierta y alegra tan velozmente, que el galán que de noche fue
aborrecido porque no da, a la mañana es querido porque ha dado. Olvidada
finalmente Dorotea, que así se llamaba esta dama, de las obligaciones que tenía
a Otavio, puso los ojos en un perulero rico -así se llaman-, hombre de mediana
edad y no de mala persona, aseo y entendimiento. A pocos lances conoció Otavio
la mudanza, y siguiéndola un día, la vio entrar disfrazada en la casa del
indiano referido, donde esperó desatinado a que tomase puerto en la calle de
aquella embarcación tan atrevida y, asiéndola del brazo, la dio, con poco temor
del perulero y vergüenza de la vecindad, algunos bofetones. A sus voces y de la
criada, que llegando a defenderla partieron la ganancia, salió Fineo, que este
fue su nombre, o lo es ahora, y con dos criados suyos le hizo salir de la calle
con menos honor que si se quedara en ella, pero con más provecho suyo. Corrido
Otavio, como era justo, porque al huir, dice Carranza (y lo aprueba el gran don
Luis Pacheco), no hay satisfacción, dio parte a su amigo Lisardo de su
disgusto. Y con los dos criados músicos referidos fueron a esperarle dos o tres
noches, porque él no salía sin cuidado de su casa; y la última, que venía de
visitar un amigo (¡oh noche, qué de desdichas tienes a tu cuenta!; no en balde
te llamó Estacio acomodada a engaños, Séneca, horrenda; y los poetas hija de la
tierra y de las Parcas, que es lo mismo que de la muerte, pues ellas matan y la
tierra consume lo que en tierra), saliéronle al paso Otavio y Lisardo con los
criados, y dándole muchas cuchilladas se defendió valerosamente con los suyos
hasta que cayó muerto, dejando a Otavio herido de una estocada, de que también
murió de allí a tres días. Estos estuvo retraído Lisardo; y queriendo hacer
fuerza la justicia en sacarle de la iglesia, le fue forzoso ausentarse, y con
grandes lágrimas de Laura y suyas salió de Sevilla, y por ser ocasión en que se
partía la flota de Nueva España, aconsejado de amigos y deudos, se pasó a las
Indias.
Fue tan difícil de remediar este caso, aunque de entrambas
partes había dos muertes, que no pudo volver a Sevilla Lisardo cuando pensaba.
En triste ausencia quedó Laura con tan notable sentimiento de su
partida, conocido de sus padres, que con algún advertimiento reparaban en
Lisardo y no les pesara de que fuera su yerno; pero habiendo pasado dos años de
inmensa tristeza, le propusieron algunos casamientos para sacarla de ella, de
personas ilustres y dignas de su hermosura, calidad y hacienda. Era de suerte
lo que Laura sentía que le tratasen de esto, que cada vez que lo intentaban la
tenían por muerta; pero habiéndose informado de Fenisa, y entendiendo que
mientras estuviese en esperanza de casarse con Lisardo no admitiría casamiento
alguno, determinó Menandro de fingir una carta que diese nuevas; entre otras
relaciones, de que, Lisardo se había casado en México, y una aparte para un
amigo suyo que, visitándole, dejase caer al descuido, que hallada de Laura
decía así:
En este viaje no tengo que advertiros más de que todo se
despacha bien, y mejor lo que vos menos pensabais. Llegó bueno el Virrey, y
creo que nos hemos de hallar muy bien con él, porque es un gran príncipe,
celoso del servicio de Dios y de Su Majestad. Hacedme placer de saber en qué
estado están los negocios de Lisardo de Silva en esa ciudad, porque ya son tan
propios míos, que le he casado con mi hija Teodora, con mucho gusto de
entrambos, porque se querían mucho. Esto me importa notablemente, porque quiere
ir Lisardo a España y pretender un hábito en la corte, y yo deseo ver honrada
mi casa y que comience su valor en este caballero, a quien por el que tiene en
todo he dado en dote sesenta mil ducados.
Cómo quedaría Laura con esta carta, echada con tan falso
descuido para darle tan verdadero cuidado, no es posible encarecerlo: pobre
amante que, cuando estaba solicitando su libertad para verla, se la estaban
quitando con tan notable industria. Y no se engañaron, aunque vuestra merced lo
sienta, que pasados algunos días de lágrimas se consoló, como lo hacen todas, y
dijo a sus padres que quería obedecerlos. Los cuales, así como conocieron el
efecto de la industria, trataron de darle marido que deshiciese con su
presencia fácilmente la voluntad de Lisardo, que no había podido tan larga
ausencia.
Había un caballero en la ciudad, no de tan gallarda persona pero
de más juicio, años y opinión constante, rico y lustroso de familia, y
codiciado de muchos para yerno, porque traía escrita en la frente la quietud y
en las palabras la modestia. Tratose entre los deudos de la una y otra parte el
concierto, y estando a todos con igualdad, no fue difícil de llegar a ejecución
con la brevedad que los padres de Laura deseaban.
Casose Laura, y en esta ocasión dijera un poeta si había
asistido Himeneo triste o alegre, y si tenía el hacha viva o muerta, ceremonia
de los griegos, como llamar a Talasio de los latinos. Y porque vuestra merced
no ignore la causa por que invocaba la gentilidad en las bodas este nombre,
sepa que Himeneo fue un mancebo, natural de Atenas, de tan hermoso y delicado
rostro que, con el cuidado de los rizos del cabello, como ahora se usan, era
tenido por mujer de muchos. Enamorose este mancebo ardentísimamente de una
hermosa y noble doncella, sin esperanza de fin a su deseo, porque en sangre,
hacienda y familia era inferior y desigual, con diferencia grande. Con esta
desconfianza, Himeneo, para sustentar sus ansias siquiera de la amada vista de
esta doncella, vestíase su mismo hábito; y mezclándose con las demás que la
acompañaban, ayudado de los colores de su rostro, en amistad honesta vivía con
ella y la seguía a las fiestas y campos sin osar declararse por no perderla.
En este tiempo le sucedió lo que a muchos que pensando engañar
lo quedan ellos; porque habiendo salido fuera de la ciudad su dama con otras
muchas a los sacrificios de Ceres Eleusina, saltaron de improviso en tierra y
con las demás doncellas le robaron. Ellos, la presa y la nave tomaron puerto
cerca; y habiendo repartido a su gusto lo que a cada uno le tocaba, hicieron
fiesta sobre la yerba, y andando Ceres y Baco dando calor a Venus, con el
trabajo del remo y descanso del vino se rindieron al sueño. Himeneo,
valerosamente gobernado de su ánimo en ocasión tan fuerte (que la hermosura en
los hombres no estorba la valentía del corazón, y yo he visto muchos feos
cobardes), sacó la espada de la cinta al capitán de los piratas, y uno a uno
los cortó las cabezas, embarcó las doncellas y con inmenso trabajo volvió a
Atenas. Los padres de las cuales, en remuneración de tanto beneficio
solicitaron al de su dama, y se la dio por mujer, con la cual vivió en paz, sin
celos, sin disgusto y con muchos hijos, de donde tomaron ocasión los atenienses
de invocarle en sus bodas como a hombre tan dichoso en ellas, y poco a poco se
fue introduciendo el cantarle himnos, como a su protector, de que se hallan
tantos en los poetas griegos y latinos, y a recibirse su nombre por las mismas
bodas.
No pienso que le habrá sido a vuestra merced gustoso el
episodio, en razón de la poca inclinación que tiene al señor Himeneo de los
atenienses; pero por lo menos le desvié la imaginación del agravio injusto que
hicieron estas bodas al ausente Lisardo, y la facilidad con que se persuadió la
mal vengada Laura. Aunque por el camino que fue la industria, ¿a qué mujer le
quedara esperanza cuando no quisiera vengarse? Cosa que apetecen enamoradas con
desatinada ira, tanto que en viendo cualquier retrato de mujer, pienso que es
la venganza.
Puso Marcelo, que así se llamaba su marido, ilustre casa; hizo
un vistoso coche, el mayor deleite de las mujeres. Y en esta parte soy de su
parecer por la dificultad del traje y la gravedad de las personas, y más
después que se han subido en un monte de corcho, haciéndose los talles tan
largos que se hincan de rodillas con las puntas de los jubones. Casose un
hidalgo, amigo mío, de buen gusto, y la noche primera que se había de celebrar
el himeneo en griego y la boda en castellano, vio a su mujer apearse de tan
altos chapines y quedar tan baja, que le pareció que le habían engañado en la
mitad del justo precio. Dijo entonces ella: «¿Qué os parece de mí?»
Y él con poco gusto le respondió: «Paréceme que me han dado a
vuesa merced como a mohatra, pues he perdido la mitad de una mano a otra». A
quien yo consolé con la respuesta de aquel filósofo que, diciéndole un amigo
suyo que por qué se había casado con una mujer tan pequeña, respondió: «del mal
lo menos». Mas cierto que todos se engañan; que una mujer virtuosa, o sea
grande o pequeña, es honra, gloria y corona de su marido, de que hay tantas
alabanzas en las divinas letras. Y ¡ay del enfermo que ellas no curan, el solo
que no regalan y el triste que no alegran!
Entre otras cosas que trajo Marcelo a su casa fue un esclavo de
quien fiaba mucho, alarbe de nación, que en una presa del general de Orán había
sido cautivo. Este tenía cuenta de los caballos del coche y de otros dos en que
paseaba, de los Valenzuelas de Córdoba, que también hay linaje de caballos con
su nobleza. No se olvide, pues, vuestra merced de Zulema, que así se llamaba,
que me importa para adelante que le tenga en la memoria.
Casados vivían en paz (aunque sin señales de hijos, que lo
suelen ser del matrimonio) Marcelo y Laura, cuando habiéndose acabado con
ruegos y dineros y años, que lo vencen todo, el pleito de Lisardo, apareció en
Sanlúcar con los galeones de Nueva España; y como de su pensamiento no diese
parte a nadie, y por coger de improviso a Laura con la alegría de su presencia,
ignorante de su casamiento, vino a Sevilla.
No le dijeron en su casa nada, o ya ocupados en verle o ya
porque pensaron que cosa tan notable para él como estar casada Laura ya la
sabría, o por no le recibir con malas nuevas, que suele ser la mayor ignorancia
de los deudos y amigos. Con esto, así como estaba, y solo quitándose las
espuelas, se fue a su casa. Serían las ocho de la noche, y vio Lisardo en el
patio tan diferente ruido que se le turbó el corazón y heló la sangre. Y
después de un rato preguntó a un criado que ayudaba a poner en su lugar aquel
vistoso coche, en que debía de haber venido Laura, quién vivía en aquella casa.
-Aquí vive Menandro -le respondió-, y Marcelo, su yerno.
Pasole el corazón esta palabra y todo temblando le dijo:
-Pues ¿casó a la señora Laura?
-Sí -replicó el criado con sequedad.
Y se lo pagó Lisardo con muchas lágrimas, que de improviso
vinieron a los ojos por ayudar al corazón en tan justo sentimiento. Sentose en
un poyo que estaba junto a la puerta, y no pudiendo hablar porque le ahogaba el
dolor vertió parte del veneno, con que sintió algún alivio. Levantose
finalmente, porque ya reparaban en él, que la buena disposición lo solicitaba,
con las galas y plumas del camino en las cuales fue la primera venganza, porque
haciéndolas pedazos sembró de ellas la calle diciendo:
-Estas y mis esperanzas todo es uno.
De allí pasó a los guantes, y tirándose de una cadena de piezas,
la perdió toda.
Bien había hora y media que andaba el afligido mozo por la calle
cuando, habiendo oído algún ruido en una sala, asió las manos a los hierros de
su reja y, sin mirar él qué hacía se asomó a uno de los postigos de la ventana,
donde vio sentarse a la mesa a Laura, a su marido y a sus padres. Aquí perdió
el sentido y, cayendo en tierra, estuvo desmayado un rato. Volvió en sí y,
trepando segunda vez por los hierros, vio la ostentación de la plata y familia
con que se servían, el contento que mostraban y los platos y regalos que
Marcelo hacía a Laura tan amorosamente. Reparaba en su rostro, en su vestido y
en el buen aire con que cenaba (que el comer aseadamente y con despejo se
cuenta entre las cosas a que está obligado un hombre bien nacido), y le parecía
que en su vida había visto hombre más hermoso. ¡Oh celos, qué de cosas feas
habéis hecho que parezcan lo contrario! Allí se extendía la imaginación a cosas
terribles de sufrir y, entre todas, a creer que Laura estaría enamorada de
Marcelo, como era razón, y como a él le parecía que era forzoso merecerlo.
Suspiraba Lisardo, deseando que le oyese Laura. ¡Qué locura! Mas ¿quién tuviera
prudencia en tal desdicha? Acabose la cena de Marcelo y la paciencia de Lisardo
a un mismo tiempo. Ellos se recogieron después de un rato de conversación, y él
se quedó con todas sus esperanzas en la calle.
La pena de su casa era forzosa y así salieron a buscarle por
varias partes sin que dejasen amigo donde no fuesen. Acordose Antandro de los
pensamientos de Laura, partió a su casa y halló en su calle a su señor poco
menos que loco y algo más que desdichado. Quitole, después de muchas razones y
conveniencias, del puesto que había tomado como soldado de amor hasta el cuarto
del alba. Trájole a su casa con buenos consejos, y haciéndole acostar no
durmieron entrambos, porque en contarle lo que había visto y lamentarse de
Laura llegó el día. Rogó a Antandro que fuese en casa de Menandro y procurase
ser visto de Fenisa. Lo cual sucedió tan bien que apenas le vio la esclava
cuando, puesto su manto y aquel sombrero que con tanta bizarría se ponen las
sevillanas, salió a buscarle. No habían los dos traspuesto la calle cuando
Fenisa le dio muchos abrazos, y preguntándole por Lisardo llegó el esclavo
Zulema referido, y ella interrumpió la plática y se volvió a su casa.
Reparó el esclavo en el forastero y, algo celoso de Fenisa,
quiso seguirle; pero Antandro le burló en una de las muchas calles estrechas de
aquella ciudad, y dio cuenta a Lisardo de que ya Laura sabría que él estaba en
Sevilla.
