© Libro N°. 3069. Nuestros Amigos De Frolik 8. Dick, Philip K.. Colección E.O. Agosto 27 de 2016.
Título original: © Our Friends from Frolik 8
Versión Original: © Nuestros Amigos De Frolik 8. Philip K. Dick
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
NUESTROS AMIGOS DE FROLIK 8
Philip K. Dick
Título original: Our Friends from Frolik 8
Traducción: Miguel Jiménez Sales
© 1970 by Philip K. Dick
© 1987 Ediciones Martínez Roca S.A.
ISBN: 84-270-1144-X
PRIMERA
PARTE
1
¡No
quiero examinarme! —exclamó Bobby.
Debes
examinarte, pensó su padre. Si existe alguna esperanza para nuestra familia
proyectada hacia el futuro. En los períodos que se extenderán mucho más allá
después de mi muerte..., la mía y la de Kleo.
—Permite
que te lo explique de esta manera —dijo en voz alta, mientras se movía entre la
muchedumbre por la acera deslizante en dirección al Departamento Federal de
Calificaciones Personales—. Las personas son todas diferentes entre sí y poseen
capacidades diferentes. —Él sabía esto sobradamente—. Mis capacidades, por
ejemplo, son muy limitadas; ni siquiera puedo calificarme para una
clasificación gubernamental G-1, que es la más inferior. —Le dolía tener que
admitirlo, pero era la verdad, y era preciso que el chico comprendiese cuán
vital era esto—. Es decir, no estoy calificado en absoluto. Tengo un pequeño
empleo no gubernamental..., o sea, realmente nada. ¿Quieres ser como yo cuando
seas mayor?
—Tú
eres estupendo —alabó Bobby con la majestuosa seguridad de sus doce años.
—Oh,
no —negó Nick.
—Para
mí sí lo eres.
Nick
se sintió desconcertado. Y, al igual que en muchas ocasiones últimamente, al
borde de la desesperación.
—Escucha
—exclamó— y sabrás de qué manera está gobernada la Tierra. Dos entidades se
mueven, una en torno a la otra, gobernando primero una y después otra. Esas
entidades...
—¡Yo
no soy ninguna de esas dos! —se obstinó su hijo—. Yo soy Antiguo y Regular. No
quiero examinarme. Sé lo que soy. Sé lo que tú eres y quiero ser lo mismo.
En
su interior, Nick sentía su estómago reseco y encogido, y debido a esto
experimentaba una aguda necesidad. Miró a su alrededor y divisó un
bar-droguería al otro lado de la calle, más allá del tráfico de los coches
cohete y de los vehículos más grandes, de tránsito público. Guió a Bobby hacia
una rampa para transeúntes y diez minutos después habían llegado a la otra
acera.
—Entraré
en el bar, sólo tardaré un par de minutos —explicó Nick—. No me encuentro
demasiado bien para llevarte al Edificio Federal en esta especial conjunción de
tiempo y espacio.
Condujo
a su hijo más allá del ojo de la puerta, al oscuro interior del bar-droguería
de Donovan, bar que nunca había visitado pero que le gustó a primera vista.
—Ese
chico no puede entrar aquí —le informó el camarero. Señaló un cartel que había
en la pared—. No tiene dieciocho años. ¿Quiere que piensen que vendo bocadillos
a los menores?
—En
el bar que yo suelo frecuentar... —empezó a decir Nick, pero el camarero le
cortó bruscamente.
—Este
no es el bar que frecuenta —declaró y se marchó a atender a otro parroquiano
situado al otro extremo de la sombría sala.
—Ve
a mirar los escaparates de al lado —ordenó Nick, dándole un codazo a su hijo e
indicándole la puerta por la que acababan de entrar—. Me reuniré contigo dentro
de tres o cuatro minutos.
—¡Siempre
dices eso! —se quejó Bobby.
Pero
salió a la acera, llena, a mediodía, de una legión de individuos apretujados...
Se detuvo un momento para mirar hacia atrás, y después siguió andando, lejos ya
de la vista de su padre.
—Tomaré
cincuenta miligramos de fenmetrazina hidroclórida y treinta de astrodrina
—pidió Nick, instalándose en un taburete—, con una solución de sodio
acetil-salicilato.
—La
astrodrina —le advirtió el camarero— le hará soñar con muchas estrellas
lejanas.
Colocó
un platito delante de Nick, cogió las píldoras y después la solución de sodio
acetil-salicilato, que vertió en un vaso de plástico. Tras dejarlo todo frente
a Nick, se puso de espaldas, rascándose una oreja reflexivamente.
—Espero
que haga su efecto —comentó Nick, tragándose tres píldoras minúsculas, ya que
no podía tomar más a finales de mes, y las ayudó a bajar con la solución
salobre.
—¿Lleva
a su hijo a un examen Federal?
Nick
asintió mientras sacaba su cartera.
—¿Cree
que está preparado? —continuó el camarero.
—No
lo sé —contestó Nick escuetamente.
—Creo
que todos lo están —le confió el camarero, apoyando los codos sobre el
mostrador e inclinándose hacia él. Cogió el dinero de Nick y se volvió hacia la
caja registradora para guardarlo—. He visto chicos que iban allí catorce o
quince veces, incapaces de aceptar el hecho de que ellos, o como en su caso, su
hijo, no iban a aprobar. Lo prueban una y otra vez, siempre con el mismo
resultado. Los Nuevos Hombres no dejarán que ingrese nadie más en el Servicio
Civil. Quieren... —Miró a su alrededor y bajó la voz—. No desean repartir la
acción entre nadie más, aparte de ellos mismos. Diantre, si prácticamente lo
admiten en los discursos gubernamentales. Ellos...
—Necesitan
sangre fresca —le interrumpió Nick. Se lo dijo al camarero como tantas veces se
lo había dicho a sí mismo.
—Ya
tienen a sus hijos —rezongó el camarero.
—No
es suficiente —dijo Nick tomándose la solución.
Ya
sentía cómo la fenmetrazina hidroclórida le hacía efecto, aumentando su sentido
del valor, su optimismo; en su interior experimentaba un poderoso resplandor.
—Si
se descubriese —prosiguió— que los exámenes del Servicio Civil están
manipulados, el Gobierno tendría que dimitir antes de veinticuatro horas, y
gobernarían los Inusuales, sustituyéndolos. ¿Cree que los Nuevos Hombres desean
que gobiernen los Inusuales? ¡Dios mío...!
—Opino
que trabajan juntos —murmuró el camarero, mientras se disponía a atender a otro
parroquiano.
Cuántas
veces, pensaba Nick al salir del bar, he creído eso yo mismo... Primero,
gobiernan los Inusuales, después los Nuevos Hombres. Si hubiesen planeado esto
a la perfección, de manera que pudieran controlar el sistema de análisis
personales, podrían constituir, como dije, una estructura de poder
autoperpetua; pero todo nuestro sistema político se basa en el hecho de la
animosidad mutua de dos grupos... y ésta es la verdad básica de nuestras
vidas... Esto y el reconocimiento de que, a causa de su superioridad, merecen
gobernar y saben hacerlo con prudencia y sabiduría.
Se
movió por entre la masa de transeúntes y llegó junto a su hijo, que estaba
hechizado contemplando un escaparate.
—Vámonos
—dijo Nick, colocando su mano con firmeza sobre el hombro de su hijo.
Las
drogas le animaban mucho.
—Ahí
venden un cuchillo que inflige dolor a distancia —le dijo Bobby sin moverse—.
¿Puedo tener uno? Si lo tuviese, me daría más confianza en el examen.
—Es
un juguete —replicó Nick.
—Aunque
lo sea —suplicó Bobby—. Por favor. Haría que me sintiese mucho mejor.
Algún
día, pensó Nick, no tendrás que gobernar por medio de infligir dolor...
Gobernar a tus iguales, servir a los amos. Tú serás uno de los amos y yo podré
aceptar tranquilamente cuanto suceda a mi alrededor.
—No
—se negó, llevando al muchacho hacia el denso tráfico de la acera—. No te fijes
en las cosas concretas —le advirtió con dureza—. Piensa en abstracciones,
piensa en los procesos neurológicos. Esto es lo que te preguntarán. —El chico
se retrasaba—.
¡Muévete!
—rugió Nick, urdiéndole hacia delante.
Y,
sintiendo físicamente la repugnancia de su hijo, intuyó la irremediable
presencia del fracaso.
Desde
hacía cincuenta años todo era igual; desde el año 2085 en que fueron elegidos
los primeros Nuevos Hombres, ocho años antes de que el primer Inusual llegara a
tan alto puesto. Después, fue una novedad; todo el mundo se preguntaba qué tal
funcionarían en la práctica aquellos tipos de reciente e irregular evolución.
Habían funcionado bien, demasiado bien para que les sucediese algún Antiguo.
Mientras ellos podían equilibrar un grupo de luces brillantes, un Antiguo sólo
podía cuidarse de una. Algunas acciones, basadas en procesos mentales que
ningún Antiguo podía seguir, no tenían parangón entre las primitivas variedades
de las especies humanas.
—Fíjate
en este titular —exclamó Bobby, deteniéndose ante un montón de periódicos.
«ESTÁ
CERCA LA CAPTURA DE PROVONI».
Nick
lo leyó sin interés, sin creer en ello y, al mismo tiempo, sin que le
importase. En lo que a él concernía, capturado o no, Thors Provoni ya no
existía. Pero Bobby parecía fascinado por la noticia. Fascinado... y asqueado.
—Ni
siquiera han capturado a Provoni —comentó el chico.
—No
lo digas tan alto —le aconsejó Nick, acercando los labios al oído de su hijo.
Se sentía profundamente inquieto.
—¿Qué
me importa que me oigan? —exclamó Bobby, acaloradamente. Señaló la masa de
hombres y mujeres que pasaban junto a ellos—. En realidad, todos están de
acuerdo conmigo.
Miró
a su padre con ira.
—Cuando
Provoni se marchó fuera del Sistema del Sol —recordó Nick—, traicionó a toda la
humanidad, a la Superior y al resto.
Así
lo creía firmemente. Ya habían discutido el asunto muchas veces, aunque nunca
lograban integrar sus opiniones contradictorias respecto al hombre que había
prometido encontrar otro planeta, otro mundo utilizable, en el que los Antiguos
pudiesen vivir... y gobernar.
—Provoni
fue un cobarde —continuó Nick—, y un submental. No creo que valga la pena
perseguirle. Aunque está claro que lo han localizado.
—Siempre
dicen lo mismo —adujo Bobby—. Hace dos meses nos dijeron que antes de
veinticuatro horas...
—Era
un submental —repitió Nick—, y por eso no cuenta.
—También
nosotros somos submentales —insistió Bobby.
—Yo
sí —asintió Nick—, pero tú no.
Siguieron
caminando en silencio, ya que ninguno de los dos tenía ganas de hablar.
El
oficial del Servicio Civil, Norbert Weiss, sacó una tarjeta verde de la
computadora procesal que había detrás de su escritorio y leyó atentamente la
información:
ROBERT
APPLETON
Lo
recuerdo, se dijo Weiss. Doce años, padre ambicioso... ¿Qué había demostrado el
chico en el examen preliminar? un notable factor E, muy por encima del promedio
normal, pero...
Cogió
el v-fono interdepartamental y marcó el número de la extensión de su jefe,
Jerome Pikeman.
Apareció
el abolsado y alargado rostro, dejando ver la tensión de su excesivo trabajo.
—¿Sí?
—No
tardará en llegar el chico Appleton —advirtió Weiss—. ¿Ha tomado ya una
decisión? ¿Le aprobamos o no?
Sostuvo
la tarjeta delante del visor del v-fono para refrescar la memoria de su
superior.
—A
la gente de mi Departamento no le gusta la actitud servil del padre —opinó
Pikeman—. Es tan extremado respecto a la autoridad que pensamos que tal vez
podría imbuir su actitud negativa en el desarrollo emocional de su hijo.
Suspéndale.
—¿Del
todo? —preguntó Weiss—. ¿O en otro examen...?
—Suspéndale
para siempre. Totalmente fuera. Le haremos un favor, porque seguramente tampoco
él desea aprobar.
—Ese
chico tuvo una calificación muy alta.
—Pero
no excepcional. Nada que necesitemos.
—Pero,
si hemos de ser justos con él... —protestó Weiss.
—Precisamente
para ser justos con ese chico le suspenderemos. No es ningún honor, ningún
privilegio conseguir una clasificación federal, sino una carga. Una
responsabilidad. ¿No lo cree así, señor Weiss?
Jamás
lo había mirado desde este punto de vista. Sí, se dijo, estoy abrumado por el
trabajo, el sueldo es bastante bajo y, como dice Pikeman, en él no hay honor
sino una especie de deber. Pero tendrían que matarme para que renunciase a él.
Se preguntó por qué pensaba de ese modo.
En
septiembre de 2120 había obtenido el grado del Servicio Civil, y desde entonces
había trabajado para el Gobierno, primero bajo un Presidente Inusual del
Consejo, después con un Presidente de los Nuevos Hombres; es decir, de uno de
los dos grupos que últimamente ostentaban el control. Él, lo mismo que otros
como él, como otros empleados del Servicio Civil, seguía en su puesto, llevando
a cabo sus hábiles funciones. Hábiles... e inteligentes.
Ya
desde niño se había definido legalmente como un Nuevo Hombre. Su corteza
cerebral mostraba visibles nódulos Roger y, en las pruebas de inteligencia,
exhibió una apropiada y magnífica capacidad. A los nueve años de edad ya había
superado en ideas a un Antiguo maduro; a los veinte, podía proyectar
mentalmente una tabla al azar de un centenar de números... y también de más.
Podía, por ejemplo, sin usar una computadora, determinar la posición del rumbo
de un barco sujeto a tres gravedades, gracias a sus innatos procesos mentales
podía proyectar su situación en cualquier momento. Podía deducir una gran
variedad de correlaciones desde una preposición dada, teórica o prácticamente.
Y a los treinta y dos...
En
una hoja ampliamente difundida había presentado objeciones a la clásica teoría
de los límites, demostrando, según su estilo propio y único, un posible
retorno, al menos en teoría, al concepto de Zeno acerca del movimiento
progresivamente partido, utilizando como palanca la Teoría de Dunne sobre el
tiempo circular.
Como
resultado de esto obtuvo un puesto inferior en una rama inferior del
Departamento Federal de Calificaciones Personales del Gobierno. Aunque
original, lo conseguido no era mucho. Al menos, comparado con los adelantos
logrados por otros Nuevos Hombres.
En
menos de cincuenta años éstos habían alterado el mapa del pensamiento humano.
Lo habían cambiado en algo que los Antiguos, la gente del pasado, no podía ni
entender ni reconocer. Por ejemplo, la «Teoría de la Acausalidad», de Bernhad:
en 2103, Bernhad, que trabajaba en el Instituto Politécnico de Zurich, había
demostrado que, pese a su enorme escepticismo, Hume estaba básicamente en lo
cierto respecto a que era la costumbre, y nada más, lo que unía los
acontecimientos comprendidos por los Antiguos como causa y efecto. Actualizó la
teoría de las mónadas de Leibnitz, con resultados catastróficos. Por primera
vez en la historia de la humanidad fue posible predecir los resultados de las
secuencias físicas sobre la base de un espectro de predicados variables, cada
uno verdadero, cada uno tan «causal» como el siguiente. Debido a esto, las
ciencias aplicadas adoptaron una forma nueva con la que los Antiguos no podían
competir; en sus mentes, un principio de acausalidad significaba el caos; no
podían predecir nada.
Y
aún había habido más.
En
2130, Blaise Black, un Nuevo Hombre clasificado como G-16, trastornó el
principio de Sincronicidad de Wolfgang Pauli. Demostró que la llamada línea
«vertical» de la conectividad, tan fácilmente proyectada, funcionaba como
factor predecible, usando los nuevos métodos de selección al azar, como la
secuencia «horizontal». Así, la distinción entre las secuencias quedaba
efectivamente destruida, liberando la física abstracta de la carga de una doble
determinación, haciendo que todos los cálculos, incluyendo los derivados de la
astrofísica, fuesen fundamentalmente sencillos. El Sistema de Black, como lo
llamaron, puso fin a toda confianza en la teoría y la práctica de los Antiguos.
Las
contribuciones aportadas por los Inusuales fueron más específicas, estando
relacionadas con las operaciones referentes a entidades reales. Así, al menos
tal como él, Nuevo Hombre, lo veía, su raza contribuyó a subrayar los
engranajes del mapa del Universo reformado, y los Inusuales efectuaron su tarea
en la forma de aplicación de esas estructuras generales.
Sabía
que los Inusuales no estaban de acuerdo con esto, pero eso no le molestaba.
Yo
tengo una clasificación G-3, se dijo a sí mismo, y he hecho algo: he añadido un
ápice a nuestro conocimiento colectivo. Ningún Antiguo, por bien dotado que
estuviese, habría podido conseguirlo. Exceptuando quizá a Thors Provoni. Pero
Thors Provoni llevaba varios años ausente; ya no perturbaba el sueño de los
Inusuales ni de los Nuevos Hombres. Provoni recorría incansablemente los
linderos de la Galaxia, buscando, en su cólera, algo vago, algo quizá
metafísico. Una respuesta, por decirlo de alguna manera. Una respuesta. Thors
Provoni gritaba en el vacío, ruidosamente, con la esperanza de obtener una
respuesta.
Que
Dios nos ayude, pensó Weiss, si alguna vez la encuentra.
Aunque
lo cierto era que no temía a Provoni; ni tampoco le temían sus semejantes. A
medida que los meses se convertían en años, algunos Inusuales nerviosos
murmuraban entre ellos, mientras Provoni no moría ni era capturado. Thors
Provoni constituía un anacronismo; era el último de los Antiguos que no
aceptaba la historia, que soñaba con una acción ortodoxa e impensada; vivía en
un pasado decaído, la mayor parte del cual no era real; un pasado soñador y
muerto que no podía ser recordado, ni siquiera por un hombre tan bien dotado,
tan educado y tan activo como Provoni. Es un pirata, se dijo Weiss, una figura
casi romántica, rodeada de hazañas. En cierto sentido, cuando muera le echaré
de menos. Al fin y al cabo, nosotros procedemos de los Antiguos, y estamos
relacionados con ellos. A distancia.
—Es
una carga —asintió ante su superior, Pikeman—. Tiene razón.
Esta
labor, este Servicio Civil con sus clasificaciones era una carga, pensó. Yo no
puedo volar a las estrellas; no puedo lograr algo que no existe en las remotas
curvas del Universo. ¿Qué sentiré cuando destruyamos a Thors Provoni? Mi
trabajo será mucho más aburrido. Y, sin embargo, me gusta. No renunciaría a él.
Ser un Nuevo Hombre es algo importante.
Tal
vez soy víctima de la propaganda, reflexionó.
—Cuando
venga Appleton con ese chico —dijo Pikeman—, hágale a Robert todo el examen, y
después dígales que la clasificación no estará lista hasta, aproximadamente,
dentro de una semana. De esta forma podrán soportar mejor el golpe. —Sonrió
rígidamente y añadió—: Además, no tendrá que darles usted la noticia, la
recibirán por escrito.
—No
me importaría comunicársela personalmente —adujo Weiss.
Pero
sí le importaba. Porque, probablemente, no sería la verdad.
La
verdad, pensó. Nosotros somos la verdad; nosotros la creamos; la verdad es
nuestra. Juntos hemos compilado una nueva carta. Mientras crecemos, la verdad
crece con nosotros; y nosotros cambiamos. ¿Dónde estaremos el próximo año?, se
preguntó. No hay forma de saberlo, excepto para los videntes que hay entre los
Inusuales, que ven muchos futuros a la vez, como, según había oído, filas de
cajones.
La
voz de su secretaria llegó por el intercomunicador.
—Señor
Weiss, un tal señor Appleton y su hijo preguntan por usted.
—Que
pasen —accedió Weiss, retrepándose en su cómoda silla imitación pelo de nauga,
disponiéndose a recibirles.
Sobre
el escritorio estaba el formulario para el examen; jugueteó con él
reflexivamente, viendo, por el rabillo del ojo, cómo adoptaba varias formas.
Por un instante, casi cerró los ojos y le dio forma, en su mente, tal como
deseaba que fuese exactamente.
2
Kleo
Appleton, en su diminuto apartamento, echó una ojeada a su reloj y se puso a
temblar. Era muy tarde. Y tan poco por hacer... Tal vez no regresarían; tal vez
les comunicasen alguna inconveniencia y se los llevarían a uno de esos Campos
de Concentración de los que tanto se hablaba.
—Es
un tonto —le dijo al televisor.
Y
por el altavoz del aparato surgió un coro de palmadas como si un público irreal
aplaudiese.
—La
señora Kleo Appleton —anunció el locutor—, de North Plate, Idaho, dice que su
esposo es un tonto. ¿Qué piensa de esto, Ed Garley?
En
la pantalla apareció una cara redonda y gruesa, en tanto la personalidad
televisiva de Ed Garley meditaba una respuesta ingeniosa.
—Diría
que es completamente absurdo imaginar, aunque sólo sea por un instante, que un
hombre mayor sea...
Con
un gesto de la mano ella apagó el aparato.
Del
fogón, situado en la pared opuesta del saloncito, le llegó el olor del pastel
de manzana. Había gastado la mitad de su ración semanal de cupones, además de
tres sellos amarillos de ración, para hacerlo. Y no están aquí para comérselo,
se dijo. Aunque supongo que, comparado con todo lo demás, esto carece de
importancia. Quizá éste era el día más importante en la vida de su hijo.
Mientras
esperaba, necesitaba hablar de ello con alguien. Esta vez no le servía de nada
el televisor.
Salió
del apartamento, cruzó el pasillo y llamó a la puerta de la señora Arlen.
La
puerta se abrió y apareció la señora Arlen. Era una mujer de mediana edad de
cabellos revueltos, parecida a una tortuga.
—Oh,
señora Appleton...
—¿Todavía
tiene al señor Aspirador? —preguntó Kleo Appleton—. Deseo tenerlo todo limpio
cuando vuelvan Nick y Bobby. Sí, Bobby se examina hoy. ¿No es maravilloso?
—Hacen
trampa —replicó la señora Arlen.
—Eso
es lo que murmura la gente —objeto Kleo—, la gente que no aprueba el examen, o
los que se hallan relacionados con ella. Innumerables personas aprueban todos
los días, la mayoría son chicos como Bobby.
—Seguro...
—¿Tiene
al señor Aspirador? —repitió Kleo con frialdad—. Tengo derecho a usarlo tres
horas cada semana y esta semana no lo he utilizado en absoluto.
A
regañadientes, la señora Arlen desapareció y regresó empujando al pomposo y
orgulloso señor Aspirador, el hombre de mantenimiento interno del edificio.
—Buenos
días, señora Appleton —saludó con su voz sutil y silbante el señor Aspirador al
verla—. Aunque me enchufe, me encanta volver a verla. Buenos días, señora
Appleton.
Aunque
me enchufe...
Lo
empujó a través del pasillo hasta su apartamento.
—¿Por
qué se muestra tan hostil conmigo? —le preguntó después a la señora Arlen,
volviendo a atravesar el pasillo—. ¿Qué le he hecho a usted?
—No
me muestro hostil —negó la señora Arlen—. Intento hacerle ver la verdad. Si los
exámenes fuesen justos, nuestra hija Carol habría aprobado. Puede oír los
pensamientos, al menos un poco, ya que es una auténtica Inusual, tanto como
cualquiera de los clasificados en el Servicio Civil. Muchos Inusuales
clasificados pierden su habilidad porque...
—Lo
siento, he de hacer la limpieza —dijo la señora Kleo cerrando la puerta de su
apartamento, y dio media vuelta buscando dónde podía enchufar al señor
Aspirador...
Se
paró en seco, completamente inmóvil.
Un
individuo bajito y de aspecto rollizo, con una nariz ganchuda y delgada,
facciones normales, que llevaba una arrugada chaqueta de tela y unos pantalones
sin planchar, estaba frente a ella. Había entrado en el apartamento mientras
ella hablaba con la señora Arlen.
—¿Quién
es usted? —preguntó Kleo, mientras el corazón le palpitaba de miedo.
Intuía
un ambiente raro en torno a aquel hombre que parecía dispuesto a desaparecer...
Sus ojillos, estrechos y oscuros, miraban nerviosamente por todas partes como
si, pensó ella, quisiera conocer todas las posibles salidas del apartamento.
—Me
llamo Darby Shire —se presentó el individuo. Luego, la contempló fijamente, y
en su rostro aumentó la expresión de acoso—. Soy un viejo amigo de su marido.
¿Cuándo estará en casa? ¿Puedo quedarme hasta que llegue?
—Estará
en casa dentro de muy poco —explicó ella.
Seguía
sin moverse, lo más apartada posible de Darby Shire, si éste era realmente su
nombre.
—Tengo
que limpiar el apartamento antes de que vuelvan —explicó.
Pero
no enchufó al señor Aspirador. Mantuvo inalterable su mirada, su escrutinio de
Darby Shire. ¿De qué tenía miedo?, se preguntó. ¿Acaso le persiguen los del
Servicio de Seguridad Pública? En tal caso, ¿qué es lo que ha hecho?
—Quisiera
una taza de café —pidió Shire.
Inclinó
la cabeza como para evitar la realidad suplicante de su voz. Como si no le
gustase tener que pedirle algo a aquella mujer, algo que, sin embargo,
necesitaba, que debía conseguir.
—¿Puedo
ver su marbete de identidad? —le pidió Kleo.
—Con
mucho gusto —Shire rebuscó en los abultados bolsillos de la chaqueta, sacó un
puñado de tarjetas de plástico y las arrojó sobre una silla que había al lado
de Kleo—. Coja la que quiera.
—¡Tres
marbetes de identidad! —exclamó ella con incredulidad—. No puede tener más de
uno. Más de uno va contra la ley.
—¿Dónde
está Nick? —preguntó Shire, sin contestar directamente.
—Está
con Bobby en el Departamento Federal de Calificaciones Personales.
—Ah,
tienen un hijo —Shire sonrió torvamente—. Para que vea cuánto tiempo hace que
no veo a Nick. ¿Qué es el chico, un Nuevo? ¿Un Inusual?
—Un
Nuevo —respondió Kleo.
Se
dirigió al v-fono. Levantó el aparato y empezó a marcar.
—¿A
quién llama? —se interesó Shire.
—Al
Departamento, para saber si Nick y Bobby ya han salido de allí.
—No
se acordarán —le dijo Shire, dirigiéndose hacia el v-fono—, ni sabrán de qué
les habla. ¿No comprende cómo son? —Alargó la mano y cortó el circuito del
v-fono—. Lea mi libro.
De
nuevo buscó en sus bolsillos y sacó un libro en rústica, doblado, con las
páginas arrugadas y manchadas, la portada destrozada, y lo tendió hacia ella.
—Oh,
no, no lo quiero —rechazó Kleo con cierta revulsión.
—Cójalo.
Léalo y comprenda por qué debemos deshacernos de la tiranía de los Nuevos y los
Inusuales, que destrozan nuestras vidas, que se burlan de todo lo que intentan
hacer los hombres —hojeó el mugriento y casi destrozado libro, buscando una
página en concreto—. ¿No podría tomar una taza de café? —preguntó con voz
quejosa—. Bueno, no encuentro la referencia que busco; a lo mejor tardaré un
poco.
Tras
meditar unos momentos, Kleo se dirigió a la cocina resuelta a calentar el agua
para preparar el café instantáneo.
—Puede
quedarse cinco minutos —le espetó Kleo a Shire—. Y si para entonces no ha
vuelto Nick, tendrá que irse.
—¿Tiene
miedo de que me sorprendan aquí con usted? —quiso saber Shire.
—Yo...
Bueno, estoy un poco tensa —confesó ella.
Porque
sé lo que eres, pensó inmediatamente. Y ya he visto otros libros doblados y
destrozados como éste, libros terribles que van de un sitio a otro dentro de
sucios bolsillos, pasados de mano en mano con gran secreto.
—Usted
es un miembro del RID —exclamó después.
—El
RID es demasiado pasivo —volvió a sonreír él—. Quieren lograrlo todo por medio
de las votaciones. —Encontró la referencia que buscaba, pero parecía ya
demasiado fatigado para enseñársela; se limitó a quedarse allí, sosteniendo el
libro— pasé dos años en la Prisión gubernamental —dijo al fin—. Déme un poco de
café y me iré; ya no quiero esperar a que Nick regrese. Probablemente no podrá
ayudarme.
—¿Qué
cree que podría hacer Nick por usted? No trabaja para el Gobierno, ni tiene
ninguna...
—No
es eso lo que necesito. Estoy fuera de la legalidad. Cumplí mi condena. ¿Podría
quedarme aquí? No tengo dinero ni sitio adónde ir. Pasé revista a todos los que
podrían ayudarme y de pronto, por un proceso de eliminación, me acordé de Nick.
—Aceptó la taza de café, y le dio a Kleo el libro a cambio—. Gracias —dijo,
bebiendo el café con avidez—. ¿Sabe que toda la estructura del poder en este
planeta se derrumbará desde la raíz? La raíz interna... Algún día podremos
derribarlo con un simple palo. Algunos hombres clave... Antiguos, tanto de
dentro como de fuera del aparato del Servicio Civil y... —Efectuó un ademán
violento, de barrido—. Todo está en mi libro. Guárdelo y léalo; lea cómo los
Nuevos Hombres y los Inusuales manipularon a la gente por medio del control de
todos los medios de comunicación y de...
—¡Usted
está loco! —exclamó Kleo.
—Ya
no —Shire movió la cabeza, arrugando marcadamente sus ratoniles facciones, como
un repudio emocional a aquellas palabras—. Cuando me arrestaron, hace tres
años, yo estaba legal y clínicamente loco. Paranoia, dijeron; pero antes de que
me soltaran tuve que pasar por diversas pruebas psíquicas, y ahora puedo
demostrar mi cordura —volvió a rebuscar en sus bolsillos—. Incluso tengo un
documento oficial que siempre llevo encima.
—Volverán
a buscarle —le dijo Kleo.
¿Es
que no va a volver nunca Nick?, pensó.
—El
Gobierno —continuó Shire— planea un programa de esterilización de todos los
Antiguos varones. ¿Lo sabía?
—No
lo creo. —Había oído muchos rumores falsos, pero si uno resultaba cierto..., o
la mayoría—. Dice esto para justificar la fuerza y la violencia, sus
actividades ilegales.
—Tenemos
una xerocopia del documento firmado por diecisiete Concejales...
«Boletín
de noticias —anunció el televisor después de dejar oír un chasquido—. Unidades
avanzadas del Tercer Ejército informan que el Dinosaurio Gris, la nave con la
que el ciudadano Thors Provoni abandonó el
Sistema
del Sol, ha sido localizado dando vueltas en torno a Próxima, sin señales de
vida. En estos momentos, comandos del Tercer Ejército se hallan dedicados a
apoderarse de dicha nave, donde se cree que dentro de unas horas se descubrirá
el cuerpo de Provoni. No se aparten del televisor porque daremos nueva
información».
Una
vez emitido el mensaje, el aparato se apagó por sí solo.
Un
estremecimiento extraño, casi convulsivo, recorrió el cuerpo de Darby Shire, el
cual hizo un mohín, se cogió el brazo derecho y lo agitó salvajemente en el
aire; luego, le brillaron los ojos y se volvió hacia Kleo.
—Nunca
le cogerán —exclamó por entre sus apretados dientes—. Y le diré por qué. Thors
Provoni es un Antiguo, el mejor de nosotros, superior a todos los Nuevos
Hombres y a los Inusuales. Regresará a este Sistema con ayuda, tal como
prometió. En algún lugar del Universo existe ayuda para nosotros y, aunque para
ello tarde ochenta años, la encontrará. No busca un mundo que se pueda
colonizar, sino que los busca a ellos. —Miró escrutadoramente a Kleo y
prosiguió—: No lo sabía, ¿verdad? Nadie lo sabe... Nuestros gobernantes
controlan toda la información referente a Provoni, pero ésta es la verdad:
Provoni no dejará que sigamos estando solos y tampoco bajo el control de los
oportunistas mutacionales que explotan sus presuntas capacidades como pretexto
para tener el poder en la Tierra y detentarlo eternamente.
Jadeó
ruidosamente y su rostro se desencajó; sus pupilas destellaban su fanatismo.
—Ya
entiendo —murmuró Kleo.
Se
apartó de él con revulsión.
—¿Me
cree? —preguntó Shire.
—Creo
—asintió Kleo— que es usted un devoto de Provoni, sí, eso es lo que creo.
Y
creo, pensó, que vuelves a estar legal y clínicamente loco, como hace un par de
años.
—¡Hola!
Nick,
con Bobby detrás, entró en el apartamento. De pronto, vio a Darby Shire.
—Eh,
¿quién es éste? —inquirió.
—¿Aprobó
Bobby? —quiso saber Kleo.
—Creo
que sí —respondió Nick—. Nos lo comunicarán por correo la semana próxima. De
haber fallado nos lo habrían dicho inmediatamente.
—Fallé
—aseguró Bobby distraídamente.
—¿No
te acuerdas de mí? —intervino Darby Shire, dirigiéndose a Nick—. Claro, ha
pasado ya tanto tiempo... —los dos hombres se estudiaron mutuamente—. Yo sí te
reconozco —continuó Shire con tono esperanzado, como invitando a Nick a que le
reconociera—. Hace quince años, en Los Ángeles, en el edificio de archivos del
Condado. Los dos éramos ayudantes administradores de Horse Faced Brunnell.
—Darby
Shire —exclamó Nick de pronto y alargó la mano. Se dieron un apretón.
Este
hombre, pensó Nicholas Appleton, ha envejecido mucho. ¡Qué cambio más terrible!
Aunque quince años son muchos años.
—Tú
no has cambiado en absoluto —añadió Darby Shire. Le mostró a Nick el estropeado
libro—. Recluto gente. Sin ir más lejos, estaba intentando reclutar a tu
esposa.
—Es
un Subhombre —proclamó Bobby al ver el libro. Luego, excitadamente agregó—:
¿Puedo verlo?
Alargó
la mano hacia el ejemplar.
—¡Sal
de aquí! —casi le gritó Nick a Darby Shire.
—No
creerás que puedes... —tartamudeó Shire.
—Ya
sé quién eres —le interrumpió Nick frenéticamente. Le agarró por la hombrera de
su raída chaqueta y le empujó hacia la puerta— ¡Sé que te escondes de los de la
Seguridad
Pública! ¡Fuera!
—Necesita
un sitio donde estar —intervino Kleo—. Y quería quedarse aquí algún tiempo.
—¡No!
—se negó Nick—. ¡Jamás!
—¿Tienes
miedo? —preguntó burlonamente Darby Shire.
—Sí
—confesó Nick.
A
todo el que atrapaban en posesión de propaganda de un Subhombre, y a cualquiera
asociado con él, quedaba automáticamente privado de su derecho a examinarse
para los Servicios Civiles. Si los de la Seguridad Pública sorprendían a Darby
Shire en su casa, la vida de Bobby quedaría destrozada. Y además, podían
multarlos a todos y enviarlos a uno de los Campos de Rehabilitación por un
tiempo indefinido, no sujetos a revisión judicial.
—No
tengas miedo —le dijo Darby Shire en voz baja—. Ten esperanza.
Cuando
se irguió en toda su estatura, Nick pensó que era muy bajo. Y feo también.
—Recuerda
las promesas de Thors Provoni —prosiguió Shire—. Y recuerda esto también: tu
chico no obtendrá ninguna calificación del Servicio Civil. De modo que no
tienes nada que perder.
—Podemos
perder nuestra libertad —gritó Nick.
Después
vaciló. No podía empujar a Darby Shire fuera del apartamento, hacia el pasillo
público. Supongamos que Provoni vuelve, se dijo a sí mismo, como ya había
pensado otras muchas veces. Aunque no lo creo, pues a estas horas ya lo habrán
atrapado.
—No
—repitió—. No quiero tener nada que ver contigo. Arruina tu vida; guárdala para
ti. Y lárgate.
Empujó
al individuo bajito hacia el vestíbulo, y luego fuera, al pasillo. Ya se habían
abierto algunas puertas y los inquilinos, a algunos de los cuales conocía,
mientras que a otros no, contemplaban con interés lo que sucedía.
Darby
Shire le miró y luego, tranquilamente, se llevó una mano al bolsillo interior
de su maltrecha chaqueta. Ahora parecía más alto, más seguro de sí mismo... y
de la situación.
—Me
alegro, ciudadano Appleton —exclamó, sacando una cajita negra y plana, que
abrió—, de que hayas adoptado esta actitud. Estoy efectuando comprobaciones en
este edificio, selecciones al azar, por decirlo de algún modo. —Le enseñó a
Nick su marbete de identidad oficial: relucía un poco, realzado por un fuego
artificial—. Soy el occífero Darby Shire, del Servicio de Seguridad Pública.
Nick
experimentó en su interior un frío que lo dejó casi entumecido. Guardó
silencio. No se le ocurría nada que decir.
—¡Dios
mío! —musitó Kleo desmayadamente. Se acercó a Nick, lo mismo que, al cabo de un
momento, hizo Bobby—. Pero dijimos lo que debíamos, ¿verdad? —le preguntó a
Shire.
—Así
es —asintió éste—. Sus respuestas han sido uniformemente adecuadas. Buenos
días.
Volvió
a depositar su marbete de identidad en el bolsillo interior de la chaqueta,
sonrió fugazmente y, sin dejar de sonreír, pasó por entre el grupo de mirones.
Un momento después había desaparecido. Sólo quedaba el grupo de inquilinos y
Nick, su esposa y su hijo.
Nick
cerró la puerta del apartamento y se encaró con Kleo.
—Uno
nunca puede estar tranquilo —se enojó.
Cuán
cerca habían estado de... Un momento más y... Tal vez le hubiese dicho que se
quedara. En recuerdo de los viejos tiempos. Al fin y al cabo, años atrás le
conoció.
Supongo,
pensó, que precisamente por eso le escogieron para comprobar mi lealtad y la de
mi familia. ¡Dios mío!
Estaba
aterrado y tembloroso. Con pasos inciertos se dirigió al cuarto de baño, al
armarito de las medicinas donde guardaba su suministro de píldoras.
—Un
poco de flufenazina hidroclórida —murmuró, cogiendo el frasco sedante.
—Hoy
ya has tomado tres —le recordó Kleo prudentemente—, son demasiadas.
—Me
sentarán bien —replicó Nick.
Llenó
el vaso de agua y rápidamente se tragó la píldora.
En
su interior experimentaba una gran cólera. Era como una chispa de rabia
transitoria contra el sistema, contra los Nuevos Hombres, contra los Inusuales
y contra el Servicio Civil... Y de repente, la flufenazina hizo su efecto. El
enfado desapareció, aunque no por completo.
—¿Crees
que tenemos micrófonos escondidos en el apartamento? —le preguntó a Kleo.
—¿Micrófonos?
—repitió su esposa—. Evidentemente, no. O ya nos habrían visitado hace mucho
tiempo, por culpa de las terribles cosas que suele decir Bobby.
—Creo
que no podré resistirlo —murmuró Nick.
—¿Qué?
—quiso saber Kleo.
Nick
no contestó. Pero en su interior ella sabía lo que quería decir. Bobby también
lo sabía. Ahora estaban juntos, pero ¿por cuánto tiempo pensaré como ahora?
Esperaré a saber si Bobby ha aprobado el examen, pensó. Después decidiré lo que
debo hacer. ¿Qué estoy pensando? ¿Qué me ocurre?
—El
libro lo ha dejado aquí —exclamó Bobby. Se inclinó y cogió el estropeado libro
de bolsillo que se había dejado Darby Shire—. ¿Puedo leerlo? —le preguntó a su
padre mientras lo hojeaba—. Parece auténtico. La Policía debió cogérselo a
algún Subhombre que atraparon.
—Está
bien, léelo —rezongó Nick rabiosamente.
3
Dos
días más tarde, en el buzón de los Appleton había una carta del Gobierno. Con
el corazón anhelante de expectación, Nick rasgó el sobre rápidamente. Sí, era
el resultado del examen. Escrutó las diversas páginas —junto con una xerocopia
de la hoja escrita por Bobby—, y al fin encontró la decisión.
—Suspendido
—murmuró.
—Lo
sabía —exclamó Bobby—. Por eso no quería examinarme.
Kleo
empezó a llorar.
Nick
no dijo nada, no pensaba nada; estaba vacío y aturdido. Una mano, más helada
que la de la muerte, le apretó el corazón, matando todas sus emociones.
4
¿Cómo
va la persecución de Provoni? —preguntó Willis Gram, Presidente del Consejo del
Comité Extraordinario para la Seguridad Pública, cogiendo su fono de una
línea—. ¿Alguna novedad?
Sonrió.
Quién sabe dónde estaba Provoni. Probablemente, muerto hacía varios años en
algún perdido planetoide.
—¿Se
refiere a las noticias que dan los medios de comunicación, señor? —preguntó
Lloyd Barnes, el Director de Policía.
Gram
se echó a reír.
—Sí,
dígame qué dicen los periódicos y la televisión.
Naturalmente,
podía poner en marcha su propio televisor, sin tener siquiera que saltar de la
cama. Pero le encantaba poner en ascuas al elegante Director de Policía acerca
de la situación de Thors Provoni. El color de la tez de Barnes solía ser, de
una manera morbosa, interesante. Y, como era un Inusual del grado más elevado,
Gram podía disfrutar con el caos formado en la mente del otro cuando trataban
del tema tan sobado de la fuga del traidor.
Al
fin y al cabo, había sido el Director Barnes quien soltó a Thors Provoni de una
Cárcel Federal diez años atrás, en calidad de rehabilitado.
—Provoni
volverá a escurrírsenos de entre los dedos —se condolió Barnes.
—¿Por
qué no dice que ha muerto?
La
muerte de Provoni tendría unas enormes consecuencias psicológicas sobre la
población..., y en las líneas que a él le gustaría ver.
—Si
vuelve a presentarse, la base de nuestra situación se desequilibraría. Sólo con
volver...
—¿Dónde
está mi desayuno? —inquirió Gram—. Ordene que me lo traigan.
—Sí,
señor —asintió Barnes, sorprendido—. ¿Qué quiere? ¿Tostadas y huevos? ¿Jamón
frito?
—¿De
veras hay jamón? —preguntó Gram—. Sí, jamón con tres huevos de gallina.
—Sí,
señor —murmuró Barnes, al que no le agradaba aquel papel de criado. Interrumpió
la comunicación.
Willis
Gram volvió a apoyar la cabeza en la almohada; al momento se presentó uno de
sus servidores personales, que le colocó la almohada exactamente tal como debía
estar. Y ahora, ¿dónde estaba el maldito periódico? Alargó la mano para
recibirlo; otro miembro de su servicio personal observó el gesto y al instante
le entregó las tres ediciones del Times.
Durante
algún tiempo, Gram hojeó las primeras secciones del antiguo y gran
periódico..., ahora controlado por el Gobierno.
—Eric
Cordon —exclamó Gram al fin, haciendo un ademán con la mano derecha para dar a
entender que deseaba dictar algo.
Al
momento apareció un escriba, con una transcriptora portátil.
—A
todos los miembros del Consejo —dictó Gram—. No podemos anunciar la muerte de
Provoni por los motivos que ha indicado el Director Barnes, pero podemos
entregar a Eric Cordon. Quiero decir que podemos ejecutarle, lo cual será un
gran alivio.
Casi,
pensó, como atrapar a Thors Provoni. En la red de los Subhombres, Eric Cordon
era el organizador y portavoz más admirado. Y, claro está, estaban sus
numerosos libros.
Cordon
era un verdadero Antiguo intelectual, un físico teórico que podía inspirar una
gran respuesta de grupo entre los desilusionados Antiguos que añoraban los días
pasados. Que, de haber podido, habrían hecho retrasar el reloj cincuenta años.
A pesar de su gran capacidad leguleya, Cordon era un pensador, y no un hombre
de acción como Provoni. Thors Provoni, el hombre de acción que había huido para
obtener ayuda, como Cordon, su antiguo amigo, lo manifestó en una serie de
discursos, libros y artículos espantosos. Cordon era popular, pero, al revés
que Provoni, no era una amenaza pública. Con su ejecución, dejaría un vacío
que, en realidad, nunca había llenado por completo. A pesar de su atractivo
público, era un personaje menor.
Pero
una gran parte de los Antiguos no entendía esto, y a Eric Cordon le rodeaba una
especie de adoración al héroe. Provoni era una abstracción. Eric Cordon
existía, trabajaba, escribía y hablaba en la Tierra.
—Que
aparezca Cordon en la gran pantalla, señorita Knight —ordenó cogiendo su fono
de dos líneas.
Colgó,
volvió a hundirse en la almohada y paseó la vista por diversos artículos del
periódico.
—¿Más
dictado, Presidente del Consejo? —inquirió el escriba, tras un intervalo.
—Oh,
sí —exclamó Gram, apartando de sí el periódico—. ¿Dónde estábamos?
—«Quiero
decir que podemos ejecutarle. Lo cual será...».
—Continuemos
—Gram se aclaró la garganta—. Quiero que todos los Jefes de Departamento, ¿lo
entiende?, capten y comprendan los motivos que hay detrás de mi deseo de
eliminar a ese... Bien, como se llame.
—Eric
Cordon —le recordó el escriba.
—Sí
—asintió Gram—. El motivo por el cual debemos destruir a Eric Cordon es el
siguiente: Cordon es el enlace entre los Antiguos de la Tierra y Thors Provoni.
Mientras Cordon viva, la gente sentirá la presencia de Thors Provoni. Sin
Cordon, no tendrán ningún contacto, real o no, con esa bastarda rata espacial,
allí donde quiera que esté. Hasta cierto punto, Cordon es la voz de Provoni,
estando éste fuera. Admito que esto puede ser un tiro de rebote, ya que los
Antiguos pueden amotinarse por algún tiempo... Pero, por otra parte, esto
también serviría para hacer salir a los Antiguos de sus escondrijos, y sería
más fácil atraparles. Es decir, pienso forzar deliberadamente una exhibición de
fuerza por parte de los Antiguos, ya que habrá algaradas tan pronto como se
anuncie la muerte de Cordon, pero al final...
Se
interrumpió. En la pantalla grande, que abarcaba todo el muro de su inmenso
dormitorio, empezaba a aparecer un rostro. Era una cara afilada, estética, con
huecos en la mandíbula; una mandíbula debilitada, pensó Gram al ver que se
movía al hablar. Unas gafas sin montura, un pelo ralo en forma de mechones
cuidadosamente peinados en su pelado cráneo.
—Sonido
—pidió Gram, mientras los labios de Cordon continuaban moviéndose
inaudiblemente.
—...
placer —decía Cordon cuando llegó el sonido demasiado elevado de volumen—. Ya
sé que está usted muy ocupado, señor. Pero si desea hablarme... —Cordon esbozó
un gesto elegante—, estoy dispuesto.
—¿Dónde
diablos está ahora? —le preguntó Gram a uno de sus ayudantes.
—En
la Prisión de Brightforth.
—¿Le
dan bastante comida? —quiso saber Gram, dirigiéndose a la imagen de la
pantalla.
—Mucha,
sí —sonrió Cordon enseñando sus dientes blancos y regulares, probablemente
postizos.
—¿Tiene
libertad para escribir?
—Tengo
los materiales necesarios.
—Dígame,
Cordon —inquirió Gram con energía—, ¿por qué escribe y dice esas cosas tan
horrorosas? Ya sabe que no son ciertas.
—La
verdad está en el ojo del espectador. —Cordon sonrió sin humor.
—Usted
ya está enterado del proceso que sufrió hace unos meses —observó Gram—, por el
que fue sentenciado a dieciséis años de Cárcel por traición. Bien, maldito sea,
los jueces se han arrepentido y han tachado las especificaciones de su castigo.
Ahora han decidido condenarle a la pena de muerte.
El
rostro de Cordon no mostró ninguna expresión.
—¿Me
oye? —se inquietó Gram.
—Oh,
sí, señor. Le oigo muy bien.
—Vamos
a ejecutarle, Cordon —continuó Gram—. Como sabe, puedo leer en su mente, y sé
lo asustado que está.
Era
verdad. Por dentro, Cordon temblaba. Aunque su contacto siguiese siendo
puramente electrónico, estando Cordon a cuatro mil kilómetros de distancia, esa
clase de capacidad psiónica era lo que asombraba a los Antiguos y, con
frecuencia, también a los Nuevos Hombres.
Cordon
no respondió, pero era obvio que Gram estaba leyendo en él telepáticamente.
—Interiormente
—siguió Gram—, usted piensa: Tal vez debería largarme. Muerto Provoni...
—No
creo que Provoni haya muerto —le interrumpió Cordon, con expresión ceñuda: su
primera expresión facial.
—Subconscientemente
—aclaró Gram—. Usted ni siquiera se halla enterado de ello.
—Aunque
Thors hubiese muerto...
—Oh,
vamos —dijo Gram—. Usted sabe tan bien como yo que si Provoni estuviese muerto,
usted abandonaría su propaganda de agitación y saldría de la vista del público
por el resto de su inútil existencia.
Un
zumbador situado en el aparato de comunicaciones, a la derecha de Gram, cobró
vida.
—Perdone
—se disculpó éste, presionando un botón.
—Ha
llegado el abogado de su esposa, Presidente del Consejo. Usted advirtió que le
dejáramos pasar, pese a lo que estuviese haciendo. ¿Debo dejarle entrar o...?
—Que
entre —ordenó Gram. A Cordon le dijo—: Probablemente, se lo comunicará el
Director Barnes una hora antes de su ejecución. Y ahora adiós, estoy muy
ocupado.
Hizo
un movimiento y la pantalla del muro se tornó opaca.
La
puerta central del dormitorio se abrió para dar paso a un caballero esbelto,
alto y bien ataviado, con una barbita corta. Penetró vivamente en la estancia,
cartera en mano. Era Horace Denfeld, que siempre vestía de la misma manera.
—¿Sabe
qué acabo de leer ahora mismo en la mente de Eric Cordon? —le preguntó Gram—.
Subconscientemente, está arrepentido de haberse unido a los Subhombres, y aquí
lo tenemos, el jefe del grupo... Bueno, si se le puede llamar jefe de ese
grupo, claro. Voy a liquidarlo, empezando por Cordon. ¿Aprueba que ordene la
ejecución de Cordon?
Después
de sentarse, Denfeld descorrió la cremallera de su cartera.
—Según
las instrucciones de Irma y mi consejo profesional, hemos cambiado algunas
cláusulas, de poca importancia, en el acuerdo de mantenimiento separado. Tome
—le entregó unas hojas, un documento a Gram—. Tómese tiempo, Presidente del
Consejo.
—¿Qué
sucederá cuando desaparezca Cordon? —insistió Gram, desdoblando el documento
legal y empezando a leerlo distraídamente, aunque fijándose especialmente en
los párrafos marcados en rojo.
—Ni
siquiera me atrevería a adivinarlo, señor —respondió Denfeld, pillado por
sorpresa.
—¿Cláusulas
sin importancia? —se burló Gram amargamente mientras leía—. Diantre, ha
aumentado el mantenimiento del niño de dos pops al mes a cuatro. —Fue pasando
las páginas, al tiempo que los lóbulos de sus orejas se ponían colorados por la
cólera y el desaliento—. Y su pensión, de tres mil a cinco mil pops. Y...
—llegó a la última página, llena de líneas coloradas y de sumas hechas con
bolígrafo—, la mitad de mis gastos de desplazamiento. ¿También pide esto? Y
todo lo que gane con mis discursos...
Tenía
el cuello congestionado y perlado de sudor.
—De
todos modos, le permite guardarse los beneficios procedentes de sus escritos
y...
—No
hay ningún material escrito. ¿Por quién me toma, por Eric Cordon?
Arrojó
los papeles sobre la cama y durante algún tiempo se quedó sentado, rabiando...
En parte, estaba enojado por lo que acababa de leer y, en parte, a causa del
abogado, Horace Denfeld, que era un Nuevo Hombre y que, a pesar de su baja
estatura incluso para la media de los Nuevos Hombres, consideraba a todos los
Inusuales, incluyendo entre ellos al Presidente del Consejo, un simple
desarrollo. Gram lo captaba en la mente de Denfeld: en ella había un nivel
constante de superioridad y desprecio.
—Tengo
que reflexionar sobre todo esto —masculló Gram. Enseñaré este documento a mis
abogados, se dijo a sí mismo. Tengo los mejores abogados del gobierno, los del
departamento de impuestos.
—Deseo
que considere una cosa, señor —alegó Denfeld—. En cierto modo, a usted puede
parecerle que es injusto que la señora Gram le pida... —buscó la palabra
adecuada— una participación tan grande en sus bienes.
—La
casa —asintió Gram—, y los edificios de cuatro apartamentos de Scranton. Todo
eso... y ahora esto.
—Pero
—objetó Denfeld melifluamente, paseando la lengua por los labios como una
flámula de papel bailando al viento— es esencial que su separación conyugal se
mantenga en secreto... Por su propio bien. Por el hecho de que un Presidente
del Consejo del Comité Extraordinario de la Seguridad Pública no puede
permitirse ni un soplo de... Bueno, de lo que califico de calumnia.
—¿Qué
significa?
—Escándalo.
Como sabe, ningún alto cargo de los Inusuales o los Nuevos Hombres puede dar un
escándalo. Y esto, más su posición...
—Antes
que firmar esto —concedió Gram—, dimitiré. Cinco mil pops de pensión al mes...
Está loca. —Levantó la cabeza y escrutó a Denfeld—. ¿Qué le sucede a una mujer
que consigue un divorcio o un mantenimiento por separación? Que lo quiere todo,
a la fuerza o como sea. La casa, los apartamentos, el coche, todos los pops del
mundo...
Dios
mío, pensó, secándose la frente fatigadamente. Dirigiéndose a uno de sus
criados le ordenó:
—Trae
mi café.
—Sí,
señor.
El
ayudante se apresuró a preparar la cafetera y luego le dio una taza llena de un
café negro, muy fuerte.
—¿Qué
puedo hacer? —preguntó Gram a sus ayudantes y a cuantos se hallaban en el
dormitorio, como suplicándoles—. Me tiene cogido. —Dejó el fajo de documentos
en el cajón de su mesita de noche—. Bien, no hay nada más que discutir —le dijo
a Denfeld—. Mis abogados le comunicarán mi decisión. —Miró a Denfeld con una
expresión que al abogado no te gustó en absoluto—. Ahora he de atender otros
asuntos.
Le
hizo una seña a un ayudante, el cual colocó su firme mano sobre un hombro del
abogado y lo condujo hacia una de las puertas del dormitorio.
Cuando
la puerta se hubo cerrado detrás de Denfeld, Gram se tendió en la cama,
meditando y sorbiendo el café. Si al menos Irma quebrantase una Ley... Aunque
fuese una ley de tráfico, algo que la relacionase con la Policía. Si la
pillasen saltándose algún reglamento de circulación, tal vez habría una
posibilidad: podía resistirse al arresto, utilizar un lenguaje obsceno, sucio,
ser una amenaza pública por el hecho de infringir deliberadamente la Ley... Si
la gente de Barnes pudiese atraparla en un delito más importante, pensó Gram,
como comprar y/o beber alcohol, entonces (esto se lo habían explicado sus
abogados) podríamos entablar una demanda por madre inadecuada, cogerle los
hijos, culparla por el divorcio... Lo cual, en las circunstancias actuales,
haríamos público.
Pero,
por el momento, Irma tenía muchas cosas contra él. Un divorcio objetado le
daría muy mala imagen, con lo que Irma aún lograría más ventajas.
—Barnes
—dijo, tras coger el fono de una línea—, quiero que busques a esa mujer
policía, esa Alice Noyes, y me la envíes. Tal vez deberías venir tú también.
La
occífera de Policía Noyes mandaba el equipo que, durante unos tres meses, había
intentado encontrar algo en contra de Irma. Durante las veinticuatro horas del
día, su esposa había sido seguida y espiada por los videos y los aparatos
audiovisuales de la Policía, sin su conocimiento, claro está. En realidad, una
cámara de video registraba todo lo que sucedía en el cuarto de baño de Irma,
cosa que, por desgracia, no dio ningún resultado positivo. Todo lo que Irma
decía o hacía, todos aquellos a los que veía, todos los sitios a los que iba,
todo quedaba registrado en las cintas de la Central de la Seguridad Pública de
Denver. Y el resultado era un cero absoluto.
Irma
tenía su propia Policía, pensó Gram con amargura. Eran ex policías de la
Seguridad Pública que rondaban a su alrededor cada vez que ella iba de compras,
a una fiesta o al consultorio del doctor Radcliff, su dentista.
He
de librarme de ella, pensó Gram. No debí casarme con una mujer Antigua.
Pero
esto había sucedido mucho tiempo atrás, cuando él no ostentaba la elevada
posición que tuvo más adelante. En privado, todos los Inusuales y todos los
Nuevos Hombres se burlaban de él, y esto no le gustaba; él leía el pensamiento
de todo el mundo y sabía que en todas las mentes había un gran desprecio hacia
él.
Ese
desprecio era sumamente grande entre los Nuevos Hombres.
Mientras
esperaba al director Barnes y a la occífera Noyes, volvió a estudiar el Times,
abriéndolo al azar por una de sus trescientas páginas.
