© Libro N°. 3067. Noticia De Un Secuestro. García Márquez, Gabriel. Colección
E.O. Agosto 27 de 2016.
Título original: © Noticia De Un Secuestro. Gabriel García Márquez
Versión Original: © Noticia De Un Secuestro. Gabriel García Márquez
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Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
NOTICIA DE UN SECUESTRO
Gabriel García Márquez
GRATITUDES
Maruja Pachón y su esposo, Alberto Villamizar, me propusieron en
octubre de 1993 que escribiera un libro con las experiencias de ella durante su
secuestro de seis meses, y las arduas diligencias en que él se empeñó hasta que
logró liberarla. Tenía el primer borrador ya avanzado cuando caímos en la
cuenta de que era imposible desvincular aquel secuestro de los otros nueve que
ocurrieron al mismo tiempo en el país. En realidad, no eran diez secuestros
distintos —como nos pareció a primera vista— sino un solo secuestro colectivo
de diez personas muy bien escogidas, y ejecutado por una misma empresa con una
misma y única finalidad.
Esta comprobación tardía nos obligó a empezar otra vez con una
estructura y un aliento diferentes para que todos los protagonistas tuvieran su
identidad bien definida y su ámbito propio. Fue una solución técnica para una
narración laberíntica que en el primer formato hubiera sido fragorosa e
interminable. De este modo, sin embargo, el trabajo previsto para un año se
prolongó por casi tres, siempre con la colaboración cuidadosa y oportuna de
Maruja y Alberto, cuyos relatos personales son el eje central y el hilo
conductor de este libro.
Entrevisté a cuantos protagonistas me fue posible, y en todos
encontré la misma disposición generosa de perturbar la paz de su memoria y
reabrir para mí las heridas que quizás querían olvidar. Su dolor, su paciencia
y su rabia me dieron el coraje para persistir en esta tarea otoñal, la más
difícil y triste de mi vida. Mi única frustración es saber que ninguno de ellos
encontrará en el papel nada más que un reflejo mustio del horror que padecieron
en la vida real. Sobre todo las familias de las dos rehenes muertas —Marina
Montoya y Diana Turbay—, y en especial la madre de ésta, doña Nydia Quintero de
Balcázar, cuyas entrevistas fueron para mí una experiencia humana desgarradora
e inolvidable.
Esta sensación de insuficiencia la comparto con dos personas que
sufrieron conmigo la carpintería confidencial del libro: la periodista
Luzángela Arteaga, que rastreó y capturó numerosos datos imposibles con una
tenacidad y una discreción absoluta de cazadora furtiva, y Margarita Márquez
Caballero, mi prima hermana y secretaria privada, que manejó la trascripción,
el orden, la verificación y el secreto del intrincado material de base en el
que varias veces nos sentimos a punto de naufragar.
Para todos los protagonistas y colaboradores va mi gratitud
eterna por haber hecho posible que no quedara en el olvido este drama bestial,
que por desgracia es sólo un episodio del holocausto bíblico en que Colombia se
consume desde hace más de veinte años. A todos ellos lo dedico, y con ellos a
todos los colombianos —inocentes y culpables— con la esperanza de que nunca más
nos suceda este libro.
G.G.M.
Cartagena de Indias, mayo de 1996
1
Antes de entrar en el automóvil miró por encima del hombro para
estar segura de que nadie la acechaba. Eran las siete y cinco de la noche en
Bogotá. Había oscurecido una hora antes, el Parque Nacional estaba mal
iluminado y los árboles sin hojas tenían un perfil fantasmal contra el cielo
turbio y triste, pero no había a la vista nada que temer. Maruja se sentó
detrás del chofer, a pesar de su rango, porque siempre le pareció el puesto más
cómodo. Beatriz subió por la otra puerta y se sentó a su derecha. Tenían casi
una hora de retraso en la rutina diaria, y ambas se veían cansadas después de
una tarde soporífera con tres reuniones ejecutivas. Sobre todo Maruja, que la
noche anterior había tenido fiesta en su casa y no pudo dormir más de tres
horas. Estiró las piernas entumecidas, cerró los ojos con la cabeza apoyada en
el espaldar, y dio la orden de rutina:
—A la casa, por favor.
Regresaban como todos los días, a veces por una ruta, a veces
por otra, tanto por razones de seguridad como por los nudos del tránsito. El
Renault 21 era nuevo y confortable, y el chofer lo conducía con un rigor
cauteloso. La mejor alternativa de aquella noche fue la avenida Circunvalar
hacia el norte. Encontraron los tres semáforos en verde y el tráfico del
anochecer estaba menos embrollado que de costumbre. Aun en los días peores
hacían media hora desde las oficinas hasta la casa de Maruja, en la transversal
Tercera N° 84A-42 y el chofer llevaba después a Beatriz a la suya, distante
unas siete cuadras.
Maruja pertenecía a una familia de intelectuales notables con
varias generaciones de periodistas. Ella misma lo era, y varias veces premiada.
Desde hacía dos meses era directora de Focine, la compañía estatal de fomento
cinematográfico. Beatriz, cuñada suya y su asistente personal, era una
fisioterapeuta de larga experiencia que había hecho una pausa para cambiar de
tema por un tiempo. Su responsabilidad mayor en Focine era ocuparse de todo lo
que tenía que ver con la prensa. Ninguna de las dos tenía nada que temer, pero
Maruja había adquirido la costumbre casi inconsciente de mirar hacia atrás por
encima del hombro, desde el agosto anterior, cuando el narcotráfico empezó a
secuestrar periodistas en una racha imprevisible.
Fue un temor certero. Aunque el Parque Nacional le había
parecido desierto cuando miró por encima del hombro antes de entrar en el
automóvil, ocho hombres la acechaban. Uno estaba al volante de un Mercedes 190
azul oscuro, con placas falsas de Bogotá, estacionado en la acera de enfrente.
Otro estaba al volante de un taxi amarillo, robado. Cuatro, con pantalones
vaqueros, zapatos de tenis y chamarras de cuero, se paseaban por las sombras
del parque. El séptimo era alto y apuesto, con un vestido primaveral y un
maletín de negocios que completaba su aspecto de ejecutivo joven. Desde un
cafetín de la esquina, a media cuadra de allí, el responsable de la operación
vigiló aquel primer episodio real, cuyos ensayos, meticulosos e intensos,
habían empezado veintiún días antes.
El taxi y el Mercedes siguieron al automóvil de Maruja, siempre
a la distancia mínima, tal como lo habían hecho desde el lunes anterior para
establecer las rutas usuales. Al cabo de unos veinte minutos todos giraron a la
derecha en la calle 82, a menos de doscientos metros del edificio de ladrillos
sin cubrir donde vivía Maruja con su esposo y uno de sus hijos. Había empezado
apenas a subir la cuesta empinada de la calle, cuando el taxi amarillo lo
rebasó, lo cerró contra la acera izquierda, y el chofer tuvo que frenar en seco
para no chocar. Casi al mismo tiempo, el Mercedes estacionó detrás y lo dejó
sin posibilidades de reversa.
Tres hombres bajaron del taxi y se dirigieron con paso resuelto
al automóvil de Maruja. El alto y bien vestido llevaba un arma extraña que a
Maruja le pareció una escopeta de culata recortada con un cañón tan largo y
grueso como un catalejo. En realidad, era una Miniuzis de 9 milímetros con un
silenciador capaz de disparar tiro por tiro o ráfagas de treinta balas en dos
segundos. Los otros dos asaltantes estaban también armados con metralletas y
pistolas. Lo que Maruja y Beatriz no pudieron ver fue que del Mercedes
estacionado detrás descendieron otros tres hombres.
Actuaron con tanto acuerdo y rapidez, que Maruja y Beatriz no
alcanzaron a recordar sino retazos dispersos de los dos minutos escasos que
duró el asalto. Cinco hombres rodearon el automóvil y se ocuparon de los tres
al mismo tiempo con un rigor profesional. El sexto permaneció, vigilando la
calle con la metralleta en ristre. Maruja reconoció su presagio.
—Arranque, Ángel —le gritó al chofer—. Súbase por los andenes,
como sea, pero arranque.
Ángel estaba petrificado, aunque de todos modos con el taxi
delante y el Mercedes detrás carecía de espacio para salir. Temiendo que los
hombres empezarían a disparar, Maruja se abrazó a su cartera como a un
salvavidas, se escondió tras el asiento del chofer, y le gritó a Beatriz:
—Bótese al suelo.
—Ni de vainas —murmuró Beatriz—. En el suelo nos matan.
Estaba trémula pero firme. Convencida de que no era más que un
atraco, se quitó con dificultad los dos anillos de la mano derecha y los tiró
por la ventanilla, pensando: «Que se frieguen». Pero no tuvo tiempo de quitarse
los dos de la mano izquierda. Maruja, hecha un ovillo detrás del asiento, no se
acordó siquiera de que llevaba puesto un anillo de diamantes y esmeraldas que
hacía juego con los aretes.
Dos hombres abrieron la puerta de Maruja y otros dos la de
Beatriz. El quinto disparó a la cabeza del chofer a través del cristal con un
balazo que sonó apenas como un suspiro por el silenciador. Después abrió la
puerta, lo sacó de un tirón, y le disparó en el suelo tres tiros más. Fue un
destino cambiado: Ángel María Roa era chofer de Maruja desde hacía sólo tres
días, y estaba estrenando su nueva dignidad con el vestido oscuro, la camisa
almidonada y la corbata negra de los chóferes ministeriales. Su antecesor,
retirado por voluntad propia la semana anterior, había sido el chofer titular
de Focine durante diez años. Maruja no se enteró del atentado contra el chofer
hasta mucho más tarde. Sólo percibió desde su escondite el ruido instantáneo de
los cristales rotos, y enseguida un grito perentorio casi encima de ella: «Por
usted venimos señora. ¡Salga!». Una zarpa de hierro la agarró por el brazo y la
sacó a rastras del automóvil. Ella resistió hasta donde pudo, se cayó, se hizo
un raspón en una pierna, pero los dos hombres la alzaron en vilo y la llevaron
hasta el automóvil estacionado detrás del suyo. Ninguno se dio cuenta de que
Maruja estaba aferrada a su cartera.
Beatriz, que tiene las uñas largas y duras y un buen
entrenamiento militar, se le enfrentó al muchacho que trató de sacarla del
automóvil. «¡A mí no me toque!», le gritó. Él se crispó, y Beatriz se dio
cuenta de que estaba tan nervioso como ella, y podía ser capaz de todo. Cambió
de tono.
—Yo me bajo sola —le dijo—. Dígame qué hago.
El muchacho le indicó el taxi.
—Móntese en ese carro y tírese en el suelo —le dijo—. ¡Rápido!
Las puertas estaban abiertas, el motor en marcha y el chofer
inmóvil en su lugar. Beatriz se tendió como pudo en la parte posterior. El
secuestrador la cubrió con su chamarra y se acomodó en el asiento con los pies
apoyados encima de ella. Otros dos hombres subieron: uno junto al chofer y otro
detrás. El chofer esperó hasta el golpe simultáneo de las dos puertas, y
arrancó a saltos hacia el norte por la avenida Circunvalar. Sólo entonces cayó
Beatriz en la cuenta de que había olvidado la cartera en el asiento de su
automóvil, pero era demasiado tarde. Más que el miedo y la incomodidad, lo que
no podía soportar era el tufo amoniacal de la chamarra.
El Mercedes en que subieron a Maruja había arrancado un minuto
antes, y por una vía distinta. La habían sentado en el centro del asiento
posterior con un hombre a cada lado. El de la izquierda la forzó a apoyar la
cabeza sobre las rodillas en una posición tan incómoda que casi no podía
respirar. Al lado del chofer había un hombre que se comunicaba con el otro
automóvil a través de un radioteléfono primitivo. El desconcierto de Maruja era
mayor porque no sabía en qué automóvil la llevaban —pues nunca supo que se
había estacionado detrás del suyo— pero sentía que era nuevo y cómodo, y tal
vez blindado, porque los ruidos de la avenida llegaban en sordina como un
murmullo de lluvia. No podía respirar, el corazón se le salía por la boca y
empezaba a sentir que se ahogaba. El hombre junto al chofer, que actuaba como
jefe, se dio cuenta de su ansiedad y trató de calmarla.
—Esté tranquila —le dijo, por encima del hombro—. A usted la
estamos llevando para que entregue un comunicado. En unas horas vuelve a su
casa. Pero si se mueve le va mal, así que estése tranquila.
También el que la llevaba en las rodillas trataba de calmarla.
Maruja aspiró fuerte y espiró por la boca, muy despacio, y empezó a
recuperarse. La situación cambió a las pocas cuadras, porque el automóvil
encontró un nudo del tránsito en una pendiente forzada. El hombre del
radioteléfono empezó a gritar órdenes imposibles que el chofer del otro carro
no lograba cumplir. Había varias ambulancias atascadas en alguna parte de la
autopista, y el alboroto de sus sirenas y los pitazos ensordecedores eran para
enloquecer a quien no tuviera los nervios en su lugar. Y los secuestradores, al
menos en aquel momento, no los tenían. El chofer estaba tan nervioso tratando
de abrirse paso que tropezó con un taxi. No fue más que un golpe, pero el
taxista gritó algo que aumentó el nerviosismo de todos. El hombre del
radioteléfono dio la orden de avanzar como fuera, y el automóvil escapó por
sobre andenes y terrenos baldíos.
Ya libre del atasco siguió subiendo. Maruja tuvo la impresión de
que iban hacia La Calera, una cuesta del cerro muy concurrida a esa hora.
Maruja recordó de pronto que tenía en el bolsillo de la chaqueta unas semillas
de cardamomo, que son un tranquilizante natural, y les pidió a sus
secuestradores que le permitieran masticarlas. El hombre de su derecha la ayudó
a buscarlas en el bolsillo, y se dio cuenta de que Maruja llevaba la cartera
abrazada. Se la quitaron, pero le dieron el cardamomo. Maruja trató de ver bien
a los secuestradores, pero la luz era muy escasa. Se atrevió a preguntarles:
«¿Quiénes son ustedes?». El del radioteléfono le contestó con la voz reposada:
—Somos del M-19.
Una tontería, porque el M-19 estaba ya en la legalidad y
haciendo campaña para formar parte de la Asamblea Constituyente.
—En serio —dijo Maruja—. ¿Son del narcotráfico o de la
guerrilla?
—De la guerrilla —dijo el hombre de adelante—. Pero esté
tranquila, sólo la queremos para que lleve un mensaje. En serio.
Se interrumpió para dar la orden de que tiraran a Maruja en el
suelo, porque iban a pasar por un retén de la policía. «Ahora no se mueva ni
diga nada, o la matamos», dijo. Ella sintió el cañón de un revólver en el
costado y el que iba a su lado terminó la frase.
—La estamos apuntando.
Fueron unos diez minutos eternos. Maruja concentró sus fuerzas,
masticando las pepitas de cardamomo que la reanimaban cada vez más, pero la
mala posición no le permitía ver ni oír lo que hablaron con el retén, si es que
algo hablaron. La impresión de Maruja fue que pasaron sin preguntas. La
sospecha inicial de que iban hacia La Calera se volvió una certidumbre, y eso
le causó un cierto alivio. No trató de incorporarse, porque se sentía más
cómoda que con la cabeza apoyada en las rodillas del hombre. El carro recorrió
un camino de arcilla, y unos cinco minutos después se detuvo. El hombre del
radioteléfono dijo:
—Ya llegamos.
No se veía ninguna luz. A Maruja le cubrieron la cabeza con una
chaqueta y la hicieron salir agachada, de modo que lo único que veía eran sus
propios pies avanzando, primero a través de un patio, y luego tal vez por una
cocina con baldosines. Cuando la descubrieron se dio cuenta de que estaban en
un cuartito como de dos metros por tres, con un colchón en d suelo y un
bombillo rojo en el cielo raso. Un instante después entraron dos hombres
enmascarados con una especie de pasamontañas que era en realidad una pierna de
sudadera para correr, con los tres agujeros de los ojos y la boca. A partir de
entonces, durante todo el tiempo del cautiverio, no volvió a ver una cara de
nadie.
Se dio cuenta de que los dos que se ocupaban de ella no eran los
mismos que la habían secuestrado. Sus ropas estaban usadas y sucias, eran más
bajos que Maruja, que mide un metro con sesenta y siete, y con cuerpos y voces
jóvenes. Uno de ellos le ordenó a Maruja entregarle las joyas que llevaba
puestas. «Es por razones de seguridad —le dijo—. Aquí no les va a pasar nada».
Maruja le entregó el anillo de esmeraldas y diamantes minúsculos, pero no los
aretes.
Beatriz, en el otro automóvil, no pudo sacar ninguna conclusión
de la ruta. Siempre estuvo tendida en el suelo y no recordaba haber subido una
cuesta tan empinada como la de La Calera, ni pasaron por ningún retén, aunque
era posible que el taxi tuviera algún privilegio para no ser demorado. El
ambiente en la ruta fue de un gran nerviosismo por el embrollo del tránsito. El
chofer gritaba a través del radioteléfono que no podía pasar por encima de los
carros, preguntaba qué hacía, y eso ponía más nerviosos a los del automóvil
delantero, que le daban indicaciones distintas y contradictorias.
Beatriz había quedado muy incómoda, con la pierna doblada y
aturdida por el tufo de la chaqueta. Trataba de acomodarse. Su guardián pensaba
que estaba rebelándose y procuró calmarla: «Tranquila, mi amor, no te va a
pasar nada —le decía—. Sólo vas a llevar una razón». Cuando por fin entendió
que ella tenía la pierna mal puesta, la ayudó a estirarla y fue menos brusco.
Más que nada, Beatriz no podía soportar que él le dijera «mi amor», y esa
licencia la ofendía casi más que el tufo de la chaqueta. Pero cuanto más
trataba él de tranquilizarla más se convencía ella de que iban a matarla.
Calculó que el viaje no duró más de cuarenta minutos, así que cuando llegaron a
la casa debían ser las ocho menos cuarto. La llegada fue idéntica a la de
Maruja. Le taparon la cabeza con la chamarra pestilente y la llevaron de la
mano con la advertencia de que sólo mirara hacia abajo. Vio lo mismo que
Maruja: el patio, el piso de baldosa, dos escalones finales. Le indicaron que
se moviera a la izquierda, y le quitaron la chaqueta. Allí estaba Maruja
sentada en un taburete, pálida bajo la luz roja del bombillo único.
—¡Beatriz! —dijo Maruja—. ¡Usted aquí!
Ignoraba qué había pasado con ella, pero pensó que la habían
liberado por no tener nada que ver con nada. Sin embargo, al verla ahí, sintió
al mismo tiempo una gran alegría de no estar sola, y una inmensa tristeza
porque también a ella la hubieran secuestrado. Se abrazaron como si no se
hubieran visto desde hacía mucho tiempo.
Era inconcebible que las dos pudieran sobrevivir en aquel cuarto
de mala muerte, durmiendo sobre un solo colchón tirado en el suelo, y con dos
vigilantes enmascarados que no las perderían de vista ni un instante. Un nuevo
enmascarado, elegante, fornido, con no menos de un metro ochenta de estatura,
al que los otros llamaban el Doctor, tomó entonces el mando con aires de gran
jefe. A Beatriz le quitaron los anillos de la mano izquierda y no se dieron
cuenta de que llevaba una cadena de oro con una medalla de la Virgen.
—Esto es una operación militar, y a ustedes no les va a pasar
nada —dijo, y repitió—: Sólo las hemos traído para llevar un comunicado al
gobierno.
—¿Quién nos tiene? —le preguntó Maruja.
Él se encogió de hombros. «Eso no interesa ahora», dijo. Levantó
la ametralladora para que la vieran bien, y prosiguió: «Pero quiero decirles
una cosa. Ésta es una ametralladora con silenciador, nadie sabe dónde están
ustedes ni con quién. Donde griten o hagan algo las desaparecemos en un minuto
y nadie vuelve a saber de ustedes». Ambas retuvieron el aliento a la espera de
lo peor. Pero al final de las amenazas, el jefe se dirigió a Beatriz.
—Ahora las vamos a separar, pero a usted la vamos a dejar libre
—le dijo—. La trajimos por equivocación.
Beatriz reaccionó de inmediato.
—Ah, no —dijo sin la menor duda—. Yo me quedo acompañando a
Maruja.
Fue una decisión tan valiente y generosa, que el mismo
secuestrador exclamó asombrado sin una pizca de ironía: «Qué amiga tan leal
tiene usted, doña Maruja». Ésta, agradecida en medio de su consternación, le
confirmó que así era, y se lo agradeció a Beatriz. El Doctor les preguntó
entonces si querían comer algo. Ambas dijeron que no. Pidieron agua, pues
tenían la boca reseca.
Les llevaron refrescos. Maruja, que siempre tiene un cigarrillo
encendido y el paquete y el encendedor al alcance de la mano, no había fumado
en el trayecto. Pidió que le devolvieran la cartera donde llevaba los
cigarrillos, y el hombre le dio uno de los suyos. Ambas pidieron ir al baño.
Beatriz fue primero, tapada con un trapo roto y sucio. «Mire para el suelo», le
ordenó alguien. La llevaron de la mano por un corredor estrecho hasta un
retrete ínfimo, en muy mal estado y con una ventanita triste hacia la noche. La
puerta no tenía aldaba por dentro, pero cerraba bien, de modo que Beatriz se
encaramó en el inodoro y miró por la ventana. Lo único que pudo ver a la luz de
un poste fue una casita de adobe con tejados rojos y un prado al frente, como
se ven tantas en los senderos de la sabana. Cuando regresó al cuarto se
encontró con que la situación había cambiado por completo. «Nos acabamos de
enterar quién es usted y también nos sirve —le dijo el Doctor—. Se queda con
nosotros. « Lo habían sabido por la radio, que acababa de dar la noticia del
secuestro. El periodista Eduardo Carrillo, que atendía la información de orden
público en Radio Cadena Nacional (RCN), estaba consultando algo con una fuente
militar, cuando ésta recibió por radioteléfono la noticia del secuestro. En
aquel mismo instante la estaban transmitiendo ya sin detalles. Fue así como los
secuestradores conocieron la identidad de Beatriz.
La radio dijo además que el chofer del taxi chocado anotó dos
números de la placa y los datos generales del automóvil que lo había abollado.
La policía estableció la ruta de escape. De modo que aquella casa se había
vuelto peligrosa para todos y tenían que irse enseguida. Peor aún: las
secuestradas irían en un coche distinto, y encerradas en el baúl. Los alegatos
de ambas fueron inútiles, porque los secuestradores parecían tan asustados como
ellas y no lo ocultaban. Maruja pidió un poco de alcohol medicinal, aturdida
por la idea de que se iban a asfixiar en el baúl.
—Aquí no tenemos alcohol —dijo el Doctor, áspero—. Se van en la
maleta y no hay nada que hacer. Apúrense.
Las obligaron a quitarse los zapatos y a llevarlos en la mano,
mientras las conducían a través de la casa hasta el garaje. Allí las
descubrieron, y las acomodaron en el baúl del carro en posición fetal, sin
forzarlas. El espacio era suficiente y bien ventilado porque habían quitado los
cauchos selladores. Antes de cerrar, el Doctor les soltó una ráfaga de terror.
—Llevamos aquí diez kilos de dinamita —les dijo—. Al primer
grito, o tos o llanto, o lo que sea, nos bajamos del carro y lo hacemos
explotar.
Para alivio y sorpresa de ambas, por las costuras del baúl se
colaba una comente fría y pura como de aire acondicionado. La sensación de
ahogo desapareció, y sólo quedó la incertidumbre. Maruja asumió una actitud
ensimismada que hubiera podido confundirse con un completo abandono, pero que
en realidad era su fórmula mágica para sobrellevar la ansiedad. Beatriz, en
cambio, intrigada por una curiosidad insaciable, se asomó por la ranura
luminosa del baúl mal ajustado. A través del cristal posterior vio los pasajeros
del carro: dos hombres en el asiento trasero, y una mujer de pelo largo junto
al chofer, con un bebé como de dos años. A su derecha vio el gran anuncio de
luz amarilla de un centro comercial conocido. No había duda: era la autopista
hacia el norte, iluminada por un largo trecho, y luego la oscuridad total en un
camino destapado, donde el carro redujo la marcha. Al cabo de unos quince
minutos se detuvo.
Debía ser otro retén. Se oían voces confusas, ruidos de otros
carros, músicas; pero estaba tan oscuro que Beatriz no alcanzaba a distinguir
nada. Maruja se despabiló, puso atención, esperanzada de que fuera una caseta
de control donde los obligaran a mostrar qué llevaban en el baúl. El carro
arrancó al cabo de unos cinco minutos y subió por una cuesta empinada, pero
esta vez no pudieron establecer la ruta. Unos diez minutos después se detuvo, y
abrieron el baúl. Otra vez les taparon las cabezas y las ayudaron a salir en
tinieblas. Hicieron juntas un recorrido semejante al que habían hecho en la
otra casa, mirando al suelo y guiadas por los secuestradores a través de un
corredor, una salita donde otras personas hablaban en susurros, y por fin un
cuarto. Antes de hacerlas entrar, el Doctor las preparó.
—Ahora van a encontrarse con una persona amiga —les dijo.
La luz dentro del cuarto era tan escasa que necesitaron un
momento para acostumbrar la vista. Era un espacio de no más de dos metros por
tres, con una sola ventana clausurada. Sentados en un colchón individual puesto
en el suelo, dos encapuchados como los que habían dejado en la casa anterior
miraban absortos la televisión. Todo era lúgubre y opresivo. En el rincón a la
izquierda de la puerta, sentada en una cama estrecha con un barandal de hierro,
había una mujer fantasmal con el cabello blanco y mustio, los ojos atónitos y
la piel pegada a los huesos. No dio señales de haber sentido que entraron; no
miró, no respiró. Nada: un cadáver no habría parecido tan muerto. Maruja se
sobrepuso al impacto.
—¡Marina! —murmuró.
Era Marina Montoya, secuestrada desde hacía casi dos meses, y a
quien se daba por muerta. Don Germán Montoya, su hermano, había sido el
secretario general de la presidencia de la república con un gran poder en el
gobierno de Virgilio Barco. A un hijo suyo, Álvaro Diego, gerente de una
importante compañía de seguros, lo habían secuestrado los narcotraficantes para
presionar una negociación con el gobierno. La versión más corriente —nunca
confirmada— fue que lo liberaron al poco tiempo por un compromiso secreto que
el gobierno no cumplió. El secuestro de la tía Marina nueve meses después, sólo
podía interpretarse como una infame represalia, pues en aquel momento carecía
ya de valor de cambio. El gobierno de Barco había terminado, y Germán Montoya
era embajador de Colombia en el Canadá. De modo que estaba en la conciencia de
todos que a Marina la habían secuestrado sólo para matarla.
Después del escándalo inicial del secuestro, que movilizó a la
opinión pública nacional e internacional, el nombre de Marina había
desaparecido de los periódicos. Maruja y Beatriz la conocían bien pero no les
fue fácil reconocerla. El hecho de que las hubieran llevado al mismo cuarto
significó para ellas desde el primer momento que estaban en la celda de los
condenados a muerte. Marina no se inmutó. Maruja le apretó la mano, y la
estremeció un escalofrío. La mano de Marina no era ni fría ni caliente, ni
transmitía nada.
El tema musical del noticiero de televisión las sacó del
estupor. Eran las nueve y media de la noche del 7 de noviembre de 1990. Media
hora antes, el periodista Hernán Estupiñán del Noticiero Nacional se había
enterado del secuestro por un amigo de Focine, y acudió al lugar. Aún no había
regresado a su oficina con los detalles completos, cuando el director y
presentador Javier Ayala abrió la emisión con la primicia urgente antes de los
titulares: La directora general de Focine, doña Maruja Pachón de Villamizar,
esposa del conocido político Alberto Villamizar, y la hermana de éste, Beatriz
Villamizar de Guerrero, fueron secuestradas a las siete y media de esta noche.
El propósito parecía claro: Maruja era hermana de Gloria Pachón, la viuda de
Luis Carlos Galán, el joven periodista que había fundado el Nuevo Liberalismo
en 1979 para renovar y modernizar las deterioradas costumbres políticas del
partido liberal, y era la fuerza más seria y enérgica contra el narcotráfico y
a favor de la extradición de nacionales.
2
El primer miembro de la familia que se enteró del secuestro fue
el doctor Pedro Guerrero, el marido de Beatriz. Estaba en una Unidad de
Sicoterapia y Sexualidad Humana —a unas diez cuadras— dictando una conferencia
sobre la evolución de las especies animales desde las funciones primarias de
los unicelulares hasta las emociones y afectos de los humanos. Lo interrumpió
una llamada telefónica de un oficial de la policía que le preguntó con un
estilo profesional si conocía a Beatriz Villamizar. «Claro —contestó el doctor
Guerrero—. Es mi mujer». El oficial hizo un breve silencio, y dijo en un tono
más humano: «Bueno, no se afane». El doctor Guerrero no necesitaba ser un
siquiatra laureado para comprender que aquella frase era el preámbulo de algo
muy grave.
—¿Pero qué fue lo que pasó? —preguntó.
—Asesinaron a un chofer en la esquina de la carrera Quinta con
calle 85 —dijo el oficial—. Es un Renault 21, gris claro, con placas de Bogotá
PS-2034. ¿Reconoce el número?
—No tengo la menor idea —dijo el doctor Guerrero, impaciente—.
Pero dígame qué le pasó a Beatriz.
—Lo único que podemos decirle por ahora es que está desaparecida
—dijo el oficial—. Encontramos su cartera en el asiento del carro, y una
libreta donde dice que lo llamaran a usted en caso de urgencia.
No había duda. El mismo doctor Guerrero le había aconsejado a su
esposa que llevara esa nota en su libreta de apuntes. Aunque ignoraba el número
de las placas, la descripción correspondía al automóvil de Maruja. La esquina
del crimen era a pocos pasos de la casa de ella, donde Beatriz tenía que hacer
una escala antes de llegar a la suya. El doctor Guerrero suspendió la
conferencia con una explicación apresurada. Su amigo, el urólogo Alonso Acuña,
lo condujo en quince minutos al lugar del asalto a través del tránsito
embrollado de las siete.
Alberto Villamizar, el marido de Maruja Pachón y hermano de
Beatriz, a sólo doscientos metros del lugar del secuestro, se enteró por una
llamada interna de su portero. Había vuelto a casa a las cuatro, después de
pasar la tarde en el periódico El Tiempo trabajando en la campaña para la
Asamblea Constituyente, cuyos miembros serían elegidos en diciembre, y se había
dormido con la ropa puesta por el cansancio de la víspera. Poco antes de las
siete llegó su hijo Andrés, acompañado por Gabriel, el hijo de Beatriz, que es
su mejor amigo desde que eran niños. Andrés se asomó al dormitorio en busca de
su madre y despertó a Alberto. Éste se sorprendió de la oscuridad, encendió la
luz y comprobó adormilado que iban a ser las siete. Maruja no había llegado.
Era un retardo extraño. Ella y Beatriz volvían siempre más
temprano por muy difícil que estuviera el tránsito, o avisaban por teléfono de
cualquier retraso imprevisto. Además, Maruja estaba de acuerdo con él para
encontrarse en casa a las cinco. Preocupado, Alberto le pidió a Andrés que
llamara por teléfono a Focine, y el celador le dijo que Maruja y Beatriz habían
salido con un poco de retardo. Llegarían de un momento a otro. Villamizar había
ido a la cocina a tomar agua cuando sonó el teléfono. Contestó Andrés. Por el
solo tono de la voz comprendió Alberto que era una llamada alarmante. Así era:
algo había pasado en la esquina con un automóvil que parecía ser el de Maruja.
El portero tenía versiones confusas.
Alberto le pidió a Andrés que se quedara en casa por si alguien
llamaba, y salió a toda prisa. Gabriel lo siguió. No tuvieron nervios para
esperar el ascensor, que estaba ocupado, y bajaron volando por las escaleras.
El portero alcanzó a gritarles:
—Parece que hubo un muerto.
La calle parecía en fiesta. El vecindario estaba asomado a las
ventanas de los edificios residenciales, y había un escándalo de automóviles
atascados en la Circunvalar. En la esquina, una radiopatrulla de la policía
trataba de impedir que los curiosos se acercaran al carro abandonado.
Villamizar se sorprendió de que el doctor Guerrero hubiera llegado antes que
él.
Era, en efecto, el automóvil de Maruja. Había transcurrido por
lo menos media hora desde el secuestro, y sólo quedaban los rastros: el cristal
del lado del chofer destruido por un balazo, la mancha de sangre y el granizo
de vidrio en el asiento, y la sombra húmeda en el asfalto, de donde acababan de
llevarse al chofer todavía con vida. El resto estaba limpio y en orden.
El oficial de la policía, eficiente y formal, le dio a
Villamizar los pormenores aportados por los escasos testigos. Eran
fragmentarios e imprecisos, y algunos contradictorios, pero no dejaban duda de
que había sido un secuestro, y que el único herido había sido el chofer.
Alberto quiso saber si éste había alcanzado a hacer declaraciones que dieran
alguna pista. No había sido posible: estaba en estado de coma, y nadie daba
razón de adonde lo habían llevado.
El doctor Guerrero, en cambio, como anestesiado por el impacto,
no parecía medir la gravedad del drama. Al llegar había reconocido la cartera
de Beatriz, su estuche de cosméticos, la agenda, un tarjetero de cuero con la
cédula de identidad, su billetera con doce mil pesos y la tarjeta de crédito, y
había llegado a la conclusión de que la única secuestrada era su esposa.
—Fíjate que la cartera de Maruja no está aquí —le dijo a su
cuñado— A lo mejor no venía en el carro.
Tal vez fuera una delicadeza profesional para distraerlo
mientras ambos recobraban el aliento. Pero Alberto estaba más allá. Lo que le
interesaba entonces era comprobar que en el automóvil y en los alrededores no
había más sangre que la del chofer, para estar seguro de que ninguna de las dos
mujeres estaba herida. Lo demás le parecía claro, y era lo más parecido a un
sentimiento de culpa por no haber previsto nunca que aquel secuestro podía
suceder. Ahora tenía la convicción absoluta de que era un acto personal contra
él, y sabía quién lo había hecho y por qué.
Acababa de irse cuando interrumpieron los programas de radio con
la noticia de que el chofer de Maruja había muerto en el carro particular que
lo llevaba a la Clínica del Country. Poco después llegó el periodista Guillermo
Franco, redactor judicial de Radio Caracol, alertado por la noticia escueta de
un tiroteo, pero sólo encontró el carro abandonado. Recogió en el asiento del
chofer unos fragmentos de vidrios y un papel de cigarrillo manchado de sangre,
y los guardó en una cajita transparente, numerada y fechada.
La cajita pasó esa misma noche a formar parte de la rica
colección de reliquias de la crónica judicial que Franco ha formado en los
largos años de su oficio.
El oficial de la policía acompañó a Villamizar de regreso a casa
mientras le hacía un interrogatorio informal que pudiera servirle para la
investigación, pero él le respondía sin pensar en nada más que en los largos y
duros días que le esperaban. Lo primero fue poner a Andrés al comente de su
determinación. Le pidió que atendiera a la gente que empezaba a llegar a la
casa, mientras él hacía las llamadas telefónicas urgentes y ponía en orden sus
ideas. Se encerró en el dormitorio y llamó al palacio presidencial.
Tenía muy buenas relaciones políticas y personales con el
presidente César Gavina, y éste lo conocía como un hombre impulsivo pero
cordial, capaz de mantener la sangre fría en las circunstancias más graves. Por
eso le impresionó el estado de conmoción y la sequedad con que le comunicó que
su esposa y su hermana habían sido secuestradas, y concluyó sin formalismos:
—Usted me responde por sus vidas.
César Gavina puede ser el hombre más áspero cuando cree que debe
serlo, y entonces lo fue.
—Óigame una cosa, Alberto —le dijo en seco—. Todo lo que haya
que hacer se va a hacer.
Enseguida, con la misma frialdad, le anunció que instruiría de inmediato
a su consejero de Seguridad, Rafael Pardo Rueda, para que se ocupara del asunto
y lo mantuviera informado de la situación al instante. El curso de los hechos
iba a demostrar que fue una decisión certera.
Los periodistas llegaron en masa. Villamizar conocía
antecedentes de secuestrados a quienes se les permitía escuchar radio y
televisión, e improvisó un mensaje en el que exigió respeto para Maruja y
Beatriz por ser dos mujeres dignas que no tenían nada que ver con la guerra, y
anunció que desde aquel instante dedicaría todo su tiempo y sus energías a
rescatarlas.
Uno de los primeros que acudieron a la casa fue el general
Miguel Maza Márquez, director del Departamento Administrativo de Seguridad
(DAS), a quien correspondía de oficio la investigación del secuestro. El
general ocupaba el cargo desde el gobierno de Belisario Betancur, siete años
antes; había continuado con el presidente Virgilio Barco y acababa de ser
confirmado por César Gaviria. Una supervivencia sin precedentes en un cargo en
el que es casi imposible quedar bien, y menos en los tiempos más difíciles de
la guerra contra el narcotráfico. Mediano y duro, como fundido en acero, con el
cuello de toro de su raza guerrera, el general es un hombre de silencios largos
y taciturnos, y capaz al mismo tiempo de desahogos íntimos en círculos de
amigos: un guajiro puro. Pero en su oficio no tenía matices. Para él la guerra
contra el narcotráfico era un asunto personal y a muerte con Pablo Escobar. Y
estaba bien correspondido. Escobar se gastó dos mil seiscientos kilos de
dinamita en dos atentados sucesivos contra él: la más alta distinción que
Escobar le rindió jamás a un enemigo. Maza Márquez salió ileso de ambos, y se
lo atribuyó a la protección del Divino Niño. El mismo santo, por cierto, al que
Escobar atribuía el milagro de que Maza Márquez no hubiera logrado matarlo.
El presidente Gaviria tenía como una política propia que los
cuerpos armados no intentaran ningún rescate sin un acuerdo previo con la
familia del secuestrado. Pero en la chismografía política se hablaba mucho de
las discrepancias de procedimientos entre el presidente y el general Maza.
Villamizar se curó en salud.
—Quiero advertirle que soy opuesto a que se intente un rescate
por la fuerza —le dijo al general Maza—. Quiero estar seguro de que no se hará,
y de que cualquier determinación en ese sentido la consultan conmigo.
Maza Márquez estuvo de acuerdo. Al término de una larga
conversación informativa, impartió la orden de intervenir el teléfono de
Villamizar, por si los secuestradores intentaban comunicarse con él durante la
noche.
En la primera conversación con Rafael Pardo, aquella misma
noche, éste le informó a Villamizar que el presidente lo había designado
mediador entre el gobierno y la familia, y era el único autorizado para hacer
declaraciones oficiales sobre el caso. Para ambos estaba claro que el secuestro
de Maruja era una carambola del narcotráfico para presionar al gobierno a
través de la hermana, Gloria Pachón, y decidieron actuar en consecuencia sin
más suposiciones.
Colombia no había sido consciente de su importancia en el
tráfico mundial de drogas mientras los narcos no irrumpieron en la alta
política del país por la puerta de atrás, primero con su creciente poder de
corrupción y soborno, y después con aspiraciones propias. Pablo Escobar había
tratado de acomodarse en el movimiento de Luis Carlos Galán, en 1982, pero éste
lo borró de sus listas y lo desenmascaró en Medellín ante una manifestación de
cinco mil personas. Poco después llegó como suplente a la Cámara de Representantes
por un ala marginal del liberalismo oficialista, pero no olvidó la afrenta, y
desató una guerra a muerte contra el Estado, y en especial contra el Nuevo
Liberalismo. Rodrigo Lara Bonilla, su representante como ministro de Justicia
en el gobierno de Belisario Betancur, fue asesinado por un sicario motorizado
en las calles de Bogotá. Su sucesor, Enrique Parejo, fue perseguido hasta
Budapest por un asesino a sueldo que le disparó un tiro de pistola en la cara y
no logró matarlo. El 18 de agosto de 1989, Luis Carlos Galán fue ametrallado en
la plaza pública del municipio de Soacha a diez kilómetros del palacio
presidencial y entre dieciocho guardaespaldas bien armados.
El motivo principal de esa guerra era el terror de los
narcotraficantes ante la posibilidad de ser extraditados a los Estados Unidos,
donde podían juzgarlos por delitos cometidos allí, y someterlos a condenas
descomunales. Entre ellas, una de peso pesado: a Carlos Lehder, un traficante
colombiano extraditado en 1987 lo había condenado un tribunal de los Estados
Unidos a cadena perpetua más ciento treinta años. Esto era posible por un
tratado suscrito bajo el gobierno del presidente Julio César Turbay, en el cual
se acordó por primera vez la extradición de nacionales. El presidente Belisario
Betancur lo aplicó por primera vez cuando el asesinato de Lara Bonilla con una
serie de extradiciones sumarias. Los narcos —aterrorizados por el largo brazo
de los Estados Unidos en el mundo entero— se dieron cuenta de que no tenían
otro lugar más seguro que Colombia y terminaron por ser prófugos clandestinos
dentro de su propio país. La gran ironía era que no les quedaba más alternativa
que ponerse bajo la protección del Estado para salvar el pellejo. De modo que
trataron de conseguirla —por la razón y por la fuerza— con un terrorismo
indiscriminado e inclemente, y al mismo tiempo con la propuesta de entregarse a
la justicia y repatriar e invertir sus capitales en Colombia con la sola
condición de no ser extraditados. Fue un verdadero contrapoder en las sombras
con una marca empresarial —los Extraditables— y una divisa típica de Escobar:
«Preferimos una tumba en Colombia a una celda en los Estados Unidos». Betancur
mantuvo la guerra. Su sucesor, Virgilio Barco, la recrudeció. Ésa era la
situación en 1989 cuando César Gaviria surgió como candidato presidencial
después del asesinato de Luis Carlos Galán, de quien fue jefe de campaña. En la
suya defendió la extradición como un instrumento indispensable para el
fortalecimiento de la justicia, y anunció una estrategia novedosa contra el
narcotráfico. Era una idea sencilla: quienes se entregaran a los jueces y
confesaran algunos o todos sus delitos podían obtener como beneficio principal
la no extradición. Sin embargo, tal como fue formulada en el decreto original,
no era suficiente para los Extraditables. Escobar exigió a través de sus
abogados que la no extradición fuera incondicional, que los requisitos de la
confesión y la delación no fueran obligatorios, que la cárcel fuera
invulnerable y se les dieran garantías de protección a sus familias y a sus
secuaces. Para lograrlo —con el terrorismo en una mano y la negociación en la
otra— emprendió una escalada de secuestros de periodistas para torcerle el
brazo al gobierno. En dos meses habían secuestrado a ocho. De modo que el
secuestro de Maruja y Beatriz parecía explicarse como otra vuelta de tuerca de
aquella escalada fatídica. Villamizar lo sintió así desde que vio el automóvil
acribillado. Más tarde, en medio del gentío que invadió la casa, lo asaltó la
convicción absoluta de que las vidas de su esposa y su hermana dependían de lo
que él fuera capaz de hacer para salvarlas. Pues esta vez, como nunca antes, la
guerra estaba planteada como un duelo personal que era imposible eludir.
Villamizar, de hecho, era ya un sobreviviente. Como representante a la Cámara
había logrado que se aprobara el Estatuto Nacional de Estupefacientes en 1985,
cuando no existía legislación ordinaria contra el narcotráfico sino decretos
dispersos de estado de sitio. Más tarde, Luis Carlos Galán lo instruyó para que
impidiera la aprobación de un proyecto de ley que parlamentarios amigos de
Escobar presentaron en la Cámara con el propósito de quitar el apoyo legislativo
al tratado de extradición vigente. Fue su sentencia de muerte. El 22 de octubre
de 1986 dos sicarios en sudadera que fingían hacer gimnasia frente a su casa le
dispararon dos ráfagas de metralla cuando entraba en su automóvil. Escapó de
milagro. Uno de los atacantes fue muerto por la policía, y sus cómplices
detenidos, y pocos años después salieron libres. Nadie pagó el atentado, pero
tampoco nadie puso en duda quién lo había ordenado.
Convencido por el propio Galán de que se alejara de Colombia por
un tiempo, Villamizar fue nombrado embajador en Indonesia. Un año después de
estar allí, los servicios de seguridad de los Estados Unidos en Singapur
capturaron a un sicario colombiano que iba rumbo a Yakarta. No quedó claro si
había sido enviado para matar a Villamizar, pero se estableció que figuraba
como muerto en los Estados Unidos por un certificado de defunción que resultó
ser falso.
La noche del secuestro de Maruja y Beatriz la casa de Villamizar
estaba a reventar. Llegaba gente de la política y del gobierno, y las familias
de ambas secuestradas. Azeneth Velázquez, marchante de arte y gran amiga de los
Villamizar, que vivía en el piso de arriba, había asumido el cargo de
anfitriona, y sólo faltaba la música para que fuera igual a cualquier noche de
viernes. Es inevitable: en Colombia, toda reunión de más de seis, de cualquier
clase y a cualquier hora, está condenada a convertirse en baile. A esa hora
toda la familia dispersa por el mundo estaba ya informada. Alexandra, la hija
de Maruja en su primer matrimonio, acababa de cenar en un restaurante de Maicao
—en la remota península de la Guajira cuando Javier Ayala dio la noticia. Era
la directora de Enfoque, un popular programa de los miércoles en televisión, y
había llegado el día anterior a la Guajira para hacer una serie de entrevistas.
Corrió al hotel para comunicarse con la familia, pero los teléfonos de la casa
estaban ocupados. El miércoles anterior, por una coincidencia afortunada, había
entrevistado a un siquiatra especialista en casos clínicos provocados por
cárceles de alta seguridad. Desde que oyó la noticia en Maicao se dio cuenta de
que la misma terapia podía ser útil para los secuestrados y regresó a Bogotá
para ponerla en práctica desde el programa siguiente.
Gloria Pachón —la hermana de Maruja, que era entonces embajadora
de Colombia ante la UNESCO— fue despertada a las dos de la mañana por una frase
de Villamizar: «Le tengo una noticia perra». Juana, hija de Maruja, que estaba
de vacaciones en París, lo supo un momento después en el dormitorio contiguo.
Nicolás, músico y compositor de veintisiete años, fue despertado en Nueva York.
A las dos de la madrugada el doctor Guerrero fue con su hijo
Gabriel a conversar con el parlamentario Diego Montaña Cuéllar, presidente de
la Unión Patriótica —un movimiento filial del Partido Comunista— y miembro del
grupo de los Notables, constituido en diciembre de 1989 para mediar entre el
gobierno y los secuestradores de Álvaro Diego Montoya. Lo encontraron no sólo
desvelado sino deprimido. Había escuchado la noticia del secuestro en los
noticieros de la noche, y le pareció un síntoma desmoralizador. Lo único que
Guerrero quería pedirle era que le sirviera de mediador para que Pablo Escobar
lo aceptara a él como secuestrado a cambio de Beatriz. Montaña Cuéllar le dio
una respuesta típica de su modo de ser.
—No seas pendejo, Pedro —le dijo—, en este país ya no hay nada
que hacer. El doctor Guerrero volvió a su casa al amanecer, pero ni siquiera
intentó dormir. La ansiedad lo mantenía en vilo. Poco antes de las siete lo
llamó el director del noticiero Caracol en persona, Yamit Amat, y él contestó
en su peor estado de ánimo con un desafío temerario a los secuestradores.
Sin dormir un minuto, Villamizar se duchó y se vistió a las seis
y media de la mañana, y fue a una cita con el ministro de justicia, Jaime
Giraldo Ángel, que lo puso al día sobre la guerra contra el terrorismo de los
traficantes. Villamizar salió de esa entrevista convencido de que su lucha
sería difícil y larga, pero agradeció las dos horas de actualización en el
tema, pues se había desentendido por completo del narcotráfico desde hacía
tiempo. No desayunó ni almorzó. Ya en la tarde, después de varias diligencias
frustradas, también él visitó a Diego Montaña Cuéllar, quien lo sorprendió una
vez más con su franqueza. «No te olvides que esto va para largo —le dijo—. Por
lo menos para junio del año entrante, después de la Asamblea Constituyente,
porque Maruja y Beatriz serán el escudo de Escobar para que no lo extraditen».
Muchos amigos estaban molestos con Montaña Cuéllar porque no disimulaba su
pesimismo en la prensa, a pesar de ser miembro de los Notables.
—De todos modos voy a renunciar a esta j)da —le dijo a
Villamizar con su lengua florida—. Estamos aquí de puro pendejos.
Villamizar se sentía agotado y solitario cuando volvió a casa,
al cabo de una jornada sin porvenir. Los dos tragos de whisky seco que se tomó
de golpe lo dejaron postrado. Su hijo Andrés, que sería desde entonces su
compañero único, logró que desayunara a las seis de la tarde. En ésas estaba
cuando el presidente lo llamó por teléfono.
—Ahora sí, Alberto —le dijo de su mejor talante—. Véngase para
acá y conversamos.
El presidente Gaviria lo recibió a las siete de la noche en la
biblioteca de la casa privada del palacio presidencial, donde vivía desde hacía
tres meses con Ana Milena Muñoz, su esposa, y sus dos hijos, Simón de once años
y María Paz de ocho. Era un refugio pequeño pero acogedor junto a un
invernadero de flores intensas, con estantes de madera atiborrados de
publicaciones oficiales y fotos de familia, y un equipo compacto de sonido con
los discos favoritos: los Beatles, Jethro Tull, Juan Luis Guerra, Beethoven,
Bach. Después de las agotadoras jornadas oficiales, era allí donde el
presidente terminaba las audiencias informales o se relajaba con los amigos del
atardecer con un vaso de whisky. Gaviria esperó a Villamizar con un saludo
afectuoso y le habló en un tono solidario y comprensivo, pero con su franqueza
un poco rispida. Sin embargo, Villamizar estaba entonces más tranquilo una vez
superado el impacto inicial, y ya con bastante información para saber que era
muy poco lo que el presidente podía hacer por él. Ambos estaban seguros de que
el secuestro de Maruja y Beatriz tenía móviles políticos, y no necesitaban ser
adivinos para saber que el autor era Pablo Escobar. Pero lo esencial no era
saberlo —dijo Gaviria— sino conseguir que Escobar lo reconociera, como primer
paso importante para la seguridad de las secuestradas.
Villamizar tenía claro desde el primer momento que el presidente
no se saldría de la Constitución ni de la ley para ayudarlo, ni suspendería los
operativos militares en busca de los secuestradores, pero tampoco intentaría
operaciones de rescate sin la autorización de las familias.
«Eso —dijo el presidente— es nuestra política».
No había más que decir. Cuando Villamizar salió del palacio
presidencial habían transcurrido veinticuatro horas desde el secuestro y estaba
ciego frente a su destino, pero sabía que contaba con la solidaridad del
gobierno para emprender gestiones privadas en favor de sus secuestradas, y
tenía a Rafael Pardo a su disposición. Pero lo que le merecía mayor
credibilidad era el realismo crudo de Diego Montaña Cuéllar.
El primer secuestro de aquella racha sin precedentes —el 30 de
agosto pasado y apenas tres semanas después de la toma de posesión del
presidente César Gaviria había sido el de Diana Turbay, directora del noticiero
de televisión Criptón y de la revista Hoy x Hoy, de Bogotá, e hija del ex
presidente de la república y jefe máximo del partido liberal Julio César
Turbay. Junto con ella fueron secuestrados cuatro miembros de su equipo: la
editora del noticiero, Azucena Liévano; el redactor Juan Vitta, los camarógrafos
Richard Becerra y Orlando Acevedo, y el periodista alemán radicado en Colombia,
Hero Buss. Seis en total. El truco de que se valieron los secuestradores fue
una supuesta entrevista con el cura Manuel Pérez, comandante supremo del
Ejército de Liberación Nacional (ELN). Ninguno de los pocos que conocieron la
invitación había estado de acuerdo en que Diana la aceptara. Entre ellos, el
ministro de la Defensa, general Óscar Botero, y Rafael Pardo, a quien el
presidente de la república le había hecho ver los riesgos de la expedición para
que se los transmitiera a la familia Turbay. Sin embargo, pensar que Diana
desistiría de ese viaje era no conocerla. En realidad, la entrevista de prensa
con el cura Manuel Pérez no debía interesarle tanto como la posibilidad de un
diálogo de paz. Años antes había emprendido en absoluto secreto una expedición
a lomo de muía para hablar con los grupos armados de autodefensa en sus propios
territorios, en una tentativa solitaria de entender ese movimiento desde su
punto de vista político y periodístico. La noticia no tuvo relevancia en su
tiempo ni se hicieron públicos sus resultados. Más tarde, a pesar de su vieja
guerra con el M-19, se hizo amiga del comandante Carlos Pizarro, a quien visitó
en su campamento para buscar soluciones de paz. Es claro que quien planeó el
engaño de su secuestro tenía que conocer esos antecedentes. De modo que en
aquel momento, por cualquier motivo, ante cualquier obstáculo, nada de este
mundo hubiera podido impedir que Diana fuera a hablar con el cura Pérez, que
tenía otra de las llaves de la paz. Por diversos inconvenientes de última hora
la cita se había aplazado un año antes, pero el 30 de agosto a las cinco de la
tarde, y sin avisarlo a nadie, Diana y su equipo emprendieron la ruta en una
camioneta destartalada, con dos hombres jóvenes y una muchacha que se hicieron
pasar por enviados de la dirección del ELN. El viaje mismo desde Bogotá fue una
parodia fiel de cómo habría sido si en realidad lo hubieran hecho las
guerrillas. Los acompañantes debían ser miembros de un movimiento armado, o lo
habían sido, o habían aprendido muy bien la lección, porque no cometieron una
falla que delatara un engaño ni en las conversaciones ni en el comportamiento.
El primer día habían llegado hasta Honda, a ciento cuarenta y
seis kilómetros al occidente de Bogotá. Allí los esperaron otros hombres con
dos vehículos más confortables. Después de cenar en una fonda de arrieros
prosiguieron por un camino invisible y peligroso bajo un fuerte aguacero, y
amanecieron a la espera de que despejaran la vía por un derrumbe grande. Por
fin, cansados y mal dormidos, llegaron a las once de la mañana a un lugar donde
los esperaba una patrulla con cinco caballos. Diana y Azucena prosiguieron a la
jineta durante cuatro horas, y sus compañeros a pie, primero por una montaña
densa, y más tarde por un valle idílico con casas de paz entre los cafetales.
La gente se asomaba a verlos pasar, algunos reconocían a Diana y la saludaban
desde las terrazas. Juan Vitta calculó que no menos de quinientas personas los
habían visto a lo largo de la ruta. En la tarde desmontaron en una finca
desierta donde un joven de aspecto estudiantil se identificó como del ELN, pero
no les dio ningún dato de su destino. Todos se mostraron confundidos. A no más
de medio kilómetro se veía un tramo de autopista, y al fondo una ciudad que sin
duda era Medellín. Es decir: un territorio que no era del ELN. A no ser —había
pensado Hero Buss— que fuera una jugada maestra del cura Pérez para reunirse
con ellos en una zona en donde nadie sospechara que pudiera estar.
En unas dos horas más, en efecto, llegaron a Copacabana, un
municipio devorado por el ímpetu demográfico de Medellín. Desmontaron en una
casita de paredes blancas y tejas musgosas, casi incrustada en una pendiente
pronunciada y agreste. Adentro había una sala, y a cada lado un pequeño cuarto.
En uno había tres camas dobles donde se acomodaron los guías. En el otro —con
una cama doble y una de dos pisos— alojaron a los hombres del equipo. A Diana y
Azucena les destinaron el mejor cuarto del fondo donde había indicios de haber
sido usado por mujeres. La luz estaba encendida a pleno día, porque todas las
ventanas estaban tapadas con madera.
Al cabo de unas tres horas de espera llegó otro enmascarado que
les dio la bienvenida en nombre de la comandancia, y les anunció que ya el cura
Pérez los estaba esperando, pero por cuestiones de seguridad debían trasladar
primero a las mujeres. Esa fue la primera vez que Diana dio muestras ce
inquietud. Hero Buss le aconsejó a solas que por ningún motivo aceptara la
división del grupo. En vista de que no pudo impedirlo, Diana le dio a
escondidas su cédula de identidad, sin tiempo para explicarle por qué, pero él
lo entendió como una prueba para el caso de que la hicieran desaparecer.
Antes del amanecer se llevaron a las mujeres y a Juan Vitta.
Hero Buss, Richard Becerra y Orlando Acevedo quedaron en el cuarto de la cama
doble y las literas de dos pisos, con cinco guardianes. La sospecha de que
habían caído en una trampa aumentaba por horas. En la noche, mientras jugaban a
las barajas, a Hero Buss le llamó la atención que uno de los guardianes tenía
un reloj de lujo. «De modo que el ELN está ya a nivel de Rolex», se burló. Pero
su adversario no se dio por aludido. Otra cosa que confundió a Hero Buss fue
que el armamento que llevaban no era para guerrillas sino para operaciones
urbanas. Orlando, que hablaba poco y se consideraba a sí mismo como el pobre
del paseo, no necesitó tantas pistas para vislumbrar la verdad, por la
sensación insoportable de que algo grave estaba sucediendo.
El primer cambio de casa fue a la media noche del 10 de
septiembre, cuando los guardianes irrumpieron gritando: «Llegó la ley». Al cabo
de dos horas de marcha forzada por entre la floresta, bajo una tempestad
terrible, llegaron a la casa donde estaban Diana, Azucena y Juan Vitta. Era
amplia y bien arreglada, con un televisor de pantalla grande, y sin nada que
pudiera despertar sospechas. Lo que ninguno de ellos se imaginó nunca fue lo
cerca que estuvieron todos de ser rescatados esa noche por pura casualidad. Fue
una escala de pocas horas que aprovecharon para intercambiar ideas,
experiencias y planes para el futuro. Diana se desahogó con Hero Buss. Le habló
de su depresión por haberlos llevado a la trampa sin salida en que se
encontraban, le confesó que estaba tratando de apaciguar en su memoria los
recuerdos de familia —su esposo, sus hijos, sus padres—, que no le daban un
instante de tregua. Pero el resultado era siempre el contrario.
En la noche siguiente, mientras la llevaban a pie a una tercera
casa, con Azucena y Juan Vitta, por un camino imposible y bajo una lluvia
tenaz, Diana se dio cuenta de que no era verdad nada de cuanto les decían. Pero
esa misma noche un guardián desconocido hasta entonces la sacó de dudas.
—Ustedes no están con el ELN sino en manos de los Extraditables
—les dijo—. Pero estén tranquilos, porque van a ser testigos de algo histórico.
La desaparición del equipo de Diana Turbay seguía siendo un
misterio, diecinueve días después, cuando secuestraron a Marina Montoya. Se la
habían llevado a rastras tres hombres bien vestidos, armados de pistolas de 9
milímetros y metralletas Miniuzis con silenciador, cuando acababa de cerrar su
restaurante Donde las Tías, en el sector norte de Bogotá. Su hermana Lucrecia,
que la ayudaba a atender la clientela, tuvo la buena fortuna de un pie
escayolado por un esguince del tobillo que le impidió ir al restaurante. Marina
ya había cerrado, pero volvió a abrir porque reconoció a dos de los tres
hombres que tocaron. Habían almorzado allí varias veces desde la semana
anterior e impresionaban al personal por su amabilidad y su humor paisa, y por
las propinas de treinta por ciento que dejaban a los meseros. Aquella noche,
sin embargo, fueron distintos. Tan pronto como Marina abrió la puerta la
inmovilizaron con una llave maestra y la sacaron del local. Ella alcanzó a
aferrarse con un brazo en un poste de luz y empezó a gritar. Uno de los
asaltantes le dio un rodillazo en la columna vertebral que le cortó el aliento.
Se la llevaron sin sentido en un Mercedes 190 azul dentro del baúl
acondicionado para respirar.
Luis Guillermo Pérez Montoya, uno de los siete hijos de Marina,
de cuarenta y ocho años, alto ejecutivo de la Kodak en Colombia, hizo la misma
interpretación de todo el mundo: su madre había sido secuestrada como
represalia por el incumplimiento del gobierno a los acuerdos entre Germán
Montoya y los Extraditables. Desconfiado por naturaleza de todo lo que tuviera
que ver con el mundo oficial, se impuso la tarea de liberar a su madre en trato
directo con Pablo Escobar.
Sin ninguna orientación, sin contacto previo con nadie, sin
saber siquiera qué hacer cuando llegara, viajó dos días después a Medellín. En
el aeropuerto tomó un taxi en el cual le indicó al chofer sin más señas que lo
llevara a la ciudad. La realidad le salió al encuentro cuando vio abandonado a
la orilla de la carretera el cadáver de una adolescente de unos quince años,
con buena ropa de colores de fiesta y un maquillaje escabroso. Tenía un balazo
con un hilo de sangre seca en la frente. Luis Guillermo, sin creer lo que le
decían sus ojos, señaló con el dedo.
—Ahí hay una muchacha muerta.
—Sí —dijo el chófer sin mirar—. Son las muñecas que se van de
fiesta con los amigos de don Pablo.
El incidente rompió el hielo. Luis Guillermo le reveló al chofer
el propósito de su visita, y él le dio las claves para entrevistarse con la
supuesta hija de una prima hermana de Pablo Escobar.
—Vete hoy a las ocho a la iglesia que está detrás del mercado
—le dijo—. Ahí va a llegar una muchacha que se llama Rosalía.
Allí estaba, en efecto, esperándolo sentada en un banco de la
plaza. Era casi una niña, pero su comportamiento y la seguridad de sus palabras
eran de una mujer madura y bien adiestrada. Para empezar la gestión, le dijo,
debería llevar medio millón de pesos en efectivo. Le indicó el hotel donde
debía alojarse el jueves siguiente, y esperar una llamada telefónica a las
siete de la mañana o a las siete de la noche del viernes.
—La que te llamará se llama Pita —precisó.
Esperó en vano dos días y parte del tercero. Por fin se dio
cuenta del timo y agradeció que Pita no hubiera llamado para pedirle el dinero.
Fue tanta su discreción, que su esposa no supo de aquellos viajes ni de sus
resultados deplorables hasta cuatro años después cuando él lo contó por primera
vez para este reportaje.
Cuatro horas después del secuestro de Marina Montoya, un jeep y
un Renault 18 bloquearon por delante y por detrás el automóvil del jefe de
redacción de El Tiempo, Francisco Santos, en una calle alterna del barrio de
Las Ferias, al occidente de Bogotá. El suyo era un jeep rojo de apariencia
banal, pero estaba blindado de origen, y los cuatro asaltantes que lo rodearon
no sólo llevaban pistolas de 9 milímetros y subametralladoras Miniuzis con
silenciador, sino que uno de ellos tenía un mazo especial para romper los
cristales. Nada de eso fue necesario. Pacho, discutidor incorregible, se
anticipó a abrir la puerta para hablar con los asaltantes. «Prefería morirme a
no saber qué pasaba», ha dicho. Uno de los secuestradores lo inmovilizó con una
pistola en la frente y lo hizo salir del carro con la cabeza gacha. Otro abrió
la puerta delantera y disparó tres tiros: uno se desvió contra los cristales, y
dos le perforaron el cráneo al chofer, Oromansio Ibáñez, de treinta y ocho
años. Pacho no se dio cuenta. Días después, recapitulando el asalto, recordó
haber escuchado el zumbido de las tres balas amortiguadas por el silenciador.
Fue una operación tan rápida, que no llamó la atención en medio
del tránsito alborotado del martes. Un agente de la policía encontró el cadáver
desangrándose en el asiento delantero del carro abandonado; cogió el
radioteléfono, y al instante oyó en el extremo una voz medio perdida en las
galaxias.
—Haber.
—¿Quién habla? —preguntó el agente.
—Aquí El Tiempo.
La noticia salió al aire diez minutos después. En realidad,
había empezado a prepararse desde hacía cuatro meses, pero estuvo a punto de
fracasar por la irregularidad de los desplazamientos impredecibles de Pacho
Santos. Por los mismos motivos, quince años antes, el M-19 había desistido de
secuestrar a su padre, Hernando Santos. Esta vez habían sido previstos hasta
los mínimos detalles. Los carros de los secuestradores, sorprendidos por un
nudo de automóviles en la avenida Boyacá, a la altura de la calle 80, se
escaparon por encima de los andenes y se perdieron en los recovecos de un
barrio popular. Pacho Santos iba sentado entre dos secuestradores, con la vista
tapada por unos lentes nublados con esmalte de uñas, pero siguió de memoria las
vueltas y revueltas del carro, hasta que entró dando tumbos en un garaje. Por
la ruta y la duración, se formó una idea tentativa del barrio en que estaban.
Uno de los secuestradores lo llevó del brazo caminando con los
lentes ciegos hasta el final de un corredor. Subieron hasta un segundo piso,
doblaron a la izquierda, caminaron unos cinco pasos, y entraron en un sitio
helado. Allí le quitaron los lentes. Entonces se vio en un dormitorio sombrío,
con las ventanas clausuradas con tablas y un foco solitario en el techo. Los
únicos muebles eran una cama matrimonial cuyas sábanas parecían demasiado
usadas, una mesa con un radio portátil y un televisor.
Pacho cayó en la cuenta de que la prisa de sus raptores no había
sido sólo por razones de seguridad, sino por llegar a tiempo para el partido de
fútbol entre Santafé y Caldas. Para tranquilidad de todos le dieron una botella
de aguardiente, lo dejaron solo con su televisor, y se fueron a ver el partido
en la planta baja. Él se la tomó hasta la mitad en diez minutos, y no sintió
que le hiciera efecto, pero le dio ánimos para ver el partido. Fanático del
Santafé desde niño, no pudo disfrutar del aguardiente por la rabia del empate:
dos a dos. Al final, se vio en el noticiero de las nueve y media en una
grabación de archivo, vestido de esmoquin y rodeado de reinas de la belleza.
Sólo entonces se enteró de la muerte de su chofer. Después de los noticieros,
entró un guardián con una máscara de bayetilla, que lo obligó a quitarse la
ropa y a ponerse una sudadera gris que parecía ser de rigor en las cárceles de
los Extraditables. Trató de quitarle también el aspirador para el asma que
llevaba en el bolsillo del saco, pero Pacho lo convenció de que para d era de
vida o muerte. El enmascarado le explicó las reglas del cautiverio: podía ir al
baño del corredor, escuchar radio y ver televisión sin restricciones, pero a
volumen normal. Al final lo hizo acostar, y lo amarró de la cama por el tobillo
con una cuerda de enlazar.
El guardián tendió un colchón en el piso, paralelo a la cama, y
un momento después empezó a roncar con un silbido intermitente. La noche se
hizo densa. En la oscuridad, Pacho tomó conciencia de que aquélla era apenas la
primera noche de un porvenir incierto en el que todo podía suceder. Pensó en
María Victoria —conocida por sus amigos como Mariavé—, su esposa bonita,
inteligente y de gran carácter, con quien entonces tenía dos hijos, Benjamín de
veinte meses y Gabriel de siete meses. Un gallo cantó en el vecindario, y Pacho
se sorprendió de su reloj disparatado. «Un gallo que canta a las diez de la
noche tiene que estar loco», pensó. Es un hombre emocional, impulsivo y de
lágrima fácil: copia fiel de su padre. Andrés Escabi, el marido de su hermana
Juanita, había muerto en un avión que estalló en el aire por una bomba de los
Extraditables. En medio de la conmoción familiar, Pacho dijo una frase que
estremeció a todos: «Uno de nosotros no estará vivo en diciembre». La noche del
secuestro, sin embargo, no sintió que fuera la última. Por primera vez sus
nervios eran un remanso, y se sentía seguro de sobrevivir. Por el ritmo de la
respiración, se dio cuenta de que el guardián tendido a su lado estaba
despierto. Le preguntó:
—¿En manos de quién estoy?
—En manos de quién prefiere —preguntó el guardián—: ¿de la
guerrilla o del narcotráfico?
—Creo que estoy en manos de Pablo Escobar —dijo Pacho.
—Así es —dijo el guardián, y corrigió enseguida—: en manos de
los Extraditables.
La noticia estaba en el aire. Los operadores del conmutador de
El Tiempo habían llamado a los parientes más cercanos, y éstos a otros y a
otros, hasta el fin del mundo. Por una serie de casualidades extrañas, una de
las últimas que la supieron en la familia fue la esposa de Pacho. Minutos
después del secuestro la había llamado su primo Juan Gabriel, quien no estaba
seguro aún de lo que había sucedido, y sólo se animó a preguntarle si Pacho
había llegado a casa. Ella le dijo que no, y Juan Gabriel no se animó a darle
la noticia todavía sin confirmar. Minutos después la llamó Enrique Santos
Calderón, primo hermano doble de su esposo y subdirector de El Tiempo.
—¿Ya sabes lo de Pacho? —le preguntó.
María Victoria creyó que le hablaban de otra noticia que ella
conocía ya, y que tenía algo que ver con su marido.
—Claro —dijo.
Enrique se despidió a toda prisa para seguir llamando a otros
parientes. Años después, comentando el equívoco, María Victoria comentó: «Eso,
me pasó por dármelas de genio». Al instante volvió a llamarla Juan Gabriel y le
contó todo junto: habían matado al chofer y se habían llevado a Pacho.
El presidente Gavina y sus consejeros más cercanos estaban
revisando unos comerciales de televisión para promover la campaña electoral de
la Asamblea Constituyente, cuando su consejero de Prensa, Mauricio Vargas, le
dijo al oído: «Secuestraron a Pachito Santos». La proyección no se interrumpió.
El presidente, que necesita lentes para el cine, se los quitó para mirar a
Vargas.
—Queme mantengan informado —le dijo.
Se puso los lentes y siguió viendo la proyección. Su íntimo
amigo, Alberto Casas Santamaría, ministro de Comunicaciones, que estaba al lado
suyo, alcanzó a oír la noticia y se la transmitió de oreja a oreja a los
consejeros presidenciales. Un estremecimiento sacudió k sala. Pero el
presidente no pestañeó, de acuerdo con una norma de su modo de ser que él
expresa con una regla escolar: «Hay que terminar esta tarea». Al término de la
proyección volvió a quitarse los lentes, se los guardó en el bolsillo del pecho,
y ordenó a Mauricio Vargas:
—Llame a Rafael Pardo y dígale que convoque para ahora mismo un
Consejo de Seguridad.
Mientras tanto, promovió un intercambio de opiniones sobre los
comerciales, como estaba previsto. Sólo cuando hubo una decisión dejó ver el
impacto que le había causado la noticia del secuestro. Media hora después entró
en el salón donde ya lo esperaban la mayoría de los miembros del Consejo de
Seguridad. Apenas empezaban, cuando Mauricio Vargas entró en puntillas y le
dijo al oído:
—Secuestraron a Marina Montoya.
En realidad, había ocurrido a las cuatro de la tarde —antes que
el secuestro de Pacho— pero la noticia había necesitado otras cuatro horas para
llegarle al presidente.