Con aquella ocasión, el tierno amante tomó la pluma y,
escribiendo un papel, le dijo a Antandro que le llevase, y si pudiese dársele a
Fenisa, la prometiese grandes intereses y regalos por la fe y confianza de este
secreto. Sucedió así; y Laura, que ya sabía que había venido, con poca
alteración y mucha curiosidad le abrió severa y leyó así:
Anoche llegué a Sevilla a vivir en tu vista de tanta muerte como
he padecido en tu ausencia, y cumplir la palabra que te había dado de ser tu
marido. La primera cosa que supe fue que le tenías; y la segunda, verle con
tanto dolor mío, que sólo pudo impedir el matarme saber que hay alma.
Cruelmente has procedido con mi inocencia. No eran esas las palabras en mi
partida a México, acreditadas de tantas lágrimas; pero eres mujer, último
consuelo de los hombres. Mas para que veas la diferencia que mi amor hizo al
tuyo, mientras dispongo de mi hacienda viviré en Sevilla, y luego me cubrirá un
pobre hábito, que quiero fiar del cielo mi remedio, porque en la tierra no le
espero de nadie.
Sin alteración dije que abrió el papel Laura, pero no le volvió
a cerrar sin mucha; y dudosa de que podría mentir Lisardo, como suelen muchos
cuando la prueba de sus mentiras tiene ultramarino el término, abrió un
escritorio donde tenía la carta fingida de su padre, más acaso que con cuidado,
y había querido rasgar siempre que la veía, y poniéndole una cubierta se la
envió a Lisardo.
Alguna alegría le causó entonces ver papel suyo; pero cuando
desconoció la letra y vio la firma fingida de un mercader que él había conocido
en México, leyó la carta y con un suspiro en voz triste dijo:
-Este me ha muerto.
Pasó aquel día y, haciendo que le cortasen de vestir de luto, al
siguiente salió por la ciudad tan desconocido, que daba ocasión a todos de
preguntarle la causa para la cual no le faltaba industria. Con esto volvió a
escribirla, diciendo así:
Invención de mi fortuna fue esta carta para quitarme todo mi
bien, y aunque parece bastante disculpa no la puede haber de no haber venido
acompañada de una letra sola, que desprecios de lo que se ha querido no dan
honra a quien aborrece, ni con ella cortó jamás la espada de los nobles en los
que están rendidos. Yo partí de Sevilla por fuerza, navegué sin vida, llegué a
México sin alma, viví muerto, guardé lealtad invencible, volví con esperanza,
hallé mi muerte, y para todo he hallado consuelo en el engaño de esta carta;
mas para tanto desprecio será imposible que tenerme en poco aunque sea sobra de
contento en el nuevo estado, es falta de discreción en la cortesía.
A este papel respondió Laura el que se sigue:
Lo que pareciera liviandad en mi honor no ha sido descortesía al
vuestro; pero cuando la hubiera usado, bien la merece un hombre que niega
haberse casado en Indias, pues el luto que trae muestra bien que, porque ha
enviudado, quiere que yo crea que no se casó, y que es verdadera esa carta.
Aquí pensó rematar el juicio Lisardo, viendo que el luto que se
había puesto para obligarla con el sentimiento le había resultado en mayor
daño. Quitósele el mismo día y, siéndolo de fiesta, se vistió las mejores y más
ricas galas que tenía, y con extremadas joyas se fue a San Pablo, donde Laura
vino a misa y le vio en hábito tan diferente, que se certificó que el luto era
fineza y la carta mentira. Con esto y la solicitud de Lisardo comenzó amor a
revolver las cenizas del pasado fuego donde, como suelen algunas centellas, se
descubrían algunas memorias. Fenisa terciaba, obligada de dineros y vestidos;
Laura miraba amorosa; Lisardo se atrevía, y con esperanzas de algún favor
volvió presto en sí y estaba en extremo gentilhombre. Marcelo reparaba poco en
las bizarrías de Laura, pareciéndole no estrechar los pocos años a más grave
estilo de recogimiento. Con esto, al paso de su descuido, crecía el cuidado de
los dos y a vueltas el atrevimiento. Ya los papeles eran estafeta ordinaria, y
se iba disponiendo el deseo a poco honestos fines (que Marcelo no era amoroso
ni había estudiado el arte de agradar, como algunos que piensan que no importa
y que todo se debe al nombre, no considerando que el casado ha de servir dos
plazas, la de marido y la de galán, para cumplir con su obligación y tener
segura la campaña).
Paréceme que dice vuestra merced: «¡Oh, lo que os deben las
mujeres!». Pues le prometo que aquí me lleva más la razón que la inclinación, y
que si tuviera poder instituyera una cátedra de casamiento donde aprendieran
los que lo habían de ser desde muchachos y que, como suelen decir los padres
unos a otros: «Este niño estudia para religioso», «este para clérigo», etc.,
dijeran también «este muchacho estudia para casado». Y no que venga un
ignorante a pensar que aquella mujer es de otra pasta porque es casada, y que
no ha menester servirla ni regalarla porque es suya por escritura, como si lo
fuese de venta, y que tiene privilegio de la venganza para traerla mil mujeres
a los ojos, sin reparar, como sería justo, en que ha puesto en sus manos todo
lo mejor que tiene después del alma, como es la honra, la vida, la quietud, y
aún con ella, que muchos la habrán perdido por esta causa. Diga ahora vuestra
merced, suplícoselo, que si es esta novela sermonario. No, señora, responderé
yo, por cierto, que yo no los estudio en romance, como ya se usa en el mundo,
sino que esto me hallé naturalmente y siempre me pareció justo.
Consolado estaba Lisardo de haber perdido a Laura, pareciéndole
que no era perderla estar tan cerca de la posesión que tantos años de pena le
había costado; que como los deseos de amor de una y de otra manera tienen un
mismo fin, aunque sea por breve hurto y con peligro del deshonor ajeno y daño
propio, se buscan y solicitan. Lisardo, favorecido, amaba; Laura, libre y
olvidada de lo que se debía a sí misma, no advertía qué fin suelen tener
iguales atrevimientos. Antandro era el secretario, Fenisa el paraninfo; en la
iglesia se miraban, en la calle se hacían amorosas cortesías y en el campo se
hablaban, y algunas veces por las rejas, mientras Marcelo dormía y otras que
estaba más advertido, Fabio y su amigo en el mayor silencio de la noche
cantaban así:
Belisa de mi alma,
de cuyos ojos bellos
el mismo sol aprende
a dar su luz al suelo;
Belisa más hermosa
que en el cielo sereno
al alba y a la tarde,
el cándido lucero,
que ya por este valle,
de hoy más le llamaremos
la estrella de Belisa,
como hasta aquí de Venus;
dejando tu hermosura,
si yo dejarla puedo,
y celebrando solo
tu raro entendimiento,
¿quién no dirá, señora,
que cuidadoso el cielo
puso por alma un ángel
en tu divino cuerpo?
Gloriosa está la mía
de tenerte por dueño,
si bien las esperanzas
me tienen vivo y muerto.
Vivo, porque me animan
al fin donde no llego;
y muerto en ellas mismas,
porque esperando muero.
Todos, Belisa mía,
se quejan que por ellos
el tiempo aprisa pasa
sin poder detenerlo.
Y yo, de que camina
tan despacio me quejo,
que pienso que se para
en mis años el tiempo.
A muchos que han amado
dio Tántalo su ejemplo;
mas como a mí ninguno
con tan alto deseo.
Lo que me dan me falta,
no tengo el bien que tengo,
viniendo a ser mis obras
mentales pensamientos.
Usa mi amor ahora
de los antojos nuevos,
cerca para los ojos,
para los brazos lejos.
Belisa, pues naciste
tesoro de los cielos,
¿quién para mí te hizo
de sueño lisonjero?
Pues, cuando más segura
pienso que te poseo,
despierto y no te hallo,
que eres verdad y sueño.
Contigo, dueño mío,
nació mi amor primero,
contigo se ha criado,
contigo fue creciendo.
Aciertan los que juzgan
que es mi pecho pequeño
para un amor tan grande,
mas no para tu pecho.
Y llaman esperanzas
los males que padezco;
pidiendo posesiones,
levántanme que espero.
En deseos aprisa
esperanzas de asiento
es muerte dilatada,
no habiendo mar en medio.
¡Qué pocas que me dieran,
si padecieran ellos!
Mas si años hacen penas,
¿qué amante fue más viejo?
Perdona si te canso,
que mientras no te tengo,
no puedo amarte más,
ni desearte menos.
Así pasaba Lisardo sus esperanzas, unas veces alegre y otras
triste; y Laura, con papeles y favores, unas veces le divertía y otras
aseguraba cuyas dudas y deseos le significó un día en estos versos:
Pensamiento, no penséis
que estoy de vos agraviado,
pues me dejáis obligado
con el daño que me hacéis;
antes pienso que tenéis
queja de mí con razón,
porque he puesto en condición
de quien sabéis la mudanza:
que no merece esperanza
quien no piensa en posesión.
Nunca vos y yo pensamos,
aunque vos sois pensamiento,
vernos en tan alto intento,
que los dos nos envidiamos;
pues si contentos estamos,
vos del lugar en que estáis,
y yo de que le tengáis,
no sufráis que culpa os den
de que no estimáis el bien,
pues que nunca al bien llegáis.
Este imposible forzoso
de alguna noble desdicha
hace dilatar la dicha
al que puede ser dichoso;
de confuso y temeroso,
que no lo digáis consiento,
que en mi grave sentimiento,
lo que sabemos los dos,
no lo fiara de vos
a no ser mi pensamiento.
Quiero, y no puedo alargarme
a ejecutar lo que quiero;
espero lo que no espero,
por ver si puedo engañarme;
sin saber determinarme
ya determinado estoy;
a quien me niego me doy,
y en este mortal disgusto
soy Tántalo de mi gusto
y el mismo imposible soy.
Fuerte linaje de mal
es huir el rostro al bien,
quien llega a que se le den
con mérito desigual;
en congoja tan mortal
lo mismo que dudo creo;
y en tal estado me veo,
sin poderme remediar,
que aún no puedo desear
eso mismo que deseo.
Vos, hermoso dueño mío,
recibid, pues vuestro soy,
del imposible en que estoy,
la satisfacción que envío;
contra mis dichas porfío
entre atrevimiento y miedo,
pero en laberinto quedo
donde tengo de morir,
pues, cuando voy a salir,
pruebo a salir, y no puedo.
En estos últimos versos anduvo menos cortesano Lisardo que en
los demás que habló con su pensamiento, pues confesaba que había hecho
diligencias para salir, si no se ha de entender con lo que dijo Séneca, que el
amor tenía fácil la entrada y difícil la salida. No sé qué disculpa halle a
este caballero, habiendo sido opinión del mayor filósofo que amor ni lo es para
ese fin ni sin él: cosa que me holgara de preguntársela si viviera ahora,
aunque fuera desde aquí a Grecia, porque parece que implican contradicción esas
dos sentencias; sino es que quiere decir que puede haber amor verdadero con
deseo de unión y sin él. Vuestra merced juzgue cuál de estos dos tiene ahora en
el pensamiento, y perdone a los pocos años de Lisardo el no platonizar con la
señora Laura.
Finalmente, de línea en línea, se acercó Lisardo a la última de
las cinco que Terencio le puso en el Andria, en cuya final proposición Laura le
escribió así:
Si fuera vuestro amor verdadero, él se contentara, Lisardo mío,
del estado en que vuestra venida de las Indias halló mi honra, pues bien sabéis
que me casé engañada, que os esperé firme y que os lloré casado. No sé cómo
queréis que pueda atropellar por la obligación de mis padres, el honor de mi
marido y el peligro de mi fama, cosas tan graves que por cualquiera de ellas
conozco que queréis más vuestro gusto sólo que a todas juntas. Mis padres son
bien nacidos; mi marido me tiene obligada con su amor y con sus regalos; mi
fama es la mayor joya de mi persona. ¿Qué haré si todo lo pierdo por vuestra
liviandad? ¿Cómo cobrarán mis padres su autoridad, mi marido su opinión y yo mi
nombre? Contentaos, señor mío, con que os amo más que a mis padres, que a mi
dueño y que a mí misma sin que me respondáis que, si fuera así, todo lo
aventurara por vos. Yo os confieso que mirado de presto parece verdad, pero
considerado es mentira. Porque podré yo replicaros que, si vos no aventuráis
por mi cosa que vos podéis vencer con sólo que queráis, ¿cómo queréis que yo
por vos aventure lo que no puedo cobrar si una vez lo pierdo por vos? Mirad
cuál hará más en esta turbada confusión de nuestro amor: yo, que sufro lo mismo
que vos y soy mujer, o vos, que me queréis perder por no sufriros a vos.
Quisiera traeros ejemplos de algunas desdichas, pero conozco vuestra condición,
y sé que habéis de pasar por los renglones de esta materia como quien topa
enemigo en la calle, que hace que no le ve hasta que sale de ella. Más
pluguiera a amor que no tuviera esto más inconveniente que perder la vida, que
vos vierais que no es el mío tan cobarde que no la aventurara por vos, y me
fuera la muerte dulce y agradable. Reciba yo este favor de vos; que con el
entendimiento consultéis este papel y no con la voluntad, que ella os templará
el deseo y durará nuestro amor; que con lo que vos queréis corre peligro de
acabarse.
Cuando Lisardo estaba por instantes deseando la ejecución de su
deseo y el puerto de su esperanza, de que tenía celajes en las cosas que suelen
prevenirle, pensó acabar la vida; lloró, que amor es niño y, como los que lo
son arrojan lo que les dan, si no es todo lo que piden, trató el papel sin
respeto y dijo a las letras que solía venerar algunas necias injurias.