De
pronto, se enfrentó con un artículo sobre el proyecto del Gran Oído. Un
artículo firmado por Amos Ild, un Nuevo Hombre muy bien situado, un individuo
al que Gram no podía tocar.
Bien,
el experimento del Gran Oído se desarrolla felizmente, pensó Gram
sardónicamente mientras leía el artículo.
«Creemos
que cae más allá del promedio normal de probabilidades, de manera que el
trabajo emprendido en el aparato de escucha telepática, puramente electrónico,
avanza a un ritmo tranquilizador, dijeron hoy los oficiales de la McMally
Corporation, el diseñador y el constructor del Gran Oído, en una conferencia de
prensa a la que asistieron muchos observadores escépticos. Cuando el Gran Oído
entre en funcionamiento, opinó Munro Capp, será capaz de regular
telepáticamente las ondas cerebrales de decenas de miles de personas, y poseerá
la habilidad, que no tienen los Inusuales, de desentrañar esas enormes mareas
de...».
Dejó
el periódico a un lado, y cayó con un ruido sordo y formando un montón, sobre
el alfombrado suelo.
Los
Nuevos Hombres son unos bastardos, pensó apretando los dientes en su
impotencia. Ahora gastan millones y millones de pops en ese proyecto, y después
del Gran Oído construirán un aparato que sustituya a los Inusuales videntes, y
más tarde a todos los demás, uno a uno. Habrá aparatos poltergeist rodando por
las calles y zumbando en el aire. Y nosotros ya no seremos necesarios.
Y en
lugar de un Gobierno fuerte y estable formado por dos partidos, que es lo que
ahora tienen, habrá un sistema de un solo partido, un monstruo monolítico en el
que los Nuevos Hombres poseerán todos los puestos clave de todos los niveles. Y
adiós al Servicio Civil, excepto para realizar los exámenes de la actividad
cortical de los Nuevos Hombres, esa neutrología de doble cúpula que postula
cosas tales como que A es igual a su opuesto y que cuanto mayor es la
discrepancia, mayor es la congruencia. ¡Cristo!
Tal
vez, siguió meditando, toda la estructura del pensamiento de los Nuevos Hombres
no sea más que un gigantesco engaño. Nosotros no podemos entenderlo; los
Antiguos no pueden entenderlo; por otra parte, nosotros aceptamos su palabra de
que es un nuevo paso hacia la evolución del funcionamiento del cerebro humano.
De acuerdo, hay los nódulos Rogers, o como se llamen. Hay una estructura
física, diferente en su corteza cerebral. Pero...
Se
encendió uno de los interfonos.
—Han
llegado el director Barnes y una occífera que...
—Que
entren —ordenó Gram.
Se
retrepó en la cama, se puso más cómodo, cruzó los brazos y esperó.
Esperó
para contarles su nueva idea.
5
A
las ocho y media de la mañana, Nicholas Appleton se presentó en su trabajo y se
dispuso a empezar la jornada.
El
sol brillaba sobre la tienda del pequeño edificio. Una vez allí, Nick se
arremangó, se puso las lentes de aumento y enchufó el taladro.
Su
jefe, Earl Zeta, fue hacia él con las manos en los bolsillos de sus pantalones
color caqui, con un puro italiano colgando de sus gruesos labios.
—¿Qué
dicen, Nick? —preguntó.
—No
lo sabremos hasta dentro de un par de días —respondió él—. Nos enviarán los
resultados por correo.
—Oh,
sí, tu chico... —Zeta posó una mano semejante a una garra sobre la espalda de
Nick—. Haces las muescas demasiado superficiales —se quejó—. Quiero que lleguen
casi hasta la llanta. Sí, hasta el maldito chasis.
—Pero
si llego más hondo que... —empezó a protestar Nick.
El
neumático estallará si pasa sobre una cerilla encendida, pensó. Es lo mismo que
dispararle con un rifle láser.
—Está
bien —exclamó, procurando disimular su disgusto. Al fin y al cabo, Zeta era su
jefe—. Las haré más profundas hasta que el taladro salga por el otro lado.
—Haz
eso y quedarás despedido —le amenazó Zeta.
—Su
filosofía es que una vez que adquieren el cacharro...
—Cuando
sus tres ruedas tocan la acera pública —afirmó Zeta— termina nuestra
responsabilidad. Después, lo que les suceda es asunto de ellos.
Nick
no había deseado ser tallador de neumáticos, es decir, un hombre que cogía un
neumático liso y, con el taladro al rojo vivo, hacía muescas cada vez más
profundas en el neumático, dejándolo de manera vistosa y adecuada. Dejándolo
como si tuviese ya toda la pisada necesaria. Había heredado el oficio de su
padre, quien a su vez lo aprendiera de su padre. Durante muchos años, aquel
oficio había pasado de padres a hijos. Aunque lo odiaba mientras trabajaba,
Nick sabía una cosa: era un soberbio tallador de neumáticos y lo sería siempre.
Zeta estaba equivocado, porque él ya tallaba bastante hondo.
Yo
soy un artista, pensó. Y soy yo quien debe decidir la profundidad del
entallado.
Ociosamente,
Zeta puso en marcha su radio del cuello. Una musiquilla facilona surgió de los
siete u ocho sistemas de altavoz esparcidos por todo el voluminoso cuerpo del
jefe.
La
música cesó. Una pausa y se oyó la voz de un locutor que hablaba en un tono
profesionalmente falto de interés:
«Los
portavoces de la Seguridad Pública, representando al Director Lloyd Barnes, anunciaron
hace poco que el prisionero político Eric Cordon, desde hace bastante tiempo
preso por actos hostiles al pueblo, ha sido trasladado desde la Cárcel de
Brightforth a las instalaciones de Exterminio de Long Beach, California. Al
preguntar si esto significaba que iban a ejecutar a Cordon, los portavoces de
la Seguridad Pública respondieron que todavía no se ha tomado ninguna decisión.
Fuentes bien informadas no vinculadas con la Seguridad Pública han asegurado
que esto significa la ejecución de Cordon, indicando que de los últimos
novecientos prisioneros trasladados en diversos grupos a las instalaciones de
Long Beach, cerca de ochocientos fueron ejecutados. Éste es un boletín de
noticias de...».
Convulsivamente,
Earl Zeta buscó el botón de su radio corporal; no lo encontró, apretó los puños
espasmódicamente, cerró los ojos y se tambaleó un poco.
—Van
a asesinarle —murmuró.
Abrió
los ojos, hizo un mohín de amargura y su rostro exhibió un violento y profundo
dolor. Poco a poco volvió a ser dueño de sí mismo; su angustia cesó, pero no
por completo, ya que al mirar a Nick todo su cuerpo continuó en tensión.
—Usted
es un Subhombre —le acusó Nick.
—Hace
diez años que me conoces —gruñó Zeta. Sacó un pañuelo colorado y cuidadosamente
se enjugó la frente. Le temblaban las manos—. Escucha, Appleton —añadió, ya con
un tono de voz más natural, más firme; aunque interiormente continuaba
temblando. Nick sabía que el temblor estaba allí. Oculto, enterrado, a causa
del miedo—.
Sé
que también me atraparán. Si ejecutan a Cordon, nos liquidarán a todos
nosotros, a todos los peces pequeños como yo. Nos llevarán a esos Campos, a
esos malditos Campos de Concentración de la Luna. ¿Has oído hablar de ellos?
Allí es adonde iremos. Nosotros, mi gente. Tú no.
—Sé
lo de esos Campos —asintió Nick.
—¿Piensas
denunciarme? —quiso saber Zeta.
—No.
—Aun
así, me cogerán de todos modos —aseguró Zeta tristemente—. Durante varios años
han estado compilando listas. Listas kilométricas, incluso en microfilmes.
Tienen computadoras y espías. Cualquiera puede ser un espía, cualquiera de los
que conocemos o con los que hablamos. Oye, Appleton, la muerte de Cordon
significa que no luchamos por la igualdad política, sino que luchamos por
nuestras vidas. Lo entiendes, ¿verdad, Appleton? Tal vez yo no te soy
simpático, ya que en realidad no congeniamos demasiado, pero ¿deseas que me
asesinen?
—¿Qué
puedo hacer? —preguntó Nick—. No puedo enfrentarme con la Seguridad Pública.
Zeta
levantó los brazos con el cuerpo rígido por la agonía de la desesperación.
—Podrías
morir con nosotros —masculló.
—De
acuerdo.
—¿De
acuerdo? —Zeta le observó, tratando de comprenderle—. ¿Qué quieres decir?
—Que
haré lo que sea —asintió Nick.
Se
sentía bastante aturdido por lo que decía. Ahora todo había desaparecido; las
posibilidades para Bobby eran prácticamente nulas, mientras que él seguiría
siendo tallador de neumáticos toda la vida.
Sin
embargo, yo habría esperado, pensó. Esto no me puede suceder a mí. No me lo
esperaba... Y, en realidad, no lo entiendo. Debe de ser por el fracaso de
Bobby. Y, no obstante, aquí estoy, diciéndole esto a Zeta. Comprometiéndome.
—Vamos
a mi despacho —sugirió Zeta roncamente—, y tomaremos una pinta de cerveza.
—Pero,
¿tiene alcohol? —No podía creérselo, el castigo era terrible.
—Beberemos
por Eric Cordon —exclamó Zeta, adelantándose.
6
Jamás
había probado el alcohol —confesó Nick cuando estuvieron sentados a la mesa,
uno frente al otro. Empezaba a sentir algo raro en su interior—.
Constantemente, uno lee en los periódicos que el alcohol vuelve loca a la
gente, que sufren unos grandes cambios de personalidad, que les daña el
cerebro. En realidad...
—Cuentos
de viejas —comentó Zeta—. Aunque es verdad que al principio no se debe abusar.
Hay que tomarlo con calma, casi con cuentagotas.
—¿Cuál
es el castigo por beber alcohol? —se interesó Nick.
Le
empezaba a costar trabajo articular bien las palabras.
—Un
año, sin posibilidad de fianza.
—¿Y
vale la pena? —la estancia le parecía sumamente irreal. Había perdido su
sustancialidad, su concreción—. ¿No crea hábito? Dicen que una vez se empieza a
beber ya nunca puedes...
—Bah,
tómate la cerveza —le aconsejó Zeta, bebiendo la suya, al parecer, sin grandes
dificultades.
—¿Sabe
lo que diría Kleo si me viese bebiendo alcohol? —preguntó Nick.
—Las
mujeres son así...
—No
lo creo. Ella sí es así, pero muchas no lo son.
—No,
todas son iguales.
—¿Por
qué?
—Porque
—aclaró Zeta— su marido es la fuente de todos sus ingresos financieros. —Soltó
un eructo, hizo una mueca y se retrepó en su silla giratoria con la botella de
cerveza en la mano—. Al menos ellas lo consideran de ese modo. Imagina que tú
tuvieses una máquina, una delicada y compleja máquina que al funcionar
debidamente fuese soltando montones de pops. Bien, supongamos que esa
máquina...
—¿Es
realmente así como las mujeres consideran a sus maridos?
—Seguro
—gruñó Zeta, pasando otra vez la botella a Nick.
—Esto
es una deshumanización.
—Claro.
Puedes apostar tu púrpuro y verde trasero a que lo es.
—Creo
que Kleo se preocupa por mí porque su padre murió cuando ella era una niña. Y
teme que todos los hombres sean...
Aunque
buscó la palabra, no logró encontrarla, puesto que sus procesos mentales ya no
se concentraban. Nunca había experimentado una situación semejante, y le
asustaba.
—Tranquilo
—murmuró Zeta.
—Creo
que Kleo es férgida...
—¿Férgida?
¿Qué quiere decir férgida?
—Vacía.
—Nick hizo un gesto aclaratorio con la mano—. Quizá quise decir pasiva..., o
frígida. Eso es, frígida.
—Todas
las mujeres lo son.
—Pero
esto se interfiere... —Tropezó con la palabra y enrojeció de vergüenza—. Se
interfiere con su madurez.
Zeta
se inclinó hacia él.
—Dices
esto porque estás asustado ante su desaprobación. Dices que es pasiva y eso es
precisamente lo que deseas, al menos en relación con lo que estás bebiendo.
Quieres que lo apruebe, que apruebe lo que haces ahora. Pero ¿por qué tienes
que contárselo? ¿Por qué ha de saberlo?
—Se
lo cuento todo.
—¿Por
qué? —repitió Zeta elevando más el tono de voz.
—Porque
eso es lo correcto —aclaró Nick.
—Cuando
hayamos apurado esta cerveza —propuso Zeta—, iremos a dar una vuelta, a
cualquier parte. No, no diré adónde..., a un sitio donde, con un poco de
suerte, conseguiríamos algún material.
—¿Quiere
decir material de los Subhombres? —indagó Nick, sintiendo una gran frialdad en
el corazón. Se sentía arrastrado hacia unas aguas peligrosas—. Tengo un folleto
de un amigo que, en realidad, era un... —Calló, incapaz de construir la frase—.
No quiero correr riesgos.
—Ya
los corres.
—Pues
ya está bien —objetó Nick—. Sí, sentados aquí y bebiendo cerveza... y hablando
como hablamos.
—Sólo
se puede hablar de una manera acerca de estos asuntos —arguyó Zeta—. Es tal
como habla Eric Cordon. La verdad, no las mentiras y los rumores que corren por
esas calles, sino lo que él dice, la verdad. Yo no quiero decirte nada, quiero
que te lo diga él, en uno de sus folletos. Sé dónde podemos encontrar uno. —Se
puso de pie—. No me refiero a las palabras de Eric Cordon, sino a las
verdaderas palabras de Eric Cordon; a sus admoniciones, a sus parábolas, a sus
planes, que solamente conocen los miembros leales del mundo de los hombres
libres. Los Subhombres en el verdadero sentido, en el sentido real.
—No
quiero hacer nada que Kleo no pueda aprobar —rechazó Nick—. Un marido y su
esposa han de ser honestos el uno con el otro. Y si sigo adelante con esto...
—Si
ella no lo aprueba, búscate otra esposa que sí lo apruebe.
—¿Lo
dice en serio? —preguntó Nick. El cerebro lo tenía ya tan embotado que no sabía
si Zeta estaba hablando en serio. Y si lo decía de verdad, tuviese o no razón—.
Quiere decir que esto puede separarnos.
—Ya
han habido muchos matrimonios rotos, ¿no? Por otra parte, ¿eres dichoso con
ella? Antes dijiste que era una férgida. Fue ésa la palabra que utilizaste. Tú
lo dijiste, no yo.
—Es
el alcohol —rezongó Nick.
—Claro
que es el alcohol. In vino veritas —citó Zeta, y al sonreír enseñó sus
amarillentos dientes—. Esto es latín, y quiere decir...
—Sé
lo que quiere decir —le interrumpió Nick.
Aunque
no sabía contra qué o quién, estaba enfadado. ¿Contra Zeta? No, pensó, más bien
contra Kleo. Sé como reaccionará ante todo esto. No debemos meternos en líos...
O acabaremos en un Campo de Concentración de la Luna, en uno de esos malditos y
terribles Campos de Trabajos Forzados.
—¿Qué
es lo más importante? —le preguntó a Zeta—. Usted también está casado, tiene
esposa y dos hijos. Si su respon... respon... —volvió a tropezar con la
palabra—. ¿Para quién es antes su lealtad, para su familia o para la acción
política?
—Para
los hombres en general —explicó Zeta. Levantó la cabeza, se llevó la botella de
cerveza a los labios y apuró las últimas gotas. Luego, la estrelló
violentamente contra la mesa—. Vámonos —le dijo a Nick—. Es como dice la
Biblia: «Conocerás la Verdad y la Verdad te hará libre».
—¿Libre?
—dijo incrédulamente Nick, poniéndose también de pie, y experimentando
dificultades al hacerlo—. Ésta es la última cosa que nos harán los folletos de
Cordon. Rastrearán nuestros nombres, sabrán que hemos adquirido escritos de
Cordon y...
—Siempre
estás mirando por encima del hombro, temiendo que te sigan —le recriminó Zeta—.
¿Cómo puedes vivir de esta forma? He visto a cientos de individuos comprando y
vendiendo folletos, a veces por valor de miles de pops —hizo una pausa—. A
veces, los polis te atrapan. O un coche patrulla ve cómo uno le entrega unos
pops a un traficante. Entonces, como muy bien dices, te mandan a la Prisión de
la Luna; pero hay que correr el riesgo. La vida es, en sí misma, un riesgo.
Pregúntate si vale la pena, y estoy seguro de que te responderás: «Sí, vale la
pena; sí, maldición, vale la pena».
Se
puso la chaqueta, abrió la puerta de la oficina y salió a la luz del sol. Al
cabo de un momento, al ver que Zeta no miraba hacia atrás, Nick le siguió
lentamente. Se reunió con Zeta en el aparcamiento de los autocohetes.
—Opino
que deberías buscarte otra esposa —insistió Zeta, abriendo la portezuela del
autocohete y apretujándose detrás del timón.
Nick
entró también y cerró la portezuela de su lado. Zeta sonrió cuando el
autocohete ascendió en línea recta hacia el cielo matinal.
—En
realidad, esto no es asunto suyo —razonó Nick.
Zeta
no contestó, concentrado como estaba en la conducción del aparato.
—Ahora
puedo ir rápido porque estamos limpios —le confió a Nick sin volver la cabeza—.
Pero cuando regresemos tendremos ya los folletos, de manera que deberemos
procurar que ningún occífero de la Seguridad Pública nos detenga por exceso de
velocidad o algún giro prohibido. ¿De acuerdo?
—Sí
—asintió Nick, sintiendo el temor creciendo en su interior.
Era
inevitable; el camino que estaba siguiendo..., sabía que no podía esquivarlo.
¿Por qué no?, se preguntó. Sé que he de pasar por esto, pero ¿por qué? ¿Para
demostrar que no temo que un polizonte nos persiga? ¿Para demostrar que no me
dejo dominar por mi esposa? Por una serie de falsos motivos, pensó. Y
principalmente, por haber bebido alcohol, la más peligrosa de las sustancias,
aparte del ácido prúsico, que uno puede tomar. Bien, se dijo, ya está hecho.
—Un
día estupendo —afirmó Zeta—. Cielo azul y sin nubes.
Llevó
el autocohete más arriba, disfrutando con ello. Nick se encogió contra el
asiento y estuvo sentado, indefenso, a medida que el autocohete iba ganando
altura.
En
un fono de pago, Zeta efectuó una llamada consistente sólo en unas palabras
apenas articuladas.
—¿Lo
tiene? —preguntó—. ¿Está ahí? De acuerdo... Sí, bien... Gracias... Adiós
—colgó—. Esto es lo que no me gusta —dijo—. Tener que llamar por fono... Pero
es probable que con tantas llamadas al día no puedan controlarlas todas.
—Pero
la Ley de Parkinson... —objetó Nick, intentando disimular su miedo con una
chanza—. Si ha de ocurrir algo...
—Aún
no ha ocurrido nada —refutó Zeta, volviendo a poner toda su atención en el
autocohete.
—Pero
eventualmente...
—Eventualmente
—le interrumpió Zeta—, la muerte nos atrapará a todos.
Movió
la palanca del autocohete y éste ascendió de nuevo. Estaban volando sobre un
amplio sector residencial de la ciudad. Zeta miró hacia abajo y frunció el
ceño.
—Esas
condenadas casas son todas iguales —gruñó—. Es difícil distinguirlas desde aquí
arriba. Por otro lado esto va bien, ya que así él se halla en medio de diez
millones de leales seguidores de Willis Gram, los Inusuales y los Nuevos
Hombres, y el resto de esa bazofia.
De
pronto, el autocohete comenzó a perder altura.
—Ahí
vamos —anunció Zeta—. Sí, la cerveza me afecta un poco... —dijo sonriéndole a
Nick—. Y tú pareces un búho disecado, lo mismo que si pudieras girar la cabeza
por completo.
Se
echó a reír.
Por
fin, llegaron a un campo de aterrizaje de un tejado, donde se posó el
autocohete.
Gruñendo,
Zeta saltó al suelo, cosa que Nick imitó, y ambos se dirigieron a la escalera
mecánica.
—Si
los occíferos nos paran —le dijo Zeta a Nick en voz baja—, y nos preguntan qué
hacemos aquí, diremos que le traemos las llaves de su autocohete a un individuo
que vive aquí, y que se nos olvidó entregárselas cuando acabamos de repararle
el aparato.
—Esto
no tiene ningún sentido —objetó Nick.
—¿Por
qué no?
—Porque
de haber tenido nosotros las llaves de su autocohete, él no habría podido volar
hasta aquí.
—Está
bien, diremos que es un segundo juego de llaves que nos encargó para su esposa.
En
el piso cincuenta, Zeta salió de la escalera mecánica; después, recorrieron un
alfombrado pasillo en el que no vieron a nadie. De repente, Zeta se detuvo,
miró rápidamente a su alrededor y llamó a una puerta.
Ésta
se abrió. Ante ellos estaba una joven bajita, de cabello negro, bonita en un
sentido extraño, duro. Tenía una nariz algo torcida, labios sensuales y pómulos
bien formados, exóticos. La rodeaba un mágico halo de feminidad. Nick lo captó
inmediatamente. Su sonrisa le pareció iluminadora, alumbrando toda su cara y
dándole vivacidad.
Zeta
no se mostró muy contento al verla.
—¿Dónde
está Denny? —preguntó en voz baja pero clara.
Zeta
entró, algo inquieto, y te hizo una seña a Nick para que le siguiera. No les
presentó, sino que pasó rápidamente al salón, cruzó el pequeño dormitorio y
llegó a la cocina, situada en un rincón del mismo salón, como un animal al
acecho.
—¿Estáis
limpios aquí? —preguntó repentinamente.
—Sí
—asintió ella. Luego, miró a Nick, mucho más alto que ella—. No te había visto,
¿verdad?
—No
estás limpia —masculló Zeta. Metió una mano dentro del tubo de los desperdicios
y extrajo un paquete—. Estáis chiflados, chicos.
—No
sabía que eso estuviera ahí —se excusó la joven con voz dura y cortante—. De
todos modos, está dispuesto de tal forma que si viene un poli y echa la puerta
abajo, todo esto bajaría por el tubo con sólo tocarlo y no habría pruebas.
—Atascan
el tubo —explicó Zeta—, y sale todo en el segundo piso, antes de que llegue a
la caldera.
—Me
llamo Charley —le dijo la joven a Nick.
—¿Una
chica que se llama Charley? —se extrañó Nick.
—Charlotte
—aclaró ella alargando la mano. Se dieron un apretón—. Creo que ya sé quién
eres: el tallador de Zeta.
—Sí.
—¿Y
quieres un folleto auténtico? ¿Lo pagas tú o Zeta? Porque Denny ya no concede
créditos, quiere pops al contado.
—Lo
pago yo —intervino Zeta—. Al menos, esta vez.
—Así
pasa siempre —comentó Charley—. El primer folleto es gratuito; el siguiente
cuesta cinco pops; el otro, diez; el...
Se
abrió la puerta del apartamento. Todos dejaron de moverse, incluso de respirar.
Apareció
un joven de buen aspecto, corpulento, bien vestido, su rubio cabello revuelto,
ojos grandes, y en su cara una expresión de intensidad, de modo que, a pesar de
su hermosura, resultaba un rostro provisto de una fea y cruel intensidad. Miró
brevemente a Zeta, y a continuación, durante unos segundos, a Nick. Luego,
cerró la puerta a sus espaldas atrancándola con una barra Ferok, se dirigió al
ventanal, miró lo que había al otro lado, mientras se mordía la uña del dedo
pulgar. Parecía irradiar vibraciones ominosas a su alrededor, como si estuviese
a punto de ocurrir algo espantoso, algo que podía destruirlo todo; como si,
pensó Nick, él fuese a destruirlo. El joven emanaba un aura de fuerza, pero una
fuerza negativa; era algo excesivo, igual que sus agrandados ojos o su revuelto
cabello. Un Dionisio de las alcantarillas de la ciudad, pensó Nick. De modo que
éste era el traficante, la persona que tenía los folletos auténticos.
—Vi
tu autocohete en el tejado —le espetó el joven a Zeta, como anunciándole el
descubrimiento de una mala acción—. ¿Quién es éste? —quiso saber, señalando con
un gesto a Nick.
—Alguien
que conozco y que desea comprar —respondió Zeta.
—Oh,
¿de veras?
Denny
se acercó a Nick y le examinó atentamente. Nick se dio cuenta de que estaba
estudiando sus ropas, su cara... Me está juzgando, se dijo Nick. Como si
estuviera en juego una especie de combate, cuya naturaleza le resultaba
totalmente desconocida.
De
pronto, Denny movió con gran rapidez sus grandes y sobresalientes ojos. Miró
hacia la litera donde reposaba el folleto.
—Lo
saqué del tubo de los desperdicios —explicó Zeta.
—Maldita
zorra —le gruñó a la joven—. Te dije que debes mantener limpio este
apartamento, ¿lo entiendes?
La
miró centelleante y ella levantó la vista, con los labios separados con
ansiedad, los ojos inmóviles, llenos de alarma. Volviéndose, Denny cogió el
folleto, arrancó el papel que lo envolvía y lo estudió.
—Te
lo dio Fred —dijo—. ¿Cuánto te ha costado? ¿Diez pops? ¿Doce?
—Doce
—asintió Charley—. Eres un paranoico. Deja ya de mirarnos como si fuésemos
polis... Para ti todo el mundo lo es.
—¿Cómo
te llamas? —le preguntó Denny a Nick.
—No
se lo digas —se adelantó Charley.
Denny
se volvió hacia ella y levantó el brazo, pero volvió a bajarlo. Charley le miró
con tranquilidad, su cara inerte y dura.
—Adelante
—le retó—. Pégame y te daré una patada donde te dolerá durante el resto de tu
vida.
—Es
un empleado mío —se interpuso Zeta.
—Oh,
sí —exclamó Denny con sarcasmo—. Y le conoces desde niño. ¿Por qué no dices
sencillamente que es tu hermano?
—He
dicho la verdad —aseguró Zeta.
—¿A
qué te dedicas? —le preguntó Denny a Nick.
—Tallo
neumáticos.
Denny
sonrió y sus modales cambiaron como si el problema estuviera ya solucionado.
—Ah,
¿sí? —Se echó a reír—. Vaya oficio, y vaya vocación. ¿Te lo traspasó tu padre?
—Sí
—admitió Nick.
Una
oleada de odio le invadió, pero intentó disimularlo: sí, tenía miedo de Denny,
quizá porque los demás también le temían, y él captaba aquel temor.
—De
acuerdo, tallador de neumáticos —dijo Denny, tendiéndole la mano a Nick—.
¿Quieres un folleto de un cuarto de pop o de un centavo? Tengo de los dos. —Se
metió la mano en el interior de su chaqueta de cuero y extrajo un puñado de
folletos—. Buen material —alabó—. Todo auténtico. Conozco al tipo que los
imprime. Vi los manuscritos originales de Cordon en su imprenta.
—Puesto
que soy yo quien paga —intervino Zeta—, dale el más caro.
—Te
sugiero —terció Charley— «La moral del hombre correcto».
—¿De
veras? —inquirió Denny sarcásticamente, mirándola de reojo.
La
joven le sostuvo la mirada, como antes, sin pestañear. Nick pensó que ella era
tan dura como Denny. Es capaz de resistirle, pero ¿por qué? ¿Vale la pena estar
cerca de una persona tan violenta? Sí, se contestó. Puedo intuir la violencia y
la volatilidad. Denny es apto, en cualquier momento, para hacer algo. Posee una
personalidad anfetamínica. Probablemente, toma dosis masivas de algún
anfetamínico, por vía oral o en inyección. Cabe la posibilidad de que se vea
obligado a tomarlas a causa de la labor proselitista que lleva a cabo.
—Me
quedo con ése —aceptó Nick—, el que sugiere Charley.
—Ya
te ha cazado —sonrió Denny—. Como caza a todo el inundo, a cualquier hombre. Es
una estúpida. Sí, es una zorra estúpida y bajita.
—Y
tú un maricón —exclamó Charley.
—Habló
la lesbiana —se mofó Denny.
Zeta
sacó un billete de cinco pops y se lo dio a la joven; era obvio que deseaba
concluir la transacción lo antes posible y marcharse de allí.
—¿Acaso
te molesto? —le preguntó Denny a Nick con brusquedad.
—No
—respondió Nick con cierta cautela.
—Pues
molesto a bastantes personas —gruñó Denny.
—Naturalmente
—asintió Charley.
A
continuación, le cogió los folletos, buscó el que quería y se lo entregó a
Nick, dibujando en su rostro una resplandeciente sonrisa. Dieciséis años, pensó
Nick, no más. Unos niños jugando al juego de la vida o la muerte, odiando y
peleando, pero probablemente uniéndose estrechamente en momentos de peligro. La
animosidad entre Charley y Denny disimulaba, se dijo Nick, una atracción más
profunda. Funcionaban en tándem. Una relación simbiótica, conjeturó, agradable
de contemplar, aunque no fuese demasiado real. Un Dionisio de la alcantarilla,
pensó, y una chica bajita, bonita y dura, capaz de rivalizar con él..., o de
intentarlo. Probablemente le odiaba y, no obstante, no podía abandonarle.
Seguramente porque ella lo consideraba muy atractivo físicamente y, a sus ojos,
un verdadero hombre. Por ser más duro que ella, cosa que la joven respetaba.
Porque siendo dura, sabía lo que esto significaba.
Una
persona con la que poder fundirse. Y Denny se había fundido con ella como una
fruta pegajosa en un clima extremadamente cálido; el rostro de Denny era blando
y cambiante, y únicamente la mirada centelleante de sus ojos mantenía sus
facciones en conformidad.
Cualquiera
diría, también pensó Nick, que la distribución y venta de los escritos de
Cordon es algo idealista, noble. Aunque aparentemente no lo sea. Esta tarea es
ilegal, y atrae a los que naturalmente se ocupan de cosas ilegales, a los que
en sí mismos son unos tipos raros. No son los objetos que venden lo que
importa, sino el hecho de ser ilegales, y es por eso que la gente paga por
ellos precios elevados.
—¿Estás
segura de que ahora este apartamento está limpio? —le preguntó Denny a la
muchacha—. Como sabes, yo vivo en él, y paso aquí diez horas diarias. Si
encontraran algo...
Dio
una vuelta, suspicaz como un animal de presa, invadido de un odio que no podía
disimular.
De
repente, cogió una lámpara de pie. La examinó y sacó una moneda del bolsillo;
con ella, aflojó tres tornillos y la base quedó suelta. Entonces, aparecieron
tres folletos enrollados en el hueco del pie de la lámpara.
Denny
se volvió hacia la chica, que estaba inmóvil y el rostro sosegado, al menos eso
parecía. Nick vio cómo ella apretaba los labios disponiéndose a actuar.
Denny
levantó el brazo derecho y la abofeteó, aunque falló el golpe, le pegó en un
ojo. Charley había agachado la cabeza, aunque no lo suficiente, y el golpe fue
directo a la sien, junto a la oreja. Con asombrosa velocidad, Charley agarró el
brazo extendido de Denny, levantó su muñeca y la mordió, clavando profundamente
los dientes en la carne. Denny chilló, tratando de liberar su muñeca de los
dientes de la chica.
—¡Ayudadme!
—les gritó a Nick y Zeta.
Nick,
sin saber qué hacer, se limitó a mirar a la joven, murmurando algo, diciéndole
que soltara su presa, que podía morderle un nervio y dejar la mano paralítica.
Por su parte, Zeta cogió a Charley por la barbilla, insertó sus enormes dedos
manchados en las comisuras de la boca, y le obligó a separar los maxilares.
Denny retiró el brazo al instante y examinó el mordisco; se sentía un poco
mareado, pero al cabo de un segundo su rostro volvió a mostrar la violencia que
anidaba en él. Ahora era una violencia asesina, Y los ojos parecían querer
salírsele de las cuencas. Se inclinó, cogió la lámpara y la levantó en alto.
Zeta
le asió por los brazos, sujetándole con fuerza.
—Llévatela
de aquí —le ordenó al mismo tiempo a Nick con voz ronca—. A cualquier sitio
donde él no pueda encontrarla. ¿No te das cuenta? Es un adicto al alcohol. Y
estos adictos son capaces de cualquier cosa. ¡Vete!
Como
en un trance, Nick cogió la mano de la chica y, rápidamente, la sacó fuera del
apartamento.
—¡Podéis
coger un autocohete! —les gritó Zeta.
—De
acuerdo —asintió Nick.
Tiró
de la muchacha, que le siguió voluntariamente, frágil y liviana, y llegaron a
la escalera mecánica. Apretó un botón.
—Sí,
será mejor que subamos al tejado —dijo Charley.
Estaba
tranquila, y le sonrió a Nick con aquella radiante sonrisa que tornaba su cara
tan exquisitamente adorable.
—¿Le
tienes miedo? —le preguntó Nick, entrando en la escalera mecánica y empezando a
subir los peldaños de dos en dos.
Seguía
sujetando a Charley por la mano y ella logró igualar su paso. Ágil, casi
flotando como un espíritu, Charley combinaba la habilidad de moverse velozmente
con una cualidad deslizante, casi sobrehumana. Como una cervatilla, pensó Nick,
mientras iban subiendo.
Denny
apareció en la escalera, muy abajo.
—¡Venid
aquí! —gritó con voz temblorosa por la agitación—. ¡He de ir a un hospital para
que me echen un vistazo a este mordisco! ¡Vamos, llevadme al hospital!
—Siempre
dice lo mismo —comentó Charley plácidamente, sin dejarse conmover por el tono
plañidero de Denny—. No le haga caso, seguramente irá más de prisa que
nosotros.
—¿Hace
esto muy a menudo? —se interesó Nick, jadeando al llegar al tejado,
dirigiéndose adonde se hallaba el autocohete de Zeta.
—Él
sabe lo que yo hago —explicó Charley—. Bueno, ya vio lo que le hice: morderle.
No resiste que le muerdan. ¿Le ha mordido alguna vez una persona mayor? ¿Ha
pensado al menos en el dolor que se experimenta? Oh, y aún puedo hacer otra
cosa: ponerme contra la pared, sostenerme en ella, extender los brazos y
entonces dar patadas con las dos piernas. Alguna vez se lo enseñaré. Pero
recuerde que jamás debe intentar tocarme cuando no quiero que me toquen. Nadie
puede intentarlo sin llevarse su merecido.
Nick
la hizo entrar en el autocohete, se instaló en el asiento del conductor, detrás
del timón. En el mismo instante en que Denny, jadeando, aparecía al final de la
escalera mecánica, puso en marcha el motor. Al verle, Charley se echó a reír
muy contenta, con una carcajada infantil; luego, se llevó ambas manos a la boca
y se balanceó de un lado a otro, con los ojos relucientes.
—¡Dios
mío! —exclamó—. Está muy enfadado... Y no puede hacer nada para remediarlo.
Vamos, despegue.
Presionó
la palanca y Nick hizo despegar el aparato que, a pesar de sus años y su mal
estado, tenía un motor estupendo, construido por Zeta. De manera que Denny
nunca los atraparía con su autocohete. A menos, claro está, que Denny también
hubiese puesto un motor poderoso en su aparato.
—¿Qué
sabes de su autocohete? —le preguntó a Charley, que se estaba alisando el
cabello y el vestido—. ¿Ha puesto...?
—Denny
no sabe ejecutar ninguna labor manual. No le gusta ensuciarse las manos. Pero
tiene un Schellingberg 8, con un motor B-3. Sí, puede ir muy de prisa. A veces,
por la noche, cuando no hay tráfico, vuela a cincuenta.
—No
hay problema —respondió Nick—. Este viejo cacharro alcanza los setenta y hasta
los setenta y cinco. Al menos eso es lo que dice Zeta. —El autocohete volaba
rápidamente, zigzagueando por entre el tráfico matinal—. Le perderemos de vista
—continuó Nick—. ¿Es aquél? —preguntó, al ver detrás suyo un Schellingberg de
color púrpura brillante.
—Sí
—respondió Charley, volviendo la cabeza para verlo—. Denny posee el único
Schellingberg 8 de color púrpura de los Estados Unidos.
—Me
internaré en el tráfico denso de la ciudad —propuso Nick.
Empezó
a descender al nivel más frecuentado por los autocohetes de trayecto corto.
Casi al momento, dos autocohetes inocuos se le pusieron detrás, en tanto él iba
siguiendo al que tenía delante.
—Giraré
por aquí —dijo, al aparecer el globo que indicaba Avenida Hastings a su
derecha.
Efectuó
el giro y quedó, tal como esperaba, tremendamente inmerso en las lentas filas
de autocohetes que buscaban un espacio para aparcar. La mayoría de los
autocohetes los conducían las mujeres que iban de compras.
Ni
rastro del Schellingberg 8. Nick miró en todas direcciones, intentando
divisarlo.
—Lo
hemos perdido —afirmó Charley—. Depende de la velocidad, es decir, de su
velocidad cuando no hay tráfico, pero aquí y ahora... —Se echó a reír,
brillándole los ojos de entusiasmo—. Es demasiado impaciente y por eso nunca
conduce entre el tráfico denso.
—Entonces
—dijo Nick—, ¿qué crees que hará?
—Rendirse.
Durante un par de días estará muy enfadado, y durante unas cuarenta y ocho
horas sentirá impulsos homicidas. Lo cierto es que fui una estúpida al esconder
aquellos folletos en la lámpara, y él tenía razón, pero no me gusta que me
peguen. —
Reflexivamente,
se frotó la dolorida sien—. Pega fuerte —se quejó—. Pero no soporta que le
aticen a él. Yo, claro está, no puedo pegarle y hacerle daño, ya que soy
demasiado pequeña, pero sí puedo morderle, ya lo vio usted.
—Sí,
vi el mejor mordisco del siglo —ponderó Nick, que no deseaba discutir sobre
aquel tema.
—Es
muy amable —murmuró Charley—, resulta muy agradable que un desconocido como
usted me ayude de esta manera, cuando ni siquiera me conoce. Ni sabe mi nombre.
—Me
gusta Charley —rió él. Le sentaba bien.
—Pues
yo no sé su nombre —le recordó ella.
—Nick
Appleton.
Charley
se echó de nuevo a reír.
—Es
el nombre que tendría el protagonista de un libro: Nick. Y Appleton,
seguramente un detective. O el del presentador de uno de esos espectáculos de
la televisión.
—Es
la clase de hombre que denota competencia —sonrió Nick.
—Usted
es competente —reconoció Charley—. Bueno, nos sacó... es decir, a mí, de allí.
Gracias.
—¿Dónde
piensas pasar las próximas cuarenta y ocho horas? —se interesó Nick—. Hasta que
Denny se calme.
—Tengo
otro apartamento. También lo utilizamos. Trasladamos el material de uno a otro,
por si acaso lanzan un mandamiento judicial contra nosotros. Búsqueda y
captura, ya sabe. Pero no sospechan de nosotros. La familia de Denny tiene
mucho dinero e influencia. En cierta ocasión nos rondó un detective, pero un
oficial de la Seguridad Pública, amigo del padre de Denny, le ordenó que nos
dejara tranquilos. Aquélla fue la única vez que tuvimos problemas.
—No
creo que debas ir al otro apartamento —opinó Nick.
—¿Por
qué no? Allí están todas mis cosas, he de ir...
—Ve
donde él no te encuentre. Podría matarte.
Nick
había leído artículos sobre los cambios de personalidad que, a menudo, padecen
los adictos al alcohol, sobre la feroz crueldad que demuestran virtualmente las
estructuras de las personalidades psicopáticas, mezcladas con la cualidad de la
manía, rápidamente cambiante, y la sospechosa rabia de la paranoia. Bien, ya
había visto a un adicto al alcohol, y no le gustaba. No era extraño que las
autoridades lo hubiesen hecho ilegal, realmente ilegal: normalmente, un adicto
al alcohol, si lo atrapaban, se hallaba en un Campo de Concentración
Psicodidáctico durante el resto de su vida. A menos que pudiese pagar un buen
abogado que, a su vez, pudiera pagar los costosos análisis del individuo, con
la intención de demostrar que había concluido el período de su adicción.
Aunque, en realidad, ese período jamás concluía. Un adicto al alcohol lo seguía
siendo siempre, incluso después de someterse a la operación de Platt en el
diencéfalo, la zona del cerebro que controla las ansias orales.
—Si
me ataca —replicó Charley—, le mataré. Lo cierto es que él tiene más miedo que
yo. Tiene mucho miedo, la mayor parte del cual se deriva del temor, del pánico,
diría yo. Vive en un constante estado de pánico.
—¿Y
si ya hubiese dejado de beber?
—Todavía
está asustado, ésa es la razón por la que bebe, pero no es violento a menos que
beba; sólo desea huir y esconderse. Sin embargo, no puede hacerlo, cree que la
gente le espía y sabe que es un traficante. Por eso bebe.
—Pero
al beber —objetó Nick—, atrae la atención, y eso es precisamente lo que trata
de evitar, ¿verdad?
—Tal
vez no. Tal vez desee que le cojan. Jamás había trabajado hasta que se dedicó a
vender esos folletos y las minicintas; su familia siempre le ha ayudado. Y
ahora, Denny se aprovecha de la cred... ¿Cómo es la palabra?
—Credulidad.
—¿Significa
creer lo que uno quiere creer?
—Sí.
Al
menos era una definición bastante parecida.
—Bien,
se aprovecha de la credulidad ajena, porque la gente, mucha gente, cree de un
modo supersticioso en Provoni, ¿sabe? Me refiero a lo de su venida, y en toda
esa bazofia que se encuentra en los escritos de Cordon.
—¿Quieres
decir que los que vendéis los escritos de Cordon —preguntó Nick, incrédulo a su
vez—, todos los que traficáis con ellos...?
—No
tenemos por qué creerlos. ¿Acaso el que vende alcohol tiene que ser
forzosamente un adicto a los licores?
Por
muy correcta que fuese, aquella lógica le dejó aturdido.
—Lo
hacéis por dinero —murmuró para sí—. Probablemente, ni siquiera habéis leído
los folletos, y sólo conocéis los títulos. Como el empleado de un almacén.
—Yo
he leído algunos —Charley le miró, frotándose la frente—. Caramba, tengo dolor
de cabeza. ¿No tiene darvon o codeína en su casa?
7
No
—negó Nick, con inquietud, bruscamente alerta. Quiere estar conmigo, pensó,
esos dos días—. Oye —continuó en voz alta—, te llevaré a un motel, uno que
elegiré al azar, donde él nunca te encontrará. Pagaré por dos noches.
—Diablo
—se angustió Charley—, tienen el centro de control y el contador maestro de
ubicación, que procesa los nombres de cuantos se inscriben en los moteles y
hoteles de Norteamérica; por dos pops, Denny podría utilizarlos con sólo
telefonear.
—Usaremos
un nombre falso —propuso Nick.
—No
—se obstinó ella, moviendo la cabeza.
—¿Por
qué no?
La
inquietud de Nick iba en aumento; de repente, le parecía estar atrapado en una
especie de papel cazamoscas; no podía librarse de Charley.
—No
quiero estar sola —declaró ella—, porque si me descubre en la habitación de
algún motel, sola, me pegará como ni tan siquiera puede imaginarse. He de estar
con alguien, he de tener a mi alrededor alguna persona que...
—Yo
no podría impedir que te pegase... —reflexionó Nick.
Ni
siquiera Zeta, con toda su fuerza, había logrado detener a Denny más de unos
minutos.
—Él
no luchará contra usted. No quiere que nadie, ninguna tercera persona, vea lo
que hace conmigo—. Pero —calló un instante—. No debería mezclarle a usted en
esto. No es justo, podría producirse una pelea en su casa. Acudirían los de la
Seguridad Pública y si encuentran el folleto que nos ha comprado... Bueno, ya
conoce cuál es el castigo.
—Lo
tiraré —respondió Nick—. Ahora mismo.
Bajó
la ventanilla del autocohete y buscó en su chaqueta el librito.
—O
sea que Eric Cordon ocupa el segundo lugar —estableció ella con una voz
neutral, una voz sin censura—. Lo primero es protegerme contra Denny. Es
divertido, ¿eh? Francamente divertido...
—Un
individuo es más importante que una teoría...
—Cariño,
todavía no está enganchado. No ha leído a Cordon; si lo lee pensará de otro
modo. Además, aún tengo dos folletos en el bolso, de modo que aunque usted
arroje el suyo...
—Tíralos
también.
—No.
Bueno,
pensó Nick, ese material ha hecho fanáticos. No quiere tirar los folletos ni
quiere que la lleve a un motel. ¿Qué puedo hacer? ¿Dar vueltas y más vueltas
entre el tráfico de esta maldita ciudad hasta que me quede sin combustible?
Siempre cabe la posibilidad de que aparezca el Schellingberg 8 y ponga fin a
todo esto; probablemente, Denny volaría hacia nosotros y nos mataría. A menos
que a estas horas ya se hayan disipado en él los efectos del alcohol.
—Tengo
una esposa —explicó llanamente—. Y un hijo. No puedo hacer algo que...
—Ya
lo hizo, al decirle a Zeta que deseaba comprar un folleto. Se metió en un lío
en el mismo instante en que usted y Zeta llamaron a la puerta de nuestro
apartamento.
—Incluso
mucho antes —asintió Nick, sabiendo que era verdad.
Tan
de prisa, pensó. Un compromiso efectuado en un abrir y cerrar de ojos, aunque
venía de lejos. La verdad era que la noticia de la próxima ejecución de Cordon
había desencadenado su deseo, y ahora, en aquel momento, Kleo y Bobby ya
estaban en peligro.
Por
otra parte, la Seguridad Pública acababa de ponerle a prueba, utilizando a
Darby Shire como cebo. Él y Kleo habían superado la prueba. De modo que, desde
el punto de vista de las probabilidades estadísticas, existía la posibilidad de
que no volvieran a investigarle tan pronto.
Pero
no podía engañarse. Probablemente vigilaban a Zeta. Y estaban enterados de lo
de los dos apartamentos. Saben todo lo que hay que saber; sólo es cuestión de
prever cuándo efectuarán su próximo movimiento.
En
ese caso, realmente era demasiado tarde. Bien, podía comprometerse un poco más:
ocultar a Charley en su casa, con él y con Kleo, un par de días. El sofá del
salón era convertible, y ya habían tenido amigos durmiendo una noche.
Aunque
esta situación era muy distinta de aquéllas.
—Puedes
quedarte conmigo y con mi mujer —gruñó—, si te deshaces de los folletos que
llevas. No tienes por qué destruirlos, sino simplemente tirarlos en algún lugar
que conozcas.
Charley,
sin responder, cogió uno de sus folletos, lo abrió y leyó en voz alta:
«La
medida de un hombre no es su inteligencia. No es la altura a la que se eleva en
este terrible Estado. La medida de un hombre es ésta: ¿con qué rapidez sabe
reaccionar ante las necesidades ajenas? ¿Y cuánto es capaz de dar de sí mismo?
Darse a sí mismo es una verdadera donación, sin recibir nada a cambio, o al
menos...».
—Seguro
—razonó Nick—, dar siempre te da algo a cambio. Tú le das algo a alguien y, más
tarde, ese alguien te devuelve el favor dándote algo a cambio. Eso está claro.
—Eso
no es dar, sino traficar. Escuche esto: «Dios nos dice...».
—Dios
ha muerto —la interrumpió Nick—. Encontraron su cadáver en 2019, flotando en el
espacio cerca de Alfa.
—Encontraron
los restos de un organismo avanzado varias miles de veces a nosotros —explicó
Charley—. Evidentemente, podía crear mundos habitables y poblarlos con
organismos vivos, derivados de él mismo. Pero esto no demuestra que fuese Dios.
—Creo
que era Dios.
—Puedo
quedarme en su casa esta noche —dijo Charley—, en caso necesario, tal vez
mañana por la noche, ¿de acuerdo? —Le miró con su radiante sonrisa bañada con
la luz de la inocencia. Como si, igual que una gatita, pidiese un platito de
leche, nada más. Añadió—: No tenga miedo de Denny, no le hará daño. Si ha de
pegar a alguien, será a mí, pero no podrá descubrir su apartamento, ¿verdad? Ni
siquiera sabe cómo se llama, ni sabe...
—Sabe
que trabajo para Zeta.
—Zeta
no le teme. Zeta podría convertirlo en papilla...
—Te
estás contradiciendo —la atajó Nick.
Al
menos así se lo parecía a él. ¿O todavía le afectaba el alcohol? ¿Cuánto
tardaban en desaparecer sus efectos, una hora? ¿Dos? Sin embargo, conducía el
autocohete correctamente, al menos ningún occífero le había parado ni captado
con los rayos rastreadores.
—Teme
lo que dirá su mujer —le reprochó Charley—, si me lleva a su casa. Sí, pensará
muchas cosas raras.
—Pues
sí —concedió Nick—. Y también, temo a lo que la ley califica de violencia
estatutoria. Todavía no tienes los veintiuno, ¿verdad?
—Tengo
dieciséis.
—Bueno,
ya ves...
—Está
bien —exclamó ella, alegremente—. Aterriza y déjame salir de aquí.
—¿Tienes
dinero?
—No.
—Pero
¿podrás arreglártelas?
—Sí,
siempre me las apaño.
Hablaba
sin rencor, sin reprocharle su vacilación. Tal vez esa clase de cosas ya
hubiese existido antes entre ellos, reflexionó Nick. Y otros, como él mismo,
hubiesen estado mezclados en el asunto. Con las mejores intenciones, claro.
—Le
diré lo que podría ocurrirle si me llevara a su casa —murmuró Charley—. Podría
ser acusado de poseer material cordonita, por violación estatutoria. Su esposa,
que también sería detenida por vivir en una casa donde hay material cordonita,
le abandonaría y jamás le comprendería ni le perdonaría. Y, no obstante, a
pesar de no conocerme casi, no puede abandonarme porque soy una chica y no
tengo adónde ir...
—Amigos
—casi gritó él—. Debes de tener amigos a los que recurrir. ¿O también les
asusta Denny? —Hizo una pausa—. Sí, tienes razón, no puedo abandonarte.
Un
secuestro, pensó. También podían acusarme de secuestro, si Denny llama a la
Seguridad Pública. Pero, no podía llamarles, no podía hacerlo porque él sería
acusado, a su vez, de traficar con material cordonita. No podía correr ese
riesgo.
—Eres
una chiquilla extraña —le dijo a Charley—. En ciertos aspectos eres ingenua y,
en otros, eres dura como una rata de almacén.
¿Acaso
lo es por vender ese material?, se preguntó. ¿O es al revés, se ha endurecido
al crecer y por eso gravitó hacia esa clase de trabajo?
La
miró, examinando sus ropas. Iba incluso demasiado bien vestida, con prendas muy
caras. Tal vez fuese ambiciosa, y vender ese material fuese la manera más fácil
de ganar los pops que necesitaba para satisfacer esa ambición. Para ella las
ropas, para Denny el Schellingberg 8. Sin esto, simplemente serían unos
adolescentes que irían a la escuela con tejanos y suéteres anchos.
El
mal, se dijo, al servicio del bien. ¿O eran buenos los escritos de Cordon?
Nunca había visto un folleto auténtico de Cordon, y ahora, presumiblemente,
tenía uno y era libre de leerlo y decidir. ¿Y dejarla quedarse en su casa si el
folleto era bueno? Y si no lo era, arrojarla a los lobos, a Denny y a los
coches de patrulla con los Inusuales telepáticos escuchando constantemente.
—Yo
soy la vida —declaró ella.
—¿Qué?
—dijo sobresaltado.
—Para
usted, yo soy la vida. ¿Cuántos años tiene, treinta y ocho, treinta y nueve?
¿Cuarenta? ¿Y qué ha aprendido? ¿Ha hecho algo? Míreme, fíjese en mí. Yo soy la
vida, y estando conmigo, parte de ella pasa a usted. Estando aquí, en el
autocohete, conmigo, ya no se siente tan viejo, ¿verdad?
—Tengo
treinta y cuatro años —aclaró Nick—, y no me siento viejo. En realidad, estar
sentado a tu lado sí que hace que me sienta más viejo, no más joven. Y nada
pasa a mi cuerpo ni a mi espíritu.
—Ya
pasará.
—Lo
sabes por experiencia ¿eh? Con hombres más viejos. Antes de mí.
Charley
abrió el bolso y sacó un espejito y el colorete, y empezó a trazar unas
complicadas líneas desde los ojos, a través de los pómulos, y hasta el borde de
su barbilla.
—Usas
demasiado maquillaje —le recriminó Nick.
—Está
bien, llámame una puta de dos pops.
—¿Cómo?
—exclamó él, mirándola, con la atención momentáneamente desviada del tráfico de
media mañana.
—Nada
—gruñó Charley. Se dedicó a maquillarse, y después cerró la cajita del
colorete, metiéndola en el bolso junto con el espejito—. ¿Quiere un poco de
alcohol? —le preguntó—. Denny y yo tenemos muchos contactos para conseguirlo.
Podría darle... ¿Cómo se llama?... Oh, sí, whisky escocés.
—Fabricado
en alguna destilería, de noche, de sabe Dios dónde —comentó Nick—. Sí, volando
de noche de un sitio a otro.
Charley
empezó a reír sin poder remediarlo; estaba sentada, con la cabeza baja y la
mano derecha sobre los ojos.
—No
me imagino una destilería aleteando por el cielo nocturno. En busca de un nuevo
sitio donde no pueda localizarla la Seguridad Pública.
Continuó
riendo, como si la idea que se le había ocurrido se negara a abandonara.
—Uno
puede quedarse ciego por el alcohol —afirmó Nick.
—Por
el tabaco. El whisky es alcohol de madera.
—¿Cómo
estás tan segura?
—¿Acaso
es posible estar seguro de nada? Denny puede descubrimos en cualquier momento y
matarnos, o tal vez nos mate la Seguridad Pública... No es probable y hay que
vivir con lo que lo es, no con lo que es posible, puesto que todo es posible
—le sonrió—. Y eso es bueno, ¿no lo entiende? Significa que siempre hay
esperanzas; lo dice Cordon, me acuerdo bien. Cordon lo repite una y otra vez.
En realidad, no da muchos mensajes, eso también es cierto. Usted y yo podríamos
enamorarnos, usted abandonar a su esposa y yo a Denny, y entonces él se
volvería loco, bebería en exceso, nos mataría a todos y luego se suicidaría.
—Volvió a reír, bailoteándole los ojos—. ¿No sería estupendo? ¿No ve cuán
estupendo sería?
Nick
no lo veía.
—Pues
ya lo verá —le aseguré Charley—. Mientras tanto, le agradecería que durante los
diez próximos minutos no me hablara, he de pensar qué le diremos a su esposa.
—Seré
yo quien se lo diga —observó Nick.
—Usted
lo estropearía todo, se lo diré yo.
Cerró
los ojos en honda concentración. Nick siguió atento al timón del autocohete,
poniéndolo en dirección a su apartamento.
8
Fred
Huff, ayudante personal del Director Barnes de la Seguridad Pública, dejó una
lista sobre el escritorio de su superior.
—Perdone
—murmuró—, pero usted me pidió un informe diario sobre el apartamento 3XX24J y
aquí lo tiene. Usamos videos de voces normales para identificar a los que
fuesen allí. Sólo una persona, una persona nueva, entró allí. Un tal Nicholas
Appleton.
—No
es muy prometedor —rezongó Barnes.
—Recurrimos
a la computadora, la que nos prestaron en la Universidad de Wyoming. Nos dio
una extrapolación interesante tan pronto como tuvo todo el material anterior
sobre ese Nicholas Appleton: su edad, ocupación, antecedentes, su boda, su
hijo, que nunca...
—...
que nunca ha quebrantado la ley de ningún modo.
—Que
nunca ha estado en la cárcel. Eso también se lo preguntamos a la computadora.
Cuáles
son las probabilidades de que ese individuo, que nunca ha violado la ley, a
nivel de delito, la haya infringido ahora... La computadora respondió que
probablemente no hay ninguna.
—La
infringió cuando estuvo en el 3XX24J —replicó Barnes cáusticamente.
—Eso
pensamos, y de ahí procede la solicitud de la computadora de un pronóstico.
Extrapolándolo de su caso y de otros similares ocurridos en las últimas horas,
la computadora declaró que la noticia de la próxima muerte de Cordon ya ha
aumentado las filas del submundo cordonita en un cuarenta por ciento.
—¡Caramba!
—exclamó Barnes.
—Así
es como funciona estadísticamente.
—¿Es
que ya se han unido para protestar? ¿Abiertamente?
—Abiertamente,
no, pero sí para protestar.
—Pregúntenle
a la computadora cuál será la reacción ante el anuncio de la muerte de Cordon.
—No
puede computarse, faltan datos. Bueno, se computó pero de tan diversas maneras
que fue como no decir nada. Un diez por ciento: una masa sublevada. Un quince
por ciento: una negativa a creer que...
—¿Cuál
es la mayor probabilidad?
—La
creencia en que Cordon ha muerto, pero Provoni no, que vive y volverá. incluso
sin Cordon. Hay que recordar que los de escritos de Cordon, auténticos o
falsificados, circulan por toda la Tierra todos los minutos del día. Su muerte
no pondrá fin a esto. Acuérdese del famoso revolucionario del siglo veinte, Che
Guevara. Aunque después de muerto, el Diario que dejó...