Hernando Santos Castillo, el padre de Pacho, dormía desde tres
horas antes a diez mil kilómetros de distancia, en un hotel de Florencia,
Italia. En un cuarto contiguo estaba su hija Juanita, y en otro su hija Adriana
con su marido. Todos habían recibido la noticia por teléfono, y decidieron no
despertar al papá. Pero su sobrino Luis Fernando lo llamó en directo desde
Bogotá, con el preámbulo más cauteloso que se le ocurrió para despertar a un
tío de sesenta y ocho años con cinco bypasses en el corazón.
_Te tengo una muy mala noticia —le dijo.
Hernando, por supuesto, se imaginó lo peor pero guardó las
formas.
—¿Qué pasó?
—Secuestraron a Pacho.
La noticia de un secuestro, por dura que sea, no es tan
irremediable como la de un asesinato, y Hernando respiró aliviado. «¡Bendito
sea Dios!», dijo, y enseguida cambió de tono:
—Tranquilos. Vamos a ver qué hacemos.
Una hora después, en la madrugada fragante del otoño toscano,
todos emprendieron el largo viaje de regreso a Colombia.
La familia Turbay, angustiada por la falta de noticias de Diana
una semana después de su viaje, solicitó una gestión oficiosa del gobierno a
través de las principales organizaciones guerrilleras. Una semana después de la
fecha en que Diana debía haber regresado, el esposo de ella, Miguel Uribe, y el
parlamentario Álvaro Leyva, hicieron un viaje confidencial a la Casa Verde, el
cuartel general de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en la
cordillera oriental. Desde allí se pusieron en contacto con la totalidad de las
organizaciones armadas para tratar de establecer si Diana estaba con alguna ce
ellas. Siete lo negaron en un comunicado conjunto.
Sin saber a qué atenerse, la presidencia de la república alertó
a la opinión pública contra la proliferación de comunicados falsos, y pidió que
no creyeran más en ellos que en las informaciones del gobierno. Pero la verdad
grave y amarga era que la opinión pública creía sin reservas en los comunicados
de los Extraditables, así que todo el mundo dio un suspiro de alivio el 30 de
octubre —a sesenta días del secuestro de Diana Turbay y a cuarenta y dos del de
Francisco Santos— cuando aquéllos disiparon las últimas dudas con una sola
frase: «Aceptamos públicamente tener en nuestro poder a los periodistas
desaparecidos». Ocho días después fueron secuestradas Maruja Pachón y Beatriz
Villamizar. Había razones de sobra para pensar que la escalada tenía una
perspectiva todavía mucho más amplia. Al día siguiente de la desaparición de
Diana y su equipo, y cuando aún no existía ni la mínima sospecha de que habían
sido secuestrados, el célebre director de noticias de la Radio Caracol, Yamit
Amat, fue interceptado por un comando de sicarios en una calle del centro de
Bogotá, después de varios días de seguimiento. Amat se les escapó de las manos
por una maniobra atlética que los tomó por sorpresa, y se salvó nadie sabe cómo
de un disparo que le hicieron por la espalda. Con una diferencia de horas, la
hija del ex presidente Belisario Betancur, María Clara —en compañía de su hija
Natalia, de doce años— logró escapar en su automóvil cuando otro comando de
secuestros le bloqueó el paso en un barrio residencial de Bogotá. La única
explicación de estos dos fracasos es que los secuestradores tuvieran
instrucciones terminantes de no matar a sus víctimas.
Los primeros que habían sabido a ciencia cierta quién tenía a
Maruja Pachón ya Beatriz Villamizar, fueron Hernando Santos y el ex presidente
Turbay, porque el propio Escobar lo mandó decir por escrito a través de uno de
sus abogados a las cuarenta y ocho horas del secuestro: «Puedes decirles que el
grupo tiene a la Pachón». El 12 de noviembre hubo otra confirmación de soslayo
por una carta con membrete de los Extraditables a Juan Gómez Martínez, director
del diario El Colombiano de Medellín, que había mediado varias veces con
Escobar en nombre de los Notables. «La detención de la periodista Maruja Pachón
—decía la carta con membrete de los Extraditables— es una respuesta nuestra a
las torturas y secuestros perpetrados en la ciudad de Medellín en los últimos
días por parte del mismo organismo de seguridad del Estado muchas veces
mencionado en anteriores comunicados nuestros». Y expresaban una vez más su
determinación de no liberar a ningún rehén mientras aquella situación
continuara.
El doctor Pedro Guerrero, el esposo de Beatriz, abrumado desde
el principio por una impotencia absoluta frente a unos hechos que lo
desbordaban, decidió cerrar su gabinete de siquiatra. «Cómo iba a recibir
pacientes si yo estaba peor que ellos», ha dicho. Padecía crisis de angustia
que no quiso transmitirles a los hijos. No tenía un instante de sosiego, se
consolaba con los whiskies del atardecer, y pastoreaba los insomnios oyendo en
Radio Recuerdo los boleros de lágrimas de los enamorados. «Mi amor —cantaba
alguien—. Si me escuchas, contéstame».
Alberto Villamizar, consciente desde el principio de que el
secuestro de su esposa y su hermana era un eslabón de una cadena siniestra,
cerró filas con las familias de los otros secuestrados. Pero la primera visita
a Hernando Santos fue descorazonadora. Lo acompañó Gloria Pachón de Galán, su
cuñada, y encontraron a Hernando derrumbado en un sofá y en un estado de
desmoralización total. «Para lo que estoy preparándome es para sufrir lo menos
posible cuando maten a Francisco», les dijo de entrada. Villamizar trató de
esbozar un proyecto de negociación con los secuestradores, pero Hernando se lo
desbarató con una displicencia irreparable.
—No sea ingenuo, mijito —le dijo—, usted no tiene la menor idea
de cómo son esos tipos. No hay nada que hacer.
El ex presidente Turbay no fue más alentador. Sabía por
distintas fuentes que su hija estaba en poder de los Extraditables, pero había
resuelto no reconocerlo en público mientras no supiera a ciencia cierta qué
pretendían. A un grupo de periodistas que le habían hecho la pregunta la semana
anterior los eludió con una verónica audaz.
—Mi corazón me indica —les dijo— que Diana y sus colaboradores
están demorados por su labor periodística, pero que no se trata de una
retención.
Era un estado de desilusión explicable al cabo de tres meses de
gestiones estériles. Villamizar lo entendió así, y en vez de contagiarse del
pesimismo de los otros le imprimió un espíritu nuevo a la gestión común.
Un amigo al que le habían preguntado por esos días cómo era
Villamizar, lo había definido de una plumada: «Es un gran compañero de trago».
Villamizar lo había aceptado de buen corazón, como un mérito envidiable y poco
común. Sin embargo, el mismo día del secuestro de su esposa había tomado
conciencia de que era también un mérito peligroso en su situación, y decidió no
volver a tomarse un trago en público mientras sus secuestradas no estuvieran
libres. Como buen bebedor social sabía que el alcohol baja la guardia, suelta
la lengua y altera de algún modo el sentido de la realidad. Es un riesgo para
alguien que debe medir por milímetros cada uno de sus actos y sus palabras. De
modo que el rigor que se impuso no fue una penitencia sino una medida de
seguridad. No volvió a ninguna fiesta, y dijo adiós a sus horas de bohemia y a
sus parrandas políticas. En las noches de más altas tensiones emocionales su
hijo Andrés le escuchaba sus desahogos con un vaso de agua mineral mientras él
se consolaba con un trago solitario.
En las reuniones con Rafael Pardo se estudiaron gestiones
alternativas pero tropezaban siempre con la política del gobierno, que de todos
modos dejaba abierta la amenaza de la extradición. Ambos sabían además que ésta
era el instrumento de presión más fuerte para que los Extraditables se
entregaran, y el presidente la utilizaba con tanta convicción como la
utilizaban los Extraditables para no entregarse.
Villamizar no tenía una formación militar, pero se había criado
cerca de los cuarteles. El doctor Alberto Villamizar Flórez, su padre, había
sido durante años el médico de la Guardia Presidencial, y estaba muy vinculado
a la vida de sus oficiales. Su abuelo, el general Joaquín Villamizar, había
sido ministro de la Guerra. Un tío suyo, el general Jorge Villamizar Flórez,
había sido comandante general de las Fuerzas Armadas. Alberto heredó de ellos
el doble carácter de militar y santandereano, al mismo tiempo cordial y mandón,
serio y parrandero, que pone el plomo donde pone el ojo, que dice lo que tiene
que decir siempre al derecho y no ha tuteado a nadie en su vida. Sin embargo,
prevaleció en él la imagen del padre y estudió la carrera completa de medicina
en la Universidad Javeriana, pero nunca se graduó, arrastrado por los vientos
irremediables de la política. No es por militar sino por santandereano puro y
simple que siempre lleva consigo un Smith & Wesson 38 corto, que nunca
quisiera usar. En todo caso, armado o desarmado, sus dos virtudes mayores son
la determinación y la paciencia. Que a simple vista parecen contradictorias,
pero la vida le ha demostrado que no lo son. Con semejante patrimonio, a
Villamizar le sobraban arrestos para intentar una solución armada de los
secuestros, pero la rechazó mientras no se llegara a un extremo de vida o
muerte.
De modo que la única que vislumbraba al final de noviembre era
la de enfrentarse con Escobar y negociar de santandereano a antioqueño, duro y
parejo. Una noche, cansado de tantas idas y venidas, se las planteó todas a
Rafael Pardo. Éste entendió la angustia, pero su respuesta fue puntual.
—Óigame una cosa, Alberto —le dijo con su estilo sobrio y
directo—: haga las gestiones que quiera, intente lo que pueda, pero si lo que
quiere es seguir con nuestra colaboración debe saber que no puede ir más allá
de la política de sometimiento. Ni un paso, Alberto. Es así de claro.
Ninguna otra virtud le hubiera servido tanto a Villamizar como
su determinación y su paciencia para sortear las contradicciones internas que
le planteaban aquellas condiciones. Es decir: actuar como quisiera, con su
imaginación y a su aire, pero siempre con las manos atadas.
3
Maruja abrió los ojos y recordó un viejo adagio español: «Que no
nos dé Dios lo que somos capaces de soportar». Habían transcurrido diez días
desde el secuestro, y tanto Beatriz como ella empezaban a acostumbrarse a una
rutina que la primera noche les pareció inconcebible. Los secuestradores les
habían reiterado a menudo que aquélla era una operación militar, pero el
régimen del cautiverio era peor que carcelario. Sólo podían hablar para asuntos
urgentes y siempre en susurros. No podían levantarse del colchón, que les
servía de cama común, y todo lo que necesitaban debían pedirlo a los dos
guardianes que no las perdían de vista ni si estaban dormidas: permiso para
sentarse, para estirar las piernas, para hablar con Marina, para ñamar. Maruja
tenía que taparse la boca con una almohada para amortiguar los ruidos de la
tos.
La única cama era la de Marina, iluminada de día y de noche por
una veladora eterna. Paralelo a la cama estaba el colchón tirado en el suelo,
donde dormían Maruja y Beatriz, una de ¡da y otra de vuelta, como los
pescaditos del zodíaco, y con una sola cobija para las dos. Los guardianes
velaban sentados en el suelo y recostados a la pared. Su espacio era tan
estrecho que si estiraban las piernas les quedaban los pies sobre el colchón de
las cautivas. Vivían en la penumbra porque la única ventana estaba clausurada.
Antes de dormir, tapaban con trapos la rendija de la única puerta para que no
se viera la luz de la veladora de Marina en el resto de la casa. No había otra
luz ni de día ni de noche, salvo el resplandor del televisor, porque Maruja
hizo quitar el foco azul que les daba a todos una palidez terrorífica. El
cuarto cerrado y sin ventilación se saturaba de un calor pestilente. Las peores
horas eran desde las seis hasta las nueve de la mañana, en que las cautivas
permanecían despiertas, sin aire, sin nada de beber ni de comer, esperando que
destaparan la rendija de la puerta para empezar a respirar. El único consuelo
para Maruja y Marina era el suministro puntual de una jarra de café y un cartón
de cigarrillos cada vez que lo pedían. Para Beatriz, especialista en terapia
respiratoria, el humo acumulado en el cuartito era una desgracia. Sin embargo,
la soportaba en silencio por lo felices que eran las otras. Marina, con su
cigarrillo y su taza de café, exclamó alguna vez: «Cómo será de bueno cuando
estemos las tres juntas en mi casa, fumando y tomando nuestro cafecito, y
riéndonos de estos días horribles». Ese día, en vez de sufrir, Beatriz lamentó
no fumar.
Que estuvieran las tres en la misma cárcel pudo ser una solución
de emergencia, porque la casa donde las llevaron primero debió de quedar
inservible cuando el taxi chocado reveló el rumbo de los secuestradores. Sólo
así se explicaban el cambio de última hora, y la miseria de que hubiera sólo
una cama estrecha, un colchón sencillo para dos y menos de seis metros
cuadrados para las tres rehenes y los dos guardianes de turno. También a Marina
la habían llevado de otra casa —o de otra finca, como ella decía— porque las
borracheras y el desorden de los guardianes de la primera donde la tuvieron
habían puesto en peligro a toda la organización. En todo caso, era inconcebible
que una de las grandes transnacionales del mundo no tuviera un mínimo de
corazón para mantener a sus secuaces y a sus víctimas en condiciones humanas.
No tenían la menor idea de dónde estaban. Por los ruidos sabían
que había muy cerca una carretera para camiones pesados. También parecía haber
una tienda de vereda, con alcoholes y músicas, que permanecía abierta hasta
tarde. A veces se escuchaba un altoparlante que lo mismo convocaba a actos
políticos o religiosos, o transmitía conciertos atronadores. En varias
ocasiones oyeron las consignas de las campañas electorales para la próxima
Asamblea Constituyente. Con más frecuencia se oían zumbidos de aviones pequeños
que decolaban y aterrizaban a poca distancia, lo cual hacía pensar que estaban
por los lados de Guaymaral, un aeropuerto para aviones de pista corta a veinte
kilómetros al norte de Bogotá. Maruja, familiarizada desde niña con el clima de
la sabana, sentía que el frío de su cuarto no era de campo abierto sino de
ciudad. Además, las precauciones excesivas de los guardianes eran sólo
comprensibles si estaban en un núcleo urbano. Lo más sorprendente era el
estruendo ocasional de un helicóptero tan cercano, que parecía encima de la
casa. Marina Montoya decía que allí llegaba un oficial del ejército responsable
de los secuestros. Con el paso de los días habían de acostumbrarse a aquel
ruido, pues en los meses que duró el cautiverio el helicóptero aterrizó por lo
menos una vez al mes, y los rehenes no dudaron de que tenía que ver con ellas.
Era imposible distinguir los límites entre la verdad y la
contagiosa fantasía de Marina. Decía que Pacho Santos y Diana Turbay estaban en
otros cuartos de la misma casa, de modo que el militar del helicóptero se
ocupaba de los tres casos al mismo tiempo durante cada visita. En una ocasión
oyeron unos ruidos alarmantes en el patio. El mayordomo insultaba a su mujer
entre órdenes atropelladas de que lo alzaran de aquí, que lo trajeran para acá,
que lo voltearan para arriba, como si trataran de meter un cadáver donde no
cabía. Marina, en sus delirios tenebrosos, pensó que tal vez habían
descuartizado a Francisco Santos y estaban enterrándolo a pedazos debajo de las
baldosas de la cocina. «Cuando empiezan las matanzas no paran —decía—. Las
próximas seremos nosotras». Fue una noche de espantos, hasta que supieron por
casualidad que habían cambiado de lugar una lavadora primitiva que no podían
cargar entre cuatro.
De noche el silencio era total. Sólo interrumpido por un gallo
loco sin sentido de las horas que cantaba cuando quería. Se oían ladridos en el
horizonte, y uno muy cercano que les pareció de un perro guardián amaestrado.
Maruja empezó mal. Se enroscó en el colchón, cerró los ojos, y durante varios
días no volvió a abrirlos sino lo indispensable tratando de pensar con
claridad. No es que pudiera dormir ocho horas seguidas sino que dormía apenas
media hora, y al despertar se encontraba otra vez con la angustia que la
acechaba en la realidad. Era un miedo permanente: la sensación física de un
cordón templado en el estómago, siempre a punto de reventarse para volverse
pánico. Maruja pasaba la película completa de su vida para agarrarse de los
buenos recuerdos, pero siempre se imponían los ingratos.
En uno CE los tres viajes que había hecho a Colombia desde
Yakarta, Luis Carlos Galán le había pedido en el curso de un almuerzo privado
que lo ayudara en la dirección de su próxima campaña presidencial. Ella había
sido su asesora de imagen en una campaña anterior, había viajado con su hermana
Gloria por todo el país, habían celebrado triunfos, sobrellevado derrotas y
sorteado riesgos, de modo que la oferta era lógica. Maruja se sintió
justificada y complacida. Pero al final del almuerzo notó, en Galán un gesto
indefinido, una luz sobrenatural: la clarividencia instantánea y certera de que
iban a matarlo. Fue algo tan revelador que convenció a su marido de regresar a
Colombia, a pesar de que el general Maza Márquez lo había prevenido sin ninguna
explicación de los riesgos de muerte que lo esperaban. Ocho días antes del
regreso los despertó en Yakarta la noticia de que Galán había sido asesinado.
Aquella experiencia le dejó una propensión depresiva que se le
agudizó con el secuestro. No encontraba de qué aferrarse para escapar a la idea
de que también a ella le acechaba un peligro mortal. Se negaba a hablar o a
comer. Le molestaba la indolencia de Beatriz y la brutalidad de los
encapuchados, y no soportaba la sumisión de Marina y su identificación con el
régimen de los secuestradores. Parecía un carcelero más que la llamaba al orden
si roncaba, si tosía dormida, si se movía más de lo indispensable. Maruja ponía
un vaso aquí y Marina se apresuraba a quitarlo asustada: «¡Cuidado!». Y lo
ponía en otra parte. Maruja se le enfrentaba con un gran desdén. «No se
preocupe —le decía—. Usted no es la que manda aquí». Para colmo de males, los
guardianes vivían preocupados porque Beatriz se pasaba el día escribiendo
detalles del cautiverio para contárselos al esposo y los hijos cuando saliera
libre. También había hecho una larga lista de todo lo que le parecía abominable
en el cuarto, y tuvo que desistir cuando no encontró nada que no lo fuera. Los
guardianes habían oído decir por la radio que Beatriz era fisioterapeuta, y lo
confundieron con sicoterapeuta, de modo que le prohibieron escribir por el
temor de que estuviera elaborando un método científico para enloquecerlos.
La degradación de Marina era comprensible. La llegada de las
otras dos rehenes debió ser para ella como una intromisión insoportable en un
mundo que ya había hecho suyo, y sólo suyo, después de casi dos meses en la
antesala de la muerte. Su relación con los guardianes, que había llegado a ser
muy profunda, se alteró por ellas, y en menos de dos semanas recayó en los
dolores terribles y las soledades intensas de otras épocas que había logrado
superar.
Con todo, ninguna noche le pareció a Maruja tan atroz como la
primera. Fue interminable y helada. A la —una de la madrugada la temperatura en
Bogotá —según el Instituto de Meteorología— había sido de entre 13 y 15 grados,
y había lloviznado en el centro y por los lados del aeropuerto. A Maruja la
había vencido el cansancio. Empezó a roncar tan pronto como se durmió, pero a
cada instante la despertaba su tos de fumadora, persistente e indómita, y
agravada por la humedad de las paredes que soltaban un relente de hielo al
amanecer. Cada vez que tosía o roncaba, los guardianes le daban un talonazo en
la cabeza. Marina los secundaba por un temor incontrolable, y amenazaba a
Maruja con que iban a amarrarla en el colchón para que no se moviera tanto, o a
amordazarla para que no roncara. Marina le hizo oír a Beatriz los noticieros de
radio del amanecer. Fue un error. En la primera entrevista con Yamit Amat, de
Radio Caracol, el doctor Pedro Guerrero soltó una andanada de denuestos y
desafíos contra los secuestradores. Los conminó a que se portaran como hombres
y pusieran la cara. Beatriz sufrió una crisis de pavor, convencida de que
aquellos insultos recaerían sobre ellas.
Dos días después, un jefe bien vestido, con un corpachón
empacado en un metro con noventa abrió la puerta de una patada y entró en el
cuarto como un ventarrón. Su traje impecable de lana tropical, sus mocasines
italianos y su corbata de seda amarilla iban en sentido contrario de sus
modales rupestres. Les soltó dos o tres improperios a los guardianes, y se
ensañó con el más tímido cuyos compañeros llamaban Lamparón. «Me dicen que
usted es muy nervioso —le dijo—, pues le advierto que aquí los nerviosos se mueren».
Y enseguida se dirigió a Maruja sin la menor consideración:
—Supe que anoche molestó mucho, que hace ruido, que tose.
Maruja le contestó con una calma ejemplar que bien podía
confundirse con el desprecio.
—Ronco dormida y no me doy cuenta —le dijo—. No puedo impedir la
tos porque el cuarto es helado y las paredes chorrean agua en la madrugada.
El hombre no estaba para quejas.
—¿Y usted se cree que puede hacer lo que le da la gana? —gritó—.
Pues si vuelve a roncar o a toser de noche le podemos volar la cabeza de un
balazo.
Luego se dirigió también a Beatriz.
—Y si no a sus hijos o sus maridos. Los conocemos a todos y los
tenemos bien localizados.
—Haga lo que quiera —dijo Maruja—. No puedo hacer nada para no
roncar. Si quieren mátenme.
Era sincera, y con el tiempo había de darse cuenta de que hacía
bien. El trato duro desde el primer día estaba en los métodos de los
secuestradores para desmoralizar a los rehenes.
Beatriz, en cambio, todavía impresionada por la rabia del marido
en la radio, fue menos altiva.
—¿Por qué tiene que meter aquí a nuestros hijos, que no tienen
nada que ver con esto? —dijo, al borde de las lágrimas—. ¿Usted no tiene hijos?
Él contestó que sí, tal vez enternecido, pero Beatriz había
perdido la batalla: las lágrimas no la dejaron proseguir. Maruja, ya calmada,
le dijo al jefe que si de veras querían llegar a un acuerdo hablaran con su
marido.
Pensó que el encapuchado había seguido el consejo porque el
domingo reapareció distinto. Llevó los periódicos del día con declaraciones de
Alberto Villamizar para lograr un buen arreglo con los secuestradores. Éstos,
al parecer, empezaban a actuar en consecuencia. El jefe, al menos, estaba tan
complaciente que les pidió a las rehenes hacer una lista de las cosas
indispensables: jabones, cepillos y pasta de dientes, cigarrillos, crema para
la piel y algunos libros. Parte del pedido llegó el mismo día, pero algunos de
los libros los recibieron cuatro meses después. Con el tiempo fueron acumulando
toda clase de estampas y recuerdos del Divino Niño y de María Auxiliadora, que
los distintos guardianes les llevaban o les dejaban de recuerdo cuando se
despedían o cuando volvían de sus descansos. A los diez días tenían ya una
rutina doméstica. Los zapatos los guardaban debajo de la cama, y era tanta la
humedad del cuarto que debían sacarlos al patio de vez en cuando para que se
secaran. Sólo podían caminar con unas medias de hombre que les habían dado el
primer día, de lana gruesa y de colores distintos, y usaban dos pares a la vez
para que no se oyeran los pasos. La ropa que llevaban la noche del secuestro se
la habían decomisado, y les repartieron sudaderas deportivas —una gris y otra
rosada a cada una—, con las cuales vivían y dormían, y dos juegos de ropa
interior que lavaban en la ducha. Al principio dormían vestidas. Más tarde,
cuando tuvieron una camisa de dormir, se la ponían encima de la sudadera en las
noches muy frías. También les dieron un talego para guardar sus escasos bienes
personales: la sudadera de repuesto y las medias limpias, las mudas de ropa
interior, las toallas higiénicas, las medicinas, los útiles de tocador.
Había un solo baño para las tres y los cuatro guardianes. Ellas
debían usarlo con la puerta ajustada pero sin cerrojo, y no podían demorar más
de diez minutos en la ducha, aun cuando tuvieran que lavar la ropa. Les
permitían fumar cuantos cigarrillos les daban, que para Maruja era más de una
cajetilla al día, y más aún para Marina. En el cuarto había un televisor y un
radio portátil de la casa para que las rehenes oyeran noticias o los guardianes
oyeran música. Las informaciones de la mañana las escuchaban a volumen tenue,
como a escondidas, y en cambio los guardianes escuchaban su música de parranda
a un volumen tan alto como se lo dictaba el estado de humor.
La televisión la encendían a las nueve de la mañana para ver los
programas educativos, después las telenovelas, y dos o tres programas más hasta
los noticieros del mediodía. La tanda mayor era desde las cuatro de la tarde
hasta las once de la noche. El televisor permanecía encendido, como en los
dormitorios de los niños, aunque nadie lo viera. En cambio las rehenes
escrutaban los noticieros con una atención milimétrica para tratar de descubrir
mensajes cifrados de sus familias. Nunca supieron, por supuesto, cuántos se les
escaparon, o cuántas frases inocentes confundieron con recados de esperanza.
Alberto Villamizar apareció en los distintos noticieros de televisión ocho
veces en los primeros dos días, con la certidumbre de que por alguno les
llegaba su voz a las secuestradas. Casi todos los hijos de Maruja, además, eran
gente de medios masivos. Algunos tenían programas de televisión con horarios
fijos, y los utilizaron para mantener una comunicación que ellos suponían
unilateral, y tal vez inútil, pero la sostuvieron. El primero que vieron el
miércoles siguiente fue el que Alexandra hizo al regreso de la Guajira. El
siquiatra Jaime Gaviria, colega del esposo de Beatriz y viejo amigo de la
familia, impartió una serie de instrucciones sabias para mantener el ánimo en
espacios cerrados. Maruja y Beatriz, que conocían al doctor Gaviria,
comprendieron el sentido del programa y tomaron nota de sus enseñanzas.
Éste fue el primero de una serie de ocho programas que había
preparado Alexandra con base en una larga conversación con el doctor Gaviria
sobre la sicología de los secuestrados. Lo primero era escoger los temas que
les gustaran a Maruja y Beatriz y envolver en ellos mensajes personales que
sólo ellas pudieran descifrar. Alexandra decidió entonces llevar cada semana un
personaje preparado para contestar preguntas intencionales que sin duda
suscitarían en las rehenes asociaciones inmediatas. La sorpresa fue que muchos
televidentes desprevenidos se dieron cuenta por lo menos de que algo iba
envuelto en la inocencia de las preguntas.
No lejos de allí —dentro de la misma ciudad— las condiciones de
Francisco Santos en su cuarto de cautivo eran tan abominables como las de
Maruja y Beatriz, pero no tan severas. Una explicación es que hubiera contra
ellas, además del utilitarismo político del secuestro, un propósito de
venganza. Es casi seguro, además, que los guardianes de Maruja y los de Pacho
eran dos equipos distintos. Aunque sólo fuera por motivos de seguridad,
actuaban por separado y sin ninguna comunicación entre ellos. Pero aun en eso
había diferencias incomprensibles. Los de Pacho eran más familiares, autónomos
y complacientes, y menos cuidadosos de su identidad. La peor condición de Pacho
era que dormía encadenado a los barrotes de la cama con una cadena metálica
forrada de cinta aislante para evitar ulceraciones. La peor de Maruja y Beatriz
era que ni siquiera tenían una cama donde ser amarradas.
Pacho recibió los periódicos puntuales desde el primer día. En
general, los relatos sobre su secuestro en la prensa escrita eran tan
desinformados y antojadizos que hicieron torcerse de risa a los secuestradores.
Su horario estaba ya bien establecido cuando secuestraron a Maruja y Beatriz.
Pasaba la noche en claro y se dormía como a las once de la mañana. Veía
televisión, solo o con sus guardianes, o conversaba con ellos sobre las
noticias del día y, en especial, sobre los partidos de fútbol. Leía hasta el cansancio
y todavía le sobraban nervios para jugar a las barajas o al ajedrez. Su cama
era confortable, y durmió bien desde la primera noche hasta que contrajo una
sarna urticante y un ardor en los ojos, que desaparecieron con sólo lavar las
cobijas de algodón y hacer en el cuarto una limpieza a fondo. Nunca se
preocuparon de que alguien viera desde fuera la luz encendida, porque las
ventanas estaban clausuradas con tablas.
En octubre surgió una ilusión imprevista: la orden de que se
preparara para mandar a la familia una prueba de supervivencia. Tuvo que hacer
un esfuerzo supremo para mantener el dominio. Pidió una jarra de café tinto y
dos paquetes de cigarrillos, y empezó a redactar el mensaje como le saliera del
alma sin corregir una coma. Lo grabó en una minicasete, que los estafetas
preferían a las normales, porque eran más fáciles de esconder. Habló tan
despacio como fue capaz y trató de afinar la dicción y asumir una actitud que
no delatara las sombras de su ánimo. Por último grabó los titulares mayores de
El Tiempo del día como prueba de la fecha en que hizo el mensaje. Quedó
satisfecho, sobre todo de la primera frase: «Todas las personas que me conocen
saben lo difícil que es este mensaje para mí». Sin embargo, cuando lo leyó
publicado, ya en frío, tuvo la impresión de que se había echado la soga al
cuello, por la frase final, en que pedía al presidente hacer lo que pudiera por
la liberación de los periodistas. «Pero eso sí —le advertía—, sin pasar por
encima de las leyes y los preceptos constitucionales, lo cual es benéfico no
sólo para el país sino para la libertad de prensa que hoy está secuestrada». La
depresión se agravó unos días después cuando secuestraron a Maruja y a Beatriz,
porque lo entendió como una señal de que las cosas iban a ser largas y
complicadas. Ése fue el primer embrión de un plan de fuga que se le iba a
convertir en una obsesión irresistible.
Las condiciones de Diana y su equipo —quinientos kilómetros al
norte de Bogotá y a tres meses del secuestro— eran diferentes de los otros
rehenes, pues dos mujeres y cuatro hombres cautivos al mismo tiempo planteaban
problemas muy complejos de logística y seguridad. En la cárcel de Maruja y
Beatriz sorprendía la falta absoluta de indulgencia. En la de Pacho Santos
sorprendían la familiaridad y el desenfado de los guardianes de su misma
generación. En el grupo de Diana reinaba un ambiente de improvisación que
mantenía a secuestrados y secuestradores en un estado de alarma e
incertidumbre, con una inestabilidad que lo contaminaba todo y aumentaba el
nerviosismo de todos. El secuestro de Diana se distinguió también por su signo
errático. Durante el largo cautiverio los rehenes fueron mudados sin
explicaciones no menos de veinte veces, cerca y dentro de Medellín, a casas de
estilos y categorías diferentes y condiciones desiguales. Esta movilidad era
posible tal vez porque sus secuestradores, a diferencia de los de Bogotá se
movían en su medio natural, lo controlaban por completo, y mantenían contacto
directo con sus superiores.
Los rehenes no estuvieron juntos en una misma casa sino en dos
ocasiones y por pocas horas. Al principio fueron dos grupos: Richard, Orlando y
Hero Buss en una casa, y Diana, Azucena y Juan Vitta en otra cercana. Algunas
mudanzas habían sido atolondradas e imprevistas, a cualquier hora y sin tiempo
para recoger sus cosas por el inminente asalto de la policía, y casi siempre a
pie por pendientes escarpadas y chapaleando en el fango bajo aguaceros
interminables. Diana era una mujer fuerte y resuelta, pero aquellas caminatas
despiadadas y humillantes, en las condiciones físicas y morales del cautiverio,
sobrepasaban por mucho su resistencia. Otras mudanzas fueron de una naturalidad
pasmosa por las calles de Medellín, en taxis ordinarios y eludiendo retenes y patrullas
callejeras. Lo más duro para todos en las primeras semanas era estar
secuestrados sin que nadie lo supiera. Veían la televisión, escuchaban la radio
y leían los periódicos, pero no hubo una noticia sobre su desaparición hasta el
14 de septiembre, cuando el noticiero Criptón informó sin citar la fuente que
no estaban en misión periodística con las guerrillas sino secuestrados por los
Extraditables. Habían de pasar todavía varias semanas antes de que éstos
emitieran un reconocimiento formal del secuestro.
El responsable del equipo de Diana era un paisa inteligente y
campechano a quien todos llamaban don Pacho, sin apellidos ni más señas, Tenía
unos treinta años, pero con un aspecto reposado de hombre mayor. Su sola
presencia tenía la virtud inmediata de resolver los problemas pendientes de la
vida cotidiana y de sembrar esperanzas para el futuro. Les llevaba regalos a
las rehenes, libros, caramelos, casetes de música y los ponía al corriente de
la guerra y de la actualidad nacional.
Sin embargo, sus apariciones eran ocasionales y delegaba mal su
autoridad. Los guardianes y estafetas eran más bien caóticos, no estuvieron
nunca enmascarados, usaban sobrenombres de tiras cómicas y les llevaban a los
rehenes —de una casa a otra— mensajes orales o escritos que al menos les
servían de consuelo. Desde la primera semana les compraron las sudaderas de
reglamento, los útiles de aseo y tocador y los periódicos locales. Diana y
Azucena jugaban parches con ellos, y muchas veces ayudaron a hacer las listas
del mercado. Uno dijo una frase que Azucena registró asombrada en sus notas:
«Por plata no se preocupen, que eso es lo que sobra». Al principio los
guardianes vivían en el desorden, escuchaban la música a todo volumen, comían
sin horarios y andaban por la casa en calzoncillos. Pero Diana asumió un
liderazgo que puso las cosas en su lugar. Los obligó a ponerse una ropa
decente, a bajar el volumen de la música que les estorbaba el sueño e hizo
salir del cuarto a uno que pretendió dormir, en un colchón tendido junto a su
cama. Azucena, a sus veintiocho años, era tranquila y romántica, y no lograba
vivir sin el esposo después de cuatro años aprendiendo a vivir con él. Sufría
ráfagas de celos imaginarios y le escribía cartas de amor a sabiendas de que nunca
las recibiría. Desde la primera semana del secuestro llevó notas diarias de una
gran frescura y utilidad para escribir su libro. Trabajaba en el noticiero de
Diana desde hacía años y su relación con ella no había sido más que laboral,
pero se identificaron en el infortunio. Leían juntas los periódicos,
conversaban hasta el amanecer y trataban de dormir hasta la hora del almuerzo.
Diana era una conversadora compulsiva y Azucena aprendía de ella las lecciones
de vida que nunca le habrían dado en la escuela.
Los miembros de su equipo recuerdan a Diana como una compañera
inteligente, alegre y llena de vida, y una analista sagaz de la política. En
sus horas de desaliento los hizo partícipes de su sentimiento de culpa por
haberlos comprometido en aquella aventura impredecible. «No me importa lo que
me pase a mí —les dijo— pero si a ustedes les pasa algo nunca más podré vivir
en paz conmigo misma». Juan Vitta, con quien tenía una amistad antigua, la
inquietaba por su mala salud. Era uno de los que se habían opuesto al viaje con
más energía y mayores razones, y sin embargo la había acompañado apenas salido
del hospital por un preinfarto serio. Diana no lo olvidó. El primer domingo del
secuestro entró llorando en su cuarto y le preguntó si no la odiaba por no
haberle hecho caso. Juan Vitta le contestó con toda franqueza. Sí: la había
odiado de todo corazón cuando les comunicaron que estaban en manos de los
Extraditables, pero había terminado por aceptar el secuestro como un destino
ineludible. El rencor de los primeros días se le había convertido también a él
en un sentimiento de culpa por no haber sido capaz de disuadirla.
Hero Buss, Richard Becerra y Orlando Acevedo tenían por el
momento menos motivos de sobresaltos en una casa cercana. Habían encontrado en
los armarios una cantidad insólita de ropas de hombre, todavía en sus
envolturas originales y con las etiquetas de las grandes marcas europeas. Los
guardianes les contaron que Pablo Escobar tenía esas mudas de emergencia en
varias casas de seguridad. «Aprovechen, muchachos, y pidan lo que quieran
—bromeaban—. Se demora un poco por el transporte pero en doce horas podemos satisfacer
cualquier pedido». Las cantidades de comida y bebidas que les llevaban al
principio a lomo de muía parecía cosa de locos. Hero Buss les dijo que ningún
alemán podía vivir sin cerveza, y en el viaje siguiente le llevaron tres cajas.
«Era un ambiente liviano», ha dicho Hero Buss en su español perfecto. Por esos
días convenció a un guardián de que tomara una foto de los tres secuestrados
pelando papas para el almuerzo. Más tarde, cuando las fotos fueron prohibidas
en otra casa, logró esconder una cámara automática encima del ropero, con la
cual hizo una buena serie de diapositivas en colores de Juan Vitta y él mismo,
pero no logró el propósito de fotografiar los guardianes sin máscaras.
Jugaban a las barajas, al dominó, al ajedrez, pero los rehenes
no podían competir con sus apuestas irracionales y con sus trampas de
prestidigitación. Todos eran jóvenes. El menor de ellos podía tener quince años
y se sentía orgulloso de que ya se había ganado un premio de ópera prima en un
concurso de asesinatos de policías de a dos millones cada uno. Tenían tal
desprecio por la plata, que Richard Becerra les vendió de entrada unos lentes
para el sol y unas chaquetas de camarógrafos por un precio con el que podía
comprar cinco nuevas. De vez en cuando, en noches de frío, los guardianes
fumaban marihuana y jugaban con sus armas. Dos veces se les escaparon tiros.
Uno de ellos atravesó la puerta del baño e hirió a un guardián en la rodilla.
Cuando oyeron por radio un llamado del papa Juan Pablo n por la liberación de
los secuestrados, uno de los guardianes gritó:
—¿Y ese hijo de puta qué tiene que meterse en esto?
Un compañero suyo saltó indignado por el insulto y los rehenes
tuvieron que mediar para que no se batieran a bala. Salvo esa vez, Hero Buss y
Richard lo tomaban a la ligera por no hacerse mala sangre. Orlando, por su
parte, pensaba que estaba de sobra en el grupo y encabezaba por derecho propio
la lista de ejecuciones.
Desde la primera semana los rehenes habían sido separados en
tres grupos y en tres casas distintas: Richard y Orlando en una, Hero Buss y
Juan Vitta en otra, y Diana y Azucena en otra. A los dos primeros los llevaron
en taxi a la vista de todo el mundo por el tráfico endiablado del centro
comercial mientras los buscaban todos los servicios de seguridad de Medellín.
Los instalaron en una casa todavía en obra negra y en un mismo dormitorio que
parecía más bien un calabozo de dos metros por dos, con un baño sucio y sin luz
y vigilado por cuatro guardianes. Para dormir no había más que dos colchones
tirados en el piso. En un cuarto contiguo, siempre cerrado, había otro rehén
por el cual pedían —según contaron los guardianes— un rescate multimillonario.
Era un mulato corpulento con una cadena de oro macizo en el cuello, que tenían
maniatado y en un aislamiento absoluto.
La casa amplia y confortable adonde llevaron a Diana y Azucena
para la mayor parte del cautiverio parecía ser la residencia privada de un jefe
grande. Comían en la mesa familiar, participaban en conversaciones privadas,
oían discos de moda. Entre ellos de Rocío Durcal y Juan Manuel Serrat, de
acuerdo con las notas de Azucena. Fue en esa casa donde Diana vio un programa
de televisión filmado en su apartamento de Bogotá, por el cual recordó que
había dejado las llaves del ropero escondidas en alguna parte, pero no pudo
precisar si fue detrás de las cáseles de música o detrás del televisor de la
alcoba. También cayó entonces en la cuenta de que había olvidado cerrar la caja
fuerte por las prisas con que salió la última vez rumbo al viaje de la
desgracia. «Ojalá que no haya metido nadie la nariz por ahí», escribió en una
carta a su madre. A los pocos días, en un programa de televisión de apariencia
casual, recibió una respuesta tranquilizadora.
La vida familiar no parecía cambiada por los secuestrados.
Llegaban señoras desconocidas que las trataban como parientes y es regalaban
medallas y estampas de santos milagrosos para que los ayudaran a salir libres.
Llegaban familias enteras con niños y perros que retozaban por los cuartos. Lo
malo era la impiedad del clima. Las pocas veces que calentaba el sol no podían
salir a tomarlo porque siempre había hombres trabajando. O, tal vez, guardianes
disfrazados de albañiles. Diana y Azucena se tomaron fotos recíprocas, cada una
en su cama, y no se les notaba todavía ningún cambio físico. En otra que le tomaron
a Diana tres meses más tarde estaba demacrada y envejecida.
El 19 de setiembre, cuando se enteró de los secuestros de Marina
Montoya y Francisco Santos, Diana comprendió —sin los elementos de juicio que
se tenían afuera— que el suyo no era un acto aislado, como lo pensó al
principio, sino una operación política de enormes proyecciones hacia el futuro
para presionar los términos de la entrega. Don Pacho se lo confirmó: había una
lista selecta de periodistas y personalidades que serían secuestrados a medida
que fuera necesario para los intereses de los secuestradores. Fue entonces
cuando decidió llevar un diario, no tanto para narrar sus días como para
consignar sus estados de ánimo y sus apreciaciones de los hechos. De todo:
anécdotas del cautiverio, análisis políticos, observaciones humanas, diálogos
sin respuesta con su familia o con Dios, la Virgen y el Divino Niño. Varias
veces hizo transcripciones completas de oraciones —entre ellas el Padre Nuestro
y el Avemaría como una forma original y tal vez más profunda de rezar por
escrito.
Es evidente que Diana no pensaba en un texto para publicar sino
en un memorando político y humano que la dinámica misma de los hechos convirtió
en una desgarradora conversación consigo misma. Lo escribió con su caligrafía
redonda y grande, de presencia nítida pero difícil de descifrar, que llenaba
por completo las interlíneas del cuaderno de escolar. Al principio escribía a
escondidas en las horas de la madrugada, pero cuando los guardianes la
descubrieron, le suministraban suficiente papel y lápiz para mantenerla ocupada
mientras ellos dormían.
La primera anotación la hizo el 27 de setiembre, una semana
después del secuestro de Marina y Pacho, y decía: «Desde el miércoles 19, día
en que vino el responsable de esta operación, han pasado tantas cosas que no
tengo alientos». Se preguntaba por qué su secuestro no había sido reivindicado
por sus autores, y se contestó que quizás lo hacían para poder asesinarlos sin
escándalo público en caso de que no sirvieran a sus propósitos. «Así lo
entiendo y me lleno de horror», escribió. Se preocupaba por el estado de sus
compañeros más que por el suyo y por las noticias de cualquier fuente que le
permitieran sacar conclusiones de su situación. Siempre fue una católica
practicante, como toda su familia, y en especial la madre, y su devoción se
iría haciendo más intensa y profunda con el paso del tiempo, hasta alcanzar
estados de misticismo. Rogaba a Dios y a la Virgen por todo el que tuviera algo
que ver con su vida, inclusive por Pablo Escobar. «Tal vez él necesite más de
tu ayuda», le escribió a Dios en su diario. «Sé de tu impulso de hacerle ver el
bien para que evite más dolor, y te pido por él para que entienda nuestra
situación. «
Lo más difícil para todos, sin duda, fue aprender a convivir con
los guardianes. Los de Maruja y Beatriz eran cuatro jóvenes sin ninguna
formación, brutales e inestables, que se turnaban de dos en dos cada doce
horas, sentados en el piso y con las metralletas listas. Todos con camisetas de
propaganda comercial, zapatos de tenis y pantalones cortos que a veces eran
recortados por ellos mismos con tijeras de podar. Uno de los dos que entraban a
las seis de la mañana seguía durmiendo hasta las nueve mientras el otro
vigilaba, pero casi siempre se quedaban dormidos los dos al mismo tiempo.
Maruja y Beatriz habían pensado que si un comando de la policía asaltaba la
casa a esa hora, los guardianes no tendrían tiempo de despertar.
La condición común era el fatalismo absoluto. Sabían que iban a
morir jóvenes, lo aceptaban, y sólo les importaba vivir el momento. Las
disculpas que se daban a sí mismos por su oficio abominable era ayudar a su
familia, comprar buena ropa, tener motocicletas, y velar por la felicidad de la
madre, que adoraban por encima de todo y por la cual estaban dispuestos a
morir. Vivían aferrados al mismo Divino Niño y la misma María Auxiliadora de
sus secuestrados. Les rezaban a diario para implorar su protección y su
misericordia, con una devoción pervertida, pues les ofrecían mandas y
sacrificios para que los ayudaran en el éxito de sus crímenes.
Después de su devoción por los santos, tenían la del Rovignol,
un tranquilizante que les permitía cometer en la vida real las proezas del
cine. «Mezclado con una cerveza uno entra en onda enseguida —explicaba un
guardián—. Entonces le prestan a uno un buen fierro y se roba un carro para
pasear. El gusto es la cara de terror con que le entregan a uno las llaves».
Todo lo demás lo odiaban: los políticos, el gobierno, el Estado, la justicia,
la policía, la sociedad entera. La vida, decían, era una mierda.
Al principio fue imposible distinguirlos, porque lo único que
veían de ellos era la máscara, y todos les parecían iguales. Es decir: uno
solo. El tiempo les enseñó que la máscara esconde el rostro pero no el
carácter. Así lograron individualizarlos. Cada máscara tenía una identidad
diferente, un modo de ser propio, una voz irrenunciable. Y más aún: tenía un
corazón. Aun sin desearlo terminaron compartiendo con ellos la soledad del
encierro. Jugaban a las barajas y al dominó, y se ayudaban en la solución de los
crucigramas y acertijos de las revistas viejas.
Marina era sumisa a las leyes de sus carceleros, pero no era
imparcial. Quería a unos y detestaba a otros, llevaba y traía entre ellos
comentarios maliciosos de pura estirpe maternal, y terminaba por armar unos
enredos internos que ponían en peligro la armonía del cuarto. Pero a todos los
obligaba a rezar el rosario, y todos lo rezaban.
Entre los guardianes del primer mes había uno que padecía de una
demencia súbita y recurrente. Lo llamaban Barrabás. Adoraba a Marina y le hacía
caricias y berrinches. En cambio, desde su primer día fue un enemigo
encarnizado de Maruja. De repente enloquecía, le daba una patada al televisor y
arremetía a cabezazos contra las paredes. El guardián más raro, sombrío y
callado, era muy flaco y de casi dos metros de estatura, y se ponía encima de
la máscara otra capucha de sudadera azul oscuro corno de fraile loco. Y así lo
llamaban: el Monje. Permanecía largo rato agachado y en trance. Debía ser de
los más antiguos, pues Marina lo conocía muy bien y lo distinguía con sus
cuidados. Él le llevaba regalos al regreso de sus descansos, y entre ellos un
crucifijo de plástico que Marina llevaba colgado del cuello con la misma cinta
ordinaria con que lo recibió. Sólo ella le había visto la cara, pues antes de
que llegaran Maruja y Beatriz todos los guardianes andaban descubiertos y no
hacían nada por ocultar su identidad. Marina lo interpretaba como un indicio de
que no saldría viva de aquel encierro. Decía que era un adolescente apuesto,
con los ojos más bellos que había visto, y Beatriz lo creía, porque sus
pestañas eran tan largas y rizadas que se le salían por los huecos de la
máscara. Era capaz de lo mejor y lo peor. Fue él quien descubrió que Beatriz
llevaba una cadena con la medalla de la Virgen Milagrosa.
—Aquí están prohibidas las cadenas —le dijo—. Tiene que darme
ésa. Beatriz se defendió angustiada.
—Usted no puede quítamela —le dijo—. Eso sí sería de mal agüero,
me pasará algo malo.
Él se contagió de su angustia. Le explicó que las medallas
estaban prohibidas porque podían tener dentro mecanismos electrónicos para
localizarlas a distancia. Pero encontró la solución:
—Hagamos una cosa —propuso—: quédese con la cadena, pero déme la
medalla. Perdone usted, pero es k orden que me dieron.
Lamparón, por su lado, tenía la obsesión de que iban a matarlo,
y sufría espasmos de terror.
Oía ruidos fantásticos, inventó que tenía en la cara una
cicatriz tremenda, tal vez para confundir a quienes trataran de identificarlo.
Limpiaba con alcohol las cosas que tocaba para no dejar huellas digitales.
Marina se burlaba de él, pero no lograba moderar sus delirios. De pronto
despertaba en mitad de la noche. «¡Oigan! —susurraba aterrado—. ¡Ya viene la
policía! « Una noche apagó la veladora, y Maruja se dio un golpe brutal con la
puerta del baño. Estuvo a punto de perder el sentido. Encima de todo, Lamparón
la regañó por no saber moverse en la oscuridad.
—Ya no joda más —lo plantó ella—. Esto no es una película de
detectives.
También los guardianes parecían secuestrados. No podían moverse
en el resto de la casa, y las horas del descanso las dormían en otro cuarto
cerrado con candado para que no escaparan. Todos eran antioqueños rasos,
conocían mal a Bogotá, y alguno contó que cuando salían del servicio, cada
veinte o treinta días, los llevaban vendados o en el baúl del automóvil para
que no supieran dónde estaban. Otro temía que lo mataran cuando ya no fuera
necesario, para que se llevara sus secretos a la tumba. Sin ninguna regularidad
aparecían jefes encapuchados y mejor vestidos, que recibían informes e
impartían instrucciones. Sus decisiones eran imprevisibles, y las secuestradas
y los guardianes, por igual, estaban a merced de ellos.
El desayuno de las rehenes llegaba a la hora menos pensada: café
con leche y una arepa con una salchicha encima. Almorzaban frijoles o lentejas
en un agua gris; pedacitos de. carne en posos de grasa, una cucharada de arroz
y una gaseosa. Tenían que comer sentadas en el colchón, pues no había una silla
en d cuarto, y sólo con cuchara, pues cuchillos y tenedores estaban prohibidos
por normas de seguridad. La cena se improvisaba con los frijoles recalentados y
otras sobras del almuerzo.
Los guardianes decían que el dueño de casa, a quien llamaban el
mayordomo, se quedaba con la mayor parte del presupuesto. Era un cuarentón
robusto, de estatura media, cuya cara de fauno podía adivinarse por su dicción
gangosa y los ojos inyectados y mal dormidos que se asomaban por los agujeros
de la capucha. Vivía con una mujer chiquita, chillona, desarrapada y de dientes
carcomidos. Se llamaba Damaris y cantaba salsa, vallenatos y bambucos durante
todo el día con toda la voz y con un oído de artillero, pero con tanto
entusiasmo, que era imposible no imaginarse que andaba bailando sola con su
propia música por toda la casa.
Los platos, los vasos y las sábanas, seguían usándose sin lavar
hasta que las rehenes protestaban. El inodoro sólo podía desocuparse cuatro
veces al día y permanecía cerrado los domingos en que salía la familia para
evitar que el desagüe alertara a los vecinos. Los guardianes orinaban en el
lavamanos o en el sumidero de la ducha. Damaris trataba de tapar su negligencia
sólo cuando se anunciaba el helicóptero de los jefes, y lo hacía a toda prisa,
con técnicas de bomberos, y lavando pisos y paredes con el chorro de la
manguera. Veía las telenovelas todos los días hasta la una de la tarde, y a esa
hora echaba en la olla de presión lo que tuviera que cocinar para el almuerzo
—la carne, las legumbres, las papas, los frijoles, todo junto y revuelto— y la
ponía al mego hasta que sonaba el silbato.
Sus frecuentes peleas con el marido demostraban un poder de
rabia y una imaginación para los improperios que a veces alcanzaba cumbres de
inspiración. Tenían dos niñas, de nueve y siete años, que iban a una escuela
cercana, y a veces invitaban a otros niños a ver la televisión o a jugar en el
patio. La maestra los visitaba algunos sábados, y otros amigos más ruidosos
llegaban cualquier día e improvisaban fiestas con música. Entonces cerraban con
candado la puerta del cuarto y obligaban a apagar el radio, a ver la televisión
sin sonido y a no ir al baño aun en casos de urgencia.
A finales de octubre, Diana Turbay observó que Azucena estaba
preocupada y triste. Había pasado el día sin hablar y en ánimo de no compartir
nada. No era raro: su fuerza de abstracción no era nada común, sobre todo
cuando leía, y más aún si el libro era la Biblia. Pero su mutismo de entonces
coincidía con un humor asustadizo y una palidez inusual. Puesta en confesión,
le reveló a Diana que desde hacía dos semanas tenía el temor de estar encinta.
Sus cuentas eran claras. Llevaba más de cincuenta días en cautiverio y dos
fallas consecutivas. Diana dio un salto de alegría por la buena nueva —en una
reacción típica de ella— pero se hizo cargo de la pesadumbre de Azucena.
En una de sus primeras visitas, don Pacho les había hecho la
promesa de que saldrían el primer jueves de octubre. Les pareció cierto, porque
hubo cambios notables: mejor trato, mejor comida, mayor libertad de
movimientos. Sin embargo, siempre aparecía un pretexto para cambiar de fecha.
Después del jueves anunciado les dijeron que serían libres el 9 de diciembre
para celebrar la elección de la Asamblea Nacional Constituyente. Así siguieron
con la Navidad, el Año Nuevo, el día de Reyes, o el cumpleaños de alguien, en
un collar de aplazamientos que más bien parecían cucharaditas de consuelo.
Don Pacho siguió visitándolas en noviembre. Les llevó libros
nuevos, periódicos del día, revistas atrasadas y cajas de chocolate. Les
hablaba de los otros secuestrados. Cuando Diana supo que no era prisionera del
cura Pérez, se encarnizó en obtener una entrevista con Pablo Escobar, no tanto
para publicarla —si era el caso como para discutir con él las condiciones de su
rendición. Don Pacho le contestó a fines de octubre que la solicitud estaba
aprobada. Pero los noticieros del 7 de noviembre le dieron el primer golpe
mortal a la ilusión: la transmisión del partido de fútbol entre el equipo de
Medellín y el Nacional fue interrumpido para dar la noticia del secuestro de
Maruja Pachón y Beatriz Villamizar. Juan Vitta y Hero Buss la oyeron en su
cárcel y les pareció la peor noticia. También ellos habían llegado a la
conclusión de que no eran más que los extras de una película de horror.
«Material de relleno», como decía Juan Vitta. «Desechables», como les decían
los guardianes. Uno de éstos, en una discusión acalorada, le había gritado a
Hero Buss:
—Usted cállese, que aquí no está ni invitado.
Juan Vitta sucumbió a la depresión, renunció a comer, durmió
mal, perdió el norte, y optó por la solución compasiva de morirse una vez y no
morirse millones de veces cada día. Estaba pálido, se le dormía un brazo, tenía
la respiración difícil y el sueño sobresaltado. Sus únicos diálogos fueron
entonces con sus parientes muertos que veía en carne y hueso alrededor de su
cama. Alarmado, Hero Buss armó un escándalo alemán. «Si Juan se muere aquí los
responsables son ustedes», les dijo a los guardianes. La advertencia fue
atendida. El médico que le llevaron fue el doctor Conrado Prisco Lopera,
hermano de David Ricardo y Armando Alberto Prisco Lopera —de la famosa banda de
los Priscos— que trabajaban con Pablo Escobar desde sus inicios de traficante,
y se les señalaba como los creadores del sicariato entre los adolescentes de la
comuna nororiental de Medellín. Se decía que dirigían una banda de niños
matones encargada de los trabajos más sucios, y entre éstos la custodia de los
secuestrados. En cambio, el cuerpo médico tenía al doctor Conrado como un
profesional honorable, y su única sombra era ser o haber sido el médico de
cabecera de Pablo Escobar. Llegó a cara descubierta, y sorprendió a Hero Buss
con un saludo en buen alemán:
—Hallo Hero, wie geht's uns.
Fue una visita providencial para Juan Vitta, no por el
diagnóstico —estrés avanzado— sino por su pasión de lector. Lo único que le
recetó fue un jarabe de buenas lecturas. Todo lo contrario de las noticias
políticas del doctor Prisco Lopera que a los cautivos les sentaron como una
pócima para matar al más sano.
El malestar de Diana se agravó en noviembre, dolor de cabeza
intenso, cólicos espasmódicos, depresión severa, pero no hay indicios en su
diario de que el médico la hubiera visitado. Pensó que tal vez fuera una
depresión por la parálisis de su situación, que iba haciéndose más incierta a
medida que se agotaba el año. «Aquí los tiempos corren distinto de lo que
estamos acostumbrados a manejar —escribió—. No hay afanes para nada». Una nota
de esa época dio cuenta del pesimismo que la abrumaba: «He logrado hacer una
revisión de lo que ha sido mi vida hasta hoy: ¡cuántos amores, cuánta inmadurez
para tomar decisiones importantes, cuánto tiempo gastado en cosas que no han
valido la pena!». Su profesión tuvo un lugar especial en ese drástico examen de
conciencia: «Aunque tengo cada vez más firmes mis convicciones sobre lo que es
y debe ser el ejercicio del periodismo, no veo con claridad mi espacio». Las
dudas no salvaban ni a su propia revista, «que he visto tan pobre no sólo
comercialmente sino editorialmente». Y sentenció con pulso firme: «Le falta
profundidad y análisis».
Los días de todos los rehenes por separado se iban entonces en
esperar a don Pacho, cuyas visitas siempre anunciadas y pocas veces cumplidas
eran la medida del tiempo. Oían las avionetas y helicópteros que sobrevolaban
la casa, y les dejaban la impresión de ser exploraciones de rutina. En cambio,
cada sobrevuelo provocaba la movilización de los guardianes, que se aprestaban
con sus armas de guerra en posición de combate. Los rehenes sabían, por
anuncios reiterados, que en caso de un ataque armado los guardianes empezarían
por matarlos a ellos.
A pesar de todo, noviembre terminó con alguna esperanza. Se
disiparon las dudas que inquietaban a Azucena Liévano: sus síntomas eran un
falso embarazo provocado tal vez por la tensión nerviosa. Pero no lo celebró.
Al contrario: después del susto inicial, la idea de tener un hijo se le había
convertido en una ilusión que se prometió revivir tan pronto como saliera
libre. Diana, por su parte, vio signos de esperanza en declaraciones de los
Notables y de Guido Parra sobre las posibilidades de un acuerdo.
El resto de noviembre había sido de acomodación para Maruja y
Beatriz. Cada una a su modo se forjó una estrategia de supervivencia. Beatriz,
que es valiente y de carácter, se refugió en el consuelo de minimizar la
realidad. Soportó muy bien los primeros diez días, pero pronto tomó conciencia
de que la situación era más compleja y azarosa, y se enfrentó de medio lado a
la adversidad. Maruja, que es una analítica fría aun contra su optimismo casi
irracional, se había dado cuenta desde el primer momento de que estaba frente a
una realidad ajena a sus recursos, y que el secuestro sería largo y difícil. Se
escondió dentro de sí misma como un caracol en su concha, ahorró energías,
reflexionó a fondo, hasta que se acostumbró a la idea ineludible de que podía
morir. «De aquí no salimos vivas», se dijo, y ella misma se sorprendió de que
aquella revelación fatalista tuvo un efecto contrario. Desde entonces se sintió
dueña de sí misma, y capaz de estar pendiente de todo y de todos, y de lograr
por persuasión que la disciplina fuera menos rígida. Hasta la misma televisión
se volvió insoportable desde la tercera semana del cautiverio, se acabaron los
crucigramas y los pocos artículos legibles de las revistas de variedades que
habían encontrado en el cuarto y que quizás fueran rezagos de algún secuestro
anterior. Pero aun en sus días peores, como lo hizo siempre en la vida real,
Maruja se reservó para ella unas dos horas diarias de soledad absoluta.
A pesar de todo, las primeras noticias de diciembre indicaban
que había motivos para estar esperanzadas. Así como Marina hacía sus vaticinios
terribles, Maruja empezó a inventar juegos de optimismo. Marina se agarró muy
rápido: uno de los guardianes había levantado el pulgar en señal de aprobación,
y eso quería decir que las cosas iban bien. Una vez Damaris no hizo el mercado,
y eso lo interpretaron como una señal de que no lo necesitaban porque ya iban a
ser liberadas. Jugaban a figurarse la manera como las iban a liberar y fijaban
la fecha y el modo. Como vivían en las tinieblas se imaginaban que serían
libres en un día de sol, y la fiesta la harían en la terraza del apartamento de
Maruja. «¿Qué quieren comer?», preguntaba Beatriz. Marina, cocinera de buena
mano, dictaba el menú de reinas. Empezaban en juego y terminaban de verdad, se
arreglaban para salir, se pintaban unas a otras. El 9 de diciembre, que era una
de las fechas anunciadas para la liberación con motivo de la elección de la
Asamblea Constituyente, se quedaron listas, inclusive con la conferencia de
prensa, en la que tenían preparadas cada una de las respuestas. El día pasó con
ansiedad, pero terminó sin amargura, por la seguridad absoluta que tenía Maruja
de que tarde o temprano, sin la mínima sombra de duda, serían liberadas por su
marido.
4
De modo que el secuestro de los periodistas fue una reacción a
la idea que atormentaba al presidente César Gaviria desde que era ministro de
Gobierno de Virgilio Barco: cómo crear una alternativa jurídica a la guerra
contra el terrorismo. Había sido un tema central de su campaña para la
presidencia. Lo había recalcado en su discurso de posesión, con la distinción
importante de que el terrorismo de los traficantes era un problema nacional, y
podía tener una solución nacional, mientras que el narcotráfico era
internacional y sólo podía tener soluciones internacionales. La prioridad era
contra el narcoterrorismo, pues con las primeras bombas la opinión pública
pedía la cárcel para los narcoterroristas, con las siguientes pedía la
extradición, pero a partir de la cuarta bomba empezaba a pedir que los
indultaran. También en ese sentido la extradición debía ser un instrumento de
emergencia para presionar la entrega de los delincuentes, y Gaviria estaba
dispuesto a aplicarla sin contemplaciones.
En los primeros días después de su posesión apenas si tuvo
tiempo de conversarlo con nadie, agobiado por la organización del gobierno y la
convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente que hiciera la primera
reforma de fondo del Estado en los últimos cien años. Rafael Pardo compartía la
inquietud sobre el terrorismo desde el asesinato de Luis Carlos Galán. Pero
también él se encontraba arrastrado por los atafagos inaugurales. Su situación
era peculiar. El nombramiento como consejero de Seguridad y Orden Público había
sido uno de los primeros, en un palacio sacudido por los ímpetus renovadores de
uno de los presidentes más jóvenes de este siglo, devorador de poesía y
admirador de los Beatles, y con ideas de cambios de fondo a los que él mismo
había bautizado con un nombre modesto: El Revolcón. Pero Pardo andaba en medio
de aquella ventisca con un maletín de papeles que llevaba a todas partes, y se
acomodaba para trabajar donde podía. Su hija Laura creía que él se había
quedado sin empleo porque no tenía horas de salida ni llegada en la casa. La
verdad es que aquella informalidad forzada por las circunstancias estaba muy de
acuerdo con el modo de ser de Rafael Pardo, que parecía más de poeta lírico que
de funcionario de Estado. Tenía treinta y ocho años. Su formación académica era
evidente y bien sustentada: bachiller en el Gimnasio Moderno de Bogotá,
economista en la Universidad de los Andes, donde además fue maestro de economía
e investigador durante nueve años, y postgraduado en Planeación en el Instituto
de Estudios Sociales de La Haya, Holanda. Además era un lector algo delirante
de cuanto libro encontraba a su paso, y en especial de dos especialidades
distantes: poesía y seguridad. En aquel tiempo sólo tenía cuatro corbatas que
le habían regalado en las cuatro Navidades anteriores y no se las ponía por su
gusto, sino que llevaba una en el bolsillo sólo para casos de emergencia.
Combinaba pantalones con chaquetas sin tomar en cuenta pintas ni estilos, se
ponía por distracción una media de un color y otra de otro, y siempre que podía
andaba en mangas de camisa porque no hacía diferencia entre el frío y el calor.
Sus orgías mayores eran partidas de póquer con su hija Laura hasta las dos de
la madrugada, en silencio absoluto y con frijoles en vez de plata. Claudia, su
bella y paciente esposa, se exasperaba porque andaba como sonámbulo por la
casa, sin saber dónde estaban los vasos o cómo se cerraba una puerta o se
sacaba el hielo de la nevera, y tenía la facultad casi mágica de no enterarse
de las cosas que no soportaba. Con todo, su condición más rara era una
impavidez de estatua que no dejaba ni el mínimo resquicio para imaginar lo que
estaba pensando, y un talento inclemente para resolver una conversación con no
más de cuatro palabras o ponerle término a una discusión frenética con un
monosílabo lapidario.
Sin embargo, sus compañeros de estudio y de trabajo no entendían
su desprestigio doméstico, pues lo conocían como un trabajador inteligente,
ordenado y de una serenidad escalofriante, cuyo aire despistado les parecía más
bien para despistar. Era irritable con los problemas fáciles y de una gran
paciencia con las causas perdidas, y tenía un carácter firme apenas moderado
por un sentido del humor imperturbable y socarrón. El presidente Virgilio Barco
debió reconocer el lado útil de su hermetismo y su afición por los misterios,
pues lo encargó de las negociaciones con la guerrilla y los programas de
rehabilitación en zonas de conflicto, y con ese título logró los acuerdos de
paz con el M-19. El presidente Gaviria, que competía con él en secretos de
Estado y silencios insondables, le echó encima además los problemas de la
seguridad y el orden público en uno de los países más inseguros y subvertidos
del mundo. Pardo tomó posesión con toda su oficina en el maletín, y durante dos
semanas más tenía que pedir permiso para usar el baño o el teléfono en oficinas
ajenas. Pero el presidente lo consultaba a menudo sobre cualquier tema y lo
escuchaba con una atención premonitoria en las reuniones difíciles. Una tarde
se quedó solo con el presidente en su oficina, y éste le preguntó con su aire
despistado:
—Dígame una cosa, Rafael, ¿a usted no le preocupa que uno de
esos tipos se entregue de pronto a la justicia y no tengamos ningún cargo
contra él para ponerlo preso?
Era la esencia del problema: los terroristas acosados por la
policía no se decidían a entregarse porque no tenían garantías para su
seguridad personal ni la de sus familias, y d Estado, por su parte, no tenía
pruebas para condenarlos si los capturaban. La idea era encontrar una fórmula
jurídica para que se decidieran a confesar sus delitos a cambio de que el
Estado les diera la seguridad para ellos y sus familias. Rafael Pardo había
pensado el problema para el gobierno anterior, y todavía llevaba unas notas
traspapeladas en el maletín cuando Gaviria le hizo la pregunta. Eran, en
efecto, un principio de solución: quien se entregara a la justicia tendría una
rebaja de la pena si confesaba un delito que permitiera procesarlo, y otra
rebaja suplementaria por la entrega de bienes y dineros al Estado. Eso era
todo, pero el presidente la vislumbró completa, pues coincidía con su idea de
una estrategia que no fuera de guerra ni de paz sino de justicia, y que le
quitara argumentos al terrorismo sin renunciar a la amenaza indispensable de la
extradición.
El presidente Gaviria se la propuso a su ministro de justicia,
Jaime Giraldo Ángel. Este captó la idea de inmediato, pues también él venía
pensando desde hacía tiempo en una manera de judicializar el problema del
narcotráfico. Además, ambos eran partidarios de la extradición de nacionales
como un instrumento para forzar la rendición.
Giraldo Ángel, con su aire de sabio distraído, su precisión
verbal y su habilidad de ordenógrafo prematuro, acabó de redondear la fórmula
con ideas propias y otras ya establecidas en el Código Penal. Entre sábado y
domingo redactó un primer borrador en su computadora portátil de reportero, y
el lunes a primera hora se lo mostró al presidente todavía con tachaduras y
enmiendas a —mano. El título escrito a tinta en el encabezado era un embrión
histórico: Sometimiento a la justicia.
Gavina es muy meticuloso con sus proyectos, y no los llevaba a
los Consejos de Ministros hasta no estar seguro de que serían aprobados. De
modo que examinó a fondo el borrador con Giraldo Ángel y con Rafael Pardo, que
no es abogado, pero cuyas pocas palabras suelen ser certeras. Luego mandó la
versión más avanzada al Consejo de Seguridad, donde Giraldo Ángel encontró los
apoyos del general Osear Botero, ministro de la Defensa, y el director de
Instrucción Criminal, Carlos Mejía Escobar, un jurista joven y efectivo que
sería el encargado de manejar el decreto en la vida real. El general Maza
Márquez no se opuso al proyecto, aunque consideraba que en la lucha contra el
cartel de Medellín era inútil cualquier fórmula distinta de la guerra. «Este
país no se arregla —solía decir— mientras Escobar no esté muerto. « Pues estaba
convencido de que Escobar sólo se entregaría para seguir traficando desde la
cárcel bajo la protección del gobierno.
El proyecto se presentó en el Consejo de Ministros con la
precisión de que no se trataba de plantear una negociación con el terrorismo
para conjurar una desgracia de la humanidad cuyos primeros responsables eran
los países consumidores. Al contrario: se trataba de darle una mayor utilidad
jurídica a la extradición en la lucha contra el narcotráfico, al incluir la no
extradición como premio mayor en un paquete de incentivos y garantías para
quienes se entregaran a la justicia.
Una de las discusiones cruciales fue la de la fecha límite para
los delitos que los jueces deberían tomar en consideración. Esto quería decir
que no sería amparado ningún delito cometido después de la fecha del decreto.
El secretario general de la presidencia, Fabio Villegas, que fue el opositor
más lúcido de la fecha límite, se fundaba en un argumento fuerte: al cumplirse
el plazo para los delitos perdonables el gobierno se quedaría sin política. Sin
embargo, la mayoría acordó con el presidente que por el momento no debían ir
más lejos con el plazo fijo, por el riesgo cierto de que se convirtiera en una
patente de corso para que los delincuentes siguieran delinquiendo hasta que
decidieran entregarse. Para preservar al gobierno de cualquier sospecha de negociación
ilegal o indigna, Gaviria y Giraldo se pusieron de acuerdo en no recibir a
ningún emisario directo de los Extraditables durante los procesos, ni negociar
con ellos ni con nadie ningún caso de ley. Es decir, no discutir nada de
principios, sino sólo asuntos operativos. El director nacional de Instrucción
Criminal —que no depende del poder ejecutivo ni es nombrado por él— sería el
encargado oficial de cualquier contacto con los Extraditables o sus
representantes legales. Todos sus intercambios serían por escrito, y así
quedarían consignados.
El proyecto del decreto se discutió con una diligencia febril y
un sigilo nada común en Colombia, y se aprobó el 5 de setiembre de 1990. Ése
fue el decreto de Estado de Sitio 2047: quienes se entregaran y confesaran
delitos podían obtener como beneficio principal la no extradición; quienes
además de la confesión colaboraran con la justicia, tendrían una rebaja de la
pena hasta una tercera parte por i entrega y la confesión, y hasta una sexta
parte por colaboración con la justicia con la delación. En total: hasta la
mitad de la pena impuesta por uno o todos los delitos por los cuales fuera
solicitada la extradición. Era la justicia en su expresión más simple y pura:
la horca y el garrote. El mismo Consejo de Ministros que firmó el decreto
rechazó tres extradiciones y aprobó tres, como una notificación pública de que
el nuevo gobierno sólo renunciaba a la extradición como un beneficio principal
del decreto.