Últimamente puso la pluma en el papel y escribió así:
Mi amor es verdadero, más sin comparación que el de vuestra
merced; y si mi deseo le desacredita, no he tenido yo la culpa, sino quien le
ha llevado de la mano a ser tan loco, desdicha que se pudiera haber excusado
entre los dos, vuestra merced favoreciéndome y yo engañándome. Sus padres de
vuestra merced, su dueño y su fama pongo en los ojos con toda la veneración que
debo, y del poco respeto que hasta aquí los he tenido pido perdón, con
protestación de tanta enmienda que venza mi recato por infinita distancia la
libertad de mis pasados pensamientos. Y suplico a vuestra merced también se
tenga por servida con ellos de perdonarme la parte que le alcanza de esta
ofensa, que como la comencé a querer en fe de marido, no era mucho que se
continuase aquel deseo por tan honesto fin; si bien conozco que fue criarle con
veneno, y que es tan poderosa esta costumbre que no pudiendo, como no puedo,
olvidar a vuestra merced, será fuerza ausentarme. Mañana partiré a la Corte a
mis pretensiones, que la que los dos tratábamos tuvo suspensas, donde, o se me
olvidará con su variedad este desatinado pensamiento, o me dejará presto de
cansar tan enojosa vida.
Muchas lágrimas costó a Laura este papel y, pensando que Lisardo
no hiciera lo que a ella le pareció que no podía, descuidose de remediarlo.
Aguardó el desesperado mozo dos días al fin de los cuales salió de Sevilla con
Antandro y Fabio, pasando en postas por la calle de Laura, que al ruido de la
corneta y al rebato del alma, dejando la labor, se puso a una reja donde estuvo
sin color hasta que le perdió de vista. Lisardo llegó a la Corte con tan poco
ánimo, que desde cualquier lugar que llegaban decía que se volviesen. Entretuvo
los primeros días en ver el palacio, sus consejos, sus pleiteantes, sus
pretendientes, el Prado, eterna procesión de coches; el río de juego de manos,
que le ven y no le ven, y ya está en una parte y ya en otra; los caballeros, los
señores, las damas, los trajes y la variedad de figuras que de todas las partes
de España, donde no caben, hallan en ella albergue. Después comenzó con más
conocimiento a continuar visitas, que le pudieran haber divertido si duraran,
por más que fuera la hermosura y discreción de Laura; tales ganados crían los
prados de la Corte. Pero cuando más desconfiado estaba y creía que todo el amor
de Laura había sido engaño, le dieron una carta suya que decía así:
De suerte, señor mío, que en este interés se fundaba vuestro
amor, y que me queríais tan mal, que sabiendo que vuestra ausencia me había de
matar, os fuisteis, y cuando menos a la Corte; acertado remedio como quien
sabía que estaba en ella el río del olvido, donde dicen que se quedan tantos
que no vuelven a sus patrias eternamente. No os quiero decir las lágrimas que
me costáis y de la manera que me tenéis, pues los que me ven no me conocen,
aunque solos son los de mi casa, de donde no he salido. Yo me voy acabando si
alguna de las muchas ocasiones de ese mar de hermosuras, galas y entendimientos
no os tiene asido por el alma, que ya sé que sois tierno; venid antes que me
costéis la vida; que ya estoy determinada a vuestra voluntad, sin reparar en
padres, en dueño, en honra, que todo es poco para perder por vos.
Realmente, señora Marcia, que cuando llego a esta carta y
resolución de Laura, me falta aliento para proseguir lo que queda. ¡Oh
imprudente mujer! ¡Oh mujer! Pero, paréceme que me podrían decir lo que el
ahorcado dijo en la escalera al que le ayudaba a morir y sudaba mucho: «Pues,
padre, no sudo yo ¿y suda vuestra paternidad?» Si a Laura no se le da nada del
deshonor y del peligro, ¿para qué se fatiga el que sólo tiene obligación de
contar lo que pasó?, que aunque parece novela, debe de ser historia.
Poco menos que loco partió Lisardo de Madrid el mismo día,
comprando a sus criados bizarros vestidos de aquella calle milagrosa donde sin
tomar medida visten a tantos, y para Laura dos joyas de a mil escudos, porque
aunque sea la mujer más rica del mundo, agradece lo que le dan y más después de
ausencia. Las locuras del camino es imposible referirlas, siendo iguales a las
dichas, y ellas a los deseos. Llegó a Sevilla; caso extraño es, que al
siguiente día con una larga visita cumplió Laura su palabra. No hizo fin el
amor, como suele en muchos, antes bien se fue aumentando con el trato y el
trato llegó a más libertad de lo que fuera para conservarse justo; que aquello
mismo que a los amantes les parece dicha las más veces resulta en su perdición,
y cuando menos en dividirse.
Había muerto en estos medios Rosela, tía de Lisardo viuda, y
fuele fuerza traer a su casa a Leonarda, sobrina suya, moza de trece a catorce
años, de linda cara y talle. A pocos días que estuvo en ella, se enamoró
Antandro tan desatinadamente de esta doncella que vinieron a ser públicos sus
atrevimientos a las demás criadas de Lisardo, y entre ellos hubo quien le dio
aviso de lo que pasaba, con temor de alguna desgracia de las que suelen suceder
en la primera ignorancia de las mujeres. ¡Por qué extraños modos camina la
fortuna adversa a sus desdichas!
Sintió tanto Lisardo este atrevimiento de Antandro que,
habiéndole reñido y él respondido a su justo enojo con injusto atrevimiento,
asió una alabarda que a la cabecera de la cama tenía y, volviendo el asta, le
dio de palos, haciéndole una herida en la cabeza, que le duró un mes de cama y
otro de convalescencia.
Hiciéronse las paces, que nunca se hicieran, y volvió Lisardo a
fiar su secreto con necia confianza de Antandro que, habiéndole dejado un día
escondido en casa de Laura, como otras veces solía estarlo, llamó a Marcelo, y
en el pórtico de una iglesia le dijo que Lisardo le quitaba la honra,
refiriéndole muy despacio lo que tan bien sabía desde el infeliz principio de
estos amores; y que para que creyese que no le engañaba por algún interés o
venganza de algún enemigo suyo, fuese a su casa, que le hallaría escondido en
ella, y en un aposento junto al jardín, donde se guardaban las esteras del
invierno y algunos instrumentos de cultivarle.
Marcelo en grande rato no pudo responderle, y habiendo prevenido
la prudencia de que era dotado para ocasión tan fuerte, le dijo:
-Venid conmigo, que quiero que seáis el primero, como en el
decírmelo, en ver que lo he vengado.
Fuese Antandro con Marcelo, y dejole en el portal de su casa,
entrando como dueño de ella sólo al aposento referido donde detrás de una
estera halló a Lisardo, a quien dijo estas palabras:
-Mozo desatinado, aunque merecéis la muerte no os la doy, porque
no quiero creer que Laura me haya ofendido sino que vuestros atrevimientos
locos os han puesto aquí.
Lisardo, todo turbado, ayudó estas palabras con grandes
seguridades y juramentos. Todos fingió Marcelo que los creía y, llevándole al
jardín, abrió una puerta falsa que estaba entre unas hiedras y le puso en la
calle, que apenas veía el turbado mozo, desde la cual se fue a su casa,
combatido de tantos pensamientos y determinando tantas cosas sin resolver
ninguna que, de cansado, se dejó caer en la cama, deseando la muerte.
Salió Marcelo luego que despachó a Lisardo y dijo a Antandro:
-Vos alguna afrenta habéis recibido de este caballero, porque él
no está donde decís ni en toda mi casa, y advertid que no os castigo como
merecéis porque os considero tal, que la justicia pública lo hará por mí.
¿Quién os dijo que ese hombre entraba a ofenderme?
-Señor -respondió Antandro turbado-, una esclava vuestra que se
llama Fenisa.
-Pues id con Dios a vuestros negocios, que no sabéis la casa que
difamáis ni la mujer que yo tengo, tan indigna de estos bajos pensamientos.
Con esto se despidió Antandro turbado, y no osó volver en duda
en casa de Lisardo, antes bien procuró esconderse por algunos días.
Marcelo, que de la virtud de Laura tenía diferente información
en su pensamiento, dudoso entre la confianza y el dolor, y afligido entre la
opinión y la verdad, se tuvo valientemente con el desengaño hasta hallar
ocasión para satisfacerse. A nadie que tenga honor se le ofrezca tan duro campo
de batalla.
-¡Oh traidora Laura! -decía-, ¿es posible que en tanta hermosura
y perfección cupo tan deshonesto vicio, que tus compuestas palabras y honesto
rostro cubrían un alma de tan infame correspondencia? ¿Tú, Laura, traidora al
cielo, a tus padres, a mí y a tus obligaciones? Mas ¿qué lo dudo, habiendo
visto con mis ojos y tocado con mis manos el fiero cómplice de tu delito? ¿Cómo
puedo yo dudar que aun este sagrado no dejó tu mala fortuna a mi confianza, ni
la fiera condición de mi desdicha a las obligaciones de la honra con que nací?
Yo lo he visto, Laura; no puedo dudar lo que vi, ni hay por dónde pueda mi amor
escapar mi agravio, aunque con las injurias ajenas le reboce el rostro. ¡Triste
de mí!, que más haré en solicitar tu muerte que tú en perder la vida, porque la
he de quitar a lo que más estimo, en tanto grado que padezco más en sola esta
imaginación que tú en el dolor, con ser de todos el último.
Así hablaba Marcelo entre sí mismo, forzando el rostro a la
fingida alegría en tan inmensa causa de tristeza. Dio en regalar a Laura, como
quien se despedía de la víctima para el sacrificio de su honra; y para
justificarle, en estando ella fuera, con llaves contrahechas hizo visita
general de sus escritorios. Halló un retrato de Lisardo, algunos papeles,
cintas, niñerías, que amor llama favores, y las dos joyas.
Los amantes que esto guardan donde hay peligro, ¿qué esperan,
señora Marcia? Pues en llegando a papeles, ¡oh papeles, cuánto mal habéis
hecho! ¿Quién no tiembla de escribir una carta? ¿Quién no la lee muchas veces
antes de poner la firma? Dos cosas hacen los hombres de gran peligro sin
considerarlas: escribir una carta y llevar a su casa un amigo, que de estas dos
han surtido a la vida y a la honra desdichados efectos.
Ya sabía Laura todo el suceso y, como veía tan alegre a Marcelo,
parecíale algunas veces que era de aquellos hombres que, con benigna paciencia,
toleran los defectos de las mujeres propias; y otras, que tener tanta era para
aguardar ocasión en que cogerlos juntos, de que a su parecer de entrambos
supieron guardarse. Aunque Marcelo no quería juzgar de los agravios por venir,
que tenía ya dada la sentencia en los pasados.
Con estos pensamientos, procuró muchas veces poner odio entre
aquel esclavo y Laura, diciéndole a ella que deseaba deshacerse de él, porque
le habían dicho que la aborrecía, y que mil veces había estado determinado de
matarle, porque no había de tener él en su casa quien no la adorase y sirviese.
Laura, en esta parte inocente, dio en tratar mal a Zulema de obra y de palabra,
haciéndole castigar en público, de que Marcelo se holgaba notablemente; y esto
llegó a extremo que ya la casa toda, y aun los vecinos sabían que no había cosa
que tanto aborreciese el esclavo como su ama.
Laura se daba a entender que debía de ser el dueño de la
traición de Antandro; y con esto deseaba su muerte y la solicitaba por puntos,
sin osar pedir a Marcelo que le vendiese porque fuera de casa no la deshonrase.
Cuando ya le pareció a Marcelo que este aborrecimiento era
bastantemente público llamó a Zulema y, encerrándose con él en un aposento
secreto, después de largos prólogos, le incitó a matar a Laura y le dio en una
bolsa trecientos escudos.
Zulema, al fin bárbaro, airado contra su ama y favorecido de
Marcelo, que asimismo le ofrecía un caballo para que se huyese hasta la costa
donde esperase las galeotas de Argel, que la corrían de ordinario desde los
Alfaques a Cartagena, en llegando la ocasión entró con rostro feroz y ánimo
determinado y, llegando al estrado de Laura, la dio tres puñaladas de que cayó
sobre las almohadas con tristes voces.
A las que daban las criadas entró Marcelo, que cuidadoso
esperaba el suceso; y con la misma daga que le quitó de las manos le dio
tantas, ayudado asimismo de Fabio y de los demás criados, que sin que pudiese
decir quién le había mandado matar a Laura rindió el feroz espíritu.
Acudieron a este miserable caso los vecinos, los deudos, la
justicia y sus padres, y entre las lágrimas de todos eran las de Marcelo más
lastimosas, y por ventura más verdaderas. El esclavo fue entregado a los
muchachos, brazo poderoso e inexorable en tales ocasiones que, llevándole al
campo, después de arrastrado por muchas calles, le cubrieron de piedras.
-¡Ay -decía el desdichado viejo padre de Laura, teniéndola en
los brazos-, hija mía y sólo consuelo de mi vejez! ¿Quién pensara que os
esperaba tan triste fin y que vuestra hermosura se viera manchada de vuestra
misma sangre por las manos de un bárbaro parto de la tierra más infeliz del
mundo? ¡Oh muerte! ¿Para qué reservaste mi vida en tanta edad, o por qué
quieres matar tan débil sujeto con veneno tan poderoso? ¡Ay, quién no hubiera
vivido, para no morir con el cuchillo de su misma sangre!
Lisardo, que tuvo presto las nuevas de esta desventura,
desatinado vino en casa de Laura y, mezclado entre la confusión de la gente,
vio tendida su hermosura en aquel estrado como suele a la tarde, vencida del
ardor del sol, la fresca rosa. Allí todos tenían licencia para lágrimas; las
suyas eran de suerte que conocía bien Marcelo en qué parte le dolía aquel
sangriento accidente de su fortuna.
Despejose la casa y retirado Lisardo a la suya, no salió en
cuatro meses de ella, ni le vieron hablar con nadie fuera de su familia: todo
era suspiros, todo era lágrimas, de las cuales parecía que vivía más que del
común sustento.
Entre tanto Marcelo despachó con un veneno a Fenisa sin que de
ninguna persona fuese entendida la causa de su violenta muerte; y tuvo tanta
solicitud en buscar a Antandro que, habiendo sabido dónde posaba, le aguardó
una noche y llamando a su puerta le metió por las espaldas dos balas de una
pistola.
Sólo faltaba de su castigo al cumplimiento de su venganza el
mísero Lisardo, cuya tristeza le tenía tan recogido, que era imposible
satisfacerla.