—Como
Cristo —afirmó Barnes. Se sentía deprimido y había empezado a inquietarse—.
Mataron a Cristo y vino el Nuevo Testamento. Mataron al Che Guevara y dejó un
Diario que es un manual para conseguir el poder en el mundo entero. Matarán a
Cordon...
Sonó
un zumbador del escritorio de Barnes.
—Sí,
Presidente del Consejo —dijo Barnes por el interfono—. La occífera Noyes está
conmigo. —La miró y la joven se levantó de la butaca de cuero que estaba
delante del escritorio—. Ahora vamos.
Le
hizo una señal a la muchacha, experimentando una gran repugnancia hacia ella.
En
general, no le gustaban las mujeres policías, y especialmente aquellas a las
que gustaba lucir el uniforme. Desde hacía ya mucho tiempo pensaba que una
mujer no debía llevar uniforme. Las informadoras no le molestaban porque en
cierto sentido debían rendir su feminidad. La occífera Noyes era
fisiológicamente asexual. Se había sometido a la operación de Snyder de modo
que, hablando legal y físicamente, no era una mujer; no poseía órganos
sexuales, ni pechos, y sus caderas eran tan estrechas como las de un hombre,
con una cara insondable y cruel.
—Piense
—le dijo Barnes mientras iban por el corredor, más allá de la doble hilera de
guardias armados, y antes de llegar a la maciza y bien tallada puerta de roble
del despacho de Willis Gram— lo grato que sería para usted que hubiese
conseguido averiguar algo en contra de Irma Gram. Lástima que no sea así.
Al
abrirse la puerta, le cedió el paso y entraron en el despacho-dormitorio de
Gram. Éste se hallaba tendido en su monumental cama, casi enterrado bajo
montones de secciones del Times, con una expresión de astucia en su rostro.
—Presidente
del Consejo —presentó Barnes—, ésta es Alice Noyes, la occífera especial que
está encargada de obtener el material relativo a los hábitos morales de su
esposa.
—Ya
nos conocemos, ¿verdad? —le dijo Gram a la mujer policía.
—Correcto,
Presidente del Consejo —asintió Alice Noyes.
—Quiero
que mi esposa sea asesinada por Eric Cordon —ordenó sosegadamente
Gram—,
en la cadena mundial de televisión.
Barnes
le contempló asombrado. Gram, tranquilamente, le devolvió la mirada, con la
astucia animal todavía en su cara.
—Naturalmente
—opinó Alice Noyes—, sería fácil suprimirla. Un accidente fatal de autocohete
durante un viaje de compras por Europa o Asia, uno de esos viajes que ella
emprende a menudo. Pero por Eric Cordon...
—Ahí
es justamente donde entra en juego la inventiva —sentenció Gram.
—Con
todos los respetos, Presidente del Consejo —replicó Alice Noyes—, ¿tenemos que
seguir adelante con lo proyectado o tiene usted algunas ideas acerca de cómo
hay que proceder? Cuanto más nos diga, mejor será nuestra posición operacional,
especialmente a nivel de trabajo.
—O
sea —observó Gram, mirándola fijamente— que, según usted, yo sé cómo hay que
actuar...
—También
yo estoy intrigado —terció Barnes—. Ante todo, intento imaginarme el efecto que
esto producirá en el ciudadano medio. Este asesinato a cargo de Eric Cordon,
quiero decir.
—De
esta manera comprenderán que todo eso del amor, las ayudas y la colaboración y
empatía entre los Antiguos, los Nuevos Hombres y los Inusuales... Todo eso no
es más que un tremendo engaño. Y yo me veré libre de Irma, no olvide esto,
Director Barnes, no lo olvide, por favor.
—No
lo olvido —asintió Barnes—, pero sigo sin comprender cómo debe hacerse.
—En
la ejecución de Cordon —explicó Gram— estarán presentes todos los altos cargos
del Gobierno, incluyendo sus esposas y la mía. Aproximadamente una docena de
guardias bien armados traerán a Cordon. Las cámaras de televisión filmarán toda
la escena, no olvide esto. Y, de repente, en uno de esos momentos de descuido
que a veces tienen lugar, Cordon se apoderará del arma de un occífero, me
apuntará a mí, pero fallará y, en cambio, herirá a Irma, que, naturalmente,
estará a ni lado.
—¡Dios
bendito! —exclamó el Director Barnes. Sentía un enorme peso encima que le
aplastaba—. ¿Es preciso alterar el cerebro de Cordon de tal modo que se vea
obligado a obrar así? O bien, ¿hay que preguntarle si no le importa...?
—Cordon
ya estará muerto —aclaró Gram—. Habrá muerto el día anterior.
—Entonces,
¿cómo...?
—Su
cerebro será reemplazado por una torreta sintética de control neural que le
obligará a hacer lo que le ordenemos. Esto es muy fácil, Amos Ild le instalará
esa torreta.
—¿El
Nuevo Hombre que está construyendo el Gran Oído? —preguntó Barnes—. ¿Intenta
pedirle que le ayude en este complot?
—Exacto
—asintió Gram—. Y si se niega, vetaré todos los fondos votados para el
desarrollo del Gran Oído. Entonces buscaremos a otro Nuevo Hombre que sea capaz
de saltarle los sesos a Cordon. —Calló al ver que Alice Noyes se estremecía—.
Lo siento. De quitarle el cerebro, quise decir, si lo prefiere así. En
realidad, es lo mismo. ¿Qué opina, Barnes? ¿No es una idea brillante? —Una
pausa. Silencio—. Responda.
—Sí,
eso serviría —murmuró Barnes escogiendo sus palabras— para desacreditar el
Movimiento de los Subhombres. Pero el riesgo es enorme. El riesgo supera a los
posibles beneficios. Y, con todos los respetos, hay que considerarlo de este
modo.
—¿Qué
riesgo?
—Ante
todo, tenemos que meter en ese complot a un Nuevo Hombre de alto nivel, lo que
hará que usted dependa de él, cosa que va completamente en contra de sus
intereses. Por otra parte, esos cerebros sintéticos que fabrican en los centros
de investigación no son de fiar. Pueden enloquecer y matar a todo el mundo y,
en ese caso concreto, matarle también a usted. No me gustaría estar allí cuando
ese tipo esté armado y cumpla con lo que tenga programado. La verdad, quisiera
estar a muchos kilómetros de distancia, en favor de mi pellejo.
—Es
decir, que no le gusta mi idea —observó Gram.
—Mi
negativa podría ser mal interpretada —alegó Barnes, lleno de indignación por
dentro, indignación que Willis Gram, naturalmente, captó.
—¿Qué
piensa, Noyes? —le preguntó Gram a la mujer policía.
—Pienso
que es el plan más fantásticamente inteligente que he oído en mi vida.
—¿Lo
oye? —le espetó Gram a Barnes.
—¿Cuándo
llegó a esa conclusión? —le preguntó Barnes a Alice Noyes, lleno de
curiosidad—. Hace un momento, cuando el Presidente del Consejo habló de...
—Ha
sido solamente por su elección de las palabras, por eso de saltarle los sesos a
Cordon, que me estremecí —observó Alice Noyes—, pero ahora lo veo en
perspectiva y...
—Es
la idea más estupenda que he tenido en todos los años pasados en el Servicio
Civil y en este alto cargo —afirmó Gram con orgullo.
—Tal
vez sí —concedió Barnes a regañadientes—, tal vez lo sea.
Lo
cual, pensó, es un comentario sobre usted.
Al
captar el pensamiento de Barnes, Gram frunció el ceño.
—Es
un pensamiento fugaz, de duda —admitió Barnes—, duda que, estoy seguro,
desaparecerá.
Por
unos momentos se había olvidado de la capacidad telepática de Gram. Pero,
aunque la hubiese recordado, habría dudado lo mismo.
—Cierto
—dijo Gram, después de haber captado también el último pensamiento de Barnes—.
¿Desea dimitir? —le preguntó—. ¿Y apartarse de este asunto?
—No,
señor —negó Barnes respetuosamente.
—Está
bien —asintió Gram—. Localice a Amos Ild tan pronto como le sea posible,
asegúrese de que guardará el secreto y pídale que fabrique un cerebro semejante
al de Cordon. Que duplique los encefalogramas, o lo que sea que haga.
—Encefalogramas
—asintió también Barnes—. Un estudio masivo e intensivo de la mente, o el
cerebro de Cordon.
—Tiene
que recordar la imagen que el público tiene de Irma —dijo Gram—. Nosotros
sabemos cómo es realmente, pero la gente la considera como una mujer amable,
generosa, filantrópica, que apadrina obras de beneficencia y, generalmente,
apoya todo lo que contribuye al bien público, como, por ejemplo, los jardines
flotantes del firmamento. Pero nosotros sabemos...
—De
manera —le interrumpió Barnes— que la gente pensará que Cordon ha matado a una
persona inofensiva y buena. Un crimen terrible a los ojos de los Subhombres. Y
todos se alegrarán al ver que Cordon es ejecutado inmediatamente después de esa
estúpida acción, totalmente carente de sentido.
Siempre
y cuando el cerebro fabricado por Ild sea lo bastante bueno como para engañar a
los Inusuales, los telépatas.
En
su mente veía el cerebro sintético enviando a Cordon rebotando por el circo
colgante, y segando a centenares de personas.
—No
—replicó Gram, captando este último pensamiento de Barnes—, lo mataremos
inmediatamente. No habrá la menor oportunidad de que se produzca un fallo.
Dieciséis hombres armados, todos buenos tiradores, dispararán contra él al
instante.
—Al
instante —repitió Barnes secamente—, después de que él haya conseguido matar a
una persona entre varios miles. Tendrá que ser un tirador condenadamente bueno.
—Pero
la gente pensará que deseaba matarme a mí —arguyó Gram—. Y yo estaré sentado en
primera fila, con Irma a mi lado.
—De
todos modos, no lo abatirán al momento —objetó Barnes—. Transcurrirán un par de
segundos, al menos, mientras él efectúa su disparo. Y si vacila un poco...
Bueno, usted estará sentado junto a Irma, como ha dicho.
—Hum...
—gruñó Gram, mordiéndose un labio.
—Una
desviación de unos centímetros —prosiguió Barnes—, y le tocaría a usted, no a
Irma.
Opino que su intento de combinar sus problemas con los Subhombres y Cordon con
sus problemas con Irma en una sola operación final es demasiado... —Meditó
durante una fracción de segundo—. Hay una palabra griega que lo define...
—Terpsícore
—apuntó Gram.
—No.
Hubris. Intentar demasiadas cosas; llegar demasiado lejos.
—Sigo
estando de acuerdo con el Presidente del Consejo —intervino Alice Noyes con su
voz vivaracha y fría como el hielo—. Admito, eso sí, que es un plan atrevido.
Pero soluciona muchas cosas. Un hombre que gobierna, como el Presidente del
Consejo, debe ser capaz de tomar una decisión como ésa, intentar maniobras
atrevidas para lograr que siga funcionando la estructura. En esta acción...
—Dimito
como Director de Policía —anunció Barnes.
—¿Por
qué? —se sorprendió Gram.
Era
obvio que los pensamientos de Barnes no habían pasado esta vez a su cerebro, y
la decisión de aquél le llegaba como algo surgido de la nada.
—Porque
probablemente significará su propia muerte —explicó Barnes—. Porque tal vez
Amos Ild programará el cerebro para que le mate a usted, no a Irma.
—Tengo
una idea —volvió a intervenir Alice Noyes—. Cuando lleven a Cordon al centro
del circo, Irma Gram bajará de su sitio llevando una rosa blanca. Se la
ofrecerá a Cordon y, en ese momento, él cogerá el arma de uno de los guardias y
la matará. —La joven sonrió débilmente, relucientes sus pupilas—. Eso debería
socavarlos para siempre. Un acto de violencia idiota como ése: sólo un loco
mataría a una mujer que le ofrece una rosa blanca.
—¿Por
qué blanca? —quiso saber Barnes.
—¿Blanca
qué? —preguntó a su vez Alice Noyes.
—La
rosa, la maldita rosa.
—Porque
es el símbolo de la inocencia —concluyó Alice Noyes.
Willis
Gram, todavía mordiéndose el labio, todavía frunciendo el ceño, objetó:
—No,
eso no serviría. Ha de parecer que quiere matarme a mí, porque contra mí sí
tiene algún motivo. Pero ¿qué motivo tiene para querer matar a Irma?
—Matar
al ser que usted más ama.
Barnes
se echó a reír.
—Muy
gracioso, ¿verdad? —se enfurruñó Gram.
—Tal
vez tenga éxito —admitió Barnes—. Y eso es lo gracioso. Y también eso de matar
al ser que usted más ama. ¿Puedo decir que la frase es suya, Alice Noyes? Una
frase modélica que todos los escolares deben aprender para sus análisis
gramaticales.
—Académicos
—le corrigió Alice Noyes, enojada.
—No
me interesa la gramática —gruñó Gram, mirando a Barnes—, no me interesa la mía
ni la de nadie. Lo único que me interesa es que éste es un buen plan, que Alice
Noyes está de acuerdo y que usted ha dimitido. Por lo tanto, ya no tiene voto
en el asunto... Bueno, si decido aceptar su dimisión. Tendré que reflexionar
sobre ello. Por el momento, puede esperar. —El tono de su voz bajó hasta
convertirse en un murmullo, en tanto iba reflexionando acerca del asunto de la
dimisión de Barnes. Poco después, levantó la mirada hacia aquél—. Hoy tiene
usted muy mal humor. Normalmente está de acuerdo con mis sugerencias. ¿Qué le
ocurre?
—3XX24J
—dijo simplemente Barnes.
—¿Qué
significa eso?
—El
apartamento de unos Subhombres que estamos vigilando. Hemos estado haciendo un
análisis estadístico con la computadora de Wyoming sobre las características de
los que entran y salen de allí.
—Y
ha obtenido unos resultados que no le gustan.
—Tengo
algunas noticias —reconoció Barnes—. Un ciudadano medio, que aparentemente sabe
que vamos a ejecutar a Cordon, ha traspasado la frontera repentinamente. En
realidad, una persona a la que ya habíamos verificado. Una buena profesión, una
reconocida lealtad, y en tan breve espacio de tiempo... Sí, anunciar la
ejecución de Cordon fue un error, un error del que todavía podemos retractamos.
Los jueces pueden volver a cambiar de idea —añadió sarcásticamente, aunque con
expresión sombría—. Tengo una idea para introducir una leve alteración en su
plan, Presidente del Consejo. Que el arma de Cordon también sea postiza, de
guardarropía, lo mismo que su cerebro. Cordon apunta con su arma y dispara, y
en el mismo instante un francotirador escondido dispara contra Irma. Sin
fallar. De esta manera, quedan prácticamente reducidas a cero las posibilidades
de que le maten a usted.
—Buena
idea —aprobó Gram.
—¿Va
a tomar en serio mi sugerencia? —se extrañó Barnes.
—Es
una buena sugerencia. Deja de lado el elemento que a usted le asustaba, de modo
que...
—Usted
debe separar su vida pública de su vida privada —le aconsejó Barnes—. Las ha
mezclado demasiado...
—Pues
le diré algo más —masculló Gram, enrojeciendo y con voz ronca—. El abogado
Denfeld... Bien, quiero que en su apartamento se encuentren varios folletos de
los de Cordon y quiero que los policías entren allí y detengan a Denfeld con
las manos en la masa. Así, lo llevaremos a la Prisión de Brightforth, donde
estará con Cordon, y los dos charlarán amigablemente.
—Denfeld
puede hablar. Y Cordon puede escribir —recordó Alice Noyes—. Y los demás presos
pueden leerlo todo.
—Opino
—terminó Gram— que es un toque maestro de mi genio innato el hecho de
solucionar mis problemas públicos y privados de una sola vez, y esto encaja
bien con los requerimientos de la Navaja de Occam. ¿Comprenden lo que quiero
decir?
Ni
Barnes ni Alice Noyes contestaron. Barnes meditaba si debía retirar su
dimisión, que de manera tan poco premeditada había decidido, sin pensar en sus
futuras posibilidades. Y, mientras meditaba, se dio cuenta de que Gram, como
siempre, leía en sus pensamientos.
—No
se preocupe —le consoló Gram—. No necesita dimitir. Además, me gusta esa
sugerencia del francotirador dispuesto a disparar contra Irma para que Cordon
no pueda matarme por error. Sí, esa idea me gusta. Gracias por su contribución
al plan.
—De
nada —respondió Barnes, tragándose su aversión y sus pensamientos en contra.
—No
me importa lo que usted piense —rezongó Gram—. Sólo me importa lo que haga. No
me importa que se muestre hostil, con tal de que, inmediatamente, le conceda a
ese proyecto toda su atención. Quiero que la cosa se realice lo antes posible,
ya que Cordon podría morir antes. Bien, necesitamos bautizar este proyecto.
¿Cómo lo llamaremos?
—Barrabás
—dijo rápidamente Barnes.
—No
capto el significado, pero me gusta —asintió Gram—. De acuerdo, a partir de
ahora empieza la Operación Barrabás. Y nos referiremos al proyecto con este
nombre, tanto en las entrevistas verbales como por escrito.
—Barrabás...
—repitió Alice Noyes—. Se refiere a una situación en la que mataron a una
persona inocente y perdonaron a la culpable.
—¡Oh!
—exclamó Gram—. Bueno, no está mal. —Se mordió el labio inferior—. ¿Cómo se
llamaba la persona inocente que mataron?
—Jesús
de Nazareth —le instruyó Barnes.
—¿Acaso
quiere trazar una analogía? —se enfureció Gram—. ¿Que Cordon es como Cristo?
—Ya
se hizo —indicó Barnes—. Además, permítame señalarle otro punto. Todos los
escritos de Cordon se oponen a la fuerza, a la compulsión y a la violencia. Por
lo tanto, es inconcebible que intente matar a alguien.
—Precisamente
—observó Gram—, éste es el punto. Desacreditará todo cuanto ha escrito. Le
presentará como un hipócrita. Socavará todos sus escritos, todos sus folletos.
¿No lo entiende?
—Nos
chamuscará a nosotros —arguyó Barnes.
—Ya
veo que no le gustan mis soluciones —dijo Gram mirándole fijamente como si le
estuviera escudriñando el alma—. Creo que en este caso es usted muy poco
juicioso.
—¿Qué
quiere decir?
—Mal
aconsejado.
—Nadie
me aconsejó. La idea es mía.
Entonces,
el Director Barnes se calló y dejó que sus pesimistas pensamientos se
ahuyentasen de su cerebro y que su lengua quedase muda.
Nadie
pareció observarlo.
—Así
que tiramos adelante con el Proyecto Barrabás —exclamó Gram cordialmente,
exhibiendo una amplia y feliz sonrisa.
9
Al sonido
de su llamada especial, Kleo abrió la puerta del apartamento. ¿En casa a
mediodía? Algo debía de haberle ocurrido.
Y
entonces le vio, con una chica bajita, una adolescente, bien vestida, muy
maquillada y con una sonrisa que mostraba sus blancos dientes como en
agradecimiento.
—Usted
debe de ser Kleo —dijo la chica, sin dejar de sonreír—. Encantada de conocerla,
sobre todo después de lo que Nick me ha contado sobre usted.
Ella
y Nick entraron en el apartamento, y la jovencita examinó los muebles, el color
de las paredes, apreció como una experta la puerta, mirándolo todo. Esto puso a
Kleo nerviosa, consciente de que, en realidad, tenía que haber sido al revés.
¿Quién
será esa chica?, se preguntó.
—Sí
—asintió— Soy la señora Appleton.
Nick
cerró la puerta.
—Se
esconde de su novio —explicó Nick—. Intentó pegarle y ella huyó. Él no puede
encontrarla aquí porque ignora quién soy y dónde vivo, de manera que en nuestra
casa está a salvo.
—¿Café?
—ofreció Kleo.
—¿Café?
—repitió Nick.
—Haré
un poco de café —decidió Kleo.
Miró
a la muchacha, viendo cuán bonita era a pesar de su maquillaje. Y muy bajita.
Probablemente, tendría alguna dificultad en encontrar ropas que le sentaran
bien; aquélla era una dificultad que a ella le hubiese gustado tener.
—Me
llamo Charlotte —dijo la joven.
Se
había sentado en el sofá del salón, y se había desabrochado las rodilleras.
Nunca dejaba de sonreír, y las miradas que le dirigía a Kleo iban cargadas de
algo parecido al amor. ¡Amor! Amor hacia alguien a quien no había visto en su
vida.
—Le
dije que podía quedarse aquí a pasar la noche —explicó Nick.
—Sí
—consintió Kleo—. Ese sofá se convierte en cama.
Se
dirigió a la cocina y preparó tres tazas de café.
—¿Con
qué quiere el café? —le preguntó a la chica.
—Por
favor —dijo ésta, levantándose y dirigiéndose a la cocina—. No quiero que se
moleste por mí, de verdad. Lo único que necesito es un sitio donde pasar un par
de días, un sitio que Denny no conozca. Ya le perdimos en medio del tráfico, de
manera que no creo que tenga la menor probabilidad de... —gesticuló—, de hacer
ninguna escena. Lo prometo.
—Todavía
no ha dicho con qué quiere el café.
—Solo.
Kleo
le dio una taza.
—Es
un café estupendo —alabó Charley.
Kleo
regresó al salón con dos tazas más. Le dio una a Nick, y luego se sentó en una
butaca de plástico negro. Nick y la joven, como dos personas que están en el
cine en dos butacas contiguas, se instalaron en el sofá.
—¿Ha
llamado a la Policía? —se interesó Kleo.
—¿Llamar
a la Policía? —repitió Charlotte, con expresión intrigada—. Oh, no, claro que
no. Denny siempre se comporta así. Y yo me largo y espero... Sé el tiempo que
le dura. Cuando se le pasa, vuelvo. ¿La Policía? ¿Para que le detengan? Se
moriría en la cárcel. Ha de ser libre. Tiene que surcar los grandes espacios, a
gran velocidad, en su autocohete, la Morsa Púrpura, como lo llama.
Tomó
un sorbo de café.
Kleo
estaba reflexionando. Tenía los sentimientos mezclados, unos sentimientos
caóticos. Es una desconocida, pensó. No la conocemos, ni siquiera sabemos si
dice la verdad acerca de su novio. Supongamos que es otra cosa... Supongamos
que la policía la persigue... Claro que Nick parece conocerla, le gusta, confía
en ella. Y si dice la verdad, tiene que quedarse... De pronto, Kleo también
pensó que verdaderamente era muy bonita. Tal vez es por eso que Nick desea que
se quede, tal vez siente por ella un... Buscó la palabra. Un interés especial.
Si no fuese tan bonita, ¿desearía que se quedara en casa? Claro que eso no era
propio de Nick. A menos que él no se diese cuenta de sus sentimientos; sabía
que la chica necesitaba ayuda, pero no sabía realmente por qué.
Supongo
que debemos correr el riesgo, decidió Kleo.
—Nos
alegraremos mucho de tenerte con nosotros —dijo en voz alta y tuteando a la
joven—, mientras nos necesites.
Al
oír estas palabras, el rostro de Charlotte se puso radiante de alegría.
—Te
ayudaré a quitarte la chaqueta —continuó Kleo, al ver que la chica trataba de
desembarazarse de la misma.
Nick
la ayudó, galantemente.
—No,
por favor, muchas gracias —murmuró Charlotte.
—Si
te vas a quedar con nosotros —Kleo le cogió la prenda—, será mejor colgarla.
La
llevó hacia el único armario del apartamento, abrió la puerta, cogió un
colgador y vio, en uno de los bolsillos de la chaqueta, un folleto
descuidadamente enrollado.
—Un
escrito cordonita —exclamó en voz alta, sacándolo del bolsillo—. Conque eres un
Subhombre.
Charlotte
dejó de sonreír; ahora parecía ansiosa, y era obvio que trataba de encontrar
rápidamente algo que decir.
—O
sea que la historia de tu novio es mentira —razonó Kleo—. La persigue la
Policía, y por eso tú deseas esconderla aquí. —Cogió la chaqueta y el folleto y
se lo entregó a Charlotte—. Pues no puedes quedarte.
—Te
lo habría dicho —tartamudeó Nick—, pero sabía que ésta sería tu reacción. Y no
me equivoqué.
—Lo
de Denny es cierto —afirmó Charlotte, con voz segura pero baja—. Es de él de
quien me escondo. La Policía no me persigue. Y, según me dijo Nick, no hace
mucho que les investigaron. No volverán a este apartamento en varios meses. Tal
vez años.
Kleo
continuaba tendiéndole la chaqueta a Charlotte.
—Si
ella se va —amenazó Nick—, yo me iré con ella.
—Ojalá
—exclamó Kleo.
—¿Lo
dices en serio?
—Sí,
lo digo en serio.
Charlotte
se puso de pie.
—No
quiero separarlos. No sería justo... —Se volvió hacia Nick—. De todos modos,
gracias.
Cogió
la chaqueta de las manos de Kleo, se la puso y fue hacia la puerta.
—Entiendo
lo que siente, Kleo —dijo al abrir la puerta, sonriendo ahora con una sonrisa
helada—. Adiós.
Nick
se movió velozmente, yendo detrás de ella. La detuvo en el umbral, asiéndola
por los hombros.
—No
—casi gritó Charlotte y, con una fuerza extraña en una mujer, se soltó—. Hasta
la vista, Nick. Al fin y al cabo, hemos despistado a la Morsa Púrpura. Y eso
fue muy divertido. Eres un buen conductor; muchos tipos han tratado de
despistar a Denny yendo en su aparato, y tú eres el único que lo ha conseguido.
Le
acarició el brazo y salió al pasillo.
Tal
vez es verdad lo de su novio, pensó Kleo. Tal vez intentó pegarle; quizá
debería haber dejado que se quedase. Sin embargo, ellos no me contaron nada, ni
ella ni Nick; eso significa una mentira por omisión. Y Nick jamás había hecho
eso. En cambio, esta vez nos ha puesto a todos en peligro y no ha dicho nada...
Afortunadamente, vi el folleto en la chaqueta.
También
pensó que Nick podía irse con Charlotte, lo que significaría que estaba liado
con ella. Kleo estaba segura de que no acababan de conocerse, porque no es
natural que se ayude tanto a una persona casi desconocida... Salvo que, en este
caso, la desconocida era bonita, frágil y estaba indefensa. Y los hombres son
así... En su estructura hay una debilidad que sale a relucir en situaciones
como ésta. No piensan ni actúan razonablemente, sino que se comportan conforme
a lo que creen que es un acto caballeresco. Les cueste lo que les cueste; en
este caso, su esposa y su hijo.
—Puedes
quedarte —le dijo a Charlotte, saliendo al pasillo, mientras la muchacha estaba
acabando de ponerse bien la chaqueta.
Nick
no cambió de expresión, como si no pudiese seguir y, por tanto, participar en
la situación.
—No
—rechazó Charlotte—. Adiós.
Echó
a correr por el corredor, a plena luz, como un pájaro en el bosque.
—Maldita
seas —gruñó Nick, dirigiéndose a Kleo.
—Maldito
seas tú —replicó Kleo—, por intentar traerla aquí y fastidiarnos a todos.
Maldito seas tú por no decirme nada.
—Te
lo habría contado cuando se presentara la oportunidad.
—¿No
la sigues? —le azuzó Kleo—. Dijiste que lo harías.
Nick
la miró fijamente, moviendo sus facciones rabiosamente, empequeñecidos sus ojos
y llenos de negrura.
—La
has sentenciado a cuarenta años en un Campo de Concentración de la Luna; a
rondar por las calles sin dinero ni sitio adónde ir y a que algún coche de
patrulla la detenga para interrogarla.
—Es
una chica lista y sabrá deshacerse de los folletos —replicó Kleo.
—Pero
tarde o temprano la atraparán por alguna cosa.
—Entonces
ve y asegúrate de que no le sucede nada. Olvídanos, olvídate de mí y de Bobby y
procura que no le ocurra nada. Vamos, lárgate.
Kleo
pensó que Nick iba a pegarle al observar cómo se retraía la mandíbula del
hombre. Era esto lo que había aprendido ya de su nueva amiguita: brutalidad.
Sin
embargo, Nick no le pegó, sino que, dando media vuelta, echó a correr por el
corredor detrás de Charlotte.
—¡Maldito
bastardo! —le gritó Kleo, sin importarle que los demás vecinos la oyeran.
Después,
volvió a su apartamento, cerró y atrancó la puerta, colocando la cadena en su
sitio, a fin de que Nick no pudiera entrar usando la llave.
Anduvieron
por las calles, cogidos de la mano, por entre el denso tráfico de las aceras, y
contemplando los escaparates, sin hablar.
—He
estropeado su matrimonio —dijo de pronto Charley.
—Oh,
no —replicó Nick.
Era
verdad. Su huida con aquella chiquilla no había hecho más que sacar a la
superficie lo que ya existía. Nick y Kleo llevaban una existencia de miedos, de
preocupaciones, de temores. Miedo de que Bobby no aprobara los exámenes, miedo
a la Policía... Y, ahora, miedo a la Morsa Púrpura. Lo único que tenemos que
hacer es preocuparnos de que no nos aplaste. Al pensar esto se echó a reír.
—¿Porqué
se ríe? —quiso saber Charley.
—Me
imaginaba a Denny bombardeándonos, como si llevase uno de aquellos viejos
Stukas que utilizaron en la Segunda Guerra Mundial. Todo el mundo huía para no
morir bajo las bombas, pensando que la guerra destrozaría la Alemania del
noroeste.
Andaban
cogidos de la mano, cada uno rodeado por sus propios pensamientos.
—No
tienes por qué venir conmigo, Nick —exclamó de pronto Charley, tuteándole por
primera vez—. Cortemos la cuerda; vuelve junto a Kleo, se alegrará de verte. Yo
conozco a las mujeres, y sé que se sobreponen muy de prisa a su enfado,
especialmente por algo como esto, cuando lo que las amenaza, en este caso yo,
ha desaparecido, ¿de acuerdo?
Probablemente
fuese verdad, pero Nick no respondió; todavía no había puesto en claro sus
pensamientos. Hizo un repaso mental a todo lo que había sucedido aquel día.
Había descubierto que su jefe, Earl Zeta, era un Subhombre; había bebido
alcohol con él; los dos habían ido al apartamento de Charley, o de Denny;
habían presenciado una pelea, y él había salido de allí con Charley,
salvándola, a una chica que era una desconocida, con la ayuda de su corpulento
y forzudo jefe. Y ahora este asunto de Kleo.
—¿Estás
segura de que los de la Seguridad Pública no están enterados de la existencia
de tu apartamento? —le preguntó a Charley.
Dicho
de otro modo, pensó, ¿no me habrán ya tildado de sospechoso?
—Hemos
tenido mucha prudencia —contestó Charley.
—¿De
verdad? Dejaste el folleto en tu chaqueta y Kleo lo descubrió. Eso no fue muy
prudente.
—El
hecho de haber tenido que despistar a la Morsa Púrpura me había dejado bastante
aturdida. Esto no suele ocurrirme nunca.
—¿Llevas
algunos más? ¿En el bolso, tal vez?
—No.
Nick
le cogió el bolso y lo inspeccionó. Era verdad. Después, mientras seguían
andando, registró los bolsillos de la chaqueta de Charley. Tampoco había nada
en la chaqueta. Pero los escritos de Cordon también circulaban en forma de
micro puntos, y ella podía llevar varios encima, y si la atrapaban, los fulanos
de la Seguridad Pública los encontrarían.
Supongo
que después de lo ocurrido con Kleo no me fío de ella, pensó. Obviamente, si lo
hizo ya una vez...
De
pronto pensó también que los policías podían estar vigilando el apartamento,
escudriñándole de alguna manera. Sabiendo quién iba y quién venía. Yo entré; yo
salí. De manera que si era así estaría ya en la lista. Con toda seguridad, ya
era demasiado tarde para volver al lado de Kleo y Bobby.
—Estás
muy deprimido —comentó Charley, con tono alegre.
—Diantre
—exclamó él—, he cruzado la línea.
—Sí,
ya eres un Subhombre.
—¿No
es suficiente esto para que uno esté triste?
—Más
bien debería llenarte de júbilo —respondió Charley.
—No
quiero ir a un Campo de Concentración donde...
—No
acabarás de esa manera, Nick. Provoni volverá y todo irá estupendamente bien.
—Cogida de su mano, la joven ladeó la cabeza y le miró como un pájaro curioso—.
¡Anímate y endereza la espalda! ¡Alégrate y sé feliz!
Nick
pensó que era ella la que había roto su familia. No tenemos ningún sitio adonde
ir. Nos pillaran fácilmente en un motel.
Zeta,
volvió a pensar. Él puede ayudamos. Y, hasta cierto punto, la responsabilidad
es suya: Zeta es el culpable de todo lo que me está ocurriendo.
—Eh!
—exclamó Charley, al ver que Nick la llevaba hacia un paso elevado de
peatones—. ¿Adónde vamos?
—Al
solar del Frente Unido de Autocohetes Ligeramente Usados —explicó.
—Ah,
te refieres a Earl Zeta. Tal vez haya vuelto al apartamento, luchando con
Denny. No, supongo que en estos momentos Denny ya ha huido; además, eso es lo
que creímos cuando tú conducías, ya que le vimos en el tejado. Bueno, ahora me
gustaría volver a disfrutar de tu destreza como conductor. Eres mejor que
Denny, y eso que él es estupendo. ¿No te lo había dicho ya? Sí, creo que sí.
Parecía
muy contenta. Y, de repente, relajada. Pero su humor cambió y otra vez se
mostró inquieta.
—¿Qué
te pasa? —quiso saber Nick, cuando entraban en la rampa elevada que les
conduciría al nivel cincuenta donde Nick había estacionado su autocohete.
—Bueno
—murmuró ella—, temo que Denny esté mirando por ahí. Dando vueltas, acechando.
Vigilando. —Soltó salvajemente la palabra, y Nick se sobresaltó, ya que hasta
entonces no había observado aquella faceta del carácter de Charley—. No, no
puedo ir ahí, ve tú solo. Déjame en cualquier parte, o bien iré por la rampa
descendente —hizo un gesto expresivo con la mano— y saldré de tu vida para
siempre. —Una vez más se echó a reír—. Claro que continuaremos siendo amigos.
Podremos comunicarnos por postales. Aunque no volvamos a vernos, seremos buenos
conocidos. Nuestras almas se han fundido, y cuando unas almas se funden entre
sí, no es posible destruir una sin que muera la otra. —Ahora reía a carcajadas,
sin poder dominarse, virtualmente histérica; se llevó las manos a la cara, y
siguió riendo a través de sus dedos algo separados—. Esto es lo que enseña
Cordon, esto es lo más divertido de todo... ¡Oh, sí, lo más divertido!
Nick
le cogió ambas manos y se las apartó de la cara. A Charley le brillaban las
pupilas, que estaban, como estrellas, fijas en las de él, escrutándole
profundamente, como tratando de encontrar la respuesta, no a lo que él había
dicho, sino a lo que mostraban sus ojos.
—Piensas
que estoy loca —musitó ella.
—Sin
duda alguna.
—Sí,
los dos estamos en esta terrible situación, van a ejecutar a Cordon, y todo lo
que hago es reír. —Aunque con un visible esfuerzo, había conseguido dejar de
reír, y la boca le temblaba como conteniendo la risa—. Conozco un sitio en el
que podremos conseguir algo de alcohol —añadió—. Vamos allá, y nos
emborracharemos.
—No,
ya estoy bastante borracho.
—Por
eso hiciste lo que hiciste, irte conmigo y abandonar a Kleo. A causa del
alcohol que te dio Zeta.
—¿De
veras? —preguntó Nick.
Tal
vez fuese cierto. Nick sabía positivamente que el alcohol producía cambios de
personalidad, y también era cierto que él no estaba actuando de acuerdo con sus
hábitos. Pero era una situación inhabitual, y ¿cuál habría sido su reacción
normal a lo que le había sucedido durante aquel día?
He
de dominar esta situación, se dijo. He de controlar a esa chica, o abandonarla.
—No
me gusta que me manden —exclamó ella de repente—. Veo que deseas dominarme,
decirme qué debo y qué no debo hacer. Lo mismo que hace Denny, lo mismo que
hacía mi padre. Algún día te contaré las cosas que me ordenaba mi padre y,
entonces, me comprenderás mejor. Algunas de las cosas que me obligaba a hacer,
cosas terribles, cosas sexuales.
—¡Oh!
—se horrorizó Nick.
Eso
explicaría sus tendencias lesbianas, si Denny estuvo acertado al describirla.
—Creo
que lo que haré —continuó Charley— será llevarte a un Centro de Imprenta
cordonita.
—¿Sabes
dónde hay uno? —inquirió él incrédulamente—. Entonces, los policías darían
cualquier cosa por saber...
—Lo
sé. Les gustaría atraparme. Lo sé gracias a Denny. Es un traficante más
importante de lo que te imaginas.
—¿Puede
ir él también a ese lugar?
—No
sabe que yo lo conozco. Una vez le seguí, pensaba que dormía con otra chica,
aunque descubrí que no era eso: estaba en un centro de impresión. Regresé al
apartamento y fingí estar dormida. —Le cogió una mano y se la acarició—. Es un
centro especialmente interesante porque imprimen material cordonita para los
niños. Cosas como, por ejemplo: «Exacto. ¡Esto es un caballo! ¡Y cuando los
hombres eran libres, montaban a caballo!». Cosas como ésta.
—Baja
la voz —le suplicó Nick.
Había
otras personas que ascendían por la rampa y la vibrante voz juvenil de Charley
se veía aumentada por su entusiasmo.
—Está
bien —obedeció ella.
—¿No
hay un centro cordonita en lo alto de la Organización? —se interesó él.
—No
existe ninguna Organización, solamente lazos mutuos de fraternidad. No, no está
en lo alto la planta de impresión; lo que está en lo alto es la Estación
Receptora.
—¿La
Estación Receptora? ¿Y qué recibe?
—Los
mensajes de Cordon.
—¿Desde
la cárcel de Brightforth?
—Cordon
—explicó Charley— tiene un transmisor cosido a su cuerpo que todavía no han
descubierto, ni siquiera después de haber pasado por los rayos X. Encontraron
dos, pero no este, y gracias a él obtenemos sus meditaciones cotidianas, sus
ideas, sus pensamientos, que las plantas impresoras se encargan de imprimir lo
antes posible. Desde allí, el material se distribuye, los traficantes lo
recogen y lo venden a la gente —añadió—. Como puedes suponer, el índice de
mortalidad entre los distribuidores es muy alto.
—¿Cuántas
plantas impresoras tenéis?
—No
lo sé. No muchas.
—¿Y
las autoridades no...?
—Los
meones... Oh, perdón, los de la Seguridad Pública localizan una de vez en
cuando. Pero instalamos otra, de manera que el número sigue siendo el mismo.
—Calló unos momentos, meditando—. Creo que será mejor coger un taxi y no tu
autocohete. ¿Qué opinas?
—¿Por
algún motivo en especial?
—No
estoy segura. Tal vez hayan averiguado tu número de licencia; nosotros
acostumbramos a dirigirnos a las plantas impresoras en coches alquilados. Los
taxis son preferibles a...
—¿Está
muy lejos?
—¿Te
refieres a kilómetros? No, se halla en el centro de la ciudad, en la parte más
ajetreado. Vamos.
Charley
saltó a la rampa descendente y él la siguió. Unos instantes más tarde se
hallaban a nivel de la calle; la muchacha empezó a buscar un taxi.
10
Un
taxi que flotaba por entre el tráfico se detuvo en el bordillo de la acera,
frente a ellos. La portezuela se deslizó a un lado y subieron en él.
—Al
Emporio de Equipajes de Feller —le dijo Charley al taxista—. En la avenida
Decimosexta.
—Hum...
—rezongó el conductor.
Elevó
su aparato una vez más hacia el denso tráfico, aunque esta vez en dirección
contraria.
—Pero
el Emporio de Feller...— balbuceó Nick, pero Charley le dio un codazo, y él,
comprendiéndolo, calló.
Al
cabo de diez minutos ya habían llegado al lugar indicado. Nick pagó el trayecto
y el taxi se alejó flotando como un juguete pintado.
—El
Emporio de Equipajes de Feller —exclamó Charley, contemplando el aristocrático
edificio—. Uno de los establecimientos más antiguos y respetables de la ciudad.
Creías que se trataba de un almacén situado detrás de una gasolinera en los
límites de la ciudad y lleno de ratas, ¿no?
Le
cogió de la mano, conduciéndole a través de las puertas automáticas, y luego
hacia el suelo alfombrado de la famosa tienda mundial.
Se
les acercó un dependiente elegantemente ataviado.
—Buenas
tardes —les saludó melifluamente.
—Dejé
un equipaje aquí —mintió Charley—. Cuatro maletas de piel de avestruz. Me llamo
Barrows, Julie Barrows.
—Por
aquí, por favor —dijo el dependiente, dirigiéndose con suma dignidad al fondo
del local.
—Gracias
—murmuró Charley.
Volvió
a pegarle un codazo a Nick, esta vez gratuitamente. Y le sonrió.
Una
pesada puerta metálica se deslizó a un lado, dejando ver una pequeña habitación
en la que había una gran variedad de maletas y maletines colocados en
estanterías de madera. La puerta por la que habían entrado se cerró quedamente.
El dependiente esperó un momento, consultando su reloj, después le dio cuerda
y, rápidamente, se separó todo un pedazo de pared, dejando al descubierto otra
habitación más grande. A los oídos de Nick llegó un sordo golpeteo: la
maquinaria de una imprenta en pleno rendimiento. Aunque sabía muy poco sobre el
arte de imprimir, sí sabía una cosa: aquella maquinaria era totalmente moderna,
la mejor que existía, también la más cara. Las Prensas de los Subhombres no
eran máquinas para mecanografiar.
Cuatro
soldados con uniforme gris y los rostros cubiertos con máscaras antigás les
rodearon inmediatamente, sosteniendo mortales tubos de Hopp.
—¿Quiénes
sois? —les gritó uno de ellos, un sargento. No lo preguntó, lo exigió.
—Soy
la chica de Denny.
—¿Quién
es Denny?
—Ya
lo sabes —respondió Charley—. Denny Strong. Opera a gran escala en esta zona, a
nivel de distribución.
Un
scanner se movía en todas direcciones vigilándoles.
Los
soldados hablaron por unos micrófonos a nivel de los labios, y escucharon por
unos botones oidófonos situados en sus orejas derechas.
—Está
bien —exclamó al fin el sargento. Concentró su atención en Nick y Charley—.
¿Qué buscáis aquí?
—Un
sitio donde poder quedarnos algún tiempo —explicó ella.
—¿Quién
es él? —quiso saber el occífero, señalando a Nick.
—Un
converso. Hoy ha venido a nosotros.
—Debido
al anuncio de la ejecución de Cordon —agregó Nick.
El
soldado gruñó y reflexionó.
—Creo
que hemos albergado ya a todo el mundo. No sé... —Se mordió el labio inferior y
frunció el ceño—. ¿También quieres quedarte? —le preguntó a Nick.
—Sólo
por un día, no más.
—Ya
sabes que Denny sufre esas rabietas psicopáticas —intervino Charley—, aunque
generalmente no le duran mucho...
—No
conozco a Denny —negó el sargento—. ¿Podéis ocupar la misma habitación?
—Pues...
creo que sí —asintió Charley.
—Sí
—aseguró Nick.
—Podemos
ofrecemos asilo por setenta y dos horas —concedió el sargento—. Luego, tendréis
que marchamos.
—¿Es
muy grande este local? —se interesó Nick.
—Ocupa
cuatro bloques de la ciudad.
—Entonces
—opinó Nick, creyéndolo—, no se trata de una operación insignificante.
—Si
lo fuese —arguyó uno de los soldados—–, no tendríamos la menor posibilidad.
Aquí imprimimos millones de folletos. La mayoría son confiscados por las
autoridades, pero no todos. Usamos el principio del reparto por correo; y
aunque sólo se lea una quincuagésima parte, y los demás sean arrojados, vale la
pena. Al menos, sirve para algo.
—¿Qué
envía ahora Cordon, tras saber que va a ser ejecutado? —inquirió Charley—. ¿O
no lo sabe? ¿Se lo han comunicado?
—Lo
saben en la Estación Receptora —confirmó el sargento—. Pero nosotros tardamos
bastante en enterarnos gracias a ellos; por lo general, transcurre algún tiempo
hasta que queda editado el material.
—Entonces,
no imprimís las palabras exactas de Cordon —comentó Nick.
El
sargento se echó a reír y no respondió.
—Cordon
divaga —explicó Charley.
—¿No
habrá una algarada por el intento de ejecución? —insistió Nick.
—Dudo
que lo hayan decidido —respondió el sargento.
—No
causaría ningún efecto —opinó un soldado—. Fracasaríamos. Le ejecutarían y
nosotros iríamos a parar todos a los Campos de Concentración.
—O
sea que le dejarán morir... —murmuró Nick.
—No
tenemos el menor control sobre ello —dijo el soldado.
—Pero
una vez que haya muerto —observó Nick—, ya no tendréis nada que imprimir. Y
tendréis que cerrar esto.
Los
soldados rieron.
—Habéis
tenido noticias de Provoni, ¿verdad? —preguntó Charley.
Silencio.
—Un
mensaje descifrado. Pero auténtico —afirmó el sargento.
—Thors
Provoni —añadió el soldado que estaba junto al sargento— está de regreso.
SEGUNDA
PARTE
11
Eso
pone una luz nueva en el asunto —exclamó Willis Gram—. Vuelve a leer el mensaje
interceptado.
El
director Barnes leyó la copia que tenía delante.
«Hemos
encontrado... quien hará... su ayuda... y yo estoy...».
—Esto
fue todo lo que pudo transcribirse. Lo demás se lo tragó la interferencia
atmosférica.
—Pero
todas las respuestas están ahí —reflexionó Gram—. Vive y regresa. Ha encontrado
a algunos. No algo, sino algunos, porque emplea la palabra quien. Dice su
ayuda, y lo que falta seguramente completaría la frase: Su ayuda será
suficiente, o algo por el estilo.
—Creo
que es usted demasiado pesimista —opinó Barnes.
—Es
preciso. En realidad, poseo la prueba que me obliga a serlo. Hemos estado
aguardando noticias de Provoni durante mucho tiempo y por fin ahora han
llegado. Antes de que transcurran seis horas, y sin que podamos impedirlo, sus
plantas de impresión transmitirán la noticia por todo el planeta.
—Podríamos
bombardear su principal planta impresora de la avenida Decimosexta —dijo el
Director Barnes.
Estaba
decidido a hacerlo. Llevaba meses esperando el permiso para destruir aquella
enorme planta de los Subhombres.
—Lo
intercalarán en el circuito de televisión —rezongó Gram—. Dos minutos, después
descubriremos su transmisor y eso será el fin, pero ya habrán conseguido radiar
el mensaje.
—Bien,
podemos rendirnos —sugirió Barnes.
—No
pienso rendirme. Nunca lo haré. Provoni morirá una hora después de aterrizar en
la Tierra, y lo mismo les ocurrirá a los que traiga con él. Sí, también los
aniquilaremos. Probablemente se trate de unos organismos no humanos, con seis
piernas y una cola como un aguijón, igual que los escorpiones.
—Y
nos aguijonearán hasta matarnos —se quejó Barnes.
—Es
posible —con su batín y sus zapatillas, Gram, malhumorado, se paseaba por su
despacho-dormitorio, con los brazos cruzados a la espalda y muy prominente su
estómago—. ¿No le parece esto una traición a la raza humana, a los Antiguos,
los Subhombres, los Nuevos Hombres y los Inusuales? ¿A todo el mundo? Traer
aquí una forma de vida humanoide que, probablemente, querrá colonizar la Tierra
cuando nos hayan destruido.
—Si
no fuera porque —indicó Barnes— no nos destruirán ellos a nosotros, sino
nosotros a ellos.
—Estas
cosas nunca se saben —masculló Gram—. Pueden conseguir un sostén, un apoyo. Y
eso es lo que debemos impedir.
—Por
el cálculo de la distancia desde la que llegó el mensaje —observó Barnes—, se
ha computado que no llegarán, que no llegará, antes de dos meses.
—Pueden
poseer un impulso de velocidad más rápido que la luz —objetó Gram astutamente—.
Es posible que Provoni no esté a bordo de su Dinosaurio Gris, sino de una de
sus naves. Además, el Dinosaurio Gris es sumamente veloz; recuerde que fue el
modelo de toda una flota de naves de transporte interestelar; Provoni se
apoderó del primero y se marchó en él.
—Lo
admito —asintió Barnes—. Es posible que Provoni haya modificado la velocidad de
la nave; puede haberla aumentado. Siempre fue un manitas. No descartaría esa
posibilidad por completo.
—Ejecutaremos
a Cordon inmediatamente —decidió Gram—. Ahora mismo. Comuníqueselo a los medios
de información para que estén presentes. Y reúna a los simpatizantes.
—¿A
los nuestros o a los suyos?
—¡A
los nuestros! —casi escupió Gram.
—Además
—preguntó Barnes, garabateando unas notas en un bloc—, ¿puedo pedir permiso
para bombardear la planta impresora de la avenida Decimosexta?
—Es
a prueba de bombas —le recordó Gram.
—No
del todo. Está dividida como una colmena y...
—Lo
sé. Durante meses he leído sus memorandos tan aburridos. Usted tiene alguna
antipatía particular hacia esa planta de la avenida Decimosexta, ¿no es cierto?
—¿Yo?
¿Acaso no debimos destruirla hace mucho tiempo?
—Algo
me impidió hacerlo.
—¿Por
qué? —inquirió Barnes.
—Había
trabajado allí —confesó Gram—. Antes de entrar en el Servicio Civil. Yo era
espía. Conozco a casi todos los de allí; eran mis amigos. Y jamás me
descubrieron. Claro que mi aspecto era muy distinto al de ahora. Llevaba una
cabeza artificial...
—¡Caramba!
—exclamó Barnes.
—¿Qué
hay de malo en ello?
—Es
que..., parece absurdo. Ya no las fabricamos. Al menos, desde que yo desempeño
este cargo.
—Bueno,
esto fue mucho antes.
—De
manera que ellos siguen ignorándolo.
—Le
concedo permiso para derribar el muro del establecimiento y para que arreste a
todos —le autorizó Gram—, pero no para bombardearlo. Estará de acuerdo conmigo
en que eso no serviría de nada. Pondrán la noticia de la vuelta de Provoni en
el aire. En dos minutos dará la vuelta a la Tierra, en dos minutos.
—Tan
pronto como la transmisión salte a las ondas...
—Dos
minutos tan sólo.
Barnes
asintió.
—Ya
sabe que tengo razón —prosiguió Gram—. Bien, adelante con la ejecución de
Cordon. Según nuestro horario, tendrá lugar a la seis de esta tarde.
—Y
lo del francotirador y su esposa...
—Olvídelo.
Dedíquese sólo a Cordon. A ella ya la eliminaremos más adelante. Tal vez una de
las formas de vida humanoide la ahogará con su cuerpo protoplásmico, como un
saco.
Barnes
rió.
—Hablo
en serio —se enojó Gram.
—Tiene
usted una idea muy especial de los humanoides.
—Submarinos
—musitó Gram—. Parecen submarinos. Eso es. Sólo que con cola. Son las colas lo
que habrá que vigilar, porque en ellas se halla el veneno.
Barnes
se puso de pie.
—¿Puedo
irme ya para empezar a ocuparme de la ejecución de Cordon y del ataque a la
planta impresora de la avenida Decimosexta?
—Sí
—asintió Gram.
—¿Le
gustaría asistir a la ejecución? —inquirió de pronto Barnes, yendo hacia la
puerta.
—No.
—Podría
construir un palco especial para usted y nadie le...
—Lo
veré por el circuito cerrado de televisión.
—Entonces
—parpadeó Barnes—, no desea que el acto sea teleportado por el sistema regular
de la red planetaria.
—Oh,
sí —exclamó Gram, asintiendo pesadamente—. Por supuesto, en esto reside la
mitad del espectáculo, ¿verdad? Está bien, lo veré como todo el mundo. Ya será
suficiente para mí.
—Y
respecto a la planta impresora, estableceré una lista de todos los que
arrestemos allí y usted podrá revisarla...
—...
para ver a cuántos amigos han apresado —concluyó la frase Gram.
—Tal
vez desee visitarlos en la cárcel.
—¿En
la cárcel? ¿Es que todos han de acabar en Prisión, o ejecutados? ¿Es esto
razonable?
—Si
quiere decir que si es esto lo que ha sucedido hasta ahora, la respuesta es sí.
Pero si se refiere a...
—Ya
sabe a qué me refiero.
—Estamos
librando una Guerra Civil —reflexionó Barnes—. En su época, Abraham Lincoln
encarceló a centenares de hombres sin ningún proceso y, a pesar de eso, es
recordado como uno de los mejores Presidentes de los Estados Unidos.
—Pero
siempre perdonaba a individuos...
—Cosa
que también puede hacer usted.
—Está
bien —asintió Gram rígidamente—. Liberaré a todos los que conozca de la planta
impresora de la avenida Decimosexta; y nunca sabrán el motivo.
—Usted
es un buen hombre, Presidente del Consejo —murmuró Barnes—. Y extiende su
bondad incluso a aquellos que le combaten.
—Soy
un maldito bastardo —admitió Gram—. Usted y yo lo sabemos. Pero es que esos
muchachos y yo hemos pasado juntos muy buenos ratos; nos reíamos mucho con lo
que imprimíamos. Nos reíamos porque en los escritos intercalábamos cosas
divertidas. —Y ahora todo es solemne, rígido. Pero cuando yo estuve allí... En
fin, al diablo con ello.
Calló.
Y se preguntó qué hacía allí... ¿Cómo había alcanzado la posición que ahora
sostenía, teniendo tanta autoridad? Jamás lo había deseado.
Por
otra parte, concluyó, tal vez sí lo había deseado.
Thors
Provoni se despertó. Y no vio nada, sólo la profunda negrura que le rodeaba.
Comprendió que estaba dentro de esa negrura.
—Esto
es verdad —asintió el Frolikan—. Me trastorna cuando se duerme... como tú lo
llamas.
—Morgo
Rahn Wilc —dijo Provoni, en la oscuridad—. Siempre estás preocupado. Nosotros
dormimos cada veinticuatro horas; dormimos de ocho a...
—Lo
sé —dijo Morgo— Pero considera esto: gradualmente pierdes la personalidad, tu
corazón late más despacio, lo mismo hace el pulso... Pareces un muerto.
—Pero
uno sabe que no lo está —objetó Provoni.
—Es
el funcionamiento mental lo que más cambia, y eso nos pone nerviosos. Tú no te
das cuenta, pero mientras duermes tiene lugar una actividad mental violenta,
inusitada. Primero, penetras en un mundo que, hasta cierto punto, te resulta
familiar y, en tu mente, hay amigos personales, enemigos y seres a los que has
conocido socialmente...
—En
otras palabras —le atajó Provoni—, sueños.
—Esta
clase de sueño forma una especie de recapitulación de la jornada, de lo que has
hecho, de las personas en las que pensaste, con las que hablaste. Y eso no nos
alarma. Es la siguiente fase. Entonces, caes en un nivel mucho más inferior;
encuentras seres a los que no conoces, situaciones en las que jamás has estado.
Y se inicia una desintegración de tu propio yo; te fundes con entidades
primordiales de un tipo semejante a Dios, poseyendo una fuerza enorme; y
mientras tanto corres el peligro...
—El
inconsciente colectivo —le interrumpió Provoni—. Esto es lo que descubrió el
más grande de los pensadores humanos, Carl Jung. Retroceder hasta antes del
momento de nacer, retroceder a vidas anteriores, a otros lugares poblados por
arquetipos, como Jung.
—¿Subrayó
Jung el hecho de que uno de esos arquetipos podía, en un momento dado,
absorberse? ¿Y que jamás tendría lugar una reforma de tu yo? ¿Que podrías
llegar a ser sólo una extensión móvil y parlante del arquetipo?
—Por
supuesto que lo subrayó. Pero el arquetipo no surge durante el sueño nocturno,
sino durante el día. Cuando aparece de día es precisamente cuando uno queda
destruido.
—O
sea, cuando sueñas despierto.
—Exacto
—asintió Provoni, casi gruñendo.
—Por
eso, cuando duermes tenemos que protegerte. ¿Por qué te opones a que te
envuelva durante ese período? Estoy preocupado por tu vida; estás constituido
de tal manera que quedarías eliminado en una sola jugada. Tu viaje a nuestro
mundo fue una terrible jugada que, hablando estadísticamente, no debieras haber
efectuado.
—Pero
la llevé a cabo —destacó Provoni.
La
oscuridad empezaba a retirarse cuando el Frolikan le dejó. Provoni tanteó la
pared metálica de la nave, la gran canasta que usaba como litera, la escotilla
semicerrada para el control del camarote. Su nave, el Dinosaurio Gris; su mundo
durante tanto tiempo. Su capullo, dentro del cual dormía gran parte de la
jornada.