En realidad, más que un decreto suelto, era una política
presidencial bien definida para la lucha contra el terrorismo en general, y no
sólo contra el de los traficantes de droga, sino también contra otros casos de
delincuencia común. El general Maza Márquez no expresó en los Consejos de
Seguridad lo que en realidad pensaba del decreto, pero años más tarde —en su
campaña electoral para la presidencia de la república— lo fustigó sin
misericordia como «una falacia de este tiempo». «Con él se maltrata la majestad
de la justicia —escribió entonces y se echa por la borda la respetabilidad
histórica del derecho penal. « El camino fue largo y complejo. Los
Extraditables —ya conocidos en el mundo como una razón social de Pablo Escobar—
repudiaron el decreto de inmediato, aunque dejaron puertas entreabiertas para
seguir peleando por mucho más. La razón principal era que no decía de una
manera incontrovertible que no serían extraditados. Pretendían también que los
consideraran delincuentes políticos, y les dieran en consecuencia el mismo
tratamiento que a los guerrilleros del M-19, que habían sido indultados y
reconocidos como partido político. Uno de sus miembros era ministro de Salud, y
todos participaban en la campaña de la Asamblea Nacional Constituyente. Otra de
las preocupaciones de los Extraditables era una cárcel segura donde estar a
salvo de sus enemigos, y garantías para la vida de sus familias y sus secuaces.
Se dijo que el gobierno había hecho el decreto como una
concesión a los traficantes por la presión de los secuestros. En realidad, el
proyecto estaba en proceso desde antes del secuestro de Diana, y ya había sido
proclamado cuando los Extraditables dieron otra vuelta de tuerca con los
secuestros casi simultáneos de Francisco Santos y Marina Montoya. Mis tarde,
cuando ocho rehenes no les alcanzaron para lograr lo que querían, secuestraron
a Maruja Pachón y a Beatriz Villamizar. Ahí tenían el número mágico: nueve
periodistas. Y además —condenada de antemano— la hermana de un político
fugitivo de la justicia privada de Escobar. En cierto modo, antes de que el
decreto demostrara su eficacia, el presidente Gaviria empezaba a ser víctima de
su propio invento.
Diana Turbay Quintero tenía, como su padre, un sentido intenso y
apasionado del poder y una vocación de liderazgo que determinaron su vida.
Creció entre los grandes nombres de la política, y era difícil que desde
entonces no fuera ésa su perspectiva del mundo. «Diana era un hombre de Estado
—ha dicho una amiga que la comprendió y la quiso—. Y la más grande preocupación
de su vida era una obstinada voluntad de servicio al país. « Pero el poder
—como el amor— es de doble filo: se ejerce y se padece. Al tiempo que genera un
estado de levitación pura, genera también su contrario: la búsqueda de una
felicidad irresistible y fugitiva, sólo comparable a la búsqueda de un amor
idealizado, que se ansia pero se teme, se persigue pero nunca se alcanza. Diana
lo sufría con una voracidad insaciable de saberlo todo, de estar en todo, de
descubrir el porqué y el cómo de las cosas, y la razón de su vida. Algunos que
la trataron y la quisieron de cerca lo percibieron en las incertidumbres de su
corazón, y piensan que muy pocas veces fue feliz.
No es posible saber —sin habérselo preguntado a ella— cuál de
los dos filos del poder le causó sus peores heridas. Ella debió sentirlo en
carne viva cuando fue secretaria privada y brazo derecho de su padre, a los
veintiocho años, y quedó atrapada entre los vientos cruzados del poder. Sus
amigos —incontables— han dicho que era una de las personas más inteligentes que
han conocido, que tenía un grado de información insospechable, una capacidad
analítica asombrosa y la facultad divina de percibir hasta las terceras
intenciones de la gente. Sus enemigos dicen sin más vueltas que fue un germen
de perturbación detrás del trono. Otros piensan, en cambio, que descuidó su
propia suerte por el afán de preservar la de su padre por encima de todo y
contra todos, y pudo ser un instrumento de áulicos y aduladores. Había nacido
el 8 de marzo de 1950, bajo el inclemente signo de Piscis, cuando su padre
estaba ya en la línea de espera para la presidencia de la república. Fue un
líder nato donde quiera que estuvo: en el Colegio Andino de Bogotá, en el
Sacred Heart de Nueva York y en la Universidad de Santo Tomás de Aquino,
también en Bogotá, donde terminó la carrera de derecho sin esperar el diploma.
El arribo tardío al periodismo —que por fortuna es el poder sin
trono— debió ser para ella un reencuentro con lo mejor de sí misma. Fundó la
revista Hoy x Hoy y el telediario Criptón como un camino más directo para
trabajar por la paz. «Ya no estoy en trance de pelear con nadie ni tengo el
ánimo de armarle broncas a nadie —dijo entonces—. Ahora soy totalmente
conciliadora». Tanto, que se sentó a conversar para la paz con Carlos Pizarro,
comandante del M-19, que había disparado un cohete de guerra casi dentro del
cuarto mismo donde se encontraba el presidente Turbay. La amiga que lo contó
dice muerta de risa: «Diana entendió que la vaina era como un ajedrecista y no
como un boxeador dándose golpes contra el mundo».
De modo que era apenas natural que su secuestro —además de su
carga humana— tuviera un peso político difícil de manejar. El ex presidente
Turbay había dicho en público y en privado que no tenía noticia alguna de los
Extraditables, porque le pareció lo más prudente mientras no se supiera qué
pretendían, pero en verdad había recibido un mensaje poco después del secuestro
de Francisco Santos. Se lo había comunicado a Hernando Santos tan pronto como
éste regresó de Italia, y lo invitó a su casa para diseñar una acción conjunta.
Santos lo encontró en la penumbra de su biblioteca inmensa, abrumado por la
certidumbre de que Diana y Francisco serían ejecutados. Lo que más le
impresionó —como a todos los que vieron a Turbay en esa época— fue la dignidad
con que sobrellevaba su desgracia. La carta dirigida a ambos eran tres hojas
escritas a mano en letras de imprenta, sin firma, y con una introducción
sorprendente: «Reciban de nosotros los Extraditables un respetuoso saludo». Lo
único que no permitía dudar de su autenticidad era el estilo conciso, directo y
sin equívocos, propio de Pablo Escobar. Empezaba por reconocer el secuestro de
los dos periodistas, los cuales, según la carta, se encontraban «en buen estado
de salud y en las buenas condiciones de cautiverio que pueden considerarse
normales en estos casos». El resto era un memorial de agravios por los
atropellos de la policía. Al final planteaban los tres puntos irrenunciables
para la liberación de los rehenes: suspensión total de los operativos militares
contra ellos en Medellín y Bogotá, retiro del Cuerpo Élite, que era la unidad
especial de la policía contra el narcotráfico; destitución de su comandante y
veinte oficiales más, a quienes señalaban como autores de las torturas y el
asesinato de unos cuatrocientos jóvenes de la comuna nororiental de Medellín.
De no cumplirse estas condiciones, los Extraditables emprenderían una guerra de
exterminio, con atentados dinamiteros en las grandes ciudades, y asesinatos de
jueces, políticos y periodistas. La conclusión era simple: «Si viene un golpe
de Estado, bien venido. Ya no tenemos mucho que perder».
La respuesta escrita y sin diálogos previos debía ser entregada
en el término de tres días en el Hotel Intercontinental de Medellín, donde
habría una habitación reservada a nombre de Hernando Santos. Los intermediarios
para los contactos siguientes serían indicados por los mismos Extraditables.
Santos adoptó la decisión de Turbay de no divulgar el mensaje ni ningún otro
siguiente, mientras no tuvieran una noticia consistente. «No podemos prestarnos
para llevar recados de nadie al presidente —concluyó Turbay— ni ir más allá de
lo que el decoro nos permita»..
Turbay le propuso a Santos que cada uno por separado escribiera
una respuesta, y que luego las fundieran en una carta común. Así se hizo. El
resultado, en esencia, fue una declaración formal de que no tenían ningún poder
para interferir los asuntos del gobierno, pero estaban dispuestos a divulgar
toda violación de las leyes o de los derechos humanos que los Extraditables
denunciaran con pruebas terminantes. En cuanto a los operativos de la policía,
les recordaban que no tenían facultad ninguna para impedirlos, ni podían
pretender que se destituyera sin pruebas a veinte oficiales acusados, ni
escribir editoriales contra una situación que ignoraban.
Aldo Buenaventura, notario público, taurófilo febril desde sus
años remotos del Liceo Nacional de Zipaquirá, viejo amigo de Hernando Santos y
de su absoluta confianza, llevó la carta de respuesta. No acababa de ocupar la
habitación 308, reservada en el Hotel Intercontinental, cuando lo llamaron por
teléfono.
—¿Usted es el señor Santos?
—No —contestó Aldo—, pero vengo de parte de él.
—¿Me trajo el encargo?
La voz sonaba con tanta propiedad, que Aldo se preguntó si no
sería Pablo Escobar en vivo y en directo, y le dijo que sí. Dos jóvenes con
atuendos y modales de ejecutivos subieron al cuarto. Aldo les entregó la carta.
Ellos le estrecharon la mano con una venia de cortesía, y se fueron.
Antes de una semana Turbay y Santos recibieron la visita del
abogado antioqueño Guido Parra Montoya, con una nueva carta de los
Extraditables. Parra no era un desconocido en los medios políticos de Bogotá,
pero siempre parecía venir de las sombras. Tenía cuarenta y ocho años, había
estado dos veces en la Cámara de Representantes como suplente de dos liberales,
y una vez como principal por la Alianza Nacional Popular (Anapo), que dio
origen al M-19. Fue asesor de la oficina jurídica de la presidencia de la república
en el gobierno de Carlos Lleras Restrepo. En Medellín, donde ejerció el derecho
desde su juventud, fue arrestado el 10 de mayo de 1990 por sospechas de
complicidad con el terrorismo, y liberado a las dos semanas por falta de
méritos. A pesar de esos y otros tropiezos, se le consideraba como un jurista
experto y buen negociador.
Sin embargo, como enviado confidencial de los Extraditables
parecía difícil concebir a alguien menos indicado para pasar inadvertido. Era
un hombre de los que toman en serio las condecoraciones. Vestía de gris
platinado, que era el uniforme de los ejecutivos de entonces, con camisas de
colores vivos y corbatas juveniles con nudos grandes a la moda italiana. Tenía
maneras ceremoniosas y una retórica altisonante, y era, más que afable,
obsequioso. Condición suicida si se quiere servir al mismo tiempo a dos señores.
En presencia de un ex presidente liberal y del director del periódico más
importante del país se le desbordó la elocuencia. «Ilustre doctor Turbay, mi
distinguido doctor Santos, dispongan de mí para lo que quieran», dijo, e
incurrió en un descuido de los que podían costar la vida:
—Soy el abogado de Pablo Escobar.
Hernando agarró al vuelo el error.
—¿Entonces la carta que nos trae es de él?
—No —remendó Guido Parra sin pestañear—: es de los
Extraditables, pero la respuesta de ustedes debe ser para Escobar porque él
podrá influir en la negociación.
La distinción era importante, porque Escobar no dejaba rastros
para la justicia. En las cartas que podían comprometerlo, como las de
negociaciones de secuestros, la escritura estaba disfrazada con letras de
molde, y firmadas por los Extraditables o cualquier nombre de pila: Manuel,
Gabriel, Antonio. En las que se erigía en acusador, en cambio, usaba su
caligrafía natural un tanto pueril, y no sólo firmaba con su nombre y su
rúbrica, sino que los remachaba con la huella del pulgar. En el tiempo de los
secuestros de periodistas hubiera sido razonable poner en duda su misma
existencia. Era posible que los Extraditables no fueran más que un seudónimo
suyo, pero también era posible lo contrario: tal vez el nombre y la identidad
de Pablo Escobar no fueran sino una advocación de los Extraditables. Sus
comunicados de estilo ejemplar y cautelas perfectas llegaron a parecerse tanto
a la verdad que se confundían con ella.
Guido Parra parecía siempre preparado para ir más allá de lo que
los Extraditables proponían por escrito. Pero había que leerlo con lupa. Lo que
en realidad buscaba para su clientela era un tratamiento político similar al de
las guerrillas. Además planteaba de frente la internacionalización del problema
de los narcóticos con la propuesta de apelar a la participación de las Naciones
Unidas. Sin embargo, ante la negativa rotunda de Santos y Turbay, les propuso
diversas fórmulas alternativas. Así se inició un proceso tan largo como
estéril, que terminaría por enredarse en un callejón sin salida.
Santos y Turbay hicieron contacto personal con el presidente de
la república desde la segunda comunicación. Gaviria los recibió a las ocho y
media de la noche en la salita de la biblioteca privada. Estaba más sereno que
de costumbre, y con deseos de conocer noticias nuevas de los rehenes. Turbay y
Santos lo pusieron al comente de las dos cartas de ida y vuelta y de la
mediación de Guido Parra.
—Mal enviado —dijo el presidente—. Muy inteligente, buen
abogado, pero sumamente peligroso. Eso sí, tiene todo el respaldo de Escobar.
Leyó las cartas con la fuerza de concentración que impresionaba
a todos: como si se hiciera invisible. Sus comentarios estaban listos y
completos al terminar, y con las conjeturas pertinentes a las que no les
sobraba una palabra. Les contó que ningún cuerpo de inteligencia tenía la menor
idea de dónde podían tenerlos. Así que lo nuevo para el presidente fue la
confirmación de que estaban en poder de Pablo Escobar. Gaviria dio aquella
noche una prueba de su maestría para poner todo en duda antes de adoptar una
determinación final. Creía en la posibilidad de que las cartas fueran falsas,
de que Guido Parra estuviera haciendo un juego ajeno, e inclusive de que todo
fuera una jugada de alguien que no tenía nada que ver con Escobar. Sus
interlocutores salieron menos alentados que cuando entraron, pues, —al parecer,
el presidente consideraba el caso como un grave problema de Estado con muy poco
margen para sus sentimientos personales. Una dificultad principal para un
acuerdo era que Escobar iba cambiando las condiciones según la evolución de sus
problemas, para demorar los secuestros y obtener ventajas adicionales e
imprevistas, mientras la Asamblea Constituyente se pronunciaba sobre la
extradición, y tal vez sobre el indulto. Esto nunca estuvo claro en la correspondencia
astuta que Escobar mantenía con las familias de los secuestrados. Pero sí lo
estaba en la muy secreta que mantenía con Guido Parra para instruirlo sobre el
movimiento estratégico y las perspectivas a largo plazo de la negociación. «Es
bueno que tú le transmitas todas las inquietudes a Santos para que esto no se
nos enrede más —le decía en una carta—. Esto debido a que tiene que quedar
escrito y decretado que no se nos extraditará en ningún caso y por ningún
delito y a ningún país. « También exigía precisiones en el requisito de la
confesión para la entrega. Otros dos puntos primordiales eran la vigilancia en
la cárcel especial, y la seguridad de sus familias y sus secuaces.
La amistad de Hernando Santos con el ex presidente Turbay, que
se había fundado siempre sobre una base política, se volvió entonces personal y
entrañable. Podían permanecer muchas horas sentados el uno frente al otro en
absoluto silencio. No pasaba un día sin que se intercambiaran por teléfono
impresiones íntimas, suposiciones secretas, datos nuevos. Llegaron a elaborar
todo un código cifrado para manejar noticias confidenciales. No debió ser
fácil. Hernando Santos es un hombre de responsabilidades descomunales, que con
una sola palabra podría salvar o destruir una vida. Es emocional, de nervios
crispados, y con una conciencia tribal que pesa mucho en sus determinaciones.
Quienes convivieron con él durante el secuestro de su hijo temieron que no
sobreviviera a la aflicción. No comió ni durmió una noche completa, se mantuvo
siempre con el teléfono al alcance de su mano y le saltaba encima al primer
timbrazo. Durante aquellos meses de dolores tuvo muy pocos momentos sociales,
se sometió a un programa de ayuda siquiátrica para resistir la muerte del hijo,
que creía inevitable, y vivió recluido en su oficina o en sus habitaciones,
entregado al repaso de su estupenda colección de estampillas de correos y de
cartas chamuscadas en accidentes aéreos. Su esposa, Elena Calderón, madre de
sus siete hijos, había muerto siete años antes, y estaba realmente solo. Se le
agravaron los problemas del corazón y la vista, y no hacía ningún esfuerzo por
reprimir el llanto. Su mérito ejemplar en circunstancias tan dramáticas, fue mantener
el periódico al margen de su tragedia personal.
Uno de sus soportes esenciales en aquella época amarga fue la
fortaleza de su nuera María Victoria. El recuerdo que a ella le quedaba de los
días inmediatos al secuestro era el de su casa invadida por parientes y amigos
de su marido que tomaban whisky y café tirados por las alfombras hasta muy
tarde en la noche. Hablaban siempre de lo mismo, mientras el impacto del
secuestro y la imagen misma del secuestrado iban volviéndose cada vez más
tenues. Cuando Hernando regresó de Italia fue directo a la casa de María
Victoria, y la saludó con una emoción que acabó de desgarrarla, pero cuando
tuvo que tratar algo confidencial sobre el secuestro le pidió dejarlo solo con
los varones. María Victoria, que es de carácter fuerte y reflexiones maduras,
tomó conciencia de haber sido siempre una cifra marginal en una familia de
hombres. Lloró un día entero, pero salió fortalecida por la determinación de
tener su identidad y su lugar en su casa. Hernando no sólo entendió sus
razones, sino que se reprochó sus propios descuidos, y encontró en ella el
mejor apoyo para sus penas. A partir de entonces mantuvieron un vínculo de
confianza invencible, ya fuera en el trato directo, por teléfono, por escrito,
por interpuesta persona, y hasta por telepatía, pues aun en los consejos de familia
más intrincados les bastaba con mirarse para saber qué pensaban y qué debían
decir. A ella se le ocurrieron muy buenas ideas, entre otras la de publicar en
el periódico notas editoriales sin claves para compartir con Pacho noticias
divertidas de la vida familiar.
Las víctimas menos recordadas fueron Liliana Rojas Arias —la
esposa del camarógrafo Orlando Acevedo y Martha Lupe Rojas —la madre de Richard
Becerra—. Aunque no eran amigas cercanas, ni parientas —a pesar del apellido—,
el secuestro las volvió inseparables. «No tanto por el dolor —ha dicho Liliana—
como por hacernos compañía». Liliana estaba amamantando a Erick Yesid, su hijo
de año y medio, cuando le avisaron del noticiero Criptón que todo el equipo de
Diana Turbay estaba secuestrado. Tenía veinticuatro años, se había casado hacía
tres, y vivía en el segundo piso de la casa de sus suegros, en el barrio San
Andrés, en el sur de Bogotá. «Es una muchacha tan alegre —ha dicho una amiga—
que no merecía una noticia tan fea». Y además de alegre, original, pues cuando
se restableció del primer impacto puso al niño frente al televisor a la hora de
los noticieros para que viera a su papá, y siguió haciéndolo sin falta hasta el
final del secuestro.
Tanto a ella como a Martha Lupe les avisaron del noticiero que
seguirían ayudándolas, y cuando el niño de Liliana se enfermó se hicieron cargo
de los gastos. También las llamó Nydia Quintero para tratar de infundirles una
tranquilidad que ella misma no tuvo nunca. Les prometió que toda gestión que
hiciera ante el gobierno no sería sólo por su hija sino por todo el equipo, y
que les transmitiría cualquier información que tuviera d? los secuestrados. Así
fue.
Martha Lupe vivía con sus dos hijas, que entonces tenían catorce
y once años, y dependía de Richard. Cuando él se fue con el grupo de Diana le
dejó dicho que era un viaje de tres días, de modo que después de la primera
semana empezó a inquietarse. No cree que fuera una premonición, ha dicho, pero
lo cierto es que llamaba al noticiero a cualquier hora, hasta que le dieron la
noticia de que algo raro había sucedido. Poco después se hizo público que
habían sido secuestrados. Desde entonces dejó el radio encendido todo el día, a
la espera del regreso, y llamó al noticiero cada vez que el corazón se lo
indicó. La inquietaba la idea de que su hijo era el más desvalido de los
secuestrados. «Pero no podía hacer nada más que llorar y rezar», dice. Nydia
Quintero la convenció de que había otras muchas cosas que hacer por la
liberación. La invitaba a sus actos cívicos y religiosos, y le inculcó su
espíritu de lucha. Liliana pensaba lo mismo de Orlando, y eso la encerró en un
dilema: o bien podía ser el último ejecutado por ser el menos valioso, o bien
podía ser el primero porque podría provocar la misma conmoción pública pero con
menos consecuencias para los secuestradores. Este pensamiento la sumió en un
llanto irresistible que se prolongó durante todo el secuestro. «Todas las
noches, después de acostar al niño, me sentaba a llorar en la terraza mirando
la puerta para verlo llegar», ha dicho. «Y así seguí durante noches y noches
hasta que volví a verlo. «
A mediados de octubre, el doctor Turbay le pasó por teléfono a
Hernando Santos uno de sus mensajes cifrados en su código personal. «Tengo unos
periódicos muy buenos si te interesa la cosa de toros. Si quieres te los
mando». Hernando entendió que era una novedad importante sobre los
secuestrados. Se trataba, en efecto, de una casete que llegó a casa del doctor
Turbay, franqueada en Montería, con una prueba de supervivencia de Diana y sus
compañeros, que la familia había pedido con insistencia desde hacía varias
semanas. La voz inconfundible: Papito, es difícil enviarle un mensaje en estas
condiciones pero después de solicitarlo mucho nos han permitido hacerlo. Sólo
una frase daba pistas para acciones futuras: Vemos y oímos noticias
permanentemente.
El doctor Turbay decidió mostrarle el mensaje al presidente y
tratar de obtener algún indicio nuevo. Gavina los recibió justo al final de sus
labores del día, siempre en la biblioteca de la casa privada, y estaba relajado
y de una locuacidad poco frecuente. Cerró la puerta, sirvió whisky, y se
permitió algunas confidencias políticas. El proceso de la entrega parecía
estancado por la tozudez de los Extraditables, y el presidente estaba dispuesto
a desencallarlo con algunas aclaraciones jurídicas en el decreto original.
Había trabajado en eso toda la tarde, y confiaba en que se resolviera esa misma
noche. Al día siguiente, prometió, les daría la buena noticia.
Al otro día volvieron, según lo acordado, y se encontraron con
un hombre distinto, desconfiado y sombrío, con quien entablaron desde la
primera frase una conversación sin porvenir. «Es un momento muy difícil —les
dijo Gaviria—. He querido ayudarlos, y he estado haciéndolo dentro de lo
posible, pero está llegando el momento en que no pueda hacer nada». Era claro
que algo esencial había cambiado en su ánimo. Turbay lo percibió al instante, y
no habrían transcurrido diez minutos cuando se levantó del sillón con una calma
solemne. «Presidente —le dijo sin una sombra de resentimiento—. Usted está
procediendo como le toca, y nosotros como padres de familia. Lo entiendo y le
suplico que no haga nada que le pueda crear un problema como jefe de Estado». Y
concluyó señalando con el dedo el sillón presidencial.
—Si yo estuviera sentado allí haría lo mismo.
Gavina se levantó con una palidez impresionante y los despidió
en el ascensor. Un edecán descendió con ellos y les abrió la puerta del
automóvil en la plataforma de la casa privada. Ninguno habló, hasta que
salieron a la prima noche de un octubre lluvioso y triste. El fragor del
tráfico en la avenida les llegaba en sordina a través de los cristales
blindados.
—Por este lado no hay nada que hacer —suspiró Turbay después de
una larga meditación—. Entre anoche y hoy pasó algo que no puede decirnos.
Aquella dramática entrevista con el presidente determinó que
doña Nydia Quintero apareciera en primer plano. Había sido esposa del ex
presidente Turbay Ayala, tío suyo, con quien tuvo cuatro hijos, y entre ellos
Diana, la mayor. Siete años antes del secuestro, su matrimonio con el ex
presidente había sido anulado por la Santa Sede, y se casó en segundas nupcias
con el parlamentario liberal Gustavo Balcázar Monzón. Por su experiencia de
primera dama conocía los límites formales de un ex presidente, sobre todo en su
trato con un antecesor. «Lo único que debía hacerse —había dicho Nydia— era
hacerle ver al presidente Gaviria su obligación y sus responsabilidades». De
modo que fue eso lo que ella, misma intentó, aunque sin muchas ilusiones.
Su actividad pública, aun desde antes de que se oficializara el
secuestro, alcanzó proporciones increíbles. Había organizado la toma de los
noticieros de radio y televisión en todo el país por grupos de niños que leían
una solicitud de ruego para que liberaran a los rehenes. El 19 de octubre, «Día
de la Reconciliación Nacional», había conseguido que se dijeran misas a las
doce del día en ciudades y municipios para rogar por la concordia e los
colombianos. En Bogotá el acto tuvo lugar en la plaza de Bolívar, y a la misma
hora hubo manifestaciones de paz con pañuelos blancos en numerosos barrios, y
se prendió una antorcha que se mantendría encendida hasta el regreso sanos y
salvos de los rehenes. Por gestión suya los noticieros de televisión iniciaban
sus emisiones con las fotos de todos los secuestrados, se llevaban las cuentas
de los días de cautiverio, y se iban quitando los retratos correspondientes a
medida que eran liberados. También por iniciativa suya se hacía un llamado por
la liberación de los rehenes al iniciarse los partidos de fútbol en todo el
país. Reina nacional de belleza en 1990, Maribel Gutiérrez inició su discurso
de agradecimiento con un llamado a la liberación de los secuestrados.
Nydia asistía a las juntas familiares de los otros secuestrados,
escuchaba a los abogados, hacía gestiones secretas a través de la Fundación
Solidaridad por Colombia que preside desde hace veinte años, y casi siempre se
sintió dando vueltas alrededor de nada. Era demasiado para su carácter resuelto
y apasionado, y de una sensibilidad casi clarividente. Estuvo pendiente de las
gestiones de todos hasta que se dio cuenta de que estaban en un callejón sin
salida. Ni Turbay, ni Hernando Santos, ni nadie de tanto peso podría presionar
al presidente para que negociara con los secuestradores. Esta certidumbre le
pareció definitiva cuando el doctor Turbay le contó el fracaso de su última
visita al presidente. Entonces tomó la determinación de actuar por su cuenta, y
abrió un segundo frente de rueda libre para buscar la libertad de su hija por
el camino recto.
En esos días la Fundación Solidaridad por Colombia recibió en
sus oficinas de Medellín una llamada anónima de alguien que decía tener
noticias directas de Diana. Dijo que un antiguo compañero suyo en una finca
cercana a Medellín le había puesto un papelito en la canasta de las verduras,
en el cual le decía que Diana estaba allí. Que mientras veían el fútbol los
guardianes de los secuestrados se ahogaban con cerveza hasta rodar por el
suelo, sin ninguna posibilidad de reacción ante un operativo de rescate. Para
mayor seguridad ofrecía mandar un croquis de la finca. Era un mensaje tan
convincente que Nydia viajó a Medellín para responderlo. «Le pedí al informante
—ha dicho— que no comentara con nadie su información y le hice ver el peligro
para mi hija y aun para sus guardianes si alguien intentaba el rescate».
La noticia de que Diana estaba en Medellín le sugirió la idea de
hacer una visita a Martha Nieves y Angelita Ochoa, hermanas de Jorge Luis,
Fabio y Juan David Ochoa, acusados éstos de tráfico de droga y enriquecimiento
ilícito, y conocidos como amigos personales de Pablo Escobar. «Yo iba con el
deseo vehemente de que me ayudaran en el contacto con Escobar», ha dicho Nydia,
años después, evocando aquellos días amargos. Le hablaron de los atropellos que
habían padecido sus familias por parte de la policía, la escucharon con interés
y mostraron compasión por su caso, pero también le dijeron que no podían hacer
nada ante Pablo Escobar.
Martha Nieves sabía lo que era el secuestro. Ella misma había
sido secuestrada por el M-19 en 1981 para pedir a su familia un rescate de
muchos ceros. Escobar reaccionó con la creación de un grupo brutal —Muerte a
Secuestradores (MAS)— que logró su liberación al cabo de tres meses en una
guerra sangrienta contra el M-19. Su hermana Angelita también se consideraba
víctima de la violencia policial, y entre las dos hicieron un recuento agotador
de los atropellos de la policía, de violaciones de domicilio, de atentados
incontables a los derechos humanos.
Nydia no perdió el ímpetu de seguir luchando. En última
instancia, quiso que al menos le llevaran una carta suya a Escobar. Había
mandado una primera a través de Guido Parra, pero no obtuvo respuesta. Las
hermanas Ochoa se negaron a enviar otra por el riesgo de que Escobar pudiera
acusarlas más tarde de haberle causado algún perjuicio. Sin embargo, al final
de la visita se habían vuelto sensibles a la vehemencia de Nydia, quien regresó
a Bogotá con la certeza de haber dejado una puerta entreabierta en dos sentidos:
una hacia la liberación de su hija y otra hacia la entrega pacífica de los tres
hermanos Ochoa. Por eso le pareció oportuno informar de su gestión al
presidente en persona.
La recibió en el acto. Nydia fue directo al grano con las quejas
de las hermanas Ochoa sobre el comportamiento de la policía. El presidente la
dejó hablar, y apenas si le hacía preguntas sueltas pero muy pertinentes. Su
propósito evidente era no darles a las acusaciones la trascendencia que Nydia
les daba. En cuanto a su propio caso, Nydia quería tres cosas: que liberaran a
los secuestrados, que el presidente tomara las riendas para impedir un rescate
que podría resultar funesto, y que ampliara el plazo para la entrega de los
Extraditables. La única seguridad que le dio el presidente fue que ni en el
caso de Diana ni en el de ningún otro secuestrado se intentaría un rescate sin
la autorización de las familias.
—Ésa es nuestra política —le dijo.
Aun así, Nydia se preguntaba si el presidente habría tomado
suficientes seguridades para que nadie lo intentara sin su autorización.
Antes de un mes volvió Nydia a conversar con las hermanas Ochoa,
en casa de una amiga común. Visitó asimismo a una cuñada de Pablo Escobar, que
le habló en extenso de los atropellos de que eran víctimas ella y sus hermanos.
Nydia le llevaba una carta para Escobar, en dos hojas y media de tamaño oficio,
casi sin márgenes, con una caligrafía florida y un estilo justo y expresivo
logrado al cabo de muchos borradores. Su propósito atinado era llegar al
corazón de Escobar. Empezaba por decir que no se dirigía al combatiente capaz
de cualquier cosa por conseguir sus fines, sino a Pablo el hombre, «ese ser
sensitivo, que adora a su madre y daría por ella su propia vida, al que tiene
esposa y pequeños hijos inocentes e indefensos a quienes desea proteger». Se
daba cuenta de que Escobar había apelado al secuestro de los periodistas para
llamar la atención de la opinión pública en favor de su causa, pero consideraba
que ya lo había logrado de sobra. En consecuencia —concluía la carta—
«muéstrese como el ser humano que es, y en un acto grande y humanitario que el
mundo entenderá, devuélvanos a los secuestrados». La cuñada de Escobar parecía
de verdad emocionada mientras leía. «Tenga la absoluta seguridad de que esta
carta lo va a conmover muchísimo —dijo como para sí misma en una pausa—. Todo
lo que usted está haciendo lo conmueve y eso redundará en favor de su hija. «
Al final dobló otra vez la carta, la puso en el sobre y ella misma lo cerró.
—Váyase tranquila —le dijo a Nydia con una sinceridad que no
dejaba dudas—. Pablo recibirá la carta hoy mismo.
Nydia regresó esa noche a Bogotá esperanzada con los resultados
de la carta, y decidida a pedirle al presidente lo que el doctor Turbay no se
había atrevido: una pausa en los operativos de la policía mientras se negociaba
la liberación de los rehenes. Lo hizo, y Gaviria le dijo sin preámbulos que no
podía dar esa orden. «Una cosa era que nosotros ofreciéramos una política de
justicia como alternativa —dijo después—. Pero la suspensión de los operativos
no habría servido para liberar a los secuestrados, sino para que no
persiguiéramos a Escobar».
Nydia sintió que estaba en presencia de un hombre de piedra al
que no le importaba la vida de su hija. Tuvo que reprimir una oleada de rabia
mientras el presidente le explicaba que el tema de la fuerza pública no era
negociable, que ésta no tenía que pedir permiso para actuar ni podía darle
órdenes para que no actuara dentro de los límites de la ley. La visita fue un
desastre.
Ante la inutilidad de sus gestiones con el presidente de la
república, Turbay y Santos habían decidido llamar a otras puertas, y no se les
ocurrió otra mejor que los Notables. Este grupo estaba formado por los ex
presidentes Alfonso López Michelsen y Misael Pastrana; el parlamentario Diego
Montaña Cuéllar y el cardenal Mario Revollo Bravo, arzobispo de Bogotá. En
octubre, los familiares de los secuestrados se reunieron con ellos en casa de
Hernando Santos. Empezaron por contar las entrevistas con el presidente
Gaviria. Lo único que en realidad le interesó de ellas a López Michelsen fue la
posibilidad de reformar el decreto con precisiones jurídicas para abrir nuevas
puertas a la política de sometimiento. «Hay que meterle cabeza», dijo. Pastrana
se mostró partidario de buscar fórmulas para presionar la entrega. ¿Pero con
qué armas? Hernando Santos le recordó a Montaña Cuéllar que él podía movilizar
a favor la fuerza de la guerrilla.
Al cabo de un intercambio largo y bien informado, López
Michelsen hizo la primera conclusión. «Vamos a seguirles el juego a los
Extraditables», dijo. Y propuso, en consecuencia, hacer una carta pública para
que se supiera que los Notables habían tomado la vocería de las familias de los
secuestrados. El acuerdo unánime fue que la redactara López Michelsen.
A los dos días estaba listo el primer borrador que fue leído en
una nueva reunión a la que asistió Guido Parra con otro abogado de Escobar. En
ese documento estaba expuesta por primera vez la tesis de que el narcotráfico
podía considerarse un delito colectivo, de carácter sui generis, que señalaba
un camino inédito a la negociación. Guido Parra dio un salto.
—Un delito sui generis —exclamó maravillado—. ¡Eso es genial!
A partir de allí elaboró el concepto a su manera como un
privilegio celestial en la frontera nebulosa del delito común y el delito
político, que hacía posible el sueño de que los Extraditables tuvieran el mismo
tratamiento político que las guerrillas. En la primera lectura cada uno puso
algo suyo. Al final, uno de los abogados de Escobar solicitó que los Notables
consiguieran una carta de Gaviria que garantizara la vida de Escobar de un modo
expreso e inequívoco.
—Lo lamento —dijo Hernando Santos, escandalizado de la
petición—, pero yo no me meto en eso.
—Muchísimo menos yo —dijo Turbay.
López Michelsen se negó de un modo enérgico. El abogado pidió
entonces que le consiguieran una entrevista con el presidente para que les
diera de palabra la garantía para Escobar.
—Ese tema no se trata aquí —concluyó López.
Antes de que los Notables se reunieran para redactar el borrador
de su declaración, Pablo Escobar estaba ya informado de sus intenciones más
recónditas. Sólo así se explica que le hubiera impartido orientaciones extremas
a Guido Parra en una carta apremiante. «Te doy autonomía para que busques la
forma de que los Notables te inviten al intercambio de ideas», le había
escrito.
Y enseguida enumeró una serie de decisiones ya tomadas por los
Extraditables para anticiparse a cualquier iniciativa distinta.
La carta de los Notables estaba lista en veinticuatro horas, con
una novedad importante con respecto a las gestiones anteriores: «Nuestros
buenos oficios han adquirido una nueva dimensión que no se circunscribe a un
rescate ocasional sino a la manera de alcanzar para todos los colombianos la
paz global». Era una definición nueva que no podía menos que aumentar las
esperanzas. Al presidente Gaviria le pareció bien, pero creyó pertinente
establecer una separación de aguas para evitar cualquier equívoco sobre la
posición oficial, e instruyó al ministro de Justicia para que emitiera una
advertencia de que la política de sometimiento era la única del gobierno para
la entrega de los terroristas.
A Escobar no le gustó ni una línea. Tan pronto como la leyó en
la prensa el 11 de octubre, le mandó a Guido Parra una respuesta furibunda para
que la hiciera circular en los salones de Bogotá. «La carta de los Notables es
casi cínica —decía—. Que soltemos a los rehenes pronto porque el gobierno se
demora para estudiar lo de nosotros. ¿Será que están creyendo que nos vamos a
dejar engañar otra vez?» La posición de los Extraditables, decía, era la misma
de la primera carta. «No tenía por qué cambiar, ya que no hemos obtenido
respuestas positivas a las solicitudes de la primera misiva. Esto es un negocio
y no un juego para saber quién es más vivo y quién es más bobo».
La verdad era que ya para esa fecha Escobar estaba varios años
luz adelante de los Notables. Su pretensión de entonces era que el gobierno le
asignara un territorio propio y seguro —un campamento cárcel, como él decía—
igual al que tuvo el M-19 mientras se terminaban los trámites de la entrega.
Hacía más de una semana que había mandado a Guido Parra una carta detallada
sobre la cárcel especial que quería para él. Decía que el lugar perfecto, a
doce kilómetros de Medellín, era una finca de su propiedad que estaba a nombre
de un testaferro y que el municipio de Envigado podía tomar en arriendo para
acondicionarla como cárcel. «Como esto requiere gastos, los Extraditables
pagarían una pensión de acuerdo a los costos», decía más adelante. Y terminaba
con una parrafada despampanante: «Te estoy diciendo todo esto porque deseo que
hables con el alcalde de Envigado y le digas que vas de mi parte y le explicas
la idea. Pero yo quiero que hables con él para que saque una carta pública al
ministro de Justicia diciéndole que él piensa que los Extraditables no se han
acogido al 2047 porque temen por su seguridad, y que el municipio de Envigado,
como contribución a la paz del pueblo de Colombia, está capacitado para
organizar una cárcel especial que brinde protección y seguridad a la vida de
quienes se entreguen. Háblales de frente y con claridad para que hablen con
Gaviria y le propongan el campamento». El propósito declarado en la carta era
obligar al ministro de Justicia a responder en público. «Yo sé que eso será una
bomba», decía la carta de Escobar. Y terminaba con la mayor frescura: «Con esto
los vamos llevando a lo que queremos». Sin embargo, el ministro rechazó la
oferta en los términos en que estaba planteada, y Escobar se vio obligado a
bajar el tono con otra carta en fe cual, por primera vez, ofrecía más de lo que
exigía. A cambio del campamento cárcel prometía resolver los conflictos entre
los distintos carteles, bandas y pandillas, asegurar la entrega de más de un
centenar de traficantes conversos, y abrir por fin una trocha definitiva para
la paz. «No estamos pidiendo ni indulto, ni diálogo ni nada de lo que ellos
dicen que no pueden dar», decía. Era una oferta simple de rendición, «mientras
todo el mundo en este país está pidiendo diálogo y trato político». Inclusive,
menospreció hasta lo que le era más caro: «Yo no tengo problemas de
extradición, pues sé que si me llegan a agarrar vivo me matan, como lo han
hecho con todos».
Su táctica de entonces era cobrar con favores enormes el correo
de los secuestrados. «Dile al señor Santos —decía en otra carta— que si quiere
pruebas de supervivencia de Francisco, que publique primero el informe de
America's Watch, una entrevista con Juan Méndez, su director, y un informe
sobre las masacres, las torturas y las desapariciones en Medellín». Pero ya
para esas fechas Hernando Santos había aprendido a manejar la situación. Se
daba cuenta de que aquel ir y venir de propuestas y contrapropuestas estaban
causándole a él un gran desgaste, pero también a sus adversarios. Entre ellos,
Guido Parra, que a fines de octubre estaba en un estado de nervios difícil de
resistir. Su respuesta a Escobar fue que no publicaría ni una línea de nada ni
volvería a recibir a su emisario mientras no tuviera una prueba terminante de
que su hijo estaba vivo. Alonso López Michelsen lo respaldó con la amenaza de
renunciar a los Notables.
Fue efectivo. Al cabo de dos semanas Guido Parra le habló a
Hernando Santos de alguna fonda de arrieros. «Llego por carretera con mi mujer,
y estaré en su casa a las once —le dijo—. Le llevo el postre más delicioso, y
usted no tiene idea lo que he gozado y lo que va a gozar usted». Hernando se
disparó pensando que le llevaba a Francisco. Pero era sólo su voz grabada en
una minicasete. Necesitaron más de dos horas para oírla, porque no tenían el
magnetófono apropiado, hasta que alguien descubrió que podían escucharlo en el
contestador automático del teléfono.
Pacho Santos hubiera podido ser bueno para muchos oficios, menos
para maestro de dicción. Quiere hablar a la misma velocidad de su pensamiento,
y sus ideas son atropelladas y simultáneas. La sorpresa de aquella noche fue
por lo contrario. Habló despacio, con voz impostada y una construcción
perfecta. En realidad eran los dos mensajes —uno para la familia y otro para el
presidente— que había grabado la semana anterior.
La astucia de los secuestradores de que Pacho grabara los
titulares del periódico como prueba de la fecha de grabación fue un error que
Escobar no debió perdonarles. Al redactor judicial de El Tiempo, Luis Cañón, fe
dio en cambio la oportunidad de lucirse con un golpe de gran periodismo.
_Lo tienen en Bogotá —dijo.
En efecto, la edición que Pacho había leído tenía un titular de
última hora que sólo había entrado en la edición local, cuya circulación estaba
limitada al norte de la ciudad. El dato era de oro en polvo, y habría sido
decisivo si Hernando Santos no hubiera sido contrario a un rescate armado.
Fue un instante de resurrección para él, sobre todo porque el
contenido del mensaje le dio la certidumbre de que el hijo cautivo aprobaba su
comportamiento en el manejo del secuestro. Además, en la familia se había
tenido siempre la impresión de que Pacho era el más vulnerable de los hermanos
por su temperamento fogoso y su ánimo inestable, y nadie podía imaginarse que
estuviera en su sano juicio y con tanto dominio de sí mismo al cabo de sesenta
días de cautiverio.
Hernando convocó a toda la familia en su casa y les hizo
escuchar el mensaje hasta el cansancio. Bailaron a pierna suelta, hablaron a
gritos para oírse los unos a los otros por encima del estruendo de la música,
aplaudieron la luz del amanecer. Sólo Guido sucumbió en sus tormentos. Lloró.
Hernando se le acercó a animarlo, y en el sudor de su camisa empapada reconoció
el olor del pánico.
—Acuérdate que a mí no me va a matar la policía —le dijo Guido
Parra a través de las lágrimas—. Me matará Pablo Escobar, porque ya sé
demasiado.
María Victoria no se conmovió. Le parecía que Parra jugaba con
los sentimientos de Hernando, que explotaba su debilidad y le concedía algo por
un lado para sacarle más por el otro. Guido Parra debió percibirlo en algún
momento de la noche, porque le dijo a Hernando: «Esa mujer es como un témpano».
En ese punto estaban las cosas el 7 de noviembre, cuando
secuestraron a Maruja y a Beatriz. Los Notables se quedaron sin piso. El 22 de
noviembre —tal como lo había anunciado— Diego Montaña Cuéllar planteó a sus
compañeros de fórmula la liquidación del grupo, y éstos entregaron al
presidente, en sesión solemne, sus conclusiones sobre las peticiones de fondo
de los Extraditables.
Si el presidente Gaviria esperaba que el decreto de sometimiento
provocara una rendición masiva e inmediata de los narcotraficantes, debió
sufrir un desencanto. No fue así. Las reacciones de la prensa, de los medios
políticos, de juristas distinguidos, y aun algunos planteamientos válidos de
los abogados de los Extraditables, hicieron patente que el decreto 2047 debía
ser reformado. Para empezar, dejaba demasiado abierta la posibilidad de que
cualquier juez interpretara a su modo el manejo de la extradición. Otra falla
era que las pruebas decisivas contra los narcos estaban en el exterior, pero
todo el elemento de cooperación con los Estados Unidos se había vuelto crítico,
y los plazos para obtenerlas eran demasiado estrechos. La solución —que no
estaba en el decreto— era ensanchar los plazos y trasladarle a la presidencia
de la república la responsabilidad de ser el interlocutor para traer las
pruebas al país.
Tampoco Alberto Villamizar había encontrado en el decreto el
apoyo decisivo que esperaba. Hasta ese momento, sus intercambios con Santos y
Turbay y sus primeras reuniones con los abogados de Pablo Escobar le habían
permitido formarse una idea global de la situación. Su impresión de primera
vista fue que el decreto de sometimiento, acertado pero deficiente, le dejaba
muy poco margen de acción para liberar a sus secuestradas. Mientras tanto, el
tiempo pasaba sin ninguna noticia de ellas ni una ínfima prueba de
supervivencia. Su única oportunidad para comunicarse había sido una carta
enviada a través de Guido Parra, en la que les daba a ambas el optimismo y la
seguridad de que él no volvería a hacer nada diferente de trabajar por
liberarlas. «Yo sé que su situación es terrible pero esté tranquila», le
escribió a Maruja.
La verdad era que Villamizar estaba en las tinieblas. Había
agotado todas las puertas, y su único asidero en el largo noviembre era la
promesa de Rafael Pardo de que el presidente estaba pensando en un decreto
complementario y aclaratorio del 2047. «Eso ya está listo», le decía. Rafael
Pardo pasaba por su casa casi todas las tardes y lo mantenía al comente de sus
gestiones, pero él mismo no estaba muy seguro de por dónde continuar. Su
conclusión de las lentas conversaciones con Santos y Turbay era que las negociaciones
estaban empantanadas. No creía en Guido Parra. Lo conocía desde sus merodeos
por el congreso y le parecía oportunista y turbio. Sin embargo, buena o mala,
era la única carta, y decidió jugársela a fondo. No había otra y el tiempo
apremiaba.
A solicitud suya, el ex presidente Turbay y Hernando Santos
citaron a Guido Parra, con la condición de que asistiera también el doctor
Santiago Uribe, otro abogado de Escobar con una buena reputación de seriedad.
Guido Parra inició la conversación con sus frases habituales de alto vuelo,
pero Villamizar lo puso con los pies sobre la tierra desde la primera con un
capotazo a la santandereana.
—A mí no me venga a hablar mierda —le dijo—. Vamos a lo que se
trata. Usted tiene todo empantanado por andar pidiendo huevonadas y aquí no hay
sino una vaina: simplemente, los tipos tienen que entregarse y confesar algún
delito por el cual se les puedan meter doce años. Es lo que dice la ley y
punto. A cambio de eso les dan una rebaja de penas y se les garantiza la vida.
Lo demás son puras pendejadas suyas. Guido Parra no tuvo ningún reparo para
ponerse a tono.
—Mire, mi doctor —le dijo—, aquí lo que ocurre es que el
gobierno dice que no los van a extraditar, todo el mundo lo dice, pero ¿dónde
lo dice taxativamente el decreto?
Villamizar estuvo de acuerdo. Si el gobierno estaba diciendo que
no iba a extraditar, puesto que ése era el sentido de la ley, la tarea era
convencer al gobierno de que se corrigieran las ambigüedades. Lo demás —las
interpretaciones amañadas del delito sui generis, o la negativa a confesar, o
la inmoralidad de la delación— no era más que distracciones retóricas de Guido
Parra. Pues era claro que para los Extraditables —como su propio nombre lo
indicaba— la única exigencia real y perentoria en aquel momento era la de no
ser extraditados. De modo que no le pareció imposible obtener esa precisión
para el decreto. Pero antes le exigió a Guido Parra la misma franqueza y
determinación que los Extraditables exigían. Quiso saber, primero, hasta dónde
estaba Parra autorizado para negociar, y segundo, cuánto tiempo después de
arreglado el decreto liberarían a los rehenes. Guido Parra fue formal.
—Veinticuatro horas después están fuera —dijo.
—Todos, por supuesto —dijo Villamizar.
—Todos.
5
Un mes después del secuestro de Maruja y Beatriz se había
resquebrajado el régimen absurdo del cautiverio. Ya no pedían permiso para
levantarse, y cada quien se servía su café o cambiaba los canales de
televisión. Lo que se hablaba dentro del cuarto seguía siendo en susurros pero
los movimientos se habían vuelto más espontáneos. Maruja no tenía que sofocarse
con la almohada para toser, aunque tomaba las precauciones mínimas para que no
la oyeran desde fuera. El almuerzo y la comida seguían iguales, con los mismos
frijoles, las mismas lentejas, las mismas piltrafas de carne reseca y una sopa
de paquete ordinario. Los guardianes hablaban mucho entre ellos sin más
precauciones que los susurros. Se intercambiaban noticias sangrientas, de
cuánto habían ganado por cazar policías en las noches de Medellín, de sus
proezas de machos y sus dramas de amor. Maruja había logrado convencerlos de
que en el caso de un rescate armado era más realista que las protegieran para
asegurarse al menos un tratamiento digno y un juicio compasivo. Al principio
parecían indiferentes, pues eran fatalistas irredimibles, pero la táctica de
ablandamiento logró que no mantuvieran encañonadas a sus cautivas mientras
dormían, y que escondieran las armas envueltas en una bayetilla detrás del televisor.
Esa dependencia reciproca, y el sufrimiento común, terminaron por imponer a las
relaciones algunos visos de humanidad. Maruja, por su temperamento, no se
guardaba nada que pudiera amargarla. Se desahogaba con los guardianes, que
estaban hechos para pelear, y los encaraba con una determinación escalofriante:
«Máteme». Algunas veces se desahogó con Marina, cuyas complacencias con los
guardianes la indignaban y cuyas fantasías apocalípticas la sacaban de quicio.
A veces levantaba la vista, sin motivo alguno, y hacía un comentario
desmoralizador o un vaticinio siniestro.
—Detrás de ese patio hay un taller para los automóviles de los
sicarios —dijo alguna vez—. Allí están todos, de día y de noche, armados de
escopetas, listos para venir a matarnos.
El tropiezo más grave, sin embargo, ocurrió una tarde en que
Marina soltó sus improperios habituales contra los periodistas, porque no la
mencionaron en un programa de televisión sobre los secuestrados.
—Todos son unos hijos de puta —dijo.
Maruja se le enfrentó.
—Eso sí que no —le replicó, enfurecida—. Respete.
Marina no replicó y más tarde, en un instante de sosiego, le
pidió perdón. En realidad, estaba en un. mundo aparte. Tenía unos sesenta y
cuatro años, y había sido de una belleza notable, con unos hermosos ojos negros
y grandes, y una cabellera plateada que conservaba su brillo aun en la
desgracia. Estaba en los huesos. Cuando llegaron Beatriz y Maruja tenía casi
dos meses de no hablar con nadie distinto de sus guardianes, y necesitó tiempo
y trabajo para asimilarlas. El miedo había hecho estragos en ella: había
perdido veinte kilos y su moral estaba por los suelos. Era un fantasma.
Se había casado muy joven con un quiropráctico muy bien
calificado en el mundo deportivo, corpulento y de gran corazón, que la amó sin
reservas y con el cual tuvo cuatro hijas y tres hijos. Era ella quien llevaba
las riendas de todo, en su casa y en algunas ajenas, pues se sentía obligada a
ocuparse de los problemas de una numerosa familia antioqueña. Era como una
segunda madre de todos, tanto por su autoridad como por sus desvelos, pero
además se ocupaba de cualquier extraño que le tocara el corazón.
Más por su independencia indomable que por necesidad, vendía
automóviles y seguros de vida, y parecía capaz de vender todo lo que quisiera,
sólo porque quería tener su plata para gastársela. Sin embargo, quienes la
conocieron de cerca se dolían de que una mujer con tantas virtudes naturales
estuviera al mismo tiempo bajo el sino de la desgracia. Su esposo se vio
incapacitado durante casi veinte años por tratamientos siquiátricos, dos
hermanos habían muerto en un terrible accidente de tránsito, otro fue fulminado
por un infarto, otro aplastado por el poste de un semáforo en un confuso
accidente callejero, y otro con vocación de andariego desapareció para siempre.
Su situación de secuestrada era insoluble. Ella misma compartía
la idea generalizada de que sólo la habían secuestrado para tener un rehén de
peso al que pudieran asesinar sin frustrar las negociaciones de la entrega.
Pero el hecho de que llevara sesenta días en capilla tal vez le permitía pensar
que sus verdugos vislumbraban la posibilidad de obtener algún beneficio a
cambio de su vida.
Llamaba la atención, sin embargo, que aun en sus peores momentos
pasaba largas horas ensimismada en el cuidado meticuloso de las uñas de sus
manos y sus pies. Las limaba, las pulía, las brillaba con esmalte de color
natural, de modo que parecían ser de una mujer más joven. Igual atención ponía
en depilarse las cejas y las piernas. Una vez superados los escollos iniciales,
Maruja y Beatriz le ayudaban. Aprendieron a manejarla. Con Beatriz sostenía
conversaciones interminables sobre gente bien y mal querida, en unos cuchicheos
interminables que exasperaban hasta a los guardianes. Maruja trataba de
consolarla. Ambas se dolían de ser las únicas que la sabían viva, aparte de sus
carceleros, y no podían contárselo a nadie.
Uno de los pocos alivios de esos días fue el regreso sorpresivo
del jefe enmascarado que las había visitado el primer día. Volvió alegre y
optimista, con la noticia de que podían ser liberadas antes del 9 de diciembre,
fecha prevista para la elección de la Asamblea Constituyente. La noticia tuvo
un significado muy especial para Maruja, pues en esa fecha era su cumpleaños, y
la idea de pasarla en familia le infundió un júbilo prematuro. Pero fue una
ilusión efímera: una semana después, el mismo jefe les dijo que no sólo no
serían liberadas el 9 de diciembre, sino que el secuestro iba para largo: ni en
Navidad ni en Año Nuevo. Fue un golpe rudo para ambas. Maruja sufrió un
principio de flebitis que le causaba fuertes dolores en las piernas. Beatriz
tuvo una crisis de asfixia y le sangró la úlcera gástrica. Una noche,
enloquecida por el dolor, le suplicó a Lamparón que hiciera una excepción en
las reglas del cautiverio y le permitiera ir al baño a esa hora. Él la autorizó
después de mucho pensarlo, con la advertencia de que corría un riesgo grave.
Pero fue inútil. Beatriz prosiguió con un llantito de perro herido, sintiéndose
morir, hasta que Lamparón se apiadó de ella y le consiguió con el mayordomo una
dosis de buscapina. A pesar de los esfuerzos que habían hecho hasta entonces,
las rehenes no tenían indicios confiables de dónde se encontraban. Por el temor
de los guardianes a que los oyeran los vecinos, y por los ruidos y voces que
llegaban del exterior, pensaban que era un sector urbano. El gallo loco que cantaba
a cualquier hora del día o de la noche podía ser una confirmación, porque los
gallos encerrados en pisos altos suelen perder el sentido del tiempo. Con
frecuencia oían distintas voces que gritaban muy cerca un mismo nombre:
«Rafael». Los aviones de corto vuelo pasaban rasantes y el helicóptero seguía
llegando tan cerca que lo sentían encima de la casa. Marina insistía en la
versión nunca probada del alto oficial del ejército que vigilaba la marcha del
secuestro. Para Maruja y Beatriz era una fantasía mas, pero cada vez que
llegaba el helicóptero las normas militares del cautiverio recuperaban su
rigor: la casa en orden como un cuartel, la puerta cerrada por dentro con
falleba y por fuera con candado; los susurros, las armas siempre listas, y la
comida un poco menos infame.
Los cuatro guardianes que habían estado con ellas desde el
primer día fueron reemplazados por otros cuatro a principios de diciembre.
Entre ellos, uno distinto y extraño, que parecía sacado de una película
truculenta. Lo llamaban el Gorila, y en verdad lo parecía: enorme, de una
fortaleza de gladiador y con la piel negra retinta, cubierta de vellos rizados.
Su voz era tan estentórea que no lograba dominarla para susurrar, y nadie se
atrevió a exigírselo. Era patente el sentimiento de inferioridad de los otros
frente a él. En vez de los pantalones cortos de todos usaba una trusa de
gimnasta. Tenía el pasamontañas y una camiseta apretada que mostraba el torso
perfecto con la medalla del Divino Niño en el cuello, unos brazos hermosos con
un cintillo brasileño en el pulso para la buena suerte y las manos enormes con
las líneas del destino como grabadas a fuego vivo en las palmas descoloridas.
Apenas si cabía en el cuarto, y cada vez que se movía dejaba a su paso un
rastro de desorden. Para las rehenes, que habían aprendido a manejar los
anteriores, fue una mala visita. Sobre todo para Beatriz, que se ganó su odio
de inmediato.
El signo común de los guardianes, como el de las rehenes, por
aquellos días era el aburrimiento. Como preludio de los jolgorios de Navidad,
los dueños de casa hicieron una novena con algún párroco amigo, inocente o
cómplice. Rezaron, cantaron villancicos a coro, repartieron dulces a los niños
y brindaron con el vino de manzana que era la bebida oficial de la familia. Al
final exorcizaron la casa con aspersiones de agua bendita. Necesitaron tanta,
que la llevaron en galones de petróleo. Cuando el sacerdote se fue, la mujer
entró en el cuarto y roció el televisor, los colchones, las paredes. Las tres
rehenes, tomadas de sorpresa, no supieron qué hacer. «Es agua bendita —decía la
mujer mientras rociaba con la mano—. Ayuda a que no nos pase nada». Los
guardianes se persignaron, cayeron de rodillas y recibieron el chaparrón
purificador con una unción angelical. Ese ánimo de rezo y parranda, tan propio
de los antioqueños, no decayó en ningún momento de diciembre. Tanto, que Maruja
había tomado precauciones para que los secuestradores no supieran que el 9 era
el día de su cumpleaños: cincuenta y tres del alma. Beatriz se había
comprometido a guardar el secreto, pero los carceleros se enteraron por un
programa especial de televisión que los hijos de Maruja le dedicaron la
víspera. Los guardianes no ocultaban la emoción de sentirse de algún modo
dentro de la intimidad del programa. «Doña Maruja —decía uno—, cómo es de joven
el doctor Villamizar, cómo está de bien, cómo la quiere». Esperaban que Maruja
les presentara a alguna de las hijas para salir con ellas. De todos modos, ver
aquel programa en el cautiverio era como estar muertos y ver la vida desde el
otro mundo sin participar en ella y sin que los vivos lo supieran. El día
siguiente, a las once de la mañana y sin ningún anuncio, el mayordomo y su
mujer entraron en el cuarto con una botella de champaña criolla, vasos para
todos, y una tarta que parecía cubierta de pasta dentífrica. Felicitaron a
Maruja con grandes manifestaciones de afecto y le cantaron el Happy birthday, a
coro con los guardianes. Todos comieron y bebieron, y dejaron a Maruja con un
conflicto de sentimientos cruzados. Juan Vitta despertó el 26 de noviembre con
la noticia de que saldría libre por su mal estado de salud. Lo paralizó el
terror, pues justo en esos días se sentía mejor que nunca, y pensó que el
anuncio era una triquiñuela para entregarle el primer cadáver a la opinión
pública. De modo que cuando el guardián le anunció, horas después, que se
preparara para ser libre, sufrió un ataque de pánico. «A mí me hubiera gustado
morirme por mi cuenta —ha dicho— pero si mi destino era ése yo tenía que
asumirlo». Le ordenaron afeitarse y ponerse ropa limpia, y él lo hizo con, la
certidumbre de que estaba vistiéndose para su funeral. Le dieron las instrucciones
de lo que tenía que hacer una vez libre, y sobre todo de la forma en que debía
embrollar las entrevistas de prensa de modo que la policía no dedujera pistas
para intentar operativos de rescate. Poco después del mediodía le dieron unas
vueltas en automóvil por sectores intrincados de Medellín, y lo soltaron sin
ceremonias en una esquina.
Luego de esta liberación, a Hero Buss volvieron a mudarlo solo a
un buen barrio, frente a una escuela de aeróbicos para señoritas. El dueño de
la casa era un mulato parrandero y gastador. Su mujer, de unos treinta y cinco
años y encinta de siete meses, se adornaba desde el desayuno con joyas caras y
demasiado visibles. Tenían un hijo de pocos años que vivía con la abuela en
otra casa, y su dormitorio lleno de toda clase de juguetes mecánicos fue
ocupado por Hero Buss. Éste, por la forma en que lo adoptaron en familia, se
preparó para un largo encierro.
Los dueños de casa debieron pasarlo bien con aquel alemán como
los de las películas de Marlene Dietrich, con dos metros d? alto y uno de
ancho, adolescente a los cincuenta años, con un sentido del humor a prueba de
acreedores y un español sofrito en la jerga caribe de Carmen Santiago, su
esposa. Había corrido riesgos graves como corresponsal de prensa y radio
alemanas en América Latina, inclusive bajo el régimen militar de Chile, donde
vivió una noche en vela con la amenaza de ser fusilado al amanecer. De modo que
tenía ya el pellejo bien curtido como para disfrutar el lado folclórico de su
secuestro. No era para menos, en una casa donde cada cierto tiempo llegaba un
emisario con las alforjas llenas de billetes para los gastos, y sin embargo
estaban siempre en apuros. Pues los dueños se apresuraban a gastarse todo en
parrandas y chucherías, y en pocos días no les quedaba ni con qué comer. Los
fines de semana hacían fiestas y comilonas de hermanos, primos y amigos
íntimos. Los niños se tomaban la casa. El primer día se emocionaron al
reconocer al gigante alemán que trataban como a un artista de telenovela, de
tanto haberlo visto en la televisión. No menos de treinta personas ajenas al
secuestro le pidieron fotos y autógrafos, comieron y hasta bailaron con él a
cara descubierta en aquella casa de locos donde vivió hasta el final del
cautiverio.
Las deudas acumuladas terminaban por enloquecer a los dueños, y
tenían que empeñar el televisor, el betamax, el tocadiscos, lo que fuera, para
alimentar al secuestrado. Las joyas de la mujer iban desapareciendo del cuello,
de los brazos y las orejas, hasta que no le quedaba una encima. Una madrugada,
el hombre despertó a Hero Buss para que le prestara dinero, porque los dolores
de parto de la esposa lo habían sorprendido sin dinero para pagar el hospital.
Hero Buss le prestó sus últimos cincuenta mil pesos.
Lo liberaron el 11 de diciembre, quince días después de Juan
Vitta. Le habían comprado para la ocasión un par de zapatos que no le sirvieron
porque él calzaba del número cuarenta y seis y el más grande que encontraron
después de mucho buscar era del número cuarenta y cuatro. Le compraron un
pantalón y una camiseta de dos tallas menos porque había bajado dieciséis
kilos. Le devolvieron el equipo de fotografía y el maletín con sus libretas de
apuntes escondidas en el forro, y le pagaron los cincuenta mil pesos del parto
y otros quince mil que les había prestado antes para reponer la plata que se
robaban del mercado. Le ofrecieron mucho más, pero lo único que él les pidió
fue que le consiguieran una entrevista con Pablo Escobar. Nunca le contestaron.
La pandilla que lo acompañó en los últimos días lo sacó de la
casa en un automóvil particular, y al cabo de muchas vueltas para despistar por
los mejores barrios de Medellín lo dejaron con su equipaje a cuestas a media
cuadra del periódico El Colombiano, con un comunicado en el cual los
Extraditables hacían un reconocimiento a su lucha por la defensa de los
derechos humanos en Colombia y en varios países de América Latina, y reiteraban
la determinación de acogerse a la política de sometimiento sin más condiciones
que las garantías judiciales de seguridad para ellos y sus familias —
Periodista hasta el final, Hero Buss le dio su cámara al primer peatón que pasó
y le pidió que le hiciera la foto de la liberación.
Diana y Azucena se enteraron por la radio, y sus guardianes les
dijeron que serían las próximas. Pero se lo habían dicho tanto que ya no lo
creían. En previsión de que fuera liberada sólo una, cada una escribió una
carta para sus familias para mandarla con la que saliera. Nada ocurrió para
ellas desde entonces, nada volvieron a saber hasta dos días después —al
amanecer del 13 de diciembre cuando Diana fue despertada por susurros y
movimientos raros en la casa. El palpito de que iban a liberarlas la hizo saltar
de la cama. Alertó a Azucena, y antes de que nadie les anunciara nada empezaron
a preparar el equipaje.
Tanto Diana en su diario, como Azucena en el suyo, contaron
aquel instante dramático. Diana estaba en la ducha cuando uno de los guardianes
le anunció a Azucena sin ninguna ceremonia que se alistara para irse. Sólo
ella. En el libro que publicaría poco después, Azucena lo relató con una
sencillez admirable.
«Me fui al cuarto y me puse la muda de regreso que tenía lista
en la silla mientras doña Diana continuaba en el baño. Cuando salió y me vio,
se paró, me miró, y me dijo:
—¿Nos vamos, Azu?
«Los ojos le brillaban y esperaban una respuesta ansiosa. Yo no
podía decirle nada. Agaché la cabeza, respiré profundo y dije:
—No. Me voy yo sola.
—Cuánto me alegro —dijo Diana—. Yo sabía que iba a ser así».
Diana anotó en su diario: «Sentí una punzada en el corazón, pero
le dije que me alegraba por ella, que se fuera tranquila». Le entregó a Azucena
la carta para Nydia que había escrito a tiempo para el caso de que no la
liberaran a ella. En esa carta le pedía que celebrara la Navidad con sus hijos.
Como Azucena lloraba, la abrazó para sosegarla. Luego la acompañó hasta el
automóvil y allí se abrazaron otra vez. Azucena se volvió a mirarla a través
del cristal, y Diana le dijo adiós con la mano.
Una hora después, en el automóvil que la llevaba al aeropuerto
de Medellín para volar a Bogotá, Azucena oyó que un periodista de radio le
preguntaba a su esposo qué estaba haciendo cuando conoció la noticia de la
liberación. Él contestó la verdad:
—Estaba escribiendo un poema para Azucena.
Así se les cumplió a ambos el sueño de estar juntos el 16 de
diciembre para celebrar sus cuatro años de casados.
Richard y Orlando, por su parte, cansados de dormir por los
suelos en el calabozo pestilente, convencieron a sus guardianes de que los
cambiaran de cuarto. Los pasaron al dormitorio donde habían tenido al mulato
esposado, del cual no habían vuelto a tener noticias. Descubrieron con espanto
que el colchón de la cama tenía grandes manchas de sangre reciente que bien
podían ser de torturas lentas o de puñaladas súbitas.
Por la televisión y la radio se habían enterado de las
liberaciones. Sus guardianes les habían dicho que los próximos serían ellos. El
17 de diciembre, muy temprano, un jefe al que conocían como el Viejo —y que
resultó ser el mismo don Pacho encargado de Diana— entró sin tocar en el cuarto
de Orlando.
—Póngase decente porque ya se va —le dijo.
Apenas pudo afeitarse y vestirse, y no tuvo tiempo de avisarle a
Richard en la misma casa. Le dieron un comunicado para la prensa, le pusieron
unas gafas de alta graduación, y el Viejo, solo, le dio las vueltas rituales
por distintos barrios de Medellín y lo dejó con cinco mil pesos para el taxi en
una glorieta que no identificó, porque conocía muy mal la ciudad. Eran las
nueve de la mañana de un lunes fresco y diáfano. Orlando no podía creerlo:
hasta ese momento —mientras hacía señales inútiles a los taxis ocupados— estuvo
convencido de que a sus secuestradores les resultaba más barato matarlo que
correr el riesgo de soltarlo vivo. Desde el primer teléfono que encontró llamó
a su esposa.
Liliana estaba bañando al niño y corrió a contestar con las
manos enjabonadas. Oyó una voz extraña y tranquila:
—Flaca, soy yo.
Ella pensó que alguien quería tomarle el pelo y estaba a punto
de colgar cuando reconoció la voz. «¡Ay, Dios mío!», gritó. Orlando tenía tanta
prisa, que sólo alcanzó a decirle que todavía estaba en Medellín y que llegaría
esa tarde. Liliana no tuvo un instante de sosiego el resto del día por la
preocupación de no haber reconocido la voz del esposo. Juan Vitta le había
dicho cuando lo liberaron que Orlando estaba tan cambiado por el cautiverio que
costaba trabajo reconocerlo, pero nunca pensó que el cambio fuera hasta en la
voz. Su impresión fue más grande aún esa tarde en el aeropuerto, cuando se
abrió camino a través del tropel de los periodistas y no reconoció al hombre
que la besó. Pero era Orlando al cabo de cuatro meses de cautiverio, gordo,
pálido y con un bigote retinto y áspero. Ambos por separado habían decidido
tener el segundo hijo tan pronto como se encontraran. «Pero había tanta gente
alrededor que no pudimos ese día», ha dicho Liliana muerta de risa. «Ni el otro
día tampoco por el susto». Pero recuperaron bien las horas perdidas: nueve
meses después del tercer día tuvieron otro varón, y el año siguiente un par de
gemelos. La racha de liberaciones —que fue un soplo de optimismo para los otros
rehenes y sus familias— acabó de convencer a Pacho Santos de que no había
ningún indicio razonable de que algo avanzara en favor suyo. Pensaba que Pablo
Escobar no había hecho más que quitarse el estorbo de las barajas menores para
presionar el indulto y la no extradición en la Constituyente, y se quedó con tres
ases: la hija de un ex presidente, el hijo del director del periódico más
importante del país, y la cuñada de Luis Carlos Galán. Beatriz y Marina, en
cambio, sintieron renacer la esperanza, aunque Maruja prefirió no engañarse con
interpretaciones ligeras. Su ánimo andaba decaído, y la cercanía de la Navidad
acabó de postrarlo. Detestaba las fiestas obligatorias. Nunca hizo pesebres ni
árboles de Navidad, ni repartió regalos ni tarjetas, y nada la deprimía tanto
como las parrandas fúnebres de la Nochebuena en las que todo el mundo canta
porque está triste o llora porque es feliz. El mayordomo y su mujer prepararon
una cena abominable. Beatriz y Marina hicieron un esfuerzo por participar, pero
Maruja se tomó dos barbitúricos arrasadores y despertó sin remordimientos.
El miércoles siguiente el programa semanal de Alexandra estuvo
consagrado a la noche de Navidad en la casa de Nydia, con la familia Turbay
completa en torno del ex presidente; con familiares de Beatriz, y Maruja y
Alberto Villamizar. Los niños estaban en primer término: los dos hijos de Diana
y el nieto de Maruja —hijo de Alexandra—. Maruja lloró de emoción, pues la
última vez que lo había visto apenas balbucía algunas palabras y ya era capaz
de expresarse. Villamizar explicó al final, con voz pausada y muchos detalles,
el curso y el estado de sus gestiones. Maruja resumió el programa con una frase
justa: «Fue muy lindo y tremendo».