Bien pudiera contentarse la honra de este caballero con tres
vidas, y si era mancha por las leyes del mundo, ¿qué más bien lavada que con
tanta sangre? Pues, señora Marcia, aunque las leyes por el justo dolor permiten
esta licencia a los maridos, no es ejemplo que nadie debe imitar, aunque aquí
se escriba para que lo sea a las mujeres que con desordenado apetito aventuran
la vida y la honra a tan breve deleite, en grave ofensa de Dios, de sus padres,
de sus esposos y de su fama. Y he sido de parecer siempre que no se lava bien
la mancha de la honra del agraviado con la sangre del que le ofendió, porque lo
que fue no puede dejar de ser, y es desatino creer que se quita porque se mate
el ofensor la ofensa del ofendido; lo que hay en esto es que el agraviado se
queda con su agravio, y el otro, muerto, satisfaciendo los deseos de la
venganza, pero no las calidades de la honra, que para ser perfecta no ha de ser
ofendida. ¿Quién duda que está ya la objeción a este argumento dando voces?
Pues, aunque tácita, respondo que no se ha de sufrir ni castigar. Pues ¿qué
medio se ha de tener? El que un hombre tiene cuando le ha sucedido otro
cualquier género de desdicha: perder la patria, vivir fuera de ella donde no le
conozcan, y ofrecer a Dios aquella pena, acordándose que le pudiera haber
sucedido lo mismo si en alguno de los agravios que ha hecho a otros le hubieran
castigado. Que querer que los que agravió le sufran a él, y él no sufrir a
nadie, no está puesto en razón; digo sufrir, dejar de matar violentamente, pues
por sólo quitarle a él la honra, que es una vanidad del mundo, quiere él
quitarles a Dios, si se les pierde el alma.
Finalmente pasaron dos años de este suceso, al cabo de los
cuales Lisardo, consolado, que el tiempo puede mucho, salía en los calores de
un ardiente verano a bañarse al río. Súpolo Marcelo, que siempre le seguía, y
desnudándose una noche fue nadando hacia donde él estaba y le asió tan
fuertemente que, con la turbación y el agua, perdió el sentido y quedó ahogado,
donde con gran dolor de toda la ciudad le descubrió la mañana en las riberas
del río.
Esta fue la prudente venganza, si alguna puede tener este
nombre; no escrita, como he dicho, para ejemplo de los agraviados, sino para
escarmiento de los que agravian, y porque se vea cuán verdadero salió el adagio
de que los ofendidos escriben en mármol y en agua los que ofenden, pues Marcelo
tenía en el corazón la ofensa, mármol en dureza, dos largos años, y Lisardo tan
escrita en el agua que murió en ella.
GUZMAN EL BRAVO
Si vuestra merced desea que yo sea su novelador, ya que no puedo
ser su festejante, será necesario y aun preciso que me favorezca y que me
aliente el agradecimiento. Cicerón hace una distinción de la liberalidad en
graciosa y premiada; benigna la llama, siendo graciosa, y si ha tenido premio,
conducida. No querría caer en este defecto, pero como yo no tengo de hacer
cohecho, así no querría perder derecho, que no es razón que vuestra merced me
pague como Eneas a Dido, remitiéndome a los dioses, cuando dijo:
Si el cielo a los piadosos galardona,
si en ellos hay justicia, si conocen
los ánimos, te den condigno premio.
Fue opinión del Filósofo que naturalmente se deseaba el premio,
y dijo el romano satírico:
Nadie, si el premio le quitas,
abrazará la virtud.
Y aunque la gracia siga al que la da y no al que la recibe, creo
que hemos de ser vuestra merced y yo como el caballero y el villano que refiere
Faerno, autor que vuestra merced no habrá oído decir, pero gran ilustrador de
las fábulas de Isopo. Dice, pues, que llevando una liebre un rústico apiolada
(así llama el castellano a aquella trabazón que hacen los pies asidos después
de muerta), le topó un caballero, que acaso por su gusto había salido al campo
en un gentil caballo, y que preguntando al labrador si la vendía, le dijo que
sí; y pidiéndole que se la mostrase le preguntó al mismo tiempo cuánto quería
por ella. El villano se la puso en las manos, viendo que quería tomarla a peso
y le dijo el precio; pero apenas la tomó el caballero en ellas cuando, poniendo
las espuelas al caballo, se la quitó de los ojos. El labrador burlado, haciendo
de la necesidad virtud y del agravio amistad, quedó diciendo: «que le digo,
señor, yo se la doy dada, cómasela de balde, cómala alegremente y acuérdese que
se la he dado de mi voluntad, como a mi buen amigo».
Esto se ha venido aquí de suerte que no era menester buscarle
las aplicaciones de don Diego Rosel de Fuenllana, un caballero que se llamaba
alférez de las partes de España y que imprimió un libro en Nápoles, De
aplicaciones, que no debería estar sin él ningún hipocondríaco. Pues está claro
que fiando de vuestra merced estas novelas me las corre. Y así, me parece que
será bien comenzar esta, diciendo por la pasada: «llévesela vuestra merced, yo
se la doy de mi voluntad», si bien del villano a mí hay esta diferencia: que le
engañaron a él sin entenderlo, y yo me dejo engañar porque lo entiendo.
En una de las ciudades de España, que no importa a la fábula su
nombre, estudió desde sus tiernos años don Felis, de la casa ilustrísima de
Guzmán, y que en ninguna de sus acciones degeneró jamás de su limpia sangre.
Hay competencia entre los escritores de España sobre este apellido, que unos
quieren que venga de Alemania y otros que sea de los godos, procedido de este
nombre «Gundemaro». Por la una parte hacen los armiños antiguos, y por la otra,
las calderas azules en campo de oro. Como quiera que sea, ellos son grandes de
tiempo inmemorial, y en su familia ha habido insignes y valerosos hombres, como
fueron don Pedro Ruiz de Guzmán, año de mil y ciento; don Alonso Pérez de
Guzmán, principio de la casa de Medina-Sidonia, a quien su sepulcro llama
«bienaventurado», y con otros muchos, dignos de eterna memoria; don Pedro de
Guzmán, hijo del duque don Juan, primer conde Olivares, que en servicio del
emperador Carlos hizo valerosas hazañas a los cuales se puede sin ofensa poner
al lado por su valor, ya que no por su gran estado.
El referido don Felis estudiaba, como digo (y perdone vuestra
merced la digresión, que debo mucho a esta ilustrísima casa), en la ciudad por
donde tuvo principio la novela. Las partes de este caballero eran tales que,
así los estudiantes naturales como los extranjeros, le amaban con tanto afecto,
que perdieran por él la vida y no sentían el estar fuera de sus patrias. Hizo
algunos actos con muestras de tan feliz ingenio, que no parecía de día el que
por la noche se hacía temer por su nunca visto esfuerzo, juzgándole comúnmente
por dos hombres, y no sabiendo cómo hallaba lugar la blandura mercurial del
entendimiento con la fiereza marcial de la osadía. El pretendiente a quien
defendía segura tenía la cátedra; y aunque el rotular de noche le costó algunas
pendencias, de todas salió con victoria, aunque el exceso fuese exorbitante;
que cuando al natural valor ayuda la buena gracia de la Fortuna, no hay enemigo
que ofenda ni resistencia que baste. (Y en esta parte confieso que tengo a los
caracteres de almagre por blasones de honra; pero en llegando a libelos
infamatorios, tengo por cobarde al dueño y por mujer la mano). Dio fin a sus
estudios, o por lo menos se le dio su inclinación, que no le guiaba por aquel
camino; esto sin inducir fuerza de estrellas, que Dios no crió al hombre por
ellas sino a ellas por el hombre, puesto que no salió don Felis sin ocasión de
su patria.
Habíale llevado algunas noches en su defensa Leonelo, un
caballero mozo, amigo suyo, a quien una dama de razonable calidad pero de poca
estimación había dado lugar en su casa. Y como ella viniese a entender que
quedaba don Felis en la calle por tantas horas, y tenía inclinación a su fama y
lástima a su desvelo (fuera de que por la mayor parte las mujeres de aquel
porte codician más lo que está en la calle que lo que queda en casa), rogó a
Leonelo no permitiese que con tanta descomodidad pasase un caballero el tiempo
que él se entretenía, pues fuera de ser término descortés, más daño haría a su
opinión un hombre toda la noche en la calle que dos dentro de casa.
Lección es esta ya tan recibida, que no se ve un hombre en
puerta ni en ventana por milagro, como se veían en otros tiempos; y creo que
debe de ser lo más seguro, si no es lo más honesto, porque las mujeres suelen
perder más por un caballo a la puerta que por el dueño en la sala, y dice más
un lacayo dormido que un vecino despierto, que los hay tales que se desvelarán
por ver lo que saben, como si no lo supiesen.
Hablaba un caballero de noche con una dama de las que no pueden
abrir aunque lo desean, y dio una vecina en frente en perseguirlos de suerte
con los ojos que ni ellos hablaban ni ella dormía. Valíase el caballero de
traer una ballesta de bodoques, y desde una esquina, lo mejor que podía, la
tiraba a tiento, porque con la oscuridad de la noche no había más coral que el
deseo de acertarla. Viendo la vecina curiosa el peligro en que estaba de que le
quebrase un ojo, y no pudiendo contenerse de no ver si hablaban y escuchar lo
que decían, tomaba un caldero, y encajándosele en la cabeza la sacaba por la
ventana de suerte que dando los bodoques en él hacían ruido, con que despertaba
la vecindad y era fuerza que se fuesen.
Consiguió Felicia fácilmente que don Felis la visitase, porque
Leonelo sentía lo que por él pasaba y las obligaciones en que le ponía. Subió a
verla en el hábito que le halló el estar de guarda: una cuera de ante sobre un
jubón de tela, calzones y ferreruelo de paño, medias y ligas de nácar, sombrero
de falda grande, sin trancelín ni toquilla; en la pretina el broquel, y en las
manos la espada. Era don Felis moreno; tenía más de agradable que de hermoso,
cabello y bozo negro, gentil disposición, adornada de notable talle, modestia y
cortesía, no a la traza de la lindeza de ahora, con alzacuello de tela que por
disfraz llaman gola, horrible traje de hombres españoles. No hubo hablado un
rato don Felis con Felicia cuando ella se prometió en su imaginación que sería
mujer dichosa si le conquistaba la voluntad; y de noche en noche se le fue
declarando con los ojos, a hurto de los de Leonelo, que ya sentía la
familiaridad con que se afratelaban. (Esta voz, señora Marcia, es italiana; no
se altere vuestra merced, que ya hay quien diga que están bien en nuestra
lengua cuantas peregrinidades tiene el universo, de suerte que aunque venga
huyendo una oración bárbara de la griega, latina, francesa o garamanta, se
puede acoger a nuestro idioma, que se ha hecho casa de embajador, valiéndose de
que no se ha de hablar común, porque es vulgar bajeza). Después de muchas
determinaciones y dudas, Felicia escribió así:
Parece que se desentiende vuestra merced de los principios, que
creía había merecido que me correspondiese, pues cada día me va mostrando menos
voluntad; debe de ser que con más trato ha conocido los defectos de mi persona
y entendimiento. Con todo eso, le suplico que como caballero favorezca una
mujer a quien ha dado ocasión para este desatino, si es bien que dé este nombre
a los efectos de tal causa.
Admirose don Felis del papel de Felicia, porque aunque algunas
veces conocía que sus favores excedían del justo límite de una voluntad
doméstica, no creyó que llegaran jamás a determinación tan loca, y respondió
así:
La misma obligación de caballero me ha enseñado qué respeto se
debe a los amigos, y en esta parte no podré usar de más cortesía con mi
voluntad que la que pide la razón. Con esto, será fuerza retirarme poco a poco
de dar más ocasión a vuestra merced, porque ni el amigo lo entienda, ni yo deje
de servirle en acompañarle, si escuso algún peligro.
Sintió neciamente Felicia esta repulsa, no sucediéndole lo que
temía la vieja Dipsas, cuando en la elegía octava de los Amores de Ovidio,
enseñaba la cortesana el arte de portarse con los galanes:
No le consientas que padezca mucho,
porque amor repelido muchas veces
viene a entibiarse.
Ella se encendió más con este desdén súbito, y pareciéndole que
era el primer combate, segura de lo que puede la porfía, escribió así:
En el siglo de los caballeros andantes se debía, señor don
Felis, de usar esa limpieza de trato, que en este el más falso es más discreto,
y el más desleal, más gustoso. Deje vuestra merced esa fidelidad para Amadís de
Gaula, que su amigo no lo ha de saber para agradecérselo, ni yo el tenerme en
poco. Vuestra merced está obligado en razón natural a ser mío, porque me ha
quitado el gusto de Leonelo, de quien no le tendré en mi vida, y no es razón
que los pierda a entrambos.
Pesole a don Felis de esta locura tan declarada, y aunque estuvo
determinado a no responder, porque no volviese a escribirle, la escribió así:
Siempre se usó en el mundo, señora Felicia, el término que en
todas las ocasiones los caballeros se deben a sí mismos; si la falsedad es
discreción y la deslealtad gusto serán hijos bastardos de la nobleza que, quien
como yo la heredó de sus padres, no sabe más leyes en el mundo que las de la
honra, y quien vende a su amigo no la tiene.
De estas en otras epístolas vino a desengañarse el antojo de
esta necísima señora, porque solo a los hombres es permitida, amando, la
porfía, que las mujeres no han de imitarlos en semejantes acciones, ni
obligarlos con la blandura de sus palabras a cometer bajezas. Pero es notable
la condición de amor, que al contrario de todas las cosas, que se corrompen
para volver a engendrarse, pocas veces deja amor de dar el último paso sin que
el primero que le sigue no sea el del odio. Comenzó Felicia a aborrecer a don
Felis; y como ya no le miraba ni hablaba como solía, vino Leonelo en sospecha
de que por alguna novedad se guardaban de él. Persuadió a Felicia con los
extremos de los celos a que le dijese la causa y ella, aprovechando la ocasión
le dio a entender que don Felis la solicitaba, y enseñándole los papeles que le
había escrito, los rompió luego. Bastole conocer la letra al engañado mozo, y
quejándose de la deslealtad de su amigo (como si fuera cosa no sucedida, siendo
tan usada que ya los hombres, si son discretos, solo se han de guardar de sus
amigos), intentó satisfacerse, deseándolo Felicia para perderlos a entrambos.