Se
admirarían ante este fanático, pensó, si pudieran verle tumbado en su litera,
con la barba de una semana, y sus ropas raídas y pasadas de moda. Y aquí estaba
él, el salvador del hombre. O, más bien, de una parte de la Humanidad. La parte
que no había sido suprimida. Se preguntó qué habría pasado. ¿Habrían obtenido
algún apoyo los Subhombres? ¿O se habrían resignado los Antiguos a su endeble
condición? Se acordaba también de Cordon. ¿Y si el gran orador y escritor
hubiese muerto? En tal caso, lo más probable es que todos hubiesen muerto con
él.
Pero
ahora ya lo saben, al menos mis amigos saben que he encontrado la ayuda que
necesitábamos y que vuelvo a la Tierra. Suponiendo que hayan captado mi
mensaje. Y suponiendo que sepan descifrarlo.
Yo,
el traidor, siguió pensando. El que he buscado ayuda entre los no humanos,
dejando abierta la Tierra a una invasión realizada por unos seres que, en caso
contrario, jamás se habrían fijado en nuestro planeta. ¿Seré, ante la Historia,
el más vil de los hombres, o su salvador? O tal vez algo menos extremado, algo
intermedio. Por ejemplo, el tema de un cuarto de página en la Enciclopedia
Británica.
—¿Cómo
puede motejarse a sí mismo de traidor, señor Provoni? —inquirió Morgo.
—Sí,
cómo...
—Le
han llamado traidor. Le han llamado salvador. Yo he examinado cada partícula de
su yo consciente, y no hay anhelos más allá de la vanagloria de la grandeza.
Usted ha realizado un viaje peligroso, sin tener apenas esperanzas de éxito, y
lo ha hecho por un solo motivo: ayudar a sus amigos. Lo dice en uno de sus
libros de sabiduría: «Si un hombre da su vida por sus amigos...».
—No
es posible completar la cita —dijo Provoni, divertido.
—No,
porque usted no la conoce, y todo lo que nosotros sabemos es lo que tiene usted
en la mente; precisamente, es este contenido, a nivel colectivo, lo que tanto
nos preocupa de noche.
—Pavor
nocturno —murmuró Provoni—. Miedo de noche; vosotros sufrís una fobia.
Saltó
de la litera, se balanceó adormiladamente, y luego se dirigió al compartimiento
del suministro de alimentos. Presionó un botón pero no salió nada. Presionó
otro botón. Nada tampoco. Entonces experimentó pánico; fue presionando botones
al azar. Al final, se deslizó hacia el receptáculo un cubo de ración R.
—Hay
bastante para su regreso a la Tierra, señor Provoni —aseguró el Frolikan.
—Pero
—objetó Provoni, apretando salvajemente los dientes— justo lo bastante. Conozco
los cálculos. A lo mejor, estaré los últimos días sin comida. Y tú te preocupas
por mi sueño. Si tienes que preocupante, preocúpate por mi estómago.
—Pero
sabemos que todo saldrá bien.
—De
acuerdo —asintió Provoni.
Abrió
el cubo de la comida, se comió su contenido, se tomó un vaso de agua
redestilada, se estremeció y se preguntó si debía lavarse los dientes. Apesto,
pensó. Todo yo. Se quedarán asombrados. Parezco un individuo atrapado en un
submarino durante cuatro semanas.
—Ya
comprenderán el porqué —estableció Morgo.
—Quiero
tomar una ducha —dijo Provoni.
—No
hay bastante agua.
—¿No
puedes conseguir una poca? ¿De cualquier sitio?
Anteriormente,
en varias ocasiones, el Frolikan le había proporcionado varios componentes
químicos, construyendo bloques que él necesitaba para entidades más
complicadas. Con toda seguridad, si podía hacer eso, también podría sintetizar
agua... en el Dinosaurio Gris, donde se había instalado.
—Mi
sistema somático tiene poca agua —adujo Morgo—. Pensaba pedirle a usted...
Provoni
rió.
—¿Qué
le hace reír? —inquirió el Frolikan.
—Que
estamos aquí, entre Próxima y el Sol, dispuestos a salvar a la Tierra de la
tiranía oligárquica de sus gobernantes, y nos ocupamos frenéticamente por
conseguir unas gotas de agua. ¿Cómo podremos salvar a la Tierra si ni siquiera
podemos sintetizar agua?
—Permita
que le cuente una leyenda acerca de Dios —replicó Morgo—. Al principio, creó un
huevo, un huevo enorme, con una criatura en su interior. Dios intentó romper la
cáscara del huevo para que saliese la criatura, la primitiva criatura viva. Y
no pudo. Pero el ser que Él había creado tenía un pico afilado, construido
precisamente para aquella tarea, y consiguió salir del huevo. Y, a partir de
entonces, todas las criaturas vivas poseen una voluntad propia.
—¿Por
qué?
—Porque
somos nosotros los que rompemos el huevo, y no Él.
—¿Y
por qué esto nos concede una voluntad propia?
—Porque,
maldición, podemos hacer lo que Él no pudo hacer.
—¡Ah!
—asintió Provoni, sonriendo ante el inglés del Frolikan, aprendido, claro está,
del mismo Provoni.
El
Frolikan conocía el lenguaje de la Tierra sólo hasta donde él lo conocía: una
razonable cantidad de inglés, aunque no tanta como la que poseía Cordon, más un
poco de latín, alemán e italiano. Sabía decir «adiós» en italiano, y parecía
que le gustase decirlo, y siempre se despedía con un solemne «ciao». Por otra
parte, prefería un «hasta la vista», pero evidentemente consideraban esta
despedida un poco inferior, igual que lo consideraba él. Era un idioma del
Servicio, del que no lograba desprenderse. Era, como casi todo lo de su mente,
un enjambre de pulgas, fragmentos desmenuzados de pensamientos e ideas,
recuerdos y temores, que seguramente se habían apoderado de él para siempre.
Los Frolikanos tenían que seleccionarlos, cosa que, al parecer, ya habían
hecho.
—Cuando
lleguemos a la Tierra —declaró Provoni—, buscaré donde sea una botella de
coñac. Nos sentaremos en los escalones...
—¿En
qué escalones?
—Veo
un edificio público, gris, sin ventanas, como el Servicio de Ingresos Internos,
algo realmente terrible, y me veo sentado en sus escalones, llevando una vieja
chaqueta azul marino y bebiendo coñac. Al aire libre. Y acudirá la gente y
murmurará: «Mira ese tipo que bebe alcohol en público». Y yo diré: «Soy Thors
Provoni». Y ellos dirán: «Se lo merece. No vamos a denunciarle». Y no me
denunciarán.
—No
le arrestarán, señor Provoni —afirmó Morgo—. Ni entonces ni nunca. Desde el
momento en que aterrice, nosotros estaremos a su lado. No sólo yo, como estamos
aquí ahora, sino mis hermanos. Toda la hermandad. Y ellos...
—Se
apoderarán de la Tierra. Y me enviarán a la muerte.
—¡No,
no! Nos hemos estrechado la mano, ¿no se acuerda?
—Quizá
era una mentira.
—No
podemos mentir, señor Provoni, ya se lo expliqué, y lo mismo hizo mi
supervisor, Gran Ce Wahn. Si no me cree ni le cree a él, a una entidad con más
de seis millones de años...
El
Frolikan estaba exasperado.
—Cuando
lo vea, lo creeré —rezongó Provoni.
A
pesar de que estaba encendida la luz roja encima de la fuente del agua, se tomó
un segundo vaso de agua reconstituida. Aquella luz llevaba ya una semana
encendida.
12
El
correo especial saludó a Willis Gram.
—Esto
ha llegado señalado como Código Uno, para que usted lo lea inmediatamente, si
quiere, con todos los respetos, Presidente del Consejo.
Gruñendo,
Willis Gram rasgó el sobre. Era una sola hoja escrita a máquina, en un papel
ordinario del dieciséis. Sólo contenía una frase:
«Nuestro
agente de la planta impresora de la avenida Decimosexta informa sobre una
segunda llamada de Provoni afirmando que ha tenido éxito».
Maldito
sea yo y toda mi parentela, se dijo Gram a sí mismo. Éxito...
—Tráeme
inmediatamente metanfetamina hidroclórica —le ordenó al correo—. La tomaré
oralmente en una cápsula; asegúrate de que sea en cápsula.
Un
poco sorprendido, el correo volvió a saludar.
—Sí,
Presidente del Consejo —dijo, saliendo del despacho-dormitorio y dejando solo a
Gram.
Me
suicidaré, pensó éste. Se sentía completamente deprimido, a punto de estallar
hasta quedar tan vacío como un globo deshinchado. Incluso antes de que maten a
Cordon, pensó. Bueno, a ver qué hay de Cordon.
Apretó
un botón del interfono.
—Envíen
un occífero comisionado. Cualquiera, no importa.
—Sí,
señor.
—Que
traiga su arma.
Cinco
minutos más tarde, un Mayor de uniforme penetró en la estancia y ejecutó un
profesional y, al mismo tiempo, cortés saludo.
—Sí,
Presidente del Consejo.
—Quiero
que vaya usted a la celda de Eric Cordon, en la Cárcel de Long Beach —le ordenó
Gram—, y deseo que usted, en persona, y con su arma, el arma que lleva al
cinto, dispare contra Cordon hasta que muera. —Exhibió un papel y añadió—: Esto
le concede mi autorización.
—¿Está
seguro...? —empezó a decir el occífero.
—Lo
estoy.
—Quiero
decir, si está seguro de que...
—Si
no va usted, iré yo mismo —le interrumpió Gram—. Vaya.
Con
la mano le indicó bruscamente la puerta de su despacho.
El
Mayor se marchó.
Sin
televisión, se dijo Gram. Sin público. Sólo dos hombres en la celda. Bien,
Provoni me obliga a obrar de este modo. No puedo tener aquí a esos dos hombres
al mismo tiempo. Realmente, hasta cierto punto, es Provoni el que mata a
Cordon.
¿Qué
formas de vida serán ésas?, siguió meditando. Las que ha encontrado Provoni...
¡El
muy canalla!, se dijo.
Tocó
varios interruptores, maldijo y, por fin, consiguió dar con el que iluminaba la
cámara que encuadraba la celda de Cordon. Gram distinguió la cara delgada,
ascética, los grises cabellos, más grises y más ralos. El profesor estaba
escribiendo. Bien, vería personalmente cómo el Mayor, fuera quien fuese, le
mataba.
En
la pantalla, Cordon parecía dormir, pero obviamente estaba dictando,
seguramente a la planta impresora de la avenida Decimosexta. Emana tus
sentencias, pensó Gram, y esperó.
Transcurrió
un cuarto de hora. No sucedía nada, y Cordon continuaba dictando. De repente,
improvisadamente, sorprendiendo tanto a Cordon como a Gram, se deslizó a un
lado la puerta de la celda. Y entró vivamente el Mayor, muy elegante con su
flamante uniforme.
—¿Eres
tú Eric Cordon? —preguntó.
—Sí
—asintió Cordon, poniéndose en pie.
El
Mayor, que realmente era muy joven y poseía unos rasgos afilados, se llevó la
mano a su arma. La levantó y dijo:
—Con
autorización del Presidente del Consejo me han ordenado venir a este lugar y
eliminarte. ¿Deseas leer la autorización?
Buscó
en su bolsillo.
—No
—negó Cordon.
El
Mayor disparó. Cordon cayó hacia atrás, impulsado por el rayo de poder
destructor, con un movimiento resbaladizo que le llevó a la pared opuesta del
calabozo. Después, gradualmente, se fue deslizando hasta quedar sentado en el
suelo como una muñeca destrozada y abandonada, con las piernas separadas, la
cabeza inclinada, los brazos inertes.
—Gracias,
Mayor —dijo Gram, por el micrófono que tenía delante—. Ya puede irse. No tiene
nada más que hacer. A propósito, ¿cómo se llama?
—Wade
Ellis.
—No
tardará en ser citado en el boletín —le aseguró Gram.
Cortó
el circuito. Wade Ellis, repitió Gram para sí. Qué sencillo ha sido todo... Se
sentía... ¿cómo? ¿Aliviado? Naturalmente. Y qué sencillo... Se le ordena a un
soldado, al que no conoces, del que ignoras incluso su nombre, que vaya a matar
a uno de los tipos más influyentes de la Tierra, ¡y lo hace!
En
su cerebro se formó, de manera asombrosa, una conversación imaginaria. Más o
menos, así:
Persona
A: Hola, me llamo Willis Gram.
Persona
B: Yo me llamo Jack Kvetck.
Persona
A: Veo que es usted Mayor del Ejército.
Persona
B: Así es.
Persona
A: Oiga, Mayor Kvetck, ¿quiere matar a alguien en mi nombre? Olvidé cómo se
llama... Aguarde, lo miraré en esos papeles.
Se
abrió la puerta de la habitación y entró apresuradamente el Director de
Policía, Lloyd Barnes, rojo de cólera e incredulidad.
—¡Acaban
de...!
—Lo
sé —asintió Gram—. ¿Tiene que decírmelo? ¿Cree que lo ignoro?
—Entonces,
fue por orden suya, tal como aseguró el Comandante del Cuartel de la Prisión.
—Sí.
—¿Cómo
se siente?
—Muy
bien —sonrió Gram—. Llegó un segundo mensaje de Provoni. Asegura
específicamente que trae consigo una forma de vida a la Tierra. Esto no es una
especulación, sino una realidad.
—Y
usted pensó que no podría manejar a Cordon y Provoni al mismo tiempo, ¿eh?
—estalló Barnes, loco de furor.
—¡Puede
estar seguro de ello! —rugió Gram—. ¡Exacto! —Blandió un dedo hacia Barnes—. Lo
cierto es que como ya está hecho, no vale al pena que me venga ahora con
recriminaciones. Era necesario. ¿Podían ustedes, todos los Nuevos Hombres
superdesarrollados, de doble cúpula, contender con los de la Tierra, trabajando
al unísono? La respuesta es «no».
—La
respuesta —rebatió Barnes— habría sido una ejecución digna, con todos los
protocolos respetados.
—Y
mientras le dábamos su última comida y todo lo demás, alguna entidad radiante,
gigantesca, en forma de pez, aterrizaría en Cleveland, atraparía a todos los
Nuevos Hombres y a los Inusuales, y los liquidaría. ¿No es así?
—¿Piensa
declarar una Emergencia de todo el planeta? —inquirió Barnes al cabo de un
momento.
—¿La
señal de Socorro Internacional?
—Sí.
En el sentido más extremo.
—No
—respondió Gram, tras una breve meditación—. Alertaremos a la Policía y a los
Militares, y después también a los Nuevos y a los Inusuales, ya que tienen
derecho a saber cuál es la situación actual. Pero no les diremos nada a esos
estúpidos de Antiguos y Subhombres.
Claro,
pensó, que los de la planta impresora de la avenida Decimosexta ya darán la
noticia, por mucho que nos apresuremos a atacarlos. Todo lo que han de hacer es
enviar los mensajes de Provoni por los Transmisores esclavos y las plantas
impresoras menores, cosa que, no cabe duda, ya deben de haber hecho.
—El
Comando Green A, apoyado por los Comandos B y C, van ya camino de la planta
impresora de la avenida Decimosexta —manifestó Barnes—. Pensé que le gustaría
saberlo —añadió, consultando su reloj de pulsera—. Dentro de una media hora
asaltarán la primera línea de defensa de la planta. Hemos dispuesto un circuito
cerrado de televisión, de modo que podrá usted contemplarlo.
—Gracias.
—¿Lo
dice con ironía?
—No,
no —negó Gram—. Lo he dicho en serio. He dicho «gracias» y he querido decir
«gracias» —elevó la voz—. ¿Acaso todo tiene un significado oculto? ¿Somos un
puñado de terroristas que se arrastran de noche y emplean palabras clave?
¿Somos eso? ¿O somos un gobierno?
—Somos
un Gobierno legal que funciona bien —asintió Barnes—. Enfrentados con la
sedición de dentro y la invasión de fuera. Por ejemplo, podemos situar
estaciones-naves de línea profunda en el espacio, donde puedan alcanzar la nave
de Provoni con sus misiles cuando regrese al Sistema del Sol. Podemos...
—Ésa
es una cuestión de decisión militar, no de usted —observó Gram—. Reuniré al
Consejo de Jefes para la Paz en el Salón Rojo... —consultó su reloj, un Omega—,
para las tres de esta tarde.
Presionó
un botón del escritorio.
—Sí,
señor.
—Quiero
que se reúnan todos los Jefes en el Salón Rojo a las tres de esta tarde —ordenó
Gram—. Prioridad de Clase A.
Devolvió
su atención a Barnes.
—Atraparemos
a tantos Subhombres como podamos —manifestó Barnes.
—Magnífico.
—Sigue
pareciendo sarcástico...
—Estoy
terriblemente asqueado —concedió Gram—. ¿Cómo puede un ser humano instigar una
situación en la que unas formas no humanas...? ¡Oh, al diablo con ello!
Calló
y Barnes esperó unos instantes. Después, puso en marcha uno de los televisores
que Gram tenía delante.
En
la pantalla se vieron unas armas de la Policía disparando misiles
miniaturizados contra una puerta rexeroide. El humo y los policías armados
estaban en todas partes.
—Todavía
no han entrado —anunció Gram—. El rexeroide es una sustancia muy dura.
—Acaban
de empezar el asalto.
La
puerta de rexeroide se desintegró en una serie de ríos como de lava, que
saltaron al aire en forma de proyectiles flamígeros, como aves marcianas. Clac,
clac, clac... hacía el ruido de los disparos a cargo de la Policía, y también a
cargo de los soldados del interior. La Policía, cogida por sorpresa, corrió a
refugiarse, y después lanzaron granadas de gas paralizante. El humo tendía a
oscurecerlo todo, pero gradualmente se vio que la Policía avanzaba muy
despacio.
—¡Atrapad
a esos granujas! —gritó Gram, cuando un Equipo de Bazucas, compuesto por dos
individuos, disparaba directamente contra la línea de soldados del interior.
El
obús bazuca pasó más allá de la línea de soldados y estalló dentro del coágulo
de la maquinaria de imprimir.
—¡Abajo
las prensas! —exclamó Gram, contento—. Bien, eso ya está liquidado.
La
Policía ya se había infiltrado en la Cámara Central de la misma planta. La
cámara de televisión les seguía, y enfocó la batalla desencadenada entre dos
policías vestidos de verde y tres soldados ataviados de gris.
El
ruido fue aminorando. Disparaban menos armas y se movían menos individuos. La
policía estaba ya acordonando al personal impresor, mientras aún disparaban con
las pistolas contra los escasos soldados Subhombres que vivían y estaban
armados.
13
En
la pequeña estancia privada que les había cedido el personal de la imprenta,
Nick Appleton y Charley estaban sentados rígidamente, callados, atentos sólo a
los ruidos del combate y a sus propios pensamientos. Al fin y al cabo, no
habían gozado ni de setenta y dos horas de santuario. Ni un instante. Y ahora,
todo había terminado.
Charley
se restregó sus sensuales labios y, de improviso, se mordió el dorso de la
mano.
—¡Jesús!
—exclamó—. ¡Jesús! —Se puso de pie con un movimiento felino—. ¡No tenemos la
menor posibilidad!
Nick
no dijo nada.
—¡Habla!
—le chilló Charley, su rostro feo por la rabia y la impotencia—. ¡Di algo!
¡Acúsame por haberte traído aquí! ¡Di algo! ¡No te quedes sentado sobre ese
suelo helado!
—No
te acuso de nada —replicó él, mintiendo.
No
servía de nada acusarla; ella no podía saber que la Policía iba a atacar la
planta impresora. Después de todo, nunca había ocurrido semejante cosa. La
joven se había limitado a servirse de hechos conocidos. La planta impresora era
un refugio, y muchas personas se habían escondido en ella, marchándose después.
Las
autoridades lo sabían, se dijo Nick. Pero ahora actuaban de este modo a causa
de las noticias acerca del regreso de Provoni. Cordon... ¡Dios!, pensó, ¡Dios
del cielo!, probablemente ya lo han asesinado. La señal de la vuelta de Provoni
ha desencadenado un ataque bien planeado, a nivel del planeta, a cargo del
Gobierno. Probablemente, habrán detenido a todos los Subhombres que constan en
sus archivos. Sí, todo formaba parte de un plan: el bombardeo de la Imprenta,
los Subhombres detenidos, Eric Cordon muerto... Todo antes de la llegada de
Provoni. Estaban forzando la mano, poniendo en funcionamiento su cañón pesado,
su maquinaria bélica.
—Escucha
—murmuró, levantándose también. Rodeó a la joven con un brazo y la apretó
contra él—. Estaremos algún tiempo en un Campo de Reeducación, pero al final,
cuando el asunto se resuelva en uno u otro sentido...
Se
abrió la puerta de la habitación. Un policía, con su uniforme cubierto por unas
partículas grises como polvo, que eran polvo de huesos humanos incinerados, se
perfiló en el umbral, apuntándoles con su rifle B-14 Hopp. Nick levantó
rápidamente las manos, y luego cogió las de Charley y la obligó a levantarlas,
separándole los dedos para mostrar que no tenía armas.
El
policía disparó el rifle B-14 contra la joven, que cayó inerte contra Nick.
—Inconsciente
—explicó el policía—. Un buen tranquilizante.
Y
disparó el B-14 también contra Nick.
14
De
manera que tenemos el 3XX24J —refunfuñó el Director Barnes, observando la
pantalla de televisión.
—¿Qué
es eso? —inquirió irritadamente Gram.
—En
esa habitación, ese individuo con la chica. Los dos que acaba de dormir el
policía. Se trata de la persona que la computadora pensó que...
—Intento
ver a algunos de mis antiguos compañeros —exclamó Gram, acallando al otro—.
Calle y mire, solamente mire. ¿O es pedirle demasiado?
—La
computadora de Wyoming —respondió sobriamente Barnes— le eligió como el modelo
de los Antiguos que, a causa del anuncio de la ejecución de Cordon, se pasaría
a los Subhombres. Y ahora le hemos atrapado, aunque todo parece un poco
extraño, pues no creo que ésa sea su mujer. Bien, lo que dijo la computadora de
Wyoming... —Empezó a pasearse—. ¿Cuál sería su respuesta al hecho de cogerle?
Que nos hemos apoderado del representante de los Antiguos que...
—¿Por
qué dice que no es su mujer? —preguntó Gram—. ¿Piensa que está con una ramera,
que no sólo se ha convertido en un Subhombre sino que ha abandonado a su esposa
y ha buscado otra mujer? Bien, pregúnteselo a la computadora y vea qué
responde.
La
chica es bonita, pensó, aunque un poco hombruna. Hum...
—¿No
puede intentar que no le hagan daño a la jovencita? —le espetó a Barnes—.
¿Puede comunicarse con los Equipos de Comandos de la planta impresora?
—El
Capitán Malliard, por favor —pidió Barnes, sacando del cinto un micrófono y
llevándoselo a los labios.
—Sí,
aquí Malliard, Director —respondió una voz agitada y tensa.
—El
Presidente del Consejo me pide que traten de que el hombre y la chica...
—Sólo
la chica —le interrumpió Gram.
—...
que la chica de la habitación donde ha entrado un policía con un rifle
tranquilizante B-14 Hopp sea protegida. Veamos, intentaré establecer las
coordenadas —Barnes contempló de soslayo la pantalla—. Coordenadas 34, 21 y 9 o
10.
—Eso
está a mi derecha y un poco más adelante de mi posición —dijo Malliard—. De
acuerdo, me encargaré de ello ahora mismo. Hemos realizado un buen trabajo,
Director... En veinte minutos nos hemos apoderado virtualmente de la planta,
con una pérdida mínima de vidas por ambos lados.
—Vigilen
a la chica —le advirtió Barnes, volviendo a colocar el micrófono en su cinto.
—Está
usted conectado con tantos instrumentos como un reparador de teléfonos —comentó
Gram.
—Ya
vuelve a hacerlo —replicó Barnes fríamente.
—¿Qué?
—Mezclar
su vida privada con su vida pública. Esa chica...
—Tiene
una cara extraña. Retraída.
—Presidente
del Consejo, nos enfrentamos con una invasión por parte de unas formas de vida
alienígenas; nos enfrentamos con una insurrección masiva que podría...
—Una
chica como ésa sólo se ve cada veinte años —le atajó Gram.
—¿Puedo
pedirle un favor? —preguntó Barnes.
—Oh,
claro.
Willis
Gram se sentía a gusto; le complacía la eficacia de la Policía al apoderarse de
la planta impresora de la avenida Decimosexta, y su libido se había despertado
al contemplar a la chica.
—¿Qué
favor?
—Quiero
que usted, estando yo presente, hable con ese hombre, el del 3XX24J. Deseo
saber si sus sentimientos dominantes son positivos, si saben lo de Provoni, y
si éste trae ayuda consigo, o si su moral se ha resquebrajado al ser atrapado
por la Policía. Dicho de otro modo...
—Una
muestra del hombre medio de la calle —resumió Gram.
—Sí.
—De
acuerdo. Le echaré un vistazo, pero mejor que sea pronto, antes de que llegue
Provoni. Todo tiene que estar hecho antes de que lleguen Provoni y sus
monstruos. Monstruos... —repitió, meneando la cabeza—. Vaya renegado. Un
renegado despiadado, inferior, egoísta, hambriento de poder, ambicioso y sin
principios. Sin duda, la historia le aplicará esos calificativos. —Le gustaba
esa descripción de Provoni—. Anótelo —le dijo a Barnes—. Haré que lo pongan,
tal como lo he dicho, en la próxima edición de la Enciclopedia Británica.
Palabra por palabra.
Suspirando,
el Director de Policía Barnes sacó su bloc y penosamente anotó los adjetivos.
—Añada
—prosiguió Gram— mentalmente perturbado, radical fanático, una criatura,
anótelo bien, una criatura, no un hombre, que cree que el fin justifica los
medios, sean cuales sean éstos. ¿Y cuál es el fin en este caso? La destrucción
de un sistema que coloca la autoridad en manos de los construidos físicamente a
propósito para poder gobernar. La Tierra está gobernada por los más
competentes, no por los más populares. ¿Qué es mejor, la competencia o la
popularidad? Millard Fillmore fue popular. Lo mismo que Rutherford B. Hayes,
Churchill y Lyons. Pero ellos eran incompetentes. ¿Me comprende?
—¿En
qué sentido fue Churchill incompetente?
—Abogó
por los bombardeos en masa de las zonas residenciales, de poblaciones civiles,
en lugar de propugnar blancos clave. Prolongó un año más la Segunda Guerra
Mundial.
—Sí,
lo entiendo —asintió Barnes.
No
necesito lecciones cívicas, pensó. Y Gram captó inmediatamente el pensamiento.
Y otras cosas también.
—Veré
a ese tipo del 3XX24J a las seis de esta noche, horario nuestro —decidió Gram—.
Que lo traigan aquí. Que vengan los dos juntos... la chica también.
Captó
más pensamientos no muy agradables de Barnes, pero los ignoró. Como la mayoría
de los telépatas, había aprendido a ignorar la mayor parte de los pensamientos
de la gente: hostilidad, aburrimiento, disgusto, envidia. Muchos de esos
pensamientos los ignoraba también el individuo que los tenía. Un telépata tenía
que aprender a tener una piel muy gruesa. En esencia, tenía que aprender a
relacionar los pensamientos positivos y conscientes de los individuos, no la
mezcla vagamente definida de sus procesos inconscientes. En esa región, casi
todo podía encontrarse... y en casi todo el mundo.
Todos
los mecanógrafos que pasaban por su despacho tenían pensamientos fugaces de
destruir a su superior y ocupar su lugar, algunos apuntaban más alto todavía;
algunos de los hombres y también mujeres albergaban fantásticos sistemas
ilusorios de pensamiento; en su mayoría se trataba de Nuevos Hombres.
Algunos,
que tenían pensamientos verdaderamente desviados, habían sido hospitalizados,
por el bien de todos, especialmente de ellos mismos. Ya que, varias veces, Gram
había captado ideas de asesinato, y esto por parte de personajes de categoría y
de personas de índole inferior. Una vez, un Nuevo Hombre técnico, mientras
instalaba una serie de videos conectados entre sí en su despacho particular,
estuvo meditando sobre la conveniencia de matar a Gram, y había llevado consigo
la pistola para hacerlo. Una y otra vez ocurría lo mismo: era un tema
interminable, declarado cuando, cincuenta y ocho años antes, las dos nuevas
clases de seres humanos se habían manifestado. Ya estaba acostumbrado a ello...
¿o no? Tal vez no. Pero había vivido con ello toda su vida, sin prever que
pudiese perder su capacidad para adaptarse a esta última jugada de la partida,
a este momento en que Provoni y sus amigos no humanos iban a intervenir en su
línea vital.
—¿Cómo
se llama el tipo del apartamento 3XX24J? —le preguntó a Barnes.
—Tendré
que buscarlo.
—¿Y
está seguro de que la chica no es su esposa?
—Por
lo que vimos en la cinta de video de la cámara instalada en su apartamento,
distinguí algunos rasgos de su mujer: gruesa, elegante, astuta. La cámara
instalada en su apartamento era una normal 243, como las que tenemos en casi
todos esos apartamentos modernos.
—¿A
qué se dedica él?
Barnes
contempló el techo y se pasó la lengua por el labio inferior.
—Es
tallador de neumáticos en un taller de autocohetes usados.
—¿Qué
diablos es eso?
—Bueno,
cogen un autocohete, y su examen demuestra que tiene los neumáticos
desgastados. Ese tipo coge un hierro ardiendo y talla nuevas muescas en los
neumáticos.
—¿No
es algo ilegal?
—No.
—Pues
ahora lo es —tronó Gram—. Acabo de dictar la ley, tome nota. Tallar de nuevo
unos neumáticos es un delito, porque es algo muy peligroso.
—Sí,
Presidente del Consejo.
Mientras
meditaba, garabateó unas palabras en su bloc de notas. Estamos a punto de ser
invadidos por esos seres alienígenas y en lo que piensa Gram es en la talla de
neumáticos.
—No
es posible olvidarse de los asuntos menores en medio de los más importantes
—rezongó Gram, que había leído sus pensamientos.
—Pero
en momentos como éste...
—Que
impriman ahora mismo un cartel sobre este delito —le ordenó Gram—. Que quede
pegado, bien pegado, en todos los talleres de autocohetes, lo más tarde el
viernes.
—¿Por
qué no inducimos a esos alienígenas a aterrizar —indicó Barnes
sarcásticamente—, y hacemos que ese individuo talle de manera tan profunda sus
neumáticos que cuando traten de rodar sobre la superficie de la Tierra los
neumáticos estallen y ellos mueran en el accidente?
—Eso
me recuerda una historia relativa a un inglés —observó Gram—. Durante la
Segunda Guerra Mundial, el gobierno italiano estuvo terriblemente preocupado, y
con razón, respecto al desembarco inglés en Italia. De modo que sugirieron que
en todos los hoteles donde había ingleses dijeran que estaban atestados. Los
ingleses eran demasiado corteses para quejarse, por lo que, en lugar de
abandonar los hoteles, abandonarían Italia. ¿No conocía esa historia?
—No.
—Nos
hallamos en un lío terrible —murmuró Gram—, aunque hayamos matado a Cordon y
hayamos asaltado esa Imprenta de la avenida Decimosexta.
—Así
es, Presidente del Consejo.
—No
conseguiremos apoderarnos de todos los Subhombres y, por otra parte, esos
alienígenas pueden ser como los marcianos de «La Guerra de los Mundos», de H.
G. Wells, que se tragaron Suiza de un bocado.
—Reservemos
las especulaciones hasta que los tengamos delante —observó Barnes.
Gram
captó varios pensamientos de éste, pensamientos de fatiga, de un largo descanso
y, al mismo tiempo, pensamientos por los que sabía que no habría ningún
descanso, ni largo ni corto, para ninguno de ellos.
—Lo
siento —murmuró Gram, contestando a los pensamientos de Barnes.
—No
es culpa suya.
—Tal
vez debería dimitir —masculló Gram, malhumorado.
—¿En
favor de quién?
—Deje
que encuentren a alguien de doble cúpula. De su tipo.
—Eso
debería ser objeto de un Consejo.
—No
—objetó Gram—, no pienso dimitir. Ni habrá ninguna reunión del Consejo para
discutirlo.
Captó
un pensamiento fugaz de Barnes, rápidamente reprimido. Tal vez lo haya. Si no
puedes manejar a esos alienígenas, ni las revueltas internas...
Tendrán
que matarme para echarme de este despacho, pensaba Gram. Tendrán que buscar la
manera de eliminarme. Y es difícil eliminar a los telépatas.
Aunque,
posiblemente, buscarían la manera, decidió.
No,
no era un pensamiento agradable.
15
Una
vez hubo recobrado el conocimiento, Nick Appleton se encontró tumbado sobre un
suelo verdoso. Verdoso: el color de los canallas de la Policía Estatal. Estaba
en un Campo de Concentración de la Seguridad Pública, probablemente en uno
temporal.
Levantó
la cabeza y miró a su alrededor. Treinta, cuarenta individuos, vendados, con
cortes y sangrando.
Supongo
que soy uno de los afortunados, decidió.
Charley
estaría con las mujeres, elevando su voz hasta la estridencia para insultar a
sus captores. Seguramente lucharía bravamente; les propinaría patadas en los
testículos cuando fuesen en su busca para trasladarla a un Campo de
Reeducación.
Naturalmente,
no volveré a verla, se dijo. Ah, continuó pensando, resplandecía como una
estrella. La amaba, sí. Incluso en tan poco tiempo, me enamoré de ella. Es como
si hubiese tenido un destello, como si hubiese visto más allá del telón de la
vida mundana, viendo cómo y qué necesitaba para ser feliz.
—¿No
tienes pastillas contra el dolor? —le preguntó un joven que estaba a su lado—.
Tengo rota una pierna y me está causando un dolor de mil demonios.
—No,
lo siento —negó Nick, volviendo a sus pensamientos.
—No
seas pesimista —le aconsejó el joven—. No permitas que esos canallas te
amarguen la vida ni que se te metan aquí dentro —añadió, tocándose la cabeza.
—Saber
que puedo pasar el resto de mi vida en un Campo de Reeducación de la Luna o en
el sudoeste de Utah me impide sonreír —replicó Nick sarcásticamente.
—Pero
—le dijo el joven con una sonrisa radiante— ya habrás oído las noticias sobre
la vuelta de Provoni y la ayuda que trae —a pesar del dolor de la pierna, los
ojos le brillaban—. No habrá más Campos de Reeducación. «El velo de la tienda
está rasgado, y los cielos se enrollarán como un papiro».
—Desde
que escribieron esa frase hemos estado esperando más de dos mil años —objetó
Nick—. Y todavía no ha sucedido.
No
llevo ni un día entero como Subhombre y mira ya cómo pienso, se dijo. ¿En qué
me he convertido?
Un
hombre alto y escuálido, que estaba cerca en cuclillas, con una profunda herida
sin curar en su ojo derecho, intervino:
—¿Sabe
alguno de vosotros si han captado el mensaje de Provoni en alguna de las otras
plantas impresoras?
—Oh,
seguro —exclamó el joven, con las pupilas encendidas por la confianza y la fe—.
Lo han sabido al instante; todo lo que tenía que hacer el operador de
comunicaciones era conectar la red —les sonrió a Nick y al individuo alto—. ¿No
es maravilloso? Incluso esto —señaló a los otros hombres del calabozo mal
iluminado y peor ventilado—. ¡Es magnífico! ¡Es estupendo!
—¿Esto
te transforma? —le preguntó Nick.
—Oh,
no estoy familiarizado con la literatura de los siglos anteriores —respondió el
joven, desdeñando el anacronismo de Nick—. ¡Sé vivir con ello! Todo esto es
mío. Hasta que desembarque Thors. No tardará, y los cielos...
Un
oficial de Policía uniformado se aproximó a ellos y consultó unas hojas de
papel.
—¿Tú
eres el visitante del 3XX24J? —le preguntó a Nick de sopetón.
—Soy
Nick Appleton.
—Para
nosotros, tú eres el individuo que visitó un apartamento en cierto momento de
cierto día. Por tanto, eres el 3XX24J, ¿no es verdad? —Nick asintió—. Levántate
y sígueme.
El
policía echó a andar a buen paso. Con cierta dificultad.
Nick
consiguió ponerse de pie y, poco a poco, siguió al policía preguntándose, con
miedo, qué ocurría.
—Mucha
suerte, hermano —le espetó uno de los hombres sentados en el suelo, cuando el
policía abrió la puerta del calabozo, usando un complicado sistema electrónico
de ruedecitas, que hizo girar a gran velocidad los números del cerrojo de
seguridad.
—Los
medios de comunicación acaban de dar la noticia —explicó el individuo que
estaba junto al que acababa de hablar, mostrando un transistor que tenía junto
al oído—. Han matado a Cordon. Sí, le han matado, lo han hecho realmente. Han
dicho que falleció de una dolencia crónica del hígado, pero no es verdad...
Cordon no padecía del hígado... Le han matado de un tiro.
—Vamos
—urgió el policía, y con sorprendente ímpetu salió del calabozo por la abertura
de la puerta, que instantáneamente volvió a cerrarse.
—¿Es
cierto lo de Cordon? —le preguntó Nick al policía, el canalla verde.
—No
lo sé —fue la respuesta—. Pero si lo han hecho, ha sido una buena idea. No sé
por qué lo han tenido en Brightforth durante tanto tiempo. ¿Por qué no se
decidían de una vez? Bueno, esto es lo que sucede cuando se tiene a un Inusual
como Presidente del Consejo.
Continuó
por el corredor, siempre seguido por Nick.
—¿Sabe
que Thors Provoni regresa? —preguntó Nick de improviso—. ¿Y con la ayuda
prometida?
—Nosotros
nos ocuparemos de ellos.
—¿Por
qué lo cree?
—Calla
y sigue andando —le apremió el policía, balanceando ominosamente su cabeza
grande y su cráneo expandido de Nuevo Hombre.
Se
mostraba enfadado y agresivo, buscando una oportunidad para usar contra alguien
su porra de metal, y Nick pensó que si pudiese le mataría allí mismo, sin
compasión. Pero tenía que cumplir alguna orden que ahora ignoraba.
Sin
embargo, le asustaba el policía: cuando Nick le habló de Provoni había odio
concentrado en su semblante. Y se dio cuenta de que habría lucha, una lucha
cruenta. Al menos, si aquel policía era un representante de los sentimientos
colectivos.
El
policía pasó por una puerta; Nick le siguió y divisó, de un solo vislumbre, el
centro nervioso de la maquinaria policíaca.
Centenares
de pequeñas pantallas de televisión con un policía manejando cada grupo de
cuatro pantallas. Del centro surgía una cacofonía de ruidos, chasquidos,
zumbidos, que inundaban la vasta cámara; la gente, hombres y mujeres, se
afanaba por doquier, ejecutando órdenes como la que impulsaba al policía Nuevo
Hombre que le acompañaba. ¡Menudo ajetreo había allí! El Departamento de la
Seguridad Pública iba deteniendo a todos los Subhombres que descubría; y esto
sólo ya ponía una carga excesiva en el equipo neurológico-electrónico y en
quienes lo manejaban.
En
aquel breve instante, Nick intuyó su cansancio. No parecían triunfantes ni
dichosos. Por lo visto, no les había animado el asesinato de Eric Cordon, pero
miraban al futuro, lo mismo que los Subhombres. Lo esencial, el bombardeo y
asalto de las Imprentas, el acorralamiento de los Subhombres, todo eso debía
efectuarse en un corto espacio de tiempo, probablemente en tres días.
¿Por
qué tres días?, se preguntó. Evidentemente, los dos mensajes no habían
permitido fijar la situación de la nave y, no obstante, todos parecían pensar
en ese plazo: les quedaban muy pocos días, nada más. Pero suponiendo que
faltase todavía un año... O cinco años.
—3XX24J
—dijo de pronto el policía—, voy a entregarte a un representante del Presidente
del Consejo. Estará armado, así que no te hagas el héroe.
—Está
bien, amigo —dijo Nick, sintiéndose como un cordero dispuesto al sacrificio a
causa de los sucesos que tan rápidamente se desarrollaban a su alrededor.
Un
individuo con un traje ordinario de mangas color púrpura, anillos, y zapatos
con la puntera elevada, se le acercó. Nick le examinó. Falso, dedicado a su
trabajo..., era un Nuevo Hombre. Sobre su corpachón se balanceaba su enorme
cabeza; no usaba el acostumbrado soporte del cuello, la especie de abrazadera
que tan de moda estaba entre los Nuevos Hombres.
—¿Eres
el 3XX24J? —preguntó el recién llegado, examinando una fotocopia de un
documento que llevaba.
—Soy
Nick Appleton —respondió Nick, atónito.
—Sí,
esos sistemas que graban los números no funcionan bien —comentó el
representante del Presidente del Consejo—. Tú trabajas... o trabajabas...
como... —frunció el ceño y al fin levantó su gran cabeza—. ¿En qué?... ¿Eras
tallador de neumáticos? ¿Es correcto?
—Sí.
—Y
ahora te has unido a los Subhombres gracias a tu amo, Earl Zeta, a quien creo
que la Policía vigilaba desde hace meses. Tú eres ése, ¿es así? He de estar
seguro de que eres el hombre que busco. Tengo aquí tus huellas dactilares; las
enviaremos electrónicamente a los archivos. Cuando te vea el Presidente del
Consejo ya habremos comprobado tus huellas. —Dobló el documento y lo metió
cuidadosamente en su bolsa—. Vamos.
Una
vez más, Nick estudió la gran cámara inundada de centenares de televisores. La
gente se desliza por aquí como peces, pensó; peces color púrpura, hombres y
mujeres, tropezando entre sí de vez en cuando, como moléculas de un líquido.
De
repente tuvo una visión del infierno. Vio a la gente como espíritus
ectoplásmicos, sin cuerpo real. Los policías que iban y venían cumpliendo
órdenes hacía tiempo que habían perdido la vida, y ahora, en lugar de vivir,
absorbían la vitalidad de las pantallas que manejaban... o, mejor aún, de las
personas que salían en las pantallas. Los primitivos nativos de Sudamérica
pudieron creer, tal vez, que cuando alguien tomaba una fotografía de una
persona le robaba el alma. ¿Qué era esto, si no un millón, un billón, una
procesión
infinita
de esas fotografías? Se dijo que estaba desmoralizado, que pensaba en términos
de superstición, de terrible temor.
—Esa
cámara —le explicó el representante del Presidente del Consejo— es la fuente de
datos de la Seguridad Pública de todo el planeta. Fascinante, ¿verdad? Tantas
pantallas, y ahora no ves más que una fracción de ellas; estrictamente
hablando, estás viendo el Anexo, fundado hace dos años. Desde aquí no resulta
visible el Complejo Neurocentral, pero acepta mi palabra: es tremendamente
grande.
—¿Tremendamente?
—repitió Nick, preocupado ante la elección de aquella palabra.
Intuía
que el representante del Presidente del Consejo experimentaba cierta simpatía
hacia él.
—Casi
un millón de policías están contemplando esas pantallas. Una enorme burocracia.
—Pero,
¿les ayudó? —inquirió Nick—. ¿Hoy? ¿Cuando iniciaron el asalto y las
detenciones?
—Oh,
sí, este sistema funciona. Aunque resulta irónico que mantenga sujetos a tantos
hombres durante tantas horas, si se considera que la idea original fue que...
Al
lado de los dos hombres apareció un occífero de uniforme.
—¡Fuera
de aquí! Lleva a este tipo ante el Presidente del Consejo —gruñó con tono de
enojo.
—Sí,
señor —asintió el representante, y condujo a Nick por un corredor hasta una
puerta de plástico transparente—. Era Barnes —murmuró el representante,
arrugando la frente con innata dignidad—. Barnes es el hombre más próximo al
Presidente del Consejo —explicó—. Willis Gram tiene un Consejo de diez hombres
y mujeres, pero ¿a quién consulta? Siempre a Barnes. ¿Te parece que esto es un
proceso cerebral adecuado?
Otro
caso de un Nuevo Hombre que, en realidad, era un Inusual, comprendió Nick, pero
no hizo el menor comentario cuando subieron a un autocohete de color rojo,
decorado con el sello oficial del gobierno.
16
En
una oficina pequeña y moderna, con una de las nuevas arañas móviles danzando
por encima de él, Nick Appleton escuchaba distraídamente la música. En aquel
instante se podía escuchar una selección de piezas de Victor Herbert. Nick
estaba agotado, en cuclillas, con la cabeza entre las manos. Ignoraba si
Charley estaba viva o herida... O tal vez, bien...
Decidió
que estaba bien. Nadie podía matar a Charley. Viviría una larga existencia; más
de ciento doce años, que era el término medio de la población de la Tierra.
Tal
vez le fuese posible salir de allí... Nick se hallaba delante de dos puertas,
una era por la que había entrado y la otra daba a otros despachos interiores,
más esotéricos. Precavidamente, probó el pomo de la primera puerta. Cerrada.
Luego, sigilosamente, se acercó a la puerta que daba a los despachos
interiores; respiró hondo y probó el pomo: esa puerta también estaba cerrada.
No
sólo estaba cerrada, sino que también se soltó la alarma. Oía el interminable
sonido. Se maldijo en voz baja.
Se
abrió la puerta interior y apareció el Director de Policía, Barnes,
impresionante con su uniforme verde, lleno de condecoraciones, con un color
verde en el traje un poco más claro que el que lucían los policías.
Se
contemplaron mutuamente.
—¿3XX24J?
—inquirió Barnes.
—Nick
Appleton. 3XX24J es la dirección de un apartamento, ni siquiera es el mío —le
corrigió Nick—. O el que era mío. Probablemente, sus hombres ya lo habrán
asaltado, buscando material cordonita. —Por primera vez se acordó de Kleo—.
¿Dónde está mi esposa? ¿La han herido o matado? ¿Puedo verla?
También
se acordó de su hijo. Especialmente de él.
Barnes
giró la cabeza para llamar por encima del hombro.
—Investiguen
el 7Y3ZRR y vean si la mujer y el chico se encuentran bien. Y comuníquenmelo
inmediatamente —se volvió hacia Nick—. Naturalmente, no se refería a la chica
que estaba con usted en aquella habitación de la planta impresora, ¿verdad? Se
refiere a su esposa legal.
—Quiero
tener noticias de las dos.
—La
joven que estaba con usted en la Imprenta está bien.
Bueno,
Charley vivía. Le dio las gracias a Dios por esto.
—¿Desea
formularme alguna otra pregunta antes de ser conducido ante el Presidente del
Consejo?
—Quiero
un abogado —pidió Nick.
—A
causa de la legislación votada el año pasado que prohibe una representación
legal a los detenidos, no podemos permitirlo. Ahora un abogado ya no podría
ayudarle, ni aunque le hubiese visto antes de su arresto, porque su delito es
de carácter político.
—¿Cuál
es mi delito? —quiso saber Nick.
—Tener
literatura de Cordon. Diez años en un Campo de Reeducación. Por estar en
presencia de otros cordonitas conocidos, cinco años. Por ser hallado en un
edificio donde había material escrito ilegal...
—Ya
he oído bastante —le interrumpió Nick—. En total unos cuarenta años.
—Todo
eso está en los códigos. Pero si nos ayuda a mí y al Presidente del Consejo,
tal vez pueda cumplir simultáneamente las condenas. Vamos, adentro.
Le
indicó la puerta abierta y Nick, sin hablar, la cruzó, entrando en un despacho
gloriosamente decorado... ¿O no era un despacho? Un lecho monumental ocupaba la
mitad de la estancia, y en el mismo, bien sostenido por las almohadas, yacía
Willis Gram, el supremo gobernante del planeta, con la bandeja del almuerzo
sobre sus rodillas. Esparcido por la cama había toda clase de material escrito,
con las claves de color pertenecientes a una docena de Departamentos
gubernamentales. Aquel material no parecía haber sido leído, ya que se hallaba
en perfectas condiciones: nuevo.
—Señorita
Knight —dijo Willis Gram por el micrófono adherido a su fláccida mejilla—,
venga para llevarse ese plato de pollo a la rey. No tengo apetito.
Una
joven esbelta, casi sin busto, entró en la estancia y se llevó la bandeja.
—¿Le
gustaría un poco de...? —empezó a preguntar, pero Gram la atajó con un brusco
gesto de la mano.
La
joven calló al momento y salió del cuarto llevándose la bandeja.
—¿Sabe
de dónde procede mi comida? —le preguntó Gram a Nick—. De la cafetería de este
edificio, de ahí. ¿Por qué diablos...? —Ahora se dirigió a Barnes—. ¿Por qué
diablos no hice construir una cocina especial para mí solo? Debo de estar
chiflado. Creo que dimitiré. Vosotros, los Nuevos Hombres, tenéis razón: los
Inusuales somos unos fantasmones. No estamos hechos con el material adecuado
para gobernar.
—Yo
podría coger un taxi e ir a un buen restaurante como el Flores y pedir... —se
ofreció Nick.
—No,
no —se opuso Barnes al instante.
Gram
se volvió para mirarle, con curiosidad.
—Este
hombre está aquí por un motivo importante —explicó Barnes acaloradamente—. No
es un sirviente. Si usted quiere un almuerzo más sabroso, envíe a alguien del
personal. Éste es el individuo del que le hablé.
—Ah,
sí —asintió Gram—. Adelante, interróguele.
Barnes
se instaló en una silla de respaldo recto, del período del 1800, probablemente
francesa. Luego, sacó una grabadora y tocó un botón.
—Su
identidad —le pidió Barnes a Nick.
Nick,
sentándose también en una butaca mullida, miró a Barnes.
—Creí
que me habían traído para ver al Presidente del Consejo —dijo.
—Así
es —corroboró Barnes—. El Presidente del Consejo intervendrá de vez en cuando
para preguntarle algo acerca del asunto a tratar. ¿No es así, Presidente del
Consejo?
—Sí
—asintió Gram, aunque no estaba demasiado seguro de ello.
Nick
intuyó que todos, incluido Gram, estaban cansados. Especialmente Gram. La causa
era la espera que les estaba minando. Ahora que el enemigo estaba aquí, se
hallaban demasiado nerviosos para responder al desafío. Excepto, pensó, el buen
trabajo que hicieron con la Imprenta de la avenida Decimosexta. Tal vez el
agotamiento no se extendía hasta los niveles inferiores de la jerarquía
policíaca, sino sólo a los mandos, conocedores de la verdadera situación... De
pronto, dejó de pensar.
—Un
material interesante el que circula por su mente —exclamó Gram, el telépata.
—Oh,
sí, lo había olvidado —se disculpó Nick.
—Y
tiene razón —concedió Gram—. Estoy agotado. Pero, aun estando agotado, puedo
resistir mucho tiempo, porque la labor la llevan a cabo los jefes
departamentales en los que confío plenamente.
—Su
identidad —repitió Barnes.
—7Y3ZRR,
pero más recientemente 3XX24J —dijo Nick, cediendo al fin.
—A
primeras horas de esta mañana le han arrestado en una planta impresora
cordonita. ¿Es usted un Subhombre?
—Sí.
Un
momento de silencio.
—¿Cuándo
—quiso saber Barnes— se convirtió en un Subhombre, en un seguidor del demagogo
Cordon y de sus malvadas publicaciones que...?
—Me
convertí en Subhombre cuando obtuvimos los resultados del examen del Servicio
Civil para nuestro hijo. Cuando vi cómo habían manipulado el examen sobre la
base de preguntas que jamás podía saber ni comprender; cuando comprendí que
habían sido inútiles todos los años en que confié en el Gobierno. Cuando
recordé a todas las personas que habían intentado despertarme, sin conseguirlo.
Hasta que llegó el resultado del examen; entonces, al leer la xerocopia del
examen, comprendí que Bobby no tenía ninguna posibilidad.
«¿Cuáles
son los componentes, anticipados por la Fórmula de Black, que darán como
resultado un apresamiento reticular en una superficie de una sola molécula si
las entidades originales en acción operan todavía, o si las entidades
originales operan, vivas o en estado letárgico, en Eingenwelts que sólo se
sobreponen a...?»
La
Fórmula de Black sólo era comprensible para los Nuevos Hombres. Y le pedían a
un chiquillo que formulase un pari passu resultante, basado en los postulados
del insondable sistema.
—Sus
pensamientos tienen interés —concedió Gram—. ¿Puede decirme quién se encargó
del examen de su hijo?
—Norbert
Weiss —respondió Nick. Le resultaba bastante difícil olvidar aquel nombre—. Y
en el documento había otro nombre también, Jerome no sé qué... Sí, Jerome
Pikeman.
—Bien
—intervino Barnes—, el efecto que Earl Zeta produjo en usted sólo apareció
después del episodio de su hijo. Hasta entonces, los discursos de Zeta no...
—Zeta
jamás me dijo nada —afirmó Nick—. Fue la noticia de la ejecución de Cordon. Vi
el efecto causado en Zeta y entonces comprendí que... —Calló unos instantes—.
Tenía que protestar de alguna manera. Y Earl Zeta me abrió la puerta.
Bebimos...
Se
interrumpió, sacudió la cabeza para despejarla, ya que el tranquilizante
actuaba dentro de su sistema.
—¿Alcohol?
—indagó Barnes.
Tomó
una nota holográfica de esas palabras, usando una libreta de plástico y un
bolígrafo que sostuvo delante de sus ojos miopes.
—Bueno
—exclamó Gram—, como decían los romanos: In vino veritas. ¿Sabe qué significa,
señor Appleton?
—En
el vino está la verdad.
—También
se dice: «La botella habla» —objetó Barnes, con sarcasmo.
—Yo
creo en lo de In vino veritas —adujo Gram, soltando un eructo—. Tengo que comer
—exclamó quejosamente—. Señorita Knight, envíe a... —Dejó de hablar por el
micrófono de la mejilla y miró a Nick—. ¿Dónde dijo usted, Appleton, a qué
restaurante?
—Flores
—le recordó Nick—. Su salmón ahumado a la Alaska es una auténtica delicia.
—¿De
dónde sacaba el dinero —le preguntó Barnes, alertado, a Nick—, para poder comer
en un lugar como el Flores? ¿De su sueldo como tallador de neumáticos?
—Kleo
y yo estuvimos allí una vez —replicó Nick—. En nuestro primer aniversario. Me
costó el salario de una semana, incluyendo las propinas, pero valió la pena.
Nunca
lo había olvidado, nunca lo olvidaría.
Tras
un tajante ademán, Barnes reanudó el interrogatorio.
—Bien,
hubo resentimientos ocultos que jamás debieron surgir a nivel de actuación. Y
esos resentimientos se tomaron en acción cuando Earl Zeta le ofreció la forma
de unirse al Movimiento rebelde. De no ser él un Subhombre, sus propios
resentimientos no habrían aflorado nunca a la superficie.
—¿Qué
intenta demostrar, Barnes? —quiso saber Gram.
—Una
vez que se haya destruido el eje de los Subhombres, una vez que hayamos
destruido a Cordon y a hombres como él...
—Ya
se hizo —le interrumpió Gram. Se volvió hacia Nick—. ¿No lo sabe? Cordon
falleció de una dolencia muy larga, una enfermedad del hígado, irreversible,
antes de que pudiéramos transplantarle otro. ¿No lo oyó por radio o televisión?
—Ya
lo oí —afirmó Nick—. Oí que un asesino enviado a su calabozo le había matado.
—¡No
es verdad! —tronó Gram—. Murió fuera de su celda, murió en la mesa de
operaciones del hospital de la cárcel durante el intento de injertarle un
órgano artificial. Hicimos todo lo posible por salvarle.
No,
pensó Nick, no fue así.
—¿No
me cree? —gritó Gram, leyendo en su mente. Se volvió hacia Barnes—. Esta es su
estadística: la personificación del hombre natural, de los Antiguos, y no cree
que Cordon falleciese de muerte natural. ¿Podemos extraer de esto que habrá una
incredulidad general en todo el planeta?
—Seguro
—concedió Barnes a regañadientes.
—¡Maldición!
—rugió Gram—. No me importa lo que crean; para ellos todo ha terminado. No son
más que ratas en la cloaca, esperando que les atrapemos uno a uno. ¿No le
parece, Appleton? Los simpatizantes como usted ya no tienen un sitio adónde ir
ni líderes a los que escuchar. —Le dijo a Barnes—: De modo que cuando llegue
Provoni, no habrá nadie para recibirle. Ningún aplauso de sus fieles
seguidores, que ya habrán desaparecido, como Appleton aquí presente. Sólo que
si lo prefiere, puede ser enviado al sur de Utah o a la Luna. ¿Prefiere la
Luna, señor Appleton, señor 3XX24J?
—Me
han dicho —empezó a decir Nick, eligiendo cuidadosamente las palabras— que
familias enteras han ido, intactas, a los Campos de Reeducación. ¿Es cierto?
—¿Desea
ir allí con su esposa y su hijo? Ellos no están acusados de nada —apuntó
Barnes—. Podríamos acusarles de...
—Hallarán
un folleto de Cordon en nuestro apartamento —explicó Nick.
Tan
pronto lo hubo dicho, se arrepintió de ello. Dios, cómo se arrepintió. ¿Por qué
lo había dicho?, se preguntó. Pero era mejor estar juntos. De pronto, se acordó
de la pequeña Charley, con sus grandes ojos negros y su nariz respingona. Su
cuerpo pequeño, perfecto, casi sin pechos, y su eterna sonrisa, como una
heroína de Dickens, pensó. Una limpiachimeneas. Un asesino indio de Soho.