El mensaje de Villamizar le levantó los ánimos a Marina Montoya.
Se humanizó de pronto y reveló la grandeza de su corazón. Con un sentido
político que no le conocían empezó a oír y a interpretar las noticias con gran
interés. Un análisis de los decretos la llevó a la conclusión de que las
posibilidades de ser liberadas eran mayores que nunca. Su salud empezó a
mejorar hasta el punto de que menospreció las leyes del encierro y hablaba con
su voz natural, bella y bien timbrada.
El 31 de diciembre fue su noche grande. Damaris llevó el
desayuno con la noticia de que celebrarían el Año Nuevo con una fiesta en
regla, con champaña criolla y un pernil de cerdo. Maruja pensó que aquélla
sería la noche más triste de su vida, por primera vez lejos de su familia, y se
hundió en la depresión. Beatriz acabó de derrumbarse. Los ánimos de ambas
estaban para todo menos para fiestas. Marina, en cambio, recibió la noticia con
alborozo, y no ahorró argumentos para darles ánimos. Inclusive a los guardianes.
—Tenemos que ser justas —les dijo a Maruja y a Beatriz—. También
ellos están lejos de su familia, y a nosotras lo que nos toca es hacerles su
Año Nuevo lo más grato que se pueda.
Le habían dado tres camisas de dormir la noche en que la
secuestraron, pero sólo había usado una, y guardaba las otras en su talego
personal. Más tarde, cuando llevaron a Maruja y a Beatriz, las tres usaban
sudaderas deportivas como un uniforme de cárcel, que lavaban cada quince días.
Nadie volvió a acordarse de las camisas hasta la tarde del 31 de
diciembre, cuando Marina dio un paso más en su entusiasmo. «Les propongo una
cosa —les dijo—: Yo tengo aquí tres camisas de dormir que nos vamos a poner
para que nos vaya bien el resto el año entrante». Y le preguntó a Maruja:
—A ver, mijita, ¿qué color quiere?
Maruja dijo que a ella le daba lo mismo. Marina decidió que le
iba mejor el color verde. A Beatriz le dio la camisa rosa y se reservó la
blanca para ella. Luego sacó del bolso una cajita de cosméticos y propuso que
se maquillaran unas a otras. «Para lucir bellas esta noche», dijo. Maruja, que
ya tenía bastante con el disfraz de las camisas, la rechazó con un humor agrio.
—Yo llego hasta ponerme la camisa de dormir —dijo—. Pero estar
aquí pintada como una loca, ¿en este estado? No, Marina, eso sí que no. Marina
se encogió de hombros.
—Pues yo sí.
Como no tenían espejo, le dio a Beatriz los útiles de belleza, y
se sentó en la cama para que la maquillara. Beatriz lo hizo a fondo y con buen
gusto, a la luz de k veladora: un toque de colorete para disimular la palidez
mortal de la piel, los labios intensos, la sombra de los párpados. Ambas se
sorprendieron de cuan bella podía ser todavía aquella mujer que había sido
célebre por su encanto personal y su hermosura. Beatriz se conformó con la cola
de caballo y su aire de colegiala.
Aquella noche Marina desplegó su gracia irresistible de
antioqueña. Los guardianes la imitaron, y cada quien dijo lo que quiso con la
voz que Dios le dio. Salvo el mayordomo, que aun en la altamar de la borrachera
seguía hablando en susurros. El Lamparón, envalentonado por los tragos, se
atrevió a regalarle a Beatriz una loción de hombre. «Para que estén bien
perfumadas con los millones de abrazos que les van a dar el día que las
suelten», les dijo. El bruto del mayordomo no lo pasó por alto y dijo que era un
regalo de amor reprimido. Fue un nuevo terror entre los muchos de Beatriz.
Además de las secuestradas, estaban el mayordomo y su mujer, y
los cuatro guardianes de turno. Beatriz no podía soportar el nudo en la
garganta. Maruja la pasó nostálgica y avergonzada, pero aun así no podía
disimular la admiración que le causó Marina, espléndida, rejuvenecida por el
maquillaje, con la camisa blanca, la cabellera nevada, la voz deliciosa. Era
inconcebible que fuera feliz, pero logró que lo creyeran.
Hacía bromas con los guardianes que se levantaban la máscara
para beber. A veces, desesperados por el calor, les pedían a las rehenes que
les dieran la espalda para respirar. A las doce en punto, cuando estallaron las
sirenas de los bomberos y las campanas de las iglesias, todos estaban
apretujados en el cuarto, sentados en la cama, en el colchón, sudando en el
calor de fragua. En la televisión estalló el himno nacional. Entonces Maruja se
levantó, y les ordenó a todos que se pusieran de pie para cantarlo con ella. Al
final levantó el vaso de vino de manzana, y brindó por la paz de Colombia. La
fiesta terminó media hora después, cuando se acabaron las botellas, y en el
platón sólo quedaba el hueso pelado del pernil y las sobras de la ensalada de
papa.
El turno de relevo fue saludado por las rehenes con un suspiro
de alivio, pues eran los mismos que las habían recibido la noche del secuestro,
y ya sabían cómo tratarlos. Sobre todo Maruja, cuya salud la mantenía con el
ánimo decaído. Al principio el terror se le convertía en dolores erráticos por
todo el cuerpo que la obligaban a asumir posturas involuntarias. Pero más tarde
se volvieron concretos por el régimen inhumano impuesto por los guardianes. A principios
de diciembre le impidieron ir al baño un día entero como castigo por su
rebeldía, y cuando se lo permitieron no le fue posible hacer nada. Ése fue el
principio de una cistitis persistente y, más tarde, de una hemorragia que le
duró hasta el final del cautiverio.
Marina, que había aprendido con su esposo a hacer masajes de
deportistas, se empeñó a restaurarla con sus fuerzas exiguas. Aún le sobraban
los buenos ánimos del Año Nuevo. Seguía optimista, contaba anécdotas: vivía. La
aparición de su nombre y su fotografía en una campaña de televisión en favor de
los secuestrados le devolvió las esperanzas y la alegría. Se sintió otra vez la
que era, que ya existía, que allí estaba. Apareció siempre en la primera etapa
de la campaña, hasta un día en que no estuvo más sin explicaciones. Ni Maruja
ni Beatriz tuvieron corazón para decirle que tal vez la borraron de la lista
porque nadie creía que estuviera viva.
Para Beatriz era importante el 31 de diciembre porque se lo
había fijado como plazo máximo para ser libre. La desilusión la derrumbó hasta
el punto de que sus compañeras de prisión no sabían qué hacer con ella. Llegó
un momento en que Maruja no podía mirarla porque perdía el control, se echaba a
llorar, y llegaron a ignorarse la una a la otra dentro de un espacio no mucho
más grande que un cuarto de baño. La situación se hizo insostenible. La
distracción más durable para las tres rehenes, durante las horas interminables
después del baño, era darse masajes lentos en las piernas con la crema
humectante que sus carceleros les suministraban en cantidades suficientes para
que no enloquecieran. Un día Beatriz se dio cuenta de que estaba acabándose.
—Y cuando la crema se acabe —le preguntó a Maruja—, ¿qué vamos a
hacer?
—Pues pediremos más —le respondió Maruja con un énfasis ácido. Y
subrayó con más acidez aún—: O si no, ahí veremos. ¿Cierto?
—¡No me conteste así! —le gritó Beatriz en una súbita explosión
de rabia—. ¡A mí, que estoy aquí por culpa suya!
Fue el estallido inevitable. En un instante dijo cuanto se había
guardado en tantos días de tensiones reprimidas y noches de horror. Lo
sorprendente era que no hubiera ocurrido antes y con mayor encono. Beatriz se
mantenía al margen de todo, vivía frenada, y se tragaba los rencores sin
saborearlos. Lo menos grave que podía suceder, por supuesto, era que una simple
frase dicha al descuido le revolviera tarde o temprano la agresividad reprimida
por el terror. Sin embargo, el guardián de turno no pensaba lo mismo, y ante el
temor de una reyerta grande amenazó con encerrar a Beatriz y a Maruja en
cuartos separados. Ambas se alarmaron, pues el temor de las agresiones sexuales
se mantenía vivo. Estaban convencidas de que mientras estuvieran juntas era
difícil que los guardianes intentaran una violación, y por eso la idea de que
las separaran fue siempre la más temible. Por otra parte, los guardianes
estaban siempre en parejas, no eran afines, y parecían vigilarse los unos a los
otros como una precaución de orden interno para evitar incidentes graves con
las rehenes. Pero la represión de los guardianes creaba un ambiente malsano en
el cuarto. Los de turno en diciembre habían llevado un betamax en el que
pasaban películas de violencia con una fuerte carga erótica, y de vez en cuando
algunas pornográficas. El cuarto se saturaba por momentos de una tensión
insoportable. Además, cuando las rehenes iban al baño debían dejar la puerta
entreabierta, y en más de una ocasión sorprendieron al guardián atisbando. Uno
de ellos, empecinado en sostener la puerta con la mano para que no se cerrara
mientras ellas usaban el baño, estuvo a punto de perder los dedos cuando
Beatriz —adrede— la cerró de un golpe. Otro espectáculo incómodo fue una pareja
de guardianes homosexuales que llegó en el segundo turno, y se mantenían en un
estado perpetuo de excitación con toda clase de retozos perversos. La
vigilancia excesiva de Lamparón al mínimo gesto de Beatriz, el regalo del
perfume, la impertinencia del mayordomo en la Nochebuena eran factores de
perturbación. Los cuentos que se intercambiaban entre ellos sobre violaciones a
desconocidas, sus perversiones eróticas, sus placeres sádicos, terminaban por
enrarecer el ambiente.
A petición de Maruja y Marina el mayordomo hizo venir a un
médico para Beatriz, el 12 de enero, antes de la media noche. Era un hombre
joven, bien vestido y mejor educado, y con una máscara de seda amarilla que
hacía juego con su atuendo. Es difícil creer en la seriedad de un médico
encapuchado, pero aquél demostró de entrada que conocía bien su oficio. Tenía
una seguridad tranquilizante. Llevaba un estuche de cuero fino, grande como una
maleta de viaje, con el fonendoscopio, el tensiómetro, un electrocardiógrafo de
baterías, un laboratorio portátil para análisis a domicilio, y otros recursos
para emergencias. Examinó a fondo a las tres rehenes, y les hizo análisis de
orina y de sangre en el laboratorio portátil. Mientras la examinaba, el médico
le dijo en secreto a Maruja: «Me siento la persona más avergonzada del mundo
por tener que verla a usted en esta situación. Quiero decirle que estoy aquí
por la fuerza. Fui muy amigo y partidario del doctor Luis Carlos Galán, y voté
por él. Usted no se merece este sufrimiento, pero trate de sobrellevarlo. La
serenidad es buena para su salud». Maruja apreció sus explicaciones, pero no
pudo superar d asombro por su elasticidad moral. A Beatriz le repitió el
discurso exacto.
El diagnóstico para ambas fue un estrés severo y un principio de
desnutrición, para lo cual ordenó enriquecer y balancear la dieta. A Maruja le
encontró problemas circulatorios y una infección vesical de cuidado, y le
prescribió un tratamiento a base de Vasotón, diuréticos y pastillas calmantes.
A Beatriz le recetó sedante para entretener la úlcera gástrica. A Marina —a
quien ya había visto antes—, se limitó a darle consejos para que se preocupara
más por su propia salud, pero no la encontró muy receptiva. A las tres les
ordenó caminar a buen paso por lo menos una hora diaria…
A partir de entonces a cada una les dieron una caja de veinte
pastillas de un tranquilizante para tomar una por la mañana, otra al mediodía y
otra antes de dormir. En caso extremo podían cambiarlo por un barbitúrico
fulminante que les permitió escapar a muchos horrores del encierro. Bastaba un
cuarto de pastilla para quedar sin sentido antes de contar hasta cuatro.
Desde la una de aquella madrugada empezaron a caminar en el
patio oscuro con los asustados guardianes que las mantenían bajo la mira de sus
metralletas sin seguro. Se marearon a la primera vuelta, sobre todo Maruja, que
debió sostenerse de las paredes para no caer. Con la ayuda de los guardianes, y
a veces con Damaris, terminaron por acostumbrarse. Al cabo de dos semanas
Maruja llegó a dar con paso rápido hasta mil vueltas contadas: dos kilómetros.
El estado de ánimo de todas mejoró, y con él la concordia doméstica.
El patio fue el. único lugar de la casa que conocieron además
del cuarto. Estaba en tinieblas mientras duraban los paseos, pero en las noches
claras se alcanzaba a ver un lavadero grande y medio en ruinas, con ropa puesta
a secar en alambres y un gran desorden de cajones rotos y trastos en desuso.
Sobre la marquesina del lavadero había un segundo piso con una ventana
clausurada y los vidrios polvorientos tapados con cortinas de periódicos. Las
secuestradas pensaban que era allí donde dormían los guardianes que no estaban
de turno. Había una puerta hacia la cocina, otra hacia el cuarto de las
secuestradas, y un portón de tablas viejas que no llegaba hasta el suelo. Era
el portón del mundo. Más tarde se darían cuenta de que daba a un potrero
apacible donde pacían corderos pascuales y gallinas desperdigadas. Parecía muy
fácil de abrirlo para evadirse, pero estaba guardado por un pastor alemán de
aspecto insobornable. Sin embargo, Maruja se hizo amiga de él, hasta el punto
de que no ladraba cuando se acercaba a acariciarlo.
Diana se quedó a solas consigo misma cuando liberaron a Azucena.
Veía televisión, oía radio, a veces leía la prensa, y con más interés que
nunca, pero conocer las noticias sin tener con quién comentarlas era lo único
peor que no saberlas. El trato de sus guardianes le parecía bueno, y reconocía
el esfuerzo que hacían para complacerla. «No quiero ni es fácil describir lo
que siento cada minuto: el dolor, la angustia y los días de terror que he
pasado», escribió en su diario. Temía por su vida, en efecto, sobre todo por el
miedo inagotable de un rescate armado. La noticia de su liberación se redujo a
una frase insidiosa: «Ya casi». La aterrorizaba la idea de que, aquélla fuera
una táctica infinita en espera de que se instalara la Asamblea Constituyente y
tomara determinaciones concretas sobre la extradición y el indulto. Don Pacho,
que antes demoraba largas horas con ella, que discutía, que la informaba bien,
se hizo cada vez más distante. Sin explicación alguna, no volvieron a llevarle
los periódicos. Las noticias, y aun las telenovelas, adquirieron el ritmo del
país paralizado por el éxodo del Año Nuevo.
Durante más de un mes la habían distraído con la promesa de que
vería a Pablo Escobar en persona. Ensayó su actitud, sus argumentos, su tono,
segura de que sería capaz de entablar con él una negociación. Pero la demora
eterna la había llevado a extremos inconcebibles de pesimismo.
Dentro de aquel horror su imagen tutelar fue la de su madre, de
quien heredó quizás el temperamento apasionado, la fe inquebrantable y el sueño
escurridizo de la felicidad. Tenían una virtud de comunicación recíproca que se
reveló en los meses oscuros del secuestro como un milagro de clarividencia.
Cada palabra de Nydia en la radio o la televisión, cada gesto suyo, el énfasis
menos pensado le transmitían a Diana recados imaginarios en las tinieblas del
cautiverio. «Siempre la he sentido como si fuera mi ángel de la guarda»,
escribió. Estaba segura de que en medio de tantas frustraciones, el éxito final
sería el de la devoción y la fuerza de su madre. Alentada por esa certidumbre,
concibió la ilusión de que sería liberada la noche de Navidad.
Esa ilusión la sostuvo en vilo durante la fiesta que le hicieron
la víspera los dueños de casa, con asado a la parrilla, discos de salsa,
aguardiente, pólvora y globos de colores. Diana lo interpretó como una
despedida. Más aún: había dejado listo sobre la cama el maletín que tenía
preparado desde noviembre para no perder tiempo cuando llegaran a buscarla. La
noche era helada y el viento aullaba entre los árboles como una manada de
lobos, pero ella lo interpretaba como el augurio de tiempos mejores. Mientras
repartían los regalos a los niños pensaba en los suyos, y se consoló con la
esperanza de estar con ellos la noche de mañana. El sueño se hizo menos
improbable porque sus carceleros le regalaron una chaqueta de cuero forrada por
dentro, tal vez escogida a propósito para que soportara bien la tormenta.
Estaba segura de que su madre la había esperado a cenar, como todos los años, y
que había puesto la corona de muérdago en la puerta con un letrero para ella:
Bienvenida. Así había sido, en efecto. Diana siguió tan segura de su
liberación, que esperó hasta después de que se apagaron en el horizonte las
últimas migajas de la fiesta y amaneció una nueva mañana de incertidumbres.
El miércoles siguiente estaba sola frente a la televisión,
rastreando canales, y de pronto reconoció en la pantalla al pequeño hijo de
Alexandra Uribe. Era el programa Enfoque dedicado a la Navidad. Su sorpresa fue
mayor cuando descubrió que era la Nochebuena que ella le había pedido a su
madre en la carta que le llevó Azucena. Estaba la familia de Maruja y Beatriz,
y la familia Turbay en pleno: los dos niños de Diana, sus hermanos, y su padre
en el centro, grande y abatido. «Nosotros no estábamos para fiestas —ha dicho
Nydia—. Sin embargo, decidí cumplir con los deseos de Diana y armé en una hora
el árbol de Navidad y el pesebre dentro de la chimenea. « A pesar de la buena
voluntad de todos de no dejar a los secuestrados un recuerdo triste, fue más
una ceremonia de duelo que una celebración. Pero Nydia estaba tan segura de que
Diana sería liberada esa noche, que puso en la puerta el adorno navideño con el
letrero dorado: Bienvenida. «Confieso mi dolor por no haber llegado ese día a
compartir con todos —escribió Diana en su diario—. Pero me alentó mucho, me
sentí muy cerca de todos, me dio alegría verlos reunidos». Le encantó la
madurez de María Carolina, le preocupó el retraimiento de Miguelito, y recordó
con alarma que aún no estaba bautizado; la entristeció la tristeza de su padre
y la conmovió su madre, que puso en el pesebre un regalo para ella y el saludo
de bienvenida en la puerta. En vez de desmoralizarse por la desilusión de la
Navidad, Diana tuvo una reacción de rebeldía contra el gobierno. En su momento
se había manifestado casi entusiasta por el decreto 2047, en el cual se
fundaron las ilusiones de noviembre. La alentaban las gestiones de Guido Parra,
la diligencia de los Notables, las expectativas de la Asamblea Constituyente,
las posibilidades de ajustes en la política de sometimiento. Pero la
frustración de Navidad hizo saltar los diques de su comprensión. Se preguntó
escandalizada por qué al gobierno no se le ocurría alguna posibilidad de
diálogo que no fuera determinada por la presión absurda de los secuestros. Dejó
en claro que siempre fue consciente de la dificultad de actuar bajo chantaje.
«Soy línea Turbay en eso —escribió— pero creo que con el paso del tiempo las
cosas han sucedido al revés». No entendía la pasividad del gobierno ante lo que
a ella le parecieron burlas de los secuestradores. No entendía por qué no los
conminaba a la entrega con mayor energía, si había fijado una política para
ellos, y había satisfecho algunas peticiones razonables. «En la medida en que
no se les exija —escribió en su diario— ellos se sienten más cómodos tomándose
su tiempo y sabiendo que tienen en su poder el arma de presión más importante».
Le parecía que las mediaciones de buen oficio se habían convertido en una
partida de ajedrez en la que cada quien movía sus piezas hasta ver quién daba
el jaque mate. «¿Pero qué ficha seré yo?», se preguntó. Y se contestó sin
evasivas: «No dejo de pensar que seamos desechables». Al grupo de los Notables
—ya extinto— le dio el tiro de gracia: «Empezaron con una labor eminentemente
humanitaria y acabaron prestándoles un servicio a los Extraditables».
Uno de los guardianes que terminaban el turno de enero irrumpió
en el cuarto de Pacho Santos.
—Esta vaina se jodió —le dijo—. Van a matar rehenes.
Según él, sería una represalia por la muerte de los Priscos. El
comunicado estaba listo y saldría en las próximas horas. Matarían primero a
Marina Montoya y luego uno cada tres días en su orden: Richard Becerra,
Beatriz, Maruja y Diana.
—El último será usted —concluyó el guardián a manera de
consuelo—. Pero no se preocupe, que este gobierno no aguanta ya más de dos
muertos.
Pacho, aterrorizado, hizo sus cuentas según los datos del
guardián: le quedaban dieciocho días de vida. Entonces decidió escribir a su
esposa y a sus hijos, sin borrador, una carta de seis hojas completas de
cuaderno escolar, con su caligrafía de minúsculas separadas, como letras de
imprenta, pero más legibles que de costumbre, y con el pulso firme y la
conciencia de que no sólo era una carta de adiós, sino su testamento.
«Sólo deseo que este drama, no importa cuál sea el final, acabe
lo más pronto posible para que todos podamos tener por fin la paz», empezaba.
Su gratitud más grande era para María Victoria —decía—, con quien había crecido
como hombre, como ciudadano y como padre, y lo único que lamentaba era haberle
dado mayor importancia a su oficio de periodista que a la vida doméstica. «Con
ese remordimiento bajo a la tumba», escribió. En cuanto a sus hijos casi recién
nacidos lo tranquilizaba la seguridad de que quedaban en las mejores manos.
«Háblales de mí cuando puedan entender a cabalidad lo que sucedió y así
asimilen sin dramatismo los dolores innecesarios de mi muerte». A su padre le
agradecía lo mucho que había hecho por él en la vida, y sólo le pedía «que
arregles todo antes de venir a unirte conmigo para evitarles a mis hijos los
grandes dolores de cabeza en esa rapiña que se avecina». De este modo entró en
materia sobre un punto que consideraba «aburrido pro fundamental» para el
futuro: la solvencia de sus hijos y la unidad familiar dentro de El Tiempo. Lo
primero dependía en gran parte de los seguros de vida que el diario había
comprado para su esposa y sus hijos. «Te pido exigir que te den lo que nos
ofrecieron —decía pues es apenas justo que mis sacrificios por el periódico no
sean del todo en vano». En cuanto al futuro profesional, comercial o político
del diario, su única preocupación eran las rivalidades y discrepancias
internas, consciente de que las grandes familias no tienen pleitos pequeños.
«Sería muy triste que después de este sacrificio El Tiempo acabe dividido o en
otras manos». La carta terminaba con un último reconocimiento a Mariavé por el
recuerdo de los buenos tiempos que vivieron juntos.
El guardián la recibió conmovido.
—Tranquilo, papito —le dijo—, yo me encargo de que llegue.
La verdad era que a Pacho Santos no le quedaban entonces los
dieciocho días calculados sino unas pocas horas. Era el primero de la lista, y
la orden de asesinato había sido dada el día anterior. Martha Nieves Ochoa se
enteró a última hora por una casualidad afortunada —a través de terceras
personas— y le envió a Escobar una súplica de perdón, convencida de que aquella
muerte terminaría de incendiar el país. Nunca supo si la recibió, pero el hecho
fue que la orden contra Pacho Santos no se conoció nunca, y en su lugar se
impartió otra irrevocable contra Marina Montoya.
Marina parecía haberlo presentido desde principios de enero. Por
razones que nunca explicó, había decidido hacer las caminatas acompañada por el
Monje, su viejo amigo, que había vuelto en el primer relevo del año. Caminaban
una hora desde que terminaba la televisión, y después salían Maruja y Beatriz
con sus guardianes. Una de esas noches Marina regresó muy asustada, porque
había visto un hombre vestido de negro y con una máscara negra, que la miraba
en la oscuridad desde el lavadero. Maruja y Beatriz pensaron que debía ser una
más de sus alucinaciones recurrentes, y no le hicieron caso. Confirmaron esa
impresión el mismo día, pues no había ninguna luz para ver un hombre de negro
en las tinieblas del lavadero. De ser cierto, además, debía tratarse de alguien
muy conocido en la casa para no alebrestar al pastor alemán que se espantaba de
su propia sombra. El Monje dijo que debía ser un aparecido que sólo ella veía.
Sin embargo, dos o tres noches después regresó del paseo en un
verdadero estado de pánico. El hombre había vuelto, siempre de negro absoluto,
y la había observado largo rato con una atención pavorosa sin importarle que
también ella lo mirara. A diferencia de las noches anteriores, aquélla era de
luna llena y el patio estaba iluminado por un verde fantástico. Marina lo contó
delante del Monje, y éste la desmintió, pero con razones tan enrevesadas que
Maruja y Beatriz no supieron qué pensar. Desde entonces no volvió Marina a
caminar. Las dudas entre sus fantasías y la realidad eran tan impresionantes,
que Maruja sufrió una alucinación real, una noche en que abrió los ojos y vio
al Monje a la luz de k veladora, acuclillado como siempre, y vio su máscara
convertida en una calavera. La impresión de Maruja fue mayor, porque relacionó
la visión con el aniversario de la muerte de su madre el próximo 23 de enero.
Marina pasó el fin de semana en la cama, postrada por un viejo
dolor de la columna vertebral que parecía olvidado. Le volvió el humor turbio
de los primeros días. Como no podía valerse de sí misma, Maruja y Beatriz se
pusieron a su servicio. La llevaban al baño casi en vilo. Le daban la comida y
el agua en la boca, le acomodaban una almohada en la espalda para que viera la
televisión desde la cama. La mimaban, la querían de veras, pero nunca se
sintieron tan menospreciadas.
—Miren lo enferma que estoy y ustedes ni me ayudan —les decía
Marina—. Yo, que las he ayudado tanto.
A veces sólo conseguía aumentar el justo sentimiento de abandono
que la atormentaba. En realidad, el único alivio de Marina en aquella crisis de
postrimerías fueron los rezos encarnizados que murmuraba sin tregua durante
horas, y el cuidado de sus uñas. Al cabo de varios días, cansada de todo, se
tendió exhausta en la cama y suspiró:
—Bueno, que sea lo que Dios quiera.
En la tarde del 22 las visitó también el Doctor de los primeros
días. Conversó en secreto con sus guardianes y oyó con atención los comentarios
de Maruja y Beatriz sobre la salud de Marina. Al final se sentó a conversar con
ella en el borde de la cama. Debió ser algo serio y confidencial, pues los
susurros de ambos fueron tan tenues que nadie descifró una palabra. El Doctor
salió del cuarto con mejor humor que cuando llegó, y prometió volver pronto.
Marina se quedó deprimida en la cama. Lloraba a ratos. Maruja
trató de alentarla, y ella se lo agradecía con gestos por no interrumpir sus
oraciones, y casi siempre le correspondía con afecto, le apretaba la mano con
su mano yerta. A Beatriz, con quien tenía una relación más cálida, la trataba
con el mismo cariño. El único hábito que la mantuvo viva fue el de limarse las
uñas.
A las diez y media de la noche del 23, miércoles, empezaban a
ver en la televisión el programa Enfoque, pendientes de cualquier palabra
distinta, de cualquier chiste familiar, del gesto menos pensado, de cambios
sutiles en la letra de una canción que pudieran esconder mensajes cifrados.
Pero no hubo tiempo. Apenas iniciado el tema musical, la puerta se abrió a una
hora insólita y entró el Monje, aunque no estaba de turno esa noche.
—Venimos por la abuela para llevarla a otra finca —dijo.
Lo dijo como si fuera una invitación dominical. Marina en la
cama quedó como tallada en mármol, con una palidez intensa, hasta en los
labios, y con el cabello erizado. El Monje se dirigió entonces a ella con su
afecto de nieto.
—Recoja sus cosas, abuela —le dijo—. Tiene cinco minutos.
Quiso ayudarla a levantarse. Marina abrió la boca para decir
algo pero no lo logró. Se levantó sin ayuda, cogió el talego de sus cosas
personales, y salió para el baño con una levedad de sonámbula que no parecía
pisar el suelo. Maruja enfrentó al Monje con la voz impávida.
—¿La van a matar?
El Monje se crispó.
—Esas vainas no se preguntan —dijo. Pero se recuperó enseguida—:
Ya le dije que va para una finca mejor. Palabra.
Maruja trató de impedir a toda costa que se la llevaran. Como no
había allí ningún jefe, cosa insólita en una decisión tan importante, pidió que
llamaran a uno de parte de ella para discutirlo. Pero la disputa fue
interrumpida por otro guardián que entró a llevarse el radio y el televisor.
Los desconectó sin más explicaciones, y el último destello de la fiesta se
desvaneció en el cuarto. Maruja les pidió que les dejaran al menos terminar el
programa. Beatriz fue aún más agresiva, pero fue inútil. Se fueron con el radio
y el televisor, y dejaron dicho a Marina que volvían por ella en cinco minutos.
Maruja y Beatriz, solas en el cuarto, no sabían qué creer, ni a quién
creérselo, ni hasta qué punto aquella decisión inescrutable formaba parte de
sus destinos.
Marina se demoró en el baño mucho más de cinco minutos. Volvió
al dormitorio con la sudadera rosada completa, las medias marrones de hombre y
los zapatos que llevaba el día del secuestro. La sudadera estaba limpia y
recién planchada. Los zapatos tenían el verdín de la humedad y parecían
demasiado grandes, porque los pies habían disminuido dos números en cuatro
meses de sufrimientos. Marina seguía descolorida y empapada por un sudor
glacial, pero todavía le quedaba una brizna de ilusión.
—¡Quién sabe si me van a liberar! —dijo.
Sin ponerse de acuerdo, Maruja y Beatriz decidieron que
cualquiera que fuese la suerte de Marina, lo más cristiano era engañarla.
—Seguro que sí —le dijo Beatriz.
—Así es —dijo Maruja con su primera sonrisa radiante. ¡Qué
maravilla!
La reacción de Marina fue sorprendente. Les preguntó entre broma
y de veras qué recados querían mandar a sus familias. Ellas los improvisaron lo
mejor que pudieron. Marina, riéndose un poco de sí misma, le pidió a Beatriz
que le prestara la loción de hombre que Lamparón le había regalado en la
Navidad. Beatriz se la prestó, y Marina se perfumó detrás de las orejas con una
elegancia legítima, se arregló sin espejo con leves toques de los dedos la
hermosa cabellera de nieves marchitas, y al final pareció dispuesta para ser
libre y feliz. En realidad, estaba al borde del desmayo. Le pidió un cigarrillo
a Maruja, y se sentó a ñamárselo en la cama mientras iban por ella. Se lo fumó
despacio, con grandes bocanadas de angustia, mientras repasaba milímetro a
milímetro la miseria de aquel antro en el que no encontró un instante de
piedad, y en el que no le concedieron al final ni siquiera la dignidad de morir
en su cama.
Beatriz, para no llorar, le repitió en serio el mensaje para su
familia: «Si tiene oportunidad de ver a mi marido y a mis hijos, dígales que
estoy bien y que los quiero mucho». Pero Marina no era ya de este mundo.
—No me pida eso —le contestó sin mirarla siquiera—. Yo sé que
nunca tendré esa oportunidad.
Maruja le llevó un vaso de agua con dos pastillas barbitúricas
que habrían bastado para dormir tres días. Tuvo que darle el agua, porque
Marina no acertaba a encontrarse la boca con el vaso por el temblor de las
manos. Entonces le vio el fondo de los ojos radiantes, y eso le bastó para
darse cuenta de que Marina no se engañaba ni a sí misma. Sabía muy bien quién
era, cuánto debían por ella y para dónde la llevaban, y si les había seguido la
comente a las últimas amigas que le quedaron en la vida había sido también por
compasión.
Le llevaron una capucha nueva, de lana rosada que hacía juego
con la sudadera. Antes de que se la pusieran se despidió de Maruja con un
abrazo y un beso. Maruja le dio la bendición y le dijo: «Tranquila». Se
despidió de Beatriz con otro abrazo y otro beso, y le dijo: «Que Dios la
bendiga». Beatriz, fiel a sí misma hasta el último instante, se mantuvo en la
ilusión.
—Qué rico que va a ver a su familia —le dijo.
Marina se entregó a los guardianes sin una lágrima. Le pusieron
la capucha al revés, con los agujeros de los ojos y la boca en la nuca, para
que no pudiera ver. El Monje la tomó de las dos manos, con un cuidado de nieto,
y la sacó de la casa caminando hacia atrás. Marina se dejó llevar caminando
bien y con pasos seguros. El otro guardián cerró la puerta desde fuera.
Maruja y Beatriz se quedaron inmóviles frente a la puerta
cerrada, sin saber por dónde retomar la vida, hasta que oyeron los motores en
el garaje, y se desvaneció su rumor en el horizonte. Sólo entonces entendieron
que les habían quitado el televisor y el radio para que no conocieran el final
de la noche.
6
Al amanecer del día siguiente, jueves 24, el cadáver de Marina
Montoya fue encontrado en un terreno baldío al norte de Bogotá. Estaba casi
sentada en la hierba todavía húmeda por una llovizna temprana, recostada contra
la cerca de alambre de púas y con los brazos extendidos en cruz. El juez 78 de
instrucción criminal que hizo el levantamiento la describió como una mujer de
unos sesenta años, con abundante cabello plateado, vestida con una sudadera
rosada y medias marrones de hombre. Debajo de la sudadera tenía un escapulario
con una cruz de plástico. Alguien que había llegado antes que la justicia le
había robado los zapatos.
El cadáver tenía la cabeza cubierta por una capucha acartonada
por la sangre seca, puesta al revés, con los agujeros de la boca y los ojos en
la nuca, y casi desbaratada por los orificios de entrada y salida de seis tiros
disparados desde más de cincuenta centímetros, pues no habían dejado tatuajes
en la tela y en la piel. Las heridas estaban repartidas en el cráneo y el lado
izquierdo de la cara, y una muy nítida como un tiro de gracia en la frente. Sin
embargo, junto al cuerpo empapado por la hierba silvestre sólo se encontraron
cinco cápsulas de nueve milímetros. El cuerpo técnico de la policía judicial le
había tomado ya cinco juegos de huellas digitales.
Algunos estudiantes del colegio San Carlos, en la acera de
enfrente, habían merodeado por allí con otros curiosos. Entre los que
presenciaron el levantamiento del cuerpo se encontraba una vendedora de flores
del Cementerio del Norte, que había madrugado para matricular una hija en una
escuela cercana. El cadáver la impresionó por la buena calidad de la ropa
interior, por la forma y el cuidado de sus manos y la distinción que se le
notaba a pesar del rostro acribillado. Esa tarde, la mayorista de flores que la
abastecía en su puesto del Cementerio del Norte —a cinco kilómetros de
distancia la encontró con un fuerte dolor de cabeza y en un estado de depresión
alarmante.
—Usted ni se imagina lo triste que fue ver a esa pobre señora
botada en el pasto —le dijo la florista—. Había que ver su ropa interior, su
figura de gran dama, su cabello blanco, las manos tan finas con las uñas tan
bien arregladas.
La mayorista, alarmada por su postración, le dio un analgésico
para el dolor de cabeza, le aconsejó no pensar en cosas tristes y, sobre todo,
no sufrir por los problemas ajenos. Ni la una ni la otra se darían cuenta hasta
una semana después de que habían vivido un episodio inverosímil. Pues la
mayorista era Marta de Pérez, la esposa de Luis Guillermo Pérez, el hijo de
Marina.
El Instituto de Medicina Legal recibió el cuerpo a las cinco y
media de la tarde del jueves, y lo dejaron en depósito hasta el día siguiente,
pues a los muertos con más de un balazo no les practican la autopsia durante la
noche. Allí esperaban para identificación y necropsia otros dos cadáveres de
hombres recogidos en la calle durante la mañana. En el curso de la noche
llegaron otros dos de adultos varones, también encontrados a la intemperie, y
el de un niño de cinco años.
La doctora Patricia Álvarez, que practicó la autopsia de Marina
Montoya desde las siete y media de la mañana del viernes, le encontró en el
estómago restos de alimentos reconocibles, y dedujo que la muerte había
ocurrido en la madrugada del jueves. También a ella la impresionó la calidad de
la ropa interior y las uñas pulidas y pintadas. Llamó al doctor Pedro Morales,
su jefe, que practicaba otra autopsia dos mesas más allá, y éste la ayudó a
descubrir otros signos inequívocos de la condición social del cadáver. Le
hicieron la carta dental y le tomaron fotografías y radiografías, y tres pares
más de huellas digitales. Por último le hicieron una prueba de absorción
atómica y no encontraron restos de psicofármacos, a pesar de los dos
barbitúricos que Maruja Pachón le había dado unas horas antes de la muerte.
Cumplidos los trámites primarios mandaron el cuerpo al
Cementerio del Sur, donde tres semanas antes había sido excavada una fosa común
para sepultar unos doscientos cadáveres. Allí la enterraron junto con los otros
cuatro desconocidos y el niño. Era evidente que en aquel enero atroz el país
había llegado a la peor situación concebible. Desde 1984, cuando el asesinato
del ministro Rodrigo Lara Bonilla, habíamos padecido toda clase de hechos
abominables, pero ni la situación había llegado a su fin, ni lo peor había
quedado atrás. Todos los factores de violencia estaban desencadenados y
agudizados. Entre los muchos graves que habían convulsionado al país, el
narcoterrorismo se definió como el más virulento y despiadado. Cuatro
candidatos presidenciales habían sido asesinados antes de la campaña de 1990. A
Carlos Pizarra, candidato del M-19, lo mató un asesino solitario a bordo de un
avión comercial, a pesar de que había cambiado cuatro veces sus reservaciones
de vuelo en absoluto secreto y con toda clase de argucias para despistar. El
precandidato Ernesto Samper sobrevivió a una ráfaga de once tiros, y llegó a la
presidencia de la república cinco años después, todavía con cuatro proyectiles
dentro del cuerpo que sonaban en las puertas magnéticas de los aeropuertos. Al
general Maza Márquez le habían hecho estallar a su paso un carrobomba de
trescientos cincuenta kilos de dinamita, y había escapado de su automóvil de
bajo blindaje arrastrando uno de sus escoltas heridos. «De pronto me sentí como
suspendido en vilo por la cresta de un oleaje», contó el general. Fue tal la
conmoción, que debió acudir a la ayuda siquiátrica para recobrar el equilibrio
emocional. Aún no había terminado el tratamiento, al cabo de siete meses,
cuando un camión con dos toneladas de dinamita desmanteló con una explosión
apocalíptica el enorme edificio del DAS, con un saldo de setenta muertos,
setecientos veinte heridos, y estragos materiales incalculables. Los
terroristas habían esperado el momento exacto en que el general entrara en su oficina,
pero no sufrió ni un rasguño en medio del cataclismo. Ese mismo año, una bomba
estalló en un avión de pasajeros cinco minutos después del despegue, y causó
ciento siete muertos, entre ellos Andrés Escabí —el cuñado de Pacho Santos—, y
el tenor colombiano Gerardo Arellano. La versión general fue que estaba
dirigida al candidato César Gaviria. Error siniestro, pues Gaviria no tuvo
nunca el propósito de viajar en ese avión. Más aún: la seguridad de su campaña
le había prohibido volar en aviones de línea, y en alguna ocasión que quiso
hacerlo tuvo que desistir, ante el espanto de otros pasajeros que trataron de
desembarcar para no correr el riesgo de volar con él.
La verdad era que el país estaba condenado dentro de un círculo
infernal. Por un lado, los Extraditables se negaban a entregarse o a moderar la
violencia, porque la policía no les daba tregua. Escobar había denunciado por
todos los medios que la policía entraba a cualquier hora a las comunas de
Medellín, agarraba diez menores al azar, y los fusilaba sin más averiguaciones
en cantinas y potreros. Suponían a ojo que la mayoría estaba al servicio de
Pablo Escobar, o eran sus partidarios, o iban a serlo en cualquier momento por
la razón o por la fuerza. Los terroristas no daban tregua en las matanzas de
policías a mansalva, ni en los atentados y los secuestros. Por su parte, los
dos movimientos guerrilleros más antiguos y fuertes, el Ejército de Liberación
Nacional (ELN) y las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FARC). acababan de
replicar con toda clase de actos terroristas a la primera propuesta de paz del
gobierno de César Gaviria.
Uno de los gremios más afectados por aquella guerra ciega fueron
los periodistas, víctimas de asesinatos y secuestros, aunque también de
deserción por amenazas y corrupción. Entre setiembre de 1983 y enero de 1991
fueron asesinados por los carteles de la droga veintiséis periodistas de
distintos medios del país. Guillermo Cano, director de El Espectador, el más
inerme de los hombres, fue acechado y asesinado por dos pistoleros en la puerta
de su periódico el 17 de diciembre de 1986. Manejaba su propia camioneta, y a
pesar de ser uno de los hombres más amenazados del país por sus editoriales
suicidas contra el comercio de drogas, se negaba a usar un automóvil blindado o
a llevar una escolta. Con todo, sus enemigos trataron de seguir matándolo
después de muerto. Un busto erigido en memoria suya fue dinamitado en Medellín.
Meses después, hicieron estallar un camión con trescientos kilos de dinamita
que redujeron a escombros las máquinas del periódico. Una droga más dañina que
las mal llamadas heroicas se introdujo en la cultura nacional: el dinero fácil.
Prosperó la idea de que la ley es el mayor obstáculo para la felicidad, que de
nada sirve aprender a leer y a escribir, que se vive mejor y más seguro como
delincuente que como gente de bien. En síntesis: el estado de perversión social
propio de toda guerra larvada.
El secuestro no era una novedad en la historia reciente de
Colombia. Ninguno de los cuatro presidentes de los años anteriores había
escapado a la prueba de un secuestro desestabilizador. Y por cierto, hasta
donde se sabe, ninguno de los cuatro había cedido a las exigencias de los
secuestradores. En febrero de 1976, bajo el gobierno de Alfonso López
Michelsen, el M-19 había secuestrado al presidente de la Confederación de
Trabajadores de Colombia, José Raquel Mercado. Fue juzgado y condenado a muerte
por sus captores por traición a la clase obrera, y ejecutado con dos tiros en
la nuca ante la negativa del gobierno a cumplir una serie de condiciones
políticas.
Dieciséis miembros de élite del mismo movimiento armado se
tomaron la embajada de la República Dominicana en Bogotá cuando celebraban su
fiesta nacional, el 27 de febrero de 1980, bajo el gobierno de julio César
Turbay. Durante sesenta y un días mantuvieron en rehenes a casi todo el cuerpo
diplomático acreditado en Colombia, incluidos los embajadores de los Estados
Unidos, Israel y el Vaticano. Exigían un rescate de cincuenta millones de
dólares y la liberación de trescientos once de sus militantes detenidos. El
presidente Turbay se negó a negociar, pero los rehenes fueron liberados el 28
de abril sin ninguna condición expresa, y los secuestradores salieron del país
bajo la protección del gobierno de Cuba, solicitada por el gobierno de
Colombia. Los secuestradores aseguraron en privado que habían recibido por el
rescate cinco millones de dólares en efectivo, recaudados por la colonia judía
de Colombia entre sus cofrades del mundo entero. El 7 de noviembre de 1985, un
comando del M-19 se tomó el multitudinario edificio de la Corte Suprema de
justicia en su hora de mayor actividad, con la exigencia de que el más alto
tribunal de la república juzgara al presidente Belisario Betancur por no
cumplir con su promesa de paz. El presidente no negoció, y el ejército rescató
el edificio a sangre y fuego al cabo de diez horas, con un saldo indeterminado
de desaparecidos y noventa y cinco muertos civiles, entre ellos nueve
magistrados de la Corte Suprema de Justicia, y su presidente, Alfonso Reyes
Echandía.
Por su parte, el presidente Virgilio Barco, casi al final de su
mandato, dejó mal resuelto el secuestro de Álvaro Diego Montoya, el hijo de su
secretario general. La furia Pablo Escobar le estalló en las manos siete meses
después a su sucesor, César Gavina, que iniciaba su gobierno con el problema
mayor de diez notables secuestrados. Sin embargo, en sus primeros cinco meses,
Gavina había conseguido un ambiente menos turbulento para capear la tormenta.
Había logrado un acuerdo político para convocar una Asamblea Constituyente,
investida por la Corte Suprema de Justicia del poder suficiente para decidir
sobre cualquier tema sin límite alguno. Incluidos, por supuesto, los más
calientes: la extradición de nacionales y el indulto. Pero el problema de
fondo, tanto para el gobierno como para el narcotráfico y las guerrillas, era
que mientras Colombia no tuviera un sistema de justicia eficiente era casi
imposible articular una política de paz que colocara al Estado del lado de los
buenos, y dejara del lado de los malos a los delincuentes de cualquier color.
Pero nada era simple en esos días, y mucho menos informar sobre nada con
objetividad desde ningún lado, ni era fácil educar niños y enseñarles la
diferencia entre el bien y el mal.
La credibilidad del gobierno no estaba a la altura de sus
notables éxitos políticos, sino a la muy baja de sus organismos de seguridad,
fustigados por la prensa mundial y los organismos internacionales de derechos
humanos. En cambio, Pablo Escobar había logrado una credibilidad que no
tuvieron nunca las guerrillas en sus mejores días. La gente llegó a creer más
en las mentiras de los Extraditables que en las verdades del gobierno. El 14 de
diciembre se proclamó el decreto 3030, que modificó el 2047 y anuló todos los
anteriores. Se introdujo, entre otras novedades, la acumulación jurídica de
penas. Es decir: una persona a la que se le juzgara por varios delitos, ya
fuera en un mismo juicio o en juicios posteriores, no se le sumarían los años
por distintas condenas sino que sólo purgaría la más larga. También se fijó una
serie de procedimientos y plazos relacionados con el traslado de pruebas del
exterior a procesos en Colombia. Pero se mantuvieron firmes los dos grandes
escollos para la entrega: las condiciones un tanto inciertas para k no
extradición y el plazo fijo para los delitos perdonables.
Mejor dicho: se mantenían la entrega y la confesión como
requisitos indispensables para la no extradición y para las rebajas de penas,
pero siempre sujetas a que los delitos se hubieran cometido antes del 5 de
setiembre de 1990. Pablo Escobar expresó su desacuerdo con un mensaje
enfurecido. Su reacción tenía esta vez un motivo más que se cuidó de no
denunciar en público: la aceleración del intercambio de pruebas con los Estados
Unidos, que agilizaba los procesos de extradición.
Alberto Villamizar fue el más sorprendido. Por sus contactos
diarios con Rafael Pardo tenía motivos para esperar un decreto de manejo más
fácil. Por el contrario, le pareció más duro que el primero. Y no estaba solo
en esa idea. El inconformismo estaba tan generalizado, que desde el día mismo
de la proclamación del segundo decreto empezó a pensarse en un tercero.
Una conjetura fácil sobre las razones que endurecieron el 3030
era que el sector más radical del gobierno —ante la ofensiva de los comunicados
conciliadores y las liberaciones gratuitas de cuatro periodistas— había
convencido al presidente de que Escobar estaba acorralado. Cuando, en realidad,
no estuvo nunca tan fuerte como entonces con la presión tremenda de los
secuestros y la posibilidad de que la Asamblea Constituyente eliminara la
extradición y proclamara el indulto.
En cambio, los tres hermanos Ochoa se acogieron de inmediato a
la opción del sometimiento. Esto se interpretó como una fisura en la cúspide
del cartel. Aunque, en realidad, el proceso de su entrega había empezado desde
el primer decreto, en setiembre, cuando un conocido senador antioqueño le pidió
a Rafael Pardo recibir a una persona que no identificó de antemano. Era Martha
Nieves Ochoa, quien inició con ese paso audaz los trámites para la entrega de
sus tres hermanos con intervalos de un mes. Así sería. Fabio, el menor, se
entregó el 18 de diciembre; el 15 de enero, cuando menos parecía posible, se
entregó Jorge Luis, y el 16 de febrero se entregaría Juan David. Cinco años
después, un grupo de periodistas norteamericanos le hicieron la pregunta a
Jorge Luis en la cárcel y su respuesta fue terminante: «Nos entregamos para
salvar el pellejo». Reconoció que detrás estaba la presión irresistible de las
mujeres de su familia, que no tuvieron paz hasta que los pusieron a salvo en la
cárcel blindada de Itagüí, un suburbio industrial de Medellín. Fue un acto
familiar de confianza en el gobierno, que todavía en aquel momento había podido
extraditarlos de por vida a los Estados Unidos.
Doña Nydia Quintero, siempre atenta a sus presagios, no
menospreció la importancia del sometimiento de los Ochoa. Apenas tres días
después de la entrega de Fabio fue a verlo a la cárcel, con su hija María
Victoria y su nieta María Carolina, la hija de Diana. En la casa donde se
alojaba la habían recogido cinco miembros de la familia Ochoa, fieles al
protocolo tribal de los paisas: la madre, Martha Nieves y otra hermana, y dos
varones jóvenes. La llevaron a la cárcel de Itagüí, un edificio acorazado, al fondo
de una callecita cuesta arriba, adornada ya con las guirnaldas de papel de
colores de la Navidad.
En la celda de la cárcel, además de Fabio el joven, las esperaba
el padre, Don Fabio Ochoa, un patriarca de ciento cincuenta kilos con facciones
de niño a los setenta años, criador de caballos colombianos de paso fino, y
guía espiritual de una vasta familia de hombres intrépidos y mujeres de riendas
firmes. Le gustaba presidir las visitas de la familia sentado en un sillón
tronal, el eterno sombrero de caballista, y un talante ceremonioso que iba bien
a su habla lenta y arrastrada, y a su sabiduría popular. A su lado estaba el
hijo, que es vivaz y dicharachero, pero que apenas si interpuso una palabra
aquel día mientras hablaba su padre.
Don Fabio hizo en primer lugar un elogio de la valentía con que
Nydia removía cielo y tierra por salvar a Diana. La posibilidad de ayudarla con
Pablo Escobar la formuló con una retórica magistral: haría con el mayor gusto
lo que pudiera hacer, pero no creía que pudiera hacer algo. Al final de la
visita, Fabio el joven le pidió a Nydia el favor de explicarle al presidente la
importancia de aumentar el plazo de la entrega en el decreto de sometimiento.
Nydia le explicó que ella no podía hacerlo, pero ellos sí, con una carta a las
autoridades competentes. Era su manera de no permitir que la usaran como
recadera ante el presidente. Fabio el joven lo comprendió, y se despidió de
ella con una frase reconfortante: «Mientras haya vida hay esperanza».
Al regreso de Nydia a Bogotá, Azucena le entregó la carta de
Diana en la cual le pedía que celebrara la Navidad con sus hijos, y Hero Buss
la urgió por teléfono de ir a Cartagena para una conversación personal. El buen
estado físico y moral en que encontró al alemán después de tres meses de
cautiverio tranquilizó un poco a Nydia sobre la salud de su hija. Hero Buss no
veía a Diana desde la primera semana del secuestro, pero entre los guardianes y
la gente de servicio había un intercambio constante de noticias que se filtraban
a los rehenes, y sabía que Diana estaba bien. Su único riesgo grave y siempre
inminente era el de un rescate armado. «Usted no se imagina lo que es el
peligro constante de que lo maten a uno —dijo Hero Buss—. No sólo porque llegue
la ley, como dicen ellos, sino porque están siempre tan asustados que hasta el
menor ruido lo confunden con un operativo». Sus únicos consejos eran impedir a
toda costa un rescate armado y lograr que cambiaran en el decreto el plazo para
la entrega.
El mismo día de su regreso a Bogotá, Nydia le expresó sus
inquietudes al ministro de Justicia. Visitó al ministro de Defensa, general
Óscar Botero, acompañada por su hijo, el parlamentario julio César Turbay
Quintero, y le pidió angustiada, en nombre de todos los secuestrados, que
usaran los servicios de inteligencia y no los operativos de rescate. Su
desgaste era vertiginoso y su intuición de la tragedia cada vez más lúcida. Le
dolía el corazón. Lloraba a todas horas. Hizo un esfuerzo supremo por dominarse,
pero las malas noticias no le dieron tregua. Oyó por radio un mensaje de los
Extraditables con la amenaza de botar frente al Palacio Presidencial los
cadáveres de los secuestrados envueltos en costales, si no se modificaban los
términos del segundo decreto. Nydia llamó á presidente de la república en un
estado de desesperación mortal. Como estaba en Consejo de Seguridad la atendió
Rafael Pardo.
—Le ruego que le pregunte al presidente y a los del Consejo de
Seguridad si lo que necesitan para cambiar el decreto es que le tiren en la
puerta los secuestrados muertos y. encostalados.
En ese mismo estado de exaltación estaba horas después cuando le
pidió al presidente en persona que cambiara el plazo del decreto. A él le
habían llegado ya noticias de que Nydia se quejaba de su insensibilidad ante el
dolor ajeno, e hizo un esfuerzo por ser más paciente y explícito. Le explicó
que el decreto 3030 acababa de expedirse, y que lo menos que podía dársele era
el tiempo de ver cómo se comportaba. Pero a Nydia le parecía que los argumentos
del presidente no eran más que justificaciones para no hacer lo que debió haber
hecho en el momento oportuno.
—El cambio de la fecha límite no sólo es necesario para salvar
la vida de los rehenes —replicó Nydia cansada de raciocinios— sino que es lo
único que falta para lograr la entrega de los terroristas. Muévala, y a Diana
la devuelven.
Gavina no cedió. Estaba ya convencido de que el plazo fijo era
el escollo mayor de su política de entregas, pero se resistía a cambiarlo para
que los Extraditables no consiguieran lo que perseguían con los secuestros. La
Asamblea Constituyente iba a reunirse en los próximos días en medio de una
expectativa incierta, y no podía permitirse que por una debilidad del gobierno
le concediera el indulto al narcotráfico. «La democracia nunca estuvo en
peligro por los asesinatos de cuatro candidatos presidenciales ni por ningún
secuestro —diría Gaviria más tarde. Cuando lo estuvo de veras fue en aquellos
momentos en que existió la tentación o el riesgo, o el rumor de que se estaba
incubando la posibilidad del indulto». Es decir: el riesgo inconcebible de que
secuestraran también la conciencia de la Asamblea Constituyente. Gaviria lo
tenía ya decidido: si eso ocurría, su determinación serena e irrevocable era
hundir la Constituyente.
Nydia andaba desde hacía algún tiempo con la idea de que el
doctor Turbay hiciera algo que estremeciera al país en favor de los
secuestrados: una manifestación multitudinaria frente al Palacio Presidencial,
un paro cívico, una protesta formal ante las Naciones Unidas. Pero el doctor
Turbay la apaciguaba. «Él siempre fue así, por su responsabilidad y su mesura
—ha dicho Nydia—. Pero uno sabía que por dentro estaba muñéndose de dolor». Esa
certidumbre, en lugar de aliviarla, le aumentaba la angustia. Fue entonces
cuando tomó la determinación de escribirle al presidente de la república una
carta privada «que lo motivara a moverse en lo que él sabía que era necesario».
El doctor Gustavo Balcázar, preocupado por la postración de su
esposa Nydia, la convenció el 24 de enero de que se fueran unos días a su casa
de Tabio —a una hora de carretera en la sabana de Bogotá— para buscarle un
alivio a su angustia. No había vuelto allá desde el secuestro de la hija, así
que se llevó su Virgen de bulto y dos velones para quince días cada uno, y todo
lo que pudiera hacerle falta para no desconectarse de la realidad. Pasó una
noche interminable en la soledad helada de la sabana, pidiéndole de rodillas a
la Virgen que protegiera a Diana con una campana de cristal invulnerable para
que nadie le faltara el respeto, para que no sintiera miedo, para que rebotaran
las balas. A las cinco de la mañana, después de un sueño breve y azaroso, empezó
a escribir en la mesa del comedor la carta de su alma para el presidente de la
república. El amanecer la sorprendió garrapateando ideas fugitivas, llorando,
rompiendo borradores sin dejar de llorar, sacándolos en limpio en un mar de
lágrimas.
Al contrario de lo que ella misma había previsto, estaba
escribiendo su carta más juiciosa y drástica. «No pretendo hacer un documento
público —empezó—. Quiero llegar al presidente de mi país y, con el respeto que
me merece, hacerle unas comedidas reflexiones y una angustiada y razonable
súplica». A pesar de la reiterada promesa presidencial de que nunca se
intentaría un operativo armado para liberar a Diana, Nydia dejó la constancia
escrita de una súplica premonitoria: «Lo sabe el país y lo saben ustedes, que
si en uno de esos allanamientos tropiezan con los secuestrados se podría
producir una horrible tragedia». Convencida de que los escollos del segundo
decreto habían interrumpido el proceso de liberaciones iniciado por los
Extraditables antes de Navidad, Nydia alertó al presidente con un temor nuevo y
lúcido: si el gobierno no tomaba alguna determinación inmediata para remover
esos escollos, los rehenes corrían el riesgo de que el tema quedara en manos de
la Asamblea Constituyente. «Esto haría que la zozobra y la angustia, que no
sólo padecemos los familiares sino el país entero, se prolongara por
interminables meses más», escribió. Y concluyó con una reverencia elegante:
«Por mis convicciones, por el respeto que le profeso como Primer Magistrado de
la Nación, sería incapaz de sugerirle alguna iniciativa de mi propia cosecha,
pero sí me siento inclinada a suplicarle que en defensa de unas vidas inocentes
no desestime el peligro que representa el factor tiempo». Una vez terminada y
transcrita con buena letra, fueron dos hojas y un cuarto de tamaño oficio.
Nydia dejó un mensaje en la secretaría privada de la presidencia para que le
indicara dónde debía mandarlas.
Esa misma mañana se precipitó la tormenta con la noticia de que
habían sido muertos los cabecillas de la banda de los Priscos: los hermanos
David Ricardo y Armando Alberto Prisco Lopera, acusados de los siete
magnicidios de aquellos años, y de ser los cerebros de los secuestros, entre
ellos el de Diana Turbay y su equipo. Uno había muerto con la falsa identidad
de Francisco Muñoz Serna, pero cuando Azucena Liévano vio la foto en los
periódicos reconoció en él a Don Pacho, el hombre que se ocupaba de Diana y de
ella durante el cautiverio. Su muerte, y la de su hermano, justo en aquellos
momentos de confusión, fueron una pérdida irreparable para Escobar, y no
tardaría en hacerlo saber con hechos.
Los Extraditables dijeron en un comunicado amenazante que David
Ricardo no había sido muerto en combate, sino acribillado por la policía
delante de sus pequeños hijos y de la esposa embarazada. Sobre su hermano
Armando, el comunicado aseguró que tampoco había muerto en combate, como dijo
la policía, sino asesinado en una finca de Rionegro, a pesar de que se
encontraba paralítico como consecuencia de un atentado anterior. La silla de
ruedas, decía el comunicado, se veía con claridad en el noticiero de la televisión
regional.
Éste era el comunicado del cual le habían hablado a Pacho
Santos. Se conoció el 25 de enero con el anuncio de que serían ejecutados dos
rehenes en un intervalo de ocho días, y la primera orden había sido ya
impartida contra Marina Montoya. Noticia sorprendente, pues se suponía que
Marina había sido asesinada tan pronto como la secuestraron en setiembre. «A
eso me refería cuando le mandé al presidente el mensaje de los encostalados —ha
dicho Nydia recordando aquella jornada atroz—. No es que fuera impulsiva, ni
temperamental, ni que necesitara tratamiento siquiátrico. Es que a quien iban a
matar era a mi hija, porque quizás no fui capaz de mover a quienes pudieron
impedirlo. «
La desesperación de Alberto Villamizar no podía ser menor. «Ese
día fue el más horrible que pasé en mi vida», dijo entonces, convencido de que
las ejecuciones no se harían esperar. Quién sería:, ¿Diana, Pacho, Maruja,
Beatriz, Richard? Era una rifa de muerte que no quería imaginar siquiera.
Enfurecido llamó al presidente Gaviria.
—Usted tiene que parar estos operativos —le dijo.
—No, Alberto —le contestó Gaviria con su tranquilidad
escalofriante— A mí no me eligieron para eso.
Villamizar colgó el teléfono, ofuscado por su propio ímpetu. «¿Y
ahora qué hago?», se Preguntó. Para empezar pidió ayuda a los ex presidentes
Alfonso López Michelsen y Misael Pastrana y a monseñor Darío Castrillón, obispo
de Pereira. Todos hicieron declaraciones públicas de repudio a los métodos de
los Extraditables y pidieron preservación de la vida de los rehenes. López
Michelsen hizo por RCN un llamado al gobierno y a Escobar para que detuvieran
la guerra y se buscara una solución política. En aquel momento ya la tragedia
estaba consumada. Minutos antes de la madrugada del 21 de enero, Diana había
escrito la última hoja de su diario. «Estamos próximos a los cinco meses y sólo
nosotros sabemos lo que es esto —escribió—. No quiero perder la fe y la esperanza
de regresar a casa sana y salva».
Ya no estaba sola. Después de la liberación de Azucena y Orlando
había pedido que la reunieran con Richard, y fue complacida después de Navidad.
Fue una fortuna para ambos. Conversaban hasta el agotamiento, escuchaban la
radio hasta el amanecer, y así adquirieron la costumbre de dormir de día y
vivir de noche. Se habían enterado de la muerte de los Priscos por una
conversación de los guardianes. Uno lloraba. Otro, convencido de que aquél era
el final, y refiriéndose sin duda a los secuestrados, preguntó: «¿Y ahora qué
hacemos con la mercancía?». El que lloraba no lo pensó siquiera.
—Acabemos con ellos —dijo.
Diana y Richard no conciliaron el sueño después del desayuno.
Días antes les habían anunciado que los cambiarían de casa. No les había
llamado la atención, pues en el mes corto que llevaban juntos los habían mudado
dos veces a refugios cercanos, previendo ataques reales o imaginarios de la
policía. Poco antes de las once de la mañana del 25 estaban en el cuarto de
Diana comentando en susurros el diálogo de los guardianes, cuando oyeron ruidos
de helicópteros por el rumbo de Medellín.
Los servicios de inteligencia de la policía habían recibido en
los últimos días numerosas llamadas anónimas sobre movimiento de gente armada
en la vereda de Sabaneta —municipio de Copacabana—, y en especial en las fincas
del Alto de la Cruz, Villa del Rosario y La Bola. Tal vez los carceleros de
Diana y Richard planeaban trasladarlos al Alto de la Cruz, que era la finca más
segura, porque estaba en una cumbre empinada y boscosa desde donde se dominaba
todo el valle hasta Medellín. Como consecuencia de esas denuncias telefónicas y
otros indicios propios, la policía estaba a punto de allanar la casa. Era un
operativo de guerra grande: dos capitanes, nueve oficiales, siete suboficiales
y noventa y nueve agentes, parte por tierra y parte en cuatro helicópteros
artillados. Sin embargo, los guardianes ya no les hacían caso a los
helicópteros porque pasaban a menudo sin que nada sucediera. De pronto uno de
ellos se asomó a la puerta y lanzó el grito temible:
—¡Nos cayó la ley!
Diana y Richard se demoraron a propósito lo más que pudieron
porque el momento era propicio para que llegara la policía: los cuatro
guardianes eran de los menos duros, y parecían demasiado asustados para
defenderse. Diana se cepilló los dientes y se puso una camisa blanca que había
lavado el día anterior, se puso sus zapatos de tenis y los bluejeans que
llevaba puestos el día del secuestro y que le quedaban demasiado grandes por la
pérdida de peso. Richard se cambió de camisa y recogió el equipo de camarógrafo
que le habían devuelto en esos días. Los guardianes parecían enloquecidos por
el ruido creciente de los helicópteros que sobrevolaron la casa, se alejaron
hacia el valle y volvieron casi a ras de los árboles. Los guardianes apuraban a
gritos y empujaban a los secuestrados hacia la puerta de salida. Les dieron
sombreros blancos para que los confundieran desde el aire con campesinos de la
región. A Diana le echaron encima un pañolón negro y Richard se puso su
chaqueta de cuero. Los guardianes les ordenaron correr hacia la montaña y ellos
mismos lo hicieron también por separado con las armas montadas para disparar
cuando los helicópteros estuvieran a su alcance. Diana y Richard empezaron a
trepar por una trocha de piedras. La pendiente era muy pronunciada, y el sol
ardiente caía a plomo desde el centro del cielo. Diana se sintió exhausta a los
pocos metros cuando ya los helicópteros estaban a la vista. A la primera
ráfaga, Richard se tiró al suelo. «No se mueva —le gritó Diana—. Hágase el
muerto». Al instante cayó a su lado, bocabajo.
—Me mataron —gritó—. No puedo mover las piernas.
No podía, en efecto, pero tampoco sentía ningún dolor, y le
pidió a Richard que le examinara la espalda porque antes de caer había sentido
en la cintura una especie de descarga eléctrica. Richard le levantó la camisa y
vio a la altura de la cresta ilíaca izquierda un agujero minúsculo, nítido y
sin sangre.
Como el tiroteo continuaba, cada vez más cerca, Diana insistía
desesperada en que Richard la dejara allí y escapara, pero él permaneció a su
lado esperando una ayuda para ponerla a salvo. Mientras tanto, le puso en la
mano una Virgen que llevaba siempre en el bolsillo, y rezó con ella. El tiroteo
cesó de pronto y aparecieron en la trocha dos agentes del Cuerpo Élite con sus
armas en ristre.
Richard, arrodillado junto a Diana, levantó los brazos, y dijo:
«¡No disparen!». Uno de los agentes lo miró con una cara de gran sorpresa y le
preguntó:
—¿Dónde está Pablo?
—No sé —dijo Richard—. Soy Richard Becerra, el periodista. Aquí
está Diana Turbay y está herida.
—Compruébelo —dijo un agente.
Richard le mostró la cédula de identidad. Ellos y algunos
campesinos que surgieron de las breñas ayudaron a transportar a Diana en una
hamaca improvisada con una sábana, y la acostaron dentro del helicóptero. El
dolor se le había vuelto insoportable, pero estaba tranquila y lúcida, y sabía
que iba a morir.
Media hora después, el ex presidente Turbay recibió una llamada
de una mente militar, para decirle que su hija Diana y Francisco Santos habían
sido rescatados en Medellín mediante un operativo del Cuerpo Élite. De
inmediato llamó a Hernando Santos, que lanzó un alarido de victoria, y ordenó a
los telefonistas de su periódico que dieran la noticia a toda la familia
dispersa. Luego llamó al apartamento de Alberto Villamizar, y le retransmitió
la noticia tal como se la habían dado. «¡Qué maravilla!», gritó Villamizar. Su
júbilo era sincero, pero enseguida cayó en la cuenta de que una vez liberados
Pacho y Diana las únicas ejecutables que quedaban en manos de Escobar eran
Maruja y Beatriz.
Mientras hacía llamadas de urgencia encendió el radio y comprobó
que la noticia no estaba todavía en el aire. Iba a marcar el número de Rafael
Pardo, cuando el teléfono volvió a timbrar. Era otra vez Hernando Santos para
decirle descorazonado que Turbay había corregido la primera noticia. El
liberado no era Francisco Santos sino el camarógrafo Richard Becerra, y Diana
estaba mal herida. Sin embargo, a Hernando Santos no lo perturbaba tanto el
error, como la consternación de Turbay por haberle causado una falsa alegría.
Martha Lupe Rojas no estaba en su casa cuando la llamaron del
noticiero para darle la noticia de que Richard había sido liberado. Había ido a
casa de sus hermanos, y estaba tan pendiente de las noticias que se llevó su
radio portátil inseparable. Pero aquel día, por primera vez desde el secuestro,
no funcionó.
En el taxi que la llevaba al noticiero cuando alguien le dio la
noticia de que su hijo estaba a salvo, la voz familiar del periodista Juan
Gossaín la puso en la realidad: las informaciones de Medellín eran todavía muy
confusas. Se había comprobado que Diana Turbay estaba muerta, pero no había
nada claro sobre Richard Becerra. Martha Lupe empezó a rezar en voz baja: «Dios
mío haz que las balas le pasen por un lado y no lo toquen». En ese momento,
Richard llamó a su casa desde Medellín para contarle que estaba a salvo, y no
la encontró. Pero el grito emocionado de Gossaín le devolvió el alma a Martha
Lupe:
—¡Extra! ¡Extra! ¡El camarógrafo Richard Becerra está vivo!
Martha Lupe se echó a llorar, y no pudo controlarse hasta tarde
en la noche, cuando recibió a su hijo en la redacción del noticiero Criptón.
Hoy lo recuerda: «Estaba en los puros huesos, pálido y barbudo, pero vivo».
Rafael Pardo había recibido la noticia minutos antes en su
oficina por una llamada de un periodista amigo que quería confirmar una versión
del rescate. Llamó al general Maza Márquez y luego al director de la policía,
general Gómez Padilla, y ninguno sabía de operativo de rescate. Al rato lo
llamó Gómez Padilla y le informó que había sido un encuentro fortuito con el
Cuerpo Élite en el curso de una operación de búsqueda de Escobar. Las unidades
que operaban, dijo Gómez Padilla, no tenían ninguna información previa de que
hubiera secuestradores en el lugar.
Desde que recibió la noticia de Medellín, el doctor Turbay había
tratado de comunicarse con Nydia en la casa de Tabio, pero el teléfono estaba
descompuesto. Mandó en una camioneta a su jefe de escolta con la noticia de que
Diana estaba a salvo y la tenían en el hospital de Medellín para los exámenes
de rutina. Nydia la recibió a las dos de la tarde, y en vez del grito de júbilo
que había dado la familia, adoptó una actitud de dolor y asombro, y exclamó:
—¡Mataron a Diana!
En el camino de Egreso a Bogotá, mientras escuchaba las noticias
de la radio, se le acentuó la incertidumbre. «Seguí llorando —diría más tarde—.
Pero entonces mi llanto no era a gritos, como antes, sino sólo de lágrimas».
Hizo una escala en su casa para cambiarse de ropa antes de ir al aeropuerto,
donde esperaba a la familia el decrépito Fokker presidencial que volaba por la
gracia divina después de casi treinta años de trabajos forzados. La noticia en
ese momento era que Diana estaba bajo cuidados intensivos, pero Nydia no le
creía nada a nadie más que a sus instintos. Fue derecho al teléfono, y pidió
hablar con el presidente de la república.
—Mataron a Diana, señor presidente —le dijo—. Y eso es obra
suya, es su culpa, es la consecuencia de su alma de piedra.
El presidente se alegró de poder contradecirla con una buena
noticia.
—No, señora —dijo con su voz más calmada—. Parece ser que hubo
un operativo y todavía no se tiene nada claro. Pero Diana está viva.
—No —replicó Nydia—. La mataron.
El presidente, que estaba en comunicación directa con Medellín,
no tenía duda.
—¿Y por qué lo sabe?
Nydia contestó con una convicción absoluta:
—Porque me lo dice mi corazón de madre.
Su corazón fue certero. Una hora después, María Emma Mejía, la
consejera presidencial para Medellín, subió al avión que llevó a la familia
Turbay y les dio la mala noticia. Diana había muerto desangrada, después de
varias horas de esfuerzos médicos que de todos modos habrían sido inútiles.