Había venido a esta ciudad un caballero de otro reino, llamado
Fabricio, con quien Leonelo comenzó nueva amistad, y se fue poco a poco
desviando de la que tenía con don Felis, no sin conocimiento suyo, porque el
semblante dice luego lo que pasa en el corazón, que con ser tan amigos, nunca
le guardó secreto: ejemplo que deberían tomar los hombres que, pues la cara no
le guarda a su mismo principio, no hay que tener confianza de lo que está tan
fuera del corazón, que por instantes se muda. Con esto ya Leonelo decía mal de
don Felis, (¡Dios nos libre de enemistad de amigos!). Y como hay tantos que
tienen por amistad dar pesadumbres, arrieros de palabras, que las trajinan de
un lugar a otro, llegó a noticia de don Felis, que le escribió esta carta. (Y
si le parece a vuestra merced que son muchas para novela, podrá con facilidad
descartar las que fuere servida):
Después que vuestra merced se fue secando de voluntad conmigo,
entré en sospechas de que sería con causa; y como no la he dado a tan áspero
término, dime por olvidado de vuestra merced en que estuve engañado, pues me
dicen que se acuerda de mí donde quiera que se halla, con menos amistad que le
merezco. Lo que le suplico sea servido de excusar, porque de otra suerte haré
cargo a vuestra merced de tan grande ingratitud.
Leonelo, que estaba dispuesto como la leña seca a recibir la
llama, respondiole:
Cuanto yo he hecho nace de justa causa, pues no lo puede ser
mayor entre amigos que la deslealtad. Haré lo que me manda, por no acordarme de
quien ha pagado mi amor con poner el suyo donde sabe.
Admirado, y justamente, don Felis disculpaba a Leonelo
conociendo que Felicia le había engañado, treta ordinarísima en las mujeres; y
no hallando remedio para que esto no quedase sin la satisfacción que merecía,
se resolvió a que tratase un amigo de los dos a dársela de su parte, a quien
Leonelo respondió:
-Decid a don Felis que yo he visto cartas suyas, y que bien sabe
que conozco su letra.
Don Felis, dando lugar a la ira, contra su natural modestia,
partió en casa de Felicia; e iba tan ciego que, con haber topado en la misma
calle a Leonelo, no le vio y se entró furioso por la puerta hasta el estrado de
Felicia, que se levantó con notable alegría a recibirle en los brazos. Leonelo
le había seguido y puesto detrás de un paño.
-No vengo a eso -dijo entonces don Felis con airado rostro.
-¿Pues a qué, señor mío? -respondió Felicia, y sin dejarle
hablar, le tomaba las manos y le hacía amorosas caricias y regalos.
Desatinado Leonelo de lo que veía, y no entendiendo el ánimo de
don Felis, entró por la sala metiendo mano y diciendo:
-Así se ha de castigar a los traidores.
Volvió de presto don Felis y, como hay ocasiones que dar
satisfacciones de la verdad parece cobardía, sacó la suya y, habiéndose
afirmado, le dio una estocada por los pechos de que cayó muerto. Las voces
fueron las ordinarias, la justicia la que siempre, las diligencias las que
suelen; Felicia halló sagrado.
Déme licencia vuestra merced para dejar este muerto e irme con
el famoso Guzmán, que ya comienza a ser Bravo por esos mundos adelante.
Había determinado Selín, Gran Turco en este tiempo, con sus
bajaes (que en aquella edad en toda Europa concurrieron valientes hombres, así
cristianos como bárbaros) tomar la isla de Chipre. Fue Mostafá capitán general
de su armada, que a fuerza de armas, con estupendo estrago de los que la
defendían, la tomó, habiendo muerto a Nicolao Dándulo, Julio Romano y
Bernardino. Desde allí fue Mostafá a Famagusta, y Pialí Bajá se volvió con la
armada a Constantinopla. Después de esto había salido Ochalí de Negroponte y
llevado mil cautivos de Corfú, Candía y Pétimo, con no menor estrago del Zante
y la Cefalonia. Desde allí sitió a Cátaro con un ejército de turcos que le vino
a socorrer por tierra. Defendiola valerosamente Mateo Bembo, veneciano, que era
de su república. La cristiandad, alborotada toda con la braveza de Selín, cuyas
victorias no refiero, que no son de mi propósito, determinó oponerse al enemigo
común, honrándole en juntar sus fuerzas contra las de este bárbaro el sacro
pastor de Roma, padre universal de la Iglesia, Pío V, de felicísima memoria, el
rey de las Españas, don Felipe Segundo, y el prudente senado de Venecia. Fue
general de esta Santa Liga aquel mancebo ilustrísimo, honra y gloria de nuestra
nación, el señor don Juan de Austria a quien ayudó el valor y envidió la
fortuna. Llevó consigo este heroico príncipe a esta empresa a nuestro don
Felis, por orden de don Pedro de Guzmán, mayordomo de Felipe Segundo y padre
del gran don Enrique, embajador que fue en Roma y virrey en Sicilia y Nápoles,
condes de Olivares entrambos, que es tanto lo que les debo, que aun en esta
novela me alegro de nombrarlos, pues fueron abuelo y padre del que hoy con
tanta felicidad honra y premia las armas y las letras.
Nec nos ambitio, nec nos amor urget habendi, etc.
Ya vuestra merced tendrá perdonado el verso por lo arriba
contenido, y sabrá que nuestro don Felis era soldado en la batalla naval, tan
escrita de tantos historiadores, tan cantada de tantos poetas, que ni a mí está
bien referirla ni a vuestra merced escucharla. Y aunque para esta ocasión
pudiera remitirla al divino Herrera, que lo fue tanto en la prosa como en el
verso, me parece que es más acertado que la busque en uno de los tomos de mis
comedias, donde la entenderá con menos cuidado.
En esta, pues, ocasión (como dicen que ha de decir nuestra
lengua), hizo con una espada y rodela tan notables cosas don Felis, que allí se
le confirmó el nombre de Bravo; y rindiendo una galera sacó veintidós heridas
de flechas y cuchilladas, que a quien le veía ponía espanto, porque en las
flechas parecía erizo y en las cuchilladas toro; y no de otra suerte que del
coso le suelen sacar rendido, aunque no muerto, le llevaron a curar y
milagrosamente tuvo vida.
Acuérdome en esta ocasión de aquella pintura famosa que hace
Lucano de Casio Sceva, de quien escribe el emperador Julio César, en el libro
tercero de sus Guerras civiles, que sacó en aquella memorable batalla el escudo
pasado por doscientas treinta partes, y afirma haberle visto; persona debía de
ser de crédito pues fue señor de Roma, que lo era entonces del mundo. Mas no
diremos por don Felis lo que por Sceva Lucano:
Dichoso tú por tan heroico nombre,
si huyera de tus armas el teutonio,
el ibero o el cántabro,
pues no empleó las armas en las guerras civiles, sino contra
enemigos de la Iglesia y de la patria, ensoberbecidos con tantas victorias, tan
sangrientos sacos y tan injustos robos sobre las aguas pacíficas del
Archipiélago. Pusieron al serenísimo don Juan de Austria dignas estatuas por
este vencimiento (que desde entonces ha tenido a sus pies la indignación del
Asia), una de las cuales vive en Sicilia, si bien mayor es la inmortalidad de
las historias donde no acabará jamás la memoria de su nombre; que los bronces y
los mármoles están sujetos al tiempo, pero no alcanza su jurisdicción a la
virtud magnánima.
Convaleció don Felis y con el nombre de Bravo vivió en Nápoles
algunos días con justa estimación de aquellos príncipes, hasta que pasó a
Flandes donde con no menor nombre continuó sus hazañas y su fama por algún
tiempo. En él se le ofrecieron algunos desafíos con diferentes armas, de que
salió laureado en general aplauso de muchas naciones que a tales espectáculos
concurrían, así del ejército como de otras partes. Allí, a la traza de aquel
ilustre mancebo, Chaves de Villalba, que venció en Roma en público desafío a
aquel tudesco de las grandes fuerzas, en defensa de la antelación a otros reyes
de Fernando el Católico, le tuvo don Felis de Guzmán con un capitán flamenco,
que le pidió que señalase las armas, y él hizo fabricar unas porras de a cuatro
arrobas, que apenas pudo levantar del suelo el contrario, y él esgrimió a una y
otra parte con espantosa admiración del ejército.
Bien sabe vuestra merced que siempre la suplico que, adonde le
pareciere que excedo de lo justo, quite y ponga lo que fuere servida. Pesadas
son estas armas, pero por eso no las ha de llevar el lector a cuestas; y esta
no es historia sino una cierta mezcla de cosas que pudieron ser, aunque a mí me
certificaron que eran muy ciertas, y como dijo el poeta antiguo castellano:
Las cosas de admiración
no las cuentes,
porque no saben las gentes
cómo son.
Cierto que tiemblo de decirlas, pero la fuerza de este caballero
fue tan grande que facilita el crédito. Todos conocimos a don Jerónimo de
Ayanza, Hércules español, de quien hay una alabarda en la recámara del marqués
de Priego, en Montilla, cuya punta hizo lechuguillas, y lo dice el soneto a su
muerte:
Luchar con él es vana confianza,
que hará de tu guadaña lechuguillas.
Y hoy tenemos con diecinueve años a Soto, que ha tirado con
cuatro arrobas de peso y detiene un carro, y por quien dijo una dama:
¿Qué hará cuando mayor?
Pasando a Valencia a los casamientos de Felipe Tercero, que Dios
tiene, vi un labrador que llevó consigo a Nápoles el conde de Lemos que,
habiendo levantado entre muchos hombres una columna que de unas ruinas de unos
arcos estaba en tierra, se la ató con una soga a las espaldas y la levantó tres
dedos, agobiando el cuerpo. El temor que me da el mentir, aunque no sea cosa de
importancia, me ha hecho traer estos ejemplos. Vuestra merced tenga en opinión
a la naturaleza, que sabe hacer de estas cosas para ostentación de su poder,
aunque pocas veces. Y ¿para quién no es mayor milagro una mujer hermosa que un
hombre fuerte? Pues el que más lo es podrá vencer un hombre, y la hermosura
rinde cuantos mira. Un ingenio grande comprende los secretos de la naturaleza;
ayuda la vida en peligro por la enfermedad del sujeto; penetra las cosas altas;
describe el mundo; da términos a las ciencias y leyes a las repúblicas, que no
lo harán todas las fuerzas de los hombres. Y así pintó Luciano, retórico,
aquella prosopografía de Hércules con el arco en la mano siniestra, la clava en
la derecha y en la boca aquellas cuerdas con que llevaba aprisionados
innumerables hombres, para dar a entender que no con las fuerzas ni las armas
los había vencido, sino con la elocuencia, diciendo:
Den ventaja las armas a la toga,
porque atrae los duros corazones
la elocuencia a su voto.
Bien descuidado estuvo algunos años en Flandes Guzmán el Bravo,
cuando ya cerca de partirse le encomendó un soldado amigo un paje de estos que
llaman «regachos», con su capote de cintas, sombrero grande, vuelta la copa a
la falda, con medalla y plumas, no mal hablado y ligero de pies y lengua para
cualquier cosa. Fuese a Alemania con unas cartas para el duque de Cleves, que
estaba junto a Dura, lugar famoso por la expugnación de Carlos Quinto, con
cuarenta piezas de campaña, que hay fama también por las desdichas. No pudo
este soldado llevar el paje que digo, que se llamaba Mendoza, respeto de ser el
camino largo y áspero y haber de atravesar aquella selva que está entre el Rin
y la Rura, llena de fragosos montes, en cuya caza el Duque se entretenía por la
diversidad de animales, que la abundancia de sus frutos y amenidad de sus
arroyos cría hasta caballos salvajes.
No mostró tristeza el paje de perder su antiguo dueño, o porque
le esperaba volver a ver con brevedad, o porque holgó de servir a un hombre de
tanta fama, que debía de tener el ánimo belicoso. Mas habiéndose ofrecido
ocasión a don Felis de ir a Malta con deseo de un hábito de aquella religión, a
que se había inclinado, quiso también dejar a Mendoza, pero no fue posible, y
llorando le pidió que no le desamparase, porque mientras estaba lejos de su
patria no le parecía que, sirviendo español, la había perdido. Don Felis, que
le estaba aficionado porque, entre otras gracias, cantaba y tañía con igual
destreza, le llevó consigo.
Y habiéndose embarcado con otros pasajeros en un navío, tomaron
la derrota de Malta por el mar Líbico; pero, sobreviniéndoles una tempestad
furiosa, anduvieron perdidos algunos días sin poder tomar el Peñón de Vélez,
donde la soberbia de las ondas los arrojaba. Era ya lugar de cristianos, que
don García de Toledo se le había quitado a los moros de la Gomera con una
armada, de que le hizo capitán Felipe II, para reprimir la furia de los
marítimos corsarios. Pero por diligencias de los pilotos y favor de los pasajeros,
que todos se ayudaban, como lo tienen mandado las leyes del peligro, no fue
imposible tomarle, tanta era la furia con que el mar surtía de aquellas peñas,
convirtiendo las ondas en espuma y desviándola de que pudiese surgir, al
contrario del peñasco de Polifemo, que le acercaba a tierra. Aquella noche
pensaron que se fuera a pique, porque llegó a su punto la soberbia del mar y la
borrasca de agua, truenos y rayos, de suerte que parecía que entre dos mares se
anegaba, aunque le sucedió lo que dicen de los dos venenos, que se impide el
uno al otro. Finalmente, al alba reconocieron a un tiempo el cielo y la tierra,
dando en la costa de Berbería donde con gran peligro salieron con las vidas; y
cautivos de algunos moros, los llevaron a Túnez.
Presto hallaron dueño los dos esclavos, rogando nuestro Guzmán a
Mendoza que no dijese su nombre porque es sin duda que a saberle, o no saliera
jamás de cautiverio o fuera tarde. Tuvieron dicha en que a entrambos los compró
un judío que sabía la lengua de Castilla, como quien en ella tenía deudos. No
trataba mal este hombre, cuyo apellido era David, a los nuevos esclavos, de
quien pensaba sacar mayor ganancia e interés por que los había comprado, que en
su traza le parecían gente que, escribiendo a sus tierras, vendrían por ellos.