Saliendo de todos los problemas, hablando con alguien sobre algo. Y hablando.
Siempre hablando. Y siempre con su especial sonrisa, como si todo el mundo
fuese un enorme perro lanudo que ella ansiaba abrazar.
¿Podría
ir con ella?, se preguntó. En lugar de ir con Kleo y Bobby. ¿Debo ir con ella?
¿Es legalmente posible?
—No
—negó Gram desde su monumental lecho.
—No...
¿qué? —se interesó Barnes.
—Desea
ir con esa chica que encontramos en la planta impresora de la avenida
Decimosexta —explicó Gram—. ¿Se acuerda de ella?
—La
joven por la que usted se interesa —asintió Barnes.
Un
miedo ardiente recorrió el espinazo de Nick, su corazón le dio un vuelco y
perdió un latido, mientras en sus brazos y sus piernas la sangre circulaba
frenéticamente. Entonces, es cierto lo que se dice de Gram, pensó. Lo que dice
la gente acerca de sus amoríos, de su matrimonio...
—Como
el suyo —finalizó Gram.
—Tiene
razón —concedió Nick.
—¿Cómo
es ella?
—Desbordante
y salvaje.
Pero
comprendió que no lo había dicho en voz alta. Lo único que tenía que hacer era
pensar en ella, imaginársela, revivir mentalmente todos los detalles de su
corta unión. Y Gram lo leería y vería todo en su pensamiento.
—De
modo que esa joven puede ser un problema —fue leyendo Gram—. Y ese Denny, su
novio, es un psicópata, ¿verdad? Toda la interrelación entre ambos, si usted lo
recuerda bien, es algo enfermiza... Ella es una joven enferma.
—En
un ambiente sano —continuó Nick, pero Barnes le interrumpió.
—¿Puedo
seguir con el interrogatorio?
—Adelante
—asintió Gram, de malhumor.
Nick
comprendió que el viejo se retiraba a su interior, a sus pensamientos.
—Si
usted quedara en libertad —preguntó Barnes—, ¿cuál sería su reacción si, fíjese
bien que digo si, si Thors Provoni regresara con una ayuda monstruosa? Una
ayuda destinada a esclavizar la Tierra por...
—¡Dios
mío! —gruñó Gram.
—¿Sí,
Presidente del Consejo? —le apremió Barnes.
—Nada
—masculló Gram.
Rodó
de costado, con su cabello gris esparcido sobre las blancas almohadas. Un
cabello descolorido como si la luz se hubiese abierto camino entre las hebras,
dejando al descubierto la piel rugosa del cráneo.
—¿Reaccionaría
de acuerdo con una de las maneras siguientes? —insistió Barnes—. Primero: ¿se
mostraría histéricamente contento, sin reservas? Segundo: ¿estaría sumamente
complacido? Tercero: ¿no le importaría? Cuarto: ¿se sentiría inquieto? Quinto:
¿se uniría a la Seguridad Pública o a una Organización Militar y se dispondría
a combatir para rechazar la invasión? ¿Qué escogería, en el caso de que
escogiera algo?
—¿No
hay nada entre histéricamente contento, sin reservas, y sumamente complacido?
—No.
—¿Por
qué no?
—Queremos
saber quiénes son nuestros enemigos. Si usted se mostrara histéricamente
contento, actuaría para ayudarles. Pero si sólo se mostrase complacido,
probablemente no haría nada. Por eso debemos saber cuál es su reacción.
¿Actuaría como un enemigo declarado del gobierno y, en tal caso, en qué
dirección y hasta qué punto?
—No
lo sabe —musitó Gram, con la voz ahogada por las ropas de la cama—. ¡Dios mío,
se ha convertido en Subhombre esta misma mañana! ¿Cómo diablos va a saber cómo
actuaría?
—Pero
—objetó Barnes—, ha tenido años para reflexionarlo, para pensar en la posible
vuelta de Provoni. No lo olvide. Su reacción, sea la que sea, estará
profundamente arraigada en él. —Dirigiéndose a Nick le dijo—: Escoja una
respuesta.
—Depende
de lo que le hagan a Charley —respondió Nick, tras una breve pausa.
—Intente
sacar una conclusión de esto —rió Gram—. Bien, le diré qué vamos a hacer con
Charley. La traerán aquí, donde estará a salvo de ese psicópata demencial, ese
Denny o Benny, o como se llame. Así que usted se encargó de despistar a la
Morsa Púrpura. Bien hecho. Pero ella podía estarle mintiendo cuando le dijo que
nunca nadie había... Ah, usted no pensó en esto. En realidad, ella le enredó,
¿no es verdad? Y de repente, usted le espetó a su esposa: «Si ella se va, yo
también me voy». Y su esposa respondió: «Pues vete». Cosa que usted hizo. Y
todo sin previo aviso. Usted llevó a Charlotte a su apartamento, mintió
respecto a la forma cómo la conoció y se enredó con ella, luego Kleo descubrió
el folleto cordonita y, pam, éste fue el final. Porque esto le dio a ella lo
que más le gusta a una esposa: una situación en la que el marido ha de elegir
entre dos males, entre dos situaciones, ninguna de las cuales le resulta grata.
A las esposas les encanta esto. Cuando uno está ante el tribunal por el
divorcio, usted aún tiene la posibilidad de volver con su mujer o perder todos
sus bienes, sus propiedades, todo lo que ha conseguido desde su época del
bachillerato. Sí, a las esposas les entusiasma esto. —Se hundió más en las
almohadas—. Ha terminado el interrogatorio —murmuró adormiladamente.
—¿Doy
mis conclusiones? —quiso saber Barnes.
—De
acuerdo —murmuró Gram.
—Este
hombre, 3XX24J —empezó Barnes, señalando a Nick—, piensa de forma paralela a la
de usted. Su principal preocupación atañe a su vida personal, no a una causa.
Si se le asegura la posesión de la mujer que desea, cuando finalmente él
decida, no se moverá cuando llegue Provoni.
—¿Y
qué deduce usted de esto? —indagó Gram.
—Que
ahora mismo vamos a anunciar —respondió Barnes vivamente— que todos los Campos
de Reeducación de Utah y la Luna serán clausurados, y que los detenidos
regresarán a sus hogares con sus familias, o adonde deseen ir —la voz de Barnes
sonaba dura—. Antes de que llegue Provoni les concederemos lo que quiere
3XX24J, lo que anhelan todos. Los Antiguos viven en un nivel personal, no es
una causa ni una ideología lo que les motiva. Si se alistan a una causa es para
volver a sus vidas personales, a tener dignidad o un significado vital. Como un
hogar mejor, un matrimonio interracial, ¿comprende?
Sacudiéndose
como un perro mojado, Gram se incorporó en la cama y miró fijamente a Barnes,
caídas las comisuras de la boca, casi desorbitados los ojos, como si, pensó
Nick, fuese a sufrir un ataque.
—¡Soltarlos!
—gritó—. ¿A todos? ¿También a los que cogimos hoy, vestidos con uniformes de
tipo paramilitar?
—Sí
—confirmó Barnes—. Sé que significa correr un riesgo, pero a partir de lo que
ha dicho el ciudadano 3XX24J, resulta claro, al menos para mí, que no piensa:
¿Salvará Thors Provoni a la Tierra?, sino que piensa: Verdaderamente, me
gustaría volver a ver a ese viejo zorro.
—Los
Antiguos... —murmuró Gram. Su rostro se relajó y la carne le colgó como bolsas
en las mejillas—. Si le diésemos a Appleton la oportunidad de escoger entre
tener a Charlotte o ver triunfar a Provoni, escogería lo primero. —De repente,
su expresión cambió, y se tornó furtiva, felina—. Pero no puede tener a
Charlotte. Yo estoy fundido en ella —dijo, dirigiéndose a Nick—. No puede
tenerla, de modo que ha de volver junto a Kleo y Bobby. Yo lo he decidido por
usted.
—¿Cuál
sería su reacción —le preguntó Barnes a Nick, manifiestamente enojado por la
discusión— como Subhombre, si todos los Campos de Reeducación..., bueno,
hablando claro, los Campos de Concentración fuesen clausurados y todos los allí
internados fuesen enviados a casa, devueltos junto a sus familiares y amigos?
¿Cómo se sentiría si usted gozase asimismo de este privilegio?
—Creo
que es la decisión más sensible, humana y razonable que puede adoptar un
gobierno —respondió Nick—. Habría una oleada de alivio y felicidad que se
extendería por todo el globo. —Aunque sabía que se expresaba mal, a partir de
frases hechas, no podía decirlo de otro modo—. No puedo creerlo. En esos Campos
de Concentración hay millones de seres humanos. Sería una de las decisiones más
humanitarias llevadas a cabo por cualquier gobierno de la historia, y jamás
sería olvidada.
—¿Lo
ve? —le instó a Gram—. Está bien, 3XX24J, si lo hiciésemos, ¿aclamaría aún a
Provoni?
—Yo...
—Nick veía la lógica—. Provoni fue en busca de ayuda para destruir la tiranía
—vaciló antes de seguir—. Pero si ustedes liberan a todo el mundo y
presumiblemente acaban con la categoría de Subhombres, si no hubiese más
arrestos...
—No
habría más arrestos —afirmó Barnes—. Dejaríamos circular libremente la
literatura cordonita.
Tras
incorporarse, Gram rodó de lado en su lecho, jadeando y resoplando, hasta
lograr sentarse.
—Lo
tomarían como un signo de debilidad —blandió un dedo hacia Nick y después hacia
Barnes—. Supondrían que es el resultado de ser conocedores de nuestra derrota.
¡Y Provoni se llevaría todo el mérito! —contempló a Barnes con emociones
mezcladas, su cara abolsada, móvil y agitada—. ¿Sabe qué harían? Nos obligarían
a... —miró nerviosamente a Nick— efectuar los exámenes del Servicio Civil
honradamente. O lo que es lo mismo, cederíamos nuestro control absoluto sobre
el que descansa el aparato gubernamental y lo que esto conlleva.
—Necesitamos
ayuda cerebral —observó Barnes, mordisqueando la punta plana del bolígrafo.
—¿Quiere
decir otro superhombre de doble cúpula como usted? —Gram escupió las palabras—.
¿Para derribarme? ¿Por qué no convocar una Asamblea Plenipotenciaria del Comité
Extraordinario de la Seguridad Pública? Al menos así estarían representadas mi
especie y la suya.
—Me
gustaría mezclar en esto a Amos Ild —dijo Barnes pensativamente—. Para saber su
opinión. Tardaríamos veinticuatro horas en reunir al Comité; Ild podría estar
aquí dentro de media hora, ya que, como sabe, se halla en Nueva Jersey
trabajando en el Gran Oído.
—¡Ese
maldito enemigo de los Inusuales! Haga lo que quiera, Barnes, haga lo que
quiera. Yo jamás me someteré a la opinión de una cabeza en forma de pera con
Dios sabe qué tornillos y tuercas flotando en su interior.
—Actualmente,
Ild es el primer intelectual del planeta —alegó Barnes—. Todo el mundo,
incluido usted, lo reconoce.
—Intenta
aislarme, intenta hacer que yo parezca anticuado —objetó Gram, enojado—. Trata
de destruir el sistema de doble entidad que ha convertido este mundo en un
paraíso, para...
—Entonces,
seguiré adelante con mi plan y abriré los Campos —manifestó Barnes—. Sin
opiniones unánimes o contradictorias de nadie.
Se
puso de pie, metió el bloc y el bolígrafo en su cartera de mano, y la cerró.
—¿No
es verdad? —gritó Gram—. ¿No es cierto que intenta destruir a los Inusuales?
¿Acaso
no es éste el verdadero propósito del Gran Oído?
—Amos
Ild —razonó Barnes— es uno de los pocos Nuevos Hombres que se preocupa por lo
Antiguo. El Gran Oído les concederá unos poderes y unas capacidades semejantes
a las de usted, y los atraerá hacia la red gubernamental. Ciudadano 3XX24J, su
hijo podría pasar el examen de capacidad, la Sección de Logros Especiales, y
usted estaría en el Gobierno desde hace varios años. Y mire hasta dónde ha
llegado tan sólo. Óigame, Willis, hay que devolverles a los Antiguos sus
franquicias, y de nada le servirán si les faltan, si simplemente les faltan las
habilidades, los conocimientos, las aptitudes que nosotros tenemos. No estamos
falsificando los resultados de los exámenes, bueno, sólo algunas veces, lo que
hacemos es seleccionar, como hicieron Weiss y Pikeman con el hijo del ciudadano
3XX24J. Eso es un mal, pero no es el mal. El mal se halla en la formulación de
un examen que usted y yo podemos aprobar, pero no él. No lo examinamos por lo
que puede hacer, sino por lo que podemos hacer nosotros. Y por eso ha de responder
a preguntas que se refieren a la «Teoría de la Acausalidad» de Bernhad, que
ningún Antiguo puede comprender. No podemos darle una corteza cerebral más
grande, no podemos darle un cerebro de Nuevo Hombre, pero sí podemos
proporcionarle talentos extraordinarios que compensen esas faltas. Como en su
caso, como en el caso de todos los Inusuales.
—Me
está escudriñando, claro —se enojó Gram.
Barnes,
aún de pie, suspiró, y se hundió en sí mismo.
—Bueno,
ya he dicho lo que tenía que decir. Ha sido un día difícil. No llamaré a Amos
Ild. Me limitaré a seguir adelante con mi plan y ordenaré que abran los Campos.
Será mi decisión, sólo mía.
—Busque
a Amos Ild y tráigalo —concedió Gram, y se revolvió tanto en la cama que
incluso el suelo pareció vibrar.
—De
acuerdo —dijo Barnes, consultando su reloj—. Con toda seguridad, estará aquí
dentro de un par de días. Pero tardaremos un poco en conectar con él...
—Usted
dijo media hora —le recordó Gram.
Barnes
se inclinó hacía uno de los fondos del escritorio.
—¿Puedo...?
—Sí
—se resignó Gram.
Mientras
Barnes hacía su llamada, Nick se hallaba sumido en sus pensamientos, mirando
por el inmenso ventanal que había en la estancia en que se hallaba, hacia la
ciudad que se extendía kilómetros y kilómetros, cientos de kilómetros.
—Está
usted pensando —le interrumpió Gram— en la forma de convencerme de que tiene
usted prioridad sobre esa chica, Charlotte.
Nick
asintió.
—De
acuerdo —continuó Gram—, pero esto no importa porque yo soy quien soy y usted
es quien es, un tallador de neumáticos. A propósito, he dictado una ley contra
ese oficio. El próximo lunes habrá perdido su empleo.
—Gracias.
—Usted
siempre se sentía culpable por ello —indicó Gram—. He leído ese sentimiento de
culpa en su mente. Le preocupa que la gente conduzca esos autocohetes con la
talla falsificada. Se preocupa por el aterrizaje, especialmente por el
aterrizaje. Por ese primer choque.
—Cierto
—asintió Nick.
—Ahora
vuelve a pensar en Charlotte —prosiguió Gram—, y está meditando planes para
quedarse con ella. Y, al mismo tiempo, se pregunta por enésima vez qué es lo
que éticamente debería hacer. Bien, puede cambiar de idea y volver junto a Kleo
y a Bobby, y hacer que su hijo pase otro examen...
—Volveré
a ver a Charley —afirmó Nick.
17
Los
padres, pensó Thors Provoni. Sí, eso es lo que son nuestros amigos de Frolik 8.
Como si yo consiguiese contactar con el Urvater, el Padre primordial que
construyó el eidos cosmos. Están trastornados y ansiosos porque algo va mal en
nuestro mundo; y a ellos les importa, tienen empatía hacia nosotros; saben cuán
desesperada es nuestra necesidad y lo que sentimos; saben lo que necesitamos.
Ignoraba
si sus tres mensajes habrían llegado a la planta Impresora de la avenida
Decimosexta donde estaban las instalaciones Receptoras y Transmisoras de radio
y televisión, y si el Gobierno los habría interceptado. Y, en caso de haberlos
interceptado, ¿qué habrían hecho?
Con
toda seguridad una purga, aunque tal vez no. El viejo Willis Gram, si todavía
ostentaba el poder, era un hombre astuto que sabía a quién y cómo exprimir para
obtener información. Era telépata y podía obtener información de cualquier
mente que estuviera cerca. Pero quedaba por ver a quién tenía cerca. Militantes
radicales, como los ejecutivos de la Corporación McMally... Los miembros del
Comité Extraordinario de la Seguridad Pública... El Director de Policía
Barnes... Probablemente Barnes, era el más listo y el más sano de todos, al
menos entre los de alto nivel del aparato gubernamental. También estaban los
Nuevos Hombres científicos dedicados a la investigación independiente, como
aquel fantasmón de Amos Ild. ¡Ild! ¿Y si Gram le consultaba? Seguramente, Ild
proyectaría un escudo que protegería a la Tierra contra todo. Dios me ayude,
pensó Provoni, si han buscado a Ild, a Tom Rovere o a Stanton Finch, para este
asunto. Por fortuna, los Nuevos Hombres inteligentes gravitaban hacia lo
abstracto, hacia los estudios académicos; eran estadísticos, físicos,
teóricos... Cuando huyó Provoni, Finch estaba trabajando en un sistema para
duplicar el microsegundo que fue el tercero en la sucesión de la creación del
Universo; finalmente, y bajo condiciones bien controladas, deseaba llegar al
primer segundo y después, Dios le perdonase, llevar, en teoría y según términos
matemáticos, hacia atrás el flujo entrópico hasta el intervalo, llamado el paso
de una valencia, antes del primer segundo.
Pero
todo en teoría.
Cuando
hubiese terminado, Finch podría demostrar matemáticamente qué situación se
había necesitado para la gran explosión que dio lugar al Universo. Finch
trabajaba con conceptos tales como el tiempo negativo y el tiempo cero...
Probablemente, ya estaría todo finalizado y Finch habría vuelto a su
chifladura: coleccionar cajas de rapé del siglo XVIII.
Ahora,
Tom Rovere. Había estado ocupándose del tema de la entropía, basando su
proyecto en la suposición arbitraria de que la distribución de bastante
descomposición y bastantes ergs a través del Universo iniciaría automáticamente
un flujo de retroceso de carácter negentrópico, debido a los choques producidos
entre fragmentos simples e indivisibles de energía y materia, entre sí, de los
cuales surgirían entidades más complicadas. La frecuencia de posibilidades de
esas entidades cada vez más complicadas estaría en proporción inversa a su
complejidad. No obstante, una vez iniciado el proceso no podría volver atrás
hasta estar formadas las entidades complejas como una entidad única, y
únicamente compleja, que envolvería a todas las moléculas del Universo. Esto
sería Dios, pero Él se descompondría y, con su descomposición, se afirmaría la
fuerza de la entropía, como ocurre en las diversas leyes de la termodinámica.
Así, Rovere demostraría que la época actual se hallaba ligeramente detrás de la
descomposición de la entidad única, completamente esquiva, llamada Dios, y que
estaba ya en marcha una creciente progresión fuera de la individualidad y la
complejidad. Y continuaría hasta que tuviese lugar una distribución igual y
primitiva del calor residual, o sea, mucho después de que la fuerza
negentrópica se manifestase al azar, por movimientos casuales.
Pero
Amos Ild era distinto, estaba construyendo, y no describiendo teóricamente, en
términos matemáticos. Si a Gram se le ocurría, el Gobierno se aprovecharía de
él. Sí, pensaría en eso, se dijo Provoni. Porque llevando a Ild al nivel
gubernamental, la construcción del Gran Oído se retrasaría, tal vez incluso se
abandonaría. Gram tardaría algún tiempo en darse cuenta de esto, pero al fin lo
vería.
De
modo que he de suponer, pensó Provoni, que tendremos que combatir a Amos Ild.
Cuanto más inteligente y brillante sea la luz que posean los Nuevos Hombres,
tanto más peligrosa será para nosotros.
—Morgo
—llamó.
—Sí,
señor Provoni.
—¿Puedes
construir un receptor de ti mismo o de algunas partes de esta nave, por las que
puedas sintonizar una banda de treinta metros a cargo de transmisores de la
Tierra? Me refiero a los transmisores ordinarios, utilizados para propósitos
comerciales.
—¿Puedo
preguntar por qué?
—Para
enviar regularmente noticias a dos sitios de la banda de treinta metros. Cada
hora.
—¿Deseas
saber qué sucede políticamente en la Tierra?
—No
—respondió Provoni con sarcasmo—. Quiero saber el precio de los huevos en
Maine.
Provoni
comprendió que se estaba exaltando.
—Lo
siento —añadió.
—Pasa
de sentirlo —observó el Frolikan.
Thors
Provoni echó la cabeza atrás y rió.
Pasa
de sentirlo, repitió. Así habla una masa demasiado gelatinosa de lodo
protoplasmático que ha envuelto esta nave con su cuerpo fluido y que está a
cada lado de mi cuerpo, como un barril. Y dice: «Pasa de sentirlo».
—Puedo
formar la banda de treinta metros —afirmó Morgo—. Pero ¿servirá? Creo que hay
muchas interferencias...
—Tal
como la quiero no.
—¿Una
banda de cuarenta metros, tal vez?
—Está
bien —se irritó Provoni.
Se
colocó los auriculares y puso en marcha el condensador variable de su equipo
receptor. Captó conversaciones entrecruzadas y, por un instante, oyó unas
noticias.
«...
el fin de los Campos de Concentración... y la Luna no... que alguien con
bastantes años en... Junto con esto, la destrucción de la Imprenta subversiva
de la avenida Decimosexta...».
El
sonido se desvaneció.
¿Lo
he oído bien?, se preguntó Provoni. ¿El fin de los Campos de Concentración en
la Luna y el sudoeste de Utah? ¿Todos liberados? Sólo a Barnes podía habérsele
ocurrido. Pero incluso siendo idea de Barnes resultaba difícil de creer. Quizá
fuese un capricho de Gram. Una momentánea reacción de pánico ante los mensajes
transmitidos a la Imprenta de la avenida Decimosexta. Pero si ya estaba
destruida, no recibirían los mensajes, y tal vez sólo habían captado el primero
y el segundo.
Esperaba
que tanto el Gobierno como los cordonitas hubiesen recibido el tercer mensaje,
que decía:
«Regresaremos
dentro de seis días y nos apoderaremos del Gobierno».
—Tienes
que aumentar la fuerza de la transmisión y radiar el tercer mensaje una y otra
vez. Puedo fabricarte una cinta o un rizo rotario —le dijo al Frolikan.
Puso
en marcha el magnetófono y oyó las palabras pronunciadas con una articulación
extremadamente clara, con intensa satisfacción.
—¿Con
variedad de frecuencias? —preguntó Morgo.
—Con
todas las que puedas diseñar. Si pudiésemos inmiscuirnos en los canales de
frecuencia modulada, tal vez podríamos imprimir un video de imagen. Para
transmitirla directamente a los televisores.
—Bueno,
esto resultará agradable. Es un mensaje críptico; por ejemplo, no menciona que
yo estoy solo y que mis hermanos se hallan a medio año-luz detrás de nosotros.
—Willis
Gram ya lo sabrá cuando lleguemos a la Tierra —respondió Provoni.
—He
reflexionado sobre los posibles efectos de mi presencia ante el señor Gram
—dijo Morgo— y ante sus camaradas. En primer lugar, descubrirán que no puedo
morir, y eso les asustará. Verán que, si estoy debidamente alimentado, puedo
crecer y, además, que puedo usar como nutriente casi cualquier clase de
materia. Tercero...
—Una
cosa —le atajó Provoni—, tú eres una cosa.
—¿Una
cosa?
—Sí,
una cosa.
—¿Se
refiere al efecto psicológico?
—Exacto
—asintió Provoni, sombríamente.
—Creo
que mi capacidad para sustituir secciones de los organismos vivos con mi
sustancia ontológica será lo que más les asustará. Cuando me manifieste más
pequeño, digamos como una silla, y consuma el objeto como una fuente de
energía, ese hecho, en miniatura para que lo comprenda, les asustará. Como ya
ha visto, puedo sustituir cualquier objeto con mi cuerpo, y no hay límites
visibles a mi crecimiento, señor Provoni, mientras me alimente. Puedo
convertirme en el edificio donde trabaja el señor Gram, puedo convertirme en un
edificio de apartamentos para cinco mil personas. Y —Morgo vaciló—, hay más
aún. Aunque por el momento no deseo discutirlo.
Provoni
meditó. Los Frolikanos no tenían una forma específica; el método histórico para
su supervivencia era imitar objetos u otros seres vivos. Su fuerza residía en
el hecho de poder absorber criaturas vivas, convertirse en ellas, usarlas como
combustible, abandonando sus estructuras vacías. Este proceso, como el del
cáncer, no sería descubierto fácilmente por los aparatos detectores de Gram.
Incluso cuando el proceso transformador alcanzase los órganos vitales, las
criaturas imitadas podrían funcionar y sobrevivir. La muerte llegaba cuando los
Frolikanos se retiraban, cuando dejaban de suministrarse pulmones, corazones o
riñones. Un hígado frolikan, por ejemplo, podía funcionar igual que uno
auténtico cuando era reemplazado, pero moría tan pronto como había devorado
algo de valor.
Más
temible era todavía la invasión frolikana del cerebro. El ser humano, u otro
organismo invadido, sufría unos procesos mentales pseudopsicóticos, que no se
reconocían como propios, y que al querer corregirlos resultaba imposible
hacerlo. En aquel momento, el Frolikan lo abandonaba, y el ser humano cesaba de
existir, vacío de su contenido psíquico.
—Por
suerte —musitó Provoni—, tú sabes elegir a tus huéspedes, ya que no tienes
intenciones, ni te interesa poblar la Tierra, ni dar fin a la vida de los
organismos humanoides. Lo único que quieres es conocer la estructura
gubernamental.
Y
una vez hecho esto, pensó, te retirarás. ¿No es verdad?
—Sí
—asintió el Frolikan, leyendo los pensamientos de Provoni.
—¿No
mientes?
El
Frolikan lanzó un gemido de dolor.
—De
acuerdo —observó Provoni inmediatamente—, lo siento. Pero supongamos...
No
terminó la frase, al menos no en voz alta. Pero sus pensamientos siempre
llegaban a la misma conclusión: he enviado una raza de asesinos a la Tierra
para que destruyan a todo el mundo.
—Señor
Provoni —respondió Morgo—, por eso yo, y sólo yo, estoy aquí con usted.
Queremos solucionar el asunto sin un conflicto físico, como sucedería al llegar
mis hermanos, a los que no llamaremos a menos que necesitemos provocar una
guerra abierta. Yo negociaré un cambio básico en el Gobierno de su planeta, y
el Gobierno accederá a ese cambio. En las noticias recibidas por usted se
mencionaba que han abierto los Campos de Concentración. Lo hacen para
aplacarnos, ¿verdad? No por una debilidad de su parte, sino por el deseo de
evitar una guerra, para presentar un frente unido. Su raza es xenofóbica. Y yo
soy el último extranjero. Le aprecio, señor Provoni; aprecio a su raza, al
menos por lo que les conozco a través de su mente. No haré lo que podría hacer,
pero sí haré que sepan lo que soy capaz de hacer. En su sección de recuerdos
mentales hay una historia Zen respecto al mejor espadachín del Japón. Dos
hombres le desafiaron. Todos accedieron a irse a un islote y luchar allí. El
mejor espadachín del Japón, que era un estudiante del Zen, procuró ser el
último en abandonar la barca. Tan pronto como los otros saltaron a la playa, él
se marchó, remando, y les dejó en el islote con espadas y todo. De esta manera
no perdió su fama: ser el mejor espadachín del Japón. ¿Comprende la aplicación
de mi situación? Yo puedo derribar su Gobierno, pero sin lucha, si es que sigue
mis pensamientos. En realidad, será mi repugnancia a luchar lo que más les
asustará. Aunque sí demostraré mi fuerza, porque no podrán imaginarse que posea
tanto poder y no lo utilice. Si ellos lo tuvieran, lo usarían; me refiero a su
Gobierno, a sus Nuevos Hombres, que para mí son como unas moscas zumbadores. Si
gracias a su mente obtengo una imagen de ellos, señor Provoni, los conoceré.
Bueno, si usted los conoce bien...
—Los
conozco —afirmó Provoni—, porque yo soy uno de ellos. Yo soy un Nuevo Hombre.
18
o
sabía —exclamó Morgo—. Insinuaciones, atisbos, se han filtrado en su mente
consciente. Especialmente cuando duerme.
—Por
eso soy un renegado doble —asintió Provoni, rígidamente.
—¿Por
qué rompió con sus compatriotas?
—En
la Tierra hay seis mil Nuevos Hombres, que gobiernan con la ayuda de cuatro mil
Inusuales. Diez mil en una jerarquía del Servicio Civil que separan a todos
de... cinco billones de Antiguos sin forma de...
Calló
y después hizo una cosa sorprendente: levantó la mano y un vaso de agua de
plástico flotó directamente hacia él, depositándose en el hueco de su mano.
—Usted
también es un Inusual —estableció Morgo—. Un t-k —añadió—. No lo sospechaba.
—Por
lo que sé —continuó Provoni—, yo soy la única fusión de Nuevo Hombre e Inusual.
Soy un fenómeno, surgido de otros fenómenos.
—¿Hasta
dónde llegó en el Servicio Civil, qué promedio consiguió?
—Oh,
diablos... Yo fui un Doble-03. No abiertamente, pero en los exámenes conseguí
un subrosa. Hubiese podido desafiar a Gram. Hubiese podido desafiarles a todos.
—Señor
Provoni, no comprendo por qué no logró trabajar desde dentro —dijo el Frolikan.
—No
conseguí eliminar diez mil servidores civiles, desde los G-1 a los Doble-03,
pasando por el Comité Extraordinario de la Seguridad Pública y el Presidente
del Consejo Gram. —Mas éste no era el verdadero motivo, y lo sabía—. Temí
—añadió— que si descubrían lo que era me mataran. Mis padres lo temieron cuando
yo era un niño. Todos ellos, Nuevos Hombres, Inusuales, y también los Antiguos
y los Subhombres. Yo pude ser el principio de una raza de superhombres máximos;
pero de hacerse esto público, el alboroto hubiese sido mayúsculo... y yo...
—Esbozó un gesto expresivo con la mano—. Yo habría desaparecido. Y empezarían a
buscar a los que fuesen como yo.
—A
nadie se le podía ocurrir —observó el Frolikan— que pudiese surgir una persona
con ambos tipos. Es decir, teóricamente, antes de los exámenes.
—Como
dije, mis exámenes fueron privados, subrosa. Mi padre tenía un promedio de G-4,
como Nuevo Hombre, y dispuso los exámenes en secreto, cuando conoció mi
capacidad t-k y supo, además, que yo tenía nódulos Roger, que sobresalían de mi
cerebro como puntas de lápiz. Fue mi padre quien me convirtió en luchador, Dios
bendiga su alma. Estallaron las Guerras Internacionales y Planetarias y todo el
mundo pensaba solamente en las ideologías que se jugaban en ellas... Aunque, en
realidad, lo que todo el mundo quería era dormir una noche con plena
tranquilidad y a salvo. Leí una declaración —añadió—, era literatura en una
píldora. Decía que las personas inclinadas al suicidio deseaban realmente una
buena noche de sueño y creían que la hallarían en la muerte.
¿Adónde
me llevan mis pensamientos?, se preguntó. Hace años que no pensaba en el
suicidio. No, desde que dejé la Tierra.
—Necesita
dormir —le propuso Morgo.
—Lo
que necesito es saber si mi tercer mensaje ha llegado a la Tierra —replicó
Provoni roncamente—. ¿Será posible llegar allí en sólo seis días?
Los
fantasmas empezaban a acosarle: campos, prados y pastizales, las grandes
ciudades flotantes sobre los océanos azules de la Tierra, las cúpulas de la
Luna y Marte, Nueva York, el reino de Los Ángeles. Y, especialmente, San
Francisco, con su fabuloso, atractivo y antiguo BART o «Sistema de transporte
rápido», construido en 1972 y que, por razones sentimentales, todavía estaba en
uso.
Pensó
en la comida. Un bistec con setas, caracoles, ancas de rana muy tiernas y
congeladas anticipadamente, cosa que mucha gente ignoraba, incluyendo muchos
restaurantes caros.
—¿Sabes
lo que deseo? —le preguntó al Frolikan—. Un vaso de leche bien fría. Leche con
cubitos de hielo. Unos cinco litros de leche helada. Y quiero estar aquí
sentado y beber leche.
—Como
ya indicó usted, señor Provoni —comentó Morgo—, el interés real del hombre
reside en lo inmediato y lo pequeño. Estamos realizando un viaje que afectará a
las vidas y esperanzas de seis mil millones de personas y, no obstante, usted
se ve a sí mismo sentado a una mesa donde hay una botella de leche.
—Sí
—replicó Provoni—, pero esto es lo mismo. Porque todo el mundo es igual. Habrá
una invasión de la Tierra efectuada por seres extraterrestres y todo el mundo,
¡todo el mundo! lo único que querrá es seguir viviendo. El mito de la masa
inarticulado, hirviente, en busca de un líder, de un portavoz, que en este caso
sería Cordon, no es más que eso: un mito. Pero ¿a cuántas personas les importa
eso realmente? Tal vez ni siquiera a Cordon, al menos, no mucho. ¿Sabes qué
temía la gente en la época de la Revolución Francesa? Temía que alguien les
destrozara los pianos... Era una visión muy estrecha y mezquina, claro... —se
interrumpió—. Cosa que también yo comparto —exclamó—, hasta cierto punto.
—Sufre
usted de añoranza. Lo veo en sus sueños; por la noche, se pasea por los
senderos de los bosques de la Tierra, y se eleva en majestuosos ascensores
hasta los restaurantes y drugbares situados en lo alto de los rascacielos.
—Sí,
los drugbares... —repitió Provoni.
Hacía
mucho tiempo que había abandonado toda medicación, toda diversión, incluyendo,
claro está, todas las pastillas que afectan al cerebro.
Me
sentaré en un drugbar, pensó, y me tomaré una cápsula, una píldora, una
tableta, y una espánsula, una tras otra. Me haré invisible. Volaré como un
cuervo. Cacareare y gorjearé volando por los invernaderos y los prados, bajo la
luz del sol, y en las sombras. Dentro de seis días.
—Hay
un asunto que todavía no hemos puesto en claro, señor Provoni —le despertó de
su ensueño el Frolikan—. ¿Efectuaremos una aparición pública, con pompa y
platillo, o nos apartaremos de la gente a fin de no ser vistos? Y tal vez
empecemos de esa manera las operaciones, ¿verdad? En este último caso, usted
podría moverse con entera libertad. Podría ver y disfrutar de los trigales, de
los maizales de Kansas; podría descansar, tomar sus píldoras y, si no le
molesta que se lo diga, afeitarse, bañarse y cambiarse de ropa; en fin,
refrescarse por completo. Mientras que si descendemos en medio de Times
Square...
—No
importa que descendamos en medio de Times Square o en los prados de Kansas
—objetó Provoni—. Estarán en constante alerta, buscándonos por radar. Incluso
pueden atacarnos, o intentarlo al menos, con las naves de la línea fronteriza
antes de que lleguemos a la Tierra. No podemos pasar inadvertidos, no pesando
tú noventa o más toneladas. Nuestros retrocohetes iluminarán el cielo como
cirios romanos.
—No
podrán destruir la nave, ya que yo la envuelvo por completo.
—Lo
entiendo, pero ellos no lo saben y pueden intentar destruirnos.
¿Qué
aspecto tendré cuando salga de aquí?, pensó. Sucio, repulsivo, inclinado ya a
costumbres ingratas. Pero ¿acaso no es esto lo que esperan? ¿No es esto lo que
comprenderá la gente? Tal vez sea así como apareceré ante sus ojos...
—Times
Square —dijo en voz alta.
—En
medio de la noche.
—No;
incluso entonces habría demasiada gente, demasiado bullicio.
—Dispararemos
con los retrocohetes para avisarles. Cuando vean que aterrizamos, retrocederán.
—Y
un obús con la cabeza de proyectil de hidrógeno, procedente de un cañón T-40
nos hará pedazos —replicó Provoni, que se sentía sarcástico y exaltado.
—Señor
Provoni, recuerde que yo soy semimateria y puedo absorberlo todo. Yo envolveré
por completo esta nave, lo mismo que a usted, por todo el tiempo que sea
necesario.
—Tal
vez se vuelvan locos cuando me vean.
—¿De
entusiasmo?
—No
lo sé. De lo que vuelva loca a la gente. Tal vez de miedo a lo desconocido.
Quizá se aparten de mi todo lo que sea posible físicamente. Pueden huir a
Denver, a Colorado, y agruparse allí como gatos asustados. ¿No has visto nunca
unos gatos asustados? Yo siempre tenía gatas y gatos, inalterados, y mi gato
siempre era perdedor. Siempre era el que volvía hecho jirones. ¿Sabes cómo se
sabe que el gato propio es un perdedor? Cuando él y otro gato pelean, y tú
acudes a salvar al tuyo; si es el vencedor, al momento salta sobre el
contrincante, y si es el perdedor, deja que lo cojas y lo lleves a casa.
—Pronto
volverá a ver gatos...
—Igual
que tú.
—Descríbame
un gato —pidió Morgo—. Fórmelo en su mente. Con todo lo que recuerde y asocie
con los gatos.
Thors
Provoni pensó en los gatos. Le parecía una cosa inútil aunque entretenida
mientras iban pasando los seis días que faltaban para llegar a la Tierra.
—Obstinado
—murmuró Morgo.
—¿Yo?
¿Te refieres a mí? ¿Por ese tema?
—No,
me refiero a los gatos. Y por ser autocentrado.
—Un
gato es leal a su amo —explicó Provoni, irritado—. Pero lo demuestra de un modo
sutil. La verdad es que un gato no se entrega a nadie, y esto es así desde hace
millones de años; pero de pronto consigues agujerear su armadura y se frota
contra ti y se sienta en tus rodillas y ronronea. Y esto lo hace porque te ama,
y por eso rompe la norma de conducta genética que han seguido los gatos desde
hace millones de años. Una verdadera victoria.
—Suponiendo
que el gato sea sincero —objetó Morgo—, y no pretenda sólo conseguir más
comida.
—¿Piensas
que un gato puede ser hipócrita? —inquirió Provoni—. Nunca he oído una
insinuación de hipocresía referida a los gatos. En realidad, gran parte de las
críticas proceden de su total honradez; si no les agrada una persona, la
abandonan y se largan con otra.
—Creo
—opinó Morgo—, que cuando lleguemos a la Tierra me gustará tener un perro.
—¡Un
perro! Después de mis palabras acerca de la naturaleza y carácter de los
gatos... Después de todo el gran material que has obtenido de mí al pensar en
los gatos... Todavía me acuerdo de uno llamado «Asherbanopol», al que
llamábamos «Ralf». «Asherbanopol» es egipcio.
—Sí
—asintió el Frolikan—. Todavía gimes en tu corazón por «Asherbanopol». Pero
cuando mueras, como en el cuento de Mark Twain...
—Sí
—murmuró Provoni—, todos estarán allí, en dos filas, aguardándome.
—Un
animal se niega a entrar en el Paraíso sin su amo. Y le esperan años y años.
—Y
tú crees en ello fervorosamente.
—¿Creerlo?
Sé que es verdad. Dios está vivo; ese cadáver que encontraron en el espacio
hace varios años no era Dios. No es posible encontrar a Dios en esas
circunstancias. Esa es una idea medieval. ¿Sabes dónde está el Espíritu Santo?
No está en el espacio, sino que Él crea espacio. Está aquí —indicó su pecho—. O
sea, que nosotros tenemos una parte del Espíritu Santo en nosotros mismos.
Piensa en tu decisión de ayudarnos. Con ello no obtendrás nada salvo una herida
o alguna clase de destrucción. Es posible que los Militares hayan inventado
algo mortal de lo que no estoy enterado.
—Por
ir a su planeta sí obtendré algo —objetó Morgo—. Recogeré y conservaré pequeñas
formas de vida: gatos, perros, una hoja de árbol, un caracol, una ardilla...
Debe entender y tener en cuenta que en Frolik 8 esterilizaron todas las formas
de vida, excepto la nuestra y que, por lo tanto, desaparecieron por completo.
Pero al poder ver sus imágenes grabadas en tres dimensiones, parecen
completamente reales. Están unidos directamente a los ganglios que rigen
nuestro sistema nervioso central.
El
temor se apoderó de Provoni.
—Esto
le molesta —observó Morgo—. Que crezcamos, nos dividamos y sigamos creciendo le
molesta. Necesitamos urbanizar cada palmo de nuestro planeta; los animales se
morirían de hambre, y por eso preferimos usar un gas esterilizante,
completamente indoloro. No podrían haber seguido viviendo con nosotros en el
planeta.
—Vuestra
población ha disminuido, ¿verdad?
El
miedo aún anidaba en su interior, como una serpiente enrollada, aguardando para
desenrollarse, para enseñar sus venenosos colmillos.
—Siempre
necesitamos más sitio —prosiguió Morgo.
Como
en la Tierra, pensó Provoni.
—Bueno,
allí tenemos una especie consciente que domina. Los círculos rectores nos han
prohibido ser... —Morgo vaciló.
—...
ser Militares —concluyó Provoni por él.
—Yo
soy un Comando. Por eso me escogieron para ir con usted a Sol 3. Tengo fama de
saber solucionar las disputas mezclando el razonamiento y la fuerza. La amenaza
de la fuerza les obliga a escucharme; y el conocimiento, mi conocimiento,
indica cuál es el mejor camino para que una determinada sociedad triunfe.
—¿Ya
lo has hecho antes?
Estaba
claro que sí.
—Tengo
más de un millón de años —respondió Morgo—. Apoyado por la contingencia de
fuerzas, he solucionado guerras tan enormes, con tan gran número de
contendientes, que usted no podría siquiera imaginar. He resuelto problemas
político-económicos, a veces introduciendo maquinaria nueva o los documentos
teóricos por medio de los cuales podían lograrse tales maquinarias. Después, me
he marchado, dejando que ellos solucionasen el resto del problema.
—¿Has
intervenido sólo cuando te llamaban? —quiso saber Provoni.
—Sí.
—O
sea que, en esencia, sólo ayudas a las civilizaciones que han sido capaces de
inventar impulsos transestelares. Has hallado a sus mensajeros, donde al fin lo
has visto. Pero las sociedades medievales, con sus cascos y sus lanzas...
—Nuestra
teoría al respecto es muy interesante —le interrumpió Morgo—. El nivel de
espadas y lanzas, también el nivel del cañón, de las naves aéreas, los barcos y
las bombas..., ese nivel no es cosa nuestra. No queremos que lo sea, porque
nuestra teoría nos indica que no pueden destruir ni a su raza ni a su planeta.
Pero cuando construyen bombas de hidrógeno y su tecnología les permite
construir naves interestelares...
—No
lo creo —declaró llanamente Provoni.
—¿Por
qué? —El Frolikan exploró su cerebro, hábilmente, si bien con su acostumbrada
reverencia—. Ah, ya entiendo —exclamó—. Usted sabe que crearon las bombas de
hidrógeno mucho antes de que desarrollaran el impulso interestelar. Tiene
razón. —Hizo una pausa—. De acuerdo. Sí, nosotros sólo intervenimos cuando
llega una nave capaz de volar entre las estrellas, porque en ese punto, la
civilización, sea cual sea, es peligrosa para nosotros. Nos han descubierto. Y
está indicada una respuesta por nuestra parte como, por ejemplo, en la historia
de su mundo, cuando el Almirante Perry abrió una brecha en el muro que rodeaba
a Japón. Todo el país se vio obligado a modernizarse en unos cuantos años.
Tenga en cuenta esto: nosotros nos podíamos haber limitado a matar a todos los
astronautas interestelares, en vez de preguntarles cómo podíamos ayudarles a
estabilizar su cultura. Seguramente no creería cuántas culturas se hallan
inmersas en las guerras, las luchas por el poder y la tiranía. Pese a esto,
algunas están mucho más avanzadas que la de usted. No obstante, usted nos ha
proporcionado nuestro criterio: ha venido a nosotros, y yo estoy aquí, señor
Provoni.
—No
me gusta que los animales hayan sido exterminados —dijo Provoni.
Pensaba
en los seis mil millones de Antiguos de la Tierra. ¿Cómo les tratarían? ¿Les
tratarían a todos por igual, Nuevos Hombres, Inusuales, Antiguos, Subhombres?
¿Les matarían a todos y heredarían el planeta con todas sus obras?
—Señor
Provoni —Morgo interrumpió sus pensamientos—, permita que le aclare dos puntos
que servirán para aquietar el torbellino de su cerebro. Primero: hace siglos
que conocemos la civilización. Nuestras naves han penetrado y salido de su
atmósfera ya en la época de sus barcos balleneros. De haberlo deseado,
hubiésemos podido apoderamos entonces de la Tierra. ¿No cree que hubiese sido
mucho más sencillo romper la «débil línea roja», a los Chaquetas Rojas, que
enfrentarnos con los misiles tácticos de hidrógeno y cobalto, como tendríamos
que hacer ahora? Yo he estado a la escucha. Ustedes tienen varias naves de
guardia en la zona cercana al punto donde el campo gravitacional del Sol
empieza a afectarnos.
—¿Y
segundo...?
—Robaremos.
—Robar
¿qué? —Provoni estaba estupefacto.
—Innumerables
aparatos de ustedes: aspiradoras, máquinas de escribir, sistemas de video 3-D,
baterías para veinte años, computadoras. A cambio de poner fin a la tiranía,
estaremos algún tiempo en el planeta para obtener modelos de trabajo, si es
posible, o descripciones de todo lo que podamos: árboles, plantas,
embarcaciones, instrumentos de fuerza... Todo lo que sea factible.
—Pero
tecnológicamente vosotros estáis más avanzados que nosotros.
—No
importa —refutó Morgo con tono amable—. Cada civilización, cada planeta,
desarrolla unos instrumentos únicos, idiosincrásicos, unas costumbres, unas
teorías, unos juguetes, unos tanques resistentes a ciertos ácidos, y así
sucesivamente. Permita que le haga una pregunta: supongamos que usted pudiera
trasladarse a la Inglaterra del siglo dieciocho, y que pudiera llevarse consigo
lo que más le gustase. ¿No se llevaría muchas cosas? Sólo en pinturas... Ah,
veo que lo comprende.
—¡Nosotros
somos muy raros! —estalló Provoni.
—Ah,
esto lo expresa muy bien. La rareza es uno de los grandes constituyentes del
Universo, señor Provoni. Es una subdivisión del principio de la unicidad, que
su sabio Bernhad explicó en su «Teoría de la Acausalidad Medida por dos Ejes».
La unicidad es única, pero hay asimismo lo que Bernhad denominó la
cuasi-unicidad, de la que muchos...
—Yo
formulé esa teoría para Bernhad —confesó Provoni—. Yo fui uno de los chicos más
listos en la universidad, uno de los ayudantes de Bernhad. Y le ayudé a
preparar los datos, las citas y todo lo que publicó en Nature, aunque luego lo
firmara sólo Bernhad. En 2103 yo tenía dieciocho años. Ahora, tengo ciento
cinco —sonrió tristemente—. Soy un Antiguo, en un sentido diferente. Pero sigo
activo y vivo. Todavía puedo orinar, apestar, comer, dormir y hacer el amor.
Bueno, ya habrás leído acerca de personas que han vivido doscientos años,
nacidos en 1985, cuando aislaron el virus del envejecimiento, y fueron
inyectados los compuestos antigerontológicos a un cuarenta por ciento de la
población.
Se
acordaba de los animales, de los seis mil millones de seres que no iban a
ninguna parte, a no ser a los tremendamente gigantescos Campos de Reeducación
de la Luna, con sus tanques opacos a los lados; a los prisioneros no les
permitían siquiera contemplar el paisaje que les rodeaba. En esos Campos debía
de haber de doce a veinte millones de Antiguos. Un Ejército. ¿Qué podían hacer
en la Tierra? ¿Veinte millones...? ¿Diez millones de apartamentos? Veinte
millones de puestos de trabajo, y ninguno con un nivel G. Ni Servicio Civil.
Gram
podría damos una patata caliente, se dijo Provoni. Si nosotros nos apoderamos,
aunque sea por un breve espacio de tiempo, de las funciones del gobierno, será
preciso que les procesemos a todos. Aunque parezca increíble, podríamos vernos
obligados a enviarlos a los Campos sobre una base «temporal». Y eso sí que
sería irónico.
—En
la parte de babor hay un hombre de guerra —anunció de repente Morgo.
—¿Un
qué en dónde?
—Mira
en tu pantalla de radar. Verás un blip. Es una nave muy grande que avanza muy
de prisa, demasiado de prisa para que sea una nave comercial. Viene
directamente hacia nosotros. —Hizo una pausa—. En un rumbo de choque. Van a
morir todos para detenemos.
—¿Pueden
hacerlo?
—No,
señor Provoni —le explicó Morgo con paciencia—. Aunque hayan montado cabezas de
proyectil de hidrógeno de 88 o cuatro torpedos de hidrógeno.
Tenemos
que esperar, pensó Provoni inclinándose sobre su pantalla de radar, hasta que
lo vea. Porque, obviamente, se trata de uno de esos nuevos LR-82 tan veloces.
Se frotó la frente en un gesto de cansancio. No, esto fue en el pasado. Hace ya
diez años. Oh, sí, vivo en otros tiempos...
—Sí
—exclamó—, es una nave muy veloz —comentó.
—No
tanto como la nuestra, señor Provoni —dijo Morgo.
Al
ser disparados los cohetes, el Dinosaurio Gris traqueteaba y parecía
encabritarse y, de pronto, se oyó el sonido característico de la entrada en el
hiperespacio.
La
nave siguió adelante, seguida por la otra. Estaba en la pantalla una vez más,
flotando en el espacio, y a cada segundo se aproximaba más, mientras todas sus
máquinas disparaban un brillante nimbo de luz amarillenta, destellante,
zigzagueante.
—Creo
que esto termina aquí mismo —sentenció Provoni.
19
La
notificación llegó sin demora a manos de Willis Gram. A los miembros del Comité
Extraordinario para la Seguridad Pública, reunido en torno a su lecho del
despacho-dormitorio, les dijo, apoyándose con los codos en las almohadas.
—Oigan
esto:
«Tejón
tiene a Dinosaurio Gris a la vista. Dinosaurio ha iniciado maniobras evasivas.
Nos estamos aproximando rápidamente».
—No
puedo creerlo —exclamó Gram muy alegre. A los miembros del Comité les
comunicó—: Les he convocado a causa de este tercer mensaje de Provoni. Llegará
dentro de seis días. —Se estiró, bostezó y les sonrió—. Deseaba decirles que
debemos actuar muy de prisa para abrir los Campos de Reeducación, así como para
detener nuestras redadas contra los Subhombres que aún gozan de libertad, y el
bloqueo o destrucción de sus Transmisores y sus Imprentas. Pero si el Tejón
pulveriza al Dinosaurio... ¡Todo solucionado! Podremos continuar como si no
hubiese ocurrido nada, como si Provoni no hubiese estado a punto de regresar.
—Pero
las dos primeras notas fueron telerradiadas —objetó el Ministro del Interior,
Fred Rayner.
—Bueno,
no vamos a difundir el tercer mensaje. Ése que habla de su regreso para dentro
de seis días y de apoderarse del gobierno.
—Señor
Presidente del Consejo —intervino el Ministro de Asuntos Exteriores, Duke
Bostrich—, el tercer mensaje ha llegado por la banda de cuarenta metros, por lo
que se capta aquí y allá, en el mundo entero. Mañana, a esta hora, lo sabrá
toda la Humanidad.
—Si
el Tejón alcanza al Dinosaurio, esto carecerá de importancia. —Gram inhaló aire
y cogió una cápsula de anfetamina para planear aún más alto en este súbito e
inesperado momento de grandeza—. Como saben —les dijo a todos, pero más
especialmente a Patty Platt, el Ministro de Defensa, al que nunca había
apreciado ni respetado—, mi idea fue la de estacionar naves como el Tejón en el
espacio, hace ya cinco años; una serie de naves vigía, no demasiado armadas.
Sabemos que el Dinosaurio Gris no está armado. Por lo tanto, una de nuestras
naves de vigilancia puede destruirla.
—Señor
—terció el General Hefele—, estoy familiarizado con las naves vigía de la clase
T-144, entre las que se encuentra el Tejón. Debido a los largos períodos que
deben permanecer en el espacio y a las distancias que necesitan recorrer, están
construidas de manera bastante zafia para maniobrarlas y resultar eficaces con
sus disparos...
—¿Quiere
decir —se enojó Gram— que mis naves de vigilancia están anticuadas? Entonces,
¿por qué no me lo advirtió antes?
—Porque
—replicó el General Rayburn, que lucía un bigotito negro bien arreglado— no se
nos ocurrió que Provoni pudiese volver, ni que una nave vigía estacionada en el
vasto espacio vacío pudiese descubrir a Provoni si, o tal vez debería decir
cuando, regresara. —Hizo un gesto expresivo con la mano—. El número de pársecs
que...
—Generales
Rayburn y Hefele —interrumpió Gram al primero—, pueden empezar a redactar sus
notas de dimisión. Espero que estén listas dentro de una hora.
Se
tendió en la cama y, bruscamente, volvió a incorporarse; pulsó un botón que
hizo funcionar la pantalla verde del fono general. Se iluminó una vista de la
computadora de Wyoming, o de una sección de la misma.
—Un
técnico —pidió.
Apareció
un programador algo difuminado en blanco.
—Sí,
Presidente del Consejo.
—Deseo
un pronóstico de la siguiente situación: una nave vigía ha encontrado al
Dinosaurio Gris en... —Buscó en su escritorio, palpando, tanteando y gruñendo—.
Estas coordenadas. —Se las leyó al técnico que, naturalmente, grababa las
instrucciones—. Considerando todos esos datos, quiero saber cuáles son las
probabilidades de que una nave del tipo T-144 pueda destruir al Dinosaurio
Gris.
El
técnico desenrolló la cinta, después la insertó en el alimentador de la
computadora y giró el interruptor de marcha. Detrás de los marcos de plástico,
giraron las ruedecillas, y las cintas se enrollaron y desenrollaron una vez.
—¿Por
qué no esperamos hasta ver el resultado de la batalla? —sugirió Mary Scourby,
Ministro de Agricultura.
—Porque
—respondió Willis Gram— ese maldito Dinosaurio y esa condenada máquina que
lleva Provoni, sin contar con su amigo extraterrestre, pueden estar repletos de
armas. Y seguirles toda una flota... —Se volvió hacia el General Hefele, que
estaba ya redactando penosamente su dimisión—. ¿Han descubierto nuestros
aparatos de radar algo más en esa zona? Pregúntele al Tejón.
El
General Hefele sacó del bolsillo un transmisor-receptor.
—¿Recibe
el Tejón otros blips? —Hizo una pausa—. No.
Continuó
con su escrito de dimisión.
—Señor
Presidente del Consejo —intervino el técnico de Wyoming—, tenemos la respuesta
de la computadora D-996 a su pregunta. Cree que el tercer mensaje de Thors
Provoni, el captado en la frecuencia de cuarenta metros, es el dato crítico. La
computadora analiza que la declaración que empieza: «Llegaremos dentro de seis
días» implica que uno de los alienígenas está con Provoni. Como no conoce el
poder del alienígena, no puede computarlo, aunque da una respuesta correlativa:
el Dinosaurio Gris no podrá distanciarse durante mucho tiempo de una nave vigía
T-144. Por eso, la incógnita variable, o sea, la presencia del alienígena, es
demasiado grande. No puede computar esta situación.
—Estoy
recibiendo un mensaje del Tejón —anunció súbitamente el General Rayburn—.
Callen...
Inclinó
la cabeza a un lado, hacia donde llevaba el fono insertado al oído.
Silencio.
—El
Tejón ha desaparecido —murmuró el General Rayburn.
—¿Desaparecido?
—repitieron al unísono una docena de voces—. ¿Desaparecido?
—Desaparecido,
¿dónde? —quiso saber Gram.
—En
el hiperespacio. Pronto sabremos la causa, puesto que, como se ha demostrado
repetidas veces, una nave puede permanecer en el hiperespacio durante diez,
doce, quince minutos a lo sumo. No tendremos que esperar mucho.
—Y
el Dinosaurio, ¿ha entrado en el hiperespacio? —preguntó el General Hefele,
incrédulo—. Esto sólo se hace como último recurso, es la medida más extrema de
evasión. Bien, entonces habrán arrastrado detrás al Tejón. Tal vez hayan
reconstruido al Dinosaurio; tal vez sus superficies exteriores sean ahora de
una aleación que no se descompone rápidamente en el hiperespacio. Quizá sólo
necesitan esperar, mientras el Tejón explota o regresa al paraespacio o al
espacio mutuo. Como saben, el Dinosaurio que salió de este Sistema hace diez
años puede no ser el mismo que regresará.
—El
Tejón lo reconoció —intervino el General Hefele—. Es el mismo aparato y, si ha
sido modificado, al menos esa modificación no ha sido exterior. Antes de
penetrar en el hiperespacio, el Capitán Greco del Tejón dijo que era
exactamente igual a la foto que le hicieron hace unos quince años, excepto...