Había perdido el conocimiento en el helicóptero que la transportó a Medellín
desde el lugar del encuentro con la policía, y no lo había recobrado. Tenía la
columna vertebral fracturada al nivel de la cintura por una bala explosiva de
alta velocidad y mediano calibre que estalló en esquirlas dentro de su cuerpo y
le produjo una parálisis general de la que no se habría repuesto jamás.
Nydia sufrió un impacto mayor cuando la vio en el hospital,
desnuda en la mesa de cirugía, pero cubierta con una sábana ensangrentada, con
el rostro sin expresión y la piel sin color por el desangre completo. Tenía una
enorme incisión quirúrgica en el pecho por donde los médicos habían introducido
el puño para darle masajes al corazón.
Tan pronto como salió del quirófano, ya más allá del dolor y la
desesperanza, Nydia convocó en el mismo hospital una conferencia de prensa
feroz. «Ésta es la historia de una muerte anunciada», empezó. Convencida de que
Diana había sido víctima de un operativo ordenado desde Bogotá —según las
informaciones que le dieron desde su llegada a Medellín—, hizo un recuento
minucioso de las súplicas que la familia y ella misma habían hecho al
presidente de la república para que la policía no lo intentara. Dijo que la
insensatez y la criminalidad de los Extraditables eran las culpables de la
muerte de su hija, pero que en igual proporción lo eran el gobierno y el
presidente de la república en persona. Pero sobre todo el presidente, «que con
indolencia y casi con frialdad e indiferencia desoyó las súplicas que se le
hacían para que no fuesen rescatados y no fuesen puestas en peligro las vidas
de los secuestrados».
Esta declaración terminante, divulgada en directo por todos los
medios, provocó una reacción de solidaridad en la opinión pública, e
indignación en el gobierno. El presidente convocó a Fabio Villegas, su
secretario general; a Miguel Silva, su secretario privado; a Rafael Pardo, su
consejero de Seguridad, y a Mauricio Vargas, su consejero de Prensa. El
propósito era elaborar un rechazo enérgico a la declaración de Nydia. Pero una
reflexión más a fondo los condujo a la conclusión de que el dolor de una madre no
se controvierte. Gaviria lo entendió así, y canceló el propósito de la reunión
e impartió la orden:
—Vamos al entierro.
No sólo él sino el gobierno en pleno.
El encono de Nydia no le dio una tregua. Con alguien cuyo nombre
no recordaba le había mandado la carta tardía al presidente —cuando ya sabía
que Diana había muerto—, tal vez para que llevara siempre en la conciencia su
carga premonitoria. «Obviamente, no esperé que me respondiera», dijo.
Al final de la misa d? cuerpo presente en la catedral
—concurrida como pocas— el presidente se levantó de su silla y recorrió solo la
desierta nave central, seguido por todas las miradas, por los relámpagos de los
fotógrafos, por las cámaras de televisión, y le tendió la mano a Nydia con la
seguridad de que se la dejaría tendida. Nydia se la estrechó con un desgano
glacial. En realidad, para ella fue un alivio, pues lo que temía era que el
presidente la abrazara. En cambio, apreció el beso de condolencia de Ana
Milena, su esposa.
Todavía no fue el final. Apenas aliviada de los compromisos del
duelo, Nydia solicitó una nueva audiencia con el presidente para informarlo de
algo importante que debía saber antes de su discurso de aquel día sobre la
muerte de Diana. Silva transmitió d mensaje al pie de la letra, y el presidente
hizo entonces la sonrisa que Nydia no le vería jamás.
—A lo que viene es a vaciarme —dijo—. Pero que venga, claro.
La recibió como siempre. Nydia, en efecto, entró en la oficina,
vestida de negro y con un talante distinto: sencilla y adolorida. Fue directo a
lo que iba, y se lo dejó ver al presidente desde la primera frase: —Vengo a
prestarle un servicio.
La sorpresa fue que, en efecto, empezó con sus excusas por haber
creído que el presidente había ordenado el operativo en que murió Diana. Ahora
sabía que ni siquiera había sido informado. Y quería decirle además que también
en aquel momento lo estaban engañando, pues tampoco era cierto que el operativo
fuera para buscar a Pablo Escobar sino para rescatar a los rehenes, cuyo
paradero había sido revelado bajo tortura por uno de los sicarios capturados
por la policía. El sicario —explicó Nydia— había aparecido después como uno de
los muertos en combate.
El relato fue dicho con energía y precisión, y con la esperanza
de despertar el interés del presidente, pero no descubrió ni una señal de
compasión. «Era como un bloque de hielo», diría más tarde evocando aquel día.
Sin saber por qué ni en qué instante, y sin poder evitarlo, empezó a llorar.
Entonces se le revolvió el temperamento que había logrado dominar, y cambió por
completo de tema y de modo. Le reclamó al presidente su indiferencia y su
frialdad por no cumplir con la obligación constitucional de salvar las vidas de
los secuestrados.
—Póngase a pensar —concluyó—, si la niña suya hubiera estado en
estas circunstancias. ¿Qué habría hecho usted?
Lo miró directo a los ojos, pero estaba ya tan exaltada que el
presidente no pudo interrumpirla. Él mismo lo contaría más tarde: «Me
preguntaba, pero no me daba tiempo de contestar». Nydia, en efecto, le cerró el
paso con otra pregunta: «¿Usted no cree, señor presidente, que se equivocó en
el manejo que le dio a este problema?». El presidente dejó ver por primera vez
una sombra de duda. «Nunca había sufrido tanto», diría años después. Pero sólo
pestañeó, y dijo con su voz natural:
—Es posible.
Nydia se puso de pie, le dio la mano en silencio, y salió de la
oficina antes de que él pudiera abrirle la puerta. Miguel Silva entró entonces
en el despacho y encontró al presidente muy impresionado con la historia del
sicario muerto. Pero reaccionó con la decisión de escribir una carta privada al
procurador general para que investigara el caso y se hiciera justicia. La
mayoría de las personas coincidían en que la acción había sido para capturar a
Escobar o a un capo importante, pero que aun dentro de esa lógica fue una
estupidez y un fracaso irreparable. Según la versión inmediata de la policía,
Diana había muerto en desarrollo de un operativo de búsqueda con apoyo de
helicópteros y personal de tierra. Sin proponérselo se encontraron con el
comando que llevaba a Diana Turbay y al camarógrafo Richard Becerra. En la
huida, uno de los secuestradores le disparó a Diana por la espalda y le
fracturó la espina dorsal. El camarógrafo salió ileso. Diana fue trasladada al
Hospital General de Medellín en un helicóptero de la policía, y allí murió a
las cuatro y treinta y cinco de la tarde.
La versión de Pablo Escobar era muy distinta y coincidía en sus
puntos esenciales con la que Nydia le contó al presidente. Según él, la policía
había hecho el operativo a sabiendas de que los secuestrados estaban en el
lugar. La información se la habían arrancado bajo tortura a dos sicarios suyos
que identificó con sus nombres reales y números de cédula. Estos, según el
comunicado, habían sido aprehendidos y torturados por la policía, y uno de
ellos había guiado desde un helicóptero a los jefes del operativo. Dijo que
Diana fue muerta por la policía cuando huía del combate, ya liberada por sus
captores. Dijo, por último, que en la escaramuza habían muerto también tres
campesinos inocentes que la policía presentó a la prensa como sicarios caídos
en combate. Este informe debió darle a Escobar las satisfacciones que esperaba
en cuanto a sus denuncias de violaciones d? derechos humanos por parte de la
policía.
Richard Becerra el único testigo disponible, fue asediado por
los periodistas la misma noche de la tragedia en un salón de la Dirección
General de Policía en Bogotá. Estaba todavía con la chamarra de cuero negro con
que lo habían secuestrado y con el sombrero de paja que le habían dado sus
captores para que pasara por campesino. Su estado de ánimo no era el mejor para
dar algún dato esclarecedor.
La impresión que dejó en sus colegas más comprensivos fue que la
confusión de los hechos no le había permitido formarse un juicio de la noticia.
Su declaración de que el proyectil que mató a Diana lo disparó a propósito uno
de los secuestradores, no encontró piso firme en ninguna evidencia. La creencia
general, por encima de todas las conjeturas, fue que Diana murió por accidente
entre los fuegos cruzados. Sin embargo, la investigación definitiva quedaba a
cargo del procurador general en atención a la carta que le envió el presidente
Gaviria después de las revelaciones de Nydia Quintero.
El drama no había terminado. Ante la incertidumbre pública sobre
la suerte de Marina Montoya, los Extraditables emitieron un nuevo comunicado el
30 de enero, en el que reconocían haber dado la orden de ejecutarla desde el
día 23. Pero: «por motivos de clandestinidad y de comunicación, no tenemos
información —a la fecha— si la ejecutaron o la liberaron. Si la ejecutaron no
entendemos los motivos por los cuales la policía aún no ha reportado su
cadáver. Si la liberaron, sus familiares tienen fe palabra». Sólo entonces,
siete días después de ordenado el asesinato, se emprendió la búsqueda del
cadáver. El médico legista Pedro Morales, que había colaborado en la autopsia,
leyó el comunicado en la prensa y se imaginó que el cadáver de Marina Montoya
era el de la señora de la ropa fina y las uñas impecables. Así fue. Sin
embargo, tan pronto como se estableció la identidad, alguien que dijo ser del
Ministerio de justicia presionó por teléfono al Instituto de Medicina Legal
para que no se supiera que el cadáver estaba en la fosa común. Luis Guillermo
Pérez Montoya, el hijo de Marina, salía a almorzar cuando la radio transmitió
la primicia. En el Instituto de Medicina Legal le mostraron el retrato de la
mujer desfigurada por los balazos y le costó trabajo reconocerla. En el
Cementerio del Sur tuvieron que preparar un dispositivo especial de policía,
porque ya la noticia estaba en el aire y tuvieron que abrirle paso a Luis
Guillermo Pérez para que llegara hasta la fosa por entre una muchedumbre de
curiosos.
De acuerdo con los reglamentos de Medicina Legal, el cuerpo de
un NN debe ser enterrado con el número de serie impreso en el torso, los brazos
y las piernas, para que se le pueda reconocer aun en caso de ser desmembrado.
Debe envolverse en una tela de plástico negro, como las que se usan para la
basura y atada por los tobillos y las muñecas con cuerdas resistentes. El
cuerpo de Marina Montoya —según lo comprobó su hijo— estaba desnudo y cubierto
de lodo, tirado de cualquier modo en la fosa común, y sin los tatuajes de
identificación ordenados por la ley. A su lado estaba el cadáver del niño que
habían enterrado al mismo tiempo, envuelto en la sudadera rosada.
Ya en el anfiteatro, después de que la lavaron con una manguera
a presión, el hijo le revisó la dentadura, y tuvo un instante de vacilación. Le
parecía recordar que a Marina le faltaba el premolar izquierdo, y el cadáver
tenía la dentadura completa. Pero cuando le examinó las manos y las puso sobre
las suyas no le quedó rastro de dudas: eran iguales. Otra sospecha había de
persistir, quizás para siempre: Luis Guillermo Pérez estaba con vencido de que
el cadáver de su madre había sido identificado cuando se hizo el levantamiento,
y de que fue enviado a la fosa común sin más trámites para que no quedara
ningún rastro que pudiera inquietar a la opinión pública o perturbar al
gobierno.
La muerte de Diana —aun antes del hallazgo del cadáver de
Marina— fue definitiva para el estado del país. Cuando Gaviria se había negado
a modificar el segundo decreto no había cedido ante las asperezas de Villamizar
y las súplicas de Nydia. Su argumento, en síntesis, era que los decretos no
podían juzgarse en función de los secuestros sino en función del interés
público, así como Escobar no secuestraba para presionar la entrega sino para
forzar la no extradición y conseguir el indulto. Esas reflexiones lo condujeron
a una modificación final del decreto. Era difícil después de haber resistido a
las súplicas de Nydia y a tantos otros dolores ajenos para cambiar la fecha,
pero resolvió afrontarlo.
Villamizar recibió esta noticia a través de Rafael Pardo. El
tiempo de la espera le parecía infinito. No había tenido un minuto de paz.
Vivía pendiente del radio y del teléfono, y su alivio era inmenso cuando no era
una mala noticia. Llamaba a Pardo a cualquier hora. «¿Cómo va la cosa?», le
preguntaba. «¿Hasta dónde va a llegar esta situación?» Pardo lo calmaba con
cucharaditas de racionalismo. Todas las noches volvía a casa en el mismo
estado. «Hay que sacar ese decreto o aquí van a matar a todo el mundo», decía.
Pardo lo calmaba. Por fin, el 28 de enero, fue Pardo quien lo llamó para
decirle que ya estaba para la firma del presidente el decreto definitivo. La
demora se debía a que todos los ministros debían firmarlo, y no encontraban por
ninguna parte al de Comunicaciones, Alberto Casas Santamaría. Al fin lo ubicó
Rafael Pardo por teléfono, y lo conminó con su buen talante de viejo amigo.
—Señor ministro —le dijo—. O usted está aquí en inedia hora para
firmar el decreto, o no es más ministro.
El 29 de enero fue promulgado el decreto 303 en el cual se
resolvieron todos los escollos que habían impedido hasta entonces la entrega de
los narcotraficantes. Tal como lo habían supuesto en el gobierno, nunca
lograrían recoger la creencia generalizada de que fue un acto de mala
conciencia por la muerte de Diana. Esto, corno siempre, daba origen a otras
divergencias: los que pensaban que era una concesión a los narcos por la
presión de una opinión pública conmocionada, y los que lo entendieron como un acto
presidencial insoslayable, aunque tardío de cualquier modo para Diana Turbay.
En todo caso, el presidente Gaviria lo firmó por convicción, a sabiendas de que
la demora podía interpretarse como una prueba de inclemencia, y la decisión
tardía proclamada como un acto de debilidad.
El día siguiente, a las siete de la mañana, el presidente le
correspondió a Villamizar una llamada que le había hecho la víspera para
agradecerle el decreto. Gaviria escuchó en absoluto silencio sus razones, y
compartió su angustia del 25 de enero.
—Fue un día terrible para todos —dijo.
Villamizar llamó entonces a Guido Parra con la conciencia
aliviada. «Usted no se pondrá a joder ahora con que este decreto no es el
bueno», le dijo. Guido Parra ya lo había leído a fondo.
—Listo —dijo—, aquí no hay ningún problema. ¡Mire cuánto nos
hubiéramos evitado desde antes!
Villamizar quiso saber cuál sería el paso siguiente.
—Nada —dijo Guido Parra—. Esto es cuestión de cuarenta y ocho
horas.
Los Extraditables hicieron saber de inmediato en un comunicado
que desistían de las ejecuciones anunciadas en vista de las solicitudes de
varias personalidades del país. Se referían quizás a los mensajes radiales que
les habían hecho llegar López Michelsen, Pastrana y Castrillón. Pero en el
fondo podía interpretarse como una aceptación del decreto.
«Respetaremos la vida de los rehenes que permanecen en nuestro
poder», decía el comunicado. Como concesión especial, anunciaban también que en
las primeras horas de ese mismo día iban a liberar un secuestrado. Villamizar,
que estaba con Guido Parra, tuvo un sobresalto de sorpresa.
—Cómo así que uno —le gritó—. Usted me había dicho que salían
todos.
Guido Parra no se alteró.
—Tranquilo, Alberto —le dijo—. Esto es cuestión de ocho días.
7
Maruja y Beatriz no se habían enterado de las muertes. Sin
televisor ni radio, y sin más informaciones que las del enemigo, era imposible
adivinar la verdad. Las contradicciones de los propios guardianes desbarataron
la versión de que a Marina la habían llevado a una finca, de modo que cualquier
otra conjetura conducía al mismo callejón sin salida: o estaba libre o estaba
muerta. Es decir: antes eran ellas las únicas que la sabían viva, y ahora eran
las únicas que no sabían que estaba muerta.
La cama sola se había convertido en un fantasma ante la
incertidumbre de lo que habían hecho con Marina. El Monje había regresado media
hora después de que se la llevaran. Entró como una sombra y se enroscó en un
rincón. Beatriz le preguntó a quemarropa:
—¿Qué hicieron con Marina?
El Monje le contó que cuando salió con ella lo habían esperado
en el garaje dos jefes nuevos que no entraron en el cuarto. Que él les preguntó
para dónde la llevaban, y uno de ellos le contestó enfurecido: «Grandísimo
hijueputa, aquí no se hacen preguntas». Que después le ordenaron que volviera a
casa y dejara a Marina en manos de Barrabás, el otro guardián de turno.
La versión parecía creíble a primera oída. No era fácil que el
Monje tuviera tiempo de ir y volver en tan poco tiempo si hubiera participado
en el crimen, ni que tuviera corazón para matar a una mujer en ruinas a la que
parecía querer como a su abuela y que lo mimaba como a un nieto. En cambio,
Barrabás tenía fama de ser un sanguinario sin corazón que además se
vanagloriaba de sus crímenes. La incertidumbre se hizo más inquietante por la
madrugada, cuando Maruja y Beatriz se despertaron por un lamento de animal
herido, y era que el Monje estaba sollozando. No quiso el desayuno, y varias
veces se le oyó suspirar: «¡Qué dolor que se hayan llevado a la abuela!». Sin
embargo, nunca dejó entender que estuviera muerta. Hasta la tenacidad con que
el mayordomo se negaba a devolver el televisor y el radio aumentaba la sospecha
del asesinato.
Damaris, después de varios días fuera de casa, regresó en un
estado de ánimo que sumó un elemento más a la confusión. En uno de los paseos
de madrugada, Maruja le preguntó dónde había ido, y ella le contestó con la
misma voz con que hubiera dicho la verdad: «Estoy cuidando a doña Marina». Sin
darle a Maruja una pausa para pensar, agregó: «Siempre las recuerda y les manda
muchos saludos». Y enseguida, en un tono aún más casual, dijo que Barrabás no
había regresado porque era el responsable de su seguridad. A partir de
entonces, cada vez que Damaris salía a la calle por cualquier motivo, regresaba
con noticias tanto menos creíbles cuanto más entusiastas. Todas terminaban con
una fórmula ritual:
—Doña Marina está divinamente.
Maruja no tenía una razón para creerle más a Damaris que al
Monje, o a cualquier otro de los guardianes, pero tampoco la tenía para no
creerles en unas circunstancias en que todo parecía posible. Si en realidad
Marina estaba viva, no tenían razones para mantener a las rehenes sin noticias
ni distracciones, como no fuera para ocultarles otras verdades peores. No había
nada que pareciera descabellado para la imaginación desmandada de Maruja. Hasta
entonces había ocultado sus inquietudes a Beatriz, temerosa de que no pudiera
resistir la verdad. Pero Beatriz estaba a salvo de toda contaminación. Había
rechazado desde el principio cualquier sospecha de que Marina estuviera muerta.
Sus sueños la ayudaban. Soñaba que su hermano Alberto, tan real como en la
vida, le hacía recuentos puntuales de sus gestiones, de lo bien que iban, de lo
poco que les faltaba a ellas para ser libres. Soñaba que su padre la
tranquilizaba con la noticia de que las tarjetas de crédito olvidadas en el
bolso estaban a salvo. Eran visiones tan vividas que en el recuerdo no podía
distinguirlas de la realidad.
Por esos días estaba terminando su turno con Maruja y Beatriz un
muchacho de diecisiete años que se hacía llamar Joñas. Oía música desde las
siete de la mañana en una grabadora gangosa. Tenía canciones favoritas que
repetía hasta el agotamiento a un volumen enloquecedor. Mientras tanto, como
parte del coro, gritaba: «Vida, hija de puta, mal parida, yo no sé por qué me
metí en esto». En momentos de calma hablaba de su familia con Beatriz. Pero
sólo llegaba al borde del abismo con un suspiro insondable: «¡Si ustedes
supieran quién es mi papá!». Nunca lo dijo, pero ese y otros muchos enigmas de
los guardianes contribuían a enrarecer aún más el ambiente del cuarto.
El mayordomo, custodio del bienestar doméstico, debió de
informar a sus jefes sobre la inquietud reinante, pues dos de ellos aparecieron
por esos días con ánimo conciliador. Negaron una vez más el radio y el
televisor, pero en cambio trataron de mejorar la vida diaria. Prometieron
libros, pero les llevaron muy pocos, y entre ellos una novela de Corín Tellado.
Les llegaron revistas de entretenimiento pero ninguna de actualidad. Hicieron
poner un foco grande donde antes estuvo el azul, y ordenaron encenderlo por una
hora a las siete de la mañana y otra a las siete de la noche para que se
pudiera leer, pero Beatriz y Maruja estaban tan acostumbradas a la penumbra que
no podían resistir una claridad intensa. Además, la luz recalentaba el aire del
cuarto hasta volverlo irrespirable. Maruja se dejó llevar por la inercia de los
desahuciados. Permanecía día y noche haciéndose la dormida en el colchón, de
cara a la pared para no tener que hablar. Apenas si comía. Beatriz ocupó la
cama vacía y se refugió en los crucigramas y acertijos de las revistas, La
realidad era cruda y dolorosa, pero era la realidad: había más espacio en el
cuarto para cuatro que para cinco, menos tensiones, más aire para respirar.
Joñas terminó su turno a fines de enero y se despidió de las rehenes con una
prueba de confianza. «Quiero contarles algo con la condición de que nadie sepa
quién se lo dijo», advirtió. Y soltó la noticia que lo carcomía por dentro:
—A doña Diana Turbay la mataron.
El golpe las despertó. Para Maruja fue el instante más terrible
del cautiverio. Beatriz trataba de no pensar en lo que le parecía irremediable:
«Si mataron a Diana, la que sigue soy yo». A fin de cuentas, desde el primero
de enero, cuando el año viejo se fue sin que las liberaran, se había dicho: «O
me sueltan o me dejo morir».
Un día de ésos, mientras Maruja jugaba una partida de dominó con
otro guardián, el Gorila se tocó distintos puntos del pecho con el índice, y
dilo: «Siento algo muy feo por aquí.
¿Qué será?». Maruja interrumpió la jugada, lo miró con todo el
desprecio de que fue capaz, y le dijo:
—O son gases o es un infarto».
Él soltó la metralleta en el piso, se levantó aterrorizado, se
puso en el pecho la mano abierta con todos los dedos extendidos, y lanzó un
grito colosal:
—¡Me duele el corazón, carajo!
Se derrumbó sobre los trastos del desayuno, y quedó tendido boca
abajo. Beatriz, que se sabía odiada por él, sintió el impulso profesional de
auxiliarlo, pero en ese momento entraron el mayordomo y su mujer, asustados por
el grito y el estropicio de la caída. El otro guardián, que era pequeño y
frágil, había tratado de hacer algo, pero se lo impidió el estorbo de la
metralleta, y se la entregó a Beatriz.
—Usted me responde por doña Maruja —le dijo.
Él, el mayordomo y Damaris, juntos, no pudieron cargar al caído.
Lo agarraron como pudieron, y lo arrastraron hasta la sala. Beatriz, con la
metralleta en la mano, y Maruja, atónita, vieron la metralleta del otro
guardián abandonada en el piso, y a las dos las estremeció la misma tentación.
Maruja sabía disparar un revólver, y alguna vez le habían explicado cómo
manejar la metralleta, pero una lucidez providencial le impidió recogerla.
Beatriz, por su parte, estaba familiarizada con las prácticas militares. En un
entrenamiento de cinco años, dos veces por semana, pasó por los grados de
subteniente y teniente, y alcanzó el de capitán asimilado en el Hospital
Militar. Había hecho un curso especial de artillería de cañón. Sin embargo,
también ella se dio cuenta de que llevaban todas las de perder. Ambas se
consolaron con la idea de que el Gorila no volvería jamás. No volvió, en
efecto.
Cuando Pacho Santos vio por televisión el entierro de Diana y la
exhumación de Marina Montoya, se dio cuenta de que no le quedaba otra
alternativa que fugarse. Ya para entonces tenía una idea aproximada de dónde se
encontraba. Por las conversaciones y los descuidos de los guardianes, y por
otras artes de periodista logró establecer que estaba en una casa de esquina en
algún barrio vasto y populoso del occidente de Bogotá. Su cuarto era el
principal del segundo piso con la ventana exterior clausurada con tablas. Se
dio cuenta de que era una casa alquilada, y tal vez sin contrato legal, porque
la propietaria iba a principios de cada mes a cobrar el arriendo. Era el único
extraño que entraba y salía, y antes de abrirle la puerta de la calle subían a
encadenar a Pacho en la cama, lo obligaban con amenazas a permanecer en
absoluto silencio, y apagaban el radio y el televisor.
Había establecido que la ventana clausurada en el cuarto daba
sobre el antejardín, y que había una puerta de salida al final del corredor
estrecho donde estaban los servicios sanitarios. El baño podía utilizarlo a
discreción sin ninguna vigilancia con sólo atravesar el corredor, pero antes
tenía que pedir que lo desencadenaran. Allí la única ventilación era una
ventana por donde podía verse el cielo. Tan alta, que no sería fácil
alcanzarla, pero tenía un diámetro suficiente para salir por ella. Hasta entonces
no tenía una idea de adonde podía conducir. En el cuarto vecino, dividido en
camarotes de metal rojo, dormían los guardianes que no estaban de turno. Como
eran cuatro se relevaban de dos en dos cada seis horas. Sus armas no estuvieron
nunca a la vista en la vida cotidiana, aunque siempre las llevaban consigo.
Sólo uno dormía en el suelo junto a la cama matrimonial.
Estableció que estaban cerca de una fábrica, cuyo silbato se
escuchaba varias veces al día, y por los coros diarios y la algarabía de los
recreos sabía que estaba cerca de un colegio. En cierta ocasión pidió una pizza
y se la llevaron en menos de cinco minutos, todavía caliente, y así supo que la
preparaban y vendían tal vez en la misma cuadra. Los periódicos los compraban
sin duda al otro lado de la calle y en una tienda grande, porque vendían
también las revistas Time y Newsweek. Durante la noche lo despertaba la
fragancia del pan recién horneado de una panadería. Con preguntas tramposas
logró saber por los guardianes que a cien metros a la redonda había una
farmacia, un taller de automóvil, dos cantinas, una fonda, un zapatero remendón
y dos paraderos de buses. Con esos y muchos otros datos recogidos a pedazos
trató de armar el rompecabezas de sus vías de escape. Uno de los guardianes le
había dicho que en caso de que llegara la ley tenían la orden de entrar antes
en el cuarto y dispararle tres tiros a quemarropa: uno en la cabeza, otro en el
corazón y otro en el hígado. Desde que lo supo consiguió quedarse con una
botella de gaseosa de a litro, que mantenía al alcance de la mano para
blandiría como un mazo. Era la única arma posible.
El ajedrez —que un guardián le enseñó a jugar con un talento
notable— le había dado una nueva medida del tiempo. Otro del turno de octubre
era un experto en telenovelas y lo inició en el vicio de seguirlas sin
preocuparse si eran buenas o malas. El secreto era no preocuparse mucho por el
episodio de hoy sino aprender a imaginarse las sorpresas del episodio de
mañana. Veían juntos los programas de Alexandra, y compartían los noticieros de
radio y televisión.
Otro guardián le había quitado veinte mil pesos que llevaba en
el bolsillo el día del secuestro, pero en compensación le prometió llevarle
todo lo que él le pidiera. Sobre todo, libros: varios de Milán Kundera, Crimen
y Castigo, la biografía del general Santander de Pilar Moreno de Ángel. Él fue
quizás el único colombiano de su generación que oyó hablar de José María Vargas
Vila, el escritor colombiano más popular en el mundo a principios del siglo, y
se apasionó con sus libros hasta las lágrimas. Los leyó casi todos,
escamoteados por uno de los guardianes en la biblioteca de su abuelo. Con la
madre de otro guardián mantuvo una entretenida correspondencia durante varios
meses hasta que se la prohibieron los responsables de su seguridad. La ración
de lectura se completaba con los periódicos del día que le llevaban por la
tarde sin desdoblar. El guardián encargado de llevárselos tenía una inquina
visceral contra los periodistas. En especial contra un conocido presentador de
televisión, al cual apuntaba con su metralleta cuando aparecía en pantalla.
—A ése me lo cargo de gratis —decía.
Pacho no vio nunca a los jefes. Sabía que iban de vez en cuando,
aunque nunca subieron al dormitorio, y que hacían reuniones de control y
trabajo en un café de Chapinero. Con los guardianes, en cambio, logró
establecer una relación de emergencia. Tenían el poder sobre la vida y la
muerte, pero le reconocieron siempre el derecho de negociar algunas condiciones
de vida. Casi a diario ganaba unas o perdía otras. Perdió hasta el final la de
dormir encadenado, pero se ganó su confianza jugando al remis, un juego pueril
de trampas fáciles que consiste en hacer tríos y escaleras con diez cartas. Un
jefe invisible les mandaba cada quince días cien mil pesos prestados que se
repartían entre todos para jugar. Pacho perdió siempre. Sólo al cabo de seis
meses le confesaron que todos le hacían trampas, y si acaso lo dejaron ganar
algunas veces fue para que no perdiera el entusiasmo. Eran juegos de mano con
maestría de prestidigitadores.
Esa había sido su vida hasta el Año Nuevo. Desde el primer día
había previsto que el secuestro sería largo, y su relación con los guardianes
le había hecho pensar que podría sobrellevarlo. Pero las muertes de Diana y
Marina le derrotaron el optimismo. Los mismos guardianes, que antes lo
alentaban, volvían de la calle con los ánimos caídos. Parecía ser que todo
estaba detenido a la espera de que la Constituyente se pronunciara sobre la
extradición y el indulto. Entonces no tuvo duda de que la opción de la fuga era
posible. Con una condición: sólo la intentaría cuando viera cerrada cualquier
otra alternativa. Para Maruja y Beatriz también se había cerrado el horizonte
después de las ilusiones de diciembre, pero volvió a entreabrirse a fines de
enero por los rumores de que serían liberados dos rehenes. Ellas ignoraban
entonces cuántos quedaban o si había algunos más recientes. Maruja dio por
hecho que la liberada sería Beatriz. La noche del 2 de febrero, durante la
caminata en el patio, Damaris lo confirmó. Tan segura estaba, que compró en el
mercado un lápiz de labios, colorete, sombras para los párpados, y otras
minucias de tocador para el día que salieran. Beatriz se afeitó las piernas en
previsión de que no tuviera tiempo a última hora.
Sin embargo, dos jefes que las visitaron el día siguiente no
dieron ninguna precisión sobre quién sería la liberada, ni si en realidad
habría alguna. Se les notaba el rango. Eran distintos y más comunicativos que
todos los anteriores. Confirmaron que un comunicado de los Extraditables había
anunciado la liberación de dos, pero podían haber surgido algunos obstáculos
imprevistos.
Esto les recordó a las cautivas la promesa anterior de
liberarlas el 9 de diciembre, que tampoco cumplieron.
Los nuevos jefes empezaron por crear un ambiente de optimismo.
Entraban a cualquier hora con un alborozo sin fundamentos serios. «Esto va como
bien», decían. Comentaban las noticias del día con un entusiasmo infantil, pero
se negaban a devolver el televisor y el radio para que las secuestradas
pudieran conocerlas en directo. Uno de ellos, por maldad o por estupidez, se
despidió una noche con una frase que pudo matarlas de terror por su doble
sentido: «Tranquilas, señoras, la cosa va a ser muy rápida».
Fue una tensión de cuatro días en los que fueron dando poco a
poco los pedazos dispersos de la. noticia. El tercer día dijeron que soltarían
sólo un rehén. Que podía ser Beatriz, porque a Francisco Santos y a Maruja los
tenían reservados para destinos más altos. Lo más angustioso para ellas era no
poder confrontar esas noticias con las de la calle. Y sobre todo con Alberto,
que tal vez conociera mejor que los mismos jefes la causa real de las
incertidumbres.
Por fin, el día 7 de febrero llegaron más temprano que de
costumbre y destaparon el juego: salía Beatriz. Maruja tendría que esperar una
semana más. «Faltan todavía unos detañitos», dijo uno de los encapuchados.
Beatriz sufrió una crisis de locuacidad que dejó a los jefes agotados, y al
mayordomo y su mujer, y por último a los guardianes. Maruja no le puso
atención, herida por un rencor sordo contra su marido, por la idea peregrina de
que había preferido liberar a la hermana antes que a ella. Fue presa del encono
durante toda la tarde, y sus rescoldos se mantuvieron tibios durante varios
días.
Aquella noche la pasó aleccionando a Beatriz sobre cómo debía
contarle a Alberto Villamizar los pormenores del secuestro, y el modo como
debía manejarlos para mayor seguridad de todos. Cualquier error, por inocente
que pareciera, podía costar una vida. Así que Beatriz debía hacerle a su
hermano un relato escueto y veraz de la situación sin atenuar ni exagerar nada
que pudiera hacerlo sufrir menos o preocuparse más: la verdad cruda. Lo que no
debía decirle era cualquier dato que permitiera identificar el lugar donde
ellas estaban. Beatriz lo resintió.
—¿Es que usted no confía en mi hermano?
—Más que en nadie en este mundo —dijo Maruja—, pero este
compromiso es entre usted y yo, y nadie más. Usted me responde de que nadie lo
sepa.
Su temor era fundado. Conocía el carácter impulsivo de su
esposo, y quería evitar por el bien de ambos y de todos que intentara un
rescate con la fuerza pública. Otro mensaje a Alberto era que consultara si la
medicina que tomaba ella para la circulación no tenía efectos secundarios. El
resto de la noche se les fue preparando un sistema más eficaz para cifrar los
mensajes por radio y televisión, y para el caso de que en el futuro autorizaran
la correspondencia escrita. Sin embargo, en el fondo de su alma estaba dictando
un testamento: qué debía hacerse con los hijos, con sus antigüedades, con las
cosas comunes que merecían una atención especial. Fue tan vehemente, que uno de
los guardianes que la oyó se apresuró a decirle.
—Tranquila —le dijo—. A usted no le va a pasar nada.
Al día siguiente esperaron con mayor ansiedad, pero nada pasó.
Siguieron conversando durante la tarde. Por fin, a las siete de la noche, la
puerta se abrió de golpe y entraron los dos jefes conocidos, y uno nuevo, y se
dirigieron de frente a Beatriz:
—Venimos por usted, alístese.
Beatriz se aterrorizó con aquella repetición terrorífica de la
noche en que se llevaron a Marina: la misma puerta que se abrió, la misma frase
que podía servir por igual para ser libre que para morir, el mismo enigma sobre
su destino. No entendía por qué a Marina, como a ella, le habían dicho:
«Venimos por usted», en vez de lo que ella ansiaba oír: «Vamos a liberarla».
Tratando de provocar la respuesta con un golpe de astucia, preguntó:
—¿Me van a liberar con Marina?
Los dos jefes se crisparon.
—¡No haga preguntas! —le respondió uno de ellos con un gruñido
áspero—. ¡Yo qué voy a saber de eso!
Otro, más persuasivo, remató:
—Una cosa no tiene nada que ver con la otra. Esto es político.
La palabra que Beatriz ansiaba —liberación— se quedó sin ser
dicha. Pero el ambiente era alentador. Los jefes no tenían prisa. Damaris, con
una minifalda de colegiala, les llevó gaseosas y un ponqué para la despedida.
Hablaron de la noticia del día que las cautivas ignoraban: habían secuestrado
en Bogotá, en operaciones separadas, a los industriales Lorenzo King Mazuera y
Eduardo Puyana, al parecer por los Extraditables. Pero también les contaron que
Pablo Escobar estaba ansioso por entregarse al cabo de tanto tiempo de vivir al
azar. Inclusive, se decía, en las alcantarillas. Prometieron llevar el
televisor y el radio esa misma noche para que Maruja pudiera ver a Beatriz
rodeada por su familia.
El análisis de Maruja parecía razonable. Hasta entonces
sospechaba que Marina había sido ejecutada, pero aquella noche no le quedó duda
alguna por la diferencia del ceremonial en ambos casos. Para Marina no habían
ido Jefes a aclimatar los ánimos con varios días de anticipación. Tampoco
habían ido a buscarla, sino que mandaron a dos matones rasos sin ninguna
autoridad y con sólo cinco minutos para cumplir la orden. La despedida con
tarta y vino que le hicieron a Beatriz habría sido un homenaje macabro si fueran
a matarla. En el caso de Marina les habían quitado el televisor y el radio para
que ellas no se enteraran de su ejecución, y ahora ofrecían devolverlos para
atenuar con una buena noticia los estragos de la mala. Maruja concluyó entonces
sin más vueltas que Marina había sido ejecutada y que Beatriz se iba libre.
Los jefes le concedieron diez minutos para arreglarse mientras
ellos iban a tomar un café. Beatriz no podía conjurar la idea de que estaba
volviendo a vivir la última noche de Marina. Pidió un espejo para maquillarse.
Damaris le llevó uno grande con un marco de hojas doradas. Maruja y Beatriz, al
cabo de tres meses sin espejo, se apresuraron a verse. Fue una de las
experiencias más sobrecogedoras del cautiverio. Maruja tuvo la impresión de que
no se hubiera reconocido si se hubiera encontrado consigo misma en la calle.
«Me morí de pánico», ha dicho después. «Me vi flaca, desconocida, como si me
hubiera maquillado para una caracterización de teatro». Beatriz se vio lívida,
con diez kilos menos y el cabello largo y marchito, y exclamó espantada: «¡Ésta
no soy yo!». Muchas veces, entre bromas y veras, había sentido la vergüenza de
que algún día la liberaran en tan mal estado, pero nunca se imaginó que en
realidad fuera tan malo. Luego fue peor, porque uno de los jefes encendió el
foco central, y la atmósfera del cuarto se hizo aún más siniestra, Uno de los
guardianes sostuvo el espejo para que Beatriz se peinara. Ella quiso
maquillarse pero Maruja se lo impidió. «¡Cómo se le ocurre! —le dijo,
escandalizada—. ¿Usted piensa echarse eso, con esta palidez? Va a quedar
terrible». Beatriz le hizo caso. También ella se perfumó con la loción de
hombre que Lamparón le había regalado. Por último se tragó sin agua una
pastilla tranquilizante.
En el talego, junto con sus otras cosas, estaba la ropa que
llevaba puesta la noche del secuestro, pero prefirió la sudadera rosada con
menos uso. Dudó de ponerse sus zapatos planos que estaban enmohecidos debajo de
la cama, y que además no le iban bien con la sudadera. Damaris quiso darle unos
zapatos de tenis que usaba para hacer gimnasia. Eran de su número exacto, pero
con un aspecto tan indigente que Beatriz los rechazó con el pretexto de que le
quedaban apretados. De modo que se puso sus zapatos planos, y se hizo una cola
de caballo con una cinta elástica. Al final, por obra y gracia de tantas
penurias, quedó con el aspecto de una colegiala.
No le pusieron una capucha como a Marina, sino que trataron de
vendarle los ojos con esparadrapos para que no pudiera reconocer el camino ni
las caras. Ella se opuso, consciente de que al quitárselos iban a arrancarle
las cejas y las pestañas. «Espérense —les dijo—. Yo los ayudo». Entonces se
puso un buen copo de algodón sobre cada párpado y se los fijaron con
esparadrapos.
La despedida fue rápida y sin lágrimas. Beatriz estaba a punto
de llorar pero Maruja se lo impidió con una frialdad calculada para darle
ánimos. «Dígale a Alberto que esté tranquilo, que lo quiero mucho, y que quiero
mucho a mis hijos», dijo. Se despidió con un beso. Ambas sufrieron. Beatriz,
porque a la hora de la verdad la asaltó el terror de que tal vez fuera más
fácil matarla que dejarla libre. Maruja, por el terror doble de que mataran a
Beatriz, y por quedarse sola con los cuatro guardianes. Lo único que no se le
ocurrió fue que la ejecutaran una vez liberada Beatriz.
La puerta se cerró, y Maruja permaneció inmóvil, sin saber por
dónde seguir, hasta que oyó los motores en el garaje, y el rastro de los
automóviles que se perdía en la noche. Una sensación de inmenso abandono se
apoderó de ella. Sólo entonces recordó que no le habían cumplido la promesa de
devolverle el televisor y el radio para conocer el final de la noche. El
mayordomo se había ido con Beatriz, pero su mujer prometió hacer una llamada
para que se los llevaran antes de los noticieros de las nueve y media. No
llegaron. Maruja suplicó a los guardianes que le permitieran ver el televisor
de la casa, pero ni ellos ni el mayordomo se atrevieron a contrariar el régimen
en materia tan grave. Damaris entró antes de dos horas a contarle alborozada
que Beatriz había llegado bien a su casa y que había sido muy cuidadosa en sus
declaraciones, pues no había dicho nada que pudiera perjudicar a nadie. Toda la
familia, con Alberto, por supuesto, estaba alrededor de ella. No cabía la gente
en la casa.
A Maruja le quedó el reconcomio de que no fuera cierto. Insistió
en que le llevaran un radio prestado. Perdió el control, y se enfrentó a los
guardianes sin medir las consecuencias. No fueron graves, porque ellos habían
sido testigos del trato que le dieron sus jefes a Maruja, y prefirieron
calmarla con una nueva gestión para que les prestaran un radio. Más tarde se
asomó el mayordomo y le dio su palabra de que habían dejado a Beatriz sana y
salva en lugar seguro, y que ya todo el país la había visto y oído con su
familia. Pero lo que Maruja quería era un radio para oír con sus propios oídos
la voz de Beatriz. El mayordomo prometió llevárselo, pero no cumplió. A las
doce de la noche, demolida por el cansancio y la rabia, Maruja se tomó dos
pastillas del barbitúrico fulminante, y no despertó hasta las ocho de la mañana
del día siguiente.
Las noticias eran ciertas. Beatriz había sido llevada al garaje
a través del patio. La acostaron en el suelo de un automóvil que sin duda era
un jeep, porque tuvieron que ayudarla para que alcanzara el pescante. Al
principio dieron tumbos en los tramos escabrosos. Tan pronto como empezaron a
deslizarse por una pista asfaltada, un hombre que viajaba junto a Beatriz le
hizo amenazas sin sentido. Ella se dio cuenta por la voz de que el hombre
estaba en un estado de nervios que su dureza no lograba disimular, y que no era
ninguno de los jefes que habían estado en la casa.
—A usted van a estar esperándola una cantidad de periodistas
—dijo el hombre—. Pues tenga mucho cuidado. Cualquier palabra de más puede
costarle la vida a su cuñada. Recuerde que nunca hemos hablado con usted, que
nunca nos vio, y que este viaje duró más de dos horas.
Beatriz escuchó las amenazas en silencio, y muchas otras que el
hombre parecía repetir sin necesidad, sólo por calmarse a sí mismo. En una
conversación que sostuvieron a tres voces descubrió que ninguno era conocido,
salvo el mayordomo, que apenas habló. La estremeció una ráfaga de escalofrío:
todavía era posible el más siniestro de los presagios.
—Quiero pedirles un favor —dijo a ciegas y con pleno dominio de
su voz—. Maruja tiene problemas circulatorios, y quisiéramos mandarle una
medicina. ¿Ustedes se la harían llegar?
—Afirmativo —dijo el hombre—. Pierda cuidado.
—Mil gracias —dijo Beatriz—. Yo seguiré las instrucciones de
ustedes. No los voy a perjudicar.
Hubo una pausa larga con un fondo de automóviles raudos,
camiones pesados, retazos de músicas y gritos. Los hombres hablaron entre ellos
en susurros. Uno se dirigió a Beatriz.
—Por aquí hay muchos retenes —le dijo—. Si nos paran en algunos
les vamos a decir que usted es mi esposa y con lo pálida que está podemos decir
que la llevamos a una clínica.
Beatriz, ya más tranquila, no resistió la tentación de jugar:
—¿Con estos parches en los ojos?
—La operaron de la vista —dijo el hombre—. La siento al lado mío
y le echo un brazo encima.
La inquietud de los secuestradores no era infundada. En aquel
mismo momento ardían siete buses de servicio público en barrios distintos de
Bogotá por bombas incendiarias colocadas por comandos de guerrillas urbanas. Al
mismo tiempo, las FARC dinamitaron la torre de energía del municipio de
Cáqueza, en las goteras de la capital, y trataron de tomarse la población. Por
ese motivo hubo algunos operativos de orden público en Bogotá, pero casi
imperceptibles. Así que el tráfico urbano de las siete fue el de un jueves
cualquiera: denso y ruidoso, con semáforos lentos, gambetas imprevistas para no
ser embestidos, y mentadas de madre. Hasta en el silencio de los secuestradores
se notaba la tensión.
—Vamos a dejarla en un sitio —dijo uno de ellos—. Usted se baja
rapidito y cuenta despacio hasta treinta. Después se quita la careta, camina
sin mirar para atrás, Y coge el primer taxi que pase.
Sintió que le pusieron en la mano un billete enrollado. «Para su
taxi —dijo el hombre—. Es de cinco mil». Beatriz se lo metió en el bolsillo del
pantalón, donde encontró sin buscarla otra pastilla tranquilizante, y se la
tragó. Al cabo de una media hora de viaje el carro se detuvo. La misma voz dijo
entonces la sentencia final:
—Si usted llega a decirle a la prensa que estuvo con doña Marina
Montoya, matamos a doña Maruja.
Habían llegado. Los hombres se ofuscaron tratando de bajar a
Beatriz sin quitarle la venda.
Estaban tan nerviosos que se adelantaban unos a otros, se enredaban
en órdenes y maldiciones. Beatriz sintió la tierra firme.
—Ya —dijo—. Así estoy bien.
Permaneció inmóvil en la acera hasta que los hombres volvieron
al automóvil y arrancaron de inmediato. Sólo entonces oyó que detrás de ellos
había otro automóvil que arrancó al mismo tiempo. No cumplió la orden de
contar. Caminó dos pasos con los brazos extendidos, y entonces tomó conciencia
de que debía de estar en plena calle. Se quitó la venda de un tirón, y
reconoció enseguida el barrio Normandía, porque en otros tiempos solía ir por
allí a casa de una amiga que vendía joyas. Miró las ventanas encendidas
tratando de elegir una que le ofreciera confianza, pues no quería tomar un taxi
con lo mal vestida que se sentía, sino llamar a su casa para que fueran a
buscarla. No había acabado de decidirse cuando un taxi amarillo muy bien
conservado se detuvo frente a ella. El chofer, joven y apuesto, le preguntó:
—¿Taxi?
Beatriz lo tomó, y sólo cuando estaba dentro cayó en la cuenta
de que un taxi tan oportuno no podía ser una casualidad. Sin embargo, la misma
certidumbre de que aquél era un último eslabón de sus secuestradores le
infundió un raro sentimiento de seguridad. El chofer le preguntó la dirección,
y ella se la dijo en susurros. No entendió por qué no la oía hasta que el
chofer le preguntó la dirección por tercera vez. Entonces la repitió con su voz
natural.
La noche era fría y despejada, con algunas estrellas. El chofer
y Beatriz sólo cruzaron las palabras indispensables, pero él no la perdió de
vista en el espejo retrovisor. A medida que se acercaban a casa, Beatriz sentía
los semáforos más frecuentes y lentos. Dos cuadras antes le pidió al chofer que
fuera despacio por si tenían que despistar a los periodistas anunciados por los
secuestradores. No estaban. Reconoció su edificio, y se sorprendió de que no le
causara la emoción que esperaba.
El taxímetro marcaba setecientos pesos. Como el chofer no tenía
cambio para el billete de cinco mil, Beatriz entró en la casa en busca de
ayuda, y el viejo portero lanzó un grito y la abrazó enloquecido. En los días
interminables y las noches pavorosas del cautiverio Beatriz había prefigurado
aquel instante como una conmoción sísmica que le dispararía todas las fuerzas
del cuerpo y del alma. Fue todo lo contrario: una especie de remanso en el que
apenas percibía, lento y profundo, su corazón amordazado por los
tranquilizantes. Entonces dejó que el portero se hiciera cargo del taxi, y tocó
el timbre de su apartamento.
Le abrió Gabriel, el hijo menor. Su grito se oyó en toda la
casa: «¡Mamaaaaá!». Catalina, la hija de quince anos, acudió gritando, y se le
colgó del cuello. Pero la Soltó enseguida, asustada.
—Pero mamá, ¿por qué hablas así?
Fue el detalle feliz que rompió el tremendismo. Beatriz iba a
necesitar varios días, en medio de las muchedumbres que la visitaron, para
perder la costumbre de hablar en susurros. La esperaban desde la mañana. Tres
llamadas anónimas —sin duda de los secuestradores— habían anunciado que sería
liberada. Habían llamado incontables periodistas por si sabían la hora. Poco
después del mediodía lo confirmó Alberto Villamizar, a quien Guido Parra se lo
anunció por teléfono. La prensa estaba en vilo. Una periodista que había
llamado tres minutos antes de que Beatriz llegara, le dijo a Gabriel con una
voz convencida y sedante: «Tranquilo, hoy la sueltan». Gabriel acababa de
colgar cuando sonó el timbre de la puerta.
El doctor Guerrero la había esperado en el apartamento de los
Villamizar, pensando que también Maruja sería liberada y que ambas llegarían
allí. Esperó con tres vasos de whisky hasta el noticiero de las siete. En vista
de que no llegaron creyó que se trataba de otra noticia falsa como tantas de
aquellos días, y volvió a su casa. Se puso la piyama, se sirvió otro Vaso de
whisky, se metió en la cama y sintonizó Radio Recuerdos para dormirse al
arrullo de los boleros. Desde que empezó su calvario no había vuelto a leer. Ya
medio en sueños oyó el grito de Gabriel.
Salió del dormitorio con un dominio ejemplar. Beatriz y él —con
veinticinco años de casados— se abrazaron sin prisa, como de regreso de un
corto viaje, y sin una lágrima. Ambos habían pensado tanto en aquel momento,
que a la hora de vivirlo fue como una escena de teatro mil veces ensayada,
capaz de convulsionar a todos, menos a sus protagonistas.
Tan pronto como Beatriz entró en la casa se acordó de Maruja,
sola y sin noticias en el cuarto miserable. Llamó al teléfono de Alberto
Villamizar, y él mismo contestó al primer timbrazo con una voz preparada para
todo. Beatriz lo reconoció.
—Hola —le dijo—. Soy Beatriz.
Se dio cuenta de que el hermano la había reconocido desde antes
de que ella se identificara. Oyó un suspiro hondo y áspero, corno el de un
gato, y enseguida la pregunta sin una mínima alteración de la voz:
—¿Dónde está?
—En mi casa —dijo Beatriz.
—Perfecto —dijo Villamizar—. Estoy ahí en diez minutos. Mientras
tanto, no hable con nadie.
Llegó puntual. La llamada de Beatriz lo sorprendió cuando estaba
por rendirse. Además de la alegría de ver a la hermana y de tener la primera y
única noticia directa de la esposa cautiva, lo movía la urgencia de preparar a
Beatriz antes de que llegaran los periodistas y la policía. Su hijo Andrés, que
tiene una vocación irresistible de corredor de automóviles, lo llevó en el
tiempo justo.
Los ánimos se habían serenado. Beatriz estaba en la sala, con su
marido y sus hijos, y con su madre y sus dos hermanas, que escuchaban ávidos su
relato. A Alberto le pareció pálida por el largo encierro y más joven que
antes, y con un aire de colegiala por la sudadera deportiva, la cola de caballo
y los zapatos planos. Trató de llorar, pero él se lo impidió, ansioso por saber
de Maruja. «Tenga por seguro que está bien —le dijo Beatriz—. La cosa allá es
difícil pero se aguanta, y Maruja es muy valiente». Y enseguida trató de
resolver la preocupación que la atormentaba desde hacía quince días.
—¿Sabes el teléfono de Marina? —preguntó.
Villamizar pensó que tal vez lo menos brutal sería la verdad.
—La mataron —dijo.
El dolor ce la mala noticia se le confundió a Beatriz con un
pavor retroactivo. Si lo hubiera sabido dos horas antes tal vez no habría
resistido el viaje de la liberación. Lloró hasta saciarse. Mientras tanto,
Villamizar tomó precauciones para que no entrara nadie mientras se ponían de
acuerdo sobre una versión pública del secuestro que no pusiera en riesgo a los
otros secuestrados.
Los detalles del cautiverio permitían formarse una idea de la
casa donde estaba la prisión. Para proteger a Maruja, Beatriz debía decir a la
prensa que el viaje de regreso había durado más de tres horas desde algún lugar
de tierra templada. Aunque la verdad era otra: la distancia real, las cuestas
del camino, la música de los altoparlantes que los fines de semana tronaba casi
hasta el amanecer, el ruido de los aviones, el clima, todo indicaba que era un
barrio urbano. Por otra parte, habría bastado con interrogar a cuatro o cinco
curas del sector para descubrir cuál fue el que exorcizó la casa.
Otros errores aún más torpes revelaban pistas para intentar un
rescate armado con el mínimo de riesgos. La hora debía ser las seis de la
mañana, después del cambio de turno, pues los guardianes de reemplazo no
dormían bien durante la noche y caían rendidos por los suelos sin preocuparse
de sus armas. Otro dato importante era la geografía de la casa, y en especial
la puerta del patio, donde alguna vez vieron un guardián armado, y el perro era
más sobornable de lo que hacían creer sus ladridos. Era imposible prever si
alrededor del lugar no había además un cinturón de seguridad, aunque el
desorden del régimen interno no inducía a creerlo, y en todo caso habría sido
fácil averiguarlo una vez localizada la casa. Después de la desgracia de Diana
Turbay se confiaba menos que nunca en el éxito de los rescates armados, pero
Villamizar lo tuvo en cuenta por si se llegaba al punto de que no hubiera otra
alternativa. En todo caso, fue tal vez el único secreto que no compartió con
Rafael Pardo.
Estos datos le crearon a Beatriz un problema de conciencia. Se
había comprometido con Maruja a no dar pistas que permitieran intentar un
asalto a la casa, pero tornó la grave decisión de dárselos a su hermano, al
comprobar que éste estaba tan consciente como Maruja, y corno ella misma, de la
inconveniencia de una solución armada. Y menos cuando la liberación de Beatriz
demostraba que, con todos sus tropiezos, estaba abierto el camino de la
negociación. Fue así como al día siguiente, ya fresca, reposada y con una noche
de buen sueño, concedió una conferencia de prensa en la casa de su hermano,
donde apenas se podía caminar por entre un bosque de flores. Les dio a los
periodistas y a la opinión pública una idea real de lo que fue el horror de su
cautiverio, sin ningún dato que pudiera alentar a quienes quisieran actuar por
su cuenta con riesgos para la vida de Maruja. El miércoles siguiente, con la
seguridad de que Maruja conocía ya el nuevo decreto, Alexandra decidió
improvisar un programa de júbilo. En las últimas semanas, a medida que
avanzaban las negociaciones, Villamizar había hecho cambios notables en su
apartamento para que la esposa liberada lo encontrara a su gusto. Habían puesto
una biblioteca donde ella la quería, habían cambiado algunos muebles, algunos
cuadros. Habían puesto en un lugar visible el caballo de la dinastía Tang que
Maruja había traído de Yakarta como el trofeo de su vida. A última hora
recordaron que ella se quejaba de no tener un buen tapete en el baño, y se
apresuraron a comprarlo. La casa transformada, luminosa, fue el escenario de un
programa de televisión excepcional que le permitió a Maruja conocer la nueva
decoración desde antes del regreso. Quedó muy bien, aunque no supieron siquiera
si Maruja lo vio.
Beatriz se restableció muy pronto. Guardó en su talego de
cautiva la ropa que llevaba puesta al salir, y allí quedó encerrado el olor
deprimente del cuarto que todavía la despertaba de pronto en mitad de la noche.
Recobró el equilibrio del ánimo con la ayuda del esposo. El único fantasma que
alguna vez le llegó del pasado fue la voz del mayordomo, que la llamó dos veces
por teléfono. La primera vez fue el grito de un desesperado:
—¡La medicina! ¡La medicina!
Beatriz reconoció la voz y la sangre se le heló en las venas,
pero el aliento le alcanzó para preguntar en el mismo tono.
—¡Cuál medicina! ¡Cuál medicina! —La de la señora —gritó el
mayordomo.
Entonces se aclaró que quería el nombre de la medicina que
Maruja tomaba para la circulación.
—Vasotón —dijo Beatriz. Y enseguida, ya repuesta, preguntó—: ¿Y
cómo está? —Yo bien —dijo el mayordomo—. Muchas gracias.
—Usted no —corrigió Beatriz—. Ella.
—Ah, tranquila —dijo el mayordomo—. La señora está bien.
Beatriz colgó en seco y se echó a llorar con la náusea de los
recuerdos atroces: la comida infame, el muladar del baño, los días siempre
iguales, la soledad espantosa de Maruja en el cuarto pestilente. De todos
modos, en la sección deportiva de un noticiero de televisión insertaron un
anuncio misterioso: Tome Basotón. Pues le habían cambiado la ortografía para
evitar que algún laboratorio despistado protestara por el uso de su producto
con propósitos inexplicables.
La segunda llamada del mayordomo, varias semanas después, fue
muy distinta. Beatriz tardó en identificar la voz enrarecida por algún
artificio. Pero el estilo era más bien paternal.
—Recuerde lo que hablamos —dijo—. Usted no estuvo con doña
Marina. Con nadie.
—Tranquilo —dijo Beatriz, y colgó.
Guido Parra, embriagado por el primer éxito de su diligencia, le
anunció a Villamizar que la liberación de Maruja era cuestión de unos tres
días. Villamizar se lo transmitió a Maruja en una rueda de prensa por radio y
televisión. Por otra parte, los relatos de Beatriz sobre las condiciones del
cautiverio le dieron a Alexandra la seguridad de que sus mensajes llegaban a su
destino. Así que le hizo una entrevista de media hora en la cual Beatriz contó
todo lo que Maruja quería saber: cómo la habían liberado, cómo estaban los
hijos, la casa, los amigos, y qué esperanzas de ser libre podía sustentar.
A partir de entonces harían el programa con toda clase de
detalles, con la ropa que se ponían, las cosas que compraban, las visitas que
recibían. Alguien decía: «Manuel ya preparó el pernil». Sólo para que Maruja se
diera cuenta de que aún seguía intacto el orden que ella había dejado en su
casa. Todo esto, por frívolo que pudiera parecer, tenía un sentido alentador
para Maruja: la vida seguía, Sin embargo, los días pasaban y no se veían
indicios de liberación. Guido Parra se enredaba en explicaciones vagas y
pretextos pueriles; se negaba al teléfono; desapareció. Villamizar lo llamó al
orden. Parra se extendió en preámbulos. Dijo que las cosas se habían complicado
por el incremento de la masacre que la policía estaba haciendo en las comunas
de Medellín. Alegaba que mientras el gobierno no pusiera término a aquellos
métodos salvajes era MUY difícil la liberación de nadie. Villamizar no lo dejó
llegar al final.
—Esto no hacía parte del acuerdo —le dijo—. Todo se fundaba en
que el decreto fuera explícito, y lo es. Es una deuda de honor, y conmigo no se
juega.
—Usted no sabe lo jodido que es ser abogado de estos tipos —dijo
Parra—. El problema mío no es que cobre o no cobre, sino que la cosa me sale
bien o me matan. ¿Qué quiere que haga?
—Aclaremos esto sin más paja —dijo Villamizar—. ¿Qué es lo que
está pasando?
—Que mientras la policía no pare la matanza y castiguen a los
culpables no hay ninguna posibilidad de que suelten a doña Maruja. Ésa es la
vaina.
Ciego de furia, Villamizar se desató en improperios contra
Escobar, y concluyó:
—Y usted piérdase, porque el que lo va a matar a usted soy yo.
Guido Parra desapareció. No sólo por la reacción violenta de
Villamizar, sino también por la de Pablo Escobar, que al parecer no le perdonó
el haberse excedido en sus poderes de negociador. Esto pudo apreciarlo Hernando
Santos por el pavor con que Guido Parra lo llamó por teléfono para decirle que
tenía para él una carta tan terrible de Escobar que ni siquiera se atrevía a
leérsela.
—Ese hombre está loco —le dijo—. No lo calma nadie, y a mí no me
queda más remedio que borrarme del mundo.
Hernando Santos, consciente de que aquella determinación
interrumpía su único canal con Pablo Escobar, trató de convencerlo de que se
quedara. Fue inútil. El último favor que Guido Parra le pidió fue que le
consiguiera una visa para Venezuela y una gestión para que su hijo terminara el
bachillerato en el Gimnasio Moderno de Bogotá. Por rumores nunca confirmados se
cree que fue a refugiarse en un convento de Venezuela donde una hermana Suya
era monja. No volvió a saberse nada de él, hasta que fue encontrado muerto en
Medellín, el 16 de abril de 1993, junto con su hijo bachiller, en el baúl de un
automóvil sin placas.
Villamizar necesitó tiempo para reponerse de un terrible
sentimiento de derrota. Lo abrumaba el arrepentimiento de haber creído en la
palabra de Escobar. Todo le pareció perdido. Durante la negociación había
mantenido al corriente al doctor Turbay y a Hernando Santos, que también se
habían quedado sin canales con Escobar. Se veían casi a diario, y él había
terminado por no contarles sus contratiempos sino las noticias que los
alentaran. Acompañó durante largas horas al ex presidente, que había soportado
la muerte de su hija con un estoicismo desgarrador; se encerró en si mismo y se
negó a cualquier clase de declaración: se hizo invisible. Hernando Santos, cuya
única esperanza de liberar al hijo se fundaba en la mediación de Parra, cayó en
un profundo estado de derrota. El asesinato de Marina, y sobre todo la forma
brutal de reivindicarlo y anunciarlo, provocó una reflexión ineludible sobre
qué hacer en adelante. Toda posibilidad de intermediación al estilo de los
Notables estaba agotada, y sin embargo ningún otro intermediario parecía
eficaz. La buena voluntad y los métodos indirectos carecían de sentido.
Consciente de su situación, Villamizar g. desahogó con Rafael
Pardo. «Imagínese cómo me siento —le dijo— Escobar ha sido mi martirio y el de
mi familia todos estos años. Primero me amenaza. Luego me hace un atentado del
cual me salvé de milagro. Me sigue amenazando. Asesina a Galán. Secuestra a mi
señora y a mi hermana y ahora pretende que le defienda sus derechos». Sin
embargo era un desahogo inútil, porque su suerte estaba echada: el único camino
cierto para la liberación de los secuestrados era irse a buscar el león en su
guarida. Dicho sin más vueltas: lo único que le quedaba por hacer —y tenía que
hacerlo sin remedio— era volar a Medellín y buscar a Pablo Escobar donde
estuviera para discutir el asunto frente a frente.
8
El problema era cómo encontrar a Pablo Escobar en una ciudad
martirizada por la violencia. En los primeros dos meses del año de 1991 se
habían cometido mil doscientos asesinatos —veinte diarios— y una masacre cada
cuatro días. Un acuerdo de casi todos los grupos armados había decidido la
escalada más feroz de terrorismo guerrillero en la historia del país, y
Medellín fue el centro de la acción urbana. Cuatrocientos cincuenta y siete
policías habían sido asesinados en pocos meses. El DAS había dicho que dos mil
personas de las comunas estaban al servicio de Escobar, y que machos de ellos
eran adolescentes que vivían de cazar policías. Por cada oficial muerto
recibían cinco millones de pesos, por cada agente recibían un millón y medio, y
ochocientos mil por cada herido. El 16 de febrero de 1991 murieron tres
suboficiales y ocho agentes de la policía por la explosión de un automóvil con
ciento cincuenta kilos de dinamita frente a la plaza de toros de Medellín. De
pasada murieron nueve civiles y fueron heridos otros ciento cuarenta y tres que
no tenían nada que ver con la guerra.
El Cuerpo Élite, encargado de la lucha frontal contra el
narcotráfico, estaba señalado por Pablo Escobar como la encarnación de todos
los males. Lo había creado el presidente Virgilio Barco en 1989, desesperado
por la imposilidad de establecer responsabilidades exactas en cuerpos tan
grandes como el ejército y la policía. La misión de formarlo se le encomendó a
la Policía Nacional para mantener al ejército lo más lejos posible de los
efluvios perniciosos del narcotráfico y el paramilitarismo. En su origen no
fueron más de trescientos, con una escuadrilla especial de helicópteros a su
disposición, y entrenados por el Special Air Service (SAS) del gobierno
británico.
El nuevo cuerpo había empezado a actuar en el sector medio del
río Magdalena, al centro del país, durante el apogeo de los grupos
paramilitares creados por los terratenientes para luchar contra la guerrilla.
De allí se desprendió más tarde un grupo especializado en operaciones urbanas,
y se estableció en Medellín como un cuerpo legionario de rueda libre que sólo
dependía de la Dirección Nacional de Policía de Bogotá, sin instancias
intermedias, y que por su naturaleza misma no era demasiado meticuloso en los
límites de su mandato. Esto sembró el desconcierto entre los delincuentes, y
también entre las autoridades locales que asimilaron de mala gana una fuerza
autónoma que escapaba a su poder. Los Extraditables se encarnizaron contra
ellos, y los señalaron como los autores de toda clase de atropellos contra los
derechos humanos.
La gente de Medellín sabía que no eran infundadas todas las
denuncias de los Extraditables sobre asesinatos y atropellos de la fuerza
pública, porque los veían suceder en las calles, aunque en la mayoría de los
casos no hubiera reconocimiento oficial. Las organizaciones de derechos humanos
nacionales e internacionales protestaban, y el gobierno no tenía respuestas
convincentes. Meses después se decidió no hacer allanamientos sin la presencia
de un agente de la Procuraduría General con la inevitable burocratización de
los operativos. Era poco lo que la justicia podía hacer, jueces y magistrados,
cuyos sueldos escuálidos les alcanzaban apenas para vivir pero no para educar a
sus hijos, se encontraron con un dilema sin salida: o los mataban, o se vendían
al narcotráfico. Lo admirable y desgarrador es que muchos prefirieron la
muerte.
Tal vez lo más colombiano de la situación era la asombrosa
capacidad de la gente de Medellín para acostumbrarse a todo, lo bueno y lo
malo, con un poder de recuperación que quizás sea la fórmula más cruel de la
temeridad. La mayor parte no parecía consciente de vivir en una ciudad que fue
siempre la más bella, la más activa, la más hospitalaria del país, y que en
aquellos años se había convertido en una de las más peligrosas del mundo. El
terrorismo urbano había sido hasta entonces un ingrediente raro en la cultura
centenaria de la violencia colombiana. Las propias guerrillas históricas —que
ya lo practicaban— lo habían condenado con razón como una forma ¡legítima de la
lucha revolucionaria. Se había aprendido a vivir con el miedo de lo que
sucedía, pero no a vivir con la incertidumbre de lo que podía suceder: una
explosión que despedazara a los hijos en la escuela, o se desintegrara el avión
en pleno vuelo, o estallaran las legumbres en el mercado. Las bombas al garete
que mataban inocentes y las amenazas anónimas por teléfono habían llegado a
superar a cualquier otro factor de perturbación de la vida cotidiana. Sin
embargo, la situación económica de Medellín no fue afectada en términos
estadísticos. Años antes los narcotraficantes estaban de moda por una aureola
fantástica. Gozaban de una completa impunidad, e incluso de un cierto prestigio
popular, por las obras de caridad que hacían en las barriadas donde pasaron sus
infancias de marginados. Si alguien hubiera querido ponerlos presos podía
mandarlos a buscar con el policía de la esquina. Pero buena parte de la
sociedad colombiana los veía con una curiosidad y un interés que se parecían
demasiado a la complacencia. Políticos, industriales, comerciantes,
periodistas, y aun simples lagartos, asistían a la parranda perpetua de la
hacienda Nápoles, cerca de Medellín, donde Pablo Escobar mantenía un jardín
zoológico con jirafas e hipopótamos de carne y hueso llevados desde el África,
y en cuyo portal se exhibía como un monumento nacional la avioneta en que se exportó
el primer cargamento de cocaína.
Con la fortuna y la clandestinidad, Escobar quedó dueño del
patio y se convirtió en una leyenda que lo dominaba todo desde la sombra. Sus
comunicados de estilo ejemplar y cautelas perfectas llegaron a parecerse tanto
a la verdad que se confundían con ella. En la cumbre de su esplendor se
erigieron altares con su retrato y les pusieron veladoras en las comunas de
Medellín. Llegó a creerse que hacía milagros. Ningún colombiano en toda la
historia había tenido y ejercido un talento como el suyo para condicionar la
opinión pública. Ningún otro tuvo mayor poder de corrupción. La condición más
inquietante y devastadora de su personalidad era que carecía por completo de la
indulgencia para distinguir entre el bien y el mal.
Ése era el hombre invisible e improbable que Alberto Villamizar
se propuso encontrar a mediados de febrero para que le devolviera a su esposa.
Empezó por buscar contacto con los tres hermanos Ochoa en la cárcel de alta
seguridad de Itagüí. Rafael Pardo —de acuerdo con el presidente— le dio la luz
verde, pero le recordó sus límites: su gestión no era una negociación en nombre
del gobierno sino una tarea de exploración. Le dijo que no se podía hacer
ningún acuerdo a cambio de contraprestaciones por parte del gobierno, pero que
éste estaba interesado en la entrega de los Extraditables en el ámbito de la
política de sometimiento. Fue a partir de esa concepción nueva como se le
ocurrió cambiar también la perspectiva de la gestión, de modo que no se
centrara en la liberación de los rehenes —como había sido hasta entonces— sino
en la entrega de Pablo Escobar. La liberación sería una simple consecuencia.
Así empezó un segundo secuestro de Maruja y una guerra distinta
para Villamizar. Es probable que Escobar hubiera tenido la intención de
soltarla con Beatriz, pero la tragedia de Diana Turbay debió trastornarle los
planes. Aparte de cargar con la culpa de una muerte que no ordenó, el asesinato
de Diana debió ser un desastre para él, porque le quitó una pieza de un valor
inestimable y acabó de complicarle la vida. Además, la acción de la policía se
recrudeció entonces con tal intensidad que lo obligó a sumergirse hasta el
fondo. Muerta Marina, se había quedado con Diana, Pacho, Maruja y Beatriz. Si
entonces hubiera resuelto asesinar a uno tal vez hubiera sido Beatriz. Libre
Beatriz y muerta Diana, le quedaban dos: Pacho y Maruja. Quizás él hubiera
preferido preservar a Pacho por su valor de cambio, pero Maruja había adquirido
un precio imprevisto e incalculable por la persistencia de Villamizar para
mantener vivos los contactos hasta que el gobierno se decidió a hacer un
decreto más explícito. También para Escobar la única tabla de salvación desde
entonces fue la mediación de Villamizar, y lo único que podía garantizarla era
la retención de Maruja. Estaban condenados el uno al otro.
Villamizar empezó por visitar a doña Nydia Quintero para conocer
detalles de su experiencia. La encontró generosa, resuelta, con un luto sereno.