Don Felis se guardaba bien de esta diligencia porque sabía que, siendo
conocido, sería grande el rescate; que aun de sus fuerzas no osaba hacer
demostración porque por ellas no fuese o estimado en más precio o detenido.
Tenía David una hija, hermosa como el sol. (Hispanismo cruel,
pero de los de la primera clase en el vocabulario del novelar; porque si una
mujer fuera como el sol, ¿quién había de mirarla? Las comparaciones, ya sabrá
vuestra merced, que no han de ser tan uniformes que pareciesen identidades, y
así verá vuestra merced por instantes «blanca como la nieve», «hidalgo como el
Rey», «más sabio que Salomón» y «más poeta que Homero»). Ella era hermosa,
últimamente, y no mal entendida; llamábase Susana, pero no la parecía en la
castidad como en el nombre porque puso los ojos. Aquí, claro está, que vuestra
merced dice, «en don Felis». Pues engañose, que era más lindo Mendocica; y
habiéndole oído cantar, aunque entre dientes, en un huertecillo de su casa, le
había llevado el alma de suerte que la señora ya era esclava de su cautivo.
No le pesaba de esto a don Felis, porque con este nuevo amor los
regalaba, y en las ausencias que David hacía a algunas ferias, o a Trípol y
Biserta con sus mercaderías y cambios, eran ellos los señores y dueños. Íbase
Susana a un jardín con sus esclavos, que no se recataba de don Felis, porque
ellos le habían dicho en secreto que eran hermanos; y habiéndole buscado un
instrumento, rogó a Mendoza que cantase, y él comenzó así:
Vengada la hermosa Filis
de los agravios de Fabio,
a verle viene al aldea,
enfermo de desengaños.
A ruego de los pastores
baja de su monte al prado,
que, como se ve querida,
da a entender que la forzaron.
Eso mismo que desea
quiere que la estén rogando,
que sube al gusto los precios
amor conforme a los años.
Huyose Fabio celoso;
pensó Fabio hallar sagrado,
pero hay estados de amor
que está en el remedio el daño.
¡Desdichado del que llega
a tiempo tan desdichado,
que le matan los remedios
con que muchos quedan sanos!
En fin, a Fabio rendido,
viene a ver su dueño ingrato
alegre, porque es amor
en las venganzas villano.
No va sin galas a verle,
aunque pudiera excusarlo,
que la mayor hermosura
no deja en casa el cuidado.
Lleva de palmilla verde
saya y sayuelo bizarro,
con pasamanos de plata,
si en ellos pone las manos.
No lleva cosa en el cuello
que Fabio le hubiese dado,
porque no entienda que viven
memorias de sus regalos.
Joyas lleva que él no ha visto,
no porque le ha hecho agravio,
mas porque sepan ausencias
que no está seguro el campo.
Con una cinta de cifras
lleva el cabello apretado,
que quien gusta de dar celos,
se vale de mil engaños.
De rebociño le sirve,
para mayor desenfado,
el capote de los ojos,
bordado de negros rayos.
En argentadas chinelas
listones lleva, admirados
de que quepan tantos bríos
en tan pequeños espacios.
Llegó Filis al aldea,
entró en su casa de Fabio;
los pastores la reciben
como al sol los montes altos.
Dando perlas con la risa,
extiende a todos los brazos,
que gana mares de amor
y da perlas de barato.
Apenas Fabio la mira,
cuando a un tiempo se bañaron
el alma en pura alegría,
dos ojos en tierno llanto.
No hablaron los dos tan presto,
aunque los ojos hablaron:
Filis porque no quería,
Fabio porque quiere tanto.
Cuando en esta suspensión
los dos se encuentran mirando,
a un tiempo bajan los ojos,
como que envidan de falso.
Habló Filis y tuvieron
alma de coral sus labios,
que ver humilde al rendido
hace piadoso al vengado.
A Fabio culpa le pone,
que es error hacer, amando,
con la lengua valentías,
si el alma no tiene manos.
Él responde y se disculpa;
que viendo cerca los brazos,
pide perdón ofendido
quien ama desengañado.
En extremo estaba contenta la nueva Susana del donaire con que
Mendoza había cantado este romance, y preguntando a don Felis si era aficionado
a la música, habló por él Mendoza y le dijo que también le ayudaba a cantar
algunas veces. Deseó Susana oírlos, y ellos cantaron este diálogo, comenzando
el uno y respondiendo el otro:
Dame, Pascual, a entender
qué es amor, que quiero amar.
-Pienso que es todo pesar,
pues nunca me dio placer.
-Extraña definición
es la que de amor me das.
-De la causa no sé más,
estos los efectos son.
-El principio quiero ver,
Pascual, del arte de amar.
-Pienso que acaba en pesar,
aunque comienza en placer.
-Pensé escucharte, Pascual,
mayores bienes de amor.
-Nunca su bien fue mayor,
siempre fue mayor su mal.
-Dime lo que he de perder
y lo que puedo ganar.
-Ganarás mucho pesar
por el más breve placer.
-Silvia me mira con arte,
porque luego se retira.
-No está el daño en que te mira,
sino en que no ha de mirarte.
-Yo sé que hay gloria en el ver,
si hay pena en el desear.
-No quiero tanto pesar
por tan pequeño placer.
El concierto de dos voces, mayormente alternándose, es el más
suave en este género de música; y así le pareció a Susana, que todas las noches
de la ausencia de su padre pasaba con este entretenimiento. Entraba acaso
Mendoza a su aposento un día que ella aún no se había levantado; tenía los
cabellos copiosos, largos y crespos, esparcidos por los hombros, no muy negros
en color, aunque lo eran los ojos, con cejas y pestañas tan pobladas y hermosas
que, como eran soles, parecían sombras. No usaba afeites Susana, y así había
amanecido con los que le había dado el sueño: un nácar encendido que se iba
disminuyendo con gracia, vencido de la nieve del rostro, compitiendo la mitad
de las mejillas con los claveles de los labios, en cuya risa parece que se
descubría sobre una cinta carmesí un apretador de perlas. Tenía una almilla de
tabí pajizo, con trencillas de oro, sobre pestañas negras, tan ancha de las
mangas que al levantar los brazos descubría con algún artificio gran parte de
ellos. Quiso retirarse Mendoza, corrido del atrevimiento, pero llamándole
Susana volvió con medrosos pasos hasta la puerta.
-Entra -dijo ella-, y di lo que quieres, que ojalá fuera yo.
Pero tú no me quieres a mí.
-Señora -replicó Mendoza-, ¿a quién debo yo querer como a ti?
Porque, fuera de ser tu esclavo y de tratarme como si tú lo fueras mía, por ti
misma mereces que todos cuantos tuvieran entendimiento te amen.
-Tu esclava soy yo, Mendoza -replicó Susana-, no te engañas en
pensarlo; porque es tan poderoso Amor que trueca los estados y los imperios,
haciendo que sea por accidente lo que no fue por naturaleza. Yo estoy, si te
digo verdad, muy afligida, y aun casi desesperada, viendo que la diferencia de
tu ley me prohíbe el casarte conmigo, y de lo que supe en España, de donde vine
niña, conocí nuestro engaño y por eso os amo tanto, que me ha dado esta
inclinación el principio de este conocimiento. Mas, pues ya mi poca dicha me
puso en el estado que ves, y el de tu amor ha llegado en mí hasta dar con la
razón a los pies de mi deseo, yo estoy determinada de hacerte dueño de cuanto
soy, sin que tu hermano entienda mi desatino, no porque no debo fiársele, y más
sabiendo, como sabe, lo que te quiero, mas por vergüenza que tengo de que sepa
mi poca honestidad, porque no me tenga en poco. Que los hombres, en llegando a
este punto, a la mujer más principal tenéis en menos, porque os parece que en
perdiendo el privilegio de la castidad somos esclavas vuestras, y que se puede
atrever a nuestro respeto así vuestra osadía como vuestra lengua.
Mirándola estaba Mendoza, y no la respondía, porque hay palabras
cuya respuesta son las obras. Fuéronse acercando más y quedaron concertados
para verse aquella noche después del silencio de la familia.
Bajó Mendoza adonde estaba don Felis almohazando un caballo
bárbaro en que andaba David por Túnez algunas veces, y sentose enfrente de él,
mirándole. Don Felis le dijo:
-¿Qué tienes, que vienes turbado y encendido?
Tornole a mirar Mendoza y, luego bajando los ojos al suelo, dejó
caer una tempestad de lágrimas por el rostro, tan aprisa las llovía el
sentimiento.
-No es eso sin mucha causa -dijo don Felis.
Y dejando el humilde instrumento de aquella música, se acercó al
muchacho y le levantó el rostro, desviándole los cabellos, que ya tenía
revueltos y crecidos.
-¡Ay de mí -dijo Mendoza-, señor don Felis, que ha llegado
nuestra desventura a su punto! Porque Susana se ha declarado conmigo, y de
suerte que quiere que esta noche, en estando recogidos los criados, la hable
con más secreto que hasta aquí, de que estoy cuidadoso, porque podría ser causa
de vuestra muerte y la mía, entendiéndolo su padre.
-Necio has estado -respondió don Felis- dándome sin causa este
susto, que no te merecía, porque en un instante de imaginación he revuelto el
mundo. Y ya que estoy sosegado, me he reído de tu ignorancia, pues aunque fuera
bien resistir a esta mujer y morir, el estado de nuestro cautiverio no da
lugar, y mayor muerte nos espera si no le cumples la palabra. Yo, a lo menos,
Mendoza, por no corresponder al deseo de una mujer, estoy fuera de mi casa y
patria, y cautivo, como ves, con poca esperanza de mi remedio si se sabe quien
soy, que no hay esclavo español que tope de quien no me esconda, temiendo que
ha de conocerme. El ejemplo que te digo me obliga a temer nuestra perdición;
mira que esta mujer es hebrea y se acordará de la historia de Josef, si quieres
imitarle; demás que has hecho un yerro terrible, que fue condescender con su
deseo, pues ahora que se ha declarado, y tú aumentado su deseo con la esperanza
de la ejecución, ha de revolver como áspid contra los dos, trocado el amor en
odio.
Volvió a llorar Mendoza, y como no le respondía, le importunó
don Felis a que le interpretase la causa de aquellas lágrimas, que ya parecían
enigmas, que hay ojos que lloran en poesía culta sin que se entienda más de que
son lágrimas. Vencido Mendoza de los ruegos y aun de las amenazas de don Felis,
dijo así:
-¿Cómo quieres que yo cumpla la palabra que he dado a esta
mujer, si yo lo soy, y estoy admirada de que en tanto tiempo no me hayas
conocido? Felicia soy, aquella desdichada por quien mataste a Leonelo, que
después de algunas fortunas que me costó su muerte, pasé a Italia con aquel
soldado, y de allí a Flandes, donde me dejó en tu servicio cuando se fue a
Cleves.
Admirado estuvo un rato don Felis sin responderla, al fin del
cual le dijo:
-No te espantes, Felicia, que no te haya conocido, que aunque te
visitaba no te veía; tan aprisa miro yo los rostros de las mujeres de mis
amigos.
¡Oh palabras dignas de estar escritas con letras de oro en
mármoles, para que aprendiera la bestial ignorancia de algunos hombres el
respeto que debe a la honra la amistad, y el buen nacimiento a la obligación!
Que hay hombres cuya liviandad no sabe distinguir la honra de la infamia, ni el
apetito de la razón, de que suele resultar tanta discordia y algunas veces
tanta sangre. Creo que no le agrada a vuestra merced esta devoción, con el
deseo de saber en qué se concertaron don Felis y Felicia para remediar tanto
mal como les amenazaba.
Finalmente, salió de acuerdo que a tales horas fingiesen que se
quemaba alguna parte de la casa, de poca importancia, por algún descuido, para
que alborotándose la familia quedase el cumplimiento de la palabra suspenso
hasta que con más tiempo le tuviesen para mayor remedio. Hiciéronlo así, y
cuando Susana esperaba y Felicia llegaba a sus brazos, dio voces don Felis,
habiendo encendido un pajar que aparte de lo principal de la casa caía a las
espaldas del huerto.
Dejó Susana los brazos de Felicia y, puesta a una ventana, llamó
su gente, lo que no era necesario, porque no solo la de su casa estaba ya
inquieta y prevenida, pero la de toda la vecindad, que acudiendo con cuidado,
aunque fue más de lo que pensaron, remediaron el fuego, y el del amor de la
poco honesta hebrea quedó más encendido. No se descuidó de solicitar a Mendoza,
aunque él se descuidó de ponerse en ocasión que le volviese a pedir la palabra;
de suerte que a tres o cuatro días de dilación, que amor tan mal sufre, vino
David, su padre, y quedaron en paz los cuidados de todos, aunque de su parte
los deseos.
Mas la fortuna de los hombres, que en comenzando a perseguir un
sujeto parece mosca, que vuelve más importuna donde más la espantan, y de quien
en razón de su mudanza dijo Ovidio:
Voluble la Fortuna con dudosos
pasos camina, sin tener firmeza
en un lugar jamás,
quiso que viniendo un día don Felis de la plaza con su amo
David, le topase un moro mal acondicionado, arrogante y presumido de caballero,
y deudo del infame original de su engañada secta, como lo mostraba en el
turbante la señal verde, y le dijese por desprecio que le llevase a su casa una
sera de dátiles que había comprado. Miró David a don Felis, y él, en un
instante, olvidado de que había de fingir flaqueza, se la puso al hombro. Diole
Hamete Abeniz, que así se llamaba el moro, dos coces y, rempujando la sera, se
la derribó del hombro maltratándose con el golpe, porque era de palma muy
delgada, de que recibiendo mayor cólera, le dijo:
-Cristiano, cargásela a ese hebreo.
-Fende -respondió don Felis (que debe de querer decir «señor»,
«amo» o «dueño»)-, yo te la llevaré adonde tú quisieres, que David está muy
viejo y con poca salud.
-Perro cristiano -replicó Hamete-, por Mahoma que te rompa los
dientes y a él le quite la vida.
-Repórtate, Fende -le volvió a decir don Felis.
Y advierta vuestra merced que no repito otra vez este nombre
porque me güelgo de hablar arábigo, sino por no exceder de las palabras de esta
ocasión; así me precio del rigor de la verdad a ley de buen novelador.