—¿Excepto...?
—intercaló Gram, apretando sus muelas.
Debo
dejar de apretar las muelas, pensó. Una vez me rompí la corona de una, y eso
debe servirme de lección.
Se
retrepó entre sus almohadas.
—Excepto
—continuó el General Hefele—, algunos sensores exteriores que faltan o han
cambiado visiblemente, o que posiblemente han sufrido daños. Y, naturalmente,
el casco se halla bastante abollado.
—¿Todo
esto pudo divisar el Tejón? —se admiró Gram.
—Los
nuevos aparatos de radar Knewdsen, los modelos de objetivos y lentes, pueden...
—Cállese
—rugió Gram, consultando su reloj—. Voy a cronometrar —añadió vivamente—. Ya
han pasado unos tres minutos, ¿verdad? Pondremos cinco, para estar más seguros.
Se
sentó en silencio, contemplando fijamente su Omega.
Los
demás se dedicaron a estudiar cada cual el suyo.
Transcurrieron
cinco minutos.
Diez.
Quince.
En
un rincón, Camelia Grimes, Ministro de oportunidades de Empleo y Educación,
empezó a resoplar quedamente en su pañuelo de encaje.
—Los
ha atraído a su muerte —dijo medio en voz alta, medio en un susurro—. Dios mío,
es tan triste..., tan triste. Todos esos hombres perdidos...
—Sí,
es triste —corroboró Gram—, y aún más triste que a Provoni lo haya divisado y
seguido una nave de vigilancia. Una posibilidad entre... ¿Cuánto, un billón? En
primer lugar, ya es triste que Provoni haya arrastrado tras de sí a una nave
vigía. En realidad, al principio pareció como si fuésemos nosotros los que le
habíamos atrapado a él. Bien acorralado; aniquilado, para que lo viesen sus
amigos alienígenas. —Hizo una breve pausa y miró a los generales Hefele y
Rayburn—. ¿Hay algunas otras naves que puedan seguir al Dinosaurio Gris cuando
salga del hiperespacio?
—No
—negó el General Hefele.
—O
sea, que no sabremos si ha surgido ya —razonó Gram—. Tal vez haya quedado
destruido junto con el Tejón.
—Lo
sabremos cuando y si sale del hiperespacio —sentenció el General Hefele—,
porque tan pronto como salga empezará a transmitir nuevamente por la frecuencia
de cuarenta metros. —Se volvió a un ayudante—. Ten a punto mi monitor de red
comercial para una transmisión renovada de su transmisión. —A Gram le dijo—:
Supongo que...
—Suponga
lo que quiera —le cortó el General Rayburn—. Ninguna señal de radio puede pasar
del hiperespacio al paraespacio.
—Descubre
—le ordenó el General Hefele a su ayudante— si la señal de Provoni se cortó
hace unos minutos.
Un
momento después, a través del equipo intercomunicador que llevaba sujeto con
varias correas al cuello, el alto y joven ayudante había recibido ya el
mensaje.
—La
señal quedó cortada hace veinte minutos y no se ha captado ninguna más.
—Todavía
están en el hiperespacio —calculó el General Hefele—. Y es posible que ya nunca
vuelvan a emitir señal alguna. Tal vez todo ha terminado.
—Sigo
queriendo su dimisión —le recordó Gram.
Se
encendió una luz roja en la consola del escritorio. Gram cogió uno de los
fonos.
—¿Sí?
¿La tiene consigo?
—La
señorita Charlotte Boyer —anunció la recepcionista de la aduana del tercer
nivel—. La han traído dos agentes de la Seguridad Pública, que tuvieron que
arrastrarla por todo el camino. ¡Qué barbaridad! Mañana tendrá las piernas casi
negras, además, ella le mordió la mano a un agente; sí, le arrancó un buen
pedazo de carne, y el agente ha de ir inmediatamente a la enfermería.
—Que
cuatro militares de la Policía Militar sustituyan a los agentes de la Seguridad
Pública. Una vez hecho esto, que vigilen bien a esa joven, avísenme y la
recibiré.
—Sí,
señor.
—Si
un individuo llamado Denny Strong viene aquí en su busca —prosiguió Gram—,
quiero que le arresten por violación de la propiedad ajena y que inmediatamente
le metan en un calabozo. Si trata de llegar por la fuerza hasta mi despacho,
quiero que los guardias no duden en eliminarlo. En el sitio, tan pronto como su
mano toque el pomo de la puerta.
Esto
podría hacerlo yo mismo, pensó, pero ya soy demasiado viejo y mis reflejos son
más lentos.
Sin
embargo, levantó la tapa de la esquina de su escritorio y apareció la culata de
una pistola Magnum .38 al alcance de su mano. Si la imagen mental de Nicholas
Appleton, y su conocimiento propio del hombre eran correctos, Gram quería estar
bien preparado. También debía estarlo para Appleton, porque éste había salido
del edificio voluntariamente, sin signos de violencia, pese a lo cual no había
garantías de que no continuase luchando por conseguir a la muchacha.
Esto
era lo malo de la edad. Uno idealiza a una mujer, a su yo, a su personalidad...
Pero a la edad de Gram sólo se quiere gozar de ella, nada más.
Sí,
gozaré de ella, pensó Gram, la utilizaré, le enseñaré algunas cosas que
probablemente ignora respecto a las relaciones sexuales, aunque ya esté al
corriente de muchas cosas. Le enseñaré cosas que ni siquiera ha soñado. Por
ejemplo, puede ser mi pececito. Y una vez lo haya aprendido todo, lo haya hecho
todo, lo recordará durante el resto de su vida. Esos recuerdos la acosarán,
pero al mismo tiempo los adorará, puesto que son verdaderamente agradables. Y
ya veremos lo que pueden hacer para complacerla Nicholas Appleton, Denny Strong
o cualquier otro después de mí. Y esa chica no será capaz de explicarles lo que
deberían hacer para complacerla como yo.
Se
echó a reír.
—Presidente
del Consejo —intervino el General Hefele—, tengo noticias de mi ayudante. —Éste
se inclinó hacia él y le susurró unas palabras al oído—: Lamento decir que se
ha reanudado la señal en la frecuencia de los cuarenta metros.
—De
acuerdo —asintió estoicamente Gram—. Estaba seguro de que así sería. No se
habrían interrumpido en el hiperespacio si no hubieran estado seguros de poder
volver, y el Tejón no pudo hacerlo.
Con
cierta dificultad consiguió incorporarse hasta la postura de sentado, luego dio
casi media vuelta, extendió una de sus macizas piernas y acabó por levantarse.
—Mi
batín —pidió, mirando a su alrededor.
—Lo
tengo yo, señor. —Camelia Grimes lo sostuvo para que él se lo pusiera—. Ahora
las zapatillas.
—Le
sientan muy bien —ponderó el General Hefele, fríamente.
¿Necesita
que alguien le vista, Presidente del Consejo?, pensó acto seguido. Una
gigantesca seta a la que hay que vigilar de día y de noche, que está en cama
como un niño enfermo que no quiere ir a la escuela, que esquiva las realidades
de la vida adulta. Ése es nuestro gobernante. La persona responsable de la
destrucción de los invasores.
—Usted
siempre olvida —le recordó Gram al General Hefele— que soy telépata. De haber
dicho lo que estaba pensando, ahora ya estaría delante de un pelotón de
ejecución con granadas de gas. Lo sabe de sobras. —Estaba francamente enojado,
cosa rara, ya que los pensamientos de los demás solían dejarle indiferente.
Pero esta vez el General Hefele había ido demasiado lejos—. ¿Desean votar?
—preguntó a toda la Asamblea del Comité Extraordinario de la Seguridad Pública,
más dos Consejeros Militares de la Tierra.
—¿Una
votación? —preguntó Dake Bostrich, reflexivamente, con su distinguido cabello
blanco—. ¿Para qué?
—Para
la dimisión forzosa del señor Gram como Presidente del Consejo —aclaró Fred
Rayner, Ministro del Interior—, y de alguien más de entre los que estamos aquí.
Sonrió
envaradamente, pensando que era preciso deletrearles las cosas como a los
niños. También pensó que aquélla era la única oportunidad de librarse de aquel
cerdo lleno de grasa; de dejar que pasara el resto de su existencia dedicado a
sus asuntos personales, como por ejemplo, la chica Boyer.
—Sí,
quisiera una votación —manifestó Gram, tras una pausa, durante la cual escuchó
los diversos pensamientos de los reunidos y supo que obtendría un voto de
apoyo, por lo que no se mostró inquieto—. ¡Vamos a votar!
—Ha
leído en nuestros cerebros y sabe cuál será el resultado —dijo Rayner.
—O
se está tirando un farol —opinó Mary Scourby, Ministro de Agricultura—. Sabe
que podemos echarle, por haber leído nuestros pensamientos, y sabe también que
le echaremos.
—Bien
—terció Camelia Grimes—, lo mejor será votar.
Mediante
el alzamiento de manos, seis votos decidieron que continuase Gram, y cuatro
estuvieron en contra.
—Buena
votación, amigo —le dijo Gram a Fred Rayner—. Vamos, coge una mujer, si puedes;
y, si no puedes, coge un hombre, un viejo sano.
—Y
el viejo sano —replicó Rayner—, es usted.
Echando
atrás la cabeza, Gram rió entusiasmado. Después, metiendo los pies en las
zapatillas, se dirigió hacia la puerta principal de la estancia.
—Presidente
del Consejo —le espetó rápidamente el General Hefele—, tal vez podamos
contactar con el Dinosaurio y tener una idea aproximada de las exigencias que
formulará Provoni, de cuántos son los alienígenas que le ayudan y de si...
—Hablaré
más tarde con usted —le interrumpió Gram, abriendo la puerta. Se detuvo un
instante y añadió—: Rompan sus dimisiones, Generales. Estuve momentáneamente
trastornado.
Pero
a ti, Rayner, ya te pillaré, monstruosidad de doble cúpula. Lo que has pensado
de mí será tu aniquilación.
En
el tercer nivel, Willis Gram, con batín, pijama y zapatillas, se dirigió hacia
el escritorio de la recepcionista de la aduana A, puesto que le permitía saber
y tratar con la mayoría de los problemas y las actividades personales de Gram.
En otros tiempos, cuando tenía dieciocho años, Margaret Plow había sido su
amante. Ahora tenía cuarenta y habían desaparecido la energía y el fuego, no
quedaba en ella más que una máscara de brío y eficiencia.
Las
paredes de su cubículo eran opacas, así que nadie podía observar su
conversación. Sólo un telépata habría podido captar algo. Pero ya habían
aprendido a vivir con esta amenaza.
—¿Has
llamado a los cuatro hombres de la Policía Militar? —le preguntó a Margaret
Plow.
—La
tienen en la habitación de al lado. Ha mordido ya a uno de ellos.
—¿Qué
le hizo él?
—Hizo
que rodase por la habitación y esto la enfureció. Se puso como un animal
salvaje, y no es una metáfora; como si pensara que iban a matarla.
—Hablaré
con ella —decidió Gram, pasando desde el cubículo a la estancia contigua.
Allí
estaba Charlotte, con los ojos destellando odio y miedo, como una secuestradora
secuestrada. Gram pensó que tenía ojos de halcón, a los que era mejor no mirar.
Era una cosa que había aprendido tiempo atrás: no mirar nunca a los ojos de un
halcón o un águila, porque jamás se olvida el odio que en ellos se retrata, ni
la insaciable ansia de ser libre, de volar. Además, aquellas alturas... Y las
caídas en picado de las aves sobre su presa, sobre el conejo asustado, como
nosotros. Una imagen graciosa: un águila prisionera de cuatro conejos.
Los
agentes de la Policía Militar, no obstante, no eran conejos. Gram vio al
momento de qué manera sujetaban a la joven, de qué manera y con qué fuerza.
Charlotte no podía moverse.
Y
durarían más que ella.
—Podría
hacer que te dieran un tranquilizante —le dijo Gram a Charlotte—, pero ya sé
cuánto los odias.
—¡Maldito
canalla...! —le espetó ella. Y añadió—. ¡Maldito canalla blanco!
—¿Blanco?
—Gram no lo entendía—. Ya no hay blancos ni negros ni amarillos... ¿Por qué
dices blanco?
—Porque
pertenece a la especie de los polis.
—Entiendo
—asintió él.
Ahora
captaba los pensamientos de la joven y le estaba asombrando. Por fuera, se
hallaba tensa, furiosa, pero sólo porque estaba sujeta por cuatro miembros de
la Policía Militar.
Pero
por dentro...
Era
una chica pequeña y asustada que luchaba como una niña aterrorizada a la que
llevan al dentista. Un retorno irracional y superactivo de los procesos
mentales prerracionales. No nos considera humanos, pensó Gram. Nos distingue
como unas formas vagas que tan pronto la arrastran hacia un lado como hacia
otro, y que la obligan, que la fuerzan... Sí, que la fuerzan cuatro hombres
profesionales, que la tienen sujeta en un rincón por un tiempo indefinido.
Calculó
que sus procesos mentales se hallaban a nivel de los tres años de edad. Sin
embargo, tal vez lograse algo razonando con ella. Tal vez lograría desterrar,
al menos parte, de sus temores, permitiendo que sus pensamientos adquiriesen
una cualidad más madura.
—Me
llamo Willis Gram —le notificó—. ¿Sabes lo que he hecho? —Le sonrió, levantó
una mano y la señaló, ensanchando la sonrisa—. Seguro que ni lo sospechas.
Ella
negó con la cabeza. Una sola vez. Muy brevemente.
—He
hecho abrir los Campos de Reeducación de la Luna y de Utah —explicó él—, y de
ellos saldrá toda la gente.
Los
ojos de Charlotte eran grandes y luminosos, y continuó mirándole fijamente.
Pero en sus pensamientos, según registró él, había asombrosos destellos de
energía psíquica viajando por la corteza cerebral, mientras intentaba entender
sus palabras.
—Y
ya no arrestaremos a nadie más —prosiguió Gram—. Así que estás en libertad.
Al
oír estas palabras, una oleada de alivio inundó la mente de la muchacha, sus
ojos se estrecharon y de pronto cayó de ellos una lágrima en su mejilla.
—¿Puedo...?
—Tragó saliva con dificultad y le tembló la voz—. ¿Puedo ver al señor Appleton?
—Puedes
ver a quien quieras. Nick Appleton también está libre, hace dos horas quedó en
libertad. Probablemente, se marchó a su casa. Tiene una esposa y un hijo a los
que quiere mucho. No cabe duda de que se ha ido con ellos.
—Sí
—asintió ella desdeñosamente—, los conocí. La mujer es una zorra.
—Pero
él no lo cree así. Hoy, cuando leí sus pensamientos, pude ver que la ama de
verdad; solamente deseaba tener un poco de diversión. Ya sabes que soy
telépata. Sé cosas de la gente que otros no...
—Pero
también puede mentir —le atajó ella, por entre sus apretados dientes.
—No
miento —declaró en voz alta, aun sabiendo que sí mentía.
—Bien
—preguntó Charlotte, completamente tranquila—, ¿soy libre de irme?
—Hay
un asunto... —Gram pisaba el terreno con cuidado, tratando de leer los
pensamientos de la joven antes de que se convirtiesen en frases o en acción—.
Comprenderás que tenemos que someterte a un chequeo médico después de que los
de la Seguridad Pública te sacaran de entre las ruinas de la Imprenta de la
avenida Decimosexta. Supongo que no lo habrás olvidado.
—¿Un...
chequeo médico? —le miró con incertidumbre— No, no me acuerdo. Lo único que
recuerdo es haber sido arrastrada por aquel edificio, mientras mi cabeza iba
chocando contra el suelo, y que ya fuera...
—De
ahí la necesidad del chequeo —asintió Gram—. Se lo hemos hecho a todos los que
capturamos en la Imprenta. También los hemos sometido a exámenes psicológicos.
Tú te portaste bastante mal, estabas totalmente traumatizada, casi en un estado
de estupor catatónico.
—¿De
verdad? —Charlotte le miraba despiadadamente. Con su mirada de halcón, mirada
que jamás abandonaba sus pupilas.
—Necesitas
un buen descanso.
—¿Y
aquí lo tendré?
—En
este edificio se encuentran las mejores instalaciones psiquiátricas del mundo.
Después de unos cuantos días de reposo y terapia...
Los
ojos de halcón llamearon, y los pensamientos de su cerebro fueron como
emanaciones del hipotálamo que él no podía seguir y, de repente, en un
santiamén, al sonido del último clarín, como quien dice, ella se contorsionó,
cojeó un poco, se puso rígida, y al final giró sobre sí misma. ¡Giró sobre sí
misma! Los cuatro miembros de la Policía Militar perdieron su presa; alargaron
las manos hacia ella, y uno de ellos exhibió una porra de plástico muy pesada.
Charlotte
retrocedió como el rayo, siempre girando, abrió la puerta que tenía detrás y
echó a correr por el pasillo. Al verla y al ver a Willis Gram y a los otros
agentes, un occífero de la Seguridad Pública fue tras ella e intentó atraparla.
Consiguió hacer presa en su muñeca derecha, pero ella giró en redondo y le
propinó un puntapié en los testículos. El agente la soltó. Charlotte siguió
corriendo a toda velocidad, hacia la gran portalada del edificio. Nadie intentó
detenerla, menos aún después de haber visto cómo el occífero de la Seguridad
Pública se retorcía en el suelo.
Uno
de los de la Policía Militar sacó una pistola de rayos láser, una Richardson
del 2.56, la levantó y apuntó al techo.
—¿Le
disparo, señor? —le preguntó a Willis Gram—. Ahora mismo la puedo alcanzar.
—No
sé qué decir... —musitó Gram.
—Si
no es ahora será demasiado tarde, señor.
—Está
bien, no dispare.
Willis
Gram retrocedió hacia el despacho, se sentó pesadamente en la cama y se inclinó
hacia adelante, como para estudiar los dibujos del suelo.
—Está
chiflada, señor —rezongó uno de los agentes de la Policía Militar—. Quiero
decir que está majareta, loca.
—Yo
le diré lo que es... —gritó roncamente Gram—. ¡Es una rata de alcantarilla!
—Era una frase que había captado en la mente de Nick Appleton—. Una verdadera
rata de alcantarilla.
Ah,
los cogeré a los dos, se dijo Gram. Claro que los cogeré..., a él también.
Appleton juró que volvería a verla. Y así será porque ella le localizará.
Appleton jamás volverá con su esposa.
Se
levantó y volvió al cubículo de Margaret Plow.
—¿Puedo
usar el fono? —le preguntó.
—Puedes
usar mi fono y, en realidad, puedes usar mi...
—Sólo
el fono —le interrumpió él.
Marcó
el número de la línea de prioridades del Director Barnes, que localizaba a éste
allí donde estuviese: en el cuarto de baño tomando una ducha, en una autopista,
o incluso en su despacho.
—¿Sí,
Presidente del Consejo?
—Necesito
a uno de sus soldados especiales. Tal vez dos.
—¿A
quién? —Barnes cambió de tono—. Bueno, me refiero a quién desea matar.
—Al
ciudadano 3XX24J.
—¿De
verdad? ¿No será esto un capricho, un arrebato de malhumor? Recuerde,
Presidente del Consejo, que acaba de conceder una amnistía absoluta a todo el
mundo y que él también está afectado por esta medida.
—Ha
apartado de mí a Charlotte —gritó Gram—. Oh, ya entiendo... La joven ha
desaparecido. Cuatro miembros de la Policía Militar no lograron sujetarla; es
una maníaca y resultará peligrosa cuando la cacen. Capté algo en su mente sobre
un ascensor que no se abrió cuando era pequeña; estaba sola dentro. Creo que
tenía ocho años. Padece cierto tipo de claustrofobia. La cosa es que no puede
verse acorralada.
—Lo
cual no es culpa de 3XX24J —objetó Barnes.
—Pero
ella irá a verle a él.
—¿No
podría hacerse sin alboroto? —sugirió Barnes—. Como si fuese un accidente. ¿O
desea simplemente que los dos soldados especiales le cojan y le liquiden, sin
importar que alguien los vea?
—Exacto
—asintió Gram—. Como una ejecución ritualista. Y la libertad de que goza ahora
será como la última comida servida a los condenados a muerte.
—Esto
ya no se estila, Presidente del Consejo.
—Creo
que añadiré una recompensa para sus soldados —continuó Gram—. Quiero que le
maten estando ella con él. Deseo que ella lo presencie.
—Está
bien, está bien —accedió Barnes, enojado—. ¿Algo más? ¿Cuál es la última
noticia sobre Provoni? Una estación de televisión anunció que una nave vigía
detectó al Dinosaurio Gris. ¿Es cierto?
—Ya
hablaremos de eso cuando sea oportuno.
—Eso
no tiene sentido, Presidente del Consejo.
—Está
bien, trataremos de eso cuando resulte conveniente.
—Cuando
mi agente haya cumplido su orden, se lo haré saber —concluyó Barnes—. Con su
permiso, enviaré a tres hombres. Uno llevará una pistola tranquilizante para
ella si, como usted dice, a veces es una maníaca.
—Si
lucha con ellos —advirtió Gram—, que no le hagan daño. Contemplar cómo matan a
ese Appleton será suficiente. Adiós.
Colgó.
—Pensé
que ibas a matarlos después —comentó Margaret Plow.
—A
las chicas sí. Pero antes a sus novios.
—¡Qué
cándido estás hoy, Presidente del Consejo ¡Ese asunto de Provoni te mantiene en
tensión! El tercer mensaje: dentro de seis días ¿eh? ¡Sólo seis días! Y abres
los Campos de Concentración y concedes una Amnistía General. Lástima que Eric
Cordon no esté vivo para verlo. Lástima que sus riñones o su hígado, o lo que
fuese, le matara unas horas antes de... —Calló bruscamente.
—...
de que su victoria estuviese a la vista —concluyó la frase Gram, leyendo el
resto del pensamiento en directo, como si fuese una cinta de óxido de hierro,
en la mente de Margaret. Bien, Cordon era un místico. Y tal vez lo supiese.
Sí,
se dijo, tal vez lo supiese. Era un ser extraño. Quizá se levantaría de entre
los muertos. Pero al diablo, diremos que no murió, que eso fue una historia
falsa, que deseábamos que Provoni creyese que... ¡Dios santo! ¿Qué estoy
pensando? Hace 2100 años que nadie se ha levantado de entre los muertos. Y no
vamos a empezar ahora.
Después
de la muerte de Appleton, se preguntó, ¿querré realizar una prueba final con
Charlotte Boyer? Si pudiera hacer que mis psiquiatras se ocupasen de ella, tal
vez lograrían dominar su rasgo de ferocidad, harían que se tornase pasiva, como
debe ser una mujer.
Y,
no obstante, le gustaba su fuego. Tal vez fuese esto lo que la hacía más
atractiva a sus ojos, ese rasgo de rata de alcantarilla, como dijera Appleton.
A muchos hombres les gustan las mujeres violentas. Y, ¿por qué no? No las
mujeres fuertes, testarudas u obstinadas, sino simplemente salvajes.
He
de pensar en Provoni, se dijo, y no en esto.
Veinticuatro
horas más tarde llegó un cuarto mensaje del Dinosaurio Gris, captado y
transmitido a la Tierra por el gran telescopio de radio de Marte.
«Sabemos
que han abierto los Campos y concedido una Amnistía General. No es suficiente».
Tremendamente
conciso, pensó Willis Gram, estudiando el mensaje en forma escrita.
—¿No
hemos sido capaces de transmitirles nada a ellos? —le preguntó al General
Hefele, que fue quien le llevó el mensaje.
—Creo
que lo hemos alcanzado, pero no lo escuchó, ya sea a causa de un fallo en el
circuito de su aparato receptor o por su poca voluntad de negociar con
nosotros.
—Cuando
se acerque a un centenar de unidades astronómicas —inquirió Gram—, ¿podrán
alcanzarlo con un enjambre misil? Uno de esos que... —esbozó un gesto
expresivo.
—Tenemos
sesenta y cuatro tipos de misiles para probar; ya he ordenado que las naves de
transporte se desplieguen por la zona general en la que creemos que se
encuentra la nave de Provoni.
—No
sé nada de una zona general en la que creamos que se encuentra la nave de
Provoni. Puede haber salido del hiperespacio en cualquier zona.
—Se
puede decir que tenemos todas nuestras armas a punto de utilizarlas tan pronto
como descubramos al Dinosaurio. Tal vez Provoni se haya tirado un farol. A lo
mejor vuelve solo, tal y como hace unos diez años se fue.
—No
—denegó Gram—. Tengamos en cuenta su capacidad para resistir en el hiperespacio
con ese viejo cacharro del año 2198. No, la nave ha sido reconstruida, y no por
alguna de las tecnologías que conocemos. —De pronto, tuvo otra idea—. Pero él y
su Dinosaurio pueden estar dentro de ese extraño ser; éste puede haber envuelto
a la nave. Y, naturalmente, el casco no se ha desintegrado. Como cualquier
parásito, Provoni puede estar interno en la entidad humanoide o no humanoide, y
mantener excelentes relaciones con ella. Una simbiosis.
Aquella
idea era posible. Nadie, humanoide o no, hacía algo por nada; esto lo sabía
como una de las pocas verdades de la vida, con tanta seguridad como sabía su
nombre.
—Probablemente
—continuó— quieren a toda nuestra raza, a los seis mil millones de Antiguos y a
nosotros, para fusionarlos con dicha entidad en una especie de gelatina
poliencefálica. Piénselo, ¿eso le gustaría?
—Todos
nosotros, incluso los Antiguos, combatiríamos contra tal cosa —exclamó el
General Hefele.
—Pues
a mí no me parece tan mal —opinó Gram—. Y sé, mucho mejor que usted, lo que es
una fusión cerebral. Se mezclan las mentes en una sola mente compuesta, muy
grande, en un organismo mental único que piensa con el poder de quinientos o
seiscientos hombres y mujeres. Y eso resulta muy divertido para todo el mundo,
incluyéndome a mí.
Sólo
de esta manera, de la manera de Provoni, todo el mundo estaría dentro de la
red.
Claro
que no era ésta la idea de Provoni. Y, no obstante, Gram había captado algo en
los cuatro mensajes de Provoni: el uso del pronombre «nosotros». Una especie de
concurrencia entre él y dicho pronombre parecía indicarlo. Y en armonía, se
dijo Gram. Los mensajes, tan escuetos, resultan fríos, como dicen los niños.
Y
esa entidad que él traerá será la vanguardia de otros miles, añadió Gram para
sí mismo. La primera víctima había sido la tripulación del Tejón. En algún
lugar deberían colocar una placa con sus nombres, para honrarlos en un recuerdo
póstumo. No había temido apoderarse de Provoni; habían perseguido al Dinosaurio
y murieron en el intento. Tal vez podrían luchar con hombres tan valerosos y,
al fin y al cabo, vencer. Además, como había leído en alguna parte, resulta
difícil sostener una guerra interestelar. Al pensar esto, se sintió mucho
mejor.
Después
de varias horas de abrirse camino entre la multitud, Nicholas Appleton logró
localizar el edificio de apartamentos de Denny Strong. Entró en el ascensor y
subió al piso cincuenta.
Llamó
a la puerta. Silencio. De pronto, llegó a sus oídos la vocecita de Charley.
—¿Quién
diablos es?
Si
Willis Gram no hubiese querido que ellos dos se viesen, no los habría dejado en
libertad.
Se
abrió la puerta. Allí estaba Charley con una blusa a rayas rojas y negras,
pantalones anchos, sandalias abiertas, y con una buena capa de maquillaje en la
cara, con pestañas postizas. Aunque sabía que eran postizas, aquellas pestañas
le gustaron.
—¿Sí...?
—preguntó ella.
TERCERA
PARTE
20
Denny
Strong apareció al lado de Charlotte Boyer.
—Hola
Appleton —le saludó con voz átona.
—Hola
—dijo Nick con voz ronca.
Recordaba
vívidamente cómo Denny y Charlotte se habían peleado. Y esta vez no había
ningún Earl Zeta que le ayudase a salir de allí, si aquellos dos empezaban a
golpearle.
Pero
Denny estaba tranquilo. ¿No era esto lo que les sucedía a los adictos al
alcohol? Una oscilación entre la borrachera asesina y la cortesía ordinaria de
las horas diurnas. Ahora Denny se hallaba en la fase más baja de la oscilación.
—¿Cómo
sabías que yo estaría aquí? —quiso saber Charley—. ¿Cómo sabías que volvería
junto a Denny y que haríamos las paces?
—No
podía buscarte en ninguna otra parte —respondió Nick, sombríamente.
Naturalmente,
ella debía regresar junto a Denny. Todo aquello, incluso el haberla ayudado,
fue tiempo perdido. Y, probablemente, ella lo había sabido desde el principio.
Nick había sido un peón de ajedrez usado por Charley para castigar a Denny.
Bueno, pensó, si todo ha terminado, si ella ha vuelto, yo ya no hago ninguna
falta.
—Me
alegro de que todo se haya solucionado entre vosotros —murmuró.
—Eh
—exclamó Denny—. ¿Se ha enterado de la Amnistía? ¿Y de la apertura de los
Campos? ¡Viva! —su rostro, ligeramente hinchado, estaba excitado. Los ojos,
casi desorbitados, bailaban cuando le azotó a Charley el trasero—. Y Provoni
casi está...
—¿Quieres
entrar? —le preguntó Charley a Nick, rodeando la cintura de Denny con un brazo.
—No,
creo que no.
—Oiga,
amigo —intervino Denny, doblando las rodillas como para hacer ejercicio—, el
ataque no suele cogerme muy a menudo. Tardo mucho en volverme loco. El hecho de
que descubriesen este apartamento tuvo la culpa de todo —retrocedió al interior
del piso y se sentó en el sofá—. Siéntese —le invitó en voz baja—. Tomaremos
una lata de cerveza Hamm, y la repartiremos entre los tres.
Alcohol,
pensó Nick. Beberé con ellos y los tres enloqueceremos.
Por
otra parte, no tenían más que una lata. ¿Cómo podrían emborracharse con un
tercio de lata cada uno?
—Sólo
estaré un minuto —dijo, consciente de que lo que le animaba a quedarse no era
la cerveza, sino la presencia de Charley.
Ansiaba
mirarla mientras le era posible hacerlo. Le resultaba amargo que hubiese vuelto
con Denny; es decir, que ella le rechazase, que rechazase a Nicholas Appleton.
Nunca antes Nick había experimentado semejante emoción: celos. Celos y furor
contra ella por traicionarle; al fin y al cabo, él había abandonado a su esposa
y a su hijo, los había repudiado, marchándose con Charley. Y habían estado
juntos en la Imprenta de la avenida Decimosexta... Y ahora, por haber sido
bombardeada la Imprenta, ella había vuelto a su apartamento, como una gatita
enferma, había vuelto a lo que conocía y comprendía, por espantoso que fuese.
Estudiando
su rostro, Nick observó ahora una diferencia. Tenía la cara rígida, como si se
hubiese aplicado el maquillaje encima de una superficie metálica o de cristal,
sobre algo inorgánico. Sí, era eso. Aunque sonriente y amistosa, Charlotte
parecía tan quebradiza y firme como el cristal, y por eso usaba tanto
maquillaje, para esconder aquella cualidad, aquella falta de humanidad.
Denny,
tras golpearse la ingle, sonrió.
—Eh
—exclamó—, ahora tenemos unos seiscientos polis en torno a este apartamento y
no pasa nada. Bueno, no tenemos que preocupamos por un asalto. ¿No has visto
aún a los prisioneros de los Campos?
Claro
que los había visto atestando las aceras. Delgados, cadavéricos, todos
idénticos con sus harapos de color oliváceo. También había visto las cocinas de
la Cruz Roja, alimentándolos con sopa. Estaban en todas partes, vagando como
fantasmas, como incapaces de volver al nuevo ambiente. Bueno, no tenían dinero,
ni trabajo ni sitio donde vivir; eran unos parias. Y, como había dicho Denny,
la Amnistía General los había liberado a todos.
—Pero
a mí no me atraparon —prosiguió el joven con agresivo orgullo—. Sin embargo, a
vosotros dos os pillaron al asaltar la Imprenta de la avenida Decimosexta. —Se
volvió hacia Charley, juntando las manos ante sí, y meciéndose atrás y
adelante—. A pesar de que hiciste todo lo posible para que no os cogiesen.
—Cogió la lata de cerveza de la mesita, y asintió después de probarla—. Sí,
está bastante fría. Bien, entremos en la región de los sueños. Tú primero
—dijo, arrancando la tapa metálica de la lata—. Sírvete.
—Sólo
quiero un poco —respondió Nick, tomando un sorbo.
—Adivine
lo que le ocurrió a Charley —continuó Denny, bebiendo un buen trago—.
Probablemente piensa que vino directamente aquí desde la Imprenta. Pues no es
así. Llegó hace sólo una hora. Estuvo huyendo y escondiéndose.
—Willis
Gram —pronunció Nick roncamente.
Una
vez más, le dominaba el miedo, poniéndole en tensión y sintiéndose
terriblemente helado.
—Porque
—aclaró Denny burlonamente— posee esas camas en filas en lo que él llama el
«Edificio de la enfermería», aunque en realidad...
—Basta
ya —le ordenó Charley, hablando por entre sus apretadas mandíbulas.
—Gram
le ofreció una «cama de reposo». ¿No sabía que Gram pertenece a esa clase de
hombres?
—Sí
—asintió Nick.
—Pero
huí —continuó Charley, riendo malévolamente—. Había cuatro agentes de la
Policía Militar y me escapé. —Dirigiéndose a Denny le dijo—: Ya sabes cómo me
pongo cuando me enfurezco. Ya lo viste tú, Nick cuando nos conocimos. También
viste cómo nos peleamos Denny y yo. Fue espantoso, ¿verdad?
—O
sea que Gram te cogió —resumió Nick.
Y yo
vuelvo a verte, reflexionó.
Claro
que, en realidad, no la estaba viendo, sino que la veía al lado de Denny, otra
vez de vuelta a sus disfraces y a sus formas postizas. La legalidad ha vuelto a
tu trabajo, pero quedan las costumbres. Quieres ser elegante, al menos con la
elegancia que tú concibes, y deseas subir de nuevo a la Morsa Púrpura,
experimentar las grandes velocidades, las grandes actitudes, altitudes y
velocidades capaces de desintegrar el autocohete. Pero antes de que esto suceda
tendrás una gran diversión. Y los dos entraréis en un salón de plástico o en un
fumadero o un drugbar, donde todos pensarán que eres una chica estupenda. Y a
tu lado, Denny presumirá, como diciéndoles a todos: «¡Mirad con qué maravilla
me acuesto!». Y la envidia general será enorme, por decirlo de algún modo.
—Bien,
he de irme —murmuró, levantándose. Dirigiéndose a Charley añadió—: Me alegro
que te libraras de Gram. Sabía que te deseaba y supuse que te conseguiría.
Ahora me siento mucho mejor.
—Aún
puede conseguirla —gruñó Denny, bebiendo cerveza.
—Entonces,
marchaos de este apartamento —les aconsejó Nick—. Si yo he podido encontrarla,
también ellos la encontrarán.
—Pero
ellos ignoran sus señas —replicó Denny, colocando los pies sobre la mesa.
Llevaba
unos zapatos de piel auténtica que, probablemente, le habrían costado mucho.
Pero ¿qué ganaba con entrar en los fumaderos más elegantes del planeta,
incluyendo los de Viena?
Era
esto. Los dos jóvenes estaban peinados y vestidos para hacer una gira por los
drugbars y fumaderos más elegantes del planeta. La cerveza no era lo único...
era otra de las cosas ilegales. Fumar lúpulo era legal, lo mismo que
permitiéndose algunas trampas, el maquillaje, y por eso podían circular con la
crema de un mundo del que participaban los Nuevos Hombres y los Inusuales. Todo
el mundo, incluidos los trabajadores del gobierno, deseaba el nuevo derivado
del opio, que llamaban «escenera» por su descubridor, Wade Escenera, un Nuevo
Hombre. Se había convertido, como las «estatuitas» de Dios, en miniaturas de
plástico, en la moda de todo el planeta.
—Como
ve, Appleton —dijo Denny, dándole la lata de cerveza casi vacía a Charley—,
ella lleva unas tarjetas de identidad totalmente falsas, todas las ofíciales
—hizo un gesto indolente—, las que es necesario poseer, y no, por ejemplo, la
tarjeta de crédito de la Unión Petrolífera. Están tan bien falsificadas que
entran perfectamente en las pequeñas ranuras de esas cajas electrónicas que los
granujas llevan consigo. ¿No es cierto, putita mía?
—Sí,
soy una puta —asintió Charley—. Y gracias a esto pude huir del Edificio
Federal.
—La
encontrarán aquí —repitió Nick.
Con
arrogancia, y al mismo tiempo exasperado, Denny exclamó:
—Se
lo explicaré. Cuando les pillaron a ambos en la Imprenta...
—¿A
nombre de quién va este apartamento? —quiso saber Nick.
—Mío
—respondió Denny. Su expresión se iluminó—. Ellos no lo saben... Para ellos yo
no existo. Oiga, Appleton, usted tiene que ser más valiente; usted es un crío
llorón, un perdedor. Caramba, si yo estuviese en el cielo, seguro que no
querría tenerle alrededor.
Se
echó a reír, pero esta vez con una carcajada insultante, denigrante.
—¿Está
seguro de que su nombre no ha estado nunca relacionado con este apartamento?
—quiso asegurarse Nick.
—Bueno,
ella pagó el alquiler un par de veces con un cheque, pero no veo cómo...
—Si
firmó un cheque —comentó Nick— por este apartamento, su nombre quedó registrado
automáticamente en la computadora de Nueva Jersey. Y no sólo el nombre, sino
que la máquina debió recibir y archivar de dónde procedía el nombre de Charley.
Y, como todos nosotros, ella tiene una ficha en la Seguridad Pública. La
computadora de Nueva Jersey dirá todo lo que hay sobre ella, lo compararán con
la ficha de la Policía. ¿Estaban los dos en la Morsa Púrpura cuando fueron
citados?
—Sí,
íbamos a gran velocidad —asintió Denny.
—O
sea, que también le cogieron a ella el nombre como testigo.
—Sí
—volvió a asentir Denny, con los brazos cruzados y retrepándose en el sofá.
—Esto
es todo lo que necesitan —confirmó Nick—. Tienen la conexión entre los dos y
con este apartamento, y a saber lo que habrá además en la ficha de Charley.
El
rostro de Denny mostró una expresión consternada, con una sombra moviéndose de
derecha a izquierda. Los ojos le brillaron con suspicacia y excitación; era la
misma expresión de la primera vez que lo había visto. La mezcla de miedo y odio
hacia la autoridad, los símbolos paternos. Denny reflexionaba a toda velocidad;
la expresión de su semblante cambiaba a cada segundo.
—Pero
¿qué pueden tener contra mí? —preguntó ásperamente—. Dios... —se frotó la
frente—. Estoy embotado por la cerveza, no puedo pensar... ¿No podría
despejarme? Maldición... He de tomar algo —desapareció hacia el cuarto de baño,
en busca del pequeño botiquín—. Metanfetamina hidroclórica —continuó, cogiendo
un frasco—. Esto me despejará el cerebro. Si quiero librarme de esto, he de
aclarar el cerebro.
—O
sea, que el alcohol te hace perder la cabeza —comentó Charley.
—No
me riñas —le gritó Denny, volviendo al salón—. No lo soporto, me pone como
loco. —Dirigiéndose a Nick le dijo—: Llévesela de aquí. Charlotte, te quedarás
con Nick, y no trates de volver a este apartamento. Nick, ¿tiene bastantes pops
encima? ¿Lo bastante para llevársela a un motel por un par de días?
—Creo
que sí —asintió Nick, sintiendo que una gran alegría invadía su ánimo. Había
logrado cambiar la animosidad de Denny en campechanía.
—Bien,
buscad un motel. Y no me llaméis por fono, ya que posiblemente habrán
intervenido la línea. Probablemente, están muy cerca.
—Paranoico
—murmuró simplemente Charley. Miró a Nick y...
Y
dos policías negros, dos policías negros de uniforme. «unos meones negros»,
como los llamaban, entraron en el apartamento sin girar el pomo de la puerta ni
tocar al timbre o usar una llave. La puerta se abrió ante ellos.
—¿Es
éste un retrato suyo, señor? —le preguntó el meón negro de la izquierda,
enseñándole uno.
—Sí
—asintió Nick, contemplando la foto.
¿Cómo
la habrían obtenido? La foto, una instantánea, estaba guardada en un cajón
inferior del armario de su casa.
—¡No
me pillarán! —chilló Charley—. ¡No me pillarán! —Corrió hacia ellos y levantó
más la voz—. ¡Fuera de aquí!
El
meón negro se llevó la mano a la pistolera donde tenía su pistola de rayos
láser. El otro hizo lo mismo.
Denny
se abalanzó sobre el meón y juntos rodaron, como gatos en una pelea, por el
suelo: una sierra circular en movimiento.
Charley
pateó al primer policía en la ingle, y luego, levantando el brazo y llevándolo
hacia atrás, le dio un golpe en la tráquea con su huesudo codo, a tanta
velocidad que para Nick sólo fue un movimiento borroso. De pronto, el policía
estaba en el suelo, sin apenas poder respirar, jadeando, buscando en vano una
bocanada de aire.
—Debe
de haber más —se asustó Denny, separándose del otro policía—. Probablemente
abajo o en el campo de aterrizaje del tejado. Bien, probemos por el tejado; si
logramos coger el autocohete podremos distanciarnos de sus otras naves. ¿Lo
sabía, Appleton? Puedo distanciarme de una nave de la Policía. Puedo ir a una
velocidad increíble.
Se
encaminó a la puerta y Nick le siguió, ofuscado.
—No
iban tras de ti —le dijo Denny a Charley, yendo hacia el ascensor—. Iban detrás
de aquel, el señor Limpio.
—Oh...
—exclamó ella con expresión aliviada—. O sea que le hemos salvado a él, y no él
a nosotros. Pero él no tiene importancia.
—No
habría luchado contra ellos —le confesó Denny a Nick—, de haber comprendido que
era a usted a quien buscaban. Pero vi que uno de ellos iba a sacar su pistola,
y reconocí que pertenecían a un comando especial. Por lo tanto, comprendí que
habían venido a matar a alguien. —Sonrió con una sonrisa líquida, luminosa, en
sus grandes ojos sensuales—. ¿Sabe lo que he conseguido? —Sacó del bolsillo
trasero una diminuta pistola—. Un arma defensiva. Fabricada por Colt. Dispara
proyectiles del 22 corto, pero a una velocidad terrible. No tuve tiempo de
usarla, no estaba preparado, pero ahora sí lo estoy.
Sostuvo
la pistola en la mano hasta que llegaron al tejado.
—No
salgas —le previno Nick a Charley .
—Yo
saldré primero —se ofreció Denny—, ya que llevo la pistola. —Indicó un lugar—.
Allí está la Morsa. Bueno, si han cortado los cables del encendido... O arranca
el autocohete o bajaré para liquidar a esos dos polis.
Salió
del ascensor.
Un
policía negro se hallaba parapetado detrás del vehículo aparcado y apuntó
contra Denny su tubo láser.
—¡No
te muevas!
—Eh,
occífero —exclamó el joven amigablemente, enseñando sus manos vacías. Tenía la
pistola dentro de la manga—. ¿Qué pasa? Voy a dar una vuelta, nada más.
¿Todavía
intentáis atrapar a los cordonitas? Como sabes...
El
policía negro disparó contra él el tubo láser.
Charley
tocó un botón del panel de control del ascensor y se cerraron las puertas.
Después, apretó el botón de emergencia exprés. El ascensor cayó en picado.
21
Exactamente
cuarenta y ocho horas más tarde, Kleo Appleton puso en marcha su televisor para
ver su programa favorito de la tarde, «Marge en libertad». Era algo ideado por
los Nuevos Hombres para hacer que los Antiguos pensaran que su condición no era
tan mala; pero, al iluminarse la pantalla, no salió nada. Sólo lluvia y rayas
borrosas y, por los cuatro altavoces, interferencias.
Probó
otro canal. El resultado fue el mismo. Probó los sesenta y dos canales. Sin
emisión.
Comprendió
que debía ser cosa de Provoni.
Se
abrió la puerta del apartamento y entró Nick, yendo directo al armario.
—Tus
queridas ropas —gritó Kleo—. Sí, no te olvides de ellas. En el cuarto de baño
tienes tus cosas personales. Si esperas un momento, te lo envolveré todo.
No
sentía cólera, sino sólo una vaga ansiedad causada por la ruptura de su
matrimonio, por las relaciones de Nick con aquella chiquilla, la Boyer.
—Eres
muy amable —declaró Nick con solemnidad.
—Puedes
regresar —estableció Kleo—. Tienes una llave, y puedes usarla a cualquier hora
del día o de la noche. Mientras viva aquí, tendré una cama siempre dispuesta
para ti; no la mía, sino otra para ti solo. De esta manera te sentirás más
distante de mí. Es distanciarte de mí lo que anhelas, ¿verdad? Esa Charlotte
Boyer... ¿o es Boyd?, es sólo una excusa. Tu relación más importante todavía la
tienes conmigo, aunque momentáneamente sea negativa. Pero ya descubrirás que
ella no te lo puede dar todo. Esa joven no es más que un muro de maquillaje;
como un robot pintado como un ser humano.
—Un
androide —le corrigió Nick—. No, no lo es. Es el rabo de una zorra y un campo
de trigo. Y la luz del sol.
—Deja
aquí algunos pares de zapatos —le aconsejó ella, tratando de disimular la
súplica que encerraban sus palabras, aunque lo que hacía era suplicarle—. No
necesitas diez pares. Llévate dos o tres como mucho, ¿de acuerdo?
—Lo
siento —se disculpó Nick—, lamento portarme de este modo contigo. Nunca lo
hice...
—Sabes
que a Bobby van a examinarle de nuevo, y esta vez con un examen justo. ¿Te das
cuenta de lo que eso significa? Contesta, por favor, ¿te das cuenta?
Nick
se quedó callado, contemplando la pantalla del televisor. De repente, soltó su
bulto de ropas y fue hacia el aparato.
—En
todos los canales sucede lo mismo —le informó Kleo—. Tal vez se haya roto el
cable... O tal vez se trate de Provoni.
—Lo
que significa que no puede estar más que a unos cincuenta millones de
kilómetros de aquí...
—¿Cómo
has conseguido encontrar un apartamento para ti y esa chica? —se interesó
Kleo—. Toda esa gente procedente de los Campos de Reeducación, ¿no han
alquilado todos los apartamentos libres que había en los Estados Unidos?
—Estamos
en casa de unos amigos suyos.
—¿No
puedes darme la dirección? —pidió Kleo—. O el número del fono... Por si
necesito verte por algo importante. Por ejemplo, si Bobby sufre un accidente...
—Calla
—murmuró Nick. Estaba agachado delante del televisor, examinando la pantalla.
Acaba de cesar el ruido de las interferencias. Añadió, siempre en voz baja—:
Esto
significa que está en marcha un transmisor. —Todos estaban parados, callados.
Provoni ahogó sus señales. Y ahora, trata de transmitir él.
Se
volvió hacia su mujer, con el rostro inflamado y los ojos muy abiertos,
mirándola fijamente como un niño. O como si estuviese medio loco, pensó ella
alarmada.
—Ignoras
lo que quiere decir esto, ¿verdad? —inquirió Nick.
—Bueno,
supongo que...
—Te
abandono por eso, porque no entiendes nada. ¿Qué significa para ti el regreso
de Provoni? ¡El suceso más importante de toda la historia de la humanidad!
Porque con él...
—La
Guerra de los Treinta Años fue el suceso más importante de la historia —replicó
ella.
Se
había graduado en cultura occidental y sabía de qué hablaba.
En
la pantalla apareció un rostro, con la barbilla protuberante, unas grandes
arrugas sobre los ojos, y éstos diminutos y fieros, como agujeros hechos a
través de la tela de la realidad, del envoltorio que los rodeaba,
manteniéndolos en una tremenda oscuridad.
«Yo
soy Thors Provoni —se presentó. La recepción era excelente y la voz llegaba aún
mejor que la imagen—. Vivo dentro de un organismo consciente que...».
Kleo
estalló en una carcajada.
—¡Cállate!
—rugió Nick.
—Hola
mundo —imitó Kleo a la voz de la pantalla—. Estoy vivo y me hallo dentro de un
gusano gigante... ¡Oh, esto sí que me asombra! Esto sí que...!
Nick
la abofeteó y el golpe la hizo trastabillar hacia atrás. Nick volvió a
concentrarse en la pantalla del televisor.
«...
aproximadamente en treinta y dos horas —decía Provoni, con voz ronca y
mesurada. Parecía exhausto, tan exhausto como Nick nunca había visto a un ser
humano. Le costaba grandes esfuerzos hablar como si en cada palabra perdiese un
poco más de su energía vital—. Nuestra pantalla antimisiles ha rechazado más de
setenta tipos de misiles. Pero el cuerpo de mi amigo rodea la nave y él...
—Provoni respiró hondo—, los repele».
—Treinta
y dos horas —le repitió Nick a Kleo, que estaba sentada muy erguida, frotándose
la mejilla—. ¿Es ésta la hora de aterrizaje? ¿O es que sólo le faltan treinta y
dos para llegar? ¿Lo has oído?
Su
voz tenía un tono histérico.
Las
lágrimas llenaron los ojos de Kleo, que se levantó y se marchó al cuarto de
baño sin responder. Se encerró allí hasta que dejó de llorar.
Maldiciendo,
Nick corrió tras ella y golpeó la puerta.
—¡Maldita
sea, nuestras vidas dependen de lo que haga Provoni! ¡Y tú no quieres
escucharle!
—Me
has pegado...
—Bah...
—rezongó Nick.
Volvió
al lugar donde estaba el televisor, pero la imagen había desaparecido y de
nuevo se oían las interferencias. Después, gradualmente, se pudo ver en la
pantalla la transmisión normal del canal.
En
la pantalla se vio a Sir Herbert London, el mejor analista de noticias de la
NBC.
«Hemos
estado sin salir en antena —dijo London con su calmoso, irónico y bastante
juvenil estilo— durante unas dos horas. Lo mismo que todas las emisoras del
mundo; es decir, no hemos podido transmitir ni oral ni visualmente, ni siquiera
en los circuitos privados, como los de la Policía. Ya han oído a Provoni, o a
alguien que afirma ser él, comunicándole al planeta que dentro de treinta y dos
horas su nave, el Dinosaurio Gris, desembarcará en el centro de Times Square
—se volvió hacia su compañero del informativo, Dave Christian, y le dijo—:
¿Verdad que Thors Provoni, si es él, parecía terriblemente, terriblemente
cansado? Mientras le oía hablar y contemplaba su rostro, la señal de video no
era tan fuerte como la de audio, cosa natural, tuve la impresión de que era un
hombre que se había agotado a sí mismo, que está derrotado y lo sabe. No
comprendo cómo podrá llevar a cabo alguna acción política por una larga
temporada, sin tomarse un prolongado descanso».
«Tienes
razón, Herb —asintió Dave Christian—, aunque tal vez el ser alienígena que está
con él se encargue del asunto, suponiendo que éste sea el término adecuado. De
todos modos, di lo que tienes que decir».
«Thors
Provoni —Herbert London tomó la palabra—, por si no lo saben o lo han olvidado,
zarpó hace diez años en una nave comercial modificada con un motor supra-C. La
modificó él mismo, por lo que ignoramos qué velocidades puede alcanzar. Bien,
ya está de vuelta y aparentemente con un ser o unos seres extraños que, según
él, ayudarán a los billones de Antiguos que, piensa, han sido tratados
injustamente».
«Sí,
Herbert —intervino Dave—, sus sentimientos eran muy intensos; mantenía la tesis
de que los exámenes del Servicio Civil eran fraudulentos, aunque una encuesta
cinta azul no logró descubrir el menor fallo. Por eso creo que podemos afirmar
que son justos. Pero lo que no sabemos, y tal vez sea ésta la cuestión más
vital, es si Provoni tratará de negociar con el Comité Extraordinario de la
Seguridad Pública y con el Presidente del Consejo, Gram. Dicho de otro modo, si
se sentarán, suponiendo que ese alienígena pueda sentarse, y lo discutirán. O
si simplemente vamos a ser atacados dentro de treinta y dos horas. Provoni ha
dado a entender que nuestro Gobierno ha enviado al espacio, y en su búsqueda,
un buen número de misiles, pero...».
«Con
tu permiso, Herb —volvió a inmiscuirse Dave—. Tal vez no sea cierto que Provoni
y su ser alienígena hayan destruido semejante cantidad de misiles. El Gobierno
puede negarlo. El «éxito» de Provoni al destruir esos misiles puede tratarse de
simple propaganda, intentando transmitir a nuestros cerebros la idea de que
posee unos poderes mayores que los de nuestra tecnología».
«Su
capacidad para bloquear las transmisiones de video en todos los canales —razonó
Herb—, demuestra la posesión de un cierto poder; debe de haberle costado un
tremendo esfuerzo, y ello puede ser una de las causas de su gran agotamiento
físico. —El locutor rebuscó entre unos papeles—. Mientras tanto, en toda la
Tierra hay grupos que estarán presentes cuando Provoni aterrice. En un
principio, se pensó en formar grupos en todas las ciudades, pero después de
anunciar Provoni que aterrizará en Times Square, es ahí donde habrá la máxima
concentración de gente, bien para demostrar la fe y las convicciones de los
Antiguos en Provoni, o por simple curiosidad. Probablemente, lo último en la
mayoría de los casos».
—Fíjate
en el pequeño giro que le dan a las noticias —observó Nick—. Simple curiosidad.
¿No comprende el Gobierno que, con la vuelta de Provoni, ya se ha creado una
revolución? Los Campos de Concentración están vacíos; los exámenes ya no son
fraudulentos... —Calló al ocurrírsele una súbita idea—. Tal vez Gram capitule
—añadió lentamente.
Esto
era algo en lo que nadie, salvo él, había pensado. Una capitulación absoluta,
inmediata. Las riendas del Gobierno entregadas a Provoni y su protector.
Claro
que éste no era el estilo de Willis Gram. Gram era un luchador que,
literalmente, había alcanzado la cumbre sobre un montón de cadáveres. Willis
Gram estaba planeando lo que debía hacer. Dispondría de toda la capacidad
militar para derrotar esa nave, esa chatarra de diez años de antigüedad..., o
tal vez no era ya una chatarra. Quizá brillaba como un dios a la luz del día,
como un dios visible bajo el sol.
—Me
quedaré encerrada en el cuarto de baño hasta que te hayas marchado —sollozó
Kleo al otro lado de la puerta.
—Está
bien...
Cogiendo
el bulto de ropas, Nick se dirigió a la escalera mecánica.
—Me
llamo Amos Ild —dijo el individuo de elevada estatura, con su enorme cabeza
blanca, desprovista de pelo, su cabeza hidrocefálica, sostenida por delgados
tubos de un plástico muy resistente.
Se
estrecharon las manos. La zarpa de Ild estaba fría y húmeda, como sus ojos,
pensó Gram. También vio que nunca parpadeaba. Se dio cuenta de que había
suprimido los párpados. Probablemente, pensó Gram, toma pastillas y trabaja las
veinticuatro horas del día.
No
era extraño que el proyecto del Gran Oído fuese tan bien.
—Siéntese,
señor Ild —le invitó el Presidente del Consejo Gram—. Resulta muy agradable
verle por aquí, sobre todo considerando el gran valor de su trabajo.
—Los
oficiales que me trajeron —explicó Amos Ild con su voz estridente— dijeron que
Provoni está de regreso y que aterrizará dentro de unas cuarenta y ocho horas.
Con toda seguridad, éste es un asunto más importante que el del Gran Oído.
Dígame, o mejor, enséñeme toda la documentación que tienen referida a esa raza
tan extraña amiga de Provoni.
—Entonces,
¿cree que se trata de Provoni? —inquirió Gram—. ¿Y que realmente tiene a un ser
alienígena o a un grupo alienígena consigo?
—Estadísticamente
—respondió Amos Ild—, por el orden tercero de la neutrología, el análisis ya
habría deducido todo esto. Probablemente es Provoni, y probablemente tiene
consigo a uno, varios o muchos alienígenas. Dicen que desde su nave bloqueó
todos los videos y todas las transmisiones. ¿Qué más?
—Misiles
—observó Gram— que llegaron hasta su nave y no detonaron.
—¿Incluso
no estando programados para detonar al contacto sino a la proximidad?
—Exacto.
—¿Y
estuvo en el hiperespacio más de quince minutos?
—Sí.
—Entonces,
hay que inferir que tiene consigo a un ser alienígena.
—En
el programa de la televisión dijo que ese ser envolvía la nave, como
protegiéndola.
—Como
la gallina que protege sus huevos —comentó Amos Ild—. Tal vez todos seamos como
huevos; huevos sin romper debajo de una gallina cósmica.
—Todo
el mundo me aconseja que oiga su opinión a este respecto —manifestó Gram.
—Para
destruirlo, concentre todo su...
—No
podemos destruirlo. Lo que deseo de usted es la respuesta a cómo debemos
reaccionar cuando aterrice Provoni y salga de la nave protegida. ¿Deberemos
realizar una última prueba, estando él fuera? ¿Cuando el alienígena ya no pueda
ayudarle? O si lo pillamos aquí, subiendo hacia mi despacho, solo, si ese ser
no puede seguirle.