Ella le contó sus conversaciones con las hermanas Ochoa, con el viejo
patriarca, con Fabio en la cárcel. Daba la impresión de haber asimilado la
muerte atroz de la hija y no la recordaba por dolor ni por venganza sino para
que fuera útil en el logro de la paz. Con ese espíritu le dio a Villamizar una
carta para Pablo Escobar en la que expresaba su deseo de que la muerte de Diana
pudiera servir para que ningún otro colombiano volviera a sentir el dolor que
ella sentía. Empezaba por admitir que el gobierno no podía detener los
allanamientos contra la delincuencia, pero sí podía evitar que se intentara el
rescate de los rehenes, pues los familiares sabían, el gobierno sabía y todo el
mundo sabía que si en un allanamiento tropezaban con los secuestrados se podía
producir una tragedia irreparable, como ya había sucedido con su hija. «Por eso
vengo ante usted —decía la carta— a suplicarle con el corazón inundado de
dolor, de perdón y de bondad, que libere a Maruja y a Francisco». Y terminó con
una solicitud sorprendente: «Déme a mí la razón de que usted no quería que
Diana muriera». Meses después, desde la cárcel, Escobar hizo público su asombro
de que Nydia le hubiera escrito aquella carta sin recriminaciones ni rencores.
«Cuánto me duele —escribió Escobar— no haber tenido el valor para responderle».
Villamizar se fue a Itagüí para visitar a los tres hermanos
Ochoa, con la carta de Nydia y los poderes no escritos del gobierno. Lo
acompañaron dos escoltas de DAS, y la policía de Medellín los reforzó con otros
seis. Encontró a los Ochoa apenas instalados en la cárcel de alta seguridad con
tres controles escalonados, lentos y repetitivos, cuyos muros de adobes pelados
daban la impresión de una iglesia sin terminar. Los corredores desiertos, las
escaleras angostas con barandas de tubos amarillos, las alarmas a la vista,
terminaban en un pabellón del tercer piso donde los tres hermanos Ochoa
descontaban los años de sus condenas fabricando primores de talabarteros:
sillas de montar y toda clase de arneses de caballería. Allí estaba la familia
en pleno: los hijos, los cuñados, las hermanas. Martha Nieves, la más activa, y
María Lía, la esposa de Jorge Luis, hacían los honores con la hospitalidad
ejemplar de los paisas.
La llegada coincidió con la hora del almuerzo, que se sirvió en
un galpón abierto al fondo del patio, con carteles de artistas de cine en las
paredes, un equipo profesional de cultura física y un mesón de comer para doce
personas. Por un acuerdo de seguridad la comida se preparaba en la cercana
hacienda de La Loma, residencia oficial de la familia, y aquel día fue un
muestrario suculento de la cocina criolla. Mientras comían, como es de rigor en
Antioquia, no se habló de nada más que de la comida.
En la sobremesa, con todos los formalismos de un consejo de
familia, se inició el diálogo. No fue tan fácil como pudo suponerse por la
armonía del almuerzo. Lo inició Villamizar con su modo lento, calculado,
explicativo, que deja poco margen para las preguntas porque todo parece
contestado de antemano. Hizo el relato minucioso de sus negociaciones con Guido
Parra y de su ruptura violenta, y terminó con su convicción de que sólo el
contacto directo con Pablo Escobar podía salvar a Maruja.
—Tratemos de parar esta barbarie —dijo—. Hablemos en lugar de
cometer más errores. Para empezar, sepan que no hay la más mínima posibilidad
de que intentemos un rescate por la fuerza. Prefiero conversar, saber qué es lo
que pasa, qué es lo que pretenden.
Jorge Luis, el mayor, tomó la voz cantante. Contó las penurias
de la familia en la confusión de la guerra sucia, las razones y las
dificultades de su entrega, y la preocupación insoportable de que la
Constituyente no prohibiera la extradición.
—Ésta ha sido una guerra muy dura para nosotros —dijo—. Usted no
se imagina lo que hemos sufrido, lo que ha sufrido la familia, los amigos. Nos
ha pasado de todo.
Sus datos eran precisos: Martha Nieves, su hermana, secuestrada;
Alonso Cárdenas, su cuñado, secuestrado y asesinado en 1986; Jorge Iván Ochoa,
su tío, secuestrado en 1983 y sus primos Mario Ochoa y Guillermo León Ochoa,
secuestrados y asesinados.
Villamizar, a su turno, trató de mostrarse tan víctima de la
guerra como ellos, y hacerles entender que lo que sucediera de allí en adelante
iban a pagarlo todos por igual. «Lo mío ha sido por lo menos igual de duro que
lo de ustedes —dijo—. Los Extraditables intentaron asesinarme en el 86, tuve
que irme al otro lado del mundo y hasta allá me persiguieron, y ahora me
secuestran a mi esposa y a mi hermana». Sin embargo, no se quejaba, sino que se
ponía al nivel de sus interlocutores.
—Es un abuso —concluyó—, y ya es hora de que empecemos a
entendernos.
Sólo ellos hablaban. El resto de la familia escuchaba en un
silencio triste de funeral, mientras las mujeres asediaban al visitante con sus
atenciones sin intervenir en la conversación.
—Nosotros no podemos hacer nada —dijo Jorge Luis—. Aquí estuvo
doña Nydia. Entendimos su situación, pero le dijimos lo mismo. No queremos
problemas.
—Mientras la guerra siga todos ustedes están en peligro, aun
dentro de estas cuatro paredes blindadas —Insistió Villamizar—. En cambio, si
se acaba ahora tendrán a su papá y a su mamá, y a toda su familia intacta. Eso
no sucederá mientras Escobar no se entregue a la justicia y Maruja y Francisco
vuelvan sanos y salvos a sus casas. Pero tengan por seguro que si los matan la
pagarán también ustedes, la pagarán sus familias, todo el mundo.
En las tres horas largas de la entrevista en la cárcel cada
quien demostró su dominio para llegar hasta el borde mismo del precipicio.
Villamizar apreció en Ochoa su realismo paisa. A los Ochoa les impresionó la
manera directa y franca con que el visitante desmenuzaba los temas. Habían
vivido en Cúcuta —la tierra de Villamizar—, conocían mucha gente de allá y se
entendían bien con ella. Al final, los otros dos Ochoa intervinieron, y Martha
Nieves descargaba el ambiente con sus gracejos criollos. Los hombres parecían
firmes en su negativa a intervenir en una guerra de la cual ya se sentían a
salvo, pero poco a poco se hicieron más reflexivos.
—Está bien, pues —concluyó Jorge Luis—. Nosotros le mandamos el
mensaje a Pablo y le decimos que usted estuvo aquí. Pero lo que le aconsejo es
que hable con mi papá. Está en la hacienda de La Loma y le dará mucho gusto
hablar con usted.
De modo que Villamizar fue a la hacienda con la familia en
pleno, y sólo con los dos escoltas que había llevado de Bogotá, pues a los
Ochoa les pareció demasiado visible el aparato de seguridad. Llegaron hasta el
portal, y caminaron a pie como un kilómetro hacia la casa por un sendero de
árboles frondosos y bien cuidados. Varios hombres sin armas a la vista les
cerraron el paso a los escoltas y los invitaron a cambiar de rumbo. Hubo un
instante de zozobra, pero los de la casa calmaron a los forasteros con buenas
maneras y mejores razones.
—Caminen y coman algo por aquí —les dijeron—, que el doctor
tiene que hablar con don Fabio.
Al final de la arboleda estaba la plazoleta y al fondo la casa
grande y en orden. En la terraza, que dominaba las praderas hasta el horizonte,
el viejo patriarca esperaba la visita. Con él estaba el resto de la familia,
todas mujeres y casi todas de luto por sus muertos en la guerra. Aunque era la
hora de la siesta, habían preparado toda clase de cosas de comer y de beber.
Villamizar se dio cuenta desde el saludo de que don Fabio tenía
ya un informe completo de la conversación en la cárcel. Eso abrevió los
preámbulos. Villamizar se limitó a repetir que el recrudecimiento de la guerra
podría perjudicar mucho más a su familia, numerosa y próspera, que no estaba
acusada de homicidio ni terrorismo. Por lo pronto tres de sus hijos estaban a
salvo, pero el porvenir era impredecible. Así que nadie debería estar más
interesado que ellos en el logro de la paz, y eso no sería posible mientras
Escobar no siguiera el ejemplo de sus hijos.
Don Fabio lo escuchó con una atención plácida, aprobando con
leves movimientos de cabeza lo que le parecía acertado. Luego, con frases
breves y contundentes como epitafios, dijo en cinco minutos lo que pensaba.
Cualquier cosa que se hiciera —dijo— se encontraría al final con que faltaba lo
más importante: hablar con Escobar en persona. «De modo que lo mejor es empezar
por ahí», dijo. Pensaba que Villamizar era el adecuado para intentarlo, porque
Escobar sólo creía en hombres cuya palabra fuera de oro.
—Y usted lo es —concluyó don Fabio—. El problema es
demostrárselo.
La visita había empezado en la cárcel a las diez de la mañana y
terminó a las seis de la tarde en La Loma. Su mayor logro fue romper el hielo
entre Villamizar y los Ochoa para el propósito común —ya acordado con el
gobierno— de que Escobar se entregara a la justicia. Esa certidumbre le dio
ánimos a Villamizar para transmitirle sus impresiones al presidente. Pero al
llegar a Bogotá se encontró con la mala noticia de que también el presidente
estaba sufriendo en carne propia el dolor de un secuestro.
Así era: Fortunato Gaviria Trujillo, su primo hermano y amigo
más querido desde la infancia, había sido raptado en su finca de Pereira por
cuatro encapuchados con fusiles. El presidente no canceló el compromiso de un
consejo regional de gobernadores en la isla de San Andrés, y se fue la tarde
del viernes aún sin confirmar si los secuestradores de su primo eran los
Extraditables. El sábado por la mañana madrugó a bucear, y cuando salió a flote
le contaron que habían hallado el cadáver de Fortunato con un tiro de fusil en
el pecho. Había resistido a los secuestradores —que no eran narcotraficantes— y
éstos le habían dado muerte tal vez por accidente.
La primera reacción del presidente fue cancelar el consejo
regional y regresar de inmediato a Bogotá, pero los médicos se lo impidieron.
No era recomendable volar antes de veinticuatro horas después de permanecer una
hora a sesenta pies de profundidad. Gaviria obedeció, y el país lo vio en la
televisión presidiendo el consejo con su cara más lúgubre. Pero a las cuatro de
la tarde pasó por encima del criterio médico, y regresó a Bogotá para organizar
los funerales. Tiempo después, evocando aquel día como uno de los más duros de
su vida, dijo con un humor ácido:
—Yo era el único colombiano que no tenía un presidente ante
quien quejarse.
Tan pronto como terminó el almuerzo con Villamizar en la cárcel,
Jorge Luis Ochoa le había mandado una carta a Escobar para inducir su ánimo en
favor de Villamizar. Se lo pintó como un santandereano serio al cual se le
podía creer y hacer confianza. La respuesta de Escobar fue inmediata: «Dígale a
ese hijo de puta que ni me hable». Villamizar se enteró por una llamada
telefónica de Martha Nieves y María lía, quienes le pidieron, sin embargo, que
volviera a Medellín para seguir buscando caminos. Esta vez se fue sin escoltas.
Tomó un taxi en el aeropuerto hasta el Hotel Intercontinental, y unos quince
minutos después lo recogió un chofer de los Ochoa. Era un paisa de unos veinte
años, simpático y burlón, que lo observó un largo rato por el espejo
retrovisor. Por fin le preguntó:
—¿Está muy asustado?
Villamizar le sonrió por el espejo.
—Tranquilo, doctor —prosiguió el muchacho. Y agregó con un buen
granito de ironía—: Con nosotros no le va a pasar nada. ¡Cómo se le ocurre!
La broma le dio a Villamizar la seguridad y la confianza que no
perdió en ningún momento durante los viajes que haría después. Nunca supo si lo
siguieron, inclusive en una etapa más avanzada, pero siempre se sintió a la
sombra de un poder sobrenatural.
Al parecer, Escobar no sentía que le debiera nada a Villamizar
por el decreto que le abrió una puerta segura contra la extradición. Sin duda,
con sus cuentas milimétricas de tahúr duro, consideraba que el favor estaba
pagado con la liberación de Beatriz, pero que la deuda histórica seguía
intacta. Sin embargo, los Ochoa pensaban que Villamizar debía insistir.
Así que pasó por alto los insultos, y se propuso seguir
adelante. Los Ochoa lo apoyaron.
Volvió dos o tres veces y establecieron juntos una estrategia de
acción. Jorge Luis le escribió otra carta a Escobar, en la cual le planteaba
que las garantías para su entrega estaban dadas, y que se le respetaría la vida
y no sería extraditado por ninguna causa. Pero Escobar no respondió. Entonces
decidieron que el mismo Villamizar le explicara por escrito a Escobar su
situación y su propuesta.
La carta fue escrita el 4 de marzo en la celda de los Ochoa, con
la asesoría de Jorge Luis, quien le decía qué convenía y qué podía ser
inoportuno. Villamizar empezó por reconocer que el respeto de los derechos
humanos era fundamental para lograr la paz. «Hay un hecho, sin embargo, que no
puede desconocerse: las personas que violan los derechos humanos no tienen
mejor excusa para seguir haciéndolo que señalar esas mismas violaciones por
parte de otros». Lo cual obstaculizaba las acciones de ambos lados, y lo que él
mismo había logrado en ese sentido en sus meses de lucha por la liberación de
la esposa. La familia Villamizar era víctima de una violencia empecinada, en la
cual no tenía ninguna responsabilidad: el atentado contra él, el asesinato de
su concuñado Luis Carlos Galán, y el secuestro de su esposa y su hermana. «Mi
cuñada Gloria Pachón de Galán y Yo —agregaba— no comprendemos ni podemos
aceptar tantas agresiones injustificadas e inexplicables». Al contrario: la
liberación de Maruja y los otros periodistas era indispensable para recorrer el
camino hacia la verdadera paz en Colombia.
La respuesta de Escobar, dos semanas después, empezaba con un
latigazo: «Distinguido doctor, me da muchísima pena, pero no puedo
complacerlo». Enseguida llamaba la atención sobre la noticia de que algunos
constituyentes del sector oficial, con la anuencia de las familias de los
secuestrados, propondrían no abordar el tema de la extradición si éstos no
salían libres. Escobar lo consideraba inapropiado pues los secuestros no podían
considerarse como una presión a los constituyentes porque eran anteriores a su
elección. En todo caso, se permitió hacer sobre el tema una advertencia
sobrecogedora: «Recuerde, doctor Villamizar, que la extradición ha cobrado
muchas víctimas, y sumarle dos nuevas no alterará mucho el proceso ni la lucha
que se ha venido desarrollando».
Fue una advertencia lateral, pues Escobar no había vuelto a
mencionar la extradición como argumento de guerra después del decreto que la
dejó sin piso para quien se entregara y se había centrado en el tema de la
violación de los derechos humanos por las fuerzas especiales que lo combatían.
Era su táctica maestra: ganar terreno con victorias parciales, y proseguir la
guerra con otros motivos que podía multiplicar hasta el infinito sin necesidad
de entregarse.
En su carta, en efecto, se mostraba comprensivo en el sentido de
que la guerra de Villamizar era la misma que él hacía para proteger a su
familia, pero insistía y persistía una vez más en que el Cuerpo Élite había
matado a unos cuatrocientos muchachos de las comunas de Medellín y nadie lo
había castigado. Esas acciones, decía, justificaban los secuestros de los
periodistas como instrumentos de presión para que fueran sancionados los
policías responsables. Se mostraba también sorprendido de que ningún funcionario
público hubiera intentado un contacto directo con él en relación con los
secuestros. En todo caso, concluía, las llamadas y súplicas para que se
liberara a los rehenes serían inútiles, porque lo que estaba en juego era la
vida de las familias y los socios de los Extraditables. Y terminaba: «Si el
gobierno no interviene y no escucha nuestros planteamientos, procederemos a
ejecutar a Maruja y a Francisco, de eso no le quepa ninguna duda». La carta
demostraba que Escobar buscaba contactos con funcionarios públicos. Su entrega
no estaba descartada, pero iba a costar más cara de lo que podía pensarse y
estaba dispuesto a cobrarla sin descuentos sentimentales. Villamizar lo
comprendió, y esa misma semana visitó al presidente de la república y lo puso
al comente. El presidente se limitó a tomar atenta nota.
Villamizar visitó también por esos días al procurador general
tratando de encontrar una manera diferente de actuar dentro de la nueva
situación. Fue una visita muy fructífera. El procurador le anunció que a fines
de esa semana publicaría un informe sobre la muerte de Diana Turbay, en el cual
responsabilizaba a la policía por actuar sin órdenes y sin prudencia, y abría
pliego de cargos contra tres oficiales del Cuerpo Élite. Le reveló también que
había investigado a once agentes acusados por Escobar con nombre propio, y
había abierto pliego de cargos contra ellos.
Cumplió, El presidente de la república recibió el 3 de abril un
estudio evaluativo de la Procuraduría General de la Nación sobre los hechos en
que había muerto Diana Turbay. El operativo —dice el estudio— había empezado a
gestarse el 23 de enero cuando los servicios de inteligencia de la policía de
Medellín recibieron llamadas anónimas de carácter genérico sobre la presencia
de hombres armados en la parte alta del municipio de Copacabana. La actividad
se centraba —según las llamadas— en la región de Sabaneta, y sobre todo en las
fincas Villa del Rosario, La Bola y Alto de la Cruz. Por lo menos en una de las
llamadas se dio a entender que allí tenían a los periodistas secuestrados, y
que inclusive podía estar el Doctor. Es decir: Pablo Escobar. Este dato se
mencionó en el análisis que sirvió de base para los operativos del día
siguiente, pero no se mencionó la probabilidad de que estuvieran los
periodistas secuestrados. El mayor general Miguel Gómez Padilla, director de fe
Policía Nacional, declaró haber sido informado el 24 de enero en la tarde de
que al día siguiente iba a realizarse un operativo de verificación, búsqueda y
registro, «y la posible captura de Pablo Escobar y un grupo de
narcotraficantes». Pero, al parecer, tampoco se mencionó entonces la posibilidad
de encontrar a los dos últimos rehenes, Diana Turbay y Richard Becerra.
El operativo se inició a las once de la mañana del 25 de enero,
cuando salió de la Escuela Carlos Holguín de Medellín el capitán Jairo Salcedo
García con siete oficiales, cinco suboficiales y cuarenta agentes. Una hora
después salió el capitán Eduardo Martínez Solanilla con dos oficiales, dos
suboficiales y sesenta y un agentes. El estudio señalaba que en el oficio
correspondiente no había sido registrada la salida del capitán Helmer Ezequiel
Torres Vela, que fue el encargado del operativo en la finca de La Bola, donde
en realidad estaban Diana y Richard. Pero en su exposición posterior ante la
Procuraduría Nacional, el propio capitán confirmó que había salido a las once
de la mañana con seis oficiales, cinco suboficiales y cuarenta agentes. Para
toda la operación se destinaron cuatro helicópteros artillados.
Los allanamientos de la Villa del Rosario y Alto de la Cruz se
cumplieron sin contratiempos. Hacia la una de la tarde se emprendió el
operativo en La Bola. El subteniente Iván Díaz Álvarez contó que estaba
descendiendo de la planicie en que lo había dejado el helicóptero, cuando oyó
detonaciones en la falda de la montaña. Corriendo en esa dirección, alcanzó a
ver unos nueve o diez hombres con fusiles y subametralladoras que huían en
estampida:
«Nos quedamos allí unos minutos para ver de dónde salía el
ataque —declaró el subteniente— cuando escuchamos muy abajo a una persona que
pedía auxilio». El subteniente dijo que se había apresurado hacía abajo y se
había encontrado con un hombre que le gritó: «Por favor, ayúdeme». El
subteniente le gritó a su vez: «Alto, ¿quién es usted?». El hombre le contestó
que era Richard, el periodista, y que necesitaba auxilio porque allí estaba
herida Diana Turbay. El suboficial contó que en ese momento, sin explicar por
qué, le salió la frase: «¿Dónde está Pablo?». Richard le contestó: «Yo no sé.
Pero por favor, ayúdeme». Entonces el militar se le acercó con todas las
seguridades, y aparecieron en el lugar otros hombres de su grupo. El
subteniente concluyó: «Para nosotros fue una sorpresa encontrar allí a los
periodistas puesto que el objetivo de nosotros no era ése».
El relato de este encuentro coincide casi punto por punto con el
que Richard Becerra hizo a la Procuraduría. Más tarde, éste amplió su
declaración en el sentido de que había visto al hombre que les disparaba a él y
a Diana, y que estaba de pie, con las dos manos hacia adelante y hacia el lado
izquierdo, y a una distancia promedio de unos quince metros.
«Cuando acabaron de sonar los disparos —concluyó Richard— ya yo
me había tirado al suelo».
En relación con el único proyectil que le causó la Muerte a
Diana, la prueba técnica demostró que había entrado por la región ilíaca
izquierda y seguido hacia arriba y hacia la derecha. Las características de los
daños micrológicos demostraron que fue un proyectil de alta velocidad, entre
dos mil y tres mil pies por segundo, o sea unas tres veces más que la velocidad
del sonido. No pudo ser recuperado, pues se fragmentó en tres partes, lo que
disminuyó su peso y alteró su forma, y quedó reducido a una fracción irregular
que continuó su trayectoria con destrozos de naturaleza esencialmente mortal.
Fue casi de seguro un proyectil de calibre 5.56, quizás disparado por un fusil
de condiciones técnicas similares, si no iguales, a un AUG austriaco hallado en
el lugar de los hechos, que no era de uso reglamentario de la policía. Como una
anotación al margen, el informe de la necropsia señaló: «La esperanza de vida
de Diana se calculaba en quince años más». El hecho más intrigante del
operativo fue la presencia de un civil esposado que viajó en el mismo
helicóptero en que se transportó a Diana herida hasta Medellín. Dos agentes de
la policía coincidieron en que era un hombre de apariencia campesina, de unos
treinta y cinco a cuarenta años, tez morena, pelo corto, algo robusto, de un
metro setenta más o menos, que aquel día llevaba una gorra de tela. Dijeron que
lo habían detenido en el curso del operativo, y estaban tratando de que se
identificara cuando empezaron los tiros, de modo que tuvieron que esposarlo y
llevarlo consigo hasta los helicópteros. Uno de los agentes agregó que lo había
dejado en manos de su subteniente, que éste lo interrogó en presencia de ellos
y lo dejó en libertad cerca del sitio donde lo habían encontrado. «El señor no
tenía nada que ver —dijeron— puesto que los disparos sonaron abajo y el señor
estaba arriba con nosotros». Estas versiones descartaban que el civil hubiera
estado a bordo del helicóptero, pero la tripulación de la nave confirmó lo
contrario. Otras declaraciones fueron más específicas. El cabo primero Luis
Carlos Ríos Ramírez, técnico artillero del helicóptero, no dudaba de que el
hombre iba a bordo, y había sido devuelto ese mismo día a la zona de
operaciones.
El misterio continuaba el 26 de enero, cuando apareció el
cadáver de un llamado José Humberto Vázquez Muñoz en el municipio de Girardota,
cerca de Medellín. Había sido muerto por tres tiros de 9 mm en el tórax y dos
en la cabeza. En los archivos de los servicios de inteligencia estaba reseñado
con graves antecedentes como miembro del cartel de Medellín. Los investigadores
marcaron su fotografía con un número cinco, la mezclaron con otras de
delincuentes reconocidos, y las mostraron juntas a los que estuvieron cautivos
con Diana Turbay. Hero Buss dijo: «No reconozco a ninguno, pero creo que la
persona que aparece en la foto número cinco tiene cierto parecido con un
sicario que yo vi días después del secuestro». Azucena Liévano declaró también
que el hombre de la foto número cinco, pero sin bigote, se parecía a uno que
hacía turnos de noche en la casa en que estaban Diana y ella en los primeros
días del secuestro. Richard Becerra también reconoció al número cinco como uno
que iba esposado en el helicóptero, pero aclaró: «Se me parece por la forma de
la cara pero no estoy seguro». Orlando Acevedo también lo reconoció. Por
último, la esposa de Vázquez Muñoz reconoció el cadáver, y dijo en declaración
jurada que el día 25 de enero de 1991 a las ocho de la mañana su marido había
salido de la casa a buscar un taxi, cuando lo agarraron en la calle dos
motorizados vestidos de policía y dos vestidos de civil y lo metieron en un
carro. El alcanzó a llamarla con un grito: «Ana Lucía». Pero ya se lo habían
llevado. Esta declaración, sin embargo, no pudo tornarse en cuenta, porque no
hubo más testigos del secuestro.
«En conclusión —dijo el informe—, y teniendo en cuenta las
pruebas aportadas, es dable afirmar que antes de realizar el operativo de la
finca La Bola algunos miembros de la policía nacional encargados del operativo
tenían conocimiento por el señor Vázquez Muñoz, civil a quien tenían en su
poder, que unos periodistas se encontraban cautivos en esos lugares, y muy
seguramente, luego de los acontecimientos, le dieron muerte». Otras dos muertes
inexplicables en el lugar de los hechos fueron también comprobadas. La oficina
de Investigaciones Especiales, en consecuencia, concluyó que no existían
motivos para afirmar que el general Gómez Padilla, ni otros de los altos
directivos de la Policía Nacional estaban enterados. Que el arma que causó las
lesiones de Diana no fue accionada por ninguno de los miembros del cuerpo
especial de la Policía Nacional de Medellín. Que miembros del grupo de las
operaciones de La Bola debían responder por las muertes de tres personas cuyos
cuerpos fueron encontrados allí. Que contra el juez 93 de Instrucción Penal
Militar, doctor Diego Rafael de Jesús Coley Nieto, y su secretaria, se abriera
formal investigación disciplinaria por irregularidades de tipo sustancial y
procedimental, así como contra los peritos del DAS en Bogotá.
Publicado ese informe, Villamizar se sintió en un piso más firme
para escribirle a Escobar una segunda carta. Se la mandó, como siempre, a
través de los Ochoa, y con otra carta para Maruja, que le rogaba hacer llegar.
Aprovechó la ocasión para darle a Escobar una explicación escolar de los tres
poderes del Estado: ejecutivo, legislativo y jurisdiccional, y hacerle entender
qué difícil era para el presidente, dentro de esos mecanismos constitucionales
y legales, manejar cuerpos tan numerosos y complejos como las Fuerzas Armadas.
Sin embargo, le dio la razón a Escobar en sus denuncias sobre las violaciones
de los derechos humanos por la fuerza pública, y por su insistencia de pedir
garantías para él, su familia y su gente cuando se entregaran. «Yo comparto su
criterio —le dijo— de que la lucha que usted y yo libramos tiene la misma
esencia: salvar las vidas de nuestros familiares y las nuestras, y conseguir la
paz». Con base en esos dos objetivos, le propuso adoptar una estrategia
conjunta.
Escobar le contestó días después con el orgullo herido por la
lección de derecho público. «Yo sé que el país está dividido en Presidente,
Congreso, Policías, Ejército —escribió—. Pero también sé que el presidente es
el que manda». El resto de la carta eran cuatro hojas reiterativas sobre las
actuaciones de la policía, que sólo agregaban datos pero no argumentos a las
anteriores. Negó que los Extraditables hubieran ejecutado a Diana Turbay, o que
hubieran intentado hacerlo, porque en ese caso no habrían tenido que sacarla de
la casa donde estaba secuestrada ni la hubieran vestido de negro para que los
helicópteros la confundieran con una campesina. «Muerta no vale como rehén»,
escribió. Al final, sin pasos intermedios ni fórmulas de cortesía se despidió
con una frase inusitada: «No se preocupe por (haber hecho) sus declaraciones a
la prensa pidiendo que me extraditen. Sé que todo saldrá bien y que no me
guardará rencores porque la lucha en defensa de su familia no tiene objetivos
diferentes a la que yo llevo en defensa de la mía». Villamizar relacionó
aquella frase con una anterior de Escobar, en la que dijo sentirse avergonzado
de tener a Maruja en rehenes si la pelea no era con ella sino con el marido.
Villamizar se lo había dicho ya de otro modo: «¿Cómo es que si estamos peleando
los dos a la que tienen es a mi mujer?», y le propuso en consecuencia que lo
cambiara a él por Maruja para negociar en persona. Escobar no aceptó.
Para entonces Villamizar había estado más de veinte veces en la
celda de los Ochoa. Disfrutaba de las joyas de la cocina local que las mujeres
de La Loma les llevaban con todas las precauciones contra cualquier atentado.
Fue un proceso de conocimiento recíproco, de confianza mutua, en el cual
dedicaban las mejores horas a desentrañar en cada frase y en cada gesto las
segundas intenciones de Escobar. Villamizar regresaba a Bogotá casi siempre en
el último avión del puente aéreo. Su hijo Andrés lo esperaba en el aeropuerto,
y muchas veces tuvo que acompañarlo con agua mineral mientras él se liberaba de
sus tensiones con lentos tragos solitarios. Había cumplido su promesa de no
asistir a ningún acto de la ida pública, ni ver amigos: nada. Cuando la presión
aumentaba, salía a la terraza y pasaba horas mirando en la dirección en que
suponía que estaba Maruja, y durante horas le mandaba mensajes mentales, hasta
que lo vencía el sueño. A las seis de la mañana estaba otra vez en pie y listo
para empezar. Cuando recibían respuesta a una carta, o algo más de interés,
Martha Nieves o María Lía llamaban por teléfono, y les bastaba una frase:
—Doctor: mañana a las diez.
Mientras no hubiera llamadas dedicaba tiempo y trabajo a
Colombia los Reclama, la campaña de televisión con base en los datos que
Beatriz les había dado sobre las condiciones del encierro. Era una idea de Nora
Sanín, directora de la Asociación Nacional de Medios (Asomedios) y puesta en
marcha por María del Rosario Ortiz —gran amiga de Maruja y sobrina de Hernando
Santos—, en equipo con su marido publicista, con Gloria de Galán y con el resto
de la familia: Mónica, Alexandra, Juana, y sus hermanos. Se trataba de un
desfile diario de estrellas del cine, el teatro, la televisión, el fútbol, la
ciencia, la política, que pedían en un mismo mensaje la liberación de los
secuestrados y el respeto a los derechos humanos. Desde su primera emisión
suscitó un movimiento arrasador de opinión pública. Alexandra andaba con un
camarógrafo cazando luminarias de un extremo al otro del país. En los tres
meses que duró la campaña desfilaron unas cincuenta personalidades. Pero
Escobar no se inmutó. Cuando el clavecinista Rafael Puyana dijo que era capaz
de pedirle de rodillas la liberación de los secuestrados, Escobar le contestó:
«Pueden venir de rodillas treinta millones de colombianos, y no los suelto».
Sin embargo, en una carta a Villamizar hizo un elogio del programa porque no
sólo luchaba por la libertad de los rehenes sino también por el respeto a los
derechos humanos. La facilidad con que las hijas de Maruja y sus invitados
desfilaban por las pantallas de televisión inquietaban a María Victoria, la
esposa de Pacho Santos, por su insuperable timidez escénica. Los micrófonos
imprevistos que le salían al paso, la luz impúdica de los reflectores, el ojo
inquisitorial de las cámaras y las mismas preguntas de siempre a la espera de
las mismas respuestas, le causaban unas náuseas de pánico que a duras penas
lograba reprimir. El día de su cumpleaños hicieron una nota de televisión en la
cual Hernado Santos habló con una fluidez profesional, y luego la tomó a ella
del brazo: «Pase usted». Casi siempre logró escapar, pero algunas veces tuvo
que enfrentarlo, y no sólo creía morir en el intento sino que al verse y
escucharse en la pantalla se sentía ridícula e imbécil. Su reacción contra
aquella servidumbre social fue entonces la contraria. Hizo un curso de
microempresas y otro de periodismo. Se volvió libre y fiestera por decisión
propia. Aceptó invitaciones que antes detestaba, asistía a conferencias y
conciertos, se vistió con ropas alegres, trasnochaba hasta muy tarde, hasta que
derrotó su imagen de viuda compadecida. Hernando y sus mejores amigos la
entendieron, la apoyaron, la ayudaron a salirse con la suya. Pero no tardó en
sufrir las sanciones sociales. Supo que muchos de quienes la celebraban de
frente la criticaban a sus espaldas. Le llegaban ramos de rosas sin tarjetas,
cajas de chocolates sin nombres, declaraciones de amor sin remitentes. Ella
gozó con la ilusión de que fueran del marido, que quizás había logrado abrirse
un camino secreto hasta ella desde su soledad. Pero el remitente no tardó en
identificarse por teléfono: era un maniático. Una mujer, también por teléfono,
se le declaró sin rodeos: «Estoy enamorada de usted».
En aquellos meses de libertad creativa Mariavé encontró por azar
una vidente amiga que había prefigurado el destino trágico de Diana Turbay. Se
asustó con la sola idea de que le hiciera algún pronóstico siniestro, pero la
vidente la tranquilizó. A principios de febrero volvió a encontrarla, y le dijo
al oído de pasada, sin que le hubieran preguntado nada y sin esperar ningún
comentario: «Pacho está vivo». Lo dijo con tal seguridad, que Mariavé lo creyó
como si lo hubiera visto con sus ojos.
La verdad en febrero parecía ser que Escobar no tenía confianza
en los decretos, aun cuando decía que sí. La desconfianza era en él una
condición vital, y solía repetir que gracias a eso estaba vivo. No delegaba
nada esencial. Era su propio jefe militar, su propio jefe de seguridad, de
inteligencia y de contrainteligencia, un estratega imprevisible y un
desinformador sin igual. En circunstancias extremas cambiaba todos los días su
guardia personal de ocho hombres. Conocía toda clase de tecnologías de comunicaciones,
de intervención de líneas, de rastreo de señales. Tenía empleados que pasaban
el día intercambiando diálogos de locos por sus teléfonos para que los escuchas
se embrollaran en manglares de disparates y no pudieran distinguirlos de los
mensajes reales. Cuando la policía divulgó dos números de teléfono para que se
dieran informes sobre su paradero, contrató colegios de niños para que se
anticiparan a los delatores y mantuvieran las líneas ocupadas las veinticuatro
horas. Su astucia para no dejar pruebas de sus actos era inagotable. No
consultaba con nadie, y daba estrategias legales a sus abogados, que no hacían
más que ponerles piso jurídico.
Su negativa de recibir a Villamizar obedecía al temor de que
tuviera escondido debajo de la piel un dispositivo electrónico que permitiera
rastrearlo. Se trataba en realidad de un minúsculo transmisor de radio con una
pila microscópica cuya señal puede ser captada a larga distancia por un
receptor especial —un radiogoniómetro— que permite establecer por computación
el lugar aproximado de la señal. Escobar confiaba tanto en el grado de
sofisticación de este ingenio, que no le parecía fantástico que alguien llevara
el receptor instalado debajo de la piel. El goniómetro sirve también para
determinar las coordenadas de una emisión de radio, o un teléfono móvil o de
línea. Por eso Escobar los usaba lo menos posible, y si lo hacía prefería que
fuera desde vehículos en marcha. Usaba estafetas con notas escritas. Si tenía
que ver a alguien no lo citaba donde él estaba sino que iba él adonde estaba el
otro. Cuando terminaba la reunión se movía por rumbos imprevistos. O se iba al
otro extremo de la tecnología: en un microbús con placas e insignias falsas de
servicio público que se sometía a las rutas reglamentarias pero no hacía caso
de las paradas porque siempre llevaban el cupo completo con las escoltas del
dueño. Una de las diversiones de Escobar, por cierto, era ir de vez en cuando
como conductor.
La posibilidad de que la Asamblea Constituyente acabara de
pronunciarse en favor de la no extradición y el indulto, se hizo más probable
en febrero. Escobar lo sabía v concentró más fuerzas en esa dirección que en el
gobierno. Gaviria, en realidad, debió resultarle más duro de lo que suponía.
Todo lo relacionado con los decretos de sometimiento a la justicia estaba al
día en la Dirección de Instrucción Criminal, y el ministro de Justicia
permanecía alerta para atender cualquier emergencia jurídica. Villamizar, por
su parte, actuaba no sólo por su cuenta sino también por su riesgo, pero su
estrecha colaboración con Rafael Pardo le mantenía abierto al gobierno un canal
directo que no lo comprometía, y en cambio le servía para avanzar sin negociar.
Escobar debió entender entonces que Gavina no designaría nunca un delegado
oficial para conversar con él —que era su sueño dorado— y se aferró a la
esperanza de que la Constituyente lo indultara, ya fuera como traficante
arrepentido, o a la sombra de algún grupo armado.
No era un cálculo loco. Antes de la instalación de la
Constituyente, los partidos políticos habían acordado una agenda de temas
cerrados, y el gobierno logró con razones jurídicas que la extradición no fuera
incluida en la lista, porque la necesitaba como instrumento de presión en la
política de sometimiento. Pero cuando la Corte Suprema de Justicia tomó la
decisión espectacular de que la Constituyente podía tratar cualquier tema sin
limitación alguna, el de la extradición resurgió de los escombros. El indulto
no se mencionó, pero también era posible: todo cabía en el infinito.
El presidente Gavina no era de los que abandonaban un terna por
otro. En seis meses había impuesto a sus colaboradores un sistema de
comunicación personal con notas escritas en papelitos casuales con frases
breves que lo resumían todo. A veces mandaba sólo el nombre de la persona a
quien iba dirigido, se lo entregaba al que estuviera más cerca, y el
destinatario sabía lo que debía hacer. Este método, además, tenía para sus
asesores la virtud terrorífica de que no hacía distinción entre las horas de
trabajo y las de descanso. Gaviria no la concebía, pues descansaba con la misma
disciplina con que trabajaba, y seguía mandando papelitos mientras estaba en un
cóctel o tan pronto como emergía de la pesca submarina. «Jugar tenis con él era
como un consejo de ministros», dijo uno de sus consejeros. Podía hacer siestas
profundas de cinco a diez minutos aun sentado en el escritorio, y despertaba
como nuevo mientras sus colaboradores se caían de sueño. El método, por azaroso
que pareciera, tenía la virtud de disparar la acción con más apremio y energía
que los memorandos formales.
El sistema fue de gran utilidad cuando el presidente trató de
parar el golpe de la Corte Suprema contra la extradición, con el argumento de
que era un tema de ley y no de Constitución. El ministro de Gobierno, Humberto
de la Calle logró convencer de entrada a la mayoría. Pero las cosas que
interesan a la gente terminan por imponerse a las que interesan a los
gobiernos, y la gente tenía bien identificada la extradición como uno de los
factores de perturbación social y, sobre todo, del terrorismo salvaje. Así que
al cabo de muchas vueltas y revueltas terminó incluida en el temario de la
Comisión de Derechos. En medio de todo, los Ochoa persistían en el temor de que
Escobar, acorralado por sus propios demonios, decidiera inmolarse en una
catástrofe de tamaño apocalíptico. Fue un temor profético. A principios de
marzo, Villamizar recibió de ellos un mensaje apremiante: «Véngase enseguida
para acá porque van a pasar cosas muy graves». Habían recibido una carta de
Pablo Escobar con la amenaza de reventar cincuenta toneladas de dinamita en el
recinto histórico de Cartagena de Indias si no eran sancionados los policías
que asolaban las comunas de Medellín: cien kilos por cada muchacho muerto fuera
de combate. Los Extraditables habían considerado a Cartagena como un santuario
intocable hasta el 28 de setiembre de 1989, cuando una carga de dinamita
sacudió los cimientos y pulverizó cristales del Hotel Hilton, y mató a dos
médicos de un congreso que sesionaba en otro piso. A partir de entonces quedó
claro que tampoco aquel patrimonio de la humanidad estaba a salvo de la guerra.
La nueva amenaza no permitía un instante de vacilación. El presidente Gaviria
la conoció por Villamizar pocos días antes de cumplirse el plazo. «Ahora no
estamos peleando por Maruja sino por salvar a Cartagena», le dijo Villamizar,
para facilitarle un argumento. La respuesta del presidente fue que le agradecía
la información y que el gobierno tomaría las medidas para impedir el desastre,
pero que de ningún modo cedería al chantaje. Así que Villamizar viajó a
Medellín una vez más, y con la ayuda de los Ochoa logró disuadir a Escobar. No
fue fácil. Días antes del plazo, Escobar garantizó en un papel apresurado que a
los periodistas cautivos no les pasaría nada por el momento, y aplazó la
detonación de bombas en ciudades grandes. Pero también fue terminante: si
después de abril continuaban los operativos de la policía en Medellín, no
quedaría piedra sobre piedra de la muy antigua y noble ciudad de Cartagena de
Indias.
9
Sola en el cuarto, Maruja tomó conciencia de que estaba en manos
de los hombres que quizás habían matado a Marina y a Beatriz, y se negaban a
devolverle el radio y el televisor para que no se enterara. Pasó de la
solicitud encarecida a la exigencia colérica, se enfrentó a gritos con los
guardianes para que la oyeran hasta los vecinos, no volvió a caminar y amenazó
con no volver a comer. El mayordomo y los guardianes, sorprendidos por una
situación impensable, no supieron qué hacer. Susurraban en conciliábulos
inútiles, salían a llamar por teléfono y regresaban aún más indecisos. Trataban
de tranquilizar a Maruja con promesas ilusorias o intimidarla con amenazas,
pero no consiguieron quebrantar su voluntad de no comer.
Nunca se había sentido más dueña de sí. Era claro que sus
guardianes tenían instrucciones de no maltratarla, y se jugó la carta de que la
necesitaban viva a toda costa. Fue un cálculo certero: tres días después de la
liberación de Beatriz, muy temprano, la puerta se abrió sin ningún anuncio, y
entró el mayordomo con el radio y el televisor. «Usted se va a enterar ahora de
una cosa», le dijo a Maruja. Y enseguida, sin dramatismo, le soltó la noticia:
—Doña Marina Montoya está muerta.
Al contrario de lo que ella misma hubiera esperado, Maruja lo
oyó como si lo hubiera sabido desde siempre. Lo asombroso para ella habría sido
que Marina estuviera viva. Sin embargo, cuando la verdad le llegó al corazón se
dio cuenta de cuánto la quería y cuánto habría dado porque no fuera cierta.
—¡Asesinos! —le dijo al mayordomo—. Eso es lo que son todos
ustedes: ¡asesinos!
En ese instante apareció el Doctor en la puerta, y quiso calmar
a Maruja con la noticia de que Beatriz estaba feliz en su casa, pero ella no lo
creería mientras no la viera con sus ojos en la televisión o la oyera por la
radio. En cambio el recién llegado le pareció como mandado a hacer para un
desahogo.
—Usted no había vuelto por aquí —le dijo—. Y lo comprendo: debe
estar muy avergonzado de lo que hizo con Marina.
Él necesitó un instante para reponerse de la sorpresa.
—¿Qué pasó? —lo instigó Maruja—. ¿Estaba condenada a muerte?
Él explicó entonces que se trataba de vengar una traición doble.
«Lo de usted es distinto», dijo. Y repitió lo que ya había dicho antes: «Es
político». Maruja lo escuchó con la rara fascinación que infunde la idea de la
muerte a los que sienten que van a morir.
—Al menos dígame cómo fue —dijo—. ¿Marina se dio cuenta?
—Le juro que no —dijo él.
—¡Pero cómo no! —persistió Maruja—. ¡Cómo no iba a darse cuenta!
—Le dijeron que la iban a llevar a otra finca —dijo él con la
ansiedad de que se lo creyera—. Le dijeron que se bajara del carro, y ella
siguió caminando adelante y le dispararon por detrás de la cabeza. No pudo
darse cuenta de nada.
La imagen de Marina caminando a tientas con la capucha al revés
hacia una finca imaginaria iba a perseguir a Maruja muchas noches de insomnios.
Más que a la muerte misma, le temía a la lucidez del momento final. Lo único
que le infundió algún consuelo fue la caja de pastillas somníferas que había
ahorrado como perlas preciosas, para tragarse un puñado antes que dejarse
arrastrar por las buenas al matadero.
En las noticias del mediodía vio por fin a Beatriz, rodeada de
su gente y en un apartamento lleno de flores que reconoció al instante a pesar
de los cambios: era el suyo. Sin embargo, la alegría de verla se estropeó con
el disgusto de la nueva decoración. La biblioteca nueva le pareció bien hecha y
en el lugar en que ella la quería, pero los colores de las paredes y las
alfombras eran insoportables, y el caballo de la dinastía Tang estaba
atravesado donde más estorbaba. Indiferente a su situación empezó a regañar al
marido y a los hijos como si pudieran oírla en la pantalla. «¡Qué brutos!
—gritó—. ¡Es todo al revés de lo que yo había dicho!» Los deseos de salir libre
se redujeron por un instante a las ansias de cantarles la tabla por lo mal que
lo habían hecho.
En esa tormenta de sensaciones y sentimientos encontrados, los
días se le habían hecho invivibles y las noches, interminables. La impresionaba
dormir en la cama de Marina, cubierta con su manta, atormentada por su olor, y
cuando empezaba a dormirse oía en las tinieblas, junto a ella en la misma cama,
sus susurros de abeja. Una noche no fue una alucinación sino un prodigio de la
vida real. Marina la agarró del brazo con su mano de viva, tibia y tierna, y le
sopló al oído con su voz natural: «Maruja».
No lo consideró una alucinación porque en Yakarta había vivido
otra experiencia fantástica. En una feria de antigüedades había comprado la
escultura de un hermoso mancebo de tamaño natural, con un pie apoyado sobre la
cabeza de un niño vencido. Tenía una aureola como los santos católicos, pero
ésta era de latón, y d estilo y los materiales hacían pensar en un añadido de
pacotilla. Sólo tiempo después de tenerla en el mejor lugar de la casa se
enteró de que era el Dios de la Muerte.
Maruja soñó una noche que trataba de arrancarle la aureola a la
estatua porque le parecía muy fea, pero no lo logró. Estaba soldada al bronce.
Despertó muy molesta por el mal recuerdo, corrió a ver la estatua en el salón
de la casa, y encontró al dios descoronado y la aureola tirada en el piso como
si fuera el final de su sueño. Maruja —que es racionalista y agnóstica—, se
conformó con la idea de que era ella misma, en un episodio irrecordable de
sonambulismo, quien le había quitado la aureola al Dios de la Muerte.
Al principio del cautiverio se había sostenido por la rabia que
le causaba la sumisión de Marina. Más tarde fue la compasión por su amargo
destino y los deseos de darle alientos para vivir. La sostuvo el deber de
fingir una fuerza que no tenía cuando Beatriz empezaba a perder el control, y
la necesidad de mantener su propio equilibrio cuando la adversidad las
abrumaba. Alguien tenía que asumir el mando para no hundirse, y había sido
ella, en un espacio lúgubre y pestilente de tres metros por dos y medio, durmiendo
en el suelo, comiendo sobras de cocina y sin la certidumbre de estar viva en el
minuto siguiente. Pero cuando no quedó nadie más en el cuarto ya no tenía por
qué fingir: estaba sola ante sí misma La certidumbre de que Beatriz había
informado a su familia sobre el modo como podían dirigirse a ella por radio y
televisión la mantuvo alerta. En efecto, Villamizar apareció varias veces con
sus voces de aliento, y sus hijos la consolaron con su imaginación y su gracia.
De pronto, sin ningún anuncio, se rompió el contacto durante dos semanas.
Entonces la embargó una sensación de olvido. Se derrumbó. No volvió a caminar.
Permaneció acostada de cara a la pared, ajena a todo, comiendo y bebiendo
apenas para no morir. Volvió a sentir los mismos dolores de diciembre, los
mismos calambres y punzadas en las piernas que habían hecho necesaria la visita
del médico. Pero esta vez no se quejó siquiera.
Los guardianes, enredados en sus conflictos personales y
discrepancias internas, se desentendieron de ella. La comida se enfriaba en el
plato y tanto el mayordomo como su mujer parecían no enterarse de nada. Los
días se hicieron más largos y áridos. Tanto, que hasta añoraba a veces los
momentos peores de los primeros días. Perdió el interés por la vida. Lloró. Una
mañana al despertar se dio cuenta horrorizada de que su brazo derecho se alzaba
por sí solo.
El relevo de la guardia de febrero fue providencial. En vez de
la pandilla de Barrabás mandaron cuatro muchachos nuevos, serios, disciplinados
y conversadores. Tenían buenos modales y una facilidad de expresión que fueron
un alivio para Maruja. De entrada la invitaron a jugar nintendo y otras
diversiones de televisión. El juego los acercó. Ella notó desde el principio
que tenían un lenguaje común, y eso les facilitó una comunicación. Sin duda
habían sido instruidos para vencer su resistencia y levantarle la moral con un
trato distinto, pues empezaron a convencerla de que siguiera con la orden
médica de caminar en el patio, de que pensara en su esposo, en sus hijos, y en
no defraudar la esperanza que éstos tenían de verla pronto y en buen estado.
El ambiente fue propicio para los desahogos. Consciente de que
también ellos eran prisioneros y tal vez necesitaban de ella, Maruja les
contaba sus experiencias con tres hijos varones que ya habían pasado por la
adolescencia. Les contó episodios significativos de su crianza y educación, de
sus costumbres y sus gustos. También los guardianes, ya más confiados, le
hablaron de sus vidas.
Todos eran bachilleres y uno de ellos había hecho por lo menos
un semestre de universidad. Al contrario de los anteriores, decían pertenecer a
familias de clase media, pero de una u otra manera estaban marcados por la
cultura de las comunas de Medellín. El mayor de ellos, de veinticuatro años, a
quien llamaban la Hormiga, era alto y apuesto, y de índole reservada. Había
interrumpido sus estudios universitarios cuando sus padres murieron en un
accidente de tránsito y no había encontrado más salida que el sicariato. Otro,
a quien llamaban Tiburón, contaba divertido que había aprobado la mitad del
bachillerato amenazando a sus profesores con un revólver de juguete. Al más
alegre del equipo, y de todos los que pasaron por allí, lo llamaban el Trompo y
lo parecía, en efecto. Era muy gordo, de piernas cortas y frágiles, y su
afición por el baile llegaba a extremos de locura. Alguna vez puso en la
grabadora una cinta de salsa después del desayuno, y la bailó sin interrupción
y con ímpetu frenético hasta el final de su turno. El más formal, hijo de una
maestra de escuela, era lector de literatura y de periódicos, y estaba bien
informado de la actualidad del país. Sólo tenía una explicación para estar en
aquella vida: «Porque es muy chévere».
Sin embargo, tal como Maruja lo vislumbró desde el principio, no
fueron insensibles al trato humano. Lo cual, a su vez, no sólo le dio a ella
nuevos ánimos para vivir, sino la astucia para ganar ventajas que tal vez los
mismos guardianes no tenían previstas.
—No se crean que voy a hacer pendejadas con ustedes —les dijo—.
Estén seguros de que no haré nada de lo que está prohibido, porque sé que esto
va a terminar pronto y bien. Entonces no tiene sentido que me constriñan tanto.
Con una autonomía que no tuvo ninguno de los guardianes
anteriores —ni siquiera sus jefes—, los nuevos se atrevieron a relajar el
régimen carcelario mucho más de lo que la misma Maruja esperaba. La dejaron
moverse por el cuarto, hablar con la voz menos forzada, ir al baño sin un
horario fijo. El nuevo trato le devolvió los ánimos para dedicarse al cuidado
de sí misma, gracias a la experiencia de Yakarta. Sacó buen provecho de unas
lecciones de gimnasia que hizo para ella una maestra en el programa de Alexandra,
y cuyo título parecía llevar nombre propio: ejercicios en espacios reducidos.
Era tal su entusiasmo, que uno de los guardianes le preguntó con un gesto de
sospecha: «¿No será que ese programa tiene algún mensaje para usted?». Trabajo
le costó a Maruja convencerlo de que no. Por esos días la emocionó también la
aparición sorpresiva de Colombia los Reclama, que no sólo le pareció bien
concebido y bien hecho, sino también el más adecuado para sostener en alto la
moral de los dos últimos rehenes. Se sintió mejor comunicada y más identificada
con los suyos. Pensaba que ella hubiera hecho lo mismo Corno campaña, como
medicina, como golpe de opinión, hasta el punto de que llegó a acertar en las
apuestas que hacía con los guardianes sobre quién iba a aparecer en la pantalla
al día siguiente. Una vez apostó a que saldría Vicky Hernández, la gran actriz,
su gran amiga, y ganó. Un premio mejor, en todo caso, fue que el solo hecho de
ver a Vicky y de escuchar su mensaje le provocó uno de los pocos instantes felices
del cautiverio.
También las caminatas del patio empezaron a dar frutos. El
pastor alemán, alegre de verla otra vez, trató de meterse por debajo del portón
para retozar con Maruja, pero ella lo calmó con sus mimos por temor de
despertar los recelos de los guardianes. Marina le había dicho que el portón
daba a un potrero apacible de corderos y gallinas. Maruja lo comprobó con una
rápida mirada bajo la claridad lunar. Sin embargo, también se dio cuenta
entonces de que un hombre armado con una escopeta montaba guardia por fuera de
la cerca. La ilusión de escapar con la complicidad del perro quedó cancelada.
El 20 de febrero —cuando la vida parecía haber recobrado su
ritmo— se enteraron por radio de que en un potrero de Medellín habían
encontrado el cadáver del doctor Conrado Prisco Lopera, primo de los jefes de
la banda, quien había desaparecido dos días antes. Su primo Edgar de Jesús
Botero Prisco fue asesinado a los cuatro días. Ninguno de los dos tenía
antecedentes penales. El doctor Prisco Lopera era el que había atendido a Juan
Vitta con su nombre y a cara descubierta, y Maruja se preguntaba si no sería el
mismo enmascarado que la había examinado días antes.
Al igual que la muerte de los hermanos Priscos en enero, éstas
causaron una gran impresión entre los guardianes y aumentaron el nerviosismo
del mayordomo y su familia. La idea de que el cartel cobraría sus muertes con
la vida de un secuestrado, como ocurrió con Marina Montoya, pasó por el cuarto
como una sombra fatídica. El mayordomo entró al día siguiente sin ningún motivo
v a una hora inusual.
—No es por preocuparla —le dijo a Maruja—, pero hay una cosa muy
grave: una mariposa está parada desde anoche en la puerta del patio.
Maruja, incrédula de lo invisible, no entendió lo que quería
decirle. El mayordomo se lo explicó con un tremendismo calculado.
—Es que cuando mataron a los otros Priscos sucedió lo mismo
—dijo—: una mariposa negra estuvo pegada tres días en la puerta del baño.
Maruja recordó los oscuros presentimientos de Marina, pero se
hizo la desentendida.
—¿Y eso qué quiere decir? —preguntó.
—No sé —dijo el mayordomo—, pero debe ser de muy mal agüero
porque entonces fue que mataron a doña Marina.
—¿La de ahora es negra o carmelita? —le preguntó Maruja.
—Carmelita —dijo el mayordomo.
—Entonces es buena —dijo Maruja—. Las de mal agüero son las
negras.
El propósito de asustarla no se cumplió. Maruja conocía a su
marido, su modo de pensar y proceder, y no creía que anduviera tan extraviado
como para quitarle el sueño a una mariposa. Sabía, sobre todo, que ni él ni
Beatriz dejarían escapar ningún dato útil para un intento de rescate armado.
Sin embargo, acostumbrada a interpretar sus altibajos íntimos como un reflejo
del mundo exterior, no descartó que cinco muertes de una misma familia en un
mes tuvieran terribles consecuencias para los dos últimos secuestrados. El
rumor de que la Asamblea Constituyente tenía dudas sobre la extradición, por el
contrario, debió aliviar a los Extraditables. El 28 de febrero, en una visita
Oficial a los Estados Unidos el presidente Gaviria se declaró partidario
decidido de mantenerla a toda costa, pero no causó alarma: la no extradición
era ya un sentimiento nacional muy arraigado que no necesitaba de sobornos ni
intimidaciones para imponerse. Maruja seguía aquellos acontecimientos con
atención, dentro de una rutina que parecía ser un mismo día repetido. De
pronto, mientras jugaban dominó con los guardianes, el Trompo cerró el juego y
recogió las fichas por última vez.
—Mañana nos vamos —dijo.
Maruja no quiso creerlo, pero el hijo de la maestra se lo
confirmó.
—En serio —dijo—. Mañana viene el grupo de Barrabás.
Éste fue el principio de lo que Maruja había de recordar como su
marzo negro. Así como los guardianes que se iban parecían instruidos para
aliviar la condena, los que llegaron estaban sin duda entrenados para volverla
insoportable. Irrumpieron como un temblor de tierra. El Monje, largo,
escuálido, y más sombrío y ensimismado que la última vez. Los otros, los de
siempre, como si nunca se hubieran ido. Barrabás los dirigía con ínfulas de
matón de cine, impartiendo órdenes militares para encontrar el escondrijo de
algo que no existía, o fingiendo buscarlo para amedrentar a su víctima.
Voltearon el cuarto al revés con técnicas brutales. Desbarataron la cama,
destriparon el colchón y lo rellenaron tan mal que costaba trabajo seguir
durmiendo en un lecho de nudos.
La vida cotidiana regresó al viejo estilo de mantener las armas
listas para disparar si las órdenes no se cumplían de inmediato. Barrabás no le
hablaba a Maruja sin apuntarle a la cabeza con la ametralladora. Ella, como
siempre, lo plantó con la amenaza de acusarlo con sus jefes.
—No es verdad que me voy a morir sólo porque a usted se b fue
una bala —le dijo—. Estése quieto o me quejo.
Esa vez no le sirvió el recurso. Parecía claro, sin embargo, que
el desorden no era intimidatorio ni calculado, sino que el sistema mismo estaba
carcomido desde, dentro por una desmoralización de fondo. Hasta los pleitos
entre el mayordomo y Damaris, frecuentes y de colores folclóricos, se volvieron
temibles. Él llegaba de la calle a cualquier hora —si llegaba— casi siempre
embrutecido por la borrachera, y tenía que enfrentarse a las andanadas obscenas
de la mujer. Los alaridos de ambos, y el llanto de las niñas despertadas a
cualquier hora, alborotaban la casa. Los guardianes se burlaban de ellos con
imitaciones teatrales que magnificaban el escándalo. Resultaba inconcebible que
en medio de la barahúnda no hubiera acudido nadie aunque fuera por curiosidad.
El mayordomo y su mujer se desahogaban por separado con Maruja.
Damaris, a causa de unos celos justificados que no le daban un instante de paz.
El, tratando de ingeniarse una manera de calmar a la mujer sin renunciar a sus
perrerías. Pero los buenos oficios de Maruja no perduraban más allá de la
siguiente escapada del mayordomo. En uno de los tantos pleitos, Damaris le
cruzó la cara al marido con unos arañazos de gata, cuyas cicatrices tardaron en
desaparecer. Él le dio una trompada que la sacó por la ventana. No la mató de
milagro, porque ella alcanzó a agarrarse a última hora y quedó colgada del
balcón del patio. Fue el final. Damaris hizo maletas y se fue con las niñas
para Medellín. La casa quedó en manos del mayordomo solo, que a veces no
aparecía hasta el anochecer cargado de yogur y bolsas de papas fritas. Muy de
vez en cuando llevó un pollo. Cansados de esperar, los guardianes saqueaban la
cocina. De regreso al cuarto le llevaban a Maruja alguna galleta sobrante con
salchichas crudas. El aburrimiento los volvió más susceptibles y peligrosos.
Despotricaban contra sus padres, contra la policía, contra la sociedad entera.
Contaban sus crímenes inútiles y sus sacrilegios deliberados para probarse la
inexistencia de Dios, y llegaron a extremos dementes en los relatos de sus
proezas sexuales. Uno de ellos hacía descripciones de las aberraciones a que
sometió a una de sus amantes en venganza de sus burlas y humillaciones.
Resentidos y sin control, terminaron por drogarse con marihuana y bazuco, hasta
un punto en que no era posible respirar en la humareda del cuarto. Oían la
radio a reventar, entraban y salían con portazos, brincaban, cantaban,
bailaban, hacían cabriolas en el patio. Uno de ellos parecía un saltimbanqui
profesional en un circo perdulario. Maruja los amenazaba con que los escándalos
iban a llamar la atención de la policía.
—¡Que venga y que nos mate! —gritaron a coro.
Maruja se sintió en sus límites, sobre todo por el enloquecido
Barrabás, que se complacía en despertarla con el cañón de la ametralladora en
la sien. El cabello comenzó a caérsele. La almohada llena de hebras sueltas la
deprimía desde que abría los ojos al amanecer. Sabía que cada uno de los
guardianes era distinto, pero tenían t debilidad común de la inseguridad y la
desconfianza recíproca. Maruja se las exacerbaba con su propio temor. «¿Cómo
pueden vivir así? —les preguntaba de pronto—. ¿En qué creen ustedes?», «¿Tienen
algún sentido de la amistad?» Antes de que pudieran reaccionar los tenía
arrinconados: «¿La palabra empeñada significa algo para ustedes?». No
contestaban, pero las respuestas que se daban a sí mismos debían ser
inquietantes, porque en lugar de rebelarse se humillaban ante Maruja. Sólo
Barrabás se le enfrentó. «¡Oligarcas de mierda! —le gritó en una ocasión—. ¿Es
que se creían que iban a mandar siempre? ¡Ya no, carajo: se acabó la vaina!»
Maruja, que tanto le había temido, le salió al paso con la misma furia.
—Ustedes matan a sus amigos, sus amigos los matan a ustedes,
todos terminarán matándose los unos a los otros —le gritó—. ¿Quién los
entiende? Tráiganme a alguien que me explique qué clase de bestias son ustedes.
Desesperado tal vez por no poder matarla, Barrabás golpeó la
pared con un puñetazo que le lastimó los huesos de la muñeca. Dio un grito
salvaje y rompió a llorar de noria. Maruja no se dejó ablandar por la
compasión. El mayordomo pasó la tarde tratando de apaciguarla e hizo un
esfuerzo inútil por mejorar la cena.
Maruja se preguntaba cómo era posible que con semejante desmadre
siguieran creyendo que tenían algún sentido los diálogos en susurro, la
reclusión en el cuarto, el racionamiento del radio y la televisión por motivos
de seguridad. Aburrida de tanta demencia se sublevó contra las leyes
inservibles del cautiverio, habló con voz natural, iba al baño cuando se le
antojaba. En cambio, el temor a una agresión se hizo más intenso, sobre todo
cuando el mayordomo la dejaba sola con la pareja de turno. El drama culminó una
mañana en que un guardián sin máscara irrumpió en el baño cuando ella estaba
jabonándose bajo la ducha. Maruja alcanzó a cubrirse con la toalla y lanzó un
grito de terror que debió oírse en todo el sector. El hombre permaneció
petrificado, con una pavorosa cara de muerto y el alma en un hilo por temor a
las reacciones del vecindario. Pero no acudió nadie, no se oyó un suspiro. El
guardián salió caminando hacia atrás, en puntillas, y con la cara de muerto más
pavorosa aún por el rencor.
El mayordomo reapareció cuando menos lo esperaban con una mujer
distinta que se tomó el poder de la casa. Pero en vez de controlar el desorden
ambos contribuyeron a aumentarlo. La mujer lo secundaba en sus borracheras de
arrabal que solían terminar con trompadas y botellazos. Las horas de las
comidas se volvieron improbables. Los domingos se iban de farra y dejaban a
Maruja y a los guardianes sin nada que comer hasta el día siguiente. Una
madrugada, mientras Maruja caminaba sola en el patio, se fueron los cuatro
guardianes a saquear la cocina, y dejaron las ametralladoras en el cuarto. Un
pensamiento la estremeció. Lo saboreó mientras conversaba con el perro, lo
acariciaba, le hablaba en susurros, y el animal regocijado le lamía las manos
con gruñidos de complicidad. El grito de Barrabás la sacó de sus sueños.
Fue el final de una ilusión. Cambiaron el perro por otro con
catadura de carnicero. Prohibieron las caminatas, y Maruja fue sometida a un
régimen de vigilancia perpetua. Lo que más temió entonces fue que la amarraran
en la cama con una cadena forrada en plástico que Barrabás enrollaba y
desenrollaba como una camándula de hierro. Maruja se adelantó a cualquier
propósito.
—Si yo hubiera querido irme de aquí ya me habría ido hace tiempo
—dijo—. Me he quedado sola varias veces, y si no me he fugado es porque no he
querido.
Alguien debió de llevar las quejas porque el mayordomo entró una
mañana con una humildad sospechosa, y dio toda clase de excusas. Que se moría
de la vergüenza, que los muchachos iban a portarse bien en adelante, que ya
había mandado por su esposa, que ya volvía. Así fue: volvió la misma Damaris de
siempre, con las dos niñas, con las minifaldas de gaitero escocés y las
lentejas aborrecidas. Con la misma actitud llegaron al día siguiente dos jefes
enmascarados que sacaron a empellones a los cuatro guardianes e impusieron el
orden. «No volverán más nunca», dijo uno de los jefes con una determinación
espeluznante.
Dicho y hecho.
Esa misma tarde mandaron el equipo de los bachilleres, y fue
como un regreso mágico a la paz de febrero: el tiempo pausado, las revistas de
variedades, la música de Guns n' Roses, y las películas de Mel Gibson con
pistoleros a sueldo curtidos en los desenfrenos del corazón.
A Maruja la conmovía que los matones adolescentes las oían y las
veían con la misma devoción que sus hijos.
A fines de marzo, sin ningún anuncio, aparecieron dos desconocidos
que se habían puesto las capuchas prestadas por los guardianes para no hablar a
cara descubierta. Uno de ellos, sin saludar apenas, empezó a medir el piso con
una cinta métrica de sastre, mientras el otro trataba de congraciarse con
Maruja.
—Encantado de conocerla, señora —le dijo—. Venimos a alfombrar
el cuarto.
—¡Alfombrar el cuarto! —gritó Maruja, ciega de rabia—. ¡Váyanse
al carajo! Lo que yo quiero es largarme de aquí. ¡Ahora mismo!
En todo caso, lo más escandaloso no era la alfombra, sino lo que
ella podía significar: un aplazamiento indefinido de su liberación. Uno de los
guardianes diría después que la interpretación que hizo Maruja había sido
equivocada, pues tal vez significaba que ella se iba pronto y renovaban el
cuarto para otros rehenes mejor considerados. Pero Maruja estaba segura de que
una alfombra en aquel momento sólo podía entenderse como un año más de su vida.
También Pacho Santos tenía que ingeniárselas para mantener
ocupados a sus guardianes, pues cuando se aburrían de jugar a las barajas, de
ver diez veces seguidas la misma película, de contar sus hazañas de machos, se
ponían a dar vueltas en el cuarto como leones enjaulados. Por los agujeros de
la capucha se les veían los ojos enrojecidos. Lo único que podían hacer
entonces era tomarse unos días de descanso. Es decir: embrutecerse de alcohol y
de droga en una semana de parrandas encadenadas, y regresar peor. La droga
estaba prohibida y castigada con severidad, y no sólo durante el servicio, pero
los adictos encontraban siempre la manera de burlar la vigilancia de sus
superiores. La de rutina era la marihuana, pero en tiempos difíciles se
recetaban unas olimpiadas de bazuco que hacían temer cualquier descalabro. Uno
de los guardianes, después de una noche de brujas en la calle, irrumpió en el
cuarto y despertó a Pacho con un alarido. Él vio la máscara de diablo casi
pegada a su cara, vio unos ojos sangrientos, unas cerdas erizadas que le salían
por las orejas, y sintió el tufo de azufre de los infiernos. Era uno de sus
guardianes que quería terminar la fiesta con él. «Usted no sabe lo bandido que
soy yo», le dijo mientras se bebían un aguardiente doble a las seis de la
mañana. En las dos horas siguientes le contó su vida sin que se lo hubiera
pedido, sólo por un ímpetu irrefrenable de la conciencia. Al final se quedó
fundido de la borrachera, y si Pacho no se fugó entonces fue porque a última
hora le faltaron los ánimos.
La lectura más alentadora que tuvo en su encierro fueron las
notas privadas que El Tiempo publicaba sólo para él sin disimulos ni reservas
en sus páginas editoriales, por iniciativa de María Victoria. Una de ellas
estuvo acompañada por un retrato reciente de sus hijos, y él les escribió en
caliente una carta llena de esas verdades tremendas que les parecen ridículas a
quienes no las sufren: «Estoy aquí sentado en este cuarto, encadenado a una
cama, con los ojos llenos de lágrimas». A partir de entonces escribió a su
esposa y sus hijos una serie de cartas del corazón que nunca pudo enviar.
Pacho había perdido toda esperanza después de la muerte de
Marina y Diana, cuando la posibilidad de la fuga le salió al paso sin que la
hubiera buscado. Ya no le cabía duda de que estaba en uno de los barrios
próximos a la avenida Boyacá, al occidente de la ciudad. Los conocía bien, pues
solía desviarse por allí para ir del periódico a su casa en las horas de mucho
tráfico, y ése era el rumbo que llevaba la noche del secuestro. La mayoría de
sus edificaciones debían ser conjuntos residenciales en serie, con la misma
casa muchas veces repetida: un portón en el garaje, un jardín minúsculo, un
segundo piso con vista hacia la calle, y todas las ventanas protegidas por
rejas de hierro pintadas de blanco. Más aún: en una semana logró precisar la
distancia de la pizzería, y que la fábrica no era otra que la cervecería de
Bavaria. Un detalle desorientador era el gallo loco que al principio cantaba a
cualquier hora, y con el paso de los meses cantaba al mismo tiempo en distintos
lugares: a veces remoto a las tres de la tarde, a veces junto a su ventana a
las dos de la madrugada. Más desorientador habría sido si le hubieran dicho que
también Maruja y Beatriz lo escuchaban en un sector muy distante.
Al final del corredor, a la derecha de su cuarto, podía saltar
por una ventana que daba a un patiecito cerrado, y después escalar la tapia
cubierta de enredaderas junto a un árbol de buenas ramas. Ignoraba qué había
detrás de la tapia, pero siendo una casa de esquina tenía que ser una calle. Y
casi con seguridad, la calle donde estaban la tienda de víveres, la farmacia y
un taller de automóviles. Éste, sin embargo, era quizás un factor negativo,
porque podía ser una pantalla de los secuestradores. En efecto, Pacho oyó una
vez por ese lado una discusión sobre fútbol con dos voces que eran sin duda de
guardianes suyos. En todo caso, la salida por la tapia sería fácil, pero el
resto era impredecible. De modo que la mejor alternativa era el baño, con la
ventaja indispensable de ser el único lugar donde le permitían ir sin las
cadenas.
Tenía claro que la evasión debía ser a pleno día, pues nunca iba
al baño después de acostarse —aun si permanecía despierto frente a la
televisión o escribiendo en la cama— y la excepción podía delatarlo. Además,
los comercios cerraban temprano, los vecinos se recogían después de los
noticieros de las siete y a las diez no había un alma en el contorno. Aun en
las noches de viernes, que en Bogotá son fragorosas, sólo se percibía el
resuello lento de la fábrica de cerveza o el alarido instantáneo de una ambulancia
desbocada en la avenida Boyacá. Además, de noche no sería fácil encontrar un
refugio inmediato en las calles desiertas, y las puertas de tiendas y hogares
estarían cerradas con aldabas y cerrojos superpuestos contra los riesgos de la
noche.