Encendido Hamete en ira, quitó un bastón a un moro que pasaba al
campo y dio un palo a David con que cayó en el suelo. Pareciole a don Felis que
aquel era su amo y que, en fin, por buena o mala posesión comía su pan, demás
de no haberle jamás maltratado de obra ni de palabra; y desviándole el palo al
moro con que le iba a dar de segunda ira lo que faltaba para matarle, le dio
una puñada en los pechos de las que él solía, con que le dejó por dos horas sin
habla. Aquí acudieron multitud de moros, como a la mayor causa de atrevimiento
que jamás habían visto; pero don Felis, sin querer tomar armas de piedras o
palos con que le embistieron, a solas puñadas y mojicones hizo mayor defensa
que pudieran con armas dieciséis hombres; al que cogía del cuello arrojaba de
sí por largo trecho, y adonde caía se estrellaba; al que daba mojicón bañaba en
sangre y le quitaba la vista de los ojos.
Pero antes que pase de aquí, le quiero preguntar a vuestra
merced, si acaso sabe, pues es persona que conoce a Cicerón, a Ovidio y a otros
sabios, y se puede hablar con vuestra merced en materia de definiciones y
etimologías, ¿por qué dijo el castellano mojicón? Que a mí me ha costado algún
estudio, como a hombre que no se ha despreciado de su lengua; que bien sé yo
que un culto le llamará «afirmación de puño clauso en faz opósita con irascible
superbia». Pues sepa vuestra merced que no está dicho sin propiedad notable, y
es la causa que antiguamente los que querían dar una puñada rociaban y mojaban
primero la mano abierta escupiéndola y luego le sacudían, de donde vino
llamarse mojicón, que quiere decir «con mojado puño». Esto no lo ha topado
vuestra merced en el Tesoro de la lengua castellana; para que vea que es razón
estimarla en su pureza, pues hasta cosas tan viles no las tiene sin causa.
Finalmente, quedaron algunos moros tan maltratados de esta furia
de don Felis, que en casa de su amo se llamaba Rodrigo, que se determinaron
matarle a escopetazos. Cargó un mosquete un soldado de la guarda del rey y,
habiéndole tirado, mató a un compañero suyo que se daba a entender que podría
prenderle. Y juntándose muchos con diversas armas, que a todas se ponía delante
su fortuna, hubieran acabado con su vida, si no se hubiera retirado hacia la
puerta de una mezquita de donde salía entonces Salárraez, su rey o alcaide,
puesto por el Gran Turco, que esta manera de reyes, como los virreyes entre
nosotros, usaron los moros en España en los tiempos del Miramamolín de
Marruecos y Almanzor de Córdoba, y así había reyes en Alcalá, en Jaén, en
Écija, Murcia y otras partes de las Españas que poseían por la inundación de
los árabes en tiempo de los godos. Pues como el Rey viese las grandes fuerzas y
excesivo ánimo de aquel esclavo interpuso su autoridad entre su vida y su
muerte, con que cesaron todos. Mandole llamar a su alcázar y, cuando le tuvo a
solas, le dijo que le dijese quién era y que mirase que a los reyes se había de
decir la verdad; que le daba su palabra de favorecerle y conservar la vida que
le había dado. Entonces le respondió don Felis:
-Señor, yo soy caballero de los Guzmanes de España, aunque aquí,
temiendo que mi rescate fuese imposible, dije a mi dueño que me llamaba Rodrigo
y que era hombre bajo, de los que allá tienen el estado más ínfimo de la
república entre la plebe; pero lo cierto es que yo tengo la calidad que digo y,
fiado en tu real palabra, mi propio nombre es don Felis de Guzmán, a quien
desde la batalla naval llaman el Bravo. Yo rendí en Lepanto la galera sultana
donde iba por capitán Adamir Bajá, hombre no tan conocido entre vosotros como
Uchalí y Barbarroja, pero más valiente y de mejor consejo; cautivé en el mar de
Libia derrotado, pues, por tomar a Malta, di por el Peñón de Vélez casi en el
canal de Túnez. Comprome David, hebreo, con otro hermano mío; el tratamiento que
nos ha hecho y el pan que he comido en su casa me obligó a su defensa, porque
Hamete le hubiera muerto a palos si yo no hubiera (opuesto a tan gran soberbia)
defendido su vida. Infórmate de moros honrados que lo hayan visto, y si
hallares que no te digo verdad almenas tiene Túnez, alabardas tus soldados para
quien no valen fuerzas.
-¿Que tú eres -dijo el Rey-, Guzmán el Bravo, el de las grandes
fuerzas, el matador de fieras y alanceador de toros? Pues mira cuánto has
ganado en decirme verdad y tenerme por hombre que guardo la palabra que, fuera
de mi inclinación a tu persona y admiración a tus hechos, no he de consentir
que te hagan estos moros agravio, ni que pierdas la libertad que tan bien
mereces si no es que te quieres quedar aquí conmigo donde te aseguro toda
amistad, o sea en tu ley o en la mía, que la ley no se ha de tomar forzada sino
voluntariamente. Mas déjame ahora hacer alguna demostración de enojo contigo
por estos moros agraviados, que se quejarían al Gran Señor si te dejase libre.
Con esto, le mandó llevar a una mazmorra de sus baños, donde
avisado David hizo tanta diligencia con el dinero, que es el mejor favor para
la cárcel, que le pudo regalar con Mendoza, que iba y venía a la mazmorra con
la comida, y se estaba con él todo lo que le sobraba de su servicio, aunque con
disgusto de Susana que aguardaba las primeras ferias para que, ausente su
padre, pudiese ejecutar las ansias de su amoroso deseo donde no podía.
Agradecía don Felis la voluntad de Felicia que, como ya se había declarado por
quien era, andaba más solícita de conquistarle que de agradecer a Susana el
amor que la tenía; cosa que pienso le será a vuestra merced de creer muy fácil.
Los moros pedían la vida de don Felis; llamó el Rey a David y le
dio dos mil cequíes, diciendo:
-Compra de los quejosos ese esclavo, repartiendo en ellos este
dinero, y tráemele aquí, que yo te haré merced y defenderé lo que estuviere en
Túnez.
Hízolo así David, y ellos tomaron el dinero con mucho gusto,
porque temían que el diván, que debe de ser como acá el consejo, le estaba
inclinado, y en esta manera de estrados, al fin bárbaros, no hay más
procuradores, relatores, solicitadores y escribanos que lo que dicen de palabra
los testigos, y acabáronse las leyes; por lo menos el culpado muere de una vez
y el inocente se libra. Encerrose Salárraez, rey de Túnez, como digo, en un
jardín con don Felis y le dijo así:
-Cristiano, caballero eres, Guzmán te apellidas, Bravo te
llaman, oye. Tiene una hija un jeque de los alarbes, que viven las campañas en
aduares o tiendas, de las más hermosas mujeres que ha producido el África; esta
hemos pretendido el Rey del valle de Botoya, no lejos de Melilla, y yo, con
grandes servicios personales y extraordinarios, y finalmente, pedido en
casamiento. Sabiendo su padre que en dándola al uno había de ser el otro su
enemigo, la niega a entrambos, o por lo menos dice que nosotros nos concertemos,
que él no puede dividirla. Ha sido este caso tan reñido, que hasta el cristiano
general de Orán ha interpuesto a las paces su persona, y el gobernador de
Melilla con seguro las ha tratado algunas veces. No pudiendo concertarnos,
porque yo pierdo el juicio por Lela Fátima, y juzgo que a Zulema sucederá lo
mismo, habrá seis días que me ha escrito este papel, y sacole entonces, en que
me desafía cinco a cinco, con lanzas, adargas y alfanjes, a caballo, como es
uso nuestro; donde si fuere vencedor da la palabra de cesar de la pretensión
haciendo yo lo mismo si él me venciere. Yo tenía escogidos los moros, y aunque
de todos cuatro tengo satisfacción, se me ha puesto en el entendimiento que, si
te llevo disfrazado, serás bastante solo, pues no te han de conocer, y ya sabes
mucho de nuestra lengua, si bien dudo que en este género de armas no estás
ejercitado.
-Sí estoy -dijo don Felis-, y para que te asegures mañana al
amanecer saldremos los dos al campo, y me verás ejercitar la lanza y el adarga,
arremetiendo, cercando o retirando, ya sacando el alfanje, derribando la
adarga, ya sin él, tomándola por el cuento, con otras gentilezas.
-Eso basta -dijo el Rey-, no es menester a ti verte, sino oírte.
Replicó entonces don Felis:
-Pues, prueba a doblarme este brazo con entrambas manos.
Hízolo así el moro, pero era lo mismo que querer doblar una
columna de mármol. Con esto y el secreto necesario, el día aplazado vistió el
Rey a don Felis de una marlota o sayo morado, guarnecido de oro, con un gran
número de botones, tan pequeños que apenas se veían sobre una cota que había
sido de su padre, tan resplandeciente que parecía de plata, atada con una liga
roja, que el mismo sayo descubría, porque sólo estaba abotonado hasta la mitad
del pecho, y descubriendo las mallas las dos mangas. El calzón era de brocado
morado con alcachofas de oro y las guarniciones de perlas; el bonete era de
grana de Valencia con cien varas de bengala sutilísima, armado sobre un casco
de acero, y coronado de plumas moradas y blancas; los borceguíes de Marruecos y
los acicates de plata nielados de oro; el alfanje, como media luna, en un
tahalí tejido de tan espeso aljófar que no se veía sobre qué estaba fundado.
Si está vuestra merced diciendo que de cuál de los moros del
romancero le he sacado, no tiene razón, porque los otros estaban en Madrid o en
Granada, y este en medio de Túnez, con una lanza de veinticinco palmos, que
aquí no hay que quitar nada, y una adarga de color morado, con una F arábiga en
medio, que a la cuenta, pues no podía decir Francisca, diría Fátima. Todos me
contaron que iban de esta suerte, y aunque los caballos no eran morados ni
azules, bien podía ser que estuviesen celosos; a lo menos yo no excuso de decir
aquí lo que escribió un cierto caballero a un señor, enviándole dos caballos
para una fiesta: «Ahí envío a vuestra merced esos rocines, y le suplico que los
trate como quisiera que le trataran si fuera rocín.»
Finalmente, salieron a la campaña y se vieron cinco a cinco,
llamados de dos clarines. El rey de Botoya y su escuadra había vestido grana
con pasamanos de oro; y cierto que si, como era la música de clarines, fuera de
instrumentos, podían servir en una fiesta con grande lucimiento. La batalla se
comenzó jugando bizarramente las lanzas y las adargas cuyos botes no pinto,
pues ya vuestra merced ha visto un caballero de Orán los días de toros en la
plaza, tan airoso, aunque de más edad que pide el ejercicio de las armas, como
si estuviera en lo florido de sus primeros años. Mataron los de Botoya a
Tarife, Belomar y Zoraide, quedando solos el rey de Túnez y don Felis, sobre
quien cargaron los cuatro, porque Zulema y él se entretenían. Derribó los dos
primeros a lanzadas (pienso que se llamaban Jarife y Zelimo), al otro mató el
caballo y, queriéndosele huir entrambos, los fue siguiendo; mas revolviendo el
uno diestramente, le atravesó la lanza al caballo por los pechos y cayó en la
tierra muerto, que ya bermejeaba de su sangre. Quedaron en tierra Baloro y don
Felis porque Mahamed iba desatinado entre unos árboles, porque le había don
Felis hecho pedazos las riendas; aunque arrojándose de él con destreza alarbe
volvió donde Baloro y don Felis peleaban. Era Baloro un bárbaro, hijo de negra
y turco, feroz de aspecto, nervioso y corpulento; recibía con destreza los
golpes en la adarga y jugaba el alfanje, que era de catorce libras, como si
fuera pluma.
He hallado en Lucano, no lejos del principio del libro sétimo,
donde describe la gente que llevaban los dos campos de Pompeyo y César, este
verso:
Movieron los valientes españoles
sus adargas tan bien.
Y dígosele a vuestra merced para que sepa cuán antigua cosa es
la adarga en España, tomada de los africanos, cuya fue siempre, como se lee en
Livio.
No le pesó con todo eso a Baloro de la venida de Mahamed, así
eran desatinados los golpes de don Felis. Salárraez, que le vio en tierra
pelear con dos moros, o ya fuese por amor que le había cobrado, o porque si le
mataban le quedaban tres que vencer, a cuyas manos era fuerza morir, arremetió
el caballo a desbaratar con la lanza la pelea de dos a uno. Levantó el rostro
don Felis entonces, y díjole en lengua arábiga:
-Rey de Túnez, mata a Zulema, que estos dos ya están muertos.
Con esto volvió el rey la rienda a recibir a Zulema que, mal
herido, volvía a seguirle, aunque con poco aliento. Esforzó el suyo el valeroso
Guzmán, trayendo a la memoria el apellido de Bravo y, como si le mirara España
en figura de dama desde alguna reja, tan fieras cuchilladas tiró a entrambos
que, habiéndose adargado mal el mancebo Mahamed, le abrió toda la cabeza hasta
los hombros, y como al golpe de la segur del labrador cae en la sierra de
Cuenca el alto pino, extendiendo los brazos, midió la tierra. Baloro, que le
quedaba solo, quiso vengar la muerte de tres amigos, y se le acercó tanto que,
fiado en sus fuerzas, se abrazó con don Felis seguro de imaginar que habría en
el mundo quien igualase las suyas; pero engañose de suerte que, levantándole
don Felis en alto, como Hércules al hijo de la Tierra, cuya victoria escribe
Sófocles, se le volvió a restituir, pero de manera apretado que le faltaba,
cuando llegó al suelo, gran parte del alma. Mientras quería animarse Baloro,
había ya tomado el alfanje don Felis y, aunque como culebra se revolvía a unas
y a otras partes, le hizo pedazos a cuchilladas y le dejó como suele quedar en
la sangrienta plaza a las manos del vulgo el fiero toro. Luego partió a ayudar
al rey con tanto ánimo y valor como si entonces comenzara la batalla; pero
viéndole Zulema, y que a sus manos yacían sus cuatro valientes moros revueltos
en su sangre, dijo en altas voces que se rendía, y usando Salárraez de grandeza
de rey, aunque era bárbaro, le perdonó la vida, tomándole solamente el alfanje
y la adarga.