—¿Por
qué no?
—Si
envuelve la nave debe de pesar varias toneladas; no podría subir en el
ascensor.
—¿No
puede tratarse de una especie de mortaja? ¿O un velo? —sugirió Amos Ild,
inclinándose más hacia Gram—. ¿Han calculado el peso y la masa de la nave?
—Sí,
lo tengo aquí.
Gram
cogió un puñado de informes, buscó uno y se lo entregó a su interlocutor.
—Ciento
ochenta y tres millones de toneladas —leyó Ild. No, no es una especie de
mortaja, tiene una masa enorme. Tengo entendido que aterrizará en Times Square.
Las Brigadas Antidisturbios tendrán que despejar antes la zona, esto es tan
obvio como necesario.
—¿Y
si no puede aterrizar salvo en las cabezas de sus fanáticos? —se irritó Gram—.
Saben que viene, saben que va a aterrizar mediante cohetes retroactivos. Si son
tan necios como para...
—Si
desea consultarme —le interrumpió Amos Ild—, debe obedecerme. No consulte con
ningún otro Consejero ni se forme ninguna otra opinión. En efecto, seré y
actuaré como el Gobierno hasta que haya pasado esta crisis, aunque, como es
natural, todos los decretos exhibirán su firma. Particularmente, no deseo
consultar al Director de Policía Barnes. Tampoco deberá usted consultar al
Comité Extraordinario de la Seguridad Pública. Yo estaré con usted las
veinticuatro horas del día hasta que todo haya concluido. Como habrá observado,
carezco de párpados. Sí, tomo sulfato de zaramida y nunca duermo, no puedo
permitirme ese lujo, hay demasiado trabajo. Usted tampoco consultará a ningún
otro individuo, como suele hacer. Yo soy el único que le aconsejará, y si esto
no le resulta satisfactorio, me iré para continuar con el Gran Oído.
—¡Dios
mío! —gritó Gram.
Se
sintonizó con el cerebro de Amos Ild, buscando más datos. Sus pensamientos
internos eran idénticos a los que acababa de expresar en voz alta; la mente de
Ild no funcionaba como la de las demás personas, que decían una cosa y pensaban
otra.
De
repente, tuvo una idea en su mente, algo que a Ild le había pasado por alto.
Ild sería su Consejero, pero Ild no había estipulado que Gram seguiría todos
sus consejos. No tenía la obligación de hacer más de lo que oía.
—He
grabado lo que me ha dicho —le comunicó a Ild—. Lo que hemos dicho ambos. Un
juramento oral es un juramento legal, según quedó establecido en el caso de
Cobb contra Blaine. Juro hacer lo que usted diga. Y usted jurará que me
prestará toda su atención. Durante esta crisis usted no tendrá otro amo más que
yo, ¿de acuerdo?
—De
acuerdo —asintió Ild—. Y ahora, déme toda la información relativa a Provoni.
Material biográfico, todo lo que escribió en la facultad, informes de
noticias... Quiero estar al corriente de todas las noticias enviadas a este
edificio tan pronto como sean captadas por los medios de comunicación. Después,
decidiré si deben ser televisadas o transmitidas por otros medios.
—¡Pero
no puede impedir que se transmitan! —arguyó Gram—. Porque Provoni puede
bloquear los canales y...
—Lo
sé. Me refiero a todas las informaciones adicionales para los discursos
directos realizados por Provoni por televisión —aclaró Ild—. Por favor, haga
que sus técnicos pasen de nuevo la emisión de Provoni. Deseo verla
inmediatamente.
Unos
instantes después se iluminó la pantalla del televisor, se oyeron las
interferencias y, de repente, éstas cesaron y, al cabo de unos segundos, se vio
el fatigado rostro de Provoni.
«Yo
soy Thors Provoni —declaró éste—. Vivo dentro de un organismo consciente que no
me ha absorbido pero que me protege, lo mismo que os protegerá a vosotros muy
pronto. Aproximadamente dentro de treinta y dos horas su protección se
manifestará en toda la Tierra y nunca más habrá ninguna guerra física. Hasta
ahora, nuestra pantalla antimisiles ha rechazado más de setenta tipos de
misiles. Pero el cuerpo de mi amigo rodea la nave y él —una larga pausa— los
repele».
—Cierto
—murmuró Gram.
«No
temáis una confrontación física —continuó Provoni—. No harán daño a nadie. Yo
hablaré con vosotros... —jadeaba por el cansancio y sus ojos miraban fija,
rígidamente—, dentro de poco».
La
imagen se desvaneció.
Amos
Ild se rascó su larga nariz.
—Ese
prolongado viaje al espacio casi lo ha matado. Probablemente, el alienígena lo
mantiene vivo, sin él moriría. Tal vez espera que Cordon haga algún discurso.
¿Sabe si está enterado de la muerte de Cordon?
—Puede
haber interceptado algún informativo —admitió Gram.
—La
muerte de Cordon fue meritoria —comentó Ild—. Asimismo, fue estupenda la
apertura de los Campos y la Amnistía General... Esto ha sido más que bueno. Ha
hecho que los Antiguos juzguen el pro y el contra; pensaban haber vencido, pero
la muerte de Cordon ha quedado superada sobradamente con la apertura de los
Campos de Concentración.
—¿Cree
que ese alienígena es una de esas cosas que aterrizan como una araña en la nuca
de uno, horada un agujero en el ganglio superior del sistema nervioso y le
controla a uno como a una marioneta? En 1950, se editó un libro muy famoso, en
el que esas criaturas hacían que...
—¿Sobre
una base individual?
—¿Individual?
Ah, ya entiendo, un parásito para cada anfitrión. Sí, había uno por persona.
—Evidentemente,
lo que ellos hagan será en masa —reflexionó unos instantes—. Como una cinta
borrada. Todo el rollo al momento, sin pasar la cinta por la cabeza borrada.
—Tomó asiento, estabilizando su gigantesca cabeza con sus manos—. Yo soy
—prosiguió lentamente— un hombre propenso a suponer que se trata de una
mentira.
—¿O
sea que no hay ningún alienígena? ¿Que no halló ninguno, que no los trae
consigo?
—Sí,
trae algo —objetó Ild—. Pero, hasta ahora, todo lo que hemos visto ha sido
hecho sobre una base tecnológica. El rechazo de los misiles, el bloqueo de la
televisión..., todo eso son trucos que ha aprendido en otro mundo, en otro
Sistema Estelar. Le han reconstruido la nave para que pueda entrar en el
hiperespacio, tal vez para siempre, si ése es su deseo. Pero voy a escoger la
posibilidad que dicta la neutrología. Nosotros no hemos visto a ningún
alienígena; por lo tanto, hasta que lo veamos supondremos que probablemente no
existe. He dicho probablemente. Pero debo escoger ahora, a fin de preparar
nuestras defensas.
—¡Pero
Provoni dijo que no habría ninguna guerra! —le recordó Gram.
—Ninguna
por su parte. Tal vez una por la nuestra. Y así será. Veamos, el mayor sistema
láser de la costa oriental está en Baltimore. ¿No puede hacer que lo trasladen
a Nueva York y lo instalen en Times Square en menos de treinta y dos horas?
—Supongo
que sí —asintió Gram—. Sin embargo, en el espacio usamos rayos láser contra la
nave sin conseguir nada.
—Los
sistemas láser móviles, como los de nuestras naves de guerra —opinó Ild—,
envían unos rayos comparativamente insignificantes respecto a un sistema
estacionario como el de Baltimore. ¿Quiere, por favor, utilizar el fono y
disponerlo todo inmediatamente? Treinta y dos horas no es mucho tiempo.
Era
una buena idea. Willis Gram cogió el fono de cuatro líneas y efectuó una
llamada a Baltimore, hablando con los técnicos que estaban a cargo del sistema
láser.
Ante
él, mientras hacía los preparativos, estaba sentado Amos Ild, dándose masaje en
su cabezota, con la atención puesta en todo lo que decía Gram.
—Estupendo
—alabó Ild al fin, cuando Gram colgó el v-fono—. He estado calculando las
probabilidades que tuvo Provoni de descubrir una raza bastante superior
científicamente a la nuestra para poder imponer su voluntad política en la
Tierra. Hasta ahora, las guerras interestelares sólo han localizado dos
civilizaciones más avanzadas que la nuestra, y no demasiado avanzadas, tal vez
un par de cientos de años. Bien, observe que Provoni regresa en el Dinosaurio
Gris; esto es importante, porque de haber encontrado una raza superior vendrían
aquí en una o más de sus naves. Fíjese en el cansancio de Provoni. Virtualmente
está ciego, muerto. No, la neutrología afirma que miente, y habría podido
demostrar lo contrario regresando en una nave alienígena. Y —Amos casi sonrió—
habría mandado una flotilla entera para impresionarnos. No, la misma nave en la
que se fue, la manera cómo aparece en la pantalla...
Movió
la cabezota con intensidad, dejando ver en su calvicie las venas que
sobresalían, pulsando.
—¿Se
encuentra bien? —se inquietó Gram.
—Sí,
estoy solucionando problemas. Por favor, calle unos instantes.
Los
ojos sin párpados miraban fijamente, y Willis Gram estaba cada vez más
inquieto. Momentáneamente leyó en la mente de Ild, pero, como solía ocurrir con
los Nuevos Hombres, halló unos procesos mentales que no podía seguir. Pero esto
ni siquiera era un lenguaje, sino que adoptaba la forma de unos símbolos
arbitrarios, transmutando, cambiando, modificándose... Al infierno, se dijo,
abandonando el intento.
Amos
Ild habló casi al momento.
—He
reducido las probabilidades a cero por medio de la neutrología —dijo—. Provoni
no tiene a su lado a ningún alienígena, y la única amenaza reside en los
aparatos tecnológicos que alguna raza altamente evolucionada le ha
suministrado.
—¿Está
seguro?
—Según
la neutrología, ésta es una certeza absoluta, no relativa.
—¿Puede
saber esto con la neutrología? —preguntó Gram, impresionado—. Quiero decir, en
lugar de expresarle en algo así como treinta-setenta o veinte-ochenta, lo
expresa en los términos de un conocimiento previo que soy incapaz de entender;
mi videncia sólo puede dar las probabilidades porque hay un puñado de futuros
alternativos. No obstante, usted dice cero absoluto. Entonces, al único que
necesitamos coger... —ahora adivinaba el motivo de tener que instalar el
sistema láser en Baltimore— es sólo a Provoni. Sólo a él.
—Estará
armado —le advirtió Amos Ild—. Con instrumentos muy poderosos, montados en su
nave, y armas manuales al lado. Y se hallará dentro de una coraza, en una zona
protectora que se mueve con él. El sistema láser de Baltimore estará apuntando
a la nave hasta que consiga que los rayos penetren en dicha coraza, y Provoni
morirá; los Antiguos le verán morir; Cordon ya ha muerto, por lo que no estamos
muy lejos del final. Es posible que dentro de treinta y dos horas todo haya
concluido.
—Y
recobraré el apetito —suspiró Gram.
—A
mí me parece —dijo Amos Ild casi sonriendo— como si nunca lo hubiese perdido.
En
realidad, pensó Gram, no tengo mucha fe en ese cero absoluto; no me fío de su
neutrología, a lo mejor es porque no la entiendo. ¿Y cómo puede afirmar que
debe producirse un suceso en el futuro? Todos los videntes o precognitores con
los que he hablado han afirmado que en cada punto del tiempo existen centenares
de posibilidades, pero que tampoco entienden la neutrología, que es cosa propia
sólo de los Nuevos Hombres.
Cogió
uno de los fonos.
—Señorita
Knight, deseo convocar una asamblea de precognitores para dentro de, como
máximo, veinticuatro horas. Los quiero metidos dentro de una red de telépatas
y, como yo mismo lo soy, contactaré con todos los precognitores y veré,
trabajando al unísono, si pueden obtener una buena probabilidad. Hágalo
inmediatamente, hoy mismo.
Colgó.
—Ha
violado nuestro acuerdo —le acusó Amos Ild.
—Sólo
he querido integrar a los precognitores por medio de los telépatas —objetó
Gram—. Y conseguir su —una pausa— opinión.
—Llame
de nuevo a su secretaria y cancele esa petición.
—¿Es
una orden?
—No
—casi sonrió Amos Ild—, pero si no la revoca, regresaré al Gran Oído y
continuaré con mi labor. Usted decide.
Gram
cogió otra vez el fono.
—Señorita
Knight —dijo—, cancele lo relativo a los precognitores.
Colgó,
sintiéndose apático y triste. Extraer información de las mentes ajenas era su
principal modus operandi en la vida, y le resultaba difícil renunciar a ello.
—Si
acude a ellos obtendrá probabilidades —observó Ild—, volverá a la lógica del
siglo veinte, un terrible retroceso, terminando con el avance de doscientos
años.
—Pero
si reúno a los precognitores ayudados por telépatas...
—No
sabrá tanto como le he dicho yo —terminó Amos Ild.
—De
acuerdo, dejémoslo —concedió Gram.
Había
elegido a Amos Ild como su fuente de información y opinión, cosa que
probablemente era la más acertada. Pero diez mil precognitores... Bueno, apenas
le quedaba tiempo. Veinticuatro horas, casi nada. Hubiesen tenido que reunirse
en algún lugar, y un día no era suficiente para ello, a pesar del moderno
transporte de superficie.
—Supongo
—le dijo a Amos Ild— que no piensa quedarse sentado aquí, sin ni siquiera
tomarse un respiro, mientras dura la crisis.
—Deseo
obtener el biomaterial de Provoni —respondió Amos Ild, impaciente—, quiero todo
lo que le he dicho.
Suspirando,
Gram apretó un botón de su escritorio, poniendo en marcha todos los circuitos
de todas las grandes computadoras de la Tierra. Raras veces, más bien casi
nunca, usaba aquel mecanismo.
—Provoni
coma Thors —pronunció con claridad—. Todo el material y un abstracto en
términos de importancia. A una velocidad absoluta, si es posible —reflexionó y
añadió—: Esto tiene prioridad sobre todo lo demás —soltó el botón y se apartó
del micrófono—. Cinco minutos —concluyó.
Cuatro
minutos y medio más tarde, por la ranura del escritorio, fue surgiendo un
montón de papeles. Un conjunto de informes. Y, al final, un resumen codificado
en rojo de un par de hojas.
Sin
mirarlo apenas, se lo entregó todo a Ild. No le llamaba la atención leer más
cosas acerca de Provoni, ya que durante los últimos días había oído, leído y
visto varias veces todo lo referente a aquel hombre.
Ild
leyó primero el resumen a gran velocidad.
—¿Y
bien...? —le preguntó Gram—. Usted hizo su pronóstico sin conocer este
material. ¿Altera este conocimiento su decisión fundada en la neutrología?
—Ese
individuo es un actor —respondió Ild—. Como muchos Antiguos que son
inteligentes, pero no lo bastante para pasar al Servicio Civil. Es un hombre
falso.
Dejó
el resumen y empezó a examinar el montón de material que, como antes, leyó a
gran velocidad. De pronto, frunció el ceño. Una vez más, la cabezota en forma
de huevo se movió con inseguridad. Amos Ild levantó las manos reflexivamente
para detener lo que casi eran giros de su cabeza.
—¿Qué
sucede? —se interesó Gram.
—Un
pequeño dato. ¿Pequeño? —Ild se echó a reír—. Provoni se negó a hacer un examen
público. Ni siquiera hay constancia de que pasara el examen del Servicio Civil.
—Y
eso indica...
—No
lo sé —confesó Ild—. Tal vez sabía que iba a fallar. O quizá... —jugueteó con
los papeles—, o quizá sabía que iba a aprobar. —Fijó sus inmóviles ojos en
Gram—. Es posible que sea un Nuevo Hombre. Claro que no podemos saberlo con
certeza. —Puso en alto todo el material, coléricamente—. No hay forma de
saberlo. Falta el dato; aquí no hay ninguna prueba archivada de las aptitudes
de Provoni, y nunca estuvieron aquí.
—Pero
el examen necesario... —arguyó Gram.
—¿Cuál?
—El
de la escuela. Allí les hacen unos exámenes obligatorios, exámenes de
coeficiente mental, de inteligencia y de aptitud, para saber qué canal de
educación hay que dar a cada estudiante. A partir de los tres años de edad,
Provoni debió examinarse cada cuatro años.
—Aquí
no hay nada —se obstiné Ild.
—Si
no hay nada aquí —razonó Gram—, Provoni o alguien que trabajó en el sistema
escolar con él, los extrajo.
—Entiendo
—asintió Amos Ild.
—¿Piensa,
pues, retirar su predicción del cero absoluto? —preguntó Gram, ávidamente.
—Sí
—afirmó Amos Ild, con voz controlada y baja, después de una leve pausa.
22
¡Al
cuerno con la autoridad! —exclamó Charlotte Boyer—. Iré a Times Square cuando
aterrice —consultó su reloj—. Dentro de dos horas.
—No
puedes ir —le dijo Nick—. Los Militares y los de la Seguridad Pública...
—Oí
las noticias —explicó Charley—. Igual que tú: «Una masa muy densa y enorme de
Antiguos, tal vez un millón, se ha dirigido a Times Square y...». Veamos, ¿cómo
lo dijeron? «Y para su protección, han sido trasladados, con helicópteros y
globos, a lugares más seguros». Sí, como Idaho, por ejemplo. ¿Sabes que no es
posible conseguir una comida china en Boise, Idaho? —la joven se puso de pie y
empezó a pasearse por la habitación—. Lo siento —le dijo a Ed Woodman, el dueño
del apartamento en el que residían ella y Nick—. ¿Qué decías?
—Mira
la pantalla —repitió Ed Woodman—. Llevan a todos los que se acercan a Times
Square hacia esos inmensos transportes 4-D, y se los llevan volando fuera de la
ciudad.
—Pero
va llegando más gente —intervino su esposa Elka—. En realidad, llega más gente
que la que se llevan.
—¡Yo
quiero ir! —gritó Charley.
—Míralo
por televisión —le aconsejó Ed.
Era
un hombre mayor, de unos cuarenta años, de buen carácter, bastante corpulento,
pero siempre alerta. Nick sabía que sus consejos eran inapreciables.
«Hay
rumores —anunció el locutor de la televisión—, según los cuales han trasladado
el gran sistema láser de Baltimore a Times Square. Hacia las diez de esta
mañana, hora de Nueva York. Era un objeto muy grande que, según los
observadores, era un sistema láser completo que han traído por el aire y han
dejado en el tejado del Edificio Shafter de Times Square. Si, y repito el si,
las autoridades intentan usar esos poderosísimos rayos láser contra Provoni o
la nave de Provoni, ése sería el sitio más adecuado para el emplazamiento de la
máquina».
—¡Ellos
no me impedirán que vaya allí! —declaró Charley.
—Claro
que pueden impedírtelo —replicó Ed Woodman, girando su butaca hacia la
muchacha—. Están usando pistolas tranquilizantes, echan de allí a todo el mundo
y los meten en esos transportes 4-D como ovejas.
«Está
claro —proseguía el locutor de la televisión—, el momento del enfrentamiento
llegará cuando, tras aterrizar la nave, suponiendo que lo haga, Provoni salga
de la nave y se exhiba ante lo que espera sea un público reverente. ¿Será muy
profundo su desengaño al no hallar ante él nada más que policías y barricadas?
—el locutor sonrió amablemente—. Tu turno, Bob».
«Sí
—asintió Bob Grizwald. Era otro de los locutores, entre el interminable
ejército que tenía la emisora—. A Provoni le aguarda una gran desilusión. A
nadie, repito, a nadie se le permitirá acercarse a su nave».
«Esa
máquina de rayos láser montada en el tejado del edificio Shafter —continuó el
primer locutor—, le dará la bienvenida».
Nick
no había captado el nombre de ese locutor, pero eso no tenía la más mínima
importancia ya que los locutores eran intercambiables, todos muy correctos,
todos bien vestidos, incapaces de perder la calma ante cualquier catástrofe. La
única emoción que se permitían expresar era una débil sonrisa. La que exhibían
ahora.
—Espero
que Provoni —deseó Charley— barra toda Nueva York.
—¿Y
a setenta millones de Antiguos? —dijo Nick irónicamente.
—Eres
demasiado salvaje, Charlotte —la recriminó Ed Woodman—. Si los alienígenas
vienen para destruir las ciudades, destruirán a más Antiguos que a Nuevos
Hombres, ya que los primeros están por el campo dentro de esas balsas
flotantes. Y esto no coincide con los deseos de Provoni. No, no son las
ciudades lo que quieren, sino el aparato. El Gobierno y a los que gobiernan.
—Si
usted fuese un Nuevo Hombre, Ed —preguntó Nick—, ¿estaría ahora muy nervioso?
—Estaría
nervioso —respondió Ed— si esa máquina láser no alcanzara a Provoni. En
realidad, estaría nervioso de cualquier manera. Pero no nervioso como un Nuevo
Hombre, no, no. Si yo fuese un Nuevo Hombre o un Inusual y viese que apuntan el
láser contra Provoni, buscaría una zanja en la que esconderme. Claro que no
podría huir muy de prisa, lo cual sería una lástima. Probablemente, ellos no
piensan de igual manera; llevan tanto tiempo gobernando, han detentado durante
tantos años el poder, que huir hacia una zanja, literal y físicamente, no puede
ocurrírseles nunca.
—Si
dieran todas las noticias —intercaló Elka con gravedad—, mencionarían cuántos
Nuevos Hombres e Inusuales han abandonado Nueva York en las últimas ocho o
nueve horas. Podéis verlo desde aquí.
Señaló
el ventanal. El rascacielos estaba oscurecido por un enjambre de puntos. Eran
autocohetes en el aire que salían de aquel sector de la ciudad, con los
familiares ruidos de petardeo.
«Prestando
atención a otras noticias —iba diciendo el locutor—, se ha informado
oficialmente que el notabilísimo teórico y constructor del Gran Oído, el primer
aparato electrónico telepático del mundo, el Nuevo Hombre Amos Ild, ha sido
nombrado para un cargo especial por el Presidente del Consejo, en calidad de
Consejero del Presidente del Consejo. Según fuentes internas del enorme
Edificio Federal de Washington...».
Ed
Woodman apagó el televisor.
—¿Por
qué lo ha nombrado? —preguntó Elka, muy alta y esbelta, vestida con pantalones
estilo globo hinchado y su blusa de malla, el cabello rojizo cayéndole por la
nuca.
Nick
observó que, en cierto modo, Elka se parecía a Charley. Según le dijeron, eran
amigas desde su época escolar, casi desde la clase A, que era la de los
párvulos.
—Amos
Ild —repitió Ed—. Esto sí que es extraño. Llevo años interesándome por ese
hombre. Sí, lo consideran uno de los tres o cuatro tipos más inteligentes de
todo el Sistema Solar. Nadie entiende su pensamiento, excepto uno o dos de su
misma clase, o casi de su misma clase. Es un chiflado.
—Oh,
no... —exclamó Elka—. Simplemente, no podemos entender su neutrología.
—A
Einstein le ocurrió lo mismo —comentó Nick— con su «Teoría del Campo
Unificado».
—La
gente entendía la «Teoría del Campo Unificado» de Einstein, pero éste tardó
veinte años en demostrarla.
—Bueno,
pues cuando terminen el Gran Oído conoceremos a Ild —razonó Elka.
—Le
conoceremos mucho antes —objetó Ed—. Le conoceremos por las medidas que adopte
en esta crisis de Provoni.
—Tú
nunca fuiste un Subhombre —observó Nick.
—Me
temo que no, soy demasiado cobarde.
—¿No
sientes deseos de luchar? —inquirió Charley, metiéndose en la conversación.
—¿Luchar?
¿Contra el Gobierno? ¿Contra la Seguridad Pública y los Militares?
—Sí,
teniendo ayuda a nuestro lado —indicó Nick—. La ayuda de los extraterrestres.
La ayuda que trae Provoni, o que asegura traer.
—Probablemente
la trae —afirmó Ed—. De nada le serviría volver con las manos vacías.
—Coge
la chaqueta —le ordenó Charley a Nick—. Vamos a volar a Times Square. O vienes
o hemos terminado para siempre.
Charley
se puso su chaqueta de cuero sin curtir, se dirigió a la puerta del
apartamento, la abrió y esperó.
—Bueno
—intervino Ed—, podéis volar hacia allí, y un helicóptero del Ejército o de la
Seguridad Pública os atrapará y os hará bajar. Y buscarán el nombre de Nick en
sus computadoras y descubrirán que los de la Brigada Especial lo tienen en su
lista negra. Entonces le matarán y tú, Charley, volverás aquí.
Dando
media vuelta, como sobre un eje, Charley volvió a entrar en el apartamento y
colgó la chaqueta. Sus labios estaban fruncidos, en una mueca de enfado, pero
cedió a la lógica. Al fin y al cabo, por eso se habían escondido en el
apartamento, por eso estaban con unos amigos a los que no había visto en siete
años.
—No
lo entiendo —confesó la joven—. ¿Por qué quieren matar a Nick? Si me quisiesen
matar a mí, cosa que todos pensábamos, lo comprendería, porque aquel viejo
hipopótamo quería meterme en una de las camas de su enfermería para chicas
convalecientes... Pero a Nick... Le dejó marchar cuando lo tuvo en su poder.
Entonces no sintió la necesidad de matarle, sino que pudo salir de aquel
edificio tan libre como el aire que respiramos.
—Creo
que sé el motivo —dijo Ed—. Lo dejó ir per se, pero sabía adónde iba, a
buscarte, Charley. Y tenía razón, ambos estáis juntos.
—Ella
estaba con Denny —objetó Nick—. Si Denny...
Prefirió
no terminar la frase. Si Denny viviera, ella estaría con él, no con Nick. Eso
no le complacía lo más mínimo. Sin embargo, ésta era su oportunidad y muchos
individuos en su misma situación se habrían aprovechado de ello. Era una parte
de la batalla librada por la posesión sexual, por el «mira a quién le hago el
amor», llevado a su conclusión más lógica: la oposición queda eliminada. Pobre
Denny, pensó Nick. Denny estaba tan seguro de que una vez los tres en el
interior del autocohete lograrían escapar, los tres juntos. Tal vez lo habrían
conseguido, pero jamás lo sabrían porque habían decidido no dejarse tentar por
la Morsa Púrpura. Por lo que él y Charley sabían, el aparato seguía en el
tejado del edificio de apartamentos, donde Denny lo dejara.
Resultaba
demasiado peligroso volver a allí. Habían huido a pie, perdiéndose entre los
ingentes grupos de Antiguos y los liberados de los Campos de Concentración. En
los últimos dos días, Nueva York era una masa de humanidad que ondulaba,
rodaba, bajaba y subía como una marea, hacia Times Square, masa quebrada contra
las rocas que eran las barricadas del Ejército y la Seguridad Pública, y que
entonces retrocedía.
O se
los llevaban volando a algún lugar ignorado. Al fin y al cabo, Willis Gram sólo
había prometido abrir los Campos antiguos, pero no había dicho nada de no
inaugurar otros.
—Tendremos
que verlo por la tele ¿verdad? —inquirió Charley, agresivamente.
—Claro
—asintió Ed Woodman, inclinándose hacia delante y cruzando las manos por entre
sus rodillas—. Perdérselo está fuera de toda cuestión. Tienen cámaras en todos
los tejados de la zona. Esperemos que Provoni no decida bloquearlo todo otra
vez.
—Ojalá
lo haga —exclamó Elka—. Me gustaría oírle hablar de nuevo.
—Estará
en el aire —aseguró Nick; lo creía firmemente—. Lo veremos y oiremos todo, pero
no tal como lo tienen programado en las emisoras.
—¿No
hay una ley que impide bloquear las emisoras de televisión? —preguntó Elka—.
Bueno, creo que en realidad Provoni quebrantó la ley cuando habló desde su
nave.
—¡Oh,
Dios mío! —gritó Charley, riendo, con una mano sobre sus ojos—. No me importa,
pero es muy gracioso. Después de diez años, Provoni vuelve con un monstruo de
otro Sistema Estelar para salvamos, y es arrestado por bloquear la recepción
televisiva. De esta manera podrán deshacerse de él. ¡Sí, es posible que por eso
esté en busca y captura como un vulgar delincuente!
Ya
falta menos de hora y media, pensó Nick.
Constantemente,
mientras el Dinosaurio Gris se aproximaba a la Tierra, le enviaban misiles a la
nave. Claro que eso no se lo decían a la gente, pues sabían que los misiles no
hacían mella alguna en la nave de Provoni. Pero existía una posibilidad, por mínima
que fuese, una posibilidad matemática, de que un misil lograse traspasar la
protección de la nave, fuera de la clase que fuese esa protección, ya fuese
porque la criatura que lo envolvía se cansara, o por cualquier otro motivo...
Tal vez sólo por un instante, y que en aquel instante, por muy breve que fuese,
se desintegrase completamente el Dinosaurio.
Al
menos, el Gobierno lo está intentando, continuó pensando Nick. Es su
obligación, claro.
—Pon
en marcha la tele —le pidió Charley a Ed.
Ed
Woodman obedeció.
En
la pantalla, una vieja nave interestelar, con los retrocohetes petardeando,
descendía hacia el centro mismo de Times Square. Una nave anticuada, abollada,
corroída, con piezas metálicas sobresaliendo de su estructura: los restos de
los aparatos sensores fuera ya de todo funcionamiento.
—¡Los
ha engañado! —gritó Ed—. ¡Ha llegado con una hora y media de adelanto! ¡Aún no
tienen a punto el cañón láser! ¡Sí, les ha fastidiado el programa! Se creyeron
a pies juntillas la historia de las treinta y dos horas.
Los
helicópteros y los autocohetes de la Policía huían como mosquitos zumbantes
para esquivar el impacto de los retrocohetes. En tierra, los occíferos de la
Seguridad Pública y los soldados huían en busca de algún refugio.
—El
rayo láser —dijo Ed Woodman con sus ojos fijos en la pantalla—. ¿Dónde está?
—¿Quieres
que te lo enseñen? —se burló Elka.
—Más
pronto o más tarde hará impacto en la nave —exclamó Ed—. Ahora viene la gran
prueba. Pobres chicos, deben de estar escurriéndose por el tejado del edificio
Shafter como hormigas.
Desde
el tejado del edificio Shafter un rayo rojo muy fuerte se proyectó directo a la
nave ya aparcada. Por televisión podían oír su furioso zumbido, la intensidad
del cual iba poco a poco aumentando. Nick pensó que debía estar ya en su máximo
estruendo..., y la nave permanecía intacta.
Algo
inmenso y muy feo se materializó en torno a la nave, y Nick comprendió lo que
era.
Estaban viendo a un ser alienígena. Era casi como un caracol. Ondulaba
ligeramente, extendió dos pseudópodos, fluyó más directamente hacia el camino
del rayo láser y, cuando éste le alcanzó, se hizo más y más grande, más y más
palpable. Se alimenta con el rayo, pensó Nick. Cuanto más tiempo le envíen el
rayo, más crecerá.
«Parece
como si estuviese nutriéndose con el rayo láser —exclamó el locutor de la
televisión, por primera vez en su vida desconcertado».
«Es
un ser de otro sistema estelar —añadió su compañero—. Es imposible creerlo,
pero ahí está. Debe de pesar miles de toneladas. Se lo ha tragado la nave...».
La
escotilla de la nave se abrió, deslizándose a un lado.
Thors
Provoni, que llevaba puesto un traje gris, como una prenda interior, surgió sin
armas ni casco.
El
rayo láser, redirigido por los técnicos, enfocó a Provoni.
No
ocurrió nada. Provoni continuó tan tranquilo como antes.
Nick
divisó una estructura como una telaraña colocada sobre Provoni por el
alienígena. Los técnicos del láser no estaban de suerte.
—No
era mentira —musitó Elka—. Ha traído a un ser extraño.
—Y
tiene un inmenso poder —agregó Ed—. ¿Conocéis la fuerza del rayo láser?
Calculado en ergios...
—¿Qué
harán ahora? —le preguntó Charley a Nick—. Ahora que el rayo láser no sirve
para nada...
El
locutor de la televisión se vio interrumpido en mitad de una frase. De pie, al
lado de la nave, Thors Provoni se llevó un micrófono a los labios.
«Hola»
saludó, y su voz surgió del televisor; obviamente, Provoni no confiaba en las
emisoras, y una vez más había bloqueado todos los canales, pero esta vez sólo
en su parte audio. La imagen seguía siendo emitida por las cadenas televisivas.
—Hola,
Provoni —le correspondió Nick—. Ha sido un largo viaje.
23
«Se
llama —iba diciendo Provoni por el micrófono— Morgo Rahn Wilc. Deseo hablaros
de él con todo detalle. Primero os quiero decir que es antiguo, es telépata, es
mi amigo».
Nick
se apartó del televisor, entró en el cuarto de baño y cogió unas pastillas de
fenmetrazina hidroclórica del botiquín; se las tragó y añadió una tableta de
veinticinco miligramos de clordiazepóxido hidroclórico. Vio que sus manos le
temblaban espantosamente; apenas podía sostener el vaso de agua, e incluso le
costó engullir las pastillas.
Charley
apareció en la puerta del cuarto de baño.
—Necesito
algo —pidió—. ¿Qué me recomiendas?
—Fenmetrazina
y clordiazepóxido —le aconsejó—. Cincuenta miligramos de lo primero y
veinticinco de lo segundo.
—Tomados
al mismo tiempo son animadores y sedantes.
—Una
buena combinación. El clordiazepóxido intensifica la capacidad de la corteza
cerebral, en tanto que la fenmetrazina estimula el tálamo, dándole impulso a
todo el metabolismo cerebral.
Ella
asintió y se tragó las pastillas que Nick le había recomendado.
Ed
Woodman, sacudiendo la cabeza, entró también en el cuarto de baño y extrajo
varias pastillas de los frascos.
—Hum
—gruñó—. No pueden matarle, Provoni no morirá. Y esto desgasta las energías.
Los muy estúpidos van aumentado sus jugos a cada segundo que pasa. Dentro de
media hora será tan grande como Brooklyn; es lo mismo que inflar un globo que
no puede estallar.
«No
conozco su mundo —continuaba diciendo Provoni por televisión—. Nos encontramos
en el espacio profundo; él iba de patrulla y captó las señales automáticas que
surgían de mi nave. Allí, en el espacio profundo, reconstruyó la nave,
consultando telepáticamente con sus hermanos de Frolik 8, y ellos le
concedieron permiso para acompañarme hasta aquí. No es más que uno entre muchos
como él. Creo que puede hacer lo que debemos hacer. Si no puede, hay centenares
más como él a un año-luz de distancia. Vendrían en naves que pueden pasar el
hiperespacio. Si es necesario, llegarán en un plazo muy corto».
—Ahora
está mintiendo —comentó Ed—. De haber podido pasar por el hiperespacio, ya lo
habría hecho él y esa cosa. En realidad, han venido por el espacio normal,
aunque utilizando un impulso supra-C.
—Pero
—objetó Nick—, utilizó su nave, el Dinosaurio Gris. Sus naves sí están
construidas para el hiperespacio, el Dinosaurio Gris no.
—O
sea, que crees lo que dice Provoni —dedujo Elka.
—Sí.
—Yo
también —declaró Ed—, aunque no deja de ser un verdadero actor. Esto de
presentarse ocho horas antes de lo anunciado... Ha pillado a todo el mundo por
sorpresa y no cabe duda de que lo ha hecho deliberadamente. Y se ha puesto de
pie junto a la nave dejando que hicieran impacto en él los rayos láser con sus
millones de voltios de fuerza. Y su amigo Morgo cómo se llame se ha hecho
visible para impresionarnos. Al menos a mí sí que me ha impresionado.
Charley
corrió hacia el ventanal del salón, lo abrió y se asomó.
—¡Eh!
—gritó—. ¿Vais a tragaros Nueva York? No lo hagáis, ¿oís?
Cerró
el ventanal, su cara inexpresiva.
—Esto
debería arrojarlos lejos de aquí —dijo Nick.
—Nueva
York es mi ciudad natal —explicó Charley. Bruscamente, se apretó la frente con
las manos—. Siento algo... Como una sonda, una escoba... que pasa por mi cuerpo
y me abandona al momento.
—Provoni
busca Nuevos Hombres —exclamó Nick, en un instante de visión instintiva.
—¡Dios
mío! —gimió Elka—. También lo he sentido durante un instante. Sí, busca Nuevos
Hombres. ¿Qué hará con ellos? ¿Los eliminará? ¿Se lo merecen? A nosotros jamás
nos eliminaron...
—A
Denny sí —le recordó Charley—. Y a mí por poco casi me dispararon en el
Edificio Federal. Y enviaron asesinos para liquidar a Nick. Si debemos... ¿cómo
es la palabra?... extrapolarlo de esto...
—Es
un promedio elevado —asintió Nick.
Y
Cordon, pensó. Probablemente asesinado. Jamás lo sabremos con total certeza...
pero ha muerto. ¿Lo sabrá ya Provoni? Si es así, que Dios nos ayude, Provoni se
volverá loco.
«Escuchando
las transmisiones de la Tierra —continuaba diciendo Provoni por la televisión—,
nos enteramos de la muerte de Eric Cordon —su macizo rostro se contrajo, como
retraído por el dolor—. Dentro de una hora conoceremos las circunstancias, las
verdaderas circunstancias, no las que transmitieron los medios de
información... Y nosotros... —hizo una pausa y Nick pensó que estaba
conferenciando con el ser alienígena—. Nosotros... —otra pausa—. El tiempo lo
dirá».
Concluyó
al fin, su gran cabeza inclinada hacia delante, los ojos cerrados; sus
facciones se convulsionaron, como si tratase con gran dificultad, con
grandísima dificultad, de recobrar el dominio de sí mismo.
—Willis
Gram —murmuró Nick—. Él lo hizo. De él salió la orden. Provoni lo sabe, y sabe
dónde buscarle. Esa muerte lo coloreará todo a partir de ahora, todo lo que
Provoni diga y haga, todo lo que hagan sus amigos. Arruinará los círculos
dominantes. Opino que Provoni es la clase de hombre que...
—No
sabemos qué efecto puede ejercer sobre él el alienígena —observó Ed—. Puede
moderar la amargura y el odio de Provoni. —Se volvió hacia Elka—. Cuando sondeó
tu mente, ¿parecía cruel, hostil, destructivo...?
Ella
meditó y, al fin, miró a Charley. La muchacha negó con la cabeza.
—No
lo creo... —respondió Elka—. Fue algo..., tan raro. Buscaba algo que no
encontró en mí. Y pasó de largo. Sólo tardó una fracción de segundo.
—¿Os
imagináis a esa cosa —farfulló Nick—, sondeando centenares de cerebros? Tal vez
millares. Todos a la vez.
—Tal
vez millones —añadió Ed quedamente.
—¿En
tan corto plazo? —se extrañó Nick.
—Me
siento como una pulga —murmuró Charley, con irritación—. Como si me viniera el
período. Creo que voy a tumbarme un poco.
Desapareció
en el dormitorio, cerrando la puerta.
—Lo
siento, señor Lincoln —dijo Ed Woodman—. No tengo tiempo para escuchar las
notas que hizo su dirección de Gettysburg.
Su
cara era dura y sardónica, y estaba rojo de ira.
—Tiene
miedo —dijo Nick, refiriéndose a Charley—. Por eso ha entrado ahí. Para ella
esto es excesivo. ¿No es también demasiado para vosotros? ¿No lo consideráis
emocionalmente y no intelectualmente? Yo he mirado la pantalla, sé lo que he
visto... pero —hizo un gesto con la mano— sólo el lóbulo frontal de mi cerebro
capta lo que ve. Y lo que oye.
Fue
hacia la puerta del dormitorio, la abrió y vio a Charley acostada, formando un
ángulo extraño, con la cara vuelta a un lado y los ojos bien abiertos. Nick
cerró la puerta a sus espaldas, se aproximó lentamente y se sentó al borde de
la cama.
—Sé
lo que hará —murmuró ella.
—¿De
verdad?
—Sí
—asintió Charley, sin expresión—. Sustituirá porciones de sus mentes y luego
las retirará todas, sin dejarles nada. Un vacío. Serán como conchas vivientes y
vacías. Hará como una lobotomía. ¿Recuerdas haber estudiado las estúpidas
prácticas de psiquiatría que efectuaban en el siglo veinte? Los médicos
descerebraron a mucha gente. Esa cosa extirpará los nódulos de Roger y más
materia, y no parará hasta convertirlos en personas como nosotros. No ha
afectado a Provoni porque éste le ha convencido.
—¿Cómo
lo sabes? —quiso saber Nick.
—Bueno,
no es una historia muy larga. Hace dos años falsifiqué una serie de exámenes
G-2, con resultados satisfactorios. Gracias a eso, y por algún tiempo, tuve
acceso a los archivos del Gobierno, y en cierta ocasión pedí el expediente de
Provoni, el llamado archivo Provoni, y me lo llevé a casa escondido bajo la
chaqueta. En realidad era un microfilm. Me pasé toda la noche leyéndolo —tras
una pausa añadió—: Lo leí minuciosamente.
—¿Y
cómo es Provoni? ¿Es vengativo?
—Está
obsesionado. Es lo que no era Cordon; éste era un hombre racional, una figura
política racional, que vivía en una sociedad en la que no se permite la menor
disensión.
En
otra sociedad, habría sido un estadista excepcional. Pero Provoni...
—Diez
años pueden haberle cambiado —sugirió Nick—. Prácticamente solo durante todo
ese tiempo... Durante esos años habrá efectuado mucha introspección y
autoanálisis.
—¿No
quieres oírlo ahora?
—No
—dijo él, rechazando la sugerencia, seguro de sí mismo.
—Perdí
el empleo y me multaron con trescientos cincuenta pops, además de abrirme un
expediente criminal que ha ido en aumento —calló unos instantes—. Denny
también. Cayó varias veces —irguió la cabeza—. Por favor, ve a mirar la
televisión. Si no vas, iré yo... y no puedo verlo, de verdad. Pero tú sí.
—Está
bien.
Nick
salió del dormitorio y puso su atención en el televisor. ¿Tendrá razón?, se
preguntó. Respecto a Provoni. ¿Qué clase de hombre es? No es lo que hemos oído
por la prensa de los Subhombres. Y si Charley piensa así, ¿cómo podía ser
cordonita y vender sus folletos? Claro que eran folletos cordonitas,
reflexionó. Tal vez le gustasen lo suficiente como para superar su repugnancia
hacia Provoni.
En
nombre de Dios, pensó. Espero que no acierte en lo que Provoni quiere hacerles
a los Nuevos Hombres: lobotomizarlos... a todos... ¡A los diez millones! Y a
los Inusuales. Como Willis Gram.
Algo
barrió su mente, un viento como el del infierno. Cruzó las manos sobre la
frente y se inclinó... ¿Era un dolor? No, no un dolor, sino una sensación
extraña, como estar atisbando por un pozo oscuro, y luego, lenta, muy
lentamente, un movimiento de caída se inició en su interior.
Bruscamente,
la sensación desapareció.
—Acaban
de inspeccionarme —anunció.
—¿Qué
te hizo sentir? —se interesó Elka.
—Me
mostró el Universo desprovisto de estrellas —replicó Nick—. No deseo volver a
verlo mientras viva.
—Oye
—dijo Ed Woodman—, en el décimo piso de este edificio vive un Nuevo Hombre de
baja categoría, apartamento BB293KC. Voy a bajar —se encaminó a la puerta—.
¿Quiere venir alguien? Tal vez tú, Nick.
—Sí
—accedió Nick.
Siguió
a Ed por el alfombrado pasillo de la escalera.
—Está
sondeando —murmuró Ed cuando llegaron al ascensor y presionó el botón.
Ed
iba indicando las puertas de todos los apartamentos, las filas y filas que
llenaban el edificio.
—Detrás
de cada una de estas puertas está rondando la cosa —explicó—. ¿Qué les ocurrirá
a muchos de ellos? Ah, por eso quiero ver a ese Nuevo Hombre. Creo que se llama
Marshall. Me contó que era un G-5. Como ves, es un pez pequeño. Por eso vive en
esta casa tan llena de Antiguos.
Llegó
el ascensor, lo tomaron y descendieron.
—Oye,
Nick —dijo Ed—. Tengo miedo. Aunque no dije nada, también a mí me sondearon.
Esa cosa busca algo que no ha hallado en ninguno de nosotros cuatro, pero puede
encontrarlo en otros. Y deseo saber qué hará cuando lo encuentre.
El
ascensor se detuvo y salieron al pasillo.
—Por
aquí —indicó Ed, yendo a paso rápido. Nick logró acompasarse a él—. Es el
BB293KC. Vamos allá.
Fue
hacia la puerta y se detuvo. Nick estaba ya a su lado.
Ed
llamó.
No
hubo respuesta.
Probó
la manija. La puerta se abrió. Con cuidado, Ed deslizó el panel a un lado y
luego se apartó.
En
el suelo, con las piernas cruzadas, estaba sentado un hombre con una pizarra,
ataviado con prendas de pelo entrecruzado.
—Señor
Marshall —le llamó Ed en voz baja.
El
individuo moreno y delgado levantó su cabeza inflada como un globo; los miró y
sonrió. Pero no habló.
—¿Con
qué está jugando, señor Marshall? —preguntó Ed, inclinándose. Se dirigió a
Nick—: Una mezcladora eléctrica, hace girar las aspas —se enderezó—. Un G-5.
Aproximadamente, ocho veces nuestra capacidad mental. Bien, ya no sufre.
—¿Puede
hablar, señor Marshall? —inquirió Nick, acercándose—. ¿Puede decirnos algo?
¿Qué es lo que siente?
Marshall
empezó a lloriquear.
—Como
ves —prosiguió Ed—, tiene emociones, sentimientos, incluso pensamientos, pero
no puede expresarles. He visto a personas en los hospitales después de sufrir
un ataque y sé que no pueden hablar ni comunicarse en modo alguno, y lloran de
esta manera. Si le dejamos solo se repondrá.
Nick
y Ed salieron del apartamento, cerrando la puerta tras ellos.
—Necesito
más pastillas —musitó Nick—. ¿No puedes recomendarme algo realmente bueno?
—Desipramina
hcl —respondió Ed—. Te daré de las mías. Vi que no tienes.
Fueron
hacia el ascensor y presionaron el botón de subida.
—Será
mejor no decirles nada a ellas —dijo Ed.
—De
todos modos, no tardarán en enterarse —repuso Nick—. Lo sabrá todo el mundo. Si
es que eso sucede en todas partes.
—Estamos
cerca de Times Square —manifestó Ed—. Seguramente, está sondeando en anillos
concéntricos. Ahora le ha tocado a Marshall, pero tal vez a los Nuevos Hombres
de Jersey no les tocará hasta mañana —llegó el ascensor—, o la próxima semana
—entraron en la cabina—. Tal vez tarde meses y, para entonces, Amos Ild, puesto
que tiene que ser Ild, pensará algo.
—¿Quieres
que Ild piense algo? —preguntó Nick, cuando salieron del ascensor.
—Eso...
—murmuró Ed, centelleantes los ojos.
—Sí,
es difícil tomar una decisión —reconoció Nick, terminando la frase de Ed.
—¿Y
tú qué? —quiso saber éste.
—Estaría
muy contento —admitió Nick.
Fueron
al apartamento. Ninguno de los dos habló, como si entre los dos se interpusiera
un muro. Simplemente, no tenían nada de qué hablar. Y los dos lo sabían.
24
Tendrán
que atenderles —murmuró Elka Woodman. Les había sonsacado todo lo referente a
Marshall—. Bien, nosotros sumamos varios billones y podremos cuidarlos. Pueden
instalar centros, como zonas deportivas, dormitorios y comedores.
Charley
estaba sentada en el sofá, sacando en silencio los pespuntes de una falda.
Tenía una expresión petulante, de reprobación; Nick ignoraba el motivo y, en
aquel momento, no le importaba.
—Si
ha de hacerlo —observó Ed—, ¿no podría ser lentamente? Para que pudiésemos
disponer los cuidados a la gente. Tal como quedan, lo mismo podrían dejarse
morir de hambre o subir a los autocohetes sin mirar. Quedan como niños
pequeños.
—Es
la gran venganza —murmuró Nick.
—Sí
—asintió Elka—. Pero no podemos dejarles indefensos y... retrasados.
—Retrasados
—repitió Nick—. Sí, esto es lo que son, no como niños sino como niños con el
cerebro dañado. De ahí la frustración de Marshall cuando quisimos interrogarle.
Era
un cerebro dañado. El sondeo dañaba el cerebelo.
El
televisor les traía la voz del locutor de las noticias.
«...
hace exactamente doce horas que el famoso físico Amos Ild, nombrado por el
Presidente del Consejo Willis Gram como consejero suyo en esta crisis,
pronosticó por todos los canales de televisión que no existía la menor
posibilidad, repetimos: la menor posibilidad, de que Thors Provoni hubiera
traído consigo a un ser alienígena —por primera vez, Nick detectó verdadera
cólera en la voz del locutor—. Por lo visto, el Presidente del Consejo confió
en... ¿Cuál es la palabra?... Un personal compuesto por juerguistas, o algo por
el estilo, no lo sé... —En la pantalla, el locutor agachó la cabeza—. A todos
nos pareció una buena idea el sistema láser de Baltimore apuntando a la
escotilla del Dinosaurio. Ahora supongo que era un plan demasiado sencillo.
Después de diez años de estar en el espacio, Provoni no iba a dejarse aniquilar
de ese modo. Morgo Rahn Wilc, éste es el nombre o el título del alienígena.
—Apartó la cara del micrófono y se dirigió a una persona invisible—. Por
primera vez en mi vida me alegro de no ser un Nuevo Hombre».
No
pareció darse cuenta de que sus palabras llegaban al mundo entero, o bien no le
importaba: estaba sentado, frotándose los ojos, meneando la cabeza sin decir
nada. Luego su imagen desapareció y otro locutor, evidentemente sustituyéndole,
apareció en pantalla. Tenía una expresión grave.
«Los
daños al tejido neurológico parecen ser deliberados y...» —empezó a decir, pero
en aquel instante Charley le cogió una mano a Nick y se lo llevó lejos del
aparato.
—¡Quiero
escuchar! —se quejó él.
—Nos
vamos a dar una vuelta —anunció Charley.
—¿Por
qué?
—En
lugar de estar aquí sentados, como pegados al sofá. Iremos de prisa. Quiero
coger el autocohete de Denny.
—¿Quieres
volver al lugar en el que mataron a Denny? —Nick la miró incrédulamente—. Es
posible que aquellos meones negros hayan dispuesto alguna vigilancia, un
sistema de alarma...
—Ya
no les importa nada —rechazó Charley quedamente—. Primero, los llamaron para
controlar a la multitud y, en segundo lugar, si no estoy volando muy de prisa
dentro de la Morsa Púrpura dentro de unos minutos, creo que me suicidaré. Y lo
digo en serio, Nick.
—Está
bien.
En
cierto aspecto, Charley tenía razón; de nada servía estar pegado al televisor.
—Pero,
¿cómo llegaremos allí? —quiso saber, preocupado.
—En
el autocohete de Ed. Oye, Ed, ¿puedes dejarnos tu autocohete? Es para recorrer
un trayecto corto.
—Sí,
claro. —Ed le entregó las llaves—. Aunque, tal vez, te haga falta gasolina.
Juntos,
Nick y Charley subieron por la escalera hasta el tejado; aunque no había más
que dos pisos, necesitaban el ascensor. Durante algún tiempo, ninguno de los
dos habló, dedicados a localizar el autocohete de Ed.
Ya
sentado en el aparato, frente al timón, Nick dijo:
—Debiste
decirle adónde íbamos, y hablarle de la Morsa.
—¿Por
qué preocuparle? —fue la única respuesta de Charley.
Nick
elevó el autocohete al cielo, virtualmente libre de tráfico. Por fin, planearon
por encima del edificio de apartamentos de Charley. Allí, en el tejado, se
hallaba el autocohete de Denny.
—¿Debo
aterrizar allí? —preguntó Nick.
—Sí
—dijo ella mirando—. No veo a nadie. Claro, a ellos ya no les importa nada. Es
el final de todo, Nick. El final de la Seguridad Pública, el final de Willis
Gram o de Amos Ild...
¿Te
imaginas lo que les hará la cosa cuando llegue a ellos?
Nick
apagó el motor, y el autocohete se deslizó silenciosamente hasta llegar al lado
de la Morsa, sin incidentes.
Charley
saltó rápidamente al suelo, con las llaves en la mano; fue corriendo hacia el
otro autocohete e insertó la llave en la cerradura. Se abrió la puerta; al
instante, la joven se instaló ante el timón, y le indicó a Nick que abriera la
portezuela.
—De
prisa, oigo una alarma, probablemente en el piso de abajo. Vaya, ¿qué ocurre
ahora?
Aplastaba
salvajemente el pedal de la gasolina y, de pronto, el autocohete ascendió
raudamente, como un disco plano.
—Mira
si alguien nos sigue —le ordenó ella a Nick.
—Nadie
a la vista —replicó él después de echar un vistazo.
—Efectuaré
maniobras evasivas —explicó ella—, como las llamaba Denny. Haremos una serie de
espirales y de piruetas. Algo realmente escalofriante. —El autocohete descendió
casi en picado y pasó por entre unos rascacielos muy altos, casi juntos—.
Escucha esos tubos... —añadió Charley, presionando aún más el pedal del gas.
—Si
conduces así —le advirtió Nick—, nos detendrá un occífero.
—¿No
lo entiendes? Ahora ya no les importa nada. Todo el Gobierno, todas las
Organizaciones de Protección al Ciudadano..., han desaparecido. Sus jefes están
como el hombre que Ed y tú encontrasteis antes.
—Has
cambiado mucho —observó Nick—, desde que te conocí.
Sólo
hacía un par de días, pensó. Charley ya no poseía aquella vitalidad
burbujeante, sino que era dura de una forma casi basta. Todavía iba muy
maquillada, pero el maquillaje era ya una máscara inanimada. Nick ya lo había
observado antes, pero ahora se daba perfecta cuenta de ello. Todo lo de la
joven, hasta su manera de hablar y moverse, parecía inanimado, como si ya no
sintiera nada. Claro que había que tener en cuenta todo lo ocurrido: primero,
el ataque a la Imprenta, después, su horrible encuentro con Willis Gram y,
finalmente, la muerte de Denny. Y ahora esto. No le quedaba ya nada por lo que
emocionarse.
—No
sé conducir como lo hacía Denny —dijo Charley, como adivinando sus
pensamientos—. Él era un piloto estupendo, y podía llegar a los 200...
—¿En
la ciudad? —se asombró Nick—. ¿Entre el tráfico?
—En
las autopistas —explicó Charley.
—Vamos,
los dos estaríais ya muertos...
La
manera de conducir de la muchacha le ponía enfermo; iba aumentando gradualmente
la velocidad. El velocímetro marcaba 200. Era ya demasiado.
—Denny
era un intelectual —explicó Charley, asiendo el timón con ambas manos y mirando
al frente—, un verdadero intelectual. Leía todos los folletos y libros de
Cordon, todos sus escritos. Y estaba orgulloso de ello, ya que le hacía
sentirse superior a los demás. ¿Sabes qué decía? Que él, Denny, nunca se
equivocaba, y que una vez que tenía una premisa podía deducir la verdad de la
misma sin fallo alguno.
Charley
aflojó un poco la marcha y se enfiló por entre los edificios de una calle
lateral. Parecía tener un destino fijo, como si antes sólo hubiese conducido el
autocohete por el placer de volar, pero ahora iba reduciendo la velocidad. Nick
miró hacia abajo y divisó una plaza sin casas.
—Central
Park —señaló Charley—. ¿No estuviste nunca ahí?
—No,
ni sabía que aún existiese.
—Casi
nadie lo sabe. Lo recortaron a un solo acre, pero aún tiene hierba y plantas;
todavía es un parque —añadió sombríamente—. Denny y yo lo descubrimos un día
cuando íbamos volando por la noche, hacia las cuatro de la madrugada. Nos
asombró, de veras. Bien, aterrizaremos aquí.
El
autocohete descendió, redujo la velocidad y luego ella dejó que los neumáticos
tocaran el suelo. El autocohete, con las alas plegadas, se convirtió en un
vehículo de superficie.
Charley
salió por la portezuela de su lado y lo mismo hizo Nick por la del suyo. Se
quedó atónito ante la textura de la hierba que pisaba. Nunca había caminado
sobre hierba.
—¿Cómo
están los neumáticos? —preguntó.
—¿Qué
dices?
—Recuerda
que soy tallador. Si me das una linterna, los inspeccionaré y veré si hay
alguno tallado de nuevo. Llevar un neumático tallado de nuevo sin saberlo
podría costarte la vida.
Charley
se tendió sobre el césped con los brazos cruzados en la nuca.
—Los
neumáticos son perfectos —explicó—. Sólo usábamos la Morsa por la noche, cuando
hay espacio para volar. Durante el día, nunca la usábamos como vehículo de
superficie salvo en casos de emergencia. Como aquél en que murió Denny.
Durante
largo tiempo permaneció callada, tendida simplemente sobre el césped húmedo y
frío, contemplando las estrellas.