Sin embargo, la oportunidad se presentó el 6 de marzo —más calva
que nunca— y fue de noche. Uno de los guardianes había llevado una botella de
aguardiente y lo invitó a un trago, mientras veían un programa sobre Julio
Iglesias en la televisión. Pacho bebió poco y sólo por complacerlo. El guardián
había entrado de turno esa tarde, venía con los tragos adelantados y cayó
redondo antes de terminar la botella, y sin encadenar a Pacho. Éste, muerto de
sueño, no vio la oportunidad que le caía del cielo. Siempre que quisiera ir de
noche al baño debía acompañarlo su guardián de turno, pero prefirió no
perturbar su borrachera feliz. Salió al corredor oscuro con toda inocencia —tal
como estaba, descalzo y en calzoncillos— y pasó sin respirar frente al cuarto
donde dormían los otros guardianes. Uno roncaba como un rastrillo. Pacho no
había tomado conciencia hasta entonces de que se estaba fugando sin saberlo, y
de que lo más difícil había pasado. Una ráfaga de náusea le subió del estómago,
le heló la lengua y le desbocó el corazón. «No era el miedo de fugarme sino el
de no atreverme», diría más tarde. Entró al baño en tinieblas y ajustó la
puerta con una determinación sin regreso. Otro guardián, todavía medio dormido,
empujó la puerta y le alumbró la cara con una linterna. Ambos se quedaron
atónitos.
—¿Qué haces? —preguntó el guardián. Pacho le contestó con voz
firme: —Cagando.
No se le ocurrió nada más. El guardián movió la cabeza sin saber
qué pensar.
—Okey —dijo al fin—. Buen provecho.
Permaneció en la puerta alumbrándolo con el haz de la linterna,
sin pestañear, hasta que Pacho terminó lo suyo como si fuera cierto.
En el curso de la semana, vencido por la depresión del fracaso,
resolvió fugarse de una manera radical e irremediable. «Saco la cuchilla de la
maquinita de afeitar, me corto las venas, y amanezco muerto», se dijo. El día
siguiente, el padre Alfonso Llanos Escobar publicó en El Tiempo su columna
semanal, dirigida a Pacho Santos, en la cual le ordenaba en el nombre de Dios
que no se le ocurriera suicidarse. El artículo llevaba tres semanas en el
escritorio de Hernando Santos, que dudaba entre publicarlo o no —sin tener
claro por qué— y el día anterior lo decidió a última hora y también sin saber
por qué. Todavía, cada vez que lo cuenta, Pacho vuelve a vivir el estupor de
aquel día.
Un jefe segundón que visitó a Maruja a principios de abril le
prometió mediar para que su marido le mandara una carta que ella necesitaba
como una medicina del alma y del cuerpo. La respuesta fue increíble: «No hay
problema». El hombre se fue como a las siete de la noche. Hacia las doce y
media, después de la caminata por el patio, el mayordomo dio unos golpes
urgentes en la puerta atrancada por dentro, y le entregó la carta. No era
ninguna de las emisarias que Villamizar le había mandado con Guido Parra sino
la que le mandó con Jorge Luis Ochoa, y a la cual había puesto Gloria Pachón de
Galán una posdata consoladora. Al dorso del mismo papel, Pablo Escobar había
escrito una nota de su puño y letra: «Yo sé que esto ha sido terrible para
usted y para su familia, pero mi familia y yo también hemos sufrido muchísimo.
Pero no se preocupe, yo le prometo que a usted no le va a pasar nada, pase lo
que pase». Y terminaba con una confidencia marginal que a Maruja le pareció
inverosímil: «No le haga caso a mis comunicados de prensa que sólo son para
presionar». La carta del esposo, en cambio, la desalentó por su pesimismo. Le
decía que las cosas iban bien, pero que tuviera paciencia, porque la espera
podía ser todavía más larga. Seguro de que sería leída antes de entregarla,
Villamizar había terminado con una frase que en ese caso era más para Escobar
que para Maruja: «Ofrece tu sacrificio por la paz de Colombia». Ella se
enfureció. Había captado muchas veces los recados mentales que Villamizar le
mandaba desde su terraza, y le contestaba con toda el alma: «Sáquerne de aquí,
que ya no sé ni quién soy después de tantos meses de no mirarme en un espejo».
Con aquella carta tuvo un motivo más para contestarle de su puño
y letra que qué paciencia ni que paciencia carajo, con tanta como había tenido
y padecido en las noches de horror en que la despertaba de pronto el pasmo de
la muerte. Ignoraba que era una carta antigua, escrita entre el fracaso con
Guido Parra y las primeras entrevistas con los Ochoa, cuando aún no se
vislumbraba ni una luz de esperanza. No podía esperarse que fuera una carta
optimista, como lo hubiera sido en esos días en que ya parecía definido el
camino de su liberación.
Por fortuna, el malentendido sirvió para que Maruja tomara
conciencia de que su rabia podía no ser tanto por la carta como por un rencor
más antiguo e inconsciente contra el esposo: ¿por qué Alberto había permitido
que soltaran sola a Beatriz si era él quien manejaba el proceso? En diecinueve
años de vida común no había tenido tiempo, ni motivo ni valor para hacerse una
pregunta como ésa, y la respuesta que se dio a sí misma la volvió consciente de
la verdad: había resistido el secuestro porque sabía con seguridad absoluta que
su esposo dedicaba cada instante de su vida a tratar de liberarla, y que lo
hacía sin reposo y aun sin esperanzas por la seguridad absoluta de que ella lo
sabía. Era —aunque ni él ni ella lo supieran— un pacto de amor.
Se habían conocido diecinueve años antes en una reunión de
trabajo cuando ambos eran publicistas juveniles. «Alberto me gustó de una»,
dice Maruja. ¿Por qué? Ella no lo piensa dos veces: «Por su aire de desamparo».
Era la respuesta menos pensada. A primera vista, Villamizar parecía un ejemplar
típico del universitario inconforme de la época, con el cabello hasta los
hombros, la barba de anteayer y una sola camisa que lavaba cuando llovía. «A
veces me bañaba», dice hoy muerto de risa. A segunda vista era parrandero,
acostadizo y de genio atravesado. Pero Maruja lo vio de una vez a tercera
vista, como un hombre que podía perder la cabeza por una mujer bella, y más si
era inteligente y sensible, y más aún si tenía de sobra lo único que hacía
falta para acabar de criarlo: una mano de hierro y un corazón de alcachofa.
Preguntado qué le había gustado de ella, Villamizar contesta con
un gruñido. Tal vez porque Maruja, aparte de sus gracias visibles, no tenía las
mejores credenciales para enamorarse de ella. Estaba en la flor de sus treinta
años, se había casado por la Iglesia católica a los diecinueve, y tenía cinco
hijos de su esposo —tres mujeres y dos hombres—, que habían nacido con
intervalos de quince meses. «Se lo conté todo de una —dice Maruja para que
supiera que estaba metiéndose en terreno minado». El la oyó con otro gruñido, y
en vez de invitarla a almorzar le pidió a un amigo común que los invitara a los
dos. Al día siguiente la invitó él con el mismo amigo, al tercer día la invitó
a ella sola, y al cuarto día se vieron los dos sin almorzar. Así siguieron encontrándose
todos los días con las mejores intenciones. Cuando se le pregunta a Villamizar
si estaba enamorado o sólo quería acostarse con ella, dice en santandereano
puro: «No joda, era de lo más serio». Tal vez no se imaginaba él mismo hasta
qué punto lo era.
Maruja tenía un matrimonio sin sobresaltos, sin un sí ni un no,
perfecto, pero quizás le hacía falta el gramo de inspiración y de riesgo que
ella necesitaba para sentirse viva. Liberaba su tiempo para Villamizar con
pretextos de oficina. Inventaba más trabajo del que tenía, inclusive los
sábados desde las doce del día hasta las diez de la noche. Los domingos y
feriados improvisaban fiestas juveniles, conferencias de arte, cineclubes de
media noche, cualquier cosa, sólo por estar juntos. Él no tenía problemas: era
soltero y a la orden, vivía a su aire y comía a la carta, y con tantas novias
de sábado que era como no tener ninguna. Sólo le faltaba la tesis final para
ser médico cirujano como su padre, pero los tiempos eran más propicios para
vivir fe vida que para curar enfermos. El amor empezaba a salirse de los
boleros, se acabaron las esquelas perfumadas que habían durado cuatro siglos,
las serenatas lloradas, los monogramas en los pañuelos, el lenguaje de las
flores, los cines desiertos a las tres de la tarde, y el mundo entero andaba
como envalentonado contra la muerte por la demencia feliz de los Beatles.
Al año de conocerse se fueron a vivir juntos con los hijos de
Maruja en un apartamento de cien metros cuadrados. «Era un desastre», dice
Maruja. Con razón: vivían en medio de unas peloteras de todos contra todos, de
estropicios de platos rotos, de celos y suspicacias para niños y adultos. «A
veces lo odiaba a muerte», dice Maruja. «Y yo a ella», dice Villamizar. «Pero
sólo por cinco minutos», ríe Maruja. En octubre de 1971 se casaron en Ureña,
Venezuela, y fue como agregar un pecado más a su vida, porque el divorcio no
existía y muy pocos creían en la legalidad del matrimonio civil. A los cuatro
años nació Andrés, hijo único de los dos. Los sobresaltos continuaban pero les
dolían menos: la vida se había encargado de enseñarles que la felicidad del
amor no se hizo para dormirse en ella sino para joderse juntos.
Maruja era hija de Álvaro Pachón de la Torre, un periodista
estrella de los cuarenta, que había muerto con dos colegas notables en un
accidente de tránsito histórico en el gremio. Huérfana también de madre, ella y
su hermana Gloria habían aprendido a defenderse solas desde muy jóvenes. Maruja
había sido dibujante y pintora a los veinte años, publicista precoz, directora
y guionista de radio y televisión, jefe de relaciones públicas o publicidad de
empresas mayores, y siempre periodista. Su talento artístico y su carácter
impulsivo se imponían de entrada, con la ayuda de un don de mando bien
escondido tras el remanso de sus ojos gitanos. A Villamizar, por su lado, se le
olvidó la medicina, se cortó el pelo, tiró a la basura la camisa única, se puso
corbata, y se hizo experto en ventas masivas de todo lo que le dieran a vender.
Pero no cambió su modo de ser. Maruja reconoce que fue él, más que los golpes
de la vida, quien la curó del formalismo y las inhibiciones de su medio social.
Trabajaban cada uno por su lado y con éxito mientras los hijos
crecían en la es cuela. Maruja volvía a casa a las seis de la tarde para
ocuparse de ellos. Escarmentada por su propia educación estricta y
convencional, quiso ser una madre distinta que no asistía a las reuniones de
padres en el colegio ni ayudaba a hacer las tareas. Las hijas se quejaban:
«Queremos una mamá como las otras». Pero Maruja los sacó a pulso por el lado
contrario, con la independencia y la formación para hacer lo que les diera la
gana. Lo curioso es que a todos les dio la gana de ser lo que ella hubiera
querido que fueran. Mónica es hoy pintora egresada de la Academia de Bellas
Artes de Roma, y una diseñadora gráfica. Alexandra es periodista y programadora
y directora de televisión. Juana es guionista y directora de televisión y cine.
Nicolás es compositor de música para cine y televisión. Patricio es sicólogo
profesional. Andrés, estudiante de economía, picado por el alacrán de la
política gracias al mal ejemplo de su padre, fue elegido por votación popular,
a los veintiún años, edil de la alcaldía menor de Chapinero, en el norte de
Bogotá.
La complicidad de Luis Carlos Galán y Gloria Pachón desde que
eran novios fue decisiva para una carrera política que ni Alberto ni Maruja
habían vislumbrado. Galán, a sus treinta y siete años, entró en la recta final
para la presidencia de la república por el Nuevo Liberalismo. Su esposa Gloria,
también periodista, y Maruja, ya veterana en promoción y publicidad,
concibieron y dirigieron estrategias de imagen para seis campañas electorales.
La experiencia de Villamizar en ventas masivas le había dado un conocimiento
logístico de Bogotá que muy pocos políticos tenían. Los tres en equipo hicieron
en un mes frenético la primera campaña electoral del Nuevo Liberalismo en la
capital, y barrieron a electoreros curtidos. En las elecciones de 1982
Villamizar se inscribió en el sexto renglón de una lista que no esperaba elegir
más de cinco representantes para la Cámara, y eligió nueve. Por desgracia,
aquella victoria fue el preludio de una nueva vida que había de conducir a
Alberto y a Maruja —ocho años después— a la tremenda prueba de amor del
secuestro. Unos diez días después de la carta, el jefe grande al que llamaban
el Doctor —ya reconocido como el gran gerente del secuestro—, visitó a Maruja
sin anunciarse. Después de verlo en la primera casa adonde la llevaron la noche
de la captura, había vuelto unas tres veces antes de la muerte de Marina.
Mantenía con ésta largas conversaciones en susurros, sólo explicables por una
confianza muy antigua. Su relación con Maruja había sido siempre la peor. Para
cualquier intervención de ella, por simple que mera, tenía una réplica altanera
y un tono brutal.
«Usted no tiene nada que decir aquí». Cuando estaban todavía las
tres rehenes ella quiso hacerle un reclamo por las condiciones miserables del
cuarto a las que atribuía su tos pertinaz y sus dolores erráticos.
—Yo he pasado noches peores en sitios mil veces peores que éste
—le contestó él con rabia—. ¿Qué se creen ustedes?
Sus visitas eran anuncios de grandes acontecimientos, buenos o
malos, pero siempre decisivos. Esta vez, sin embargo, alentada por la carta de
Escobar, Maruja tuvo ánimos para enfrentarlo.
La comunicación fue inmediata y de una fluidez sorprendente.
Ella empezó por preguntarle sin resentimientos qué quería Escobar, cómo iba la
negociación, qué posibilidades había de que se entregara pronto. Él le explicó
sin reticencias que nada sería fácil sin las garantías suficientes para la
seguridad de Pablo Escobar y la de su familia y su gente. Maruja le preguntó
por Guido Parra, cuya gestión la había ilusionado y cuya desaparición súbita la
intrigaba.
—Es que no se portó muy bien —le dijo él sin dramatismo—. Ya
está afuera.
Aquello podía interpretarse de tres modos: o había perdido su
poder, o en realidad se había ido del país —como se publicó— o lo habían
matado. Él se escapó con la respuesta de que en realidad no lo sabía.
En parte por una curiosidad irresistible, y en parte por ganarse
su confianza, Maruja preguntó también quién había escrito una carta que los
Extraditables habían dirigido en esos días al embajador de los Estados Unidos
sobre la extradición y el tráfico de drogas. No sólo le había llamado la
atención por la fuerza de sus argumentos sino por la buena redacción. El Doctor
no lo sabía a ciencia cierta, pero le constaba que Escobar escribía él mismo
sus cartas, repensando y repitiendo borradores hasta que lograba decir lo que
quería sin equívocos ni contradicciones. Al final de la charla de casi dos
horas, el Doctor volvió a abordar el tema de la entrega. Maruja se dio cuenta
de que estaba más interesado de lo que pareció al principio y que no sólo
pensaba en la suerte de Escobar sino también en la propia. Ella, por su parte,
tenía un criterio bien formado de las controversias y la evolución de los
decretos, conocía las menudencias de la política de sometimiento y las
tendencias de la Asamblea Constituyente sobre la extradición y el indulto.
—Si Escobar no piensa quedarse por lo menos catorce años en la
cárcel —dijo— no creo que el gobierno vaya aceptarle la entrega.
El apreció tanto la opinión, que tuvo una idea insólita: «¿Por
qué no le escribe una carta al Patrón?». Y enseguida, ante el desconcierto de
Maruja, insistió.
—En serio, escríbale eso —le dijo—. Puede servir de mucho.
Dicho y hecho. Le llevó papel y lápiz, y esperó sin prisa,
paseándose de un extremo al otro del cuarto. Maruja se fumó media cajetilla de
cigarrillos desde la primera letra hasta la última mientras escribía, sentada
en la cama y con el papel apoyado en una tabla. En términos sencillos le dio
las gracias a Escobar por la seguridad que fe habían infundido sus palabras. Le
dijo que no tenía sentimientos de venganza contra él ni contra los que estaban
a cargo de su secuestro, y a todos les agradeció la forma digna con que la
habían tratado. Esperaba que Escobar pudiera acogerse a los decretos del
gobierno para que lograra un buen futuro para él y para sus hijos en su país.
Por último, con la misma fórmula que Villamizar le había sugerido en su carta,
ofreció su sacrificio por la paz de Colombia. El Doctor esperaba algo más
concreto sobre las condiciones de la entrega, pero Maruja lo convenció de que
el efecto sería el mismo sin incurrir en detalles que pudieran parecer
impertinentes o que fueran mal interpretados. Tuvo razón: la carta fue
distribuida a la prensa por Pablo Escobar, que en ese momento la tenía a su
alcance por el interés de la rendición.
Maruja le escribió a Villamizar en el mismo correo una carta muy
distinta de la que había concebido bajo los efectos de la rabia, y así logró
que él reapareciera en la televisión después de muchas semanas de silencio. Esa
noche, bajo los efectos del somnífero arrasador, soñó que Escobar bajaba de un
helicóptero protegiéndose con ella de una ráfaga de balas como en una versión
futurista de las películas de vaqueros.
Al final de la visita, el Doctor había dado instrucciones a la
gente de la casa para que se esmeraran en el trato a Maruja. El mayordomo y
Damaris estaban tan contentos con las nuevas órdenes, que a veces se excedieron
en sus complacencias. Antes de despedirse, el Doctor había decidido cambiar la
guardia. Maruja le pidió que no. Los jóvenes bachilleres, que cumplían el turno
de abril, habían sido un alivio después de los desmanes de marzo, y seguían
manteniendo con ella una relación pacífica. Maruja se había ganado la
confianza. Le comentaban lo que oían al mayordomo y su mujer y la ponían al
comente de contrariedades internas que antes eran secretos de Estado. Llegaron
a prometerle —y Maruja lo creyó— que si alguien intentaba algo contra ella
serían los primeros en impedirlo. Le demostraban sus afectos con golosinas que
se robaban en la cocina, y le regalaron una lata de aceite de oliva para
disimular el sabor abominable de las lentejas.
Lo único difícil era la inquietud religiosa que los atormentaba
y que ella no podía satisfacer por su incredulidad congénita y su ignorancia en
materias de fe. Muchas veces corrió el riesgo de estropear la armonía del
cuarto. «A ver cómo es la vaina —les preguntaba—. ¿Si es pecado matar por que
matan ustedes?» Los desafiaba: «Tantos rosarios a las seis de la tarde, tantas
veladoras, tantas vainas con el Divino Niño, y si yo tratara de escaparme no
pensarían en él para matarme a tiros». Los debates llegaron a ser tan
virulentos que uno de ellos gritó espantado:
—¡Ustedes atea!
Ella gritó que sí. Nunca pensó causar semejante estupor.
Consciente de que su radicalismo ocioso podía costarle caro, se inventó una
teoría cósmica del mundo y de la vida que les permitía discutir sin altercados.
De modo que la idea de reemplazarlos por otros desconocidos no era
recomendable. Pero el Doctor le explicó:
—Es para resolverle esta vaina de las ametralladoras.
Maruja entendió lo que quería decir cuando llegaron los del
nuevo turno. Eran unos lavapisos desarmados que limpiaban y trapeaban todo el
día, hasta el extremo de que estorbaban más que la basura y el mal estado de
antes. Pero la tos de Maruja desapareció poco a poco, y el nuevo orden le
permitió asomarse a la televisión con una tranquilidad y una concentración que
eran convenientes para su salud y su equilibrio.
La incrédula Maruja no le prestaba la menor atención a El Minuto
de Dios, un raro programa de sesenta segundos en el cual el sacerdote budista
de ochenta y dos años, Rafael García Herreros, hacía una reflexión más social
que religiosa, y muchas veces críptica. En cambio Pacho Santos, que es un
católico ferviente y practicante, se interesaba en el mensaje que tenía muy
Poco en común con el de los políticos profesionales. El padre era una de las
caras más conocidas del país desde enero de 1955, cuando se inició el programa
en el canal 7 de la Televisora Nacional. Antes había sido una voz conocida en
una emisora de Cartagena desde 1950, en una de Cali desde enero del 52, en
Medellín desde setiembre del 54 y en Bogotá desde diciembre de ese mismo año.
En la televisión empezó casi al mismo tiempo de la inauguración del sistema. Se
distinguía por su estilo directo y a veces brutal, y hablaba con sus ojos de
águila fijos en el espectador. Todos los años, desde 1961, había organizado el
Banquete del Millón, al cual asistían personas muy conocidas —o que querían
serlo— y pagaban un millón de pesos por una taza de consomé y un pan servidos
por una reina de la belleza, para recolectar fondos destinados a la obra social
que llevaba el mismo nombre del programa. La invitación más estruendosa fue la
que hizo en 1968 con una carta personal a Brigitte Bardot. La aceptación
inmediata de la actriz provocó el escándalo de la mojigatería local, que
amenazó con sabotear el banquete. El padre se mantuvo en su decisión. Un incendio
más que oportuno en los estudios de Boulogne, en París, y la explicación
fantástica de que no había lugar en los aviones, fueron los dos pretextos con
que se sorteó el gran ridículo nacional.
Los guardianes de Pacho Santos eran espectadores asiduos de El
Minuto de Dios, pero ellos sí se interesaban por su contenido religioso más que
por el social. Creían a ciegas, como la mayoría de las familias de los tugurios
de Antioquia, que el padre era un santo. El tono era siempre crispado y el
contenido —a veces— incomprensible. Pero el programa del 18 de abril —dirigido
sin duda pero sin nombre propio a Pablo Escobar— fue indescifrable. Me han
dicho que quiere entregarse. Me han dicho que quisiera hablar conmigo —dijo el
padre García Herreros mirando directo a fe cámara—. ¡Oh, mar! ¡Oh, mar de
Coveñas a las cinco de la tarde cuando el sol está cayendo! ¿Qué debo hacer? Me
dicen que él está cansado de su vida y con su bregar, y no puedo contarle a
nadie mi secreto. Sin embargo, me está ahogando interiormente. Dime ¡Oh, mar!:
¿Podré hacerlo? ¿Deberé hacerlo? Tú que sabes toda la historia de Colombia, tú
que viste a los indios que adoraban en esta playa, tú que oíste el rumor de la
historia: ¿deberé hacerlo? ¿Me rechazarán si lo hago? ¿Me rechazarán en
Colombia? Si lo hago: ¿se formará una balacera cuando yo vaya con ellos? ¿Caeré
con ellos en esta aventura?
Maruja también lo oyó, pero le pareció menos raro que a muchos
colombianos, porque siempre había pensado que al padre le gustaba divagar hasta
extraviarse en las galaxias. Lo veía más bien como un aperitivo ineludible del
noticiero de las siete. Aquella noche le llamó la atención porque todo lo que
tuviera que ver con Pablo Escobar tenía que ver también con ella. Quedó
perpleja e intrigada, y muy inquieta con la incertidumbre de lo que pudiera
haber en el fondo de aquel galimatías providencial. Pacho, en cambio, seguro de
que el padre lo sacaría de aquel purgatorio, se abrazó de alegría con su
guardián.
10
El mensaje del padre García Herreros abrió una brecha en el
callejón sin salida. A Alberto Villamizar le pareció un milagro, pues en
aquellos días había estado repasando nombres de posibles mediadores que fueran
más confiables para Escobar por su imagen y sus antecedentes. También Rafael
Pardo tuvo noticia del programa y lo inquietó la idea de que hubiera alguna
filtración en su oficina. De todos modos, tanto a él como a Villamizar les
pareció que el padre García Herreros podía ser el mediador apropiado para la
entrega de Escobar.
A fines de marzo, en efecto, las cartas de ida y vuelta no
tenían nada más que decir. Peor: era evidente que Escobar estaba usando a
Villamizar como instrumento para mandar recados al gobierno sin dar nada a
cambio. Su última carta era ya una lista de quejas interminables. Que la tregua
no estaba rota pero había dado libertad a su gente para que se defendiera de
los cuerpos de seguridad, que éstos estaban incluidos en la lista de los
grandes atentados, que si no había soluciones rápidas iban a incrementar los
ataques sin discriminaciones contra la policía y la población civil. Se quejaba
de que el procurador sólo hubiera destituido a dos oficiales, si los acusados
por los Extraditables eran veinte. Cuando Villamizar se encontraba sin salida
lo discutía con Jorge Luis Ochoa, pero cuando había algo más delicado éste
mismo lo mandaba a la finca de su padre en busca de buenos consejos. El viejo
le servía a Villamizar medio vaso del whisky sagrado. «Tómeselo todo —le decía—
que yo no sé cómo aguanta usted esta tragedia tan macha». Así estaban las cosas
a principios de abril, cuando Villamizar volvió a La Loma y le hizo a don Fabio
un relato pormenorizado de sus desencuentros con Escobar. Don Fabio compartió
su desencanto.
—Ya no vamos a carajear más con cartas —decidió—. Si seguimos
con eso va a pasar un siglo. Lo mejor es que usted mismo se entreviste con
Escobar y pacten las condiciones que quieran.
El mismo don Fabio mandó la propuesta. Le hizo saber a Escobar
que Villamizar estaba dispuesto a dejarse llevar con todos los riesgos dentro
del baúl de un automóvil. Pero Escobar no aceptó. «Yo tal vez hablo con
Villamizar, pero no ahora», contestó. Tal vez temeroso todavía del dispositivo
electrónico de seguimiento que podía llevar escondido en cualquier parte,
inclusive bajo la corona de oro de una muela.
Mientras tanto seguía insistiendo en que se sancionara a los
policías, y en las acusaciones a Maza Márquez de estar aliado con los
paramilitares y el cartel de Cali para matar a su gente. Esta acusación, y la
de haber matado a Luis Carlos Galán, eran dos obsesiones encarnizadas de
Escobar contra el general Maza Márquez. Éste contestaba siempre en público o en
privado que por el momento no hacía la guerra contra el cartel de Cali porque
su prioridad era el terrorismo de los narcotraficantes y no el narcotráfico.
Escobar, por su parte, había escrito en una carta a Villamizar, sin que viniera
a cuento: «Dígale a doña Gloria que a su marido lo mató Maza, de eso no le
quepa la menor duda». Ante la reiteración constante de esa acusación, la
respuesta ce Maza fue siempre la misma: «El que más sabe que no es cierto es el
mismo Escobar».
Desesperado con aquella guerra sangrienta y estéril que
derrotaba cualquier iniciativa de la inteligencia, Villamizar intentó un último
esfuerzo por conseguir que el gobierno hiciera una tregua para negociar. No fue
posible. Rafael Pardo le había hecho ver desde el principio que mientras las
familias de los secuestrados chocaban con la determinación del gobierno de no
hacer la mínima concesión, los enemigos de la política de sometimiento acusaban
al gobierno de estar entregando el país a los traficantes.
Villamizar —acompañado en esa ocasión por su cuñada, doña Gloria
de Galán— visitó también al general Gómez Padilla, director general de la
Policía. Ella le pidió al general una tregua de un mes para intentar un
contacto personal con Escobar.
—Nos morimos de la pena, señora —le dijo el general—, pero no
podemos parar los operativos contra este criminal. Usted está actuando bajo su
riesgo, y lo único que podemos hacer es desearle buena suerte.
Fue todo lo que consiguieron ante el hermetismo de la policía
para impedir las filtraciones inexplicables que le habían permitido a Escobar
burlar los cercos mejor tendidos. Pero doña Gloria no se fue con las manos
vacías, pues un oficial le dijo al despedirse que a Maruja la tenían en algún
lugar del departamento de Nariño, en la frontera con el Ecuador. Ella sabía por
Beatriz que estaba en Bogotá, de modo que el despiste de la policía le disipó
el temor de una operación de rescate.
Las especulaciones de prensa sobre las condiciones de la entrega
de Escobar habían alcanzado por aquellos días proporciones de escándalo
internacional. Las negativas de la policía, las explicaciones de todos los
estamentos del gobierno, y aun del presidente en persona, no acabaron de
convencer a muchos de que no había negociaciones y componendas secretas para la
entrega.
El general Maza Márquez creía que era cierto. Más aún: estuvo
siempre convencido —y se lo dijo a todo el que quiso oírlo— que su destitución
sería una de las condiciones capitales de Escobar para su entrega. El
presidente Gaviria parecía disgustado desde antes con algunas declaraciones de
rueda libre que Maza Márquez hacía a la prensa y por rumores nunca confirmados
de que algunas filtraciones obligadas eran obra suya. Pero en aquel momento
—después de tantos años en su cargo, con una popularidad inmensa por su mano
dura contra la delincuencia y su inefable devoción por el Divino Niño— no era
probable que tomara la determinación de destituirlo en frío. Maza tenía que ser
consciente de su poder, pero también debía saber que el presidente terminaría
por ejercer el suyo, y lo único que había pedido —mediante mensajes de amigos
comunes— era que le avisaran con bastante tiempo para poner a salvo a su
familia.
El único funcionario autorizado para mantener contactos con los
abogados de Pablo Escobar —y siempre con constancia escrita— era el director de
Instrucción Criminal, Carlos Alberto Mejía. A él le correspondió por ley
acordar los detalles operativos de la entrega y las condiciones de seguridad y
de vida dentro de la cárcel.
El ministro Giraldo Ángel en persona revisó las opciones
posibles. Le había interesado el pabellón de alta seguridad de Itagüí desde que
se entregó Fabio Ochoa, en noviembre del año anterior, pero los abogados de
Escobar lo objetaron por ser un blanco fácil para carrobombas. También le
pareció aceptable la idea de convertir en cárcel blindada un convento del
Poblado —cerca del edificio residencial donde Escobar había escapado a la
explosión de doscientos kilos de dinamita que atribuyó al cartel de Calipero las
monjas propietarias no quisieron venderlo. Había propuesto reforzar la cárcel
de Medellín, pero se opuso el Consejo Municipal en pleno. Alberto Villamizar,
temeroso de que la entrega se frustrara por falta de cárcel, intercedió con
razones de peso en favor de la propuesta que Escobar había hecho en octubre del
año anterior: el Centro Municipal para Drogadictos El Claret, a doce kilómetros
del parque principal de Envigado, en una finca conocida como La Catedral del
Valle, que estaba inscrita a nombre de un testaferro de Escobar. El gobierno
estudiaba la posibilidad de tomar el centro en arriendo y acondicionarlo como
cárcel, consciente como era de que Escobar no se entregaría s no solucionaba el
problema de su propia seguridad. Sus abogados exigían que las guardias fueran
de antioquenos y que la seguridad externa corriera a cargo de cualquier cuerpo
armado menos de la policía, por temor a represalias por los agentes asesinados
en Medellín.
El alcalde de Envigado, responsable de la obra definitiva, tomó
nota del informe del gobierno, y emprendió la dotación de la cárcel, que
debería entregar al Ministerio de Justicia conforme al contrato de
arrendamiento firmado entre los dos. La construcción básica era de una
simplicidad escolar, con pisos de cemento, techos de teja y puertas metálicas
pintadas de verde. El área administrativa en lo que fue la antigua casa de la
finca estaba compuesta por tres pequeños salones, la cocina, un patio empedrado
y la celda de castigo. Tenía un dormitorio colectivo de cuatrocientos metros
cuadrados, y otro salón amplio para biblioteca y sala de estudios, y seis
celdas individuales con baño privado. En el centro había un espacio comunal de
unos seiscientos metros cuadrados, con cuatro duchas, un vestidor y seis
sanitarios. El acondicionamiento había empezado en febrero, con setenta obreros
de planta que dormían por turnos unas pocas horas al día. La topografía
difícil, el pésimo estado de la vía de acceso y el fuerte invierno obligaron a
prescindir de volquetas y camiones, y tuvieron que transportar gran parte del
mobiliario a lomo de muía. Los primeros fueron dos calentadores de agua para
cincuenta litros cada uno, los catres cuartelarios y unas dos docenas de pequeños
butacos de tubos pintados de amarillo. Veinte materas con plantas ornamentales
—araucarias aureles y palmas arecas— completaron el decorado interior. Como el
antiguo reclusorio no contaba con redes para teléfono, la comunicación de la
cárcel se haría al principio por el sistema de radio. El costo final de la obra
fue de ciento veinte millones de pesos que pagó el municipio de Envigado. En
los cálculos iniciales se había previsto para ocho meses, pero cuando entró en
escena el padre García Herreros se apresuraron los trabajos a marchas forzadas.
Otro obstáculo para la rendición había sido el desmonte del
ejército privado de Escobar. Éste, al parecer, no consideraba la cárcel como un
instrumento de la ley sino como un santuario contra sus enemigos y aun contra
la misma justicia ordinaria, pero no lograba la unanimidad para que su tropa se
entregara con él. Su argumento era que no podía ponerse a buen recaudo con su
familia y dejar a sus cómplices a merced del Cuerpo Élite. «Yo no me mando
solo», dijo en una carta. Pero ésta era para muchos una verdad a medias, pues
también es probable que quisiera tener consigo y completo su equipo de trabajo
para seguir manejando sus negocios desde la cárcel. De todos modos, el gobierno
prefería encerrarlos juntos con Escobar. Eran cerca de cien bandas que no estaban
en pie de guerra permanente, pero servían como reservistas de primera línea,
fáciles de reunir y armar en pocas horas. Se trataba de conseguir que Escobar
desarmara y se llevara consigo a la cárcel a sus quince o veinte capitanes
intrépidos.
En las pocas entrevistas personales que tuvo Villamizar con el
presidente Gaviria, la posición de éste fue siempre facilitarle sus diligencias
privadas para liberar a los secuestrados. Villamizar no cree que el gobierno
hiciera negociaciones distintas de las que le autorizó a él, y éstas estaban
previstas en la política de sometimiento. El ex presidente Turbay y Hernando
Santos —aunque nunca lo manifestaron y sin desconocer las dificultades
institucionales del gobierno— esperaban sin duda un mínimo de flexibilidad del
presidente. Las mismas negativas de éste a cambiar los plazos establecidos en
los decretos frente a la insistencia, la súplica y los reclamos de Nydia,
seguirán siendo una espina en el corazón de las familias que lo reclamaban. Y
el hecho de que sí los hubiera cambiado tres días después de la muerte de Diana
es algo que la familia de ésta no entenderá nunca. Por desgracia —había dicho
el presidente en privado— el cambio de fecha a esas alturas no hubiera impedido
la muerte de Diana tal como ella ocurrió.
Escobar no se conformó nunca con un solo canal, ni dejó un
minuto de tratar de negociar con Dios y con el diablo, con toda clase de armas,
legales o ¡legales. No porque se fiara más de otros que de unos, sino porque
nunca confió en ninguno. Aun cuando ya tenía asegurado lo que esperaba de
Villamizar, seguía acariciando el sueño del indulto político, surgido en 1989,
cuando los narcos mayores y muchos de sus secuaces consiguieron carnés de
militantes del M-19 para acomodarse en las listas de guerrilleros amnistiados.
El comandante Carlos Pizarro les cerró el paso con requisitos imposibles. Dos
años después, Escobar buscaba un segundo aire a través de la Asamblea
Constituyente, varios de cuyos miembros fueron presionados por distintos
medios, desde ofertas de dinero en rama hasta intimidaciones graves.
Pero también los enemigos de Escobar se atravesaron en sus
propósitos. Ése fue el origen de un llamado narcovídeo, que causó un escándalo
tan ruidoso como estéril. Se suponía filmado con una cámara oculta en el cuarto
de un hotel, en el momento en que un miembro de la Asamblea Constituyente
recibía dinero en efectivo de un supuesto abogado de Escobar. El constituyente
había sido elegido en las listas del M-19, pertenecía en realidad al grupo de
paramilitares al servicio del cartel de Cali en su guerra contra el cartel de
Medellín, y su crédito no alcanzó para convencer a nadie. Meses después, un
jefe de milicias privadas que se desmovilizó ante la justicia contó que su
gente había hecho aquella burda telenovela para usarla como prueba de que
Escobar estaba sobornando constituyentes y que, por consiguiente, el indulto o
la no extradición estarían viciados.
Entre los muchos frentes que trataba de abrir, Escobar intentó
negociar la liberación de Pacho Santos a espaldas de Villamizar, cuando las
gestiones de éste estaban a punto de culminar. A través de un sacerdote amigo
le mandó un mensaje a Hernando Santos a fines de abril, para que se
entrevistara con uno de sus abogados en la iglesia de Usaquén. Se trataba
—decía el mensaje— de una gestión de suma importancia para la liberación de
Pacho. Hernando no sólo conocía al sacerdote, sino que lo consideraba como un
santo vivo, de modo que concurrió a la cita solo y puntual a las ocho de la
noche del día señalado. En la penumbra de la iglesia, el abogado apenas visible
le advirtió que no tenía nada que ver con los carteles, pero que Pablo Escobar
había sido el padrino de su carrera y no podía negarle aquel favor. Su misión
se limitaba a entregarle dos textos: un informe de Amnistía Internacional
contra la policía de Medellín, y el original de una nota con ínfulas de
editorial sobre los atropellos del Cuerpo Élite.
—Yo he venido aquí pensando sólo en la vida de su hijo —dijo el
abogado—. Si estos artículos se publican mañana, al día siguiente Francisco
estará libre.
Hernando leyó el editorial inédito con sentido político. Eran
los hechos tantas veces denunciados por Escobar, pero con pormenores
espeluznantes imposibles de demostrar. Estaba escrito con seriedad y malicia
sutil. El autor, según el abogado, era el mismo Escobar. En todo caso, parecía
su estilo.
El documento de Amnistía Internacional estaba ya publicado en
otros periódicos y Hernando Santos no tenía inconveniente en repetirlo. En
cambio, el editorial era demasiado grave para publicarlo sin pruebas. «Que me
las mande y lo publicamos enseguida aun si no sueltan a Pacho», dijo Hernando.
No había más que hablar. El abogado, consciente de que su misión había
terminado, quiso aprovechar la ocasión para preguntarle a Hernando cuánto le
había cobrado Guido Parra por su mediación.
—Ni un centavo —contestó Hernando—. Nunca se habló de plata.
—Dígame la verdad —dijo el abogado—, porque Escobar controla las
cuentas, lo controla todo, y le hace falta ese dato.
Hernando repitió la negativa, y la cita terminó con una
despedida formal.
Tal vez la única persona convencida por aquellos días de que las
cosas estaban a punto de llegar a término fue el astrólogo colombiano Mauricio
Puerta —observador atento de la vida nacional a través de las estrellas quien
había llegado a conclusiones sorprendentes sobre la carta astral de Pablo
Escobar.
Había nacido en Medellín el 1 de diciembre de 1949 a las 11.50
a.m.
Por consiguiente era un Sagitario con ascendente Piscis, y con
la peor de las conjunciones:
Marte junto con Saturno en Virgo. Sus tendencias eran:
autoritarismo cruel, despotismo, ambición insaciable, rebeldía, turbulencia,
insubordinación, anarquía, indisciplina, ataques a la autoridad. Y un desenlace
terminante: muerte súbita.
Desde el 30 de marzo de 1991 tenía a Saturno en cinco grados
para los tres años siguientes, y sólo le quedaban tres alternativas para
definir su destino: el hospital, el cementerio o la cárcel. Una cuarta opción
—el convento— no parecía verosímil en su caso. De todos modos la época era más
favorable para acordar los términos de una negociación que para cerrar un trato
definitivo. Es decir: su mejor opción era la entrega condicionada que le
proponía el gobierno.
«Muy inquieto debe estar Escobar para que se interese tanto por
su carta astral», dijo un periodista. Pues tan pronto como tuvo noticia de
Mauricio Puerta quiso conocer su análisis hasta en sus mínimos detalles. Sin
embargo, dos enviados de Escobar no llegaron a su destino, y uno desapareció
para siempre. Puerta organizó entonces en Medellín un seminario muy publicitado
para ponerse al alcance de Escobar, pero una serie de inconvenientes extraños
impidió el encuentro. Puerta los interpretó como un recurso de protección de
los astros para que nada interfiriera un destino que era ya inexorable.
También la esposa de Pacho Santos tuvo la revelación
sobrenatural de una vidente que había prefigurado la muerte de Diana con una
claridad asombrosa, y le había dicho a día con igual seguridad que Pacho estaba
vivo. En abril volvió a encontrarla en un sitio público, y le dijo de paso al
oído:
—Te felicito. Ya veo la llegada.
Éstos eran los únicos indicios alentadores cuando el padre
García Herreros transmitió su mensaje críptico a Pablo Escobar. Cómo llegó a
esa determinación providencial, y qué tenía que ver con ella el mar de Coveñas,
es algo que aún sigue intrigando al país. Sin embargo, la manera como se le
ocurrió es todavía más intrigante. El viernes 12 de abril de 1991 había
visitado al doctor Manuel Patarroyo —feliz inventor de la vacuna contra la
malaria— para pedirle que instalara en El Minuto de Dios un puesto médico para
la detección precoz del SIDA. Lo acompañó —además de un joven sacerdote de su
comunidad— un antioqueño de todo el maíz, grande amigo suyo, que lo asesoraba
en sus asuntos terrenales. Por decisión propia, este benefactor que ha pedido
no ser mencionado con su nombre, no sólo había construido y donado la capilla
personal del padre García Herreros sino que tributaba diezmos voluntarios para
su obra social. En el automóvil que los llevaba al Instituto de Inmunología del
doctor Patarroyo, sintió una especie de inspiración apremiante.
—Óigame una cosa, padre —le dijo—. ¿Por qué no se mete usted en
esa vaina para ayudar a que Pablo Escobar se entregue?
Lo dijo sin preámbulos y sin ningún motivo consciente. «Fue un
mensaje de allá arriba», contaría después, como se refiere siempre a Dios, con
un respeto de siervo y una confianza de compadre. El sacerdote lo recibió como
un flechazo en el corazón. Se puso lívido. El doctor Patarroyo, que no lo
conocía, se sintió impresionado por la energía que irradiaban sus ojos y su
sentido del negocio, pero su acompañante lo vio distinto. «El padre estaba como
flotando —ha dicho—. Durante la visita no pensó en nada más que en lo que yo le
había dicho, y a la salida lo vi tan acelerado que me asusté». Así que se lo
llevó a descansar el fin de semana en una casa de vacaciones en Coveñas, un
balneario popular del Caribe donde recalan miles de turistas y termina un
oleoducto con doscientos cincuenta mil barriles diarios de petróleo crudo.
El padre no tuvo un instante de sosiego. Apenas si dormía, se
levantaba en mitad de las comidas, hacía largas caminatas por la playa a
cualquier hora del día o de la noche. «Oh, mar de Coveñas —gritaba contra el
fragor de las olas—. ¿Podré hacerlo? ¿Deberé hacerlo? Tú que todo lo sabes: ¿no
moriremos en el intento?» Al cabo de las caminatas atormentadas entraba en la
casa con un dominio pleno de su ánimo, como si hubiera recibido de veras las
respuestas del mar, y discutía con su anfitrión hasta los mínimos detalles del
proyecto. El martes, cuando regresaron a Bogotá, tenía una visión de conjunto
que le devolvió la serenidad. El miércoles reinició la rutina: se levantó a las
seis, se duchó, se puso el vestido negro con el cuello clerical y encima la
ruana blanca infaltable, y puso al día los asuntos atrasados con la ayuda de
Paulina Garzón, su secretaria indispensable durante media vida. Esa noche hizo
el programa sobre un tema distinto que no tenía nada que ver con la obsesión
que lo embargaba. El jueves en la mañana, tal como se lo había prometido, el
doctor Patarroyo le hizo llegar una respuesta optimista a su solicitud. El
padre no almorzó. A las siete menos diez minutos llegó a los estudios de
Inravisión, de donde se transmitía su programa, e improvisó frente a las
cámaras el mensaje directo a Escobar. Fueron sesenta segundos que cambiaron la
poca vida que le quedaba. De regreso a casa lo recibieron con un canasto de
mensajes telefónicos de todo el país, y una avalancha de periodistas que a
partir de aquella noche no iban a perderlo de vista hasta que cumpliera su
propósito de llevar de la mano a Pablo Escobar hasta la cárcel.
El proceso final empezaba, pero los pronósticos eran inciertos,
porque la opinión pública estaba dividida entre las muchedumbres que creían que
el buen sacerdote era un santo y los incrédulos convencidos de que era medio
loco. La verdad es que su vida demostraba muchas cosas menos que lo fuera.
Había cumplido ochenta y dos años en enero, iba a cumplir en agosto cincuenta y
dos de ser sacerdote, y era de lejos el único colombiano influyente que nunca
soñó con ser presidente de la república. Su cabeza nevada y su ruana de lana
blanca sobre la sotana complementaban una de las imágenes más respetables del
país. Cometió versos que publicó en un libro a los diecinueve años, y otros
más, también de juventud, con el seudónimo de Senescens. Obtuvo un premio
olvidado con un libro de cuentos, y cuarenta y seis condecoraciones por su obra
social. En las buenas y en las malas tuvo siempre los pies bien plantados sobre
la tierra, hacía vida social de laico, contaba y se dejaba contar chistes de
cualquier color, y a la hora de la verdad le salía lo que siempre fue debajo de
su ruana sabanera: un santandereano de hueso colorado.
Vivía con una austeridad monástica en la casa cural de la
parroquia de San Juan de Eudes, en un cuarto cribado de goteras que se negaba a
reparar. Dormía en una cama de tablas sin colchón y sin almohada y con el
sobrecama hecho de retazos de colores en figura de casitas, que le habían
bordado unas monjas de la caridad. No aceptó una almohada de plumas que alguna
vez le ofrecieron porque le parecía contrario a la ley de Dios. No cambiaba de
zapatos mientras no le regalaran un par nuevo, ni reemplazaba su ropa y su
eterna ruana blanca mientras no le regalaran otras. Comía poco, pero tenía buen
gusto en la mesa y sabía apreciar la buena comida y los vinos de clase, pero no
se dejaba invitar a restaurantes de lujo por temor de que creyeran que pagaba
él. En uno de ellos vio una dama de alcurnia con un diamante del tamaño de una
almendra en el anillo.
—Con una sortija como ésa —le dijo de frente— yo haría unas
ciento veinte casitas para los pobres.
La dama, aturdida por la frase, no supo qué contestar, pero al
día siguiente le mandó el anillo con una nota cordial. No alcanzó para las
ciento veinte casas, por supuesto, pero el padre las construyó de todos modos.
Paulina Garzón de Bermúdez era natural de Chipatá, Santander del
Sur, y había llegado a Bogotá con su madre en 1961 a la edad de quince años, y
con una recomendación de mecanógrafa experta. Lo era, en efecto, pero en cambio
no sabía hablar por teléfono y sus listas del mercado eran indescifrables por
sus horrores de ortografía, pero aprendió a hacer bien ambas cosas para que el
padre la empleara. A los veinticinco años se casó y tuvo un hijo —Alfonso—, y
una hija —María Constanza—, que hoy son ingenieros de sistema. Paulina se las
arregló para seguir trabajando con el padre, quien le soltaba poco a poco
derechos y deberes hasta que se le volvió tan indispensable que viajaban juntos
dentro y fuera del país, pero siempre en compañía de otro sacerdote. «Para evitar
rumores», explica Paulina. Terminó por acompañarlo a todas partes, aunque sólo
fuera para ponerle y quitarle los lentes de contacto como nunca pudo hacerlo él
mismo.
En sus últimos años el padre perdía audición por el oído
derecho, se volvió irritable, y se exasperaba con los huecos de su memoria.
Poco a poco había ido descartando las oraciones clásicas, e improvisaba las
suyas en voz alta con una inspiración de iluminado. Su fama de lunático crecía
al mismo tiempo que la creencia popular de que tenía el poder sobrenatural de
hablar con las aguas y de gobernar su curso y su conducta. Su actitud
comprensiva en el caso de Pablo Escobar hizo recordar una frase suya sobre el
regreso del general Gustavo Rojas Pinilla, en agosto de 1957, para ser juzgado
por el Congreso: «Cuando un hombre se entrega a la ley, aunque fuera culpable,
merece un profundo respeto». Casi al final de su vida, en un Banquete del
Millón cuya organización había sido muy problemática, un amigo le preguntó qué
iba a hacer después, y él le dio una respuesta de diecinueve años: «Quiero
tenderme en un potrero a mirar las estrellas».
Al día siguiente del mensaje radial —sin anuncio ni trámites
previos—, el padre García Herreros se presentó en la cárcel de Itagüí, para
preguntarles a los hermanos Ochoa cómo podía ser útil en la entrega de Escobar.
A los Ochoa les dejó la impresión de que era un santo, con un solo
inconveniente para tomar en cuenta: por más de cuarenta años había estado en
comunicación con la audiencia a través de su prédica diaria, y no concebía una
gestión que no empezara por contárselo a la opinión pública.
Pero lo definitivo para ellos fue que a don Fabio le pareció un
mediador providencial.
Primero, porque Escobar no tendría con él las reticencias que le
impedían recibir a Villamizar. Y segundo, porque su imagen divinizada podía
convencer a la tripulación de Escobar para la entrega de todos.
Dos días después, el padre García Herreros reveló en rueda de
prensa que estaba en contacto con los responsables del cautiverio de los
periodistas, y expresó su optimismo por su pronta liberación.
Villamizar no vaciló un segundo para ir a buscarlo en El Minuto
de Dios. Lo acompañó en su segunda visita a la cárcel de Itagüí, y el mismo día
se inició el proceso, dispendioso y confidencial, que había de culminar con la
entrega. Empezó con una carta que el padre dictó en la celda de los Ochoa, y
que María Lía copió en la máquina de escribir. La improvisó de pie frente a
ella, en el mismo talante, el mismo tono apostólico y el mismo acento
santandereano de sus homilías de un minuto. Lo invitó a que buscaran juntos el
camino para pacificar a Colombia. Le anunció su esperanza de que el gobierno lo
nombrara garante «para que se respeten tus derechos y los de tu familia y
amigos». Pero le advirtió que no pidiera cosas que el gobierno no pudiera
concederle. Antes de terminar con «mis saludos cariñosos», le dijo lo que en
realidad era el propósito práctico de la carta: «Si crees que podemos
encontrarnos en alguna parte segura para los dos, dímelo».
Escobar contestó tres días después, de su puño y letra. Aceptaba
entregarse como un sacrificio para la paz. Dejaba claro que no aspiraba al
indulto ni pedía sanción penal sino disciplinaria contra los policías que
asolaban las comunas, pero no renunciaba a su determinación de responder con
represalias drásticas. Estaba dispuesto a confesar algún delito, aunque sabía
de seguro que ningún juez colombiano o extranjero tenía pruebas suficientes
para condenarlo, y confiaba en que sus adversarios fueran sometidos al mismo
régimen. Sin embargo, contra lo que el padre esperaba con ansiedad, no hacía
ninguna referencia a su propuesta de reunirse con él.
El padre le había prometido a Villamizar que controlaría sus
ímpetus informativos, y al principio lo cumplió en parte, pero su espíritu de
aventura casi infantil era superior a sus fuerzas. La expectativa que se creó
fue tal, y tan grande la movilización de la prensa, que desde entonces no dio
un paso sin una cauda de reporteros y equipos móviles de televisión y radio que
lo perseguía hasta la puerta de su casa.
Después de cinco meses de trabajar en absoluto secreto bajo el
hermetismo casi sacramental de Rafael Pardo, Villamizar pensaba que la
facilidad verbal del padre García Herreros mantenía en un riesgo perpetuo el
conjunto de la operación. Entonces solicitó y obtuvo la ayuda de la gente más
cercana al padre —con Paulina en primera línea— y pudo adelantar los
preparativos de algunas acciones sin tener que informarlo a él por anticipado.
El 13 de mayo recibió un mensaje de Escobar en el cual le pedía
que llevara al padre a La Loma y lo tuviera allí por el tiempo que fuera
necesario. Advirtió que lo mismo podían ser tres días que tres meses, pues
tenía que hacer una revisión personal y minuciosa de cada paso de la operación.
Existía inclusive la posibilidad de que a última hora se anulara por cualquier
duda de seguridad. El padre, por fortuna, estaba siempre en disponibilidad
plena para un asunto que le quitaba el sueño. El 14 de mayo a las cinco de la
mañana, Villamizar tocó a la puerta de su casa, y lo encontró trabajando en su
estudio como si fuera pleno día.
—Camine, padre —le dijo—, nos vamos para Medellín.
Las Ochoa tenían todo dispuesto en La Loma para entretener al
padre por el tiempo que fuera necesario. Don Fabio no estaba, pero las mujeres
de la casa se encargarían de todo. No fue fácil distraer al padre, porque él se
daba cuenta de que un viaje tan imprevisto y rápido no podía ser sino por algo
muy serio.
El desayuno fue trancado y largo y el padre comió bien. Como a
las diez de la mañana, tratando de no dramatizar demasiado, Martha Nieves le
reveló que Escobar iba a recibirlo de un momento a otro. Él se sobresaltó, se
puso feliz, pero no supo qué hacer, hasta que Villamizar lo puso en la
realidad.
—Es mejor que lo sepa desde ahora, padre —le advirtió—. Tal vez
tenga que irse solo con el chofer, y no se sabe para dónde ni por cuánto
tiempo.
El padre palideció. Apenas si podía sostener el rosario entre
los dedos, mientras se paseaba de un lado a otro, rezando en voz ata sus
oraciones inventadas. Cada vez que pasaba por las ventanas miraba hacia el
camino, dividido entre el terror de que apareciera el carro que venía por él, y
las ansias de que no llegara. Quiso hablar por teléfono, pero él mismo tomó
conciencia del peligro. «Por fortuna no se necesita de teléfonos para hablar
con Dios», dijo. No quiso sentarse a la mesa durante el almuerzo, que fue
tardío y más apetitoso aún que el desayuno. En el cuarto preparado para él
había una cama con marquesina de pasamanería como la de un obispo. Las mujeres
trataron de convencerlo de que descansara un poco, y él pareció aceptar. Pero
no durmió. Leía con inquietud Breve Historia del Tiempo, de Stephen Hawking, un
libro de moda en el cual se trataba de demostrar por cálculo matemático que
Dios no existe. Hacia las cuatro de la tarde apareció en la sala donde
Villamizar dormitaba.
—Alberto —le dijo—, mejor regresemos a Bogotá.
Costó trabajo disuadirlo, pero las mujeres lo consiguieron con
su encanto y su tacto. Al atardecer tuvo otra recaída, pero ya no había
escapatoria. Él mismo fue consciente de los riesgos graves de viajar de noche.
A la hora de acostarse pidió ayuda para quitarse los lentes de contacto, pues
quien se los quitaba y se los ponía era Paulina, y no sabía hacerlo solo.
Villamizar no durmió, porque no descartaba la posibilidad de que Escobar
considerara que eran más seguras para la cita las sombras de la noche.
El padre no logró dormir ni un minuto. El desayuno, a las ocho
de la mañana, fue todavía más tentador que el de la víspera, pero el padre no
se sentó siquiera a la mesa. Seguía desesperado con los lentes de contacto y
nadie había podido ayudarlo, hasta que la administradora de la hacienda
consiguió ponérselos con grandes esfuerzos. A diferencia del primer día no
parecía nervioso ni andaba acezante de un lado para otro, sino que se sentó con
la vista fija en el camino por donde debía llegar el automóvil. Así permaneció
hasta que lo derrotó la impaciencia y se levantó de un salto.
—Yo me voy —dijo—, esta vaina es una mamadera de gallo.
Lograron convencerlo de que esperara hasta después del almuerzo.
La promesa le devolvió el ánimo. Comió bien, conversó, fue tan divertido como
en sus mejores tiempos, y al final anunció que iba a dormir la siesta.
—Pero les advierto —dijo con un índice amenazante—. No más me
despierto de la siesta, y me voy.
Martha Nieves hizo unas llamadas telefónicas con la esperanza de
obtener alguna información lateral que les sirviera para retener al padre
cuando despertara. No fue posible. Un poco antes de las tres estaban todos
dormitando en la sala, cuando los despabiló el ruido de un motor. Allí estaba
el automóvil. Villamizar se levantó de un salto, dio un toquecito convencional
en el dormitorio del padre, y empujó la puerta.
—Padre —dijo—. Vinieron por usted.
El padre despertó a medias y se levantó como pudo. Villamizar se
sintió conmovido hasta el alma, pues le pareció un pajarito desplumado, con el
pellejo colgante en los huesos y sacudido por escalofríos de terror. Pero se
sobrepuso al instante, se persignó, se creció, y se volvió resuelto y enorme.
«Arrodíllese, mijo —le ordenó a Villamizar—. Recemos juntos». Cuando se
incorporó era otro.
—Vamos a ver qué es lo que pasa con Pablo —dijo.
Aunque Villamizar quería acompañarlo no lo intentó siquiera
porque ya estaba acordado que no, pero se permitió hablar aparte con el chofer.
—Usted tiene que responder por el padre —le dijo—. Es una
persona demasiado importante.
Cuidado con lo que van a hacer con él. Dése cuenta de la
responsabilidad que tienen encima.
El chofer lo miró como si Villamizar fuera un imbécil, y le
dijo:
—¿Usted cree que si yo me monto con un santo nos puede pasar
algo?
Sacó una gorra de béisbol y le dijo al padre que se la pusiera
para que no lo reconocieran por el cabello blanco. El padre se la puso.
Villamizar no dejaba de pensar que Medellín estaba militarizada. Le preocupaba
que pararan al padre y se dañara el encuentro. O que quedara atrapado entre los
fuegos cruzados de los sicarios y la policía.
Lo sentaron adelante con el chofer. Mientras todos veían
alejarse el carro, el padre se quitó la gorra y la tiró por la ventana. «No se
preocupe, mijo —le gritó a Villamizar—, que yo domino las aguas». Un trueno
retumbó en la vasta campiña y el cielo se desplomó en un aguacero bíblico.
La única versión conocida de la visita del padre García Herreros
a Pablo Escobar fue la que dio él mismo de regreso a La Loma. Contó que la casa
donde lo recibiera era grande y lujosa, con una piscina olímpica y diversas
instalaciones deportivas. En el camino tuvieron que cambiar de automóvil tres
veces por motivos de seguridad, pero no los detuvieron en los muchos retenes de
la policía por el aguacero recio que no cedió un instante. Otros retenes, según
le contó el chofer, eran del servicio de seguridad de los Extraditables.
Viajaron más de tres horas, aunque lo más probable es que lo hubieran llevado a
una de las residencias urbanas de Pablo Escobar en Medellín, y que el chofer
hubiera dado muchas vueltas para que el padre creyera que iban muy lejos de La
Loma.
Contó que lo recibieron en el jardín unos veinte hombres con las
armas a la vista, a los cuales regañó por su mala vida y sus reticencias para
entregarse. Pablo Escobar en persona lo esperó en la terraza, vestido con un
conjunto de algodón blanco de andar por casa, y una barba muy negra y larga. El
miedo confesado por el padre desde que llegó a La Loma, y luego en la
incertidumbre del viaje, se disipó al verlo.
—Pablo —le dijo—, vengo a que arreglemos esta vaina.
Escobar le correspondió con igual cordialidad y con un gran
respeto. Se sentaron en dos de los sillones de cretona floreada de la sala,
frente a frente, y con el ánimo dispuesto para una larga charla de viejos
amigos. El padre se tomó un whisky que acabó de calmarlo, mientras Escobar se
bebió un jugo de frutas sorbo a sorbo y con todo su tiempo. Pero la duración
prevista de la visita se redujo a tres cuartos de hora por la impaciencia
natural del padre y el estilo oral de Escobar, tan conciso y cortante como el
de sus cartas.
Preocupado por las lagunas mentales del padre, Villamizar lo
había instruido para que tomara notas de la conversación. Así lo hizo, pero al
parecer fue más lejos. Con el pretexto de su mala memoria, le pedía a Escobar
que escribiera de su puño y letra sus propuestas esenciales, y una vez escritas
se las hacía cambiar o tachar con el argumento de que eran imposibles de
cumplir. Fue así como Escobar minimizó el tema obsesivo de la destitución de
los policías acusados por él de toda clase de desmanes, y se concentró en la
seguridad del lugar de reclusión.
El padre contó que le había preguntado a Escobar si era el autor
de los atentados contra cuatro candidatos presidenciales. Él le contestó en
diagonal que le atribuían crímenes que no había cometido. Le aseguró que no
había podido impedir el del profesor Low Mutra, cometido el 30 de abril pasado
en una calle de Bogotá, porque era una orden dada desde mucho antes y no hubo
modo de cambiarla. En cuanto a la liberación de Maruja y Pacho eludió decir
algo que pudiera comprometerlo como autor, pero dijo que los Extraditables los
mantenían en condiciones normales y con buena salud, y serían liberados tan
pronto como se acordaran los términos de la entrega. En particular sobre Pacho,
dijo con seriedad: «Ése está feliz con su secuestro». Por último reconoció la
buena fe del presidente Gaviria y expresó su complacencia de llegar a un
acuerdo. Ese papel, escrito a veces por el padre, y la mayor parte corregida y
mejor explicada por Escobar de su puño y letra, fue la primera propuesta formal
de la entrega.
El padre se había levantado para despedirse cuando se le cayó
una de las lentillas de contacto. Trató de ponérsela, Escobar lo ayudó,
solicitaron auxilios de los empleados, pero fue inútil. El padre estaba
desesperado. «No hay nada que hacer —dijo—. La única que puede es Paulina».
Para su sorpresa, Escobar sabía muy bien quién era ella, y sabía
dónde estaba en aquel momento.
—No se preocupe, padre —dijo—. Si quiere la mandamos a traer.
Pero el padre no soportaba más la ansiedad de regresar y
prefirió irse sin los lentes. Antes de los adioses, Escobar le pidió la
bendición para una medallita de oro que llevaba al cuello. El padre lo hizo en
el jardín asediado por los escoltas.
—Padre —le dijeron ellos—, usted no se puede ir sin darnos la
bendición.
Se arrodillaron. Don Fabio Ochoa había dicho que la mediación
del padre García Herrero, sería decisiva para la rendición de la gente de
Escobar. Este debía pensar lo mismo, y tal vez por eso se arrodilló con ellos
para dar el buen ejemplo. El padre los bendijo a todos y les soltó una
admonición para que volvieran a la vida legal y ayudaran al imperio de la paz.
No demoró más de seis horas. Apareció en La Loma como a las ocho y media de la
noche, ya bajo las estrellas radiantes, y descendió del carro con un salto de
escolar de quince años.
—Tranquilo, mijo —le dijo a Villamizar—, aquí no hay problema,
los acabo de arrodillar a todos.
No fue fácil ponerlo en orden. Cayó en un estado de excitación
alarmante, y no valieron paliativos ni los cocimientos sedantes de las Ochoa.
Seguía lloviendo, pero él quería volar enseguida a Bogotá, divulgar la noticia,
hablar con el presidente de la república para cerrar allí mismo el acuerdo y
proclamar la paz. Lograron que durmiera unas horas, pero desde la madrugada
estuvo dando vueltas por la casa apagada, hablando solo, rezando en voz alta
sus oraciones inspiradas, hasta que el sueño lo derrumbó al amanecer.
Cuando llegaron a Bogotá, a las once de la mañana del 15 de
mayo, la noticia tronaba en la radio. Villamizar encontró a su hijo Andrés en
el aeropuerto y lo abrazó emocionado. «Tranquilo, hijo —le dijo—. Su mamá está
fuera en tres días».
Rafael Pardo fue menos fácil de convencer cuando Villamizar se
lo dijo por teléfono.
—Me alegro de veras, Alberto —le dijo—. Pero no se ilusione
demasiado.
Por primera vez desde el secuestro asistió Villamizar a una
fiesta de amigos, y nadie entendió que estuviera tan contento con algo que al
fin y al cabo no era sino una promesa vaga como tantas otras de Pablo Escobar.
A esas horas el padre García Herreros había dado la vuelta completa a todos los
noticieros del país —vistos, oídos y escritos—. Pidió ser tolerante con
Escobar. «Si no lo defraudamos, él se vuelve el gran constructor de la paz»,
decía. Y agregaba sin citar a Rousseau: «Los hombres en su intimidad son buenos
todos, aunque algunas circunstancias los vuelven malignos». Y en medio de una
maraña de micrófonos apelotonados, dijo sin más reservas:
—Escobar es un hombre bueno.
El diario El Tiempo informó el viernes 17 que el padre era
portador de una carta personal que entregaría el lunes próximo al presidente
Gaviria. En realidad, se refería a las notas que Escobar y él habían tomado a
cuatro manos durante la entrevista. En la tarde, los Extraditables expidieron
un comunicado dominical que corrió el riesgo de pasar inadvertido en la
turbulencia de las noticias: «Hemos ordenado la liberación de Francisco Santos
y Maruja Pachón». No decían cuándo. Sin embargo, la radio lo dio por hecho y
los periodistas alborotados empezaron a montar guardia en las casas de los
rehenes.
Era el final: Villamizar recibió un mensaje de Escobar en el
cual le decía que no soltaría a Maruja Pachón y a Francisco Santos ese día sino
el siguiente —lunes 20 de mayo— a las siete de k noche. Pero el martes a las
nueve de la mañana Villamizar debería estar otra vez en Medellín para la
entrega de Escobar.
11
Maruja oyó el comunicado de los Extraditables el domingo 19 de
mayo a las siete de la noche. No decía ni hora ni fecha de la liberación, y por
el modo de proceder los Extraditables lo mismo podía ser cinco minutos después
que dentro de dos meses. El mayordomo y su mujer irrumpieron en el cuarto
dispuestos para la fiesta.
—Ya esto se acabó —gritaron—. Hay que celebrarlo.
Trabajo le costó a Maruja convencerlos de que esperaran la orden
oficial por boca de algún emisario directo de Pablo Escobar. La noticia no la
sorprendió, pues en las últimas semanas había recibido señales inconfundibles
de que las cosas iban mejor de como las supuso cuando le llegaron con la
promesa descorazonadora de alfombrar el cuarto. En las emisiones recientes de
Colombia los Reclama aparecían cada vez más amigos y actores populares. Con el
optimismo renovado, Maruja seguía las telenovelas con tanta atención, que creyó
descubrir mensajes cifrados hasta en las lágrimas de glicerina de los amores
imposibles. Las noticias del padre García Herreros, cada día más
espectaculares, hicieron evidente que lo increíble iba a suceder.
Maruja quiso ponerse la ropa con que había llegado, previendo
una liberación intempestiva que la hiciera aparecer frente a las cámaras con la
triste sudadera de secuestrada. Pero la falta de nuevas noticias en la radio, y
la desilusión del mayordomo, que esperaba la orden oficial antes de dormirse,
la pusieron en guardia contra el ridículo, aunque sólo fuera ante sí misma. Se
tomó una dosis alta de somníferos y no despertó hasta el día siguiente, lunes,
con la impresión pavorosa de no saber quién era ni dónde estaba.
A Villamizar no lo había inquietado ninguna duda, pues el
comunicado de Escobar era inequívoco. Se lo transmitió a los periodistas, pero
no le hicieron caso. Como a las nueve, una emisora de radio anunció con grandes
aspavientos que la señora Maruja Pachón de Villamizar acababa de ser liberada
en el barrio del Salitre. Los periodistas salieron en estampida, pero
Villamizar no se inmutó.
—Nunca la soltarán en un lugar tan apartado para que le pase
cualquier vaina —dijo—. Será mañana con seguridad y en un lugar seguro.
Un reportero le cerró el paso con el micrófono.
—Lo que sorprende —le dijo— es la confianza que usted le tiene a
esa gente.
—Es palabra de guerra —dijo Villamizar.
Los periodistas de más confianza se quedaron en los corredores
del apartamento —y algunos en el bar— hasta que Villamizar los invitó a salir
para cerrar la casa. Otros hicieron campamentos en camionetas y automóviles
frente al edificio, y allí pasaron la noche. Villamizar despertó el lunes con
los noticieros de las seis de la mañana, como de costumbre, y se quedó en la
cama hasta las once. Trató de ocupar el teléfono lo menos posible, pero las
llamadas de periodistas y amigos no le dieron tregua. La noticia del día seguía
siendo la espera de los secuestrados.
El padre García Herreros había visitado a Mariavé el miércoles
15 de mayo para darle la noticia confidencial de que su esposo sería liberado
el domingo siguiente. No ha sido posible saber cómo la obtuvo setenta y dos
horas antes del primer comunicado de los Extraditables sobre las liberaciones,
pero la familia Santos lo dio por hecho. Para celebrarlo hicieron fotos del
padre con Mariavé y los niños, y la publicaron el sábado en El Tiempo con la
esperanza de que Pacho la entendiera como un mensaje personal. Así fue: tan
pronto como abrió el periódico en su celda de cautivo, Pacho tuvo la revelación
nítida de que las gestiones del padre habían culminado. Pasó el día inquieto a
la espera del milagro, deslizando trampas inocentes en la conversación con los
guardianes para ver si se les escapaba alguna indiscreción, pero no consiguió
nada. La radio y la televisión, que no le daban tregua al tema desde hacía
varias semanas, lo pasaron por alto aquel sábado. El domingo empezó igual. A
Pacho le pareció que los guardianes estaban raros y ansiosos por la mañana,
pero en el curso del día volvieron poco a poco a la rutina dominical: almuerzo
especial con pizza, películas y programas enlatados de televisión, un poco de
barajas, un poco de fútbol. De pronto, cuando ya nadie lo esperaba, el
noticiero Criptón abrió con la primicia de que los Extraditables anunciaban la
liberación de los dos últimos secuestrados. Pacho dio un salto con un grito de
triunfo, y se abrazó a su guardián de turno. «Creí que me iba a dar un infarto»,
ha dicho. Pero el guardián lo recibió con un estoicismo sospechoso.
—Esperemos a que llegue la confirmación —dijo.
Hicieron una barrida rápida por los otros noticieros de radio y
televisión, y el comunicado estaba en todos. Uno de ellos transmitía desde la
sala de redacción de El Tiempo, y Pacho volvió a sentir después de nueve meses
el piso firme de la vida libre: el ambiente más bien desolado del turno
dominical, las caras de siempre en sus cubículos de cristal, su propio sitio de
trabajo. Después de repetir una vez más el anuncio de la liberación inminente,
el enviado especial del noticiero blandió el micrófono —como un barquillo de
helado—, lo arrimó a la boca de un redactor deportivo, y le preguntó:
—¿Cómo le parece la noticia?
Pacho no pudo reprimir un reflejo de redactor jefe.
—¡Qué pregunta tan idiota! —dijo—. ¿O esperaba que dijeran que
me dejarán un mes más?