Don Felis quitó a los muertos las que por la campaña habían
esparcido y, cogiendo el caballo de Mahamed, le ató una liga; y con estos
despojos y grandes favores del Rey dio a su lado la vuelta a la ciudad, donde
causó admiración el verlos, porque de la batalla no se había tenido noticia
que, a saberse, apareciera sobre la caliente arena de aquel campo el anfiteatro
de Roma.
Felicia, que le había echado menos, cuando supo el suceso fue a
buscarle y con tiernos abrazos y grandes encarecimientos celebró su victoria.
Grandes partidos hacía Salárraez a don Felis porque se quedase
en Túnez en su servicio, pero conociendo, como discreto, que le tenía con
disgusto el amor de la patria, sólo quiso detenerle hasta celebrar sus bodas
con la hermosa Fátima, en las cuales fue admirada su gentileza de toda aquella
tierra que, como a prodigio de la naturaleza, venían a verle. Ninguno jugó
cañas con mayor gracia, ni hizo mayores pruebas de sus fuertes brazos.
Tratose la partida y, procediendo el Rey generosamente, le dio
muchas riquezas, así de diamantes y perlas como de otras diversas piezas de
plata y oro. Lloraba Susana la partida de Mendoza, y despidiéndose de ella para
partirse a España con don Felis, le dijo que era mujer en secreto, con que en
un instante la curó del mal de amor, como si fuera milagro.
Dio David, agradeciendo la vida, a don Felis un rico presente de
telas, sedas y joyas; Susana a Felicia, un hilo de perlas de valor de
setecientos escudos, porque eran netas, iguales y redondas, y con muchos
abrazos y lágrimas se despidieron todos. Salieron al mar, dejando la ciudad que
un tiempo fue tan famosa por Micipsa, que la pobló de griegos, aunque hoy debe
de tener poco más de ocho mil fuegos, si bien conserva en las historias la fama
de haber sido cabeza de la antigua Numidia, que cae entre la Libia y el
Atlante, donde Cartago merece eterna memoria y la tragedia de Sofonisba; y
navegando con más felicidad saludaron a España.
Estuvieron algunos días en Cartagena, desde donde escribió don
Felis a su casa, y en Murcia le alcanzó respuesta, en que le daban cuenta cómo
era señor de su casa, porque su hermano mayor había muerto sin hijos. Aquí mudó
traje Mendoza, y se llamó Felicia. Desde Murcia la trajo don Felis a un lugar
de Extremadura donde era natural su padre, y la casó con un hidalgo pobre y de
buen talle, dándole seis mil ducados de dote, con nombre de prima suya, lo que
él creyó fácilmente, porque se tenía noticia de su buen nacimiento.
Grandes dudas le quedarán a vuestra merced del amor de Felicia y
los desdenes de Guzmán el Bravo, porque parece que en tierra de moros, con
tanta privación y soledad, y habiendo sido la compañía de su cautiverio y el
consuelo de sus trabajos, no fuera menos que ingratitud no corresponder a su
voluntad. Prometo a vuestra merced que no lo sé, y que en esta parte sólo puedo
decir que el trato ha juntado en amistad animales de géneros diferentes, a
despecho de la naturaleza, y que ningún hombre debe fiarse de sí mismo, de que
tenemos tantos ejemplos. El Dante escribe de aquellos dos cuñados que se
amaban, sin osar declararse, por ser el incesto tan enorme y el hermano tan
gran príncipe, y como siempre estaban juntos, leyendo un día los amores de
Lanzarote del Lago y la reina Ginebra, como él lo dice en su Infierno, en
persona de la miserable dama:
Y leyendo nosotros por deleite
de Lanzarote la amorosa historia,
encendidos de amor nos declaramos.
Y el Petrarca hace memoria de ellos en el capítulo tercero del
Triunfo del amor, diciendo:
Y los dos de Arimino, que van juntos
haciendo un triste y doloroso llanto.
Porque fue el hermano que los mató príncipe de Arimino.
Fue muy bien recibido don Felis en su patria, porque llegó a
ella después de muchos deseos, rico, gallardo, galán y en lo mejor de sus años.
Llevose los ojos del vulgo, mayormente de los que tenían necesidad de su favor,
porque con todos era liberal, de suerte que jamás llegó necesidad a sus oídos
que saliese desconsolada. Remediaba pobres, deshacía agravios, concertaba
paces, y no había en toda la ciudad quien para cosa que intentase le perdiese
el respeto. De la república de estudiantes era don Felis tan adorado que, con
versos latinos y castellanos, celebraban a porfía sus acciones, y con tan
apasionado afecto que, si alguna vez corría en fiesta pública, decían todos a
voces: «¡Viva don Felis!», y era tenido por envidioso el que faltaba a esta voz
común, por circunspecto que fuese.
Era valiente justador; y de suerte firme y cierto que no había
hombre que midiese con él las armas en la tela. Armábase muchas veces de piezas
tan pesadas, que no las podían mover las fuerzas de dos hombres, y echándose
con ellas en el suelo, se levantaba de un salto con ligereza increíble. Buscaba
caballos desbocados y que nadie quisiese subir sobre ellos, y en estos se ponía
y los domaba y sujetaba con la fortaleza de las piernas, de tal manera que
parecía que le temblaban y, trasudados y encogidos, se le rendían. Jugaba dos
espadas y dos mazas con notable gallardía y destreza y, en medio de esta
fiereza y valentía, escribía y hablaba tiernamente.
Descuidado de la fuerza y violencia de amor don Felis y seguro
de la fortuna en su patria, él que tan fuerte había nacido y tanta libertad
profesaba, se rindió a un niño, pero niño tan antiguo que no se llevan él y el
tiempo dos horas en tantos años. ¡Qué bien pintó Alciato su fortaleza, o ya
enfrenando leones o ya rompiendo rayos!
De los alígeros rayos
rompe el amor el rigor,
porque es más fuerte el amor.
Era Isbella la gentilísima dama, y hermana de un valiente
caballero, que se llamaba Leonardo, de lo más noble de aquella ciudad, y aun de
España. Guardábase don Felis de ser entendido y, gobernando su secreto con
prudencia, conquistó honestamente su voluntad para merecerla en casamiento, no
se alargando a más que hablar con los ojos, y con ocasión de otras damas de su
calle darle algunas músicas, entre las cuales una noche cantaron así (porque
vuestra merced descanse de tan prolija prosa en la diferencia de los versos):
En estos verdes campos
que Manzanares riega
con agua de mis ojos,
que suya no la lleva;
en estas soledades,
donde a mis dulces penas
ayudan ruiseñores
con amorosas quejas;
entre las secas ramas
de esta bárbara selva,
que ha mucho que le falta
su amada primavera,
y solo un ciprés crece,
por árbol de tristeza,
que en imitar la mía
presume competencia;
me quejo, hermosa Filis,
de amores de tu ausencia,
que lo que está más lejos
se quiere con más fuerza.
¡Ay mar de España!, digo,
si pisa tus riberas
aquella labradora
que fue la gloria de estas,
así, de más corales
que hay en tu playa arenas,
de Barcelona insigne
los muros enriquezcas,
que el día que más fiero
y con mayor soberbia
laven tus claras ondas
la cara a las estrellas,
le digas: «Bella Filis,
esto llaman tormenta
ausentes de su patria,
que por el mar navegan,
pero las que padece
quien ama y quien desea
el puerto de tus brazos,
en más rigor le anegan.
Tú, cuando empines aguas
como nevadas sierras,
y caigas de ti mismo
donde deshechas mueran,
no igualas con los montes
de celosas sospechas,
por más seguridades
que Filis me prometa.
Permite que mis ansias
a tus arenas venzan;
mas ya no las tendrás
si las convierte en perlas.
¡Ay Dios!, hermosa Filis,
¿qué pastor me dijera,
de muchos que en el Tajo
de adivinos se precian,
que donde España acaba
y el fiero mar comienza,
llegaran tus estampas
y mis amargas quejas?
¡Ay Dios, si te acordases
que en estas alamedas
bañaba yo tu rostro
con lágrimas tan tiernas,
y que cayendo al mío
del tuyo algunas de ellas,
pensaba yo que tristes
lloraban las estrellas!
Aquí te despediste,
y aquí morir me dejas,
que yo no tengo vida
para que a verte vuelva.
Si tardas, Filis mía,
la muerte está más cerca,
que a los que viven tristes
la muerte los consuela.»
De estas músicas, aunque con letras fuera de propósito y
escritas a diferentes ocasiones de algunas sortijas, torneos y otras fiestas,
vino en conocimiento Leonardo de que don Felis festejaba a su hermana, que es
lo que ahora llaman «galantear» entre los vocablos validos, que cada tiempo
trae su novedad. Enfadose, como era tan recatado y gran caballero, y por obviar
disgustos con persona tan bien recibida generalmente, puso a Isbella con algún
sentimiento suyo en un monasterio. Más negoció don Felis en esta diligencia de
Leonardo de lo que le prometió él haberlo entendido, porque Isbella, viéndose
empeñada, aunque no había dado ocasión, inclinó su ánimo a ser mujer de don
Felis; y tratándolo por medio de personas nobles salió del monasterio y se
casaron. No hizo a esto Leonardo mucha resistencia, así por la condición de don
Felis, como porque siendo prudente y discreto conoció que no se podía impedir
el matrimonio en dos voluntades iguales, por aquella máxima de que el hombre no
aparte los que Dios junta.
Creció tanto la opinión de don Felis, llevándose las almas de
ciudadanos y estudiantes con tanto aplauso y vítores, que no pudiendo sufrir su
fortuna algunos caballeros de la ciudad se juntaron a matarle, y aunque un paje
le dio aviso de este pensamiento, no quiso prevenirse ni guardarse y, así, le
dieron entre muchos más de cuarenta heridas, hasta que cayó en el suelo, de
donde le llevaron a Isbella sin esperanza de vida. Aquí entra bien aquella
transformación de un gran señor de Italia que leyendo una noche en Amadís de
Gaula, sin reparar en la multitud de criados que le miraban, cuando llegó a
verle en la Peña Pobre con nombre de Valtenebros comenzó a llorar y, dando un
golpe sobre el libro, dijo: Maledeta sia la dona che tal te a fatto passare.
Pues no se desconsuele vuestra merced, que ya don Felis está convaleciente, que
no se salió el valor por las heridas, y la fortaleza del ánimo detuvo la vida,
que en otro era imposible, no sin admiración de la naturaleza. Viéndose, pues,
con ella, hizo una noche fijar una tienda en la plaza, cubierta de diferentes
armas, y él amaneció a la puerta con muchas cajas y trompetas, armado de piezas
blancas y doradas, con un vistoso penacho pajizo, leonado y blanco; el tonelete
y calzas bordadas de las mismas colores, oro y plata; botas blancas, y un
pedazo de lanza en el hombro, con la mano siniestra en la espada; y en una
rodela de acero que de un árbol pendía con tres ligas pajizas, leonadas y
blancas, un cartel de desafío. Ponía terror don Felis en la postura que estaba,
levantada la visera por donde sólo descubría los airados ojos y los bigotes
negros como rayos de luto de las muertes que amenazaba.
Allí estuvo ocho días sin que saliese caballero a la palestra y
arena, como los antiguos decían; al cabo de los cuales vino un criado suyo
armado a caballo y tocó en la rodela que tenía el desafío. Salió don Felis de
la tienda y corrió tres lanzas con este hidalgo; y rompiendo en la última la
lanza, volando las astillas por el aire, hizo temblar la tierra. Lleváronle a
su casa acompañado de toda la ciudad entre muchos instrumentos de guerra,
parabienes y vítores, donde estuvo algunos días. Al cabo de los cuales, dieron
cuenta al rey de las Españas algunos envidiosos de aquel público desafío,
aunque cierto que virtud tan grande debiera carecer de envidia; y le culparon
asimismo de que se quería alzar con aquella ciudad insigne. Fue pesquisidor a
esta averiguación, y como nunca a la envidia le faltaron testigos, fueron tales
los que hallaron que le sentenció a cortar la cabeza en cadalso público, y le
trajo para este efecto a la Corte. Pero teniendo noticia de este tan gran
caballero y de sus partes el excelentísimo señor don Luis Enríquez de Cabrera,
almirante de Castilla, duque de Medina y conde de Modica, abuelo del que ahora
posee su ilustrísima casa tan dignamente y con tantas partes de generoso
príncipe, le fue a ver a la cárcel e, informado de su valor, y habiendo leído
una cédula que tenía del señor don Juan de Austria, certificación de la hazaña
con que rindió la galera ya referida, se le aficionó tanto que pidió a Su
Majestad su vida; el cual, no menos inclinado a su valor, y sabiendo que nunca
está sin enemigos, se la otorgó con condición que no pudiese entrar en aquella
ciudad. Fuese a vivir a sus lugares, que no estaban lejos de ella, aunque
después, con el favor del mismo señor, que tomó su protección por empresa digna
de su grandeza, le restituyeron la libertad de gozar de su patria, donde yo le
conocí, si bien en sus mayores años, pero con el mismo brío porque el defecto
de la naturaleza del cuerpo no ofende el valor del ánimo. Este, señora Marcia,
es el suceso de Guzmán el Bravo. Si a vuestra merced le parecieren pocos amores
y muchas armas, téngase por convidada para El pastor de Galatea, novela en que
hallará todo lo que puede amor, Rey de los humanos afectos, y a lo que puede
llegar una pasión de celos, bastardos suyos, hijos de la desconfianza, ansia
del entendimiento, ira de las armas e inquietud de las letras; pero no será en
este libro sino en el que saldrá después, llamado Laurel de Apolo.
Espinela
Los dioses para su guarda
se han puesto apellidos nuevos:
Borja y Góngora dos Febos;
Silvio, Amor; Venus, Leonarda,
Juno, Pimentel gallarda;
Mario, el semicapro Pan;
y como las letras dan
honra de la guerra al arte,
riñeron Palas y Marte
sobre llamarse Guzmán.
No parezca novedad llamar espinelas a las décimas, que este es
su verdadero nombre, derivado del maestro Espinel, su primer inventor, como los
versos sáficos de Safo.
FIN


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