—Nadie
viene por aquí —comentó Nick.
—Nunca.
Lo han olvidado por completo, pero a Gram sí le gusta. Por lo visto, jugaba
aquí de pequeño —levantó la cabeza y exclamó—: ¿Te imaginas a Willis Gram de
bebé? O a Provoni. ¿Sabes por qué te he traído aquí? Para hacer el amor.
—Ah...
—¿No
te sorprende?
—Desde
que te conocí es algo que estaba en nuestras mentes —respondió Nick.
Era
verdad en lo que a él atañía y suponía que también en cuanto a ella, aunque,
claro está, ella pudiera negarlo.
—¿Puedo
quitarte la ropa? —le preguntó ella, indagando en los bolsillos de la chaqueta
de Nick por si tenía algo de valor que pudiera caer entre la hierba—. ¿Las
llaves del coche? —se interesó—. ¿Los marbetes de identidad? Oh, diablos,
siéntate. —Él obedeció y ella le quitó la chaqueta que, cuidadosamente. dobló
en el suelo, cerca de la cabeza de Nick—. Ahora la camisa —continuó Charley.
Hasta
que al fin empezó con su propia ropa.
—¡Qué
pechitos más pequeños tienes! —comentó él, mirándola a la mortecina luz de las
estrellas.
—Oye
—exclamó ella bruscamente—, esto no te costará nada.
Estas
palabras fundieron el corazón de Nick.
—No,
claro que no... —Le puso una mano en la espalda—. No quiero que lo hagas...
porque aquí lo hiciste con Denny.
Para
ti puede ser sólo como otras veces, pero para mí, pensó, es como un espectro
flotando a mi alrededor: la cara dionisiaca de un muchacho, tanta vitalidad y
ser aniquilado de aquella manera.
—Esto
me recuerda un poema de Yeats —agregó.
La
ayudó a quitarse el suéter alliforgict; eran fáciles de poner y difíciles de
sacar una vez se habían moldeado siguiendo las curvas del cuerpo.
—¡Debería
pintarme con spray! —exclamó ella, una vez se hubo desprendido del suéter.
—De
ese modo no se te pega la tela, claro —observó Nick. Hizo una pausa y
preguntó—: ¿Te gusta Yeats?
—¿Fue
anterior a Bob Dylan?
—Sí.
—Entonces
no quiero saber nada de él. Por lo que a mí concierne, la poesía empezó con
Dylan y fue declinando a partir de entonces.
Juntos
se desprendieron del resto de sus ropas; por unos instantes, estuvieron
desnudos sobre el húmedo y frío césped, y después, rodaron uno hacia el otro.
Nick la abrazó mirándola a la cara.
—Soy
fea, ¿verdad? —musitó ella.
—¿Eso
piensas? —Nick estaba asombrado—. Eres una de las jóvenes más atractivas que he
conocido.
—No
soy una mujer —opuso ella—. No puedo dar, sólo puedo aceptar, no dar. Por
tanto, no esperes nada de mí, aparte de estar aquí contigo.
—Es
una violación estatutaria —comentó él.
—Oye,
ha llegado el fin del mundo; estamos presos de una cosa que no se puede
aniquilar, ni puede ser destruida neurológicamente. De manera que en momentos
como éstos, ¿qué meón va a fastidiarte? Además, tendrían que presentar una
denuncia y ¿quién la formulará? ¿Qué testigos tenemos?
—Testigos...
—repitió él como un eco, manteniéndola junto a él un breve momento.
Probablemente, tenían instalado un sistema de vigilancia en Central Park...,
seguramente ya olvidado. Se apartó de ella y se puso de pie—. Vamos, de prisa,
vístete —ordenó a la joven, cogiendo sus propias ropas.
—Si
piensas que vigilan este parque...
—Lo
pienso.
—Créeme,
sólo vigilan Times Square. Excepto los Nuevos Hombres, como el director Barnes.
Todos estarán cuidándose de los que tienen ya el cerebro dañado —de golpe, la
asaltó una idea—. Lo cual se refiere a Willis Gram —se sentó sobre la hierba y
enterró sus manos en su rizada y húmeda cabellera—. Lo siento, pero casi me
gustaba.
Empezó
a coger sus ropas y, repentinamente, volvió a dejarlas caer al suelo.
—Oye,
Nick —añadió en tono suplicante—, los de la Seguridad Pública no nos cogerán.
Te diré lo que puedes hacer: me tomas un poquito y, mientras tanto, me lees o
recitas ese poema.
—No
tengo el libro aquí y no lo sé de memoria.
—¿No
lo sabes?
—Bueno,
un poco solamente. —El miedo, como una marea ascendente en su corazón, le hizo
temblar mientras volvía a soltar sus prendas de vestir y se acercaba a la
chica, tendida de nuevo en tierra—. Es un poema triste —comentó, rodeándola con
los brazos—. Estaba pensando en Denny y en este sitio, donde solíais venir con
el autocohete. Es como si su espíritu estuviese enterrado aquí.
—Me
haces daño —se quejó Charley—. Hazlo más lentamente...
Una
vez más, él se puso de pie. Y empezó metódicamente a vestirse.
—No
quiero correr el riesgo de ser sorprendido —explicó—, con esos asesinos, los
Policías Especiales, detrás de mí.
Ella
no se movió.
—Recita
el poema —le volvió a pedir.
—¿Te
vestirás mientras lo recito?
—No
—negó ella, con los brazos en la nuca y mirando a las estrellas—. Provoni vino
de allí. Ah, cuánto me alegro ahora de no ser de la raza de los Nuevos
Hombres... —Apretó los puños y pronunció las palabras espaciadamente—. Hace lo
que debe, pero lo lamento por los otros, por los Nuevos Hombres. Lobotomizados.
Sin sus nódulos de Roger y Dios sabe qué más. Cirugía espacial —se echó a
reír—. Lo escribiremos y lo titularemos «El cirujano cósmico de una estrella
distante». ¿De acuerdo?
Nick
se inclinó y fue recogiendo las ropas de Charley. Suéter, bolso, ropa
interior...
—Te
recitaré el poema y comprenderás por qué no puedo ir a los mismos sitios a los
que ibais tú y Denny. No puedo sustituirle, no puedo ser otro Denny. De lo
contrario, me regalarías su cartera, que probablemente es de piel de avestruz,
su reloj, un Criterio, sus gemelos de puño de agitita... —se calló—. Debo estar
loco:
«hay
una tumba sobre la que se balancean los lirios y los narcisos...».
Calló.
—Sigue,
te estoy escuchando...
«...y
yo complacería al desventurado fauno, enterrado bajo la tierra dormida, con
canciones alegres antes del amanecer...».
—¿Alegres
has dicho? —le interrumpió ella.
Nick
no le hizo caso y continuó recitando.
«Sus
días de gritos alegres terminaron, y todavía sueña que pisa la tierra, y camina
como un fantasma por el rocío».
Atravesado,
pensó Nick, por mi canto. Pero estaba demasiado afectado como para decirlo en
voz alta.
—Te
gusta eso? —preguntó Charley—. ¿Te gusta esa clase de vieja poesía?
—Éste
es mi poema favorito.
—¿No
te gusta Dylan?
—No.
—Recita
otra poesía.
Charley,
ya vestida, estaba al lado de Nick, con las rodillas dobladas, la cabeza
inclinada.
—No
sé otras de memoria. Ni siquiera recuerdo el final de ésta, pese a haberla
leído miles de veces.
—¿Fue
Beethoven un poeta? —quiso saber ella.
—Un
compositor. De música.
—Como
Bob Dylan.
—El
mundo empezó antes de Dylan.
—No
discutamos —observó Charley—. Creo que me estoy enfriando. ¿Te ha gustado?
—No.
—¿Por
qué no?
—Estabas
demasiado tensa.
—Si
hubieses pasado por todo lo que he pasado yo...
—Tal
vez sea verdad. Conoces demasiadas cosas. Demasiadas cosas y demasiado pronto.
Pero te amo.
La
atrajo hacia él, la abrazó y la besó en la sien.
—¿De
verdad?
Había
vuelto parte de su antigua vitalidad; dio un salto y extendió los brazos, dando
una vuelta sobre sí misma.
Detrás
de ellos sonó la sirena de un coche patrulla que, con la luz roja extinguida,
aterrizó cerca.
—¡La
Morsa! —gritó la joven, y corrió hacia el autocohete.
Subieron
los dos al aparato, y Charley se instaló detrás del timón. Se abrieron las alas
del autocohete y empezó a ascender.
Se
encendió la luz roja del coche de la Seguridad Pública, y también se reanudó la
sirena. De repente, sonaron unas voces procedentes del coche, que no lograron
descifrar. Y las palabras se propagaron por el eco hasta que Charley hizo
rechinar los dientes a causa de su tensión.
—Los
despistaré —aseguró—. Denny lo hizo miles de veces. Lo aprendí de él.
Pisó
el acelerador. El ruido de los tubos de escape resonaba detrás de Nick y, al
mismo tiempo, su cabeza fue echada hacia atrás, cuando la Morsa ganó velocidad.
—En
otra ocasión te enseñaré este motor —murmuró Charley, mirando a uno y otro
lado.
El
autocohete continuaba ganando velocidad. Nick nunca había ido en un aparato tan
saltarín, a pesar de haber visto muchos medio destrozados por culpa de la
velocidad, listos para ser vendidos de segunda mano. Sin embargo, ninguno era
como éste.
—Denny
se gastó hasta su último pop en este aparato —explicó Charley—. Lo construyó
así para esquivar a los meones. Fíjate.
Tocó
un interruptor y se retrepó en el asiento, apartando las manos de los mandos.
El autocohete descendió bruscamente, casi rozando el suelo. Nick estaba tenso,
ya que el choque parecía inevitable. Luego, mediante algún sistema de piloto
automático con el que no estaba familiarizado, el aparato empezó a deslizarse
entre las casas, por estrechas callejas, a unos tres palmos del suelo.
—No
podemos ir tan bajo —observó Nick—. Es como si estuviésemos a punto de
aterrizar.
—Fíjate
—repitió Charley.
Volvió
la cabeza, miró hacia el coche patrulla que los seguía, volando a su mismo
nivel y, de pronto, puso la palanca de elevación en la posición de noventa
grados.
Subieron
como el rayo entre las tinieblas, con el coche patrulla detrás.
Por
el sur apareció otro autocohete-coche patrulla.
—Tendremos
que rendirnos —gruñó Nick, cuando los dos coches se encontraron—. Pueden abrir
fuego y alcanzarnos. Si no obedecemos sus señales lo harán dentro de un
momento.
—Y
si nos atrapan nos eliminarán —objetó Charley.
Aumentó
su ángulo de vuelo y, detrás de ellos, los dos coches hicieron sonar las
sirenas y destellar sus luces rojas.
La
Morsa volvió a bajar en picado, hasta que el sistema automático la paró a
varios palmos de la acera. Los coches de la Policía no abandonaron la
persecución, y también descendieron.
—¡También
poseen el sistema de control Reeves-Fairfax! —exclamó Charley—. Veamos. —Su
rostro se movía descompasadamente—. Denny, Denny, ¿qué hago?
Dobló
por una esquina, rozando un farol. De pronto, al frente, se produjo una nube de
fuego.
—Lanzagranadas
o misiles termotrópicos —gritó Nick—. Un disparo de aviso. Pon la radio en la
banda de la Policía.
Alargó
la mano hacia los mandos, pero ella, salvajemente, se la apartó.
—No
pienso hablar con ellos —gritó Charley—. Ni pienso escucharles.
—Nos
destruirán con el próximo disparo. Tienen autoridad para hacerlo y lo harán.
—No
—negó Charley—. No abatirán a la Morsa. Te lo prometo, Denny.
La
Morsa subió, efectuó una pirueta, después otra, y rodó sobre sí misma, siempre
con la Policía a su alcance.
—Voy
a... ¿Sabes adónde voy? A Times Square.
Nick
ya lo suponía.
—¡No!
—gritó—. No dejan que ningún autocohete entre en esa zona. La han cercado.
Caeríamos en una sólida falange de blancos y negros.
Pero
Charley no cambió el rumbo marcado. Nick distinguió las linternas y varios
vehículos Militares dando vueltas. Ya casi habían llegado.
—Iré
donde está Provoni —anunció la muchacha—, y le pediré asilo. Para los dos.
—Para
mí, querrás decir.
—Le
pediré francamente que nos permita entrar en su capa protectora —decidió
Charley—. Sé que nos lo permitirá.
—Tal
vez sí —concedió Nick.
Bruscamente,
enfrente surgió una forma oscura. Era un lento vehículo del Ejército que
llevaba municiones para el cañón que disparaba cabezas de proyectil de
hidrógeno. Todas sus luces de aviso estaban encendidas.
—¡Dios
mío...! —exclamó Charley—. No puedo...
De
pronto, los otros dispararon.
25
La
luz destelló en los ojos de Nick. Oyó, o sintió, movimiento a sus espaldas. La
luz le dolía y levantó una mano para proteger sus ojos, pero la mano no se
movió. No sentía nada. En cambio, sí se sentía completamente racional. Sabía
que estaban en tierra. Un occífero de la Seguridad Pública hacía destellar su
linterna ante sus ojos, tratando de averiguar si estaba inconsciente o muerto.
—¿Cómo
está ella? —preguntó Nick.
—¿La
que iba con usted?
La
voz sonaba tranquila, demasiado tranquila, sin temor alguno.
Nick
abrió los ojos. Un occífero de la Seguridad Pública, con su uniforme verde,
estaba junto a él, con una linterna y una pistola. Por todas partes habían
restos esparcidos del transporte de municiones. Nick divisó una ambulancia, con
los sanitarios trabajando.
—La
chica ha muerto —murmuró el occífero.
—¿Puedo
verla? Debo verla.
Trató
de levantarse y el occífero le ayudó. Luego, sacó una libreta y un bolígrafo.
—¿Su
nombre?
—Déjeme
verla.
—Tiene
muy mal aspecto.
—Quiero
verla —insistió Nick.
—De
acuerdo, camarada —el occífero le acompañó, usando la linterna, a través de los
montones de restos de chatarra—. Está allí.
Era
el autocohete. Charlotte todavía estaba dentro. Por su aspecto, no cabía la
menor duda: el cráneo estaba partido por el choque contra el timón, sobre el
que había caído con enorme fuerza cuando la Morsa hizo impacto contra el tubo
de escape del vehículo de transporte de municiones.
Sin
embargo, alguien había separado el timón de su cabeza, dejando al descubierto
la herida. Podía verse la corteza cerebral, llena de sangre, como replegada y
partida por la mitad. Partida, pensó él, como en el poema de Yeats; atravesada
por mi canto.
—Tenía
que suceder —le confió al occífero—. Si no de este modo, de otro. Iba demasiado
de prisa. Tal vez estaba alcoholizada.
—Su
marbete de identidad —gruñó el occífero— dice que sólo tenía dieciséis años.
—Exacto.
Se
oyó un tremendo trueno, que estremeció el suelo.
—El
cañón de cabeza-H —dijo el policía, atareado con la libreta y el bolígrafo—.
Disparan contra esa cosa Frolikan —braceó un poco—. No servirá de nada. Esa
cosa ya está en las mentes de todo el planeta. ¿Su nombre...?
—Denny
Strong.
—Enséñeme
su marbete de identidad.
Nick
dio media vuelta y echó a correr a gran velocidad.
—¡No
corra! —le gritó el policía—. ¡No le mataré! ¿Qué me importa ya nada? Siento lo
de la chica...
Nick
se detuvo y miró hacia atrás.
—¿Por
qué? —exclamó—. ¿Por qué lo siente por ella? No la conocía... ¿Por qué no lo
siente por mí? Estoy en la lista negra... ¿No le importa esto?
—En
realidad, no. No desde que eché una ojeada a mi jefe por el v-fono. Desde que
le vi no me importa nada. Era un Nuevo Hombre. Ahora es como un niño. Juega en
su escritorio, apilando los objetos de escribir, creo que según el color.
Nick
retrocedió hacia el policía.
—¿No
puede llevarme? —le preguntó.
—¿Adónde?
—Al
Edificio Federal.
—Oh,
ahora es una casa de locos. Con todos los Nuevos Hombres en sus cubículos...
—Deseo
ver al Presidente del Consejo.
—Probablemente
ya está como los otros Inusuales y los Nuevos Hombres —añadió el occífero
pensativamente—. Sin embargo, no sé si les han hecho algo a los Inusuales. Sólo
a los Nuevos Hombres.
—Lléveme
allí.
—Está
bien, camarada, pero está herido... Tiene un brazo roto y posiblemente, muy
posiblemente, heridas internas. ¿No prefiere ir al Hospital de la Ciudad?
—Quiero
ver al Presidente del Consejo.
—De
acuerdo. Iremos allí volando. Pero le dejaré en el aeródromo del tejado, no
deseo verme mezclado en lo que ocurre allí... No quiero que empiece a
afectarme.
—¿Es
usted un Antiguo?
—Sí,
como usted. Como la mayoría. Me gusta esta ciudad, exceptuando los lugares como
el Edificio Federal, donde los Nuevos Hombres...
—No
empezará a afectarle —objetó Nick.
Anduvo
con paso incierto, pero sin ayuda, hacia el coche-mofeta de la Seguridad
Pública. Caminaba, tratando de no perder el conocimiento. Ahora no podía
permitírselo. Gram tenía prioridad; después, ya nada importaría. Tal vez no le
hubiesen hecho nada a Gram, ya que, como dijo el policía, el ataque iba
dirigido principalmente contra los Nuevos Hombres, no contra los Inusuales.
El
policía subió al autocohete, esperó a Nick y luego ascendieron hacia el cielo.
—Lo
de la chica es una verdadera vergüenza —comentó el occífero—. Pero me fijé en
su maquillaje, como el de una loca, ¿verdad?
Nick
no respondió, sosteniéndose el brazo derecho, y el cerebro desprovisto de
pensamientos. Vagamente distinguía los edificios por encima de los que iban
volando en dirección al Edificio Federal, a unos sesenta kilómetros fuera de la
ciudad de Nueva York, en la satrapía de Washington DC.
—¿Por
qué volaba tan de prisa? —interrogó el policía.
—Por
mí —fue la respuesta—. Por eso volaba tan de prisa. Y eso fue lo que la mató.
El
autocohete rechinó, dejando oír el familiar ruido de la aspiradora.
26
El
aeropuerto del tejado del Edificio Federal era un hervidero de luces de los
vehículos que iban y venían. Sin embargo, sólo se veían autocohetes oficiales,
ya que el aeropuerto estaba cerrado al público, seguramente por mucho tiempo.
—Tengo
permiso de aterrizaje —murmuró el occífero, señalando una luz pulsátil del
intrincado tablero de mandos del autocohete.
Aterrizaron
y Nick, ayudado por el occífero, saltó a tierra, donde se mantuvo
inciertamente.
—Buena
suerte, camarada —le deseó el occífero.
Un
segundo después había desaparecido, y su autocohete era ya invisible en el
cielo, con su luz roja parpadeando entre las estrellas.
En
la rampa de entrada, al extremo del tejado, una hilera de policías negros le
cortaron el paso. Todos llevaban carabinas con arcos emplumados, y todos le
miraban como si fuera un despojo.
—El
Presidente del Consejo Gram... —empezó.
—Piérdete
—le dijo uno de los policías.
—...
me pidió que viniese a verle —añadió Nick.
—Entonces,
¿no sabes que hay un alienígena que pesa cuarenta mil toneladas y...?
—Estoy
aquí por esa emergencia.
Uno
de los policías habló por un micrófono de muñeca, aguardó en silencio,
escuchando a su interlocutor y luego asintió.
—Puedes
entrar —dijo.
—Yo
te acompañaré —se ofreció otro—. Todo está alborotado.
Abrió
la marcha y Nick le siguió lo mejor que pudo.
—¿Qué
te pasa? —se extrañó el occífero—. ¿Has sufrido un accidente?
—Estoy
bien —mintió Nick.
Pasaron
junto a un Nuevo Hombre que tenía un anuario en la mano, obviamente intentando
leerlo. Cierto sentido residual le decía que debía leerlo, pero no había
comprensión en sus pupilas, sólo una estremecedora confusión.
—Por
aquí —indicó el policía de la Seguridad Pública, conduciéndole por una serie de
cubículos.
Nick
distinguió a varios Nuevos Hombres, unos sentados en el suelo, otros tratando
de hacer algo, manejando objetos, algunos sentados o tumbados, mirando al
frente sin ver nada. También vio que algunos sufrían violentos ataques de
rabia; evidentemente, llamados para la emergencia, los empleados Antiguos
intentaban mantenerlos bajo control.
Se
abrió la puerta del fondo del pasillo. El occífero se hizo a un lado.
—Es
aquí —señaló, y se fue por donde habían venido.
Willis
Gram no estaba en su monumental cama, se hallaba sentado en una butaca en el
otro extremo de la habitación, evidentemente en paz consigo mismo. Su rostro
estaba tranquilo, sosegado.
—Charlotte
Boyer —dijo Nick sin más preámbulo— ha muerto.
—¿Quién?
—parpadeó Gram, centrando su atención en Nick—. Ah, sí —levantó las manos,
palmas arriba—. Me quitaron mi habilidad telepática, ahora sólo soy un Antiguo.
—Presidente
del Consejo —dijeron bruscamente por el intercomunicador del escritorio—, hemos
instalado el segundo sistema láser sobre el tejado del Edificio Transportador,
y dentro de unos veinte segundos tendremos enfocado el rayo sobre el mismo
objetivo que el de Baltimore.
—¿Sigue
allí Provoni? —se interesó Gram.
—Sí.
El láser Baltimore lo enfoca directamente. Cuando añadamos el rayo de la ciudad
de Kansas, habremos doblado virtualmente el poder a nivel de funcionamiento.
—Manténganme
informado —ordenó Gram—. Gracias.
Se
volvió hacia Nick. Gram estaba completamente vestido: pantalón oscuro, blusa de
seda con mangas rizadas, zapatos planos. Se había peinado y estaba elegante y
tranquilo.
—Siento
lo de esa joven —murmuró—. Lo siento, aunque en realidad, no lo siento. Yendo
al fondo de la cuestión, no lo siento como lo sentiría de haberla conocido
mejor. —Cansinamente, se pasó una mano por la cara. Se había empolvado el
rostro cuidadosamente, y una blanca capa de polvos le cayó en la mano. Se la
limpió, golpeándola contra la otra, con irritación—. No quiero malgastar ni una
lágrima por los Nuevos Hombres —añadió, torciendo los labios—. Es culpa suya.
¿Conoce a un tipo, un Nuevo Hombre, llamado Amos Ild?
—Claro.
—Un
verdadero cretino —le dijo Gram—. Dijo que Provoni no traía a ningún
alienígena. Los neutrológicos, lo mismo que nosotros los Inusuales y los Nuevos
Hombres, no han entendido nada. Claro que no hay nada que entender. Amos Ild
era un excéntrico que trabajaba con millones de componentes en su proyecto del
Gran Oído. Sí, estaba chiflado.
—¿Dónde
está ahora? —quiso saber Nick.
—Jugando
por ahí con pisapapeles. Tratando de inventar unos intrincados sistemas de
equilibrio para ellos, y usando reglas como soportes. —Gram sonrió—. Esto es lo
que hará durante el resto de su vida.
—Geográficamente
hablando, ¿se ha extendido mucho la destrucción del tejido neurológico? —se
interesó Nick—. ¿Por todo el Planeta? ¿Hasta la Luna y Marte?
—No
lo sé. Casi todos los circuitos de comunicación están sin mandos. No hay nadie,
absolutamente nadie, al otro extremo. Lo cual es fantástico y terrible.
—¿Ha
llamado a Pekín? ¿A Moscú? ¿A Sumatra?
—Le
diré a quién he llamado: al Comité Extraordinario de la Seguridad Pública.
—Que
ya no existe, claro.
Gram
asintió.
—Él,
esa cosa, los ha matado. Les abrió el cráneo y lo vació. Excepto, por algún
motivo que desconozco, el diencéfalo. Sí, les ha dejado eso.
—Las
funciones vegetativas —observó Nick.
—Sí,
pudimos dejarlos vivir como vegetales, pero no valía la pena. Tan pronto como
conocí la magnitud del daño cerebral, ordené a varios médicos que los matasen.
Sin embargo, esto sólo concierne a los Nuevos Hombres. En el Comité de
Seguridad Pública hay dos Inusuales, un precognitor y un telépata.
Naturalmente, sus habilidades han desaparecido, como las mías. Pero por ahora
viven.
—A
ustedes ya no les harán nada —manifestó Nick—. Ahora que usted es un Antiguo,
no corre más peligro que el que yo mismo corro.
—¿Para
qué quería verme? —preguntó de pronto Gram—. ¿Para hablarme de Charlotte? ¿Para
hacerme sentir culpable? Diantre, hay un millón de zorras como ella en el
mundo; dentro de media hora puede tener otra en sus brazos.
—Usted
envió a tres meones negros para matarme. En lugar de eso, liquidaron a Denny
Strong, y a causa de esa muerte nosotros no pudimos manejar debidamente el
autocohete y se produjo el accidente. Y ella murió. Usted activó esa serie de
circunstancias; todo emanó de usted.
—Llamaré
a los soldados negros —amenazó Gram.
—No
me importa.
El
intercomunicador cobró vida.
—Presidente
del Consejo, los dos sistemas láser están apuntando al objetivo: Thors Provoni.
—¿Y
el resultado? —preguntó Gram, de pie, apoyando su enorme mole en el escritorio.
—Ahora
me lo comunican.
Gram
esperó en silencio.
—Ningún
cambio visible. Sin cambio alguno, señor.
—Tres
sistemas láser —voceó Gram, roncamente—. Si traemos el de Detroit...
—Señor,
en realidad no podemos manejar debidamente los que ahora tenemos. Debido a la
enfermedad mental que aqueja a los Nuevos Hombres...
—Gracias
—le interrumpió Gram, cerrando el intercomunicador—. ¡Enfermedad mental!
—gruñó, terriblemente feroz—. Si sólo fuese eso, algo que curarse en un
sanatorio... ¿Cómo lo llaman, psicogenia?
—Me
gustaría ver a Amos Ild —pidió Nick—. Equilibrando los pisapapeles.
Era
el mayor intelecto producido por la raza humana. Neanderthal, Homo Sapiens,
Nuevos Hombres..., evolución. Y usando la neutrología de los Nuevos Hombres,
Amos Ild había triunfado; había logrado el 000. Aunque tal vez Gram estuviese
en lo cierto, quizá Amos Ild estuviera loco, pero no había forma alguna de
medir un cerebro como el suyo, puesto que no existía un prototipo de
comparación.
Era
agradable saber que se habían librado de Ild. Saber que se habían librado de
todos ellos era una buena cosa. Era muy posible que, hasta cierto punto, todos
los Nuevos Hombres estuvieran locos. Era cuestión de grados. Y su neutrología,
la lógica de los locos.
—Parece
usted un poco abatido —observó Gram—. Debe buscar ayuda médica. Ya veo que
tiene el brazo roto.
—¿En
su enfermería? —se burló Nick—. ¿No es así como la llama?
—Hay
médicos muy competentes —objetó Gram—. Es extraño —añadió, casi para sí mismo—,
trato de escuchar sus pensamientos y no los oigo. Solamente oigo sus
palabras... —Inclinando la cabeza hacia él, estudió a Nick—. ¿Ha venido
para...?
—Quería
que supiese lo de Charlotte —le atajó el joven.
—Está
desarmado, así que no intenta aniquilarme. Lo registraron; sin enterarse pasó
por cinco controles.
Con
una rapidez inesperada en un individuo de su corpulencia, giró sobre sí mismo y
tocó un botón del escritorio. Al momento, entraron en la habitación cinco
soldados negros. Apenas parecía que hubiesen entrado; simplemente, estaban
allí.
—Miren
si está armado —les ordenó Gram—. Busquen algo pequeño, como un cuchillo de
plástico o un micromarbete de gérmenes.
Dos
soldados registraron concienzudamente a Nick.
—Nada,
señor —dijo uno de ellos.
—Quédense
donde están —les ordenó Gram—. Mantengan sus tubos apuntándole y, si se mueve,
mátenle. Ese hombre es peligroso.
—¿Yo
peligroso? —se asombró Nick—. ¿Es peligroso 3XX24J? Entonces, también son
peligrosos seis mil millones de Antiguos, y sus meones negros no podrán
contenerlos. Ahora, todos son Subhombres; han visto a Provoni; saben que, tal
como prometió, ha vuelto, saben que sus armas no pueden herirle; saben que su
amigo, el Frolikan, sí puede hacerles daño, ya se lo ha hecho, al menos a los
Nuevos Hombres. Tengo el brazo roto, paralizado, no podría apretar un gatillo.
¿Por qué no nos quedamos solos? ¿Por qué no pudo dejar que ella se marchase
conmigo? ¿Por qué envió a esos meones negros detrás de nosotros? ¿Por qué?
—Por
celos.
—¿Piensa
dimitir como Presidente del Consejo? —le preguntó Nick—. Ya no posee
calificaciones especiales. ¿Dejará que gobierne Provoni? ¿Provoni y su amigo de
Frolik 8?
—No
—denegó Gram tras una pausa.
—Entonces,
le matarán. Lo harán los Subhombres. Tan pronto como comprendan lo que sucede,
vendrán aquí. Y esos tanques, esos autocohetes equipados con armas y sus
Escuadrones Negros no detendrán más que a unos cuantos miles de ellos. ¡Seis
mil millones, Gram! ¿Podrán los Militares y los Meones Negros matar a seis mil
millones de hombres? ¿Además de Provoni y su amigo Frolikan? ¿Cree que existe
la más remota probabilidad? ¿No va siendo hora ya de que renuncie al Gobierno,
de que ceda todo el aparato gubernamental a otra persona? Usted ya es viejo y
está cansado. Y no ha realizado una buena labor. Mató a Cordon... Sólo por eso,
un tribunal constitucional le colgaría.
Por
eso, pensó, y por otras decisiones adoptadas por Gram durante su mandato.
—Iré
a hablar con Provoni —dijo Gram, Se volvió hacia los soldados—. Que preparen un
autocohete Policial. Señorita Knight —añadió, pulsando un botón del
escritorio—, pida comunicación para establecer un contacto oral entre Thors
Provoni y yo. Dígales que se trata de una prioridad.
Colgó
y se volvió hacia Nick.
—Quiero...
—vaciló y continuó— ¿Ha probado el whisky escocés?
—No.
—Tengo
un escocés de hace veinticuatro años, una botella que nunca abrí, una botella
para una ocasión especial. ¿No le parece que ésta es una ocasión especial?
—Eso
creo, Presidente del Consejo.
Gram
se dirigió a una anaquelería del muro, sacó varios volúmenes, y al final sacó
una botella llena de un líquido ambarino.
—¿De
acuerdo? —le dijo a Nick.
—De
acuerdo.
Gram
se sentó encima del escritorio, arrancó el sello metálico de la botella, sacó
el corcho, miró a su alrededor, por entre los objetos de la mesa hasta que
halló dos vasos de papel. Vació lo que contenían en la papelera, y vertió el
whisky en ellos.
—¿Por
qué brindaremos? —le preguntó luego a Nick.
—¿El
brindis forma parte del ritual de beber alcohol?
—Brindaremos
—sonrió Gram— por una chica que trató de huir de los policías de metro noventa
de estatura. —Calló un momento, sin beber. Nick tampoco levantó el vaso.
—Por
un planeta mejor —dijo Gram, tragando el contenido de su vaso—. Por un Planeta
en el que no necesitemos a nuestros amigos de Frolik 8.
—Yo
no bebo por eso —gruñó Nick, dejando su vaso.
—Bueno,
entonces limítese a beber, sin brindar. ¡Saboree el whisky! ¡El mejor de los
whiskys! —Gram le miró asombrado y resentido. El resentimiento fue en aumento
hasta que su cara adoptó un tono rojo oscuro.
—¿No
comprende lo que se le ofrece? Ha perdido la perspectiva de las cosas. —Golpeó
coléricamente la superficie de madera de castaño de su enorme escritorio—.
¡Esto le ha hecho perder sus valores! Tenemos que...
—El
autocohete especial está dispuesto, Presidente del Consejo —dijo el
intercomunicador—. En el muelle cinco del aeropuerto del tejado.
—Gracias.
¿Y la comunicación oral? No puedo irme hasta que se haya establecido esa
comunicación, tengo que dejarles bien claro que no voy a causarles ningún daño.
Que desconecten los rayos láser. Los dos.
—¿Señor...?
Repitió
la orden.
—Sí,
señor —asintió la voz del intercomunicador—. Intentaremos establecer el
contacto. Mientras tanto, tenemos listo el autocohete.
Gram
cogió la botella y se sirvió más whisky.
—No
le entiendo, Appleton —masculló—. Viene usted aquí... y, ¿para qué? Está herido
y se niega a... ¡En nombre de Dios...!
—Tal
vez vine por esto —le atajó Nick—. En nombre de Dios, como dice.
Para
mirarte, pensó, hasta que estés listo para morir. Porque tú y los que son como
tú debéis morir; debéis dejar sitio a los que suben. Por lo que vamos a hacer,
por nuestro proyectos, y no por construcciones semipsicóticas como el Gran
Oído.
El
Gran Oído, vaya ingenio soberbio para un Gobierno... A fin de tener a todo el
pueblo bajo control. Lástima que no estuviese terminado. Tal vez intenten
concluirlo, aunque Provoni y su amigo seguramente ya lo habrían intentado. Pero
nosotros si lo acabaremos.
—Hay
contacto audiovisual, Presidente del Consejo —anunció el intercomunicador.
Añadió—: Línea cinco.
Gram
cogió el v-fono rojo.
—Hola,
señor Provoni —murmuró.
En
la pantalla apareció la arrugada faz de Provoni, con sus surcos, sus huecos,
sus manchas... Sus ojos mostraban el vacío absoluto que Nick experimentó cuando
le habían sondeado el cerebro. Pero aquellos ojos mostraban algo más: brillaban
como los de un animal, eran los ojos de un ser voluntarioso y decidido que
buscaba lo que deseaba, lo que anhelaba. Un animal que se había escapado de la
jaula. Unos ojos fuertes, en un rostro fuerte, pese a su cansancio.
—Creo
que sería deseable que usted viniese aquí —propuso Gram—. Ya ha hecho bastante
daño. Miles de hombres y mujeres, importantes en el Gobierno, la industria y la
ciencia...
—Nos
reuniríamos con usted —aceptó Provoni—, pero creo que a mi amigo le resultaría
difícil desplazarse hasta tan lejos.
—Hemos
desconectado los rayos láser como un acto de buena fe —le manifestó Gram,
tenso, los ojos sin pestañear.
—Sí,
gracias por lo de los rayos láser —el rostro duro como una roca de Provoni
esbozó una sonrisa—. Sin esa fuente de energía no habríamos podido realizar
nuestra tarea. Al menos, no de modo tan inmediato. Dentro de unos meses habría
quedado terminada.
—¿Habla
en serio? —se asombró Gram—. ¿Se refiere a los rayos láser?
—Sí.
El Frolikan convirtió la energía del sistema láser y esto le revitalizó.
Gram
dejó de mirar la pantalla un instante, evidentemente para recobrar su dominio.
—¿Se
encuentra bien, Presidente del Consejo? —se inquietó Provoni.
—Aquí
podría usted bañarse, afeitarse, alimentarse y descansar —propuso Gram—, y
luego charlaríamos.
—Usted
vendrá aquí.
—Está
bien —aceptó Gram, tras una pausa—. Estaré ahí dentro de cuarenta minutos. ¿Me
garantiza mi seguridad y la libertad de regresar?
—¿Su
seguridad? —repitió Provoni, sacudiendo la cabeza—. Todavía no capta la
magnitud de lo que sucede. Sí, claro que puedo garantizarle su seguridad. Se
marchará tal como llegue, al menos en lo que se refiere a nuestros actos. Pero
si sufre un ataque de coronaria...
—De
acuerdo —aceptó finalmente Gram.
En
menos de un minuto, Gram había capitulado por completo en su posición, era él
quien iría a ver a Provoni y no al contrario. Ni siquiera en un lugar neutral.
No obstante, era una decisión necesaria, ya que no tenía otra opción.
—No
sufriré ningún ataque de coronaria —objetó Gram. Estoy dispuesto a enfrentarme
con lo que sea necesario. Acepto todas las condiciones. Cambio.
Colgó
el v-fono.
—¿Sabe
lo que me inquieta, Appleton? —preguntó después—. El temor de que vengan otros
Frolikanos, que éste sea sólo el primero.
—No
necesitamos más —reflexionó Nick.
—Pero
si desean conquistar la Tierra...
—No
lo desean.
—Ya
la han conquistado. Al menos hasta cierto punto.
—Tranquilo.
No nos harán más daño. Provoni ha logrado lo que ansiaba.
—Supongamos
que no hagan caso de Provoni ni de lo que ansiaba. Supongamos...
—Señor
—intervino uno de los soldados negros—, para llegar a Times Square en cuarenta
minutos hay que salir ahora mismo.
Llevaba
unos galones, era un oficial de alta graduación.
Gruñendo,
Gram se colocó sobre los hombros una chaqueta de lanalex, ayudado por uno de
sus hombres.
—Llevadlo
a la enfermería —dijo, señalando a Nick—, y que le sometan a tratamiento
médico.
Inclinó
la cabeza y dos soldados se acercaron a Nick, amenazadoramente, los ojos
débiles pero intensos.
—Presidente
del Consejo —rugió Nick—, tengo que pedirle un favor. ¿No sería posible que
viera un momento a Amos Ild antes de ser llevado a la enfermería?
—¿Por
qué? —quiso saber Gram, yendo hacia la puerta con dos soldados negros.
—Sólo
deseo hablar con él. Verle y tratar de comprender todo lo que les ha sucedido a
los Nuevos Hombres. Verle en el nivel en que ahora está...
—Un
nivel de cretinismo —masculló Gram—. ¿No desea estar conmigo cuando vea a
Provoni? Podría expresarle los deseos de... Barnes dijo que usted era un
representante.
—Provoni
sabe lo que deseo, lo que deseamos todos. Lo que va a ocurrir entre él y usted
está bastante claro: usted dimitirá del cargo y él lo ocupará. El sistema del
Servicio Civil será revisado rápidamente; muchos cargos serán electivos y no
nombrados a dedo. Se instalarán otros Campos de Concentración para los Nuevos
Hombres, donde vivirán dichosos; debemos pensar en ellos, en su indefensión.
Por eso deseo ver a Amos Ild.
—Entonces,
hágalo. —Gram señaló a dos soldados, los que estaban a cada lado de Nick—. Ya
sabéis donde está Ild. Llevadle allí, y cuando haya terminado, a la enfermería.
—Gracias
—dijo Nick.
—¿De
verdad que está muerta? —preguntó Gram en voz baja.
—Sí.
—Lo
siento —Gram alargó la mano, pero Nick rehusó estrechársela—. Era a usted a
quien quería ver muerto —añadió Gram—. Bien, eso ya no importa. Bueno,
finalmente he separado mi vida personal de la pública; en realidad, mi vida
personal ha concluido.
—Como
ha dicho hace un momento —manifestó Nick fríamente—, hay más de un millón de
zorras arrastrándose por el mundo.
—Exacto,
eso fue lo que dije.
Se
marchó con los guardias. Se cerró la puerta a sus espaldas.
—Vamos
—dijo uno de los soldados.
—Iré
cuando me dé la gana —gruñó.
Le
dolía mucho el brazo y empezaba a sentir un vacío en el estómago. Gram tenía
razón: debía bajar pronto a la enfermería.
Pero
no antes de ver a Amos Ild, el intelectual más grande de la raza humana.
—Por
aquí —le indicó el guardia, señalando una puerta que también estaba custodiada
por un soldado vestido con uniforme verde.
—Hazte
a un lado —le dijo el guardia negro.
—No
estoy autorizado para...
El
negro levantó la pistola, como si tuviera la intención de golpearle con ella.
—Como
ordenes —accedió el otro, haciéndose a un lado.
Nicholas
Appleton entró en la habitación.
27
En
el centro del cuarto, sentado, estaba Amos Ild, con su cabezota sostenida por
un cuello de varitas metálicas. Se hallaba rodeado por una gran variedad de
objetos: clips, bolígrafos, pisapapeles, reglas, borradores, hojas de papel,
cajitas, revistas, cosas abstractas... Había desgarrado las hojas de varias
revistas, arrugándolas y arrojándolas lejos. En aquel momento pintaba en una
hoja de papel.
Nick
se aproximó. Estaba dibujando unos individuos rígidos y un gran círculo en el
cielo que representaba el sol.
—¿Les
gusta el sol a los hombres? —le preguntó a Amos Ild.
—Les
calienta —respondió aquél.
—¿Y
van hacia él?
—Sí.
Amos
Ild cogió otra hoja, ya cansado de la anterior y trazó lo que parecía un
animal.
—¿Un
caballo? —indagó Nick—. ¿Un perro? Si tiene cuatro patas, ¿es un oso? ¿Un gato?
—Soy
yo —murmuró Amos Ild.
El
dolor comprimió el corazón de Nick.
—Esto
es una madriguera —dijo Ild, trazando un círculo irregular con un lápiz color
marrón—. Aquí —indicó con un dedo el círculo marrón— me meto cuando llueve, y
me caliento.
—Le
haremos a usted una madriguera exactamente como ésa —respondió Nick.
Sonriendo,
Amos Ild arrugó el dibujo.
—¿Qué
quiere ser cuando sea mayor? —siguió preguntándole Nick.
—Ya
soy mayor.
—Entonces,
¿qué es?
Ild
vaciló.
—Construyo
cosas —respondió al fin—. Mire.
Se
levantó, mientras la cabeza enorme se balanceaba ominosamente.
Nick
pensó que iba a quebrarse el espinazo. Luego, con orgullo, Ild le enseñó al
joven el conjunto de pisapapeles y reglas con los que había construido algo
parecido a un edificio.
—Muy
bonito —ponderó Nick.
—Si
quita un pisapapeles —explicó Ild—, esto se cae. —En su cara apareció una
expresión maliciosa—. Voy a quitar una pieza.
—Pero
usted no querrá que se derrumbe.
Amos
Ild, dominando a Nick con su cabezota y su elaborado sostén, dijo:
—¿Qué
es usted?
—Tallador
de neumáticos.
—Un
neumático es eso que gira y gira en un autocohete, ¿verdad?
—Exacto.
El autocohete aterriza sobre los neumáticos.
—¿No
podría yo construir alguno? Ser también un... —vaciló.
—Un
tallador de neumáticos —repitió Nick con paciencia. Se sentía tranquilo—. Es un
mal oficio, no creo que le guste.
—¿Por
qué no?
—Porque
hay muescas en los neumáticos y hay que tallarlas más profundamente para que
parezca que tienen más caucho del que en realidad tienen. Por esta razón el que
los compra puede tener un reventón, sufrir un accidente y quedar malherido.
—Usted
está herido —observó Ild.
—Tengo
el brazo roto.
—Entonces,
debe dolerle.
—No
mucho. Lo tengo paralizado. Todavía sufro el shock.
Se
abrió la puerta y entró uno de los soldados negros, avizorando la escena con
sus estrechos ojos.
—¿Podría
traerme una tableta de morfina del dispensario? —le pidió Nick—. Mi brazo...
—dijo, señalándolo.
—Está
bien, amigo —asintió el soldado, marchándose.
—Debe
de dolerle mucho —dijo Amos Ild.
—No
mucho. No se preocupe, señor Ild.
—¿Cómo
se llama usted?
—Appleton,
Nick Appleton. Llámeme Nick y yo le llamaré Amos.
—No
—rehusó Ild—. No nos conocemos aún lo bastante. Yo le llamaré señor Appleton y
usted me llamará señor Ild. Tengo treinta y cuatro años, el próximo mes
cumpliré los treinta y cinco.
—Y
le harán muchos obsequios.
—Sólo
deseo una cosa —exclamó—. Quiero... —Calló de repente. Luego, continuó—: Hay un
lugar vacío en mi cerebro, quisiera que me lo quitaran. Ya no sirve para
nada...
—El
Gran Oído —nombró Nick—. ¿Se acuerda? ¿Se acuerda de estar construyéndolo?
—Oh,
sí. Yo lo hice. Para oír los pensamientos de todo el mundo y... —Una pausa—.
Llevar a la gente a los Campos de Reeducación.
—¿Era
agradable hacerlo?
—No,
no lo sé. —Ild se llevó las manos a las sienes y cerró los ojos—. ¿Qué son las
demás personas? Tal vez ya no haya nadie más; tal vez sean creyentes forzados.
Como usted... Tal vez yo le fabriqué a usted, y puedo lograr que haga lo que yo
quiera.
—¿Qué
le gustaría que hiciera? —se interesó Nick.
—Cogerme
—dijo Ild al instante—. Cogerme en brazos y jugar: usted da vueltas,
sujetándome por las manos. Y la fuerza cen... trífuga... —Tropezó con la
palabra y casi no pudo pronunciarla—. Me hará volar sobre la horizon... —Volvió
a tener dificultades con la nueva palabra—. ¿No podría levantarme? —suplicó,
mirando a Nick.
—No
puedo, señor Ild, por culpa de mi brazo roto.
—De
todos modos, gracias.
Arrastrando
los pies meditativamente, Ild se dirigió hacia el ventanal y se asomó a la
noche estrellada.
—Ah,
las estrellas... —suspiró—. La gente va hacia ellas. El señor Provoni también
fue.
—Sí,
estuvo allí.
—¿Es
un hombre amable el señor Provoni? —preguntó Ild.
—Es
un hombre que ha hecho lo que tenía que hacer —replicó Nick—. No, no es un
hombre amable, es un hombre inflexible; pero quería ayudarnos.
—¿Su
ayuda es buena?
—Mucha
gente así lo cree.
—Señor
Appleton, ¿tiene usted madre?
—No,
ya no vive.
—Tampoco
la mía. ¿Tiene esposa?
—En
realidad, ya no.
—Señor
Appleton, ¿tiene novia?
—No
—respondió él, con tristeza.
—¿Murió?
—Sí.
—¿Hace
poco?
—Sí.
—Debe
buscar otra —le aconsejó Amos Ild.
—¿De
verdad? —se asombró Nick—. No creo que... No creo que desee volver a salir con
una chica.
—Necesita
una que le cuide.
—Ésa
se ocupaba de mí, la que mataron ellos.
—¡Es
maravilloso! —exclamó Amos Ild.
—¿Por
qué? —Nick estaba estupefacto.
—Por
lo mucho que la amaba. Imagínese a alguien amándole así. Me gustaría que
alguien me amase de esa manera.
—¿Es
tan importante? —preguntó Nick—. Sí, realmente eso es lo que importa, y no la
invasión de la Tierra por unos seres extraños, la destrucción de diez millones
de cerebros superlativos, la transferencia del poder político, de todo el
poder, a unos grupos elegidos.
—No
comprendo esas cosas —confesó Amos Ild—. Sólo sé que es maravilloso que alguien
te ame tanto. Y si alguien te ama tanto, uno debe valer ese amor, de manera que
también a usted pronto alguien le amará. ¿No lo entiende?
—Seguramente
sí.
—No
hay nada mejor que eso: que un hombre dé la vida por un amigo —declaró Amos
Ild—. Ojalá yo pudiera hacerlo —se sentó en un sillón giratorio—. Señor
Appleton, ¿todos los adultos son como yo?
—¿En
qué sentido?
—En
el de no poder pensar; en el de tener este sitio vacío —dijo, llevándose una
mano a la frente.
—Sí.
—¿Me
amará alguna joven adulta?
—Sí.
Se
abrió la puerta y apareció el soldado negro con un vaso de plástico lleno de
agua y una tableta de morfina.
—Cinco
minutos más, amigo —le dijo el soldado—, y le llevaré a la enfermería.
—Gracias
—dijo Nick, tragándose la píldora.
—Hermano,
verdaderamente le duele —añadió el soldado—. Parece a punto de caer. No creo
que le gustase a ese chico... —Se corrigió al momento—. Al señor Ild
observarlo. Le inquietaría y el señor Gram no quiere que se le inquiete por
nada.
—Harán
Campos para ellos —razonó Nick—. Donde podrán recobrar el nivel anterior, en
vez de intentar ser como nosotros.
El
soldado soltó un gruñido y cerró la puerta a sus espaldas.
—¿No
es negro el color de la muerte? —inquirió Ild.
—Sí.
—Entonces,
¿están muertos?
—Sí
—asintió Nick—, pero no le harán daño.
—No
temo que me hagan daño. Pensaba que usted tiene un brazo roto y tal vez fue por
culpa de ellos.
—Fue
por culpa de una chica —explicó Nick—. Una ratita de nariz respingona y baja de
estatura. Una chica por la que daría la vida para que nada de esto hubiese
ocurrido. Pero ya es tarde.
—¿Se
trata de la que era su novia y murió?
Nick
asintió.
Amos
Ild cogió un lápiz negro y empezó a dibujar. Mientras Nick le contemplaba,
fueron surgiendo una figuras de palo: un hombre, una mujer y un animal negro,
de cuatro patas, con cabeza de oveja. Y un sol negro, un paisaje negro con
casas y autocohetes negros.
—¿Todo
negro? —preguntó Nick—. ¿Por qué?
—No
lo sé.
—¿Es
bueno que todo sea negro?
—Espere
—murmuró Amos Ild, tras un corto silencio. Garabateó algo sobre el dibujo,
rompió el papel a tiras, hizo una pelota y la tiró al suelo, lejos de él—. Ya
no puedo pensar más —se quejó.
—Pero
no todos somos negros, ¿verdad? —preguntó Nick—. Conteste y podrá dejar de
pensar.
—Creo
que la chica era negra. Y usted, en parte, es negro, como su brazo y algunas
partes internas, aunque sospecho que el resto no lo es.
—Gracias
—dijo Nick que se sentía mareado—. Será mejor que vaya a ver al doctor. Nos
veremos más tarde.
—Oh,
no, no.
—¿No?
¿Por qué no?
—Porque
usted ya ha descubierto lo que deseaba. Deseaba que yo dibujara la Tierra y
enseñarle cuál es su color, especialmente si es negra. —Cogió una hoja de papel
y dibujó un gran círculo... verde—. Está viva —dijo, sonriéndole a Nick.
—Debo
irme:
«Hay
una tumba donde ondean los lirios y los narcisos, y yo complacería al
desventurado fauno, enterrado bajo la tierra dormida, con canciones alegres
antes del amanecer. Sus días alegres fueron coronados con mirlo; y aún sueña
que pisa la tierra, como un fantasma al rocío, atravesado por mis cantos
alegres».
—Gracias
—murmuró Amos Ild.
—¿Por
qué?
—Por
haberlo explicado. —Amos Ild empezó otro dibujo. Con el lápiz negro trazó la
figura de la mujer, una línea señalando bajo la tierra y otra horizontal—. Aquí
está la tumba —explicó—. Adonde usted ha de ir, donde está ella.
—¿Me
escuchará? —quiso saber Nick—. ¿Sabrá que estoy allí?
—Sí.
Si canta. Tiene que cantar.
Se
abrió la puerta y apareció el soldado negro.
—Vamos,
señor, a la enfermería.
Nick
se demoró.
—¿Debo
plantar allí lirios y narcisos? —le preguntó a Amos Ild.
—Sí,
y recuerde llamarla por su nombre.
—Charlotte.
—Sí
—asintió Amos Ild.
—Vamos
—repitió el soldado, cogiéndole por el hombro y sacándole fuera de la
habitación—. No sirve de nada charlar con los críos.
—¿Críos?
—se extrañó—. ¿Así es como van a llamarles?
—Bueno,
ahora son como niños.
—No,
no son como niños —objetó Nick—. Son como santos y profetas.
Sí,
pensó, son como videntes, como sabios ancianos... Pero hemos de cuidarles, pues
no podrán hacerlo por sí mismos. Ni siquiera sabrán lavarse.
—¿Le
dijo algo que valiera la pena oír? —se interesó el soldado.
—Dijo
que ella me oirá.
Habían
llegado a la enfermería.
—Entre
ahí —le indicó el soldado—. Por aquella puerta.
—Gracias.
Nick
se unió a la fila de hombres y mujeres que aguardaban.
—Pues
no fue mucho lo que le dijo —observó el soldado.
—Fue
bastante.
—Son
patéticos, ¿verdad? Siempre deseé ser un Nuevo Hombre, pero ahora...
—Váyase
—le ordenó Nick—. Deseo poder pensar.
El
soldado se alejó.
—¿Su
nombre, señor? —inquirió la enfermera, con un bolígrafo en la mano.
—Nick
Appleton. Soy tallador de neumáticos —añadió—. Y quiero meditar. Tal vez si
pudiera tenderme...
—No
quedan camas libres, señor —replicó la enfermera—. Además, su brazo... —lo tocó
ligeramente—. Se lo arreglaremos.
—De
acuerdo —asintió él.
Se
recostó contra la pared y esperó. Y mientras esperaba, pensó.
El
abogado Horace Denfeld entró jovialmente en el despacho exterior del Presidente
del Consejo Willis Gram. Llevaba la cartera de mano, y su expresión demostraba
un desarrollo de su sentido de negociar desde su posición de fuerza.
—Dígale
al señor Gram que traigo más documentos relativos a su pensión de divorcio y a
los bienes que...
La
señorita Knight le miró desde su escritorio.
—Llega
tarde, abogado.
—¿Cómo?
¿Está ocupado? ¿Tengo que esperar? —Denfeld examinó su reloj de pulsera rodeado
de diamantes—. Como mucho puedo esperar quince minutos. Por favor, avísele
inmediatamente.
—Se
ha ido —explicó la señorita Knight, doblando los dedos bajo su barbilla, gesto
que no pasó inadvertido para Denfeld—. Todos sus problemas personales, usted e
Irma en particular, ya han terminado.
—¿Por
la invasión? —Denfeld se frotó un lado de la nariz con irritación—. Bien, le
perseguiremos con un mandamiento judicial —amenazó, frunciendo el ceño y con su
más terrible mirada—. Adonde haya ido.
—Willis
Gram se ha ido adonde ninguna demanda podrá seguirle.
—¿Ha
muerto?
—No,
está fuera de nuestras vidas. Más allá de la Tierra en que vivimos. Con un
enemigo, un viejo enemigo, y con lo que puede ser un nuevo amigo. Al menos, eso
esperamos.
—Le
encontraremos —decidió Denfeld.
—¿Quiere
apostar algo? ¿Cincuenta pops?
—Yo...
—vaciló el abogado.
—Buenos
días, señor Denfeld —le despidió la señorita Knight, volviendo a su máquina de
escribir.
Denfeld
permaneció junto al escritorio, ya que había visto algo... Se agachó a cogerlo:
era una estatuita de plástico, de un hombre con una túnica. La sostuvo unos
segundos en su mano, mientras la secretaria fingía ignorar su presencia.
Denfeld palpó la estatuita, atentamente, solemnemente. Había aparecido en su
rostro una expresión de estupefacción como si, a cada momento, viese algo más
en la estatuita de plástico.
—¿Quién
es? —le preguntó a la señorita Knight.
—Una
estatua de Dios —fue la respuesta, dejando de teclear para estudiar al
abogado—. Todo el mundo tiene una, es un capricho. ¿No había visto ninguna?
—¿Así
es Dios?
—No,
claro que no. Esto es sólo...
—Pero
es Dios —sentenció Denfeld.
—Pues
sí.
Ella
le contempló, captó el asombro en sus pupilas y cómo su conciencia se
estrechaba ante aquel artefacto... De pronto, lo comprendió. Está claro:
Denfeld es un Nuevo Hombre. Y ahora veía el proceso. Se estaba convirtiendo en
un chiquillo.
La
señorita Knight dejó la butaca y dijo:
—Siéntese,
señor Denfeld —le condujo al sofá y le obligó a sentarse, dejando olvidada la
cartera. Olvidada ya para siempre—. ¿Puedo traerle algo? ¿Una Coca Cola?
—¿No
podría quedarme con esto? —preguntó él, sosteniendo la estatuita.
—Pues
claro —asintió ella, que ahora sentía compasión por él.
Uno
de los más inferiores y el último de los Nuevos Hombres en desaparecer, pensó
ella. ¿Dónde está ahora su arrogancia? ¿Dónde está la de todo el mundo?
—¿Puede
volar Dios? —preguntó Denfeld—. ¿Puede extender los brazos y volar?
—Sí.
—Algún
día... —se interrumpió—. Creo que todas las cosas vivas volarán algún día, o al
menos lo intentarán; algunas irán muy de prisa, como ya lo hacemos en esta
vida, pero la mayoría volará o correrá. Arriba... arriba... Eternamente.
Incluso las babosas y los caracoles volarán, más lentamente, pero volarán. Al
final todos volarán, aunque vayan muy lentos. Dejando muchas cosas detrás...
Sí, esto será así. ¿No lo cree?
—Sí
—asintió ella—. Dejarán muchas cosas detrás.
—Gracias.
—¿Por
qué?
—Por
regalarme a Dios.
—De
acuerdo —concedió ella.
Estoicamente,
reemprendió su tecleo. Mientras Horace Denfeld jugaba sin descanso con la
estatuita de plástico, con la grandeza de Dios.
FIN


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