La radio, como siempre, era menos rigurosa, pero también más
emotiva. Unos y otros se estaban concentrando en la casa de Hernando Santos,
desde donde transmitían declaraciones de todo el que encontraban a su paso.
Esto aumentó el nerviosismo de Pacho, pues no le pareció descabellado pensar
que lo soltaran esa misma noche. «Así empezaron las veintiséis horas más largas
de mi vida —ha dicho—. Cada segundo era como una hora».
La prensa estaba en todas partes. Las cámaras de televisión iban
de la casa de Pacho a la de su padre, ambas desbordadas desde la noche del
domingo por parientes, amigos, simples curiosos y periodistas de todo el mundo.
Mariavé y Hernando Santos no recuerdan cuántas veces fueron de una casa a otra
según los rumbos imprevistos que tomaban las noticias, hasta el punto de que
Pacho terminó por no saber a ciencia cierta cuál era la casa de quién en la
televisión. Lo peor era que en cada casa volvían a hacerles a ambos las mismas
Preguntas, y la jornada se hizo insoportable. Era tal el desorden, que Hernando
Santos no logró abrirse paso entre la muchedumbre embotellada en su propia
casa, y tuvo que colarse por el garaje.
Los guardianes que no estaban de turno acudieron a felicitarlo.
Estaban tan alegres con la noticia, que Pacho se olvidó de que eran sus
carceleros, y la reunión se convirtió en una fiesta de compadres de una misma
generación. En aquel momento se dio cuenta de que su propósito de rehabilitar a
sus guardianes quedaba frustrado por su libertad. Eran muchachos de la
provincia antioqueña que emigraban a Medellín, se encontraban perdidos en las
comunas y mataban y se hacían matar sin escrúpulos. Por lo general procedían de
familias rotas donde la figura del papá era muy negativa, y muy fuerte la de la
madre. Estaban acostumbrados a trabajar por un ingreso muy alto y no tenían el
sentido del dinero. Cuando por fin logró dormir, Pacho tuvo el sueño
terrorífico de que era libre y feliz, pero de pronto abrió los ojos y vio el
mismo techo de siempre. El resto de la noche lo pasó atormentado por el gallo
loco —más loco y cercano que nunca— y sin saber a ciencia cierta dónde estaba
la realidad.
A las seis de la mañana —lunes— la radio confirmó la noticia sin
ninguna pista sobre fe hora de la posible liberación. Al cabo de incontables
repeticiones del boletín original, se anunció que el padre García Herreros
daría una conferencia de prensa a las doce del día, después de una entrevista
con el presidente Gaviria: «Ay, Dios mío —se dijo Pacho—. Ojalá este hombre que
tanto ha hecho por nosotros no la vaya a embarrar a última hora». A la una de
la tarde le avisaron que sería liberado, pero no Supo nada más hasta después de
las cinco, cuando uno de los jefes enmascarados le avisó sin emoción que —de
acuerdo con el sentido publicitario de Escobar— Maruja saldría a tiempo para el
noticiero de las siete y él para el noticiero de las nueve y media.
La mañana de Maruja había sido más entretenida. Un jefe de
segunda entró en el cuarto como a las nueve y le precisó que la liberación iba
a ser en la tarde. Le contó además algunos pormenores de las gestiones del
padre García Herreros, tal vez con el propósito de hacerse perdonar una
injusticia que había cometido en una visita reciente cuando Maruja le preguntó
si su suerte estaba en manos del padre García Herreros. El hombre le había
contestado con un punto de burla.
—No se preocupe, usted está mucho más segura.
Maruja se dio cuenta de que él había interpretado mal la
pregunta, y se apresuró a aclararle que siempre tuvo un gran respeto por el
padre. Es cierto que al principio no ponía atención a sus prédicas de
televisión, a veces confusas e inescrutables, pero desde el primer mensaje a
Escobar comprendió que tenía que ver con su vida, y lo vio con mucha atención
noche tras noche. Había seguido el hilo de sus gestiones, sus visitas a
Medellín, el progreso de sus conversaciones con Escobar, y no dudaba de que estaba
en el camino recto. El sarcasmo del jefe, sin embargo, le había hecho temer que
tal vez el padre no tuviera tanto crédito con los Extraditables como se podría
suponer por sus conversaciones públicas con los periodistas. La confirmación de
que pronto sería liberada por sus gestiones le aumentó la alegría. Al cabo de
una conversación breve sobre el impacto de las liberaciones en el país, ella le
preguntó por el anillo que le habían quitado en la primera casa la noche del
secuestro.
—Usted tranquila —dijo el—. Todas sus cosas están seguras.
—Es que estoy preocupada —dijo— porque el anillo no me lo
quitaron aquí sino en la primera casa en que estuvimos, y al tipo que se quedó
con él no lo volvimos a ver. ¿No fue usted? —Yo no —dijo el hombre—. Pero ya le
dije que esté tranquila, porque sus prendas están ahí. Yo las he visto.
La mujer del mayordomo se ofreció para comprarle a Maruja
cualquier cosa que le hiciera falta. Maruja le encargó pestañita, lápiz de
labios y de cejas y un par de medias para reemplazar las que se le habían roto
la noche del secuestro. Más tarde entró el marido preocupado por la falta de
nuevas noticias de la liberación, y temía que hubieran cambiado de planes a
última hora como ocurría a menudo. Maruja, en cambio, estaba tranquila. Se bañó
y se puso la misma ropa que llevaba la noche del secuestro, salvo la chaqueta
color crema que se pondría para salir.
Durante todo el día las emisoras de radio sostuvieron el interés
con especulaciones sobre la espera de los secuestrados, entrevistas con sus
familias, rumores sin confirmar que al minuto siguiente eran superados por
otros más ruidosos. Pero nada en firme. Maruja oyó las voces de hijos y amigos
con un júbilo prematuro amenazado por la incertidumbre. Volvió a ver su casa
redecorada, y al marido departiendo a gusto entre escuadrones de periodistas
aburridos de esperarla. Tuvo tiempo para observar mejor los detalles de
decoración que le habían chocado la primera vez, y se le mejoró el humor. Los
guardianes hadan pausas en la limpieza frenética para escuchar y ver los
noticieros, v trataban de darle alientos, pero lo conseguían menos a medida que
avanzaba la tarde.
El presidente Gaviria había despertado sin despertador a las
cinco de la mañana de su lunes número cuarenta y uno en la presidencia. Se
levantaba sin encender la luz para no despertar a Ana Milena —que a veces se
acostaba más tarde que él— y ya afeitado, bañado y vestido para la oficina se
sentaba en una sillita de llevar y traer que mantenía fuera del dormitorio, en
un corredor helado y sombrío, para oír las noticias sin despertar a nadie. Las
de radio las escuchaba en un receptor de bolsillo que se ponía en el oído a
volumen muy bajo. Los periódicos los repasaba con una mirada rápida desde los
titulares hasta los anuncios, e iba recortando sin tijeras las cosas de interés
para tratarlas después, según el caso, con sus secretarios, consejeros y
ministros. En una ocasión fue una noticia sobre algo que debía hacerse y no se
había hecho, y le mandó el recorte al ministro respectivo con una sola línea
escrita de prisa en el margen: «¿Cuándo demonios va el ministerio a resolver
este lío?». La solución fue instantánea.
La única noticia del día era la inminencia de las liberaciones,
y dentro de ella, una audiencia con el padre García Herreros para escuchar su
informe de la entrevista con Escobar. El presidente reorganizó su jornada para
estar disponible en cualquier momento. Canceló algunas audiencias aplazables, y
acomodó otras. La primera fue una reunión con los consejeros presidenciales,
que él inició con su frase escolar:
—Bueno, vamos a terminar esta tarea.
Varios de los consejeros acababan de regresar de Caracas, donde
el viernes anterior habían sostenido una charla con el reticente general Maza
Márquez, en la que el consejero de Prensa, Mauricio Vargas, había expresado su
preocupación de que nadie, ni dentro ni fuera del gobierno, tenía una idea
clara de para dónde iba en realidad Pablo Escobar. Maza estaba seguro de que no
se entregaría, pues sólo confiaba en el indulto de la Constituyente. Vargas le
replicó con una pregunta: ¿de qué le servía el indulto a un hombre sentenciado
a muerte por sus enemigos propios y por el cartel de Cali? «Puede que lo ayude,
pero no es precisamente la solución completa», concluyó. Lo que Escobar
necesitaba de urgencia era una cárcel segura para él y su gente bajo la
protección del Estado.
El tema lo plantearon los consejeros ante el temor de que el
padre García Herreros llegara a la audiencia de las doce con una exigencia
inaceptable de última hora, sin la cual Escobar no se entregara ni soltara a
los periodistas. Para el gobierno sería un fiasco difícil de reparar. Gabriel
Silva, el consejero de Asuntos Internacionales, hizo dos recomendaciones de
protección: la primera, que el presidente no estuviera solo en la audiencia, y
la segunda, que se sacara un comunicado lo más completo posible tan pronto como
terminara la reunión para evitar especulaciones. Rafael Pardo, que había volado
a Nueva York el día anterior, estuvo de acuerdo por teléfono.
El presidente recibió al padre García Herreros en audiencia
especial a las doce del día. De un lado estaba el padre con dos sacerdotes de
su comunidad, y Alberto Villamizar con su hijo Andrés. Del otro, el presidente
con el secretario privado, Miguel Silva, y con Mauricio Vargas. Los servicios
informativos de palacio tomaron fotos y videos para dárselos a la prensa si las
cosas salían bien. Si no salían bien, al menos no le quedarían a la prensa los
testimonios del fracaso.
El padre, muy consciente de la importancia del momento, le contó
al presidente los pormenores de la reunión con Escobar. No tenía la menor duda
de que iba a entregarse y a liberar a los rehenes, y respaldó sus palabras con
las notas escritas a cuatro manos. El único elemento condicionante era que la
cárcel fuera la de Envigado y no la de Itagüí, por razones de seguridad
argumentadas por el propio Escobar.
El presidente leyó los apuntes y se los devolvió al padre. Le
llamó la atención que Escobar no prometía liberar a los secuestrados sino que
se comprometía a gestionarlo ante los Extraditables. Villamizar le explicó que
era una de las tantas precauciones de Escobar: nunca admitió que tuviera a los
secuestrados para que no sirviera como prueba en contra suya.
El padre preguntó qué debía hacer si Escobar le pedía que lo
acompañara para entregarse. El presidente estuvo de acuerdo en que fuera. Ante
dudas sobre la seguridad de la operación, planteadas por el padre, el
presidente le respondió que nadie podía garantizar mejor que Escobar la
seguridad de su propio operativo. Por último, el presidente le señaló al padre
—y los acompañantes de éste b apoyaron— que era importante reducir al mínimo
las declaraciones públicas, no fuera que todo se dañara por una palabra inoportuna.
El padre estuvo de acuerdo y alcanzó a hacer una velada oferta final: «Yo he
querido con esto prestar un servicio y quedo a sus órdenes si me necesitan para
al o más, como buscar la paz con ese otro señor cura». Fue claro para todos que
se refería al cura español Manuel Pérez, comandante del Ejército Nacional de
Liberación. La reunión terminó a los veinte minutos, y no hubo comunicado
oficial. Fiel a su promesa, el padre García Herreros dio un ejemplo de
sobriedad en sus declaraciones a la prensa.
Maruja vio la conferencia de prensa del padre y no encontró nada
nuevo. Los noticieros de televisión volvieron a mostrar a los periodistas de
guardia en las casas de los secuestrados, que bien podían haber sido las mismas
imágenes del día anterior. También Maruja repitió la jornada de ayer minuto a
minuto, y le sobró tiempo para ver las telenovelas de la tarde. Damaris,
reanimada por d anuncio oficial, le había concedido la gracia de ordenar el
menú del almuerzo, como los condenados a muerte en la víspera de la ejecución.
Maruja dijo sin intención de burla que quería cualquier cosa que no fueran
lentejas. Al final se les enredó el tiempo, Damaris no pudo ir de compras, y
sólo hubo lentejas con lentejas para el almuerzo de despedida.
Pacho, por su parte, se puso la ropa que llevaba el día del
secuestro —que le quedaba estrecha por el aumento de peso del sedentarismo y la
mala comida—, y se sentó a oír las noticias y a ñamar, encendiendo un
cigarrillo con la colilla del otro. Oyó toda clase de versiones sobre su
liberación. Oyó las rectificaciones, las mentiras puras y simples de sus
colegas atolondrados por la tensión de la espera. Oyó que lo habían descubierto
comiendo de incógnito en un restaurante, y era un hermano suyo.
Releyó las notas editoriales, los comentarios, las informaciones
que había escrito sobre la actualidad para no olvidar el oficio, pensando que
las publicaría al salir como un testimonio del cautiverio. Eran más de cien.
Levó una a sus guardianes, escrita en diciembre, cuando la clase política
tradicional comenzó a despotricar contra la legitimidad de la Asamblea
Constituyente. Pacho la fustigó con una energía y un sentido de independencia
que sin duda eran producto de las reflexiones del cautiverio. «Todos sabemos
cómo se obtienen votos en Colombia y cómo muchos de los parlamentarios salieron
elegidos», decía en una nota. Decía que la compra de votos era rampante en todo
el país, y especialmente en la costa; que las rifas de electrodomésticos a
cambio de favores electorales estaban al orden del día, y que muchos de los
elegidos lo lograban por otros vicios políticos, como el cobro de comisiones
sobre los sueldos públicos y los auxilios parlamentarios. Por eso —decía— los
elegidos eran siempre los mismos con las mismas que «ante la posibilidad de
perder sus privilegios, ahora lloran a gritos». Y concluía casi contra sí
mismo: «La imparcialidad de los medios —e incluyo a El Tiempo— por la que tanto
se luchó y que se estaba abriendo paso, se ha esfumado».
Sin embargo, la más sorprendente de sus notas fue la que
escribió sobre las reacciones de la clase política contra el M-19 cuando éste
obtuvo una votación de más del diez por ciento para la Asamblea Constituyente.
«La agresividad política contra el M-19 —escribió—, su restricción (por no
decir discriminación) en los medios de comunicación, muestra qué tan lejos
estamos de la tolerancia y cuánto nos falta para modernizar lo más importante:
la mente». Decía que la clase política había celebrado la participación
electoral de los antiguos guerrilleros sólo por parecer democrática, pero
cuando la votación superó el diez por ciento se desató en denuestos en su
contra. Y concluyó al estilo de su abuelo, Enrique Santos Montejo (Calibán), el
columnista más leído en la historia del periodismo nacional: «Un sector muy
específico y tradicional de los colombianos mató el tigre y se asustó con el
cuero». Nada podía ser más sorprendente en alguien que se había destacado desde
la escuela primaria como un espécimen precoz de la derecha romántica.
Las rompió todas, menos tres que decidió conservar por razones
que él mismo no ha logrado explicarse. También conservó el borrador de los
mensajes a su familia y al presidente de la república, y el de su testamento.
Hubiera querido llevarse la cadena con que lo amarraban a la cama con la
ilusión de que el escultor Bernardo Salcedo hiciera con ella una escultura,
pero no se lo permitieron por temor de que tuviera huellas identificables.
Maruja, en cambio, no quiso conservar ningún recuerdo de aquel pasado atroz que
se proponía borrar de su vida. Pero como a las seis de la tarde, cuando la
puerta empezó a abrirse desde fuera, se dio cuenta de hasta qué punto aquellos
seis meses de amargura iban a condicionar su vida. Desde la muerte de Marina y
la salida de Beatriz, aquélla era la hora de las liberaciones o las
ejecuciones: igual en ambos casos. Esperó con el alma en un hilo la fórmula
siniestra del ritual: «Ya nos vamos, alístese». Era el Doctor, acompañado por
el segundón que había estado la víspera. Ambos parecían apurados por la hora.
—¡Ya, ya! —instó el Doctor a Maruja—. ¡Córrale!
Había prefigurado tantas veces aquel instante, que se sintió
dominada por una rara necesidad de ganar tiempo, y preguntó por su anillo.
—Se lo mandé con su cuñada —dijo el segundón.
—No es cierto —contestó Maruja con toda calma—. Usted me dijo
que lo había visto después.
Más que el anillo, lo que le interesaba entonces era poner al
otro en evidencia frente a su superior. Pero éste se hizo el desentendido, bajo
la presión del tiempo. El mayordomo y su mujer le llevaron a Maruja el talego
con los objetos personales y los regalos que le habían dado los distintos
guardianes a lo largo del cautiverio: tarjetas de Navidad, la sudadera, la
toalla, revistas y algún libro. Los muchachos mansos que la habían atendido en
los últimos días no tenían nada más para darle que medallas y estampas de
santos, y le suplicaban que rezara por ellos, que se acordara de ellos, que
hiciera algo para sacarlos de la mala vida.
—Todo lo que quieran —les dijo Maruja—. Si alguna vez me
necesitan, búsquenme, y yo los ayudo.
El Doctor no quiso ser menos: «¿Qué le puedo dar yo de
recuerdo?», se dijo, esculcándose los bolsillos. Sacó una cápsula de 9
milímetros, y se la dio a Maruja.
—Tome —le dijo, más en serio que en broma—. La bala que no le
metimos.
No fue fácil rescatar a Maruja de los abrazos del mayordomo y de
Damaris, que se levantó la máscara hasta la nariz para besarla y pedirle que no
la olvidara. Maruja sintió una emoción sincera. Era, a fin de cuentas, el final
de los días más largos y atroces de su vida, y el minuto más feliz.
Le pusieron una capucha que debía ser la más sucia y pestilente
que encontraron. Se la pusieron al revés, con los agujeros de los ojos en la
nuca, y no pudo eludir el recuerdo de que así se la habían puesto a Marina para
matarla. La llevaron arrastrando los pies en las tinieblas hasta un automóvil
tan confortable como el que usaron para el secuestro, y la sentaron en el mismo
lugar, en la misma posición, y con las mismas precauciones: la cabeza apoyada
en las rodillas de un hombre para que no la vieran desde fuera. Le advirtieron
que había varios retenes de policía, y que si los paraban en alguno Maruja
debía quitarse la capucha y portarse bien.
A la una de la tarde Villamizar había almorzado con su hijo
Andrés. A las dos y media se acostó para la siesta, y completó el sueño
atrasado hasta las cinco y media. A las seis acababa de salir de la ducha y
empezaba a vestirse para esperar a la esposa cuando sonó el teléfono. Descolgó
la extensión de la mesa de noche y sólo alcanzó a decir: «¿Haber?». Una voz
anónima lo interrumpió: «Llegará unos minutos después de las siete. Ya están
saliendo». Colgó. Fue un anuncio imprevisto que Villamizar agradeció. Llamó al
portero para asegurarse de que su automóvil estaba en el jardín y el chofer
dispuesto. Se vistió de oscuro con corbata de rombos claros para recibir a la
esposa. Quedó más esbelto que nunca pues había bajado cuatro kilos en seis
meses. A las siete de la noche apareció en la sala para charlar con los
periodistas mientras llegaba Maruja. Allí estaban los cuatro hijos de ella, y
Andrés, el de ambos. Sólo faltaba Nicolás, el músico de la familia que llegaría
de Nueva York dentro de unas horas. Villamizar se sentó en el sillón más
cercano del teléfono.
Maruja estaba entonces a unos cinco minutos de ser libre. Al
contrario de la noche del secuestro, el viaje hacia la libertad fue rápido y
sin tropiezos. Al principio habían ido por un sendero destapado con vueltas y
revueltas nada recomendables para un automóvil de lujo. Maruja vislumbró por
las conversaciones que además del hombre a su lado iba otro junto al chofer. No
le pareció que uno de ellos fuera el Doctor. Al cabo de un cuarto de hora la
obligaron a acostarse en el piso y se detuvieron unos cinco minutos, pero ella
no supo por qué. Luego salieron a una avenida grande y ruidosa con el tráfico
espeso de las siete, y tomaron sin contratiempo una segunda avenida. De pronto,
cuando no habían transcurrido más de tres cuartos de hora en total, el auto móvil
frenó en seco. El hombre junto al chofer le dio a Maruja una orden desesperada:
—Ya, bájese, rápido.
El que iba junto a ella trató de sacarla del automóvil. Maruja
resistió.
—No veo nada —gritó.
Quiso quitarse la venda, pero una mano brutal se lo impidió.
«Espere cinco minutos antes de quitársela», le gritó. La bajó del automóvil con
un empellón. Maruja sintió el vértigo del vacío, el horror, y creyó que la
habían tirado a un abismo. El suelo firme le devolvió el aliento. Mientras
esperaba a que el carro se alejara, sintió que estaba en una calle de poco
tránsito. Con toda precaución se quitó la venda, vio las casas entre los
árboles con las primeras ventanas iluminadas, y entonces conoció la verdad de
ser libre. Eran las siete y veintinueve y habían pasado ciento noventa y tres
días desde la noche en que la secuestraron.
Un automóvil solitario se acercó por la avenida, dio una vuelta
completa y estacionó en la acera contraria, justo frente a Maruja. Ella pensó,
como Beatriz en su momento, que una casualidad así no era posible. Aquel carro
tenía que ser enviado por los secuestradores para garantizar el final del
rescate. Maruja se acercó a la ventanilla del conductor.
—Por favor —le dijo—, soy Maruja Pachón. Acaban de liberarme.
Sólo deseaba que la ayudaran a conseguir un taxi. Pero el hombre
dio un grito. Minutos antes, escuchando en la radio las noticias de las
liberaciones inminentes, se había dicho: «¿Qué tal que me encontrara con
Francisco Santos buscando un carro?». Maruja estaba ansiosa de ver a los suyos,
pero se dejó llevar hasta la casa de enfrente para hablar por teléfono.
La dueña de la casa, los niños, todos la abrazaban a gritos
cuando la reconocieron. Maruja se sentía anestesiada, y cuanto ocurría a su
alrededor le parecía un engaño más de los secuestradores. El hombre que la
había recogido se llamaba Manuel Caro, y era yerno del dueño de la casa,
Augusto Borrero, cuya esposa era una antigua activista del Nuevo Liberalismo
que había trabajado con Maruja en la campaña electoral de Luis Carlos Galán.
Pero Maruja veía la vida desde fuera, como en una pantalla de cine. Pidió un
aguardiente —nunca supo por qué— y se lo tomó de un golpe. Entonces llamó por
teléfono a su casa, pero no recordaba bien el número y se equivocó en dos
intentos. Una voz de mujer contestó al instante: «¿Quién es?». Maruja la
reconoció y dijo sin dramatismo:
—Alexandra, hija. Alexandra gritó:
—¡Mamá! ¿Dónde estás?
Alberto Villamizar había saltado del sillón cuando sonó el
timbre, pero no alcanzó a ganarle de mano a Alexandra, que por casualidad
pasaba cerca del teléfono. Maruja había empezado a dictarle la dirección, pero
ella no tenía a la mano lápiz ni papel. Villamizar le quitó la bocina, v saludó
a Maruja con una naturalidad pasmosa:
—Qué hubo, nene. ¿Cómo está?
Maruja le contestó con tono igual.
—Muy bien, mi amor, no hay problema.
Él sí tenía papel y lápiz preparados para aquel momento. Anotó
la dirección mientras Maruja se la dictaba, pero sintió que algo no estaba
claro y pidió que pasaran a alguien de la familia. La esposa de Borrero le hizo
las precisiones que faltaban.
—Mil gracias —dijo Villamizar—. Es cerca. Voy enseguida.
Se le olvidó colgar, pues el férreo dominio de sí mismo que
había mantenido en los largos meses de tensión se le disparó de pronto. Bajó
las escaleras del edificio con saltos de dos en dos y atravesó corriendo el
vestíbulo, perseguido por la avalancha de periodistas cargados con su
parafernalia de guerra. Otros en sentido contrario estuvieron a punto de
atropellarlo en el portal.
—Soltaron a Maruja —les gritó a todos—. Vamos.
Entró en el automóvil con un portazo tan violento que el chofer
adormilado se asustó. «Vamos por la señora», dijo Villamizar. Le dio la
dirección: diagonal 107 n° 27-73. «Es una casa blanca en la paralela occidental
de la autopista», precisó. Pero la dijo con una prisa embrollada, y el chofer
arrancó mal. Villamizar le corrigió el rumbo con un descontrol extraño a su
carácter.
—Fíjese bien lo que hace —gritó— que tenemos que llegar en cinco
minutos. ¡Y si se llega a perder lo capo!
El chofer que había padecido junto a él los tremendos dramas del
secuestro, no se alteró. Villamizar recobró el aliento y lo dirigió por los
caminos más cortos y fáciles, pues había visualizado la ruta a medida que le
explicaban la dirección en el teléfono, para estar seguro de no perderse. Era
la peor hora del tránsito pero no el peor día.
Andrés había arrancado detrás de su padre, junto con el primo
Gabriel, siguiendo la caravana de los periodistas que se abría paso en el
tránsito con alarmas falsas y trucos de ambulancias. A pesar de ser un
conductor experto, se enredó en el tránsito. Se quedó. En cambio Villamizar
llegó en un tiempo olímpico de quince minutos. No tuvo que identificar la casa,
pues algunos de los periodistas que estaban en su apartamento se disputaban ya
con el dueño para que los dejara entrar. Villamizar se abrió paso por entre el
tumulto. No tuvo tiempo de saludar a nadie, pues la dueña de casa lo reconoció
y le señaló las escaleras.
—Por ahí —le dijo.
Maruja estaba en el dormitorio principal, a donde la habían
llevado para que se arreglara mientras llegaba el marido. Al entrar, se había
dado de bruces con un ser desconocido y grotesco: ella misma en el espejo. Se
vio hinchada y fofa, con los párpados abotargados por la nefritis, y la piel
verdosa y marchita por seis meses de penumbra.
Villamizar subió en dos trancos, abrió la primera puerta que
encontró, y era la de los niños, con muñecas y bicicletas. Entonces abrió la
puerta de enfrente, y vio a Maruja sentada en la cama con la chaqueta de
cuadros que llevaba cuando salió de su casa el día del secuestro, y recién
maquillada para él. «Entró como un trueno», k dicho Maruja. Ella le saltó al
cuello, y se dieron un abrazo intenso, largo y mudo. Los sacó del éxtasis el
estruendo de los periodistas que lograron romper la resistencia del dueño y
entraron en tropel a la casa. Maruja se asustó. Villamizar sonrió divertido.
—Son tus colegas —le dijo.
Maruja se consternó. «Tenía seis meses de no verme en el
espejo», dijo. Sonrió a su imagen y no era ella. Se irguió, se estiró el
cabello en la nuca con el cintillo, se recompuso como pudo tratando de que la
mujer del espejo se pareciera a la imagen que ella tenía de sí misma seis meses
antes. No lo consiguió.
—Estoy horrenda —dijo, y le mostró al marido los dedos
deformados por la hinchazón—. No me había dado cuenta porque me quitaron los
anillos.
—Estás perfecta —le dijo Villamizar.
Le abrazó por el hombro y la llevó a la sala.
Los periodistas los asaltaron con cámaras, luces y micrófonos.
Maruja quedó encandilada.
«Tranquilos, muchachos —les dijo—. En el apartamento hablaremos
mejor».
Fueron sus primeras palabras.
Los noticieros de las siete de la noche no dijeron nada, pero el
presidente Gaviria se enteró minutos después por un monitoreo de radio que
Maruja Pachón había sido liberada.
Arrancó hacia su casa con Mauricio Vargas, pero dejaron listo el
comunicado oficial ce la liberación de Francisco Santos que debía ocurrir de un
momento a otro. Mauricio Vargas lo había leído en voz alta frente a las
grabadoras de los periodistas, con la condición de que no lo transmitieran
mientras no se diera la noticia oficial.
A esa hora Maruja estaba viajando hacia su casa. Poco antes de
que llegara surgió un rumor de que Pacho Santos había sido liberado, y los
periodistas soltaron el perro amarrado del comunicado oficial leído por
Mauricio, que salió en estampida con ladridos de júbilo por todas las emisoras.
El presidente y Mauricio lo oyeron en el carro y celebraron la
idea de haberlo grabado. Pero cinco minutos después la noticia fue rectificada.
—¡Mauricio —exclamó Gaviria—, qué desastre!
Sin embargo, lo único que podían hacer entonces era confiar en
que la noticia sucediera como ya estaba dada. Mientras tanto, ante la
imposibilidad de quedarse en el apartamento de Villamizar por la muchedumbre
que estaba dentro, permanecieron en el de Azeneth Velázquez un piso más arriba,
para esperar la verdadera liberación de Pacho después de tres liberaciones
falsas.
Pacho Santos había oído la noticia de la liberación de Maruja,
la prematura de la suya y la pifia del gobierno. En ese instante entró en el
cuarto el hombre que le había hablado en la mañana, y lo llevó del brazo y sin
venda hasta la planta baja. Allí se dio cuenta de que la casa estaba vacía, y
uno de sus escoltas le informó muerto de risa que se habían llevado los muebles
en un camión de mudanza para no pagar el último mes de alquiler. Se despidieron
todos con grandes abrazos, y le agradecieron a Pacho lo mucho que habían
aprendido de él. La réplica de Pacho fue sincera:
—Yo también aprendí mucho de ustedes.
En el garaje le entregaron un libro para que se tapara la cara
fingiendo que leía y le cantaron las advertencias. Si tropezaban con la policía
debía tirarse del carro para que ellos pudieran escapar. Y la más importante:
no debía decir que había estado en Bogotá sino a tres de horas de distancia por
una carretera escabrosa. Por una razón tremenda: ellos sabían que Pacho era
bastante perspicaz para haberse formado una idea de la dirección de la casa, y
no debía revelarla porque los guardianes habían convivido con el vecindario sin
precaución alguna durante los largos días del secuestro.
—Si usted lo cuenta —concluyó el responsable de la liberación—
nos toca matar a todos los vecinos para que no nos reconozcan después.
Frente a la caseta de policía de la avenida Boyacá con la calle
80 el carro se apagó. Se resistió dos veces, tres, cuatro, y a la quinta
prendió. Todos sudaron frío. Dos cuadras más allá le quitaron el libro al
secuestrado, y lo soltaron en la esquina con tres billetes de a dos mil pesos
para el taxi. Cogió el primero que pasó, con un chofer joven y simpático que no
quiso cobrarle y se abrió camino a bocinazos y gritos de júbilo por entre la
muchedumbre que esperaba en la puerta de su casa. Para los periodistas
amarillos fue una desilusión: esperaban a un hombre macilento y derrotado
después de doscientos cuarenta y tres días de encierro, y se encontraron con un
Pacho Santos rejuvenecido por dentro y por fuera, y más gordo, más atolondrado
y con más ansias de vivir que nunca. «Lo devolvieron igualito», declaró su
primo Enrique Santos Calderón. Otro, contagiado por el humor jubiloso de la
familia, dijo: «Le faltaron unos seis meses más».
Maruja estaba ya en su casa. Había llegado con Alberto,
perseguida por las unidades móviles que los rebasaban, los precedían,
transmitiendo en directo a través de los nudos del tránsito. Los conductores
que seguían por radio la peripecia los reconocían al pasar y los saludaban con
redobles de bocinas, hasta que la ovación se generalizó a lo largo de la ruta.
Andrés Villamizar había querido regresar a casa cuando perdió el rumbo de su
padre, pero había manejado con tanta rudeza que el motor del carro se desprendió
y se rompió la barra. Lo dejó al cuidado de los agentes de guardia en la caseta
más cercana, y paró el primer automóvil que pasó: un BMW gris oscuro, manejado
por un ejecutivo simpático que iba oyendo las noticias. Andrés le dijo quién
era, por qué estaba en apuros y le pidió que lo acercara hasta donde pudiera.
—Súbase —le dijo—, pero le advierto que si es mentira lo que
dice le va a ir muy mal.
En la esquina de la carrera séptima con la calle 80 lo alcanzó
una amiga en un viejo Renault. Andrés siguió col, ella, pero el carro se les
quedó sin aliento en la cuesta de la Circunvalar. Andrés se trepó como pudo en
el último jeep blanco de Radio Cadena Nacional.
La cuesta que conducía a la casa estaba bloqueada por los
automóviles y la muchedumbre de vecinos que se echaban a la calle. Maruja y
Villamizar decidieron entonces abandonar el automóvil para caminar los cien
metros que les faltaban, y descendieron sin advertirlo en el sitio mismo donde
la habían secuestrado. La primera cara que reconoció Maruja entre la
muchedumbre enardecida fue la de María del Rosario, creadora y directora de
Colombia los Reclama, que por primera vez desde su fundación no transmitió esa
noche por falta de tema. Enseguida vio a Andrés, que había saltado como pudo de
la camioneta y trataba de llegar hasta su casa en el momento en que un oficial
de la policía, alto y apuesto, ordenó cerrar la calle. Andrés, por inspiración
pura, lo miró a los ojos y dijo con voz firme:
—Soy Andrés.
El oficial no sabía nada de él, pero lo dejó pasar. Maruja lo
reconoció cuando corría hacia ella y se abrazaron en medio de los aplausos. Fue
necesaria la ayuda de los patrulleros para abrirles paso. Maruja, Alberto y
Andrés emprendieron el ascenso de la cuesta con el corazón oprimido, y la
emoción los derrotó. Por primera vez se les saltaron las lágrimas que los tres
se habían propuesto reprimir. No era para menos: hasta donde alcanzaba la
vista, la otra muchedumbre de los buenos vecinos había desplegado banderas en
las ventanas de los edificios más altos, y saludaban con una primavera de
pañuelos blancos y una ovación inmensa la jubilosa aventura del regreso a casa.
EPILOGO
A las nueve de la mañana del día siguiente, como estaba
acordado, Villamizar desembarcó en Medellín sin haber dormido una hora
completa. Había sido una parranda de resurrección. A las cuatro de la
madrugada, cuando lograron quedarse solos en el apartamento, Maruja y él
estaban tan excitados por la jornada que permanecieron en la sala
intercambiando recuerdos atrasados hasta el amanecer. En la hacienda de La Loma
lo recibieron con el banquete de siempre, pero ahora bautizado con la champaña
de la liberación. Fue un recreo breve, sin embargo, porque entonces era Pablo
Escobar quien tenía más prisa, escondido en algún lugar del mundo sin el escudo
de los rehenes. Su nuevo emisario era un hombre muy alto, locuaz, rubio puro y
de largos bigotes dorados, al que llamaban el Mono, y contaba con plenos
poderes para las negociaciones de la entrega. Por disposición del presidente
César Gaviria, todo el proceso de debate jurídico con los abogados de Escobar
se había llevado a cabo a través del doctor Carlos Eduardo Mejía, y con
conocimiento del ministro de Justicia. Para fe entrega física, Mejía actuaría
de acuerdo con Rafael Pardo, por el lado del gobierno, y por el otro lado
actuarían Jorge Luis Ochoa, el Mono y el mismo Escobar desde las sombras.
Villamizar seguía siendo un intermediario activo con el gobierno, y el padre
García Herreros, que era un garante moral para Escobar, se mantendría
disponible para los tropiezos de mayor urgencia.
La prisa de Escobar para que Villamizar estuviera en Medellín al
día siguiente de la liberación de Maruja había hecho pensar que la entrega
sería inmediata, pero pronto se vio que no, pues para él faltaban todavía
algunos trámites de distracción. La mayor preocupación de todos, y de
Villamizar más que de nadie, era que a Escobar no le pasara nada antes de la
entrega. No era para menos: Villamizar sabía que Escobar, o sus sobrevivientes,
le habrían hecho pagar con el pellejo la mínima sospecha de que hubiera faltado
a su palabra. El hielo lo rompió el mismo Escobar cuando lo llamó por teléfono
a La Loma y lo saludó sin preludios:
—Doctor Villa, ¿está contento?
Villamizar no lo había visto ni oído nunca, y lo impresionó la
absoluta tranquilidad de la voz sin el mínimo rastro de su aureola mítica. «Le
agradezco que haya venido —prosiguió Escobar sin esperar la respuesta, con su
condición terrestre bien sustentada por su áspera dicción de los tugurios—.
Usted es un hombre de palabra y no me podía fallar». Y enseguida entró en
materia:
—Empecemos a arreglar cómo es que voy a entregarme.
En realidad, Escobar sabía ya cómo iba a entregarse pero tal vez
quería hacer un repaso completo con un hombre en el cual tenía depositada
entonces toda su confianza. Sus abogados y el director de Instrucción Criminal,
a veces de manera directa y a veces por intermedio de la directora regional,
pero siempre en coordinación con el ministro de Justicia, habían discutido
todos y cada uno de los detalles de la entrega. Aclarados los temas jurídicos
derivados de las distintas interpretaciones que cada quien hacía de los
decretos presidenciales, los temas se habían reducido a tres: la cárcel, el
personal de la cárcel y el papel de la policía y el ejército.
La cárcel —en el antiguo Centro de Rehabilitación de Drogadictos
de Envigado— estaba a punto de terminarse. Villamizar y el Mono la visitaron a
petición de Escobar al día siguiente de la liberación de Maruja y Pacho Santos.
El aspecto era más bien deprimente, por los escombros arrinconados y los
estragos de las lluvias intensas de aquel año. Las instalaciones técnicas de
seguridad estaban resueltas. Había una doble cerca de dos metros con ochenta de
altura, con quince hileras de alambre electrificado a cinco mil voltios y siete
garitas de vigilancia, además de otras dos en la guardia de ingreso. Estos dos
dispositivos serían reforzados aún más tanto para impedir que Escobar se fugara
como para impedir que lo mataran.
El único punto crítico que encontró Villamizar fue un baño
enchapado en baldosines italianos en la habitación prevista para Escobar, y
recomendó cambiarlo —y fue cambiado— por una decoración más sobria. La
conclusión de su informe fue más sobria aún: «Me pareció una cárcel muy
cárcel». En efecto, el esplendor folclórico que terminaría por escandalizar al
país y a medio mundo, y por comprometer el prestigio del gobierno, fue impuesto
después desde dentro con una operación inconcebible de soborno e intimidación.
Escobar le pidió a Villamizar el número de un teléfono limpio en Bogotá para
acordar entre ellos los detalles de la entrega física, y él le dio el de su
vecina de arriba, Azeneth Velázquez. Le pareció que ninguno podía ser más
seguro que ése, al cual llamaban a cualquier hora escritores y artistas lo
bastante lunáticos como para sacar de quicio al más bragado. La fórmula era
sencilla e inocua: alguna voz anónima llamaba a la casa de Villamizar y le
decía: «Dentro de quince minutos, doctor». Villainizar subía sin prisa al
apartamento de Azeneth, y a los quince minutos llamaba Pablo Escobar en
persona. En una ocasión Villamizar se atrasó en el ascensor, y Azeneth contestó
al teléfono. La voz de un paisa crudo le preguntó por el doctor Villamizar.
—No vive aquí —dijo Azeneth.
—No se preocupe —le dijo el paisa con la voz sonriente—. Ya va
subiendo.
El que hablaba era Pablo Escobar en vivo y en directo, pero
Azeneth sólo lo sabrá si se le ocurre leer este libro. Pues Villamizar quiso
decírselo aquel día por una lealtad elemental, y ella —que no traga entero— se
tapó los oídos.
—Yo no quiero saber nada de nada —le dijo—. Haga lo que le dé la
gana en mi casa, pero a mí no me cuente.
Para entonces Villamizar había hecho más de un viaje semanal a
Medellín. Desde el Hotel Intercontinental llamaba a María Lía, y ella le
mandaba un automóvil para llevarlo a La Loma. En uno de los primeros viajes
había ido con Maruja para dar las gracias a los Ochoa por su ayuda. Al almuerzo
salió el tema del anillo de esmeraldas y diamantes mínimos que no le habían
devuelto la noche de la liberación. Villamizar les había hablado de eso también
a los Ochoa, y éstos le mandaron un mensaje a Escobar, pero no había
contestado. El Mono, que estaba presente, sugirió la posibilidad de regalarle
uno nuevo, pero Villamizar le aclaró que Maruja no añoraba el anillo por su
precio sino por su valor afectivo. El Mono prometió llevarle el problema a
Escobar.
La primera llamada de éste a la casa de Azeneth fue a propósito
de un El Minuto de Dios en el cual el padre García Herreros lo acusó de
pornógrafo impenitente, y lo conminó a volver al camino de Dios. Nadie entendió
tamaña voltereta. Escobar pensaba que si el padre se había vuelto contra él
debió haber sido por un motivo de mucha monta, y condicionó la entrega a una
explicación inmediata y pública. Lo peor para él era que su tropa había
aceptado entregarse por la fe que tenían en la palabra del padre. Villamizar lo
llevó a La Loma, y desde allí le dio el padre a Escobar toda clase de
aclaraciones por teléfono. De acuerdo con ellas, en la grabación del programa
se había cometido un error de edición que le hizo decir lo que no había dicho.
Escobar grabó la conversación, se la hizo oír a su tropa y conjuró la crisis.
Pero aún faltaba más. El gobierno insistió en las patrullas
mixtas entre el Ejército y la guardia nacional en el exterior de la cárcel, en
talar el bosque aledaño para que sirviera como campo de tiro, y en su
prerrogativa para nombrar ¿s guardias dentro de un comité tripartito del
gobierno central, el municipio de Envigado y la Procuraduría, por tratarse de
una cárcel municipal y nacional. Escobar se opuso a la cercanía de los guardias
porque sus enemigos podían asesinarlo en la cárcel. Se opuso al patrullaje
mixto, porque —según sus abogados— en el interior de las cárceles no podía
haber fuerza pública, de acuerdo con el Derecho de Prisiones. Se opuso a la
tala del bosque aledaño, primero porque hacía posible el descenso de
helicópteros, y segundo porque suponía que un campo de tiro era un polígono que
utilizaría como blanco a los presos, hasta que lo convencieron de que, en
términos militares, un campo de tiro no es más que un terreno con una buena
visión de contorno. Y ésa era por cierto la ventaja del Centro de Drogadictos
—tanto para el gobierno como para los presos—, pues desde cualquier punto de la
casa se tenía una visión completa del valle y la montaña para otear con tiempo
el peligro. Por último el director nacional de Instrucción Criminal quiso levantar
a última hora un muro blindado alrededor de la cárcel, además de la cerca de
alambre de púas. Escobar se enfureció.
El jueves 30 de mayo El Espectador publicó una noticia
—atribuida a fuentes oficiales que le merecían entero crédito— sobre las
supuestas condiciones que Escobar había puesto para su entrega en una reunión
celebrada por sus abogados con voceros del gobierno. Entre esas condiciones
—según la noticia— la más espectacular era el exilio del general Maza Márquez y
la destitución de los generales Miguel Gómez Padilla, comandante de la Policía
Nacional, y Octavio Vargas Silva, comandante de la Dirección de Investigación
Judicial de la Policía (Dijín).
El presidente Gaviria citó en su despacho al general Maza
Márquez para aclarar el origen de la noticia, que personas allegadas al
gobierno le atribuían a él. La entrevista duró media hora, y conociéndolos a
ambos es imposible imaginar cuál de los dos fue el más imperturbable. El
general, con su suave y lenta voz baritonal, hizo una relación detallada de sus
indagaciones sobre el caso. El presidente lo escuchó en silencio absoluto.
Veinte minutos después se despidieron. Al día siguiente, el general le envió al
presidente una carta oficial de seis pliegos con la repetición minuciosa de lo
que le había dicho para que quedara como constancia histórica.
De acuerdo con las investigaciones —decía la carta—, el origen
de la noticia era Martha Nieves Ochoa, quien la había contado días antes y con
carácter exclusivo a redactores judiciales de El Tiempo —sus depositarios
exclusivos—, que no entendían cómo había sido publicada primero por El
Espectador. Expresó que era un ferviente partidario de la entrega de Pablo
Escobar. Reiteró su lealtad a sus principios, obligaciones y deberes, y
concluyó: «Por razones que usted conoce, señor presidente, muchas personas y entidades
insisten en buscar mi desestabilización profesional, tal vez con ánimo de
colocarme en una situación de riesgo que les permita con facilidad consumar sus
objetivos en mi contra». Martha Nieves Ochoa negó ser la fuente de la noticia,
v no volvió a hablarse del asunto. Sin embargo, tres meses después —cuando ya
Escobar estaba en la cárcel—, el secretario general de la presidencia, Fabio
Villegas, llamó al general Maza a su despacho por encargo del presidente, lo
invitó al Salón Azul, y caminando de un extremo al otro como en un paseo
dominical le comunicó la decisión presidencial de su retiro. Maza salió
convencido de que aquélla había sido la prueba del compromiso con Escobar que
el gobierno había desmentido, y así lo dijo: «Fui negociado».
Desde antes de eso, en todo caso, Escobar le había hecho saber
al general Maza que la guerra entre ellos había terminado, que se olvidaba de
todo y se entregaba en serio: paraba los atentados, desmantelaba la banda y
entregaba la dinamita. Como prueba le mandó una lista de escondrijos donde
encontraron setecientos kilos. Más tarde, desde la cárcel, seguiría revelando a
la brigada de Medellín una serie de caletas con un total de dos toneladas. Pero
Maza no le creyó nunca.
Impaciente por la demora de la entrega, el gobierno nombró como
director de la cárcel a un boyacense —Luis Jorge Pataquiva Silva— y no a un
antioqueño, así como a veinte guardias nacionales de distintos departamentos, Y
no antioqueños. «De todos modos —dijo Villamizar— si lo que quieren es sobornar
lo mismo da antioqueño que de cualquier parte». Escobar, fatigado él mismo de
tantas vueltas, apenas lo discutió. Al fin se acordó que fuera el ejército y no
la policía el que cubriera el ingreso, y que se tomaran medidas de excepción
para quitarle a Escobar el temor de que lo envenenaran con la comida de la
cárcel. La Dirección Nacional de Prisiones, por otra parte, adoptó el mismo
régimen de visitas de los hermanos Ochoa Vázquez en el pabellón de máxima
seguridad de Itagüí. La hora límite para levantarse era las siete de la mañana
y la hora límite para ser recluido y puesto bajo llave y candado en la celda
eran las ocho de la noche. Escobar y sus compañeros podían recibir visitas de
mujeres cada domingo, de ocho de la mañana a dos de la tarde; de hombres, los
sábados, y de menores, en el primer y el tercer domingo de cada mes. En la
madrugada del 9 de junio, efectivos del batallón de policía militar de Medellín
relevaron al grupo de caballería que vigilaba el contorno, iniciaron el montaje
de un impresionante dispositivo de seguridad, desalojaron de las montañas
aledañas a personas ajenas al sector, y asumieron el control total de la tierra
y el cielo. No había más pretextos. Villamizar le hizo saber a Escobar —con
toda sinceridad— que le agradecía la liberación de Maruja, pero no estaba
dispuesto a correr más riesgos sólo porque él no acababa de entregarse. Y se lo
mandó a decir en serio: «De aquí en adelante yo no respondo». Escobar decidió
en dos días, con la última condición de que también el procurador general lo
acompañara en la entrega.
Un tropiezo insólito de última hora pudo haber provocado un
nuevo aplazamiento: Escobar no tenía un instrumento oficial de identidad para
probar que era él y no otro el que se entregaba. Uno de sus abogados planteó el
problema al gobierno y solicitó en consecuencia una cédula de ciudadanía para
Escobar, sin tomar en cuenta que éste, buscado por toda la fuerza pública,
debería ir en persona a la correspondiente oficina del Registro Civil. La
solución de emergencia fue que se identificara con la huella digital y el
número de una cédula que había usado en un viejo oficio notarial, y declarara
al mismo tiempo que no podía mostrarla porque se le había extraviado.
El Mono despertó a Villamizar a las doce de la noche del 18 de
junio para que subiera a atender una llamada de emergencia. Era muy tarde, pero
el apartamento de Azeneth parecía un infierno feliz, con el acordeón de Higidio
Cuadrado y su combo de vallenatos. Villamizar tuvo que abrirse camino a codazos
por entre la fronda frenética de la más alta chismografía cultural. Azeneth, en
su estilo típico, le cerró el paso.
—Ya sé quién es la que lo llama —le dijo—. Y cuídese, porque si
se descuida lo van a capar.
Lo dejó en el dormitorio en el momento en que sonó el teléfono.
En medio del estruendo que estremecía la casa Villamizar alcanzó a oír apenas
lo esencial:
—Listo, véngase para Medellín mañana temprano.
A las siete de la mañana, Rafael Pardo puso un avión de la
Aeronáutica Civil a disposición de la comitiva oficial que asistiría a la
entrega. Villamizar, temeroso de una filtración prematura, se presentó en la
casa del padre García Herreros a las cinco de la mañana. Lo encontró en el
oratorio, con la ruana inconsútil sobre la sotana, cuando acababa de decir la
misa.
—Bueno, padre, camine —le dijo—. Nos vamos para Medellín porque
Escobar se va a entregar.
En el avión —además de ellos— viajaron Fernando García Herreros,
un sobrino del padre que actuaba como su asistente ocasional; Jaime Vázquez, de
la Consejería de Información; el doctor Carlos Gustavo Arrieta, procurador
general de la república y el doctor Jaime Córdoba Triviño, procurador delegado
para los Derechos Humanos. En el aeropuerto Olaya Herrera, en pleno centro de
Medellín, los esperaban María Lía y Martha Nieves Ochoa. La comitiva oficial
fue llevada a la gobernación. Villamizar y el padre se fueron al apartamento de
María Lía para desayunar mientras se cumplían los últimos trámites de la
entrega. Allí supo que Escobar ya iba en camino, a veces en carro y a veces
haciendo rodeos a pie, para eludir los frecuentes retenes de la policía. Era
experto en esos azares. El padre tenía otra vez los nervios de punta. Se le
cayó un lente de contacto, lo pisó, y se exasperó a tal grado que Martha Nieves
tuvo que llevarlo a la óptica San Ignacio, donde le resolvieron el problema con
unas gafas normales. La ciudad estaba plagada de retenes rigurosos, y los
detuvieron en casi todos, pero no para requisarlos, sino para agradecerle al
padre lo que hacía por la felicidad de Medellín. Pues en aquella ciudad donde
todo era posible, la noticia más secreta del mundo era ya de dominio público.
El Mono llegó al apartamento de María Lía a las dos y media de
la tarde, vestido como para un paseo campestre, con una chaquetita de tierra
caliente y zapatos blandos.
—Listo —le dijo a Villamizar—. Nos vamos para la gobernación.
Váyase usted por su lado y yo llego por otro.
Se fue solo en su carro. Villamizar, el padre García Fierreros y
Martha Nieves se fueron en el de María Lía. Frente a la gobernación se bajaron
los dos hombres. Las mujeres permanecieron esperando fuera. El Mono no era ya
el técnico frío y eficaz, sino que trataba de esconderse dentro de sí mismo. Se
puso unas gafas oscuras y una gorra de golfista, y se mantuvo siempre en
segundo plano detrás de Villamizar. Alguien que lo vio entrar con el padre se
apresuró a llamar por teléfono a Rafael Pardo para decirle que Escobar —muy
rubio, muy alto y elegante— acababa de entregarse en la gobernación.
Cuando se preparaban para salir, le avisaron al Mono por
radioteléfono que un avión se dirigía al espacio aéreo de la ciudad. Era una
ambulancia militar con varios soldados heridos en un encuentro con las
guerrillas ce Urabá. El temor de que se hiciera demasiado tarde inquietaba a
las autoridades, porque los helicópteros no podrían volar al filo del
atardecer, y aplazar la entrega para el día siguiente podía ser funesto.
Villamizar llamó entonces a Rafael Pardo, y éste hizo desviar el vuelo de los
heridos y reiteró la orden terminante de mantener el cielo despejado. Mientras
esperaba el desenlace, escribió en su diario personal: «Ni un pájaro vuela hoy
sobre Medellín».
El primer helicóptero —un Bell 206 para seis pasajeros— despegó
de la azotea de la gobernación poco desPués de las tres con el Procurador
General y Jaime Vázquez; Fernando García Herreros y el periodista de radio Luis
Alirio Calle, cuya enorme popularidad era una garantía más para la tranquilidad
de Pablo Escobar. Un oficial de seguridad le indicaría al piloto el rumbo
directo de la cárcel.
El segundo helicóptero —un Bell 412 para doce pasajeros despegó
— diez minutos después cuando el Mono recibió la orden por radioteléfono.
Villamizar se embarcó con él y con el padre. No bien despegaban cuando oyeron
por radio la noticia de que la posición del gobierno había sido derrotada en la
Asamblea Nacional Constituyente, donde acababa de aprobarse la no extradición
de nacionales por cincuenta y un votos a favor, trece en contra y cinco
abstenciones, en una primera instancia que sería ratificada más tarde. Aunque
no había indicios de que fuera un acto concertado, era casi infantil no pensar
que Escobar lo conocía de antemano y había esperado hasta aquel último minuto
para entregarse. Los pilotos siguieron las indicaciones del Mono para recoger a
Pablo Escobar y llevarlo a la cárcel. Fue un vuelo muy breve, y a tan baja
altura, que las instrucciones parecían para un automóvil: tomen la Octava,
sigan por ahí, ahora a la derecha, más, más, hasta el parque, eso es. Detrás de
una arboleda surgió de pronto una mansión espléndida entre flores tropicales de
colores intensos, con un campo de fútbol perfecto como una enorme mesa de
billar en medio del tráfico fluido de El Poblado.
—Aterrice ahí —indicó el Mono—. No apague los motores.
Sólo cuando estuvieron a la altura de la casa descubrió
Villamizar que alrededor del campo esperaban no menos de treinta hombres con
las armas en ristre. Cuando el helicóptero se posó en el prado intacto, se
desprendieron del grupo unos quince escoltas que caminaron ansiosos hacia el
helicóptero alrededor de un hombre qué no podía pasar inadvertido. Tenía el
cabello largo hasta los hombros, una barba muy negra, espesa y áspera, que le
llegaba hasta el pecho, y la piel parda y curtida por un sol de páramo. Era
rechoncho, con zapatos de tenis y una chaquetilla azul claro de algodón
ordinario, y se movía con una andadura fácil y una tranquilidad escalofriante.
Villamizar lo reconoció a primera vista sólo porque era distinto de todos los
hombres que había visto en su vida.
Después de despedirse de sus escoltas más próximos con abrazos
fuertes y rápidos, Escobar indicó a dos de ellos que embarcaran por el otro
lado del helicóptero. Eran el Mugre y Otto, dos de los más cercanos. Luego
subió él sin cuidarse de las aspas a media marcha. El primero a quien saludó
antes de sentarse fue a Villamizar. Le tendió la mano tibia y bien cuidada y le
preguntó sin una alteración mínima en la voz:
—¿Cómo está, doctor Villamizar? —Cómo le va, Pablo —le contestó
él.
Escobar se volvió luego hacia el padre García Herreros con una
sonrisa amable y le dio las gracias por todo. Se sentó junto a sus dos
escoltas, y sólo entonces pareció caer en la cuenta de que el Mono estaba allí.
Tal vez había previsto que se limitaría a darle las instrucciones a Villamizar
sin subir en el helicóptero.
—Usted sí —le dijo Escobar—, metido hasta el final en esta
vaina.
Nadie supo si fue un reconocimiento O un regaño, pero el tono
fue más bien cordial. El Mono, tan perdido como todos, movió la cabeza y
sonrió.
—¡Ay, patrón!
Villamizar pensó entonces, como en una revelación, que Escobar
era un hombre mucho más peligroso de lo que se creía, porque su tranquilidad y
su dominio tenían algo de sobrenatural. El Mono trató de cerrar la puerta de su
lado, pero no supo cómo, y tuvo que cerrarla el copiloto. En la emoción del
instante nadie se había acordado de dar órdenes. El piloto, tenso en los
comandos, preguntó:
—¿Arrancamos?
A Escobar se le soltó entonces el único indicio de la ansiedad
reprimida.
—Claro —se apresuró a ordenar—. ¡Apúrele! ¡Apúrele!
Cuando el helicóptero se desprendió del pasto le preguntó a
Villamizar: «Todo bien, ¿no, doctor?». Villamizar, sin volverse a mirarlo, le
contestó con su verdad: «Todo perfecto». Nada más, porque el vuelo había
terminado. El helicóptero voló un tramo final a ras de los árboles y se posó en
el campo de fútbol de la cárcel —pedregoso y con las porterías rotas— junto al
primer helicóptero que había llegado un cuarto de hora antes. Todo el viaje
desde la gobernación no duró quince minutos.
Los dos siguientes, sin embargo, fueron los más intensos.
Escobar trató de bajar primero desde que la puerta se abrió, y se encontró
rodeado por la guardia del penal: un medio centenar de hombres con uniformes
azules, tensos y un poco atolondrados, que lo encañonaron con armas largas.
Escobar se sorprendió, perdió el control por un instante, y lanzó un grito
cargado de una autoridad temible:
—¡Bajen las armas, carajo!
Cuando el jefe de la guardia dio la misma orden, ya la de
Escobar estaba cumplida. Escobar y sus acompañantes caminaron los doscientos
metros hasta la casa, donde los esperaban las autoridades de la cárcel, los
miembros de la delegación oficial y el primer grupo de secuaces de Escobar que
habían llegado por tierra para entregarse con él. Allí estaban también la
esposa de Escobar, y su madre, muy pálida y a punto de llorar. Él le dio al
pasar un toquecito cariñoso en el hombro, y le dijo: «Tranquila, vieja». El
director de la cárcel salió a su encuentro con la mano extendida.
—Señor Escobar —se presentó—. Soy Luis Jorge Pataquiva.
Escobar le estrechó la mano. Luego se levantó el pantalón de la
pierna izquierda y desenfundó la pistola que llevaba en un arnés amarrado en el
tobillo. Una joya magnífica: Sig Sauer 9, con el monograma de oro incrustado en
la cacha de nácar. Escobar no le quitó el cargador, sino que sacó las balas una
por una y las tiró en el suelo.
Fue un gesto algo teatral que parecía ensayado, y surtió su
efecto como una muestra de confianza al carcelero mayor cuyo nombramiento le
había quitado el sueño. Al día siguiente se publicó que al entregar la pistola
Escobar le había dicho a Pataquiva: «Por la paz de Colombia». Ningún testigo lo
recuerda, y Villamizar mucho menos, deslumbrado como estaba por la belleza del
arma.
Escobar saludó a todos. El procurador delegado le retuvo la mano
mientras le decía: «Estoy aquí, señor Escobar, para mirar que sus derechos sean
respetados». Escobar le dio las gracias con una deferencia especial. Por último
tomó del brazo a Villamizar.
—Camine, doctor —le dijo—. Usted y yo tenemos mucho que
conversar.
Lo llevó hasta el extremo de la galería exterior, y allí
charlaron por unos diez minutos recostados en la baranda y de espaldas a todos.
Escobar empezó por dar las gracias formales. Luego, con su calma pasmosa,
lamentó los sufrimientos que le había causado a Villamizar y a su familia, pero
le pidió entender que aquélla había sido una guerra muy dura para ambas partes.
Villamizar no desperdició la ocasión de resolver tres grandes incógnitas de su
vida: por qué habían matado a Luis Carlos Galán, por qué Escobar había tratado
de matarlo a él, y por qué había secuestrado a Maruja y a Beatriz. Escobar
rechazó toda culpa sobre el primer crimen. «Lo que pasa es que al doctor Galán
lo quería matar todo el mundo», dijo. Admitió que había estado presente en las
discusiones en que se decidió el atentado, pero negó que hubiera intervenido o
tuviera algo que ver con los hechos. «En eso intervino muchísima gente —dijo—.
Yo inclusive me opuse porque sabía lo que se venía si lo mataban, pero si ésa
era la decisión yo no podía oponerme. Le ruego que se lo diga así a doña
Gloria».
En cuanto a la segunda inquietud, fue explícito en que un grupo
de congresistas amigos lo habían convencido de que Villamizar era un colega
incontrolable y empecinado que había que frenar de cualquier modo antes de que
hiciera aprobar la extradición. «Además —dijo— en esa guerra en que estábamos a
uno lo mataban hasta por chismes. Pero ahora que lo conozco, doctor Villamizar,
bendita la hora en que no le pasó nada».
Sobre el secuestro de Maruja dio una explicación simplista. «Yo
estaba secuestrando gente para conseguir algo y no lo conseguía, nadie
conversaba, nadie hacía caso, así que me fui por doña Maruja a ver si lograba
cualquier cosa». No tuvo más argumentos, sino que derivó a un largo comentario
sobre la forma en que fue conociendo a Villamizar en el curso de las
negociaciones, hasta convencerse de que era un hombre serio y valiente, cuya
palabra de oro comprometía su gratitud eterna. «Yo sé que usted y yo no podemos
ser amigos», le dijo. Pero Villamizar podía estar seguro de que ni a él ni a
nadie de su familia volvería a pasarle nada de allí en adelante.
—Yo estaré aquí quién sabe hasta cuándo —dijo—, pero todavía
tengo muchos amigos, de modo que si alguno de los suyos se siente inseguro, si
alguien se va a meter con ustedes, mándemelo a decir y nada más. Usted me
cumplió y yo le cumplo, muchas gracias. Es palabra de honor.
Antes de despedirse, Escobar le pidió a Villamizar el último
favor de tranquilizar a su madre y a su esposa, que estaban al borde de la
conmoción. Villamizar lo hizo sin muchas ilusiones, pues ambas estaban
convencidas de que aquel ceremonial era una trampa siniestra del gobierno para
asesinar a Escobar dentro de la cárcel. Por último entró en el despacho del
director y marcó de memoria el número 284 33 00 del palacio presidencial, para
que localizaran a Rafael Pardo donde se encontrara.
Estaba en la oficina del consejero de Prensa, Mauricio Vargas,
quien contestó al teléfono y le pasó la bocina sin comentarios. Pardo reconoció
la voz grave y calmada, pero esta vez con un halo radiante.
—Doctor Pardo —dijo Villamizar—, aquí le tengo a Escobar en la
cárcel.
Pardo —quizás por primera vez en su vida— recibió la noticia sin
pasarla por el filtro de la duda.
—¡Qué maravilla! —dijo.
Hizo un comentario rápido que Mauricio Vargas no trató siquiera
de interpretar, colgó el teléfono, y entró sin tocar en la oficina del
presidente. Vargas, que es un periodista de nacimiento las veinticuatro horas
del día, sospechó por la prisa y la demora de Pardo que debía tratarse de algo
grande. No tuvo nervios para esperar más de cinco minutos. Entró en la oficina
del presidente sin anunciarse, y lo encontró riéndose a carcajadas de algo que
Pardo acababa de decirle. Entonces lo supo. Mauricio pensó con alegría en el
tropel de periodistas que de un momento a otro irrumpirían en su oficina, y
miró el reloj. Eran las cuatro y media de la tarde. Dos meses después, Rafael
Pardo sería el primer civil nombrado ministro de la Defensa, después de
cincuenta años de ministros militares.
Pablo Emilio Escobar Gaviria había cumplido cuarenta y un años
en diciembre. De acuerdo con el examen médico de rigor al ingresar en la
cárcel, su estado de salud era el de «un hombre joven en condiciones normales
físicas y mentales». La única observación extraña fue una congestión en la
mucosa nasal y algo como la cicatriz de una cirugía plástica en la nariz, pero
él la explicó como una lesión juvenil durante un partido de fútbol. El acta de
entrega voluntaria la firmaron el director nacional y la directora regional de
Instrucción Criminal, y el procurador delegado para los Derechos Humanos.
Escobar respaldó su firma con la huella digital del pulgar y el número de su
cédula extraviada: 8.345.766 de Envigado. El secretario, Carlos Alberto Bravo,
dejó una constancia al final del documento: «Una vez firmó el acta, el señor
Pablo Emilio Escobar solicitó que firmara la presente el doctor Alberto
Villamizar Cárdenas, quien firma». Villamizar firmó aunque nunca le dijeron a
título de qué.
Terminada la diligencia, Pablo Escobar se despidió de todos y
entró en la celda donde iba a vivir tan ocupado como siempre en sus asuntos y
negocios, y además con el poder del Estado al servicio de su sosiego doméstico
y su seguridad. Desde el día siguiente, sin embargo, la cárcel muy cárcel de
que había hablado Villamizar empezó a transformarse en una hacienda d? cinco
estrellas con toda clase de lujos, instalaciones de recreo y facilidades para
la parranda y el delito, construidos con materiales de primera clase que eran
llevados poco a poco en un doble fondo adaptado en el baúl de una camioneta de
abastecimiento. Doscientos noventa y nueve días después, enterado el gobierno
del escándalo, decidió cambiar de cárcel a Escobar sin anuncio previo. Tan
inverosímil como el hecho de que el gobierno hubiera necesitado un año para
enterarse, fue que Escobar sobornó con un plato de comida a un sargento y a dos
soldados muertos de susto, y escapó caminando con sus escoltas a través de los
bosques vecinos, en las barbas de los funcionarios y de la tropa responsable de
la mudanza.
Fue su sentencia de muerte. Según declaró más tarde, la acción
del gobierno había sido tan extraña e intempestiva, que no pensó que en verdad
fueran a transferirlo sino a matarlo o a entregárselo a los Estados Unidos.
Cuando se dio cuenta de las desproporciones de su error emprendió dos campañas
paralelas para que el gobierno volviera a hacerle el favor de encarcelarlo: la
más grande ofensiva de terrorismo dinamitero de la historia del país y la
oferta de rendición sin condiciones de ninguna clase. El gobierno no se dio
nunca por enterado de sus propuestas, el país no sucumbió al terror de los
carrobombas y la ofensiva de la policía alcanzó proporciones insostenibles.
El mundo había cambiado para Escobar. Quienes hubieran podido
ayudarlo de nuevo para salvar la vida no tenían ganas ni argumentos. El padre
García Herreros murió el 24 de noviembre de 1992 por una insuficiencia renal
complicada, y Paulina —sin empleo y sin ahorros— se refugió en un otoño
tranquilo, con sus hijos Y sus buenos recuerdos, hasta el punto de que hoy
nadie (la razón de ella en El Minuto de Dios. Alberto Villamizar, nombrado
embajador en Holanda, recibió varios recados de Escobar, pero ya era demasiado
tarde para todo. La inmensa fortuna, calculada en tres mil millones de dólares,
se fue en gran parte por los sumideros de la guerra o se desbarató en la
desbandada del cartel. Su familia no encontraba un lugar en el mundo donde
dormir sin pesadillas. Convertido en la más grande pieza de caza de nuestra
historia, Escobar no podía permanecer más de seis horas en un mismo lugar, e
iba dejando en su fuga enloquecida un reguero de muertos inocentes, y a sus
propios escoltas asesinados, rendidos a la justicia o pasados a las huestes del
enemigo. Sus servicios de seguridad, y aun su propio instinto casi animal de
supervivencia perdieron los talentos de otros días.
El 2 de diciembre de 1993 —un día después de cumplir cuarenta y
cuatro años— no resistió la tentación de hablar por teléfono con su hijo Juan
Pablo, que acababa de regresar a Bogotá rechazado por Alemania, junto con su
madre y su hermana menor. Juan Pablo, ya más alerta que él, le advirtió a los
dos minutos que no siguiera hablando porque la policía iba a localizar el
origen de la llamada. Escobar —cuya devoción familiar era proverbial— no le
hizo caso. Ya en ese momento los servicios de rastreo habían logrado establecer
el sitio exacto del barrio Los Olivos de Medellín, donde estaba hablando. A las
tres y cuarto de la tarde, un grupo especial nada ostensible de veintitrés
policías vestidos de civil acordonaron el sector, se tomaron k casa y estaban
forzando la puerta del segundo piso. Escobar lo sintió. «Te dejo —le dijo a su
hijo en el teléfono— porque aquí está pasando algo raro». Fueron sus últimas
palabras.
La noche —de la entrega la pasó Villamizar en los bailaderos más
alegres y peligrosos de la ciudad, bebiendo aguardiente de machos con los
guardaespaldas de Escobar. El Mono, ahogado hasta el gorro, le contaba a quien
lo oyera que el doctor Villamizar era la única persona a la que el patrón le
había dado disculpas. A las dos de la madrugada se puso de pie sin preámbulos y
se despidió con un saludo de la mano.
—Hasta siempre, doctor Villamizar —dijo—. Ahora tengo que
desaparecerme, y posiblemente no volveremos a vernos nunca. Fue un placer
conocerlo.
Al amanecer dejaron a Villamizar embebido como una esponja en la
casa de La Loma. Por la tarde, en el avión de vuelta, no había otro tema de
conversación que la entrega de Pablo Escobar. Villamizar era aquel día uno de
los hombres más notables del país, pero nadie lo reconoció entre la muchedumbre
de los aeropuertos. Los periódicos habían señalado sin fotografías su presencia
en la cárcel, pero el tamaño de su protagonismo real y decisivo en todo el
proceso de la entrega parecía destinado a la penumbra de las glorias secretas.
De regreso a casa aquella tarde se dio cuenta de que la vida cotidiana retomaba
su hilo. Andrés estudiaba en el cuarto. Maruja libraba en silencio la dura
guerra con sus fantasmas para volver a ser la misma. El caballo de la dinastía
Tang había vuelto a su lugar, entre sus primorosas reliquias de Indonesia y sus
antigüedades de medio mundo, encabritado sobre la mesa sagrada en que ella lo
quería y en el rincón donde soñaba verlo durante las noches interminables del
secuestro. Había vuelto a sus oficinas de Focine en el mismo automóvil en que
la habían secuestrado —borradas ya las cicatrices de las balas en los
cristales— y otro chofer nuevo y agradecido ocupaba el asiento del muerto.
Antes de dos años sería nombrada ministra de Educación.
Villamizar, sin empleo ni ganas de tenerlo, con un regusto ácido
de la política, prefirió descansar por un tiempo a su manera, reparando las
pequeñas averías domésticas, bebiéndose el ocio sorbo a sorbo con viejos
compinches, haciendo el mercado con su propia mano para gozar y hacer gozar a
sus amigos de las delicias de la cocina popular. Era un estado de ánimo
propicio para leer en las tardes y dejarse crecer la barba. Un domingo durante
el almuerzo, cuando ya las brumas de la nostalgia empezaban a enrarecer el
pasado, alguien llamó a la puerta. Pensaron que Andrés había vuelto a olvidar
las llaves. Como era el día libre del servicio, Villamizar abrió. Un hombre
joven de chaqueta deportiva le entregó un paquetito envuelto en papel de regalo
y atado con una cinta dorada, y desapareció por la escalera sin decirle una
palabra ni darle tiempo de preguntar nada. Villamizar pensó que podía ser una
bomba. En un instante lo estremeció la náusea del secuestro, pero deshizo el
lazo y desenvolvió el paquetito con la punta de los dedos, lejos del comedor
donde Maruja lo esperaba. Era un estuche de piel artificial, y dentro del
estuche, en su nido de raso, estaba el anillo que le habían quitado a Maruja la
noche del secuestro. Le faltaba una chispa de diamante, pero era el mismo.
Ella no podía creerlo. Se lo puso, y se dio cuenta de que estaba
recobrando la salud a toda prisa, pues ya le venía bien al dedo.
—¡Qué barbaridad! —suspiró ilusionada—. Todo esto ha sido como
para escribir un libro.
FIN


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